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-¡No, Juanita, no es que yo lo prefiera, eso no!, pero tiene don Demóstenes un no sé qué...
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-¿Y de palabra te dijo algo?
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-¡Ni sé, porque fue tal la vergüenza! ya ves, metida una por aquí entre el monte...
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-Dices bien... ¿Qué hiciera yo para conocerlo?... Pero, sufriría... ¡Tengo tan presentes mis males! ¡Con aquella facilidad que una le abre su corazón a una persona desconocida y le entrega su suerte, su existencia!...
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-Sí, Juanita, parece increíble.
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-Pero tan cierto es, que aquí estoy yo que lo diga. Es porque no hay plaza segura en el sitio, si adentro hay partidarios de quien la ataca.
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-¿Cómo? Juanita.
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-El corazón, ¿no ves, Clotilde? Bien pudiera la educación, la inteligencia, la reflexión, ser una impenetrable muralla; pero ¡cuántas veces en el corazón mismo se abre la brecha y las fortificaciones caen! Por eso se ven conquistas de un día para otro. ¡Cuántas lágrimas me causan hoy los contentos de que goza Elvira, d...
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-¡Juanita, por Dios!
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-Es que no sabemos lo que puede suceder de un momento a otro: el amor es traidor en ocasiones.
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-No te comprendo, no sé si hasta me injurias.
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-¿Injuriarte?... Tú eres la que profieres una injuria contra tu amiga.
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-¿A esto fue que vinimos al asilo sagrado de la amistad? ¿Para esto es que dos corazones se abren?, dijo Clotilde, estrechando en sus brazos a su amiga y vertiendo un río de lágrimas, como si se tratase de la muerte de una persona querida.
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-Estás conmovida, le dijo Juanita, cálmate y escúchame... Yo me espanto hoy como la cierva que una vez se ha escapado en una de estas sendas enmarañadas, de una de las trampas de lazo que ponen nuestros arrendatarios, y vuelve a ser cogida. Recuerdo todo lo que de Alcibíades me decían tus hermanos; ellos, que sabían má...
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-¿Y qué hacemos de la carta?... Yo lo que siento es el haberla abierto sin licencia de Papá... Tengo algunos borradores escritos, ¿me ayudas a contestarla?
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-¿Animándolo a sostener correspondencia?
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-¡No, no, Juanita!... Para qué echarme a cuestas ese trabajo, cuando yo no pienso...
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-Es lo más fácil. Esta noche si quieres.
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-¡Corriente!
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Los dos trapicheros y el hijo de uno de ellos se habían quedado en el corredor conversando sobre la profesión.
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Habían comenzado por elecciones; pero como don Cosme era un liberalón de siete suelas, y se lo iba entripando a don Blas, que era poco tolerante, tuvieron a bien el doblar la hoja.
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-¿Y qué tal de peones?, le preguntó don Cosme a su comprofesor.
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-Me llueven, le dijo don Blas.
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-A mí se me iban escaseando; pero le mandé picar el rancho a un arrendatario que se me estaba altivando, y temblando o no temblando, están todos ahora obedientes. No hay cadena tan poderosa como la de la tierra... Me obedecen de rodillas el día que yo quiera. Porque figúrese usted que les arrendáramos aire, así como l...
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-¿Pero y aquello de la protección al proletario y del socorro a los pobres?
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-¡Bah, bah, bah!... Eso fue en la Cámara de provincia que lo dije, y en un artículo que escribí; ¿pero usted no me vio después comprar tierras en el Magdalena y poner esclavos a que me cosechasen tabaco y me sembrasen pastales y después vender aquello y comprar un trapiche?
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-¡Sólo que así!, le contestó don Blas.
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-¿Y de cañas, qué tal, se parará usted?
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-¿Pararme?... Tengo siete hanegas de cañas, tan buenas que ningunas les igualan.
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-Y yo tengo catorce.
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-¡Magnífico!
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-¿Y cuánto muele usted?
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-Cien botijas por semana.
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-Es muy poco esto, cuando yo, con menos mulas y con menos peones, muelo ciento cincuenta.
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-¿Y no sabe usted que el trapiche del Purgatorio se parará desde la semana entrante?
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-Sí, señor, y que el de la Hondura está en vísperas de pararse.
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-¡Pues viva la patria!, porque entonces se nos alza la miel a los que nos quedamos andando.
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Mientras que los señores trapicheros conversaban de esta suerte, las dos señoritas habían pasado a tratar del socialismo, cosa que les parecerá muy extraña a mis lectores.
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-¿Y cómo es eso? Juanita, preguntaba Clotilde a su amiga.
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-Pues que hay una escuela que quiere que hagamos nuestro 20 de julio, y nos presentemos al mundo con nuestro gorro colorado, revestidas del goce de nuestras garantías políticas.
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-Será que dicen.
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-Que escriben... Desean que votemos, que seamos nombradas jurados y representantes, y todo eso.
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-¿Y para qué?
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-Para elevarnos a nuestra dignidad, dicen.
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-Con que respetaran nuestras garantías de mujeres, con que hubiera como en los Estados Unidos, una policía severa en favor de las jóvenes...
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-¡Cómo, niña!
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-¡Pues no ves que porque nos ven débiles y vergonzosas, y colocadas en posiciones difíciles nos tratan poco más o menos; y ahora ¡a las pobres!... eso da lástima. ¿Hay infamias por las que no hagan pasar a estas desdichadas arrendatarias, nada más que por ser mujeres y mujeres pobres?... Por eso te digo, Juanita, que c...
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-No... lo que me parece es que son muy tratables.
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-¡Eso de dar tanto la mano, y apretársela a una tanto, y sobársela!...
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-Eso ¿qué tiene?
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-Que acabando de apearse de su mula, corren el riesgo de haber enderezado la silla y cogido el sudadero con la mano...
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-¿Pues hay más que pedir permiso y correr a bañarse una de pronto cuando le dan la mano?
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-Y que tienen también el resabio de saludar a las chicas con uno a dos años de descuento en su propia edad.
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-¿Cómo, Clotilde?
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-Con palmaditas o cariñitos, como a las chicas.
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-¿Y si nos gusta?
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-¿Y si no nos gusta?... ¿Y ahora sus equívocos y sus chancitas, que le hacen salir a una los colores a la cara?
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-Eso es porque son jocosos, nada más.
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-Es porque no respetan ellos nuestras garantías de pudor, que son la base de nuestra soberanía; y luego nos halagan con la esperanza de hacernos juradas... Ahí está la pobre de Pía tan graciosa y tan joven, condenada a la degradación por causa del dueño de tierras, forzándola a asistir al trabajo del trapiche, entre un...
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-¡Pero si te digo que en esta materia todo el mundo es Popayán!
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-Pero en algunos se hace más notable, porque siempre están hablando de libertad, y de fraternidad, y de protección a las clases desvalidas.
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Por la noche, cuando todos estuvieron acostados, y las amigas instaladas en el cuarto de Clotilde, se abrió la sesión sobre el negocio de la carta.
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-Aquí está el proyecto de contestación, dijo Clotilde, lleno de borrones y de majaderías; pero tú me ayudarás, sin duda.
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-A ver, dijo Juanita.
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-Déjamelo leer a mí.
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«Señor don Demóstenes...
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-Te pelastes, exclamó Juanita. El don no es castellano granadino; por lo menos no lo es oficialmente. Don no se escribe nunca.
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-¿Pero no se habla? ¿Y como se habla, no dice la ortografía que se ha de escribir?
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-Entonces los bobos serán los republicanos que abolieron el don de los discursos y de los oficios y lo usan de palabra.
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-No tan bobos, que el real no lo abolieron, sino que lo adoptaron, y con alma, vida y corazón... Pues dejémoslo sin borrar y sigamos.
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«Señor don Demóstenes, continuó leyendo Clotilde, contestando a la muy apreciable de usted, le doy las gracias por las perfecciones que usted se digna atribuirme, y por la oferta de su amistad. Mas, si la carta de usted fuese una manifestación amorosa, que, por supuesto, tiende al matrimo...
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-¡No, niña de Dios! Eso hay que borrarlo, aunque sea con el codo, porque ellos nos levantan que andamos siempre a caza de casamiento.
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-Pues lo borrarnos, y adelante.
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Corregida y enmendada la carta, la copió Clotilde en muy regular letra y la pegó con oblea blanca, porque no hubo de otro color, y la guardó para mandarla con Manuela, que debía venir al otro día por cuatro totumadas de miel para su fábrica.
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La vela se estaba acabando, y al abrir la ventana que daba al campo, oyeron las tiernas amigas un canto que no sonaba muy lejos. Pusieron atención y oyeron lo que sigue:
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A estos acentos acompañaba el crujido de la máquina del trapiche, que resonaba como el canto más lúgubre que pudiera producir un concierto de los infiernos para el tormento de las almas.
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-Es muy tarde, dijo Clotilde. ¿No oyes el canto en diálogo de los dos trapicheros?... Es que ya pusieron la molienda del primero.
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-¿Por qué será tan triste todo lo del trapiche?
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-¿No ves, Juanita, que se trabaja contra las estaciones, contra la sazón, contra la humanidad, contra la razón, finalmente?
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-¿Cómo así, Clotilde?
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-Se muele todo el año caña pasada o biche; se hace envilecer y degradar el ente físico y moral con las trasnochadas y el desenfreno; se raciocina sobre los datos falsos de arruinar los animales, los hombres y las cosas para obtener de prisa lo que por el orden natural sucedería por caminos más seguros y con más lucro p...
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-Sobre lo último desearía que te explicases.
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-Tú eres trapichera como yo, mi querida Juanita, conoces los secretos de nuestra profesión, y sabes que yo no exagero. Fuera de las dificultades de los caminos para las mulas cargueras, en que se les hace brincar zanjas con cargas de a doce o catorce arrobas, o rodar por los despeñaderos, te citaré un solo caso de mal ...
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-Es verdad, el bagazo es la materia prima de los trapicheros para puentes, para alumbrado, para techos, para cobertores y sábanas, para tapones, para leña y para adornos.
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-¡Niña!, exclamó Clotilde, son las dos de la mañana, y nosotras trasnochándonos de cuenta de gusto, escribiendo cartas sin estar enamoradas.
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-Pues durmamos, dijo Juanita.
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Por la mañana, antes del almuerzo, fueron las dos amigas al trapiche, que distaba poco de la casa de habitación. El espectáculo de unas peonadas, tendidas en el bagazo, y de un chino que estaba desnudo, desayunándose con caña, sarnoso, barrigudo y lleno de bubas, fue lo suficiente para hacer volver la cara a Clotilde, ...
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Mientras las señoritas visitaban la alberca de la miel, la cocina y un caedizo en donde estaba acostado un peón que se había quemado en un fondo de miel hirviendo, en la quebrada conversaba la cocinera de peones, después de haber llenado su calabaza de agua, con Rosa, que estaba de cañera, y amolaba su machete en la pi...
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-Antoja Mónica, ¿no sabe que le van a agrandar a la cabuya?
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-¿Más? Antoja... Tras de tener ya 18 brazadas de los brazos de ese condenado capitán, que así los diablos lo han de medir a él en los infiernos.
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-¡Y otra cosa!... Que en la casa grande están bravos con los que vivimos mal, como dicen los blancos.
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-¡Esos son cuentos! Ellos por no quedarse sin peones, no nos hacen casar jamás. Y que hay otra cosa...
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-¿Qué? Antoja.
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-Que en la casa grande hay también amor.
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-¿De veras? Mónica.
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- Pus sí.
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-¿Y eso?
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- Misia Clotilde.
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-Ahí si meto yo mi brazo en la candela, y no se me arde, dijo Rosa.
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-Conque la misma criada de la casa grande, que lo vido y me lo contó, no hace nada...