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La alquimia es una disciplina que florece en el Egipto grecorromano de los primeros siglos de nuestra era. Aunque no exclusivamente, aparece íntimamente ligada a la figura de Hermes Trismegisto, unión sincrética del dios griego Hermes y del egipcio Toth que da lugar a la corriente conocida como hermetismo. Uno de sus principales objetivos es la crisopea o fabricación del oro, para cuya consecución se necesita la famosa piedra filosofal, propósito al que se han dedicado incontables figuras a lo largo de su dilatada historia. De las múltiples cuestiones que tiene que afrontar el estudioso de la alquimia en el ámbito académico, merece la pena subrayar dos: por una parte, la alquimia, junto a la astrología y la magia, es habitualmente clasificada bajo el término «ciencias ocultas», una etiqueta problemática, en tanto que, a menudo, ha sido considerada como la antítesis de las «ciencias racionales» o «empíricas». Por otra parte, el siglo xvii —época en la que se centra el autor del volumen reseñado— supone un punto de inflexión para la alquimia: en este siglo, el considerado como arte hermético por excelencia, vive su separación de la química, entendida esta como la disciplina que es hoy. Así, delimitar la frontera entre química y alquimia es una tarea por momentos ardua y que no ha estado exenta de polémica. A estas consideraciones se añade el caso concreto de Isaac Newton (1643-1727): desde que en 1936 John Maynard Keynes adquiriese los manuscritos alquímicos de Newton —si bien ya había habido precedentes en el estudio de Newton y la alquimia, como señala el autor del volumen que nos ocupa (p. 2)— los estudiosos de su figura han tenido que lidiar con la aparente desconexión entre la imagen del físico por excelencia de la Revolución científica, epítome de lo racional, y del alquimista, asociada a lo místico, lo esotérico y lo irracional. William Newman, especialista en la materia, y consciente de los problemas tanto del estudio de la alquimia como del papel que Isaac Newton desempeña en esta, ha publicado un volumen que está llamado a convertirse en un referente para toda aquella persona interesada en la relación de Newton con la búsqueda de la piedra filosofal, pero también, de manera más general, en la historia de la química. Así, a lo largo de veintidós capítulos y cuatro apéndices, Newman se ha valido de un riguroso análisis textual de las anotaciones de Newton, de sus fuentes, de sus colaboradores contemporáneos, de su biografía, de su contexto histórico y, lo que supone la novedad más llamativa, de la réplica en laboratorio de algunos de los experimentos del físico inglés para obtener una aproximación al punto en el que se hallaban sus indagaciones. El estudio de la alquimia en el contexto académico supone una tarea ardua, no solo por los prejuicios que se tienen sobre ella en tanto que es considerada como algo de poco valor o propio de la charlatanería —algo contra lo que algunos autores se han pronunciado en los últimos años, como Lawrence M. Principe, colaborador habitual de Newman, en su «Alchemy Restored», Isis 102/2, pp. 305-312 (2011)—, sino también por el hecho de que descifrar los textos alquímicos entraña una gran dificultad, ya que las recetas alquímicas suelen estar sepultadas bajo una maraña de variados procedimientos destinados a la encriptación de los procesos químicos, como el uso de alegorías o el recurso a referencias a la mitología clásica como manera de encriptar estos procesos, siempre con el objetivo de que no caigan en malas manos. Newton no era ajeno a estas cuestiones, y es por ello por lo que resulta tremendamente útil la inclusión de un capítulo propedéutico titulado «Symbols and Conventions» (pp. xi-xviii) en el que Newman se ocupa de este asunto, y lista una serie de símbolos alquímicos, su significado y, en ocasiones, el significado específico que tenía para Newton. Por poner un ejemplo, Newton usaba el símbolo habitualmente asociado al vitriolo en su época. Pero el «vitriolo» en la química del siglo xvii solía referirse a un sulfato, mientras que para el físico inglés se refiere a varias sales metálicas cristalinas, especialmente aquellas con sabor metálico. Este capítulo se complementa a la perfección con el segundo, titulado «Problems of Authority and Language in Newton 's Chymistry» (pp. 20-67), donde Newman profundiza en lo señalado más arriba sobre el lenguaje deliberadamente oscuro de los alquimistas y la interpretación que Newton hacía de este. Más allá del análisis textual y de la recreación de los experimentos de Newton —valiosos en sí mismos— hay una cuestión fundamental que, en opinión del autor de esta reseña, Newman cubre con maestría: situar a Newton en el contexto histórico de la alquimia de su época. Esta cuestión no es baladí, ya que también arroja luz sobre lo que supone la alquimia en la Edad Moderna. En relación con esto, cabe destacar el primer capítulo, «The Enigma of Newton 's Alchemy» (pp. 1-19), donde Newman recoge estudios y comentarios anteriores sobre esta cuestión. Destaca, por supuesto, la valoración que hizo John Maynard Keynes, que consideraba a Newton como «el último de los magos» y veía sus prácticas alquímicas como algo «desprovisto de valor científico» (p. En última instancia, y como señalaba al comienzo de esta reseña, este pensamiento es heredero de la Ilustración, que catalogó a las ciencias ocultas como irracionales y vinculadas a la charlatanería. Autores posteriores, herederos del pensamiento de Keynes, han querido ver las prácticas alquímicas de Newton como algo desligado de su producción científica más conocida y, en general, de los avances científicos de su época: como recoge Newman, Betty Jo Dobbs sostiene que, para Newton, la alquimia tenía un trasfondo religioso; para Richard Westfall, las pretensiones alquímicas de Newton suponían una rebelión contra el racionalismo cartesiano; finalmente, el recientemente fallecido David Castillejo lleva estos argumentos más allá: según Castillejo, toda la producción científica de Newton —incluyendo su teoría de la gravedad— formaría parte de un proyecto alquímico unitario (pp. 2-8). Contra esto, Newman argumenta, correctamente en mi opinión, que no puede plantearse una dicotomía férrea entre alquimia y química, al igual que tampoco puede hacerse entre ciencias ocultas y ciencias racionales, ya que, en el siglo xvii, la distinción es difusa, y ambas categorías operan en una relación de reciprocidad. En este sentido, quisiera destacar el hecho de que el autor haya decidido utilizar el vocablo «chymistry» para referirse a la alquimia del siglo xvii: este término, que el autor ya ha propuesto en el pasado (véase Newman, W. R. & Principe, L. M. [1998]. «Alchemy vs Chemistry: The Etymological Origins of a Historiographic Mistake», Early Science and Medicine 3/1, 32-36), se utiliza para subrayar el hecho de que, en esta época, la alquimia y la química aún están distinguiéndose la una de la otra y, por tanto, vamos a encontrar una relación de reciprocidad entre ambas disciplinas. En esta misma línea trabaja Newman con la distinción entre las creencias religiosas de Newton y sus prácticas alquímicas. Es necesario mencionar que la alquimia tiene una vertiente espiritual: ya Zósimo de Panópolis (fl. ss iii-iv d.C.), en sus escritos sobre alquimia, combina una serie de recetas «técnicas» con preceptos próximos a diversas creencias religiosas, como el propio hermetismo. Igualmente, en siglos posteriores, encontramos varios autores que mezclan las prácticas alquímicas con sus creencias cristianas. Sin embargo, parece que Newton, aunque creía en la transmutación de los metales en oro, despojaba a las prácticas alquímicas de buena parte de su trasfondo religioso. Así, conviene separar las creencias religiosas de Newton (principalmente, su antitrinitarismo) de sus prácticas alquímicas, algo que Newman lleva a cabo en el capítulo 3, «Religion, Ancient Wisdom and Newton 's Alchemy» (pp. 68-87), donde señala que las claves interpretativas que Newton aplicaba a los textos bíblicos difieren de aquellas aplicadas a los textos religiosos. Para Newton, su lado experimental era mucho más relevante y para nada «acientífico», como se ha querido ver habitualmente. Prueba de ello es que otros contemporáneos de Newton como John Locke, Robert Boyle o Gottfried Leibniz también se interesaron por la crisopea (pp. 5-6). Pero el hecho de que Newton no integrase la alquimia en sus creencias religiosas no quiere decir que no se entregase al objetivo común de los alquimistas: la búsqueda de la piedra filosofal, como practicante de esta «chymistry» mencionada más arriba. Así, vemos a Newton siguiendo los preceptos del que, en esta época, es el arte hermético por excelencia, y codificando sus textos de la misma manera que lo hacen sus fuentes. Por ejemplo, Newton trataba de conseguir el «caduceo de Mercurio», esto es, la vara con las dos serpientes entrelazadas: las serpientes serían un vitriolo volátil compuesto de sales de cobre y hierro sublimadas con compuestos de antimonio, mientras que la vara sería un material complejo que contenía plomo, estaño y bismuto (p. La función de este «caduceo» sería la de un disolvente para los metales que los redujese a sus componentes básicos, algo que acercaría más a la crisopea al físico inglés. Los seis primeros capítulos son, en mi opinión, los que suscitan mayor interés, ya que suponen las bases sobre las que se fundamenta el resto de la obra: a los ya comentados tres primeros capítulos, hemos de sumar el capítulo 4, «Early Modern Alchemical Theory» (pp. 87-110)», que pone la alquimia de Newton en su contexto histórico y el capítulo 5, «The Young Thaumaturge» (pp. 111-136), de contenido biográfico. De especial relevancia resulta el capítulo 6 («Optics and Matter: Newton, Boyle and Scholastic Mixture Theory», pp. 137-158), que es continuado en los capítulos 20 («Public and Private», pp. 465-482), 21 («The Ghost of Sendivogius», pp. 483-512) y 22 («A Final Interlude» pp. 513-527), ya que se ocupa de la influencia de la alquimia en las teorías científicas de Newton más conocidas. Newman desliza el foco de la relación entre la alquimia y la teoría de la gravedad (como se ha querido ver en el pasado), a la parcial dependencia de su teoría de la óptica con ciertos aspectos de sus prácticas alquímicas. El nexo entre estas dos facetas de su producción científica se halla en el azufre, pues Newton creía que, a mayor concentración de azufre en un cuerpo mayor era su capacidad para refractar la luz (p. En el resto de capítulos podemos encontrar aproximaciones a los tratados alquímicos de Newton, a sus influencias y colaboradores, un análisis detallado de sus cuadernos de laboratorio y la interpretación de algunas de las alegorías más relevantes usadas por el científico. Por hacer una crítica a un libro por lo demás excelente, convendría señalar que los pasajes que se ocupan de la parte más técnica de los experimentos de Newton resultan por momentos arduos de seguir, y se echa en falta una voluntad un poco más recapitulativa por parte del autor. Con todo, soy consciente de la dificultad que entraña reflejar estos experimentos. Para concluir, considero que, para los lectores de Asclepio, este volumen será especialmente interesante, ya que demuestra cómo en la historia de la ciencia, las categorías a menudo no están cerradas —en este caso, los binomios ciencias empíricas/ciencias ocultas y química/alquimia—, sino que funcionan como vasos comunicantes cuyas fronteras son líquidas.
Fantasmas de la ciencia española. Con este título paradójico, que aparentemente reúne en el mismo enunciado dos conceptos pertenecientes a campos contradictorios -la creencia y la razón; lo sobrenatural y lo natural; lo imaginado y lo ocurrido; lo falso e improbable y lo veraz y demostrable-, se abre en realidad un libro de historia. Una historia que se ocupa además de una actividad precisa y particular, como es el conocimiento y la actividad científica. En su primera línea, el autor declara ser "un historiador de la ciencia fascinado por las imágenes" (p. Si bien la fascinación puede ser una razón habitualmente esgrimida entre las motivaciones de los y las científicas para la observación de los hechos naturales y humanos, no deja de ser una característica también unida a otro ámbito; el del hechizo, la magia o el encantamiento, que no se quiere ver tan comprometido en el trabajo de la ciencia. Tampoco siempre las imágenes se ven asociadas al pensamiento abstracto, la razón lineal y la expresión mediante el lenguaje más o menos elevado o técnico, que se consideran los propios de la identidad científica, porque aquellas resultan ambiguas y poco estables. En nuestro mundo, los fantasmas, los espectros y las imágenes se alinean mejor con el arte, la literatura y las narrativas; concretamente los cuentos. Estamos acostumbrados a pensarlos, verlos y sentirlos viviendo en mansiones, castillos, jardines y viejos palacios, pero no tanto en laboratorios, aulas, paraninfos o gabinetes de estudio. Así que ya desde el primer momento la lectura se impone como un asunto atractivo, chocante que, en suma, promete ser muy original. Y en efecto, estamos ante un libro que contiene un relato (en realidad muchos relatos) de gran fuerza literaria. Fantasmas de la ciencia española nos ofrece, entre otras cosas, una reunión de historias, en las que a partir de algunas imágenes de mapas, ángeles, esqueletos, plantas, fósiles, microscopios y animales disecados, emergen sujetos, personajes apasionantes, lugares exóticos y perdidos, viejos palacios y museos, viajes increíbles, que han sido enterrados por el tiempo y en el espacio, y que configuran todos ellos una historia desacostumbrada, inquietante y a la vez perfectamente reconocible de la historia de la ciencia española. Juan Pimentel nos presenta una historia fragmentaria, pero con significativas continuidades; soterrada y hecha surgir de la excavación de sus ruinas; poblada de realidades espectrales que reclaman el reconocimiento de sus existencias para poder abandonar este mundo y dejarnos con paz y libres para el futuro. La visión del pasado de nuestra ciencia que se quiere ofrecer en este libro (que significativamente se inicia con una frase de Walter Benjamin) parte de la "iluminación" de varios casos escogidos a través de imágenes, pero que sea discontinua no quiere decir que no tenga estructura, bien al contrario, se sostiene una tesis y se produce un relato. No se pretende presentar un manual, sino una colección de episodios y estampas que juntas configuran una imagen del pasado y que siguen todas ellas un hilo argumental, fuerte y continuo, aunque a primera vista pueda estar soterrado y parecer algo enmarañado. Esta línea argumental es explicada en la introducción del libro. La idea central es el carácter espectral o la naturaleza fantasmal de las prácticas científicas en el seno de la cultura española; a esto se une la consciencia de la propia naturaleza fantasmal de las imágenes. Aunque el planteamiento pueda resultar llamativo en principio, forma parte de una corriente de estudios en teoría cultural de gran actualidad, el "giro espectral". Los estudios espectrales rastrean sujetos y objetos del pasado invisibles o invisibilizados. De alguna manera todos los estudios del pasado serían espectrales, porque los seres de que se ocupan, todos, han desaparecido y es con las huellas que han dejado, más o menos ocultas, con las que los historiadores construyen sus "historias". La historia excava estas ruinas, tratando de sacar a la luz lo que está enterrado; mucho de lo cual atormenta, acecha o persigue nuestro presente. La naturaleza ambigua de los fantasmas, entre la vida y la muerte, entre lo material y lo espiritual, y su éxito literario, dependen de su relación con el mundo de los vivos. Esta es la que los mantiene atrapados entre un mundo y el otro. Los fantasmas acechan e incluso atormentan por varias causas, fundamentalmente porque están descontentos o desesperados con la que fue su vida corpórea, pero también porque no fueron bien honrados al ocurrir su muerte. Reclaman las exequias, el reconocimiento o el amor que no se les dio en vida, y piden ofrendas, ritos o atención -a veces venganza- para calmarse y poder seguir tranquilos su evolución, para poder continuar su transcurrir en el otro mundo. Popularizados por el espiritismo y su extensión, los "dotados" o "médiums" son aquellos que, incluso de forma innata, sienten o perciben extrasensorialmente los vestigios o signos fantasmales. Se comunican con los espectros, los interpretan y les ayudan a resolver sus problemas, a limpiar sus culpas y a seguir así su camino. La pregunta obligada aquí es ¿por qué nos acechan estos fantasmas de nuestra historia en el presente?, la respuesta es porque no se han incorporado debidamente a nuestra memoria, porque no se les hizo en su momento el ritual que merecían y les era, a ellos y a nosotros para separarnos de ellos, necesario; porque este olvido produjo un trauma o dejó una herida no curada. Que la cuestión no está zanjada resulta claro cuando se mantiene vigente la duda sobre si hay, y ha habido alguna vez, ciencia en España. Es la misma pregunta que se hace sobre la existencia de los fantasmas. Juan Pimentel desempeña aquí el papel de empático, clarividente "dotado" que desentraña la pervivencia fantasmal de nuestra ciencia. Su respuesta, su propuesta, es "entender la ciencia como una actividad fantasmal en el contexto de la cultura española. No es que no haya habido ciencia, sino que está infrarrepresentada, falta de reconocimiento. Su rastro en el pasado es intermitente, evanescente, en una palabra, fantasmal" (p. La historia de nuestros fantasmas se desarrolla en ocho visiones. La primera de ellas es "Espectro y avistamiento del Mar del Sur. Balboa, Ponquiaco y lo que ocultan los mapas" (pp. 22-49). El tema de este capítulo podría ser el fantasma, o la quimera, del oro; o también el mapa fantasma y el Padrón Real. El asunto que se nos narra es el primer relato del avistamiento por Núñez de Balboa del Océano Pacífico y la intervención en él de un invisibilizado cacique indígena, Ponquiaco. Se plantea cómo fue el oro el que estuvo siempre en el centro de la búsqueda de territorios nuevos y en sus mapas, y cómo la consideración del nuevo mar o lago (el lago español) avistado estaba determinada por los conceptos y viejas imágenes sobre si el istmo era un continente unido a la India o uno nuevo. Compara estas ideas con una carta portulana que, siendo de tecnología medieval, se usó para representar el nuevo descubrimiento y finalmente relaciona la ciencia secreta de los mapas con la desaparición de los documentos de Balboa, de sus propios restos y su ocultación en el relato final, del mismo modo que él hiciera con los indígenas que le guiaron. "Naturalezas de otro mundo. Imágenes de las Indias Nuevas" (pp. 50-95) desarrolla un asunto importante que tiene que ver con la representación en imágenes de cosas nuevas y que incluso no se han visto personalmente. Las imágenes que nos lo traen a la memoria son, en primer lugar, una de las ilustraciones realizadas en el contexto de las Relaciones Geográficas, la encuesta informativa sobre las realidades naturales y humanas de las posesiones americanas de Carlos V, emprendida según el cuestionario redactado por López de Velasco en 1577. Como en el primer capítulo, aquí la presencia física y cultural de los indígenas americanos aparece resaltada en el análisis de una de las conocidas como pinturas de la Nueva España, un mapa de la población de Macuilxóchitl, en la provincia de Oaxaca, que es interpretado como una representación del espacio y la cosmovisión mexica e incluso de la historia local, dibujada por un para nosotros anónimo autor que a su través nos muestra la memoria perdida de su pueblo. Esta pintura hace de espejo oscuro para otras representaciones de la naturaleza americana, asimismo debidas a indígenas, pero también mediadas, o mejor ventrilocuadas (p. 70), por la visión europea, a través de otro gran recopilador de imágenes y conocimientos de la naturaleza americana, el protomédico general de las Indias, Francisco Hernández, a quien Felipe II envió a la Nueva España con el encargo de ver y recoger los recursos naturales y humanos con utilidad para su reino y gobierno. Seguramente la expedición y la monumental información traída hasta el Escorial por éste sea una de las obras más grandiosas de nuestra ciencia; pero también es, casi seguro, la más fantasmal. La expedición de Hernández (1570-1577) "bien merecería el título póstumo de la expedición fantasma por antonomasia de la ciencia española: la que inauguró unas formas de descubrimiento y desvelamiento, pero también de ocultamiento y desaparición" (p. Juan Pimentel adjudica a Hernández el título de santo patrón de los espectros de la ciencia española, y con toda razón, si seguimos el relato sobre su método de observar, trasladar y reproducir las formas de las plantas y los animales vistos directamente, pero representados a través del conocimiento indígena. Representémonos la exposición de estas pinturas con todos sus colores y sus nombres nahualts en la biblioteca del rey, que debía configurar una especie de Atlas Mnemosyne avant la lettre; la no publicación, sin embargo, de sus 16 libros sobre la naturaleza americana y sus particulares ediciones póstumas; la pérdida o la ocultación de los dibujos en El Escorial, a la par que la difusión europea de sus hallazgos, para darnos cuenta de su invisibilidad. Una obra de un porte sobrehumano, que, como en una maldición, no se consigue concluir, que no recibe el reconocimiento debido, a pesar de ser un tesoro, que se deja perder entre incendios y negligencias; es decir, un fantasma que deja vislumbrar lo que debió haber sido en vida. En el capítulo siguiente, "La mirada del ángel. El atlas del microscopista y la cultura del desengaño" (pp. 96-137), pasamos a la presencia de otro tipo de ser sobrenatural, el ángel, de naturaleza ambigua como el fantasma, pero cuya relación con los humanos es muy distinta. Aquí se le ve acompañado y contrastado (como es la estructura habitual de exposición en los distintos capítulos) por otra imagen, también relacionada con la muerte, como los fantasmas, pero que asociamos con la mortalidad humana, no con la eternidad angélica: el esqueleto. Dos cuadros de Vanitas de un pintor del siglo XVII, Antonio de Pereda y las láminas de un grabador anatomista, Crisóstomo Martínez, sirven al autor en este caso, acompañados por una enorme erudición (que atraviesa todo el libro). Siguiendo argumentos sutiles y algo alambicados, como corresponde al análisis de la cultura del barroco, persigue las relaciones entre la mirada de los ángeles y el incipiente microscopio, entre la melancolía y el desengaño del barroco y su visión de la anatomía microscópica, en búsqueda de una unión entre la visión del cuerpo individual y el contrato social de la persona y su final en la muerte y la resurrección. La contigüidad del capítulo con el anterior se debe a un criterio cronológico, que apoya la estructura de la obra, pero es el siguiente, "La flora imaginaria. Mutis y la botánica ilustrada" (pp. 139-181), el que, por su contenido, y a pesar de que las fechas los separan, enlaza mejor con el que se ocupaba de las imágenes de las Indias; y no solo porque trate de las plantas americanas, sino porque los paralelos y la continuidad entre el sabio y activo Hernández y el emprendedor y naturalista en Nueva Granada, José Celestino Mutis, son evidentes. Juan Pimentel pone en relación la magna flora de Nueva Granada, cuyas espectaculares láminas fueron hechas por pintores colombianos y ecuatorianos, pero traída a España en 1816, poco antes de la Independencia, con la obra de Hernández, en cuanto que quedaron inconclusas y escondidas. Ambas son un tesoro oculto y disputado. La monarquía ilustrada vio en las plantas del trópico el nuevo oro americano y en consecuencia invirtió una enorme cantidad de recursos para conocer y representar esa riqueza. La cuestión es que ese lujo, que solo podían permitirse los reyes, no fue finalmente ni siquiera expuesto. La Flora de Bogotá permaneció inédita, y por lo tanto invisible; el tesoro quedó oculto en el Jardín Botánico de Madrid y no fue rescatado hasta más de un siglo y medio después. La narración de la vida secreta de esta "flora de papel" (al igual que las vicisitudes de su creador, Mutis) es, de por sí, un relato con materia novelesca suficiente para convertirse en un best-seller. Aparte de contar la apasionante historia de la flora de Mutis como tesoro patrimonial, Juan Pimentel dedica una parte de su análisis a su significado como alegoría de la patria, y para ello se sirve de dos plantas de forma e historia singular, la pasionaria y la caldasia. Las láminas de la flora de Mutis, en su excepcional calidad e incluso en su exceso formal, llevan la impronta del lujo, de lo extraordinario; son un tesoro y, como tal, un patrimonio con el que Colombia ha querido significar la Ilustración de su nacimiento como nación y España reivindicar su colonialismo como algo más que evangelización y expolio de oro. Las imágenes de la nación, las identidades creadas a través del conocimiento del terreno, la naturaleza y sus habitantes, es otro de los asuntos presentes transversalmente en los ensayos de este libro. Pimentel vuelve a uno de sus recursos preferidos, los mapas, en el siguiente capítulo: "Figuras de la nación y del tiempo. Los mapas de España y algunos fósiles peninsulares" (pp. 183-233), con el que estas viñetas, que emergen como fogonazos de luz que van iluminando en cada caso un objeto, un momento o un personaje, entran ya en el siglo XIX. Resulta bastante incontestable la importancia de los mapas para la formación de una cultura nacional. A esas alturas, España, "si se miraba a sí misma [...], se sentía como esos vampiros o espíritus fantasmales que no encuentran reflejada su imagen en el espejo" (p. O, utilizando otra imagen también muy sugerente, era un "país por rellenar" (p. La historia de cómo se produjo este relleno de nuevo es una sucesión de fracasos parciales, proyectos fallidos y hermosísimas realizaciones, como la construcción del Real Observatorio Astronómico de Madrid (otro de nuestros fantasmas preferidos). Incluso en una historia árida, como pueden ser las protagonizadas por ingenieros, emergen aquí personalidades y objetos, importantes y atractivos, como la ingente tarea del ingeniero militar Carlos Ibáñez e Ibáñez de Ibero, inventor del "aparato de Ibáñez" entre otros muchos logros. Pero, si necesario era tener bien triangulado el territorio nacional, no menos importante era saber que había por dentro-debajo de esa tierra. La importancia de la geología y los ingenieros de minas no solo para el desarrollo económico de la patria, sino más profundamente aún para saber si en esos interiores estaban las causas de sus males, sirven también al autor para revelarnos la belleza de otros fantasmas: los fósiles, las "piedras figuradas", las "medallas de la creación" (p. 215), enterradas y ahora desvelando las verdades subterráneas de un pasado remoto, que cambiaba radicalmente la imagen de la nación. Si se trata de ciencia española, es evidente que tiene que aparecer Cajal y, en efecto, hay un capítulo en el que es protagonista: "Una lección de anatomía. Tal vez, su justificada preeminencia y su continua aparición en los relatos como héroe y salvador del honor nacional en el campo científico, podría llevar a discutir que se le trate como un fantasma. Sin embargo, la falta, aún al día de hoy, de un espacio dedicado a la reunión de su legado, su conservación y su exposición pública es una realidad. "Cajal no descansa en el lugar que merece [...] El fantasma de Cajal sigue reclamando un espacio físico y simbólico más digno, aunque también sigue emitiendo señales luminosas desde el pasado, como las apariciones o las luciérnagas" (p. El ensayo de Pimentel se ocupa del carácter artístico de las fotografías y los dibujos de Cajal, inseparables de sus descubrimientos científicos, y así se analizan sus dibujos de las neuronas en relación con el uso de la lente microscópica. Más allá de esto, el objeto son dos retratos fotográficos. El autorretrato en su laboratorio y la famosa foto de Alfonso, Clase de disección, de 1915 (que se ha tomado también como la imagen de portada del libro). Entre varias líneas de interpretación que se enmarcan en la evidente relación de este retrato grupal con las famosas lecciones de anatomía de la pintura holandesa del siglo XVII, se arriesga una argumentación algo más comprometida, al señalar cómo la figura del supuesto cadáver que está en primer plano de la foto, en una supuesta mesa de disección, es en realidad un no muerto. Esta imagen puede servir como trasunto del fantasma de la ciencia española: casi muerta, pero que es posible de revivir, como la obra de Cajal y de los otros científicos que la Junta para Ampliación de Estudios apoyó e impulsó casi consiguió en las primeras décadas del siglo XX. El siglo XX, sus continuidades a pesar de la tremenda ruptura de la guerra civil y la desolación de la postguerra, vienen a continuación y, significativamente, protagonizado su cuadro o escena en este libro por dos mujeres: "Mujeres que observan. Las dos figuras son muy diferentes (siguiendo la estructura dicotómica que se aprecia a lo largo de los capítulos del libro). Una es Maruja Mallo, una artista de espíritu libre, exiliada y relativamente conocida. La otra es Piedad de la Cierva, científica, miembro del Opus Dei, bien conectada con el sistema político de la dictadura y bastante desconocida. Al interpretar los distintos proyectos artísticos que jalonan la trayectoria de Mallo, vuelven a aparecer los ángeles y los esqueletos en sus primeras obras, La verbena (1927) y Antro de fósiles (1930). La argumentación gira en torno al carácter surrealista o no de la creación de Maruja Mallo, frente a la influencia de cierta matemática u orden numérico en sus obras últimas. Por otro lado, la conciencia de la artista como propagandista de sí misma es puesta en contraste con las circunstancias de la investigadora de la Cierva, su relegación debida al género y al medio ideológico-político del nacional-catolicismo, que opacaron sus aportaciones importantes en el campo de la química y la creación de instrumentos y cristales ópticos. Los impedimentos para conseguir una cátedra universitaria, el trabajo en un centro militar -el Laboratorio y Taller de Investigación del Estado Mayor de la Armada, donde fabricaba muy buenos prismáticos-, sus viajes al extranjero, antes de la guerra como pensionada de la JAE, pero también después, en 1949, no dejan de ser sorprendentes. Como lo es también que una mujer que dedicó todo su esfuerzo a buscar el vidrio óptico más puro y limpio, y lo consiguió, en esta búsqueda -también espiritual- se empeñara en pasar desapercibida; es decir, en lograr su propia transparencia (p. Avanzando en esta reflexión sobre la ciencia y el arte, no podía haber mejor colofón que la historia del edificio del Museo del Prado, del que en 2019 se conmemoró el bicentenario de su creación. Este evento sirve al autor para recordar que los actos y los lugares de memoria lo son a la vez de olvido, y para traer hasta nosotros otro fantasma egregio, el del caballero de Guayaquil Pedro Franco Dávila, dueño de uno de los mejores gabinetes de historia natural de Europa, del que no ha quedado ni una sola imagen, aunque sí muchos materiales y colecciones, que estuvieron destinados precisamente a ser ubicados en el edificio ideado por Villanueva para alojar el Real Gabinete de Historia Natural. La conversión del inicial museo de ciencia en pinacoteca, y la posterior "nacionalización" del Prado, es expuesta como un correlato de la construcción de una identidad nacional en la que la ciencia fue abandonada por el arte: "la nación se proyectaba sobre los lienzos y no sobre los microscopios" (p. Este último capítulo: "Naturalia en la pinacoteca. Una exposición en el Museo del Prado" (pp. 343-385) se dedica a una exposición del artista Miguel Ángel Blanco, celebrada en 2013, titulada Historias Naturales, y en la cual introdujo en el Prado elementos y materiales de la naturaleza (muchos de ellos procedentes del Museo de Ciencias Naturales), que eran puestos en diálogo con varias de las pinturas emblemáticas del museo. La evocación fantasmal del gabinete que no fue, la extrañeza e incluso el susto de ver un toro disecado mirando al toro blanco del Rapto de Europa de Rubens, o la sombra del esqueleto de un delfín proyectándose amenazadoramente sobre la estatua de Venus en la instalación titulada "Un leviatán engulle a una diosa", nos acecha o al menos nos inquieta, como algo que no está ni totalmente ausente ni del todo presente. En este ensayo final, como en los que le preceden, aparecen rastros de ideas y de otros trabajos anteriores de Juan Pimentel, que desde hace tiempo viene reflexionando, con la perspectiva de la historia cultural de la ciencia, sobre algunos de los hechos, los objetos, las imágenes que en este libro han tomado amplitud. Algunos de estos trabajos ya habían sido publicados antes fragmentariamente por el autor. También algunos de ellos se inspiran -y se reconoce ampliamente esta inspiración- en las investigaciones de otros autores. El trabajo con mapas de Pimentel, conjuntamente con Sandra Sáenz-López, para la exposición Cartografías de lo desconocido: mapas de la Biblioteca Nacional (2017), está en la base del primer capítulo y en otros. La tesis y el libro posterior de José Ramón Marcaida, Arte y ciencia en el Barroco español (2014), como otras publicaciones de José Pardo Tomás, están muy presentes en el capítulo dos, pero en realidad por todo el libro. El artículo de Nuria Valverde sobre Crisóstomo Martínez inspira en parte el capítulo tres. Antonio Lafuente, Francisco Pelayo, Leoncio López-Ocón, Ana Romero y otros muchos historiadores de la ciencia, colegas cercanos, aparecen no solamente citados, sino configurando un diálogo fluido. Así pues, este libro forma parte de una comunidad en que el autor es reconocido sin ambages. La erudición que muestra, la inmensa lista de obras que aparecen en él referidas, nos indican que estamos ante un investigador solvente e importante. Un historiador que no ahorra trabajo; ni en la búsqueda de material, ni en la lectura de la bibliografía ni, lo que es a la postre más relevante, en la reflexión, el contraste y el aporte de nuevas ideas. Además, y desde otro punto de vista, la obra pertenece a un proyecto intelectual propio, en el que partiendo del estudio de las expediciones y los viajes ilustrados, y tras dedicar muchos años y varios libros a uno de los más grandes, y también espectral, exploradores europeos, Alejandro Malaspina, ha ido fijándose en los últimos tiempos en los objetos, o mejor dicho, en los especímenes; en la materialidad y la representación de los propios elementos de la naturaleza, como sujetos de la historia (El Rinoceronte y el Megaterio: Un ensayo de morfología histórica, 2010; The Rhinoceros and the Megatherium: An Essay in Natural History, 2017). Estas dos líneas están en Fantasmas de la ciencia española, pero además este último también participa de un concepto de la historia del conocimiento científico que se aborda como un hecho social y que se observa teniendo en cuenta que forma parte inseparable de la cultura. Otro libro de Juan Pimentel, de hace ya algunos años, estaba dedicado al análisis de la imbricación de la ciencia con los viajes y la literatura (Testigos del mundo. Este que acabo de terminar examina con enorme profundidad las relaciones entre cultura visual, arte y ciencia. No solo lo recomiendo como lectura de historia de la ciencia, sino como lectura a secas. Y me atrevería a proponer un título alternativo para él: La belleza de la ciencia española.
Pardo-Tomas, José; Zarzoso, Alfons, Sánchez-Menchero, Mauricio (eds.) Regímenes de exhibición de lo humano. Barcelona y Madrid, siglos XVII-XX. En la segunda mitad del siglo XVI, el Estado Pontificio inició un comercio de momias procedentes de las catacumbas romanas que, convertidas en reliquias, pasaron a exhibirse para ser veneradas en numerosas iglesias junto con no pocos especímenes de sangre que podían licuarse. Esta teoría de cuerpos y fluidos incorruptos se interpreta en el contexto de la Contrarreforma y de cambios en los referentes simbólicos del Barroco ibérico (Bouza Álvarez, 1990). A este «régimen de exhibición» debe añadirse la extraordinaria proliferación de representaciones del cuerpo anatómico de Jesucristo o de algunos mártires, evidentemente inspiradas por los cánones renacentistas tanto en pintura, dibujo o escultura. La imaginería religiosa, especialmente las tallas en madera de cuerpos masculinos desnudos como el Yacente en ataúdes transparentes o del Cristo de la Injurias zamoranos, se integró en la teatralidad de la Semana Santa barroca –un régimen de exhibición específico- y así ha llegado a nuestros días. La corporeidad mostrada se inscribía en un discurso visual, teatral, sobre el sufrimiento humano que contrasta con los cuerpos apolíneos presentes en los tratados de anatomía a remolque del De corpore fabrica o en el David de la Piazza della Signoria florentina. Tenemos pues regímenes de exhibición, unos incrustados en la educación médica, otros iconos del espacio público o inscritos en una perfomance teatral muy culturizada en el caso del catolicismo contrarreformista y que contrasta con la idea expuesta, en su momento, por Ortega y Gasset, que en el teatro clásico francés del XVII los actores eran como estatuas que hablan, una metáfora muy interesante. De algún modo el contraste entre estos regímenes de exhibición pone de relieve dualidades o polaridades, entre aquellos basados simplemente en el hecho de mirarlos y aquellos encarnados en la proyección de sentimientos y emociones. El libro que nos ocupa se centra en regímenes de exhibición basados en colecciones de piezas, herramientas de exhibición, la mayor parte de las cuales, quizás con la excepción de los monumentos funerarios, están destinadas a alimentar la curiosidad o a formar parte de procesos educativos en contextos públicos y privados y en distintas arenas sociales. Si el desnudo de Diane de Poitiers, la Venus de Rafael o la del Espejo velazqueña se inscriben en regímenes privados de exhibición, las colecciones privadas de curiosidades (artifacts), también. Empiezo esta reseña con las primeras impresiones que me produjo un primer examen del libro. Quizás fuese una asociación libre en términos psicoanalíticos, pues el concepto analítico que los compiladores de este volumen introducen en el subtítulo -regímenes de exhibición- me llevó a ello. Supongo que «regímenes» permite un diálogo abierto con el «dispositivo» foucaultiano, y de ello hay algunas referencias en el libro. Considero esta propuesta conceptual -el «régimen»- atinada y prudente. Pone de relieve la necesaria toma de distancia acerca del significado y del valor simbólico de la visualización de los cuerpos o de los objetos, sin negar su inscripción en códigos culturales propios de contextos culturales e históricos específicos. «Régimen de exhibición» permite cierta distancia escéptica, indispensable para esquivar los límites de la contextualización de los casos que se incluyen en un libro que no deja de ser una aportación inicial a un proyecto que dará muchos más frutos. Ser punto de partida exige una somera descripción y comentario de sus condiciones de producción. En el momento presente los criterios para armar un libro por capítulos no son los mismos que hace algunas décadas. Se justifican por ser de publicaciones condicionadas por su financiación como proyectos competitivos. Esta dependencia impone ajustar los resultados a los objetivos de los proyectos y dejan poco margen a lo que el gran C. Wright Mills consideraba la «imaginación» en ciencias sociales y humanas. Tanto es así que la presentación de los editores se limita a describir las condiciones de producción del libro y su estructura, esta última muy interesante, y se reservan para el final una aportación de naturaleza teórica e interpretativa que permite dar sentido al conjunto del libro y que es de crucial importancia en el contexto de la producción científica sobre el tema y por su proyección aplicada. Proyectos como este combinan investigadores dispersos en distintos centros. Esto obliga en muchas ocasiones a ejercicios de prestidigitación cuando unos y otros difieren por sus contextos históricos locales a menos que sean abordados desde una perspectiva comparativa. Esto es perceptible en este libro pues se basa en archivos y colecciones de fondos muy diversos y en contextos históricos, sociales y culturales distintos en Barcelona y Madrid. Además, se trata de una gavilla de casos contemplada desde perspectivas interdisciplinares ricas y diversas tanto desde un punto de vista teórico, haciendo converger la teoría cultural y la del arte, la comunicación y las ciencias sociales, como práctico, pues es una obra que se sitúa en un espacio a caballo entre la historia de la antropología general, la de la historia natural, la anatomía y la historia de la medicina. Mirado en su conjunto debe ubicarse entre la historia de la antropología y de los science o cultural studies, en la medida que el conjunto de los contenidos del volumen efectúa aportaciones sustanciales a la historia cultural del cuerpo humano. El libro se estructura en torno a tres lugares, arenas o espacios de exhibición, un criterio muy atractivo: el primero hace referencia al espacio privado, el segundo a los regímenes de exhibición en el aula y el tercero a los espacios públicos: museos, exposiciones, etc. La primera parte se ocupa de las colecciones particulares de objetos a partir de un estudio intensivo de caso, el de la colección privada Salvador en Barcelona. Se describe su evolución desde el ámbito privado hasta formas incipientes de exhibición pública. En esta parte se analizan por parte de Juliana Morcelli los artifacts humanos en una colección heterogénea, los artifacts procedentes del mundo marino por Ana Trías Verbeeck, mientras que Xavier Ulled estudia la evolución de esa colección privada en el siglo XIX en comparación con otra colección vinculada, la del «Museo Soler» también en la Ciudad Condal. Las aportaciones sobre esta colección destacan el papel del coleccionismo privado. Es un hecho que la mayor parte de pinacotecas europeas procede de colecciones reales, pero el desarrollo de colecciones privadas de objetos – en este caso por profesionales o particulares- debe contemplarse a partir de su paralelismo con la anterior. En el caso de la colección Salvador, su interés debe articularse con lo que Amelang (1986) consideró como el desarrollo de una nueva clase dirigente en Cataluña y Barcelona, compuesta en buena medida por el papel que jugaron en ella los profesionales –médicos, abogados, boticarios o paraires como Miquel Parets (1989)- junto a las instituciones. De esa clase dirigente emergió el riquísimo coleccionismo privado, de muy diversas intenciones: desde el zoológico privado del marqués de Alfarrás al coleccionismo postromántico representado por las colecciones Plandiura, Cambó o la de Federico Marés o el científico representado por el Museo Martorell, el Gabinete de la Mentora Alsina, el museo de Banyoles y las tres principales colecciones etnográficas de objetos de ultramar de Barcelona: la acuñada por la familia Folch, la de los Capuchinos de Sarrià así como la colección con que August Panyella dotó al museo Etnológico y Colonial del Ayuntamiento de Barcelona. La inmensa mayoría de las colecciones de los museos catalanes procede de este tipo de coleccionismo particular, en especial los que hacen referencia a lo científico. Podemos añadir las colecciones del Museu d'Història de la Medicina Catalana como el producto de donaciones de particulares. Los tres autores describen los materiales de la colección y los ubican en un contexto cultural internacional sin entrar a analizar su significado en el contexto social e histórico local y su articulación con el desarrollo de las ciencias naturales. No queda claro en los escritos el papel que pudieron jugar la llegada a Cataluña de la historia natural moderna y su derivación en forma de antropología general desde mediados del siglo XVIII. Sí es importante señalar cómo la articulación de la sociedad catalana con el capitalismo induce en los propietarios de la colección su resignificación y su posicionamiento como herramienta de proyección pública e incluso con trascendencia pedagógica y económica. El segundo bloque del libro remite a regímenes de exhibición de naturaleza explícitamente pedagógica. Aunque es indudable que el coleccionismo privado acaba revirtiendo en proyectos de musealización o exhibición de valor pedagógico, lo que plantea la segunda parte del libro es el papel instrumental formativo en un ámbito especializado de espacio público, las aulas de las escuelas de medicina, y la introducción de lo visual en la formación de estudiantes de medicina más allá de las preparaciones clásicas de cadáveres. En este bloque, Maribel Morente explora los modelos anatómicos de la facultad de San Carlos en Madrid, Begoña Torres las placas de cristal para linterna mágica y Alfons Zarzoso la peripecia del museo de anatomía patológica, ambos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. Este bloque plantea, a mi juicio, un contraste en términos de perspectiva analítica. Maribel Morente analiza la colección de modelos anatómicos del Real Colegio de San Carlos madrileño a finales del XVIII, mientras que Torres y Zarzoso lo hacen sobre colecciones de finales del XIX y primeros del XX en la Ciudad Condal. La primera aborda el tema desde una perspectiva próxima a la historia del arte y del significado iconográfico que tuvo en distintas facultades de medicina la adquisición de esos modelos. El contexto internacional que describe no presta atención al papel que jugaron algunos hospitales europeos, como la Royal Infirmary de Edimburgo, la nueva escuela médica de Gotinga o el Iosephinus vienés en el desarrollo de una nueva clínica (Bueltzingsloewen, 1997) ya muy centrada en la mirada sobre el caso. No es casual que al hablar de la colección Salvador se hable también de Boerhaave -el «inventor» de las «salas de observación» en Leyden- y de cómo este nuevo modelo dota de tridimensionalidad a los objetos formativos, más allá de los modelos bidimensionales de los tratados de anatomía o de las experiencias mediante desplegables de estos. Torres y Zarzoso en cambio estudian el contenido y el continente del Museo que se inscribe en el contexto de la fundación y desarrollo de la nueva Facultad de medicina, una vez abandonada la sede del Colegio de Cirugía del siglo XVIII, con su espectacular anfiteatro anatómico y cuyo panopticismo artístico puede relacionarse con el significado de la colección madrileña. Hay una evidente transición entre la corporeidad y tridimensionalidad de los cadáveres y de los moldes de cera del siglo XVIII y la bidimensionalidad de las placas de linterna mágica, que derivarían décadas más tarde en las diapositivas y más recientemente en la cinematografía, la videografía o los power point. El Museo que describe Alfons Zarzoso plantea de nuevo una paradoja. Se trata de cómo, en el siglo XX, el modelo de coleccionismo privado de los Salvador se proyecta a partir de un fundador en una institución pública y ya no privada. En octubre de 1966, cuando llegué a la Facultad, ese museo existía, pero estaba cerrado y formaba parte de la mitología popular de los estudiantes de anatomía. Aun en el tardofranquismo subsistían usos residuales de las láminas de linterna mágica pero ya no competían con los dibujos «Testut-style» del profesor Joan Lluch realizados mediante tizas de colores y con algún documental muy esporádico en términos de «lámina hors-texte» como forma de amenizar un curso soporífero. Taure, catedrático de anatomía, proyectaba una película en super8 sobre el desarrollo del embrión humano, a partir de una animación con legumbres: guisantes, garbanzos, etc., que los chuscos denominaban «la paella» y que, en caso de haberse preservado, tendría hoy un interés patrimonial evidente. Ese mismo año, la llegada de Domingo Ruano a la facultad supuso una revolución en los regímenes de exhibición anatómica al sustituir la representación realista presente en las placas de vidrio o en el dibujo en el encerado por una técnica distinta de representación funcional del cuerpo esquemática basada en un dibujo ambidiestro más o menos sistemático. Dos años más tarde las colecciones de diapositivas en fondo azul y letras amarillas de Ciril Rozman suponían, de nuevo, un cambio radical en los materiales didácticos. A mi juicio, el interés de estos dos capítulos del libro radica en mostrar cómo sendas innovaciones en el contexto de la construcción de una facultad de medicina pierden su significado inicial y se convierten en un ejemplo de la esclerosis y la crisis de la enseñanza médica hasta casi el final del tardofranquismo. El tercer bloque es misceláneo y se compone de un primer capítulo de Chloe Sharpe sobre la escultura funeraria y su relación con la escultura anatómica en la Barcelona del modernismo y dos capítulos a cargo de Haydée García Bravo y Mauricio Sánchez-Menchero, respectivamente, que corresponden al campo de la historia de la antropología general del siglo XIX, como son las exposiciones coloniales de tipos humanos y la fotografía de estos últimos. Esta parte corresponde a un cambio en el lugar de exhibición, ya en este caso directamente el espacio público. En un primer momento, en el cementerio, entendido como régimen de exhibición de una nueva clase social que se proyecta también en ese lugar y ya no únicamente en el coleccionismo a partir del uso del arte culto. En cambio, la aportación de Haydée García Bravo remite a lo que en el siglo XIX y primera mitad del siglo XX se materializó en las «exposiciones coloniales», una de las cuales, la de Filipinas a finales del siglo XIX en el Museo Antropológico de Madrid, fue una de las bases de la colección etnográfica de ese museo. En este caso, sin embargo, se pone de relieve una dimensión distinta, identitaria de la nueva república mexicana en tiempos del porfiriato y que en cierta medida prefigura lo que un siglo más tarde dará lugar a la parte etnológica del Museo Nacional de Antropología en México. Resulta muy interesante la dimensión política de la exposición de Madrid, así como los criterios de selección de objetos en un periodo anterior a las políticas posteriores del indigenismo del primer tercio del siglo XX y al hecho de escoger maniquíes en lugar de traer personas como se hizo en distintos lugares en esa misma época. La aportación de Mauricio Sánchez-Menchero sobre las fotografías corporales se inscribe en las investigaciones que se vienen haciendo sobre las fotografías de tipos humanos que se desarrollaron en el siglo XIX y de las que hay que destacar al menos tres, unas de carácter privado, las fotos de difuntos, la segunda, las fotografías de tipos humanos de «sociedades primitivas» o «salvajes», y las que se describen en el capítulo de personajes más o menos singulares, entre los cuales los enanos acondroplásicos, que formaban asimismo parte de espectáculos circenses –actualmente aún en la lucha libre mexicana-, junto con otros especímenes humanos. El libro concluye con un ensayo de Alfons Zarzoso y José Pardo que, de modo muy sintético, resuelve algunos de los desajustes a que aboca la lectura ordenada del texto –como fue mi caso. Existía la opción de ubicarlo como presentación, pero me gusta más la solución propuesta y me permito recomendar a los lectores que no aborden el libro por el final, porque permite ligar el conjunto. Este epílogo es un punto de partida puesto que los materiales expuestos a lo largo del libro lo son también. Aunque algunos de los aspectos descritos se han abordado en otros lugares, no hay para España un trabajo colectivo equiparable y menos aún con su naturaleza interdisciplinar. El epílogo consta de tres partes. La primera contribuye a aclarar las claves teóricas del concepto de «régimen de exhibición», como puerta de entrada a estudios de caso particulares. Recupera la distinción entre comprender y explicar que ha sido clave en la antropología histórica del país (Terradas, 1985) y que es fundamental para delimitar los significados contextuales de los regímenes. El problema deriva de lo que supone trabajar con casos singulares, locales y no con series. Los casos singulares no pueden siempre inscribirse en contextos muy generales, sino muy a menudo solo en contextos muy locales y particulares. De ahí el viejo concepto del «extended case method» propio de la antropología profesional del siglo XX. De ahí los aportes que la teoría antropológica ha hecho a las fuentes de la historiografía local. La anécdota es, para un historiador positivista, una simple anécdota, mientras que para un antropólogo, o en antropología histórica, esa anécdota puede ser una unidad de significado cuya singularidad permite comprender, aunque no lo explique del todo, un contexto determinado. El caso de la escultura funeraria del cementerio de Montjuïc en manos de un escultor anatómico es un ejemplo evidente, y el gabinete Salvador otro. Ambos nos hablan de Barcelona y de sus gentes. Los distintos contextos culturales locales de la exhibición del cuerpo humano deben ser analizados localmente, aunque deban y puedan inscribirse en contextos culturales generales. La articulación entre lo local y lo general –las corrientes culturales o la economía política entre otras– es indispensable para comprender el sentido del caso, no necesariamente para explicarlo del todo puesto que partimos a menudo de adaptaciones culturales locales, que algunos autores consideran «mestizajes», y que son infinitas (Appadurai, 1996). Los grupos sociales locales no son marionetas en manos de unos protagonistas, son el producto de adaptaciones, invenciones, de copias, de influencias que permiten construir y reconstruir permanentemente significados nuevos. Por eso me interesa el régimen de exhibición de los cortejos de Semana Santa y su contraste con los casos expuestos en el libro ha sido para mí muy importante. Nacieron durante el Barroco y han sufrido muchos cambios a lo largo de los siglos, pero manteniendo cierta estabilidad merced al ritual. Hay diferencias abismales entre casos locales que tienen que ver con la construcción de significados locales e identidades. Lo mismo sucede con la muestra mexicana descrita en el libro –una operación de Estado durante el porfiriato-, que prefigura la política de estado indigenista de tiempos de Cárdenas y la ideología presente en el diseño del Museo Nacional de Antropología y los debates actuales sobre los objetivos de los museos etnográficos y etnológicos. La segunda parte del epílogo remite al principio de lo particular a lo general. Si en la primera los autores vuelcan un aparato erudito, en esta segunda no hay referencias –una en realidad- y sí una apasionante y sintética reflexión sobre la complejidad a que esta línea de investigación conduce. Complejidad que no puede ser resuelta más que desde una perspectiva radicalmente interdisciplinaria en la medida que los regímenes de exhibición a medida que nos adentramos en el siglo XX rompen todos los esquemas precedentes de la mano de la cinematografía, del papel que juega la prensa popular y ya en la segunda mitad del siglo XX de la televisión analógica y la primera fase de la videografía. Lo que ha sucedido después, ya en el siglo actual, es una revolución. La última parte del epílogo remite al problema de la patrimonialización y la preservación. Tiene por ello una dimensión aplicada que es necesario vindicar por una tarea que me parece urgente de preservar un tipo de fondos que, por su aparente irrelevancia corren el peligro de desaparecer a menos que se les ubique, como en este caso, en el marco de estudios sistemáticos que los pongan en valor. El libro tiene, no podía ser de otra manera, un cuadernillo, literalmente apasionante, de «planches hors-texte», pero fundamentales para comprender sus contenidos, así como un índice alfabético al final. Una única objeción sería que el sumario está al final del volumen y no al principio. Pero es algo muy menor ante un libro indispensable no solo para las casuísticas abordadas sino para cualquier otro régimen de exhibición.
Vemos lo que sabemos. La cultura de la visión en Goethe. El príncipe de las letras alemanas, una figura equiparable a lo que Shakespeare o Cervantes representan para el mundo anglosajón o el hispanoparlante, fue un gigante de las ciencias naturales. De hecho, Goethe siempre creyó que su Teoría de los colores (Zur Farbenlehre, 1810), un tratado compuesto por 1.400 páginas y que incluye una formidable historia de la óptica ("la historia de la ciencia es la ciencia misma" dejó dicho), era su obra más destacada, su mejor contribución a la humanidad (incluyendo su poesía, teatro, novela y ensayo). Frente al dogma newtoniano, frente a la óptica de los experimentos cruciales y los instrumentos, frente a la ciencia matemática y la geometría sublime del "amado de las musas", se alza –retadora e imperecedera- la figura de Goethe a finales de la Ilustración, invocando las visiones anticipatorias, el carácter parcial de las experiencias, la mirada como teoría y la luz como máxima expresión de lo humano y lo natural ("luz, más luz" se dice que fueron sus últimas palabras). Los colores, lejos de anidar en el seno de la luz blanca antes de ser divididos tras su obediente paso por el prisma, era actos y padecimientos de la luz al entrar en contacto con la sombra, hijos de la verdad y la mentira, desde el azul al amarillo, hijos del crepúsculo que nunca dejó de observar y venerar el poeta. Este libro tiene muchas virtudes. La primera, poner en castellano una obra a la altura de su protagonista, un texto que dialoga y conoce bien la literatura alemana sobre el personaje (lo que resulta ya hercúleo, se figurará el lector, es como escribir sobre Leonardo o Leibniz). Su autor, Javier Arnaldo, profesor de historia del arte de la UCM, lleva muchos años pescando asuntos goetheanos como el propio Goethe pescaba colores en los lagos y manantiales de Verdún, Jena o Weimar. Arnaldo ha editado la Teoría de los colores y ha publicado diversos estudios y artículos sobre Goethe, la visión y la estética del romanticismo, siendo muy probablemente su mayor estudioso en lengua española. Quienes tuvimos el privilegio de ver la exposición que comisarió en el Circulo de Bellas Artes junto con Hermann Mindelberger sobre los dibujos y paisajes de Goethe en 2008, ya disfrutamos de una edición delicada y escogida de estas piezas que algunos han tratado también como otros desde la historia de la ciencia: con cierta condescendencia, marginando al literato al extrarradio de las ciencias naturales y de la pintura. Hasta en esto Goethe está reñido con la taxonomía, reacio siempre al encasillamiento, es decir, al nicho mortuorio, al féretro. Sin embargo, Goethe está muy vivo, aparece y desaparece continuamente en nuestro imaginario: en la pintura de Turner, en la República de Weimar, en el discurso de la física cuántica, en la pintura expresionista. Dilentantismo y verdad, titula Arnaldo uno de los epígrafes; amateur, santa palabra. Al leer estas página uno cobra conciencia de que el autor de Las afinidades electivas persiguió siempre los mismos temas, esos que nos delatan. Su pasión por el arte le llevó a la naturaleza, ésta le hizo regresar sobre el color o quizás fuera el dibujo el que le llevara a la luz, la fisiología sobre los experimentos y estos le devolvieran al paisaje. Tras su viaje a Italia (1786-1788) y la Revolución se volcó con sus dos grandes pasiones naturalistas, la luz y las plantas. Si todos los viajes son iniciáticos, el periplo italiano de Goethe hizo germinar o reveló sus pasiones por la vida y la imagen, por el paisaje, el arte antiguo y la physis de los griegos ("el continuo brotar", que decían los clásicos; "ahora en Sicilia la Odisea es palabra viva", dejó escrito el propio Goethe). Vemos los que sabemos consta de cinco capítulos, algunos de ellos variantes de estudios ya publicados, en el catálogo de la exposición mencionada o en el volumen colectivo Goethe: naturaleza, arte verdad (2002). El primero se titula "Goethe, apologeta de la apariencia". Arranca con la fascinación que ejerció sobre el Nobel de química Wilhelm Ostwald (1909) y en el pintor de los caballos azules, Franz Marc. Son brillantes las páginas dedicadas a las nubes mensajeras y la elasticidad del aire, expresión de la respiración telúrica, ese devenir del cielo en el que palpita la sístole y la diástole eterna del mundo. Aparecen Humboldt y la Geografía de las plantas, pero también Novalis, Constable y hasta Camarupa, una diosa india del deseo. Como Goethe, Arnaldo se deja asombrar y nos transmite ese asombro por fuentes heterogéneas. Pasamos de la meteorología de Luke Howard a la antroposofía de Rudolf Steiner en un abrir y cerrar de ojos, esos dos movimientos del alma para acercarse y recrear los fenómenos que nos rodean. El capítulo segundo está dedicado al "Círculo cromático. El color como teoría", donde se explica con detalle en que consistió su revuelta antinewtoniana, las conocidas tesis de Goethe sobre los colores, el ojo, la luz y la vista, el más alto de los sentidos, pues era activo como el tacto (desde la antigüedad el gusto, el olfato e incluso el oído eran pasivos) pero a diferencia de aquel prescindía del contacto, se depuraba de la materia, pertenecía al espíritu. El oído es mudo y la boca sorda, pero "el ojo percibe y habla", el "hijo" o "criatura de la luz", el órgano gestáltico por naturaleza, participa de lo que ve. El círculo cromático es la idea de un protofenómeno o urfenómeno –nos dice Arnaldo ligando el asunto a la planta primordial (la urpflanze), la base de metamorfosis de las plantas. Despliega luego el influjo de Moritz, los vínculos con Schiller y la rosa de los temperamentos, los esquemas de Paul Klee y el impacto de sus tesis sobre Purkinje, a quien debemos el nombre de las células que tan bellamente dibujó nuestro Cajal. Entre las perlas que el reseñista subraya destaca el aforismo de Lichtenberg,: "hay dos formas de investigar: con sangre fría o con sangre caliente". Goethe perteneció al segundo grupo. También Arnaldo, que se pasea por los colores aparentes, los juegos de naipes, los maravillosos dibujos, aguadas y carboncillos del pequeño libro de viaje, esos tesoros que legó como testimonio de su pasión íntima y su recreo admirativo por montañas, jardines y nubes. ¿Más perlas?: "Soñamos para no dejar de ver", una de esas recetas que encierra un programa de vida; "una hipótesis falsa es mejor que ninguna", otra que bien debería figurar en la agenda de cualquier investigador. "La mirada como metamorfosis" es el capítulo tercero. En él se abunda en la polarización y la intensificación, el arte apodémica del joven Goethe, el impacto que le causó el Laooconte, la dilatación y la contracción como doble movimiento de las plantas y de todos los seres que respiran. Frente a la taxonomía Goethe levanta la unidad orgánica y la vulnerabilidad de lo visible. "Sólo se alcanza a ver lo que ya se sabe y entiende". Impactan y nos hieren, en efecto, esos jardines de Weimar, las orillas del Ilm, donde renace en su forma arcaizante el clasicismo que contempló en Sicilia. Nos sigue llamando ese claro de luna que resuena de manera instantánea en la sonata de Beethoven. ¿En el principio era el verbo? No para nuestro genio polifacético. El capítulo cuarto se encabeza "La autobiografía como paisaje. 22 dibujos de 1810", variante de un estudio ya publicado, imprescindible en este libro. Se cuenta aquí cómo el dibujo del paisaje se erigió en autobiografía del poeta y cómo se entregó a la virtud y la tarea de la visión. Sus lemas fueron dividir lo unido y unir lo dividido, acercarse y alejarse, la superstición y la ironía (la lupa y el prisma). El quinto aborda los primeros escritos de Goethe sobre el color "antes de la Farbenlehre", la experiencia iniciática de 1792 cuando dejó caer unas piezas de loza en un río y al descender tuvo su aperçu, el momento en que declaró demolida la óptica newtoniana, aquel "vetusto castillo que, levantado por el constructor con precipitación juvenil, tuvo que ser ampliado y reacondicionado gradualmente por él de acuerdo con las necesidades de la época y las circunstancias". Efectivamente, la historia de la ciencia es una continua fuga. Aquí aparece El experimento como mediador entre el objeto y el sujeto, su escrito en el que, contra las tuercas y los tornillos que horrorizaban a Fausto, eleva al hombre como la máquina perfecta para el conocimiento. Una física venérea –apunta Arnaldo- y no marciana, podríamos apostillar con media sonrisa. El último capítulo es "El paisaje como imagen", dedicado a explorar la formación de Goethe como artista, su relación terapéutica con el dibujo y también con ciertas pinceladas sobre la historiografía de estos asuntos, así las destacados trabajos de Federmann, Münz o Femmel. Solo por contemplar la vista del atardecer en la costa palermitana junto a Posillipo, no lejos de la cripta que la leyenda atribuye a Virgilio, merecería la pena que los lectores de historia de la ciencia se acercaran a este libro, magnífico y muy personal, como lo es el círculo de Fernando Guerrero, Juan Barja, Félix Duque, Fernando Bouza, Elena Hernández Sandoica y otros ilustres de lo que podría llamarse el círculo Abada (que no es cromático aunque sí armonioso y que no está en Jena sino en el barrio de las letras), el sello que nos regala otra de sus muy cuidadas y luminosas ediciones. Esperemos por otra parte que los historiadores del arte y de la literatura se aproximen a la historia de la ciencia, una disciplina que, como no podía ser de otra manera, también se ha ocupado y con renovado interés del último hombre universal.
Correa, María José y Vallejo, Mauro. Cuando la hipnosis cruzó los Andes. Este trabajo es un ejemplo de la circulación de saberes y personas que se han dado en materia de salud durante los siglos XIX y XX en Latinoamérica. En esta oportunidad los autores, María José Correa y Mauro Vallejo, nos hacen partícipes de las peripecias de cinco "profesionales" extranjeros que arribaron a la Argentina y Chile como portadores de una serie de saberes novedosos, entre ellos la psiquiatría médica y el hipnotismo. Estos personajes emplearon sus encantos para ganarse tanto el odio como la admiración de distintos miembros de la sociedad de ambos lados de la coordillera generando así debates en ámbito científico, la opinión pública y la misma justicia. Los cinco capítulos que componen el libro tienen por objetivos visibilizar el surgimiento del hipnotismo en ambos países de la mano de los extranjeros, al igual que mostrar la teatralidad del espectáculo montado y cómo desde distintos sectores se los ridiculizaba. En el fondo el trabajo de estos autores apela a la trashumancia de estos personajes que dejaron una estela de testimonios por los lugares que transitaron y distintas consecuencias con aquellos que interactuaron. Las trayectorias de Alberto Díaz de la Quintana, el conde Baschieri, el conde de Das, Leovigildo Maurica y Enrique Onofroff son ventanas por las cuales se aprecian las dinámicas sociales, culturales y científicas de Santiago y Buenos Aires en el periodo 1880-1920. Esta investigación se inserta en una línea de trabajo surgida en los últimos años que cuestiona el término medicina y su asociación a cientificidad en la época. Es decir que los autores indagan en las distintas prácticas y tradiciones médicas existentes y circulantes; sus puntos de contacto y de desencuentro entre las llamadas ciencias y lo no científico o superstición. El empleo de documentación de los diarios, revistas, folletos, libros, testimonios médicos y causas judiciales permite adentrarse en dos sociedades sedientas de conocimientos científicos pero que también respondían a la teatralidad y grandiosidad de las prácticas de estos "expertos". Como veremos en los cinco apartados se conjugan la fama por lo milagroso pero también las acusaciones de fraude en todos los personajes. El asombro, la condena y la fascinación son recurrentes en la reconstrucción realizada por los autores. El primer capítulo es la historia de Díaz de la Quintana, un hipnotizador trashumante que se negó a revalidar su título en Buenos Aires y quien empleó a la prensa como su principal aliado frente a las medidas represoras del Estado sobre el ejercicio de la medicina. El caso de Díaz Quintana es reconstruido gracias a su propia producción: publicidad de gabinetes hipnóticos, fundación de revistas, periódicos, publicidad y obras teatrales durante los tres años en los que vivió en Buenos Aires. Independientemente de los juicios de valor que suscitó entre sus contemporáneos fue un sujeto que supo explotar las debilidades de la medicina académica y hacer uso de la publicidad buscando el reconocimiento y mérito social. Este profesional del hipnotismo es la excusa de los autores para poder acceder a las dificultades de la conformación del campo médico en Buenos Aires en la década de 1890 y la difusa línea entre curanderismo y ciencia. Algo que se pone manifiesto aquí, y que será una constante, es el rol de la prensa como constructora de una imagen de estos personajes, los cuales de acuerdo a la pluma del escritor podían ser genios o estafadores; esta misma división también se dio entre los médicos que apoyaban o denunciaban a estos personajes. El siguiente capítulo transcurre en el Chile de 1907 y el protagonista es el conde Baschieri, quien tuvo su paso por la Argentina. Este hombre aseguraba curar enfermedades mediante el espiritismo empleando un método que conjugaba el mundo inmaterial con el material. En 1907 fue denunciado por un vecino de Santiago pues lo consideraba un timador que solamente hacía una puesta en escena y se confabulaba con comerciantes para que sus clientes comprasen los insumos en sus tiendas. La principal explicación del denunciante, argumento recurrente entre los médicos y ciertos sectores sociales, era la ignorancia de la población que acudía a este tipo de personajes en busca de una cura milagrosa para sus dolencias. En esta ocasión se destaca el circuito de la informalidad de distintos personajes de los cuales Baschieri era uno de lo pocos que fueron judicializados en Chile. Esto les permite a los autores explorar un tipo de documentación como es la judicial que a diferencia de otras favorece la reconstrucción de las prácticas sociales, médicas y culturales imperantes en Chile a inicios del siglo XX. A su vez el espiritismo y su popularidad entre la población es explicado por la hibridación de creencias paganas y cristianas vigentes en la sociedad chilena. El espiritismo es puesto como un momento de transición entre lo racional y lo irracional, es decir entre el mundo mágico y de los espíritus al de la ciencia y de las enfermedades producidas por microorganismos. Asimismo se destaca la ambivalencia de la Iglesia Católica que condenaba a estos personajes y sus rituales de sanación individuales aunque apoyaba las prácticas y creencias vinculadas con el más allá bajo su control. Aquí, además de explorar la documentación judicial y la trashumancia de Baschieri, se ponen en contexto las contradicciones de las sociedades e instituciones chilenas que se encontraban en un proceso de modernización. La trashumancia no fue de exclusividad de Baschieri, el caso del Conde de Das en Buenos Aires profundiza una serie de cuestiones que Mauro Vallejo trabajó en su libro sobre este mismo personaje. El Conde de Das es analizado y reconstruido a través de documentación periodística, literaria y de revistas especializadas en Teosofía e hipnotismo de la década de 1890 en Argentina. En primer lugar Correa y Vallejo mediante él trazan una serie de cuestiones como las redes de hipnotistas, sus estrategias publicitarias de producción y propagación de su fama y renombre; como así también la capacidad de mutar de acuerdo a la situación que atravesaran. En segundo lugar la llegada a América de creencias y prácticas novedosas que cautivaron a algunas de las personalidades más preeminentes de la socidad de Buenos Aires como fue el caso de Leopoldo Lugones y la Teosofía. Y en tercer lugar la fundación del Instituto Psicológico Argentino ya implicaba un grado de sofisticación del que Diaz Quintana carecía pero que Onofroff emplearía posteriormente. El Conde Das como se puede apreciar en el capítulo despertaba fascinación y un entusiasmo por parte de la intelectualidad por ese mundo que bordeaba el esoterismo y la cientificidad. La hipnosis y la teosofía como campos de interés intelectual representados en la figura del Conde responden a una demanda de soluciones casi mágicas a los problemas y enfermedades de la población y a la misma curiosidad de los estudiosos del momento. Corría el año 1913 en Chile y Leovigildo Maurica se presenta ante la Justicia chilena buscando autorización para ejercer su actividad pues él consideraba que no faltaba a ninguna ley al ser profesor de hipnotismo. Así inicia el cuarto capítulo de este libro. Si bien en los capítulos anteriores la presencia de la justicia tenía que ver con denuncias en contra de estos profesionales del hipnotismo aquí es todo lo contrario. Su presentación judicial es una afrenta a la educación proporcionada por la Universidad de Chile. Su título estaba sustentado según se pudo recontruir por un instituto en la ciudad de Nueva York. Esto es propio de los personajes de esta época quienes alegaban poseer credenciales en el extranjero y cuya formación era dificilmente acreditable a menos que se hicieran circular misivas a esos lugares. Su caso desafía a la cultura médica chilena pues lo que hacía era poner al individuo como responsable de su propia salud mediante el estudio de su cuerpo por lo que lo facultaba para tomar las decisiones que considerara pertinentes. Su hipnosis, la formación de su propio instituto en realidad cuestionaban la forma de curar y acceder a los conocimientos necesarios, buscaban romper con la idea de que la Universidad era depositaria del único saber verdadero y válido para curar. El capítulo quinto y final es un recorrido por ambos lados de la Cordillera Andina por medio de Enrique Onofroff entre 1895 y 1913. Este posiblemente de los cinco casos es el que muestra una mayor teatralidad de todos pues sus sesiones se llevaron a cabo en el teatro en Buenos Aires y carecían del objetivo de curar a alguna persona. Su ejemplo es aquel que permite explicar como en el hipnotismo trashumante podían confluir desde curanderos, médicos, científicos, timadores hasta intelectuales y políticos. Se presentaba en las ciudades a las que iba como un estudioso de los fenómenos telépaticos más que como presentador de un espectáculo circense lo que le hizo ganarse el apoyo de médicos e intelectuales en Buenos Aires. Su caída en desgracia hizo que se trasladase a Chile con sus conocimientos, la hipnosis cruzó los Andes en 1898. Se exhibió como un médico que decidió abandonar su profesión y compartir sus conocimientos con el gran público, su llegada coincidió con el desarrollo de la actividad teatral en Santiago al igual que en Buenos Aires. Su estrategia fue similar a la empleada en Argentina. Este último caso es por demás un esfuerzo de redacción de dos investigadores que aunaron lo hallado de un lado y del otro de la Coordillera para poder mostrar más que una fotografía de un personaje sino un corto cinematográfico. A su vez analizan la evolución de Onofroff y sus mecanismos de adaptación a los escollos que se le presentaban. Finalmente el epílogo de Anette Mülberger termina de dar por cerrado el libro e invita a la reflexión de algo que señalamos al principio y que los autores no dejan de recalcarlo a lo largo de las páginas, lo endeble de la frontera entre lo científico y lo esotérico; entre la medicina y la farsa. Todos perseguían lo mismo: reconocimiento, posición económica y social. A medida que avanzaba con el libro no pude dejar de imaginar las sesiones espiritistas y de hipnotismo que la misma Margaret Atwood en Alias Grace describe sobre el surgimiento de la psiquiatría en Canadá y como el hipnotismo era una técnica que oscilaba entre lo científico y el espectáculo. Este libro sin duda es un aporte que complejiza la idea de lo científico y lo médico y borra ese límite entre lo académico y lo empírico. Son cinco historias de grises fronteras en donde nada es lo que parece y a la vez lo es, en verdad es un retrato de la complejidad de la sociedad y cómo diferentes posturas podían interactuar, convivir y luchar en un mismo periodo de tiempo y lugar y hasta en una misma persona.
Los lenguajes de especialidad han sido tratados, en los últimos años, desde un punto de vista filológico. No obstante, su análisis se ha planteado principalmente desde disciplinas terminológicas, con el objetivo de delimitar y unificar en el presente el corpus léxico de una rama específica del saber. En algunas ocasiones, su estudio se ha centrado en su posible caracterización teórica, en relación con el lenguaje común o con otros lenguajes. Ambas perspectivas, entendidas como intentos por delimitar cuantitativa y cualitativamente determinadas parcelas del léxico, no han incidido en demasía en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, en el trazado de un itinerario histórico-lingüístico de la adopción y desarrollo de un grupo de términos comunes a una ciencia, a una técnica o a una profesión, con los textos en la mano; en segundo lugar, en la necesidad de establecer las relaciones que existen entre lengua, cultura y sociedad en los momentos de aparición y evolución de un lenguaje de especialidad. Por tanto, esta vertiente une el lenguaje con la historia de las ciencias y de las técnicas, sin restringir en ningún momento la explicación de los hechos lingüísticos al ámbito filológico. Este es el objetivo de este artículo: analizar y exponer exhaustivamente el proceso de introducción y desarrollo del léxico del ferrocarril en el español, teniendo en cuenta los documentos originales, la historia de los términos y el transcurrir paralelo de los mismos respecto a la evolución técnico-científica de nuestro país en materia ferroviaria. El culto griego a Asclepio -héroe y dios de la Medicina-se estableció principalmente en Epidauro (Peloponeso), donde se desarrolló una verdadera escuela médica. Inicialmente, sus prácticas eran sobre todo mágicas, pero prepararon el advenimiento de una medicina más científica. Esta referencia clásica inicial se halla completamente justificada en nuestro caso. Es bien sabido que la reconstrucción de la historia de la ciencia y de la técnica no puede ignorar el análisis de los lenguajes de especialidad, originados con la implantación de distintos avances a lo largo de los tiempos. A su vez, esta labor no puede estar basada en simples artes adivinatorias. Nuestra propia magia debe manejar, en todo caso, los documentos y referencias históricas que en cada momento generaron las nuevas disciplinas. Y ello, siempre a través de un método planteado con rigor científico en cuanto a la selección y análisis del material terminológico. En el caso concreto del ferrocarril a lo largo del siglo XIX y, por extensión, en los estudios parciales que puedan realizarse en otros ámbitos científico-técnicos resulta por tanto ineludible una especial atención a las siguientes cuestiones1. LENGUA, CULTURA Y SOCIEDAD Hasta el momento, los intentos por delimitar cuantitativa y cualitativamente determinadas parcelas del léxico no han incidido en demasía en dos aspectos que debemos considerar fundamentales. En primer lugar, en el trazado de un itinerario histórico-lingüístico de la introducción y desarrollo de un grupo de términos comunes a una ciencia, técnica o profesión, con los textos en la mano; en segundo lugar, en la necesidad de establecer las relaciones que existen entre lengua, cultura y sociedad en los momentos de aparición y evolución de un lenguaje de especialidad. Por tanto, es necesario unir lenguaje y realidad, confrontar los hechos de lengua con los acontecimientos históricos de las ciencias y de las técnicas, sin restringir en ningún momento la explicación de estos hechos lingüísticos al ámbito filológico. FUENTES DE DOCUMENTACIÓN a) Tratados y manuales técnicos En un primer momento, correspondieron a traducciones españolas (1831-1833)2 de manuales ferroviarios franceses (1826-1828)3 que, a su vez, siguieron fundamentalmente los textos originales del ingeniero inglés Thomas Tredgold. La motivación de los técnicos españoles para el manejo de las obras francesas fue su incorporación del sistema métrico decimal, cuya adaptación se estaba gestando en esos momentos. El proceso, iniciado en la última década del siglo XVIII, culminó en Francia el 4 de julio de 1837, y en España, con la Ley de Pesos y Medidas, en 1849, aunque el período de implantación definitiva en régimen de préstamo lingüístico del francés se prolongó hasta 1875 con la adhesión al Convenio de París (Gutiérrez Cuadrado; Peset, 1997). La relación entre fuentes francesas y españolas influyó también en la incorporación de terminología relacionada, por ejemplo, con los vehículos ferroviarios o las infraestructuras de la nueva vía de comunicación (Rodríguez Ortiz, 1998a). Esta influencia galicista convivió, por otra parte, con el empuje de las voces inglesas o sus soluciones equivalentes en lengua española. De este modo, tras los primeros intentos ferroviarios peninsulares, es posible fijar en 1829 la documentación de la expresión camino de hierro4 -del equivalente francés chemin en fer, que formó parte de un total de dieciséis denominaciones de estructura similar-o, poco después, del término ferrocarril (Rodríguez Ortiz, 2001) en textos publicados en Cuba, donde, desde 1834, trabajó un grupo de contratistas norteamericanos con mano de obra de origen canario. Así, el proceso de reconstrucción lingüística adquiere su razón de ser una vez conocido el contexto histórico-social de la implantación del ferrocarril en los territorios de habla hispana. Será más adelante, a partir de 1844, cuando aparecerán los primeros textos españoles especializados en el ferrocarril. Durante dos décadas, coincidiendo ----con las publicaciones surgidas hasta 1864, a raíz de la Exposición Universal de Londres en 1862, la producción propia de manuales técnicos fue en aumento hasta llegar a la larga lista de documentos editados durante el último cuarto de siglo con una redacción original en lengua española. b) Documentación técnico-administrativa Aunque entre 1829 y 1834 se produjeron diversas actuaciones administrativas para desarrollar unos primeros trazados ferroviarios (Jerez-San Lúcar, Bilbao-Burgos o Reus-Tarragona), ninguno de los proyectos presentados llegó a cuajar. Además, un largo paréntesis se abrió en España hasta 1843, con el estallido de las guerras carlistas y la regencia del general Espartero. Únicamente con la aparición del primer informe técnico sobre ferrocarriles en lengua española, el Informe Subercase, que vio la luz en Madrid el dos de noviembre de 1844, se abrió de nuevo el camino a la publicación de prospectos, memorias e instrucciones en el ámbito administrativo (Barcelona-Mataró, Madrid-Aranjuez, Barcelona-Camprodón, Madrid-Avilés, Madrid-Cádiz o Madrid-Cartagena). Sólo algunos de estos proyectos ferroviarios tuvieron un final feliz, pero las bases quedaron sentadas para que en torno a la primera Ley General de Ferrocarriles de nuestro país, promulgada en 1855, el despegue de la explotación del ferrocarril español fuese definitivo. Hasta diciembre de 1844 no fue publicado en España un Pliego General de condiciones para la solicitud y obtención de concesiones ferroviarias, surgido tras el Informe Subercase. Diversos cambios ministeriales y ciertos momentos de transición política provocaron, en un primer momento, la desviación del programa nacional de ferrocarriles (secundado por los progresistas) y, a continuación, la solapada protección gubernamental (con el apoyo de los moderados) a iniciativas aisladas, ajenas al marco de una ley general que fijara las líneas prioritarias. La revolución de julio de 1854 y una serie de fuertes discusiones parlamentarias sobre las que habían de ser las líneas ferroviarias de primer orden precedieron a la aprobación, en 1855, de la primera Ley General. Con ello, la confianza de los inversores y el reclamo que suponía esta nueva situación para los capitales europeos permitieron en poco más de veinte años -en especial durante el quinquenio de 1860 a 1865-un acercamiento de nuestro país a las cotas alcanzadas por el resto de naciones. La expansión exigió la elaboración de un nuevo plan general sobre la totalidad de la red, integrado en la Ley de Ferrocarriles de 1877. Entre ambas leyes, la edición de numerosos estatutos y reglamentos de sociedades ferroviarias constituyen una fuente documental relevante. El Semanario de Agricultura y Artes, editado en Londres por el español Marcelino Calero y Portocarrero entre 1829 y 1831, constituye la primera publicación periódica especializada que trató los temas ferroviarios en lengua española. Trasladada a Sevilla durante 1832 y el primer cuatrimestre del año siguiente, terminó su período de publicación en Madrid. Su etapa londinense ofrece, no obstante, el interés léxico de mayor importancia, gracias al contacto de su autor con las explotaciones ferroviarias inglesas, de gran expansión en esos momentos. La Guía del Comercio y Boletín de Fomento o el Boletín Oficial de Caminos, Canales y Puertos (1842-1844), el semanario de ciencias, artes, literatura e industria La Antorcha (1848-1849), el periódico semanal -posteriormente quincenal-Los ferro-carriles (1852-1853) o el dominical Gaceta de los caminos de hierro (1856) fueron algunas de las manifestaciones que adoptó la prensa especializada para tratar los temas ferroviarios en España5. Diversas obras literarias españolas publicadas entre 1840 y 1842 describieron a través de sus páginas la explotación ferroviaria que, en ese momento, se producía ya en algunos países europeos y en Cuba (Sagra, 1836). El español Jacinto de Salas y Quiroga, que ya había experimentado en Inglaterra los caminos de hierro, publicó en 1840 sus Viages, en cuyo primer tomo dedicado a Cuba se describía el transporte mediante ferrocarril, instaurado en la isla tres años atrás. Entre 1840 y 1841, Ramón de Mesonero Romanos escribió sus Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica. En el capítulo ----diecisiete de esta obra se incluye una extensa descripción de los caminos de hierro belgas (Mesonero, 1881). Los Viages de Fray Gerundio por Francia, Bélgica, Holanda y orilla del Rhin, obra del escritor Modesto Lafuente, publicada en dos volúmenes en 1842, completa la terna de testimonios literarios de este breve -aunque fundamental-período de tiempo. En el primero de dichos volúmenes se relata, de forma autobiográfica, la primera experiencia ferroviaria en tierras francesas del personaje Fray Gerundio. En el segundo, fueron los caminos de hierro belgas los utilizados por Modesto Lafuente como entorno principal de su narración, aunque realizó también unos breves apuntes sobre los ferrocarriles alemanes, tras iniciar una de las etapas de su viaje en la estación ferroviaria de la ciudad de Colonia. En todo caso, sus comentarios, más allá de lo estrictamente ferroviario, se extendieron a aspectos socio-culturales de la época. f) Obras lexicográficas A la tradición académica y a la obra de E. de Terreros (1786-93) se unió por primera vez en el siglo XIX español una serie de obras lexicográficas de autor o de sociedades que, a imitación de las grandes empresas francesas, concibieron la lexicografía como negocio. Además, los textos lexicográficos especializados aumentaron en número y cubrieron diversos campos de la ciencia y de la técnica. Durante la segunda mitad de siglo, el léxico del ferrocarril fue una de las parcelas afortunadas en este sentido con la publicación, entre 1863 y 1887, de tres diccionarios específicos sobre ferrocarriles. El primero de ellos, el Vocabulario descriptivo de ferro-carriles, obra de Mariano Matallana del Rey, en 1863 director de caminos vecinales y canales de riego y jefe de sección de vías y obras en la compañía del ferrocarril de Zaragoza a Pamplona. Bajo el extenso título de Diccionario razonado legislativo y práctico de los ferro-carriles españoles bajo el aspecto legal, técnico, administrativo y comercial de los mismos aparece publicado en 1869 el segundo texto, obra de Benito Vicente Garcés, que contó con la colaboración de José González Álvarez. Finalmente, en 1887, se editó el Diccionario general de ferrocarriles legislativo, administrativo, técnico y comercial, elaborado por José González de las Cuevas y Francisco Sastre y Rodríguez, empleados en el Servicio de la Intervención y Estadística de la Compañía del Norte de España. El texto fue dirigido, a su vez, por Pedro Fernández del Rincón, abogado y secretario del consejo de administración de dicha compañía. ESTUDIOS PROPIOS Y EN OTRAS LENGUAS Desde que el ferrocarril empezó a usarse como medio de transporte, la terminología con él relacionada ha sido estudiada. No obstante, en la lengua española sólo se han producido referencias y breves análisis relativos a términos concretos o a aspectos muy puntuales de este corpus léxico 6. En fechas recientes, se han publicado algunos estudios de M. A. Martínez Lledó 7. En definitiva, los estudios de cierta profundidad han sido realizados fuera de nuestro país y describen el papel de dicha terminología en otras lenguas., Harvey J. Swann (1918) publicó a través de la Columbia University de Nueva York una obra compuesta por diversos estudios, en lengua inglesa, sobre la terminología francesa correspondiente a diferentes ámbitos de la ciencia y de la técnica. El primer capítulo, The terminology of the railroad, se dedicaba al análisis de la pugna existente entre el francés y el inglés por ocupar el campo léxico del ferrocarril durante el siglo XIX. Peter J. Wexler (1955) elabora una tesis de estado francesa sobre La formation du vocabulaire des chemins de fer en France (1778France ( -1842)). Publicada en Ginebra, constituye, sin duda, el mejor estudio léxico realizado sobre el ferrocarril. Para ello, abandona la postura puramente lingüística y entra de lleno en la historia social. Wexler presta atención a las fechas, a los lugares, a los acontecimientos y a la clasificación de los términos a partir de las realidades. Y Herbert Peter (1969) publicó en Sttutgart un trabajo que analiza la aparición y el desarrollo del léxico ferroviario italiano. ----6 Se trata de anotaciones o informes relacionados con la terminología del ferrocarril que elaboraron en distintos momentos de la RAE algunos de sus miembros y que publicaron a través de su Boletín: A. Ma o algunas referencias en la revista Vía Libre, publicada por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Sin embargo, los datos aportados en este último caso muestran, por ejemplo, que la selección de las fuentes constituye un elemento fundamental para la correcta reconstrucción histórico-lingüística de disciplinas científicas y técnicas en cualquier lengua. El manejo parcial de los textos, desde un punto de vista cronológico, lleva a establecer algunas fechas erróneas para la fijación de los primeros usos de los términos ferroviarios. El seguimiento del léxico del ferrocarril en todos los períodos se ha basado en una estructura de árbol de campo, que incluye los siguientes subcampos: Denominación del medio, Material fijo, Material móvil, Dependencias y construcciones, Personal, Circulación y servicios, Señalización y seguridad. A su vez, el Material fijo (superficies de deslizamiento y elementos adyacentes), el Material móvil (vehículos y mecanismos) y las Dependencias y construcciones (instalaciones e infraestructuras) se han subdividido en diversos subcampos, con el fin de acercar la realidad del ferrocarril a un tipo de estructura cognitiva. El diseño ha facilitado el plan de vaciado de las fuentes y el establecimiento de relaciones internas entre los términos. El establecimiento de períodos cronológicos que permitan diferenciar las distintas fases del proceso no carece de ciertas dificultades. Es necesario evitar delimitaciones arbitrarias y la fijación de determinadas fechas debe conjugar textos y hechos. En materia ferroviaria, hasta la mitad del siglo XIX -en 1848 fue inaugurada la primera línea férrea peninsular-, las obras publicadas en lengua española que trataron, de algún modo, cuestiones ferroviarias rondaron la veintena. Durante la segunda mitad de siglo y, en especial, al amparo de la primera Ley General de Ferrocarriles de 1855 los textos se multiplicaron con la creación de diversas compañías, la realización de numerosos proyectos y la edición de un gran número de obras especializadas, entre ellas los tres diccionarios ferroviarios publicados en España en el siglo pasado. Se trata de centenares de obras que, con el cambio de siglo, pasaron a constituir miles de documentos. La periodización se ha establecido en las siguientes fechas: Los primeros términos (1829-1835), un corte al que, tras un silencio en consonancia con la propia historia de España y el traslado de los proyectos ferroviarios a Cuba, siguen los Testimonios literarios (1840-1842), Un nuevo arranque (1844-1846), coincidente con los proyectos que dieron lugar a los primeros quilómetros españoles de vía férrea, Primeras incorporaciones lexicográficas (1846-1850), La consolidación del léxico ferroviario (1851-1862), La lexicografía ferroviaria (1863-1887) y, finalmente, El cambio de siglo. Cabe decir que en el primer período, fijado entre 1829 y 1835, el proceso de introducción del léxico del ferrocarril estuvo relacionado con varios hechos fundamentales. Entre ellos destacan los siguientes: -los intentos más tempranos para establecer lo ferrocarriles y su correspondiente terminología se produjeron varias décadas después que en Inglaterra y Francia; -en sus inicios, el léxico ferroviario tuvo poca difusión, únicamente a través de escasos textos especializados; -los tecnicismos se introdujeron, en gran medida, a partir de las traducciones francesas de los manuales ingleses originales, de transcripciones (que dieron lugar a voces como locomotivo, túnel o vagón) y de calcos, va través de términos como silla o durmiente, procesos todos ellos realizados a partir del inglés; -varios términos del ferrocarril se tomaron prestados del vocabulario tradicional del transporte terrestre o marítimo; el léxico del transporte terrestre ordinario aportó al vocabulario del ferrocarril términos pertenecientes a los ámbitos de trazado (andén, camino, carril, crucero, tránsito) y de los vehículos y mecanismos (carro, carruaje, coche, ómnibus, reata, tren o tirante); la terminología marítima aportó, en especial, voces relacionadas con las operaciones y maniobras de la circulación (alijar, amarrar, embarcar, lastrar, remolcar, transbordo, muelle o cabestrante); -el recurso de la metáfora sirvió para configurar un grupo de tecnicismos nada despreciable, bien de tipo antropomórfico (costilla, muñonera), animal (caballo de hierro) o por semejanza en la forma o función (arista, filete, mortaja). Entre 1840 y 1842, las obras literarias se convirtieron en fuente de documentación de la terminología del ferrocarril. Una de las intenciones de los libros de viaje de la época consistió en reflejar las realidades más novedosas que sus autores observaban. En los aspectos ferroviarios más dinámicos se centró, por ello, su interés. El movimiento de los vehículos y el trasiego y la vitalidad de los lugares y construcciones relacionadas con el ferrocarril colmaron dicho interés y aportaron la plasticidad y el colorido que este género literario estaba en condiciones de aprovechar. Los fenómenos léxicos observados en estos textos se centran en dos aspectos fundamentales: -por una parte, se emplearon voces y expresiones ya utilizadas con anterioridad, si bien algunos de estos términos sufrieron cambios o ampliaciones significativas, en especial por influencia de la lengua francesa; -por otra parte, apareció un nuevo grupo de términos tomados del francés que, por lo general, también aludieron a nuevos referentes del ámbito de las dependencias y los vehículos ferroviarios. Ambas orientaciones se reflejan en aspectos como la representación del modelo francés de taxonomía de los vehículos ferroviarios a través de términos como berlina, charabán, diligencia y furgón, o el uso consolidado de voces como locomotor, convoy, tren, etc. De igual forma, la lengua francesa amplió los horizontes semánticos de determinadas voces o prestó algunas nuevas en relación a los puntos de encuentro de la circulación por ferrocarril, representados por términos como bagaje, departamento, establecimiento, estación o gabinete, a ciertas infraestructuras mediante voces como bóveda o galería, y a vehículos muy concretos como el ténder. NUEVO ARRANQUE Y DESARROLLO. A partir de 1844, y hasta 1862, tuvo lugar una primera fase en el proceso de desarrollo y consolidación de la terminología ferroviaria española en su estado más semejante al actual. Entre los fenómenos léxicos más relevantes de esta etapa destacan los siguientes: -el progresivo aumento de la voz ferrocarril, que empezó a ocupar el espacio semántico de la lexía camino de hierro; -las primeras incorporaciones lexicográficas relativas al campo ferroviario en los diccionarios de autor; -la creciente consolidación de anglicismos como balasto, coque, locomotiva, raíl, truck, túnel o vagón, que complementó la importante influencia inicial de la lengua francesa. Sobre esta última característica, cabe recordar que durante este período fue muy numerosa la participación de técnicos y empresas inglesas en los primeros proyectos ferroviarios españoles. CONSOLIDACIÓN Y LA LEXICOGRAFÍA FERROVIARIA. 1863 y 1887 delimitan la segunda fase del proceso de implantación definitiva de la terminología ferroviaria española, Por una parte, la explotación del nuevo medio de transporte hizo que el campo léxico relacionado con la circulación y los servicios administrativos ferroviarios aumentara el volumen de voces y expresiones utilizadas. Por otra, la publicación de tres diccionarios especializados en este cuarto de siglo y la incorporación de numerosas voces del campo del ferrocarril en el Diccionario Académico caracterizaron dicho período. En conjunto, las características lexicográficas más relevantes de todo el proceso fueron las siguientes: -entre los subcampos que forman el árbol de campo utilizado para el análisis de la terminología ferroviaria hay diferencias en cuanto al grupo de diccionarios donde se produjo la primera incorporación lexicográfica de los términos, de modo que los diccionarios de autor publicados entre 1846 y 1863 se anticiparon al DRAE al fijar varios términos de los subcampos referidos al Material móvil y a las Dependencias y construcciones, al mismo tiempo que se caracterizaron por incluir las voces que han penetrado con mayor facilidad en el vocabulario general y, a su vez, por haber recibido un gran número de términos del lenguaje común; -a partir de 1863, y hasta 1887, los diccionarios especializados sobre ferrocarriles se anticiparon, como era de esperar, a los diccionarios de autor y a las ediciones del DRAE de ese período en la incorporación de voces ferroviarias, e incluyeron un número considerable de galicismos como tirafondo, eclisa, etiqueta, gabarit, factaje, tasa, etc., con un seguimiento más que probable de la lexicografía francesa; -con frecuencia, los diccionarios no académicos incluyeron comentarios metalingüísticos y de uso al definir determinadas voces ferroviarias, lo cual pone de manifiesto los problemas e indecisiones inherentes a la incorporación a una lengua de un léxico especializado. Los miles de documentos ferroviarios en lengua española que ha generado el siglo XX ofrecen ya un abanico de posibilidades ilimitado para el análisis histórico, pero además constituyen el solar sobre el que debe descansar toda normalización terminológica. Algunos datos curiosos, con una mirada al pa-sado, pueden llevar a una reflexión de futuro. Valga, de este modo, el siguiente itinerario (Rodríguez Ortiz, 1998b, 217-227): años 1852-1854, revista Los Ferro-carriles, alusión al «tachómetro, que marca a los maquinistas el grado de velocidad que el tren lleva»; en 1933, espidómetro, término recogido por A. Fernández García en su obra dedicada a los anglicismos del español entre 1891-1936; desde el DRAE de 1936, voz cursómetro, definida como «aparato que se aplica a medir la velocidad de los trenes del ferrocarril»; y hoy día, además, velocímetro, que a partir del apéndice a la edición del DRAE de 1970 es el «aparato que en un vehículo indica su velocidad de traslación», mientras que el tacómetro, cuyo primer étimo griego expresa rapidez, es el «aparato que mide el número de revoluciones de un eje». PROPUESTAS PARA OTROS CAMPOS En primer lugar, el léxico del ferrocarril no difiere de otros grupos de tecnicismos de la lengua española del siglo XIX. Las relaciones entre lengua, cultura y sociedad y la propia historia del desarrollo científico-técnico español, principalmente en su contacto con el resto de países y de lenguas influyentes, hacen que entre los lenguajes de especialidad surgidos en el siglo pasado existan puntos comunes en relación con los préstamos léxicos o los calcos semánticos. Traducciones de manuales técnicos, semanarios especializados, diccionarios, documentos administrativos o textos literarios no deben quedar al margen de la deseada fidelidad descriptiva y, por tanto, más allá del mero dato cronológico, nos deben acercar a esa correspondencia exigible entre lenguaje y realidad, relacionando los hechos de lengua y el desarrollo histórico de las distintas disciplinas científico-técnicas Hay que considerar, en todo caso, las situaciones de trasvase léxico entre los lenguajes de especialidad y el lenguaje común, así como el contexto social en que se producen. El léxico del ferrocarril, que en mayor o menor grado podemos concebir como especializado de carácter técnico, ha permitido, mediante una serie de voces arraigadas en la lengua común, la formación incluso de frases hechas de tipo coloquial como farolillo rojo, ser el furgón de cola, para parar un tren, a todo tren, perder el último tren, de vía estrecha o, incluso, válvula de escape, así como la existencia de diversos casos de polisemia desde denominaciones populares como cangrejo, que presenta cuatro referentes distintos:'placa giratoria','plataforma o truck','vagoneta' o 'tranvía de color encarnado'.
La medicalización de la infancia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblos. Cada paradigma médico es el producto de construcciones sociales enmarcadas en un contexto específico. Como tales, conllevan una particular forma de entender el orden social, buscan instituirse como discurso de verdad y persiguen legitimarse mediante la divulgación de sus enunciaciones. Cecilia Rustoyburu en su libro La medicalización de la infancia, producto de su tesis doctoral, se adentra en el campo de los estudios sociohistóricos de la medicalización develando la conexión entre el proceso de medicalización y la configuración de ideas en torno a las relaciones familiares y los estereotipos de género subyacentes. Para abordar este entramado su estudio se centra en el enfoque psicosomático, que tuvo como máximo exponente a Florencio Escardó y su propuesta de una Nueva Pediatría, desarrollada entre la década de 1940 y 1970 en Argentina. La autora afirma que la ciencia médica no es un campo monolítico e invariante. Muy por el contrario, indica que como tal es un espacio de lucha de intereses, de disputa por el sentido y la búsqueda de instalación de un régimen de verdad. La configuración del campo es resultado de relaciones de fuerza, ocupaciones de espacio y juegos de negociaciones. Los conflictos en su seno y el resultado de esta contienda junto con la situación social en la que se enmarca establecen el alcance y los límites de estos discursos expertos. En este sentido, la investigadora nos advierte, retomando a J. Conrad, que la medicalización es ese proceso histórico por el que el discurso médico no solo se impone como saber legítimo para el tratamiento de patologías, sino que expande su intervención invadiendo otros ámbitos de la vida, estableciendo modelos de crianza de los niños, prescribiendo tipos de relaciones familiares y fomentando métodos de educación. La medicina trasciende las fronteras de las universidades, las salas y hospitales participando directamente en la conformación del orden social; y para esto se articula con distintas instituciones educativas, religiosas, políticas, jurídicas y de comunicación. En el primer capítulo la autora nos recuerda que, en Argentina, los saberes médicos fueron parte central en la conformación del Estado nación entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX: sus conocimientos estuvieron respaldados científicamente y apoyados por diferentes instituciones de la salud. A partir de una reconstrucción bibliográfica, narra cómo, en un momento signado por una alta mortalidad infantil, en el campo médico se impuso el enfoque de la puericultura pasteuriana basado en un modelo higienista y eugenésico, que se destacó por legitimar su discurso a partir de la difamación de los saberes de las clases populares y la desvalorización de las mujeres. Los médicos higienistas se centraron en propuestas de transformación del entorno social y moral y fundaron en el binomio madre-hijo una mirada naturalizada del vínculo que, a su vez, suponía la maternalización de las mujeres. A lo largo de su investigación, Rustoyburu reconstruye cómo el enfoque de la Nueva Pediatría produce una ruptura con la tradición pasteuriana. Su metodología se centra en el análisis de los discursos científicos y un acabado trabajo de archivo, recurriendo principalmente a libros y artículos de revistas médicas. El segundo capítulo de la obra es central pues presenta esta novedosa línea de pensamiento destacando que su principal característica es un abordaje psicosomático que aúna los saberes psi con los conocimientos médicos, y por lo tanto pregona un tratamiento interdisciplinario del paciente. En relación con este último, introduce una concepción de sujeto disruptiva con la tradicional pues piensa su objeto de intervención como un niño portador de derechos que debe ser entendido necesariamente como miembro de una familia. Se muestra también que la Nueva Pediatría asume postulados de la sociología funcionalista, entendiendo a la familia como una unidad que debe mantenerse en equilibrio a partir de la distribución de roles hacia el interior de la misma. Siguiendo estos postulados, dicho enfoque suponía que la salud familiar era garantizada cuando cada miembro cumplía su rol, de lo contrario, se alteraba esa armonía y el niño la reflejaba manifestando alguna patología que era leída como "enfermedad de familia". Estas funciones determinadas reflejan un modelo de familia tradicional, heterosexual, contribuyen a continuar las ideas de maternalización de la mujer y refuerzan estereotipos de género: cómo debe ser y actuar una "buena madre", qué significa ser padre y su indelegable figura de autoridad y la responsabilidad de estos para garantizar a sus hijos una "infancia feliz". Es interesante percibir entonces que la autora nos devela un escenario en el cual estamos frente a una postura estratégica que conjuga elementos de ruptura y de continuidad para volverse hegemónica. En este mismo capítulo se focaliza en la inapetencia, el asma y la obesidad como tres patologías que comienzan a ser consideradas como psicosociales desde la Nueva Pediatría. En los años cuarenta, cuando la preocupación se centraba en la baja natalidad y en la escasez de autoridad en el seno familiar, Escardó trata la inapetencia como una alteración de la conducta. Combinando el conductismo, el supuesto del goce del psicoanálisis y la autonomía infantil del escolanovismo, proponía el respeto por la individualidad del niño con prácticas invasivas, como el electroshock el cual años más tarde será visto como brutal. Este es un momento de transición donde el nuevo enfoque se asentaba en visiones tradicionales. Por su parte, el asma era interpretado como una enfermedad de familia, síntoma de una alteración en los vínculos, cuya causa podía rastrearse en comportamientos sobreprotectores o violentos de las madres y que requerían un tratamiento interdisciplinario. Como claramente deja ver Rustoyburu, esta lectura que pone en tela de juicio la dedicación exclusiva de la madre hacia los niños coincide con la salida de las mujeres del ámbito privado para trabajar como así también, aunque más paulatinamente, para formarse en las universidades. El abordaje de la obesidad desde esta corriente también refuerza esta idea de la ciencia como constructora de orden social. Los psicoanalistas relacionaban la presencia de esta enfermedad en los niños y niñas con la sexualidad de sus padres. Para estos especialistas los síndromes adiposos genitales, en vez de ser leídos como trastornos endocrinológicos, estaban relacionados con algún problema de la pareja que influía en la conformación de la sexualidad de su hijo/a. En este caso se contribuía a reforzar los roles de feminidad y masculinidad hegemónicos como garantes de la heterosexualidad de los niños. Para demostrar que la configuración del campo médico está sujeto a las pujas de poder en su seno, la autora utiliza la trayectoria del pediatra Escardó. Esta experiencia muestra cómo una visión particular puede pasar de posiciones marginales en el campo a volverse hegemónico en el mismo y posteriormente ser desplazado de ese lugar predominante. Desde la segunda mitad de la década de 1950 Florencio Escardó se convierte en un actor dominante en la medicina: asume el cargo de profesor titular de la segunda cátedra de pediatría en la Facultad de Medicina, es elegido decano de dicha facultad y vicerrector de la Universidad de Buenos Aires. A su vez será el Jefe de la Sala XVII del Hospital de Niños. Desde estas posiciones de poder establece al enfoque psicosomático como paradigma principal en el ámbito hospitalario y académico. En el tercer capítulo se narran las experiencias de la mencionada Sala XVII la cual, en la década de 1960, permite por primera vez que las prácticas y tratamientos médicos integrales se materialicen dando un giro de la medicalización de la infancia. Este espacio se plasmará como exponente en cuestiones referidas a la crianza en el imaginario social de las clases medias argentinas. El ámbito hospitalario es reflejo de la puesta en práctica de la incorporación de los saberes por parte de los profesionales de la salud. Es por ello que Escardó entendía que el alcance de las nuevas perspectivas dependía inseparablemente de una transformación en la enseñanza, trabajando paralelamente en la renovación del contenido teórico difundido como en las estrategias pedagógicas empleadas. Como estrategia de difusión de sus ideas comienza a escribir sistemáticamente en revistas femeninas de grandes tiradas y a aparecer en programas de televisión, lo que amplía la llegada del enfoque psicosomático a la cultura de los sectores medios urbanos. Si bien esta estrategia volvió exitoso a Escardó, a su equipo interdisciplinario y a su enfoque, generó rechazos en sectores de la corporación médica que asumían una perspectiva tradicional. En los'60, Escardó es desplazado de Archivos de Pediatría Argentina y deja de escribir periódicamente en revistas especializadas. Este hecho genera una situación contradictoria: sus propuestas eran legitimadas socialmente pero cuestionadas en el campo médico. La dictadura cívico-militar fue la que cerró completamente todo proceso de renovación propuesto por la Nueva Pediatría. Este recorrido por la vida profesional, política y pública de Escardó le permite a Rustoyburu poner en el centro de la escena las disputas existentes en los campos de conocimiento, desnaturalizar los saberes académicos y vislumbrar las estrategias de legitimación de autoridad que los diferentes actores asumen. Los capítulos siguientes se dedican a exponer casos concretos en los que se muestra la forma de intervención del enfoque psicosomático y la expansión de la medicalización. El cuarto y quinto hacen hincapié en la divulgación de la visión de la Nueva Pediatría a través del análisis de las columnas de expertos en revistas "femeninas" y publicaciones sobre crianza destinadas a las madres, da cuenta de las disputas de sentidos en torno de la infancia, la maternidad y la educación de los hijos. Al mismo tiempo, su reconstrucción le permite identificar uno de los mecanismos fundamentales por los cuales los preceptos de la pediatría psicosomática y el psicoanálisis se tramaron en la cultura de los sectores medios. Mientras que el sexto compara las experiencias de la escuela para padres de Eva Giberti y la de la Liga de Madres de Familia como exponentes de la inserción de los discursos psi en diversos ámbitos sociales. Retomando los aportes de la historia de los niños y las madres Rustoyburu, en su séptimo y último capítulo, nos alerta que no debemos considerar como sujetos pasivos a los niños, madres y padres que eran receptáculos del enfoque psicosomático. Analizando experiencias de vida de pacientes tratados por la Nueva Pediatría y reconstruyendo las ideas plasmadas por las madres en las revistas femeninas de la época intenta dar cuenta de que la recepción de los consejos de pediatras, psiquiatras y psicólogas no era lineal sino que tenía variados efectos: algunas personas los recibían acríticamente, otras lo utilizaban a conveniencia y otras lo desechaban completamente. La investigadora nos llama la atención para que veamos las resignificaciones que llevaban adelante los sujetos sociales. La medicalización de la infancia realiza valiosos aportes que contribuyen a entender la pediatría como campo científico atravesado por relaciones de fuerza en constante pugna y negociación. Por otra parte proporciona elementos que muestran a los discursos médicos como construcciones sociales históricas y culturales, complejas e inacabadas, que abordan múltiples dimensiones y actores, y que producen y reproducen un orden social. En este sentido nos invita a reflexionar acerca de la naturalización con la que asumimos a los pediatras como voces expertas en lo que respecta a la divulgación de consejos sobre algo tan íntimo como son los vínculos familiares, apareciendo de "forma inocente" y cotidiana en medios de comunicación no especializados. Vislumbra cómo sus ideas se instalan en el sentido común de la población, ampliando el rango de llegada de la medicalización, determinando modelos de crianza y de educación. Nos recuerda también que los sujetos no captan pasivamente los discursos emitidos sino que los decodifican poniendo en juego sus experiencias, posibilidades y conveniencias. Con una prosa prolija y sistemática, la autora propone problematizar la legitimidad de los saberes médicos y adentrarnos en las estrategias utilizadas por los actores para que sus planteos prevalezcan. En definitiva, este libro es una nueva contribución a los estudios sociohistóricos del proceso de medicalización para "abrir la caja negra".
Martínez Pérez, José; Perdiguero Gil, Enrique (eds.), Genealogías de la reforma sanitaria en España, Madrid, Los libros de la Catarata, 2020. Que un término como "genealogía" aparezca en el título de un libro de historia nos remite de manera inmediata a una declaración de intenciones: la adopción de un método que sea genealógico en su enfoque; es decir, que a la hora de analizar un "suceso" determinado intente comprender la relación existente entre los elementos de innovación y los heredados; antinormativo y desmitificador por su intención, sacando a la luz sus contradicciones y las estructuras semiocultas bajo aparentes discursos de modernidad, y práctico por sus efectos, al aportar elementos de reflexión para pensar el presente. La reforma sanitaria en España es el "suceso" objeto del muy interesante conjunto de aportaciones que componen este volumen editado por José Martínez Pérez y Enrique Perdiguero Gil, dos catedráticos de historia de la ciencia (de la medicina) con una larga y fructífera trayectoria que han sabido diseñar y ejecutar con solvencia un amplio trabajo de investigación en el marco de un proyecto coordinado del que han sido investigadores principales. Si interpreto bien la intención de los autores, el punto de partida es la Ley General de Sanidad de 1986, que, como se sabe, permitió un cambio del modelo sanitario español y la puesta en marcha de importantes novedades en la organización de servicios asistenciales o preventivos, en los mecanismos de financiación, etc. Sobre los debates o negociaciones que en su momento se produjeron a propósito de la discusión de la Ley existe una amplia bibliografía; sin embargo, Genealogías de la reforma sanitaria en España pone su punto de mira en otros aspectos menos explorados pero fundamentales para entender el proceso en conjunto y con perspectiva histórica. Su propuesta es analizar algunos de los problemas a los que la Ley General de Sanidad tuvo que enfrentarse, cuál había sido su evolución y de qué manera se manejaron en épocas inmediatamente anteriores; es decir, durante el segundo franquismo y la Transición. El esfuerzo historiográfico desarrollado en las últimas décadas en torno a la dictadura franquista ha sido, sin duda, muy importante y ha cubierto muy diversos ámbitos, entre ellos el de la historia de la medicina y de la salud. Sin embargo, aunque casi todos los capítulos de este libro se ubican cronológicamente en la dictadura -sobre todo en el llamado tardofranquismo- y, en este sentido, supone una innegable contribución a la historia de la sanidad y de la medicina en la España del franquismo, no cabe duda de que su planteamiento, su marco teórico-metodológico y sus objetivos sobrepasan este aspecto estricto para, dando un paso más, llegar a una reflexión profunda, histórica y epistemológica, sobre los orígenes y antecedentes de la reforma sanitaria que se propuso cuando la democracia española empezaba a consolidarse. El libro está organizado en tres bloques: el primero, dedicado a la asistencia sanitaria en el mundo rural contiene dos capítulos: Dolores Ruíz Berdún firma un interesante capítulo (con un marco cronológico más amplio que el resto de los trabajos) en el que analiza la evolución de la asistencia al parto en la España rural a lo largo del siglo XX. Así, los cambios en las competencias profesionales de las matronas, su rivalidad en determinados momentos con los obstetras, las dificultades para desempeñar su labor, sus esfuerzos de socialización corporativa, etc... todo en el marco de un proceso de institucionalización del parto y del paulatino paso del parto domiciliario al atendido en clínicas u hospitales. El segundo capítulo de este bloque analiza la práctica médica rural durante el franquismo y es un ejemplo muy notable de trabajo interdisciplinar, con una propuesta metodológica impecable. Sus cuatro autores Josep M. Comelles, Enrique Perdiguero, Eduardo Bueno y Josep Barceló aúnan enfoques históricos y antropológicos en torno a unos protagonistas: los médicos rurales. Analizan sus testimonios, obtenidos de prensa, relatos autobiográficos, etc..., y complementan dicha información con el estudio de textos legislativos y normativos. Todo ello, permite ofrecer una ajustada visión de la figura del médico titular, su ámbito de actuación, su percepción social y su autopercepción. Una figura que hubo de acomodarse, no sin dificultades, a las novedades que en materia de organización y administración sanitaria iban surgiendo. Así, en un primer momento, la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad obligó a "convivir" a los médicos titulares -los APDs (Asistencia Pública Domiciliaria)- con los del "seguro", mientras que, posteriormente, al imponerse el sistema de Atención Primaria de Salud en el medio rural, los médicos titulares acabaron siendo un cuerpo "a extinguir". El segundo bloque, titulado "Nuevas respuestas a viejos problemas", aborda varios estudios de caso concretos. David Simón Lorda retoma sus trabajos sobre la asistencia psiquiátrica en el franquismo y el papel del PANAP (Patronato Nacional de Asistencia Psiquiátrica) ofreciendo datos y reflexiones nuevas. Analiza algunas de las contradicciones -luces y sombras- de esta institución y su posterior integración en la AISNA (Administración Institucional de la Sanidad Nacional). Con todo, pienso que la contribución más llamativa de este capítulo son las páginas dedicadas a la labor del secretario del PANAP Adolfo Serigó Segarra, una figura de gran interés y hasta el momento escasamente estudiada y valorada. El capítulo de Inma Hurtado y Aida Terrón sobre la educación sexual durante la Transición es otro ejemplo de trabajo interdisciplinar, en esta ocasión la historia de la pedagogía y, nuevamente, la antropología se alían para estudiar un interesante proceso discursivo sobre los cambios de la noción de sexualidad y de su "gestión" y educación o los debates sobre si ésta debía mantenerse en la esfera de los privado -y sometida a la moral de la Iglesia-, o si otros espacios, como la escuela, podían estar legitimados para intervenir en esta función pedagógica. Algunos pioneros de la educación sexual, determinadas movilizaciones y otras iniciativas de renovación son analizados en el capítulo, así como la comparación entre el recorrido internacional y programático de la educación sexual y su articulación nacional y pragmática. La Iglesia católica en el sistema hospitalario español es abordado por Pilar León, autora de importantes trabajos previos sobre la labor asistencial de la Iglesia. Con respecto a su aportación en este libro, me parece especialmente relevante su análisis sobre la actualización y redefinición de la función de los hospitales dependientes de la Iglesia. Se analiza el debate, en el propio seno de la institución eclesiástica, de la pertinencia de mantener la titularidad de los distintos establecimientos asistenciales. Asimismo, se pone de manifiesto la necesidad de que dichos establecimientos incorporasen los avances científicos, técnicos y de organización-gestión que los nuevos tiempos exigían, en un momento de gran expansión del sistema sanitario español. El segundo bloque del libro que comentamos se cierra con el trabajo de José Martínez-Pérez sobre la medicina del trabajo en el franquismo y la Transición. El autor, reconocido experto en la historia de las discapacidades derivadas de enfermedades o accidentes laborales, se centra en el papel disciplinar de la Medicina del Trabajo y las variaciones de sus objetivos en una época de profundos cambios sociales. La organización de la medicina del trabajo a través del Plan Nacional o de la Ordenanza de Higiene y Seguridad en el Trabajo, así como la adecuación a las recomendaciones de instancias supranacionales como la OMS o la OIT son elementos interesantes de este capítulo, pero también la contribución que, desde el ámbito de la salud laboral, se realizó en la construcción de una nueva cultura de la salud. El tercer y último bloque del libro contiene dos capítulos que analizan las "fronteras de la normalidad". De la salud como bien de producción, tan evidente en el capítulo anterior, a la salud como bien de consumo es, en cierto modo y a propósito de un estudio de caso, la propuesta de Salvador Cayuela en un sugerente y original trabajo sobre la gestión de la discapacidad durante el segundo franquismo y la Transición. Con un marco teórico netamente foucaultiano, pero con una metodología etnográfica que recurre a entrevistas orales, el autor analiza la emergencia de un nuevo modo de "gobernar" la discapacidad física en ámbitos como el médico-social, el educativo o el económico-laboral. Finalmente, Mercedes del Cura ofrece, en el último capítulo del libro un concienzudo análisis de las campañas de prevención de la discapacidad intelectual durante la Transición democrática, valorando sus éxitos y fracasos. Dedica páginas interesantes al Plan Nacional de Prevención de la Subnormalidad, hace hincapié en los mensajes que a través de dichas campañas se trasladaron a la sociedad y a los propios profesionales sobre la necesidad del cuidado prenatal, perinatal y postnatal, y pone de relieve la urgente necesidad que existía en ese momento de mejorar las condiciones socio-sanitarias del país. Se trata de un trabajo que, como otros anteriores de esta misma autora, resulta pionero en la forma de analizar la discapacidad intelectual desde una perspectiva histórica. En suma, estamos ante un conjunto de trabajos que abordan diversos aspectos concretos de la salud durante una época de importantes cambios sociales y culturales. Como los editores señalan con gran acierto, acometer una cartografía completa del conjunto de problemas y del modo en que se abordaron resultaría una tarea tan ardua como imposible de llevar a cabo; por eso, de manera inteligente y conscientes de que todos los saberes son parciales, no se proponen una genealogía completa con pretensiones de globalidad, sino una serie de genealogías (en plural) que contribuyan a analizar de manera concreta y pormenorizada aspectos relevantes de un proceso amplio y complejo. Me parece, en este sentido, que el libro es un producto modélico de lo que puede ser el resultado de un proyecto de investigación bien diseñado y ejecutado. Un último comentario me resulta obligado. El libro está dedicado a la memoria de dos historiadores de la medicina españoles que fueron, entre otros, maestros de toda una generación, la de los editores del libro, que también es la mía. Mas allá del recuerdo emocionado a Elvira Arquiola y a Emili Balaguer, la dedicatoria puede entenderse -yo al menos así quiero interpretarla- como un reconocimiento a una tradición académica, pero también como un intento exitoso de superación y novedad. La afirmación de Vila-Matas de que "una obra nueva solo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero solo tiene valor en esa tradición si ofrece algo nuevo" cobra aquí todo su sentido, pues Genealogías de la reforma sanitaria en España es, sin ninguna duda, un libro original y novedoso, por su planteamiento, por su enfoque y por sus resultados, pero también es un libro que se apoya en saberes previos. Solo así se puede innovar, hacer nuevas preguntas y (re)pensar el objeto de nuestro trabajo.
Victus Ordine Oonstituto: la alimentación en la medicina de Amato Lusitano, una aproximación Parte de la tarea médica del portugués João Rodrigues de Castelo Branco, pseudónimo de Amato Lusitano (1511-1568), consiste en atender o modificar la dieta de sus pacientes. A través de las prescripciones de la Centuria Tertia, uno de los libros que componen su obra Curationum Medicinalium Centuriae, podemos ver el amplio número de alimentos utilizados con fines terapéuticos, algunos realmente costosos. También conocemos cómo la atención de este médico por la dieta exige la obediencia del paciente. Desde Hipócrates (s. V a.C.) (De diaeta, De victus ordine, De alimento) y Galeno (s. II d.C.) (De sanitate tuenda) la dieta (δίαιτα), higiene de vida, será, junto con la farmacia y la cirugía, uno de los pilares básicos en el tratamiento de la enfermedad y servirá de barrera contra agentes patógenos, pues a través de ella se puede llegar a mantener o recuperar el equilibrio de los humores, lo que entonces significaba tener una buena salud. Según el esquema fisiológico diseñado por Galeno, la salud está determinada por la acción de una serie de factores externos, las denominadas sex res non naturales (aire y ambiente, comida y bebida, sueño y vigilia, lo que se expulsa y lo que se retiene, actividad y reposo y, por último, las pasiones del alma), sobre las que se puede intervenir, a diferencia de las res naturales, en las que no hay margen de maniobra (Álvarez de Palacio, 2008). Si desde Galeno la atención a la influencia de factores externos es evidente, es sobre todo en época bizantina y especialmente a partir de las traducciones de obras árabes en los siglos XI y XII cuando se establece una sistematización de estas sex res non naturales. A partir del siglo XIII esta concepción dietética se consolida en la obra de médicos como Taddeo Alderotti, Arnaldo de Villanova o Pedro Hispano y en un tipo de tratado denominado Regimen sanitatis dirigido bien a personas individuales (reyes o grandes señores) o referido a estados vitales (embarazo, esterilidad) y a la prevención de alguna enfermedad concreta como la peste (Albala, 2002, pp. 14-27; Nicoud, 2007; Cavallo; Storey, 2013, pp. 1-12). En 1517 la versión latina de De sanitate tuenda de Galeno a cargo de Tomás Linacre (1460-1524) marcó un momento fundamental, pues se reactiva en cierto modo este interés por la dietética, impulsado también por la reedición del hipocrático De diaeta. Los historiadores consideran que la disponibilidad de estos tratados fundacionales y las nuevas posibilidades de difusión ofrecidas por la imprenta contribuyeron a que numerosos médicos escribieran tratados específicos de reglas de vida, basadas normalmente en la moderación y en una constante relación entre lo universal y lo particular. En este sentido, el buen clínico es capaz de adaptar las reglas generales a las exigencias de la complexión de su paciente, incluso a sus gustos (Andretta, 2011, pp. 287ss). 2, pseudónimo del médico João Rodrigues de Castelo Branco, refleja este concepto de dietética en la práctica clínica que describe en su obra Curationum Medicinalium Centuriae 3, siete libros publicados en diferentes momentos de su azarosa vida y que constituyeron un referente en el desarrollo del género médico de las Observationes (Pomata, 2010). Cada Centuria contiene cien curationes en las que el portugués describe casos clínicos que él mismo atendió acompañados, cuando lo juzga oportuno, de comentarios (scholia). En sus casos observamos que una vía de curación consiste en aplicar los remedios terapéuticos oportunos (purgantes, sangrías, medicamentos, etc.) y atender las sex res non naturales. De los seis pares de elementos, la comida y la bebida ocupan un lugar destacado en la obra amatiana, consciente, como muchos de sus contemporáneos, de que una correcta alimentación influía enormemente en la salud del individuo. Las referencias a estos elementos aparecen sobre todo en aquellas curas en las que prescribe un régimen de vida completo y detallado, como en la 1.31, de cancroso quodam ulcere maligno et doloso mamillam infestante, el caso de una mujer recién parida a la que se le descubre una úlcera cancerosa en el pecho, donde va regulando para ella cada una de estas res non naturales: Así empecé a tratarla: en primer lugar, para regular las sex res non naturales empezamos con el aire. El aire sin el que no se puede conservar la salud ni expulsar la enfermedad tendía siempre a ser temperado, en verano más frío, en invierno más cálido. Se prescribía la comida que conviene a los enfermos de melancolía [...] Le permitíamos que el sueño fuera largo y abundante y no escaso y siempre nocturno [...] También se le permitía un ejercicio moderado antes de la comida [...] Era imposible que ella contuviera sus aflicciones [...] Por lo que respecta a la evacuación, en primera instancia, prescribimos una sangría. Si las sex res non naturales son un factor que ha de tenerse en cuenta en la obra de Amato, nuestra atención se va a dirigir a aquello que concierne a la alimentación (a menudo asociada a la bebida) y vamos a referirnos, por acotar dentro de esta vasta obra, a lo que podemos leer en la Curationum Centuria Tertia, si bien presentamos ejemplos o referencias fuera de estos límites. La alimentación en la tercera Centuria de Amato Lusitano Amato introduce de varias maneras la alimentación en sus procesos curativos, pues forma parte del diagnóstico y del procedimiento terapéutico, tal y como se atestigua desde antiguo. Conocer la dieta previamente seguida por el paciente ofrece ayuda en el diagnóstico, como muestra en la reflexión (scholia) que acompaña al tratamiento de un niño de cinco años con viruela (curatio 3.16, de symptomate quodam ante variolarum eruptionem apparente): las evacuaciones previas a la erupción o la sangría posterior han de aplicarse en un momento de plethora, lo que determina entre otros factores a partir de la alimentación del niño (Sed id potissimum moliri debet quando plethora adest, quam medicus ex aegrotantis pueri habitu et anteacto victu ac symptomatis aegrum ipsum occupantibus exacte venari poterit). Con todo, más que elemento diagnóstico, el alimento o su reglamentación actúa en el proceso terapéutico asociado o alternado con la medicación, como en 3.87, de coeliaco morbo et καχεξίᾳ et ἀτροφίᾳ: De este preparado comía cada día dos onzas en ayunas y a continuación dormía todo lo posible y en las siguientes cuatro horas no tomaba alimento. Con esto y una excelente alimentación, sobre la que hablaremos después, en el plazo de veinte días empezó a sentirse mejor del estómago. Más aún, alimentación y medicación aparecen como recursos equivalentes en 3.74, de febre maligna interficiente: A estas medicinas podríamos añadir muchas otras y varios alimentos que fácilmente se convierten en sangre y además varios selectos compuestos. Este tratamiento puede llegar a ser único, si es el mejor posible. En 3.52, de febre acuta maligna, el alimento parece ser suficiente para revertir la fiebre del paciente: No le dábamos ningún medicamento, conformes con establecer un excelente régimen de alimentación. En aquellos casos en los que hace referencia a la dieta sigue pautas que van de una simple mención a una precisa explicación: 3.11, [...] al hacerme cargo de su cura, le prescribo, como se debe, todo lo necesario asociado a un conveniente régimen de alimentación. 3.24, Este sometido a un buen régimen de alimentación [...] se curó con este fármaco. 3.27, [...] tras mantener un óptimo régimen de alimentación, al cuarto día incurrió en abundante sudor y se libró de la fiebre y no necesitó ningún medicamento purgante. Esta actuación sobre la alimentación del paciente puede llevarle a aplicar formas específicas de dieta, aunque esto no significa que las detalle. Entendemos que son formas o tipos conocidos o comunes para los médicos lectores de su obra. o bien subtiles como en el caso de un varón de 35 años que sufre dolor de cabeza como consecuencia de la herida en un ojo (3.7, de ingenti capitis quodam dolore post oculum confossum superveniente). Amato recurre a un procedimiento curativo mediante sangrías y parece completar el tratamiento con una modificación de la dieta en un sentido muy concreto: Los medicamentos tópicos le aliviaron ligeramente, si bien al principio el paciente tomó un bolo de casia y su régimen de alimentación fue esencialmente ligero. De forma similar actúa en uno de los varios casos de viruela (3.18, de variolis serpentibus, cutem tantum erodentibus) en el que una forma concreta de alimentación es el complemento necesario a la acción de medicamentos refrigerantes aplicados sobre el hígado: victus ad id multum faciebat, qui ad frigidum cum humiditate declinabat. Además, en 3.43, de cordis palpitatione, para una religiosa de 20 años, que empieza a tratar con sangrías y siropes, prescribe una dieta con cualidades secantes y atenuantes, Victus ratio in universum exiccatoria et attenuatoria erat, sed optimi succi Estas dietas específicas, pero no detalladas, también se relacionan con un humor o cualidad como en 3.55, de quodam musico varias imaginationes et phantasmata diversa habente, para cuyo paciente prescribe una dieta similar a los afectados por melancholia /atra bilis: Además, le recomendábamos la alimentación que debe prescribirse a los enfermos de melancolía, y mucho más le aconsejábamos rodearse siempre de amigos y evitar la soledad. O en 3.56, de iuvene Hebraeo puellae Hebraeae amore capto, el caso de un joven judío enamorado de una joven judía: Al asumir nosotros su curación, tras prescribirle un régimen de alimentación óptimo, como conviene a los enfermos de melancolía, le dimos un preparado de sirope de eléboro. Puede ser un poco más preciso, en tanto que establece "categorías de alimentación", como en 3.95, de febre nocturna miti et lenta simulque de hemitritaeo, id est semitertiana febre, con un febricitante que incurre en semiterciana y cuyo estómago le preocupa. En los scholia, casi un monográfico sobre este tipo de fiebre, apunta los modos de alimentación que considera necesarios para estos pacientes con un habitual en él, pero poco clásico scire decet quod: En relación con el orden en que deben tomar alimento quienes padecen semiterciana conviene saber que en el día en el que el enfermo padece un solo paroxismo, puede ser alimentado con mayor abundancia y generosidad; al día siguiente ha de tratársele de forma más parca y sutil porque la naturaleza alcanzada por las dos fiebres se encuentra afligida y agravada. Si la forma de dieta requerida, por conocida o común, puede expresarse de esta forma que podríamos calificar de elíptica, también puede ser precisada con creciente nivel de detalle. En la curatio 3.65, de gurgulione plus iusto longo facto simulque de raucedine, refiere el caso de un paciente con la úvula elongada asociada a una ronquera, al que casi ni se le oye cuando habla y apenas puede comer. Entiende que para curarlo debe estudiar su temperamento y percibir que está acostumbrado a mucha comida, mucha bebida y mucho sexo (multo victui et potui assuetus et Veneri summopere deditus). Todo esto le lleva a sospechar que su enfermedad es una secuela del morbo gálico (Pérez Ibáñez, 2019). En este punto inicia Amato lo que podríamos denominar una digresión explicativa que podemos asociar con la voluntad didáctica que en tantas ocasiones deja ver, pues aclara que las referencias a la terapia aplicada, dieta incluida, se hacen para que las conozcan quienes practican la medicina, pues es un tipo de intervención común en enfermedades de la misma tipología: Por mi parte yo mismo voy a exponer (para que lo conozcan quienes ejercen la medicina) el orden que hemos mantenido desde el principio y empezaré por el régimen de alimentación, solo con el que acostumbran a sanarse enfermedades similares. Con todo, sus especificaciones son todavía bastante genéricas, por así decir, pues se limita a señalar tipos de alimentos que el paciente debe evitar, sin entrar en menciones particulares. Todos ellos comparten la condición de ser alimentos pituitosos (cibaria fugiant pituitosa, qualia sunt pisces, suillae carnes, lacticinia, legumina, immoderata iuscula, herbae et caetera) de la misma forma que propone que debe tomar aquellos alimentos que generan buenos jugos (optimum succum gignentibus cibis) Y continúa su prescripción con recomendaciones generales que ese buen práctico ha de tener en cuenta (unum cordi praefixum habens quod -de nuevo con ese poco clásico estilema que suele ser recurrente en él-): el almuerzo ha de ser más copioso que la cena e incluso, si la comida es muy abundante, puede prescindirse de la cena (prandium coena maius ac liberalius semper accipiebat, imo cum prandium opiparum illi erat, a coena nostris monitis abstinebat) Esta reflexión se amplía también al vino, tanto en la comida como en la cena y el sueño, pues en este caso el diurno debe ser evitado: Vino, [...] bebía solo en el almuerzo y poca cantidad, para no dañar la cabeza. En la cena, en cambio, lo obviaba, pues decía que la cabeza se llenaba de sus vapores y afectaba al cerebro. Evitaba, lo que podía, el sueño diurno 9, porque aturde la cabeza y provoca muchos perjuicios, como también después de cenar. Amato puede dar indicaciones muy concretas sobre qué alimentos deben ingerir sus pacientes. Por ejemplo, en uno de los varios casos de viruela (3.15, de variolis et morbillis, exanthematis dictis, de eorumque symptomatibus ante apparitionem venientibus) para su paciente de seis años prescribe alimentos muy precisos según las distintas fases de la enfermedad y diferencia entre los de la fase previa a la aparición de las pústulas y los requeridos post exactam earum eruptionem, sobre todo carne de pollo o capón. En un nivel máximo de precisión encontramos varias curaciones (3.1; 3.11; 3.66; 3.86; 3.87 y 3.91) que comparten el rasgo de ofrecer una detallada relación de alimentos, incluso de preparaciones viables. Vistas en su conjunto las curationes de la Tercera Centuria ofrecen una abundante cantidad de productos posibles, algunos bastante recurrentes. Quizá no sea una coincidencia que algunos de estos casos para los que es minucioso detallando la alimentación vengan relacionados con un paciente desobediente a los preceptos dietéticos del médico (3.11, de quodam praeceptis medicis non obediente), con enfermedades intestinales (3.66, de acri humore a capite ad os descendente et aphtas inibi gignente et postea dysenteriam; 3.87, de coeliaco morbo et καχεξίᾳ et ἀτροφίᾳ); trastornos en la alimentación (3.86, de citta, id est pica morbo, quem μαλακίαν quoque quasi mollitiem medici appellant) o fiebres consuntivas (3.1, de hectica simulque de marcore sive tabe) -en las que el exceso de ingesta se considera nocivo En la cura 3.91, de puero absque manifesta causa faciem tumentem habente, afirma que, si no le cambiara la dieta, la afección que ha detectado en el hígado evolucionaría a hidropesía. Aquí presta mucha atención a la alimentación de este paciente, aunque resulta interesante observar cómo en esta misma cura a otro niño, casi seguramente de familia menos pudiente (ruri autem hic agebat), le prescribe una dieta mucho menos variada y refinada: una simple papilla de trigo (pulticula) apenas aderezada con poleo y orégano acompañada de vino como purgante. Gracias a estas curaciones tenemos una amplia visión de la posible "despensa" médica que propone Amato, aunque no sea esta la despensa completa. No podemos olvidar que muchos de estos elementos pueden aparecer como alimentos o integrarse en las preparaciones medicamentosas que el propio Amato inserta en su relato como ocurre en las ya mencionadas 3.66 y 3.91. Siguiendo las especificaciones de nuestro médico en esa despensa encontramos: Se prefieren, además, jóvenes en la idea de que se digieren mejor y mantienen el equilibrio humoral (Banegas López, 2012, pp. 60-61). Hemos visto (3.65) que prefiere evitarla por excesivamente pituitosa. En otras ocasiones la prohíbe expresamente y a veces apoyándose en Hipócrates (Hp. epid. ) limita su prohibición a los meses de verano (2.32). La carne puede prepararse de diversas maneras, asada o hervida: 3.91, Aconsejaba comer carnes asadas mejor que cocinadas en agua. Si alguna vez las preparaba hervidas, las condimentaba con estas hierbas: hisopo, menta, ajedrea, mejorana, perifollo, hinojo, albahaca, además perejil común y otras aromáticas semejantes como azafrán, clavo, canela y alcaravea. Y de forma más habitual como contusum o pistum (1.21; 3.87) la sustancia que se obtiene de la carne de ave, especialmente de la gallina o perdiz, tras machacarla y prensarla (Herrera Hernández, 1996, col. 1230) acompañada de aderezos y de ptisana o cremor ptisanae 3.1, puré de carnes de capón, pollo, cabrito y a veces de ternera de leche, también aderezado con semillas frías al que a menudo solíamos mandar añadir una parte del residuo de la tisana colada. 3.71, puré de pollo mezclado con tisana. 3.87, Con el jugo de esas carnes que preparamos de ese modo se elaboraba algo así como un puré que llaman pisto. 3.71, caldo de capón en el que se echaban semillas de cidra, vinagrera, bol arménico, perlas y corales preparados y otros semejantes previamente pulverizados. Las indicaciones sobre el caldo de capón, gallina o perdiz, que considera el mejor porque se digiere fácilmente, no daña el vientre y apenas genera humores superfluos, alcanzan la independencia de una receta de cocina. 3.87, (sc. jugo de capón, de gallina o de perdiz) así mandábamos extraerlo: se toma un ave eviscerada y se rellena con excelente y puro mástique junto con canela selecta, que fácilmente se encuentra en establecimientos y tiendas, y con un poco de pan; se pone al fuego en una espeta. No asada del todo se aprieta en una prensa y el abundante jugo que sale (como se extrae el aceite de almendras) se da a beber al enfermo acompañado de polvo de las especias del diamosco y del diámbar. Otra preparación común de la época en la que puede haber carne es la panatella (panetela) 16, una forma de gachas a base de diversos caldos, sobre cuya preparación en ocasiones da instrucciones muy precisas: 3.66, establecimos que comiera panetela preparada con la flor de harina, que llamamos sémola, a la que se le añade un poco de mantequilla o que en lugar de la sémola pusiera arroz pulverizado o le recomendábamos que preparara esa panetela con caldo de pata de ternera, de cerdo o de carnero castrados; se sazonaba a su vez con polvo aromático de bol arménico, incienso, mástique, coral y similares. Igualmente son frecuentes los huevos, a ser posible recientes (3.86), de los que se pueden utilizar solo la yema y la clara (3.1; 3.66) o bien la yema mezclada con agua de rosas (3.71). En cuanto a los pescados tienen cabida tanto los marinos como los de agua dulce (tam marini quam dulci aqua natantes) (3.1) y de forma más específica menciona los petrosi "de roca" (3.1; 3.86). En sus dietas aparecen todo tipo de verduras y hortalizas (olus): calabaza (3.1); espinacas, armuelle blanco, endivia y verdolaga (3.86), alcachofa (3.87) y perifollo, que considera desconocido en Hispania (3.87: cerepholio, herbula universae Hispaniae (ut puto) ignota). Se hallan frutos tanto frescos (horarii): uvas, higos, melones, granadas, cerezas, ciruelas (3.1), olivas en salmuera (3.87), almendras (3.87), uvas pasas (3.87); como secos (ex sole siccatis): ciruelas, cerezas, almendras, pistachos y piñones, estos últimos principalmente azucarados (3.1). Un grupo muy amplio es el de los alimentos dulces y golosinas (tragemata et bellaria) que suelen cerrar su exposición de productos recomendados. 3.1, mazapanes, semillas de melón rebozadas en azúcar, almendras garrapiñadas y otros dulces y golosinas de este tipo elaboradas con azúcar. 3.86, mazapanes, piñones azucarados, uvas pasas secas y otros semejantes. 3.91, uvas pasas, pistachos, que macerados en vino de malvas son de mucha ayuda en este caso, almendras, piñones, a los que añade, por favor, alcaparras preparadas con ojimiel, espárragos e hinojo marino llamado cretamum. En ocasiones se detiene en dónde y cómo se confeccionan: 3.87, Muy de alabar son los piñones azucarados y los mazapanes, así como otros preparados de la longitud de una palma, que recuerdan el color de la canela y que en Venecia, quizá por el almizcle con el que los adornan, llaman moscacholia o mostacholia y por su parte los Lusitanos de Hispania preparan unos canellones muy dulces y agradables, por no referirnos a otros preparados azucarados, moscados, almizclados y ambarinos. La bebida no siempre es expresamente mencionada y en estas curaciones hemos encontrado dos: vinum (González Manjarrés, 2007) y aqua hordei "agua de cebada" u hordeacea (3.1), "hordiate" en castellano Parte de estos alimentos, calificados como selectos y mejores, son los que recomienda en el caso de la paciente afectada del trastorno alimentario llamado "pica", en virtud de la cual tomaba absurdissimos cibos. 3.86, Al ir a tratar a esta muchacha primeramente le propusimos que tomara excelentes y selectos alimentos como carne de faisán, perdiz, tordo, mirlo, capón, gallina, cabrito, carnero castrado o similares. También tomaba huevos recientes, peces de roca y otros alimentos de buen jugo. De entre los dulces y las golosinas se tomaban mazapanes, piñones azucarados, uvas pasas secas y semejantes. De las verduras le permitíamos la espinaca, el armuelle, decimos el armuelle bueno, la endivia blanca, la verdolaga, la menta y el eneldo. Amato y la alimentación de sus pacientes, obediencia debida Más allá de la amplitud, detalle o variedad de la que hemos denominado "despensa" de Amato, llama la atención la importancia que concede a la obediencia por parte del paciente de la pauta dietética que se le ha prescrito. Así ocurre en la curatio 3.11, expresivamente titulada de quodam praeceptis medicis non obediente. Por medio de un diálogo fingido Amato incide en otro tema muy de su gusto: la relación médico-paciente, la confianza que genera en el enfermo la solvencia del sanador, temas que aborda en el Introitus que a modo de introducción encabeza sus Curationum Centuriae (Recio Muñoz, 2018). En ella podemos ver que no es tan importante el proceso nosológico concreto como la actitud del paciente. El protagonista de esta curatio es un noble romano de la familia de los Colonna que puede identificarse con Camillo Colonna (XVex- 1558) 19, al que trata durante su estancia en Roma Amato nada dice de la complexión, antecedentes o enfermedad que sufre el paciente Al asumir su tratamiento corrige su alimentación (cuius curas suscipiens ipse omnia, ut decet, cum debito victus ordine describo), al parecer con poco éxito, pues el enfermo no le hace caso e incurre en nuevos y graves síntomas, algo que le desveló un ayuda de cámara (unus cubicularius, et qui victum porrigit, rem ex toto aperuit). En este punto introduce Amato una primera reflexión sobre la conveniencia de interrogar al servicio como fuente segura de información basándose en el ejemplo de Galeno Es bueno que el médico antes de acercarse al enfermo interrogue a los de la casa y les pregunte sobre el estado y disposición del paciente, con lo que rara vez o nunca se equivocará. Siguiendo este camino Galeno echaba en cara a sus pacientes muchas cosas pasadas lo que ellos tenían por milagroso y luego con mayor ánimo se confiaban a él, como a partir del libro De praecognitione se puede deducir. Ciertamente se trata de una cita ideológica, no literal, casi un resumen (muy orientado en su beneficio) de los mecanismos de diagnóstico mencionados por Galeno en el capítulo sexto de su obra; una obra que, por lo demás, está concebida como un diálogo continuo entre el autor (Galeno) y su interlocutor (Epígenes) y en ocasiones la narración se anima con explícitas referencias de Galeno al tú de su interlocutor y a menciones de lo que este interlocutor dice o pregunta (ait, inquit o inquirit). Forma esta de actuar que, a nuestro entender, podría explicar que Amato inserte a continuación un diálogo con su paciente que retransmite tanto por la vía de la subordinación sintáctica (estilo indirecto), como por la presuntamente literal reproducción de las palabras (estilo directo). Convenientemente informado y simulando no saber nada, Amato interroga a su paciente sobre las causas de ese malestar sobrevenido (ego tanquam rei inscius simulo, alioqui quaeritans unde haec evenire poterant) quien responde que lo ignora. Amato le asegura que se ha excedido en la alimentación (ego vero in victu ipsum peccasse contestabar) y se nos va desvelando la verdad de una cena que el paciente no considera basada en alimentos nocivos: Cuando ya lo tenía del todo claro, le pregunto qué ha ingerido la pasada noche en la cena. Él responde que nada dañino o de malos jugos; entonces le ruego que me los detalle uno por uno. En este punto, pasando a una transcripción literal de la conversación, conocemos en un relato en primera persona el menú de la cena de un noble romano: Y él "al principio empecé a tomar carne de capón" -dice- "que no me gusta nada. Luego huevos fritos, que apenas probé"; y finalmente asegura "comí con mucho gusto una o dos clases de marisco". Ante tamaña desobediencia que Amato le reprocha, se retira de su cuidado, algo que se ocupa de trasmitir al Pontífice, los Cardenales y otros príncipes romanos. Entonces yo en voz baja me digo "Así responde a sus promesas" y pidiendo la venia me retiré y no he de volver a visitarlo, aunque me regalara uno o dos de sus castillos. Saben esto el Sumo Pontífice y muchos reverendísimos Cardenales y otros príncipes romanos. Esta actuación de Amato responde a los postulados éticos con los que abre las Curationum Centuriae, como hemos señalado, y viene avalada por la inserción de unos scholia que declaran que el paciente debe obedecer a su médico. Esta idea la refuerza con la declaración de que tiene más valor para él la verdadera medicina que el dinero El paciente debe obedecer a su médico, como manda Hipócrates en el primero de los Aforismos y en el libro primero de las Epidemias, de donde se desprende que a quienes no siguen las prescripciones de su médico, no hay que darles consejos médicos, como también nos sugiere Galeno en el libro de La sangría, en el sexto de La conservación de la salud y en el libro primero de Los días críticos. Tampoco para mí tenían tanto valor las riquezas que ese muy ilustre señor me prodigaba generosamente, que llegara a anteponerlas a la nobleza y dignidad de la profesión médica, sabiendo por lo demás que la sabiduría ha de buscarse por sí misma y no por afán de lucro, tal como Galeno aboga en el libro titulado Que el mejor médico también sea filósofo, en el libro segundo del Método terapéutico y en otros mil pasajes. Toda esta declaración se apoya en la común batería de autoridades que le han servido para sustentar esos mismos postulados en el Introitus Si miramos con detalle cómo en estos scholia introduce las citas podemos ver que son referencias, en general, ideológicas y moduladas en función de sus intereses. A modo de ejemplo en la cita De sanguinis missione el texto que encontramos en los Opera omnia de 1544 (Galeno, 1541-1545, 5.95) dice Eis vero qui praeceptis salutaribus obsequentur, summopere profueris, donde apoya claramente la dedicación del médico en relación con el paciente que sigue sus indicaciones, pero no se afirma lo contrario, como hace Amato. Si la alimentación no tuviera tanta importancia en el tratamiento que Amato prescribe a sus pacientes, este caso clínico parecería extemporáneo. Como alimentación y tratamiento son, como podemos ver, dos caras de la misma moneda no es difícil comprender el enfado de Amato ante la violación de sus prescripciones y que un caso como este, que aparentemente no tiene interés médico, forme parte con entidad propia de las Curationum Centuriae y además presente un comentario. A pesar de la rigidez con la que trata a este paciente desobediente, Amato se muestra más flexible y tolerante en otras ocasiones. Así tiene en consideración los gustos alimenticios de los pacientes, como el caso de un enfermo que odiaba por naturaleza el dulce y al que le prescribe solamente alimentos salados, ácidos y agraces (6.60, de quodam qui natura sua multa et varia abhorrebat). O bien respeta las restricciones alimentarias asociadas a la religión. En la curación 2.18, de quodam qui rei Venerae uti non poterat, aborda la cuestión de los afrodisiacos que ha de tomar un paciente que sufre de impotencia y, en concreto, sobre el pescado explica que le recomienda aquellos permitidos por la ley (mosaica) Y le permitimos el pescado admitido en su ley [...] aunque muchos crustáceos recubiertos de caparazón excitan la libido, pero como le están prohibidos por su religión, es preferible no mencionarlos. Los ejemplos de la tercera Centuria analizados constatan la importancia de la alimentación en el proceso curativo de los pacientes tratados por Amato Lusitano. Ya sea en forma de meras referencias (optimo victus ordine constituto; cum debito victus ordine describo) o en prolijas descripciones a modo de regimina, observamos la preocupación del portugués por ofrecer al enfermo una dieta individualizada, adaptada a su naturaleza y temperamento y específica para cada enfermedad. Sus consejos dietéticos, muy ligados a la terapia, constituyen una importante vía de curación y, como tales, deben ser respetados por el paciente como paso previo a su recuperación. El conjunto de alimentos -y solo hemos recogido una parte- parece el común en su tiempo. Hallamos una despensa amplia en la que son más frecuentes las aves, mucho más que la carne de animales de mayor tamaño, y donde la porcina es muy a menudo omitida. Desconocemos si esta decisión obedece a sus convicciones religiosas, pues, aunque nuestro autor nace ya en una familia de cristianos nuevos, está comprobado que los hábitos alimentarios tardan en cambiarse al menos dos generaciones (Motis Dolader, 1995, p. No hay una división clara entre cocina y dietética, pues son varias las ocasiones en las que se incluyen recetas e instrucciones sobre el modo de preparación y conservación de los platos, las mismas que en los libros de cocina de la época. A esto se suma el hecho de que muchos alimentos se prescriben también como medicamentos. Estamos ante una despensa de lujo, pues el portugués se sirve sobre todo de lo que él mismo denomina cibi optimi et selecti, productos de prestigio y muy costosos entonces. Los alimentos óptimos tenían por sí mismos un valor externo, pues la relación entre alimentación y jerarquía social estaba claramente asentada (Grieco, 2004). Además, hemos podido comprobar que a pacientes con menos recursos les prescribe otros productos más simples y toscos. En definitiva, optimo victus ordine constituto se revela como un importante principio de actuación para Amato. Vemos que está omnipresente en su práctica o experientia y que cuando reflexiona sobre ello, como buen médico de formación superior, no puede desligarse de la referencia a las autoridades que dominan la enseñanza universitaria. Bien es cierto que tiende a interpretar a estos autores de la forma más acorde a su pensamiento e intereses. Es este un procedimiento terapéutico que además de situarnos en la órbita de la medicina de su tiempo nos permite acercarnos a otros aspectos sociales o antropológicos, pues en el fondo recoge una fotografía de cierta cocina y ciertos hábitos alimentarios en el siglo XVI.
Las traducciones argentinas de Galeno: el caso de La Sangría El presente trabajo estudia las primeras traducciones de Galeno al español que se realizaron en Argentina, en el marco de un proyecto editorial dirigido por Aníbal Ruiz Moreno. La investigación pone de manifiesto que la colección en la que aparecen no era en realidad solo de obras de Galeno, sino una colección general con textos relevantes para la historia de la medicina. Se añade el caso concreto de La sangría como estudio de caso para una evaluación preliminar de la naturaleza de las traducciones ofrecidas por Ruiz Moreno y su equipo. El proyecto quedó inconcluso debido a la repentina muerte de su director por lo que quedaron algunos tratados galénicos sin publicar. El artículo aporta una hipótesis plausible sobre el destino de estas traducciones. Aníbal Ruiz Moreno, fue nada menos que el fundador, junto con Pedro Laín Entralgo, de la revista que hoy se llama Asclepio. Galeno y sus traducciones C.) es, después de Hipócrates, el médico mejor conocido de la Antigüedad y, sin duda, el que mayor influencia ha ejercido en la historia de la medicina. Muchas de sus teorías y prácticas, no sin gran debate mediante, permanecieron vigentes hasta bien entrado el siglo XIX. Aunque es obvio que en la actualidad ya no se sostienen teorías como la de los humores o prácticas como la de la flebotomía, tal y como Galeno las concebía, no puede negarse tampoco que la medicina moderna aún bebe de ciertos conceptos galénicos. Así, expresiones como "anastomosis de Galeno", "nervio de Galeno", "cerato de Galeno" o "forma galénica" son solo algunos ejemplos de su pervivencia como tecnicismos en el lenguaje médico de hoy. Su enorme impacto no puede caer en el olvido por más que sus teorías no tengan una utilidad directa en las prácticas terapéuticas del siglo XXI. Esta es una de las razones por las que diversos grupos de investigación de distintos países dedican sus esfuerzos desde hace algunos años a la traducción de las obras de este prolífico autor, muchas de las cuales han permanecido durante siglos sin despertar apenas el interés de científicos, traductores e investigadores. Así, en Francia, existe un proyecto de edición de las obras de Galeno en la Collection des Universités de France (CUF) de la editorial Les Belles Lettres, encabezado por Jacques Jouanna y Véronique Boudon-Millot 3; en Alemania, cabe destacar el proyecto Towards a Galen in English, dirigido por el Dr. Philip van der Eijk de la Universidad Humboldt de Berlín 4; también la colección Loeb Classical Library publicada por Harvard University Press colabora en este ingente esfuerzo de traducción del Corpus Galenicum; y en España el principal promotor de esta labor traductora es el proyecto de investigación de la Universidad de La Laguna Galeno y sus obras médicas, filosóficas, científicas y literarias, dirigido por el Dr. Luis Miguel Pino Campos Este proyecto, que es continuación de la labor iniciada en 1986 por el Dr. Juan Antonio López Férez, tiene por objetivo traducir la totalidad de las obras de Galeno en lengua española con introducciones, notas e índices de términos griegos y de nombres propios Al desinterés por las obras de Galeno durante tanto tiempo ha contribuido significativamente el hecho de que sus contenidos médicos carezcan de vigencia científica. Además, filólogos y traductores se han visto disuadidos de acercarse a sus textos debido a los numerosos errores que contiene la principal edición disponible, la de Carl Gottlob Kühn 8, quien en el siglo XIX trató de compilar en 20 volúmenes todo el Corpus Galenicum con la intención de preservarlo. Sin poder dejar de reconocer el trabajo que se tomó en ello, pues ha sido de gran utilidad para su propósito inicial 9, se ha de decir también que sería necesaria una nueva edición crítica del corpus completo en la línea de las que ya se han publicado en la serie En efecto, Kühn tomó una versión griega que ya contenía bastantes errores, la de Chartier, y una latina de época renacentista 11, quizás la que tuvo más a mano, y, pese a introducir correcciones para mejorar el texto, no realizó una exhaustiva tarea de colación de los distintos manuscritos en el sentido que exigiría el rigor científico de hoy. No se trata, por tanto, de una edición crítica y depurada como sería deseable desde un punto de vista filológico. En ello radica su principal problema, de suerte que esta circunstancia añade una dificultad nada desdeñable para quien desee aproximarse al contenido de las obras. El proyecto editorial de Aníbal Ruiz Moreno Aníbal Ruiz Moreno (1907-1960) fue un activísimo profesor e investigador de la medicina y de su historia, que desarrolló su labor principalmente en Argentina, su país natal Sus inquietudes le llevaron a darle una dimensión internacional a su trabajo, que fue reconocido en las más distinguidas universidades Su esmero, su dedicación, su rigor para profundizar en la investigación pusieron de relieve la importancia del estudio de la historia de la medicina incluso para su ejercicio en el presente. En el año 1938 comienza su carrera universitaria como docente e investigador adscrito a la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad de Buenos Aires, ocupada entonces por el profesor Juan Ramón Beltrán, y en 1947, logra la categoría de Profesor Titular. Fue director de los Archivos Argentinos de Historia de la Medicina (La Plata, 1942-1946) y cofundador con Pedro Laín Entralgo de la revista española Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, que nace en 1950 con domicilio en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), cuya sede se hallaba en el número 4 de la calle Duque de Medinaceli de Madrid. Del cuidado con que se realizó todo el proceso editorial por parte de los directores de la revista da cuenta Virgilio Paredes Borja, 1950, pp. 129-132, entonces profesor de la Facultad de Medicina de Quito y miembro del consejo editorial. Paredes Borja conoció a Ruiz Moreno en una "una gira por las Américas" que este realizó en junio de 1949 para organizar el Consejo de Redacción La intención de Ruiz Moreno, señala Paredes, era la de fundar una publicación de carácter semestral centrada en la Historia de la Medicina en Iberoamérica, disciplina de gran riqueza, pero de escasa presencia en las publicaciones científicas: "es el momento, nos decía 15, de dar a conocer lo mucho que se estudia y escribe actualmente sobre la materia". Cuatro años después, el mismo Paredes Borja, 1954, p. 186, con ocasión de la visita a Quito de Pedro Laín Entralgo, por entonces Rector de la Universidad de Madrid, no puede dejar de referirse a la publicación como "la más destacada Revista de la especialidad en Iberoamérica" En 1954 esta publicación pasó a llamarse Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica y, en 1964, Asclepio, revista en la que el presente artículo ve la luz. Uno de los grandes proyectos que emprendió Aníbal Ruiz Moreno fue el de traducir el Corpus Galenicum completo para lo cual, tal y como informan García Ballester, 2000, pp. 26-30 y Pino Campos, 2006-2007, pp. 569-571, contó con la colaboración de Julio B. Lafont, Antonio Tovar e Irene Augusta Arias, entre otros. Sin embargo, se sabe muy poco acerca de esta empresa y es necesario recorrer distintas fuentes -periódicos, artículos, catálogos de bibliotecas, repositorios, etc.- para hacerse una idea de lo que fue. recoge entre sus eventos más destacados la visita el 29 de mayo de 1959 del profesor Ruiz Moreno al Departamento de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale e informa de algunos detalles relevantes. Por una parte, indica que en el curso 1945-1946, cuando Ruiz Moreno enseñaba en la Facultad de Ciencias Médicas de La Plata, fundó allí la Sociedad de Historia de la Medicina y comenzó la publicación de una revista de 18 volúmenes con contenidos tan diversos como traducciones de Galeno, tratados sobre la viruela y estudios sobre el Protomedicato de Buenos Aires, así como una traducción del Regimen sanitatis Salernitanum, llevada a cabo gracias a la colaboración del renombrado médico austríaco Adolfo Weiss. Por otra, informa de que el Departamento al que pertenecía Ruiz Moreno estaba compuesto por un director de estudios, dos traductores de Griego y Latín, un investigador de historia, un investigador general, todos ellos miembros a tiempo completo, y otras cuatro personas encargadas de seminarios, además de un investigador, todos ellos honoríficos. Por tanto, esta noticia sugiere que Ruiz Moreno dirigió una revista que publicó traducciones de Galeno realizadas en el marco de su departamento, compuesto por un equipo multidisciplinar. Pero ¿cuáles fueron esas traducciones y cómo se hicieron? Y, sobre todo, ¿dónde están? Para responder a estas cuestiones, partiré de la traducción de uno de los tres tratados galénicos sobre la flebotomía 19, que dará cuenta de la complejidad de este asunto. El misterio de La Sangría La sangría: contra Erasístrato aparece publicada en Madrid en 1970 por Francisco Vera 20, concretamente en las páginas 887-906 del volumen Científicos griegos II de la editorial Aguilar, obra que constituye un compendio de tratados de diversos autores griegos relevantes para la historia de la ciencia. En las líneas siguientes, se tratará de aclarar por qué esta traducción no aparece recogida en los repertorios bibliográficos sobre Galeno, así como de definir cuáles son sus características más notables. Su título sugiere inmediatamente que se trata de la obra De venae sectione adversus Erasistratum de Galeno. Sin embargo, cuando el lector se acerca a ella se encuentra con dos sorpresas: la primera, que la prosa es bastante más ajustada a la sensibilidad moderna que la del médico de Pérgamo; la segunda, que hay pasajes que no se corresponden con el texto griego transmitido por Kühn. Todo un misterio capaz de despertar la curiosidad de cualquier filólogo. La primera cuestión que debe plantearse es quién es el traductor de La sangría, ya que el propio volumen II, que contiene las obras de Galeno, no lo aclara suficientemente. En efecto, nada más abrir el libro el lector puede apreciar que Científicos griegos se publica como "recopilación, estudio preliminar, preámbulos y notas por Francisco Vera". Pero, en las introducciones que preceden a las obras de los científicos griegos Vera no dice que sea él mismo el traductor ni explica tampoco de dónde ha extraído las traducciones que presenta, aunque en muchas de ellas sí da cuenta de las traducciones existentes de estas obras a lenguas modernas De hecho, en ocasiones se permite incluso introducir una pequeña crítica como la que hace a propósito de la traducción inglesa de las obras de Proclo realizada por T. Taylor (1792): "[...] pero no es una versión directa del griego, sino de la latina de Barozzi, y tiene no solo los defectos de este, sino los que de su cosecha le añadió Taylor". Sobre esta apreciación volveré más adelante. Por lo que respecta a la compilación de los tratados de Galeno, el propio Vera deja anotado en la introducción que los precede lo siguiente: "Finalmente, Ruiz Moreno ha publicado en La Plata, 1947: Arte médico, Definiciones médicas y Modo de desenmascarar a los simuladores de enfermedades, y en Buenos Aires, 1947-1956: Procedimientos anatómicos, Los huesos, La disección de los músculos para los principiantes, La bilis negra, La sangría y Del conocimiento del pulso" (Vera, 1970b, p. Así pues, Francisco Vera deja entrever en esta introducción que Ruiz Moreno había publicado en Buenos Aires, entre los años 1947 y 1956, varios tratados de Galeno entre los que se encontraba La sangría. Sin embargo, no es sino en la introducción al volumen I donde aclara que él no es el traductor de estos libros: "Los tratados publicados fueron traducidos por Aníbal Ruiz Moreno (1907-1960), profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de Buenos Aires, con la colaboración de la lingüista Irene Augusta Arias, doctora en Filosofía y Letras, y del historiador Julio B. Lafont, doctor en la misma Facultad" (Vera, 1970a, p. Y unas líneas después insiste: "Las traducciones de las obras y fragmentos que no figuran en la lista anterior han sido hechas por mí, y las notas a pie de página, tanto de las versiones propias, como de las ajenas, son mías y asumo, por consiguiente, la responsabilidad de todas ellas, excepto las de Aristóteles, Dioscórides y Galeno, que pertenecen a sus respectivos autores" (Vera, 1970a, p. De lo dicho, se deduce que, en el caso de Galeno, Francisco Vera se limita a recoger la traducción y notas de Ruiz Moreno, Augusta Arias y Lafont. El problema principal es que con esta información no es posible saber con exactitud quién es el traductor de cada tratado, pues podría ser cualquiera de los tres, habida cuenta de que trabajaban conjuntamente en un mismo proyecto teniendo cada uno de ellos el encargo de traducir unas obras en particular. Por otra parte, si alguien trata de hallar las traducciones de Galeno que Francisco Vera, 1970b, p. 797, atribuye a Aníbal Ruiz se encontrará con varias dificultades. La primera de ellas es que las traducciones de Ruiz Moreno disponibles aparecen en las bases de datos bibliográficas en varias publicaciones que llevan el mismo título de "Obras de Galeno", por lo que es necesario abrirlas físicamente para saber qué tratados contienen. Son concretamente tres, pero en ellas no se encuentran los tratados galénicos que Francisco Vera recoge Lafont, Julio B. y Ruiz Moreno, Aníbal (1947), Obras de Galeno, traducción y notas por --, La Plata, Universidad Nacional de la Plata, Imprenta López. Contiene las obras Definiciones médicas (pp. 23-80), Sobre el modo de desenmascarar a los simuladores de enfermedades (pp. 81-84) y Arte médico (pp. 85-149). Obras de Galeno, vol. XII, tomo I, Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia de la Medicina, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso. Contiene las obras Compendio del pulso para los estudiantes (pp. 9-31) y De las diferencias de los pulsos (pp. 33-191). Obras de Galeno, vol. XVIII, tomo I, Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia de la Medicina, Talleres Gráficos de J. Héctor Matera Contiene la obra Del conocimiento del pulso (pp. 9-117). De izquierda a derecha. Lafont, Julio B. y Ruiz Moreno, Aníbal (1947), Obras de Galeno, traducción y notas por --, La Plata, Universidad Nacional de la Plata. Obras de Galeno, vol. XII, tomo I, Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia de la Medicina. Obras de Galeno, vol. XVIII, tomo I, Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia de la Medicina. Las tres obras contenidas en el volumen publicado por Ruiz Moreno en La Plata, 1947, coinciden con las mencionadas por Vera, aunque en distinto orden y con el título de la tercera obra abreviado, (Sobre el) modo de desenmascarar a los simuladores de enfermedades, por lo que es posible que el recopilador citara de memoria. Ahora bien, de las restantes obras mencionadas por Vera, solamente Del conocimiento del pulso está recogido en los volúmenes anteriores, de suerte que todavía hay cinco tratados que no se encuentran: Procedimientos anatómicos 32, Los huesos, La disección de los músculos para los principiantes, La bilis negra y La sangría En cambio, en el volumen publicado en Buenos Aires, 1948 hay dos obras, Compendio del pulso para los estudiantes y De las diferencias de los pulsos 34, que Vera no menciona, por lo que no es exhaustivo en su relación de las traducciones de Galeno llevadas a cabo por Ruiz Moreno (ver Tabla I). Obras de Galeno que, según Vera, fueron publicadas por Ruiz Moreno. El hecho de que se conserven los volúmenes XII y XVIII bajo el título Obras de Galeno invita a pensar que hubo (al menos) 18 Con todo, son demasiados para contener solo las obras que cita Vera, por lo que cabría pensar que hubo más. Ahora bien, ¿dónde pueden estar estos libros? O, por delimitar la cuestión, ¿dónde podría estar el volumen que contenía La sangría? Este panorama, junto con el hecho de que cada una de las traducciones mencionadas fue hecha por Ruiz Moreno en colaboración con otra persona, sugiere que este fue el director de una colección planeada en el marco del Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad de Buenos Aires, lugar donde se publican dos de los volúmenes que se conservan. En efecto, las obras que, según Vera, "Ruiz Moreno ha publicado en La Plata, 1947" son tratados traducidos por el Reverendo Padre Julio B. Lafont y el propio Ruiz Moreno. Y las publicadas en el marco del Instituto de Historia de la Medicina de Buenos Aires están también traducidas por diversos autores. Concretamente, Compendio del pulso para los estudiantes y De las diferencias de los pulsos son obra de Antonio Tovar y Aníbal Ruiz Moreno; en cambio, la traducción de Del conocimiento del pulso, publicada ocho años después, "ha sido hecha en colaboración con la Profesora Irene Augusta Arias, ayudanta diplomada y traductora de la Cátedra a mi cargo" (Ruiz Moreno, 1948, p. 7), lo cual da a entender que la traducción es de ella con independencia de que Ruiz Moreno y/o Antonio Tovar la revisaran antes de su publicación. La idea de que Ruiz Moreno es el director de un ambicioso proyecto de traducción de la obra galénica se confirma cuando en la "Advertencia" al volumen de 1956 afirma a propósito de la traducción que presenta: "Pensamos hacer lo mismo con los libros que faltan sobre el pulso en los próximos años" (Ruiz Moreno, 1956, p. Ruiz Moreno fue director de las Publicaciones del Instituto de Historia de la Medicina entre 1948 y 1961 38, años entre los cuales se publicaron nueve números, según informa la profesora Sánchez, 2016, p. 14, en su recorrido por la historia de la Medicina en Argentina. Así, las traducciones de Galeno conservadas vieron la luz en una publicación periódica cuyos números no estuvieron todos dedicados a Galeno, tal y como anunciaba el Journal of the History of Medicine and Allied Sciences En efecto, es posible encontrar, salvando las dificultades que ofrece la inexactitud de fuentes bibliográficas, catálogos y bases de datos, noticias de la existencia de los siguientes volúmenes XII, tomo 2 (1948), que contiene la traducción del Tratado de la viruela y el Sarampión de Abū Bakr Muḥammad ibn Zakarīyā Rāzī, junto con La sanidad militar en la guerra del Brasil, trabajo conjunto de Aníbal Ruiz Moreno con Vicente Risolía y Rómulo D'Onofrío ), con El ejército del norte y La salud de San Martín 43, de Aníbal Ruiz Moreno, Vicente Risolía, María Mercedes Allende y Luisa Galimbertí de Carbajo; XIII, tomo 2 (1949), con La fundación del Protomedicato de Buenos Aires de Aníbal Ruiz Moreno; XIV, tomo 1 (1950), con Homenaje al Libertador General San Martin 44, de Aníbal Ruiz Moreno, Vicente Risolía, María Mercedes Allende y Galimbertí de Carbajo; (1950), con La medicina en la obra de San Isidoro, de Irene Augusta Arias, Antonio Tovar y Aníbal Ruiz Moreno; (1951), con El régimen sanitario salernitano, de Adolfo Weiss; (1951), con El juicio de insania de don Ginés de Rabaza, diputado por Valencia al conclave de Jaspe XVII ¿tomo? (1954), Aimé Bonpland; aportaciones de carácter inédito sobre su actividad científica en América del Sur, de Aníbal Ruiz Moreno, Vicente Risolía y Rómulo D'Onofrío XIX ¿tomo? (1959), Actualización de la obra sanitaria y médico social de Vértiz durante su desempeño en el virreinato del Río de La Plata 1777-1783 50; de Aníbal Ruiz Moreno, Vicente Risolía y Rómulo D'Onofrío; XX, ¿tomo 1? (1961), La palabra de los médicos en las Asambleas de Mayo de 1810, de Vicente Risolía, Rómulo D'Onofrío y Alfonso Díaz Trigo XX, ¿tomo 2? (1961), Acotaciones en torno al primer examen de capacitación médica. Efectuado en Buenos Aires en 1660, trabajo de Aníbal Ruiz Moreno con Vicente Risolía y Alfonso Díaz Trigo. Así pues, a partir de esta relación es posible entender que: 1. Hasta 1959 vieron la luz, en efecto, los 18 volúmenes que menciona la noticia del Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, publicada en ese mismo año (teniendo en cuenta los tiempos de edición, el volumen XIX aún no estaría disponible); 2. Si se añaden a la relación anterior las publicaciones correspondientes a las Obras de Galeno (volúmenes XII, tomo 1 y XVIII, tomo 1), aún faltan los números XVI, tomos 1 y 2; XVII ¿tomo?, XVIII, tomo 2 y XIX ¿tomo?, también ausentes en los testimonios bibliográficos. Tampoco es posible, a partir de las obras que Guerra relaciona, inferir el contenido de los volúmenes que faltan, ya que las obras sobre Hipócrates, Paré, Baillou, Séneca y Rufo pertenecen a otras colecciones Además, aunque he podido reconstruir el listado anterior sorteando la falta de consistencia de las fuentes con respecto a ciertos datos (año de publicación, título de las obras, etc.), no me ha sido posible localizar físicamente ejemplares de todos los volúmenes Pese a tratarse de un material valioso, parece que no ha sido suficientemente coleccionado y conservado. Traducción de Tectandro corregida por Agustín Gabaldino (1586). Por otra parte, el obituario publicado por Guerra, 1961, pp. 381-382, informa de que a su muerte Ruiz Moreno dejó algunas traducciones de Galeno sin terminar -no dice cuáles-, así como el tratado De contagionibus de Fracastoro. Sin embargo, esta última obra fue publicada por el Centro de Investigaciones de Historia de la Medicina de la Universidad de Chile en 1962 55, por lo que alguien la tenía en su poder y la trasladó hasta el país vecino para su publicación. Cabe preguntarse si no sucedería lo mismo con esas otras obras de Galeno que quedaron sin terminar. En ese caso, se abriría el interrogante sobre quién lo publica por primera vez, dónde y cuándo. Con respecto a la traducción de La sangría, que no aparece por ninguna parte, podría pensarse que formaba parte de alguno de los tomos que faltan en mi relación. Quizás un detalle presente en el obituario Con independencia de la exactitud de la relación de los libros publicados por Ruiz Moreno, pues es evidente que faltan obras -también las mencionadas por Vera-, es significativo que aquel se ocupara de Galeno en la última etapa de su vida, lo cual podría apuntar a que su precipitado fallecimiento tal vez dejó inconclusos algunos de sus proyectos. De hecho, Vera señala esta circunstancia en su prólogo a propósito de la traducción de la obra galénica: "[...] la versión castellana iniciada en 1947 por el médico argentino Aníbal Ruiz Moreno ha quedado inconclusa a la muerte de este". Pero ¿podría ser el propio Vera quien los publica por primera vez en Científicos Griegos II y, por este motivo, los llama "publicados" al escribir después el prólogo? Es cuando menos llamativo que Vera recoja unos tratados que no se encuentran en ningún otro lugar. En cualquier caso, con los datos disponibles, no es posible conocer siquiera la autoría de la traducción de La sangría, ni de los restantes tratados que Vera recopila, ni tampoco cuándo y dónde se publicaron, si es que llegaron a publicarse. Como se ha señalado antes, la versión de De venae sectione adversus Erasistratum que aparece en Científicos griegos es agradable de leer, con una prosa bastante más seductora que la del propio Galeno. Esto es fácil de percibir incluso en las frases más sencillas. Así, ante el eterno dilema del traductor, si ser lo más fiel posible al texto original sin tamizarlo o tratar de acercarlo al lector moderno permitiéndose para ello algunas licencias, aquel parece haberse decantado por la segunda opción. Tal elección no supone un problema siempre que se cumplan dos condiciones fundamentales: la primera, que se advierta qué estrategia de traducción se ha empleado; la segunda y más importante, que el mensaje del texto no se vea alterado. Sin embargo, el problema principal con la traducción de La sangría es que su contenido no siempre coincide con el del texto griego transmitido. De este modo, en términos generales se observa que en determinados pasajes la traducción sigue fielmente palabra por palabra el texto griego, pero en otros no. Y, cuando no lo hace, en ocasiones mantiene el sentido subyacente en griego y en otras no. Para fortuna del investigador, el propio texto de la recopilación de Vera, 1970b, p. 889, ofrece una clave, concretamente en la traducción del pasaje de De venae sectione adversus Erasistratum XI. 57, donde el término toîs páthesin, "afecciones", se convierte en "enfermedades enceradas" (ver Tabla II). En efecto, la palabra "encerada", de difícil comprensión -¿cómo puede estar "encerada" una enfermedad?- da paso a la nota 4 que reza: "El texto diceceratus". Esta nota evidencia que el traductor partió de una traducción latina 58, probablemente porque no tendría a mano en Argentina un original griego Pero es claro que esta versión no es la de Basilea que acompaña al texto griego de la edición de Kühn (Chartier, 1679, p. 393), pues en ella nada se dice de "ceratus". Ahora bien, ¿de qué edición latina puede haber partido? Una revisión de las traducciones al latín del tratado galénico en cuestión permite observar que la versión presente en Vera, 1970b depende de la versión latina de Tectandro (Josephus Tectander), en Gaudanus y Tectander, 1549, p. Texto y traducciones de De. ven. sect. adv. Tectandro, nacido en Cracovia en época de Segismundo I Jagellón el Viejo, rey de Polonia entre los años 1506 y 1548, estudió en su ciudad natal y viajó más tarde a Italia, Alemania y Holanda Cuando regresó a Polonia, fue bien recibido por el gobernador y pronto fue nombrado secretario y médico de la corte de Isabel, hija del rey Segismundo. Tras la publicación de De venae sectione adversus Erasistratum en Galeni Opera Omnia a cargo de Andrea Cratandro (1536) y Jerónimo Froben (1542) en las imprentas de Jacobo Giunta, cinco años después de su muerte, en 1549, se publicó en Basilea su traducción al latín de De venae sectione adversus Erasistratum y De venae sectione adversus Erasistrateos Romae degentes, junto con otras obras de Galeno traducidas por Gaudano Pero el texto latino de Tectandro presenta "certus", no "ceratus", por lo que la nota denuncia, en realidad, una errata particular presente en la edición que maneja el traductor. Esta errata se encuentra en la p. 5v de la sexta edición Giunta publicada por Giovanni Costeo en 1586, que contiene la traducción de Tectandro corregida por Agustín Gadaldino Así pues, el traductor, a quien debe suponerse asimismo autor de la nota, es bien consciente de que unas "enfermedades enceradas" son difíciles de encajar en el contexto del discurso galénico y, por este motivo, siente la necesidad de justificar la traducción dejando constancia de su fidelidad al texto que tiene delante. Ejemplos de traducciones divergentes. Pese a que sería necesario cotejar con detenimiento la traducción al español y la traducción latina de la que parte para valorar su exactitud, de lo que no cabe duda a tenor de lo visto es de que el contenido y la forma de la versión latina ya varía considerablemente del texto griego De este modo, no es difícil imaginar que, hecha una traducción de otra traducción, el resultado no puede ser otro que el de la tergiversación, al menos en determinados pasajes de la obra. Sería interesante realizar este análisis en profundidad para tomar verdadera consciencia de cómo el lector que no puede acceder a los textos en su versión original permanece a menudo "engañado" por textos que, aunque agradables de leer, no dicen verdaderamente lo que sus autores originales pretendieron. Varias reflexiones surgen inevitablemente a tenor de este pequeño viaje por una parte de la transmisión de la medicina galénica. De un lado, cabe destacar que el origen y condición de los traductores del siglo XX no se reduce al ámbito de la filología -como ahora-, ni de la medicina -como antes-, ni tampoco de la iglesia, sino de todos ellos a la vez: Ruiz Moreno era médico, especialista en reumatología; Vera, matemático; Antonio Tovar, filólogo; Julio B. Lafont, sacerdote e historiador, e Irene Augusta Arias, lingüista. Conforman, de este modo, un equipo interdisciplinar con un amplio conocimiento de las lenguas clásicas como denominador común. Este punto de partida supone un gran acierto, pues la tarea de traducir bien a Galeno precisa de grupos multidisciplinares que permitan profundizar en los textos y apreciar sus distintos matices interpretativos. De otro lado, por lo que respecta a la traducción de La sangría, pese a todas las personas que se han implicado en su búsqueda en el transcurso de mi investigación, a las cuales van dirigidos mis agradecimientos más sinceros, no ha sido posible localizarla. Y puesto que no aparece ninguna noticia antes de Vera, creo que es muy probable que formara parte de esas obras de Galeno que quedaron inconclusas y que no llegaron a publicarse debido al fallecimiento prematuro del director del proyecto, en el que Vera insiste. En este caso, de modo semejante a como sucedió con la traducción de Fracastoro, habría llegado a manos de Vera, quien la habría publicado cuando finalmente vio la oportunidad, junto con la obra de otros autores. Esta hipótesis se hace extensiva a las cinco obras galénicas publicadas por Vera, que se habrían originado en el marco de esta colección generalista más ambiciosa, conformando un episodio más en la historia del trabajo editorial sobre los textos de Galeno. Esto explicaría que no aparezcan recogidas en la Bibliographie der galenischen und pseudogalenischen Werke. Quedan así interrogantes abiertos, habituales en la historia de la transmisión textual, pero a menudo inesperados cuando se trata de materiales más recientes: no solo no se sabe cómo llegó la publicación que contenía el tratado La sangría hasta Vera, sino que ni siquiera se conoce qué miembro del equipo lo tradujo. En cualquier caso, traduce fielmente, hasta el punto de reproducir las erratas de una traducción latina. Por último, pese a que, como se ha visto a propósito de la traducción de Proclo hecha por T. Taylor, Vera critica que las versiones de textos griegos a lenguas modernas se hagan a través de traducciones latinas, no duda en incluir en su recopilación traducciones de Galeno que arrancan de una versión latina -sin aludir siquiera al hecho-, por lo que debió tener una poderosa razón para hacerlo. Ello sugiere una voluntad manifiesta de publicar las traducciones de Ruiz Moreno. Esta circunstancia debe crear, al menos, dos alertas en el lector: la primera y común a toda traducción, que debe tomarse con cautela cualquier texto que no sea leído en su idioma original, incluso cuando renombrados médicos o filólogos avalen las ediciones; la segunda, que, en el caso de leer una traducción, el lector debe informarse bien de su procedencia para poder valorarla en su justa medida. Aunque, por fortuna, la medicina actual no dependa de la correcta interpretación de los textos galénicos, no cabe duda de que constituyen un valioso testimonio para la historia de la medicina y, por este motivo, merecen ser transmitidos, aunque sea en traducciones, con el mayor esmero. En cualquier caso, la traducción debe entenderse como un proceso diacrónico, debido, por una parte, a la propia naturaleza cambiante de las lenguas y, por otra, a los nuevos hallazgos o perspectivas que pueden explorarse. Queda, pues, mucha tarea por hacer.
Fisuras clasificatorias y hierbas medicinales. El caso del Picietl en la invención de la materia médica Novohispana (s. XVI) El presente artículo estudia las representaciones escritas del picietl (tabaco) producidas en Nueva España entre 1552 y 1591. Remite al estudio de un corpus de textos médicos y el lugar que ellos destinan a la denominación y clasificación de la "materia médica" del territorio, en contextos de coexistencia de tradiciones hispanas e indígenas. Desde el caso particular del picietl, se enfatizan las dificultades que acarreó la clasificación de las hierbas del Nuevo Mundo desde el léxico del saber médico europeo y su vinculación con las estructuras simbólicas del dominio colonial. Esto se evidencia a partir de las diferentes posturas frente a la condición medicinal del humo del picietl, cuestión que manifiesta la importancia de los modos en que son usadas las hierbas dentro de la cultura médica hispana. A modo de hipótesis, se plantea que estas representaciones jugaron un rol clave en la apropiación de los saberes médicos locales, al traducir y formalizar el saber de las hierbas medicinales, que manejaban agentes indígenas claves del proceso de colonización, en el campo de conocimiento que son propios de la cristiandad occidental. Esto contribuyó a la construcción de jerarquías coloniales al fijar criterios de usos legítimos e ilegítimos de las hierbas medicinales. "Reconocer es ya un acto de conquista y sujeción" dice Antonello Gerbi en su clásico estudio La naturaleza de las Indias Nuevas (1978). Junto con identificar el eurocentrismo con que los descriptores de Indias narran y describen la naturaleza de América, el historiador italiano nos recuerda que la capacidad de clasificar y jerarquizar la naturaleza es una parte sustancial de las formas en que se ejerce el dominio. A partir de esta idea, el presente artículo analiza las representaciones del saber médico sobre el picietl (tabaco, Nicotiana tabacum L.) elaboradas en Nueva España entre 1552 y 1591. Intenta mostrar no solo cómo se desarrollan y modifican estas representaciones, sino también los mecanismos mediante los cuales se inventa e integra una parte de la "materia médica" del territorio a los marcos del saber médico de la cristiandad occidental, en coexistencia con tradiciones hispanas e indígenas. En función de este objetivo, este escrito relee un conjunto de obras ampliamente conocidas y estudiadas, y que componen el canon de la medicina colonial novohispana del siglo XVI. Se trata de los manuscritos elaborados bajo el amparo del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco: el Libellus de medicinalibus indorum herbis (1552) y los "tratados médicos" que forman parte de la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún, además de la Historia Natural de la Nueva España de Francisco Hernández, tras su expedición por el Virreinato de Nueva España en la década de 1570. También se atienden los primeros impresos médicos escritos por profesionales y puestos en circulación en la ciudad de México en el último tercio del siglo XVI: Summa y recopilación de cirugia (1578, 1595) del cirujano Alonso López de Hinojosos, el Tratado breve de medicina (1579, 1592) de fray Agustín Farfán y Problemas y secretos maravillosos de Indias de Juan de Cárdenas (1591), todos ellos vinculados con la formalización del protomédico al alero del cabildo y la instalación de la Cátedra de Medicina en 1579 en la Real Universidad de México. De manera adisional, se hace uso del Tesoro De La Lengua Castellana (1610) de Sebastián de Covarrubias, con el propósito de atender la dimensión semántica de algunos enunciados presentes en el corpus de obras sobre materia médica. Si bien la historiografía de las ciencias de los últimos veinte años ha venido enfatizando las transformaciones del saber natural gracias a las innovaciones del conocimiento producido en y desde América, particularmente la valoración de la experiencia personal y la aproximación empírica como fundamentos del saber (Cañizares-Esguerra, 2006; Barrera Osorio 2009; Goodman, 2009; Marroquín Arredondo y Bauer, 2019), los prejuicios, creencias y expectativas del horizonte mental europeo fueron determinantes para la comprensión y las prácticas de representación del mundo natural. Resulta pertinente volver sobre la propuesta de (Edmundo O' Gorman, 2003) acerca de la Invención de América, no en un sentido llano de comprender al continente como una mera fabricación social exclusivamente europea, marginando la propia existencia del continente antes de la invasión (Nieto, 2009, p. 30) o la visión de las poblaciones indígenas que leyeron el hecho colonial bajo sus propias categorías (Navarrete, 2016) sino, más bien, en el sentido de atender el peso de la tradición cristiana occidental en la construcción de una visión colonial de la naturaleza de América, en un clima de trasformaciones de índole globalizante (Gruzinski, 2015). Desde esta perspectiva, esta propuesta busca tensionar la idea de un traslado cohesionado y mecánico de los saberes europeos hacia América, al igual que la idea de una imposición sin fisuras de estas tradiciones. Tal como han señalado Pardo-Tomás y Sánchez Menchero, el desarrollo de la medicina hispana en la América colonial fue escurridizo y dispar, en la medida que se trató del despliegue de una "cultura médica" particular entre muchas otras que convivieron dentro de los confines del imperio hispano, pero que se caracterizó por su intención de hegemonía (2014). En esa línea, este escrito no busca la reconstrucción de un desarrollo lineal, ni muchos menos armonioso de las representaciones médicas del picietl, sino dar visibilidad a las diferentes estrategias de aquello que el saber médico europeo define como medicinal, en una sociedad donde saberes y prácticas se negocian como parte del proyecto político colonial y ese horizonte de sentido (Rappaport y Cummins, 2012). El problema de la clasificación y la (noción de) naturaleza en la cristiandad occidental Antes de revisar los modos en que el picietl es enunciado como materia medicinal dentro de los manuscritos e impresos médicos del siglo XVI, es necesario discutir dos aspectos relevantes del problema de la representación de las hierbas medicinales del Nuevo Mundo. El primero de ellos tiene que ver con las prácticas clasificatorias de la cristiandad occidental de una "naturaleza" que se supone preexistente a dicha clasificación. Tal como señaló Michel Foucault en Las palabras y las cosas, las clasificaciones sólo son posibles en el lenguaje, puesto que no existe un orden presente en las cosas del mundo esperando ser revelado (2008, p.12). Por el contrario, lo que existe en el mundo es un completo desorden que subyace a cualquier lenguaje o intento de orden. En ese sentido, en las clasificaciones: El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una intención, de un lenguaje: y sólo en las casillas blancas de esta cuadrícula se manifiesta en profundidad como ya estando allí, espera en silencio el momento de ser enunciado (Foucault, 2008, p. En este clásico estudio, Foucault enfatiza el rol que juega quien observa y enuncia al objeto de la clasificación como resultado del mismo procedimiento, de tal modo que cada clasificación del mundo es una experiencia histórica concreta que se entrelaza con los campos del saber, los códigos y prácticas culturales disponibles. En ese sentido el saber médico clasifica a los seres vivientes para dar cuenta de un "orden diferenciado" por medio de la "identificación" de sus "cualidades"; la diferencia entre bestias y plantas, o también entre árboles, arbustos y hierbas, y sus variables: comestibles, aromáticas o medicinales. El telón de fondo de este ejercicio es la noción de naturaleza de la cristiandad occidental que comprende, grosso modo, un dominio ajeno al de los sujetos, capaz de habilitar la distinción entre "naturaleza" y "cultura", "sociedad" o "civilización". Al destacar que se trata de una noción de la cristiandad occidental, la "naturaleza", tal como la comprendemos, ya sea como "entorno" o "medio ambiente", forma parte de un modelo y conceptualización específica entre muchas otras posibilidades (Glacken, 1996). El llamado "giro ontológico" de la antropología contemporánea ha contribuido a este argumento al discutir el valor universal de la "naturaleza", destacando otras ontologías que anulan, revierten o movilizan (en otros sentidos) los límites discursivos del concepto, dando cuenta así de otras formas de comprender la relación entre los seres vivientes (Descola, 2012; Viveiros de Castro, 2010). Importa tomar nota de este problema al momento de analizar las representaciones del picietl, puesto que a la narrativa histórica de los estudios sobre la medicina o la ciencia novohispana le ha costado ver a la naturaleza como una categoría codificada. De hecho, las lecturas más recurrentes del corpus de textos sobre "materia médica" tienden a pasar por alto este problema discursivo, replicando el carácter eurocéntrico de estas obras al considerar la descripción de las hierbas como expresión del reconocimiento de una naturaleza preexistente (Trabulse, 1992; Pardo-Tomás y López Terrada, 1993; Fresquet y López Piñero, 1995; Bleichmar, De Vos, Huffine y Sheehan, 2009, entre otros). Ahora bien, enfatizar la condición codificada de naturaleza no exime considerar su especificidad histórica y su rol dentro del campo de la medicina en el siglo XVI. Para Philippe Descola, nuestra comprensión moderna, heredera de las transformaciones del siglo XVI, se ha propuesto comprender la noción de naturaleza occidental como expresión de una "cosmología naturalista completamente exótica en comparación con las elecciones efectuadas por el resto de la humanidad para distribuir las entidades en el mundo y establecer en él discontinuidades y jerarquías" (2012, p.110). Como veremos a continuación, en el establecimiento de discontinuidades y jerarquías, el saber médico europeo jugó un rol fundamental, particularmente en la clasificación medicinal de la naturaleza. El esquema humoral y la "materia médica" No es intención de este escrito dar una revisión a la historia del saber médico de la cristiandad occidental y su despliegue en América, pues existen varios trabajos de este tipo (Porter, 2004; Martínez Hernández, 2014). Lo que interesa poner en relieve son los esquemas, ideas y modelos textuales que acompañan la representación de las hierbas medicinales por parte de los actores del saber médico europeo. Recordemos que para el siglo XVI la medicina era la única ocupación de carácter científico que se había cristalizado en una profesión gracias al estatus intelectual que había adquirido desde su formalización universitaria en el siglo XII (Burke, 2002, p.37). Dicha condición les permitía a los médicos distinguirse de los demás "charlatanes" que ejercían la curación dentro del tejido social de la Europa de Antiguo Régimen al considerarse, a sí mismos, herederos de la doctrina desarrollada por Hipócrates en el siglo V. a. n. e., y que más tarde fue sistematizada y perfeccionada por Galeno en el siglo II. n. e. La tradición de Hipócrates consistía en un esquema de interpretación del cuerpo y el mundo "natural" basado en la existencia de cuatro "humores cardinales": sangre, bilis negra, flema y bilis amarilla, que a su vez se correspondían con los cuatro elementos esenciales; fuego, tierra, agua y aire. Los humores se conformaban de la combinación binaria de las cuatro cualidades primarias, de tal manera que la sangre era considerada caliente; la bilis fría y seca; la flema fría y húmeda, mientras que a la bilis amarilla se le suponía caliente y húmeda Desde estas relaciones analógicas, las medicinas que se obtenían del mundo natural debían ser consideradas calientes, húmedas, frías o secas, ya que su "complexión" o "temperamento" permitía contrarrestar el trastorno que sufría el paciente (Siraisi, 1990; Martínez Hernández, 2014, Porter). En ese cuadro de posibilidades, el médico jugaba un papel central al descifrar la fragmentaria realidad "natural" por medio de indicios, nunca transparente. En la medida que se fue formalizando, la medicina tendió a nutrirse de otros saberes como la filosofía, la geografía, la matemática, la retórica, la física y la metafísica, cuyos dominios les permitían a los médicos afinar la atención de los signos de la naturaleza. El esquema humoral no fue el único requisito para representar las hierbas medicinales. El saber médico europeo contaba con una tradición letrada que hacía comunicable los conocimientos sobre la salud del cuerpo humano y la naturaleza, por lo que la clasificación de las hierbas medicinales se desarrolló conforme a reglas y cánones preestablecidos por la tradición cristiano occidental (Pardo-Tomás, 2002; Morales Sarabia, 2014). La tipología más importante fue la de Materia Médica (77 d. n. e.) de Dioscórides, que desde los primeros siglos de la era cristiana fijó un formato de escritura sobre la naturaleza medicinal del orbe. A diferencia de obras predecesoras como la Historia de las plantas de Teofrasto, Dioscórides presentó una visión particularmente práctica de la naturaleza ya que, junto a la identificación y descripción de hierbas, animales y minerales, detalló las formas en que podían ser extraídas sus propiedades curativas para enfrentar trastornos y enfermedades diversas (Anderson, 1997; Morales Sarabia, 2014). Como han señalado Reynolds, van der Geest y Hardon, la propia categoría de "materia médica" denota que las medicinas son materiales y que, en consecuencia, se inscriben dentro de los marcos sociales que habilitan o restringen su circulación entre los sujetos, al igual que las diversas objetivaciones y valoraciones que pueden tomar las materias medicinales en sus trayectos de circulación (2003, pp. 13-14) Desde esa perspectiva, la pregunta por las representaciones medicinales del picietl se cruza con la pregunta por su valoración, es decir, qué, cuánto y cómo de su "entidad natural" cumple con los criterios clasificatorios del saber médico europeo y de qué manera se articula la condición medicinal de la hierba, ignorando o marginando el peso cultural que poseía en sus contextos locales. El picietl en los manuscritos del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco Con estos elementos que nutren al marco de comprensión de la "naturaleza" podemos pasar a atender el modo en que las obras sobre materia médica clasifican y representan al picietl. Las primeras obras por considerar son el Libellus de medicinalibus indorum herbis (1552) y los "tratados médicos" de la Historia general de las cosas de Nueva España (1577) de Bernardino de Sahagún. Ambos manuscritos son producto de las labores del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por la orden franciscana en 1536, cuyo objetivo era hacer de la elite indígena novohispana buenos cristianos y agentes de la colonización en calidad de mediadores (Laird, 2014, p. El Libellus de medicinalibus indorum herbis ha sido reconocido por la historiografía como el primer escrito científico elaborado en América (Trabulse, 1992). Se trata de un herbario elaborado apenas treinta años después de la conquista de México-Tenochtitlán y cuyo título traducido significa Opúsculo o pequeño libro de las hierbas medicinales de los indios Se consigna que fue compuesto en respuesta al encargo de Francisco de Mendoza, hijo del virrey Antonio de Mendoza, por Martín de la Cruz, "indio médico del Colegio de Sta. 1r.) y traducido al latín por Juan Badiano, indio de Xochimilco y "profesor en el mismo Colegio" (De la Cruz, 1996, f. En este ejercicio de traducción de saberes y formatos, el Libellus es elocuente del léxico del saber médico europeo al presentarnos al picietl como una de las hierbas del recetario para la diarrea: Para aquel a quien le gruñen las tripas por diarrea, dale esta poción por clisterio auricular de hojas de tlatancuaye, corteza de quetzalilin, hojas de iztac ocoxochitl, más estas hierbas: tlanextia xiuhtontli, elozacatl, árbol tlenextia cuahuitl. Todo esto molido en agua de sabor amargo, con ceniza, un poco de miel, sal, pimienta, alectoria y, al fin, picietl (De la Cruz, 1996, f. El sentido práctico de esta escritura reconoce el rol medicinal del picietl sin mayores detalles, inscribiéndose junto a otras hierbas locales con sus nombres en náhuatl. Además de ayudar a la diarrea, el Libellus lo incluye en el capítulo noveno como medicina para la "Enfermedad Recurrente", ya que limpia el pus que se genera en el vientre (De la Cruz, 1996, f. A diferencia del apartado anterior, se esbozan características de la hierba para tener cuidado: "La segunda vez se dará pasados unos cuantos días, con jugo hecho que tiene fuerza embriagante. Se agrega sal, chile negro y chile de color claro" (De la Cruz, 1996, f. Y también hay que considerar la variante atochietl que, en palabras de Garibay significa "Tabaco acuático cimarrón" (De la Cruz, 1996, p. 224), ilustrado y consignado en la receta para el catarro: "Quien tenga catarro o corriza, debe oler las hierbas atochietl y tzonpilihuizxihuitl, y de esta manera se aliviará el catarro" (De la Cruz, 1996, f. Los "tratados médicos" de la Historia general de las cosas de Nueva España (1577) de Bernardino de Sahagún, también conocido como Códice Florentino, dialoga con la presentación del Libellus. Recordemos que este es el nombre del estado último del material sobre "las cosas de la Nueva España" con el que el fraile venía trabajando desde 1558, gracias a la ayuda que le proporcionaron los informantes y los ayudantes o gramáticos indígenas Como ha enfatizado Federico Navarrete, los "informantes" eran en su mayoría ancianos que habían vivido en tiempos previos a la conquista y que recordaban, de primera mano, las costumbres, instituciones e ideas de entonces, mientras que los "gramáticos" y otros colaboradores indígenas lo conformaban los jóvenes nobles que habían nacido un poco antes o después de la conquista y que habían sido formados en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (Navarrete, 2002, p. Ellos sirvieron de intermediarios culturales entre los frailes y la sociedad indígena interpelada por el proyecto enciclopédico de Sahagún. Bajo el modelo de la historia natural de Plinio y las enciclopedias medievales, Sahagún incluyó un completo "tratado de medicina indígena" (Martínez, 1981), dentro del que destaca un inventario de las hierbas medicinales del territorio con sus respectivas ilustraciones, y cuyos "informantes" son los únicos reconocidos expresamente por su nombre: Gaspar Mattías, Francisco Symon, Felipe Hernández, Miguel García, Pedro de Santiago, Miguel Damian, Pedro de Raquena y Miguel Motolinia. La descripción del picietl dentro de este párrafo solo se halla en la columna escrita en náhuatl, ya que el espacio destinado a la descripción en español presenta una ilustración de la hierba junto a una persona que la muele en el piso. Bajo el número veinticinco, el Códice Florentino nos dice: Anchas, algo largas son sus hojas. Y sus flores son amarillas. Se maceran con piedras, se muelen, se mezclan con cal; con ellas se entrega el que está muy cansado y el que tiene gota. Así se mastican: sólo en los labios se ponen. Emborrachan a la gente, desmayan a la gente, embriagan a la gente, y matan el hambre y ganas de comer. Al que tiene el vientre hinchado, sobre el vientre y allí, en el ombligo, se le ponen en abundancia (López Austin, 1971, pp. 145 - 147). Siguiendo el canon de escritura, el texto señala el modo de preparación: "se maceran con piedras, se muele y se mezcla con cal", al mismo tiempo que establece una vinculación de la hierba con el cansancio y la hinchazón del vientre. Es una indicación que difiere con las del Libellus y que replica la primera relación sobre la hierba presente en el Códice Matritense, el manuscrito previo elaborado en Tlatelolco, donde se señala que el picietl "Es medicina para el cansancio. El que se fatigó la mastica. Como bien ha señalado López Austin, la ampliación de la información entre ambos manuscritos da cuenta de los esfuerzos de Sahagún por estandarizar el conocimiento entregado por sus "informantes" indígenas. La primera versión sólo cuenta con una escueta lista de "hierbas medicinales y maderas potables", comentada por otro escribano que consignó las propiedades de las hierbas de manera irregular, mientras que la versión final de la Historia general añade indicaciones corporales específicas, estableciendo que el picietl "se mastican. Así se mastican: sólo en los labios se ponen" y también al asociar la hierba, de igual forma que el Libellus, con la condición embriagante, puesto que "Emborrachan a la gente, desmayan a la gente". Este cambio también ocurre para la descripción de la variante del picietl, el ítzyielt, que en el Matritense se menciona que es "medicina para la hinchazón" y que "La fuma el que tiene hinchado el vientre" (López Austin, 1971, p.135), mientras que la columna en náhuatl del párrafo quinto adhiere a la descripción de la hierba, señalando que "Es algo alto, delgado, derecho. Y sus hojas son como las del pícietl, verdes, vellosas, anchas. Se maceran [las hojas] con piedras. Se meten en una caña para fumar; se mezclan con trementina. Al prestar atención al libro décimo de la Historia general, destinado a la presentación de las enfermedades y las medicinas que son propias del territorio, vemos al picietl en diversas recetas al modo en que son presentadas por el Libellus. Llama la atención que las virtudes curativas enunciadas en este apartado amplíen las presentadas en el libro XI: el picietel se enuncia mezclado con cal y en "gran cantidad" para las postemas de la cabeza 6; se sugiere "oler" la hierba, sobre todo cuando está verde, para el dolor de cabeza y también para el romadizo 8; mientras que para los quistes que salen en el cuello, la columna en náhuatl menciona que, al sacar la masilla, "enseguida se mete ahí picietl, tabaco caliento lleno de cal, lleno de sal" (López Austin, 1993, p. Por su parte, la versión en español lo menciona "molido y mezclado, con la yerva llamada yietl" La variación de las transcripciones, tanto en náhuatl como en español, que los "gramáticos" desarrollan a partir del testimonio de los informantes, puede responder a varios motivos, desde cuestiones fortuitas hasta adiciones de último minuto. Sin embargo, destacan las escasas referencias al humo del picietl como elemento curativo, fuera de la mención en el párrafo quinto que es enunciada de manera aislada. El picietl en la historia natural de Francisco Hernández El capítulo que destina Francisco Hernández al "Pícietl o hierba yetl" es uno de los más extensos de su Historia natural. Doctorado en Alcalá de Henares y médico de Cámara de Felipe II, Hernández llegó a Nueva España como Protomédico general de Indias, encabezando la primera gran expedición científica en el territorio americano, con el propósito de elaborar una historia natural, labor que lo llevó a recorrer el territorio en distintas expediciones entre 1570 y 1577. Las instrucciones dadas a Hernández detallaban tratar las "cosas tocantes a la historia de las cosas naturales" y al desarrollo del oficio real del Protomédico (Hernández, 2015, p.143). Según el mandato, las fuentes del conocimiento serían los sanadores cristianos ya establecidos hacía medio siglo, pero también los indios, quienes podían entregar información sobre "las hierbas, árboles y plantas medicinales", dejando de manifiesto el foco utilitario, sanitario, económico y político del proyecto del Consejo de Indias (Pardo-Tomás, 2002, p. En cuanto al picietl, el Protomédico no solo desarrolla una exhaustiva descripción, sino también consigna los datos que nutren la historia de esta hierba; a diferencia del beleño, su símil europeo, la clasifica como una hierba caliente, ya que "excita y sube a la cabeza los vapores que producen sueño" (Hernández, 1959, Tomo II, p. 81), e identifica otra especie llamada quáuhyetl, "de florecilla más blanca, tallo más redondo, y hoja más lisa y más larga" (Hernández, 1959, Tomo II, p. También menciona que a esta hierba se le conoce como tabaco, porque ese fue el nombre que le dieron los haitianos, aludiendo a "los sahumerios que también llaman tabacos" (Hernández, 1959, Tomo II, p. 81) y que se transmitió tanto a indios como españoles, mientras que otros como "nosotros" la llaman hierba sagrada o nicotina. El elogio al picietl se explica por el enorme repertorio de virtudes curativas y la versatilidad que presentan sus usos. En ese sentido, destaca la especificidad con la que el Protomédico da cuenta de ellos, haciendo hincapié en las maneras en que debe ser tratada la hierba según el tipo de enfermedad, como es el caso del humo que se obtiene de las hojas secas del picietl: Envueltas en forma de tubo e introducidas en cañutos o en canales de papel, encendidas por un lado, aplicadas por el otro a la boca o a la nariz, y aspirando el humo con boca y nariz cerradas para que penetre el vapor hasta el pecho, provocan admirablemente la expectoración, alivian el asma por milagro, la respiración difícil y las molestias consiguientes (Hernández, 1959, Tomo II, p. El humo es eficaz también contra las afecciones de útero y las sofocaciones que suelen provenir de la subida de este; para fortalecer la cabeza, producir el sueño, calmar el dolor, para que el estómago recobre sus fuerzas, curar las jaquecas, y para engrosar "el sentido de las penas y trabajo e invade por completo el ánimo un reposo de todas las potencias (que podría casi llamarse embriaguez)" (Hernández, 1959, Tomo II, 81). A este procedimiento o modo de tratar la hierba, Hernández se aproxima también desde el ámbito de las recetas. En ese sentido, hay que añadir las hojas verdes "marchitadas con las manos untadas en aceite" y luego "calentadas" que ayudan a la digestión y la cura del empacho, la reducción de las inflamaciones del bazo, los dolores provenientes del frío, la limpieza de heridas cancerosas y antiguas; el "jugo y polvo" de las hojas secas de la hierba, que ayudan a la cicatrización de algunas gotas, al igual que las heridas de la cabeza; las "hojas calentadas" para mitigar los dolores de dientes, "envolviendo con ellas la parte dolorida o introduciendo su masilla en los dientes huecos o agujereados" (Hernández, 1959, Tomo II, 82); el "polvo de las hojas aspirado" y tomado por la nariz para no sentir "los azotes o los suplicios de cualquier género, aumenta el vigor y fortalece el ánimo para sobrellevar los trabajos; "la corteza para el mal gálico; cura de modo admirable las heridas de flechas envenenadas, "llenando la herida de su polvo y dejándola así hasta que el polvo y el veneno se junten y coagulen en uno como clavo" (Hernández, 1959, Tomo II, 81), para calmar los dolores articulares y reducir las inflamaciones, quita la flatulencia y disipa dolores inveterados y rebeldes y, como si fuera poco, sirve como repelente para la molestia de las pulgas, "rociando la casa con el cocimiento de las hojas" (Hernández, 1959, Tomo II, 82). Al final del capítulo, Hernández menciona un "medicamento" apetecido por los indios, del que están llenos los mercados y que hace eco de los manuscritos adscritos a la producción escrita del Colegio de Tlatelolco. Se trata de un compuesto elaborado a partir da la mezcla de "hojas secas y trituradas, en proporción de diez partes por una de cal" y que se vende envuelto en hojas de espiga de maíz, y llevado entre la boca y las mejillas produce un suave sueño o un tranquilo reposo de los sentidos y de la mente, embota el sentido de toda las penas, y vuelve a los hombres prontos y ágiles para cualesquiera ejercicios corporales y principalmente para caminar; quita también los dolores de los dientes y de estómago, y presta otros servicios que, aunque no hayan sido dichos expresamente por nosotros, puede inferirse de todo lo anterior; son dignos de mención entre ellos que el aceite en que se haya frito después de dividirlo en pequeños trozos, cura introducido los cólicos, y que su jugo mexclado con el de huesos de tliltzápotl y con vino, introducido y aplicando luego al ano las hojas en forma de calilla, aleja las cuartanas y los fríos de todas las fiebres (Hernández, 1959, Tomo II, pp. 81-82). La descripción da cuenta de un "medicamento" conocido, usado y demandado, cuyo propósito difiere de las virtudes que ofrecen las otras modalidades de uso, como las múltiples funciones del humo del picietl. No obstante, pese a la diferencia de su extensión, Hernández coincide con las escrituras previas. Al igual que el Libellus de medicinalibus y la Historia general de Sahagún, en la Historia natural de la Nueva España resuena la mezcla de la hierba con cal, la aplicación de las hojas molidas sobre el estómago, su ingesta en infusiones y las virtudes de fumarla, al igual que el cuidado que se debe tener frente a su condición "embriagante". Esta distinción opera como contorno para distinguir los límites virtuosos de la hierba, puesto que quienes la usan de auxilio con más frecuencia de la que conviene "se ponen descoloridos, con la lengua sucia y la garganta palpitante, sufren dolor al hígado, y mueren al fin atacados de caquexia e hidropesía" (Hernández, 1959, Tomo II, pp. 80 - 82). El picietl en los primeros impresos médicos novohispanos La delimitación de las virtudes medicinales del picietl también conforman el sentido de las recetas entregadas por los impresos médicos y, en particular, las indicaciones sobre las maneras de preparar y aplicar el picietl dentro de los compuestos medicinales que conforman el "Antidotario de las drogas que van en este libro" en la segunda impresión del tratado médico de Alonso López de Hinojosos Cirujano romancista, López de Hinojosos desarrolló su oficio en los hospitales de Nuestra señora de la Concepción y también el de San José de los Naturales durante la segunda mitad del siglo XVI. Su experiencia en terreno lo llevó a publicar Suma y recopilación de cirujía en 1578, compuesta de siete tratados, cinco de ellos de predominio quirúrgico, y reimpreso con notorias modificaciones en 1595. Junto con la incorporación de un "Antidotario", el cirujano inscribió el saber de las hierbas medicinales locales gracias al contacto que tuvo con los curanderos indígenas que actuaban como ayudantes en el Hospital de Naturales, aunque también por las enseñanzas de Francisco Hernández, quien escogió este hospital y el de Oaxtepec para probar los efectos de las hierbas recogidas tras su expedición (Cordero Galindo, 1997; Martínez Hernández, 2014). Al revisar las referencias al picietl dentro de su obra, llama la atención, tal como en el capítulo 28 del libro X de la Historia general de las cosas de Nueva España, la ausencia de referencias al humo de las hojas secas con uso medicinal. La exclusión de esta práctica del antidotario puede rastrearse en otra sección de la obra elaborada con fines distintos: el libro VIII, que López tituló "sobre el cocoliztle" y que trata de la conmoción generada por la "pestilencia del cocoliztle" en 1576 y la propuesta de una comprensión médica a la epidemia En él, López nos cuenta que tras la autopsia realizada sobre un cadáver en Guaxaca en 1592, de quien "le dixeron que era gran chupador de humo de piciete", vio "que estaua su cuerpo como los que auia hecho anatomía; diez y seis años antes; cuando el gran cocoliste" (López, 1595, Lib. Se trataba de un cuerpo pestilente producto del humo "chupado", efecto de la astucia del demonio que "haziendole creer que mejor de sus enfermedades, y los engaña, porque siempre se andan ahogando, y amarillos" (López, 1595, Lib. López hace alusión a las autopsias que llevó a cabo en el Hospital Real de Naturales en 1576, en presencia del Protomédico Francisco Hernández y el médico Juan de la Fuente, quien ocupó más tarde la primera cátedra de medicina en la Real Universidad de México. Su condición de testigo ocular le permitió asociar el "chupar el humo del piciete" con los males que generó en su momento la epidemia, negando la condición medicinal de esta práctica. Para defender sus argumentos, López cita a Nicolás Monardes, médico Sevillano y autor de la Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, en cuya segunda edición de 1571 ya había asociado el chupar el humo con los engaños del demonio, al referirse a las hojas que echaban en la lumbre los caciques cuando se les ofrecía algún negocio. Como ha planteado Sánchez Menchero, la obra de Monardes fue un caso temprano de diseminación del conocimiento del tabaco en el Viejo Mundo, responsable de perfilar las virtudes medicinales de la hierba en un primer ciclo de apropiación (2016, p.216). Según López, en el caso novohispano, el demonio les hace creer que al "chupar del humo" les hace mejorar, cuestión discutible desde el lenguaje médico, ya que el humo es un vapor y da "mal del coraçon, y a los que da muchas vezes los dexa simples, y necios" (López, 1595, Lib. Es más, el cirujano insiste a partir de una prueba llevada a cabo de manera contemporánea a la escritura del texto: dire lo q me dixo vn estudiánte, q le dixo vno q chupase el humo: y se le oluido la licion que lleuaua bien sauida, y que en todo aquel dia no la pudo boluer a la memoria; para que vean los grandes daños que haze a los hombre, pues los haze tontos, e ynsipientes, y necios, sin firmeza ni constancia, y les anda hediendo la boca como a los borrachos del vino, y en dandoles alguna calentura; arden como fuego por estar secos los cuerpos, y sin humidad, y para remedia esto se mojan los cuerpos, y se reconcentran los humores abrasados del calor, se mueren sin cuydar ninguno estos daños, y otros muchos que por la honestidad no los digo, de lo que haze este humo del piciete. Si vemos q el humo tapa las héndeduras de las vigas, y de los encalados; quanto mas tapara el entendimiento este humo de piciete (López, 1595, Lib. De la cita anterior importa destacar la asociación empleada entre la condición de "tontos, e ynsipientes, y necios", y la hediondez del humo del picietl. El olvido como pérdida del entendimiento se manifiesta en estrecho vínculo con los criterios "higiénicos" que desbordan las fronteras simbólicas (Douglas, 2007) de la condición cristiana a la que deben optar los sujetos coloniales. Es una tensión que también se halla en los ambivalentes comentarios de Juan de Cárdenas en Problemas y secretos maravillosos de las Indias, impresa por Pedro Balli en 1591. A diferencia de López de Hinojosos, Cárdenas se formó en la Real Universidad de México y ensayó sus labores médicas en el Hospital de San Miguel de Guadalajara, el cual dependía de las autoridades catedralicias. Su obra, como el mismo lo expresa, se trata de una historia natural, aunque también dialoga con otras tipologías textuales, como la literatura de secretos y la problemata aristotélica. Sobre el picietl declara que: cuando me pongo a imaginar quién aya sido el inventor de chupar este humo del piciete [...] sospecho que algún ángel le aconsejo a los indios o algún demonio; que sea ángel está puesto en razón, porque él nos libra de tantas enfermedades que verdaderamente parece medicina de ángeles; y que parezca ser remedio del demonio también lo está, porque si nos ponemos a mirar al que lo está chupando, lo veremos echar por la boca y narizes bocanadas de hidiondo humo, que parece un volcán o boca de infierno (Cárdenas, 1988, pp.195-196). En ambos casos el problema de fondo no es el picietl en sí mismo, sino chupar de su humo como práctica medicinal. Arnold Bauer nos recuerda lo importante que son los modos en que son consumidos los bienes en una sociedad tejida a partir de la imposición de regímenes de bienes y mercancías. Con esto pone énfasis en la cuestión ideológica que cruza la preferencia de un bien en desmedro de otro, o qué y cómo debe ser consumido un medicamento, en la medida que estas elecciones habilitan o niegan la inscripción de los sujetos coloniales dentro de las expectativas del proyecto cristiano occidental. La clave es la noción de buena policía, una categoría que "suponía una serie de costumbres relacionadas con conceptos europeos de civilidad que incluían la ropa, la comida, la higiene"; por encima de todo, "vivir en policía significaba llevar una vida urbana" (Bauer, 2002, p. En otras palabras, una categoría que hace referencia a la forma cristiana en que debían vivir los sujetos, dentro de la lógica de "civilidad" anclada en el concepto de urbe (civitas), y donde el saber médico universitario y los oficios que operan bajo esa jerarquía cobraban sentido. Dentro de este marco de expectativas, toman peso los comentarios de López de Hinojosos y Cárdenas sobre la hediondez del humo del picietl. Según David Le Breton, en la esfera sensorial de occidente, el olfato es un fuerte sentido de discriminación, ya que tiende a definir una alianza o ruptura, simpatía u odio. Esto se debe a la vinculación del olfato con la "intuición que va más allá de las apariencias visuales para captar indicios impalpables, que revelan una condición oculta, invisible para los demás" (2007, p. 230) y que cobra relevancia dentro de los imaginarios sociales que se tejen junto con estas demarcaciones. Elocuente es la connotación de rechazo y peligro que desarrollan los impresos, asociando el mal olor del humo con los efectos de dejar a las personas tontas y necias. Allí el olfato es "un marcador moral" (Le Breton, 2007, p. 237) que se nutre del imaginario demoniaco de lo sobrenatural, capaz de contribuir al desarrollo de prácticas poco urbanas (Muchembled, 2004). En ese sentido, no es casual que los usuarios del humo del picietl señalados por Juan Bautista Pomar en su Relación de Texcoco (1582), sean "muy pocos de los indios que se crían entre españoles usan de ella, ni aun de la gente políticas y ciudadana, sino hombres rústicos y trabajadores" (López Austin, 1993, p. Según Covarrubias, el término rústico remite al de villano, apelativo utilizado para referirse a los que viven en las villas "y como tienen poco trato con la gente de ciudad, son de su condición muy rusticos y desapacibles" (1611, Lib. Villano, a su vez, se vincula con otras condiciones, prácticas y actitudes; villano es el "que no sabe leer ni escribir" (Covarrubias, 1611, Lib. 367r.), "Llamamos salvaje al villano que sabe poco de cortesía" (Covarrubias, 1611, Lib. 20v.) y también vil: "puede traer origen del nombre villa, que vale aldea, y que sea vil lo mesmo que el villano, y dize más la baxeza de su persona, y de su condición y trato" (Covarrubias, 1611, Lib. Como se expresa, connotaciones negativas e inherentes a los opuestos de la gente "política y ciudadana". A su vez, los efectos del humo pueden ser peligrosos ya que pueden turbar el orden simbólico desplegado por la urbe cristiana, de ahí que su integración sea negada o presente dificultades Ante el problema del "chupar del humo" del picietl, los textos toman opciones diferenciadas. López optó por marginarla de su clasificación medicinal; no se trata necesariamente del humo en sí mismo 13, sino del humo del picietl. Por el contrario, son otros modos de usar el picietl que sí le resultan medicinales al cirujano, como el aceite del picietl, que sirve para los dolores del vientre y que se elabora con la hierba verde, seca y echándola en seis onzas de aceite común (López, 1595, f. Por su parte, Cárdenas ensayó una forma "adecuada" para usar el humo del picietl. Advierte no usar la hierba si el enfermo padece de calenturas, ni en héticos y tampoco para quienes han arrancado sangre por cualquier parte de su cuerpo. Así mismo, propone un horario y modo de consumirlo: idealmente en las mañanas y en ayunas, si se toma a fin de preservar el hambre, o a la hora de la cena en pequeña cantidad cuando se hayan digerido los alimentos. Por seguridad, el médico recomienda usarlo envuelto en hoja de maíz y chuparlo sin tragarlo hasta el estómago, sino "sólo lo tienen en el paladar y campanilla", aunque si es para enfermedades frías del vientre y el estómago, es "mejor tragarle al estómago; el que sólo toma por la cabeza, basta echarlo por las narices y el que quisiere darle calor generalmente a todo su cuerpo y darle fuerça, puede [...] usarle de todas maneras" (Cárdenas, 1988, p.199). El gesto estratégico de Juan de Cárdenas se inscribe en la lógica prescriptiva de los antidotarios y las indicaciones señaladas en el resto de los impresos, que sustentan los contornos del discurso del saber médico europeo. La especificidad de las cantidades, el modo y los horarios sugeridos permiten un ingreso regulado a la "materia médica". De tal forma, para fines del siglo, los textos tienden a focalizarse en otros usos del picietl: sus hojas marchitas y untadas con aceite, en aspirar por la nariz el polvo elaborado con sus hojas o también las virtudes de sus hojas cocidas para la preparación de distintos brebajes. En esa misma línea pueden leerse las referencias al picietl dentro del Tratado breve de medicina del médico Fray Agustín Farfán Indicaciones como "del piciete, pueden tomar vn dia o dos" (Farfán, 1610, Lib. II, f.71), "quatro hojas (de lo que llaman piciete)" (Farfán, 1610, Lib. Como hemos visto, el ingreso del picietl a los marcos de la "materia médica" significó un delineamiento sobre qué partes o usos de la hierba podrían inscribirse dentro del discurso médico. En ese sentido, el registro y clasificación de lo "medicinal" supuso no solo representar bajo los cánones disponibles, sino también delimitar y jerarquizar las formas en que los sujetos cristianos podían establecer un vínculo con las materias naturales. Por ese motivo, la clasificación del picietl se inscribe en un horizonte más amplio, en el de los esfuerzos de la medicina cristiana por hegemonizar la comprensión de la salud y la enfermedad en todos los confines del imperio hispano. Mientras en América los médicos europeos enfrentan la "idolatría" de los indios mexicanos, cuyas prácticas incorporan el uso de hierbas, plantas y raíces, en el Viejo Mundo la medicina universitaria enfrentan el pluralismo de las prácticas médicas y las "supersticiones" del vulgo. En la medida que los saberes reconocidos como "profesionales" convivían con ejercicios y procedimientos clasificados como "sobrenaturales" y "mágicos", las prácticas populares ponían en tensión los modos de comprensión de la salud -e incluso la "naturaleza"- que eran propios del canon universitario (Campagne, 2002, pp. 421-423). Los intentos por delimitar los contornos "medicinales" del picietl se comprenden en ese esfuerzo por jerarquizar la "naturaleza" de América, distinguiendo lo que les es propio a dicho dominio. Si bien la tendencia fue la omisión o regulación del humo del picietl, tan explícita en los impresos médicos, a diferencia de la declarada aceptación de esta práctica en obras como las de Sahagún o Hernández, lo que queda de manifiesto es la condición profundamente heterogénea y dispar del proceso de invención del picietl como parte de la materia médica novohispana. Recordemos que todos estos esfuerzos fueron contemporáneos y que cada obra negoció, a su manera, los preceptos y prejuicios del saber médico europeo y la "naturaleza" de América, comunicada y transferida en modalidades particulares por medio de la presencia, a veces oculta o silenciada, de los "médicos indígenas". Se trata de un proceso clasificatorio poblado de fisuras, cuestión que pone en evidencia que los valores y énfasis sobre los usos de las hierbas, tan determinantes en su codificación medicinal, no fueron compartidos del todo. En ese sentido, conviene matizar la premisa de Descola sobre la "cosmología naturalista" que caracterizaría al occidente moderno, e invitar a profundizar en la heterogeneidad de formas en que las medicinas y el territorio americano emergen bajo el léxico del saber médico de los colonizadores, responsable de traducir, a su universo cognitivo, la "naturaleza" antes inexistente del Nuevo Mundo.
La enfermedad de las gentes del mar a través de la historia del español: revisión diacrónica de escorbuto y sus sinónimos En este trabajo se estudia la terminología que, en mayor o menor medida y durante más de cuatro siglos, se ha empleado en lengua española para referirse a la que se considera, históricamente, como la enfermedad de las gentes del mar por excelencia: el escorbuto (y algunas de sus variantes, como el escorbuto petequial, el muriático, el pedregoso, etc.). Asimismo, se constata la multiplicidad denominativa que este término desencadena para dar nombre a un tipo de enfermedad avitaminosa caracterizada por el déficit de vitamina C en el organismo (a saber: los vocablos berbén, loanda, mal de loanda, mal del gusanillo, peste del mar, escelotirbe, estomacace, gingibraquio, gingipedio y pequitirbo). Para ello, se analiza y se expone la documentación que tanto las bibliotecas como hemerotecas digitales, los bancos de datos de referencia del español y los repertorios lexicográficos hispánicos ofrecen sobre esta selección léxica. En las siguientes páginas se analiza la terminología que ─en mayor o menor medida─ se ha empleado y divulgado en lengua española, durante más de cuatro centurias, para aludir a la que se considera, históricamente, como la enfermedad de las gentes del mar por excelencia: el escorbuto (y algunas de sus presuntas variantes o manifestaciones, como el escorbuto petequial, el muriático, el pedregoso, etc.). A este respecto, se constata la multiplicidad denominativa que este vocablo experimenta para dar nombre a un tipo de enfermedad avitaminosa caracterizada por el déficit de vitamina C en el organismo (algunos de sus sinónimos son: berbén, loanda, mal de loanda, mal del gusanillo, peste del mar, escelotirbe, estomacace, gingibraquio, gingipedio y pequitirbo). Para ello, se analiza con profusión y se expone la documentación que para esta decena de términos nos ofrecen las bibliotecas y hemerotecas digitales 1, los bancos de datos de referencia del español 2, así como repertorios lexicográficos de especialidad en materia médica, por un lado, y los de lengua general Sobre la enfermedad de las gentes del mar: escorbuto Los testimonios más tempranos atestiguados en lengua española para el término escorbuto revelan que se trata de un galicismo. Ciertamente, esta voz penetra en el español a través del francés a comienzos del siglo XVII, en concreto, a partir de la traducción de Historia de los milagros de nuestra Señora de Monteagudo de Sichen de Velpius realizada por Clemente (1606, p. Como sano una muger de cierta enfermedad, que el vulgo por aca llama Scorbuto, en Agosto de 1603. A Elizabeta de Houen, muger de Zacharias de Anroye vezina de la Aldea de Grasen junto à Betz al quartel de Dieste, le vino en las carnes tollendas del año 1603 un accidente y enfermedad que le causó grandes punçaduras por todo el cuerpo. No obstante, el étimo remoto de esta voz parece ser la forma *scôrbut procedente del neerlandés medieval, que podría haberse tomado a través del sueco skörbjug o del nórdico skyrbjúrg 'escorbuto' (compuesto de skyr 'leche cuajada' y bjúrg 'edema', Así pues, la motivación designativa que subyace en este vocablo parte de un histórico criterio etiológico, dado que, según apuntan un buen número de los textos en los que se consigna este término, la aparición de los edemas característicos de esta enfermedad en los marineros podría deberse al consumo excesivo de leche cuajada durante sus largos viajes ( En efecto, entre los tratados en español del setecientos y del ochocientos, especialmente, se difunde la idea de que el escorbuto es una enfermedad epidémica propia de marineros y navegantes que, además de múltiples dolencias, hemorragias, úlceras en las encías y la habitual pérdida de la dentadura, llegaba a causarles, en la mayoría de los casos, la muerte Su aparente naturaleza contagiosa se debe a que los afectados convivían y subsistían en las mismas circunstancias durante las largas travesías en alta mar, con dietas en las que no figuraban fruta fresca ni hortalizas y, en consecuencia, la mayoría de navegantes de la época de los descubrimientos acababan padeciendo este mal: Muchos se burlan de los nuevos establecimientos Rusos, porque a veces se observan en ellos enfermedades, no debiendo estrañar, que en un transporte de tantos hombres, mugeres y niños, caygan enfermos algunos de los transmigrantes. Por ventura se abandona el comercio, ni los vigilantes maritimos, aunque el scorbuto y otras enfermedades acometen à los Navegantes (Anónimo, "Noticias países del norte", Mercurio Histórico y Político [Madrid], 01/10/1766). Asimismo, entre los repertorios lexicográficos hispánicos coetáneos se consigna y define escorbuto como una enfermedad "que comunmente dá en el mar" (Terreros, s. v.), causada por la obstrucción del brazo, que impide la atraccion del humor melancólico, el qual mezclado con la sangre daña y corrompe el cuerpo, y especialmente salta a las encías y las inficiona y vicia, de calidad que los dientes se caen ( Sin embargo, con el avance de la práctica y de la investigación en materia médica, se constata que, en realidad, la etiología de esta enfermedad es el déficit de ácido ascórbico (o vitamina C) en el organismo: La falta de vitamina C produce el escorbuto, enfermedad que se observa entre las colectividades sometidas al uso de conservas o dietas muy restringidas, tal es el caso de las tripulaciones de los barcos que realizaban largos viajes; los sitios de las ciudades durante las guerras, etc. (Martínez Llopis, 1961, p.103). Según los investigadores, la vitamina C es necesaria para la dieta o para combatir algún principio de escorbuto (enfermedad general producida por la escasez o ausencia en la alimentación de determinados principios vitamínicos) (Anónimo, "Tomar vitamina C", El Tiempo [Bogotá], 01/10/2008). De ahí la producción de bebidas compuestas, eminentemente, por limón, como preventivo antiescorbútico, que comenzaron a proliferar y a ser suministradas a las tripulaciones: De ese alcohol de sabor fuerte y color acaramelado que se fabricaba en las Antillas para los negreros, del azúcar con que ellos se avituallaban junto con los tasajos, bacalao y demás salazones y conservas para las largas travesías, y de los limones que embarcaban los barcos veleros para impedir a bordo las epidemias de escorbuto, surgió espontáneamente una bebida compuesta, típica de los buques de la trata (Ortiz, 1963, p. 30); entre otras muchas hortalizas y vegetales con propiedades y nutrientes ricos en vitaminas, como el mastuerzo silvestre, el berro y la coclearia. De hecho, esta última es conocida, popularmente, como "hierba del escorbuto". De acuerdo con Font Quer, en su libro Plantas medicinales (1962, p. 264), este género de hierbas florece desde marzo en adelante. Se cría en terrenos pedregosos o arenosos, húmedos, en el limo y en sitios fangosos del litoral, en las costas cantábricas de la Península, más bien rara y escasa. En otros tiempos, esta planta fue sometida a cultivo, como especie medicinal, y, a veces, persisten todavía descendientes cimarrones acá y allá. Contiene un glucósido sulfurado y el fermento llamado mirosina, que lo descompone y produce una especie de esencia de mostaza, el isosulfocianato de butilo. Contiene también vitamina C. En Medicina se ha venido utilizando esta planta como uno de los mejores antiscorbúticos. El nombre inglés de "scurvy grass" y el alemán de "Skorbutkraut", esto es, "hierba del escorbuto", aluden a aquella virtud de la coclearia, que hemos de atribuir a la notable cantidad de vitamina C en ella contenida. Si bien el escorbuto se considera casi erradicado desde finales del siglo XIX, en la actualidad aún se presentan —de modo puntual y esporádico— casos de hipovitaminosis producidos por un aporte insuficiente de ácido ascórbico prolongado en el régimen alimenticio, como el que se relata en la siguiente noticia publicada en El Español (Madrid), en junio de 2016: El escorbuto no ha desaparecido en los países civilizados, aunque los casos en los que suele darse son muy raros. En España, la literatura clínica había descrito casos aislados en 2001 ó 2004, siempre en pacientes mayores, con más restricciones dietarias y por tanto más vulnerables a esta vieja enfermedad, provocada por una deficiencia grave en el consumo de vitamina C. En enero de este año, el caso de un niño afectado por escorbuto en Valencia llegó como noticia a muchos medios de comunicación. Sin embargo, no fue el único. Poco después, en el Hospital Vall D'Hebrón de Barcelona, un hombre de 28 años era diagnosticado con la misma enfermedad [...]. "Se me ocurrió esta posibilidad", reconoce Loureiro, "pero ni yo ni ninguno de los médicos que vio este paciente había visto antes un escorbuto, de ahí la gracia, porque aún siendo rara, es una entidad de esas que se reconocen a simple vista de haberla leído en los textos clásicos de Medicina", concluye (Villareal, "Cómo diagnosticar hoy una dolencia de piratas", 08/06/2016). Subtipos o variedades históricas de escorbuto Por lo que respecta a la historia del término escorbuto, cabe reseñar que, en el periodo comprendido entre 1733 y 1890, se atestigua, divulgada en diversos tratados médicos y artículos especializados en el ámbito de la medicina españoles, una taxonomía de los presuntos tipos o especies de escorbuto, en la que se especifican una serie de características particulares asociadas a la sintomatología de esta enfermedad. A continuación, expondremos una síntesis con algunos de los subtipos de escorbuto documentados más significativos Como puede leerse en el primer volumen de Nuevos elementos de cirujía y medicina, de autoría anónima, hace unos siglos se consideraba que el escorbuto era una enfermedad que, además de epidémica, dependía de una "alteración especial de la sangre" (1846, p. En consecuencia, algunos patólogos lo dividieron en "terrestre y marítimo, caliente y frío" (1846, p. Así pues, entre los testimonios consignados se distingue un tipo de escorbuto que provoca la inflamación de todos los órganos y fiebre —además de la aparición de múltiples hemorragias, anemia y úlceras en las encías—, esto es, el escorbuto caliente o terrestre, frente a otro tipo de escorbuto, designado frío o marítimo, que, en cambio, se caracteriza por la ausencia de estos signos. Este último se atribuye, como se señala en la adaptación de un artículo del Dr. Foltz publicado en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia (Madrid) del 15 de diciembre 1850 8, "a la poca y mala ventilación de los buques, a la larga permanencia en el mar, a la humedad y frío, a la escasez y la falta de alimentos frescos, uso de carne salada y pescados, etc."; de ahí su denominación. Asimismo, se establece una comparativa, e incluso, una gradación de la intensidad o gravedad de las dolencias que estas variantes de la enfermedad desencadenan en aquellos que la padecen: Como los symptomas son mas crueles en el escorbuto del mar que en el de tierra, se debe medir la atención sobre este principio general; porque unas sangrías hechas con tiempo previenen muchas veces el de tierra, disminuyendo la masa de los humores, dándoles la libertad de circular sin tanto obstáculo (Rancé, 1773, p. Se ha querido establecer una distinción entre el escorbuto de tierra y el escorbuto de mar. Los síntomas son los mismos; solo que, por las razones ya enunciadas, en el mar las alteraciones son frecuentemente mas graves. Se ha dado el nombre de escorbuto frio al que hemos descrito aquí, y de caliente al que va acompañado de fiebre ó de flegmasías de diversos órganos (Anónimo [trad.], Enfermedades generales y diátesis, 1853, p. Con todo, ya en el ecuador del siglo XIX se puntualiza lo siguiente: Se cree en el dia que el escorbuto de mar y el de tierra son idénticos y que la presencia de síntomas inflamatorios (escorbuto caliente) ó la falta de los mismos (escorbuto frio) nada tienen que ver con el carácter constante de la enfermedad; de lo que resulta no admitirse mas que un escorbuto: tampoco se le considera hoy contajioso como se le creyó en otras épocas (Anónimo, Nuevos elementos de cirujía y medicina, 1846, p. Escorbuto petequial vs. escorbuto cárdeno, lívido o aplomado Por otro lado, en la Disertación médico-histórica sobre la elefancia, se describen otras dos clases de escorbuto y se establece un símil entre las mismas y la elefantiasis, motivado por la semejanza que manifiestan algunos de sus síntomas: El mismo observador describe otras dos clases de escorbuto: uno cárdeno, y otro petechial, esto es, pintado ó con manchas; ámbos en cierto modo semejantes á la elefancia, pues en las dos se hinchaban las sienes y las glándulas parótidas; las cejas y las pestañas se ponian roxizas, de manera que el semblante de estos enfermos se parecia al de los sátiros, exhalando su cuerpo un hedor intolerable (1786, p. A este propósito, en la traducción de los Elementos de medicina práctica de Cullen llevada a cabo a finales del siglo XVIII por Piñera Siles, se especifica que, en el escorbuto petequial —y a diferencia del lívido o aplomado, "caracterizado por grandes manchas negras y azuladas, que se descubren en las piernas y las coyunturas, alguna vez en el dorso y el pecho, y aun las mas veces en los párpados" (1792, p. las manchas tienen un roxo socuro, que despues se muda en un color pajizo negrusco. Estas manchas son muy pequeñas, y se parece á picaduras de pulgas ó á petecîas; solo salen en la parte anterior de las piernas, y en los tobillos, y estan acompañadas de dolor (1792, p. Escorbuto pedregoso o topáceo También en la Disertación sobre la elefancia —de autor desconocido— se consigna otra variante escorbútica adicional que se caracteriza por la aparición de acné, aunada al cuadro general de síntomas que desencadena esta enfermedad ya citado (§ 2): El suero de la sangre salia turbio, siendo este género de escorbuto mas crónico que los demas, pues duraba todo el verano y bien entrado el otoño. En esta misma obra se describe, además, otro tipo de escorbuto: el muriático, el cual se aprecia "quando las ternillas y huesos de la nariz estaban roidos ó carcomidos" (1786, p. Sin embargo, como recalca y desmiente, poco después, Piñera Siles, en la traducción al español del Tratado teórico y práctico de las úlceras o llagas de Bell, las diferentes especies de escorbuto de que hacen mencion los Autores, como el muriático, el alkalino, &c llamados de este modo por razon de las causas que se suponen capaces de producirlas, estan hoy reconocidas por distinciones del todo falsas é impropias. El verdadero escorbuto es siempre de la misma naturaleza, se produce por las mismas causas en qualquier parage, y en qualquier clima que se encuentren, tanto en la tierra, como en el mar (1790, p. Del escorbuto a la pelagra (o escorbuto alpino) Por último, documentamos la lexía compleja escorbuto alpino, aunque en este caso no se trata, como confirman los testimonios atestiguados, de una variante de escorbuto, sino de una denominación histórica de la —también hipovitaminosa— enfermedad de la pelagra, causada por la falta de vitamina B3 o de algún aminoácido en la alimentación que provoca lesiones de la piel, alteraciones mentales y problemas gastrointestinales. 458), este compuesto sintagmático es uno más entre el nutrido conjunto de sinónimos que ofrece la literatura científica que versa sobre esta patología ("pelagra = dermatagra, erisipela nerviosa, calor del hígado, mal de miseria, escorbuto alpino"). Asimismo, entre los ejemplos espigados, se certifica que esta denominación fue acuñada por el profesor de la Universidad de Padua, Giuseppe Antonio Pujati (1701-1760), quien consideraba, por equivocación, esta enfermedad endémica de los estados venecianos y de Lombardía; cuando, en realidad, fue descubierta al menos dos décadas antes, en 1762, por el doctor español Gaspar Casal (1680-1759), quien la denominó mal de la rosa, tal y como puede leerse en la monografía póstuma dedicada a esta enfermedad en la que se estudia y consigna por vez primera (1848). Precisamente, la mayoría de los testimonios documentados son de carácter historiográfico y se hacen eco de este hecho (así como de su pluralidad designativa): La pelagra no apareció en Europa antes del siglo XVIII, pero desde esta época se presentó bajo la forma endémica, en Asturias (mal de la rosa), en Lombardía y en los Estados venecianos (escorbuto alpino) y se propagó por Francia en las Landas (mal de la Teste), los Pirineos, los departamentos del Alto Garona y los Andes, y por algunos otros (Espina Martínez [trad.], 1867, p. Thierry, médico de la Embajada francesa, que después de haber conocido á Casal, y tenido por él noticia de este padecimiento, asistió á una enferma de pelagra en 1753, fué el primero en Francia que hizo y publicó un estudio acerca de este asunto; y el escorbuto alpino, descrito veinte años después por Rijati, refiriéndose a una rara enfermedad observada en el distrito de Feltro, en los Estados de Venecia, y lo que llamó Lauvages lepra asturiana, el mal del hígado de las provincias aragonesas, como el mal de la rosa de Asturias, y la flema salada de Castilla la Nueva, y el salso de los italianos, son una misma cosa: la enfermedad que hoy es conocida universalmente con el nombre de pelagra (Moliner, "Variedades: De la pelagra", Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas [Madrid], 01/12/1903). Aproximadamente en 1618, en los Comentarios de Silva Figueroa, se describe una "enfermedad, por la mayor parte es peligrosissima y terrible, á que comunmente llaman mal de Loanda" (p. hinchandose las piernas y muslos, con unas manchas negras ó moradas de malisima y oculta calidad, subiendose desde alli poco á poco al vientre y luego al pecho, á donde luego mata, sin otro dolor ó calentura, sino son aquellos que por tener robusta conplexion escapan (1618, p. Con todo, este compuesto sintagmático se consigna a menudo junto a la voz escorbuto y la conjunción disyuntiva o, para establecer la equivalencia semántica que se produce entre ambas denominaciones, como se constata en el siguiente ejemplo: Pero no son estos los únicos daños que se siguen en los hospitales generales; otros hay mucho mas graves y funestos, como son las calenturas pestilentes, y el escorbuto ó mal de Loanda, que en ellos se origina de la corrupcion del ayre, que los enfermos respiran lleno de sus mismas exhalaciones (Bails [trad.], 1798, p. Así, en el Tratado de enfermedades de la gente mar se afirma que se trata de una expresión popular divulgada por: los marineros portugueses, de quienes lo han tomado los españoles, llaman vulgarmente á esta enfermedad mal de Loanda, porque los primeros de sus paisanos que abordaron con Vasco de Gama á aquellas costas de Africa, la contraxeron por la primera vez; y creyéndola exclusiva de aquella provincia, diéron con justicia el propio nombre de su patria á un mal, que para ellos era absolutamente desconocido (González, 1805, p. En efecto, en la cuarta edición del DRAE, publicada en 1803, se define la voz loanda como una "especie de escorbuto" (s. v.) que se consideraba endémico de la región que le da nombre: Loanda (o Luanda, en la actualidad), topónimo acuñado por el explorador portugués Dias de Novais, en 1575, al fundar, junto con un medio centenar de soldados y familias de colonos, esta ciudad africana (hoy capital de Angola). Al menos desde 1680, en la Breve relación de la peregrinación que ha hecho de la mayor parte del mundo de Cubero Sebastián, se atestigua el término berbén como sinónimo de mal de loanda (o escorbuto), inserto en un fragmento en el que se relata que este fue uno de los males más pestíferos que aquejaban a los navegantes. Se trata de una voz de origen desconocido; quizá del portugués berber 9, tal y como se postula en algunos testimonios próximos a la llegada de los lusos a las islas Molucas (Indonesia), en 1511. De hecho, cabe señalar que, en varios de los testimonios hallados, el berbén aparece descrito, por error, como una enfermedad endémica y contagiosa del Sudeste Asiático: pero llegó providencialmente de Manila la Animosa, los proveyó de lo necesario, y trajo por mar las dos compañías expedicionarias, aunque con algunas bajas, habiendo fallecido asimismo algunos tripulantes de la Valiente atacados de un mal que por las señas es el que antiguamente se llamaba por esta tierra berben y mal de Loanda, y ahora se conoce con el nombre de escorbuto (Anónimo, "Relación del viaje del reverendo Padre Fernández Cuevas [...]", El Pensamiento Español [Madrid], 01/01/1864); que, debido a las expediciones de los navegantes, fue trasladada a América (en concreto, al Virreinato de Nueva España), como explica (Clavijero, 1780) en Historia antigua de México: Del mal venéreo, hablaremos en otra disertación, y respecto a las otras enfermedades, yo le concedo que en la vasta extensión de América haya algunos países en los cuales los hombres están más expuestos que en otras partes a ciertas enfermedades causadas por la intemperie del aire o la mala calidad de los alimentos; pero lo cierto es que, según muchos graves autores conocedores del Nuevo Mundo, los países americanos, son, en su mayor parte, sanos, y que si los americanos quisieran corresponder a Paw y a otros europeos que escriben como él, tendrían una gran colección de buenos materiales para desacreditar el clima del Antiguo Continente y la complexión de sus habitantes en tantas enfermedades endémicas que hay en él, como la elefantiasis y la lepra de Egipto y de Siria, el vérben del Asia meridional, el dragoncelo o gusano de Medina (1780, p. Por este motivo, no es de extrañar que el término berbén se consigne, a menudo, marcado diatópicamente como un americanismo o un mexicanismo en varios repertorios lexicográficos coetáneos: "verben, enfermedad, que da á los que navegan, especialmente de Asia á América, y con que se les hinchan las piernas y peligran" (Terreros, s. v.) y aún de los siglos siguientes: "Berbén. m. En Méjico, el escorbuto o mal de Loanda" (Santamaría, s. v.). De hecho, este último testimonio documentado en el Diccionario general de americanismos confeccionado por Santamaría en 1942 es, según nuestras pesquisas, la última aparición de este vocablo en lengua española, pues ya en los diccionarios decimonónicos de Domínguez (1853), de la editorial Gaspar y Roig (1855) o de Zerolo (1895) se apunta el carácter obsoleto de este término, definido como 'nombre antiguo del escorbuto' (s. v. berbén). De manera análoga, otro de los sinónimos de mal de loanda es, según Montenegro, la adaptación del lusismo mal do vicho, popularmente conocido en español como mal del gusanillo. A este respecto, el autor advierte, antes de la detallada descripción de la sintomatología que provoca esta enfermedad, sobre el doblete sinonímico y diastrático que se establece entre esta formación vulgar (mal del gusanillo) vs. el término de especialidad que se emplea en la jerga médica (escorbuto): Es el Mastuerzo silvestre uno de los únicos remedios que he hallado hasta hoy para los que padecen el mal de loanda, que el Portuguez llama mal do vicho, en otras partes llaman mal de gusanillo, y en las partes del norte, y clace medica llaman escorbuto, porque comiendo sus ojas crudas, ó puestas en enzaada, ó asi solas quita el comezon y dolor que viene á los dientes y paladar, y asi mismo la flaqueza y dolores de estomago:- y lebanta el apetito perdido:- corrije la hediondez del anhelito, provocando los humores por orina y camara, y deshaciendo la conjelacion de las reumas que se paran en los intestinos con graves dolores y pujos ó camaras, asi bebiendo su cocimiento como echande ayudas de él con sal y miel es unico remedio: [...] (1710, p. Motivada ─a nuestro juicio─ por la gran mortandad que provocaba esta enfermedad entre marineros y navegantes, así como por la creencia histórica acerca de su carácter contagioso, se consigna la denominación popular peste del mar en varios testimonios historiográficos de mediados del siglo XX espigados. En estos se relata, entre otros hechos, el impacto de esta enfermedad en la tripulación de la expedición de Vasco de Gama en aras de averiguar una nueva ruta comercial a la India (1497), o en los colonos que participaron en la conquista de la Nueva España (1557), como puede leerse en los siguientes extractos: Condiciones muy semejantes a las existentes en una ciudad por mucho tiempo sitiada, regían la vida en los barcos a vela durante largos viajes, provocando por la misma razón el escorbuto entre tripulantes y viajeros. En la famosa expedición de Vasco de Gama para abrir una ruta a las Indias Orientales, la tripulación pagó en distintas ocasiones un precioso tributo de vidas a ese mal que más tarde los marineros denominaron "peste del mar" (Kaiser, 1945, p. Bernal Díaz del Castillo cuenta cómo en el mercado de Tlatelolco vio esclavos cuyos brazos se apoyaban en un palo cruzado tras la nuca, como los portugueses traen a los negros de Guinea [...]. Los barcos negreros tenían varias plantas, cada una de dos pies de altura. Los esclavos iban tendidos y encadenados. Un tercio quedaba en la travesía porque el escorbuto los aniquilaba. Viejos autores cuentan que la enfermedad apareció en el siglo XIII y hacía estragos entre los marineros, que la llamaron peste del mar (Alvar, "Chicharrones, aguardientes y otras buenas compañías", ABC [Madrid], 14/07/1984); de ahí que algunos escritores afirmen que las enfermedades padecidas o contraídas durante el tiempo de navegación, sobre todo, entre África e Hispanoamérica, "en ocasiones convertían los barcos en verdaderos hospitales" (Alzate Echeverri, 2007, p. En definitiva, el escorbuto fue, como señala Olivas Weston, durante casi cuatro siglos (del XV al XVIII), la causa de incontables decesos en los viajes transatlánticos ("las últimas explosiones epidémicas del mal se dieron a bordo de los buques de vela en largas travesías. Por esa razón se decía que la vela era sinónimo del escorbuto", 1996, p. la transformación de esta marina en la de vapor, en la primera mitad del siglo XIX, señala el fin de "la peste del mar". Sin lugar a dudas, por la mayor rapidez con que se realizaban las travesías y porque la higiene era más rigurosa a bordo de los buques. A partir de entonces ciertos parajes como el Cabo de Buena Esperanza o el Cabo de Hornos, dejaron de llamarse los "Cabos del Escorbuto" (Olivas Weston, 1996, pp. 356-357). Por otro lado, destaca el cultismo escelotirbe 10, documentado en 1629, en la traducción de la Historia natural de Cayo Plinio Segundo llevada a cabo por Huerta, en la que se narra la enfermedad que padecieron los soldados de César Germánico en las orillas del río Rin durante su paso por Alemania, consecuencia de las malas aguas que estos ingerían. No obstante, con este significado se registra esporádicamente, pues, a menudo, este término alude a otro tipo de enfermedad; en concreto, a la corea o baile de San Vito, de acuerdo con las investigaciones de Ballano, entre otros: Esta enfermedad consiste en movimientos convulsivos, que son en parte voluntarios, y que acomete á los niños de ambos sexos, que no han llegado todavía á la edad de la pubertad, y mas á los que estan entre la edad de diez y catorce años. Estos movimientos afectan por lo comun el brazo y la mano de un solo lado, y parecen pantonímicos (Ballano, s. v.). Esta enfermedad conocida vulgarmente con el nombre de danza de S. Vito consiste en movimientos que participan de voluntarios, y acomenten á niños de ambos sexos desde los diez años hasta la época de la pubertad. Su invasion principia por una especie de cojera, ó por mejor decir, por movimientos continuos que acomenten á la pierna brazo de un lado, los cuales por mas que los enfermos permanezcan en quietud, son agitados ya hácia un lado, ya hácia otro, imitando los compases pantomímicos (Sanz Muñoz, 1820, p. En esta misma línea, en el Suplemento al Diccionario Nacional de Domínguez (1853) se define como "la flaqueza ó debilidad de las piernas" (s. v. escelotirbe). Igualmente, de raigambre culta y consignado en la traducción de Huerta acerca de la Historia natural de Plinio, se consigna el vocablo estomacace como un posible término histórico que se empleó en la descripción y caracterización del escorbuto: En Alemania de la otra parte del Rheno, lleuando el Cesar Germanico su campo por la ribera, hallaron sola una fuente de agua dulce, la qual beuida dentro de dos años, se caían todos los dientes, y las junturas de las rodillas se desencajauan. Los Medicos llamauan a estos males stomacace, y sceletirbe. Hallóse para remedio una yerua, que se llama britanica, no solamente saludable para los neruos, y males de la boca, sino tambien contra las equilencias, y serpientes (Huerta, 1629, p. Así, este mal, procedente del norte, es, como relata Sanz Muñoz, propio de las gentes del mar o navegantes: La estomacace es un fluxo de sangre por las encías. Esta enfermedad es propia del norte, de los navegantes. Quando esta enfermedad depende del virus escorbútico, se distingue por el hedor intolerable de la boca, por la espontánea expulsion de sangre de las encías, la erosion y podredumbre de estas, la caries y ennegrecimiento de los dientes, y su caida y demas síntomas del escorbuto. El poco aseo y el uso de alimentos de mala qualidad son freqüentemente causas de esta afeccion (1811, p. A este respecto, en varios de los testimonios atestiguados, se hace explícita la sinonimia o equivalencia que se da entre esta denominación y el galicismo escorbuto: Estomacace, s. m.; de stoma boca y kakos mal, vicio; ulceracion fétida de la boca. se dá este nombre al escorbuto, á causa del mal estado de la boca en esta enfermedad. Segun Plinio los médicos antiguos dieron este nombre á una enfermedad que atacó á los soldados de Germánico-Cesar, que hicieron uso del agua de una fuente de la Germánia, donde se hallaban acampados (Castells [trad.], 1860, s. v.) No obstante, en otros muchos textos y repertorios lexicográficos se alerta de que "es menester no confundir el escorbuto con la estomacace, la cual es un afecto catarral de la boca" (Diccionario de Ciencias Médicas, s. v.) y se considera que el estomacace no es más que un síntoma derivado de esta enfermedad: En la Estomacace el aliento huele mal, las encías estan ulceradas, y la sangre sale espontáneamente de ellas; freqüentemente hay carie en los huesos de las quixadas, y un babeo hediondo, los dientes se menean y se caen; la Estomacace á menudo es un síntoma del escorbuto, ó de algun vicio de lo interior de la boca; ataca alguna vez á los niños criados en los hospitales que estan mal alimentados y sucios; es epidémica en estos parages, y reyna al mismo tiempo que las enfermedades catarrales (Piñera Siles [trad.], 1789, p. E incluso hay quienes corroboran que los médicos griegos, romanos y árabes desconocieron del todo el escorbuto: La enfermedad de que habla Plinio con el nombre de estomacace y que devastó el ejército Germano acampado en las orillas del Rhin inmediatas al mar, afirman muchos que no fué el escorbuto, ni tampoco lo fué el mal que padecieron los soldados de S. Luis, en Egipto. Parece que la primera relacion que se encuentra del escorbuto, es en el viage de vasco de Gama á las Indias Orientales, por el Cabo de Buena-Esperanza, y la obra en que primero se trató de semejante enfermedad, es en la de Juan de Ecthio, en donde señala como causa de ella, la mala nutricion y una alteracion de la sangre (Drumen, 1850, p. Los amantes de la venerable antigüedad; los que militan baxo la especiosa divisa de nihil sub sole novum pretenden que Hipócrates habló del escorbuto, hablando de las enfermedades del bazo; y aun descendiendo á épocas mas recientes creen encontrarlo en los historiadores latinos. Plinio y Estrabon, aquel tratando de los exércitos que mandaba César Germánico en Flandes, y este del que militaba en la Arabia á las órdenes de Elio gallo, dicen que estos exércitos fuéron acometidos de una exulceracion de boca llamada entónces stomacace, y tambien de una especie de paralísis, que sobrevenia en los extremos inferiores, y se denominaba scelotyrbe. No contentándose otros con aquellas descripciones defectuosas respecto al escorbuto, y que efectivamente no dan á conocer su verdadero carácter, ni idea alguna de la curacion que puede serle mas apropiada; [...] Dado que el estomacace es, simplemente, una "ulceración y fetidez de la boca", según Hurtado de Mendoza (Vocabulario médico-quirúrigico o Diccionario de medicina y cirujía, s. v.), entre otros especialistas (cf. Floch, "Discurso", Revista de las Españas [Madrid], 30/04/1845). Asimismo, entre la nómina de sinónimos de escorbuto de origen latino, sobresale el término gingibraquio, definido por Hurtado de Mendoza, en su diccionario médico (1840) —y por vez primera en lengua española—, como un escorbuto cuyos principales estragos se verifican principalmente en las encías y en los brazos. Al parecer, según revelan los testimonios consignados, este vocablo fue acuñado en el quinientos por el médico Pieter van Foreest —más conocido por su nombre latinizado, Petrus Forestus, o como el "Hipócrates holandés"—, a partir de un criterio anatomopatológico (del lat. gingīva 'encía' y brācchium 'brazo' ), en su estudio sobre la naturaleza del escorbuto del siglo XVI (apud For. Para Forestus, el término gingibraquio, el cual fue divulgado, posteriormente, por Bartolomeo Castelli en el Lexicon medicum graeco-latinum (1746: 364), designa un subtipo de escorbuto cuya sintomatología afecta, de manera exclusiva, a estas dos partes de la anatomía (cf. Novísimo diccionario de la lengua castellana con la correspondencia catalana, II, 1866). No obstante, dado que la aparición de úlceras en las encías y la inflamación de las extremidades constituyen los síntomas prototípicos de la enfermedad objeto de este estudio, hay autores que consideran que este término se trata, en realidad, de un sinónimo de escorbuto (cf. Domínguez, Compendio del Diccionario nacional de la lengua española, II), sin mayor especificidad. Probablemente, esta fue la causa que generó la escasa aceptación de este neologismo entre los especialistas y la divulgación médica, dado que apenas circuló, perpetuado desde la aportación de Hurtado de Mendoza, en una serie de diccionarios hispánicos decimonónicos y de las dos primeras décadas del siglo XX (Domínguez 1847 y 1852; Salvá, 1879; Zerolo, 1895; Alemany Bolufer, 1917 y Rodríguez Navas, 1918). De manera análoga, en el diccionario terminológico que confeccionó Hurtado de Mendoza en 1840 se consigna el correlato o variedad de escorbuto para el caso de las extremidades inferiores, esto es, el gingipedio (a partir del latín gingīva 'encía' y pes, pedis 'pie'), pues, como explica el autor, "los miembros inferiores son en muchos casos el asiento de manchas escorbúticas". Efectivamente, entre la documentación recopilada se indica que este tecnicismo —acuñado en el siglo XVI por Forestus— da nombre a una especie de escorbuto cuyos síntomas se localizan —además de en las encías— en las extremidades inferiores, en las que aparecen una serie de manchas, de modo similar al escorbuto aplomado o lívido (que genera la aparición de grandes manchas negras y azuladas en las piernas, las articulaciones, el pecho y los párpados, § 2.1.2) o escorbuto petequial (caracterizado por la aparición de manchas muy pequeñas de color rojo en el pecho y las extremidades, § 2.1.2). Con todo, esta taxonomía y nomenclatura que propuso Forestus en su exhaustivo estudio sobre el escorbuto no triunfó en el ámbito de la terminología médica, tal y como confirma la escasa documentación de este término. Finalmente, entre la nómina acuñada por el célebre médico holandés en relación a esta enfermedad avitaminosa, destaca el vocablo pequitirbo (formado a partir del griego pēchy 'codo' y -tyrbe 'desorden') que, como señalan Hurtado de Mendoza y Martínez Caballero en el Suplemento al Diccionario de Medicina y Cirugía, del profesor Ballano, (1817) es el'nombre que han dado algunos autores, y señaladamente Forestus, al escorbuto' (s. v. pechitirbo). Pese a la relevancia de la obra confeccionada por Forestus, esta denominación alternativa que propuso para referirse a la enfermedad propia de marineros y navegantes por antonomasia no triunfó; de hecho, apenas queda registrada en una decena de diccionarios especializados en el ámbito de la medicina de distintas lenguas extranjeras publicados en el siglo XIX (como The Philadelphia Medical Dictionary, de Redman Coxe, 1817; Dictionnaire des termes de médecine, chirurgie, art vétérinaire, pharmacie, histoire naturelle, botanique, physique, chimie, de Bégin et al, 1823 o el Dizionario classico di medicina interna ed esterna, de Levi, 1840, entre otros). Como se ha procurado poner de manifiesto en este estudio, la terminología médica relativa a la enfermedad de las gentes del mar en la historia del español es prolífica y variada Por lo que respecta a la etimología de las voces estudiadas, entre las mismas destacan una serie de lusismos procedentes de las primeras descripciones de esta enfermedad (berbén, loanda, mal de loanda) y de expresiones populares adaptadas del portugués (mal del gusanillo) o motivadas por la gran mortandad que esta afección generaba en las tripulaciones de las navegaciones transatlánticas (peste del mar), así como un nutrido conjunto de cultismos de cariz grecolatina (estomacace, escelotirbe, gingibraquio, gingipedio, pequitirbo ) y el galicismo escorbuto, el cual se erige, ya desde comienzos del siglo XVII, como la denominación propia de la jerga médica. Con todo, tal y como se certifica en la documentación expuesta y analizada, no siempre hay consenso entre los especialistas acerca de la equivalencia semántica entre este conjunto de términos (por ejemplo, hay quienes consideran que los términos escelotirbe, estomacace, gingibraquio o gingipedio son sinónimos de escorbuto y otros que, por el contrario, niegan tal relación) ni acerca de la existencia de variantes o subtipos del escorbuto como las que proliferan en varios tratados de los siglos XVIII y XIX (escorbuto terrestre, marítimo, petequial, muriático, etc.) o sobre las primeras descripciones de esta enfermedad (dado que hay autores que postulan que Plinio e Hipócrates la conocieron y la describieron, frente a otros que desmienten rotundamente esta posibilidad). Asimismo, entre los textos y los testimonios espigados se observa la evolución que la caracterización de esta afección ha experimentado con el paso del tiempo, la cual avanza desde la creencia de que la ingesta de leche cuajada o agua pútrida en altamar era la causa que la provocaba y que presentaba un carácter contagioso (de ahí, la denominación peste del mar) y endémico (de África [por ello, los nombres loanda o mal de loanda] o Asia, trasladada, después, a América) hasta el conocimiento científico y riguroso acerca de su etiología y naturaleza que hoy se maneja. En suma, se advierten diversos procedimientos neológicos de interés para un mejor conocimiento del léxico médico del pasado, como los motivados por un criterio anatomopatológico (gingibraquio, gingipedio, pequitirbo), etiológico (escorbuto y sus presuntos derivados: terrestre y caliente, marítimo y frío, petequial, aplomado) o fisiopatológico (escelotirbe, estomacace) correspondientes a las sucesivas etapas por las que la medicina fue transcurriendo en estos últimos cuatro siglos de su historia.
La crisis de producción de 1803-1805 fue acompañada de muchos casos de fiebres palúdicas agravadas por la pobreza del mundo rural. Este trabajo intenta una aproximación a las medidas de alivio de pobres y enfermos mediante el análisis de los expedientes de petición de socorro presentados al Consejo de Castilla. El gobierno actuó sobre una línea doble; por un lado la ayuda a los enfermos con provisiones de quina y el recurso a la sopa económica, y por otro la promoción de trabajos públicos para dar trabajo a los jornaleros desocupados. Los poderes locales descubren las pésimas condiciones higiénicas de sus pueblos y se emprenden obras de construcción de fuentes y drenaje de aguas estancadas. El resultado global fue muy limitado debido a la escasez de fondos disponibles porque todo el peso de la financiación recaía sobre los ayuntamientos. Al llevar a cabo las obras precisas los pueblos se empobrecían ulteriormente dado que debían recurrir a la venta de comunales o a empréstitos que más tarde habrían de reembolsar. Entre 1803 y 1805 fue necesario hacer frente a una emergencia sanitaria de epidemias de tercianas en un mundo, rural o urbano, que se hallaba a la merced de la enfermedad y aún más indefenso si un período de malas cosechas precipitaba la malnutrición o el hambre como ocurrió con la crisis de producción en esos años. Unos pocos ejemplos valdrán para ilustrar la situación desesperada de muchos pueblos: en Los Yébenes sufrían la "terrible epidemia de tercianas y la escasez y enorme carestía de los granos". "Se nos mueren los pobres por las calles", decían en Robledo de Chavela. Cedillo informaba de que "morían bastantes vecinos [...]y esto por la mucha miseria". [...] la extrema miseria que han padecido estos habitantes, [...] el uso que han hecho de alimentos de mala calidad y difícil digestión han producido una epidemia de tercianas [...] que a los principios eran benignas pero ya se van malignando en términos que mueren en bastante número [...] El gobierno estaba ya ocupado en la lucha contra la fiebre amarilla, intentando sistematizar las actuaciones sanitarias, como demuestra la Real Orden2 de septiembre de 1803 mandando compilar un nuevo Código de Sanidad, previa a cualquier otra disposición. Se avisaba al Consejo de Castilla de que se le remitían los tres tomos que contienen los Reglamentos, Edictos, e Instrucciones de Sanidad expedidas en diferentes tiempos desde el año 1720 en que con motivo de la peste de Marsella se tomó este importante ramo de policía con la consideración que pide su trascendencia, creándose la Junta Suprema de Sanidad y estableciéndose los resguardos particulares en los Puertos del reino habilitados para el Comercio nacional y extranjero [...] Ha resuelto S.M. que se proceda a la formación del nuevo Código de Sanidad con la brevedad y preferencia que exige la importancia de este objeto [...] y devuelvo adjuntos dichos tres tomos a fin que la Junta Suprema de Sanidad no carezca de esta interesante compilación. Para las epidemias palúdicas aparecieron el Dictamen 23de noviembre de 1803, seguido de la Real Resolución 22 de diciembre del mismo año referida a las dos Castillas y en 1804 otro expediente sobre pobres enfermos. Se legisló también para activar las Juntas de Beneficencia, con Reales Órdenes 18 de septiembre de 1803 a las Sociedades Económicas, y 15 de enero y 26 de diciembre de 1804. En 1805 el Consejo se ocupó de la sanidad y la higiene públicas; además la Carta Circular 17 de noviembre de 1804 fomentaba las obras públicas para ocupar a los jornaleros A estas medidas hay que añadir las dos importantes Reales Órdenes8de septiembre y 7 de octubre de 1803 con las que se planteaba una acción general de auxilio a los afectados, pobres, enfermos y desempleados, y son precisamente esas medidas las que dieron pie a las peticiones de socorro que son la base documental de este estudio Dirigirse al gobierno para obtener un subsidio o favor especial era práctica corriente durante toda la Edad Moderna, pero lo que explica el crecido número de peticiones en 1803-1804 es por un lado la dureza de la crisis y por otro la política asistencial del Consejo. El enfoque del problema Para valorar exactamente el significado de la política del Consejo de Castilla habrá que recordar que la medicina contemporánea barajaba varias explicaciones sobre la naturaleza del mal y la propagación de las epidemias. La "teoría miasmática del contagio "de raigambre hipocrática centraba su interés en las condiciones de la atmósfera y la acción de los miasmas, "imperceptibles seres volátiles producto de la descomposición de la materia orgánica y que gustaban para su desarrollo de los lugares cálidos, húmedos y sombríos" (Bonastra, 2000). Para los autores de la época el origen de la enfermedad era evidente en las aguas estancadas; Masdevall, Alsinet, Salazar, insisten en el peligro de las aguas "variamente alteradas y corrompidas", de "todo paraje donde hay poca ventilación y quedan aguas encharcadas". Sin embargo los médicos reconocían también razones sociales que agravaban la enfermedad como la muchísima miseria que se ha padecido en dichos Países de algunos años a esta parte, por las malísimas cosechas que nos ha ocasionado la sequedad y falta de lluvia en este Principado, Es interesante notar que parece que el gobierno sin embargo prefería minimizar en parte las consideraciones sociales, con un "si bien han influido no poco [...] con independencia de aquella causa..." y apuntaba a otro factor, el determinismo geográfico/climático y la insalubridad de muchos pueblos "que necesariamente debían producir las tercianas...". Prestaba más atención a las causas ambientales físicas de la enfermedad que a los aspectos sociales que la complicaban: Por estas exposiciones de los médicos comisionados se viene en conocimiento de la situación topográfica de los pueblos que visitaron en cuanto puede influir en su salubridad y se ve que si bien ha influido no poco para las enfermedades la constitución infeliz de sus habitantes por las malas cosechas los últimos años, hay con independencia de aquella causa otras, que necesariamente debían producir las tercianas, hidropesías y demás dolencias de igual clase, [...] las aguas estancadas de que está inundada la provincia, cuando por la acción del calor se descomponen las mismas aguas y los cuerpos contenidos en ellas, habiendo sido el número y violencia de los males en razón directa de la cantidad de aguas inmediatas a las poblaciones, y del influjo de las causas, que favorecen dicha descomposición Era la constatación casi fatalista de una situación inevitable. La lógica solución debería pasar entonces por "que se d[iera] salida a todas las aguas estancadas, limpiando el cauce de los ríos y arroyos [...] reparando las márgenes arruinadas por las inundaciones" y en febrero de 1804 el rey encargó al Consejo que tomara las medidas "a fin de desecar o dar vertiente según conviniese a dichas lagunas y charcos y a las aguas corrompidas" lanzando así una política de intervención en la salubridad pública. Con el reconocimiento de la miseria de la población la tarea del gobierno se presentaba bajo tres aspectos distintos e imbricados: primero, el puramente médico de combatir el paludismo, para lo que el único recurso era la quina. El segundo consistía en proporcionar a los enfermos pobres la alimentación necesaria para resistir a la enfermedad, lo que se llevó a cabo con la sopa económica; se puede entender como intervención pasiva. El tercer frente abierto era la necesidad de actuar un plan de saneamiento y mejora de las condiciones higiénicas de ciudades, villas y lugares. Para esta tarea se tuvo en consideración la pobreza generalizada del momento y la iniciativa sirvió también para proporcionar trabajo a los jornaleros desocupados a causa de la crisis. El problema de la pobreza y la enfermedad. Además de los problemas crónicos de todos los estados en la Edad Preindustrial para proveer de granos a la población en tiempos de crisis, se trataba ahora de proporcionar una comida a pobres y/o enfermos. Hay precedentes de este recurso, con carácter limitado en el tiempo o circunscritos a un lugar concreto, antes de su promoción generalizada durante la crisis, por ejemplo en 1788 en la provincia de Valladolid. Entonces se repartió una suerte de sopa boba para socorrer a "los pobrecitos enfermos necesitados por falta de alimentos y medicinas, sin lo que no puede hacer su efecto la quina", pero la denominada oficialmente sopa económica aparece durante la crisis mediante Reales Órdenes 18 de septiembre y 26 de diciembre de 1803 declarando que su reparto sería competencia de los ayuntamientos. Se la conocía en España desde 1800, cuando se presentó en la Sociedad Matritense la obra del conde Rumford. La sopa original consistía en cebada, guisantes y patatas cocidos, revueltos para "reduire les ingrédients à une seule substance", a los que se añadía vinagre y sal y se servía con pan "très sec et dur" en ración de una libra de Baviera (561 g.). 7, pero los madrileños no encontraban tal alimento de su agrado, como revela Paula Demerson. En Madrid las autoridades se preocupaban por "los «remilgos» del público no acostumbrado a ese tipo de manjares", igual que ocurriría en otros lugares más tarde, como se verá. Las pruebas habían producido una suerte de puré insípido "aunque sano" que en opinión de los comisionados no sería apetitoso para el paladar de los españoles; modificando la receta pretendían también repartir el pan en rebanadas y no dentro de la sopa. En octubre de 1803 iniciaron los trabajos preparatorios para el reparto en la Corte; en 2 de octubre otra Real Orden encomendaba a las Sociedades de Amigos del País en todo el reino que hicieran lo mismo. Es interesante notar que la distribución en Madrid acabó a finales de abril no sólo por agotamiento de los fondos, sino porque se pensaba que la sopa difícilmente se aceptaría en tiempo de verano En 1803-1804 las actuaciones locales no se hicieron esperar, señal de la gravedad de la situación. En Madrigal repartían una sopa que consistía en una libra (460 g.) de cocido y media de pan "a las personas grandes y algo menos a los muchachos [...] por lista y gratuitamente porque todos los que la reciben son miserables". En Berlanga la "comida económica o cocido" de ración de una libra se componía de "arroz, alubias y nabos con el agregado de un cuarterón de pan". En Salamanca era una "buena ración de sopa de patatas, tocino, alubias o arroz, y el pan correspondiente". En Riaza no podían seguir la receta porque el territorio no producía la materia prima, "almortas, guisantes y demás especies precisas", con lo que se puede apreciar que la receta se adecuaba a las realidades y productos locales. La sopa de Salvatierra en 1805 estaba hecha de "alubia, arroz, pimiento, sal y aceite" con una ración de pan "como de ocho a diez onzas" (230-290 gramos) "sin dejar por eso de suministrar algunas raciones de carne diariamente a los enfermos según su posibilidad" (de la Junta) El informe de Córdoba de 1805 sobre comidas económicas "para los pobres, a quienes es casi imposible alcanzar el pan por su excesivo coste", concluía que "esta Sopa e[ra] sabrosa, saludable y nutritiva", y había tenido éxito entre los necesitados, desmintiendo a "los que creían que en Córdoba sería impracticable su uso por la repugnancia de las gentes a unos compuestos desconocidos en el país por su natural abundancia de las producciones de primera necesidad, especialmente la del trigo". Claro que la receta cordobesa era muy distinta de la original. Una vez descartado el pan por carísimo, había habido que dar con otros alimentos "que no se desprecien, ya el maíz, las patatas y otras comidas, que no tienen contra sí más razón que el no haberlas comido hasta ahora". La Junta de Sanidad había hecho "una comida barata, sabrosa y nutritiva, para la que no se necesita[ba] pan" compuesta de dos partes y media de habas y harina de maíz por una de arroz, aceite, sal, pimiento picante, cebollas, ajos "y la cantidad de yerbabuena que es suficiente; y se le añade algún pimiento dulce, para darle buen color", adaptándola "a las circunstancias del país y al melindroso paladar de sus habitantes". El factor gastronómico jugaba su papel pero no se perdía de vista el principal aspecto, el económico, pues el informe también avisaba de que podría hacerla más barata el poner en ella alguna cantidad de nabos, como lo hacían en la Castilla, rebajando otra tanta de habas; al maíz puede sustituirse la cebada, aunque no da tan buen gusto; en lugar de pimiento dulce puede usarse el achote 10, y en vez de yerbabuena cogollitos de hinojo. La receta se especificaba aún más en una nota que decía que era más económico y mucho más oportuno el clavo redondo o pimienta de tabasco. Es género de nuestras Américas, más sano que las pimientas y clavo extranjero, y tan barato, que en Cádiz se despacha la libra a 4 reales. La comida económica adquiere con él un olor y sabor muy gratos, y es lástima que no se haga más uso de esta especia en nuestras cocinas El precio calculado de cada ración era medio real "a lo que añadiendo el valor del combustible puede darse de comer a un pobre con su ración diaria [575 gramos] toda una semana por el corto precio de una peseta". Porque el factor económico era de crucial importancia. El instrumento diseñado para implementar las tareas de auxilio a los enfermos pobres, aunque tenía otras funciones también, era la Junta de Beneficencia o Socorro establecida por Real Orden 15 de enero de 1804, destinada en un principio a las dos Castillas. Antes, con la Real Resolución 22 de diciembre de 1803, el rey se había interesado por proporcionar "aquel prodigioso específico"-la quina - pero después, en 1804, habían llegado a conocimiento del rey las noticias de la situación de tantos pueblos de las dos Castillas, infestados por la perniciosa epidemia de tercianas [...] y habiendo sabido por los informes de los Intendentes respectivos que las causas generales de este mal son el descuido en la policía, la miseria de los jornaleros y demás clases indigentes por la corta cosecha que ha precedido, y la falta de medicinas al propósito, y una Real Orden dictaba que para asistir a los pobres enfermos se les ofrecieran los granos del Fondo pío beneficial y de Tercias "que tengan desembarazados la Dirección de Provisiones, a calidad de reintegro estos últimos" y también de los fondos de Propios y Pósitos exceptuando los ya comprometidos en el reintegro de los 300 millones. También podrían disponer de los fondos de "conmutaciones de obras pías" y hermandades, "manifestando desde luego a todos los Pueblos que, cualesquiera que sean sus fundaciones, nunca podrán invertirse en fines tan sagrados e interesantes al bien público, cuyos respetos hacen cesar cualquiera otra consideración que pudiera sugerir una piedad mal entendida". La Real Orden acentuaba la necesidad de fomentar la generosidad de los particulares y autorizaba la adopción de algunos arbitrios temporales durante las presentes necesidades, con tal que convengan en ello los Pueblos que han de sufrirlos, y que se excluya del aumento del precio que se imponga sobre los consumos a los pobres enfermos que califiquen estas dos circunstancias con certificación de las Juntas de sus Pueblos respectivos, que han de entender en la distribución de dichos caudales. Además se estipulaban facilidades en el pago de las rentas de los colonos para evitar que cayeran en la miseria total Es decir que las medidas para remediar las epidemias pasaron por ley de proporcionar sencillamente el medicamento específico a intentar asegurar el suministro de los alimentos básicos, principalmente el pan a quien pudiera pagarlo, o una comida de caridad a los pobres. La Real Orden se refería en sus principios a las dos Castillas, pero otros muchos lugares de la Península también apelaron a ella para encarar la crisis. Mientras la fiebre amarilla causaba estragos en el Sur y Levante, los expedientes tras la Circular 7 de octubre se originaban en las dos Castillas (68% de las representaciones) frente al 14,3% de Andalucía, y las peticiones de socorro por epidemias de malaria procedían en un 68,6% de ambas Castillas y sólo en un 11% de las zonas de fiebres amarillas, lo que se explica porque buena parte de esas zonas no estaban sujetas al control del Consejo. Las provincias más afectadas por el paludismo fueron Toledo y Guadalajara (9,8% de las representaciones cada una) y Extremadura (11,8%). En cambio, en las peticiones generales de ayuda, las más presentes son Toledo (11,8%),Ciudad Real (8,4%) y Extremadura (7,6%). Las limitaciones económicas de los poderes públicos El problema que se planteaba era cómo allegar los fondos necesarios para acometer esa atención, problema agravado por la lentitud burocrática, la realidad desastrosa de los fondos concejiles, la dependencia de la generosidad de los pudientes -limosnas- a lo que hay que añadir, como se verá más abajo, una actitud rayana en la prevención contra los necesitados. Analizando la recepción de las representaciones de los pueblos se nota que desde el principio el estado general de indigencia de tantos ayuntamientos grandes o pequeños no fue tomado debidamente en cuenta, ni las dificultades a que se enfrentaban cuando trataban de recurrir a caudales de propios, pósitos, fondos píos, rentas... pues a menudo las Contadurías Generales impedían esas acciones por motivos técnicos o legales, en detrimento de las necesidades inmediatas de unos enfermos "miserables que por serlo no dejan de ser hombres" como decía Hinojosa del Marquesado Por tratarse de una urgencia el Consejo autorizaba que se sacaran las cantidades precisas de los fondos de propios y arbitrios o si no las hubiere del pósito, "con calidad de reintegro", es decir, que no serían actuaciones a fondo perdido sino préstamos o adelantos en favor de la futura Junta de Beneficencia; lo que no se aclaraba era de qué manera este organismo se desempeñaría una vez pasada la emergencia. Los arbitrios para encontrar fondos se convirtieron en la preocupación principal de muchos concejos. En Cuenca, por ejemplo, en 1804 la Junta de Caridad había promovido suscripciones públicas y con ellas y los sobrantes de propios de los pueblos y de las obras pías y hermandades había conseguido 81.344 reales para los enfermos pobres de la ciudad, que eran 191, para "media libra (200 g.) de carnero diaria, dos onzas(50 g.) de garbanzos, la medicina necesaria y una libra de pan además a los convalecientes" -nótese que ni era ni se llamaba sopa económica-. Pero faltaba dinero para continuar con los auxilios y además estaba el problema de las leyes que podían causar fricciones entre los varios organismos asistenciales: la Real Orden 18 de septiembre se dirigía a la Sociedades Económicas, la Real Cédula 26 de diciembre interesaba a las Juntas de Beneficencia, y la distribución de la sopa económica debería ser competencia de los ayuntamientos. Además del recurso a fondos de propios o de los pósitos, otro blanco eran las obras pías que ya habían sido objeto de desamortización a finales del Setecientos. Para recaudar fondos también valían otros recursos que en el pasado se habían empleado con distinto objeto. En Toledo en 1804 por ejemplo valdrían los arbitrios para hacer frente a la repartición de los 300 millones que consistían en "el arrendamiento de las tierras entre árboles del paseo de la Vega" y el fiscal del Consejo no planteaba objeciones. El problema de la higiene pública Los poderes locales tomaron la Carta Circular 7 de octubre de 1803 de fomento de empleo a los jornaleros en paro para emprender obras de saneamiento y mejora en la higiene pública. Por ello no tardaron en proponer actuaciones prácticas que consistían muy a menudo en "encañar" las fuentes públicas y "hacer buena madre" de los arroyos que causaban "la putrefacción" de los pueblos. Probablemente se puedan considerar estas medidas en el reflejo de la nosopolítica dieciochesca, para señalar la intervención estatal en la reglamentación de la práctica de la medicina y también, sobre todo, la toma de conciencia por parte de la sociedad de que salud y enfermedad eran problemas sociopolíticos que había que resolver de manera global. La nosopolítica del siglo XVIII consideraba que la salud era uno de los objetivos básicos de la acción política; de ahí las medidas de suministro de agua potable, ventilación urbana, racionalización urbanística En relación con este punto Sáez y Marset indican que en Murcia en los primeros 60 años del siglo Dieciocho se habría manifestado ya una "consolidación de la sanidad municipal" siguiendo los parámetros de la teoría nosopolítica sobre reglamentación de la medicina, "Pero sobre todo se manifiesta poniendo en marcha reformas urbanísticas (alcantarillado, abastecimiento de aguas, empedrado de las calles para facilitar su limpieza)". Sáez y Marset reconducen la política de salud pública a los diseños del Estado Moderno (1990, pp. II, IV), pero es de notar que en la contingencia de 18031805 la sugerencia genérica pudo venir de arriba, pero las propuestas de actuación concretas se originaron de los poderes locales, muchas veces en pugna con la postura del gobierno. La atención de los concejos debía centrarse en evitar la continuación y propagación de las enfermedades padecidas en los años anteriores y en el momento, así que la evidente preocupación por la higiene pública que aparece en las representaciones va en paralelo con el interés del Gobierno por eliminar las amenazas a la salud, de manera que la primera alimenta al segundo y éste a su vez refuerza a la primera. Lo que indica el verdadero estado de la cuestión es que en el momento de lanzar una campaña de salubridad pública el Consejo de Castilla descubría que no había normativas específicas sobre el asunto y buscaba indicaciones provisionales hasta que se promulgaran leyes generales para todo el reino. Pero por las fechas de los expedientes se puede comprobar que la necesidad de combatir las condiciones antihigiénicas potencialmente peligrosas se notan primero en los pueblos, desde 1803 o incluso antes en algunos casos, y solamente en 1805 el Consejo tomaba el asunto en consideración, para reconocer que no se halla[ba]n en la Escribanía de Gobierno antecedentes algunos relativos a la policía de los pueblos en general, y por lo que pueda conducir, se ha puesto en este expediente un ejemplar de la Instrucción de Corregidores cuyo capítulo 58 trata de este punto. En realidad ese apartado sólo muy genéricamente se podría tomar como base para la prevención sanitaria: decía que los intendentes deberían hacer guardar "limpieza, ornato, igualdad y empedrado de las calles" como si estuvieran más preocupados en los aspectos estéticos que en los sanitarios; había que derribar los edificios en mal estado y hacer calles "más anchas y derechas"; siguiendo esas indicaciones eso es lo que había hecho Alsinet en Aranjuez. Los fiscales del Consejo opinaban que convenía informar a los corregidores "según lo exigieren las circunstancias de los pueblos removiendo todo lo que pueda ofender a la salubridad del vecindario" pero dejándolo en segundo plano; el gobierno se limitaba en realidad a recomendaciones de buena voluntad sobre el cuidado del "aseo y limpieza", porque su capacidad de actuación estaba muy limitada por la falta crónica de fondos, pero también paradójicamente por la misma intervención del Consejo, a causa de la minuciosa reglamentación de su Carta Circular. Por ello, puede ser por falta de confianza, la Junta de de Azauchal decidía primero "que se comp[usier]a la cañería del agua potable" y después solicitaba al Consejo la bendición de los gastos, cubiertos con caudales del Fondo de Utensilios; aunque en 1806 el expediente seguía abierto, al menos la obra se había realizado Ese modo de proceder del pueblo evitó la lentitud de la burocracia y consiguió lo que muchos otros concejos pidieron sin alcanzar. Al analizar las representaciones de los pueblos parecería como si, a raíz de las indicaciones del gobierno, el horror y la dureza de la enfermedad hubieran abierto los ojos de los vecinos sobre las condiciones higiénicas en que vivían: oyendo las recomendaciones de los médicos, pronto por todas partes se imponía la necesidad de velar por la salud pública, comprometida hasta puntos increíbles incluso para los contemporáneos. En Valladolid se emprendió una limpieza general de la ciudad que desde la fundación de ella no se había ejecutado igual, y que era mayor que aun la de las calles, que por algunas no era posible transitar por el horror que causaba su fetidez, la porquería que encerraban las casas en sus desvanes, quede algunas se han sacado 16 y 17 carros de ella, con el abuso de criarse hasta los cerdos en los mismos desvanes por no bajar a la calle lo que diariamente recogían dentro de las mismas. En Escalona la costumbre de arrojar basuras indiscriminadamente "era inveterada" como de repente descubría el alcalde, viendo que las calles de su pueblo s[ervía]n de muladares y estercoleros en tal grado que en algunas se halla interceptado el paso de forma que está expuesta dicha villa por falta de policía a contraer epidémicas enfermedades (subrayado en el original) aunque el Consejo no contestaba a su representación. Es causa de asombro que en Medina Sidonia hasta 1802 nadie hubiera reparado en la suciedad que producen distintos animales, como palomas, gallinas y aun cerdos que se alimentan dentro de las mismas casas; las calles siempre contienen porciones inmundas, fétidas y corrompidas que fatigando el olfato dañarán a la pública salud La conciencia de los peligros de la enfermedad y el conocimiento de sus causas llevaba a criticar el desarreglo en la construcción de retretes, servidumbres o lugares comunes, "permitiendo tenerlas llenas exhalando sus malos olores y arrojando a las calles lo que debían contener aquellas casas donde se carece de estos depósitos formando varias aguas corrompidas" El caso extremo en la intervención nosopolítica es el de José Alsinet, médico en Aranjuez, quien siguiendo al pie de la letra la necesidad de purificar el aire de la población había emprendido la demolición de las casas, que formaban las desiguales y estrechas calles de la antigua población construyendo otras de más hermosa y elevada fábrica en distintas manzanas, tiradas en línea La purificación del aire se había conseguido además con "el continuo y abundante humo que sale de tantas chimeneas de las nuevas habitaciones" y también es cierto que las nuevas casas gozaban de mejor ventilación y que se habían drenado las aguas estancadas. Sin llegar a una remodelación urbanística drástica como la del Real Sitio, muchos pueblos emprendieron obras de saneamiento y drenaje de aguas estancadas o mejor dicho, solicitaron el permiso para hacerlo al Gobierno, porque el Gobernador del Consejo, conde de Montarco, se había encargado de recordar al Consejo de Castilla que el particular de agua y cualquier otra obra pública incumbe al Consejo, y a él corresponde dirigir todas las instancias de esta naturaleza, ya porque no pertenecen a la autoridad de la Junta Suprema [de Sanidad] y ya porque ésta sólo debe ocuparse en lo que es propio y peculiar de su instituto Es decir, que los poderes locales no tenían facultad para actuar autónomamente. Una vez más se manifiesta uno de los rasgos típicos del dirigismo ilustrado: el afán por mantener el control de todas las actuaciones que ese mismo dirigismo fomentaba. Otro motivo de preocupación para los concejos era la salubridad de los cementerios, como ocurría en Baeza ya en 1800 De repente lo que hasta entonces había sido habitual se convertía en repugnante y nocivo, y se intentaba corregirlo movidos por la conciencia de los peligros para la salud: en este sentido, la representación del párroco de Villalazán roza lo terrorífico por lo macabro. Precisamente por su contraste con el tradicional llamamiento a la caridad es interesante la política del Consejo para paliar los efectos de la crisis fomentando el trabajo de los jornaleros desocupados 23, emprendiendo obras públicas, que en ámbito local se materializaban a menudo en mejoras higiénicas. Los 154 expedientes del Archivo Histórico Nacional abiertos a raíz de esa Real Orden son en su mayoría propuestas de obra pública para ocupar a jornaleros pobres. 50 de ellos se refieren a lugares golpeados por el paludismo y en 28 ocasiones no hacían sino una genérica referencia a auxiliar a los enfermos más necesitados. Parece evidente que muchos concejos de pueblos pequeños limitaban el problema de la asistencia a la disponibilidad de pan, pero es posible también leer esas propuestas como una demostración del desconcierto ante la gravedad de la crisis, la dureza de sus efectos y la falta de medios para enfrentarlos. Cuando se proponen intervenciones según las normas de la Circular, la promoción de obra pública se centra en la construcción de fuentes -10 casos- y traídas de agua potable en otros siete, lo que es indicativo del estado higiénico-sanitario de la población: si no se podía disponer de agua potable, no es de extrañar que la enfermedad fuera endémica. En una doble actuación contra la desocupación y la insalubridad de los pueblos, varios ayuntamientos proponían emprender obras de drenaje, como en Tarazona de la Mancha, en Madrigal y en Zalamea de la Serena. En fecha tan tardía como 1805 el ayuntamiento de Castrogeriz presentaba al Consejo un proyecto más ambicioso, por razones de higiene y para emplear a los braceros, que consistiría en remodelar el lecho del Odra, y que se financiaría con las contribuciones de los vecinos que querían "dar más madre" al río. Los demás expedientes son de localidades que no aparecen entre las afectadas por la enfermedad, lo que significa que aprovechaban la iniciativa del Consejo para conseguir lo que no tenían, agua sana. Además de la falta de agua potable también planteaba problemas sanitarios la eliminación de los residuos del pueblo, con la necesidad de construir alcantarillas al objeto declarado de mejorar la salubridad del caserío, como en Andújar, en Badajoz, o en Bujalance, en Aranda de Duero, en Soria, en Córdoba. Es importante notar que la financiación de las obras de utilidad pública no se dejaba como tradicionalmente ocurría al albur de la generosidad y la caridad de los particulares sino que debería cubrirse con fondos públicos y es en este sentido en que se puede hablar de un principio de asistencia pública a los necesitados. La relación de los expedientes sometidos al Consejo de Castilla indica los casos documentados y en su última columna se puede comprobar la decisión del Consejo, si autorizaba o no los trabajos propuestos. El hecho de que los gastos se cubrieran con fondos públicos, siendo un paso adelante en la visión tradicional de la intervención del Estado, no era una buena noticia para los poderes locales puesto que, al carecer prácticamente de medios, debían recurrir a la enajenación o arrendamiento de los bienes comunales. Tampoco era una buena noticia para las asociaciones laicas de carácter religioso y las obras pías, pues recurrir a sus fondos y/o bienes representaba una nueva expropiación después de la desamortización de Godoy. En cambio es significativo que de las propuestas documentadas solamente tres, el 6%de ellas, ofrecían como fuente de financiación el recurso a la limosna, ilustrando así el rechazo a este medio como fuente fiable de ingresos. Siete lugares pretendían financiar sus proyectos recurriendo a los mismos arbitrios que se habían usado anteriormente para satisfacer necesidades del Estado, como pagar la cuota de los Trescientos Millones o el 17% de S. M, o cubrir los gastos de la construcción de alguna carretera. Nueve de los 50 expedientes hablaban de recurrir a bienes de cofradías, obras pías o del fondo pío beneficial; pero el grueso de las actuaciones se pagaría con los fondos de propios o de los pósitos -19% de los expedientes- y la venta o arriendo de bienes comunales -38%de los casos. El Consejo de Castilla con su medida había permitido que los ayuntamientos realizaran tareas de auxilio durante la crisis, siempre previa su autorización- pero no proporcionaba dinero para pagarlas. En el 60% de las ocasiones, por lo tanto, eran los mismos vecinos afectados quienes tenían que financiar su propio socorro, con la agravante de que para conseguirlo habían de empobrecerse ulteriormente al tener que disponer de los bienes del común. Aunque las decisiones del Consejo son aparentemente erráticas, porque en cuatro ocasiones niegan lo que autorizan en diez -venta o arrendamiento de comunales-, rechazan en dos pueblos el recurso a los fondos de propios que permiten en otros cinco, queda resaltado quede las decisiones conocidas ninguna se opuso a la expropiación de bienes de instituciones laicas de carácter religioso -obras pías, cofradías- y las autorizara. Pero la impotencia del gobierno queda patente cuando en mayo del año siguiente, 1804, el Consejo de Castilla reconocía que no se había emprendido ningún tipo de actuaciones para evitar los peligros denunciados. Por una parte el Gobierno había lanzado una iniciativa general que se puede considerar una tímida actuación asistencial ante la crisis, lo que tiene aspectos novedosos en relación con las intervenciones parciales y puntuales de otras coyunturas anteriores, pero por otra al hacer recaer todo el peso de la financiación en los organismos locales, y al final en los mismos afectados, mantenía la naturaleza intervencionista típica del gobierno ilustrado: proponer, dirigir, permitir o denegar actividades que otros tenían que sufragar. Conclusiones: asistencia o limosna Para valorar el significado de la política ante la crisis es preciso tener presente que, como en muchas iniciativas propias de la Ilustración, la intención humanitaria primera quedaba matizada no sólo por las minuciosas disposiciones reglamentistas asociadas sino también por la preocupación de no favorecer forma alguna de holgazanería. Las medidas de asistencia social -con todo lo limitado que ese concepto puede ser en el siglo XVIII- tienen dos vertientes tan distintas como evidentes, que se manifiestan por una parte en el sentimiento caritativo y por otra en la prevención por principio contra los futuros beneficiarios, porque como el peso económico de la iniciativa se cubría con el producto de limosnas de particulares o de la Iglesia, el Consejo recelaba de los socorros indiscriminados que habrían favorecido tanto a verdaderos necesitados como a quienes llamaban malentretenidos. Las ayudas se movían en parámetros tradicionales: su gestión correspondía a "eclesiásticos virtuosos y personas seculares próvidas y caritativas", y los beneficiarios debían ser "merecedores" del socorro. A la luz de los expedientes de los pueblos se pone de manifiesto que la iniciativa corría a cargo de la buena voluntad de los pudientes; así en Burgo de Osma la sopa se repartía a trescientas personas con los fondos de beneficencia, diezmos, bienes de obras pías y limosnas de los vecinos. Lo que queda por determinar es si se trataba de un elemental sentimiento humanitario o por el contrario era señal de un inicio de reflexión sobre los principios de la asistencia a los desfavorecidos, teniendo presente que en no pocas ocasiones se intentaba también evitar desórdenes públicos. La mentalidad subyacente del Consejo de Castilla queda reflejada en la declaración de propósitos de su Carta Circular17 septiembre de 1804 dirigida a los pueblos afectados por la crisis. Se debían emprender actividades de socorro con el objeto de evitar la mendicidad y la dispersión de los pobres pues "convertiría[n] luego estas gentes en vagos o criminales". Los organismos locales debían por "prudencia y amor a la humanidad" proporcionar trabajo a los pobres jornaleros. A los impedidos por ancianidad, enfermedad u otra causa legítima se los debía socorrer "como exige la caridad" pero sin dejarlos salir de sus pueblos de origen, y siempre "observando y haciendo observar exactísimamente lo dispuesto por las leyes sobre este punto, y en razón castigar como vagamundos a los mendigos válidos o útiles para el trabajo, y averiguar los verdaderos pobres dignos de la limosna". Se recordaba también a las Justicias locales su obligación de abstenerse "de dar pasaportes a personas que pretendan trasladar su miseria a otros pueblos cuidando además en los que den para venir a la Corte y Sitios Reales, con arreglo a lo mandado en la Real Orden de primero de julio de este año [...] y se castigará rigurosamente toda contravención". Los poderes locales compartían el planteamiento. El pueblo de Hinojosa de la Orden contaba 200 personas entre viudas huérfanos enfermos inútiles y jornaleros "que no podían alcanzar el pan ni aun ganarlo" por lo que se recurriría a la sopa económica para que los pobres no perecieran y para que tampoco cometieran "mil desórdenes" por desesperación. En Plasencia se había empezado en 1804 la sopa económica "a que concurrían frecuentemente más de setecientos miserables" pero, una vez llegado el tiempo del trabajo en el campo, era justo y conveniente separar del socorro a los que pudiendo trabajar y ganar la vida no lo hacían abusando de los socorros que se les dispensaba en perjuicio de los más necesitados. Esos eran "los medios que dicta la policía bien entendida y la caridad no adulterada"
La fotografía es una técnica de gran difusión cuyo aparato léxico es fundamentalmente neológico. En el presente estudio se muestra la evolución del léxico de la fotografía en español desde sus inicios a la fotografía en color, a través de los textos fundamentales en la divulgación de esta técnica, contrastándolo con su asentamiento en los principales diccionarios del español del siglo XIX. La fotografía es una de las técnicas que aparece en el siglo XIX, aunque sus antecedentes se remontan a la antigüedad clásica, con el descubrimiento de la cámara oscura y el oscurecimiento de las sales de plata bajo la acción de la luz. El progresivo y rápido desarrollo de esta técnica, desde su nacimiento en 1839, conlleva la entrada al español de una serie de términos que designan nuevos objetos o conceptos. Algunos de ellos, como daguerrotipo, fotografía o heliografía, se crean específicamente para hacer referencia a las nuevas realidades mientras que otros, como brocha, diafragma o lente, se toman de otras ciencias o técnicas como la pintura, la química o la óptica. Por otro lado, unos términos mantienen su significado, mientras que otros experimentan una ampliación del mismo o se ven sujetos a un cambio sustancial. El objeto de este trabajo es mostrar cómo se plasma el vocabulario de la fotografía en los principales manuales publicados en España durante el siglo XIX. Por un lado, se pretende datar las voces y, por otro, caracterizarlas (categoría gramatical, formas pluriverbales, variaciones gráficas y morfológicas, etc.) 1. La necesidad de acotar el campo de estudio me obliga a establecer límites temporales y restringir el ámbito de investigación: así, me ocupo de la aparición de la fotografía y sigo su evolución a lo largo del s. XIX, sin llegar al desarrollo de la fotografía en color. Fontanella2 señala que hay dos hechos que marcan el fin de la antigüedad de la fotografía en España: el desarrollo de la fotografía en color y los inicios del cine. De este modo, aunque a finales del siglo XIX empiece a desarrollarse la fotografía en color, el estudio analiza únicamente el vocabulario de la fotografía «antigua». Para realizar este análisis del léxico, hay que partir de los manuales sobre fotografía publicados en España durante el siglo XIX. El análisis se debe centrar, por tanto, en el léxico especializado tal como aparece en su entorno «natural», es decir, en las obras creadas por especialistas para la difusión de esta técnica 3, o terminología «in vivo», según la terminología utilizada por Cabré 4 Para realizar la selección de los manuales más representativos del siglo XIX he tenido en cuenta dos aspectos: la importancia que tuvieron las obras en cuestión en España y la cercanía en el tiempo a cada uno de los avances que va experimentando la técnica fotográfica a lo largo del siglo. Según el primer criterio, se prefiere un manual que logró mayor difusión a otro menos conocido; para ello resulta de gran utilidad la consulta de diferentes manuales ----1 Pueden encontrarse más datos sobre estos aspectos del vocabulario de la fotografía en GÁLLEGO PAZ, R. (2002), El léxico técnico de la fotografía en español del siglo XIX, Tarragona, URV (Tesis Doctoral). Este estudio, que se integra en el proyecto Catàleg de neologismes del lèxic científic i tècnic del segle XIX (BFF2001-2478), no se centra tan solo en los textos de fotografía, sino que atiende también a las obras lexicográficas. sobre historia de la fotografía y de los fondos bibliográficos de las bibliotecas del Estado que destacan por contar con un mayor número de obras sobre esta técnica 5. Para conocer las obras que están más cercanas en el tiempo a cada uno de los principales avances, también es imprescindible el estudio de la historia de la fotografía, que permite conocer cuáles son los principales hitos de esta técnica durante el s. XIX. Sin embargo, la aproximación a la historia de la fotografía no solo resulta necesaria para poder realizar una selección de los textos más significativos del siglo XIX, sino que es también imprescindible para comprender el ritmo de la incorporación de los términos de esta técnica a los manuales de los especialistas. De este modo, antes de llevar a cabo el estudio de las voces en los textos resulta necesario familiarizarse con este aspecto de la técnica fotográfica. HISTORIA DE LA FOTOGRAFÍA 6 Los primeros fotógrafos: Niepce, Daguerre y Talbot El francés Nicéphore Niepce (1765-1833) es considerado por la mayoría como el inventor de la fotografía. En 1816 obtuvo unas imágenes negativas (que no fue capaz de positivar) sobre papel sensibilizado con cloruro de plata a las que denominó heliografías. Sus posteriores investigaciones lo llevaron a utilizar betún de judea, un asfalto que bajo la acción de la luz se endurece y se hace insoluble. Con esta técnica Niepce consiguió obtener imágenes positivas sobre placas de metal y de vidrio en la que las luces estaban representadas por betún y las sombras por el metal desnudo. Niepce entró en contacto con Louis-Jacques-Mande Daguerre (1791-1851), que en las mismas fechas estaba llevando a cabo experimentos muy semejantes. Ambos acabaron firmando un acuerdo de sociedad que reconocía a Niepce como inventor de la técnica que, tras su muerte, pasó a denominarse daguerrotipo. En 1839 el gobierno francés adquirió el invento para darlo a conocer al mundo libremente. Daguerre publicó, además, un manual, titulado Historique et description du prócede du Daguerreotype et du Diorama 7, en el que detallaba el modo de obtener imágenes daguerrotípicas. El procedimiento em-----pleado consistía en sensibilizar la superficie de una placa de plata con vapores de yodo, realizar la toma, someter la placa a vapores de mercurio y fijar la imagen mediante una solución de cloruro de sodio8. Con esta técnica, las luces quedaban registradas mediante la amalgama blancuzca de mercurio y las sombras mediante la superficie plateada. A W. H. F. Talbot (1800-1877) le sorprendió la noticia del invento de Daguerre, ya que él había desarrollado con completa independencia una técnica muy semejante: el calotipo. Este científico descubrió la posibilidad de revelar la imagen latente formada durante una exposición más corta utilizando galonitrato de plata, con lo que la toma se podía reducir de una hora a varios minutos. Al poner los negativos en contacto con un papel sensibilizado con cloruro de plata y exponer el conjunto a la luz del sol se obtenían los positivos. Esta técnica permitía sacar todas las copias positivas que se quisieran, con el consiguiente abaratamiento de cada una de ellas; sin embargo, el público siguió prefiriendo el daguerrotipo, ya que la superficie rugosa del papel del calotipo hacía que éste no fuera tan definido. Para adherir las sales de plata al vidrio utiliza albúmina, sustancia que produjo unos negativos tan definidos como los del daguerrotipo, pero con la ventaja de que podían ser preparadas mucho tiempo antes de ser utilizadas. Sin embargo, tenían la desventaja de exigir un tiempo de exposición muy elevado. A partir de ese momento, la fotografía empezó a utilizarse en múltiples aplicaciones: la ciencia (fotografía microscópica, astronomía, topografía, medicina...), las artes, la propaganda política, etc. En 1871, el inglés R. L. Maddox (1816-1902) sustituye el colodión por una emulsión de gelatina al bromuro de plata, que permite la preparación de las placas con anterioridad y su revelado no inmediato. El siguiente avance viene de la mano del americano G. Eastman (1854-1932), que en 1885 ideó un soporte flexible de papel recubierto con una capa de gelatina pura y con una emulsión de gelatinobromuro sensible a la luz. Tras el procesado, la gelatina que llevaba la imagen era retirada del papel. Este procedimiento quedó anticuado cuando en 1889 se introdujo el rollo de película transparente fabricado con nitrocelulosa. En 1888, Eastman sacó al mercado la primera cámara Kodak cuya principal novedad fue el servicio de acabado fotográfico. La cámara se entregaba cargada, y una vez impresionadas las vistas de que constaba la película, se volvía a enviar a la fábrica donde se procesaba el rollo y se devolvía nuevamente cargada junto con el negativo y las copias positivas. La idea comercial de la marca Kodak era poner la fotografía al alcance de todos. Este objetivo acabó por convertirse en realidad y una multitud de aficionados empezó a dedicarse a la práctica de la fotografía. A partir de estos momentos, aunque la técnica siguiera evolucionando constantemente hasta la actualidad, podemos considerar que ha nacido la fotografía moderna. La fotografía en España La evolución de los acontecimientos referidos a la invención del daguerrotipo fueron seguidos puntualmente en España. El 10 de noviembre tuvo lugar en Barcelona la primera demostración pública del daguerrotipo y el siguiente ensayo se realizó 8 días después en Madrid. Sin embargo, a pesar del interés por la nueva técnica, España no aportó novedades a la fotografía a excepción de dos casos: Jaime Ferrán y Clúa (1852-1929), que se dedicó a mejorar la velocidad de las emulsiones fotográficas y Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), que se ocupó de la fotografía en color. LAS VOCES EN LOS TEXTOS Teniendo en cuenta los objetivos propuestos y los criterios de selección señalados, las obras escogidas para el trabajo léxico son las siguientes: las tres traducciones del manual de Daguerre publicadas en España en 1839 (la de Joaquín Hysern y Molleras9, la de Eugenio de Ochoa10 y la de Pedro Mata y Fontanet11 ); el Manual práctico de fotografía (1846), de E. de León12; el Nuevo manual de fotografía sobre placa, cristal, y papel, albúmina y colodión (1861), de Eduardo de Latreille13; La instantaneidad de la fotografía (1879), de Jaime Ferrán y Clúa14; y el Tratado práctico de fotografía industrial (1900) de Rafael Rocafull Díaz15. A partir de los manuales seleccionados, se ha realizado el vaciado del vocabulario de la fotografía que en ellos figura. Estas voces hacen referencia a las realidades propias de la fotografía, es decir, a los productos y materiales utilizados, los espacios de trabajo, los tipos de imagen «fotográfica», los procedimientos seguidos, etc. En algunos casos resulta difícil establecer qué constituye el vocabulario de la fotografía: no siempre es posible deslindar qué pertenece a la lengua común y qué a la lengua especializada, dada la interrelación entre ambas y el hecho de que también en la lengua técnica podamos establecer diferentes grados de especialización16. El tratar, además, con un vocabulario que está configurándose dificulta todavía más establecer los límites de la lengua de especialidad, pues algunas de las voces tienen carácter provisional, las variaciones denominativas son frecuentes, sintagmas en principio meramente descriptivos se acabarán configurando como formas fijas, etc. Para resolver los problemas que han surgido a la hora de seleccionar las voces resulta de gran ayuda el estudio de la historia de la fotografía, ya que contribuye a identificar el léxico utilizado en esta técnica durante la época que ----constituye el objeto de estudio. Sin su conocimiento resulta difícil, en algunos casos, hacer una correcta selección y organización del vocabulario. También ha sido muy útil la comparación de las voces que aparecen en los diferentes manuales; en ocasiones, encontrar formas recurrentes, dentro de una misma obra o en los diferentes textos, permite llegar a la conclusión de que dichas voces pertenecen al vocabulario de la fotografía. La frecuencia ha sido, por tanto, otro criterio utilizado para realizar la selección de este tipo de voces. Una vez realizada la selección de términos, que constituyen un total de 79817, me centraré en dos aspectos: la datación y la caracterización de las mismas. Estudiaré, de este modo, cuándo se documentan las voces de la fotografía en los diferentes textos y realizaré, además, un análisis sobre el tipo de voces presentes en los manuales (cuál es la categoría predominante, presencia de formas pluriverbales, variación en las designaciones, etc.). El análisis de los términos seleccionadas muestra, en primer lugar, que algunos de ellos están estrechamente ligados a la técnica fotográfica (fotografía, fotografiar, fotográfico, negativo, positivo, etc.) mientras que otros se utilizan también en otros campos de especialidad (trípode, ácido acético, aberración, brocha, escoplo, etc.). En muchas ocasiones se debe a que la fotografía utiliza numerosos elementos de otros ámbitos (especialmente la química, la óptica y las artes y oficios) junto con las denominaciones correspondientes que pasan, de este modo, a ser compartidas por diferentes campos técnicos o científicos. Sin embargo, en mi análisis consideraré, como propone la teoría terminológica actual18, que un término pertenece a un ámbito determinado, en este caso la fotografía, si es usado en él, independientemente de que haya sido creado o no dentro del mismo. Por otro lado, se puede observar que algunas voces presentes en los textos pueden ser consideradas más técnicas, ya que son utilizadas tan solo en ámbitos profesionales (colodión, capa sensible, cubeta, distancia focal, etc.), mientras que otras tienen un uso más general, es decir, han salido de sus campos de especialidad y han pasado a la lengua común (barniz, cámara fotográfica, fotografía, estudio, etc.). Se comprueba que, como se ha señalado en numerosas ocasiones, los límites entre la lengua común y las de especialidad, y los de las distintas lenguas especializadas entre sí, son difíciles de definir; no existe una frontera clara entre ellas sino más bien una amplia zona de intersección. ----Otro aspecto destacable es que son pocas las voces estudiadas que figuran en todas las obras seleccionadas, y muchas las que tan solo están presentes en una o en muy pocas. Esto es debido, en primer lugar, a las ligeras variaciones en la aplicación de una misma técnica (el colodión, por ejemplo), que permite sustituir en algunos casos unos productos por otros y, en segundo lugar, a la evolución de la fotografía que hace que unos procedimientos (como el daguerrotipo) queden anticuados en un momento determinado y den paso a otros nuevos (como el colodión o el gelatinobromuro). La aparición poco frecuente de algunas voces, sin embargo, no debe llevarnos a descartarlas, ya que, como afirma Fernández-Sevilla: ca) y de la lengua general. Además, se incluyen también muchas voces creadas específicamente para hacer referencia a nuevas realidades de la técnica estudiada (fotografía, daguerreotipo, heliografía, etc.) o tomadas de otros campos pero con un cambio sustancial en su significado (diafragma, prueba, sensibilidad, etc.). En las obras posteriores se va ampliando el número de voces propias de la fotografía con la introducción de voces esenciales de esta técnica como fotógrafo, cámara o máquina. Algunas de ellas, como imagen negativa, galonitrato de plata, albúmina o colodión, están relacionadas con nuevas técnicas o mejoras en los procedimientos. En el corpus seleccionado se documenta una serie de secuencias denominativas del tipo baño de plata o baño revelador denominadas compuestos sintagmáticos. Éstos son, en palabras de Sager, «construcciones sintagmáticas que equivalen a un solo concepto, por lo que funcionan como una única unidad de sentido»21. Este tipo de construcciones constituye más de la mitad del corpus seleccionado y, como señala Béjoint22, su abundancia es una característica habitual de los lenguajes de especialidad. La frecuente utilización de este tipo de unidades busca la transparencia de los términos, es decir, que las designaciones reflejen en su morfología y estructura los rasgos conceptuales o las características de los principales conceptos que representan. Por ello, un recurso muy útil para conseguir esta transparencia es construir términos compuestos en los que el sustantivo que funciona como núcleo de la construcción aparezca determinado por un adjetivo o un sintagma preposicional que permitan, por un lado, delimitar el significado general de voces comunes (caja / caja de bromar, copa / copa de ensayo, distancia / distancia focal), y por otro, diferenciar ese concepto de otros semejantes dentro de cada área determinada (lámina / lámina de cobre / lámina de metal, cubeta / cubeta de descomposición, cubeta de yodurar). Sin embargo, aunque en una proporción mucho menor, en el corpus se documenta también otro tipo de expresiones como tirar una prueba, poner en el foco o visitar un bastidor, que pueden ser clasificadas como colocaciones23. ----En cuanto a su estructura, estas construcciones están formadas por un colocado o base, autónomo semánticamente, y un colocativo. El colocado determina la elección del colocativo y, además, selecciona en él una acepción especial, frecuentemente de carácter abstracto o figurado24. A excepción de saturar (un líquido), que pertenece al lenguaje de la química, el resto de colocaciones documentadas son términos específicos de la técnica fotográfica. Si se clasifican morfológicamente los términos relacionados con la fotografía presentes en el corpus, se observa que en los textos estudiados hay un claro predominio de la categoría nominal, que constituye un 86'7% del total de las voces. Se cumple, de este modo, una de las peculiaridades de la terminología, que es la tendencia a resolver nominalmente la denominación de conceptos. No es extraño que ya en las primeras obras sobre fotografía se cumpla esta característica de los textos de especialidad, ya que es precisamente en los periodos de constitución de una lengua donde se ponen en evidencia de un modo especial las necesidades denominativas, que son las que provocan el predominio del nombre sobre el resto de categorías gramaticales. Durante mucho tiempo se sostuvo que los términos debían ser monosémicos y sin variaciones formales; sin embargo, no solo en las situaciones de comunicación especializada sino también en algunos casos en los diccionarios, podemos comprobar que estas características no son siempre ciertas. Estas afirmaciones tan solo son válidas en el contexto de la Teoría General de la Terminología propuesta por Wüster que surge: «de la práctica de la necesidad de los técnicos y de los científicos de normalizar denominativa y conceptualmente sus disciplinas en vistas a garantizar la comunicación profesional y la transferencia de conocimientos» 25 En este contexto es fácil comprender que se buscara la univocidad de los términos y se evitara la variación de los mismos. Sin embargo, desde hace ya algunos años se viene admitiendo la variedad en las designaciones que, por otro lado, siempre ha estado presente en la comunicación especializada. Dependiendo de la situación comunicativa, la variación podrá ser mayor o menor26: el grado máximo de variación lo representan las áreas más comunes del saber; el grado mínimo, la terminología normalizada por comisiones de expertos; y el grado intermedio, la terminología utilizada en la comunicación natural entre especialistas. ----En los textos estudiados figura gran cantidad de variaciones designativas que se deben, por un lado, a que algunos de los textos (las tres traducciones del manual de Daguerre, por ejemplo) no se dirigen únicamente a los especialistas sino a un público más amplio (políticos, público general, etc.). Por otro lado, al tratarse de un lenguaje en proceso de formación, las designaciones no están fijadas todavía y es lógico encontrar sinónimos y variaciones ortográficas. Y, por último, debemos tener en cuenta que algunas obras son traducciones o adaptaciones del francés, lengua en la cual se crean, en todo caso, la inmensa mayoría de estas voces de especialidad. La dificultad en la traducción y adaptación de términos, contribuye, también, a las múltiples variaciones documentadas en los textos. En la mayor parte de los textos seleccionados figura un buen número de variantes sinonímicas que han sido tomadas de la física o la química, como atraccion / afinidad o clorurage / fisaje. Dentro de estos grupos de términos equivalentes, unos constituyen variantes técnicas mientras que otros pertenecen a la lengua general y no todos corresponden a las mismas corrientes teóricas. Como señala Sala refiriéndose a la química del XIX: «Las circunstancias que la rodearon a lo largo del siglo pasado favorecieron la proliferación de equivalentes en su terminología: el desarrollo continuado de la ciencia, con varios relevos teóricos; el contacto con otros ámbitos científicos como la física, la farmacia o la medicina; su aplicación industrial (textil, alimentación), etc. En el caso español, la dependencia del exterior produce, además, la sinonimia derivada de la traducción (término autóctono vs. préstamo, divergencia o convergencia de formas según la fuente o la lengua de salida)» 28. Esto sucede a menudo con voces referentes a productos químicos, como azogue y mercurio. La primera de estas variantes pertenece a la lengua gene----- 27 No pretende hacerse en este epígrafe un análisis exhaustivo de los fenómenos presentes en el corpus seleccionado sino tan solo ofrecer algunos ejemplos que resulten ilustrativos de los fenómenos anteriormente descritos. 28 SALA CAJA, L. ( 2001), «La sinonimia en el vocabulario de la química del siglo XIX», BRUMME, J. (ed.), La historia de los lenguajes iberorrománicos de especialidad. La divulgación de la ciencia, Madrid, Vervuert -Iberoamericana, p. En las tres traducciones del manual de Daguerre se hace referencia a este producto, pero no se utiliza en todos los casos el mismo término sino que se documentan variaciones incluso dentro de una misma obra. En las versiones de P. Mata y Fontanet y E. de Ochoa se prefiere mercurio, mientras que en la de J. Hysern y Molleras figuran ambas variantes (mercurio y azogue). El propio autor señala en esta última la equivalencia de ambos términos mediante el uso de la conjunción o 30: «El mercurio que dibuja las imágenes está en parte descompuesto, se adhiere á la plata y resiste al agua que se hecha [sic] encima, pero no puede soportar la frotacion» 31. «Conviene saber que las chapas de plata pueden servir muchas veces, en tanto que no se descubre el cobre; pero es muy importante quitar, cada vez que se opera, el mercurio del modo que se ha dicho, empleando la piedra pomez con el aceite y mudando de algodón á menudo, porque si no, el mercurio acaba por pegarse á la plata y las pruebas que se obtienen por esta amalgama son siempre imperfectas, pues carecen de vigor y de limpieza.» 32 «Debe saberse que las planchas de plata chapeada pueden volver á servir muchas veces, en tanto que no se descubre el cobre: pero es muy esencial quitar cada vez el azogue ó mercurio, y mudando a menudo de algodón; porque sin esta precaucion, el azogue llega á pegarse á la plata, y los diseños que se sacan en esta amalgama son siempre imperfectos y carecen de vigor y de limpieza.» (p. Como ya se ha comentado, uno de los principales problemas que presenta la selección de términos es la delimitación de los compuestos sintagmáticos. No siempre resulta sencillo decidir qué sintagmas deben ser considerados compuestos y cuáles son formaciones «libres» que siguen una estructura sin-----29 A pesar de tratarse de una variante tradicional y otra técnica, ambas gozaban de buena difusión durante el siglo XIX, y buena muestra de ello es el hecho de que ambas figuren en el repertorio académico desde Autoridades. Estas dos voces están también presentes en algunos de los diccionarios más significativos del siglo XIX como el de Salvá, el de Domínguez, el de la editorial Gaspar y Roig o el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano. 30: criterio morfofonológico, semántico y sintáctico. Ninguno de ellos es suficiente ni siempre aplicable; todos juntos, en cambio, ayudan a diferenciar los compuestos de las formaciones libres. El problema se agrava, en este caso, al tratarse de un lenguaje en proceso de formación que está sujeto a múltiples vacilaciones, como se refleja en los diferentes manuales e incluso dentro de un mismo texto. Esta dificultad resulta especialmente significativa en el caso de hiposulfito de sosa 37, producto presente en la práctica totalidad de los textos 38 dada su importancia para la fotografía 39. Muchos de los sintagmas (baño de revelar, bastidor de reproducir, caja de yodurar, etc.) son en su origen meramente descriptivos y con el tiempo acabarán lexicalizándose y convirtiéndose en formaciones fijas 40. Este carácter de formaciones semi-fijas hace, por un lado, que sea posible encontrar vocablos en el interior de algunos compuestos, como sucede, en la traducción del manual de Daguerre realizada por E. de Ochoa con el término hiposulfito de sosa: 35 LANG, M. F. ( 1992), Formación de palabras en español, Madrid, Cátedra. 36 CORPAS, PASTOR, G. (1989), Estudio contrastivo de las colocaciones en inglés y en español, su tratamiento lexicográfico con especial referencia al tipo A + S / S + A. Memoria de Licenciatura, Departamento de Filología Inglesa, Universidad de Málaga. 37 A pesar de las múltiples variaciones ortográficas documentadas en los textos, en este estudio se ha utilizado una única forma para la lematización, que corresponde a la variante más cercana a la ortografía moderna. 38 Todo lo contrario, de las obras lexicográficas utilizadas en Gállego (2002) (Salvá, Domínguez, Chao, Hispanoamericano y DRAE), esta voz tan solo figura en el Diccionario de Chao. En esta obra lexicográfica este compuesto se lematiza bajo la voz hiposulfito y adopta la forma de este término que ha pervivido hasta la actualidad, frente a la gran variedad ortográfica presente en los textos analizados. 39 Este producto se utiliza evitar que las sales de plata siguieran oscureciéndose tras la toma fotográfica y evitar, de este modo, que la imagen acabara por desaparecer. Este productoy químico es conocido hoy como tiosulfato de sodio, pero los fotógrafos lo siguen llamando «hipo». 40 Como señala RUIZ GURILLO, L. (1997), Aspectos de fraseología teórica española (Anejo no XXIV de la Revista Cuadernos de Filología), Valencia, Facultad de Filología, Universitat de Valencia, p. 47: «Se suele reconocer [...] la existencia de complejos sintagmáticos que muestran rasgos propios de las palabras, como su reproducción en bloque, pero que a pesar de ello conservan señales de haber sido sintagmas libres. Estas combinaciones fijas se encuentran, a nuestro juicio, entre la palabra y el sintagma, es decir, entre lo léxico y lo gramatical [...]». «Puede remplazarse la solucion de sal marina con una solucion de hiposulfito puro de sosa» 41. Por otro lado, el carácter de unidades semi-fijas hace que resulte difícil delimitar hasta dónde llega el compuesto. Como puede observarse en las variaciones de este compuesto presentes en los textos de P. Mata y Fontanet y J. Hysern y Molleras: «Puede reemplazarse la solucion de sal marina por una solucion de hyposulfito de sosa pura» 42. «A la disolucion de sal comun ó de cocina, puede sustituirse una disolucion de hipo-sulfito de sosa puro» 43. En la traducción de Hysern y Molleras la concordancia del adjetivo con el sustantivo parece indicar que el adjetivo no forma parte del compuesto sintagmático sino que modifica todo el conjunto. Todo lo contrario, la utilización de la forma femenina del adjetivo en la obra de Mata y Fontanet, señala que éste forma también parte del compuesto sintagmático. La forma francesa de la obra original, hyposulfite de soude pur, sin embargo, corresponde a hiposulfito de sosa y ésta ha sido, por tanto, la forma utilizada para la lematización de dicho compuesto en el corpus. Esta misma forma, por otro lado, es la que figura en el resto de obras posteriores en las que figura este término: «Cargada la imajen de yoduro de plata sobrante, menester es para despejarla, tratar la lámina que la contiene con el hyposulfito de sosa disuelto en agua» 44. «El labado por el hypo-sulfito de sosa, tiende á desembarazar la capa soluble de yodo, que se halla en suspension sobre la placa que no ha sido atacada por la luz ó fija sobre la plata. Se ha lavado con mas ó menos écsito hasta aquí con la sal marina ó sea el hydro-clorato de sosa, pero ya está abandonado este medio para dar lugar al lavado por el hypo sulfito de sosa» 45. Disolucion de sulfito de sosa saturado de flores de azufre. Este cuerpo se emplea sobre todo para fijar las imágenes, lo mismo positivas que negativas sobre papel, cristal o placa» 46. ---- «Cuando del análisis efectuado, se ve que la plata es impura, se disuelve ésta en una cantidad de agua no muy excesiva, y se procede como más adelante se indica para los baños en los cuales hayan caído algunas substancias extrañas, siempre que ésta no sea el hiposulfito de sosa, en cuyo caso se trata el baño como los residuos» 47. Tal como puede observarse en los ejemplos presentados, aun cuando el compuesto que figura en los manuales sea el mismo, éste se documenta con una ortografía diferente incluso dentro de un mismo texto. Aunque los precedentes de la fotografía se remontan a la antigüedad, esta técnica se desarrolla fundamentalmente a partir de segundo cuarto del siglo XIX y va evolucionando todo a lo largo del siglo. En consecuencia, los términos asociados a los procedimientos, conceptos u objetos relativos a esta técnica van experimentando un desarrollo paralelo a lo largo de la época estudiada. Las numerosas variaciones denominativas documentadas en los diferentes manuales estudiados se deben, de este modo, a que el léxico de la fotografía está en pleno proceso de formación. Se ha comprobado que muchos de los términos esenciales de la fotografía (como daguerrotipo, diafragma, fotografía, fotográfico o heliografía) están ya presentes en los primeros manuales publicados sobre fotografía, aunque no se recojan en los principales diccionarios del siglo XIX. Por otro lado, el léxico de esta técnica se va multiplicando a lo largo de los sucesivos manuales que se publican, a causa de los avances técnicos y la aplicación cada vez mayor de nuevos productos. Las diferentes cuestiones tratadas a lo largo de este trabajo conducen a la conclusión de que la historia de la lengua y la historia de la técnica son dos aspectos que evolucionan de modo paralelo y conviene ver, por tanto, como dos caras de una misma realidad. IMAGEN: (57 acepciones 7'1% del total de voces del corpus). Tipos dibujo fotográfico, punto de vista 2, diseño, prueba, impresión, estampa, prueba dibujo, imagen daguerriense, retrato, reproducción, imagen fotogénica, prueba fotográfica, prueba negativa, positivo, cliché positivo, imagen, cliché negativo, instantaneidad, vista, contra-prueba, imagen negativa, prueba positiva, imagen fotográfica, cliché instantáneo, prueba estereoscópica, negativo, negativo de líneas, monocromo, impresión positiva, fotografía al carbon, negativo compuesto, controtipo, cliché 2. Componentes blanco, claro, grano, media tinta, negro, oscuro, pasapartu, tinta 1, último plano, velo de mercurio. abrasado, desenfocado, duro, estereoscópico, fijado, fijo, fotografiado, iluminado, mate, pasado, reforzado, revelado, solarizado, suave. SOPORTE: (72 acepciones, 9 % del total). Plancha chapeada de plata, plancha, vidrio, pan de cristal, lámina de metal, plancha de plaqué, plancha daguerriense, media placa, hoja de plata, pan de plata, lámina de cobre, cristal colodionado, cristal, chapa de plata, plancha de plata chapeada, hoja de plata chapeada, hoja de plata pegada, lámina pegada, papel calotypo, papel yodurado, papel, cristal cuadriculado, papel positivo, lámina de plata pegada, lámina de plata chapada, lámina, papel salado, papel plateado, plancha de metal, papel fotogénico, papel energiatypo, papel chrysotypo, papel negativo, papel á la ceroleina, papel Bristol, placa, cliché 1, placa metálica, papel de sajonia, papel sensibilizado, papel sensible, placa daguerreotípica, papel seco, película, cliché directo, cliché invertido, papel contínuo impresionable, cristal reticulado, placa sensible, cliché al gelatino-bromuro, cliché al colodión húmedo, cristal reticulado positivo, cliché al colodión isocromático, placa ordinaria, placa lenta, placa isocromática, cliché pelicular, imagen pelicular, cliché al colodión, película-suple, cliché pelicular al gelatino-bromuro. Albuminado, barnizado, colodionado, encerado, espuesto, planímetra, planimétria, susyodurado, talcado, velado, yodurado. CÁMARA: (56 acepciones, 7 % del total). Aparato, aparato óptico, cámara, cámara de fuelle, cámara fotográfica, cámara oscura, cámara oscura acromática, cámara oscura perfeccionada, instrumento binocular, instrumento dióptrico, instrumento óptico, máquina, quinetóscopo, rewolver fotógrafo. Componentes anteojo, bastidor, bastidor de bristol, bastidor volante, bastidor-clement, bristol, chasis, cristal deslustrado, cristal esmerilado, cristal no bruñido, cristal raspado, diafragma, diagragma redondo, disepimento, distancia focal, foco, foco aparente, foco químico, foco real, fuelle, hoja de bristol, lente, lente acromática, lente biconvexa, lente convexa, lente de afocar, lente periscópica, marco, mira, objetivo, objetivo doble, objetivo gran-angular, obturador, obturador de guillotina, obtutrador de pantalla, parasol, prisma, punto, semi-lente. INSTRUMENTOS Y RECIPIENTES: (56 acepciones,7 % del total). agitador, alicate, apoya-cabezas, bastidor de reproducir, brocha, bruñidor, bugía, caballete, caja de bromar, caja de yodurar, caja del iodo, cámara de(l) mercurio, cámara mercurial, cápsula, cápsula de bromar, cápsula de evaporar, chasis-prensa, cisquero, copa de ensayo, cristal luna, cubeta, cubeta de bromar, cubeta de descomposicion, cubeta de yodurar, desecador, embudo, encorvador, escoplo, estereóscopo, estufa de corriente de aire, evaporadera, filtro, hornilla de gas, lámpara de alcohol, lámpara de espíritu, lámpara de espíritu de vino, lámpara-regulador, matras, muñeca, papel de estraza, papel tornasol, pié de clorurar, pié de fijar, pila galvánica, pincel, pinza, plancheta de bruñir, probeta, sombrerillo, tablero de reproducciones, tapon, tenacillas, termómetro, tres-piés, tres-pies de nivelar, trípode, trípode para nivelar PRODUCTOS: (374 acepciones, 46'9 % del total). Sustancias aceite, aceite animal de Dippel, aceite comun, aceite de oliva, aceite de petróleo, aceite de petróleo blanco, aceite de vitriolo, aceite esencial, aceite esencial de alhucema, aceite esencial de espliego, aceite esencial de lavanda, acetato amónico, acetato de cal, acetato de plata, acetato de plomo, acetato-nitrato de plata, aceto-azoato de plata, aceto-azotato, aceto-nitrato, ácido, ácido acético, ácido agállico, ácido azóico, ácido bromhídrico, ácido carbónico, ácido nítrico, ácido clorhídrico, ácido fénico, ácido fluorhídrico, ácido hidroclórico, ácido nítrico, ácido pirogállico, ácido sulfúrico, ácido tártrico, agua, agua bromada, agua clara, agua comun, agua corriente, agua de Javelle, agua de lluvia, agua destilada, agua filtrada, agua fuerte, agua hypo sulfatada, agua llovediza, agua ordinaria, agua pura, agua pura comun, agua pura ordinaria, agua régia, agua salada, albúmina, álcali, alcohol, alcohol ordinario, algodón, algodón-pólvora, allemande, almidon, almidon inglés, alumbre de cromo, alun, amalgama, ambar amarillo,, amoníaco, arrow-root, asfalto, azoato de plata, azoato de potasa, azoato de zinc, azogue, azucar cande, bencina, bencina anhidra, bencina cristalizable, benjuí, benzol, betun, betun de judea, betun judáico, bicarbonato de sosa, bicloruro, bicloruro de mercurio, bicromato de potasa, biyoduro de mercurio, bromal, bromo, bromoforme, bromuro, bromuro amónico, bromuro argéntico, bromuro de almidon, bromuro de amoníaco, bromuro de amonio, bromuro de arsénico, bromuro de bario, bromuro de cadmio, bromuro de cal, bromuro de cobre, bromuro de cobre y plata, bromuro de dietilamina, bromuro de litio, bromuro de monoetilamina, bromuro de plata, bromuro de potasa, bromuro de potasio, bromuro de trietilamina, bromuro de yodo,, bromuro de zinc, bromuro doble de cadmio y amonio, bromuro potásico, bromuro sódico, bromuro yodoso, calor, calórico, caoutchoc no vulcanizado, caparrosa, carbonato amónico, carbonato de magnesia, carbonato de plata, carbonato de potasa, carbonato de sosa, celoidina de Sehering, cera, cera amarilla, cera vírgen, ceroleina, cerveza, chloro-bromuro de yodo, cianuro, cianuro de potasa, cianuro de potasio, cianuro rojo, cismo, citrato férrico amoniacal, citrato ferroso, clorhidrato amónico, clorhidrato de amoníaco, cloro, cloro-bromuro, clorurage, cloruro, cloruro de cal, cloruro de calcio, cloruro de oro, cloruro de plata, cloruro de sodio, cloruro de yodo, cloruro de zinc, cloruro de zinc desecado, cloruro de zinc siruposo, cloruro mercúrico, cobre, cola de pez, colodión, colodión de líneas, colodión de medias tintas, colodión húmedo, colodión iodurado, colodión isocromático, colodión normal, colodion seco, colodion sensible, cyanina, dextrina, engrudo, eosina, eosina de reflejos amarillos, eosina de reflejos azules, eritrosina, esencia, esencia de espliego, esencia de labanda, esencia de trementina, espíritu de nitro, espíritu de vino, estearina, éter, éter acético, éter alcoholizado, éter sulfúrico, fécula, fécula de patata, ferri-cianuro potásico, fluoruro de potasio, galipodio, galonitrato de plata, gas ácido chloroso, gelatina, gelatina extra de Nelson, gelatino-bromuro de plata, glicerina, goma, goma elástica, hidroclorato de amoníaco, hiposulfito, hiposulfito de sosa, hueso calcinado, hydriodato de potasa, hydro-clorato de sosa, kaolin, mercurio, mercurio metálico, metal, mordiente, negro animal, negro de humo, nitrato, nitrato argéntico, nitrato de plata, oro, óxido de plata, parafina, percloruro de hierro, permanganato de plata, permanganato de potasa, per-sal metálica, pez, piedra pomez, plaqué, plata, plata chapeada, plata plaqueada, polvo de pulir, polvos de talco, pomez, potasa ordinaria, precipitado, producto, proto yoduro de plata y mercurio, proto-cloruro de hierro, proto-sal metálica, resina, resina copal, rojo de Inglaterra, sagú, sal 1, sal 2, sal comun, sal de cocina, sal de oro, sal de plata, sal ferrosa, sal marina, salep, sub-bromuro de plata, sublimado corrosivo, sucino, sulfato de cobre, sulfato de hierro, sulfato de hierro amoniacal, sulfato de hierro natural, sulfato de protóxido de hierro, sulfidrato de amoníaco, sulfito de sosa, sulfuro de plata, sulfuro de potasa, susyoduro de plata, tapioca, tierra de porcelana, tierra podrida, trementina, trípoli, trípoli de Venecia, vaselina, vitriolo, yodo, yoduro, yoduro de almidon, yoduro de amoníaco, yoduro de amonio, yoduro de cadmio, yoduro de litio, yoduro de plata, yoduro de potasa, yoduro de potasio, yoduro de zinc, yoduro rojo de mercurio, yoduro verde de mercurio.
Espacios emocionales y medicina en el siglo XIX. Una ontología histórica de las pasiones Las nuevas concepciones en la comprensión de las emociones desarrolladas en las dos primeras décadas del siglo XXI posibilitan el desarrollo de nuevos programas de investigación en humanidades y ciencias sociales que tengan en cuenta los elementos de la cultura material y el entorno social en la constitución de la experiencia emocional. Desde este punto de partida, en el presente artículo se realiza, empleando las herramientas de la ontología histórica, el análisis de uno de los hospitales para enfermos incurables, crónicos y ancianos situados en Madrid en el siglo XIX, caracterizándolo como un espacio emocional, es decir: aquellos en los que la gestión de las emociones es la principal práctica médica. Para ello analizaremos las propuestas teóricas desarrolladas por Durand-Fardel y Charcot acerca del tratamiento de este tipo de afecciones. Emplearemos los conceptos de marco y espacio enmarcado, de Erving Goffman, como herramienta explicativa que nos permita comprender la tarea de estructuración de la experiencia emocional puesta en práctica, lo que nos permitirá definir herramientas conceptuales que favorezcan la reinterpretación de las fuentes disponibles desde una nueva perspectiva. El estudio de las emociones en la historia se ha convertido en una de las más importantes corrientes historiográficas de los últimos 20 años, que ha alcanzado ya su madurez (Zaragoza 2013; Boddice 2017; Bjerg 2018). A lo largo de este proceso, sin embargo, han ido apareciendo problemas e inconsistencias que, al acumularse, empiezan a poner en cuestión algunas de las asunciones básicas en que esta se asentaba (Moscoso 2015; Boddice 2019 y 2020). Entre las críticas destaca aquella que cuestiona una suerte de "sentido común" acerca de las emociones que estaría basado en una cierta concepción de estas como "clases naturales", que sería compartido de forma generalizada por la mayoría de investigadores sobre emociones, y que funcionaría como un paradigma transdisciplinar (Barrett, 2006; Boddice, 2018). Los resultados obtenidos en el estudio del cerebro en los últimos años, sin embargo, socaban esta concepción, hasta el punto de que algunos proponen un cambio de paradigma hacia otro en el que la función de la cultura en la conformación de nuestras emociones sería fundamental. Es lo que se ha llamado la teoría de las emociones construidas (Barrett, 2017). Esta nueva aproximación, que escapa a la manida distinción naturaleza/cultura, ofrece a las humanidades, y en particular a la historia, una excelente oportunidad para replantearse su aportación al estudio de las emociones y explorar nuevas propuestas metodológicas. Con este artículo buscamos contribuir a dicho esfuerzo. Nos basamos, para ello, en la propuesta de Ian Hacking de la ontología histórica (Hacking, 2002) y, en concreto, en su concepción de las clases interactivas o humanas (Hacking, 1995). Como ya hemos señalado otras veces (Zaragoza, in press), si las emociones ya no son clases naturales, como sostiene Barret, podemos considerarlas clases humanas o interactivas, es decir: aquellas que aplicamos sobre seres humanos y que, al hacerlo, cambian la forma en que nos pensamos a nosotros mismos, mediante lo que Hacking denominó "efecto bucle". Tal y como defendemos, esta forma de entender las emociones es congruente con el nuevo paradigma propuesto por Barrett y nos permite desarrollar un proyecto de investigación innovador en el campo de la historia de las emociones. Este artículo pretende contribuir a dicho desarrollo, a través del estudio de las condiciones materiales que participan en la gestión y construcción de las emociones de grupos sociales localizados (confinados) en un espacio compartido. Nos centramos para ello en un estudio de caso localizado en el Hospital para Hombres Incurables Nuestra Señora del Carmen de Madrid en 1891, tal y como se recoge en la documentación que se guarda en el Archivo Histórico Nacional. Se trata de una colección fragmentaria e incompleta, que se encuentra dentro del Fondo Contemporáneo, dentro de los documentos correspondientes al Ministerio de Gobernación, que ostentaba en ese periodo las competencias de Beneficencia. Para profundizar en la comprensión de las implicaciones de nuestro caso de estudio, recurriremos a la psicología de la época, ejemplificada de forma sobresaliente en el influyente Curso de Psicología y Lógica de Pedro Felipe Monlau y Jose María Rey y Heredia, así como a otras obras del periodo especializadas en el tratamiento y las condiciones de los internos en dichas instituciones, tanto nacionales como extranjeras. Además, se hará uso de diversas obras de higiene social para dar cuenta de la relevancia de las condiciones materiales, tal y como nos muestra Joaquim Salarich, en su Higiene del tejedor o nuevamente Monlau en sus diversas obras sobre higiene. También atenderemos a la obra de reformadores sociales, como Concepción Arenal, que dedicó a estos hospitales de incurables una serie de artículos y reflexiones, así como a lo que podríamos denominar "la psicología del pobre". Códigos disciplinarios y gestión emocional En enero de 1891, en el Hospital para Hombres Incurables Nuestra Señora del Carmen de Madrid, la Junta de Caridad, compuesta por señoras de la alta sociedad de la época como la marquesa de Martorell o la condesa de Toreno, se reúne para imponer una sanción a los internos Hipólito Moreno y Eduardo Plana. La sanción, en este caso, será ejemplar, y llega incluso a ir en contra de los reglamentos aprobados apenas cinco años antes y publicados en la Gazeta de España. Se castiga a estos internos a cuatro meses de reclusión en el recinto del hospital y a la pérdida del privilegio de recibir visitas. Pero no queda ahí el veredicto de la Junta de Damas, sino que va más allá cuando recomienda que, en caso de que los internos reincidan en la misma falta, sean expulsados inmediatamente del hospital. Sorprende el castigo por su dureza y, como decíamos, por contradecir incluso el reglamento de la institución, que en su capítulo XXIV tan solo permitía la "supresión de paseos y recreos", siempre y cuando no perjudicaran a la salud del enfermo, como forma de castigo (junto a la amonestación en privado y en público y la expulsión del centro). El castigo, por tanto, rozaba los límites reglamentarios y, en cualquier caso, sí que aconsejaba aplicar la medida de mayor dureza contra Hipólito Moreno y Eduardo Plana: la expulsión No podemos dejar de pensar que la dureza del castigo debe corresponderse a la gravedad de la falta, pero, ¿qué falta habían cometido Hipólito y Eduardo? La respuesta es, cuanto menos, desconcertante. La privación de visitas y paseos durante cuatro meses, así como la recomendación de expulsión del centro, responden al hecho de que Hipólito Moreno y Eduardo Plana fueron sorprendidos jugando a las cartas en el centro. Que esta fuera la falta que merecía un castigo tan duro no puede menos que llamarnos la atención. Se antoja desproporcionado, incluso cruel, comparado con la gravedad de aquella. Y, sin embargo, el Comité tiene razones para imponer tal castigo. Razones que expone: el juego, nos dicen, provoca violentas pasiones en los internos. La sentencia de la Comisión, por tanto, nos sitúa en el terreno de la gestión emocional. Lo que se castiga no es el juego en sí, que obviamente no es "una buena costumbre", sino el motivo por el que se juega: la alteración de las emociones que se produce en los jugadores. El hospital se convierte en gestor de las emociones de sus internos Al prohibir el juego lo que se pretende es evitar las pasiones que el juego levanta, y que pueden causar daño a los enfermos y a la institución. Esta gestión de las emociones se consigue convirtiendo al hospital en un espacio emocional, concepto que se definirá en el tercer apartado del presente texto (Gammerl, 2012; Pernau, 2014). Para llegar a tal definición será necesario ver qué pasiones son las que levanta el juego y por qué son tan peligrosas para los internos del Hospital Nuestra Señora del Carmen. Juego y desposesión del yo En Los jugadores (Ilustración 1), Simón Gómez Polo (1845-1880) -pintor de la escuela catalana que realizó esta obra en el año 1870, actualmente en el Museo de Arte Moderno de Barcelona-, presenta, sobre un fondo oscuro, a tres ancianos jugando a los dados mientras otro, más joven, los observa. Sobre la mesa, una frasca de vino, los dados, la mano del que lanza y unas monedas. Curiosamente, no hay vasos. El lanzador, con la cabeza ladeada, mira fijamente al personaje situado a la izquierda, que lleva sus manos a la cabeza. Es una mirada de superioridad, del que sabe que ha derrotado completamente al otro. El tercero en discordia, al fondo, fuma su pipa mientras contempla al que ha realizado la jugada. El observador, de pie, reclinado hacia la mesa, con pinta de lechuguino, atiende el juego con una sonrisa en la boca y mirada divertida... A la izquierda, aislado de los tres que conforman un grupo, encontramos al otro jugador, un tercer anciano que presenta un aspecto totalmente desesperado, sosteniendo la cabeza con la mano izquierda. Suponemos que el dinero que hay sobre la mesa es suyo y, también, que la jugada que acaba de salir a su contrincante significa que lo ha perdido. El pañuelo en la mano derecha, que descansa en su rodilla, nos permite imaginar que ha secado el sudor de su frente más de una vez, señal de un nerviosismo recurrente. Todo el cuadro está marcado por las emociones de los representados: la profunda desesperación del perdedor, la condescendencia y el orgullo del ganador, la indiferencia del fumador, la curiosidad del joven. Si el Comité disciplinario del Nuestra Señora del Carmen señalaba las "violentas pasiones" que el juego suscita, el cuadro de Gómez Polo se detiene en algunas de ellas. Pasiones violentas que, en muchas ocasiones, pueden terminar en violentos altercados (Campos Marín, 1997). El juego será por tanto peligroso para los internos por dos motivos principales. En primer lugar, porque el juego, por sí mismo, enciende las pasiones hasta el punto de que el jugador puede llegar a perder todo control sobre sí mismo. La pasión por jugar empuja al implicado a apostar todo lo que lleva encima. El juego se convierte aquí en el puente a través del cual las emociones de los implicados irrumpen en la escena, emociones que hacen perder la razón a los implicados, hasta que estos pierden todo control sobre las propias acciones, que están dirigidas por las pasiones desatadas por la apuesta. Esta pérdida de voluntad tan solo puede conducir al jugador a un final trágico. En su curso de psicología, Monlau y Rey distinguen tres facultades del alma, a las que debe el hombre ser persona y no cosa, esas facultades o potencias son: la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad (Monlau y Rey y Heredia 1866, 1:21). De estas tres facultades, las dos primeras se distinguen por ser pasivas, es decir, no tenemos conciencia directa de ellas, sino que suponemos su existencia por sus efectos. La voluntad, sin embargo, es activa, en el sentido de que somos conscientes de ella (Monlau y Rey y Heredia 1866, 1:22). La voluntad es, para Monlau, la base del Yo, de la subjetividad: De la oposición que acabamos de hacer notar, resulta que la voluntad es, como dice Descartes, lo más propiamente nuestro que hay en nosotros; ó, más bien, la voluntad es nosotros mismos, y ella sola constituye, por decirlo así, la persona humana (Monlau y Rey y Heredia, 1866, 1:23). La pérdida de la voluntad implica, por tanto, una pérdida del yo, puesto que "la voluntad es el YO" (Monlau y Rey y Heredia, 1866, 1:24), "la voluntad constituye la vida personal" (Monlau y Rey y Heredia, 1866, 1:81). La voluntad implica una posesión de sí mismo, contrapunto pasivo de la actividad volitiva, e imprescindible para que esta se produzca (sin ser parte de ella, que se define por la resolución) (Monlau y Rey y Heredia, 1866, 1:80). Esta posesión de uno mismo explicaría las diferencias de los caracteres. En efecto, si la voluntad es igual en todos los seres humanos, tal y como indica Monlau, la diferencia entre caracteres firmes y débiles estribará en la extensión e intensidad de uso de la voluntad; algo que depende de esa posesión de sí mismo como contraparte pasiva de la volición. Lo que hemos llamado "pérdida de voluntad" en el juego sería en realidad, según Monlau, una desposesión de uno mismo. No se trata, de una cuestión de clases sociales, sino de un problema estrechamente relacionado con la constitución de la subjetividad No obstante, resulta pertinente señalar que, pese a que en principio cualquiera puede ser víctima de la pasión por el juego, serían las clases "pobres" las que mayor riesgo correrían, puesto que en ellas la fuerza de la voluntad es más débil: [...] el miserable que se asusta al hablarle del trabajo, y que prefiere la miseria a la ocupación útil, pasa días y noches enteras en el fondo de una taberna entreteniendo su espíritu con las emociones del juego de azar, perdiéndose con sus compañeros de orgía en este abismo sin fondo [...] Esta última cita de Salarich introduce el segundo elemento que convierte al juego en un peligro: el lugar donde este tiene lugar, un ambiente de depravación y delito, tabernas donde el alcohol y las prostitutas son parte permanente del paisaje, y el baratero impone su ley. En El Capitán de la Chesnaye, folletín de Ernesto Capendu publicado en Barcelona en 1861, y publicado por entregas, posteriormente, por La Correspondencia de España entre 1879 y 1880, encontramos un claro ejemplo de estos ambientes patibularios en los que el juego se desarrolla. En la entrega del 19 de enero de 1880, Capendu nos relata el ambiente de salón de juego donde entran los personajes: Aquellos dos que juegan a los dados diciéndose mil injuriosas frases, amenazándose con el puño y con la daga, gritando y dando alaridos a cada jugada, son Juan Horca y Santiago el Chocarrero, los acólitos de maese Jonás [...] Por todas partes, en fin, comen, beben, gritan, peroran, aúllan, ladran, maúllan, lloran, ríen, disputan, se abrazan, se pelean, blasfeman, se cocean en medio de un concierto horrible formado por clamores espantosos [...] Hay mucho de descripción estereotipada y de género (literario) en este pasaje, no obstante, es precisamente esta asociación entre juego y una suerte de "incontinencia emocional" lo que subyace a la sentencia del Comité, una asociación construida sobre materiales no mucho menos estereotipados que el presentado en este folletín. En esta misma dirección apunta Ricardo Campos en su análisis del discurso burgués sobre la taberna: [...] se observa una excesiva uniformidad y abstracción en su tratamiento, propiciada por la incapacidad burguesa de eludir los tópicos y los prejuicios, en la descripción de los mismos. La imagen de la taberna no parece superar una serie de rasgos que la definen como antihigiénica e inmoral (Campos Marín 1997, 179). La taberna, lugar en el que la pasión por el juego es liberada, es el lugar en el que las clases más desfavorecidas tienen acceso a las costumbres más depravadas y donde dan rienda suelta a sus más bajos instintos. La literatura médica del XIX señala precisamente a la taberna, en tanto que opuesta a la familia y al hogar, como el lugar en que se originaban todos los males de las clases más bajas (Campos Marín 1997, 184): El pobre empieza a ir a la taberna en busca de sociedad y de distracción; hay gente, conversación animada, se juega, etc, etc. Una vez allí, bebe, convida, le convidan, se anima, bebe más, para demostrar que tiene dinero que aguanta mucho, por emulación, que la tiene el vicio como la virtud. Se le pasa el tiempo agradablemente, se aficiona a ir, cada día bebe más, y le repugnan menos las cosas repugnantes que allí ve y oye, de modo que, al cabo de algún tiempo, es un vicioso o un criminal, o entrambas cosas, según varias circunstancias unas personales suyas, y otras de los que le rodean (Arenal, 1911). La taberna se asocia, por tanto, con la delincuencia, el alcoholismo, la prostitución y la revuelta obrera (Campos Marín 1997, 165), es decir: con todos los vicios posibles en una clase, la de los pobres, que estaba predispuesta a ellos por una falla en la constitución de la subjetividad de sus miembros. El higienismo toma en consideración otros muchos elementos, como son la organización del trabajo, la miseria, las condiciones de vida de los llegados a la ciudad para trabajar en la industria, la herencia, etc. (Campos Marín, Pérez, y Huertas 2000, 166). Sin embargo, estas condiciones no son sino elementos que se oponen a la voluntad. El mérito consiste, precisamente, en la realización del esfuerzo necesario para vencer estos obstáculos (Monlau y Rey y Heredia, 1866, 1:74). De ahí que hubiera "pobres buenos", como los hubiera calificado Concepción Arenal, y también era esta la razón que justificaba el mito de la movilidad en la escala social, tan bien descrito por Galdós en sus novelas de Torquemada (Pérez Galdós 2008), pero también el hecho de que el caer en el vicio fuera, en última instancia, una responsabilidad individual. Y de entre todos los vicios reunidos en el espacio de la taberna, el juego es uno de los que mayor impacto tiene sobre ella: Allí, alrededor de una mala mesa, junto a una copa de vino comprado con los ahorros de su familia, pasa el vagabundo jugador la parte más florida de sus años [...] no goza del sol, de la luz, ni de los placeres sociales, porque su incuria y pasión le condenan a vivir aislado de todo afecto; porque sus amigos, y su familia cuya desventura causa, llegan a aborrecerle y abandonarle a sus pasiones favoritas, a los compañeros de juego [...] entre quienes no tarda en embrutecer su alma, pervertir su moral y convertirse en objeto repugnante, de menosprecio y peligroso para la sociedad (Salarich, 1984, 205-6). El juego entre las clases populares se relaciona, como muestra este texto y otros similares, con un vicio y una degeneración que tiene como mejor representación la expresión violenta y descontrolada de las pasiones Esta "incontinencia emocional" del jugador bien puede ser una marca de clase, pero el juego hace aflorar fácilmente las pasiones como un distintivo propio de su misma naturaleza: si las clases populares no tienen gran control sobre sus pasiones, el juego es el terreno idóneo que permite que se desborden Por otra parte, el juego en las clases populares se encuentra estrechamente relacionado con un espacio de sociabilidad que escapa a los controles de la burguesía (Campos Marín 1997, 157), que se contrapone a la vida familiar (y moral), y que es el origen de gran parte de los problemas que representa este sector de la población. La taberna, espacio demonizado por la medicina, se opone frontalmente al espacio que nuestros dos internos, Hipólito Moreno y Eduardo Plana, habitan. Un espacio que, por tanto, no puede admitir el juego entre sus muros. Volvamos al cuadro de Gómez Polo. Quisiéramos señalar un segundo elemento: la composición misma del cuadro, el instante del juego. Como vemos, los cuatro integrantes de la escena se encuentran situados en medio de la oscuridad, aislados del resto del entorno, como si a su alrededor se hubiera creado un marco de sombras, entre las que entrevemos, pero sin que llegue a formar parte de la escena, el rostro desconocido de quien debe ser, con bastante probabilidad, la tabernera. Lo realmente significativo de este cuadro, lo que consigue atrapar la habilidad del pintor, no es, en realidad, la escena costumbrista de tres ancianos jugando a los dados en una taberna del último cuarto del XIX, sino la esencia misma del juego: el hecho de que jugar sitúa a los jugadores en un marco experiencial distinto al que habitaban antes. Sus actos (mover la mano, situar unas monedas sobre la mesa, sostener un pañuelo) se interpretan de forma distinta dentro de este nuevo marco que nos permite interpretar lo que está ocurriendo. congelada en el cuadro de Gómez Polo solo puede ser interpretada si tenemos en cuenta el hecho de que "están jugando". El juego, por tanto, implica un cambio de marco. El marco de experiencia anterior al juego ya no está vigente, ahora solo es posible interpretar las acciones de los protagonistas dentro del nuevo marco. Y más aún, los jugadores solo pueden vivir la experiencia que el nuevo marco les "permite" vivir. Goffman define el marco, en su obra Frame Analysis, como "aquel que se considera que convierte en algo que tiene sentido lo que de otra manera sería un aspecto sin sentido de la escena" (Goffman, 2006, 23). En esta dirección, ante la escena pintada por Gómez Polo, lo que confiere sentido a lo que está ocurriendo es que identificamos el marco en que los personajes se insertan. Al identificar que están jugando, aspectos como las monedas sobre la mesa o el movimiento de la mano del lanzador adquieren un significado que, si no fuera por ese marco, escaparía de nosotros. Los marcos no solo proporcionan sentido al observador, sino que también lo hacen a los que se encuentran en su interior: el marco permite dar sentido a la experiencia vivida al insertarla dentro de unas coordenadas culturales, al proporcionar un sistema de reglas. El participante en el marco, por tanto, moldeará su experiencia para responder a las coordenadas proporcionadas por el marco en que se inserta, actividad que, al mismo tiempo, construye el marco. Sin esta interacción entre marco y participante sería imposible dotar de sentido a la acción El juego, por tanto, se define como un marco que confiere sentido a determinadas franjas de experiencia. Como hemos visto, parte del contenido del marco "juego" consiste en lo que hemos llamado "incontinencia emocional". Entre los conjuntos de reglas (más o menos claras) que componen los marcos, se incluyen normas sobre la gestión emocional. Así, la asistencia a un funeral implica una serie de normas sobre las emociones que el asistente debe sentir y expresar, unos límites para esa expresión de las emociones, etc. El juego, como se ha visto en los ejemplos anteriores, se caracteriza por dejar un amplio margen para la expresión de las emociones. No nos extraña que un jugador grite de alegría cuando realiza una excelente jugada al lanzar los dados, mientras que, fuera del marco del juego, encontraríamos extraño el mismo entusiasmo por el hecho de arrojar dos cubos sobre una mesa con un movimiento de la mano izquierda. La idea de "marco emocional", que haría referencia a aquellos elementos que regulan la presencia de emociones dentro de una actividad dada, nos permitirá entender la importancia que para los miembros del comité disciplinario del Nuestra Señora del Carmen tiene prohibir el juego dentro de las salas del hospital. En los siguientes apartados introduciremos dos nuevos conceptos que ayudan en la interpretación del suceso histórico: el espacio enmarcado (framed space) y la atmósfera. Espacios emocionales: el silencio de las simpatías Así pues, el motivo para prohibir el juego no es el juego en sí, sino esa "incontinencia emocional" que hemos descrito. ¿Por qué es tan importante, en un centro como el Nuestra Señora del Carmen, evitar situaciones de incontinencia emocional? Para dar respuesta a esta pregunta debemos acudir a las obras médicas sobre las enfermedades crónicas y de la vejez del siglo XIX. De entre ellas, cabe destacar dos obras de origen francés y traducidas al castellano entre 1875 y 1885. La primera de ellas es el Tratado práctico de las enfermedades crónicas, de Maxime Durand-Fardel (Durand-Fardel, 1877), publicado originalmente en 1854. Esta es, sin lugar a dudas, la primera gran obra sobre las enfermedades crónicas y de la vejez que se publica en Europa en el siglo XIX. El segundo libro está escrito en 1866 y está firmado por Jean-Marie Charcot, con el título Lecciones clínicas sobre las Enfermedades de los Viejos y las Enfermedades Crónicas, y se publica en España en el año 1883, como el anterior en la Biblioteca escogida de Cirugía y Medicina, bajo la dirección de Méndez Álvaro (Charcot, 1883). Lo primero que cabe destacar es la proximidad de las categorías que vamos a manejar. Las enfermedades de la vejez, las crónicas y las incurables son, durante el siglo XIX, prácticamente una misma cosa. Las razones con que se explican, las prácticas médicas que las rodean, los discursos que intentan delimitarlas son, casi punto por punto, idénticos. En este caso, son dos los elementos que nos interesan. El primero es la incapacidad de la medicina para curar estas enfermedades. La misma definición de enfermedad incurable (aquellas que no se pueden curar) (Zaragoza, 2012), lo indica. Las enfermedades de la vejez dependen del estado orgánico del cuerpo anciano y, como tales, no pueden ser curadas a no ser que se revierta el proceso de envejecimiento, algo a todas luces imposible. Por tanto, si no pueden ser curadas, nos dice Charcot, lo único que está en manos del médico es paliarlas. El libro de Charcot, que presta gran atención a la gota y al reumatismo articular, señala la incapacidad de los medios utilizados en la medicina para la curación de estos males crónicos (Charcot, 1874, 234), así como su relativa incapacidad para paliar sus síntomas. En estos casos, nos dice Charcot, debemos dar la primacía a "los modificadores higiénicos" (Charcot, 1874, 234). De la misma opinión es Durand-Fardel (Durand-Fardel, 1854, XLIII). Ante la incapacidad de la medicina para curar y paliar los efectos de las enfermedades crónicas y propias de la vejez, y en tanto que estas son constitutivas, la práctica médica que debe primar en estos casos es la higiene. El segundo punto que es necesario resaltar acerca de este tipo de enfermos tiene que ver, precisamente, con su "inconsistencia emocional". La vejez, el proceso de envejecimiento, consiste en una serie de cambios que se producen en el organismo. Estos cambios, ambos médicos coinciden, pueden entenderse como un "aislamiento de los órganos entre sí" (Durand-Fardel, 1854, XXXIX; Racle, 1864, 647-748; Charcot, 1874, 10), que es el origen de las características más relevantes de las patologías de la vejez: la escasez de síntomas, la falta de fiebre, la muerte súbita sin causa aparente. Este proceso de separación tiene, como una de sus muchas consecuencias, un proceso paralelo que separa al anciano del mundo: el debilitamiento de los sentidos hace que la percepción se oscurezca, que la realidad pierda sus contornos al tiempo que los sentidos se retiran y el sistema nervioso se debilita (Durand-Fardel, 1854, XXXII). El anciano se separa del mundo de la misma forma que sus órganos se separan entre sí, en una perfecta simetría entre lo interior y lo exterior. A este proceso lo llama Durand-Fardel "el silencio de las simpatías" (Durand-Fardel, 1854, XL). El prolífico y conocido médico e higienista francés, Victor Alexandre Racle, señala claramente en qué consiste ese silencio: [...] la indiferencia por los objetos exteriores y por la humanidad se establece y crea un estrecho egoísmo que convierte a la vejez en algo odioso. De ahí que no acaezcan en la vejez aquellas enfermedades mentales que derivan de la exaltación de las facultades afectivas: esas facultades ya no existen (Racle, 1864, 647). Esta separación del mundo convierte al anciano en un ser débil, que puede morir por exponerse a una ráfaga de aire frío en una iglesia (Durand-Fardel 1854, XLIV). De ahí que el tratamiento higiénico idóneo consista en controlar las condiciones en que se produce el contacto con el exterior, de forma que sea dentro de unos límites que el anciano -el enfermo- pueda tolerar (Durand-Fardel, 1854, X). Estas mismas restricciones rigen en el plano emocional. "Las enfermedades crónicas hacen el carácter inquieto, sombrío, egoísta e irascible", dice Descuret en su Patología de las pasiones (Descuret, 1844, 70). El tratamiento de la moral del enfermo -del anciano-, la restricción de la influencia de las pasiones en el curso de su enfermedad y en la evolución de su alma son parte fundamental, por tanto, de su cuidado. Y para ello, nos dice Grenet, nada mejor que "mantenerlo ocupado, hacerle seguir un pequeño reglamento" (Grenet 1903, 215). No en vano, como bien dice Monlau: "Los efectos de las pasiones son terribles. Como en su esencia no son más que transgresiones higiénicas, pueden producir todas las enfermedades conocidas" (Monlau, 1864, 381). Y eso, precisamente, es lo que el Nuestra Señora del Carmen pone a disposición de sus internos: un espacio en el que se toman una serie de medidas (disciplinarias, higiénicas, morales, etc.) que buscan -entre otros muchos objetivos-, mantener un determinado registro emocional. A lo largo de su carrera, Goffman prestó una especial atención a los elementos físicos que formaban parte de la experiencia y que ayudaban a comprenderla En La presentación de la persona en la vida cotidiana, Goffman señala la importancia que, para la presentación del individuo, tiene su atrezzo, o, como él lo designa, su apariencia (Goffman, 1971, 35). Pero el elemento que capta nuestra atención en la metáfora teatral tiene que ver con el papel de la escena, el medio en que el individuo representa su papel, y que influye en el éxito de la misma: En primer lugar, se encuentra el medio (setting), que incluye el mobiliario, el decorado, los equipos y otros elementos propios del trasfondo escénico, que proporcionan el escenario y utilería para el flujo de acción humana que se desarrolla ante, dentro o sobre él (Goffman, 1971, 34). El medio, nos dice Goffman, forma parte de la representación, y se sitúa en regiones, esto es, "todo lugar limitado, hasta cierto punto, por barreras antepuestas a la percepción" (Goffman, 1971, 117). Se establece así una primera relación entre el espacio y el marco. En este caso, el espacio forma parte del marco, proporcionando posibilidades de interpretación. Pero existe una segunda opción, que merece la pena ser explorada: aquella en que marco y espacio coinciden. Goffman distingue entre regiones delanteras y traseras, de acuerdo con el acceso que el "público" tiene a ellas. Si bien puede haber excepciones, se da el caso de que tan solo la región anterior es accesible, mientras que la posterior (backstage) queda oculta a la mirada de los espectadores. En cada una de estas regiones, las posibilidades de actuación del personaje varían, así como las normas que rigen dicha actuación (Goffman, 1971, 118-23). Las distintas regiones son utilizadas para que el espectador interprete la "realidad" de la forma en que el intérprete ha escogido, haciendo coincidir el espacio y el marco de interpretación. El siguiente ejemplo de Goffman ilustra magníficamente esta coincidencia: Si el personal de un hospital para enfermos mentales debe lograr que quienes visitan a sus allegados reciban una opinión favorable del establecimiento, será entonces importante impedir a los visitantes el acceso a las salas, en especial a las destinadas a enfermos crónicos, limitando su estadía a salas especiales de visitas, donde será factible disponer de un mobiliario agradable y asegurarse de que todos los pacientes presentes se hallen bien vestidos, limpios, bien cuidados y se comporten con relativa corrección (Goffman, 1971, 125). Ahora bien, esto nos permite asociar un único marco a un determinado espacio escénico. Será posible, por supuesto, encontrar diversos marcos funcionando dentro de la misma región, pero dicha región estará diseñada para contener o acentuar un único marco escogido por el equipo de actuantes. Esto debe incluirse en la lista de limitaciones de la metáfora dramatúrgica Resulta evidente para cualquiera que un espacio puede ser diseñado para contener más de un marco. El caso más evidente tal vez sea una iglesia, donde debemos interpretar el acto de compartir el pan y el vino de una forma especial y, al tiempo, la configuración espacial tiende a organizar una determinada jerarquía social, dependiendo de la proximidad del público al altar. Encontramos dentro del mismo espacio, por tanto, como mínimo dos marcos interpretativos de lo que allí está ocurriendo (Goffman, 2006, 137-38). Marcos que se apoyan en la constitución física del espacio, si bien solo uno -el primero en este caso- es explícitamente sancionado durante la construcción del mismo. Una de sus últimas aportaciones a la relación entre interpretación de la experiencia y espacio fue el concepto de framed space, que introduce en su último libro Forms of talk (Goffman, 1981, 230). Goffman define este concepto al hablar de los diversos formatos de la programación radiofónica y cómo estos imponían un marco interpretativo a las palabras del hablante que, junto a otro tipo de restricciones dependientes del papel que interpretase en ese momento (locutor principal, invitado, etc.), podían llamarse su "espacio marco", dentro del cual sus palabras tendrían sentido. Como siempre ocurre con Goffman, este marco no es absoluto. Es posible obviarlo, pero esto tendrá consecuencias en el proceso de comunicación. El espacio enmarcado conforma, así, la red de elecciones y expectativas del hablante (y del oyente, que también posee su propio campo), conformando sus posibilidades de experiencia. El espacio enmarcado lo restringe a la hora de expresar una cosa u otra, y también le advierte de las consecuencias que tendría obviar esas restricciones. En un estudio del año 1976, Fredric Jameson calificaba los framed spaces goffmanianos como un simple recurso retórico (Jameson, 2000, 51), sin embargo, en conjunción con los argumentos desarrollados en La presentación del yo en la vida cotidiana, nos permite hablar de espacios que se constituyen para contener diversos marcos de interpretación y excluir otros. Espacios que se organizan para contener una determinada estructuración de la experiencia. Podemos entonces identificar espacios restrictivos (cuando tan solo se permiten unos determinados marcos, como es el caso de la institución total), o abiertos, cuando permiten la presencia de varios marcos al mismo tiempo, algunos de los cuales pueden ser incluso contradictorios (como puede ser el caso de una plaza pública) Espacios, en definitiva, creados para contener diversos marcos que funcionan al mismo tiempo, de forma más o menos coordinada. Este sería el caso de un hospital, en el que diversos marcos se superponen (terapéutico, administrativo, legal, etc.). Puede darse el caso de que uno de esos marcos sea considerado el principal, siendo el resto secundarios y, en teoría, al servicio de aquel. La relación entre estos marcos no sería inalterable, pudiendo darse el caso de que en determinadas circunstancias alguno de los marcos secundarios pasara a ser principal. Entre los marcos que forman parte, o pueden formar parte, de este espacio enmarcado, se encuentra el que hemos llamado, al principio del presente apartado, marco emocional. Todo espacio enmarcado contiene un determinado marco emocional, que puede ser más o menos relevante. Así, por retomar el ejemplo de la iglesia, se supone que todo aquel que entra en un templo deberá sentir una serie de emociones (alegría, arrepentimiento, constricción) y no otras (ira, avaricia, deseo), y se articulan toda una serie de prácticas para primar las primeras y "purgar" las segundas. El aspecto emocional será más o menos relevante, de la misma forma que lo eran el terapéutico y el administrativo, y su relación con el resto de marcos será más o menos conflictiva. También se dará el caso, cuando el marco emocional sea el principal en un espacio enmarcado dado, de que podamos calificar a ese espacio como un "espacio emocional". Así sucedería con el Hospital Nuestra Señora del Carmen. Como hemos visto en las páginas anteriores, el único elemento capaz de tener un impacto positivo en los pacientes del hospital, una vez descartado el terapéutico y paliativo, tiene que ver con la gestión de las emociones de los internos. Para esa gestión, se desarrollan toda una serie de normas, disposiciones y prácticas encaminadas a situar a los ingresados en un determinado marco emocional, caracterizado por la ausencia de fuertes pasiones y el fomento de un estado de ánimo que podríamos calificar como contemplativo. En tanto que es esta la principal actividad que se desarrolla en el hospital, es decir, en tanto que ese marco emocional es el más relevante dentro de ese espacio enmarcado, podemos calificar al Hospital para Hombres Incurables Nuestra Señora del Carmen como un espacio emocional. En el presente artículo defendemos una aproximación a la historia de las emociones basada en el análisis de las condiciones sociales y materiales en que estas se producen. Esta aproximación, que ya ha sido explorada con anterioridad (Gerhard Jaritz 2003; Parrott 2005; Harris y Sørensen 2010; Labanyi 2010; Gammerl 2012; Pernau 2014; Styles 2015; Zaragoza 2015; Holloway 2019), adquiere toda su potencialidad cuando se adopta la teoría, propuesta por Barrett, de las emociones construidas, que surgirían de "una combinación entre las propiedades físicas del cuerpo, un cerebro flexible cuyas conexiones reflejan el entorno en el que se desarrolla, y la cultura y la educación que ofrecen ese entorno" (Barrett, 2018, 18). Un entorno que no podemos entender sin tomar en cuenta la cultura material. Al aplicar esta nueva aproximación a la historia de nuestros dos internos en el Hospital Nuestra Señora del Carmen para Hombres Incurables de Madrid, hemos sido capaces de entender mejor cuáles eran las lógicas de funcionamiento detrás de la práctica médica de la reclusión aplicada a estos internos. En tanto que sus enfermedades no tenían cura, hemos sostenido que la principal función de estos hospitales no era otra que la de generar en sus internos una determinada experiencia emocional y hemos señalado que tal estructuración de la experiencia se conseguía a través de la implementación de marcos que dotaban de significado a las acciones realizadas dentro de ese espacio. Quedaría por desarrollar los elementos concretos que conforman el marco, lo que nos abriría nuevas posibilidades de interpretación de las fuentes materiales y visuales, un aspecto que exploraremos en un artículo posterior. Para concluir, queremos volver a señalar la importancia del cambio de paradigma sobre el que nuestra propuesta se asienta. La teoría de las emociones construidas inserta a la cultura como un elemento fundamental en la constitución misma de nuestras emociones. No se trata de que module nuestra percepción emocional, ni de que dé forma a lo que conocemos como "emociones complejas", sino que son parte fundamental en el proceso de composición emocional. Esto ofrece, tanto a humanistas como a científicos sociales, la posibilidad de contribuir de forma fundamental, y en pie de igualdad, al estudio transdiciplinar de las emociones.
Hospitales y modernización: el caso de las Hijas de la Caridad en los hospitales de Chile (1850-1900) El presente artículo analiza el trabajo realizado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en los hospitales de Chile durante el siglo XIX. En base a escritos originales de las vicentinas y reglamentos hospitalarios, postula que los cambios introducidos por dichas religiosas fueron fundamentales permitiendo que los hospitales fueran desligándose de la beneficencia colonial e ir adentrándose en los parámetros establecidos por la ciencia moderna. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul fue ron una de las primeras congregaciones religiosas femeninas de vida activa. Fundadas el 29 de noviembre de 1633 en Francia por Vicente de Paul y Luisa de Marillac, se dedicaron a la atención espiritual y corporal de los pobres y enfermos Su larga trayectoria trabajando en hospitales y su notoria expansión las hicieron merecedoras de fama internacional Así, fueron solicitadas por el gobierno de Chile para la administración hospitalaria y atención de enfermos, arribando en marzo de 1854. La introducción de las vicentinas a los hospitales del país implicó una reestructuración que modificó la vida interna de los establecimientos y cooperó en la sistematización de la beneficencia, encaminando a la salud pública en un intento de modernización, que luego daría paso al proceso de profesionalización característico del siglo XX (Zárate, 2017, p.319). Durante el siglo XIX las congregaciones religiosas de vida activa marcaron una fuerte presencia en los cinco continentes. Nacidas originalmente en Francia, instituyeron una nueva manera de llevar una vida religiosa y ejercer prácticas de piedad a través de una caridad plasmada en acción, diferenciándose del modelo conventual que había predominado largamente desde el mundo medieval hasta entonces (Diefendorf, 2002, p.8). Estas nuevas congregaciones femeninas se dedicaron principalmente a la educación y atención de los desventurados de la sociedad. De acuerdo con Dinet-Lecomte el alcance y número de congregaciones hospitalarias llevó a que la asistencia salubre de la época moderna dependiera principalmente de las religiosas (Dinet-Lecomte, 1994, p. Destacándose entre ellas, las Hijas de la Caridad de San Vicente, que para 1880 se encontraban en 1.977 establecimientos repartidos por el mundo (Brejon de Lavergnée, 2018, p. Las hermanas grises, como se les llamó popularmente, contaron con los conocimientos necesarios para la atención y administración de los hospitales. Si bien su preparación fue resultado de un saber empírico, regido por la experiencia a través de los años, sometido a prueba y error, también se sumaron a los avances médicos decimonónicos. El modo usual de aprendizaje de las religiosas más jóvenes destinadas al hospital consistió en colocarlas al servicio de las hermanas con experiencia en el quehacer enfermero y farmacéutico. Asimismo, el trabajo directo con médicos y boticarios les permitió no solo adquirir, sino que también actualizar conocimientos técnicos y prácticos en medicina, farmacología y cirugía Las vicentinas dispusieron de consejos y reglas generales que fueron actualizándose y precisando en funciones técnicas. Produjeron escritos internos sobre atención de enfermos, curación de heridas, administración y elaboración de infusiones y remedios simples, pretendiendo unificar los métodos de la Compañía Redactados por hermanas educadas y experimentadas en el servicio hospitalario, basaron sus apuntes en diferentes obras, seleccionando y "purificando" Algunas corresponden al Codex, colección oficial de farmacopea, el Dictionnarire botanique et pharmaceutique, y otras más modernas como el Manuel annuaire de la santé ou médecine et pharmacie domestiques y Manuel de la garde-malade à domicile. Colin Jones señala que en la gran mayoría de las casas de las vicentinas se contaba con una copia de Receuil de remèdes charitables, famosa recopilación de remedios herbales (Jones, 1985, p.196). Desde 1790 fueron redactados una serie de manuales dirigidos a las religiosas enfermeras, publicaciones que se mantuvieron a lo largo del siglo XIX y XX. Dichos manuales buscaban mejorar el desempeño técnico y la adquisición de conocimientos en cirugía, diagnóstico y cuidado del paciente (Hickey, 2010, p.194). Yvonne Knibiehler señala que las mismas vicentinas solicitaron a los médicos que escribieran manuales exclusivamente para ellas (Knibiehler, 1984, p. Los manuales decimonónicos introdujeron en nuevas funciones a las religiosas. Además de continuar con sus labores de cuidado de enfermos, administración de boticas y organización de cocina y lavandería, debían colaborar con los médicos en la observación de los signos de la enfermedad a través de un examen clínico 7, posicionándolas dentro de un nuevo método de diagnóstico médico. Así lo estipuló el manual escrito por el médico Elie Ebrard 8, quien esperaba que las hermanas observaran a los pacientes reportando los principales signos físicos y funciones corporales. En 1836 los médicos de la escuela de medicina de Nantes publicaron el Manuel de Médecine et de Chirurgie à l ́usage des soeurs hospitalières; que pretendió instruir a las hermanas en conocimientos fisiológicos, anatómicos, patológicos y farmacológicos según los preceptos científicos de la época Si bien este manual, al igual que los escritos internos de las vicentinas, no incluía aquellas temáticas que pudieran ir en contra de la moral, como la anatomía de los genitales masculinos y los femeninos externos 10, profundizó en debates médicos respecto al uso de la quinina, las fiebres diarias, las vacunas contra la viruela y la frecuencia variable del pulso Los manuales sirvieron de base intelectual para las religiosas, situando sus conocimientos y cuidados de acuerdo con lo estipulado por la creciente comunidad médica francesa. Con ello, las religiosas renovaron su derecho y prestancia frente a los enfermos y médicos, respondiendo a quienes acusaban a las hermanas de "ignorantes" y "charlatanas" por no poseer instrucción ni preparación suficiente 12, discusión enmarcada dentro del proceso de la institucionalización médica decimonónica (Gelfand, 1978, p.64). El análisis de los manuales permite observar que las Hijas de la Caridad se sumaron a los avances y postulaciones científico-médicas del siglo XIX. Si bien existieron puntos de conflicto, por ejemplo, la utilización de cadáveres para la investigación, las hermanas respondieron a las exigencias formativas solicitadas por el cuerpo médico, social y político para hacerse cargo de establecimientos que requerían una preparación cada vez más específica (Molina Fernández, 2007, p.7) Su labor cooperó en el proceso de modernización y mejora de la atención hospitalaria; comprendiendo por ello las adecuaciones, cambios en las prácticas y modus operandi dentro de los hospitales que implicaron los avances médicos decimonónicos. Así, por ejemplo, las Hijas de la Caridad ordenaron sus acciones según la teoría microbiana postulada por Pasteur, procurando el lavado de manos, hervir agua y leche, limpiar con lejía y quemar elementos de contagios (sábanas, vendas, ropa). Asimismo, las teorías de asepsia y antisepsia rigieron dentro de los hospitales. La preocupación por esterilizar las herramientas, el uso de autoclaves a vapor, estufas y la ropa blanca inmaculada quedó en manos de las religiosas presentes en los hospitales. También educaron a la población respecto a ello, recomendando a las madres lavar los alimentos, limpiar las manos de los niños con jabón y hervir las bebidas (Léonard, 1977, p.903). El trabajo de las congregaciones hospitalarias en general, y de las Hijas de la Caridad en particular, cuestiona los alcances del intento de secularización y laicismo estatal propios del siglo XIX (Jusseaume, 2017, p.44). De acuerdo con Katherine Schultheiss los esfuerzos gubernamentales por secularizar las instituciones públicas a menudo fueron contrarios a su propio objetivo por mejorar la calidad de la atención hospitalaria (Schultheiss, 2001, Introduction) Así, las Soeurs de la charité fueron consideradas por la sociedad como las primeras auxiliares del poder médico que, además, prestaban solución frente al creciente problema de la pobreza y la enfermedad, contando por ello, con apoyo social y político en sus obras y expansión. La favorecedora reputación que gozaban las Hijas de la Caridad a nivel internacional por su "experiencia inigualable en el cuidado de enfermos, huérfanos y ancianos" (Ponce de León, 2011, p.65) fue causante de la gran acogida que recibió la "benéfica idea de traer para el cuidado de los hospitales a las Hermanas de la Caridad" dentro de las cúspides ministeriales del gobierno chileno. Las Memorias del Ministerio del Interior y discursos de la Junta de Beneficencia de 1844, consideraron a las vicentinas como "el medio más eficaz de mejorar el servicio en los hospitales" y la beneficencia en general, proponiendo que también tomasen bajo su tutela la Casa de Expósitos y el Hospicio de Santiago Autores como Ricardo Cruz Coke, Jaime Caiceo y Sor Elena Arancibia destacan la recomendación realizada por el naturalista francés Claudio Gay al, en ese entonces, ministro del interior Manuel Montt, de traer a las Hijas de la Caridad a Chile. La idea fue "recibida con entusiasmo" por la junta de beneficencia y el cuerpo eclesiástico de la diócesis. El 4 de febrero de 1847 se estableció el primer decreto dictado y firmado por el presidente Manuel Bulnes Prieto "para plantar el establecimiento de Hermanas de la Caridad (...) se promoverá la venida al país de ocho relijiosas de la Congregación de San Vicente de Paul" En el mismo mes, el ministerio del interior estipuló que las religiosas "podrán vivir conforme a las reglas de su instituto y serán sostenidas con fondos de los Establecimientos de Beneficencia" 21, corriendo por cuenta de las instituciones de beneficencia los gastos del viaje. Los ánimos por traer a las Hijas de la Caridad a Chile se vieron exaltados en 1848 con el atraco en el puerto de Valparaíso del barco cerdeño Stella del Mare con trece hijas de la caridad y cuatro padres lazaristas 22, con rumbo a "la China de los mártires" Durante quin ce días fueron acogidas en el convento de las religiosas de los Sagrados Corazones "rodeadas de solícitas atenciones de la sociedad y de la respetuosa simpatía del pueblo" El arzobispo de Santiago, Monseñor Rafael Valentín Valdivieso, las visitó para "expresarle su vivo anhelo de verlas cuanto antes establecidas en la arquidiócesis" Sin embargo, el arribo de las hermanas demoró casi diez años en concretarse. Más que deberse a una ausencia o escasez de recursos, como afirma María Victoria Peralta en su estudio (Peralta, 2015, p.10), el retraso responde principalmente al desconocimiento por parte de las autoridades chilenas, tanto políticas como eclesiales, respecto de las exigencias solicitadas por la Maison Mère para la instalación de las hermanas. La Revista Católica advirtió sobre el asunto reproduciendo un artículo del periódico mexicano Hesperia, donde se anotaban las numerosas condiciones que requería la instalación de las vicentinas Discusiones respecto al pago del viaje, la concesión y el amueblamiento de una casa provincial, los pagos y mantención en general de las hermanas, el auxilio para las que cayesen enfermas y la construcción de un noviciado, demoraron su arribo al país. En Chile las órdenes religiosas eran sustentadas, en gran parte, por la caridad pública y la limosna de los fieles, mientras que las Hijas de la Caridad solicitaban ser sostenidas económicamente por el cuerpo estatal y eclesial, implicando un compromiso mayor del acostumbrado por parte de las autoridades políticas El proceso de negociación con los superiores de París triunfó gracias a la mutua cooperación entre el cuerpo político y eclesial, destacándose las gestiones realizadas por el Almirante Manuel Blanco y por Joaquín Larraín Gandarillas 28, a quien el arzobispo de Santiago encomendó especialmente la misión de "presentarse en París a los Superiores de las Hermanas, darles a conocer las facilidades que el Gobierno les otorga y expresarles el deseo de recibirlas cuanto antes en el país" La instalación de las Hijas de la Caridad respondía a la necesidad de reforma que urgía al sistema asistencial del país. El Estado liberal, no contó con una política específica para solucionar el problema de la masa creciente de pobres del país (Serrano, 2000, p. La migración rural a los centros urbanos del país propia del siglo XIX trajo como inevitable consecuencia el hacinamiento, la expansión de enfermedades, el aumento de la mortalidad y el colapso del sistema asistencial (Espinoza, 1988, p.14). 31, siendo las enfermedades más comunes la tuberculosis, sífilis, fiebre tifoidea, viruela y cólera (Romero, 1997, p.180). En los inicios de siglo, Chile contaba con 10 establecimientos hospitalarios distribuidos en La Serena, Valparaíso, dos en Santiago, Talca, Chillán, Concepción, Valdivia, y el Hospicio de Santiago, siendo un total aproximado de 600 camas. El hospital de mayor capacidad fue el Hospital San Juan de Dios en Santiago Este hospital fue el ícono de los establecimientos; era el más grande y con mayor capacidad de atención, y por ello fue receptor de mayores críticas por su estado y funcionamiento (Cruz-Coke, 1995, p. Se dejaba morir de hambre, de frío y desnudez a los infelices enfermos; que las rentas se consumían en devaneos o en orgías; que las aposentadurías de socorro, lejos de ir en aumento, como habría sido de esperarse, escaseaban al punto de colocarse a los recién entrados en la misma cama de los moribundos, para asegurarse así más pronto del hueco (Vicuña Mackenna, 1974, p. El cirujano Manuel Esponda junto al mayordomo del Hospital San Juan de Dios Manuel Ortúzar 34, denunciaron la falta de higiene del hospital, la inexistencia de un orden sintomático de los pacientes y ausencia de normas higiénicas que llevaba al contagio mutuo, así "los que entran a curarse de una leve enfermedad, mueren de otra que contraen" El mal lavado y reutilización de vendajes, la venta del ropaje de los enfermos tísicos, una pobre alimentación, vicios, robos y faltas a la moral 36, llevaron a los hospitales a ser "la casa del horror i un cuadro del infierno" Fueron expuestas las faltas cometidas por el personal a cargo de la atención de los enfermos y dirección del hospital, tareas que desde 1617 realizaban los Hermanos de San Juan de Dios. Las denuncias en contra de la orden reiteraron los abusos cometidos, especialmente referentes al robo de los enfermos, ventas de animales, alcohol y alimentos, malgasto de las rentas del hospital y desobediencia a los superiores En 1832 la Junta Central de Beneficencia y Salud Pública pasó a dirigir y velar de manera directa a los hospitales, casas de beneficencia, cárceles y cuarteles. La Junta debía indicar las medidas pertinentes para disminuir la mortandad en la población y propiciar el desarrollo de una higiene pública Comenzó a forjarse así una nueva concepción respecto de la salud pública diferenciándose de la beneficencia general que, desde tiempos coloniales, fue comprendida como uno los deberes morales y religiosos que todo ciudadano debía profesar prestando auxilio material y espiritual hacia los desventurados de la sociedad, uniendo en mutua cooperación al mundo privado, la Iglesia y las autoridades gubernamentales (Ponce de León, 2011, p. La beneficencia no realizó una separación sistemática en el área de la salud. Pobres, enfermos, ancianos, vagabundos y alienados, eran considerados sinónimos; por ello todos iban a parar al mismo lugar: el hospital. Así, fueron denominados "hospitales" todas aquellas instituciones que albergaban sin distinción a los desventurados de la sociedad. La situación decantó en el cuestionamiento del sistema hospitalario abogando por una mejoría de los establecimientos según los principios de la medicina moderna (Ponce de León, 2011, p. Si bien la Junta Central de Beneficencia realizó esfuerzos por modernizar los hospitales, no logró ni mejorar las finanzas de los establecimientos ni acabó con las malas prácticas dentro del hospital. Los hospitales continuaron albergando a pobres sin distinción ni orden. De hecho, se estipuló que para ingresar al hospital los pobres debían contar con una acreditación del sacerdote parroquial que señalase explícitamente que "el solicitante es verdaderamente indigente" De esta manera las Hijas de la Caridad fueron consideradas por el creciente cuerpo médico de Chile, los miembros eclesiásticos y también gubernamentales, como la medida necesaria para acabar con el caos reinante en los hospitales del país "Cornettes blanches" en los hospitales El 15 de marzo de 1854 arribaron a Chile treinta Hijas de la Caridad junto con dos padres lazaristas y un hermano coadjutor, con la misión de "socorrer a un gran número de enfermos" y organizar la vida interna de los hospitales. Se encomendó a doce de ellas al hospital de hombres San Juan de Dios a cargo de 315 enfermos 43; seis al hospital de mujeres San Francisco de Borja atendiendo a 230 enfermas distribuidas en ocho salas (Estévez Cordobéz, 1982, p. 695), otras seis para la casa de Expósitos, "y las seis restantes para fundar la Casa Central en que se formen las que han de ayudar y reemplazar a las que ahora van a consagrarse al servicio de los pobres" 45, la primera Hermana Visitadora, dio cuenta del caos en que se encontraban sumidos los hospitales de la capital. "(...) viejos de ambos sexos, los incurables, matrimonios, niños y locos; viven todos en república, sin dirección, sin reglamento, sin vigilancia; entran y salen a su gusto para mendigar y atender su pequeño negocio que consiste en aves, huevos, perros y gatos que los rodean" Las religiosas abarcaron toda la vida del hospital. Además de cuidar a los enfermos debían dirigir al personal, preocuparse del aseo y cocina, llevar las cuentas y comercio interno, acabar con las malas prácticas, asistir a los médicos, dirigir las boticas, detallar la estadística de pacientes atendidos e incluso contribuir en los trabajos de construcción y remodelación de los hospitales. El reglamento hospitalario decretado el 5 de mayo de 1854 por el presidente Manuel Montt, determinó una serie de disposiciones especiales para el desempeño de las vicentinas 47, sirviendo de modelo para la creación de otros reglamentos hospitalarios. Estableció que las hermanas debían asistir, curar y atender a todos los enfermos del hospital quienes "estarán bajo las órdenes directas de las Hermanas i no podrán salir del hospital sin licencia de la Superiora" Esta norma revistió a las vicentinas de la autoridad necesaria para dirigir a los enfermos situando el orden hospitalario en un órgano administrativo sistemático y jerárquico presente las 24 horas del día. Una de las primeras medidas que permitió la modernización hospitalaria radicó en la diferenciación entre pobreza y enfermedad. Las entradas y salidas del hospital se encontraron en manos de la Superiora del hospital 49, determinando el ingreso al establecimiento y redirigiendo pobres, huérfanos y ancianos a los establecimientos adecuados para ello. La fundación de una escuela para niñas, un dispensario permanente realizadas por las vicentinas permitió continuar sistematizando la pobreza y así modernizar la beneficencia, posibilitando que la salud pública adquiriera características propias. Incluso en aquellos lugares que no contaron con establecimientos especializados, en donde los hospitales albergaban a todo tipo de pobreza, las vicentinas instalaron una organización interna diferenciada. Así, por ejemplo, en el Hospital de La Serena 53, las vicentinas separaron y establecieron tareas acordes a cada grupo. Encargaron a las presas los trabajos de lavande ría del hospital disminuyendo el contacto con los enfermos y huérfanos, transformándolas en miembros útiles, al mismo tiempo que se ocuparon de su instrucción. Del mismo modo, organizaron por edades a los niños, encomendando a los mayores algunas tareas, como el reparto de sábanas, y a otros cuidar a los huérfanos de menor edad El artículo n° 13 del Convenio de 1853 estipulaba que "las hermanas tendrán la dirección de todo lo que pertenece al buen orden i moralidad de las casas" Así, fueron vetadas acciones consideradas perniciosas para los enfermos, como fumar y beber alcohol Controlaron además el comercio interno existente entre los pacientes, el personal del hospital y las visitas 57, evitando la introducción de licores y comestibles nocivos a la salud de los enfermos Durante la noche la atención era realizada por "enfermeros nocturnos" llamados veladores, quienes se encontraron bajo dirección de una hermana veladora. Encargada de distribuir las diferentes tareas durante la noche y observar su cumplimiento, la veladora ingresaba al hospital a las 7 de la tarde y terminaba su trabajo a las 5 de la mañana. De ella dependía la entrega de las medicinas y caldo para los enfermos más necesitados, el orden general del personal nocturno y evitar el ingreso de personas indebidas al hospital Las Hijas de la Caridad se encontraron a cargo de la dieta de los pacientes, determinando junto a los doctores el horario y comida que debería darse a los enfermos Debían vigilar todo lo concerniente a la alimentación del hospital, desde las compras hasta la cocción y distribución de las comidas En 1899 las vicentinas, con apoyo del capellán Don Emilio Vaisse y médicos del Hospital de San Vicente de Paul, crearon el primer departamento de dietética anexo a la cocina de este hospital. El lugar se encontró a cargo de las religiosas, particularmente de Sor Margarita 62, quien había viajado a Francia para estudiar los planes nutricionales del Hospital San José en París. Este modelo fue implementado en la clínica médica dirigida por el doctor Daniel García Guerrero en la Escuela de Medicina. Sin embargo, la falta de apoyo por parte de la administración hizo sucumbir la iniciativa, la cual solamente resurgió en 1938 (Laval, 1861, p.14). La instalación de las hermanas significó que el personal de cocina, lavandería, portería y enfermería pasaron a ser dirigidos ya no por el administrador, sino por las vicentinas presentes en el hospital a toda hora Ellas debían "Instruir a las sirvientes en sus obligaciones, y velar incesantemente para hacérselas cumplir" realizando una inspección constante de todos los trabajos efectuados. El libro Historia de la Iglesia en Chile señala que las Hijas de la Caridad "contribuyeron a formar las primeras enfermeras laicas" (Sánchez Gaete, 2009, p.135). La afirmación debe especificarse. Si bien las vicentinas instruyeron al personal laico del hospital 65, comúnmente llamados enfermeros, en la realización de sus tareas, nada indica que esta enseñanza haya incluido conocimientos médicos y científicos específicos, como los que se observan en los manuales de enfermería de las Hijas de la Caridad. Resguardando así el saber enfermero hasta los primeros intentos por profesionalizar la enfermería en el siglo XX. Así, más que formar enfermeras laicas e instruirlas en el conocimiento científico durante el siglo XIX, las Hijas de la Caridad dirigían y vigilaban las tareas realizadas por el resto del personal, siendo ellas las enfermeras propias de la época, poseedoras de los conocimientos necesarios para desarrollar labores de asistencia para con los enfermos y administración hospitalaria. Dependió también de la Superiora los despidos, suspensión y contratación del personal junto con el pago de los salarios, debiendo informar al administrador del hospital de las decisiones y situaciones acontecidas Así, la introducción de "un reglamento y una firmeza administrativa vinieron en ayuda para reprimir los abusos de una libertad demasiado grande introducida entre los enfermos y sus empleados" El nuevo orden administrativo encontró muchas veces resistencia por parte de los empleados. En el Hospital San Juan de Dios en Santiago "los antiguos empleados no miraron con buenos ojos la llegada de las Hermanas: las contradicciones de sus viejos usos, de sus libertades, parecían poner en peligro su futuro por la pérdida de sus empleos; tomó toda la autoridad, la energía y la buena voluntad de la administración para hacer aceptar a las hermanas y obtener la obediencia" Del mismo modo ocurrió en los Hospitales de Talca y Concepción, donde las religiosas encontraron una fuerte resistencia que dificultó el correcto desarrollo de sus labores En ambos casos se logró el acato a las nuevas normas gracias a la intervención de los administradores del hospital quienes, en su gran mayoría, apoyaron las modificaciones que implicaba la introducción del trabajo de las hermanas Las vicentinas tuvieron a su cargo la estadística del hospital, realizando un recuento semanal del número de enfermos y anotando sus respectivas convalecencias. Esta lista era entregada a la Superiora, quien luego de revisarla, pasaba al Administrador del hospital y luego a la Junta de Beneficencia Así, las vicentinas "tienen anotado el nombre, la edad, el lugar natal, oficio, estado, diagnóstico i época de salida o de muerte" Este orden estadístico facilitó el cuidado de los pacientes, haciendo que la atención médica fuera más rápida y efectiva al mismo tiempo que permitió a la Junta de Beneficencia conocer la situación real dentro de los hospitales de la capital y los de región. Las hermanas dirigieron la economía interna del hospital. Se le entregaba semanalmente a la Superiora o a la hermana ecónoma una cantidad de dinero determinada y debían rendir cuentas al administrador y a la Junta de Beneficencia de su uso Recayó en las manos de las vicentinas la compra de los alimentos, medicinas y todo tipo de mobiliario, así como de las cuentas más pequeñas como donaciones, legados y las alhajas, joyas y artículos personales de valor de los enfermos fallecidos El poder adquisitivo entregado a las Hijas de la Caridad permitió que los hospitales adquirieran mobiliario moderno y medicinas de mejor calidad, generalmente importado de Europa. Asimismo, gestionaron pequeñas compras como frazadas, ropa blanca y medicamentos, pero también compras más complejas como colchones, catres, hornos Las hermanas utilizaron los recursos económicos disponibles para realizar pequeñas reparaciones y cambios dentro de los establecimientos. Llevaron agua a las cocinas del Hospital de Talca 77, mejoraron la infraestructura de la lavandería del Hospital del Carmen en Valparaíso 78, promovieron la instalación de gas para el Hospital San Juan de Dios en Santiago, además de la preocupación por la reparación y construcción de los templos de los hospitales en general En un comienzo, en el Hospital de San Juan de Dios y San Francisco de Borja las boticas de los hospitales no se encontraron bajo directa dirección de las hermanas por "no conocer el idioma ni las costumbres del país" 82, sin embargo a los pocos años de instalarse la Compañía en Chile, y luego de traer a una mayor cantidad de religiosas de Europa, ciertos hospitales, como lo fue en el caso del Hospital San Juan de Dios de Rancagua, Hospital de Concepción, Hospital de Talcahuano, Hospital de Iquique, Hospital del Carmen en Valparaíso, entre varios otros, confiaron las boticas a hermanas farmacéuticas solicitadas por orden de la Junta de Beneficencia Los trabajos realizados por las Hijas de la Caridad disminuyeron la carga laboral y doméstica de los administradores, quienes, antes del ingreso de las hermanas debían "visitar las salas personalmente para ver si están con el aseo correspondiente, y preguntar con sagacidad a las enfermas que eligiere, si se han confesado, si se les han suministrado oportunamente medicinas y alimentos" Les correspondía la compra de elementos necesarios, visitar la botica cada dos meses, llevar las cuentas de la ropa de la lavandería. Debían, además, velar por el buen comportamiento de los enfermos, el personal y los médicos. Ahora, todas estas tareas, recayeron en las vicentinas. Contar con el respaldo de los administradores fue clave para que el sistema instalado por las hermanas se asentara y diera frutos. Los administradores velaron por la obediencia de los empleados hacia las hermanas, solicitaron los fondos a la Junta de Beneficencia requeridos por las vicentinas y procuraron su protección frente a situaciones de peligro Los médicos también vieron modificadas sus atribuciones y tareas. Ya no les correspondía velar por la limpieza de las salas, confirmar la entrega de alimento, medicación y sacramentos a los enfermos, ni supervisar el cambio de vendas y sábanas Las vicentinas debían atender y curar a los enfermos directamente 87, vigilando que las prescripciones otorgadas, los remedios encargados y la dieta establecida se cumpliera. Debían asistir a los médicos durante las visitas semanales que realizaban y "auxiliar al médico o practicante en las operaciones o curaciones de los enfermos, siempre que moralmente no haya incompatibilidad" Ello permitió que los médicos abandonasen el trabajo de supervisión y administración hospitalaria para dedicarse principalmente a la atención del enfermo. Ahora bien, existieron críticas al trabajo realizado por las Hijas de la Caridad. La Revista Médica denunció duramente la falta de higiene con que se lavaban las vendas y paños del Hospital San Juan de Dios, trabajo de las religiosas. Señala que los vendajes se encontraban: "lavados tan malamente que cuando no están todavía impregnados del cerato rancio que han servido para curaciones anteriores a lo menos llevan pegados los granos de linaza" Asimismo, se criticó la falta de aseo en el Hospital San Juan de Dios y San Borja y el hacinamiento de los pacientes en salas y pasillos, que traspasaba enfermedades e infecciones entre unos y otros: "un enfermo de tifus al lado de un operado de talla" Las acusaciones de la situación hospitalaria denunciada por la revista insistieron principalmente en la antigüedad de los recintos, su deficiente ventilación y estructura, reclamando que las medidas implementadas distaban de encontrarse de acuerdo con los requerimientos de la higiene, críticas que se mantuvieron hasta mediados del siglo XX. El Atacameño, diario de carácter anticlerical, criticó el que las hermanas no contasen con los estudios necesarios para dedicarse a la atención del enfermo y denunció el deficiente aseo de las salas: "las monjas solo entienden del aseo, i a este respecto, desgraciadamente aun no podemos felicitarlas" Ahora bien, las denuncias se encontraron enfocadas principalmente en demostrar lo pernicioso que resultaba la religión dentro del hospital enmarcándose en el proceso de secularización propio del siglo XX. Las críticas terminaban recayendo en el clericalismo calificándolo de ser "el más encarnizado enemigo de toda reforma" A finales del siglo las Hijas de la Caridad se encontraban en 10 hospitales a lo largo de Chile atendiendo cerca de 3.167 enfermos anuales. Para 1870 servían además en 13 dispensarios, 8 orfelinatos, 5 hospicios para adultos y 6 escuelas para niños pobres (González Errázuriz, 2003, p.143), llegando a ser una de las comunidades religiosa más numerosa del país Su introducción en los hospitales cooperó en que los establecimientos del país fueran desligándose de la beneficencia colonial e ir adentrándose en los parámetros establecidos por la ciencia moderna. Analizar con mayor profundidad los alcances del trabajo hospitalario de las Hijas de la Caridad en Chile resulta una temática histórica aún poco explorada que permite introducir nuevos actores y relaciones dentro de la historia de la medicina, enfermería y salud pública chilena.
Nosología, profilaxis y valor médico legal de las infecciones de transmisión sexual en los procesos por violación en Chile (1890-1920) Desde la segunda mitad del siglo XIX, el creciente desarrollo del movimiento médico-higienista y su indisoluble combinación con el movimiento eugenésico, promovieron en Chile la paulatina implantación institucional de medidas dirigidas al conocimiento, tratamiento y erradicación de la blenorragia, la sífilis y el chancro blando, variantes de las llamadas enfermedades vergonzosas, concebidas como enfermedades de trascendencia social desde la década de 1920. En este artículo buscamos conocer la valoración médico-legal de la trasmisión de estas afecciones, durante la comprobación de agresiones sexuales tipificadas como violación, en Santiago y Valparaíso -principales ciudades del país- entre los años 1890 y 1920. Tras considerar los conocimientos médicos y las perspectivas morales desde las que se analizaban los contagios y los delitos sexuales tratados, así como su valoración forense, se analiza la implementación práctica de estas disposiciones en los procesos judiciales. Desde la segunda mitad del siglo XIX, el creciente desarrollo del movimiento médico-higienista y su indisoluble combinación con el movimiento eugenésico promovieron en Chile la paulatina implantación institucional de medidas dirigidas al conocimiento, tratamiento y erradicación de las llamadas "enfermedades venéreas" o "vergonzosas", concebidas como enfermedades de trascendencia social desde la década de 1920 (Labarca, 2008, p. Fue a finales de esa centuria, por otro lado, cuando el proceso de institucionalización de la Medicina Legal, iniciado en 1833 con el establecimiento de la cátedra homónima en la Escuela de Medicina, vivió un proceso de consolidación, materializado -entre otros hitos- en la fundación de la Morgue de Santiago en 1879, la primera sistematización nacional de sus conocimientos en 1900 (Puga, 1900), o el establecimiento de la materia como ramo obligatorio, en la Facultad de Medicina en 1901 (Fabregat, 2019) y en 1902 en la de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile (Muñoz, 1911, pp. 250-251). Durante estas décadas, algunos médicos de ciudad pasaron a figurar como médicos legistas, al recibir el encargo de asistir con sus conocimientos a los tribunales. En relación con la justicia criminal, estos facultativos debían determinar la responsabilidad penal de un procesado mediante el examen de sus capacidades mentales, así como coadyuvar a comprobar empíricamente la comisión delictiva, estableciendo la edad, el sexo, la profesión y la identidad de un individuo, identificando lesiones en su cuerpo o averiguando la causa de su muerte (Puga, 1900, p. El crimen de violación -tipificado en el artículo 361 del Código Penal de 1874 como el acto de yacer con una mujer bajo tres circunstancias específicas: haciendo uso de fuerza o intimidación; cuando la mujer se hallase privada de sentido o razón o cuando ésta fuese menor de doce años cumplidos - podía dejar, según los principales representantes de la Medicina Legal en Chile, signos visibles en el cuerpo de víctimas y agresores, tales como marcas de lucha o resistencia de la víctima, lesiones genitales o el contagio de infecciones (Muñoz, 1911, pp. 201-202 y Puga, 1900, pp. 71-79). En este artículo buscamos conocer la valoración médico-legal de la trasmisión de las llamadas enfermedades venéreas, durante la comprobación de agresiones sexuales tipificadas como violación en Santiago y Valparaíso -principales centros del país- entre los años 1890 y 1920 Iniciamos nuestro estudio en unos años en los que la unión entre medicina y justicia recién, en 1887, se había materializado en la obligatoriedad de los facultativos de asistir a los tribunales en los asuntos forenses en los que fueran requeridos (Zañartu, 1894, 658). Una década en la que, tras la epidemia de cólera que asoló el país, se institucionalizó un discurso higienista de prevención y profilaxis de las enfermedades contagiosas -consideradas efectos de las condiciones socio-ambientales de los procesos de industrialización- a través de la creación del Consejo Superior de Higiene Pública en 1892 (Vetö, 2014) y en la que el laboratorio logró implantarse, a nivel teórico, como principal método de diagnóstico ante posibles contagios sexuales (Ríos, 1894, p. Cerramos el periodo en 1920, antecediendo el desarrollo de las sólidas campañas estatales de educación sexual que tuvieron lugar en los años siguientes como método profiláctico ante las temidas "enfermedades venéreas" (Labarca, 2008 y Vetö, 2014), y moviéndonos en un marco temporal en el que los discursos acerca de su nosología, tratamiento y prevención quedaron reducidos a una literatura restringida y dirigida a un público especializado. Tras considerar los conocimientos médicos y las perspectivas morales desde las que se analizaban los contagios y los delitos sexuales tratados, así como las carencias científicas del conjunto de procedimientos periciales aplicados, nuestra hipótesis es que la valoración de estas afecciones como método probatorio criminal obstaculizó en mayor medida la demostración de un delito de violación. Para su comprobación, con objeto de conocer las principales aproximaciones higienistas nacionales sobre las infecciones de transmisión sexual, su interacción dinámica con la comunidad científica internacional, así como su relación con las condiciones materiales de los dos centros urbanos señalados, hemos revisado detenidamente la colección Revista Médica de Chile (RMC), primer órgano de difusión de esta rama del conocimiento, que, pese a editarse en Santiago, daba cobertura a noticias y publicaciones extranjeras, así como a trabajos provenientes de distintas partes del país. Así mismo, hemos analizado el tratamiento forense de estas afecciones durante la comprobación del delito de violación, revisando las obras de quienes fueron profesores titulares de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Chile, el médico Federico Puga Borne y el jurista Tomás Ramírez Frías, autores de las primeras obras didácticas en esta materia Pese a estar orientados a públicos diversos y publicarse en momentos diferentes, cabe advertir que las obras de ambos autores confluyeron en sus valoraciones y que no encontramos contradicciones entre ambas, siendo las apreciaciones de Puga Borne más específicas desde el punto de vista médico-científico, como cabría esperar. Por último, hemos revisado cien expedientes judiciales, incoados por este delito en las ciudades de Santiago y Valparaíso, atendiendo -cuantitativa y cualitativamente- al desarrollo de los informes periciales realizados sobre supuestos agresores y víctimas del delito, los métodos de detección de infecciones sexuales y sus consecuencias en la resolución de los procesos, con el propósito de analizar la implementación práctica de las disposiciones recogidas en las obras anteriormente señaladas. Adoptamos en nuestro análisis una perspectiva cultural, con enfoques de la criminología crítica, partiendo de la premisa de que la enfermedad, como el delito, son construcciones históricamente determinadas, que no existen, como tales, al margen de las sociedades que los norman y significan (Baratta, 2004, pp. 85, 88 y 109). A partir de aquí, buscamos ahondar en las interacciones simbólicas que permitieron la significación de las "enfermedades venéreas" y de la categoría delictiva "violación", a través del estudio de parte de la regulación e implementación de su comprobación forense. Concebimos los tratados, artículos e informes periciales analizados como discursos científicos, aceptando su entidad textual e interpretándolos como elementos centrales en la construcción de la ciencia (Locke, 1997). Desde esta perspectiva, consideramos que los documentos analizados coadyuvaron a la construcción de una determinada realidad social, creando, reproduciendo y consolidando, material e ideológicamente, entre otras desigualdades, asimetrías en las relaciones de género imperantes (Scott, 1990, pp. 23-58 y West, 2000, p. Con objeto de deconstruir estas desigualdades, partimos de la premisa de que estos relatos, producidos con valor de "verdad", estuvieron atravesados y, a su vez, promovieron determinados modelos normativos sobre los ámbitos adecuados de la experiencia femenina y masculina (Rudolph, 2008: 928), re-significando valores relativos al cuerpo, la pureza y la honorabilidad de las mujeres, presentes desde época colonial (Araya, 2004, p. 81), dentro de nuevos parámetros cientificistas. Recuperamos en nuestra perspectiva algunos aspectos de la heterogénea y controvertida Historia Global, a través de la obra de Joseph Conrad, al centrarnos en las intersecciones entre los procesos globales y las manifestaciones locales, considerados como elementos interrelacionados, no opuestos, en un periodo anterior al proceso histórico de la Globalización (Conrad, 2016, p. Con ello, pretendemos contribuir al estudio de la formación de la sexualidad como dispositivo discursivo de control, valorando de qué forma ésta contribuyó a la re-significación y el reforzamiento de la desigualdad entre hombres y mujeres, desde un enfoque "glocal", que permita insertar estas dinámicas en el marco de las relaciones transfronterizas que lo posibilitaron. Recuperamos, al respecto, la idea de que lo global tiene propiedades sistémicas, más allá de las unidades que lo integran, que "la existencia de estas unidades locales son en buena medida resultado de procesos y resultados extra-locales" (Robertson, 2003, p. 21) y que el sentido de los fenómenos globales es siempre adaptado, moldeado y redefinido por las culturas locales, en funcion de sus necesidades, creencias y costumbres particulares (Robertson, 2006, p. A partir de estas consideraciones, abordamos nuestro objeto de estudio, recuperando el concepto de glocalismo para referirnos a una diversidad local inserta en modelos culturales compartidos. Es dentro de esta lógica que nos acercamos a la historia de la ciencia, concibiendo las fuentes teóricas (artículos de revista y obras didácticas) como un medio de "circulación de saberes" (Sanhueza, 2018, p. Sobre los expedientes judiciales, incoados en Santiago y Valparaíso, su análisis nos permite observar cómo contextos locales distintos y específicos se movían dentro una globalidad compuesta por esquemas y modelos compartidos (en este caso referentes a la conceptualización médica y al tratamiento forense de las infecciones de transmisión sexual, concebidas como "enfermedades venéreas" por la comunidad científica internacional), conocimientos que fueron aplicados, apropiados y reconfigurados de manera distinta en cada contexto (Sanhueza, 2018, p. 15), de acuerdo con su particular idiosincrasia. Tratamos de observar, por tanto, la interacción de la teoría global (compuesta por un corpus teórico que partía de una autoridad académica internacional) con la cultura local, mediante el estudio de discursos y prácticas médico-forenses, insertos en un particular sistema de justicia. Criterio médico, higienismo y eugenesia Desde finales del siglo XIX, tras la aparente tranquilidad de la República Parlamentaria, se fraguó en Chile una crisis social, moral y política, desencadenada en la época del Centenario (Ledezma, 2006), y que tuvo en su base, entre otros factores, un intenso pero desigual crecimiento económico, ligado principalmente a la exportación de salitre, que fomentó fuertes movimientos migratorios del campo a la ciudad, protagonizados principalmente por mujeres, lo que incrementó la población de la capital chilena y de su principal puerto, segmentando, de forma dramática, su distribución socioeconómica (Hutchison, 2006, p. La centralidad de ambos espacios urbanos dentro del proceso sanitario de mejora material impulsado desde el Estado (Cruz Coke, 1995, p. 431), contrastó, así, con una mayoritaria sociedad popular, que vivía en precarias condiciones de higiene, hacinada en reducidos ranchos y conventillos (Brito, 2005, pp. 30-37 y Urbina, 2001, p. Ante esta situación, dentro de la llamada "cuestión social" (Grez, 1995, pp. 10-49), desde los sectores médico-higienistas -organizados desde 1869 en la Sociedad Médica de Santiago y, desde 1913, en la de Valparaíso- se abogó por contener y mejorar las condiciones sanitarias de los sectores populares, con el fin de erradicar las frecuentes y graves epidemias de cólera, viruela, fiebre tifoidea y tuberculosis, así como el contagio de afecciones de transmisión sexual, impulsando la asunción de la salubridad como asunto de estado (Cruz-Coke, 1995, pp. 389, 412-414, 475-478 y 543 y Cabrera, 2014, p. En este contexto, desde inicios del siglo XX, en el ámbito educativo, sanitario y criminológico se desarrolló un proceso de apropiación y reinterpretación de diversos principios eugénicos (Sánchez, 2015, pp. 53-57). Originada en las teorías de Francis Galton, la eugenesia (etimológicamente "ciencia del buen engendrar") constituía una propuesta médico social (Sánchez, 2014, p. 60), defensora de la intervención humana como medio para el control y la mejora de la población en términos evolutivos y hereditarios (Vetö, 2014), y concebida a principios del siglo XX como una solución frente a la supuesta degeneración biológica y moral que amenazaba a la raza humana, y que en Chile se relacionó, principalmente, con la pobreza (Sánchez, 2015, p. 103), aunque también con otros factores como la inmigración, el alcoholismo y las enfermedades venéreas. Estos principios estuvieron muy presentes en la Liga Chilena de Higiene Social (LCHS), cuya fundación, en 1917, marcó el inicio de los programas de intervención eugenésica en Chile (Sánchez, 2015, p. 114) y cuyas aspiraciones, que incluían el control de la sexualidad -combatiendo determinados comportamientos aludidos como "vicio solitario, perversiones e inversiones"- tuvieron un marcado carácter moral y nacional, al estar orientadas al "supremo interés de la patria" (Liga Chilena de Higiene Social, 1921, p. Entre sus objetivos principales figuró la erradicación de la sífilis, afección que, junto con la tuberculosis y el alcoholismo, formó parte de los llamados "venenos raciales", concebidos como causantes de la degeneración moral y racial de la nación (Sánchez, 2015, p. Dentro de este proceso de construcción higiénico y eugenésico de la sexualidad en el país, en relación con las "enfermedades venéreas", varios artículos incluidos dentro de la RMC dieron fe del creciente interés y preocupación científica hacia estas extendidas afecciones, así como de una evolución en su conceptualización, el conocimiento de su naturaleza y su valoración moral. Al respecto, el seguimiento y participación chilena en los estudios y debates que se dieron en el movimiento sanitario internacional, coordinado principalmente desde París y Bruselas (Barona, 2016, p. 5), en torno a estas infecciones quedó plasmado mediante el desarrollo de estadías formativo-científicas de algunos médicos en centros europeos, así como en la citación y transcripción de varios de los artículos de las principales publicaciones científicas del viejo continente (Boza, 1898, pp. 36-38). De esta manera, la revista se hizo eco de discursos en los que la nosología científica y la profilaxis terapéutica se entremezclaban indistintamente con valoraciones de índole higiénico y moral, defensoras de la castidad como mejor método preventivo. De acuerdo con la extendida preocupación internacional frente al incremento del contagio entre la población en edad fértil, cuyo avance lastraba la valorada como fuerza de trabajo obrera y militar varonil, así como la considerada fuerza reproductora femenina, dentro del sistema de género imperante, la RMC dio cobertura a diversos discursos eugenésicos de corte nacionalista. Como se reproducía en 1915, dentro del marco de la "Campaña Internacional contra las enfermedades venéreas", había que unir esfuerzos para sacar de "la conspiración del secreto" y combatir abiertamente un mal que atacaba al pueblo chileno -descrito como "varonil, esforzado y homogéneo hasta constituir el orgullo de nuestra raza" (Editorial, 1915, p. 329)-, al tiempo que debilitaba las consideradas "fuerzas vivas de la nación", atacando al ejército y a la marina, causando incalculables desgracias y sufrimientos y apagando "la vida de muchísimos seres que deberían constituir los mejores elementos con que mantener el standard de la raza humana" (Editorial, 1915, p. El mayor peligro asociado a este contagio, además de su incidencia en las causas de mortalidad, por tanto, fue su trascendencia sobre las "funciones y el producto de la generación", así como sobre la "decadencia" (Middleton, 1884, p. 429), la "degeneración" y la "esterilización" de la raza (Sociedad Médica de Valparaíso, 1917, p. El factor racial, de hecho, incrementó progresivamente su presencia en la valorización del origen, gravedad y consecuencias de la enfermedad a lo largo del periodo estudiado. Dentro de una heterogénea apropiación de las teorías de la degeneración y del darwinismo social europeo en el país (Durán, 2017 y Sánchez, 2014a) diversas voces se alzaron en defensa de la "raza chilena", concepto que abarcó desde aspectos biológicos hasta psicológicos, sociales y culturales y que estuvo ligado a un nacionalismo patriarcal, defensor de lo viril como valor superior -asociado a la fuerza y el orden, en contraposición con una feminidad asociada a lo inferior y lo débil (Araya, 2004)- y de la unidad sobre la base de una supuesta integración racial, como quedó reflejado en la obra del médico Nicolás Palacios, primer tratadista del concepto (Subercaseaux, 2007, pp. 54, 79-88). De acuerdo con estos principios, en 1912, el doctor Eduardo Moore afirmaba que en "países muy cerrados a la inmigración" el contagio era relativamente "benigno", en comparación con la sífilis que "un nacional" contraía "de una extranjera", considerada "mucho más grave". La gravedad, en atención al artículo, aumentaba en función a la "distancia racial" existente, siendo "la sífilis de la Manchuria tomada por chileno (...) más grave que la tomada en Bolivia o Argentina, pero estas más graves que la chilena" (Moore, 1912, p. En un contexto de creciente exaltación de los valores militares y patrióticos, ligado a acontecimientos como la Guerra del Pacífico, los conflictos fronterizos con Argentina (Durán, 2017, p. Pese a la inserción de estas disertaciones en una lógica nacional-eugenésica, debemos considerar que en el país austral no se implementaron medidas de prevención desarrolladas en otras latitudes, tales como la obligatoriedad de presentar un certificado médico que acreditara la inexistencia de afecciones de transmisión sexual para poder acceder al matrimonio o la tipificación del delito de contagio, a pesar de su amplia demanda desde el ámbito médico y jurídico (Coutts, 1929; Elguero, 1857; Núñez, 1927; Sociedad Médica de Valparaíso, 1917 y Vidal, 1930). A pesar del carácter androcéntrico de la mayor parte de los escritos analizados, desarrollados en torno al varón como sujeto neutral y universal, y de la centralidad de la raza, comprendida como un concepto varonil, la revista reconoció que las investigaciones sobre infecciones de origen sexual habían sido mucho más profundas en los hombres que en las mujeres (Swisser, 1899, p. 455), aun siendo éstas las más perjudicadas por los contagios, ya que la manifestación interna de los síntomas en los cuerpos femeninos incrementaba las posibilidades de ignorar las enfermedades, lo que evitaba un tratamiento a tiempo y complicaba o imposibilitaba la reproducción de las afectadas (Ríos, 1894, p. La RMC abordó el contagio femenino mediante la adopción y el desarrollo de preceptos de género anclados en el ideal deontológico de madre-esposa (Brito, 2005), en un contexto general de tensión de la moral sexual imperante, ligado al incremento de la presencia femenina que se estaba produciendo en el espacio público (Gálvez, 2017 y Hutchison, 2006). Se reprodujo, de esta manera, una clasificación que dividía a las mujeres en dos grupos en función de su actividad sexual, desarrollando, por un lado, un discurso sobre las mujeres "honradas", cuya sexualidad estaba limitada al -legítimo pero no exento de riesgos- espacio del matrimonio (Fournier, 1906, p. 341), y otro sobre mujeres consideradas no honradas o dedicadas a la prostitución, actividad que estuvo tolerada y, desde finales de la década de 1890, reglamentada en varias ciudades del país hasta la promulgación del código Sanitario de 1925 5, y que, durante nuestro periodo de estudio, siguió siendo considerada "la gran causa de la difusión" de estas afecciones (Lea-Plaza, 1913, p. 101), algo acorde con la tendencia internacional, como quedó puesto de manifiesto en el XVII Congreso Internacional de Medicina celebrado en Londres en agosto de 1913 y cuyos resultados fueron recogidos por la RMC (Sierra, 1914, pp. 20-26). Si bien, a partir de 1915, en el marco de la "Campaña Internacional contra las enfermedades venéreas", se reconoció respecto al contagio una responsabilidad compartida entre hombres y "prostitutas o meretrices privadas", la revista se mostró oficialmente partidaria de la reglamentación de esta actividad como medida profiláctica, junto con la promoción de campañas educativas de higiene sexual (Editorial, 1915, p. Dentro del ámbito médico, sin embargo, las demandas sobre el establecimiento de campañas institucionales contrarias a la prostitución fueron crecientes, materializándose a finales del periodo en la solicitud de parte de la Sociedad Médica de Valparaíso del desarrollo de "ligas contra las enfermedades venéreas", capaces de llevar a cabo una "campaña de moral y de cultura", que demostrara que "psicológicamente" la prostitución no era necesaria, sino contraria a la propagación de la especie, y que sociológicamente podía evitarse con poder de voluntad (Sociedad Médica de Valparaíso, 1917, p. 366), perspectiva acorde a los principios de la recién fundada LCHS, que buscaba promover una ética sexual basada en el "dominio de las pasiones", oponiéndosea a la llamada "teoría de la necesidad", como quedó recogido en sus estatutos de 1920 (Liga Chilena de Higiene Social, 1921, p. Junto con el género, la clase fue otra de las variables consideradas a la hora de valorar la incidencia y las características de las infecciones de transmisión sexual. La relación de los contagios con las categorizadas como "clases bajas", por su supuesta falta de higiene, conllevó el desarrollo y la consolidación de un conjunto de estereotipos, dentro de los cuales las "clases superiores" aparecían casi exentas de poder sufrir estos males (Vega, 1880, p. Estas extendidas impresiones fueron cuestionadas en la RMC sólo por la recién creada Sociedad Médica de Valparaíso, quien en 1917 advirtió el carácter interclasista de los contagios sexuales, siendo estos frecuentes entre "todas las clases sociales" (Sociedad Médica de Valparaíso, 1917, p. El tratamiento médico legal Como señalamos, la violación era un delito tipificado en 1874 como el acto de yacer con una mujer, haciendo uso de la fuerza o la intimidación, cuando la víctima fuese menor de doce años o cuando se hallase privada de sentido o razón. En atención a lo recogido en los principales manuales de Medicina Legal de la época, la comprobación material de este delito debía realizarse, entre otros aspectos, mediante la observación corporal de las supuestas víctimas y agresores. Al respecto, para Puga Borne, quien desarrolló su disertación apoyándose principalmente en la obra del médico francés Ambroise Tardieu, la violación era un delito que ofendía tanto el cuerpo como el alma, dejando señales morales y físicas sobre las víctimas, que variaban en función de la edad, la condición y la frecuencia de las agresiones, siendo siempre más visibles y de mayor gravedad en mujeres pre-púberes y vírgenes (Puga, 1900, p. Los daños morales apreciables podían oscilar entre una palidez plomiza, reflejo de un cansancio y debilidad generalizados, síncopes, delirios, convulsiones, fiebres, sensaciones de intensa fatiga o palpitaciones, llegando, en los casos más graves, a significar el origen de una epilepsia o el motivo de un suicidio (Puga, 1900, pp. 79-80). De la observación de la conducta demostrada por una víctima después del delito sufrido, por tanto, según este profesor de Medicinal Legal podían extraerse aspectos indicativos de la comisión delictiva. En relación con los daños físicos, como también recogía Ramírez Frías, la comprobación médico-legal del delito de violación cometido en "doncellas", debía desarrollarse mediante la observación de su membrana himen, y, en mujeres no vírgenes, mediante la identificación de lesiones reconocibles en sus órganos sexuales y otras partes del cuerpo, lo que ofrecía mayores dificultades materiales, según los autores (Puga, 1900, p. El reconocimiento de la comunicación de alguna "afección violenta" (Muñoz, 1911, p. 80) era otro de los procedimientos médico-legales posibles y, a diferencia de los anteriores, su comprobación requería el examen corporal no sólo de la víctima sino también del agresor. Frente a las fases que caracterizaban estas enfermedades, asociadas cada una de ellas a síntomas distintos y no siempre identificables a simple vista, Puga Borne indicaba las dificultades clínicas a la hora de establecer un diagnóstico fiable, pues, si bien su existencia no ofrecía dudas ante la presencia de úlceras o chancros, la aparición de flujo mucoso o blenorragia podía tener un carácter multicausal. Como quedó recogido en la RMC, la blenorragia "simple", a diferencia de la "gonorreica", asociada a la presencia del gonococus de Neisser, se consideraba ligada a microbios que vivían en los genitales de las mujeres y que causaban infección por prácticas concretas tales como "el coito durante las reglas, la masturbación, el cateterismo mal ejecutado con sondas no limpias, los excesos de bebida y principalmente de cerveza, la acción del frío o los traumatismos" (Sociedad Médica de Chile, 1889, pp. 121-124). Ante esta situación, para certificar si una inflamación genital era debida a un contagio sexual, durante el reconocimiento forense, el médico, en un primer momento, tenía que comprobar si existía proceso supurativo en la uretra de la víctima, comprimiendo la misma con el dedo introducido en la vagina, para desarrollar después un análisis microscópico, con la ayuda de un "observador experto y con un objetivo poderoso de excelente definición" (Puga, 1900, p. Al respecto, debemos considerar que si bien la identificación en 1879 de la bacteria causante de la gonorrea por Albert Neisser y el posterior desarrollo del método de coloración de Hans Christian Gram habían consolidado, teóricamente, las técnicas de laboratorio en el diagnóstico de las infecciones sexuales en Occidente, frente a esta supuesta "revolución bacteriológica", el laboratorio tardó décadas aun en ser el principal método de diagnóstico y estudio de estas infecciones, gracias a la permanencia de procedimientos más tradicionales como las historias clínicas (Bowen, 2013: 67). En el panorama chileno, si bien, de acuerdo con los consensos internacionales, la metodología de laboratorio introducida en la medicina a mediados del siglo XIX (Cruz-Coke, 1995, p. 365) apareció desde 1894 como la única válida para establecer un diagnóstico realmente fiable de la presencia de enfermedades transmitidas sexualmente (Ríos, 1894, p. 97), durante nuestro periodo de estudio apenas llegó a implantarse (Editorial, 1915, p. 654), lo que tuvo, como veremos, importantes consecuencias en la práctica forense. Ante la ausencia de una especialización formativa, los médicos encargados de asistir a la justicia desde la segunda mitad del siglo XIX fueron los llamados "médicos de ciudad", formados en materia legal durante la carrera sólo con un ramo, obligatorio a partir de 1901 (Fabregat, 2019, p. La experiencia laboral de algunos de ellos en la Morgue de Santiago, o en el ámbito forense de distintas ciudades, fue lo que les dotó del estatus necesario para autodenominarse como "médico-legistas". Ningún conocimiento formal, por tanto, los diferenciaba del resto de facultativos titulados. De esta manera, junto con reconocidos médicos que trabajaban cotidianamente al interior de la Morgue de Santiago, como Eduardo Donoso Grille, Eduardo Lira Erráruriz, Sabino Muñoz Labbé o Luis Quinteros Encina, para el caso capitalino, auxiliaron a los tribunales también expertos en salud infantil, como el doctor Ricardo Peralta, médico del Hospital de niños Roberto del Río. Para el caso de Valparaíso, la composición de los médicos forenses también fue heterogénea. Así, junto con Daniel Carvallo, Secretario del Consejo Departamental de Higiene, y Enrique Deformes Villegas, médico interno del Hospital San Juan de Dios y docente en la Escuela Naval -facultativos encargados de más de la mitad de los informes consultados-, intervinieron también expertos en salud mental, como el doctor Manuel Segundo Beca, trabajador de la Casa de Orates y del Hospital de San Borja, y profesionales que firmaban y se presentaban ya como "médico legistas", tales como J. C. Zillemelo, Víctor Grossi, C. E. Durán u Oscar Marín. Pese a que, como quedó recogido en el artículo 242 del Código de Procedimiento Penal de 1906, la ley recomendaba que en delitos como la violación fueran nombradas como peritos personas "del mismo sexo" que la persona reconocida, en ambas ciudades, todos los expertos consultados entre 1890 y 1920 fueron hombres. Su relación más o menos cercana a la labor forense, así como su grado de experiencia al respecto, no fueron, sin embargo, elementos directamente proporcionales a la calidad y la adecuación de los informes que presentaron. La ausencia de un protocolo legal que regulara la forma en la que debían realizarse los exámenes conllevó el desarrollo de certificados sujetos al arbitrio de los jueces -que eran quienes determinaba sus objetivos- y al de los propios facultativos, quienes decidían de qué manera efectuar el reconocimiento corporal de víctimas y victimarios y cómo interpretar sus observaciones empíricas. La redacción de los informes periciales, estuvo sujeta a una determinada retórica (Locke, 1997) -desarrollada a través de normas visibles en su extensión y estructura- y, en estos, las evidencias materiales fueron interpretadas por los peritos, a través de un conjunto de categorías cognitivas que estuvieron atravesadas por criterios y valores morales de diversa índole, y que constituyeron elementos activos en la creación de significados (Cabrera, 2003). Al respecto, encontramos informes escuetos, de uno o dos párrafos de longitud, en su mayoría, escritos en primera persona y compuestos por tres partes diferenciables: presentación, descripción e interpretación. La ausencia de detalles y referencias específicas sobre la manera en la que se desarrollaron las observaciones clínicas estuvo ligada a la autoridad que ejercían los médicos en la comprobación pericial encargada. El centro de los exámenes y su legitimidad recayeron, por tanto, en su autoría. Las escasas referencias sobre la metodología empleada por los peritos para comprobar lesiones y el estado del himen de las víctimas indicaron siempre la introducción de los dedos en los cuerpos examinados. Siguiendo las indicaciones de Puga Borne, tras una observación general de posibles indicios de violencia en la vecindad de los genitales, el perito debía comprobar el estado del himen, mediante la introducción de estiletes o sondas (Puga, 1900, p. 85), resortes materiales que, sin embargo, no constaron en ninguno de los ochenta y ocho informes médicos revisados. De esta manera, encontramos relatos de médicos de Santiago y Valparaíso, como Eduardo Donoso, quien certificó en 1894 que la joven revisada presentaba "huellas de haber sido desflorada recientemente", encontrándose la membrana del himen "completamente desgarrada", lo que posibilitaba la introducción "en la vagina del dedo medio"; el doctor Eduardo Lira, quien aseguró en un examen presentado en 1896 que la víctima examinada tenía una vagina "muy húmeda" que permitía "fácilmente la intromisión de los dedos" o el médico Manuel Segundo Beca, quien en 1900 comprobó la desfloración de una mujer mediante la inspección ocular y el tacto Con excepción de los casos en los que las víctimas se encontraban hospitalizadas por la gravedad de sus lesiones, todos los reconocimientos analizados se realizaron en sus domicilios. Dentro de una desconfianza institucional ante las denuncias femeninas generalizada en el contexto occidental (Quinlan, 2007, p. 78), en atención a lo recogido por Puga Borne, el perito debía acudir a los domicilios de las víctimas sorpresivamente, para impedir "cualquier preparativo capaz de inducirlo en error" (Puga, 1900, p. Si bien los informes tenían como objetivo servir de documentos probatorios en la determinación del delito durante el proceso, las observaciones de los médicos sobrepasaron esta esfera. Su experticia, además de la comprobación del acto criminal, les permitía desarrollar, desde la autoridad que la ciencia les confería, relatos dirigidos a valorar la honorabilidad no ya de las personas formalmente procesadas, sino de las víctimas, imbricando evidencias empíricas y juicios de valor relativos a sus actitudes, como consta en el informe de 1900 firmado por el doctor Carvallo de Valparaíso, quien constató que "a pesar" de que la víctima revisada no era virgen, había mostrado una extraordinaria resistencia para someterse al examen, "debida al pudor y manifestada con inocencia y candor", algo nunca visto en sus años de experiencia Los peritos fungían, así, como testigos expertos (Quinlan, 2007, p. 12), dentro de una dinámica fuertemente arraigada en el sistema judicial y basada en valorar la credibilidad de los implicados en función de comportamientos y actitudes situados al margen del hecho formalmente juzgado (Brangier y Barriera, 2015). La mirada se fijaba, de esta manera, en la condición de las supuestas víctimas, con base, principalmente, en su conducta sexual, y no sólo en la constatación material del acto en sí, como lo demuestra el hecho de que, en la práctica totalidad de los informes analizados 8, los peritos examinaran el estado de su himen, con objeto de comprobar si estas habían sido desfloradas antes de la comisión delictiva. Si bien, esta variable no debía considerarse formalmente en la investigación de un delito de violación, según su definición penal, en la práctica, acorde con lo recogido en los manuales consultados, supuso un elemento valorado en la comprobación criminal, más allá de su relación con la identificación de posibles lesiones genitales recientes, al considerarse prueba de la honorabilidad femenina, en el caso de mujeres solteras, como quedó constatado en varios relatos judiciales, tanto de Santiago como de Valparaíso. Durante la comprobación de este aspecto, por otro lado, en dos de los informes analizados de Valparaíso, los médicos Juan Johansen y Daniel Carvallo incluyeron referencias al color de los pechos de las víctimas, como signo probatorio de su actividad sexual previa al delito juzgado. Así, mientras que para Johansen una aureola oscurecida que "había perdido por completo el tinte sonrosado de la virginidad" era un indicador de que la víctima había sido "desflorada" antes de la agresión juzgada, para Carvallo que la aureola de los pechos de una víctima examinada conservara un "color rosado" era signo de que ésta no había "cohabitado" antes del delito La evidente ausencia de un protocolo a la hora de llevar a cabo estas revisiones médicas y el desarrollo de exámenes arbitrarios, junto con la desigualdad socioeconómica entre víctimas y agresores, incrementó las posibilidades de determinar una resolución de los conflictos favorable estos últimos. Al respecto, debemos considerar que las víctimas, en su mayoría 10, fueron niñas o mujeres jóvenes, de escasos recursos materiales y formativos. Los acusados, por el contrario, pese a pertenecer también en su mayoría a los sectores populares, presentaron una composición más heterogénea, figurando como tales desde jornaleros hasta socios de empresas textiles, presbíteros y cirujanos de marina, con una fuerte presencia de comerciantes y artesanos de clase media. Su posición, con respecto a la de las víctimas, fue siempre igual o superior. Así lo evidencia el proceso contra Eduardo López, joven de familia acomodada, preso en Santiago en 1915 por la denuncia interpuesta por la familia de una joven de estracto popular y por las declaraciones autoinculpatorias de su supuesto cómplice, Tránsito Allende, quien habría desnudado, sujetado y tapado la boca con un pañuelo a la víctima para que López pudiera ejecutar con ella "el acto carnal" La acusación se basó en la declaración de Allende y en el informe del médico Luis Quinteros Encina. En este último, se recogía: "la niña presenta en sus órganos genitales, en la horquilla de la vulva un pequeño desgarro, el cual ha sangrado fácilmente al introducir el dedo por la abertura del himen. La producción fácil de esta pequeña hemorragia en este punto, prueba que ha habido violación muy reciente" Frente a esta situación, la posición socioeconómica del reo le permitió tener acceso a un valioso conocimiento, mediante el que elaboró una exitosa estrategia de defensa, deslegitimando dicho informe por su falta de profesionalidad y apoyándose en la reciente entrevista del por entonces Ministro de Justicia, el también médico Gregorio Amunátegui, publicada en el periódico Las Últimas Noticias. En ésta, Amunátegui abogaba por una reorganización de los servicios médico-legales, refiriéndose a las carencias materiales que adolecía la enseñanza de la materia en Chile, basada en estudios "exclusivamente teóricos". Estas declaraciones fueron interpretadas por el reo como prueba de una carencia formativa, unida a una extendida despreocupación profesional entre los peritos, quienes elaborarían sus informes arbitrariamente, perjudicando, según este testimonio, a los acusados. Mediante este alegato, junto con numerosas referencias a expertos en la materia, el reo logró cuestionar la autoridad del informe, criticando, entre otros aspectos, el empleo de los dedos en vez de estiletes y logrando que el juez ordenara su revisión por otro especialista. El elegido para la ocasión fue el médico legista Sabino Muñoz Labbé, - experto en "medicina interna para adultos y niños", "venérea y sifilíticas", tal y como él mismo se anunciaba en la prensa - y compañero de trabajo del propio Quinteros en la Morgue de Santiago Acostumbrado a colaborar con la justicia -y elaborando un informe de mayor extensión de lo habitual, dadas las circunstancias- el perito advirtió las carencias de los resultados presentados, sintiendo la ausencia de datos necesarios para saber si la víctima había sido "desflorada" o si se había procedido con violencia. Sin incluir referencias a la introducción digital criticada en el informe anterior, pues, como hemos comprobado en otros dos exámenes, ésta era una práctica empleada también por Muñoz Labbé 15, este facultativo concluía, así, que el documento presentado se encontraba incompleto y que, por ello, no podía estimarse como prueba testimonial Ante estos resultados, el magistrado terminó por considerar que no existían suficientes antecedentes para condenar a López, desestimando la petición condenatoria del fiscal y absolviendo al reo definitivamente El valor probatorio del contagio sexual Diez de las víctimas reconocidas (cinco en Santiago y cinco en Valparaíso) presentaron signos de padecer alguna afección genital, según los informes consultados. Tan sólo en uno de ellos, desarrollado en 1918 en el Hospital de niños Roberto del Río de Santiago, por el médico Ricardo Peralta, los resultados pudieron ser fruto de un examen bacteriológico, al detallarse que la víctima, de diez años, presentaba diversas lesiones -algunas en el himen, la horquilla y el perineo- y afirmar que "transcurrido el tiempo necesario" había podido comprobarse "la existencia de gonococus en la secrección vaginal de la enferma y por consiguiente la evidencia de la contaminación venérea (blenorragia)" lo que, sumado a las lesiones descritas, ante el criterio del facultativo, comprobaba que la violación se había producido Pese a las recomendaciones formales, las referencias a infecciones en los demás informes analizados carecieron de un examen microscópico, lo que imposibilitó el establecimiento de un diagnóstico fiable, dando lugar a exámenes cuestionables, surgidos de la observación clínica y sujetos a los divergentes criterios de los médicos observantes. En ocho de los nueve casos restantes, los exámenes fueron vagos y no ahondaron en la etiología de los síntomas hallados, refiriéndose a éstos de forma genérica, mediante las expresiones: "catarro vaginal (leucorrea)" 19, "líquido mucoso abundante en vagina de origen catarral" En dos procesos, los médicos indicaron que las víctimas padecían "gonorrea", diagnóstico sujeto siempre a la observación clínica, como evidencia un informe privado, presentado como prueba por la madre de la víctima y elaborado en 1898 por el doctor Hugo Hahn, quien interpretó que el dolor y malestar que sentía en su uretra y genitales la niña J. L., de seis años, se debía a un contagio por gonorrea, presente de forma aguda en vagina y uretra Sin embargo, para el médico Daniel Carvallo, autorizado por el juez Bezanilla Silva, la niña se encontraba enferma de "vulva vaginitis, afección muy generalizada sobre todo entre la clase pobre" El "derrame mucopurulento" que producía esta enfermedad, así como la inflamación de los órganos genitales hacía que los padres de las niñas sospecharan de atentados al pudor que no habían existido, según el perito Frente a la declaración de la menor -quien relató ante el juez cómo un vecino había entrado en su casa y tenido acto carnal con ella a pesar de sus llantos- y de la vecina -testigo de los gritos de la niña- el informe médico tuvo mayor validez para las autoridades, quienes consideraron que éste demostraba que la violación no se había producido por lo que, pese a la posibilidad de que el acusado hubiese "ejecutado ciertos actos deshonestos con la mencionada menor", debía ser absuelto y puesto en libertad La imperante asociación entre infecciones sexuales y pobreza, unida a la ausencia de un análisis bacteriológico en la práctica forense, supuso, tanto en Santiago, como en Valparaíso, una mayor dificultad a la hora de demostrar las agresiones sexuales producidas en los entornos domésticos, algo acorde con una tendencia generalizada en el marco occidental, donde la constatación, a partir de los descubrimientos bacteriológicos de los años '70 y' 80 del siglo XIX, de que estas infecciones eran muy frecuente en niñas sobre las que no figuraba ninguna denuncia de agresión, en vez de incrementar las investigaciones sobre posibles abusos intrafamiliares, se tradujo en una mayor relación entre infecciones sexuales con una higiene pobre, atribuyendo éstas al contacto con ropas, toallas u otros objetos sucios (Watson, 2011, p. De esta manera, en 1890 el perito Gana Urzúa atribuyó la presencia de leucorrea en el examen de los genitales de una víctima a una probable "falta de aseo" 30, mientras que en 1898 el doctor Lira Erráruriz certificó en 1899 que la inflamación de la vulva, "acompañada de bastante supuración vaginal (blenorrágica)" en una niña de 4 años, supuestamente agredida por su tío paterno, podía "muy bien ser debida a actos de violencia o transmitida por contagio" pero que, "en vista de su corta edad" no tenía señales de haber sido violada En ninguno de los dos casos se ordenó analizar las supuraciones, para descartar que hubiesen sido causados por un contagio sexual y, pese a ellas, los acusados no fueron reconocidos. Ante los diez casos de infecciones encontrados tras la revisión genital de las víctimas, de hecho, el reconocimiento de los agresores fue ordenado sólo en tres ocasiones. En todos ellos, la ausencia de signos de contagio visibles en los acusados, certificada por el médico de Valparaíso, Enrique Deformes, en 1898 y 1901 y por Sabino Muñoz Labbé en Santiago en 1917, conllevó la absolución judicial de éstos, al considerar que el delito no quedaba demostrado Como afirmó este último facultativo, tras examinar a una niña de ocho años, supuestamente violada por su padre, la ausencia de signos de contagio en el acusado, indicaba que la supuración genital de la víctima se debía a una "pésima higiene" En todos estos casos, los procesados fueron absueltos por falta de pruebas. Ante esta situación, la normalización del uso del microscopio y la exploración sistemática de víctimas y agresores hubiese permitido una mayor precisión a la hora de determinar tanto posibles contagios como la autoría de los delitos, contrarrestando, de esa manera, la determinación de sentencias con base a la valoración de la probidad de los implicados en función de su condición socioeconómica o los preceptos de género. Consideremos, al respecto, el proceso de 1898 contra los hermanos Cuitiño, acusados, junto con el teniente Wessel, de haber violado a una de sus sirvientas durante una fiesta que tuvo lugar en la casa de los primeros Además del testimonio de uno de los invitados, quien declaró ante el juez que había escuchado a los hermanos jactarse de la violación, el análisis médico, llevado a cabo por el doctor Deformes, indicaba que la víctima había sido desflorada sobre la fecha de la supuesta agresión, presentando varias contusiones en sus genitales que, junto con una "inflamación catarral", eran indicios de que se había procedido al coito "con violencia y repetidas veces", algo inusitado en este tipo de informes, pues sólo en dieciséis de los casos analizados los facultativos interpretaron las lesiones genitales como prueba del ejercicio de la fuerza Frente a esta situación, los acusados trataron de desacreditar a la víctima, aludiendo a supuestos comportamientos sexuales no ajustados al recato, pudor y contención deseados por el ideal de feminidad imperante, afirmando que trabajó de sirviente en cantinas públicas, vendiendo "su cuerpo" y satisfaciendo "los apetitos carnales" de sus clientes A esta estrategia de defensa, basada en el descrédito de la víctima mediante el cuestionamiento de su honorabilidad sexual, se unieron las declaraciones de dos de los acusados, ambos supuestos portadores de "enfermedades venéreas" altamente contagiosas. Tras constatar la presencia de una "afección blenorrágica aguda con chancros blandos (llagas) en el miembro" de uno de ellos y de "numerosas pequeñas cicatrices de pústulas por sarna (...) de posible carácter contagioso (...) alrededor de los órganos genitales" del segundo, pese a encontrar en la víctima "una vaginitis (catarral)", sobrevenida a causa de la violación, el perito consideró que ésta no estaba relacionada con los padecimientos de los acusados La ausencia de un análisis bacteriológico imposibilitó ofrecer mejores resultados periciales, situación frente a la que tanto el promotor fiscal Yáñez, como el juez Silva Domínguez, a pesar de los testimonios y pese a valorar que la declaración de la víctima era tenida digna de crédito "por su corta edad y estado de doncellez", resolvieron absolver a los acusados por falta de pruebas La institucionalización y el desarrollo de la Medicina Legal en Chile, en el marco temporal considerado en este estudio, se produjeron dentro de parámetros higienistas y eugenésicos, que fueron reapropiados y reformulados dentro de una lógica cultural propia. Estos procesos, además de impulsar el diálogo con las dinámicas académicas imperantes en el contexto occidental y la transmisión del conocimiento científico, operaron como medios de fomento, desarrollo y difusión de valoraciones morales y culturales. La imbricación de estas últimas con los avances empíricos, el uso de referencias extranjeras y su inclusión en prestigiosas colecciones editoriales de índole científico-académica, dotó a los discursos resultantes de legitimación dentro de la comunidad intelectual, así como de autoridad e influencia fuera de la misma. De esta manera, el tratamiento higienista de las llamadas "enfermedades venéreas" en la época promovió una serie de estereotipos de género y clasistas, que asociaban la peligrosidad del contagio, principalmente, al ejercicio de la prostitución y a los estratos socioeconómicos más bajos. Si bien nos encontramos en un momento histórico previo a las campañas estatales que buscaban popularizar ciertos conocimientos como medida pedagógica dirigida a la erradicación del contagio sexual, la base que antecedió a estos movimientos divulgativos fue el desarrollo de un determinado consenso académico internacional. Al tiempo, a pesar de la tipificación penal del delito de violación como un acto ejecutable en mujeres, independientemente de su edad o condición, la promoción -también en las áreas médica y jurídica- de un ideal de feminidad basado en el recato y el pudor, promovió, en la práctica, la institucionalización de un sistema forense protector sólo de aquellas víctimas capaces de demostrar haber cumplido con dicho ideal. Asimismo, en relación con las infecciones de transmisión sexual, los paulatinos avances que se sucedieron en su conocimiento nosológico y profiláctico y, en concreto, en su comprobación pericial como vestigio probatorio de la comisión del delito de violación, no encontraron una correlación directa en la práctica forense desarrollada en los tribunales de Santiago y Valparaíso. De esta manera, a los múltiples vacíos e incógnitas que revestían los discursos médicos sobre las características y los tiempos de incubación de las enfermedades consideradas, en la cotidianidad pericial se sumaron la escasez de recursos técnicos y formativos junto con un marcado desinterés por desarrollar mecanismos eficientes de comprobación relativos a esta tipología delictiva y una marcada desconfianza de las autoridades frente a las víctimas, niñas y mujeres pobres en su mayoría. Consideramos, por tanto, que la valoración de estas afecciones como método probatorio criminal obstaculizó en mayor medida la demostración de un delito de violación, dentro de una actuación pericial que, en varias ocasiones, se desarrolló más como parte de un proceso burocrático estandarizado que como el establecimiento de una verdadera comprobación material de la acción delictiva.
El presente artículo tiene como objetivo estudiar la gripe de 1918-1919 en Segovia, explicando su origen, evolución, mortalidad diferencial, profilaxis y las consecuencias más importantes que se derivaron de ella. Con este fin, se ha trabajado con la documentación existente en el Archivo Municipal de Segovia, las partidas de defunción del registro civil, estadística municipal, provincial y nacional, el Boletín Oficial de la Provincia y los principales periódicos segovianos. En primer lugar, nos centramos en la aparición de la epidemia, propagación, llegada a España y las víctimas causadas, atendiendo a su sexo, edad, procedencia, localización, estado civil y profesión. Las medidas preventivas y paliativas se analizan desde varios puntos de vista: organizativas, control de población, transportes, higiene, comercio, personal sanitario y dependencias hospitalarias. En cuanto a las secuelas que dejó en la provincia, se abordan desde dos enfoques: por un lado, el económico, aquéllas relacionadas con la escasez y subida de los precios de primera necesidad, y por otro, las que afectaron al normal desarrollo de la actividad en general. En los meses de mayo y junio del año 1918 una epidemia invadió el territorio español produciendo una enorme mortalidad. La incubación era muy corta, el ataque repentino y por regla general los enfermos se curaban en tres o cuatro días. La enfermedad tenía el carácter de una infección aguda, con catarro inicial de faringe y vías respiratorias, fiebre elevada, sudores profusos y trastornos digestivos (Sánchez de Val, 1919). A pesar de su gran impacto, la gripe, grippe, influencia o influenza, diferentes nombres con el que se conocía a la enfermedad (Erkoreka Barrena, 2006), no era desconocida en nuestro país. En 1580 ya hubo una gran epidemia que diezmó ciudades como Madrid o Barcelona, causando muertes tan ilustres como la cuarta esposa de Felipe II (Pérez Moreda, 1980). Posteriormente, reapareció con cierta fuerza a lo largo de los siglos XVIII y XIX, destacando el brote de 1889-1892, dejando un verdadero rastro de muerte a su paso (Betrán Moya, 2006). Debido a su importancia, ha surgido una importante bibliografía. A nivel nacional, un primer acercamiento lo hizo el A partir de este momento, el tema de la gripe pasó a un segundo plano hasta prácticamente finales de siglo; carencia suplida con las investigaciones de referencia de Echeverri Dávila (1991 y 1993) y Porras Gallo (1994a). Con el cambio de centuria y la aproximación a su centenario, aparecieron otros estudios centrados en algunos temas específicos como fueron los sueros y vacunas utilizados (Porras Gallo, 2008), el papel de los sanitarios (Tuells y Montagud Penadés, 2010; Almudéver Campo, 2016) o ya en revisiones bibliográficas (González García, 2013; Porras Gallo y Davis, 2014; Porras Gallo, 2018; Echeverri Dávila, 2018), donde se recopilaban las principales investigaciones, daban diferentes enfoques y arrojaban nuevos resultados. A nivel internacional, podemos destacar dos periodos historiográficos claros; en primer lugar, las primeras obras aparecidas al calor de la epidemia (Jorge, 1919; Frost, 1919; Tobías, 1920; Ministry of Health, 1920; Harvey Vaughan, 1921), en los que se recogían las primeras cifras de los países infectados o aquellos trabajos más ambiciosos, donde se intentaba dar una visión global de las consecuencias de la epidemia (Jordan, 1927). Más recientemente han sido publicados otros estudios en los que abarcaban diferentes características de la gripe, como el papel de los sanitarios, la respuesta de las autoridades o su mortalidad diferencial, destacando aquellas obras recopilatorias de carácter mundial (Phillips y Killingray, 2003; Trilla et al, 2008) y otras más enfocadas en el paso de la epidemia por diferentes países (Montañá Buchaca y Pujol i Ros, 1998; Langford, 2002; Guenel, 2004; Carbonetti, 2010; Martínez Martín et al, 2014; Rice, 2017; Burgués Roca, 2017; Botey Sobrado, 2017; Benítez, 2017). A pesar de esta amplia bibliografía y de otras localizadas en algunas regiones españolas como son los casos de Madrid (Porras Gallo, 1997), Málaga (Carrillo Linares et al, 1985), Valencia (Martínez Pons, 1995), Navarra (Astigarraga Lizundia, 2006), el País Vasco (Erkoreka Barrena, 2006) o Cuenca (González García, 2012), entre otras, la historiografía ha dejado huérfana en este sentido a la provincia de Segovia. Por este motivo, el presente trabajo pretende llenar este hueco y contribuir con su estudio a conocer de una manera más cercana el comportamiento de la pandemia en un lugar de interior, permitiéndonos su comparación con otras zonas ya estudiadas y completar con ello, el mapa de la gripe de 1918 y 1919 en el territorio español. Para ello, nos hemos centrado en explicar la aparición de la epidemia, propagación, llegada a España y su mortalidad diferencial, deteniéndonos en el sexo, edad, naturaleza, localización, estado civil y profesión de las víctimas. Las medidas preventivas y paliativas se estudian desde varios apartados: organizativos, control de población, transportes, higiene, comercio, personal sanitario y dependencias hospitalarias. En cuanto a sus consecuencias, se abordan desde dos enfoques: por un lado, las económicas, aquéllas relacionadas con la escasez y subida de los precios de primera necesidad, y por otro, las que afectaron al normal desarrollo de la actividad en general. Para la realización de esta investigación se ha trabajado con la documentación del Archivo Municipal de Segovia (AMS), destacando los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento, Servicio de Higiene, Bandos Municipales y Junta Municipal de Sanidad. El cómputo de las víctimas ha sido extraído de las partidas de defunción del registro civil situadas en el Archivo del Juzgado Municipal (AJMS), revisando las muertes producidas desde el 1 de enero de 1918 hasta el 31 de mayo de 1919. También se ha hecho un seguimiento del Boletín Oficial de la Provincia de Segovia (BOPS), donde se recogía las principales medidas tomadas y el recorrido de la epidemia por la provincia. Asimismo, se ha consultado otras fuentes como son la prensa local y la estadística municipal, provincial y nacional. Sobre la aparición de la epidemia, han surgido multitud de teorías, aunque la mayoría señalan a la primera Guerra Mundial. La efímera higiene en las trincheras, el hacinamiento de los combatientes, la escasez y mal estado de los alimentos, la precariedad de los uniformes y la falta de medios médicos y farmacológicos fueron el caldo de cultivo para la proliferación de este tipo de enfermedades (Burnet, 1967; Erkoreka Barrena, 2009). En este contexto, los aliados no dudaron en declarar que había sido un virus de origen alemán (Martínez Fiol, 2003). Tampoco el ejército estadounidense se salvaba, apuntando que fueron ellos quienes la trajeron al frente europeo procedente de un campamento de Kansas (Echeverri Dávila, 1993; Crosby 1976 y 2003) y de ahí, se fue extendiendo por el resto de Europa (Porras Gallo, 2018). Otros autores creen que la epidemia ya se había manifestado en las tropas inglesas en 1916-1917 o podría tener relación con la desarrollada en Francia en esos mismos años (Erkoreka Barrena, 2006). Otra teoría representa una híbrida de las anteriores, afirmando que la procedencia del virus habría que situarlo en China, de donde se trasladó a Filipinas y a través de ella, a los Estados Unidos (García Delgado et al, 1984). Relacionada con ésta, pero con un recorrido diferente, indicaba que su origen estaba en los 200.000 coolies chinos llegados a Francia en los primeros meses de 1918 para trabajar en la retaguardia (Betrán Moya, 2006). Independientemente de su origen exacto, la guerra contribuyó a una mayor propagación (Echeverri Dávila, 2018). Su llegada a España y el mal llamado gripe española Si bien hay autores que avalan que la llegada del virus a la península Ibérica se produjo por el suroeste español y Lisboa (Patterson y Pyle, 1991; Erkoreka Barrena, 2006) 1, las tesis más acertadas apuntan que su entrada tuvo lugar por la frontera francesa, debido al retorno de emigrantes que durante la contienda habían salido de España hacia el país vecino (García Delgado et al, 1984; Elexpuru Camiruaga, 1987; García Faria del Corral, 1995; Echeverri Dávila, 2003), repitiéndose esta circunstancia en el caso segoviano Otros autores coincidían en el origen, pero no en la procedencia de los portadores, afirmando que su introducción se debió al retorno de inmigrantes portugueses, bien en forma de trabajadores que volvían a su país desde Francia al verse privados de sus puestos de trabajo o bien como soldados lusitanos que regresaban del frente, pues fue en este contingente donde se detectaron los primeros casos de gripe maligna. Así en Irún, en septiembre de 1918, fue donde se cuantificaron varios casos infectados entre los inmigrantes (García-Faria Del Corral, 1995). Esta situación fue recogida por la prensa local, quiénes haciéndose eco de las medidas tomadas por las autoridades, procedieron a aislar a cualquier persona sospechosa Independientemente de la procedencia de su llegada, lo que estaba claro es que su origen era foráneo. A pesar de ello, debido a la situación de neutralidad española, la ausencia de censura militar y el Real Decreto del 31 de octubre de 1901 por el que la gripe era enfermedad de declaración obligatoria, permitió una gran publicidad y la desafortunada denominación de gripe española (Porras Gallo, 1994a). Una vez en España, se abrió un debate sobre la aparición de la enfermedad. En el caso de Madrid, por ejemplo, se relacionó el origen con las obras que estaban realizando en el metropolitano, que al remover las tierras se había liberado el virus Unos días más tarde se rechazó tal teoría, ya que se indicó que el microbio responsable estaba en la atmósfera. También se buscó en las harinas, el benzol, la fruta o en el agua (Porras Gallo, 1997). La confusión alcanzó tal magnitud, que incluso se llegó a responsabilizar al pegamento de los sellos y de los sobres (Losada Álvarez, 2003) o a la aspirina Bayer Y como no, algunos aprovecharon esta situación para atribuirla un tinte místico, afirmando que era un castigo divino, ya que entre sus víctimas se encontraban un gran porcentaje de personas de "mal vivir" y marginadas (Martínez Fiol, 2003). Desarrollo de la epidemia A nivel nacional, la epidemia se desarrolló en tres fases, salvo algunas regiones que tuvieron un rebrote epidémico en 1920 (Erkoreka Barrena, 2006). En el caso de Segovia, hubo una primera oleada en la primavera de 1918, seguida de un repunte a finales del verano-otoño, volviendo en los primeros meses de 1919. Tal y como se refleja en la figura 1, la capital tuvo seis muertos por gripe en enero, pasando de los diez en cada uno de los cinco meses siguientes. Al igual que sucediera con otros núcleos españoles (Barreda Marcos, 2009), estos primeros casos fueron recogidos con normalidad 6, debiéndose seguramente a una simple gripe estacional, aunque no se descarta la presencia del virus con anterioridad (Oxford et al, 2005). Desarrollo de la epidemia en Segovia capital El veintitrés de mayo, al igual que sucediera en otras provincias (González García, 2012), comenzó la primera ola de la epidemia, afirmando que eran muchos los atacados y que no había casa donde no se diera alguno 7, causando un total de treinta y ocho fallecidos hasta el mes de agosto, siendo mayo y junio los meses más perjudicados con veinticinco víctimas. El Gobernador Civil emitió un comunicado avisando que ante la aparición de cualquier síntoma se diera conocimiento al inspector municipal de sanidad y se tomasen las medidas profilácticas oportunas Por si fuera poco, fue en esta etapa donde también surgieron casos de tifus en Palencia (Barreda Marcos, 2009), en Burgos y Logroño, pensando que el vehículo principal de propagación era el comercio de trapos viejos y ropas usadas, prohibiendo su circulación en las zonas infectadas 9, aunque esta medida se haría extensiva a nivel nacional De esta forma, se debía hacer frente a una doble amenaza, la del tifus, y la gripe. La evolución de la segunda ola de la epidemia siguió el mismo ritmo que en otras regiones (Echeverri Dávila 1993; Porras Gallo, 1994a; Erkoreka Barrena, 2006; González García, 2012), comenzando en septiembre y teniendo su punto álgido en octubre, sumando un total de treinta y siete bajas. Acabaría el año con seis fallecidos más en noviembre y cinco en diciembre. Esta nueva avalancha también se dejó notar en la provincia 11, donde pueblos como Nava de la Asunción, Ayllón o Mozoncillo pasaron de los 200 contagiados A mediados de octubre, el número de municipios alcanzados ascendió a 90 En febrero de 1919, al igual que en otras localidades (Porras Gallo, 1997), volvieron a aparecer los primeros brotes. El desarrollo nacional fue dispar, mientras en algunas regiones esta oleada fue menos grave que en la anterior (Erkoreka Barrena, 2006; Porras Gallo, 2018), en otras tuvo mayor incidencia (González García, 2012). En el caso de Segovia capital fue el periodo de mayor mortalidad, alcanzando un total de cincuenta y ocho muertos, siendo marzo el mes más perjudicado con cuarenta y cinco defunciones, destacando los días diez y quince con siete y cinco óbitos cada uno. En el caso de la provincia, las noticias de cautela trasmitidas a la población los primeros días de febrero se cambiaron por otras alarmantes 16, en el que de forma oficial regresaba la enfermedad. Marzo continuó sembrando de muerte a los municipios segovianos, hasta que, a finales de mes, la epidemia remitió. A pesar de ello, siguieron funcionando las Juntas Municipales de Sanidad para atender cualquier posible rebrote Mortalidad de la gripe A nivel mundial, concretar el número de fallecidos a consecuencia de la gripe es bastante complicado. Los más de veinte millones calculados por Jordan (1927), han sido revisados por estudios posteriores fijándolos entre los cincuenta y cien millones (Burnet, 1979; Patterson y Pyle, 1991; Johnson y Mueller, 2002), cifras más altas que las causadas por la Primera Guerra Mundial. Por su parte, en el caso de Segovia, quizá porque la gripe se propagaba mejor entre la población que vivía de forma aglomerada, como podía ser el caso del hacinamiento de las grandes ciudades (Tobías, 1920), por las razones topográficas propias de esta ciudad, donde el clima era menos idóneo para su difusión, por la calidad de vida de sus habitantes o por otros motivos que desconocemos, el caso es que tuvo un comportamiento similar a capitales con porcentajes poblacionales semejantes (salvo Huesca), pero muy por debajo de las grandes urbes españolas Como se observa en la figura 2, el número de víctimas en la capital a consecuencia de la gripe o de sus complicaciones Si acotamos a los meses de la epidemia, de mayo a diciembre de 1918 murieron ochenta y seis personas por gripe, siendo 493 los fallecidos en todo el año por diferentes causas; de enero a marzo de 1919 la gripe causó cincuenta y ocho bajas para una mortalidad general de 526, la cifra más alta de la década De todas las defunciones por gripe, en solo treinta y cuatro ocasiones era certificada ésta como causa de la muerte 25, dato cercano a la estadística municipal En cuanto a la provincia, solamente en el mes de octubre de 1918 alcanzaron los 2.300 muertos por gripe, para una mortandad total de 6.469 para ese mismo año, también la más alta del último decenio Para el conjunto de la epidemia se calculan en 3.000 los óbitos 28, siendo la octava provincia más afectada de España (Echeverri Dávila, 1993). En cuanto al número de fallecimientos por sexo, a nivel nacional la gripe tuvo mayor incidencia en mujeres que en hombres (Elexpuru Camiruaga, 1987; García-Faria del Corral, 1995; Echeverri Dávila, 2003). En algunas zonas este porcentaje fue equilibrado, como fueron los casos de Barcelona (Granero Xiberta, 1981) o Valencia (Martínez Pons, 1995). En cambio, en la capital segoviana hubo preponderancia de muertes masculinas sobre femeninas (56% a 44%), situación similar al caso de Cuenca (González García, 2012) o el País Vasco (Erkoreka Barrena, 2006). Este hecho no modificó el porcentaje de mortalidad segoviana por género, donde desde 1910 las muertes masculinas seguían superando a las femeninas La mortalidad entre los más pequeños era bastante explicable, debido principalmente a la ausencia de protección inmunitaria generada por olas anteriores (Echeverri Dávila, 2018) y a un desarrollo prematuro, en especial, inferior a doce meses, en el que el 53% de las víctimas tenía menos de un año, coincidiendo con la estadística nacional En el caso de los grupos de edad que rondaban la veintena, también era preocupante y algo insólito en comparación con anteriores epidemias, siendo una singularidad de la gripe de 1918 (Echeverri Dávila, 2018). Además, fue 1918 el año de mayor número de víctimas comprendidas entre los 20 y 30 años de la década Por su parte, el descenso de mortalidad en los mayores adultos (40+), se achacó a que todas las personas pasaron la gripe de 1890 (Sánchez Gozalbo, 1919), cuestión en revisión, puesto que la memoria inmunológica desarrollada a muy temprana edad puede producir una respuesta inmunológica desajustada o no defensiva (Echeverri Dávila, 2018). Otras de las consecuencias de esta preponderancia de muerte en ciertas edades se vieron reflejadas en el desarrollo total de la población. Un caso claro y evidente lo representó el número de matrimonios. En cambio, un año después, la cifra ascendió a 1.540 nupcias Una de las explicaciones más razonables fue la destrucción de matrimonios a consecuencia de la gripe (el 36% de las víctimas mayores de 15 años estaban casadas), dejando un número considerable de viudos y de viudas que volvieron a pasar por el altar. El origen de los fallecidos fue mayoritariamente capitalino, aunque la unión de los procedentes de los pueblos de la provincia y del resto de España superaba a estos anteriores. La muerte se centró en los barrios de las afueras, los denominados como arrabales, aquellos situados en extramuros y cuyas viviendas tenían peor calidad 33, representando el 66,16% de los óbitos (ver figura 4); mortalidad ayudada por la presencia del establecimiento de beneficencia (De la Fuente Núñez, 2021). Estos porcentajes fueron bastante similares a la anterior epidemia de cólera (De la Fuente Núñez, 2016), estableciendo una relación palpable entre mortalidad (ya fuera la afección que fuese) y clase social. Fuente: Cada punto amarillo corresponde con un fallecido por gripe. Se ha excluido a 3 personas que su origen era desconocido y a 22 porque no concretaban su lugar de fallecimiento, indicando solamente el hospital, sin especificar hospital general, militar o de epidemias. Las profesiones ejercidas por parte de las víctimas destacaban claramente la de militares y jornaleros con doce y cuarenta y un efectivos respectivamente para los hombres y la de sus labores para las mujeres, debido al claro ocultamiento laboral en el que se encontraban (De la Fuente Núñez, 2020), con un total de cuarenta y nueve. Los jornaleros, ya que su situación de por sí era bastante complicada, el denominado "síndrome de la miseria" (Echeverri Dávila, 2018), en caso de cualquier vicisitud tenían mayor posibilidad de ser arrastrados al abismo. Por su parte, en el sector castrense, es bastante significativo la repercusión que tuvo a consecuencia de la gripe, tanto a nivel local como nacional (Herrera Rodríguez, 1996). Además de la mala situación en la que se encontraba los cuarteles 34, por su abandono, falta de higiene y hacinamiento de los soldados 35, facilitando la circulación de los agentes patógenos (Echeverri Dávila, 2018), habría que sumar el desplazamiento de sus efectivos como causa de la propagación de la enfermedad (Porras Gallo, 1997; Echeverri Dávila, 2003) y el motivo de su elevada mortalidad (Porras Gallo, 1994a). Profilaxis de la gripe Aunque uno de los grandes problemas a la hora de combatir los efectos de la gripe es la frecuente mutación del germen que la causa, ya entonces se creía que los vehículos contaminantes residían en las finas gotitas o mucosidad expulsada mediante la tos, estornudos, la propia conversación o en la expiración normal, en la que hasta una distancia de treinta centímetros era proclive su contagio (Tobías, 1920), no descartando que cualquier objeto que hubiera estado en contacto con la epidemia fuera un vehículo de infección (Porpeta Llorente, 1918). Como sucediera con otras epidemias, una cosa era la teoría y otra la práctica, no impidiendo que la histeria colectiva volvería a apoderarse de la sociedad, desconociendo la procedencia y transmisión del virus, achacándolo al agua, la ropa, los alimentos e incluso, a los propios recibos de la contribución Para evitar su expansión, a nivel nacional se tomaron una serie de medidas orientadas a impedir su difusión o por lo menos acotarla, desde la inspección de mercancías y pasajeros que llegaban a las localidades (Herrera Rodríguez, 1996), prohibición de las aglomeraciones, aislamientos de los enfermos, limpieza y desinfección de ropa (Porpeta Llorente, 1918), aunque esta última eran menos importante, ya que el organismo supuestamente moriría fuera del cuerpo (Sánchez Gozalbo, 1919), hasta el control del consumo de alcohol, visita a prostíbulos (Carrillo Linares et al, 1985) o eliminación de aquellos focos de posible contagio, como podía ser el agua de las pilas bautismales (Fernández Fernández y Veiga Ferreira, 1995) En lo que se refiere a la provincia segoviana en sí, el número y profundidad de las medidas aplicadas estuvieron relacionadas con la gravedad de las diferentes oleadas de gripe. Con la primera, las principales directrices fueron dirigidas a la higiene de las casas y de las calles, prohibiendo el barrido en seco (recomendando el uso de agua corriente) o sacudir la ropa por la ventana. Asimismo, se hizo un llamamiento para evitar aglomeraciones (no impidiéndolas) y se realizó un control de tránsito en las posadas Esta preocupación sobre el cuidado de la higiene y la limpieza de los domicilios era algo recurrente durante los siglos XIX y XX, ya que solamente la mitad de ellos reunían las condiciones higiénico sanitarias reglamentarias Ya en el mes de septiembre, coincidiendo con la segunda oleada, llegaron una amplia batería de medidas que continuaron prácticamente hasta el final de la epidemia. Para su estudio, las vamos a agrupar por secciones: organizativas, control de la población, transportes, higiene, comercio, animales, sanitarios y dependencias hospitalarias. Primero, eran las Juntas Municipales y Provincial de Sanidad las encargadas del control y gestión de la epidemia, registrando los contagios y fallecimientos de cada municipio, siendo ayudadas por el Gobernador Civil, la Comisión Provincial y los diferentes alcaldes Contaron con un crédito extraordinario de 50.000 pesetas para poder auxiliar a los pueblos más necesitados, mandándoles toda la ayuda técnica y material posible 41, aunque no fue así a pesar de las recomendaciones En cuanto al control de la población, toda persona o mercancía que llegaba al municipio era fumigaba 43, en especial, a los reclutas al ser licenciados 44, manteniéndoles aislados en los pueblos de origen, siguiendo las directrices del doctor Marañón Esta medida se haría extensiva al resto de la población que presentase algún síntoma de gripe Para evitar las aglomeraciones, se clausuró los espectáculos públicos, como eran los bailes o el propio cementerio, reglamentando el trayecto que debían hacer las empresas fúnebres de la casa del difunto al camposanto, marcándolas el recorrido más corto y limitando el número de acompañantes De la misma forma, se ordenó el cierre de las escuelas, tanto privadas como públicas En relación con los transportes, los vehículos destinados a este cometido debían de ser limpiados una vez que finalizara el servicio y colocar un rótulo con la palabra "desinfectado" Durante el viaje, no podían ir herméticamente cerrados, sino que tenían que llevar algunas de las ventanillas abiertas Desde el punto de vista de la higiene, se hizo hincapié en la limpieza de las casas, evitando los malos olores y la acumulación de basuras. Se incidió en la prohibición de verter desechos a la calle y en la instalación de retretes en los hogares, acometiendo las tuberías a la alcantarilla general. En caso de fallecimiento de algún familiar, el servicio de desinfección del municipio fumigaría todo el domicilio y las ropas del infectado se lavarían en el río Eresma, en un punto alejado de la ciudad Atendiendo al comercio, todas las mercancías debían estar cubiertas con gasas o fanales, permitiendo la circulación del aire, evitar el polvo y el contacto con los insectos. Una vez entregados al comprador, eran envueltas en papeles completamente blancos y limpios. Las básculas y cualquier instrumento que usaran para pesar, cortar y acondicionar los alimentos, tendrían que estar perfectamente desinfectados. Los comerciantes estaban en la obligación de facilitar a las autoridades las muestras que le fueran pedidas para su examen, analizando de forma diaria el pan y la leche Por su parte, también se legisló sobre los animales dedicados al consumo, quedando prohibido la existencia de cerdos, conejos, gallinas..., en el interior de la población, sacrificar reses de ninguna clase en casas particulares, la entrada de carnes muertas o los depósitos de pieles frescas, huesos o astas Para verificar el cumplimiento de todas estas medidas, se crearon policías civiles sanitarios. Eran un cuerpo de voluntarios provistos de un carnet identificativo y su finalidad era simplemente supervisora En cuanto al personal sanitario, se dio instrucciones precisas para el cumplimiento de sus funciones, informando de cualquier contagio o fallecimiento a consecuencia de la gripe, extremando la higiene y desinfección, sobre todo, de boca y las fosas nasales, recomendando el uso de escupideras provistas de líquidos antisépticos. Además, se les pagó un plus de 200 pesetas por sus servicios (aunque algunos de los municipios tardaron en abonar) y se les otorgaría el derecho de viudedad a sus parejas a todos aquellos médicos muertos en acto de servicio 58, como después se comprobó Además, se anunciaba la creación de una plaza de médico de epidemias mientras fuese necesario. El facultativo acudiría al pueblo que se le requiriese, ofreciéndole una remuneración diaria de quince pesetas más otras veinticinco en concepto de dietas. Para su transporte, se le proporcionaría un medio de locomoción Esta medida resultaría insuficiente una vez empezada la epidemia debido al número de pueblos que requirieron sus servicios A nivel de infraestructuras, se creó un hospital de epidemias en las afueras de la ciudad, situado en el lugar denominado de Buenavista, en la carretera de Hontoria, aunque sus condiciones no eran las más adecuadas para atender a los enfermos, como después se demostró (Garrote Díaz, 2001). Otros de los hospitales utilizados fueron el militar, donde en 1918 se trataron a noventa y siete infectados, de los que once fallecieron y el general de la ciudad, el de la Misericordia. Para ayudar al traslado de enfermos, se aumentó el número de camilleros En el caso de Segovia, la variedad y el número de las ordenanzas expuestas y su comparativa con otras zonas, nos dan una imagen de su respuesta, en la que parece ser, hicieron todo aquello que los exiguos medios les permitían. La falta de mejores resultados fueron más consecuencia de los problemas generalizados del país, a nivel organizativo, económico o sanitario (Blacik, 2009; Porras Gallo, 2008 y 2018), que a la falta de celo de sus gobernantes, sumado a los problemas endémicos que venía arrastrando la provincia desde el siglo XIX, tanto a nivel de infraestructuras, de medios como de recursos (De la Fuente Núñez, 2016), demostrando la inoperancia de las autoridades locales para hacer frente por sí solos a estas catástrofes. Tratamientos de la gripe y remedios alternativos Con la epidemia en marcha, los médicos recurrieron a una amplia batería de medidas terapéuticas, aunque conscientes muchos de ellos de que no existía un tratamiento que por sí solo fuera eficaz. En primer lugar, se intentó hacer una terapia sintomática: aspirina y sales de quinina para la fiebre, arsenicales y glicerofosfatos para la astenia y codeína para la tos rebelde. Otros, al observar que algunos pacientes mejoraban después de una hemorragia nasal, consideraron que las sangrías podrían producir el mismo efecto. También se aplicó una vacuna mixta compuesta del bacilo de Pfeiffer, neumococos y estreptococos. Para los casos graves se utilizó sueros antineumocócicos y antiestreptocócicos, aunque con resultados tan desiguales, que casi ningún médico se atreviera a recomendarlos (Porras Gallo, 2008). A nivel provincial, el doctor segoviano Antonio García Tapia desarrolló varios tratamientos. Proponía mezclar sal común, bicarbonato y biborato de sosa. También recomendaba una disolución de gomenol en aceite de olivas. La combinación de estos productos serviría para la desinfección y prevención de las fosas nasales y faringe. Tal fue el éxito, que se repartieron dosis por toda la provincia obteniendo excelentes resultados (Álvaro Gómez, 2008). Fuera del ámbito médico, apareció una amplia batería de productos alternativos destinados a paliar los efectos de la gripe. A los anunciados de forma habitual, como eran las pastillas Crespo, las píldoras Bolívar o el jarabe Orive, donde curaban la bronquitis, el asma y la tuberculosis 64, surgieron otros, destacando el jabón Zotal, que afirmaba que la epidemia reinante solo se impedía desinfectando con dicho producto 65; el yodo en gotas, en el que además de ser un método eficacísimo y barato era recetado para combatir la debilidad y la desnutrición 66; el coñac Carmela y el jerez Quinado San Andrés, siendo los específicos más recomendados para evitar y luchar contra la enfermedad o las pastillas Quit, el mejor purificador de las vías respiratorias Además de estos anteriores, los industriales de la ciudad comenzaron a crear su propia línea de productos profilácticos que, aprovechando los momentos de mayor agitación social, vendieron a unos precios abusivos Consecuencias de la gripe Al igual que sucediera con la anterior epidemia de cólera de 1885 (De la Fuente Núñez, 2016), el paso de la gripe por Segovia provocó una serie de secuelas que modificaron el normal desarrollo de la actividad en general, en especial, aquellas relacionadas con la escasez de productos y la consecuente inflación. Ya en el mes de marzo de 1918, el Gobernador Civil de la provincia hizo un llamamiento a los alcaldes de los diferentes municipios para que vigilasen el precio de los productos de primera necesidad, ya que a pesar de la Real Orden con fecha de tres de enero de 1917 donde no se podía subir el importe de los alimentos sin que previamente el comerciante o el gremio hubiera formulado dicha instancia, el valor de la carne y de otros artículos había aumentado También prohibió la venta de trigo a una tarifa superior a la tasa, castigando con multas que rondaban entre las 500 y las 5.000 pesetas Asimismo, se controló el precio del arroz, debido a su encarecimiento Durante el mes de abril, los precios siguieron aumentando. Para frenar la subida de la carne, se permitió que la matanza del cerdo continuase durante los meses siguientes, ya que, hasta entonces, el sacrificio estaba regulado exclusivamente al periodo comprendido entre noviembre y marzo Asimismo, el consumo de algunos alimentos se disparó, aquellos que pensaban propicios para luchar contra la enfermedad como eran los limones, los ajos o la propia leche, provocando escasez y, con ello, importes prohibitivos Se intervino el aceite, fijando el precio máximo al que se podía vender; de esta forma, prevenían la aparición de los acaparadores y favorecían a las clases populares, que estaban siendo las más perjudicadas por el paso de la epidemia Este incremento también se dejó notar en los medicamentos, haciendo un llamamiento a los médicos para un uso racional de los mismos, sobre todo, con el suero antidiftérico, aplicándose exclusivamente en aquellos casos de neumónicos graves, no prodigando su uso a cualquier forma de gripe, como se estaba haciendo hasta ese momento Además de este incremento de los precios, se empezó a notar su carestía. Para luchar contra ella, se prohibió a los ganaderos que alimentaran a los animales con trigo o harinas, en sustitución de sus correspondientes piensos 77, se persiguió a aquellos acaparadores que se hacían con el control de los productos, se liberó el tránsito de mercancías por toda la provincia y se procedió al reparto de alimentos básicos entre los más pobres, como fue el caso la leche Otras de las consecuencias, fue la alteración de la actividad diaria. En primer lugar, hemos comprobado como el ramo militar tuvo bastante personal encamado, teniendo problemas para cubrir la ausencia de sus efectivos. Tampoco se escapó la administración segoviana, como fue el caso de la Diputación Provincial, quiénes fueron suspendiendo día a día sus reuniones a consecuencia de la enfermedad 80; la clausura de la estación telegráfica del pueblo de Sepúlveda o la confección y reparto del periódico diario También la industria sufrió los envites de la epidemia, en el que sus obreros eran reticentes a abandonar su casa por miedo al contagio De la misma forma, afectó a las escuelas o centros de enseñanza, retrasándose el inicio del curso escolar en unas y en otros, simplemente suspendiéndose. Y como no, los bares, restaurantes, teatros o cines tuvieron que cerrar sus puertas de forma intermitente para intentar frenar los estragos de la gripe, provocando junto a la escasez de los alimentos, un aumento de la crispación social. También se vieron alterados los domicilios de la población, pasando de hogares de vida a nidos de muerte. En el momento en el que cualquier miembro de la familia era portador del virus, el resto de sus seres queridos tenían bastantes posibilidades de contagiarse y, en consecuencia, de morir. La prensa local fue testigo de las víctimas dadas en las mismas casas, falleciendo en idénticos días o en fechas muy seguidas. Un ejemplo de esta macabra estadística la recogió El Adelantado de Segovia Sucedió en el pueblo segoviano de Aragoneses; en él vivía la familia Martín Borregón. El día dos de octubre de 1918 falleció David Martín Borregón a los dieciséis años. El resto de la familia, después de regresar del cementerio de dar sepultura a su hijo, se dirigieron a su casa para cuidar de Samuel, su otro hijo, quién también estaba enfermo. Todas las medidas fueron estériles, muriendo el día tres a los veinticinco años, al día siguiente que lo hiciera su hermano. El hogar se quedaba vacío y sus padres, viendo como la epidemia se cebaba con ellos, nos les quedaban más remedio que velar por sus vidas. Cuando la familia empezaba a asimilar la pérdida de sus seres más queridos, la muerte volvió a visitarles, en este caso se llevó a la madre, Estefania Borregón Gozalo, falleciendo el cinco de octubre, tres y dos días después que lo hubieran hecho sus dos hijos. Ricardo Martín Gómez, esposo de esta última y padre de los dos anteriores, maldecía al destino a la vez que intentaba luchar por su vida Independientemente del origen, transmisión y vía de entrada de la gripe al territorio español, el caso fue, que la provincia de Segovia también se vio afectada. La evolución de la epidemia tuvo un desarrollo similar al del resto del país, aunque a diferencia de otras regiones, su tercera ola fue más mortal que las dos anteriores. Con la llegada de las primeras noticias, las autoridades procedieron a implementar un amplio abanico de medidas en función de la gravedad. Las principales líneas de actuación estuvieron dirigidas especialmente a la prevención, sobre todo, higiene, desinfección y aislamiento. Con la epidemia en la ciudad, todos estos esfuerzos resultaron inútiles, más que por el número y eficiencia de las medidas, por la falta de profundidad y recursos para implementarlas. Las infraestructuras de los municipios, el número de sanitarios, los escasos medios médicofarmaceúticos y la precariedad de la población, hicieron el resto, reflejando la indefensión en la que se encontraba los vecinos, sintiéndose impotentes cuando la epidemia llamaba a sus puertas y se llevaba a sus seres más queridos. La enfermedad recayó en los grupos más vulnerables de la sociedad, aquellos situados en los barrios más humildes, demostrando una vez más ser una epidemia clasista, estando evidente la relación entre mortalidad y grupo social. La ocupación de jornaleros de la gran mayoría de los hombres fallecidos, atestiguan esta realidad. El otro grupo, el de los militares, nos arroja la otra gran consecuencia, la causa-efecto entre el sector castrense y la propagación de la enfermedad. La mayor pandemia de los últimos años dejó mella en la población segoviana, influyendo en el cómputo general de muertes tanto a nivel local como provincial, siendo 1818 y 1919 los años de mayor mortalidad de la década. La enfermedad incidió más en los hombres que en las mujeres, situación excepcional en comparación con el resto de las localidades españolas. Los grupos de edades más perjudicados fueron prácticamente los mismos, repercutiendo en el número de matrimonios de los años posteriores. La actividad general de la provincia se vio afectada por el paso de la epidemia. A nivel económico, además de su paralización por la clausura de bares, teatros y comercios, la suspensión del funcionamiento de las escasas fábricas, cierre de estaciones telegráficas o del periódico, las consecuencias más importantes tuvieron que ver con la escasez de algunos productos y la subida generaliza de los precios, evidenciando una vez más la relación entre catástrofe epidemiológica y secuelas económicas. A diferencia de la anterior, la del cólera, la gripe vino acompañada de un aliciente internacional, la Primera Guerra Mundial, provocando que estas fluctuaciones y escasez ya vinieran marcadas de antes y con ello, una mayor acentuación.
Contribución de la obra social femenina de Nuestra Señora de los Desamparados al desarrollo de la enfermería en la Valencia de los años cuarenta Atender a las particularidades de las diversas disciplinas profesionales contribuye a enriquecer el corpus de conocimientos que las integran. Las aportaciones que se realizan desde el ámbito local ayudan a completar este conocimiento y ponen de manifiesto la singularidad de unos acontecimientos que, desencadenados por diversos condicionantes, explican el hecho histórico. El objetivo perseguido con la redacción de este artículo se centra en dar a conocer la influencia que, la iniciativa llevada a cabo por la Obra Social Femenina de Nuestra Señora de los Desamparados de Valencia (OSF) tuvo en la promoción personal y profesional de la mujer valenciana. Concretamente centramos nuestra atención en la tarea llevada a cabo desde la OSF en la promoción de la mujer enfermera. Siguiendo el modelo de investigación histórico basado en la obtención de los datos de forma organizada y sistemática, consultamos fuentes primarias que aportan datos relevantes y hasta hoy desconocidos al estudio y consultamos también bibliografía especializada que nos ayuda a situar, analizar y comprender las circunstancias en las que acontecen los hechos. Enfatizando en el rol social que jugaría la mujer durante las primeras décadas del franquismo y justificando la necesidad de profesionales sanitarios que velaran por poner en práctica las medidas eugenésicas propuestas por el Nuevo Régimen, procuraremos una visión general de la profesión enfermera en aquellos años. Para terminar, y en el contexto de una de las instituciones privadas, que al amparo de la orden de 21 de mayo de 1941 ofrecía la posibilidad de dar validez oficial a los estudios de enfermera, llegamos a descubrir la presencia de una agrupación local de enfermeras que impulsada desde las filas del asociacionismo confesional de principios de siglo XX, contribuyó a la formación de las enfermeras valencianas. Tras el conflicto bélico, con la llegada del nacional-catolicismo y la eclosión de la Sección Femenina de FET y JONS como elementos predominantes en el control ideológico de la población, especialmente de la femenina, se iniciaría una etapa marcada por el resurgimiento de la presencia de órdenes religiosas en la atención al enfermo, la división del trabajo en función de los sexos o la aparición de un sistema formativo con claras connotaciones ideológicas de dudosa calidad formativa (Siles González, 2008, p. Las enfermeras, ávidas de un reconocimiento formal e institucional de sus funciones desde su reconocimiento como profesión en 1915, encontrarán en estos años difíciles una oportunidad para su desarrollo y promoción profesional. Su imagen ligada al estereotipo propuesto por el estado como ideal de mujer y la patente división de roles respecto al género que impregnarán la esfera social, a la que sumamos las difíciles situaciones de pobreza, insalubridad y enfermedad surgidas como consecuencia del conflicto bélico, supondrán una oportunidad para visibilizar la función de las enfermeras sobretodo en el ámbito comunitario. Si las mujeres tuvieron proyección político social y cierta autonomía en la educación y en las políticas asistenciales durante el periodo franquista, fue porque interviniendo en estos campos lograban resaltar y acentuar su misión como educadoras y madres de familia. Si durante la segunda República, algunos grupos de católicas activistas habían alzado la voz y se habían manifestado en aras de una educación católica, en defensa de la familia tradicional y en la necesidad de mantener a la mujer en el hogar para perpetuar el modelo de familia tradicional y cristiana que se veía altamente amenazado por la irrupción de nuevas ideologías liberales y marxistas, ahora con la implantación del Nuevo Régimen continuarían luchando por la defensa de estos valores pero motivadas por otros como, la regeneración nacional o el ensalzamiento de la Patria. La preocupación pronatalista del Régimen, sintetizada en la famosa frase del Caudillo de llegar a la cifra de "cuarenta millones de españoles", incluía también medidas encaminadas a la educación de las madres en principios de puericultura e higiene, pues serán ellas las encargadas de "suministrar a la Patria hombres para engrandecerla" (Sánchez Blanco, 2010, p. Esta idea, se asentará sobre un discurso basado en la re-conceptualización de la maternidad como un deber social femenino, y en el ejercicio de la maternidad como una misión casi profesional. Así, el cometido social de las mujeres será garantizar la procreación y la supervivencia de las futuras generaciones de ciudadanos en óptimas condiciones de salud e higiene (Nash 2000, p. 693), pasando a ser disciplinas como la puericultura y la maternología elementos clave de la política demográfica franquista, y la tarea de instruir y educar a la mujer en sus deberes maternales un objetivo claro (Palacio Lis 2003, p. La política sanitaria de los primeros años del franquismo, se centró en dos cuestiones primordiales, aumentar la natalidad y disminuir la mortalidad infantil. Para ello, las nociones sobre cuidados en cuestiones de puericultura e higiene tenían que ser llevadas a todos los rincones de la geografía española, y figuras como las divulgadoras rurales de la Sección Femenina, las instructoras de sanidad y las enfermeras sociales surgirían con fuerza para poder transmitir estas cuestiones hasta los pueblos más remotos (Bernabeu Mestre y Gascón Pérez 1999, p. El oficio de enfermera se alzaba como una "pieza esencial en la medicina social del franquismo, al ser utilizado como correa de transmisión de las prácticas higiénico-sanitarias impulsadas por la Sección Femenina" (Fernández Giménez 2008, p. Además, la enfermera encarnaba a la perfección el modelo de mujer defendido por el franquismo, tanto es así, que entre las carreras aptas o apropiadas a las que las mujeres podían dedicarse se encontraba la de enfermera (Agulló Diaz 1999, p. La asistencia sanitaria, la educación o el control de la salubridad e higiene serían tareas llevadas a cabo por mujeres, por lo que la demanda de estas nuevas profesionales fue en aumento. Por otro lado, la marcada superpoblación en algunas ciudades y el hacinamiento consecuente, actuaron como factores favorecedores de la aparición de tuberculosis y otras enfermedades como el tifus exantemático, viruela, paludismo, avitaminosis, anemias y difteria, que componían el catálogo de las enfermedades recurrentes en aquellas décadas de miseria y condiciones higiénicas deplorables (García Ferrandis 2013, p.13-34). Estas situaciones que requerían de un control sanitario urgente junto con otras motivaciones de orden ideológico como fue la difusión de la ideología del Régimen, fueron tareas de las que la mujer fue máxima responsable. La dispersión de figuras encargadas de poner en poner en práctica las políticas sanitarias del franquismo, así como los diferentes programas formativos que las acreditaban o el ámbito profesional donde desempeñaban su función fue tan variado e irregular que provocó la aparición de varias figuras profesionales con unos cometidos de gran similitud. Mostramos a continuación una breve reseña de la situación en la que se encontraba la profesión enfermera al finalizar la contienda. Cuando en julio del 1936 estalló la guerra civil, tanto en el bando republicano como en el sublevado, muchas mujeres se ofrecieron como voluntarias para asistir a los heridos, incluso careciendo de experiencia en cuestiones sanitarias. Así, dentro del Bando Nacional, Cruz Roja, las Margaritas del partido carlista, la Sección femenina de la Falange y Sanidad Militar, fueron los 4 organismos que ofrecieron formación para la asistencia sanitaria (López Vallecillo, 2016 p. El Frente Popular estuvo apoyado por organizaciones feministas tales como la Unión de Mujeres Antifascistas, el Socorro Rojo Internacional, las Brigadas Internacionales, las Escuelas de Alerta y el Comité Internacional de Cruz Roja (Domínguez Isabel, et al. 2019, p. Al terminar la guerra, la necesidad de implementación de las nuevas políticas sanitarias y la gran diversidad de figuras encargadas de la atención sanitaria no estrictamente médica, exigía una reglamentación profesional que las aunara. Y aunque no todas corrieron la misma suerte, - pues los títulos expedidos durante la guerra, en zona republicana, fueron anulados al terminar ésta (Domínguez Isabel, et al. p. 83), - en 1942 se creó el Cuerpo de Enfermeras de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. que daba cabida a todas las enfermeras de distinta formación que tras validar su título y completar su formación con los cursos pertinentes, podían especializarse en enfermeras de guerra y/o visitadoras sociales (BOE, 13, p. Además de las enfermeras de Falange Española, en 1941 se inauguraría la Escuela Nacional de Instructoras Sanitarias, dependiente de Sanidad Nacional, donde se formaría a las futuras instructoras de sanidad, que pertenecerían al Patronato Nacional Antituberculoso y enfermedades del tórax o se especializarían en puericultura. Del Ministerio de Gobernación, concretamente de la Dirección General de Beneficencia, dependerían las enfermeras del Auxilio Social, que solapaban sus funciones con las de las visitadoras de la Sección Femenina o las de las instructoras de la Escuela Nacional de Sanidad (Bernabeu Mestre y Gascón González, 1999, p.105-106). Éstas, debían cumplir con una serie de requisitos que poco tenían que ver con nociones técnicas o profesionales, "Deben ser simpáticas, inteligentes y con gran tacto social, cariñosas con los niños, abnegadas, capaces de tener influencia con las madres y nodrizas, y someterse sin vacilaciones a las órdenes del Médico asesor provincial". Y por último, el cuerpo de Divulgadoras Sanitarias que surgía desde la Hermandad de la Ciudad y del Campo, se encargaría de la atención sanitaria en las zonas rurales (Bernabeu Mestre y Gascón González, 1999, p.102-109). A estas profesionales, se sumaban los practicantes y matronas formados en las facultades de medicina desde 1857 en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Cádiz, Granada, Salamanca, Santiago, Valladolid y Zamora, las enfermeras que eran preparadas por las Escuelas de la Cruz Roja española que distinguía entre las profesionales y las damas auxiliares (Camaño Puig y Forero Rincón, 1998, p. 161), y las órdenes religiosas, que seguían prestando cuidados en el ámbito hospitalario. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl o los Hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, constituyen dos claros ejemplos de ello (Cantero González, Hernández Conesa y Beneit Montesinos, 2010, p.255). Otras iniciativas de carácter privado, impulsadas desde las filas del asociacionismo confesional y con una importante repercusión a nivel nacional, también trabajarán por la formación y promoción de las enfermeras. La Hermandad Profesional de enfermeras Salus Infirmorum, constituida en el seno de la Acción Católica y fundada por María de Madariaga en Madrid, además de contribuir a la formación de futuras enfermeras a través de su escuela inaugurada en 1943, ofrecerá a las enfermeras y futuras enfermeras una oportunidad para organizarse profesionalmente y luchar en favor de los intereses humanos y profesionales de sus componentes. La Hermandad aglutinará a enfermeras representantes de Renfe, Sanidad Militar, Sanidad Civil, del Seguro de Enfermedad, de la Obra de 18 de julio, Cruz Roja, Auxilio Social, de residencias sanitarias, de clínicas y sanatorios y a las voluntarias de servicios parroquiales de suburbios, pues en aquellos momentos no existe ningún colegio o asociación profesional de enfermeras que las ampare (Chamorro Rebollo, 2016, p.122). Será la orden de 1945 por la que se aprueba el Estatuto de los Colegios de Practicantes, Matronas y Enfermeras, el primer intento de unificación colegial y profesional en la historia de la profesión (BOE 293, p. A nivel local, y concretamente en la ciudad de Valencia, también surgirá una iniciativa a favor de la mujer enfermera que luchará por su promoción personal y profesional. Capitaneada por Ana Pons Carda, la agrupación de enfermeras de la Obra Social Femenina de Ntra. Sra. de los Desamparados, contribuirá durante los años cuarenta a la formación de las enfermeras valencianas. En este trabajo, se pretende evaluar la situación de la formación enfermera en la posguerra, la influencia de las políticas sanitarias del primer franquismo en la sociedad y la relación entre estas políticas y la cuestión del género, con la intención de establecer relaciones que expliquen el devenir de la profesión. La consulta de fuentes primarias localizadas en el Achivo de la Obra Social Femenina de Ntra. Sra. de los Desamparados de Valencia, situada en la calle Serrans número 3, nos ha permitido acceder a una documentación novedosa e inédita, que completa la historia de la profesión enfermera, sobre todo a nivel local. Desde mediados del siglo XIX, se suceden en España una serie de cambios socioeconómicos que suscitarán el nacimiento de nuevos movimientos sociales. El liberalismo económico, impulsó el desarrollo industrial en zonas como Cataluña o el País Vasco (Raveux, 2005, p. El despegue de la explotación minera en el norte del país favoreció la aparición de la empresa siderurgia, los altos hornos fueron sustituidos por las antiguas herrerías y el sistema de producción organizado en fábricas fue ganando terreno. Los nuevos modelos de producción exigían cambios sociales y demográficos que no tardaron en tener consecuencias en la vida de la nueva clase social surgida: el proletariado. Las fábricas se van a instalar en las ciudades lo que provocará un trasvase de mano de obra y recursos desde la agricultura a la industria. Estos núcleos de población registrarán un importante crecimiento con los problemas inherentes a la masificación. Hacinamiento, pobreza, malas condiciones en la vivienda, humo de las chimeneas de las fábricas, basura, poca sanidad y la tensión entre los obreros proletarizados y los capitalistas serán problemas cada vez más frecuentes (Chaves Palacios, 2004, p. De este modo, la asociación entre iguales en aras de luchar por unos derechos laborales dignos y justos, así como la demanda a las autoridades de jurados mixtos para negociar colectivamente las condiciones laborales o la reivindicación a través de prensa escrita para concienciar a la sociedad, tomarán todo su sentido, surgiendo así el conocido como movimiento obrero. También desde la Iglesia católica, se pondrán en marcha iniciativas a favor de los más desfavorecidos en este nuevo orden social. El conocido catolicismo social alentado por las directrices expuestas en la encíclica Rerum Novarum de León XIII, sobre las condiciones de las clases trabajadoras, ofrecerá una visión del obrero como persona de derechos y merecedor de un sustento que le garantice la posibilidad de vivir una vida digna (León XIII, 1891). A partir de esta nueva concepción de la intervención social de la Iglesia que Montero describe como un proceso de maduración desde una mentalidad tradicional benéfico- caritativa hacia una actitud nueva, propiamente social (Montero García, 1984, p. 187) se pondrán en marcha iniciativas a favor de obreros y trabajadores. En este contexto de lucha entre clases y reivindicación de derechos socio- laborales, la situación de los obreros se auguraba difícil y precaria, pero aún peor resultaría para la mujer. El trabajo extra doméstico se impuso para ellas como un deber inexcusable, su sustento y el de su familia dependía ya no solamente del trabajo del hombre sino del suyo propio, de este modo, el trabajo femenino se convertía en una amenaza que hacía tambalearse los pilares sobre los que se sustentaba la familia tradicional. Esto provocó una actitud de rechazo hacia el trabajo de la mujer, especialmente el de la mujer casada en un taller o fábrica fuera del domicilio familiar. Sus salarios eran mucho más bajos que los de los hombres, no era contemplada la baja por maternidad y su pluri- actividad en el hogar y en el trabajo las llevaba a jornadas extenuantes que desde muy jóvenes mermarían su salud, más si tenemos en cuenta los múltiples partos que sufrían (Monlleó Peris 2004, p. El trabajo desempeñado por las mujeres tenía un carácter subsidiario respecto al del hombre, constituía junto con los niños, mano de obra barata, sin cualificar y sin posibilidades de promoción y ascenso a nivel profesional. La falta de instrucción, la educación basada en la pervivencia de los roles sexuales tradicionales, y el cultivo de las virtudes de abnegación y obediencia que se le suponían a la mujer, acallaban sus posibles reivindicaciones y hacían del empleo femenino una sustanciosa opción para los empleadores. Mucho más aceptado y conveniente se vio el trabajo a domicilio, que permitía a las mujeres atender a sus obligaciones domésticas, pero la realidad vivida por las mujeres que lo desempañaron fue bien distinta. Las largas jornadas de trabajo, los sueldos insuficientes junto con la desprotección legal, hicieron de la obrera de la aguja "víctima de unas condiciones de vida y de trabajo extremadamente duras e injustas, necesitada de ayuda para mejorar su situación y orientar adecuadamente su vida" (Blasco Herranz, 2008, p. En el caso de Valencia, la ocupación de las mujeres valencianas y su entorno próximo, se centraba básicamente en actividades agrarias y en actividades relacionadas con la industria textil y la indumentaria, sin olvidar la cerámica y la industria tabaquera (Teixidor de Otto y Hernández Soriano, 1998, p. Junto con Madrid y Barcelona, Valencia capitaneaba la lista de ciudades en las que mayor número de mujeres se dedicaban a la industria del vestido. Ante la difícil situación que sufre la mujer obrera, empiezan a surgir voces que reivindican para ellas mejoras en las condiciones laborales y sociales. El 12 de mayo de 1912 y a iniciativa de Don Manuel Pérez Arnal, sacerdote y canónigo de la catedral de Valencia, quedaría legalmente constituido un sindicato católico femenino que contó en sus inicios con 19 socias (Ramón Fernández, 2001, p. El Sindicato obrero de trabajadoras de la Aguja y similares, bajo la protección de Nuestra Señora de los Desamparados, que fue el nombre que adoptó la agrupación femenina, prorrumpía con tres objetivos principales: El estudio, defensa y desarrollo de los intereses morales y profesionales de las asociadas, la mejora económica de las asociadas mediante instituciones de asistencia y previsión y finalmente, la instalación de oficinas de dirección profesional para atender las cuestiones derivadas del desempeño laboral de las obreras Este sindicato, surgido desde la sección de lecturas de la Obra de Protección de Intereses Católicos, obra adherida a la Acción Católica de la Mujer, proponía en el artículo 44 de sus estatutos, la clasificación de los diferentes oficios por gremios profesionales y éstos divididos por secciones o grupos de parroquias, con su Junta Directiva compuesta de Presidencia, Secretaria y Tesorera con sus vices o auxiliares y de las Delegadas parroquiales, elegidas todas entre las sindicadas del mismo oficio Alrededor de este sindicato, legalmente constituido, e instalado inicialmente en el entresuelo de la calle Hierros de la Ciudad, 2, se agruparon los distintos gremios de mujeres trabajadoras: Modistas, Costureras, Sastreras, Ropa Blanca, Bordadoras, Sombrereras, Pasamaneras, Calceteras, Cajas de Cartón, Corseteras, Fábrica e Industria y del Arte de la Seda, a los cuales se unieron más tarde, los de Dependientas y el de Sirvientas (Palacio Lis y Ruiz Rodrigo, 1990, p. Será en el boletín mensual que la misma organización sindical publicaba desde marzo de 1913 titulado, Mensajera del Sindicato de la aguja y similares de Ntra. Sra. de los Desamparados, en el que aparecerá por primera vez en junio de 1934, la referencia a una clase de enfermeras: "La clase de enfermeras dirigida por el Dr. Moreu, ha venido funcionando durante todo el curso sin interrupción alguna y con gran interés por parte del profesor y con aprovechamiento de las alumnas; así lo han demostrado siendo un buen número de ellas las que se han examinado oficialmente en la Facultad de Medicina, obteniendo la calificación de notable y sobresaliente; se ha organizado este verano un cursillo breve para las que quieran examinarse en septiembre, y el curso complementario de ética profesional cristiana de la enfermera. Reciban nuestra felicitación, tanto el Profesor como las alumnas, por el éxito obtenido" Este dato aislado encontrado en el Boletín publicado por el Sindicato femenino, es el que irremediablemente nos llevó a indagar en el Archivo de la Confederación Regional de los Sindicatos Valencianos, actualmente Obra Social Femenina de la Virgen de los Desamparados, para protección, asistencia y formación integral de la mujer que vive del trabajo, en adelante OSF, en busca de nuevos datos. Esta fue la denominación con la que a partir de la ley de 26 de enero de 1942 sobre la Unidad Sindical del Estado tomaría el hasta entonces conocido como Sindicato Obrero de Trabajadoras de la Aguja fundado por Pérez Arnal en 1912. Su fin principal se asemejaba en gran medida al perseguido por la organización sindical pues sus estatutos establecieron como fin y objeto principal de la misma: "El fomento ya individual, ya organizado, permanente o transitorio, de toda actuación de protección, asistencia y de formación integral de la mujer que vive del trabajo, de cualquier profesión" Además, de esta colaboración con la Central Nacional Sindical, la OSF quedaría integrada como obra auxiliar de la Acción Católica y en su carácter de obra auxiliar remitía listado completo de todos los miembros diocesanos que la integraban, así como la designación de un miembro que actuase como vocal en la Junta diocesana de Acción Católica. A cambio, la OSF, conservaba su autonomía propia y mantenía su dirección siempre que se mantuviese una coordinación y colaboración con los organismos oficiales La organización de enfermeras existente en la OSF, data originalmente de 1932, así lo atestigua el fragmento referido a la fundación de esta sección en las memorias de la OSF: "Un pequeño grupo de valientes enfermeras (conviene recordar que por aquel entonces acababa de estallar la República) que no se arredraron ante todas las dificultades que con motivo de aquél odioso régimen se presentaban a cada momento. Desde entonces hasta la fecha, (...) ha llevado una gran actividad en beneficio de las enfermeras componentes de dicha Agrupación que tiene por Patrona a la Virgen de la Salud" La misma memoria referida en la nota anterior, habla de 279 hojas de solicitud de ingreso en la organización, y entre ellas, se contabilizaban 9 solicitudes de ingreso al gremio de enfermeras. La Sección de enfermeras, quedaba oficialmente reorganizada en la OSF, a principios del curso 1940-41, y se constituía como una agremiación o hermandad que englobaba tanto a enfermeras tituladas como a aquellas que quisiesen recibir formación para acceder al título. Además de actuar como instrumento para la formación y preparación de las futuras enfermeras, tenía un carácter aglutinador que contemplaba otros aspectos relacionados con la formación moral y la protección laboral de las profesionales. A continuación, reproducimos el fragmento relativo a la reorganización de la sección de enfermeras localizado en la memoria de los trabajos realizados en la OSF relativa a 1940: "Ha quedado constituida la sección de enfermeras, que cuenta en la actualidad con 70 socias. Esta asociación organizó al principio de curso las clases preparatorias para enfermeras dadas por los Dres. Moreu y Gallardo, matriculadas en dichas clases 40, también se tiene en proyecto la clínica de urgencia, que en breve funcionará para que se beneficien de ella todas las socias que lo deseen. En el segundo semestre del mismo año, la sección de enfermeras cuenta con 20 nuevas asociadas" Esta Sección de enfermeras incluía socias enfermeras con título de Cruz Roja unas, otras con el de Sanidad Militar, otras con el de Puericultura, otras con el de Falange, y muchas otras con el de la Facultad de Medicina, lo que confirma la diversidad de posibilidades formativas que se contemplaban en el panorama nacional para poder optar al título de enfermera profesional. La Orden Ministerial de 21 de mayo de 1941 que daba validez oficial a los estudios ofrecidos por Cruz Roja y otras instituciones similares, y cifraba en dos años la formación necesaria para la obtención del título de enfermera a través de un plan de estudios aprobado por la facultad de medicina correspondiente, constituiría una oportunidad de regulación profesional, y sería aprovechada por la Sección de enfermeras de la OSF para ofrecer cursos preparatorios que facilitarían la preparación de las futuras enfermeras para superar el examen oficial. "Acaban de comenzar hace unos días, las clases correspondientes al curso preparatorio de la escuela de enfermeras. En ellas se prepara a la futura enfermera para ingresar en los dos cursos que hoy existen para dicha carrera, siendo siete asignaturas las que en este curso preparatorio se dan. A todas las que les interese seguir la profesión de enfermeras, pueden pasar los martes y los viernes a las siete y media por las oficinas del Gremio de enfermeras, y podrán obtener más detalles" Como obra católica comprometida con la formación y promoción femenina, el cuidado de la vertiente moral y espiritual de las futuras enfermeras no quedaba desatendido y la oferta de cursillos de ética profesional, así como la participación en retiros espirituales o la celebración de misas de hermandad de cada gremio, sería una constante de la que se las memorias de actividades del curso también se harían eco. "La formación moral y espiritual de nuestras asociadas, se ha llevado a cabo por medio de la Misa de la Hermandad mensual con meditaciones propias, ejercicios espirituales, conferencias de religión y moral, cursillos de ética profesional y fiesta religiosa anual propia de nuestra Agrupación, que como dijimos al principio de esta nota, está bajo la advocación de la Virgen de la Salud" La formación práctica de las futuras enfermeras, se realizaba a través del gabinete de asistencia médica que la OSF ofrecía a sus afiliadas y familiares. El registro de inyectables administrados o las curas realizadas en el gabinete, confirman la actividad llevada a cabo por estas mujeres, puede observarse dicha actividad en la tabla número 3 de este mismo artículo. La defensa profesional de las enfermeras se garantizaba a través de la organización de un Servicio domiciliario desde el cual, aquellos que tuviesen necesidad, podían reclamar sus servicios, acordando cuestiones laborales relativas a duración de la jornada o remuneración de la misma. Tampoco hemos olvidado la protección y defensa profesional de nuestras compañeras, teniendo organizado con miras a lo primero, un servicio Domiciliario donde nuestras socias enfermeras, tienen un medio de ejercer la profesión remuneradamente. Dicho servicio está establecido de la siguiente forma: Servicio nocturno: de 10 de la noche a 7 de la mañana, 15 pesetas incluida la cena. Las horas de prolongación de servicio a petición de los interesados, se cotizan a 2 pesetas la hora Actividades desempeñadas por las enfermeras de la OSF en el Gabinete de asistencia médica- Los datos que confirman la actividad del gremio de enfermeras se recogen en las memorias de la OSF. Mostramos a continuación la evolución de esta agremiación profesional desde su reorganización en 1939 hasta 1953, año en el que se inaugura en Valencia la Escuela de enfermería de Ntra. Sra. de los Desamparados y se dictan las normas para la nueva organización de estudios de enfermería. Nos ayudamos de algunos gráficos que nos facilitan la comprensión de los datos de un modo más global. Dicha escuela, inaugurada en 1953, seguiría adaptándose a los continuos cambios acontecidos en la formación enfermera. La aprobación del Real Decreto 2128/1977 de 23 de julio, sobre la integración en la universidad de las escuelas de ATS como Escuelas Universitarias, convertía a las escuelas existentes en las facultades en universitarias directamente, y las que dependiesen de instituciones privadas debían solicitarlo al Rector de la universidad a la que debían quedar adscritas. Sra. de los Desamparados de Valencia, quedaba autorizada a matricular a los primeros alumnos, tanto hombres como mujeres, en la Escuela Universitaria de Enfermería de Ntra. Sra. de los Desamparados, adscrita desde entonces a la Universidad de Valencia. Más tarde, la escuela universitaria pasaría a depender de la Universidad Católica de Valencia, a partir de 2005. Con la nueva normativa de integración en el Espacio Europeo de Educación Superior, la Universidad Católica de Valencia, transformaría su Escuela Universitaria en Facultad de Enfermería de donde a partir de entonces egresarán enfermeros graduados, posibilitándose así la regulación de los estudios de post grado y ofreciendo a la enfermería, un desarrollo formativo completo, encaminado a la especialización en el ámbito académico y/o investigador. La eclosión de iniciativas a favor de la promoción personal y profesional de la mujer, no surge como un fenómeno aislado o puntual en Valencia. Si allí se inauguraba un sindicato femenino protector de obreras y trabajadoras durante los primeros años del siglo XX, otras ciudades españolas sufrirían fenómenos de la misma índole. Tal es el caso de Madrid donde se fundó el primer sindicato femenino en 1909 con el nombre de Sindicato de Oficios Varios o el de Barcelona fundado en 1909 bajo el nombre de Sindicato de la Aguja. En Vitoria, a partir del Sindicato de la "blanca" fundado en 1909, surgirían nueve sindicatos femeninos a lo largo de los diez años siguientes. En 1913 se constituyó en Gijón el sindicato de sirvientas, el de la aguja y el de las cigarreras. Ciudades como Irún, Oviedo, Santander, Cádiz, Jerez de la Frontera, León, Montilla y Novelda también contarían con sindicatos para sus obreras trabajadoras en el sector textil. En 1918 se crearía el sindicato de modistas de la Vall d'Uxó, y en 1919, en esta misma localidad, se inauguraba el sindicato de obreras de fábrica y el de sirvientas. Este sindicalismo de origen católico, surgiría con fuerza para reivindicar unas condiciones sociales y laborales dignas para un sector poblacional que no había sido tenido en cuenta hasta entonces (Luengo López, 2009, p. El nuevo marco civil y eclesiástico radicalmente distinto a la etapa anterior a la guerra civil, exigirá una adaptación legal de la situación del sindicato femenino valenciano que, bajo la denominación de Obra Social Femenina de Nuestra Señora de los Desamparados, seguirá trabajando por la promoción de la mujer. Tampoco la asociación o gremio de enfermeras inserto en esta Obra Social será un fenómeno aislado en el asociacionismo profesional enfermero de los años cuarenta, pues en Madrid, de la mano de su fundadora María de Madariaga y Alonso (1905-2001) se pondría en marcha una Hermandad Profesional de enfermeras cuyo objetivo comprendería la agrupación profesional de las enfermeras católicas, con la finalidad de alcanzar la mejora en el ámbito religioso, moral profesional, científico profesional y apostólico de sus componentes. La similitud de objetivos perseguidos entre las dos asociaciones profesionales propiciaría el encuentro de Doña Ana Pons Carda, responsable de la agrupación de enfermeras valenciana con la presidenta nacional de la Hermandad profesional Salus Infirmorum de Madrid, Doña María de Madariaga, con la finalidad de conseguir integrarse en esta Hermandad Nacional que en los años cincuenta estaría ya presente en varias ciudades españolas El 15 de noviembre de 1949 quedaría constituida la Hermandad en Valencia, y la publicación periódica de la Hermandad Profesional difundiría la noticia. Un año después de la puesta en marcha de la Hermandad en Valencia, el 26 de febrero de 1950, quedaría inaugurada en el número 4 de la calle Mosén Milà de Valencia, la sede social de la Hermandad Profesional en Valencia. El arzobispo diocesano Don Marcelino Olaechea, representantes de la sanidad valenciana y de la Acción Católica, se darían cita en el acto inaugural. Salus Infirmorum, tuvo un papel fundamental en el desarrollo de la formación enfermera en los años cuarenta, aportando la experiencia acumulada de diez años en la formación y participando de forma activa en la Comisión Ministerial para la reforma de los estudios de enfermera. Entre sus contribuciones más importantes en esta comisión, destacar que elevó a tres años la formación en régimen de internado de las alumnas, luchó por la incorporación de materias como la Religión y la Moral en los planes de estudios, y llevó al ámbito extra hospitalario la formación práctica de las alumnas (Chamorro Rebollo 2016, p. La presencia de esta Hermandad Profesional de enfermeras en Valencia fue crucial en un momento clave para la historia de la profesión, la publicación de la orden de 4 de agosto de 1953 que dictaba las normas para acceder a los estudios de enfermera (BOE 244, p. 52-58), fue posible gracias a la intervención de una pequeña agrupación surgida desde las filas del asociacionismo confesional de principios de siglo. Este vínculo entre asociaciones profesionales hasta ahora desconocido, evidencia el compromiso de un pequeño grupo de mujeres con la promoción profesional de la enfermería en el ámbito local. Las condiciones de pobreza, hambre, insalubridad o hacinamiento en las que queda el país tras el conflicto bélico, exigen una actuación urgente por parte del nuevo gobierno estatal. Las medidas eugenésicas llevadas a cabo durante los primeros años de la posguerra encontrarán en la mujer el instrumento idóneo para vehiculizar estas políticas de higiene, salubridad y natalidad a favor del engrandecimiento de la Patria. El oficio de enfermera se consolida como pieza esencial en la medicina social del franquismo, aunque existe gran variedad de figuras profesionales con cometidos de gran similitud. Las nuevas órdenes legislativas posibilitarán a instituciones privadas formar a futuras enfermeras siempre que los planes de estudios se ajusten a los planes aprobados por las facultades de medicina. Desde el seno de la Acción Católica, única organización permitida al margen de la influencia directa del gobierno, se organizará una Hermandad profesional de enfermeras a nivel nacional que, bajo el nombre de Salus Infirmorum, ofrecerá a sus integrantes una formación técnica, moral y profesional basada en los principios del humanismo cristiano. En el caso valenciano, alentado por los principios del catolicismo social, surge una iniciativa a favor de la promoción social, laboral y profesional de la mujer, el Sindicato obrero de trabajadoras de la Aguja y similares, bajo la protección de Nuestra Señora de los Desamparados. Con el nuevo ordenamiento jurídico propuesto durante el franquismo el sindicato adoptará una nueva denominación y la OSF quedará relegada a la categoría de centro colaborador y de apoyo a la única organización sindical permitida, a la vez que integrada en calidad de obra auxiliar en la Acción Católica diocesana. La actual OSF, contará con una agrupación de enfermeras desde 1934 que tras el conflicto bélico continuará con su labor de formación y promoción de las enfermeras en el ámbito local. En su lucha por la promoción personal y profesional de la mujer, la responsable de la agrupación local de enfermeras de la OSF procurará trasladar el modelo de Salus Infirmorum a Valencia consiguiéndolo en 1949. A nivel local la agrupación de enfermeras impulsada por la OSF de Valencia y a nivel nacional la Hermandad profesional Salus Infirmorum, contribuirán a la formación personal y profesional de las enfermeras españolas en un periodo de importantes transformaciones para la profesión.
El trabajo de Antonio Chamorro en el Institut du Radium de París (1938-1952): hormonas y cáncer de mama El objetivo de este trabajo es visibilizar la relevancia de uno de los personajes que fueron víctimas del exilio científico tras la guerra civil española. Se trata de Antonio Chamorro Daza (Huesa, Jaén, 1903-Banyoles, Girona, 2003), un Profesor Ayudante de Clases prácticas de la Facultad de Medicina de Granada que, sorprendido en Berlín por la sublevación militar, posteriormente fue juzgado por el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo e inhabilitado para el ejercicio profesional en España. Como refugiado político en París, formó parte de una élite de investigadores que volcaron sus esfuerzos en la investigación experimental sobre el origen hormonal del cáncer de mama, basándose en la llamada medicina de laboratorio, con notables hallazgos, reconocidos en el gran número de publicaciones en las que se les tuvo en cuenta. El grupo de trabajo estuvo dirigido por el médico francés Antoine Lacassagne, quien influyó decisivamente en el porvenir de Antonio Chamorro. Gracias a la labor de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas o JAE (1907-1939), la ciencia española, en las primeras décadas del siglo XX, había alcanzado niveles equiparables a los europeos, debido al gran número de profesores de todas las disciplinas que viajaron por los diferentes países en los que se estaban llevando a cabo importantes descubrimientos (Otero y López, 2012, p.127). El programa científico y cultural desarrollado por la JAE no sólo representó el proyecto más innovador para España, con la creación de laboratorios, centros de investigación, dotación de becas para estudiar en el extranjero, etc., sino que puso en contacto a los principales pensadores y científicos de España con los de otros países y continentes. En plena Guerra Civil española, el 19 de mayo de 1938, el gobierno franquista decretó el cese de las actividades de la JAE, pero la Junta mantuvo una delegación en Valencia, apoyada por el gobierno legítimo de la República, que posteriormente se trasladó a Barcelona. A lo largo de la guerra civil, muchos de los científicos de la JAE se vieron obligados a abandonar el país 1, con la consiguiente repercusión sobre el devenir de la ciencia española. El objetivo principal de nuestro trabajo es difundir la vida y la obra de un pensionado de la JAE, Antonio Chamorro Daza, como contribución a la labor reparadora que se está llevando a cabo con el fin de mejorar el conocimiento del exilio científico español desencadenado tras la sublevación franquista y la instauración de un régimen dictatorial en el país Antonio Chamorro ha sido obviado por los historiadores hasta no hace demasiado tiempo (Girón y Barranco, 2010, p. Francisco Guerra, aunque fue uno de los más reconocidos investigadores de la medicina en el exilio republicano (Guerra, 2003), no lo mencionó en su obra, a pesar de que ya se había hablado de la importancia de su trabajo (Barranco, 1987, p. 130) y se habían difundido sendos artículos sobre su vida y su obra (Barranco, 1999, p. Hemos estructurado esta publicación en tres apartados. En el primero exponemos la formación intelectual y científica de Chamorro, en el segundo sus vicisitudes como exiliado y en el tercero introducimos unas breves notas sobre la actividad investigadora llevada a cabo por Antoine Lacassagne (1884-1971) en el Institut du radium, como preludio a la exposición del papel desempeñado por Chamorro en el programa de cancerización experimental de la mama desarrollado en dicha institución. Con este trabajo, pretendemos reivindicar la figura de Antonio Chamorro, un investigador pionero en el estudio experimental de la asociación existente entre las hormonas esteroideas, naturales o sintéticas y la aparición de cánceres mamarios. Formación intelectual y científica de Antonio Chamorro Antonio Chamorro Daza (Huesa 1903-Banyoles 2003), a imitación de sus progenitores, comenzó a los 15 años sus estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Maestros y en 1922, obtuvo el título de bachiller tras serle convalidadas determinadas asignaturas Después ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, donde cursó los estudios de licenciatura y destacó, entre otras, en las asignaturas de Obstetricia y Anatomía Patológica En la facultad granadina fue discípulo del catedrático de Obstetricia Alejandro Otero Fernández (Redondela 1888-México D.F. 1953), quien, en su asignatura, le otorgó la calificación de Sobresaliente y premio. Licenciado en medicina en el año 1927, en 1928 obtuvo por oposición una plaza de Inspector Municipal de Sanidad pero no ejerció como tal porque primó en él la pasión por la ginecología y el laboratorio, como nos lo describió el propio Otero: D. Antonio Chamorro Daza trabaja en mi Clínica oficial y en mi servicio privado desde noviembre de 1928 hasta la fecha como Ayudante y Prof. de Clases prácticas interviniendo con [...] dominio técnico no solo en los trabajos de exploración y operaciones obstétricas y ginecológicas sino además llevando exclusivamente la sección de Radium y Roentgenoterapia y el Laboratorio de la Clínica en su aspecto anatomopatológico, bacteriológico y experimental a plena satisfacción mía. Ha demostrado siempre un gran interés y cariño por todos los problemas de nuestra especialidad y posee un espíritu observador y crítico nada común, revelado en los trabajos de investigación que ha iniciado Otero, desde su llegada a Granada, había participado en el proceso de incorporación de la medicina experimental a la Ginecología y la Obstetricia (Olagüe, 2001, p. 66), y Chamorro colaboró con él para divulgar en Granada las novedades que se estaban generando en Alemania y en Estados Unidos sobre el papel desarrollado por la hipófisis en la regulación del ovario y de otras glándulas endocrinas (Girón y Barranco, 2010, p. 8, y confraternizó con su maestro cuando este se decidió a participar activamente en la política granadina, como veremos en su momento. En el año 1932 y, bajo la dirección de Otero, Chamorro inició las investigaciones para su tesis doctoral (Barranco 1987, p. 131), finalmente titulada La trasplantación autoplástica del ovario a la cámara anterior del ojo en la coneja En su trabajo, ideó un procedimiento con el que observaba directamente la función del ovario con sólo abrir el ojo del animal en el que este había sido injertado (Chamorro, 1965, pp. 3-5). Por otra parte, en unos momentos en los que existían muchas dudas sobre la función de la hipófisis en la regulación hormonal, Chamorro, con la colaboración de otros profesores de la Facultad de Medicina de Granada, logró poner a punto una técnica para su ablación en conejas. Fruto de este experimento fue la publicación de un artículo titulado La reacción de embarazo en conejas hipofisectomizadas. Una técnica para la hipofisectomía (Chamorro, 1936, p. Con el tiempo, esta investigación le abrió las puertas de la institución en la que iba a desarrollar la mayor parte de su actividad científica: el Institut du radium (Moreno et. al., 2019, p. Chamorro concurrió a una convocatoria pública para la obtención de una pensión de la JAE en el año 1934, pero no le fue concedida. En el año 1935 volvió a solicitarla y lo hizo presentando una memoria en la que concretaba sus intereses: Asistir a un curso pronunciado por Selmar Aschheim sobre las secreciones internas en ginecología, y estudiar en su laboratorio la acción de los extractos hipofisarios sobre los ovarios y las hipófisis y la acción de la hipofisectomía sobre las diferentes fases de la fisiología ovárica. Esa vez sí le fue concedida la ayuda solicitada y a finales de ese año, cuando estaba a punto de contraer matrimonio en Granada, lo dejó todo y se marchó a Berlín Una obligación de los pensionados era remitir periódicamente a la dirección de la JAE un informe sobre los trabajos que iban desarrollando, y su primera memoria de actividades la envió en el mes de febrero de 1936. En ella explicaba sus progresos en el Laboratorio de Biología y Anatomía Patológica de la Universitäts Fraüenklinik La Charité (Berlín), donde los profesores Wagner y Aschheim, junto con el doctor Kaufmann, le habían proporcionado facilidades para "desarrollar una labor experimental sobre las hormonas sexuales del lóbulo anterior de la hipófisis". Unos meses más tarde comunicó que la sede central del Laboratorio Schering-Kahlbaum contaba con más medios técnicos y se había desplazado hasta allí para trabajar bajo la dirección de los investigadores Walter Schöeller (1880-1965), Walter Hohlweg (1902-1992) y Karl Junkmann en la sección de Farmacodinamia y Hormonología Siguiendo con el plan de trabajo previsto, en el mes de marzo de 1936, comunicó que había: [trabajado con] ratas hipofisectomizadas [...] bajo la dirección del Dr. Junkmann en el Hauptlaboratorium de Schering-Kahlbaum, del cual ha aprendido la técnica de la hipofisectomía en ratas [...] en el Laboratorio de Biología e Histología de la Univ.-Fraüenklinik Charité [había] comenzado la elaboración de los hormones gonadotropos [investigando en] conejos infantiles y en conejas adultas castradas con ovarios infantiles implantados bajo la cápsula renal [utilizando] un material animal de 374 ratas [...] de las cuales 282 [habían] sido hipofisectomizadas En el mes de agosto de 1936, cuando España estaba sumida en su conflicto bélico, Antonio Chamorro envió el que sería su último informe dirigido a la JAE Durante el mes de julio [...] hemos proseguido nuestro trabajo experimental sobre hormones gonadotropos del lóbulo anterior de hipófisis [...] Hemos aprendido con el Dr. Junkmann a practicar hipofisectomías en gallos [...] En colaboración con el Dr. Hohlweg (sic) hemos comenzado un trabajo sobre la acción de la foliculina sobre el tracto genital de ratas infantiles hipofisectomizadas [...] De orina de mujeres castradas hemos preparado extractos con dos diferentes métodos. Lo más relevante de esta estancia en Alemania, aparte de sus progresos técnicos, fue que Chamorro, dirigido por Hohlweg, estudió el efecto luteinizante de la hormona secretada por el folículo ovárico y su influencia sobre el lóbulo anterior de la hipófisis El texto definitivo de esta investigación vio la luz bajo el título Über die luteinierende Wirkung des Follikelhormons durch Beeinflussung der luteogenenen Hypophysenvorderlappensekretion (Hohlweg y Chamorro, 1937, p. 196), publicación que ha gozado de un considerable impacto. Antonio Chamorro: actividad política y exilio Antes de marchar a Alemania, Antonio Chamorro había desempeñado una importante actividad política en la Granada de su época, llegando a desempeñar puestos de responsabilidad en la Agrupación Socialista de la capital, primero como miembro de sus Juventudes y más tarde como vicepresidente de la UGT. Alejandro Otero, siendo presidente de dicha Agrupación, durante la celebración de unas elecciones primarias para la presentación de candidatos a diputados a Cortes en 1933, lo promocionó en el quinto puesto de la lista de socios elegibles, pero los electores no le dieron su confianza y optaron por militantes ajenos a Granada, en un acto en el que la influencia de Fernando de los Ríos fue decisiva para la toma de decisiones Al igual que muchos otros intelectuales granadinos y profesores de su universidad, Chamorro se inició en el año 1932 en la práctica de la masonería, en la logia Ganivet no 83 de los Valles de Granada. Esta faceta de su vida ha sido igualmente desconocida por los historiadores (Ruiz, 2013, p. Como ya hemos comentado, Chamorro viajó a Berlín en el mes de noviembre de 1935, por lo que la sublevación militar en España le sorprendió allí. Aunque recibió instrucciones para que regresara a España, no lo hizo y permaneció en la capital alemana, donde el 3 de noviembre de 1936 sería nombrado secretario interino de la Embajada de España (Barranco y Girón, 2007, p. La situación política en aquél país hizo que ya, a finales de este año, Antonio, se instalara en París, donde prosiguió con la labor diplomática hasta su cese en el mes de agosto de 1938 Tras la interrupción de dicha labor, Chamorro intentó reanudar sus tareas científicas. Según podemos leer en la correspondencia que mantuvo con la británica Maud Denner, quien previamente había residido en Granada y ejercido como traductora, casualmente Chamorro se encontró en París con el médico judío alemán Selmar Aschheim, uno de sus antiguos mentores, que por entonces trabajaba en el parisino hospital de Beaujon, y este le introdujo en el Institut du radium, centro que en marzo de 1938 ya había acogido al médico gallego José Ma Fernández Colmeiro (1894-1959) (Dussaut, 1959, p. Del encuentro con Aschheim daba cuenta Denner en una carta fechada el 24 de noviembre de 1938: Qué buenas noticias ha traído su carta! Le felicito sinceramente y me alegro mucho de saber que otra vez está trabajando en la medicina que es su afición y talento. Ya verá - ¡un día resultará algo grande de sus investigaciones! Además, trabajar con científicos tan distinguidos es gran cosa. Que co-incidencia (sic) más rara la de encontrarse con Aschheim. Yo me acuerdo bien de su nombre y me parece que he visto su nombre en algunos artículos que yo traducí (sic) por U. en Granada Su mentor Alejandro Otero, una vez finalizada la contienda en España, permaneció en Francia durante algunos meses y después se exilió en México D.F., y antes de marcharse, intentó que Chamorro viajara hasta allí. Así lo expresó en una carta dirigida al dirigente socialista Francisco Cruz Salido, carta que no llegó a ser entregada a su destinatario porque antes la GESTAPO lo detuvo, junto con Julián de Zugazagoitia y los enviaron a España, para ser juzgados y ejecutados (Barranco y Girón, 2007, p. Tras este fallido intento de salir de Francia, Chamorro trató de exiliarse en el Reino Unido, ayudado por la citada Maud Denner, pero la situación política en Europa lo hizo imposible, según se deduce de las palabras que esta le dirigió en una misiva fechada el 16 de septiembre de 1939 773), algo frecuente en el ambiente de los refugiados y en el propio Laboratoire Pasteur, hecho del que dejó constancia el propio Fernández Colmeiro (Dussaut, 1959, p. Para alejarse del peligro recurrió a ocultarse durante largas temporadas en las Côtes du Nord Tras promulgarse en el año 1939 la Ley de Responsabilidades Políticas, Chamorro fue juzgado en rebeldía por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo y condenado en 1942: Como autor de un delito consumado de masonería a la pena de doce años y un día de reclusión menor y accesorias de inhabilitación absoluta perpetua para el ejercicio de cualquier cargo del Estado, Corporaciones públicas y oficiales [...] separándole definitivamente de los aludidos cargos Un año más tarde se iniciaron los trámites para la "incautación de sus bienes" (Gómez, Martínez y Barragán, 2015, p. 25, pero fue declarado insolvente y el régimen franquista ignoró su paradero. Chamorro permaneció en Francia durante toda su vida, primero como refugiado político y más tarde como "residente privilegiado". Regresó a España en cinco ocasiones, la primera dos años después de la muerte de Franco y la penúltima para visitar Granada en la primavera de 1980, ciudad en la que intentó pasar desapercibido Pocos días antes de su fallecimiento, hizo su último viaje hasta Banyoles (Girona) acompañado por sus familiares más cercanos. Antonio Chamorro en el Institut du Radium (París): aportaciones a la investigación sobre el cáncer de mama Antes de analizar la actividad investigadora de Chamorro en el Institut du radium, consideramos oportuno hacer algunas precisiones. En primer lugar, daremos unas breves pinceladas sobre la asociación parisina con la que posteriormente Chamorro se vería muy vinculado. Se trata de la Société de Biologie, fundada en París en el año 1849 y destinada a estudiar: El prestigioso Claude Bernard fue uno de sus dos primeros vice-presidentes. Sus asociados fijaron la celebración de sesiones científicas semanales para que los investigadores comunicaran sus hallazgos cuando eran autorizados por su presidente o su secretario. Posteriormente éstos se publicarían como Comptes Rendus [informes]. En el año 1939 contaba la Société con corresponsales en treinta y tres países y entre ellos se contaban dos españoles, Augusto Pi i Suñer y Pío del Río Hortega En segundo lugar nos vamos a referir al Laboratoire Pasteur, una dependencia del Institut du radium creado a finales de 1909 y, desde 1914, dirigido por Marie Curie. En dicho laboratorio, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se investigaría la radiactividad en sus aspectos biológicos, fisiológicos y terapéuticos (Hayter, 1998, p. Ambos conformaron el equipo que puso en marcha una línea de investigación oncológica. No es objeto de este trabajo comentar la extensa y productiva actividad investigadora de Lacassagne, por lo que nos vamos a limitar a mencionar dos de sus líneas: la primera, el esclarecimiento de si la etiología del cáncer se asentaba en algún factor celular o endógeno y la segunda, conocer el papel que jugaban las hormonas sexuales femeninas en la génesis de determinados tipos de cáncer, y saber si éstos se podían tratar con antagonistas. Sus investigaciones suscitaron el interés mundial sobre la hormonoterapia y su aplicación en el tratamiento de cánceres hormono dependientes como son el de mama o el de próstata (Latarjet, 1973, p. Como ya hemos comentado, Chamorro comenzó a trabajar en el Pasteur en el mes de septiembre de 1938, cuando Lacassagne ya era uno de los miembros titulares honoríficos de la Société de Biologie. Ante sus socios, Chamorro tuvo la oportunidad y el privilegio de exponer gran parte de los resultados de su actividad investigadora, porque aún siendo un becario extranjero, en el año 1939 pudo hacer sus primeras aportaciones y, cuando se encontraba al final de su carrera, todavía lo continuaba haciendo. Desde el punto de vista laboral, tras una etapa de cierta precariedad, Chamorro fue contratado como investigador en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), organización en la que fue ascendiendo de forma reglamentada desde Chargé de Recherche, 3 A pesar de este progreso en el escalafón, Chamorro no se sentía satisfecho con las condiciones laborales que se le imponían, según se puede deducir de la lectura de su correspondencia. Por ella sabemos que, en 1947, cuando el ginecólogo José Luchsinger Centeno se instaló en Venezuela, intentó que Chamorro viajara para investigar allí, algo que no llegó a producirse, aunque desconocemos los motivos (Barranco y Girón, 2007, p. También sabemos que Nicolás Cabrera, en el año 1947, unos meses antes de instalarse en Bristol (U.K.), habló con Ángel Establier Costa (1904-1976), por entonces director del Colegio de España en París, sobre su situación: Hablé de ti con Establier, que me dijo que fueras a verle. Te envío una tarjeta para él, pero tú te presentarás mejor que yo puedo hacerlo. Un abrazo sincero de buen amigo [rubricado] Nicolás Cabrera [...] Saluda también a Colmeiro, y que siento [...] mucho no despedirme de él Chamorro, hasta comienzos de los años 50 del pasado siglo, se dedicó casi exclusivamente al estudio de la patología mamaria en diferentes mamíferos, bajo la dirección de Lacassagne e inmerso en el desarrollo del programa de cancerización experimental que este dirigía. Fruto de esta actividad fue la publicación de un total de 31 artículos científicos, la mayoría en forma de "notas" en les Comptes Rendus, tras ser presentados en las sesiones científicas de la ya citada Société de Biologie Nosotros vamos a desgranar aquí los resultados más relevantes de lo publicado por Chamorro en 11 de sus notas, la mayoría destinadas a comunicar los hallazgos encontrados al estudiar la relación entre las hormonas y la aparición del cáncer de mama. El resto de sus publicaciones sobre patología mamaria las presentamos en la tabla 1, para así poder ofrecer una visión de conjunto del interés de Chamorro en desentrañar los mecanismos que regían dicha enfermedad. El primer objetivo de Chamorro fue el de investigar el papel de los estrógenos en la aparición de cáncer en las ubres de los ratones, cuando todavía llevaba menos de un año adscrito al Pasteur en calidad de "trabajador técnico y científico en la organización de los nuevos laboratorios" [...] si a ratas macho hipofisectomizadas, pertenecientes a una extirpe cancerosa, se les administraba estrógenos y lograba que éstos desarrollaran un carcinoma en sus mamilas, podría demostrar que los estrógenos actuaban directamente sobre las mismas, independientemente de la hipófisis Con los resultados obtenidos se presentó por primera vez ante los miembros de la Société de Biologie, en una sesión presidida por Noël Fiessinger el 8 de julio de 1939, y en sus conclusiones destacó que la extirpación de la hipófisis no modificaba la evolución del carcinoma inducido por los estrógenos en la ubre (Lacassagne y Chamorro, 1939, p. Dos años más tarde publicó otros hallazgos con los que demostraba que la hipófisis era indispensable para que el ovario secretara hormonas estimulantes del crecimiento mamario (Chamorro, 1941, p. 34, pero no descuidó su interés en demostrar la influencia de los estrógenos en la carcinogénesis mamaria, especialmente si eran administrados en formulas sintéticas tales como el benzoato de estrona (Chamorro, 1943a, p. Posteriormente señaló que la evolución de los tumores mamarios espontáneos tampoco se modificaba cuando se extirpaba la hipófisis (Chamorro y Dobrovolskaïa-Zavadskaïa, 1945b, p. Ante la sospecha de que otras hormonas sexuales podrían tener un efecto similar al de los estrógenos en el desencadenamiento de alteraciones en las ubres, sucesivamente ensayó con sustancias androgénicas, en principio consideradas como antiestrógenos, pero, como ya advirtió Hans Selye (Selye, 1942, p. 618), se encontró con que en aquel momento era difícil establecer la actividad farmacológica de todas las hormonas esteroideas, y se habían detectado reacciones cruzadas entre ellas. Con esta perspectiva, Chamorro se planteó estudiar la actividad del propionato de testosterona sobre la mama de ratas castradas y observó que ésta era similar a la de los estrógenos (Chamorro, 1945a, p. También ensayó con otros productos como la pregneninolona o etinil-testosterona 38, examinando las mamas "in toto" tras el sacrificio de los animales. Observó que ambos productos inducían un rápido crecimiento mamario en animales no hipofisectomizados, pero reconoció que ignoraba el porqué: Como ya hemos comentado, Lacassagne lideraba una línea de investigación basada en la llamada cancerización experimental. En el año 1936 Bittner había demostrado que a través de la leche se transmitía un virus inductor de tumores mamarios en la descendencia (Bittner, 1936, p. Se trataba del conocido en la literatura anglosajona como Mouse Mammary Tumor Virus (MMTV), y en la francesa como facteur-lait. Posteriormente, se demostró que este agente era un retrovirus con una estructura muy similar al de la inmunodeficiencia humana descrito años más tarde por Luc Montagnier (Montagnier, 2002, p. Chamorro se basó en el descubrimiento de Bittner para intentar provocar el adenocarcinoma de la ubre en cobayas, insertándoles por vía subcutánea un estrógeno sintético junto con una inyección de facteur-lait. Su objetivo se vio frustrado porque los cobayas se debilitaron y murieron precozmente En el año 1943, el conflicto bélico mundial planteó dificultades a la hora de encontrar quien suministrara pienso para la alimentación de los animales de laboratorio, y a los ratones blancos de la raza RIII, predispuestos genéticamente a padecer cáncer de mama, les tuvieron que alimentar con productos con menor contenido en grasas y en proteínas de origen animal. Además, hasta 17 camadas consanguíneas fueron amamantadas por madres afectadas por tumores mamarios sin ser portadoras del citado facteur-lait. Para Chamorro, el factor determinante de este descenso fue el cambio introducido en la alimentación de los animales (Chamorro, 1945c, p. Recompuesto el equipo investigador del Pasteur tras la finalización de la II Guerra Mundial, y ya como personal contratado por el CNRS, en los años 1947 y 1948 Chamorro colaboró con el equipo clínico que dirigía la consulta de enfermedades de la mama del Hospital Curie. Esto le brindó la oportunidad de diagnosticar y tratar a mujeres afectadas por la enfermedad de Reclus, un proceso patológico de la mama caracterizado por la aparición en la misma de múltiples quistes de pequeño tamaño, asociados al desarrollo de tejido fibroso, y por ello, también denominado "mastopatía fibroquística" (Klingenstein, 1935, p. Chamorro había observado que las ratas y ratones afectadas por carcinomas de la ubre previamente habían padecido procesos similares a esta mastopatía, atribuibles a un exceso absoluto o relativo de secreción estrogénica y el consiguiente déficit de progesterona Sospechando que la enfermedad de la glándula tiroidea podría estar relacionada con la aparición de la enfermedad de Reclus, sola o asociada con otras patologías glandulares, se dispuso a investigarlo y aportó sus resultados en cuatro publicaciones: Influence de la thyroïde et de la surrénale dans la stimulation mammaire par la sécrétion ovarienne: en la rata hembra adulta, con la extirpación del tiroides se provocaba una hipertrofia mamaria si antes no se habían extirpado los ovarios (Chamorro, 1946, p. Production expérimentale chez les rats femelles de nodules d 'hyperplasie kystique de la mamelle sous l' influence de faibles doses d'une substance anti-thyroïdienne: con dosis bajas de propil-tiouracilo, un fármaco utilizado para aminorar la secreción de hormonas tiroideas en ratas hembras, se desencadenaba la aparición de nódulos de hiperplasia quística en la ubre (Chamorro, 1948a, p. Es significativo que algunos de los trabajos de investigación realizados por Chamorro durante su etapa de colaborador en la clínica nunca llegaran a ver la luz, lo que indicaba que, mientras le era fácil comunicar resultados de laboratorio, no lo era tanto cuando éstos eran clínicos. Este fue el caso de sus observaciones sobre la existencia de una enfermedad tiroidea subyacente, generalmente un hipotiroidismo, en los casos de mastopatía fibroquística femenina, y su remisión tras prescribir tiroxina a las pacientes afectadas por dicha enfermedad Como reconocimiento a su amplia experiencia en la patología experimental de la mama, Chamorro fue invitado a participar como ponente en 51 Congrès Français de Chirurgie, organizado por l'Association Française de Chirurgie y que fue celebrado en París en 1948. Su ponencia sobre el tratamiento hormonal del cáncer de mama posteriormente se tradujo al alemán y se publicó en la revista Strahlentherapie, insistiendo en que ni las hormonas ni la castración eran capaces de curar dicha afección (Chamorro, 1950, p. Fotografía de juventud de Antonio Chamorro Y el colofón a esta etapa fue la invitación que recibió para participar en un encuentro científico que se iba a celebrar en Londres del 10 al 13 de julio de 1950 49, en la sede de The Ciba Foundation (41 Portland Place, London), y en el mismo se discutieron "los efectos de las hormonas esteroideas y otros compuestos relacionados sobre el crecimiento tumoral". El presidente de este encuentro fue Alex Haddow, un investigador del Chester Beatty Research Institute (Londres). Cuarenta investigadores de diferentes países se dispusieron a intercambiar información sobre las hormonas esteroideas en el seno de la citada reunión. La intervención de Chamorro estuvo precedida por la de Samuel J. Folley, director del Departamento de Fisiología del National Institute for Research in Dairying, Shinfield, Reading (U.K.), quien disertó sobre los efectos de los esteroides sobre la mama (Folley, 1952, p. 69) y después Chamorro explicó sus trabajos sobre el papel desempeñado por las hormonas esteroideas en el desarrollo normal y patológico de la mama (Chamorro, 1952, p. Su disertación fue muy bien acogida por los asistentes, la mayoría expertos en el tema, como quedó demostrado en el coloquio que se mantuvo después de la misma. Graffiti con la imagen de Antoine Lacassagne El botón de oro le llegó a Chamorro a través de l'Académie Nationale de Médecine (París), organización que ya en el año 1949 había instituido el premio Monthus-Menière, destinado a reconocer al autor o autores "de una publicación o trabajo sobre el tratamiento médico del cáncer". La primera edición de este galardón se convocó en el año 1952 y en el listado de aspirantes se encontraba: El jurado constituido para la evaluación de los trabajos presentados a dicho premio acordó que la ganadora era la memoria que llevaba por título Experiences sur les facteurs endocriniens intervenant dans la pathogenie de la maladie kystique et de l'adenocarcinome mammaires, realizada por Chamorro: La concesión de este galardón le fue comunicada el día 8 de noviembre de 1952, en una carta del secretario perpetuo de l'Académie: En la relación de aspirantes al premio Monthus-Menière también figuraba su amigo y compañero José Ma Fernández Colmeiro 53, quien concursaba con el trabajo Traitement des affections canceréuses pour les rayons X, pero este fue galardonado con el premio Chevillon (Dussaut, 1959, p. Como si la concesión del Monthus-Menière significara el final de un período, a partir de 1952 Antonio dirigió su mirada hacia otras áreas de interés, que también siguieron suscitando la atención de la comunidad científica. En el año 1964, el Institut du Radium creó la Médaille Lacassagne, para otorgársela a los investigadores que hubieran destacado en alguno de los ámbitos en los que allí se trabajaba y Antonio Chamorro fue uno de sus primeros galardonados (Barranco y Girón, 2007, p. Las repercusiones de los hallazgos científicos de Antonio Chamorro fueron considerables. A través de Google Scholar, Scopus y PubMed hemos podido acceder al impacto bibliométrico de sus artículos sobre patología mamaria y hemos encontrado que, al menos, se cuentan 106 referencias a los mismos, lo que supone una media de 3.41 citas por artículo y un índice h=5. Se debería tener en cuenta el número de libros, artículos, comunicaciones y ponencias en las que fueron referenciados, algunos de ellos en publicaciones prestigiosas, también con un elevado índice de impacto, algo que será objeto de futuras publicaciones. Antonio Chamorro formó parte de la elite de científicos españoles obligados a trabajar en otros países, porque las sentencias dictadas tras la aplicación de las leyes franquistas le condenaron al exilio. Durante su etapa de formación, cuando se incorporó como profesor ayudante de clases prácticas a la cátedra de Obstetricia de la facultad de medicina de Granada, en la misma ya se estaba configurando un equipo investigador, dirigido por Alejandro Otero, basado en las técnicas más avanzadas. Con la pensión de la JAE tuvo la oportunidad de viajar a Berlín, centro neurálgico en aquél momento de la metodología experimental y de la investigación en síntesis hormonal, con el ánimo de trasladar después estos conocimientos a Granada. Sin embargo, los acontecimientos políticos no sólo se lo iban a impedir sino que además le conducirían a la deriva en el ámbito científico. Afortunadamente, pudo remediar de alguna manera su incierta situación como refugiado político ingresando en una institución parisina altamente consolidada, el Institut du Radium y su Laboratoire Pasteur. La tranquilidad personal y científica iba a durar poco, pues rápidamente Francia entraría en guerra, y casi la mitad de la actividad científica de Antonio Chamorro, entre 1938 y 1952, fue llevada a cabo en una situación precaria personal e institucional, algo que a nuestro parecer tiene un valor añadido, dada la escasa seguridad que la Francia ocupada le podía brindar a un refugiado español. Hemos presentado una selección de las investigaciones llevadas a cabo por Chamorro en las que, basándose en la metodología experimental, logró analizar y describir los efectos de las diferentes hormonas esteroideas sobre la patología mamaria, tratando de identificar los factores responsables del desarrollo de procesos tumorales y no tumorales en las mamas. Entre ellas destacamos las relacionadas con la administración de hormonas sintéticas a los animales de laboratorio y la observación de sus consecuencias, lo que le permitió que sus resultados no pasaran desapercibidos para la comunidad científica de su tiempo, como se demuestra por el índice de citaciones que sigue acumulando, tanto en Google Scholar como en Scopus o en PubMed, a pesar de ser el francés la lengua vehicular de la mayoría de sus publicaciones. La importancia de su labor investigadora le fue reconocida al ser uno de los pocos científicos españoles que tuvieron la oportunidad de comunicar sus resultados en las sesiones de la Société de Biologie de París, ante especialistas de reconocido prestigio en diferentes áreas, así como de publicar en su órgano oficial. En el mismo sentido, podemos considerar la concesión del premio Monthus-Menière por l'Académie Nationale de Médecine, y con el que le recompensaron su interés por desvelar los factores desencadenantes de las enfermedades de la mama, pues fue un pionero en el descubrimiento de la asociación entre las hormonas estrogénicas, naturales o sintéticas, y la aparición de cánceres de la ubre en los animales de experimentación. La historia de la ciencia española debería incorporar la obra de Antonio Chamorro a su acerbo. Nuestro trabajo es una contribución al conocimiento de una época en la que la política lastró el desarrollo científico del país.
Egreso de los pacientes del manicomio general de la Castañeda, (1929-1958) ¿un problema familiar? Entre 1929 y 1958, los directores del Manicomio General de la Castañeda culparon a las familias de los internos de la sobrepoblación del establecimiento, alegaron que los egresados o no tenían parientes o estos se negaban a recibir a sus deudos. Factores que, a su juicio, impedían reducir la población del nosocomio. En consecuencia, tanto la dirección de la institución como la entidad gubernamental adoptaron una serie de medidas dirigidas a localizar y convencer a los parientes de que asumieran la responsabilidad de la externación de sus enfermos y contribuyeran a su reinserción social. El presente trabajo analiza un conjunto de documentos burocráticos emitidos por la dirección del manicomio y por los responsables de la asistencia pública, relativos al proceso de egreso de los enfermos mentales en su vertiente familiar. Documentos que ponen de manifiesto la complejidad del proceso de externación de los enfermos mentales en un contexto de lucha contra la masificación de esta institución pública y muestran las dificultades, contradicciones y conflictos que se presentaron durante la ejecución de las medidas propuestas por las dependencias implicadas. En 1937 el diario Excélsior publicó una noticia que iniciaba con el provocativo titular: "Libres Quinientos Locos." Si para atrapar al lector no había sido suficiente esta afirmación, el periodista añadió: "Unidos a los que andan en libertad pueden convertir a México en gran manicomio." Este artículo, además de buscar el interés de los lectores, se hacía eco de la incapacidad del Manicomio General de la Castañeda de albergar a más pacientes. Pues, según datos aportados por el director de la institución, el Dr. Alfonso Millán, estaban internadas 2,887 personas en un establecimiento con una capacidad para 1,500 pacientes El problema no se había originado durante la gestión del Dr. Millán, sino que era una situación que comenzó a manifestarse desde inicios de los años 20, se volvió preocupante en las siguientes décadas y condicionó el funcionamiento de la Castañeda hasta su cierre en 1968. El 1 de septiembre de 1910 se inauguró el manicomio y las previsiones acerca del número de pacientes que podían ingresar en él no hacían presagiar las dificultades por la insuficiencia de espacio que tendrían que enfrentar una década después. Había sido construido en 1908, en el ocaso del gobierno de Porfirio Díaz, por obra del gobierno federal y financiado con fondos de la Beneficencia Pública El proyecto de grandes dimensiones abarcó los antiguos terrenos de una hacienda pulquera para, como señalaba el proyecto, satisfacer una "necesidad social." Pero, sobre todo, con el objeto de paliar el hacinamiento en los antiguos establecimientos coloniales para enfermos mentales, el hospital del Divino Salvador (1700-1910) y San Hipólito (1567-1910), nosocomios que al momento de su clausura duplicaban con creces su capacidad. La suficiencia de plazas hospitalarias en el recién inaugurado establecimiento duró poco tiempo. Los efectos de la revolución mexicana se hicieron notar en el presupuesto destinado al sostenimiento de la institución y en el deterioro de las instalaciones. Aunque, esta coyuntura contuvo el incremento de la población nosocomial, retomó su ritmo de crecimiento a partir de 1920 y se agudizó al final de esta década (Sacristán, 2017, p. El presente texto analiza precisamente el proceso de egreso de los enfermos mentales en su vertiente familiar entre 1929 y 1958. Puesto que, en 1929, inició un periodo marcado por la lucha contra la masificación de los directores del manicomio general como respuesta al aumento excesivo en el número de pacientes. Ya que el sobrecupo afectaba notablemente al funcionamiento y a la gestión de la institución y generaba problemas de convivencia, seguridad, higiene y salubridad. Además, el coste económico para el sustento de una población numerosa era insostenible para las arcas públicas. Situación que provocó tensiones entre la dirección del manicomio y las instancias gubernamentales. Y finaliza en 1958, con el nombramiento del Dr. José Álvarez Amézquita como Secretario de Salubridad y Asistencia, la consiguiente restructuración de la Dirección de Salud Mental que quedó bajo la dirección del Dr. Manuel Velasco Suárez, quien inauguró el progresivo desmantelamiento del hospital de Mixcoac con la fundación, a partir de 1960, de varios establecimientos destinados a la descentralización de la institución de Mixcoac y para el tratamiento de enfermos crónicos y agudos, incluso, el asilo de pacientes que no contaban con soporte familiar. En este contexto de cruzada institucional contra la sobrepoblación, los directores de la institución culparon a las familias de los internos de la masificación del establecimiento y adujeron que los egresados o no tenían parientes o se negaban a recibirlos. Factores que impedían reducir el sobre cupo en la población del nosocomio. Estos argumentos cundieron en el análisis historiográfico, por ejemplo, Cristina Sacristán (2002, p.72) y Andrés Ríos (2008, p.81; 2009, p.30) concordaron en su análisis y explicaron que, cuando los psiquiatras decidían dar el alta a un interno, se encontraban con que los parientes no querían hacerse cargo de sus deudos. Además, el reglamento interno y la imagen de la institución como asilo obstaculizaban las altas de aquellos que estaban curados, pero no tenían familias o habían sido abandonados. En este mismo tenor, Inés García Canal (2008) presentaba a los parientes como desobligados o resistentes a hacerse cargo de los deudos tras el alta. Sin embargo, estudios recientes señalan que el manicomio fue un lugar de paso, en el que las familias fueron determinantes al solicitar el alta y hacerse cargo de sus enfermos en lugar de abandonarlos y que durante la vida del manicomio el 29.4% abandonaron el establecimiento por solicitud de un familiar o persona responsable (Ríos, Sacristán, Ordorika, López, 2016, p. Estas interpretaciones historiográficas acerca del papel de las familias durante el egreso de los pacientes, así como, el intercambio de correspondencia entre los directores del manicomio con los responsables de la asistencia pública hicieron que nos preguntáramos en qué se basaban los médicos para afirmar que el problema de los egresos en el Manicomio General radicaba en las familias. Cuestionamiento que motivó la revisión de los discursos de los procesos de externación, a partir de fuentes documentales de índole burocrática e interinstitucional Revisión que, además, nos condujo analizar las distintas iniciativas que tomaron las autoridades médicas y de la asistencia pública, entre 1929 y 1958, para facilitar el proceso de egreso de los internos vinculado a las familias en este nosocomio federal. Iniciativas que según los documentos buscaban localizar e incentivar a los parientes en el ejercicio de su responsabilidad con los egresados para que, de esta manera, contribuyeran a la inserción al medio familiar y social de los ex asilados que estaban curados o en condiciones de vivir fuera de los muros del nosocomio. Y, en este sentido, los análisis y las reflexiones vertidas a lo largo de este artículo pretenden contribuir al conocimiento del proceso de externación e inserción de los enfermos con relación a las familias. Un tema, el del egreso, escasamente trabajado por la historiografía mexicana debido a la dificultad de hallar fuentes que hagan referencia a lo que sucedía fuera de los muros del manicomio. A pesar de estas dificultades, las fuentes públicas que proporcionan los establecimientos hospitalarios y de la asistencia sanitaria del Estado nos han permitido hacer una primera aproximación a la vertiente familiar en la externación de los pacientes. Por todo ello, esperamos que este trabajo enriquezca los enfoques, institucional y social, de la historia de la psiquiatría en México en el siglo XX. Respecto al tema que nos ocupa, sostenemos que las dependencias implicadas estaban convencidas de que el problema de la masificación de la Castañeda residía en que no se podían localizar a los familiares o estos se resistían a recibirlos, por lo que, hicieron un gran esfuerzo, humano y material, para intentar ubicar y convencer a los parientes de recibir a sus enfermos e involucrarlos en su regreso a la vida en sociedad. Sin embargo, los familiares formaban parte de un complejo proceso de egreso y reinserción social en el que la ausencia de responsables, incluso su participación, puso de manifiesto los intereses encontrados de los directores del manicomio general y de la asistencia pública. Intereses que generaron contradicciones y conflictos en cuanto a los criterios y a la gestión de las salidas; despertó la desconfianza de los funcionarios de la asistencia pública respecto al buen funcionamiento del manicomio; y ocasionó dudas sobre su capacidad de los deudos para atender y vigilar a sus deudos externados. Contradicciones, conflictos y desconfianzas que obstaculizaron la salida de los pacientes curados o en remisión, internos que pasaron a engrosar la población del nosocomio. El egreso de los pacientes del manicomio general En medio de la Revolución mexicana, en un ambiente de tensión política generada por el gobierno del régimen militar comandado por el General Victoriano Huerta y en unas nada óptimas condiciones de funcionamiento de la institución, vio la luz el primer reglamento interno del Manicomio General de la Castañeda (1913). En él, el manicomio se definía a sí mismo como un hospital y asilo perteneciente a la Beneficencia Pública, dependencia de la Secretaría de Gobernación y del ejecutivo de la Unión. Instancias públicas encargadas de su sostenimiento y supervisión y en nueve capítulos se recogieron todos aquellos aspectos organizativos que debían regir el eficaz funcionamiento de la institución. Su artículo 38 contemplaba las siguientes formas de egresar de la Castañeda: Por estar curados de la enfermedad que motivó su entrada; por estar aliviado, o no, siempre que fuera solicitado por los parientes u otras familias que los tuvieran a su cargo; a petición propia cuando no hubieran sido remitidos en calidad de presos y no fueran peligrosos para la seguridad de ellos y de otras personas; y aunque lo fueran cuando el Gobernador del Distrito emitiera la orden. Y su artículo 39 establecía una serie de reglas para hacer efectiva el alta o la salida de los asilados: Los internos, que hubieran ingresado en calidad de libres, serían entregados a la familia o a las personas que lo tuvieran a su cargo. En caso de que esto no fuera posible se les permitiría salir solos, si eran mayores de edad y no eran peligrosos. Si eran menores y no tenían familia se remitiría a alguna otra institución de la Beneficencia Pública El siguiente reglamento fue firmado, en 1925, por el director general de la Beneficencia Pública, por el visitador de los hospitales, por los directores y administradores del Hospital General, del Hospital Juárez, del Hospital Morelos y del propio Manicomio General. Tras unas juntas realizadas en la Dirección General de la Beneficencia en las que se estudió y se corrigió el anterior. Aunque como el propio documento afirma, quedó en su mayor parte como el aprobado el 26 de julio de 1913 Lo que no sufrió modificación alguna fueron los articulados referidos a las altas, manteniéndose los mismos criterios para otorgar los egresos de los asilados descritos anteriormente. Durante décadas los intentos de las distintas instancias de la asistencia pública para que los directores del manicomio hicieran un nuevo reglamento fueron infructuosas. Ni las amenazas de tomar medidas disciplinarias resultaron eficaces. En 1935, el Dr. Alfonso Millán, director del manicomio, escribió al Dr. Priani, secretario general de la Beneficencia Pública, y le pidió que le diera más tiempo para hacer el reglamento del establecimiento. Alegó que las características del hospital eran muy diferentes en lo técnico y lo administrativo a otros nosocomios y recalcó que la ausencia de una ley de enfermos mentales en el Distrito Federal complicaba la realización de un documento que debería poder basarse en un ordenamiento jurídico de carácter general que le diera mayor fuerza legal En este sentido, las preocupaciones del Dr. Millán se basaban en que el reglamento interno que estaba en vigor y regulaba su práctica no blindaba su práctica profesional ni dentro ni fuera del manicomio. Por otra parte, entre 1929 y 1944, la situación política y social del país cambió notablemente y la salud mental tomó un lugar destacado en las políticas sanitarias de los gobiernos posrevolucionarios. Prueba de ello fue la creación del Servicio de Higiene Mental (1936), la Liga Mexicana de Higiene Mental (1939) y el Instituto de Higiene Mental (1946), organizaciones dirigidas a la prevención de las enfermedades mentales (Ríos, 2010, p.1308) y que formaron parte de lo que Beatriz Urías ha denominado "programa de ingeniería social", donde la higiene mental tenía el objetivo de regenerar física y moralmente a la población y perseguía erradicar la herencia degenerativa, origen de los padecimientos mentales (Urías, 2004) y que además coincidió con el severo incremento de la población nosocomial. Los cambios constantes en la dirección del manicomio, las rotaciones de personal y la falta de constancia en la organización administrativa parecían imposibilitar que se aprobara un nuevo reglamento interno que contemplara aquellos aspectos que se modificaron en la oficina de admisión en 1944. La ausencia de un reglamento, sin embargo, no impidió que se implementaran otros proyectos encaminados a la mejora y sistematización de las labores de los distintos departamentos que componían la Castañeda. En relación con esta ausencia, en 1945 el Dr. Leopoldo Salazar Viniegra escribió: "esta circunstancia parece indicar que la necesidad de dicho reglamento no se ha hecho sentir en lo absoluto hace muchos años" Pues, el manicomio había funcionado con la inercia de la práctica de los médicos y de los trabajadores del nosocomio, con acciones que intentaban dar respuesta puntual a los problemas que se iban suscitando y muchas veces, motivadas por las exigencias de la Secretaría de Asistencia Pública. Esta política de respuestas puntuales no fue diferente en el caso de los egresos, ya que estos funcionaron gracias a la organización del departamento de admisiones y a su práctica cotidiana y con disposiciones que se aprobaban para solventar los muchos problemas que se generaban por la masificación del establecimiento. Por ejemplo, en 1956, los motivos de alta recogidos en un informe de labores técnicas y administrativas firmado por el director del establecimiento, el Dr. José Chávez Almazán, se habían complejizado. Los internos podían ser causa de baja por las siguientes razones: por curación con reservas o remisión; por mejoría (voluntaria o por solicitud familiar); por pase a otros establecimientos de la asistencia pública; por fugas, por defunción y por permiso temporal Disposición normativa de índole casuística que pone de manifiesto, por una parte, la infinidad de situaciones que estaban presentando al momento del egreso; y, por otra, que en los egresos en los que estaba involucrada la familia había un proceso de negociación que con frecuencia generaba tensiones entre los familiares y los médicos y de éstos últimos con la asistencia pública. El egreso, ¿Un problema familiar? Si tomamos en cuenta las distintas formas en las que los pacientes podían abandonar la Castañeda según los reglamentos de 1913 y 1925 y las distintas disposiciones que se aprobaron durante el periodo de estudio en la que los familiares estaban involucrados y tomamos los datos del estudio de Andrés Ríos, Cristina Sacristán, Teresa Ordorika y Ximena López (2016, p.136) basado en la demografía psiquiátrica, Estos porcentajes resultan reveladores de la participación de los parientes en el momento de egreso. Pues, el 43.18% habrían salido porque así lo habría querido sus deudos o lo habrían hecho acompañados de una persona responsable. Porcentaje que podría verse incrementado si tomamos en cuenta que el 12.3% de los internos que salieron de un permiso, solicitado por un familiar o responsable, no regresaron al manicomio. Sin embargo, otros documentos apuntan a que la realidad del egreso era bastante diferente. Por ejemplo, unos datos del departamento de Terapia Social enviados en 1940 por la trabajadora social Guillermina Morales, con una lista de enfermos que podía regresar a sus hogares De 97 internos, 25 carecían de responsables o de personas que pudieran garantizar su vida en el medio familiar, lo que supone que en un 25.77% el manicomio tuvo que tomar la decisión de qué hacer con los internos que podían salir, pero no tenían soporte familiar. De esos 25 internos, algunos debieron irse solos y otros como ocurrió durante décadas fueron trasladados a otros establecimientos dependientes de la Asistencia Pública como el hospital de enfermos crónicos de Tepexpan O también podían ser adjudicados a instituciones privadas como la Sociedad de Beneficencia Española Instituciones públicas y privadas que hicieron las veces de entorno familiar, mientras los enfermos podían reinsertarse en la sociedad. Este 25.77% parece coincidir con lo que ya apuntó, en 1932, el encargado de admisiones cuando envió dos listas con los internos que según su criterio no merecían la estancia en el establecimiento e informó que la mitad de los enfermos consignados en esas listas habían sido dados de alta. Y de la otra mitad, algunos estaban esperando a sus familiares y otros no tenían En datos como los aportados por el responsable de admisiones son en los que se basaban los discursos de los directores del manicomio general cuando afirmaban que el problema del egreso era familiar. Sirva de ejemplo, un escrito del Dr. Manuel Guevara Oropeza quien expresó que el problema de los egresos de los enfermos residía en que los familiares se rehusaban terminantemente a recibirlos en sus domicilios, habían desaparecido o no encontraban a ninguna persona que pudiera acogerlos En cuanto a la renuencia de los deudos de recibir a sus enfermos egresados, en un documento del 29 de marzo de 1933, el jefe del departamento de admisiones envió la cifra de 108 enfermos que fueron dados de alta. Noventa fueron recogidos por sus familiares y dieciocho no los quisieron albergar en sus domicilios Lo que supuso que el 16.66% o 18 familias ponían a las autoridades del manicomio en el brete de decidir si los dejaban marchar solos o la institución hacía el esfuerzo de contactar nuevamente a los deudos y convencerlos de aceptar su responsabilidad Ante esta complicación, los responsables del nosocomio y de la asistencia pública contemplaron qué podía pasar si los familiares no acudían a los llamados para ir a recoger a sus parientes. Respecto a los problemas para localizar a los parientes, ocurría con frecuencia que la persona que figuraba en los libros de registro y en el expediente clínico como responsable legal no se encontraba en el domicilio de contacto. Suceso que se llegó a imputar a la mala fe de los deudos, pero que podía haber ocurrido por diversas causas como el fallecimiento de la persona que se hacía cargo del enfermo o la pérdida del vínculo familiar al momento del ingreso (Rodríguez Cabo, 1944, Sacristán, 2017, p. Incluso, pudo producirse la remisión de pacientes por parte de las autoridades sin que se conocieran sus datos personales o de filiación. Este último asunto resultaba espinoso tanto para los médicos como para los funcionarios de la Beneficencia Pública, pues, era frecuente que ingresaran enfermos que carecían de familia porque habían sido internados sin tenerla y entonces no había datos de ellas; o que, al momento de haber sido enviados por las autoridades, los parientes no estaban enterados de su destino. Como resultado era bastante habitual que el manicomio recibiera enfermos enviados por las delegaciones y por los hospitales adscritos a la Secretaría de Salud y que estos no enviaran los requisitos legales indispensables, ni datos suficientes para la identificación del interno y de sus familiares El desconocimiento de estos datos llevó en 1933 al Dr. Salvador M. Navarro, jefe del departamento médico de la Beneficencia Pública, a enviar un oficio al Inspector de Policía en el que pedía su ayuda ante la imposibilidad de localizar a las familias de cuatro enfermas De todas formas, la incapacidad de encontrar a las familias y que los internos salieran solos no tenía por qué haber sido una fuente de tensiones entre el manicomio general y la asistencia pública, si se toma en cuenta que los reglamentos de 1913 y de 1925 habían sido aprobados por ambas instancias y eran claros. Contemplaban la posibilidad de que los internos salieran solos si no había una persona responsable. Sin embargo, tanto la naturaleza asilar del nosocomio aducida por el jefe del Departamento de Asistencia como el temor de que los enfermos externados fueran peligrosos para ellos mismos o para los demás producía contradicciones y conflictos en la aplicación de las normas de egreso. Este fue el motivo por el que, en 1933, el Dr. Salvador M. Navarro pidió su opinión sobre el proceso de salida de los enfermos mentales y propuso que la policía cooperara con la vigilancia de los enfermos y enfermas externados y así evitar trastornos en la seguridad pública. Este escrito, según explicó el responsable de la beneficencia, estaba motivado por la situación del establecimiento y lo "angustioso" del cupo de enfermos Desconocemos si se obtuvo la ayuda solicitada a la policía para la localización y vigilancia de los ex asilados del Manicomio General, pero, ante situaciones como estas, el manicomio y la asistencia pública tomaron distintas iniciativas como la reforma de la oficina de admisiones, la implementación de un servicio con trabajadoras sociales que se encargaran de localizar o convencer a las familias y así facilitar la salida de los internos. Además, se crearon mecanismos para apoyar económicamente a los pacientes que trabajaban en el hospital y fueran dados de alta. Se crearon las clínicas externas, primero al interior del manicomio, para dar seguimiento a los pacientes. Sin embargo, cualquier esfuerzo de la institución parecía resultar ineficaz si no existía una red de familiares, amigos o patrones que acogieran y acompañaran al ex asilado en el camino de su inserción social. Pues, en ausencia de personas que se quisieran hacer responsables o ante la carencia de familiares, el destino de los enfermos estaba en manos de un manicomio que no tenía espacio y al que le escaseaban los recursos o la institución se veía en la necesidad de asumir el riesgo de dejarlos salir sin supervisión familiar. Los esfuerzos de las instituciones para mejorar el proceso de egreso En 1929, el director Dr. Samuel Ramírez Moreno implementó la terapia ocupacional para los enfermos mentales en un intento de mejorar el tratamiento de los enfermos crónicos y de facilitar un medio de vida a aquellos que pudieran ser dados de alta Tres años más tarde, en 1932, comenzó una reforma médico-administrativa que se materializó en el pabellón central. La labor de Ramírez Moreno fue continuada por el Dr. Manuel Guevara Oropeza quien reorganizó la oficina de admisión. Al mismo tiempo, los médicos de la Castañeda consolidaron terapias basadas en el trabajo, el deporte o el arte (Sacristán, 2005a, 2005b, 2008) en un esfuerzo por curar los padecimientos y paliar la cronicidad de la enfermedad mental Pero, ni la inauguración de esta granja ni la creciente medicalización resultó suficiente para aumentar de forma considerable el número de altas y disminuir la población hospitalaria. Desde 1943, la promoción de la salud mental quedó en manos del Departamento de Neuropsiquiatría en higiene mental de la Secretaría de Salubridad y Asistencia (1943-1968). Por su parte, el Manicomio General estaba aplicando las nuevas terapias de choque y las novedosas tendencias farmacológicas y tomó varias medidas para mejorar el funcionamiento de la institución. Y en medio del cambio en la asistencia pública, en 1944, el comisario de admisiones Gustavo G. Abascal remitió un "Ante Proyecto de Reglamento y Funcionamiento de la admisión del Manicomio General" con el objeto de llevar un mayor control sobre los ingresos y los egresos de pacientes. En el documento expuso que la oficina de admisión, o comisaría, era la encargada de externar y controlar el movimiento de los internos. Pero las altas debían ser solicitadas a través de la dirección del manicomio Esta necesidad de que los egresos fueran ratificados por el director del manicomio puso de manifiesto que, internamente, el funcionamiento del nosocomio era deficiente y que se habían producido altas que no estaban justificadas. Conforme a este proyecto, los encargados de los pabellones hacían listas con los enfermos en remisión en las que aparecían, además, de los nombres, si éstos tenían familia, de dónde eran y si podían abandonar solos el establecimiento Pues la importancia de localizar a los familiares de los internos estaba en que ellos eran los responsables legales y morales de los ex asilados, pero en caso de no tenerlos, de no encontrarlos o de no convencerlos, los directores del nosocomio y los funcionarios de la asistencia pública se veían en la difícil decisión de permitir que los enfermos curados o en remisión pudieran marcharse solos. Esta normativa duró casi una década y como veremos más adelante fue fuente de contradicciones y conflictos entre el personal director del manicomio y de la asistencia. Además, el proyecto de reglamento para el funcionamiento de la oficina de admisión especificó que cuando un enfermo estuviera dado de alta por remisión, la oficina tendría la obligación de comunicar por escrito el estado del enfermo a sus familiares para que se presentaran a recogerlo. Si en veinte días no había recibido respuesta a los avisos girados, conforme con lo establecido por el reglamento interno, de 1925, se dejaba salir solo al enfermo, recayendo cualquier responsabilidad en los familiares. Pero también estipulaba que si habían pasado dos meses de haber sido dados de alta y los familiares o responsables habían sido avisados, pero no se habían presentado a recogerlos, se les proveería de pasajes al centro de la ciudad, dejándolos en libertad En 1947, Leopoldo Salazar Viniegra, director del nosocomio, reestructuró nuevamente el espacio y el organigrama del nosocomio y el pabellón central comenzó a funcionar como centro de consultas externas y para el servicio abierto (Sacristán, 2017a, p.64). En este pabellón también ejercían su labor las trabajadoras sociales aunque su servicio como tal, se había instaurado en 1944, gracias a la iniciativa de la Dra. con el objeto era facilitar el egreso de los pacientes y procurar que éstos no se quedaran desprovistos de protección y asistencia tras su salida del establecimiento En las funciones de las trabajadoras sociales parecían coincidir tanto el director del manicomio, el Dr. Samuel Ramírez como el director general de asistencia del departamento de atención neuropsiquiátrica el Dr. Ricardo Labardini. En este momento, el Dr. Labardini exhortó al Dr. Ramírez a que antes de dar de alta a un enfermo se hiciese una investigación de su estado social con el fin de conocer la situación económica de su familia, siendo las encargadas de tal misión las trabajadoras sociales adscritas al establecimiento Para hacer ese estudio, la trabajadora social encargada del pabellón debía localizar personalmente a los parientes, haciéndoles "sentir la necesidad de que fueran por su enfermo", pues podía suceder que los responsables se hubieran cambiado de domicilio y no hubieran avisado a la oficina de admisiones. Tal y como lo presentó Labardini da la sensación de que el estudio era un pretexto para convencer a las familias de que se ocuparan de su enfermo próximo a egresar, aunque las trabajadoras sociales estaban encargadas, también, de hacer los trámites necesarios para que los deudos lo ayudaran a adaptarse al medio social En la práctica, la función de las trabajadoras sociales se dirigió principalmente a la búsqueda de los deudos, más que a la evaluación de la capacidad familiar para la inserción del enfermo en su entorno doméstico y social Labor en la que también estaban involucrados los jefes de los pabellones. Prueba de ello fue un escrito de 1954 en la que el comisario del Manicomio General instó al director del establecimiento, el Dr. Francisco Núñez, y al jefe del pabellón de agitados, el Dr. Juan Peón del Valle, a avisar sistemáticamente a los familiares para que recogieran a sus enfermos, concediendo un plazo de una semana para que se cumpliera con esta petición. En este sentido, y de acuerdo con lo apuntado por Cristina Sacristán, los esfuerzos por constituir un servicio social que se encargara de la "vigilancia" y una "acción social continuada" se toparon, con frecuencia, con la incapacidad de seguir en contacto con las familias una vez que los enfermos habían sido dados de alta. Del consultorio central a las consultas externas El servicio de consulta externa al que hacía referencia el anteproyecto de 1944 se había prestado al interior del Manicomio General desde 1933 cuando se había inaugurado un consultorio central, encaminado a proporcionar una atención más profesionalizada a los enfermos y que además intervenía en el manejo de los ingresos y egresos de los pacientes. Tanto en el consultorio central como en las consultas externas, los médicos comisionados determinaban quiénes no necesitaban hospitalización y quiénes precisaban ser atendidos en el manicomio. Incluso, proporcionaban el certificado de admisión a los que fueran a ser internados en la Castañeda y no contaban con él (Sacristán, 2010, p.478). Esta criba inicial facilitaba la disminución del número de ingresos, pero en opinión de la asistencia pública no resultaba tan efectiva en los egresos. Por este motivo, dos meses después de creado el consultorio central, en junio de 1933, la junta directiva de la Beneficencia Pública pidió explicaciones al director del Manicomio General sobre las causas por las que los enfermos que durante su remisión estaban en condiciones de vivir en el medio social, yendo a consulta, seguían internados en el establecimiento. Pues, según los datos de la instancia benéfica, la existencia del consultorio para enfermos de psiquiatría no había repercutido en la despoblación de los enfermos internados Esto despertó la desconfianza de la Beneficencia Pública que empezó a cuestionarse la manera en la que el manicomio estaba usando el consultorio y la forma en la que se estaba llevando a cabo la política de egresos. Tanto era su descontento con la gestión del nosocomio, que iban a mandar a dos facultativos a hacer un análisis de los casos clínicos de los enfermos que posiblemente estaban en condiciones de ser externados y, así, comprobar si se estaba actuando con diligencia en la concesión de altas. En respuesta, el director en turno, Dr. Guevara Oropeza, ofreció su total colaboración a los facultativos de la Beneficencia Pública que iban a llegar a la Castañeda, no sin mostrar cierto malestar con lo que debió percibir como una intrusión y cuestionamiento en su dirección del nosocomio. En su respuesta, defendió la calidad y buena voluntad de los médicos del servicio y se escudó en que los familiares se rehusaban a admitir a los egresados en sus domicilios o bien estos habían desaparecido. En su descargo explicó que se estaban dando de alta a enfermos que no estaban curados totalmente, solo mejorados y en condiciones de vivir en el medio doméstico y advirtió que cuando salían sin apoyo familiar eran reintegrados por las autoridades judiciales al muy poco tiempo de ser externados. Asimismo, apuntó que había enfermos que hacían un trabajo útil en el manicomio, pero su peligrosidad o los trastornos mentales que sufrían les impedían vivir en familia, lo que obligaba al establecimiento a conservarlos como asilados Tras recibir este informe, el Dr. Salvador Navarro, del Departamento Médico de la Beneficencia Pública, se mostró comprensivo con lo expuesto por el director Guevara Oropeza y alabó la labor del manicomio en cuanto a la terapia ocupacional, aunque no perdió la oportunidad de exponer un fenómeno que le causaba desconfianza. Pues, según sus datos, desde que había empezado a funcionar el consultorio en el manicomio general habían disminuido los ingresos, pero también las altas y quería que le dieran explicaciones acerca de los egresos Finalmente, Guevara Oropeza se comprometió a estudiar las causas de esta anomalía. Los motivos de la reducción de los ingresos se explican simplemente con que esta dependencia sirvió de filtro para los nuevos ingresos, ya que estaba destinada a evaluar a los pre pacientes que necesitaban ser internados y diferenciarlos de aquellos que podían vivir con un tratamiento ambulatorio o que simplemente no sufrían enfermedad mental alguna (Sacristán, 2017a, p.45). En cuanto a los egresos, estos no dependían directamente de que esta dependencia hiciera bien su labor sino, como apuntó Guevara Oropeza, de que los internos tuvieran familiares y de que estos estuvieran dispuestos a recibirlos, vigilarlos y hacerse responsables de cualquier acción que los ex asilados cometieran, sin que se vieran comprometido ni el manicomio ni la asistencia pública. Además de evitar la alarma social que se podía originar en caso de que la prensa se hiciera eco de la salida de muchos "locos" sin respaldo familiar Por eso, Guevara Oropeza alegaba que una vez que egresaran con sus deudos, el consultorio podía cumplir con su labor de hacer un seguimiento a la salud de los ex pacientes. Las explicaciones del director no impidieron que la Beneficencia Pública comisionara a los doctores Carlos García Garza y Carlos Véjar para supervisar el funcionamiento de la clínica y del manicomio. Estos mandaron un primer informe en el que destacaron las facilidades que Guevara Oropeza les había proporcionado para hacer su evaluación y explicaron que habían mantenido entrevistas con los médicos de los pabellones y con algunos pacientes que estaban en franca mejoría y en condiciones de vivir en el medio familiar. Como eran muchos, estos médicos solicitaron una lista para el plan de trabajo. Los obstáculos que detectaron fue la carencia de un servicio social que pudiera vigilar y cuidar posteriormente a los ex asilados que llegaban al seno social o familiar después de ser dados de alta. Además, consideraron que muchos internos parecían que podían salir por su capacidad para trabajar en el manicomio, pero la carencia de familiares, de medios económicos, los conflictos morales y la inadaptación social podían despertar sus síntomas y convertirse en delincuentes o viciosos. Poniéndose en peligro ellos y a la sociedad. Lo cual traería serias responsabilidades para los médicos que habían autorizado la externación Se tomaron en cuenta algunas de las recomendaciones sugeridas por los doctores García Garza y Véjar, pues en 1934, cuando se reestructuraron todos los consultorios de la capital, el Manicomio General de la Castañeda pudo establecer su primera consulta externa fuera de la institución: El que pasó a denominarse Consultorio número 1 y que se encontraba en el Hospital General. En ellos, dos médicos pasaban consulta y extendían los certificados para aquellos enfermos que necesitaban ingresar en el manicomio y daban seguimiento a los pacientes dados de alta (Sacristán, 2017a, pp.52-54, 55.) Una década después, en 1944, gracias a las reformas propuestas por el director del establecimiento, este servicio de consultas externas empezó a depender de la oficina de admisiones y solo los ex asilados que ya estaban en el medio familiar podían utilizarlo en los días y horas señaladas y siempre de acuerdo con la situación económica y el estudio que hubieran hecho las trabajadoras sociales Asimismo, el anteproyecto de 1944 contemplaba que los pacientes no podían reingresar al manicomio salvo que el médico de la consulta externa así lo ordenara y lo hicieran siempre con la anuencia de los familiares; pero en caso de urgencia, el médico debía realizar la documentación pertinente sin contar con los deudos Además, en este momento, las salidas de asilados podían producirse de dos formas: por alta y por permiso, pero para efectuar cualquiera de las dos, el responsable legal debía presentarse en la oficina de admisión y firmar un formulario, al menos, con 72 horas de anticipación a la fecha de salida. Especificando en la solicitud de permiso el tiempo que la familia deseaba que el asilado permaneciera fuera del establecimiento. Una vez cumplido el plazo solicitado y siempre que no se hubiera pedido prórroga al director, el enfermo sería dado de alta 10 días después de esperarlo. Para las fugas, el plazo se ampliaba 90 días En 1948, los enfermos que eran dados de alta también podían dirigirse a un consultorio situado en el Hospital Juárez o acudir al centro de adiestramiento y dispensario central antivenéreo situado en la calle de Tolsá. Estos espacios, al igual que el consultorio del pabellón central y el número 1 del Hospital General, estaban destinados a la vigilancia de los tratamientos de los egresados. Pasaban consulta diariamente de 9 a 11 de la mañana y los usuarios debían aportar una síntesis de su historia clínica, misma que debía ser entregada por el manicomio como parte de los trámites de alta Mediante las consultas, los enfermos egresados pudieron seguir siendo atendidos fuera del establecimiento y recibir atención terapéutica y "vigilancia social." Al menos en teoría, porque, además de no ser muy numerosos, las condiciones económicas, el lugar de residencia de las familias y la falta de disposición en los ex asilados para seguir recibiendo tratamiento, dificultaron el funcionamiento eficaz de estos dispensarios. En 1950, el director de la asistencia médica, el Dr. Álvarez Amézquita, informó de la creación de otro dispensario neuropsiquiátrico en Tacubaya donde se podían mandar a los enfermos que salieran de alta con una copia de la historia clínica, el diagnóstico y la clase de atención que requería, si era terapéutica o de vigilancia social. Para sistematizar la información solicitada y ante la falta de personal, el director del manicomio el Dr. Núñez Chávez sugirió que se hiciera un "machote" informativo que pudiera ser fácilmente rellenado por los médicos de cada pabellón Este detalle burocrático revela las dificultades que tenían los médicos y el personal administrativo de la Castañeda para gestionar la cantidad de pacientes que eran dados de alta y llevar un seguimiento personalizado de la evolución de cada uno de los enfermos o de las necesidades que podían tener una vez se abandonaba el manicomio. Y en este sentido, tanto la labor de las clínicas como de las trabajadoras sociales eran insuficientes para atender a la cantidad ingente de egresados del Manicomio General de la Castañeda. En 1958 con el nombramiento de José Álvarez Amézquita, como Secretario de Salubridad y Asistencia, y la consiguiente restructuración de la Dirección de Salud Mental, principió el progresivo desmantelamiento del hospital de Mixcoac, asunto que oficialmente se decidió en 1965 y que finalizó con la clausura del establecimiento en 1968 Tensiones y contradicciones en el proceso de externación de pacientes Como mencionamos anteriormente, los reglamentos internos de 1913 y 1925 contemplaban que los enfermos dados de alta que no tuvieran familiares podían salir solos. Y en consonancia, entre 1935 y 1936, cuando la práctica de dar de alta únicamente a aquellos enfermos curados o en remisión que fueran recogidos por sus familiares no se podía cumplir, el manicomio tomaba la alternativa de conceder el alta y dejarlos salir solos. El criterio de quién abandonaba el manicomio sin respaldo familiar dependía de que la persona no fuera problemática y que, por su estado mental, pudiera insertarse sin causar alarma social fuera del nosocomio. Un ejemplo de un grupo que cumplió con estos requisitos fueron las mujeres epilépticas que según los médicos se encontraban en condiciones de poder vivir en el medio social porque tenían crisis poco frecuentes y eran dóciles Es más, para facilitar su salida, en 1935, el encargado del pabellón de epilépticas sugirió que se permitiera a las mujeres que estaban en condición de vivir fuera del manicomio, salieran acompañadas con una empleada del establecimiento Desconocemos si esta medida fue llevada a cabo finalmente y algunos ex asilados salieron acompañados por personal del manicomio, pero se sabe que, en 1936, varios internos del pabellón de epilépticos que tenían familiares, pero no fueron a recogerlos, fueron dados de alta y se marcharon solos La Junta de la Beneficencia Pública, por su parte, tomaba una dualidad respecto a que los enfermos externados abandonaran el establecimiento de esta forma. En 1933, el jefe del departamento de esta dependencia gubernamental expuso que se estaban dando de alta a personas que simplemente habían mejorado y aunque los médicos decían que estaban en condiciones de vivir en el medio familiar, por ellos mismos no eran capaces de hacer frente a una vida fuera del nosocomio. Por lo que eran remitidos por las autoridades al poco tiempo. Y advirtió que aquellos que desempeñaban algún trabajo útil podría parecer que estaban en posibilidad de salir, pero en algunos casos, por su peligrosidad, no estaban en condiciones de adaptarse y debían conservarlos entre los muros del hospital Sin embargo, en 1935, los funcionarios de la beneficencia pública insistieron en que hicieran efectiva la salida de tres enfermos, aunque sus familiares no hubieran acudido a su llamado Ante la dualidad, los médicos de los pabellones del Manicomio General se sentían presionados por el director en turno, que a su vez estaba obligado por las exigencias de la asistencia pública en materia de externación de pacientes. Esto hizo que se sistematizaran los criterios de alta, pero se aplicaran de forma flexible y casuística. En 1938, los enfermos podían salir por estar en completa remisión o cuando su estado les permitiera volver a su vida social con el tratamiento adecuado siempre que no fueran peligrosos De esta manera, en los años 30, la máxima preocupación de la asistencia pública estaba enfocada a que no salieran del manicomio personas que pudieran perturbar la paz social. A diferencia de los años 30, en los años 40, a los responsables de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, aparentemente, les preocupaba más la "reintegración familiar y social" de los ex asilados Por este motivo, en 1942, se detalló que la remisión de este tipo de pacientes implicaba tres niveles diferentes: completa, apreciable y discreta. Y los criterios que definían las posibilidades de adaptación de los internos se analizaban en función de tres campos: el familiar, el social y el laboral. Así, algunos enfermos podían estar en condiciones de convivir en el entorno doméstico, pero según criterio facultativo no ser aptos para relacionarse en la sociedad o para trabajar. Y otros estaban capacitados para laborar, pero no iban a poder adaptarse al ámbito familiar Esta definición de criterios no evitó que, en 1943, el Dr. Clemente Robles, responsable del departamento de asistencia médica, culpara al director del manicomio de las quejas que llegaron a la dependencia pública, por haber dejado salir a ciertos enfermos por remisión de la enfermedad y que "a la postre" habían resultado parcialmente curados e incapaces de ganarse la vida. Y exhortó al director a que enviase a las trabajadoras sociales adscritas al establecimiento a conocer a los familiares y ver si podían hacerse cargo de sus necesidades A lo que Manuel Guevara Oropeza contestó que con frecuencia eran dados de alta enfermos que tenían familia y le dio a entender que, aunque se hiciese una investigación amplia de cada caso, era imposible retener a los internos cuando ellos estaban en condiciones de salir. Además, esa medida empeoraría la situación de aglomeración en el establecimiento. Y le recordó que, desde tiempos de la Beneficencia Pública, las disposiciones de las autoridades fueron encaminadas a externar, de la manera que fuera, al mayor número de internos. Le informó, también, que se hacía el estudio social en aquellos casos en los que los familiares no fueran a recoger a sus enfermos. Y le sugirió que le diera una solución para aquellos internos curados o en remisión que carecían de familia y que estaban ocupando un sitio que era necesario para otros enfermos Clemente Robles no tuvo en cuenta las explicaciones de Guevara Oropeza y le exhortó a que se abstuviese de dar de alta a los enfermos que no tuvieran familiares, justificando esa decisión en la condición asilar del Manicomio General Guevara no quedó conforme con esa disposición y expuso que eran enfermos que ya estaban curados, a los que no se les podía privar de su libertad, pero que al no tener familia se les condenaba a seguir como internos del establecimiento indefinidamente A lo que Robles indicó que para esos casos se dirigiera al Departamento de Asistencia Diversa de la Dirección General de Asistencia para que ellos realizaran los trámites oportunos Sin embargo, un año después, la misma entidad benéfica sugirió que se concedieran todas las solicitudes de alta cuando los pacientes hubieran recuperado su salud, pero se obligaba a los deudos a que presentaran un documento en que se comprometieran a hacerse cargo del externado Pues, querían que salieran la mayor cantidad de enfermos por el coste económico que suponía el sostenimiento de los internos del Manicomio General, pero cuando arreciaban las críticas en los periódicos (a raíz de los problemas de seguridad pública que provocaban los ex asilados del manicomio) se limitaban los egresos. Por otra parte, el desamparo familiar, en algunos casos, fue subsanado por la propia institución para dementes. Misma que con frecuencia utilizó a los pacientes en remisión como mano de obra para las labores agrícolas y los talleres de ergoterapia (Sacristán, 2005, p.677-688). Ya que, en los años 30 y 40, el trabajo era visto por los médicos como un medio para aliviarse de la enfermedad mental y una forma de adaptar a los enfermos a sus trabajos primitivos, siendo su experiencia en los talleres, además, una forma de ganarse la vida que podía aplicarse también fuera del establecimiento. A pesar de su importancia terapéutica y adaptativa, entre 1935 y 1938, los talleres no estaban preparados para cumplir con el servicio social de reinsertar a los enfermos a la sociedad. Además, planeaba la sombra de la sospecha de que esta herramienta terapéutica obedecía al interés económico del manicomio y de la asistencia pública. Pues, durante estos años se estaba discutiendo la forma en la que debería ser remunerado el trabajo de los internos para que cumpliera con estas funciones y no se convirtiera en una forma de explotación Por tanto, las tensiones entre los responsables del manicomio y de la asistencia pública con motivo de la externación fueron constantes hasta la clausura de la Castañeda. Los médicos podían afirmar que los ex asilados estaban curados, los parientes podían estar dispuestos a convivir con ellos y se contaba con las clínicas externas para los tratamientos extramuros, pero nada podía asegurar que los ex asilados no cometieran acciones peligrosas para ellos mismos y para los demás. Esto generaba el recelo de los médicos de la Castañeda y de los juristas sobre las posibles responsabilidades de los médicos en caso de problemas de seguridad pública, preocupación que era compartida con los funcionarios del gobierno. Las familias y "un derecho que no podían manejar por si mismos" Las acusaciones de los médicos sobre la falta de implicación de los parientes al momento del egreso, daba la sensación de que todas las familias de los internos de la Castañeda no se preocupaban por sus deudos. Empero, las solicitudes de egreso de los parientes ponen en duda esta imagen. Ante estas peticiones, los directores del Manicomio General y los jefes de la Asistencia Pública tomaron posiciones contradictorias respecto a la concesión de las altas, sobre todo en casos de deudos que estaban en remisión, pero no curados, pues, temían que las consecuencias de una salida temprana terminaran afectando a la institución manicomial. El proceso de egreso discurría de la siguiente forma: una vez que el director recibía el ocurso, y antes de emitir un juicio, pedía informes a los médicos y practicantes sobre los progresos del enfermo. Los facultativos en turno valoraban si era viable la salida y la institución podía negarse a ejecutarla. Ya que, la reintegración de los enfermos mentales, según lo entendían los médicos y funcionarios, dependía de la capacidad del egresado para vivir con sus parientes, trabajar y relacionarse con los demás. Estas cualidades debían ser evaluadas previamente por los facultativos de la institución, tomando en cuenta el tipo de enfermedad y el grado de remisión. Este modelo obviaba la necesaria participación de los familiares, de los amigos y de los potenciales empleadores en este proceso de reinserción. Pues se daban casos, con demasiada frecuencia, en la que salían enfermos considerados como aptos y regresaban poco tiempo después a petición de los mismos familiares, de los patrones o de las autoridades que poco antes habían solicitado un alta o permiso Estas salidas temporales se convirtieron en una estrategia para que los internos se incorporaran a la vida familiar (Ríos, Sacristán, Ordorika, López, 2016, p.136 (7)) y también supusieron periodos de prueba que podían aplicar los facultativos antes de que se diera un alta definitiva. Incluso, los parientes usaban estas salidas, que a veces duraban unas horas o unos pocos días, para llevar a sus parientes a celebraciones familiares, de paseo o de vacaciones. La concesión de permisos, como ocurría también con las altas, se había convertido en un acto de negociación de los familiares con los médicos, puesto que el manicomio necesitaba dar de alta al mayor número de pacientes sin poner en peligro su reputación, pero las familias también querían imponer su voluntad y no tomaban en cuenta las recomendaciones de los facultativos. Por este motivo, esta práctica, un tanto irregular, intentó ser codificada en 1948 por el director del Manicomio, el Dr. Francisco Núñez Chávez. En ese momento se estableció que cuando un médico negara un permiso, por no estar en condiciones de salir, y los familiares se obcecaran en su petición, contaban con el recurso de aceptar la concesión del alta definitiva, bajo su estricta responsabilidad. Por todo ello, la política de egreso otorgaba a los médicos el poder de decisión sobre el alta, pero tenían a las familias como artífices e hipotéticos responsables de los enfermos mentales una vez que abandonaban la institución. Este asunto de la responsabilidad preocupaba especialmente a los facultativos de la Castañeda. En 1947, el Dr. Leopoldo Salazar Viniegra defendió la promulgación de una ley para los alienados en la Academia de Ciencias Penales como una necesidad para justificar el encierro de aquellos individuos que podían ser peligrosos para el medio social y familiar. Pero también servía para proteger a la profesión médica ante el ejercicio de las potestades del "responsable legal." Término que según Salazar Viniegra era inventado para el uso burocrático del hospital, pero que "en realidad no era "ni responsable", "ni legal tampoco." Para justificar tal afirmación expuso que: "a juicio y capricho de tales "responsables," quedaba la salida de los alienados contrariando a la opinión médica que señalaba al sujeto como peligroso y a quienes por motivos de seguridad y de su propio beneficio había que retenerse" Y describió elocuentemente una situación a la que frecuentemente se enfrentaban los facultativos a la hora de dar de alta a un interno. Según Salazar en los externamientos caprichosos se manifestaban las pugnas familiares originadas por la "ignorancia supersticiosa" y se daba el caso de la esposa que internaba al marido "por trastornos perfectamente ostensibles" como elementos persecutorios, delirios y celos. Y al cabo del tiempo se presentaban los familiares del paciente, generalmente la madre o los hermanos, quienes no admitían que su pariente se encontraba trastornado, "ni menos, loco, según la expresión vulgar y generalizada." Y estas personas atribuían intenciones "avisas" a la esposa para deshacerse del marido y la acusaban de haberle hecho objeto de "algún mal", "embrujamiento" o "enyerbado". Y ante eso, Salazar afirmaba que poco se podía hacer con persuasión médica, pues se trataban con frecuencia de personas de alguna cultura o posición social. Y, en su opinión, lo que más afectaba a los médicos y a la asistencia pública era que la incomprensión y las creencias supersticiosas originaban escándalos cuando surgían "espontáneos, ingenuos o interesados defensores de los alienados" a los "que se suponen objeto de secuestro". Y propuso que el tutor o curador de los alienados fuera un médico alienista. Y concluyó que: "Sería inútil mostrarse demasiado riguroso en retener internados a numerosos pacientes cuando no fuera absolutamente indispensable, conociendo como conocemos la deplorable insuficiencia de nuestro único manicomio general" Este testimonio resulta esclarecedor de la situación a la que se enfrentaban los médicos del Manicomio General al momento de decidir si concedían el alta por petición familiar. Para empezar, no había un marco legal que protegiera la práctica de los facultativos, para continuar, la asistencia pública los presionaba para que dieran el mayor número de altas y, para terminar, muchos de ellos no estaban convencidos de conceder el egreso solo con el mejoramiento de los síntomas. Más si en el manicomio estaban recibiendo tratamiento que en su opinión estaba siendo eficaz y no debían ser dados de alta hasta que se encontraran en condiciones de ser verdaderamente útiles para la sociedad. Según algunos facultativos, había casos en los que los externados estaban en condiciones de vivir en familia, pero necesitaban tratamiento y vigilancia médica y ante la imposibilidad de negarse, intentaban dar recomendaciones para garantizar el bienestar de los pacientes que iban a abandonar el establecimiento. Sirva de ejemplo el Dr. García Diego, encargado del pabellón de reos y agitados en 1948, quien expuso que los internos que habían sido dados de alta para vivir con sus familias debían hacerlo bajo un asesor psiquiátrico y con terapia ocupacional Otros únicamente valoraban aspectos más formales como si sabía leer, escribir, si eran laboriosos en los trabajos que hacían en el manicomio o se portaban bien en la escuela del establecimiento En el intento de paliar el problema de las salidas anticipadas de los internos, se envió una circular a los familiares informando de las disposiciones reglamentarias para evitar el prejuicio de la interrupción del tratamiento médico por parte de los familiares que insistían, según la opinión de los facultativos, en externar a su enfermo precipitadamente y sin conocer la opinión del médico encargado. Quien a su juicio era el único capacitado para opinar si era o no peligrosa la salida para la salud del enfermo. En caso de solicitar el permiso o el alta, si el médico no estaba de acuerdo, podía negársele y si la familia insistía se le concedía el alta definitiva bajo su estricta responsabilidad. Y, adicionalmente, necesitaban presentar una responsiva médica de algún otro doctor que se comprometiera a hacerse cargo del paciente en su domicilio o cualquier otro lugar. Además, se informó a las familias de que había un reglamento y que era imposible hacer excepciones A pesar de la masificación, a finales de los años 50, todavía algunos médicos querían limitar los permisos y las salidas por petición familiar. Ya que los médicos de la institución seguían confiando en su capacidad de curar la enfermedad mental y eran reticentes a la hora de conceder permisos y altas, pues entendían que una salida prematura podía ser un obstáculo para la futura recuperación de sus pacientes. Sirva de ejemplo como, el jefe del pabellón de observación propuso que los familiares o responsables legales firmaran una cláusula al ingresar el paciente en el que se comprometían a no externarlo hasta un mes después de la fecha de internación. Tiempo que el jefe consideraba que era mínimo para la buena observación y para la iniciación de algún tratamiento. Esta medida, asimismo, pretendía evitar "tanto trabajo inútil" que quedaba cortado cuando los familiares usando "un derecho" que no podían manejar por sí mismos, solicitaban el alta. Y, además, sugería que no se concediera la salida definitiva, ni permisos sin que el familiar hubiera hablado con el médico y éste le hubiera informado del estado del paciente Los problemas con la masificación y la búsqueda de soluciones a partir de los egresos continuaron hasta el cierre de la Castañeda. En abril de 1967, el Dr. Guillermo Calderón, de la Dirección de Salud Mental, envió un escrito al director del manicomio el Dr. Mario Fuentes Delgado. Calderón siguió las órdenes del profesor Caritino Maldonado, oficial mayor de la secretaría, y ordenó que dispusiera lo necesario para que el director del manicomio hiciera una estricta vigilancia sobre el número de enfermos que se encontraban internados en el hospital. Ya que, solamente se contaba con 2,600 camas en los nuevos hospitales y el número de enfermos que se alojaban en ese nosocomio, rebasaba en una forma considerable este número. Y a fin de poder modificar la situación, pidió cooperación a los médicos del establecimiento para que se diera el mayor número de altas posibles y que solamente se internaran los casos de emergencia absoluta, debiendo ser los demás canalizados a la consulta externa. Según el Dr. Mario Fuentes, el 17 de abril de 1967, el cupo de 2600 camas que iban a estar disponibles fuera del Manicomio General ya resultaba insuficiente, puesto que este número estaba excedido en 300 personas Aun cuando resulta complicado analizar el proceso de egreso de los enfermos mentales del Manicomio General de la Castañeda, pensamos que la información aquí presentada muestra que, a pesar de que la externación de los pacientes fue considerada por los responsables del manicomio y de la asistencia pública básicamente como un problema familiar, no bastaba con la implicación de los parientes para que los enfermos restablecidos o en remisión salieran del nosocomio y no volvieran a reingresar en él. Los ex asilados debían adaptarse a una vida fuera del manicomio, con los retos que esto suponía para ellos, sus familiares y para la propia sociedad mexicana. De igual manera, las fuentes que hemos analizado muestran que en la salida de los enfermos del nosocomio se conjugaban varios intereses encontrados. La asistencia pública tenía la necesidad de dar de alta al mayor número posible de internos para tener espacio disponible para cumplir con las solicitudes de ingreso y rebajar los gastos de las arcas públicas, pero se oponían a ellas cuando la "peligrosidad" del enfermo mental se hacía visible ante la opinión pública por las quejas de los familiares o por eventos protagonizados por los ex asilados de la Castañeda. Por otra parte, los médicos y las autoridades precisaban de la responsabilidad familiar para que acogieran a los enfermos externados, pero sabían que estaba en riesgo su credibilidad profesional si la irresponsabilidad de los parientes o su falta de capacidad impedían la reinserción del paciente al medio familiar y social, aunque los médicos y funcionarios afirmaran que el enfermo estaba curado, en remisión y podía vivir fuera de los muros del nosocomio. En definitiva, una vez que los asilados de la Castañeda dejaban la institución, si no tenían a nadie apto que los recibiera en su entorno doméstico y que supervisaran sus visitas a los consultorios externos se rompía la cadena de cuidado y custodia. Y esa ausencia de vigilancia y sostenimiento podía dejar al descubierto las carencias y dificultades de las instituciones encargadas del cuidado y del tratamiento de los enfermos mentales. Las instituciones, por su parte, se veían desbordadas en esta labor de vigilar y dar seguimiento clínico a los enfermos externados. Y, con esta saturación de ex pacientes psiquiátricos eran vulnerables a la mala prensa. Situación que desencadenaba las suspicacias de los funcionarios de la asistencia pública hacia los psiquiatras, a los que acusaban del mal funcionamiento del Manicomio General. Acusaciones que eran respondidas por los responsables de esta institución culpando, a su vez, a las familias de los internos de ser las causantes de la masificación al no facilitar los egresos de sus deudos. En resumen, estos intereses opuestos alimentaban las contradicciones, las desconfianzas y los conflictos entre los médicos y los funcionarios de la asistencia pública. Problemas que, en última instancia, eran fruto de las muchas deficiencias en el funcionamiento del nosocomio y de la insuficiencia de recursos que la asistencia pública destinaba al egreso de los pacientes y a su reinserción a la sociedad mexicana. Pero, sobre todo, eran resultado de una lucha contra la masificación que superaba a los médicos y a los funcionarios de la asistencia pública.
Epidemiología de los trastornos mentales en Chile y su impacto en las políticas públicas de salud mental, 1950-1973 A partir de la década de 1950, un grupo de psiquiatras chilenos comienza a converger en torno a la epidemiología de los trastornos mentales. Ni la psiquiatría ni la salud mental habían logrado posicionarse exitosamente en el escenario público, como sí lo habían conseguido la salud "física" y la medicina. Desde la década anterior los psiquiatras venían buscando ese posicionamiento, fundamentalmente a través de la introducción y aplicación de las terapias biológicas. Planteamos que a partir de la influencia de las ciencias sociales y del escaso éxito de los tratamientos psiquiátricos, el desarrollo de los estudios epidemiológicos significó una renovación en el papel de la psiquiatría y los psiquiatras en el escenario de la salud pública. Una epidemiología crítica puede ser un instrumento básico de recuperación ética y de construcción de una politicidad; dos aspectos seriamente menoscabados en medio de un proceso neoliberal cínico y regresivo (Breihl, 2013, p.31) Cada país nuestro ha tenido en algún momento de los últimos 35 años un grupo de psiquiatras que apuntó al futuro y fue, casi sin excepciones, interferido y paralizado. Paradójicamente, la psiquiatría latinoamericana vive, mayoritariamente, recordando el futuro (Marconi, 1990, p.427). Estas palabras del psiquiatra chileno Juan Marconi evidencian la fractura que ha caracterizado a la historia de la psiquiatría y de la salud mental latinoamericanas. Para Marconi, en distintos momentos de la historia continental, fundamentalmente a partir de la década de 1950, grupos de psiquiatras, médicos y otros profesionales de la salud, diseñaron programas y proyectos más avanzados que, inevitablemente fueron interferidos políticamente, desmembrados los equipos y paralizados los esfuerzos. De ahí que aluda a esa figura paradójica, diciendo que "nosotros no necesitamos tanto el futuro no pronunciado, sino, que estamos recordando el futuro que nos quitaron" (Marconi, 1990, p.435). Lo que aquí nos hemos propuesto es mostrar uno de esos momentos que debió ser futuro, pero que devino, demasiado pronto, según las palabras de Marconi, en pasado. Desde hace más de una década se viene hablando de la existencia de una crisis de la salud mental en Chile. Si bien no es un tema de la agenda pública, cada cierto tiempo genera alarma y debate en la población, especialmente cuando se publican las cifras de suicidio o de alcoholismo y drogadicción juvenil Estas alarmantes cifras tampoco van de la mano con el porcentaje del presupuesto fiscal destinado a salud mental. Esta incoherencia, entre la magnitud del problema y la respuesta del Estado, se explica en parte, por la ausencia de un enfoque epidemiológico que, además de caracterizar la situación, permita abordar el problema. Ante este diagnóstico, las palabras de Marconi se vuelven muy actuales y las preguntas surgen casi automáticamente: ¿Cuál es la relación entre psiquiatría, salud mental y epidemiología?; ¿Cuál ha sido el devenir de esta relación en el tiempo?; ¿Por qué, dada la situación de salud mental en el país, no existe un desarrollo consolidado de una epidemiología en ese sentido? El concepto de salud mental surge a mediados del siglo pasado. Aun cuando su origen implicaba una superación de la exclusividad que la medicina tenía sobre los procesos de salud y enfermedad, su fuerte vinculación con la psiquiatría ha marcado tanto su desarrollo como las dificultades que han existido en los países para abordarla desde lo público. Por lo mismo, las características que ha asumido el desarrollo de la psiquiatría han influido notoriamente en el devenir de la salud mental. En el caso chileno, la profesionalización de la psiquiatría ha estado marcada por su carácter biologicista en lo disciplinario y manicomial en lo asistencial (Araya, 2018). Si bien desde el último tercio del siglo XIX comienzan a surgir críticas a este modelo caracterizado por el encierro y la cronicidad, en Chile, la asistencia preferentemente manicomial se extendió a lo largo de todo el siglo XX (Mendive, 2004). A las críticas al aislamiento como herramienta terapéutica, le siguió un movimiento de higiene mental surgido en Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Las explicaciones físicas de los fenómenos mentales ya no resultaban suficientes; así fue como psiquiatras y científicos sociales, en paralelo con otros movimientos como el de protección a la infancia y la asistencia social, comenzaron a buscar respuesta a los fenómenos de la mente desde una perspectiva social. En 1909, por iniciativa de Clifford Beers, se fundó en Estados Unidos el National Committee for Mental Hygiene. Los estatutos del Comité insistían en la propuesta de "una prevención a través de la educación del público, la investigación y la divulgación de los conocimientos relativos a todas las formas de trastornos psíquicos" (Castel; Castel; Lovell, 1980, p.43) A estas primeras iniciativas reformistas le siguieron las ideas sobre prevención de Adolf Meyer, también en Estados Unidos (Klappenbach, 1989). Si bien el movimiento de higiene mental volcó a los médicos a la sociedad y amplió la conceptualización de los trastornos psiquiátricos y su forma de asistirlos, esto no significó relegar la psiquiatría al asilo, sino más bien extender la labor del médico especialista a todo el conjunto social. Será a partir de mediados de siglo pasado que la influencia de las ciencias sociales se asentará permanentemente en las discusiones acerca de las delimitaciones entre psiquiatría y salud mental. Estos debates se articularán asimismo con las discusiones respecto a los modelos epidemiológicos que comienzan a instalarse desde la psiquiatría (Ferrero, 2000). Las primeras prácticas discursivas sobre registros de enfermedades, de una manera más colectiva que individual se dieron a partir del siglo XVII con el posicionamiento de las nociones de población, estado y comunidad (Foucault, 2009). Pero su transformación en una especialidad médica moderna, desde el primer tercio del siglo veinte, estuvo influida fuertemente por el evolucionismo biologicista, el causalismo de la física mecánica y el inductivismo empírico predominante en las ciencias naturales (Barradas, 1998). Constituida en base a la "teoría del germen", esta epidemiología se caracterizó por una marcada negación de lo social y lo cultural, al concebir al ser humano "como una especie biológica, dejándose de lado la diversidad social y cultural que existe dentro de ella" (Urquía, 2019, p.65). Por su parte, los primeros estudios psiquiátricos a nivel mundial datan de las primeras décadas del siglo pasado y se ocuparon de la parálisis general progresiva. Mattauschek y Pilcz, entre 1912 y 1923, realizaron un seguimiento a 4.000 oficiales del ejército austriaco infectados por sífilis para evidenciar la vinculación de la parálisis general progresiva con esta enfermedad (Williams; Wilkinson; Rawnsley, 2019) Más temprano, a pesar de no ser un estudio epidemiológico, una investigación sociológica puso en cuestión el paradigma de la epidemiología basado en las ciencias naturales. Hacia fines del siglo XIX, Emil Durkheim, analizando las estadísticas de suicidio en Europa, había referido cómo la cultura y el ambiente social pueden modificar la conducta del individuo en una sociedad particular (Durkheim, 1897). Inclusive, cómo ciertos fenómenos podrían llegar a causar "epidemias de locura" o "psicopatología del proceso social". Sostuvo además que la cohesión en la sociedad era un componente importante en la prevención del suicidio. Sin embargo, su obra, considerada como una contribución decisiva al surgimiento de la sociología, no influyó en la naciente epidemiología psiquiátrica. "El ejemplo de El suicidio de Durkheim es importante en tanto se trata de una apropiación retrospectiva que la epidemiología hizo de esta obra" (Urquía, 2019, p.75). Sus aportes adquirirán relevancia en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la influencia de las ciencias sociales comience a permear el modelo médico. Hacia fines de la década de 1970, a nivel latinoamericano comienza a gestarse un movimiento académico crítico que propone la formulación de una nueva epidemiología que vaya más allá de lo metodológico y con base en la comprensión del proceso salud-enfermedad como fenómeno social y colectivo. Entre los principales participantes de este movimiento epidemiológico latinoamericano se encuentran Samuel Arias-Valencia, Naomar Almeida Filho, Ricardo Mendes-Gonçalves y Jaime Breilh. El pensador portugués Boaventura de Sousa Santos ha acuñado el concepto "epistemología del sur" para caracterizar la producción de pensamiento en el sur del mundo donde "sur", más que un concepto geográfico, alude a un conocimiento contrahegemónico, que tiene su origen en contextos culturales y políticos propios, críticos de la epistemología occidental dominante (De Sousa Santos, 2009). Este tipo de movimiento epistemológico permitiría "no solo recuperar conocimientos suprimidos o marginalizados, sino también identificar las condiciones que tornen posible construir nuevos conocimientos de resistencia y de producción de alternativas al capitalismo y al colonialismo globales" (De Sousa Santos, 2009, p.12). Consideramos que, en el caso que analizamos, el modelo epidemiológico que desde el sur comienza a proponerse, asume estas características. Para Naomar de Almeida Filho el contenido de la epidemiología crítica debe verificarse en la praxis histórica misma, y no en los modelos formales; sólo así, asumiendo intereses emancipatorios y enriquecedores, la teoría se vuelve ética y verdaderamente teoría (De Almeida, 1992). También Jaime Breilh postula que, a diferencia de la epidemiología moderna que asume la lógica de la perspectiva individual del liberalismo, la epidemiología crítica "no puede ser otra cosa que radicalmente emancipadora" (Breilh, 2013, p.14). Esto implica, además de la superación de los "enfoques epidemiológicos funcionalistas", la recuperación de la "unidad entre las necesidades populares y el quehacer científico" (Breilh; Granda, 1989, p.1121). En términos generales, se describe para América Latina, durante el siglo XX, dos periodos en el desarrollo de la epidemiología psiquiátrica: una primera fase, a partir de los años treinta, donde los estudios se basan en entrevistas clínicas y cuestionarios no estandarizados sobre listas de síntomas, aun no validados; y una segunda, donde se definieron los estándares a seguir en la realización de las entrevistas y su aplicación en muestreos representativos de población. Es sin duda un camino trazado desde los centros de poder académico de Europa y Estados Unidos, que buscan la validación científica de la metodología clásica. Sin embargo, hacia mediados de siglo, desde la academia comenzará a estimularse la búsqueda de una epidemiología de los trastornos mentales acorde a la realidad de la Región. Postulamos que esta búsqueda asumirá el carácter de "movimiento" continental, del que Chile no sólo se hará parte, sino que será considerado por los mismos directores de la Oficina Sanitaria Panamericana como "país pionero" en su desarrollo y promoción (Mariátegui; Adís, 1970, p.12). El objetivo principal de la investigación que presen tamos es analizar el surgimiento y desarrollo de este movimiento en Chile. Abordaremos el tema en tres segmentos. En el primero, trataremos los estudios epidemiológicos iniciales en Chile, su significado e importancia. El énfasis estará puesto en las conceptualizaciones que se proponen en torno a la epidemiología y a la salud mental. El segundo estará dedicado a la epidemiología del alcoholismo y su vinculación con el cambio de modelo asistencial. Finalmente abordaremos los cambios concretos en las políticas asistenciales. Postulamos como hipótesis central que, si bien originalmente los médicos buscaron, con la formulación de una epidemiología psiquiátrica, evidenciar una crisis social que se mantenía latente; en el corto plazo, esta búsqueda se convirtió en una oportunidad de transitar desde un modelo de asistencia asilar, centrado en la psiquiatría y la enfermedad, hacia otro centrado en la prevención y la salud pública. Planteamos que este desarrollo significó, además, un cuestionamiento del modelo asilar imperante y una apertura hacia la psiquiatría social y la salud mental, lo que favoreció el desarrollo de políticas públicas vinculadas con las realidades particulares del país y su expansión a gran parte de Latinoamérica. Además del fracaso del modelo asilar, tanto la escasez de certezas científicas en torno al diagnóstico y terapéutica de los trastornos mentales, como la influencia de las ciencias sociales, se convirtieron en estímulos para desarrollar una epidemiología propia de los trastornos psiquiátricos, dejando de lado el modelo epidemiológico clásico. Los primeros estudios epidemiológicos en Chile Probablemente, debido al carácter social y cultural que ha tenido la ingesta de alcohol en Chile a lo largo de su historia, es que los primeros estudios epidemiológicos relacionados con la psiquiatría en este país se abocaron al estudio del alcoholismo (Fernández, 2005). Fueron además llevados a cabo por médicos psiquiatras, lo que se explica por la hegemonía que esta disciplina ha ejercido, en occidente en general, sobre la patología y la salud mental. Por esta misma importancia social del alcoholismo, es que Chile ha tenido, a nivel latinoamericano, una larga y reconocida trayectoria en este campo (Naveillan; Vargas, 1989). El primer estudio epidemiológico sobre alcoholismo en el país fue realizado por el médico Luis Muñoz, utilizando el método indirecto, es decir, entrevistas aplicadas a terceros. Desde 1943, Muñoz venía desarrollando una línea de investigación dirigida a la búsqueda de "factores sociales" -así identificados por Muñoz-, que explicaran ciertos aspectos del rendimiento pedagógico, del temperamento y del carácter moral de niños y adolescentes. Se trató de una serie de investigaciones reunidas como "Antecedentes para el estudio de la Higiene Mental del Escolar Primario", destinada a analizar las relaciones entre el nivel de vida y diversos aspectos psíquicos del escolar, implementado por enfermeras y visitadoras sociales. La aplicación de la encuesta a 1.000 familias de escolares de barrios obreros de Santiago evidenció "que el fracaso del aprendizaje fue más alto en los escolares que procedían de viviendas inferiores (conventillo y rancho) y en general, en los casos de promiscuidad de pieza y dormitorio" (Muñoz, 1955, p.212). Como parte de esa investigación, Muñoz publica "El alcoholismo familiar y sus relaciones con el aprendizaje, el temperamento y el carácter en 1.000 escolares en Santiago", comprobando que, de un total de 534 familias de clase obrera, el 7,1% de los padres eran alcohólicos, mientras que las madres lo eran en un 0,5% de los casos. Además, evidenció que un tercio de "los alumnos de hogares sostenidos por alcohólicos crónicos fracasaban en las más altas proporciones" (Muñoz, 1953, p.142). Algunos años antes, en 1950, en el Primer Congreso Mundial de Psiquiatría de París, había sostenido que "son causa importante de trastornos, de desadaptación, y de angustia, la desnutrición, la vivienda antihigiénica, el vestido deficiente, el alcoholismo de los padres o de los sostenedores del hogar, el abandono material y educacional de los niños y adolescentes" (Muñoz, 1955, p.218), adelantando de alguna manera los resultados de su investigación que había comenzado en 1943 y culminaría a mediados de la década de 1950, cuando la conceptualización de la salud mental se estaba consolidando Luis Muñoz representa, desde nuestro punto de vista, una figura de transición entre la higiene y la salud mental, en el país. Si bien la conceptualización de sus investigaciones está planteada desde la higiene mental, la que define como "estudio y prevención de las causas que alteran la salud psíquica" considera que "la psiquiatría puede ser considerada como una ciencia social" en tanto "estudia los fenómenos o problemas sociales que alteran causalmente la salud mental de los individuos", introduciendo así conceptos como ciencia social y salud mental a un debate médico aun centrado en la higiene y el discurso nacionalista y de retórica social (Muñoz, 1950, p.9). En términos metodológicos, los trabajos de Muñoz no estaban destinados a medir prevalencia de alcoholismo, por lo que sus resultados son aproximativos. Pero más allá de la metodología, la importancia de sus investigaciones radica en la búsqueda de factores sociales que permitieran explicar el elevado consumo de alcohol en el país. Hasta 1955 todas las estimaciones de prevalencia de alcoholismo en el mundo se hacían por método indirecto. El más usado era la fórmula creada por el investigador húngaro Edwin Jellinek, a partir del número de muertos por cirrosis y de casos de alcohólicos con complicaciones. El método indirecto logró superarse gracias a las investigaciones de salubristas chilenos, los que fueron asesorados por el mismo Jellinek en la década de 1950. En 1954, Juan Marconi realizó, a nivel mundial, el primer trabajo epidemiológico para medir la prevalencia del alcoholismo con método directo La investigación publicada al año siguiente como "A Survey of the Prevalence of Alcoholism Among the Adult Population of a suburb of Santiago" (Marconi, 1955), se basó en una muestra aleatoria de 787 familias de una comuna de Santiago a las que se le aplicó un instrumento basado en un estudio clínico previo de 100 alcohólicos. Se utilizaron como criterios la frecuencia de embriaguez y la duración y frecuencia de las crisis de ingestión. Las tasas de prevalencia encontradas, 5% de alcohólicos y 15% de bebedores excesivos, transformaron al alcoholismo en el "primer problema de Salud Pública del país, gracias a la aplicación del método epidemiológico" (Marconi, 1998, p.24). Además de este último, el estudio de Marconi marcó otros dos grandes hitos en la historia de la salud mental en Chile. El método, además de aplicarse en todo el país, se aplicó en la mayoría de los países latinoamericanos, transformando a Chile en líder continental en este ámbito; y, no menos importante, marcó el inicio de la salud mental como disciplina médica en Chile. Es interesante constatar que al estudio de la prevalencia se sumaron aportes teóricos que marcaron la asistencia mental y las políticas públicas y que favorecieron, como veremos, una nueva epistemología en torno a la disciplina psiquiátrica. Uno de estos fue desarrollar conceptos operacionales para seis tipos psicopatológicos: alcoholismo, psicosis, demencia, oligofrenia, neurosis y epilepsia; lo que permitiría realizar estudios transculturales, comparando las investigaciones efectuadas en distintos países (Horwitz; Marconi, 1967). A la investigación epidemiológica de Marconi siguieron otras que plantearon nuevos desafíos. En el período 1956-1957, el equipo liderado por el médico Ricardo Honorato, realizó un estudio similar, también tomando una muestra en una población obrera de Santiago. Sin embargo, la elevada tasa de prevalencia que arrojó el estudio (en comparación con el de Mar coni y Muñoz) evidenció la necesidad de desarrollar una conceptualización precisa de la dependencia física como criterio diferencial entre el alcohólico y el bebedor excesivo simple. Entre 1957 y 1958, José Horwitz dirigió una investigación con método directo, que procuraba "establecer algunas relaciones ecológicas" respecto del alcoholismo y, realizar el "primer intento" de medir la prevalencia de epilepsia, de psicosis y de neurosis con una muestra más amplia y con definiciones más precisas acerca del alcoholismo y del beber excesivo, buscando salvar el problema que presentó el estudio de Honorato La investigación evidenció un 20% de prevalencia de trastornos mentales en mayores de 15 años, con los porcentajes más elevados para neurosis (10%), bebedores excesivos (7,7%) y alcoholismo (5,1%) (Horwitz y otros, 1958). El estudio también mostró una asociación entre menor grado de instrucción, menor responsabilidad ocupacional y menor salario con una mayor proporción de alcohólicos y bebedores excesivos. Entre los aspectos socioculturales rescatados, se destacó la vinculación entre el hábito cultural de beber en exceso y el alcoholismo. En resumen, estos primeros estudios epidemiológicos contribuyeron en varios sentidos. Los estudios pioneros de la década de 1940 de Luis Muñoz, sobre escolares de familias obreras, establecieron la complejidad del problema del alcoholismo y orientaron la psiquiatría hacia la medicina social y la salud pública. Es Muñoz el primero en considerar al alcoholismo como un "problema substrato", esto es, que, "al permanecer, hace movediza la plataforma de cualquiera acción que se pretenda hacer en salud, sea ésta relacionada con madre y niño, alimentación, atención médica, saneamiento, organización de la vida familiar o social, etc." (Muñoz, 1957, p.3); evidenciando así la influencia de los factores socioculturales en la salud mental. Los trabajos posteriores, especialmente de Marconi y Horwitz, en los que también participó Muñoz, situaron al alcoholismo como el problema de salud más importante de los chilenos desde mediados del siglo pasado. Es relevante el hecho de que tanto el alcoholismo como la epidemiología psiquiátrica se encontraban en un proceso de configuración; el alcoholismo no era aún conceptualizado como enfermedad y la epidemiología psiquiátrica no definía sus objetos de estudio ni su metodología. Esta sincronía determinará en gran medida el carácter que asuma cada uno de ellos. Alcoholismo y epidemiología: hacia un nuevo modelo de asistencia mental Hacia la década de 1950, tanto las concepciones como las acciones de salud sobre el alcoholismo comienzan a cambiar en Latinoamérica. El término alco holismo había sido ya acuñado a mediados del siglo XIX por el médico sueco Magnus Huss (Postel; Quétel, 1993). A partir de ese momento, y por diversas vertientes, se inicia un complejo proceso de medicalización del alcoholismo (Campos; Huertas, 1991). Sin embargo, fue en la década de 1940 cuando el investigador húngaro Edwin Jellinek desarrolló el concepto de "enfermedad del alcoholismo" (Jellinek, 1960) Su aporte fundamental fue definirlo a partir de la dependencia psicológica y especialmente física del alcohol; lo que favoreció el desarrollo de un nuevo enfoque y abrió "las puertas a las investigaciones epidemiológicas tan necesarias para conocer la ecología de una enfermedad de tan amplias repercusiones socioculturales" (Horwitz, 1967, p.12). Con tal de generar conocimiento acerca de dicha problemática e iniciar los primeros estudios de prevalencia, en 1950 la Universidad de Chile creó el Instituto de Investigaciones sobre Alcoholismo, dirigido por Jorge Mardones, reconocido científico dedicado al tema. El Instituto se constituyó en dos niveles, investigación clínica y epidemiología. Una de sus primeras iniciativas fue solicitarle a Jellinek, director en ese momento del Instituto Internacional de Estudios sobre Problemas del Alcohol en Ginebra, que realizara asesorías sobre alcoholismo a médicos chilenos, las que comenzó en 1952. Posteriormente, en 1956, concretó una estadía de tres meses, donde trabajó con un grupo de técnicos del Servicio Nacional de Salud (S.N.S.) y de la Universidad de Chile. Una de las primeras actividades del grupo fue la organización de un Seminario donde se analizaron la experiencia chilena en el tema, las técnicas de educación sanitaria y el desarrollo de herramientas para calificar los hábitos de beber de la población. Los participantes elaboraron una encuesta de tipo antropológico, dirigida personalmente por Jellinek, el que tabuló los resultados obtenidos a lo largo de todo el país y los envió a Ginebra (Marconi, 1998). En torno a estas primeras instancias comienzan a plantearse acciones concretas para enfrentar el problema del alcoholismo. En 1957, Mardones, Horwitz y Marconi, con el apoyo del S.N.S. elaboraron el primer Programa Nacional de Control y Prevención del Alcoholismo en hospitales generales, que dio pie a una serie de investigaciones e iniciativas sobre el tema. Una de ellas fue, ese mismo año, la organización en Chile del Primer Symposium sobre Alcoholismo y problemas del alcohol. Las exposiciones permitieron intuir tanto la elevada magnitud del problema, como la complejidad de los factores que incidían en su etiología. Es por esta misma complejidad, y por la falta de herramientas epidemiológicas, que gran parte de los investigadores aluden a la prevención y a la educación como factores ineludibles para enfrentar el asunto En el evento, Guido Solari y Aníbal Varela relevaron la importancia de los factores socioculturales en la etiología del alcoholismo, a pesar de estar conscientes de la complejidad que comporta su estudio (Solari; Varela, 1957). Ante este panorama confuso, Luis Muñoz sostuvo que si bien no están capacitados para elaborar un programa preventivo integral basado exclusivamente en las causas; si es posible establecer "un camino promisor y efectivo de prevención" fundado en la "educación del niño, del adolescente y del adulto mismo" (Muñoz, 1957, p.4). Juan Marconi, insiste también en la necesidad de un programa preventivo, más allá de atacar el problema desde la etiología (Marconi, 1957, p.52) En la misma dirección, Miguel Cervantes y Francisco Mardones aluden al alcoholismo como un problema de salud pública y dado que en su génesis actúa " una constelación de factores", promueven un programa integral, que atienda al fomento de la salud y en el que deberían participar los ministerios de salud y de educación (Cervantes; Mardones, 1957, p.57). Uno de los problemas capitales de la psiquiatría a lo largo de su desarrollo ha sido la falta de conceptualizaciones claras sobre los trastornos mentales, lo que representaba, en los inicios de la epidemiología, una gran dificultad para su despliegue. "Definiciones ambiguas, no posibles de traspasarse de un estudio a otro, observaciones ingenuas que paradójicamente se vuelven inmutables y dogmáticas", caracterizaban los estudios de ese tipo (Horwitz; Marconi, 1966, p.301). En esta época aun no existían nosologías consensuadas internacionalmente ni instrumentos validados. Ante esta ambigüedad, Horwitz y Marconi, proponen superar las definiciones puramente sintomáticas de desorden mental, las que tendrían escaso valor teórico y no serían aplicables en cualquier cultura, para tratar de producir conceptos estructurales y patogénicos, que serían los que tienen mayor valor como instrumentos transculturales. Siguiendo esta misma línea investigativa publican, en 1967, "Estudios epidemiológicos y sociológicos acerca de la salud mental en Chile", donde insisten en la búsqueda de una epidemiología propia de los trastornos psiquiátricos incorporando aportes de la sociología a la discusión teórica y conceptual. Plantean que, al ser los trastornos psiquiátricos definidos de manera diferente, se hace necesario buscar "conocimientos comunes entre distintas culturas", es decir, apuntar hacia lo transcultural. Cuestionan también, indirectamente, aspectos importantes de la epidemiología moderna. Si en investigaciones previas establecían la necesidad de una conceptualización particular, aquí buscan que esa definición establecida se exprese "con criterios objetivos que permitan decidir a cada investigador, en cualquier caso particular, si el término se aplica o no a dicho caso" para, en un segundo momento, entender ese concepto enunciado "como una hipótesis de trabajo (...), de la cual se pueden extraer conclusiones lógicas susceptibles de ser sometidas a prueba con los enfoques clínico, epidemiológico y experimental" (Horwitz; Marconi, 1967, p.52). Apuntando a la idea de considerar a la epidemiología, más como una teoría que como una metodología. Estas investigaciones representan un aporte significativo en, al menos, tres aspectos. En primer lugar, los autores esperaban que la población participante de estos estudios constituyera "el grupo inicial de aplicación de un programa demostrativo de psiquiatría de la comunidad, destinado a reorientar los programas nacionales de salud mental hacia una integración con los planes generales de salud pública" (Horwitz; Marconi, 1967, p.55). En segundo lugar, plantean la epidemiología como una teoría que se valida en la comunidad y, tercero, a través de las definiciones transculturales abren la puerta al relativismo cultural, a la antropología y las ciencias sociales, cambiando el enfoque desde la enfermedad psiquiátrica a la salud mental Nuevamente, desde las urgencias de las realidades de un país pobre y periférico, se proponen desafíos más allá de los modelos hegemónicos. Anticipando en parte las propuestas de Jaime Breilh sobre la epidemiología contrahegemónica. Siguiendo la misma línea, hacia fines de la década de 1960, Marconi acusa al modelo vigente de sostenerse en una concepción vertical, etnocéntrica y autoritaria, donde la transmisión del conocimiento se realiza desde la cultura universitaria a un estrato "inferior" a través de la acción de los servicios de salud. Ante esta barrera cultural que se interpone, propone, para Latinoamérica, un modelo relativista cultural que coloque horizontalmente a la Universidad, a los servicios de salud y a las culturas de la comunidad, para enfrentar la salud mental como un objetivo común. El modelo debe ser respetuoso de todos los valores culturales y asumir la comunidad como el centro de las propuestas de salud mental. Según Marconi, en Chile coexisten tres modelos culturales médicos: el aborigen mapuche, el popular chileno y el europeo. Este último, hegemónico y etnocéntrico, solo ve las barreras económicas, pero no las culturales, por lo que es preciso corregir mediante programas de formación en antro pología cultural que inculquen una actitud acorde con el principio de relativismo cultural (Marconi, 1970a). Los estudios iniciados en Chile tuvieron repercusión en el resto del continente. El mismo grupo que participaba del Instituto de Investigaciones sobre Alcoholismo organizó, en 1957, en Viña del Mar, el Primer Seminario Latinoamericano sobre Alcoholismo. El evento, donde participaron 15 países, fue organizado en conjunto por el gobierno chileno y la Oficina Sanitaria Panamericana (O.P.S.), y se esperaba fuera una instancia para organizar programas de control en el continente, a través del intercambio de opiniones y experiencias sobre las definiciones de alcoholismo y su epidemiología. Ya en la inauguración, Abraham Horwitz, director de la O.P.S, posiciona a la epidemiología como una herramienta indispensable en el abordaje del alcoholismo. Sostiene que, más allá de la etiología o del conocimiento biológico, los avances epidemiológicos han permitido considerar a las enfermedades como "productos finales de una intrincada e inmensa relación entre los antecedentes ocultos con los términos de naturaleza o herencia y las variables sumergidas en las expresiones nutrición o ambiente" (Horwitz, 1960, p.4), contraponiendo el concepto epidemiológico clásico de "causa singular" por el de "nexo causal", instalando así una propuesta particular para la epidemiología de la salud mental donde se releva la prevención más allá del establecimiento de las causas. A partir de esta experiencia, resulta interesante resaltar el carácter latinoamericanista que los salubristas buscaban imprimirle a la epidemiología del alcoholismo. Esto no solo se hace patente en el carácter continental de los eventos, sino en el interés por concretar una propuesta que tenga "la virtud de la trascendencia", para lo cual, al decir de Abraham Horwitz, se debe "conservar americana sin perder su sentido de universalidad" (Horwitz, 1960, p.6). Un ejemplo concreto es la réplica que se hizo en el distrito de Lanús, en Buenos Aires, del estudio de prevalencia de trastornos mentales en tres clases sociales, que el equipo de Laura Moya había realizado en Santiago en 1969 (Moya et al., 1969). A fines de la década de 1960, muchos salubristas tenían la percepción de estar ante "una atmósfera en la cual podría desenvolverse la teoría y la práctica de la salud mental comunitaria, y una de sus raíces, la epidemiología psiquiátrica, en América latina" (Marconi, 1970a, p.161). Se esperaba que, a partir de la investigación epidemiológica, los distintos países generaran sus propios programas de control del alcoholismo. Es cierto que no podemos hablar de una crítica a la epidemiología clásica, pero si podemos sostener que es tamos frente a una propuesta de una epidemiología propia con los ejes puestos en la transculturalidad, el relativismo cultural y el comunitarismo. Según Marconi, "este movimiento, para nosotros tiene una trascendencia importante, nos ha unido, nos ha integrado culturalmente, (...) Nuestra tarea prioritaria es la integración latinoamericana en lo cultural, lo económico, y finalmente en lo político" (Marconi, 1982, p.425). Orientando la psiquiatría hacia la salud pública En el plano nacional, si bien el desarrollo de los estudios epidemiológicos llevó a la formulación del Plan Nacional de Control del Alcoholismo en 1957, su continuidad y profundización comenzó a plantear nuevos desafíos tanto para la epidemiología como para la implementación de políticas públicas en torno a la salud mental. En este apartado analizaremos las nuevas problemáticas que comenzaron a surgir a partir de los estudios epidemiológicos y los cambios que generaron en las políticas públicas chilenas sobre el alcoholismo. En 1957, en torno a las visitas de Jellinek al país y a la labor del Instituto de Investigaciones del Alcohol, se formuló un primer programa para enfrentar el asunto. En el Primer Symposium nacional sobre alcoholismo y problemas del alcohol realizado en Chile en 1957, Jellinek había criticado el que los "sobresalientes proyectos de investigación sobre alcoholismo" en Chile, se acompañaran de un "déficit total de programas de control, y de educación masiva de la población general" (Marconi, 1998, p.27). José Horwitz fue el motor del Programa, con la colaboración de Jorge Mardones, Luis Muñoz y Juan Marconi. Fue un programa básico que dejaba la educación sobre el problema del alcoholismo en manos de las escuelas primarias y la asistencia en los hospitales generales (Marconi, 1972, p.8). Programa Nacional de control del Alcoholismo, 1964 Luego de siete años de labor epidemiológica, en 1964, surgió el segundo Programa Nacional de control del Alcoholismo, elaborado por el S.N.S. El Programa, determinado en gran medida por los estudios epidemiológicos que lo precedieron, incorporaba definiciones precisas y operativas sobre el alcoholismo, planteaba como propósitos generales la disminución de la incidencia, de la prevalencia y del riesgo de morir por alcoholismo y sus complicaciones y proponía como acciones generales el tratamiento, la rehabilitación y la prevención. Este Programa, avanza respecto al anterior, al insertarse en el sistema de "hospital general" perteneciente a la red pública de asistencia de salud. Ahora bien, aun cuando proponía que los servicios locales adaptaran el Programa a sus realidades, este sistema se insertó en la organización jerárquica y centralizada del S.N.S., que concebía "la asistencia como tarea nacional, sin sectorización, incorporando técnicas psicoterapéuticas y psicofarmacológicas" (Marconi, 1998, p.18). Sin duda representó un aporte, pero también, dada la escasez de recursos económicos y humanos, hacía muy difícil su aplicación a nivel nacional. Tradicionalmente, además, la investigación científica de la medicina asistencial estaba orientada a la clínica y al tratamiento farmacológico, lo que impedía conocer la magnitud del problema del alcoholismo. Ante esta realidad, la emergencia de "la investigación epidemiológica, con su quemante denuncia de la magnitud del problema de Salud Mental, (...) actuó como motor de la siguiente etapa histórica" (Marconi, 1998, p.18). La evidencia de que un 25% de la población necesitaba atención mental, "rompe el esquema institucional de Hospitales, Consultorios, etc., para plantear el desafío de fondo: el traspaso del eje de los programas -asistencia, docencia e investigación- desde la estructura institucional a la estructura de masas, intracomunitaria, quedando las instituciones como elementos de apoyo y coordinación técnica" (Marconi, 1998, p.18). Además de los programas sobre alcoholismo, los estudios epidemiológicos sirvieron de impulso para que la sección de Salud Mental del S.N.S. y la Universidad de Chile formularan, durante 1966, por primera vez, un Programa Nacional de Salud Mental. Hubo que esperar 14 años, desde la creación del S.N.S. en 1952, para que se adoptara, con muy pocos recursos, una política nacional en este sentido. Sus autores, José Horwitz, Juan Marconi y Leonardo Muñoz, buscaban hacerse cargo del carácter comunitario que estaba desarrollando la psiquiatría en el país, para lo cual reorientaron los servicios desde los hospitales tradicionales a una cadena de instituciones ubicadas dentro de la comunidad, sectorizando esta última en 16 áreas a nivel nacional (Horwitz; Marconi, 1967). Asimismo, descartaron el asilo y el hospital psiquiátrico "por su nula integración a la Salud Pública, su baja eficiencia, su acción iatrogénica en pacientes crónicos, su falta de sectorización, nula capacidad de crecimiento y alto costo" (Marconi, 1998, p.29). El modelo propuesto implicaba crear una red de instituciones: atención primaria en consultas periféricas; atención secundaria en consulta externa; urgencias psiquiátricas; psiquiatría de enlace; atención terciaria en hospitalización; rehabilitación en hogares y talleres protegidos. Todos los servicios serían atendidos por profesionales multidisciplinarios. Hasta el Golpe Militar de 1973, el Programa sólo había alcanzado a dar cobertura al 16% de la demanda nacional. A partir de ese momento su desarrollo fue "prácticamente nulo" (Marconi, 1998, p.29). De la epidemiología a la acción. Marconi y su modelo intracomunitario Aun siendo uno de sus autores, Marconi realiza una evaluación negativa del Programa Nacional de control del alcoholismo de 1966. Sus principales críticas, además de la falta de recursos, apuntaban a que se intentaba aplicar, en un país en vías de desarrollo y con población mayoritariamente obrera, un modelo que buscaba imitar lo realizado en países desarrollados, lo que describe como un "enfoque colonialista cultural" (Marconi, 1973, p.21). En base a estos cuestionamientos propone un nuevo modelo de salud mental, utilizando conceptos propios de las ciencias sociales, del marxismo y de la revolución cultural china, haciendo énfasis en las diferencias culturales y cuestionando las clasificaciones operacionales de los trastornos mentales Vale la pena detenerse en su visión, dado que esta derivará en el planteamiento de un modelo que, ya sea de manera explícita o simbólica, marcará el desarrollo de la salud mental de los chilenos hasta la actualidad (Araya; Leyton, 2017). El modelo postulado por Marconi y sus colaboradores se plantea como un programa intracomunitario integral, basado en la atención primaria de salud y resultado de "la fusión de la eficiencia de la cultura popular para abordar el trastorno mental (obtener su propio objetivo al menor costo), con la eficacia terapéutica de la cultura y la medicina científicas" (Marconi, 1982, p.641). El único antecedente histórico del modelo comunitario urbano del sur de Santiago implementado por Marconi, a partir de 1968, fue el modelo comunitario rural de Abeokuta en Nigeria, en 1958. Uno de los aspectos más relevantes del programa integral intracomunitario es que pone en el centro de la política pública y de la epidemiología, tanto a la teoría epistemológica como a la acción social y política. Esto se traduce en la incorporación de conceptos hipotéticos que se ponen a prueba en la investigación misma. A partir de estas concepciones teóricas se desarrollan estrategias inéditas en el país para el desarrollo de políticas de salud mental: sectorización, trato no discrimina torio para el paciente, democracia, descentralización, docencia masiva de líderes comunitarios, conceptos y metodologías de las ciencias sociales aplicadas, entre otros. Marconi atribuía los problemas previos a la sociedad capitalista de clases, por lo que planteaba que era necesaria una revolución en salud mental (Marconi, 1973). Desde allí hace notar que no es lo mismo la ideología de la salud europea, de la salud obrera y de la aborigen, por lo que enmarca su análisis en los contextos antropológicos de cada uno de dichos grupos. Pero no solamente se queda en el plano especulativo, sino que también incorpora la manera en que los modelos culturales modifican o condicionan el enfermar. Por ejemplo, el beber excesivo en Chile, se originaría en la norma cultural masculina, aceptada a nivel nacional, de embriagarse después de la pubertad. La instalación del programa intracomunitario comenzó en octubre de 1968, cuando Marconi debió hacerse cargo del Servicio de Salud Mental del área sur de Santiago, una zona pobre, con innumerables carencias en salud. Inmediatamente después de su llegada realizó un estudio en base a las consultas médicas del año anterior. Una medida que actualmente no representa ninguna novedad, pero que no era una práctica incorporada a la planificación de salud mental en esa época. El estudio permitió concentrar esfuerzos y recursos en las tres áreas con mayores consultas: alcoholismo (38,9%), neurosis (36,3%) y psiquiatría infantil (42%). Por otra parte, la magnitud de consultas, especialmente por alcoholismo, evidenció que la aplicación del Programa Nacional era prácticamente imposible, dada la carencia de recursos. El éxito del programa de alcoholismo derivó en la implementación del programa de neurosis dirigido a mujeres adultas, en general esposas de los alcohólicos rehabilitados y, luego, en el de niños con privación sensorial. El proceso anterior ha sido estudiado por la historiografía, pero es importante evidenciar otras experiencias que se llevaron a cabo fuera de Santiago. Entre 1971 y 1973, en paralelo con el programa institucional, se aplicó un programa intracomunitario en Antofagasta, una ciudad del norte chileno, con el supuesto de que este tipo de programas posibilitarían una mayor cobertura y rendimiento profesional, si es que se le asignaban los recursos suficientes, lo que permitiría superar, en el corto plazo, el viejo modelo asistencial (Minoletti; Pemjean, 1973). Los autores proponen, ante la "dramática" insuficiencia de recursos psiquiátricos en América latina, una reformulación de la asistencia mental basada en una nueva concepción de la enfermedad psiquiátrica, donde se tome en cuenta la "compleja y poderosa" influencia que en el paciente "ejerce su ambiente físico, social y cultural" y que se sume a la transformación del sistema de asilos en hospitales psiquiátricos especializados y a la "creación de otra serie de instituciones que tienden a un progresivo acercamiento de los profesionales a la sociedad misma" (Minoletti; Pemjean, 1973, p.436). Ambos médicos eran parte del equipo de trabajo que había implementado Marconi en el área sur de Santiago, formado en gran parte por profesionales recién egresados o tesistas que participaban realizando sus investigaciones en epidemiología o en psiquiatría comunitaria. A partir de este trabajo en el norte, Minoletti y Pemjean proponen concretamente la creación de servicios de psiquiatría integrados en hospitales generales; consultorios periféricos; hospital diurno; talleres; hogares protegidos; granjas agrícolas; atención domiciliaria; clubes de ex enfermos y, probablemente lo más novedoso, una propuesta concreta sobre el desarrollo de la llamada "política de sector", considerada "un hito importante en este desarrollo..., en la cual un equipo multiprofesional, se responsabiliza integralmente de la salud mental de una población delimitada geográficamente" (Minoletti y Pemjean, 1973, p.436). De manera similar a lo acontecido con Marconi al llegar al área sur de Santiago, cuando los autores llegan a Antofagasta y se encuentra con una grave escasez de recursos, deciden plantear para esa ciudad una experiencia en salud mental progresivamente intracomunitaria. Sin embargo, la realidad previa, de una tradición asistencial a nivel exclusivamente institucional, representó una importante limitación. Ante esta exigencia, se decidió trabajar simultáneamente en dos líneas complementarias. Por un lado, adecuar la institución y por otro, desarrollar un Programa Intracomunitario de Alcoholismo, para demostrar pedagógicamente una forma diferente de enfocar la salud mental. Se postuló como hipótesis el hecho de que, si un equipo de salud mental trabaja a tiempo parcial en la comunidad, obtendrá mejores resultados que continuando con la asistencia tradicional. En 1973, luego del Golpe Militar y de la desarticulación de los programas intracomunitarios y de las políticas de salud mental en general, Marconi, movido por el constante acoso de los militares, abandonó el país y se dirigió a Córdoba. Allí influyó a otros colegas (Marconi, 1974; Marconi; Saforcada, 1974) que implementaron los programas comunitarios que había iniciado en Chile y que se constituyeron, según sus palabras, en "un verdadero laboratorio social para poner a prueba el cambio desde el modelo asilo-hospital psiquiátrico al programa integral de salud mental" (Marconi, 1976, p.117). Cuando vuelve a Chile, en 1976, aún mantenía la convicción de que los programas podían mantenerse. De ahí que su propuesta de ese año para Latinoamérica mantenga lo sustancial de los programas iniciales, en términos teóricos, pero advirtiendo sobre una realidad mucho más adversa. Sus palabras suenan ahora más moderadas que al inicio de la década. Si el diagnóstico previo indicaba que, si bien la solución correcta sería "programar como solución única la construcción de unidades de salud mental a nivel nacional", la realidad de ese momento mostraba la necesidad de mantener los programas de construcción de hospitales psiquiátricos o asilos para crónicos (Marconi, 1976, p.116). Como alternativa a la constitución de unidades de salud mental a nivel nacional, propone la implementación de programas integrales intermedios de "bajo costo, de acelerada difusión, de dinámica interna alta, que utilice recursos locales" y que, a mediano plazo, cubran el vacío "históricamente determinado por nuestro subdesarrollado industrial" (Marconi, 1976, p.116) La fase final del programa integral sería la instalación completa de la unidad de salud mental, con su compleja y costosa cadena de servicios. De esta manera, se invierte el sentido de programación clásico. Ya no resultaría necesario el requisito de construir un centro de salud mental en el hospital base de un área, sino que se podría comenzar con "los recursos locales más periféricos, el hogar de un alcohólico o un neurótico recuperados" (Marconi, 1976, p.117). El énfasis fundamental no está en los recursos materiales, como en los programas anteriores, sino en los recursos humanos, y en particular, en los líderes comunitarios que trabajan voluntariamente, y obtienen rendimiento máximo con costo mínimo. Sin embargo, en la práctica, los programas no tuvieron continuidad. Hacia la década de 1980, la gravedad del problema del alcoholismo persistía en Chile, a pesar de ser un país pionero a nivel mundial en investigación epidemiológica y asistencia. Entre 1973 y 1990, prácticamente no hubo ningún estudio epidemiológico, salvo una réplica, 25 años después, del estudio realizado por el equipo de Horwitz sobre prevalencia del alcoholismo en Santiago (Naveillan; Vargas, 1989). Según Marconi, "el contexto nacional que sustentaba estos avances era, entre muchos otros temas, la continuidad democrática del país, (...) el crecimiento notable de la Universidad de Chile, con sedes en todo el país; (...) la creación, en 1952, del Servicio Nacional de Salud" (Marconi, 1998, p.22). Lo que vino a continuación fue la "pérdida abrupta de la inserción A este período, de 1973 a 1990, Marconi lo llama "de involución", porque se paralizaron los programas, hubo "nula asignación de recursos a Salud Mental" y se agregaron problemas nuevos, producto de la violencia institucionalizada (Marconi, 1998, p.41). Una realidad no solo nacional sino continental. Para el psiquiatra chileno, "el rasgo más relevante de la psiquiatría latinoamericana desde 1950 a la fecha es su carácter de fracturada, fiel reflejo de una historia constitucional también quebrada, repetidamente, por golpes militares" (Marconi, 1982, p.423). Nos reencontramos, hacia el final, con la figura paradojal usada por Marconi para caracterizar el devenir de la salud mental Latinoamericana: aquella de que los salubristas mentales viven "recordando el futuro". Porque, desde 1973, en el caso chileno, lo único que "permanece sólido e inconmovible es el hospital psiquiátrico" y, "todo lo que intenta nacer, ya sea una simple comunidad terapéutica dentro de ese modelo, ya un servicio de psiquiatría moderno, en un hospital general, o un programa comunitario en un área de salud es, con demasiada frecuencia, quebrado, reprimido, privado de recursos o asfixiado de mil maneras por el dictador de turno". Mientras que, a nivel externo, "el factor más poderoso en el devenir histórico (...), es la dominación norteamericana, que lleva a nuestros países con un sistema de capitalismo dependiente, a bailar al son que nos tocan" (Marconi, 1982, p.423). El desarrollo de la epidemiología de los trastornos mentales en Chile está estrechamente ligado al alcoholismo y a su configuración como enfermedad primero, y como problema de salud mental posteriormente. Desde los primeros estudios en la década de 1940 se asume que el alcoholismo debe abordarse como una enfermedad social multifactorial, donde además de la prevalencia, es necesario investigar los factores sociales y ambientales que lo determinan. En esa línea se insertaron los trabajos de Luis Muñoz, quien, como médico y pedagogo, buscó vincular la ingesta de alcohol de los padres con el rendimiento escolar de los hijos. Cuando aún no se desarrollaba un método directo para estudiar la prevalencia del alcoholismo, su propuesta fue avanzar hacia la prevención desde la educación. Estos primeros estudios denotan no sólo un interés descriptivo, sino que muestran, a nuestro entender, una intención clara por teorizar en torno a la epidemiología del alcoholismo. Entre las décadas de 1930 y 1950, teniendo como eje el Hospital Psiquiátrico de Santiago y la cátedra de psiquiatría de la Universidad de Chile, en el área norte de Santiago, los psiquiatras chilenos habían afianzado el carácter biologicista de la disciplina. Sin embargo, desde la década de 1950, con el apoyo de la Universidad de Chile, la O.P.S. y el Instituto de Investigaciones sobre Alcoholismo, comienzan a multiplicarse los estudios epidemiológicos sobre prevalencia, los que permitieron situar al alcoholismo como el principal problema de salud pública, estimular cambios en la concepción psiquiátrica de los trastornos mentales y desarrollar un enfoque de salud mental y salud pública. Las características geográficas, la escasez de recursos, las diferencias étnicas y culturales y el momento político y social que vivía Chile, en las décadas de 1960 y 1970, facilitaron el desarrollo de una epidemiología crítica, anticipando el surgimiento de este movimiento en Latinoamérica en la década de 1980, en el sentido que se buscaba producir conocimiento teórico en torno a las particularidades locales y no sólo una metodología objetiva para medir prevalencia. Chile se convirtió en un polo científico y social en el continente, desde donde se propusieron conceptualizaciones en torno a los trastornos mentales y políticas de salud mental comunitaria en torno al alcoholismo. Las diversas instancias académicas generadas en América latina en torno a la epidemiología de la salud mental y del alcoholismo, son muestras de lo mismo. El surgimiento de la epidemiología del alcoholismo en Chile llevó a la formulación de los primeros programas de control con enfoque de salud pública, siguiendo los modelos sanitarios exitosos implementados luego de la creación del Servicio Nacional de Salud en 1952. Sin embargo, la continuidad de los mismos estudios llevó a cuestionar tanto su conceptualización como su impacto. La maduración de la epidemiología del alcoholismo, su despliegue a otras zonas del país y la concientización política de los principales actores respecto a la necesidad de un cambio, desde el enfoque fundamentalmente biomédico a otro científico-social, llevó a proponer e implementar programas de salud mental integrales e intracomunitarios. Las evaluaciones iniciales resultaron alentadoras. Sin embargo, como ya hemos dicho, la violenta disrupción del tejido social y político provocado por la dictadura cívico militar, desarticuló los programas y las políticas de salud mental. El desarrollo de una epidemiología crítica, de esas características, está muy ligado a lo político, y, fue posible, en gran parte, por el grado de politización que había alcanzado el país y las instituciones universitarias. La desarticulación violenta de los procesos políticos y sociales a partir de 1973, por la Dictadura cívico-militar, implicó necesariamente la interrupción abrupta del desarrollo de una escuela epidemiológica crítica, que se estaba convirtiendo en un movimiento a nivel latinoamericano. Así como empezábamos este artículo con la cita de Marconi sobre la psiquiatría latinoamericana, hemos dejado para terminar el epígrafe de Jaime Breilh que introduce esta investigación. Hoy en Chile, más de 60 años después de la implementación del Primer Programa de Control, el alcoholismo continúa siendo uno de los principales problemas de salud mental. Sin duda que el modelo de sociedad neoliberal impuesto por la Dictadura y administrado y ampliado por los gobiernos posteriores, es la respuesta principal a esta situación. Actualmente nos encontramos en un proceso de levantamiento social, articulado principalmente en torno al rechazo al modelo neoliberal, responsable de la desigualdad abismante que caracteriza a la sociedad chilena, refrendada por el Informe Desiguales, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 2017. Por lo mismo, estamos ante una oportunidad histórica para, al decir de Breilh, la "construcción de una politicidad" que, en el caso que nos ocupa, conlleve al desarrollo de una epidemiología ética que vuelva a situar al individuo en la comunidad.
Sir Isaac Newton, en la Scala graduum Caloris, publicada en 1701, presentaba una escala "con el grado de calor" de los cuerpos que extendía las medidas muy por encima de los valores disponibles en la época. Para determinarla, Newton siguió dos caminos. El primero usando un termómetro de dilatación con aceite de linaza como líquido, cuyas medidas seguían una progresión aritmética, pero cuyo máximo estaba limitado por la inflamación del aceite. El segundo, por un método completamente nuevo, que consistía en medir los tiempos de enfriamiento de un cuerpo previamente calentado en una pequeña cocina de carbón, y relacionar esos tiempos con las temperaturas según una nueva ley, lo que daba lugar a una escala que seguía una progresión geométrica. Ambas escalas se solapaban parcialmente, lo cual le permitió extender las medidas aritméticas hasta más de seis veces el punto de ebullición del agua. Esa nueva ley se conoce como "Ley de enfriamiento Newton". Aquí, pretendemos realizar una simulación numérica del proceso de enfriamiento del cuerpo caliente, conjeturando los instrumentos que pudo haber usado y las condiciones ambientales en que se realizó. Todo ello siguiendo lo que el propio Newton refleja en su artículo. Se terminará con unas reflexiones sobre la ley, que estimamos que la enunció en forma integral. Calorum descriptiones & signa apareció en las Philosophical Tansactions en 1701 de forma anónima 2, aunque su autor era Isaac Newton El artículo consta de cinco páginas. En las tres primeras se expone la Scala como una tabla que incluye una serie de cuerpos, cada uno descrito en un estado bien definido, con el calor que corresponde a cada uno en ese estado. Este calor, o mejor el grado de calor ya que se trata de una medida, está expresado en dos escalas, una aritmética y otra geométrica. Las explicaciones sobre la tabla y cómo se habían obtenido los resultados ocupan las dos últimas páginas En estas se enuncia la denominada "ley del enfriamiento" que se puede expresar diciendo que el enfriamiento de un cuerpo es proporcional a la diferencia de temperatura con el medio que lo rodea. Esta ley, conocida como ley de Newton, es lo más relevante del artículo; sin embargo, hay otros aspectos que también merecen interés, especialmente el intento de extender la escala de medida de temperaturas más allá de las limitaciones impuestas por los termómetros de la época. Durante el siglo XVIII varios autores trataron de confirmar o rebatir esta ley; uno de los primeros en hacerlo fue G. W. Richmann, seguido más tarde por G. Martine y I. C. P. Erxleben. En el siglo XIX, tras los estudios de propagación del calor en el vacío, continuó la polémica; incluso en estas nuevas condiciones hubo quienes seguían manteniendo la vigencia de la ley, como J. Leslie y P. Prévost, mientras otros la negaron, como F. Delaroche. Al decir de Ugo Benson 5, los científicos más empiristas buscaban alternativas que se adecuasen a las medidas experimentales, mientras que los más teóricos preferían mantener la vigencia de la ley. Entre los primeros, P. Dulong y A. Petit, que realizaron una amplia experimentación sobre la transmisión del calor tanto en vacío como en el aire y terminaron proponiendo leyes diferentes a la de Newton. A mediados de siglo Lord Kelvin introdujo la noción de temperatura absoluta y la escala termodinámica asociada. A finales de siglo J. Stefan formuló la ley de la radiación, por la que los cuerpos emitían un flujo de calor que era proporcional a la cuarta potencia de la temperatura absoluta; esta ley fue demostrada más tarde por L. Boltzmann. Quedaba establecido que había dos mecanismos para la emisión del calor: convección y radiación, siendo la ley de Newton aplicable solo al primero. En el siglo XIX encontramos un primer análisis general del artículo de Newton en David Brewster (1855), quien comentó la naturaleza de las dos escalas y detalló el modus operandi de Newton. Además, se enzarzó en una polémica con M. Biot sobre la época en que Newton realizó sus experimentos, que para Biot tuvieron que ser antes de 1693, puesto que en su opinión después de ese año Newton entró en un período de demencia en el que solo era capaz de escribir sobre teología. Brewster trató de rebatir esa aseveración basándose en un cuaderno de notas de Newton con sus anotaciones de 1692/93. Por otra parte, como recuerda Brewster, Biot en su biografía de Newton afirmaba que la Scala contenía tres descubrimientos importantes: la calibración de los termómetros mediante temperaturas referidas a fenómenos físicos definidos, la mencionada ley de enfriamiento, y la constancia de la temperatura durante los procesos de fusión o ebullición. Ya en el siglo XX, James A. Ruffner (1963) trató el tema en un interesante artículo del que destacamos tres aspectos. El primero concierne a la naturaleza y origen de la ley, cuestión en la que completó la argumentación de Brewster contra Biot, para lo que se apoyó en el análisis de los cuadernos de notas de Newton complementados con otras fuentes de esa década, como notas provenientes de alguno de sus visitantes. conjeturó que la ley debió de ser concebida antes de 1687 y que Newton la elevó a la categoría de principio básico en 1690 como resultado de sus experimentos y medidas. El segundo aspecto se refiere a los termómetros como instrumentos de medida y de cómo Newton tuvo que idear uno nuevo basado en aceite de linaza, ya que el de Hooke, basado en alcohol y que era el estándar en la Royal Society, estaba limitado a temperaturas ambientales y no le servía para rangos altos, tales como la fusión de metales. Este nuevo instrumento tuvo como consecuencia una nueva definición de los puntos de referencia de la escala más acorde con las nuevas medidas. El tercer aspecto es un intento de reconstrucción del procedimiento de medida con el bloque de hierro caliente como nuevo termómetro, y la correlación entre las escalas aritmética y geométrica. eligió dos puntos como referencia, ambos con sus grados de calor definidos en las dos escalas. Asignó a cada uno un tiempo inversamente proporcional al valor de la escala geométrica, y a partir de ellos presentó las transformaciones matemáticas que relacionan las dos escalas. Ello lo completó con la conversión de los grados aritméticos a la escala centígrada, lo que permitió comparar los valores que obtuvo Newton con los actuales. Esta operación muestra una buena correlación a temperaturas bajas, pero las discrepancias aumentan a medida que la temperatura sube, hecho debido a la existencia de un enfriamiento adicional del hierro por radiación que se suma a la de convección, que es la que contempla la ley del enfriamiento. Dos décadas después Ugo Grigull (1984) también estudió la correlación entre las temperaturas medidas por Newton y las reales basándose en los puntos de fusión de las aleaciones incluidas en la tabla, que son reproducibles en laboratorio y bien conocidas hoy día. Además, con el fin de lograr una mayor exactitud, presentó datos experimentales sobre el coeficiente de dilatación del aceite de linaza, que encontró que no es constante, lo cual introdujo en sus cálculos de conversión de las medidas obtenidas por Newton. El trabajo que aquí presentamos pretende conjeturar cómo eran los aparatos y la instalación que pudo haber utilizado Newton en sus mediciones, tomando como referencia el texto de la Scala con algunos toques de imaginación añadidos, pero verosímiles. Hecho lo cual, se tratará de simular matemáticamente el proceso de medida en esa instalación, con esos aparatos y en las probables condiciones ambientales. Para llevar adelante este programa se comenzará con un análisis y comentario de la Scala, y se continuará con un estudio teórico de los dos procedimientos de medida con sus escalas asociadas, la relación entre ambas y el modus operandi. Como resultado se efectuará la correlación entre las temperaturas dadas por Newton y los valores actuales, a lo que seguirá el proceso de simulación comparando los resultados numéricos con los de Newton. Como punto final se harán unas consideraciones sobre la naturaleza de la Ley de Newton. La Scala graduum caloris consta de 22 entradas indexadas en dos escalas de temperaturas: la aritmética y la geométrica, que designaremos como lineal y logarítmica para acercarnos más a la terminología actual. Aquí presentamos nuestra versión en la Tabla I que incluye algunas modificaciones y añadidos a la original. Las tres columnas encabezadas por oN, γ y Estados corresponden respectivamente a la escala aritmética, a la geométrica y a la descripción de los cuerpos, objetos o circunstancias en las que se produce la temperatura de ese estado, y son las dadas por Newton. De las columnas añadidas la primera es una numeración de las 22 entradas con el fin de facilitar las referencias, el resto se explicará más adelante al hilo de la exposición. La escala lineal tiene su origen en la nieve fundente, cuyo calor es cero, y a sus valores los denominaremos como "grados Newton" (oN). Puntos significativos son el calor del cuerpo humano (P.6) cuyo valor son 12 oN, la ebullición del agua (P.12) con 34 oN, varios puntos de fusión de aleaciones hasta terminar en una pequeña cocina (P.22) con 192 oN. En toda esta escala, el termómetro de aceite de linaza solo es utilizable hasta el punto de fusión del estaño (P.16) con 72 oN. La escala logarítmica se inicia en el calor del cuerpo humano, con valor unidad, γ=1, y acaba en la cocina con γ=5. Ambas escalas se solapan entre el cuerpo humano y la fusión del estaño. Entendemos que esa pequeña cocina se refiere a una pequeña fragua. A tenor del texto descriptivo de la Scala, en nuestro análisis hemos desdoblado cuatro estados. El primero, la ebullición del agua en tres partes (P.12A, P.12B y P.12C); el segundo, la fusión del estaño en dos (P.16A y P.16B); el tercero, la del antimonio (P.20A y P.20B); y el cuarto, el fuego de la cocina con hulla o leña (P.22A y P.22B). Estos desdoblamientos siguen las propias indicaciones de Newton, que en las respectivas descripciones parece incluir una definición principal y otras secundarias; para la primera indica tanto la temperatura aritmética como la geométrica en las columnas correspondientes, mientras que para las otras la aritmética únicamente se cita en el texto. En consonancia, hemos incluido estas temperaturas secundarias en las columnas oN y γ pero entre corchetes. En un repaso a los estados encontramos algunos bastante vagos, como las temperaturas en invierno, primavera o verano (P.1-5). Los relativos al calor soportable por una mano (P.7-8) parecen más bien pintorescos; sin embargo, según indica Ruffner Otros son cualitativos, como los que tratan de la apreciación visual del brillo de cuerpos calientes (P.19-21). Los relativos a la cera (P.9-11) no son fácilmente reproducibles. Hay otros que están referidos a puntos bien definidos físicamente, tales como los relativos a la fusión de elementos o aleaciones, y que son, por tanto, reproducibles. Todos estos los hemos marcado con un asterisco en la primera columna. No obstante, haremos algunas observaciones más adelante respecto a la temperatura de fusión de las aleaciones. El calor del cuerpo humano (P.6) solo es reproducible de forma imprecisa. Varía de persona a persona y de cómo se realice su medida, esto suponiendo que se disponga de un termómetro clínico que evidentemente no era el caso de Newton, cuyo instrumento, a tenor de lo que dice Desaguliers 10, sería una esfera de cristal de unos 5 cm con un capilar de casi un metro. Es obvio que no sería fácil de usarlo como termómetro corporal, si acaso calentándolo entre las manos, que parece lo más plausible, o pegándolo a alguna parte del cuerpo. A pesar de estas incertidumbres, la temperatura del cuerpo humano cumple una función muy significativa, ya que es la base en la escala geométrica y está definida en la aritmética. Sobre esta última Newton dice: Calor con el que se funde una mezcla de dos partes de estaño y una de bismuto; pero una mezcla de tres partes de estaño y dos de bismuto, pero cinco partes de estaño y dos de plomo se endurecen por enfriamiento con este grado de calor. Y de igual manera una mezcla de partes iguales de plomo y bismuto. Calor que funde el bismuto, como también una mezcla de cuatro partes de plomo y una parte de estaño; pero una mezcla de cinco partes de plomo y una parte de estaño, cuando funde y se enfría otra vez, endurece con este calor. Calor con el que los cuerpos ardientes al enfriarse cesan de brillar en la noche, y de nuevo, al aumentar el calor comienzan a brillar en la oscuridad, pero con una luz muy tenue, que es escasamente perceptible. Este calor funde una mezcla de partes iguales de estaño y regulus martis, y una mezcla de siete partes de bismuto y cuatro partes del antedicho regulus endurece al enfriarse. Calor por el que los cuerpos ardientes resplandecen en la noche, pero no en el crepúsculo. Con este calor endurecen al enfriarse tanto una mezcla de dos partes de regulus martis y una parte de bismuto, como una mezcla de cinco partes del dicho regulus y una parte de estaño. En la primera columna de esta tabla están los grados de calor en proporción aritmética, comenzando por el calor con el que el agua empieza a helarse como grado de calor mínimo o límite común entre calor y frío, y poniendo que el calor humano externo sea la parte duodécima. Esto es, los puntos de referencia son el P.1 y el P.6, cuyos grados de calor son 0 oN y 12 oN, y a los que se ajustarán los demás, como expone más adelante en el texto. Respecto a la escala logarítmica: Se ve con esta tabla que el calor del agua hirviendo es casi el triple que el calor del cuerpo humano, y que el calor del estaño fundente es séxtuplo, y que el del plomo fundente óctuplo, y el calor del regulus fundente duodécuplo, y el calor ordinario del fuego de la cocina es dieciséis o diecisiete veces mayor que el calor del mismo cuerpo humano. Estos puntos los anota de forma precisa en la escala logarítmica como γ=1 para el cuerpo humano, γ=3,58 para el estaño, γ=4 para el plomo fundente, y γ=5 para la pequeña cocina. El punto relativo al agua merece algo más de atención. Primero establece que con calor de 34 oN entra en ebullición enérgicamente (P.12A). Sin embargo, a renglón seguido (P.12C) dice que empieza a hervir con 33 y rompe apenas pasa los 34,5, lo cual no es del todo congruente con lo anterior. Entre ambas intercala el enunciado que hemos designado como P.12B, y que para su interpretación se precisa conocer el modus operandi y el aparato empleado, de lo cual nos ocuparemos más adelante. Adelantamos que este era un tocho de hierro, que imaginamos que sería parecido al que mostramos en la Fig. 1, y que una vez calentado en la cocina se dejaba enfriar pasando por todos los estados hasta llegar a la temperatura del cuerpo humano. Es fácil imaginar que si sobre ese hierro muy caliente se dejase caer agua, esta comenzaría a hervir y se evaporaría completamente, y que si hubiera estado frío el agua habría permanecido líquida. Ahora bien, Newton afirma que cuando sobre "el hierro que se enfría hasta 35 o 36 partes de calor... incide agua caliente gota a gota,... indica el fin de la ebullición". Esto es, que se está en el grado de calor en el que empieza a aparecer el agua líquida; por tanto, la ebullición estaría sobre los 35 oN. A eso añade si el agua vertida estuviese fría se necesitaría que el hierro estuviese a 37 oN, algo más caliente, para que el fenómeno se repitiese. Finalmente, el término regulus (P.19) en el lenguaje alquímico de Newton se refiere al antimonio y sus aleaciones. El regulus martis es el antimonio obtenido por la reducción de la estibina, que es el sulfuro de antimonio, por medio del hierro. Los productos de esa reacción son el antimonio puro y el sulfuro de hierro La medida de las temperaturas Como consideración previa, hemos de recordar que la diferencia entre calor y temperatura no se estableció hasta mediado el siglo XVIII 12, por lo cual la expresión grado de calor, o simplemente calor, que usa Newton puede referirse a uno u otro. De acuerdo con el contexto, en general lo entenderemos como temperatura, aunque a veces se trate de cantidad de calor. La medida de la temperatura en el ámbito de la Royal Society se hacía con el "termoscopio" de Robert Hooke. Este instrumento consistía en un bulbo con un tubo capilar y las medidas se basaban en la dilatación del alcohol coloreado que llenaba el bulbo y que ascendía por el tubo. La utilización de este instrumento estaba limitada a la meteorología o a usos clínicos 13, pero no era adecuado para las medidas en el ámbito químico que Newton necesitaba. Por ello ideó un nuevo termómetro que utilizaba aceite de linaza en vez de alcohol, y con el que se extendía el rango de medida hasta la fusión del estaño (232 oC). El principio físico en que se basa este tipo instrumento es la dilatación de un líquido, por lo que las temperaturas se asimilan a longitudes. Este termómetro es fácilmente tarable tomando dos temperaturas como marcas de referencia y a las que se referirá cualquier otra medida. Empero la mejora conseguida con el uso del aceite, Newton aspiraba a llegar a temperaturas aún más altas donde ya no era viable el uso de líquidos, que o bien se inflamaban o vaporizaban. Su ingenio le movió hacia un nuevo artefacto regido por una ley física diferente, que consistía en un tocho de hierro, que denominaremos probeta, el cual se calentaba a una determinada temperatura, supuesta conocida o conocible, y luego se dejaba enfriar en una corriente de aire. La temperatura se medía por el tiempo que tardaba la temperatura del tocho en descender desde la temperatura inicial hasta que se igualaba con la del objeto a medir. El principio físico aplicado era que la velocidad de enfriamiento era proporcional a la temperatura del tocho, aunque con más rigor sería a su diferencia con la temperatura ambiente. En razón de ese principio le denominaremos termómetro de enfriamiento. Desde un punto de vista teórico el termómetro de enfriamiento es tan válido como el termómetro de dilatación. Recalcamos las dos leyes físicas sobre las que se basan ambos instrumentos: la dilatación y el enfriamiento. La primera se expresaría matemáticamente como dV=αdT y la segunda como dT=-kTdt. Dado que el líquido se expande por un tubo de sección interior S, la variación de volumen se puede expresar como dV=Sdx, de lo cual resulta que la medida de la temperatura se reducirá a una longitud, mientras que en el segundo caso será un tiempo. Otra diferencia entre ambos es que la medida con el primero es estacionaria y en el segundo es dinámica. Tanto en uno como en otro hay que definir una escala de medida y dos temperaturas de referencia; para el primero estas definirían un segmento de longitud entre las marcas de la dilatación para una y otra, mientras que para el segundo sería el intervalo de tiempo transcurrido en el enfriamiento desde la más alta a la más baja. Para el termómetro de dilatación, en la hipótesis de que el coeficiente de dilatación fuese constante, la temperatura se expresaría como, donde los subíndices 0 y C se refieren a las temperaturas fría y caliente respectivamente. Esa expresión se simplifica si se toman T 0 como cero y se ajusta la escala de modo que T c=1, con lo cual las lecturas de la temperatura son directas. Para el termómetro de enfriamiento, también en el supuesto de que k fuese constante, la solución sería correspondiendo los subíndices H y F a los puntos caliente y frío, o bien donde se inicia y termina el proceso. indicamos la temperatura ambiente, parámetro necesario en el cálculo del enfriamiento; es obvio que cuando las temperaturas del cuerpo y ambiente sean iguales no habrá enfriamiento. Definiremos parámetro que representa la fracción del tiempo total transcurrido hasta llegar a la temperatura T, y que podemos entender como un tiempo adimensional. Es fácil ver que si los tiempos siguen una progresión aritmética, tal como una suma sucesiva de ∆t o ∆τ, la diferencia de temperatura T—T se multiplicará por un factor, que es una progresión geométrica. La ecuación anterior representa la evolución temporal del fenómeno. Pero, por otro lado, el carácter geométrico que indica Newton permite representar la temperatura por un índice γ, relacionado con T por la ecuación, donde B es la base, que podría ser cualquier número real positivo, y para la que toma B=2. La relación entre γ y τ se obtendría igualando esta ecuación con la anterior. Si introducimos el valor γ H, que sería el del índice en el punto caliente, es decir, T F. tras los cálculos pertinentes se llega la siguiente expresión. Es fácil comprobar los valores de τ en los dos puntos extremos: caliente T=T H, τ=0; punto frío T=T En el caso de que la temperatura ambiente fuese cero, T =0, la expresión dada se transforma en una simple relación lineal. En lo anterior se ha supuesto γ como conocido; sin embargo, en el caso más general, para su determinación habría que hacer uso del solape de las dos escalas, la aritmética y la geométrica, utilizando para ello los datos de un punto de solapamiento con temperatura y tiempo conocidos, tal T y, de los que se obtendría el correspondiente, que introducidos en la última fórmula arrojarían el valor deγ En el punto anterior hemos visto que Newton toma como punto F la temperatura del cuerpo humano (γ=1) y la cocina como punto caliente (γ Con ayuda de las ecuaciones obtenidas y con las temperaturas geométricas γ dadas por Newton (Tabla I, columna 2a), hemos reconstruido los valores de τ correspondientes para cada estado en dos supuestos, uno con T Los valores obtenidos se muestran en la Tabla I como τ (0 oC) y τ (15 oC). Se aprecia que hay ligeras diferencias entre ellas. Imaginamos que las medidas que encontró Newton debieron de estar entre ambas. Instrumentos de medida y modus operandi No tenemos datos sobre el termómetro de aceite de linaza de Newton que, además, posiblemente sea invención suya; sin embargo, disponemos de una descripción indirecta debida a John Theophilus Desaguliers, que expresamente dice: "Ya que menciono el termómetro de Sir Isaac Newton, creo que no será impropio dar cuenta de la forma de fabricarlo, pues hice una vez tres de ellos bajo la dirección de Sir Isaac" Consistía en un bulbo de dos pulgadas de diámetro [50,8 mm] acoplado a un tubo de tres pies de largo [903 mm] y media pulgada de paso interior [12,7 mm] que tenía pegado un papel para marcar la escala. Para realizar las marcas utilizó una medida de mercurio [~3,3 cm3] con la que rellenaba sucesivamente el conjunto; el bulbo tomó 21 medidas y al ascender el nivel por el tubo trazaba una marca por cada una; la separación resultante entre ellas era alrededor de una pulgada, de lo que estimamos que habría unas 36. A continuación retiró el mercurio y lo llenó de aceite hasta la marca 10-12, colocó el bulbo en un crisol con arena y observó cómo ascendía, chisporroteaba y emitía humos blancos que interpretaba que servían para purificar el aceite. Ya con el instrumento listo relata la realización de cinco mediciones: ebullición del agua y cuatro fusiones. Estas eran, una mezcla no definida de plomo, estaño y bismuto; plomo y estaño a partes iguales; estaño; y plomo. Los resultados que presenta Desaguliers son en cierto grado consistentes con los datos actuales. No obstante, hay una salvedad importante: el coeficiente de dilatación del aceite, deducido a partir de los datos que proporciona, es unas seis veces más alto que los valores medidos hoy día Además de lo anterior, Desaguliers nos aporta una información quizás más interesante aún. Se trata de una descripción del modus operandi para medir el punto de fusión de las aleaciones. Cuenta que dispuso varios crisoles en los que mantenía las diferentes aleaciones en estado líquido y otro con arena para el termómetro, que estaba más caliente que los demás. Después retiraba el crisol con la aleación a medir y lo colocaba en el suelo donde comenzaba a enfriarse. Entonces procedía: "Saqué el termómetro de su crisol de arena e introduje su bulbo en la mezcla y lo saqué inmediatamente, y esto varias veces hasta que la mezcla en enfriamiento formó una piel alrededor del bulbo del termómetro, y a esta [medida] llamaríamos el grado de calor capaz de fundir la mezcla" Es plausible que Newton usase la misma técnica. Desaguliers termina refiriéndose otra vez a Sir Isaac, "Él me dijo que su termómetro de aceite de linaza más general, para grados de calor bajos, empezaba en el punto de congelación y que la distancia entre este y la ebullición tenía 34 de sus divisiones. Para establecer la escala, Newton nos dice Así pues, primeramente averigüé con el termómetro de aceite de linaza que si, cuando el termómetro se colocaba en nieve liquescente, el aceite ocupaba un espacio de 10000 partes, el mismo aceite dilatado por el calor de primer grado o del cuerpo humano ocupaba un espacio de 10256; y por el calor del agua a punto de empezar a hervir, un espacio de 10705; y por el calor del agua hirviendo impetuosamente, un espacio de 10725; y por el calor de estaño líquido ardiente cuando empieza a endurecerse y adquirir la consistencia de una amalgama, un espacio de 11516; y cuando endurece, un espacio de 11496. Estos cinco valores se han colocado en la columna sexta de la Tabla I, indicados como Vol. Con ellos Newton nos está dando los puntos de tarado de la escala, en forma adimensional, al suponer que el volumen inicial es de 10000. Es una escala que toma como lineal, tal como afirma en el último párrafo del artículo: Los calores así encontrados mantenían entre sí la misma relación que los calores hallados con el termómetro y por tanto suponemos acertadamente que las dilataciones del aceite son proporcionales a sus calores. Sin embargo, la dilatación del aceite de linaza no es constante. Esto está claro en el gráfico que proporciona Grigull, que se obtuvo en laboratorio midiendo la dilatación de dos tipos de ese aceite en varias condiciones Por otra parte, este autor comprueba que los valores presentados por Newton eran realistas. Para analizar la incidencia de la no linealidad en los resultados hay que entrar en el proceso de medida. En este, el bulbo se introduce en el medio caliente donde el aceite adquirirá la temperatura de la fuente de calor de forma progresiva a través del cristal por un movimiento convectivo interno. Durante el proceso de calentamiento una parte del aceite ascenderá por el tubo hasta alcanzar el valor final estacionario. Ahora bien, la temperatura tanto del tubo como la del aceite que lo llena será la del ambiente, diferente de la del bulbo. La transmisión del calor desde el bulbo hacia el tubo casi solo se realiza por el cristal externo, dado la baja conductividad del aceite. Según Grigull, el efecto del bulbo solo afecta a unos pocos centímetros del tubo. En definitiva, la masa inicial de aceite que estaba a temperatura cero sería ρ 0, la cual se divide en una parte que permanece en el bulbo, pero con menor densidad, ρ 0, y otra que asciende por el tubo, ρ Sx, siendo S la sección del mismo y x la altura. Por otra parte, las densidades son proporcionales a los inversos de las dilataciones, siendo el parámetro β el coeficiente de dilatación medio entre el cero y la temperatura de lo que resulta la ecuación que relaciona las alturas con las temperaturas, x(T) Aplicando estas fórmulas y tomando como referencia para el ajuste lineal el punto de ebullición del agua, los errores debidos a la no linealidad son de alrededor de 0,16 oN y −0,66 oN para el punto correspondiente al cuerpo humano (P.6) y el de fusión del estaño (P.16B) Son más bien pequeñas desviaciones. Pasemos ahora al termómetro de enfriamiento. Como hemos dicho era un tocho de hierro, en función de probeta, y un reloj utilizado como cronómetro. Los datos que nos proporciona Newton son más bien vagos. calenté un hierro bastante grueso hasta que estu-viera bastante candente, y una vez sacado del fuego con tenazas también candentes, lo coloqué al instante en un lugar frío donde el viento soplaba constantemente y, poniendo sobre él partículas de diversos metales y otros cuerpos licuables, anoté los tiempos de enfriamiento hasta que todas las partículas endurecían perdiendo la fluidez y el calor del hierro igualase el calor del cuerpo humano. Tocho probeta del termómetro de enfriamiento Realmente no es mucho. La única pista sobre las dimensiones de la probeta es el hecho de que era bastante gruesa y manejable con unas tenazas. Sobre la forma lo más plausible es que fuese paralelepipédica y que dispusiera de unos agujeros o receptáculos en la parte superior para recibir las muestras de metal a medir (Fig. 1). Estimamos que debería tener alrededor de una pulgada de grueso con un lado de dos y el otro de tres (25x50x75 mm), y que pesaría algo más de libra y media (0,68 kg). Imaginemos cómo debió de ser el modus operandi. Las operaciones se efectuaban en un cobertizo con salida a un patio donde corriese el aire. No todos los días eran propicios, se necesitaba viento. El proceso se iniciaba con el encendido de la cocina, alimentándola con hulla mientras el fuego ganaba en intensidad. Ya con el fuego activo, utilizando las tenazas, se colocaba la probeta entre las brasas, removiéndola mientras se calentaba lentamente apreciando el cambio progresivo de color hasta alcanzar un rojo vivo. Cuando ya estaba estable se la sacaba asida fuertemente con las tenazas, también rojas en sus mordazas y se llevaba al exterior, situándola sobre una pila de ladrillos o piedras, y dejándola expuesta a un vientecillo suave. Coloqué el hierro no en aire tranquilo, sino en un viento que fluía uniformemente, para eliminar el aire calentado por el hierro, sustituyéndolo uniformemente por aire frío. Casi sin perder tiempo, con otras tenazas se ponían las muestras de las aleaciones preparadas dentro de los receptáculos, que se licuarían casi de forma inmediata refulgiendo sobre rojo del hierro. El tiempo empezaba a correr; se miraba al reloj y se realizaba la primera anotación. El color del hierro iba virando hacía el oscuro lentamente. Había que estar atento al endurecimiento de los metales, quizás agitando la probeta para cerciorarse. Según fuese la hora, crepúsculo o noche, también se podría anotar cuando el resplandor desaparecía. Así, uno tras otro el registro de tiempos crecía. Cuando se estimaba que se acercaba al punto de ebullición del agua se iban dejando caer gotas sobre él. Las primeras hervirían y se volatizarían sin dejar rastro, hasta que una comenzaría a chisporrotear, pero quedaría ya parte de ella como líquido, esto sucedía sobre los 35 o 36 oN. Claro que si el agua estaba fría esto sucedía un poco antes, a los 37 oN. Un poco más tarde podría ser el momento de colocar sobre la probeta un termómetro de aceite, que estaba preparado en un baño caliente, y después esperar a que llegase a los 12 oN del cuerpo humano para hacer la anotación final. Todo el proceso duraba varias horas, pero tras un breve descanso había que repetir y quizás varias veces. Antes había que retirar los restos de los metales y limpiar la cascarilla de la oxidación. Calentar otra vez, probar otro grupo de metales y seguir. Había que aprovechar el día, desde el amanecer hasta el anochecer e incluso la noche, pues los cuerpos ardientes permanecían más tiempo refulgiendo en la oscuridad y eso había que anotarlo. Tras días de pruebas, Newton trataría de poner orden en sus medidas, lo que hoy se denomina reducción de datos. Para cada punto tendría varios tiempos, muy probablemente habría que eliminar algunos por ser claramente discordantes, y al final estimar entre todos uno como definitivo para cada temperatura. Después, manejando sus propios métodos de cálculo y utilizando los tiempos para las temperaturas ya obtenidas con el termómetro de aceite (citamos como ejemplo los P.12 y P.14), hallaría el calor geométrico de la cocina y luego todos los demás. Con estos, las temperaturas aritméticas (del P.17 a P.22) "se pueden encontrar fácilmente por la tabla de logaritmos". Hasta aquí llega el trabajo de Newton. Ahora busquemos la correlación entre sus valores en grados oN y sus equivalentes en Celsius. Contamos para ello con puntos reproducibles, que son la ebullición del agua, fusión de los metales estaño, bismuto, plomo y antimonio, y doce aleaciones, todos marcados con un asterisco en la primera columna de la Tabla I. Para el estaño (P.16B) y el plomo (P.18) Newton muestra una imprecisión similar a la ya citada con el agua, que no se repite en ninguna de las aleaciones, lo cual no deja de ser sorprendente, ya que estas, a diferencia de los metales puros, no tienen un punto de fusión fijo. Una aleación es una mezcla de dos o más elementos metálicos en estado puro, aunque también pueden contener elementos no metálicos. Los constituyentes de una aleación no generan enlaces químicos entre ellos, sino que forman microestructuras cristalinas dependiendo de las proporciones y de la temperatura. Esto se refleja en un gráfico, denominado diagrama de fases, que muestra los dominios de cada microconstituyente, las temperaturas de transición entre ellos, y si están en fase líquida, sólida o si coexisten ambas. El resultado es que para cualquier proporción de sus componentes hay un rango de temperaturas en que coexisten las fases sólida y líquida. Únicamente en ciertas proporciones, denominadas eutécticas, se comportan como un metal puro. Con ayuda de estos diagramas hemos hallado las temperaturas a la que se inicia y termina la fusión de las aleaciones utilizadas por Newton. Para el caso de aleaciones ternarias el proceso es similar pero más complejo. Ambas temperaturas se presentan en la última columna Tabla II 22, que además también se han trasladado a la columna séptima de la Tabla I, indicándolas como T Con estas aclaraciones, la pregunta que nos cabe hacer es qué temperatura encontraba Newton en sus mediciones. Dado que se trataba de un proceso de enfriamiento, las aleaciones estarían en estado líquido sobre la placa caliente, por lo que suponemos que detectaría los primeros estadios de la solidificación, es decir la más alta. De todas formas, la apreciación visual de este hecho no le debió de resultar fácil. Más adelante, cuando nos refiramos a las temperaturas de referencia, consideraremos las máximas. La correlación entre las temperaturas encontradas por Newton para los estados que hemos considerado característicos (columna 2a de la Tabla I) y sus valores de referencia (la 7a de la misma tabla) se presenta en la Fig. 2, identificando para cada uno el punto correspondiente. Para cada aleación se han marcado la temperatura a la que se inicia y termina la fusión, aunque indicadas con símbolos diferentes. También se muestran los puntos 12 oN y 72 oN que, como ya hemos dicho, indican la temperatura corporal y el límite superior del termómetro de aceite de linaza. Se ha trazado la recta de correlación lineal entre los oN y los oC, para lo que se ha tomado como referencia la ebullición del agua, de lo que resulta 2,94 oC/oN (100/34). Se aprecia claramente que para temperaturas bajas hay una buena correlación, que se pierde cuando la temperatura aumenta. Ello indica que la probeta se enfriaba más de lo que Newton pensaba. Se completa la figura con una extrapolación a sentimiento, que sigue las temperaturas de inicio de fusión de las aleaciones, llegándose a 960 oC, con un margen estimado de ±40 oC, para los 200 oN. Relación entre las temperaturas de Newton y las de referencia Para acometer una simulación se precisa un modelo físico definido y las leyes que regulan su comportamiento. Es obvio que cualquier simulación es siempre una aproximación a la realidad y que tanto mejor será cuanto lo sea su modelo y las leyes regulatorias. En nuestro caso la simulación será imperfecta dado que se basará en conjeturas; no obstante, se pondrá de manifiesto cómo ese enfriamiento adicional afectó a las medidas de Newton. El que la placa se enfriase más rápidamente no significa que la ley de Newton no se cumpliera, sino que había un enfriamiento adicional que, como hemos dicho anteriormente, era la radiación térmica que sigue la ley de Stefan-Boltzmann, descubierta casi dos siglos después, y que establece que la emisión de un cuerpo negro, o radiador ideal, es proporcional a la cuarta potencia de la temperatura, esto es E=σT 4; siendo T la temperatura absoluta Para un cuerpo en concreto, que no goza de la propiedad de ser negro, hay que introducir un factor de emisividad, ε, siempre menor que la unidad. El modelo físico del sistema se presenta en la Fig. 3. La probeta caliente está colocada sobre un ladrillo u otra base y sometida a una corriente de aire con velocidad v. Es un fenómeno de enfriamiento por convección forzada cuyo análisis entra dentro del dominio de la aerotermodinámica. La corriente de aire originará una capa límite cuyo origen está en el borde delantero de la probeta y que baña todo el cuerpo. Es dentro de esta capa donde se produce el intercambio térmico. En un punto de la superficie existirá un flujo local de calor que se rige por la ecuación q=h(T-T ), donde h es el coeficiente de transmisión y T una temperatura denominada de recuperación, que a las velocidades en que nos estamos moviendo es prácticamente igual a la del ambiente exterior, T am. En esta fórmula, la temperatura T es, estrictamente, la temperatura superficial, que, además, sería función de x; sin embargo, supondremos que el bloque mantiene una temperatura uniforme. Vemos que el flujo de calor es una aplicación de la ley de Newton. Para la determinación de, entran en juego tres números adimensionales: el de Nusselt, el de Reynolds y el de Prandtl, cuyas definiciones son, y que no son independientes entre sí. Además de, h, v, y x, ya definidos o explicitado en la figura, el resto de los parámetros son:, la transmisión de calor; ρ, la densidad; μ, la viscosidad; y c el calor específico a presión constante, todos ellos para el aire El régimen dentro de la capa límite puede ser laminar o turbulento según el valor del Re. Para valores inferiores a 5·105, que es con mucho nuestro caso, será del primer tipo. En este régimen los tres números adimensionales se vinculan por la llamada correlación de Pohlhausen:, la cual permite calcular el valor de local en el punto, y consecuentemente q(x)que integrado a lo largo de la placa nos daría el calor total Q Sin embargo, el problema se simplifica utilizando valores medios, que consideramos que para este caso está justificado. En tal caso la anterior correlación toma la forma de, aplicado el valor del a toda la longitud de la placa obteniéndose h. El resultado es que el flujo de calor por convección será, siendo S la superficie del cuerpo bañada por la corriente de aire, que será la superficie superior y las dos laterales de la probeta. Quedarían fuera la parte frontal, donde hay una zona de remanso, y la trasera, dentro de la estela turbulenta generada en el borde trasero. En una y otra hay flujo de calor, pero no tenemos herramientas para su cálculo; sin embargo, como una aproximación, supondremos que ambas son equivalentes a una superficie adicional que se añade a la bañada. La otra fuente de enfriamiento es la radiación térmica que se emite desde toda la superficie y cuyo valor será. Siendo la constante universal de Stefan-Boltzmann, la emisividad propia del material y S la superficie radiante, que será toda la exterior del paralelepípedo. Ahora bien, el cuerpo además de emitir también absorberá radiación del exterior, tal que llegaría a un equilibrio térmico cuando su temperatura alcanzase la del ambiente. Es decir, la última ecuación se convertirá en. Los datos de que disponemos para la emisividad del hierro son bastante dispares: 0,24 para el esmerilado; 0,14-0,38 para el pulido; 0,87-0,95 para el laminado y 0,69 para el oxidado, además de intervenir también la temperatura. Finalmente, queda por dilucidar qué sucede en la superficie de contacto inferior con un supuesto ladrillo o bloque de piedra. Habrá un flujo de calor de muy difícil determinación, pues se cruzarán las emisiones térmicas en ambos sentidos más la transmisión directa por el contacto. A falta de una hipótesis razonable hemos preferido suponer que no hay transmisión alguna, aunque al final realizaremos algunas consideraciones al respecto. Como ya hemos advertido, supondremos que en cada instante la probeta tiene una temperatura uniforme, lo cual es verosímil pues la trasmisión interna es más rápida, dado el alto valor del coeficiente de transmisión térmica del hierro. Por tanto, la ecuación que regula su pérdida de calor será, donde es la densidad, el calor específico y el volumen En resumen, como ecuación final tenemos: Ecuación diferencial que tiene solución analítica por ser reducible a la integral de una función racional de cuarto grado. Para obtener esa solución habría primero que encontrar las cuatro raíces del polinomio, cuestión ardua, y luego descomponerlo en fracciones simples, cuestión tediosa. Con estos inconvenientes hemos preferido integrarla numéricamente con las condiciones iniciales de T=T La solución será una función T(t), en la que determinaremos por interpolación el instante t en que la temperatura llega a la del cuerpo humano, tal T El intervalo de validez [0,t F, quedando la solución como T(τ). Para realizar el cálculo tomaremos la probeta con unas dimensiones de 7,5x5x2,5 cm, como hemos supuesto en el modus operandi. Más difícil nos es conjeturar la velocidad del viento, tomaremos como base 2,5 m/s y después probaremos con 5 m/s Tampoco tenemos un valor claro para la emisividad, así que utilizaremos 0,25 y 0,5. Y, por último, las dudas persisten en cuanto a la temperatura ambiente, que si bien tiene un efecto casi insignificante a temperaturas altas, no sucede lo mismo al acercarse al final del proceso. Es fácil ver que es muy diferente que estemos en un día de invierno, esto es con un ambiente cercano a los 0 oC, o en uno de verano, que estaríamos sobre los 18 oC; en el primer caso la diferencia con el cuerpo humano sería de 36 oC frente a los 18 oC del segundo: el doble. Ello implica un enfriamiento bastante más lento al final. Que Newton no era ajeno a este problema lo encontramos cuando expone: Suponiendo luego que los excesos de los calores del hierro y de las partículas en solidificación por encima del calor de la atmósfera, halladas con el termómetro, están en progresión geométrica mientras que los tiempos están en progresión aritmética, se determinaron todos los calores. Ese calor de la atmósfera es lo que llamamos temperatura ambiente. El hecho de que esta pueda variar indica que las medidas solo son repetibles para valores iguales. Consideremos los casos de 0 y 15 oC, interpretados como correspondientes a invierno y verano, a tenor de los 0o N a 6 oN (0 oC a 18 oC) indicados en los puntos P.2-P.4 de la Tabla I". En resumen, para nuestra simulación tenemos varios parámetros inciertos, de los cuales hay tres significativos: la emisividad del hierro, la velocidad del viento y la temperatura ambiente. Otros, como la temperatura de la cocina o las dimensiones de la probeta anticipamos que no cuentan tanto en los resultados finales como en un principio pudiera parecer. Ya hemos indicado que tomaremos dos valores para cada parámetro, lo cual nos lleva a ocho simulaciones, que agruparemos en dos series tomando la temperatura ambiente como parámetro principal. Como hemos explicado, en cada caso obtendremos una función T=T (τ) y el tiempo total. Como temperatura inicial se han tomado los 960 oC a que se llegó en la extrapolación expuesta en la Fig. 2. Los resultados se presentarán en dos gráficos, uno para temperatura con cuatro curvas cada uno. Para poder comparar los resultados de las simulaciones, se han marcado sobre los gráficos los valores obtenidos por Newton (columna 2a de la Tabla I), convertidos de grados oN a Celsius, aplicando el factor 2,94 oC/oN 28, e indicados como "Temperaturas Newton", en función de los tiempos adimensionales τ (0 oC) y τ (15 oC) (columnas 5a y 6a). Estos están sobre la curva que resultaría de aplicar la ecuación general con emisividad nula y con una temperatura de la cocina de 560 oC, y que se representa en línea de trazos en los gráficos. Asimismo, también se han marcado en estos las temperaturas de referencia (máximos de la columna 7a), junto con la indicación del punto a que se corresponden (columna 1a), también en función de los correspondientes valores de τ. En la Fig. 4 se muestran los resultados para T =0, que se interpreta como situación fría. De los cuatro casos, podemos considerar al primero S 1, con una emisividad ε=0,25 y una velocidad del viento v=2,5 m/s, como el de enfriamiento más suave; mientras que el sería el de enfriamiento fuerte, con ε=0,5 y v=5 m/s. Esto queda patente con los tiempos de enfriamiento van en consonancia con lo dicho, reduciéndose de los t De los otros dos, se enfría antes el S 2, lo que da a entender que cuenta más en el proceso la velocidad del viento que la emisividad, lo cual puede explicarse en que esta es muy activa a altas temperaturas, pero su efecto decrece rápidamente, mientras que el enfriamiento debido a la convección se mantiene durante todo el proceso. Aparte de estas consideraciones, visualmente se aprecia que la curva que más se aproxima a las temperaturas de referencia es la, seguida por la S Pasemos ahora a la temperatura de 15 oC cuyas cuatro simulaciones están representadas en la Fig. 5. Lo primero que destacamos es que los tiempos del proceso se incrementan, desde 12 minutos en el caso S Además, se observa que tanto las temperaturas de referencia como las de Newton se han desplazado hacia la izquierda, debido a las diferencias de τ para 0 y 15 oC. Esto se debe a que el efecto de una mayor temperatura ambiente es casi nulo cuando el hierro está caliente, pero que se hace mucho más significativo al final. Así, los tiempos absolutos invertidos hasta que la temperatura descienda hasta 100 o C en los casos S Observamos que la curva que se más se aproxima es la S 7 que es la correlativa a la S 3 del gráfico anterior, pero esa correlación no se cumple con la más alejada, ahora la S En estas dos figuras la calidad de la simulación se mediría por la aproximación de las curvas obtenidas a los puntos de referencia, que, a su vez, son los utilizados por Newton en su Scala. Una forma más directa de visualizar esa calidad sería simular además el modus operandi de Newton. Este, como hemos explicado, anotaba los tiempos que tardaba la probeta en alcanzar las temperaturas de referencia y luego el tiempo total. Esa anotación la simularemos introduciendo en cada curva los valores de las temperaturas de referencia T para obtener los τi correspondientes, tal Puesto que la tabla [ ] tiene 12 elementos tendremos 12 valores de τ para cada caso. Newton con sus tiempos reducidos procedía a calcular las temperaturas geométricas. Nosotros calcularemos los γ por la fórmula γ Finalmente, Newton encontraría las temperaturas aritméticas con ayuda de "la tabla de logaritmos". Aquí, emplearemos para ello la expresión T son las temperaturas simuladas y T la del cuerpo humano. se representan en la Fig. 6 en las que se aprecia claramente la relación entre las medidas que obtuvo Newton y las simuladas. Se pone de manifiesto que cualitativamente la mejor es la S Una forma de cuantificar las diferencias de calidad sería introducir una figura de mérito que, a modo tentativo, definimos como la media de las diferencias cuadráticas Simulación de las medidas El proceso de la conversión de las temperaturas geométricas a las aritméticas tenía como base, o vértice, la temperatura del cuerpo humano; o dicho con más rigor, el instante en que Newton estimaba que el hierro alcanzaba esa temperatura para detener el proceso y medir el tiempo total. La simulación es una buena herramienta para evaluar cómo influye una variación en la determinación de ese punto final; esto se hará suponiendo un error, o tolerancia, en la temperatura del cuerpo y comparando los resultados. Como referencia, tomaremos el caso S 3, y aplicaremos una variación de ±1 oN, casi ±3 oC, a la T Obviamente los tiempos totales cambian, pasando de los 48,4 minutos a 47,0 y 49,8, es decir una diferencia de 1,4 minutos en ambos casos. Sin embargo, en las temperaturas resultantes en uno u otro apenas hay variación respeto a la de referencia; las diferencias obtenidas no sobrepasan los 4 oC en ningún punto de la escala, siendo menores para los valores altos. Si tomamos el factor de mérito, este sube a 185 para el caso negativo y baja a 122 en el positivo. Concluimos que el que Newton cortase el proceso un poco antes o después, por las razones que fuesen, no tenía mucha influencia en sus resultados. Como último paso se han introducido algunas variaciones adicionales en el proceso y elementos. Primero en la temperatura de la cocina, que tanto si se eleva o se disminuye 50 oC no produce efectos sensibles. Otra variante es cambiar el tamaño de la placa probeta. Si se alarga hasta 10 cm, tampoco hay cambios notables. Lo único que queda pendiente de evaluar es la transmisión de calor por la parte inferior, que hemos supuesto nula. En realidad, habrá emisión por esta superficie y también transmisión por contacto. Es plausible que la placa se colocase sobre un ladrillo o piedra de mayor tamaño; sea un caso u otro el coeficiente de transmisión calorífica interior de estos materiales es bajo, esto es, habría un calentamiento lento del soporte. Sea por ejemplo un bloque de granito de 20x20x10 cm con unos 10 kg de masa; si solo hubiera transmisión de calor por emisión el efecto final sería incrementar la temperatura de ese bloque en unos 2,5 oC; si la masa es la mitad, ascendería al doble. Imaginemos que la temperatura llegase a cuatro veces, pues bien, en el efecto combinado apenas sería muy poco significativo, lo más en acortar unos 4 minutos el tiempo de enfriamiento. Los resultados de las simulaciones son bastante aceptables, incluso a pesar de las incertidumbres del proceso y materiales usados. Además, los resultados que se muestran Fig. 6 nos inducen a suponer que el hierro utilizado tenía baja emisividad, que el viento era más bien moderado y que el ambiente era frío. No obstante, estas conclusiones hay que tomarlas con cautela. Para concluir, daremos un repaso a la definición de la ley que tanto ha dado que hablar. Lo que podría ser su definición está en el siguiente párrafo: Con el termómetro hallé la medida de todos los calores hasta el que funde el estaño, y con el hierro caliente hallé el resto de las medidas. En efecto, el calor que el hierro caliente comunica a los cuerpos fríos contiguos a él tras un tiempo dado, esto es, el calor que el hierro pierde en un tiempo dado, es como el calor de todo el hierro. Por tanto, si se toman tiempos de enfriamiento iguales, los calores estarán en razón geométrica, y por ello se pueden encontrar fácilmente por la tabla de logaritmos. Y más precisamente de la siguiente oración: "el calor que el hierro caliente comunica a los cuerpos fríos contiguos a él tras un tiempo dado, esto es, el calor que el hierro pierde en un tiempo dado, es como el calor de todo el hierro" Estimamos que se trata de una definición de la ley en forma integral. En nuestra argumentación comenzamos por dos hechos previos: El hierro se calienta a una temperatura T H, la cocina, y se deja enfriar hasta llegar a una temperatura final T F, cuerpo humano; proceso que transcurre en un tiempo t Los conceptos de temperatura y cantidad de calor son distintos para nosotros, mientras que Newton empleaba ambos sin diferenciar. Así, al enfriarse, el hierro pierde tanto cantidad de calor como temperatura, ambas son indistintas pues la primera es proporcional a la segunda; pero al decir "el calor de todo el hierro" se ha de interpretar como cantidad de calor, aunque se exprese como la temperatura de la cocina T Luego, en el texto de Newton tenemos tres proposiciones: 1: "el calor que el hierro caliente comunica a los cuerpos fríos contiguos a él tras un tiempo dado". Esto lo interpretamos como el tiempo t que el hierro caliente tarda en descender desde la temperatura T hasta "comunicarse", esto es, igualar la de otro cuerpo, T R, que se toma como una referencia. Matemáticamente significa que existe una función, donde T(t) expresa la temperatura que se pierde desde el inicio. 2: "el calor que el hierro pierde en un tiempo dado". Esta pérdida sería cantidad de calor, contabilizado entre el que había al inicio y el que queda tras un tiempo dado. Ahora bien, según lo expuesto en la proposición anterior, el calor que pierde en el tiempo t será. En términos actuales deberíamos escribir introduciendo el calor específico c 3: "el calor de todo el hierro". Aquí es muy claro que se trata de cantidad de calor, no tiene ningún sentido la temperatura de todo el hierro. El calor de todo el hierro es toda la cantidad que éste pierde desde el inicio hasta la temperatura final,t F, que sería, o bien que. La relación entre las tres la entendemos matemáticamente como: P1∝(P2/P3), e introduciendo los valores físicos hallados, se convierte en: Que expresa la ley en forma integral. Para un intervalo corto entre t y t+∆t y la expresión anterior tomaría la forma: ΔT=-kTΔt, donde el valor de la nueva constante es claro. Esta formulación se compagina con su aseveración de que a incrementos de tiempos en progresión aritmética los calores crecen en razón geométrica, ya que para cada Δt, los Δt de la temperatura lo hacen proporcionalmente con T, no uniformemente. El límite, cuando, conduce,o bien, T=-kT, que es como se formula habitualmente la ley. Sobre el origen de la ley, nos inclinamos por la ya citada opinión de Ruffner, que conjetura que Newton la concibió antes de 1687, cuando estaba inmerso en experimentos químicos y en la determinación de puntos de fusión para lo que contaba solo con termómetros de alcohol, claramente insuficientes, y por lo que es plausible que sustituyese el alcohol por aceite de linaza. cita que Newton en los Principia había conjeturado que el calor del hierro al rojo vivo era tres o cuatro veces el de ebullición del agua. Esto podría ser una mera suposición, o bien que ya hubiera hecho alguna medida preliminar, que es lo que estima como más probable. Al final, como ya hemos expuesto, concluye Ruffner que "la conjetura se elevó a un principio básico en 1690 como resultado de una cuidadosa experimentación y mediciones". En cualquier caso, Newton formula la ley del calor como una ley básica de la naturaleza.
El presente estudio pone su atención en la «revolución» léxica que experimenta la terminología de la elaboración de vinos en el siglo XIX. La incorporación de la ciencia, especialmente de la química, a la vinificación lleva consigo la aparición de nuevos términos, lo que motiva una importante reestructuración del sistema terminológico de la enología. ----1 Este trabajo forma parte del proyecto Catálogo de neologismos del léxico científico y técnico del s. XIX (MCYT, BFF 2001-2478). Agradezco la ayuda que el profesor C. Garriga me ha prestado en todo momento. LA ENOLOGÍA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XIX Según nos informa Muñoz Puelles 2, allá por el año 4000 a.C. los agricultores del próximo Oriente descubrieron que el zumo de la uva fermentado daba lugar a un líquido de interesante sabor y cualidades. Desde entonces hasta la actualidad los métodos de elaboración de vinos han experimentado notables cambios. El más significativo tuvo lugar a finales del siglo XVIII, cuando se incorporaron a la vinificación los nuevos conocimientos científicos, especialmente los de la química 3. Por eso algunos investigadores sostienen que la enología es una rama de la ciencia química 4. A finales del siglo XVIII se produce en Europa la «Revolución química». En ese momento reinaba en España un ambiente propicio a la «acogida favorable y fértil de las nuevas doctrinas» 5, lo que favoreció la rápida traducción de los trabajos de Lavoisier, Morveau, Fourcroy, Berthollet... 6 De la mano de la química moderna, la enología europea llega también en un momento muy propicio. Como anota Pan-Montojo, «la lectura de la literatura extranjera produjo un cambio substancial en el talante, preocupaciones y estilo de los tratadistas españoles» 7. En este periodo destaca la figura de Carbonell y Bravo 8, que mostró especial interés en aunar la industria con la ciencia. Aroma, sabor, celebración, Valencia, Ediciones La Máscara, p. 83; PAN-MONTOJO, J. L. (1989), La vitivinicultura en España, Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, p. 5 PORTELA, E. (1998), La química en el siglo XIX, Madrid, Akal, p. 6 GARRIGA, C. (1996), «Apuntes sobre la incorporación del léxico de la química al español: la influencia de Lavoisier», Documents pour l'histoire du française langue étrangere ou seconde, 18, 419-435; GARRIGA, C. (1997), «La recepción de la nueva nomenclatura química en español», Grenzgänge, 4, 8, 33-48. AA., Lavoisier i els orígens de la química moderna, 200 anys després (1794-1994), Barcelona, SCHCT, 159-184; GUTIÉRREZ CUADRADO, J. (1998), «F. Carbonell y Bravo y su texto Curso analítico de química escrito en Aunque se había creado un clima favorable para el despegue de la ciencia enológica en España, se vio violentamente frenado por las circunstacias políticas del país. A mediados de siglo se observa un tímido despertar de la ciencia enológica española 9, gracias a las aportaciones de estudiosos como Aragó, Bonet y Bonfill, Castellet o Hidalgo Tablada, que forman parte de esas generaciones intermedias que sentaron las bases de la recuperación científica en España 10. El eslabón que unió estas dos etapas fue un discípulo de Carbonell, José Roura y Estrada 11. Un lugar común en todas estas obras es la preocupación por el atraso en el que se encontraba la enología española y el deseo de mejorar los vinos, como revela De La Vega paradigmáticamente: rigurosa técnica de elaboración 15 y cuando nació en Cataluña el primer cava español (1872) por iniciativa de Josep Raventós i Fatjó. Se multiplicó la publicación de textos enológicos 16 y se tradujeron con rapidez obras extranjeras, como el Tratado General de la vid y de los vinos (1892) de Viard: «Al publicar esta edición española creemos, pues, haber realizado un trabajo, aunque modesto, de positiva utilidad y, por recompensa, aspiramos solo á que se reconozca nuestro buen deseo y se nos dispensen las faltas que hayan podido deslizarse, teniendo en cuenta que todo el trabajo de traducción y tirada le hemos llevado á término en tres meses muy escasos» 17. Finalmente, los premios recibidos por los vinos españoles en las Exposiciones Universales son un fiel testimonio de la llamada Edad de oro de la vitivinicultura hispánica 18. Se afirma 19 reiteradamente que la búsqueda de las fuentes y su selección es uno de los aspectos más importantes del trabajo terminológico, ya que condiciona el resultado de éste. Ahora bien ¿Cuántas obras deben seleccionarse y cuáles de ellas? Según Rondeau 20: Para este estudio, teniendo en cuenta su importancia, su difusión y lo relevante de la fecha en cada caso, se han seleccionado los siguientes ocho manuales de enología, publicados entre 1803 y 1895: CADET-DE-VAUX (1803), Arte de hacer el vino, (ed. facsímil, San Sebastián, Editorial Txertoa, 1983). BOUTELOU, E. (1806), Idea de la práctica eonológica de Sanlucar de Barrameda, (ed. facsímil, Sanlúcar de Barrameda, Bodegas A. Babardillo, 1994). CARBONELL, F. ( 1820), Arte de hacer y conservar el vino, (ed. facsímil, Catalunya, INCAVI, 1992). LA SELECCIÓN DE LOS TÉRMINOS ENOLÓGICOS Acotar exactamente en los textos especializados los términos que conforman la terminología de una disciplina puede resultar labor complicada, y ha suscitado muchas discusiones, como muestra claramente Fluck21. ¿Qué términos se deben seleccionar y cuáles no? A continuación se expone cómo se han solucionado aquí algunos casos que se han presentado a lo largo del proceso de selección. Términos enológicos que se emplean fuera de la comunicación especializada. Como ejemplos uva, vino o fermentación. Se han seleccionado ya que pertenecen al ámbito de la enología, son utilizados por los enólogos y aparecen en fuentes especializadas. En el caso de fermentación se ha observado cómo ----el concepto asociado a este término va cambiando como consecuencia del conocimiento cada vez más riguroso que se tiene de los diferentes elementos que participan en este proceso, especialmente a partir de los estudios de Pasteur. Véanse los siguientes ejemplos: «La fermentacion es el movimiento que se excita en el cubo en que está depositado el fruto, como tambien en las cubas en que se encierran el licor de las ubas» 22. «Se da el nombre de fermentaciones á las descomposiciones espontáneas que sufren las sustancias orgánicas cuando, privadas de la vida, se hallan bajo la influencia del aire, humedad y cierta temperatura» 23. Términos enológicos que se emplean en otros ámbitos de especialidad. Se ha considerado que un «término pertenece a un ámbito si es usado en este ámbito» 24. Esto no significa que no se tenga presente «el fenómeno de la aparición originaria de un término en una especialidad» 25. Si se restringe el estudio de la terminología enológica a aquellas unidades que se emplean exclusivamente en el ámbito enológico se ofrece una imagen distorsionada, ya que precisamente no se presentarían muchos de los términos que sostienen esta nueva ciencia, como los de origen químico. La terminología enológica del siglo XIX se caracteriza precisamente por la fusión de la terminología tradicional con la terminología moderna, ya sea originaria de la elaboración de vinos o proceda de otras ciencias. Así, en oficios, se encuentran términos como agricultor, bodeguero, pisador, trasegador o viñador, junto a otros como bacteriólogo, enologista, ingeniero agrónomo o químico. Algo similar ocurre con procesos y operaciones como asoleo, bazuqueo o destilación junto a eterificación, oxigenación, rectificación o volatilización. Estos términos presentan grandes problemas a la hora de identificarlos y delimitarlos. Los estudiosos han presentado distintos criterios para ayudar a reconocer estas unidades 26, como por ejemplo el establecimiento de una oposición. Es el caso de fermentación insensible/ fermentación sensible. Véanse los siguientes ejemplos documentados en la obra de Francisco Carbonell: «Tapé la cántara, y la puse en un lugar fresco, á fin de que el vino durante la fermentacion insensible de todo el invierno se acabase de perfeccionar» 27. «su sabor aunque bastante fuerte y picante, era mucho mas agradable que inmediatamente despues de haber sufrido la fermentacion sensible; era algo mas dulce y pastoso, sin conservar nada del sabor del azucar» 28. Otro de los criterios argumentados es el empleo de determinados recursos tipográficos, como la cursiva o la mayúscula, para destacar ciertas unidades terminológicas. En los textos enológicos estudiados se ha hallado el uso de la letra cursiva para destacar términos como trabajar el lagar o gobernar el vino. Véanse los contextos en los que se han documentado: «Á este fin se valen de unas varas ó estacas largas guarnecidas con puntas, cuyas estacas se van introduciendo y sacando sucesivamente de los lagares; ó bien hacen bajar los obreros en estos en donde estrujan y revuelven el orujo y el mosto; á lo cual llaman trabajar el lagar» 29. «En algunos paises (1) ponen en el vino encubado, mosto reciente de otras uvas frescas, á lo que llaman gobernar el vino» 30. Otro criterio importante es la sinonimia. En los textos especializados pueden encontrarse casos en los que se presentan como sinónimos un término simple y un término sintagmático. Así ocurre con albúmina y substancia parecida á la clara de huevo documentados en la obra de Manso y Díaz: LA DATACIÓN DE LOS TÉRMINOS El estudio de la datación de los términos en las fuentes enológicas seleccionadas ha permitido establecer tres etapas diferentes: EL NACIMIENTO DE LA ENOLOGÍA ESPAÑOLA. Se caracteriza por la convivencia de la terminología tradicional de la elaboración de vinos con la nueva terminología enológica. Así se han datado términos como bodega, colodra, prensa, uva, vendimiador o vino junto a otros como enología, enologista, eonológico/a, oenómetro u onólogo. LA RECUPERACIÓN DE LA ENOLOGÍA ESPAÑOLA. Desde la obra de Carbonell hasta mediados del siglo XIX se produce una ruptura en el desarrollo de los conocimientos enológicos en España como consecuencia de las circunstancias socio-políticas de la época. Esta situación empieza a cambiar a mediados de siglo con la publicación de nuevas obras, iniciándose así la recuperación de la ciencia enológica española. Esta etapa se caracteriza por la «importación» de términos químicos a la enología. Por ejemplo los que designan diferentes tipos de ácidos: ácido butírico, ácido caprílico, ácido capróico, ácido enántico, ácido láctico, ácido margárico, ácido succínico, ácido racémico o ácido tánico. LA EDAD DE ORO DE LA ENOLOGÍA ESPAÑOLA. La terminología de este periodo se caracteriza por el importante número de términos que designan aparatos, instrumentos o máquinas como despalilladora pisadora, ebullioscopo de cuadrante de Brossard-Vidal, enobarómetro, lavadora de botellas, separadora del escobajo o vaporímetro de Plucker. EL TRATAMIENTO DE LOS TÉRMINOS Se presentan a continuación unos ejemplos del estudio de datación realizado. Aragó emplea como sinónimo el término ácido del vinagre: «Por ejemplo, se llama fermentacion alcohólica ó vinosa la que produce el alcohol ó el vino; fermentacion acética la que da orígen al ácido acético ó ácido del vinagre; láctica la que forma el ácido láctico»31. El término ácido acético se introduce en el Diccionario de la Lengua Castellana de la Real Academia Española en la edición de 1884. Se acompaña de la marca técnica abreviada Quím. (Química) y se define de la siguiente manera bajo el sustantivo ácido: «Principio inmediato no nitrogenado, que abunda mucho en la economía animal, y existe también en los vegetales. Se forma artificialmente por combinación del alcohol con el oxígeno. El vinagre es un ácido acético impuro y dilatado en agua». Bajo el adjetivo acético, ca se ofrece una remisión, acompañada de la marca técnica Quím. (Química): «V. Ácido acético». Bonet presenta el término ácido aldehídico como sinónimo de ácido acetoso. «Esto por lo que toca á los resultados finales, dejando á un lado por lo mismo el discutir si la accion se efectúa directamente, como lo indica esta ecuacion, ó si mas bien es debida á la formacion prévia del acétilo, pasando por los compuestos intermedios de óxido de acétilo, hidrato del mismo y ácido acetoso ó aldehídico hasta terminar en el acético, como admite el baron de Liebig»32. «El oxígeno del aire ataca al alcohol del vino deshidrogenándole y convirtiéndose por esta causa en aldehido. Este absorve una nueva cantidad de oxígeno, y queda transformado en ácido acetoso, y este último, á medida que absorve más oxígeno, forma el ácido acético, base del vinagre»33. El Diccionario de la Lengua Castellana de la Real Academia Española recoge el término ácido acetoso en la edición de 1884. Se acompaña de la mar-----ca técnica abreviada Quím. (Química) y se define bajo el adjetivo ácido: «El menos oxigenado que el acético». Bajo el adjetivo acetoso, sa se presenta una remisión precedida de la marca Quím. (Química): «V. Ácido acetoso». Se ha observado cómo Aragó (1871) y el diccionario académico siguen las propuestas que Lavoisier, Fourcroy, Berthollet y Morveau presentaron en el Metodo de la nueva nomenclatura química (1788), ya que el término formado con el sufijo -ico indica una saturación de oxígeno, mientras el término con el sufijo -oso señala una menor cantidad de oxígeno. CARACTERÍSTICAS DE LA TERMINOLOGÍA ENOLÓGICA EN EL S. XIX 34 Lo primero que llama la atención es la convivencia de la terminología tradicional con la terminología moderna. Así se han documentado en la obra de Manso y Díaz términos como zaranda y enomosgeno: «También se emplean las zarandas, sobre todo cuando el raspón se separa, después de efectuar la pisa» 35. «El Dr. Carpené ha inventado un aparato llamado enosmogeno, para la separación del ácido acético. El enosmogeno está fundado en la diálisis, y dado lo poco que se ha generalizado y el no conocerle prácticamente, nos inducen á limitarnos á su enunciación» 36. La incorporación de la ciencia a la elaboración de vinos trajo consigo la adopción de nuevos términos que designaban nuevos conceptos. La mayoría de ellos proceden de la química como éter enántico, pero también se encuentran términos originarios de la física como electricidad o de la biología como epispermo. Destaca también la presencia de términos sintagmáticos que se han clasificado en dos grandes grupos términos sintagmáticos nominales y términos sintagmáticos verbales. El 99% de los términos sintagmáticos recogidos son nominales y la mayoría de ellos presentan la estructura de nombre + adjetivo (levadura elipsoidal) Dentro del grupo de los términos sintagmáticos verbales se encuentran las colocaciones terminológicas (espesarse el vino) y las locuciones verbales terminológicas (dar de baston). ----34 Puede encontrarse más información en BAJO, F. (2003), La terminología enológica del español en el s. XIX, Tarragona, Universidad Rovira i Virgili (Tesis Doctoral). El estudio de los textos especializados ha demostrado que las unidades terminológicas sí están sujetas a la variación. En el caso de la terminología enológica del siglo XIX se ha constatado la presencia de variantes denominativas con respecto a la forma y variantes denominativas con respecto al uso. En el primer caso se distinguen variantes ortográficas (onólogo/enólogo), morfológicas (encubacion/encubamiento), léxicas (escobajo/raspa) y reducciones (máquina pisadora/pisadora). En el segundo caso se encuentran términos acompañados de indicaciones diatópicas (crianza de los vinos), diatécnicas (azúcar de los frutos), diacrónicas (pastorización) y diafásicas (extractivo). Estas indicaciones suelen estar acompañadas de marcadores discursivos, como: «llaman», «llamamos», «recibe el nombre» y «con este nombre». Véanse a continuación, a modo de ejemplo, las indicaciones que acompañan a los términos situados entre paréntesis. «En Málaga esta mezcla y la clarificacion subsiguiente tiene lugar en los almacenes de la ciudad, donde se efectua lo que allí llaman la crianza de los vinos» (Bonet 1858: 109) «En el zumo de la uva y especialmente en todos los zumos azucarados extraidos de los frutos que contienen el azúcar especial, llamado por los químicos azúcar de los frutos ó incristalizable, la fermentacion alcohólica se desarrolla espontáneamente cuando al temperatura es de 15 á 20o y ha estado en contacto el zumo con el aire atmosférico» (Aragó 1871: 152). «Bajo este epígrafe comprenderemos dos operaciones, consideradas por algunos enólogos como semejantes, según la manera que tienen de exponerlas, y que realmente ofrecen diferencias apreciables, en cuanto al objeto que se persigue, y á los resultados obtenidos para establecer alguna diferencia entre una y otra. Nos referimos á la calefacción propiamente dicha ó pastorización, como ahora se llama, y á la del asoleado de los vinos» (Manso y Díaz 1895: 124). «La parte líquida ó el zumo, que es la más importante, contiene: Agua. Azúcar de uva (glucosa). Los términos marcados diatópicamente son consecuencia del empleo de técnicas y procedimientos regionales que marcan y caracterizan un producto de una determinada zona con respecto al producto de otra. Se ha considerado que la presencia de estos términos geográficos personaliza la terminología del vino frente a otras terminologías en las que el empleo de «regionalismos» puede responder a otras causas. La terminología enológica del español en el siglo XIX se caracteriza principalmente por la capacidad de combinar términos procedentes de la tradición con nuevos términos, ya sean originarios de la enología o de otras ciencias. En este sentido, constituye un ejemplo extraordinario de cómo pueden convivir elementos terminológicos de muy diverso origen sin que ello perjudique la comunicación en un campo de especialidad determinado. Al contrario, la convivencia de términos tradicionales y modernos, de origen enológico o de otros ámbitos científicos, posibilita la creación de una terminología enológica propia de especialistas, a la vez que garantiza la comunicación eficaz con los legos o con el grupo intermedio de trabajadores y artesanos desconocedores de la moderna ciencia, pero familiarizados con las denominaciones tradicionales. Este panorama debería completarse con el rastro etimológico de las novedades aparecidas en el siglo XIX y el estudio detallado de cada término, pero queda fuera del alcance de estas páginas.
La enseñanza activa de la física en el Instituto-Escuela durante la Segunda República Española: de la utopía del aprendizaje por descubrimiento al eclecticismo pedagógico El estudio plantea el contraste entre el escepticismo que en círculos docentes de la década de 1920 y 1930 provocaban las posiciones pedagógicas relativas al aprendizaje de la ciencia por descubrimiento -próximas a la heurística- y el entusiasmo que en España, en los contextos institucionales conocidos como renovadores, existía hacia esas posturas. Uno de los centros en los que se aplicaron esos métodos activos fue el Instituto-Escuela de Madrid (Sección Retiro), cuyos resultados se exponen en las obras compuestas por Andrés León Maroto y Miguel Catalán, situadas entre el manual y el informe de las experiencias que tienen lugar en las aulas, y publicadas en los años 1931, 1934 y 1935. A través del examen de los ejercicios prácticos planteados, y teniendo en cuenta los estudios de replicabilidad de experimentos históricos y de transmisión de conocimientos técnicos, comprobaremos qué efectos concretos tuvieron las revisiones que se propusieron de los métodos activos en el centro mencionado, considerado uno de los referentes de las reformas pedagógicas. A partir de la segunda mitad del siglo xix se fueron configurando a nivel internacional diversas propuestas encaminadas a introducir modificaciones en los modelos educativos vigentes. De entre ellas, en España alcanzó especial importancia, ya en el segundo y tercer decenio del siglo xx, una versión de la Escuela activa. Este movimiento, impulsado principalmente por el pedagogo suizo Adolphe Ferrière 2, surgió imbricado con otras corrientes asociadas a la Escuela nueva, y se difundió en el territorio nacional gracias a la labor de diversas instituciones (el Museo Pedagógico Nacional y la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, en adelante JAE), revistas educativas (La Escuela Moderna, la Revista de escuelas normales y la Revista de Pedagogía), pedagogos y docentes. Presentada como una alternativa sólida frente a la "escuela tradicional", verbalista y memorista, y sustentada en las necesidades del estudiante y el fomento de la práctica y del manualismo, fue durante la Segunda República cuando alcanzó el mayor apoyo institucional al establecerse como principios regulativos de la enseñanza la escuela unificada y la promoción de las metodologías activas (Pérez Galán 2011, pp. 78-79 y 98-99), cuya aplicación debía tener, según se esperaba, unas consecuencias importantes en la renovación de la enseñanza de las ciencias. Pero las metodologías activas ya contaban con una amplia y controvertida historia. Métodos similares, aplicados en los niveles superiores de primaria y en la secundaria, también conocidos como "problem-solving" o método heurístico, habían sido propuestos a finales del siglo xix para la enseñanza de la ciencia por el profesor inglés de Química en el Imperial College Henry E. Armstrong Pedagógicamente se ajustaban a las previsiones de la escuela nueva, sin embargo ya desde principios del siglo xx venía recibiendo diversas críticas, dentro y fuera de su país de origen. En España contamos con evidencias de que existían reticencias promovidas, por ejemplo, por los docentes Margarita Comas y Modesto Bargalló, acerca de su aplicación indiscriminada. En este estudio se plantea un análisis de los efectos prácticos que tuvieron estas metodologías y las revisiones que se propusieron durante más de diez años en el enfoque que recibió la enseñanza de la física dentro del Instituto-Escuela de Madrid (sección Retiro), considerado uno de los referentes de las reformas pedagógicas. Para ello tendremos en cuenta lo siguiente. Primero, los paralelismos entre la heurística, el aprendizaje por descubrimiento y las metodologías activas, según el planteamiento que de estas últimas hace Armstrong y posteriormente Miguel Catalán y Andrés León Maroto (los profesores de la disciplina anterior en el Instituto-Escuela Segundo, las revisiones propuestas de los métodos activos, basados en el aprender haciendo, tanto dentro como fuera de España. Y tercero, los estudios sobre los proyectos renovadores de la enseñanza de la ciencia en España. Para el primer cometido, como se verá, se empleará como documento principal la obra elaborada por Catalán y León Maroto Exposición de la enseñanza cíclica de la Física y de la Química, dedicada al trabajo desarrollado en el aula con material científico y consistente en tres manuales-informe publicados en 1931, 1934 y 1935. A partir del análisis de los diferentes tipos de experiencias que se describen en ella, en particular con los materiales mencionados y los aparatos, y teniendo en cuenta los estudios de replicabilidad de experimentos y transmisión de conocimientos prácticos (Guijarro 2018, 160-164), comprobaremos en qué medida se cumplieron los planes previstos y anunciados en la introducción del texto citado. En cuanto al tercer cometido, la enseñanza de esta disciplina en el Instituto-Escuela ha sido abordada en López Martínez (1999), Bernal y López (2002) y Casado y Massip (2018). No obstante, la práctica y experimentación docente concreta no ha sido tratada desde la perspectiva que proponemos. Es cierto que se han destacado algunos ejemplos de aportaciones renovadoras que se distinguen de los métodos clásicos, pero en ocasiones se sobrentiende la bondad de las propuestas por el mero hecho de ser novedosas, en especial dentro de la Física. En algún caso, se apuntaron las dificultades de los enfoques activos (López Martínez 1999, pp. 673-674), aludiéndose a que diversos autores, como D. Gil o R. Driver, ya manifestaron "que esos métodos de descubrimiento fracasaron", pero posteriormente no se desarrolla en la medida que consideramos necesaria esta cuestión. Heurística y manipulación de materiales en la física: presupuestos y controversias Desde las últimas décadas del siglo xix se realizaban ensayos para aplicar los procedimientos del manualismo y las metodologías del hacer en la enseñanza de la ciencia de los cursos superiores, empeño en el que destacó, como se dijo, Henry E. Armstrong, en particular en la década de 1880 y 1890 En este caso concreto, la perspectiva que sirvió de guía a algunos docentes para replantear la enseñanza de estas disciplinas en los niveles elementales y medios se basaba en la idea, construida durante la segunda mitad del siglo xix, de que el conocimiento científico era un sistema coherente de estudios que compartían un fundamento metodológico común (Jenkins, 2007, p. De acuerdo con Armstrong, los procedimientos empleados por los científicos, aquéllos que garantizaban la consistencia de sus hallazgos, se basaban en la aplicación de unos criterios de organización y sistematización al sentido común y la experiencia. Esta manera de proceder se articulaba en un método que podía formar parte del currículo de los estudiantes de ciencias. 269) afirma sobre alguna de las posiciones defendidas dentro del sistema inglés que: Comprometiendo a los alumnos de manera práctica y mental con esta metodología, la ciencia podía justificar su lugar en el currículo escolar a un mismo nivel que el previsto para las matemáticas, una disciplina ya consolidada por sus méritos intelectuales. Armstrong, que reunió sus ideas en The Teaching of Scientific Method (1903), empleó para describir estos procedimientos el término "heurística" y llegó a considerar su práctica en el contexto del aula como un juego, consistente básicamente en que el estudiante adoptaba el papel de un detective, la figura que precedía a la del científico. Afirmaba que los "Métodos heurísticos de enseñanza comprendían la disposición de los estudiantes en la actitud del descubridor, unos procedimientos asociados más con sus hallazgos que con la transmisión de información sobre hechos" (1903, p. La adquisición de estas destrezas, relacionadas básicamente con potenciar los hábitos de las asociaciones inductivas y de las extracciones deductivas, suponía la resolución de múltiples problemas relativos a la manipulación de materiales diversos. Lo demuestra el programa de un curso elemental de física que añade como apéndice al final de "The Heuristic method of teaching" (1903, pp. 276 y ss.). La parte inicial está dominada por las operaciones de medida, la primera fase del entrenamiento. Todos los objetos disponibles y a nuestro alcance deben someterse a las operaciones métricas, aplicando los patrones correspondientes. Las acciones consisten en llevar a cabo comparaciones de tamaños empleando, por ejemplo, compases y papeles graduados. De igual manera hay que proceder con líneas curvas, esta vez disponiendo un hilo sobre la figura, o bien con un plano, aprendiendo a sostener una plomada o a situar correctamente un nivel sobre una superficie. Acciones similares se llevan a cabo en la apreciación de áreas y volúmenes. Las tareas motoras de control de los objetos que se manipulan, coordinadas con la simultánea observación atenta de las mismas, se aplican igualmente a la medida de pesos. Para ello se construye una palanca simple en cuyos extremos se sitúan los cuerpos a distancias variables. En las operaciones manuales no solo interviene el reconocimiento de formas, tamaños, pesos y texturas (sensibilidad y fuerza), sino el uso de patrones con los que se comparan las piezas simples manejadas A partir de este entrenamiento físico, emocional e intelectual se accede al uso de objetos complejos, en particular a uno de los instrumentos más representativos de gabinetes y laboratorios: la balanza, de gran importancia para Armstrong Todas estas rutinas no demandan grados elevados de fuerza o precisión, como las que exigirían equilibrar la conducción de una carretilla cargada o las de enhebrar una aguja. Pero sí requieren concentración y paciencia, componentes del entrenamiento emocional mencionado. A este apartado corresponde la advertencia de Armstrong de que estas operaciones, junto con las de hidrostática y las relativas al calor, tengan lugar en el laboratorio, donde "el estudiante está rodeado de aparatos y en una atmósfera de medición" (1903, p. 277) y debe coordinarse con otras personas, ya que las prácticas tienen lugar por parejas. Otras pueden tener lugar en el entorno de la clase. El autor afirma que es a través del diseño y ajuste de aparatos, así como con la realización de los experimentos como se adquiere "handiness" (1903, p. 257), es decir, habilidades asociadas a lo manejable y práctico. En "The Heuristic method of teaching" se mencionan los materiales empleados en las rutinas curriculares, consistentes en objetos comunes, familiares y cercanos: botes de medicamentos, de pepinillos y de mermelada y cacerolas (1903, pp. 272-273). También los esfuerzos corporales deben aplicarse a la construcción de los útiles que se van a emplear, y así se indica que se adquiera un banco de carpintero y herramientas, tornillos de mesa, limas, un torno, un yunque y una pequeña fragua. Armstrong termina sosteniendo que se ha cometido un gran perjuicio a la enseñanza al proporcionar objetos ya prefabricados a los alumnos, perdiéndose así una gran oportunidad para el aprendizaje. Aunque finalmente admite que pueden concederse algunas excepciones, las reglas para medir y la ya citada balanza, "la principal arma [weapon] de la instrucción heurística" (1903, p. Pero para Michael R. Matthews "La cruzada de Armstrong tuvo resultados ambivalentes: algunas victorias, muchas derrotas, algunos conversos y muchos indiferentes" (Matthews, 2004, p. Siguiendo con las reacciones que provocaron sus métodos, Edgar Jenkins, en relación con el constructivismo, donde se enmarcan las propuestas derivadas del modelo del profesor de química inglés, mantenía: "Hay pocas dudas de que [estas ideas] han dominado una gran parte del discurso educativo, aunque no necesariamente la práctica"; las ideas científicas están lejos del sentido común así como de la experiencia, algo que puede comprobarse en el heliocentrismo y en los presupuestos de Newton (2001, pp. 154-155 y también 2007 y 2013). Había quienes ridiculizaban la idea del estudiante descubridor (Keene, 2007, p. 279): ¿cómo podía en el contexto del aula realizarse una contribución novedosa cuando había costado tanto tiempo que un científico la lograse? En otras ocasiones se discutía si las soluciones debían ajustarse a las orientaciones establecidas por el profesor (como afirmaba Armstrong) o si debía dejarse que los alumnos emitieran múltiples propuestas, sin limitaciones ni direcciones (Jenkins, 2001; Keene, 2007, p. Y por señalar alguna más de las cuestiones no resueltas en estos métodos: ¿eran atendidas estas ideas solo en los grados elementales y después se abandonaban paulatinamente en los más avanzados? Otras reacciones cuestionaban la viabilidad de las propuestas argumentando que los métodos heurísticos demandaban una elevada preparación práctica por parte de los docentes. Una formación que se consideraba necesaria para guiar a los estudiantes al resultado apropiado, sin dejarlos desatendidos o frustrados. Para un historiador del sistema educativo inglés (Turner, 1927), los discípulos de Armstrong habían ido demasiado lejos: contemplaban las tareas prácticas como un fin en sí mismo, temiendo realizar alguna indicación a sus alumnos, hecho que produjo en algunos jóvenes investigadores la sensación de no haber aprendido gran cosa. El resultado fue una demanda de la estructura de la clase basada en la exposición y la demostración [lecture- method] (Rayner-Canham y Rayner-Canham, 2015, p. En 1929, el profesor C. R. Darling planteaba otra de las quejas habituales de las propuestas pedagógicas que insistían en que fueron los propios alumnos quienes realizaran los dispositivos que formaban parte de las experiencias, ignorando así los recursos prefabricados (Darling, 1929, pp. 79-80). El contratiempo que se genera con el uso de estos procedimientos es que el tiempo empleado en la fabricación no se puede emplear por el docente, y consecuentemente hay un peligro de que se preste mayor atención a la parte dedicada a la construcción que a los temas para los que el aparato está diseñado. El propio Armstrong pasó por diferentes etapas en la promoción de sus propuestas. De un inicial periodo de entusiasmo, entregado a su vez a la difusión de sus ideas, pasó a otro en el que por diferentes razones (entre las que destacan los resultados irregulares de los estudiantes que accedían a la Universidad) experimentó desconfianza hacia sus métodos. Él mismo en 1933 reconocía un tanto desilusionado que quizás se había sobreestimado el valor de la educación en cualquiera de los campos (Brock, 1973, introducción; Heilbron, 1975, p. Las ideas del influyente libro de Armstrong Teaching of Scientific Method ya eran conocidas en los círculos de la Institución Libre de Enseñanza (en adelante ILE), en cuyos presupuestos se expresa la idea de aplicarlas también a la educación secundaria: Los principios [...] sobre los cuales se va organizando en todas partes la educación de la primera infancia, cree la Institución que deben y pueden extenderse a todos los grados, porque en todos cabe [...] método heurístico, animadores y gratos estímulos (Cossío, 1985 [1908], p. Puede comprobarse también en el artículo de Francisco Giner de los Ríos "Problemas urgentes de nuestra educación nacional", donde habla de reformar "la escuela primaria, hasta hacer de ella á modo de un laboratorio de investigación personal, donde el niño descubra las cosas por y para sí mismo (la «heurística» de Armstrong)" (Giner, 1902, p. 65), donde habla de "métodos activos y heurísticos" (aunque sin referencias Armstrong); en la reseña de Adolfo A. Buylla sobre la obra del Dr. Hayward Pedagogos reformistas del tiempo presente: el profesor H. E. Armstrong (Buylla, 1906); o en la mencionada referencia de 1923 de El Magisterio Español, "Libros de invenciones e industrias". En España, algunas voces que conocían estos procedimientos denunciaban también sus limitaciones, como Margarita Comas o Modesto Bargalló. La primera, conocedora de los métodos educativos ingleses, se pronunció sobre las debilidades del método de aprendizaje por descubrimiento, recomendando combinarlo con otras actividades (Comas, 1922, 83). El segundo, firme partidario de la intervención activa del alumnado, no lo compartía, mostrando cierto distanciamiento con las posiciones de Armstrong. 309), "en el proyecto pedagógico bargalliano, no se espera que el estudiante tenga que descubrir las leyes fisicoquímicas por sí mismo a través de la investigación. Bargalló pensaba que tal objetivo era irrealizable" e igualmente prevenía contra los abusos de la experimentación, considerando más adecuado el método histórico. Por último, el propio Catalán debió conocer directamente los métodos que se estaban aplicando en las escuelas inglesas a finales de la década de 1910, al menos en las londinenses, ya que obtuvo una pensión para una estancia de nueve meses en la capital de Gran Bretaña (López-Ocón, Guijarro y Pedrazuela 2018, pp. 395-398). Si bien, principalmente era para trabajar con Alfred Fowler en el laboratorio de Astrofísica del Imperial College of Science and Technology, también incluía visitas a los centros educativos (Archivo JAE, Exp. Los métodos activos en el instituto-escuela y las experiencias de física con materiales Los presupuestos asociados con los métodos activos (término en el que incluimos las ideas del "problem-solving", del aprendizaje por descubrimiento y de la heurística) las encontraremos más adelante en el marco de los centros de reforma y ensayo, los Institutos-Escuela 11, ligadas en este caso a las rutinas propuestas por los ya mencionados Catalán y León. El paralelismo entre los métodos activos aplicados en este establecimiento y los métodos de aprendizaje por descubrimiento, ya puesto de manifiesto por José Damián López Martínez (1999, p. 674), se hace evidente en muchos aspectos de la propuesta de estos dos docentes 12, como por ejemplo en el propósito de utilizar cuadernos, prescindiendo de libros de texto y exámenes, o en el anuncio del predominio de la experiencia sobre los contenidos y de una metodología orientada a que el alumnado descubriera por sí mismo las leyes físicas, aspectos cuya aplicación real comprobaremos posteriormente. De acuerdo con el estudio de Encarnación Martínez Alfaro, dedicado a la Sección Retiro de Madrid (2009, pp. 105-107), los medios para seguir los presupuestos establecidos en el proyecto pedagógico de este centro, según se expresa en los planes institucionales (JAE, 1925), eran: "la acción"; "el estudio directo de la naturaleza y de las cosas y el ejercicio de coordinar las observaciones"; "las lecturas convenientemente reelaboradas y asimiladas"; "el diálogo entre el profesor y el alumno"; "la exposición hecha por el maestro" (artículo 8o). Muchos de estos aspectos, junto con otros que definían la actividad en esta institución, como la importante presencia de los trabajos manuales, coinciden con los principios establecidos por Ferrière. En los Institutos-Escuela, los trabajos prácticos se contemplaban como manipulaciones de laboratorio al servicio de las ciencias. Estas tareas, se decía, además de servir "para la educación de los sentidos, para alcanzar la perfecta correlación entre la mente y la mano, y como auxiliares para el desarrollo mental", representan una "excelente ocasión para estudios con los cuales pueden combinarse, v. gr.: las Matemáticas, la Física, las Ciencias naturales" (JAE, 1925, Guijarro y González, 2013, p. El taller de carpintería, por ejemplo, estuvo dedicado en el curso 1926-27 a elaborar materiales para enseñanzas científicas: En el taller de carpintería para los niños se estableció, durante el curso, una relación entre esta clase de trabajo manual y la clase de Física, construyendo los alumnos diversos aparatos y utensilios destinados a las prácticas de esta asignatura. Existe el propósito de continuar por este camino en los próximos cursos, construyendo varios aparatos ya proyectados y enlazando la enseñanza manual con la Física y probablemente con otras ramas de la enseñanza (JAE, 1929, p. La enseñanza ha consistido casi exclusivamente en trabajos de Laboratorio realizados por los mismos discípulos con un material muy sencillo. Se procuró ponerles en condiciones de que fueran ellos mismos los que, observando el resultado de sus manipulaciones y discutiendo con sus compañeros las medidas y números obtenidos, razonasen sobre los nuevos fenómenos que se les presentaban y llegasen, en cierto modo, a descubrir las leyes físicas. Los resultados obtenidos superaron en mucho las esperanzas puestas en el ensayo, a pesar de que la falta de local suficiente y de material adecuado dificultó muchas veces el completo desarrollo del plan. Está en proyecto publicar un folleto descriptivo de la labor realizada y resultados obtenidos, a fin de dar a conocer ampliamente esta experiencia de nuevos métodos pedagógicos. Esta última frase se refiere a la obra objeto de nuestro análisis, y la alusión a ella como "folleto" refleja su carácter, algo que ya se percibe al leerla. No se trata de un manual al uso, sino de un informe ya comprometido, una descripción de una experiencia cuyos contenidos, según manifiestan sus autores, se modificaban en función del interés. De ella nos centraremos en la descripción de prácticas realizadas con instrumentos, que presentan analogías con las descritas por Armstrong en su obra, si bien los autores pueden haberse inspirado en otros manuales. La Exposición de enseñanza cíclica de la Física y la Química está dividida en tres partes correspondientes a los tres niveles de la enseñanza de estas materias (cursos 1o, 2o y 3o; Madrid, JAE, 1931, 1934 y 1935 respectivamente) y aplicadas a alumnos comprendidos entre aproximadamente 11 y 17 años cumplidos. En la presentación del texto dedicado al primer curso (León y Catalán, 1931), con alumnos de 12 y 13 años (según los autores, un nivel intermedio), se mantiene que en los ejercicios no se anticipa el resultado de la "experiencia" en la que se está trabajando, sino que se ofrecen algunas explicaciones por los profesores mientras se están realizando y también se admiten los comentarios y discusiones de los alumnos sobre los fenómenos que se están observando. Este proceso -se afirma- permite que los participantes lleven a cabo descubrimientos de los hechos o leyes. Tanto "resultado" como "descubrimientos" están destacados en el texto, una prueba del interés que tienen estos términos en la metodología que se está aplicando, según explicaremos. Este apartado del trabajo es sin duda uno de los más representativos del proyecto docente. En él están condensadas las aspiraciones que vimos inicialmente en el enfoque heurístico de Armstrong y en las metodologías activas previstas para la enseñanza primaria. Para Catalán y León, "La clase ideal es aquella en que, planteado el problema e indicados los medios para resolverlo, el profesor pasea por la clase resolviendo pequeñas dificultades de ejecución, y los alumnos, con el material necesario, laboran en la persecución de una ley" (León y Catalán, 1931, pp. 8-9). El examen de la obra, y de las experiencias descritas dentro de los contenidos relativos a la física, nos indicará en qué medida cabe reconocer en los trabajos manuales planteados los ideales previstos -expuestos anteriormente- y también en qué sentido se observa una desviación a veces necesaria y otras enriquecedoras de las previsiones. Para ello dividiremos la exposición en tres apartados: a) experiencias con intervención y manipulación de los estudiantes y resultados relativamente imprevisibles; b) experiencias con adquisición de conocimiento tácito; c) experiencias con resultados predeterminados; d) experiencias desprovistas de la intervención de los estudiantes, llevadas a cabo por los profesores; e) experiencias con aparatos prefabricados. A) Experiencias de física con intervención de estudiantes. En esta categoría cabe reconocer las experiencias que se realizan dentro de los primeros temas del programa, los relativos a la longitud, la superficie y el volumen. En las de longitud bastaba disponer unos alfileres en la línea curva y utilizar una cuerda; una vez señalados los límites se traslada la medida sobre un "decímetro". Posteriormente, "se debe hacer entablar una pequeña discusión, entre los que han empleado diferentes sistemas, sobre cuál de ellos da el valor más exacto" (León y Catalán 1931, p. Al contemplar las leyes de la refracción de la luz, se propone a los diferentes grupos de alumnos medir y registrar los valores obtenidos y compararlos: "Es muy instructivo el hallar la media de las determinaciones de todos los alumnos, para compararlas luego con el valor dado por algún libro" (León y Catalán 1931, p. Para la obtención de la ley de la palanca se propone la fabricación de un dispositivo, en correspondencia con los planteamientos de las metodologías activas, en las que se insiste en que los alumnos empleen materiales sencillos y corrientes, en este caso tapones de corcho, una regla y una cuña de madera con forma prismática (León y Catalán 1931, pp. 38-39). A partir de estos elementos y de la observación, los alumnos, se afirma, llegarán a establecer la ley que relaciona el peso y la distancia al punto de apoyo de una parte con el peso y la distancia al mismo punto de la otra. Hay un tipo de experiencias en las que la participación del alumnado consiste en responder a las preguntas formuladas mientras tiene lugar una demostración, cuya realización es muy probable que corresponda al profesor. En las relativas a la hidrostática, reproduciendo las experiencias de Arquímedes y de Pascal, se formulaban cuestiones como "¿Por qué no baja el mercurio completamente? ¿Qué sucedería al nivel de mercurio en el interior del tubo si la presión atmosférica aumentase o disminuyese? ¿Qué queda sobre la superficie del mercurio en el interior del tubo?" La pretensión era ejercitar la capacidad de atención hacia los elementos relevantes que concurren en un fenómeno. En el aula estaba establecido como ejercicio la fabricación de un tubo barométrico (práctica que se remonta a los cursos de física del siglo xix). Una vez fabricado, "se hace que cada dos alumnos estén encargados semanalmente de hacer la observación a las nueve de la mañana, y que al final de la semana hagan una gráfica con la variación semanal" (León y Catalán 1931, p. Además de las habilidades adquiridas con estas experiencias relativas a las rutinas que acompañan a la recolección de datos, se cumplía el propósito de evitar en lo posible el uso de instrumentos prefabricados y adquiridos a través de los circuitos comerciales. La práctica se extendía al uso de un termómetro normal, que también se construía en el aula o el laboratorio, y uno de máxima y mínima (en este caso estándar). En los apartados dedicados a la electricidad y el magnetismo (capítulo IX) se plantean los recursos habituales para la comprobación de las experiencias clásicas con péndulos eléctricos y electroscopios, que podían fabricarse con elementos sencillos, así como con materiales cuya condición es que fueran buenos o malos conductores. En el segundo curso y en el tercero, siguiendo los planteamientos de la enseñanza cíclica, seguimos encontrando algunos ejemplos (León y Catalán, 1934 y 1935) que se suman a los ya vistos. En el capítulo dedicado a la fuerza, al trabajo y a la potencia se establece como tarea la construcción de un dispositivo consistente en un hilo metálico arrollado que se cuelga en vertical en un soporte y que mantiene en el extremo un platillo. Se trata como se comprueba de un dinamómetro, con el que se pretende transmitir de manera práctica los efectos de una fuerza, en este caso a partir de los pesos dispuestos en la parte inferior. También se proponen experiencias sobre la transmisión del sonido y sobre la óptica y la electricidad que admiten, en un grado ya más difícil de determinar, una cierta intervención de los estudiantes, como cuando se dispone una lente sobre una base de corcho para que pueda moverse entre una vela y una pantalla, y así comprobar cómo se forma una imagen, invertida o no, sobre una superficie (León y Catalán 1934, p. En una experiencia del tercer curso sobre la dilatación de los metales con el calor se emplea una moneda de 25 céntimos con el característico orificio en el centro. "Se suspende la moneda por su orificio central y se calienta a la llama de un mechero. Cuando esté bien caliente se verá no puede pasar por el anillo. Si se deja enfriar, la moneda vuelve a su diámetro primitivo y volverá a pasar por el anillo" (León y Catalán 1935, Cap. El análisis de los cuadernos de los estudiantes confirma que estos llevaban a cabo las experiencias, y al mismo tiempo aporta algunos detalles sobre cómo tenían lugar. En este caso son los ensayos realizados con un calorímetro (León y Catalán, 1934, Cap. V), cuya fabricación dada su complejidad pensamos que exigió una importante intervención de los docentes; por tanto era un ejemplo de las llamadas experiencias mixtas. Según los apuntes de los alumnos, que manejan datos reales y no tabulados en los manuales, el aparato se empleó para calcular el calor específico del cobre (Casado y Massip, 2018, p. B) Experiencias con adquisición de conocimiento tácito. En esta dimensión, la adquisición de conocimiento es una consecuencia indirecta de la implicación de una persona, en este caso el estudiante, en una situación práctica que supone la manipulación de un objeto o ingenio. Tiene lugar por medio del ensayo y el error, mediante el cual se refuerzan ciertas tentativas y se descartan otras por improductivas. De esta forma, contiene un componente personal elevado, depende del contexto, y se genera de manera dinámica. Este tipo de competencias, que forman parte del saber hacer y que los profesores han adquirido previamente, se transmiten por medio de consejos. Son advertencias (habitualmente precedidas por el término "conviene") que no corresponden tanto a la estructura fundamental y explícita de la comprobación propuesta como a la implícita. En el texto del primer curso, en el proceso de hallazgo de la ley de la palanca, comentado anteriormente, si bien no se usa el vocablo "conviene", sí está sobrentendido. Para montar el dispositivo debe emplearse un doble decímetro, una cuña de madera con "la arista no muy pronunciada, más bien un poco matada, con lo cual se facilitará el mantener luego el equilibrio" (León y Catalán 1931, p. Cuando se describe el uso de la balanza, el conocimiento de este aparato tenía que estar precedido de las siguientes acciones: Es conveniente hacer copiar en el cuaderno para que lo tenga muy presente, las siguientes precauciones para pesar: 1o Ver si los platillos están limpios y secos. 2o Ver si el fiel coincide con el cero cuando los platillos no tienen peso. 3o Colocar el cuerpo que se va a pesar en el platillo izquierdo y las pesas en el derecho. 4o Dejar siempre, después de terminar la operación, las pesas en su compartimiento de la caja. En la construcción de los barómetros se recoge este comentario adicional: "Para que el mercurio de éste [tubo barométrico] no se ensucie mucho convendrá colocar encima una cartulina" (León y Catalán 1931, p. (Probablemente para evitar que cayera polvo sobre el metal). En el segundo curso, en el apartado dedicado a la calorimetría, se advierte que el termómetro empleado era "conveniente" que apreciara o que tuviera una sensibilidad de medio grado (León y Catalán 1934, p. C Experiencias con resultados predeterminados. La opción A, la más representativa de las metodologías activas, no es la dominante en los textos analizados. Aunque pueden identificarse, además de los ejercicios mencionados, algunos más, hay una parte muy importante de los contenidos donde también se emplean dispositivos, gráficos y esquemas cuya resolución final no depende de la intervención basada en ensayos del estudiante, sino de la confirmación de un principio o una ley que no se cuestiona ni se somete a discusión. Todo está entonces sometido a ese cometido final. Por tanto, lo que en realidad se asimila es un procedimiento establecido para llegar a una conclusión con muy escaso margen para la improvisación. En diversos temas hay una confianza completa en los resultados que se van a obtener. Por ello, a veces se añaden comentarios para explicar las posibles desviaciones que puedan observarse. La comprobación tiene la forma no de una búsqueda, sino de una demostración: si se siguen unos determinados pasos, se obtendrá lo que se buscaba. En los apartados de la óptica geométrica se comprueba fácilmente que se busca la confirmación de una ley relativa en este caso a la reflexión de la luz. En el constructo esquemático planteado, se emplea este lenguaje: "Si se miden los ángulos DGH y FGH (fig. 13), nos encontramos que son iguales". De igual manera, cuando se está calculando el foco de una lente u otros elementos, como la abertura, las operaciones se ajustan a un plan predeterminado. En la experiencia relativa a la transmisión del sonido el propósito es verificar que después de calentar un matraz (durante 5 ó 10 minutos) y dejarlo enfriar el vapor de agua se condensa y se produce un vacío. Si en el interior se dispone una pequeña campana, al mover el aparato no se oirá el sonido. Cualquier otro resultado no se atribuiría a un hallazgo novedoso, sino a un error en el planteamiento de la observación. Cuando hacemos un repaso del índice de los capítulos que componen el tercer curso, así como de sus contenidos, se observa que cuentan con un componente teórico predominante en el que las diversas experiencias sirven para ilustrar visualmente un resultado previsto por mecanismos deductivos. Pueden señalarse numerosos ejemplos con un diseño similar, como los apartados sobre la composición de fuerzas (cuyas combinaciones y efectos son plenamente previsibles según las leyes de la mecánica), el cálculo del centro de gravedad, el equilibrio de los cuerpos, el principio de Arquímedes, el análisis y síntesis de la luz y las leyes de Ohm y de Joule. Una excepción que nos ayuda a comprender la diferencia en el planteamiento entre A (resultados relativamente abiertos) y C (resultados completamente establecidos) es la experiencia sobre la caída de los graves. Aquí, la novedad, que permite una mayor proximidad entre artefacto y estudiante, es que se ha sustituido la clásica máquina de Atwood por un dispositivo consistente en un alambre, una polea con un peso, una tableta y un metrónomo, elementos que permiten realizar una tabla con determinaciones numéricas en las que aparecen medidas de longitud (desplazamiento del peso a lo largo de la tableta) y de tiempo. En este caso sí hay una cierta participación del alumnado, en la medida en que se plantea la búsqueda de la razón en la que se encuentran las cantidades anotadas. Ahora bien, la práctica heurística -exploración de soluciones a los problemas que se presentan- es un ejercicio más ficticio que real, como diría David Knight 14, porque las magnitudes finales están previstas en una fórmula cuyo logro fue una consecuencia de un arduo trabajo que está lejos de adivinarse en el periodo limitado del aula. D) Experiencias realizadas exclusivamente por los profesores. Ya se señala en la introducción del texto de León Maroto y Catalán (1931) que algunas experiencias presentaban cierta complejidad o una elaboración muy lenta, y que por ello estaban fuera del alcance de los alumnos (León y Catalán 1931, p. Pensamos que esta categoría comprende algunos diseños demostrativos relacionados con el tema de calorimetría, que exige la fabricación del aparato conocido como calorímetro; la construcción de una lámpara de Davy (también propuesta en estos apartados, capítulos 5 y 6 de Exposición, II, 1934); la fabricación de un termómetro de agua salada (León y Catalán 1931, pp. 65-66), que exige una elevada pericia; y otros propuestos en el tercer curso, como las experiencias de electrólisis. Incluimos en este apartado una experiencia consistente en la construcción de un ludión 15, un mecanismo clásico cuya mención en los temas relativos al estudio de la presión es llamativa, dado que es un aparato más bien dedicado a recrear de manera lúdica los efectos físicos observados y exento, por tanto, de las virtudes analíticas que se persiguen en las metodologías activas. En la descripción se aprecia que su elaboración era un proceso laborioso poco accesible para el alumnado del primer curso (León y Catalán 1931, p. E) Experiencias con aparatos prefabricados. En las metodologías activas, la construcción de un aparato o el diseño del dispositivo experimental formaba parte del aprendizaje de los fenómenos, conceptos y leyes de la física. Del estudio del calor, por ejemplo, formaba parte la elaboración de un termómetro. Esta era la manera de mostrar que la ciencia no era un recinto cerrado, sino que, como ocurre cuando estamos fabricando una máquina con instrucciones muy vagas o haciendo bricolaje, es una práctica en la que hay que probar, ensayar y resolver variados problemas. Por eso en estos movimientos se mostró una manifiesta oposición a las colecciones ofrecidas por las casas comerciales que limitaban las intervenciones del profesorado y de los estudiantes a poner en funcionamiento los artefactos. En los manuales que estamos examinando se observa un notable interés por describir los materiales que se emplean en las experiencias, todos ellos útiles accesibles y económicos. Así, se desafiaba a la industria de los modelos estandarizados. Esta postura generaba una situación paradójica, porque la disposición de aparatos era un signo de modernidad aireado por las instituciones. A pesar de los esfuerzos mencionados por reemplazar los artefactos que impidieran aprender y ejercer las habilidades propias de las metodologías del hacer, en los manuales-informe de León y Catalán se encuentran alusiones a aparatos ya construidos. Así, se menciona la balanza y también termómetros, prismas, lentes, una balanza de Roberval, bombas de aire y una máquina electrostática modelo Wimshurst Además del contenido perteneciente a las divisiones establecidas, los textos contemplaban otros elementos para completar los objetivos del aprendizaje de la física. En ellos hay formulaciones matemáticas, especialmente en el segundo y el tercer curso, así como problemas y ejercicios; hay exposiciones teóricas en la reproducción de definiciones, conceptos y principios y, para mostrar las ventajas de la ciencia aplicada, hay alusiones a globos, aeroplanos, dirigibles y autogiros en el apartado dedicado al principio de Arquímedes y a los fundamentos de la aerostación. Así pues, comprobamos que hay experiencias de las aquí examinadas que recuerdan al modelo expositivo-demostrativo, dominante en el siglo xix, en el que el estudiante se limitaba a observar las operaciones prácticas del docente. La diferencia en este caso es que los datos, esquemas y dibujos de la demostración se reproducían en un cuaderno, aunque los profesores se quejan de que hay alumnos que prefieren tomar notas rápidas y reelaborarlo después en sus casas. También vemos que hay experiencias (especialmente las consistentes en la realización de medidas) que permitían a los estudiantes tomar parte en su resolución, pero en otros casos la práctica muy probablemente se llevaba a cabo con una intervención importante del docente, si no era diseñada enteramente por este. Conscientes de esta dualidad, en la introducción de la Exposición de la enseñanza cíclica del primer curso reconocen que no todas las experiencias las llevan a cabo los alumnos. Algunas, según afirman, por su "peligrosidad" son inapropiadas y además "el procedimiento sería demasiado lento", un problema que ya se había puesto de manifiesto por otros profesionales, como hemos visto. Así pues, concluyen que el método mixto es el que da "mejores resultados" (León y Catalán, 1931, p. Según el examen realizado, al igual que sucediera en otros centros educativos de la capital, en el Instituto-Escuela se practicó el eclecticismo (Pozo Andrés, 2003-2004, 324), contemplándose diferentes metodologías en las disciplinas científicas Los docentes encargados de impartir la materia de Física y Química, abordaron su trabajo desde diferentes propuestas, unas mencionadas explícitamente y otras insinuadas o reflejadas implícitamente en su trabajo. Entre ellas se encontraba la enseñanza cíclica 19, el "sistema unitario Morrison" 21, o el método del aprendizaje por descubrimiento. Así, Exposición de la enseñanza cíclica evidencia las debilidades del método del descubrimiento, especialmente en las experiencias prácticas de la física (uno de los pilares de estas metodologías), así como la ausencia de una reformulación que tuviese en cuenta las críticas y debates planteados en años anteriores. A pesar de ello, sus tres publicaciones tendrán gran influencia en la política educativa republicana, como se refleja en la agrupación en un Decreto de 1934 de las materias de física y química bajo la denominación de "Enseñanza cíclica de la Física y la Química", y en el hecho de que este Decreto recoja fragmentos literales de la introducción (p. Las experiencias que mejor pueden servir para formar el espíritu de observación serán las que preferentemente deban hacer los alumnos. Aquellas otras de difícil ejecución, escasez de material, coste del mismo o peligro en las manipulaciones, serán las que realizará el Profesor. [...]. Algo similar sucedió en Japón, donde en ese mismo periodo se vertieron críticas contra la viabilidad del método de descubrimiento, sin embargo estas se atenuaron porque, según Isozaki (2017, p. 109) el Ministerio de Educación, respondiendo a intereses políticos, estableció como prioridad promocionar la física y el trabajo del alumnado en el laboratorio. Los textos de Catalán y León examinados son relevantes porque reflejan las complejidades, expectativas y tensiones pedagógicas implícitas en la enseñanza de la física durante un amplio periodo de tiempo, cuyos inicios se remontan al siglo xix. Se ha comprobado que en ellos se contempla la aplicación de un método que se encontraba en proceso de revisión por diversos motivos, principalmente por la indeterminación en el grado de intervención del docente en los procesos de recreación de los experimentos por parte de los estudiantes; por las limitaciones temporales de unas prácticas, reducidas al tiempo de clase, que dependían de la capacidad de reacción y espontaneidad del alumnado; por el uso de materiales prefabricados, y por la imposibilidad de reconstruir experimentalmente principios y leyes, cuyo establecimiento demandaba instrumentos teóricos adicionales. Sin duda, el planteamiento de los métodos activos y el esfuerzo por llevarlos a cabo en el aula sirvió para transmitir de una manera efectiva y práctica las dificultades de los procedimientos experimentales y algunas de las rutinas que su uso demandaba, algo inexistente en las concepciones de la llamada escuela verbalista. Pensamos que de manera implícita los propios Catalán y León reconocen estas ventajas, pero también las limitaciones de los métodos aplicados, cuando estos se observan directamente en la práctica, al señalar que el mejor sistema es el "método mixto", es decir, aquél que permitía al docente incorporar en los procesos de aprendizaje sus indicaciones (probablemente tanto teóricas como prácticas) y expresar orientaciones sobre cómo debían llevarse a cabo los trabajos. Por estos motivos y los señalados en el texto sería más apropiado considerar la experiencia de enseñanza de la física en el Instituto-Escuela como un modelo de eclecticismo, en el que se ensayaron distintos procedimientos, unos clásicos y otros en proceso de prueba, en función de las edades de los estudiantes, los contenidos, los tiempos disponibles y las habilidades de los docentes. De esta manera, nos ajustamos más a la realidad del aula, en lugar de plantear discursos basados en la renovación completa de la metodología. Sin embargo, el modelo del Instituto-Escuela, que se reprodujo en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Málaga durante los años republicanos fue presentado en el discurso político, según hemos visto en las disposiciones legislativas del ministro Villalobos aprobadas a finales de 1934, como un programa novedoso y repleto de expectativas, porque su componente activo representaba una alternativa firme frente a los procedimientos de la escuela tradicional. Esta imagen, exenta de matices, es la que estuvo vigente entre los partidarios de la escuela nueva.
Dos libros y un destino Habent sua fata libelli... tal es, sin duda, el marco general que propicia el argumento de los dos libros de esta reseña. Ambos empiezan, también, con una alusión pictórica: a la Escuela de Atenas de Rafael el de Moller. Dos libros pergeñados en el ámbito anglosajón que, inspirándose en una pintura, tienen por objeto común contar el azaroso periplo de distintos textos científicos / filosóficos desde la Antigüedad hasta nuestros días. Estas coincidencias albergan, sin embargo, notables diferencias. Existen una serie de factores que determinarán lo que el lector va a encontrar en el libro de V. Moller. Tal y como adelanta en el prefacio (Moller, 2019, p. 10), el marco teórico del que parte la autora es el de la historia intelectual. Esto implica que parte importante de la atención del libro se centre en aquellos aspectos contextuales (sociales, históricos, económicos, técnicos, etc.) que propiciaron la producción, transmisión y traducción del saber contenido en los tratados de Euclides 1, Ptolomeo y Galeno. Esta perspectiva amplia favorece el carácter exotérico del libro, pero puede hacer que el lector especializado, que busque profundizar en el tema, pueda sentir que algunos pasajes o incluso el tono general del libro carezcan del rigor y de la exactitud a los que pueda estar avezado. En segundo lugar, la dificultad de abordar un tema harto complejo como el de la transmisión textual se ve sin duda acrecentada por las cuestiones inherentes a la transmisión de las tres disciplinas - matemáticas, astronomía y medicina - de las que el libro intenta dar cuenta, disciplinas cuyas tradiciones, incluso por separado, son ya de por sí intrincadas. Por otro lado, esta dificultad se ve todavía incrementada por el hecho de querer trazar los avatares de dichos contenidos a lo largo y ancho de un arco espacio temporal que abarca siete enclaves geográficos durante prácticamente diez siglos. Por estas razones, el lector con conocimientos filológicos, que esté acostumbrado a manejarse entre stemmata codicum y los entresijos propios de la ecdótica encontrará en el libro de Moller un divertimento que, casi seguro, no azuzará su interés por falta de información, o lo que es peor en algunos casos, por falta de precisión. En efecto, el carácter divulgativo de un libro no debería ir reñido con el rigor pero esto es algo que encontramos en algunos pasajes del libro: « No era tarea fácil (i.e. la traducción de textos árabes al latín). El árabe es una lengua extremamente compleja en el que el alfabeto y el sentido de la escritura son diferentes, y con un intrincado sistema de diacríticos, pero estaba repleto de mozárabes en las inmediaciones dispuestos a ayudar » (Moller, 2019, p. Cualquier persona medianamente acostumbrada a traducir entre lenguas que pertenezcan a distintas familias lingüísticas sabe que, salvo en los primeros intersticios, el mayor problema que supone esta tarea no es tanto el de la descodificación de un alfabeto (o sistema de escritura diferente al latino) como el de la dificultad para encontrar correspondientes homeomórficos para conceptos de la lengua 1 en la lengua 2, especialmente, cuando la lengua de origen y la lengua objeto pertenecen a ambientes culturales muy dispares, muy alejados en el espacio y en el tiempo, o cuando el contenido del texto a traducir contiene gran cantidad de tecnicismos o de realidades abstractas ajenas a la lengua de destino. Así, aunque se partiera de un alfabeto distinto y no estuviera exenta de dificultades, la traducción de textos griegos al latín fue empresa habitual del s. I a.C. en adelante; pero cuando el misionero jesuita Mateo Ricci (s. XVI) emprendió - al lado del matemático Xu Guangxi - la primera traducción al chino del libro de los Elementos de Euclides (en 13 volúmenes) los dilemas que se le presentaron y a los que tuvo que hacer frente debieron ser de una índole muy distinta a la problemática a la que apunta Moller. En esta misma linea, al final del libro (Moller, 2019, p. 280) la autora británica afirma que una de las razones del declive de la cultura árabe y del auge de la cultura cristiana/europea a finales de la Edad Media consistió en el hecho de que la escritura árabe, por sus características, no se adaptó a las exigencias de la imprenta de tipos móviles de J. Gutenberg; pero, ¿acaso el chino, una escritura "mucho más compleja" que el árabe, no fue llevado a la imprenta siglos antes de la aparición del invento de Gutenberg salvaguardando con ello buena parte del acervo cultural de una de las mayores naciones del mundo? The Map of Knowledge ofrece como mínimo otro ejemplo de la dificultad que supone conciliar el carácter divulgativo con el rigor. En esta ocasión el yerro llega de la mano de la medicina, en concreto, del descubrimiento de un tratado de Galeno en 2005: Si, por un lado, Moller está al tanto del hallazgo y lo considera suficientemente relevante como para incluirlo en su libro; por otro lado, la presentación de la autora puede llevar al lector a hacerse una idea equivocada del asunto. Primeramente, Moller omite datos importantes acerca del texto descubierto: el título del tratado galénico ha sido harto discutido, y puede traducirse de distintas maneras (también en inglés); además, se trata de una carta, de una misiva que Galeno escribe a un amigo que le pide que le cuente qué tipo de "disciplina" sigue para haber podido continuar con sus asuntos sin afligirse a pesar de haberlo perdido todo en el gran fuego que arrasó Roma en el 192 d.C. En consecuencia, la parca información que proporciona el libro de Moller hará que el lector no llegue a advertir que el hallazgo en cuestión no es un texto médico sino un relato autobiográfico de contenido moral/filosófico. En segundo lugar, no es verdad que se trate de un texto desconocido. Se sabía que Galeno lo había compuesto pero se daba por perdido - como sucede con un alto porcentaje de la producción literaria de la Antigüedad que no ha llegado hasta nosotros; por ende, no es un descubrimiento absolutamente de novo. En el capítulo XII de su libro De libris propiis, Galeno da un listado de 23 tratados de temática ética entre los que se encuentra uno que lleva el mismo título que el de la misiva que en el 2005 encontrara A. Pietrobelli en el manuscrito Vlatadon 14 en el homónimo monasterio de Tesalónica. Una cosa es que en esta misma obra Galeno nos cuente que en la biblioteca Palatina de Roma había encontrado libros que no se conocían o que no estaban registrados en los catálogos (Boudon - Millot, Jouanna, Pietrobelli, 2010, p. y otra cosa, bien distinta, es lo que Moller da a entender en el fragmento acerca del descubrimiento de nuevos tratados de Galeno desde el Renacimiento hasta hoy. En tercer lugar, tampoco es cierto - como parece desprenderse del fragmento del libro de Moller - que no se conservara nada en árabe de dicho tratado. En lo concerniente a este hallazgo, la primera mención al texto se remonta a un compendio del s. IX titulado Risala de Hunain ibn Ishaq. I. Garofalo, editor y cotraductor del opúsculo de Galeno al italiano, informa que el título ya se conocía antes del descubrimiento del De indolentia en el 2005, y que algunos extractos de dicha obra se conservaban precisamente en hebreo y en árabe (Garofalo, 2013, pp. 441 - 442) El manuscrito Vlatadon 14 da testimonio de textos conocidos pero que o bien no se conservaban, o bien se conservaban fragmentariamente, o bien no se conservaban en griego: el de De indolentia correspondería a la tercera de estas posibilidades. Las razones hasta aquí esgrimidas no pretenden hundir el libro de Moller ni menoscabar su capacidad ni su estilo; más bien intentan evidenciar algo que presumiblemente sea aplicable a un gran número de datos que se proporcionan a lo largo de The Map of Knowledge: son múltiples los detalles que empujan a creer que, en general, la autora habla de libros capitales de la historia de la ciencia occidental a partir de bibliografía secundaria obviando, por ende, una parte esencial de su alcance y significación. El hablar de algo que se desconoce constituye la frontera entre un pasatiempo, una fabulación de corte histórico en base a disciplinas científicas y un libro académico en base a un estudio más o menos pormenorizado. Casi cada capítulo contiene algún fragmento que carece de rigor o hace alusión a cuestiones que pueden alejarse de la motivación primaria por la que el lector se haya podido acercar al libro de Moller. El hecho de que la autora dedique los capítulos IV - V del libro a Córdoba y Toledo (Moller, 2019, pp. 99 - 134; 137 - 166) - enclaves cruciales en la transmisión del saber científico en Europa durante la Edad Media - puede ser un acicate para el lector de habla hispana interesado en estos temas. En este sentido, el capítulo más completo (y por mucho) es el que trata sobre la empresa de traducción de textos árabes al latín (como el Almagesto de Ptolomeo) en el Toledo del s. XII del pugno del gran Gerardo de Cremona. La importancia de Toledo como puente cultural entre el mundo árabe y Europa durante la Baja Edad Media queda manifiesta en la descripción del propio itinerario intelectual que el astrónomo Daniel de Morley (s. XII) hizo al obispo de Norwich (Moller, 2019, pp. 163 - 164). En la bibliografía, V. Moller atribuye la noticia a las lecciones que Ch. Burnett impartió en las llamadas The Panizzi Lectures de 1996 (publicadas el año siguiente); pero el caso es que Burnett bien pudo haber extraído los detalles del relato de un ensayo publicado 11 años antes por el gran medievalista Jacques Le Goff (Le Goff, 1986, p. Así, pues, casi mil años después Toledo sigue ejerciendo como canal de transmisión de ideas, aunque esta vez sea entre el viejo continente y el mundo anglosajón. 244), V. Moller hace referencia a The Swerve. Empezaremos la reseña del libro de S. Greenblatt trayendo a colación uno de los aspectos señalados a propósito del libro de Moller, de nuevo, el de la dificultad que entraña conciliar el rigor informativo con el carácter divulgativo. Al inicio del capítulo IV del libro de Greenblatt leemos: Desde una perspectiva papirológica / filológica tal afirmación necesita ser matizada, pues de lo contrario estaría rozando el disparate. Siendo condescendientes, podríamos pensar que en este pasaje el ganador del premio Pulitzer podría estar refiriéndose o bien a textos del propio Epicuro o bien a eso que técnicamente se conoce como textos 'autógrafos' (Dorandi, 2007, p. 7; pero no parece que la afirmación de Greenblatt vaya en este segundo sentido, bastante técnico, puesto que ello habría impedido una afirmación tan alejada de la realidad. Ciertamente, casi todo lo que nos queda de los clásicos se ha preservado por medio de copias de sus obras, copias cuyos originales pudieron escribirse poco más de una centuria antes - tal sería el caso de los tratados de Filodemo de Gadara (s. II - I a.C.) encontrados en Herculano - o en ocasiones más de 500 años antes - como sucede con el papiro del s. III d.C. que contiene fragmentos del tratado Sobre la verdad del sofista Antifonte (s.V a.C.) El pensamiento de los clásicos nos ha llegado también a través de extractos insertados en obras de autores posteriores que, en un momento determinado, permiten una reconstrucción de los contenidos de lo que pudo ser el texto original; por ejemplo, y por no cambiar de autor, el Protréptico de Aristóteles. Siendo esto innegable, existen sin embargo miles de restos y fragmentos conservados en las grandes colecciones y archivos papirológicos. Por citar los más representativos desde el punto de vista científico y/o filosófico, de la Antigüedad nos han llegado: el Papiro de Derveni (s. IV a.C.?) 9); el llamado "Empédocles de Estrasburgo" (s. I a.C.); o el papiro Anónimo de Londres (s. I d.C.) - el papiro (autógrafo) de contenido médico en griego más extenso y completo que se conoce hasta la fecha. La afirmación de Greenblatt no deja de sorprender habida cuenta de que a lo largo de su libro da muestras de conocer bien la tradición posterior del epicureísmo a tenor, pongamos, de la exposición de los pormenores relativos al descubrimiento del De rerum natura de Lucrecio en la inmensa biblioteca de la Villa de los Papiros sepultada bajo las cenizas del Vesubio en Herculano (79 d.C.) - con numerosos tratados del epicúreo Filodemo de Gadara (Greenblatt, 2011, pp. 54 - 65); o asimismo, a juzgar por la noticia que Greenblatt da acerca de las monumentales inscripciones epigráficas del s. II d.C. que el epicureo Diógenes de Enoanda (Turquía actual) hiciera esculpir cerca del foro de su ciudad natal; o también, por los detalles codicológicos (Greenblatt, 2011, pp. 155 - 156) que aporta en algunos momentos del relato, especialmente, a la hora de trazar el influjo que el atomismo en general, y el De rerum natura en particular, ejercieron desde el Renacimiento en adelante en autores como J. Hus, G. Bruno, M. de Montaigne o Th. Jefferson (especialmente en el cap. XI ). Dignas de mención son también las páginas que el autor dedica al paso del rollo de papiro al códice de pergamino, acontecimiento crucial en la historia cultural estrechamente vinculado a la expansión del cristianismo (Greenblatt, 2011, pp. 38 - 40). Los aspectos que se acaban de mentar conducen a una doble conclusión. Por mor del rigor, Greenblatt se interesa por los primeras etapas de la tradición del epicureísmo pero, por lo general, ese periodo cae fuera de su ámbito de competencia dando lugar a malentendidos, o incluso a errores. Pero por otro lado, al centrar su atención en una época determinada, y por el hecho de circunscribirse a un único texto/autor, el libro de Greenblatt presenta una diferencia sustancial respecto a lo "ambicioso" de la trama de The Map of Knowledge y, por consiguiente, en comparación con el libro de Moller, desde el punto de vista argumental The Swerve se articula y se presenta de una manera mucho más consistente: en este caso, vale eso de "menos es más". Por esta misma razón, no obstante, el lector de espíritu estrictamente positivista encontrará pocos elementos de interés en los capítulos IV - VII del libro de Greenblatt. The Swerve nace del empeño de mostrar, a partir del hallazgo del De rerum natura, la transición de un mundo a otro, el renacer de una tradición que el teocentrismo medieval imperante y el paradigma creacionista en sinergia con la Iglesia Católica habían relegado al olvido. Pese a esto, y debido a azarsos avatares en la Curia romana, Lucrecio y su libro nunca fueron incluidos en el Index librorum prohibitorium (Greenblatt, 2011, pp. 226 - 227). El epicureísmo no ofrecía ningún viático, no compartía la idea de que la vida era un mar de lágrimas de la que salir era lo mejor que se podía hacer, no constituía una ayuda para la muerte sino una ayuda para la vida. En este sentido, las doctrinas de Epicuro y de Lucrecio atentaban contra y suponían una grave amenaza para dicho status quo. Apofáticamente, por via negativa, las razones y el alcance de este desafío se plasman magistralmente en el cap. VIII, páginas que a nuestro entender constituyen uno de los puntos fuertes del libro de Greenblatt (Greenblatt, 2011, pp. 185 - 200). Además, las doctrinas contenidas en el De rerum natura parten del supuesto según el cual el fin último es el placer. Dicha premisa iba ya en contra de la mentalidad de muchos de los contemporáneos de Epicuro y de Lucrecio, y como no, horripiló tanto a judíos primero como a cristianos después. 223) cita el tratado Sobre el placer (De voluptate) del humanista L. Valla, defensor a ultranza del epicureísmo y enemigo acérrimo del protagonista del libro, Poggio Bracciolini (s. XV), uno difícilmente puede abstenerse de remitir las palabras del humanista a los famosos "tres golpes" (blows) que S. Freud asestara al geocentrismo, al antropocentrismo y al racionalismo - pilares de la moderna cultura occidental - en su reflexión sobre las dificultades del psicoanálisis: En su cometido por revelar y desvelar los procesos por los que paulatinamente, a partir del Renacimiento, se fueron abandonando los prejuicios de un mundo en declive por otros cada vez más afines a lo que el conocimiento de la época iba poniendo de manifiesto, Greenblatt trae a colación la cuestión de la libertad en oposición a la (pre)determinación, cuestión que por sus ulteriores implicaciones morales se demuestra radical en el esquema de la naturaleza atomista. De hecho, el título mismo del libro apunta directamente a la doctrina del clinamen (declinatio, inclinatio), de la desviación impredecible de la materia del movimiento de los átomos en virtud del cual los epicúreos explicaban la "libertad" en sentido físico, esto es, daban razón de la aparición/creación de nuevas formas en una naturaleza que concebían compuesta de átomos moviéndose en el vacío. Greenblatt hace alusión a este núcleo teórico en la doctrina del Jardín en la página 7 del Prefacio de The Swerve, pero no vuelve a remitirse a él hasta el capítulo octavo, usando poco menos de una página para despachar el asunto (Greenblatt, 2011, pp. 188 - 189). En esta ocasión, a nuestro entender, "menos no es más". En el s. IX, la disputa acerca de la composibilidad de la libertad y de su incompatibilidad con la doctrina de la determinación hizo correr ríos de tinta - y seguramente, para los heterodoxos, también de lágrimas y de sangre - entre las élites de los círculos eclesiásticos encargadas de fijar y hacer prevalecer los dogmas teológicos. Es precisamente en este marco en el que aparece en escena Rabano Mauro (780 - 865), obispo de Maguncia y abad de Fulda. Discípulo de Alcuino de York (el "primer ministro" de Carlomagno) y autor de un libro de carácter enciclopédico titulado De rerum naturis / Sobre el universo, en su libro Greenblatt nos ofrece el perfil más benévolo y amable de Rabano Mauro (Greenblatt, 2011, pp. 44 - 49), imagen que se sostiene hasta que se cae en la cuenta de que Greenblatt omite el famoso "affaire Godescalco", un importante episodio en el oficio del personaje que transcendiera la historia del monaquismo medieval y omisión que pone en entredicho la inocente actividad erudita de Rabano Mauro. Godescalco fue un oblatus, su padre lo abandonó en el convento de Fulda a la edad de 6 años. Después de pasar su infancia y adolescencia en la abadía solicitó la exclaustración puesto que la vida monacal no le convencía. Los obispos se la concedieron pero Rabano Mauro, su abad, se la negó y Godescalco fue enviado al convento de Orbais. En la biblioteca, solo, con mucho tiempo, y lejos de Rabano Mauro, Godescalco se enfrascó en las lecturas de los tratados de san Agustín sobre la gracia y la predestinación 11: Agustín enseñaba que los hombres estamos predestinados a la salvación o a la perdición eterna, e incluso que la gran mayoría - clérigos y monjes inclusive - íbamos derechos a la condena eterna. No estaba tan claro que Dios fuera bueno ni que quisiera la salvación de todos los hombres. El hombre no sería libre por el mero hecho de serlo sino solo si pertenecía al grupo de los elegidos; sería libre solo aquel hombre a quien la gracia divina había llamado a la libertad. Tal y como algo antes ya había postulado Isidoro de Sevilla 40), a quien Godescalco también leyó, la tesis de la doble predestinación (gemina praedestinatio) negaba la libertad. Esta tesis no había sido tomada en consideración por parte de los doctos del círculo de Alcuino, quizás la habían descartado expresamente en tanto que ponía en entredicho la obra entera de Agustín, pues si como Godescalco creía leer en el hiponense estamos, en efecto, predestinados de antemano... ¿qué más daba cómo actuáramos?; ¿Y Jesús, habría sufrido y muerto acaso solo para algunos y no por todos? 189) Incentivo para el libertinaje, revulsivo tanto de los principios del orden social de la sociedad carolingia (la nueva Atenas) como de los postulados de la Iglesia, ante la invectiva de Godescalco los conocedores de Agustín pronto se dividieron en dos bandos. Los sucesores de Alcuino, entre ellos Rabano Mauro, se defendieron dialécticamente y por la fuerza (Flasch, 2002, p. 39) y a resultas de esto Godescalco fue condenado por el sínodo de Maguncia (848). Rabano Mauro, entonces obispo, hizo que lo latigaran delante del resto de prelados y ordenó que lo encerraran en el convento de Orbais, con la expresa prohibición de que no pudiera leer ni escribir. Por esto el retrato de Rabano Mauro en el libro de Greenblatt elude un sesgo del personaje relativamente importante cuando se le vincula a una de las consecuencias fundamentales del epicureísmo. Finalmente, en cuanto al aparato de la versión de The Swerve que aquí reseñamos, cabe decir que no solo no dispone de notas a pie de página sino que también carece de cualquier tipo de sistema de reenvío intertextual a las numerosas notas y aposiciones listadas en la parte final del libro por capítulo y página (Greenblatt, 2011, pp. 267 - 308). A sabiendas de que se trata de una preferencia absolutamente subjetiva a la hora de disponer la información aneja a un texto principal, el "mutismo" del texto en este sentido no facilita la lectura sino que la hace algo más engorrosa, llegando incluso a confundir al lector, puesto que al acabar el libro este se da de bruces con casi 40 páginas de aclaraciones y explicaciones que le hacen dudar de si la ausencia de llamadas de reenvío a lo largo del texto puede haber mermado su comprensión o, incluso, haberle inducido a llevarse una falsa impresión del libro en su conjunto.
Este libro es la reelaboración de la tesis doctoral defendida en la Universidad de Sao Paulo por Tiago Santos Almeida, profesor en la Facultad de Historia de la Universidad Federal de Goiâs, y sin duda una de los mejores conocedores actuales de la obra del filósofo, médico e historiador de las ciencias Georges Canguilhem. La monografía ha sido prologada Carvalho Mesquita Ayres, profesor de Medicina Preventiva en la Universidad de Sao Paulo, y esto no es una casualidad. A diferencia de lo acontecido en España, los estudios sobre Salud Colectiva y Medicina Preventiva fueron marcados decisivamente en Brasil, desde su despegue en la década de 1970, por algunos de los trabajos más representativos de la tradición francesa en historia de las ciencias, en particular textos como Lo normal y lo patológico de Canguilhem y El nacimiento de la clínica, de Michel Foucault. El desafío del libro consiste en dilucidar, a través de distintas calas en la obra de Canguilhem, hasta qué punto existe un "estilo francés" a la hora de pensar la historicidad de las disciplinas científicas. En su indagación, el autor no recurre sólo a los volúmenes publicados por Canguilhem. Avalado por una prolongada estancia de investigación en el CAPHÈS (Centre d'Archives de Philosophie, Histoire et Èdition des Siences), donde frecuentó a algunos de los principales especialistas y discípulos del pesador francés (Limoges, Debru, Braunstein), utiliza entrevistas y artículos poco conocidos del filósofo de Castelnadaury, y lo más importante, un importante acopio de los manuscritos inéditos procedentes del Fond Canguilhem, sito en el mencionado centro. En la Introducción ("Combates por la Historia de las Ciencias"), el autor se interroga por el sorprendente diálogo de sordos instaurado en Francia desde las primeras décadas del siglo XX, entre una boyante y reconocida escuela de historia social -el grupo de los Annales- y una tradición muy influyente pero mucho más discreta, por la propia condición de la disciplina concernida, de historia de las ciencias (Cavaillès, Koyré, Bachelard, Canguilhem). A pesar de encontrarse durante décadas en emplazamientos como el Centre Internationale de Synthèse, era como si la historia de las ciencias no fuese reconocida por los profesionales de Clío como una rama más de la historia social. Y de este modo, durante mucho tiempo, la historia de las ciencias de la vida impulsada por Canguilhem fue considerada como ejemplo de un enfoque puramente internalista, centrado en la constitución de los conceptos científicos, pero olvidando por completo su conexión con las representaciones políticas, artísticas, filosóficas y religiosas, con el desarrollo de las técnicas y de las instituciones, con los conflictos sociales. Esta falsa representación de la historiografía científica y médica de Canguilhem por parte de los historiadores, sólo recientemente se habría puesto en cuestión en esta comunidad disciplinar, siendo Roger Chartier en los años ochenta uno de los primeros en llamar la atención sobre esa falla interpretativa de sus colegas. Canguilhem no sólo ponía en primer plano el estudio de la circunstancia social y cultural en la que se sustenta la actividad científica, como ejemplifican sus nociones de "ideología científica" e "ideología médica", sino que desde primera hora se interesó por los problemas de la teoría y metodología de la historia, conociendo muy bien los trabajos de Febvre y de Bloch y planteando por su cuenta la cuestión -crucial en Braudel- de la multiplicidad de los tiempos históricos y de la discontinuidad como herramienta de análisis. El capítulo 1 ("Retratos de Georges Canguilhem") sale precisamente al paso de algunas lecturas que minimizan la relevancia de la historia de las ciencias en la obra canguilhemiana. Este es el caso de Bruno Latour, que forma parte del séquito de los que achacan al pensador francés su desdén por las condiciones sociales de la práctica científica, focalizándose exclusivamente en el estudio de los conceptos y de sus transformaciones según una línea progresiva jalonada por la ruptura con las representaciones ideológicas, las ilusiones de la imaginación y todo lo procedente de la inmediatez práctico-social. Esta visión de Canguilhem como puro analista de rectificaciones conceptuales y de sus "cortes epistemológicos" con lo imaginario y lo ideológico, alineándolo con Bachelard como maestro y con Foucault como su discípulo, fue consagrada por lo que el autor denomina la "fagocitación althusseriana" de Canguilhem. En efecto, en el curso de la década de 1960, incitados por el propio Althusser, sus discípulos (Balibar, Macherey, Lecourt, Fichant, Pecheux, Badiou) se convirtieron el fieles seguidores de los cursos de Canguilhem en el Institut d'Histoire des Sciences et des Techniques asociado a la Sorbona y dirigido por el filósofo desde 1955. La epistemología canguilhemiana, en mayor medida aún que la bachelardiana y para gran sorpresa del propio Canguilhem, que siempre marcó sus distancias con el legado marxista, parecía armonizar perfectamente con los supuestos del materialismo histórico en la versión de Althusser. Los primeros comentarios sobre la obra de Canguilhem, publicados por Macherey y por Lecourt y los textos que Foucault escribió sobre el propio Canguilhem, analizados pormenorizadamente en el libro, afianzaron ese retrato "conceptómano" del filósofo de Castelnadaury. Por otro lado Tiago Santos Almeida corrige le lectura realizada por el discípulo de Canguilhem, Camile Limoges, sin duda uno de los principales expertos en la obra de su maestro. Este considera que la dedicación de Canguilhem a la historia de las ciencias, siendo importante, tuvo lugar en una fase tardía de su pensamiento -posterior a 1955, con la publicación de la tesis doctoral dirigida por Bachelard sobre la formación del concepto de reflejo. Estima entonces que el cultivo de la historia de las ciencias fue secundario y permaneció subordinado a la elaboración de una filosofía sustantiva, dedicada al examen de los valores y con pretensiones especulativas más generales. En el curso del capítulo 2 ("Historia de las ciencias e Historia de las ideas") se trata de demostrar, a través de una meticulosa lectura del Essai concernant le normal et le pathologique (1943), del artículo sobre la teoría celular (1946) y de otros cursos inéditos fechados en la década de 1940, que el interés de Canguilhem por la historia de las ciencias es muy anterior a lo sugerido por Limoges. Aquí resulta imprescindible el vínculo de Canguilhem, explorado por primera vez en esta monografía, con los trabajos del germanoestadounidense Henry Sigerist sobre historia de la medicina, una historiografía que proyecta el estudio del discurso médico en la historia de las ideas, de la cultura y de las instituciones. Ampliando las fuentes a textos posteriores, se disciernen también las diferencias y las proximidades entre la historia de las ciencias tal como la entienden respectivamente Canguilhem y Bachelard. Este último establece una separación estricta entre imaginación y concepto; la primera debe ser destruida para que el segundo pueda nacer. En Canguilhem las cosas no funcionan de ese modo, la relación es más compleja, pues los mitos y las imágenes -como lo revela ejemplarmente la metáfora óptica que le permitió a Willis inventar la noción de reflejo- pueden contribuir positivamente a la historia sancionada de un concepto. De este modo, la historicidad del trabajo científico no está escindida de la historicidad del trabajo intelectual no científico, esta debe ser pensada en su duración propia y no asimilada, como hace el psicoanálisis bachelardiano, a la atemporalidad de la libido. Se contrasta también la tonalidad diferente que posee lo que Bachelard denominaba "historia recurrente" -una historia juzgada a partir de los valores conquistados por la actualidad científica, como la formalización- en las disciplinas físico-químicas, respecto a lo que entiende Canguilhem por esa misma noción en el terreno de las ciencias biomédicas, lo que le conduce a reconocer el vitalismo como la epistemología más fecunda en estas disciplinas. El capítulo 3 ("Lo Social a Tiempo Completo") centra la atención en el tratamiento canguilhemiano de la dimensión de lo social dentro de la historia de las ciencias. Aquí, además de los libros publicados, se hace una amplia utilización del material inédito de Canguilhem, especialmente de los cursos impartidos por el filósofo en el ya mencionado Institut d'Histoire des Sciences et des Techniques entre 1959 y 1967. Se efectúa un excelente análisis del concepto de "ideología científica", que a diferencia de la "ideología" a secas, no ve reducido su contenido teórico a su función práctico-social. Las ideologías científicas presuponen (como el evolucionismo o la neurociencia) una disciplina científica preexistente, cuyas nociones extrapolan de manera incontrolada a toda clase de dominios fenoménicos; pero además son el punto de partida de otra disciplina científica constituida a partir de ella (como la teoría darwiniana de la selección natural). En el capítulo 4 ("Un Estilo Francés de Historia de la Medicina"), se explora el lugar ocupado por la historia de la medicina de corte canguilhemiano en el panorama internacional de la historiografía médica, distinguiendo, junto a una escuela germanoestadounidense encabezada por Sigerist y otra polaca representada por Ludwig Fleck, una tercera, calificada como "estilo" más que como escuela y encarnada principalmente por Canguilhem y Foucault. Aprovecha entonces para reconstruir el diálogo implícito entre estos dos filósofos en relación con los conceptos de "normalización" y "sociedad de normalización". Finalmente, distinguiéndola de la "ideología científica", se pasa revista a la noción de "ideología médica", a fin de valorar epistemológicamente el papel desempeñado por la medicina en ese poder de normalización. En ese mismo capítulo se examina asimismo, no agotando el tema pero sí ofreciéndolo como una pista por proseguir, la cuestión del impacto del "estilo francés" de historiografía médica, de Canguilhem y en particular de Lo normal y lo patológico, en el campo de los estudios brasileños sobre Salud Colectiva. Por un lado se refiere a los estudios pioneros de Roberto Machado, Jurandir Freire y Sergio Arouca en la década de los 70, en un momento de represión y Dictadura que coincidió además con el éxito de Althusser en la intelectualidad progresista brasileña, cuando las contribuciones de Canguilhem y de Foucault fueron recibidas como aportaciones epistemológicas "de izquierdas". Por otro lado subraya la importancia de este legado francés a la hora de pensar la historicidad de las prácticas médicas (promoción, rehabilitación, recuperación, protección) en la constitución más específica del dominio de la Salud Colectiva, tan relevante en Brasil. Aquí destaca las obras de Cecilia Donnangelo, Ricardo Bruno Mendes-Gonçalves y José Ricardo Ayres. En el quinto capítulo ("La Historización de la Epistemología"), quizás el de más "alto vuelo" filosófico, se aborda directamente la pregunta que atraviesa todo el libro: ¿cómo se hizo posible el reconocimiento de la historicidad y por tanto de la heterogeneidad temporal de las ciencias? Siguiendo a Lebrun y a Bachelard, localiza esa emergencia en la ruptura con la arquitectura kantiana de la razón pura; esta constituía el principal obstáculo que impedía aceptar la historicidad del conocimiento científico. Las ciencias no son expresiones de una razón universal cuyas condiciones trascendentales, esto es a priori, dilucida el filósofo. En Kant las funciones de la razón (las ciencias) se subordinan y derivan de la estructura de la razón; Bachelard, como análogamente había hecho la fisiología incipiente de Harvey en relación con la anatomía, quiere subordinar el órgano a las funciones, la estática a la dinámica, la epistemología a la historia. La cuestión de la historicidad de las ciencias, abierta por Bachelard, se formula en plural: ¿cómo las distintas ciencias particulares producen en el curso de la historia sus propios y heterogéneos criterios de racionalidad? Para ahondar en la pregunta se hace comparecer, junto a Bachelard, a otro de los fundadores del concepto de "historicidad de las ciencias": Ludwig Fleck. Rheinberger subrayó hace tiempo las afinidades entre Bachelard y Fleck, que no son pocas, pero resultan mucho más impresionantes las que pueden encontrarse entre Fleck y Canguilhem, estudiadas por Braunstein y por Mauro Conde. Ambos, el polaco y el francés, resaltan el papel de lo social y de las instituciones, no sólo como obstáculo, sino como instancia impulsora de la innovación científica. Ambos, como Bachelard en su momento, recusan la epistemología idealista formulada por el positivismo lógico, que a partir del análisis de los enunciados físicos y matemáticos engendran el patrón atemporal de la Ciencia Unificada. Siendo esto cierto, se le puede achacar a Tiago Santos su olvido de la figura de Otto Neurath, que siendo parte del Círculo de Viena trabajó también como ayudante de Max Weber; siempre rechazó la partición simplista entre contexto de justificación y contexto de descubrimiento, y era muy consciente de la historicidad del pensamiento científico. En la conclusión del volumen ("El Estilo Francés de Historia de las Ciencias") se pretende proporcionar una definición rigurosa de la epistemología histórica, integrando las aportaciones más recientes, venidas del ámbito germánico (Rheinberger) y anglosajón (Daston) y las contribuciones francesas de Bachelard y Canguilhem. Se amplían entonces los rasgos que según Braunstein definían a la epistemología histórica como "estilo de pensamiento". Este trabajo de conceptualización se complementa con un interesante contraste entre el pensamiento genealógico y vitalista de Nietzsche y el modo "francés" (Bachelard, Canguilhem) de entender la historia de las ciencias. Finaliza así una monografía de sumo interés para los cultivadores de la historiografía científica, pues destruye muchos de los tópicos acerca de Canguilhem y resalta su papel fundamental en la construcción de esa disciplina hoy internacionalmente tan influyente, conocida como "epistemología histórica".
El libro que nos ocupa, editado por la investigadora del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), Carolina Martín Albaladejo, presenta una panorámica histórica de uno de los periodos menos estudiados del Museo, desde el fin de la guerra civil hasta mediados de los años 80 del pasado siglo, cuando el MNCN sufrió una profunda reestructuración institucional que para muchos supuso un verdadero renacimiento. La obra, resultado del proyecto de investigación El Museo Nacional de Ciencias Naturales entre 1939 y 1985: de la disgregación a la reunificación en su contexto nacional e internacional, reúne trece capítulos escritos por reconocidos historiadores de la ciencia y especialistas en diferentes áreas que, en su conjunto, ofrecen una interesantísima visión "en mosaico" sobre el devenir histórico de esta institución científica durante el franquismo y la primera década de la transición. Tras una breve presentación del contenido del libro por parte de su editora, quien actualmente es responsable del Grupo de Investigación Historia y Documentación de las Ciencias Naturales en España en el MNCN, la obra se abre con un prólogo firmado por Enric Trillas, presidente del CSIC entre 1984 y 1988, bajo cuyo mandato se llevó a cabo la profunda reorganización del Museo con la que se cierra el período abordado en el libro. El primero de los capítulos, firmado por el historiador de la ciencia Andrés Galera (IH-CSIC) y por Carolina Martín Albaladejo (MNCN-CSIC), enlaza el periodo estudiado en la obra con la trayectoria previa del Museo y sirve como introducción general al resto del libro. Por medio de un recorrido a través de los nombres -personales e institucionales- más importantes para la vida del Museo tras la guerra civil y hasta la primera década de la democracia, los autores realizan una síntesis histórica de esta época, un periodo de decadencia científica en la que tres Institutos de Investigación del CSIC diferentes (el José de Acosta, el Lucas Mallada, y el Instituto Español de Entomología) se repartían la sede de un Museo prácticamente vaciado de su faceta investigadora y sumido en un deplorable abandono. Una situación que solo empezó a cambiar a mediados de los ochenta, con la reunificación institucional y el renacer del Museo. En el segundo capítulo, las paleontólogas del MNCN Ofelia M. Santos Mazorra y Ana Bravo Arce abordan la historia de la Sección de Paleontología del MNCN y sus actividades de investigación, exposiciones y gestión de colecciones hasta los años 50, periodo en el que se produjo el tránsito de esa sección desde el Instituto José de Acosta al Centro Lucas Mallada de Investigaciones Geológicas. En el capítulo tercero, Juan Pérez-Rubín Feigl (Instituto Español de Oceanografía) analiza las investigaciones ictiológicas y pesqueras desarrolladas en el Museo hasta finales de la década de los cincuenta por Luis Lozano Rey (1879-1958), autor de la monumental Ictiología Ibérica (1928-1960). La labor investigadora de Lozano en el Museo tuvo continuidad durante una veintena de años con la de su hijo Fernando Lozano Cabo (1916-1980) en el laboratorio de ictiología del MNCN, lo que constituye el foco de la última parte del capítulo. En el cuarto capítulo, el microbiólogo e historiador de la microbiología española Alfonso V. Carrascosa (MNCN-CSIC) se centra en los estudios microbiológicos del Instituto José de Acosta, que, a pesar de la falta de una política científica bien definida, adquirieron un desarrollo relevante en estos años gracias al trabajo de figuras individuales, como Carlos Rodríguez López Neyra (1885-1958), Florencio Bustinza Lachiondo (1902-1982), Emilio Fernández-Galiano (1885-1953), su hijo Dimas Fernández Galiano (1921-2002), o Trinidad del Pan Arana (1922-1990). El genetista Antonio de Zulueta (1875-1971) es el protagonista del quinto capítulo, que firma Andrés Galera (IH-CSIC). El texto recorre la trayectoria profesional de Zulueta con anterioridad a la guerra civil, cuando produjo trabajos importantísimos a nivel internacional sobre la herencia ligada al sexo y la presencia de genes en el cromosoma Y. El esfuerzo investigador de Zulueta resultó crucial para que en nuestro país se implantara, al amparo de la JAE y desde su Laboratorio de Biología Experimental, un nuevo modo de hacer y de enseñar ciencia, un modelo que conjugaba teoría y práctica y que la guerra civil, como en tantos otros ámbitos convirtió en "lo que pudo haber sido y no fue", sumiendo los estudios de genética nacionales (y con ellos, el laboratorio de Zulueta) en un triste abandono que duraría décadas. El siguiente capítulo, obra del paleoantropólogo Antonio Rosas (MNCN-CSIC), analiza el devenir de la paleoantropología y los estudios sobre evolución humana en el Museo durante lo que denomina como "el período triste", un período marcado por la discontinuidad, el exilio y la depuración, a los que siguió, según el autor, el estancamiento y el abandono de la investigación paleoantropológica, hasta su renacer con fuerza en los 70, cuando aparecen los primeros fósiles humanos en la Sima de los Huesos de Atapuerca. Rosas analiza una serie de factores que afectaron negativamente al desarrollo de la paleoantropología en el Museo durante el franquismo y llama la atención para que algo parecido no vuelva a suceder en el presente. En el séptimo capítulo, el conservador de las colecciones de geología del Museo Aurelio Nieto Godina y el geólogo Javier García Guinea (MNCN) analizan las investigaciones sobre vulcanología en el Instituto de Geología del CSIC entre 1943 y 1984. Los autores destacan figura de J. M. Fuster Casas, quien promovió una renovación metodológica que afectó sobre todo a la microscopía, creando una escuela de geólogos que introdujo la investigación petrológica en España. A partir de los años 70, la investigación en volcanismo se orientó hacia estudios de geología aplicada. Se pretendía, entre otros fines, aprovechar las posibilidades de la energía geotérmica española; un programa de investigación que no acabaría dando los frutos esperados. El octavo capítulo, escrito en coautoría por Juan Pérez Rubín Feigl, Raquel Aguilera Molina y Carolina Martín Albaladejo, constituye una contribución importante para la historia de las mujeres en la ciencia española durante el franquismo. El capítulo presenta un resumen de la biografía científica y rastrea la trayectoria profesional de un total de 54 mujeres pioneras del CSIC, entre biólogas, paleontólogas y geólogas que trabajaron en las sedes madrileñas de los institutos José de Acosta y Lucas Mallada. El capítulo se completa con información sobre las mujeres que trabajaron en aquella época en el Patronato Alonso de Herrera y en el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC, así como sobre las veinte primeras mujeres geólogas becadas por la fundación Juan March, hasta 1981. En el siguiente capítulo, los conservadores de las colecciones zoológicas del MNCN Josefina Barreiro y Ángel Garvía repasan el devenir de las colecciones de aves y mamíferos del Museo hasta 1984. Se analizan aspectos como las mudanzas en el tipo de colector de especímenes, o la evolución de la escuela de taxidermia científica del Museo, que durante estos años fue perdiendo el protagonismo alcanzado en la etapa previa a la guerra civil, tras la incorporación de los famosos hermanos Benedito, y que inició su fin como producción propia del Museo. En el décimo capítulo, la coordinadora de exposiciones del MNCN (y editora adjunta del volumen) Soraya Peña de Camus Sáez analiza la carencia crónica de espacio en el Museo -problema crucial, que aún perdura, y que aparece reflejado en otros capítulos del libro-, así como las propuestas de nuevas ubicaciones (Casa de Campo, Ciudad Universitaria, el parque de Arganzuela, Atocha, el Retiro...) o ampliaciones realizadas por los distintos directores del MNCN entre 1935 -cuando tuvo lugar la última ampliación, bajo la dirección de Ignacio Bolívar- y 1986, cuando finalizó la dirección interina de Emiliano Aguirre, quien inició una importante renovación institucional. En el undécimo capítulo, el historiador de la ciencia Alfredo Baratas realiza un interesantísimo análisis que trasciende el marco cronológico del libro y en el que aborda la compleja relación institucional entre el Museo y la Universidad de Madrid. Una historia que el autor caracteriza como de vinculación y desapego. Baratas repasa esa trayectoria en zigzag desde la creación del Museo a fines del siglo XVIII y su integración en el ámbito de la Facultad de Ciencias en el segundo tercio del Siglo XIX, pasando por el proceso de relativa independencia del rol investigador del Museo promovido por Ignacio Bolívar antes de la guerra civil -un proceso incompleto, puesto que los investigadores del Museo continuaron siendo sistemáticamente los profesores de la sección de naturales de la Facultad de Ciencias, hasta la guerra. Tras la guerra civil, con la creación del CSIC y la dilución de las actividades del MNCN en tres institutos independientes, el Museo entró en una deriva degenerativa que afectó a sus instalaciones y colecciones. El abandono y empobrecimiento general del Museo como institución le conduciría a una agonía institucional al inicio de la década de 70, cuando la institución se vio sostenida gracias a la vocación de su escueto personal y la ayuda de voluntarios. Por entonces, la construcción del nuevo Pabellón III de la Facultad de Ciencias, destinado a la enseñanza de Biología y Geología en la Ciudad Universitaria, acabó desanudando aún más la relación con la universidad, proceso que se culminaría en la década de 1980. En el capítulo 12, el catedrático de historia de la ciencia de la Universidad de Alcalá y actual presidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural (RSEHN) Alberto Gomis analiza la relación entre el museo y la RSEHN tras la guerra civil, un periodo en el que la RSEHN mantuvo su sede en el Museo hasta 1971, cuando, coincidiendo con la celebración de su centenario, se trasladó a la Ciudad Universitaria de Madrid. Gomis coincide con los autores de otros capítulos en señalar que se trató de un período de decadencia: en el Museo se abandonó la investigación y algunas de las publicaciones que la RSEHN había editado con anterioridad a la guerra, como las Memorias, las Reseñas Científicas, y la Revista Española de Biología, desaparecieron. El autor describe el devenir de la RSEHN en los años en que fue presidida por José María Dusmet y, posteriormente, durante "los años mudos" (1959-70) cuando, según Gomis, se alcanzaron en el Museo cotas de abandono y dejadez deplorables, mientras que la RSEHN se mantuvo viva, aunque sin mucho brillo, hasta su traslado a su nueva sede en la Ciudad Universitaria. El capítulo finaliza con un epílogo en el que el actual presidente de la RSEHN pone puntos suspensivos a la historia viva de esta Sociedad que cumplirá 150 años en 2021. El libro se cierra con un último capítulo en el que Carolina Martín Albaladejo aborda el devenir institucional del museo durante la década de los setenta hasta la profunda reestructuración que tuvo lugar en 1984, cuando se reunificaron el Instituto Español de Entomología, el Instituto de Geología y el propio Museo en una única institución, el Instituto Museo Nacional de Ciencias Naturales. A partir de ese momento, ya con Emiliano Aguirre como director en funciones, el museo recuperó la investigación como una de sus líneas fundamentales (junto a la museística y la conservación del patrimonio científico), e inició un claro periodo de renovación. Para finalizar, nos encontramos ante un libro importante para comprender mejor la historia del MNCN durante el franquismo y la transición. Más allá del valiosísimo aporte de información que proporciona cada uno de sus capítulos, resultado de una profunda investigación en fuentes documentales y bibliográficas por parte de sus autoras/es, el libro está bellamente editado por Doce Calles e incluye numerosas láminas y fotografías -algunas inéditas-, que ilustran la vida científica del Museo en aquellos años. En conjunto, la obra que nos ocupa constituye un aporte historiográfico fundamental para conocer una de las etapas menos estudiadas de la historia del MNCN y se convertirá en referencia obligada para quien que pretenda investigar el devenir científico e institucional del Museo durante aquellas décadas no tan lejanas.
Nos encontramos ante un libro tan académicamente interesante como atractivo para un lector no especializado tanto por su temática como por lo cuidado de la edición. Sus catorce autores, excelentes conocedores de la materia tratada por cada cual, así como de las orientaciones más actuales en sus respectivos campos de investigación, ofrecen una panorámica inédita, aunque ya apuntada en obras precedentes, sobre la materia tratada tal como la describe la segunda parte del título de la obra colectiva; pues es el caso que la palabra "cuerpos" debe tomarse en un sentido amplio: la imagen inconsciente de quien lea el título, estimulada además por la ilustración de portada -quizá, también, el prejuicio profesionalista de quien esto escribe- es la de los cuerpos humanos, tal vez incluso animales, y es cierto que sobre todo del cuerpo humano se habla de manera abrumadora, pero no lo es menos que los dos primeros capítulos nos llevan más allá -en cierto sentido más acá- del autodenominado "rey de la creación" y de sus parientes menos arrogantes. Con todo, el peso de lo antropológico y de lo médico es sobresaliente; y es mérito de los editores, al comienzo de la obra, y del autor del post scriptum, Jesús María Gallech Amilano, al final, la impresión de coherencia que desprende tan sólida compilación, hasta el punto de hacer deseable una nueva incursión en campos cada vez más "macrocósmicos", si así puede decirse, que nos ayude a ponernos aún más en situación en tanto que habitantes del planeta en un siglo tan turbulento como el actual. En el libro se habla con profusión, aunque no de manera exclusiva, de lo que ha dado en etiquetarse como "cultura material"; pero los objetos representados, al aspirar a mostrar -para la enseñanza; para el descubrimiento por el público curioso; para la divulgación; para el asombro...- la naturaleza, y muy especialmente la humana, obligan a sus artífices a adentrarse en unos conocimientos que trascienden la mera descripción ingenua y, a menudo, exhiben ante quien sepa verlas las proyecciones inconscientes del creador y de la cultura que lo sustenta: imágenes -en dos, en tres dimensiones- que no son sólo las del aspecto del objeto representado, sino también del mundo de valores de su creador y del receptor a quien van dirigidas: desde el gabinete de curiosidades hasta la obra científica. Muchas de esas imágenes, por cierto, reproducidas con gran calidad, conforman una parte esencial del volumen, aportando fiabilidad y belleza al conjunto. Los dos primeros estudios, precisamente los de contenido no médico ni antropológico, abordan, el primero, la reconstrucción de imágenes inexistentes de flora botánica hispana a través de los textos en que se da cuenta de la recogida de los ejemplares, lo que lleva a sus autores, Emma Sallent del Colombo y José Pardo-Tomás, a poner de relieve algunas de las circunstancias que rodearon la correspondiente expedición; el segundo, de Ana Trias Verbeeck, se ocupa de la mostración de "las maravillas de la naturaleza", marina en este caso, a través del gabinete de curiosidades. En alguna medida puede situarse en este apartado el texto de Mauricio Sánchez Menchero sobre los intereses del cineasta Luis Buñuel en el mundo animal, con su abrupta presencia en varias de sus obras, y el uso surrealista de partes del cuerpo humano o el hiperrealista de ciertas manifestaciones morbosas. Este texto puede servir de enlace con varios de los que constituyen mayoría, teniendo por objeto la representación del cuerpo humano, su salud y sus enfermedades. La irrupción de la fotografía y la cinematografía en el campo de la representación del cuerpo humano se pone de manifiesto también en los capítulos de que son autores Paula Arántzazu Ruiz (películas médicas en la España de los años 40), Laia Foix (sobre la figura del fotógrafo científico Emili Godes) y María Pagès (Animación y comunicación científica en Cataluña en las dos décadas de despegue de esta modalidad). Encontramos también una interesante incursión en el campo de la antropología y la etnología en el capítulo de María Haydée García Bravo sobre el uso, a la vez científico y político, de una colección fotográfica sobre los tarahumares presentada en Madrid en 1892 en el marco de una exposición internacional. De los estudios dedicados a las representaciones más tradicionales del cuerpo humano son mayoría los que toman por objeto la anatomía. Dos de ellos, los de Maribel Morente y Chloe Sharpe versan sobre escultura anatómica realizada con fines pedagógicos. El de Sharpe es de carácter panorámico, como indica su título: "Un siglo de escultores anatómicos universitarios en España, 1840-1940; el de Morente se ocupa de los artesanos, a veces de gran nivel, que poblaron de figuras anatómicas la Facultad de Medicina de Madrid a lo largo del siglo diecinueve, no sin ir más allá de la mera exhumación de nombres, contratos y peculiaridades, sino proponiendo en la conclusión de su trabajo una lectura analítica de lo que terminó siendo un museo apoyado en autores de referencia en el campo de la iconología. El capítulo de Begoña Torres nos conduce a la representación anatómica bidimensional a través de "óleos viajeros" entre España y Francia a finales de la centuria decimonónica. También Alfons Zarzoso se centra en la representación anatómica sobre el plano, en este caso dedicada a la ilustración quirúrgica en la Barcelona del pasado siglo. También la representación gráfica de la enfermedad ocupa su lugar en este volumen, merced al estudio de José Antonio Ortiz sobre las imágenes de la epidemia de cólera de 1885 en la prensa española del siglo diecinueve. Un amplísimo recorrido, como puede verse, de calidad uniforme y elevada, interesante no sólo para especialistas sino también para los amantes de la cultura, del arte y de las circunstancias sociales, ideológicas y psicológicas que modelan tanto la figura observada como la mirada que observa.
Paul Hersch Martínez en este libro indaga sobre la publicidad contenida en el periódico El País de 1909 a 1914 que se refiere a los productos que son publicitados como remedios para las distintas enfermedades que aquejaban a la población mexicana de principios del siglo XX. El libro comienza con una anécdota por demás interesante acerca del abuelo materno de Hersch, don Rafael Martínez Illescas, quien fue abogado y juez de primera instancia de Tulancingo, Hidalgo. Maderista y católico, fue encarcelado por oponerse al estado durante el conflicto religioso de la Cristeada. Además de lo anterior, fue un hombre letrado y lector asiduo del periódico El País del cual formó una colección que fue resguardada por sus hijas Esta colección consultada por Hersch fue luego donada a la Delegación Morelos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, lugar en donde se encuentra actualmente a disposición de los investigadores. Mientras todavía estaba en poder de las hijas, fue consultada por su nieto Paul Hersch Martínez quien era una persona curiosa por la investigación, primero como médico, luego como historiador de la medicina. Esta anécdota nos muestra lo importante que pueden ser las colecciones privadas para el conocimiento histórico, pues pueden completar los acervos hemerográficos que son custodiados por las instituciones públicas. Esta colección del periódico será precisamente la fuente de la que abreva Hersch para realizar su estudio. El enfoque que el autor da a su investigación se encuadra en la historia social de la terapéutica, una de cuyas vertientes investigativas es la publicidad de los medios impresos para analizar las representaciones sociales en cuanto a salud y enfermedad. Para llevar a cabo esta labor, el autor basó su estudio en las menciones publicitarias de productos para una gran variedad de enfermedades, todas las cuales aparecieron en el periódico El País de 1909 a 1914. El libro está compuesto por cinco capítulos, que responden cada uno a los subtítulos de: "Contexto", "La tonificación requerida", "La mujer representada", "Afecciones digeridas y respiradas" y, por último, "Afecciones disparadas". Para empezar, Hersch Martínez aborda el contexto en el cual se publicaron los anuncios en un momento en el que la medicina a principios del siglo XX seguía luchando por posicionarse como el único discurso legitimador de los medicamentos que se ofrecían al público. Sin embargo, tal cosa era muy difícil, pues éstos se anunciaban de forma constante en los periódicos sin tomar en cuenta la opinión de los médicos; quienes no estaban de acuerdo con estos remedios y medicinas a las que calificaban de charlatanas o falsarias, porque anunciaban una cura inmediata para distintas enfermedades que no tenían relación entre sí. Esta situación era frecuente pues no había una regulación sobre la publicidad de estos remedios. No es hasta 1927 que se hizo efectiva una reforma regulatoria para "fijar límites a la práctica de la elaboración, promoción y venta de remedios y procedimientos supuestamente curativos" (p. También es notorio en estos anuncios que los remedios publicados eran mayoritariamente de empresas extranjeras, principalmente de Francia y Estados Unidos, y en menor proporción de Alemania. México también fue manufacturero de estos remedios mágicos ofrecidos en los periódicos; éstos se difundían en los anuncios clasificados que eran menos costosos por tratarse de textos muy breves y sin ilustraciones (p. En cambio, los grandes corporativos mandaban anunciar sus productos con una publicidad más cara y vistosa, pero también posiblemente más eficaz desde el punto de vista de las ventas. Uno de los síntomas que más se explotaron publicitariamente fue la debilidad nerviosa de las personas, y para aliviarla se realizaron menciones de infinidad de tónicos y reconstituyentes, dirigida a todas aquellas personas que sintieran debilidad, ya fueran ancianos, jóvenes, mujeres y hombres, así como a personas con diversos oficios como amas de casa y mujeres trabajadoras. El argumento detrás de esta publicidad era que la causante de la debilidad en los individuos era la sangre impura, por lo tanto, si se lograba purificar y fortalecer, entonces ésta desaparecería. Por supuesto, en lugar de ver la debilidad como un estado normal de cansancio la hacían parecer como anormal, provocando que las personas de todas las clases y edades experimentaran pseudonecesidades con respecto a los productos que la combatieran. Como cabría suponer a partir de lo arriba dicho, en este caso se prescindía por completo de la valoración médica: bastaba con que el individuo se sintiera débil y nervioso para que acudiera a la farmacia o a los locales comerciales en donde se vendía el producto. Como bien lo presenta el autor, muchos de los anuncios publicitarios iban dirigidos a las mujeres, lo cual nos permite ver los prejuicios y estereotipos que se tenían acerca de su papel en la sociedad. Para ellas se anunciaban remedios para diversas enfermedades que les aquejaban, que iban desde los remedios hasta las medicinas para padecimientos específicos de su condición fisiológica. Los anuncios publicitarios abarcaban tónicos, pastillas y ungüentos para la menstruación, la menopausia, el embarazo, la lactancia, las afectaciones nerviosas y, por supuesto, todos aquellos que tenían que ver con la belleza y lozanía. Éstos últimos enviaban a los lectores dos mensajes principales: uno era que la belleza estaba relacionada con la salud, pues una mujer enferma no era bella; y el segundo, que la juventud era sinónimo de belleza. Aunque ninguna edad era despreciable para enviarle mensajes de los productos que podrían comprar, dependiendo de sus síntomas y estado fisiológico en el que se encontraran. Los remedios para las afecciones digestivas y respiratorias eran constantemente publicitadas, lo cual nos muestra lo que les aquejaba a los individuos. Claro está que puede ser que la misma publicidad haya creado un mercado para sus productos y no que las enfermedades o afecciones fueran reales. Detrás de las enfermedades respiratorias como la tos, asma y otros padecimientos, se consideraba que la sangre estaba viciada y era la que provocaba estas afecciones; entonces eran vendidos como pan caliente los tónicos y remedios para purificarla. Algo que llama la atención es que la cannabis indica era recomendada para el catarro, la opresión y el insomnio, y sus productos se anunciaban legalmente; pero posteriormente (ya fuera del periodo estudiado por Hersch Martínez) fueron criminalizados al grado de prohibirse su venta en cualquier medicamento o remedio. En el caso de las enfermedades digestivas como el estreñimiento y las hemorroides, todas ellas igualmente objeto de la publicidad que prometía la cura inmediata a la primera dosis del producto. Por tanto, los productos purgantes, las aguas minerales y los laxantes fueron comprados para aliviar los malestares, así como las leches malteadas y harinas que fortificaban el estómago para una supuesta buena digestión. No podía faltar la publicidad de los productos para las enfermedades venéreas y genitouterinas. De acuerdo con el autor, y precisamente debido al estado vergonzoso que estos padecimientos provocaban a los que las portaban se apelaba a la publicidad prometiéndole al cliente algo que era muy importante como la discreción y secrecía poniendo tales medicamentos a la venta con la promesa de que no necesitaban ir al médico para curar sus padecimientos. La mayor parte de la publicidad de estas enfermedades iba dirigida a los jóvenes varones que, en esa época, eran los que ejercían su sexualidad con más libertad que las mujeres. También fueron relevantes los anuncios de las afecciones de la piel, el cabello y el alcoholismo. Se anunciaban productos para quitar las manchas de la piel, el acné o las cicatrices. Así como productos para la caída del cabello o tinturas para ocultar las canas del cabello, ya fueran de hombres o mujeres. Para el alcoholismo se enunciaban varios tratamientos para dejar de beber, en cuya publicidad se apelaba a los problemas que este mal causaba en las familias o en los trabajos; y es de notarse que se enfocaban más en una problemática social y no en una cuestión de salud personal. El autor resalta que la publicidad acudía a los recomendadores para ganar credibilidad en la población. Así que se recurría a todo aquello que garantizara que el producto iba a ser visto con buenos ojos. Por eso era recomendado por médicos, profesores, personalidades del medio político y artístico, así como militares, amas de casa, mujeres trabajadoras, sacerdotes o monjas, dependiendo del producto que se pretendía vender. Resulta relevante la forma en que el autor analiza la publicidad de los productos curativos en los periódicos para entender las maneras en que se trataban y se percibían las enfermedades en la época, así como para dar luz acerca de los patrones de comportamiento y de consumo por grupos sociales, sexos y edades que acudían a ellos. Todo esto, por supuesto, de la mano de sus consideraciones acerca de las distintas medidas, acciones y reacciones de las autoridades mexicanas para contener las enfermedades en diferentes momentos históricos. Esta investigación es un punto de llegada, pero también uno de partida para explorar nuevas vetas historiográficas sobre la historia cultural de las enfermedades y de la epidemiología sociocultural.
El interés historiográfico por las dictaduras del siglo XX es relativamente reciente. Era preciso que pasara un tiempo para que el horror y el dolor producido por las mismas fuera soportado por la generación de historiadores que, solo en las últimas décadas, han sido capaces de acometer una tarea en la que historia y memoria histórica se atraviesan de manera constante e inevitable. Así ha ocurrido en Europa, con la historia de la Alemania nazi, del fascismo italiano o de la España del franquismo, o en América Latina, con las dictaduras surgidas al amparo de la siniestra Doctrina de la Seguridad Nacional. El libro que comentamos es un reciente producto de esta línea de trabajo desde la perspectiva de la historia de la ciencia y en el contexto de la dictadura de Pinochet. Su autor, César Leyton Robinson, es un historiador solvente y comprometido que pertenece a una generación de investigadores chilenos, entre los que citaré a Claudia Araya y Marcelo Sánchez entre otros, empeñados en situar el conocimiento y la práctica científica en unas coordenadas históricas, políticas, sociales y culturales. La obra que nos ocupa constituye una aportación original y rigurosa por su factura, pero arriesgada en sus contenidos y conclusiones, pues supone una muestra de historia y pensamiento crítico, que tal vez no todos estén dispuestos a aceptar, pues la advertencia machadiana de las dos Españas se hace extensiva a otros muchos lugares y contextos, y Chile no es una excepción. Con todo, el rigor metodológico y la calidad de sus contenidos hizo que la tesis doctoral que está en el origen de este libro mereciera la máxima calificación y el reconocimiento académico de la Universidad de Chile. La monografía de César Leyton aparece, así, como una contribución muy relevante a la historiografía chilena, pero también a la de las relaciones entre salud pública y poder político. Se sitúa en una tradición muy asentada en el área de la historia de la medicina y de la salud que aborda el alcance de las políticas sanitarias en el marco de sistemas políticos determinados, como los estados liberales o los regímenes autoritarios. En este caso, el análisis de la vinculación teórica y práctica de la higiene con la geopolítica y la administración del Estado durante la dictadura militar (1973-1990) -tomando como estudio de caso las estrategias de erradicación y segregación implementadas en Santiago de Chile-, me parece una propuesta novedosa y de gran interés que, incluso, podría inspirar investigaciones similares en otros lugares. La "ciencia de la erradicación" que da título al libro hace referencia, por un lado, a los conocimientos científicos procedentes de la geopolítica y de la higiene que sustentaron las decisiones políticas y las intervenciones destinadas a imponer los desplazamientos de población, la creación de nuevos asentamientos y la segregación de los sectores populares en el proceso que dio en llamarse "erradicación"; pero por otro lado, supone una alusión directa -aunque metafórica- al "combate sanitario" necesario para "erradicar" las enfermedades, sean estas físicas, mentales o sociales. En este escenario, cabe destacar un marco teórico muy sólido en el que todos los conceptos utilizados (biopolítica, geopolítica, tanatopolítica, daño sociogénico, etc.) quedan debidamente definidos, lo que permite saber en todo momento a qué se está refiriendo el autor cuando los utiliza en su relato. Asimismo, quedan bien explicadas algunas categorías de análisis (Homo hygienicus, clases y grupos subalternos, tecnologías de seguridad, etc.) que resultan muy útiles y oportunas en el enfoque y desarrollo de la investigación. Desde el punto de vista metodológico, el acercamiento es complejo, pluridisciplinar y transversal, pues tiene en cuenta diversos registros que permiten abordar la gran variedad de fuentes utilizadas. Es de destacar el importante esfuerzo heurístico realizado: textos programáticos, normativos o legislativos, aportaciones científicas, informes médicos y sanitarios, prensa, etc. También el manejo de una amplia bibliografía nacional e internacional que ha permitido al autor disponer de un amplio y concienzudo estado de la cuestión, identificar las lagunas historiográficas existentes y dialogar con otros autores y autoras en una inteligente discusión de los resultados. En cuanto a los contenidos, los dos primeros capítulos abordan dos estudios de caso muy significativos que representan lo que fue en Chile la higiene liberal y sus implicaciones en las reformas urbanas y en el gobierno de las poblaciones. En primer lugar, se analizan las características principales de las reformas urbanas propiciadas por el intendente Benjamín Vicuña Mackenna en Santiago de Chile, prestando especial atención a las estrategias de defensa social que dichas reformas llevaron implícitas. Resultan notables las páginas dedicadas al establecimiento de dos ciudades: una ciudad propia -"europea", burguesa, civilizada e higiénica- que debía ser protegida, y un suburbio -"africano", popular, salvaje y antihigiénico- que debía ser regenerado y colonizado. En definitiva, un modelo de ciudad segregada en el que podrán identificarse reminiscencias en desarrollos futuros. El segundo capítulo estudia la obra de Augusto Orrego Luco, representativa del pensamiento de una oligarquía médica chilena asimilada a los intereses de las élites. Se hace hincapié, lo que resulta coherente para los objetivos de la investigación, en la vertiente médico-social de este autor y se valora en qué medida se va construyendo una nueva forma de administración y gubernamentalidad de los sectores populares, a través de nuevos dispositivos o formas de control, relacionadas con una mirada socio-biológica de estos grupos relegados. Tras estos dos primeros capítulos, los restantes se centran ya en la dictadura militar. Podría parecer un salto excesivo, pero no lo es. Del mismo modo que el pensamiento neoliberal de Friedrich Hayeck o de Milton Friedman se relaciona con frecuencia con Adam Smith o con David Ricardo, la conexión entre los Chicago boys chilenos y el reformismo liberal-conservador del siglo anterior cobra aquí todo su sentido. Un vínculo evidente no solo por la obvia relación entre estado liberal y neoliberal, sino por los propios contenidos de las propuestas, por las similitudes de los argumentos y de la "ideología" subyacente. Todo ello hace que la elección de los dos casos elegidos resulte muy adecuada, pues muestra una clara continuidad doctrinal entre el reformismo liberal decimonónico y las medidas neoliberales de regulación social, aunque, como es lógico, en contextos y con desarrollos técnicos diferentes. El tercer capítulo estudia los aportes de los teóricos chilenos de la geopolítica, analiza el concepto de Estado ameba, propuesto por el propio Pinochet, y la vinculación de la geopolítica con la Doctrina de la Seguridad Nacional. Se trata, sin duda, de un capítulo con gran vuelo teórico que contextualiza con acierto los diversos elementos que se sitúan en la base de lo que fueron las intervenciones en materia de política demográfica y de ordenación del territorio. Una concepción organicista -y neodarwinista- del funcionamiento social que es retomado en los dos siguientes capítulos en los que se analizan en profundidad los procesos de regionalización y de erradicación. En estos, es muy meritorio, por su complejidad, el manejo de fuentes procedentes de las instituciones implicadas en dichos procesos, como la Comisión Nacional de la Reforma Administrativa (CONARA) y la Oficina de Planificación Nacional (ODEPLAN). Tanto en estos capítulos, como en los siguientes, se pone de manifiesto la existencia de dos planteamientos diferentes que se complementan e interactúan entre sí. Por un lado, los militares y su geopolítica, y por otro, los economistas neoliberales y sus propuestas de política económica. La identificación de estas dos vías, cuyo origen es bien diferente pero que terminan confluyendo en el proceso de erradicación, me parece un acierto interpretativo que creo que es novedoso y esclarecedor. Finalmente, los dos últimos capítulos son muy interesantes porque se discuten los elementos económicos, sanitarios y políticos de determinadas acciones concretas derivadas de la ciencia y la política de la erradicación: la vivienda higiénica y el saneamiento de los campamentos, y el problema de la nutrición (y desnutrición) de las clases populares. Resulta muy original, y con seguridad poco conocida, la relación que se establece entre las políticas habitacionales y las intervenciones sanitarias sobre la población en materia de alimentación; a este respecto, el análisis del plan de "erradicación" de la desnutrición elaborado por el prestigioso médico nutricionista Fernando Mönckeberg resulta muy pertinente, así como la consideración de conceptos formulados por el propio Mönckeberg, como el de "daño sociogénico", otro ejemplo evidente de la presencia de la ciencia médica en todo el proceso estudiado. Se trata en suma de un libro importante que se sitúa en las coordenadas teóricas y metodológicas de la historia social y cultural de la ciencia, a la que se añade una voluntad de análisis político, y que tiene a reflexionando sobre el papel de la ciencia (que nunca mi juicio, una solidez metodológica y una fuerza her- es neutral) en el desarrollo de objetivos totalitarios. menéutica que es preciso reconocer y destacar. Ofrece, además, conclusiones novedosas que nos ayudan a pensar las dictaduras más allá del terrorismo de Estado, más allá de la represión y la violencia directa, reflexionando sobre el papel de la ciencia (que nunca es neutral) en el desarrollo de objetivos totalitarios.
Nos señala el autor en el prólogo cómo la última gran pandemia, que aparece más de cien años después de la gripe mal llamada "española", estudiada por María Isabel Porras, ha puesto en duda muchas de nuestras convicciones. Retoma textos de Pedro Laín Entralgo y de José María López Piñero, en que se anuncian muy brillantes perspectivas para la salud y la vida de los humanos, de los seres humanos de países privilegiados y pertenecientes a las clases ricas o acomodadas. Recuerdo al mismo Laín comentar que la "española" no fue tan grave, pues él mismo había sobrevivido. Pero en otras ocasiones también reconocía que entre la patología infecciosa quedaban todavía esos extraños seres que se denominan virus y que parecen ser -bromeaba sobre ello- los numantinos de la batalla médica contra la enfermedad. En efecto, aunque el siglo XX conoce un gran triunfo sobre las infecciones y los incrementos demográficos se deben sobre todo a la victoria sobre ellas, no todo está tan claro. Las bacterias y otros gérmenes no han desaparecido por completo y, desde luego, los virus ahí están y permanecerán por mucho tiempo. Gripe, viruela, poliomielitis, Ébola, VIH, SARS, MERS, virus del Nilo, coronavirus... siguen causando graves -y leves- enfermedades en todo el mundo, incluso en el privilegiado. Recuerdo hace muchos años escuchar a mi hermano Rafael que en el futuro la gripe sería un recuerdo. Pues no, el virus supo adaptarse y pervivir en formas en general más atenuadas. Pero ahora otros llegan con formas muy graves, incluso mortales. Tuvimos miedo ante varios brotes de gripe y otros virus, pero a fines del pasado siglo el VIH fue terrible para todo el mundo. No solo cambió nuestras formas de relación sexual, sino que estigmatizó de forma cruel a muchos grupos de población, prostitución, homosexualidad, marginación... Además, ahora vemos asustados agravarse la entrada de nuevas enfermedades por un doble ventanal. Por un lado, la globalización del mundo, debido al comercio, las comunicaciones, el turismo, las guerras, las emigraciones..., que lleva a un intercambio de objetos y seres vivos -mercancías, plantas, animales, personas- que vemos bien en la introducción de especies y patologías invasoras. Por otro, en España la repercusión es más grave debido al continuo deterioro de nuestros sistemas de sanidad, en especial a causa de los gobiernos conservadores que han beneficiado los negocios privados, olvidando una seguridad social que llegó a estar en altas cotas de calidad. No se ha cuidado tampoco la prevención de la enfermedad, sin tener especial cuidado en la sanidad pública y la epidemiología. Además, se ha descuidado el estudio de enfermedades no frecuentes, sean las raras, las procedentes de otros lugares o las poco rentables para el negocio privado. El libro de Pedro Frontera aborda bien estos problemas, en un momento en que la adecuada asistencia sanitaria es más precisa para la población. Sin duda poner al alcance de un público general temas tan importantes merece la pena. También que buenos especialistas médicos se vuelquen hacia la historia de la medicina, aportando una visión distinta de la proporcionada por los especialistas en estos temas. Añaden frescura, experiencia y amenidad. Se trata pues de un libro bien escrito, muy cuidado y que pone al día los avances de la medicina, útil para un amplio público que quiera ponerse al tanto de la medicina actual. Se abarcan los principales temas de la medicina, la cirugía y la prevención sanitaria. También se dedica un ameno recuerdo a aquellos personajes -fueran o no premios Nobel- que contribuyeron a este desarrollo y que posibilitaron una medicina de muy alta calidad en países desarrollados. Medicina que ha hecho caer en el engaño de que la fortaleza de los ricos era inexpugnable y que quien enfermaba era por descuido o falta grave. Se inicia el libro con la mayor victoria sanitaria conseguida contra la enfermedad infecciosa, la total erradicación de la viruela. Enfermedad terrible, con miles y miles de víctimas, pudo ser eliminada gracias al descubrimiento de la prevención por el líquido vacunal. Tras el descubrimiento de Jenner, se dedican unas páginas a la expedición de Balmis y Salvany, generoso empeño en llevar la vacunación a América y Asia, que Susana Ramírez estudió con devoción, así como Emilio Balaguer y Rosa Ballester. Tras perfeccionamientos de la vacuna se consigue terminar con la enfermedad, quedando hoy tan solo gérmenes en dos laboratorios, por si fuera necesario su empleo por el resurgimiento de la enfermedad. Nos narra el autor un accidente grave en otro de los laboratorios que conservaban el virus, siempre queda el miedo de que este pueda aparecer de nuevo, ahora encontrando una amplísima población carente de la inmunidad necesaria. Nos adentra luego Pedro Frontera en el importante papel de la microbiología y sus cultivadores en la lucha contra la enfermedad y el logro de la prevención. Autores como Louis Pasteur y Robert Koch pasan por estas páginas. Tras las sulfamidas, Alexander Fleming encuentra la penicilina, un azaroso y sagaz descubrimiento, siguiendo la cloromicetina y otros muchos antibióticos. Entre estos, la estreptomicina fue fundamental para luchar contra la tuberculosis, enfermedad antigua, con épocas de enorme difusión y que todavía persiste. En el siglo XIX por los cambios en la construcción y desarrollo de grandes ciudades se convirtió en terrible mal que afectaba a personajes distinguidos como Margarita en La Dama de las Camelias, o los pobres labradores de Giuseppe Verga. Capítulo muy importante es la lucha contra el paludismo, enfermedad con viejísimo origen y altísimas morbilidad y mortalidad, incluso en nuestros días. La lucha contra ella en el Mediterráneo, así en España, fue fundamental para evitar tan terrible infección, que en África sigue siendo un terrible sufrimiento. En nuestra tierra, muchos se han ocupado de este tema, desde el ilustrado valenciano Cavanilles, hasta los historiadores Juan Riera, Josep Lluís Barona, Juan Antonio Micó y José Luis Fresquet, o bien Enric Mateu, Armando Alberola o David Bernabé Gil entre otros. No menos interés tiene la pelea contra la poliomielitis, enfermedad que tanto dolor e invalidez produjo. Un amplio grupo de historiadores de la medicina han resucitado la alargada y cruel sombra de esta enfermedad, tan terrible en su infección como en sus secuelas. Quiero recordar entre ellos los estudios de Rosa Ballester, María Isabel Porras y María José Báguena, y no menos a Juan Antonio Rodríguez Sánchez y José Martínez Pérez como modelos de equipos de investigación. O bien el combate contra la gripe, mortífera plaga por siglos, ahora convertida en habitual compañera, aunque siempre peligrosa. Y hoy, tras esos virus, muchos otros aparecen, y se nos presentan en estas páginas. Junto a algunos amenazantes y letales brotes de gripe, en las últimas décadas, ha sido el VIH el virus que más ha alertado a la población mundial. Un germen muy peligroso, que llegaba a todos los países, a todas las clases sociales y que por mucho tiempo no perdonaba. Ahora se ha conseguido controlarlo, convertir en mal crónico, pero se ha resistido a las vacunas, lo que por suerte parece no haber ocurrido en la COVID-19. Sin embargo, sigue siendo altamente peligroso y ha dejado en la sociedad marcas perdurables, cambios en hábitos sexuales y esa señalada estigmatización de grupos sociales en general ya marginados o condenados. En el campo de la cirugía se pudo avanzar cuando se consiguió dominar sus grandes riesgos, que eran el dolor, la hemorragia y la infección. Gracias a los anestésicos, la desinfección y los medios de contención de la hemorragia se avanzó sobremanera. Hoy los logros llevan desde la microcirugía a las intervenciones a corazón abierto, asimismo a las operaciones a distancia y la introducción de robots. Marie Christine Pouchelle ha sido una pionera en el estudio de estas novedades, desde el campo de la antropología. Se consagran aquí páginas amenas al avance de la lucha contra el sufrimiento, llegando hoy a una cirugía indolora, incluso al parto sin dolor. Las guerras fueron campos de experimentación terribles pero importantes para el avance de la cirugía, así como el descubrimiento de formas de ver o actuar sobre el interior del cuerpo, como la endoscopia, los rayos X o la radioactividad. En el campo de la traumatología, de la cirugía interna o de la cancerología fueron novedades muy importantes. Notables especialidades se fueron afianzando, convirtiendo al cirujano en personaje estrella de la medicina contemporánea, lo que comenzó de forma clara con los trasplantes cardíacos, y siguió con otros órganos vitales. Sin duda, para estos avances fueron necesarios otros muchos en las consideradas ciencias básicas de la medicina, así la anatomía y la fisiología. Se concede mucha importancia en estas páginas, como es lógico, a Santiago Ramón y Cajal y su escuela. Se inicia el recorrido con un recuerdo de José María López Piñero, quien supo reconocer los antecedentes de las investigaciones de la escuela española, unos conocimientos anatómicos e histológicos previos, que permitieron el surgimiento de esta maravillosa pléyade de sabios. Creo recordar algunas palabras de Severo Ochoa que consideraba esta escuela una mezcla extraordinaria de arte y ciencia. En efecto, fueron sus componentes cuidadosos dibujantes y firmes estudiosos. Los dibujos de muchos de ellos nos emocionan y más todavía las reflexiones de Pío del Río Hortega y de Ramón y Cajal sobre el influjo de la belleza en la investigación. El primero señalando la hermosura que la naturaleza nos ofrece, el segundo advirtiendo de los engaños que esta pueden provocar, cuando como Friné ante sus jueces, su desnudez puede llevar al error. La belleza convenció a sus jueces. Esta trayectoria fue cortada por las terribles consecuencias de la guerra y el franquismo, que quisieron olvidar la escuela española. Sin embargo, con el tiempo se retomó la tradición, tanto en el exilio como en el interior, así en el Instituto Cajal del CSIC. También la fisiología alcanzó altos niveles, incluso en España, donde se puede recordar a Juan Negrín y su escuela. Pedro Frontera se remonta al inicio de la genética con Mendel y su desarrollo hasta el desciframiento del genoma. Pasa a las enfermedades genéticas y metabólicas, a la fisiopatología de las vitaminas y hormonas, la conversión de la fisiología en bioquímica, un saber de desarrollo avasallador, que como virtuoso flautista ha convertido a la medicina en su seguidora fiel. Las enfermedades metabólicas, el problema del colesterol o de la obesidad, plagas de la civilización rica que son consideradas. La bioquímica ha tenido un recorrido extraordinario en todas partes, también en España. Se puede quizá recordar a Gregorio Marañón y desde luego una vez más a Severo Ochoa o a Grande Covián, que entroncan con la tradición española y a su vez la fructifican a su vuelta a España. Otras figuras deben ser recordadas, así Alberto Sols en su regreso, o bien muy cerca algunas mujeres de enorme relevancia, como Gertrudis de la Fuente o Margarita Salas. Pero estas novedades no pueden hacernos olvidar las causas externas de la enfermedad, procedan del medio geográfico y biológico, o del social. Por tanto, la medicina -como Henry Sigerist recordaba- tiene que ser social, el ser humano vive en un amplio medio que lo condiciona e influye de forma decisiva en la salud, o en el dolor y el padecer. Las patologías afectan, se desarrollan o terminan según el nivel social al que se pertenezca. Esto estuvo claro desde que se señaló la causa laboral del cáncer en los deshollinadores. Deben ser tenidas en cuenta las posibilidades del ser humano y los condicionantes de la sociedad en que vive. Y las condiciones ambientales son de primera importancia, la higiene privada y pública, las situaciones laborales, de educación, el urbanismo, la vivienda y el ocio. También los medios que la sociedad pone al servicio de la salud y la prevención de la enfermedad. El autor, de forma original, recuerda el inicio de la enfermería y de las primeras mujeres que se adentraron en el ejercicio médico. También de una institución tan notable como la Cruz Roja y su origen en la medicina de guerra. No menos importante es el desarrollo de la higiene pública, que se plasma aquí en la lucha contra el cólera en Londres, o en la vacunación y la inmunización. La medicina debe primar la prevención, antes de que la curación sea necesaria, evidencia que en España con frecuencia se olvida. En fin, en relación con la adaptación del individuo al medio social, es interesante la reflexión última sobre la neurología y la psiquiatría, pareja de hecho a menudo mal avenida. En su origen como especialidad la medicina del padecimiento mental tiene dos posibles habitaciones, por un lado en el mundo anglosajón pudo predominar la orientación neurológica, en el latino más bien deriva desde la medicina legal. Es lógico, en el primer caso se puso el foco en que los enfermos neurológicos presentan cuadros de alteraciones psíquicas; en el segundo, en que los enfermos mentales eran un problema para el mantenimiento del orden social. La evolución del mundo psiquiátrico pasó por dos hitos revolucionarios en la interpretación y el tratamiento. Me refiero a la obra de Sigmund Freud y el surgimiento del psicoanálisis, también a la aparición de ricas familias de psicofármacos que permiten una eficaz intervención sobre el desorden mental. Ambos puntos de vista, ambas terapéuticas han convivido, muchas veces enfrentados, pero con frecuencia y por fortuna como complementos necesarios. Las instituciones asilares para estos enfermos también evolucionaron, desde algunas semejantes a cárceles, a otras adaptadas a las necesidades del individuo y la sociedad, a la patología y sus consecuencias. Incluso un amplio movimiento demanda la restricción de estos centros, buscando un adecuado sistema de reintegración y adaptación del paciente en el medio social. En ningún caso pues, hay que olvidar el carácter eminentemente social del ser humano. Y debemos animar a escribir libros como este, en especial en momentos en que la medicina y la sanidad son tema de noticias y debates a diario. Quizá volvamos a ser conscientes de que la inversión en cuidados sociales es necesaria y que las novedades políticas, en estos tiempos de urgente cambio, deben ir por la protección pública de la salud, la educación y el bienestar.
"La producción de conocimiento es siempre un proceso colectivo." Así inicia Rafael Huertas su nuevo libro: Locuras en primera persona. Es un buen aviso de lo que en esencia nos trae: un saber construido por un amplio entretejido de voces que "nunca es definitivo". En el caso de los estudios psi, de manera deliberada, se ha decidido mantener silenciada a la "primera persona" de estas voces de conocimiento colectivo durante años. Se ha decidido generar literatura científica sobre la locura desde la imposición externa, desde la disección quirúrgica, desde el "cuerdismo". Una clínica que observa, no una clínica que escucha. Y lo hace desde un marco cultural concreto y normativo. Podemos quedarnos ahí o, atender por fin, a toda una literatura de saber en primera persona sin la cual no podrá llegarse a un entendimiento real del sufrimiento psíquico. Y en este último término de hecho me corrijo, pues, se trata más bien de un sufrimiento social resultado de una exclusión dirigida por los grupos hegemónicos. Esta literatura ya existe, lleva mucho tiempo produciéndose, toma cada vez más fuerza. Y Rafael Huertas acude a retratar esta parte de la historia, bajo la luz de tres focos: el arte, el género y el activismo. El arte al que alude el autor es el arte de la palabra, que se plantea aquí como una manera de disidencia intrínseca y diferente en cada escritora, señalando interesantes ejemplos de artistas que reflejaron de alguna manera en su obra su creativa supervivencia. Y, algo que, por suerte, Rafael Huertas nunca olvida tratar: los escritos de personas anónimas psiquiatrizadas, respecto al cual existe un amplio trabajo en el "Proyecto Leganés" y la publicación Cartas desde el manicomio (O. Villasante, R. Candela, A. Conseglieri, P. Vázquez, R. Tierno y R. Huertas, 2018). Añade un interesante capítulo sobre los fanzines y periódicos realizados desde los manicomios, de los cuales algunos lograron llegar más allá de los muros del psiquiátrico para llamar a la concienciación social. Llegan, desde las páginas del libro, para lanzarnos mensajes tan potentes y actuales como el siguiente de la revista Altozano: "Tratamos de contarte toda nuestra verdad, ¿te atreves a compararla con la tuya? Nuestro hospital tiene las puertas abiertas, ¡¡Ábrenos tu casa!! No olvides que mañana tú puedes estar en el Altozano." Tenemos en esta publicación un crítico recorrido histórico siempre contextualizado en los "afueras" que atravesaban "la escritura cautiva" y su significado como "ritual de subordinación". No se puede ser poeta sin libertad, no hay otra búsqueda tras la poesía que la libertad. Y la libertad está en juego porque ampliar los límites de lo aceptado por las autoridades sociales, implica el riesgo de ser tomado por peligroso, por loco, implica poder enloquecer; y eso, a día de hoy, sigue siendo una condena. Y así, en un estado de supuesta psicosis, las poetas escriben su decisión de resistencia. Denuncian desde su testimonio la vivencia del encierro convocándonos a todos en dicho llamado. Escribir desde la disidencia. Desde la doble subalternidad de ser mujer y loca. Aquí entran en el ensayo el activismo feminista y el activismo loco, porque "lo personal es político". Grupos de apoyo mutuo. No se trata de un activismo dentro del ámbito de lo sanitario, atraviesa el orden social y se transforma en un movimiento de liberación. Viendo el documental "Zauria(k)", pensé lo valiente que resultaba que terminaran con un bloque titulado "Vulnerabilidad". Yo misma, aprendí a admitir mi propia vulnerabilidad mediante los escritos de una de las "escritoras locas" que se incluyen en este ensayo, Annemarie Schwarzenbach. Tal vez por eso, entre otros aspectos, el activismo loco genera tanta salud: hace grieta en las fantasías de omnipotencia de la sociedad actual y denuncia la violencia social y sanitaria. Hace grieta en la institución de la productividad esclavista. Rafael Huertas, como historiador que no aparta la mirada del presente, escribe un libro que acude a la necesidad de contar esta "Historia actual". Porque, para explorar el devenir del ser humano por la otredad del tiempo, hay que explorar el discurso colectivo y que todas las voces sean nombradas. Citando al propio autor al cierre: "los movimientos sociales contemporáneos conllevan elaboraciones alternativas de saberes, formas diferentes de interpretar la realidad y enunciaciones que no están centradas en experticias reconocidas. Esto requiere espacios diferentes de producción discursiva, lugares donde utopías por definición inalcanzables, encuentran cierto grado de concreción real que, aun quedando lejos de las aspiraciones e ideales del movimiento, cumplen funciones muy importantes porque posibilitan la producción de conocimiento y permiten nuevas experiencias y contradiscursos." El gran poema humano de la utopia libertaria esta siendo recitado por la "locura en primera persona". Y aquí, se narra cómo.
En este artículo se analiza la creación y desarrollo de la red sanitaria de enfermerías, clínicas y hospitales militares que el Cuerpo de Sanidad Militar puso en funcionamiento durante la guerra de Cuba entre los años 1895 a 1898. La gran cantidad de enfermos originó que muchos de estos centros sanitarios acogieran un mayor número de pacientes que aquel para el que estaban inicialmente diseñados, y que se instalaran en edificios y locales que muchas veces no reunían las condiciones técnicas e higiénico-sanitarias adecuadas. PALABRAS CLAVE: sanidad militar, guerra de Cuba, asistencia médica, siglo XIX. dura campaña, combatiendo contra un enemigo -los mambises-en continuo movimiento; que utilizaban tácticas de guerrilla y que vivían sobre el terreno en el campo y en la manigua. Pero, como ya se ha perfilado en otros estudios, el principal enemigo no fue tan sólo el plomo o el machete cubano, sino también las enfermedades, tales como la fiebre amarilla o el paludismo, ----También formaron parte del Ejército Español un alto número de voluntarios, cubanos u oriundos de España afincados en Cuba; y aunque no se conoce su cifra exacta parece ser que podrían haber sido unos 50.000 ó 60.000 hombres a lo largo de toda la campaña. El ejército español se vio inmerso de esta manera en una guerra calificada de «auténtica campaña sanitaria», donde uno de los mayores retos fue el derivado de la masiva asistencia sanitaria que hubo de hacerse a las tropas 3. En este estudio se realiza un recorrido por uno de los aspectos de esta atención sanitaria al analizar la puesta en marcha y desarrollo de la red de asistencia que a través de enfermerías, clínicas y hospitales se realizó durante aquella campaña militar. El Cuerpo de Sanidad Militar, antes de iniciarse la guerra en 1895, contaba en Cuba con una infraestructura muy elemental de hospitales y enfermerías militares, ya que habían de atender a un pequeño contingente de tropas en la isla. Los establecimientos existentes eran los siguientes: hospital militar de La Habana, Santiago de Cuba, Santa Clara y Puerto Príncipe, y algunas enfermerías en poblaciones que tuvieran una comunicación dificultosa con estos hospitales 4. Durante la guerra de Cuba, entre los años 1895 y 1898, debido al importante incremento en el número de enfermos, hubieron de ampliarse los existentes e inaugurarse nuevas enfermerías y hospitales, que sufrieron asi-----2 Entre la bibliografía existente sobre la guerra de Cuba existen algunos estudios sobre los aspectos sanitarios que fueron inherentes a la misma. Para dar una idea de la situación se pueden consultar entre otras: DÍAZ MARTÍNEZ, Y. (1998), «La sanidad militar del Ejército Español en la Guerra de Cuba en 1895», Asclepio, Vol.-L-1, 159-173. (Los efectivos militares en estos años podrían cifrarse en 100.000 hombres para el primer año y 200.000 hombres para los otros dos respectivamente). Obviamente estas cifras nos indican que muchos soldados sufrían varios reingresos en el mismo año. Tampoco aparecen aquí contabilizados los soldados que eran atendidos y tratados en las columnas de operaciones, en ingenios o en pequeños poblados aislados. LARRA y CEREZO, A. (1901), Datos para la historia de la campaña sanitaria en la guerra de Cuba (apuntes estadísticos relativos al año 1896), Madrid, Imprenta de Ricardo Rojas, pp. 19, 26-27. Memoria Resumen de la Estadística Sanitaria del Ejército Español, Año 1897, Madrid, Imprenta y Litografía del Depósito de la Guerra, (1899), p. Todo esto se realizó siempre según los avatares y necesidades de la campaña y en relación directa con el desarrollo de las operaciones militares. Esto originó que hospitales provisionales terminaran siendo permanentes, que pequeñas enfermerías acabaran convertidas en auténticas clínicas, o que se cerrasen determinados establecimientos para ser a veces reabiertos más adelante. Los establecimientos sanitarios presentes en la Isla de Cuba se pueden dividir en: -Enfermerías regimentarias, que daban asistencia a un regimiento o unidad militar concreta, dependiendo a todos los efectos del batallón o regimiento para el que eran creadas. Durante las operaciones las enfermerías tuvieron el carácter de hospital móvil o semimóvil de campaña y también de evacuación a los hospitales más fijos. -Clínicas, que eran centros con personal y administración propios pero dependientes de otro hospital fijo de mayor importancia, como si se tratase de una ampliación del mismo. Eran en realidad hospitales pequeños capaces de incrementar su número de camas según las necesidades del momento y variando incluso su punto de residencia si la movilidad de las operaciones lo hacía preciso. -Hospitales fijos, que radicaban habitualmente en poblaciones de importancia y se dividieron en permanentes y provisionales que eran los que se crearon por necesidades de la campaña, que fueron la mayoría. RÉGIMEN INTERNO Y DISTRIBUCIÓN EN LOS ESTABLECIMIENTOS SANITARIOS Los establecimientos sanitarios antes de su apertura eran inspeccionados por el Cuerpo de Ingenieros que realizaban un detallado informe sobre los locales donde se iban a establecer, indicando las reformas y mejoras que fueran pertinentes para adecuarlos a su nueva función. Sin embargo, éstos tenían que ser rápidamente ampliados o debían recibir mayor número de enfermos que los inicialmente considerados. En todos los establecimientos sanitarios había una separación entre las camas destinadas para los enfermos y heridos de la tropa y unas pocas reservadas para los oficiales 5. La distribución de los ----hospitales era en salas, existiendo una separación entre salas de enfermos de medicina y de cirugía. Dentro de los enfermos de medicina formaban un capítulo aparte los afectados por enfermedades infecto-contagiosas, como el paludismo y la fiebre amarilla. Especialmente la segunda, ya que debido a la creencia de su alta transmisibilidad por contacto los enfermos se situaban siempre en salas aisladas o mejor aún en pabellones convenientemente separados del resto de las instalaciones sanitarias 6. En los hospitales y enfermerías militares de la isla eran atendidos todos los individuos componentes del ejército español, ya fuesen de los batallones expedicionarios o perteneciesen a los cuerpos de voluntarios cubanos. Siendo estos últimos igualmente incluidos en las estadísticas de morbilidad y mortalidad de los nosocomios PERSONAL SANITARIO FACULTATIVO 7. El personal sanitario facultativo de los hospitales y enfermerías militares estaba constituido por los médicos y farmacéuticos. Éstos podían ser médicos o farmacéuticos militares profesionales o provisionales de Sanidad Militar, existiendo también médicos y farmacéuticos auxiliares, contratados en Cuba, para ayudar en el servicio de los establecimientos sanitarios. La plantilla básica de los hospitales de la Isla estaba compuesta por un director médico, un jefe de servicios, los jefes de clínica y un jefe de farmacia; además de un auditor y un administrador. El número de médicos de plantilla de los distintos hospitales y enfermerías solía estar en relación directa con el número de camas del nosocomio 8. ----6 Instrucciones higiénicas para el Ejército de la Isla de Cuba, (1896), La Habana, Imprenta de A. Álvarez y comp., p. 8 Un hospital como el de Ciego de Ávila, de 500 camas, disponía en noviembre de 1895 de un director médico (médico mayor), un jefe de servicios (médico mayor), cuatro jefes de clínica (médicos primeros), un jefe de farmacia, y un administrador. En Diciembre de 1897, contando ya con 1.700 camas, su plantilla se había aumentado con otros dos médicos segundos y tres médicos militares provisionales. El hospital militar de Sancti Spíritus, dotado inicialmente con 150 camas, estaba atendido en Noviembre de 1895 por: tres médicos mayores, tres médicos primeros, un médico segundo y dos farmacéuticos. En Diciembre de 1897, La idea que subyace al comparar en los Anuarios Militares el personal destinado en los hospitales y enfermerías es la de que este personal fue aumentando progresivamente a medida que eran ampliadas estas clínicas. Aunque la plantilla médica no se incrementaba de una forma directamente proporcional al gran aumento de nuevas camas con que iban siendo dotados estos establecimientos, por lo que los médicos hubieron de atender progresivamente a mayor número de pacientes. Debido precisamente a esta escasez relativa de médicos militares suficientes para atender a toda la población hospitalaria, fue por lo que se hizo preciso contratar los servicios de médicos civiles cubanos en calidad de médicos auxiliares de sanidad militar 9. LA RED SANITARIA DE CUBA. A continuación realizaremos un examen, desde Occidente a Oriente, por las distintas provincias de la isla de Cuba: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Santa Clara (Las Villas), Puerto Príncipe (Camagüey) y Santiago de Cuba, detallando los centros sanitarios con que contó cada zona, ordenados cronológicamente según su fecha de inauguración, indicando su categoría y el número de camas de que disponían. También se analizarán, en algunas ocasiones, determinados hospitales, su personal, su funcionamiento y sus problemas 10. ---habiendo alcanzado las 1.500 camas, su plantilla estaba compuesta por un subinspector médico de 2a clase, cuatro médicos mayores, cuatro médicos primeros, un médico segundo, dos médicos auxiliares y dos farmacéuticos. Se puede consultar la plantilla médica de los hospitales y enfermerías militares en los Anuarios Militares publicados en estos años. 9 Sus contratos eran realizados sólo por el tiempo que fuese precisa su colaboración (lo cual variaba según las circunstancias de la campaña y la época del año), cobrando 50 pesos mensuales por el servicio de visita o 90 pesos mensuales si realizaban visita y guardias. Casi todos los hospitales de la Isla requirieron en algún momento de ellos, así los podemos encontrar en los hospitales y enfermerías de poblaciones como: La Habana, Marianao, Sagua la Grande, Pinar del Río, Matanzas, Candelaria, Cárdenas, Santiago de Cuba, Sancti Spíritus, Remedios, Nuevitas, Puerto Padre, Holguín, Santa Clara, Trinidad, Güines, Isabela, Guantánamo, Yaguajay, Manzanillo, etc. 10 Estos listados de las instalaciones sanitarias presentes en las distintas zonas de la Isla de Cuba, que pretenden ser exhaustivos, han sido elaborados a partir de las siguientes fuentes: LA-RRA y CEREZO, A. (1898), Appendice I: Carte sanitaire de l ́Île de Cuba. WEYLER, V. (1910), Mi mando en Cuba, Madrid, Imprenta Litográfica y Casa 1. PROVINCIA DE PINAR DEL RÍO Hasta esta provincia, la más occidental de la isla, llegó la «columna de invasión» de los «insurrectos» cubanos, acaudillados por Antonio Maceo11. De esta manera se trasladó el conflicto armado hasta las provincias occidentales de la Isla, que no habían sufrido los efectos de la guerra de 186812. Tras hacerse cargo del mando, el general Weyler decide comenzar las operaciones militares más importantes en la provincia de Pinar del Río; trasladándose gran cantidad de soldados a esta zona para guarnecer los poblados, construir y defender la trocha de Mariel a Majana y operar en columnas 13. La consecuencia directa del acúmulo de tropas en condiciones poco higiénicas y de los trabajos en la trocha, muchas veces en zonas pantanosas e insalubres, fue el incremento importante de las enfermedades infecto-contagiosas: paludismo, disentería, fiebre amarilla, etc. No existiendo, previamente a la guerra, hospitales militares en esta zona de la Isla fue necesaria la creación urgente de diversos hospitales, clínicas y enfermerías militares, que pronto se vieron repletas de enfermos, sobre todo en los meses de Agosto a Octubre de ----Editorial de Felipe González Rojas, vol. 5, pp. 125-126. Archivo Histórico Militar ----Durante el año 1896 se produjeron 27.483 ingresos en los hospitales y enfermerías militares de la provincia de Pinar del Río; al finalizar el año permanecían ingresados 2067 enfermos. Los que mayor número de pacientes ingresados registraron a lo largo del año fueron los de Guanajay, Pinar del Río, Bahía Honda y Mariel17. Concretamente el hospital de Guanajay18 llegó a recibir unos 14.000 enfermos durante los meses críticos de la campaña en esta zona de la Isla, de los cuales unos 7.000 fueron evacuados hacia otros hospitales, principalmente de La Habana19. A fecha del 1o de Enero de 1898 el número de camas disponible en los establecimientos sanitarios de esta provincia sumaba 3.424; habiendo sólo ingresados 1.427 individuos en ese momento20. PROVINCIA DE LA HABANA Antes del inicio de la guerra existía en la capital de la isla, La Habana, tan sólo el Hospital General Militar. Ya se ha comentado como la propagación de la guerra hasta las provincias más occidentales de la Isla y el consecutivo plan de campaña del general Weyler, se tradujo en un importante incremento del número de enfermos en las regiones de Pinar de Río, La Habana y Matanzas. De manera que gran parte de los enfermos que no pudieron ser absorbidos por los hospitales de Pinar del Río hubieron de enviarse a los hospitales de La Habana. Esto motivó la apertura de nuevos hospitales militares en la provincia y capital de La Habana, los cuales aparecen recogidos en el siguiente listado. De estos ingresos 75.735 lo fueron en los hospitales de La Habana capital y los restantes en los otros hospitales y enfermerías de la provincia, especialmente el de Santiago de las Vegas que registró 10.437 ingresos en este año21. ---- ----23 El hospital militar de Güines estaba instalado en el edificio que ocupaba el hospital civil que fue cedido por el ayuntamiento. Al poco tiempo de iniciar su andadura muchos de estos hospitales se veían saturados por el alto número de ingresos; así en éste de Güines había alojados 268 enfermos en Octubre de 1896, por lo que se vio obligado a evacuar periódicamente a parte de sus enfermos menos graves a los hospitales de la capital, a fin de poder seguir recibiendo a otros más graves. Archivo Histórico Militar, Sección Ultramar, Fondo: Gobiernos Militares, Caja 202, 5 legajos. El alto número de ingresos que se produjo en los hospitales y enfermerías de La Habana se debió, inicialmente, al hecho de tener que absorber parte de los enfermos provenientes de Pinar del Río; aunque fueron otras dos las causas principales, la primera es que en esta ciudad estaban los mejores hospitales de la Isla, por lo que eran punto obligado de referencia al que se trasladaban muchos enfermos, y la segunda era que en La Habana se realizaban los exámenes de los enfermos que eran candidatos a ser repatriados, llegando por este motivo a la capital multitud de éstos provenientes de toda la Isla 24. Los Hospitales situados en la ciudad de La Habana fueron: Alfonso XIII, Beneficencia, Hacendados, Madera, Marqués González, Regla, Santa Catalina y San Ambrosio. La ciudad de La Habana. La Habana era una ciudad moderna y cosmopolita en aquella época, punto de llegada de muchas de las expediciones militares que provenían de la Península, punto de partida de los repatriados, sede del poder político y militar de la metrópoli y también una ciudad con importantes problemas sanitarios. El médico cubano Acosta en una memoria presentada, poco antes de iniciarse la guerra, al congreso Panamericano celebrado en Washington nos da una imagen de la deficiente situación sanitaria de la ciudad. Comenta el autor que los establecimientos sanitarios de la capital eran verdaderos focos de infección, sobre todo de la fiebre amarilla, no existiendo en algunos salas aisladas para esta enfermedad. No había tampoco inodoros y se empleaba el sistema de bacinillas, al igual que en el hospital militar, que se limpiaban dos veces al día 25. Situación que también se puede contrastar en el cuestionario publicado por Cesáreo Fernández Losada, jefe de sanidad militar en la isla de Cuba durante gran parte de la guerra, al poco tiempo de hacerse cargo de su puesto publicó en 1896: Cuestionario sobre el saneamiento de la Habana 26. 25 Estos aspectos de la ciudad vienen extractados de la «Memoria que el Dr. Acosta presentó al Congreso Panamericano de Washington en el artículo «El Hospital Militar de la Habana», Revista de Sanidad Militar, 9 (181), 1895, pp. 14-16. 26 La elaboración y publicación de este documento por el máximo responsable de la Sanidad Militar española en la Isla, en el que se analizan los principales problemas de salubridad de La Habana y se proponen soluciones a éstos, de acuerdo a los principios higiénico-sanitarios más avanzados de la época, nos pone de manifiesto el interés del Cuerpo de Sanidad militar por abordar El Hospital General Militar de La Habana Este hospital, también denominado del Príncipe, se encontraba situado en la que fue la antigua factoría de tabacos de La Habana; a donde se había trasladado el antiguo hospital militar de San Ambrosio, por necesidad de ampliación del mismo en el año 1842, por lo que en muchas partes se le seguía denominando con su antiguo nombre 27. En palabras del inspector de sanidad militar Pedro Peñuelas, existía una «carencia absoluta de todas las condiciones necesarias del edificio para el objeto a que se le ha destinado» 28. En las salas de cirugía era imposible la correcta asepsia por las malas condiciones de las mismas, faltando también los medios necesarios para la completa desinfección de los instrumentos de cirugía. Las salas de medicina eran en su mayoría «un verdadero ataque a la higiene hospitalaria» 29. La sala de infecciosos no se encontraba suficientemente aislada. El hospital tampoco contaba con alcantarillado, por lo que las deposiciones y orina de los enfermos habían de permanecer en las salas hasta la hora de la limpieza, en que eran sacados los orinales de mano y sillicos para verter su contenido en depósitos que eran llevados al muelle para verterlo en: «el gran depósito de inmundicias, la bahía, que es por sí misma una causa más del mefitismo que impera en el hospital» 30. Por todas estas razones estimaba Peñuelas que era imprescindible la edificación de otro hospital militar que reuniera las condiciones que demandaba la ciencia moderna. El hospital militar fue clausurado a finales de 1895, cuando se inaugura el Hospital del Príncipe (más tarde denominado Hospital Militar Alfonso XIII). Pero el importantísimo número de enfermos que se originó en la guerra obligó a su reapertura el 21 de octubre de 1896, dotándolo inicialmente con 700 camas y denominándolo Hospital de San Ambrosio. ---los problemas sanitarios de la Isla de Cuba de una forma integral. Véase: FERNÁNDEZ LOSADA, C. (1896), Cuestionario sobre el saneamiento de La Habana, La Habana, Guerra Hnos. y Compa. Este hospital, fruto de los desvelos anteriormente comentados y de las necesidades sanitarias acuciantes que esta nueva campaña de 1895 supuso, fue inaugurado a finales de 1895 bajo el mandato del general Arsenio Martínez Campos y siendo jefe de la sanidad militar de la isla Pedro Peñuelas 31, con el nombre de Hospital del Príncipe, puesto que venía a sustituir al anteriormente reseñado. Aunque fue concebido para unas 500 camas, fue pronto ampliado hasta las 2.000, alcanzando finalmente unas 3.000 camas, cuando era jefe de sanidad militar de la isla Cesáreo Fernández Losada. Rebautizado con el nombre de Alfonso XIII, comenzó su nueva andadura el 23 de enero de 1896. El hospital estaba ubicado sobre una colina a dos kilómetros de La Habana. Se construyó siguiendo el sistema de pabellones aislados de madera, enlazados por galerías cubiertas; y fue considerado uno de los mejores en su tiempo, tanto por sus instalaciones y servicios como por la calidad y cantidad de atención sanitaria que prestó durante la guerra de Cuba. En cuanto a la plantilla del hospital, el primer director fue el subinspector médico de 1a clase Juan Merino Aquinaga. En el año 1896 había destinados 26 médicos del cuerpo, 3 médicos auxiliares y 2 farmacéuticos y de personal subalterno: 150 individuos; durante el año 1897 hubo aquí destinados por término medio unos 23 médicos del cuerpo de sanidad militar, médicos mayores, primeros y provisionales, 4 médicos auxiliares, y un subinspector de farmacia ayudado por un farmacéutico auxiliar civil, y 170 miembros de la brigada sanitaria. La asistencia sanitaria que se prestó en el hospital durante estos años fue muy importante, habiendo recibido más de 80.000 enfermos en el transcurso de dos años (96,97) 32. Habiendo sido destinado a Cuba, ejercía el puesto primer jefe del Cuerpo de Sanidad Militar cuando estalló la insurrección. Falleció en octubre de 1895 en La Habana a consecuencia de una fiebre palúdica perniciosa. 32 Ángel de Larra y Cerezo, que fue jefe de clínica en este hospital, nos describe sus instalaciones a finales de 1897 de la siguiente manera. Disponía de cuatro salas para oficiales, una de ellas al menos para heridos y otra para los atacados de fiebre amarilla. Los enfermos de medicina y cirugía, incluidos los heridos y las especialidades fueron destinados a 50 clínicas, que estaban situadas en pabellones separados entre sí. Los departamentos de infecciosos, convenientemente aislados, estaban compuestos por 12 barracones con cocina y una pabellón donde vivían los médicos de guardia. Una sala de operaciones, perfectamente aséptica y bien provista de material quirúrgico, que era constantemente renovado. La farmacia, ocupando una gran pabellón, formando el departamento sucursal de medicamentos, siendo uno de los dos existentes en la La Habana. La farmacia se surtía del Laboratorio Central de Madrid y de la Hospital militar de Regla. En la ensenada de Guanabacoa, frente a La Habana, y junto a una estación de ferrocarriles, estaban situados los almacenes de Regla. En estos antiguos almacenes de azúcar, al inicio de la guerra, estaban siendo alojados los soldados de distintas expediciones procedentes de la Península 33. La necesidad de espacios físicos adecuados para acomodar a la ingente cantidad de enfermos que había, obligó a las autoridades militares a ponerse en contacto con la Compañía de Ferrocarriles Unidos y Almacenes de Regla, dueña de dichos inmuebles, con el fin de abrir en sus instalaciones un hospital militar provisional. Comenzó a funcionar como tal el 11 de Octubre de 1896 con 600 camas instaladas en el almacén no 6; encargándose el Parque Sanitario y el Laboratorio de La Habana de suministrar urgentemente los instrumentos, material sanitario, medicinas y utensilios de farmacia que fuesen precisos 34. En un informe elaborado por el coronel de ingenieros en esta época se comenta la falta de muchas dependencias indispensables, como eran la ropería de entrados, el depósito de armamentos, el cuarto para ropa sucia o el almacén para víveres 35. El 12 de noviembre de 1896 se hizo preciso habilitar como clínica aneja a Regla los almacenes de Santa Catalina. La cuantía del trabajo en el hospital llegó a ser tal que no pudo asumir la visita médica de las guarniciones de esta población, recomendándoles que contrataran los servicios de médicos cubanos civiles 37. Finalmente, la dirección, los despachos y los pabellones del director y de los jefes de servicio estaban en otro edificio. La administración militar ocupaba otros 2 más pequeños, y había 4 ó 5 pabellones destinados a jefes, oficiales médicos, ayudantes y personal subalterno. Los sanitarios y enfermeros tenían también 4 ó 5 dormitorios igualmente aislados. Emigrantes chinos, contratados para funciones de limpieza, disponían de su propio departamento en un extremo del hospital. 33 Edificado en la orilla opuesta de la Bahía, estaba en comunicación con la ciudad por medio de vapores que partían cada media hora y con la Isla por la línea férrea de Villanueva. También era punto de llegada de los vapores de evacuación de heridos que recorrían la costa de la provincia de Pinar del Río. Del interés real que había en que los servicios se prestaran de una forma adecuada es fiel reflejo una dura carta manuscrita posiblemente por Cesáreo Fernández Losada en noviembre de 1896, dirigida a los directores de los hospitales de Regla y Hacendados, notificándoles que habiéndose recibido noticias de deficiencias en las comidas, subsanasen éstas pues de lo contrario se exigirían responsabilidades38. En diciembre de 1896, el director del hospital, Benito Fon, comunica que: «Existiendo un número considerable de enfermos en los colgadizos que dan a la parte sudeste de este hospital, se hace imprescindible y urgente la construcción de retretes en los mismos, donde los enfermos allí existentes puedan satisfacer sus necesidades corporales. Los que ocupan las salas referidas tienen que recorrer un espacio de 150 metros para servirse de los retretes existentes, en los cuales se acumulan gran número de individuos. En muchas ocasiones los enfermos de disentería, catarros intestinales y demás infecciones análogas, no pueden recorrer esa distancia, evacuando sus excrementos sobre el suelo de madera del muelle que ocupan las referidas salas, cuyo espectáculo, además de ser poco moral, crea un foco de infección con las emanaciones que se desprendan de la acumulación de las materias fecales allí depositadas...». Tras esta petición, el cuerpo de ingenieros examinó el hospital y se propuso la construcción de nuevos retretes 39. En su peor momento el Hospital de Regla junto a su anexo de Santa Catalina, llegaron a sumar 4896 camas ocupadas; con un promedio de 4500 estancias diarias durante el mes de diciembre de 189640. Finalmente debido a la disminución de las enfermedades se trasladaron los enfermos de este hospital a otros, como el de Hacendados, y fue suprimido entre febrero y marzo de 1897. No obstante, a los pocos meses, y de nuevo por el incremento altísimo del número de enfermos, hubo que volver a abrir el Hospital de Regla; de tal modo que en diciembre de 1897 fue preciso, por las necesidades de la campaña, ampliar en 600 camas las 3.000 que ya había alcanzado, contando pues con 3.600 camas. Siendo por tanto el hospital con mayor capacidad de enfermos de toda la Isla 41. Hospital militar de los Almacenes de Hacendados Fue éste uno de los «hospitales provisionales» que se habilitaron en las cercanías de la capital de La Habana para dar cabida a la avalancha de enfermos que se produjo durante 1896.Se creó en unos antiguos almacenes de azúcar, como su nombre indica, el 6 de Noviembre de 1896; recibiendo sus primeros 414 enfermos al día siguiente. Se dotó inicialmente con 1.000 camas, «con objeto de dar expansión a las actuales clínicas que por la aglomeración de enfermos llegados en las últimas 48 horas han dado albergue a mayor número del que pueden contener». Dos días más tarde ya había 1.937 enfermos ingresados. Pero esta premura en adecuar sitios a toda costa donde poder instalar a los enfermos daba lugar a serios problemas. Así el 27 de noviembre de 1896 el director de esta institución informa de que debido a la necesidad de dar albergue a todos los enfermos utilizando toda clase de locales cubiertos se tuvieron que instalar 150 camas en la galería exterior de los almacenes que mira al sur, donde los enfermos estaban expuestos a los rayos del sol todo el día, y que como esto era antihigiénico y poco humanitario amenazó con cerrar estas camas a no ser que se le proporcionase un cerramiento adecuado a dicha galería. Apenas diez días antes los responsables del hospital de Hacendados y Regla habían recibido una dura carta desde las instancias superiores sobre las quejas que tenían los enfermos sobre la alimentación. La causa de las deficiencias en la alimentación se debía al hecho de no tener aún realizada la instalación propia de las cocinas, por lo que la comida era enviada desde el Hospital de San Ambrosio, cruzando la bahía de La Habana en barco. El Hospital de Hacendados fue suprimido a los pocos meses de su creación, el 7 de Marzo de 1897, siendo trasladados sus enfermos a otros hospitales, fundamentalmente al Alfonso XIII43. Hospital Militar de Madera Los problemas no tardaron en aparecer. El día 8 de Octubre de 1896 su director Antonio Araoz informó de que los excusados estaban situados contiguamente a la cocina, separados tan sólo por un tabique en mal estado y con agujeros, siendo además los excusados pozos negros malolientes. Entre otros problemas técnicos que fueron solucionados por el Cuerpo de Ingenieros destacan: la construcción de unas garitas para que los soldados de guardia del primer batallón de voluntarios del Cuerpo de Artillería pudieran resguardarse del sol y la lluvia, la reparación de los tejados, la reparación del pararrayos, reparación de los canales de desagüe, retirado de unos cables telefónicos que molestaban al edificio del hospital, etc. De manera que tras el estudio de los problemas referidos, más bien que mal y usando la máxima economía posible, se les iba poniendo remedio. En los siguientes meses, debido a la continua llegada de enfermos, hubo necesidad de ampliar las instalaciones del mismo. Para dicha ampliación se hizo uso de unas casas cedidas altruistamente por un vecino de la localidad en la calle Marquéz González no 10 y 12, dando cabida en las mismas a una clínica de 500 camas para tropa, dependientes del Hospital Militar de Madera, a partir del 13 de noviembre de 1896 45. No obstante los mayores problemas aún estaban por llegar. A medida que avanzaba la guerra los problemas económicos del ejército Español se hacían más acuciantes. El 19 de abril de 1897 el Director daba cuenta de que no había podido suministrar el real para tabaco que se le daba a los enfermos todos los domingos por no haber fondos en la caja del hospital. En agosto de 1897 el director se dirigió al comisario de la guerra, interventor del hospital, para que le informe de por qué las gallinas que se estaban suministrando a los enfermos no tenían el peso reglamentario, alejándose bastante de los 720 gramos que debían tener. La respuesta fue que no se encontraban mejores en el mercado. El día 20 de junio de 1898 el director informó que a partir del día siguiente le sería imposible al administrador del hospital procurar el suministro de leche, tanto para las raciones como para la farmacia, por haberse negado los ----44 Toda la información referente al Hospital Militar de Madera ha sido obtenida del Archivo Histórico Militar, Madrid, Sección Ultramar, fondo: Gobiernos Militares, caja 202, Hospitales 1890-1898, Hospital Militar de Madera, 35 legajos sin clasificar. 45 Durante esta guerra fue muy frecuente recurrir a aprovechar para instalar ampliaciones de los hospitales o enfermerías militares a cesiones de casas de particulares, y en otras muchas ocasiones al alquiler de éstas. proveedores habituales a continuar haciéndolo si no se les pagaba lo que se les adeudaba, y dado además que no había metálico en la caja del hospital para adquirirla al contado y que no se había encontrado a nadie que la quisiera suministrar sin previo pago. El día 22 de Julio de 1898 cesó el suministro de patatas al hospital por no haber existencias disponibles en La Habana. Como las patatas eran parte importante en la alimentación de los enfermos fue preciso que se reuniera la Junta Facultativa del hospital, la cual determinó sustituir los 173 gramos que corresponden a la ración de patatas por enfermo y día, por tres onzas de arroz. El día 23 de Julio de 1898 informó el Director que desde el siguiente día no sería posible disponer de las gallinas necesarias para la dieta de los enfermos porque al no haber metálico en la caja el abastecedor se negaba a suministrarlas mientras no se le pagase en efectivo. El 29 de julio de 1898 el director notifica que: «Habiéndose agotado la existencia de habichuelas, las cuales se suministraban a los enfermos de este Hospital en vez de garbanzos, según tuve la honra de participar a V.E. en mi escrito del día 25 del corriente; he dispuesto que dichas habichuelas sea sustituidas por arroz. En virtud de lo cual desde el día de mañana se compondrá la ración común de: arroz, carne, mitad de tocino y mitad de manteca en cantidad de 43 gramos». Finalmente los enfermos de este Hospital fueron evacuados al Hospital Alfonso XIII, y se cerró el día 9 de Diciembre de 1898. La provincia de Matanzas, situada junto a la de La Habana, no dispuso de muchas instalaciones sanitarias debido sobre todo a la proximidad de la ciudad de La Habana a donde eran remitidos con facilidad sus enfermos y heridos. Durante la guerra fueron abiertas las siguientes instalaciones 46: A pesar de estar dotados con este número de camas, el desplazamiento de las operaciones de las columnas militares hacia esta provincia originó el aumento de la morbosidad, llegando a ocuparse el hospital de matanzas con 2127 pacientes y el de Colón con 1878 durante la primavera de 1897 47. ----46 La provincia de Matanzas se hallaba comunicada por un ferrocarril central con la capital de la Isla y por el sur enlazaba, igualmente, con ferrocarril con Santa Clara. Esta provincia ocupa la parte central de la isla, siendo una región altamente conflictiva durante esta guerra. Esto motivó la apertura de abundantes hospitales y enfermerías desde el inicio de la contienda50. Fue asimismo determinante el avance de las operaciones militares en esta provincia durante el verano de 1897 que repercutió en el aumento de los ingresos hospitalarios. El número de camas disponibles al iniciarse el año 1898 era de 10.790, sólo la provincia y capital de La Habana le superaba en número, de las cuales permanecían ocupadas 6.049 en ese momento. Por lo que se puede deducir que durante toda la guerra fue una provincia con un alto índice de ocupación hospitalaria52. ---- La provincia de Puerto Príncipe no dispuso de muchos hospitales, al estar situada entre dos provincias con una alta concentración de establecimientos sanitarios, que eran Santa Clara y Santiago de Cuba. En ella se encontraba la trocha de Júcaro a Morón, tristemente famosa ya en la guerra de 1868 por su alta mortandad, que volvió a ser puesta en uso para impedir el paso de los insurrectos de una parte a otra de la isla 53. ----53 Su nueva puesta en funcionamiento requirió de la presencia de un importante contingente militar lo cual supuso a su vez un aumento de la morbilidad, sobre todo por paludismo, de manera que el Hospital de Ciego de Ávila que ocupaba el centro de la trocha hubo de atender a 6300 soldados durante el mes de noviembre, y 2200 en Morón durante el mismo período, siendo más de la mitad de estos enfermos afectados por el paludismo. Al finalizar el año permanecían ingresados 813 enfermos 54. PROVINCIA DE SANTIAGO DE CUBA Esta provincia era, por delante incluso de La Habana, la que mayor densidad de establecimientos sanitarios presentaba en toda la Isla. Esto era debido a dos motivos, primero al ser el foco inicial de la insurrección y donde ésta se mantuvo con más fuerza durante toda la guerra y segundo a las condiciones climáticas de la zona oriental de la Isla que favorecían el desarrollo de las enfermedades infecciosas, tales como la fiebre amarilla y el paludismo 56. 56 Otro problema añadido en esta provincia era la dificultad por la orografía de las comunicaciones interiores de esta región, además de existir sólo algún pequeño tramo de ferrocarril, lo cual obligaba a que los establecimientos sanitarios tuvieran una vida más independiente. aunque la apertura oficial de estos cinco establecimientos no se sancionó hasta el 12 de septiembre de 1895, en que por real orden se aprueba la apertura de los mismos 57. Todos ellos tenían la categoría de hospitales militares, el primero contaba con 300 camas para tropa y 10 para oficiales y el resto con 150 camas para tropa y 5 para oficiales; pero el transcurso de la guerra les fueron aumentando esta dotación hasta llegar a disponer de 1.000, 1.300 y 3.000 camas respectivamente los hospitales de Báyamo, Holguín y Manzanillo. Manzanillo, Bayamo, Cauto, Veguitas y Guano, fueron hospitales instalados en las proximidades del río Cauto, que por ser navegable, constituía una vía natural de acceso y comunicación con el interior de esta provincia 58. Durante el año 1896 fueron atendidos 49.260 enfermos en los hospitales, clínicas y enfermerías militares de esta provincia, al finalizar este año quedaban aún ingresados 3.336 59. Al iniciarse el año 1898 el número de camas de que disponían los establecimientos sanitarios militares de esta parte de la Isla era 10.760, de las cuales permanecían ocupadas 8.434 60. Debido al alto número de enfermos que existían en esta región, se hizo necesario también habilitar dos antiguos cuarteles de la ciudad de Santiago de Cuba como hospitales. Creándose así en 1897 el hospital del Cuartel de Concha y el hospital Reina Mercedes, dotados de 500 camas cada uno. Asimismo en esta ciudad en el 1898 fue creado el hospital del Barracón, con 300 camas. Siendo todos ellos atendidos por el personal de Sanidad Militar 61. Como nota final a estos primeros apartados en que se han comentado los establecimientos sanitarios que hubo en la isla de Cuba, es interesante valorar las reflexiones que un cronista de la época nos ofrece tras su visita en 1896 al Hospital Alfonso XIII de La Habana. Que pueden extrapolarse a la mayoría de los hospitales de la isla que vivieron iguales circunstancias de sobresaturación de enfermos: «Se hizo para 500, para 800 en caso de apuro y hoy los libros dicen al visitante que allí, aunque hay dos puertas siempre abiertas, la de entrada y la de salida, existen 2.867 entre enfermos y heridos. ---- Todavía son pocos, aún pueden amontonarse más mientras la dirección sanitaria busca otros locales, un local cualquiera, porque ya no hay que reparar en nada para buscar albergue (...) (...) Lo que está a mi alcance, lo que veo sin que nadie me lo indique, lo que procuro anotar sin que nadie me vea, confundido entre aquellos soldados que van ocupando la sala, revuelto entre sanitarios y médicos, entre enfermeros y hermanas de la Caridad, es que son muchos 3000 enfermos para un hospital de 500, de 800 quizás en caso de apuro. Veo que un médico tiene a su cuidado 150, hasta 200 alguno; que la botica ha de despachar 3.000 recetas diarias y esto si no se da a cada enfermo un sólo medicamento; la cocina ha de despachar otras 3.000 raciones si es que cada enfermo ha de comer una sola vez al día; que son pocos los médicos y mucho el trabajo, y que si no hay conflictos graves es porque todos se sacrifican por el enfermo. Dejo la ciudad de madera, tan bonita, tan alegre, tan sana, con todos sus horrores de la aglomeración y su personal sacrificado, lo dejo con pena viendo como va inutilizándose una casa que era admirable»62. A lo largo de la campaña se intentó mejorar en lo posible la situación sanitaria de las tropas, tal y como puede apreciarse en esta real orden cursada por el Ministro de la Guerra: Sr.: En vista del telegrama de V.E. del 4 del actual, referente al estado sanitario del ejército de esa Isla, y a fin de mejorarlo en cuanto sea posible, el Rey (Q.D.G.), y en su nombre la Reina Regente del Reino, se ha servido autorizar a V.E. para que, informado con urgencia el Cuerpo de Sanidad militar y las autoridades que juzgue competentes, disponga cuanto sea necesario: 1o. Para mejorar el acuartelamiento, alimentación y vestuario de las tropas. Aplicar todas las medidas higiénicas convenientes y compatibles con las necesidades de las operaciones de campaña que aconseje el Cuerpo de Sanidad Militar y aprueba V.E., llamando su atención sobre el uso de filtros para las aguas y aireación de éstas para oxigenarlas. Establecer sanatorios para convalecientes y débiles o enfermizos en la Isla de Pinos, Guanabacoa, Santa María del Rosario en La Habana, Nuevitas en Puerto Príncipe, y el Cobre en Cuba, como también en otros puntos de la Isla en que, oído el Cuerpo de Sanidad militar, y dada la situación de las tropas, lo considere conveniente. Instalar nuevos hospitales, ampliar los actuales y reducir los que hoy excedan de 1.000 enfermos, distribuyendo el excedente de este número en otros hospitales existentes o de nueva creación. Crear clínicas dependientes de hospitales en los puntos de fácil comunicación marítima, fluvial o por vía férrea con estos mismos hospitales. Establecer enfermerías regimentarias de 30 a 50 camas, siendo el material y utensilio de instalación, así el suministrado por Administración militar como el clínico, quirúrgico y utensilio de farmacia, facilitado por Sanidad militar, con cargo al crédito extraordinario de campaña. Disponer que las clases e individuos de tropa convalecientes y enfermizos, cuyo estado no exija la repatriación, pasen a los sanatorios hasta reponer sus fuerzas; que los enfermos leves y afectos de dolencias de corta duración y los cansados inaptos por el momento para el servicio activo y que con un breve descanso han de recuperar sus fuerzas, sean asistidos en las enfermerías regimentarias y en las clínicas; que los enfermos que deban causar mayor número de estancias, pasen a los hospitales; que la evacuación de estos se haga con la oportunidad necesaria para que en ningún tiempo exceda el número de enfermos de la capacidad de los locales disponibles; que se evite siempre la acumulación de más de 1.000 enfermos en un solo hospital, y últimamente que se active la tramitación de las propuestas de inútiles y pase a la Península, formulándose aquellas apenas comprobado el diagnóstico y juzgada necesaria la repatriación, aplicando los reglamentos de exenciones y las Reales Órdenes vigentes de pase por enfermo a la Península, con criterio amplio por lo que se refiere a los tuberculosos y predispuestos a esta misma enfermedad, a los afectos de debilidad y demacración general consecutiva a graves enfermedades, a los palúdicos con lesiones hepáticoesplénicas, a los anémicos ya graduados y a los dispépsicos, diarreicos y disentéricos confirmados» 63. Este recorrido por los establecimientos sanitarios que tuvo el Cuerpo de Sanidad Militar en Cuba durante la guerra, nos da una idea del esfuerzo desarrollado para atender al elevado número de enfermos del ejército español. Se actuó con versatilidad adaptándose a las situaciones cambiantes de la guerra, abriéndose o ampliándose clínicas, hospitales y enfermerías según las necesidades de la campaña 64. A lo largo de este trabajo la impresión general es que se intentó hacer todo lo técnica y humanamente posible por atender adecuadamen-----63 «Real Orden 6 Noviembre 1897» Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, No 251, tomo IV, pp. 940-64 El sistema sanitario fue fruto de las necesidades que la campaña fue creando y también mediatizado por las comunicaciones, férreas y marítimas sobre todo, y por la orografía del país; ya que fue siempre fundamental el papel dado a poder favorecer la evacuación y recepción final de enfermos con dirección a La Habana, último centro receptor y único punto desde el que podían ser repatriados los soldados a España. te al soldado español, pero la avalancha de enfermos superó con creces cualquier cálculo remotamente imaginable, por lo que hubo también que improvisar sobre la marcha habilitando como clínicas u hospitales en locales poco adecuados para esa finalidad, clínicas que hubieron de ampliar al máximo su capacidad, sacando espacio y camas donde no las había y los profesionales duplicando su trabajo bajo una demanda asistencial muy por encima de lo normal 65. ----65 Felipe Ovilo Canales, médico militar presente en aquella campaña escribía a este respecto: «La organización sanitaria de un ejército -como he dicho repetidas veces, y he de repetir más, no puede improvisarse... Fueron aquellos días de verdadera angustia, tanto para el que mandaba como para los que obedecían; en ellos se excedieron todos para remediar en lo posible aquel desastre, más dañino que una derrota en los campos de batalla; la aglomeración de enfermos en número infinitamente superior a todas las previsiones, originó muchas faltas, muchísimas; pero ciertamente menores a las que hubieran podido esperarse, gracias a los esfuerzos de todos». OVILO CANALES, F. (1899), La decadencia del Ejército. Estudio de Higiene Militar, Madrid, Imprenta y Litografía del Hospicio, pp. 29-30. El hospital militar de Santiago de Cuba era el único que existía previamente al inicio de la guerra, disponía inicialmente de 400 camas, alcanzando en el transcurso de los meses las 2.000. El 24 de Abril de 1895 comenzaron a funcionar instalaciones sanitarias situadas en Báyamo, Holguín y Manzanillo; y el 19 de mayo y 26 de junio respectivamente, en Victoria de las Tunas y Mayarí;
Este artículo revisará las consecuencias sociales y políticas que trajo el surgimiento de la peste bubónica, la viruela y la poliomielitis en la ciudad de Buenos Aires durante la década peronista. Las diferentes estrategias utilizadas para limitar el impacto político de estas enfermedades generaron cambios de rumbos en la política sanitaria y modificaciones en las agendas gubernamentales. lares1, surgieron investigaciones que se centraron en la descripción de las dramáticas situaciones de salubridad de los grupos más postergados, los efectos ocasionados por la carencia de infraestructura, las percepciones asociadas a las epidemias, y las consecuencias sociales de las enfermedades en el mundo urbano. Esta novedosa agenda se benefició por las indagaciones que incluyeron el estudio de la formación de los grupos profesionales, su papel en la construcción del Estado y en el diseño de políticas públicas. Asimismo, contribuyó a esta tendencia la inclusión de la perspectiva teórica de las relaciones de género para comprender la diferenciación realizada en el pensamiento político y social de una época, sobre los roles, las funciones y el poder determinado por las diferencias biológicas 2. En este sentido estos estudios locales se inscriben en tradiciones y debates surgidos en otras latitudes. Uno de los ejes comunes que tuvo esta renovación historiográfica fue revisar la tradicional historia de la medicina centrada en historias laudatorias de médicos famosos y retomar antiguas preocupaciones pero con nuevas perspectivas analíticas. Así pues las narraciones descriptivas de las enfermedades fueron cruzadas con variables políticas y sociales dando lugar a estudios que permitieron echar luz sobre el contenido social y político de los hechos biológicos 3. La mayoría de los estudios en Argentina se centraron en las consecuencias de las epidemias entre fines del siglo XIX y los primeros cuarenta años del ----siglo XX. El corte temporal no fue casual, los avances científicos ligados con los descubrimientos bacteriológicos y de la epidemiología permitieron abrir horizontes para mejorar la prevención y la curación de las muchas enfermedades. Durante el transcurso del siglo XX el descubrimiento de los agentes productores de cada enfermedad y la elaboración del suero, la vacuna o el antibiótico que la previene o la cura incidió en la disminución de los azotes epidémicos 4. A pesar de estos «triunfos de la medicina» 5, enfermedades infectocontagiosas aparecieron reiteradamente durante la segunda mitad del siglo XX y otras nuevas surgieron amenazando el optimismo de la modernidad científica. Aunque muchas de las afecciones no conmovieron masivamente a la población, nos interesa en la medida que atrajo la atención de la opinión pública. También influyeron para que las autoridades gestaran políticas e instituciones específicas destinadas a combatirlas y/o desplegaran diferentes estrategias para ocultarlas ya que la existencia de estas dolencias incidía gravemente en la legitimidad del gobierno de turno. El llamado peronismo clásico no estuvo exento de los avatares políticos que genera la aparición de brotes epidémicos. Entre 1946 y 1954 la cartera sanitaria en la Argentina estuvo comandada por el neurocirujano Ramón Carrillo. La historiografía destacó los logros obtenidos durante esta gestión. Sin lugar a dudas la envergadura de la administración de Carrillo no tuvo precedentes en cuanto a las obras efectivamente realizadas. Aunque muchas propuestas se habían debatido anteriormente éstas habían tenido una escasa apli-----4 Véase al respecto: GUTIÉRREZ, L. (1983), «Los trabajadores y sus luchas». En ROME-RO, L.A y ROMERO, J. Historia de cuatro siglos, Buenos Aires, Editorial Abril; ARMUS, D. (1996), «Salud y anarquismo. En: LOBATO, M. (editora), Política, médicos y enfermedades, Buenos Aires, Biblos, pp. 93-118; PRIETO, A. (1996), «Rosario, epidemias, higiene e higienistas en la segunda mitad del siglo XIX». A través de las fuentes médicas, Buenos Aires, Grupo Editor Universitario; DI LISCIA, S. (2002), Saberes, terapias y prácticas médicas en Argentina (1750-1910), Madrid, Biblioteca de Historia de América-CSIC; ÁLVAREZ, A. (2004), «Las endemias en la ciudad de Buenos Aires del siglo XIX y principios del S. XX». En: ÁLVAREZ, A y otros (editores), Historia de Enfermedades, Salud y Medicina, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del Plata, pp.15-46. 5 CARRILLO, R. (1951), «Progreso de la medicina sanitaria en la Argentina». En CARRI-LLO, R, Contribuciones al Conocimiento Sanitario, Buenos Aires, Departamento de Talleres Gráficos, p. 429. cación en la práctica política debido al reducido presupuesto sanitario y a las múltiples -pero desparejas-instancias de intervención regional. Entre los aspectos más salientes de la gestión de Carrillo se destacó la centralización de instituciones sanitarias, la erradicación del paludismo gracias al uso del DDT, la duplicación en el número de camas dentro del sistema hospitalario, la creación de nosocomios, la disminución de la tasa de mortalidad infantil y la realización de campañas educativas6. Con todo, esta visión debe complementarse con el estudio de los conflictos que se produjeron en el período. Las diferentes estrategias utilizadas para restringir el impacto de los mismos generaron cambios de rumbo en la política sanitaria y modificaciones en las agendas gubernamentales. A partir de estos supuestos en este artículo bucearemos en los azotes de peste bubónica, de viruela y de poliomielitis entre 1946-1953. Nuestra atención se dirigirá a estas enfermedades por ser las que surgieron de forma más sorpresiva y atrajeron la atención de la prensa periódica, las autoridades sanitarias y legislativas de la época. Si bien nuestro foco se centrará en Buenos Aires, estas y otras enfermedades afectaron a varias provincias de la Argentina. Dadas las notorias diferencias en cuanto a la infraestructura sanitaria entre Buenos Aires y otras provincias, las consecuencias del impacto de dichos brotes fueron aún más dramáticas7. Las escasas muertes ocasionadas por la peste bubónica y la viruela no causaron tanto pánico como en épocas anteriores. En el caso de la peste y la viruela, la combinación entre la inmunización por vacuna, el aislamiento por medio de los cordones sanitarios y las obras de infraestructura urbana moderó las secuelas de dichas enfermedades. Sin embargo, analizarlas, insertas en la trama política y económica de la época, nos permitirá poner de manifiesto la politización de los procesos de salud y enfermedad, la cambiante adjudicación de responsabilidades privadas y públicas y la dimensión histórica de estos procesos. El caso de la poliomielitis fue diferente ya que la importancia creciente de la enfermedad reveló la inexistencia de una infraestructura adecuada y recordó nuevamente a las autoridades de turno la importancia de gestionar políticas sociales para mantener la cohesión de una sociedad. El corpus de este trabajo, está compuesto por artículos periodísticos publicados, por el diario La Prensa, La Nación y notas aparecidas en la prensa médica. Merece ser señalado que La Prensa fue el periódico que dedicó ma-----yor atención a los problemas sanitarios. Esta fuente es relevada hasta 1951; después de su clausura y su reapertura el tinte oficialista de sus mensajes logró ocultar, entre otras cuestiones, los problemas vinculados a la aparición de las enfermedades. Esto repercute en nuestro trabajo ya que no pudimos usar esta fuente para el análisis de la poliomielitis. Otras fuentes son los registros oficiales compuestos por el Plan Analítico de Salud Pública, las Memorias de la Secretaría de Salud Pública, los Archivos de la Secretaría de Salud Pública, el Boletín del Día y los debates legislativos. «¡PESTE EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES!» 8 En diciembre de 1946 los periódicos porteños informaban sobre la existencia de un brote de peste bubónica en un depósito de cereales ubicado en el barrio de Palermo. Sabido es que la peste afecta a los roedores y a sus pulgas, las cuales transmiten la infección bacteriana tanto a los animales como a las personas. Antes de la aparición de una epidemia en humanos, las ratas empiezan a morir en grandes cantidades, haciendo que las pulgas migren de su reservorio habitual hacia los habitantes 9. Las autoridades sanitarias efectuaron las habituales tareas de control y prevención: el cordón sanitario, la desinfección y la desratización de locales, casas, escuelas, teatros, cines y de la red cloacal; la aplicación del suero antipestoso, la incineración de la basura y de los elementos de uso doméstico que se consideraban que podían estar infectados, la demolición de las viviendas y -por primera vez en la Argentina-el tratamiento de los enfermos con estreptomicina y sulfamidas 10. Las explicaciones sobre las razones que causaron dicho fenómeno no tardaron en llegar. Según el diario La Prensa la enfermedad había reaparecido dada la ausencia de una protección continua y adecuada en los locales cercanos al puerto y al ferrocarril. Estos espacios públicos, poco higienizados, creaban un ----8 Esta exclamación fue realizada por el Jefe de la Sección de Saneamiento de la Secretaría de Salud Pública Quirico Ángel Giannini. GIANNINI, Q. (1946), «Peste en Buenos Aires», Hygieia. Revista de la Asociación Argentina de Higiene, N° 2, Año 1. p.34. 9 La peste fue una enfermedad que en Argentina llegó a producir el 30% de las defunciones entre los enfermos. Su llegada a América data del fines del siglo XIX. Más precisamente en la Argentina se originó a causa de un vapor de bandera holandesa que llegó con un cargamento de arroz a Montevideo, de ahí se hizo un trasbordo a Asunción del Paraguay donde se produjo un brote epidémico y de ahí se expandió a Rosario y luego a Buenos Aires Véase PRIETO, A. (1996). campo propicio para la propagación de roedores. En oposición a esta propuesta, la Secretaría de Salud Pública (en adelante SSP) responsabilizó a los «incorrectos hábitos de higiene» en los hogares de los trabajadores más humildes y a la existencia de viviendas hacinadas, promiscuas, mal ventiladas y con falta de aire. Como contrapartida, ni la desidia empresarial ni la ausencia de controles estatales, fueron factores considerados en la difusión de la enfermedad. Esta última postura, que centró la responsabilidad de la difusión de la enfermedad en los comportamientos poco higiénicos de los individuos, ocultó que desde la sociedad civil existían prácticas «higiénicas». Muestra de ello son las campañas de las mujeres para impedir que se arrojaran desperdicios en la ciudad; o las acciones de los vecinos del barrio de Dock Sud contra los efectos de hollín y el humo de las fábricas 11. «DAÑOS MATERIALES CAUSADOS POR LAS RATAS» Fotográficos Argentina ----11 Véase como ejemplo las campañas de vacunación realizadas por la Agrupación Cultural Femenina, el Centro Femenino del Norte; Hogar Femenino de Liniers; Mi Casa, de Belgrano; Junta Femenina Pro Mejoramiento Social de Villa Lugano; Junta Femenina por el bienestar social de la mujer y el niño, de Villa Crespo. En un contexto de apuntalamiento de la productividad industrial, la eliminación de las ratas era importante en cuanto a los «daños materiales» que causaban los roedores. Según el cartel que se reproduce en la Figura 1, un ratón «consume 35 kilos de pan por año» de esto se desprendía que «consumen el equivalente a 31.000 kilos de pan». La conclusión era que: «la destrucción de las ratas representa un ahorro de varios millones de pesos para la Nación». Este mensaje se vinculaba con los lineamientos dados por el Plan Analítico de Salud Pública de 1947. En la sección de epidemias se destacó que «cálculos serios hacen llegar a más de trescientos millones de pesos las pérdidas por deterioros y destrozos que causan a las ratas a la economía nacional» 12. Este énfasis en los «daños materiales» que ocasionaban la reproducción de las ratas no daba cuenta de la pérdida del «Capital Humano» que producía dicha enfermedad. Es interesante ver la posición de la SSP una vez que se pudo revertir dicho el brote epidémico. Tanto las imágenes como los epígrafes que se encuentran en los Archivos de la Secretaría de Salud Pública intentaron mostrar la necesaria participación de todo el personal sanitario en dicha «lucha». En una campaña con acentuados ribetes castrenses el secretario de salud aparecía con ropa de fajina y birrete militar «combatiendo la terrible plaga» (Fig. 2). ----En los registros discursivos se hace mención a funcionarios de la SSP que colaboraron en la eliminación de la peste. Pero no existe mención sobre el personal del Hospital Muñiz, quienes fueron los encargados de dar atención a los enfermos, ni hay referencia sobre las tres personas muertas víctimas del mal; tampoco hay alusión sobre las autoridades municipales. Este último aspecto no es casual ya que entre fines de 1946 y mediados de 1947 existieron conflictos políticos entre ambos niveles de gobierno que condujeron a la renuncia de dos directores municipales; el Dr. Beltrán y el Dr. Vicente Sierra. El detonante de la dimisión de Sierra fue la acusación sobre el peligro que significaba para la propagación de la peste bubónica el largo conflicto gremial con los recolectores de basura a mediados de 1947 13. Durante estos sucesos la SSP dio un comunicado negando la existencia del brote epidémico. Se afirmaba que «la peste está por desaparecer en la Argentina que sólo se habían registrados dos casos en todo el país durante 1946 y que no existían motivos de alarma» 14. Un mes más tarde, cuando el foco epidémico fue controlado, denominó al brote como una «terrible plaga» que se produjo en la ciudad de Buenos Aires. Es decir, se pasó de la ocultación al reconocimiento de la afección. Es probable que este cambio de actitud se debiera a las pocas muertes que se habían producido. Así como una epidemia puede hacer tambalear todo el edificio político de un gobierno, su control por el uso de tácticas similares a una guerra puede generar en el imaginario popular una combinación entre miedo y obediencia hacia las nuevas autoridades sanitarias. Al mismo tiempo que permite mayor espacio político en el entramado burocrático del Estado. Enmarcado en esta estrategia de ocultar o hacer relucir el «éxito» de la campaña sanitaria, Carrillo en una conferencia en 1951 no hizo ninguna mención sobre el brote de peste bubónica de 1946. Según el erróneo análisis del ministro de salud el brote de peste que se produjo en Rosario en 1899 había sido el último episodio en la Argentina 15. Sobre este incidente destacó el alto ----costo político que, seguramente, le había ocasionado el azote al por entonces director del Departamento Nacional de Higiene, el Dr. Eduardo Wilde. Afirmó, en tono jocoso,» yo no se si el doctor Wilde renunció a su cargo, pero si sé que si a mí me ocurre algo parecido no duro veinticuatro horas como ministro de Salud Pública de la Nación» 16. Como se desprende entre las astucias de Carrillo estaba su consciencia sobre las consecuencias políticas que podía traer la existencia de una enfermedad relativamente controlada por los avances de la ciencia. Un año más tarde, en el verano de 1948, se produjo otro brote en otra ciudad ubicada en el delta del Río de la Plata: Tigre. A diferencia del episodio del año anterior, la fumigación no fue realizada por la SSP sino por la policía local y por los obreros municipales. Después de tres días y, frente a los reclamos constantes de las autoridades provinciales, las autoridades nacionales entregaron fumiguicidas y venenos 17. La efectividad de esta campaña no se hizo notar ya que después de dos meses volvió a surgir otro brote epidémico en la misma ciudad. En esta oportunidad se produjo una muerte y tres internados en el Hospital Muñiz. No existieron declaraciones de las autoridades nacionales y el Ministro de Salud y Asistencia Social de la Provincia de Buenos Aires, Carlos Bocalandro, afirmó que la epidemia estaba controlada 18. Cabe señalar que la política sanitaria que se implementó durante el peronismo combinó la centralización administrativa con la descentralización y la autonomía municipal y provincial en materia de ejecución. Los anteriores sucesos nos permiten pensar en las oposiciones explícitas o latentes que traía en la práctica la descentralización en la gestión. La regionalización sanitaria realizada hacia 1950 por medio de la creación de las Direcciones Sanitarias puede pensarse como una decisión política que intentó resolver estas complejas relaciones entre la centralización normativa y la descentralización ejecutiva. Las Direcciones Sanitarias o «Comandos» podían actuar independientemente y así se pretendía lograr la satisfacción de las demandas locales 19. En el transcurso del siglo XX, la viruela, enfermedad vírica caracterizada por el contagio interpersonal, se convirtió en una enfermedad relativamente controlada. Con diferentes temporalidades y sin una homogeneidad territorial se sintieron los efectos de la Ley No 4.202 (1907) que reglamentó la obligatoriedad de la vacunación antivariólica y antidiftérica y colaboró en la reorganización de los vacunatorios. Pese a la sanción de esta ley, en el debate parlamentario del 30 de septiembre de 1947 se denunció que las normativas no eran debidamente cumplidas y que en el interior del país el panorama era desolador 20. En consonancia en el Plan Analítico de Salud Pública de 1947 se estipuló que había que desterrar dicha enfermedad y a tal efecto se implementó la presentación del certificado de vacunación obligatorio en las escuelas, las fábricas y la administración pública 21. Nuestro interés por esta enfermedad durante el peronismo no es tanto por los efectos sobre los índices de mortalidad, sino por el tratamiento político que le fue atribuido desde la SSP y desde otros actores del período que la transformaron en un problema que atrajo la atención de la opinión pública de la época. En el mes de septiembre de 1949 diferentes voces advirtieron sobre la existencia de un brote de viruela en la Argentina. Las autoridades sanitarias anunciaron la urgente necesidad de vacunar y revacunar a la población de todo el país dada la existencia de un brote de viruela en la Capital Federal, en Jujuy, Mendoza y San Juan 22. El Hospital Muñiz registró una sobredemanda de atención de enfermos en las salas destinadas para la internación de los infectados. En Nuestra Mujeres, revista de la agrupación comunista de la Unión de Mujeres Argentinas, se denunció la necesidad de aumentar la asistencia médica dada la «epidemia de viruela» 23. Estas denuncias se combinaron con una serie de noticias publicadas en La Prensa que apuntaba contra las autoridades sanitarias. Según este periódico el brote epidémico ponía en evidencia que las condiciones sanitarias no eran ---- satisfactorias; además, agregaba que los treinta internados de viruela no representaban la cantidad real de enfermos existentes ya que habría que rastrear las inasistencias en las escuelas primarias y secundarias y detectar la cantidad de personas que se estaban atendiendo en sus domicilios. La pregunta que giraba en torno a este problema de salud era ¿por qué había aparecido un brote epidémico si esta enfermedad estaba a punto de desaparecer? La Prensa sugirió que las personas que no se vacunaban eran aquellas que no se sentían obligadas a efectuar dicha práctica ya que no tenían que presentar el certificado de vacunación ni en el trabajo, ni en la escuela, ni ante ninguna autoridad nacional. Esto ponía en duda el «éxito» del certificado de vacunación obligatorio. Así como también se estaba cuestionando el mensaje oficial que pretendía romper con toda vinculación con el pasado. La posible asociación de la política sanitaria con una enfermedad de otros tiempos tenía un indexado costo político. Según La Prensa los métodos coercitivos no alcanzaban para crear una «conciencia sanitaria»; había que efectuar una campaña que explicara los beneficios que tenía para las personas la aplicación de la vacuna. La responsabilidad era individual sólo entre aquellos sectores que poseían cierta «conciencia sanitaria». Sin embargo, entre las personas que aún no tenían «desarrollada» dicha «conciencia sanitaria», la responsabilidad estaba centrada en las autoridades oficiales, quienes tendrían que tener un papel más activo24. Esta opinión, sesgada por un evolucionismo, consideraba que a partir de la activa participación de los profesionales de la salud se lograría la deseada higienización y por lo tanto se podría alcanzar un grado óptimo de civilización y modernidad. Paralelamente, también estaba dando cuenta de los problemas que tenía la política sanitaria. La existencia de una ley que obligara a las personas a vacunarse no podía tomarse como el único elemento para que la gente adoptara dicha práctica. Por parte de los inoculados existían límites intelectuales y económicos para que la vacunación se cumpliera. Aún existían temores sobre las complicaciones, a veces se producían infecciones por rascado y se habían generado casos de encefalitis post vacunal. En las zonas rurales las largas distancias que existían para llegar a los vacunatorios hacían desestimar las prácticas. En los centros urbanos la demanda de servicios no se condecía con la oferta de personal capacitado. Por parte de los profesionales existían problemas técnicos. Muchos desconocían el lugar preciso donde debía ser aplicada la vacuna, otros aplicaban más de una inoculación. ----Los diferentes métodos no estaban totalmente incorporados. Las recomendaciones seguían señalando, reiteradamente, por ejemplo, la necesidad de desinfectar la zona, de no vendar el brazo después de ser aplicada la vacuna y se daban consejos sobre los diferentes métodos de aplicar la vacuna. En la época existían tres técnicas de inmunización activa contra la viruela: la inoculación subcutánea, que solía traer reacciones violentas y enrojecimiento de la zona; la intradérmica, cuyo procedimiento era complejo; y la vacunación cutánea, la más recomendada, debido a su sencillez y a las menores posibilidades de infección. Este procedimiento consistía en depositar una pequeña cantidad de linfa sobre la piel, previamente desinfectada. Luego se presionaba con una aguja de uso doméstico. En el lapso de medio a un minuto se hacían de 5 a 20 presiones en el mismo sitio y después se recomendaba limpiar con algodón o gasa esterilizada el resto de la vacuna 25. Como sostiene Diego Armus, estas cuestiones revelan la complejidad de las relaciones entre quienes quieren curar y quienes necesitan curarse y las variadas percepciones y recursos que circulan en torno de una enfermedad y que exceden holgadamente el mundo de la medicina diplomada 26. La SSP respondió a las acusaciones publicadas en La Prensa por medio de una serie de comunicados radiofónicos y a la prensa escrita. Para las autoridades sanitarias la culpa era «exclusiva de quienes no se vacunaban, y en consecuencia facilitaban el contagio y la difusión» 27. En forma similar que para el caso de la peste bubónica, los mensajes y la propaganda oficial colocaban la responsabilidad en los individuos y liberaba las responsabilidades del Estado. Agregaban que los 365 casos registrados no eran de viruela sino de «alastrim», una dolencia benigna cuya inmunización con vacuna era innecesaria. Este enmascaramiento generaba dudas sobre los auténticos modos de enfrentar el contagio. Además se contradecía con otras medidas como la ampliación del horario en los vacunatorios, la revacunación a los empleados administrativos de las instituciones oficiales; la instalación de cordones sanitarios en los domicilios de los infectados, el incremento en la producción de vacunas en el Instituto Bacteriológico Malbrán y la vacunación en diferentes lugares de la provincia de Buenos Aires 28. Frente al ---- incremento de todas estas medidas La Prensa se preguntaba si no era necesaria la vacuna porque la viruela no existía, «¿por qué se tomaban medidas al respecto?». Según el pensamiento de la época, el «alastrim» era considerado como una forma clínica de viruela, que se caracterizaba por su escasa mortalidad. Sus síntomas eran fiebre, dolores de cabeza y espalda, vómitos, constipación y erupciones cutáneas. Investigadores del Instituto Bacteriológico Malbrán sostenían que la dificultad en hacer desaparecer la llamada «viruela menor» se debía a los defectos en la conservación de la vacuna. Estos científicos del Malbrán proponían no usar la vacuna antivariólica después de estar más de un día en la heladera 29. Indudablemente, esta propuesta técnica demandaba una respuesta política en tanto en cuanto la necesidad de mayor erogación presupuestaria estatal destinada a la compra de vacunas. La implementación de esta decisión era compleja dentro de un contexto caracterizado por un presupuesto sanitario reducido debido a la incidencia de la crisis fiscal, la inflación y las competencias económicas y políticas con la intervención sanitaria de la Fundación Eva Perón. Según profesionales del Hospital Muñiz, los 32 casos que recibieron durante 1949 eran de viruela. Según ellos, el «alastrim» y la viruela estaban producidos por el mismo virus y las pequeñas diferencias existentes no permitían afirmar que se estaba frente a otro tipo de enfermedad. Para reforzar y legitimar su opinión se apoyaron en los escritos de la Asociación Americana de Salud Pública y del Ministerio de Salubridad Inglés, que aseveraban que el brote de la Capital Federal de 1949 había sido de viruela 30. Según el Dr. Rafael Villagrán, «estos vergonzantes episodios epidemiológicos» se debían a la ausencia de controles sanitarios en la zona montañosa y a la lejanía de los vacunatorios. La protección en la zona puneña se hacía bajo el antiguo sistema de prevención basado en la ingestión, bajo diversas formas, de las costras de los enfermos 31. La aparición de contagios, medianamente controlados por los avances de la ciencia, ponía en cuestión los aspectos preventivos de la política sanitaria y el éxito de las campañas de vacunación realizadas por la SSP. Es de destacar ---- que éstas se inauguraban con un notable despliegue visual y discursivo ya que numerosos camiones de guerra se desplazaban desde el centro de la ciudad de Buenos Aires hacia los diferentes puntos del país 32. Es a partir de este tamiz de intereses que debemos interpretar la invisibilización que se hizo de los casos de viruela 33. Evidentemente lo que estaba en juego era uno de los principios nodales de la política sanitaria, la profilaxis, entendida como la aplicación de todos los medios políticos disponibles para evitar la aparición de epidemias 34. ----32 Ejemplo de ello son: «La Primera Campaña Sanitaria» realizada en el mes de julio de 1947, en 1948 la «Campaña a la Patagonia» o el «Tren Sanitario hacia Santiago del Estero» en 1953. El Ministerio adujo que dichas muertes no habían sido ni de viruela ni de alastrim sino que habían sido producidas por otras enfermedades tales como cáncer, dolencias cardíacas y fractura de huesos. Todas estas enfermedades consideradas «modernas». Existían registros estadísticos que ponían en evidencia que la viruela, entre otras enfermedades infectocontagiosas, estaba disminuyendo. Según una estimación estadística de la SSP en el mes de marzo de 1947, «el programa sanitario» iba a darle prioridad a los males cardiovasculares, renales y respiratorios (Cuadro No 1). En el mismo informe se afirmaba que «las pestilencias, epidemias y endémicas» debían «quitarse del espíritu de los médicos» y que las universidades «debían dejar de enseñar lo que no existe». En esta misma línea en el Plan Analítico de Salud Pública de 1947 se afirmaba que las epidemias se habían eliminado 35 y por lo había que prestar más atención sobre otras dolencias. En función de esta reorientación de la política sanitaria las autoridades planificaron en el mes de noviembre de 1947 la «Semana del Cáncer» 36. Ciertamente los índices construidos por la burocracia estadística eran alentadores. Las herramientas estadísticas provenían de los indicadores sintéticos los cuales tenían en cuenta los niveles porcentuales que tendían a dar una mirada global pero perdían de vista la incidencia de ciertas enfermedades en el nivel local 37. Estas construcciones «objetivas» condujeron a que en las propagandas y en los mensajes de difusión de las cartillas sanitarias la prevención de la viruela ocupara un escaso lugar. Desde la SSP, la única propaganda en torno a la necesidad de vacunación la encontramos sólo en un cartel publicitario (Fig. 3). En el Almanaque de la Salud (1948), libro de difusión donde se daban consejos prácticos e información sobre algunas afecciones, no aparecen recomendaciones para prevenir la viruela. Esto da cuenta de una estimación exagerada de las capacidades médicas y estatales sobre el control de dicha enfermedad. La falta de información sobre la vacuna fue un tópico reiterado por La Prensa. En el brote de viruela de 1948 un editorial destacó como una «buena noticia» la aceptación por parte de la población de la profilaxis. Muestra de ello era las largas colas que se realizaban en los hospitales para ser vacunados. Pero se destacó, en un tono crítico, la ausencia de información sobre los efectos de las mismas. La fiebre y el enrojecimiento, que producía la «linfa vaccinal», eran interpretados, por los inoculados, como reacciones de la enfermedad. Según el diario la aclaración de estas reacciones sería estimulante para aquellas personas que aún no se habían inmunizado 38. Fotográficos Argentina Los rebrotes de dicha enfermedad en Buenos Aires y en el resto del país modificó la agenda sanitaria ya que se tomaron medidas preventivas al respecto. En el mes de diciembre de 1950 el Dr. Julio Cesar Blaksley, Director Técnico de Epidemiología y Endemia del Ministerio de Salud, realizó una campaña contra el «Alastrim» y se presentó un Plan de Epidemiología y Endemias para la llamada «Lucha contra P-4». El plan consistía en dividir el territorio nacional en seis Direcciones Sanitarias. Éstas tendrían la misión de lograr una eficaz y eficiente vacunación de la población para «lograr la erradicación sistemática de la «viruela-alastrim». Además se proponía lograr una mejor coordinación con las campañas sanitarias realizadas en los países limítrofes, aumentar los intercambios académicos con el fin de estudiar el problema de la viruela y su control en otros países, incrementar las campañas de difusión sanitaria y aunar fuerzas con los representantes de los organismos sanitarios internacionales. Sobre este último tópico cabe señalar que en el mes de marzo de 1954 en las provincias de Salta y Jujuy se realizó una prueba piloto con una nueva vacuna contra la viruela elaborada en forma conjunta entre el Ministerio de Salud Pública y la Organización Panamericana de la Salud. 39 Estas medidas influyeron para que se pueda controlar el proceso contagioso. Según un registro estadístico de la Provincia de Buenos Aires en 1952 se pudo registrar la desaparición casi completa del «alastrim», dada las intensas tareas profilácticas efectuadas desde 1949 (Cuadro N o2). No obstante este notable entusiasmo por la desaparición del «alastrim» se informaba sobre la existencia de casos de poliomielitis producidos en el mes de diciembre de 1951 en Tandil y Mercedes. En síntesis, la SSP culpabilizó a los comportamientos individuales por la aparición de la peste bubónica y la viruela. En ambos casos el costo político de estas crisis sanitarias fue respondido por declaraciones y acciones que trataron sortear el desgaste político y volver a posicionar a la recientemente creada SSP en el entramado político y social. Además, y más particularmente en el caso de la viruela, se modificó el rumbo de ciertas políticas ya que se incrementaron las medidas vinculadas con el estudio y la prevención de la enfermedad reflejadas no solo en el aumento de las propagandas sino en el apoyo estatal hacia la investigación. La Argentina sufrió reiterados y acentuados brotes de parálisis infantil desde 1906 42. En el brote de fines de 1942 la imprevisión signó la actividad sanitaria ya que no existía ni alojamiento para los pacientes, ni aparatología para los tratamientos, ni personal especializado tal como enfermeras y kinesiólogos 44. La Segunda Conferencia para el Bienestar del Lisiado realizada el mes de octubre de 1946 fue un escenario propicio para reclamar una activa intervención de las autoridades por medio de la creación de un «Centro o Instituto para el tratamiento de la Parálisis Infantil». Estas preocupaciones fueron planteadas en el Plan Analítico de Salud Pública de 1947; en la sección de Epidemiología y Endemia se estipuló la necesidad de «estudiar y resolver los problemas vinculados a la enfermedad de Heine Medín, prestando asistencia integral a los enfermos y proveyendo a la rehabilitación de los lisiados». El Congreso Nacional sancionó en el mes de ----41 Afirmación de Ramón Carrillo el 6 de abril de 1953 en una conferencia de prensa. 42 Con la solitaria excepción de Julio Lardies González la historiografía argentina no mostró interés por las consecuencias sociales y políticas de esta enfermedad. 43 Para ver un análisis de los brotes de poliomielitis véase MARQUE, A. (1936), Enfermedad de Heine Medín. En La Semana Médica, No 49, p. 1537.OCLANDER, G. (1947), Historia de la enfermedad de Heine Medín en la República Argentina, Tesis doctoral, Facultad de Ciencias Médicas, Universidad de Buenos Aires. VILCHES, A. (1956), «Caracteres epidemiológicos de la polio en la Argentina». En El Día Médico, XXXI, p. 44 REGGI, J. (1946), «El problema del tratamiento de la parálisis infantil en nuestro país», Segunda Conferencia para el Bienestar del Lisiado, Buenos Aires. septiembre de 1947 la Ley No 13.022 la cual destinó $20.000.000 moneda nacional para combatir las enfermedades infecciosas en todo el país, debiéndose construir un hospital de niños en la Capital Federal y la instalación de un Instituto de Heine Medín dedicado a la investigación, profilaxis, reeducación y rehabilitación 45. Esta iniciativa legislativa estuvo inspirada en la acción de profilaxis, rehabilitación e investigación realizada por la «Fundación Nacional de la Parálisis Infantil» creada por Frankiln Delano Roosvelt en Estados Unidos. El debate parlamentario puso en evidencia que la poliomielitis tenía brotes esporádicos cada vez más agravados y que afectaba a lo «más preciado de la sociedad: los niños». El presidente de la Cámara de Diputados el Dr. Ricardo Guardo describió la escasa asistencia sanitaria existente en la Capital Federal para los poliomielíticos ya que sólo existían dos salas en el Hospital Muñiz con 39 camas cada una 46. Merece ser señalado que para 1952 la aplicación de dicha ley se había concretado parcialmente ya que el Hospital para Niños para enfermedades infecciosas -que se iba a construir en la zona de Puerto Nuevo 47 -aún estaba para licitar y el Instituto de Investigación de Heine Medín funcionó como un anexo en el Hospital Muñiz. Así es que ni las preocupaciones de índole científica ni el interés legislativo por esta enfermedad pudieron evitar las consecuencias del brote más alto que se registró en la Argentina hasta esa fecha ya que afectó a 2.579 personas 48. La zona más afectada fue Buenos Aires siguiendo en número de casos las provincias de Santa Fe, Tucumán y Córdoba 49. 47 Se destinó una parcela en la zona de Puerto Nuevo para la construcción del Hospital de Niños para las enfermedades infecciosas y el Instituto Heine Medín. En 1954 se inició la construcción de dicho hospital especializado pero no se logró culminar. 48 En el mes de abril de 1949 se había producido un caso de parálisis infantil en la ciudad de Buenos Aires, comunicado de la Ministerio de Salud Pública el 21 de abril de 1949. Entre los meses de abril y julio de 1951, se produjeron casos de poliomielitis en la Ciudad de Buenos Aires y en la Provincia de Santa Fe. 49 En la provincia de Santa Fe se creó una Comisión de Defensa y Prevención de la Poliomielitis con el fin de organizar la lucha contra dicha enfermedad frente al brote producido en la ciudad de Rosario. Véase Boletín Informativo del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social, Santa Fe. 680. política sobre las consecuencias de dicho padecimiento no radicaba tanto en los índices de mortalidad (179 fallecidos) sino en la incapacidad permanente (1.316 inválidos) para las poblaciones de menor edad ya que el 71% de los pacientes fueron menores entre cero y cuatro años. Los niños atacados por la forma grave de la parálisis infantil quedaban con defectos físicos en sus extremidades y en su cuerpo dado las lesiones irreparables en el sistema neuro-muscular. Indudablemente, dentro de un contexto de expansión del mercado interno y demanda de mano de obra la invalidez era un problema médico y económico dado que sustraía fuerza de trabajo al mercado laboral o limitaba su rendimiento. Los enfermos agudos podían llegar a permanecer internados durante seis meses o un año, los graves de dos a tres años50. Según los especialistas, la invalidez preocupaba más cuando atacaba a los niños varones ya que éstos no podían escolarizarse y limitaba su posterior inserción laboral. El especialista Dr. Marcelo Fitte sostenía que «En las mujercitas el problema es menos agudo» 51. Estas afirmaciones dan cuenta de la existencia de una mirada tradicional que dividía las tareas y las necesidades de escolarización según las diferencias sexuales. Es decir, el varón necesitaba recibir instrucción en tanto su posterior inserción laboral. En cambio, para las mujeres, al encargarse de la reproducción del orden doméstico, no se consideraba tan importante la adquisición de conocimientos educativos formales. Las afirmaciones de Fitte nos permiten pensar en el peso que tiene los atributos socialmente asignados en las preocupaciones médicas de una época determinada. Desde 1936 existía la ley N° 12.317 que legislaba sobre la denuncia obligatoria de las enfermedades contagiosas transmisibles. Esto permitió que el área estatal tuviera bajo su control estadísticas que daban información sobre el desarrollo, la intensidad y la localización de las personas afectadas por la polio. Sin embargo, no existía la fiscalización de la evolución posterior de los mismos y los grupos carentes de recursos económicos abandonaban las prescripciones médicas una vez que dejaban el nosocomio. El procedimiento de recuperación era oneroso ya que demandaba médicos especializados, kinesiólogos, tratamiento de rehabilitación en el agua y muchas veces prótesis. La continuación del mismo era de vital importancia ya que sin él se podían llegar al estado crónico, a la incapacidad física y a la muerte por asfixia. Estas problemáticas condujeron a que en 1947 se planificara la elaboración de un Censo de Enfermos y Lisiados por la Parálisis Infantil con el fin de establecer el monto de subvenciones que el Estado prestaría a los enfermos o ----a sus familias. También se estipuló la contratación de médicos especializados del extranjero y el envío a otros países de médicos jóvenes, enfermeras y kinesiólogas para que se perfeccionen en el tratamiento y a su regreso pudieran difundir sus conocimientos. Si cruzamos estos objetivos con las obras realizadas en el período encontramos que el Censo no se realizó. Es a partir de 1951, en función de la aparición de brotes esporádicos en Santa Fe y en Buenos Aires, que apareció una preocupación política por la poliomielitis. Ésta se tradujo en una serie de medidas que apuntaron a recabar información científica sobre la enfermedad. Muestra de ello fueron la participación oficial de la Argentina en congresos internacionales y la contratación de médicos extranjeros especialistas para que dieran conferencias 52. El organismo sanitario era consciente del incremento en el número de casos pero justificaba su aparición como parte de una «ola epidémica mundial» y apelando a este argumento se consideraba que los índices en la Argentina eran menores que los aparecidos en Estados Unidos. 53 Esta estrategia discursiva liberaba las responsabilidades estatales. En la misma línea en una conferencia de prensa realizada por el 2 de abril de 1953 Carrillo sostenía que los casos registrados de poliomielitis no constituían una epidemia ya que no se había registrado un caso cada diez mil habitantes. Según él hasta el 31 de marzo de 1953 solo se habían producido 783 enfermos y el resto eran enfermos de gripe u otras enfermedades pulmonares por lo que afirmaba que «la epidemia de poliomielitis no existe». En este comunicado responsabilizó por la «psicosis de la población» a los médicos que con sus apreciaciones poco certeras facilitaban la «difusión de rumores infundados». Asimismo trató de hacer frente a las acusaciones sobre la falta de tecnología adecuada sosteniendo que el Instituto de Heine Medín contaba con 14 pulmotores y que existían camas disponibles para satisfacer las demandas de asistencia 54. Recordemos que durante 1947 Inglaterra, Austria, Alemania y Checoslovaquia sufrieron azotes de polio. Esto alarmó a la comunidad médica y puso ----sobre el tapete la urgente necesidad de estudiar las causas, la prevención y la curación de esta enfermedad virósica. Parafraseando las ideas de Susan Sontag, mientras que otras enfermedades estaban controladas, la polio se asemejaba a una plaga de crecimiento y modernidad. Una dolencia tan incontrolada que parecía surgir otra vez de los pozos más profundos de la impotencia o de la condena humana55. Algunas investigaciones adjudicaban su propagación a la situación geográfica y a los factores climáticos. Otras a la propagación realizada por las moscas y los mosquitos56. Otros estudiosos consideraban que la polio afectaba con más frecuencia a los individuos pertenecientes a «las clases acomodadas» que a los pertenecientes a los sectores populares. Esta hipótesis asombraba a los profesionales de la salud que aún le daban un peso importante a las malas condiciones de higiene para la propagación de esta enfermedad. Por debajo de esta supuesta objetividad médica se encontraba los miedos sobre las posibilidades que sus «pulcras» e «higiénicas» familias se contagiasen. En 1953 esta asociación fue puesta en duda por el Dr. Humberto Rugiero, quien, influenciado por los trabajos de Fisher en Estados Unidos, comprobó que la polio atacaba por igual a cualquier clase social. Su estudio demostró que en la Argentina y, para el brote de 1953, el factor interhumano fue el principal causal de contagio dado que en las zonas de mayor densidad poblacional la enfermedad tuvo mayor difusión57. Paralelamente a estos estudios científicos existían creencias populares sobre las formas de evitar el contagio. Muchos niños concurrían a los lugares públicos con bolsas de alcanfor en sus cuellos, o pintaban los árboles y los cordones de las veredas con cal. Entre las dudas científicas y las creencias populares también es necesario destacar que desde la esfera estatal fueron escasas las menciones informativas sobre esta enfermedad. El tratamiento en el momento agudo de la parálisis infantil era incierto. La aplicación de estreptomicina no había dado buenos resultados 58. Para las formas asfixiantes se utilizaba el «pulmotor o pulmón de acero» pero muchos ----centros asistenciales no poseían de esta tecnología 59. Indudablemente esto da cuenta de las limitaciones materiales que tenían muchos nosocomios a la hora de satisfacer las urgencias sanitarias. Para evitar la propagación del mal se apelaban a las medidas sanitarias comunes: cuarentena, vigilancias, desinfección de ferrocarriles, automóviles, cordones sanitarios en plazas y escuelas, lucha contra insectos, limpieza de espacios públicos, aplicación de gotas nasales, realización de gárgaras y a los niños se aconsejaba la ingesta de una o dos pastillas de clorato de potasio por día. Recién en 1957 se produjo la primera experiencia de inmunización masiva con vacuna de virus muerto tipo «Salk», que mataba a los virus con la formalina. El resultado fue satisfactorio, pero la vacuna tipo «Sabin» (1963) con virus atenuado fue mejor aceptada dada su practicidad. Su administración era oral, en forma de unas cuantas gotas de un jarabe de sabor agradable y podía ser dada por personal no especializado 60. Es decir, a pesar que existían razones técnicas para lograr un acuerdo político sobre la necesidad de investigar determinadas dolencias; los diferentes tiempos e intereses provocaron un alargamiento en la concreción de dichos objetivos. Es este sentido donde percibimos una fuerte relación entre las enfermedades y la política, y cabría preguntarse hasta que punto la concreción política de dichos consejos técnicos pudieron haber incidido en la prevención de tal enfermedad, tanto para el período estudiado como para el brote producido en 1956 61. Entre 1946 y 1953 se produjeron brotes epidémicos de peste bubónica, viruela y poliomielitis en Buenos Aires. Nuestro interés se centró en rescatar la dinámica política que los mismos desencadenaron y los cambios de rumbo ----59 La Casa Cuna, un tradicional Hospital de Niños de la Capital Federal, no poseía ningún pulmotor y en Tandil, en el Hospital Ramón Santamarina un grupo de personas decidió construir uno para paliar los efectos de la enfermedad. Véase «La poliomielitis en Tandil» (1956), El Día Médico, Tomo V, p. 60 Durante la década del cincuenta del siglo XX existió un fuerte debate entre Jonas Salk y Albert Sabin sobre las diferencias existentes entre ambos. Véase posturas en «Symposiun Internacional sobre poliomielitis en VII Jornadas de la Sociedad Argentina de Pediatría en Embalse Río Tercero». La comunidad científica argentina fue más proclive a la vacuna de Sabin. Asimismo, desde una problemática acotada, este trabajo intenta contribuir a reflexionar sobre la dinámica de la construcción de la política sanitaria. La existencia de una ley o normativa no garantiza su real aplicación y la aparición de una enfermedad infectocontagiosas obliga a la autoridad del Estado a tomar medidas al respecto para evitar las consecuencias disruptivas que las mismas pueden ocasionar para la cohesión social. Además impulsa al despliegue de nuevas formas de pensar la política en relación a ciertas enfermedades, ya sea por medio del aumento de partidas presupuestarias para la inversión tecnológica, la profesionalización del personal sanitario por medio de un incremento en su capacitación o la imperiosa necesidad de poner en práctica antiguos enunciados políticos que se habían dejado en el olvido. En este sentido, pareciera ser que la existencia de un clima de ideas científicas y de ciertos enunciados políticos no alcanza para poner en práctica la política sanitaria. Ésta se inserta en un conjunto de relaciones que están en tensión permanente. Un eje que recorrimos fue el posicionamiento político de diferentes actores frente a la aparición de la peste bubónica, la viruela y la poliomielitis. Así las responsabilidades sobre la emergencia de la peste bubónica y la viruela fueron puestas en las obligaciones que tenían los individuos. Para el caso de la poliomielitis la justificación provino de la ola epidémica internacional y se responsabilizó por la «ola de rumores» a la información poco certera vertida por los médicos. Estas estrategias para liberar los compromisos de las autoridades sanitarias en dichos sucesos y culpabilizar a la víctima nos lleva a reflexionar sobre las consecuencias políticas de éstos episodios para un gobierno que tenía como uno de los puntos nodales: la medicina preventiva y la educación sanitaria. Dicho de otra forma el énfasis puesto desde esfera sanitaria a las responsabilidades individuales pone en tensión la asociación tradicional que se hace del peronismo como la visión más acabada del Estado de Bienestar en la Argentina. Si bien es indudable que con el peronismo se ampliaron los contenidos reales y simbólicos de la ciudadanía social este proceso no estuvo exento de tensiones y rastrear los conflictos producidos durante estos tres brotes epidémicos nos permite matizar el carácter monolítico atribuido a la política sanitaria durante este período.
Sin embargo, es un desconocido prácticamente para la mayoría de la gente. Este artículo analiza algunos aspectos de su pensamiento científico y cómo enlazó estos temas: moral, religión, novela, higiene, anatomía, epidemia, etc. No tan conocido como debiera, el médico y literato barcelonés Ignacio Miguel Pusalgas y Guerris (1790-1874) se inserta dentro de la corriente romántica decimonónica de galenos ilustrados que tuvo diversos cultivadores, tanto en España como en otras naciones europeas y americanas. Un breve resumen de sus títulos y notas que él mismo consigna en varios de sus trabajos, revelan que estudió en el seminario de Barcelona. Más tarde se doctoró en Medicina y Cirugía en 1832. Fue conservador, preparador y director del Museo anatómico de la Facultad de Medicina de la Universidad de dicha ciudad y catedrático sustituto de la Escuela de Botánica y Agricultura de la Junta de Comercio de Cataluña. Socio Correspondiente de la Academia Médico Quirúrgica de esa misma ciudad, y de Mérito del Instituto Médico Valenciano, Auxiliar de la Cátedra de Osteología y Disección, Presidente Honorario del Instituto Escolar Médico de Barcelona, Socio Titular de la Asociación Escolar de la misma, y autor y traductor de varias obras científicas, históricas y literarias. Que no es un total desconocido, se evidencia entre otras cosas en la segunda edición, hecha en Barcelona en 1992 de uno de sus trabajos sobre embalsamamiento, que data de 1861, y en 1988, de su novela El Nigromántico Mexicano, publicada originalmente ciento cincuenta años antes. Además de estas obras, Pusalgas dio a la imprenta otras, de carácter literario, histórico, anatómico y médico, casi enteramente aparecidas en su ciudad natal. Esta última comprende varios tratados de historia y enseñanza de la medicina, de la anatomía, de la higiene y de su labor como disector anatómico, que incluía los gabinetes y museos dedicados a esta especialidad, así como las técnicas de preparación de piezas anatómicas, embalsamamiento y otras cuestiones. Sus trabajos más extensos en el ámbito científico fueron el Manual de higiene: arreglado según la doctrina de Sir John Sinclair (1831), los Principios didácticos de materia médica externa, con un apéndice de aguas medicinales más concurridas de Cataluña (1834) y la Historia compendiada de la medicina (1836). Las tres obras1 pensadas con fines educativos, extractadas de diversos autores, en su mayoría franceses. Para no desbordar este artículo, nos ocuparemos sólo de algunos aspectos, teniendo en mente la realización de un trabajo mayor sobre el pensamiento de nuestro biografiado. Como ya se adelantó, Pusalgas estudió en el Colegio Médico de Barcelona, fundado en 1760 por Pedro Virgili. La institución poseía un hermoso anfiteatro anatómico, donde se realizaban disecciones, pues desde 1764 sus estatutos recogían que tanto la anatomía como las enfermedades quirúrgicas, es decir, la comprobación anatomopatológica, debían ser explicadas en el cadáver. En el Museo de este colegio existían instrumentos de cirugía, aparatos de física y reproducciones de piezas anatómicas, que se empleaban en la enseñanza. Entre éstas estaban algunas obras realizadas en cera por el italiano José Chiappi que, según Usandizaga, solicitó la reválida de licenciado en 1824, entregando unas piezas anatómicas a cambio de las cantidades que tenía que abonar, por carecer de dinero, todavía conservadas en la Facultad de Medicina2. En distintos trabajos, Pusalgas hará referencia en varias ocasiones a estas obras de Chiappi. Todo parece indicar que por los años de 1817-1821 éste estaba ----en La Habana, junto con otro hermano. En dicha ciudad, la Sociedad Económica propuso -mediante el Intendente Alejandro Ramírez-comprar la colección de piezas de cera de Chiappi, que debía entregar con otras más, destinadas al Museo Anatómico de La Habana, que no se fundaría hasta 1823. Los italianos trabajaron dieciocho meses, pero la cantidad fijada en 18.000 pesos pareció excesiva a la Sociedad. Según un periódico de la época, Chiappi, indignado, la destruyó3. Piezas anatómicas en cera serían fabricadas también por el médico español José de Benjumeda y el cirujano cubano Nicolás J. Gutiérrez, algunas de las cuales todavía se conservan. De todos modos ésta era la tónica de la época, el Museo del Real Colegio de San Carlos de Madrid estaba muy enriquecido con figuras de cera anatómicas, obra del artista Franchesqui, discípulo de Fontana. En el Colegio de Barcelona, Pusalgas leyó, el 16 de marzo de 1833, una disertación cuyo título en latín fue Num dentur differentiae et quanum sint inter et neuralgis4. Pero la vida del Colegio estaría limitada y en 1843, pasaría a ser la Facultad de Medicina, si bien esta permanecería en el mismo edificio hasta 1906. Así que allí trabajó el médico barcelonés hasta su jubilación. LA ENSEÑANZA DE LA ANATOMÍA A cargo de los trabajos anatómicos de la Facultad Médica de la Universidad Literaria de Barcelona y como Auxiliar de la Cátedra de Osteología y Disección, Pusalgas impartió clases y produjo discursos tanto sobre la anatomía como sobre sus métodos de conservación, disección y embalsamamiento, o sobre los museos de anatomía. Algunos de ellos fueron publicados. Por ejemplo, el leído a sus alumnos el primer día de los Ejercicios osteológicos y de disección en el curso de 1860 a 18615. En él, explica la importancia de la osteología para saber cómo curar luxaciones y fracturas, remontándose a la escuela de Alejandría, donde se enseñaba a los discípulos a procurarse un esqueleto, para conocer la estructura del cuerpo humano y llevar a la práctica las operaciones quirúrgicas. Igualmente se le encomendaba en el año 1559 el estudio de los huesos a la Facultad de Medicina de Barcelona. A medida que las disecciones se generalizaban entre los profesores, la cirugía también avanzaba, siendo los grandes operadores, siempre excelentes anatómi-----cos prácticos. La anatomía patológica no hubiera progresado sin el estudio preciso de la descripción teórico-práctica. En ese sentido destaca la importancia del estudio de la anatomía de los órganos para conocer sus funciones, del mismo modo que sin la anatomía serían reglas rutinarias, la educación física y moral, y las reglas higiénicas dirigidas a conservar la salud del alma y del cuerpo. De acuerdo con sus opiniones religiosas, ya comentadas, ve al hombre como el primer eslabón de la cadena de los seres, preeminencia dada por el Creador, de la misma manera que los estudios zoológicos descansan en el hombre como tipo de todos los seres vivientes, citando al respecto a Buffon y Linneo. La anatomía es importante asimismo para el estudio de las Bellas Artes, pero sería más provechosa si se obligase a los alumnos a estudiarla en los anfiteatros anatómicos, porque la disciplina no se aprende sólo con libros, ni con la enseñanza verbal del maestro, sino que se precisa «leer sobre el mismo cadáver» -es decir, en su estructura-, situación, figura, color y funciones de lo órganos que componen la «hermosa fábrica de la criatura hecha a imagen de Dios». Las láminas y las piezas artificiales sólo sirven como auxiliares para recordar lo aprendido ya en el cadáver. Aquí, se apoya en el criterio de su antecesor, Francisco Puig, de que las figuras artificiales engañan y muestran defectos que no se presentan en el original, por lo que es menester el estudio director de la naturaleza. Pusalgas, como el también catalán Mariano Cubí y Soler, al que cita aquí, funde la frenología de Franz Gall, la fisiognomía de Karl Lavater, con el estudio de la anatomía y las cualidades del alma. Por eso asegura que el médico, el naturalista y el jurisconsulto son incapaces de comprender, sin la anatomía descriptiva teórico-práctica, las teorías de esos autores. El saber la anatomía de la cara y el cuadro del alma, o lo que es lo mismo, sus expresiones y pasiones servían, por ejemplo, para obtener la confesión de un crimen oculto «entre las dobleces del corazón de un acusado». Como reflejaba Alibert en su Tratado sobre las pasiones. Estas ideas no eran privativas de Pusalgas, la frenología había sido defendida por diversos médicos franceses, como Broussais, y en España por otros anatomistas, entre ellos Agapito Zuriaga, quien también conciliaba las ideas de Gall y de Lavater con el sentimiento religioso 6. Después de hacer un repaso histórico de la disciplina, desde los tiempos antiguos, donde no faltan las opiniones y trabajos de Empédocles, Demócrito, Heráclito, Anaxágoras, los creadores de la escuela de Alejandría, Herófilo y ----Erasístrato, los inevitables Hipócrates, Galeno y Vesalio, así como los médicos árabes, Pusalgas llega a los siglo xv y xvi, señalando algunos aspectos puntuales en naciones europeas como Italia y Francia. En el caso de España, ésta yacía en el abandono y la indiferencia, no contando con ningún anfiteatro ni museo anatómico hasta 1477, con el reinado de los católicos Fernando e Isabel. En las universidades la anatomía se enseñaba sólo con tablas iconográficas más o menos exactas. En el año de 1486 se consignó que el Gobierno concediese cadáveres para efectuar dicha enseñanza, que debían ser inspeccionados, según señalaba el Código respectivo, so pena de multa de mil sueldos. Pusalgas ignoraba -por lo menos no lo menciona-que mucho antes, en 1402, Martín I había concedido a la Universidad de Barcelona permiso para realizar prácticas anatómicas con cadáveres. Pasa rápidamente al siglo XVI, donde expresa que en el año de 1549, bajo el reinado de Felipe II, el médico aragonés Tabar, catedrático de Prima en Zaragoza, construyó estatuas anatómicas de seda con movimiento, que fueron muy celebradas, por lo que el rey le eligió para médico de Cámara. En los estatutos de 1638 del Colegio de Medicina de Cataluña se recogía la existencia de una cátedra de anatomía, impartiéndose doce lecciones anuales de disección práctica que abarcaban las preparaciones del cuerpo humano. Las universidades de Salamanca y Medina también se hicieron famosas en el arte de diseccionar, añade Pusalgas sin referir, las muy importantes que fueron además las de Valencia y Alcalá. Entra el siglo XVIII, con la creación del real Colegio de Cádiz en 1737, por Fernando VI, y destaca asimismo el hermoso anfiteatro de la Facultad de Barcelona -antes Real Colegio de Cirugía Médica-, debido a la propuesta que hizo al rey Carlos III, Pedro Virgili, cuyo busto presidía las lecciones de anatomía. Anfiteatro que había dado a la medicina española célebres profesores, y elogios del ministro de Fomento marqués de Cervera. Carlos IV, sucesor de aquel rey, había mandado a levantar los anfiteatros de Santiago y de Burgos. Fernando VII, con los mismos sentimientos, había creado los de Málaga y Zaragoza. Y más tarde, Isabel II había confirmado la protección a la anatomía teórico-práctica en ciudades como Barcelona, Madrid, Granada, Sevilla, Santiago, Valencia y Valladolid 7. ----7 Sobre la medicina en algunas de estas universidades, véase PESET, J. L. (1968), «La enseñanza de la Medicina en España durante el siglo XIX», Medicina Española, 59, 60 y 63; PESET, J. L. (1971), «La enseñanza de la medicina en la Universidad de Salamanca durante el reinado de Carlos IV (1788-1808)», Asclepio, vol. 23, pp. 289-298; LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1971), «La contribución de las generaciones intermedias al saber anatómico en la España en De ese modo, en todas las facultades médicas de España, mediante instrucciones y reglamentos se regulaba la enseñanza de la anatomía que mostraba su esplendor y comprendía no sólo la explicación histórica y descriptiva, patológica, quirúrgica y topográfica, sino que se complementaba con lecciones y ejercicios osteológicos y de disección, necroscopias, vivisecciones, preparaciones y conservaciones anatómicas, así como con la formación de piezas artificiales plásticas, que incrementaban las colecciones de museos y gabinetes. En esa línea menciona el apoyo del Gobierno en ese año de 1861 al doctor Pedro González de Velasco 8, cuyas colecciones en materia plástica, trabajadas por él, eran importantes para la enseñanza de la anatomía descriptiva, quirúrgica y patológica. Velasco estará presente también en otros discursos y trabajos de Pusalgas, como una figura relevante, por ejemplo, en el discurso de apertura del curso de 1871, que comentamos más adelante. Después de subrayar la importancia de las descripciones y demostraciones anatómicas -que eran públicas y gratuitas-para naturalistas, escultores, estatuarios y pintores y hasta para los religiosos -como Fray Luis de Granada que había publicado una Descripción de la fábrica del cuerpo humano-, Pusalgas dice a sus alumnos que pueden contar para los estudios teóricoprácticos en el cuerpo humano, suficientes cadáveres, algo con lo que no tienen a su disposición abundantemente las demás naciones. Y finaliza con recomendaciones éticas a los discípulos para que practiquen con piezas y modelos anatómicos, antes de utilizar el escalpelo, para no profanar inútilmente esos cadáveres, sin provecho para la ciencia. Y aquí, para conciliar su labor con su ideología católica, asegura que la religión y la moral permiten anatomizar el cuerpo humano difunto, pero sólo con laudable ánimo de engrandecer la medicina y las ciencias naturales. Todo lo cual explica que al comienzo de esta memoria refiera las opiniones opuestas que tenían Chateubriand, quien veía la autopsia como una operación sacrílega, y Marquis para quien estudiar los cadáveres era un medio de socorrer a los vivos, enseñándole con la muerte los secretos de la vida. En el desarrollo este trabajo, Pusalgas menciona diversos anatómicos más o menos célebres, como Swammerdam, Sabatier, Bonells, Lacaba, Pedro Dionis, Maygrier, Croveilhier y Laud, cuyo Manual anatómico del disector, tradujo al español Carlos Quijano, y servía de texto en la Facultad de Medicina de Bar----el siglo XIX», Asclepio, 23, PP. 95-130; DANÓN, J. (coord.), La enseñanza de la medicina en la universidad española, Fundación Uriach, Colección Histórica de Ciencias de la Salud. 8 Sobre este autor véase PUIG-SAMPER, M. A. (1982), «El doctor Pedro González de Velasco y la antropología española en el siglo XIX», Asclepio,34, celona. Eso no obsta para que el famoso libro de Bonells y Lacaba continuase empleándose de diversos modos 9. Para el curso de 1869 a 1870, Pusalgas elaboró y publicó otro discurso a las lecciones de anatomía práctica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona 10. Igualmente dio a la imprenta, en 1871, unos Preliminares a los ejercicios de osteología y disección, publicado como el anterior en su ciudad natal 11. En este discurso hace un rápido recorrido por los principales cultivadores de la anatomía y las disecciones, desde la escuela de Alejandría, pasando por Galeno y los árabes, el siglo X hasta Vesalio, Falopio, Sylvio, Wislow, así como un gran número de médicos y naturalistas de los siglos XVIII y XIX que sólo nombra: Buffon, Maygrier, Goethe, Galvani, Soemmering, Dupuytren, Saint-Hilaire, Flourens, Bichat, Velpeau, Chiappi. Entre los que destaca los españoles Gimbernat, Lacaba, Velasco, Losada, Giné, Puig, Fernando del Valle, remontándose a Servet y a Laguna, entre otros, para destacar los progresos científicos en los que España no queda a la zaga. Lo que justifica la defensa que hace Pusalgas de la ciencia española, expresando que las doctrinas nacionales son más sencillas y quizás más profundas y basadas en experimentos imparciales, carentes de «fraseología impertinente», como a su juicio se evidencia en el Tratado de Anatomía general, de Bonells y Lacaba. Resulta curiosa su recomendación a los alumnos de que estudien la anatomía por un solo autor, para que no se sientan perplejos ante las mil opiniones o doctrinas diversas que se hallaban en los escritos extensos y enciclopedias, textos a los que debían acceder cuando pasaran los años y se sintiesen fuertes en los principios anatómicos. Sólo entonces debían estudiar la anatomía comparada y la filosófica. Medida que se justificaba por la opinión del médico barcelonés, pero que desde el punto de vista del conocimiento, hoy no veríamos muy recomendable. Si bien, desde el punto de vista pedagógico es acertado comenzar por un manual sencillo e ir más tarde a lo más complejo. Igualmente adecuada es su exhortación a los alumnos para que consulten a sus maestros todas las dificultades encontradas en las lecciones prácticas. Además de recomendar textos y autores (entre los que estaban los manuales de Lacaba y de Pedro Mata), Pusalgas proponía que los educandos conta-----9 BONELLS, J.; LACABA, I. (1796-1800), Curso completo de Anatomía del cuerpo humano, Madrid, 5 vols. (2a. ed. Madrid, 1820, 5 vols.). 10 PUSALGAS, I. ( 1869), Discurso preliminar a las lecciones de anatomía práctica en la Facultad de Medicina de la universidad literaria de Barcelona. 11 PUSALGAS, I. (1871), Preliminares a los ejercicios de osteología y disección, Barcelona, Establecimiento Tipográfico de Jaime Jepús. sen con un esqueleto completo para el estudio de los huesos o en su defecto de láminas y piezas artificiales de museo que podían reemplazar en parte las naturales. «Por mi parte procuraré, en esta sala práctica, todas las piezas de cadáveres que se puedan disponer, para que mis alumnos trabajen sus respectivas demostraciones...». Los discípulos debían comenzar sus respuestas por la nomenclatura, sinonimia, y etimología; después, siguiendo un orden lógico, descripción, antecedentes, parte externa, interna, etc. La propuesta de Pusalgas estaba en concordancia con los treinta ejercicios osteológicos que la ley de Instrucción pública orientaba antes de pasar al estudio de las partes blandas del cuerpo, o lo que era la mismo, la parte práctica en el cadáver. En ese sentido, pasa a ocuparse del arte de disecar, mencionando los instrumentos a emplear, el modo de utilizarlos y de acceder a las distintas regiones y sistemas del cuerpo, donde señala los órganos que encontrará el alumno, así como diversas recomendaciones pedagógicas y de conservación de los cadáveres y de sus partes. No faltan aquí, como en otros trabajos suyos las referencias mecanicistas, como cuando recomienda el uso del microscopio binocular a los alumnos, para observar «los elementos físicos de que se componen tantos órganos y aparatos de nuestra complicada y frágil máquina». Tampoco, dada su filiación religiosa, otras reflexiones filosóficas, donde se proyecta en contra del materialismo, que hace al mundo un «caos de monstruosidades», y de las doctrinas erradas del ateísmo, a las que estima «aberraciones del cerebro del hombre». Reflexiones que recomienda hagan los alumnos a medida que estudian el cuerpo humano. Por último, pide a los discípulos que redoblen sus esfuerzos para aprovechar los dos tercios del curso que quedan, ya que el inicio del mismo se había pospuesto para enero de 1871 (debiendo empezar en octubre de 1870) debido a la epidemia de fiebre amarilla o vómito negro, desencadenada en Barcelona. Enfermedad que en 1821 se había cobrado diez mil víctimas en esta ciudad. Pusalgas por su parte se comprometía a hacerles fáciles y comprensibles las lecciones anatómicas y procurar -si las preparaciones y piezas anatómicas no eran accesibles a todos los alumnos-que pudieran estudiarlas en iconografías y modelos de anatomía clásica, como los presentadas por el Dr. Auzoux. Un juego de piezas desmontables de cartón, de anatomía humana y animal, también denominada colección clásica del doctor Auzoux, estaba entre las que servían para la enseñanza de esa disciplina en el Museo Anatómico de la Habana, fundado en 1823. Aquí estuvieron -ignoramos desde cuando-hasta 1863, en que las colecciones pasaron al museo de la Universidad de la Habana, con las reformas realizadas en este año en esa institución. Piezas de cera, instrumental de cirugía y obstetricia y la colección de Auzoux estaban entre ellas12. MUSEOS Y GABINETES DE ANATOMÍA. SUS PREPARACIONES La experiencia práctica adquirida por Pusalgas en la preparación de piezas naturales en relación con los museos anatómicos, la volcó en algunos trabajos escritos y publicados en los años sesenta. En uno de ellos13, destacó que el mérito y la utilidad de los museos anatómicos no dependía del mayor número de piezas preparadas y conservadas, sino que las colecciones fuesen bien escogidas y estuviesen completas para el estudio de la ciencia a que se destinaban. Si bien para la enseñanza de la anatomía descriptiva y topográfica, abundaban todos los años los cadáveres en las salas de disección, no siempre se podía trabajar con ellos por el rigor de la estación y las leyes del Reglamento o porque en ocasiones faltaban las piezas frescas cuando se las necesitaba. También escaseaban las piezas que se precisaban para explicar cursos sobre anatomía patológica, teratología e incluso fisiología, pues no siempre podían encontrarse, por ejemplo, cráneos y cerebros donde tener una mejor idea del idiotismo congénito, de manías y demencia, de la frenología y de las razas humanas. Sin piezas naturales y artificiales, difícilmente era posible entender la ortopedia, las deformaciones de la columna raquídea, pelvis y extremidades. Aquí aprovecha la ocasión para demandar indirectamente mejoras para los museos anatómicos, al expresar que las mejores teorías, progresos e inventos científicos procedían de ciudades como Alemania, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Rusia, Francia e Italia, que habían organizado museos que eran «dignos templos de la Sabiduría», y estaban abiertos a la juventud estudiosa y al hombre pensador. De esos museos bebían el alumno y el maestro, pues eran bibliotecas de doctrinas prácticas que enseñaban más convincentemente que las demás, ya que eran positivas e indisputables. Y aunque celebra al Gobierno por sus leyes protectoras para poner a España a la altura de otras naciones, critica a los ambiciosos y egoístas que levantan la voz contra las producciones españolas, que ni entienden ni son capaces de imitar. Pero, a pesar de todo, se ----impondría por la fuerza el progreso material y científico. ¿Acaso lo primero que hacían los extranjeros al visitar un país no era ir a los museos? Pero, ¿qué juicio podían hacerse si los encontraba mezquinos y abandonados? Entre otras cosas, reproduce en su trabajo las Disposiciones del Museo anatómico, o lo que es lo mismo cómo debían ser las salas, los instrumentos para medir la humedad, la temperatura y la presión atmosférica; armarios -coronados estos con bustos de los más célebres médicos españoles, preferentemente anatómicos-, piezas anatómicas en sus secciones, numeradas y con su relación histórica en latín, registradas en un libro, y otro para las visitas, como el de Cirujanos de Londres. Dividía el museo, en: Museo de Anatomía Descriptiva y General, Museo de Anatomía Topográfica y Quirúrgica, Museo de Anatomía Patológica y de Obstetricia, Museo de Enfermedades Exantemáticas y Sifilíticas, Museo de Clínica Médica y una Galería Iconográfica para estampas, pinturas y atlas de figuras anatómicas. Estos museos tenían a su vez secciones correspondientes. Así, el primero tenía: 1a Osteografía, 2a Artografía y Sindesmografía, 3a Aponeurografía y Miografía, 4a Esplanografía y Diacristología, 5a Estesiografía, 6a Angiografía, 7a Neurografía y una Sección Adicional para instrumentos, como microscopios, etc. El segundo Museo, contaba con las secciones siguientes: 1a Topográfica, 2a Quirúrgica, y una adicional referente a ortopedia, aparatos, instrumentos quirúrgicos, etc. El tercero, tendría: 1a Patológica, 2a Obstétrica. El cuarto, 1a Exantemáticas, 2a Venéreas. En todos los casos, Pusalgas asegura que se dispondrán esas piezas según el orden que señalan los programas de estas ciencias, organizados por el Gobierno. Dice además de qué material pueden construirse y hasta obtenerse. Así, por ejemplo, los cráneos de diferentes razas en materia plástica, del museo frenológico de M. Guy, hijo heredero en París. Otras piezas se podían mandar a construir a modo de estatuas plásticas que representen cadáveres, como el que hizo el doctor italiano José Chiappi para el antiguo Colegio de Cirugía Médica de Barcelona, o tomando por modelo la estatua anatómica de la Academia, la de Rafael Mengs o la del joven Eugenio Caudron, dirigida por el doctor Julián Fau. También se podían mandar a construir piezas de cristal y plástico, para representar las enfermedades de los ojos, tomando como modelo los cuadros del museo anatómico de la Universidad Central y el de Barcelona, dirigido por Antonio Gimbernat (Pusalgas poseía dos de esos cuadros donde se representaban las enfermedades de esos órganos y sus operaciones); o siguiendo la colección o museo llamado de Thibert (al parecer copiada o comprada a este francés), que poseía la Universidad central para mostrar las enfermedades de la piel y sifilíticas. También podía servir de modelo sobre estas enfermedades el Atlas de Ricard para la fabricación de piezas artificiales, cuando se careciera del original. Pusalgas demandaba además que los armarios del museo de Barcelona, contaran para sus colecciones de Clínica Médica, piezas patológicas naturales y artificiales, cráneos y cerebros de locos, maniáticos y criminales, con retratos, modelos y vaciados de las cabezas de esos individuos. Como era un seguidor de la frenología, recomendaba la compra del gabinete de Guy, donde se vendía una colección de cabezas de material plástico, representando diferentes grados de idiotismo congénito, alienaciones mentales y otros trastornos señalados por Gall y su seguidor Spürzheim. Un museo de vesania era para él «la mejor e inestimable joya» que pudiera poseer la Facultad de Medicina y todo manicomio, pues podría ser de gran utilidad para el estudio de la frenología espiritualista y conocimientos modernos psicológicos (léase psiquiátricos) sobre la locura. Por eso también proponía se reservasen suficientes estantes para colocar en ellos las cabezas artificiales que mostrasen las pasiones y las razas, sin olvidar el modelo con el que Gall y Cubí explicaban las facultades intelectuales, que «suponen conocer en el cráneo humano». Por esa misma época, Pusalgas redactó un Reglamento14 para los departamentos de anatomía y sus museos, que publicó en 1869, precedido de dos cartas: una de su hijo Ignacio Pusalgas y Alcina -de 30 de noviembre de 1860-en que le decía haber leído en los periódicos que el gobierno de España acababa de «dar libre la enseñanza en toda su extensión», y animaba a su padre a publicar el citado Reglamento para el buen funcionamiento de esos departamentos y museos, y los adelantos de sus alumnos. Y la respuesta de éste -fechada el 28 de diciembre-donde se quejaba de que (ya por ocuparse de otros asuntos, ya por desinformación de los Ministros de Fomento y Directores de Instrucción Pública) habían transcurrido muchos años sin que la enseñanza de esa disciplina contase con un moderno Reglamento. Si bien se publicó uno, el 20 de agosto de 1830, para los antiguos Colegios de Medicina y Cirugía, así como las Instrucciones, de 5 de enero de 1846, que derogaron el anterior, no cumplían con los cambios que se habían realizado en los planes de la enseñanza médica. De manera que no podían establecerse como ley. Al decir de Pusalgas, cuando ya estaba en la prensa su trabajo, recibió de su amigo Pedro González de Velasco el proyecto que acababa de publicar sobre la Reorganización de los trabajos y Museos de Anatomía, de Medicina y Cirugía de España. Su larga experiencia al frente del Museo Anatómico de la Facultad Médica de Madrid, y sus muchos viajes al extranjero, le habían ----permitido iniciar los que deseaban los amantes de la gloria de la medicina. Aunque el proyecto y plan de ambos era similar, Pusalgas lo dio a la imprenta, pues consideró que el suyo era más explícito que el de Velasco y además con la intención de que el Gobierno, conociéndolo, diese «un impulso protector a los hasta aquí descuidados trabajos de anatomía práctica». Muy relacionado con su labor como disector anatómico, Pusalgas tuvo que ocuparse de la conservación de órganos y cuerpos humanos. En un trabajo publicado en 1857, hace una reseña histórica del arte de embalsamar cadáveres y de conservar y preparar piezas anatómicas 15. En la misma apunta las razones (el amor, el agradecimiento, la vanidad, la superstición) por las cuales la humanidad se ha ocupado de embalsamar cuerpos humanos. De forma romántica y al uso de entonces, dada la repugnancia que tales prácticas producían en diversas personas, aclara que ciencia, religión e higiene no se oponen a la conservación de los cuerpos amados. Y pasa a realizar un rápido recorrido por los pueblos antiguos (egipcios, romanos, griegos, canarios guanches, y en América, Brasil), donde apunta las formas de embalsamar, algunas veces las técnicas e intenciones, y especialmente insiste en la eficiencia -si bien desconocida-de los métodos egipcios para momificar, en relación incluso con los llevados a cabo en Francia, en tiempos anteriores al siglo XIX, que no eran los mejores. No obstante, ahora, en su siglo, la química moderna y la historia natural aseguraban la momificación por tiempo indefinido. Los métodos modernos eran más sencillos, de base más estable y menos dispendiosos que los de la Edad Media. Entre otras cosas, empleaban muchas plantas odoríferas que favorecían la putrefacción. En ese sentido menciona los trabajos realizados por distintas personalidades francesas, como Boudet, Pelletan, Portal, Alibert, Dupuytren, Beclard, Gannal, Lefebre, Suquet, y otros. De España, se refiere a Orfila que elogia mucho el de Sucquet, conservador-preparador del Museo de la Escuela de París, que usaba cloruro de zinc, percloruro de mercurio o el sulfito de sosa. Según Orfila, estos nuevos procedimientos habían producido una verdadera revolución en los trabajos anatómicos, ya que se podían conservar los cadáveres por un mes, aunque la temperatura fuese elevada. También los médicos Nieto y Serrano, Polin y Simó, del cuerpo de Sanidad Militar, habían logrado perfeccionar el método de Gannal con uno suyo nuevo e inédito. ----15 PUSALGAS, I. (1857), Reseña histórica del arte de embalsamar los cadáveres, conservar y preparar las piezas anatómicas naturales y artificiales para el estudio y enseñanza de la organización humana normal y patológica, por I. M. P. y G., Barcelona, Imprenta de J. Ribet. Como en la época de Pusalgas no se conocían aún los verdaderos agentes de la putrefacción, las causas se buscaban fundamentalmente en las influencias del medio y las reacciones químicas que, por consiguiente, se generaban en los cuerpos orgánicos. Por eso el médico barcelonés arguye que cuando cesa la desconocida fuerza vital y el cuerpo muere, actúan sobre él la humedad, el aire, el calórico, el fluido eléctrico, el magnético y la luz, pero sobre todo los dos primeros, produciéndose la putrefacción. El preparador debía pues buscar para los embalsamamientos, sustancias simples que tuviesen menos afinidades con el oxígeno, el hidrógeno y el azoge que componen el agua y el aire. Incluso usar el menor número posible de sustancias: lo deseable -aunque imposibleera incluso emplear una sola, que tuviese la facultad de combinarse con todas las del cuerpo muerto. De sus experimentos y de los franceses, Pusalgas relaciona las sustancias más adecuadas para estos trabajos, sus ventajas e inconvenientes, y, en algunos casos, el método utilizado para conservarlas. Son importantes para el estudio y la enseñanza de la anatomía fisiológica y patológica las piezas secas, como las osteológicas y especialmente colecciones de cráneos para el conocimiento de la frenología, de las vesanías, el idiotismo y la criminalidad. Celebra en ese sentido el gabinete de Orfila, y de Dupuytren y el Jardín de plantas de Anatomía comparada de París, así como la rica colección osteológica que se encontraba en la facultad de Medicina de la Universidad central, preparada por Pedro González Velasco, su director entonces; y el gabinete anatómico de la universidad de Barcelona, preparado por Pusalgas, que contenía «un precioso número de huesos humanos en estado normal y patológico». En los museos de Velasco había visto piezas que había logrado endurecer, como unos trozos de cerebro, «tan duros como la madera, cuya recomendación es grande para las momificaciones indefinidas». Pusalgas explica los métodos para preparar y conservar huesos (maceración, ebullición y blanqueo), así como otras estructuras anatómicas, siguiendo autores como el inglés Swann (preparación de casos sanguíneos), el francés Dumeril, y otros. También subraya la importancia de piezas que imiten a los órganos humanos, como las confeccionadas con materias plásticas, y especialmente el uso de la cera, pudiéndose mezclar con colores minerales y vegetales. Hace un breve recorrido por la historia de la ceroplástica, remitiéndose a griegos y romanos antiguos y dedicándole mayor atención a Italia y Francia, donde menciona autores que realizaron esa admirable labor en relación con la anatomía y con el arte de partear, la obstetricia. Destaca la escuela de Bolonia y de Florencia, en que trabajaron Antonio Gallí con sus célebres piezas sobre el embarazo (distintas fases del feto en el vientre materno), Ferini y otros. En Barcelona, hace referencia a la labor de José Chiappi, doctor en cirugía médica del antiguo Colegio de la Facultad de Medicina y estatuario de Roma, que había trabajado para Soler, catedrático de anatomía descriptiva, confeccionando un gran número de piezas de cera de mucho mérito para la enseñanza de la anatomía fisiológica y patológica. En España había que admirar también las colecciones de obstetricia, de nervios y vasos linfáticos del gabinete del antiguo Colegio de San Carlos y ahora facultad de Medicina. Asimismo significa las cinco estatuas de forma natural, en cera, que representan el esqueleto con sus ligamentos; músculos y nervios del gran simpático, piezas que Bonells y Lacaba estimaban tan exactas y primorosas como las del gabinete de Toscana. La cera permitía representar no solamente las piezas anatómicas naturales, sino aquellas que demostraban diversas patologías, aberraciones, deformidades y males que afligían a la especie humana, como se observaban en distintos gabinetes y museos, como el del Dr. Despine, hijo, que en su establecimiento de aguas termales en Aix, en Saboya, tenía una colección en cera de casos -curados por él-de eritemas nudosos, fracturas, sífilis tuberculosas, tumores escrofulosos y úlceras gangrenosas. Asimismo, otros materiales, como el cartón piedra, cartón cuero, cartón tela y cartón madera, servían para confeccionar piezas anatómicas. Pusalgas explica las sustancias que componen estos materiales, así como las personalidades y en qué museos se exponían. Por ejemplo, la composición (blanco de España, cola fuerte, pasta de papel y almáciga) que se usó para elaborar las piezas anatómicas del Museo de M. Thibert en París; de cuyo Museo la Facultad de Madrid había comprado muchos cuadros, representando enfermedades sifilíticas y cutáneas, con que formó una colección denominada del gabinete Thibert. El vidrio o cristal también era útil para representar figuras o porciones como los ojos y sus enfermedades. Al respecto asegura que en el museo anatómico de la Facultad de Medicina de Barcelona existía un hermoso cuadro que contenía 70 enfermedades oculares, imitadas en cristal, observadas en el Hospital de Santa Cruz por el doctor Antonio de Gimbernat, trabajadas por el artista catalán José Balls, bajo la dirección de aquel profesor. Como la visión de la naturaleza que se trataba de representar en estas piezas anatómicas, llegaban al punto de reflejar sentimientos (lágrimas, dolor), como se concebía en la época, Pusalgas manifestaba que el preparadorconservador de las mismas debía poseer ciencia, arte e ingenio. Así, para imitar las maravillas del Creador, no había necesidad de visitar otros países, con arte e ingenio se podían fabricar las razas humanas, sus cráneos que reflejen las opiniones de Camper, sobre el ángulo facial que establece los distintos grados de inteligencia, la frenología y craneoscopía de Gall donde avanzaba «su decantada doctrina de las facultades intelectuales» y las variadas fisionomías del rostro con que Lavater pintaba las pasiones humanas. Sin piezas artificiales -opinaba Pusalgas-era imposible dar cursos completos sobre el desarrollo del feto en el claustro materno durante el embarazo, la circulación de la sangre hasta sus más finas ramificaciones, huesos membranas, cartílagos, pero también los casos teratológicos en animales y plantas y las múltiples enfermedades. Concluye quejándose de que en España no son muchos los aficionados al arte de las preparaciones anatómicas y desea que los médicos españoles le tomasen cariño para que los gabinetes nacionales estuviesen bien provistos, sin tener que «mendigar de manos extranjeras, que tan poco honor hacen al genio español». En otra memoria, publicada en 1861, explica las técnicas a aplicar con el cadáver (cortes, sustancias químicas, urnas o ataúdes para las momias, ropas que se usan) a fin de conservar éste por tiempo definido o indefinido 16. Aquí destaca la importancia de que el trabajo lo realice una mano experta, como la del médico preparador, de modo que pueda asegurar una operación adecuada y una excelente labor artística en la presentación del cadáver. De ello, depende su buena reputación. Debe, pues estar al corriente de los métodos de conservación de piezas anatómicas y de los estudios químicos en relación con ellos, no sólo para la preparación de piezas para gabinetes y museos, sino también cuando se presenta la ocasión de embalsamar el cuerpo de alguna persona de alto rango en la sociedad. Que este trabajo está pensado para médicos y cirujanos, no cabe duda. Pusalgas dice que lo publica con el deseo de ser útil a sus compañeros de la Facultad. No puede menos que hacer alusión, aquí como en otros trabajos, a su labor en dicha Facultad, y en este caso a su método para conservar piezas anatómicas, que considera, sin mérito ni vanidad, por «el más seguro de entre los muchos publicados y que hemos ensayado». como se observa en una memoria suya 17, que fuera leída parcialmente en marzo de 1873 en el Anfiteatro anatómico de la Facultad de Medicina de su ciudad, pero que fue «interrumpida por causas ajenas del autor». Suponemos que por lo controvertido del tema para la moral de la época. En ella, Pusalgas congenia las cualidades de la mujer con el Génesis bíblico, subrayando las características físicas que la diferencian del hombre en cuanto a delicadeza, armonía, belleza con descripciones que a veces rondan cierto fino erotismo o morbidez. Si bien alude también a las «mujeres varoniles o atletas», como las heroínas Juan de Arco y Carlota Corday y en España Mariana Pineda, Agustina Zaragoza, de Barcelona, Eulalia, de esta misma ciudad, la Eulalia de Mérida, y otras mujeres «casi superiores a los hombres en pujanza y osadía» que se destacan en el Vancour, las germanas citadas por Virey (Historia Natural), y otras. «Pero esto no quita, que nuestras mujeres en general sean de una constitución delicada, cuya delicadeza y debilidad debían ser respetadas y puestas bajo el amparo del hombre». Pero no siempre ni en todos los países la mujer había sido tratada bien, sino al contrario, considerada como esclava, (por los mahometanos y los hombres de la selva), negándosele hasta el alma inmortal, como hacían los rabinos. La llegada de Jesucristo la había restituido a ser la compañera del hombre, no su propiedad, dice Pusalgas. Su análisis se torna determinista al referirse al carácter o temperamento de la mujer (femenino con tinte de sanguíneo, pero que cambia con la edad, volviéndose varonil a los 45 ó 50 años cuando cesa el flujo catamenial), o al asegurar que el estado de preñez, el parto, y «el predominio que tiene su matriz sobre su naturaleza», hacen que la mujer no pueda libremente dedicarse a la mayor parte de las artes, propias del hombre. Por eso recomienda que no realice el trabajo en los telares, carpintería, cerrajería y albañilería, propios de otro vigor y conformación corporal. Además, como el influjo de la matriz sobre el sistema nervioso, produce en la mujer cambios físicos y morales, provocando en ella el histerismo, el clavo histérico y la barra epigástrica, la vuelve taciturna, triste y desdeñosa hasta con quienes ama. «¿Cómo pues la mujer puede dedicarse al comercio en gran escala, cuando es tan común el engaño y la mala fe?». ----17 PUSALGAS, I. (1873), Los aparatos y sistemas anatómicos del cuerpo de la muger y sus funciones fisiológicas, ¿permiten que se ocupe, como el hombre, á todas las artes y a todas las ciencias? Dedicado a las damas españolas por I. P. y G., Barcelona, Establecimiento Tipográfico de Jaime Jepús Roviralta. El determinismo se refleja asimismo en la creencia de Pusalgas de que la mujer posee más sensibilidad e irritabilidad, dadas por el mayor desarrollo del sistema nervioso, que el hombre; si bien asegura que aunque la fisiología no se ha pronunciado sobre la diferencia de estructura de la masa encefálica de la mujer con la del hombre, en ella dominan las facultades afectivas, mientras que en el segundo dominan las intelectuales. Una cita sacada de Virey, le sirve para fundamentar que «el hombre obra y piensa y la mujer ama, cuida y halaga». Si bien, Pusalgas se apresura a reconocer que la educación física, moral e intelectual modifican mucho estas preponderancias en ambos sexos. Y pone distintos ejemplos de mujeres que se destacan como poetisas, filósofas, científicas, para lo cual se apoya también en la frenología de Gall y la fisiognomía de Lavater, que muestran las mismas disposiciones de la conducta, el carácter y la capacidad de la mujer, al igual que en el hombre. Pero el asunto estriba en que no realiza el ejercicio de esas capacidades, pues la educación de la mujer es nimia y defectuosa. En ese sentido, Pusalgas se proyectó a favor de la educación de la mujer, echando fueras las trabas que le impedían dedicarse a la ciencia y a las artes. La carta que coloca como anexo a su trabajo, de la Dirección General de Instrucción Pública, es bastante elocuente de los prejuicios -aunque no es este el espíritu que anima al médico barcelonés-que existían todavía en el ámbito general en cuanto a la libre incorporación de la mujer a la enseñanza. Pues, aunque se dice que la ley no prohibe que se conceda al permiso a una tal Da N. N. para que curse estudios, se hacen notar «los inconvenientes, que dado el estado de nuestras costumbres, podría ocasionar la reunión de ambos sexos en las clases, no obstante el indisputable derecho que a la instrucción tiene la mujer del que pueda usar, estudiando privadamente y dando a sus estudios validez académica por los medios marcados en la legislación vigente». El primer trabajo de Pusalgas, un manual de higiene 18 debió comenzarlo en su etapa de estudiante, y se publicó en 1831, un año antes de licenciarse en ----18 PUSALGAS, I. ( 1831), Manual de higiene: arreglado según la doctrina de Sir John Sinclair, Barcelona, Rubió; (1839), Compendio de higiene ó arte de conservar la salud; redactado de las obras de sir John Sinclair por D. Ignacio Pusalgas (2a ed.. corr. y aum. con un índice alfabético de las sustancias alimenticias con sus nombres sistemáticos), Barcelona, libr. de José Solá; PUSALGAS, I. (1843), Compendio de Higiene o Arte de conservar la salud redactado de varias obras, mayormente de John Sinclair, Barcelona, Imprenta de Indar, 3a. ed. medicina y cirugía. Es una obra sintética, resumida de Sir John Sinclair, incluso con algunas de sus partes traducidas literalmente, como el propio Pusalgas reconoce, pues no pretendía sino presentar tales lecciones sin profusión y en menor tiempo, a fin de que se pudiera aprender lo vasto de la higiene en un plazo de dos o tres meses. Esta obra, sería corregida y aumentada considerablemente por el autor en una segunda edición, también publicada en Barcelona, en 1839, añadiéndole, entre otras cosas, un índice alfabético de las sustancias alimenticias con sus nombres sistemáticos. Como es lógico, está redactada al estilo y con los conceptos aún predominantes en la época -aunque daten de siglos atrás-sobre la herencia del talento y a enfermar, el cuerpo como máquina (mecanicismo), el efecto deletéreo de los miasmas, la acción excesiva de los climas, las enfermedades acordes con los temperamentos, y otras. Así, por ejemplo, se atribuye la herencia del talento a la herencia materna. La herencia o disposición a enfermar, reconocida desde Hipócrates como verídica y aun «aconsejado a los legisladores el precepto de enlazar dos personas de vida valetudinaria, o invadida de alguna enfermedad». Esto no quiere decir que una mala constitución no pueda ser susceptible de mejorar a lo largo de una serie de generaciones. Si la madre es fuerte y bien constitucionada es difícil que tenga hijos débiles y enfermizos, con lo cual cita a Bacon para quien los infantes participaban más de la constitución de la madre que del padre. De igual forma errónea expresa que las enfermedades hereditarias no se transmiten de padres a hijos, si estos han nacido antes de manifestarse aquéllas. Es decir, si la epilepsia por ejemplo, se evidencia a los cuarenta años en un padre, los hijos nacidos antes de esa edad, estarán exentos de ese mal; mientras que los nacidos después de esa edad, tendrán la disposición a enfermar. Desde luego, aún no se conocían los trabajos de Mendel y sus seguidores, que no ocurriría sino a partir del redescubrimiento en 1900 de las leyes del monje checo, y ni siquiera Darwin había escrito sus famosos trabajo sobre el Origen de las especies (1859), donde se refería a ciertos caracteres hereditarios que se presentan en los hijos a la misma edad que en los padres. La longevidad también es atribuible por Sinclair-Pusalgas a la herencia, aunque coadyuvan otros factores, como nacer en tiempo (si no se precisa redoblar las precauciones higiénicas), ser hijo único (pues se considera a los embarazos múltiples como si fueran embarazos prematuros, ya que la mujer está destinada a tener un sólo hijo a la vez), nacimiento lento y gradual (se cita aquí a Hufeland), una buena constitución física, pasiones moderadas y un temperamento alegre sanguíneo, con un ligero tinte de flemático, que parece ser, a su juicio, el mejor. Aunque Galeno manifiesta, que con cuidado y vigilancia, se puede modificar el temperamento y robustecer la constitución. También la longevidad es favorecida por la forma regular y proporcional de todos los órganos. Aquí aboga por la doctrina de Hufeland, describiendo el aspecto físico y moral de las persona destinada a vivir más tiempo: pelo rubio más que bruno, talla mediana, carácter sereno, activo, susceptible de alegría, amor y esperanza, pero insensible a los impulsos del odio, la cólera y la avaricia; que ama la ocupación, meditar con calma, no ambicionar honores ni riquezas y estar siempre contento con su suerte. La duración de la vida está relacionada pues con el influjo de los talentos y de las pasiones. Si está controlado el talento, está bien, pero si no, puede ser una vía para enfermar. La visión que se desarrolla es la romántica que concibe el talento acompañado por lo regular de defectos corporales, o reñido con la belleza y la elegancia; determinismo físico que le hace expresar que la mayor parte de los hombres gruesos y de constitución en apariencia fuerte y saludable, tienen por lo regular limitado talento. En las pasiones, son esencialmente perjudiciales el temor y la nostalgia, que no producen de forma directa tal o más cual enfermedad, pero sí trastornan los procesos fisiológicos (sueño, digestión), de modo que Bacon recomienda no comer o dormir luego de experimentar violentas «afecciones del alma». Se admite también determinismo sexual, al asegurar que las mujeres viven más por su constitución y por estar menos expuestas a guerras, naufragios, enfermedades de la demasiada libertad. Parece que las mujeres son más débiles, delicadas y sedentarias, pero sus fibras son más moles y no tan susceptibles de endurecerse, como es característico de la vejez. Pero, según Hufeland, los hombres tienen ventajas sobre las mujeres por la superioridad de fuerzas. Luego de analizar los cambios físico y algunos fisiológicos que se producen con la vejez, pasa a ocuparse de las medidas propiamente higiénicas, analizando -a modo de las topografías médicas de la época-las relativas al domicilio, el clima, el ambiente en general, alimentación, sueño, ejercicio, aseo y otras. Es típica, por ejemplo la valoración de la influencia del clima en la duración de la vida o la producción de enfermedades y epidemias, muy relacionadas con las condiciones geográficas (ya presentes en los antiguos galenos, en efecto se cita aquí a Plinio, aunque también a Bacon), como la situación más o menos elevada, la proximidad del agua, atmósfera, vida en islas o continentes, etc. Así, en cuanto al clima, se asegura que los habitantes de los países calurosos, si bien gozan de buena salud y suelen ser longevos, tienen una vida muy acelerada, las mujeres son madres a una edad muy temprana, los alimentos son poco fortificantes y sus pasiones ardientes; estas causas tienden a limitar la duración de la existencia. Pero en general los climas calurosos, son más favorables para la salud, que para la longevidad; y al contrario, los fríos. Muy predominante en la época es la teoría de los miasmas como agentes productores de enfermedades y epidemias. Todavía Pasteur no había realizado sus famosos trabajos, ni Finlay había planteado su teoría sobre la transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito. Pero en este caso, las fuentes son bastantes atrasadas, remitiéndose a Bacon. Así se atribuye a los gases y a la putrefacción orgánica -ni siquiera a los llamados micrófitos u otros agentes, de los que se habla en ocasiones, si bien más a menudo a partir de la década del setenta decimonónico19 -, asegura que los terrenos pantanosos son malsanos a causa de las exhalaciones producidas por el gas carbónico, que las lagunas, según Bacon, son más perniciosas para los extranjeros que para los nacidos en el país; que las proximidades de las mareas a esos lagos y pantanos, son más perjudiciales porque traen gran número de insectos y peces que, al pudrirse, hacen pestilífero el aire; que las islas son más saludables que los continentes, y que se han de tomar ciertas precauciones que impidan la indolencia en un clima frío o caluroso. En relación con todo este asunto es interesante también, por ejemplo, la idea -bastante antigua ya-de que no viven más los opulentos que los que llevan una vida moderada, haciendo ejercicio al aire libre; el papel de la educación y la moral para vigilar la salud, pasatiempos, y ciertas profesiones como la agricultura, ocupación no muy violenta, por lo que los agrónomos llegan a una edad avanzada. Siguen en orden de importancia las manufacturas y artes mecánicas, pero el uso de ciertos materiales y maquinarias despiden miasmas deletéreos, perjudiciales sobre todo en talleres poco ventilados, por lo que se deben poner estos talleres en las campiñas. Algo parecido sucede con las minas, pues los mineros se encuentran expuestos a emanaciones de azufre, plomo, mercurio, pero gracias al régimen que se lleva en la mayor parte y a las precauciones que se toman, los mineros son gente robusta y bien constituida. En general las fuentes que utiliza el autor son bastante atrasadas, y quizá lo más moderno e interesante sea el análisis del aire (sus propiedades físicas y químicas) en relación con la salud y la duración de la vida, donde se citan los trabajos realizados por Alejandro de Humboldt y por Gay-Lussac, o al hablar de la naturaleza del terreno, donde se citan entre otros a Dudley, Baker, Kirkland. Si bien siempre se acepta que el aire es capaz de corromperse llegando a matar animales, como sucede en cuevas subterráneas y pozos viejos. ----Lo malsano de las aguas en ese sentido, y de otros líquidos como el café, el té, el chocolate, son analizados por el autor. Las frecuentes adulteraciones que se producían por entonces y que son recogidas por todos los manuales de higiene al uso, es preocupación constante de médicos y autoridades. Es curiosa la alusión aquí de un producto inventado por Hahnemann -el creador de la homeopatía, cuyos trabajos Pusalgas llegó a conocer, como cita en otras memorias-por medio del cual se podía conocer estas falsificaciones, y que estaba constituido por agua y 16 gramos de hígado de azufre seco (sulfato de potasa), entre otros componentes. La higiene es concebida en este trabajo como parte de una concepción mecanicista del cuerpo humano, en que los delicados órganos cumplen leyes relacionadas, de modo que cualquier desequilibrio en uno de ellos, pasa al otro, produciendo un desarreglo general. Cumpliendo los cánones de la higiene se aseguraba ese equilibrio y con ello la duración larga de la vida. EL CÓLERA Pusalgas tuvo la oportunidad de observar y, en cierta medida participar, en dos de las grandes epidemias de cólera morbo que asolaron España durante el siglo XIX: la de 1834 y la de 1854. En la primera de ellas recogió diversas notas que, según expresa no llego a publicar, mientras que de la segunda aglutinó sus opiniones en un compendio 20, que publicó en 1855. Durante esta última epidemia, se había presentado en el pueblo de Masnou, con su familia, el sobre la higiene, también hablaban de revoluciones políticas, vejaciones, guerras y persecuciones, como causas poderosas de muchas enfermedades. Los hechos acaecidos en Barcelona, el 14 y 15 de julio de 1854 -con motivo del alzamiento en Torrejón de Ardoz de los generales O'Donnell y Dulce el 28 de junio-en que «gente plebeya» atacaba las propiedades de las personas pacíficas, con el puñal y la tea incendiaria, había provocado gran temor, y sin ese temor el cólera no habría hecho tantos estragos como hizo «en la ciudad de nuestra cuna», dice Pusalgas, quien estimaba que el terror y el temor eran causas predisponentes y ocasionales del cólera morbo epidémico. A eso había que añadir -aseguraba-que Barcelona era una verdadera madriguera, con pocos espacios para respirar, exceptuando los paseos de la Explanada y la Rambla, pues abundaban las casas mezquinas, se sustituían las huertas por edificios, plazas y mercados, las fábricas hacían impuro el aire. Si bien -y aquí destacaba las muchas ofertas que se brindan en la ciudad: educativas, alimentarias, de beneficencia-los contornos de la ciudad eran amenos y deliciosos, con pueblos y quintas que formaban un jardín encantador. En estado normal, las enfermedades que más abundan en Barcelona eran las inflamaciones, catarros de invierno, erupciones cutáneas, algunas intermitentes, diarreas en verano; y en todas las estaciones, la tisis, las fiebres tifoideas -de carácter adinámico en los hombres y de atáxico en mujeres-calenturas exantemáticas propias de la infancia, viruelas, sarampión, escarlatina y rubeola. Aunque las calenturas mesentéricas eran, en ocasiones, epidémicas. En la época de Pusalgas no se conocía el agente causal del cólera (los vibriones que se transmiten con el agua), de modo que se ve precisado a reconocer que se desconoce el verdadero origen de la enfermedad, a pesar de los análisis químicos y físicos de la atmósfera, el modo de vivir de las personas, sus costumbres y calamidades. Pero Pusalgas ve en este velo sobre los ojos una causa para admirar el poder de Dios. Está claro que él no hizo autopsias ni inspeccionó los cadáveres. Por esa razón destaca más las cuestiones morales y sociales e higiénicas, como causas coadyuvantes a la enfermedad. Así expresa que la posición geográfica de Barcelona es ventajosa en general para la salud de sus habitantes, pero el temor, el sobresalto, las pasiones deprimentes, la soledad de los enfermos abandonados por familiares, los pueblos por funcionarios y eclesiásticos, eran factores que favorecían el cólera. A ello se añadían las condiciones malsanas de la clase pobre: reducidas habitaciones, hacinamiento, humedad, falta de higiene, uso inadecuado de ropas, mala alimentación, excesivo trabajo, falta de educación e inmoralidad. Entre líneas, la crítica social cuando se pregunta, por ejemplo, cómo tienen tiempo de aparejar una buena comida las clases proletarias si trabajan doce horas al día. Y también su acendrada convicción religiosa: las pocas víctimas del cólera en los conventos religiosos donde se lleva un régimen morigerado, en contraposición con el resto de la ciudad. En su memoria, recoge los casos de enfermos en diversos establecimientos, estadísticas, mediciones meteorológicas, la situación de varios pueblos y ciudades durante la epidemia, así como las medidas tomadas por el Ayuntamiento Constitucional y por la Comisión Permanente de Sanidad, dividiendo en demarcaciones a Cataluña, y nombrándose después facultativos por barrios para atender mejor a los enfermos. En este proceso Pusalgas debió sentirse relegado, pues dice sentir en el alma que se hubieran colocado en las 28 demarcaciones médicos jóvenes, que si bien tenían talento y aplicación, no fueran acompañados o sustituidos por «profesores aguerridos con el enemigo colérico», de que no carecía el claustro de la Universidad, la Academia de Medicina y Cirugía y toda la capital. De todas formas, poco podían hacer los médicos ignorando el verdadero agente causal de la enfermedad. El propio Pusalgas afirma que los métodos curativos que se pusieron en práctica por los distintos facultativos fueron tan varios que podía decirse que cada uno tenía el suyo. Si bien debieron ser los tradicionales, pues al decir del médico barcelonés, no creía se hubieran aplicado los baños recomendados por Recamier, el magnetismo, la electricidad, la acupuntura y la electropuntura que se aplicaban en el Hospital de Dios en París. En cambio, abundaron los remedios milagrosos y absurdos propuestos por charlatanes, interesados y hasta por los propios enfermos. Los anuncios frecuentes que se publicaban en los periódicos, requirieron de la intervención del gobierno de Cataluña, prohibiéndolos. La situación debió ser espantosa según se desprende de esta memoria de Pusalgas, que analiza no sólo la situación de Barcelona, sino de otros pueblos de Cataluña. Así cree que, aunque la capital contó con buenas medidas sanitarias y suficiente número de médicos, no sucedió lo mismo con los pueblos. Por ejemplo, Masnou, desde el 5 de agosto hasta primeros de septiembre sólo tuvo un médico; los enfermos de Montgat curaban o se morían sin una visita de éste. Tampoco los coléricos de Mataró tuvieron médico en los primeros días de la epidemia. La mortandad era grande y los sucesos traumáticos. En este último pueblo, los cadáveres eran transportados en dos carros amortajados unos, en ataúdes otros, a pleno mediodía. Lo que motivó que el pueblo se amotinase por la hora tan intempestiva en que eran trasladados. Ello requirió de la intervención del gobernador Pascual Madoz y del vocal de la Junta de Sanidad, José Viñolas. La violencia de la enfermedad, hizo que la gente acudiera a recibir los santos sacramentos, ante el temor de morir repentinamente. Pero fue mayor el terror cuando hallaron en la puerta principal de la parroquia, un montón de cadáveres, depositados allí para darles luego sepultura. El plan de medidas y acciones, elaborado por Madoz y la Junta de Sanidad, para contrarrestar la epidemia abarcaba no sólo las administrativas e higiénico-sanitarias, sino también otras que se referían a las necesidades de los hospitales provinciales y provisionales. Algunas de esas medidas, tenían que ver con los efectos de la enfermedad, y en especial con los vómitos y diarreas, pues se recomendaban no comer cosas indigestas, que incluían frutas verdes, tomates, pimientos, coles y otras verduras flatulentas; ciertos líquidos, como la leche, o sorbetes y helados. Otras estaban acordes con la omnipresente teoría de los miasmas, como agentes productores de enfermedades: No respirar el aire impuro de ciertas localidades peligrosas. Y otras con la imprudencia: No desafiar neciamente el mal con balandronadas y desarreglos. A pesar de todo ello, ningún remedio fue efectivo en la curación del cólera, acepta Pusalgas, quien además refiere las dudas existentes en los profesores sobre si el cólera morbo era o no contagioso, recogiendo la opinión de los que como Depech entendían que esta enfermedad se hacía contagiosa cuando su foco era grande y poderoso. Pero se pregunta, si tantos puntos atacados y en diferentes distancias se convertían en focos transportados por personas salidas de los lugares infectos. Como no se sabía el verdadero origen de la enfermedad, el propio Pusalgas se cuestionaba también si para el desarrollo de esta epidemia era necesaria una causa mórbida que permaneciera oculta en el cuerpo, incubada, como sucedía en todo contagio. Los debates en torno a si era o no contagiosa, se habían producido en la Academia de Medicina de Barcelona en 1834. La confusión estribaba en que aparecía en distintas regiones, por el hecho de que algunos de los que huían de una ciudad a otra podían ser portadores de la misma porque ya la padecían. En cuanto a la acción atmosférica, si bien Pusalgas concedía que algunas indicaciones barométricas y termométricas tenían relación con enfermedades esporádicas y epidémicas, creía que muy poco se podía atribuir a las afecciones meteorológicas como causas poderosas del cólera. Para él, el tiempo quizá señalaría como causa conjunta de tal enfermedad, «el ozono u otra combinación del fluido eléctrico con los demás cuerpos de la atmósfera, tanto ponderables como imponderables». Al final, el Ayuntamiento Constitucional de Barcelona homenajeó a Madoz, por su actuación ante la epidemia colérica, dedicándole Pusalgas un soneto que reproduce en su trabajo, y que es una muestra más de sus inquietudes literarias. RELIGIÓN, MORAL E HIGIENE Como se ha visto hasta aquí, la interrelación de estos tres aspectos como productores de la felicidad, la salud y la duración de la vida de los seres humanos, es frecuente en las obras del médico barcelonés. Hombre profundamente religioso, lo reflejó también en otras obras suyas 21. A modo de muestra, nos referiremos en esta ocasión a su Discurso sobre la Religión, la Moral y la Higiene..., publicado su ciudad natal en 1857. Aquí, destaca la parte inmaterial creada por Dios, que distingue al hombre de los animales. Pero tanto éste como aquellos con sus instintos, son guiados hacia el amor, la conservación de la salud y la prolongación de sus vidas, guardando limpieza en el baño, al beber aguas limpias, construir nidos y guaridas limpias, etc. Sin el concurso de la religión, la historia natural y la higiene no sirven de nada. No obstante, a pesar de estos sanos preceptos, se ven hombres que menosprecian esos consejos y reglas de la higiene, de la moral y de la religión «con la suciedad más asquerosa, con los vicios más torpes y el desprecio de las cosas más santas y saludables». El hombre es el único eslabón que une a las demás criaturas con los ángeles y está hecho a imagen de su Creador. La religión atempera la cólera, el malhumor, los celos, la pereza, la relajación de las costumbres, origen de tantos males. El temor de ser castigado por Dios y los preceptos de la religión se convierten en saludables consejos higiénicos, evitando la apoplejía fulminante en el colérico, la calentura gástrica en el glotón y el ataque convulsivo o el homicidio de un negativo. La religión sirve también para prevenir enfermedades morales como el onanismo. Esta muestra de la «viciosa e inexperta juventud», se confiesa -según su experiencia: 23 años en la medicina-primero al sacerdote antes que al médico. Pudor y vergüenza que son obstáculos para el médico a la hora de formar un acertado pronóstico de ciertas enfermedades y vicios vergonzosos. Por otra parte, las funestas consecuencias de este mal, tratadas en sus obras por Tissot, Debreyne y otros galenos reputados, no están alcance de los jóvenes. La religión preserva contra este pecado capital, así como contra la prostitución -úlcera gangrenosa, como dice su discípulo Felipe Monlau en su obra sobre higiene-de la gula, los virus de las pasiones, juegos de azar, ociosidad, lectura de libros obscenos, produciendo en cambio un efecto bienhechor la fe, la esperanza y la caridad, como se ve en las obras de Hipócrates y Boer-----21 PUSALGAS, I. (1857), Discurso sobre la religión, la moral y la higiene como inseparables hermanas que de consuno procuran la felicidad del hombre: leído en la Universidad Central en el acto... de recibir la investidura de doctor, Madrid, Imprenta F. Sánchez. La religión también evita los estragos de la guerra, «y sólo la permite cuando es defensiva para sostener los sagrados derechos de la Patria y de la ley de Dios». Y aconseja a los príncipes que en lugar de emplear la fuerza, traten sus intereses con la justicia y la razón. La religión y la higiene detienen al panadero para que no emplee harina de mala calidad, la lechera no eche agua a la leche, el traficante de vinos no use productos químicos para colorear o endulzar sus bebidas, con efectos tóxicos. El desprecio a estos preceptos es posible observarlo en el cuadro estadístico de Francia, durante el periodo de su revolución e incredulidad, y de España, imperando «los funestos partidos a los que acompañan el desprecio de las cosas santas y la desmoralización», en que el número de homicidios y suicidios es imponderablemente mayor que en tiempos de calma y confianza. El código moral mediante sus leyes premia la virtud y castiga al vicio, las mismas virtudes que ensalza la religión y la higiene para conservar la salud, al tiempo que castiga los delitos, los vicios y los efectos trascendentales en detrimento del bienestar de las personas. En una nación sin religión ni moral, la venganza se sacia, al avaro amontona dinero sin conciencia y el comerciante engaña. Sin moral no valen las leyes fundamentales, no son obedecidos los bandos del gobierno, y se hace sentir a menudo el azote de las epidemias y los contagios. Las facultades propias del alma le dotan para estudiar su naturaleza y evitar cuanto le es perjudicial. Así, la moral dice a los de temperamento sanguíneo y bilioso que no sean coléricos; a los de temperamento nervioso y sensible, que se fortifiquen y robustezcan con la voluntad y el ejercicio del cuerpo para llegar a ser más saludables y longevos. La higiene pública y privada da preceptos a los gobiernos, corporaciones y grupos de individuos, para preservar la salud del hombre. Siguiendo los mismos preceptos que la religión y la moral, da reglas (ejercicios corporales, limpieza, calidad de alimentos y bebidas, ropas) para evitar los desconocidos gérmenes de muchos contagios y epidemias. La relación de sus ideas religiosas con la naturaleza, las dejó bien claras en un tratadito que publicó en 1854. En cuanto a los aspectos morales dentro de su concepción católica, Pusalgas escribió dos obras, unas Lecciones de moral, y unos Cuentos morales para niños, publicados en Barcelona en 1839 y 1844, respectivamente 22. ----22 PUSALGAS, I. (1844), Cuentos morales para niños, Barcelona; PUSALGAS, I. (1854), La existencia de Dios por las obras de la naturaleza, Barcelona; PUSALGAS, I. (1839), Lecciones de moral, ó sean, Preceptos de un buen padre á sus hijos, Barcelona, Imprenta de Indar. La afición de Pusalgas por la historia tiene dos muestras fehacientes: su traducción libre de la Historia de París, de Eugêne de Monclave 23, y su tratado sobre los acontecimientos políticos y sociales ocurridos en Barcelona durante el alzamiento de la Junta general contra Espartero 24. En esta se refleja la posición conservadora de Pusalgas, que lo criticó desfavorablemente desde varios puntos de vista, incluyendo el religioso y médico-higienista. Así, vio a los ocupantes de la ciudad como «una turba insolente de hombres sin moral ni religión» que lo destruían todo insultando y menospreciando santuarios divinos, arte y ciencia. Individuos cuyos rostros y corazones eran dignos de las pinturas de frenólogos, fisionomistas y fisiologistas como Gall, Lavater y Alibert. Además de considerar a las tropas revolucionarias como un bando de facinerosos sin orden ni disciplina, compuesto por presidiarios, criminales salidos de las cárceles públicas, de casas de corrección, de gitanos, viejos e imberbes, cojos, corcovados, en fin, escombros de la sociedad procedentes de varias ciudades, Pusalgas subraya los efectos desastrosos que tuvo para la higiene de la ciudad. Describe que la plaza era un muladar de excrementos, que se veían a los invasores como «animales inmundos» tendidos en ella, haciendo aguas mayores por todas partes, mientras que los cadáveres de animales domésticos despedían hedor insoportable, sin que las autoridades municipales tomasen medidas para asegurar la salubridad pública, siendo un milagro de la Providencia que no se desatasen epidemias y enfermedades. Como recorrió la ciudad para ver los efectos producidos por las tropas revolucionarias, visitando especialmente iglesias y hospitales, Pusalgas dice entre otras cosas que los hospitales civil y militar estaban destinados para recibir a los heridos centralistas, el de Junquera y el Seminario recibían los de las partidas sueltas, y el de Santa Cruz a los milicianos. Pero como muchos de los médicos de esos establecimientos se habían ausentado, la administración general de los hospitales se vio obligada a no admitir otros enfermos, si no venían acompañados de una certificación médica que probase su dolencia y pobreza. ----23 MONCLAVE, E. de (1838), Historia de París por Eugenio de Monclave (traducción de Ignacio Pusalgas), Barcelona, Imprenta de Oliveros y Gavarró. 24 PUSALGAS, I. ( 1843), Acontecimientos políticos e históricos de Barcelona desde el 2 de septiembre de 1843 hasta la entrada de las tropas nacionales con las medidas oportunas que tomó el gobierno militar después de haber entrado en el goce de sus derechos, por unos literatos que permanecieron en ella durante aquella desgraciada temporada D. y P. y D.P.G., Barcelona, Imp. Pusalgas reflejó sus conocimientos científicos en las dos novelas ya mencionadas 25. Sin entrar en muchos detalles, diremos que, escritas siguiendo la más pura corriente romántica, no faltan en ellas los recursos que se emplearon en esa clase de obras (desmayos, misterios, virtud exaltada, enseñanzas morales y hasta lances y duelos al estilo de las novelas de caballería). Sin embargo, resultan interesantes. Los personajes se interrelacionan bien, describen y cuentan sus vicisitudes, en medio de una trama histórica, desgraciadamente poco ajustada a la realidad, a pesar de que en ambas novelas, el autor consultó diversas obras de los Cronistas y de otros autores. Ubicada una durante el descubrimiento y conquista de Cuba, y de México la otra, Colón y sus hijos, Cortés y Moctezuma, desempeñan un papel sobresaliente en estas novelas, donde abundan las tramas amorosas, los crímenes, y suicidios, pero también aventuras y romances, y donde los indios hablan, sienten y se comportan psicológicamente como los europeos. Hombre, muy católico y conservador, como ya se ha dicho, su religión es adquirida por algunos personajes (por lo general los simpáticos y buenos), está siempre presente y es la solución para evitar el concubinato, espiar los pecados de muchos de ellos o para contraponerla a la bárbara religión de los indios con sacrificios humanos, adoración al sol, a los árboles y otras muestras de idolatría. Eso hace que describa las chozas de los indios con puertas, que los baños para hombres y mujeres, estén separados, o se vean las relaciones sexuales y el embarazo como algo pecaminoso y otras manifestaciones morales, más propias de europeos que de aborígenes. Del mismo modo, se agregan disertaciones políticas por las cuales habla Pusalgas en contra de tiranos, gobernadores, déspotas y caciques que no conducen bien a sus pueblos, los cargan de impuestos o no le dan educación suficiente. No cabe duda de que la obra de este médico barcelonés es una parábola de la España de su tiempo 26. La visión rosseauniana -autor al que cita en su obra sobre México-explica su disertación, en boca de varios personajes, contra el despotismo y la esclavitud, así como sobre «la razón y el tiempo y ----25 PUSALGAS, I. (1988), El Nigromántico mexicano, Sabadell, Caballo Dragón, D. L. (Colección Los Inenarrables, 3), reimpresión de 1838; PUSALGAS, I. ( 1839), El sacerdote blanco, o la familia de uno de los últimos caciques de la isla de Cuba: novela histórica americana del siglo décimo quinto, Barcelona, Imprenta de Indar, 2 t. 26 Esto es algo que se pregunta el comentarista de la segunda edición de El Nigromántico Mexicano, o cuando sugiere al lector que lea en lugar del nombre de Moctezuma, el de Fernando VII. no la violencia y la autoridad son las que pueden producir útiles revoluciones», mientras que los legisladores deben procurar mantener a su país en la abundancia y paz, haciéndola superior a los demás con sabiduría, virtudes y felicidad. En ese sentido, se encamina la oración inaugural de Cortés, al final de la novela mexicana llamando a las leyes naturales, la obediencia, la moral, la ley social, los derechos, las leyes religiosas y los deberes del soberano en contra de los estados despóticos. A pesar de que Pusalgas manifiesta también que el vencedor no tiene derecho a esclavizar al vencido, su opinión está a favor de la conquista y la colonización en todo tiempo. Lo que explica su crítica final a los países americanos que se habían liberado o pretendían exonerarse, para formar gobiernos a su antojo y habían caído en «el horroroso abismo de las disensiones intestinas y guerras extranjeras, o al tratamiento más bárbaro que han elegido para ser gobernados». En cuanto al aspecto científico, en ambas novelas se introducen plantas y animales que no son propios de América. Así, por ejemplo, en Cuba y México menciona árboles, como el boabad, asbesto, dracaenias, adamsonias, rafflasias y otras plantas de las que describe sus características y utilidades desde los tiempos antiguos, pero que son de Sumatra, Ceilán u otras regiones del mundo. Introduce en la isla fieras como leones y tigres, que acompañan al sacerdote blanco o persigue a los indios. Otras veces, simplemente menciona que las especies se parecen a varias de España o de Europa. Además de los Cronistas de Indias, son citados diversos autores, que revelan sus muchas lecturas, entre los que se cuentan Marco Polo, Alejandro de Humboldt, Parisot y otros. Las notas a pie de página le sirven para describir geográficamente la flora y fauna de ambos países, fenómenos físicos y otras cuestiones científicas. La descripción física que hace de los indios en ambas novelas es por regular favorable, destacando la gran belleza de las indias, si bien en ocasiones con rasgos europeos, como cuando dice por ejemplo que la hija de Moctezuma tenía las mejillas encarnadas y los ojos azules. Pusalgas no puede menos, como médico al fin, que referirse a la forma de curar las heridas, con plantas por parte de los indios, de describir la locura o monomanías de algunos personajes, los paroxismos y momentos finales de otros, el tratamiento mediante manantiales de aguas medicinales y baños públicos promovidos por caciques o marcas hereditarias que explica con razones fisiológicas en oposición a las creencias vulgares. Asimismo, recoge algunas manifestaciones de enfermedades como la viruela que asoló a las poblaciones aborígenes, o, como ya sabemos, subraya la significación de impresiones emocionales y morales en la afectación de la salud y hasta de la pérdida de la vida. En sentido general, Pusalgas se enmarca dentro de un período signado por convulsos movimientos políticos e históricos de España y de su ciudad natal, Barcelona, pero también pudo constatar las pugnas que se dieron entre médicos y cirujanos, entre el Colegio y la Universidad, y entre los mismos profesionales por alcanzar notoriedad. Intentó conciliar sus opiniones científicas y literarias con su profunda raigambre religiosa. En el terreno científico defendió algunas corrientes que eran controvertibles y hasta negadas por los científicos más avanzados, como eran la frenología y la fisiognomía de Gall y Lavater respectivamente, pero que todavía tenían mucha aceptación. En sus obras perduran aún vetas mecanicistas y vitalistas, y pueden encontrarse además referencias a la homeopatía muy difundidas en esa época. En gran medida son el resultado de las fuentes -sobre todo francesas-que empleó para elaborar sus trabajos. Del mismo modo que puede observarse en las realizadas por otros autores españoles, como Manuel Hurtado de Mendoza, Agapito Zuriaga, Lorenzo Boscasa o Mariano López Mateos, por sólo mencionar algunos. Pero en estos, como en el propio Pusalgas, la intención era hacer más accesibles a los estudiantes los conocimientos áridos de la anatomía. Su entrega a la docencia durante la mayor parte de su vida, merece reconocimiento, de la misma manera que un lugar dentro de la cultura hispana.
El objetivo de este trabajo es demostrar, valiéndonos del análisis de la regulación normativa de la institución matrimonial, la fuerte carga de coercitividad que caracterizó a la Eugenesia argentina y a su reformulación «derechizada», hacia los años 30, mediante la adscripción de intelectuales fuertemente influyentes en la política local a la Biotipología, «ciencia» sistematizada por el médico fascista italiano Nicola Pende y adoptada también en la España franquista por el psiquiatra militar Antonio Vallejo Nágera. Coercitividad que siendo legalmente instrumentada para legitimar políticas de clasificación, jerarquización y exclusión es historiográficamente relativizada, al atribuirse a la influencia católica una función moderadora de las formulaciones eugénicas autoritarias, normalmente identificadas bajo el rótulo de «anglosajonas». Veremos, por el contrario, que la «Eugenesia latina» no representó una modalidad suavizada de las políticas de «mejora de la raza» orquestadas desde comienzos del siglo XX en Estados Unidos y luego en la Alemania nazi, sino que constituyó el fundamento teórico de un análogo delirio pseudocientífico encabezado por Mussolini y rápidamente institucionalizado en un país de Sudamérica. «Si hay un campo de la vida humana en que la biología, la moral y el Derecho no deben ni pueden marchar disociados... ese campo es el del matrimonio, para la legítima constitución de una familia» (Nicola Pende, 1967) Si bien no evaluaremos ahora el grado de «fascistización» del Estado argentino durante el traumático siglo XX, intentaremos repensar la instrumentación de su biopolítica destacando sus semejanzas con algunos de los aspectos tipificantes del fascismo y del franquismo. Así, los puntos de contacto entre la «primacía de la política» mussoliniana, entendida por Gentile 1 como la «resolución total de lo privado en lo público» a partir de la subordinación de los valores pertenecientes a la vida privada al valor político por excelencia, el Estado -concebido como una realidad absoluta frente a la cual los individuos y la sociedad sólo eran instrumentos para la consecución de sus fines de poder-y la política argentina en materia de Eugenesia y Biotipología, nos impulsan a identificar en esta última una estrategia de dominación que va mucho más allá de un pretendido logro de bienestar general para presentes y futuras generaciones. La teoría de la «nueva raza» pergeñada desde el «laboratorio» de la revolución antropológica fascista e instrumentada merced a la «ciencia de Pende» 2 adquirió corporeidad en el Instituto Biotipológico (Gé-----1 GENTILE, E. (2002), «El fascismo italiano» en ANTÓN MELLÓN, J. (Coordinador), Orden, jerarquía y comunidad. Fascismos, dictaduras y postfascismos en la Europa contemporánea, Madrid, Tecnos, pp. 77-102, p. 2 Según este endocrinólogo, la Biotipología era una disciplina orientada al «estudio unitario, poliédrico y correlacionalista de los fenómenos morfológicos exteriores e interiores, funcionales, reaccionales, humorales, volitivos, afectivos e intelectuales, que en su conjunto y en sus relaciones recíprocas constituyen la persona humana sintética e individual». Este concepto nova, 1926) y en el de Bonificación Humana y Ortogénesis de la Estirpe (Roma, 1938), seduciendo profundamente a la elite dirigente argentina que creyó encontrar en esta operativización de la Eugenesia el medio idóneo para asegurar sus privilegios ante las cada vez más fuertes presiones de una población marcada por una alta heterogeneidad inmigratoria 3. Ahora desde la Biotipología, como antes lo había sido desde la Antropología criminal lombrosiana, se aseguraba la detección «científica» de agentes perturbadores del orden -privado o público-, permitiendo instrumentar, consecuentemente, las medidas de exclusión necesarias. Para ello, a la creación de manicomios e institutos de menores le seguiría la fundación en 1932 de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, bajo la directa inspiración de Pende 4. A través de esta institución, que contó desde sus inicios con un decidido apoyo gubernamental, se gestaron los fundamentos «teóricos» que avalaron las políticas inmigratorias y demográficas instrumentadas hasta 1945 y que trasuntaban un deseo palingenésico de transformar una realidad política y social si no adversa, al menos «amenazante», mediante una propuesta de retorno a un status premoderno paradójicamente sustentada por teorías biológicas emergentes en la modernidad. Desde 1945 y hasta entrada la década de 1970 fue la Sociedad Argentina de Eugenesia, de la mano del prolífico jurista Carlos Bernaldo de Quirós, la entidad encargada de difundir las pretendidas «bases científicas» que avalarían la exclusión. Exclusión cuyo mecanismo ya no era la deportación material, la transferencia fuera del espacio social, sino el aislamiento dentro del espacio moral, psicológico, público; por lo que, desde una perspectiva foucaultiana, al igual que en el panóptico, en la «nueva Eugenesia» ya no había indagación sino vigilancia, examen 5. Advirtiendo entonces la densa trama tejida entre poder político y saber -u órganos a través de los cuales se institucionaliza ese saber-, resulta decisivo en un análisis de las características del presente profundizar sobre los instrumentos coercitivos utilizados en el afianzamiento de un discurso empeñado ---fue también adoptado por el biotipólogo argentino Arturo Rossi (ROSSI, A. (1944), Tratado teórico práctico de Biotipología y Ortogénesis, tomo I, Buenos Aires, Editorial Ideas, p. 3 Recordemos que si aún en las democracias más liberales -como la inglesa-se llegó a admirar de Mussolini su capacidad de poner orden en su nación, también aquéllas eran conscientes de que «el estado orgánico no exigía una revolución en la estructura de clases existente», (cf. MOSSE, G. (1997), La cultura europea del siglo XX, Barcelona, Ariel, p. 4 Una historia de las instituciones eugénicas en Argentina puede encontrarse en: MI-RANDA, M., VALLEJO, G., «Las huellas de Galton: eugenesia y control social en la Argentina del siglo XX», Taller, 21, Buenos Aires (en prensa). en «racionalizar lo irracional». De ahí la gravitancia de un estudio sociocultural del mensaje legislativo -sea la ley mentada o gestada-en un Estado cuyas elites políticas se mantuvieron fuertemente amalgamadas con los miembros más representativos del campo de las Ciencias de la Salud; oficiando éstos frecuentemente como intelectuales orgánicos de un pensamiento liberal de sesgo conservador que, primero en nombre de la Higiene, y luego de la Eugenesia y la Biotipología, demandó profundas restricciones a las libertades individuales. Así, en un íter de la evolución de la ortodoxia eugénica en la Argentina pueden identificarse marcadamente dos etapas, cuyas diferencias más significativas deben buscarse en el campo ideológico-político y no en la esencia de sus propuestas específicas. La primer etapa, que podríamos denominar como de «Eugenesia de coercitividad explícita», se originó a partir de la fuerte irrupción de la escuela pendeana en el circuito médico local consolidada con la visita que el italiano realizara al país en 1930 y la posterior misión oficial a Italia de los médicos argentinos Arturo Rossi y Osvaldo López con el objeto de interiorizarse sobre la implementación de la reciente Biotipología. Éstos, a su regreso, conformaron la mencionada Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, designando a Nicola Pende como Primer Miembro Honorario. El órgano de difusión de esta Asociación, los Anales de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, constituyó un medio permanente de propagación de las ideas heterófobas que la presidían y que estaban tan en boga en la Europa de entreguerras. Por ejemplo, para Rossi -su director-la Eugenesia tendía a la perfección de la raza «mediante la generación seleccionada y la eliminación de los incapaces y de los ineptos» 6, siendo la Alemania nacional socialista la «única nación del mundo» donde su legislación y su práctica operaban en «forma integral», recomendándose la «selección coercitiva» de los futuros cónyuges a fin de «realizar la profilaxis de las enfermedades hereditarias dominantes» 7. Luego del Holocausto y de la desaparición física de Rossi, y coincidentemente con la absorción por el Estado peronista de los objetivos de su Asociación, emerge la Sociedad Argentina de Eugenesia con un discurso empeñado en disociarse del nazismo. Durante este período, de «Eugenesia de coercitividad disimulada», no hubo lugar para las formulaciones explícitamente ----racistas de otrora 8, encargándose empero esta Sociedad de propiciar fortísimos dispositivos de control social sobre el «otro», identificado no ya con el negro o el mulato, sino con el «diferente» -prostituta, homosexual, comunista o hippie-. En una intertextualidad que involucra en forma permanente la teoría del psiquiatra español Antonio Vallejo Nágera 9 -artífice de la «patologización» de los combatientes republicanos en la Guerra Civil española-, Carlos Bernaldo de Quirós insistió desde Argentina en la «insuficiencia» de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Ésta era, según él, «una exposición teórica, fría, reticente, sin alma ni principios eugénicos» que imperdonablemente no contemplaba como «derechos fundamentales» el de «selección consciente, instruida y responsable eugenésicamente» para el matrimonio, ni el de «nascencia eugénica del hijo», directa consecuencia de un «cruzamiento eugenésico» 10. Finalmente, tras la muerte de Quirós, en 1973, y el subsiguiente debilitamiento de la institución por él creada, se consolidó en ese país una ideología que, afianzada luego bajo el amparo del autoritarismo instalado en 1976, coaccionó sobre los estigmatizados para la exclusión, hasta hacerlos «desaparecer» del proceso reproductivo -tanto biológico como ideológico-en una trampa mortal sostenida en torno al conocido argumento de una supuesta «reorganización nacional». Pese a ello, en nuestro medio viene siendo insistentemente sobredimensionada la tesis sostenida por Nancy Leys Stepan en The hour of eugenics 11, respecto a que en Latinoamérica, en general, y en la Argentina, en particular, no tuvieron lugar las teorías genéticas «duras», adjudicándole a los puntos de vista extremos un lugar secundario con respecto al intento de implementar ----8 En cambio, la opinión de Rossi -compartida por sus seguidores-sobre esta cuestión era concluyente: «La raza superior que mezcle su sangre con una raza inferior, necesariamente dará tipos enfermos; el mulato resultante del cruce racial entre un blanco europeo y un negro africano es biológica y socialmente un sujeto inferiorizado.... En cambio, del acoplamiento de dos seres de raza superior, originarios de cepos ambientales y familiares diferentes, tales como los que predominan en la mayoría de los cruces raciales americanos, por ejemplo, surgen casi siempre sujetos superiorizados biológica y socialmente» (Ibidem, p. 9 Para este autor la Biotipología constituía un «colosal esfuerzo de artistas y sabios, empeñados en hallar las diferencias entre seres humanos que viven bajo el mismo cielo» (La cursiva es nuestra políticas de reformas sociales 12. Sin embargo, aquella autora también se detiene en destacar el viraje experimentado por la ideología eugénica local «from the left to the right», advirtiendo la profunda admiración que sentían los biotipólogos argentinos tanto hacia la retórica como hacia los programas de acción implementados por Mussolini 13. Para Stepan, Argentina fue el único país de América Latina que logró cumplir el viejo sueño de las elites, de alcanzar la transformación racial mediante el «blanqueamiento» y la europeización de su población 14. Desde la historiografía local -aún la más reciente-se afirma, empero, que la Eugenesia tuvo entre los médicos argentinos -probablemente por el «importante peso del pensamiento católico»-una proyección política reformista, incompatible con metodologías «negativas» (como esterilizaciones o prohibiciones matrimoniales). A esto se le suele adunar una reiterada advertencia sobre la prevalencia de la concepción neolamarckiana de la herencia, que, «con su énfasis en la transmisión de las características adquiridas», habría facilitado la fusión de los términos frecuentemente yuxtapuestos «herencia» y «ambiente», fusión que en términos de políticas sociales habría significado una «combinación de reformas» tendientes «al mejoramiento y control de ambos términos». Esto armonizaba, según Zimmermann, con el optimismo que los reformadores latinoamericanos tenían sobre el mejoramiento de las condiciones sociales y de las técnicas sanitarias como instrumentos de perfeccionamiento racial: si la raza degeneraba como consecuencia de un ambiente poblado de «venenos raciales», tales como el alcohol, las enfermedades venéreas y las condiciones insalubres de trabajo, las reformas sociales que apuntaban a poner fin a esos factores degenerativos adquirían una importancia suprema 15. Coincidentemente, una novísima compilación de Armus afirma que «los matices de la Eugenesia neolamarckiana latinoamericana, bien atentos a la prevención y el mejoramiento social» se diferenciaban claramente de la Eugenesia anglosajona promotora de esterilizaciones forza----- das y masivos exterminios 16. No obstante entendemos que si bien en América existió una Eugenesia que podría llamarse «latina» 17, preocupada inicialmente por la instrumentación de medidas higiénico-sanitarias, la característica que presidió el posterior discurso de las instituciones eugénicas «oficiales» argentinas no autoriza una drástica diferenciación axiológica con aquella dura Eugenesia «anglosajona». Así, repensando las estrategias eugénicas concebidas o instrumentadas coercitivamente en la Argentina e intentando realizar aportes tendientes a una relectura de los procesos autoritarios locales en clave biopolítica, resulta de poca utilidad la equívoca y usual clasificación de la Eugenesia como «positiva» o «negativa» 18. En efecto, tanto quienes entendieron que la Eugenesia negativa procuraba eliminar o impedir la procreación de los menos aptos y, la positiva, incrementar la nascencia de los más aptos; como los que vieron en la primera un enfoque cercano al determinismo genético y, en la segunda, una revalorización de la influencia ambiental fueron adoptando, indistintamente, medidas imperativas o voluntarias, que iban desde la propuesta de esterilización de los criminales y locos o la separación de los cónyuges enfermos por disposición del Estado hasta la implantación del certificado médico prenupcial, el control de la inmigración, y la atención de la mujer embarazada y la protección del niño. Es entonces precisamente la característica de esa instrumentación -imperativa o voluntaria-la que debe revalorizarse al reevaluar la Eugenesia local, más que centrar los esfuerzos en revisar el campo eugénico desde la carga conceptual dada por sus mismos protagonistas. Solamente una mirada desde esa perspectiva permite visualizar la adopción creciente de medidas eugénicas «imperativas» o «autoritarias» en desmedro de toda solución progresista de corte «voluntario», independientemente de que el factor principal de atribución fuera genético o ambiental 19. ----16 ARMUS, D. (2002), «Introducción» en ARMUS, D. (compilador), Ente médicos y curanderas. Cultura, historia y enfermedad en la América Latina moderna, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, p. 17 GARCÍA GONZÁLEZ, A., ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (1999), En busca de la raza perfecta, Madrid, CSIC, p. 18 La ambigüedad de la tipificación de un instituto particular como de eugenesia positiva o negativa radica en la característica esencialmente «actitudinal» de esa clasificación, lo que ha sido señalado recientemente por HABERMAS, J. (2002), El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?, Barcelona, Paidós. 19 Los intentos por resistir a la instrumentación de las propuestas oficiales que se servían de la Eugenesia para legitimar los dispositivos de control social necesarios para perpetuar la Podemos anticipar, pues, que afirmadas desde una fuerte presencia liberal de impronta católica, las diversas propuestas eugénicas provenientes de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social estuvieron caracterizadas por su marcada coercitividad, puesta de manifiesto a través de la ley, la educación autoritaria y los preceptos religiosos. Desde la Sociedad Argentina de Eugenesia -al igual que años antes lo hiciera la Liga Argentina de Profilaxis Social-también se entendió que la «ciencia del cultivo de la raza» debía ser «imperativa», puesto que la Eugenesia «voluntaria» implicaba la «preexistencia de un estado de pureza, de equilibrio y de respeto» que requería una «superación espiritual» aún lejana. En ese proceso evolutivo hacia la perfección, la ley debía actuar, procurando un doble fin: «educar al hombre para que alcance esos bienes, y ampararlo con leyes que le impidan dañarse a sí mismo y que le veden perjudicar a los demás»20. Ahora bien, reconociendo en la institución matrimonial un punto de tensión fundamental en el control de la reproducción -¿no se trata de eso, básicamente, la Eugenesia?-y advertidos tempranamente de que la Eugenesia abarcaba, siempre, «problemas de tres órdenes distintos: médicos, legales y económicos», es decir, que tenía un carácter «eminentemente social» 21; resulta oportuno profundizar, entonces, sobre la operativización del derecho constitucional a contraer matrimonio -artículos 14 y 20 de la Carta magna argentina sancionada en 1953-, atentos a que toda subsunción normativa implica una restricción del derecho fundamental por ella reglamentado. La instrumentación efectiva de la Eugenesia o «ciencia del cultivo de la raza» exigió prestar una profunda atención al instituto matrimonial y a su ---posición dominante de la oligarquía argentina, se convirtieron en expresiones aisladas de intelectuales de significativa trayectoria, como ser los anarquistas Bartolomé Bosio o Juan Lazarte, este último inexplicablemente cercano, con el transcurso de los años, a la Eugenesia de Quirós. En efecto, una procreación «exitosa» 22 requería de una «concienzuda» determinación de los parámetros eugénicos y biotipológicos a ser tenidos en cuenta al momento de elegir al futuro cónyuge; y ante la eventualidad de su inobservancia, era menester prever el diseño de instrumentos coercitivos -los «impedimentos matrimoniales» 23 -que, fundados en un «bien común» oscuramente definido pero siempre privilegiado por sobre el bien o la libertad «individual», prohibieran o difirieran la unión legal de dos personas de cuya copulación sólo podía esperarse un producto «disgenésico» 24. Así, de entre las líneas de acción ideadas desde el discurso y la praxis argentina, caben destacarse aquellas que -fuertemente influenciadas por la ---- 22 Desde el sesgo conservador que generalmente presidió al liberalismo argentino, el «éxito» radicaba no sólo en la ausencia de males hereditarios, sino también, en la obtención del máximo status jurídico familiar posible: el de hijo concebido en el marco de una unión legal. A partir de la sanción del Código Civil de Vélez Sarsfield, en 1869, los hijos fueron clasificados en dos categorías principales: legítimos e ilegítimos, detentando sólo los primeros -es decir, los concebidos en el marco de una unión que había sorteado con éxito todos los impedimentos matrimoniales-el cúmulo de derechos de familia. Los hijos ilegítimos, discriminados en cuatro categorías, podían ser: hijos naturales (nacidos fuera del matrimonio, de padres que al tiempo de la concepción hubieran podido casarse, aunque fuese con dispensa); hijos adulterinos (eran los procedentes de la unión de dos personas que al tiempo de la concepción no podían contraer matrimonio porque una de ellas, o ambas, estaban afectadas por el impedimento de ligamen); hijos incestuosos (nacidos de padres que tenían impedimento para contraer matrimonio por parentesco no dispensable según la iglesia Católica); hijos sacrílegos (procedentes de padre clérigo de órdenes mayores o de persona, padre o madre, ligada por voto solemne de castidad, en orden religiosa aprobada por la iglesia Católica). A los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos les estaba prohibida la indagación de su paternidad o maternidad, mientras que los naturales podían hacerlo. No detentaban derecho sucesorio respecto a su padre o madre y éstos no lo tenían en la sucesión de sus hijos, careciendo de patria potestad y de autoridad para designarles tutores; y, según el art. 342 1° parte de aquel cuerpo legal, no tenían, por las leyes, padre o madre ni parientes algunos por parte de padre o madre. 23 Vale recordar que desde la biotipología se destacaba la trascendencia biológica de una unión legítima -de ahí la insistencia sobre los impedimentos matrimoniales, en lo que sería un «segundo estadio de coacción»-afirmándose que no era indiferente «para la constitución individual que el hijo sea legítimo, natural o ilegítimo», infiriéndose de ahí que aquél no era «solamente el fruto de las entrañas de su madre, sino fundamentalmente la resultante del ambiente familiar», y adjudicándole al descendiente «natural» un psiquismo estigmatizado por su «complejo de inferioridad» (ROSSI, A. (1944), p. 24 El concepto de Disgenesia, por oposición al de Eugenesia, implica a todo proceso «contrario al progreso de la raza». doctrina italiana de la primera mitad del siglo XX-propusieron un rígido sistema legal de «impedimentos matrimoniales»; como las que, no menos autoritariamente, intentaron «reglamentar» la Casti Connubii 25 propiciando el «consejo médico prenupcial» como recomendación «desinteresada» inspirada en el fin supremo de «mejora de la raza». Este dispositivo, también compartido por Pende en la nueva orientación que le diera a su disciplina hacia los años 70 26, desalentaría -según se afirmaba-la procreación de los «degenerados» al desaconsejar su unión matrimonial. En efecto, desde la dirección de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, Rossi se encargó de privilegiar la «función social» del matrimonio, remarcando en él la primacía de «la conciencia del individuo de su propio valor como reproductor de la especie» 27; y proponiendo, consecuentemente, «la selección eugenésica de los matrimonios» 28. Una vez conformadas esas uniones «selectas», emergía el sesgo poblacionista indefectiblemente presente en la doctrina que identificara a los totalitarismos europeos del siglo XX y resumible en la manifiesta finalidad de «elevar al máximo la fecundidad de los cepos sanos con intensa propaganda demográfica» 29. Entonces, según la propuesta de los biotipólogos pertenecientes al período de «Eugenesia de coercitividad explícita», la «difícil función» del matrimonio no debía ser «librada al azar», ni «menos aún al capricho, ni tampoco al solo gusto individual, a la pura simpatía, al solo deseo carnal o apetito sexual, el amor o pasión amorosa». El amor, que «enceguecía», sólo lograba «desequilibrar al espíritu»; siendo la función de ellos «detectar» en sus investigaciones ---- 25 Esta Encíclica, dictada en 1930 por el Papa Pio XI constituye un documento eclesial de profunda ambigüedad sobre la cuestión. En efecto, manifestando oponerse a cualquier tipo de prohibición matrimonial de orden eugénico concluye afirmando la conveniencia de «aconsejar» que no contraigan enlace a quienes se conjeturara que sólo podrían engendrar «hijos defectuosos». 26 Pese a que Pende se manifiesta partidario de los «certificados prematrimoniales voluntarios» expedidos por «consultores prematrimoniales especializados» -como los que por entonces actuaban en Milán-y de la adopción de una especie de «certificado prematrimonial como obligación moral», tal como se hacía en Francia (PENDE, N.; SPIAZZI, R. (1967), Las leyes del amor, Bilbao, Ediciones Paulinas, pp. 21-22); equívocamente propone «revisar» las normas jurídicas vigentes que desconocían la «necesidad» de impedir el matrimonio a quienes «erróneamente» eran considerados «normales» pero cuya constitución física o psíquica comprometía «seriamente tanto la actitud como las finalidades esenciales del matrimonio», es decir, «la procreación y una comunión de vida de los cónyuges sin contrastes incurables» (Ibidem, p. a los individuos supuestamente «sanos» que, pese a su apariencia, poseían algún estigma ancestral que los convertía en «ineptos» para la reproducción de la especie 30. Y precisamente para evitar esas uniones «indeseables», indudable producto de un «sistema fallido de formación humana familiar» 31, Bernaldo de Quirós propuso -en el marco de lo que hemos dado en llamar «Eugenesia de coercitividad disimulada»-la creación de escuelas oficiales de «Formación Humana», análogas a las que a instancia suya había instrumentado el Museo Social Argentino en 1956. El principal objetivo de la creación de estas escuelas era el de dictar cursos sobre «Organización Humana Eugénica», especialmente destinados a «aclarar dudas» respecto a la orientación matrimonial, a la vida familiar, a la conducción infantil, y al consejo y actuación sociales 32. Puesto que la Eugenesia Integral Positiva -como gustaba denominar Quirós a su variante de «mejora de la raza»-partía del principio de que toda existencia humana estaba supeditada a que ambos sexos fueran «sanos, libres, instruidos, conscientes y responsables para la función genésica: es decir, humanizada, eugenésica» 33; era menester aceptar y estimular «una selección libre, instruida, consciente y responsable, por el biotipo sano, de un cónyuge futuro con iguales calidades», reclamando una «educación capacitadora de las juventudes, la dedicación activa de las escuelas (oficiales y privadas) y la colaboración inteligente de las instituciones fundadas en tal sentido» 34, razón por la cual su plan debía centralizarse en un «Consejo Nacional de Formación Humana Biosocial» con institutos de educación para el Matrimonio, para la Familia y para la Conducción Filial y Social 35. Sólo de esa forma se lograría regular «el amor irresponsable e incivil, los acoplamientos llamados «naturales», los hijos del azar y de la disgenesia, el libertinaje en todas sus formas, y el interés egoísta contracepcional y monotecnofílico o del hijo único» 36. Obviamente, en esa selección eugénica adquirían particular protagonismo los egresados de la Facultad de Eugenesia Integral y Humanismo organizada en 1957 por Bernaldo de Quirós en la órbita del Museo Social Argentino, ya fueran aquellos auxiliares técnicos en relaciones humanas (carrera de 2 años), ---- 30 Estas preocupaciones de Quirós por la influencia ambiental en la formación de las futuras generaciones -característica que lo llevó a autodefinirse como neolamarckiano-nuevamente guardaban estrecha relación con las expresiones de su contemporáneo, el franquista Antonio Vallejo Nágera, para quien antes del casamiento debían conocerse mutuamente los esposos «en todos sus aspectos temperamentales y caracterológicos, estudiar las reacciones de la comparte y averiguar las tachas familiares susceptibles de transmitirse hereditariamente», pues su «felicidad futura» dependía, fundamentalmente, «del acoplamiento de las respectivas cualidades psicológicas» 40. La tesis de Vallejo sobre Eugamia 41 ----37 Los neologismos «humanogógico», «humanogogía» y sus derivados fueron creados por el mismo Quirós en el marco de su teoría explicativa de la Eugenesia Integral Positiva. 38 La atención en el Consultorio estaba precedida por una escrupulosa distinción que hacía el Licenciado Eugenista Humanólogo de las características de su examinado. Podía tratarse de (en grado ascendente de virtud) un «homínido», un «ente», o un «humánido». Así, de una aggiornada ficha biotipológica surgía la categoría a la que pertenecía, a partir de la siguiente requisitoria: a) Datos sociales (datos personales y modo de actuar, modo de ser, salud familiar, etc.), b) Datos eugénicos (valor biológico, herencia familiar e individual, etc.), c) Datos euténicos (climáticos, ambientales, morales y tendencias anormales) y d) Datos culturales (cultura clásica o moderna, educación, etc.). 39 era -según él-«superadora» de la Eugenesia, cuyos postulados solamente proporcionaban «el patrón para la selección de los padres». De la «elección del compañero en la vida y en la procreación de los hijos» debía ocuparse cada uno, pero «teniendo en cuenta los conocimientos científicos sobre la materia, para moldear los impulsos del corazón» 42. Vallejo Nágera 43 -quien, al igual que Pende y Quirós, era un ferviente partidario de la psicología tomista-ideó una «línea biológica» en torno a la «herencia y la genética» a partir de una transposición de los postulados mendelianos, de manera que tanto la constitución como el ambiente fueran trascendentes en la conformación de su concepto de «raza». Consideraba Vallejo que mediante la «Higiene Racial» se obtendrían genotipos perfectos merced a la «creación» de fenotipos ideales, siendo preciso «sumergir» continuamente al individuo en una «atmósfera sobresaturada de moralidad» y a «gran tensión ética, con objeto de que sus emanaciones se incrusten en el «fenotipo» y se transformen en fuerzas instintivas susceptibles de transmitirse hereditariamente» 44. Y en ese proceso adquiría fundamental protagonismo la actividad de los «consultorios prenupciales» que «bien orientados», ejercerían «benéfica influencia sobre la raza y la familia» pues «dentro de la libertad de elección conyugal» los jóvenes debían recibir consejos que «aseguren su felicidad» 45. De esta manera, la Eugamia -prestándole «a Cupido una potente antorcha para que elija acertadamente y dejen de llamarse víctimas quienes fueron heridos ----41 Para este autor, la Temperamentología era la ciencia que estudiaba los temperamentos humanos; siendo la Eugamia la disciplina derivada de aquélla que se ocupaba de la investigación de las sutilezas temperamentales en relación con el matrimonio. Así, resultaba «insuficiente el conocimiento del novio adquirido durante el amistoso trato nuvial», debiéndose estudiar «si cruzadas las propiedades biológicas y psíquicas de ambos cónyuges» se transmitirían a los hijos «ciertas aptitudes y rasgos favorables de la personalidad» (Ibidem, p. 43 Sobre Antonio Vallejo Nágera pueden consultarse, entre otros trabajos: HUERTAS, R. por sus flechas» 46 -evitaba la «enfermedad o fiebre amorosa» que, según Pende, aquejaba a quienes se casaban «con los ojos vendados» 47. Partiendo -análogamente a Pende y Quirós-del postulado que la familia cristiana era «superior a todas» 48, este franquista difusor de la Casti Connubii para «beneficio de la raza», reclamaba -apelando a los dichos de Frick, Ministro del Interior de Hitler-«la división de la masa de población en castas, con arreglo a los valores espirituales que cada individuo haya manifestado en la grandiosa contienda nacional». Clasificación de clases según su «alta, mediana o baja espiritualidad» que, según él, no estaba basada exclusivamente en una evaluación de las dotes intelectuales «sino también en las morales, reflejadas en excelsa conducta patriótica» 49. Paradójicamente, y quizás absorbiendo la propia ambigüedad de la Encíclica, el español afirmaba bregar por la libertad en la elección del cónyuge, libertad que, no obstante, debía ser encauzada «hacia la elección del biotipo conveniente» 50. De este modo, para Vallejo, la oposición de la Iglesia Católica «a cualquier restricción estatal eugenésica» que representara un «atentado al derecho natural» no impedía los métodos eugámicos mientras no impusieran la elección del cónyuge; lo que autorizaba el «consejo» y las «medidas encaminadas a ilustrar a la juventud sobre las conveniencias eugenésicas» 51 básicamente a través de los «métodos eugámicos» de educación prematrimonial, consejo prenupcial y diagnóstico biosocial con arreglo al árbol genealógico y psicobiograma individual 52. Así, el «enorme beneficio para la raza» derivado de la Eugamia, al eliminar «los genes indeseables, y, sobre todo, atenuar las malas propiedades mediante cruzamientos bien meditados» 53, coadyuvaba al logro del ciudadano modelo, «siempre casado y prolífico» 54. Finalmente cabe destacarse que en el contexto de la que hemos denominado «Eugenesia de coercitividad disimulada» resulta por demás significativo el abrupto viraje de Quirós y de la Sociedad Argentina de Eugenesia al proponer en las Primeras Jornadas de Eugenesia Integral, en 1955, el estricto vademe-cum de impedimentos matrimoniales que analizaremos más adelante, mientras que dos años después, aquel jurista entendía en La degradación cosista del hombre que el «prohibicionismo legal» solamente tenía utilidad coyuntural, siendo la educación eugénica instrumentada en el marco de la Casti Connubii la única vía de selección y consecuente «superación» humana. El originario Código Civil argentino de 1869, de fuerte inspiración napoleónica, tan sólo contemplaba formas religiosas de unión matrimonial, sancionándose luego de casi dos décadas la Ley 2.393 de Matrimonio Civil, en el marco de las usualmente denominadas «leyes laicas» 55. Esta disposición, dictada en un contexto de profunda secularización, estableció como impedimentos para contraer matrimonio la consanguinidad entre ascendientes y descendientes sin limitación, sean legítimos o ilegítimos; la consanguinidad entre hermanos o medio hermanos, legítimos o ilegítimos; la afinidad en línea recta en todos los grados; no tener la mujer doce años cumplidos y el hombre catorce; el matrimonio anterior mientras subsista; el haber sido autor voluntario o cómplice de homicidio de uno de los cónyuges; y la locura (art. 9o). Vale aclarar, empero, que el fundamento del impedimento de locura había que buscarlo por entonces en el vicio del consentimiento prestado por un individuo carente de discernimiento y no en la eventual transmisibilidad a la prole de su patología mental. No obstante, es cierto que con el transcurso del siglo XX la enfermedad mental constituyó, además, un impedimento eugenésico 56. Esta normativa, al igual que su antecesora, no requerían para la celebración válida del matrimonio la presentación de certificado médico prenupcial. La exigencia de inspección médica para ambos contrayentes -uno de los pilares sobre los que se basa el control social inspirado en la Eugenesia-ya había pretendido ser planteada por Emilio Coni en el Cuarto Congreso Cientí-----55 Sobre las circunstancias que rodearon la sanción de esta ley, ver, por ejemplo, TORRA-DO, S. (2000), Normas jurídicas e ideologías políticas relativas a la familia (Argentina, 1870-2000), Serie Informes de Investigación, documento no 4, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, Cátedra de Demografía Social. 56 Argumentando el «peligro para la descendencia» que representaba el matrimonio entre personas sanas pero cuyos padres o hermanos hubiesen tenido alguna anomalía psíquica, Vallejo Nágera instó a «desaconsejar rotundamente» estas uniones, llegando a impugnarlas si los casos de locura afectaban a miembros de hasta tres generaciones precedentes a los futuros contrayentes. 91). fico y Primero Panamericano, celebrado en Santiago de Chile, hacia fines de 1908. Propiciaba Coni en esa propuesta -retirada antes de la votación por discrepancias con un delegado extranjero-que «la ley de registro civil prescriba a ambos contrayentes la presentación de un certificado de salud firmado por un facultativo, comprobatorio de que en el momento de efectuarse el matrimonio, no ofrecen ninguna tara física importante que les impida celebrar el enlace (alcoholismo, sífilis y blenorragia, tuberculosis, cáncer, etc.)» 57. Luego de este intento, el requisito de certificado médico prenuncial como forma instrumental de control eugénico, fue fervientemente defendido desde la Liga Argentina de Profilaxis Social 58; institución que fundada en 1921 y presidida durante largos años por Alfredo Fernández Verano, tendrá un principal protagonismo en los planteos biopolíticos autoritarios esgrimidos en la Argentina hasta bien entrada la década de 1960. No obstante, el primer impedimento matrimonial de orden eugénico no basado en lazos de consanguinidad quedó efectivizado en 1926, casi cuarenta años después de la Ley de Matrimonio Civil. Por entonces, la normativa encargada de la Profilaxis de la lepra 59 prohibió el matrimonio entre leprosos o entre una persona sana y un leproso, pese a no exigir la presentación del certificado médico prenupcial. Esta ley, que consideró a la lepra como una enfermedad de denuncia obligatoria y previó la organización de un Registro General de Leprosos, fomentó, empero, la continuidad de la vida familiar del enfermo. Pero en el influyente campo intelectual argentino de comienzos del siglo XX, las pretendidas relaciones entre prostitución, enfermedad y disgenesia adquirieron tal envergadura que fue precisamente mediante la Ley 12.331 de ----57 CONI, E. (1918), Memorias de un médico higienista, Buenos Aires, Talleres Gráficos A. Flaiban, p. 59 La Ley 11.359 (1926) de Profilaxis de la lepra, estableció que «Los cónyuges leprosos y sus hijos leprosos serán alojados en forma que puedan continuar en los sanatorios o colonias, su vida familiar. Todo hijo no leproso deberá ser aislado de sus padres leprosos cuando la enfermedad de éstos comporte amenaza de contagio. El aislamiento se cumplirá con la separación de la madre leprosa o del padre leproso o de ambos, que se sujetarán al régimen sanitario correspondiente» (art. 16). A su vez, en el art. 17, se dijo: «Queda prohibido el matrimonio entre leprosos y el de una persona sana con una leprosa» agregando un nuevo impedimento matrimonial a los ya establecidos. Profilaxis de las enfermedades venéreas 60 cuando se requirió por vez primera el certificado médico prenupcial a los contrayentes de sexo masculino, recaudo que en la década de 1960 fue ampliado a ambos sexos 61. Aquella disposición de 1937 mereció los elogios de Arturo Rossi, quien, pese a pretender la extensión de esa exigencia a ambos contrayentes consideró que constituía «un elemento de profilaxis social, tendiente al mejoramiento integral de los futuros ciudadanos de la República», demostrando según él su sanción una correcta puesta en valor del «creciente aumento de elementos peligrosos para el orden social y las normas morales de la vida» 62. Para ese biotipólogo era imprescindible la unión de «seres bien dotados», de quienes surgirían los «mejores descendientes». En cambio, quienes detentaban «factores degenerativos, ya sean ancestrales o adquiridos» solamente engendrarían hijos en los que «las huellas de los padres» estarían «siempre presentes». Estas argumentaciones remataban en la télesis del certificado médico prenupcial: la evitación de «todas las condiciones biológicas o sociales adversas a la constitución de los individuos y de la especie» 63. En este senti-----60 Esta ley sigue la «fórmula intervencionista activa», que conduce al examen obligatorio y a la facultad del Estado para diferir la unión hasta que sobrevenga la curación, o para impedirla, en absoluto, en caso de dolencia crónica, en el caso de los varones, desde que el certificado prenupcial sólo es obligatorio para ellos; mientras que para las mujeres, seguiría la «fórmula privada», quedando los resultados del examen librados a la conciencia de los futuros contrayentes. El interés social tendría -según Díaz de Guijarro-«cumplida satisfacción con este sistema», siempre y cuando se extendiesen sus previsiones también a las futuras esposas. (DÍAZ DE GUIJARRO, E. (1938), La reforma del matrimonio civil por las leyes eugénicas, Buenos Aires, Antología Jurídica, pp. 17-18). Sin embargo, el eugenista socialista español Luis Jiménez de Asúa, se expresó públicamente en disidencia con Díaz de Guijarro, al advertir que el certificado médico prematrimonial era «ineficaz para impedir que se engendren seres tarados fuera del matrimonio» (JIMÉNEZ DE ASÚA, L. (1943), Cuestiones penales de eugenesia, filosofía y política, Bolivia, Imprenta Universitaria de Cochabanba, p. Debemos recordar que a partir de la ley 16.668 este certificado es obligatorio para ambos contrayentes. 61 No nos ocuparemos aquí de esta cuestión desde la perspectiva de género. Para ello, pueden consultarse varios capítulos de la obra de GIL LOZANO, F.; PITA, V.; INI, M.G. (2000), Historia de las mujeres en la Argentina, Buenos Aires, Taurus. No obstante, años antes y en un ferviente discurso en defensa de la natalidad («seleccionada») pronunciado en el acto conmemorativo de la «Semana de la Maternidad y de la Infancia» -celebración iniciada en 1936 emulando a la dispuesta por Mussolini-Rossi había calificado de «falsa Eugenesia» a aquella que pretendía evitar la «procreación de los tarados» («La Semana de la Maternidad y de la Infancia», Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (1939), 83, Buenos Aires, pp. 1-5 (p.3). do, Rossi calificó a la legislación del Tercer Reich como «la más completa y acabada en materia de prohibición legal del matrimonio por razones eugénicas», aconsejando incorporar a la extensa lista de enfermedades inhabilitantes para contraer nupcias según la normativa alemana -idiotez congénita; esquizofrenia; psicosis maníacodepresiva; epilepsia hereditaria; corea hereditaria; ceguera hereditaria; sordera hereditaria; alcoholismo agudo, graves malformaciones hereditarias del cuerpo, como la luxación congénita de la cadera, acondroplasia, condro distrofias localizadas graves, acrocéfalosindactilia, diátesis cleidocránica, osteogénesis imperfectas, ciertas miopatías familiares progresivas, gigantismo hereditario, enanismo hereditario; enfermedades congénitas del corazón-el agregado de Pende de «numerosas otras enfermedades seguramente hereditarias y familiares, tales como; espina bífida oculta, cifoescoliosis, tórax en embudo, pie plano, enuresis; heterocromía; heredoataxia cerebral, ictericia hemolítica, esclerosis en placas, úlcera gástrica, úlcera duodenal y apendicitis» 64. A su vez, a este listado, el propio Rossi adunaba como impedimentos matrimoniales «los defectos graves de la estatura, de la masa corporal, del peso y a algunas ectipias pronunciadas de carácter endócrino» 65. Según él, ningún derecho asistía a esos seres «para procrear infelices y regalar a la sociedad epilépticos, imbéciles o criminales» 66. Ahora bien, la finalidad explícita de la ley argentina de Profilaxis de las enfermedades venéreas -inspirada en la legislación alemana de 1927 y en el proyecto español de 1932 -era «preservar del contagio a las personas sanas», y a su vez, «preservar la raza», librando «al fruto de las uniones de las consecuencias de males venéreos de los progenitores» 67. Así, el régimen abolicionista instaurado -entiéndase bien, «abolicionista» de la reglamentación ----64 ROSSI, A. (1944), p. El racismo subyacente en esta pretendida instrumentación de la exclusión quedaba una vez más de manifiesto en las expresión de Rossi: «Conviene evitar en lo posible el fenómeno de la eterosis, determinado por el cruzamiento de razas humanas muy desemejantes, pues este cruce tan heterogéneo origina prole física y mentalmente desarmónica, cuando no totalmente desequilibrada.... Tal es el caso de los híbridos o mestizos procedentes de la unión de un blanco europeo o americano y una negra africana, por ejemplo. Estos cruces no sólo dañan al producto mestizado resultante, sino también a cada una de las dos razas acopladas» (Ibidem, p. 706). de la prostitución, y no prohibitivo de la prostitución en sí-tenía como principal bien jurídico tutelado la «protección de la salud pública», y, secundariamente, la «libertad y dignidad de la mujer» 68. Coetáneamente a estos «hitos», vieron la luz diversas iniciativas de orden eugénico, varias de las cuales fueron presentadas al Parlamento por el prolífico diputado radical Leopoldo Bard. De entre ellas se encuentran la de creación del Departamento de Enseñanza de la Higiene Social en 1924, que, equiparando a esta labor con una carga pública, obligaba a los profesores de materias afines a dictar una clase semanal gratuita, bajo apercibimiento de exoneración; la de Higiene Sexual Prematrimonial, presentada en 1924 y vuelta a presentar en 1926, que requería el certificado prenupcial -denominado aquí antenupcialpara todo contrayente de sexo masculino; y la de Defensa de la raza que, hacia 1925, ponía al gobierno no sólo al frente de la lucha contra las «enfermedades y costumbres» susceptibles de «causar degeneración de la raza», sino también, le encomendaba la tarea de «mejorarla y vigorizarla» 69. Como vemos, lejos de cristalizarse mediante la obtención de sanción legislativa, el debate sobre la regulación legal de los impedimentos matrimoniales de orden eugénico y sobre la obligatoriedad del certificado médico prenupcial representó un tema recurrente en la Argentina. Así, el renombrado jurista Enrique Díaz de Guijarro -quien antes de virar hacia la «Eugenesia de coercitividad disimulada» constituyó un claro exponente de la «Eugenesia de coercitividad explícita», alabando frecuentemente a las leyes de esterilización alemanas-avanzó nuevamente hacia una rígida estructura normativa de los impedimentos matrimoniales. Reinterpretando desde la Eugenesia a la origi-----68 JIMÉNEZ DE ASÚA, L. (1937), p. 69 Cabe recordar que por entonces la Argentina iba consolidando su intervención en una importante red eugénica internacional, conformada por las instituciones extranjeras e internacionales más representativas. En este marco, ya había suscripto el Proyecto de Código Panamericano de Evantropía (Eugenesia y Homicultura) surgido de la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura celebrada en La Habana en 1927. Raúl Cibils Aguirre, en representación de nuestro país, acordó la creación en todas las naciones firmantes de «un archivo propio de Eugenesia», que contuviera «los datos necesarios referentes a cada individuo», para contribuir al «esclarecimiento de su condición biológica tanto somática como germinal». De esta forma, los «portadores de condiciones germinales malas o dudosas» podrían ser aislados, segregados o esterilizados; reconociéndose, a su vez, el derecho a cualquier nación a impedir o limitar la residencia en ella a los naturales que no desearan ser sometidos a una «investigación biológica completa (somática y germinal)», siendo facultad de los poderes públicos la «elección» de las «nuevas razas» que pretendan ingresar para formar parte de la población (cfr. GARCÍA GONZÁLEZ, A.; ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (1999), Apéndice). naria prohibición de unión matrimonial entre consanguíneos, entendió que si bien presentaba por entonces «un desenvolvimiento extraordinario» a fin de «asegurar una procreación sana y una humanidad fuerte» era necesario agregar como causa degenerativa de la raza a toda «enfermedad transmisible» 70. Distinguiendo entre enfermedades transmisibles por herencia y enfermedades contagiosas, Díaz de Guijarro se preguntaba si era preferible la esterilización o un régimen prohibitivo del matrimonio para los «tarados», concluyendo que la ley de esterilización era «más humana» que el sistema que les impedía la celebración de las nupcias 71. A su vez, y en su persistente labor, la Sociedad Argentina de Eugenesia presentó, hacia 1949, cuatro anteproyectos de corte eugénico modificatorios de la antigua Ley de Matrimonio Civil y de la de Profilaxis Antivenérea. El espíritu que los inspiraba era la «meta excelsa» de luchar «a favor de la raza y del biotipo argentino» 72. De ahí que las prohibiciones matrimoniales avanzaban, en una ambigua enumeración, hasta impedir contraer nupcias a quienes estuvieren atacados de «enfermedad crónica, contagiosa y/o hereditaria, como las venéreas, la lepra, la tuberculosis, la epilepsia, la insuficiencia mental, la demencia y la imbecilidad»; desapareciendo la inhabilidad superado «el período de contagio» y siempre que no existiera «riesgo para la descendencia» 73. La normativa proyectada sancionaba con nulidad absoluta al matrimo-----70 DÍAZ DE GUIJARRO, E. (1938), p. No debe creerse, sin embargo, que estos conceptos eran totalmente innovadores. Contaban con el importante antecedente constituido por la tesis de José León Suárez, quien consideraba a la esterilización como un medio de «transacción o ecléctico» entre la muerte de los «degenerados» o su internación en asilos. Según él, para impedir que los «degenerados» engendrasen «descendencia fatalmente inferior y frecuentemente peligrosa» sólo existía, hasta entonces, «el medio de eliminarlos, sea suprimiéndoles la vida o secuestrándolos en asilos». Lo primero, le parecía «demasiado cruel», mientras que lo segundo sería «demasiado oneroso» para el Estado; en cambio, esterilizando a los individuos de ambos sexos cuyo ejercicio de la libertad individual podría perjudicar el «interés social de mejorar la raza», se les facultaría a que anduvieran «en libertad» y, en caso que sus «taras afectantes» lo permitiesen, se convertirían en «elementos productivos», dejando lugar en los asilos y hospitales a «otra clase de imposibilitados» (cfr. SUÁREZ, J. L. (1928) 73 Los antecedentes invocados para el tratamiento de estas propuestas, incluían las leyes norteamericanas de Alabama (1919), Carolina del Norte (1921), Louisiana (1924) y Washington (1910); el Código mejicano de 1928; los Códigos civiles del Perú, de Paraná (sic) y de nio celebrado con alguno de esos impedimentos, siempre que subsistiera «la posibilidad de contagio y el riesgo para la descendencia». Técnicamente, su nulidad solamente podría ser solicitada por el cónyuge que ignoró la existencia del impedimento y por los que hubieran podido oponerse a la celebración del matrimonio. Si bien el máximo responsable de esa Sociedad, Bernaldo de Quirós, entendía que el mejoramiento humano sólo se obtendría mediante «la mente recta, la ética, la educación sexual eugénica y la instrucción apropiada» y no a través de una legislación matrimonial, aceptaba la intervención de la norma jurídica con carácter «temporal» y siempre que actuara en colaboración con la psicopedagogía, la medicina y el saneamiento ambiental, para impedir «mayores males en la pareja, en los hijos y en la especie humana» y evitar «desgracias físicas, mentales y familiares, irreparables en lo social, pero pasivas de impedir la degradación humana» 74. En este orden, cabe pensarse que, ante las «deficiencias» en la formación «humanogógica» advertidas por Quirós resultaba para él «indispensable» que la Argentina, «este país de aluvión», «que toda América», tuvieran su Estatuto o Código de Familia, en donde se reglamentaran estos y otros derechos eugenésicos integrales fundamentales, salvando así «las imprevisiones de la Constitución, del Código Civil y de las leyes complementarias» 75. Vemos, pues, que el prohibicionismo a la celebración del matrimonio basado en razones de consanguinidad, de afinidad, de vínculo preexistente o por haber sido el futuro contrayente autor o cómplice del homicidio de uno de los esposos poseía para Quirós un carácter metalegal, debiendo «calar hondo en el ser, en lo mental, en la inteligencia, en la voluntad, razón y sensibilidad humana de cada uno, como producto de una educación humana popular, de la conciencia humana pública» 76. Para este eugenista, la norma legal no impedía ----Guatemala; y la ley de la Alemania nazi del 18 de octubre de 1935, dictada en el marco de las conocidas mundialmente como Leyes de Nuremberg. 74 Así, la norma jamás podría «sustituir a las enseñanzas positivas de nuestra Eugenesia, ni preservar el cimiento hígido del niño, la selección responsable de los genitores, o el cultivo humano y biosocial de padres, esposos e hijos» entre otras cosas. Porque las leyes nunca harían la formación humana de los hijos; ni lograrían «educar» un humanismo vital, ni «harían» humanistas orgánicos integrales. No podrían, tampoco, «educar» y «entrenar para el sacrificio, el amor espiritual y la noble responsabilidad de la maternidad y paternidad conscientes; ni preparar a los futuros contrayentes para hacer de cada familia un baluarte, un poder del hogar para la conducción familiar-social» (cfr. 81. la transmisibilidad de taras, ni autorizaba la unión en casos de no trasmisibilidad probada, sino que fomentaba las uniones ilegítimas y los «hijos sin familia organizada», cerrando los ojos «de la inteligencia, de la razón, del corazón y de la moral al más humano y perenne de todos los quehaceres del hombre y la mujer: su perpetuidad, degradándolos» 77. En resumidas cuentas, armonizando con Vallejo Nágera y con Pende -quienes bajo el amparo de la Casti Connubii pretendían sustituir al certificado médico prenupcial por el «consejo médico prenupcial»-la «teoría» quirosiana instrumentaba los Consultorios Humanogógicos, a cargo de «especialistas» motivados en desinteresadas razones de «bien social». Claro está, entonces, que de la ontológica coercitividad legal se pasaba así a una no menos ontológica coercitividad confesional disfrazada, empero, de inocente propuesta educativa 78. Y si el consejo médico era el «único» que podía «impedir matrimonios inconvenientes para la salud de los cónyuges, la prole o la raza»; 79 era menester dotar a ese consejero de la potestad necesaria para legitimar su prescripción de utilizar los «medios más adecuados para evitar o aminorar» los males generados por el peligro personal y para la descendencia que representarían uniones no eugámicas 80. El certificado de educación prematrimonial, «requisito indispensable» para el matrimonio ideal según el psiquiatra español, guardaba asimismo estrechas analogías con la «antigua costumbre del examen parroquial obligatorio» 81. La sanción de nulidad prevista para el matrimonio celebrado pese a mediar impedimento eugénico de enfermedad pregonada desde la Sociedad Argentina de Eugenesia en 1949, tuvo opositores dentro de su mismo seno. Desde ahí se pensó que en esos casos era preferible la «separación temporaria de los cónyuges» hasta su curación definitiva o «hasta que el riesgo de contagio» se desvaneciera, recomendando acudir al «aborto eugenésico» para el supuesto ---- 77 Ibidem, p. 78 Para Vallejo Nágera la educación prenupcial debía iniciarse, conjuntamente con la sexual, al comenzar la pubertad, preferentemetne primero en la parroquia y en la escuela, luego en el hogar paterno (cfr. 79 de que «antes de hacerse efectiva dicha separación» la mujer hubiese quedado encinta y se temiera por la «salud del futuro ser» 82. El instituto jurídico de la «separación con fines eugénicos» operaría, entonces, como un fortísimo dispositivo de control social que, tras el velo de una medida sanitaria -y, como tal, de orden público 83 -derogaba temporariamente los derechos-obligaciones de débito conyugal y de cohabitación facultando la intervención pública en la esfera de la intimidad, mediante la utilización de los conocidos argumentos de «mejora de la raza» 84. Pero esa postura no quedó aislada. Hacia 1955 -en las Primeras Jornadas de Eugenesia Integral-la Sociedad de Quirós se hizo eco de ella y apoyó la propuesta de Díaz de Guijarro sobre implantación del certificado médico prenupcial para ambos cónyuges -excusable sólo en casos de inminente peligro de muerte-85; la instauración del impedimento de enfermedad crónica, contagiosa o hereditaria; y la separación o aislamiento de los esposos, mediante intervención de la autoridad competente, cuando con posterioridad a la unión se adquiriesen enfermedades que hubiesen constituido impedimento para contraerla 86. Propuestas que luego fueron reiteradas por ese jurista en el Primer Congreso Internacional de Salud Social, organizado por la Liga Argentina de Profi-----82 COLOMBO, L. (1949), p. 83 Una norma legal es de «orden público» cuando restringe uno o varios derechos individuales en función del bien común, impidiendo a los particulares apartarse de ella. 84 No nos estamos refiriendo aquí a la enfermedad como causal de divorcio o separación personal invocada por el cónyuge «sano» -también contemplada en ese anteproyecto respecto a «la revelación, adquisición y transmisión de las enfermedades venéreas, la lepra y el alcoholismo»-, y actualmente regulada en el art. 203 del Código Civil argentino aunque no con sentido eugénico, sino con el objeto de contemplar aquellos casos en los que las «alteraciones mentales graves de carácter permanente, alcoholismo o adicción a la droga del otro cónyuge» provocan «trastornos de conducta que impiden la vida en común o la del cónyuge enfermo con los hijos». Lo que nos interesa destacar en este punto es la facultad que se pretendió conferir al poder público para «intervenir», cum potestas, en la continuidad o no de la cohabitación de los esposos, legítimamente casados, independientemente de su voluntad. 85 Al respecto tampoco había total coincidencia entre los juristas de la Sociedad Argentina de Eugenesia. Ya en 1949 Leonardo Colombo había expresado sus críticas respecto a que si en la celebración de un «matrimonio in articulo mortis» no se requería certificado médico prenupcial a ninguno de los contrayentes, cabía la posibilidad de que el enfermo -que bien podría estar atacado por una afección maligna y transmisible-no falleciese, en cuyo caso el matrimonio seguía vigente, peligrando, de este modo, la «calidad» de la descendencia. Como conclusión, podríamos afirmar que la característica dominante de la Eugenesia argentina en el período de 1930 a 1970 fue el fuerte componente biopolítico que, adoptando e institucionalizando a la Biotipología como subdisciplina organizada en torno a la instrumentación del discurso del poder -y de las exclusiones que éste requería-, estuvo presidido por una ideología autoritaria que pese a ostentar una discreta gama de variantes internas a comienzos del período, hacia 1970 confluyó en una propuesta imperativa de «mejora de la raza», hibridando fundamentaciones genéticas y ambientales bajo un común denominador: la filosofía tomista. En este marco, cabe reconocer una feroz intolerancia hacia lo diferente -el homosexual, el libertino, el hippie, el comunista, el prostituido-, expuesta con total crudeza cuando sus representantes se ocupaban de «reconstruir» lo que Pende denominó «ciencia y conciencia del matrimonio cristiano»; 92 así como señalar la marcada coincidencia ideológica entre los intelectuales orgánicos del fascismo y del franquismo y los representantes locales de la remozada «ciencia de Galton». Por último, siendo la télesis de la Eugenesia imperativa argentina -u ortodoxia eugénica-la de «extirpar las malas razas», es decir, «evitar la procreación de sujetos tachados», individuos que resultaban «biológicamente peligrosos para la sociedad», 93 describiendo con crudeza la imposibilidad de reincorporación de los «diferentes» en un cuerpo político consolidado mediante una unidad imaginaria, no cabe sino buscar los puntos de contacto de aquélla con la posterior conformación del discurso dictatorial a partir de un «sistema de creencias» eficaz en la «construcción ideológica de un enemigo irrecuperable, un ser humano sin derecho a la vida y contra el cual todo estaba permitido» del que nos advierte Vezzetti 94.
Este artículo busca explorar el germinal proceso de validación y de legitimación de un saber indígena con fines terapéuticos. Se trata de una corriente práctica curativa tradicional: la «cura» contra la mordedura de serpiente mediante la inoculación del zumo de una planta llamada guaco. Participan en este proceso varios representantes de la élite cultural neogranadina, pregoneros de la razón ilustrada en el virreinato de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII. saberes escolásticos en favor de las ciencias positivas, y cuyas concretizaciones serán más perceptibles sólo en la segunda mitad del siglo 4. Entre las transformaciones vistas como más necesarias, las realizadas en el ejército y la sanidad fueron favorecidas con la introducción de los conocimientos positivos. La renovación desde el punto de vista sanitario pasó por la reestructuración de la educación médica impartida en las facultades de medicina españolas; la farmacia conoció un primer e importante período de redefinición, durante el cual se se afrontaron significativos cambios en la Real Botica y en la Farmacia Militar. 5 Se presentó un especial interés por la historia natural, lo que, al igual que en el resto de Europa, permitió la fundación de Jardines Botánicos, de Sociedades de Historia Natural, de Gabinetes, que hicieron posible la consolidación del conocimiento biológico. Este interés se concretó también en la realización de importantes expediciones botánicas a ultramar. Tales expediciones produjeron un gran inventario, múltiples descripciones y acopios de vegetales y de «materiales exóticos», que deberían ponerse al servicio y fortalecer la frágil economía metropolitana 6. A mediados del siglo XVIII es posible ver en España diversas instituciones que, desde la botánica hasta la cirugía, pasando por la astronomía y la ingeniería, desarrollan una actividad sostenida por la Corona y en relación con algunos de los problemas económicos, políticos y tecnológicos más urgentes de la sociedad española de entonces. Un nuevo ámbito se abre durante estos años en el deseo modernizador: la salud pública y los conocimientos médicos, quirúrgicos, botánicos y farmacéuticos son objeto de importantes medidas y reformas. Las quejas sobre la ineficacia y la deplorable asistencia sanitaria eran cada vez más duras y generalizadas. La creación del Jardín Botánico de Madrid (1755) es también un acontecimiento significativo; fue establecido gracias a los recursos del Protomedicato, con el objetivo de perfeccionar el arsenal de remedios, de estudiar la utilidad terapéutica de las plantas, entre las cuales ocupaba un lugar central la flora americana; pretendía ----transformarse en el principal centro europeo consagrado al estudio, a la herborización y a la aclimatación de la vegetación de ultramar 7. En cuanto a la enseñanza de la medicina, se crearon instituciones destinadas a ofrecer una nueva educación, como los colegios de cirugía, y se reformaron los planes de estudios médicos existentes en las universidades: en cuyos aspectos esenciales estaba la introducción de los más importantes sistemáticos de la medicina europea -Boerhaave, Haller-; un retorno al hipocratismo que servía para aumentar el interés por la práctica y no era obstáculo para la introducción simultánea de las ciencias modernas como la física experimental, las matemáticas, la botánica y la química en los programas de estudio 8. Volviendo a José Celestino Mutis, es importante tener en cuenta que cursó estudios en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz desde 1749, esta institución constituyó uno de los focos vitales para la penetración de las ideas ilustradas en España; Mutis fue uno de sus alumnos fundadores. Al parecer Mutis alternó estos estudios con cursos de artes, filosofía y medicina en la Universidad de Sevilla 9; posteriormente se retira del Colegio de Cádiz y continúa sólo en Sevilla, donde recibe, tiempo después, los grados otorgados por esa universidad. Realizó su práctica de medicina en el hospital de marina de Cádiz, centro en el cual funcionaba el Real Colegio de Cirugía, y cuyo plan de estudios se había ampliado en aquella época, de manera que ya se enseñaba allí la «nueva medicina» y la cirugía, apoyadas en la física, la química, la botánica, la anatomía y la clínica 10. Por otro lado, Mutis participaba de la inquietud que existía entre los impulsores del Colegio por la aplicación terapéutica de las plantas; preocupación que generó la posterior creación de un importante jardín botánico en el colegio11. 83 8 GRANJEL, L. S. (1968), «Panorama de la ciencia española en el siglo XVIII», en Escritos científicos en homenaje a Tomás Romay, La Habana, spi., p. 9 QUEVEDO, E. (1992), «José Celestino Mutis y la medicina», en Mutis y la Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada, Bogotá-Barcelona, Villegas-Lunwerg, tomo 2, p. 10 En las demás universidades españolas, la medicina se dictaba en forma teórica, siguiendo los antiguos libros de Galeno y la cirugía, desligada de la medicina, era todavía una práctica empírica. En junio de 1757 Mutis parte a Madrid, donde recibe el título de médico ante el Tribunal del Protomedicato 12. Es en Madrid donde se define su vocación botánica; hasta 1760 Mutis va a estar perfeccionándose en el estudio de las plantas y aprendiendo la taxonomía botánica linneana en el Real Jardín Botánico de Madrid, bajo la dirección del médico Miguel Barnardes. 13 Fue ese mismo año cuando recibió de Don Pedro Messía de la Cerda -nombrado virrey de la Nueva Granada-la invitación para acompañarlo a estas tierras como su médico personal.14 Y es así como en octubre de 1760 llega a la Nueva Granada. Durante su travesía en alta mar, Mutis escribe un Diario de Observaciones15, que comienza en Madrid, al iniciar su viaje hacia América. En este escrito se encuentran muchas alusiones a la sorpresa y embeleso que le produjo la riqueza natural del paisaje que descubría, reflejo fiel de la pasión que los viajeros del Siglo de las Luces experimentan frente a la naturaleza. También aparecen allí múltiples comentarios sobre las prácticas curativas autóctonas, la mayor parte de las cuales le merecen a Mutis el apelativo de fútiles y vulgares 16. Entre las vulgaridades a las que Mutis hace referencia figuran, entre muchas otras, ideas relativas a los malos efectos del sereno, especialmente de aquel que va desde las cinco hasta las ocho de la noche. Anotaba también cómo las gentes de esta colonia española extendían los malos efectos del se-----12 QUEVEDO (1992), p. 13 En el siglo XVIII, botánico es quien era «poseedor de un 'conocimiento científico' de las plantas; aquel que es capaz de nombrarlas mediante la nomenclatura binominal de Linneo o polinominal de Tournefort y describirlas, clasificarlas e inventariarlas, utilizando las denominaciones y clasificaciones del sueco o del francés». LAFUENTE, A; PUERTO, J; CALLEJA, M. C. (1988), «Los profesionales de la sanidad tras su identidad en la Ilustración española», en: Ciencia y sociedad en España, Ediciones El Arquero-CSIC, p. 86. reno incluso a algunas plantas; y aconsejaban no arrancar las hierbas «serenadas» para hacer cocimientos con ellas. Escuchó con asombro la costumbre que reinaba en algunos lugares de desnudar al recién nacido y lavarlo con agua fría dos veces diarias durante quince minutos o más. Estas abluciones debían continuar realizándose durante seis o siete años. Las gentes creían en el carácter profiláctico de dicha práctica, que aseguraría el sano crecimiento de los niños. Ante ello Mutis refería como, a su entender, era «gracioso» ver desnudar a una criatura, sin resguardo alguno, y meterla en un recipiente con agua fría; además cuestionaba la eficacia de tal hábito comentando que, si bien la mayor parte de las gentes estaban convencidas del carácter preventivo de tal proceder, él no había visto en ninguna otra parte «más enfermizos a los hijos de la tierra que en este país» 17. Y en medio de esto, Mutis encontraba una farmacopea y unos procedimientos terapéuticos que juzgaba fabulosos: el excremento humano considerado como remedio eficaz contra el coto (bocio), el gallinazo abierto y aplicado encima de los mismos como curativo, la orina humana y la de cerdo utilizadas para curar otras dolencias 18. Sin embargo, a pesar de que Mutis se sitúa en una posición «racional» para descalificar el uso terapéutico de ciertas sustancias o de ciertas plantas locales, en la práctica su actuar es distinto, en él aparece una clara tendencia a apropiarse de algunos de estos saberes, sobre todo los relacionados con los vegetales, situándolos en el marco europeo, como se apreciará. Por otro lado, es claro que la medicina ilustrada de la cual Mutis es eco no es radicalmente distinta de ciertas visiones que sobre el cuerpo y la enfermedad prevalecían en algunas culturas indígenas o negras (la gama de estas ideas es, en ocasiones, bastante variada de una cultura a otra). Existen algunos puntos de contacto entre la medicina ilustrada y las medicinas «tradicionales», como por ejemplo la relación con la naturaleza 19. Algunas medicinas tradicionales conciben al hombre unido con el universo: los hombres no viven sólo de la naturaleza sino con la naturaleza. Una de sus características es el carácter globalizante de la percepción de la enfermedad, la totalización hom-----17 HERNÁNDEZ DE ALBA (1983a), p. Es hoy bien conocido el uso tradicional antiguo (que permanece aún en algunas culturas) del excremento humano o animal como remedio, incluso en culturas europeas y orientales. 19 El término «tradicional» se utiliza aquí con reserva, y no nombra una «entidad homogénea», pues es claro que en este momento histórico las formas de pensamiento médico local estaban ya influenciadas por la interacción de tres siglos de experiencia colonial. bre-naturaleza20, que se opone a la disociación del hombre, la naturaleza y la cultura, cuyos postulados sirven de base a una cierta visión de la medicina occidental más tardía, que concibe el cuerpo como una entidad homogénea, separada del mundo exterior. Durante el siglo XVIII el pensamiento médico predominante en Europa reposaba sobre los principios de la medicina neohipocrática -figura transitoria de razón y de verdad-, para la cual la referencia a la naturaleza era indispensable. Según sus postulados, el cuerpo estaba formado por cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, que corresponden a cuatro elementos naturales: aire, tierra, agua y fuego. La armonía de esos elementos estaba regida por la fuerza de la naturaleza (vis naturae), y la enfermedad era ocasionada por el desequilibrio o la impureza de los humores. Debido a la vis naturae, el cuerpo tiende a curarse a sí mismo, razón por la cual el médico debía acompañar a la naturaleza, interviniendo sólo donde y cuando era necesario, para restaurar los equilibrios alterados. Para esta medicina, los aires, aguas y lugares, que no son aún pensados como «medio ambiente», sirven de marco al individuo sano o enfermo21. Ella expresaba una conexión más intensa de la salud y la enfermedad con la geografía. Esta idea, perteneciente a una antigua tradición hipocrática, encuentra un nuevo ímpetu en el siglo XVIII, y suponía que el sistema vital estaba inmerso en el «ciclo cósmico del tiempo», por eso vinculaba las características del ambiente con algunas enfermedades específicas que se observaban siempre en un lugar geográfico determinado 22. Existe un interesante documento que pone en evidencia esa crítica permanente de Mutis respecto a los saberes locales, es una carta escrita por Mutis desde Cartagena durante el primer año de su estadía en la Nueva Granada, y dirigida a un destinatario desconocido, cuya copia reposa en su archivo epis-----tolar. En el texto, el médico gaditano trata sobre las «ideas extravagantes» y los errados pensamientos de quienes habitaban esta colonia: Oír contar a estas gentes algunos efectos de la naturaleza es pasar el tiempo oyendo delirar23 a unos locos. ¡Qué virtudes de las hierbas! (...) ¡Qué de preservaciones contra ciertas injurias de algunos animales!. Pero tómese uno la pena de ir averiguando con sana crítica semejantes ponderaciones. Nada se halla semejante a lo referido; y si en el fondo hay algo, se encuentra seguramente tan desfigurado que en poco concuerda con lo que se dice. ¡Puede haber mayor quebranto en las conversaciones de las gentes! Que esto sucediera entre viejos ignorantes, o entre hombres nada instruidos, no causaría mucha admiración. Pero que las mismas relaciones oiga un viajero en boca del vulgo, que en la de quienes se tienen por más racionales del pueblo, para esto no hay consuelo. El asunto más frecuente y en el que se delira por lo común es en las picaduras de culebras, en sus curaciones y preservativos. ¡Qué de supersticiones24 encontrará vuesamerced cuando se resuelven tales asuntos!. A D... que dejo de nombrar por modestia, y no manchar su opinión, oí contar delante del virrey y de un concurso muy lúcido, que se había dejado tocar de ciertas yerbas, que es el preservativo mayor para no ser picado: es esto que llaman estar curado (suele haber también otras frases, que no tengo muy presentes) el tal sujeto, intervienen ciertas ceremonias que llevan mucho de superstición. Los negros o mulatos, en quienes creen los europeos depositada la noticia y conocimiento de todos los secretos de lo creado, son por lo común los que hacen estas curaciones sin que sirva de descrédito los continuados ejemplares de la inutilidad de estos medios (...) Instruyase vuesamerced en el modo de pensar de estas gentes, y de gracias al cielo de no hallarse en un país donde la racionalidad va tan escasa que corre el peligro cualquiera entendimiento alumbrado25. Al calificar de delirio los saberes locales, Mutis hace alusión como se ha visto, al error, al disparate y al despropósito de tales ideas. El término superstición, enunciado de manera peyorativa designa esa especie de crítica multiforme que, durante el Siglo de las Luces, comienza a relegar las prácticas de curación tradicional al cómodo lugar de la ignorancia, de la credulidad popular y de su cínica explotación 26. La credulidad popular aparecerá siempre sirviendo ----a la causa de la ignorancia y de la codicia, y así, ella será abandonada a la categoría a la vez intelectual y moral, del error. En este contexto, y en un juego de oposiciones simétricas, se empieza a edificar la visión moderna del médico, la de un hombre de saber que justifica la protección que él reclama del gobierno por su abnegación eficaz y desinteresada hacia la humanidad sufriente 27. La imagen de los negros que Mutis presenta en este texto es significativa. En la Nueva Granada especialmente, la desarticulación social del grupo negro producida por la trata, llevó a los esclavos a apoyarse en las creencias y prácticas de su cultura nativa, anexándole a ella algunos elementos provenientes de las religiones de la tradición indígena, y revistiéndola, asimismo, de aspectos característicos de la cultura blanca cristiana. Esta mezcla singular (sincrética) aparecía ante los blancos como magia o como hechicería, hasta tal punto que en ocasiones se volvía lugar común afirmar que todo negro era brujo 28. El mismo Mutis relata haber escuchado conversaciones de «los parroquianos» según las cuales las curaciones de los negros eran concebidas como producto de pactos con el demonio 29. Entre estas prácticas fantásticas, como habrá podido notarse en la comunicación transcrita, el problema de las curas contra la mordedura de serpiente ocupa un lugar importante. EL SÍMBOLO DE LA SERPIENTE Es necesario considerar que la preocupación por la mordedura de serpiente halla eco inmediatamente en Mutis, debido quizá a la frecuencia con que tal accidente se presentaba en este país y a sus consecuencias generalmente mortales; quizá también por el papel que dicho fenómeno desempeñó en relación con las tasas de mortalidad de los conquistadores españoles al llegar al Nuevo Mundo, aunque en Europa se presentó igualmente en número considerable. En este sentido, debe tenerse en cuenta que durante el siglo XVIII existió una ----27 La valoración negativa del pueblo es común en todo discurso ilustrado. Múltiples afirmaciones hechas por Mutis en sus escritos también la evidencian. Sobre esto resulta importante recalcar que, entre otras cosas, es el temor a la ignorancia lo que, a pesar de su entusiasmo generoso, inspira a los hombres ilustrados a mantener esa actitud de desprecio ante el pueblo. 28 CEBALLOS, D.L. (1994), Hechicería, brujería e Inquisición en el Nuevo Reino de Granada. Un duelo de imaginarios, Bogotá, Editorial Universidad Nacional, 1994, p. A este respecto ver también PINEDA CAMACHO, R. ( 2000), «Demonología y Antropología en el Nuevo Reino de Granada», en OBREGÓN, D. (ed), Culturas científicas y saberes locales, Bogotá, Ces -Universidad Nacional de Colombia, pp. 23-87. 29 Ver Diario de Observaciones, tomo 1, p. gran actividad de apertura de fronteras en algunas regiones de la Nueva Granada como Santander, Antioquia y el Cauca, y ello pondría de presente cómo tal lesión fue un obstáculo para llevar a cabo el objetivo colonizador. En la Memoria de la primera época sobre insectos, aves, ofidios, plantas y fósiles del Nuevo Reino de Granada 30 escrita por Mutis poco tiempo después de haber llegado a la Nueva Granada, aparecen varios comentarios a este respecto. Toda la simbología de la serpiente como representación del mal se encuentra plasmada en este escrito. La serpiente es la enemiga capital del hombre, que obra con el deseo de asustar y matar, de andar sigiloso y traicionero, de mirada insidiosa, que habita las zonas de más concurrencia humana y escoge los vegetales más útiles al hombre para enroscarse en su raíz y, una vez ahí, emboscar al «indefenso colono que busca con ansia sus frutos» 31. Resalta el maleficio de estos animales al indicar que las tierras calientes del Reino padecían una «decantada fertilidad», pues mientras carecían de animales benéficos, proliferaban aquellos que, como la serpiente, multiplicaban el dolor, el espanto y la muerte 32. En cuanto a la «contra» para su mordedura, Mutis refiere que había múltiples opiniones: ligas, quemas, ungüentos, aceites, sangrías, jugos de frutas, etc. En dicha Memoria aparece la anotación de que los remedios para curar al hombre de los ataques de ese mal eran inútiles, «no hay que esperar de ellos algún secreto para la medicina, para las artes o para la economía civil», y agrega que esta suerte de usos sólo servía para «apurar y ejercitar el sufrimiento» 33. En este sentido, vale mencionar que aún en la medicina europea de entonces, la eficacia de los medicamentos antiofídicos (y de todos los medicamentos en general) era muy tímida. El Siglo de las Luces se enfrentó con un copioso arsenal de medicamentos, muy poco efectivos contra las enfermedades, ineficacia que permanecerá en gran parte hasta el siglo XIX. En el siglo XVIII, el mejor conocimiento del Nuevo Mundo y la floreciente ciencia botánica permitió traer a Europa un gran número de nuevos géneros medicinales cuyo uso en la práctica obtuvo muy regular éxito. El médico ilustrado valoraba la experiencia y la observación directa, y sus propuestas terapéuticas estaban adaptadas a una cierta «sencillez racional» y a un singular aprecio de la naturaleza. Su posición era la de un «naturalismo terapéutico», respetuoso de la acción sanadora del cuerpo humano. PESET, J. L. (1975), «Terapéutica y medicina preventiva», en LAÍN ENTRALGO, P. (Comp), Historia Universal de la Medicina, Barcelona, Salvat, tomo 5, p. En esta obra, Mutis se refiere al ave llamada guaco cuando trata sobre los gavilanes. Dice que era conocida por su graznido gangoso, y que había dado su nombre a un «bejuco contra [la] taya», pues se pensaba que ese animal había «descubierto» las propiedades curativas de la planta contra la mordedura de serpientes34. Puede así apreciarse como se opera un desplazamiento semántico, el nombre del ave pasa a ser también el de la planta 35. Es evidente el tono despectivo que el médico utiliza, tanto en la carta transcrita anteriormente como en su Memoria, para referirse a las «creencias» locales (una creencia no se sitúa en el registro de la razón, sino de la fé, escapa al entendimiento) sobre las curas contra las mordeduras de serpientes practicadas especialmente por los negros36. Los dos documentos referidos fueron redactados por Mutis durante su primera época de estadía en el virreinato; pero años más tarde, él mismo aprobará e incluso aconsejará el uso de esta planta, utilizada desde tiempos remotos por los negros que habitaban las orillas del río Magdalena, para prevenir los efectos mortales de la mordedura de algunas serpientes. Es evidente que Mutis mantiene, en relación con los saberes locales relativos a la cura contra la mordedura de serpientes, una relación contradictoria: en sus discursos los critica y descalifica desde el punto de vista de la racionalidad (tildándolos de delirios, de supersticiones...), pero en su práctica no cesa de estudiarlos, evaluarlos e intentar apropiarse de ellos. El interés por explorar las virtudes antiofídicas del guaco que se despierta en Mutis (y en algunos miembros de la Expedición) se basa en la existencia de un saber local, pero la legitimidad cabal de este saber no podía derivarse de las creencias de locos delirantes y supersticiosos, que no poseían ningún conocimiento verdaderamente científico, ni sobre la planta en cuestión, ni sobre la manera como ella obraba en el cuerpo humano. Era entonces indispensable «domesticar el saber salvaje», era necesario someterlo a un proceso de apropiación, es decir, traducirlo a las categorías de la botánica y la medicina europeas, emblemas de la auténtica racionalidad37. ----En una de sus cartas dirigidas al Virrey Ezpeleta, Mutis explica que había conocido la experiencia realizada con el guaco por Pedro Fermín de Vargas. Anotaba que Vargas había utilizado para ello una culebra taya equis, llamada así debido a las manchas blancas que tenía sobre el lomo, en algo semejantes a la letra X. Señalaba, entre otras cosas, que el género de esta planta no estaba determinado en botánica 38. P. F de Vargas refiere que estos negros habían sido los primeros en observar la manera como el guaco cazaba y perseguía las serpientes en los países de climas cálidos para hacer de ellas su principal alimento. Se habían dado cuenta de que cuando este pájaro no podía matarlas o cuando la serpiente lograba morderlo, éste consumía (para curarse) las hojas de una planta, la cual, decían los negros, también hacía adormecer la serpiente. Los negros imitaron aquella acción y se encontraron con que el zumo de dicho bejuco no sólo curaba la mordedura de serpiente, sino que preservaba también de su veneno a quienes lo consumían con regularidad, empezando su toma durante la fase menguante de la luna 39. La experiencia que se realizó para comprobar las virtudes de esta planta se llevó a cabo en Mariquita, el 30 de mayo de 1788. Participaron como voluntarios algunos naturalistas de la Expedición Botánica, entre otros, como se ha dicho, Pedro Fermín de Vargas, quien es autor de una célebre memoria sobre el hecho, y el pintor Francisco Javier Matis 40. ---- Los intereses médicos de Pedro Fermín de Vargas no eran fortuitos, como bien puede apreciarse en algunos de sus escritos, la reflexión sobre estos temas ocupa un lugar especial. Vargas es autor, por ejemplo, de un «Plan de las constituciones para el Hospital Real de San Pedro de la parroquia de Zipaquirá», escrito en 1790 cuando se desempeñaba como Corregidor de Zipaquirá 41. En este documento Vargas expone los aspectos que deberían tenerse en cuenta para el referido hospital; en él se encuentran reunidas, básicamente, una buena parte de las ideas que aparecen en varios proyectos de creación y reestructuración hospitalaria escritos por aquella época tanto en el virreinato como en España y en el resto de Europa. Testimonio de tal inclinación médica es también el hecho de que Vargas tomaba a su cargo la curación de sus criados, como puede apreciarse en la correspondencia que, desde Zipaquirá (1791), sostiene con «Salvador» 42. En una de sus cartas Vargas le solicita nueces moscadas y quina anaranjada para curar las «tercianas» que uno de sus criados padecía desde hacía varios días 43. Por otro lado, durante sus años de fuga, Vargas se dedicó, al parecer, a ejercer la medicina en Jamaica 44, y posteriormente en La Habana, con un importante éxito, bajo el nombre de Fermín Sarmiento 45. En una de sus cartas, Antonio Nariño (1765-1823) refería que Vargas pensaba viajar a Francia y seguir practicando allí como médico en el Hospital General de París 46. Tal interés sirve de acicate a Vargas para emprender una experiencia que pretendía producir un conocimiento «científico». Así pues, el día señalado, Pedro Fermín de Vargas consumió el zumo de las hojas de la planta, sujetándose a la práctica con la cual los negros hacían sus curaciones. La operación se desarrolló de la siguiente manera: Vargas bebió dos cucharadas de dicho ----41 Sobre el «Plan de las constituciones que se presentan al Excelentísimo señor Virrey del Reyno para el Hospital Real de San Pedro de la parroquia de Zipaquirá», ver ALZATE ECHEVE-RRI, A. M. ( 2002), «Devociones políticas y oratoria salubrista: sobre un plan de reforma hospitalaria en la Nueva Granada (1790)», en Historia Crítica, no. 23, Revista del Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, Bogotá, pp. 51-72. 42 Se trata posiblemente de Salvador Rizo Blanco (1762-1816), mayordomo y pintor de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. 43 zumo, preparado por un negro curandero; luego éste último le hizo ocho incisiones (una en cada pie, otra en el índice y en el pulgar de cada mano y las dos últimas en el pecho); cuando la sangre empezaba a salir por las heridas, el negro derramó encima de ellas un poco del zumo y luego procedió a frotar cada herida con la hoja. Después de realizada esta operación, los negros decían que la persona podía considerarse «curada», o sea, en capacidad de tomar cualquier serpiente sin peligro por su mordedura. Así lo ejecutó Vargas inmediatamente. Cogió una serpiente entre sus manos, sin que el reptil experimentase gran irritación. Luego se la pasó a Francisco Javier Matis quien la agitó de tal manera que ella terminó mordiéndolo y sacándole un poco de sangre. El negro que los acompañaba, dando muestras de gran serenidad, frotó a Matis con las hojas de la planta, asegurándole que no había peligro. En efecto, nada vino después de esa mordedura... «quedando todos convencidos -dice Mutis-de la bondad del remedio y deseosos de su propagación en beneficio de la humanidad» 47. Basándose en sus estudios y en su experiencia, Pedro Fermín de Vargas pensaba que lo que obraba sobre las culebras y su veneno era el olor que la planta exhalaba. Por ello, si su zumo se utilizaba en forma continua durante algún tiempo, esta sustancia formaba, junto con la transpiración, una especie de atmósfera que rodeaba toda la periferia del cuerpo humano, y «enajenaba» a la culebra. Sobre tal característica se expresó Alexander von Humboldt tiempo después en términos idénticos: «la planta tiene un olor nauseabundo que parece afectar el olfato de las serpientes, el olor del guaco se mezcla sin duda con la transpiración cutánea del hombre» 48. En 1817 (1769-1859) Humboldt publicó como complemento de la Geografía de las plantas, un tomo en latín: De distributione geographica plantarum 49, donde aparecen 3000 plantas enteramente nuevas, halladas por él y Bonpland en América, entre ellas se encuentra el guaco (mikania guaco), arbusto leñoso que crecía espontáneamente como enredadera en las tierras calientes 50. En su correspondencia, Mutis refiere los estudios del médico inglés Tonnent, radicado en Virginia durante muchos años, quien había observado en ----47 HERNANDEZ DE ALBA (1983c), tomo 2, p. 48 Traducción libre de la autora. 49 El título completo es: De distributione geographica plantarum, secundum coeli temperiem et altitudiem montium (1817), Leiden, Libraria Graeco-Germanica, 247p. 50 ACOSTA, J. (1849), «Observaciones del Coronel Acosta a la geografía de las plantas de Humboldt», París. Traducción hecha por Acosta como parte de la reedición del Semanario de la Nueva Granada y con el cuadro original de la Geografía de las plantas de Humboldt. quienes habían sido mordidos por la culebra cascabel síntomas semejantes a los de la pleuresía y la pneumonía (dificultad para respirar, tos, esputos de sangre, pulso acelerado, etc); estas personas se curaban con una preparación de una planta llamada senega; Mutis compara las virtudes de esta planta con las del guaco 51. La semejanza sugerida es acertada. Mucho tiempo después se confirmarán los buenos efectos del guaco (mikania guaco) como antiofídico, expectorante, mucolítico, antiasmático y broncodilatador 52, análogos a las de la senega (Poligala de Virginia). En un documento que hace parte de su archivo epistolar, Mutis escribe que sería bueno exportar ese vegetal a España y procurar su difusión en el mundo. Propone como método para conducirlo a esas tierras, realizar con él un extracto en forma de píldoras o embotellado. Agrega que tal vez con un auxilio químico podrían hallarse en esta planta otras virtudes recomendables. Conjetura sobre la posibilidad de utilizarla contra las lombrices, pues ellas participarían, de alguna manera, de la naturaleza de las serpientes. Alude también a sus posibles bondades para tratar dolencias estomacales 53. Es imprescindible situar la acción de Mutis en este sentido en un contexto más amplio, que estaba determinado por los intereses metropolitanos en materias médicas, farmacológicas y económicas; y aunque ello no pone en cuestión el interés y la verdadera inquietud personal y científica del médico español en relación con esta planta, las coloca en justo acuerdo con las políticas de la Metrópoli. Es claro que desde el siglo XVI el gobierno español había estimulado la incorporación de vegetales y productos medicinales provenientes del Nuevo Mundo. Desde 1570, Felipe II había asignado a los protomédicos de las Indias la tarea de hacer la relación de las diferentes prácticas médicas locales, anotando las plantas, hierbas o semillas medicinales que encontraran, para mandarlas a España si eran desconocidas. Pero el primer proyecto de recolección sistemática de información sobre los conocimientos médicos locales sólo comenzó en 1574, año en el cual una Cédula Real ordenó la recopi-----51 HERNÁNDEZ DE ALBA (1983c), tomo 2, pp. 61-62. 52 Existen variados estudios sobre la acción de la planta llamada popularmente guaco como antiofídico y antiespasmódico. Se conocen, asimismo, análisis sobre las múltiples virtudes de otras especies de ella, como mikania glomerata, ver MAISCH, J. M. ( 1885 lación y la traducción de las relaciones sobre las prácticas médicas indígenas que fueron publicados en 1597 bajo el título de Instrucción y Memorias de la descripción de las Indias que su Majestad mandó hacer para el buen gobierno y ennoblecimiento dellas 54. Antes del siglo XVIII aparecerán, además de estas instrucciones, otras publicaciones sobre plantas medicinales que contribuyeron a crear grandes las expectativas sobre las propiedades curativas de las plantas americanas. Los autores de estas obras conciben a América como un jardín inagotable de plantas medicinales, muchas de las cuales eran utilizadas eficazmente por los nativos americanos 55. Ya en el siglo XVIII, como se ha visto, el deseo de aclimatar las plantas medicinales al suelo español llevó a las autoridades metropolitanas a pedir a Casimiro Gómez Ortega -Director del Real Jardín Botánico de Madrid-la elaboración de una Instrucción sobre el método mas seguro y económico de transportar plantas vivas por mar y tierra a los países más distantes (1779), que debería servir de guía a todas las personas que estaban vinculadas a proyectos expedicionarios (y no solamente) en el Nuevo Mundo, en este texto queda confirmada la directriz gubernamental, se pone de manifiesto el interés por la búsqueda de vegetales con virtudes medicinales, con la ambición de hallar en la «rica botica de la naturaleza americana» los remedios para las enfermedades más frecuentes en Europa 56. En este siglo la obra sistemática realizada por C.V. Linneo permitió ordenar el conocimiento de la diversidad vegetal, que se extendía de manera constante y permanente con las noticias de los viajeros naturalistas. También se constituyó en una especie de «programa de investigación» y en una meta que legitimó la pretensión de los naturalistas de multiplicar el número de los herborizadores. Si la proliferación de las especies conocidas hizo imprescindible la instauración de un lenguaje común, la hegemonía caracterizada por el sistema de la clasificación sexual de Linneo incentivó la fundación de importantes redes de correspondencia científica (entre los corresponsales de Linneo se encontraba Mutis), y favoreció proyectos de exploración estatales, y también privados, establecidos con el objeto de «completar las descripciones y las colecciones» 57. 57 RESTREPO FORERO, O. (1992), «Naturalistas, saber y sociedad en Colombia», en: Historia social de la ciencia en Colombia, Colciencias, Bogotá, tomo 3, p. La historia natural y los sistemas de clasificación del siglo XVIII, como la taxonomía linneana, pretenden ser la expresión del único orden de la naturaleza, del único posible y, por lo tanto participan de una empresa política de control global. El propósito de los viajeros naturalistas de la época era entonces el de poder reconocer, clasificar, nombrar y siempre que fuere posible, transladar a Europa cada uno de los objetos naturales existentes en el mundo 58. Las propuestas que Mutis hace para el estudio del guaco, muestran bien las etapas que debe atravesar un saber local para ser «legitimado», es decir, traducido a los términos de una «ciencia oficial»; tal proceso de traducción y apropiación debía hacerse de acuerdo con las reglas de autoridad que prevalecían en la historia natural europea. La traducción de este saber tradicional local a unas categorías europeas-ilustradas conllevaba una serie de procedimientos diversos: 1. Nombrar la planta con una palabra latina; 2. Clasificarla en el sistema de Linneo; 3. Realizar su representación pictural; 4. Hacer su descripción de acuerdo con las categorías de la botánica moderna; 5. Explicar sus usos y buenos efectos para enfermedades conocidas en Europa; 6. Ingeniar la preparación de remedios con ellas, según los métodos de la farmacia vigentes en el siglo XVIII 59. Cada una de estas fases ha podido vislumbrarse en la manera como Mutis enuncia las acciones que era necesario emprender para determinar con certeza las virtudes del guaco, para poder utilizarlo y ponerlo luego al servicio del género humano. Siempre en el deseo de confirmar las virtudes del guaco, Mutis dirige una carta al virrey Ezpeleta en octubre de 1792, en la cual se hace aún más evidente su afán utilitario y su devoción experimental. En dicha comunicación Mutis expone la necesidad de que, de una vez por todas, se definiera la utilidad del guaco como antiofídico. Asegura que aún no se había llevado a cabo una demostración tajante y que, para realizar la experiencia decisiva, era preciso que el gobierno tomara cartas en el asunto. El motivo de esta demanda era únicamente el deseo de «influir de algún modo en el bien de la humanidad», aclarando las múltiples ventajas y «aplicaciones felices» que ello podría traer. Así pues, Mutis expone al virrey esta necesidad, argumentando además que el auxilio que los gobiernos ilustrados habían prestado a las buenas ideas había producido siempre al hombre inequívocos beneficios, que de otra manera nunca habrían conocido. Se debía pues a estos gobiernos el conocimiento de numerosas invenciones útiles, por haberles dado siempre su patrocinio 60. ---- Proponía específicamente al virrey que se le permitiera emplear dicha planta sobre un reo a muerte, ya que tenía aún muchas dudas sobre la realidad de sus efectos. Enumera las causas por las cuales dicha experiencia podría haber dado falsos resultados; considera, por ejemplo, que quienes habían participado en la aventura podrían haberse servido de culebras «inocentes», o podrían haberlas privado de su veneno arrancándoles los colmillos, o por otros medios. Quizá intervino también la acción de otra planta que la persona «curada» estuviese consumiendo al mismo tiempo que el guaco, sin que por ello fuese posible determinar cuál fue la planta que produjo verdaderamente el efecto 61. Mutis adhiere así a lo que, desde los inicios de la experimentación biológica, se ha considerado fundamental: la necesidad de realizar en varias ocasiones una misma experiencia controlada con el fin de llegar a resultados más fiables. Durante el siglo XVIII cuando este gusto por la experimentación alcanzó un auge importante, fueron célebres los principios expresados por A. Von Haller respecto a la experimentación. La historia de las ciencias ha atribuído los progresos decisivos del pensamiento y la metodología científicos esencialmente a Francis Bacon, a Galileo y a Newton. El papel de Bacon en relación con la importancia y el valor de la experimentación científica fue subrayado, entre otros, por autores como D'Alembert y A. Haller 62. Ya en el Novum organum (1620), Francis Bacon había expresado que la experimentación científica es una pregunta específica que se dirige a la naturaleza, una observación provocada por la acción del hombre en condiciones controladas. Quería así remplazar el método que consistía en citar las opiniones de las autoridades o utilizar suposiciones fantasiosas; insistía sobre la importancia de abandonar los prejuicios y las ideas preconcebidas de todo género para consagrarse a la observación atenta y metódica de los hechos estudiados 63. Por otro lado, el deseo de conocer y de comprender la dinámica interna de los tejidos vivos llevó a numerosos científicos, desde mediados del siglo XVIII, a estudiar la fisiología. En relación con la fisiología, el debate más animado fue el que produjeron las experiencias sobre la sensibilidad y la irritabilidad. Comenzadas por Haller en 1739, fueron publicadas en una memoria titulada De partibus corporis humani sensilibus et irritabilibus (1753). Con base en sus múltiples experiencias (577), A. Haller elabora la noción de irritabilidad, logrando separar claramente la observación de la especulación cien-----61 Ibid., p. 62 RUDOLPH, G. (1996), «Mesure et expérimentation», en: Histoire de la pensée médicale en Occident, tomo 2, París, Seuil, p. Haller fue leído por Mutis, como lo atestiguan sus estudios y experiencias sobre la irritabilidad, llevadas a cabo sobre todo con ranas y perros de diferentes edades 65. Sobre la experimentación con el prisionero, Mutis expone: A la verdad no es nuev(roto) de dar a un reo de muerte un veneno (roto) para probar la una vida perversa, que el malvado (roto) perder en una horca para satisfaccion y exemp(roto) de la sociedad, que corrompio?, si es justo sa(roto) un individuo escandaloso, y perverso a (roto) comun; porque no se podrá exponer ese (roto) a una desgracia menor por la salud y bene(roto) genero humano? (...) Estan preparadas las (roto) conocido, se hará delante de testigos conde(roto) experiencia fatal, y se le aplicara el guaco (roto) no, bien preparado, y oportunamente (roto) el bien de la humanidad, que es (roto) un hombre, ó dexar a todos los demas expuestos a estas desgracias demasiado frequentes en el Reyno, que habitamos (...) El Reo va a ganar en esta tentativa lo que va de una muerte cierta a una muerte menos que probable. Ademas, verificada la ineficacia del guaco, quedan otros recursos, y a ninguno se perdonara para salvarle. Si yo no conociera la fuerza de estas reflexiones, por mas grande que sea el servicio, que va a hacer a la humanidad, creeria manchar mis manos en la sangre del hombre, haciendo a Vuestra Excelencia semejante proposicion 66. De una manera que hoy podría parecer moralmente escandalosa, esta propuesta hace visible una clara exaltación del interés superior de la ciencia y de la experimentación en «beneficio del género humano», caro ideal del hombre ilustrado 67. ----64 En sus experimentos, Haller desnudaba un órgano o alguna parte de un animal vivo, esperaba que el animal estuviera calmado, y procedía luego a excitar esta parte descubierta por medios mecánicos, químicos o térmicos. Para estimular los músculos, se servía también de la electricidad. Entonces observaba si el animal manifestaba dolor o si la parte sometida al estímulo se encogía. 90 65 En la relación de su experimento con «una perrita tierna», Mutis explica: «Emprendí esta operación sin testigos, con el fin de examinar a mis solas el modo en que la naturaleza decidía sobre la irritabilidad y sensibilidad de las partes. Temía que la concurrencia de algunos sujetos inclinados a contradecirme tal vez sobre el partido que yo había seguido abiertamente sobre los experimentos de Haller, pudiese turbar la satisfacción que yo me disponía a tomar de la misma naturaleza, consultándola con todo espacio, sin preocupación, con sinceridad y determinado a defender el partido que me mostraría». Ver: «Experimentos sobre la irritabilidad y sensibilidad de las partes del animal», en: Escritos científicos de Don José Celestino Mutis, tomo 1, p. 67 El concepto de experimentación que aparece en l'Encyclopédie, pone en evidencia el gran valor que la época atribuía a esta actividad científica: «En physique le mot expérience se Al finalizar su misiva, Mutis deja en manos del virrey esta decisión, agregando que, de todas maneras, le quedaba un aire de satisfacción al haber podido pronunciarse ante él en obsequio de la humanidad, inspirado sólo en los pensamientos de la utilidad pública. El virrey dirigió esta petición a la Real Audiencia de Santafé para que allí se dictaminase lo que se debía hacer. Tiempo después, el Fiscal de su Majestad en lo civil y lo criminal dictó una resolución, donde consideraba que lo principal era la conservación y el cuidado de la especie humana; por ello expresa que no veía ninguna «repugnancia legal» que impidiera el hecho, y accede a la propuesta 68. Nunca se ha sabido, con certeza, si tal prueba se llevó a cabo; lo que sí ha podido establecerse con claridad es que Mutis, en su afán divulgador, se empeña en una especie de «campaña publicitaria» sobre el guaco. Se conocen sus cartas sobre este tema enviadas a distintas personas dentro y fuera del virreinato. Don Pedro López Carvallo, por ejemplo, le escribe desde Neiva (19 de noviembre 1790), señalándole que «... cumpliendo con el encargo que me hizo vuesamerced de buscar, y dar a conocer la gran yerba de huaco (sic) lo tengo verificado en todo el camino hasta esta ---dit des épreuves que l'on fait pour découvrir les différentes opérations et le mécanisme de la Nature. 68 El empleo de seres vivos para adquirir conocimientos médicos data de tiempos remotos. En la Antigüedad se practicaba la vivisección en animales y en seres humanos. Los reyes de Persia, por ejemplo, permitían a sus médicos experimentar con hombres que estaban condenados a muerte. Son célebres los experimentos que Mitrídates (123-97 adC) hacía consigo mismo, y los que Cleopatra o el Rey de Pérgamo hicieron con sus esclavos, sus enemigos cautivos, o los criminales, sobre todo en relación con los efectos de la mordedura de animales venenosos. 121. ciudad, que se ha encontrado, y se encuentra en las vegas húmedas, a orillas de quebradas, en parajes, donde hay palos podridos, piedras y peñones, en los barrancos de los caminos, como sean montuosos y húmedos, pero en tierra sabanosa, árida y seca no se encuentra...». Le cuenta, asimismo, que una culebra cascabel bastante grande había mordido a una muchacha que habitaba en su región, y aunque se le habían dado algunos «preservativos de botica», había estado muy hinchada y aún en peligro de muerte. Cuando se enteró de la situación, Don Pedro le envió a la niña la yerba del guaco (a pesar de que tenía seis días de cogida), ella comió algunas hojas, se deshinchó, «y a los 3 días vino a casa buena y sana» 69. Don Pedro López agrega también que había trasplantado el guaco a su casa, y plantea a Mutis varias preguntas al respecto: si la planta conservaba su virtud aunque estuviera seca, ¿qué número de hojas de la hierba fresca era necesario comer cada menguante para estar curado definitivamente?, «porque estoy empeñado -continúa-en que todos se enteren de la virtud que contiene la dicha hierba» 70. Es significativo que entre algunos corresponsales de Mutis, el guaco empiece a verse como una panacea contra toda mordedura de animal. Es lo que se observa en una epístola que dirige a Mutis un importante vecino de la ciudad de Mariquita, Don José de Mesa Armero y Ruiz (enero de 1795), donde aparece su presunta bondad contra la mordedura de perros rabiosos (!!) 71. Hasta México llegaron las buenas nuevas de Mutis. El Director del Jardín Botánico de esa ciudad, Don Martín de Sessé 72, agradece al gaditano por ----69 HERNÁNDEZ DE ALBA (1983c), tomo 4, p. Ver igualmente las cartas que sobre este tema dirige a Mutis Don Ignacio Roel (20 de octubre y 19 de noviembre de 1790), p. 71 Don José Mesa le dice que un perro había mordido a su hijo en la pierna. Después de esto, su esposa le había colocado un poco de guaco molido en las mordeduras, y le había dado a beber el zumo de la planta, acción que repitió al día siguiente. Posteriormente, le había puesto una piedra «de contra de culebra» en las cicatrices; con lo que le cerraron casi todas ellas, salvo una que no quedó bien cerrada, y que no se mejoró con el paso de varios días. Al ver que el guaco no era muy efectivo contra la mordedura canina, Don José pide a Mutis una receta para su curación. Se formó en la práctica de la medicina en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, y en 1780 se trasladó a América. Durante algunos años se desempeñó como médico en barcos y guarniciones, y luego se estableció en México. Fue director de la Real Expedición Botánica de la Nueva España, fundador y director del Jardín Botánico de México. La expedición de Sessé fue una de las más importantes de las realizadas haberle informado sobre los magníficos efectos del guaco, y le comunica que el peligro de las serpientes constituía una de las principales preocupaciones de la expedición botánica que debería iniciar en aquellos días por las tierras calientes; por eso, según sus palabras «no veía la hora de curarse». Sessé solicita a Mutis el envío de dicha planta en cantidad suficiente para curarse él y los otros miembros de su expedición; esperaba igualmente la descripción de su carácter natural y de todos los aspectos que contribuyeran al conocimiento de su especie, pues creía que también podía encontrarse en México 73. Aspiraba a poder «connaturalizarla» en ese jardín y aconsejaba a Mutis realizar una publicación sobre ella en una gaceta u otro papel periódico, para comunicar «la felicidad de su propagación, con expresión que hiciera a vuesamerced el debido honor por ser el primer descubridor y observador fiel de sus virtudes» 74. Esta última afirmación revela algo fundamental: para Sessé es Mutis el «descubridor» de las posibles virtudes antiofídicas del guaco, se desconoce así la verdadera procedencia de ese saber, y se borra todo reconocimiento a sus primeros poseedores. Años más tarde, tiempo después de la muerte de Mutis, seguían sin confirmarse las cualidades de la planta, como se puede apreciar en el conocido escrito de Jorge Tadeo Lozano Memoria sobre las serpientes 75. En una buena parte de este texto, Lozano se dedica a repasar los diversos remedios y procedimientos terapéuticos usados para curar los efectos de la mordedura de serpiente; describe tanto los métodos mecánicos utilizados para impedir que «el veneno se introdujera en el cuerpo», como las sustancias químicas que se empleaban para intentar frenar sus nefastos efectos; y enumera el «ejército de ---durante el siglo XVIII. Ver LOZOYA, X. (1984), Plantas y luces en México, Barcelona, Serbal; MALDONADO POLO, J.L. y PUIG-SAMPER, M.A. (2000), «La aventura ultramarina de Sessé y Mociño: La Real Expedición Botánica a Nueva España (1787-1803)», en El águila y el nopal. La experiencia de Sessé y Mociño en Nueva España, Madrid-Barcelona, Lunwerg. 73 Pero aclara a Mutis que «aunque yo tuviera la felicidad de encontrarla y pensare publicarla por no privar al público de este auxilio, nunca lo verificaré sin su acuerdo, y sin confesar la deuda al primer descubridor, porque mi carácter no permite apropiarse la gloria que la suerte y el mérito le han deparado a otro». 75 LOZANO, J. T. ( 1808), «Memoria sobre las serpientes y plan de observaciones para aclarar la historia natural de las que habitan el Nuevo Reino de Granada, y para cerciorarse de los verdaderos remedios capaces de favorecer a los que han sido mordidos por las venenosas», en: Semanario del Nuevo Reino de Granada (1942), Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, tomo 1, pp. 115-132. remedios» que se conocían contra ello en las tierras neogranadinas 76. Al final trata sobre el guaco: «Este antídoto celebrado es el único del que se afirma, que no sólo cura la mordedura actual, sino que a los que diariamente beben su zumo o su cocimiento los preserva de la picadura, o en caso de recibirla no les hace el menor daño» 77. Mencionaba que en la Nueva Granada, esta certeza estaba fundada en repetidas observaciones, aunque él conocía un caso en el cual la planta no había tenido ningún efecto. Según Lozano, las múltiples muertes sucedidas por este accidente eran debidas, sobre todo, a la falta «de discernimiento» y a la ignorancia sobre los efectos que causaba el veneno de cada especie de culebra. Existían diversos métodos, operados por «charlatanes curanderos», quienes no comprendían que cada proceder debería ser diferente y estar determinado por el tipo de serpiente que había causado el daño. Para solucionar esta situación propone un método sencillo, compuesto de instrucciones simples, en el cual la experimentación biológica ocupa también un lugar fundamental 78. Como entre los venenos que más se recomendaban estaba el guaco, Lozano reconfirmaba que deberían hacerse con él diferentes experimentos para averiguar la manera ----76 Entre ellos menciona el aceite, el aguardiente de caña con pólvora, la polygala senega (vulgarmente llamada ruchica), la fruta de burro (especie de ubaria), múltiples aristoloquias, el tabaco aplicado sobre la herida, el limón con pólvora, la potasa cáustica, y una especie de quina roja, siguiendo las observaciones que sobre esta variedad de quina había hecho Mutis. 78 El procedimiento comenzaba con la identificación del tipo de culebra, mediante el examen de la estructura de su boca; luego Lozano expresa la necesidad de realizar experimentos que permitieran saber con certeza cuál era el efecto del veneno de las diferentes serpientes sobre varios animales de distinta clase y tamaño, «anotando con escrupulosidad todos los fenómenos que se presenten». Una vez conocidos los efectos de cada veneno deberían estudiarse para saber si podían «introducirse en medicina», bien fuera para combatir algunas enfermedades o para destruir el veneno de una serpiente con otra. Ya convencidos de la existencia del veneno por todas las diferentes observaciones, se debería privar a las culebras de sus colmillos huecos y de las bolsitas unidas a ellos (órganos que testimonian la presencia del veneno), experimentar de nuevo con otros animales y anotar lo que la mordedura así producida generaba. Posteriormente, sería imprescindible realizar el análisis químico del «licor venenoso» de cada especie de serpiente, recoger una porción considerable de los contravenenos que vulgarmente se aplicaban y ensayar su eficacia, bien fuere curando con ellos a animales mordidos o mezclándolos con su veneno y observando si lo descomponían, lo desorganizaban o lo privaban de su «virtud deletérea». 121. como obraba y si era definitivamente cierto que sus virtudes preservaban de la mordedura y si las curaba incluso a prioiri... 79 * * * El mundo «exótico» que muestra Mutis en los textos aquí citados, pone en escena el supuesto estado de ignorancia, de indolencia y de «salvajismo» de quienes lo habitan. El saber del negro (o del indígena), desconocido antes de ser traducido en un orden discursivo y situado en un sistema de representación específicos, no aparece en la mentalidad europea sino en la medida en que puede inscribirse en un contexto ya existente. Como se ha visto, ante el saber que viene del otro nunca se adopta una actitud neutra, simple, desinteresada, en la medida en que el discurso del saber y el discurso del poder están inexorablemente unidos. En Mutis se aprecia un rechazo al estatuto de verdadero conocimiento de los saberes locales que se encuentra en la Nueva Granada, considera sin embargo que estos saberes pueden poseer cierto fondo remoto de verdad, pero para extraerla deben validarse mediante la experimentación y la clasificación, y situarse en el marco de la ciencia europea, auténtica y única forma de racionalidad posible. Este conocimiento sobre la virtud antiofídica del guaco, surge de una doble situación: en principio de una circunstancia de interacción cultural, de negociación entre los poseedores de un saber médico local y los detentores de un saber europeo en muchos aspectos no radicalmente distinto; y en segundo lugar, de un proceso de legitimación y de traducción de este saber a las categorías de la ciencia europea. Este proceso, a veces paradójicamente subestimado, es muy significativo y es lo que quizás ha hecho que tal experiencia sea considerada como un importante momento de la historia de la medicina en la Nueva Granada.
Tras la lectura de Acción y reacción. Vida y aventuras de una pareja 1, resulta evidente, una vez más, que sería muy difícil nombrar a otro estudioso y escritor de la segunda mitad del siglo XX que hubiese logrado, como Jean Starobinski, esa deseable integración de la historia de las ideas y de las ciencias con la mejor expresión y hondura literarias. La superposición de puntos de vista presuntamente opuestos, la hibridación continua que experimenta su discurso, la convergencia de métodos o de vías de aproximación a personas, obras, hechos e ideas por él elegidos hacen de sus escritos una experiencia poderosamente singular y, a menudo, inquietante. Después de sesenta años de trabajo, la energía de una obra caudalosa como la suya, tan sólida y armónica como dotada de vetas argumentales muy dispares, se conserva incólume. Si, de modo casi imperceptible, grandes perspectivas culturales han sido despejadas y afrontadas por Starobinski desde su primer Rousseau y sus trabajos médico-culturales, sin darlas nunca por concluidas, otro tanto sucede en Acción y reacción, de estructura inicialmente más cerrada. En este gran libro, por tanto, no deja de sorprender su capacidad para dar un nuevo giro a la expresión escrita -en sus temas e ideas, incluso a veces en la naturaleza de sus asociaciones-, si bien al mismo tiempo percibimos cómo se sostiene sobre un fondo de interrogantes similar. Pues, en efecto, no dejamos de reconocer totalmente en él, una vez más, su voz, su estilo y el territorio de sus inquietudes. Acción y reacción -libro de capas dispares, a veces más seco que otros escritos suyos, aunque muy rico en detalles y figuras, así como originalmente ensamblado-, es una obra mayor del ensayista suizo. Lo es por su tamaño y sus dispares filones intelectuales, por su impregnación de esos mundos del pensamiento en los que se ha ido adentrando en distintos momentos de su vida, así como por su destreza a la hora de ensartarlos. Aquí, de un modo destacado, nos muestra cómo los aportes de la historia de la ciencia (no sólo de la medicina) pueden servir en una confrontación en la que se ven envueltos, a la vez, la historia del pensamiento, de la cultura y de la civilización. El momento elegido por -el autor el de la aparición y asentamiento de la ciencia moderna-, así como la diversidad de los saberes abordados y la considerable extensión temporal del libro, facilitan que brille esta síntesis de conocimientos. Y todo ello pese a su punto de partida, ceñidísimo a un nudo conceptual específico: el par acción-reacción. Ahora bien, su recorrido no en vano se abre con una cita de Auerbach, de 1939, en la cual el autor de Mímesis subrayaba lo fructífero que resulta partir no de un problema general sino de un fenómeno de detalle, elegido ante todo por la fuerza misma de las cosas que se le ofrecen al análisis. Por añadidura, hay que recordar las discusiones de otro de sus maestros, como Spitzer, que había dedicado un bello trabajo a la voz 'armonía', lo cual remite tanto al medio vital como al estado de ánimo2. Incluso el propio Starobinski elaboró un valioso texto sobre la voz 'civilización' (ahora, en El remedio en el mal), y analizó los usos del verbo 'ver' en El ojo vivo, como expresión de 'saber' y a la vez de 'impulso extraviado' 3. Su historia -axial-de la melancolía, con sus ramificaciones por la nostalgia, la sensación de vacío y el vértigo del ocultamiento, significa que el devenir de los hombres no es precisamente la sucesión de los sinónimos de un mismo vocablo 4. Al ser encuestado Starobinski 5, acerca de libros extranjeros imprescindibles que un estudioso francés debería conocer en 1980, y tras nombrar a esos críticos alemanes exiliados, tan de referencia (Spitzer y Auerbach), sugería atender a dos obras recientes, que se circunscribían a la historia de las palabras: Vergangene Zukunft, de Koselleck, y Freiheit, Herrschaft, Geschichte, de Günther, dos autores que también alientan este Acción y reacción, que se sitúa en una encrucijada. Su autor, de paso, cita aquí al lexicógrafo Alain Rey y su rastreo de la palabra «Révolution» 6, término que por cierto baja de los cielos una vez renovada la Astronomía, e incluida ya en la Física, para situarse en los conflictos entre los hombres avanzado el siglo de las Luces, como en cierto grado sucede con lo que plantea este libro starobinskiano. Si bien Acción y reacción se construye sobre la deriva de una pareja de palabras, en realidad Starobinski no realiza una tarea etimológica, sino semántica en sentido amplio -con sus mutacio-----nes y expansiones-, al distinguir los estratos históricos que se posan sobre un «mismo» esqueleto fonético: sería un modo moderno y reconcentrado de ver la «constitución de un concepto» (tarea que, por cierto, defendía ya Hegel). En este caso, el prisma utilizado por el autor, en principio unilateral, va rotando, y sus caras se aproximan sucesivamente a diversos fenómenos constitutivos de esa polaridad activa, desdoblada de inmediato mediante su antítesis. Finalmente, cada plano prismático encajará con los demás, aunque no pretenda darnos una visión global de ese doblete. Su modo de proceder concuerda con una exigencia personal: la de hacer un análisis transversal de la cultura a partir de la aparición de la ciencia moderna, con la Física desde luego al frente, para llegar al final hasta cierta sociología política, pero tras ofrecer importantes comentarios químicos y medicinales, y calibrar el pulso indagador, muy vigoroso, de la Psiquiatría o de la Literatura. De modo que muchos sabios (Newton, Buffon, Diderot), filósofos (Aristóteles, Hobbes, Leibniz o Kant), así como una legión de médicos y literatos se dan cita ahora, bien superponiéndose, bien dialogando entre ellos. Su amigo Bonnefoy sintetizaba esta caminata intelectual diciendo que es un «largo análisis, a través de varios siglos sobre nuestra modernidad, sobre el nacimiento, la vida, el envejecimiento y los renacimientos de dos conceptos que se articulan estrechamente entre sí, y que constituyen, por tanto, uno de los instrumentos mayores del pensamiento filosófico y científico de Occidente»7. No olvidemos que esa división cronológica, basada en los efectos de la nueva ciencia -y propia de la primera querelle o del historicismo-, fue sancionada por Husserl de forma maestra en su Crisis de la conciencia europea. En fin, ciertas palabras no dejan de espejear, de un modo cambiante, en el devenir de algunas teorías. En particular, como el propio Starobinski señaló, el lenguaje científico «estuvo durante mucho tiempo ligado al diccionario y a términos heredados». Por ejemplo, la historia de la medicina es una empresa políglota en sentido muy amplio: hay que comprender las palabras del pasado con una perspectiva filológica y científica, pues esas voces, que fueron dichas en idiomas antiguos y modernos, tienen muescas temporales muy dispares 8. La duplicidad o el bilingüismo de Bachelard (sobre quien escribió Starobinski), le permitiría precisamente apelar a la dimensión temporal, con mayor facilidad, en un razonamiento objetivo, y reconocer sus rupturas más fecundas 9. En Acción y reacción, por ello, Starobinski busca las mutaciones de sentido en el vocabulario científico moderno, realiza un análisis de los cambios como índice de la transformación de todos nuestros saberes tras la introducción del lenguaje newtoniano, narra los impulsos intelectuales que alteraron el valor de ese concepto dinámico: esto es, su relación con un grupo más o menos amplio de vocablos (y, por ende, de nociones). ----Starobinski se reconoce como historiador y crítico, y también es un escritor. Pero su «literatura ensayística» no es nada subjetiva, él se mantiene en lo posible alejado de los biografemas; toda su reflexión personal se construye a partir de otros textos, y, aunque disuelta, se revela acaso en las repeticiones de palabras y los cambios de tonalidad, en sus obsesiones temáticas, en toda elección suya de fragmentos textuales, de raros ángulos de visión, de ricos ensamblajes conceptuales. Quizá sea más adecuado, además de evocar de nuevo a los críticos alemanes arriba citados, recordar su hermoso y escondido libro sobre un lingüista que fue un hombre de las palabras, Saussure, libro que analiza a ese alter sabio -ese «otro entre dos»-, y donde Starobinski concluye recordando tajantemente que «todo texto es un producto productivo» 10. Lo cual es una de sus estrategias asumidas personalmente, ya que trata de reactivar cada texto: reacciona ante él, y acciona de nuevo la fuerza de ese producto que no será algo muerto, en consecuencia. Pues bien, su recorrido del par acción / reacción se sitúa al inicio de la historia moderna: en los antecedentes y, especialmente, en las consecuencias de la revolución científica a partir del mejor pensamiento ilustrado. De hecho, Starobinski ha frecuentado mucho a lo largo de su vida -quizá estratégicamente-el siglo de las Luces, por sus instantes de placer y libertad, su razón regeneradora, desenvuelta y compleja, su sensibilidad desengañada e inteligente 11; y ese tiempo innovador tiene un gran espacio aquí, si bien él dará un gran peso, de inmediato, a sus efectos intelectuales en la centuria siguiente, de acuerdo con las dos zonas de la cultura -científicas por un lado, literarias por otro-, que entonces se configuran, generando continuos roces entre sí. Los ámbitos en que ese raro y a veces perturbador despliegue tiene lugar son muy dispares, por tanto, y se hallan claramente deslindados en los apartados correspondientes, aunque acaben entrecruzándose una y otra vez, como sucede en los textos starobinskianos. Al arranque de la física le sigue el de la química un siglo después; el sobrevuelo por la medicina del cuerpo se dobla con la medicina del alma; el fructífero territorio de la Literatura se convierte en índice de las inquietudes del individuo moderno. Por último -y significativamente-aparece el campo político que nace y se revoluciona en el siglo XVIII, centuria de grandes acciones pero asimismo de reacciones finales, del todo decisivas. Starobinski elige el par reacción-progreso para cerrar este sinuoso volumen, si bien no lo plantea como una oposición que fulguró en el pasado sino como un conflicto del presente, y del futuro, que late en cuestiones muy actuales. Más concretamente -ya que todo remitiría a un conflicto clásico, la ruptura provocada por la Física moderna-, el libro se abre con un repaso, rápido y vigoroso de la vieja ciencia del Estagirita y de los calculadores medievales. Starobinski no se limita a mostrar cómo la palabra reacción llega tarde -el antónimo de actio era passio (de padecer), pero Alberto Magno fue introduciendo reactio, como término culto, no sin vacilaciones-, sino que aprovecha para revisar, de un modo minucioso y claro, la evolución de la física aristotélica hasta el giro de Galileo -completado por Newton-que será crucial para el par en cuestión. Pues desde entonces todo un mundo de cualidades en mutación que se ---- analizaban por efecto de Aristóteles se desvanece en beneficio del movimiento local, allí precisamente donde las acciones y reacciones se perfilan con claridad geométrica y son susceptibles de una cuantificación. Pero la pareja entrará en dos lenguajes científicos, en el mecánico geometrizado y en el mundo vitalista, antes lleno de simpatías, que se verá sometido a una tensión inédita. De hecho, el segundo tramo, menos neutro que el inicial, se nutre de Diderot, ese maestro de las hibridaciones en el conocimiento a quien Starobinski ha dedicado una veintena de artículos (aún no refundidos) y un pequeño libro. Ya había escrito hace años, además, un artículo capital para abordar el par de referencia en el propio Diderot 12. Este luminoso sabio y escritor lo planteaba en mil registros distintos: expresó una teoría de la acción y reacción como principio del Universo; emparejó esas ideas sin igualarlas, sin neutralizarlas; se interrogó sobre el sentimiento interior del cuerpo, sobre las reacciones corporales, de un modo muy moderno. Cierta filosofía medicinal suya, que resume las novedades ilustradas, fue su arranque reflexivo, pero Diderot va a entrar en discusiones con los prequímicos ilustrados hasta su muerte. Con ellos, y con ciertos médicos, el enciclopedista por antonomasia se identifica finalmente, justo al mismo tiempo que produce los textos literarios y filosóficos más inquietantes. El filósofo de la materia en movimiento, que pone en solfa las rigideces del mecanicismo dominante, se interesa por la efervescencia y la fermentación materiales, por los reactivos que ocupan el centro de una ciencia a punto ya de brotar, pero también por los sueños humanos en su engranaje vital, los contrastes psíquicos, con sus agitaciones, tumultos y extravíos. Ese famoso par, ubicuo ahora, entra en liza en todos los constituyentes de la máquina humana, en una mezcolanza inusitada que asimismo da pie a entender todos los grandes diálogos, literario-científicos, del polígrafo, especialmente homenajeado aquí por Starobinski. La vida que reacciona va a ser el tercer núcleo, más breve, de su exposición. Ciertos antecedentes de esta idea se hallan en el siglo XVII: Hobbes habla de 'reacción' ya, en vez de utilizar la voz 'pasión', como era común entonces; y el hoy oscurecido médico Glisson inicia la idea de irritabilidad que será tan fructífera unos decenios después. Los autores y los tiempos se diversifican enseguida; Starobinski se remite al principio animal que elabora el precursor Buffon, al trabajo teórico sobre la reacción de las fibras nerviosas que desarrollan otros ilustrados como Bonnet o Cullen, así como a Bichat, la figura que los funde y supera con sus revolucionarias Recherches physiologiques sur la vie et la mort publicadas en un año fronterizo: 1800. ---- Bichat resaltaba que vivir es reaccionar; él ancló en el cuerpo todo el movimiento pasional, con sus continuas perturbaciones. El par muerte-vida, que imperará en tantas expresiones del momento científicas, filosóficas, literarias, incluso históricas y filológicas, adquiere así carta de naturaleza. La vida va a ser lo que resiste a la muerte; las ideas de lo visceral y de la visceralidad, que ahora se lanzan, hacen de contraste ambiguo, casi paralelo, entre los trozos de un cadáver y las pulsaciones de un ser viviente o reacionante, de alguien pues que palpita. Por ello también están muy presentes autores muy decimonónicos (en el siglo XIX se instala la voz 'reacción'), como Claude Bernard -Starobinski escribió mucho, en los cincuenta, sobre el pensamiento relativo a la medicina, con especial referencia a Canguilhem y a El conocimiento de la vida 13 -, o como el fisiólogo Herzen que enseñó en Lausana, ese hijo del gran escritor, cronista y autobiógrafo ruso, poco divulgado sin embargo en español. El cuarto capítulo, que trata de las patologías de reacción, nos sitúa definitivamente cuando la ciencia del hombre, con Cabanis al frente, ha cobrado un estatuto peculiar a finales de las Luces (y, por cierto, cita Starobinski los trabajos, no traducidos, de Sergio Moravia sobre este territorio 14 ). Es el tiempo de la disolución del alma, del intento por resolver el dualismo inveterado entre lo corporal y lo anímico. El conflicto casi insoluble entre lo físico y lo moral se desvía en estos momentos hacia una transición, en principio, menos abrupta: se aborda, de hecho, como un paso natural que parte de cierta acción para llegar a determinada reacción que llamaríamos subjetiva, más individualizante, si bien con un alma evaporada. Aquí, el utillaje conceptual que ha introducido Starobinski, en principio operatorio, se hace especialmente sutil, y el autor se extiende -como conocedor sin parangón del terreno de la tristeza y de sus tonalidades expresivas en tiempos diferentes-, por esos avatares propios de la mente de un animal doble, del homo duplex. Se adentra, al fin, en el envés mismo del mecanicismo (si bien cada vez más complejo gracias a las Luces tardías), en el desdoblado individuo contemporáneo. Y, por tanto, en el tratamiento de sus males, incluyendo a los pioneros, Breuer y desde luego a Freud -modelo de La relación crítica, y de buena parte su óptica-, pero asimismo a Jaspers (o a Plessner, el autor de La risa y el llanto). Pues, para Jaspers, lo reacional es una respuesta a lo vivido (la melancolía supondría una reacción ante las circunstancias), y precisamente la lectura de sus obras iniciales -en 1909, escribió una tesis sobre crimen y nostalgia, Heimweh-condujo a Starobinski a ---- plantearse la historia de dicha palabra. La presencia de esa figura, con todo, va más allá del tono existencial que le rodeó en su juventud. La densidad e importancia de este tramo se revela en un quiebro retórico final de esta parte de su argumentación. Pues, insólitamente en él, Starobinski introduce un diálogo entre un A y un B, anónimos, a modo de cierre y de pausa. Es una breve pieza literaria, a la manera de Macchia, que le sirve de transición «personal» hacia otras disertaciones sobre esa pareja, que se refieren a la palpitación de la vida en los cuerpos. Lo que constituirá un modo de desplazar el conflicto entre materia e idea, y estudiar pares ambiguos como el que forman fuerza-debilidad. Y es que, una vez compuesto más de la mitad de Acción y reacción, va a ocuparse ahora, durante dos apartados, de literatura, ese género ahora en ebullición que vuelca en palabras esa dilatación y contracción, esa especie de diástole y sístole vitales, que Bichat había enganchado en la carne. Balzac, hombre de letras sin duda y algo taumaturgo, lector de un Swedenborg desdeñado por Kant, está al frente del proliferante campo literario que surge en la modernidad posrrevolucionaria; y en este caso aparece ese excelente narrador -no muy frecuentado por Starobinski en sus ensayos-, pero más como hombre de las metamorfosis que como retratista de la burguesía en ciernes. Por otro lado, aparecen cuasirrománticos como Goethe (maestro de Freud) y Novalis, cuyas inclinaciones teóricas son evidentes, y que nos abren a los textos alemanes de Schelling, del médico Schubert, de Heine o de Carus, todos los cuales contribuyen a difundir las expansiones y retracciones en cuestión, ahora demasiado humanas, aclimatándolas a sus modos expresivos. Les siguen los poetas ingleses Wordsworth, Keats -en los cuales la experiencia viva, la pulsación, era tan precisa e irreductible-, así como el científico Poe, lleno de pulsiones mortíferas y vitales, o sus lectores franceses, Baudelaire, Claudel, Mallarmée o, el abstracto Valéry, cuyo complejísimo Monsieur Teste atrajo considerablemente a Starobinski. Y aún elige otra perspectiva. Un vasto capítulo final, de expreso corte político, no sólo retorna a los viejos modelos de la modernidad -Montesquieu, que acogió modelos físicos para su teorización, Rousseau o, de nuevo, Diderot-, sino que presta atención a un amigo de éste como D'Holbach, a Volney, Condorcet o Mercier. De modo infrecuente en su obra, aunque no en este libro, la revisión de autores que hace es intensiva, y culmina con Kant (referencia casi obligada para el moderno brote de la idea de Humanidad), así como a otras figuras del crepúsculo de esa centuria iluminada, en la cual se acuñará el antónimo, reacción, de lo que pretendió ser «1789». Constant, una figura inteligente que deja atrás esa fecha, escribió Sobre las reacciones políticas, analizando las perturbaciones derivadas de cierta acción exacta, y Starobinski le glosa al igual que a otra figura paralela a la que ha frecuentado, Staël. Pues ella escribió sobre esas «verdades matemáticas» que sacrifican a las personas en beneficio de las grandes cantidades, y que, con sus yerros, provocan tales injusticias que el Estado se desorganiza a fortiori. Por lo demás, da la palabra a Hugo, Quinet, Marx -analiza diversas suboposiciones de la pareja, que entra en los conflictos de clase-, y llega hasta Nietzsche, mostrando sin disimulos tanto sus luces como sus no pocas sombras. En un rápido salto final, Starobinski roza ciertos aspectos que han marcado a la principal «tiranía del siglo XX»: resalta en qué lo reaccionario merece ser siempre denunciado, y no de un modo genérico sino enfrentándose con cualquier revisionismo, alemán sobre todo, que deseó (y desea) atenuar sus enormes e imperdonables responsabilidades. No cabe difuminar los contrastes de la historia del siglo XX, jugando «objetivamente» con la escala de acciones y reacciones; pues nunca, excepto en una parte básica de la ciencia, fueron mecánicas. Quizá no podía ser menos en una persona que ha dedicado tanto tiempo al lenguaje o a los lenguajes, pero resulta de agradecer que expresamente, antes de recordar por última vez la naturaleza semántica su trabajo, recuerde ese golpismo arbitrario que supone sugerir que «la lengua en la cual o sobre la cual se trabaja es la lengua de la revelación auténtica o la de la única filosofía valedera: el griego, el hebreo, el alemán, etc.». Nótese su cortés etc., también irónico, que incluye a todas las lenguas, así la española, y a todos los nacionalismos. El tamaño y la forma en zigzag de este cierre revelan que las preocupaciones civiles y el cuidado por la actualidad siempre han estado latiendo en un Starobinski en realidad poco «apartado» del mundo. Pues en Acción y reacción no trata sólo de abordar las ciencias de la vida y de la mente (marcadas y espoleadas por la nueva Física), o de oír mejor a los autores que han reflexionado sobre la Literatura, tras aparecer los nuevos conocimientos científicos, sino que intenta asimismo hablar de la sociedad presente. Lo cual es una actitud muy propia de la Luces y de nuestra modernidad, acaso más fragilizada desde finales del siglo XX; y a esto responde sin duda su texto, que concluye así, sin concluir: et une autre action commence. La perspectiva de su libro, como ha reconocido el mismo Starobinski15, es característica de quienes trabajan en las ciencias humanas. Suelen ser éstos los verdaderos pluridisciplares, esos ensayistas que mejor perciben cómo el lenguaje se remueve, en ciertos momentos, y cómo cada disciplina, aún la de apariencia más firme, se hace perecedera. En este sentido, Acción y reacción, como otros textos suyos, a la vez que recuerda el devenir de las ciencias, relativiza su dominio: examina con ayuda de ellas, pero de un modo no lineal y envolvente, aspectos irreductibles a fórmulas, como son la consciencia corporal o la expresión escrita de los hombres, y lo hace de todas las formas posibles. En consecuencia, el camino intelectual del autor -literario, científico, médicopsiquiátrico, histórico-social-ha de ponerse en movimiento para captar, en su curso, los sucesivos pasajes de su panorámica. Si consideramos por un momento la experiencia vital, personal o no, de Starobinski ello nos permite ver cómo se fragua este modo suyo de caminar por entre múltiples disciplinas, que es el que da carácter a este volumen polifónico. Al recoger, en una Hamburgo de mezclas culturales, el premio Goethe -concedido en 1994 «por su obra científica de alcance internacional»-, se reconoció entre quienes jamás se sienten de cepa autóctona: «nos hemos construido una identidad, a veces un poco desconcertante para nuestros vecinos franceses, a partir de una situación geográfica y religiosa que favorecía los contactos con diversas culturas: con la de la antigüedad hebraica y pagana, con las de Italia, que nos quedaban tan próximas, con la lengua y el pensamiento germánicos, pero también con Inglaterra y Escocia, además de con Europa central. A lo que nos une, en muchos de nosotros, una impaciencia que nos hace rechazar cualquier confinamiento confortable» 16. Así, a su reconocimiento como ciudadano suizo, se añade un repudio de la seguridad que no supone sólo distancia frente a los sistemas sino también una metáfora de su «presencia en el mundo», marcada por cierta exterioridad, por una verdadera comprensión de lo 'foráneo'. La vida, como poco, le ayudó a Starobinski a ser cosmopolita: su padre se había desplazado a ----los diecinueve años desde Varsovia en 1913, para estudiar en Ginebra, donde se fijó definitivamente como médico; él mismo, nacido en el país de acogida poco después de concluirse la primera guerra europea, sólo se naturalizará suizo en 1948, justo al concluir sus estudios de Letras y, a continuación, de Medicina 17. Sus primeros textos revelan una activa reacción ante la Europa de entonces; en el mismo año de Acción y reacción, aparecía una breve recopilación de prosas suyas, antiguas (iniciaba su segunda década), comprometidas por sus gustos e ideas con la Resistencia: La poésie et la guerre, chroniques 1942-1944, muestra su apego a la poesía y a la acción intelectual en esos años oscuros 18. Ahora bien, la confluencia literaria y científica fue completa es sus años formativos. Su docencia comienza en Letras con Raymond, desde 1946, pero también ejerce la medicina en Ginebra entre 1948 y 1953; por añadidura, en esta fecha se traslada por tres años a la Johns Hopkins de Baltimore. Si estudia allí con los críticos literarios y culturales, Poulet y Spitzer, al tiempo sigue los seminarios de historia de la medicina con Temkin. A su regreso, ejercerá como médico en el Psiquiátrico de Cery de Lausana, por dos años, y en 1958 será nombrado profesor de historia de las ideas en Ginebra, su ciudad definitiva (aunque estuvo dos cursos en Basilea), explicando literatura, desde 1964, así como historia de la ciencia, mutación humanística de su anterior práctica médica. Así pues, la crítica literaria (nutrida de estilística, lingüística, psicopatología y filosofía) puede combinarse con la historia de la ciencia y de las ideas -fue amigo y lector de Eric Weil, discípulo además de Cassirer-en una trayectoria a la vez insólita y en apariencia tranquila, aunque plagada de conocimientos nuevos, de constantes ampliaciones y de actividades mil. De hecho, Starobinski ha participado activamente desde 1946 en los Encuentros Internacionales de Ginebra (de los que fue presidente durante treinta años), y por ese foro europeo pasaron todas las figuras de la cultura en una época vivísima en las ideas y es las ciencias 19, en donde la filosofía y la literatura se alternaban además con el pensamiento político social contemporáneo. Y asimismo Acción y reacción es una reflexión que arranca lejanamente de esa actividad tan mezclada: ya había abordado el par acción-reación en cursos y conferencias de las Facultades ginebrinas de Medicina y de Letras, así como en una intervención en Londres de 1975; pero, luego, a medida que lo redactaba desde 1990 hasta 1999, fue poniendo a prueba distintas facetas de su libro en Tubinga, Zurich, Harvard, Munich, París y Roma. Que supone, materialmente, un recorrido por casi todos los sus registros nos lo evidencian sus prepublicaciones: aunque sólo señale Starobinski una formulación preliminar en 1976 -«Le mot réaction: de la physique a la psychiatrie», que, por cierto, remitía a escritos anteriores 20 -, él había ido dando avances de su trabajo, en el ya ----17 STAROBINSKI (1999), La poésie et la guerre, chroniques 1942-1944, Ginebra, Zoé. Donde hay un rechazo de la presunta pasividad de su país, con una defensa de muchos intelectuales suizos en esa época. De su familia que quedó en Polonia, mantiene un silencio respetuoso pero nunca olvidadizo: una decena de parientes desaparecieron tras la ocupación nazi. Cf citado apartado sobre Diderot o, desde 1991, en los ámbitos lingüístico, filosófico y psiquiátrico: así sucede con «Action, réaction, interaction: sur quelques dérivations»; con «On the word 'abreaction'»; con una entrada muy política del Diccionario histórico de la Ilustración, hecho en Italia en honor a Venturi; con un emotivo «Monde mort, coeurs vivants», base del capítulo literario ya citado; o en «La réaction et la machine animale (Hobbes, Glisson, Buffon)» 21. Nada sorprendente resulta ser si se tiene en cuenta que su Montaigne en mouvement, de 1982, había comenzado a surgir en los años cincuenta, al ir entregando Starobinski determinadas piezas, a modo de ensayos, que luego logró articular en una obra maestra. Pues, como reconocía en 1996, hablando de «L 'usage des revues», para él la publicación parcial era una etapa joven -necesaria y provisional, por inconclusa-, antes de las revisiones, alargamientos o entretejidos propios de los libros: «Le temps de la récapitulation est arrivé, celui aussi des livres à finir, en tête-à-tête avec l 'auteur d' articles que j'ai été... Pero no basta sólo, precisamente tratándose de él, con el mundo externo ni con las apariencias, incluso las impresas, de su trabajo. Starobinski es un estudioso en verdad completo, y lo es por los lenguajes que conoce a fondo y, por tanto, por las culturas o experiencias a las que accede gracias a su dominio textual. Siendo escritor de la suiza romance, ha publicado sus obras en Francia, colabora en las grandes revistas parisinas o en grandes proyectos historiográficos de este país: Faire de l'histoire y Les lieux de mémoire 23. A su frecuentación del inglés en América, o del italiano -en otro gran país de acogida para él-, o a sus lecturas en español, hay que añadir un sobresaliente uso del alemán. Se inició traduciendo al decisivo Kafka (aún no ha agrupado sus ensayos kafkianos) y a Hofmannsthal. Además de a los críticos alemanes citados arriba, estimó desde siempre a grandes historiadores de la ciencia germánicos, a la escuela hermenéutica en general y a los críticos de Constanza 24; pero asimismo a los miembros del Instituto Warburg, que cotejaron armónicamente tantos conocimientos y sensaciones. No es extraño que, alguna vez, haya reconocido que su ideal consistiría en lograr fundir la historia de las ideas con el análisis formal, como lo hicieron historiadores del arte tan desbordantes como Panofsky, Saxl, Gombrich o Chastel. Y es que tal magma de relaciones e intercambios nos conduce ya a su punto de vista teórico, que se define negativamente: nunca se adhiere a un método rígido. A veces ha hablado Starobinski del comparatismo que le atrajo en su juventud -pensaba, al inicio, en Mauss y Caillois, Jung y Kerenyi, Bachelard, Rougemont o Raymond-, pero sus referencias más arraigadas han sido otras: la presencia en su obra de Kierkegard y Freud, la enseñanza ----de Spitzer y también de Saussure, el trasfondo de Droysen, Dilthey o de esos historiadores modélicos y ligados al Warbug (a los que se une Cassirer), por lo cual varios de esos primeros autores le resultarían bastante ajenos luego. De hecho, no le interesa hacer un recorrido general, casi omnicomprensivo, sobre un problema o un autor, ni siquiera seguir una idea constante como la del círculo de su maestro Poulet25, o analizar estratos arqueológicos como los del joven Foucault. Starobinski desea llevar a cabo un comparatismo a la vez estricto y amplio, que parangone, sí, textos de diversas literaturas y también de diversas ciencias -en épocas algo dispares y en planos muy variados-, pero sin acumular ejemplos con un único fin argumental ni dar interpretaciones más bien globales. Un método fuerte resulta ser, como resalta Starobinski, de lo más subjetivo. Además él busca «un camino, no una maleza»; trata de recorrer un hilo particular, elegido por su singularidad, y calibrarlo bien mediante múltiples proyecciones. Este camino-hilo, según lo percibimos en cada comentario suyo, tiene la calidad de lo singular sin ser del todo personal: es un índice histórico-crítico, pero no aplastado por la Historia. Ni está muy alejado de su objeto ni se acerca en exceso a él, como decía hace años: «tal vez la crítica completa no sea ni la que aspira a la totalidad (como hace la mirada dominante), ni la que aspira a la intimidad (como hace la intuición identificadora); es una mirada que sabe exigir unas veces la perspectiva dominadora y otras la intimidad, sabiendo de antemano que la verdad no está ni en una ni en otra tentativa, sino en el movimiento que va incansablemente de una a otra. Pero también -remacha en El ojo vivopuede que la crítica haga mal en regular hasta ese punto el ejercicio de su propia mirada. Más vale, en muchas circunstancias, olvidarse de uno mismo y dejarse sorprender»26. Bien al privilegiar el sentido, como ocurre en Acción y reacción, bien al experimentar con el sonido y el ritmo del lenguaje (como también hace, en ciertas ocasiones, Starobinski) un escritor o un pensador ha de ser, en cierto modo, como un exiliado de la lengua que analizan, y precisamente si ésta es la materna (o la paterna, claro está). Su doble estrategia consistirá en guardar cierta fidelidad conceptual, que no obstaculice la creación, y en promover una separación adecuada, para el mantenimiento de su posición indagadora. Su distancia crítica27, de la que tanto se ha hablado, supone una pasión levemente irónica, que conjugue pasión y poesía. Su solidez no se ve acompañada por un bloque conminador de conocimientos. No trata, pues, de intimidar al lector ni de exhibirse. Trabajar el género ensayístico es ejercer un oficio doblemente útil: permite procurar ser sabio y, a la vez, intentar ser creador. El gran ensayo hace así de crisol: es un arte regulado, si bien no encauzado en exceso. Sucede que el ensayo, de antemano, evita ese abuso de la interpretación -bien sea histórica bien conceptual (o referente a la forma y al análisis de las ideas)-, que pretende ante todo clausurar, fundir un andamiaje crítico con una presunta retícula que estructura-----ría la obra o el aspecto analizados. Starobinski se aferra a ese filón expresivo porque es un modo de escribir que favorece lo más posible la movilidad. Le permite, cada vez que afronta cierto problema,'arrancar' de nuevo, y no meramente proseguir. Por tanto, es susceptible de ir engrosando los argumentos sin distraerse, combinando inspiración y concentración. Cada párrafo puede ser un inicio; supone una posición de abordaje que plasma o articula una realidad confusa. Implica una constatación de la finitud y un aprovechamiento asimismo de nuestra temporalidad, marcada por impulsos y por atisbos que pueden bloquearse. Todo resulta más abierto en esa continua prueba del escribir, todo puede reiniciarse y, entonces, proliferar, ramificarse, recibir injertos, tomar un camino secundario, convertir a éste en una vía principal, cuando el discurso lo determine, o al menos ponerlo en paralelo con la otra ruta para hacer de doble o de sombra. El ensayo así considerado es producto del golpe de suerte aunque asimismo de una continuidad más fluida. Entre el instante y la ficción del infinito, admite mejor el reconocimiento de lo fragmentario del saber y el máximo disimulo posible de su impotencia, eligiendo un trozo -un argumento ampliable-para intentar cierta representación singular, pero bien ahormada, de la totalidad. En Acción y reacción, el 'léxico' del ensayista se insinúa progresivamente hasta imponerse, aunque al final de la lectura nos parezca un libro más objetivado y sintético, menos entrecruzado en apariencia que otros suyos (y no sólo porque los capítulos se desenvuelvan casi por separado o, mejor, puedan leerse también así). En realidad, su lenguaje, más neutro al principio, adquiere progresivamente un calor distinto, se vuelve cada vez más refugio, arma y, sobre todo, lugar de mediación. El tono ensayístico aumenta mientras avanza por él. Lo cual no significa que su autor anteponga los valores subjetivos, algo que se expresaba ya en puntos clave de dos de sus monografías en las que esa tentación podría ser más natural. Así, al cerrar su sabroso Montaigne en mouvement, sugiere incluso Starobinski -siguiendo al padre del ensayismo moderno-que la crítica de los Essais requiere una doble dirección interior y exterior, y que, por añadidura, «la conciencia libre no es una conciencia solitaria: se opone al mundo y habita en el mundo» 28. Resulta evidente que el par acción-reacción, además de sus importantísimos ecos científicos, tendrá que ver siempre con la intimidad y, a la vez, con su exteriorización. El duelo entre lo activo y lo reactivo no deja asimismo de ser trasunto de la confrontación entre conciencia y mundo que tanto le ha ocupado 29, bien por el camino de la literatura, bien por el de la nosología de lo más sutil, la mente; vías que tanto convienen a la prosa de ideas que él cultiva. Por otra parte, esta Acción y reacción no deja de evocar, pero con utensilios novedosos, al momento histórico en que «se propaga un sentimiento real de escisión», esto es, a la crisis de las Luces. En suma, al problema Rousseau así como a sus ecos culturales desde finales del siglo XVIII, ya que enseguida el problema íntimo se desplaza hacia las circunstancias, según analiza Starobinski en círculos consecutivos, a partir de la diástole-sístole rousseauniana. Pues su gran análisis inicial ha sido la matriz de una indagación sobre el citoyen -y, con matices, sobre el individuo actual-----28 STAROBINSKI (1982), Montaigne en mouvement, París, Gallimard, p. 29 Véase, incluso, el librito provisional de STAROBINSKI (1996), La coscienza e i suoi antagonisti, Roma-Nápoles, Theoria, con referencias a la pareja en cuestión. Cf.: «Una de las respuestas que se me han ocurrido, es que el mundo exterior, al que la técnica moderna impone su orden y sus desórdenes, se ha vuelto agresivo, decepcionante, inhabitable (en ciertos momentos). Queda, dentro de nosotros, un mundo salvaje, cuyas imágenes no son siempre tranquilizadoras, pero donde nos parece encontrar intacta una naturaleza primigenia, que ha sufrido demasiadas heridas, a nuestro alrededor, en el exterior», Razones del cuerpo, cit., p. 34. que se ha prolongado en decenas de artículos hasta hoy, hasta el punto de que planea, en cierta medida, sobre ese nuevo libro. En La transparencia y el obstáculo, Starobinski se centraba en un conflicto bipolar que repercutía en diversos planos. La bipolaridad se revelaría en la voluntad rousseauniana -pero asimismo contemporánea-de lograr una translucidez, a la que le sigue siempre un impedimento en el trato de todo tipo, pues tropieza con él mismo y con los demás. Algo se interpone ante la pretensión de claridad, cuestión que no es meramente individual. Una traba le obliga -y nos obliga-a constatar que «hay que vivir en la opacidad» 30. Hemos de hacer frente, pues, a esa nebulosidad de lo real o de los hechos que no atisbaban los científicos ilustrados (ni atisban sus «imitadores» actuales), y desconfiando además de toda transparencia forzada. Todo lo cual supone cierto nudo activo-reactivo, marcado por las parejas deseo y paralización -o gran apertura y encierro absoluto-, al afectar de pleno al individuo que se configura con el desarrollo de la ciencia, tanto mentalmente como en su comportamiento social. La fantasía de la plenitud comunicadora del saber moderno, frustrada por la imposibilidad de una mathesis universalis, tal como se discute desde 1750, tiene cierto correlato o compensación en la fantasía de la expresión pura de los sentimientos, aunque ésta se convierte asimismo en un fantasma, al pensar de continuo que hay un mal de fondo que engloba también el interno. Otro tanto sucede en el exterior, al tropezarnos con el artificio humano y el desvío de la naturaleza -a la que querremos seguir sin perder el sentido de la civilización-, o, en el plano político, al arraigar la conciencia de desigualdad, que supone pérdida o mitigación de la reciprocidad, y nos hace apelar a otra justicia, a otro ordenamiento, a otro posible lenguaje a la vez nuevo y muy antiguo. El quiebro es múltiple, escribía Starobinski al iniciar su Rousseau: «ruptura entre el bien y el mal (los buenos y los malos), entre la naturaleza y la sociedad, entre el hombre y sus dioses, entre el hombre y él mismo. En fin, la historia entera se divide en un antes y un después» 31. Esa fractura histórica es la que reconoce en su incomparable Acción y reacción. De ahí -como mostraba Starobinski en miradas de conjunto previas 32 -, el nacimiento de una conciencia histórica que va a lograr cauces expresivos inéditos, provocando, de rechazo, un reparto cada vez más tenso entre dos tipos de saberes, los científicos y los no científicos; pues no existirá ya desde entonces una historia literaria común a todos los conocimientos. Al separarse las Huma----- 30 Cf. cómo POULET, G. (1997), «Jean Starobinski», La conciencia crítica, Madrid, Visor, p. 184, describe su posición: «Mirar ya no es iluminar hasta el fondo un objeto que se libra en su transparencia; es constatar el límite más allá del cual no se extiende la mirada. Ahora bien, es precisamente ese más allá lo que quiere alcanzar el ojo vivo, pero el acto de ver finalmente «no elucida nada», desemboca en una elucidación fallida». 31 STAROBINSKI (1957 y 1971), Jean-Jacques Rousseau: la transparence et l'obstacle, París, Plon y Gallimard [Jean-Jacques Rousseau: la transparencia y el obstáculo, Madrid, Taurus, 1983, p. Tras la Revolución, no es posible remedar a los antiguos, como antes; ese modelo no es trasplantable ya al presente: «sería negar fraudulentamente el poder de deviación y reflexón que, a partir de ahora, es la esencia de la conciencia», la contemporánea.
«Habría que ser como Leonardo para hablar de Leonardo». Esta advertencia con la que E. Gombrich iniciaba uno de sus artículos prueba la vigencia de un mito fabricado tempranamente, casi a la muerte del propio artista, cuando ya su biógrafo, Vasari (Vite), le definió como una figura «prodigiosa y celeste», como un afortunado sobre el que los cielos habían volcado todos los dones dándole ventajas inalcanzables: Leonardo fue admirable por su belleza corporal y su destreza física, por su imaginación incansable y su talento para el dibujo, por su rapidez intelectual y su paciencia investigadora, por el tierno amor por las criaturas vivientes y su desdén hacia los pedantes, por su sentido de la elegancia y su gusto burlesco, por su bondad y sus poderes mágicos. «Belleza, gracia y talento». Desde este primer, Leonardo siempre ha sido visto como un gigante que inspiraba asombro y temor, como una figura faústica e incomprensible. No sólo un sabio capaz de prever todas las invenciones del porvenir, un creador de extravagancias, ilusiones y máquinas extraordinarias, sino la esencia misma del poder del espíritu. Un hombre-enciclopedia: biólogo, geómetra, músico, óptico, mecánico, cosmólogo, ingeniero; un talento universal que lo auscultó todo, lo pensó todo, todo lo dibujó y lo numeró. Y lo hizo sin retórica, sin maneras, con una ingenua avidez de infinito, con una audacia y optimismo asombrosos, por lo que, más que la retórica del genio universal, le cuadran aquellos versos de Las flores del Mal en los que Baudelaire le presenta como un «espejo profundo y oscuro». Sin embargo, esta leyenda actúa como un velo sobre el verdadero Leonardo, que aún hoy requiere ser rescatado de los tópicos irritantes en que le ha encerrado cierta historiografía vulgar, que le presenta como un creador cuya capacidad de invención carece de precedentes, de contextos o de deudas intelectuales. Una leyenda, por cierto, que él mismo había contribuido a forjar en ese célebre pasaje del Codex Atlanticus en el que se definía a sí mismo como un uomo senza lettere, frase en la que muchos han querido ver una antipatía por la cultura libresca y la orgullosa decisión de obedecer sólo a la inspiración de la naturaleza, aunque donde, quizá, no late en el fondo más que un lamento por su falta de familiaridad con el latín, una carencia, por lo demás, frecuente entre algunos artistas del Quattrocento. Así que, por muy seductora que sea esa imagen del sabio rebelde que no le debe nada a nadie, del investigador inculto e intuitivo, los historiadores de la ciencia y de la cultura tienen la obligación de reconstruir el verdadero carácter del genio leonardiano en el suelo cultural en el que se gestó. Pues, aunque es cierta su rebelión contra la cultura tradicional menos que, como ya señaló P. Duhem (Études sur Leonardo de Vinci. Ce qu 'il a lu et ceux qui l' ont lu, 1913), las intuiciones más nuevas y más audaces de Leonardo estaban en buena parte inspiradas por la cultura científica medieval. Y que, tras el célebre empirismo leonardiano, y su indudable intuición, se esconden horas de lecturas científicas, y en particular su deuda con Nicolas de Cusa y con los físicos de la escuela tardomedieval de París. Hay que tener presente, además, el poderoso influjo que sobre él hubieron de ejercer sus contemporáneos. La Florencia en que se formó el joven artista constituía a finales del siglo XV la más culta y avanzada capital europea, el centro más cosmopolita y sabio. Una nueva Atenas intelectual dominada en buena parte por la personalidad de Marsilio Ficino, cuyo influjo sobre la obra científica vinciana fue destacado por A. Chastel -primero en su Léonard et la culture y luego en su gran obra Art et Humanisme à Florence au temps de Laurent le Magnifique, 1959-: la idea del cosmos como un juego de fuerzas de diseño armónico, la presentación de las relaciones entre el alma y el cuerpo bajo una forma dramática, su defensa de la superioridad de la visión sobre cualquier otro modo de conocimiento, y, sobre todo, su visión analógica entre el microcosmos y macrocosmos, tantas veces expresada en sus escritos, como cuando dice que el cuerpo del hombre «encierra un lago de sangre donde, en la respiración, se dilatan y se contraen los pulmones», del mismo modo que «el cuerpo de la tierra tiene su océano que crece y decrece cada seis horas con la respiración del mundo». Pero Florencia no era sólo un limbo neoplatónico de filósofos soñadores, y en la cultura de Leonardo, como ha insistido otro gran experto, E. Garin (Il problema delle fonte del pensiero di Leonardo, 1953), tiene un peso notable la otra Florencia: ese escenario de investigaciones experimentales, de discusiones aristotélicas (de un «aristotelismo actualizado y sutil»), cuyo influjo sobre las ideas anatómicas de Leonardo son palmarias, de debates lógico-físicos, de estudios médicos como los de Benivieni, de experimentos científicos como los de Toscanelli, de teorías arquitectónicas como las de Alberti, y de geógrafos y de reputados artesanos, cuyas habilidades, entre vulgares y herméticas, son tan importantes para comprender al Leonardo más empirista. Y era, sobre todo, la Florencia de filólogos como Valla y Poliziano, imbuidos de un gusto exquisito por la palabra, un gusto que reconocemos de inmediato en la «ansiosa ternura» con que Leonardo maneja la profunda humanidad del lenguaje, ya se trate de sus descripciones mecánicas, de las glosas añadidas a los márgenes de sus dibujos o de su Tratado de la pintura, obsesionado por dar con el término que mejor encarna su pensamiento, en todo su sabor y corporeidad. Pero, probablemente, la singularidad de Leonardo, en este contexto renacentista de entre siglos, consiste no tanto en la amplitud de su horizonte mental, en la vastedad ilimitada de los campos que estudió y de las investigaciones que emprendió, sino en la visión unitaria y la honda coherencia de su universo mental. Una unidad que todos los especialistas, desde la tradición -de Vasari a Goethe-hasta los estudios recientes más relevantes, coinciden en resaltar, ya que Leonardo juzgaba a la pintura como la forma superior del conocimiento. Desde esta perspectiva precisa hay que entender al Leonardo sabio e inventor y al uso personal que hizo de sus lecturas, búsquedas y observaciones científicas. Su ciencia no destaca por su rigor deductivo, ni por su sentido lógico. No establece métodos, ni fija cánones, ni organiza sistemas. Como recuerda Valéry en su honda Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1894), de los ingenios del Leonardo se desprende un encanto particular: el de parecer estar hechos pensando siempre en otra cosa. Ello se debe no sólo a su temperamento sino a que este corpus teórico multiforme hecho de lecturas apresuradas, de comentarios a vuelapluma, de anotaciones y reflexiones difíciles de ordenar, según ha probado Chastel, responde a la cultura de un artista, tal como ésta se entendía en los talleres florentinos del Quattrocento desde Brunelleschi, en un momento en que los artistas se afanaban por salir del marco medieval del ars mechanica y aspiraban a dominar los conocimientos propios de las artes liberales, si bien en Leonar-do este afán se caracterizó por una impaciencia y ambición obstinadas y sin precedentes. De ahí que su mayor aportación radique en la belleza, un poco desordenada, de sus intuiciones, en la agudeza de su penetración de la vida y la naturaleza, en su riqueza expresiva verbal y plástica, que dejan perplejo y, en el fondo, insatisfecho, al racionalista científico, pero colman la sensibilidad del hombre de gusto. Este círculo leonardiano entre ciencia, naturaleza y pintura preside uno de las últimos estudios publicados sobre el artista, De Figura humana. Fisiognomica, anatomia e arte in Leonardo, editado en Florencia por el Instituto y Museo de Historia de la Ciencia (Leo S. Olschki, 2001), debido a Domenico Laurenza (Salerno, 1963). El autor, médico neuropsicólogo y miembro del Departamento de Estudios Histórico-Sociales y Filosóficos de la Universidad de Siena en su sede de Arezzo, ha desarrollado su trabajo como investigador en torno a la obra de Leonardo, fruto en buena parte de su estancia en el célebre Warburg Institute londinense. Su libro constituye una síntesis de su tesis doctoral y de algunos artículos y ponencias en congresos acerca de las relaciones entre anatomía, fisiognomía y pintura en la obra vinciana desde una perspectiva científica y médica, a partir del estudio de esa inmensa y a veces caótica masa de apuntes y dibujos de anatomía de Leonardo, dispersos por distintas colecciones (el Windsor Castle, la Albertina de Viena, la Biblioteca Ambrosiana de Milán o el Gabinete Nacional de Grabados y Dibujos de Roma). Según él mismo advierte, el propósito de Laurenza, a diferencia de otros estudios que privilegian una clave de lectura de la fisonomía vinciana en términos psicológicos, como Caroli (Leonardo. Studi di Fisiognomica, 1991), o lingüísticos, caso de las interpretaciones semióticas de Courtine y Haroche (Histoire du visage. Exprimer et taire ses émotions, 1988) es profundizar en una línea de investigación esbozada anteriormente por algunos estudios clásicos -como los de Champfleury (Anatomie du laid d'après Léonard de Vinci, 1879), Hildebrandt (Leonardo da Vinci, 1927) o Baltrusaitis (Abérrations, 1957)-, y mostrar la originalidad de Leonardo en la medida en que sus «esbozos de fisiognómica -esto es, el estudio de la forma externa del cuerpo como expresión del carácter-, forman parte de una investigación más general sobre la forma somática, tanto en su dimensión anatómica como en la artística». Pues aunque la conexión entre anatomía y fisiognómica no sea una invención leonardiana, sino un aspecto del pensamiento biológico escolástico -y así lo prueba, por ejemplo, la inclusión de la Embriología en su visión de la Anatomía, siguiendo en esto a Alberto Magno en De animalibus-y aunque, de hecho, en su época, la Fisiognómica fuese ya una ciencia integrada en la enseñanza universitaria desde el siglo XIII, fue Leonardo el primero en inventar las imágenes y las representaciones visuales de esta ciencia, ya que ninguno de los tratados precedentes (a diferencia de lo que sucede con sus estudios tecnológicos o mecánicos, de los que sí existen abundantes precedentes iconográficos medievales) va más allá de la información escrita y verbal. Es ésta creación de un «discurso dibujado» la que otorga una dimensión fundadora y paradigmática a la obra leonardesca. El estudio de Laurenza se inscribe en el grupo de todos aquellos que han defendido la importancia que la forma tiene en el método de Leonardo, para quien la relación entre el hombre y el mundo y el verdadero significado de la actividad humana pasan necesariamente por la sensibilidad. Frente a la esterilidad de la pura especulación mental, a Leonardo -y así supo verlo K. Clark en su ya clásico estudio sobre el pintor, Leonardo da Vinci. An Account of his Development as an Artist, 1939-, lo que le interesa es la relación entre el ver y el saber, una relación circular que parte del ojo, atraviesa la piel de la naturaleza, llega a sus fenómenos y procesos más recónditos y desde ahí vuelve al cerebro, a la razón especulativa, al número, a la mente que actúa como una fuerza mediadora. El primer instrumento de Leonardo es, pues, su ojo, que le permite plasmar en formas una imagen que resume la profundidad del universo, los misteriosos comportamientos de los seres y las cosas. En su modelo científico el dibujo es mucho más que una compañía refrescante de la idea, más que una ilustración del pensamiento abstracto. Leonardo no puede analizar cómo se cierra un muelle, cómo se dobla un paño de lana, cómo se comprime el aire bajo las alas de un pájaro, como se horada una montaña o se traslada un edificio entero sin derruirlo, sin trazar la forma visual que le permite anatomizar esa realidad para descubrir su mecanismo, penetrar en la estructura maquinal del fenómeno o del objeto y presentarlo como un juego de fuerzas secretas pero luminosamente claras. Es en la pintura donde el despiece de la naturaleza cristaliza en una imagen unitaria, se organiza y se carga de sentido. Ahí reside lo que Leonardo llamó la deità dell'arte, porque la capacidad de la pintura de penetrar en lo real y comprenderlo sólo es equiparable a la inteligencia divina. Es en este contexto donde encuentra sentido su empirismo: cuando el artista defiende la experiencia frente a la autoridad, las manos frente a la mente, la actividad práctica frente a la especulación, la naturaleza frente a la Antigüedad, no es tanto por definirse en contra de la erudición humanista y de la cultura literaria como para ensalzar la superioridad de la pintura, que es, para él una ciencia suprema que representa la superación del momento puramente mental, un método según el cual el proceso de pensar se desarrolla en forma de imaginar, para obtener una visión unitaria de las cosas en su estructura profunda: la pintura, dirá, «separa los elementos esenciales de la naturaleza». Y es que las investigaciones de Leonardo, su universo mental no puede por menos que remitirnos a esa «mirada terrestre» que persigue el arte renacentista, empeñado en reconstruir, con la mayor de las firmezas, la realidad sensible. El principio según el cual el arte debe ser una imitación de la vida humana, y abandona su propósito medieval de ser el símbolo de lo trascendente para reducirse a lo visible, se convertirá en un programa al cual irán destinados todos los esfuerzos de su generación, desde el tratamiento geométrico del espacio, esa ardua «conquista del horizonte» -a la que Leonardo contribuiría con una decisiva aportación, la perspectiva aérea, enseñando a los pintores a representar la sustancia atmosférica, el intervalo entre las cosas, la consistencia del vacío-, hasta la doctrina de la conveniencia -tal como ha demostrado R.W. Lee, en Ut Pictura Poesis, 1967-, según la cual cada objeto, figura y situación, para parecer reales, debían atenerse a rasgos característicos de edad, rango, circunstancia geográfica o contexto histórico, evitando desviaciones, anomalías, o improbabilidades: un pequeño torso no puede sostener una gran cabeza, Ifigenia no podía tener manos de vieja, César no puede llevar turbante y un rey debe ser barbudo y grave en su aspecto y su indumentaria. Es decir, una búsqueda científica de lo tópico, del esquema fijo, de la norma, a la que la contribución de Leonardo será de una relevancia decisiva. El ardiente interés con que se plantea la cuestión fisiognómica se inscribe en este marco de la representación natural, como por ejemplo, cuando estudia el llanto, sus variedades y los movimientos corporales que lo acompañan: el lloro desesperado, el sollozo sofocado, el gesticulante y gritador, el que sólo derrama lágrimas, el que esconde el rostro sobre el pecho, el que alza la cabeza al cielo, el que contrae las cejas y arruga las comisuras de la boca. Esta extraordinaria relación entre el ver y el saber, entre pensamiento y percepción, entre idea y dibujo alcanza una de sus cumbres en los estudios fisionómicos analizados por Laurenza, que trata así de probar su novedad, buscando las conexiones entre arte y ciencia, y su convergencia en la indagación sobre los procesos de generación de la forma, entendida ésta en su sentido aristotélico, esto es, como la expresión de una finalidad o causalidad interna. Ya Vasari se había admirado de las anatomías humanas de Leonardo, de su gran habilidad para pintar osamentas, tendones y venas, de la bravura muscular de los caballos en su cartón para la Batalla de Anghiari y de cómo «palpitan los pulsos en el hoyo de la garganta» de Monna Lisa. Según Laurenza se distancia aquí Leonardo no sólo de la tradición precedente, sino del futuro De humani corporis fabrica de Vesalio, que, basado en un método analítico y diseccionador, excluye la fisionomía de su modelo corporal. Frente a éste, prevalece en Leonardo un modelo sintético y compositivo, en el que lo que cuenta es la reciprocidad de las partes y de los sistemas somáticos, es decir, la figura, entendida no como una mera descripción anatómica objetiva de la morfología corpórea, sino como un cuerpo animado, habitado por un alma orgánica que lo hace actuar y vivir. Y esta visión tiene su continuidad e incluso su meta natural en el arte, en el que la figura pintada o esculpida es el punto de llegada, la síntesis final. De Figura humana se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera, ordenada según un enfoque diacrónico, Laurenza recorre, en diversos subcapítulos, los tres momentos en los que, en el curso de su vida, Leonardo se interesó con una intensidad y dedicación especiales por temas somáticos, en sus vertientes anatómica, fisionómica y artística. El más precoz, al que dedica el primer capítulo, es su aproximación juvenil de 1478, dedicada al estudio artístico de la expresión facial, en unos pocos dibujos pertenecientes a la colección del Windsor Castle. Es aún el Leonardo florentino, de veintitantos años, aún muy influido por las enseñanzas adquiridas junto a su maestro Verrocchio. De esta misma época, datan algunos célebres dibujos, los del viril adulto que encarna el vigor y la firmeza, y los del efebo afeminado, que inspiraron las interpretaciones psicológicas de Gombrich y Clark. Laurenza se interesa, en cambio, por algunos otros dibujos marginales del mismo período, en los que, a su juicio, se atisba una primera tentativa de reflexión fisionómica sobre la expresión del coraje o de la apatía, libres de toda inmediata intención artística, en la que, por ejemplo, Leonardo, siguiendo un procedimiento propio de la escolástica que permanecerá residualmente en la ciencia renacentista, individualiza un signo, la prominencia de la frente, como revelación de una analogía, el coraje del león, que remite a una expresión típica: la fisonomía del colérico. La segunda etapa, más extensa y sistemática, especialmente intensa en los años en torno a 1489, tiene lugar cuando el artista está ya instalado en Milán al servicio de Ludovico el Moro. Laurenza se centra en el estudio de los dibujos craneales, sobre los que ya otro gran especialista, M. Kemp, había demostrado (Disection and Divinity in Leonardo's Late Anatomies, 1972), su pertenencia a una tradición concerniente a la investigación sobre la sede del alma, si bien Kemp había formulado un juicio muy negativo acerca de la, según él, escasa originalidad de Leonardo como anatomista. Laurenza reconduce las indagaciones vincianas a un contexto distinto, que no es el de la anatomía descriptiva -vesaliana, por tanto-, sino a una anatomía funcionalista y sintética que saca a su objeto de los estrechos límites de la escolástica médica para proyectarlo sobre un horizonte conceptual más amplio, en el que también cuenta la mirada del artista. Pues en Leonardo, la búsqueda del alma, escasamente metafísica, está siempre asociada a un principio orgánico, íntimamente conectada con el cuerpo, sus órganos y sus funciones. De ahí su interés por localizar y «dibujar» el sentido común, al que identifica con el alma en su conjunto: Leonardo diseña sus relaciones con el movimiento muscular voluntario, su dependencia de la estructura maxilar, su precisa ubicación en el ventrículo intermedio, su representación como un punto. Pero lo importante de estos detallados estudios es su conexión con sus intereses fisionómicos, como lo prueba la figuración obsesiva en estos años de una imagen predilecta, el hombre leonino, su insistencia en la protuberancia de la frente que le caracteriza, y sobre el carácter iracundo de quien porta sobre el rostro esa «nube supraciliar» ya descrita por la Fisiognomica pseudoaristotélica -y que, por cierto, identificamos también en el David miguelangelesco-, en la que él ve una muy precisa estructura ósea, el seno frontal, que conecta con el sentido del olfato, y, de paso, con cierto tipo de brutos, de «uomini bestiali, e con poca ragione». En razón de su semejanza genérica, estos estudios craneales son puestos en relación por Laurenza con algunas de las pinturas contemporáneas más brillantes, como el retrato de Cecilia Gallerani, la favorita de Ludovico el Moro, o la misteriosa Belle Ferronière, cuyas cabezas, de extraordinaria belleza, se sostienen en el espacio oscuro que las circunda con una tectónica sólida, regular y hermosamen-te nucleada (aunque la entalladura ósea, la frente alta y la rudeza de las manos de sus retratadas escondan un canon casi masculino de belleza -con esa belleza varonil, quieta y severa, propia del gusto clásico-). Confluencia que revela cómo unos y otros, dibujos anatómicos y retratos femeninos, comparten una misma reflexión sobre la forma, entendida ésta no como un recubrimiento de la materia, como la epidermis de un cuerpo, sino pensada siempre a partir de un interior causal y natural. En el tercer capítulo de esta primera sección, Cardiocentrismo, el autor aborda la última etapa en el pensamiento anatómico vinciano, dominado, como han señalado Garin y Chastel, por una visión maquinal de la anatomía humana, y del universo en general, que se afirma de manera creciente en la obra de Leonardo desde 1500, fecha de su regreso a Florencia en un momento en que su carrera está en lo más alto y su prestigio es inmenso: realiza el cartón de Santa Ana, la Virgen y el Niño, creando en la ciudad sorpresa y provocación, trabaja en el proyecto de su libro sobre la pintura, pinta La Gioconda. Laurenza analiza detalladamente los dibujos realizados en torno a 1504-1509, en los que Leonardo da primacía al corazón como centro vital, defendiendo con ello una visión más fluida y dinámica del cuerpo humano, reducible al modelo de la máquina y al juego de movimientos y de las fuerzas: el ojo del pintor descubre canales y flujos, palancas y pesos, motores y empujes, cifras y proporciones. Frente a los estudios craneales que expresaban una concepción dura, ósea del cuerpo, una forma duradera y estable, en la que primaba la arquitectura del esqueleto, en la madurez de Leonardo se aprecia una evolución hacia las morfologías corpóreas más blandas y variables que, como decía Aristóteles, no tienen un punto final de crecimiento, a diferencia del esqueleto, la fábrica del cuerpo, que, llegada una cierta edad, alcanza el límite de su grandeza. La sede anatómica de este nuevo horizonte vitalista es el corazón. Leonardo estudia el corazón como músculo, su funcionamiento neumático, como una estufa, su relación con la producción de esperma, con la fuerza y los músculos, con el origen de las venas, con el calor corpóreo y con los spiriti vitali, responsables del mantenimiento de la vida. Es en este órgano en el que muchos clásicos, desde Aristóteles, habían hecho residir las pasiones, que actúan sobre el cuerpo según un mecanismo cardiocéntrico, termodinámico y neumático, que se expresa por medio de lágrimas, temblor y fiebre. No es, pues, casual que la creciente atención que Leonardo reserva al corazón en sus estudios anatómicos coincida por esas mismas fechas con su interés por las pasiones, una exploración intensificada con motivo de los estudios destinados a su Battaglia d'Anghiari, para la Sala del Consejo de Florencia realizada entre 1503 y 1506 (del mismo modo que se entrelazan -en esa primera década del Quinientos-la búsqueda de un modelo venusino de belleza ideal, para los bocetos de la Leda, y los estudios anatómicos sobre el cuerpo de la mujer y sus órganos genitales). Pero Laurenza de acuerdo con su hipótesis proyecta este universo anatómico sobre el campo de la fisiognomía al asociar la fisiología cardiaca con el temperamento y la forma del cabello -así, el cabello crespo como síntoma de audacia y caracterización del tipo heroico-leonino-. La parte II de De Figura humana abandona el enfoque cronológico y Laurenza se centra en algunos argumentos específicos sobre la forma del cuerpo, como las consecuencias fisiognómicas de la componente muscular y sus efectos iconográficos, en los retratos o en los cuadros de escenas. Con la excepción del célebre dibujo veneciano de 1490, en el que, siguiendo a Vitruvio, Leonardo dibuja el cuerpo humano como una abstracción intemporal matemática, como un hombre inalterable y sin edad, los restantes dibujos vincianos aplican un modelo patognómico, de raíz médica tardoescolástica, según el cual las pasiones más constantes en un individuo terminan por modificar su aspecto, una idea que deriva de una concepción del cuerpo humano como una estructura mutante que se altera en el curso de la vida, sea por vía natural (pérdida del cabello, arrugas), sea por accidente (la fatiga, el llanto, la ira, la enfermedad), Al concebir el cuerpo como una materia cualitativa, que es «pura naturaleza» y, por tanto, inmedible matemáticamente, se desentiende del canon y de toda morfología idealista y se interesa por estudiar, por ejemplo, cómo se puede descifrar el ánimo de una persona por los signos que dejan impresos en su cuerpo las pasiones, o bien, y éste es un tema recurrente, casi obsesivo en Leonardo, el devastamiento somático y espiritual producido por la vejez: sus dibujos de ancianos, como la sanguina de Windsor, describen, con una respetuosa dignidad, cómo los músculos se sutilizan, las arterias se ocluyen, la piel se separa de la carne y las líneas de la frente ocultan lamentos y pensamientos tristes. Para sintetizar este modus operandi de Leonardo, Laurenza concluye dedicando los dos capítulos finales a dos grandes obras del pintor, la Cena del refectorio del convento milanés de Santa Maria delle Grazie, y la Battaglia d'Anghiari. En el primero analiza el modo en que Leonardo describe, siguiendo una práctica usual en los talleres artísticos de la Florencia de la segunda mitad del Quattrocento, el ethos de cada uno de los apóstoles, es decir su tipo psico-somático, siguiendo la tradición hagiográfica e iconográfica que les hace, uno a uno, diferentes y reconocibles. Pero profundiza paralelamente en el pathos de la escena, esto es, las emociones momentáneas de los actores -lo que Leonardo llamó «accidenti mentali» y Alberti «movimenti d 'animo»-, en el preciso momento en que Jesús les advierte que sabe que uno de los presentes le ha traicionado, desencadenando en sus acompañantes un nudo de reacciones variadas: admiración, incredulidad, dolor, miedo, nerviosismo o ira. Y no deja de ser interesante, como señaló Gombrich, comprobar hasta qué punto el pintor describe el impacto casi físico que una palabra produce en un grupo de personas, que se mueven, retroceden o se adelantan con esa mismo materialidad dinámica con la que, Leonardo había dibujado la propagación del movimiento en las aguas o los circuitos de la sangre en el cuerpo, traduciendo su gusto y su curiosidad por lo entrelazado, por los efectos de resonancia o transmisión, que inspiran buena parte de la sensibilidad del artista («el agua percutida por el agua produce círculos alrededor del punto percutido»). En la Cena, Leonardo, que aborda la escena sagrada partiendo de un arduo trabajo teórico, de consulta de fuentes, encaja la tradición iconográfica con el tipo humano que él se había imaginado y las reacciones más acordes con su temperamento, desplegando todo un tratado del comportamiento humano a través de su dominio de la representación anatómico-fisiognómico: reencontramos así las cabezas tectónicas de sus estudios craneológicos en las figuras de Pedro, Andrés y Simón, el enrojecimiento de la piel como efecto de una emoción súbita en Santiago el Mayor, la antítesis fisiognómica entre el carácter contemplativo de Juan y el iracundo de Pedro, el gesto de Mateo, hombre de cultura refinada, o el sufrimiento contenido del tímido Andrés. El libro concluye con un capítulo sobre los hombres bestiales, un tema esencial para conocer el pensamiento de Leonardo, para el cual la comparación entre el hombre y el animal adquiere una radicalidad que va más allá de las premisas aristotélicas y escolásticas, en tanto que traspasa la frontera decisiva que va de la analogía a la continuidad. Las analogías se ponen de manifiesto mediante diversos recursos: mediante alegorías (el armiño, emblema de la moderación de Cecilia Gallerani) mediante afinidades morfológicas (el hombre airado semejante al león en la estructura de la cabeza y el cabello). Pero, más allá de esas similitudes entre el hombre y la bestia, a Leonardo le atraen las naturalezas intermedias, las malformaciones anatómicas, la potencial contaminación entre humano y animal, que le llevan a plantear la diferencia entre hombre y león, o entre hombre y perro, como una cuestión de grado, cuantitativa, de variación entre «larguras y grosores», negando en cierto modo, la especificidad de la naturaleza humana, su parte divina. Y aunque, indudablemente, el planteamiento leonardesco tiene un valor instrumental, en tanto que le permite conocer mejor, por extrapolación, la naturaleza del hombre, según Laurenza, sus investigaciones parecen adherirse a menudo a una línea de pensamiento biológico, a un programa de anatomía comparada, donde el estudio de las especies animales adquiere valor autónomo. La máxima expresión artística de la potencia bestial del hombre es la Battaglia d'Anghiari y sus estudios preparatorios, un tema recurrente que le atrae y que aparece aludido en su Tratatto della Pittura en el que habla de una «batalla sangrienta, en medio de sombras oscuras y tenebrosas, envueltas por la humareda de máquinas terribles y asesinas, por la polvareda que levantan los enloquecidos desgraciados temblando de horrible muerte». La guerra era, además, para él, una experiencia familiar. Desde 1502 estaba al servicio de Cesar Borgia como arquitecto, inspector de fortificaciones e ingeniero general y lo había acompañado en la campaña de la Romaña; cuando recibe el encargo de esta obra, acababa de contemplar con sus propios ojos el asedio de Pisa, con vistas a desviar el curso del Arno. La ferocidad de la batalla, «pazzia bestialissima», le permite combinar un doble registro temático: por un lado, sus ideas acerca de las nociones de vórtice y remolino, un tema científico que había abordado extensamente en el curso de su vida, por ejemplo, cuando estudia el impacto del agua sobre el agua, con sus choques y turbulencias, y, por otro, su obstinado interés por las pasiones humanas. La batalla es el tema ideal para escenificar la conexión entre el hombre y el animal, la caída del hombre en su parte más bestial, el modo en que los guerreros se funden como centauros con sus caballerías (una imagen que Isidoro de Sevilla había expuesto en sus Etimologías, fuente indudable de Leonardo), y éstas participan de la ferocidad rabiosa de los soldados. Esta empatía emocional es también anatómica como explica en un dibujo preparatorio de la batalla, en el que añade la siguiente nota: «para equiparar la osamenta del caballo y la del hombre, en el dibujo de las piernas, colocaré a éste de puntillas». En el tratamiento de esta escena, de la que desgraciadamente no conservamos el original, se revela en todo su alcance el secreto de la inteligencia leonardiana, su capacidad de ver las conexiones entre cosas, de atrapar la ley de la continuidad que se le escapa al hombre común y llevarla al límite de su tendencia en un vértigo de analogías. Para Leonardo la batalla se resuelve en nudos, caídas, choques, torbellinos y velocidades de una infinita complejidad, gestada en ese ostinato rigore que fue siempre su divisa. Dice Valéry que algunos hombres sienten con especial delicadeza el placer de la individualidad de los objetos y se entretienen hipnotizados en el ángulo de una mesa o en la sombra de una hoja, rescatando lo que tienen de seres únicos. La imaginación de Leonardo, por el contrario, se ejerce en la fluidez de los estados transitorios, de los agrupamientos inconstantes, de los cambios, los movimientos y las precipitaciones. Como si las variaciones de las cosas le pareciesen demasiado lentas cuando están en calma, adora las batallas, las tempestades, la lluvia y los hombres volantes. En los últimos años, su mente se vio más y más invadida por sentimientos de decadencia, y catástrofe, y de esa etapa final datan sus más famosos dibujos del Diluvio Universal y del fin del mundo, que tanto interés despertaron entre los artistas del siglo XX.
en el que ya da a conocer los resultados de una línea comparativa de investigación sobre la ciencia antigua, en especial griega y china, línea que va a seguir y desarrollar, con la colaboración de sinólogos como Nathan Sivin, en el curso de esa última década del pasado siglo y estos primeros años del presente siglo-; y su edición y dirección, junto con J. Brunschwig y la colaboración de del público de habla hispana y para enriquecer con sus planteamientos y perspectivas la magra dieta, tradicionalmente filológica y literaria, de nuestros estudios clásicos, hoy tan necesitados de nuevos estímulos como de mayores ánimos. The Ambitions of Curiosity explora los orígenes y el desarrollo de la investigación sistemática en Grecia, China y Mesopotamia. El prof. Lloyd estudia las condiciones y factores que han propiciado o inhibido este desarrollo, así como los diversos intereses sociales e institucionales en juego. ¿Qué papel desempeñan el Estado o los poderes públicos en la promoción o en el bloqueo del conocimiento y la investigación en áreas tan dispares como la historiografía, la filosofía natural, la medicina, la astronomía, la teoría matemática o las aplicaciones calculísticas o métricas, la tecnología? ¿Cómo se define y desenvuelve el cultivo de estos campos en esos tres diferentes marcos sociales y culturales antiguos? ¿Cómo logran sus cultivadores más innovadores y productivos ver aceptadas sus ideas y asumidos sus resultados, o ser ellos mismos, en ciertos casos, más o menos reconocidos? No es extraño que, en el curso de esta exploración, el prof. Lloyd pueda dejar constancia de la variedad de resultados críticos y positivos -algunos inesperados-de muchos esfuerzos, además de señalar la existencia de tensiones entre las innovaciones individuales y las formas de control estatal o sociocultural establecidas en su medio, tensiones que irán buscando y probando vías diversas y características de resolución o reducción. Ni que decir tiene que algunos de estos problemas, como Geoffrey Lloyd no deja de apuntar en su momento, siguen más o menos presentes en nuestros propios marcos de investigación: hoy sigue habiendo tensiones entre los intereses heurísticos del investigador y el medio ideológico e institucional de promoción, recepción o acreditación de los resultados de su investigación. Así, pues, una virtud añadida del talante intelectual de Geoffrey Lloyd es no olvidarse, en sus estudios sobre las variantes y las variaciones del pensamiento antiguo, del tiempo que él mismo comparte con los lectores a los que se dirige. Otra es, en fin, declarar los caminos abiertos y las regiones pendientes de exploración y revisión antes de hacerse ilusiones de disponer de un mapa fiable y comprensivo del pensamiento antiguo. Si The Ambitions... es una contribución a la línea de trabajo comparativo emprendida decididamente por el prof. Lloyd en su madurez, In the Grip of Disease vuelve al hogar intelectual y académico que le diera a conocer desde joven: el pensamiento griego. Las cuestiones planteadas son, de nuevo, concretas y acuciantes: ¿Quién, en el medio social y cultural greco-romano, estaba en condiciones de distinguir entre la salud y la enfermedad, tanto mental como corporal, de identificar las causas y de procurar alivio o remedio? Pero, una vez más, estas cuestiones abren un abanico de ulteriores problemas en torno a la influencia que estas ideas acerca de lo sano y lo enfermo alcanzan a tener sobre el pensamiento y, más aún y de modo característico, sobre la imaginación de los griegos. Las relaciones entre ambos aspectos culturales y simbólicos, el cognitivo y el imaginativo, a la luz de múltiples textos e indicaciones procedentes de fuentes diversas (religiosas, literarias, historiográficas, filosóficas, médicas), son una de las contribuciones más originales y sustanciales del libro, que no duda en partir de una especie de antropología médica crítica. Pero esas relaciones se traban y estrechan a través de una serie de nudos lingüísticos y conceptuales, como la noción del propio yo; las relaciones mente-cuerpo; las diferencias de género; las ideas de causación y responsabilidad, y las de purificación y contaminación; las atribuciones de autoridad o de pericia, y los retos y confrontaciones a que se ven expuestos los diversos tipos concurrentes de expertos -e.g. médicos practicantes, autores hipocráticos, sacerdotes de Asclepio-; amén de las representaciones de la salud del Estado y de su buen orden y gobierno, hasta llegar, en fin, a proyecciones sobre la felicidad, el bien y los males de la sociedad o de los individuos. Dentro de este vasto panorama, cobran mayor relieve algunos aspectos o problemas que Geoffrey Lloyd considera especialmente significativos: por ejemplo, presta especial atención a las versiones y explicaciones de plagas imaginarias o reales (e.g. en la Ilíada, en Edipo rey, en textos hipocráticos, en Tucídides, en Lucrecio), al diagnóstico de la locura (e.g. en Heródoto, en las Bacantes), a la retórica de la enfermedad del cuerpo social y político y su tratamiento. El último capítulo vuelve a recordarnos nuestro propio tiempo: considera algunas similitudes y contrastes entre las antiguas ideas y prácticas médicas griegas y nuestra medicina y psiquiatría modernas. Por último, en esta misma línea de comparación y contrastación, el prof. Lloyd también está a punto de finalizar un ambicioso proyecto, Ancient World, Modern Reflections, un estudio comparativo del mundo antiguo a la luz y a través de debates actuales sobre cuestiones de orden filosófico, científico y político. Metàfores, estigma i exclusiò social en la lluita contra la lepra: Fontilles, 1901Fontilles, -1932 Tras pasar muchos años del libro de F. Contreras y R. Miquel sobre la lepra, se vuelva ahora al tema para estudiar un siglo de Fontilles, principal institución de lucha contra esta terrible enfermedad. La lepra tiene una historia de gran interés, por su molesto aspecto y graves dolencias, pero también por sus caracteres sacros. Relacionada con la Biblia, también con el camino de Santiago y los primeros hospitales, amaina al fin del periodo moderno. Pero entre los siglos XIX y XX se produce un rebrote que tiende a reactivar el combate contra la enfermedad. Los autores estudian con detalle la persecución de los enfermos y la aparición de un proyecto caritativo. Se analizan los aspectos políticos, económicos y filantrópicos, así como la organización nosocomial. Por fin, se termina con las imágenes de la lepra, las metáforas, los estigmas y la exclusión social. La revista Fontilles afirmaba en 1913: «En efecto la lepra nos ha obligado, como a san Juan Bautista, a dejar el mundo y a venir a este desierto de Fontilles». Se contraponen dos mundos, que juegan con el sentido de marginación, pero también con el de santidad. José Betancor constituye una excelente aportación a la historia de la epidemiología. Se centra en las epidemias de fiebre amarilla en Las Palmas en el periodo isabelino. Es un momento de gran interés, porque está cambiando la epidemiología. Ha terminado casi por completo para occidente la peste bubónica, y aparecen los grandes accesos de fiebre amarilla. Responden a problemas de carácter portuario y comercial, así como climáticos. Se empieza a barajar el interés de las medidas tradicionales, así como de la medicina teórica heredada. El libro supone, además, una gran aportación para la historia de las islas canarias, que como su autora señala han sido olvidadas en muchos aspectos, así en los trabajos anteriores sobre historia de la epidemiología. José Luis Peset JESÚS CASTELLANOS GUERRERO, ISABEL JIMÉNEZ LUCENA, Ma. JOSÉ RUIZ SOMAVI-LLA, PILAR GARDETA SABATER (coord.), Varia Histórico-Médica. Comunicaciones libres al X Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Málaga, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 2001, 348 pp. Se celebró el X Congreso Nacional de la Sociedad Española de Historia de la Medicina en Málaga en 1996. Los temas se centraron en la medicina actual, y se reunieron en La Medicina en el siglo XX. Estudios Históricos sobre Medicina, Sociedad y Estado. Sin duda, el siglo XX tiene una gran importancia, pues es el que conocemos y heredamos. Para la medicina supone el comienzo de su etapa más gloriosa, cuando de forma eficaz consigue éxitos contra la enfermedad. También para España supone la modernización de su medicina, con la entrada de la prevención y los tratamientos quirúrgicos y farmacológicos eficaces. Esto nos debe convencer de la necesidad de insistir en este siglo, por el bien de todos, sus consecuencias las estamos padeciendo todavía y, los que en él nos formamos, no escaparemos de ellas. Los últimos congresos de la Sociedad Española de Historia de la Medicina suponen un aporte importante para el conocimiento del Novecientos. Aparece ahora el volumen de comunicaciones libres. Aportaciones interesantes, aunque de muy variada índole y metodología, se agrupan en estudios sobre la teoría y otros más sociales e institucionales. Un rápido cálculo muestra que las aportaciones sobre el pasado siglo superan por poco el cuarto, casi igualadas por la edad moderna y superadas por el XIX. Quedan muy atrás, sin duda, las épocas que necesitan mayor especialización, edad media y clasicismo. Hay que insistir ahora en estas parecelas más especializadas, formando investigadores que puedan estudiar los primeros siglos. Luis García Ballester y Pedro Laín Entralgo lo intentaron, aunque el primero tuvo alguna suerte en lo que se refiere a la Edad Media, el mundo clásico está muy olvidado. Teniendo en cuenta que la medicina es uno de los saberes que más mantuvieron el respeto por sus clásicos, este olvido es grave para un entendimiento cabal de la historia de la medicina. José Luis Peset PETER BURKE, Historia social del conocimiento. De toda la producción del polifacético historiador, esta Historia social de conocimiento es la que tiene que ver directamente con la sociología de la ciencia. Sus análisis podrán servir para valorar ciertos aspectos de la difusión de la cultura científica tal y como se forjó entre los siglos XVI y XVIII. Por otro lado, sus libros de reflexión -Sociología e historia (Alianza, 1987), La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales, 1929-1989(Gedisa, 1993), o la publicación dirigida por él, Formas de hacer historia (Alianza, 1994)-valen para analizar el devenir de las ciencias, y así ha de reconocerse en este campo historiográfico. De antemano, la pregunta ante una obra tan variada como la suya es la de la armonía entre sus dispares intereses. Suele decirse que Peter Burke, nacido en 1937, ha pasado, a lo largo de una larga trayectoria investigadora, de la historia social de la cultura a la historia cultural de los fenómenos sociales. Pero quizá no sea más que un juego de palabras, sobre todo si se tiene en cuenta que dos libros, con puntos evidentes de contacto, como La cultura popular en la Europa moderna (Alianza, 1996) y Formas de historia cultural (Alianza, 2000) son respectivamente de 1978 y de 1997. En cualquier caso, Burke ha trabajado sobre aspectos generales -o singulares, si bien de proyección general-de la época renacentista, y ha escrito tres libros sobre la cultura y la sociedad de esa Italia que inaugura la modernidad, así en El Renacimiento italiano (Alianza, 1993). Su investigación sobre las formas culturales modernas se ha doblado siempre de otras líneas argumentales, hasta el punto de ofrecer dos bellas monografías, Montaigne (Alianza, 1985), y, sobre todo, Los avatares de 'El cortesano' (Gedisa, 1998), sobre autores muy significativos de la acción civilizadora del Renacimiento, tanto por sus modos de vivir como por sus modos de decir: el escéptico Montaigne, que escribió también en italiano, se forjó en el latín renovado de entonces, y Castiglione se hizo oír a lo ancho de Europa. Sus respectivos ecos sirven para captar mejor ese momento de cambios educativos, pues ellos usaron conceptos poco abstractos, manejables por el historiador. Burke, estudiante en Oxford y profesor en Cambridge, italianista de vocación itinerante y políglota por afición, ha dado cursos por doquier. Si parece muy inglés, dado su registro tan controlado de los hechos culturales, nunca se cierra a otros mundos: ha leído bastante a fondo la historiografía francesa y se ha interesado por las formas más innovadoras de la historia actual. Además ha redactado, para la serie de Le Goff, El Renacimiento europeo. 1998), cuyo subtítulo es muy indicativo de su atención plural a ese proceso expansivo de la modernidad. Él mismo señaló que la historia de la vida cotidiana o la historia de las mujeres, así como los grandes hitos de la microhistoria, eran modos de reaccionar contra una historia a gran escala de las tendencias sociales que no se acercaba a los individuos. Por lo demás, facilitó la actual integración de las historias política y social (como su análisis de la invención de la nueva realeza, La fabricación de Luis XIV, Nerea, 1995), y ha renovado el viejo problema, planteado entre otros por Duby o Guriévich, de las relaciones entre la cultura popular y la elaborada, analizando el papel dinamizador e impositivo de ciertas élites en Venecia y Amsterdam (Gedisa, 1996), dos ciudades del poder, de la imprenta y de la comunicación, que suponen la última mirada al Mediterráneo y la moderna perspectiva atlántica. Pero en los últimos años se ha dedicado al estudio de la recopilación y difusión del conocimiento en la moderna Europa, que tiene mucho que ver con la efervescencia renacentista. y lo ha hecho directamente examinando determinados controles comunicativos, así en la educación verbal (Hablar y callar. Funciones sociales del lenguaje a través de la historia, Gedisa, 1995), un libro ajustado a su capacidad para percibir, en las palabras y sus variantes nacionales e históricas, ciertos procesos fundamentales, como son el peso del latín en la modernidad o ciertas dosificaciones del lenguaje y el silencio. Además Burke se ha interesado asimismo por la mirada, analizando, quizá con menos originalidad, el uso de la imagen como documento en la historia, en Visto y no visto (Crítica, 2001), un libro, eso sí, plural y bien ilustrado. Su Historia social de conocimiento tiene, pues, unos antecedentes bien definidos. Y su indagación se ha visto acompañada por Una historia social de los medios de comunicación (Taurus, 2002, de la que es responsable con Asa Briggs), y de contribuciones sobre este mismo problema en obras colectivas: con R. Porter, Lenguages and Jargons, 1995; o en J. Elsner, Voyages and Visions, 1999; en J. Renwick, Invitation au voyage, 2000; en J. Martin, Venice Reconsidered, 2000; y en P. Jones, Saints and Sinners, 2001. Pero además, a lo largo de su obra, la abundancia de datos, el manejo de ejemplos, los cambios de perspectiva siguiendo el mapa del mundo (Europa, América, Asia), la enorme cantidad de documentación que nos ofrece -seguramente con mayor capacidad verbal que visual y con más soltura expositiva y jerarquizadora que teórica-, nos pone ante los ojos a un historiador que se apoya en datos muy variados, y los dosifica hábilmente. En la Historia social nos habla de los nombres de los libros de consulta que florecen en la modernidad, despegando ya en el siglo XVIII, y él mismo no se retiene a la hora de enumerar el papel multiplicador que sus títulos expresaban. Son, entre otros, catálogo, corpus o directorio, sí; pero también castillo, teatro, árbol, bosque, jardín, espejo, tesoro, mina de oro, itinerario, llave o médula. Y no deja de ser revelador ese listado siendo un historiador muy curioso, y amante de los calepinos, además. Esta nueva Historia social está severamente estructurada, quizá frustrando al inicio las expectativas de un lector de ensayo 'continental'. Pero encauzado ya su directorio con un plan férreo los nuevos intelectuales modernos, las instituciones, los lugares del conocimiento y las formas de clasificación de éste (aspectos muy atractivos para el historiador de la ciencia)-plantea de un modo progresivamente más suelto el problema del control religioso y político del saber, las relaciones con el mercado, el acceso al conocimiento y el mundo del lector. Es decir, su recorrido va desde la emisión del saber con sus nuevas articulaciones, pasando por los mecanismos de comunicación y filtraje, hasta llegar al receptor (nada pasivo en su libro). Por añadidura, en el brillante capítulo de cierre, «Conocimiento fiable y conocimiento no fiable», recuerda el significado nuevo escepticismo y plantea las formas modernas de combatirlo a través de teorías o de prácticas textuales y sociales (pruebas, instituciones, demostraciones). A lo largo de este bosque de casi mil referencias bibliográficas, late la renovación italiana y europea que le ha venido ocupando toda su vida, y resurgen la superposición de la cultura selecta sobre la tradicional, los usos diversos del lenguaje escrito, el deslizamiento desde Venecia hasta Amsterdam (cuyos cartógrafos e impresores revisa con penetración), los modelos de Castiglione o de Montaigne (pero comparando ahora éste con Montesquieu y aquél con Burton). Recuerda también a centenares de figuras menos repetidas, inglesas e italianas, así como españolas, holandesas y francesas, portuguesas y orientales, forjando nuevas preguntas sobre el pasado y su condicionamiento sobre el presente o, como es propio de un historiador, viendo cómo en el terreno del conocimiento la historia de la modernidad no sólo se percibe a través de Bacon o de Vico sino también estudiando mecanismos globales críticos. Burke ha sido publicado en muchos idiomas, y más de dieciséis libros suyos han sido vertidos, año tras año, al castellano. Además de por los variados conocimientos que le adornan, su éxito seguramente esté basado en una claridad informativa y una línea argumental moderna, bien aireada. Su presencia como autor es siempre tan discreta como eficaz, lo que se ajusta a su inclinación enciclopédica; y destaca su inusual respeto y atención por lo que dicen los libros de los que se surte. En un itinerario tan vasto y sintético como éste, a veces las referencias son fugaces y quizá no estén apuradas a fondo, cuando tienen cierto aliento teórico, pero sí desde luego se ven generosamente escuchadas. Burke ha contribuido a hacer comprensibles las innovaciones históricas y es un buen evaluador de los conocimientos actuales. La Historia social del conocimiento -un arriesgado jardín, al culminar su carrera-, lo evidencia por su viveza y equilibrio. FRANCISCO AGUILAR PIÑAL, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo X, anónimos II, Madrid, CSIC, 2001, 736 pp. Culmina una de las aportaciones más importantes a la bibliografía española, la de Francisco Aguilar Piñal. Había allí empezado José Simón Díaz la Bibliografía de la literatura hispánica. Con el intento de poder llevarla adelante, se procedió a una especialización, quedando Aguilar encargado de la Ilustración, época en la que ya había centrado sus trabajos. Se recogen en la obra los autores en castellano, de la península y de las islas, pero no de América o en otras lenguas. Hay cinco apartados, correspondencia, manuscritos, impresos, traducciones y estudios. Añade algún dato biográfico, se incluyen referencias en publicaciones periódicas, catálogos de ventas y libreros, repertorios anteriores, así como localización, censuras, recensiones, preliminares... Los índices son ricos, siendo de interés el de obras de teatro. «Tal como está concebida desde sus comienzos, esta obra es en realidad un Diccionario bibliográfico de autores que escriben en español, al recoger toda la producción escrita y conocida de cada autor, sea impresa o inédita, y los estudios realizados sobre ella hasta el presente». (F. Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, I, Madrid, CSIC, 1981, p. Como un ilustrado más, se integra en la polémica de la ciencia española, defendiendo su tan querido siglo XVIII, al que tan duramente atacara Menéndez Pelayo. Recoge varios testimonios de la ignorancia que en el extranjero se tenía de la cultura española, y los esfuerzos que se hicieron por apoyarla. Los anuncios en Gaceta, o la efímera Biblioteca periódica, así como la gran obra de Sempere y Guarinos. Ha mostrado así la riqueza de ese siglo, que no sólo es cuestión de minorías. Termina aquí una de las grandes aportaciones al mundo de la bibliografía que desde España se han hecho. No me parece preciso presentar a Francisco Aguilar Piñal, al que todo historiador de la cultura española conoce bien. Completa la obra de José Simón Díaz para el siglo XVII, con lo que disfrutamos de una bibliografía excelente. Es un magnífico especialista en historia de la literatura, en especial en el periodo ilustrado, acerca de las universidades, academias, poesía, ensayo y teatro. No ha olvidado el estudio de algunos queridos personajes sevillanos. Para la historia de la ciencia, todos los volúmenes son esenciales, y éste aumenta el interés de presentar obras muchas veces raras o desconocidas. Para nuestro provecho podemos señalar la aportación al ejercicio, enseñanza y gobierno de la medicina, la cirugía y la farmacia, incluyendo las farmacopeas. Se trata de un siglo en que la corona aumenta en centralización y extensión, habiendo muchas instituciones que se organizan, trasunto de la vitalidad del estado borbónico y de la sociedad civil. Como siempre el material legal es tratado con prudencia, pues es mucho, muy repetitivo y con otros repertorios. Se encuentran en sus páginas autos de fe, constituciones y estatutos, inventarios y catálogos, calendarios, almanaques, prontuarios, así como ortografías, diccionarios y gramáticas de la academia. Añade un apéndice de nuevas obras encontradas, y termina con índices de personas, de materias, de lugares y de impresores. Es una obra, pues, de toda una vida. Una obra generosa, pues el resultado -como están haciendo los hispanistas de Burdeos-nos permite a todos un trabajo cómodo y mejor sobre la Ilustración. Nos ha permitido una visión nueva de un siglo clave para entender la modernidad española, y europea. La autora de esta colección de «ensayos de antropología hospitalaria» es bien conocida y muy estimada por muchos de cuantos nos dedicamos en España a la historia de la medicina. Miembro destacado del grupo francés que, a lo largo de varios años, trabajó con otro español en el marco de sucesivas acciones integradas, ha compartido sus experiencias, hasta donde llegan mis noticias, con la práctica totalidad de investigadores del CSIC y de la Facultad de Medicina de la Complutense (Madrid), la Facultad de Medicina de Alicante y el Departamento de Antropología de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. Creo poder decir que no pocos de quienes la hemos escuchado y leído hemos incorporado, de un modo u otro, buena parte de sus propuestas a nuestro propio trabajo. Recientemente, en el marco de nuestro último congreso nacional, Angel González de Pablo hacía uso de recientes trabajos de la antropóloga francesa en la ponencia por él sostenida. Los ensayos a los que se refiere esta recensión siguen la estela de aquellos. Basados en el trabajo de campo desarrollado en un hospital parisino a partir de 1992, y publicados previamente en diversas revistas y obras colectivas, muestran con lucidez a veces dolorosa aspectos de la realidad asistencial, y de la realidad del sufrimiento humano, que raras veces encuentran su lugar en los estudios sobre las instituciones sanitarias. Hay que felicitarse por el hecho de que una editorial se haya interesado por su recuperación y su presentación conjunta; pues la autora no se contenta con mostrar, como podría desprenderse de la frase precedente: en el ejercicio de su condición de antropóloga, interpreta. Y sus interpretaciones suscitan preguntas que, a menudo, llevan en su interior los gérmenes de sus respuestas. Me apresuro a señalar que no debe entenderse lo que acabo de decir en un sentido «técnico» que presupondría la toma de posición «especializada» por parte de la autora, que desde la autoridad que presuntamente le conferiría su saber ejercería una labor diagnóstica con resabios de propuesta terapéutica. Nada más lejos de la realidad. Se trata, lisa y llanamente, de la invitación a un ejercicio de lucidez. Una de las pruebas más explícitas de cuanto digo es el temprano ejercicio de crítica de su propio grupo profesional, precisamente en nombre de lo mismo que amistosamente censura en el mundo de los profesionales de la salud: la voluntad de «objetividad» en el sentido del distanciamiento emocional, de la renuncia a menudo explícita a cualquier tipo de compromiso afectivo. Además de su propia personalidad, sin duda alguna el ambiente de trabajo por ella elegido ha debido ser determinante de su decisión de no renunciar a la sensibilidad como instrumento de trabajo, posiblemente -lo reconozco con toda honestidad-el rasgo que, desde el comienzo, más me ha atraído en su manera de proceder. Sin embargo, la empatía no le impide ejecutar con rigor las reglas de su arte, y de ese ejercicio brota la propuesta antropológica fuerte resultado de su experiencia de una década. Esta propuesta no consiste ni más ni menos que en descubrir y comprender los elementos y las técnicas de ritualización puestos en juego en las instituciones asistenciales, y más concretamente en aquellas que, por su naturaleza, están más «cargadas» desde el punto de vista afectivo: zonas quirúrgicas, reanimación, cuidados paliativos, quimioterapia... Con ello, Marie-Christine Pouchelle demuestra que no trabaja solamente para los pacientes, como una especie de Madre Teresa de París, sino también para En fin, se analiza la primera biografía, escrita por Miguel Sanz. De aquí pasamos a presentar la última, de un buen conocedor de las viajes en el mundo ilustrado. Emilio Soler nos da una entretenida narración de la vida y obra de Jorge Juan. Sin duda, realizada con muchas lecturas, pero sin notas, permite al lector entrar de lleno en la apasionante vida de quien fue uno de los principales marinos ilustrados, personaje que nos reincorpora a la ciencia universal a mediados del siglo XVIII. El número monográfico de la revista Quaderns de Migjorn, cuenta con una brillante introducción de Víctor Navarro Brotóns, en donde destaca desde luego la figura del marino de Novelda. Los artículos son muy variados, se analizan personajes, enseñanza, instrumentos y museos científicos, astronomía, hidrología y técnica, salud y enfermedad, historia natural con geología, zoología y botánica, también prensa, geografía y química. Muchos personajes, épocas y lugares del sur valenciano aparecen, vistos desde ángulos históricos, geográficos, epistemológicos, filosóficos, sociológicos..., aportando documentación, divulgación, investigación.... Señalemos el buen papel de Associaciò Cívica per la Normalització del Valencià, con colaboración de la Universidad de Alicante y de la CAM, en difundir la cultura propia. José Luis Peset GEORGES CANGUILHEM, Écrits sur la médecine, París, Le Seuil, 2002, 128 pp. La publicación de estos Écrits sur la médecine de Canguilhem (1904de Canguilhem ( -1995) ) supondrá un acontecimiento para todo tipo de lector, al sentirse ante un verdadero maestro con cualquiera de sus páginas. Este libro póstumo, brevísimo pero esencial, consta de cinco textos, antes casi inaccesibles: sobre la idea de naturaleza en el pensamiento y práctica médicos; sobre las enfermedades; sobre la salud, desde los puntos de vista vulgar y filosófico; sobre una posible pedagogía de la curación; y, al fin, sobre el problema de las regulaciones (tanto en el organismo como en la sociedad). Son escritos tardíos, entre 1972 y 1988 (menos el último, fechado en 1955), y completan lo que faltaba por recoger de sus artículos medicinales. Historiador-filósofo, Canguilhem eligió la rama de las ciencias más inestable, la menos sometida a formalismos, la que admite, incluso abiertamente, el apoyo del pensamiento y de la historia para poder entenderse desde dentro. Canguilhem -que sucedió en la Sorbona a Bachelard (a quien dedicaría alguno de sus más grandes artículos) y que, desde 1955 hasta 1971, enseñó también en el Instituto de Historia de las Ciencias-, hablaba a menudo de captar la economía del error en la búsqueda de la verdad científica («hacer historia de una teoría es hacer la historia de las vacilaciones del autor»). También los capítulos de este librito lo reflejan, al hablar de la mediación médica, de la imposible curación, de un tema milenario como el del médico de uno mismo; al girar por tanto obsesivamente sobre la frase hipocrática, «las naturalezas son los médicos de las enfermedades», sobre los cambios en la idea de regulación desde Bernard hasta las indagaciones del siglo XX, y las nuevas enfermedades que pudo ver. Su tarea se caracterizó, en general, por su crítica a la noción de precursor, por su estudio de las condiciones de aparición de determinados conceptos, por resaltar nociones básicas de las ciencias de la naturaleza vinculadas estrechamente a ciertas nociones filosóficas (predominio de la forma, papel del medio, juego entre control y crisis), por adentrarse en la singularidad del fenómeno vital, que actúa sobre la totalidad de la experiencia, y que exige hablar de la norma, de la normatividad de la vida. Y estos Écrits sur la médecine -que giran en torno a la salud, su autoobservación y su autoregulación-exponen magníficamente cómo se daba el forcejeo teórico, a veces tajante, entre un científico implacable, atento a las revoluciones médicas, y un severo crítico de raíces nietzscheanas y con amplias miras intelectuales. Écrits sur la médecine podría incitarnos a releer su obra (sólo en parte traducida, y cada vez más olvidada por los jóvenes). Canguilhem no mereció ni una sola línea en las publicaciones españolas al morir en septiembre de 1995. Y es que nada se ha recuperado de él desde hace muchos años. Ni siquiera se había señalado en la historiografía que la séptima edición de sus capitales Études d'histoire et de philosophie des sciences (París, Vrin, 1994), estaba enriquecida con un revelador artículo de 1985 -«Le statut épistémologique de la médecine»-, hasta el punto de que los editores daban en sobrecubierta un nuevo título a esta recopilación clásica: Études d'histoire et de philosophie des sciences concernant les vivants et la vie. Nada se ha dicho tampoco de la ampliación, en 1992, del magnífico El conocimiento de la vida, ni del recuperado homenaje a su compañero en la Resistencia, asesinado: Vie et mort de Jean Cavaillès, Allia, 1996. Pero el eco de su trabajo se ha mantenido en Francia cuando en España dejó de citarse su nombre: así en un extraordinario número de la Revue de métaphysique et de morale, de 1985, o luego en el libro de homenaje de sus alumnos, todavía en vida del gran médico e historiador: G. Canguilhem, historien des sciences (Alban Michel, 1993). Y asimismo en la proliferación de escritos teóricos sobre su obra: G. Renard, L'épistémologie chez G. Canguilhem (Nathan, 1996); F. Dagognet, G. Canguilhem. La lectura de todo ello se hace necesaria, así como la de las futuras recopilaciones de artículos de Canguilhem, no medicinales ya, que se lleven a cabo hasta revisar íntegramente su herencia intelectual. Es ésta un legado vivo y riguroso, distante del ruido mediático, pero capaz de discernir sin remilgos académicos lo realmente valioso en unas décadas fértiles para las humanidades: es la obra de una mente que era joven a los noventa años.
En los primeros decenios del siglo XX, la situación socio-sanitaria de la sociedad española fue descrita como catastrófica, tanto en el ámbito urbano como en el rural. En aquel contexto, el saneamiento del medio aparece como una de las claves del proceso de regeneración que asumió la higiene en su papel de mediadora. A través de las obras de los higienistas G. De Membrillera y Luis Muñoz Antuñano, publicadas en 1921, nos hemos acercado al análisis de la situación sanitaria de la España rural durante este periodo. En las primeras décadas del siglo XX la sociedad española fue equiparada, en la literatura médica de la época, a un organismo enfermo y degenerado, que precisaba tratamiento adecuado y regeneración. La situación durante este periodo se describía como catastrófica. La tuberculosis, la miseria, la prostitución, la violencia, la sífilis... y un largo etcétera de problemas de salud eran atribuidos a la industrialización y aparecían estrechamente unidos a las lamentables condiciones de vida y trabajo que soportaba la población 1. Sin embargo, y a pesar de que los principales problemas sociales y sanitarios se vincularon al proceso de industrialización y a la nueva sociedad urbana, no se puede olvidar que en los inicios del siglo XX la mayor parte de la población española era rural 2, y no mostraba precisamente una situación sanitaria mejor que la que presentaba el mundo urbano. De hecho, si se comparan los indicadores demográfico-sanitarios de ambos grupos poblacionales, frente a la desventaja inicial que ofrecían las ciudades, se pone de manifiesto que con el paso de las décadas, los núcleos urbanos alcanzaron una posición ventajosa3. Algunos autores explican esta situación, porque fue en las ciudades donde se produjeron los primeros intentos de mejora de la sanidad pública, y desde ahí se difundieron a las zonas rurales4. Otros, en cambio, señalan como elemento clave la desaparición de los efectos negativos de la urbanización e industrialización de las urbes5. El autor analiza cómo la industrialización, al menos en una primera etapa, contribuyó al aumento de la pobreza y la mortalidad, y cómo los higienistas ofrecieron su ciencia para solucionar los problemas sociales y sanitarios. También resulta de enorme interés el texto de CAMPOS, R; MARTINEZ, J; HUERTAS, R. (2000), Los ilegales de la naturaleza. Según Barona et al., en 1930 todavía el porcentaje de población rural en España se elevaba al 81%. No obstante, los autores señalan las dificultades que muestran las estadísticas históricas españolas para delimitar entre urbano y rural. De hecho, las estadísticas oficiales consideraban urbana a la población que residía en las capitales y rural el resto de municipios. Sobre el mundo rural también hay que mencionar el texto MARTINEZ, JM (2002). El nivel de vida en la España rural, siglos XVIII-XX, Alicante, Universidad de Alicante. En un contexto marcado por la teoría regeneracionista, la Higiene española asumió un importante papel como disciplina capaz de paliar los males del país. Los higienistas se erigieron en mediadores del conflicto social, asumiendo que las desigualdades sociales estaban en el origen de la enfermedad. De este modo, se adscribieron al movimiento regeneracionista, con un discurso higiénico-moral, que centraba la regeneración en la moralización de las clases populares y en el saneamiento del medio. 6 La clave de la cuestión radicaba en que el progreso de la salud pública sólo sería posible imbricando mejoras sociales con transformaciones ambientales. Los procesos morbosos se enmarcaban en un cuadro ecológico complejo en el que confluían elementos muy diversos. En una línea discursiva similar, Woods y Woodward 7, aunque en un contexto geográfico y cronológico diferente (la Gran Bretaña del siglo XIX) analizan estos elementos y plantean su relación con la mortalidad. Ambos autores proponen dos grandes categorías de factores implicados en la morbilidad y mortalidad de este periodo: los factores ambientales y los factores socio-económicos, íntimamente ligados al desarrollo del capitalismo y a la industrialización. El discurso que acabamos de esbozar no fue patrimonio exclusivo de los médicos higienistas. Los preceptos higiénico-sanitarios fueron adoptados como propios por la ingeniería sanitaria. Ésta fue una disciplina, que entre los siglos XIX y XX pretendió mejorar las condiciones higiénicas de las viviendas e infraestructuras, tanto en el ámbito rural como en el urbano 8, e intentó llevar a cabo políticas de carácter reformista en unas décadas marcadas por lo ----que se vino en llamar el problema sanitario de España9. Se debe resaltar que los ingenieros sanitarios españoles habían adquirido una importante capacitación científica que les permitía desempeñar un papel relevante en la ordenación territorial y en la introducción de nuevas tecnologías 10. Esa capacitación unida a la consideración de las cuestiones sociales y ambientales en la génesis de la situación sanitaria del país, hace que resulte de enorme interés analizar algunas de las aportaciones de este colectivo. Para acercarnos a la visión que se ofrecía desde los presupuestos de la ingeniería sanitaria, hemos analizado las obras del ingeniero Francisco G. de Membrillera 11 y del médico Luis Muñoz de Antuñano 12, premiadas por el Instituto de Ingenieros Civiles en el concurso «García Faria», convocatoria dedicada a galardonar los mejores estudios sobre el problema sanitario de España y los medios para resolverlo. El interés que nos ha despertado la lectura de ambos textos, sobre todo en el análisis que llevan a cabo del entorno rural, y el hecho de enmarcarse en el contexto que hemos expuesto en los ----párrafos anteriores, nos ha hecho elegirlos para acercarnos al análisis de la percepción ambientalista en el abordaje de los problemas de salud en la España de principios del siglo XX. Nos centráremos, a continuación, en describir el estado de salud de la población rural española y los principales problemas sanitarios que preocupaban a los higienistas y, en particular, a los ingenieros sanitarios: causas de la insalubridad, situación demográfica, vivienda, ciclo del agua, paludismo y anquilostomiasis, como enfermedades rurales vinculadas al entorno, y la infancia como población especialmente vulnerable. Concluiremos este análisis revisando qué acciones fueron propuestas para modificar esta situación y mejorar las condiciones de vida de la población. Todo esto nos permitirá aproximarnos a la situación sanitaria de la España rural de las primeras décadas del siglo XX a través de la idea de saneamiento ambiental y valorar la significación histórica de los textos analizados. EL ESTADO DE SALUD DE LA POBLACIÓN RURAL ESPAÑOLA La situación sanitaria de la población rural española de principios de siglo era ciertamente precaria. Los escasos datos demográficos y el análisis de los elementos implicados en la salud y en la vida de la población, nos muestran una sociedad con enormes deficiencias sanitarias, económicas y sociales13. Las altas cifras de mortalidad y morbilidad fueron vinculadas a la situación de insalubridad que afectaba a todos los ámbitos de la vida de las personas. Los trabajos analizados así lo reflejan, y señalan tres elementos que contribuyeron a perpetuar esta situación 14. Por un lado, se apuntaba como elemento fundamental, la irresponsabilidad de los poderes públicos, que no ponían el esfuerzo ni los recursos necesarios para atajar el problema. De otro, la incultura y falta de moralidad de la población, a la que se culpabilizaba de sus malas condiciones de vida. De forma trasversal, pues estaba presente de un modo u otro en los dos anteriores, apa-----recía un tercer elemento, vinculado a las deficientes condiciones de vida de la población rural y que podríamos denominar la explicación socioeconómica de los problemas de insalubridad. La falta de actuación de los poderes públicos, se traducía en la deficiente inversión económica en Sanidad e Higiene15. Los autores eran conscientes de que una buena administración sanitaria con un presupuesto sanitario adecuado, era una inversión de futuro, pues la enfermedad y la muerte ocasionaban graves perjuicios a la economía nacional. Faltaba presupuesto, pero también faltaba conciencia pública y formación de los gobernantes. La incultura sanitaria no era patrimonio exclusivo de los obreros y campesinos, sino que reinaba en todas las clases sociales, incluida la clase dirigente 16. El segundo de los elementos, la incultura y la falta de moralidad de la población, se convertiría en uno de los objetivos de la acción sanitaria. La falta de higiene pública y privada observada por los ciudadanos, el incumplimiento de la ley y la idiosincrasia higiénica de los habitantes se apuntaron como las principales causas de la miseria y el pauperismo17. La degeneración física y moral de las clases populares y sus nocivos hábitos de vida se situaron en el origen de la enfermedad, lo que contribuyó a culpabilizar de su propia situación a las personas y clases sociales que la padecían18, llegando a criminalizar sus conductas 19. El tercero de los elementos podría resumirse en la frase de Ángel Fernández Caro, prologuista de la obra de Membrillera, «[...] no se impide (la enfermedad), sino mejorando las condiciones de la existencia, regulando la vida de trabajo, abaratando las subsistencias, [...], el derecho a la salud y a la vida ----es patrimonio de la Humanidad entera»20. El estatus socioeconómico marcaba importantes diferencias entre las personas. No tenía la misma esperanza de vida el rico que el pobre; cincuenta y treinta años respectivamente. Tampoco los datos de mortalidad eran los mismos; había mayor número de víctimas entre la clase proletaria que en la acomodada. La miseria, indigencia y falta de recursos para cubrir necesidades básicas como la alimentación o las medicinas, causaban estragos entre las clases populares. La reivindicación de un reparto igualitario de los bienes, sobre todo en lo relativo a la propiedad de la tierra, cobraba fuerza en el mundo rural. Se hablaba de la necesidad de incorporar a las leyes una nueva perspectiva en las relaciones de dominio de los patronos sobre los obreros: había que «desvincular, desenfeudar, descastar el Poder»21. Por todo ello, era necesario modificar la organización de la propiedad rustica y la forma de arrendamiento. Mejorar las condiciones de vida del campesino, era mejorar su salud y la de los suyos. Se quejaba Luis Muñoz de Antuñano, y no era el único, de la ausencia de fuentes de información, de datos y estadísticas que le permitieran llevar a cabo una labor seria y documentada en la descripción de la situación sanitaria del país22. Pero además, si lo que se pretendía era tener información de la situación de la sanidad rural, el problema se agravaba23. Otros autores también han subrayado este problema. Según Rodríguez Ocaña, hasta 1899 no aparecieron los primeros intentos gubernamentales de consolidar un sistema de registro sanitario fiable, ausente hasta ese momento. La iniciativa fracasó en un primer momento al intentar que fuesen los médicos titulares los promotores del registro. ----Posteriormente se asignó la tarea a los Inspectores provinciales de Sanidad, con igual suerte, lo que supuso la renuncia a esa vía sanitaria estadística. Por todo ello, no quedó más remedio que contentarse con los datos demográficos disponibles a partir de 1902 y que eran suministrados por el Instituto Geográfico y Catastral anualmente, y que son los que utiliza Membrillera para su descripción demográfica, concretamente los correspondientes al periodo que va de 1911 a 1917. Probablemente debido a este déficit y a la riqueza de datos que este último autor aporta, podría pensarse que recurrió a otras fuentes para recopilar parte de la información que figura en su trabajo. De hecho presenta datos acerca de la situación de salubridad de las capitales de provincia que podrían haberse obtenido a través de un cuestionario elaborado por el mismo 24. A pesar de las dificultades, en las obras analizadas, los autores elaboraron una amplia descripción demográfica que nos da idea de la situación en que se encontraba el país. La tasa de natalidad media era de 30.5 por 1000 habitantes, cifra que fue gradualmente disminuyendo a lo largo del periodo estudiado y en la que predominaba el nacimiento de varones sobre el de mujeres. Al analizar su distribución geográfica, se observa un mayor número de nacimientos en las pequeñas ciudades y pueblos rurales que en las grandes urbes. Con respecto a la mortalidad, se barajaba la cifra de 22.04 por cada 1000 habitantes, con un comportamiento diferencial según los grupos de edad, contribuyendo en gran medida las dos primeras edades, es decir el grupo de 0 a 5 años. El predominio por sexos seguía siendo para los varones; al igual que nacían más hombres también morían más hombres. Sin embargo con respecto a la distribución geográfica no se producía el mismo fenómeno, y así en provincias moría menor número de personas que en las capitales. Los autores no aportan cifras de mortalidad infantil diferenciadas en población urbana y rural, lo que nos permitiría hacer una mejor comparación, pero los datos disponibles nos remiten a las primeras fases del proceso de transformación demográfico y sanitario de la sociedad española en el primer tercio del siglo XX. Como mencionamos en párrafos anteriores, estas primeras etapas se caracterizaron por una peor situación para el entorno urbano, que en comparación con el entorno ----24 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1996), «La encuesta sanitaria como contribución original de Philipp Hauser a la salud pública española». En CARRILLO, JL. (ed), Entre Sevilla y Madrid. Estudio sobre Hauser y su entorno. 203 Así lo plantea el autor cuando al estudiar la actividad científica de Ph. Hauser, médico higienista de finales del XIX y principios del XX, menciona la obra de G. de Membrillera como ejemplo de una interesante iniciativa que llevó a cabo indagaciones a través de cuestionarios de elaboración propia, aunque G. de Membrillera no lo mencione de forma explicita. rural presentaba tasas de natalidad más bajas y tasas de mortalidad por todas las causas más altas. En etapas posteriores esto fue cambiando y los núcleos urbanos, sobre todo los que vivieron de forma más intensa el proceso de industrialización, consiguieron una mejor situación 25. Por lo que respecta a las causas de muerte, aunque tampoco disponemos de datos diferenciales según contexto urbano o rural, en las obras analizadas se pone el énfasis en las enfermedades infecciosas y evitables. En las tablas siguientes se reproducen los datos de mortalidad por causas de muerte y su evolución, datos coherentes con la dinámica demográfica española de finales del XIX y principios del XX Al comparar estos datos con los de otros países 29, G. De Membrillera subraya que España superaba tanto en natalidad como en mortalidad a la mayoría de las naciones, siendo esto la causa de su escaso incremento poblacional anual. Este exceso de mortalidad se daba principalmente entre los menores de Con estos datos, la situación no era muy prometedora; indicando ambos autores que «nos encontrábamos ante un verdadero problema nacional» 32. Se imponía la necesidad de analizar en detalle la situación sanitaria y dejar de eludir la obligación de proponer medidas de mejora que abordaran el problema en su totalidad. «Suele tener dos pisos: el superior, y la planta baja, compuesta de dos departamentos, utilizándose uno para comedor, cocina y deposito de los aperos de labranza, y el otro de cuadra [...]; si subís, encontrareis dos o tres lóbregas habitaciones, y dos únicas y míseras camas, una para dormir los padres, y en la otra todos los demás hijos [...] las ventanas suelen ser reducidas,y en invierno permanecen casi siempre cerradas [...] el retrete o no existe, o está en comunicación directa con el dormitorio, y en voladizo para verter sobre el estercolero; en donde el estiércol, fermentando, aromatiza a los habitantes. Además, éstos aspiran, el aire enrarecido por la respiración y secreciones del ganado, que penetran en la habitación, que es templada con esta calefacción insana» 33. Así describía G. de Membrillera la situación de la vivienda rural española. El esfuerzo por describir el «verdadero estado sanitario de España», permitió tomar conciencia de un hecho: las viviendas rurales españolas no cumplían los requisitos mínimos de habitabilidad. Esta conclusión se pudo formular después de un importante esfuerzo de recopilación de datos, porque, si escasos eran los datos demográficos, más lo eran los relativos a saneamiento, infraestructuras y condiciones sanitarias de las viviendas rurales. Estas eran las condiciones, a pesar de que en la Reglamentación de la Inspección de Sanidad del Campo, se prescribía el estudio de las viviendas agrícolas y obreras del campo 34. A pesar de estas limitaciones, las obras analizadas, no se ciñen únicamente a la valoración del interior de la morada y sus dependencias. Amplían su vi----enfermedades evitables (1922). Sin embargo, la pandemia de gripe de 1918-19 fue, en palabras de la autora, «un serio revés a la arrogante Medicina de la época», que no pudo abordar el problema desde los principios de la Bacteriología, y que además, puso de relieve la precariedad de las instituciones sanitarias y sociales de nuestro país». sión e incorporan el análisis de una serie de elementos -emplazamiento, aireación, estado de calles y caminos, etc.-, que por extensión, también debían ser tenidos en cuenta por incidir de forma directa en la salud de sus moradores 35. En general, las condiciones de las viviendas rurales eran muy deficientes. Sin embargo, parece que había algunas diferencias por regiones. No era lo mismo vivir en un pueblo del litoral, con un clima benigno, y probablemente, con mayor acceso a las escasas medidas higiénicas del momento, que en una pequeña aldea aislada del interior del país, en las que ni siquiera se usaba la cal para el blanqueo de fachadas, -lo que procuraba una imagen de mayor limpieza-, y en las que la higiene general, tanto de personas como de enseres, era mas deficiente 36. Mejorar las condiciones de la vivienda era mejorar la salud de sus habitantes. En las condiciones descritas, las casas de los campesinos, no sólo no protegían a sus moradores contra los riesgos sanitarios, sino que eran fuente de enfermedad y muerte. Se vincula de forma repetida vivienda insalubre y enfermedad, algo que había estado presente a lo largo del siglo XIX 37, pero que toma especial relevancia en la España del cambio de siglo. La acción higiénica, recaía en el saneamiento del medio, entendido este último desde un punto de vista físico y social, y la vivienda puede considerarse como el principal exponente de esta concepción, al depender su configuración y condiciones tanto de cuestiones físicas como sociales. Era preciso cambiar el modelo y para ello los autores esbozan una propuesta de vivienda rural higiénica: ---- 35 Esta idea no es exclusiva de G. de Membrillera. En el trabajo de BERNABEU-MESTRE J. (2006), «Medio urbano y salud en el proceso de modernización: los trabajos de la Academia de Higiene de Cataluña, 1892-1922». En BEASCOECHEA, J.M., GONZÁLEZ, M. y NOVO, P.A. (eds), La ciudad contemporánea, espacio y sociedad, Bilbao, Universidad del País Vasco, 183-200, p. 193, al analizar los resultados de una encuesta sobre el estado sanitario de Cataluña (1903-1906), realizada por la Academia, se identificaban entre las causas de insalubridad de las viviendas, las causas exteriores, que fueron clasificadas como «envolventes» o «de sustentación». De hecho, esta concepción, no se aleja en exceso del concepto actual de vivienda, que amplía sus límites hasta el entorno próximo del individuo. La palabra vivienda se extiende a todo cuanto haya en las cercanías, es decir paseos, caminos, calles, espacios abiertos, centros sanitarios, escuelas o servicios sociales de la vecindad. ( Los problemas relacionados con el ciclo del agua Las deficiencias relacionadas con el uso del agua fueron uno de los elementos que más claramente se relacionaron con los problemas de salud. Los trabajos que estamos analizando hacen especial hincapié en esta cuestión, como veremos a continuación. Antes de ello, vale la pena mencionar dos interesantes iniciativas que, en este mismo periodo, analizaron la relación entre insalubridad, enfermedad y condiciones del agua. Por un lado, el estudio llevado a cabo por la Academia de Higiene de Cataluña, que utilizó datos recogidos a través de una encuesta, ya citada en párrafos anteriores, y que situaba las deficiencias relacionadas con el ciclo del agua entre los principales determinantes de salud de los catalanes 39. La segunda de las iniciativas, algo anterior en el tiempo, la llevó a cabo la Sociedad Internacional de Aguas Potables, fundada a raíz del Congreso Internacional de Higiene de Paris (1878) y que tuvo una adscripción colectiva de los médicos andaluces reunidos en el II Congreso Regional de Ciencias Médicas celebrado en Cádiz en 1879. Desde esta sociedad, y para iniciar su labor en nuestro país, se remitió una encuesta a todos los médicos españoles sobre la situación del agua potable en su jurisdicción y su relación con las epidemias o enfermedades de la localidad 40. El tema del agua, por tanto, se situaba entre las principales preocupaciones de los higienistas. De hecho, en esta encuesta, que tenia el objetivo de aproximarse al estado sanitario de Cataluña, y que solicitaba información a todos los médicos titulares, se hacia especial énfasis en esta cuestión. Tanto es así, que la recogida de información, que se clasificaba en ocho apartados, reservaba de forma exclusiva uno de ellos a las cuestiones relacionadas con el agua. Además, cuando se analizaron los resultados, los autores atribuyeron a la ausencia de alcantarillado (en el 70% de los municipios) y a la escasez e impureza del agua potable (en el 49%), las causas de morbilidad y mortalidad, 40 En el trabajo de RODRÍGUEZ OCAÑA (1996), p. 201-203, se especifica que la encuesta constaba de cinco preguntas sobre las fuentes de agua, su depósito y posible contaminación, así como con su relación con las enfermedades de la zona. Según Rodríguez Ocaña, «los resultados de esta encuesta sobre aguas no han sido referidos ni comentados en ningún texto conocido, por lo que lo más probable es que careciera de contestaciones suficientes». dades infecciosas 41, y a pesar de ello pocos esfuerzos se hacían para mejorar la situación en España. La Ley de Aguas vigente en este periodo, reguladora de los abastecimientos en calidad y cantidad, era la del 13 de Junio de 1879, anticuada en comparación con otros países europeos, e insuficiente para mejorar la situación 42. Las deficiencias de la Ley se podían resumir, según Antuñano, en dos cuestiones. Por un lado, no reflejaba el espíritu moderno de la legislación vigente en los demás países, al no incluir los conocimientos mas actualizados del origen hídrico de las enfermedades, así como el de los progresos y necesidades industriales. Por otro, y en relación a cuestiones más prácticas, cifraba en 20 litros por habitante y día la cantidad agua potable que debían proveer los abastecimientos públicos, cifra claramente insuficiente para las necesidades del momento: «dadas nuestras actuales costumbres y necesidades, no parece que debe ser exagerada la cifra de 50 litros por día y habitante en la mayoría de poblaciones menores de 10000 almas, y de 100 litros en adelante para las restantes» 43. Pero además del aumento de la cantidad, era indispensable proteger todo el sistema de abastecimiento con una buena conducción que asegurara unas condiciones de calidad mínimas. Muchas de las aguas se filtraban y perdían en el trayecto y otras se contaminaban sin remedio. De esta forma era difícil que el agua reuniera las tres condiciones que se consideraban básicas para su consumo: potabilidad, suficiencia y pureza. Las dos primeras no eran un problema, pues se disponía de aguas procedentes de manantiales, potables y sufi----- 41 No obstante, «por si acaso se dudara de ello», MUÑOZ (1921), p. 195, ilustraba su escrito con datos procedentes de la campaña alemana contra la fiebre tifoidea, y resaltaba que de 5889 casos de enfermedad, el contagio por agua se había producido en 399, ocupando el segundo lugar en motivo de contagio, tras el contagio directo. 42 La gestión del suministro de aguas y su vigilancia, así como la evacuación de aguas residuales fue, durante la segunda mitad del S. XIX y principios del S. XX, una responsabilidad municipal. PERDIGUERO, E. (1997), «Problemas de salud e higiene en el ámbito local». Para poder establecer una comparación, recordaremos que la OMS recomienda en la actualidad que la cantidad suministrada no sea inferior a 90 l/habitante/día para poblaciones rurales, 125 l/habitante/día para poblaciones menores de 500000 habitantes y 250 l/habitante/día para poblaciones de más de 500000 habitantes. ESPI-GARES M, MORENO O, FERNÁNDEZ-CREUET M. (2001), «Aspectos sanitarios del agua». En PIÉDROLA, G. Medicina Preventiva y Salud Pública. En realidad, el problema se centraba en la «pureza», es decir en su contaminación, lo que señalaba a los deficientes sistemas de conducción, escasamente protegidos y en ocasiones ausentes, como la causa de la misma. España contaba con suficientes recursos naturales, pero la dejadez y falta de protección por parte del Estado, hacia que estos recursos se «impurificaran del modo más lastimoso» 44. El 27 de Marzo de 1914, se promulgó un Real Decreto, que consignaba créditos para auxiliar a los abastecimientos de aguas potables de las pequeñas poblaciones. Aquella iniciativa no resolvía el problema con la amplitud que requería. Era necesario remediar la situación a través de reformas legislativas de mayor peso 45. La insalubridad ambiental como origen de la enfermedad: paludismo y anquilostomiasis en el mundo rural 2.4.1. Paludismo El paludismo ha estado desde la antigüedad vinculado al mundo rural. El descubrimiento del plasmodio por Alphonse Laveran se produjo en 1880, pero no fue hasta 1902, cuando se dispuso de la información adecuada para iniciar la acción sanitaria de lucha contra la enfermedad. En España, la campaña antipalúdica 46, que se inició con cierto retraso en relación con otros países, puede considerarse como el origen de la sanidad rural. La primera acción sanitaria antipalúdica fue la realizada en Río Tinto, por Ian McDonald, que consiguió, entre 1903 y 1907, que los episodios de paludismo dejaran de presentarse. Pero, probablemente, la contribución más relevante fue la de Gustavo Pittaluga quien, desde algunos de los cargos que desempeño en ----44 MUÑOZ (1921), p. 203 46 Sobre el estudio histórico del proceso de lucha contra el paludismo en la España del siglo XX, resulta fundamental la consulta del trabajo de RODRÍGUEZ, E.; BALLESTER, R.; PERDIGUERO-GIL, E., MEDINA, R. y MOLERO, J. ( 2003), La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX. Resulta de interés para el trabajo que nos ocupa señalar que, según los autores, el estudio del paludismo, supuso un replanteamiento del papel del medio ambiente en la génesis de la enfermedad, que adoptó un sentido más biológico. Paralelamente, también se vinculó a la teoría telúrica al defender la presencia necesaria de determinadas condiciones ambientales, el denominado «ambiente palúdico». la Sanidad oficial, orientó y estructuró las investigaciones científicas y los programas de actuación frente a la enfermedad en nuestro país 47. Ambos autores, junto a Pi i Sunyer y Gabriel Carrió, son citados por Muñoz Antuñano como «los que primeramente se ocuparon en España de la cuestión» 48. En relación con los datos sobre paludismo en España, Antuñano recogía en su trabajo parte de un informe que en 1918 emitió el Ministerio de Fomento, concretamente la Inspección para el Saneamiento del Campo, y que formaba parte del Inventario del Paludismo, publicado anualmente por aquel organismo. Los datos, que incluían una valoración económica del problema, dibujaban una situación, cuando menos, preocupante: Aparte de estas reflexiones, en las obras analizadas también se aporta un repaso actualizado de los mecanismos fisiopatológicos de la enfermedad, así como de la forma de transmisión. Se describe la situación de la enfermedad en otros países -Italia 53, Grecia, EEUU, Egipto (Canal de Suez)-, así como las estrategias utilizadas para prevenirla. Básicamente, estas estrategias se enmarcaban en dos grandes líneas de actuación. Por un lado, la destrucción del mosquito y sus larvas y, por otro, la protección de las personas frente a las picaduras. Para la destrucción del mosquito y sus larvas, se plantearon medidas como el uso de cepos y cajas, la combustión de sustancias químicas, o la intervención biológica a través de especies piscícolas como los barbos y tencas 54. La protección de las personas se basaba en medidas como el uso de caretas, mosquiteros, guantes, telas metálicas en puertas y ventanas, o plantaciones de eucaliptos, que al tiempo que protegían al crear una barrera natural, contribuían a desecar el terreno. El paludismo, como enfermedad infecciosa vinculada al medio ambiente, suponía un importante riesgo para la salud de todas las personas que desarro-----50 MUÑOZ (1921), p.157. 53 La descripción de la acción antipalúdica italiana es extensa y detallada. Italia había llevado a cabo una intervención a gran escala, que incluyó la protección de las viviendas, desecación de terrenos e introducción de agricultura intensiva y tratamiento gratuito con quinina, RODRÍGUEZ OCAÑA; BALLESTER; PERDIGUERO-GIL, MEDINA; MOLERO (2003), p. llaban su vida en el mundo rural. Sin embargo, la idea de que existían grupos de mayor vulnerabilidad a la enfermedad se encuentra presente en las reflexiones de ambos autores. A modo de ejemplo, y en relación al caso de Río Tinto, mencionaremos como G. de Membrillera y Muñoz Antuñano consideraron diferente el riesgo de contraer la enfermedad entre hombres, niños y mujeres, por ser estas últimas un grupo cuyas actividades estaban más vinculadas al uso del agua: «En la comarca de Río Tinto hay un pueblo en el que solamente las mujeres y los niños pequeños se afectaban de paludismo; y tras de muchas investigaciones, el Doctor MacDonald pudo averiguar que el vivero de anofeles estaba en un pozo, a la distancia de un kilómetro de la población, al que iban a surtirse de agua potable; y, claro es, las encargadas de estos menesteres, que a veces llevaban consigo a sus niños, eran las mujeres; y esta era la razón de que únicamente ellas [...] eran las afectadas» 55. La anquilostomiasis, también conocida como anemia de los mineros, anemia de los países cálidos o enfermedad de los túneles, fue, junto al paludismo, una de las enfermedades infecciosas más frecuentes en el mundo rural de finales del XIX y principios del XX 56. En términos generales, esta patología se caracteriza por la presencia de un parásito animal, el anquilostoma duodenalis, que al alojarse en el duodeno, genera anemia severa, fiebre y alteraciones digestivas. Parte del ciclo reproductor del parásito tiene lugar en el exterior del organismo, por lo que las condiciones del entorno del individuo son muy relevantes. La anquilostomiasis tuvo una gran prevalencia en los países calidos y de clima tropical. En Egipto, la India colonial, Guinea, Sudamérica o Ceilán fue considerada, en las primeras décadas del siglo XX, un problema endémico, relacionado con la actividad agrícola y con las condiciones climatológicas 57. 56 Sobre la anquilostomiasis en España en este periodo ver, RODRÍGUEZ, E; MENÉNDEZ, A. (2006). «Higiene contra la anemia de los mineros. Hasta 1920 las campañas contra la enfermedad se centraron en los territorios coloniales de Gran Bretaña, fruto de la colaboración entre la Fundación Rockefeller y la Oficina Colonial Británica. A partir de entonces, y hasta 1930, la campaña se amplió a territorios de Sudamérica y Centroamérica, con resultados irregulares. En España, la enfermedad también estuvo muy relacionada con el trabajo en las minas, lo que no significa que fuera considerada un problema ajeno al mundo rural 58. En 1915, el número de trabajadores en el sector minero, según el Boletín de la Inspección General de Minería, era de 106.206 obreros entre hombres, mujeres y niños 59. Las condiciones a que se veían sometidos estos trabajadores, caracterizadas por largas jornadas laborales, escasas medidas de seguridad y frecuentes accidentes, hicieron que sus tasas de mortalidad fueran muy elevadas 60. Además, las condiciones ambientales de las minas, con elevados niveles de temperatura, de humedad, falta de ventilación y escasas medidas higiénicas, fueron el caldo de cultivo para el desarrollo del ciclo vital del parásito y la infección de los trabajadores, que a través de pequeñas erosiones, adquirían la enfermedad. El hecho de que el parásito precisara de estas condiciones ambientales para su desarrollo, justifica que se incluyera entre los problemas de salud evitables. Si se llevaban a cabo las oportunas medidas de saneamiento y protección de los trabajadores, se podría evitar el contagio y la epidemia posterior. Las primeras medidas organizadas de lucha contra la enfermedad vinieron de la mano de la ya mencionada Inspección de Sanidad del Campo que, en 1910, abordó el estudio y la campaña destinada a evitar y extinguir la ende-----(2004) To cast out disease. En España, la intervención de la Fundación Rockefeller en la lucha contra la enfermedad se centró en el escaso periodo de tiempo comprendido entre diciembre de 1924 y junio de 1926. Además, únicamente consistió en la elaboración por parte de Charles A. Bayley, médico de la Fundación, de un estudio epidemiológico sobre el terreno. En realidad este trabajo estaba encubriendo, como objetivo confidencial, el estudio de la situación general de la sanidad española para así evaluar el alcance de las futuras intervenciones de la Fundación en el país. RODRIGUEZ-OCAÑA, E. (2005) Salud Pública en España. Ciencia, profesión y política, siglos XVIII-XX. Granada, Universidad de Granada, p. 58 «Fuera de la mina, el minero es un obrero rural en gran número de casos, y, en este sentido, todo cuanto decimos acerca del campo y de las viviendas rurales, en especial de las colonias agrícolas, les corresponde a éstos del modo más exacto». El problema de la anquilostomiasis relacionada con la actividad agrícola en España se describe en DARRIBA, A.R. y CÁNOVAS, M.A., Sobre anquilostomiasis en la huerta de Murcia, Madrid, Publicaciones oficiales de la CPIS. También en el texto de HERNÁNDEZ-PACHECO, D. (1927), La anquilostomiasis en la huerta de Murcia. Boletín Técnico de la Dirección General de Sanidad. 60 En el XIV Congreso de Higiene y Demografía celebrado en Madrid en 1898, Ricardo Gómez de Figueroa, médico de las minas de Almadén, aportaba una cifra de mortalidad del 16 por 100 [sic]. Según la Real Orden de 14 de Julio de 1911, la primera estrategia fue la elaboración de una encuesta, que se envío a las compañías mineras y en la que se obtuvieron 100 cuestionarios debidamente cumplimentados. Según esta encuesta y salvando las deficiencias y sesgos metodológicos, la enfermedad no era endémica en las minas españolas, salvo en la región de Andalucía, sobre todo en Linares, La Carolina y en algunas zonas de Almería 62. Esta información, que fue confirmada tras la visita de D. Bonifacio de la Cuadra, Inspector de Sanidad del Campo en la región, permitió que se dictara una nueva disposición el 3 de Enero de 1912. A partir de esta nueva disposición, se generó un importante conflicto entre los trabajadores y las compañías mineras, que desplazó el foco de atención de lo sanitario a lo laboral. El problema de los trabajadores surgió porque, entre las recomendaciones higiénicas, se incluyó la prohibición de bajar a las galerías a los obreros infectados por la enfermedad 63. Esta medida, dada la magnitud de la infección, suponía una situación de paro forzoso entre los obreros. Los conflictos de orden público generados por esta situación, desplazaron las reivindicaciones hacia la necesidad de conseguir que la anquilostomiasis se considerara accidente del trabajo imputable a las Compañías Mineras, y se relegó a un segundo plano la extinción de la endemia. Además, los responsa-----61 Hubo algunas iniciativas científicas previas de carácter individual por parte de médicos interesados en la cuestión. En el año 1882, el Dr. Rodríguez Méndez publicó un trabajo sobre el tema en La Clínica de Zaragoza, para llamar la atención sobre el asunto a las Compañías Mineras y a los Poderes Públicos. D. Bonifacio de la Cuadra, médico de Úbeda y posteriormente inspector regional de Sanidad del Campo de Andalucía oriental, escribió una comunicación a la Real Academia de la Medicina de Madrid, comunicando un caso de anquilostomiasis en un ingeniero de minas, con el fin de animar a la institución a emprender una campaña de lucha contra de la enfermedad. También el Dr. Codina, los Srs. González y el Dr. Larra Cerezo, publicaron diversos artículos y folletos sobre el asunto [MUÑOZ (1921), p.91-92]. 63 La Disposición se resumía en seis apartados: «1o Que se remitan por las Compañías y Sociedades mineras los cuestionarios informados. 2o Que por los Inspectores de Sanidad del Campo se practique un reconocimiento técnico de las minas y se propongan las medidas más oportunas para su saneamiento. Que las Compañías no admitan un nuevo obrero sin el previo reconocimiento de sus heces. 4o Que se prohíba bajar a los obreros infectados por anquilostomiasis a la mina, para lo cual deben antes sufrir un reconocimiento del médico que deben tener las minas, según lo que dispone el artículo 23 de Policía minera. 5o Que las Compañías saneen y desinfecten las galerías y pozos infectados. 6o Prohibición de defecar en la mina y de que permanezcan en ella descalzos los mineros, y que se establezcan en las minas lavabos, retretes, guardarropas, y que existan retretes portátiles en su interior» [MUÑOZ (1921), p.95-96]. bles de las Compañías no aplicaron la legislación convenientemente, lo que fue agravando el conflicto. Los obreros, tras amenazas de paros y huelgas, iniciaron acciones individuales por vía judicial, lo que forzó una nueva Real Orden (R.O. de 9 de Agosto de 1916), que reiteraba la de 1912, e incorporaba la necesidad de habilitar laboratorios, para auxiliar la labor de los médicos de las minas y de los Inspectores de Sanidad 64. En 1921, las reales Ordenes todavía no habían tenido el cumplimiento debido, pues seguían existiendo en los hospitales de Madrid, casos de mineros con anquilostomiasis procedentes de la zona minera de la Carolina 65. La salud de la infancia en el mundo rural En 1904, se aprobaba en España, promovida por Manuel Tolosa Latour, la Ley de Protección a la Infancia. Esta norma, a pesar de que tuvo un alcance limitado y diversos autores así lo han puesto de manifiesto 66, supuso una mejora frente al marco regulador anterior y logró la movilización de la sociedad española frente al problema de la infancia. Según su modelo de organización, junto a la creación del Consejo Superior de Protección a la Infancia en el Ministerio de Gobernación, se crearon también las Juntas Provinciales y las Juntas locales, lo que podía haber supuesto una mejora en el mundo rural. Sin embargo, tanto la falta de una financiación oficial estable 67, como el hecho de que las prioridades del momento se situaran en el mundo urbano, impidieron que su alcance fuera mayor. De hecho, en los primeros informes sobre infancia de las Juntas Provinciales, el ámbito rural, no sólo no se incluye entre las prioridades de actuación, sino que, dentro de la idealización de la vida en el ---- campo y del mundo campesino68, es visto como una solución para los niños abandonados, viciosos o delincuentes69. Sin embargo, la vida de los niños en el campo, lejos de ser idílica, estaba sometida a las mismas condiciones de vida y de trabajo -en el mundo rural el trabajo infantil se consideraba una ayuda familiar indispensable-que sufrían los adultos, con el agravante añadido de la mayor vulnerabilidad de los menores70. Las enfermedades infecciosas de la infancia, la explotación laboral de niños y niñas, el analfabetismo y la situación de las escuelas, o «la ignorancia sanitaria y los prejuicios antihigiénicos» 71 de las familias, eran algunos de los principales problemas que requerían una solución sin demora. Superar las enfermedades contagiosas de la niñez suponía un margen de seguridad para sobrevivir a las duras condiciones de vida del campo. No era fácil ganar la batalla a enfermedades como el sarampión, la difteria, la meningitis o la gripe, pues la vida de estos niños, se hallaba repleta de importantes condicionantes que les hacia especialmente susceptibles a las infecciones. La miseria generalizada, las deficientes condiciones higiénicas de escuelas y talleres o el exceso de trabajo, colocaba a los niños en una situación de gran vulnerabilidad 72. No menos relevante eran las condiciones de trabajo que apuntábamos en párrafos anteriores, o si se prefiere, la explotación a que estaba sometida la ----población infantil. La legislación (Ley de 13 de Marzo de 1900) 73 regulaba las condiciones de trabajo de mujeres y niños; sin embargo, los contratos de servidumbre y la pobreza de las familias hacían muy difícil su cumplimiento. Así, numerosos niños y niñas, en plena etapa de desarrollo, trabajaban de pastores, sirviendo en casas ajenas, o en la recolección agrícola, lo que los sometía a esfuerzos superiores a su capacidad 74. Dedicar a los niños a estas labores implicaba sacarlos prematuramente de la escuela, contribuyendo a las altas cifras de analfabetismo 75. No obstante, asistir a la escuela tampoco era una garantía de salubridad. Las condiciones de la escuela no eran mejores que las de las viviendas: la mayoría de ellas estaban ubicadas junto a las cuadras o en los graneros, muchas no tenían ventanas, carecían de agua corriente y retretes, lo que contribuía a empeorar las condiciones de vida de la infancia en el mundo rural: «[...] 27 escuelas de la provincia de Málaga tienen el vertedero de las infantiles inmundicias en el patio o corral, junto a la clase; de 429 escuelas de otra provincia, 400 carecen de agua. La inmensa mayoría de las de España están sin retrete, y más vale así, si hubieran de tenerlo, como algunas de las que no nombro, que lo abrigan dentro de la misma aula [...]» 76 A MODO DE CONCLUSIÓN: ALGUNAS PROPUESTAS PARA RESOLVER EL PRO- BLEMA SANITARIO Los trabajos que hemos analizado son, a nuestro juicio, dos interesantes ejemplos de cómo se integraron a finales del S. XIX y primeros del XX, en torno a la Higiene, disciplinas tan diversas como la Ingeniería y la Medicina. Esta vertebración fue posible, no sólo por el interés de los profesionales por la deficiente situación de salud de la población, que requería una acción multidisciplinar, sino por el propio concepto de la Higiene, disciplina integradora y con amplia vocación de «ciencia de gobierno» 77 y cuya misión era resolver los problemas más complejos ---- de las sociedades. Frente a esta misión, y amparados por el carácter científico de sus propuestas, los higienistas se sintieron claramente legitimados, en un contexto en el que la irrupción del positivismo enmarcaba su labor. La Higiene se planteó como la solución a los problemas. Los higienistas a través de sus propuestas higiénico-morales se erigieron en expertos llamados a intervenir para lograr mejoras en las condiciones de vida de la población. Las intervenciones se articularon en dos grandes líneas de acción, por un lado, la educación -moralización de las personas, junto al saneamiento del medio, y por otro, la puesta en marcha de reformas legislativas y administrativas en el espacio público español. También fue relevante la consideración de la deficiente situación socioeconómica de la población, que en el caso del mundo rural, presentaba condicionantes distintos a los del mundo urbano, y requería, por tanto, adoptar una perspectiva diferente e intentar la puesta en marcha de planes específicos. Las dos vertientes fundamentales de la acción higiénica, la educación 78 -moralización de las clases populares-y el saneamiento del medio, estuvieron íntimamente ligados, aunque se ha podido identificar en los textos el diferente peso de cada una de ellas según el contexto. En el ámbito rural el saneamiento del medio se erige como el objetivo principal. La educación, pero sobre todo la moralización, era una cuestión más vinculada al mundo urbano. La degeneración social, manifestada en cuestiones como la prostitución, la miseria, las enfermedades de transmisión sexual, el alcoholismo, etc., era más propia de las ciudades, y era el elemento que, a juicio de los higienistas, más requerimientos de moralización estaba precisando. Los problemas del mundo rural, se vincularon más al medio. A los campesinos, aunque también se les atribuye su parte de culpa, se les ve más como victimas de su entorno, que como personas degeneradas e inmorales. La responsabilidad de las iniciativas legislativas y de planificación, por su parte, recaía en el Estado, quien debía dictar, ordenar y, en gran medida, ejecutar los planes de saneamiento nacional. Era preciso reorganizar los servicios sanitarios y el régimen administrativo español, ya que no permitía interrelacionar departamentos, direcciones o negociados, y mostraba graves incoherencias, al gastar importantes sumas de dinero en obras de ingeniería, que no estaban asociadas a objetivos sanitarios 79. ----78 Los Municipios podían colaborar en la consecución de estos objetivos educativos a través de acciones sanitarias como la concesión de premios en las escuelas a los alumnos que se distinguieran por su limpieza, o a los propietarios de los hogares más limpios e higiénicos [G. DE MEMBRILLERA (1921), p. 79 Para llevar a cabo tal reorganización se proponían como medidas prioritarias la creación de un Ministerio o Dirección de Sanidad y la puesta en marcha de una estadística sanita-Los condicionantes socioeconómicos de la población rural señalaban la necesidad de acciones globales que incidieran en las condiciones de vida de las personas. La reorganización de la propiedad de la tierra, la colonización interior como instrumento para lograr propiedades rústicas y huir de la esclavitud del arrendamiento, la mejora de los salarios o la reducción del gran abismo entre los muy ricos y los muy pobres, fueron medidas que se plantearon como necesarias 80. La vida en el medio rural, no por estar vinculada a la naturaleza, era una vida sana y repleta de beneficios. El entorno rural también podía ser insalubre y estaba vinculado a problemas sanitarios muy graves. La idea de que el mito de la salud rural estaba lejos de ser realidad se hace también patente en los textos de Membrillera y Muñoz Antuñano. 80 A todo esto, podía ayudar, en cierta medida, el fomento de instituciones agrarias de carácter económico y financiero, que bajo el nombre de Sindicatos Agrícolas o Cajas Rurales contribuyeran con créditos y ayudas a mejorar la situación económica de los labradores. Así, se frenaría la emigración rural y se favorecería la adquisición y el cultivo de las pequeñas propiedades [MUÑOZ (1921), p.
Conocí a Agustín Albarracín en Valencia en 1969 con motivo del Congreso de la Sociedad Española de Historia de la Medicina, que entonces se celebraba. Su amabilidad -y cercanía, a través de su amistad con mi primo Vicente Peset-me animó más tarde a pedirle una entrevista en Madrid, con motivo de un viaje de mi curso médico en su último año, para conocer el Instituto Arnau de Vilanova del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Creo recordar que me recibió un sábado, al menos el imponente edificio de Duque de Medinaceli estaba solitario, y, con su generosidad de siempre, me introdujo a través de laberínticos y vetustos pasillos a las polvorientas y desarregladas habitaciones en las que desde entonces colaboramos. Salvo unos importantes años en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, cuando a Pedro Laín se le concedió allí un Departamento, la labor de Albarracín se desarrolló en el viejo edificio del Centro de Estudios Históricos de la Junta para Ampliación de Estudios, en donde el Consejo fundó sus institutos, entre ellos el Arnau de Vilanova consagrado a la historia de la medicina y a la antropología médica. Nació Agustín Albarracín Teulón en 1922 en Cartagena, doctorándose en la Facultad de Medicina de Madrid, empezando así su larga relación con Pedro Laín Entralgo. Forjó su buen gusto literario en el estudio de la medicina en Lope de Vega, iniciando entonces una dilatada carrera como historiador de la medicina. Con gran vocación, ejerció su pasión por este saber a través del estudio del pasado, centrándose en el análisis de los grandes cambios de su disciplina y de su profesión. Su gran cultura le permitió variados puntos de vista, que oscilan entre la ciencia y el humanismo, siempre con rigor erudito, amena redacción y sabios criterios. Supo plantearse las grandes preguntas de la medicina y de la vida, respondiendo siempre con precisión y elegancia. Su trabajo se realizó por décadas en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, primero en el «Arnau» y, más tarde, en el Departamento de Historia de la Ciencia del Centro de Estudios Históricos, hoy Instituto de Historia. Fue Colaborador, Investigador y Profesor de Investigación, dirigiendo Instituto y Departamento. Durante su mandato, se convirtieron en un destacado centro de investigación en historia de la medicina y de las ciencias. Este mismo cuidado mostró en los muchos años en que estuvo al frente de la revista Asclepio, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En sus hombros descansó durante muchos años la revista, que desde la historia de la medicina y la antropología médica, se amplió a la historia de las ciencias. Su trabajo personal se orientó hacia la historia de las ideas médicas y hacia el pasado de las profesiones sanitarias. Sus estudios sobre el mundo clásico le permitieron señalar el proceso de formación de los saberes y las actividades médicas en los poemas homéricos, así el notable avance de la secularización que en ellos se produce. Es evidente que desde los escritos Sobre la medicina antigua, o bien Sobre la enfermedad sagrada, el sanador se esfuerza por explicar el curso natural de la enfermedad. Creyente en el sagrado poder de la naturaleza, la enfermedad sería una alteración de su camino. En los últimos cantos de la Odisea, cuando el vagabundo Ulises regresa a su hogar, la presencia de esos sanadores artesanales es señalada. Se preguntan los invitados a la fuerza si el extraño personaje sería un poeta, un cantor, un adivino, un artesano... Pero también puede ser «un médico de las dolencias», entre esos «que ejercen su profesión en el pueblo». Además, junto a los dioses médicos, aparecen oráculos y hechiceras, éstas capaces de emplear conjuros y drogas, así como soldados médicos, que curan las enfermedades de las armas. Se interesó también sobre el gran siglo médico y científico, el siglo XVII, en el que por fin se consigue alcanzar un saber moderno. Sus análisis sobre Thomas Sydenham o sobre William Harvey son preciosos, mostrando en ellos el nacimiento de la medicina moderna. En sus obras nos recuerda las diferencias y contrastes entre los dos médicos, uno al lado del revolucionario Cromwell, el otro fiel a su monarca Carlos I; uno cuidadoso clínico, observador del hombre enfermo, que supo describir y definir con precisión las especies morbosas, el otro fisiólogo racional y experimental que permitió el conocimiento definitivo de la circulación de la sangre. También establece una intere-sante comparación entre Miguel Serveto y William Harvey. La formación humanista y médica del aragonés, así como sus preocupaciones teológicas, lo convierten en una figura distante del médico real que fue el segundo, quien incluso en la República vivió en la tranquila riqueza familiar tan solo inquietado por sus recuerdos y sus perdidas fidelidades. En fin, su preocupación por el mundo contemporáneo le hizo centrarse en la figura de Santiago Ramón y Cajal, del que conoció con profundidad su figura y su obra. Con su amena escritura, fue capaz de presentarnos la difícil síntesis que en don Santiago suponían el hombre, el catedrático y el investigador. Resumiendo su vida, pedía el sabio aragonés ser recordado por tres méritos, su larga labor científica, su apasionado patriotismo y su respuesta a la opinión europea de que España, si bien había logrado importantes éxitos en arte y literatura, no había contribuido ni a la filosofía ni a la ciencia. Cuidadoso y elegante biógrafo, también supo insertar estas novedades en la magna historia de la formulación de la teoría celular. No olvidó, sin embargo, su interés por la profesión médica, aportando valiosos trabajos sobre los problemas de los títulos en medicina, así como sobre las luchas por la colegiación. También otras vías profesionales y científicas, como la homeopática, le interesaron. Maestro apasionado, estudioso entusiasta, supo convencer a muchas generaciones de alumnos en las dos Facultades de Medicina de Madrid de la importancia que el conocimiento de su pasado tenía para el ejercicio médico. Muchos licenciados se acercaron a él para completar sus estudios doctorales, siendo un director de tesis preocupado y minucioso. Fue siempre un animoso trabajador, siempre dispuesto a emprender retos nuevos. «Yo no concibo la existencia humana -escribió como resumen de su vida-sin la posibilidad de vivirla permanentemente a través de sucesivos retos». Uno de ellos, para el investigador, «es el de expresar por escrito, ofreciéndolo a la comunidad, el resultado de sus lecturas, indagaciones y reflexiones». Al encarar su postrer combate, armado «con el ordenador, amigo y enemigo a la vez de quien, como yo, lo maneja con poca pericia», «la dificultad estribaba en escoger el modo más idóneo de hacerlo, entre la divulgación y el academicismo, ofreciendo sencillez pero sin renunciar nunca al rigor universitario en que he desarrollado mi vida entera». En fin, en «conseguir que su lectura llegue a ser espuela o incitación, trampolín desde el que uno pueda lanzarse a nuevos horizontes, catapulta que, desde sus páginas, impulse a la fantasía a volar hacia campos nuevos y buscar mayor amplitud para el conocimiento». (Agustín Albarracín, Harvey, Nivola, Madrid, septiembre 2001, Introducción, 9-11) Médicos e historiadores lamentamos haber perdido un buen amigo, cuando supimos la noticia de la muerte de Agustín Albarracín el 26 de octubre de 2001. Con Agustín Albarracín y con Pedro Laín desaparece toda una época de la historia de la medicina en Madrid y, sobre todo, hemos perdido dos personas inteligentes y generosas, cultas y entusiastas, que supieron convertir la historia de la medicina en una disciplina científica de necesaria utilidad para médicos e historiadores. Sus trabajos eruditos y elegantes, pulidos y amenos, seguirán en nuestras bibliotecas por muchos años.
A partir de la idea del Envolvente en tanto sistemática del pensamiento, se intenta caracterizar una posible teoría jaspersiana del conocimiento de la enfermedad. Dicha teoría gira en torno a los siguientes puntos: 1) La existencia de dos modos de conocimiento del enfermar: el directo u objetivo (basado en la causalidad, la no contradicción y la univocidad del lenguaje); y el indirecto o inobjetivo (basado en la acausalidad, la antinomia y la polisemia del lenguaje). 2) El establecimiento de una articulación no sincrética entre ambos por intermedio de la Razón. y 3) La consideración del todo de la enfermedad como realidad velada, como realidad que se anuncia alternativamente en esos dos modos articulados y no superponibles de conocimiento, pero que -en su totalidad-no puede enunciarse objetivamente. Los distintos puntos de esta teoría se reconsideran, además, desde ciertas nociones de la actual teoría del conocimiento con el fin de conjeturar cuál podría ser la vigencia del pensamiento jaspersiano a finales del siglo XX. Kierkegaard, Dilthey, Weber, Nietzsche...) o desde la comparación con otros autores con preocupaciones similares (Marcel, Heidegger, Camus, Goldstein...). Este trabajo va a intentar complementar estas consideraciones ofreciendo una perspectiva no hacia atrás -por así decirlo-hacia los fundamentos, sino hacia delante, hacia la proyección actual de la reflexión jaspersiana. Se hará, por tanto, un especial hincapié, primero, en reflejar los aspectos de su teoría de la enfermedad que gozan de mayor grado de vigencia y, segundo, en ofrecer una forma de pensar en ellos desde un estilo de pensamiento actual. EL CONOCIMIENTO DIRECTO DE LA ENFERMEDAD Partiendo de la doctrina del Envolvente 4, puede considerarse que la enfermedad tiene en Jaspers una primera forma de acceso: la del conocimiento directo, objetivo o inmanente. En esta vía, la enfermedad puede ser considerada desde una serie de modos concebidos no como peldaños de una supuesta escalera de saber, sino más bien como distintas posibilidades en las que la enfermedad puede llegar a mostrarse 5. Estos modos son el del simple ser (Dasein), el de la consciencia en sí (Bewusstsein überhaupt) y el del espíritu (Geist). Desde el simple ser, la enfermedad tiene el carácter de amenaza contra la propia vida. Es vista como lo falso, lo que perjudica, limita, paraliza o vulnera. Y también como lo que impide la conservación y el desarrollo del existente 6. En: J.-M. PAUL (ed.), Le mal et la maladie, Nancy, Presses Universitaires de Nancy, 183-194; PRESAS, M.A. (1987), «Karl Jaspers y la enfermedad como experiencia del límite», Quirón, 18/2, 9-12; ENGELHARDT, D.v. (1987), «El médico y el paciente entre la ciencia y la humanidad en Karl Jaspers», Quirón, 18/2, 13-20; y GONZALEZ DE PABLO, A. (1987), La medicina en la obra de Karl Jaspers, Madrid, Ed. 4 El Envolvente es la clavis clavium del discurso de Jaspers. Es aquello de donde somos y que por ello nunca resulta abarcado. Es aquello que es siempre más extenso, por extensa que sea nuestra concepción del objeto de nuestro conocimiento. 5 A lo largo de la evolución del pensamiento jaspersiano se produjo una variación respecto de la forma de pensar los modos del Envolvente. En su Philosophie aparecían más bien como sucesivos peldaños de la escalera del ser. En Von der Wahrheit, con la doctrina del Envolvente ya perfilada, adquirieron su definitivo carácter de posibilidades o espacios simultáneos en los que el ser puede manifestarse. 6 «El simple ser (Dasein) concibe la verdad como lo conveniente (...) para su conservación y engrandecimiento (...) para su constante satisfacción». Sobre la concepción del Dasein, véase también: JASPERS, (1983), p. Desde la conciencia en sí, la enfermedad es una entidad cognoscible por las diversas perspectivas de las ciencias naturales, conceptualizable en función de una serie de evidencias lógicas y formalizada en nociones precisas, objetivas y universalmente válidas mediante la acción del pensamiento lógico (Verstand) 7. Desde el espíritu, por último, la enfermedad es una realidad dotada de una serie de significaciones interpretables en función de la compartición de una serie de ideas. Si la enfermedad en el modo anterior pertenecía al conocimiento de las ciencias de la naturaleza, aquí atañe al conocimiento de las ciencias del espíritu o ciencias humanas. Si la enfermedad en el modo anterior era tenida como un conocimiento científico universalmente válido, aquí el conocimiento científico (que da lugar a interpretaciones de la enfermedad) es sólo compartido -sólo se reconoce como tal-si se participa en los presupuestos de las distintas ciencias del hombre 8. En la consciencia en sí, el pensamiento lógico (Verstand) buscaba la explicar la enfermedad (erklären); en el espíritu, el pensamiento lógico intenta comprenderla (Verstehen). En resumen, tres nociones definen los tres modos complementarios del conocimiento objetivo de la enfermedad en el pensamiento jaspersiano: la inutilidad (lo vital), la evidencia (lo universal, lo científico-natural) y la convicción (lo compartido, lo científico-espiritual) 9. Por otro lado, y ahondando en la reflexión sobre la enfermedad dentro de la teoría del Envolvente, la expresión de estos tres modos en el hombre enfermo sólo se produce mediante la interrelación insoslayable de una serie de factores pertenecientes al yo del sujeto enfermo con otra serie de elementos pertencientes al no-yo (las entidades animadas o inananimadas que entran en conflicto vital con el hombre; las actitudes, opiniones y conocimientos de otros hombres que configuran el trato con la enfermedad; y el cúmulo de circunstancias que determinan la situación del sujeto, los cuales estarían dentro de lo que Jaspers denomina con el nombre genérico de mundo (Welt) 10. El hombre enfermo cognoscible objetivamente sería, desde esta perspectiva, el resultado de la conjunción en una manera peculiar (alterada en comparación con la que se lleva a cabo en el hombre sano) del yo con el no-yo 11. ----7 «Existe un reino válido de la verdad, si bien angosto, delimitado con precisión y es el reino de los conocimientos exactos para la consciencia en general (...) La consciencia en sí, espacio de las ciencias, es para nosotros al mismo tiempo el espacio en que se hacen claros los juicios». 8 «Como espíritu, la verdad no es universalmente válida (...) para la evidencia del pensamiento lógico. La verdad del espíritu se afirma mediante el pertenecer a una totalidad que se esclarece a sí misma y se limita». Sobre el espíritu, véase también: Saner, H. (1982), Karl Jaspers in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten, Reinbek, Rowohlt, p. 10 No hay que olvidar que, de la misma forma que para Kant, el mundo en Jaspers nunca deviene objeto. Conocemos lo que está en el mundo, pero no el mundo. 11 Esta noción tiene como substrato la idea, muy arraigada en el pensamiento jaspersiano, de un supuesto estado originario prelógico en el que el hombre habría formado una 'unidad' con los otros hombres En el contexto de la conjunción con el mundo se produce, desde la perspectiva jaspersiana, la articulación de esos tres modos o posiblidades del conocimiento directo, la cual se guía por dos criterios: el del equilibrio y el de la apertura. El equilibrio, basándose en el reconocimiento de límites en los respectivos ámbitos de su conocimiento, impide que cualquiera de estos modos se absolutice sobre los demás. La percepción de los límites de los diferentes modos es, según Jaspers, evidente por parte del observador cuando éste es consciente de la existencia de las distintas formas de aproximación directa a la enfermedad. Así, el aspecto vital de la enfermedad queda limitado -y protegido frente a una posible consideración excesiva-por la visión explicativa científiconatural; a su vez, ésta queda limitada y protegida por la aproximación comprensiva científico-espiritual; la cual también queda limitada y protegida de cualquier exceso espiritualista por la toma en cuenta del anclaje biológico de la enfermedad 12. Complementariamente con el de equilbrio, el criterio de apertura impide por su parte que los conocimientos de cada modo puedan ser tenidos por definitivos y fuerza a su permanente cuestionamiento y cercioramiento 13, dejando, además, franca la posibilidad de nuevas formas en el conocimiento directo de la enfermedad 14. * * * Para la actual teoría del conocimiento la enfermedad continúa manteniendo, claro es, un primer abordaje desde el conocimiento objetivo o directo. Desde esta vía se siguen distinguiendo varios niveles de la realidad de la enfermedad, que son, a la par, niveles de organización y de conocimiento. Atlan sugiere los siguientes: el físico, el químico, el biológico, el fisiológico, el psíquico, el linguístico y el social 15. En todo caso, desde la aproximación teórica no importa tanto, en resumidas cuentas, el número de estratos (que pueden resumirse en tres: el de las ciencias de la naturaleza, el de ---y con el mundo. Tras producirse la escisión entre el yo y el mundo, el hombre se esforzaría en vano por la recuperación de la perdida unidad. Tan sólo en determinados instantes supremos (la enfermedad vivida como experiencia del límite podría ser uno de ellos) esa unión se haría certidumbre y el hombre vería en su ser el reflejo de aquel ser originario ahora perdido. 12 En la carencia de límite de la aproximación comprensiva reside la crítica de Jaspers a Freud. Para aquél, éste habría llevado el psicoanálisis más allá de sus justos límites, convirtiéndolo en una pseudociencia natural. 14 Sobre la posibilidad, que Jaspers siempre dejó abierta, de nuevos modos del Envolvente en su conjunto y, por lo tanto, también en la inmanencia del Envolvente, véase: JASPERS, K. (1981), «Reply to my critics». Intercrítica de la ciencia y del mito, trad. esp., Barcelona, Tusquets, p. 52. las ciencias de la vida y el de las ciencias del hombre) como el reconocimiento de la necesidad de establecerlos y diferenciarlos. A partir del reconocimiento de esta necesidad, el problema epistemológico fundamental reside, como también supo ver Jaspers (que distinguía, como hemos visto, otros distintos), en la articulación de los diferentes niveles. Y esta articulación de la pluralidad se sigue rigiendo por los mismos principios que se observaban en el pensamiento de Jaspers: el de la apertura y el de la armonía. El principio de apertura llama a la toma en consideración de que, en el estudio científico de la vida y, por tanto, de la enfermedad, siempre pueden surgir nuevos niveles de conocimiento asociados a nuevas formas de observación, experimentación y teorización, es decir a nuevas disciplinas (el caso de la biología molecular situada entre la química y la biología, es uno de los más significativos 16 ). El principio de la armonía intenta, completivamente, que el conocimiento científico de la enfermedad no quede absolutizado por el predominio de un nivel sobre los demás. Lo cual se traduce en la consideración simultánea en su conceptulización científica de postulados materialistas y espiritualistas, sin que ello suponga que todo es reducible a leyes físico-químicas o que haya que volver, por alguna u otra vía, a referir la vida o la enfermedad a una suerte de espíritu o alma rectora añadida a la máquina corporal. La práctica reduccionista consiste en separar los constituyentes de un todo para buscar en las propiedades de aquéllos la explicación de las propiedades de éste. Como tal, en tanto analítica, es indispensable para la investigación científica. Pero sólo hasta cierto punto. Llevada al extremo, el reduccionismo materialista imposibilitaría ver el papel que pueden tener, por ejemplo, el deseo o la voluntad en la expresión de la enfermedad. La articulación armónica de los niveles de conocimiento de la enfermedad recoge la práctica reduccionista pero evitando su maximalización. La forma de hacerlo es la aplicación de lo que Atlan llama el «reducionismo débil» 17, basado en la distinción de Peacocke de dos jerarquías en los organismos vivos: la de los sistemas y procesos, por un lado, y la de las teorías y conceptos, por otro. Para Peacocke, y en esto consistiría en último término el «reduccionismo débil» de Atlan, sólo los procesos serían reducibles a niveles inferiores, mientras que las leyes y los conceptos no lo serían, esto es, no podrían derivarse de las de un nivel inferior. Así, ideas específicas de la biología, como adaptación, evolución, función, etc. no pueden ser traducidas en términos de física o de química, aunque los procesos biológicos que estas leyes engloban sí se puedan reducir a procesos físico-químicos 18. Así, por ejemplo, el estudio de ----la enfermedad a nivel biológico tiene en cuenta las leyes de la física y de la química, pero necesita además de información adicional; de la conjunción de esta información con las leyes de los campos más fundamentales se derivan leyes específicamente biológicas que delimitan el conocimiento a este nivel 19. La articulación armónica hace considerar, por tanto, el reduccionismo débil (de los procesos) en la enfermedad, pero evita el reduccionismo fuerte (de las leyes y conceptos). Además, complementariamente, la articulación armónica fuerza a tener presente los factores psicológicos del enfermar sin por ello caer en el extremo del espiritualismo, que haría a la enfermedad achacable a la afectación de un principio anímico rector añadido al cuerpo y con repercusiones sobre éste. Y, por el mismo razonamiento, como se verá, este criterio permite considerar los aspectos sociológicos sin caer en el sociologismo. La adecuada consideración de los factores psíquicos y rechazo del psicologismo o espiritualismo parten de la consideración del organismo humano como sistema autoorganizativo20 o, si se prefiere, como un sistema complejo adaptativo21, en donde se contempla que las propiedades específicas surgen -emergen-de la organización del sistema en diferentes niveles de integración. Las propiedades psíquicas emergerían, por tanto, del sistema humano -sano o enfermo-al alcanzar éste los niveles organizativos superiores. La idea de la autoorganización se ha ido elaborando desde los años sesenta a partir de la teoría de la información, de la termodinámica, de la cinética química y, más recientemente, merced a la teoría de la inteligencia artificial22. Esta teoría entiende al organismo viviente como una totalidad compleja estructurada jerárquicamente en distintos niveles de integración progresivamente complejos, los cuales se van alcanzando mediante la conversión en información de una serie de perturbaciones aleatorias del medio ambiente englobadas bajo el nombre genérico de ruido23. ----El ruido, aleatorio porque las causas de su aparición no tienen nada que ver con la cadena de fenómenos que ha constituido la historia del sistema hasta el momento de su intersección, si se encuentra con el sistema produce errores (modificaciones) en alguno de sus niveles. Si estos errores no acaban con el sistema, los elementos modificados a un nivel son integrados en el siguiente y en esta integración pierden su carácter de errores transformándose en información. La conversión del error a un nivel en información a otro superior se debe a que los errores integrados aumentan la variedad del nivel superior (que pasa a englobar entonces elementos inferiores modificados y no modificados), convirtiéndole en más complejo y capacitándole para interaccionar mejor con el ruido al situarle en un estado óptimo entre el orden total y el desorden absoluto 24. Así, por ejemplo, para la célula que resulta afectada por la acción de las perturbaciones aleatorias externas, el ruido es negativo; pero, para el órgano, este ruido celular puede ser positivo (si no mata a al célula), en tanto que puede aumentar el grado de variedad de sus actividades regulares 25. Mediante la integración de estos elementos erróneos convertidos en información se explica la aparición de nuevas propiedades a un nivel más global en relación con el nivel más elemental en donde estos elementos erróneos no estarían integrados. Aparecerían, así, como mantiene Atlan 26, propiedades (químicas) de las moléculas, nuevas respecto de las propiedades (físicas) de los átomos; propiedades (biológicas) de las células vivas, nuevas respecto de las propiedades de las moléculas; propiedades (fisiológicas) de los organismos, nuevas respecto de las propiedades celulares; propiedades (psicológicas) de la mente, nuevas respecto de las propiedades neurofisiológicas del sistema nervioso; propiedades (sociológicas) de los grupos humanos nuevas respecto de las propiedades de los individuos 27. En resumen: la idea de la autoorganización sostiene, en el marco del principio de la complejidad por el ruido, que, en los sistemas complejos, el orden (las distintas propiedades de los distintos niveles) emergería del dominio de azar (el ruido) por el azar (el estado entre el orden total y el desorden absoluto de los distintos niveles y del sistema en su conjunto). El orden además es pasajero, pues la organización es un proceso ininterrumpido de desorganizaciónreorganización, en tanto que el sistema puede generar ruido a partir de la información integrada, el cual puede volver a interactuar con el sistema y así indefinidamente 28. La autoorganización también puede servirnos para acercarnos a la comprensión de la enfermedad. O, dicho en palabras de Gell-Mann: «La ciencia de la biología es mucho más compleja que las leyes fundamentales de la física porque gran parte de las regularidades que se observan en la biología terrestre proceden tanto de sucesos casuales como de dichas leyes». GELL-MANN (1995) elementos de determinado nivel del sistema (las células, por seguir con el ejemplo anterior). Este error, si no acaba con el sistema, podría ser integrado a un nivel superior (orgánico, en este caso), pero la complejidad a que daría lugar a este nivel no sería la óptima entre el orden y el desorden, sino que conduciría a otra con un mayor grado de desorden del considerado óptimo, lo cual le haría menos apto para asimilar el ruido del medio. La salud y la enfermedad consisitirían así, si este punto de vista es válido, en el mismo proceso de destrucción-reconstrucción por el error. El error es en ambas situaciones un error, pero en un caso (en la enfermedad) se comportaría como una catástrofe y en otro (en la salud) como un milagro 29. * * * Recapitulando lo hasta ahora dicho, puede decirse que, a pesar de las diferencias en las perspectivas con que se contemplan, dos son los rasgos de la concepción del conocimiento objetivo de la enfermedad en el pensamiento de Jaspers que se siguen manteniendo en las delimitaciones actuales del conocimiento científico del enfermar: El reconocimiento de una serie de modos en dicho conocimiento inmanente, los cuales están interrelacionados de forma abierta (esto es, que pueden llegar a delimitarse otros nuevos) y armónica (evitando el predominio de unos sobre otros). En Jaspers los límites entre ellos se establecen de una forma subjetiva a partir del sentimiento de su evidencia por parte del observador 30. En la actual teoría del conocimiento, esos límites tienen una fundamentación más objetiva a través, entre otras nociones, del reduccionismo débil y de la idea de la autoorganización. El hincapié en la importancia que tiene lo externo en la conformación de los distintos modos de aproximación al conocimiento objetivo del enfermar. La variada y variable influencia del medio se presenta en Jaspers a través de la noción de mundo (en donde la figura del otro, del observador, tiene una especial significación). En el pensamiento actual, uno de los conceptos que mejor se adecúan para expresar esa configuración por lo externo es el ruido (su aleatoriedad y su función de desorganizador-reorganizador serían sus cualidades más significativas). 30 En relación con las posibles deficienicias de esta subjetividad, recuérdense las críticas a los límites del comprender (das Verstehen) hechas a su metodología psicopatológica, los cuales se suelen considerar excesivamente rigurosos debido, sobre todo, a la equiparación jaspersiana entre lo comprensible y lo comprendido. Entre la reciente bibliografía sobre la psicopatología de Jaspers, puede verse en relación con este punto: BASSLER, W. ( 1990), Psychiatrie des Elends oder das Elend der Psychiatrie. LA POSIBILIDAD DE OTRAS FORMAS DE CONOCIMIENTO La realidad de la enfermedad no se agota para Jaspers en su conocimiento directo o inmanente. Dicha limitación del conocimiento objetivo se fundamenta en una de las referencias básicas en su pensamiento, cual es la distinción kantiana entre el mundo de la apariencias causalmente determinado y el mundo inteligible y no causalmente determinado de la libertad 31. Partiendo de esta dicotomía, para Jaspers el ser empírico racional (en tanto simple ser, consciencia en sí y espíritu) no puede nunca abarcar la totalidad de las facetas del hombre, pues éste es también Existencia (Existenz) inobjetiva e inobjetivable. En sintonía con lo anterior, la enfermedad -aparte de un conocimiento causal dirigido a objetivarla como lo empíricamente nocivo (desde la simple existencia), como lo comprobable de forma universalmente válida (desde la consciencia en sí) y como lo comprensible dentro de unas convicciones comunes (desde el espíritu)-es susceptible también de una aproximación inobjetiva o indirecta (desde la enfermedad como llamada a la Existencia posible o Existenz), en la que se prima el conocimiento desde la libertad o, lo que es lo mismo, desde la paradoja 32. * * * La teoría del conocimiento, en sus diferentes tendencias, sigue manteniendo en la actualidad la posibilidad de otras formas de conocer la realidad distintas de las del pensamiento causal. Si en Jaspers esa eventualidad partía de la elaboración de la doctrina kantiana de las ideas, aquí se fundamenta en la indecidibilidad (no demostrabilidad) de la racionalidad de la realidad. Si la realidad fuera racional, el conocimiento racional sería la única forma de conocerla, pues la razón se basa en el principio lógico de la no contradicción: «no es el caso que A y no A» o «A no puede ser A y no A a la vez y bajo el mismo aspecto». Esta pretensión de exclusividad de la racionalidad sobre la realidad empezó a tambalearse para la filosofía de la ciencia a raíz de las conclusiones del lógico mate-----31 Entre la reciente bibliografía en relación con el débito kantiano del pensamiento de Jaspers, pueden verse: Walker, Ch. 32 La verdad en la dimensión de la Existencia no tiene ya ningún asidero estable: «Donde no me es dado ningún efecto verificable de una verdad pragmática, ninguna certeza experimentable del pensamiento lógico, ninguna oculta totalidad del espíritu, allí llego a la verdad en cuanto franqueo toda inmanencia del mundo». De entre ellas, las más relevante para lo que aquí se trata es la relativa a la indecidibilidad: dado un sistema de axiomas matemáticos, siempre habrá proposiciones indecidibles sobre la base de tales axiomas. O, en otros términos, hay proposiciones de las que, en principio, no puede demostrarse su verdad o falsedad 34. Pero previamente Wittgenstein, ya había abordado este problema. En su Tractatus (1922) había afirmado que al signo de la negación no le correspondía nada en la realidad. Esto es: que la negación no era simétrica de la afirmación, puesto que si bien la afirmación describía lo que existe, la negación respondía a la actuación de nuestro pensamiento sobre lo que existe 35. De donde resulta, como infiere Atlan 36, que cualquier proposición que tiene una negación en su enunciado («A no puede ser a la vez A y no A») es siempre el producto de una maniobra de nuestro pensamiento y no describe nunca la realidad tal y como es. Si esto es así, implicaría que el principio de no contradición no es real, con lo cual la realidad podría ser contradictoria. Pero al deducir esta consecuencia estamos empleando el principio de la no contradicción. Por consiguiente, el principio de la no contradicción no describe la realidad, pero la prueba de que no lo hace, al estar fundada en él, tampoco concierne a la realidad. Con lo cual, el que la realidad sea sólo racional es indecidible, pero esta indecidibilidad es también indecidible y la indecidibilidad de la indecidibilidad también lo es, y así ad nauseam. De donde se puede deducir que la realidad puede ser racional, pero también puede no serlo; el conocimiento científico, en tanto racional, puede conocer la realidad, pero el conocimiento paradójico también 37. De todo esto se desprende que el conocimiento de una realidad específica como pueda ser la de la enfermedad tiene dos accesos posibles: el racional (derivado del pensamiento lógico y causal), basado en el estudio de la enfermedad a partir del principio de la no contradicción, al cual y a sus niveles ya hemos dedicado las anteriores páginas; y el paradójico o arracional, para el cual el conocimiento de la enfermedad se ----33 La utilización del teorema de la indecidibilidad de Gödel no ha dejado de tener vigencia. Recientemente, Penrose se ha basado en él para demostrar que el entendimiento consciente no es computacional. PENROSE, R. (1996), Las sombras de la mente, trad. esp., Barcelona, Crítica. 35 «Pero es importante que los signos 'p' y 'no p' puedan decir lo mismo. Pues esto indica que nada corresponde en la realidad al signo 'no'. Que en una proposición entre una negación no es característico de su sentido (no no p = p). Las proposiciones 'p' y 'no p' tienen sentido opuesto pero les corresponde una y la misma realidad». 37 La vida cotidiana también nos da algunos ejemplos sobre los problemas que puede causar el atenimiento estricto, sin un cierto espíritu crítico, al principio de la no contradicción. PAULUS, J.A. (1994), Pienso, luego río, trad. esp., Madrid, Cátedra, pp. 27-29. realiza desde una experiencia sensible no conformada previamente por un esquema lógico que restringe su campo de posibilidades a lo no contradictorio. A diferencia de la irracionalidad, la arracionalidad sí usa el pensamiento lógico, pero a otro nivel distinto -más allá del explicar y del comprender-al empleado por la racionalidad. Las modos inmanente (causal y objetivo) y trascendente (no causal y no objetivo) de Jaspers siguen estando, así, presentes en la dicotomía racional/arracional. EL CONOCIMIENTO INDIRECTO DE LA ENFERMEDAD Por consiguiente, ya sea -como Jaspers-partiendo de Kant, ya sea de Wittgenstein, como la filosofía del conocimiento actual tiende a hacer, el hecho es que se reconoce la posibilidad de otro tipo de conocimiento de la realidad aparte del directo: el conocimiento indirecto o arracional. El lenguaje de este conocimiento indirecto, del conocimiento esclarecedor, tiene en Jaspers dos rasgos: su carácter simbólico o cifrado y su expresión paradójica o contradictoria 38. Busca, llevando al límite el lenguaje objetivo, del que no puede evitar servirse, pasar a su través hasta alcanzar un nivel simbólico, es decir, otro nivel de percepción distinto del habitual. Para ello, el lenguaje esclarecedor debe moverse en parejas de contradicciones lógicas (temporalidad-eternidad, soledad-comunicación, libertaddependencia... son algunas de las más recurridas). Con ellas se deshace lo que las afirmaciones establecen, sin limitarse a una simple negatividad. Con ellas además se utiliza lo explícito para hacer ver lo no-dicho, convirtiendo el lenguaje en símbolo o cifra (Chiffer o Chiffre) de lo que no puede decirse. El acercamiento a la enfermedad desde el símbolo y la paradoja fue en Jaspers inevitable. Jaspers fue un enfermo prácticamente durante toda su vida. A los 18 años se le diagnosticó un proceso pulmonar crónico y a partir de entonces la enfermedad y sus condicionantes formaron parte de su vida 39. Este trato permanente con ella quedó en parte recogido en su «Historia de la enfermedad» (Krankheitsgeschichte) (1938). En sus páginas Jaspers dejó testimonio de la constante inmersión en la paradoja que la vivencia de la enfermedad conlleva: «Puedo negar el ser enfermo, oponerme a ello como algo totalmente extraño (...) O puedo identificar la enfermedad conmigo mismo. El ser enfermo queda transformado en este segundo caso en un elemento constitutivo de mi esencia (...) Ambas posturas son, en su rigidez, falsas. Pero inevitablemente se tocan alguna vez esos extremos en la lucha por la aceptación de la ---- 38 En torno al lenguaje de lo que en este trabajo llamamos conocimento indirecto, véase el modo en que Jaspers concibe el esclarecimiento de la Existencia: JASPERS, K. (1973), Philosophie, 3 vols., 4o ed., Berlin, Springer, II, pp. 9-18. También puede consultarse: REMOLINA VARGAS, G. (1972), Karl Jaspers en el diálogo de la fe, Madrid, Gredos, pp. 94-96. Esta aceptación es, en definitiva, una tarea insoluble. No es posible en estado puro. Siempre hay algo que no casa. La finitud del hombre, su radical dependencia, se le hace al enfermo no sólo más consciente que al sano, sino también cualitativamente distinta. No puede abandonarse ni un sólo día a su simple existencia» 40. La paradoja fue, asimismo, el medio del que Jaspers se sirvió para adentrarse en la enfermedad en sus estudios patobiográficos 41. En ellos se parte de la noción nietzscheana del hombre como animal no consolidado 42. Esta no consolidación supone la posibilidad de la perfectibilidad, pero se acompaña siempre de la presencia de la fragilidad (Gebrochenheit). La enfermedad acrecienta la fragilidad del hombre, pero paradójicamente al hacerlo le abre la vía a otra forma de perfectibilidad. La enfermedad experimenta desde esta perspectiva una transvaloración (Umwertung): sano es aquello que conduce a hacer realidad la potencialidad del hombre; la enfermedad, si conduce a una actualización de estas potencias, como en el caso de Hölderlin y Van Gogh, se transforma en un síntoma de salud. Contrariamente, todo lo que impide esa realización -y la enfermedad también puede llevar a este resultadopasa a ser considerado como lo verdaderamente enfermo 43. A partir de su visión desde la paradoja y la contradicción, la enfermedad puede ser percibida de otra forma distinta de la objetiva y causal. Experimenta, así, su conversión en cifra (Chifferwerden), quedando transmutada en un objeto transcendente no cognoscible sino tan sólo esclarecible. En tanto símbolo, la enfermedad se apropia en Jaspers del perfil de situación límite (Grenzsituation) o situación inmodificable en la que el hombre, cuando la vive conscientemente, choca con los límites básicos de su ser, adquiriendo conciencia de la incertidumbre y de las limitaciones de su vida 44. La enfermedad-símbolo, como experiencia del límite, deviene trasunto, cifra, de la posible Existencia: «experimentar situaciones límite y existir (Existieren) es la misma cosa» 45. Se transmuta así en la vía para el fugaz atisbo del sí mismo, ese núcleo no objetivable de la interioridad de cada ----40 JASPERS, K. (1967), «Krankheitsgeschichte». 41 En estas patografías, Jaspers se preocupó especialmente por averiguar cuál podría la relación entre enfermedad y creación genial. 43 Las semejanzas entre esta consideración de la enfermedad y la noción de gran salud (grosse Gesundheit) del superhombre (Übermensch) de Nietzsche son bastante claras. 44 Las situaciones límite «no cambian, sólo se modifican en apariencia (...) son como un muro ante el que chocamos, ante el cual fracasamos. No podemos cambiarlas, sólo esclarecerlas, sin poder explicarlas o deducirlas a partir de algún otro». cual, en donde se consigue el impulso para el repensamiento de sí y su culminación en nuevas actitudes y realizaciones, que en determinadas personalidades -como las de Hölderlin, Van Gogh, el mismo Nietzsche-pueden alcanzar incluso la genialidad 46. Por último, no se puede olvidar que en el pensamiento de Jaspers la fugitiva vivencia de la enfermedad como experiencia del límite, estrictamente íntima y singular, y el consiguiente entreverse como sí mismo auténticamente personal, como posible Existencia, sólo puede alcanzarse -de nuevo la paradoja-en interrelación con lo que no es uno mismo. De igual forma que, en la consideración inmanente de la enfermedad, los distintos niveles objetivos sólo alcanzaban su configuración mediante la interrelación del sujeto enfermo con lo que Jaspers llama el mundo, en la consideración trascendente de la enfermedad también se necesita inevitablemente de lo otro. La vivencia de la enfermedad como símbolo de la Existencia sólo puede darse en comunicación con el otro y en función de la Trascendencia (Traszendenz) 47. Esta Trascendencia no está en Jaspers personalizada en un Dios, como sucede en el caso de Kierkegaard 48, sino que es siempre inobjetiva. Es la imagen, la cifra, de lo que siendo lo radicalmente otro (das schlechthin Andere), nos configura inevitablemente 49. * * * La constatación de que la racionalidad y la no racionalidad de lo real son ambas opciones legítimas pero indecidibles, ha forzado a un creciente número de teóricos del conocimiento a la denuncia, primero, de las ilusiones de la ciencia, y, segundo, a la toma en consideración (por diversos fines: búsqueda de fuentes de ideas, constatación de los límites del actuar científico, conocimiento de las carencias de la ciencia...) de formas de conocimiento indirecto que asuman el pensamiento antinómico 50. No es extraño, por tanto, que haya prendido en la comunidad científica una actitud que Gell-Mann ha calificado con el nombre de «odiseica» -por conjuntar lo que ----46 Jaspers se refirió a la Existencia en una de sus últimas obras con las siguientes palabras: «El fundamento del ser-sí-mismo, la oscuridad desde la que yo salgo a mi encuentro, esto por lo que yo me produzco a mí mismo libremente, por lo que me soy regalado...Pero este fundamento, esta libertad, esto por lo que puedo ser yo-mismo, y en comunicación con otro sí-mismo hacerme verdaderamente yomismo, lo denominamos posible Existencia». 47 «La Existencia es el ser-mismo que se refiere a sí mismo y, por tanto a la Trascendencia mediante la que se sabe producida y en la que se funda». 49 «sólo hay Existencia...cuando está referida a otra Existencia y a la Trascendencia, ante la cual, como lo radicalmente otro, adquiere conciencia de no ser sólo a través de sí mismo». Se aboga aquí por la necesidad de establecer un «promiscuo pluralismo» entre los diversos modos de conocimiento que coloque los abordajes científicos dentro de sus justos límites. Nietzsche denominaba la mentalidad «apolínea» o racional y la «dionisíaca» o irracional-que combina la preferencia lógica, la aproximación analítica y el peso de la evidencia apolíneos con la inclinación por la intuición, la síntesis y la pasión dionisíacos 51. El proceder «odiseico» pone a dialogar en la práctica científica las explicaciones causales y racionales de la ciencia y sus representaciones lógicas con lo que podría llamarse, aplicando la terminología postulada por Goodman, repesentaciones simbólicas, es decir, reconstrucciones subjetivas de la realidad desde las perspectivas de la filosofía, la mística o el arte, principalmente 52. Al elaborar estas reconstrucciones simbólicas, se vuelven a pensar los objetos sometidos previamente a reconstrucciones lógicas desde esos otros pliegues perceptivos filosóficos, místicos o artísticos. El proceso seguido consistiría en deconstruir interiormente, primero, el objeto de que se trate (la enfermedad en nuestro caso) y realizar, a continuación, una síntesis abstractiva personal de los elementos esenciales del mismo, informándolos en una nueva unidad global que permita ver lo representado bajo una luz distinta de la que habitualmente tiene para él en su práctica cotidiana 53. Tanto en la deconstrucción como en la síntesis abstractiva de las representaciones simbólicas las paradojas de contradicción (A es A y no A) y de incompletitud (A no es A ni no A) juegan un papel importante. La representación simbólica permite, por ejemplo, llegar a inteligir, a través de la lectura de Jaspers, cómo la enfermedad puede devenir situación límite (inteligir no consiste en seguir los pasos de un razonamiento lógico-causal hasta alcanzar el resultado de su entendimiento, sino en -empleando la terminología jaspersiana-sentir esa idea integrada en nuestro pensamiento como si nos hubiera sido dado como un regalo). Pero sin olvidar que estas representaciones son además precisamente eso: representaciones, es decir, no son reproducciones fotográficas, sino nuevas visiones más o menos fieles al modelo del que parten (en este caso, la idea jaspersiana de la situación límite como llamada a la Existencia) en las que siempre hay resonancias distintas de las del pensamiento originario. Si los modelos se multiplican (es decir, si se toman en consideración otras diferentes aproximaciones al significado de la enfermedad) y el grado de infidelidad a los mismos sobrepasa un cierto límite, la reconstrucción simbólica pasa a ser una verdadera creación novedosa, pudiendo emerger con ella una nueva forma de consideración simbólica de la enfermedad 54. 53 Estos pasos son, básicamente, los señalados por Goodman para la creación artística. Moulines, por su parte, sostiene que son los mismos que se deben llevar a cabo en la elaboración de metateorías. MOULINES, C.U. (1990), «La metaciencia como arte». En: H. HAKEN; D.R. HOFSTADLER; B. MANDEL-BROT et al., Sobre la imaginación científica, Barcelona, Tusquets, 39-62; p. 54 Debe tenerse en cuenta que el proceso de elaboración de representaciones lógicas en ciencia es similar al que se acaba de describir para la producción de representaciones simbólicas. Las diferencias entre uno y otro residen en que en las lógicas: a) las deconstrucciones y reconstrucciones se basan en la La elaboración de representaciones simbólicas también puede trazarse, desde la idea de la información a partir del ruido, como un proceso de emergencia del orden mediante el dominio del azar por el azar 55. Desde esta perspectiva, una serie de sucesos (las ideas de los distintos modelos de que hablábamos arriba -p. ej., el jaspersiano-, pero también sonidos, imágenes, recuerdos, imaginaciones, sueños...), reunidos aleatoriamente sin ningún orden aparente y formando un torbellino indescriptible (el ruido), van acumulándose en el sujeto produciendo un creciente desorden. En un momento dado, azarosamente, el pensamiento alcanza un estado de desorden óptimo que le permite descubrir, mediante las deconstrucciones y reconstrucciones de esos sucesos desde la antinomia, relaciones coherentes entre ellos (coherentes en un nivel de percepción en el que las significaciones son distintas del estado perceptivo normal). Estas relaciones hacen que el ruido pase a ser información y aparezca -emerja-de ella un estructura perceptible, un orden: la representación simbólica. Orden que se transforma de nuevo acto seguido en ruido susceptible de actuar en otros lugares (otros niveles del pensamiento, otros sujetos...) 56. No hay que olvidar que el fenómeno de la aparición del orden desde el desorden en la observación científica de la naturaleza, tal y como se describía más arriba cuando se hablaba del conocimiento directo, es un proceso distinto del que se produce en ---no contradicción y b) su expresión busca la unicidad del sentido y la precisión del contenido; en las simbólicas en cambio: a) las deconstrucciones y reconstrucciones no excluyen la contradicción y la incompletitud y b) su expresión busca la multiplicidad del sentido y la ambigüedad del contenido. 55 Sobre la transformación del ruido en información en el pensamiento simbólico, véase: SPERBER D. (1988), El simbolismo en general, trad. esp., Madrid, Anthropos, p. Sobre la autoorganización a nivel cerebral, véase: KELSO, J. A. S; HAKEN, H. (1995), «New laws to be expected in the organism: synergetics of brain and behaviour». 56 Las representaciones simbólicas cuando alcanzan determinado grado de calidad (de infidelidad a los modelos que forman parte de las ideas contenidas en el ruido), se transforman en creaciones. La creación artística es también, pues, un proceso de elaboración de representaciones simbólicas. Testimonio de ello son las siguientes palabras del poeta José Hierro en respuesta a la pregunta sobre su técnica creativa: «Mi técnica consiste en partir de una serie de datos confusos, almacenados día tras día [el ruido]. Apelo a ello en varios momentos. El conjunto se va aclarando, sedimentando [formación del desorden óptimo del pensamiento], y acaba cristalizando en un poema [orden por el dominio del azar por el azar]». Cit. según: Hierro, J. (1991), El libro de las alucinaciones, ed. de D. CAÑAS, 2o ed., Madrid, Cátedra, p. La forma en que se produce la creación ha sido una de las preocupaciones que más se ha reflejado en la obra poética de Hierro. La siguiente estrofa del poema titulado «Alucinación en Salamanca» da cuenta de dicha inquietud: «Quién sabe qué decían / las olas de esta piedra [el ruido]. / Quién sabe lo que hubiera / -antesdicho esta piedra / si yo hubiera acertado la palabra precisa / que pudo descuajarla del futuro. Cuál era /ayer-esa palabra / nunca dicha. Cuál es / esa palabra de hoy / que ha sido pronunciada [la variabildad del desorden óptimo del pensamiento], / que ha ardido al pronunciarla [el orden momentáneo, el poema], / y que ha sido perdida definitivamente [la conversión del orden en ruido]». Lo situado entre corchetes son, claro es, añadidos míos. la generación del pensamiento simbólico. En el primer caso se trata de experimentos de acontecimientos naturales de los organismos vivos interpretados desde teorías físicas y matemáticas; y, en el segundo, de experiencias en el orden del lenguaje y del pensamiento. Sin embargo, la expresión de orden desde el desorden pasa a designar procesos muy similares si en el primer caso nos trasladamos del nivel descriptivo al metadescriptivo, esto es, al de la descripción de la descripción, pues entonces pasamos a confrontar la aparición de representaciones lógicas con la de las representaciones simbólicas 57. Las diferencias consisten, me atrevería a decir que casi únicamente, en el empleo, por parte de las primeras, de parámetros lógico-causales y de un lenguaje unívoco y preciso; mientras que las segundas no descartan los parámetros antinómicos y buscan la polisemia del lenguaje 58. * * * Dos son, a tenor de lo dicho las páginas anteriores, los caracteres del conocimiento indirecto de la enfermedad en el pensamiento de Jaspers que se siguen distinguiendo en la noción de conocimiento arracional desarrollada por la reciente filosofía del conocimiento: Su delimitación simbólica y antinómica: que, en Jaspers, se concretaba en la idea de la enfermedad como trasunto de la Existencia en tanto situación límite y, en el pensamiento actual, se explicita a través de la noción de las representaciones simbólicas de la enfermedad. La consideración de que sólo se produce en tanto conjunción compleja con lo ajeno al hombre: con eso que Jaspers denominaba lo radicalmente otro (la Trascendencia) y que en el pensamiento actual ha pasado a analizarse desde nociones como las del desorden o del ruido. LA ARTICULACION DE LAS DOS FORMAS DE CONOCIMIENTO Dado que la realidad puede ser no contradictoria, pero también puede ser antinómica, es necesario que en la aprensión de una realidad determinada, como pueda ser la de la enfermedad, se realice una conjunción de las dos formas de conocimiento que encarnan dichas posibilidades: el directo, al que el conocimiento científico sirve de principal referente; y el indirecto, al que el saber de los campos filosófico, místico y artístico puede tomarse como representante. Los requisitos de la articulación Para Jaspers, la relación entre las dos formas de conocimiento de la enfermedad pasa, en primer lugar, por una precisa diferenciación de sus respectivos campos de actuación. El conocimiento indirecto se significaría sobre todo por una no separación entre lo conocido (la enfermedad, en el caso que nos ocupa) y el que conoce. En el conocimiento científico el que conoce está separado del objeto, en el indirecto el sí mismo del cognoscente debe estar en el objeto (la idea de la enfermedad como experiencia del límite sólo puede ser elucidada desde la identificación con el objeto, desde el sentir concitada la propia Existencia en la intelección de la enfermedad como situación límite) 59. No hay que perder de vista que para él lo verdaderamente importante no consistía tanto la colocación de los límites de la ciencia más acá o más allá, cuanto en el establecimiento mismo de una frontera nítida y definida entre el conocimiento directo y el indirecto 60. La ciencia no tiene limitaciones dentro del nivel intramundano (material), pero, para Jaspers, es imprescindible que permanezca recluido en este ámbito por constituir su límite esencial. Transponerlo equivaldría a intentar ofrecer sólo con la ciencia una imagen completa de la realidad como todo, lo cual daría lugar a una realidad falseada (en nuestro caso una noción de enfermedad falseada) y a una desvirtuación de la ciencia 61. La articulación de los modos de conocer (el científico, en tanto modelo de conocimiento directo; y el antinómico como prototipo del indirecto) y el consiguiente establecimiento de una neta frontera entre ellos sigue estando entre las preocupaciones epistemológicas actuales. Esta distinción entre el conocimiento directo y el indirecto de la realidad en general y, por tanto, también de la realidad específica de la enfermedad, tiende a hacerse en el pensamiento actual mediante el reconocimiento de esquemas causales (externos o explicativos e internos o interpretativos) en el primero y de esquemas acausales (iluminadores o, lo que es lo mismo, completamente explicativos) en el segundo. Los cuales se acompañan, como se dijo más arriba, de un uso de la razón (en tanto pensamiento lógico) apoyado en la no contradicción y de un lenguaje preciso, en el conocimiento directo; y de un uso de la razón (también en tanto pensamiento lógico, pero que usa la lógica a otro nivel) que no excluye la con-----59 JASPERS (1973), I, p. La preocupación por la nitidez de la línea fronteriza fue la causa de las polémicas de Jaspers con Husserl y con Rickert, notorios ejemplos, según la visión jaspersiana, del rechazable proceder de intentar convertir el pensamiento filosófico en ciencia. 126. tradicción (lo que denominábamos arracionalidad) y de un lenguaje ambiguo, en el conocimiento indirecto 62. Además, para la epistemología actual el conocimiento científico tiene unos objetivos distintos de los del conocimiento indirecto 63: la ciencia busca el dominio y transformación de la naturaleza, del hombre y de la sociedad; el conocimiento indirecto tiene como fin la explicación total, conseguir la más perfecta intelección de la naturaleza, del hombre y de la sociedad. En el caso concreto de la enfermedad, el conocimiento directo tendría por fin alcanzar la mayor operatividad sobre la enfermedad, esto es, tendría por objetivo la curación. El conocimiento indirecto buscaría conseguir, por su parte, la explicación total de la enfermedad, esto es, lograr su intelección de la forma más profunda posible. El estilo actual de pensamiento, por consiguiente, sigue sosteniendo la necesidad de unos claros límites entre las dos formas (la objetiva y la inobjetiva) de conocimiento, pero con dos diferencias con respecto a Jaspers: la mayor amplitud concedida al espacio científico y la mayor flexibilidad del límite 64. En la teoría de la ciencia actual tienen carácter científico muchas cosas que no cumplirían los criterios jaspersianos. Y, además, el límite entre ambos terrenos se contempla con una cierta ductilidad, pues se tiene en cuenta que, en su desarrollo, tanto el conocimiento directo como el indirecto intenten sobrepasar sus propios límites: la ciencia, con la formulación de teorías arriesgadas y, sobre todo, mediante el desarrollo de nuevos métodos de observación y de cálculo que permitan acceder a nuevos estratos de la realidad del enfermar hasta entonces pertenecientes al terreno de lo no conceptualizable; el conocimiento indirecto, a su vez, mediante ardides y sutilezas del lenguaje que le posibiliten arañar el terreno reservado a lo analítico y lo conceptual. * * * La articulación de los dos métodos del conocer necesita, para Jaspers, en segundo lugar, de una clarificación con respecto a sus respectivas carencias. Jaspers señala estas lagunas en los principios de su Philosophie. Allí afirma que el proceder científico garantizaría la veracidad (Richtigkeit) del conocimiento de la enfermedad, pero no la importancia (Wichtigkeit) de tales conocimientos 65. Con otros términos: la ciencia confiere validez, pero tan sólo en campos muy específicos de la enfermedad. Complementariamente, el conocimiento indirecto aclararía el valor (el sentido exis-----62 Para una comparación entre los distintos criterios que sirven en el momento actual para delimitar el ámbito de actuación de la ciencia, véase: WEINERT, F. (ed.) (1995), Laws of Nature. XLII. tencial, por ejemplo) de la enfermedad, pero no otorgaría ningún tipo de certidumbre respecto de la misma. Asimismo, las carencias de las dos formas de conocer la realidad de la enfermedad se siguen constatando en el pensamiento actual, aunque por caminos algo distintos de los seguidos por Jaspers. Con relación al conocimiento científico, las fallas se hacen radicar en dos circunstancias: en la fundamentación de la eficacia del conocimiento científico en la restricción del campo de acción a aquello a lo que el método científico puede aplicársele 66; y en la tendencia cada vez más acusada de la ciencia a basar su investigación en «artefactos», esto es, no en objetos surgidos de la naturaleza sino en objetos artificiales elaborados en el laboratorio 67. Por su parte, la carencia del conocimiento indirecto se lozalizaría en su propia expresión, ya que lo verdaderamente esencial de esta forma de conocimiento no puede ser dicho con palabras, pero éstas son indispensables para expresarlo (la expresión de la enfermedad como experiencia del límite nunca puede agotar lo que realmente es, únicamente esclarecerlo fugazmente). Por ello, su expresión no puede ser sino ambivalente y oblicua, realizándose en un continuo movimiento que va del descubrir al velar y, de ahí, de nuevo al descubrir 68. * * * Por último, la articulación de los modos de conocer necesita, según Jaspers, clarificar cuál puede ser la utilidad que cada uno de ellos tiene para el otro. El conocimiento indirecto puede suponer para el conocimiento científico de la enfermedad un acicate para la investigación, independientemente de cualquier motivo ligado a la utilidad o al provecho; una suerte, por tanto, de impulso incondicionado para el saber científico. Como impulsor -en tanto erweckende Philosophie (filosofía suscitadora)-el conocimiento indirecto también puede hacer surgir una serie de bosquejos generales en ----66 Atlan ejemplifica esta carencia muy gráficamente con el conocido chiste del borracho que ha perdido la llave de su casa y al preguntarle un amigo por qué, habiéndola perdido lejos de allí, se empeña en buscarla justamente debajo de ese farol, aquél responde que porque es el único sitio donde hay luz. 67 En el caso de la biología y de la medicina esta circunstancia, instaurada previamente en la física y en la química, ha empezado a manifestarse de forma espectacular en las recombinaciones genéticas. Mediante ellas, por primera vez, seres vivos utilizados en la investigación no son ya objetos naturales sino creados artificialmente por necesidades técnicas o industriales. Con respecto a la investigación de la ciencia sobre «artefactos», ya hace cierto tiempo que Bachelard llamó la atención sobre el contrasentido entre el carácter constructivista de la puesta en práctica del «nuevo espíritu científico» y la convicción por parte del investigador de que lo que estaba efectuando era con todo un proceso de explicación de lo real. Bachelard encontraba que precisamente en esta convicción, a pesar de ser sólo un producto de la psicología del sujeto, residía el impulso para la creación de ciencia. relación con la enfermedad, entendidos estos esbozos no como propuestas concretas a elegir sino como posibilidades abiertas alumbradoras de futuras hipótesis científicas69. Correspondientemente, el conocimiento científico de la enfermedad, al hacérsele evidente los límites que no puede traspasar (el conocimiento del hombre en tanto libertad incondicionada), indica al conocimiento indirecto, para Jaspers, su punto de partida 70. La clarificación de los recíprocos beneficios, es también uno de los requisitos de la correcta articulación de los modos de conocer para la actual teoría del conocimiento. Según Popper, ideas surgidas del conocimiento indirecto podrían transformarse, aunque de forma oblicua y oscura, en teorías científicas, en especial si éstas tienen un cierto grado de universalidad: «Para tener una imagen o modelo de esta evolución casi inductiva de la ciencia podemos representarnos las diversas ideas e hipótesis como partículas suspendidas en un fluido. La ciencia susceptible de contrastación es el precipitado de dichas partículas en el fondo del recipiente, donde se depositan en capas (de universalidad); el espesor del depósito crece con el número de capas, y cada capa nueva corresponde a una teoría más universal que las situadas debajo de ella. Como resultado de este proceso, es posible que el crecimiento de la ciencia llegue a alcanzar ideas que antes se encontraban flotando en regiones metafísicas más altas, con las que establece contacto y las hace asentarse. Tenemos ejemplos de estas ideas en el atomismo, en la idea de un «principio» físico -o elemento últimoúnico (del cual se derivan todos los demás), en la teoría del movimiento terrestre (al cual se opuso Bacon como ficticio), en la antiquísima teoría corpuscular de la luz, y en la teoría de la electricidad como fluido (que ha revivido en forma de hipótesis del gas de electrones de la conducción metálica). Todos estos conceptos e ideas metafísicas pueden haber ayudado, incluso en sus formas más primerizas, a ordenar la imagen del mundo que tiene el hombre, y, en algunos casos, han llevado a predicciones con éxito. Pero una idea de este tipo adquiere ciudadanía científica solamente cuando se la presenta en forma falsable: esto es, sólo cuando se ha hecho posible decidir entre empíricamente entre ella y otra teoría rival» 71. En el campo concreto de la medicina y la enfermedad, Fleck estudió, hace ya algún tiempo, cómo la pervivencia de la protoidea (Uridee) de la sangre corrupta de los sifilíticos, de carácter principalmente creencial y presente con diversas modificaciones a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, fue uno de los impulsos fundamentales, aunque siguiendo un camino oblicuo y oscuro, para el descubrimiento de la reacción de Wassermann 72. La conversión de ideas metafísicas o creenciales en hechos científicos y la reconstrucción del enreve-----sado camino que a veces se sigue en la génesis de esos hechos a partir de algún substrato creencial o metafísico, como pasó con la reacción de Wassermann, puede hacer reconocer el valor de las prácticas científicas en torno a la enfermedad por los resultados prácticos a que den lugar, sin que haga ninguna falta creer además en la verdad absoluta, por científica, de sus productos. Correspondientemente, el conocimiento científico, por el rigor de su proceder analítico y por su eficiencia en la reconstrucción de una realidad material mediante su descripción en un lenguaje universal, puede tener una influencia positiva en la consideración indirecta de la enfermedad, pues sirve de modelo para la ordenación, hasta donde es posible llevarla a cabo, de las experiencias sensibles en ideas expresables, sin que en este camino se pierda su sentido 73. Este influjo puede servir además para ayudar a contemplar la contradicción en la consideración de la enfermedad sin subterfugios, pero también sin desorientarse en ella, enriqueciéndose en el vaivén que va desde la contemplación de la antinomia a los intentos por reducirla. Los instrumentos de la articulación Cuál es, finalmente, el modo en que, según Jaspers, debe establecerse una articulación entre el conocimiento directo y el indirecto en relación con la enfermedad, que mantenga su diferenciación y, a partir de la constatación de sus carencias respectivas, posibilite su mutuo provecho? Si, siguiendo la línea directriz de este trabajo, respondemos a esta pregunta desde la idea del Envolvente, la respuesta es clara: sólo por medio de la Razón (Vernunft) se puede producir su conjunción sin caer en un sincretismo esterilizante 74. La Razón, en tanto principio vinculante de las formas de conocimiento de la enfermedad, quedaría definida por el desempeño de tres funciones: Primero, por su función dinámica, que haría ver las carencias de los dos modos de conocer. La Razón se mueve siempre de una a otra forma de conocimiento (entre la ----73 ATLAN (1991), p. 74 Hay que tener presente que en Jaspers hay una separación muy nítida entre el pensamiento lógico (Verstand) y la Razón (Vernunft). La función del pensamiento lógico permite el entendimiento objetivo, unívoco y no contradictorio. La Razón en Jaspers debe entenderse como el logos creador, el principio que nos permite vincular adecuadamente el pensamiento lógico con el pensamiento trascendente antinómico o arracionalidad (que también usa la lógica, pero a otro nivel). La Razón es lo que mueve siempre a criticar lo adquirido, lo arbitrario, lo dogmático, lo presupuesto. Se apropia para ello del pensamiento lógico, sin tener las limitaciones de éste. El pensamiento lógico fija, limita y objetiva lo sabido; la Razón abre, mueve, no se detiene en lo sabido. Pero la Razón no da ningún paso sin el pensamiento lógico. Teniendo esto en cuenta, Razón se escribirá aquí con mayúsculas cuando signifique dicho principio conector entre la racionalidad (la razón no contradictoria, el pensamiento lógico o Verstand) y la arracionalidad (la razón antinómica). autoridad del conocimiento objetivo de la enfermedad y la excepción de lo inteligido sobre ella por el conocimiento indirecto) 75. En esta fluctuación entre -usando los términos de Jaspers-la ley del día (Gesetz des Tages) y la pasión de la noche (Leidenschaft zur Nacht), la razón siempre se orienta hacia lo nuevo, hacia lo extraño (das Fremde). Por ella se removiliza todo lo asumido. Supone siempre posibilidad de incremento de saber, de apertura a nuevas formas de ver la enfermedad 76. Segundo, por su función diversificadora, que mantendría la neta diferenciación de las formas de conocimiento. La Razón garantiza la permanencia independiente de ambos modos de conocer la enfermedad, impidiendo que se hagan unos meros subordinados de los otros. Esta simultánea presencia posibilitada por la Razón no tiene el carácter de un mero agregado, sino el de un conflicto permanente debido a las coerción mutua 77. La razón es el aval de la autenticidad de estos conflictos 78. Y, tercero, por su función unificadora, que pondría de relieve el mutuo provecho de las dos vías del conocer. La Razón es la voluntad total de comunicación (der totale Kommunikationswille). Desea conservar no sólo todo lo que es, también todo lo que puede ser. Por ello posibilita la conexión de los modos de abordar la enfermedad para que ningún fragmento de saber se pierda 79. La Razón permite establecer, así, unidades o identidades entre diversos aspectos determinados de las dos formas de conocimiento, las cuales tienen siempre carácter de interinidad o provisionalidad (Vorläufiges), que pueden servir para abrir nuevas perspectivas en cada campo 80. Desde la Razón con esta triple función, puede pensarse el todo de la enfermedad, pero no en tanto realidad objetiva. La enfermedad como todo sería una realidad velada 81, que sólo podría desvelarse siguiendo dos caminos -el inmanente o directo y ----75 «La Razón se dirige hacia lo que le es extraño desde el punto de vista del pensamiento científico. Se vuelve -esperando la verdad-hacia la excepción y la autoridad. Tampoco se queda en ellas como si estuviera en la meta y permaneciera en la paz». 76 «la Razón (...) pone en movimiento lo que asume. Porque pregunta y se expresa, provoca inquietud. Por tanto, la Razón es la posibilidad, común a los surgimientos originarios, de desarrollarse, de abrirse, de devenir puros, de que se expresen y se pongan en relación». 77 «Los modos de los sentidos de la verdad no son un agregado sin relación. Están en conflicto ante las posibilidades de coerción mutua. Toda verdad se transforma en una falsedad cuando, en contra de su propia coherencia significativa, se hace dependiente de otra verdad y tolera que la viole». 78 «La Razón posibilita la autenticidad de los conflictos y las luchas que actúan en y entre los modos del Envolvente». 79 «La Razón es lo que ensambla en todas las situaciones para aproximarse a esta unidad. La razón desea anular lo que existe siempre en la dispersión de cosas entre sí indiferentes en el movimiento de una recíproca participación (...) Toda falta de relación debe cesar. 80 «La Razón es también, respecto de la exigente unidad, una interinidad que pertenece al ser temporal y que es forzada por él. Pero la Razón no puede encontrar la paz en ninguna interinidad aunque esta tenga un aspecto grandioso». 81 Algunas imágenes empleadas por Jaspers para esclarecer la idea del Envolvente, como por ejemplo la de que «el Envolvente nunca se presenta a sí mismo, pero todas las cosas se presentan en él», o la el trascendente o indirecto-articulados pero contrapuestos. Al ser caminos diferentes de los que tenemos experiencia de forma separada, la enfermedad sólo se desvelaría parcialmente con cada uno, en fragmentos alternativos no superponibles 82. * * * En la epistemología actual también encontramos instancias que, de forma similar a la razón jaspersiana, permiten relacionar los distintos modos de conocer la enfermedad, de tal forma que, sin dejar de percibir la diferencias entre ellos ni sus respectivos límites, hagan posible su mutuo aprovechamiento. Una de las nociones más estimulantes a este respecto es la del juego 83. El juego, en tanto instancia conectiva, permite aceptar diversos sistemas interpretativos de la enfermedad (el directo y el indirecto) sin entremezclar sus distintas reglas. El juego permitiría así mantener la racionalidad lógica o científica en la consideración del enfermar sin cerrar las puertas a otras formas diferentes de emplear la racionalidad en su conocimiento (esa «racionalidad» entre comillas o arracionalidad, que designaba la forma de pensar la enfermedad desde la antinomia) 84. ---de que «el Envolvente se anuncia en los objetos presentes y en el horizonte, pero nunca se deja captar como objeto», pueden ayudar a captar la idea que tendría la enfermedad en tanto todo. 82 La enfermedad como «realidad velada», aun con matices distintos, tiene cierta semejanza con el «principio de la puerta giratoria» (Drehtürprinzip) de Viktor von Weizsäcker. Según este principio, nuestra relación con el mundo posee un carácter circular que hace que todo lo que en un momento dado percibo en el mundo (o en el hombre enfermo) siguiendo un método de conocer me oculta todo lo que no veo en el mundo (o en el hombre enfermo) mediante este método, y que lo así hecho visible me queda a su vez oculto cuando, al seguir otro método de conocimiento del mundo (o del hombre enfermo), noto otras cosas que antes no percibía. Weizsäcker, uno de los fundadores de la medicina psicosomática en Alemania, aplicó este principio a la percepción de lo somático y de lo psíquico: la atención hacia lo somático impedirá percibir lo psíquico y la atención hacia lo psíquico vedaría la percepción de lo somático. El sentido de la enfermedad sólo podría ser obtenido integrando esos dos modelos en un cuadro clínico total. Para von Weizsäcker, la psique y el soma no eran dos realidades que interactuaban una sobre otra, sino formas en las que se muestra un fondo misterioso que se presenta al observador de forma alternante en cada una de ellas. Una introducción a a la antropología médica, trad. esp., Barcelona, L. Miracle, pp. 303-308. Una sucinta pero provechosa descripción de las ideas de von Weizsäcker se encuentra en: LAIN ENTRALGO, P. (1982), El diagnóstico médico. Las teorías de von Weizsäcker no sólo son aplicables al campo de la psicosomática, también tienen implicaciones para el análisis de la teoría del conocimiento y la teoría social. 83 Aplicamos en este punto a la articulación de los modos de conocer la enfermedad la noción -el juego-que a Atlan le sirve para la intercrítica entre la ciencia y el mito. La articulación de los modos del conocimiento de la enfermedad sería un juego abierto, pero no por ello desprovisto de reglas. Las reglas que lo harían practicable son fundamentalmente dos y ambas de orden negativo. Primera: que no se debe mezclar las reglas de los distintos juegos (las de los sistemas interpretativos de la enfermedad directos con las de los indirectos) 85. Y segunda: que la articulación por el juego no debe ser tenida como un conocimiento acabado, como una metateoría estable, sino como algo perteneciente al orden práctico y, por lo tanto, siempre modificable; es decir, que no hay que hacer del juego como instancia de conjunción un contenido de saber fijado, sino preservarlo como un actuar modificable y, por tanto, como una práctica siempre imperfecta y siempre mejorable 86. El juego, en tanto principio práctico de relación de las formas de aproximación a la enfermedad, mantendría las tres funciones que veíamos en la Razón jaspersiana: la dinámica, la diversificadora y la unificadora 87. El juego, en su función de dinamizador, permite pasar de un modo a otro en el conocimiento de la enfermedad y ver las carencias de cada uno (la fundamentación de su eficacia en la restricción del campo de actuación y el basamento de su investigación sobre «artefactos», por parte del directo; y la inexpresabilidad de lo esencial, por parte del indirecto). Mediante el juego pueden establecerse también los mutuos beneficios de la interrrelación de las dos formas de conocer (las ideas metafísicas como fuente de ideas científicas, el rigor analítico como referente de la expresión de las experiencias sensibles), ocasionando con ello la percepción de la unidad de la noción de enfermedad al proporcionar modos de adecuación entre lo abstracto (lo científico, lo teórico) y lo concreto (lo real, lo percibido). El juego, por último, al considerar las diferencias entre las vías de conocimiento de la enfermedad (la objetiva dedicada a la curación, la inobjetiva aplicada a la explicación aboluta), fuerza también a advertir que, en otras ocasiones, la distancia entre lo abstracto y lo concreto es muy grande y, con ello, evidencia la diversidad de la idea de enfermedad. Como desde la Razón, la enfermedad puede ser pensada como todo también desde el juego. El conocimiento de la enfermedad como todo aparecería aquí, con esa orientación exclusivamente práctica, como un metajuego (un juego de juegos) con unas metarreglas (negativas, como quedó dicho) mediante el cual juegos de distintas reglas (seguimiento de esquemas causales, uso de la razón apoyado en la no contradicción y un lenguaje unívoco, por parte del directo; y seguimiento de esquemas acausales, uso de una razón que no excluye la contradicción y un lenguaje polisémico, por parte del indirecto) se ponen en situación de jugar entre sí, sin caer en un ---- sincretismo falso que mezclaría cartas, fichas y tableros e impediría empezar a jugar 88. El conocimiento de la enfermedad como todo quedaría así anunciado en esos dos caminos de forma siempre parcial, pero no podría quedar enunciado de forma estable. En este sentido, la enfermedad en tanto todo podría considerarse como una «irrealidad real» o como un «fenómeno transicional» 89. El pensamiento jaspersiano en torno a la teoría del conocimiento de la enfermedad, bien que con otras formulaciones y conceptos, sigue teniendo, como se ha intentado mostrar en las páginas precedentes, vigencia en el pensamiento actual, especialmente en los siguientes puntos: La consideración de un conocimiento directo u objetivo de la enfermedad, el cual se estratifica en una serie de niveles de forma abierta (dejando franca la posibilidad a nuevos niveles) y armónica (impidiéndose la absolutización de unos sobre otros). En Jaspers los límites entre los niveles se establecen de una manera imprecisa y arbitraria a través de su presunta evidencia por parte del ----88 Ibidem, p. 89 La idea del conocimiento de la enfermedad en tanto todo como metajuego parte de las nociones de Fink en torno al juego como irrealidad (Unwircklichkeit) que nos permite, siquiera momentáneamente, liberarnos de la realidad. El hombre, cuando juega, no permanece, según Fink, dentro del limitado ámbito de su interioridad, sino que sale fuera de sí en éxtasis y esclarece el mundo desde la actitud lúdica. Esta actitud le pone ante todas las posibilidades a la vez (en ese éxtasis que posibilita acceder a la totalidad del mundo). La irrealidad -los símbolos irreales del mundo (irreale Weltsymbole)-hecha presente por el juego, se transformaría en mundo real restringiendo sus posibilidades. La enfermedad como metajuego sería así una «irrealidad real» que habría que concretizar, reduciendo sus posibilidades, hasta llegar a las diversas realidades concretas de cada campo de conocimiento. El conocimiento de la enfermedad como todo desde la idea de metajuego también sería comparable a lo que Winnicott llamaba «fenómenos transicionales» y «objetos transicionales» en sus trabajos sobre el desarrollo psíquico y el reconocimiento del «no-yo» en los niños de cuatro a doce meses. Con estos términos Winnicott designaba los fenómenos u objetos que no forman parte del cuerpo del niño (un puñado de lana, la punta de un edredón o de una sábana, una palabra, una melodía, una actitud, un objeto blando) pero que todavía no se reconocen del todo como pertenecientes a la realidad exterior. Los fenómenos y objetos transicionales suponen una especie de puente para el reconocimiento del mundo externo en el proceso del desarrolo psíquico y representan un estado intermedio entre la incapacidad del bebé para reconocer y aceptar la realidad y su creciente capacidad para hacerlo. Winnicott establece en estos fenómenos y objetos, además, la esencia de la ilusión, la cual se permite en el niño y que en la vida adulta es inherente al arte y a la religión, pero también a la locura cuando un adulto exige demasiado de la credulidad de los demás y los obliga a aceptar una ilusión que les es muy ajena. WINNICOTT, D.W. (1995), Realidad y juego, trad. esp., Barcelona, Gedisa, observador. En el pensamiento actual esos límites tienden a tener una fundamentación más objetiva, por ejemplo mediante las nociones del reduccionismo débil y de la autoorganización. La ineludibilidad de un segundo modo de conocimiento de la enfermedad: el conocimiento indirecto o inobjetivo, el cual, a diferencia del anterior, no excluye la antinomia. En Jaspers esta segunda modalidad se concretaba en la idea de la enfermedad como situación límite y, por tanto, como trasunto de la Existencia; en el pensamiento actual una de las formas más acabadas de expresión de este conocimiento viene dado por las representaciones simbólicas de la enfermedad. La diferenciación neta entre los dos modos de conocimiento de la enfermedad. En Jaspers, la distinción entre el conocimiento científico (como modelo del conocimiento objetivo) y el filosófico (en tanto modelo del indirecto) es sumamente estricta (el conocimiento científico vendría definido por el carácter metódico, la certidumbre evidente, la validez general y la universalidad). En el pensamiento actual la diferenciación, aun siendo reconocida como necesaria, tiene unos límites más flexibles y tiende a basarse en el carácter operativo del conocimiento objetivo (con su finalidad en la curación) y en el carácter explicativo total del conocimiento inobjetivo (con la finalidad de inteligir la enfermedad desde todos los ángulos posibles). La constatación de unas carencias insoslayables en cada una de las formas de conocimiento de la enfermedad. Para Jaspers el conocimiento directo garantizaba la rectitud del saber de la enfermedad, pero no su importancia; a su vez, el conocimiento indirecto aclaraba el valor (sentido) de la enfermedad, pero no otorgaba ningún tipo de certidumbre. Para el pensamiento actual las insuficiencias del conocimiento directo estriban sobre todo en que, de un lado, su eficacia se fundamenta en la restricción de su campo de actuación a aquello a lo que el método científico puede ser aplicado y, de otro, en la tendencia cada vez más acusada de la ciencia a basar su investigación en «artefactos» (creaciones de laboratorio no existentes en la naturaleza en cuanto tales). La carencia del conocimiento indirecto parte, para el pensamiento actual, en su propia expresión, ya que lo verdaderamente esencial de esta forma de conocimiento no puede ser dicho con palabras. La clarificación sobre los beneficios recíprocos que para ambas formas de conocer la enfermdad puede suponer su interrelación. Para Jaspers el conocimiento indirecto actuaba de suscitador de posibilidades para el directo; el directo señalaba, por su parte, al toparse con sus limitaciones, el punto de comienzo del indirecto. Para el pensamiento actual, las ganancias mutuas se muestran, de un lado, en la eventual transformación, siguiendo caminos oblicuos y oscuros, de ideas surgidas del conocimiento indirecto en teorías cientí-ficas con una cierta universalidad; y, de otro, en el influjo positivo que puede tener para la consideración indirecta de la enfermedad el rigor analítico del conocimiento directo, facilitando el paso de experiencias sensibles a ideas expresables y ayudando, de esta forma, a contemplar la contradicción de la enfermedad cara a cara y sin perderse en ella. La postulación de la necesidad de establecer una articulación entre las formas de conocimiento de la enfermedad sin caer en un sincretismo improductivo. Esta conjunción se llevaba a cabo en Jaspers por medio de la Razón; en el pensamiento actual una de las propuestas más estimulantes para realizar esta integración lo constituye la noción de juego, en tanto principio de pensamiento que permite conectar ámbitos de conocimiento dispares dejando de lado todo formalismo rígido, pero sin renunciar por ello a la seriedad del conocimiento. La consideración, finalmente, de que la enfermedad como todo se anuncia alternativamente y de manera parcial en esas dos formas de conocimiento, pero que en tanto tal no puede enunciarse como una doctrina estable y objetiva. Esta reflexión, que en Jaspers se expresaba a través de la idea de la enfermedad como realidad velada, se sigue encontrando en el pensamiento actual a través de la idea del conocimiento de la enfermedad como metajuego (como juego de juegos, como irrealidad real). * * * Teniendo ante la vista esta serie de concomitancias con el pensamiento actual, la teoría del conocimiento de la enfermedad que se deriva de la teoría jaspersiana del pensamiento o, si se quiere, del Envolvente, se muestra aquí en una de sus facetas más sutiles: la de la compaginación de explicitud y vagedad. Tiene una expresión clara y concisa que, sin embargo, no excluye la coexistencia con ciertas dosis de ambigüedad. En esta coexistencia radica, probablemente, su capacidad para evolucionar y la posibilidad de ser leído desde postulados actuales (que es, a la postre, lo que se ha intentado hacer aquí con su comparación con algunas recientes aportaciones de la teoría del conocimiento). * * * Por último, no puedo dejar de señalar expresamente el carácter de juego -en el sentido que Fink da al término-de esta elaboración de la teoría del conocimiento de la enfermedad a partir del pensamiento filosófico de Jaspers y su reconsideración desde algunas ideas de la actual teoría del conocimiento. Juego que ha buscado esclarecer algunas cuestiones teóricas sobre la enfermedad y, a su través, esclarecer algunas cuestiones del pensamiento jaspersiano y de la actual teoría del conocimiento, al forzarles a moverse en un terreno sugerente como es el de la enfermedad.
El primero opina que las medidas preventivas quedaron condicionadas a lo largo del tiempo por las repercusiones socioeconómicas de las mismas, es decir, la relación entre la medicina y la sociedad modeló la evolución de la epidemiología. Por el contrario, M. Pelling rechaza la influencia de la epidemiología por factores extracientíficos y afirma que el desarrollo y la práctica epidemiológica de una época se configuró, en el contexto inglés, a partir de los propios supuestos internos de la medicina del siglo XIX. Desde 1800 la fiebre amarilla comenzó a producir en la península ibérica episodios epidémicos. En el artículo se presentan y analizan las medidas que instauraron las diversas Juntas de Sanidad implicadas en el control del brote epidémico que afectó a la ciudad de Alicante en 1804. El estudio del caso alicantino ha permitido contextualizar dicho análisis en el marco de lo sucedido en otras localidades durante ésta y otras epidemias. Se constata la coexistencia de medidas tradicionales de prevención y de nuevas medidas. Las medidas administrativas y sanitarias se centraron en asegurar el aislamiento de la población afectada para evitar la extensión de la enfermedad y prolongarlo el mayor tiempo posible, como una garantía para las localidades vecinas. PALABRAS CLAVE: fiebre anarilla, política sanitaria, Alicante, siglo XIX. El miedo al contagio, y más concretamente a la importación de la fiebre amarilla, llevó a la ciudad de Alicante, al igual que otras, a adoptar medidas preventivas desde 1800 1. Muchas de estas precauciones se dirigían contra el contrabando, sobre todo de tabaco, al que se responsabilizaba a menudo de ser la causa del inicio de las epidemias. Se ejercía un riguroso control de los sectores más marginados socioeconómica y culturalmente ante la más ligera sospecha de cualquier enfermedad contagiosa2. Se incrementaron las precauciones en los puertos, intercambiándose la información relativa a la salud de mercancías, personas y equipajes de las embarcaciones por distintos conductos de unas ciudades portuarias a otras. Era general la orden de pasar por vinagre la correspondencia procedente de Andalucía, «en los propios términos que se executava en el tiempo de la desgraciada epidemia de Cádiz» 3. En este contexto, muchas de las medidas adoptadas estaban informadas por la medicina del momento. Sobre la influencia de la ciencia médica en la aplicación de medidas de carácter preventivo se han desarrollado algunas polémicas historiográficas. Destaca, en este sentido, la contraposición entre las tesis defendidas por Ackernecht y por Margaret Pelling 4, sobre las relaciones existentes entre la evolución de la epidemiología y de las teorías médicas y la influencia en la misma de diferentes factores socioeconómicos. En cualquier caso, parece evidente que la opinión médica adquirió una importancia creciente y asumió un papel cada vez mayor en la sociedad como asesora de las autoridades gubernativas en la elección de las medidas preventivas. En ocasiones parece que las autoridades de fuera del municipio hacen un uso ----arbitrario de determinadas prevenciones para ocultar otros intereses, como parece ocurrir con las fumigaciones obligadas por el gobierno central que debían realizarse como requisito previo para que un territorio fuera declarado sano tras una epidemia y poder reanudar sus actividades. Analizaremos las diferentes medidas sanitariopolíticas que se adoptaron en Alicante frente a la fiebre amarilla y las posibles razones que las justificaban5. Para entender la conmoción que causaban este tipo de enfermedades epidémicas en una población parece obligado resumir las condiciones físicas, sociales, económicas y asistenciales que reunía la ciudad. En 1803 Alicante se encontraba en expansión, con más casas extramuros. Al ser plaza fuerte, se hallaba protegida por murallas en cuyo interior las casas se extendían ⎯desde los puntos más altos hacia la parte baja⎯ formando calles muy estrechas 6. Una pequeña parte de la población habitaba intramuros mientras que la mayor densidad demográfica la alcanzaban las zonas extramuros 7. La localidad se dividía en seis zonas o cuarteles correspondientes al centro de la ciudad, barrio de Santa Cruz, barrio de San Roque, la Villavieja y el Raval Roig, el arrabal de San Antón y el de San Francisco 8. El barrio de San Antón era el que albergaba el mayor porcentaje de población, siendo uno de los más deprimidos, seguido por el de San Francisco, donde abundaban los almacenes de los comerciantes que traficaban a través del puerto. La escasez de viviendas, en relación con el número de ----habitantes, era padecida sobre todo por los más pobres. En 1803 se denunciaba: «...en muchas de las casas, por no permitirse la construcción, en virtud de órdenes reales, en los arrabales de afuera del muro se reducen a morar dos y más familias y en el casco de la ciudad se verifica lo mismo» 9. Las diferentes clases sociales ejercían un peso social y un poder decisorio diferente. La nobleza local, que fue muy importante durante todo el siglo XVIII, controlaba el poder político mediante el gobierno municipal. El grupo de los negociantes y mercaderes gozaba de claro predominio económico por la importancia del comercio marítimo para la ciudad 10. La mayoría de la población de Alicante disfrutaba de un nivel de ingresos muy bajo. Entre 1802 y 1804 una grave crisis agrícola y de subsistencias ⎯de la que no se libró nuestra ciudad⎯ asoló todo el país 11 afectando a los jornaleros, labradores y en general a todas las personas que trabajaban o dependían del jornal para subsistir 12. En ese período el trigo alcanzó elevados precios dificultando su adquisición por las clases menos pudientes 13. La actividad de Alicante ⎯eminentemente comercial⎯ con-----9 AMA. Describe la composición social y profesional, así como los niveles de renta de los habitantes de la ciudad de Alicante y el poder que ejercían en la misma.; Sobre la estructura profesional a principios del XIX, vid RAMOS HIDALGO, A. (1984), pp. 185-188, 243-245. En sesión de 24 de mayo de 1804, el síndico personero informaba de la escasez de trigo y aceite, pues los «tragineros» consideraban insuficiente el precio fijado y se retiraban sin hacer su plaza. Diversos documentos de la época hacen referencia al problema de la crisis agricola y de subsistencias entre ellos: AMA. Desde Agost el 31 de mayo de 1804 se informaba que apenas existían granos y que sus dueños los necesitaban para sostener a sus familias. Las cosechas próximas se consideraban perdidas por la escasez de aguas, semillas malas y «muchas nieblas». El 23 de marzo de 1804, Manuel Antonio Santisteban comunicaba al corregidor de Alicante que los comisarios y el procurador general de la Real Cabaña habían presentado denuncia al consejo, por sufrir en los viajes infinitas molestias y vejaciones debido a que los pueblos estaban sumidos en la mayor miseria. Les insultaban por la noche, robaban sus alimentos e incluso parte de los géneros que conducían. No se les dejaba apacentar en casi ningún pueblo y por ello pedían protección a los justicias. El Consejo Supremo, el 7 de octubre de 1803, ordenaba al corregidor de la ciudad de Alicante que promovieran obras públicas para emplear a los pobres, ya que «la falta de ocupación de los muchos trabajadores y jornaleros que la esterilidad del presente año ha de dexar abandonados a la miseria sin poder adquirir el sustento para sí y sus familias (...) Estas consideraciones (...) han convencido al consejo de la necesidad de tomar providencias eficaces y activas para el mantenimiento del pobre jornalero, en la temporada rigorosa del invierno, y prevenir el crimen, la hambre, las enfermedades y demás resultas perniciosas que de ello se originan». Cayetano de Urbina el 20 de octubre de 1803 se dirigía al corregidor de Alicante y le comunicaba que el consejo, enterado del «asombroso precio que han dicionó que el objetivo prioritario de la explotación agraria no fuera el abastecer a la población de los productos de primera necesidad, que se adquirían a través del tráfico portuario 14. Como consecuencia, la densidad demográfica de Alicante era mucho más elevada de lo que sus propios recursos podían permitir. La infraestructura higiénico-sanitaria a principios del siglo XIX, era por otra parte, muy deficiente. En los documentos consultados en el archivo municipal hay continuas referencias sobre su «deplorable estado», necesidad de policía sanitaria y diversas mejoras. La Real Cédula de 15 de mayo de 1788 ordenaba a los corregidores y alcaldes mayores que velasen por la limpieza de las calles, que se empedrasen las mismas, se procurase ensancharlas y se realizasen plazuelas cuando el derribo de las casas existentes lo permitiera. El aseo y la limpieza se consideraban la base de la salubridad 15. Los conductos de las aguas y de las inmundicias eran defectuosos. El abastecimiento de agua se realizaba desde el depósito de la Casa Blanca a la ciudad, a través de un conducto subterráneo que se hallaba muy deteriorado y que en algunos tramos se cruzaba con las «acequias de la inmundia», lo que había provocado en algunas ocasiones la mezcla de ambas 16. En las calles se acumulaban los animales muertos, andrajos, despojos de vasijas y otros desperdicios, que habitualmente eran retirados por los labradores que recogían el estiércol de la población 17. El matadero ⎯situado en la puerta de Elche en el centro de la ciudad⎯ originaba numerosas críticas. En julio de 1804 en una sesión del cabildo municipal se denunciaba el fuerte hedor que despedía, como una amenaza a la salud pública, y el peligro que constituía el traslado de las reses vacunas al mismo que ya había ocasionado algún accidente por lo que se proponía su traslado a otro lugar más a propósito 18. La cárcel se hallaba en el centro de la ciudad y en 1804 su alcaide temía que se originara alguna enfermedad al estar «embarazadísima», por haber incluido a los ---tomado los granos y a fin de concurrir con las providencias que se estimen correspondientes para contenerle», solicitaba noticias sobre las cantidades de granos de todas las especies que se recogieran en los pueblos durante el mes de septiembre de ese año 1803 y de los precios que se cobraban. En respuesta al interrogatorio sobre producciones nacionales del reino, se informaba que el pueblo de Alicante se abastecía de granos por el mar. Sesión del 2 de julio de 1804: se acordó pagar cincuenta pesos anuales a Gregorio Giner y su hijo para que retiraran de las calles de la ciudad los perros y animales muertos. Sesión del 18 de julio de 1804: en la ciudad siempre habían sido los labradores los encargados de recoger el estiércol, pero hacía unos años que lo hacían «distintas compañías de holgazanes robustos» en perjuicio de los labradores. Además, no retiraban los animales muertos, despojos de vasijas, ni otros desperdicios 18 AMA. presidiarios que se encargaban de las obras del muelle junto a los presos que habitualmente acogía 19. Otra de las infraestructuras que mostraba serias carencias en 1804 eran los cementerios 20. En la epidemia de peste que sufrió Alicante en 1648, se construyó una zanja para enterrar los cadáveres en uno de los bancales al oeste del monte Benacantil. El municipio y el propio clero eran conscientes de que los enterramientos en las iglesias no eran convenientes, pero continuaron realizándose. Tras la epidemia de fiebre amarilla de 1804, se proyectó la obra del cementerio que se construyó en el llano de San Blas. En 1803 la ciudad disponía entre sus recursos asistenciales de diez médicos ⎯tres de ellos titulares de la ciudad⎯, ocho cirujanos ⎯dos de ellos titulares⎯, ocho boticarios, tres albeitares21, sangradores y madrinas ⎯de las que al menos una era titular del ayuntamiento 22. Los médicos asalariados por el ayuntamiento tenían entre sus obligaciones asistir por turno al cuidado de los pobres enfermos de la ciudad, a los del Hospital de San Juan de Dios y a los enfermos de la cárcel 23. Intervenían en las inspecciones y controles sanitarios de las embarcaciones que arribaban al puerto con enfermos cuya dolencia ofrecía dudas al «morbero». El resto de los médicos atendía otras necesidades de la ciudad: el doctor Martorell tenía a su cargo la asistencia de las 800 mujeres empleadas en la Real Fábrica de Cigarros y visitaba a diario el arrabal de San Antón y el médico Lanuza atendía el Hospital Militar24, llamado también Hospital Real. El Hospital de San Juan de Dios mantenía un cierto número de camas para los pobres enfermos. Era asistido ⎯por turno de meses⎯ por los tres médicos y dos cirujanos titulares asalariados por la ciudad. El Hospital Militar acogía a los militares enfermos, pertenecientes al ejército o la armada, de todos los «achaques». La Casa de ----Misericordia 25 atendía con dificultades a los pobres, tanto hombres como mujeres, a los huérfanos y a los expósitos y en la Casa de Santa María Magdalena se albergaba a las mujeres presas. En 1803 las enfermedades más comunes eran las tercianas o fiebres intermitentes 26, siendo más benignas en la primavera que en el otoño. Afectaban, casi exclusivamente, a los habitantes pobres de los barrios, lo que se atribuía «a un régimen impropio en la vida» y no al influjo de la estación ni a otras causas. La ciudad de Alicante en 1804, reunía tal como acabamos de comprobar, multitud de deficiencias que la hacían especialmente vulnerable a la propagación de enfermedades de carácter epidémico. Hay que destacar también la propia pasividad de las autoridades ante este tipo de problemas que se atendían, por norma general, cuando un acontecimiento de carácter extraordinario, como las epidemias, afligía a la ciudad. En cuanto al entramado administrativo y político con el que la localidad tuvo que afrontar la epidemia de fiebre amarilla de 1804, Alicante era una ciudad de jurisdicción real y el gobernador, nombrado por el rey, era el justicia, la máxima autoridad y el corregidor de la municipalidad 27. Poseía la responsabilidad de los aspectos, militares, civiles y sanitarios de la población y ostentaba la presidencia de la Junta Municipal de Sanidad. El cabildo municipal regía la vida de la ciudad 28. Poseía ocho regidores de los que se designaban cada año dos comisarios de sanidad para encargarse del cuidado de la salud pública 29. Las Juntas Provinciales de Sanidad constituían un organismo intermedio en asuntos de salud y la ciudad dependía de Valencia, cuya presidencia ostentaba el capitán general del reino. La máxima autoridad recaía en la Junta Suprema de Sanidad que en 1804 era presidida por el conde de Montarco, gobernador del Consejo de Castilla 30. Las medidas que se adoptaban en las epidemias seguían, por tanto, una jerarquía cuyo máximo exponente era la Junta Suprema de ---- Sanidad, seguida de la Junta Provincial de Sanidad y la Junta Municipal de Sanidad. Las autoridades municipales eran las responsables, en última instancia, de ejecutar las medidas convenientes en caso de epidemia y de los múltiples gastos que ocasionaban, que el propio municipio se veía obligado a asumir. LAS MEDIDAS GENERALES CONTRA LA EPIDEMIA: AISLAMIENTO MEDIANTE COR- DONES SANITARIOS, PASAPORTES Y CUARENTENAS La declaración oficial del estado de epidemia requería el diagnóstico previo de la enfermedad, que debía ser aprobado por todos los médicos de la ciudad. La dificultad diagnóstica de la fiebre amarilla, que se presentó en 1804 por primera vez en Alicante, supuso un grave inconveniente. En contra del diagnóstico de una enfermedad epidémica ejercían presión los grupos con intereses económicos en la población, que a menudo coincidían con el poder local, puesto que las medidas adoptadas para controlarla ⎯fundamentalmente aislamientos⎯ paralizaban la vida comercial y laboral de la ciudad lo que provocaba numerosas pérdidas económicas y sumían en la miseria a gran parte de la población. Este último aspecto debía suponer para los médicos una gran responsabilidad puesto que si declaraban el estado de epidemia, sin tener la certeza absoluta, las medidas de aislamiento convertían en indigentes a gran parte de la población. Por ello, generalmente, una epidemia sólo se declaraba cuando era evidente e innegable. Los conocimientos sobre el origen, la etiología, la transmisión y el carácter de la fiebre amarilla condicionaban las medidas político-sanitarias que se adoptaban para el control de las epidemias. También se valoraban distintos factores que podían provocar o agravar una enfermedad. Sin embargo ⎯a pesar de los diversos tratados de la «nueva enfermedad» y las observaciones realizadas por los médicos⎯ gran parte de las medidas que se adoptaron fueron las que tradicionalmente se habían usado en las epidemias, sin atender a su eficacia o perjuicios. Los médicos no llegaron a establecer con seguridad si la enfermedad poseía carácter «contagioso» o «epidémico», si debía considerarse «exótica» o importada, o si por el contrario se generaba por determinadas condiciones locales. El desconocimiento de la fiebre amarilla y de la manera de combatirla fue la causa de que la Junta Suprema de Sanidad optase por las tradicionales medidas de aislamiento, quema y fumigaciones, eficaces hasta cierto punto, y evitase experimentar nuevas teorías que criticaban las anteriores prevenciones 31. ----31 Ante la duda de que la fiebre amarilla se tratara de una enfermedad contagiosa se recomendaba «...sin atreverse a pronunciar afirmativamente sobre el contagio de esta enfermedad, y por consiguiente sobre su importación, ponen por principio que, en los casos inciertos, la autoridad debe obrar como si el contagio fuese absoluto y demostrado», En: HURTADO DE MENDOZA, M. (1820), Nueva monografía de la calentura amarilla o tratado médico teórico-práctico sobre la verdadera naturaleza, causas, síntomas, Declarada oficialmente la epidemia, una de las primeras medidas consistía en aislar a la población afectada mediante el establecimiento de un cordón sanitario que pretendía evitar que las personas enfermas, o que hubieran tenido «roce» con enfermos, extendiesen el mal a otros lugares, así como impedir que las mercancías u objetos declarados contaminados salieran de la población. Personas, objetos y mercancías eran estrechamente controlados; los individuos que querían desplazarse debían tramitar ⎯como venía ocurriendo en anteriores epidemias⎯ unas boletas de sanidad que garantizaran su estado de salud, donde se hacía constar el lugar de salida y la filiación del sujeto; si conducía mercancías, debía especificarse su origen y naturaleza. Este documento tenía que estar firmado por la justicia o cura párroco del pueblo de origen, del diputado ⎯si pertenecía a un partido⎯ y debía incluir la respuesta del justicia del pueblo al que se dirigían, en caso de ir a vender frutos 32. En octubre de 1804, una Real orden obligaba a las personas procedentes de pueblos infectados a realizar una cuarentena cuya duración se establecería considerando el día en que habían salido del mismo: «a los que hayan pasado más de cuarenta días desde la salida del pueblo se les someterá a una ligera cuarentena de 6 a 8 días», pasada la cual, se expurgarían y fumigarían sus ropas y efectos. Con estas cuarentenas se pretendía evitar que la enfermedad llegara hasta la Corte 33. Para salir del Reino de Valencia, una Real orden regulaba que se debían solicitar los pasaportes en la primera secretaría de estado ⎯a cargo de don Pedro Ceballos⎯ por medio de don Domingo Izquierdo ⎯capitán general del Reino de Valencia⎯ a quien el gobernador de la ciudad debía remitirle, junto con las peticiones, las circunstancias personales de los sujetos que solicitasen dicho pasaporte indicando si concurría algún impedimento para concedérselo 34. Se establecieron lazaretos con diferentes objetivos: aislamiento de los enfermos, de convalecientes, de las personas que habían estado con algún enfermo o fallecido de fiebre amarilla y para los que se sometían a observación. Desde el comienzo de la epidemia, la Junta de Sanidad del Reino previno a los vecinos y Juntas del partido de Alicante de las cuarentenas que se debían cumplir: ---modo de propagarse, y método curativo y profiláctico de los tifos, pero señaladamente de la especie llamada icteroides o fiebre amarilla, Vda. de Larumbe, Huesca, p. Informe de los catedráticos Hallè, Le Roux y Chaussier, encargados por la Facultad de Medicina de París, a instancias del gobierno francés en 1817, para elaborar un informe sobre la fiebre amarilla que reinaba en algunos puertos de América. Carta de Manuel Mirallas. 33 Real Orden referente a las cuarentenas, 9-X-1804 y Real Orden referente a las cuarentenas, 16-X-1804, citados por PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977), La epidemia de fiebre amarilla de 1804 en la ciudad de Alicante, Valencia, tesis de licenciatura presentada en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, inédita. Dichos documentos no hemos podido localizarlos en el AMA. Carta de Domingo Izquierdo a José Betegón, fechada en Valencia, el 2 de julio de 1805. Todas las personas que hayan salido de Alicante, desde el día 10 del corriente [septiembre] inclusive, deven ponerse inmediatamente en quarentena, eligiendo en cada pueblo el edificio que haya más a propósito distante de la población, cuidando de que se les asista con lo necesario y que las personas destinadas a su cuidado no salgan del recinto que se prescrive a los de la quarentena; advirtiendo que, los que se pongan en esta, han de satisfacer los gastos de alimentos y demás auxilios si tienen bienes o efectos para ello y los que no, se pagaran, los mui precisos, de los caudales públicos, entendiendo que estos han de ser los absolutamente indigentes 35 Las mercancías ⎯según su naturaleza y el peligro que comportaran⎯ eran sometidas a diferentes tratamientos: los tejidos contaminados, o sospechosos de estarlo, solían quemarse, mientras que otros objetos se sometían a cuarentenas, se ventilaban o se fumigaban para librarlos del «miasma» de la enfermedad. Los dueños de los efectos retenidos debían satisfacer los gastos que ocasionaba su almacenaje, custodia y fumigación, con excepción de los que viajaban por orden del rey 36. Para que el trigo, destinado a los molinos, la harina o la leña se introdujeran a través del cordón sanitario se requería una licencia superior. También la correspondencia era retenida y sólo los pliegos del real servicio podían franquearlo, previamente pasados por vinagre 37. Estas cuarentenas, de personas y de mercancías, eran sumamente gravosas para la población y contribuían a empeorar la situación económica de los más desfavorecidos. Algunos habitantes optaron por cumplir la cuarentena en casas de campo de los alrededores o en pueblos cercanos, siempre que dispusieran de medios económicos para costear sus alimentos y pagar una guardia de día y noche a la puerta de la casa que garantizara que nadie salía mientras duraba la cuarentena 38. Los lazaretos llamados de precaución o de barracas se instalaron en los campos o huertas cercanos a las poblaciones y las familias podían acompañar a los enfermos convalecientes para cuidarlos 39. El 21 de septiembre de 1804 se comunicaron estas órdenes a las justicias de Santa Faz, Muchamiel, Busot, Agost, San Juan y Villafranqueza. Circular fechada en Madrid en 5 de junio de 1805, relativa a la orden de S.M. de 18 de junio de 1804, que regulaba el paso de personas y efectos procedentes de los pueblos que padecieron el contagio de la fiebre amarilla en el año anterior. 39 Archivo de la Real Academia Nacional de Medicina de Madrid (desde ahora RANM). Observaciones sobre la fiebre amarilla padecida en Alicante en 1804 y que se manifestó posteriormente en la misma ciudad y otros pueblos. Informe elaborado por José Alcaraz y Tomás Lanuza, médicos alicantinos fechado el 22/VI/1816 (desde ahora Observaciones..). Los médicos habían observado que en estos lazaretos de barracas, las personas que cuidaban a los enfermos de su propia familia y que convivían en la misma barraca, nunca habían contraído la fiebre amarilla. Las medidas de sanidad marítima eran las más institucionalizadas, mejor legisladas y en general de las que se cumplían con mayor rigor. El puerto también era objeto de aislamiento, circunstancia que dificultaba su actividad. Se creía que este tipo de enfermedades «exóticas» ⎯la fiebre amarilla constituía un ejemplo⎯ tenían su origen en las embarcaciones que procedían de lugares infectados, por lo que se ordenaban cuarentenas preventivas de distinta duración según los casos 40. A pesar de que las normas de sanidad eran muy rigurosas no siempre se cumplían. Un ejemplo lo constituye la carta que, el 17 de julio de 1805, escribió el gobernador de Alicante al comisario de sanidad por haber advertido la noche anterior poca vigilancia en la caseta del muelle. Ordenaba reprender a los responsables y recordarles a los morberos y marineros de sanidad su obligación de rondar la bahía de noche y que cuando el mar no les permitiera salir debía siempre quedar un vigilante en el muelle 41. EL CURSO DE LA EPIDEMIA: ACTUACIONES EN LA CIUDAD ANTE LA DECLARACIÓN OFICIAL DE LA FIEBRE AMARILLA Hemos descrito las prevenciones que, de una manera más o menos institucionalizada, se dictaban cuando se sospechaba la posibilidad de un contagio. Estas medidas de aislamiento eran impuestas a la población en casos de epidemia por las autoridades provinciales y centrales y su objetivo era impedir el contagio de otras poblaciones. El efectivo aislamiento de la población era responsabilidad del gobernador y de los designados en la ciudad como encargados de alguna de las medidas ⎯como el cordón sanitario o las fumigaciones. En general cualquier iniciativa local requería la aprobación de las autoridades superiores. Las autoridades municipales, además de aislar convenientemente la población para evitar la extensión del brote a otras poblaciones, debían procurar la subsistencia de los vecinos indigentes y costear toda la infraestructura que estas circunstancias hacían precisa, recaudando los fondos necesarios de las personas con mayores recursos de la población, tarea no siempre fácil. En la relación de las medidas adoptadas o ejecutadas por la ciudad hemos respetado el orden cronológico en que se instauraron por revelar la gravedad de la situación en cada momento. ----40 Sobre las medidas preventivas marítimas, ver: RODRIGUEZ OCAÑA, E. (1988), «La cuestión del lazareto marítimo permanente en la España del siglo XVIII, de Cádiz a Mahon», Asclepio, XL, 1, 265-276. Circular, Madrid 5 julio 1805, donde se comunican Reales órdenes de 18 de junio de 1805, relativas al paso de personas y efectos procedentes de pueblos que padecieron el contagio en 1804. El reglamento de 11 de julio de 1758 especificaba los empleados y lo que debían percibir al año o por visita sanitaria de inspección a los barcos y demás normas para garantizar la salud del puerto. El 13 de septiembre de 1804 se declaró oficialmente la existencia de la fiebre amarilla en la ciudad de Alicante y el gobernador José Betegón ⎯responsable de la salud de la población⎯ adoptó las prevenciones necesarias mientras esperaba las órdenes superiores. El mismo día 13 ordenaba al alcalde mayor que investigase las causas del contagio 42. La epidemia se inició en el centro de la ciudad, en la calle Mayor, donde vivían las personas con mayores recursos. Una de las primeras preocupaciones del gobernador, fue garantizar el suministro de víveres a la población, especialmente a los indigentes privados de todo recurso. El 14 de septiembre Betegón dictó las primeras normas, difundidas mediante un bando, que intentaban impedir la huida masiva y garantizar el aprovisionamiento de los habitantes: Que ningún escribano, ni otro empleado público, pueda ausentarse de la ciudad sin licencia escrita bajo la pena de privación de su oficio (...) Los tenderos de comestibles, confiteros y demás de esta especie no podrán ausentarse ni cerrar sus tiendas; quienes desobedezcan tendrán multa de 200 pesos y quedarán privados para siempre de volver a sus tiendas ni a otra oficina pública (...) Que todos los vecinos, y también los forasteros, tengan libertad para salir a comprar y vender géneros a precios prudentes y moderados 43 La Junta de Sanidad 44 dispuso el reparto de raciones de pan y carne a los «pobres enfermos convalecientes» mediante unas papeletas que iban firmadas por el médico Ramón Ferrán y Francisco Carbonell, diputado de justicia de la ciudad 45. El cabildo del ayuntamiento ⎯reunido en la iglesia de Santa María⎯ hizo pública la Real Orden que mandaba hacer rogativas públicas, cesando mientras tanto todos los festejos públicos. Se acordó obedecerla, pero realizándolas secretamente por el consejo de la Junta de Sanidad de impedir las aglomeraciones 46. Se estableció el cordón sanitario que debía cercar la ciudad, rodeando a la población siguiendo la costa y a través del campo alicantino con los soldados del regimien-----42 PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977). Utilizaremos de este trabajo los documentos que nos permitan reconstruir las medidas político-sanitarias adoptadas por la ciudad y que en la actualidad ya no se encuentran en el Archivo Municipal de Alicante. No se encuentra ya entre los documentos del AMA. La Junta de Sanidad se refugió en el aula capitular de la Iglesia de Santa María, nada más declararse la epidemia. Memorial del 16 de noviembre de 1804, de Francisco Carbonell, maestro de obras por la Real Academia de San Carlos y diputado de justicia de la ciudad, solicitando el empleo de maestro titular de obras del ayuntamiento, por fallecimiento del titular Stanislao Pérez, diputado del común. Sesión extraordinaria del 19 de septiembre. La Real Orden iba fechada en San Ildefonso a 12 de septiembre de 1804, por lo que no iban dirigidas en especial a la epidemia de Alicante, que se declaró oficialmente el día 13, sino a las sufridas en el territorio español con anterioridad. to de América que obedecían las órdenes del mariscal Pedro de Buck y O'Donell ⎯nombrado comandante general del cordón sanitario⎯ que residió en Elche durante la epidemia. También colaboraban personas civiles. Las órdenes para garantizar la eficacia del cordón fueron impuestas por el conde de Montarco ⎯desde la Junta Suprema de Sanidad⎯ siendo las mismas que se adoptaron desde 1800 en las epidemias de Cádiz, Málaga y Cartagena 47. Mediante estacas, cuerdas y cordón se compuso el cerco, estableciéndose «puntos de barraca» por donde debían pasar obligatoriamente las personas que pretendían entrar o salir, previa presentación de sus boletas de sanidad 48. Para facilitar el aprovisionamiento de las personas encerradas por el cordón sanitario el comandante general del mismo señaló los días y los lugares donde debían celebrarse los mercados, que eran controlados por soldados y personas que colaboraban en salvaguardar el aislamiento 49. El cabo de vigilancia poseía instrucciones para que las ventas de víveres se efectuasen «de modo que los vendedores y compradores no tengan roce y haciéndose pasar por vinagre el dinero» 50. El día 16 de septiembre se estableció en el convento de San Francisco y hospicio de la casa santa el lazareto que debía albergar a los enfermos de la fiebre amarilla 51. Se nombró para dirigirlo al coronel del regimiento de infantería de América, Francisco Fulgosio, y se dotó con un contralor, un cirujano, dos boticarios, un lavandero, dos ayudantes de sangrador, dos húsares para la cremación de las ropas de enfermos y difuntos, algunas enfermeras y sirvientas y «doce presidiarios [a los] que, por cuatro reales de jornal más la amenaza de ser pasados por las armas en caso de evasión, se les obligaba a trasladar a las personas apestadas y a conducir a los cadáveres hasta las zanjas donde reciben sepultura piadosa». Se designó médico del lazareto a Pedro Sebastiá y los religiosos franciscanos cuidarían del servicio y consolación de los enfermos. José Serrano ejerció de cirujano en el lazareto, que lo era del regimiento de América y ya en la epidemia de Málaga se había comportado «con caridad y denuedo» 52 El mismo 16 de septiembre se ordenó que todos los enfermos debían trasladarse al lazareto de San Francisco para poder prestarles mejor asistencia, comenzando por ----47 Diario de Alicante, 14/XI/ 1927. La expresión «campo alicantino» es utilizada en el artículo revisado en el periódico y, en caso de ser una trascripción parcial de algún documento, podría corresponder al Camp d'Alacant, comarca tradicional de la ciudad. Además, las personas cuyos recursos no permitieran una regular asistencia ni el mantenimiento de los guardias de la cuarentena debían trasladarse a un lazareto; se debían quemar las camas y los muebles de las habitaciones de los enfermos y fallecidos 54, purificando inmediatamente las casas, y sus familias debían guardar la cuarentena precisa. Así mismo, se trasladaría a los lazaretos a los pobres de solemnidad, a los que habitasen en casas sucias, reducidas, lóbregas y sin ventilación, y a cuantos «carecieran de ropa blanca». Quedaba prohibido el toque de campanas «para que los vecinos no se amedrenten» 55. El día 20 de septiembre, Betegón reiteraba la orden de quemar las ropas y objetos pertenecientes a los que fallecían «con accidente sospechoso», precisando la forma en que debía realizarse, dejando los demás muebles para la purificación 56. El municipio organizó una comisión para proteger la propiedad de los vecinos que abandonaban sus viviendas y garantizar su aislamiento hasta que se realizaran las fumigaciones que, en teoría, debían evitar el peligro de un nuevo contagio. El funcionamiento de esta comisión fue descrito por el cerrajero que pertenecía a la misma. Cuando fallecía el cabeza de la casa o se abandonaba alguna casa el regidor José Albelda, como comisario de barrio y acompañado por un escribano, mandaba al cerrajero cerrar las casas «claveteando los balcones y ventanas y poniendo candados a las puertas» 57. Todas las ropas y demás efectos de los muertos de fiebre amarilla, debían quedar en los cuartos donde fallecían sin poder ser tocadas hasta que fueran fumigadas. Las llaves debían entregarse a los correspondientes alcaldes de barrio que eran los responsables de que esta norma se cumpliera 58. En la primera mitad de septiembre, para evitar el intrusismo profesional se recordaba que los «profesores» debían limitarse a curar las enfermedades que su facultad ----53 Diario de Alicante, 12/XI/1927 y PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977). Estas medidas, al parecer, se extraen del dictamen facultativo de fecha 16/IX/1804, en el que los médicos: Francisco de Paula Martorell, Antonio Villegas, José Alcaráz, Tomás Lanuza, Joaquín Gonzalez, José Coderch y Francisco Lloret, elaboraron un comunicado con las medidas recomendadas a adoptar, que la Junta de Sanidad se encargó de hacer cumplir. Dicho documento no hemos podido localizarlo en el AMA. El 16 de octubre de 1804, el cabo del barco de sanidad informaba a Betegón de la quema de un barco, barriles vacios, cofres de pasajeros, etc. que le había ordenado. Los mecanismos de control social haciendo servir la enfermedad como instrumento pueden consultarse en: BERNABEU MESTRE, J.; RAMOS SEGURA, J. R. (1995), «Malaltia, poder i control social: El desallotjament de la barriada alacantina de les províncies amb motiu de la grip de les permitía 59. Para recoger la información sobre el curso de la epidemia, los facultativos debían cumplimentar unos partes diarios, que se les facilitó, y llevar el control de las calles, manzanas, números de las casas y nombres de los enfermos, especificando la enfermedad que padecían; los párrocos debían dar noticia a diario sobre las personas de su feligresía que hubieran fallecido, con sus nombres, calles y números de sus casas. Todas las noches a las 8, los curas debían entregar dichos partes al caballero comisionado que la ciudad destinase a tal efecto. Los fallecidos debían conducirse en carros por la noche al cementerio de la colegial de San Nicolás, extramuros de la ciudad. Se ordenó evitar «totalmente» la comunicación de la calle Mayor con el resto de la ciudad y sus arrabales. El regidor Vicente Navarro se encargó de suministrar los víveres a los vecinos que permanecían en el interior de la calle incomunicada. La ciudad se dividió en sectores y a cada uno de ellos se le asignó un médico junto con un boticario o cirujano. El médico Lloret y el boticario Antonio Martrás se ocuparon de los barrios de Santa Cruz y San Roque; Francisco de Paula Martorell y el boticario Moró se encargaron del arrabal de san Antón; la calle Mayor e inmediaciones fueron atendidas por el doctor Lanuza y el cirujano José Serrano; la Villavieja y el Raval Roig fueron encomendados al médico Alcaráz y a Francisco Simó; el médico José Coderch atendió el arrabal de San Francisco y Pedro Sebastiá fue destinado al lazareto de San Francisco. El resto de la ciudad fue atendido por los médicos Joaquín González y Antonio Villegas 60. Los responsables de estas primeras medidas adoptadas fueron los médicos y cirujanos, los curas o párrocos, los regidores destinados al efecto y los alcaldes de los barrios. Se nombraron comisiones para la quema de camas, ropas y otros objetos, para la apertura de zanjas, para el enterramiento de los cadáveres y para la provisión de comestibles, pan y la limpieza de las calles. Los médicos de la ciudad debían reunirse todas las noches en «academia» para intercambiar impresiones 61. La organización del Lazareto de San Francisco fue conflictiva debido al gran número de personas que debía albergar y a la carencia de medios para alojarlos y personas suficientes que les atendieran. El día 14 de septiembre, el director del lazareto solicitó al gobernador 50 camas «para las primeras urgencias» y seis presos ⎯de los que trabajaban en las obras del muelle⎯ para que prestaran servicio en el mismo, pues se lamentaba de que «por más ventajas que he proporcionado a los vecinos de ---- 59 Había problemas sobre las facultades de médicos, cirujanos, sangradores y demás personas dedicadas de una u otra forma a la atención sanitaria de la población. A lo largo de 1804 en las actas del Ayuntamiento de Alicante, varios médicos y cirujanos presentaron los títulos acreditativos, que quedaron registrados en el ayuntamiento y devueltos al propietario. Se acordó tapiar la calle Mayor. Consta el nombramiento de Fulgosio y otras comisiones. No lo hemos localizado en el AMA. este pueblo para que concurran a este servicio, ninguno quiso aceptar» 62. A poco de su nombramiento, el coronel Fulgosio pidió al gobernador ser sustituido como director del lazareto, alegando razones de su empleo militar. Se aceptó su renuncia y el día 20 de septiembre fue reemplazado por José Rodríguez 63. A partir del 15 de septiembre, comenzaron a llegar cartas de los pueblos cercanos interesándose por la enfermedad que se padecía y solicitando noticias al respecto 64. Elche y Aspe ofrecieron su colaboración, facilitando los alimentos que la Junta de Sanidad de Alicante les había pedido. El 17 de septiembre Joaquín Bermúdez, administrador de rentas, solicitó al gobernador el cierre de la aduana debido a la huida de la mayor parte de los propietarios de las principales casas de comercio y de los vecinos pudientes 65. Betegón era reacio a paralizar las actividades comerciales de la ciudad y sometió la propuesta de Bermúdez a la valoración del alcalde mayor que se mostró contrario, ya que, según decía «no está cortado el comercio por mar ni tierra». Finalmente, una orden de la capitanía general de Valencia mandó cerrar el puerto y la aduana, que se verificó el 22 de septiembre 66, reduciéndose los recursos para la supervivencia de la gran mayoría de los habitantes que aún permanecían en la ciudad, prueba de que el aislamiento LQGHSHQGLHQWHPHQWH de las consecuencias para la poblaciónHUDODPD\RUSUHRFupación de las autoridades ajenas a la ciudad de Alicante, para asegurar su propia salud. Para garantizar la seguridad en el cerco que aislaba a la ciudad, el gobernador de Alicante en un bando el día 20 de septiembre, ordenaba que «nadie se acerque hasta el cordón llevando armas de fuego». Se castigaba a los infractores a la pena de cuatro años de servicio en las obras del muelle y a la confiscación de «sus bienes a beneficio de los gastos de las actuales enfermedades y socorro de pobres» 67. Otro bando municipal, del día 24 de septiembre, reiteraba la sospecha de que el contrabando era el origen de los males que se sufrían y se solicitaba a la población ----62 Carta del encargado del lazareto, 14-IX-1804, dirigida a Betegón, citado por PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977). No lo hemos encontrado en el AMA. No se encuentra ya en el AMA. No las hemos podido localizar en el AMA. En dicha carta el administrador de rentas solicitaba el cierre del puerto y la aduana ya que se había registrado un caso de fiebre amarilla en el mismo. El documento no lo hemos podido localizar en el AMA. 66 que delatara el lugar donde se hallaban escondidos dichos efectos, pues se aseguraba que «mientras no se sepa su paradero, ha de continuar el contagio» 68. Durante el mes de octubre la epidemia se intensificó. El 3 de octubre el gobernador emitió un bando que dictaba órdenes referentes a policía sanitaria y para el socorro de los más necesitados 69. Entre ellas destacaban: el uso de «los ácidos, los aromas y el salitre, evaporar mucho vinagre, hacer sahumerios cristianos y quemar pólvora, debiendo también tirarse algunos cañonazos a la inmediación del pueblo», para purificar el aire. Se reiteraba la importancia de quemar la ropa de los contagiados y de los que ingresaban en los hospitales, donde se les daría una camisa nueva y un jergón. Se debía disponer en todas las «tiendas de abastos y boticas» de recipientes con vinagre para poder purificar las monedas y aquello que fuera preciso. Mediante una papeleta, se darían gratuitamente las medicinas a los pobres que se curaban en sus casas, debiendo acudir a la «botica de Domingo Moró», en la plaza de San Cristóbal. El síndico personero proporcionaría los alimentos a los pobres. Se ordenaba el exterminio de los perros por considerarse perjudiciales «en tiempos de contagio». Los que vivieran con un enfermo que no hubiera sido declarado serían castigados. Se prohibían las reuniones de personas por contribuir a la extensión de la enfermedad. Para evitar la aglomeración en las iglesias, Betegón recomendaba a los vecinos: «pueden desde sus casas implorar los divinos auxilios para que Dios mejore la suerte de este pueblo, como que oye los corazones de los verdaderos católicos desde cualquiera sitio o retiro, y los que piensen lo contrario son unos asesinos del común». La magnitud que había adoptado el brote epidémico y la necesidad de hacer cumplir las normas prescritas parecen ser la razón de que se incluyera, en el bando anterior, la amenaza de que serían «pasados por las armas» los criados o sepultureros que «robasen o guardasen para sí alguna cosa». El tráfico con los objetos sospechosos de ser contagiosos debía ser bastante frecuente pues se perseguía reiteradamente y con dureza. El día 10 de octubre falleció el alcalde mayor de Alicante, Rafael Echeverri, víctima de la epidemia. La mayoría de los regidores habían huido o se encontraban enfermos. La falta de sus componentes provocó que las sesiones del cabildo del ayuntamiento se suspendieran y el gobernador escribió a Godoy y a los ministros del gobierno, el día 13 de octubre, comunicando la situación en que se hallaba la ciudad: No lo hemos encontrado ya en el AMA. Bando del capitán general de Valencia donde se comunica por orden del conde de Montarco, la pena de muerte por contrabando, fechado en Madrid a 11 de octubre de 1804....los rexidores ninguno concurre a nada; uno de ellos ha muerto, dos se han ausentado, otros dos se mantienen asustados en sus casas; de modo que solo cuento, para lo mucho que haya que atender, con los militares y cuatro vecinos honrados a quienes tengo encargados los ramos de abastos y los barrios de este pueblo para la mejor asistencia de los enfermos. De médicos hay escasez y he pedido al capitán general de este reyno me envíe algunos (...) La pobreza se aumenta, como que falta el tráfico del puerto de que viven, y ya se remedia con 500 reales diarios, que es muy poco, por cuenta del caudal de gastos de las enfermedades 71 Se autorizó al gobernador a nombrar provisionalmente las personas que considerase a propósito para los cargos de alcalde mayor y regidores 72. El 14 de octubre, José Betegón ordenó el cierre de la fábrica de cigarros 73. A finales de octubre, nuevas órdenes ordenaban mejorar la limpieza e higiene del matadero y de las carnicerías, tal y como habían recomendado los médicos de la ciudad. Algunas disposiciones se destinaban a mantener la disciplina en el matadero, castigándose la insubordinación con penas de «80 reales hasta 4 años de prisión en Cartagena». El robo se castigaba con pena de 100 palos en la espalda. También se prescribía la limpieza «escrupulosa» de las distintas dependencias del matadero, vertiendo después el agua empleada en el mar 74. El 20 de octubre llegó a Alicante el médico Ambrosio Lorite, enviado por la Junta Suprema de Sanidad en calidad de director de la epidemia, quien se encargaría de los métodos de curación, disposición de cuarentenas, fumigaciones y ventilación para impedir el contagio, así como la vigilancia del Lazareto, de las casas de convalecencia y de los enfermos de la ciudad y arrabales 75. El 23 de septiembre había llegado el catedrático Tomás Tatay desde Valencia, el capitán general del Reino le recomendaba a Betegón: «que se mantenga ahí hasta la llegada de Lorite, médico de Sevilla, nombrado director de la epidemia por la Junta Suprema. Que ambos consulten y acuerden el método a seguir» 76, sin embargo el 25 de septiembre Tatay pretendía marcharse ya de Alicante. Betegón le denegó el pasaporte que solicitaba y lo envió a ----71 Datos obtenidos del documento: Antecedentes sobre las órdenes..., 13-X-1804 y Carta del Gobernador José Betegón, 8-X-1804, citados por PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977). En el Diario de Alicante, 18/XI/1927, en una carta que se trascribe en parte, se decía que el regidor murió el día 13 y que habían fallecido los médicos Coderch y Villegas. Sesión de 30 de octubre: lectura de la Real Orden de 17 de octubre en San Lorenzo y firmada por José Antonio Caballero. Alberola desempeñó el cargo interinamente hasta que el 12 de noviembre de 1804, en sesión de cabildo, tomó posesión del cargo con «calidad de por ahora»: AMA. 74 Estos datos se atribuyen a órdenes publicadas por el capitán Gabriel Alonso, encargado por el gobernador para este fin, contenidas en el documento: Ordenes encaminadas a la limpieza e higiene, 28-X-1804, citado por PALAZÓN AZORÍN, J. M. (1977). No lo hemos localizado en el AMA. 75 una casa de las inmediaciones de la ciudad, pero no debió tardar mucho en irse pues el día 29 ya se había marchado. Ambrosio Lorite se alojó en la calle Labradores. Se confiaba en que sus conocimientos sobre la fiebre amarilla contribuirían a mejorar la situación de la ciudad y se depositaron en él nuevas esperanzas 77. A finales de octubre ⎯el día 30⎯ se reorganizó el ayuntamiento y en sesión de cabildo se dio posesión «en calidad de por ahora» al alcalde mayor, los regidores, los diputados y el síndico personero 78, para «que los asuntos del público y del resguardo de la salud, no padezcan atraso por falta de regidores» 79. De los regidores anteriores, uno había muerto y tres se encontraban ausentes. Las vacantes fueron cubiertas por cuatro militares y dos paisanos, además de Vicente Berenguer de Marquina, que permanecía al frente de su regiduría. De los diputados de la ciudad, uno de ellos había muerto y dos se encontraban ausentes, por lo que se nombró diputados en «calidad de por ahora» a los que ya se hallaban colaborando como tales. El síndico personero del común, que también había fallecido, fue sustituido por un militar. Repartidos los cargos, se procedió a la asignación de los empleos. Los recién incorporados asumieron las comisiones que estaban conferidas a los que respectivamente sustituían, además de aquellas que el secretario del ayuntamiento les comunicara como propias 80. En el mes de noviembre fue remitiendo la epidemia ⎯como puede verse en la gráfica 1 que registra los fallecidos diariamente a causa de la epidemia⎯. Una de las prioridades fue procurar restablecer la vida pública de la ciudad. Al ayuntamiento llegaron multitud de memoriales ⎯conservados en el libro de cabildos de 1804⎯ solicitando los empleos municipales cuyos titulares habían fallecido. Aunque el número de muertos por la fiebre amarilla descendió en gran medida, a mediados de noviembre nuevas disposiciones de la Junta de Sanidad prohibían el paso de vecinos, entre la ciudad y las casas de la huerta, para «evitar un nuevo brote». Se castigaba el regreso a la ciudad con una multa de 400 ducados y los que habían huido de la misma no podían volver, ni alojarse en el barrio de San Antón, bajo penas de «200 pesos a los nobles y 4 años de prisión a los plebeyos»; con iguales penas se castigaría a los que recibiesen «ropas y colchones procedentes de los pueblos y lugares vecinos». La responsabilidad de estas medidas recayó sobre los alcaldes de barrio y ministros de justicia y para promoverlas se ofreció una recompensa de 600 reales a los delatores, ----77 Diario de Alicante,18/XI/1927. Correspondencia de Domingo Izquierdo al gobernador Betegón.; Correspondencia de Pedro Buck a Betegón: «Compadezco a vuesa merced entre tanta confusión y disposiciones de facultativos y pido a Dios, de todas veras, que el nuevo físico acierte a la total curacion para vivir con sosiego». 78 El síndico personero del común, era el encargado de proteger y velar por el beneficio público y los intereses de la población. Comunicaba en el cabildo municipal las quejas o reclamaciones que recibía. con promesa de mantenerlos en el anonimato 81. Los barrios de San Francisco, San Antón y el Raval Roig H[WUDPXURV IXHURQ REMHWR GH XQ LQWHQVR FRntrol para evitar la entrada a la ciudad. En las puertas de la «Reyna», San Francisco, del Muelle y Santa Ana una guardia formada por un oficial, dos dependientes de rentas y un vecino de la ciudad reconocían a todos los que pasaban, cumpliendo instrucciones de Sanidad. «Las citadas puertas se cerrarán al ponerse el sol tocando la llamada, como en las plazas de guerra, y se abrirán al romper el día» 82. Durante el mes de noviembre los encargados municipales trataron de recaudar de los hacendados y comerciantes de Alicante medio millón de reales de vellón, en calidad de reintegro 83. Comenzaron a planificarse las fumigaciones que debían realizarse sobre dependencias y efectos, para poder declararse el estado de salud en la ciudad. El 18 de noviembre, el gobernador reiteraba la prohibición de enterrar en el interior de los templos 84, práctica que condenaba así mismo Ambrosio Lorite 85. A finales de noviembre la epidemia había concluido prácticamente y los comerciantes comenzaron a presionar a Betegón para que tramitase la celebración del Te Deum de acción de gracias, que se realizaba tras finalizar la misma 86. En estas fechas el conde de Montarco solicitó al corregidor de Alicante el número de personas que habían enfermado, fallecido y curado, con motivo de la epidemia, así como el número ⎯si no podía ser exacto aproximado⎯ de habitantes que había en la población con anterioridad 87. El 24 de diciembre se remitió a Valencia y Madrid el «Estado General», del número de enfermos y fallecidos a causa de la epidemia 88 (tabla 1). El mes de diciembre se caracterizó por la necesidad apremiante ante la miseria de la población de abrir el puerto y la fábrica de cigarros y por acelerar las fumigaciones previas a la apertura de la comunicación de la plaza de Alicante. El gobernador comenzó las gestiones, dirigidas a las autoridades competentes, para lograr estos objetivos. El 1 de diciembre dirigió un escrito a la Junta Suprema de Sanidad y otro al capitán general del Reino de Valencia, solicitando el restablecimiento del tráfico comercial del puerto y aduanas. Como aval de la salud, que de nuevo gozaba la población, aportaba los partes médicos de los últimos cuatro días del mes de noviembre ---- Personas del vecindario anterior al contagio.................................................. 13.212 Ídem del vecindario actual................................................................................. Al pie del documento consta: Se han substraído de las dos últimas sumas 745 individuos de la tropa inclusos en este estado. Trascripción del «Estado general de los enfermos, curados y muertos del contagio que ha habido en esta ciudad y sus arrabales desde el día catorce de septiembre hasta el siete de diciembre del año de la fecha, con noticia de los que no lo han padecido, de los emigrados, vecindario anterior y actual; en que se distinguen hombres, mujeres, párvulos y las personas de algún destino particular». según los cuales sólo se contabilizaban ocho enfermos, de los que dos habían fallecido 89. Las autoridades superiores demoraron la reanudación de la vida comercial en Alicante, a pesar de las razones esgrimidas por el gobernador, respaldándose en que aunque no existieran ya enfermos de fiebre amarilla la ciudad debía guardar una cuarentena prudencial 90. El médico Lorite era partidario de comenzar la fumigación general pero el 4 de diciembre la Junta Suprema de Sanidad ordenó mantener todas las precauciones y esperar la oportuna licencia para la desinfección, que debía recibirse del capitán general 91. Desde Valencia, Domingo Izquierdo denegó la celebración del Te Deum y prohibió cualquier demostración pública religiosa. El 13 de diciembre la Junta Suprema de Sanidad pidió al médico Juan Manuel de Aréjula que enviase ejemplares del método que redactó ⎯durante la epidemia de Málaga de 1800⎯ para «desinfeccionar a los pueblos que padeciesen la epidemia» a los médicos comisionados de los pueblos donde se hubiese padecido la fiebre amarilla 92. Las fumigaciones con sustancias químicas comenzaron a emplearse a principios de siglo XIX. Tradicionalmente se utilizaban sustancias aromáticas que combatían o anulaban el mal olor, considerado productor de enfermedades. Aréjula combatía en sus memorias estas creencias arraigadas en la población 94. Las fumigaciones mediante vapores de ácidos se justificaban por creerse que en las «putrefacciones», favorecidas por el calor y la humedad, se emitía hidrógeno y gas carbónico que se identificaban como los «miasmas» productores de «fiebres» que se neutralizaban con los primeros. Estas fumigaciones, cuya eficacia era discutida, se convirtieron en el instrumento con el que se pretendía devolver la confianza a la población, sin agravar el sistema económico, y además, con la autoridad de la ciencia, justificaban el retraso en la apertura de las comunicaciones de las poblaciones 95. Esta practica fue apoyada por el gobierno, la Iglesia la divulgó entre las masas y las instituciones científicas la informaron favorablemente. El propio Godoy ---- Las fumigaciones se apoyaron en el avance de la Química. Morveau ideó la desinfección mediante los vapores de cloro, iniciando de esta forma la desinfección por sustancias químicas. En 1803, la imprenta real editó la traducción de la obra de Morveau, Tratado de los medios de desinfeccionar el ayre, precaver el contagio y detener sus progresos. Sus ideas para desinfectar objetos, datan de 1773, obedeciendo la traducción y difusión a las necesidades de frenar el avance de la fiebre amarilla. 94 fue partidario de popularizarlas y apoyó gubernamentalmente experiencias destinadas a reforzar su eficacia, silenciando y reprimiendo las tendencias contrarias 96. Durante el mes de enero se agravó la situación de miseria y falta de caudales 97. La Junta Suprema de Sanidad, delegó en el capitán general de Valencia la emisión de las órdenes sobre la desinfección previa a la apertura de la comunicación 98. Aunque ya no había defunciones por fiebre amarilla las órdenes de Valencia no se habían recibido el 2 de enero de 1805 por lo que Betegón escribió impaciente a Domingo Izquierdo para comunicarle que comenzaba a preparar lo necesario para las fumigaciones, en espera de que mandara iniciarlas, obligado por las circunstancias en que se hallaba la ciudad 99. Al día siguiente el gobernador de Alicante emitió unas instrucciones ⎯previamente acordadas con la Junta de Sanidad municipal y apoyadas por órdenes del rey comunicadas por la Suprema Junta de Sanidad⎯ para activar la «depuración» de la ciudad. Denunciaba haber avisado, en varias ocasiones, al capitán general del Reino, sin haber recibido respuesta, e insistía en las deplorables condiciones en que se hallaban los habitantes de la ciudad:... procurando la Junta no retardar más tiempo la desinfección, ni mirar con indiferencia la aflicción y miseria del pueblo, más temible que el mismo contagio que ha experimentado, del que ya se ve libre por la misericordia de Dios; en virtud, pues, de dichas superiores ordenes (...) ha resuelto proceder inmediatamente a la desinfección y descontagio general, (...) se facilita alzar la incomunicación, tan interesante al vecindario, por las ventajas que le proporciona el comercio, la Real Fábrica de Cigarros y otros establecimientos que sostienen a este pueblo 100 En estas instrucciones pedía a los vecinos que abrieran sus casas a los comisarios de la Junta y al médico Lorite, que dirigía la fumigación, y no ocultaran ningún efecto o ropa de los contagiados para que el expurgo se realizase con «toda prolixidad y exactitud». El día que se les señalase debían franquear sus casas, presentando los objetos a expurgar, y tener preparado fuego, una o dos cazuelas y un poco de azufre para no retardar esta operación. Si no poseían medios económicos, el diputado de barrio les proveería de lo necesario. Estas fumigaciones era preceptivo realizarlas en ----96 Años después, el mismo Aréjula divulgó la ineficacia de las fumigaciones que tanta aceptación tuvieron en los primeros años del siglo XIX: ARÉJULA, M. de (1821), Memoria sobre la ninguna utilidad de uso de los gases ácidos para la desinfección o purificación de las materias contagiosas y de los contagios, Imprenta del Gobierno, Esparraguera, 26 p. 97 Sobre la diferente manera en que la población alicantina vivió la epidemia vid PASCUAL ARTIA-GA, Mercedes (1998-99) «Las reacciones de la población alicantina ante la epidemia de fiebre amarilla de 1804», Revista de historia moderna, 17, pp: 167-192. Carta del conde de Montarco al capitán general de Valencia, fechada en Madrid a 4 de enero de 1805. Instrucciones que deben seguirse para practicar las desinfecciones en las casas y fumigaciones de ropas. la ciudad, sus arrabales, embarcaciones del puerto y heredades del término. En los lugares donde ya se habían efectuado debían repetirse para mayor seguridad. El día 4 de enero Domingo Izquierdo comunicó el nombramiento del ingeniero Manuel Mirallas ⎯que residió en Elche⎯ que seguiría las órdenes emitidas desde Valencia, reconocería toda la huerta y proporcionaría el material necesario para realizarlas, ajustándose a las instrucciones del médico Aréjula y bajo la dirección de don Ambrosio Lorite 101. El 5 de enero Betegón escribió al conde de Montarco, a Godoy y a varios ministros informándoles de haber publicado un bando ordenando comenzar la fumigación esa misma tarde, ya que era apremiante la apertura del puerto y de la fábrica de cigarros para paliar las condiciones de miseria de la población 102. El 6 de enero ⎯sin haber recibido noticias del capitán general de Valencia⎯ el gobernador reclamó nuevamente que se diera la orden de iniciar las operaciones de expurgo y le informó de su comienzo, en los mismos términos en que lo había hecho al conde de Montarco 103. Domingo Izquierdo le contestó, el 8 de enero, insistiendo en la rigurosidad con que debían realizarse las fumigaciones:...las fumigaciones se hagan con la devida exactitud, que sean extensivas a los muebles y efectos que por este medio pueden quedar purificados; que se cepillen y pinten las puertas y ventanas de los quartos en donde huviese havido algún enfermo o muerto contagiado de la fiebre (...) no obstante las dudas, acerca de si el áccido sulfúrico neutraliza o no el virus de la fiebre, entiendo de la mayor importancia (...) para que no nos quede el rezelo, de que nuestra omición ha producido daño 104 Izquierdo no podría enviar sus «providencias» para la apertura de la comunicación ⎯tan ansiada por el gobernador de Alicante⎯ hasta que no se completara la fumigación. Unos días después Izquierdo le recordaba, y también a los vocales de la Junta de Sanidad de Alicante, que después de las fumigaciones debían guardarse cuarentenas preventivas de entre 10 y 30 días según las circunstancias del pueblo contagiado 105. El encargado de las fumigaciones en la huerta de Alicante fue el ingeniero Manuel Mirallas que iba acompañado de un escribano, unos médicos y un capitán de húsares. Concluidas las mismas, el territorio se declaraba sano pero seguía acordonado para impedir la comunicación con las zonas no expurgadas. Diariamente, en los remates del cordón del «país sano», se reunían los encargados del expurgo con los «profesores» de Alicante para informarse del estado de salud de los habitantes 106. El comisionado de Alicante, José Rodríguez, acudía al lugar que indicaba Mirallas para señalar los nuevos puntos del cordón, conforme se iban declarando sanos los territorios, y marcaba los sitios más a propósito para celebrar los mercados 107. Durante el mes de enero continuaron estas operaciones y el día 22 sólo quedaban por declarar sanos la ciudad de Alicante, el pueblo de Peñacerrada, San Juan y Benimaclet, que estaban en observación 108. Este mismo día, Pedro de Buck y O'Donell escribió a Betegón citándole junto con Manuel Mirallas ⎯en la casa de Vicente Llácer cerca del «Portichuelo»⎯ a las 9 de la mañana del día 25 para fijar las reglas y detalles que permitieran abrir el día 26 de enero la comunicación, el puerto y la fábrica de cigarros 109. El día 26 acudirían así mismo los médicos, un escribano y los oficiales que habían realizado los reconocimientos junto con los «profesores» que realizaron el expurgo de San Juan, Benimagrell y Peñacerrada. Se recomendaba la asistencia de todos los médicos de la plaza de Alicante junto con el director de la epidemia 110. Previamente a la apertura de la comunicación, el gobernador alicantino escribió a Izquierdo y le expuso el mal estado en que se encontraba la ciudad y la falta de fondos para remediarlo: 5. PRECAUCIONES TOMADAS POR LAS AUTORIDADES ALICANTINAS EN 1805 PARA EVITAR UNA NUEVA EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA En junio de 1805 ⎯temiéndose que con la llegada del verano apareciera de nuevo la epidemia⎯ comenzaron a adoptarse las medidas oportunas 113. Una de las primeras actuaciones ⎯anunciada mediante edictos en mayo de 1805 y promovida por la fe de la población en la Santa Faz⎯ fue la de trasladar la reliquia a la colegial de San Nicolás, cuando concluyera la desinfección general 114, que permaneció en la ciudad hasta pasado el mes de octubre 115. A comienzos de junio de 1805, el gobernador de Alicante dictó una serie de precauciones para evitar que las personas susceptibles a la fiebre amarilla pernoctasen en la ciudad, permitiéndoseles ⎯siempre que la ciudad permaneciese sana⎯ entrar y salir. Los individuos que fueran inmunes ⎯por haber pasado la enfermedad o haber residido más de un año en las Antillas o en la costa firme⎯ debían tramitar un certificado emitido por personas fidedignas, por las respectivas Juntas de Sanidad o por los facultativos que les hubieran atendido. Los jornaleros, artesanos, artistas o sirvientes que se hubieran establecido en Alicante después del día 26 de enero de 1805, día en que se abrió la comunicación de la ciudad, debían regresar al pueblo donde residían con anterioridad. Estas normas debían cumplirse antes del día 15 de junio. Se ordenó el aseo y limpieza de las casas y calles. Debían lavarse las puertas y blanquear las paredes, hasta la altura que hubieran podido rozar los contagiados por la epidemia 116. Guardas de sanidad controlarían el paso de las personas a través de las puertas de la ciudad. Mientras durase el riesgo de un rebrote, se prohibía la celebración de las ferias por ser lugares de fácil introducción y venta de géneros y efectos sospechosos. Cada semana se fumigarían los lugares donde se acumulasen las personas para eliminar los «vapores» que pudieran perjudicar la salubridad del aire. A principios de julio de 1805, el Consejo Supremo envió una circular, extracto de la Real Orden del 18 de junio, para el control del «pase de las personas y efectos procedentes de los pueblos que han padecido el contagio en el año próximo pasado» 117. Se proporcionaban instrucciones sobre las características que debían reunir los pasaportes de sanidad y las normas que las justicias y los jefes de los cordones ----sanitarios debían observar para su admisión. Estas medidas debían estar vigentes hasta finales de septiembre. Los capitanes o comandantes generales eran los responsables de los efectos retenidos y debían custodiarlos y «evitar su extravío». Otras medidas regulaban las cuarentenas, y su duración, de los equipajes o efectos de las embarcaciones que arribasen a los puertos 118. Las medidas preventivas se mantuvieron durante todo el verano y el 8 de octubre de 1805 en la sesión del cabildo municipal119 el gobernador, como presidente de la Junta de Sanidad, difundía una Real Orden en la que anunciaba el levantamiento de los cordones y el fin de las cuarentenas pudiendo dejarse libre la comunicación por lo perjudiciales que resultaban estas trabas al comercio 120. Como acción de gracias al «Todo poderoso» se realizaría un Te Deum los días 20, 21 y 22 de octubre, en el que estaría presente la Santísima Faz, a cuyo acto asistirían ambos cabildos, el clero, las comunidades y gremios, junto con el pueblo alicantino. Se llamaba a la generosidad a los vecinos más pudientes de la población con el objeto de aliviar la miseria de sus conciudadanos. Se recordaba que todo fuego artificial, cohetes o truenos estaba prohibido ⎯como se había reiterado en las correspondientes reales cédulas y órdenes recientes⎯ castigándose con rigurosas penas. Las medidas preventivas destinadas a evitar que otros territorios se contagiasen emanaba de las autoridades centrales o provinciales, que supervisaban las medidas que se adoptaban para solucionar los problemas locales mediante los llamados Directores de epidemias. Desde fuera del municipio el interés versaba en controlar que la epidemia no rebasara el cordón sanitario. La labor encaminada a solucionar los problemas que la declaración de la epidemia provocaba entre los habitantes recayó en las autoridades alicantinas. La financiación de los gastos ocasionados durante la misma a causa de las diferentes medidas adoptadas, que incluía la manutención de los indigentes de la ciudad, fue controvertida al carecerse de un fondo destinado a tal efecto. La forma de organización de las propias Juntas de Sanidad, reveló su ineficacia en cuanto a la rapidez y efectividad de las medidas tomadas. Posiblemente la Junta Provincial cumplió a la perfección su papel que parece que fue retardar al máximo la apertura de la comunicación de la ciudad de Alicante para evitar el riesgo de otras poblaciones a importar la enfermedad. Esto parece si atendemos al largo período de tiempo que transcurrió desde el 25 de diciembre en que ya no había ni enfermos ni ----118 Ibidem. muertos de fiebre amarilla hasta el 26 de enero, día en el que se anunció el fin del aislamiento. La misma razón pareció existir en el retraso por parte del capitán general de Valencia a enviar las órdenes pertinentes para el comienzo de las obligatorias fumigaciones hasta que Betegón tomó la iniciativa tras insistir en numerosas ocasiones debido a la miseria en que se hallaba la población y el esfuerzo económico que suponía mantener a todos los indigentes. En cuanto a la influencia en las medidas adoptadas en estas epidemias por la medicina del momento o por la vida social o económica. Los comerciantes elevaron sus protestas por los perjuicios que se les ocasionaban con este tipo de actuaciones pero no fueron demasiado atendidos. Lo extremado del aislamiento en casos de epidemia provocó a principios de siglo XIX que se ocultase sistemáticamente los primeros casos de estas enfermedades por las pérdidas económicas para el conjunto de la población, no solo para los comerciantes o burgueses. Más que la medicina del momento, fueron los médicos cercanos al rey y sus ministros los que influyeron decisivamente en imponer su opinión en las medidas a adoptar. En esta epidemia de fiebre amarilla de 1804, en Alicante se reciben frecuentemente las tendencias de dos médicos: Juan Manuel Aréjula en cuanto a las fumigaciones previas a la conclusión del aislamiento, que parece que fueron utilizadas, como revela Carrillo, como excusa para prolongar el plazo de seguridad del aislamiento, además de presentarlo como experto conocedor de la nueva enfermedad al tener experiencias previas vividas en Andalucía. El otro médico que impuso su opinión sobre la naturaleza de la enfermedad y la forma de combatirla fue Tadeo de la Fuente. Un dictamen suyo de octubre de 1804 imponía su postura de lo que había que hacer en caso de que en una casa murieran dos o tres en pocos días: No hay que cansarse: no dexará de correr la sangre humana derramada sin piedad por la vana confianza y por las pasiones, disputas eternas y diversidad de pareceres e intereses de los hombres, mientras no se establezca, por canon médico político, que no por conocimientos positivos, que en tales casos (...) están autorizados los pueblos a empezar preventivamente sus defensas y sus precauciones y a seguirlas con tenacidad (...)Una sola providencia sencilla y practicable bastava seguramente para aniquilar todo este caos inmenso de impedimentos, de controversias, de miseria y de desorden. Mándese con la mayor severidad que se aísle inmediatamente una casa qualquiera en que un mal, sea el que fuere, haya ido recorriendo toda la mayor parte de la familia y produciendo dos o tres muertos en pocos días (...) y no se apoderará jamás del distrito ninguno de estos infinitos contagios puros que devoran la población de quando en quando, por más que la casualidad, el descuido, la improvisión, los intereses particulares, ni otra qualquiera causa siga trabajando por introducirnos en nuestro territorio estos regalos de la muerte y estos comercios de sangre. Prohíbase, del modo más firme y terminante, hacer caso alguno de las disputas ordinarias sobre nombres vagos y pestíferas cantilenas de fiebres pútridas, malignas, estacionales biliosas, no epidémicas, locales y otras de este jaez, que haciendo perder un tiempo fugaz y preciosísimo y siendo únicamente producidas por la ignorancia o por las pasiones, solo sirven para alucinarnos mutuamente y hacer más destrozos que la misma peste. Hágase responsables hasta el último extremo a los facultativos, a los magistrados mismos y a Este documento refleja la postura que debía adoptarse y que emanaba de todas las disposiciones procedentes de las instrucciones de las Juntas Suprema y Provincial de Sanidad, culpando directamente a los médicos y autoridades y a la misma Junta local de sanidad de cualquier desviación en este sentido y de las consecuencias negativas que la imposibilidad de controlar la epidemia produjese. El centralismo imperante impedía otros foros para polemizar sobre esta postura, polémicas que surgieron más tarde sobre todo en las epidemias coléricas.
Depto. de Salud Pública Universidad Federal de Santa Catarina, Argentina En este trabajo discuto las dificultades de universalizar la oposición propuesta por Ackerknecht entre infeccionismo y contagionismo examinando los efectos del pasteurismo en los discursos y las prácticas sanitarias. Muestro las rupturas y las continuidades entre la higiene clásica y aquella reorganizada a partir de la microbiología. En ese contexto analizo, como ejemplos puntuales, ciertas estrategias sanitarias de control de la vivienda popular propuestas por los higienistas de Brasil y Argentina. PALABRAS CLAVE: higiene, salud pública, Argentina, Brasil, siglo XIX, siglo XX. La historia de la higiene nos obliga a detenernos en la lectura de autores oscuros y olvidados, de textos, documentos y archivos que hoy parecen carecer tanto de relevancia científica como de valor político. Anales y escritos que nos hablan de programas fracasados, de teorías refutadas y de debates anacrónicos. Sabemos, sin embargo, que entre esos papeles polvorientos persisten los restos de luchas, alianzas y conquistas científicas o políticas que pueden ayudarnos a comprender mejor nuestro presente. Pretendemos hacer de esos documentos un uso epistemológico y político, de manera tal que ellos nos permitan mostrar que entre las antiguas estrategias propuestas por los higienistas y aquellas que posteriormente serán sostenidas a la luz de los descubrimientos de la microbiología no existe necesariamente confrontación u oposición, sino más bien una especie de solidaridad y complementariedad que puede ser verificada tanto en el horizonte de la historia conceptual cuanto en el horizonte de la historia social y política. Resulta inevitable, por tanto, que revisemos ese argumento que insiste en afirmar que es necesario recuperar una vieja medicina pre-pasteuriana, preocupada con los problemas sociales más que con los microbios, una medicina referida a la pobreza y a los conflictos que de ella derivan, que desaparecería en ese momento preciso que surge una nueva figura: la del médico que deja de luchar contra la miseria para luchar contra pequeños seres, a simple vista invisibles, considerados como los verdaderos y únicos causantes de las enfermedades. En primer lugar es preciso interrogarse por el estatuto teórico y político de la higiene pre-pasteuriana. ¿Cómo se constituyó ese espacio discursivo? ¿Qué estrategias concretas puso en práctica? ¿Cuáles eran sus preocupaciones y objetivos?. Es probable que entonces podamos observar que para muchos higienistas pre-pasteurianos la lucha contra la miseria podía significar, al mismo tiempo, dos cosas: un reconocimiento explícito y estadísticamente fundamentado de la necesidad de modificar las desigualdades sociales, pero también, la necesidad de multiplicar estrategias de control sobre el modo de vida de las clases populares. A partir de Ackerknecht se afirma que el higienismo anterior a la así llamada «Revolución Pasteuriana» no constituía un bloque homogéneo sino que existieron dos corrientes confrontadas teórica y políticamente que podían ser reconocidas como infeccionistas y contagionistas. Pasteur había posibilitado la victoria definitiva de los segundos a partir del momento preciso en que logró desarticular la antigua creencia en la generación espontánea. Estas afirmaciones suponen ciertas certezas que precisan ser problematizadas. En primer lugar parece inevitable que nos interroguemos por la validez universal de la distinción de Ackernecht 1. ¿Es posible reconocer esa misma oposición, en diferentes países y en diferentes circunstancias, o deberemos afirmar que las nociones de infección y contagio, pueden resultar tanto aliadas como antagónicas según sean los contextos políticos y sociales, o los intereses a ser defendidos? 2. Por fin, será necesario analizar hasta qué punto es posible hablar de una contradicción absoluta entre los higienistas clásicos (que se supone, en su gran mayoría, eran anti-contagionistas) y las estrategias de los nuevos higienistas que se proponían luchar contra ese universo amenazador de lo «infinitamente pequeño». ----1 La tesis de Ackerknecht formulada por primera vez en el texto clásico «Anticontagionism between 1821 and 1867» de 1948 fue sometida desde entonces a críticas y defensas diversas. Nuestro interés es analizar su aplicabilidad y pertinencia para analizar la oposición infección-contagio y la emergencia del pasteurianismo en América Latina, más presisamente en relación a la medicina e Higiene Argentina y Brasileña de inicios de siglo. 17 Nos limitaremos a mostrar de qué modo estas posiciones se articularon, se profundizaron o se anularon, en el caso específico de la construcción de algunas estrategias sanitarias puntuales. Así, examinaremos algunos de los argumentos que, entre fin del siglo XIX e inicios del siglo XX, fueron considerados, en Brasil y Argentina, en el contexto de algunas discusiones sobre la cuestión de la vivienda popular y las llamadas «islas de insalubridad». Como intentaremos mostrar, si el discurso de la microbiología pudo integrarse al espacio del higienismo, a punto de modificar casi enteramente sus prácticas y su discurso, fue porque las estrategias de los higienistas ya se habían demostrado eficaces para el control de diferentes enfermedades; independientemente de la posición que ellos hubieran adoptado frente a los problemas derivados de las desigualdades sociales. La asociación entre clases pobres y clases peligrosas, forma parte del discurso de higienistas como Villermé o Virchow, aun cuando sus estudios permitieron establecer claras correlaciones entre mortalidad prematura y condiciones sociales de vida 3. Los controles sanitarios referidos a la vivienda popular, llamada de «conventillo», «tugurio» o «cortiço», así como la emergencia de su correlato (el visitador), ponen en evidencia que es posible hablar de complementariedad entre las diferentes estrategias sanitarias adoptadas por los higienistas clásicos y por el «nuevo higienismo» 4 heredero de la llamada «Revolución Pasteuriana». Desde los estudios de Villermé sobre las condiciones de vida de los operarios de la industria algodonera hasta la reforma de Haussmann, que transformó la urbanización de París, un mismo tema se reitera: la necesidad de excluir, hacia las zonas rurales (Villermé) o hacia la «banlieue» (Haussmann), a las clases populares, identificadas con la peligrosidad moral en el primer caso, con la peligrosidad política en el segundo, y com la peligrosidad médica en ambos. Pero, es preciso no desconsiderar que la descripción hecha por Villermé de las habitaciones de los operarios puso al desnudo la inequidad; permitió establecer claras correlaciones entre ellas y la alta mortalidad de los trabajadores; evidenció la necesidad de legislar sobre el trabajo infantil, sin dejar de reiterar las preocupaciones «aeristas» clásicas. «Se encuentran en 1828 hasta 3687 alojamientos en cuartos subterráneos, estrechos, bajos, privados del aire del día, donde reina la suciedad, y donde reposan en una misma cama los padres, los hijos y los hermanos y hermanas adultas» 5 «El día llega para ellos una hora más tarde que para los otros y la noche una hora más temprano» 6. ---- 6 La relación entre condiciones físicas y morales que, como veremos, es una cuestión recurrente en el texto de Villermé, lo lleva a insistir en la relación entre esos cuartos estrechos y la existencia de relaciones incestuosas como algo común entre las clases pobres. Comprender el papel desempeñado por higienistas como Villermé, así como los cambios que la nueva higiene francesa debió sufrir a partir de los trabajos de Pasteur, parece indispensable para poder tornar inteligibles las intervenciones que fueron programadas por los higienistas argentinos y brasileños con relación a la vivienda popular hacia fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. Tal como lo afirma Nancy Stepan existieron entonces fuertes vínculos entre los intelectuales de Latino América y los higienistas franceses, que, muchas veces implicaron una verdadera dependencia de la medicina Latino Americana de los discursos y estrategias adoptadas por los higienistas franceses7. LA PASTEURIZACIÓN DE LA HIGIENE Para poder hablar de cierta continuidad entre las estrategias propuestas por los higienistas, en su gran mayoría defensores de explicaciones miasmáticas y de profilaxis de saneamiento y desinfección, y aquellas estrategias que se adoptaron con posterioridad a la llamada Revolución Pasteuriana es necesario revisar la tesis que afirma que ese momento representa el triunfo del contagionismo por sobre el infeccionismo. El análisis de las controversias científicas ocurridas en diferentes países pone en evidencia que no se trata de dos formas puras sino de dos modos de comprender la cuestión de la etiología de las enfermedades que por un largo tiempo pudieron convivir, aunque no sin dificultades. Estos dos modelos de explicación fueron detenidamente analizados en el clásico texto de William Coleman «Death is a social desease». Aun cuando el mismo se centra en el estudio de Villermé y el higienismo francés pre-pasteuriano, nos permite caracterizar estos dos modos de comprender las enfermedades epidémicas que, en ciertas circunstancias precisas, se opusieron tanto teórica como políticamente. Para él, el estudio de Ackerknecht de 1943 fue el primero en identificar la intima conexión existente entre salud pública e intereses político-económicos, a partir del momento que señala los vínculos entre políticas conservadoras defensoras de las cuarentenas y teorías contagionistas. Para Coleman 8 la disputa entre contagionistas e infeccionistas era un elemento especial de una cuestión más amplia cuyo tema principal eran las relaciones entre la civilización moderna y las condiciones médicas de la población. Por esa razón los reformadores generalmente se opusieron a la idea de «contagio vivo» como causa de las enfermedades y defendieron la tesis que afirma que la insa-----lubridad y las condiciones precarias de vida eran los verdaderos responsables por las epidemias. Edwin Chadwick, ferviente anticontagionista, centró toda su atención en la suciedad considerada único principio explicativo 9. Villermé, por su parte, centró sus estudios en las condiciones precarias de vida de los obreros y prisioneros. A pesar de la atención dedicada a este debate durante las últimas décadas, diversos estudios recientes, como por ejemplo el trabajo que Peter Baldwin dedica a la historia y epistemología de diferentes enfermedades tales como el cólera, la sífilis y la viruela, parecen mostrar la pertinencia de volver una vez más sobre esa distinción tantas veces repetida entre infeccionistas y contagionistas. A partir del análisis de documentos y archivos relativos a la historia de esas enfermedades, en diferentes países europeos, durante el período de 1830 a 1930, este autor concluye que entre esos diferentes modos de explicar las epidemias no existieron correlaciones lineales y unívocas sino cruzamientos y figuras intermediarias que no se agotaban en el esquema tantas veces repetido de miasmáticos-progresistas y contagionistas conservadores. Entiende que «una visión estrictamente binaria de la etiología (localismo vs. contagionismo) o de la profilaxis (estrategias sanitarias vs. cuarentena) puede resultar una distorsión. Los tres bloques básicos de la teoría epidemiológica ( factores locales, sea naturales o sociales, predisposición individual y contagio) eran múltiples y mutuamente permeables» 10 Es posible que el análisis de la existencia de una enorme zona intermediaria entre contagionistas estrictos y infeccionistas estrictos (donde sí sería posible reconocer la oposición de Ackerknecht) nos permita hablar de un espacio donde convivieron diferentes modos de comprender la etiología de las enfermedades y de edificar esquemas profilácticas, que no se limitaban a repetir la oposición clásica. Es posible que, entonces, podamos entender de otro modo la relación entre el higienismo y la emergencia de la microbiología. El reconocimiento de ese espacio donde convivieron estrategias que deberían ser opuestas puede permitirnos explorar la idea clásica que insiste en establecer una ruptura radical entre las estrategias de purificación y de saneamiento propias del higienismo pre-pasteuriano y la emergencia de la microbiología. Tal como lo afirma Bruno Latour11, esta última no decretó la muerte de la primera. Aun cuando pueda ser reconocida la existencia de un nuevo modelo explicativo (los complejos patogénicos) 12, podemos observar la permanencia de estrategias «purificacionistas» de carácter universal que persistieron, en muchos casos por su operatividad, en diferentes ----9 COLEMAN (1982), p. 156. países y a propósito de diferentes enfermedades (tal es el caso, por ejemplo, de la profilaxis de la fiebre amarilla en Argentina a inicios del siglo XX). Existió una fase ecléctica donde convivieron la preocupación por los microbios, y la obsesión por la purificación. Así, resulta significativo que, durante algún tiempo, las medidas profilácticas se dirigieran, prioritaria y exclusivamente, a las letrinas y cloacas a las cuales, según se creía, se limitaban los microbios: «para el microbiologista Paul-Louis Keiner los «reservorios» microbianos se limitaban a las letrinas y a los desagües en primer lugar y al suelo en segundo lugar»13. Estos espacios de encuentro entre dos discursos aparentemente irreconciliables nos permiten cuestionar la tesis que nos habla de paradigmas kuhnianamente inconmensurables14. La existencia de espacios de convivencia entre miasmas y microbios, entre enfermedades que eran pensadas como efecto de la «suciedad» y enfermedades que encontraban su explicación en los bacilos y bacterias, así como la convivencia entre profilaxis centradas en la purificación y aquellas centradas en la desinfección, nos permite cuestionar la tesis que habla de una ruptura radical entre posiciones antagónicas. Si nos detenemos allí donde esas estrategias se encuentran y se solidarizan veremos algunos puntos de contacto significativos que se reiteraron en el momento de definir medidas profilácticas para las diferentes epidemias. Estrategias tales como la desinfección de los espacios, el control de la vivienda popular y el control de los inmigrantes se repitieron antes y después de la revolución pasteuriana. A partir de allí, los higienistas, sean infeccionistas o contagionistas, intentaron controlar y detener las epidemias que se reiteraban tanto en América Latina como en el resto del mundo: cólera, fiebre amarilla, tuberculosis, sífilis. Hoy aquellas viejas enfermedades de la pobreza, que creíamos erradicadas y superadas, reaparecen con fuerza extrema e inesperada, al mismo tiempo que nuevas enfermedades epidémicas e infectocontagiosas amenazan a las poblaciones. Conocemos la directa vinculación existente entre la distribución de ciertas enfermedades y el modo como se distribuye la pobreza, sea en el interior de cada país, sea a escala mundial. Sin embargo, las diferencias persisten así como persisten los viejos flagelos que podrían ser evitados. Quizás, sea allí donde la historia de la ciencia puede resultar un auxilio eficaz para comprender el proceso de construcción de las teorías y de las estrategias de prevención actualmente existentes. Una vez mas los países de Latinoamérica (nos referimos principalmente a Brasil y Argentina) se enfrentan con la necesidad de controlar esas viejas enfermedades epidémicas y endémicas que insisten en retornar (malaria, cólera y lepra por un lado, tuberculosis y sífilis por otro). Una vez más, el saneamiento de las viviendas populares y el control de las fronteras resultan ser los dos espacios privilegiados de acción de los gobiernos y de sus estructuras sanitarias. Reiterada-----mente ese saneamiento se asociará al control de la vivienda popular y en consecuencia al control del modo de vida de las clases populares. Se reproduce así una vieja estrategia que surgió con el higienismo, desde las estadísticas de Villermé sobre las condiciones de vida de los obreros del algodón, la «ebriedad» y la «promiscuidad» nunca dejaron de ser objeto de preocupación para los higienistas. Por otra parte, aún hoy, el control de las fronteras parece no poder escapar de consideraciones referidas a una supuesta peligrosidad de los inmigrantes, como lo atestiguan los conflictos existentes en Argentina con la inmigración de países limítrofes (prioritariamente los inmigrantes de Bolivia). Así por más de un siglo continuamos reiterando una misma creencia que parece haberse convertido en certeza por la fuerza de la repetición, para poder controlar las epidemias parece necesario auxiliar-controlar aquellos sujetos que se mantienen al margen de la sociedad: pobres, desempleados e inmigrantes. Es en el interior de esa polaridad entre auxilio y punición, entre solidaridad y vigilancia, que se multiplican los conflictos, las dudas y las certezas que parecen haber marcado la historia del higienismo, una historia que comprende tanto al higienismo clásico preocupado con los miasmas o con el «contagium vivo» como a los «nuevos» higienistas preocupados con bacilos, parásitos y bacterias. ¿De qué modo y bajo qué condiciones fue posible, en ese momento inaugural de la historia de la medicina argentina y brasileña, la convivencia de esas formas discursivas: microbiología e higiene clásica? ¿De qué modo el saber médico, que parecía finalmente haber alcanzado su estatuto de cientificidad, pudo convivir con las estrategias purificadoras de los higienistas? Se puede afirmar que: «Antes de Pasteur, la relación entre enfermedad y miseria era directa. Con la revolución microbiana, comenzó a ser aceptado que el espacio social de las epidemias, ya no estaba exclusivamente ocupado por pobres, sucios, vagabundos o locos, pues aun el hombre sano era portador de gérmenes» 15. Entonces, resulta necesario analizar de qué modo las estrategias de gestión, de control y de moralización referidas al mundo de la pobreza permanecieron y se integraron en un nuevo esquema sanitario que privilegiaba (a partir de Pasteur y Koch) el combate a los microbios sin por ello dejar de referirse a las condiciones de vida. Intentaremos mostrar de qué modo, y a partir de qué prácticas concretas, pudieron convivir, sin grandes conflictos, el discurso científico referido a los microbios con las estrategias higienistas clásicas de limpieza, saneamiento y moralización. Con la finalidad de analizar si es o no posible hablar de continuidad, resulta indispensable caracterizar al higienismo clásico, tanto en lo que se refiere a las estrategias que hoy podemos considerar operativas y necesarias, como en relación con aquellas que hoy pueden ser consideradas superfluas, no equitativas o injustas. ----15 ARMUS, D. (org.) (1995), Huelgas, Habitat y Salud, Sudamericana Buenos Aires, p. LA EMERGENCIA DEL HIGIENISMO Como respuesta a los temores y angustias provocados por la aparición de diversas epidemias, se generalizó una preocupación por el espacio urbano tendiente a garantizar la circulación del aire purificado: liberado de miasmas. Así, en el año 1776 fue realizada en Francia la primera investigación sanitaria encargada por la Academia de Medicina para intentar descubrir el origen de las epidemias: «centenas de médicos han censado a los enfermos, a sus ciudades y villas, han relevado las horas de las mareas, la fuerza de los vientos, la cantidad de lluvias. Sus informaciones se extendieron al estado de las calles, de las habitaciones y cuartos de los trabajadores. El conjunto de esos datos crea un género, el de la topografía médica, síntesis inicial de los primeros balances sanitarios efectuados sobre una comunidad» 16. Esta topografía médica que fue el punto de partida para diversas intervenciones urbanas sanitarias, anticipaba un hecho que, años más tarde se convirtió en ineludible; la exigencia de cuantificar y calcular, con cifras lo mas precisas posibles, el estado sanitario de una ciudad. Vinculada a la extensión de esa «topografía» ocurrió un segundo hecho significativo: en el año 1786 el cementerio des Saints-Innocents de Paris fue cerrado, exhumado y desplazado. La noche del 7 de abril de ese año fueron trasladados los cuerpos cubiertos con banderas negras, de modo tal que «la teoría del aire mefítico había impuesto por primera vez el alejamiento de los muertos del interior de las ciudades» 17. El tercer hecho significativo fue la emergencia del hospital medicalizado y de la clínica. En el año 1780 fueron realizadas las investigaciones necesarias para poder evidenciar los limites y las dificultades de los hospitales de caridad hasta entonces existentes. A partir de allí, el hospital dejaba de ser ese espacio donde las personas pobres esperaban la muerte, para pasar a ser un espacio de observación, un espacio médico de enseñanza donde debía existir un registro exhaustivo de los enfermos y de sus enfermedades. El nuevo hospital donde la figura del médico sustituía a la religiosa debería ser un espacio creado para permitir la circulación del aire, preocupación central para los médicos de fin del siglo XVIII. El estado higienista del siglo XIX puede situarse en el entrecruzamiento de estos tres hechos significativos: (a) el nacimiento del hospital medicalizado, (b) la preocupación por la cuantificación y el uso de las estadísticas y (c)la renovación del aire como exigencia médica. La medicalización del hospital parece situarse a mitad de camino entre el «aerismo» y las estadísticas. La emergencia del hospital no escapaba al temor del aire mefítico y en consecuencia su localización en la ciudad debía responder a las exigencias de la topografía médica; tampoco escapaba de las exigencias de cuantificación pues, en la ----medida en que debía garantizar la existencia de un registro permanente de todo lo que ocurría en su interior, se convertía en una fuente inestimable de conocimientos y de datos que podían ser contados, distribuidos, calculados y comparados. La higiene encontraba las condiciones de posibilidad de su emergencia entre los miasmas y los números. La purificación del aire y las estadísticas eran los instrumentos privilegiados tanto para consolidar su discurso como para garantizar la eficacia de las intervenciones propuestas. Esos instrumentos permitían actuar simultáneamente en la reorganización urbana, preocupada con los olores y con su percepción, y en el interior del hospital, espacio privilegiado de observación de la enfermedad. La antigua nosología era desplazada y dejaba lugar a la nueva asociación entre la anatomía patológica y la clínica. Con Broussais, y a pesar de sus inútiles sangrías y sanguijuelas, la medicina devino finalmente «fisiológica», a cada síntoma se le podía atribuir una causa precisa, y esa causa debía ser procurada en la irritación (inflamación) de los tejidos del «órgano sufriente». A partir de allí se transformó en obligación médica: «(a) Determinar cuál es el órgano que sufre; (b) explicar cómo el órgano ha devenido sufriente, considerando que la irritación puede provocar hiperactividad o astenia funcional; (c) indicar qué se debe hacer para que cese de sufrir, esto es, suprimir la causa (el frío en la pulmonía)» 18. Por inflamación se entendía una irritación provocada en todos los tejidos por el contacto con un cuerpo extraño, agentes vivos o no vivos, exteriores o interiores pero que, de todos modos, eran extraños al funcionamiento de ese órgano: sea que se tratara de una alteración de clima, de una variación en el régimen alimentario o de cualquier otra alteración.Como afirmó Broussais: «Después de muchas vacilaciones en su marcha, la medicina sigue, en fin, la única ruta que puede conducirla a la verdad: la observación de las relaciones del hombre con las modificaciones externas, y de los órganos de los hombres unos con los otros» 19. A partir de entonces podía decirse que a cada síntoma le correspondía una alteración orgánica observable. El espacio de la enfermedad había devenido un espacio causal, y esa causalidad era ahora observable a través de la alteración de los tejidos que indicaban la existencia de agentes extraños que provocaron esa inflamación. El médico podía, entonces, establecer una alianza entre los dos roles que le eran atribuidos: «el conocimiento, a través de la anatomo-clínica y la prevención a través de la higiene». Es verdad que la escuela anatomo-clínica se encontraba dividida entre los partidarios de la teoría de Broussais y otros que, como Laënnec, creían en la existencia de entidades mórbidas específicas, cuyas causas misteriosas podían, sin embargo, ser transmitidas 20. 20 Para J. Leonnard, que considera válida la distinción de Ackerknecht antes analizada, esta misma diferencia se reproduce en el ámbito de la policía sanitaria «entre los infeccionistas, generalmente brous-Si, por una parte, la emergencia del hospital medicalizado debe considerarse como condición de posibilidad de ese nuevo espacio causal al que se vinculaban las afecciones orgánicas observables, por otra parte, es también ese espacio el que posibilitó que el sueño de cuantificar la enfermedad se creyera finalmente alcanzado. Pierre Louis (1820-50) pretendía crear, lo que dio en llamar «medicina numérica». La misma partía de la convicción de que era «posible estudiar en el hospital una población de enfermos de la cual se registraban todos los síntomas. Después de la muerte se estudiaban todas las lesiones anatómicas y finalmente se intentaba hacer una relación entre las lesiones y los síntomas registrados. Se creía que multiplicando estas observaciones se podrían construir series estadísticas que auxiliarían a descubrir las causas de las enfermedades» 21. Entonces, las enfermedades se convirtieron en objeto de estudios estadísticos a través de dos caminos diferentes. Dentro del hospital para evaluar las terapéuticas y tentar establecer correlaciones etiológicas, como lo hacía Louis a partir de los registros de enfermos del hospital. Fuera del hospital, los higienistas de la primera mitad del siglo XIX 22 utilizaron estudios estadísticos que partían de la comparación y análisis de las tablas de mortalidad con la finalidad de descubrir leyes capaces de explicar las regularidades observadas 23. William Farr en Inglaterra y Louis Villermé en Francia construyeron estudios epidemiológicos sobre las condiciones de vida de los operarios que dieron el fundamento para imprescindibles reformas legislativas (ley de 1841 limitando el trabajo de niños) a pesar de carecer aún de modelos matemáticos muy elaborados. La historia de la higiene parece ser inseparable de un proceso de matematización de la enfermedad. Ya en el siglo XVIII los higienistas habían iniciado este proceso de cuantificación, con las investigaciones aerísticas (como la que fue lanzada en 1776 por la Academia de Medicina) que encontraron un fundamento teórico consistente una vez que Lavoisier 24 realizó sus experiencias con el oxígeno y la respiración. El aire se convertía entonces en el tema privilegiado de los higienistas, y el laboratorio ingresaba al ámbito de los estudios médicos. Ya no se trataba de una preocupación por el perfume sino por ese elemento esencial que permite respirar y vivir. Toda la distribución del aire debía ser re-pensada, era necesario remodelar los espacios, descubrir los lugares donde se concentra el aire viciado, actuar sobre el medio. Para ello era necesario conocer la realidad del mismo, calcular la cantidad de agua y de ---saisistas que preconizan una política de prosperidad y de higiene pública y los contagionistas que defienden la existencia de lazaretos y cuarentenas». Ver: LEONNARD, J. (1992) aire necesarios para los seres vivos según las diferentes circunstancias. Lavoisier traducirá en cifras la cantidad de oxígeno que era necesaria para la realización de diferentes acciones según sea la edad, el sexo, la salud o la fuerza de quien lo consumía 25. Esas cuantificaciones se multiplicaron con relación a los tísicos, indicando la necesidad de renovar el aire y de transformar los espacios de vida. Estos estudios conducían a la instauración de un nuevo dispositivo higienista de prevención que parecía confirmar las utopías imaginadas por la topografía médica. Diferentes autores26 han observado que el higienismo de inicios de siglo aparecía bajo la forma de un neo-hipocratismo o de un hipocratismo transformado a la luz de los descubrimientos de la química. Esta corriente se caracterizaba por su creencia en el «aerismo». «Se designa por ese término la convicción de que las afecciones y la contaminación se producían por el aire más que por el agua. La química aureolada por los recientes descubrimientos de Lavoisier sobre el análisis del fenómeno respiratorio y la identificación del gas carbónico venía a reforzar esa corriente»27. La preocupación con el agua era inevitable a partir del momento que se suponía que de allí emergerían gases tóxicos que contaminarían el aire. La cuestión de los pantanos se inscribe enteramente en ese espacio de discusión. Desde 1777, cuando Lavoisier presenta en París su trabajo sobre la respiración, el aire y los estados del mismo pasan a ocupar el centro de las preocupaciones de los higienistas. Como afirma Lavoisier 28 en sus Memorias sobre el aire y el agua: «De todos los fenómenos de la economía animal, no hay ninguno más digno de atención para médicos y fisiólogos, que aquellos que acompañan a la respiración. Sabemos que esa es una función esencial a la vida, que ella no puede ser suspendida sin exponer el animal al peligro de una muerte próxima. El aire, como todo el mundo sabe, es el agente, el sujeto de la respiración, pero, al mismo tiempo (...) hay un gran número de aires que los animales no pueden respirar». Era necesario diferenciar entre los diferentes «fluidos elásticos» aquellos propios y aquellos impropios para la respiración. Entonces, se decía que: «la respiración actuaba únicamente sobre la parte de aire puro o desflogistizado (oxígeno) contenido en la atmósfera; el residuo aéreo o parte «mefítica» no es más que una materia pasiva que entra y sale de los pulmones sin cambios sensibles» 29. Lavoisier comprobó experimentalmente que, un animal enfermo en un espacio que contenga aire mefítico y limitado oxígeno, muere. En ese ----proceso el calor jugaba un papel determinante, pues la respiración se definía como un tipo de combustión. Nociones y conceptos tales como, calórico, aire mefítico, oxígeno, gases tóxicos, formaban la trama discursiva en la que se sustentaban las intervenciones del higienismo. «Jean-Noel Hallé, titular de la cátedra de física médica y de higiene en la Ecole de Santé no dudaba en situar la cuarta época de su Historia de la Higiene en el momento de (...) la revolución química que ha permitido el conocimiento de los «fluidos aeriformes» 30. Así, en la Segunda mitad del XVIII las ciudades fueron objeto de «censos médicos» y fueron transformadas: los cementerios fueron desplazados a la periferia, se pretendió destruir las calles estrechas «acusadas de mantener los muros opuestos tan cerca que comprimía los pulmones» 31, se trasladaron los mataderos y se cubrieron los pantanos. «Desde el fin del XVIII e inicios del XIX todos los elementos que podían alterar la calidad del aire fueron controlados, se trate de cementerios próximos de las ciudades, de actividades artesanales o de industrias que contaminan la atmósfera» 32. Este mismo proceso, que se repitió de modo casi idéntico en diferentes países, también ocurrió en Brasil y Argentina algunos años mas tarde. LA VIVIENDA POPULAR HIGIENIZADA Entre las estrategias edificadas por los higienistas clásicos y aquellas estimuladas por el nuevo higienismo pasteuriano es posible hablar de continuidad. No todas las estrategias fueron, como en el caso específico de la vacunación, diferentes a las estrategias anteriores. Es posible analizar la permanencia de ciertas estrategias clásicas referidas al medio que, aun cuando se refirieran a microorganismos, permanecieron prácticamente inalteradas. Era esto lo que ocurría cuando se hablaba de la necesidad de controlar la vivienda popular y de excluir los barrios y casas populares del centro a la periferia. La cuestión de la vivienda popular «higienizada», que aparece de modo insistente durante la segunda mitad del XIX e inicios del XX, parece surgir del encuentro de, por lo menos, tres series discursivas: (a) la emergencia de la microbiología y su relación (no necesariamente de oposición) con el higienismo y con las explicaciones aeristas (b) la generalización de la estadística como recurso capaz de poner en evidencia la relación entre las desigualdades sociales y las diferencias en la mortalidad de la población; (c) la preocupación sanitaria y jurídica de controlar y moralizar las conductas de los sectores menos privilegiados de la población, o, dicho de otro modo, la persistencia de la antigua asociación entre condiciones físicas y condiciones morales. ---- No es simple distinguir, en el tejido confuso de las argumentaciones estas dos últimas series discursivas. Las estadísticas diferenciales de mortalidad casi inevitablemente hacían aparecer, entre los ítems a ser evaluados, elementos de carácter moral tales como la promiscuidad, el abandono, la ebriedad, etc. Tanto Villermé como Parent Duchatelet en los textos fundadores del higienismo nos permiten observar la vinculación estrecha que existe entre la cuantificación y la preocupación con los considerados problemas «morales». En el primer caso las estadísticas se referían a la ebriedad y promiscuidad sexual, en el segundo caso a la prostitución. Las estadísticas, estaban dirigidas también a diferenciar los indicadores de mortalidad entre ricos y pobres. Todo indicaba que una nueva amenaza emergía junto con el aire viciado, las calles estrechas, los lugares cerrados. Poco a poco esa medicina del medio pasó a ocuparse de una nueva figura: «los desheredados de las fábricas», las clases pobres, que pasaron a ser visualizados como médicamente peligrosos. Proteger a la sociedad contra esa amenaza exigía conocer sus condiciones de vida, y más importante aún, las condiciones de sus muertes. La estadística aparecía, tanto en Europa como en América Latina, como el mejor instrumento para conocer esa realidad. Así, para el higienista argentino Guillermo Rawson: «quienes hayan tenido oportunidad de observar la vida que se pasa en esas habitaciones malsanas que venimos estudiando, podrán comprender que de la alta cifra de defunciones, 2.200 al menos, procedían de las casas de inquilinato, lo que daría, sobre los 64.156 habitantes que ellas tenían, una mortalidad de 34 por mil. Entonces se puede apreciar la influencia perniciosísima que esas casas ejercen por la difusión de las enfermedades infecciosas, y la gravedad que ellas asumen en esos focos horribles desde donde se transmiten al resto de la población» 33. Ese momento puntual de la historia del higienismo no puede ser pensado exclusivamente en términos de violencia y dominación, las estrategias de poder represivas y poco equitativas que efectivamente existieron, convivieron con estrategias de saneamiento necesarias y efectivas. Las estrategias utilizadas posibilitaron una comprensión del estado sanitario de las diferentes clases sociales y evidenciaron la necesidad de modificar esas desigualdades. Las estadísticas de Villermé ponen al desnudo las diferencias de mortalidad existentes entre diferentes clases, diferentes profesiones y diferentes tipos de comportamiento 34. Como afirma Anne La Berge 35: «médicos como Villermé estaban motivados por sentimientos humanistas. Ignorar esas motiva-----33 RAWSON (1885), apud Páez (1970), El conventillo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, p. 34 Patrice Bourdelais (1988) señala que Villermé denuncia en realidad una correlación entre enfermedad y falta de salubridad más que entre enfermedad y pobreza. Es eso que lo lleva a afirmar que la mortalidad es más baja en el caso de las empleadas domésticas pues sus alojamientos son mas higiénicos, desconsiderando que existe una amplia escala en la pobreza que sitúa a estas mujeres muy por arriba de los trabajadores flotantes y desempleados. ciones humanitarias puede llevar a distorsionar la visión del movimiento de higiene pública». Claro que esto no implica afirmar que la historia del movimiento higienista haya sido ajena a estrategias de exclusión, moralización o control. La higiene se apoyaba sobre una matematización de la sociología empírica. Colectar los hechos, seriar los casos, establecer correlaciones entre variables pertinentes, medir la incidencia de la edad, del sexo, de la profesión, del domicilio, de la alimentación era designar una semiología de la salud y del mal biológico36. Esos datos, números y estadísticas permitieron la realización de un cierto número de reformas tales como la legislación que limitaba el trabajo infantil o las leyes de saneamiento y reforma urbana. Desde su inicio la higiene surgió de un conflicto: por un lado, respondía a la necesidad de mostrar, de poner en evidencia las inequidades sociales; por otro, parecía no poder evitar transformar esos datos en indicadores de comportamientos que debían ser vigilados y modificados. Así, en el año 1907 la correlación evidenciada por las estadísticas entre pobreza e incidencia de tuberculosis pudo llevar a los higienistas brasileños a defender la necesidad de edificar viviendas populares que cumplieran con los requisitos higiénicos de aireación y privacidad, pero, pudo llevar también a afirmar la necesidad de crear estrategias de vigilancia generalizada. En Argentina aun cuando existieron algunos intentos de utilizar los registros de mortalidad como en el caso de Rawson, solo fue con Emilio Coni a inicios del siglo XX que se instituyeron estudios estadísticos de valor explicativo. En el II Congreso Latino Americano de 1904 presentó un completo y útil estudio sobre las estadísticas demográficas sanitarias comparadas, de las cinco capitales Latino Americanas: Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago, Montevideo y Lima. Pero, Coni realizó también estudios estadísticos sobre alienación mental y su vinculación con el alcoholismo que lo llevaron a defender la «fundación de asilos de templanza», esto es, casas de secuestro o encierro de alcohólicos. Esta tesis duramente criticada por higienistas franceses fue defendida por Coni en estos términos: «La secuestración de un alcohólico no implica, a mi juicio, un ataque a la libertad individual. Todo el mundo sabe que un ebrio constituye un peligro para la moralidad y la seguridad. La estadística muestra que gran número de crímenes son cometidos por influencia del alcohol y en consecuencia las autoridades procederían con razón aislando esos elementos perniciosos»38. ----Todo un ejército de visitadores estaba encargado de controlar estos desvíos realizando una vigilancia minuciosa acompañada de consejos más o menos obvios y difícilmente aplicables. La cuestión de los visitadores domiciliarios, repartidos por cuadras, era considerada como soporte indispensable para garantizar las políticas de redistribución urbana y de exclusión de los alojamientos insalubres. Ellos debían verificar de cerca las condiciones de salubridad de esos alojamientos, decir cuáles podían ser reformados y cuáles debían ser destruidos. Los Anales del Congreso Médico Latino Americano de 1907 evidencian la proximidad existente entre Brasil, Argentina y Francia, en lo que se refiere al papel desempeñado por los visitadores domiciliarios en el control de las epidemias. La destrucción de barrios insalubres o «islas de insalubridad» ocurre en Latino América según el modelo de la reorganización urbana de París dirigida por el Barón Haussmann 40: «La destrucción de los barrios insalubres, en los cuales vivía la población más pobre, los obligaba a alejarse hacia otros barrios insalubres pero en la periferia o el suburbio». Recordemos que el proceso de «haussmanización» que transformó completa y radicalmente la urbanización de Paris, estaba articulado en torno a la creación de numerosos y ricos bulevares. «Los mismos bulevares que transforman la vida urbana creando espacios públicos, deliberadamente excluyen a los pobres fuera de la nueva ciudad, fuera de la mirada de los burgueses» 41. Este proceso no implicaba ni supresión, ni desaparición, ni mejoramiento de las condiciones de los más pobres sino «desplazamiento». Si antes de Haussmann la pobreza y los barrios insalubres estaban localizados en el centro de la ciudad, después de Haussmann esos espacios fueron desplazados a pesar de existir algunas pocas excepciones 42. Vemos reproducir exactamente este mismo esquema en Río de Janeiro, a inicios de siglo, con la reforma urbana de Pereira Passos. Se realizaron entonces un conjunto de obras tendientes a sanear y «embellecer» la ciudad. Tal como ocurriera en París se construyeron en Río grandes avenidas y edificios suntuosos, pero «por primera vez ---- 42 En «Transforming Paris» David Jordan hará un minucioso análisis de este proceso. Entre las excepciones significativas a este proceso señala la permanencia del «Quartier Latin» aunque muestra la existencia de cierta operatividad en esa permanencia. en su historia centenas de edificios fueron rápida e implacablemente demolidos, dejando a la intemperie a millares de personas -trabajadores y gente pobre» 43. La preocupación con la vivienda no era nueva, existieron proyectos diversos tendientes a solucionar el problema «sanitario y moral» creado por aquello que se consideraban focos de insalubridad. En 1870 después de la epidemia de fiebre amarilla, ya se había planteado la necesidad de excluir los barrios insalubres del centro de la ciudad. Se insistía en la necesidad de sacar a los habitantes de los «cortiços» y diseminarlos, separarlos, «alejarlos». Sin embargo, en ese momento pudo anticiparse una objeción que la reforma de Pereira Passos consideró, mas tarde, como irrelevante: destruir las viviendas precarias, «sería por cierto una preocupación de suma utilidad, pero ¿para dónde llevar a las 20.000 personas que en ellas habitan? ¿Quién las sustentaría, quién las cuidaría para que no huyeran para volver a los focos de infección? ¿Dónde encontrar las habitaciones para acomodar a toda esa gente?» 44. Evidentemente, pocos años después de instaurada la reforma urbana, esa misma preocupación, reaparecía. En el III Congreso Latino Americano, específicamente en la Cuarta Sección dedicada a la lucha contra la tuberculosis, los temas de la vivienda popular y de las islas de insalubridad fueron reiteradamente apuntados tanto por los representantes brasileños cuanto por los representantes argentinos. Exactamente este mismo esquema se reiteró en Argentina. La ciudad de Buenos Aires que era pensada entonces como modelo de ciudad higiénica y saneada y que aparecía ante Río de Janeiro como «su gran rival, definitivamente expurgada de la mala fama de ciudad apestada» 47, no había conseguido aún liberarse del problema de los conventillos. Como en Brasil, el modelo que se utilizó para comenzar a pensar soluciones para este problema es el modelo de París. Emilio Coni, presidente del III Congreso Médico Latino Americano y delegado por Argentina, consideraba que el saneamiento sería completo cuando todos los habitantes pudieran gozar del aire y de la luz a la que tenían derecho. Dirá que «a la habitación salubre se liga íntimamente el registro o casillero sanitario de la habitación, que Francia ha sido la primera en implementar bajo el nombre de casier sanitario de la habitación» 48. 45 En 1905 es nombrado, por el ministerio del interior, miembro de una comisión para proponer soluciones al urgente problema de las habitaciones populares colectivas. Los visitadores domiciliarios contribuyeron, con sus informaciones a llevar ese registro de la insalubridad. «Por la mediación de entrevistas se intentaban detectar los peligrosos portadores de gérmenes, en cuanto esto ocurría, un asistente social (o enfermera) reeducaba a la población con consejos morales e higiénicos. Ambos instrumentos demostraban que el espacio era visto como una unidad sanitaria donde el fantasma del contagio estaba presente casi cotidianamente» 49 Esto exigía la creación de una comisión de alojamientos insalubres capaz de evaluar donde debían ser operadas reformas o demoliciones. El foco de la atención estaba en la vivienda colectiva del centro de la ciudad y es por eso que uno de los objetivos centrales de esa comisión era estimular «la descentrifugación de los habitantes de las ciudades que ya se ha ido operado por el establecimiento de los tranvías eléctricos que deben considerarse como elemento de progreso e Higiene» 50 Pero, el higienismo argentino desde hacía tiempo había centrado sus preocupaciones en los conventillos (o habitaciones colectivas) que eran considerados focos de pestilencia. Al igual que en Brasil la epidemia de fiebre amarilla ocurrida en Buenos Aires en 1871 había transformado radicalmente la percepción de los barrios populares. Para los higienistas argentinos Guillermo Rawson y Eduardo Wilde, los conventillos parecían concentrar todos los temores de la época. Rawson escribió, en 1885, el primer estudio sobre las casa de inquilinato en Argentina donde insistía en la necesidad de pensar a estos espacios como un verdadero peligro sanitario para los ricos. «De aquellas fétidas pocilgas cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella, tal vez, hasta los lujosos palacios de los ricos» 51. Para los primeros higienistas ese miedo al contagio se confundía con la propagación de los miasmas y del aire mefítico. Para Wilde (1883), por ejemplo, era «evidente que cuanto menos aseada era una ciudad, cuanto más depósitos de materias putrescibles contenga, tanto menos higiénico será el suelo, y por lo tanto, menos puro el aire que se encontrará cargado de gases y de vapores dañinos. No exponiendo al aire materias orgánicas o minerales que, bajo la acción del calor y de la humedad puedan dar lugar al desprendimiento de gases extraños a la atmósfera» 52. Este catedrático titular de Higiene y Medicina Legal de la Facultad de Ciencias médicas de la entonces llamada Universidad de la Capital, articuló su «Curso de Higiene Pública» de 1883, a partir de teorías infeccionistas vinculadas con las antiguas tesis de la generación espontánea. Wilde, como un exponente tardío del infeccionismo estudiado por Ackerknecht, aún se refería al peligro representado por los miasmas y ----49 ARMUS, (1995) p. PAES (1970), El Conventillo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, p. 52 WILDE, Eduardo (1883), Curso de Higiene Pública, Buenos Aires, Imprenta y librería Mayo, p. 50. criticaba duramente la aplicación de cuarentenas. Su preocupación estaba centrada en la ciudad y en los focos de pestilencia representados por mataderos y conventillos. Los «cortiços» en Brasil, y los «conventillos» en Argentina, se transformaron en el objeto privilegiado de intervenciones sanitarias que, muchas veces, solo podían legitimarse por recurso a la fuerza policial. Como afirma S. Chalhoub, «Las clases pobres no pasaron a ser vistas como clases peligrosas apenas porque pudieran ofrecer problemas para la organización del trabajo. Los pobres ofrecían también el peligro del contagio. El propio peligro social representado por los pobres aparecía al imaginario político brasileño de fines de siglo XIX a través de la metáfora de la enfermedad contagiosa (...)Entonces se diagnosticó que el tipo de habitación de los pobres era nocivo a la sociedad porque las viviendas colectivas serían focos de irradiación de epidemias, a demás de, naturalmente, terrenos fértiles para la propagación de vicios de todo tipo» 53. Como vemos esta preocupación por los barrios populares parece que era, al menos en Brasil y Argentina, independiente del modo como se pensaba la etiología de las enfermedades. Desde Wilde (1883) hasta Coni (1907), las preocupaciones con el conventillo y las estrategias de higienización pudieron reiterarse sea por referencia a los miasmas o a los microbios. En diversas ocasiones estos discursos pudieron superponerse y confundirse, como puede observarse en esta referencia extraída de los Anales del III Congreso Médico Latino Americano de 1907: «al mefitismo, a las ratas y a la viciación de las aguas de nuestras habitaciones urbanas, hay que agregar las humedades, las filtraciones nauseabundas. (..)Ahora que está plenamente demostrado que los microbios tienen su origen en las tierras y aguas insalubres, en el suelo infectado de las ciudades podemos calcular el número de vidas que pueden ahorrar las medidas de higiene pública» 54. Paralelamente a la convivencia entre miasmas y microbios, en el higienismo de inicios de siglo, parecen haber podido convivir medidas más o menos eficaces como la distribución de vacunas, el control del agua y cloacas, las obras de saneamiento básico, la desaparición de pantanos, con medidas coercitivas, menos eficaces pero no menos utilizadas. «En ese marco, las inspecciones violentas, los «desalojos», la destrucción de muebles y viviendas, convivían con la obligación de presentar certificado de vacuna, y con la aparición de los primeros carteles educativos de publicidad» 55.La metáfora de la guerra y la idea de amenaza, tan querida por los higienistas, dotaba de legitimidad a esas intervenciones coercitivas, consideradas de emergencia e inevitables, aun cuando se repitieran por décadas. La guerra suponía enemigos que debían ser combatidos, y esos enemigos formaban parte del medio, del ambiente que se respiraba en las habitaciones y barrios populares, considerado como un universo saturado de gérmenes patógenos. 89. tratara de factores del medio ambiente, esa paranoia del contagio tendía a asimilar los peligros de los microbios con el hábitat donde ellos eran frecuentemente encontrados, y luego con los habitantes de esos locales. Por ese camino, la vivienda precaria, el pobre y la pobreza en general quedaron registrados no solo en términos médicos sino también en términos morales y políticos» 56. Como afirmaba Wilde: «La higiene pública es la higiene de los pobres. El pobre reclama el amparo de un poder que se ocupe de él, que haga las veces de protector para con él, que haga lo que hace un padre con su propia familia, con sus hijos destituidos de vigor y de medios» 57. Vemos reiterarse aquí un argumento ampliamente defendido por los higienistas. Si la pobreza y la enfermedad debían ser pensadas como inseparables, entonces, como afirma Esteban Rodríguez Ocaña 58, la clase obrera se constituía como una clase peligrosa en tres sentidos: por el riesgo de disminución de la productividad asociado a las enfermedades y a las debilidades morales; por la amenaza permanente a la salud de la colectividad (contagio e insurrección); por la amenaza a la fuerza del Estado al comprometer las generaciones futuras por los efectos del alcohol y las enfermedades. Lo cierto es que, la cuestión de la vivienda popular higienizada se encuentra a mitad de camino entre las estrategias sanitarias necesarias y deseables como la canalización de agua y desagües, el desplazamiento de basurales o el control de ratas, y estrategias compulsivas o de control social que pueden ser resumidas en este documento de 1906: «A população que se deslocaba não tinha onde morar, alojava-se aquí, com armas e bagagems, para amanhá se remover a um outro ponto. No es posible desconocer que las estrategias sanitarias relativas a la habitación colectiva y a aquellos considerados como focos de insalubridad resultaron, al menos en Brasil y Argentina, compulsivas y en muchos casos hasta brutales. Pero, si queremos huir de la llamada «hermenéutica de la sospecha» 60, si pretendemos avanzar en la comprensión de las condiciones discursivas que posibilitaron esas y otras estrategias, será necesario que no limitemos nuestro análisis exclusivamente a las prácticas de control social. No es posible desconocer la existencia de un conjunto de medidas sanitarias operativas, adoptadas por los higienistas pre y post pasteurianos, paralelas al control de las conductas y de los hábitos del mundo de la pobreza. Pero, el conflicto existente entre esos dos espacios parece ser uno de los problemas constitutivos de la salud pública que, aún hoy, muchos países no consiguen resolver. «La inspección de viviendas populares privadas versus la salud pública planteaba la cuestión de los dere-----56 Ibidem, p. 182. chos individuales y de la propiedad privada versus el derecho del estado de intervenir en nombre de la salud colectiva. Este problema de conflictos de intereses entre privacidad y salud pública continúa sin resolverse durante todo el siglo XIX»61 Este conflicto reaparece en Brasil en 1904 con la llamada «Revolta da Vacina», y persiste durante las primeras décadas del siglo XX, tanto en Brasil cuanto en Argentina con las resistencias operadas contra los desalojos y las demoliciones. Quizás, el análisis de esas estrategias nos permita comprender el modo como los higienistas de fin del siglo XIX e inicios del siglo XX se posicionaron frente al problema de la pobreza. Muchas veces se intentó resumir esta compleja relación en una frase de Virchow: «los médicos son los protectores naturales de los pobres». Esta frase ambigua resume las contradicciones entre una preocupación por las desigualdades sociales, y una extraña exaltación de actitudes paternalistas que, como sabemos, conducen casi inevitablemente a multiplicar los controles y reducir las libertades. Y es el propio Virchow quien confirma este riesgo cuando afirma: «como en la vida de las naciones, también en la vida de los individuos el estado de salud del todo está determinado por el bienestar y por la estrecha interrelación de las partes; la enfermedad aparece cuando los miembros individuales comienzan a caer en un estado de inactividad peligrosa para la nación o a llevar existencias parasitarias a expensas del todo»62. Entonces los médicos higienistas se erigieron en guías de la sociedad; creyeron conocer, mejor que los propios individuos, que es lo que sería mejor para ellos, y entonces, creyeron poder decirles como debían actuar, comportarse, pensar. Desde Ackerknecht a nuestros días se afirma que a partir de la emergencia de la microbiología, que concede el triunfo definitivo al contagionismo, fue edificada una «nueva higiene» que finalmente privilegiaba medidas eficaces 63 y científicamente fundamentadas. La microbiología dotaría a esta nueva higiene de una base científica para explicar y legitimar muchos de los procedimientos que la higiene clásica había puesto en práctica para combatir ese omnipresente enemigo al que llamaba «mias-----ma»; permitiéndole finalmente desplazar los argumentos infeccionistas en favor de los contagionistas. Para Canguilhem 64, la medicina moderna alcanza estatuto de cientificidad en el momento de emergencia de la microbiología y de la bacteriología. Hasta entonces, el discurso higienista bordea ese espacio ambiguo entre lo moral y lo técnico que no podría ser caracterizado como «científico» aún cuando hayan existido (antes y después de Pasteur y Koch) estrategias sanitarias efectivas y operativas. «Antes de Pasteur, la higiene era inexistente, ella solo deviene una verdadera ciencia a partir de los trabajos pasteurianos sobre la generación espontánea» 65. Entonces, resulta necesario definir el estatuto epistemológico de esa higiene clásica que posibilitó la creación de medidas sanitarias efectivas generales e interrogarse por cuales fueron los mecanismos que posibilitaron su transformación hasta dar lugar a estrategias concretas de combate y prevención a diversas enfermedades específicas. Independientemente de la disputa relativa al peso de las medidas sanitarias en el descenso de la mortalidad 66, parece innegable que los resultados favorables conseguidos por los nuevos higienistas, se debieron a la reiteración de medidas propias del higienismo clásico.Como afirman Murard y Zylberman, aún careciendo de bases «serias», los higienistas podían enorgullecerse de haber conseguido buenos resultados por una simple razón: las medidas por ellos propuestas tendían, sin saberlo, a actuar sobre las cadenas de transmisión. «Por infundada que parezca esta teoría, ese programa prueba abundantemente su pertinencia frente a las enfermedades que circulan por la vía fecal-oral, como cólera, disentería y fiebre tifoidea, cuya disminución precipitan notablemente» 67. Pero, si aceptamos que el higienismo carece de toda base epistemológica sólida será inevitable creer que existe una anterioridad del poder sobre el saber, o de la acción sobre la episteme. Según esta línea de pensamiento podríamos concluir que la emergencia de la microbiología habría dotado de contenido epistémico a esa serie de acciones inconexas que, a partir de allí, se transformaron y se adaptaron a las exigencias de ese nuevo saber. Creemos que es necesario responder a la tesis que afirma que el higienismo clásico era ajeno al ámbito del saber científico: algo así como una aproximación intuitiva, extraña heredera, por anticipación, de los principios pasteurianos. Por otra parte, será necesario volver, una vez más, sobre la distinción (teórica y política) supuesta por Ackerknecht, con la finalidad de intentar mostrar que esa distinción, aunque pueda resultar válida en ciertos contextos, no puede ser universalizada. 66 A propósito de esa disputa ver MURARD y ZYLBERMAN, op.cit., p. Las conquistas introducidas por Lavoisier en sus estudios sobre la respiración, a los cuales nos referimos al tratar el «aerismo», así como las experiencias de Spallanzani sobre la digestión, suscitan un interés creciente por las aplicaciones de la química a la medicina y dotan a la higiene de un suelo discursivo capaz de crear estrategias operativas para combatir las enfermedades de transmisión hídrica, como el cólera, o de transmisión aérea, como la tuberculosis. Pero el higienismo no se reducía a intervenciones puntuales relativas al aire y al agua, junto a ellas se multiplicaron apreciaciones morales, muchas veces cargadas de prejuicios. El higienismo parece proceder por multiplicación de analogías y de desplazamientos por los cuales generaliza los conocimientos obtenidos en un ámbito, en este caso la química y la fisiología, al conjunto de las actividades humanas. Como vimos esos desplazamientos encuentran su fundamento en la clásica asociación, retomada por Cabanis, entre características físicas y actitudes morales. Esta asociación forma parte del suelo discursivo de la episteme clásica, «conocer la fisiología, era al mismo tiempo conocer la sociología y la psicología. Las ciencias sociales eran hasta Comte, de tal modo balbuceantes, que se aceptaba sin discutir, esa afirmación, implícitamente formulada por Saint Simon, que la humanidad obedece a las mismas reglas que el hombre físico» 68. Entonces, es posible decir que el higienismo toma prestado un conocimiento bien fundado: es inicialmente heredero de la revolución científica operada en la química por Lavoisier, así como es heredero de la fisiología y la estadística. Sin embargo, no es reductible a ninguno de estos conocimientos, parte de allí y generaliza las nociones propias de estos dominios a espacios que le son ajenos, como el comportamiento o la moral. A partir de allí construye discursos y estrategias que, muchas veces, resultaron operativas y eficaces, aun cuando encontraran su fundamento teórico en preceptos morales, que hoy puedan parecernos próximos a la superstición o al mito. Esta continuidad entre lo físico y lo social o moral formaba parte de la episteme de los higienistas de la primera mitad del siglo XIX, donde se confundían argumentos provenientes de las ciencias físico-químicas, de la fisiología y de lo que hoy llamaríamos de ciencias sociales. En el caso de los higienistas la teoría de la respiración, la química, y la estadística, funcionaban como legitimadores y «justificadores» de medidas que eran ajenas al ámbito del que partieron. Pensemos como ejemplo, en la preocupación por cubrir los pantanos con el fin de evitar la producción de sujetos perezosos y moralmente condenables. Este deseo de acceder a la totalidad parece ser inseparable del higienismo. Como afirma Bruno Latour: «La enfermedad, tal como es definida por los higienistas, puede ser causada por casi cualquier cosa. Nada debe ser ignorado, nada debe ser desconsiderado. Muchas causas pueden ser encontradas, lado a lado, que impiden con-----68 ACKERKNECHT (1986), p. 198. ceder a una de ellas la posición de causa definitiva (...).Todo debe ser considerado» 69. Este todo significaba suelo, aire, agua, conductas, deseos, etc. Pero, si nada de lo humano era ajeno al higienismo, nada lo habilitaba para intervenciones efectivas y puntuales que negarían esa totalidad. Así como la higiene clásica no puede ser reducida a los estudios sobre la respiración aún cuando encuentre allí el fundamento para muchas de sus intervenciones; la nueva higiene, no puede ser reducida a la microbiología. Sin embargo, la nueva higiene operó, también, por desplazamiento y contagio de cientificidad, cada vez que pretendió encontrar para sus intervenciones y para sus estrategias de prevención una explicación que resultaba de una generalización abusiva de la microbiología a espacios que le eran ajenos. La higiene posterior a Pasteur reproducía así el mismo esquema que la higiene clásica: al generalizar sus afirmaciones a partir de un conocimiento bien fundado podía llegar a enunciar que (a)toda enfermedad se debe a un microbio, (b) todo microbio precisa para multiplicarse de condiciones higiénicas precarias. El higienismo no restringe su interés a las enfermedades contagiosas. Los primeros higienistas se preocuparon no solo con el contagio sino con otras cuestiones sanitarias tales como las condiciones de vida precarias, la prostitución, la ebriedad, la higiene de los alimentos, la escuela, etc. Estas preocupaciones no desaparecieron con la emergencia de la microbiología aunque fue cada vez mayor el espacio ocupado por las estrategias de prevención de las enfermedades contagiosas, específicamente: vacunación y desinfección. Cuando los higienistas post-pasteurianos hablan de hacinamiento o de degeneración moral y física, se mezclan y confunden los nuevos argumentos microbiológicos, los antiguos argumentos químicos aeristas y los argumentos morales y sociales. Fantini afirma que «El éxito de la microbiología llevó a buscar para todas las enfermedades una causa microbiana, aun para aquellas que, como hoy sabemos, son debidas a carencias o a defectos genéticos. En numerosos casos este reduccionismo se reveló inadecuado» 70. Si por una parte la microbiología instaura explicaciones reduccionistas claramente «contagionistas», por otra, estos argumentos pueden convivir, muchas veces sin dificultad, con los antiguos argumentos infeccionistas. Antes de Pasteur la higiene podía hacer derivar conductas y comportamientos morales de argumentos aeristas: «por ejemplo que los habitantes de las montañas, a fuerza de vivir en un medio salubre, terminan por adquirir salud moral y vigor físico, una y otra inseparables en la época en que se insiste en señalar la relación entre lo físico y lo moral» 71. Después de Pasteur, muchas veces sus contemporáneos han simplificado y desnaturalizado sus investigaciones, dotándolas de una generalidad que no poseían pero ---- que era compatible con las premisas higienistas clásicas: «ellos han creído en la pureza absoluta de las simas de las montañas que los microbios no alcanzarían. En lugar de comprender a Pasteur como un sabio que minuciosamente construye sus experiencias y se preocupa, hasta el infinito, por las condiciones en que ellas ocurren, han amplificado las resonancias afectivas de sus descubrimientos, y rápidamente se han deslizado de la legítima preocupación científica por la completa esterilización y por la estrecha vigilancia de los mínimos gestos o instrumentos puestos en acto en el laboratorio, hacia el temor generalizado a las «suciedades» invisibles e desconocidas. Se ha transpuesto al universo cotidiano lo que solo valía para el artificio de una verificación. Se ha creado una neurosis colectiva de la contaminación» 72. Con relación a la vivienda popular esa fobia al contacto y a los aires patógenos se reitera en el higienismo anterior y posterior a Pasteur. Aquello que Hallé llamaba circunfusa, la preocupación por las habitaciones, la meteorología, el clima, la hidrología; continuó siendo uno de los temas articuladores del nuevo higienismo. Observando la cronología comparada de la ley del 15 de septiembre de 1902 sobre la protección de la salud pública en Francia, con los descubrimientos pasteurianos 73, resulta que, con relación a la salubridad de los inmuebles esta ley aparece como la continuación y el refuerzo de la ley de 1850 sobre alojamientos insalubres. La ley del 15 de septiembre estableció la obligatoriedad de cumplir normas higiénicas de construcción para los nuevos inmuebles, a fin de garantizar buena aireación, iluminación y ventilación; con relación a las habitaciones reconocidas como insalubres se reforzaron y ampliaron los poderes públicos para poder enfrentar las resistencias suscitadas por la ley de 1850. Por una parte se establecieron sanciones contra aquellos que no cumplían con las exigencias de saneamiento; por otra parte aparecieron medidas de auxilio a los propietarios que tendían a proteger el derecho de propiedad. Se crearon medidas tendientes a posibilitar el saneamiento de aquellas viviendas que podían ser reformadas, como la liberación del pago de impuestos a puertas y ventanas, al tiempo que se estipulaba la obligación de indemnizar justamente a los propietarios de habitaciones que, por ser consideradas insalubres, deban ser demolidas. Así, las medidas dirigidas contra las viviendas populares colectivas o individuales se mantuvieron más o menos intactas antes y después de Pasteur. Si con relación a la vacunación los cambios fueron radicales, con relación a las viviendas insalubres la continuidad era completa. En 1902 podía resultar sorprendente que «en el país de Pasteur los impuestos a las puertas y las ventanas que privan de sol y de aire a los habitantes de los alojamientos pueda aún estar en vigor» 74. 73 Esta cronología es expuesta en el texto de Claire SALOMON-BAYET (1986), «Pasteur y la Revolución Pasteuriana», en el Anexo E, y es analizada en el texto de Robert Carvais. Para Carvais esta ley de 1902, específicamente los mente idéntica podría haber sido enunciada un siglo antes, entonces los higienistas podrían haberse sorprendido de que «en el país de Lavoisier los impuestos a las puertas y las ventanas que privan de sol y de aire a los habitantes de los alojamientos pueda aún estar en vigor». Es que como afirma Anne la Bergue «Los objetivos del movimiento de fines de siglo XIX eran similares a los objetivos de los reformadores de inicios del XIX. El efecto práctico inmediato que resultó de los esfuerzos del movimiento de salud pública de fines del XIX fue la ley de salud pública de 1902, que en comparación con la ley de salud pública de 1848, aparece como la culminación de los esfuerzos de los higienistas de inicios de siglo» 75. Cuando nos referimos a la vivienda popular la continuidad entre la nueva y la antigua higiene es evidente. Las medidas de saneamiento que antes encontraban explicaciones químicas, encontraron, a partir de Pasteur, explicaciones biológicas. Entonces, la cuestión del medio externo, el ámbito donde los microbios pueden desarrollarse y reproducirse, pasó a ocupar un lugar central. Y es en el propio Pasteur donde los higienistas creyeron encontrar el punto de partida para muchas de sus generalizaciones: «el polvo es un enemigo doméstico que todos conocen. ¿Quién de nosotros no ha visto un rayo de sol penetrando por una persiana en un cuarto mal iluminado?. El aire de ese cuarto está todo repleto de pequeñas partículas de polvo, de mil pequeñas «nadas», que no pueden ser pasadas por alto, porque es posible que lleven junto con ellas la enfermedad o la muerte: el tifus, el cólera, la fiebre amarilla, y tantas otras enfermedades. El aire de ese cuarto está repleto de ellos. Nosotros no los vemos, porque ellos son tan pequeños, de un volumen tan débil (...)» 76. Hasta que punto pudo generalizarse una afirmación de este tipo, desplazando aquello que se refería a un espacio concreto para todo el ámbito de la existencia cotidiana, puede testimoniarlo esta conferencia pronunciada en Montevideo en el III Congreso Médico Latino Americano. Allí todas las explicaciones parecen estar articuladas en torno a una «neurosis de la contaminación», a un temor generalizado a los seres invisible y desconocidos. En ese Congreso (Montevideo, 1907) Millot Grané dirá que la falta de reglamentación sanitaria acarrea inevitables problemas, entre los cuales: «el primero y el más grave es la invasión de todos los conductos subterráneos de los inmuebles por gases mefíticos. Sigue a esto como consecuencia lógica la producción de mefitismo en el subsuelo de las habitaciones y la aparición de ratas. Desde ese momento el mefitismo invade la casa dotando al ambiente irrespirable de gases deletéreos e infecciosos que provienen de la cloaca pública y de los caños domiciliarios donde la falta de ventilación produce la putrefacción de sustancias residuales. Para darnos cuenta de la influen----artículos 12 y sig. Referidos a la vivienda, aparece como «la ley marco que sirve para difundir los principios pasteurianos en materia de higiene». Creemos en cambio que la misma evidencia en muchos aspectos una clara continuidad con el higienismo clásico. 158. cia de esa insalubridad basta recordar que en el análisis de aguas residuales de París se han contado dieciocho millones de microorganismos por centímetro cúbico» 77. Esta exposición estaba centrada en el problema de los «conventillos» que eran caracterizados como conjunto de cuartuchos fétidos y oscuros, sinónimo de falta de aire, falta de sol y falta de aseo, donde se alojaban colectivamente las clases pobres y donde la tuberculosis hacía su mayor número de víctimas. Combatir ese «flagelo» exigía (aunque no existan dudas de la existencia de bacilos específicos) «luz solar, aire y agua puros y abundantes» único medio para controlar el «mefitismo, y la putrefacción». En 1907 se presentaba un cuadro sanitario con un idioma propio de inicios del siglo XIX, era el mefitismo, el aire viciado, el gas carbónico quienes deberían ser atacados, pero también las bacterias y los microbios. No se afirmaba que, por generación espontánea, el mefitismo produciría microbios. Se decía que, para que los microbios pudieran proliferar era necesario que existieran determinadas condiciones en el medio que se encontraban reunidas en un espacio físico: el conventillo considerado como sinónimo de «proliferación de gérmenes», pero era también, recuperando la antigua asociación entre lo físico y lo moral, como un espacio que evidenciaba «el agotamiento de la salud física y moral de sus habitantes» 78 Según parece no es posible afirmar que la higiene «deviene una verdadera ciencia a partir de los trabajos pasteurianos sobre la generación espontánea y sobre las enfermedades del bicho de seda». Los ejemplos que aquí analizamos, nos permiten concluir, que ese proceso de cientificidad no ocurrió de modo espontáneo y necesario. Aunque existieran ineludibles diferencias entre uno y otro, persistían, en los márgenes, discursos donde esos horizontes teóricos podían resultar compatibles y complementarios. Es esto lo que parecía ocurrir con la vivienda popular higienizada y con las epidemias a ella asociadas. Allí las mismas estrategias aparecían con argumentos que hoy pueden parecernos contradictorios En el caso de la vivienda popular aparecen cuestiones muy diferentes a aquellas que deben ser analizadas cuando se trata de contener una epidemia como la de cólera o de fiebre amarilla. En el caso concreto que aquí nos ocupa no es posible identificar, las teorías miasmáticas con una «teoría social de las epidemias», ni afirmar con Ackerknecht 79 que «el anti-contagionismo era, en cierta medida, un combate a favor de la libertad». Al hablar de vivienda popular colectiva, de islas de insalubridad y de las enfermedades o epidemias a ellas vinculadas, los discursos miasmáticos y contagionistas parecen poder convivir sin extrema dificultad, reproduciendo, según sean las necesidades coyunturales, las mismas estrategias más o menos autoritarias. Las distinciones taxativas parecen borrarse en favor de la definición de estrategias operativas.
Este trabajo analiza los mecanismos utilizados por determinados especialistas en medicina para determinar científicamente la inferioridad de las etnias nativas, especialmente las de la Pampa y Patagonia. Se trata de un fenómeno común al pensamiento posivista argentino de la segunda mitad del siglo XIX que se refleja fundamentalmente en los trabajos de varios médicos, como Paolo Mantegazza, Benjamín Dupont, José Franceschi y Lucio Meléndez, cuyo discurso ejemplifica el etnocentrismo y la aplicación de teorías biologicistas en el ámbito nacional, consecuentes con el exterminio paralelo de los indígenas. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros pasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas»1. Las resonantes frases de Alberdi escritas en los años'50 se arraigaron firmemente en el escenario político argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi extendía magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880, cuyos máximos exponentes fueron los intelectuales positivistas José M. Ramos Mexía, Carlos O. Bunge, Estanislado Zeballos, Francisco P. Moreno y que se observa también en el quehacer concreto de médicos como Paolo Mantegazza, José Franceschi, Benjamín Dupont y Lucio Meléndez, entre otros. La necesidad de conquistar el territorio para la ciencia y la técnica decimonónica implicó un proceso simultáneo de eliminación étnica, donde las sociedades indígenas autónomas debían ser controladas definitivamente por el Estado nacional2. Si bien existieron proyectos similares durante toda la historia compartida de blancos e indios en la llanura pampeana, no tuvieron prioridad hasta la llegada a la presidencia de la nación de Julio A. Roca, quien a partir de la Campaña al Desierto desalojó a los indígenas de sus asentamientos en la Pampa, Buenos Aires y Córdoba, tomando prisioneros a una gran mayoría y concentrando a los restantes en la Patagonia para finalmente vencerlos en los años subsiguientes 3. La ciencia occidental otorgó la ideología necesaria para legitimar el dominio de los blancos, enraizado en profundas convicciones raciales. La población nativa, imaginariamente situada «aparte» y separada de la europea 4, se presupuso incapaz de ----llevar a feliz término los desafíos económicos y sociales de finales del XIX y ese parecer se justificó a partir de un análisis científico. Los indígenas se transformaron en objetos y en muchos casos, dada su desaparición como fuerza demográfica, en «objetos de museo». La medicina académica, así como otras ramas derivadas del estudio médico -la antropología médica y la psiquiatría-, completaron la despersonalización de los indios a partir de su cosificación científica. Los «cuerpos» indígenas se convirtieron en pruebas de teorías médicas, donde era posible experimentar remedios y prácticas susceptibles de ser usadas después en otros pacientes. Este artículo analiza específicamente la conformación de un discurso médico inferiorizante de los indígenas de la Pampa y Patagonia argentinas a nivel biológico y, consecuentemente, a nivel cultural y social. Se utilizan como fuentes la obra de diversos médicos que tuvieron contacto directo con indígenas, aparecida en textos y revistas científicas argentinas entre 1870-1890. A mediados del siglo XIX, el auge positivista tuvo como consecuencia la generación de un discurso de reestructuración del mundo por el cual se intentó justificar biológicamente la supuesta inferioridad de ciertos seres humanos. El enorme peso de las teorías científicas marginadoras puede atestiguarse en estudios sobre criminales, enfermos mentales y razas «degeneradas», que tuvieron un impacto directo en la elaboración posterior de políticas sociales 5. Su aplicación concreta en el ámbito pampeano planteó sin demasiadas contradicciones la necesidad de eliminar a los «bárbaros» y «salvajes», según la escala evolutiva del pensamiento positivo. Así se sucedieron las opiniones de diferentes escritores, militares, políticos y también viajeros extranjeros sobre la necesidad de «blanquear» la población nacional, eliminando la población nativa y evitando en determinadas ocasiones el mestizaje o haciéndolo selectivamente. Según Biagini, los positivistas argentinos estuvieron lejos de concordar absolutamente en todos los puntos pero compartieron en general el reduccionismo fisiologista, mecanicista o cientificista, con inclinaciones elitistas, europeístas y racistas 6. A partir de 1870, los «biologistas sociales» expresaron enfáticamente su espíritu positivo al avalar la ideología del progreso, articulándola casi como una religión ---nacional y participaron políticamente apoyando a determinados sectores y partidos. Ver al respecto RATTO, S. (1994), «El negocio pacífico de indios. La frontera bonaerense durante el gobierno de Rosas», Siglo XIX, Revista de Historia, México, 15, pp. 25-47 y BECHIS, M. (1998), «Fuerzas indígenas en la política criolla del siglo XIX», GOLDMAN, N.y SALVATORE, R. Caudillismos rioplatenses. Sobre negros, locos y criminales, Barcelona. 6 El positivismo realizó también aportes singulares en aspectos muy diversos, como un análisis más profundo de la realidad con vistas a formular la identidad argentina, una estimación de la ciencia en sí misma y de sus aplicaciones concretas para mejorar el nivel de vida, marchando a la vanguardia científica del momento. El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Presentación, pp. 16-18. secular. Su fervor puede ejemplificarse en una frase de Eduardo Holmberg, demostrando la justicia de la guerra contra los indígenas: «Acabamos con los indios porque la Ley de Malthus está arriba de las opiniones individuales» 7, en Hermann Burmeisteir, que colocaba a los indios en la «escala más baja de la sociedad humana» de la cual «...nunca ascenderán a otra superior porque no comprenden el valor de la cultura»8 o bien en José M. Ramos Mexía, quien explicaba su desaparición como parte de un proceso natural y biológico, donde los más fuertes sobreviven a los más débiles 9. Otros, como Carlos O. Bunge, justificaron a principios del XX la eliminación étnica producida años antes al otorgar a los indios caracteres negativos, como la venganza, la indolencia y la rapacidad. La prueba de estos calificativos estaba en la realidad: «Lo que es es, con o sin prejuicios». En la época de los caudillos se había producido «naturalmente» una purificación racial: «...el alcoholismo, la viruela, y la tuberculosis -¡benditos sean!-habían diezmado a la población indígena y africana de la provincia capital, depurando sus elementos étnicos, europeizándolos»10. Sarmiento, en su obra póstuma Conflictos y armonías, planteaba asimismo que los indígenas americanos debían ser respetados como fósiles vivientes y a la vez aseguraba que distintos estudios científicos establecían al indio como apático, miedoso y abyecto, «...incapaz de concebir y raciocinar, es ignorante de sí mismo y de lo que sucede a su alrededor..». Por otra parte, su amor a los bosques y a la vida salvaje no significaba amor a la libertad sino que se relacionaba con la melancolía y superstición 11. Sarmiento afirmaba el sensualismo de los pampas, su extrema dependencia del alcohol y la desidia de los varones, que dejaban a las mujeres todas las tareas productivas, estableciendo además que los indios de la Pampa carecían de organización política, de moral, higiene y autoridad, salvo para robar y hacer la guerra 12. Ante el contacto con la civilización, los indios decaen, no sólo porque se abaten sus bosques y cambia la contextura del aire por falta de emanaciones sino porque están ----«...destinados por la Providencia a desaparecer de la lucha por la existencia, en presencia de las razas superiores» 13. La ciencia decimonómica, a través de una jerarquía racial que ponía en lo alto la civilización occidental, comenzó paulatinamente a considerar a los habitantes de otras partes del mundo que participaban de un diferente desarrollo tecnológico y social como «piezas de museo». Los nativos americanos entraban dentro de esta clasificación y no fueron percibidos como contemporáneos sino que se transformaron imaginariamente en la base de la civilización, que había permanecido sin cambios siglo tras siglo hasta llegar al presente. Un ejemplo al respecto puede observarse en Francisco P. Moreno, quien en su viaje por la Patagonia realizó en varias oportunidades excavaciones arqueológicas en cementerios araucanos y tehuelches, recolectando huesos y cráneos 14. Como director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, Moreno admitió en él no sólo el numeroso material palentológico y arqueológico recogido sino a los mismos indígenas. Los caciques Foyel, Sayhueque e Inacayal junto con sus familias fueron rescatados por el propio antropólogo de la isla Martín García, donde funcionó un penal para confinar los prisioneros luego de la Conquista al Desierto. Moreno los consideraba «...muestras vivientes de estadios culturales en vías de extinción» y, a su muerte, integraron en forma literal las piezas del Museo bonaerense. El esqueleto de Inacayal formó parte de la colección de hombres patagónicos como arquetipo racial 15. En el relato de la expedición española de Manuel Almagro y Francisco Paula Martínez en 1862 consta que Bartolomé Mitre, en ese momento presidente argentino, trajo ante los científicos a «...varios jóvenes indios de las tolderías de la Patagonia y del Gran Chaco» que él había hecho venir para educarlos y luego reenviarlos a sus comunidades 16. Los españoles midieron a los indígenas y llevaron de vuelta a su patria, junto con las momias del Perú y Bolivia y los objetos de los sepulcros, gran ----13 SARMIENTO (1915), p. 14 MORENO, F. P. (1874), «Cementerios y paraderos prehistóricos en la Patagonia», Anales Científicos Argentinos, año 1, 1, pp. 2-16. Francisco P. Moreno y la articulación del indígena en la construcción nacional argentina», Revista del EIAL, vol 9, 2, p. Quizás a estos mismos hijos de indígenas se refiera Zeballos al explicar la imposibilidad de educarlos de algún modo ya que ni bien vuelven a las tolderías, se comportan como un indígena más y olvidan toda la influencia civilizatoria. El autor alude específicamente al «hijo de Tripailev, educado en Buenos Aires por cuenta del estado» (Zeballos, E. (1881), Descripción amena de la República Argentina, Buenos Aires, p. 94). cantidad de cráneos de araucanos. Todas estas piezas llegaron presumiblemente a formar parte de los fondos de algunos museos del otro lado del Atlántico 17. También Estanislao Zeballos, quien recorrió pocos años después de la Conquista los territorios que habían pertenecido a los indígenas, aplicó a estos las teorías positivistas vigentes en la época. La testificación iconográfica y la medición corporal fue la metodología utilizada para hacer constar la «realidad», evitando en consecuencia un falseamiento de los datos. En la toldería del cacique mapuche Quiñelev, luego de medir la talla de los varones, se mofaba de su baja estatura y de su «facha de soberanos» 18. También expresaba con cierta liviandad ante un auditorio que en la época acordaría con el autor, la forma de engaño que utilizó en varias oportunidades para hacerse con «reliquias» indias al saquear los cementerios, llevando consigo cráneos -entre ellos, como un trofeo no exento de morboso interés, el del famoso cacique Calfucurá-y objetos de la codiciada platería ranquel 19. La antropometría se utilizó como base científica para apoyar criterios de discriminación dictados por el orden biológico. Paul Broca y Rudolf Virchow la emplearon para justificar la inferioridad femenina a partir de una capacidad craneal inferior o bien para establecer científicamente la base ideológica del positivismo, en el sentido de desarrollo lineal humano desde los primitivos a los civilizados. El estudio de los indígenas americanos, sobre todo los del Cono Sur, fue en cierta medida la apoyatura de las teorías antropológicas europeas. Las mediciones de cráneos de indígenas le permitían a Carlos Marelli confirmar las teorías de Virchow. La baja capacidad craneana de pampas y araucanos daba indicios de la menor energía intelectual contenida en relación con las «razas superiores, término obligado de la comparación» 20. En un trabajo similar, Debenedetti asumía en los araucanos un predominio braquicéfalo, expresando que el ángulo facial era muy similar al del chimpancé 21. En suma, el testimonio iconográfico así como las pruebas científicas objetivas, otorgadas por la antropometría, comprobaba las teorías positivistas. De igual manera sucedió con la investigación médica, según se analiza a continuación. ----17 Sobre el viaje de M. Almagro y F. Paula Martínez, ver la completa obra de PUIG SAMPER, M. (1988), Crónica de una expedición romántica al Nuevo Mundo, Madrid. Según el autor, los materiales de la expedición fueron interpretados por otra generación de antropólogos hacia finales del siglo y quedaron recogidos en las colecciones del Museo Antropológico y del Museo Arqueológico de Madrid. Zeballos intervino directamente en la Campaña al Desierto como ingeniero y su interés era levantar una carta geográfica del territorio. Es fundador de la publicación de la Sociedad Científica, los Anales Científicos Argentinos y escritor de numerosas obras sobre ranqueles y salineros. 19 En obras y relatos de sus experiencias de campo, diversos especialistas que actuaron en el territorio argentino definían un «ser» indígena que condicionaba la mirada general sobre la ciencia propia y los conocimientos ajenos. Lo que los indios «son» es lo que son sus cuerpos, lo que sienten y como lo sienten, las enfermedades que pueden sufrir y los remedios a los que pueden acceder. Por ejemplo, Alfred Ebelot, ingeniero francés contratado por el gobierno bonaerense en la década del'70, expresaba que los pampas y ranqueles tienen un «vigor negativo»; son «duros pero no robustos»; su sobriedad no es meritoria sino recurso de haraganes y no son capaces de realizar un trabajo regular. Ebelot agregaba en sus consideraciones esencialistas que los indios «...son sutiles y astutos como zorros, clarividentes como niños, pero como niños pervertidos»22. Paolo Mantegazza, uno de los primeros estudiosos de la antropología médica en Italia, publicó entre 1858 y 1860 las Cartas médicas sobre la América meridional, fruto de recopilaciones durante su estadía entre los años 1854-1857 en el norte y este de Argentina, donde trabajó como médico23. Tanto en Entre Ríos como en Salta, Tucumán y en los numerosos viajes realizados a otras regiones de Argentina, Mantegazza explicaba que tuvo contacto directo con indígenas de diversas etnias. Su familiaridad con abipones, mocovíes, guaraníes, caniguas, pampas, araucanos, chiriguanos, matacos, calchaquíes, quichuas, aymará, tobas y guajajaras le permitía afirmar de manera contundente acerca de la naturaleza física y moral de los nativos. Explicaba que «...el indio de la América Meridional es un hombre de escasa sensibilidad, descontento de sí mismo; taciturno, silencioso, desconfiado, fríamente cruel; tierno a veces y activo, sobrio por necesidad o por inercia, así como en oportunidad voraz, pues que no aprende de la civilización más que los vicios, apasionado de los placeres y de la embriaguez. Supersticioso sin ser religioso, poco moral por su corta inteligencia; incapaz de alcanzar por sí mismo un alto grado de cultura y destinado a ser envuelto y a confundirse en el gran torrente de la civilización europea» 24. ----En esta larga cita se expresan toda una serie de prejuicios sobre el indígena como paradigma (negativo) en contraposición al tipo ideal, el europeo. Mantegazza matizaba estos comentarios mencionando también la belleza física de ciertas razas indígenas, la templanza en la comida, la agudeza visual y el amor a la libertad. Pero cada una de estas «virtudes» que se perciben tiene su contracara en otras descripciones donde se verifica, por ejemplo, la lascivia sensual, la intemperancia, demostrada por los «atracones» cuando hay comida en abundancia, la indolencia y hasta la pobreza de sus realizaciones técnicas y estéticas 25. El contacto con diferentes indígenas y la visión de la «realidad» le permitía a Mantegazza discutir irónicamente la tesis del buen salvaje: «Los filósofos que sobre una elástica poltrona, entre la estudiada lujuria de la vida civilizada, lamentan la libre y desnuda civilización del salvaje, deberían dar una vuelta por la Pampa argentina o llegar hasta Corrientes, para verificar si la civilización ha hecho degenerar al bípedo sabio de Linneo. Quisiera preguntarles si estas criaturas de color barroso, desnudas y cubiertas de asquerosos harapos, con músculos débiles, cabellos sueltos y sucios, devorados por un tropel de insectos, son los representantes de la inocencia primitiva o de la libertad» 26. Mantegazza por otra parte no era un viajero cualquiera. Su formación académica, sus capacidades intelectuales y la erudición tan tempranamente demostrada -el libro cita más de cuatrocientos autores, muchos contemporáneos y también fuentes históricas de relevancia-, le forjan como un etnólogo fuera de lo común. Su problema, por otra parte común a toda una serie de especialistas positivistas, es la deformación consciente o inconsciente que hace de la información recogida. Para él, occidental del siglo XIX, los indios no tenían lugar en el mundo estructurado por las fuerzas del progreso arrollador de la ciencia y de la técnica. A partir de esta base teórica el texto dibuja coherentemente la inferioridad nativa, con pruebas que Mantegazza obtenía de su experiencia particular. Un «yo» vívido atraviesa las Cartas médicas y le impone al lector la verdad de los hechos, expresando en el «estar ahí» la energía de la presencia, la irrefutabilidad de la realidad tal cual es 27. Mantegazza señalaba incluso un contacto directo con indígenas mapuches (araucanos de la Pampa), ya que estuvo en la visita de la comitiva enviada por Calfucurá a Paraná para entrevistarse con Urquiza, presidente de la Confederación Argentina. El médico italiano explicaba que Urquiza colmó a los indios de presentes para que no asolaran la provincia de Santa Fé y Córdoba en su retirada y que a pesar de ser reyes o hijos de reyes, fueron alojados en corrales: «...los visité y permanecí largo tiempo con ellos, olvidando por amor a la ciencia, que todos eran ladrones y asesinos y que ---- 25 Ibidem, pp. 406-409. 27 Ver la idea de verosimilitud de GEERTZ, C. (1989) respecto a la escritura antropológica de Lévi-Strauss, Malinowski, Benedict y Evans-Pritchard (El antropólogo como autor, Barcelona). el código penal íntegro habría tenido en ellos digna aplicación» 28. Los araucanos son descriptos de acuerdo al imaginario europeo como los habitantes de las llanuras interminables, de desiertos sin fin. Su fisonomía representa tanto la furia y la ferocidad como la impasibilidad y reconcentración y en ambos casos, Mantegazza encuentra resabios de salvajismo contrarios a la civilización. En el siglo XIX, la fisiognomonía aparentaba ser la disciplina capaz de resolver en su totalidad todos los secretos guardados por la naturaleza humana. Sin acordar que el estudio fisonómico fuera cualitativo o cuantitativo, Mantegazza aducía que con él sería posible conocer las razas humanas y clasificar cada una de ellas de acuerdo a sus caracteres físicos y morales. La obra de Samuel G. Morton sobre craneología de los aborígenes de Norte y Sur América 29, le servía como base para intentar un primer aporte sobre la fisiognomía de las razas indígenas, las que consideraba como modelo de frialdad e inmovilidad. También los estudios de Cesare Lombroso sobre antropometría criminal determinaban una apariencia particular entre los delincuentes y anomalías en la sensibilidad, lo cual llevaba a este investigador positivista a considerar los rasgos atávicos que emparentaban los «anormales» es decir, los inadaptados a la sociedad, con los «salvajes» 30. Los casos recopilados por Mantegazza sobre semblantes de indígenas eran consecuentes con las teorías lombrosianas. Los rostros impasibles de araucanos y pampas se proponían en contraposición con la fisonomía anormalmente vivaz del negro y la elevada expresión del europeo. Así, expresaba que cuando visitó al cacique Coliqueo, éste no se inmutó en lo más mínimo frente a las lisonjas que le dirigían él mismo y el coronel Baigorria, su traductor. También, que el hijo del cacique de Calfucurá, famoso por su crueldad, permaneció totalmente impávido y sumido en la más profunda indiferencia en el palco del teatro de Paraná, donde se hacía una representación de una comedia, reaccionando apenas ante la enorme variedad de estímulos visuales, la música, los decorados y la gente que lo rodeaba 31. Estos y otros casos similares, junto con una serie de dibujos de mulatos, blancos y mestizos y de indígenas tobas, calchaquíes y chiriguanos, le permitían afirmar científicamente las diferencias marcadas entre indios, blancos y negros. En el rostro y el carácter cada raza llevaba escrita indefectiblemente una marca propia y el estudio de multitud de casos como los que detallaba permitiría en el futuro configurar un verdadero «mapa» antropológico-racial. Para Mantegazza, la esencia indígena se manifestaba en la impasibilidad y en la incapacidad de responder con normalidad a los estímulos nerviosos. El indio estaba impedido fisiológicamente de responder ante la belleza, porque carecía de la capaci-----28 MANTEGAZZA (1949), t. dad estética, no podía tampoco expresarse con ternura, porque su naturaleza le negaba la posibilidad de sentir amor o piedad. Sólo podía responder ciegamente a los instintos más bajos, pero aún sin disfrutar de ellos. La crueldad y la violencia tampoco incidían en la frialdad de su carácter, que no se abandonaba a la desesperación aún en las peores circunstancias. Esta característica podría haber sido valorada positivamente, ya que después de todo concordaba con los valores de la masculinidad occidental, pero no fue así. Mantegazza la utilizaba como argumento médico que confirmaba las teorías antropológicas de inferioridad de ciertos grupos humanos. Este médico refería entonces que «...Los indios resisten al dolor mucho más que nosotros, y he visto pruebas luminosas, al practicarles crueles operaciones de cirugía. Son extrañamente insensibles en la piel y en el corazón. También resisten mejor que nosotros a la intemperie y a los largos ayunos. Es en ellos virtud necesaria y fruto de larga costumbre, y la higiene y los cuidados solícitos no salvan la vida de los débiles y enfermizos, por lo que sólo los fuertes se hacen hombres y en el ejercicio de las privaciones se fortifican y duran». Y más adelante volvía a aseverar «...saben resistir de un modo singular a las lesiones traumáticas, y en América es popular el proverbio duro para morir como un indio» 32. La representación positivista del indio es la de un ser salvaje y espartano a la vez, adaptado a las duras condiciones medioambientales, más cerca de la naturaleza y a la vez, por la pérdida de lo que se establecía como normal en la especie humana, «desnaturalizado». Lo natural asume las dos definiciones: lo biológico por un lado, parte fundamental del indio, y la negación de lo natural como anormal, fuera de lo común, medido desde el punto de vista occidental. Los textos de otro médico, el corso José Mateo Franceschi, se acercan en varios puntos a las teorías de Mantegazza. Franceschi desgranó parte de sus interesantes hipótesis ambientales y raciales en varios artículos aparecidos en la Revista Médico-Quirúrgica (en adelante, RMQ) 33, sobre todo en relación con las teorías degenerativas extendidas entre numerosos intelectuales y científicos argentinos. Franceschi trabajó como médico durante varios años en la campaña bonaerense y también en la frontera, como médico militar, entre 1871 y 1875. Utilizando la observación y práctica como método científico, escribió en 1886 un artículo donde observaba que los grandes traumatismos eran menos letales entre los naturales de la Pampa que entre las personas llegadas de fuera. Asimismo, en las operaciones quirúrgicas, las supuraciones se manifestaban raramente y la cicatrización era rápida por lo que «...la más pequeña herida que se eterniza en las manos de ingleses o alemanes, ni caso hace al criollo» 34. En cursiva en original. 33 La RMQ, una de las primeras y principales publicaciones médicas, fue fundada en 1864 por los médicos Angel Gallardo y Pedro Mallo. Se publicó hasta 1888, siendo posteriormente sustituída por otra publicación similar, La Semana Médica. A partir de 1879 fue dirigida por el eminente higienista Emilio Coni. 154. general de minerales tónicos, sobre todo de hierro. Esto provocaba en sus habitantes una constitución débil que los hacía ineptos al trabajo pesado y a la actividad intelectual. La degeneración racial podía ser observada científicamente de mil maneras, entre las que Franceschi citaba una necesidad de comer y dormir más de lo habitual, la pudrición anormal de productos agrícolas e incluso un índice menor de nutrición en la leche materna. Las enfermedades más comunes que se presentaban eran, entre las mujeres, la clorosis y la debilidad estructural, predominando familias enteras de escrofulosos y tuberculosos. La razón de todos estos males estaba entonces en la falta de hierro, que él proponía subsanar a través de su incorporación en los pozos de agua. No se sabe si esta práctica se llevó a cabo, pero fue más por imposibilidad técnica que por desacuerdo científico ya que había en el medio académico un consenso general acerca de las virtudes del hierro, en lo que podríamos llamar, parafraseando a Kuhn, un «paradigma» de la causalidad de las enfermedades debilitantes 35. Franceschi atribuía la mejor cicatrización entre los naturales de la Pampa a la falta de hierro y esa misma afirmación -es decir, que la debilidad fuese positiva-, daba pie a una paradoja que el médico no podía resolver. Para él, la pobreza del hierro en la sangre permitía una menor inflamación y así los nativos envejecían mejor, encanecían menos, conservaban los dientes y cabellos más tiempo 36. Esta aseveración estaba en abierta contradicción con su propia teoría acerca de la escasez ferruginosa y la debilidad estructural de los habitantes pampeanos, pero Franceschi no la profundizaba ni intentaba rehacerla, sino que avanzaba para probarla a partir de experimentos quirúrgicos. Así, expresaba que realizó varias operaciones de cataratas entre pobladores del interior bonarense y salvó a un indio de la muerte al improvisar en un hospital de campaña una complicada técnica de sutura y entablillamiento del cuello. Franceschi explicaba que en el mismo frente de batalla y en la isla Martín García, donde fueron confinados los indígenas, debió curar las horribles heridas producidas por las lanzas en los soldados y en los mismos indios aliados al ejército. En una ocasión, uno de los prisioneros quizo huir y fue herido de gravedad por las tropas nacionales por lo que pudo ejercitar en él un método novedoso para sostenerle el cuello casi separado de la cabeza, detallado en la publicación médica. ---- 35 El cónsul francés A. Peyret se maravillaba a finales del siglo XIX ante la tierra de Misiones, de rojo subido, cuyo alto contenido en material ferruginoso aseguraba, según sus impresiones, la salud y bienestar a sus habitantes. En PEYRET, A. (1889), Une visite aux colonies de la Republique Argentine, París, p. También testimonian esta aseveración la diversidad de medicamentos que contenían hierro y que se recetaban en general para enfermedades de la sangre y estados de caquexia, así como para el tratamiento de la tuberculosis, escrofulosis, clorosis y anemia. Como ejemplo, ver el «Ferrovose» (Argentina Médica, Semanario de Medicina Práctica, Buenos Aires, Año X, no 29, 1912) y los «comprimidos» del Doctor Puiggari (Revista de la Sociedad Médica Argentina, Buenos Aires, 1902). El médico testificaba que cualquier blanco hubiera muerto ante aquel traumatismo pero que el indio se salvó en parte por su solicitud y en parte por su propia constitución. Franceschi no actuaba solamente llevado por el juramento hipocrático, es decir, porque se trataba de un hombre enfermo que necesitaba cuidado, sino porque tal como él mismo señaló, «...la satisfacción de ver una curación completa por primera intención en pocas días debía compensar el esfuerzo», y eso a pesar de que todos los que observaban su preocupación le decían «...¡tanto trabajo para un indio!» 37. El médico continuaba su relato especificando la cura de cincuenta y dos indios de la tribu de Catriel que también se salvaron, por lo cual podía afirmar que «...las condiciones vitales del natural de la Pampa Argentina son muy favorables al éxito de las grandes operaciones» 38. El hecho de que los indios se transformasen en cuerpos para realizar experimentos está unido a la ideología de la diferencia inferiorizante y consecuentemente a la extinción a partir de «leyes naturales» aplicadas por los darwinistas sociales. Franceschi acordaba en general con esta concepción, común a un auditorio médico que escribía y leía publicaciones científicas como la RMQ. El médico señalaba así que «... los argentinos los desconocen (a los indios) como hijos de Adán y sin discutirles si su raza india es aborigen o asiática, los persiguen, los expulsan o los someten, con el noble fin de sustituir la cultura del salvajismo» 39. En «los argentinos» había una autoinclusión, porque el autor no era tal, pero compartía con la élite intelectual nacional la mayoría de las suposiciones generales acerca de la conformación étnica ideal; es decir, la de un país sin indios, con blancos libres de la sangre débil de los nativos. Otra de la tesis de Franceschi, sustentada con pruebas tan débiles como las anteriores, era justamente el control étnico. Las uniones consanguíneas, propias según el autor de los indígenas, acarreaban una descendencia defectuosa y muchas posibilidades de contraer la tuberculosis. El médico explicaba que entre los indios no podía haber selección natural, y las uniones entre parientes eran inevitables, comprendiendo cretinos, idiotas y desgraciados incapaces, lo que explicaba su decadencia y extinción. Por lo tanto aconsejaba no casarse entre parientes «...y lo menos posible entre connacionales de antiguas generaciones americanas» 40. La encadenación sucesiva de razonamientos erróneos, que van desde la falta de hierro, la debilidad de los nativos, la consanguinidad y la tuberculosis, estaban justificados en el texto a partir de un elemento fundamental que formaba parte del conjunto de saberes legítimos de la comunidad académica y que por lo tanto, Franceschi no necesitaba probar empíricamente: la inferioridad indígena. A partir de allí, todas las partes ---- 37 Ibidem, p. 40 FRANCESCHI, J. (1886b), «Uniones consanguíneas y connacionales: degeneraciones antiguas como causa de degeneración de las razas en la Pampa», RMQ, XXIII, no 18, pp. 279-281. se situaban en los lugares correctos y a pesar de que varias de sus aseveraciones hacían agua y eran incompatibles entre sí, tendían a formalizar en el conjunto científico al nativo como ser insensible, cuyo cuerpo, vivo o muerto, pertenecía más a la ciencia que a sí mismo. ENSAYOS Y COMPROBACIÓN MÉDICA Tal como Mantegazza y Franceschi, el francés Benjamín Dupont confirmaba, si bien de otra manera, la conversión del indígena en objeto experimental. También médico en la línea de frontera, específicamente en Villa Mercedes (San Luis), participó en la Campaña al Desierto como profesional sanitario. Dupont contribuyó en varias oportunidades a la RMQ, que publicó elogiosamente sus trabajos 41. En su marcha con el ejército, Dupont «...no pierde oportunidad para practicar los estudios con que (la ciencia) pueda enriquecerse. No solamente tiene en su poder una descripción detallada de todos los vastos territorios que ha recorrido, y hasta hoy desconocidos, sino que también ha reunido multitud de objetos (...) cráneos frescos y disecados (...) como también plantas que gozan de importantes propiedades terapéuticas que él ha tenido ocasión de observar» 42. La recolección de material antropológico y botánico estaba de acuerdo con la concepción médica de la época, así como la experimentación in situ. Los mayores aportes de Dupont se dirigieron a la investigación sobre la teniasis, endemismo de la campaña pampeana. En un artículo presentado ante el Círculo Médico Argentino, el médico explicaba que cuando fue cirujano del ejército entre 1875 y 1877, de un total de 500 soldados y 500 indios amigos, diagnosticó 271 afectados por el parásito de Tenia solum. Este resultado tan alarmante lo llevó a prestar atención a la enfermedad, por lo que cuando actuó como cirujano del ejército en 1878-79 aprovechó «...esa oportunidad para proseguir mis investigaciones sobre la tenia entre los indios que eran tomados prisioneros, que se guardaban durante meses en el Campamento general» 43. Consultando al resto de sus colegas de otras divisiones del ejército, Dupont comprobó también el endemismo entre los nativos pampeanos y se dispuso entonces a ----41 Una biografía de B. Dupont puede consultarse en VACAREZZA, O. (1967), «De la vida y obra del Dr. Benjamín Dupont, caballero de la Legión de honor, cirujano de la frontera y del desierto», Boletín de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, 45, pp. 557-576. Dupont formó parte del grupo de higienistas que transformó significativamente el panorama sanitario nacional. Escribió también artículos sobre la cremación y la prostitución en Buenos Aires, con un criterio reglamentarista. 43 DUPONT, B., (1885), Endemia de la Tenia Solum en la República Argentina. Estudio sobre sus modos de propagación y expulsión, Buenos Aires, p. 10. buscar una hipótesis que avalara esta observación, concluyendo que la teniasis era frecuente por la ingestión de gérmenes del cisticerco presentes en la carne cruda 44. La carne era un alimento común en la Pampa y mientras que los indios consumían la de yegua o potro cruda, los gauchos y soldados lo hacían de ganado vacuno cocida en forma insuficiente. Dupont encontró en su primer experimento, realizado entre 1875-77, casi un 30% de personas con teniasis, pero en su análisis final no aclaraba cuales eran blancos y cuales indios. Ahora bien, un punto interesante es la metodología que pudo utilizar en 1879, cuando se encontraba en un campamento militar y se dispuso efectivamente a investigar sobre el tema con el fin de probar su teoría. Según el médico, la bibliografía reconocía numerosas pruebas sobre la ingestión de cisticercos y el desarrollo de tenia y específicamente un investigador, el Dr. Küchenmeister, había hecho tragar a un condenado a muerte varios cisticercos, encontrando posteriormente en la autopsia tenias en desarrollo 45. Si bien la forma en que el susodicho especialista europeo experimentó con un ser humano era un llamado de atención a la ética médica, no recibía ninguna crítica en Dupont. Este quizás asumía dicha investigación como legítima, puesto que pensaría que no estaba mal que una persona fuera expuesta a dar en vida su cuerpo a la ciencia, ya que muy pronto moriría y por lo tanto no sentiría los efectos de la experimentación, brindando así un indiscutible apoyo al avance científico. ¿Esto sugiere que él, entre los indios de la Pampa hubiese aplicado este método, haciéndoles ingerir carne contaminada para después verificar las tenias en sus cadáveres? Dupont no dice que hizo tal cosa, pero (y el pero no deja de ser importante) estaba ante un conjunto de personas «condenadas a muerte», ya fuese por causas «naturales» -la viruela sobre todo, enfermedad mortal en la mayoría de los casos-, como por exterminio directo del ejército. Sobre todo, compartía la noción generalizada en distintos medios intelectuales sobre la inferioridad indígena, así como asumía la necesidad del progreso científico-médico, un fin demasiado importante para la ciencia positivista para ser llevado a cabo por cualquier medio que se presentara. Por último Lucio Meléndez, médico alienista, analizaba también en la RMQ la locura entre los indígenas, elaborando un curioso material interpretativo. En el siglo XIX, los estudios sobre lo que se denominaba indistintamente frenopatía o enfermedades nerviosas asumieron un status científico preponderante, sobre todo por su conexión con la noción de responsabilidad legal y política. Las enfermedades mentales se vincularon cada vez más a disfunciones o problemas biológicos, dejándose de lado las interpretaciones religiosas que las diabolizaban. Por lo tanto era lógico que la ---- 44 Ibidem, p. 25. ciencia reclamara su estudio y aun su curación en centros especiales, donde los enfermos retornarían a su anterior identidad social e individual 46. Lucio Meléndez era en 1880 el director del Hospicio de las Mercedes, una de las pocas instituciones existentes en esa época para la atención de enfermos mentales 47. Por entonces, los médicos habían comenzado a observar un crecimiento constante del número de alienados en las áreas urbanas, a lo cual buscaban una explicación. El supuesto acrecentamiento de alienados en la Argentina fue una de las principales preocupaciones de los médicos y psiquiatras positivistas, reflejado en estudios que intentaron «medir» el fenómeno cuantitativamente. Una de las primeras investigaciones al respecto fue justamente un trabajo estadístico realizado por Emilio Coni y Lucio Meléndez en 1880, donde se prestaba atención al número de enfermos psiquiátricos y retardados mentales, considerando ambas categorías por separado 48. Esta cantidad anormal de enajenados se debía según ellos al impacto de la vida moderna y a los vicios que esta conllevaba sobre formas de vida tradicionales, así como a una conformación interna propensa a la locura, evidenciada en las «razas inferiores». En la RMQ, Meléndez reflexionaba entonces por qué luego de la Campaña al Desierto no había habido un mayor número de indígenas internados en su centro, habida cuenta de que estuvieron sometidos a «...variadas y múltiples causas que someten a la enajenación en las razas civilizadas. Azotados por el enemigo en todas partes, desalojados de sus hogares para buscar una guarida donde ocultarse, sufriendo penurias de todo género, han podido resistir valerosamente a tales acontecimientos sin perder la razón y no se dirá que su organismo robusto y fuerte los pone a salvo de contraer las vesanias y que educados bajo un sistema militar, están menos predispuestos que los habitantes de la ciudad» 49. A diferencia de otros especialistas, Meléndez consideraba a los mapuches biológicamente similares a los blancos y negros, por lo que debía buscar las causas de una salud mental excepcional no en el organismo de los indígenas, sino en el entorno y en las experiencias a las que habían estado sujetos. El médico preguntó a varios jefes del ejército -no dice cuáles-sobre alienados entre los prisioneros indígenas. Uno de ellos le refirió que luego de su captura, un joven quizo huir y en virtud de las ideas absurdas que tenía y la incoherencia de su conversación, concluyeron sobre su locu-----46 Cf. HUERTAS, R. (1992), Del manicomio a la salud mental. Para una historia de la psiquiatría pública, Madrid, p. 39; FOUCAULT, M. (1976), Historia de la locura en la época clásica, México, sobre todo en el T. II el capítulo «Nacimiento del asilo». 47 Una síntesis de las instituciones psiquiátricas en Argentina puede consultarse en INGENIEROS, J. (1920), La locura en la Argentina, Buenos Aires, sobre todo pp. 218-221. 48 CONI, E. y MELÉNDEZ, L. (1880), Consideraciones sobre la estadística de la enajenación mental en la Provincia de Buenos Aires, Memoria leída en el Congreso Internacional de Ciencias Médicas, Amsterdam. Este indio dijo que iba a «...evadirse merced al gualichu de que disponía para burlar la vigilancia» y murió al querer volar más allá de las trincheras del fortín 50. Al margen de cualquier interpretación etnológica sobre las creencias mapuches, para Meléndez el indio no estaba loco sino que interpretaba su delirio como producto de la fiebre que debía tener puesto que había sido herido. Otro caso, el único que había podido estudiar en el Hospital donde era director, era el de una mujer que presentaba el cuadro de una «lipemaníaca», aborreciendo a todas aquellas indias que no eran de su nación. Simplificadamente Meléndez decía que la paciente debía ser chilena (es decir, mapuche de la Araucanía) y que por lo tanto, era contraria a aceptar a las otras mujeres de origen argentino (mapuche de las Pampas), asumiendo en ella un odio nacionalista consecuente con la postura bélica en los años'80, cuando Argentina y Chile estuvieron muy cerca de una confrontación bélica a raíz de los territorios patagónicos. Por último, Meléndez citaba vagamente casos de locura entre los indios repartidos entre las familias porteñas, pero esto le parecía normal porque se trataba de habitantes cercanos a la cordillera, donde el cretinismo era frecuente. Esta noción, base de un prejuicio generalizado sobre la población del interior, fue común también en otros textos médicos 51. Para Meléndez, el cretinismo se relacionaba -como en el caso de Franceschi-con la consanguinidad y en consecuencia podía ser una característica negativa común a los indios y a otros habitantes de la campaña 52. De este artículo es verdaderamente curiosa la ausencia del objeto de estudio, de la cual era consciente el propio investigador. Meléndez no explicaba en consecuencia por qué no había indios locos y los pocos alienados que lograba citar indudablemente no lo convencían para definir una teoría. Por lo tanto, terminaba el artículo «...con la esperanza de que no estaría quizás muy lejano el momento en que podamos observar algunos casos prácticos de indígenas insanos que nos permitan presentar algún cuadro importante como materia de estudio para los que deseen dedicarse a esta especialidad o hasta que los cirujanos militares nos den algunos datos al respecto, ya que han estado en la Campaña al Río Negro» 53. La forma de enunciar un futuro camino para la investigación era sin duda poco inusual, ya que justamente la medicina tiene como objetivo evitar la enfermedad, no desear que ocurra para poder estudiarla. El médico alienista proponía similitudes biológicas para blancos e indios, -los dos tienen pulmones y también cerebro-y creía que lo que se denomina un «shock» ----psicológico de gran magnitud, como perder absolutamente todo lo que da sustento a la vida, provocaría en cualquier ser humano un extravío mental considerable. En ese sentido avanzaba mucho más que Dupont, Franceschi o el mismo Mantegazza sobre la unidad indiscutible de la especie humana. Pero al mismo tiempo, el afán por estudiar científicamente impulsaba la creación del objeto de estudio, para dar así lugar al alienismo indígena como nueva especialidad, lo cual, por diversas circunstancias relacionadas con la integración de la población nativa, nunca sucedió. Tal como ha observado Pedro Laín Entralgo, la objetivación del cuerpo humano a través de la investigación y el diagnóstico médico fue un proceso iniciado en el mundo occidental en el siglo XVIII, que alcanzó gran importancia en el siglo XIX. A partir de la denominada «mentalidad anátomo-clínica», los pacientes perdieron su calidad de sujetos y se transformaron en objetos de estudio médico 54. Este fenómeno no era nuevo, ya que la medicina tuvo siempre que asumir la contradicción entre persona enferma-enfermedad, es decir sujeto y objeto a la vez, pero la constitución del enfermo como «ente de la naturaleza» se implicó profundamente en la ciencia positivista. Todo un conjunto de pacientes, sobre todo los más pobres y desfavorecidos, fueron tratados como objetos enfermos o sanos, a los que valía la pena diagnosticar y diseccionar y no necesariamente cuidar y curar. Para los especialistas médicos, la eficacia técnica implicaba necesariamente esa objetivación, que se traducía en ventajas en la investigación científica. Por otra parte, esto permitió legitimar experimentos realizados sobre seres humanos, afirmando asimismo una diferencia desvalorizante en determinados grupos y sociedades. En el caso de la compleja relación entre positivismo e integración indígena en Argentina, es interesante observar no sólo la generación y consolidación de ideologías cientificistas que establecían a nivel teórico la irrefutabilidad de la inferioridad indígena, sino también en la actuación concreta de determinados médicos. Se trata sobre todo de profesionales que realizaron su tarea en sitios alejados de los centros urbanos más importantes, ya fuese en pequeños poblados del interior argentino, donde había población indígena y mestiza, en las campañas militares efectuadas en los años'80 o bien que tuvieron contacto directo con los «vencidos», es decir, con los indígenas derrotados y recluidos bajo el control blanco, en diversas instituciones sanitarias. Mantegazza accedió posteriormente, a su regreso a Italia, a un status profesional mayor al que tenía en Argentina durante los años'50, cuando ----54 LAÍN ENTRALGO, P. (1964), La relación médico-enfermo. Otros, como Dupont y Franceschi, si bien pudieron difundir sus ideas en una importante publicación médica, no estuvieron dentro del núcleo de médicos notables que participaron activamente en distintos gobiernos y formaban parte de la élite social argentina 56. Meléndez por su parte tuvo mayor incidencia académica y pública que los tres restantes como director de un hospital y profesor universitario e iniciador de estudios e investigaciones psiquiátricas en Argentina, aunque tampoco pueda ser considerado dentro del sector de médicos prestigiosos. Esta cuestión singular los aproxima entonces a un conjunto informe de «médicos del común», que desarrollaban su tarea lejos de las ciudades más importantes y de los centros intelectuales de relevancia, de los cuales como es obvio se sabe muy poco. Existen importantes coincidencias ideológicas entre ellos y los que podríamos denominar «notables», unificando las conciencias a nivel científico en relación con las teorías positivistas europeas, sobre todo respecto a la degeneración racial. El intento por comprobar empíricamente la subordinación de los «salvajes» implicó el descubrimiento de la insensibilidad corporal y psíquica, unida a un desarrollo físico anormal y a una fisonomía diferencial, marcadamente anómala y ancestral. Esta cuestión legitimaba una actuación profesional discutible éticamente, enraizada en el saber per se sin considerar los perjuicios físicos o psíquicos del enfermo. Por otra parte no debe olvidarse que, paralelamente, se produjo en Argentina y sobre todo en la Región Pampeana, la conquista militar de territorios que habían estado durante siglos bajo dominio de diversas parcialidades indígenas. Es difícil establecer su peso demográfico anterior a la campaña pero en general, los mismos contemporáneos aceptaron su desaparición, a la cual dieron distintas explicaciones. La mayoría de ellas justificaban esta pérdida escudándose en razones científicas, validadas sobre todo por las ciencias médicas.
El análisis de los discursos expuestos en un ciclo de conferencias radiadas durante los años 1939-1940 en la ciudad de Málaga sobre higiene materno-infantil, organizado por la Jefatura Provincial de Sanidad, nos permite poner de manifiesto cómo se utiliza un recurso como la divulgación de contenidos sanitarios como parte de un proyecto político, el nacional-sindicalismo, al que sirvió como elemento vehiculizador. PALABRAS CLAVE: educación sanitaria, divulgación de la medicina, España, franquismo. LAS COORDENADAS SOCIO-SANITARIAS Y EL DIS- CURSO DE EDUCACIÓN SANITARIA. En 1939, tras la guerra civil, se produjo en España una situación de crisis generalizada. En este contexto, la sociedad malagueña comenzó este periodo en unas condi-ciones estructurales y coyunturales muy precarias. Durante esta etapa histórica, el secular problema de la escasez de viviendas en la capital malagueña se agravó, debido a la destrucción de edificios durante los acontecimientos bélicos y al desplazamiento de población que se produjo hacia la capital malagueña. El problema de la vivienda en Málaga era tanto cuantitativo como cualitativo, pues existía un importante déficit de salubridad de un elevado porcentaje de las viviendas. Los núcleos de infraviviendas aumentaron, y en ellos la vida transcurría bajo un estado de extrema miseria, de forma muy similar se vivía en los barrios obreros: hacinamiento, deficiencias extremas en los sistemas de abastecimiento de agua y evacuación de excretas 1. Otro aspecto de la situación vivida fue el relacionado con la alimentación. La crisis estructural de la agricultura con la consiguiente escasez de alimentos y la imposición de un estricto sistema de racionamiento que desembocó en la aparición de un «mercado negro», donde los precios de los productos de primera necesidad, ya de por sí elevados, alcanzaron cifras muy altas; esto junto a los bajos salarios del momento, provocó dificultad, cuando no imposibilidad, para acceder a los productos necesarios para la supervivencia. Esta fue una época de «infranutrición endémica en los medios populares» 2. Reflejo de esta situación fueron las irrupciones de brotes epidémicos de viruela, difteria y tifus exantemático 3 y los incrementos de las cifras de mortalidad general, mortalidad por causa infecciosa y mortalidad infantil: esta última alcanzó en 1941 cifras características de la primera mitad de la década de los años veinte con una tasa de 132,4 muertes de menores de un año por cada mil nacidos vivos en la capital malagueña y de 157,2 en la provincia 4. Las respuestas que desde el ámbito médico-sanitario se dieron ante la realidad socio-sanitaria de la Málaga de la posguerra estuvieron muy marcadas por las circunstancias políticas del momento. La capacidad de respuesta del sistema asistencial ante la crisis sanitaria fue muy reducida, la escasez de medios infraestructurales, materiales y de personal caracterizaron a la organización sanitaria de la posguerra5. ----1 Una descripción más detallada de esta situación puede encontrarse en JIMÉNEZ LUCENA, I. (1990), El tifus en la Málaga de la posguerra. Un estudio histórico médico en torno a una enfermedad colectiva, Málaga, Universidad de Málaga, pp. 18-21. 3 Con relación a estos acontecimientos pueden verse la obra antes citada y las descripciones que de los mismos hizo el entonces Director General de Sanidad: PALANCA, J. A. (1943), Las epidemias de la postguerra. Discurso leído en la solemne sesión celebrada el día 28 de Marzo de 1943 en la Real Academia de Medicina, Madrid, Instituto de España. En estas circunstancias, como han puesto de manifiesto diversos autores 6, la literatura de divulgación higiénico-sanitaria es especialmente utilizada. Sin embargo, este tipo de actividad no es sólo de índole informativa, sino que, como ha sido ampliamente señalado en distintos estudios, es un instrumento político que los diferentes grupos sociales y regímenes utilizan para difundir su modelo de sociedad 7. Parece evidente, por tanto, que las fuerzas sociales hegemónicas impregnaran las campañas de educación sanitaria con sus ideas y objetivos. Enseñarles cómo vivir, a la población en general, ha sido el principal objetivo de la divulgación médico-sanitaria 8. Y ese cómo vivir implica comportamientos sociales y políticos, actitudes y valores determinados. ¿Qué comportamientos, actitudes y valores son los saludables?. Eso, sostenemos, estará estrechamente relacionado con los intereses políticos y sociales de los grupos hegemónicos. En este trabajo de aproximación al estudio de la utilización de las campañas de educación sanitaria con objetivos políticos, nos proponemos analizar cómo a través de un discurso higiénicosanitario, supuestamente científico, se crean imágenes de la realidad que benefician a los gobernantes 9; cómo las preocupaciones sobre la salud y la enfermedad que, de forma implícita o explícita, se exponen corresponden a intereses políticos e ideológicos más que a preocupaciones reales por el estado de salud de la población; cómo cuando se habla de las soluciones posibles van más enfocadas a obtener determinadas actitudes de adhesión política a las fuerzas gobernantes y sometimiento y obediencia a los expertos que a solucionar problemas de tipo sanitario, dada la falta de adecuación de las propuestas a la realidad socioeconómica de la mayoría de la población. Para ello, hemos analizado los discursos emitidos por un medio de comunicación de masas, la radio, durante una campaña de educación sanitaria. La lactancia materna en la literatura médica de divulgación. 7 Esto lo hemos podido observar en el análisis realizado acerca de los discursos sobre la educación sanitaria que los diferentes grupos ideológicos y sociales expusieron durante el periodo de la Segunda República. Véase JIMÉNEZ LUCENA, I. (1995), Cambio político y alternativas sanitarias: el debate sanitario en la II República, Málaga, Universidad de Málaga. El uso de una enfermedad colectiva en la legitimación del «Nuevo Estado»«, Dynamis, 14, 185-198. LAS CARACTERÍSTICAS DE LA CAMPAÑA DE EDUCACIÓN SANITARIA Los medios de comunicación de masas han actuado como agente de la historia en tanto que han influido de manera notable en la configuración política y cultural de las sociedades 10. Algunos autores consideran que la sociedad moderna no sería lo que es sin los medios sonoros y visuales de comunicación, pues el tipo de información que emiten se integra en la vida cotidiana y en la percepción de la propia sociedad 11. Concretamente la radio ha estado y está en muchos aspectos en primer plano de la acción política y social 12. Una de las razones para esto puede ser que, como Roger Egeter sostiene, «tanto la imagen como el sonido son medios que infunden una gran sensación de credibilidad» 13; de ahí la importancia que los medios sonoros y visuales tienen en los procesos de divulgación. En este sentido, un importante elemento de interés en este estudio concreto es el hecho de que se usara la radio como medio de divulgación. La popularización médica tenía hasta esos momentos, como es bien conocido, una tradición escrita concretada en manuales, prensa y carteles. La radio puso en manos de los expertos el mecanismo de transmisión oral, que hasta entonces había sido considerado de forma ambivalente. Como sostiene Enrique Perdiguero, si bien era reconocido como «el único posible para extender el conocimiento a todos los rincones», a la vez, era «sospechoso de servir de vía de difusión de preocupaciones y errores vulgares» 14, debido a que en la inmensa mayoría de los casos ese mecanismo de transmisión estaba fuera del control de los expertos. El poder de la radio como medio de comunicación de amplia difusión e instrumentalizable como «arma de propaganda» había sido apreciado por gobernantes y grupos políticos muy poco tiempo después de que las ondas radiofónicas empezaran a funcionar, en la década de los años veinte 15. Este potencial fue cada vez más utilizado, llegando, durante la guerra civil, a ser la radio el principal medio de difusión para informar, dar órdenes y consignas 16. Como medio de comunicación entre los expertos en cuestiones médico-sanitarias y la población, la radio había sido ----utilizada durante la Segunda República como han señalado Jorge Molero Mesa y Esteban Rodríguez Ocaña 17. En estos momentos de la posguerra, la necesidad de dar al pueblo una educación sanitaria, así como la utilización de la radio como medio más adecuado para ello, quedó explícita en el discurso de Salvador Almansa: «Nada más oportuno que la Radio, para hacer llegar a las entrañas del pueblo las ideas básicas, vulgarizando los hechos y conocimientos científicos, para propagar las medidas higiénicas a fin de crear un ambiente social, una cultura antituberculosa, que saque de la ignorancia en estos problemas» 18. Pero, como veremos, la divulgación sanitaria iba más allá de esto, participando en un proyecto ideológico y persiguiendo, implícita y explícitamente, objetivos políticos concretos. Nuestro análisis se centrará en el conjunto de conferencias radiadas que fueron posteriormente publicadas por los Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal de la Jefatura Provincial de Sanidad. El lema que aparece en la portada de la publicación que utilizamos en este trabajo era el que presidía la campaña de la que formaban parte las conferencias: «¡Al servicio de España y del niño Español!» 19. La publicación se inicia con una Introducción de Salvador Marina (Jefe del Servicio Provincial de Sanidad Infantil y Maternal) en la que se señalaba que estas conferencias se emitieron por radio en 1940 y algunas (no dice cuáles) en años anteriores, es decir entre 1938 y 1939. A éstas se une en la publicación el discurso que Francisco de Agramonte (diplomático) dio «a las señoras y señoritas que tomaron parte en el segundo cursillo de Iniciación de Puericultura» del año 1939. Tanto las conferencias que recoge como la misma publicación tenían por objeto, según el introductor de la obra, «divulgar los conocimientos indispensables para llevar a cabo la correcta alimentación e higiene del niño»; cuestión ésta en la que la divulgación higiénico-sanitaria ha estado especialmente interesada, como han puesto de manifiesto diversos trabajos 20. Con esa finalidad tuvieron lugar: dos conferencias ----17 RODRÍGUEZ OCAÑA, E.; MOLERO MESA, J. (1993), «La cruzada por la salud. Las campañas sanitarias del primer tercio del siglo XX en la construcción de la cultura de la salud», en MONTIEL, L., La salud en el estado de bienestar. En RODRÍGUEZ OCAÑA, E.; MOLERO MESA, J. (1993), se pone de manifiesto que entre las campañas médico-sociales, de las que de puericultura general a cargo de Salvador Marina y Gregorio Marina 21; una conferencia sobre vacunas de Honorato Vidal Juárez 22; dos conferencias acerca de maternología e higiene prenatal de José Luis Oliva 23; tres conferencias relacionadas con el problema de la tuberculosis, todas ellas dadas por Salvador Almanza 24; lactancia y alimentación fueron temas abordados en tres conferencias a cargo de Gregorio Marina, P. Ruiz Montosa y J. Mowbray 25; una conferencia se ocupó de los tratamientos digestivos, siendo Salvador Marina quien se ocupó de la misma 26; la odontología fue tratada por Fernando Roldán en una de las emisiones 27; el raquitismo estuvo también presente en una conferencia de Salvador Marina 28 y la correcta educación del niño se ---formaría parte la educación higiénico-sanitaria, más importantes que se pusieron en marcha durante el primer tercio del siglo XX la desarrollada contra la mortalidad infantil fue una de ellas. En este sentido, es de interés la reciente publicación RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1999), «La construcción de la salud infantil. Ciencia, medicina y educación en la transición sanitaria en España», Historia Contemporánea, no 18, 19-52. 21 MARINA, S. (1941a), «Necesidad de atender cuidadosamente a los niños para disminuir la alta cifra de mortalidad infantil existente», en Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal, pp. 5-7 y MARINA, G. (1941a), «Cuidados del niño en caso de enfermedad. Peligros de los cuidados caseros», en Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal, pp. 65-69. Salvador Marina era en aquellos momentos Jefe del Servicio Provincial de Sanidad Infantil y Maternal y Gregorio Marina Director del Centro de Alimentación Infantil de Auxilio Social y Médico Ayudante de los Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal. 22 VIDAL JUÁREZ, H. (1941), «Vacunaciones en la infancia», en Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal, pp. 8-15. Honorato Vidal era el Jefe Provincial de Sanidad de Málaga. Su importancia en la defensa de la madre y del hijo», en Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal, pp. 16-20 y (1941b), «Peligros del trabajo femenino en relación con la maternidad», en Ibidem, pp. 21-24. José Luis Oliva desempeñaba en aquellos momentos los cargos de Tocólogo-consultor del Servicio Maternal e Infantil del Seguro de Maternidad de la Beneficencia Municipal y de los Servicios Provinciales de Sanidad Infantil y Maternal. trató en la emisión de Francisco de Agramonte29. Este último conferenciante fue el autor de las páginas finales de la publicación que recogió los discursos emitidos durante la campaña, con su ya mencionada conferencia a las participantes del segundo cursillo de Iniciación de Puericultura30. Si tuviéramos que valorar la importancia que se les dio a los distintos temas por la extensión que tuvieron, la lactancia y alimentación, la educación infantil y el problema de la tuberculosis ocuparían el primer lugar. Higiene prenatal y maternología les seguiría en importancia. Consejos de puericultura general y vacunas irían detrás. Y, con un interés, en atención a su extensión, bastante menor se divulgaron aspectos relacionados con el cuidado de la boca del niño, el raquitismo y los trastornos digestivos. En otro orden de cosas, si hubiésemos de calificar las charlas emitidas no por la intención explicitada sino por las características del discurso producido, algunas de ellas quedarían excluidas del género divulgativo31. En este sentido, la conferencia de Honorato Vidal, sobre las vacunas antivariólica, antidiftérica, antituberculosa y antitífica, difícilmente podría ser divulgativa, pues, aunque él la calificara de «sencilla charla», los términos que utilizó eran muy técnicos, propios de profesionales de la medicina: inyección de antitoxina o de anatoxina diftérica, inyección subcutánea o intramuscular, profilaxis, vacuna polivalente T.A.B., periodo de inoculación de la viruela, entre otros. Conferencias como las de Gregorio Marina o Ruiz Montosa, si bien no tuvieron un carácter tan técnico en su totalidad como la de Vidal Juárez, presentaron también previsibles dificultades de comprensión debido a la utilización de tecnicismos como «cualidades inmunizantes» o «panículo adiposo» 32, «impurezas bacterianas» 33, «antitérmicos», «fontanela mayor», «dieta hídrica» 34. Estos son sólo algunos ejemplos que muestran la escasa adaptación de buena parte del discurso experto al habla común. LA IMAGEN DE LA REALIDAD ELABORADA EN EL DISCURSO DE DIVULGACIÓN En una coyuntura histórica en la que buena parte de los problemas sanitarios existentes, más arriba señalados, eran consecuencia de los acontecimientos bélicos que habían tenido lugar a causa del alzamiento militar propiciado por los grupos sociales que, durante el periodo analizado, ocupaban el poder, las ventajas que en aquellos momentos tenía desplazar la atención del contexto social al comportamiento individual en la explicación de la situación sanitaria eran evidentes. En este sentido, se emitieron discursos que identificaban distintos niveles de responsabilización. Así, se llegó a plantear como la causa principal de la situación de España en aquellos momentos la mala educación de los niños que había llevado a que durante el gobierno republicano «¡Todos se hicieron comunistas!» 35. Además, como «los padres tenían otras cosas que atraían con mayor fuerza su atención [y] los funcionarios de la Beneficencia se encogían de hombros», los niños «morían en serie» 36. Por ello, se sostenía que «en España, de los padres y madres hay que esperar poco. Generalmente, no saben serlo» 37. Siguiendo la tradición de las obras de divulgación decimonónicas y de principios de siglo, se mantenía que las altas cifras de mortalidad infantil tenían como causa la ignorancia de las sencillas reglas y preceptos de Puericultura que ponía al niño «en trance de enfermar y morir» 38. Ignorancia que podía dar lugar a situaciones como las que Almansa describía, utilizando mecanismos alarmistas, en cuanto a contagio, y tenebrosidad en las imágenes descritas: «es la nodriza que amamanta al niño, quien al pretender darle la vida, prepara la muerte con su infección, o el abuelo catarroso, que tantas veces con sus caricias, trueca la alegría del nietecillo, en una trágica mueca de meningitis. Es la dama que va al matrimonio en pos de una progenie robusta y tiempo después, vé roto su hogar con hijos raquíticos, minorados y enfermos. Y otras veces en fin, es el Maestro que al despertar nuevas reflexiones en el escolar, abre a la vez, una mortífera brecha en su respiración [...] bastando a veces el espacio de un beso, para que haciendo contacto con el bacilo tuberculoso, una sola vez, quede para siempre infectado» 39. Con relación a la culpabilización de la población de las muerte infantiles en un periodo histórico anterior puede verse PERDIGUERO GIL, E.; BERNABEU MESTRE, J. (1997), «Burlarse de lo cómico nacido de la tontería humana: el papel otorgado a la población por la divulgación higiénico-sanitaria durante la Restauración», en MONTIEL, L.; PORRAS, I. (coords.), De la culpabilización Individual a la Culpabilización de la Víctima. El papel del paciente en la prevención de la enfermedad, Madrid, Doce Calles, pp. 55-66. Pero, de todos los posibles culpables las máximas responsables eran las madres 40 que habían «ignorado, casi en su totalidad, las más elementales nociones de la Puericultura». De ahí que incluso «los niños ricos» murieran en proporciones elevadas debido a que se encontraban: «comiendo lo que se les antoja, abrumados de lanas en cuanto estornudan o atiborrados de medicinas a veces inoportunas o excesivas, por sus madres, juguetes del empirismo y de la curandería más o menos disfrazadas. Luego se crían enclenques y mañosos, o dan un contingente enojoso a los estados intersexuales de que nos habla el Dr. Marañón» 41. Las madres tendrían una especial responsabilidad; entre otras cuestiones: «jamás una madre debe consentir que su hijo sea besado por individuos enfermos o sospechosos de estarlo», y «dejar que un niño juegue en el suelo, es un descuido lamentable, si se trata de una madre, será una ignorante desaprensiva» 42. Algunos autores aún afinaban más y aseguraban que eran las mujeres de las clases subordinadas las de conducta irresponsable más extendida, las que se dejaban en mayor número «influenciar por los consejos casi siempre perjudiciales para el niño, de las vecinas y comadres del barrio, que de todo quieren saber y tener experiencia y que tantos estragos causan entre los niños» 43. Y es que, según el tocólogo que participaba en la campaña, las mujeres de las clases obreras en Andalucía eran especialmente indolentes y fanáticas 44. Así, el mayor obstáculo para el progreso sanitario quedó bien definido. Con relación a este aspecto hemos podido apreciar que no había ninguna cortapisa en acusar directamente a las mujeres de las «clases humildes» de determinadas conductas antihigiénicas. Sin embargo, no se mencionaba de forma explícita a las mujeres de las clases acomodadas cuando se hacía referencia a conductas consideradas erradas que, por el contexto que rodeaba a la exposición, podrían relacionarse claramente con ámbitos sociales acomodados; este fue el caso, por ejemplo, de la siguiente situación: «la madre no padeciendo defectos ni imposibilidad física alguna, abandona la alimentación del niño en manos de otra persona, con objeto de disponer ella de más tiempo para hacer su acostumbrada vida de sociedad» 45. Por otra parte, de todos los elementos que constituían los factores de la vida sana, era en la alimentación donde se cometían los «principales errores», pues era «corrientísimo que por mala dirección en unos casos, por inconstancia o poco deseo de sacrificarse en otros, algunas madres dejan de cumplir la sagrada misión de alimentar ---- 40 Tradicionalmente las mujeres han sido encargadas de la labor del cuidado de la salud de los miembros de la familia, sobre todo de los hijos, y, por tanto, a ellas se las culpabilizó directamente de las enfermedades y muertes de la infancia. A este respecto puede verse: PERDIGUERO, E. (1995) ellas mismas a sus hijos, poniéndoles por el hecho mismo, en trance de enfermar y morir» 46. Las mujeres que justificaban esta conducta con argumentos como que no tenían leche o que tenían poca o no era buena, debían saber que «la madre provista de buen deseo» podía llegar a criar a su hijo; «la leche de la madre siempre es buena para su hijo» 47. En el tema de la lactancia las mujeres eran consideradas tan ignorantes que pecaban por defecto o por exceso, pues «casi la misma resistencia que presentan muchas madres para criar a sus hijos se repite para el destete. Unas veces es por desidia, falta de energía [...] Otras veces prolongan la lactancia creyendo que así no quedarán embarazadas», o por razones económicas 48. En definitiva quedaba probada la incapacidad de las mujeres para tomar decisiones adecuadas. La culpabilización llegó a extremos de calificar de inhumanas, incluso inferiores a los animales, a las mujeres que no amamantaban a sus crías, citando a «un eminente médico» de principios del siglo XVIII: «Sólo la mujer [...] es la inhumana que niega a sus hijos el alimento que les debe de derecho natural; sólo ella es la que no tiene entrañas de madre y la que apenas ve a su hijo nacido cuando le quita de su vista y le abandona a las codicias de una mujer mercenaria» 49. Otro aspecto en el que las madres, por una mala actuación, provocaban importantes alteraciones en la salud de sus hijos era el modo de vestir a los niños. Así se manifestaba: «Da verdadera pena ver como van de abrigados los pequeñitos porque sus mamás no se han decidido aún a rechazar la anticuada manera de vestir a los niños con enormes fajas y numerosas prendas que le impiden los naturales movimientos y la irradiación del calor, haciéndoles sudar y favoreciendo por sobrecalentamiento las diarreas de verano» 50. En el discurso higiénico-sanitario analizado, las mujeres no sólo tenían culpas, además tenían deberes en cuyo cumplimiento podían provocar también problemas de índole sanitaria. La mortalidad materna 51 se producía «en el cumplimiento del deber, por todos conceptos sublime, de dar a la vida un nuevo ser». Y tenía como consecuencia, además de una pérdida para la familia y para el hogar (más importante en los hogares modestos por que produce graves trastornos económicos), un «notable perjuicio para la Sociedad y para el Estado, al dejar cegados esos viveros de ciudadanos, más lamentable que por la pérdida material, por la falta de educación y cuidados maternales de los hijos, que a la postre engendra una fuente imperfecta de ciudada----- 51 El autor de la conferencia que trató este asunto aseguraba que eran tres mil las mujeres que morían anualmente en España «víctimas de la maternidad», la mayor parte de ellas a causa de infección puerperal. La mortalidad materna era un inconveniente «por razones de naturaleza esencialmente puericultora» por encima de las razones demográficas o las «de índole romántica o sentimental», pues estaba «comprobado que más de la mitad de los niños que pierden a su madre durante el primer mes de su vida están fatalmente condenados a perecer» 53. Así, una vez más, el valor de la vida de las mujeres estaba en función del «otro». La niña no era importante en tanto que llegaría a ser mujer, sino en tanto que sería madre: lo importante en ella era la futura capacidad de reproducir al «otro». La expresión exacta de esta idea apareció en la conferencia de Iniciación a la Puericultura; la importancia del ser humano es tal en tanto que «contiene nada menos que un futuro hombre o una futura madre» 54. Este discurso de género tenía como finalidad hacer sentir a la mujer que la maternidad era la suprema razón de su existencia 55. El discurso presente en la campaña de educación sanitaria analizada pretendía dejar claro quiénes eran los responsables de la desventajosa situación en la que se encontraba España. Así, se ejemplificó la «aterradora» mortalidad infantil con cifras de 1932 56, año en que gobernaban republicanos y socialistas. Y se aseguraba que el «orden nuevo» y «los españoles de Franco» que lo habían implantado serían los encargados de cambiar esa realidad 57. LAS PREOCUPACIONES DE LOS PROPAGANDISTAS SANITARIOS Entre las preocupaciones que de manera explícita o implícita se expusieron en esta campaña de educación sanitaria cabría destacar el componente poblacionista 58, en tanto que se consideraba que España contaba con una escasa población en comparación a países de su entorno 59. La causa de esta situación de «inferioridad demográfica» era la alta mortalidad infantil que se había venido dando en el marco de una sociedad regida por el liberalismo 60. Esta realidad era especialmente preocupante porque se considera-----52 Ibidem. 55 Véase a este respecto JIMÉNEZ LUCENA, I. (1998), «Medicina social, racismo y discurso de la desigualdad en el primer franquismo», en HUERTAS, R.; ORTIZ, C., (eds.) Ciencia y fascismo, Madrid, Doce Calles; especialmente el apartado «Discurso poblacionista «racial» y de género», pp. 122-126. 56 Se sostenía que en 1932 murieron más de 30.000 niños a causa de falta de asistencia tocológica, ausencia de reconocimientos y enfermedades hereditarias, y que el número de abortos declarados oficialmente ascendió a la cifra de 167.000. 58 Los aspectos poblacionistas han sido uno de los elementos centrales de las campañas sanitarias de los siglos XIX y XX, como es de sobra conocido. En toda la literatura referida a los movimientos por la salud puestos en marcha puede encontrarse referencias a aquellos. 59 El desarrollo de este argumento puede verse en AGRAMONTE, F. de (1941b), p. ba que «la potencia numérica de nuestras juventudes es la clave del Imperio que anhelamos y que exigen nuestros CAIDOS» 61. Los niños que morían debían ser salvados para que pudieran «contribuir al engrandecimiento de la Patria» 62. Para que España pudiera colocarse «arriba», en el lugar que le correspondía, había que reducir al mínimo las cifras de mortalidad infantil 63. El objetivo de las conferencias era ese; había que contribuir a la disminución de la mortalidad infantil para que se fuese «repoblando de vidas esta nueva España, para que tengan cumplimiento aquellas palabras del CAUDILLO en su discurso del Año de la Victoria que voy a repetir: «Día llegará que nuestra Patria alcance la cifra de cuarenta millones de habitantes, a los que pueda mantener en completa dignidad, merced a sus poderosos recursos» 64. Una preocupación que, en parte, estaba en función de este afán de incrementar la población fue la del trabajo de las mujeres, el llamado «obrerismo femenino», considerado como factor social que producía la «degeneración de la raza» 65. En principio se exponía que el «obrerismo femenino» había tenido su origen en las necesidades de la postguerra mundial, como «creación transitoria», pero había arraigado como elemento normal del proceso productivo. Además se consideraba que en los tiempos en que se pronunciaba la conferencia el trabajo era para la mujer «una necesidad», dadas las «actuales condiciones económicas», la mujer «debe trabajar» (otro deber más; en ningún caso el trabajo era un derecho para la mujer). Por las razones expuestas, el trabajo femenino no podía ser suprimido bruscamente; habría que contentarse con «remedios menos radicales pero más efectivos», como «atenuar y encauzar su tarea, proporcionarle trabajos menos rudos, más adaptados a su débil organismo y a sus altas funciones maternales». El trabajo que desempeñara la mujer debía ser «especialmente tutelado, higiénico y socialmente protegido». En la consecución de este objetivo debía implicarse el Estado Nacional-Sindicalista «en estrecha colaboración» con el médico, el legislador, el maestro y el Partido 66. Se sostenía que el aumento del obrerismo femenino determinaba el descenso de natalidad debido a la «limitación que el trabajo ejerce sobre la capacidad generadora del organismo femenino», produciendo patologías como: clorosis, anemia, enfermedades del sistema nervioso, enfermedades de los órganos pelvianos, predisposición a dolores y hemorragias menstruales, desviaciones uterinas y prolapsos; en definitiva ----61 OLIVA, J. L. (1941a), p. El afán demográfico de la estrategia sanitaria franquista fue continuamente expresado bajo el slogan que prometía una España de 40 millones de habitantes; a este respecto puede verse MOLERO MESA, J. (1994), «Enfermedad y previsión social en España durante el primer franquismo (1936-1951). Otros problemas que traía el trabajo era el aumento del número de abortos, partos prematuros y partos distócicos. Además había que hacer notar la disminución del peso medio de los hijos nacidos de madres obreras (sobre todo los de obreras de Industrias y los de empleadas de oficinas), con lo que la mortalidad infantil era mayor entre los nacidos de madres trabajadoras 68. Por otro lado, existían factores que agravaban los efectos del trabajo sobre la maternidad; factores entre los que se mezclaban, en un mismo plano, las condiciones materiales del trabajo (dureza de las faenas agrícolas, hacinamiento o malas condiciones higiénicas en las fábricas, trabajo con productos tóxicos, nivel de salarios) y elementos socioeconómicos (capacidad adquisitiva, estado de la vivienda, tamaño de la familia) con elementos como el «ambiente moral» o el «grado de educación religiosa» 69. Otro de los elementos que estuvo presente en las conferencias analizadas fue la defensa de la institución familiar 70. Ésta ha encontrado en el discurso de la educación sanitaria uno de sus pilares, pues muchas de las propuestas que manifiesta se basan en una supuestamente imprescindible actuación en el ámbito familiar. Así, en el caso de la conferencia de Salvador Marina sobre normas de higiene general, lo más importante era que los consejos dados no podían ser puestos en práctica «si la madre vive distanciada de sus hijos»; su presencia era indispensable y su vigilancia precisa, y sin ella todo estaría «de antemano condenado al fracaso» 71. Porque, como afirmaba otro conferenciante, «la leche y el corazón de una madre no pueden ser reemplazados» 72. Además, el amamantamiento era un medio de santificación y de hacer indisoluble la familia 73. La madre debía ser siempre «cuidadora» de su hijo y su «enfermera» cuando perdiera la salud 74. Por otra parte, también se manifestó como un aspecto preocupante, a tener en cuenta, los «peligros de la calle» 75. Y es que la experiencia pasada, es decir el periodo republicano, había enseñado que los niños necesitaban ser educados adecuadamente. No se debía permitir que los niños «se críen en medio de la calle juguetes de todos los vientos». Por tanto, había que «extender la acción del nuevo Estado Nacional-Sindicalista a la Madre desde el instante en que se pone en trance de serlo» 76. 70 Acerca del mantenimiento de la salud como un deber para proteger la nación y la familia, puede verse NEVEN, M.; ORIS, M. (1996), pp. 412 y ss. 71 Finalmente, no podía faltar entre las preocupaciones que un grupo de expertos puede sentir la posibilidad de que se valore de forma insuficiente, desde la perspectiva del grupo, la labor y la autoridad de los miembros del mismo. Así, aparecía la frecuente referencia a que no se recurriera a personas no competentes en las materias de la medicina, cuyas actuaciones sólo podían dar lugar a un empeoramiento de la situación por la que se consultaba. En este sentido, se expusieron quejas relativas a que «la mujer de nuestras clases obreras en la región andaluza, con su especial idiosincrasia, su conocida indolencia, su tradicional fanatismo, heredado de los árabes; acostumbra a acoger el embarazo como un acontecimiento natural e intrascendente al que no hay que prestar mayor atención y es difícil de hacerle comprender porqué ha de reconocerla el médico cuando no siente más que las molestias naturales del estado» 77. Género, clase, etnia, están presentes en este discurso; no se puede expresar de manera más sintética una visión discriminatoria tan impresionante. CONSEJOS SANITARIOS Y PROPAGANDAS POLÍTICA Y PROFESIONAL En la línea de que las actuaciones de los no expertos llevarían siempre al fracaso en la consecución del objetivo pretendido, las únicas soluciones válidas serían, y así fue expuesto, las provenientes de los expertos. Ante todo debía desecharse «la costumbre de hacer uso de los atrevidos consejos de las vecinas, de las amigas o de la abuelita» 78. Así, se advertía que la adopción de un método de lactancia mixta «bien por que la madre tenga escasa secreción láctea, bien porque padezca una enfermedad debilitante, o porque como decíamos antes, necesariamente tenga que salir a trabajar durante varias horas al día» estaría indicada siempre que «lo juzgue oportuno el médico y siempre bajo su vigilancia» 79. Las soluciones eficaces siempre estaban vinculadas a actuaciones de profesionales sanitarios. Así, la disminución de la mortalidad materna que se había experimentado en España desde el primer decenio del siglo XX, cuando era de 50 por diez mil nacimientos, hasta aquellos momentos en que era de 30 por diez mil, había sido consecuencia de la intensificación de la asistencia prenatal a la embarazada y del perfeccionamiento de la asistencia al parto 80. Todo lo relacionado con el embarazo y el parto debía pasar por las manos de los expertos: actuaciones clínicas pero también preventivas (higiene de la embarazada, régimen alimenticio, instrucciones sobre el ----77 OLIVA, J. L. (1941a), p. 78 cuidado del recién nacido) y complementarias como la «investigación sanitaria de la vivienda» que se encargaría a la enfermera visitadora 81. La madre no era competente para el cuidado de su hijo porque «el instinto y el cariño maternal [...] no se bastan a sí mismos; la madre, al hacer uso de aquellos, necesita unos conocimientos previos de los principios generales de la higiene» 82. Pero, para lo que la capacitaría esta formación era para saber cuál era su papel, subordinado al profesional, al experto. Debía saber «qué cosas debe hacer y cuales no cuando su hijo enferma mientras llega el médico, y, una vez en contacto con éste, debe convertirse en su colaboradora eficaz, realizando todo cuanto le indique, no debiendo jamás olvidar que, así como la dirección sólo corresponde al médico, a ella y a nadie más que a ella le corresponde el ser la enfermera de su hijo» 83. De esta forma se produjo un doble discurso: por una parte, la responsabilidad en el cuidado del hijo se hacía recaer sobre la madre; por otra parte, la desconfianza en la preparación para realizar esa labor, preparación que no se refería sólo a aspectos «técnicos» sino también a cualidades físicas y morales, llevó a considerar necesaria la intervención de instancias no familiares, institucionales, que cuidaran al niño, salvándolo de los ya mencionados «peligros de la calle» y de la incapacidad de algunas familias. Esta incapacidad unas veces se refería a circunstancias económicas y otras a aspectos ideológicos. Se aseguraba que las «especiales condiciones» que se atravesaban habían agudizado el problema de la falta de medios económicos para realizar los «preceptos de Puericultura» señalados y se hacía necesaria una respuesta institucional: centros para huérfanos, guarderías, jardines de infancia, centros de alimentación infantil, comedores de madres lactantes y otros centros de Puericultura 84. Y se pregonaba lo siguiente: «vuestro hijo ha de aprender, por de pronto, a sentirse solidario del nuevo orden social [...] capaz de obedecer y de mandar [...] A esos niños hoy, jóvenes mañana, hay que enseñarles fe en Dios y en sus destinos, moral auténtica, culto al Héroe y filosofía de la Historia. Eso, si podéis inculcárselo directamente o con el ejemplo, será lo mejor: si no podéis porque ya os coge viejos y gastados, por lo menos no seáis obstáculo para que lo aprendan en otra parte» 85. Esas incapacidades sirvieron como contrapunto a una propaganda en la que se sostenía que a solucionar esos problemas venía el «Estado Español» con mejoras sociales y económicas, y, sobre todo, instituciones como Auxilio Social que proporcionaba alimentos a las madres necesitadas 86. Un autor que usó de forma muy gráfica este mecanismo propagandístico fue Salvador Almansa. Primero describió un cuadro ---- de extremas condiciones para inmediatamente después asegurar que se le estaba dando soluciones desde instancias políticas: «Esos aposentos llamados «salas» en donde numerosos miembros de la familia, comparten no solo el techo, sino también el lecho, que reúnen en la más abyecta promiscuidad los sexos y las edades, repugnan no sólo a la higiene, sino al sentimiento humano, ellos son además de escenario inmoral, asilo de microbios donde la tuberculosis se incuba y se desarrolla por la estrechez de colmena, que favorece y multiplica los contagios, haciendo de ella una enfermedad familiar y de la habitación una pestilente cueva humana que repele a sus propios habitantes. Afortunadamente el Nuevo Estado Español, así lo ha comprendido y entre sus numerosos aciertos va a la cabeza, el impulso creador de la casa sana, de lo que en Málaga somos en estos días testigos, gracias a la iniciativa de nuestro Gobernador Civil, secundado con el mayor entusiasmo por la Falange Española y las clases acomodadas» 87. En general, se expuso con entusiasmo la llamada obra social del nuevo régimen 88, llegándose a señalar que todas las promesas de mejoras sociales estaban encontrando inmediata realidad por «voluntad expresa del CAUDILLO» 89. Incluso se manipuló la información dada, por conveniencias políticas. Este fue el caso de las referencias hechas al Seguro de Maternidad. De él se dijo que fue organizado por el Instituto Nacional de Previsión en cumplimiento de la ley de marzo de 1929 aprobada durante la «Dictadura del Glorioso General Primo de Rivera» 90; no se mencionó que fue puesto en marcha en 1931, durante el gobierno republicano-socialista de la II República. Además se puso cierto empeño en mostrar que las obras sociales del nuevo estado eran esencialmente diferentes a las existentes con anterioridad. Así se expuso una fuerte crítica a las actuaciones del sistema benéfico: «Algunas asociaciones de tipo caritativo se han ocupado parcial y temporalmente de los niños pobres, de algunos niños pobres, en proporción insignificante con respecto a la magnitud del problema. Y en parte se han cansado, pasadas las pomposas ceremonias de la inauguración y de los primeros meses de la novedad, dejando los infelices niños al cuidado de manos mercenarias que, ganando poco, eran incapaces de suplir la exigüidad del beneficio con la satisfacción de la labor cumplida» 91. Frente a este sistema asistencial, se mantenía que, en la fundamental «Obra Suprema de la Reconstrucción de España», la creación de ---- instituciones como las de Auxilio Social era una muestra de que el «nuevo Estado Nacional-Sindicalista no quiere pactar con los convencionalismos de antaño» 92. En instituciones de este tipo se ejercería una especie de «maternidad social» 93; por ello, la mujer debía jugar allí un papel imprescindible en la educación del niño, guiándole «hacia los dos grandes ideales de Dios y de la Patria». Realizar esa labor no era fácil, había que «saber hacerlo» 94. Por ello, el Estado Nacional-Sindicalista de la España de Franco quería enseñarlo a las mujeres encargadas de esa actividad, y las invitaba a seguir «con positivo fervor» los cursillos de Iniciación de Puericultura, organizados por la Jefatura Provincial de Sanidad. A ellas se les aconsejaba: «Pensad que no se trata sólo de saber lo necesario para que el niño que se os confíe sea en su día un hombre ¡lo que entre los españoles bien nacidos se llama un hombre!. No: se trata de que sea algo más: un ser útil a sus semejantes, un digno campeón de los ideales de José Antonio, un fiel soldado de nuestro inmortal Caudillo, ¡un Falangista, en fin, de la Una, Grande y Libre España Imperial!» 95. La utilización de charlas y cursillos sobre puericultura para divulgar e inculcar a las mujeres los valores del nuevo estado para que ellas los transmitieran a las niñas y los niños españoles fue parte del programa de actuaciones sociales en el primer franquismo 96. Por último, hemos observado que en la campaña educativa analizada no se puso el mismo interés en dar recomendaciones adecuadas a la realidad socioeconómica entonces existente que en pregonar las excelencias del nuevo estado y de la actuación de los expertos. En este sentido, los consejos difundidos sobre hábitos higiénicos en el vestir o el ambiente, así como sobre la alimentación, difícilmente influirían en las conductas de la mayor parte de la población en tanto que no podían ser seguidos, dada la situación socioeconómica padecida. En unos momentos históricos en los que la comida, la vivienda, los productos de primera necesidad escaseaban y eran de difícil acceso, proponer el consumo de sopas, harinas, legumbres, carnes asadas, pescado fresco, jamón, huevos, quesos frescos, nueces, almendras, aguas alcalinas..., por muy recomendables que fuesen para mantener una boca sana, no pasaría de ser un sueño para la mayor parte de la población española en el año cuarenta. Difícilmente la gran mayoría de la población podría dar a sus hijos cuatro comidas, introduciendo pescados blancos, sesos, carnes magras, mantequillas, legumbres, verduras, frutas frescas, leche, harina, bizcochos, compotas, yema de huevo cruda dos o ----92 Ibidem, p. 93 Esta cuestión ha sido abordada en nuestro trabajo RUIZ SOMAVILLA, M. J.; JIMÉNEZ LUCENA, I. (2001), «Un espacio para mujeres. El Servicio de Divulgación y Asistencia Sanitario-Social en el primer franquismo», Historia Social, no 39, 67-85. tres veces por semana, en general alimentación variada y rica en vitaminas 97. Es difícil imaginar cómo a una población que habitaba viviendas como las mencionadas en las primeras páginas de este trabajo, le podrían ser útiles estos consejos: la cuna del niño debía ser fresca, «con colchón de crin, plano, que no se hunda»; la habitación debía ser «la mejor de la casa, la más fresca se le reservará al niño, desposeyéndola de muebles inútiles y difíciles de limpiar. Deberá estar orientada si es posible al mediodía con posibilidades de ventilación perfectas» 98; o «la mejor pieza de la casa debe ser el dormitorio del niño, libre de cortinajes y con los muebles indispensables para que se almacene poco polvo y sea fácilmente limpiable» 99. Una vez más en una campaña de educación sanitaria se obvió que las elecciones individuales están determinadas en gran medida por las condiciones sociales. Los consejos médico-sanitarios se alejaban de la realidad vivida por la mayoría de la población. Cabría, pues, preguntarse ¿existía una verdadera voluntad de llevar al pueblo información útil para procurarse una vida sana?, ¿realmente se pensaba que la información ofrecida era útil a la mayoría de la población? o ¿se pretendía «crear» una «realidad» distinta que ocultara las condiciones de vida existentes?; es decir, ¿puede ser la divulgación médico-sanitaria un factor enmascarador de los problemas reales?
Los testimonios médicos científico-profesionales de la época ofrecen una opinión generalizada sobre la mala situación higiénico-sanitaria de Madrid y de buena parte de sus distritos en el tránsito del siglo XIX al XX, tanto como para ser calificada como «ciudad de la muerte». Pues bien, en el presente trabajo, utilizando como principales fuentes las Estadísticas Demográfico-Sanitarias del Ayuntamiento y del Ministerio de la Gobernación, se pretende contrastar la información contenida en dichos testimonios y en los estudios historiográficos realizados hasta ahora con la proporcionada por el examen de las variaciones registradas en la mortalidad de los distritos de Madrid entre 1880 y 1931. A tal objeto, el estudio se ha centrado en el análisis de las modificaciones habidas en la mortalidad general e infantil, y en las tasas específicas de algunas enfermedades (diarrea y enteritis en menores de dos años, viruela, difteria, tuberculosis pulmonar, gripe y resto enfermedades respiratorias) de los distintos distritos madrileños. Con ello se pretende hacer un acercamiento a su estado higiénico-sanitario en el período indicado. que presentaban las viviendas, los hospitales y el sistema de evacuación de aguas fecales. Y se consideró igualmente el efecto provocado por la mala calidad y adulteraciones de los alimentos y bebidas. En consonancia con esta valoración, se reclamó la actuación de las autoridades municipales para corregir buena parte de los defectos citados y mejorar la situación higiénico-sanitaria de Madrid 8. Esta discusión se generalizó y se trasladó al Real Consejo de Sanidad en 1884 9. Allí, Méndez Álvaro, en su calidad de presidente del citado organismo, elaboró un informe proponiendo un conjunto de medidas que las autoridades deberían adoptar para reducir la elevada mortalidad de los distintos puntos de España 10. Entre las medidas propugnadas por el mencionado autor figuraba, además de las de Higiene pública, la necesidad de acometer estudios de epidemiología, demografía, estadística, climatología y geografía médica 11. Precisamente, Hauser realizó un trabajo de estas características sobre Madrid en 1902 12. Este estudio, modélico en su género, nos muestra una ciudad que, al inicio del siglo XX, presentaba aún graves deficiencias higiénico-urbanísticas y sanitarias, así como unas elevadas tasas de mortalidad general y de la práctica totalidad de las enfermedades infecciosas 13. Además, esta situación, como remarcaba el propio autor, ----se hallaba desigualmente repartida entre sus distintos distritos. De hecho, las peores condiciones higiénicas y la mayor mortalidad correspondían a Inclusa, Hospital, Latina y Universidad, mientras que Centro, Congreso y Buenavista presentaban las mejores condiciones y las menores tasas. A su vez, Audiencia, Palacio y Hospicio ocupaban una posición intermedia 14. Era en los distritos menos favorecidos en los que se concentraba la mayor parte de las viviendas y barrios insalubres, careciendo la mayoría de sus calles de alcantarillado y faltando el agua, la luz y el aire a las casas ocupadas sobre todo por jornaleros y menesterosos, dada la menor cuantía de sus alquileres. A su vez, las clases acomodadas, los comercios y las industrias se ubicaban preferentemente en los distritos de mejores condiciones higiénico-urbanísticas y en algunos de los intermedios. De los testimonios de la época expuestos, parece desprenderse la existencia de una opinión generalizada sobre la mala situación higiénico-sanitaria de Madrid y de buena parte de sus distritos en el tránsito del siglo XIX al XX. De hecho, este tema fue objeto de mi atención anteriormente, aunque me limité entonces a abordar tan sólo la situación de la capital 15. Pues bien, teniendo todo esto en cuenta, mi trabajo actual va a consistir en contrastar la información contenida en dichos testimonios y en los estudios historiográficos realizados hasta ahora con la proporcionada por el examen de las variaciones registradas en la mortalidad de los distritos de Madrid. Con ello pretendo hacer un acercamiento a su estado higiénico-sanitario entre 1880 y 1931, utilizando como principales fuentes las Estadísticas Demográfico-Sanitarias 16. No obstante, el cambio que se produjo en la división administrativa de Madrid en 1903 y la disponibilidad de datos me obliga a restringir el análisis de la mayoría de los indicadores demográficos al período comprendido entre 1903 y 1931. El estudio ----se ha centrado en el análisis de las modificaciones habidas en la mortalidad general e infantil, y en las tasas específicas de algunas enfermedades: concretamente, diarrea y enteritis en menores de dos años, viruela, difteria, tuberculosis pulmonar, gripe y resto de enfermedades respiratorias de los distintos distritos madrileños. La elección de estos procesos ha tenido un doble motivo: por un lado, el hecho de ser los problemas fundamentales que presentaba Madrid en el tránsito del siglo XIX al XX; y, por otro, su condición de indicadores sociales y/o sanitarios 17. De cara a sistematizar la exposición, se presentará en un primer momento lo referente a la mortalidad general, a continuación se ofrecerá lo relativo a la mortalidad infantil, y, en último lugar, la atención se centrará en la mortalidad provocada por las enfermedades anteriormente enunciadas. En todos los casos, la presentación de los datos correspondientes a la villa de Madrid en su conjunto precederá normalmente a la de los diferentes distritos madrileños. Respecto a esta última cuestión, interesa recordar muy brevemente que el Madrid estudiado por Hauser se componía de los distritos de Palacio, Universidad, Centro, Hospicio, Buenavista, Congreso, Hospital, Inclusa, Latina y Audiencia (Plano 1), pero que en 1903 entró en vigor una nueva división (Plano 2) 18. Como resultado de ella, desapareció el distrito de Audiencia y se creó el de Chamberí 19. VARIACIONES REGISTRADAS EN LA MORTALIDAD GENERAL Una primera valoración sobre la situación higiénico-sanitaria de los distritos madrileños se puede obtener observando la evolución del crecimiento vegetativo en el período estudiado. Como se ve en la tabla 1, los valores fueron frecuentemente negativos en la mayoría de ellos, observándose en algunos un cambio de tendencia a partir de 1920. De este comportamiento se alejaron, sin embargo, Buenavista, Chamberí ----17 Al igual que Méndez Álvaro y Revenga, Hauser consideraba que los principales problemas sanitarios que Madrid tenía eran la tuberculosis pulmonar, los procesos respiratorios y la viruela. A ellos había que añadir la elevada mortalidad infantil. ULECIA CARDONA, R. (1903), Informe acerca de la mortalidad infantil de Madrid: sus principales causas y medios de combatirla, Madrid, Impr. Municipal;y BOTELLA Y MARTÍNEZ (1903), De la asistencia a la embarazada pobre en Madrid, Madrid, Impr. 19 El distrito de Audiencia desapareció al incorporarse parte de él al de Centro, otra parte al de Congreso, otra al de Inclusa y el resto al de Latina. A su vez, el barrio de Chamberí, que era uno de los que pertenecían al distrito de Hospicio, se desmembró de él y se constituyó en distrito independiente. De hecho, en los tres casos el balance fue fundamentalmente positivo salvo en los años en los que, como se mostrará más adelante, la aparición de algunas epidemias -viruela y gripe, sobre todo-, provocó un exceso de mortalidad que no pudo ser compensado con la natalidad. De modo que, como fue apuntado por Hauser20 y Chicote21 y ha sido puesto de relieve en los recientes estudios historiográficos22, parece confirmarse esa desigualdad frente a la enfermedad asociada, al menos en parte, a la estratificación horizontal higiénico-urbanística y socio-económica de Madrid ligada a su división administrativa. Tampoco mejora nuestra opinión sobre las condiciones de Madrid cuando se examina la evolución de la mortalidad general. La gráfica 1 pone de relieve las altas tasas registradas en los últimos años del siglo XIX, que, en ocasiones, fueron más del doble del valor correspondiente a 1931 (17,02‰). Estas cifras, según Lasbennes, mayores que las de la mayoría de las ciudades europeas23, además, eran superiores a las de España (Gráfica 224 ), salvo en 1918. De hecho, no fue hasta 1921 cuando dicho descenso fue más mantenido y las cifras comenzaron a acercarse a las del conjunto de España. ----Por lo que se refiere a la evolución de la mortalidad general de cada uno de los distritos madrileños, es preciso indicar que, como se aprecia en la gráfica 3, se ajusta en líneas generales a la tendencia comentada, salvo en el caso de Congreso. Este distrito, partiendo de unos valores inferiores a los de Madrid en su conjunto -comparables a los de los distritos más favorecidos-, registró una elevación de sus tasas hasta acercarse en 1923 a las muy superiores de Hospital e Inclusa, superándolas incluso en 1925 y 1929. Este comportamiento de Congreso coincidió en el tiempo con un acusado y mantenido descenso de las cifras de Inclusa. Como luego se verá más claramente, de ambos fenómenos parece que fue responsable el traslado de la Inclusa desde su ubicación en Mesón de Paredes a la Maternidad de O'Donnell, que se inauguró en 1925 26. La gráfica 3 permite también apreciar las diferencias existentes entre el valor de las tasas brutas de mortalidad de cada uno de los distritos madrileños a lo largo del período. Así, las menores cifras correspondieron a Buenavista, Hospicio, Centro y Palacio. A su vez, Chamberí, Universidad y Latina presentaron unas tasas medias muy próximas a las de Madrid en su conjunto, mientras que los valores más altos fueron alcanzados por Hospital e Inclusa. A la vista de lo dicho hasta ahora, parece evidente que la elevada mortalidad y las malas condiciones higiénico-sanitarias de Madrid fueron una constante de la mayor parte del período analizado 27. Además, como se ha puesto de relieve, se mantuvo con pequeños cambios la mortalidad diferencial de los distritos madrileños derivada en buena medida de sus distintas condiciones higiénico-urbanísticas y socio-económicas. Como suele ser habitual, esta desigualdad ante la enfermedad adquiría renovada actualidad con cada brote epidémico de cierta entidad que se desarrollaba en la capital del reino. De hecho, durante la pandemia de gripe de 1918-19 se denunció la vulnerabilidad de los trabajadores 28, y la insalubridad de barrios y viviendas, la crisis de subsistencia y la escasa infraestructura sanitaria de la capital fueron algunos de los factores que los médicos esgrimieron para explicar la magnitud y la gravedad epidémica 29. Es por eso por lo que parece adecuado considerar el posible papel que las acciones encaminadas a la corrección de estos problemas hayan podido desempeñar de cara a posibilitar el descenso de la mortalidad y la superación -en parte, al menos-de los ----Demografía Histórica, 14 (1), pp. 75-116;y PORRAS GALLO, Ma I. (1997), Un reto para la sociedad madrileña: la epidemia de gripe de 1918-19, Madrid, CAM-Ed. 26 ÁLVAREZ SIERRA, J. (1952), Los Hospitales de Ayer y de Hoy, Madrid, Artes Gráf. municipales, p. 27 En este sentido, es preciso señalar que Hauser reconoció en 1913 que se habían logrado algunas mejoras en Madrid, pero que su situación higiénico-sanitaria seguía siendo mala. 28 Sobre esta cuestión, puede verse PORRAS GALLO, Ma I. (1992), «La epidemia de gripe de 1918-1919 en la prensa obrera», en HUERTAS, R. & CAMPOS, R. (coords.), Medicina Social y clase obrera en España (siglos XIX y XX), Madrid, FIM, t. 29 PORRAS GALLO, Ma I. (1996b), pp. 353-439; PORRAS GALLO, Ma I. (1997) 31 Además de las fuentes citadas anteriormente, sobre las deficiencias higiénico-urbanísticas madrileñas y mejoras reclamadas durante el tránsito del siglo XIX al XX, pueden consultarse: Memoria de la Junta Municipal de Sanidad de Madrid para dar cumplimiento a lo preceptuado en la Real orden de 20 de Marzo de 1894, emanada del Ministerio de la Gobernación, Madrid, Impr. A. de San Martín; REAL CONSEJO DE SANIDAD (1901), Sanidad Cuestiones fundamentales de Higiene Pública en España, Madrid, E. Teodoro; CABELLO LAPIEDRA, L. Ma (1905), Baños-duchas populares de la Villa de Madrid, Madrid, A. Marzo; CHICOTE, C. (1906), Reorganización del Servicio de limpieza de Madrid, informe elaborado a la Alcaldía Presidencia, Madrid, Impr. Municipal;y MELGOSA, M. (1912), Las subsistencias en Madrid, Madrid. 32 Para obtener información sobre las mejoras realizadas en el Laboratorio Municipal en los dos primeros años del siglo XX, véase: CHICOTE, C. (1901), El Servicio municipal de Desinfección en Madrid, Madrid, T. Osácar. 33 De hecho, durante la pandemia de gripe de 1918-19 se puso de relieve su competitividad en lo que a aislamiento del germen y preparación de sueros y vacunas se refería. Sin embargo, esta modernización había sido un proceso largo. Así, la preparación del suero antidiftérico que debería haberse iniciado en 1899 no comenzó hasta 1911, y fue hacia mediados de la segunda década del siglo cuando comenzó a tener una mayor capacidad para hacer frente a las enfermedades infecciosas. FRANCOS RODRÍGUEZ, J. (1911) (1927), Discurso leído en la solemne Sesión inaugural del curso de 1928 en la Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, Impr. Sobre el problema de la vivienda, véase HUERTAS, R. ( 2002), «Vivir y morir en Madrid. La vivienda como factor determinante del estado de salud de la población madrileña, 1874-1923», Asclepio, 54-2, 2002 (e. p.) (e. p.) 39 El hecho de que en el Congreso médico internacional de Sevilla de 1882 se debatiera sobre las «Causas de la excesiva mortalidad de la primera infancia en las grandes ciudades y medios atenuarla», nos puede dar una idea de la importancia que este tema estaba adquiriendo en las postrimerías del siglo XIX. RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1985), «Aspectos sociales de la pediatría española anteriores a la Guerra Civil (1936-39)», en PESET, J.L. (ed.), La ciencia moderna y el nuevo mundo, Madrid, C.S.I.C., 443-460, p. Más información sobre esta cuestión figura en: RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1986), «Medicina y acción social en la España del primer tercio del siglo XX», en De la Beneficencia al bienestar social. Cuatro siglos de acción social, Madrid, Siglo XXI-CGCODTSAS, 227-265, pp. 233-245; RODRÍGUEZ contemporáneos, Rafael Ulecia (1850-1912) llamó también la atención sobre la «enorme» -y, en buena medida, «evitable»-cantidad de «niños menores de cinco años» que perdía anualmente Madrid. De hecho, según el citado autor, entre 1896 y 1902, este sector de la población había representado el 40% del total de defunciones, constituyendo los menores de 1 año algo más del 22% 41. En efecto, como permite ver la gráfica 4, las denuncias parece que se correspondían con la realidad imperante. De hecho, las tasas de mortalidad infantil de Madrid fueron casi siempre superiores a las del conjunto de España 42. Esta tendencia se invirtió en 1927, siendo desde ese momento las tasas madrileñas menores generalmente. En cuanto a la evolución a lo largo del período estudiado, cabe decir que, al igual que ocurrió en el resto de nuestro país, las disminuciones registradas en los primeros años del siglo XX se alternaron con algunas elevaciones epidémicas 43, no alcanzándose un descenso mantenido de las cifras hasta mediados de la tercera década 44. Este comportamiento coincide igualmente con lo sucedido en el medio rural madrileño 45, si bien ---- 42 Para el caso de España, me he servido de las tasas de mortalidad infantil de 1901 a 1930 proporcionadas por PASCUA, M. (1934), La mortalidad infantil en España, Madrid, Departamento de Estadística de la Dirección General de Sanidad, p. 43 Según las Estadísticas municipales, responsables de las principales elevaciones epidémicas (1905, 1906 y 1909) fueron la diarrea infantil, la bronquitis aguda y la viruela. 44 Sobre lo acaecido en España, pueden consultarse: GÓMEZ REDONDO, R. ( 1992 45 Información relativa a esta cuestión figura en SANZ GIMENO, A. (1999), La mortalidad de la infancia en Madrid. Cambios demográfico-sanitarios en los siglos XIX y XX, Madrid, Comunidad de Madrid, pp. 52-70 y en su tesis: SANZ GIMENO, A. (1997), La transición de la mortalidad infantil y juvenil en el Madrid rural. Siglos XIX y XX, Universidad Complutense de Madrid (Tesis doctoral inédita). Respecto a la evolución de la mortalidad infanto-juvenil en la capital y otros puntos de nuestro país, resulta muy interesante la es preciso señalar que la mortalidad infantil de la capital superó a la del mundo rural a lo largo de todo el período estudiado 46. Esta tendencia descendente fue también la tónica general de todos los distritos de Madrid, salvo Congreso. Como muestra la gráfica 5, este distrito registró una elevación brusca de su tasa de mortalidad infantil en 1923 que se mantenía al término del período analizado, aunque había disminuido algo su valor. Coincidiendo en el tiempo con este fenómeno, se produjo un descenso muy acusado de las cifras de Inclusa. La explicación de estos hechos tenemos que buscarla, como señalé más arriba, en el traslado de la Inclusa de su local de Mesón de Paredes a la moderna Maternidad de O'Donnell, inaugurada oficialmente en 1925 47. Dada la importancia que la sobremortalidad infantil tenía de cara a explicar la elevada mortalidad general de la capital 48, es por lo que, además, como he indicado también anteriormente, este mismo fenómeno se produjo en la distribución de la tasa bruta de mortalidad por distritos. Como se puede apreciar en la gráfica 5, las diferencias existentes en cuanto a los valores registrados en cada uno de los distritos madrileños se fueron reduciendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. No obstante, en los primeros años, Buenavista, Hospicio, Centro, Palacio y Congreso poseían las tasas más bajas, mientras que las más elevadas correspondían claramente a Inclusa -en un primer momentoy más tarde a Congreso. El resto de los distritos tuvieron unos valores intermedios, próximos a los de Madrid en su conjunto. Una vez más se aprecia la correlación existente entre la mortalidad diferencial de los distritos madrileños y la estructuración horizontal socio-económica e higiénico-urbanista, observándose también el peso que la presencia en la capital de algunas instituciones benéfico-asistenciales tenía a la hora de incrementar algunas de sus tasas de mortalidad. A la hora de explicar la elevada mortalidad infantil e infanto-juvenil, higienistas y pediatras coincidieron en señalar a la diarrea como principal responsable 49. Pues bien, ---reciente aportación de DOPICO GUTIERREZ DEL ARROYO, F. y REHER, D. (1998), El declive de la mortalidad en España, 1860-1930, Zaragoza, Monografías I de la Asociación de Demografía Histórica. Este autor ha señalado 1930 como el momento en que la hipermortalidad urbana dio paso a la sobremortalidad rural en Madrid, mientras que Gómez Redondo sitúa dicho paso para España en torno a 1926. 48 Este fenómeno ha sido señalado recientemente por PÉREZ MOREDA, V. (1991), «La población de la ciudad de Madrid, siglos XVIII al XX», en Visión Histórica de Madrid (Siglos XVI al XX), Madrid, Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, 183-213, p. 49 En este sentido se manifestó Ulecia, aun cuando la principal causa de muerte era la bronquitis aguda. El citado autor justificaba mediante una enrevesada argumentación esa aparente contradicción, y relacionaba la diarrea con deficiencias en la lactancia, alimentación prematura y otras infracciones dietéticas. Junto a los factores citados, otros autores han señalado el papel que tenían también las malas condiciones medioambientales y algunas prácticas populares asociadas con la dentición. BERNABEU-MESTRE, J. (1994), «Problèmes de santé et causes de décès infantiles en Espagne», Annales de Démographiques Historique, 61-77, pp. 65 y 67-73. la gráfica 6 permite ver las altas tasas de mortalidad por diarrea y enteritis en menores de 2 años que se alcanzaron en los primeros años del siglo XX en la ciudad de Madrid, pero también pone de relieve cómo estos valores eran inferiores a los de España 50. Igualmente, se puede observar el tímido descenso que se inició en 1907 y que se alternó con algunas elevaciones. La disminución se hizo más marcada en la segunda mitad de la tercera década, especialmente desde 1924, siendo particularmente acusada al comenzar los años treinta. Esta situación contrasta con lo ocurrido en España, y con lo acaecido en el medio rural madrileño 51. Aunque no contamos con las tasas desagregadas por distritos, la distribución porcentual (Gráfica 7) muestra una vez más las desigualdades existentes, correspondiendo los mayores porcentajes a Inclusa y los menores a Hospicio, Centro y Palacio. Igualmente se puede apreciar cómo el descenso fue general en todos los distritos a partir de 1924. La evolución de la mortalidad infantil y la debida a una de sus principales causas -diarrea y enteritis en menores de 2 años-corroboran los testimonios referentes a la mala situación de la mayoría de los distritos madrileños en el tránsito del siglo XIX al XX, pero ponen también de manifiesto cómo dicha situación cambió, primero de un modo discreto y, a partir de la segunda mitad de la tercera década, más rápidamente. A la hora de explicar este fenómeno, la historiografía reciente acude a la valoración de la posible acción combinada de múltiples factores 52. En este sentido, uno de los elementos a tener en cuenta serían las discretas mejoras higiénico-urbanísticas que, como he comentado, se efectuaron en Madrid, primero muy lentamente y, de modo más importante, a partir del inicio de la tercera década. Junto a ello habría que considerar el papel que tuvo el cambio de actitud frente a la infancia 53. Ciencia, medicina y educación en la transición de la mortalidad en España», IV Congreso de la Asociación de Demografía Histórica, 20-22 de septiembre, Bilbao-San Sebastián (e.p.); COHEN, A. (1996), «La mortalidad de los niños», y RO-DRÍGUEZ OCAÑA, E. (1996), «Una medicina para la infancia», ambos en BORRÁS LLOP, J.M. (dir.), Historia de la infancia en la España contemporánea, 1834-1936, Madrid, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales-Fundación Germán Sánchez Ruipérez, pp. 109-148 y 149-192. 53 Para tener una idea más completa del alcance que tuvo este cambio de actitud, resulta muy útil la lectura de la bibliografía incluida en la nota 39. 55 En este sentido, como luego se verá, uno de los principales elementos a tener en cuenta es el suero antidiftérico. Sobre la introducción y la difusión de este remedio en España, véase: RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1994), «El tratamiento de la difteria en la España de la segunda mitad del siglo diecinueve», Medicina e Historia, 54, pp. 5-28. 57 Información facilitada por E. Rodríguez Ocaña. 58 BALLESTER, R. & BALAGUER, E. (1998), «Renovación pedagógica e higiene escolar en la España del primer tercio del siglo XX», en CASTELLANOS, J.; JIMÉNEZ LUCENA, I.; RUIZ SOMAVILLA, Ma J. & GARDETA SABATER, P. (coords.) La Medicina en el siglo XX. Estudios históricos sobre Medicina, Sociedad y Estado, Málaga, Sociedad Española de Historia de la Medicina,[241][242][243][244][245][246][247][248][249][250][251][252][253] de lo expuesto, que tuvo un peso considerable en la modificación de los comportamientos y creencias perjudiciales para la salud de los niños, fueron las tareas de educación sanitaria realizadas en medios tan diversos como los Consultorios para lactantes, las Conferencias de maternología y la escuela 59. VARIACIONES DE LA MORTALIDAD POR VIRUELA Si grave era la aterradora sobremortalidad infantil de Madrid, vergonzoso era lo que sucedía con la viruela. Conforme a los testimonios de la época, esta enfermedad, contra la que existía un remedio eficaz -la vacuna-, estaba presente y era responsable de frecuentes epidemias, siendo la mortalidad por dicha causa importante 60 y superior a la registrada en los pueblos de la provincia 61 y en la mayoría de las capitales europeas 62. En efecto, como muestra la gráfica 8, la viruela fue una constante hasta 1919 63, alternándose tasas inferiores a 0,50‰, correspondientes a los años no epidémicos, con grandes elevaciones en los epidémicos 64. Esta situación, que se consideraba un exponente del grado de abandono sanitario en el que se hallaba Madrid y, en general, todo el país, se relacionaba con la indife-----59 La escuela, tal y como han señalado algunos autores, fue un lugar utilizado a partir de la segunda y tercera década de nuestro siglo para enseñar a niños y niñas las principales medidas higiénicas, y también para difundir las nociones de bacteriología en los hogares a través de la enseñanza de economía e higiene doméstica que se proporcionó a las niñas. PERDIGUERO, E. (1994), «Popularización de la higiene en los manuales de economía doméstica en el tránsito de los siglos XIX al XX», en BARONA, J. L. (ed.) 245; y BALLESTER, R.; PERDIGUERO, E. (1998), «"Levántate temprano, acuéstate pronto y ocupa bien el día": medicina, higiene y moral en la escuela primaria en España (1857-1936)», en BALLESTER, R. (ed.), La medicina en España y en Francia y sus relaciones con la ciencia, la tradición y los saberes tradicionales (siglos XVIII a XX), Alicante, I. de Cultura «Juan Gil-Albert», pp. 171-196. 2, pp. 155-157 y 263 (Conforme a los datos que figuran en esta última página, se puede ver cómo tan sólo había cinco capitales españolas con tasas superiores a la registrada en Madrid durante los años 1900Madrid durante los años -1906)). 61 De hecho, según los datos facilitados por Revenga, la tasa de mortalidad de Madrid era 2,46‰ y tan sólo 0,57‰ la de los pueblos de la provincia. Esta situación contrasta con lo acaecido en Londres, en donde al aumento registrado desde 1860 le siguió una disminución importante a partir de 1885, lográndose prácticamente su erradicación en 1900. 64 De 1901 a 1910, las tasas de Madrid fueron siempre superiores a las registradas en el conjunto de España, que figuran en: MARTÍN SALAZAR, M. (1913), La Sanidad en España, Madrid, Impr. Real Colegio de sordomudos y ciegos, p. 140. rencia y apatía de las autoridades y de la población frente a la vacunación 65. De hecho, ésta no fue obligatoria hasta 1903, y tan sólo en caso de epidemia o de recrudecimiento de la endemia 66. No obstante, como se ve en la gráfica 8, los picos fueron cada vez menos pronunciados, hasta que la situación cambió tras la epidemia de 1918, que coincidió parcialmente con el segundo brote de la pandemia de gripe de 1918-19. A partir de 1920 las defunciones por dicha causa disminuyeron e incluso llegaron a desaparecer, produciéndose únicamente una pequeña epidemia en los años 1924-25, que no alcanzó los niveles anteriores a 1919. Como se puede comprobar a través de la gráfica 9, la evolución de las tasas de mortalidad de los distintos distritos reproduce el patrón comentado para el conjunto de Madrid. No obstante, se advierte una vez más cómo los valores más elevados de cada pico epidémico correspondían a Hospital, Inclusa, Latina y Universidad, mientras que los menores a Buenavista, Hospicio, Palacio y Chamberí. Responsables de esta desigualdad eran tanto las diferencias higiénico-sanitarias existentes como la mayor o menor presencia de instituciones sanitarias en las que mayoritariamente se acogía a estos enfermos durante los brotes epidémicos. Los datos que acabo de exponer sobre la mortalidad por viruela y su evolución a lo largo del período estudiado, corroboran también los testimonios relativos a la mala situación higiénico-sanitaria de los distritos madrileños en el tránsito del siglo XIX al XX y a la existencia de una mortalidad diferencial, fruto en buena medida de la estratificación horizontal socio-económica e higiénico-sanitaria asociada a la división administrativa de Madrid. Esos mismos datos muestran asimismo cómo la viruela desapareció casi totalmente del panorama madrileño tras la pandemia de gripe de 1918-19, que coincidió -como he indicado-con una epidemia de viruela. A la hora de explicar esta circunstancia, no se debe descartar el papel que la gran crisis sanitaria representó de cara a crear actitudes favorables a la vacunación contra esta última enfermedad, tanto entre la población como entre las autoridades. En este sentido, es interesante recordar la importante labor propagandística desarrollada por ----65 REVENGA, R. (1901), p. Este tema ha sido abordado recientemente en CAMPOS MARÍN, R. ( 2001), «La vacunación antivariólica en Madrid en el último tercio del siglo XIX. Entre el especialismo médico y el mecantilismo», Medicina e Historia, 4 (Cuarta época), pp. 1-15. 67 Esta situación contrasta con la escasa importancia que la mortalidad por viruela tuvo en el medio rural madrileño. 68 Entre los testimonios contemporáneos sobre dichas epidemias y la -menos importante-de 1913, cabe citar los siguientes: MONMENEU LÓPEZ REYNOSO, J. (1904), La epidemia de viruela en 1903-4, Madrid, Impr. de Nicolás Moya;y LASBENNES, L. (1914), La viruela en Madrid en 1913, Madrid, Impr. El Socialista, especialmente al término del segundo brote de la pandemia 69. Otro de los efectos fue el Real Decreto del 10 de enero de 1919 relativo a la prevención de las enfermedades contagiosas, por el que se estableció la obligatoriedad de vacunarse contra la viruela «antes de los seis meses de edad», y de revacunarse «cada siete años hasta los treinta», siendo igualmente obligatorio que las personas de más edad que no hubieran cumplido estos requisitos se sometieran a dichas prácticas 70. De modo que, por lo tanto, esa reducción y posterior desaparición de la viruela de todos los distritos madrileños se podría relacionar en buena medida con la correcta aplicación de las medidas contenidas en el citado decreto. COMPORTAMIENTO DE LA MORTALIDAD POR TUBERCULOSIS PULMONAR, POR GRI- PE Y OTROS PROCESOS RESPIRATORIOS La tuberculosis pulmonar era otra grave cuestión sanitaria que ensombrecía el panorama madrileño. A pesar de ser importante esta cifra, que suponía entre un 10% y un 12% del total de fallecidos, era inferior a la de París y menor que las de la mayoría de las capitales del Mundo Occidental 71. Por contra, las muertes por otros procesos respiratorios (bronquitis, pulmonía...) eran muy superiores a las de París. A la hora de interpretar estos datos, los autores apuntaban la posibilidad de que se hubiera producido un subregistro de las muertes por tuberculosis pulmonar a favor de las ocasionadas por las restantes enfermedades respiratorias 72. Como pone de relieve la gráfica 10, se registraron altas tasas de mortalidad por tuberculosis pulmonar en los últimos años del siglo XIX, e incluso en 1900, alcanzándose en todos los casos valores superiores a 3‰, rebasándose con mucho las cifras correspondientes a España 73. 37, cuadro 8; ÁLVAREZ R-VILLAMIL, V. (1912), Madrid y la tuberculosis, reproducido en MOLERO MESA, J. (1987), Estudios medicosociales sobre la tuberculosis en la España de la Restauración, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo, 133-175, p. Sobre el problema de la tuberculosis en Madrid en el período estudiado, pueden consultarse también CODINA CASTELLVÍ, J. (1916), El problema social de la tuberculosis en Madrid. Discurso leído en la sesión inaugural del año de 1916 en la Real Academia de Medicina, Madrid, E. Teodoro, y otros testimonios contemporáneos incluidos en el volumen de MOLERO MESA, J. (1987). LÓPEZ PIÑERO, J. Ma (1990), Historia de la Medicina, Madrid, Historia 16, disminuir, aunque continuaron siendo superiores a las del conjunto de nuestro país 74. A pesar de lo que esto pueda significar de cara a valorar la efectividad de la lucha antituberculosa emprendida en Madrid 77 y de las mejoras producidas en las condiciones higiénico-sanitarias y sociales de dicha ciudad, es preciso indicar, no obstante, que en 1930 las muertes por tuberculosis representaban todavía algo más del 9% del total de las muertes anuales, y en 1931 el 7,65%. La tendencia general descendente de la mortalidad por tuberculosis pulmonar desde los primeros años del siglo XX se observa en todos los distritos madrileños (Gráfica 11), advirtiéndose igualmente la elevación registrada coincidiendo con la pandemia de gripe de 1918-19 y su posterior descenso 78. A pesar de ello, el distrito de Hospital continuó manteniendo altas tasas al final del período estudiado, siendo 3‰ el valor correspondiente a 1931. Nuevamente, se aprecia la existencia de una mortalidad diferencial por distritos. Así, las menores cifras se registraron en Buenavista, Centro, Palacio, Hospicio y Congreso (que tuvo, no obstante, unos picos en ---- 76 Estas cifras son también superiores a las registradas en la mayoría de los países del mundo occidental, aunque en todos ellos la mortalidad por tuberculosis pulmonar siguió un patrón muy similar durante el primer tercio del siglo XX. 77 Sobre este tema, pueden consultarse: MOLERO MESA, J. ( 2001), «"¡Dinero para la cruz de la vida!" Tuberculosis, beneficencia y clase obrera en el Madrid de la Restauración», Historia Social, 39, pp. 31-48; MOLERO MESA, J. (1987), Estudios medicosociales sobre la tuberculosis en la España de la Restauración, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo, pp. 21-36; MOLERO MESA, J. (1989), Historia social de la tuberculosis en España (1889España ( -1936)), Universidad de Granada, Tesis doctoral; RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1992), pp. 133-148;y BÁGUENA CERVELLERA, MaJ. (1992), La tuberculosis y su historia, Barcelona, Fundación Uriach. 1924 y 1927), los distritos más favorecidos; mientras que las cotas más altas se alcanzaron en Hospital, Inclusa y Universidad. A su vez, Latina y Chamberí tuvieron unos valores medios muy próximos a los obtenidos para el conjunto de Madrid. No obstante, como muestra la gráfica 11, las diferencias fueron reduciéndose con el paso de los años. De hecho, en 1931, aunque se mantenía la estratificación tripartita, se habían operado algunos cambios, ya que en esa fecha tan sólo Hospital poseía las tasas más altas, habiendo pasado Inclusa y Universidad al nivel intermedio, y habiéndose acercado cuantitativamente al grupo más favorable. A pesar de la importancia que, como he indicado, poseía la mortalidad por tuberculosis pulmonar, ésta no era la única enfermedad respiratoria que se presentaba como un problema sanitario para Madrid. De hecho, según Hauser, los procesos respiratorios fueron responsables de mayor número de muertes que la tuberculosis en los últimos años del siglo XIX 79. En efecto, como pone de relieve la gráfica 12, las tasas de mortalidad por las otras patologías respiratorias fueron casi el doble que las correspondientes a la tuberculosis pulmonar (Gráfica 10) a lo largo del período estudiado. Sin embargo, a pesar de la reducción registrada, en 1931, las muertes por enfermedades respiratorias seguían constituyendo casi el 20% del total de fallecidos 80. El patrón comentado se siguió en todos los distritos madrileños, salvo Congreso. En este caso, las cifras bajas que caracterizaron los primeros años del siglo XX, dieron paso a una elevación progresiva que se mantuvo al término de la pandemia de gripe de 1918-19. De modo que, como se puede ver en la gráfica 13, desde 1922 los valores coincidían con los de Madrid en su conjunto o los superaban, para alcanzar las cotas más altas a finales de los años veinte, teniendo en 1931 la tasa más alta (4,14‰) 81. De forma que Congreso compartió las menores cifras con Buenavista, Hospicio, Centro y Palacio en las primeras décadas, mientras que desde 1922 detentó las mayores con Hospital, Inclusa y Latina. Comportamiento inverso fue el de Universidad, que mantuvo una de las cifras más elevadas hasta 1919, pero desde esa fecha alcanzó unos valores medios, similares a los de Chamberí y Madrid en su con-----79 HAUSER, Ph. 80 Un patrón similar se siguió en el conjunto de nuestro país. Para más información sobre esta cuestión, consúltese: PASCUA, M. (1935), Mortalidad específica en España II, Madrid, Publicaciones oficiales de la C.P.I.S., st. 81 Posiblemente, este comportamiento estuvo relacionado con la inauguración de la Maternidad de Santa Cristina y el traslado de la Inclusa a O'Donnell en 1925. junto. En suma, en esta ocasión se advierte también una mortalidad diferencial que, como se ha visto, sufrió alguna modificación con el paso de los años y, como muestra la gráfica 13, se redujo al término del período estudiado. Otra entidad respiratoria protagonista del período analizado fue la gripe. Como permite ver la gráfica 14, esta entidad morbosa parece haber sido sólo un problema importante para la ciudad de Madrid con motivo de las grandes pandemias 82. La gráfica 15 muestra cómo la mortalidad diferencial de los distritos madrileños frente a esta enfermedad es menor que para los otros procesos analizados en este trabajo, y cómo esas diferencias se redujeron aún más con posterioridad a la gran pandemia del siglo XX. Esta misma gráfica (15) pone de relieve igualmente cómo, mientras que Hospital, Inclusa, Congreso y Chamberí registraron una mayor mortalidad en 1918, Buenavista, Centro, Hospicio, Universidad y Palacio lo hicieron en 1919 84. EVOLUCIÓN DE LA MORTALIDAD POR DIFTERIA a partir de 1920, dicha mortalidad diferencial se redujo progresivamente hasta ser casi inapreciable en 1931. De hecho, en esa fecha, casi todos los distritos presentaban valores comprendidos entre 0,01-0,02‰, salvo Inclusa (0,07‰) y Chamberí (0,1‰), que poseían las tasas más elevadas. A la hora de explicar la notable disminución de muertes por difteria registrada en Madrid en el período analizado, es preciso valorar el efecto que pudieron tener los cambios producidos en el tratamiento de dicha enfermedad, especialmente la extensión de la seroterapia 86. De hecho, la puesta a punto del suero antidiftérico en 1894 introdujo importantes mejoras en el rendimiento de las dos técnicas operatorias empleadas hasta entonces, y mejoró el pronóstico de los afectados por la difteria. La aplicación del suero simultáneamente con la intubación convirtió a esta última en la práctica quirúrgica de elección, quedando reservada la traqueotomía para situaciones de absoluta necesidad 87. Precisamente, esta terapia combinada fue el tratamiento seguido en el Instituto Llorente de Madrid desde su creación en 1895. Esta institución de carácter privado fue la primera de estas características que se fundó en la capital para la producción y aplicación del suero antidiftérico. Con posterioridad, en enero de 1899, el suero antidiftérico comenzó a utilizarse también en la Beneficencia municipal, concretamente en la Consulta de Enfermedades de la nariz, garganta y oídos de la Casa de Socorro del distrito de Palacio 88. A través de los centros mencionados y de otros surgidos posteriormente -como el Servicio Antidiftérico municipal, existente en la Casa de Socorro de Centro en 1916 89 -, parece que alcanzó gran difusión la nueva terapia 90. Más tarde, en 1912, se contaría igualmente con una vacuna, de uso muy limitado hasta que fue reemplazada por la preparada por Gaston Léon Ramón en 1923 en el Instituto Pasteur. Esta nueva vacuna se difundiría por los servi----- 86 Mayor información sobre este tema, puede obtenerse en RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1994) y (1996). 87 La disminución de la inflamación y el reblandecimiento de las falsas membranas subsiguiente a la administración del suero antidiftérico impedía la oclusión del conducto y facilitaba la retirada temprana del tubo, evitándose las secuelas debidas a una intubación prolongada. 88 Esta medida, tomada por el Ayuntamiento de Madrid, constituyó el primer paso de lo que sería posteriormente el Instituto Municipal de Seroterapia y Laringología. 89 Aunque el Ayuntamiento madrileño había aprobado en 1912 un proyecto de creación de un Servicio Antidiftérico municipal, el permiso para su instalación no se obtuvo hasta 1914, existiendo constancia de su funcionamiento en 1916. En 1928, pasó a denominarse Instituto de [Laringología y] Sueroterapia, continuando su actividad durante la Segunda República. Información extraída de varios expedientes del Archivo Histórico de la Villa de, que me ha sido facilitada por E. Rodríguez Ocaña. Bases en que descansa la acertada aplicación de la Seroterapia, Madrid, Suc. A modo de resumen de lo presentado en este trabajo, cabe decir que las elevadas tasas de mortalidad general e infantil y de la mayor parte de las enfermedades infecciosas registrada en Madrid y la mayoría de sus distritos en el tránsito del siglo XIX ----91 Nueva contribución al estudio de la vacunación antidiftérica. Academia Nacional de Medicina. Sobre la presencia de la difteria en Londres y la lucha llevada a cabo en los últimos años del siglo XIX, véase el interesante trabajo de: HARDY, A. (1993), pp. 80-109. al XX, corroboran los testimonios relativos a su mala situación higiénico-sanitaria. A su vez, la variabilidad de las cifras alcanzadas por los diferentes distritos pone de relieve la desigualdad frente a la enfermedad asociada a la división administrativa de la capital, y que estaba ligada a su estratificación horizontal higiénico-urbanística y socio-económica. No obstante, la reducción de los valores de las distintas tasas de mortalidad analizadas que se experimentó, -primero lentamente y desde mediados de la tercera década, de forma más mantenida-, muestran cómo se estaba efectuando en el período analizado la transición sanitaria. Conforme a lo expuesto, parece apropiado considerar dicha transición como el resultado de la acción conjunta de las pequeñas mejoras introducidas en distintos ámbitos, siendo por tanto necesario valorar el papel tanto de los cambios operados en el saneamiento urbano, condiciones de las viviendas, abastecimiento y control de calidad de los alimentos, como de la mayor disponibilidad de recursos médico-asistenciales (vacunaciones, sueros, mejora de la red asistencial...), del auge de la divulgación higiénico-sanitaria, así como de las modificaciones efectuadas en materia de protección a la infancia, en el mundo del trabajo y en el de la educación. Agradezco a Mercedes del Cura la recogida de los datos demográfico-sanitarios que he utilizado para la elaboración del presente trabajo.,
entre 1833 y 1845, fecha esta última en la que se procedió a la supresión de los estudios médicos en la ciudad de Sevilla. En 1834 se produjo una consolidación del profesorado por medio de una oposiciones descentralizadas; en 1843, ahora por nombramiento gubernamental, se estructuró un profesorado destinado a impartir sus enseñanzas en el recién creado Colegio de Prácticos en el Arte de Curar que se reclutó básicamente del antiguo profesorado de la Facultad de Medicina suprimida y en 1845 todo él quedó cesante, analizándose las diferentes salidas profesionales. Se toman muy en cuenta las condiciones locales que posibilitaron la creación y efímera existencia de dos Cátedras -una de Cirugía y otra de Obstetricia-entre 1840 y 1842. En estos últimos años se ha producido un renovado interés por los estudios históricos relativos a la enseñanza de la medicina en la España de los siglos XIX y XX. No son ajenos al mismo los problemas derivados de la reforma de dichas enseñanzas en nuestro país (autonomía universitaria, política en materia de profesorado, planes de estudio, enseñanza clínica, etc); situación ésta que requiere disponer de referentes históricos que clarifiquen los orígenes de la problemática actual. Los trabajos publicados por José Luis Peset entre 1968 y 1974 han sido -y aun lo son-el referente más válido del que disponíamos al proporcionarnos una visión amplia y coherente, especialmente del siglo XIX. Dos acontecimientos han venido a dinamizar los estudios sobre la enseñanza de la medicina. Por una parte la publicación por la Fundación Uriach 1838 de dos volúmenes coordinados por José Danón bajo el título La enseñanza de la Medicina en la Universidad Española (Barcelona, 1998-2001) y que recogen la historia de la enseñanza en los dos últimos siglos. Por otra la Ponencia «Historia de la enseñanza de la medicina en España» desarrollada en el XI Congreso Nacional de Historia de la Medicina (Santiago de Compostela, 1998) a la que se presentaron un total de 21 comunicaciones, de las cuales sólo una no correspondía a los siglos XIX y XX. El resultado de ambos acontecimientos debe servir de estímulo para proseguir la tarea emprendida y a ello responde en presente artículo. I) LA CONSOLIDACIÓN DEL PROFESORADO EN LA FACULTAD DE MEDICINA DE SEVI-LLA: LAS OPOSICIONES DE 1834 En los primeros meses de 1834 la Universidad Literaria de Sevilla declaró vacantes las cuatro Cátedras de Instituciones Médicas, poniéndose de inmediato en marcha un proceso administrativo y académico tendente a su ocupación en propiedad 1. Este proceso se ejecutó bajo la normativa establecida en los artículos 205 y 206 del «Nuevo Plan general de Estudios» de 1824 2 y concluyó un año después cuando se les dio posesión a los últimos ganadores de las oposiciones. Siguiendo el orden de celebración de las mismas, fueron éstos: la Cátedra de Instituciones de 4o año (Patología Especial y Nosografía Médica) fue obtenida por Serafín Adame de Vargas Jiménez ----1 Archivo Histórico Universitario de Sevilla (AHUS). Este libro tiene doble paginación independiente. 2 Real Cédula de S. M. y Señores del Consejo por la cual se manda observar en todas las Universidades y demás establecimientos del Reino el Nuevo Plan general de Estudios inserto en ella. Este proceso presenta varios niveles de desajustes que son necesarios poner en evidencia para poder entender más cabalmente la situación de la Universidad Española y en particular la de sus Facultades de Medicina. El primer nivel de desajuste es el que se produce entre el gran despliegue informativo y la baja concurrencia. El Rector de la Universidad venía obligado a hacer pública la convocatoria en todas las Universidades del país, institución que hipotéticamente debería aportar candidatos. Junto a esta difusión, el propio contenido del Edicto de convocatoria debía suministrar información sobre las características y condiciones para acceder a las plazas en disputa (renta, titulación y grado académico requerido, etc.) 4. A pesar de hacerse de tal modo en la Universidad de Sevilla, llama la atención el bajo nivel de concurrencia a las oposiciones: para las Cátedras de Anatomía e Instituciones de 3o y de 4o año sólo hubo un candidato respectivamente, que procedía de la propia Universidad hispalense; para la de Instituciones 2o año fueron dos, uno de ellos, el perdedor, sin vinculación a Universidad alguna y el otro también de la hispalense. El segundo nivel de desajuste tiene que ver con las características de los propios concurrentes; entre los que podríamos calificar de opositores reales -aquellos que presentaban su candidatura a la Cátedra-y los «contrincantes virtuales», que se utilizaban cuando no existía suficiente número de opositores reales y con la finalidad de poder organizar las trincas 5. Naturalmente los primeros nunca opositaban «por malicia, ni con ánimo de perjudicar a tercero sino solo para que se administre justicia», según la fórmula establecida 6. El objetivo de un «virtual» era ser aprobado por los Censores y usar esto como mérito en su carrera académica y profesional. En el caso de las oposiciones a que nos venimos refiriendo fue necesario recurrir a ellos ----3 AHUS. 4 En este caso la renta era de 5.000 rls; haber alcanzado el Grado de Bachiller en Medicina y cursado los dos años de Clínica; para tener derecho a jubilación alcanzar el Grado de Licenciado en Medicina en el plazo de seis meses y, por otra parte, debían presentar certificaciones de buena conducta. Reproducimos lo más sustancial del certificado que se le expidió a Campos Vallejo en fecha 22 de septiembre de 1834: «ha manifestado los sentimientos más religiosos y puros, inspirando a sus discípulos doctrinas sanas y adhesión al Gobierno monárquico». 5 Estos opositores actuaban solamente en el primer y segundo ejercicio. El tercero o «examen secreto o privado» consistente en responder a preguntas de los Censores sobre cualquier parte de la medicina y ramas auxiliares, sólo era ejecutado por el opositor real. Del mismo modo ocurría con el ejercicio teóricopráctico de Anatomía, entre el segundo y el secreto, en las oposiciones a la Cátedra de esta disciplina. para las de Instituciones de 3o y de 4o año 7; no ocurrió así para las dos restantes ya que la Inspección General de Instrucción Pública mandató que ambas se ejecutasen bajo la misma convocatoria y ejercicios 8. Así pues los dos opositores reales aspirantes a la Cátedra de Instituciones de 2o año -Manuel Campos Vallejo y Juan Nepomuceno Díaz Álvarez (n. 1803)-actuaron como «contrincantes» del candidato de la de Anatomía y éste -Fernando Velasco-en la de aquéllos. Ante tal circunstancia se recurrió a utilizar para las dos primeras Cátedras mencionadas a los sustitutos de Cátedras de la propia Universidad: para la primera a Joaquín Ballesteros Sousa (1804-1877) y a Joaquín Ma Doy Burgos (1811-1878), sustitutos respectivamente de Instituciones de 2o año y de Anatomía y para la segunda a Manuel Pérez Martínez (c.1802-d.1865), sustituto de esa misma Cátedra y a Francisco Porrúa Velázquez (1808-d.1856) que lo era de Clínica 9. En definitiva los que debían oponerse al candidato real eran personas que ocupaban un puesto docente en la Universidad por propuesta al Claustro de los propios interesados. El tercer nivel de desajuste está representado por el alto grado de afinidad entre opositores y Censores al pertenecer todos al Claustro de Catedráticos de la Facultad de Medicina. En tal sentido hay que entender al Claustro de cualquier Facultad Universitaria, en este caso el de Medicina, como una potente estructura de poder académico, imposible de superar por cualquier candidato foráneo. Posiblemente éste fuera un factor disuasorio para ellos. Del Claustro de Medicina salieron los Censores que acompañaron al Rector en el desarrollo de la oposición; realizada ésta correspondía a la Inspección General de Instrucción Pública examinar el expediente enviado por la Universidad convocante y elevarlo, en esta coyuntura política, a la Reina Gobernadora. Por otra parte el Claustro de Medicina -al que pertenecían los opositores locales-establecía un «pool» de 200 títulos o capítulos de la asignatura de los que se sortearían tres y el opositor elegiría uno para presentar a debate sus proposiciones. En esto consistía el primer ejercicio de la oposición. Igualmente elegía los libros que servirían para determinar la lección que «de repente y en castellano», debía desarrollar el opositor en el segundo ejercicio 10 to de Clínica, Campos Vallejo, en ese momento sustituto de Instituciones 2o y Sánchez-Reciente en igual situación en Instituciones 3o; para la de Sánchez-Reciente actuaron Adame y Velázquez y Campos nuevamente y para las de Campos y Velasco, fueron Adame y Velázquez, de nuevo, y Sánchez-Reciente. Si reordenamos esta información veremos que Velázquez actuó de Censor en las tres oposiciones celebradas y que Adame, Campos y Sánchez-Reciente fueron Censores en dos ocasiones, cuando no eran candidatos. Por todo ello no llama la atención la airada protesta de Juan Nepomuceno Díaz Álvarez -independientemente de lo justificada o injustificada que estuviera en virtud de su cualificación científica y académica-dirigida al Rector impugnando el sistema de provisión de Cátedras Universitarias con un argumento muy consistente: jueces y opositores eran las mismas personas. Dos de los que apoyaron a Campos -Adame y Sánchez-Reciente-le eran deudores, al menos, desde las oposiciones celebradas anteriormente 11. El perfil sociológico de los cuatro nuevos propietarios de las Cátedras aclara considerablemente el alto nivel de provincialismo y endogamia universitaria en Sevilla durante el periodo anterior a las grandes reformas de la década de los cuarenta 12. Todos eran sevillanos 13, con una edad media en el momento de celebrarse la oposiciones de 45'2 años 14; dos de ellos eran hijos de médicos y uno de los dos hijo de Catedrático de Medicina15; todos habían estudiado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla en la que habían alcanzado el Grado de Doctor, por cuya condición eran miembros del Claustro Universitario16; los cuatro habían desarrollado una tarea previa en esta Universidad como Catedráticos sustitutos 17; todos ocupaban la Cátedra a la que opositaron 18 y todos habían alcanzado un alto grado de reconoci-----11 AHUS. 12 Para establecer estos perfiles nos hemos valido fundamentalmente de la documentación siguiente: AHUS. Índice de carreras, libro 781, fols. 13 Habían nacido en la ciudad de Sevilla, menos Sánchez-Reciente que nació en Cantillana (Sevilla). 14 El de mayor edad era Adame con 60 años y el más joven Sánchez-Reciente con 33. De una cosa no hay la menor duda: el Claustro de Medicina surgido de las oposiciones de 1834 se caracterizó por su invisibilidad científica y académica, no traspasando los estrechos límites de su Sevilla natal. Independientemente de la consideración científica y académica que puedan merecer los cuatro catedráticos de Instituciones Médicas de la Universidad de Sevilla, no cabe duda que el año de 1834 se utilizó para consolidar un profesorado que con mayor o menor acierto venía impartiendo sus enseñanzas, sin que el sistema permitiera alternativas a lo existente. A partir de este momento se produce una paralización como consecuencia de la aplicación de la Real Orden de 1 de julio de 1835 por la que se suspendían las oposiciones a Cátedras de Universidad hasta que por el Gobierno se elaborase una reforma de los estudios. Esta reforma no llegó hasta la década de los cuarenta, a pesar de existir una muy seria iniciativa política y jurídica en tal sentido. El 4 de agosto de 1836 la Reina Gobernadora sancionaba mediente Real Decreto una significativa reforma de la enseñanza, que en lo tocante a la Universitaria era poco reglamentista y algo inespecífica 21. Los sucesos de La Granja del 12 de agosto y el hecho de tratarse de un Decreto no aprobado por las Cortes, condujeron a su no implantación y derogación 22. Este ----texto legal tuvo un largo proceso de gestación ya que un año antes estaba pendiente de informe del Consejo Real, a pesar de lo cual se abrieron las Universidades en el curso 1835-1836 bajo la vieja normativa de 1824 «para que la juventud no sufra el más leve menoscabo así en su instrucción como en su carrera» 23. El inicio del curso 1836-1837 se vio marcado por varias circunstancias, unas generales y otras de carácter local. En primer lugar la situación política y bélica que sufría la Provincia de Sevilla y zonas limítrofes -«invadidas por los facciosos» en palabras del Rector-lo que dificultaba la apertura del curso 24. Por otra parte, tras la derogación del «Plan General de Instrucción Pública» y la recuperación por parte de las Cortes y de la Dirección General de Instrucción Pública, ahora restablecida, de las competencias en estas materias, tuvo como consecuencia la publicación de un «Arreglo Provisional» aprobado por Real Orden de 29 de octubre de 1836 e inspirado por Manuel José Quintana, ahora presidente de la Dirección General 25. En lo tocante a la enseñanza de la medicina esta Real Orden contenía dos elementos que a corto plazo ponían en riesgo la continuación de los estudios médicos en las Universidades. En primer lugar éstas debían garantizar una calidad docente en la materia correspondiente al primer curso, disciplina ahora denominada «Anatomía descriptiva y general con nociones de fisiología». No podría iniciarse el curso si la Universidad en cuestión no disponía de los siguientes medios: Catedrático de la disciplina, Disector anatómico, Anfiteatro anatómico y cadáveres 26. Por otra parte se establecían exigencias para la enseñanza Clínica como eran la de disponer de enfermos de «toda clase, edad y sexo» 27. Es fácil percatarse que el «Arreglo Provisional» apuntaba hacia los cursos que contemplan enseñanzas que teóricamente, podían impartirse casi sin necesidad de libros. El discurso libresco podía fácilmente ser sustituido por el discurso del cadáver y el del enfermo; pero al mismo tiempo, para una enseñanza de estas características, se requería disponer de una infraestructura adecuada a estas estrategias docentes. La reforma de la enseñanza de la Anatomía y la de la Clínica se convertía en el elemento nuclear de la reforma médica. Esta Real Orden fue oficialmente conocida por el Claustro de la Universidad de Sevilla ocho días después de su aparición en la Gaceta de Madrid y en él se solicitó a las distintas Facultades que presentaran un Dictamen sobre la situación de sus ense-----Orden de 4 de septiembre de 1836. Decretos de la Reina Nuestra Señora Doña Isabel II. Dados en su Real nombre por su augusta madre la Reina Gobernadora. Decretos de la Reina..., Madrid, Imprenta Real, 1836, t. 24 Se acordó en Claustro general de 14 de noviembre de 1836 que la apertura se efectuara al día siguiente. Libros de Claustros de la Real Universidad Literaria de Sevilla, libro 948, fols. Arreglo provisional de Estudios para el próximo año académico (Gaceta de Madrid de 6 de noviembre de 1836). La Comisión de Medicina, compuesta por Adame, Sánchez-Reciente, Velázquez y Campos, lo presentó en Claustro celebrado el 19 de noviembre señalando que se disponían de todos los medios requeridos: se iba a proceder al nombramiento de Catedrático para cubrir la vacante ocasionada por la reciente muerte de Velasco; se pensaba nombrar un Disector anatómico; se disponía de las instalaciones del Hospital Amor de Dios y cadáveres de esa procedencia; existían Catedráticos de Clínica; enfermos varones en este mismo hospital y de mujeres en el de la Sangre y se garantizaba que el futuro Disector anatómico ejecutaría autopsias clínicas. Algunos días después la Dirección General de Estudios requería del Rector que se le informase específicamente sobre la aplicación del «Arreglo» en medicina haciendo constar que debía pronunciarse «si para el estudio de la clínica hay el competente número de enfermos...debiendo el Catedrático de esa asignatura enseñar la anatomía patológica como parte esencial de la clínica»29. Si en 1834 la Universidad de Sevilla declaró vacantes las cuatro Cátedras de Instituciones Médicas, no hizo lo mismo con la Cátedra de Clínica. En aquel momento acababa de morir José María Gavidia Espejo (1776-1833) que la regentaba por nombramiento claustral desde diciembre de 1824, fecha en que sustituyó a Velázquez Reyes. Este último la había servido durante el Trienio Liberal -fue al mismo tiempo Regidor Constitucional-y su conducta política le valió quedar cesante en 1824 y pasar a ocupar la sustitución de Gavidia entre 1825 y 1833. Tras la muerte de éste fue nombrado nuevamente Catedrático por el Claustro y propuso para sustituirle a su sobrino Francisco Porrúa Velázquez. Porrúa era igualmente liberal y su posición política -siendo aun estudiantefue calificada de «dudosa» en 1824. La quebrantada salud de Velázquez le llevó a renunciar a la Cátedra en 1836, que pasó a manos de su sobrino no sin gran oposición por parte del sector más conservador de la Facultad que intentaron bloquear este nombramiento en el Claustro proponiendo a Adame30. La enseñanza Clínica, desde su implantación, venía haciéndose en el Hospital Amor de Dios al que acudían los Catedráticos y los alumnos a enseñar y aprender a la cabecera del enfermo. El costo de estas camas destinadas a la enseñanza clínica -12 en 1820atendidas por Catedráticos y no por médicos del hospital, parece ser que era superior al resto de las camas hospitalarias, por lo menos en lo que a gastos tera-----péuticos se refiere, fenómeno que desequilibraba el presupuesto. Así ocurrió en 1832 en que el administrador del Hospital Diego Martínez de Mora lo expuso al Claustro solicitando se tomasen medidas económicas que permitieran «conciliar con la imposibilidad del Hospital, la continuación de la enseñanza de Clínica en el caso de que se resolviese que permanezca en el mismo» 31. Es evidente que en 1836 no se reunían ninguna de las condiciones previstas en el «Arreglo», pero ello forzó a la puesta en marcha de un proceso tendente a mejorar la enseñanza. En primer lugar cubrir la vacante de Velasco. Presentaron sus candidaturas ante el Claustro Joaquín Palacios Rodríguez (1815-1887) y Fernando Santos de Castro (1809-1890) y en el celebrado el día 26 de noviembre nombró como Catedrático de Anatomía al primero. Por otra parte se procedió al nombramiento de Disector anatómico en la persona del cirujano y estudiante de 3o curso de medicina Antonio García Portillo y como Catedrático sustituto de Anatomía continuó Doy Burgos 32. En lo referente a la enseñanza Clínica se nombró, ya lo hemos dicho, a Porrúa y pronto el Hospital de la Sangre -ahora denominado Hospital Central-se convertiría en el espacio destinado a este fin 33. No parece que preocupase demasiado en Sevilla -a diferencia de lo que ocurrió en Valencia 34 -el proyecto de reforma de la enseñanza médica elaborado por la Dirección General y que no llegó a ser aprobado por las Cortes en 1837. Nuevamente se apuntaba hacia una reducción del número de Facultades de Medicina al permitirse exclusivamente matriculaciones del primer curso en las Universidades de Valladolid, Santiago y Zaragoza, lo que a muy corto plazo hubiera significado el cierre de las restantes Facultades, conservándose, eso sí, los Colegios de Medicina y Cirugía por los que Quintana, muy razonablemente, sentía predilección 35. En 1839 los dos Catedráticos incorporados por acuerdo del Claustro tres años antes -Palacios en Anatomía y Porrúa en Clínica-fueron consolidando su posición hasta tal punto que solicitaron al Rector que ambas Cátedras fueran cubiertas en vir-----31 AHUS. 195-195v, 199v y 202 33 Hay que tener en cuenta que en 1837 desapareció el Hospital del Amor de Dios integrándose en el nuevo Hospital Central ubicado en el edificio del Hospital de las Cinco Llagas (también llamado Hospital de la Sangre). En 1843 se usaba la Clínica de medicina de este Hospital para la enseñanza y se solicitaba al Gobierno por el recién creado Colegio de Prácticos la extensión a la Clínica quirúrgica y a la de Obstetricia. El número total de camas hospitalarias que se consideraban necesarias para la docencia eran: entre 24 y 30 de las clínicas médica y quirúrgica respectivamente y 12 de la clínica de partos y enfermedades de las mujeres. 34 La noche del 15 de septiembre de 1840 se produjo en Sevilla un pronunciamiento con la constitución de una Junta Directiva de Gobierno de la Provincia presidida por Manuel Bayo Sologuren, Alcalde 2o Constitucional, que de inmediato determinó destituciones políticas y el restablecimiento de la Milicia Nacional. Una de sus primeras decisiones políticas fue la de exigir a los empleados y funcionarios públicos que en el plazo de 24 horas presentaran su dimisión espontánea y voluntariamente si no reconocían la autoridad de la misma 37; hecho que se extendió poco más tarde a los funcionarios de clases pasivas 38. La Universidad no quedó fuera de esta exigencia de reconocimiento y acatamiento político. El recién nombrado Jefe Político de la Provincia, Joaquín Garrido, se dirigió expresamente al Claustro Universitario exigiéndole a sus miembros un pronunciamiento en tal sentido y reunido el día 23 de septiembre, los cinco claustrales de medicina firmaron su adhesión 39. Sin embargo tres días después se procedía a la separación temporal de cinco Catedráticos, que interesaba a la casi totalidad de la cúpula universitaria: el Rector Nicolás Maestre y Tous de Monsalve (1766-1841); Juan Nepomuceno Escudero, Catedrático de Oratoria y Depositario; Joaquín Sánchez-Reciente Díaz, Secretario-Contador; los Catedráticos de Leyes Antonio María de Rodas y José Rivero de la Herranz y el Catedrático de Instituciones Canónicas Ramón de Beas y Dutari. El oficio de la Junta revolucionaria al Claustro en el que se comunicaba tal decisión establecía con claridad que las vacantes producidas por estas separaciones debían ser cubiertas «por personas que además de su aptitud científica sean amantes de la libertad y del sistema nacional restablecido». Es significativo que el que era Síndico-Fiscal desde 1837 y Catedrático de Clínica, el liberal Francisco Porrúa, fuera el único de la cúpula no separado 40. No satisfecha la Junta revolucionaria con estas medidas, se obligó a que todas las autoridades civiles, militares, eclesiásticas y los funcionarios públicos se pronunciaran explícitamente ----36 AHUS. 39 bajo la siguiente fórmula: «Reconozco la autoridad popular de la Junta Superior Directiva de esta Provincia y me adhiero a los principios políticos que representa el pronunciamiento Nacional que la establece» 41. Tenemos constancia de que tanto Beas como Escudero fueron más tarde repuestos en sus Cátedras; pero no es este el caso de Sánchez-Reciente, personaje muy significado políticamente desde el Trienio y que ahora sufrirá en sus propias carnes la represión política. En el mismo Claustro que se le separaba de la Cátedra se nombraba para sustituirle a Fernando Vida Pérez (1799-d.1873). Puede resultar significativo que todos los logros académicos y profesionales de este ecijano estén casi siempre relacionados con el entorno liberal, aprovechando las posibilidades que éste le ofrecía. Su vinculación a la Universidad de Sevilla data de 1836 en que fue nombrado Catedrático sustituto de Matemáticas; dos años más tarde fracasó en su intento de ser nombrado Catedrático sustituto de Filosofía y poco después de ser nombrado Catedrático sustituto de Instituciones Médicas de 3o año, consiguió que el Claustro, por 26 votos de sus miembros, le nombrase Catedrático Interino de la misma disciplina, lo que llevaba aparejado «honores y sueldo de propietario» 42. Esta misma categoría sería lograda gracias a una Orden de Espartero, un año más tarde, por Francisco Porrúa 43. Por el contrario Palacios, el Catedrático sustituto de Anatomía, permaneció inmodificado en su status académico. Sánchez-Reciente desaparece casi por completo del panorama médico sevillano tras su separación académica 44 y emergerá en 1844 en el que intentó ser repuesto en su Cátedra y en el cargo de Contador. Por una parte el Ministro Pidal decidió que tal separación no constase como nota negativa en su carrera, pero por otra dejará que sea el propio Claustro de la Universidad el que decida sobre su readmisión. La decisión se tomó en el Claustro celebrado el 21 de junio de 1844: efectuada una votación y por mayoría de sus miembros se aprobó la no readmisión del Catedrático separado 45. Desde 1835 uno de los problemas que más ocuparon a la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía fue el de la regulación de la unión de la enseñanza de la medicina y la profesión médica. En tal sentido se adoptaron medidas políticas tendentes a hacer posible una profesión médica unificada facilitando que los cirujanos ---- pudieran licenciarse en medicina y los estudiantes de medicina y los médicos pudiesen optar a la Licenciatura en Cirugía, todo ello a través de una regulación de los correspondientes estudios complementarios 46. Como es obvio la Universidad de Sevilla sólo impartía enseñanza para la formación de médicos; pues bien, uno de los logros de la Junta revolucionaria fue la implantación de estudios quirúrgicos que hicieran posible la formación integral médico-quirúrgica en el seno de la misma. El proceso se inició como consecuencia de la toma en consideración de una petición en tal sentido elevada a la Junta por «varios [y desconocidos, apostillamos nosotros] individuos de la clase de Clínica de esta ciudad». Fueron los peticionarios Andrés Calero de las Navas, que aun no había alcanzado en Grado de Bachiller en Medicina; Policarpo Macías Flores, Bachiller en Medicina aquel mismo año; Juan D. A. Galán y Alfonso Romero Marta. Resulta significativo el algo grado de receptividad de la Junta a una iniciativa que casi la podríamos calificar de «popular». En su escrito de petición de 2 de octubre de 1840 -en plena efervescencia revolucionaria-se solicitaba la creación de una Cátedra de Cirugía y se fundamentaba sobre conceptos de territorialidad, bondad de los Hospitales sevillanos y disponibilidad de cadáveres. Varios días después la Junta mandataba a la Universidad la implantación de estos estudios en aquel mismo curso académico 47. El informe elaborado por el Claustro de la Facultad de Medicina señalaba el atraso en que había quedado la medicina a partir de 1824 -el referente temporal es significativo-y proponía un plan que consistía en la dotación de dos Cátedras cuyas enseñanzas se impartirían en los cursos 5o y 6o, coincidiendo con la enseñanza clínica propia de la Licenciatura de Medicina. Estos cursos serían: «Nosografía y Patología especial externa. Vendajes y Operaciones» con asistencia a la Clínica Quirúrgica en el Hospital y «Obstetricia, enfermedades de las mujeres y niños y sifilíticas» con asistencia tanto a la Clínica Quirúrgica como a la Médica. En cierta medida los cursos propuestos eran muy parecidos a los que desde 1836 se exigían a los médicos que deseaban optar a la Licenciatura en Cirugía, con una notable excepción, que en éstos se contemplaban nuevos estudios de Anatomía cosa que no ocurría en la propuesta del Claustro de Medicina. El informe a que estamos haciendo referencia incluía también una propuesta de posible profesorado para ambos cursos 48. A esta primera relación de candidatos se sumaron más tarde algunos otros y en votación celebrada en el Claustro de 18 de noviembre se eligieron a Antonio Marsella Sierra (1808-1874) para ocupar la primera de estas Cátedras y a Joaquín Palacios Soto-Sánchez (c.1792-----d.1852), para la segunda 49. Ambos habían sido alumnos del Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz. El éxito de estos cursos -sobretodo el impartido por Marsella-, al que no fueron ajenos los intereses profesionales, fue inmediato con una notable matriculación de médicos y alumnos en su periodo clínico 50. Baste señalar que en el curso 1840-1841 se matricularon 70 alumnos y en el siguiente 31 en primero y 52 en segundo; entre este alumnado se encontraban Doctores en Medicina como Antonio Rivera Ramos (1815-1887) e incluso Catedráticos como Porrúa, Vida o Sánchez-Reciente 51, este último sólo cursó el primer año por las circunstancias ya mencionadas 52. A pesar de este éxito la situación de Marsella era de gran precariedad al estar impartiendo una docencia cuya validez estaba siendo seriamente cuestionada desde el poder central y tal vez por ello intentase consolidar su posición aspirando a la categoría de Catedrático sustituto 53. Casi de inmediato se fue consolidando un proceso de centralización resultado de una política en materia de enseñanza cada vez más intencionalmente dirigida por Espartero y sus gobiernos. En un primer momento se cuestionaron todas las iniciativas que en el campo de la enseñanza habían tomado las Juntas Provinciales argumentando que muchos establecimientos se mantenían al margen de la ley: estudios privados, conversión de antiguos Colegios en Universidades, etc. La situación de la enseñanza de la Cirugía en Sevilla presentaba, cuando menos, serias dudas en relación con la validez legal de estos estudios. Para clarificar esta situación el Claustro de Medicina elevó consulta a la Dirección General y ésta fue contundente en su respuesta: «que los estudios quirúrgicos hechos por los escolares en ese establecimiento podrán ser validados en los Colegios [de Cirugía] mediante un examen en ellos siempre que por estos resulten aprobados» 54. Pocos días después se llegó más lejos al ---- 49 En realidad se efectuaron dos votaciones diferenciadas para cada una de las Cátedras. Para la primera Marsella obtuvo 16 votos y Joaquín Palacios 8 votos; para la segunda Janer [posiblemente Juan José Sánchez Janer] obtuvo 16 votos y Palacios 5 votos. Al final se optó por nombrar a los dos candidatos que habían obtenidos más votos para la primera Cátedra por renuncia de Janer. 50 Sobre la creación de esta Cátedra y su ocupación por Marsella disponíamos del testimonio de LASSO DE LA VEGA, J. (1875) «Apuntes biográficos», en Sesión Literaria en honor del Dr. Antonio Marsella Sierra, Sevilla, Tarascó, p. Para una aproximación al problema basada en este testimonio cf. DOMÍNGUEZ RODIÑO, E. (1983), «Los cirujanos románticos operaban antes de existir la anestesia», Chequeo, 1, no 0, 34-42, pp. 38-39. Índice de carreras, libro 824, fols. Marsella se acogió a la disposición 5a que regulaba el modo de alcanzar la condición de sustituto de Cátedra, nombramiento efectuado a partir de ese momento por el Gobierno en lugar del Claustro de la propia Universidad. determinar el Ministro de la Gobernación, atendiendo un Dictamen de la Dirección General, la supresión de estos estudios en la Universidad de Sevilla, dictamen que se apoyó sustancialmente en la carencia de formación anatómica. El texto de la Orden trasladada al Rector es especialmente significativo: «S. A. el Regente del Reino conformándose con el dictamen de esa Dirección General se ha servido mandar que se supriman las dos Cátedras de Cirugía abiertas en la Universidad Literaria de Sevilla por la Junta de Gobierno de 1840, en atención a carecer aquel establecimiento de los medios necesarios para el estudio de la expresada Facultad y a ser tan incompletas las dos asignaturas de que queda hecho mérito que ni siquiera se ha contado al establecerlas con la importante Cátedra de Anatomía, cuyos conocimientos por absolutamente precisos para la parte operatoria, en manera ninguna pueden dispensarse al que haya de ejercer en profesión de cirujano» 55. No debió hacer mucho caso la Universidad a este mandato cuando casi un año después el propio Regente la obligaba a ejecutar la orden de supresión 56. IV) LAS REFORMAS DE 1843-1845: DE LA CREACIÓN DEL COLEGIO DE «PRÁCTICOS EN EL ARTE DE CURAR» A LA SUPRESIÓN DE LOS ESTUDIOS MÉDICOS EN SEVILLA El Real Decreto de 10 de octubre de 1843 del Gobierno provisional -firmado por el Ministro Fermín Caballero e inspirado por el médico-legista Pedro Mata-fue el comienzo de un proceso de profundas reformas de la enseñanza de la medicina con notables repercusiones sobre la profesión médica. En él se unificaba definitivamente la enseñanza de la medicina y la cirugía, desaparecía la enseñanza de la primera en las Universidades, se transformaban en Facultades Universitarias los antiguos Colegios de Cirugía de Madrid y Barcelona y se creaban los Colegios de «Prácticos en el Arte de Curar», para la formación de un profesional sanitario capacitado exclusivamente para enfrentarse a problemas médicos elementales, cirugía menor y asistencia a partos. La aplicación de este Real Decreto tuvo un severo impacto en la Universidad Literaria de Sevilla: desapareció su Facultad de Medicina y se creó un Colegio de Prácticos 57. El profesorado de esta nueva institución docente universitaria fue nombrado por el Gobierno reclutándolo básicamente entre los que venían desarrollando su docencia en la Facultad suprimida. La situación en aquel momento era la siguiente: se disponía de dos Catedráticos propietarios (Adame y Campos), dos Catedráticos Interinos con ----55 AHUS. Estableciendo un nuevo plan de estudios médicos (Suplemento a la Gaceta de Madrid de 11 de octubre de 1843), art. 1 (supresión de la Facultad de Medicina de la Universidad Literaria de Sevilla); art. 3 (creación del Colegio de Prácticos en Sevilla) y art. 30 (enseñanza). honores y sueldo de propietario (Vida y Porrúa) y un Catedrático sustituto (Palacios Rodríguez). El Plan de Estudios del Colegio de Prácticos establecía la existencia de cinco asignaturas cada una a cargo de un Catedrático: 1) Anatomía descriptiva y fisiología; 2) Higiene, terapéutica, materia médica y arte de recetar; 3) Anatomía, patología, clínica quirúrgica y vendajes; 4) Patología médica, obstetricia y clínica de partos y 5) Patología general, medicina legal y clínica médica. Para la ocupación de estas Cátedras en Sevilla el Gobierno provisional nombró como Catedráticos propietarios a Palacios (1a Cátedra), Vida (2a Cátedra), Campos (4a Cátedra) y Adame (5a Cátedra). Para la tercera Cátedra -esencialmente quirúrgica-nombró a Juan Ceballos Gómez (1817-1874) que presentaba como méritos, a los ojos del Gobierno, ser «opositor» a Cátedras, Académico por oposición y publicista 58. Este gaditano había estudiado en el Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz, alcanzando el Grado de Doctor en 1841 59. Quedarán fuera de esta reordenación Porrúa-sus enseñanzas clínicas se habían impartido en el periodo de Licenciatura-y Marsella, a pesar de tener un perfil bastante similar al de Ceballos y acreditar una experiencia docente exitosa en 1840 y 1841 60. En la nueva ordenación universitaria desaparecieron los sustitutos de Cátedra y fueron remplazados por una nueva figura, los Profesores Agregados, con funciones algo más extensas que las que aquéllos tuvieron 61. En Sevilla, de acuerdo con la normativa vigente, se nombraron a los siguientes: Antonio Rivera Ramos, para la 2a Cátedra; Joaquín Palacios Soto-Sánchez, para la 3a y parte de la 4a (Obstetricia) Joaquín Ballesteros Sousa, para el resto de la 4a y la 5a. Un ----58 Ministerio de la Gobernación de la Península. 59 Sobre Juan Ceballos cf. OROZCO ACUAVIVA, A. (1981), Bibliografía médico-científica gaditana. Ensayo bio-bibliográfico médico, científico y técnico de Cádiz y su provincia. 60 Marsella también había estudiado en el Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz y era Académico de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla desde 1842. Posiblemente un factor fundamental en esta decisión del Gobierno en favor de Ceballos fuera el hecho de ser desde 1839 Director de la Revista Médica Gaditana. Juntas y Grados, libro 955 [Sesión de 10 de enero de 1844 en la que se elaboró la lista de candidatos y eran estos: Francisco Porrúa Velázquez, Joaquín Ballesteros Sousa, Joaquín Palacios Soto-Sánchez, Vicente Domínguez Daza, Manuel Pérez Martínez, Francisco de Paula Gómez Montero de Espinosa (n. En sesión de 8 de febrero renunciaron estos dos últimos al no aceptar un nombramiento gubernamental. En sesión de 29 de febrero se dio cuenta del nombramiento de los tres Agregados y del Director de trabajos anatómicos y en la de 1 de marzo en la que se dio posesión a los tres Agregados]. año después se constituyó la «Escuela Práctica» que quedaría a cargo de estos profesores Agregados 63. Como Director y Sub-director se nombraron respectivamente a Adame y Ceballos 64. Pronto esta estructura del profesorado empezó a mostrar signos de inestabilidad. Ceballos se incorporó en junio de 1844 a la restaurada Facultad de Ciencias Médicas de Cádiz y para cubrir esta baja fue nombrado por el Gobierno León Sánchez-Quintanar y Sánchez Nieto (1801-1877) en virtud de sus «méritos y servicios» 65. La jubilación de Adame en aquella misma fecha se resolvió, igualmente por el Gobierno, con un nuevo nombramiento, en este caso el de Juan Nepomuceno Torres Yáñez, un Catedrático cesante en la Universidad de Granada como consecuencia de la reforma y que no llegó a incorporarse al Colegio de Sevilla 66. Esta situación se resolvió por el Gobierno dejando sin efecto la jubilación de Adame 67. Domínguez Daza, como Ceballos, pasó a Cádiz con igual cargo cuatro meses después de su nombramiento, siendo sustituido por José Moreno Fernández (1823-1899) durante el curso académico 1843-1844 y a partir se enero de 1845 asumió estas responsabilidades el propio Catedrático de la asignatura 68. Lo más significativo de todos estos movimientos fue la incorporación de Sánchez-Quintanar. De talante liberal y progresista, se había formado en el Real Colegio de San Carlos de Madrid y su corta estancia en Sevilla fue un revulsivo en el modesto panorama docente de la ciudad. Organizó las enseñanzas de las materias quirúrgicas correspondientes a la 3a Cátedra y como manifestación de su mentalidad anatomo-clínica promocionó la autopsia y los estudios anatomo-patológicos desde la enseñanza quirúrgica 69. El final de la enseñanza de la medicina en la Universidad de Sevilla se aproximaba. Por Real Decreto de 17 de septiembre de 1845 se suprimían los Colegios de Prácticos y se establecían cinco Facultades de Medicina en todo el territorio: Madrid y Barcelona, que ya funcionaban desde 1843; Cádiz, que la recuperó en 1844 y Santiago y Valencia, que transformaron sus Colegios de Prácticos 70. A partir de este mo-mento la Universidad Literaria de Sevilla tendrá su Facultad de Medicina en la ciudad de Cádiz. Esta supresión de los estudios médicos en Sevilla fue vista desde una óptica diferente: fue un acontecimiento totalmente injustificado para José Velázquez Sánchez porque «cortó la carrera de no pocos aventajados alumnos, faltos de medios para subsistir en aquella localidad [Cádiz], a la vez que privó a la enseñanza de profesores de nota» 71. No tan injustificada veía esta decisión Federico Rubio Galí (1827-1902) en aquel momento estudiante de medicina en Cádiz, centro docente al que llegaron para terminar sus estudios buena parte de los estudiantes sevillanos que «A la verdad, los Bachilleres [en Medicina] sevillanos de entonces venían muy mal educados social y científicamente. El mayor número vestía calesera y faja, capa corta y calañé; escupían por el colmillo y no entendían que hubiese honra ni dignidad personal sin ser un jaque, en toda la extensión de la palabra. Científicamente, los aplicados traían una solera extraña de Boerhaave y Broussais que ellos habían compuesto de los dos bandos de maestros que explicaban en la Universidad» 72. Con la clausura del Colegio de Prácticos todo el profesorado quedó cesante y su posterior destino estuvo íntimamente vinculado a las características personales y profesionales de cada uno de ellos. Manuel Campos Vallejo tenía 65 años y falleció tres años más tarde. Juan Nepomuceno Torres Yáñez sería integrado por el Gobierno en el Escalafón Nacional en 1845 formando parte del Claustro de la Universidad de Valencia como Catedrático de Medicina Legal e Higiene Pública y en 1854 regresaría a la Universidad de Granada en la que llegó a ser Rector en 1857 73. León Sánchez-Quintanar fue nombrado un año más tarde Catedrático de Historia Natural Médica en la Universidad de Santiago, para casi de inmediato pasar a la de Valencia ocupando la Cátedra de Patología Quirúrgica 74. Muy significativos fueron los casos de los sevillanos Palacios y Vida que se acogieron a las posibilidades que les ofrecía el mismo Real Decreto por el que cesaron en la enseñanza universitaria. El primero fue acoplado de inmediato al Instituto de 2a enseñanza de Sevilla como Catedrático Interino de Elementos de Geografía, obtuvo el Grado de Licenciado en Letras en 1846 y este mismo año fue nombrado, por el Rector, Regente de 1a clase, llegando a ser durante 26 años el Director del mencionado Instituto. Durante estos años continuó su labor publicista -había sido promotor del escaso y efímero periodismo médico publicado en Sevilla a comienzos de la dé-----71 VELÁZQUEZ SÁNCHEZ, F. (1872), Anales de Sevilla de 1800 a 1850. Sevilla, Imprenta y Librería de Hijos de Fé, p. 72 cada de los cuarenta-preocupándose de elaborar diversos manuales de Geografía e Historia destinados a sus estudiantes del Instituto 75. Fernando Vida encontró una salida muy similar a la de Palacios. Fue nombrado en 1845 Catedrático sustituto de Mitología y principios de Historia en el Instituto sevillano y un año después alcanzó el Grado de Licenciado en Ciencias y Regente de 2o clase de la Cátedra de Historia y en 1847 Catedrático propietario, permaneciendo en esta situación hasta 1850 en que se suprimió esta Cátedra y fue acumulada a la de Geografía que regentaba Palacios 76. Tras dos años de cesantía, por Real Orden de 12 de mayo de 1852, fue nombrado Catedrático de Obstetricia de la Universidad de Valencia y dos años más tarde pasó a ocupar la Cátedra de Patología general, terapéutica, materia médica y arte de recetar en la misma Universidad. Aprovechando sus buenas relaciones políticas logró ascensos de forma irregular y llegó a ser Decano de la Facultad de Medicina y Vice-Rector de la Universidad. En lo que no parece que ascendiera fue en su cualificación académica e intelectual 77. La salida de los tres Agregados se caracterizó por su total desvinculación con la enseñanza. Palacios Soto-Sánchez intentó seguir el mismo camino que su hijo y solicitó al Rector que se le nombrara para ocupar una Cátedra vacante de Filosofía en la Universidad y si esto no fuera posible que se le acoplara en alguna de 2a enseñanza (Latín, Retórica y Poética, Geografía, Mitología e Historia, Nociones de Historia Natural). En su opinión era apto para cualquier materia. No parece que alcanzase su objetivo 78. Rivera Ramos y Ballesteros Sousa se dedicaron a su ejercicio profesional alcanzando ambos, pero sobretodo el primero, un alto grado de prestigio y formaron parte de la elite médica sevillana. Cuando en 1868, por Decreto de la Junta Revolucionaria a iniciativa de Federico Rubio que se amparó en el principio de liberalización de la enseñanza, se cree la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, se recuperarán la casi totalidad de los enseñantes supervivientes de la década de los cuarenta: Palacios Rodríguez, Ballesteros Sousa, Moreno Fernández, Marsella Sierra y Rivera Ramos. Estos tres últimos llegaron a ser piezas fundamentales en los primeros 30 años de vida de la Escuela 79.
En los primeros años del siglo XIX, Juan José Heydeck propone la realización de unos experimentos con el pus de cabras en lugar del pus de vacas, para luchar contra las viruelas naturales. Estos experimentos requerían un número indeterminado de niños donde verificarlos. En España, el pus de cabras sería una alternativa al pus de vaca. En estos territorios era difícil encontrar el pus de vacas. Esta iniciativa del pus hircino no tuvo el éxito esperado. ficos europeos, que veían en la cultura hispana un doble atractivo. Por un lado, la realidad peninsular, considerada como un lugar exótico fruto de la superposición cultural que se ha dado en la península ibérica a lo largo de su historia. Y, por otro lado, la realidad americana, indicada como un lugar óptimo para poner en práctica el método científico que poco a poco se está imponiendo en Europa. Esta realidad se une al espíritu ilustrado de Carlos III. Este monarca implementará una política al servicio de la ciencia y de la técnica. Fruto de ello será el movimiento de comisionados hispanos en centros culturales europeos y, al mismo tiempo, de estudiosos europeos que recalan en centros científicos hispanos. Consecuencia de este vaivén cultural, es la ósmosis y la globalización cultural que se inicia en la realidad científica de la Europa Occidental. La ciencia y la técnica serán las más beneficiadas. La comunicación de las ideas se agiliza y se intensifica. Las ideas se mueven por el occidente de Europa con gran rapidez. La ciencia se fomenta y sustenta para ponerla al servicio de la economía. Estudios químicos para su aplicación en el campo de la minería. Estudios médicos (epidemiológicos y virológicos) para aplicarlos en el campo de la demografía y la población. Estudios geográficos para aplicarlos en el campo de las infraestructuras y de la comunicación. Estudios físicos para aplicarlos en la incipiente industria. Como vemos, a la ciencia se le da un sentido utilitario. El mejor modo de dominar la naturaleza es conocerla 1. Tras la muerte de Carlos III, el gobierno de Carlos IV (1748-1819) mantiene el mismo espíritu que su padre. Intenta conservar la política ilustrada. En este contexto cultural aparece Juan José Heydeck. Este alemán no es el único que llega en este momento histórico a la cultura hispana. Quizá el ejemplo más representativo y estudiado sea la figura de Alejandro de Humboldt 2. EL HOMBRE: UN EXTRANJERO EN LA CORTE DE CARLOS IV Las noticias sobre la vida de Juan José Heydeck con anterioridad a su llegada a España, las conocemos gracias a una relación de méritos fechada en el ----1 RAMÍREZ MARTÍN, S.M. (2000), «El método científico en la obra americana de Alejandro de Humboldt», en GUTIÉRREZ ESCUDERO, A., (coord.) Ciencia, economía y política en Hispanoamérica Colonial, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, CSIC, Sevilla, pp. 89-110. (2000): Alejandro de Humboldt y el mundo hispánico: la Modernidad y la Independencia americana, Cuadernos de Historia y Ciencias Sociales no 1, Fundación Histórica Tavera, 2000, 251 p. mes de agosto de 17923. Juan José Heydeck, de origen judío, había nacido en la ciudad de Gunzihausen4, cerca de la ciudad de Colonia en Alemanía. Se había formado durante tres años en la Universidad de Praga en el Estado de Bohemia, estudiando Filosofía y Sagrada Escritura. Amplió estudios de Lenguas Orientales durante dos años más en la misma universidad. Posteriormente estudió Lenguas Modernas de Europa y viajó por la mayoría de los reinos para aprenderlas con perfección. Por su formación sobresaliente fue elegido rabino y recibió el grado de doctor en las cuatro sinagogas unidas de Dulken5, Emmerich, Wesel y Gravenbroich6, cerca de Colonia. Ignoramos la causa, pero se convirtió al catolicismo y fue bautizado públicamente en la Catedral de Colonia. Fue su padrino de bautismo su Alteza Serenisimo el Elector Principe Arzobispo de Colonia. A partir de este momento su vida da un cambio total. Sufre la persecución de los judíos alemanes. En su huida se va del continente con dirección a las Islas, Británicas. Fue elegido profesor de Lenguas Orientales en el Colegio de la Universidad de Dublín. Con posterioridad hizo varios viajes a América con el objetivo de formarse en los dialectos de los naturales de ese continente. Afirma que escribió la historia de sus viajes con las observaciones que realizó, así como referencias políticas, literarias, geográficas, observaciones astronómicas y la historia natural de los territorios por los que pasó. No hemos encontrado ninguna referencia de estos escritos en los archivos españoles. Continuando con su relación de méritos, nos dice que Naufragó en la Ysla Hispaniola de S to. Domingo y vino a España por el consejo del S or. Domingo con sus cartas testimoniales7. Todas estas hazañas y aventuras debieron ocurrir con anterioridad a la muerte de Carlos III, ya que durante el gobierno de este monarca y despuées de un examen rigoroso por los Sabios le concedió el empleo de Agregado á la Cathedra de Hebreo por la publica enseñanza, con el corto sueldo de quinientos ducados por año8. La primera vinculación de Juan José Heydeck con los Reales Estudios de San Isidro en Madrid se remonta a los primeros meses del año 1789. En una ----carta, Heydeck hace un análisis de la realidad de las lenguas orientales en la península y de su poco uso en la sociedad hispana. Los fabores que V. E. me hace y la proteccion que me promete me animan a suplicar a V. E. se sirba destinarme en aquella ocupacion que le parezca puedo ser mas util y provechoso. En mi ultimo memorial suplicaba a V. E. considerase la situacion dela literatura Oriental en general, y de los muchos y preciosos MSS. Orientales Sepultados en las Bibliotecas de España en particular, i tambien las lenguas e Ydiomas delas Yndias de America, enque yo encuentro tanta conecsion enlas de los orientales que estoi persuadido que el estudio dellas puede dar muchas luzes ala literatura en general, puede ser util para la conversion y civilizacion deaquellos infelizes, y provechoso para el Govierno y Comercio, puede resolber muchas dudas delas Historias Sagrada y profana, y ajustar la Geografia dela America, en que podemos hallar el origen de aquellas naciones en elde sus lenguas; las noticias y escritos de la extinguida Comp a. con la poca practica que Yo tengo de mis viages enla America, y la proteccion de V. E. pueden darse bastantes luzes para todo esto. Yo se mui vien que los muchos negocios del estado que tiene V. E. no dejan tiempo para informaciones particulares, mas como me hallo sin ninguna ocupacion por no haber Discipulos para la Cathedra de hebreo, y mis deseos son detravajar con utilidad, me sugeto a todos los examenes necesarios, y espero y suplico a V. E. mi pronto despacho con las ordenes que sean de su agrado 9. Las primeras referencias a la figura de Heydeck en los Reales Estudios de San Isidro aparecen en el año 1798; en este documento se le reconoce como sabio alemán 10 y se le recomienda para la plaza vacante de bibliotecario. Junto a la carta de recomendación del catedrático de Hebreo Tomás Fermín de ----9 Solicitud de Heydeck sin dirección, fechada en Madrid el 16 de marzo de 1789. 10 Finalmente como no tiene ninguna otra renta mas que el sueldo, que V. M. le tiene asignado por su cathedra, carece de muchos libros pertenecientes a la literatura oriental por ser rarisimos y muy costosos en todas partes, y en especial en nuestra peninsula; por lo que no se ha atrevido a continuar un compendio de la critica y philologia sagrada para el uso de las escuelas, de que se carece en todas las naciones, si bien se lo tiene encargado con instancias un sabio del norte, bien conocido ya en España, remitiendole un excelente plan de quanto a su parecer deberia comprehender. Sin embargo a esto y otras cosas podría quiza arrostrar, haciendo traher los libros mas utiles y manteniendo y entablando de nuebo correspondencia con otros cathedraticos y bibliothecarios de las universidades estrangeras, si V. M. por un efecto de su benignidad y fina politica se dignase conferirle la plaza vacante de su bibliotecario mayor en estos sus rls. estudios. Memorial de Tomás Fermín de Arteta, catedrático de hebreo en los Reales Estudios de San Isidro, fechado en Madrid a 3 de septiembre de 1798. Arteta, aparece una solicitud de Heydeck pidiendo la vacante de bibliotecario de la biblioteca de los Reales Estudios de San Isidro. Juan Joseph Heydeck, Profesor de lenguas Orientales, agregado á la Catedra de hebreo, y á la Biblioteca de los Reales Estudios de S n. Ysidro, e Ynterprete del Santo Oficio de la Ynquisicion de Corte, A. L. R. P. de V. M. con toda veneracion expone: Que habia cumplido perfectamente con sus obligaciones, en el destino que V. M. se dignó ponerle diez años ha, habia compuesto para la utilidad de la nación varias obras de literatura, que se publicaron con general aplauso y acceptacion, entre las quales toma el primer lugar, la obra intitulada defensa de la Religion Christiana, dedicada á V. M. cuyo tomo quarto acaba presentar a V. M. y que se reimprimió ya por la segunda vez cediendo su producto a V. M. sin tener utilidad alguna mas que el aplauso de los Sabios y doctos; En el Santo Oficio ha trabajado, y trabaja en favor de la fe, y del trono sin remuneración ni premio. En atención de estos, y de otros meritos que habia contado y actualmente cuenta, á V. M. Suplica se digne promoverle á la plaza de Bibliotecario primero de estos Reales Estudios, vacante por la muerte de D n. Miguel de Manuel, para poder mejor cumplir con su obligación, trabajar en utilidad de la nación, y mantener su numerosa familia, y en caso se promoviese á dicha plaza el actual Bibliotecario segundo, que S. M. se sirviese confiarle la plaza de Segundo como premio á sus muchos y dilatados Servicios hechos a V. M. cuya vida guarde Dios nuestro Señor muchos años 11. Esta solicitud va acompañada por una carta autógrafa de Heydeck dirigida a José Antonio Caballero (Ministro de Gracia y Justicia 1798-1808), en la que, junto a la firma, aparece el texto: Agregado á la Catedra de hebrero, y á la Biblioteca de los Reales Estudios de esta Corte 12. Esta ocupación no cuenta con ninguna legitimación oficial 13. Desde los Reales Estudios de San Isidro ----11 Memorial de Juan José Heydeck solicitando la plaza vacante de bibliotecario de los Reales Estudios de San Isidro, fechado en Madrid el 28 de agosto de 1798. 12 Carta de Juan José Heydeck dirigida a José Antonio Caballero, fechada en Madrid el 31 de agosto de 1798. 13 Con este motivo juzga oportuno añadir para instruccion de V. E. que Heydeck no es ni ha sido nunca profesor de lenguas orientales, como se titula: que con motivo de su conversion del Judaismo, se le agregó á la Catedra de hebreo con 500 ducados, y en vista de que allí era inutil, se le agregó á instancia suya á la Biblioteca de los Estudios, y se le aumentó el sueldo hasta los nueve mil reales que hoy goza sin ninguna funcion ni obligacion determinada: que á los Estudios ni ha hecho ni hace servicio alguno fijo; y que la obra que compuso voluntariamente en defensa de la Religión, le fue ya suficientemente remunerada, segun consta por el expediente que efectivamente hay en esta Secretaria. Por lo tanto, y en consideracion á que los Estudios no han tenido ni tienen en que emplear a Heydeck, y que podrá ser útil en la Biblio-se le recomienda a Pedro Luis Blanco, bibliotecario mayor, para ocupar un puesto en la Biblioteca Real en Palacio. El bibliotecario palatino no acepta a Heydeck argumentando que no encuentra objeto digno de ocuparle en ella por ser el idioma Hebreo el que menos uso tiene allí por falta de Códices y por la calidad de los pocos que hay, y por haber ya tres individuos que lo poseen. Dice no obstante que á su parecer seria mejor emplearlo de Catedrático de Hebreo en S. Isidro quando hubiere vacante o en alguna de las Universidades en que hay dicha Catedra 14. Heydeck ve peligrar su situación en la corte. Ante esta realidad solicita a Carlos IV que se dignase establecer en los Reales Estudios una Cathedra de Lenguas modernas y Geografia, especialmen te. De las Lenguas Ynglesa y Alemana por ser el Estudio de estas como el de la geografia no solo utilisimo, sino indispensable para la Corte, en la qual se deben formarse los sugetos mas ilustrados asi en la situacion, como en las demas circunstancias de los paises no menos que en los idiomas de las Naciones con las quales esta está unida por alianzas y por el comercio 15. Esta propuesta no se lleva a cabo por tres motivos. Uno, porque no se considera a Heydeck suficientemente formado por los viajes y le falta estudio de la disciplina. Dos, porque no sería facil que en Madrid se hallasen jueces que pudiesen graduar el merito de los opositores 16. Tres, por el incremento en los gastos que se generaría con la creación de una nueva cátedra. En los Reales Estudios de San Isidro se creaba una clase si existía un número mínimo de alumnos. Ese año no se formó grupo. Esto motivó a Hey----teca de S. M. para reconocer y trasladar sus manuscritos Hebreos; es de dictamen, que V. E. se sirva mandarlo agregar á dicha real biblioteca con este objeto y ocupacion y con el propio sueldo. Copia de la respuesta de Estanislao de Lugo al informe solicitado sobre un memorial remitido por Juan José Heydeck, fechada el 13 de noviembre de 1794. 14 Carta-informe de Pedro Luis Blanco, bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, dirigida al Duque de Alcudia, fechada en Madrid el 22 de noviembre de 1794. Sobre la misma idea son las palabras siguientes: Establecer una cátedra en la que enseña á la vez las Lenguas Alemana, Ynglesa, Francesa y Holandesa con la Geografia, por el mismo sueldo que hoy goza, hasta que en vista de la utilidad que de ella se experimentare al cabo de un año ó algo mas, se le señale igual sueldo que á los demas Catedráticos de S. Isidro. 16 Carta de Estanislao de Lugo dirigida al Duque de la Alcudia, fechada en Madrid a 7 de agosto de 1793. AHN, Estado: 3240 exp. no 10. deck a suplicar al nuevo monarca, Carlos IV, una reubicación de sus servicios. Consideraron que podría cumplir un excelente trabajo en la Biblioteca de Palacio. Pero, como en esa Biblioteca no había muchos textos hebreos, pensaron que era mejor colocarlo en la Biblioteca de los Reales Estudios de San Isidro. Este hecho se verificó con nombramiento de Carlos IV en marzo de 1789. Para demostrar el conocimiento y dominio de la lengua hebrea, Heydeck compuso una Poesía en hebreo que tradujo a varios idiomas antiguos y modernos con ocasión del fallecimiento de Carlos III, en noviembre de 1788. También elaboró otra Poesía dedicada a Carlos IV con motivo de su subida al trono. Gracias a las cartas de recomendación que había traído Heydeck de Santo Domingo, el Inquisidor General de la Corte, Agustín Rubín de Ceballos, se había erigido como su valedor en España 17. Desde su llegada a España estuvo vinculado al Santo Oficio en la Corte como relator en causas de extranjeros y judíos. Por el conocimiento, e instruccion en la mayor parte de los Ydiomas de Europa, y por el zelo por la pureza y exaltacion de N tra. Santa Fe Catolica, que tiene acreditado en sus obras, el Tribunal de la Inquisición de la Corte nombró a Heydeck en calidad de intérprete el 23 de abril de 1794 18. Un certificado de Fermín Mauricio de Arrave, Secretario Supernumerario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición de la Corte, afirma que Heydeck ha empleado con el mayor celo y actividad por el espacio de doce años en la expedición de varios y dificiles encargos que se le han confiado por el tribunal: ----17 En la Yglesia del Señor S n. José, Anexo de la Parroquial de S n. Gines de esta villa de Madrid, dia veinte y tres de Julio de mil setecientos noventa y un años, yo D n. Enriquez Zambrano, teniente de Cura de esta dha Yg a. Baptizé solemnemen te. á un Niño que nacio en veinte dias dho. mes á las diez y media de la mañana, hijo lexitimo de D n. Juan José Heidesrt natural de la Ciudad de Gumeihasen obispado de Colonia en Alemania, y de D a. María Garcia natural de Villaferten en el valle de Torio obispado de Leon: viven calle de las Infantas casa numero nueve, pusele por nombre Elias, Agustín, Juan José; fue su padrino el Excmo. Agustín Rubin de Ceballos Ynquisidor General, y en su nombre le tubo D n. Copia compulsada de la partida de bautismo de Agustín Heydeck, fechada en Madrid el 1 de mayo de 1829 y firmada por Isidoro Guerra. AHN Como hemos visto en las relaciones anteriores, además de la elaboración de libros, Juan José Heydeck se dedica a la traducción de los que crea o de otros. De estos últimos, tradujo el Astrolabio Cúfico por orden del Bibliotecario primero de los Reales Estudios de San Isidro. Pero la actividad a la que más tiempo dedica es la composición de la obra Defensa de la Religión Christiana. Solicita la dedicatoria del Rey, que se le concede. En esta solicitud se autodefine como rabino converso. La obra se imprimió en la imprenta Real de Madrid a costa de la Corona. La Carta de Censura de esta obra la realizó Fr. Francisco Sánchez, doctor en teología de la universidad de Zaragoza, que era Calificador de la Suprema, General Ynquisición, Secretario de la Provincia de Aragón y su Procurador General en esta Corte. Heydeck dona a la Corona todos los derechos generados por el primer tomo de la Defensa de la Religión Cristiana. Con los otros tres tomos que publicará se dará una gran campaña de negociación para llegar a asignar el precio 21. Juan Facundo Caballero, subdelegado de la Imprenta Real, harto de tanta solicitud de amparo a la Corona y de la petición de informes constantemente, el 11 de septiembre de 1798 escribe las siguientes palabras sobre la actitud de Heydeck: Cumpliendo con el decreto de V. E. para que informe sobre las pretensiones que hace D n. Juan Josef Heydec en los dos memoriales que ha presentado y devuelbo, estimo necesario referir todos los antecedentes para que se manifieste con claridad el ningun fundamento de sus quexas, y la necesidad de tomar una providencia que corte de raiz tan continuos, como impertinentes recursos. Este interesado sin mas que haberse convertido a nuestra Religion cree tiene un justo título para continuamente sele esten dispensando gracias por el Estado. (...). Yo nada expondré a V. E. sobre el merito de su obra siendo demasiado publico ser del todo inutil para los que por su estado y profesion deven estar enterados de estas materias, y para los demas acaso seran perjudiciales pues con esto se dá miotivo a que escriban y hablen de religion, y de aqui resulte oirse perdiendo aquel profundo y sacrosantto respeto con que nuestros mayores veneraban sus dogmas y mesterios, que es el mas seguro y mejor medio que deve tomarse en estos asuntos; en ----21 Informe del Administrador de la Imprenta Real sobre los adjuntos recursos del Hebreo Heydeck. Estado que manifiesta el Coste de los 4 Tomos de la Obra Defensa de la Religión y de la Ilustración á la Inscripción Hebrea de la Iglesia de Nuestra Señora del Transito de Toledo con expresión de lo vendido, dado gratis y existencias de ambas obras, desde que se publicó el Tomo 1o de la primera en septiembre de 92 hasta fin de Julio ultimo, firmado por Alexo Roxo Tamariz y fechado en Madrid el 4 de agosto de 1798. una palabra nuestra religion no necesita de las defensas de Heydec22. Este escrito del subdelegado de la Imprenta Real tiene efecto inmediato. Ya que Carlos IV insta al subdelegado para que recrimine a Heydeck la actitud que tiene hacia la Corona y que cese en las solicitudes y memoriales 23. La situación económica de Juan José Heydeck no es muy buena. Cuenta con una familia muy amplia y un sueldo reducido. Varias veces vemos que solicita piedad y ayuda al monarca para sacar a su familia de la miseria y necesidad24. La tozudez de Heydeck o la necesidad extrema le obligan a escribir otra solicitud en la que dice: De ningun modo molestaria ya la atención de V. E. que sin duda alguna está continuamente ocupado con asuntos de la mayor importancia por el bien general de la Monarquia, si no fuese por la gran necesidad en que me hallo actualmente, y por el estado tan deplorable, en que la divina Providencia se dignó sumergirme, con mi crecida familia de cinco hijos pequeños, con enfermedades, y otros infortunios y desgracias. (...). Si no fuese por las desagradables circunstancias en que me hallo con mi familia, y por el poco sueldo que gozo, que causó y que me ha empeñado de sobre manera, sin poder pagar, ni mantener mi crecida familia, no hubiera acudido á V. E. con ninguna representación, por tanto le suplico que se digne despachar mi asunto con tada la prontitud posible, haciendome todo el favor que admite la Justicia de mi causa25. En esta campaña de solicitudes Heydeck afirma que cuenta con el apoyo del Príncipe de la Paz, del Inquisidor General, el Arzobispo de Burgos, y del Tribunal de la Inquisición de la Corte. De lo que conocemos de su vida y su obra podemos deducir que Heydeck era un sabio o un impostor. Su saber y sus conocimientos no cuajan en ninguna institución. Sabe de todo, pero le falta especialización. Este realidad no responde a las necesidades de la nueva ciencia. ----La Guerra de la Independencia (1808-1814) provoca un trasiego de población por el territorio español que desubica a Heydeck del campo de influencia de la Corona. Por otro lado, el Obispo de Jaén, Inquisidor General de la Corte, fallece. Esto hace que Heydeck, aunque continúe vinculado a la institución inquisitorial, carezca del afecto de las personas que antes trabajaban allí. Esto supone el restablecimiento de los religiosos en sus antiguos puestos, y los Reales Estudios de San Isidro pasan a su gerencia. Los profesores antiguos salen de la institución. Los nuevos «dueños» no tienen en cuenta la valía de Heydeck y deja de trabajar en esta institución educativa a la que había dedicado más de veinticinco años. Al terminar el curso escolar 1814-15, Juan José Heydeck se queda sin trabajo por el restablecimiento de la Orden de los jesuitas con fecha 9 de junio de 1815 26. Aunque los jesuitas están obligados a mantener a los profesores en ejercicio, algunos son depuestos de sus cátedras 27. Juan José Heydeck no par-----ticipa en ninguna de las representaciones que se forman, por los catedráticos y demás empleados que estaban en ejercicio cuando les fue devuelto el Colegio Imperial a los jesuitas, para que les indemnicen por la pérdida de sus trabajos 28. Esto puede ser consecuencia de dos situaciones. Una, que Heydeck ya no fuera profesor de hebreo cuando los Reales Estudios volvieron a los jesuitas. Dos, que Heydeck no quisiera comenzar ningún pleito con la Corona para no caer en desgracia en la corte de Fernando VII. En la Nómina mensual delos sueldos que gozaban los Catedraticos y demas empleados de los R s. Estudios de esta Corte y su Biblioteca, que servían en propiedad sus respectivos destinos el día 31 de Marzo de 1816, en q e. á orden de R l. Resolución se hizo entrega de las rentas que disfrutaban los mismo Estudios á los P.P. de la Compañía de Jesus, no aparece Juan José Heydeck ni como catedrático, ni vinculado a la biblioteca, ni como un simple empleado. En la nota final que acompaña este documento se dice: Aunque los R s. Estudios estaban establecidas 11 Catedras de Facultades mayores se hallaban vacantes 9 de ellas, q e. se servian p r. sostitutos; iguelmen te. se servian p r. sostitutos las 3 Pasantias de las Catedras de Latinidad, la de lengua Griega, y Ayudante de Fisica 29. En liquidación de las cantidades devengadas para los catedráticos, pasantes y sustitutos de abril de 1817, se considera sustituto de lengua hebrea a D. Gil Alberto de Acha 30 y en la copia de la nómina de sueldos del mismo año, ---ren mas aproposito.. Expediente formado a consequencia de acuerdo dela misma para la posesion mandada dar por S. M. a los P.P. de la Compañía de Jesus del Colegio Imperial de esta Corte y R s. Estudios establecidos en él. 28 Expediente formado a representacion delos Catedraticos y demas Empleados que han sido delos R s. Estudios de S n. Ysidro en solicitud de que seles adjudiquen Rentas de las aplicadas al Colegio Ymperial para el pago de lo que seles restaba deviendo al tiempo de darse posesion de él alos P.P. Jesuitas, y delas juvilaciones, que les estan señaladas, fechado en 1816. 29 Nómina mensual delos sueldos que gozaban los Catedraticos y demas empleados de los R s. Estudios de esta Corte y su Biblioteca, que servían en propiedad sus respectivos destinos el día 31 de Marzo de 1816, en q e. á roden de R l. Resolución se hizo entrega de las rentas que disfrutaban los mismo Estudios á los P.P. de la Compañía de Jesus, fechada en Madrid el 17 de enero de 1817. 30 Liquidacion de las cantidades de maravedis que han devengado los Catedráticos y demás Yndividuos delos R s. Estudios y su Biblioteca p r. sus sueldos corrientes desde 1o de Abril de 1816, que se entregaron las rentas a los P.P. de la Comp a. de Jesus, hasta fin de Enero de 1817, y de las que han percivido unos p r. todo el sueldo p r. continuar sirviendo sus destinos, y no aparece sustituto de lengua hebrea y sí de lengua árabe D. Josef María Callejo 31. EL CONTEXTO MÉDICO: LUCHA CONTRA LAS VIRUELAS Carlos IV fue heredero directo de la política ilustrada de su padre Carlos III. El continuismo se estableció como patrón en toda la realidad social hispana. El ambiente cultural hispano tiene que dejarse invadir de elementos extranjeros para no quedarse al margen del conocimiento europeo. Los grupos dirigentes comprendieron la necesidad del saber para poder transformar la realidad, desde la praxis y no desde la especulación. Con un objetivo utilitario de la ciencia para poder ser aplicada en la vida cotidiana y que supusiese una mejora de la calidad de vida. Desde el inicio del gobierno de Carlos III hasta los años sesenta se da una etapa muy fértil que establece su producción científica sobre el grupo mejor organizado y más formado: la milicia. Consecuencia de esta realidad será la militarización de la ciencia y un predominio de lo experimental. A partir de la década de los sesenta se da un proceso de creación de nuevas instituciones científicas al margen de la milicia. Estas instituciones se estructuran en torno a la Universidad y a los profesionales de esos saberes. La creación de los Colegios de Cirugía en Madrid, Barcelona y Cádiz, principalmente, se erigirán como instituciones amparadas en el saber universitario. La creación de las Reales Academias (de la Medicina, de la Farmacia, de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales) se hizo bajo el amparo de la Corona y provocó una centralización de la ciencia en Madrid, como sede de la Corte. Estas instituciones recién creadas siguen todavía directa o indirectamente vinculadas a la milicia y a la Corona. Para universalizar la ciencia, la Corona ---otros p r. la mitad ó tercera parte de las respectivas jubilaciones, tanto p r. lo satisfecho p r. los P.P. de la Comp a. como del producto de alquileres de casas durante el tiempo que la Admin on. Estuvo al cargo de aquellos, con expresion del debido que resulta en favor de cada uno. 31 Copia de la Nomina de los sueldos q e. han de haber en el pres te. Mes los Catedraticos y demas empleados de los R s. Estudios y su Biblioteca, con arreglo á las juvilaciones q e. disfrutan; como asimismo el de los actuales empleados q e. por disposicion del P. Rector del Col o. Ymperial y aprovacion de la R l. Junta de restablecimiento, continuan desempañando sus respectivos destinos, cuyo pago de sueldos está mandado satisfacer p a. aora y con calidad de reintegro, por la Deposit a. gen l. de Temporalidad s., segun oficios pasados por la Secretaria en 30 de Enero y 17 de Ab l. AHN, Clero-Jesuitas: 742. comienza una certera política de salidas al extranjero de jóvenes científicos y técnicos. Estos viajes de estudios eran programados desde el Estado y provistos de pensiones que permitían a los estudiantes la dedicación de tiempo a la adquisición de ideas y buscar nuevos conocimientos y descubrimientos. Estas personas que empleaban años de su vida para su formación se convertían en profesionales especializados que luego se incardinaban en los centros de saber, tanto peninsulares como ultramarinos. Paralelamente a este proceso, se da la creación de centros especializados de canalización de la ciencia, como las Escuelas de Náutica, el Real Gabinete de Historia Natural, los Jardines Botánicos, o las Escuelas de Bellas Artes. Pero la mayor preocupación de los dirigentes políticos radicaba en el interés por la salud de los habitantes del Estado teniendo en cuenta que éstos eran la base económica del Estado en dos dimensiones: como productores (mano de obra) y como tributarios (pagadores de impuestos). Para mantener y formar esta inquietud, se crean los Protomedicatos. El Protomedicato se erige como el fiscalizador y controlador de la creatividad médica del Estado. La responsabilidad del Protomedicato es la difusión de la ciencia y el control de la práctica médica32. Difundir la ciencia significa: informarse de los médicos, cirujanos y herbolarios españoles e indios que hubiese; de las yerbas, árboles, plantas y semillas medicinales que se encontrasen en el país; instruirse sobre las especies propias de la región, cómo se cultivan, en qué climas; hacer experiencias de uso y aplicaciones de las diferentes especies; y, por último, escribir y difundir lo que conviniese a su mejor conocimiento. Controlar la práctica médica supone: examinar y dar licencia para ejercer la facultad a los individuos que viniesen de otras provincias con ese objeto al lugar de su residencia; no impedir la práctica médica a los médicos que tengan licencia sin tener en cuenta el lugar donde se la hayan concedido; realizar las visitas de la boticas y cuidar de que fuesen de buena calidad todos los artículos que se expendían en las boticas y de que sus precios no excediesen de lo justo. Para el efecto daban tarifas que comprendían una dilatada serie de drogas y medicinas; y también eran alcaldes de los leprosos con inhibición de todo otro juzgado, clasificaban su mal y determinaban la necesidad de ser recogidos y apartados del trato común. A la actividad del Protomedicato hay que añadir que cada uno de los médicos era un mundo aparte: su persona, su psicología, su moral, su formación, su dedicación, su terapéutica, su educación... Además de las claras diferen-----cias individuales, tenemos que unir: la libertad absoluta que existía para realizar el ejercicio de la medicina; la falta de sentido caritativo, que quedaba depositado en exclusiva en las Órdenes hospitalarias; y la anarquía en el desarrollo del ejercicio médico, tanto en las universidades (teoría) como en los hospitales (práctica). En este ambiente caótico creció la práctica de los curanderos que encontraban en esta indecisión, heterogeneidad e inconexión, el caldo de cultivo para el desarrollo de sus prácticas. Cualquier idea era abrazada sin cuestionar por los grupos de población menos formados o, simplemente, desesperados por la presencia de la enfermedad. Serán las épocas de epidemias las que favorezcan la aparición de estos charlatanes. Estas actitudes de rechazo ante la enfermedad quedan manifestadas en las diferentes denominaciones que recibe la viruela: cruel y terrible azote, Ángel exterminador, Instrumento mortal, mal encarnado, Dama negra, azote ó guadaña de los Niños, veneno mortífero, guadaña venenosa y cruel hydra, Herodes de la niñez o Herodes del Linage humano, cruel guadaña que siega sin distinción de clima, rango, ni edad, la cuarta parte del género humano y más universal que la peste, sin ser inferior a ella por los estragos que produce. También Salvany define poéticamente a la viruela como rayo desolador 33. Las epidemias de viruela fueron atacadas de diferentes modos a lo largo del siglo XVIII. Hasta ese momento solamente existía la esperanza y la resignación frente al brote virolento. En el inicio del siglo XVIII, el método científico y la ciencia moderna intentan luchar contra estas epidemias con medidas curativas. Estas medidas curativas son originales: sahumerios de minerales (azufre), plantas (fumeraria y adelfa), o de excrementos humanos. La medicina popular curaba las viruelas con una frotación al pecho de aceite de croton, o ungüento tartárico, cuando la fiebre está en su alto grado 34, y un remedio más casero era la incorporación a la dieta de caldos tenues 35. Todos estos sahumerios, frotamientos o ingestas iban acompañados por un ritual de danzas y cantos. Además de los sahumerios, que curan por fuera, se utilizan infusiones, que curan por dentro. Estos mates son igual de originales que los sahumerios. Como ejemplo, tenemos la siguiente receta: ---- Cuando la viruela está en estado de fiebre se da a tomar romero hervido con unas tres ramitas de «maullak ́a», canela, raíz de la china y su pedazo de limón. Ahí se le agrega una rama de «alkkho kiska» (espino de perro-hierba alonso) con todas sus espinas. Por la noche se le da este mismo mate con polvo de «wayra khora» tostada. Recomiendo agregar un puñado de «hayranpu» al cocimiento. Así no le dejará crisis interior. También, antes de darle estos mates, de lejos se le sahumará con excremento humano 36. Estos remedios de abuela esán impregnados de superstición y fetichismo. A finales del siglo XVIII, la cultura popular puede ser llevada a la medicina. Timoteo O ́Scanlan expone el siguiente caso: Cándida la vieja de Méntrida asegura que el lavar el infante recien nacido, y evacuar el Meconio, liberta de tener viruelas; otro que las aguas de una fuente de Santa Cruz en Extremadura tienen la misma propiedad que la sal de la higuera, de que Vm. Anuncia las virtudes, y preserva analisis, hace venir las viruelas benignas, y de la mejor calidad: y en fin tiene Vm. Valor de asegurar, que el agua de alquitran (que Vm. Llama Balsámica) de mi paysano el Ilustrísimo Berkley, seguramente preserva, y aun cura las viruelas de cualquier condición, y vende por sus dineros al Público, y a los Facultativos en particular, esto por remedio de la mayor eficacia contra casi todos los males 37. Otras creencias no menos sorprendentes son el Toque de Rey y Los Polvos de Simpatía. Las medidas curativas que se habían puesto en práctica no tenían efecto, y, a principios del siglo XVIII, se intentan otra serie de prácticas: medidas preventivas. Si no se pueden curar las viruelas una vez aparecida la epidemia, evitamos que ésta aparezca. Dentro del proceso preventivo podemos diferenciar tres modos de prevenir las viruelas: el aislamiento, la inoculación y la vacunación. En un primer momento estas medidas preventivas se utilizan indistintamente, aunque van a practicar con preferencia las medidas preventivas que están legitimadas por la experiencia. De esta manera, entre el aislamiento y la inoculación, se prefiere primero el aislamiento y después la inoculación. Y, entre la inoculación y la vacuna, al inicio se opta por la inoculación 38, y con el paso del tiempo se elegirá la vacuna sobre todas las medidas preventivas. Esta dinámica es fruto de la profunda desconfianza con ----36 LIRA, J.A. (1985), Medicina andina: farmacopea y ritual, Biblioteca de la tradición oral andina no6, Centro de estudios rurales andinos «Bartolomé de las Casas», Cuzco, p. Ignacio Aguayo, Santiago, p. 38 Es curioso que en esa misma época Nadal y Vilella practicaban indistintamente inoculaciones y vacunaciones, siendo los más los que se acogían a la primera, en USANDIZAGA SORALUCE, M. (1964) Los Ruiz de Luzuriaga eminentes médicos vascos «ilustrados», Universidad de Salamanca, Cuadernos de Historia de la Medicina Española, Salamanca, p. 77. la que la poblacion en general recibía los descubrimientos científicos, y se enfrenta a otra que recibía cualquier cambio con gran entusiasmo 39. El aislamiento, como método preventivo, era practicado con éxito desde la antigüedad 40 para evitar la propagación de las infecciones contagiosas en una población 41. Era la respuesta lógica de la población en general, pero, para que esta medida tuviera efecto, tenía que ser legitimada desde el punto de vista político. El aislamiento se podía realizar en el domicilio del enfermo o en establecimientos especializados. Este criterio profiláctico era el único que tenían las poblaciones vinculadas al comercio para preservarse de enfermedades llegadas de otros territorios. Las medidas tomadas desde el punto de vista preventivo y de control sobre las viruelas son: las visitas médicas a los barcos y caravanas, los cordones sanitarios, y las cuarentenas. La inoculación o variolización es una práctica preventiva consistente en introducir el virus causante de la dolencia humana, buscando la provocación causal de formas atenuadas de viruelas. Ya los médicos del siglo XVIII conocían el mecanismo inmunitario de la inoculación. Por ejemplo, el Dr. Francisco Rubio define la inoculación como una artificial subplantacion de el virues de el cuerpo virolento en el sano 42. Esta medida preventiva de la inoculación debe ir asociada al aislamiento de la población inoculada. La experiencia había demostrado y era de notoriedad pública que los supervivientes de un ataque de viruela quedaban inmunizados contra la enfermedad para el resto de su vida. Fruto de esa observación nació la práctica de infectar deliberadamente de viruela a las personas sanas, con la esperanza de que el tipo de infección contraído resultara menos virulento que la viruela natural, y de que inmunizara a quienes la padeciesen. La inoculación de la viruela no era un procedimiento inocuo ni mucho menos, y por ello el descubrimiento de la vacunación tuvo extraordinaria importancia. El ocaso de la variolización coincidió con el nacimiento de la vacuna. En lugar de inocular con viruelas naturales, se inoculará con la viruela de las ----39 USANDIZAGA SORALUCE (1964), p. 40 Para la preservación de las viruelas no se comprende otro medio mas seguro que el natural. El que no quiere quemarse o chamuscarse, se pone a cierta distancia del fuego, en PÉREZ DE ESCOBAR, A. ( 1776), Avisos médicos populares y domésticos. Historia de todos los contagios: prevención y medios de limpiar las casas, ropas y muebles sospechosos. Obra útil y necesaria a los Médicos, Cirujanos y Ayuntamientos de los Pueblos, Imp. 42 RUBIO, F. (1769): Disertacion Medica, e Historial de la inoculacion, o ingercion de las Viruelas, para precaver las maliciosas y malignas, en quienes no las han tenido, y de que tantos perecen, Imprenta de Miguel Escribano, Madrid, p. El fluido vacuno es la síntesis de todo un proceso científico llevado a cabo en el siglo XVIII. La vacuna se establecerá como una alternativa más fiable a la inoculación, que hasta ese momento era el único elemento que podía prevenir de las viruelas. La vacunación no se explicaría ni se comprendería, si previamente no se hubiese puesto en práctica la inoculación de viruelas. Y, por otro lado, a la vacuna no podemos mantenerla al margen del aislamiento 43. El punto de partida de la labor de Jenner es puramente empírico. Los hechos aislados de la transmisión del cow-pox a las personas que trajinaban con las reses vacunas, le da la pista de sus experimentos y reflexiones. Y el movimiento científico desencadenó un proceso lógico, por el que los hechos fueron convertidos en ley. Eduardo Jenner (1749-1823), descubridor de la vacuna, fue una figura producto de la Ilustración, durante dos años había sido discípulo del célebre cirujano Hunter, y ante las dudas que le presentaba a su maestro, éste le respondió con la frase: No pienses más, ensaya. Utiliza como método científico la experimentación, y su labor comienza con la observación de la realidad que le es inmediata. Fue una persona muy intuitiva, sometió los hechos por él vistos a un riguroso análisis para llegar al descubrimiento de fenómenos. Siguiendo un proceso empirista, intuye en universales las afirmaciones de una campesina de Gloucestershire. Esta vaquera no temía a la viruela, porque había sufrido la enfermedad de las vacas: el cow-pox. Como consecuencia, estaba inmunizada frente al mal de las viruelas. El 14 de mayo de 1796, Jenner había efectuado la primera vacunación en el niño de ocho años llamado James Phipps, utilizando linfa tomada de las vesículas del dedo de una ordeñadora llamada Sara Nelmes. Y al cabo de algún tiempo se inoculó al niño la viruela humana, y la enfermedad no evolucionó. Jenner, consciente de las repercusiones científicas y médicas de su experimento, publicó en 1798 los resultados en un ensayo titulado «An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae». La clara intuición de Jenner tenía extraordinaria importancia, porque significaba sustituir la variolización, procedimiento, como hemos dicho, no exento de riesgos para el inoculado y para los que le rodeaban, por la vacunación. Este método preventivo era, sin duda, más eficaz para inmunizar contra las viruelas. ----43 Proponemos que todos los negros se vacunen a bordo, y no desembarquen hasta considerarlos preservados del contagio varioloso; mas si hubiese sospecha de que lo había en el lugar de donde salieran, se purificará el buque, y su cargamento con las fumigaciones acido minerales de Monveau, en Informe de la Junta de Vacuna en Cuba, fechado en La Habana el 13 de junio de 1808. Archivo General de Indias, Sección: Cuba, Legajo 1691. El problema que se generaba ahora era la difusión del descubrimiento. Primero, había que demostrar la utilidad de la vacuna, y, luego, se debía persuadir a las colectividades para fomentar su uso. Para convencer a la población del uso de la vacunación, por un lado hay que ensalzar sus bondades 44 y, por otro, hay que criticar despiadadamente los otros métodos preventivos 45. EL EXPERIMENTO: EL PUS HIRCINO 46 El descubrimiento de la vacuna, como hemos visto, no es fruto de la casualidad, sino que es el resultado de multitud de exámenes y estudios consecuencia de la puesta en práctica del método experimental. Pocos años después del descubrimiento de Jenner, la vacuna era conocida y practicada en todo el mundo. Las noticias llegaron a España con gran rapidez. A finales del año 1800 el Dr. Careno, médico italiano de paso por la corte hispana, presentó un ejemplar de la obra de Jenner traducida por él, y unos hilos impregnados con la linfa profiláctica. Se ve pero no se toca. Se conoce pero no se experimenta. Las primeras noticias sobre la vacuna y su llegada a España se publican en la Gaceta de Madrid durante el mes de enero de 1801, aunque otros autores dicen que fue en el mes de junio de 1801 47. El 22 de abril de 1801 se vacuna por primera vez la familia real en Aranjuez con un pus vacuno que había llegado de París gracias a Luis de Onís. Esta primera vacunación fue realizada por Félix González 48. ----44 Entre los preciosos descubrimientos que han ilustrado la higiene pública en estos últimos tiempos, no hay uno mas útil e interesante a la salud del género humano que el de la vacuna. Porque su práctica es benéfica y precave enteramente de los ataques de las viruelas terribles, en PINEDA, A. (1814): Memoria sobre la Vacuna, Imp. de la Capitanía General, Santo Domingo, p. 45 La inoculación de este veneno [la viruela], los lazaretos, el aislamiento y otras providencias que la policía médica había establecido multiplicaban y fijaban los focos de este contagio tan comunmente temible. Antes del descubrimiento de la vacuna ninguna población podía gozar de una seguridad absoluta, a pesar de diferentes medios de sanidad establecidos para repudiar la atrocidad de este comun enemigo, en PINEDA, A. (1814), p. 46 Hircino= del latín «hircus», macho cabrío. En castellano existen los sustantivos «hirco», cabra montés, e «hircocervo», animal quimérico, compuesto de macho cabrío y ciervo. 47 La noticia del descubrimiento de Jenner llegó a España y se publicó en la Gaceta de Madrid del Viernes 26 de junio de 1801, en HERNÁNDEZ, P. (1802): Origen y descubrimiento de la Vaccina traducido del francés con arreglo a las últimas observaciones hechas hasta el mes de mayo de 801, y enriquecido con varias notas, Imp. Benito García, Madrid, p. 48 Informe de D. Félix González, Médico de Cámara de Fernando VII con ejercicio, fechado en Madrid el 20 de agosto de 1814 y dirigido al Exmo. Sr. Duque de San Carlos. Oficio Las primeras referencias impresas en España sobre el sensacional hallazgo de Jenner son de 1801, ya habían pasado tres años desde la publicación de la obra titulada «An Inquiry into the causes and effects of the Variolae Vaccinae». El primer opúsculo dedicado a la vacuna lleva la firma de Francisco Piguillem 49. Posteriormente Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, Antonio Hernández 50, Pedro Hernández 51, Diego de Bances 52, Vicente Martínez 53, Juan Puig y Mollera 54, publican sus experiencias en torno a la vacuna. Los facultativos españoles estarán receptivos ante cualquier innovación científica y médica. El miedo a las viruelas es tan grande, que cualquier remedio es aceptado y luego es cuestionado. En este contexto llega la propuesta científica de Heydeck. Sin conocimientos médicos, establece un silogismo. Si el pus de viruela de vaca sirve para prevenir de las viruelas naturales, ¿por qué no puede prevenir también el pus de viruela de cabra? En principio, esta idea es descabellada. Pero la tenacidad y la insistencia de Heydeck hicieron que se iniciasen los experimentos. La Real Academia de la Medicina madrileña generó un expediente realizado por Pedro Hernández y dirigido al Secretario de la Academia médica, Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, en el que aparecen las copias de todas las comunicaciones realizadas para analizar el descubrimiento y efectos de las ---de 17 p. Papeles de Vacuna, doc. no1486, Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid. 49 PIGUILLEM, F. (1978), La Vacuna en España o cartas familiares sobre esta nueva inoculación escritas a la señora del profesor y doctor en medicina D. Francesc Piguillem, editado en 1801 y reeditado en el I Congreso de Pediatras de Lengua Castellana, Gerona, 51 p. 50 El Sr. Llord hizo elogió del Discurso sobre el Preservativo de las viruelas, la vacuna de D. Antonio Hernández y quedó aprobado, en Libro de Acuerdos de la Real Academia Médica Matritense, Años 1791-1815, p. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid. Lo original es que actualmente no existe en la Biblioteca de la Real Academia ningún ejemplar de las publicaciones de Antonio Hernández. 51 HERNÁNDEZ, P. (1801), La Vaccina, origen y descubrimiento, traducido del francés con arreglo a las últimas observaciones hechas hasta el mes de mayo de 801, y enriquecido con varias notas, Imp. Viuda de Longas e hijo, Pamplona. 54 PUIG Y MOLLERA, J. ( 1803), Aviso importante sobre los casos extraordinarios de viruelas, legítimas, sobrevenidas mucho tiempo después de la vaccina verdadera, y tentativas para precaverlas; con otras reflexiones dirigidas a perfeccionar la práctica de la Vacuna, Imp. de Fermín Nicolau en la Corte Real, Gerona, 52 p. viruelas de las cabras para reemplazar el pus vacuno. Tal expediente considera motor del experimento a Juan José Heydeck 55. El nuevo preservativo lo había descubierto Heydeck en el mes de febrero de 1803 en plena efervescencia de estos estudios médicos 56. Con fecha 18 de febrero de 1803, comunica a Pedro Cevallos el descubrimiento del siguiente modo: Como la salud y felicidad del pueblo es la suprema Ley, creo que cada Vasallo fiel de S. M. debe comunicar a su Gobierno los discubimientos que hiciese tocante a este grande objeto, y esto mismo me anima molestar a V. E. con la presente: pues dias ha, vi varias Cabras naturales de este pais con Viruelas en todo, y por iguales a las de las Vacas, y habiendo sacado su pus hallé que era de la misma calidad, y causó el mismo efecto para la inoculación; de suerte que este discubrimiento puede ser muy interesado para estos Reynos, donde se hallan muy pocas Vacas, o quisa ninguna con Viruelas, viendose los facultativos en la dura precisión de traer el pus de Reynos y tierras estrañas, no sin detrimentos del mismo, y prejuicio de los Vacunados e inoculados. si V. E: lo tenga por bien, lo puede comunicar al Protomedicato, y Colegio Medico, mandado me lo que sea de su mayor agrado 57. Con esta facilidad de acción Pedro ----55 Expediente de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga sobre el descubrimiento y efectos de las viruelas de cabras para reemplazar al pus vacuno, 9 f. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 14, doc. no822 56 La Viruela de las Cabras se discubrió ya en febrero pasado, mas por no haber sido experimentado entonces, que iguales a la Vacuna, no quise dar a V.m. noticia de ellos, hasta que hubiese sido informado de sus buenos efectos. El discubridor de este nuevo genero de Viruela es el Profesor de Hebreo del Real Colegio de Sn. Ysidro de esta Villa, y como le conozca intimamente, tratandole ya unos ocho meses, ha tenido la bondad de ofrecerme su asistencia para poder dar todas las informaciones, que qualquiera de mi Amigos, que deseasen consultar me sobre dicha invencion, me escribiran. Carta de Guillermo Andrew dirigida a Ricardo Dunninig. La viruela cabruna se ha descubierto en febrero ultimo, pero no habiendose probado q e. fuese ygual a la vacuna, me abstengo de darle informe alguno sobre esta materia hasta q e. me informe a fondo de sus buenas resultas. El descubridor de esta nueva especie de viruela es el Profesor de la Lengua hebrea de los R ls. Ysidro de esta ciudad; y como estoy intimam te. Enlazado conel estos ocho meses, se ha ofrecido adarme todos los informes que puedan desear mis amigos o q e. gusten consultarle sobre la materia. Copia de la Carta de Guillermo A. remitida al médico Dr. Dunning, fechada en Madrid el 28 de julio de 1803. 57 Carta de Juan José Heydeck dirigida a Pedro Cevallos. Como la salud y felicidad de los pueblos es la suprema ley, no puedo dexar de molestar la atencion de V. E. participando un descubrimiento q e. tiene por objeto el beneficio de la humanidad de en gral. y de esta nacion en parti-de Cevallos (Primer Secretario de Estado y del Despacho del Rey 1798-1808) nombra como médicos responsables de estos estudios a dos eminencias del momento: Pedro Hernández e Ignacio María Ruiz de Luzuriaga 58. Ambos médicos pertenecen a la Real Academia Médica. El primero como académico y el segundo como secretario. Su trabajo debía estar bajo el control del Protomedicato en la figura de su presidente: Manuel Gorgullo. Los estudios médicos con mayor precisión, por lo tanto, fueron llevados a cabo por Pedro Hernández, Ignacio María Ruiz de Luzuriaga y Juan José Heydeck. Estos médicos entraron en contacto con un grupo de cabreros que tenían sus rebaños de cabras en las cercanías de la Corte 59. Estos estudios médicos fueron llevados a cabo efectivamente por Pedro Hernández; Heydeck no tenía formación médica y Ruiz de Luzuriaga no tenía ---cular. Como no se hallan aqui Vacas con granos p a. proporcionar el fluido Vacuno, y q e. por esta razon se hallas los facultativos constituidos en la necesidad de proporcionar el fluido vacuno desde otros Reynos y porvincias, con perjuicio de la salud publica q e. resulta de siversas causas; de manera q e. este descubrimiento util no puede producir en este Reyno las felizes resultas q e. produce en otros payses; amas de q e. habiendo descubierto enla cercania de Madrid algunas cabras con granos con materia q e. tienen la misma calidad, y q e. producen los mismo efectos en la inoculacion y preservacion q e. los q e. produce la vacuna; respecto de q e. tenemos materia fresca en este pais y en abundancia, producira seguram te. Mayores beneficios q e. la materia q e. se introduce de los paises extrangeros, de cuya legitimidad no puede obtenerse otra seguridad q e. la asercion de la persona q e. la remite; y aun el extraher la materia de una persona p a. la inoculacion de otra puede tener sus inconv tes. V. E. puede informar a la R l. Medica del objeto de esta carta p a. q e. haga los experim tos. En pro y encontrar y si fuese favorable como lo espero, teniese la satisfacion de haber contribuido en alguna manera a la conservacion de algunos individuos, q e. es la mayor satisfacion q e. puedo lograr, y quedo a las ordenes de V. E. su mas contante y seguro servidor. Copia de la Carta de Juan José Heydeck a Pedro Cevallos, fechado en Madrid el 18 defebrero de 1803. 58 Con fecha del 18 del mes de febrero proximo pasado tuve el honor de escribir a V.E. avisandole, de haber hallado en esta Corte varias Cabras con Viruelas iguales a las de las Vacas, y que habiendo yo sacado su Pus, halle que era en todo de la misma Calidad, y causó el mismo efecto para la inoculacion. V. E. se dignó dar aviso de este importante hallazgo al Real Protomedicato del mismo modo que yo le había pedido; y este Real Tribunal me escribió con fecha de 7 de Marzo ultimo, que habia nombrado a los Doctores D. Ygnacio María Ruiz de Luzuriaga y D. Pedro Hernández, médicos en esta Corte para que oyendo a mi hagan los experimentos que tengan por convenientes. Carta de Juan José Heydeck dirigida a Pedro Cevallos, fechada en Madrid el 27 de mayo de 1803. 59 Carta de Manuel Gorgullo dirigida a Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, fechada en Madrid el 7 de marzo de 1803. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 18, doc. no1006. tiempo por su cargo como secretario de la Academia Médica. Una vez configurado el grupo, tras entrar en contacto con los cabreros que tenían sus rebaños de cabras en las cercanías de la Corte, y después de realizar los experimentos con el pus de cabras, tenían que remitir un dictamen al Real Tribunal del Protomedicato. Pedro Cevallos primer Secret o. de Estado y del Despacho; Consejero de Estado, ha comunicado al R l. Protomedicato la R l. ord n. del tenor sig te. q e. se inserta aqui Para el debido cumplimiento de lo mandado p r. S. M. ha acordado el R l. Protomedicato q e. con insercion de la citada R l. ord n. se comuniqen oficios como lo executo con esta fha. a los S res. Ygnacio Ruiz de Luzuriaga y D r. Pedro Hernandez Medicos en esta como para q e. oyendo a V. m d. Se sirban hacer los experim tos. q e. tengan p r. conv tes. Y exponer al Tribunal su dictamen. Lo q e. de su acuerdo pongo en noticia de V. E. p a. su entendimiento. Manuel Gorgullo 60. conveniente de este descubrimiento. Dios gue. a Vd. m s. a s. Aranjuez 23 de Febrero de 1803= Pedro Cevallos= Señor Secretario del Proto Medicato, para el devido cumplimiento delo mandado por S. M. ha acordado el R l. Proto Medicato que con insercion dela citada R l. orden se comunique a Vd. el presente, y al D r. Pedro Hernandez para q e. oyendo a D n. Juan Joseph Heydech, se sirban hacer los experimentos que tengan por convenientes y exponer al Tribunal su dictamen, en inteligencia de que con este fecha se para el competente oficio al referido D n. Lo que de su acuerdo pongo en noticia de Vd. Dios gue. a Vd. m s. a s. como deseo. Tenemos creado el grupo de expertos, pero falta el operario que realice la operación de inocular el pus de cabras. El cirujano Díez Canado solicita el nombramiento para realizar estos experimentos y verificar la viabilidad del pus de cabras contra las viruelas 62. Nicolás Díez Canedo conoce los experimentos con el pus de cabras por su suegro Pedro Hernández 63. Este cirujano había practicado la inoculación de la vacuna en el Real Sitio de San Yldefonso vacunando a la familia real y a la mayoría de los cortesanos 64. Ese día no se ----pudo convencer a nadie para hacer la operación de inocular de la misma teta de la Cabra al brazo, como se debía hacer. Ante la negativa, los médicos comisionados y el cirujano Díez Canedo sacaron bastante Pus, lo que pusieron entre Vidrios para su conservación, mas hay grande diferencia entre el Pus asi conservado, y el Pus fresco, sacado de la Cabra e inoculado al mismo tiempo 65. Los cabreros eran recelosos a reconocer que sus rebaños tenían viruelas. Matías López, un cabrero que vivía en la calle Toledo cerca de Heydeck, que tenía más luces que los demás y con aquella penetracion de humanidad que es propia de los hombres de bien, avisó de que en su rebaño había una cabra con los granos de viruelas en las ubres 66. Se crea un enfrentamiento entre: los facultativos y Heydeck, que piensan que la enfermedad de las cabras es viruela y los cabreros, que afirman que la enfermedad que sufren sus cabras es la fogarada 67. Le preguntamos en que cabras habia hallado y extraido el pus y habiendo dicho q e. pocos dias hantes le havian informado el Cabrero de la calle del Barbero junto a la puerta de Toledo q e. tenia alguna de sus cabras con costras o lovanillos 68 o lovillos fuimos en su compañia a casa del cabrero, coya muger nos dijo q e. las cabras suelen tener los lovillos o costras q e. ponen mui inquietas a las cabras pero q e. a la sazon no tenia ninguna con ellas. Que sus cabras se hallaban en las laderas de Toledo, y fuimos a encontrales y habiendo preguntado a un cabrero q e. cuidaba de una manada aseguro q e. no tenia ninguna con lovariellos q e. suelen contagiarse q do. la q e. los tiene se ordeña antes q e. otras, y q e. suelen tener por el verano mas q e. por en aquel tiempo. Cada uno de nosotros nos encargamos de proporcionar cabras con costras lovillos o lovanillos y habiendo hecho varias investigaciones entre los cabreros no hemos podido hoperar hasta ayer 26 de mayo q e. en la calle de S n. Bruno casi sin no del cabrero Matias Lopez vimos una cabra q e. tenia en su ugre una erupcion como variolosa en q to. A la forma y tamaño q e. se hallaba en el periodo de supuracion pero sin presentar el aspecto de la vacuna q e. esta deprimida en el centro y con su areola en la circunferencia q e. aseguro el cabrero llamarse fogarada q e. sale de la frescura de la leche en primavera y verano y no en el invierno q e. no se contagia de unas a otras como las costras y q e. los lovillos y lovanillos salen en el cuello y no en las ugres. Preguntamos si habia toma-----65 Carta de Juan José Heydeck dirigida a Pedro Cevallos. 66 Carta de Juan José Heydeck dirigida a Pedro Cevallos. Tumor o bulto superficial y por lo común no doloroso, de origen carbuncoso que padecen las caballerías en los encuentros (sobacos de las patas), y el ganado vacuno, lanar y cabrío, en el mismo sitio y en la papada. do el pus de alguna erupcion semex te. A esta y respondio posiblem te.haviendo asegurado antes q e. le habia tomado de las costras. Pudo ser una equivocacion pero nos choco la contrariedad de los asiertos del cabrero en q to. A las costras lovillos y lovanillos q e. preguntamos si se hallaban en varias de las cabras de Madrid infructuosam te. Hasta q e. hemos venido a parar en q e. son fogaradas procedidas de la frecura de la leche por una teoria q e. no alcanzan como ni tampoco al ver una erupcion variolosa en un animal de pelo q e. no esta sugeto 69. Por su situación de extranjero, Heydeck conoce a casi todos los no hispanos que recalan en Madrid. Ayudándose de estas relaciones, Heydeck remite sus hipótesis a los médicos ingleses, que, junto con Jenner, se encargan de las campañas de vacunación en Inglaterra: Dr. Dunning y Dr. Andrew. A partir de la internacionalización del descubrimiento, el nombre del pus de cabras se transforma. De fluido cabruno pasa a llamarse fluido hircino 70. Con esta denominación se conocerán estos experimentos en el extranjero: Sus observaciones de V. m. respecto las Viruelas de Cabras, con que he sido favorecido por mi Amigo el Señor Andrew, han movido mucho la atención de los facultativos de Medicina de este País, y mas inmediatamente, y en particular la de mi Amigo el Dr. Jenner, que en una Carta que he recibido de el, pocos días ha, manifiesta grande solicitud para saber los demas resultados de los experimentos de V.m. sobre esta invencion. si V. m. me quiere favorecer, dexando pasar sus observaciones de V. m. al Dr. Jenner por mis manos, las transmitiré a el con la mas grande satisfaccion. Le suplico a V. m. que me haga el honor de admitir la obra intitulada «Observaciones sobre la vacunacion» que le remito con las demas Obras, esta la escribí poco tiempo después de haber publicado el Dr. Jenner su ilustre discubrimiento, y tengo la satisfaccion de poder decir, que me aseguraron de parte de aquel, la más intima amistad, y una correspondencia frequentisima, y sin interrupcion. Me seria muy lisonjero en poder servir a V.m. en qualquiera Cosa en Ynglaterra, y recibiré sus preceptos con el mayor gusto. Y quedo Señor con grande respeto y estimación su mas obediente servidor 71. ----69 Borrador de la carta de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga dirigida a Manuel Gorgullo. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 18, doc. no997 70 Carta de Juan José Heydeck a Ignacio María Ruiz de Luzuriaga sobre las experiencias que el Protomedicato le había encargado junto a Pedro Hernández para ensayar con el pus de cabras, fechada en Madrid el 18 de marzo de 1803. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 18, doc. no986. 71 Carta de Ricardo Dunning dirigida a Juan José Heydeck. Las relaciones epistolares entre Heydeck, Dunning y Andrew duraron varios meses. Estas relaciones fueron utilizadas por Heydeck para situarse mejor dentro de la opinión médica especializada. Juan Josef Heydeck, Catedratico agregado de Hebreo en los R s. Estudios de S n. Ysidro expuso a V. M. en 18 de Febrero de 1803 haber descubierto que la Inoculacion con el Pus de Cabras era de igual virtud y efectos a la que se executa con el pus de Vacas, cuyo descubrimiento podría ser mui ventajoso en estos vuestros Reynos por la escasez que hay en ellos de estos animales, y tener por consiguiente que traer el pus de los extraños. De esta representacion mandó V. M.. pedir informe al Proto-Medicato en 10 de Junio del mismo año, quien expuso que no hallaba inconveniente en que se hiciesen los experimentos con el Pus de Cabras, pero que era preciso practicarlos en la Inclusa o en los Desamparados, por no querer ningun padre prestar sus hijos para hacer experiencias. En efecto se dieron por V. M. las ordenes correspondiente en 3 de Julio de 1803 al Secretario del Proto-Medicato y Directores de la Inclusa y Desamparados, para que se executasen los experimentos en estas Casas: y al mismo tiempo se contextó a Heydeck que pedia algun premio en atencion a sus meritos que acudiese a V. M. quando el descubrimiento del Pus de Cabras estubiese acreditado por la experiencia. Tales son los antecedentes que hay sobre el descubrimiento de Heydeck; pero no constan los ensayos que haya hecho el Proto-Medicato, y por consiguiente su aprobación. Ahora viene exponiendo Heydeck, q e. con motivo de haberse hallado por aquella epoca en Madrid el Medico Ingles D n. Guillermo Andrew, y haber le comunicado los buenos efectos del Pus de Cabras en la inoculacion de varios niños; le remitiesen ahora las Obras de los Medicos Jenner y Dunning sobre la inoculacion de la Vacuna en Inglaterra, donde se hallan los descubrimientos de las viruelas de Cabras hechos por Heydeck, con todos los Oficios asi de V. E. al Proto-Medicato y a Heydeck, como de estos a V. E. En efecto se hallan en dha. Obra las ordenes en Ingles comunicadas por V. E. al Proto-Medicato y a Heydeck, y un Diario de los Syntomas que ocurrieron a los niños que se inocularon con el pus de Cabras; y a mas en una carta confiesa el D r.Dunning q e. por el descubrimiento del Pus de Cabras, comunicado al D r. Andrew por Heydeck, hallaron la physiologia de las Viruelas en las Vacas. Con este motivo renueba Heydeck sus meritos de 15 años que hace sirve a V. M. y pide algun premio para mantener su numerosa familia, en atención a haber acreditado ya la experiencia ser util el descubrimiento del Pus de las Cabras para la Inoculación, como V. M. le ofrecio en 10 de Julio de 1803. V. M. resolvera lo q e. fuese de su real agrado 72. ----Los experimentos realizados nos han llegado gracias a dos documentos que informan de este hecho. Uno de puño y letra del Secretario de la Academia Médica, Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, fechado el 28 de julio de 1803 y titulado Relacion de la inoculacion practicada en 2 criaturas con la materia sacada de las cabras por los Medicos comisionados p r. el R l. De resultas de la instruccion q e. di a varios Cabreros de Madrid y de sus cercanias se presentaron granos o postillas q e. suelen manifestarse de quando en quando en sus ubres, me aviso Manuel López Cabrero de la calle de S n. Bruno q e. vive en la callejuela del Rey q e. esta enfrente a los R les. Ysidro q e. tenia algunas cabras con la postilla de la misma calidad q e. le describi el 26 de mayo. Cabrero y halle q e. tenian realm te. Las postillas q e. buscaba, las quales estaban llenas de materia virolenta q e. podia extraherse p a. la inoculacion de lo que informe a los Comisionados del R l. Tribun l. del Protomedicato, los S res. Ygnacio de Luzuriaga y Pedro Hernandez. A las siete de la tarde concurrieron acompañados del Cirujano D r. Nicolas Diez: Y examinando las postillas, las hallaron llenas de materia virolenta necesaria para la inoculacion. Practicaron las mayores diligencias p a. hallar una persona q e. se quisiese dexar inocular, y no hallándola, el cirujano D r. Nicolas Diez tomo la materia de la cabras y la puso en dos cristales p a. conservarla. La cabra q e. no dio muestras de dolor, su leche fue copiosa y excelente; se repuso bien y no tubo la menor incomodidad con los granos. La muger del cabrero me informó de q e. habia hallado dos pobres q e. mediante una gratificacion dexarian inolucar sus criaturas con el fluido cabruno; Di cuenta inmed te. a los Comisionados Medicos, y a las 6 de la tarde el S or. Hernandez acompañado del cirujano Diez vinieron y me informaron de q e. el otro comisionado no podia venir p r. sus muchas ocupaciones, y q e. dho. Diez inoculo a Nicolas Sanz, con materia sacada de la Cabra, un niño de dos a 3 años de edad hijo del Nicolas e Ysidra q e. vivian en la calle del Angel en un patio q e. corresponde a la casa del molino; y a Maria (cuya madre se llama Manuela y a su marido Juan Cuitral) niña de ocho meses q e. vive en la calle de S n. La inoculacion se practicó en el brazo, y ambas madres declararon q e. sus hijos respectivos nunca habian tenido las viruelas. Fui a las nueve de la mañana a examinar las criaturas, y las halle sin la menor novedad. Las vi a las 9 de la mañana sin la menor alteracion. A las 9 de la mañana vi al niño Nicolas, y me informo su madre q e. tubo una diarrea a la noche; que provino sin duda de las habas verdes q e. le vi comer la vispera. Me apercivi a las 9 de la mañana dos postillas en ambos brazos en los parages en q e. hicieron las incisiones q e. provinieron visiblemente de haberse rascado p r. cuyo medio se destruyeron las postillas q e. se habian formado. No note cosa alguna enla niña Maria. A las 9 dela mañana vi q e. el chico Nicolas tenia una leve calentura, y me aseguro su madre q e. la tubo toda la noche: observe tambien unas manchas redondas y coloradas en su brazo, los bordes de las postillas de las incisiones estaban algo mas inflamados con bastante humedad: se vio q e. los rascaba el niño, aunq e. Se habia prevenido a la madre q e. lo evitase poniendole un justillo q e. se denudo en ponerle. Como no se veya ninguna apariencia nueva en el niña Maria, me hizo recelos q e. pudo haber pasado ya las viruelas naturales, y no me empeñe en mi idea; porq e. La cabrera me aseguro despues y aseguro tambien a los S or. Pedro Hernandez y D r. Nicolas Diez q e. el niño habia tenido realm te. Viruelas naturales, y q e. lo habia ocultado la madre p r. cobrar la gratificacion, lo que me confirmo luego la tia del cabrero y la misma madre, y se descubrio finalmente q e. no era la hija de la Manuela, sino un niño de la Ynclusa. La madre del niño Nicolas me llamo a las siete de la mañana, diciendome q e. el niño habia tenido toda la noche una fuerte calentura, y le halle con una leve calentura, y las manchas que habia observado antes crecieron y se inflamaron poniendose de un color erysipelatoso. Di cuenta a los S res. Comisionados Hernandez y Diez q e. fueron a visitarlo. A las 9 de la mañana halle en lugar de las pecas encarnadas algun grano con materia clara; y previne a la madre q e. no le dexase rascar, lo q e. avise tambien alos comisionados. A las 6 de la tarse le hallamos durmiendo en un patio de la casa, casi en cueros, y hacia bastante frio y dispertandole le hallamos sin calentura alguna; los granos q e. se rascaron se inundaron en postillas, y habiendole presentado de comer comio con apetito. A las 9 de la mañana semantenian las postillas algun tanto encarnadas sin calentura alguna. Las póstulas y las superficies encostradas estaban secas. Las postulas y las superficies encostradas desaparecieron. Continue visitando las dos criaturas dos veces a la semana hasta el 28 de Junio sin descubrir alteracion alguna, ni de haber estado enfermos ni indispuestos los niños ni sus padres. El q e. produce menos alteracion q e. las postillas vacuna, prueba incontextablemente la sencillez y benignidad de el fluido cabruno. No se ha manifestado la menor novedad en la niña Maria por haber tenido la viruela anter te.; el niño Nicolas apesar del poco cuidado q e. puso su madre, y el rigor de la estacion, pues hacia frio regular por este tiempo, andaba encueros comiendo alimentos poco sanos y no tubo sino una leve calentura desde el 5 al 7o dia en q e. se manifestaron las vexigas y postillas; no supuraron por haberse rascado y desde el 12 nose noto cosa alguna. Nota: S. M. ha dado orden p a. q e. se inoculen con el fluido cabruno; de los quales se han inoculado 40 ultim te 73.. 73 Copia de la Relación de la inoculación precticada a dos criaturas con la materia sacada de las cabras por los medicos comisionados por el Real Protomedicato desde el 26 de mayo de 1803, fechada en Madrid el 28 de julio de 1803. Y otro, de puño y letra del cirujano Nicolás Díez Canedo, sin fecha: Mui S or. Mio deseoso en complacer a Vd. en todo, y para obsequio de la Verdad paso a manifestarle la observacion q e. tengo echa en la Ynoculacion con el pus de la Cabra, en dos criaturas a quien hice la operacion apresencia de D n. Juan Joseph Heydeck y de mi Padre político el D r. Pedro Hernandez, no fue D n. Ygnacio Luzuriaga, acausa de sus ocupaciones Obserbacion de la Cabra Dia 27 de Mayo de 1803. En Compañia de los señores D n. Ygnacio María Luzuriaga, D n. Pasamos por la casa de Matias Lopez Cabrero, el q e. nos presento una Cabra con una Erupcion en las thetas y cerca de sus pezones, parecida a las Viruelas naturales quando estan en su perfecta supuracion con la diferencia q e. dichos granos cabrunos tenian mui poca areola y son mas chatos o aplanados q e. las viruelas naturales, su color es blanquecino y el pus es tambien lactinoso y bastante espeso; el q e. aun conserbo en Cristales por lo que se be es en todo diferente al fluido Bacuno. La Cabra se dejo abrir los granos y se beia no tenia indisposicion alguna con su erupcion o fogarada como llaman los cabreros; Dia 28. Apresencia de mi Padre politico, y de D n. Juan Josef Heydeck hice la Ynoculacion a dos criaturas en la misma forma y con las mismas precauciones q e. se acostumbra en la Bacunacion, haciendoles dos incisiones en cada brazo y cargando bien de pus el instrumento; Observaciones de el niño Dia 29. Le salio una flictena contigua a una de las incisiones del brazo derecho, sela rasco. Apenas se conocia señal alguna. Su Madre dijo haver estado desazonado acausa de una ligera indigestion, con algode diarrea, por la tarde le visite yo y no tenia novedad alguna, pues estava mui alegre. Lo mismo q e. el dia anterior. Se manifestaron en la circunferencia en las Yncisiones unas manchas encarnadas haviendo tenido antes alguna desazon pero por la tarde le vi yo y estava bueno y contento. No se manifesto mancha ni señal alguna estaba durmiendo en el suelo, cuasi desnudo y con buen apetito luego q e. se le disperto. Dia 6 Le visitamos mi Suegro, Heydeck y Yo y le encontramos desnudo y jugando. Los demas dias continuo sin nobedad particular; Observaciones de la niña En ninguno de los dias se noto la menor nobedad solo el 17 de Junio q e. hera el 20 de la Ynoculacion, se presento a D n. Ygnacio Luzuriaga, y ami Suegro, la que decia ser madre dela niña a la q e. la havian salido unas manchas de calor en la Cara y otras en los brazos lejos del sitio de las incisiones q e. no prendieron, y en lo restante del cuerpo tenia otras hasta en numero de ocho, en nada parecidas a los granos, ni a la Vacuna, dicha mujer queria hacer creer q e. havia tenido calentura y bómitos, pero pudo ser de otra cosa y no de la Ynoculacion; Es quanto puedo decir a Vd. sobre el particular. Con anterioridad a estos experimentos con el pus hircino, Heydeck inoculó el pus de cabras en su propia familia. Afirma que inoculó el día 8 de octubre de 1802 a una hija suya que había nacido el 18 de abril de ese mismo año con el pus q e. extrajo el mismo de las costras q e. vio enel ugre de una cabra y q e. 15 ó 20 dias despues la vacuno sin haverla prendido. Ignacio Ruiz de Luzuriaga examinó a la niña q e. tenia en el brazo señales una cicatriz como la q e. dexa la vacunacion, pero esto no probaba si la inoculacion habia sido o no de vacuna o con el pus de las cabras, ni si se habia inoculado, o se habia imitado la cicatriz semex te. A la de la inoculacion 75. De todos los experimentos realizados, las conclusiones a las que llegaron fueron rotundas. La viruela en las cabras aparece en los meses de verano. Los granos vacunos también aparecen en las tetas de las cabras, al igual que en las vacas 76. Los experimentos no determinan la validez del pus de cabras para inmunizar contra las viruelas. A finales del mes de julio de 1803, se determina la correspondencia sobre este tema en la Academia Médica, por la imposibilidad de realizar los contranálisis y la falta de niños para realizar estos experimentos con el pus de cabras. Desde 1801, los niños de la Inclusa habían sido utilizados para otros ensayos médicos y científicos 77. Los niños del Colegio de los Desamparados fue-----74 Informe realizado por Nicolás Díez Canedo y remitido a la Real Academia. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 14, doc. no823. 75 Borrador de la carta de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga dirigida a Manuel Gorgullo. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 18, doc. no 987. 76 Me fui en busca de los Médicos Comisionados, haciendoles relación de todo lo que yo habia observado y practicado. En seguido fuimos todos juntos en busca de Cabras con Viruelas, y hemos sabido de los Cabreros que efectivamente las hay algunas veces, y especialmente en Verano, con granos en las tetas iguales a las Viruelas, mas por una especie de miedo o rezelos, todos los cabreros dixeron que sus Cabras no las tenian por entonces. 77 Carta de Pedro Cevallos dirigida al Duque de Medinaceli, fechada en Madrid el 18 de octubre de 1801 Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 13, doc. no740. ron utilizados para experimentar los fluidos vacunos descubiertos en las vacas nacionales 78. La cantidad de niños utilizados en estos experimentos es muy alta 79. En el verano de 1803, las casas de beneficencia madrileñas frenan la salida de niños para que se realicen en ellos estos experimentos. Estas instituciones se sitúan al margen del Protomedicato y la Real Academia 80. Las investigaciones de Heydeck tuvieron más repercusión internacional que nacional. Mientras que en España se le niega el reconocimiento que solicita por el descubrimiento de la viruela en las cabras con fecha 10 de julio de 1803 81, sus descubrimientos fueron publicados en The Medical and Phyfical Journal no56, de primero de octubre de 1803 82. Esta publicación utiliza la información que el Dr. Guillermo Andrew había remitido a su amigo el Dr. Ricardo Dunning 83, compañero del Dr. Eduardo Jenner. En esta publicación ----78 Oficio de la Junta de Gobierno del Real Colegio de los Desamparados dirigida a Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, sin fecha. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 19, doc. no1115. 79 Lista de los vacunados en la Real Casa de los Desamparados de esta Corte, 5 f., sin fecha. Archivo de la Real Academia de la Medicina de Madrid, Fondo siglo XVIII, Legajo 21, doc. no1285. 80 Haviendose servido S.M. resolver por Real Orden de 3 del corriente, se franqueen a disposición del Real Proto-Medicato los Niños que se necesiten del Real Colegio de los Desamparados, para los ensayos de la inoculacion de las Viruelas delas Cabras. Ha acordado nombrar al Dr. D. Juan Antonio Martinez, como Ministro de él para que concurra V.m. en su compañía, y la del Dr. D. Pedro hernandez, a fin de llebar a devido efecto la expresada Real orden, dando cuenta del resultado del ensayo de dicha inoculación en inteligencia de que con esta fecha, se previene al citado Sr. Martinez, avise a V.m. el día y hora en que deban executarse los ensayos. Lo que participo a V.m. de acuerdo del mismo Real Proto-Medicato para su inteligencia. Carta de Benito Méndez por indisposición de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga dirigida a Pedro de Cevallos, fechada en Madrid el 30 de julio de 1803. 81 Se le concederá un premio y el mérito que solicita al descubridor del Pus de Cabras cuando esté acreditado con la experiencia constante y uniforme. Nota marginal en la Instancia de Juan José Heydeck dirigida a Pedro Cevallos. Considerando que V. m. ha sido uno de los apreciables miembros, que contribuieron a la Casi general adopción de la Vacuna, y el Zelo que ha manifestado para vencer por sus Escritos de V. m. y por las pruebas practicas, las preocupaciones que existieron contra este benefico discubrimiento, creo que la siguiente traducción de los manuscritos Españoles, respecto al discubrimiento, y efectos de las Viruelas de las Cabras, sera aceptable a V.m., pues manifiesta con evidencia, quanto puede el Zelo de pocos para reme-se asigna por primera vez el nombre científico a la viruela de las cabras: Viruela Hirciana 84. Después del verano de 1803 se da un vacío en el asunto del fluido hircino de Heydeck. Varios elementos lo motivan. Se elimina el Tribunal del Protomedicato. La Academia Médica no se considera responsable de los experimentos realizados... Ante este silencio administrativo, Heydeck espera y se relaciona con médicos extranjeros. Al inicio del año 1805, Heydeck retoma el tema del pus de cabras. En 26 de Enero proximo pasado se sirvio V. Ex. remitir á la Academia medica el No 56 del Diario Medico y Fisico de los Doctores Bradley, Batty y Nechden, en el que se expone el descubrimeitno de D n. Juan Joseph Heydeck sobre que la inoculacion del pus de las cabras, es de igual virtud que la de las vacas. En este Diario no se ve confirmado dicho descubrimiento, como se dice en el oficio de V. Ex. sino expuesto sencillamente, segun las aserciones de dho. Academia la q e. fue encargada de este examan, y si el q e. Tribunal del Protomedicato, poco tiempo antes de su extincion, no puede exponer su parecer sobre si los experimentos que se practicaron anteriorm te. Han correspondido á las aserciones del Autor, como ni tampoco sobre las ventajas de este fluido preservativo respecto al de las Vacas; y siendo la primavera la estacion mas propia, segun Heydeck, para q e. se manifiesten en las Cabras las erupciones q e. produce este fluido preservativo, convendra q e. V. Ex. se digne mandar q e. poniendose el Autor de acuerdo con los comisionados de la Academia proporcione desde luego las cabras a su satisfaccion, inoculando luego con el pus a los Niños de la R l. Ynclusa, haciendo luego las contrapruebas con la inoculacion variolosa, para poder graduar su virtud preservativa y las ventajas relativas con el fluido vacuno, á cuyo fin conviene prevenir al S or. Superintendente de Policia para q e. allane los obstaculos q e. suelen oponer los cabreros, y alas S ras. Directoras de la R l. Ynclusa p a. q e. franqueen los Niños pero V. Ex. determinara lo mas conv te. ---diar los males de la vida humana, y el beneficio que se puede experar de tales exemplos laudables. Carta de Guillermo Andrew dirigida a Ricardo Dunning. 84 El discubrimiento de V. m. de la Viruela Hirciana /: llamaremos la así:/ ayudará muy bien para explicar la Phisiología de los principios de la Vacuna. Carta de Ricardo Dunning dirigida a Juan Jose Hydeck. 85 Carta de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga dirigida a Pedro Cevallos, fechada en Madrid el 25 de marzo de 1805. La Corona exige una nueva serie de experimentos para reconocer la valía del descubrimiento de Heydeck. En 1805 era más difícil encontrar a alguien sin vacunar contra las viruelas naturales. Se había generalizado, en mayor o menor medida, el uso de la vacuna, y la mayoría de la población se consideraba inmunizada contra las viruelas naturales. Solamente había un grupo social considerado de riesgo: los expósitos. Estos niños eran demandados para realizar los experimentos necesarios para legitimar la bondad del pus de cabras. En el año 1805, tanto Heydeck como Ruiz de Luzuriaga afirman que la inoculación del pus de las cabras es de igual virtud que el de las vacas. Pero la realización de los experimentos no se pudo llevar a cabo por la oposición de la Junta de Damas de Honor y Mérito que controlaba la dirección de la Inclusa madrileña. Juan Josef Heydeck expuso a S. M. haber descubierto que la inoculación con el Pus de Cabras era de igual virtud que la del Pus de Vacas. Este descubrimiento se mando a informar de la Academia, la qual dixo que como no fue ella la encargada del examen sino el Protomedicato, no podia exponer su parecer sobre si los experimentos que entonces se practicaron, correspondieron o no alas aserciones del autor; pero puesto que la Primavera era la estacion mas oportuna para executarlos pasase V. E. orden alas S ras. de la Direccion dela Inclusa para que prestasen los niños y hacer la Academia los experimentos a presencia del mismo Heydeck. Se paso esta orden alas Señoras que gobiernan la Inclusa; las quales vienen exponiendo los inconvenientes que hay para hacer estos experimentos en los Niños dela Inclusa. Primero proque estos Infelices, aunque sean hijos de padres robustos, llegan ya enfermos ala Inclusa por el maltrato y poca humanidad de los q e. los conducen, y el que no perece necesita mucho tiempo para convalecer. Segundo, él que lleba algun mal heredado como sucede alos mas, si acaso los buenos alimentos y el arte mejoran su naturaleza, es despues de mucho tiempo. Por estas razones y otras que expuso a V. E. la Junta en Julio de 1803 quando se trató de hacer el mismo experimento por el Protomedicato, y no se verifico; creen las Señoras que siendo este metodo nuevo y sin datos, es sumamente expuesto el executarlo en unos individuos debiles por su constitucion fisica. En prueba de esto añaden que la Vacuna conocida y demostrada su seguridad hasta la evidencia no ha prendido en la gran parte de los Niños de la Inclusa; con que mucho menos un remedio que no esta aun conocido. Fuera de que por reales ordenes esta mandado se lleven a vacunar los Niños al Hospital General, y por consiguiente apenas hay criatura en la Inclusa que no haya recibido este beneficio. Por estas razones suplican a V. E. se sirva suspender este experimento no conocido en estos infelices hijos de la Patria. ----En una primera instancia la Corona solicita el parecer sobre el descubrimiento al Protomedicato, ante la falta de resultados; en un segundo momento, el monarca solicita informes a la Academia Médica Matritense. La Academia responde con un lacónico nosotros no nos hemos encargado de los experimentos y en consecuencia no podemos dar un dictamen. Ante esta realidad y con el paso del tiempo, después de casi tres años, el rey, el 26 de enero de 1806, exige resultados por real orden a la Academia Médica87. El Secretario de la Academia, Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, contesta con fecha 25 de marzo del mismo año explicando las dificultades que ha tenido para llevar a cabo los posibles experimentos. Al mismo tiempo, solicita que Pedro Cevallos le resuelva los inconvenientes que son de dos tipos. Por un lado, del Superintendente de Policía, que no deja entrar los rebaños en la ciudad y, por otro lado, de la Directora de la Inclusa madrileña, que no facilita los niños para poder llevar a cabo los experimentos de los que le pide parecer 88. Ante los impedimentos que pone la Junta de Damas de Honor y Mérito, que dirigen la Inclusa madrileña, Pedro Cevallos remite, con fecha 30 de marzo de 1806, una real orden por la que insta a la directora de esta institución, María del Rosario Cepeda de Gorostiza, a que permita el «uso» de los niños de la Inclusa madrileña para realizar los experimentos solicitados a la Academia Médica 89. Es muy significativa la carta con la que responde nuevamente con una negativa. Dice: La Junta de S oras. No ha podido contextar ála orden comunicada por V. E. con fecha de 30 de Marzo, a causa de no haberse celebrado sesion alguna hasta el viernes ultimo, y mandandose en ella se franqueen por la Junta á los comisionados de la Academia Médica los niños de la Real Casa de la Ynclusa para probar si el Pus de Cabras era de igual virtud que el de Vacas como lo afirmaba el Autor de este descubrimiento D. Juan Josef Heydeck; acordó la Junta expusiese á V. E. los inconvenientes que halla para que se verifique el experimento que se propone. Los niños de la Real Casa de la Ynclusa quando los entregan á este asilo de la humanidad, por el desorden, la precipitacion, y el poco cuidado con que se conducen por personas acaso desapiadadas, y mercenarias todas, llegan ya por efecto de este mal trato enfermos aunque sean de padres sanos y robustos, y el que no perece necesita mucho tiempo para convalecer de una porcion de indisposiciones que contrae en los primeros instantes de vida. El que lleva algun mal heredado como sucede con los mas, si acaso los buenos alimentos y el arte mejoran su naturaleza, es despues del mucho tiempo que necesita para reponerse; y por estas y otras razones que expuso á V. E. verbalmente la Junta en Julio de 1803. Quando se trató de hacer el mismo experimento por el Proto Medicato, no se verificó: pues siendo este metodo nuevo y sin datos que pueda asegurar la provavilidad de un resultado favorable, cree la Junta de Señoras sumamente expuesto el experimento en unos individuos que por su constitución fisica, no estan dispuestos para recibir una materia extraña que pueda llegar a corromper sus humores. Son estos de tal calidad en los niños de la Ynclusa que la Vacuna conocida y experimentada por su eficacia, y demostrada su seguridad hasta la evidencia, no ha prendido en una gran parte de ellos, desde que se ha puesto en practica a consequencia de las R s. Ordenes comunicadas á la Junta por el Capitan gral. de la Provincia, para que se conduzcan á la Sala establecida para este efecto en el Hospital Gral., que progresivamente se van llevando á fin de que reciban este beneficio; y como por este me-----R l. Inclusa que franquease los Niños para hacer estos experimentos; lo participo a V. S. de real orden para que me informe si las Directoras de ese establecimiento tienen reparo en que se hagan estos ensayos; Dios gue. a V. S. m s. an s. Borrador de la Real Orden de Carlos IV dirigida a dña. María del Rosario Cepeda de Gorostiza, presidenta de la Junta de Damas de Honor y Mérito que dirige la Inclusa madrileña, fechado en Aranjuez el 30 de marzo de 1806. 90 Para asegurarse bien de este precioso hallazgo, es preciso que se hagan todas las pruebas y contra pruebas posibles, y estas no se pueden hacer sin que V.E. mande que permitan que se inoculasen los Niños de la Real Casa de la inclusa, o parte de ellos y en Otra parte donde los haya. AHN, Estado: 2932-2, exp. no44. dio tan experimentado y sencillo se les libérta de la viruela natural, apenas subsiste en la Ynclusa criatura alguna, que deje de estar vacunada, á excepcion de algunas pocas de muy corto tiempo, como son casi todas las que entran en ella. La Junta podría añadir á este informe otras varias causas y motivos si conociese que el zelo ilustrado de V. E. necesitaba de mas datos para suspender el experimen to. Que se intenta en estos infelices hijos de la Patria; todo lo que participo á V. E. de acuerdo de la Junta, para que se sirva hacerlo presente a S. M. 91. La Inclusa no deja los niños expósitos por ser demasiado pequeños (0-8 años) o por ser de constitución muy débil como consecuencia del trato sufrido de parte de sus padres desde su nacimiento y de la mala vida que han tenido tanto dentro como fuera de la Inclusa 92. Cuando los niños superaban los ocho años se derivaban a otras instituciones en función del sexo. Si eran niñas se remitían al Colegio de la Paz y si eran niños se mandaban al Colegio de los Desamparados. A las niñas se las consideraban con menos condiciones para la realización de estos experimentos médicos; por ese motivo se opta por elegir niños varones del Colegio de los Desamparados. Hasta aquí llegan las averiguaciones que nos han proporcionado los documentos. Pero el lector se preguntará: ¿Qué pasó con el pus hircino? Al suspenderse el Protomedicato no se pudo dar el visto bueno ni el rechazo de los experimentos. Pero el proceso quedó suspendido porque era imprescindible el juicio del Protomedicato. La Guerra de la Independencia crea el vacío del poder legítimo en la Corte. En esta etapa perdemos la pista de Heydeck. En el ----91 Carta de María del Rosario Cepeda de Gorostiza dirigida a Pedro Cevallos, fechada en Madrid el 20 de abril de 1806. 92 Hice presente una R l. orden comunicada por el Exmo. Pedro Cevallos que dice asi. En 26 de Enero de este año mando el Rey, que la Academia Medica espusiese su parecer sobre si la inoculacion con el Pus de Cabras era de igual virtud que la del Pus de Vacas, como lo afirma su Autor D. Juan Josef Heydeck; y habiendo la Academia hecho presente a S. M. que para probar la virtud de este fluido y sus ventajas respecto del vacuno, convendría despues de puestos de acuerdo con el Autor los Comisionados dela Academia, prevenir a las S ras. Directoras de esa R l. Ynclusa que franqueasen los Niños para hacer estos experimentos. Lo participo a V. S. de R l. orden para que me informe si las Directoras de ese establecimiento tienen reparo en que se hagan estos ensayos. Rosario Cepeda de Gorostiza. La Junta enterada de todo acordo contextar a S. E. manifestandole los inconvenientes que encuentra para hacer un experimento de que no hay probavilidad alguna favorable en unos Individuos que por la maior parte estan debiles y mal humorados, y de que podian resultar fatales consequencias. Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. año 1814 Heydeck reclama un lugar en los Reales Estudios de San Isidro después del restablecimiento de la Orden de los Jesuitas 93. Aparece Heydeck, pero no volvemos a tener referencias sobre el pus hircino. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Heydeck propuso algo que era fácil de experimentar y difícil de verificar. Pero le faltaba el recorrido científico para aceptarlo o desestimarlo. Fue una propuesta más, rodeada del exotismo de lo raro y de lo extranjero. No convenció a la institución médica de referencia. La Real Academia de Medicina se limitó a suspender los experimentos y dejó al tiempo que generase el olvido.
Dada la capital importancia de Dedekind (1831Dedekind ( -1916) ) en la llamada refundación aritmética del siglo XIX este libro, tan claro, es una extraordinaria contribución al conocimiento directo de los hitos de la matemática contemporánea. En esta edición se recogen, de entrada, dos trabajos clásicos del matemático alemán, «Continuidad y números irracionales» de 1872, y «¿Qué son y para qué sirven los números?», de 1888, que da justificadamente el título al libro. Ambos fueron ya traducidos al inglés, en 1901, y, luego, divulgados por la benemérita Dover de Nueva York, Essay on the Theory of Numbers (1961 y ss.), eso sí sin introducción ni prólogo alguno. La publicación española toma como referencia directa las Gesammelte mathematische Werke de Dedekind (reimpresas en Nueva York, 1969); añadiendo unos «Fragmentos sobre aritmética y teoría de conjuntos», así como una selección de su correspondencia matemática, muy desveladora de la argumentación dedekindiana. Por añadidura, la introducción de José Ferreiros es amplia e ilustrativa, y tan rigurosa como su versión castellana. Por los aspectos más teóricos del libro, así completado, ahora tenemos ocasión de comprobar directamente cómo surgió el concepto de número real: en el año 1872 hubo grandes trabajos de Cantor y Weierstrass, además de Dedekind, sobresaliendo éste por su elegancia y transparencia. Por cierto que allí se introduce el término clásico de Schnitt, traducido al inglés por cut y al castellano por cortadura, voz que sin embargo remite más a 'abertura' o 'borde' que corte, y, por tanto, menos nítido que este concepto esencialmente separador de los números reales. El artículo más tardío sobre los números es revelador de cómo establece un vínculo entre éstos, considerados como ordinales, y su teoría de conjuntos, en la que además brilla especialmente la fructífera idea de aplicación. En suma, el libro, que se abre buscando una «fundamentación puramente aritmética y totalmente científica de los principios del cálculo infinitesimal», logra elaborar un magma teórico que cualquier estudioso de la matemática (incluyendo al de la antigua), debe tener en cuenta para conocer las raíces y las recurrencias de esta disciplina. fragmentos de capítulos) de la obra de Aecio que una parte de la tradición manuscrita atribuye a Arquígenes; d) capítulos de la Epitome medica de Pablo de Egina intercalados en la obra de Aecio y que el codex Vaticanus Palat. graec. El cuarto capítulo trata sobre las fuentes de Arquígenes y la relación de su obra con la literatura médica anterior (pp. 229-368). E. Mavroudís, que también aquí ofrece numerosos testimonios desconocidos hasta la fecha, explica en primer lugar los obstáculos de una investigación de este tipo: transmisión fragmentaria de la obra de Arquígenes, límites imprecisos de los fragmentos citados por médicos posteriores, falta de criterios estilísticos, desconocimiento de la época precisa en que ejercieron la mayoría de los médicos mencionados por Arquígenes, problemas de homonimia, falta de ediciones críticas de textos médicos, etc. A continuación, establece la siguiente clasificación: 1o. Médicos que constituyen una fuente genuina de nuestro autor; 2o. Médicos asociados por Arquígenes a un medicamento (tanto si son mencionados expresamente por su nombre como si no); 3o. Médicos cuyos nombres aparecen vinculados al de Arquígenes en autores posteriores (por ejemplo, en Galeno). Los tres apéndices llevan los siguientes títulos: I. Escritos atribuidos a Arquígenes por médicos árabes (págs. 371-380); II. Escritos atribuidos erróneamente a Arquígenes por investigadores modernos (págs. 381-386); III. Escritores antiguos tomados erróneamente por fuentes de. Aparte de Hipócrates y de Galeno, son muy pocos los médicos de la Antigüedad sobre los que existe una monografía tan exhaustiva y rigurosa como ésta. El libro del profesor E. Mavroudís no debe pasar desapercibido a quien se interese por la historia de la medicina antigua. José Simón Palmer FERNANDO COLINA, El saber delirante, Madrid, Síntesis, 2001, 158 pp. Este libro tan breve y atractivo, como claro y lleno de rigor, atrapará a cualquier lector mínimamente curioso; se verá éste recompensado por una obra sutil que, sólo en principio, consta de veinte respuestas a veinte preguntas y un esclarecedor prólogo-ensayo. Pues con sus dispares teselas, que no suelen llegar a las diez páginas, Fernando Colina logra configurar una pieza maestra gracias a su estrategia general, a la densidad nada ostentosa de cada argumentación y a su ir a la raíz de las cosas: al saber y al delirio juntos -lo propio de un saber delirante-. Aunque también por separado, ya que se aparta una y otra vez del círculo psiquiátrico o, mejor, incluye ese círculo en otro más vasto, el interpretativo, al que fecunda de paso; y ello aunque sólo aluda al circuito hermenéutico mediante su buceo muy concreto, teórico pero también práctico, en nuestra escisión. El saber delirante es el resultado de una experiencia cumplida y abierta por parte de su autor; por tanto, es efecto de la lenta limpieza, acaso dolorosa, de cortezas o adherencias teóricas, personales o profesionales, hasta llegar en lo posible a la fibra de las cosas. Es decir, este trabajo -pues es resultado ante todo de una tarea prolongadatiene una historia: da réplica al devenir de la psiquiatría de los últimos veinticinco años (en los que el progreso «ha sido jurídico y social antes que teórico y clínico», nos dice) y asimismo corresponde a la cronología intelectual de alguien muy atento a la trayectoria de la cultura más reciente. Poco tiene que ver El saber delirante con la forma de su primer libro, Cinismo, discreción y desconfianza (1991), algo más con sus Escritos psicóticos (1996), sobre todo con los más recientes de ellos. Sin embargo, nada de lo que exponía por entonces es ajeno a lo que ahora leemos, si bien la transparencia de este nuevo escrito (menos arisco y, en el fondo, menos desesperadamente afirmador que antes) significa una mirada más fluida y vacilante, menos oculta y desconcertante que en los anteriores. Repasemos ejemplos fundamentales de su temática. En la parte sobre la división, de su libro de 1991, dedica unas páginas a la «perspicacia del cuerpo», y el autor glosa, en suma, la idea nietzscheana de que «grande es tu cuerpo y la magna razón, que no dicen pero que obran como yo». De la mano siempre ahí de Nietzsche, se adentra en ese cuerpo que habla y que le sirve para anular, por ende, el dualismo físico-psíquico. Por otro lado, en sus textos recopilados en 1996 nos habla Colina de que el psicótico tiene la «potestad, entre otras, de arrastrarnos a un cara a cara con la contradicción,... contradicción en carne viva», así que en todo ese deambular suyo con el loco revisa las fronteras de la psicopatología, resalta el borde que existe entre especulación y delirio, gira en torno a la máscara ocultadora -pero no oculta-del desvarío o a su oscuridad esencial, así como a las paradojas de una historia no histórica de la locura, y se adentra, por añadidura, en el vasto territorio de la tristeza cuyo vínculo secular con la locura ha venido, a su juicio, atenuándose. En El saber delirante -que sigue siendo un deseo de estar a la altura del psicótico-se concentra más ordenadamente en los problemas de la división sin agobiarnos nunca. Por supuesto que su disposición, en apariencia férrea, es más bien un mecanismo de ataque y defensa: una gradación de preguntas deja menos resquicios a la gélida inmunidad de la psicofarmacología. Por el contrario -y considerando que la tristeza y la escisión no se alojan en una esfera neutra-, la palabra puede, así, correr de nuevo fuera de los surcos menos atractivos del presente, sin olvidar sus respuestas posibles a todos los flancos y sin ocultarnos ciertos montículos desde donde él avizora la división mental. Nada mejor que enumerarlos. El saber delirante se abre, tras la introducción, con el problema de las lindes -la posible definición, clasificación y fronteras del delirio-, que pone en evidencia el caos de nuestro lenguaje, ordinario o no, sobre la locura. Le siguen dos extremos clave -el lenguaje y la angustia-, que en absoluto se reducen a instrumento el uno y a objeto la otra. Este polo inestable es el frente que le permite iniciar su verdadero recorrido con el automatismo mental y con lo que denomina, felizmente, el automatismo carnal, en el sentido antes aludido. Tras hablar del problema tan confuso de la alucinación, se centra ya en el delirio. Aborda su trasfondo lógico, su racionalidad acomodada a necesidades nuevas, por ejemplo la de no abandonar de buen grado los síntomas que la evidencian. Por otro lado, mientras que el trasfondo delirante de la 'normalidad' hace discretas apariciones, la idea de lengua universal, tan lógica en apariencia, surge incluso como el paraíso que podría acogerle. Asimismo destaca la dificultad para mentir propia del psicótico, pues él «está atiborrado de verdad» -su verdad «proclama que el infierno que le abate proviene de unos antecedentes igualmente infernales»-, ha de captarse analizando la posible identificación del delirante con su propio producto tan verdadero. Su trato con el delirio, viene a decir Colina, condiciona nuestro trato con él. Un paso más lejos en esta línea supone la cuestión sobre el escondimiento del delirio, uno de los aspectos más abordados por Colina en sus trabajos, con lo cual desemboca en un plano esencial, que es el del origen -las condiciones de posibilidad-del delirio: pues todo arranca de un poco deconocido, pero nuca olvidable, saber de la oscuridad. De ahí, como nos sugiere, las ideas de eternidad y del instante que le rondan especialmente al delirante, de ahí su exigente compulsión a escribir, acaso para ausentarse, de ahí su enredo a la vez que satisfacción con el poderío así como el acoso por parte de la culpa que él experimenta. Colina finaliza su zigzag en el saber delirante hablando (escribiendo) sobre la exclusión que origina la locura, como un raro modo de amor y de amistad en suspenso, solitario y absorbente (pues sucede que «el delirante es un loco de la memoria»). A modo de epílogo, el libro se cierra, o más bien se abre, con la idea de «asesinato del alma» que, según el autor, sería un delito específico de la modernidad. Toda su interpretación nos remite a tres cuestiones teóricas con las que se abre El saber delirante -síntoma, lenguaje, historia-y dada la imposibilidad de repetir su ritmo y su tipo de análisis, las formularemos en paralelo y con pocas palabras. Sobre el síntoma en general, sólo apelaremos aquí a la contienda, esto es, a la exigencia imperiosa de hacer frente a otra persona, si no queremos renunciar a lo que en verdad merece la pena: a «los contenidos medulares de la disciplina» que permiten escuchar al delirante. Pero como no basta con mirarnos fijamente y como, además, nuestra ocupación fundamental, al parecer, es la de hablar, todo nos remite a estar en el lenguaje para ser capaces de hablarle y, acaso, de entenderle. Ahora bien, la consciencia lingüística se desarrolla tanto con el síntoma (que revelaría, a la vez, «carencia e intensidad», según Colina) y ante el síntoma: lo primero nos confronta siempre con una exigencia imperiosa de saturación, y lo segundo con un aplazamiento constante de la legibilidad. Por un lado, pues, el hablar significa soportar lo dicho por alguien dentro de uno mismo pero que se halla tan fuera de uno mismo como una voz externa; por otro, el arte de comprender -el nuestro, el de él-está relacionado con lo incomprensible y también con la comprensión de todo lo que en nuestra economía mental hay de desconcertante. En fin, a la significativa cita nietzscheana que recoge Colina -«el rasgo más carcterístico del hombre moderno es el singular contraste entre un interior al que no corresponde ningún exterior y un exterior al que no corresponde ningún interior»-podemos añadir otra, de La Gaya Ciencia, que nos permite situar sus referencias a la historia, a la vez familiares y extrañas, así como comprender esa referencia al asesinato del alma tan propio de lo moderno. Nietzsche hablaba allí de la buena voluntad de la apariencia, y añadía que este giro significa que «la historia es un depósito de apariencias que no sólo no violenta lo que se llamaría genuina esencia de la individualidad sino que la constituye». Consultando, a la par, las páginas de esa gran figura desgarrada del pensamiento, encajan a la perfección los meandros de El saber delirante, pues delirio y quiebro verbal, lógica extrema y valor del instante, poder y eternidad, se enlazan en la obra nietzscheana como la palabra origen (tan bien abordada por Colina), o como sus instrucciones para evitar el abuso de la historia. Pero nada hay de embeleso hacia sus ideas consagradas, por ejemplo ante la de eterno retorno, que tanta inquietud suscita; pues Colina recuerda que la repetición tiene en el delirante también un rostro siniestro: «la monotonía, la falta de proyectos, la reiteración, la animalidad, la reclusión en lo inerte y vegetativo, la separación de la historia, la fijación o la simbiosis con las cosas o los seres». Y es que Nietzsche no explica este libro, desde luego. Aunque figure en su portada, también podría haber aparecido Artaud o quizá cualquier anónimo schreberiano, por no incluir a los posibles delirantes: todos nosotros, los llamados humanos. Es indudable que el establecimiento de la teoría darwinista como la explicación del devenir evolutivo de los organismos, trajo consigo un debate en la comunidad naturalista a fines del siglo XIX y principios del XX que concluyó con el establecimiento de la síntesis evolutiva en la década de los 40, abriendo el campo a nuevos derroteros de investigación. Fue la misma capacidad explicativa de la teoría de la selección natural lo que posibilitó su penetración en un tópico clave: la definición de lo humano y de la humanidad, que ahora podía explicarse por causas naturales y encontrarse inmersa en la perspectiva de la transformación biológica, chocando con la visión creacionista y antropocéntrica tradicional, y, por ende, generando amplias repercusiones en los ámbitos social y cultural. Particularmente en Iberoamérica, la importancia de estos debates ha moldeado a las comunidades de naturalistas locales; además de influir tanto en los sectores ilustrados de la sociedad como también en la percepción que el común de los habitantes tiene sobre la teoría evolutiva. Estos temas de estudio lentamente han ganado terreno entre los estudiosos de la historia de la ciencia en la región, como lo ha demostrado, por señalar un ejemplo reciente, la realización en 1998 y en el 2001 de los simposios auspiciados principalmente por el CSIC (España) y la UNAM (México) cuyo tema central ha sido la recepción y el desarrollo de la teoría darwinista entre los países iberoamericanos (T.F. Glick, R. Ruiz y M.A. Puig (eds.), El Darwinismo en España e Iberoamérica, México, UNAM-CSIC-Doce Calles, 1999). Sin embargo, esta veta de trabajo se encuentra lejos de agotarse, ya que aun faltan por desarrollar los estudios en varios países del área, para construir una imagen comparativa sobre el desenvolvimiento de esta teoría, tanto en la esfera social como en la científica, en sociedades que comparten de forma mayoritaria el idioma, además de sus antecedentes histórico-culturales. En esta perspectiva, una importante adición a nuestro conocimiento lo constituye el libro de Molina Jiménez, donde se revisa el caso sucedido en la ciudad de Heredia, Costa Rica, a principios del siglo XX. Hasta donde se conoce en el género del darwinismo iberoamericano, este es el primer estudio que se conoce sobre este país. El libro se estructura en 10 capítulos escritos de forma directa; adicionalmente se proporciona una cronología detallada de los acontecimientos, que abarca desde 1904 hasta 1909, fecha en la que para efectos prácticos se considera concluido el episodio. En la bibliografía, además de los libros originales de la época, se indican otras fuentes primarias en las que se basó el trabajo, que incluyen opúsculos y periódicos de la época, ya que particularmente estos últimos jugaron un papel fundamental como tribunas de difusión de los planteamientos expuestos por los actores del conflicto. Finalmente, se encuentra un anexo con fragmentos de algunas obras, relatos o poemas, que hacen referencia al tema que se analiza. Como puntos extremos de la discusión en este último terreno destacan los textos titulados: Profecía de Lázaro y A Carlos Darwin, ya que sus contenidos se dirigen en contra de los personajes a que se hace referencia en el título. En el libro se describe el conflicto local que se genera en el Liceo de Hereda, al denunciarse por algunos alumnos, maestros e integrantes de la jerarquía católica que se imparte darwinismo en ese centro. Sin embargo esta enseñanza al parecer era un tanto ingenua, como se puede observar en el testimonio de una alumna que asistió a la clase donde se hizo referencia a la teoría en dicho colegio: «que el señor Orozco manifestó además, que el hombre de los tiempos primitivos estaba cubierto de vello y al decirle un alumno que él no creía en esas cosas dijo: que el que quiera creer que creyera y que si la humanidad no estuviera vestida podría convencerse de lo que exponía» (p.29). La respuesta obtenida es una serie de cartas y escritos en la prensa local, que desembocan en un proceso judicial, siendo este el mecanismo que dispara una confrontación que llega a tener alcances nacionales. El análisis que se desarrolla permite observar las tramas ideológicas y culturales que influyen en el curso del conflicto, entre las que se encuentran: el debate sobre una educación con influencia laica o religiosa; la moral que postula cada bando y su practica real; la lucha entre masonería y cristianismo; las relaciones entre prensa y sociedad; la lucha por acrecentar el prestigio individual, vinculado a proyectos culturales que busca ganar el apoyo de sectores de la sociedad costarricense. En esta perspectiva, el libro no aborda en forma directa el impacto que este debate pudo haber tenido entre la comunidad científica de la época, cuya composición e influencia nos es prácticamente desconocida, aunque es muy probable que fuese similar a la de otros países latinoamericanos, compuesta de médicos, abogados y profesores, con cierto interés por recopilar la información naturalista. Mas el libro solo nos deja entrever que circulaban entre ellos algunos textos de factura reciente, como se puede inferir a partir de la mención aislada de un texto de Weismann. Seria deseable que en el futuro se contara con un estudio particular sobre la comunidad naturalista costarricense. Pero si bien todos estos elementos se observan claramente, el tema principal corre a través de la educación y la fuerte diputa que existe para dominarla entre los bandos católicos y liberal. Los primeros buscan recuperar el terreno perdido durante la promulgación de las leyes anticlericales y de la reforma escolar, entre 1880 y 1890. En este sentido, el tema puede verse a través de la tesis que ha sustentado en varios de sus trabajos uno de los principales historiadores del darwinismo, Peter Bowler (Life's splendid drama. Evolutionary biology and the reconstruction of life's ancestry (1860-1940), Chicago, University Press, 1996), quien ha señalado que la difusión del darwinismo por parte de los círculos liberales, era más una herramienta de lucha en contra del sistema conservador que un genuino compromiso por comprender y apoyar la teoría evolutiva con todas sus implicaciones biológicas. El caso de Heredia confirma claramente que, en los países iberoamericanos, el debate sobre el darwinismo se convirtió en una arena más de la disputa ideológica, política y que su reivindicación es un componente más del proyecto cultural de los círculos gobernantes. Además, en este caso, Jiménez nos explica los tres elementos particulares que sustentan la férrea defensa del Liceo de Heredia y de su enseñanza por parte de los círculos liberales. El primero estaba directamente relacionada con la inserción institucional exitosa que había tenido su director Brenes Mesén, y en la que se sentían representados. El segundo es que veían como una amenaza a sus expectativas laborales y económicas la actitud de la iglesia católica por recuperar sus espacios en el aparato escolar, mientras que el tercero, y derivado del anterior, es que una mayor influencia de la iglesia limitaba su posibilidad de promover un proyecto que, según ellos, salvara y redimiera a la nación mediante la erradicación de la ignorancia popular. Estas acciones, también eran aprovechadas por algunos sectores para insistir en el regreso de la educación religiosa, argumentando daños morales en los menores y en la familia. Así, encontramos en el texto el testimonio de un padre que se siente agraviado por la difusión de la teoría evolutiva, atribuyéndole un posible distanciamiento intrafamiliar al diversificarse las ideas sobre la religión: «era probable que en el Colegio se había hablado sobre la teoría de Darwin, pues sus hijos Filiberto y Nilo, el primero que estuvo en el Colegio y el segundo que está aún en el cuarto año, le sostenían tal doctrina, habiendo tenido con ellos algunas discusiones á este respecto, tratando de hacerlos desistir de su creencia » (p.193) Visto desde la perspectiva iberoamericana, el tema abordado por Molina Jiménez no queda reducido a un mero episodio local, esta escaramuza del darwinismo tiene muchas similitudes con lo que ha sucedido en otros países de la región, pero también preserva su vigencia como un episodio del que todavía se pueden sacar lecciones para la actualidad. Baste recordar que todavía en 1999 el Departamento de Educación en Kansas, Estados Unidos, estableció un acuerdo para limitar la enseñanza de la teoría de la evolución en los salones de clase de su localidad y pretender que se incluyeran otras visiones acerca de la evolución, que estaban ligadas a diversas concepciones creacionistas, incluida la religiosa. Dicho acuerdo debió ser revocado dado el fuerte reclamo de las principales instituciones científicas de esa nación, asi como al debate social que generó dentro y fuera de sus fronteras; aunque tampoco puede descartarse que el tema se estaba convirtiendo en un factor que comenzó a influir en las campañas presidenciales que se desarrollaban en ese momentos y para el que los candidatos no tenían o no querían expresar todavía su opinión. La teoría darwinista es una de las pocas que ha sobrevivido desde mediados del siglo XIX y que se mantiene en pleno dinamismo, para ello ha debido estar en prueba continua, alimentándose y ajustándose a la producción de nuevos conocimientos, pero también ampliando su poder explicativo sobre los fenómenos de la naturaleza. Tal vez sean estos elementos los que causen mayor sopresa entre sus detractores. Pero también lo es que, a nivel social y cultural, continuamente nos recuerda nuestro origen animal, aspecto que no siempre será plenamente aceptado, convirtiéndolo de manera periódica en un tema sensible y actual. Bajo los auspicios del Centro para la Historia de la Universidad de Padua, se edita en dos volúmenes un cuidado facsímil del Fasiculo de Medicina in Volgare y un amplio estudio sobre esta obra realizado por la profesora de la Universidad de «La Sapienza» (Roma), Tiziana Pesenti. El Fasiculo de Medicina in Volgare fue editado por Giovanni y Gregorio De Gregori en 1494 y ha sido considerado una de las obras más bellas producidas en las prensas del Quattrocento veneciano. La obra es una traducción al italiano que amplía lo contenido en la editio princeps de 1491 de una compilación en latín que bajo el nombre de Fasciculus medicine, incluía distintos tratados médicos breves acompañados de ilustraciones. Karl Sudhoff que ya había popularizado la llamada Fünfbilderserie, como representación mnemotécnica y esquemática del hombre óseo, muscular, venoso, arterial y nervioso, había localizado en numerosos manuscritos otra serie, también de cinco figuras, que representaban no ya anatomía, sino patología. Esta serie, acompañada de un diagrama sobre las orinas, constituyó el núcleo de lo que la imprenta popularizó como Fasciculus medicinae. El estudio de Sudhoff sirvió como introducción a la edición facsimilar del Fasciculus realizada en 1923 como volumen que inauguraba la colección Monumenta Medica dirigida por Henry E. Sigerist. A este volumen, le siguió la edición facsimilar del Fasiculo de Medicina in Volgare de 1494 con una amplia introducción de Charles Singer. Con estos dos prestigiosos antecedentes, Tiziana Pesenti se acerca no sólo a la tradición manuscrita propia de la compilación atribuida a Iohannes Ketham o a Pietro da Montagna, según distintas tradiciones textuales e historiográficas, sino que traza con detalle la historia individual de cada uno de sus componentes. El estudio de la tradición manuscrita de textos e imágenes, es ilustrado por un manuscrito de origen alemán, no tenido en cuenta por Sudhoff, el manuscrito de la Biblioteca Vaticana, Vat. El primer tratadito que analiza Pesenti, está esquematizado en la figura del «uomo delle malattie». Se trata de un listado de enfermedades con una pequeña descripción. La figura del «hombre de las enfermedades» tendría escritas en distintas partes de su cuerpo las distintas enfermedades que por orden alfabético recoge el texto, desde la alopecia al vértigo. El segundo tratado se ilustra con una herramienta diagnóstica muy útil, una carta de orinas dispuestas cromáticamente en sentido circular del blanco al negro. El tercer componente del compendio es un tratado sobre las enfermedades de las mujeres y es ilustrado con una mujer embarazada que, a diferencia del «hombre de las enfermedades», muestra sus órganos internos. El cuarto tratado que conforma el compendio, es un breve escrito sobre la práctica de la flebotomía. Escrito que relaciona, como era canónico, enfermedad, lugar del cuerpo donde practicar la incisión, estación del año, día del mes lunar y hora del día, lo que tiene expresión en la figura que ilustra el texto. En ocasiones, la ilustración del «uomo dei salassi» se combina, acompaña o es sustituida por otra figura y un pequeño texto explicativo, que representa al hombre zodiacal, útil como recordatorio de los momentos más apropiados para la flebotomía o para el uso de purgantes. La última imagen que aparece en el Vat. Pal 1325, es la de un hombre atravesado por todo tipo de armas y objetos puntiagudos y cortantes, se trata del «uomo delle ferite» que se acompaña de una serie de recomendaciones de carácter quirúrgico. La cuidadosa reproducción que se incluye en esta edición (p. 28 tablas I-VI) permite disfrutar del detalle y color de las distintas imágenes. Esta combinación de los seis textos y seis ilustraciones no fue muy frecuente encontrarla completa en la tradición manuscrita. Cada uno de estos pequeños tratados tuvo una vida propia independiente, siempre sin título y sin adscripción a un autor. Fue en la editio princeps de 1491 donde encontramos reunido el conjunto bajo la autoría de Iohannes de Ketham. Tiziana Pesenti revisa esta adscripción y concluye que muy probablemente Ketham no sea el autor, sino el propietario del manuscrito, hoy perdido, que sirvió de base al incunable. La discusión sobre la atribución de la autoría a Pietro da Montagnana es analizada extensamente en la tercera parte del estudio presentando una conmovedora historia de persistencia secular, en la historiografía italiana, de un personaje inventado. Aunque es muy interesante el recorrido por los distintos vericuetos historiográficos que debaten la autoría, más lo va a ser el análisis que presenta Pesenti sobre la labor de Giorgio dal Montferrato, médico, responsable de la revisión crítica del texto impreso. La labor de Montferrato va a tener que ver, no sólo con un trabajo de corrección filológico sino, fundamentalmente, con un trabajo de transformación del manuscrito original en un producto nuevo diseñado para un público concreto. La colección de escritos y figuras que tenían un claro acento práctico en la tradición manuscrita, va a ser dotada, gracias a la labor de Montferrato, de un aparato crítico, que a través de la minuciosa reconstrucción de citas y autoridades va a permitir que la colección sea reconocida como propia por el público universitario, potencial mercado de esta aventura editorial. Pesenti sugiere de una manera muy convincente, que este ejercicio de metamorfosis, mediado por Montferrato entre el manuscrito y el Fasciculus, va a ser responsable también de los pequeños cambios que aparecen en las figuras de la mujer grávida y la rueda de orinas que son corregidas desde dos textos universitarios, la Anathomia de Mondino y uno de los componentes de la Articella, el De Urinis. La tradición manuscrita así modificada se complementa, por razones de economía editorial, en la edición de 1491 con un pequeño tratado sobre la peste: el Consilium pro peste evitanda de Pietro da Tossignano y juntos conforman el Fasciculus Medicine que imprimieron en Venecia los hermanos De Gregori como parte del nuevo rumbo comercial que estaba tomando su empresa. A la luz de las más recientes investigaciones sobre el negocio del manuscrito y el libro impreso, Pesenti enmarca de una manera muy atractiva el significado empresarial de la producción del Fasciculus. Tres años después de la editio princeps de 1491, los hermanos De Gregori editan la traducción italiana, encargada a Sebastiano Manilio, de esta colección. ¿Por qué traducirla al italiano? Con esta pregunta, abre Tiziana Pesenti la tercera parte de su estudio que entra de lleno en una de las temáticas que mayor actualidad tiene en los estudios de la ciencia y de la medicina medievales. Las nuevas investigaciones sobre las relaciones de los tratados médicos medievales con su público, el papel del paciente como consumidor y agente de conocimientos y prácticas médicas, la compleja relación entre las lenguas vernáculas y el latín, entre el mercado de manuscritos y la producción y comercio de impresos y, en general, los trabajos sobre la enseñanza y difusión de la medicina dentro y fuera de las universidades, proporcionan un marco teórico refrescante al análisis que ofrece Pesenti sobre el Fasiculo de Medicina in Volgare de 1494. El contenido del Fasiculo se separa el original latino. El orden de los tratados varía, se incluye un listado de treinta y siete recetas que acompaña al hombre de las heridas, y acaba la colección con una breve referencia a simples tomados del pseudo-Alberto Liber aggregationis. Mayores diferencias encontramos en la iconografía. Además de cambios en las figuras estándar de la edición de 1491, se incluyen tres nuevas figuras que ya no son esquemas demostrativos, sino que reproducen con el mayor naturalismo escenas de la docencia y práctica médicas: Petrus de Montagnana, una consulta de uroscopia y la visita al enfermo de peste. Pero, quizás, lo más sorprendente y lo que realmente modifica la naturaleza de todo el conjunto y convierte a la edición en vernácula en algo distinto a la edición latina, es el hecho de que el compendio incorpore una traducción italiana de la Anathomia de Mondino. Esta traducción viene ilustrada con una cuidada escena anatómica, coloreada en algunos ejemplares, que reproduce el procedimiento fijado en 1465 por los estatutos de la universidad de Padua para llevar a cabo la disección anual. Hay una estudiada continuidad entre esta ilustración y las tres nuevas xilografías incluidas en el Fasiculo y Tiziana Pesenti detecta de una manera muy inteligente, el discurso figurativo unitario que las envuelve y que tiene como tema central la imagen del médico. El estudio acaba con una breve historia de las sucesivas ediciones de esta colección y su traducción a otras lenguas -es particularmente interesante su fortuna en las prensas castellanas-y con una invitación a seguir indagando sobre el público que anheló poseer y disfrutó de este «bel libro illustrato» desde el siglo XV. La belleza del facsímil unida al penetrante análisis que realiza Tiziana Pesenti desde la pasión más absoluta por los manuscritos y los libros de las prensas renacentistas, hacen de estos dos volúmenes una obra de disfrute y lectura muy recomendable. Fernando Salmón ANTONIO PIÑERO (ed.), En la frontera de lo imposible. Magos, médicos y taumaturgos en el Mediterráneo antiguo en tiempos del Nuevo Testamento, Córdoba, El Almendro, 2001, 348 pp. Siempre se ha dicho que los conceptos de magia, milagro y medicina estaban profundamente ligados en las sociedades del mundo antiguo. Y parece que así fue. Desde Epidauro hasta Lourdes, nos temblaría bastante la mano si intentásemos trazar con el dedo una frontera definida que delimitase, sin zonas de penumbra, el terreno que es propio a cada uno de estos tres procedimientos de curación. En los orígenes de la medicina mediterránea, los templos de Asclepio son, quizá, el referente más aducido para ejemplificar tal amalgama de intenciones terapéuticas. Ciertamente no es el único: en los textos de la tradición bíblica es posible detectar situaciones de enfermedad que se afrontan en un contexto religioso o a las que se añade a veces cierto componente mágico. En cualquier caso, la dificultad que experimentamos ante un relato de curación prodigiosa para deslindar la actividad médica de su componente milagroso o mágico, no puede ser nunca una disculpa para desistir de un estudio más profundo. Fruto de un curso de verano de la Universidad Complutense en Almería, En la frontera de lo imposible es la crónica de un esfuerzo colectivo y decidido por desentrañar un tema complejo en el ámbito, también complejo, del cristianismo naciente. La tarea pasa necesariamente por definir de modo preciso qué entendemos por magia, por milagro y por medicina y, lo que resulta aún más difícil, aclarar el verdadero sentido de estos términos en las sociedades del Mediterráneo antiguo. El capítulo inicial, a cargo de Jesús Luis Cunchillos, bien merece una lectura sosegada. Ser experto en lengua y literatura cananeas en un país como el nuestro, de tan escasa tradición orientalista, es ya un mérito innegable. Con generosidad de ejemplos documentales, el profesor Cunchillos repasa los referentes mágicos y médicos que recogen las tablillas de Ugarit, analiza la influencia de la cultura cananea (o semítica noroccidental, si somos precisos) en la tradición hebrea de la que luego surgirá el cristianismo y nos proporciona con ello las claves originales y originarias para abordar el problema con suficiente perspectiva histórica. No en vano, nuestra propia cultura hispánica es doblemente fenicia: primero porque desde el siglo VIII a. C. no somos más que una prolongación occidental (comercial y costera) del mundo cananeo y, en segundo lugar, porque la tradición bíblica que recibimos con el cristianismo está llena de esencias y herencias cananeas. Aunque la antigua legislación de Israel prohíbe expresamente la magia, son numerosas las referencias veterotestamentarias en las que aparecen elementos, actos o rituales de tipo mágico. Antonio Piñero, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y editor de este trabajo colectivo, las analiza y trata de explicar su particular desarrollo ulterior con respecto a otras religiones vecinas del Medio Oriente. Los aspectos médicos del Antiguo Testamento los aborda el profesor Robert North, del Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Repasa para ello algunas de las entidades nosológicas más comunes en la literatura bíblica, los remedios para afrontarlas y el papel del médico en la antigua sociedad hebrea, engrandecido por la imagen de un dios, Yahvé, que se presenta también a sí mismo como el médico o el sanador de su pueblo. La mentalidad helenística es la vía cultural de interpretación por la que nos ha llegado el cristianismo. Luis Gil disecciona hasta donde es posible los intrincados conceptos de magia, medicina y religión en el mundo griego, analizando sus múltiples conexiones y poniendo de manifiesto también sus divergencias más evidentes. Después de leer este trabajo, el clásico esquema evolutivo de Taylor y Frazer, al que solemos recurrir con fines didácticos, nos parecerá ahora excesivamente simplista. Carmen Padilla, de la Universidad de Córdoba, nos acerca a la personalidad histórica de Apolonio de Tiana, filósofo neopitagórico y predicador ambulante, una figura controvertida que conocemos por los escritos de Filóstrato de Lemnos y en el que la condición de mago, médico y taumaturgo se conjugan de forma inextricable en su actividad sanadora. El estudio de Jesús Peláez sobre la historicidad de los milagros de Jesús de Nazaret toma como referencia los denominados Evangelios sinópticos (los de Mateo, Marcos y Lucas). Incluye un recorrido por el concepto y el sentido del término milagro, primero en el pensamiento teológico más fideísta de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y luego en el más racionalista y actual de R. Bultmann. A la luz de la medicina popular, Luis Gil completa esta visión de las curaciones milagrosas del Nuevo Testamento, acercándonos a algunas patologías como la lepra, la ceguera o la fiebre y a la concepción que de ellas se tenía en la Palestina fuertemente helenizada de la época. Tanto el lector creyente como el no creyente encontrarán en estos dos capítulos claves interesantes para la interpretación de unos textos donde lo alegórico, lo simbólico y la intención apologética tienen su particular peso específico. Howard Clarck Kee, profesor de la Universidad de Pensilvania y conocido autor de la obra Medicine, miracle and magic in New Testament times (Cambridge University Press, 1986), valora en su justa medida el aparente trasfondo mágico que parece persistir en algunos pasajes del Nuevo Testamento, particularmente en los Hechos de los Apóstoles. Comparado con otros textos grecorromanos de la época y con el Sepher-ha Razim (El libro de los misterios), el Nuevo Testamento revela formas de religiosidad más evolucionadas, donde la curación milagrosa no es más que un símbolo secundario de una curación más radical operada en el espíritu del hombre y donde la divinidad no se deja manipular mágicamente para atender fines privados. Por su parte, Ángeles Navarro analiza también los conceptos de magia, medicina y milagro en el Talmud, los textos normativos del judaísmo postbíblico. Aunque la medicina talmúdica quedó bastante ensombrecida por el brillo de la autoridad de Galeno, la autora documenta con numerosos ejemplos la persistencia de elementos mágicos y milagrosos en la literatura y la sociedad del judaísmo postbíblico de los siglos II al V. Por último, François Bovon, profesor en Harvard y conocido experto en apócrifos neotestamentarios, le sigue el rastro a las curaciones milagrosas de los Hechos apócrifos de los Apóstoles, donde el elemento mágico sí se muestra mucho más presente que en las versiones canónicas de este mismo texto. Un apéndice a cargo de Gustavo Bueno sobre los aspectos filosóficos de la terminología y unas oportunas palabras de Antonio Piñero a modo de reflexión final, cierran el libro. En la frontera de lo imposible reúne, a mi juicio, tres motivos de interés, que hacen triplemente provechosa su lectura. La erudición que destilan sus páginas y los curiosos textos documentales que la acompañan son sólo dos de ellos. El tercero está escrito entre líneas y es una lección de honestidad científica al afrontar cuestiones que, por formar parte de nuestra propia cultura religiosa, corren el riesgo de tratarse desde posturas falsamente apologéticas o abiertamente demagógicas. Sólo un esfuerzo colectivo como éste garantiza la perspectiva necesaria para aportar alguna luz de novedad sobre un tema tan antiguo. Juan V. Fernández de la Gala JOSÉ IGNACIO BLANCO PÉREZ, Humanistas médicos en el Renacimiento vallisoletano, Burgos, Universidad de Burgos, 1999, 232 pp. La presente monografía, salida de la Tesis Doctoral del autor, constituye una nueva y rica aportación al panorama del humanismo médico que animó las universidades hispanas del Renacimiento. La obra se suma, de esta forma, a los magníficos textos que en su día publicaron las profesoras Martín Ferreira y Pérez Ibáñez sobre el humanismo médico en las Universidades de Alcalá y Salamanca, respectivamente, así como a la Tesis Doctoral -que me consta se publicará en breve-de la profesora Santamaría Hernández sobre idéntico fenómeno en la Universidad de Valencia. Con todos estos trabajos, pues, tenemos ya un panorama completo de lo que fue ese rico movimiento cultural y educativo europeo en España, que permitirá valorar en sus justos límites y alcances la importancia de la filología en la ciencia y, más concretamente, en la medicina del Renacimiento hispano. Las monografías referidas fueron, todas ellas, Tesis Doctorales dirigidas por el profesor Enrique Montero Cartelle, que ha logrado constituir un equipo de investigación (con nombre arnaldiano: Speculum medicinae) de competencia reconocida internacionalmente para el ámbito de la medicina latina y, sobre todo, del denominado humanismo médico renacentista. La obra del profesor Blanco Pérez, como decíamos, se funda en el estudio filológico de los médicos humanistas pertenecientes, por formación o docencia, a la Universidad de Valladolid. El autor parte de una afirmación extendida entre los estudiosos que, aguda y documentadamente, trata de matizar como conviene: si la Universidad de Valladolid se caracterizó, en términos generales, por cierta cerrazón a los nuevos vientos del humanismo europeo, no quiere ello decir que sus miembros continuasen aferrados sin más al escolasticismo, ya que fueron también hijos de su tiempo y, como tales, recibieron de algún modo el influjo de un movimiento que llevaba vigente en Europa desde los albores del siglo XIV. El autor reconoce que la Universidad de Valladolid no fue ejemplo de un humanismo semejante al que pudo darse en Alcalá o Valencia, pero atina cuando describe la situación de la institución vallisoletana y afirma que en ella se respiraba, al menos, un «humanismo ambiental». Podríamos decir que el objetivo de Blanco Pérez es demostrar, desde el estudio filológico, la realidad de ese humanismo ambiental en la obra de los más importantes médicos que pasaron por la Universidad de Valladolid. Se trata de un objetivo que, al concluir la lectura del libro, uno considera perfectamente cumplido. Para demostrar su propósito el autor va pasando de lo general a lo concreto, en una estructura bien aquilatada que continúa el patrón de los aludidos textos sobre las otras universidades hispanas. Ofrece Blanco Pérez un sucinto marco cultural que nos permite encuadrar su investigación: explica los conceptos de Renacimiento y humanismo, desentraña el movimiento del humanismo médico europeo y español, nos adentra en los entresijos renacentistas de la Universidad vallisoletana y ofrece un elenco más amplio y riguroso de sus máximos representantes médicos que, a la postre, van a configurar los cimientos de su libro. Entre tales autores, Blanco Pérez se ocupa de los más importantes y, sobre todo, de quienes han dejado obra escrita: Bernardino Montaña de Monserrate (que publicó un texto anatómico en castellano), Alfonso de Santa Cruz, Lázaro de Soto, Ildefonso López Pinciano y, especialmente, Luis Mercado. De todos ellos, en lo que podríamos considerar la primera parte del trabajo, ofrece el autor concisos y precisos datos biográficos y bibliográficos que, desde el primer momento, manifiestan el enorme trabajo de lectura detenida e inteligente que ha debido llevar a cabo para cumplir con su tarea. De tal lectura, además, el autor obtiene datos y más datos que va ordenando y organizando con un propósito declarado: ponderar y valorar el alcance de tales médicos en el ámbito del humanismo médico español e internacional. Hay una cuestión que habría que aclarar y que Blanco Pérez, aunque deja que se vislumbre en su obra, no proclama abiertamente. Los autores de Valladolid que podrían encuadrarse en el ámbito del humanismo escriben en la segunda mitad del siglo XVI y, los más importantes, en las últimas décadas y años de la centuria. La principal -aunque no única, es cierto-característica que define a los médicos humanistas es su condición de filólogos, hombres que volvieron directamente a los antiguos para fijar sus textos con fidelidad, comentarlos y traducirlos según unas normas latinas que trataban de saltar por encima del Medievo y beber directamente de la latinidad clásica. Pero tales médicos filólogos pertenecieron a un tiempo muy concreto que a duras penas sobrepasaba la década de los años sesenta del XVI. Los autores posteriores recibieron su influjo y continuaron su tendencia, pero ya no les preocupaba la medicina en la vertiente filológica, sino la medicina en su aspecto doctrinal, que apoyaban obviamente en la labor crítica de sus predecesores. El humanismo filológico en medicina había terminado y, desde entonces, la tarea fue ya otra. Dicha labor es la que acometen, entre otros muchos, los médicos de Valladolid y, sobre todo, la gran figura europea del momento: Luis Mercado. En este sentido, Blanco Pérez tiene toda la razón cuando califica de «humanistas ambientales» a los médicos de Valladolid: se sirven de los logros de los humanistas precedentes y los asimilan, pero también van más allá, porque su tarea no se limita a fijar textos, sino a entender en su justa medida unos textos ya fijados. Creo que esta idea es la que pone de manifiesto Blanco Pérez a lo largo de su trabajo: el estudio de los géneros literarios que practicaron todos estos autores, el manejo y valoración de las fuentes que emplearon, el análisis de su competencia lingüística y léxica incide una y otra vez en ese mismo propósito. Los médicos de Valladolid no son humanistas filólogos (de ahí que no practicaran apenas filología stricto sensu), pero tienen plena competencia filológica y, lo que es más importante, conciencia de que esa filología se ha convertido en mero instrumento, casi secundario, para su dedicación. Su postura tiene, de algún modo, más amplitud de miras que la de sus predecesores empeñados en la pureza lingüística: éstos tuvieron que dedicarse a ella como reacción ante las «perversiones» medievales, y dejaron listo un corpus que después aprovecharon sus herederos, quienes no desdeñaron ese trabajo, como tampoco las buenas aportaciones de los médicos del Medievo, occidentales o árabes. Este nuevo estado de cosas se refleja mejor que en cualquier otro autor en el gran Luis Mercado. Su figura ha dado lugar a valoraciones maniqueas, hasta el punto de que algunos han llegado a considerarle el responsable de la restauración del escolasticismo médico. Lo que ciertas obras suyas parece tal (pero que Blanco Pérez se encarga de matizar debidamente: Mercado busca divulgar conocimientos médicos válidos, que tienen tanta base clásica como medieval o árabe, y para ello emplea un latín correcto, aunque no brillante), en otras su actitud constituye una enorme modernidad, como ocurre en muchas de sus monografías (enfermedades de mujeres, educación de los niños...), que anticipan de algún modo la literatura ensayística. Pero no sólo se trata de Luis Mercado. Los comentarios a Hipócrates de Soto y López Pinciano manifiestan otro tanto, así como los hermosos diálogos sobre melancolía de Alfonso de Santa Cruz, escritos en un latín más literario y en un género muy querido de los humanistas para exponer ideas médicas. Que la obra de Santa Cruz se lea como una pieza de literatura no deja de ser tan sorprendente como el hecho de que, años atrás, Fracastoro escribiera sobre la sífilis en versos latinos. Todos estos médicos, pues, viven en lo que podríamos llamar la maduración del humanismo, que aúna lo mejor de las autoridades médicas (no sólo clásicas, sino también de la Edad Media) y la propia experiencia personal. Su buscado eclecticismo doctrinal se completa con su consciente eclecticismo léxico: como bien demuestra Blanco Pérez (y se aprecia mejor en su Tesis Doctoral y en algunos de sus artículos), los médicos adscritos a la Universidad de Valladolid pertenecen a la «línea media» propia de su tiempo, que se aprovecha de las purezas léxicas de sus predecesores, pero retoma también las designaciones medievales con una finalidad evidente: asegurar, en la medida de lo posible, la intelección de sus textos. La magnífica obra de Blanco Pérez tiene, no obstante, una pega que hay que destacar para que sirva de ejemplo: los muchos textos que aduce para fundamentar sus conclusiones están enteramente en latín, lo que limita en gran medida la lectura de su trabajo, dado el generalizado desconocimiento de la lengua del Lacio que existe en nuestros días. Si se trata se asegurar la intelección de un texto, hay que ceder y seguir ese eclecticismo que tan sabiamente pusieron ya en práctica los autores médicos del último Renacimiento. La pluralidad de aspectos presentes en el título del libro es el reflejo explícito de los contenidos de los diferentes capítulos, alguno de ellos casi un estudio monográfico no tanto por la extensión sino por la solidez del análisis, realizados respectivamente por C. Barona (profesionales), M. J. Báguena (lucha antirrábica), higiene de los alimentos (J. L. Barona y J. Lloret) y divulgación científica (Díaz Rojo). El denominador común de todos ellos es el abordaje histórico de las políticas de salud en un ámbito geográfico concreto, el valenciano, lo que permite un mayor grado de profundización y engarce con el entorno. La publicación se inserta en un doble eje: por un lado, hay que verla como uno de los resultados de la importante línea de trabajo del Seminari d'Estudis sobre la Ciència, que ha dado sus frutos en la realización de encuentros científicos periódicos y en la publicación de los resultados de dichas reuniones, a través de las cuales se ha realizado una interesante labor de tipo archivísitico y documental junto a estudios históricos que nos han dado a conocer facetas inéditas de la enfermedad y la salud en el ámbito valenciano en el periodo contemporáneo. El segundo eje de referencia es la propia colección Scientia Veterum, donde ha aparecido el libro. Como colección de trabajos dedicados a la historia del pensamiento científico y sus relaciones con la sociedad y la cultura, incluye, como es bien sabido, una serie de «clásicos», que se inició con la obra emblemática de Claude Bernard sobre la medicina experimental y una serie de «monografías», iniciada nada menos que reediciones de trabajos de A.C. Crombie y E.H.Ackerknecht, siendo la última de ésta serie, la que ahora reseñamos. El papel de J. L. Barona en esta doble empresa, ha sido determinante, lo mismo que la participación de Josep Bernabeu, cuya obra Enfermedad y Población, publicada en la serie de monografías, constituye un hito en el acercamiento actual de los historiadores de la medicina a la demografía y epidemiología históricas. Estas actividades son, por otra parte, un exponente de la rica tradición historiográfica de la escuela valenciana en lo tocante a estudios histórico-sociales sobre la enfermedad, con ejemplos tan importantes en el pasado reciente como la muy citada obra de López Piñero, García Ballester y Faus Sevilla sobre enfermedad y sociedad en la España del siglo XIX. Las políticas de salud abordadas en los diferentes capítulos se refieren en primer término a los profesionales sanitarios que ejercieron su labor en el ámbito rural valenciano. El capítulo de C. Barona se centra en los mecanismos organizativos de la asistencia domiciliaria desde mediados del siglo XIX a los inicios de la Guerra Civil en 1936, encuadrándolo dentro de la legislación estatal, en especial la Ley de Sanidad de 1855, la Instrucción General de Sanidad de 1904 y la Ley de Bases de Coordinación Sanitaria de la II República. Fuentes impresas como los boletinos sanitarios municipales y provinciales, se aúnan a las fuentes de archivo de tipo provincial de forma muy acertada y permiten entender un tipo de asistencia poco estudiado con anterioridad, en sus detalles concretos como los tipos de remuneración que tuvieron o la propia tipología de dichos profesionales en la práctica. El modelo de acercamiento y el tipo de fuentes utilizadas, abre un abanico de posibilidades para trabajos futuros que nos permitan conocer mejor la organización sanitaria rural española en todas sus dimensiones. Los acercamientos históricos a las tecnologías médicas están cobrando una importancia creciente en los últimos años y trabajos como el de M. J. Báguena sobre la vacunación antirrábica, son de gran importancia. En el contexto de la introducción y consolidación de la medicina de laboratorio en Valencia, la autora plantea el abanico de estrategias puestas en marcha a nivel local para hacer frente a la enfermedad y, haciendo uso de fuentes de archivo, recosntruye el proceso de creación de los laboratorios municipales, las transformaciones de los laboratorios químicos en bacteriológicos y el tipo de utillaje incorporado. Como segundo elemento, común a este tipo de historiografía sobre tecnologías médicas, se refiere a los cambios en las actividades profesionales creadas justamente alrededor de las nuevas tecnologías. Los dos capítulos restantes se refieren respectivamente a uno de los apartados más relevantes de la higiene pública, el referido a la higiene de los alimentos y el segundo, a la divulgación científica sanitaria. En el primer caso, Barona y Lloret reconstruyen, con su acostumbrado buen hacer y para el ámbito valenciano, desde las medidas y normativas ordinarias relativas a los alimentos, como las puestas en marcha de forma extraordinaria en el caso de crisis epidémicas, pasando por el tema de los mataderos municipales, al que conceden una importante parte del estudio. Un aspecto cuidadosamente estudiado es el seguimiento que se hace de las medidas legislativas puestsa en marcha frente a las epizootias. En su conjunto, el trabajo cubre prácticamente todos los aspectos de esta rama de la higiene pública en el contexto local. Finalmente, la inclusión del capítulo de Díaz Rojo, completa la obra, en este caso utilizando las fuentes literarias -dos obras del médico Giné y Partagás-como subgénero de divulgación científica encuadrándolo en el marco teórico de los nuevos modelos de comunicación científica. En los últimos treinta años, la historia de la fiebre amarilla en España ha sido objeto de numerosos artículos y diversos libros de interés desigual. La mayoría de estos trabajos ha estudiado el impacto en una determinada ciudad -de Andalucía, sobre todo-de alguna de las epidemias que afectaron a la Península Ibérica en el transcurso del siglo XIX. La monografía de Mercedes Pascual Artiaga objeto de esta reseña es, aparentemente, la primera que se publica sobre una epidemia de fiebre amarilla en el País Valenciano, si bien se han realizado varias tesinas inéditas sobre distintas epidemias. Apoyada en una amplia y expresiva base documental procedente de los archivos históricos municipales de Alicante (libros de actas, sanidad, beneficencia, correspondencia, expedientes, reales provisiones, etc.) y Orihuela (libros de epidemias), provincial de Alicante (protocolos notariales) y de la Real Academia Nacional de Medicina de Madrid (memorias y correspondencia), Pascual Artiaga estudia la epidemia de 1804 en Alicante, contextualizándola en el marco de la crisis agraria, económica y social que a comienzos del siglo XIX afectó a amplias áreas de la geografía peninsular incidiendo de forma muy severa sobre esta ciudad portuaria mediterránea. Fam, malaltia i mort responde a un esquema organizativo estrechamente inspirado en el fructífero modelo para el estudio histórico de las epidemias establecido por la escuela francesa de los Annales a partir de los años sesenta. Dividida en tres capítulos, el núcleo de esta monografía lo constituye su extenso capítulo tercero (pp. 53-171), en el que se abordan, de forma sucesiva, las consecuencias demográfico-sanitarias de la epidemia, los discursos médico y político en torno a la misma, y las reacciones de la población frente a ella. Va precedido de un capítulo breve introductorio sobre la fiebre amarilla (pp. 9-17) y de una visión histórica de conjunto sobre la ciudad de Alicante en vísperas de la epidemia, con atención específica a los aspectos geográficos, demográficos, socio-económicos, políticos e higiénico-sanitarios, así como a los recursos asistenciales de carácter material y humano (capítulo 2, pp. 19-52). Quizás podría haberse recurrido más decididamente al estudio comparado y abordado de forma más analítica y menos presentista el debate médico contemporáneo sobre las causas de la fiebre amarilla. Pero ello no empaña el principal mérito de esta monografía: la redacción de un relato histórico, ágil a la vez que riguroso, de la epidemia de fiebre amarilla de 1804 en Alicante, basado en un excelente manejo de la documentación de archivo y con una atención específica notable a las reacciones de la población ante la epidemia -un aspecto este último, por lo general poco atendido en otros estudios sobre el tema. De factura editorial modesta pero cuidada, el estudio de Pascual Artiaga constituye, por lo demás, una apreciable contribución a la historia de la fiebre amarilla en España; un apartado de la investigación histórico-médica que, pese al creciente interés suscitado en las últimas décadas, sigue requiriendo una mayor atención, con el fin tanto de rellenar «huecos» aún ostentosos -el caso de Barcelona es quizás el más llamativo-, como de poder acometer en un futuro no lejano la redacción de una síntesis recapituladora de cuanto de nuevo hemos sabido sobre el tema desde la seminal obra Muerte en España (política y sociedad entre la peste y el cólera) (Madrid, Seminarios y Ediciones), que los hermanos Peset publicaron en el ya lejano 1972. En 1799 moría Lazzaro en la ciudad de Pavía y transcurridos doscientos años del óbito se inauguraba una web-site conmemorando el bicentenario [URL]. De tan internáutica manera el siglo XX honraba al extinto sabio. Por idéntico motivo, el mismo año de 1999 se reunieron en Scandino, su ciudad natal, un grupo de investigadores convocados para reflexionar sobre el pasado de la biología al hilo del homenajeado. El acento recae sobre el concepto de temporalización de la naturaleza, en la dicotomía que la buffoniana historia de los animales y la lamarckiana historia de la vida representan. A continuación, Dario Generali analiza la influencia que la escuela médica galileiana tuvo en el modelo experimental spallanzaniano (La tradizione medica galileiana nel «Grande giornale» e nei «Giornali della generazione» di Spallanzani); y W. Bernardi valora la participación de Spa- llanzani en el debate sobre la generación espontánea comparativamente con sus predecesores, coetáneos, y sucesores (Leeuwenhoek y Redi; Needham y Baker; Pasteur), definiéndola como una etapa de transición por su incapacidad ideológica para asumir el reto teórico y práctico que la solución del problema requería (Spallanzani e la controversia sulla generazione spontanea). Desde la óptica didáctica Mariafranca Spallanzani valora la tradición literaria del científico, lector entusiasta de la Encyclopédie y asiduo escritor del libro sobre la naturaleza a través de sus investigaciones y lecciones universitarias. De su etapa como profesor de física, 1757-69, se ocupa Marta Cavazza (Spallanzani professore di fisica newtoniana), subrayando la influencia que la disciplina tendrá en su posterior investigación biológica; y Alessandra Ferraresi, La historia naturale insegnata, aborda su papel como profesor de historia natural en la universidad de Pavía (1769-1799), marcando tres líneas directrices: la institucionalización de la disciplina, el conflicto de intereses entre medicina e historia natural, y su rivalidad con el naturalista Antonio Scopoli. La segunda y tercera partes del libro tienen a la ciencia como único protagonista. El microscopio es un tema recurrente y obligado para analizar la controversia entre Needham y Spallanzani alrededor de la generación espontánea (M. Stefani, Spallanzani e Needham: due microscopi sul mondo dell'infinitamente piccolo). Y, siguiendo la microscópica senda de los rotíferos, el recomendable texto de Giulio Barsanti (Spallanzani e le resurrezioni), recoge los conceptos de vida e inmortalidad deducidos por Spallanzani en su investigación micrográfica de lo invisible. De la motilidad vegetal se ocupa A. Dini (Spallanzani e la teoria dell'irritabilità di Haller); en Il canone dell' individualità biologica Ma Teresa Monti reflexiona sobre el tema de la regeneración animal; y su relación con la arqueología la suscribe M. Ciardi (Spallanzani, Lechevalier e le rovine di Troia). En el escenario químico F. Abri conduce la exposición hacia la pneumática y la fisiología de la respiración (Esalazioni, mofete, aria azotica); temática que M. Beretta sitúa en el marco de un fluido diálogo con Lavoisier, caracterizado por un mutuo intercabio intelectual (Dalla rigenerazione animale alla fisiologia della respirazione). E. Vaccari atiende al capítulo geológico, donde los fósiles son un elemento disgregador de la historia natural en su doble vertiente geológica y orgánica (Spallanzani e le scienze geologiche del settecento); mientras que C. Principe rescata la vulcanología de entre los escritos de Spallanzani (Volcanology by the end of the XVIIIth century through the writings of Lazzaro Spallanzani). En el apartado final, G. Anceschi conpone la imagen literaria y filosófica del científico (Spallanzani letterato e filosofo); M. J Ratcliff presenta la batalla lingüística acaecida en la península italiana durante la segunda mitad de la centuria, para suplantar al latín como idioma científico (Spallanzani e la guerra delle lingue scientifiche); R. Gandini oferta un recorrido antropológico por los rincones científicos de Scandiano (I luoghi della scienza di Spallanzani a Scandiano); y, finalmente, con J.-L. Fischer conocemos al lector y biógrafo spallanzaniano que fue Jean Rostand, difusor de su ideario dentro y fuera de Francia (Jean Rostand lecteur de Spallanzani). La Sfida de la modernità es una obra heterogénea fruto de la pluralidad ideológica representada, un conjunto histórico alejado del elogio fácil cuyo fin es insertar el capítulo spallanzaniano de la ciencia italiana en el contexto europeo. Unos recuperan viejos discursos, otros abren nuevas líneas de investigación, y la suma da como resultado la crónica de una disciplina, la historia natural, y de unos científicos, los naturalistas, que en el siglo XVIII se enfrentan al reto del experimento y la necesidad de elaborar nuevas teorías que orientarán la disciplina hacia su conformación moderna. Una vida de trabajo y más de cuarenta títulos avalan a Castellani como un excelso especialista spallanzaniano, quien para la ocasión ha querido elaborar su pasado literario. Cumpliendo esta regla, ha diseñado su itinerario cultural a partir de diferentes artículos publicados entre 1979 y 1991. Corregidos unos, ampliados otros y refundidos los demás, conforman un texto construido sobre la dicotomía biográfica y científica de Lazzaro Spallanzani. El objetivo biográfico enfoca su etapa infantil y juvenil en Scandino extendiéndose hasta 1765, año de la publicación del Saggio di osservazioni microscopiche sobre la generación. Período que, académicamente, se caracterizó por la influencia ideológica de Laura Bassi, docente de física en la Universidad de Bolonia, y el naturalista Antonio Vallisnieri. Dos líneas de conocimiento que guiaron su devenir científico. La publicación del saggio sirve de punto de partida para una reflexión ideológica que comienza en sus páginas. Los borradores del saggio demuestran que, para explicar sus observaciones microscópicas, el naturalista asumió primigeniamente la tesis epigenista, lejos aún del preformacionismo que suscribió en el texto impreso oponiéndose al ideario de Needham y Buffon. Paulatinamente, Castellani desgrana el fruto del árbol de la ciencia spallanzaniana estableciendo una pauta sociológica. Su investigación histórica se conforma desde los documentos epistolares y manuscritos comparados con los impresos, evaluándose aspectos como la selección temática, el contexto ideológico, el diseño experimental, el desarrollo de la investigación, la elaboración de los resultados, la difusión de la obra y la repercusión científica; argumentos que explican qué sucedió en el laboratorio biológico de Lazzaro Spallanzani. La botella individual encierra también un mensaje colectivo, orientado a desmitificar los sabios y la ciencia que construyen, a desenmascarar una comunidad -idioma, publicaciones, jerarquías, instituciones-, que les protege gracias a la infalibilidad que prometen, añoran y no poseen. Marco científico donde Spallanzani aparece unas veces contradictorio, otras errado, algunas ignorado, en ocasiones acertado, y siempre ejemplo de cómo entender y practicar la biología: la experimentación. Modelo que, tras la desaparición del maestro, Prévost y Dumas recuperan para ciencia decimonónica, allá por la década de 1820, como se relata en el epílogo del libro. Inteligencia es la cualidad que atesora el texto de Castellani, elaborado con magisterio y en eficaz composición literaria. Continente y contenido obligan y estimulan la lectura. Andrés Galera CARL G. JUNG, Los complejos y el inconsciente, Madrid, Alianza, 2001, 345pp. La reedición del texto de Jung (titulado en su edición original L'homme à la decouverte de son âme), coloca en el diván del siglo XXI dos problemas clásicos de la psicología: el materialismo y la conciencia. La obra se estructura en tres partes. La primera la componen dos charlas pronunciadas en Viena en 1931 y 1934, publicadas con los respectivos títulos de Problema fundamental de la psicología contemporánea, y La psicología y nuestro tiempo. La conferencia de 1931 planteaba el problema de «crear una psicología con alma», en respuesta al materialismo fundamentalista que dominaba la ciencia de la psique tras el clima espiritualista del Gótico. «Sabemos tan poco lo que es la psique como el físico lo que es la materia», afirma Jung (p. Partiendo de este postulado surgen preguntas inevitables: ¿por qué negar la dimensión psíquica a una realidad donde la esencia última de la naturaleza de la materia nos es tan insondable como la de la psique?, ¿qué fundamento tiene este reduccionismo? Por otra parte, la exposición de 1934 subraya el problema de la proyección universal de los propios valores, unido al origen histórico de la consciencia en la especie humana, analizándose temas como el reconocimiento doloroso de la «verdad existencial del otro», el proselitismo y la inquisición. La tesis junguiana explica estos últimos fenómenos como retazos de nuestro espíritu primitivo, manifestación donde la consciencia de grupo primaría sobre un yo a merced del inconsciente colectivo. Simultáneamente, a lo largo de la historia, la conciencia individual constituiría el bien supremo y la fuente de males del individuo -en el presente, disociaciones y neurosis desempeñarían el papel del diablo medieval, e, igual que antaño hiciera Lucifer, son capaces de poseer al individuo desde el interior con una fuerza que no puede dominar-. En la segunda parte, titulada Los complejos, se analiza el significado del inconsciente, entidad que, a diferencia de Freud, Jung no deriva del consciente, distinguiendo un «inconsciente asequible, medianamente asequible e inasequible». La conciencia se manifestaría como un fenómeno discontinuo, relacionado, al mismo tiempo, con el cerebro y la psique visceral -la conciencia en el corazón o en el vientre de la que hablan tantas sociedades tradicionales y escuelas de pensamiento, como el taoismo y el budismo zen-. Desde este posicionamiento, Jung se pregunta ¿qué es el yo?, configurándolo como una acumulación de datos perceptivos dentro de una red infinitamente compleja que comprende desde la orientación individual espacio-temporal -tanto interior como exterior, distinción que es importante-, hasta los sentidos, el mantenimiento orgánico, los afectos y los recuerdos; y es en el ámbito afectivo donde se sitúa el centro del yo. Para orientarse en el medio exterior ocurriría una interacción funcional, consciente e inconsciente, de la psique. Funciones racionales e irracionales, como el pensamiento y la sensación, el sentimiento y la intuición, servirán al individuo para orientarse en el mundo exterior, conjuntamente con las funciones que dirigen la psique hacia la dimensión interna individual; marco donde Jung introduce la dicotomía introversión-extroversión que ha transcendido del análisis psicológico junguiano a formar parte del lenguaje cotidiano (para un análisis detallado del tema léase su conocida obra Tipos psicológicos). Estas funciones estarían presentes, por ejemplo, en la memoria consciente e inconsciente, en las impredecibles irrupciones oníricas y alucinatorias del inconsciente en la conciencia, y en toda una gama de contribuciones subjetivas a la conciencia tales como asociaciones, prejuicios, pensamientos, sensaciones, intuiciones y emociones subliminadas en el discurso consciente bajo la forma de sombra individual. Funciones que, especialmente, se manifiestan en los afectos, que desde antiguo han personificado los dioses (lo erótico, lo marcial, lo jovial, lo dionisíaco), entidades cuya fuerza subyugadora e inexplicable aparece en la conciencia contemporánea convertida en complejos, idénticos en sus características a los espíritus y demonios que rigen la vida del primitivo (en este contexto, Jung no escapó al eurocentrismo predominante en la etnología de su época, formulando aseveraciones que hoy calificaríamos de racistas, como referirse a la mentalidad somnolienta del primitivo y del uso del látigo para despertar su voluntad y orientar su conciencia). No olvida Jung repasar la metodología utilizada en la época, ofreciendo amenas y sorprendentes descripciones de los experimentos realizados con el galvanómetro y el pneumógrafo -información especialmente relevante para la historia de la psicología-, componiendo una imagen reveladora del propio complejo de inferioridad que la psicología, y otras ciencias humanas, manifestaban respecto a disciplinas como la física, la química, o la fisiología, sentimiento que, en los casos más extremos del conductivismo empujó a la psicología hacia un camino de cuantificaciones, cifras y medidas, vacío de sentido, que amenazaba convertirla en una psicología sin alma. En su parte final, Los sueños, el libro analiza las enseñanzas que de estas representaciones oníricas podemos sacar gracias a su función proyectiva, a su significado individual y a la relación que el sueño guarda con el mito, y nos reenvía a la lectura obligada de otro clásico de Jung: El hombre y sus símbolos. En conclusión, la reedición de Los complejos y el inconsciente rescata para la tribuna científica del nuevo siglo el ideario del maestro al objeto de pefilarlo con trazo seguro. Juan M. Sánchez Arteaga ARNE HESSENBRUCH (ed.), Reader's Guide to The History of Science, Londres-Chicago, Fitzroy Dearborn, 2000, 934 pp. Diccionarios y enciclopedias constituyen unidades informativas imprescindibles para el investigador con independencia del área científica, son herramientas básicas del especialista y allanan el camino del profano. A pesar de lo cual no proliferan. Por este motivo cualquier nueva manifestación despierta interés y es bien acogida. Contrariamente, es habitual considerarlos un género menor dentro de la literatura científica. Es el vino que todos consumimos pero ninguno compramos. En este contexto la presente guía Reader es una magnífica cosecha para los santos bebedores de la historia de la ciencia, tanto por el envase como por la calidad, los objetivos y el tratamiento temático ofrecido. No es un libro de consulta al uso donde cada término tiene su definición correspondiente, es un diccionario bibliográfico comentado. Desde la tribuna editorial, Arne Hessenbruch suscribe un proyecto colectivo cuya finalidad es conducir al lector entre el maremagno de publicaciones que irrupen en la disciplina, seleccionando y analizando las más representativas para conformar un panorama general sobre la investigación realizada en los campos seleccionados. El volumen agrupa veinte categorías temáticas: alternative sciences, analytical conceps, astronomy and astrophysics, chemical sciences, earth sciences, education, engineering and technology, general themes, individuals, life sciences, literature of science, mathematical sciences, medical and health sciences, medicine and society, national histories physical sciences, science in pre-modern culture, scientific instruments, social sciences, societies and institutions, conteniendo unas quinientas referencias que forman una polifonía intelectual de dimensiones biográfica, institucional, conceptual, multidisciplinar, sociológica, geográfica, e ideológica, discutidas ampliamente de la mano de más de trescientos colaboradores de ámbito mundial. Una cuidada edición y los pertinentes índices alfabético, temático, general, y bibliográfico, nos conducen con paso firme por las páginas de esta genuina guía de lectura(s) sobre historia de la ciencia, que por su naturaleza bibliográfica requerirá de actualizaciones periódicas para no quedar obsoleta. En estos tiempos, en que parece que estamos viviendo la tercera «cuestión universitaria», el tercer gran enfrentamiento del poder central con la libertad universitaria, no es extraño que se plantee desde la historia de la enseñanza un posible futuro. Y tampoco lo es que estas reflexiones se planteen muy certeramente desde la historia de la facultad de medicina. Ésta, que en la universidad del Siglo de Oro era la menor de las mayores, en comparación con los derechos y teología, pasa en el siglo XIX a tener una importancia primera. La universidad profesional -para médicos y juristas-que en el ochocientos nace y que heredamos, se ha visto en las últimas décadas cuestionada desde la medicina. La enseñanza apoyada en la anatomía y la patología, se cuestiona desde la prevención, las humanidades y las ciencias. La OMS ha repetido insistentemente en estos necesarios cambios. Damos, por tanto, la bienvenida a tres libros que se ocupan de estos temas en el mundo contemporáneo. Primero, con prólogo de Pedro Laín, apareció La enseñanza de la medicina en la Universidad española, que viene a continuar la excelente labor desarrollada por la Fundación Uriach 1838 en apoyo de la historia de la medicina. Apadrinada como siempre por Josep Danón, estudia López Piñero el pasado de la enseñanza hasta el plan Moyano de 1857. Luego, de la facultad de Madrid se ocupa Agustín Albarracín, de Valencia Josep Lluís Barona, de Sevilla Juan Luis Carrillo, de Santiago Delfín García Guerra y de Barcelona el coordinador. Los autores dan una rápida y cuidada panorámica de estas facultades, con una selecta bibliografía y una atractiva iconografía. Más recientemente, ha aparecido el volumen que recoge el estudio de la facultad de medicina de Santiago de Compostela de nuestro querido compañero Delfín García Guerra. En sus páginas analiza con cuidado los Planes de estudio y la institución médica en la que estudió y enseñó. Como avezado investigador de archivo, supo encontrar en esas fuentes los esfuerzos de una facultad centenaria, por sobrevivir y recuperarse. Muy interesantes son los capítulos dedicados a la enseñanza de la anatomía y de la práctica médica, dado el camino francés que las facultades médicas adaptaron en el siglo XIX. También las repercusiones del sexenio revolucionario y de los problemas con el hospital clínico. La vieja tradición del hospital de los Reyes Católicos pesaba sobre la también anciana herencia de Fonseca. Los mismos aspectos pueden ser señalados en el libro de Guillermo Olagüe. Granada fue la primera en instituir una Cátedra de Clínica, donde se podían realizar los estudios que el Protomedicato exigía de práctica médica. Se une, por tanto, a la herencia de la cátedra de clínica, el modelo francés y las novedades del hospital clínico. Analiza con cuidado la legislación y su repercusión en la vida de la institución. También se ocupa del papel de la investigación, así como del nacimiento de las especialidades. Por tanto, de la Asociación para el Progreso de las Ciencias, y de la relación con la J.A.E. y el C.S.I.C. De gran interés son las relaciones con el seguro de enfermedad, así como la información tan rica que proporciona sobre gastos, alumnos, profesores y enfermos. Una buena iconografía y un gracioso estilo embellecen la obra. José Luis Peset JUAN ATENZA FERNÁNDEZ, JOSÉ MARTÍNEZ PÉREZ (coor.), El Centro secundario de higiene rural de Talavera de la Reina y la sanidad española de su tiempo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2001, 304 pp. Higienismo y Educación (ss. Estas dos publicaciones, una un libro, la otra una revista, son excelentes en cuanto a la calidad y el cuidado de su papel, impresión, ilustraciones, etc., pero además recogen los trabajos de una gran parte de los mejores estudiosos de la sanidad española. Los trabajos comprendidos en ambos volúmenes abarcan los temas y aspectos fundamentales de la sanidad de nuestro país. Por lo tanto, es evidente el enorme interés que presentan para quien se interese por estos temas tan esenciales desde el punto de vista de la historia de la medicina, pero también de la historia social y de la historia a secas desde el siglo XVIII hasta el XX. Indudablemente existen otras muchas publicaciones sobre la historia de la higiene y sanidad -muchas veces de los mismos autores que participan en estas obras-pero, además de sus contenidos concretos, se puede, a partir de ellos, acceder a prácticamente toda la bibliografía significativa sobre estos decisivos aspectos de la medicina española. Analizaremos brevemente las características de cada una de las obras. El Centro secundario de higiene rural de Talavera de la Reina y la sanidad española de su tiempo, coordinado por Juan Atenza Fernández y José Martínez Pérez, comienza con un prólogo de José Luis Peset que da una visión de la cuestión esencial de la higiene, y la introducción de los coordinadores nos introduce en el proyecto que subyace a la publicación del libro. El libro no se limita sólo al Centro Secundario de Higiene Rural de Talavera de la Reina, tema ya interesante de por sí, sino que trata ampliamente los problemas de la Sanidad española desde la mitad del siglo XIX hasta la Guerra Civil. Como he indicado al principio, trabajos escritos por los máximos especialistas de cada uno de los aspectos tratados. He dicho al comienzo que el estudio de un centro de higiene rural es especialmente interesante porque, creo, hay todavía una laguna grande en el estudio y análisis de la medicina rural española. Además, en este caso hay una circunstancia especialmente interesante, la presencia de una colección de fotografías, que, cuidadosamente recuperadas, muestran escenas de la sanidad de esos años. Eran láminas que se utilizaban para la formación de la gente que acudía al centro, una de las actividades importantes, de acuerdo al concepto de medicina social e higiene social imperante en los centros de atención infantil, por ejemplo en las Gotas de Leche y en los Dispensarios. El libro consta de una serie de trabajos sobre la sanidad en general que sirven para situar el estado de la higiene y sanidad y su evolución a lo largo del siglo XX, así como de instituciones y servicios que se fueron estableciendo o intentado establecer para la defensa de la higiene y sanidad. Primero una visión general -trabajo sólido de un gran especialista, Esteban Rodríguez Ocaña, fruto de sus muchos trabajos y de una madura reflexión sobre la sanidad española. Después se tratan algunos de los mecanismos sanitarios que se quisieron establecer de forma general para la atención municipal y fundamentalmente provincial, las Brigadas Sanitarias, (Enrique Perdiguero), los Centros Secundarios de higiene Rural (Juan Atenza), y como novedad interesante, los problemas de la sanidad colonial, (Rosa M. Medina y Molero), menos estudiados aún que la sanidad rural. El libro continúa con otra serie de trabajos, en este caso dedicados a los procesos más importantes dentro de la medicina que se daban en la sanidad española, verdadera amenaza para la >, para el estado de salud del pueblo español: las enfermedades venéreas (Ramón Castejón), la tuberculosis (Jorge Molero), el alcoholismo (Ricardo Campos) y el paludismo (E. Rodríguez Ocaña), tratados, también, por quienes son nuestros máximos especialistas y que condensan aquí de forma clara pero densa en contenidos, su saber. Siguen a estos los estudios de otra serie de problemas esenciales, la enfermedad mental (Rafael Huertas), los problemas gravísimos de la mortalidad infantil (E. Rodríguez Ocaña) y la medicina del trabajo. José Martínez realiza un análisis muy interesante del discurso sobre medicina del trabajo y prevención de la siniestralidad laboral durante la Dictadura de Primo de Rivera y la República. El volumen finaliza con un trabajo sobre la educación para la salud y otro, muy interesante por la información que transmite, sobre el Museo Alemán de Higiene de Dresde y sus colecciones de diapositivas, y las que se encontraban en el dispensario de Talavera. En definitiva, es un libro que abarca los temas esenciales de la higiene y sanidad españolas, temas tratados por quienes más los conocen y han trabajado sobre ellos. La edición es muy buena y la calidad del contenido también. Es una obra altamente recomendable para todos los interesados en la sanidad española. La revista Áreas recoge, en este monográfico, un aspecto esencial de la higiene española, su relación con la pedagogía, un elemento potente, de gran valor en la consideración española de la manera de regenerar al pueblo español. Desde el siglo XIX la educación se consideró un elemento esencial para elevar el nivel físico, mental y moral del pueblo español, comenzando, claro está, por la infancia. Pero la higiene, el problema de la mortalidad infantil y el control de la difusión de las grandes enfermedades, epidemias de cólera primero, sífilis, tuberculosis y alcoholismo después, era también esencial para salvar y regenerar a la > española. Los trabajos se centran esencialmente en los problemas de la medicina escolar, al peso de la higiene en la escuela y las relaciones entre médicos y pedagogos, dos campos que se entremezclaban inexorablemente. La revista se abre con un trabajo general de introducción, redactado por los coordinadores del número, Antonio Viñao Frago y Pedro Luis Moreno Martínez, aclarando la importancia del movimiento internacional y sigue con un estupendo artículo del primero que caracteriza al higienismo y ofrece una perspectiva histórica de higiene, salud y educación que permite comprender sus estrechas relaciones y que se completa con una útil cronología. Sigue con un buen trabajo de Mónica Bolufer sobre el siglo XVIII, que sirve de referencia para tener una idea de la evolución de la higiene antes de su expansión del siglo XIX. Otros artículos nos aproximan a temas generales como la cuestión de la lexicografía de divulgación de la higiene -aspecto muy interesante que no es abordado frecuentemente por falta de especialistas (Bertha Gutiérrez)-y, muy importante, las relaciones de la higiene con las normas de urbanidad, con las normas y formas de la burguesía que se debían conformar de acuerdo a la higiene y trasmitir a las clases populares (J. L. Guereña). Un núcleo realmente importante de los problemas de la higiene correspondían a la higiene de la población infantil, y de aquí las relaciones entre higiene y educación. En nuestro país, además, el desarrollo de la pedagogía fue muy importante, sus profesionales estaban especialmente bien preparados, pues fueron quienes más utilizaron las posibilidades abiertas por las becas de la Junta para Ampliación de Estudios. Es este un terreno especialmente rico para conocer una gran parte de los problemas de la higiene española, por su relación con las clases populares, los problemas de escolarización y control de esos niños y el control de la mortalidad infantil. Los artículos referidos a estos temas son excelentes y de gran solidez. Artículos sobre la relación, no siempre bien avenida, entre higiene y educación. Así el dedicado a la higiene escolar como campo de conocimiento disputado entre médicos y pedagogos (Aída Terrón). La autora analiza el cuerpo de doctrina de la Higiene Escolar a través de los tratados, estudia su evolución y trata de valorar el peso de las posiciones médicas, pedagógicas, psicológicas, paidológicas, y, diría yo, eugénicas. Busca indicadores de su cristalización institucional y también intenta una aproximación al contexto occidental. Junto a él y completando el panorama, el trabajo de María del Pozo Andrés sobre el origen y desarrollo de la Inspección Médico-Escolar en Madrid, también excelente, analizando todos los avatares de ese intento importante de controlar desde el punto de vista de la higiene, pero también algo más, de su desarrollo y características eugénicas, a los niños escolarizados. Aparecen en la revista otros temas que completan el panorama desde distintos puntos de vista, como el referido a la interrelación entre los diversos sectores profesionales interesados en la higiene, no sólo por los problemas en sí, sino por el propio desarrollo de las profesiones, fundamentalmente jueces, psiquiatras y asistentes sociales (Guillermo Rendueles), otro que analiza el papel de instituciones como la Cruz Roja y las colonias escolares (Pedro Luis Moreno), así como el referido a las escuelas al aire libre y las aulas de la naturaleza (José Mariano Bernal), un tema ligado con el de las colonias, pero con características pedagógicas propias. Y muy interesante desde el punto de vista actual el artículo de Rosa Ballester y Enrique Perdiguero sobre los estudios sobre crecimiento humano como instrumento de medida de la salud de los niños españoles, que abarca toda la primera mitad del siglo XX. Como he señalado al comienzo, ambas obras se complementan magníficamente y constituyen un grupo de trabajos que permiten ponerse al día en los aspectos esenciales de la historia de la higiene y la sanidad en España. Al comprobar los nombres de los autores creo que queda claro el interés de ambos volúmenes. Raquel Álvarez I. ROMERO, J. CASCO, F. FUENTENEBRO, R. HUERTAS (eds.), Cultura y Psiquiatría del 98 en España, Madrid, Necodisne, 1999, 273 pp. «La ciencia es una realidad que tiene una historia, y la historia de la ciencia nos dice cuál es esa realidad». Con esta frase de Mosterín comienza la introducción de este libro que pretende ofrecer una visión del estado de la psiquiatría en España a finales del siglo XIX. Con la justificación de que toda reflexión sobre el pasado histórico de una disciplina nos suministra la perspectiva necesaria para la comprensión de su evolución y sus transformaciones, surge esta mirada panorámica hacia el ayer de nuestra ciencia. A lo largo de los 20 artículos que conforman esta recopilación, varios autores nos muestran aspectos relevantes de la situación de la salud mental en la España de 1898 que, por otra parte, se encontraba estrechamente ligada al momento político, social y cultural de la época. La crítica situación política española y su no menos desamparada situación social, con las tasas más altas de analfabetismo y los peores índices sanitarios de toda Europa occidental, culminó con la pérdida de las colonias en América y la llamada Crisis del 98. Se inició entonces una revisión de los valores culturales girando la mirada hacia la ciencia y la educación, de lo cuál se haría eco en el ámbito literario la «Generación del 98». El movimiento regeneracionista que surge a partir de aquí, intentará la implantación de la mentalidad científica en España, donde se decía que el conocimiento saltaba de una percepción simple de los hechos a una contemplación moral y estética de los mismos, sin el paso intermedio de la observación rigurosa, reflexiva y pragmática propia del pensamiento científico. Todos estos cambios influirán en la psiquiatría y la psicología de fin de siglo. La llegada del pensamiento positivista, con obras como «El tratado de frenopatología» de Giné, abre las puertas a la institucionalización de la Psiquiatría como especialidad médica en España. De Italia y Francia llegan conceptos como «degeneración» y «endogeneidad» que tienen una gran repercusión en la concepción y la asistencia psiquiátrica de la época y que se filtrarán también a la política y a la cultura.La influencia de las ideas kraepelianas irán poco a poco haciendo ceder a las teorías degeneracionistas, aunque más lentamente que otros países. Con la ruptura del concepto de locura única y la aparición de los diferentes tipos de enfermedades mentales, se abre el camino para la reforma institucional, en la que se intentará cambiar la concepción del manicomio de reclusión de la locura por un nuevo modelo asistencial, más dinámico, que diese cabida a la diversidad de trastornos mentales. Sin embargo, la mentalidad degeneracionista seguirá utilizando las nuevas nosologías para la estigmatización psiquiátrica de las conductas desviadas socialmente. Años más tarde, la aparición de la psicometría, unida al concepto de la heredabilidad de la inteligencia, colaborará a la segregación y a la eugenesia pasiva de los deficientes y de los inadaptados sociales en muchos países. Las teorías eugénicas tuvieron en España menor repercusión no llegándose a la práctica generalizada de las mismas, pero sí estando presentes en la mente y en los escritos de muchos científicos del momento. La concepción social, y también psiquiátrica, de la mujer y del niño también es expuesta en esta revisión. Una vez más, España llega con retraso al cambio en la consideración del niño, que pasa de ser una extensión del adulto a un sujeto infantil con una psicopatología propia. La crisis del 98 y el regeneracionismo también tienen su impacto en el ámbito pedagógico. La Institución Libre de Enseñanza, que surge como organismo independiente de la Universidad estatal, y su boletín (BILE), sirven como reivindicación y vehículo de difusión sin censuras de los nuevos conocimientos científicos en España. De la mano de esta institución llega el interés por la psicología a nuestro país. Simarro, Ramón y Cajal, entre otros, se interrogan sobre los fenómenos psicológicos del hombre, generando una inquietud de la que se harán cargo otros científicos y que tendrá un gran impacto en la literatura. La «Generación del 98» se hace eco de las modificaciones científicas, reflejando en sus obras el interés por la psicología y la salud mental. Así se evidencia en escritores como Emilia Pardo Bazán, Azorín, o Unamuno, que intentó describir el esquema psicológico del español de su época. Esta recopilación de artículos, presentados en las Jornadas que la Sociedad de Historia y Filosofía de la Psiquiatría dedicó a este periodo de la ciencia psiquiátrica, nos ofrece una visión interdisciplinar de la psiquiatría, la psicología, la pedagogía, la sociología y la literatura decimonónica, que se conjugaron en una época crítica para configurar los hitos de una nueva psiquiatría en España. No creo que sea usual revisar a la vez dos libros, en principio tan distantes como una novela y una miscelánea de eruditos trabajos. Si bien muchos aspectos los unen. Ambos tratan del origen de la química y de la farmacia, enraizado en la alquimia y la magia. Las fuentes son las mismas y alguno de los autores coincide, en concreto quien encabeza ambos volúmenes. Además, ese carácter filial que comparten en el título les añade una curiosa semejanza. No creo que se trate de la vieja historia de linajes, a la que puede parecer alusión la inauguración de la biblioteca dedicada a Rafael y Guillermo Folch. Pedro Laín decía con frecuencia que es ser bien nacido el reconocer la deuda con el pasado, con nuestros maestros. Pero la tradición lainiana nos hacía descender de sabios, héroes y dioses. Ahora, los nuevos historiadores inventan una tradición más simpática, en que venimos de herreros y alfareros, cocineros y barberos, magos y brujos. Quizá muchos preferimos esta nueva dignidad en nuestro origen, pero cierta heroicidad hay incluso en nuestros días y no sólo en nuestros pagos, pues en países civilizados se sigue quemando a Harry Potter, y prohibiendo defender la descendencia del mono. Conviven por tanto en esa primera obra varias generaciones, así como varias especialidades. Hay muy importantes referencias a la tradición árabe, así como a la europea, en concreto a Paracelso. Tanto se indaga en la alquimia y la magia, como en los novatores, en los boticarios, como en los médicos, en las cortes, como en la real botica Se trata de reconocer lo que los profesionales de la salud deben a estos antiguos y extraños personajes, y los historiadores a los viejos maestros. No es extraño que estos estudios hayan dado lugar a una amena novela de Javier Puerto. La historia de un alquimista, desde un archivo madrileño, nos adentra en los más importantes sucesos de la época. Es una brillante reconstrucción de una época muy rica, desde el conocimiento profundo de las fuentes y la bibliografía. Se trataría de un pícaro más, que enriquece nuestra tradición literaria. Como tal es de origen confuso, entre la heroicidad del centauro y la suciedad de la naturaleza, que siempre es prostituta. La belleza del estilo, la riqueza del vocabulario y el panorama de los «demasiados sitios» por donde transita hacen su lectura recomendable. Nos lleva por las principales boticas, por la América novohispana, por las cortes reales... Las páginas dedicadas a elementos oníricos, a deseos y sexualidad son las más atrayentes, como no podía faltar en un hijo de Paracelso. Si en España no hemos tenido a Newton, sí hemos tenido a esforzados personajes que intentaron estudiar, practicar y, sobre todo, sobrevivir. Como ese joven historiador que se adentraba hace años en los archivos -que nunca ha abandonado-cuyo recuerdo, en las últimas páginas de la novela, a todos nos rejuvenece. Dentro de la colección «Aurifodina philosophica», dirigida desde la Universidad de Lecce, y en la que pone su empeño un centro interdisciplinar de estudios sobre Descartes y el Seiscientos, acaba de aparecer la reproducción anastática de este texto del médico y cosmólogo Röslin, con una importante introducción, en castellano, de M. Á. Es un bello libro realizado por Conte Editore, que está realizando una importante recuperación de clásicos, como se ha reconocido en Italia y asimismo en Francia o en América (Isis, 4, 1999). No hace mucho en Asclepio se reseñó El debate cosmológico en 1588. Bruno, Brahe, Rothmann, Ursus, Röslin (Nápoles, Bibliópolis, 1996), también editado en castellano, lo que evidencia el rasgo internacional de la impresión italiana, y el prestigio logrado ya por Granada. Ahí analizaba éste textos cosmológicos de Bruno, Tycho Brahe, Ursus de 1588, momento fundamental para la progresiva disolución del cosmos antiguo, y, tras hablar de Rothmann, finalizaba su recorrido histórico-cosmológico con una obra, algo posterior, del médico paracelsiano y astrólogo suabo, Röslin (1545-1616). Es precisamente una obra suya la que ahora pone ante nuestros ojos, y que es más breve, comparativamente, que su título: De opere Dei creationis seu de mundo Hypotheses orthodoxae: continentes summa summarum artium Principia, Physices, Chymiae, Medicinae, Astrologiae, Metaphysices, nec non praecipua fundamenta Philosophiae et veteris et novae. Estas tesis habían sido concluidas hacia 1595 y publicadas finalmente dos años después. El médico, poco ortodoxo, había nacido cerca de Stuttgart; estudió en Tubinga, donde fue médico desde 1569. En 1572 pasó como médico a Alsacia (vivió en Haguenau desde 1584 hasta 1608), y desde el inicio se interesaba ya por dos fenómenos astronómicos decisivos: la nova de 1572 (que dura dos años) y el cometa de 1577 que llamó tanto la atención a todo el mundo culto, desde España hasta Alemania. Tales apariciones suponían un cambio irregular en el ámbito celeste, presuntamente inmutable. Pues bien, desde entonces trató de replantear las teorías aristotélicas, desde una perspectiva cosmológica, pero también cronológico-religiosa. Su marco general era la doctrina de Paracelso, a partir de la terna azufre, mercurio y sal, conforme a los principios alquímicos (lo combustible, lo vaporoso, lo sólido), y manteniendo una visión que se opone a los inveterados elementos y humores de la materia y del cuerpo humano, con el consiguiente rechazo del elemento fuego. Ya en su Theoría nova coelestium meteoron de 1578 rechazaba éste último y extendía el ámbito del éter celeste hasta muy por debajo de la esfera lunar. Ahora, en este De mundo Hypotheses, además de un prólogo que define el marco temporal del escrito, ofrece 124 tesis donde da una versión propia del sistema cosmológico y astronómico que habían formulado Brahe y Ursus. Pues su posición proviene del universo geoheliocéntrico de Brahe -que Röslin acepta-, y el libro está dispuesto con idéntico método expositivo al Fundamentum astronomicum de Ursus, y le da réplica oponiendo a sus tesis las suyas, como producto de una reflexión de al menos cinco años. Según la lectura de Granada, Röslin recurre al fuego como elemento celeste y esencial, se detiene en los tres principios paracelsianos, habla de un mundo supraceleste o angélico y da una teoría de los cometas, sobre los que se extenderá en otra obra, Tractatus meteorastrologiphysicus: aquí señala que son celestes (no sublunares), que se forman en las esferas correspondientes, que son transparentes y su movimiento es regular; que su generación es natural, si bien son también signos. El libro se cierra con unos apéndices gráficos que aclaran todos los sistemas del momento: Ptolomeo, Copérnico, Brahe, Ursus, Röslin, pero no sin antes esbozar también unas tesis químicas y médicoantropológicas. Pues comenzó Röslin su teorización -como era propio del siglo XVI avanzado-discutiendo la pertinencia de las ideas de Aristóteles y de Galeno, y sus dudas fueron reforzadas por sus lecturas del Paracelso, muerto poco antes de que él naciera. Mezclado a este naturalismo médico-químico, él plantea una visión escatológica acerca del mundo, en la que el juicio divino sería inminente. Su tono profético expresa una idea del papa como Anticristo (contra quien lucharía el protestantismo), y una clara defensa de la libertad de conciencia. Ofrece Röslin, pues, una gran visión del mundo, a la vez abierta y amenazadora. Y sólo mediante la superposición de lo que sucede en distintos campos, científicos, religiosos, filosóficos, históricoculturales se puede captar la complejidad de ese pasado en crisis. De modo que cualquier intento de esquematización, separación y organización sistemática y monocolor debe quedar en entredicho, como nos lo mostraba ya Granada en su Cosmología, religión y política en el Renacimiento (Barcelona, Anthropos, 1988). Todos los estudios, lecturas y reescrituras se interpenetraban y fecundaban; por ello, la actividad científica tenía una unidad indisociable con las restantes; y las indagaciones de entonces -filosóficas, literarias, médicas, naturales-no pueden estimarse autónomamente, y ni siquiera se presentaban como tales la mayoría de las veces. Más aún nos lo reafirma hoy Granada en otro trabajo nuevo y muy extenso, El umbral de la modernidad. Estudios sobre filosofía, religión y ciencia entre Petrarca y Descartes, que es una de las más importantes contribuciones españolas al estudio del Renacimiento europeo. El libro se inicia con un extenso trabajo, «¿Qué es el Renacimiento? Algunas consideraciones sobre el concepto y el período». Luego, a su análisis del universalismo del momento, de los intentos de reformar el conocimiento, de analizar la centralidad del hombre y criticar las manifestaciones eclesiásticas y otras formas del poderío de entonces, se une todo un repaso minucioso de la cosmología en un momento crítico como es el tardorrenacimiento. Y buena parte de tales argumentos son paralelos a los abordados en esa introducción a Röslin, pues los enmarca con una secuencia de nombres y de cuestiones concretos. En efecto, toda la segunda parte del libro (doscientas páginas), está dedicada a problemas cosmológicos: discute el cielo de Aristóteles y su proyección teológica; presenta ampliamente las novedades sobre el cosmos y las expectativas escatológicas en el Quinientos europeo (sin olvidar el eco del descubrimiento americano), en figuras como Leovitius, Jerónimo Muñoz, Valles, Zúñiga, Digges, Maestlin, Gemma, Brahe, Hagecius, Postel y el propio Röslin (estos dos especialmente marcados por la historia-lineal cristiana del momento). Además, Granada proporciona otras nuevas perspectivas sobre la figura del Nolano (a quien ha traducido excepcionalmente y sobre el cual ha volcado buena parte de su investigación); y en fin, ofrece aspectos centrales de la revolución cosmológica -Copérnico, Bruno, Kepler, Galileo, Descartes-volviendo una y otra vez, mediante análisis sucesivos y complementarios, a una época díficíl de abordar. Fueron muchos los aspectos que afectaron a los debates suscitados por ese quiebro mental y científico; y sólo un desmenuzamiento como el suyo, de cada problema -sea partiendo Röslin, sea partiendo del resto de los autores citados-, podrá ayudarnos a descifrarlo. Mauricio Jalón MAX NORDAU, Fin de siglo (prólogo de José Luis Arántegui), Jaén, Del lunar, 1999, 75 pp. Hay que saludar con alegría la aparición de una joven editorial dedicada a la psicología y a la psiquiatría. Entre sus libros publicados, podemos señalar Fin de siglo, el primero de los cinco de la obra Entartung (Degeneración) de Max Nordau publicada en Berlín en 1893 y traducida por Nicolás Salmerón y García en la Biblioteca Científico-Filosófica en Madrid en 1902. Se consagra a la noción de degeneración, introducida por Morel y desarrollada por el maestro Lombroso, a quien Nordau dedica fervorosos elogios, así como consuelo por los olvidos y ataques que sufre. Lombroso la aplicó a psiquiatría, derecho criminal, política, sociología, él al arte y la literatura, mostrando que las modas estéticas son formas de descomposición intelectual. En «El crepúsculo de los pueblos» señala el origen francés del «fin de siglo» y sostiene que consiste en el desprecio de las conveniencias y de la moral tradicionales. Se trata de una minoría de gentes ricas, distinguidas, o fanáticos, que convencen a las clases media e inferior, a través de snobs, fatuos, imbéciles y pobres de espíritu. Analiza este malestar de fin de siglo como una enfermedad. Los «Síntomas» consisten en no ser uno mismo, copiar modelo ajeno, incluso varios. Habla de viviendas decadentes -tipo Wilde, D ́Annunzio o Huysmans-que tratan de irritar los nervios. Pasa revista a muchos creadores, desde Puvis de Chavanne a los discípulos de Manet, desde Zola hasta Nietzsche, de Schopenhauer a Eduardo de Hartmann. Tampoco olvida a Wagner. En «Diagnóstico» recurre a los «degenerados superiores» de Magnan; Maudsley y Ball los llaman «habitantes de las fronteras», son los «matoideos» de Lombroso. Se caracterizan por la emotividad variable, femenina, la obsesión por el sí mismo. Para Legrain el degenerado puede ser un genio, para Lasegue el genio es una neurosis. El histérico tiene todas las singularidades del fin de siglo, así pasión por el rojo. Por formar escuelas o grupos cerrados, por los ismos, que relaciona con la locura de dos. «No participo de la opinión de Lombroso que afirma que los degenerados de genio constituyen una fuerza propulsiva del progreso humano» (p. Gina Lombroso le responderá pronto. En «Etiología» señala las drogas (bebidas, tabaco, opio, haschisch, arsénico), la mala alimentación, los venenos orgánicos y enfermedades, así tuberculosis, fiebres palúdicas, bocio, sífilis. También la ciudad, que compara con las lagunas palustres italianas, que excita con el ferrocarril, las cartas y los medios de comunicación. Aparece la histeria y la neurastenia por fatiga. Dado el esfuerzo del sistema nervioso, el gasto de materia, el estómago va por detrás del cerebro y el sistema nervioso. La fatiga de la humanidad civilizada produce nuevas tendencias en arte y literatura, aumento de crímenes, de locura, de suicidios. La generación actual envejece más que las anteriores, se ve en los dientes, canas, calvicie... Las nuevas escuelas estéticas no son fuerza juvenil y futuro, sino una mano hacia el pasado por agotamiento. Así se habla sin sentido de socialismo, de darwinismo, de emancipación intelectual. «Esas obras confusas o pedestremente charlatanescas, que tienen la pretensión de aportar soluciones a los graves problemas de nuestro tiempo...» (p. Como sin duda fueron las suyas y las de la escuela lombrosiana. José Luis Peset PERE SUNYER MARTÍN, La Configuración de la Ciencia del Suelo en España (1750España ( -1950)), Madrid, Doce Calles / Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1996, 612 pp. PEDRO FRAILE (ed.), QUIM BONASTRA (coor.), Modelar para gobernar. El control de la población y el territorio en Europa y Canadá.Una perspectiva histórica, Barcelona, Universitat, 2001, 336 pp. Estos dos libros confirman la extraordinaria calidad de la historia de la geografía en Cataluña. El primero es un cuidado trabajo académico en el que se analiza la aparición de la ciencia del suelo entre nosotros. Primero se abordan los distintos caminos -ciencias o actividades-que convergen hacia esta creación. Se estudian las condiciones sociales, económicas y científicas, y dentro de éstas, la historia natural (botánica, química, geología), la ingeniería, la agrología y la geografía. Luego se analiza la institucionalización de la ciencia del suelo, viendo los principales personajes e instituciones que intervinieron. Cuidadas bibliografía y selección de textos, completan este importante trabajo de exigida consulta. En cierto sentido, es continuación del trabajo de Jordi Martí Henneberg y se enmarca en la escuela de historia de la geografía de Horacio Capel. El segundo libro recoge un reciente coloquio entre historiadores españoles y canadienses. Introduce una más amplia orientación de estudio del espacio y la población. Trabajo y problemas sociales, policía y ordenación social, legislación y control de la población, políticas de salud y profilaxis... son los marcos en que se desarrolló este coloquio. Una amplia perspectiva enriquece este libro, pues se trata de especialistas de diversas orientaciones y orígenes. «Todo ello configura un rico y complejo panorama de perspectivas y aproximaciones a la historia de los instrumentos de dominación y control empleados en Europa y Canadá. Si bien esta diversidad comporta el riesgo de un cierto eclecticismo, es indispensable si se quiere avanzar en la construcción de una metodología crítica, útil para analizar estos fenómenos, pues sólo contrastando las diferentes ópticas y su capacidad para arrojar luz sobre los problemas abordados se irá en tal dirección» (introducción, p.
DOSSIER: Historia de la enfermedad En el 19th International Congress of Historical Sciences (Oslo, 6-13 agosto 2000), se reunió una mesa redonda sobre historia de la enfermedad. Los participantes decidieron redactar los textos presentados y buscar un adecuado lugar de publicación. Todos queremos agradecer a la revista Asclepio que haya aceptado acoger en sus páginas nuestros trabajos, que pretenden ser una puesta al día de las principales tendencias en historia de la enfermedad. Orientaciones muy diversas y puntos de vista encontrados, procuran proporcionar un panorama breve pero suficiente de un tema tan importante como complejo.
See RAMONET, I. (1995), «Pensamiento único y nuevos amos del mundo».
En el presente artículo se quiere dar a conocer la labor de José Fernández Nonídez, quien fuera introductor de la teoría mendeliano-cromosómica en España, como histólogo en los Estados Unidos. Sus estudios sobre las células parafoliculares del tiroides, su descripción del glomus aorticum y, en especial, la aplicación de las técnicas de impregnación argéntica de la Escuela Histológica Española le acercan a la tradición y a las líneas de investigación de este grupo, a pesar de su distancia geográfica. Este artículo viene a completar aquel otro, publicado en esta misma revista 1, sobre la figura de José Fernández Nonídez como introductor en España de la teoría mendeliano-cromosómica elaborada por el genético americano Thomas H. Morgan (1866Morgan ( -1945)), quien recibió por la misma el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1933. Nonídez cumplió su función de introductor de la nueva genética gracias a la política de pensionados en el extranjero que la Junta para la Ampliación de Estudios mantuvo con objeto de mejorar el nivel científico español desde su creación, en 1907, y hasta su disolución tras la guerra civil. Sin embargo, en el presente artículo se tratará únicamente de las investigaciones histológicas que Nonídez llevó a cabo tras su regreso a los Estados Unidos, dando a conocer una faceta de su carrera que es desconocida en nuestro país, si bien no así en el extranjero, y que no pudo ser completada en su momento. Del mismo modo, ello nos permitirá hacer un repaso a alguna de las cuestiones relevantes de la biología de la primera mitad del siglo XX. Resumiendo rápidamente los datos más esenciales que ofrecíamos en el artículo anterior. José Fernández Nonídez nació en Madrid el 22 de febrero de 1892 y murió a en los Estados Unidos el 27 de septiembre de 1947, cuando acababa de trasladarse para tomar posesión de un puesto como profesor de anatomía microscópica en la Universidad de Georgia en Augusta. Era licenciado en ciencias naturales por la Universidad Central de Madrid, donde obtuvo el título de doctor el 16 de febrero de 1916. Como complemento a su carrera, atendió a diversos cursos de ampliación de estudios en centros como el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, donde siguió entre otros el curso sobre teorías y técnicas modernas en citología y embriología que impartía Antonio de Zulueta (1885Zulueta ( -1971)). Junto a él, Nonídez inició su carrera investigadora efectuando un estudio de citología aplicada a la herencia 2, disciplina en pleno desarrollo que jugó un papel esencial al demostrar el paralelismo entre la segregación de los factores mendelianos y la formación de los gametos. Consecuentemente, las investigaciones sobre el comportamiento cromosómico durante la meiosis cobraron vital importancia durante esos años al dar fundamento citológico a la teoría cromosómica de la herencia desarrollada por Morgan en la década de 1910, quien aunó las teorías previas al situar a los factores mendelianos en los cromosomas, donde además habían de hallarse ordenados linealmente. ----1 PINAR, S. (1999), La recepción de la teoría cromosómico-mendeliana en España. La contribución de José Fernández Nonídez. 2 NONÍDEZ, J. F. (1914), «Los cromosomas en la espermatogénesis de Blaps lusitanica Herbst», Trab. I. Los cromosomas goniales y las mitosis de maduración en Blaps lusitanica y B. waltli», Mem. Nat.,10, Siendo ya catedrático de zoología en la Universidad de Murcia, Nonídez viajó como pensionado por la JAE al departamento de zoología de la Columbia University que dirigía el celebre citólogo Edmund B. Wilson 3 (1856-1936), en 1917. Junto a Wilson y Morgan, Nonídez se familiarizó con los métodos de investigación empleados en el estudio de la herencia, realizando diversos estudios de carácter principalmente citológico 4. Cuando en 1920 volvió a España, Zulueta y el director del Museo de Ciencias Naturales, Ignacio Bolívar, le propusieron que impartiera en un cursillo la teoría de la herencia de Morgan, cumpliendo así con los deseos de difusión de la JAE. El cursillo se celebró ese mismo verano y su contenido fue publicado por la JAE con el título La herencia mendeliana: Introducción al estudio de la genética (1922), primer texto en castellano que recogió detalladamente no sólo la teoría mendeliana clásica, sino también todos los descubrimientos efectuados en el grupo de Morgan hasta ese momento (teoría cromosómico-mendeliana, ligamiento, intercambio cromosómico, cartografía de cromosomas, el fenómeno de no-disyunción, las interferencias, etc.), incluyendo dos apéndices con instrucciones prácticas para iniciar estudios genéticos en plantas y animales, con especial mención a la experimentación en Drosophila. Herencia mendeliana fue seguido por otro volumen dando cuenta de la Variación y herencia en los animales domésticos y las plantas cultivadas (1923). Esta segunda obra de Nonídez tuvo también gran repercusión entre los ingenieros agrónomos y los veterinarios españoles y sudamericanos de la época, llegando a ser editada cuatro veces entre 1923 y 1946 9. En lo que respecta a Herencia mendeliana, ésta fue reeditada en 1935 con grandes modificaciones para incluir los nuevos descubrimientos efectuados en los 12 años que mediaron hasta su reedición tanto por el equipo de Morgan como por otros investigadores (los cromosomas sexuales en las plantas dioicas, intersexualidad en Lymantria y Drosophila, fenómenos de hipostasia y epistasia, traslocaciones, delecciones, duplicaciones e inversiones de segmentos cromosómicos, etc.). ----3 EDMUND B. Wilson ha sido considerado el artífice de la transición naturalista-experimentalista efectuada en la biología americana durante el cambio de siglo. Su carrera científica puede dividirse en tres etapas principales. Entre 1891 y 1903 se dedicó al estudio experimental de la embriología, la diferenciación y la partenogénesis artificial. Por último, de 1903 a 1938, sus investigaciones se concentraron en buscar una base celular a la herencia, reconociendo tempranamente la importancia de los cromosomas en la misma. Entre otros muchos estudios del americano, destacan el descubrimiento ocasional de la no disyunción de los cromosomas X e Y durante la meiosis, los estudios sobre cromosomas sexuales en insectos, haber encontrado evidencias durante la sinapsis de entrecruzamiento o crossing-over entre cromosomas homólogos y sus investigaciones sobre la herencia extracromosomal. Zoology,32, Sin embargo, la labor de Nonídez en favor de la introducción de la genética morganiana en España terminó aquí. El relevo fue recogido por Antonio de Zulueta quien, desde su puesto en el Laboratorio de Biología del Museo de Ciencias Naturales, dio a conocer la incipiente genética española a nivel internacional y llevó a cabo una importante labor para el desarrollo institucional de esta disciplina en España5. De este modo, a los pocos meses de regresar a España, Nonídez volvió a marcharse a los Estados Unidos, rechazando un puesto de histólogo en la recién creada Misión Biológica de Galicia e incorporándose definitivamente al departamento de anatomía de la Universidad de Cornell, donde permaneció hasta poco antes de su muerte. Fueron bastantes los científicos españoles que, dada la situación económica de España en el primer tercio del siglo XX y a pesar de los esfuerzos de la JAE por formarlos, decidieron aceptar posiciones en los Estados Unidos o allí donde las condiciones para desarrollar la actividad científica eran mas favorables. Estos abandonos fueron una gran preocupación para Santiago Ramón y Cajal, presidente de la JAE, quien con motivo de la marcha a los Estados Unidos de su discípulo Rafael Lorente de Nó (1902-1991), comentaba a José Castillejo (1877-1946), secretario de la misma: «A mi juicio, salvo alguna excepción, no deberíamos pensionar más que a auxiliares y a catedráticos. Abriendo la mano, no hacemos sino exportar a los Estados Unidos lo poco bueno que tenemos»6. Estados Unidos se convirtió en el hogar de Nonídez. Allí desarrolló su carrera como histólogo y contrajo matrimonio dos veces, la primera con Winifred Kittredge Nonidez, activista del Southern Women's National Democratic Organization de New York y, posteriormente, en 1942, con Margaret Eggleston Brown, con quien tuvo dos hijos que quedaron huérfanos con muy pocos años cuando Nonídez murió en 1947. ----LA TRAYECTORIA CIENTÍFICA DE JOSÉ FERNÁNDEZ NONÍDEZ EN LOS ESTADOS UNIDOS 1. Histología de aves de corral Como se dijo anteriormente, la experiencia de Nonídez como pensionado en los Estados Unidos fue tan satisfactoria que a los pocos meses de volver a España decidió regresar a Nueva York, incorporándose definitivamente al departamento de anatomía de la Universidad de Cornell. A pesar de la distancia, en esta nueva etapa Nonídez siguió colaborando con España, no solo en los proyectos de publicación de sus obras sobre genética, ambas escritas en los Estados Unidos, sino también con la publicación en revistas españolas de parte de las investigaciones que ahora iba a emprender. Los primeros estudios de Nonídez en Cornell fueron continuación de las investigaciones y colaboraciones, principalmente con genéticos americanos, efectuadas durante su estancia como pensionado de la JAE. Entre éstas cabe mencionar una serie de seis artículos publicados indistintamente en revistas especializadas españolas y norteamericanas, relativos al estudio de diferentes aspectos histológicos de las gónadas de gallinas de diferentes razas, a fin de averiguar la posible influencia que estos órganos tenían en la expresión de caracteres sexuales secundarios, como son el color y desarrollo de las plumas, crestas y espolones de los gallos 7. Dichos estudios se remontan al invierno de 1920, durante los últimos meses en la Universidad de Columbia bajo la dirección de Morgan. Durante esos años, el grupo de Morgan estuvo dividido entre una elite cercana al proyecto de cartografiado, cuya carrera estaba volcada en el estudio de Drosophila, y el resto, cuyas expectativas u orientación eran las de zoólogos experimentales, grupo en donde había de incluirse por lo general a los investigadores visitantes, a los que se les solía ofrecer y dirigir hacia temas colaterales de investigación importantes para Morgan, quien siempre tenía entre manos proyectos muy diversos 8. Durante esos años el éxito de su teoría llevó a Morgan a ----7 NONÍDEZ, J. F. (1920c), «Studies on the Gonads of the Fowl. El tejido intersticial del ovario». Libro en honor de D. Santiago Ramón y Cajal. Trabajos originales de sus admiradores y discípulos extranjeros y nacionales, Madrid, JAE, vol. 2, pp. 137-157; NONÍDEZ, J. F. (1922c), «Studies on the Gonads of the Fowl. J. Anatomy, 31(2), 109-124; Nonídez, J. reinterpretar frecuentemente la teoría de Darwin en términos de su nueva genética, así como aquéllos problemas relativos al desarrollo embriológico 9. En relación a la aparición de caracteres sexuales secundarios en distintas especies animales, Charles Darwin (1809-1882) y Alfred Russel Wallace (1823-1913) ya habían intentado dar explicación a este fenómeno en sus escritos. La teoría de la selección natural, que sobre este punto también mantuvo Wallace, se suponía operaba a través de la supervivencia de las hembras que poseían un plumaje protector, es decir, cuyos colores apagados permitían un mayor grado de camuflaje en comparación con los del macho. Por otra parte, la teoría de la selección sexual de Darwin asumía que el macho había adquirido los colores brillantes de su plumaje, la cresta y los espolones típicos de los gallos, como respuesta a la elección de los machos más vistosos y llamativos por las hembras. Tanto para Morgan como para Hubert Dana Goodale10 (1879-1968), uno de los pioneros de la genética de aves de corral americana, amigo y colaborador de Morgan durante su época en el laboratorio del Cold Spring Harbor, ninguna de las dos teorías explicaban por completo el complejo problema de este tipo de caracteres secundarios. Para Goodale ambas teorías partían de un supuesto erróneo, es decir, de que la especie primigenia debía ser de colores apagados y ambos sexos poseer igual morfología, puesto que los experimentos de castración y extirpación de ovarios realizados por el mismo indicaban que en el plumaje de colores brillantes de la hembra era suprimido por la influencia de algún tipo de secreción del ovario, por lo tanto se había de partir del supuesto contrario, es decir, de la posesión de un plumaje de colores brillantes por la hembra11. ----A la luz de la nueva genética, Morgan manifestó también sus dudas sobre la teoría de la selección sexual de Darwin en 1919. Así, concluía que dicha teoría no podía ser de aplicación general, puesto que no podía dar respuesta a la aparición de los distintos tipos de caracteres sexuales presentes en todos los grupos animales, además del rechazo que provocaban las fuertes connotaciones antropomórficas de la teoría de Darwin. Por otra parte, Morgan pensaba que el nuevo conocimiento sobre la actuación de los genes permitía superar algunas limitaciones que no pudieron solventarse en época de Darwin. Así, para el caso del desarrollo «excesivo» de ciertos caracteres (color, espolones y cresta) en el macho, cuyos genes estaban presentes en ambos sexos, Morgan indicaba que podían ser fácilmente explicados puesto que «a single factorial difference may be at the root of exceedingly great differences in the individual. To Darwin the excessive development of color and ornamentation appeared due to a long, slow process of evolution laboriously brought about by the female through selection of those males a little more ornamented than their fellows»; sin embargo, la única diferencia entre sexos se encontraba en la composición de sus cromosomas sexuales, de modo que en las hembras esto determinaba la producción de una sustancia que suprimía la expresión de dichos caracteres, señalando además que los caracteres sexuales secundarios podían simplemente ser un subproducto de genes que controlaban alguna otra importante función metabólica, como, por ejemplo, la regulación de la actividad, de la fuerza o de la energía. De este modo, el efecto secundario producto de la expresión de estos genes, en este caso la vistosa ornamentación de los gallos, no necesitaba de otro tipo de explicación distinta de lo que se entendía por selección natural 12. El paso siguiente hacia la solución de este problema fue la búsqueda de la posible sustancia que ejercía su efecto sobre la expresión de los caracteres sexuales secundarios. En 1918 Alice M. Boring y Morgan, estudiando los testículos de machos de la ----12 El grupo de Morgan realizó diversos experimentos con Drosophila para testar la teoría de la selección natural de Darwin. En este caso, se midió la frecuencia de copulación de machos salvajes con hembras salvajes y con mutantes de ojos amarillos, luego con machos de ojos amarillos y el mismo tipo de hembras y, posteriormente, se repitió el experimento pero confrontando machos normales con otros de ojos blancos en el mismo tipo de cruces. Con ello se pretendía observar la existencia de algún tipo de elección por parte de los miembros de la pareja por separado. La conclusión fue que las diferencias en las frecuencias de apareamiento se debían a diferencias en la actividad de los componentes de la pareja. La mayor actividad mostrada por los machos normales suponía, al final, un mayor número de hembras cubiertas. La pasividad de las hembras de ojos blancos, determinaba su participación en un mayor número de apareamientos. Estos datos apuntaban a la existencia de otros factores de mayor influencia que la supuesta elección de un macho preciso por la hembra. H. (1919), The Genetic and the Operative Evidence Relating to Secondary Sexual Characters, Washington, Carnegie Institute, pp. 51-52. raza de gallinas Sebright, cuyo plumaje es siempre de carácter femenino, habían observado unas células intersticiales similares a la que aparecían en el ovario de las hembras 13.Tanto la extirpación del ovario en hembras como la castración de este tipo de gallos en los que se presentaban las células intersticiales producían la aparición del plumaje característico de los machos, razón por lo que Morgan supuso que tales células debían tener una función endocrina. Mientras tanto, Raymond Pearl 14 (1879-1940) y Boring15 llegaron a asimilar esas células, debido a la formación de un pigmento amarillo en su interior, con aquéllas otras células intersticiales del cuerpo lúteo de mamíferos, de probada influencia en la expresión de los caracteres sexuales secundarios. Los estudios que realizó Nonídez sobre el origen y función de las gónadas de aves de corral, probaron la errónea asimilación de esa formación con el cuerpo lúteo, al señalar que las masas de células intersticiales eran restos de los cordones sexuales y la sustancia amarilla producto de su degeneración. En buena parte de los estudios de esta serie el material de trabajo fue cedido por el propio Morgan y por Goodale, quien había estudiado este punto junto al primero en años anteriores, si bien, posteriormente, se alió con Nonídez contribuyendo a que éste demostrara igualmente el error de la hipótesis secretora que Morgan elaboró para esas células 16. Actualmente, la organogénesis gonadal de aves, aunque está por ser completada y muchos datos son inferidos de otras especies, muestra la existencia de receptores para la hormona luteinizante, segregada por la pituitaria, sobre las células intersticiales del ovario17. Luego pasó a dirigir el departamento de biología de la Maine Agricultural Experimental Station (1907Station ( -1918)), donde llevó a cabo importantes investigaciones sobre herencia y reproducción en aves y ganado. Posteriormente fue nombrado jefe de la división estadística del United States Food Administration (1917Administration ( -1919)), estudiando las relaciones entre alimentación y población. En 1918 comenzó su colaboración con la John Hopkins University, donde ocupó diversos puestos. Su reconocimiento internacional proviene, principalmente, de sus estudios estadísticos y pronósticos sobre la evolución de la población mundial en materia de demografía. Para más información, véase: JENNINGS, H. J. ( 1942 Durante muchos años Nonídez y Goodale siguieron colaborando juntos en distintos proyectos, así ambos llevaron a cabo una serie de investigaciones sobre la influencia de la dieta en la cría de gallinas en condiciones de producción masiva 18. El estudio de los factores que intervienen en la producción de huevos y en el desarrollo óptimo de las aves de corral comenzó en los Estados Unidos alrededor de 1900, en buena parte centrado alrededor de la Maine Agricultural Experimental Station y, principalmente, en la figura del anteriormente mencionado Raymond Pearl. De este modo, se pasó de la cría y selección de razas de aves de corral principalmente por razones estéticas, a la cría de las mismas por motivos de productividad alimentaria, es decir, por su carne y huevos. La importancia de este cambio queda reflejada en el siguiente dato. En 1905 George K. Holmes del Bureau of Statistics de los Estados Unidos estimaba que el valor de pollos y huevos había ya igualado el valor de la producción nacional trigo, que se estimaba en medio billón de dólares al año 19. En los años siguientes, muchas otras instituciones y centros incorporaron este tipo de estudios en sus líneas de investigación. Este fue el caso de la Mount Hope Farm, granja de investigación situada en Williamtown (Massachusetts) propiedad del hijo político de Rockefeller, donde el profesor Goodale ensayó la cría de pollos en condiciones distintas de iluminación y dieta para averiguar los factores que determinaban la aparición del raquitismo en las aves de corral, así como de otras disfunciones relacionadas con la alimentación y la cría de animales a gran escala, como era en las aves la debilidad de las patas. Las conclusiones de este trabajo indicaban que la adición de determinados complementos a la dieta, como el hígado de bacalao o la mantequilla, así como la iluminación con luz ultravioleta, factores que ayudan a la síntesis de la vitamina D o antiraquítica, podían reemplazar el efecto de la luz solar, de modo que era posible criar pollos en el interior de naves, desarrollándose éstos con normalidad. El estudio anatómico-histológico de las aves raquíticas y de aquéllas que mostraban una gran debilidad en las patas le fue encargado a Nonídez, quien observó una hiperplasia del paratiroides en ausencia de luz ultravioleta o su equivalente en vitamina antiraquítica 20. Como decíamos antes, el objetivo de los experimentos de cría en ausencia de luz solar y con distinta dieta respondía a la necesidad, cada día más apremiante, de criar animales a nivel industrial. De la eficacia con que las aves de corral convierten el alimento en su propio aumento de peso y en huevos depende finalmente los costes de producción. Otro punto importante que comenzó a estudiarse por la misma época, fue el modo de mantener unos buenos niveles de higiene en las granjas de producción ----masiva, para evitar la aparición de enfermedades como la coccidiosis, que provocaban enormes pérdidas 21. Las células C y la Calcitonina Como complemento a sus estudios anteriores y para dar respuesta a la hiperplasia del paratiroides que presentaban los pollos raquíticos, con debilidad en las patas o con temblores, Nonídez comenzó a extirpar las glándulas paratiroideas a esos pollos, pero los resultados obtenidos no eran nunca tan marcados como los que se presentaban en mamíferos. En este caso, únicamente se apreciaba un estado pasajero de depresión que comenzaba a los 7 o 10 días de la operación que al cabo de una semana desaparecía y los pollos se recuperaban normalmente. Nonídez sospechaba que su recuperación se debía a la existencia de tejido paratiroideo en el timo, el cual probablemente experimentaba también una hipertrofia. Al término de su colaboración con Goodale, Nonídez extendió sus investigaciones sobre el tiroides a otros animales, estudiando la inervación de la glándula tiroides en el perro y en otros mamíferos, en donde aplicó el método de tinción con nitrato de plata de la escuela histológica de Cajal 22. Con dicho método Nonídez observó la separación espontánea de ciertas células que ocupaban primeramente la pared de los folículos o vesículas del tiroides, y luego iban a situarse al lado de aquéllas en los espacios interfoliculares, razón por lo que las denominó «células parafoliculares». Dichas células habían sido descritas por primera vez por E. Cresswall Baber en 1876 en el tiroides del perro, donde son particularmente numerosas y voluminosas. Años más tarde, en 1894, K. Hürthle confirmaba su presencia, si bien ambos autores mantenían una opinión contraria a la de Nonídez con respecto a su origen, suponiéndolas células epiteliales libres que se incorporaban gradualmente a los folículos y que por su citoplasma de apariencia granulosa fueron denominadas células parenquimatosas 23. De este modo, la poco acertada descripción de estas células por Hürthle llevó ----a la confusión a J. Ewing y a otros investigadores posteriores, quienes las asimilaron con unas células grandes y eosinófilas que aparecen en el tiroides humano como condición patológica, confusión que se prolongó durante años. En siguiente paso significativo en la identificación de estas células, fue, como mencionabamos, la aplicación del método de impregnación argéntica efectuado por Nonídez 24. Con dicho método Nonídez observó la presencia de un tipo celular argentófilo y de gran volumen, que correspondía a las células parafoliculares, del todo diferenciado de las células foliculares. Además, observó que el primer tipo de células no eran elementos de naturaleza embrionaria destinados al crecimiento en superficie de los folículos, sino células esencialmente diferentes que constituían un segundo tipo de epitelio 25 y, por tanto, una fase en la diferenciación de los folículos. De este modo, propuso que el tiroides debía poseer una doble secreción, representada por el coloide que se acumulaba dentro de los folículos y la secreción de las células parafoliculares, vertida directamente a la corriente sanguínea y que estaba relacionada con el sistema endocrino difuso. Asimismo, Nonídez relacionaba esta secreción con las fases de crecimiento rápido características de los primeros meses de vida postnatal. Sólo tras el avance de la microscopía electrónica, las técnicas histoquímicas y, posteriormente, las enzimocitoquímicas se pudo desvelar el verdadero origen y función de las células parafoliculares, actualmente conocidas como células C. Resumiendo, se reconoce ahora la existencia de dos tipos de células en el tiroides, aquellas productoras de la hormona tiroxina o células foliculares y las células C, que a finales de la década de 1960 fueron identificadas como las productoras de la calcitonina 26, hormona que regula el equilibrio del calcio y, por tanto, como observaba Nonídez, especialmente importante durante los primeros años de vida, cuando los huesos crecen rápidamente. Concretamente, la calcitonina, producida también en otros órganos, inhibe la destrucción de los huesos e impide la elevación de los niveles de calcio en sangre. Igualmente facilita la absorción de calcio por el intestino, lo que puede llevar al incremento de los niveles de calcio en sangre, si bien, en este caso, de un modo indirecto estimulando la producción de vitamina D por los riñones. La ausencia de las condiciones necesarias para la producción de la vitamina D, como ocurría con los pollos ----24 NONÍDEZ, J. F. (1932a), «Further Observations on the Parafollicular Cells of the Mammalian Thyroid», Anat. Como resumen de sus trabajos, se publicó en castellano: NONÍDEZ, J. F. (1933b), «Las células parafoliculares de la glándula tiroides», Investigación y Progreso, año VII, 4, 97-100. 26 Para más información sobre el descubrimiento de las células C del tiroides véase: BUSSOLATI, G. (1997), «Le cellule C (parafollicolari) della tiroide: prospetto storico», Pathologica, 89(2): 15 pp. Versión online: http://www.siapec.it/pathologica/path_972_2.htm. criados por Goodale, produce una hiperplasia del paratiroides para intentar elevar la síntesis interna de esta vitamina. En casos prolongados se produce también la descalcificación de los huesos para compensar la falta de calcio en sangre, lo que puede ser una de las razones de la debilidad de las piernas en pollos observada por Nonídez. Regulación Refleja de la Presión Sanguínea. A partir de 1935, Nonídez cambió el rumbo de sus investigaciones, publicando ahora una serie de artículos sobre la base anatómica de la regulación refleja de la presión sanguínea. El descubrimiento de nervios sensitivos o aferentes para la regulación automática de la presión sanguínea databa de 1865, cuando Elie de Cyon y Ludwig hallaron en el conejo unos nervios que se extendía a cada lado del cuello hacia el corazón, los cuales, debido al retardo o depresión del ritmo cardiaco que producían tras su excitación eléctrica, fueron llamados nervios depresores. Sesenta años después de su descubrimiento, en 1924 Jorge Francisco Tello27 efectuó su estudio histológico aplicando el método del nitrato de plata de Cajal a embriones, con lo que demostró que el nervio depresor derecho terminaba en la base de la arteria subclavia de dicho lado, mientras que el izquierdo se distribuía sobre un segmento limitado del arco o cayado de la aorta en las proximidades del origen de la subclavia izquierda, como fue confirmado posteriormente en humanos por A. Tschernjachiwsky28. La segunda etapa en la investigación de la regulación refleja de la presión sanguínea fue inaugurada por los estudios fisiológicos de Corneille J. F. Heymans (1892-1968) y su escuela, quienes demostraron la existencia de reflejos cardiovasculares originados en el área de bifurcación de la arteria carótida común y, en concreto, en la porción dilatada o seno carotídeo que se encuentra radicado en la base de la carótida interna. Desde finales del siglo XVIII se conocía la existencia de una curiosa estructura en la región del seno carotídeo llamada glomus caroticum o cuerpo carotídeo. Se trataba de un pequeño órgano epiteloidal localizado justo por encima y a ambos lados de la bifurcación de la arteria carótida, que estaba formado por un grupo principal de células granulares y otro secundario de carácter no granular sobre un lecho vascular sinusoidal y ricamente en-----tretejido por fibras sensoriales del nervio glosofaríngeo 29. Dos años más tarde, de Castro 30 publicó un admirable trabajo que junto al anterior demostraba que, en contra de la idea del momento de que el glomus era un tipo de glándula endocrina similar a las glándulas suprarrenales, se trataba de un órgano cuya función era reaccionar a las variaciones de la composición de la sangre a través de quimioreceptores. Estas conclusiones fueron prácticamente simultáneas e idénticas a las alcanzadas por Hering 31. Durante un congreso celebrado en Burdeos en 1929, de Castro conoció a Heymans, quien aprovechó la ocasión para invitar al español a pasar unos días con él en Gante y poder discutir sus estudios acerca del seno carotídeo. Hasta ese momento Heymans había estado más interesado en estudiar los fenómenos vasopresores sobre la zona cardioaórtica, no habiendo iniciado aún el estudio fisiológico del cuerpo carotídeo. En 1931, Heymans y colaboradores emprendieron una investigación experimental para determinar si esos supuestos quimioreceptores eran los responsables de los reflejos respiratorios provocados por los cambios de composición de la sangre. A través de la destrucción localizada en el área del seno carotídeo fueron capaces de parar reflejos iniciados por cambios en la presión sanguínea, pero estos mismos reflejos aún persistían si habían sido iniciados en respuesta a cambios en la composición de la sangre. Parecía, sin embargo, que el mecanismo del nervio depresor intervenía únicamente en una pequeña parte de los reflejos respiratorios producidos por marcados descensos del nivel de oxígeno y que la vía de regulación esencial era en el glomus caroticum. Investigaciones subsiguientes condujeron al descubrimiento e identificación de los quimioreceptores implicados en las zonas del seno carotídeo y cardioaórtico, así como a la definición de su modo de acción 32. Por estos trabajos Heymans recibió en 1938 el premio Nobel de Fisiología y Medicina. No obstante, queremos expresamente hacer constar la contribución que los españoles de Castro y Nonídez efectuaron a esas investigaciones. El primero, de Castro, fue quien describió el glomus caroticum y mostró su importancia a Heymans. Desafortunadamente, el inicio de la guerra civil española le impidió finalizar sus experimentos sobre el significado y función de este órgano 33. 31 HENRING (1927) 33 El mismo De Castro comentaba: «Naturalmente que la pérdida de tiempo que hubo desde mil novecientos treinta y seis a mil novecientos treinta y ocho por motivo de nuestra guerra fue tremendo, porque yo estaba haciendo entonces experiencias de las anastomosis nerviosas. Era el poder registrar automáticamente el fenómeno de los reflejos carotídeos sobre el ojo, con las anastomosis nerviosas, su momento Heymans reconoció, durante un viaje a Argentina donde coincidió con de Castro, que el premio Nobel debía haber sido compartido con el español. Del mismo modo, poco antes de la guerra, entre 1934 y 1935 G. Muratori 34 y Nonídez descubrieron, independientemente, dos órganos de estructura idéntica al glomus caroticum, situados en el conejo y en el gato por encima del arco o cayado de la aorta, que el español denominó glomi aortici o cuerpos aórticos 35. A diferencia de Muratori, quien los consideraba formaciones paraganglionares, Nonídez insistió sobre la naturaleza sensitiva de sus terminaciones nerviosas, que fue confirmada más tarde por Hollinshead, así como sobre su función quimioreceptora, también comprobada experimentalmente por Comroe y Verdonk en 1939 36. Las fibras nerviosas que terminaban en los cuerpos aórticos se desprendían del nervio depresor. En el perro y el hombre la posición de estos órganos era diferente, por no estar situados encima sino debajo del arco de la aorta, junto al paragánglio de Penitschka 37. La inervación de este último era idéntica a la de los cuerpos aórticos, concluyendo que se trataba también de un quimioreceptor, cuya posición presentaba, como decíamos, diversas modificaciones anatómicas dependiendo del animal de estudio 38. Como en el caso anterior, los cuerpos aórticos presentan quimioreceptores que responden fundamentalmente al descenso de la tensión de oxígeno en la sangre, siendo algo menos sensibles a los descensos de pH sanguíneo o a los incrementos de dióxido de carbono 39. Posteriormente, Nonídez continuó sus estudios histológicos, pero esta vez dirigidos a averiguar las estructuras implicadas en la regulación de la presión sanguínea a través de presoreceptores. En 1915 Brainbridge describió un reflejo, producido cuando se ---mediante la variación química de la sangre. Luego lo lleve a un simposio a Estocolmo, en que la primera conferencia estaba a cargo de Heymans, y la segunda, a cargo mío. Allí expliqué mis trabajos, que no puede terminar durante la guerra, porque me quedé sin los gatos, puesto que en aquel tiempo difícil se me murieron de hambre o tuve que matarlos. Por esa razón yo no pude finalizar mis experimentos en aquel momento»; GÓMEZ-SANTOS, M. (1968), Cinco grandes de la ciencia española, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 123-125, cita en p. 36 NONÍDEZ, J. F. (1940a), «La base anatómica de la regulación refleja de la presión sanguínea», Ciencia, 1(2), 49-56. aumentaba la presión sanguínea en la vena cava superior mediante inyección de suero fisiológico, de sentido contrario al de Cyon-Ludwing, es decir, que provocaba una aceleración del ritmo cardiaco o taquicardia, con aumento de presión arterial. El estudio de dicho reflejo indicaba que las zonas en donde radicaban las terminaciones presoreceptoras, arborizaciones extensas de la fibra nerviosa que responden a los cambios de presión, se hallaban próximas al corazón y que algunas debían también encontrarse en las aurículas. Nonídez demostró la presencia de dichos presoreceptores no sólo en la vena cava superior, sino también en la inferior, el seno coronario y las venas pulmonares 40. Derivado de los estudios anteriores, entre 1936 y 1937 publicó una serie de tres artículos dando a conocer los resultados de sus investigaciones sobre la naturaleza histológica del «retículo terminal» de las fibras nerviosas, basándose en observaciones procedentes de sus estudios anteriores sobre los vasos sanguíneos y el tiroides, completadas con datos de los ganglios y nervios del sistema autónomo. Dichas investigaciones estaban en relación con una enconada polémica en torno al modo de terminación de las fibras autónomas del sistema nervioso vegetativo, iniciada en 1935. La postura clásica, mantenida por investigadores como Lawrentjew, Fedorow y Matwejewa y de Castro, era que las fibras autónomas poseían terminaciones libres, mientras la nueva teoría mantenía que las fibras finalizaban en un retículo terminal formado por una masa sincitial de neuroplasma que constituía una delicada malla neurofibrilar; posición seguida por Reiser, Stöhr, Harting y Szantroch. Mientras los primeros acusaban a los segundos de que sus resultados se debían a un artificio, Nonídez, en una serie de experimentos en los que empleó las técnicas de tinción de carbonato de plata de Río Hortega y las de nitrato de plata reducido de Cajal, demostró que si bien los datos del segundo grupo no podían negarse, la estructura observada carecía de naturaleza nerviosa. El error se hallaba en el método de tinción empleado. El método Beilschowsky original, que modificado había sido utilizado extensivamente para el sistema nervioso con resultados poco reproducibles, en realidad había sido ideado para teñir finas fibras de tejido conectivo en distintos órganos. Por ello, Nonídez supuso que al aplicarlo al estudio de las fibras nerviosas se estaban tiñendo tanto éstas como las porciones más finas del tejido conectivo estructural de los órganos que las sostenían, lo que él mismo, decía, había observado en ciertas ocasiones. Los métodos de la escuela histológica española aplicados confirmaron por doble partida la naturaleza conectiva del retículo, rechazando su posible carácter nervioso 41.
EUGENESIA, SALUD MENTAL Y TIPOLOGÍA PSICOLÓGICA DEL MEXICANO Laura Suárez y López-Guazo Laboratorio de Historia de la biología y evolución Facultad de Ciencias, UNAM Se reseñan diversos intentos por establecer la tipología psicológica del mexicano, con apoyo en datos biotipológicos y psicosomáticos, del evolucionismo y tesis relativas a la doctrina eugenésica, que condujeron incluso a impulsar un servicio de biología criminal para detectar los individuos considerados portadores de caracteres hereditarios generadores de conductas calificadas como antisociales, como la locura y la fragilidad del sistema nervioso, que se vincularon con diversas patologías mentales como la criminalidad. Se señalan elementos derivados de la medicina legal propuestos por el psiquiatra inglés Henry Maudsley, de la antropología criminal italiana de Cesare Lombroso y de la escuela antropométrica francesa, que se emplearon como marcos de cientificidad para detectar, explicar y resolver los fenómenos relativos a la salud mental por parte de destacados psiquiatras, criminólogos y médicos legistas mexicanos, con importante influencia en el campo de la salud pública, entre las décadas treinta y sesenta. En la instrumentación de los programas de salud mental y los aspectos legislativos al respecto, es fundamental la participación de instituciones como la Sociedad Mexicana de Eugenesia para el Mejoramiento de la Raza, la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría y la Academia Mexicana de Ciencias Penales, entre otras. PALABRAS CLAVE: eugenesia, salud mental, psicología, México. On the implementation of mental health programs and it's legal aspects, the participation of the following professional institutions is fundamental: Academia Nacional de Medicina de México, Sociedad Mexicana de Puericultura, Sociedad Eugénica Mexicana para el Mejoramiento de la Raza, Sociedad Mexicana de Neurología y y Psiquiatría and the Academia Mexicana de Ciencias Penales. KEY WORDS: eugenics, public health, psychology, Mexico. «[...] es indispensable que el Estado actúe sobre la herencia de la humanidad con un plasma germinativo selecto y un medio vivificante evolutivo. [...] la organización social contemporánea ha atenuado en toda su crudeza el efecto de la selección biológica. El resultado del altruismo y la caridad del Estado [en México], ha promovido la creación de hospitales y asilos donde se prodigan exquisitos cuidados a locos, histéricos, epilépticos, cretinos, hidrocéfalos, idiotas y degenerados de toda especie, del espíritu y del cuerpo, elementos nocivos todos para el progreso humano. [...] paradójicamente, el Estado no ha decretado alguna disposición proteccionista para los equilibrados, los inteligentes, los aptos, los hombres de carácter, los honrados y los virtuosos». Antonio F. Alonso, 1921, «La Herencia Eugénica y el Futuro de México», Memoria del Primer Congreso Mexicano del Niño, Sección de Eugenia, México, 34-35. Como en otros países latinoamericanos, los eugenistas mexicanos, reiteran el problema de promover el mejoramiento racial especialmente entre los indígenas, aunque algunos autores también señalan la importancia de perfeccionar las cualidades físicas y mentales de los mestizos, «...dado su carácter indolente, la falta de empuje para mantener trabajos durante tiempo prolongado y su profunda apatía frente a la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida» 1. La asociación racismo-nacionalismo, aparece también en el caso de México, como en otros países latinoamericanos, de manera similar al nacionalismo radical alemán. Desde la dictadura de Porfirio Díaz, quien se mantuvo en el poder durante más de tres décadas -1878 hasta 1911-, el panorama conservador existente, promovió una enorme difusión de múltiples obras sobre sistemática racial -principalmente francesas o sus traducciones al castellano-como la de Buffon, quien con una postura monogenista afirmaba que en el mundo, el clima más templado se ubicaba entre el grado 40 y 50, región en que también se encuentran los hombres más bellos y mejor hechos a quienes se debería tomar como modelo o unidad para contrastar todos los demás matices de color y de belleza. También el ensayo sobre la Desigualdad de las Razas de Gobineau, cuyos principios se aplicaron, no sólo para caracteres morfológicos, sino también para aspectos psicológicos, de manera similar a la clásica sistemática racista de Linneo 2. Asimismo, los eugenistas mexicanos refieren los trabajos de Morton 3, quien a partir de numerosos datos craneométricos con la pretensión de mostrar la inferioridad de los negros y de los indios americanos, derivados del estudio de 144 cráneos de indios y datos frenológicos, concluyó en Crania Americana la deficiencia de los indios para las facultades mentales «superiores» 4. En los años veinte, la llegada a México de la Revista de Occidente dirigida por José Ortega y Gasset, ejerce una enorme influencia entre los intelectuales, quienes a través de ella perciben el pensamiento filosófico de los alemanes, lo que sin duda les lleva a cuestionar el imperio de la cultura francesa y la rigidez positivista tan extendida en los círculos intelectuales en nuestro país. La traducción de las obras de ----2 En 1738, Linneo clasificó a la especie humana, en cuatro variedades tomando como criterios el temperamento y factores conductuales imposibles de cuantificar y no exclusivos de una raza. Americanus, (indios americanos), tenaces, pacientes, libres, gobernados por la costumbre; Europeus, ligeros, vivos, inventivos; gobernados por ritos; Asiaticus, crueles, soberbios mezquinos; gobernados por la opinión; Afer, (africanos), astutos, lentos, negligentes, gobernados por caprichos. Es importante señalar que recientemente S. J. Gould ha criticado la tendenciosa distorsión de los datos de Morton, que le condujeron a conservar la tradicional escala jerárquica de las razas, los blancos arriba, los indios en la parte media y los negros abajo; véase GOULD, S. J., (1986), La falsa medida del hombre, Orbis, Barcelona, España, pp. 38-41, la primera edición es de 1981. Freud5 y de sus diversos discípulos, en algunos casos disidentes de la postura de su maestro 6, juega un papel central para el establecimiento de la tipología del mexicano. Justo Sierra, refiere diversos análisis psicológicos de Porfirio Díaz realizados durante su dictadura, quien para él, representaba al mestizo típico: «[...] es un hombre extraordinario con la genuina acepción del vocablo, [...] de su conformación de espíritu que es propia quizás de todos los individuos de la familia mezclada a que pertenecemos la mayoría de los mexicanos, provienen las imputaciones de maquiavelismo o perfidia política (engañar para persuadir, dividir para gobernar) que se la han dirigido»7. Para Sierra, ministro de instrucción pública durante el porfiriato, esa conformación de espíritu proviene: «...de la idiosincrasia de la raza indígena, de la educación colonial y de la anarquía perenne de las épocas de revuelta, ha heredado el recelo, el disimulo, la desconfianza infinita con que mira a los gobernantes...»8. Uno de los primeros impulsores del estudio de los tipos caracterológicos en México desde la perspectiva del psicoanálisis, fue el filósofo mexicano Samuel Ramos, alumno de Antonio Caso. En 1934 publicó una de sus principales obras El perfil del hombre y la cultura en México 9, en que propone la caracterización del mexicano, con la intención de interpretar la conducta individual y colectiva del ser mexicano, con base en el concepto de superioridad-inferioridad de Adler 10, con quien coincidía ----más, por su compromiso socialista, que con respecto a Freud, quien nunca mostró inclinación por estudiar o practicar aspectos relacionados con la cooperación, reciprocidad, igualdad o democracia. La concepción de Adler, de acuerdo con la filosofía de Ramos, estaba acorde en ese tiempo con el resurgimiento nacionalista posrevolucionario mexicano. Adler percibe al individuo con una orientación hacia la superación constante que contrasta dialécticamente con la disposición negativa del mismo de inseguridad y de inferioridad; las deficiencias en el estilo de vida, para él, conducen al fracaso y señala como fracasados a los niños difíciles, neuróticos, psicópatas, suicidas y criminales, a las prostitutas, alcohólicos, pervertidos sexuales y demás componentes del lumpen proletariat, soslayando estos factores existentes también entre la burguesía, quienes requieren, para él, del interés social para su solución 11. Esa fuerza dinámica del afán de superioridad que concibe Adler, frente a las deficiencias en el estilo de vida, conduce a un sentimiento de inferioridad, como mecanismo psicológico de compensación que se expresa claramente en los inadaptados sociales, conducta que para él, refleja el complejo de inferioridad. Ramos alude reiteradamente esta noción, que en su opinión, caracteriza la personalidad del mexicano y reconoce la decisiva influencia adleriana, en torno a su interpretación diagnóstica del ser mexicano, así como en el remedio que propone para sacar del atraso material, intelectual y de la mediocridad al país, tema central del debate social de fines de los veinte. Tomando en consideración los accidentes históricos y la mentalidad humana, Ramos discurre que, dado que México no tiene una cultura de primera mano, ya que se alimenta de la cultura europea «...y ha sentido tal interés y aprecio por su valor, que al hacerse independiente en el siglo XIX la minoría más ilustrada, en su empeño por hacerse culta se aproxima al descastamiento» 12. Para Ramos, únicamente la población mexicana que tiene sangre blanca es susceptible de civilizarse; considera a los indígenas inasimilables a la civilización, no porque les coloque como inferiores a la raza blanca, sino por ser distintos a ella; por ello sostiene: «Los hombres que en México han pensado en el problema de civilizar a los indios han creído posible hacerlos adoptar la técnica moderna, en el supuesto de que ésta sea universal y pueda ser utilizada por cualquier hombre que tenga uso de razón. No saben que no es bastante comprender la técnica para adoptarla, sino que es preciso, además, tener el mínimo espíri----en que descarta la sexualidad como factor etiológico fundamental para interpretar el origen de las neurosis. Su obra El carácter neurótico (Über den nervösen Charakter) publicada en 1912, manifiesta su ruptura con Freud y representa el inicio formal de la psicología adleriana. 11 ADLER, A., (1976), Superioridad e interés social, Fondo de Cultura Económica, México, p. Esta obra fue editada póstumamente hasta 1964, casi treinta años después de la muerte de Adler acaecida en mayo de 1937. «El complejo de inferioridad que les alentaba antes de ascender a estratos superiores se torna, merced a explicable fenómeno psicológico, en un complejo de superioridad social, pero no racial, el cual lo mueve a alejarse de esos grupos de que había formado parte o a ignorarlos»16. El análisis desde la perspectiva de la antropología social contemporánea se encuentra en la obra México Profundo, de Guillermo Bonfil Batalla, quien coincide con Gamio, en cuanto a la existencia del proceso de desindianización, que retoma de una frase de Don Guillermo Prieto, que refiere para analizar la actitud del mestizo: «La independencia nos convirtió en gachupines de los indios». Para Bonfil, resulta difícil establecer diferencias entre los indios y los mestizos desde el punto de vista biológico, ya que esa distinción es producto más bien, de un proceso cultural, en donde los mestizos forman el contingente de los indios desindianizados. Reseña la ambigüedad jurídica del indio, al que las instancias gubernamentales a través de los censos procuran negar y/o minimizar su existencia, lo que constituye un evidente proceso que denomina «etnocidio estadístico». Además, los indígenas, que reniegan de sí mismos, debido a su condición de inferioridad, también asumen una identidad diferente cuando se efectúan los censos: «[...] en muchos casos la actitud de autoridades locales «progresistas» ansiosas de probar a cualquier precio que aquí, en este pueblo, ya no hay indios o ya son menos: nos hemos vuelto "gente de razón"»17. Desde la perspectiva psicoanalítica en México la obra del Dr. Santiago Ramírez Ruiz18, considerado uno de los primeros psicoanalistas mexicanos, es heredera de pensadores como Samuel Ramos, quien refiere el sentimiento de inferioridad del mexicano, para interpretar el comportamiento de los criollos y mestizos: «El problema se hace más complejo cuando nos damos cuenta que el ser criollo no es simplemente un problema «genético». [...] cuando un mestizo se transcultura y adquiere formas de expresión diversas a las pautas de las cuales procede, podríamos decir que se "acriolla", valga el término, adquiriendo los ideales y normas culturales de la clase a la que se incorporó. [...] La inseguridad interna con respecto al bando al que recientemente se ha afiliado, le hace ser servil y rastrero para con la nueva clase» 19. ----La concepción de Santiago Ramírez, al referir la falta de identidad para los mestizos que se acriollan, concuerda con el denominado proceso de desindianización que designan Manuel Gamio y Bonfil Batalla. Otra obra acorde con la óptica adleriana es Mito y Magia del mexicano del psiquiatra Jorge Carrión, que publica una serie de ensayos escritos entre 1947 y 1949 con el objeto de caracterizar al ser mexicano, acorde con la tesis del complejo de inferioridad: «Dice Adler que ser hombre es sentirse inferior y a partir de ese sentimiento superar las adversas circunstancias humanas. [...] los mexicanos a veces no podemos superar nuestras circunstancias y nos entregamos a la cómoda tarea de hacer consciente, en forma de amuletos y mexican curios nuestro impulso mágico. [...] La ambivalencia fecunda del mexicano que no teme a la muerte; que la hace un juguete gracioso o una azucarada golosina. [...] Y junto a estos puros símbolos, un auténtico desprecio por la vida de los demás. El machismo, cáscara amarga que cubre un raudal de sentimientos pronto a saltar no retrocede ante nada. Siega vidas con el primitivismo y la misma aparente serenidad con la que los sacerdotes aztecas inmolaban a sus víctimas. Detrás de él, del jalisciense machismo mexicano, como detrás de los sacrificios aztecas, se esconde el temor, la inseguridad ante un medio que aparece incomprensible y misterioso, insuperable. Este nuevo medio que asusta al mexicano primitivo, al mexicano neurótico: el medio de la cultura y la ciencia, oscuro y misterioso para él como para el indio precortesiano lo era la vasta y enigmática naturaleza» 20. Existe una enorme similitud entre la caracterización de Carrión y la que realiza Ramos, en cuanto al modelo del «pelado» mexicano, que para éste último constituye la expresión más elemental, frecuente y bien dibujada del carácter nacional, para quien la constante agresividad de ese personaje, resulta de las reacciones para ocultar su sentimiento de inferioridad: «Toda circunstancia exterior que pueda hacer resaltar el sentimiento de menor valía, provocará una reacción violenta del individuo con la mira de sobreponerse a la depresión. [...] Es como un náufrago que se agita en la nada y descubre de improviso una tabla de salvación: la virilidad. [...] El mexicano amante de ser fanfarrón, cree que su potencia se demuestra con la valentía. [...] La falta de atención por la realidad y el ensimismamiento correlativo, autorizan a clasificar al "pelado" en el grupo de los «introvertidos». [...] asocia su concepto de hombría con el de nacionalidad,...» 21. La conclusión de Ramos, sin duda, tiene que ver con la herencia de su maestro Antonio Caso, a quien considera que arrancó al país del dominio de la doctrina posi-----20 CARRIÓN, J., (1971), Mito y magia del mexicano y un ensayo de autocrítica, 3a ed., México, Nuestro Tiempo, p. Aquí se empleó la tercera edición que contiene El ensayo de autocrítica, pp. 109-123. Jorge Carrión es médico psiquiatra por la UNAM, fue director del Instituto Nacional de Pedagogía, SEP, en donde laboró también el Dr. José Gómez Robleda, quien al igual que el psiquiatra Raúl González Enríquez, intentaron realizar una caracterización del mexicano con base en el psicoanálisis. tivista y de la valoración desmesurada de la cultura francesa, que califica como el proceso de desmoralización, típico del profiriato, que propició en gran medida la condición de servidumbre del pueblo mexicano frente al extranjero. Ramos expresa su acentuada postura nacionalista al afirmar: «El despertar de la conciencia del yo nacional tiene en México un origen biológico. El fracaso de múltiples tentativas de imitar sin discernimiento una civilización extranjera, nos ha enseñado con dolor que tenemos un carácter propio y un destino singular, que no es posible seguir desconociendo. Como reacción emanada del nuevo sentimiento nacional, nace la voluntad de formar una cultura nuestra, en contraposición a la europea»22. Es importante destacar que se pueden señalar varias objeciones a la postura de Ramos, entre otras: el uso reiterado de los conceptos primitivo y civilizado, que demuestra su pretensión de mostrar distintas etapas de la evolución humana, a pesar de que compara poblaciones contemporáneas de indígenas con mestizos y éstos últimos, frente a los europeos. Por otra parte, la solución que propone para enfrentar los grandes problemas nacionales -en que soslaya la situación socioeconómica del momento-que para él, depende básicamente de una transformación del carácter del mexicano. Por último, en su tipología del mexicano, no sólo elude al indio sino también a la mujer. Todos estos factores, además de su marcado racismo, impiden lograr una extrapolación que incluya y pudiera aplicarse, a todos los sectores que conforman la población mexicana. El empleo de la tesis del complejo de inferioridad, es también frecuente en el discurso de psiquiatras, criminalistas y juristas, que coinciden con el movimiento eugenista en México. Es interesante resaltar que en diversos trabajos que tratan aspectos relacionados con el comportamiento, con base en los caracteres biotipológicos o antropométricos, particularmente refieren la situación de los mexicanos proletarios, siguiendo la tradición del esquema tipológico que postulara Samuel Ramos. CRIMINALIDAD Y SALUD MENTAL: VÍNCULO MÉDICOS-JURISTAS En México como en muchos países occidentales, la asociación entre la medicina y la ciencia jurídica jugó un papel relevante para el establecimiento de los sistemas penitenciarios, a partir de los años treinta. Los médicos, especialmente psiquiatras y los dedicados a la medicina legal, eran considerados -como ahora-por los jueces como el personal experto para resolver los aspectos relacionados con la higiene mental, por tanto, capaces de dictaminar acerca de la salud mental de los criminales y dfgfg ----Artículo publicado en Criminalia, órgano de la Academia Mexicana de Ciencias Penales en Sept. de 1934, del jurista y rector de la UNAM en los inicios de los años cincuenta, en que se propone la esterilización con fines eugenésicos. delincuentes, que auxiliara a los juristas para definir la situación de los mismos, de acuerdo con su responsabilidad o no en torno a los actos delictivos que se juzgaran. La antropometría criminal, es decir la identificación de los caracteres de los reos con cierta base científica, siguiendo las técnicas establecidas por Broca, se instrumentó en México en la Penitenciaria de la Ciudad de Puebla, fundada en abril de 1891. A partir de 1902, se instaló un gabinete de antropometría, con un médico encargado y Director del Departamento de Antropometría, que estuvo desde entonces a cargo del Dr. Francisco Martínez Baca y como ayudante, el médico Manuel Vergara, quienes hasta 1902 básicamente realizaron estudios craneométricos de los reos que morían, con el craneómetro de Morton y el compás de Broca, que clasificaban de acuerdo con los delitos cometidos y colocaban en el Museo de la misma pentenciaría, para establecer posteriormente comparaciones. A cada cráneo se asignaba una cédula de identificación que contenía: Menores de edad, hasta 1908 se estableció allí un gabinete antropométrico, siguiendo las técnicas de Bertillon, que funcionó hasta mediados de los años veinte 24. Es interesante resaltar que los primeros estudios antropométricos en nuestro país, fueron realizados básicamente por médicos obstetras, por lo que los trabajos publicados en la Gaceta Médica de México en el último cuarto del siglo XIX y en la primera década del XX, fundamentalmente son estudios de pelvimetría, en que destacan las alteraciones morfológicas de la pelvis de la mujer mexicana, la mayoría con base en estudios realizados en diversos grupos indígenas. Las técnicas preponderantes de esa época, refieren a Broca, Morton y Bertillon y muchos de los autores publican los resultados de sus investigaciones en revistas francesas e italianas, como el caso del Dr. Martínez Baca, que principalmente publicó en revistas antropológicas italianas. Sin duda, la situación de los conocimientos derivados de la sociología, la medicina y la antropología, ya en los años treinta y cuarenta, cuando múltiples asociaciones profesionales en México se encontraban en una etapa de auge, podían considerarse esenciales para la solución de los problemas de salud mental, así como otros males como la debilidad mental, el alcoholismo persistente e incluso la prostitución, que se relacionaban con la criminalidad y la persistencia del delito. En ese sentido se orientó, desde su fundación en 1933, la labor de la Academia Mexicana de Ciencias Penales (AMCP), en la que participan, desde entonces hasta la actualidad, reconocidos juristas, con una enorme influencia en los aspectos legislativos en general, así como médicos legistas y psiquiatras vinculados con los programas estatales de salud mental. La AMPC, tuvo una estrecha relación con las sociedades médicas y científicas más prestigiadas, como la Academia Nacional de Medicina de México que surge en 1836, cuyo órgano de publicación es la Gaceta Médica de México, que existe desde septiembre de 1864; la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría, que publica desde mayo de 1937 los Archivos de Neurología y Psiquiatría; la Sociedad Antropológica Mexicana; la Sociedad Mexicana de Eugenesia para el Mejoramiento de la Raza (SME), que publicó su revista Eugenesia de 1931 a 1954, etcétera, todas éstas, de alguna forma ocupadas y con gran influencia en los programas estatales de salud en general y mental en particular. La relación médicos-juristas-antropólogos-sociólogos, es evidente a través de diversas publicaciones como la Revista Criminalia, Órgano de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, que se publica, desde septiembre de 1933 hasta nuestros días. En los primeros diez años de su existencia, contó con los trabajos de destacados juristas como José Angel Ceniceros, su fundador y primer director, uno de los principales impulsores del Derecho Penal en México, los hermanos Raúl Carrancá Trujillo, doctor en derecho penal y Ramón Carrancá Trujillo, psiquiatra; el doctor en derecho penal Luis ----Garrido, quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México en los inicios de los cincuenta, fundador de la revista, miembro de número de la AMCP y fundador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, junto con el Dr. en sociología Lucio Mendieta y Núñez, fundador también de la Revista Mexicana de Sociología en 1939, entre otros científicos mexicanos destacados. Participaron igualmente como miembros activos de la AMCP juristas, antropólogos y médicos extranjeros; algunos de ellos miembros honoríficos y también activos, de otras diversas asociaciones profesionales mexicanas. Los penalistas mexicanos estaban en constante comunicación con sus homólogos españoles y atentos a las reformas legislativas que impulsaban. La enorme influencia del derecho penal y de la medicina legal españolas en México, es evidente a través de las colaboraciones en Criminalia. Los juristas Mariano Ruiz Funes y Luis Jiménez de Asúa, así como el médico Gregorio Marañón25, eran asiduos colaboradores de esa publicación; Jiménez de Asúa, participó activamente en los ciclos de conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México en los años cuarenta y sus obras eran utilizadas por los juristas catedráticos mexicanos en sus cursos, en diversas instituciones de educación superior. Desde el inicio de la publicación de Criminalia, el Dr. Luis Garrido propuso la creación del Servicio de Biología Criminal 26, con la finalidad de lograr la atención jurídica y médica, con bases científicas de acuerdo con la disposición de los delincuentes, específicamente para el denominado état dangereux (estado peligroso), que para él comprendía los reincidentes y profesionales, los delincuentes patológicos y los delincuentes por naturaleza. Su postura, sin duda, coincide con la tesis de la ten-----dencia natural a la degeneración de Maudsley27 y con la óptica lombrosiana del delincuente nato. Garrido alude al entonces Ministro de Justicia Española, quien coincidía con esas concepciones: «Mediante el estudio científico de la personalidad del criminal, se puede intentar de una parte, valuar el grado de su ulterior utilización social, y de otra, determinar el de su peligrosidad. [...] pueden obtenerse datos sumamente valiosos, de evidente trascendencia práctica, que no sólo permitan un pronóstico social, sino que al mismo tiempo, proporcionen el material básico para organizar de un modo severamente científico la profilaxis de la criminalidad»28. Otro colaborador de la Revista Criminalia, con gran presencia tanto en el campo de la salud mental pública, como en la Educación Superior, fue el psiquiatra Dr. Alfonso Millán Maldonado29. Impulsor el primer programa de especialización en psiquiatría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), discípulo de Erich Fromm y Director del Manicomio General de México La Castañeda, en los inicios de los treinta. Algunos eugenistas como Alfredo M. Saavedra, Edmundo Buentello y los hermanos Héctor y Roberto Solís Quiroga, jurista y psiquiatra, respectivamente, ambos miembros fundadores de la SME, participaron con interés en múltiples actividades que organizó la Academia Mexicana de Ciencias Penales y colaboraron activamente en Criminalia, desde su fundación hasta finales de los años sesenta, así como en diversos eventos internacionales relacionados con la problemática de la criminalidad asociada con la deficiencia mental y con diversas patologías mentales. También, en la Sociedad Mexicana de Eugenesia (SME) participaron como fundadores, socios honoríficos o miembros activos, importantes juristas mexicanos y extranjeros, como el criminólogo y eugenista Dr. C. Bernaldo de Quirós, profesor de criminología de la Benemérita Universidad de Puebla, profesor de eugenesia jurídica y social y de medicina legal en la Universidad Nacional Autónoma de México más ----tarde, quien además tradujo al castellano dos de las principales obras del italiano Alfredo Nicéforo: Criminología y La transformación del delito en la sociedad moderna 30; es el caso destacar, que son distinguidos seguidores de la tesis del médico italiano Cesare Lombroso, creador de la antropología criminal y de la tesis del criminal nato, quienes coinciden en estimar que el papel fundamental de la medicina era aportar soluciones al derecho penal, que condujesen a sanar las sociedades humanas. Para Lombroso, la psiquiatría garantizaba explicar, desde el punto de vista médico, cualquier problema social o jurídico. La formulación de los tipos criminales lombrosianos, sobre la base de caracteres morfológicos, representó para los sistemas penales estatales, tanto en Europa como en América, una alternativa viable para la prevención del delito 31. Gran parte de las instituciones profesionales mexicanas, médicas, antropológicas y jurídicas, que se fundan alrededor de 1930, tuvieron enorme influencia en la educación y en los programas de salud pública. Entre otras, la Asociación Médica Franco-Mexicana en 1928, la Sociedad Mexicana de Puericultura SMP, en 1929, la Sociedad Mexicana de Eugenesia SME en 1931, la Academia Mexicana de Ciencias Penales AMCP en 1933, la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría en 1937, la Sociedad Mexicana de Antropología en 1937, la Sociedad Mexicana de Sociología en 1939 y, cabe señalar que también en ese tiempo en la provincia, se fundan gran parte de las asociaciones científicas que existen actualmente. Eugenistas miembros de la SME y de otras asociaciones profesionales, expresaron en diversas publicaciones su concepción acerca de la necesidad de mejorar las cualidades de la raza mexicana, tanto desde el punto de vista biológico, como mental y aún moral. Con esa orientación, se encuentran numerosos trabajos de connotados médicos y juristas publicados en revistas mexicanas, de ciencias penales, antropológicas, médicas y dedicadas a la sociología desde los años treinta hasta finales de los sesenta. El Dr. Alfonso Millán M., representó a México en los tres primeros Congresos Internacionales de Salud Mental, celebrados en Washington, Paris y Londres y presidió el Cuarto Congreso Internacional, celebrado en la Ciudad de México en 1951. Es importante resaltar que, como se ha señalado con anterioridad, en México, el panorama general de las ciencias humanas -sociología, antropología, medicina ----30 NICÉFORO, A., s/f, Criminología, 3 t., con adiciones especiales para la edición española, traducción C. Bernaldo de Quirós, Edit. José M. Cajica Jr., S.A., Puebla, México; NICÉFORO, A., (1902), La transformación del delito en la sociedad moderna, traducción C. Bernaldo de Quirós, Madrid. 31 PESET, J. L. y M., PESET, (1975), Lombroso y la escuela positivista italiana, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, España, 741 pp. Estos autores han trabajado con profundidad la obra de Lombroso y sus repercusiones en la medicina legal en diversos países. Antes de Lombroso la asignación de las penas dependía de que los jueces se circunscribieran al sistema de derecho prevaleciente. A partir de la obra de Lombroso, El hombre criminal (1887), se abandona la óptica anterior, para centrarse en el análisis del delincuente, a partir de los rasgos físicos y psíquicos que para él, reflejaban su condición y constitución. legal, biología humana-desde el inicio de los treinta hasta finales de los sesenta, estaba cargado de las concepciones lombrosianas específicamente la del criminal nato, así como de las tesis de la degeneración, la tendencia a la transmisión del pauperismo, la herencia de diversas toxicomanías, la predisposición a la prostitución, e incluso el carácter antisocial de la homosexualidad. La preocupación del gremio médico por la reproducción de los caracteres, socialmente indeseables, se encuentra prácticamente en todas las publicaciones de la época. Así, el Dr. A. Sáinz Trejo 32, miembro de la Sociedad Médica Veracruzana, jefe del Departamento de Salubridad del Estado de Veracruz, resalta la importancia del certificado médico prenupcial, al señalar que los interesados en contraer nupcias, en vez de preocuparse por la conveniencia del futuro matrimonio, en que hasta ahora se investiga la capacidad pecuniaria de los contrayentes, conducta moral y relaciones sociales, como lo hace la clase media y alta de Veracruz, debieran inspeccionar la salud y antecedentes patológicos de las familias de ambos. Para él, a pesar de la intensa campaña gubernamental 33, muchas parejas eluden dicha obligación, cuyo resultado es la reproducción de defectos producto de padres sifilíticos, resultados que califica como: «lastres sociales y carne de manicomio». Es necesario mencionar que aunque en México el certificado prenupcial es requisito obligatorio para el matrimonio, a partir del Código Civil de 1928 y los códigos que por esos tiempos se aprobaron en el interior del país lo contienen, en muchos casos, sobre todo en la provincia, las personas sólo realizaban la ceremonia religiosa, por lo que no cubrían dicho requerimiento médico. La postura nacionalista radical de muchos médicos y el uso de las tesis de la degeneración, es clara en su dramático discurso; en 1939 Sáinz sostenía: «El certificado prenupcial es la salvaguarda de la raza y de la nacionalidad. La vida de los pueblos depende de la salud de sus habitantes. Cuando degenera, viene el decaimiento y su absorción por las razas sanas y fuertes y por ende conquistadoras.[...] ¡Pero si a pesar de todo el reinado de la ignorancia se impone, antes que llenar la patria de monstruos y degenerados, antes que una raza más fuerte que la nuestra y más sana nos desplace haciéndonos perder nuestra nacionalidad, pidamos al cielo que nueva Atlántida una en eterno abrazo los dos océanos, haciéndonos desaparecer!» 34 ----32 SÁINZ, T. A., (1939), «Importancia del certificado pre-nupcial», Revista Médica Veracruzana, Órgano de la Sociedad Médica Veracruzana, t. 33 Ver el «Reglamento para la campaña contra las enfermedades venéreas», decretado el 26 de enero de 1940 por el entonces Presidente Lázaro Cárdenas, publicado en el Diario Oficial de la Federación y ocho meses después en la Revista Médica Veracruzana, Órgano de la Sociedad Médica Veracruzana, t. En la mayor parte de los trabajos destaca el poder político de los médicos, a quienes se les confería el derecho a decidir la pertinencia de la esterilización, o bien reglamentar en torno al consejo matrimonial 35, para promover la reproducción de los bien dotados o limitar la reproducción de los considerados portadores de caracteres morbosos. Pero, como se ha señalado, también resalta en su discurso, su enorme desconocimiento acerca de los mecanismos que regulan la herencia, incluso en los trabajos publicados ya a finales de los años sesenta. Las tesis de Maudsley, a través de la traducción castellana de su obra El Crimen y la Locura, se conocían en México desde 1910, muchos criminalistas, antropólogos y médicos la refieren en publicaciones de los años treinta; incluso la biblioteca personal del coronel Adalberto Tejeda, dos veces gobernador de Veracruz y promotor de la única ley de esterilización con fines eugénicos en México, contiene dicha obra, así como otras sobre sistemática racial y acerca del prejuicio racial, de donde se deduce la importancia de dichas tesis, en la convergencia con los planteamientos eugenésicos 36. A MANERA DE REFLEXIÓN La preocupación del gremio médico ante los graves problemas demográficos relacionados con la salud pública, alta mortalidad infantil, obviamente mayor entre los grupos indígenas y en las zonas rurales, sífilis, tuberculosis, alcoholismo, desnutrición, falta de cuidados pre y postnatales, que incidían en los elevados índices de mortalidad materno-infantil, se refleja en la producción de obras de higiene general y en los planteamientos acerca de la importancia de promover la higiene racial, coincidentes con los autores franceses e ingleses impulsores de la tesis de la tendencia natural a la degene----- 35 Es necesario destacar que en la Ciudad de México, en 1951, se crea el Primer Consultorio de Salud Hereditaria, para los trabajadores del Departamento de Salubridad, a propuesta del Dr. Alfredo M. Saavedra, presidente perpetuo de la Sociedad Mexicana de Eugenesia, fundador de la misma y principal promotor de la eugenesia en México. En las denominadas clínicas de la herencia, se ofrecía un servicio similar al actualmente llamado consejo genético. Pero es importante destacar que el conocimiento de la genética en ese tiempo, en el discurso de los médicos eugenistas mexicanos, revela una profunda ignorancia, que se expresa incluso en el hecho de mezclar la teoría del plasma germinativo de Weismann, con el postulado lamarckiano de la herencia de los caracteres adquiridos, incluso a finales de los años sesenta. 36 MAUDSLEY, H., (1909), El crimen y..., cit.; Finot, J., s/f, El Prejuicio de las razas, 2t., Traducción Castellana de José Prat, F., Sempere y Compañía Editores, Valencia España. t. II, 312 pp. En México, en el Estado de Veracruz, durante la segunda gestión del gobernador Adalberto Tejeda, se aprobó en julio de 1932, la única ley de esterilización, la ley 121, de Eugenesia e Higiene Mental, por ello es frecuente encontrar en esa década en las revistas médicas de esa provincia, artículos que señalan la conveniencia de esterilizar los criminales y delincuentes. Tanto la obra de Maudsley, antes citada como la de Finot, se encuentran con la firma de Adalberto Tejeda (Archivo Adalberto Tejeda, AAT), en la Ciudad de Jalapa, Veracruz. ración, por cuestiones tanto hereditarias, como por las precarias condiciones de vida de la mayor parte de la población, representada por los indígenas 37. Los eugenistas mexicanos, especialmente médicos y psiquiatras, en general coinciden con la postura de Magnan 38 en cuanto a que las principales causas degeneratrices, son constitucionales, es decir hereditarias, aunque también consideran importante la influencia del ambiente en la producción de las patologías que posteriormente se transmiten a la descendencia. La concepción de la herencia de los caracteres adquiridos, en el sentido ambientalista, no estrictamente lamarckiano -dado que la influencia del ambiente sin adaptación no refleja la postura de Lamarck-es un aspecto que utilizan frecuentemente los eugenistas mexicanos, incluso hasta los años sesenta, lo que sin duda les acerca más a la postura del eugenismo francés y les aparta del eugenismo ortodoxo inglés galtoniano. La Revista Criminalia, nos brinda un amplio panorama de la óptica de los más importantes juristas, médicos legistas, eugenistas, neurólogos y psiquiatras mexicanos, respecto a la asociación delincuencia y debilidad mental, epilepsia y otras enfermedades mentales, como causas naturales de los problemas sociales relacionados con la criminalidad y la persistencia al delito. En ella, también publicaron extranjeros que jugaron un papel relevante para impulsar la doctrina eugenésica en México, como el médico y antropólogo belga Dr. Luis Vervaeck, además de otros destacados juristas españoles antes mencionados, que tuvieron una importante influencia en la legislación sanitaria mexicana. Gran parte de los trabajos publicados entre los treinta y sesenta, refieren cuestiones como las diversas clasificaciones de los delincuentes por sus cualidades psicosomáticas, trabajos de biotipología, sobre higiene mental, además de los debates relacionados con la legislación penal y sus limitaciones en torno a la responsabilidad o no de los delitos cometidos por diversos tipos de deficientes mentales e individuos considerados portadores de caracteres constitucionales, causantes de diversos patrones de comportamiento antisocial. Las variadas tipologías que se han elaborado con la intención de caracterizar al mexicano, revelan la tendenciosa intención de mostrar la inferioridad de los indios, así como la exclusión de la mujer. El análisis de los estudios biotipológicos y psicológicos, hasta los años sesenta, refleja el claro propósito de legitimar, con base en argumentos biologistas pseudocientíficos, la marginación ----37 En México, los estudios demográficos, etnográficos e indigenistas, realizados entre los años treinta y cuarenta, consignan que la mayor parte de la población -alrededor del 70%-estaba representada por grupos indígenas, aunque esa definición depende de los criterios, culturales o morfológicos que se utilizaron para determinar las diferencias raciales. El Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, consigna datos similares para esas décadas. 38 Para más detalle acerca de la postura de Magnan, véase Huertas, R., (1985), «Valentín Magnan y la teoría de la degeneración», Rev. Neuropsiquiatría, vol. V, núm. 14. social de los grupos étnicos en México, bajo la premisa de su innata condición de inferioridad y falta de capacidad. La pretensión de lograr una sociedad mejor, por parte de diversos juristas y médicos -especialmente psiquiatras y neurólogos mexicanos-eliminando los individuos portadores de caracteres indeseables, desde el punto de vista moral y mental, condujo a utilizar los argumentos del darwinismo social, las tesis de la degeneración, del atavismo y de la eugenesia para impulsar dicha empresa. Sin duda, los planteamientos para resolver la problemática de la salud mental, reflejan el poder del saber científico para definir la situación de los individuos socialmente marginados, que consideraron los juristas y psiquiatras mexicanos, como portadores de diversos patrones anormales de comportamiento, producto de la herencia, que se revelaban a través de caracteres morfológicos regresivos o atávicos, que se relacionaron con la criminalidad, el pauperismo, la malvivencia, la debilidad mental, la locura, la homosexualidad y la prostitución. Como alternativas se propusieron medidas radicales como la eliminación, la mutilación, la esterilización o el internamiento en psiquiátricos, lo que revela la rígida postura eugenista de esos profesionales, casi siempre soslayando las condiciones de vida de los afectados por diversas patologías mentales. Los juristas consideraron que la medicina legal y la psiquiatría, proporcionaban los elementos científicos para determinar el estado del criminal y su grado de peligrosidad, a partir del estudio de los caracteres antropométricos y pruebas psicológicas, con la intención de establecer las posibilidades de rehabilitación o la incurabilidad, y sentar las bases para el control de la criminalidad, como medida de defensa social. La tipología lombrosiana, la frenología, la tesis del atavismo, la biotipología y las pruebas de coeficiente intelectual, se emplearon como marco de cientificidad, para apoyar la ideología que sustenta la asociación de la debilidad mental con el comportamiento criminal, con la locura, con diversos caracteres somáticos calificados como estigmas de degeneración, con la pobreza e incluso, con la prostitución. En la primera mitad de nuestro siglo en México, la concepción determinista de estado peligroso, de acuerdo con la óptica jurídica y médica podía detectarse a través de rasgos psíquicos y físicos del delincuente, de origen hereditario y que incluía los criminales natos, locos, alcohólicos y diversas toxicomanías. Los métodos de estudio del complejo comportamiento humano, derivados del desarrollo de la ciencia en los últimos cincuenta años, indudablemente se han ampliado y profundizado, lo que también revela, con mayor precisión, las diferencias genéticas entre los individuos. Pero ello, no legitima el uso discriminatorio que de dicha información se hace, para fortalecer viejas ideologías como la inferioridad de ciertos grupos o estratos sociales frente a otros, o la determinación genética de los caracteres conductuales calificados como antisociales o indeseables en un tiempo y lugar específico.
En 1837 Mariano de la Paz Graells (1809-1898) deja Barcelona y se encamina hacia Madrid, ciudad en la que acaba de ser designado profesor interino de zoología del Museo de Ciencias Naturales. El nombramiento se lo debe al botánico Mariano La Gasca (1776-1839) 1, entonces profesor de agricultura y director de la Junta del Museo. A este último, su condición de liberal le había costado el exilio en tiempos de Fernando VII. Una vez muerto el monarca, el veterano científico había abandonado su destierro inglés y retomado la vida en España. Tras el fallecimiento de Tomás Villanova (1769-1837), catedrático de zoología del museo madrileño, La Gasca pensó de inmediato en el joven Graells como posible sustituto. Su designación a dedo no fue bien vista por los que durante años habían sido compañeros del finado. Los profesores del Museo consideraban necesaria una convocatoria abierta y la entrada en escena del Recién llegado no estuvo exenta de crítica. Pese a su larga vida y a su reconocida influencia, Mariano de la Paz Graells continúa siendo un personaje histórico escasamente conocido. Hasta el momento, un muy reducido número de trabajos han abordado de manera exclusiva la figura del naturalista. El primero vio la luz diez años antes de su fallecimiento. Se trata de un artículo inserto en el número 13 de la Revista de Ciencias Naturales cuyo autor, Vila Nadal, era editor de la publicación 3. Un año después, en 1889, Antonio Elías de Molins incluye una breve biografía y una bibliografía resumida del autor en su diccionario de escritores y artistas catalanes 4. Tras su muerte, Salvador Calderón, secretario de la Sociedad Española de Historia Natural, le dedicó una nota necrológica de dos páginas en las actas de la institución 5. Florencio Salamero es el responsable de la primera biografía del naturalista, apenas cinco páginas publicadas en 1907 en la obra Linneo en España 6, en la que también se incluye otra reseña del personaje ----escrita por Luis Mariano Vidal7. Una segunda semblanza fue elaborada por José María Dusmet en sus apuntes para la historia de la entomología española8. Agenjo Cecilia compuso un detallado perfil del científico, rebosante de anécdotas, para el primer número de Graellsia, revista especializada en zoología y editada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales desde 1943 9. La obra botánica de Graells ha sido estudiada por González Bueno y Sánchez Mata10. Más reciente, de 1992, es el texto firmado por José Luis Viejo Montesinos. Dedicado a Graells y a su más popular descubrimiento zoológico, la hermosa mariposa Graellsia isabellae, se incluyó en las páginas de la revista de divulgación científica Quercus11, aportación que se completó con una reflexión de Santos Casado de Otaola sobre Graells y las ciencias naturales en España durante el siglo XIX12. Un detallado estudio realizado por Alberto Gomis viene a aumentar el conocimiento del personaje, sobre todo en lo que a los primeros años de su formación respecta 13. Por su parte, Xosé Fraga se interesa por la trama de interlocutores que Graells tejió en España 14. Mariano de la Paz Graells cuenta igualmente con una entrada en el Diccionario histórico de ----la ciencia moderna en España 15 y su paso por el Museo de Ciencias Naturales está perfectamente documentado en la obra que Agustín Barreiro dedicó a la institución y de la que han aparecido dos ediciones: una en 1944, prologada por Hernández-Pacheco, y otra en 1992, introducida por Emiliano Aguirre 16. Con todo, la mayor parte de la información referente a Graells sigue oculta en los archivos. Ya sea en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en la antigua Universidad Central o en diversas academias, la omnipresencia del naturalista en las instituciones científicas isabelinas fue dejando trazas escritas de su ingente actividad, datos que, poco a poco, salen a la luz 17. En el presente trabajo el objetivo fijado es doble. Por una parte, se pretende aportar nueva información acerca de los primeros años de formación de Graells en Barcelona y se relata su paso por la Academia de Ciencias y Artes de la Ciudad Condal. Esta investigación permite apreciar la formación que el naturalista había adquirido antes de dar el salto a Madrid, bagaje intelectual que hizo de él un candidato válido para ocupar la cátedra vacante en la capital. Por otra parte, se estudia una correspondencia inédita mantenida entre Graells y su protector, Mariano La Gasca. Los valiosos documentos se encuentran en el archivo del museo madrileño 18 y hacen referencia a la promoción de la que el naturalista fue objeto. La rica información vertida en las cartas permite completar las biografías de ambos personajes y tomarle el pulso a la realidad científica de aquel momento. Los papeles hablan básicamente de nepotismo. La transferencia de poder de padres a hijos, o de maestros a discípulos, suele ser considerada causa de estancamiento intelectual, una puerta cerrada a la llegada de aires reformadores. Parece claro que, ante la ----15 LÓPEZ PIÑERO, J. M.; GLICK, T. F.; NAVARRO BROTONS, V. y PORTELA MARCO, E. (1983), Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, vol. I, Barcelona, Ediciones Península, 423-424. 18 Salvo indicación contraria, los documentos citados en el presente trabajo se encuentran depositados en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (AMNCN) y forman parte del fondo Personal Científico, sección Mariano de la Paz Graells, caja 6 (correspondencia con España), expediente 44. También han sido consultados el Arxiu de la Reial Acadèmia de Ciènces i Arts de Barcelona (ARACAB) y el Archivo de la Universidad de Barcelona. El material no se encuentra informatizado ni es consultable a través de internet. lógica sucesión de generaciones, el concurso abierto e igualitario es la mejor solución a la hora del relevo, momento en el que los méritos del candidato deben despejar toda posible subjetividad en la designación. Los datos aportados hacen referencia a dos personajes mayores de la historia natural en el país: Mariano La Gasca y Mariano de la Paz Graells. El tema central de la discusión es la transferencia de poder o, mejor dicho, la promoción del protegido, valor en ciernes, dirigida por su mentor, personalidad ya consagrada. El momento es clave ya que representa la continuidad de dos periodos históricos fundamentales: el último naturalista ilustrado español pasa el testigo al mandarín de la historia natural isabelina: «Hablaba siempre (se refiere a La Gasca) con especial cariño de nuestros consocios ausentes, amigos íntimos suyos, D. Mariano Graells y D. Eduardo Carreño, y en términos tan expresivos de su talento y constancia, como si éste último debiese ser su sucesor en la botánica nacional, y aquel su representante en la zoología española. Los presentimientos de nuestro sabio moribundo han fallado desgraciadamente en cuanto a Carreño, víctima de su celo y laboriosidad en París, y cuya temprana muerte lloran todos los amantes de las ciencias, ¡quiera Dios que a lo menos se verifiquen en cuanto a nuestro Graells!» 19. LOS AÑOS DE FORMACIÓN EN CATALUÑA Mariano de la Paz Graells nació en Tricio (La Rioja) el 24 de enero de 1809. Su padre, Ignacio Graells Ferrer, catalán de Balaguer (Lleida), era médico. Su madre, Antonia Agüera Navarro, era castellana, de Medina de Rioseco (Valladolid) 20. La familia Graells Agüera pronto se instala en Barcelona, ciudad en la que Mariano de la Paz inicia su formación. Una vez obtenido el título de bachiller en filosofía, en 1827, empieza los estudios de medicina en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de la capital catalana 21. Tras siete años de carrera recibe el diploma de médico-cirujano en 1833. Un año más tarde logra el grado de licenciado en medicina y, en 1835, el de doctor en la misma materia 22. Estudiante destacado, al final de su formación universitaria se le nombra responsable de la biblioteca del Real Colegio 23. ---- Durante su etapa catalana Graells cultiva el ejercicio de la medicina, actividad que desarrolla al lado de su cuñado, el doctor Janer24. Los biógrafos del naturalista relatan su heroico comportamiento durante la epidemia de cólera que asoló Barcelona en 183525, episodio sanitario al que La Gasca hace referencia en su correspondencia26. Su creciente reputación jugó en su favor a la hora de ser nombrado director de los baños termales de Puda, en Esparraguera. Desde 1835, y durante doce años, Graells detentó un puesto que finalmente tuvo que abandonar por problemas de compatibilidad con su función docente en la Universidad27. Las aguas termales son, como veremos, un tema recurrente en las misivas intercambiadas entre los protagonistas del presente artículo. Con todo, Graells nunca dejó de lado su afición por la historia natural: «Esta carta instructiva la recibí en Esparraguera, estando rodeado no de mis queridos insectos, distantes entonces cien leguas de mi, sino de una multitud de tísicos, hemoptísicos, herpéticos etc. etc., clientes de mis aguas sulfurosas y que durante la temporada de baños no me dejan distraer tanto como deseara con mis bichos predilectos»28. Esa inclinación por el estudio de la naturaleza Graells la pudo encauzar en los cursos gratuitos impartidos por la Real Junta de Comercio del Principado de Cataluña 29. Fundada en 1758 por Fernando VI y ratificada en 1760 por Carlos III, la institución había sido creada para defender los intereses de la ----burguesía comercial emergente. Su objetivo era instruir mandos responsables de absorber los progresos tecnológicos que se iban produciendo. La Real Junta era de facto el principal centro de formación profesional de Cataluña. Su vocación naturalista pronto se materializó en comunicaciones escritas, con un primer artículo de tema botánico: un calendario de flora que detalla los periodos de floración de las principales especies vegetales presentes en Barcelona y sus alrededores, trabajo que fue incluido en la edición española de la obra Élements de Botanique de Achille Richard 31. De manera temprana se manifiesta también su predilección por los insectos y, en noviembre de 1833, se le nombra miembro corresponsal de la Société Entomologique de France, entonces joven asociación fundada el 29 de febrero de 1832 32. Fue presentado en su seno por el barón Feisthamel, socio fundador con el que hacía ya tiempo intercambiaba correos y ejemplares. Además de con su mentor, residente en París, Graells mantenía correspondencia de tema entomológico con otros personajes galos como Companyó 33, médico, Lévesque en Perpignan y Cailland y Ambiel en Montpellier 34, personajes sobre los que no se ha podido encontrar información biográfica. Durante esos primeros años de ejercicio dos instituciones van a desempeñar un papel primordial en la consolidación de las aspiraciones profesionales de Graells. En primer lugar, la Sociedad Barcelonesa de Amigos del País, reestablecida de forma definitiva en 1834, en la que se le nombra secretario de la clase de agricultura. Entre sus colaboraciones figura una memoria dirigida a los viticultores con consignas sobre cómo combatir los gorgojos del género Rhynchites que destruyen los viñedos 35. El segundo establecimiento clave en el despegue de la carrera científica de Graells fue la Real Academia de Ciencias y Artes de Bar-----30 Ibidem, p. 32 AMNCN, fondo Personal Científico, sección Mariano de la Paz Graells, caja 15 (correspondencia con el extranjero). Fue fundador y primer director del museo de historia natural de Perpignan. Es el autor de una historia natural del departamento francés de Pirineos Orientales, obra que se publicó en tres tomos entre 1861 y 1863. Una biografía suya, escrita por Louis Fabre, apareció publicada en 1872 en la revista de la Societé Agricole, Scientifique et Littéraire des Pyrénées-Orientales (vol. XIX, pp. 7-32). Poco antes de salir hacia Madrid, en 1837, Graells presentó públicamente en la corporación sus investigaciones sobre la incidencia de la temperatura en la metamorfosis de los insectos bajo el clima de Barcelona, resultados que fueron más tarde publicados en el boletín de la institución 37. Una parte del trabajo fue empleada por Graells para elaborar su segunda publicación internacional, un artículo para los anales de la Sociedad Entomológica de Francia en el que detalla la eclosión de los imagos de los coleópteros cebriónidos, adultos que surgen del suelo tras un periodo de lluvias abundantes 38. Su primer artículo publicado fuera de España fue consecuencia de una comisión encargada por la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona. Entre 1830 y 1833 se observó una proliferación anómala de arañas venenosas en los términos municipales de Vendrell y Plá, en el campo de Tarragona, artrópodos que causaban graves problemas de salud pública con sus picaduras. Graells identificó a la viuda negra, y no a la temida tarántula, como la responsable del fenómeno y relacionó la explosión de sus poblaciones con la abundancia de saltamontes en la zona. Sus resultados fueron publicados en el Boletín de la Sociedad entomológica francesa 39. El fenómeno se reprodujo en 1841, lo que dio pie para que Graells elaborase una cuidada memoria que también tuvo eco internacional 40. A estos datos hay que añadirles las precisiones recopiladas por Elías de Molins 41 sobre la actividad de Graells en la academia barcelonesa antes de su partida, informaciones, en parte inéditas, que se detallan a continuación al mismo tiempo que se citan los documentos manuscritos conservados en el ----36 AGENJO (1943), p. 37 GRAELLS, M. P. (1841), «Memoria sobre la influencia de la temperatura baja en la metamorfosis de los insectos y por consiguiente en su aparición», Boletín de la Academia de Ciencias Naturales de Barcelona, 10, 54-60. 41 Memoria del secretario de la Academia de 1898 e historia de la Academia, p. Los listados manuscritos están desarrollados en un texto impreso cuya referencia es: Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona. ARACAB, expedientes de los académicos de la corporación, expediente Elías de Molins archivo del centro. El 11 de marzo de 1835 Mariano de la Paz presentó una memoria para ser admitido en la sección de zoología42. Su título fue Relación de los insectos que atacan a los olmos, moreras y álamos de los paseos interiores y extramuros de Barcelona43. El día 26 marzo fue admitido como académico por unanimidad44, leyó su oración gratulatoria el ocho de abril y expuso públicamente su trabajo el 22 del mismo mes. Un tiempo después, el 15 de octubre, se encargó de la cátedra de entomología, desde la que elaboró un trabajo dedicado a los insectos que atacan a los olivos, memoria defendida el 16 de diciembre. En 1836 su interés parece decantarse por las colecciones. En mayo presenta un roedor procedente de Marañón y pocos días después informa de la existencia de un banco de conchas fósiles, aún sin estudiar, descubierto por él mismo en Montjuich. En junio regala una tenia conservada en alcohol, varios bivalvos de río americanos y cinco minerales del país. Su evidente interés por las producciones de la naturaleza hace que, el 22 de julio de 1836, se le designe conservador de la colección de la Academia y más tarde, el 26 de octubre de 1836, se le encargue crear un gabinete de historia natural en el seno de la institución. En 1837 dona un zoófito y un mustélido (19-01-1837), lee la referida memoria sobre la influencia de las bajas temperaturas en la metamorfosis de los insectos (03-05-1837) y discute sobre los estragos que la tisis tuberculosa causa entre los monos que se crían en Europa (16-05-1837), ponencia que apuntala con la presentación de un pulmón encharcado de primate. En julio de 1837 ocupa el puesto de bibliotecario y en septiembre se responsabiliza de la cátedra de zoología, progresión de cargos que únicamente se verá interrumpida por el anuncio de su interinidad en el museo madrileño, noticia que él mismo hace pública el 20 de diciembre de 1837 45. Durante el curso 1837-38 la asignatura no se impartió, posiblemente a causa de la partida de Graells. En el curso 1838-39, Llobet, profesor de mineralogía y geología, se hizo también cargo de la zoología, mientras que la taxidermia fue impartida por Bosés. Ambos instruyeron a un único alumno inscrito, razón por la que a partir de 1839-40 la materia desaparece del plan docente de la institución 46. Tras su nombramiento en Madrid Graells no interrumpe el vínculo con la corporación catalana. De hecho, en su carta de 20 de diciembre de 1837, deja claro que asume sus responsabilidades en la capital del Estado pero sin renunciar a su cátedra barcelonesa. Estas fueron las noticias sobre Graells recibidas a partir de entonces en la academia de Barcelona 47: el seis de junio de 1838 avisa de que ha revisado el herbario de Pavón adquirido por la academia y dice que piensa adquirir el de Barnades para cederlo a la institución, además de regalar 500 especies de plantas recogidas en los alrededores de Madrid; el 15 de junio de ese mismo año la academia, a propuesta de Graells, acuerda la adquisición del manuscrito y las láminas de la obra Laurographia de Pavón; el ocho de agosto hace personalmente entrega de 40 cortezas de quina traídas de Madrid, de las lecciones originales manuscritas de la botánica de Quer y de un libro con los nombres castellanos y americanos de las plantas de Perú, Chile y Quito regalado por Pavón; el 27 de marzo de 1839 Yáñez comunica el éxito obtenido por Graells en Madrid con las primeras vivisecciones practicadas en España en cátedra pública; el 27 de marzo, y gracias a la mediación de Graells, se reciben en Barcelona piezas duplicadas del museo de ciencias naturales de la capital; el 21 de mayo Yáñez da parte de las demostraciones hechas por Graells sobre la anatomía comparada del caracol y el 12 de junio el socio Rosés da cuenta de otras relativas a la «inhibición o empapamiento y trasudación de los tejidos animales»; el 23 de octubre Graells anuncia por escrito el descubrimiento de nuevas especies de insectos en los alrededores de Madrid y el 27 de noviembre dice haber sido el primero en usar el daguerrotipo en la capital; el 12 de febrero de 1840 Yáñez detalla el descubrimiento hecho por Graells de una nueva especie de murciélago y el 16 de febrero de 1842 dice que el botánico Boissier 48 ha dedicado a Mariano de la Paz un nue-----46 Matrículas de estudios. ARACAB, expedientes de los académicos de la corporación, expediente Mariano de la Paz Graells. 48 Edmond Boissier (1810-1885), botánico suizo, parece ser que no llegó a conocer personalmente a Mariano de la Paz Graells, al menos no le cita en el prólogo de su obra dedicada a la flora del sur de España (BOISSIER, E. (1839), Voyage botanique dans le midi de l'Espagne pen-vo género de planta crucífera. 3 CORRESPONDENCIA ENTRE LA GASCA Y LA FAMILIA GRAELLS La carta más antigua intercambiada entre Mariano La Gasca e Ignacio Graells está fechada en Madrid un 19 de enero de 1801, unos años antes del nacimiento de Mariano de la Paz. En la misiva la figura de éste parece estar ya presente de una manera implícita: «Celebro que nuestro Pozo sea ya padre de una tan hermosa niña y me alegraré lo seas tu ya de un gracioso infante que sea la esperanza y apoyo de padres tan dignos. (...) Anima a tu amada esposa y dila (sic) que si pare un niño lo hemos de casar con la niña que haré presto a mi futura esposa» 49. El origen de la estrecha relación entre Ignacio Graells y Mariano La Gasca no está claro aunque, como ya ha sido dicho, Agustín Yáñez y Girona habla de una amistad íntima surgida en 1799 50, vínculo que se prolongará en la figura de Mariano de la Paz que cuenta con la protección y el consejo de La Gasca, su «segundo padre» 51. La mayor parte de las cartas conservadas en el archivo del museo madrileño son posteriores a la primavera de 1834, momento en el que el botánico inicia los preparativos para su regreso a España. «En Inglaterra he escrito bastante, he recogido algún herbario (...); tendré como unos cuatrocientos volúmenes, la mayor parte remitidos de España, resto de mi antigua librería, parte de mi antiguo herbario, y una porción de espigas y aun paja, que me podrá ser útil. (...) a lo menos doce o catorce cajones grandes, y dos o tres baúles de ropa y manuscritos. Sabes que en Sevilla perdí lo más precioso que tenía (...), y sería una gran desgracia perder ahora el resto y sobre todo los dibujos y manuscritos sobre los cereales, obra que a pesar de mis circunstancias y de mi quebrantada salud, no dejaré de las manos mientras viva. (...) estoy casi decidido a pedir un retiro y suponiendo sea al menos de unos 15000 reales, deseo saber si podría ---dant l'année 1837, Paris, Gide et cie, vol. I, 248 pp.). si que llegó a conocer a Miguel Colmeiro y a Mariano La Gasca, quien probablemente le hablaría favorablemente de su discípulo. 49 Carta de La Gasca a Ignacio Graells. 51 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. subsistir en esa ciudad (...). Debes tener entendido que abandoné la medicina y no me atrevo a recetar agua de malvas a mi criada» 52. «Yo entro en España a cierraojos, pero no sin grandes temores de no pasarlo tan bien como en Inglaterra» 53. La Gasca se erige en mentor del joven Graells y manifiesta la clara intención de afianzar el gusto que su protegido poseía por la historia natural. La pasión naturalista de Graells encontró un primer terreno de experimentación en la botánica y, como ya ha sido dicho, con 22 años publicó su calendario de flora barcelonesa 54. La Gasca no descuidó su formación en este aspecto y le instruyó acerca del método natural de clasificación de los vegetales: «El estudio de las relaciones naturales de las plantas es muy difícil, y su verdadero aprecio está reservado a pocos, muy pocos (...). Hoy día es cierto aún que no está descubierto el método natural; pero sin embargo se conocen bastante bien retazos, fragmentos u órdenes, cuyo conocimiento ha producido ya grandes utilidades (...). Como no hay principios ciertos que nos conduzcan al conocimiento de las plantas según el método natural, nos es preciso valernos en los principios de los métodos artificiales, y después de encontrado el nombre de las plantas ver el lugar que ocupan en el de Jussieu, y mejor aún en la obra de De Candolle (...). Sin embargo esto no es bastante, y así no satisface enteramente el espíritu, porque en los libros se presentan los seres en una serie lineal, que ciertamente no es el orden que sigue la naturaleza, sino en forma como de mares tanquam territorium in mappa geographica, según dijo sabiamente Linneo. (...) Todos hablan con entusiasmo del método natural, como si estuviese descubierto ya, y no lo extraño, porque yo que estoy persuadido de lo contrario, al hablar de él me ilusiono hasta el punto de hablar de él como si lo viera establecido. Por eso me figuro yo que el método natural es una bella extremada que nadie ha visto en la realidad; unos la vieron un ojo, poquísimos vieron los dos, otros describieron una mano, otros han visto los dedos del pie etc., y como las partes vistas aparecieron sumamente perfectas, de ahí es que infirieron la perfección del todo que nadie vio aún. ¿Querrás creer que después de tantos años de estudiar los cereales tengo grandes dudas que tal vez no podré vencer sobre los verdaderos límites de las especies? Acaso moriré antes de poder resolver a mi satisfacción ese problema. (...) Por eso te encargo mucho, me recojas cuantos cereales puedas en la cosecha próxima en los campos de esos alrededores, ----52 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 53 Carta de La Gasca a Ignacio Graells. 54 GRAELLS, M. P. (1831), «Calendario de flora o épocas de la florescencia de algunas planats bajo el clima de Barcelona». En: A. Richard, Elementos de botánica, Barcelona, imprenta de José Rubio, tomo 2, pp. 209-215. De manera recurrente La Gasca no deja de expresar su desconfianza en la ciencia española, fundamentalmente en lo que respecta a la reputación de los naturalistas, colectivo desprovisto de todo tipo de amparo oficial. Preocupado por el futuro de Graells, el botánico le insiste para que nunca abandone la práctica médica, único medio de asegurarse un bienestar material en un país acostumbrado a menospreciar la actividad intelectual: «¡Mírate en mi espejo! Al cabo de mis días y de... sólo me ofrecen 15000 reales que un médico suele ganar acaso en un día. Los mismos médicos dirán que eres un buen herbolario, y por lo mismo mal médico. Toma la botánica como un adorno y un auxilio para ejercer dignamente la facultad de curar, que es la que da dinero. La Botánica en un siglo no dará sino pesares al que tenga la desgracia de sobresalir en ella en España»56. La desconfianza de La Gasca en ese aspecto permanece incluso después de confirmarse el nombramiento de Graells como profesor de zoología y taxidermia en la Academia de Barcelona lo que, en principio, paracería otorgarle reconocimiento social y cierta estabilidad profesional: «Celebro verte ya de profesor público de Zoología, pero quisiera verte al menos con una dotación de mil duros; pero temo mucho que tardará el tiempo para mi tan deseado de ver honrados y bien remunerados los profesores públicos de ciencias útiles. (...) No abandones de modo alguno el ejercicio de la medicina y cirugía»57. «Mucho me alegrará verte director de los baños de Esparraguera, porque creo han de ser más productivos que una cátedra de ciencias naturales, (...) celebro verte enseñando Zoología, y lo celebraría más si me añadieses que por semejante cargo te daban 20.000 reales anuales; enseñas de balde y además de poner el paño tendrás que añadir el hilo y cuanto se necesite. (...) Yo en tu edad estaría tan ufano como tu estarás, y te aseguro que el día en que di la primera lección pública en 1804, no me hubiese cambiado por el Emperador de la China; pasión noble que ocupa el corazón de un joven, pero desgraciadamente mal apreciada por la generalidad que nunca sabe agradecer lo mucho que ella vale: esta triste verdad es la que se saca después de muchos desengaños. (...) Si regalan alguna ave etc. para ese proyectado Museo (se refiere al de la Academia de Barcelona), pondrás al pie de él ----regalado por D. F. de tal, preparado y denominado gratis (palabra subrayada tres veces) por D. M. Graells, al menos que te quede ese honor» 58. La Gasca conocía bien la realidad científica del país y había sufrido las consecuencias de los vaivenes políticos del inestable periodo que le tocó vivir. Nombrado director del Jardín Botánico de Madrid tras la Guerra de la Independencia, su talante liberal y su puesto de diputado en Cortes durante el Trienio Liberal le abocaron el exilio una vez restaurado el absolutismo. Desde 1823 el botánico residió en Londres y Jersey y sólo pudo volver al país tras la muerte de Fernando VII. Esa experiencia personal justifica su desconfianza en instituciones y gobiernos: «Yo no concurro a la Sociedad (probablemente la Sociedad Barcelonesa de Amigos del País) porque no tengo tiempo ni devoción. Y no tengo devoción porque en semejantes corporaciones españolas se habla mucho y se hace poco, y se agradece menos al que algo hace» 59. «Mucho celebro los progresos de esa Academia (se refiere a la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona) que los hará ínterin el Gobierno no meta su mano destructora y abrasadora» 60. De hecho, la actualidad social del país es tema frecuente en sus misivas, como corresponde a la inquietud de un personaje liberal con participación activa en la política de su tiempo, interés que poco a poco deriva hacia el desengaño y el olvido voluntario: «(...) tenía y tengo grandes temores de que se generalice la guerra civil, que, si por desgracia, llega a verificarse, dejará asolada nuestra desgraciada patria. (...) Quiera Dios dar juicio a los buenos españoles, y que no intenten propasarse más allá de los justos límites, que sería el modo de perderlo todo. (...) se me devolvió la cátedra, pero con 15000 reales anuales, o sea con 9500 reales menos de lo que tenía en 1820 (...). Ya ves el afrancesado Burgos 61, que tal se porta con el patriota La Gasca; pero él hace bien de vengarse ya que lo tiene en su mano, y los cabrones ----58 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 59 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 60 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 61 Se trata de Javier de Burgos Olmo (1778-1849), secretario de Estado de Fomento durante las presidencias de Cea Bermúdez y Martínez de la Rosa, cargo desde el que estableció la división territorial de España por provincias. Pero estamos en los principios de una nueva carrera y hay mucho que ver»62. «No soy yo sólo el que cree y dice que no hay Nación; lo dicen otros que no han estado emigrados pero que se han visto abandonados por ella, y por fin lo dicen los hechos»63. «Hace sobre 3 meses que no he leído un periódico, pero he recogido una cosecha de unas dos mil castas de cereales. Así no se engañaba el que escribía que sólo vivía entre los trigos. Viviendo así, y ajeno de la política, he recobrado mi salud y estoy haciendo un bien a la ciencia y a mi Patria»64. LA PROMOCIÓN DEL PROTEGIDO Pese al desánimo manifiesto en lo tocante a los asuntos políticos y científicos de España, La Gasca no descuidó su compromiso con Mariano de la Paz Graells y, como su «segundo padre», una vez recuperada parte de su influencia se encargó de situar al joven científico en el seno del principal organismo dedicado al cultivo de la historia natural en el país. Eso si, no sin antes advertirle de que, en Madrid, la ciencia no estaba mejor pagada: «Es necesario que sepa Mariano que deben trece meses a los del Gabinete de Historia Natural y doce al Jardín Botánico, y que para el año siguiente hay muy mala perspectiva. Tiene mi casa y la oferta de que el día que no haya de comer (como ya ha sucedido el mes pasado), el hambre repartido entre más tocará a menos»65. Tras su regreso a Madrid, en 1835, La Gasca se había ocupado de la enseñanza de la agricultura en el Gabinete de Historia Natural 66 y desde ese mismo instante había iniciado las acciones encaminadas a la promoción de Mariano de la Paz: ----«Anteanoche hablé con D. Ángel Vallejo 67, y me prometió que dentro de ocho o diez días determinaría sobre el museo (...). Le hablé en tu favor, y otro amigo le había hablado antes en el mismo día. Pero no por eso confíes en nada; porque juzgo que en la actualidad los hombres que no son intrigantes no pueden esperar mucho. Sin embargo se me ha ocurrido que podría ser útil me remitieses una representación documentada con la relación de tu carrera literaria, pidiendo una plaza de Profesor de Zoología en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, y otra también documentada pidiendo la plaza de viceprofesor del mismo ramo. Tú debes suponer que si puede ser alcanzar la primera, no pediré la segunda» 68. La estrategia concebida por La Gasca pasa por activar las publicaciones científicas de su pupilo, al que constantemente insta para que envíe a la imprenta los resultados de sus investigaciones 69. También quiere facilitarle la tarea en sus pesquisas y se ocupa de dotarle del material necesario para su adecuado progreso. Así, en una de las cartas anuncia el envío de un microscopio, de un spelling book y de un cuaderno titulado Nixus plantarum, obra del botánico inglés John Lindley (1799-1865) 70. La decisión del gobierno de suprimir las plazas de director en los baños termales del país, y de transferir al mismo tiempo la gestión de los balnearios a las diputaciones provinciales 71, será un detonante que intensificará el intercambio epistolar entre ambos y pondrá a prueba las capacidades de Graells. La Gasca quiere que Mariano de la Paz se convierta en ferviente opositor a tal medida y, para ello, le pide recoja toda la información que esté a su alcance sobre los baños de aguas minerales. Hace especial hincapié en la rica documentación inédita atesorada por su padre, antiguo director del establecimiento de Caldas de Montbuy 72. 68 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 69 «Mi querido Mariano: recibí la tuya con el extracto y lámina de Rhynchites betuleti y por mi anterior conocerás cuanto me habré alegrado de ver tu nombre volar en letras de molde» (30-05-1835); «Me alegro de la Cabera graellsiana porque da honor, y acaso podrá abrir el camino para llegar a obtener un pedazo de pan aunque sea escaso» (03-01-1836); «(...) necesario es que te des a conocer con algún trabajo útil; tal sería la descripción de los insectos que atacan los cereales» (01-08-1836); «Mucho celebro tus tareas entomológicas, pero quisiera yo ver lo que has publicado en Francia, para publicarlo aquí como copiado o traducido del papel francés» (12-01-1837). Cartas de La Gasca a Mariano de la Paz Graells, Madrid. 70 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 71 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 72 Carta de Francisco La Gasca (en nombre de su padre convaleciente) a Mariano de la poca diligencia con la que el joven Graells se ocupó del asunto no fue del agrado de su protector y dio lugar a airadas contestaciones por parte de este: «Mi señor don Mariano el de los sesos magullados ¿cree usted en conciencia que ha cumplido usted con mi encargo de remitirme noticias todos los correos sobre aguas minerales con sólo las escasísimas noticias que remitió usted en una sola carta al amigo Roses y las que en la carta de ayer me remite? (...) tu puedes alargar cuanto quieras, pues si en este momento te tuviera aquí te daría una paliza, y por las sesiones que habrás visto en el Diario de las Cortes podrás conocer que la merecías muy bien (...). Tu padre sin duda tiene un tesoro que puesto en circulación ahora hubiese venido muy bien, pero como lo tiene escondido para nadie vale» 73. «Mi querido almita de mierda: ¿con que ha sido necesario que un pobre moribundo te haya dado una paliza para poder despertar? ¿No hubiera sido mejor que hubieses despertado dos meses ha al primer aviso? Despiertas cuando ya casi está pasado el nublado» 74. Por Real decreto quedó suprimida la Junta de Protección y se creaba en su lugar una Junta Gubernativa formada exclusivamente por profesores del establecimiento. La asamblea estaba dirigida por uno de ellos elegido por votación 75 y La Gasca fue nombrado presidente de la misma, lo que le colocaba en una situación de poder privilegiada 76: « (...) la provisión de la cátedra ya no depende sólo del ministro y de mí, sino felizmente para la ciencia, de la Junta de Profesores que se instalará pasado mañana: sin embargo tentaremos la interinidad. Si el tal Mariano me hubiese tenido armado con documentos, según se lo insinué varias veces, probablemente hubiera sido catedrático antes de la existencia de la Junta de Profesores, así que culpe a su pereza o descuido. (...) todo lo que usted habrá leído es obra mía y del ministro: aproveché la amistad y los momentos. Sin embargo esta noticia es sólo para usted y la familia. Usted conocerá cuan sensible me será no haber podido hacer más por Mariano, de lo que él tiene la culpa, según dije antes, si lo cogiera ahora, en este momento, le diera un no sé qué: me ha privado del placer mayor, después del que he tenido en emancipar del yugo de la ignorancia las ciencias naturales y sus profesores» 77. Elías de Molins, en 1889, hace referencia a ese material y especifica, en nota a pie de página, que los escritos inéditos se encuentran en poder de Mariano de la Paz Graells Escasamente un mes antes de constituirse la citada Junta Gubernativa había fallecido Tomás Villanova, profesor de zoología del museo. La cuestión de su sucesión aparece ya evocada en la primera reunión del órgano de gestión, una sesión presidida por La Gasca. En ese instante la figura de Mariano de la Paz Graells aparece en la escena madrileña por primera vez 78. Junto a él compite por la vacante Anastasio Chinchilla (1801-1867) 79, cirujano del hospital militar que ya había sustituido a Villanova en el museo durante la enfermedad de este último 80. Se presenta como su legítimo sucesor e incluso se ofrece para enseñar gratuitamente con una interinidad81. La decisión final de la Junta es la de ofertar dos plazas de catedrático, una dedicada a la anatomía comparada de los animales vertebrados y otra a la de los invertebrados, puestos que en principio se ofrecen en interinidad para posteriormente conceder la propiedad según el desempeño82. La influencia de La Gasca y sus contactos le permiten seguir adelante en la promoción no sólo de su protegido, sino también de su propio hijo83. Con todo, de las palabras del botánico se deduce que Graells partía en desventaja, en gran medida debido a su dejadez a la hora de dar respuesta a los requerimientos de su mentor y a ciertos errores de bulto en su producción científica: «Encontré dos ejemplares del extracto de tu memoria sobre el Rinchetes betuleti y haré se presente uno en la Junta para reunirlo a tu representación. Me olvidé decirte el gran disparate cometido en la lámina que representa el pámpano de la vid ----78 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 79 Anastasio Chinchilla Piqueras es autor de Anales históricos de la medicina en general y biográfico-bibliográficos de la española en particular (1841-1846). Natural de Ayora, estudió medicina en Valencia. Durante el curso académico 1836-37 siguió una formación en zoología en el museo de Madrid a cargo de Tomás Villanova. SALCEDO Y GINESTAL, E. (1904), El doctor Chinchilla. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico, Madrid, imprenta de Ángel B. Velasco, p. con los zarcillos que salen del pecíolo de la hoja, siendo así que siempre nacen del punto opuesto a ella. Además la disposición de los nervios de la hoja es pésima, y el tallo se representa casi recto, cuando es flexuoso. Yo creo que el pintor hizo el dibujo de memoria, y tú no echaste de ver tantas y tamañas imperfecciones, que a los ojos de los inteligentes te representarán como absolutamente ignorante en Botánica. En todo se necesita reflexionar» 84. El resultado fue finalmente el deseado y Mariano de la Paz Graells fue nombrado catedrático interino de zoología en noviembre de 1837 85. Sus inicios en el museo madrileño no iban a ser fáciles, como bien vaticinaba La Gasca: «Yo no se cómo, se ha entendido tanto que yo lo protejo (...), que acaso esa misma opinión le perjudique» 86. En el museo madrileño se conserva el expediente que Graells presentó con la intención de que se le conmutase la cátedra de zoología en la academia de Barcelona por la misma en la capital 87. Los documentos los remite, el 16 de noviembre de 1837, José Moreno de la Güera (sic), primo de Graells, y se los envía al secretario de Estado del despacho de gobernación de la Península. El conjunto de papeles se organiza en cuatro carpetas, identificadas de la A a la D, que incluyen cartas originales, copias legalizadas de cartas u oficios, certificaciones legalizadas y relación de méritos. Las cartas autógrafas de la carpeta A (entre paréntesis se indica la fecha y el lugar de expedición de cada misiva) están firmadas por: Barker Webb ----84 Carta de La Gasca a Mariano de la Paz Graells. 85 Carta de La Gasca a Ignacio Graells. 87 AMNCN, fondo Personal Científico, sección Mariano de la Paz Graells, caja 43 (actividad docente). En Cataluña estuvo en 1826, fecha en la que conoció a Graells cuando éste sólo contaba diecisiete años. El joven Mariano de la Paz le acompañó en sus excursiones por Caldes de Montbui, las riberas del Besòs, Cardona y Montserrat. 89 Se presenta como zoólogo distinguido. 91 Philogène Auguste Joseph Duponchel (1774-1846) era militar aficionado a la entomología y especialista en mariposas. Continuador de la Histoire Naturelle des Lépidoptères de France, obra iniciada por Jean-Baptiste Godart, él es el autor de 12 de los 17 volúmenes aparecidos entre 1832 y 1842 con descripciones de más de cuatro mil especies. La carpeta B contenía copias legalizadas de cartas del secretario de la Sociedad Entomológica de Francia, Alexandre Lefebvre, quien comunica que Graells ha sido nombrado miembro de la asociación (París, 08-11-1833), de Hope, presidente de la Sociedad Entomológica de Londres (Londres, 07-08-1835), de Voitel (Soleure, Suiza, julio de 1837) y de oficios de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona (Barcelona, 19-07-1833), de la Sociedad económica de amigos del País de Tortosa (Tortosa, 14-10-1835) y de la Academia de Ciencias y Bellas Letras de Mahon (Mahon, 17-01-1837). Una tercera carpeta identificada con la letra C incluía certificados expedidos por influyentes personajes catalanes: Juan Francisco Bahi, catedrático de agricultura teórica y práctica y botánica en la Junta Nacional de Comercio de Barcelona 95; Juan Agell, catedrático de mecánica de la Academia de Barcelona y secretario de la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País 96; Carlos de Martí y Beseguin 97 y José Aran y Barba, individuos de la referida ---creación de la Sociedad Entomológica de Francia. Conoció a La Gasca en 1808, durante la visita que realizó a España acompañado por Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, integrantes ambos del ejército de ocupación francés. Fue fundador de la Sociedad Entomológica de Francia. En la carta que firma recomendando a Graells se presenta como autor de la liquenografía de la Flore francaise publicada por Lamarck y de Candolle en 1805, así como de varios artículos sobre la anatomía de los insectos publicados en los Annales des Sciences Naturelles de Paris. 94 Pedro Giralt (1802-1879) era un educacionista y sacerdote catalán, residente en Uruguay, profesor de filosofía, geografía y latín que participó en la fundación del Ateneo de Montevideo. Aficionado a la zoología, remitía producciones de la naturaleza desde América. 95 Juan Francisco Bahi y Fonseca (1775-1841) enseñó agricultura en el jardín botánico de la Real Junta de Comercio y participó en la edición, en 1815, de Memorias de agricultura y artes, publicación en la que insertó numerosas colaboraciones. Se especializó en las enfermedades del olivo y en la creación de prados artificiales. En 1816 fue nombrado primer médico del hospital de Barcelona. Se dedicó al estudio de la electricidad y de la telegrafía. La Gasca hace referencia expresa a él en una de sus cartas: «Basta que tu me recomiendes al Dr. Agell para que yo me interese por él, a lo que se añade ser catalán y discípulo de las escuelas de ese gran Consulado». 97 En abril de 1837 Carlos Martí leyó en la Academia una memoria acerca de las bases que pudieran adoptarse en el establecimiento de un sistema para regular los pesos y medidas en España. Academia; José Boura, catedrático de química aplicada a las artes en Barcelona; Antonio Monmany, secretario de la Academia Nacional de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona; Félix Janer, catedrático de clínica médica del Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona 98; Juan Bautista Foix, catedrático de materia médica y química del referido Colegio 99; Agustín Yáñez 100, catedrático de historia natural en el Colegio Nacional de Farmacia de Barcelona y Ramón Taponera, notario y escribano de la Academia Territorial de Cataluña. Finalmente, la carpeta D contenía la relación de los méritos literarios contraídos por Graells en las cátedras de Gramática Castellana y Latina, Humanidades, Filosofía y Ciencias Médicas. Ramón Ferrer y Garcés 101, catedrático y secretario del Real Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona, es el encargado de pormenorizar los logros académicos del aspirante. Graells estudió tres años de gramática castellana y latina y dos de retórica en las Escuelas Pías de Barcelona, dos de filosofía escolástica en el Colegio Tridentino y uno de física experimental en la Casa Lonja con Pedro Vieta 102. En 1827 recibió el grado de Bachiller en Artes en el Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona y se matriculó en los estudios de Medicina y Cirugía (siete años) que realizó de forma satisfactoria. Destacó por sus disecciones en las clases de anatomía y vendajes. Fue ayudante de ----98 Félix Janer y Bertran (1771-1865) inició su carrera como catedrático de materia médica, terapeútica e higiene en la universidad de Cervera, en 1807. Posteriormente se encargó de las de medicina interna y su clínica en Barcelona y Madrid. 100 Agustín Yañez y Girona (1789-1861) estudió humanidades y filosofía en el Seminario Conciliar, química, matemáticas y botánica en la Junta de Comercio y farmacia en el colegio de San Victoriano. Fue catedrático de farmacia, mineralogía y botánica y zoología médicas. Es autor del elogio histórico a La Gasca leído en la Academia de Barcelona en 1842. En 1820 publicó Lecciones de Historia Natural, primera obra didáctica española sobre el tema, que fue reeditada en 1845. En 1842 apareció su diccionario de historia natural y agricultura titulado Dios y sus obras, un texto redactado a partir de las obras de Buffon, Cuvier, Lacépède, Guérin y otros autores franceses. En él hizo un estudio de la lengua castellana y anotó sus deficiencias e inexactitudes en la materia abordada. 101 Ramón Ferrer y Garcés (1803-1872) era médico y enseñó medicina legal, toxicología e higiene pública en la universidad de Barcelona. La Gasca habla de él en su correspondencia: «El doctor Ferrer se ha portado perfectamente y parece está dispuesto a seguir el asunto (se refiere al de los baños de aguas termales) pero necesitan datos, datos y datos». 102 Pedro Vieta y Gibert (?-1856) fue vice-rector, decano y catedrático de filosofía en la universidad literaria de Barcelona y vice-presidente de la Academia de Medicina y Cirugía. Ibidem, vol. II, pp. 753-754. química médica, de terapéutica y materia médica (fue el depositario de las drogas y sustancias medicinales), de operaciones quirúrgicas y de obstetricia. En el cuarto año redactó una memoria sobre una rara enfermedad de las mujeres (no se dice cual). En quinto y sexto fue ayudante de bibliotecario. El doctor Ignacio Ameller 103, director del centro, le encargó la redacción del diario clínico meteorológico, en el que anotaba diariamente las alteraciones atmosféricas y la influencia que éstas ejercían en los enfermos de las salas. El último año de su formación ayudó a Félix Janer en sus visitas clínicas. Tras la reconstrucción de los acontecimientos que llevaron a Graells hasta su puesto de catedrático de zoología en la capital parece pertinente plantearse dos preguntas: ¿era el joven naturalista la apuesta ideal para cubrir el puesto vacante? ¿Hasta qué punto influyó su designación en el devenir de la disciplina en España? Para responder a la primera de ellas hay que comenzar diciendo que, en zoología y en la España del XIX, el número de posibles candidatos era muy reducido. En el momento de someterse a evaluación, el bagaje científico de Graells distaba de ser escaso. Al margen de su formación académica e intelectual, el riojano ya desempeñaba entonces labores de catedrático de zoología en la academia barcelonesa, era responsable del incipiente museo de historia natural de la institución y autor de un calendario de flora, de varias memorias sobre insectos plaga y de dos artículos publicados en Francia. Frente a eso, Anastasio Chinchilla, el segundo aspirante, no poseía ningún trabajo sobre tema zoológico en el momento de aspirar a la vacante 104. Su obra escrita se componía básicamente de memorias sanitarias inéditas y de algún artículo impreso con los primeros apuntes sobre la historia de la medicina en el país 105. Su producción indirectamente relacionada con la historia natural se limi-----103 Ignacio Ameller y Ros (1769-1843) antes de ser nombrado catedrático en Barcelona, lo fue de materia médica en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid (1798), de química en la facultad de Salamanca (1799) y en el Colegio de Medicina de Burgos (1804). 104 Más tarde, en 1844, Chinchilla publicaría una Memoria sobre los insectos perjudiciales a la agricultura y medios de destruirlos, trabajo premiado por la Sociedad Económica Valenciana. 105 Las memorias médicas presentadas por Chinchilla antes de 1837 fueron: Baños y aguas minero-medicinales de Villavieja (Castellón de la Plana) (1829); De la topografía físico-taba a De la topografía físico-médica de España en general, memoria que el autor estructuró en seis apartados dedicados respectivamente a la posición de España en el globo y su relación con la esfera celeste, las aguas comunes y las fuentes minerales, las piedras, tierras y minerales, las plantas, los animales y el hombre, secciones que en lo tocante a la botánica y la zoología no dejaban de ser meros listados de especies comunes 106. Esa escasez de candidatos hay que achacársela a la ausencia de una institucionalización de la zoología en España, materia que era cultivada de forma privada por personajes ilustrados, generalmente médicos, atraídos por la estimulante diversidad de los seres vivos. Desde el momento de la creación del Gabinete de Historia Natural en Madrid, en 1771, ya se había evocado la necesidad de enseñar la disciplina y para ello, Eugenio Izquierdo (1745-1813), vicedirector en tiempos de Pedro Franco Dávila (1713-1785) y director del centro tras su fallecimiento, se había formado en París. Sus prolongadas estancias en la capital francesa le impidieron impartir lecciones en el Museo. Sin embargo, poco a poco, las diferentes disciplinas iban encontrando acomodo en la institución y Clavijo y Fajardo (1730-1806), vicedirector del Gabinete, eligió la Histoire Naturelle de Buffon como libro guía para ilustrar la materia, obra que tradujo al castellano 107. Con todo, durante el periodo Izquierdo-Clavijo la zoología no contó entre las enseñanzas impartidas en el Gabinete. En 1815 Fernando VII ordenó la elaboración de un plan para la docencia de las ciencias naturales en el recién creado Real Museo de Ciencias Naturales, organismo que reunía al Gabinete de Historia Natural, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Química y la Escuela de Mineralogía. El reglamento estableció cinco cátedras de las cuales dos estaban íntegramente dedicadas a la zoología, un generoso reparto poco acorde con la realidad científica del momento. De hecho, los dos puestos creados tardarían largo tiempo en cubrirse por falta ---química de España en general (1829); Disertación histórico-físico-médica de la villa de Cebreros (1830); Investigaciones físico-médicas de los meses de mayo, junio, julio y agosto de 1830 (Villa de Cebreros) (1830); Disertatio chimico-medica de lacte; de ejusdem speciebus, pro alimento et medicamento sumptis; et de illius praestantia, sive praejuditiis in medicina (1830). Sus artículos publicados en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia se titulaban: «El garrotillo» (1836); «Arnaldo de Vilanova» (1837); «Apuntes para servir de introducción a la Historia de la Medicina Española» (1837) y «Las suturas en cirugía» (1837). 107 CLAVIJO Y FAJARDO, J. (2001), Prólogo a la traducción de la Historia Natural del conde de Buffon (Estudio preliminar de José Luis Prieto), La Orotava, Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, 92 páginas. El primero en ocuparse de la disciplina fue Tomás Villanova, médico de Valencia, que desde 1794 mantenía relaciones con el Gabinete como recolector de ejemplares. Su perseverancia 109, su experiencia en otros museos, como el de Londres o el del príncipe de Parma 110, y la finalización de su obra Ornitología 111 le despejaron el camino hacia el ansiado puesto de profesor de zoología que pasó a ocupar en 1818 112. Es muy poca la información de la que disponemos acerca de las clases impartidas por Villanova. Su primera lección de anatomía comparada tuvo lugar un 27 de noviembre de 1819, sesión en la que, siguiendo el método de Cuvier, fue oído por 51 alumnos 113. Villanova era pues el primer catedrático de zoología en España, una disciplina surgida y asentada en el entorno museístico, que no realizaría su salto a la universidad hasta años más tarde, en pleno periodo Graells. Tras la muerte del valenciano resulta prematuro hablar de una primera generación de zoólogos españoles formada por él aunque, como ya ha sido dicho, uno de sus alumnos, Anastasio Chinchilla, se presentara como su legítimo sucesor a la cátedra. La formación de Graells responde al esquema clásico del médico naturalista. Titulado en la única ciencia biológica que por aquel entonces podía asegurar un futuro profesional digno, el cultivo de las ciencias naturales fue en su caso consecuencia grata de una clara afición y del decido apoyo otorgado por su padre y por «su segundo padre». La influencia paterna en la obra de Mariano de la Paz es un asunto pendiente de resolver, así como la verdadera dimensión de la obra científica de Ignacio. Gran parte de su producción escrita permaneció inédita y tan solo un reducido número de trabajos llegó a la imprenta 116. Valga como ejemplo la ingente cantidad de material recopilado sobre la distribución y clasificación de los insectos coleópteros, escritos que sin duda ayudaron a Ma-----riano de la Paz en su carrera profesional. Los valiosos documentos, aparentemente recopilados en 1816117, siguen la clasificación propuesta por Latreille (1762-1833), sistema basado en el número de artejos presentes en el tarso de los insectos, cifra que puede oscilar entre uno (monómeros) y cinco (pentámeros) o variar entre los distintos pares de patas (heterómeros). Lo que queda fuera de toda duda es la decidida voluntad de La Gasca a la hora de apadrinar a Mariano de la Paz y de guiarle hasta el epicentro de la historia natural hispana. En su calidad de mentor La Gasca no descuidó ninguna de sus obligaciones, ni la formación científica ni la promoción social. Tal tipo de relación genera una dependencia del pupilo respecto a su tutor, vínculo que a menudo va más allá del simple débito de favores y engendra una filiación intelectual. Es revelador que la cita a Linneo que La Gasca incluye en una de sus cartas, fechada en 1834118, aparezca mucho tiempo después en una de las mayores obras de Mariano de la Paz, su Fauna Mastodológica Ibérica119, publicada en 1897. Similar convergencia se encuentra en el interés que ambos tuvieron por la dimensión aplicada de la ciencia, utilitarismo que La Gasca considera propio de la tradición científica catalana: « (...) catalán significa laborioso y aplicado, y la otra circunstancia dice ser la escuela mejor de conocimientos útiles que hay en la Nación. Además eso de catalán tiene en mi un (ilegible) de provincialismo, porque como mi razón se desplegó en Tarragona creo que soy tarragoní (sic). Sábelo para siempre, aunque no lo digas a nadie»120. Graells fue quien trasvasó esa visión aplicada de la ciencia hasta Madrid, ciudad que había acumulado un notable retraso en el proceso de industrialización. El enfoque práctico en sus planteamientos primará a lo largo de su larga vida profe-----sional, ya tenga entre manos problemas relacionados con la aclimatación de fauna 121, con la piscicultura 122 o con el control de plagas de insectos 123. Por eso, y respondiendo a la segunda pregunta que planteábamos al inicio de esta discusión, podemos decir que, efectivamente, el padrinazgo de La Gasca influyó en la manera de hacer ciencia de Graells y en el devenir de la zoología en España, disciplina que por aquel entonces aún balbuceaba. La filiación entre ambos naturalistas parece trascender los contenidos para incidir igualmente en las prácticas, en una dinámica continuista que se relaciona con la noción de habitus propuesta por Bordieu 124. Personas de un entorno social homogéneo poseen esquemas de obrar y pensar parecidos, lo que se traduce en que tienden a compartir estilos de vida similares. Graells recogió el testigo del nepotismo directamente de la mano de La Gasca, y con él integró una forma de hacer ciencia en la que las relaciones personales tuvieron un especial peso en las decisiones académicas. A lo largo de su carrera Graells obró una excesiva personalización de sus proyectos, como ya ha sido demostrado con el de la aclimatación 125, actitud que lleva asociados no pocos problemas, pues un contratiempo, un simple desánimo o la desaparición del interesado pueden acabar con todo. Según Ringer 126, ese acatamiento voluntario de una tradición pasada responde a que las doctrinas se aceptan por el hecho de ser heredadas de precursores intelectuales, con los que además se comparte una orientación psicológica y una posición social y económica, en sintonía con el concepto de habitus previamente evocado. Tradicionalmente, los historiadores de la ciencia consideran a Mariano de la Paz Graells como el último científico cortesano español. Durante los años centrales del periodo isabelino su figura se hizo omnipresente en los foros científicos de la capital y reprodujo la imagen del científico ilustrado próximo al poder, personalidad que Javier Puerto ha magistralmente desgranado en el botánico Casimiro Gómez Ortega (1741-1818). Disperso entre multitud de instituciones y tareas, su acción, básicamente diplomática y gestora, resulta ----poco efectiva en detrimento de la tarea científica profunda 127. Curiosamente, tal actitud no está reñida con un reconocido prestigio, logrado a través de lo que el autor denomina «un complicado juego de espejos» 128. Graells asume a la perfección ese papel de mandarín y basa su reconocimiento social en su nivel educativo y su estatus profesional 129. Sus vínculos con el Estado y la Corona hicieron de él un personaje influyente e integró una élite con capacidad de decisión. ¿Por qué «el último»? Posiblemente porque las sociedades cambian más rápido que las personas y Graells tuvo que seguir la marcha de su tiempo. Desde su llegada al Museo Nacional de Ciencias Naturales, y a partir de 1845 en la universidad, Graells se convirtió en el principal profesor de zoología en España y por tanto en el instructor de la primera generación de zoólogos titulados. Algunos de sus discípulos iniciaron una diáspora que permitió extender la formación y la investigación en zoología a través del país, caso del cántabro Augusto González Linares (1845-1905), promotor de la Estación de Biología Marina de Santander 132. Fuera o no consciente de ello, formara o no parte de sus planes, el mayor mérito de Graells fue el de lograr la institucionalización de la zoología en España y conseguir así esa masa crítica necesaria para que las reglas del juego cambiasen.
el centro a las áreas periféricas, la medicina tropical y las dimensiones socioculturales de la enfermedad. En primer lugar, los esfuerzos por renovar la tradicional historia de la medicina. Luego, la diseminación de modelos interpretativos provenientes de otras disciplinas que por diversas vías encontraron en la enfermedad un nudo problemático. Finalmente, los estudios históricos de la población y de sus condiciones materiales de existencia. Lo que está surgiendo de este dinámico proceso historiográfico ha sido etiquetado como nueva historia de la medicina, historia de la salud pública, o historia sociocultural de la enfermedad. Tal vez por detrás de cada una de estas etiquetas pueda encontrarse una trama de preocupaciones propias y específicas. Es evidente, sin embargo, que cuando se evalúa lo que estas distintas historias están produciendo, algunos de sus temas -no así, necesariamente, el modo de abordarlos-tienden a repetirse. Es evidente también que todas ellas reconocen que las enfermedades son fenómenos complejos, algo más que un virus o una bacteria. Además de su dimensión biológica, las enfermedades cargan con un repertorio de prácticas y construcciones discursivas que reflejan la historia intelectual e institucional de la medicina, pueden ser una oportunidad para desarrollar y legitimar políticas públicas, canalizar ansiedades sociales de todo tipo, facilitar y justificar el uso de ciertas tecnologías, descubrir aspectos de las identidades individuales y colectivas, sancionar valores culturales y estructurar la interacción entre enfermos y proveedores de atención a la salud. De algún modo, y tal como ha escrito uno de los más influyentes historiadores en este campo, una enfermedad existe luego que se haya llegado a una suerte de acuerdo que da cuenta que se la ha percibido como tal, denominado de un cierto modo y respondido con acciones más o menos específicas 2. En otras palabras, razones particulares y coyunturas temporales enmarcan la vida y muerte de una enfermedad, su «descubrimiento», ascenso y desaparición. En estas notas no me propongo hacer un balance exhaustivo y detallado de lo que se ha escrito para el largo período que va desde el último tercio del siglo XIX en adelante 3. Tampoco me propongo adelantar la agenda de lo que debe hacerse en el futuro, toda vez que entiendo que esas indicaciones pueden ser tan presuntuosas como inútiles. Se trata, solamente, de dar cuenta de la dirección o mejor, las direcciones, que está tomando la historia de la enfermedad. De esa producción historiográfica se desprende que tres han sido y son los tópicos dominantes: la dimensión social y política de las epidemias, las influencias externas en el desarrollo médico-científico y ----2 ROSENBERG, Ch. 3 La cuestión de la enfermedad también ha concitado la atención de estudiosos del período colonial, con algunos trabajos particularmente notables referidos al impacto de la conquista. Para un cuadro bastante actualizado del estado de los conocimientos, véase COOK, N. D. y LOVELL, W. G. (eds.) (1992), The Secret Judgments of God: Native Peoples and Old World Disease in Colonial Spanish America, Norman, University of Oklahoma Press; COOK, N. D. (1998), Born to Die. Disease andNew World Conquest, 1492-1650, Cambridge, Cambridge University Press. en las políticas de salud pública de la región y, finalmente, los usos culturales de la enfermedad. ESCRIBIENDO LA HISTORIA DE LA ENFERMEDAD: NUEVA HISTORIA DE LA MEDICINA, HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA E HISTORIA SOCIO-CULTURAL DE LA ENFERMEDAD Tradicionalmente el tema de la enfermedad ha sido una suerte de coto controlado por los historiadores de la medicina. Fueron ellos los que escribieron no sólo una historia de cambios en los tratamientos sino también las biografías de médicos famosos. Más allá de sus específicos aportes, estas historias parecen haberse empeñado en reconstruir el «inevitable progreso» generado por la medicina diplomada, unificar el pasado de una profesión crecientemente especializada y resaltar cierta ética y filosofía moral que se pretende distintiva, inalterada y emblemática de la práctica médica a lo largo del tiempo. La nueva historia de la medicina, por el contrario, tiende a destacar los inciertos desarrollos del conocimiento médico, dialoga con la historia de la ciencia, discute no sólo el contexto -social, cultural y político-en el cual algunos médicos, instituciones y tratamientos «triunfaron», haciéndose un lugar en la historia, sino también aquellos otros que quedaron perdidos en el olvido. Es una narrativa que se esfuerza por tensionar la historia natural de la enfermedad y algunas dimensiones de su impacto social 4. La historia de la salud pública, por su parte, destaca la dimensión política, dirige su mirada al poder, la política, el estado, la profesión médica. Es, en gran medida, una historia atenta a las relaciones entre instituciones de salud con estructuras económicas, sociales y políticas 5. Es, también, una historia que se piensa útil e instru-----4 STEPAN, N. (1976), Beginnings of brazilian science. Oswaldo Cruz, medical research andpolicy, 1890-1920, Nueva York, Science History Publications; CUETO, M. (1989), Excelencia científica en la periferia, actividades científicas e investigación biomédica en el Perú, 1890-1950, Lima, Tarea; BEN-CHIMOL, J. y TEXEIRA, L. (1993), Cobras, lagartos e outros bichos. Una história comparada dos Institutos Oswaldo Cruz e Butantan, Rio de Janeiro, Editora Ufrj/Casa Oswaldo Cruz; Fernandes, T. (1999), Vacina antivariólica: ciência, técnica e o poder dos homes, 1808-1920, Rio de Janeiro, Editoria Fiocruz; COUTINHO, M. (1999), «Ninety years of Chagas disease: a success story in the periphery», Social Studies of Science, 29, 4, 519-549; QUEVEDO VÉLEZ, E. et al. (1993), «Ciencias médicas, estado y salud en Colombia», Historia Social de de la Ciencia en Colombia, v. 8, Bogotá, Tercer Mundo. 5 BELMARTINO, S., BLOCH, C., CARNINO, M. y PERSELLO, M. (1991), Fundamentos históricos de la construcción de relaciones de poder en el sector salud. Argentina, 1940-1960, Buenos México, 1930-1980, México D.F., IMSS; HORN, J. (1983) «The mexican revolution and health care, or the health of the mexican revolution», Latin American Perspectives, 10, 4, mental, toda vez que busca en el pasado lecciones para el presente y el futuro porque asume que la cuestión de la salud es un proceso no cerrado. Así, el pasado debe ser investigado apuntando a facilitar intervenciones que, se supone, pueden incidir -de modo no específico sino general-en la realidad contemporánea, intentando reducir las inevitables incertidumbres que marcan a todo proceso de toma de decisión en materia de salud pública. La Atención rural primaria en Esta mirada, en verdad, retoma el legado de la práctica y los estudios del higienismo de fines del siglo XIX y comienzos del XX y, más tarde, en torno a los años cincuenta, de algunos estudios que ya se presentaban como historias nacionales de la salud pública. Ambos esfuerzos, que reconocían y enfatizaban el carácter social de la enfermedad, son antecedentes relevantes al momento de evaluar la historia de la historiografía sobre la salud en América Latina. Allí están, entonces, los puntos de partida de una serie de trabajos que en algunos casos no harán más que celebrar a los primeros sanitaristas -de modo bastante similar a la tradicional historia de la medicina-y, en otros, se empeñarán en analizar, en clave estructuralista, la cuestión de la salud y la medicina como epifenómenos de las relaciones de producción 6. Como sea, el énfasis de esta historia de la salud está no tanto en los problemas de la salud individual sino en la de los grupos, en el estudio de las acciones políticas para preservar o restaurar la salud colectiva y en los momentos en que el estado o algunos sectores de la sociedad han impulsado acciones destinadas a combatir una cierta enfermedad a partir de una evaluación que excede lo estrictamente médico y está definitivamente marcada por factores políticos, económicos, culturales, científicos y tecnológicos. Sin duda, en la historia de la salud la medicina pública aparece en clave positiva y progresista, como un feliz resultado de la asociación de la ciencia biomédica con una organización racional de la sociedad donde ciertos profesionales -los médicos sanitaristas en primer lugar-han sabido ofrecer soluciones frente a las enfermedades del mundo moderno. Esta asociación, vista como potencialmente benéfica, fue evaluada a partir de sus logros concretos. Así, el insatisfactorio balance resultante ha sido explicado por algunos, y no sin una gran dosis de esquematismo que prescindía de cualquier matiz nacional o temporal, como un resultado de la condición dependiente de la región 7. Esta dependencia, se decía, determinaría la existen----- 24-39; ABEL, Ch. 6 Un ejemplo de los enfoques celebratorios en LEONARD, J. (1989), «Carlos Finlay 's life and death of yellow jack», Bulletin of the Panamerican Health Organization, 23, 438-452. La interpretación estructuralista en GARCÍA, J. (1981), «La medicina estatal en América Latina,» Revista Latinoamericana de Salud 1, 70-110; y GARCÍA, J. (1994), Pensamiento social en salud en América Latina, México DF, Interamericana McGraw Hill/OPS. 7 NAVARRO, V. (1994), «The underdevelopment of health or the health of underdevelopment: An analysis of the distribution of human resources in Latin America», International Journal of Health Services, 4, 1, 5-27. cia de una elite dirigente y una estructura de poder económico incapaces o desinteresados en crear y distribuir equitativa y eficientemente recursos y servicios sanitarios. Otros estudios listaban los logros y limitaciones de los proyectos de modernización en materia de salud pública a nivel nacional o para una ciudad en particular, reaccionando contra el esquemático uso del modelo dependentista. Se propusieron mostrar que al menos en ciertos contextos urbanos el balance no ha sido tan negativo y que la condición periférica no fue tan decisiva al momento en que que el estado se lanzó a construir la infraestructura sanitaria básica e intentar reducir las tasas de mortalidad, en particular las ocasionadas por las enfermedades infecciosas 8. Comparada con la historia de la medicina y la de la salud pública, la historia sociocultural de la enfermedad es más reciente. Se trata, en verdad, de trabajos de historiadores, demógrafos, sociólogos, antropólogos y críticos culturales que, desde sus propias disciplinas, han descubierto la riqueza, complejidad y posibilidades de la enfermedad y la salud, no sólo como problema sino también como excusa o recurso para discutir otros tópicos. Así, esta historia sociocultural apenas dialoga con la historia de las ciencias biomédicas y se concentra en las dimensiones sociodemográficas de una cierta enfermedad, los procesos de profesionalización y medicalización, las condiciones de vida, los instrumentos e instituciones del control médico y social, el rol del estado en la construcción de la infraestructura sanitaria, las condiciones de trabajo y sus efectos en la mortalidad 9. En algunos casos, estas historias están fuertemente marcadas por el empirismo y no van más allá de una recolección de datos relevantes para la historia de ciertas enfermedades. En otros el objetivo pareciera ----apuntar a mostrar, sin mayores esfuerzos de problematización, que las condiciones de existencia de los pobres, de los sectores populares, o de los trabajadores han estado, siempre, marcadas por la desdicha o que cualquier iniciativa en materia de salud pública ha sido el resultado de un esfuerzo por aumentar la productividad o garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo o que las elites impulsaron las reformas sanitarias por su propia seguridad o que la reforma sanitaria fue el resultado de un arbitrario e inescrupuloso empeño de control liderado por una burocracia profesional ya afirmada en instituciones estatales o, más en general y de modo bastante simplista, que el capitalismo dependiente necesitaba esos cambios 10. La narrativa socio-cultural de la historia de la enfermedad también se ha apoyado en las interpretaciones foucaltianas de la medicalización y el disciplinamiento. Fueron y siguen siendo una referencia indudablemente inspiradora -especialmente en ciertos círculos intelectuales latinoamericanos, donde hizo impacto antes que entre los grupos latinoamericanistas anglosajones-para trabajos que encontraban en la medicina estatal un arsenal de recursos normalizadores constitutivos de la modernidad. Así, las iniciativas estatales -discursivas o políticas-en materia de salud pública fueron entendidas como esfuerzos de racionalización que, habiendo desarrollado conocimientos y lenguajes disciplinares particulares, estaban destinados a controlar a los individuos y a sus cuerpos 11. En este contexto las hipotéticas etiologías de ciertas enfermedades terminaban sirviendo, así se ha argumentado, a la manera de instrumentos de regulación social, etiquetamientos de la diferencia y legitimación de sistemas ideológicos y culturales. Estas muy sugerentes referencias teóricas, cuando fueron leídas y aplicadas con rigidez, terminaron obviando el examen de las mediaciones y particularidades que de modo específico -es decir con un tiempo, un lugar y una sociedad históricamente concretos-recorren la trama que tejen el poder, el estado, las políticas ----10 PINEO. R., «Public health care in Valparaíso, Chile», en PINEO, R. y BAER, J. (eds.) (1998), Cities of hope: People, protests, and progress in urbanizing Latin America, 1870-1930, Boulder, Co., Westview Press; RECALDE, H. (1997), La salud de los trabajadores en Buenos Aires (1870Aires ( -1910) ) públicas, los saberes, la vida cotidiana, las percepciones de la enfermedad y las respuestas de la gente común. En estos tres más o menos renovados abordajes hay un indudable esfuerzo por escapar de las limitaciones y estrecheces que han marcado a la tradicional historia de la medicina. Todos -la nueva historia de la medicina, la historia de la salud pública y la historia sociocultural de la enfermedad-entienden a la medicina como un terreno incierto, donde lo biomédico está penetrado tanto por la subjetividad humana como por los hechos objetivos.Todos ellos, también, se proponen discutir la enfermedad como un problema que además de tener una dimensión biológica se carga de connotaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Es cierto, se siguen escribiendo trabajos con énfasis sesgadamente empíricos, foucaltianos, celebratorios, o ignorantes de cualquier tipo de mediaciones entre las acciones médico-sanitarias y los requerimientos del sistema económico. Pero también pareciera estar prefigurándose una narrativa historiográfica interesada en contextualizar e interpretar creativamente la riqueza de las iniciativas originadas en la medicina y la salud pública, no sólo en sus dimensiones disciplinadoras sino también en las humanitarias y asistenciales. ESCRIBIENDO SOBRE LAS EPIDEMIAS COMO UN PROBLEMA HISTÓRICO Fue en torno de las epidemias donde la literatura ha sido más prolífica. Su foco está en los avatares de las enfermedades contagiosas que que azotaron sorpresiva e intensamente las ciudades entre el último tercio del siglo XIX y las primeras décadas del XX y que, en algunos casos, han vuelto hacerlo en las postrimerías del XX 12. Algunas de estas historias enfatizan en las condiciones sociales en que emerge la ----coyuntura epidémica, las técnicas y políticas implementadas para combatirla y las reacciones de los gobiernos, la elite, los grupos profesionales y la gente común. Otras también incluyen un examen detenido de los factores biológicos y ecológicos, articulando un diálogo entre historia social e historia de las ciencias biomédicas. Así, los casos latinoamericanos engrosan una suerte de dramaturgia común a todas las epidemias donde se enlazan los temas del contagio, el temor, la huída, la salvación, la búsqueda de chivos emisarios, los esfuerzos por explicar -cultural, religiosa, o políticamente-la llegada, en un cierto momento, del azote epidémico. Pero esta dramaturgia, es preciso subrayarlo, sólo define los marcos de la experiencia epidémica toda vez que las enfermedades no son iguales, los microorganismos se transmiten y afectan de distinto modo, las estrategias de combate no son las mismas y cada sociedad -y, en ocasiones, sus diversos grupos-pueden dar un sentido específico, particular, a sus consecuencias. Las epidemias ponen al descubierto el estado de la salud colectiva y la infraestructura sanitaria y de atención. Pueden facilitar iniciativas en materia de salud pública y de ese modo jugar un papel acelerador en la expansión de la autoridad del estado, tanto en el campo de las políticas sociales como en el mundo de la vida privada. Sin embargo, la familiaridad de la sociedad con un cierto mal bien puede preparar el terreno para que se ignore, precisamente porque su persistente presencia lo vacía de algunas de las características asociadas a lo extraordinario y sorpresivo o porque el contexto político -qué intereses pone en juego-, el contexto social -a quiénes afecta-o el contexto geográfico -cuán lejos o cerca está de los centros de poderno lo transforma en una cuestión pública, aún cuando por definición se trate de un problema que afecta de modo masivo a la población. Antes y después del despegue de la bacteriología moderna las epidemias quedaron estrechamente asociadas al mundo urbano, en particular el de las grandes ciudades y, desde fines del siglo XIX, a la cuestión social. Así, y junto a la creciente aceptación de las explicaciones monocausales de cada mal, las referencias al contexto fueron ineludibles, de la precariedad de los equipamientos colectivos a la vivienda, de la herencia biológica o racial a los hábitos cotidianos de higiene, del ambiente laboral a la alimentación y la pobreza, de la inmigración masiva a las multitudes que se agolpaban, peligrosas, en las ciudades. Con el despuntar del siglo XX la estadística se afirmó como disciplina y en algunos países comenzaron a consolidarse agencias estatales específicamente abocadas a las cuestiones de la salud pública. Y los médicos higienistas primero y los sanitaristas más tarde, casi perfilados como una burocracia especializada, dialogando y compitiendo con otros médicos y otros actores en el ámbito político, religioso o legal, jugarían un rol decisivo en la modernización del equipamiento urbano y las redes de asistencia, reforma y control social. A veces la lucha antiepidémica desplegaba campañas cuasi militarísticas en su retórica -los microorganismos eran definidos como enemigos-y también en su práctica -alentando intervenciones intrusivas y violentas. Tal vez por eso, en ocasiones, fueron resistidas, aun cuando utilizaran recursos que no eran totalmente nuevos para la población. Otras veces, a esas estrategias se sumaban empeños que enfatizaban en la persuasión y la educación, apuntando a difundir entre la población un código higiénico que, en el mediano plazo, logró una tremenda aceptación e impacto en la vida cotidiana. Sin afectar masivamente a la población algunas enfermedades como la sífilis o la lepra fueron calificadas, en algunos contextos, como epidémicas. Razones sociales, culturales o políticas, legitimadas por el saber médico, las transformaban en problemas nacionales capaces de atraer la atención de la opinión pública y promover campañas específicamente destinadas a erradicarlas. Otras enfermedades, crónicas como la tuberculosis, o las gastrointestinales, o endémicas como la malaria, la anquilostomiasis y la fiebre amarilla, que no irrumpían por sorpresa pero estaban bien instaladas en la trama social y a veces mataban y enfermaban más que las epidémicas, no siempre lograban movilizar recursos materiales, profesionales o simbólicos suficientes como para ser percibidas como serios problemas colectivos. Menos espectaculares, estas enfermedades han hecho un impacto en el mundo urbano o el rural, o en ambos.Y por omnipresentes, menos ruidosas, carentes de terapias específicas exitosas, fuertemente marcadas por las condiciones materiales de existencia o localizadas en los márgenes geográficos o sociales, la gestación de políticas específicas destinadas a combatirlas o no existían o demandaron de ingentes esfuerzos al momento de querer instalar el tema en la opinión pública y en la conciencia de las elites locales y nacionales. Y si en el mundo urbano algunas de estas enfermedades finalmente lograron devenir en asuntos públicos -en gran medida por haber sido percibidas como elementos constitutivos de la cuestión social-en el campo fueron los males endémicos los que facilitaron la ampliación del área de incumbencia de las políticas públicas en materia de salud 13. En ese contexto, el proyecto de sanear el campo o al menos combatir una de sus endemias reafirmaba el proceso de construcción de la nación y la expansión del estado y del poder central 14. ----13 ARMUS, D. ( 2000), «Consenso, conflicto y liderazgo en la lucha contra la tuberculosis. ESCRIBIENDO SOBRE LA ENFERMEDAD EN RELACIÓN A LAS INFLUENCIAS EXTERNAS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LOS ESTADOS NACIONALES Otro tópico relevante ha sido el de la llegada de la medicina europea y norteamericana a América Latina. Se trata, en gran medida, de una reacción contra las interpretaciones difusionistas que asumían una pasiva recepción de conocimientos y prácticas articuladas fuera de la región. Así, el énfasis no está en el transplante e importación de ideas sobre ciertas enfermedades -las llamadas, de modo impreciso, tropicales como la fiebre amarilla, la malaria, la anquilostomiasis-sino en el proceso de selección y ensamblaje, en su creativa reelaboración y modificación de acuerdo a específicos contextos culturales, políticos e institucionales. En ese marco interpretativo, los médicos higienistas y los científicos de la periférica América Latina aparecen como aliados y, en ocasiones, como competidores y cuestionadores de la hegemonía científico/cultural europea o norteamericana. Sus trayectorias los descubren discutiendo entre ellos, animando -antes y después del triunfo de la bacteriología moderna-debates sobre las posibles etiologías de ciertas enfermedades, creando instituciones de excelencia científica, empeñándose en esfuerzos más o menos originales por incidir en las tendencias de la morbilidad y mortalidad 15. Inevitablemente esas experiencias e iniciativas necesitaban legitimarse de algún modo y, en ese proceso, quedaban fuertemente asociadas a problemas más vastos como son los de la construcción del estado y la nación, las demandas del capitalismo dependiente, la regeneración y mejoramiento progresivo de la «raza nacional», la reforma social y la renovación de las costumbres. Lo interesante es que las enfermedades que desde finales del siglo XIX permitieron articular estos esfuerzos no han sido necesariamente las mismas en cada país. Así, el cólera, la tuberculosis, la malaria, el mal de Chagas, la sífilis, la lepra y, ya en las postrimerías del siglo XX el SIDA y otra vez el cólera, cargan con una relevancia, una significación simbólica, que sólo ----15 BENCHIMOL, J. (1999), Dos micróbios aos mosquitos. Febre amarela e a revolução pasteuriana no Brasil, Río de Janeiro, Editora Fiocruz/Editora UFRJ; CUETO, M. ( 1996 puede aprehenderse cuando se las contextualiza en la historia nacional, regional o local, cuando se las tensiona con las estructuras demográficas, los niveles de urbanización, los avatares -científicos, tecnológicos, políticos, culturales-que marcan la oferta de estrategias específicas de cura. En torno de ciertas enfermedades «tropicales» como la malaria, la fiebre amarilla y la anquilostomiasis se articula otro tema conectado a los problemas de la politización de la salud y de la recepción y transferencia de saberes y prácticas. En el centro mismo de estos asuntos está el papel jugado por ciertas agencias internacionales, en particular la Fundación Rockefeller. No hay dudas que sus misiones, presentes entre las décadas del diez y del treinta en casi todos los países de América Latina, son una prueba más del aumento de influencia de los Estados Unidos en la región así como su decisivo rol en la organización de servicios independientes por enfermedad y la promoción, en general, de la medicina curativa y de control técnico de las dolencias en desmedro de una medicina más integral y educativa. Pero el problema es más complejo y, afortunadamente, las visiones maniqueas y simplistas sobre la ingerencia imperialista de la Rockefeller no parecen dominar en la historiografía 16. En muchos países de la región la salud como cuestión pública es anterior a la llegada de estas misiones. Durante los dos primeros tercios del siglo XIX dominaron los enfoques miasmáticos y medioambientalistas pero sin producir cambios sanitarios infraestructurales de peso, limitando de ese modo sus efectos en la mortalidad general. Hacia finales del siglo la bacteriología moderna tomará la iniciativa, marcando profundamente la dinámica de muchos de los emprendimientos en materia de salud pública. Fue en ese contexto en que algunas comunidades científicas nacionales tendieron a jerarquizar el estudio de ciertas enfermedades tropicales. Entrenados principalmente en Europa occidental, estos médicos desplegaron novedosos esfuerzos de investigación e intervención antes que sus pares norteamericanos. Sin embargo, la llegada de las misiones Rockefeller fue decisiva en la orientación de las reformas sanitarias, en particular en el mundo rural y respecto de enfermedades que, se creía, podían erradicarse con pocos gastos y en poco tiempo. Más allá de las singularidades y los resultados -desparejos según las países y las enfermedades-, los empeños de la Fundación Rockefeller movilizaron la opinión pública respecto de las condiciones de vida y de salud de los pobres del campo, facilitaron enormemente la centralización de los esfuerzos sanitarios, contribuyeron a consolidar el poder del gobierno central frente a las tradicionales estructuras de poder local y regional y galvanizaron la posición de los Estados Unidos como referencia externa dominante en materia de salud pública. A su modo, animaron un complejo proceso de modernización sanitaria y de distribución ----de sus beneficios que destaca procesos de cooptación, canalización de demandas de la sociedad civil, negociaciones entre sectores técnicos nacionales y foráneos. La agenda técnico-elitista de las misiones debió lidiar con el desafío de adaptarse a las idiosincracias y percepciones de la enfermedad de la población local, algo que los representantes de la fundación hicieron tan mal o con tanta dificultad como la mayoría de los médicos nativos. En cualquier caso, las relaciones entre médicos nativos y especialistas extranjeros fueron complejas, a veces signadas por la subordinación, la alianza, el pragmatismo, el conflicto o la adaptación de las partes involucradas. Al igual que en el mundo urbano, pero enfrentando otras enfermedades, los problemas de cómo intervenir en el mundo rural, cuán profundo penetrar en sus modos cotidianos, cómo persuadir o cuándo recurrir a la coerción fueron cuestiones ineludibles. Y si en el diseño original estas intervenciones podían reverenciar lo técnico o ser instrumentales en una agenda filantrópica neocolonial, al momento de ser llevadas a la práctica, intencionalmente o no, contribuirían a sentar precedentes y facilitar la construcción de las bases institucionales para futuros desarrollos que, en materia de medicina social y prevención, liderarían actores locales 17. ESCRIBIENDO LA HISTORIA SOCIO-CULTURAL DE LA ENFERMEDAD El tercer y último tópico que permea a muchas de las nuevas narrativas históricas sobre la enfermedad destaca sus dimensiones culturales y sociales en sentido amplio. Se trata, de una parte, de estudios particularmente interesados en el examen de discursos originados en la medicina. De otra, en los usos metafóricos de la enfermedad. El estimulante y atractivo marco interpretativo foucaltiano motorizó los trabajos sobre la locura y el orden psiquiátrico, sus instituciones específicas, sistemas teóricos y procesos de profesionalización. Así, se ha discutido la locura como un objeto que nace y se transforma en un campo de intersecciones que desbordan los temas propios de la psiquiatría. Cuentan entonces la higiene pública y el espacio manicomial, las utópicas empresas de moralización colectiva, el lugar y rol del orden pisquiátrico en la historia de la construcción del estado 18. 18 VEZZETTI, H. (1983), La locura en la Argentina, Buenos Aires, Folios; GARCÍA-HUERTAS, R. (1991), El delincuente y su patología: Medicina, crimen y sociedad en el positivismo argentino, Madrid, Cuadernos Galileo, CSIC. cia de un poder médico dedicado a disciplinar los cuerpos, normativizar los umbrales sanitarios generales e influir en las prácticas políticas de la sociedad no tanto como exterioridades sino como inmanencias 19. El enfoque dominante ahora busca distanciarse de la repetición casi mecánica y simplificadora de los postulados foucaltianos, tratando con mayor o menor éxito de usar de ellos pero de modo matizado y cauteloso, apoyándose en información empírica y explorando tanto los contenidos disciplinadores como los asistenciales de las prácticas psiquiátricas. En algunos casos el énfasis ha ido al examen del lugar de la salud mental en los proceso de modernización, en otros a las instituciones, la consolidación de grupos profesionales o las relaciones de disciplinas como la psicología o el psicoanálisis con la cultura ilustrada y la popular 20. En cuanto a los usos metafóricos de la enfermedad algunos estudios han explorado la conexión entre patología y literatura y entre patología, género y cultura popular 21. Los huidizos y ambiguos significados que recorren los desórdenes físicos y espirituales y los discursos y narraciones que pretenden darle sentido están en el centro de esfuerzos interpretativos muy imaginativos y audaces pero no siempre bien anclados en información empírica 22. Los discursos sobre las enfermedades de transmisión sexual, en particular la sífilis y con ella la más vasta problemática de la sexualidad, también fueron discutidos ----19 MACHADO, R., LOUREIRO, A., LUZ, R. y MURICY, K. (1978), Danação da norma: Medicina social e constituição da psiquiatria no Brasil, Rio de Janeiro, Graal. desde perspectivas fuertemente foucaltianas. Así, la lucha contra las enfermedades venéreas aparece como un recurso para construir implícita o explícitamente una población más permeable a los intereses de una cierta biopolítica que postula frente a los imperativos del sexo el autocontrol y la asunción racional y consciente de las responsabilidades biológicas. Enfocada de este modo, la historia de la sífilis -y también la de la locura-se recortan como capítulos del proceso civilizador de occidente que, en el peor de los casos, terminan disolviendo o ignorando cualquier especificidad regional o nacional. Cuando sí toman registro de ellas, se trata de historias interesadas en conectar la enfermedad con cuestiones como la degeneración de la especie, la raza, la inmigración, la identidad nacional, la esfera pública y la privada 23. En ese contexto algunos trabajos analizaron la generación de modelos médicos de exclusión -que definen estereotipos, estigmatizan y patologizan comportamientosrespecto de la sexualidad y condición de la mujer, de la homosexualidad y de ciertos grupos inmigratorios y raciales 24. Otros estudios, en particular los enfocados en el SIDA, discuten la compleja y porosa frontera entre lo privado y lo público en cuestiones de políticas de salud. En ese territorio -pertinente, por otra parte, a la historia de tantas otras enfermedades, en el pasado y en la actualidad-toma forma el problema de la formación histórica de los derechos a la salud y de sus componentes individuales y sociales. Así, mientras algunos encuentran en el SIDA el emergente de una crisis en materia de derechos humanos con una dimensión propia de problemas de salud pública, otros ven allí una crisis de salud pública saturada por la problemática de los derechos humanos 25. El tema de la creciente presencia del saber y prácticas médicas también ha estimulado historias generales de la medicina o la salud pública. Algunas, en clave foucaltiana, se han propuesto analizar la consolidación del monopolio de curar en la clase médica, los lugares concretos en que se desarrolló el poder médico como poder absoluto -frente al enfermo, las clases populares, la mujer, los adolescentes y los homosexuales-y, finalmente, el rol del saber médico como coedificador de una nueva y moderna sensibilidad 26. Otras han buscado armar una historia de la salud a partir de un examen de la génesis, desarrollo y crisis del asistencialismo estatal, ofreciendo una narrativa bastante peculiar puesto que si bien presenta al estado como el gran gestor de las desdichas o fortunas de la salud del pueblo no hay, como sí ocurre ----23 CARRARA, S. (1996), Tributo a vênus. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación argentina. 26 BARRÁN, J. (1994), Medicina y sociedad en el Uruguay del novecientos, 3 vols., Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental. en otras historiografías, un deliberado esfuerzo por reconstruir de modo detallado fenómenos vinculados a la profesionalización y emergencia de instituciones de atención27. Sin enfocarse en una enfermedad en particular sino en la medicina o la salud en general, estas ambiciosas historias, mejor o peor ancladas en información empírica y, por momentos -inevitablemente-enumerativas, no dominan en la literatura. Desde hace ya un tiempo el tono lo han estado dando enfoques más acotados en estilo que, con éxito dispar, parecen haberse propuesto evitar tanto los determinismos foucaltianos, economicistas o de cualquier otro tipo. Uno de ellos, buceando en los discursos sobre la raza, la ciencia, la medicina, la nacionalidad y el futuro, ha sido el de la eugenesia latinoamericana como una eugenesia dominantemente preventiva, como una apuesta neolamarkiana de mejoramiento social bien diferenciada de la eugenesia anglosajona de las esterilizaciones forzadas y masivos exterminios 28. Otro enfoque ha centrado en el estudio de la degeneración como tópico relevante en la construcción de la nacionalidad, tanto en los países donde el tema del trópico y la raza aparecían persistentemente asociados como en los que recibieron importantes contingentes inmigratorios y por eso discutieron políticas selectivas de atracción y admisión de extranjeros 29. Esta problemática, articulada en torno a la preocupación del estado por construir saludables «razas nacionales», también permea muchos de los estudios centrados en discursos y políticas públicas de bienestar. De una parte, se recorta con fuerza la problemática de preservar o mejorar la salud infantil y de la mujer en su condición de madre 30. De otra, la de la higiene como una ideología que ----permite articular en clave técnica preocupaciones políticas y como un valor, una suerte de cultura, que en el mediano plazo logra, al igual que la educación, ser celebrada por las elites y los sectores populares independientemente de las ideologías. Lo que estos estudios indican es que, más allá del significado que cada grupo pudo haberle dado a esa cultura, la higiene individual y colectiva ha devenido en una práctica civilizatoria impuesta, alentada o aceptada tanto por el poder y la cima de la sociedad como por la gente común 31. Como ocurre en otras historiografías, las lecturas foucaltianas o post-foucaltianas de la concentración de poder que los médicos logran como resultado del así llamado proceso de medicalización de la sociedad han hecho un impacto en las historias de la prostitución y del alcoholismo en la región. Así, enfermedades venéreas como la sífilis o la gonorrea son tópicos inevitables aunque no centrales en muchas de esas historias enfocadadas, las más de las veces, en analizar los esfuerzos estatales por controlar el contagio de esos males, regular o prohibir el sexo comercial e intentar modelar la sexualidad de las prostitutas 32. Así también el alcoholismo, en algunos lugares considerado una enfermedad endémica por la medicina diplomada, ha sido discutido no sólo como un ejemplo de las limitaciones de la práctica y saber médicos y de la propia medicalización sino también como un caso donde las dimensiones sociales, cultu-rales, económicas y políticas del problema son más relevantes que las específicamente médicas o psiquiátricas 33. Fue en el marco de estos esfuerzos por historiar el proceso de medicalización que se han explorado las respuestas de los sectores populares urbanos frente a las prácticas compulsivas e intrusivas originadas en las iniciativas de salud pública. En el caso de la vacunación antivariólica, algunos quisieron encontrar en esas respuestas populares motivaciones antigubernamentales articuladas como reacciones morales, como evidencias de sectores de la elite manipulando el descontento de las masas, o como resistencias a determinadas políticas sanitarias 34. Otros analizaron en detalle los avatares de la vacunación antivariólica y las percepciones y tradiciones de ciertos grupos raciales en relación al control de la viruela. Así, lo que estos estudios están revelando es que no sólo las resistencias a ciertas iniciativas en materia de salud pública fueron indicativas de la distancia social, racial, cultural, religiosa y política que separaba a los pobres de los esfuerzos del estado por higienizar el medio urbano sino también que las medidas preventivas de una enfermedad pueden tener distintos significados entre distintos sectores sociales 35. En el caso de los enfermos con tuberculosis se ha indicado su capacidad de respuesta tanto en el plano individual como en el colectivo. En el individual, se estudiaron los modos con que los tuberculosos recusaban los estereotipos que sobre ellos circulaban tanto entre grupos de médicos como entre la gente común. En el colectivo, se analizaron instancias en que los enfermos negociaron e incluso desafiaron al poder médico organizando huelgas, presionando a la clase política y usando y siendo usados por diarios, revistas y la radio con el objeto de facilitar su acceso a tratamientos que no tenían el aval del establishment profesional y académico 36. Enfermos de cáncer también protagonizaron movimientos sociales orientados a tener acceso a drogas que, ellos crerían, eran efectivas 37. ----También los enfermos de fiebre amarilla, cólera y malaria resistieron medidas de salud pública que ellos evaluaban como inefectivas o contrarias a sus percepciones de la enfermedad resultante de una mezcla de saberes indígenas e hipocráticos 38. Al final, estos estudios sobre la viruela, la tuberculosis, el cáncer, la malaria, el cólera y la fiebre amarilla parecen estar indicando por lo menos tres asuntos. En primer lugar, la aceptación, resistencia o abierto empeño por acceder a tratamientos y recursos ofrecidos por las intervenciones de salud pública y prácticas médicas de acuerdo a condiciones impregnadas por el contexto local, cultural y específico de cada enfermedad. En segundo lugar, la necesidad de estudiar las intervenciones de salud pública y su receptividad en la población en el corto y largo plazo, prestando atención no sólo a las coyunturas de contestación sino también a su exitosa -y por esa razón menos estudiada y al mismo tiempo más obvia-incorporación en las prácticas de la gente común. Por último, la existencia de un cierto grado de protagonsimo por parte de los enfermos y en ese sentido la necesidad de reconocerlos como sujetos históricos y no meramente como blancos inermes del saber y prácticas médicos. Estos problemas son relevantes porque dan cuenta de la presencia de la cuestión de la enfermedad y la salud en el complejo proceso de ampliación de la ciudadanía social y lo que, de modo impreciso en el entresiglo y mucho más claramente una vez entrado el siglo XX, se dio en llamar en algunos países de la región «derechos a la salud». Pero si el protagonismo de los enfermos no puede ni debe ignorarse, su relevancia y significación deben ser materia de cuidadosa reflexión. Nada indica que durante la primer mitad del siglo XX los temas de la salud, la enfermedad y los equipamientos sanitarios hayan sido centrales en la agenda del movimiento obrero o sostenido motor de movimientos sociales. Sólo cuando la enfermedad se diluye en otros problemas -la larga lucha por la reducción de la jornada laboral, las condiciones ambientales de trabajo y los esfuerzos organizativos de ayuda mutua de origen étnico o laboral -o cuando una cierta patología está asociada a ciertas ocupaciones -como es el caso de las así llamadas enfermedades profesionales-esa correlación es hasta cierto punto pertinente. Por fuera de estos escenarios el protagonismo limitado pero real de los enfermos, de los que pueden enfermarse o de los que son blancos de las intervenciones de saneamiento no permite concluir en que se trata de influyentes actores en la gestación de políticas de salud. Lo que sí revela, una vez más, es la complejidad de las relaciones entre quienes quieren curar y quienes necesitan curarse y las variadas percepciones y recursos que circulan en torno de una enfermedad y que exceden holgadamente el mundo de la medicina diplomada. Este mismo interés por la perspectiva de los enfermos y los pacientes jerarquizó el estudio de las percepciones sobre la enfermedad, la salud, el cuerpo y la muerte ----38 CUETO, (1997); GOLDMAN, N. (1990), «El levantamiento de montoneras contra «Gringos» y «Masones» en Tucumán, 1887: Tradición oral y cultura popular», Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, 2, 47-74. entre distintos grupos étnicos, raciales o sociales. Aun cuando muchos de estos estudios se proponen como excursiones al interior de las medicinas folklóricas y alternativas al saber diplomado y oficial, no faltan los que apuntan a señalar que la gente usa -incluso para objetivos que exceden los vinculados al cuidado y la asistenciade diferentes sistemas de atención y de salud. En otras palabras, se constata la coexistencia, y no mutua exclusión, de varios sistemas de salud que, según las circunstancias, aparecen como las referencias de atención dominantes. Este enfoque atento al consumo por parte de la gente común de ofertas de atención provenientes del campo de la medicina diplomada y de la popular ha comenzado a tener un lugar en la historiografía, sea en el caso de profesionales marginados que recurren a la prensa y el apoyo de los enfermos para hacerse de un lugar público que el establishment académico y profesional les está negando, en el caso de charlatanes capaces de usar discrecionalmente posturas, prácticas y terminología propios de la medicina oficial o, finalmente, en el caso de consumir y acceder al saber de los curadores populares 39. Otros estudios, alejándose en forma premeditada de una agenda armada en torno de lo culturalmente exótico y folklórico, jerarquizaron el impacto en comunidades rurales o semirurales de las experiencias laborales modernas, el nivel de ingresos y las relaciones de clase como los factores claves en los modos en que la gente común percibe y confronta los problemas de la salud y la enfermedad. Así, la relevancia social de eventos médicos modernos queda enmarcada en un contexto político y económico específico y en una específica coyuntura temporal. Con esa agenda un estudio encontró una fuerte correlación entre pobreza y SIDA 40. Y analizando la emergencia de movimientos sociales de las décadas de 1970 y 1980 enfocados en salud ocupacional y salud medioambiental, se ha subrayado el carácter moderno de las percepciones y acción de quienes, prescindiendo de categorías humorales, religio-----39 ARMUS (1999); CRANDON-MALAMUD, L. (1991), From the fat of our souls. Medicina popular y populismo médico en Costa Rica en el decenio de 1930», en Armus, D. (2002); SOWELL, D., «Andanzas de un curandero en Colombia: Miguel Perdomo Neira y la 'lucha entre el buen sentido y la ignorancia ciega'», en Armus, D. (2002); MÓDENA, M. «Combinar recursos curatives: un pueblo mexicano en las última décadas del siglo XX», en Armus, D. (2002). 40 FARMER, P., «Brujería, política y concepciones sobre el sida en el Haití rural», en Armus, D. (2002). sas o propias de la medicina popular, encontraron en la polución industrial el origen de la enfermedad que les aquejaba 41. La historia de la enfermedad en la historiografía de la América latina moderna ha crecido de modo desparejo. En Brasil el subcampo existe como tal. Hay revistas académicas, debates, una producción sostenida de tesis de maestría y doctorado sobre temas vinculados a la enfermedad así como centros de estudios, programas de estudios de postgrado, instituciones y archivos que han definido su agenda de trabajo e investigación en torno a las relaciones entre la ciencia, la medicina, la historia y la salud. En el resto de América Latina -incluso entre los países grandes y medianosel balance es muchísimo más modesto y el cuadro que resulta destaca publicaciones peródicas aún en proceso de consolidación, iniciativas individuales, y una suerte de puntillismo que no puede ofrecer más que, en el mejor de los casos, una media docena de trabajos para un cierto tema. Sin pretensiones de exhaustividad se hizo referencia a legados y contribuciones específicas que son representativos de los tópicos que han animado y animan el crecimiento de la historiografía sobre la enfermedad en la América Latina moderna. Es evidente que sus desarrollos, limitaciones y posibilidades están motorizados por tópicos y tendencias historiográficas que no son exclusivamente latinoamericanos. Así, cualquier intención o tentación de evaluar la historiografía de la enfermedad en la región centrándose única o prioritariamente en las enfermedades tropicales es sesgada y parcial. El exotismo racial, geográfico y cultural de los trópicos ha sido una de las fuerzas que impulsaron el desarrollo de la medicina tropical en los centros académicos imperiales. Su estudio desde las periferias es imprescindible pero en modo alguno suficiente. Incluso en los trópicos otros males han tenido y aún tienen un impacto en la trama social, cultural y demográfica imposible de ignorar. El cuadro que emerge de esta revisión de los legados y tendencias de la historiografía sobre la enfermedad en América Latina moderna es, en consecuencia, uno que destaca junto a los males del trópico otros asociados a los procesos modernos de urbanización e industrialización. No hay dudas que esta historiografía está tomando nota de la heterogeneidad de la región. Por eso, mientras no olvida la compartida condición neocolonial que ha marcado a todas las experiencias nacionales en los últimos siglo y medio -con múltiples y cambiantes referencias metropolitanasindica, sin ambages, que América Latina es parte de las muchas, en plural, modernidades de occidente.
Estudiamos cómo justifican los médicos españoles del siglo XVIII las consultas o juntas de facultativos, así como los casos en los que se recomendaba este procedimiento. En un segundo momento analizamos los requisitos del consultor y su responsabilidad profesional, y los aspectos económicos. Concluimos con una revisión de los perjuicios y críticas que ocasionaba la realización de las consultas. El término consulta en el ámbito profesional del médico del siglo XVIII se refiere a tres tipos de actos médicos: a los dictámenes profesionales que emanan de la asistencia al paciente, al consejo profesional comunicado a un colega o publicado por un médico y al acto por el que varios médicos se reúnen para examinar a un enfermo y discutir acerca del diagnóstico y tratamiento de la enfermedad que padece. Este último tipo también es llamado en los textos de la época «Junta de médicos» y es al que fundamentalmente aquí vamos a referirnos1. ----En este artículo nos proponemos estudiar la justificación de esta práctica, es decir, la retórica que, en los textos médicos, sirve para explicar en el XVIII la necesidad de las consultas o juntas de médicos, así como los casos en los que se recomendaba este procedimiento. En un segundo momento abordaremos algunos condicionamientos derivados de este tipo de ejercicio médico: los requisitos del consultor y su responsabilidad profesional en una práctica que requiere la intervención de más de un facultativo; y, también, la cuestión económica, puesto que las juntas eran una práctica cara. Y finalizaremos con un análisis de los perjuicios y de las críticas que la realización de las consultas y juntas de médicos ocasionaban. LA RAZÓN DE SER DE LAS CONSULTAS La tradición El primer argumento con que se justifica la existencia de las consultas médicas es el derivado de su presencia, como forma de ejercicio profesional, desde la medicina hipocrática. En nuestras fuentes es común la insistencia en señalar que «fue el Príncipe de la Medicina (Hipócrates) el primero que con vigilantísimo cuydado la adornó de sanísimos preceptos y reglas muy saludables; constituyéndola de esta suerte en un método tan racional, que ninguno de quantos Autores ha dado la posterioridad ha tenido que hazer, ni enmendar» 2. Ciertamente, en el Corpus Hippocraticum, encontramos descripciones de la atención médica prestada a pacientes referidos por otro profesional 3. Pero, además, los tratadistas del XVIII como Pellaz y Espinosa 4 fundamentan la realidad de esta práctica citando expresamente el libro de los Preceptos 5. Hemos encontrado la misma referencia en Enrique Jorge Enríquez, quien trata acerca de la práctica de las consultas 6 y se hace eco de la advertencia hipocrática: «No carece de decoro un médico que, al encontrarse en apuro con un enfermo en un momento dado, y quedarse a oscuras por su inexperiencia, solicite que vengan otros médicos para conocer lo referente al enfermo en una consulta en común y para que ----2 PELLAZ Y ESPINOSA, M. (1708), Espejo verdadero de Consultas, que con luz participada de los Príncipes de la Medicina se manifiesta para utilidad de muchos..., Madrid, p. 3 sean sus colaboradores en procurar ayuda (...). ¡Jamás discutan ni se ridiculicen los médicos cuando se reúnen!. Lo que voy a decir bajo juramento es que jamás el juicio de un médico debería rivalizar con otro, ya que puede parecer signo de inseguridad» 7. A partir de este autor se reitera la misma cita hipocrática: la encontramos también, por ejemplo, en un tratado sobre las Consultas médicas de Cristobal Francisco Luque 8, y, como se ha expuesto supra, en los tratados del siglo XVIII. El pasaje se refiere a la práctica de la medicina por parte de los malos médicos, quienes especulan con el dinero de los pacientes, evitan atender las enfermedades difíciles y no llaman a otros médicos cuando el caso lo requiere. Preceptos 8o, como acabamos de observar, recomienda claramente la consulta con otro facultativo y señala la forma en que ésta se ha de llevar a cabo. Pero Hipócrates no es la única autoridad invocada por los autores del siglo XVIII. Le atribuyen a Galeno el consejo de que el médico comparta el riesgo del ejercicio con un colega, lo cual es especialmente recomendable si el paciente fallece 9. Y ya en el ámbito de los autores modernos son aducidas referencias a otros médicos, como al ya mencionado Enrique Jorge Enríquez, a Francisco Valles, a Zacuto Lusitano, a Alfonso Ruiz de Fontecha o a Juan Bautista Montano para justificar la práctica habitual de la consulta médica 10. Las alusiones a autores del pasado están, en esta ocasión, plenamente vigentes, puesto que tratan del médico y del modo de ejercer la medicina, cuestión mucho más invariable que las relacionadas con las de carácter científico o técnico. 8 LUQUE, C. F. (1694), Apolineo caduceo haze concordia entre las dos opuestas opiniones, una que aprueba las Consultas de los Medicos para la curación de las graves enfermedades, otra que las reprueba, Sevilla, p. 9 «No es dudable, que si muriere el enfermo, tendrá el Medico el consuelo, y mas que fuerte escudo, de averlo manifestado assi desde que conociò el gran riesgo en que estava el paciente: Infontem abolitionis crimine fore Medicum, que dixo Galen. Pellaz apoya este argumento en un pasaje de Galeno que no hace referencia a la participación de más de un médico en la asistencia. Es posible que la cita pertenezca a Hippocratis Prognosticon et Galeni in eum librum commetarii. La salud de los enfermos y el provecho de los médicos La razón principal por la que los autores españoles del siglo XVIII recomiendan las consultas médicas es el beneficio del enfermo. Y es el bien del paciente una referencia continua al considerar esta práctica. Como afirma Manuel de Val, el fin de la consulta no es el «provecho y lucimiento del médico», sino el bien del enfermo; y «todo lo demás es por de más y muy fuera de propósito» 11. Y Francisco Mallén y Cuevas reitera: «quien no tiene su cabeza para Juntas, no la tendrá para curar; pues las Juntas se dirigen a la mejor curación» 12. Cristóbal Rodríguez de Saavedra, por su parte, asegura que la consulta es el «remedio más eficaz para la salud de los enfermos» 13. Incluso en las disputas publicadas a raíz de las Juntas de médicos, se argumenta su utilidad en función del bien del paciente; porque, en estos casos, como señala Monrava y Roca, «el enfermo (es) puesto en balanza» 14 y el médico es «el supremo sentenciador» 15. La fundamentación de la consulta en el beneficio del paciente sitúa esta práctica en un panorama teórico más amplio que el de una deontología formal organizada alrededor de la etiqueta médica que, según señala la historiografía, supuso dar preferencia a la regulación de la relación intraprofesional más que a la relación médicopaciente. Los consejos o advertencias de la etiqueta insisten más en las normas de actuación que en el beneficio del paciente 16. Por otra parte, los médicos españoles del setecientos también están de acuerdo en que la práctica de las consultas produce un indudable provecho a los propios facultativos, ya que favorece la buena relación entre ellos y evita malentendidos: «La honorífica concordia de los médicos, en sus importantes Juntas, cierra la puerta a las escandalosas discordias» 17. Además, esta es la mejor manera de resolver los conflictos ya creados. En este sentido, son conocidos los testimonios de las Juntas de médicos que se celebraron en los Reales Hospitales, para solucionar las controversias surgidas ---- entre los facultativos 18. De modo que los médicos aseguran que el ejercicio de la consulta es bueno para el profesional y que su práctica, tan buena y recomendable, «es la mas arreglada y segura norma de aciertos», siendo beneficiosa para el médico consultor, aun cuando el paciente sujeto de la consulta, no consiga la salud 19. La experiencia de otros médicos Hemos observado que la necesidad que el médico siente de conocer la opinión de otros médicos y apoyarse en ella es otra de las razones de ser de las consultas o juntas de médicos, pues «si un consultor excede en lo phisiológico, puede otro trascender en el prognóstico» 20. Y la experiencia es, en palabras de Pellaz, «el medio más eficaz y verdadero de conseguir aciertos, cualquiera que sea en la facultad médica» 21. Una de las razones por las que León Gómez recomienda que se practique la consulta médica es la capacidad formativa, a través de la transmisión de experiencias, que la consulta tiene para los participantes más jóvenes o menos doctos 22. Esta perspectiva se corresponde también con una mentalidad empírica, en la que la experiencia de casos anteriores es guía para actuar de una manera determinada. El mejor consultor es el que puede aportar mayor número de casos resueltos satisfactoriamente; con independencia de que también fundamente sus dictámenes con un aluvión de citas de autores pretéritos o contemporáneos: «La larga experiencia que en esta ciudad tenemos de sus aciertos, me haze recurrir con las esperanças de lograr el alivio del penoso achaque que padezco, aunque las consultas de estos señores están muy doctas y comprehensivas, para que Vmd. pueda mejor dirigirme, me ha parecido ponerle práctico, assi de mi complexión, como también el tiempo que estoy padeciendo, assi este como otros accidentes, que han sido el origen de él» 23. LA OBLIGACIÓN DE CONSULTAR Hay quien estima que llamar a otros colegas a consulta es una obligación permanente para el médico: «Suele suceder, que algunos médicos, sin oír a los demás en las Juntas, quieren determinar por si solos, como oráculos. Pues tengan entendido, que están obligados a oír el dictamen de los otros. Lo primero, porque semejante modo de proceder cede en desprecio y vituperio de los demás. Lo segundo, porque es frustrarse el fin principal de las consultas, que es inquirir y averiguar la enfermedad, su causa, y curación» 24. Estos autores estiman que el acuerdo entre facultativos es siempre más acorde y acertado que la sola opinión de uno de ellos. Se considera necesario recurrir a la Consulta o Junta de médicos siempre que el caso sea grave; siempre que existan dudas acerca del padecimiento en cuestión; y cuando ha fracasado el tratamiento. También, por supuesto, si la familia desconfía del médico o del tratamiento prescrito. Otra causa de convocatoria de las consultas, ya de carácter opcional, es dirimir las discrepancias planteadas entre colegas. Todos los teóricos de la consulta son unánimes al determinar que siempre es preciso realizar una consulta ante los casos graves 25, incluso cuando no haya dudas respecto al diagnóstico y al tratamiento que se haya de seguir. La influencia de la opinión de un médico puede ser decisiva para la vida del enfermo, por lo que el profesional no se debe fiar únicamente de su criterio. «Por más docto, y experimentado que sea el médico», tiene que contar con otros para evitar descuidos que pueden ser fatales para el enfermo 26. Por eso Pellaz y Espinosa recomienda «que en lo grave de las enfermedades se soliciten, y busque otros ojos» 27. Además, así estaba previsto en las Constituciones de algunos Centros, como en las del Hospital General de Madrid: «En los casos arduos que se ofreziesen así en las enfermerías de los hombres como en las de las mugeres se juntaran los médicos para verlos, y proveer lo que conbiene a la salud del enfermo» 28. 25 Es una recomendación presente ya en Enríquez: «hara muy decentemente el médico, si viendo a su enfermo en peligro, mandare llamar otros, para que con la común consideración y consulta de todos se inquieran los remedios, y se hagan mas diligentes para le poder remediar». se realice una junta 29 y añade esta recomendación: el médico ha de aceptar de buen grado que la familia pida que se haga una consulta cuando la gravedad del enfermo es manifiesta 30. Si el origen de la consulta se apoya en una razón de prudencia por parte del médico, nada más lógico que plantearlas cuando surgen dudas: «En lo más intrincado y dudoso de las morbosas hostilidades, es la consulta precioso eslabón que con las brillantes luzes, que en fuerça de la emulación misma despiden los entendimientos de los que concurren a ella, se acrisola, y purifica lo más conveniente, lo más arduo y arriesgado del morbo» 31. De igual forma que sucede con los enfermos graves, parece obligada esta práctica en los casos dudosos, ya que «podemos venir en conocimiento de las dolencias que afligen a nuestra naturaleza, por medio de el deleytable y gustoso trato de las consultas» 32. Pellaz abunda en la cuestión: «Solicite, pues, el médico (...) se le trayga acompañado, por quanto, aunque más prudente y avisado sea, es cierto que, en la ocurrencia de otros, serán más ardientes sus conatos» 33. La llamada a la consulta, cuando el caso es dudoso, llega a ser un deber -que León Gómez considera ineludible-porque lo contrario sería «exponer al enfermo a daño grave» 34. Ante el fracaso del tratamiento Este supuesto es la causa que movió a convocar un buen número de las consultas que han sido publicadas 35. En estos casos, suelen ser planteadas, o bien por los facul-----29 «Puede el médico pedir acompañado en los casos arduos, y dificultosos, aunque no se le ofrezca duda en lo que ha de hacer: porque de esta suerte se atiende mejor al bien del enfermo», LEÓN GÓMEZ (1744), p. 30 «el médico no se ha de sorprender y mucho mejor podrá aceptarle en semejantes casos, quando en la casa se lo propongan», LEÓN GÓMEZ (1744), p. 32 Ibidem, Carta de D. Manuel de Val. 35 Por ejemplo las de: SUÁREZ DE RIVERA, F. (1721), Resoluciones de consultas, Madrid; OXEA, F. (1777), Disertación Medica de la sinplicidad, i sencillez con que se debe ejercer la medicina, Santiago; MONRAVÁ Y ROCA (1750); ADEVA Y PACHECO, J. (1754), Verdadera medicina y desengaño de la adulación médica, Madrid. tativos que no han conseguido alcanzar los objetivos terapéuticos pretendidos, o bien por los pacientes y sus familiares, ante la persistencia de los males. Ejemplo de lo primero es la «Consulta que el doctor don Manuel Bravo de San Pedro, médico titular de la Villa de Jarandilla, hizo al Autor sobre unos dolores artríticos, productos de fermento venéreo» 36. En cambio, en una consulta planteada al Dr. Monravá y Roca, la iniciativa es del paciente: la recomendación de un amigo «me determinó a buscar de dicho médico Monrava, un consejo sobre mis enfermedades» 37. Bastantes de los pacientes objeto de estas consultas, habían sido tratados con múltiples remedios, tanto por la ineficacia de los medicamentos, como por la polifarmacia tan en uso en la época: «Son tantos los remedios que han executado estos médicos, que si no tuviera tan buen estómago, fuera imposible el proseguir: los jarabes han sido muchos, las purgas repetidas, píldoras de goma, y azero, sales volátiles oleosas, diversas unturas, pero todo no me ha aliviado en nada» 38, razón por la cual el paciente formula la consulta a Suárez de Ribera 39. Y Oxea nos traslada la consulta que recibió por carta: «Consulté dos profesores i ambos resolvieron aplicarme sanguijuelas, diferenciándose su parecer en que el uno caminó conmigo en no tomar medicina; sí una especie de té con varias yerbas i azúcar de pilón i en cada toma 5 gotas de elixir conpuesto por el famoso Hoffman, (...), el otro me recetaba una purga antes de las sanguijuelas, unturas con grasa de oso a las partes lesas i otras cosas» 40. Por la desconfianza en el médico En otros casos, los pacientes padecen enfermedades raras: «Muy señor mío -se lee en la carta al Dr. Suárez de Ribera-, me mueve a consultarle una enfermedad, que no he encontrado en Autores que he leído, porque es particular y rara; y aunque lo he consultado en Madrid con médicos, y en Murcia con cirujano afamado, de parte alguna he podido conseguir la salud de una enferma, que es hija mía, aunque he ----36 Este médico presenta una paciente de 34 años a la que no consigue aliviar pese a la multitud de remedios usados. Termina: «Y con esto he puesto fin a este dictamen, el qual protesto sujetar a otro, cuyas razones me hagan fuerza, pues siempre he deseado oír con gusto las de los que con justificada razón deben ser tenidos por maestros de la Medicina, aunque se dirijan a amonestar, y enmendar mis errores»; SUÁREZ DE hecho lo que me han recetado» 41. Y Piñera y Siles plantea una consulta pública «por sus particulares, por la moción que ha causado en las gentes, por la emulación que ha suscitado, por las contradicciones que me ha hecho padecer, por las críticas que ha motivado» la atención clínica a un atarantado 42. Este tipo de consultas prestigian al consultado y, en ocasiones, ponen de manifiesto la desconfianza del paciente o de la familia en los facultativos que le han atendido antes. Adeva nos ha transmitido diversos ejemplos. En uno de ellos declara haber puesto al descubierto a un impostor 43. En otra ocasión fue requerido por el consejo de una población cercana a su domicilio que desconfiaba de los conocimientos del médico local 44. Por último, otra causa de la convocatoria de las consultas, aunque ya no tiene un rango de obligatoriedad-es dirimir las discrepancias planteadas entre colegas. Un ejemplo son las llamadas consultas de «desempate», que se realizaban en presencia de nuevos médicos consultores, cuando no se había llegado a un acuerdo entre los anteriores. Es el caso de la «Tercera Consulta» practicada en Madrid acerca de la enfermedad del Conde de Luna: «Uno de ellos leyó primero la consulta de los ocho médicos con alta, espaciosa y clara voz (...) Luego después otro médico leyó la otra consulta, que es la de Monravá (...). Y resolvieron todos unánimes (...). Así fue concluida la Junta» 45. Como bien destacaba Mallén y Cuevas en el relato sobre las turbulentas relaciones que tuvo con el médico Antonio Aguila, a propósito de una paciente: más vale resolver las discrepancias de forma directa y clara en una consulta que andar murmurando acerca de otro facultativo: «Quiero bolver por el compañero, aunque anda ----41 SUÁREZ DE RIVERA (1721), p. 42 PIÑERA Y SILES, B. (1787), Descripción histórica de una nueva especie de Corea o baile de San Vito originaria de la picadura de un insecto que por los fenómenos seguuidos a ella se ha creído ser la tarántula..., Madrid, p. 43 Tras una consulta, Adeva denuncia la prescripción inadecuada de un remedio por parte de un médico desconocido en el lugar, tras lo cual: «Tomó la palabra el boticario y dijo que se aplicase si havia de seguir tan noble Facultad, porque si según como la presente le sucederían muchos estragos; y aun le amenazó se daría cuenta al Tribunal del Real Portomedicato, informando de sus desatinos». 44 «Hubo una epidemia en Sotillo de Ladrada en 1744, como no se curaban los del pueblo, le pidieron al Médico que consultara. Se disgustó el Médico y se negó a hacerlo, «Entonces el Consejo del pueblo se reunió y determinaron llamar a consulta al Dr. Adeva, aunque no quisiera el Médico Titular... Al cabo de los días se enteró de que la epidemia había cesado y que el Concejo estaba buscando otro Médico», ADEVA Y PACHECO (1754), pp. 40-51. haciendo platillos conmigo en las casas entre sus comadres, que más valieran que estos platillos fueran Juntas» 46. La idoneidad del consultor En la literatura médica del siglo XVIII son abundantes las referencias a las cualidades que determinan la idoneidad del médico consultor, lo cual no es algo novedoso. Se muestra en continuidad con textos de siglos anteriores en los que con frecuencia se teoriza acerca de la definición y los valores del médico, sobre todo en lo que respecta a las virtudes con los colegas 47. La publicación de Pellaz y Espejo tiene esa finalidad: enseñar a practicar las consultas, ya que, según afirma, los médicos jóvenes cuando «se les ofrece alguna consulta apenas saben dar el mínimo paso con acierto para su execución» 48. Y Francisco Luque, de quien Hernández Morejón dijo que había escrito el mejor libro sobre las consultas médicas 49, manifiesta que el médico consultor, además de saber mucha medicina, ha de poseer virtudes, pues no son suficientes, en este caso, aquellos conocimientos científicos que podrían bastar cuando se atiende individualmente a un paciente 50. Y los buenos hábitos a los que se refiere tienen que ver directamente con el talante ético del consultor, condición que juzga imprescindible para poder asistir con acierto a un enfermo a través de este procedimiento: «Deseo persuadir que el consultor lleve el ánimo más instruido de morales documentos, que adornado el entendimiento de rudimentos naturales» 51. Los historiadores han detectado como propios, a resultas de la influencia de la secularización producida en el Siglo de las Luces, los cambios en la estimación de los valores que los médicos reconocen: lo relacionado con las llamadas virtudes cardina-les de prudencia y sabiduría, moderación y templanza, fortaleza y justicia y, desde luego, con la caridad, evolucionaron, como señala Engelhardt, hacia otras más propias de una sociedad burguesa y más formal 52. No es este nuestro caso. Los documentos estudiados, incluso los fechados a finales de la centuria, no muestran tales cambios, por lo que este periodo podría considerarse más ligado al pasado que a las perspectivas ilustradas, ya que las actitudes más recomendadas para ser médico consultor guardan relación con las virtudes siempre aceptadas. Lo que sí se observa es un gran interés porque el paciente aprecie no sólo los conocimientos sino también los valores morales del consultor. Dejamos para otra ocasión el referirnos a la consideración que tiene para la sociedad la figura del médico-consultor, en un momento en que se habla y se escribe mucho acerca de la Medicina y de los médicos. Como veremos a continuación, los médicos, al mismo tiempo que hacen consideraciones acerca de la prudencia, de la sagacidad, de la moderación, o de otras virtudes, se refieren al sentido del honor del médico 53 y señalan que todas ellas están ordenadas al dominio del amor propio y al ejercicio de la caridad con los colegas, con el fin de favorecer el buen entendimiento entre los consultores, requisito que juzgan imprescindible para lograr la salud del enfermo: «Que nuestras disputas no han de ser pendencias, y que nuestras conferencias han de llevar por fin la salud, y el bien común, no el particular suyo» 54. Tales recomendaciones debían de ser muy necesarias, a juzgar por el tono negativo con el que son expuestas, por la cantidad de ejemplos que expresan males derivados de no vivirlas y por la insistencia en practicar las consultas según el modo establecido. La prudencia es la primera virtud recomendada al consultor, ya que «el consultar (...) únicamente pende de la prudencia» 55. La prudencia conduce a no creerse poseedor de todo el conocimiento valorando las aportaciones de los demás consultores 56, a oír igualmente y sin irritación el propio dictamen y su contrario 57 54 PELLAZ Y ESPINOSA (1708), p. 56 «¿Cómo se dexará persuadir el que piensa que todo lo sabe? Cómo tolerará tener compañero el que vive con satisfacción de que él solo merece renombre de dispensador de saludes?», LUQUE (1694), p. 57 «Sea prudente el médico consultor, oiga con igualdad su dictamen, y el opuesto; que si el propio le lisongea, y le irrita el contrario, no podrá lograr aciertos el entendimiento en arduas dificultades», LUQUE (1694), p. 71. opinión de Luque, el valor que más importancia tiene en la resolución de las siete consultas médicas que recopila en su obra 58. La virtud de la prudencia inclina a la petición de consejo, ya que «solo el prudente consulta y solicita estraño parecer en las cosas arduas, y difíciles; no fiándolo a su capricho, por más satisfacción que tenga de si mismo», dice Sánchez de Murga 59. Pellaz añade: «Pues es indubitable que, quanto mas se oye con cuydado y advertencia, tanto mayores noticias se adquieren» 60 y que «quanto más rico, quanto más poderoso, quanto más sabio, quanto más prudente sea este o el otro, tanto más necesita del auxilio, consejo y amparo de los demás» 61. «Luego, consultor y prudente son dos voces y un significado (...). Prudente debe ser el que consulta consigo, pero prudentissimo el que consulta con otros; el que consulta consigo cumple con una prudente elección, el que consulta con otros, necesita de la rectitud del ánimo mas vigor: porque no siempre es virtuosa la emulación» 62. Hay personajes bíblicos como Moisés o David que sirven de ejemplo 63. Y es reiterado el recurso a la autoridad de los clásicos como Aristóteles 64, Platón 65, Cicerón o Séneca 66 para apoyar la necesidad de pedir consejo a los colegas. Observamos idéntica orientación en las recomendaciones acerca de la sagacidad: «Para ser buena consulta, debe executarse con notable sagacidad, solercia y prevención. Esta sagacidad o solercia solamente tiene por objeto aquello que reconoce ser más conveniente, en orden a conseguir el fin al que se aspira», afirma Pellaz 67. A lo que agrega la recomendación de la moderación: «Veo ser necesario, que dicho médico consultor sepa refrenar los estímulos que pueda ocasionarle su pasión» y prosigue, pues «debe constar a todos lo muy importante que es que los médicos consultores desasidos de todo amor propio, se corrijan al más sabio, y acertado parecer, para que así logren toda estimación, y asimismo el doliente expuesto a menos contingencias, consiga la deseada salud» 68. El dominio del orgullo, tan subrayado por estos autores, ha de evitar preferir la propia opinión a la de los demás, ya que la diversidad enriquece y favorece al enfermo siempre que se siga el parecer más sabio69. Por eso hay que ser capaz de cambiar de postura en una discusión70; aunque según el Dr. Gazola, «son poquísimos los sabios que verdaderamente entienden y llegan con tiempo a mudar de consejo; y, por el contrario, innumerables los ignorantes obstinados» 71. El médico consultor debería ser capaz de reconocer los errores, pues «la confesión, de hierros, y la enmienda de ellos está reservada para los hombres doctos y de animo eroyco» 72. Aunque no coincida con la opinión de otro facultativo, el consultor no ha de ser injurioso 73; y, sobre todo, ha de evitar, como dice Acuña, despreciar a los otros consultores: «Pero en estar laureado un médico, no es medio para que desprecie a los demás pues algunos viéndose doctores, se visten de tanta arrogancia, que desprecian a los demás; y esto no es bien parecido, aunque sea erudito y experimentado» 74, incluso como Monrava señala, cuando no se coincide, se puede criticar sin necesidad de ofender o satirizar 75. Poseer estas actitudes es especialmente importante para quien preside la Junta, a quien, además, se le pide tener experiencia en el proceder que ha de seguirse en este modo de asistencia 76. Finalmente, interesa añadir una recomendación en la que insiste Adeva, médico rural y eminentemente práctico: la necesidad de la veracidad, de la sinceridad absoluta del médico con el paciente. Una y otra vez insiste en que el buen médico no es el que adula al paciente para que mantenga una actitud favorable hacia el galeno, sino el que veraz y seriamente advierte al enfermo de la situación en la que se encuentra; el que se propone a si mismo «abrir los ojos del desengaño», pues «la adulación médica ----es siempre un engañoso error» 77, acreditada por la vulgaridad, ya que se origina de la presunción y de la ignorancia; y es algo que no facilita ni la curación, ni la prevención «porque el buen Medico sin adulaciones debe desengañar y aconsejar a los sanos lo que deben observar para que no enfermen» 78. No cabe duda que estas afirmaciones son una valiosa aportación desde la asistencia; las cuales conectan con debates futuros acerca de qué se debe informar al paciente; tema tan presente en obras de ética médica como las de Percival, Gregory o, ya en el siglo XIX, del español Janer 79. Los documentos que analizamos no sólo señalan hábitos positivos o virtudes, también enumeran los vicios que hay que evitar en la consulta: «despréciense los temerosos, arrogantes, alborotados y sobervios, no se nombren, dexense en el olvido» 80. Relación a la que habría que añadir la envidia al colega, con su correlato de murmuraciones, calumnias entre profesionales, etc. Malos hábitos para cualquier actividad, pero más en el caso de las consultas en las que los facultativos son elegidos frente a otros por su fama y prestigio 81. Se puede concluir de todo ello que las adecuadas condiciones ético-morales del consultor condicionan el éxito de la consulta 82. Por otra parte, en el tipo de virtudes recomendadas y en el análisis de la argumentación utilizada por estos autores, reconocemos una concepción de la relación médico-enfermo de corte paternalista que se hace bien explícita en las consideraciones de León Gómez. En el capítulo sobre las «Obligaciones de los médicos en las Juntas» subraya que esta práctica hace a los médicos «dignos de ser estimados, honrados y venerados con tres honores: con honor de subvención o socorro para su manutención: con honor de obediencia executando los enfermos lo que en provecho suyo recetan y con honor de reverencia como a bienhechores suyos» 83. Puesto que la consulta beneficia al enfermo y se hace por su bien, éste ha de responder con docilidad a las indicaciones y con respeto a quien vela por él. GREGORY, J. (1803), Discurso sobre los deberes, qualidades y conocimientos del médico. Tratado de las obligaciones del médico y del cirujano, en que se exponen las reglas de su conducta moral y política en el ejercicio de su profesión. Sobre este último autor LEÓN, P. (1997), «El deber de confraternidad en los médicos. Un modelo del siglo pasado», Revista de Medicina de la Universidad de Navarra, XLI (2), pp. 126-131. 82 Son numerosas las recomendaciones sobre esta cuestión. Por ejemplo: «Hágase con acierto la elección de los médicos para las consultas, solicítense iguales en la prudencia y se lograrán aciertos..., pero los imprudentes médicos, los temosos, alborotadores, soberbios y arrogantes, olvídense para las consultas». En los relatos de las consultas, los médicos subrayan la actitud de veneración, acatamiento y agradecimiento de los enfermos o familiares para con los consultores, muy propia de la tradición médica. De todas formas, esta percepción transmitida por los médicos difiere de la que nos ha llegado proveniente de las fuentes literarias, en las que se advierte una visión menos positiva hacia la actuación facultativa. Las consideraciones acerca de las cualidades del médico consultor no finalizan con el repaso de las virtudes de carácter moral. El médico, para que pueda ser llamado a una consulta o junta, tiene que poseer hábitos de tipo intelectual, como el del estudio, puesto que la antigüedad en el ejercicio, por si sola no hace mejores a los médicos: «que no consiste el ser práctico en tener muchos años i en firmar muchas recetas, tal vez disparatadas, como las estoi viendo todos los días» 84. Ahora bien, esa formación ha de comprender la teoría y la práctica, ya que, como asegura Adeva: «el médico perfecto, quando más talentos ha adquirido de doctrina y prácticamente bien fundada, sabe profundizarse más y más (...). A este deben los enfermos buscar para sus dolencias» 85. Estos autores introducen en su discurso la repercusión que tienen en la práctica cuestiones debatidas en ese momento y que guardan relación con la epistemología de la medicina: el valor de la lógica en los razonamientos médicos, la posibilidad de la certeza en el conocimiento clínico o el escepticismo radical ante un juicio médico. Como explica Monravá, todo esto influye en las consultas, porque «la mayor parte de las disputas nace de que no entendemos bien las definiciones de los nombres y cada uno las toma en su sentido» 86. Se reconoce la repercusión de la inestabilidad doctrinal en la práctica médica 87. Quizá por eso Martín Martínez insista en su Philosophia sceptica que se ha de aplicar la lógica en las consultas: «Solo tengo que añadir, como nos la pintan, hacen muy mal en no aprenderla, o no ussarla (...) los médicos en sus Juntas» 88. 87 GRACIA GUILLÉN, D. (1987), «El nacimiento de la clínica y el nuevo orden de la relación médicoenfermo» Cuadernos Hispanoamericanos 446-447, pp. 269-282; y HARLEY, D. (1993), «Ethics and dispute behavior in the career of Henry Bracken of Lancaster: Surgeon, Physician, and Manmidwife», en BAKER PORTER, R.; PORTER, D.; PORTER, R. (eds.) (1993), p. 88 MARTINEZ, M. (1750), Philosophia sceptica, extracto de la Physica antigua, y Moderna, recopilada en diallogos, entre un Aristotelico, Cartesiano, Gasendista, y Sceptico, para instrucción de la curiosidad Española, Madrid, p. Monravá también plantea la dificultad para determinar la veracidad o En este aspecto coinciden con las recomendaciones que hace F. Hoffman en su Medicus Politicus, en el que estima que resulta fácil llegar a un acuerdo entre dos consultores si ambos tienen un lenguaje común y coinciden en los puntos centrales de la doctrina médica, pues de otra manera, diferirán en el tratamiento, en el diagnóstico y en el pronóstico de un mismo caso. En esa circunstancia, los médicos se verán obligados a escribir sus relatos e intentar llegar a un acuerdo. Nada hace más daño a la reputación de los médicos -añade Hoffman-que la comparación de dos escritos con diferentes enfoques y opiniones 89. La responsabilidad profesional del consultor Puesto que la práctica de la consulta requiere la intervención de más de un facultativo, resulta obligado analizar cuál era y cómo se determinaba la responsabilidad profesional de cada uno de los intervinientes, teniendo en cuenta que, al concluir la reunión, se emitía un dictamen conjunto con las recomendaciones clínicas que debían seguirse. La advertencia de la responsabilidad de cada uno en la consulta viene de atrás y, ya en el siglo XIV, Henri de Mondeville criticaba la falta de diligencia personal cuando la asistencia es conjunta: son menos solícitos, porque individualmente consideran que no les incumbe la cura y que les toca a los otros 90. Queda claro que para los autores del siglo XVIII español que hemos revisado, existía conciencia de la responsabilidad individual del médico consultor. Buena prueba de ello son las críticas que recibe el comportamiento contrario; y había quien, como Gazola, se oponía a las Juntas porque en la práctica podía ser un modo de disminuir e incluso eliminar esa responsabilidad personal, lo cual perjudicaba en gran medida al enfermo: «porque siendo muchos los que intervienen en la curación, ninguno será culpable en particular, y así pasan por inocente mortalidad los homicidios» 91. En este sentido, también se criticaba este sistema porque el informe colectivo disimulaba la ignorancia de alguno de los consultores, con lo que favorecía la mediocridad entre los médicos. Por otra parte, encontramos referencias explícitas a la posibilidad de acogerse a la objeción de conciencia por parte del consultor: el facultativo tiene obligación de advertir lo que puede ser perjudicial para el paciente, aunque se trate de remedios ---falsedad de los juicios y los tipos de razonamientos que han de aplicarse en las consultas. 12. indicados en el curso de una consulta: «Estando pues firme el dictamen de aquel peligro, no puede el médico aplicar aquel remedio: porque, en fuerza de tal dictamen, influye en aquel peligro si consiente al otro, y con especialidad si hay esperanza que, permaneciendo firme en su opinión, últimamente se aplicará aquel remedio o se omitirá el del otro» 92. Las circunstancias aducidas para ceder en el propio criterio y admitir la prescripción de una terapéutica que se piensa poco adecuada son: el convencimiento mediante datos o razonamientos de lo contrario; o bien, la presunción de que el daño que se inferiría de seguir ese tratamiento fuera insignificante. Otro motivo para no objetar, quizá más significativo que los anteriores, es el de reconocer la mayor autoridad de quien tal cosa indica: «Alguna vez podrá el médico ceder su dictamen al del otro, por conocerle muy especial en el arte y a si mismo por inferior a él» 93. Pero un facultativo no deberá ceder su propia opinión «por el hecho de querer congraciarse con el otro consultor, existir amistad o mera antigüedad» 94. En cualquier caso, León Gómez advierte que un médico que en conciencia difiere del dictamen de una consulta puede seguir atendiendo al paciente y seguir cobrando por ello, aunque se niegue a aplicar un tratamiento; porque lo hace en conciencia. Ahora bien, en tal caso, tendrá que justificar su actuación 95. Las consultas afectan a los pacientes y a sus familias en otro aspecto: el económico. El desarrollo de las juntas era una práctica cara y abundan, a lo largo de todo el siglo, las recomendaciones y las críticas sobre este tipo de actuación médica que se apoyan en argumentos pecuniarios. De 1716 es el testimonio de Gazola quien denuncia duramente cómo, a través de las consultas, se desangra a las familias de los enfermos. Además, descubre la práctica de las consultas mutuas: los médicos convocaban a juntas a aquellos facultativos que previamente les habían llamado para consultar. Esta conducta multiplicaba los beneficios de los médicos y podía perjudicar doblemente a los pacientes y a sus familias puesto que al incremento del gasto se añadía la falta de contraste en los pareceres, ya que acudían los que de antemano ya se conocían 96. 96 «De las consultas también consiguen muchas ventajas, no solo acreditandose con recíproca aprobación sus errores, sino multiplicando el beneficio de la mutua correspondencia en ocasiones semejantes». Hacia la mitad de la centuria, León Gómez también critica que hubiera médicos que condicionaran la continuidad de la asistencia a un paciente a la realización de consultas que no eran pedidas ni deseadas por el enfermo, por el gasto que ello producía para enfermos y familiares. Tal modo de proceder suponía, a su modo de ver, una clara injusticia; y, de igual modo que Gazola, denuncia el «monopolio médico» de semejante práctica 97. El médico puede, por supuesto, solicitar ser acompañado en los casos difíciles o dudosos: «Pero si el caso no fuese arduo, ni de riesgo, no puede pedirlo, porque expone al enfermo a mayores gastos». Su recomendación va más allá: debe informar a los interesados de si le parece inútil la celebración de una consulta, aunque acepte la decisión que en este sentido adopte el paciente o la familia 98. Otra cuestión es la de los honorarios que percibían los consultores. No contamos con datos sobre la cuantía de las retribuciones devengadas por la realización de consultas 99. Lo que sí sabemos es que los honorarios estaban relacionados con el prestigio del consultor y que se solía retribuir de modo desigual a los médicos que participaban en la consulta. Fernando Oxea, por ejemplo, debió de percibir unos honorarios elevados porque en la polémica levantada a raíz de una consulta en la que participó, es éste uno de los argumentos a los que tiene que responder. Su oponente, para criticarle, afirma que el informe del médico mejor pagado no siempre es el más acertado, aunque sí al que más caso se hace. Y, en la defensa panfletaria que Marcos Seguín hace de Oxea contesta: «De aquí infiero que, si por una casualidad, Ortega tiene alguna consulta con los médicos de los barrios, o de los gremios de Madrid, como el de los zapateros, que también tiene su tal cual médico asalariado, le pagan menos, porque es mas corto de razones, por serlo de razón» 100. En esta misma línea está el acuerdo que, en 1793, adoptan los profesores de la Universidad de Salamanca cuando observaron que disminuía el número de pacientes y de la cuantía de los honorarios que percibían. El pacto consistió en tasar la consulta hecha por un catedrático entre veinte y cuarenta reales a los que se añadían las visitas extraordinarias y las certificaciones. Además, se comprometieron a no concurrir con los médicos de partido en consultas o juntas, y si llamaran a éstos, a retirarse con dignidad 101. 99 Hemos encontrado el caso de un consultor que no recibió ninguna retribución por su informe. Se trata del Dr. Monravá quien por ser eclesiástico renuncia a la bonificación: «porque como soy eclesiástico, tengo orden del Santo Padre por breve expedito, para medicinar solamente de limosna a los pobres.» 100 OXEA, F. (1788), Justa repulsa de una grosera, falsa calumnia, y descortés precipitado juicio, que hizo i manifestó D. José Ortega de Tamayo i Padilla, médico en la Corte, que lo fue de varios Partidos, en un Discurso Medico..., Santiago, p. 101 PESET, M.; PESET, J. L. (1974), La universidad española (siglos XVIII y XIX): despotismo ilustrado y revolución liberal, Madrid, p. LOS PERJUICIOS DE LAS CONSULTAS Son habituales las críticas que recibía en el siglo XVIII este modo de asistencia. Luque ya había recogido el eco: «Luego que ven muchos médicos juntos pronostican la fatalidad. De cierto enterrador he oído que, sólo porque vio en un zaguán muchas mulas de médicos, entró a pedir le socorrieran con dineros, por cuenta del entierro, que presto avia de hazer» 102. Quizá el que se manifestó más crítico fue Gazola, para quien el colmo del embaucamiento que suponen las consultas es la confianza de las familias en el sistema. En efecto, era frecuente que la familia, cuando un enfermo no mejoraba tras el dictamen de una consulta, volviera a convocar otra, por lo que, a su parecer, se multiplicaban los errores 103. Gazola hizo una crítica global a los médicos, por lo que sus argumentos sirven sólo parcialmente; ya que, si bien es cierto que de la consulta practicada por malos médicos no se deriva éxito ninguno, lo mismo sucede con la asistencia practicada por cada uno por separado. Ni detractores ni partidarios presentan como obstáculo el factor económico o la facilidad para disminuir la responsabilidad profesional de cada consultor. En cambio, destacan otras dos: la primera es que un dictamen aun siendo verdadero, puede ser rechazado por la mayoría de los consultores. Esta cuestión no es sólo teórica -y desde este punto de vista lo desarrolla Luque-, sino que tenemos un caso que le ocurrió a Mallén, cirujano rural, a quien el Dr. Aguilar no reconoce 104; también Piquer se encuentra en la misma situación cuando acude a ver a Vicente Navarro Escrivano 105; y Monravá achaca la muerte del conde de Luna a que no se siguiera su única opinión frente a los más de diez médicos convocados 106. Además, comentan los múltiples conflictos y polémicas que originan las consultas o juntas de médicos por la disparidad de los dictámenes o por la simple alteración de la prelación debida al médico consultor, todo lo cual iba en detrimento de la buena atención del enfermo 107. 103 «Pero no para aquí el engaño; pues si empeora el enfermo, tan lejos están sus familiares de conocer el yerro, que antes bien comenten otro mayor con llamar otros médicos de la misma clase, persuadiéndose que verán más muchos ojos que dos, sin advertir que, en las tinieblas, tanto no verá un ojo solo, como ciento». 107 Donde es de advertir, que de estas altercaciones se suelen seguir muy malas consequencias, como son, que en las consultas acaben en discordias, concluyan en disensiones, y riñas, y que en tan necias porfías, o llega tarde el remedio, o tal vez no llega; y que asimismo no permitiendo lo preciso, y momen-advertía que cuando dos dictámenes son muy contrarios es muy difícil llegar a un acuerdo: «son dos consultas ex diámetro opuestas. Ve aquí el enfermo puesto en balanza: equilibrialmente, sin que la voluntad determine, que la balanza cayga a una parte, ni a otra parte» 108. Y la amarga opinión del Administrador del Hospital Real de Santiago acerca de las Juntas de los médicos era que las frecuentes disputas que suscitaba perjudicaba, y mucho, a los enfermos: «Siempre he observado que en las Juntas de los médicos, rara vez dejan de discrepar en los pareceres, y sin que jamás puedan ajustarse todos hallan razones en apoyo de la idea que concibieron; pues si ellos mismos entre sí no se convienen, caminando a un mismo fin, ¿cómo quiere V.S. que nos pongamos en argumentos con ellos pretendiendo que no sangren ni pongan cáusticos, cuando nos persuadirán de lo contrario con razones de su algarabía médica y no sacaríamos más fruto que haber perdido el tiempo inútilmente. Y aun cuando los juntáramos para decidir en este punto, quedaría de peor calidad; pues queriendo defender cada uno su partido, saldrían más enconados; y la ganancia sería recaer todos sistemas sobre los tristes pacientes» 109. Como hemos observado, un factor importante que influye en la disparidad de criterios en la resolución de las consultas son las diversas doctrinas médicas que se desarrollan en el XVIII, hasta el punto que hay quienes consideran que no es posible que puedan hacerse consultas entre médicos de movimientos diferentes porque necesariamente terminan en debates que no benefician precisamente al enfermo 110. Además, las consultas -señalan-contribuían a separar más las posturas ya contrapuestas y dificultaban la permeabilidad de las ideas. También explican que la desconfianza ante la consulta médica, como en el caso de Gazola, en realidad no sea más que escepticismo hacia la medicina y los médicos en general. Por otra parte, como también hemos advertido, los consultores aprovechan la publicación de las consultas para criticar a otros facultativos y lidiar las rencillas surgidas en el trato mutuo. Ya han ido saliendo algunos casos, entre los que sorprende el de Adeva por tratarse de un médico rural: en todas las Historias que él describe, los enfermos curan gracias a su sola intervención; y desprestigia a los otros médicos que trataron a los mismos enfermos llamándoles «médicos de segunda» 111. Los enfrentamientos y pleitos surgidos a raíz de las consultas llevaron a intervenir a la autoridad ---táneo de la ocasión estas dilaciones, lastimosamente se frustra el único fin a que tales médicos fueron convocados», PELLAZ Y ESPINOSA (1708), p. 110 «Muchos siguen a Cartesio, otros a Willis; quien a Silvio de Boe, quien a Paracelso, quien a Elmoncio y quien todavía a Hipócrates y a Galeno. Pues si tal vez se juntan para la cura, o para la consulta de algún enfermo puede rogar a Dios de todo corazón, que le dé fortuna de que acierten con el remedio que ha de hacer bien, porque no haciéndose en semejantes casos cosa a derechas, viene a parar toda la consulta en debates». Así lo relata Acuña: «Las discordias y pleytos que en puntos de presidencia ha habido, siempre ha procurado sossegarlos el Real Protomedicato y concordarlos, para que las Juntas se hagan con toda quietud, expidiendo para ello los Despachos necesarios, auxiliados del Real Consejo de Castilla»112. Sin embargo, como hemos descrito en otro momento113, los partidarios de las consultas médicas no consideran que estos argumentos y los perjuicios derivados del modo de asistencia, sean de suficiente entidad como para no seguir recomendando la celebración de Juntas médicas, puesto que «los vulgares seguidores desta opinión más se oyen dicterios contra las consultas, que impugnaciones»114; lo que hay que hacer es aprender a practicarlas para que se desarrollen de modo adecuado. A esta opinión de Luque añade Pellaz su experiencia: «Pues considerando que el día de oy ay mucha falta en las consultas, tanto, que puedo asegurar, que en la cortedad de mis años lo tengo muy experimentado»115. En los escritos sobre las consultas de los médicos españoles del siglo XVIII sobre las consultas existen referencias constantes a autores del pasado que son justificadas, puesto que tratan del médico y del modo de ejercer la medicina, cuestión que no habría cambiado, aunque sí lo hiciera el marco científico o técnico. Estos autores fundamentan la realización de las consultas en el beneficio que proporciona a la asistencia de los enfermos, aunque, al mismo tiempo, coinciden en recomendar esta práctica por el provecho que supone para los facultativos: favorece la buena relación, evita malentendidos y es una manera de resolver los conflictos generados; aunque también se observa que de las consultas se derivaban, a veces, disputas y rivalidades entre los consultores. Son abundantes las referencias a las cualidades del médico, ya que las condiciones ético-morales del consultor condicionaban el éxito de la práctica. Existía conciencia de la responsabilidad individual del médico consultor y encontramos referencias explícitas a la posibilidad de que se acogiera a la objeción de conciencia. También era necesario poseer hábitos intelectuales. Estos autores introducen en su discurso la repercusión que tienen en la práctica cuestiones debatidas en ese momento y que guardan relación con la epistemología médica: el valor de la lógica, la posibilidad de la certeza en el conocimiento clínico o el escepticismo radical ante un juicio médico. ----Esta perspectiva se corresponde también con una mentalidad empírica, en la que la experiencia de casos anteriores es guía para actuar de una manera determinada. Las dificultades que entrañaba esta práctica se refieren tanto a aspectos formales como es la prelación debida al médico consultor, cuanto a las consecuencias provenientes de la disparidad de criterios en la resolución de las consultas. Los enfrentamientos y pleitos surgidos a raíz de las consultas llevaron, en ocasiones, a la intervención de la autoridad. 18 Por ejemplo, la disputa que hubo entre Herrero y López de Araujo: HERRERO Y RUBIA, A. M. (1756), Historia de la disputa sobre la enfermedad que quitó la vida a Manuel Rodríguez en el hospital
Se analiza la teoría del equilibrio puntuado y las causas de que habiendo sido enunciada como una teoría evolutiva de amplio alcance en la actualidad sólo sea una teoría de aplicación limitada, o de rango medio. Se estudian los factores responsables de esta transformación y se concluye con una visión sobre lo que cabe esperar para el futuro próximo. PALABRAS CLAVE: equilibrio puntuado, síntesis moderna, teorías de rango medio, registro fósil. La teoría del equilibrio puntuado surgió en el año 1972 cuando Niles Eldredge y Stephen Jay Gould publicaron su primer artículo conjunto, intitulado «Punctuated equilibria: an alternative to phyletic gradualism» 1. En este trabajo, Eldredge y Gould llamaban la atención sobre una contradicción existente entre las publicaciones paleontológicas tradicionales y la síntesis moderna: la evolución filética mostrada por los paleontólogos en sus reconstrucciones se oponía al modelo de especiación geográfica sostenido por Ernst Mayr y otros autores posteriores a la síntesis moderna. Según el modelo de especiación peripátrica que postula Mayr 2, las nuevas especies surgen a partir de poblaciones locales periféricas, situadas al margen de la distribución geográfica central de la especie madre. Sin embargo, este modelo no deja lugar a la evolución progresiva in situ de las especies, que era precisamente lo que mostraban las reconstrucciones de especiación filética elaboradas hasta entonces por los paleontólogos. Tanto Eldredge como Gould intentaron deshacer esta contradicción aplicando el modelo de especiación geográfica al registro fósil. Su conclusión fue que el gradualismo filético estaba, en el mejor de los casos, desmesuradamente sobrevalorado. La especiación se realizaba, más bien, mediante la transformación rápida de poblaciones periféricas. Además, este modelo proponía que, entre un evento y otro de especiación lo que hay son largos períodos de estasis, que aparecen puntuados -o interrumpidos-, por breves períodos de evolución rápida. En síntesis, Eldredge y Gould propusieron que raramente hay gradualismo filético -como ellos rebautizaron a la anagénesis-sino que, durante la mayor parte del período de vida de una especie, lo que encontramos es una prolongada estasis morfológica puntuada, de vez en cuando, por eventos de especiación que ocurren, principalmente, en poblaciones marginales. Esta teoría desató, desde su inicio, una gran polémica, sobre todo a partir de su posterior radicalización. En la actualidad la polémica ha disminuido en intensidad, pero sigue existiendo. Los autores puntuacionistas siguen muy activos en sus publicaciones 3 y recientemente han puesto el acento en un aspecto que, aunque jugó un papel secundario en los artículos iniciales sobre el equilibrio puntuado, ha ido cobrando cada vez mayor atención: la idea de que, además de la selección natural, existen fenómenos de selección al nivel de especies e incluso a otros niveles jerárquicos superiores, mediante mecanismos que no pueden ser entendidos sólo con las categorías explicativas del nivel jerárquico inferior. Lo que en el presente artículo nos proponemos explorar es el porqué de una aparente paradoja: por qué razón si el equilibrio puntuado fue presentado -sobre todo a inicios de los ochenta-como una teoría que cuestionaba fuertemente a la síntesis moderna y que se proponía a sí misma como un modelo alternativo, es decir, como ----2 MAYR, E. (1954), «Change of genetic environment and evolution», en HUXLEY, J. (ed.) The Punctuated Equilibrium Debate in the Natural and Social Sciences, Ithaca, Cornell University Press, pp. 54-84; y el extenso capítulo 9 de GOULD, S.J. (2002) una teoría capaz de explicar patrones universales -y no sólo casos particulares-, a treinta años de su publicación inicial ha logrado sobrevivir a pesar de nunca haber desplazado a la teoría síntética de la evolución. Nuestra hipótesis es que el equilibrio puntuado ha sobrevivido hasta ahora gracias a que se ha convertido en una teoría de rango medio 4. Estable, periférica, y casi absorbida por la propia teoría sintética de la evolución5 a la que pretendió sustituir. El equilibrio puntuado, en la actualidad, es aceptado como posible respuesta para algunos casos particulares de la evolución, mas no como un modelo que explique patrones generales. Consideramos que de esta manera se explica tanto su supervivencia como la declinación de las refutaciones que actualmente recibe de la síntesis moderna. Ambos fenómenos quedan mejor comprendidos si aceptamos que el equilibrio puntuado es, actualmente, sólo una teoría de rango medio, cuyos planteamientos se consideran convenientemente asimilados ya por el cinturón protector de la síntesis moderna. Para desarrollar nuestro argumento divideremos el análisis en cuatro partes. En la primera parte hacemos un breve repaso del origen del equilibrio puntuado y de su posterior radicalización. En la segunda, mostramos la evidencia de que la teoría ha sobrevivido hasta ahora. En la tercera, presentamos la argumentación a favor de nuestra hipótesis: que el equilibrio puntuado se ha convertido en la actualidad en una teoría de rango medio. Por último, en la cuarta parte presentamos las dificultades empíricas que han acompañado a esta teoría y que, a nuestro modo de ver, complementan la explicación sobre su situación actual. I. EL SURGIMIENTO DE LA TEORÍA DEL EQUILIBRIO PUNTUADO Y SU POSTERIOR RA- El equilibrio puntuado no ha sido una teoría estática. Por el contrario, ha presentado importantes cambios a lo largo de su existencia antes de derivar, en la actualidad, en una teoría de rango medio. La primera etapa del equilibrio puntuado En su primera etapa -que comienza con el artículo fundacional de 1972-, las propuestas de Eldredge y Gould fueron presentadas como un ajuste necesario que ----debía hacérsele a los estudios paleontológicos para que éstos fueran congruentes con el mecanismo de especiación peripátrica propuesto por Mayr. De este modo, cuando Eldredge y Gould sostuvieron que el registro fósil no muestra un cambio gradual de las especies, sino más bien una gran uniformidad de las mismas a lo largo del tiempo geológico, y que esta estasis estaba interrumpida por cambios evolutivos rápidos durante los cuales aparecían las nuevas especies, también argumentaron que la síntesis moderna predecía que mucho -si no es que la mayor parte-de los cambios debían ocurrir durante los momentos de especiación, que estos eventos de especiación eran alopátricos en su mayoría, y que el principio del fundador de Mayr 6 desempeñaba un papel crucial. Con este nuevo enfoque, Eldredge y Gould también pretendían cambiar la visión que, hasta entonces, se tenía sobre el registro fósil: de ser una imperfecta colección de algunos taxones debería ser visto, en lo sucesivo, como el fiel reflejo del mecanismo seguido por la evolución para el surgimiento de nuevas especies. Bajo esta moderna concepción del proceso de especiación el material empírico de la evolución, es decir el registro fósil, quedaba al fin bien entendido y, por lo tanto, ya no había necesidad de ninguna hipótesis auxiliar que sostuviera que este registro era incompleto. Por el contrario, Eldredge y Gould se manifestaban satisfechos con la información que proveía. Sin embargo, con ninguna de las propuestas de este artículo pretendían sus autores enfrentarse a la síntesis moderna. Al contrario: lo que sostenían era que sólo ahora, gracias a este nuevo enfoque, se estaba aplicando correctamente a la paleontología el mecanismo de especiación que formaba parte de la teoría sintética de la evolución. A pesar de esto, la polémica no se hizo esperar y la teoría del equilibrio puntuado fue cuestionada, desde su surgimiento, por los exponentes de la síntesis moderna. El primer aspecto que recibió atención en contra, fue la imagen contundente que Eldredge y Gould daban del patrón de la evolución. Mayr 7 hace notar que ellos, si bien no mencionaban explícitamente en su artículo inicial que una especie recién formada entra en un período de estasis total, sí es precisamente eso lo que mostraban en las gráficas 8 del artículo. Mas aún, las tendencias evolutivas eran presentadas como el resultado de un proceso de selección al nivel de especies entre entidades completamente estáticas. Un segundo elemento que provocó reacciones contrarias, lo constituyó la presentación de la teoría como algo completamente novedoso. Gould y Eldredge 9 han insistido en que ellos fueron los primeros en llamar la atención sobre varios fenómenos ---- 8 Se refiere a las figuras 5-4, 5-8 y 5-10 de ELDREDGE y GOULD (1972). 9 GOULD, S. J. y N. ELDREDGE (1977), «Punctuated equilibria: the tempo and mode of evolution reconsidered», Paleobiology, 3, pp. 115-151. evolutivos (diferentes tasas de cambio, aparición rápida de especies, estasis). Pero, para otros autores, eran fenómenos ya ampliamente aceptados en la literatura sobre evolución 10. De manera particular se les señaló que el gradualismo en Darwin era una negación del saltacionismo, pero que no implicaba en modo alguno la noción -que Gould y Eldredge le adjudicaban-de que la evolución no podía tener diferentes tasas de cambio. La tercera situación que despertó hostilidad fueron los reclamos acerca de que la síntesis moderna necesitaba ser revisada. Dawkins 11, entre otros, les insistió, desde el inicio de la polémica, en que el modelo del equilibrio puntuado podía entrar perfectamente en la esfera gradualista de la teoría sintética de la evolución; no había necesidad de contar con procesos macroevolutivos particulares para explicar las transformaciones evolutivas, aunque éstas fueran «puntuadas». La base empírica de la teoría A pesar de la polémica, pronto se sumaron a la teoría del equilibrio puntuado otros importantes paleontólogos, como Steven Stanley 12, Alan Cheetham 13, P. G. Williamson 14 y Donald Prothero15. Convencidos de que la teoría podría probarse empíricamente, se hicieron importantes estudios cuyos resultados parecían validar el nuevo esquema teórico. Entre estos estudios resalta, en primer lugar, el elaborado por Eldredge16 con un linaje de trilobites del Devónico y que fue el que aportó la base empírica inicial para el artículo fundacional de la teoría. Phacops rana, como los restantes miembros de la familia de los facopideos, posee unos ojos compuestos mucho más complejos que los de los trilobites de otras familias. Cada ojo se compone de múltiples lentes diminutas, dispuestas en franjas vertica-----les. En el caso de P. rana fue la variación en el número de franjas verticales de lentes, en las poblaciones del Devónico medio de América del Norte, la que dio la clave que permitiría reinterpretar la evolución de la especie. En esta época, la mitad este de América del Norte se hallaba cubierta por un mar epicontinental poco profundo. Los fósiles que permiten seguir la evolución de P. rana se escalonan a lo largo de ocho millones de años. Los trilobites se recogieron por una parte en los sedimentos depositados por el mar epicontinental -la zona de distribución principal (Michigan, Ohio, Ontario)-y, por otra parte, en la zona llamada marginal, un surco profundo excavado a lo largo del continente (Nueva York y más al Este). La sucesión de los trilobites en los depósitos del mar epicontinental muestra una reducción en el número de franjas de las lentes oculares, que pasan de 18 a 15: una población con 15 franjas sucedía a una población de 17 franjas, que a su vez sucedía a una población de 18 franjas. Las comparaciones con otros Phacops muestran que 18 franjas representa el estado primitivo. Ahora bien, las distintas poblaciones que se sucedían a lo largo de 8 millones de años en el mar epicontinental no manifestaban variaciones en el número de franjas. Estas variaciones sólo aparecían en las poblaciones de trilobites descubiertas en la zona marginal situada más al este. Más aún, las poblaciones dotadas de 17 franjas se habían individualizado allí rápidamente y mucho antes de su aparición en el amplio mar situado más al oeste. Durante más de dos millones de años los Phacops de 17 franjas habían sido contemporáneos de los Phacops de 18 franjas, pero vivían en otra parte. El fenómeno se repitió después, de manera similar, en lo que respecta a las poblaciones marginales de 15 franjas. Estas poblaciones con menor número de lentes oculares sólo se dieron en zonas marginales producidas por una regresión marina. Posteriormente, las poblaciones de P. rana de 15 franjas fueron cercando la zona epicontinental y, aprovechando el retorno del mar, fueron sustituyendo a las poblaciones que vivían anteriormente en la zona. En la región epicontinental, la zona principal, no se produjo ninguna transformación gradual in situ. La especie P. rana resultaba ser una especie morfológicamente estable, en estasis, y los cambios evolutivos habían ocurrido únicamente -y de manera rápida-en las poblaciones marginales (conforme al modelo de especiación propuesto por Mayr), y no bajo el esquema de especiación filética (anagénesis). Por su parte, Gould trabajó sobre todo con gasterópodos (en particular el género Cerion), pero también realizó la primera investigación con mamíferos cuyos resultados tienen que ver con el modelo del equilibrio puntuado: Ischyromys, un género de roedores del Oligoceno. Los Ischyromys del Orellense (la parte media del Oligoceno) del Oeste norteamericano habían sido objeto de una interpretación tradicional consecuente con el modelo gradualista convencional. La secuencia orellense había sido interpretada como la crónica de un incremento constante de tamaño en el seno de una sola especie. Sin embargo, el trabajo estadístico realizado por Gould y Heaton 17 so-----bre varios miles de especímenes refutó esta idea en favor de una interpretación opuesta. En el Orellense inferior descubrieron dos especies distintas, una pequeña y otra mayor; después, la pequeña se extingue y sólo la de mayor tamaño perdura en el Orellense superior. Ninguna de las dos especies muestra modificaciones significativas durante su tiempo de existencia. La antigua idea sobre un incremento gradual de tamaño se debía, por tanto, al resultado de confundir ambas especies y tratarlas como si constituyeran una sola forma. A medida que la especie de menor tamaño decrece en abundancia (hasta llegar, finalmente, a desaparecer), la talla media del complejo entero va aumentando, pero no porque tenga lugar una evolución gradual por anagénesis, sino porque un número progresivamente mayor de especímenes (y finalmente todos) son representantes de la forma estable de mayor tamaño. Pero ha sido P. G. Williamson 18, del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, quien ha llevado a cabo el más detallado -y el más citado-de todos los estudios de campo que han aportado una base empírica a la teoría del equilibrio puntuado. Su estudio fue hecho con los moluscos de la cuenca del lago Turkana, en el noreste de Kenya, en una secuencia de estratos correspondientes al Cenozoico tardío. Esta secuencia resultó particularmente útil para su estudio ya que los taxones fósiles que contiene están inusualmente bien representados, son muy abundantes, pertenecen a grupos taxonómicos muy heterogéneos y, además, pertencen a linajes que aún tienen especies vivas, por lo que resulta posible hacer comparaciones e inferencias con ellas. Williamson analizó y tomó medidas a miles de especímenes correspondientes a 13 linajes diferentes (entre ellos destacaron los prosobranquios Bellamya unicolor y Melanoides tuberculata). Sus resultados fueron los siguientes: el patrón filogenético de todos los moluscos estudiados en el lago Turkana resultaba consistente con el previsto por el modelo del equilibrio puntuado; períodos muy largos de estasis morfológica en todos los linajes estudiados aparecían puntuados por rápidos episodios de cambio fenotípico. En ningún linaje se apreciaba una tendencia gradual y constante de cambio morfológico. Además, en al menos dos casos, habían quedado claramente documentados los eventos de especiación ocurridos en poblaciones periféricas aisladas (como predice el principio del fundador de Mayr 19 ). De acuerdo al grosor de la capa estratigráfica que contiene el momento de cladogénesis, Williamson estimó que este evento de especiación debe haberse llevado a cabo en un período de entre 5.000 y 50.000 años. En todos los casos, y previo al momento de cladogénesis, Williamson encontró que las poblaciones periféricas entraban en una fase de elevación significativa de su varianza fenotípica, lo cual interpretó como un período de inestabilidad ontogenética, provocado por la alteración de los mecanismos de homeostasis génica que antecedería a los eventos de especiación. La segunda etapa del equilibrio puntuado Apenas cinco años después de su artículo inicial, ocurrió un cambio de actitud en los autores del equilibrio puntuado -cuyo punto cumbre podríamos situar con el artículo de Gould de 1980 20 «Is a new and general theory of evolution emerging?»y, entre 1977 y 1982, adoptaron una versión radical de la teoría -que Hoffman 21 ha llamado «la versión fuerte» y Ruse 22 «la segunda fase»-en la cual, para poder explicar su postulado macroevolutivo, propusieron que había una diferencia biológica fundamental entre los procesos que rigen la microevolución y los que rigen la especiación 23. Para ello, invocaron nuevamente las tesis sobre especiación de Ernst Mayr así como las de Sewall Wright sobre deriva génica, en apoyo a su reclamo de que la especiación siempre debería ser muy rápida -«casi instantánea»-, debido a revoluciones genéticas, las cuales interpretaban de una manera parecida a la de Richard Goldschmidt, en el sentido de mutaciones puntuales que tendrían grandes efectos fenotípicos que conducirían al inmediato surgimiento de taxones de alto rango. Bajo esta nueva visión, la especiación resultaba ser un fenómeno evolutivo causado por un proceso macroevolutivo propio, irreductible a los procesos de cambio microevolutivo que operan dentro del marco del medio ambiente y la constitución biológica de una especie. En esta versión radicalizada de la teoría se presenta de manera más enfática la tesis original de que el cambio fenotípico gradual está prácticamente ausente en la evolución de los linajes filéticos, y que los períodos de completa estasis fenotípica de las especies son interrumpidos únicamente mediante eventos de especiación. Adicionalmente, se disminuye la importancia de la adaptación, con la consiguiente disminución del papel de la selección natural, y se juega con la idea de que las macromutaciones (probablemente debidas a nuevos arreglos cromosómicos) podrían provocar cambios importantes en las especies en el lapso de sólo una o dos generaciones. Curiosamente, el acento se traslada de Charles Darwin a Richard Goldschmidt. La teoría del equilibrio puntuado se presentaba entonces como una alternativa a la síntesis moderna y como tal la abrazaron sus partidarios o la criticaron sus detractores. GOULD, S. J. ( 1980 Siguiendo la terminología de Lakatos 24, podemos decir que se la presentaba como un programa de investigación que superaría a su rival gracias a que era capaz de acumular más contenido empírico a su favor, concretamente el contenido del registro fósil (lo que, como veremos en la cuarta parte de este trabajo, no resultó tan exacto). Pero, y a pesar de sus pretenciones manifiestas, la teoría no consiguió sustituir a la síntesis moderna. O, al menos, no lo ha logrado hasta ahora. La paradoja estriba, entonces, en que a pesar de esto el equilibrio puntuado haya sobrevivido. El hecho constatable de su supervivencia será mostrado en la siguiente sección, y sus causas probables las exploramos en la tercera parte de este trabajo. Para poder responder a esta pregunta analizaremos cuántos artículos han hecho referencia al equilibrio puntuado, entre todos aquellos artículos aparecidos en las dos revistas científicas más relevantes con relación al contenido de esta teoría: Paleobiology 26 y Evolution. Consideramos que si el equilibrio puntuado ha tenido algún grado ----24 LAKATOS, I. (1982), La metodología de los programas de investigación científica, Madrid, Alianza Editorial. 26 Gould y Eldredge, como paleontólogos que son, han participado entusiastamente en la revista especializada en paleontología y paleobiología Paleobiology desde su fundación, en 1975. Gould, incluso, es de éxito dentro de la comunidad científica es en estas publicaciones especializadas, más que en ninguna otra, donde esta aceptación debería evidenciarse. Al hacer esto, estamos aceptando el criterio de Ruse 27 de que una teoría sigue viva en tanto sea citada y en tanto continúen las referencias a la misma en trabajos posteriores. Como puede apreciarse, el promedio de artículos con citas a la teoría, visto de manera conjunta, ha sido de 38 cada cinco años. El mayor interés se alcanzó, en ambos casos, entre 1980 y 1984 (durante la etapa radical de la teoría), y después de una aparente declinación las cifras han retornado a su promedio histórico. Analicemos ahora, con mayor detalle, lo ocurrido durante el último período que presentamos (1995-2000) en cada una de las revistas. En el siguiene cuadro sobre Paleobiology se puede apreciar tanto la frecuencia de publicación como el número de artículos que emplearon citas sobre obras de la teoría del equilibrio puntuado en cada uno de estos años: CUADRO 2 Durante 1995-2000 esta revista publicó 200 artículos. Entre estos, hubo 27 artículos (de autores distintos a Gould y Eldredge) que emplearon en alguna medida la teoría en su texto, puesto que la citan (en 51 ocasiones), a lo largo de los 6 años y los ---mencionado en las contraportadas como uno de los patrocinadores económicos de la revista. Desde su aparición inicial, esta revista se ha ganado un lugar destacado dentro del campo de las publicaciones profesionales en paleontología e historia natural. Por todas estas razones, es comprensible que la publicación científica natural para publicar trabajos sobre el equilibrio puntuado haya sido, precisamente, Paleobiology. 24 números de la revista que se analizaron. Esta cifra significa que el 13,5% (27/200) de los artículos publicados en este lapso han hecho referencia a la teoría. Además, y como puede apreciarse, en la mayor parte de las revistas ha aparecido al menos un artículo con citas al respecto: el porcentaje de números (revistas) de Paleobiology que incluyeron citas sobre el tema, en comparación con el total de números publicados en este período, es del 67% (16/24). Y sin embargo, cuando analizamos con mayor detalle estos seis años, podemos notar que la mayoría de las citas que han aparecido corresponden a meras referencias secundarias, a citas de pasada, y que los artículos que las incluyen no participan de la teoría ni de la polémica que inicialmente despertó. ¿Qué artículos sostuvieron, realmente, a la teoría del equilibrio puntuado como un modelo alternativo de evolución? Ahora bien, hay que tomar en cuenta que el contenido temático de esta revista es mucho más amplio que el de Paleobiology, abarcando no sólo asuntos de macroevolución sino temas tan diversos como la evolución a nivel molecular, estudios de campo y experimentos de laboratorio, evolución en plantas y estudios de genética de poblaciones. Por consiguiente, era de esperarse una menor representación de artículos con interés en la teoría del equilibrio puntuado en relación a lo encontrado en Paleobiology. A pesar de esto, y como puede apreciarse, hubo 13 artículos (de autores distintos a Gould y Eldredge) que emplearon en alguna medida la teoría en su texto, y que la citan (en 19 ocasiones), a lo largo de los 6 años y los 36 números analizados de esta revista. Esta cifra significa que el 1,2% (13/1.065) de los artículos publicados en este lapso han hecho referencia al modelo del equilibrio puntuado. Además, la presencia del puntuacionismo también puede medirse en el hecho de que en casi todos estos años -la excepción es el año de 1999-han aparecido entre uno y cuatro artículos que citan la teoría. El porcentaje de números (revistas) de Evolution que incluyeron citas sobre el tema, en comparación con el total de números publicados en este período, es del 28% (10/36); es decir, uno de cada tres números, en promedio, ha publicado algún artículo que sigue citando en su bibliografía obras relativas a la teoría del equilibrio puntuado. Pero, nuevamente, cabe preguntarse ¿cuántos de estos artículos trataron, realmente, sobre el tema del equilibrio puntuado como patrón alternativo de evolución? Esta vez, tan sólo dos entre 1995 y el 2000: A partir de estos datos podemos concluir que: 1) La teoría del equilibrio puntuado ha permanecido viva, desde su surgimiento y hasta ahora, a través de referencias en las páginas de -por lo menos-estas dos revistas especializadas; 2) sin embargo, el interés por la misma ha declinado, ya que la gran mayoría de las citas no se refieren a artículos que traten directamente sobre el tema, ya sea respaldando o rechazando el modelo puntuado. En otras palabras, el debate entre el equilibrio puntuado y la síntesis moderna ha perdido intensidad y también presencia en ambas publicaciones. ¿POR QUÉ EL EQUILIBRIO PUNTUADO DERIVÓ EN UNA TEORÍA DE RANGO MEDIO? Para Imre Lakatos 28 la unidad descriptiva típica del quehacer científico no es una teoría aislada, ni un conjunto de teorías, sino un programa de investigación. Cada programa de investigación cuenta con un núcleo firme, «tenazmente protegido contra las refutaciones mediante un gran cinturón protector de hipótesis auxiliares. Y, lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que... asimila las anomalías e incluso las convierte en evidencia positiva» 29. Éste es el caso de la síntesis moderna; no se trata de una teoría aislada, inmóvil desde la década de los cuarenta del siglo pasado, sino de un verdadero programa de investigación, en torno al cual hay una activa comunidad científica que continúa investigando y aportando nuevos conocimientos. Lakatos sostiene que los programas de investigación también pueden ser caracterizados por medio de su heurística, tanto positiva como negativa. «La heurística negativa especifica el núcleo firme del programa, que es irrefutable por decisión metodológica de sus defensores; la heurística positiva consiste de un conjunto, parcialmente estructurado, de sugerencias o pistas sobre cómo cambiar y desarrollar las versiones refutables del programa de investigación, sobre cómo modificar y complicar el cinturón protector refutable.» 30 Según este esquema, «...las anomalías no se aceptan como refutaciones del núcleo firme sino como refutaciones de algunas hipótesis del cinturón protector. En parte, debido a la presión empírica (pero, en parte, según el diseño de su heurística) el cinturón protector es modificado constantemente, expandido, complicado, mientras que el núcleo firme permanece intacto» 31. Con el objeto de que el cinturón protector sea el que reciba los impactos de las refutaciones, podrá ser ajustado continuamente e incluso completamente sustituido. En este momento de nuestra exposición necesitamos aclarar, entonces, qué entendemos por el núcleo firme de la síntesis moderna (y, por exclusión, a todas las demás hipótesis de la teoría sintética de la evolución las consideraremos, de momento, como parte de su cinturón protector). Desde nuestro punto de vista, el núcleo firme de la síntesis moderna está constituido por: a) la aceptación de la selección natural como el principal mecanismo evolutivo y el único que produce adaptación; b) un enfoque poblacional para los cambios evolutivos; c) la aceptación de que cualquier mecanismo evolutivo debe ser consistente con lo que sabemos de genética molecular. ---- Ahora bien, de acuerdo con Robert Merton32 se debe considerar como teorías de rango medio aquellas teorías a medio camino entre las hipótesis de trabajo diario que se emplean en la investigación y las teorías generales. Las teorías de rango medio tienen que ver con aspectos delimitados de los fenómenos. Por ello, tratan casos particulares con mayor detalle que las teorías generales en donde el nivel de abstracción suele alejarlas del detalle. El término, sin embargo, no pretende ser peyorativo en modo alguno. Para Schaffner33 estas teorías son, de hecho, las más frecuentes tanto en la biología como en la medicina y son importantes ya que sirven para organizar sus áreas de estudio además de que, normalmente, son teorías que ofrecen parámetros medibles. Por su parte, Merton 34 emplea el ejemplo de la física como una ciencia que ha crecido y está caracterizada por este tipo de teorías de rango medio que, con el tiempo, se han ido agrupando en familias de teorías. Una vez aceptado su papel en el desarrollo de la ciencia, debemos insisitir, no obstante, en que una teoría de rango medio sólo es aplicable a un rango conceptual limitado. Puede ser que, con el tiempo, evolucione progresivamente hacia niveles de generalización superiores y que llegue a converger con otras teorías de rango medio para consolidar grupos especiales de teorías, como en el caso de la física. Pero no está en su diseño el convertirse directamente en una teoría de aplicación general. No son -y no lo serán en el futuro previsible-teorías «universales». Sin embargo, sí son teorías que han logrado estabilizarse (dentro de su rango de aplicación) y, por lo tanto, sobrevivir. Éste es el sentido en que aplicamos el término en este artículo. En el resto de nuestra exposición procuraremos mostrar que, a pesar de que la teoría del equilibrio puntuado fue presentada como una nueva teoría general de la evolución, no sólo no consiguió serlo sino que ha derivado en una teoría de aplicación limitada, con las ventajas de ofrecer algunos casos muy particulares en los que muestra evidencia empírica medible a su favor, pero cuyo contenido, sin embargo, no le permite derivar las conclusiones de alcance general que desearía. Veamos ahora qué circunstancias y qué razones causaron que el equilibrio puntuado derivara en la actualidad hacia una teoría de rango medio. Hemos identificado, al menos, tres factores diferentes: ----PRIMER FACTOR: retrocedió el radicalismo de los autores puntuacionistas En primer lugar, hizo falta enfriar los ánimos y permitir que la retórica -que caracterizó la polémica en torno al equilibrio puntuado durante su primer década de existencia-diera pie a un análisis más serio sobre las propuestas centrales de la teoría. Esto sólo fue posible, sin embargo, cuando el radicalismo del puntuacionismo retrocedió para dejar en su lugar una versión menos polémica de la teoría. Como es natural suponer, la radicalización del equilibrio puntuado en su segunda etapa provocó una reacción frontal de parte de los autores de la síntesis moderna, y es durante estos años que la polémica entre los exponentes de ambas teorías alcanzó su punto más álgido. Pero, hasta los teóricos de la evolución invocados por Gould y Eldredge para apoyar las implicaciones del equilibrio puntuado, comenzaron a criticar la idea de la especiación como un proceso macroevolutivo debido a revoluciones genéticas 35, ya que incluso si tales revoluciones tuvieran lugar, la aparición de una nueva especie de todos modos tendría que darse gradualmente, ya que el cambio siempre es un proceso poblacional. A los puntuacionistas que sostenían la versión radical se les reprochó, también, que el mero concepto de una macromutación como el principal responsable de un proceso de especiación era muy poco plausible. Pues, a pesar de que no hay una razón lógica para descartar que un mecanismo así pueda operar en la naturaleza, toda la evidencia genética apunta a que las mutaciones puntuales que tienen un gran efecto en el fenotipo generalmente son adaptativamente desventajosas, e, incluso, cuando no lo son, no conllevan a la especiación. Por todo esto, la versión radical del equilibrio puntuado y sus implicaciones macroevolutivas resultaron difícilmente defendibles y de hecho, el propio Gould 36, ante el alud de críticas, dio marcha atrás en su idea de la formación instantánea de nuevas especies. A partir de la segunda mitad de los ochenta no volvieron a publicarse artículos del equilibrio puntuado con referencias a Goldschmidt y, de hecho, desde entonces se ha buscado desligar a la teoría de cualquier connotación saltacionista. Comienza así lo que Ruse 37 ha denominado la tercera fase de la teoría, a partir de la cual se modula la idea saltacionista de cambios macroevolutivos instantáneos, y lo que se argumenta ahora es que 50.000 años, si bien pueden ser muchos para los genetistas que estudian la mosca de la fruta, son apenas «un instante» para los paleontólogos. El primer paso, que fue un paso hacia atrás en las posiciones extremas que se habían asumido, estaba dado. SEGUNDO FACTOR: el núcleo firme de la síntesis moderna no fue refutado La segunda razón del estatus de rango medio que actualmente tiene el puntuacionismo es que la mayoría de sus propuestas -contra lo que la retórica de la controversia inducía a creer-no atentaban, en realidad, contra el núcleo firme de la síntesis moderna, y sólo implicaron modificaciones en su cinturón protector. Una vez abandonada la versión saltacionista -o cuasi saltacionista-fue posible centrar el debate en los puntos relevantes de la teoría del equilibrio puntuado. Pero, ¿cuáles eran las propuestas relevantes? En primer lugar, estaba la idea de que las especies transcurren la mayor parte de su vida evolutiva en estasis, contra el cambio gradual que cabría esperar en el supuesto de anagénesis. En segundo lugar, la teoría predecía que la mayor parte de los cambios ocurrirían durante los eventos de especiación, además de que dichos eventos de especiación normalmente ocurren bajo el esquema -propuesto originalmente por Mayr-del aislamiento geográfico de poblaciones (situadas en la periferia del rango principal de distribución de la especie). Por último, se estaba proponiendo una visión jerárquica de los procesos evolutivos: en el nivel del gen podían ocurrir fenómenos no necesariamente adaptativos -como la deriva génica-; al nivel del organismo actuaría la selección natural (aunque limitada por las constricciones genéticas del organismo); por último, al nivel de las especies operarían dinámicas evolutivas propias -como la selección al nivel de especies-, imposibles de reducir a los niveles jerárquicos inferiores. Pero, ¿cuáles de estas propuestas atentaban, realmente, contra al núcleo teórico de la síntesis moderna, contra su núcleo firme? ¿Era posible absorber estas propuestas y refutaciones en el cinturón protector? La idea central del puntuacionismo, la de que la historia evolutiva de las especies consiste principalmente de largos periodos de estasis fenotípica -o, cuando menos, de estasis morfológica-no encerraba, en su versión original, una amenaza significativa para el núcleo firme de la síntesis moderna. Después de todo, desde antes de que la teoría del equilibrio puntuado llamara la atención sobre el fenómeno de la estasis, se conocía ya una variedad de mecanismos biológicos -concordantes con la síntesis moderna-que podrían explicar la estasis fenotípica como, por ejemplo, la selección estabilizadora o la coevolución homeostática 38. La estasis, en este sentido, era una refutación ya asimilada por el cinturón protector de hipótesis auxiliares. ----Sin embargo, cuando el equilibrio puntuado entró en su segunda etapa, la versión de la estasis también se radicalizó: ahora se sostenía que el registro fósil presentaba varios casos de estasis fenotípica incluso a lo largo de períodos en los que se habían experimentado cambios importantes en el medio ambiente y, por tanto, en las presiones de selección. ¿Qué hacer con este concepto de estasis que resiste a los cambios en las presiones de selección? Esta nueva definición sí representó una refutación que debía atenderse con más seriedad y que, de comprobarse, no sería fácilmente absorbida por el cinturón protector. Sin embargo, primero debería ser explicada por los propios autores puntuacionistas: ¿qué proponían ellos mismos para explicar el supuesto fenómeno? Eldredge 39 ha argumentado que, cuando el medio ambiente cambia, la respuesta más probable de los organismos no es adaptarse a las nuevas condiciones, sino trasladarse a un hábitat similar a aquel para el que ya se encontraban adaptados. De este modo, las especies permanecerían sin cambio incluso cuando su medio ambiente cambiaba. Pero esta explicación de Eldredge únicamente aplica a los casos en que sólo una parte del medio ambiente cambia y en que las poblaciones son capaces de buscar y encontrar un hábitat equivalente al que han perdido. Y, en los casos en que puede proceder, el argumento de Eldredge no refuta las tesis centrales de la síntesis moderna. La heurística de la teoría sintética de la evolución agregó, además, otro argumento en su propia defensa: no hay manera de probar que la estasis morfológica mostrada por el registro fósil corresponda a una total estasis fenotípica y, tampoco, de probar que no hayan existido variaciones morfológicas en racimo que, al no ser lo suficientemente comunes, no quedaron preservadas 40. Otra idea del puntuacionismo, la relativa a la especiación peripátrica, no necesitó siquiera ser desviada al cinturón protector, ya era parte constitutiva de ese mismo cinturón y la propuso precisamente uno de los fundadores de la síntesis moderna 41. Antes del lanzamiento formal de la teoría, el mismo Eldredge 42 estaba de acuerdo en que aplicar el mecanismo de Mayr a la paleontología implicaba más una ordenación de la paleontología con la nueva síntesis que un enfrentamiento con ésta. Sin embargo, en el artículo conjunto con Gould 43 éste último lo convenció de darle un giro al enfoque, y entonces se añadió una idea provocativa: que los cambios evolutivos ocurrían casi únicamente durante estos eventos de especiación. 40 Aunque esta propuesta se presentaba como consistente con la síntesis moderna, desde el lado rival no fue bien recibida. Nuevamente fue desviada hacia el cinturón protector, no había evidencia suficiente que la soportara y, por el contrario, sí abundaban ejemplos reconocidos de linajes que habían evolucionado por anagénesis a lo largo de períodos en los que no se halla evidencia de eventos de cladogénesis. Incluso el mismo Mayr 44 se declaró sorprendido por la manera tan categórica en que había sido empleada su propuesta dentro de las tesis del puntuacionismo, rechazando que su mecanismo de especiación peripátrica mediante revoluciones genéticas implicara que los cambios evolutivos deberían concentrarse durante los eventos de especiación. Finalmente, queda la propuesta puntuacionista de los niveles jerárquicos de selección. Pero, y a pesar de las múltiples publicaciones en que se hace mención de ella, esta idea aún no está del todo definida. Según esta propuesta teórica, en el momento en que una especie va a ser reemplazada por otra en la línea evolutiva, varias especies hijas nuevas son candidatas a la sucesión, cada una de ellas provista de diferentes adaptaciones particulares a ambientes distintos (adaptaciones que no están orientadas en relación con alguna determinada tendencia evolutiva, sino distribuidas al azar). Pero, si un ambiente dado resulta más favorable a la expansión de una especie particular dotada de la correspondiente adaptación, esa especie persistirá duraderamente, en detrimento de las otras, que se extinguirán. Así pues, ocurre un proceso de selección entre especies, al cual se lo presenta como independiente de la selección natural que se pueda dar al interior de las poblaciones de cada especie. Para el puntuacionismo, no se trata de una expresión a otro nivel de un solo fenómeno, sino de la comprobación de la existencia de diversos fenómenos de selección, distintos al de la mera selección individual, y que aparecen como propiedades emergentes a diferentes niveles jerárquicos 45. Sin embargo, para la síntesis moderna esto no ha representado un problema teórico. Después de todo, lo más que podría hacer la selección de especies sería elegir entre varias alternativas de organismos con un nivel dado de complejidad, pero este nivel de complejidad habría sido logrado previamente, y por entero, mediante selección natural 46. Además, y puesto que la selección de especies se efectuaría mediante el mecanismo de selección individual de los organismos que conforman las poblaciones de ----44 MAYR (1992). 45 Estas ideas fueron desarrolladas en ELDREDGE, N. (1982), «Phenomenological levels and evolutionary rates», Syst. Zool., 31, pp. las especies que son llevadas a la extinción, en realidad estaríamos hablando simplemente del fenómeno de sucesión de especies 47, pero no de un fenómeno nuevo. Así pues, el concepto de selección al nivel de especies, si bien se lo quiere presentar como un fenómeno distinto al de selección natural al nivel del individuo (aunque equivalente en el nivel de especies), no ha ido acompañado, hasta ahora, de un mecanismo claro que permita comprender si de verdad se trata de un fenómeno distinto, o sólo una expresión a otro nivel de un solo mecanismo: el de la selección natural al nivel del individuo. Un inconveniente más serio es que, hasta ahora, esta propuesta no cuenta con una base genética. Por lo tanto, no puede ser una amenaza para el núcleo firme de la síntesis moderna. En los tres casos que hemos descrito, los intentos de refutación al núcleo firme de la teoría sintética de la evolución han sido desestimados por falta de evidencia empírica suficiente, o bien han sido tomados como meras precisiones a algunas ideas auxiliares, pero no como amenazas a sus tesis esenciales. TERCER FACTOR: la incorporación de algunos de los conceptos clave del equilibrio puntuado en el cinturón protector de la síntesis moderna Un tercer factor, muy ligado al anterior, lo constituye el hecho de que la síntesis moderna ha logrado asimilar algunos conceptos clave del puntuacionismo (como la estasis y la especiación rápida) dentro del cuerpo teórico de su propio cinturón protector de hipótesis auxiliares, sin mayores contratiempos. De esta manera, algunos de los conceptos del puntuacionismo han sobrevivido dentro de la teoría que pretendían criticar, volviéndose así, de cierta manera, inofensivos. Veinte años después de que Eldredge y Gould presentaran el concepto de la estasis como uno de los más desafiantes al cuerpo teórico de la síntesis moderna, nos encontramos con que los autores más ortodoxamente darwinistas no sólo no lo estaban rechazando, sino que ya lo habían incorporado a sus obras; el concepto fue lo suficientemente importante como para que Williams 48 le dedicara todo un capítulo en Natural Selection, Domains, Levels and Challenges. Asimismo, Mayr 49 ocupa toda una seccion a hablar de la estasis morfológica y sus posibles causas. Hasta cierto punto, podría decirse que la teoría sintética de la evolución se apropió de la estasis, la convirtió en parte de su programa de investigación, y con ello le quitó toda connotación antidarwinista. Sin embargo, la estasis para los exponentes de la síntesis moderna no necesariamente significa lo mismo que para Gould y Eldredge. Mientras que para los puntuacionistas implica una fuerte estabilidad fenotípica, debida principalmente a una probable cohesión del genotipo que prevalece sobre eventuales presiones de selección, para Williams 50 es un suceso más bien estadístico que en nada implica algo parecido a una cohesión genotípica. Williams propone, para explicar lo que él llama estasis taxonómica, que lo que puede aparecer en el registro fósil como una estasis completa esconde, en realidad, una continua variabilidad que no aparece registrada por el hecho de haberse dado más bien en forma de racimo que en forma de árbol: es decir, las variaciones morfológicas pueden haberse presentado constantemente, pero sin alejarse nunca demasiado de la forma ancestral, la cual resulta mucho más constante a lo largo del tiempo geológico por haber estado sujeta a una selección normalizadora de clado. Así, cada nueva variante tendría períodos de vida geológicamente tan cortos que sus representates no quedarían conservados en el registro fósil, y lo que veríamos serían sólo los fósiles de la forma ancestral, favorecida por la selección de clado. Esto produciría una apariencia de estasis completa e, inclusive, de eventos de evolución puntuada. Así pues, Williams acepta la estasis, pero con otro significado: no se trata de una ausencia de cambios macroevolutivos, sino de la tendencia a que, dentro de un gran número de variedades, prevalezca la forma ancestral debido a la presión normalizadora de la selección de clado. Se trata de la prevalencia de la forma ancestral a pesar -y no en ausencia, como sería para los puntuacionistas-de las variaciones morfológicas producidas. Mayr 51 también habla de la estasis como un fenómeno compatible con la síntesis moderna. Pero, a diferencia de Williams, él no tiene problema en aceptar que su causa probable sea una cohesión del genotipo -después de todo, el propio Mayr 52, junto con Chetverikov 53 y Lerner 54, es uno de los padres de la idea-, y también discrepa con Williams acerca de que la paleontología no sea el camino indicado para dilucidar el asunto. Por el contrario, sostiene que una cuestión como la estasis no puede ser resuelta ni con la teoría genética ni mediante el estudio de especies vivas, y que solamente podrá resolverse a través del análisis de evidencias paleontológicas. En este sentido, su concepción de la estasis es la que más se acerca, dentro de los exponentes de la síntesis moderna, a la concepción de los propios autores puntuacionistas. Pero la aceptación del fenómeno de la estasis por parte de Mayr no implica una aceptación del equibrio puntuado y, ni siquiera, de que la estasis predomine sobre la evolución gradual. En todo caso la ve como un fenómeno alternativo y sostiene que lo mejor que podría hacer uno es adoptar una posición intermedia, aceptando que en muchas especies se presenta una evolución gradual y, al mismo tiempo, admitiendo que hay un número inesperadamente alto de especies fósiles que, en efecto, no muestran cambios morfológicos a lo largo de varios millones de años. Dawkins 55, por su parte, también dedica un capítulo completo a hablar de la perfecta compatibilidad de la síntesis moderna con los eventos de rápida especiación que, además, pueden contrapuntearse con períodos de estasis. Tampoco la evolución rápida, y por ende los eventos de especiación rápida, fueron tomados como algo que no estuviera ya contemplado en el cinturón protector de ideas auxiliares del programa de investigación de la teoría sintética de la evolución. Por más que Gould 56 insista en que el gradualismo darwinista descarta los eventos de rápida evolución, existe un consenso entre los representantes de la síntesis moderna respecto a que el gradualismo no implica, en modo alguno, un tasa lenta y constante de cambio fenotípico, sino tan sólo que los cambios, cuando ocurren, son necesariamente graduales en el sentido de que únicamente a través de sucesivas generaciones pueden extenderse dentro de una población, condición previa para dar origen a una nueva especie. En conclusión, tanto el fenómeno de la estasis como el de la evolución rápidaes decir, de la evolución con tasas variables e intermitentes de cambio fenotípicohan dejado de ser las armas más poderosa de la teoría del equilibrio puntuado en contra del núcleo firme de la teoría sintética de la evolución. En la actualidad ambos conceptos han sido incorporados al cinturón de ideas auxiliares que protege a la síntesis moderna, si bien suavizados y, en ocasiones, con significados e implicaciones algo diferentes entre un autor y otro. LAS DIFICULTADES EMPÍRICAS PARA PODER VALIDAR O REFUTAR LA TEORÍA DEL EQUILIBRIO PUNTUADO MEDIANTE EL REGISTRO FÓSIL Además de los tres factores ya descritos, nosotros creemos que hay dificultades empíricas reales que también han jugado un papel importante en la suerte que ha corrido el equilibrio puntuado. Desde su surgimiento ha sido difícil «poner a prueba» esta teoría. La naturaleza del registro fósil ha hecho que resulte sumamente difícilsi no es que imposible-obtener evidencia irrefutable tanto para los casos de gradua-----55 DAWKINS (1996). 56 GOULD (1980); (1982b). lismo como para los de estasis (o para los casos de especiación ocurridos durante períodos muy breves de tiempo). En opinión de algunos investigadores 57 los resultados paleontológicos nunca serán decisivos, pues el registro fósil no permite identificar inequívocamente si tenemos un patrón gradual o puntuado a lo largo de la evolución de una especie. Y es que, para poder demostrar más allá de toda duda que ocurrió una evolución gradual, no basta con que uno pruebe con el registro fósil que un grupo orgánico sufrió un cambio fenotípico gradual y significativo a lo largo del tiempo en cierta área geográfica. Uno tendría que mostrar, también, que dicha área era lo suficientemente grande y ecológicamente heterogénea como para poder descartar la explicación alternativa de que el aparente cambio fenotípico gradual obedece, en realidad, a eventos de inmigración de otra población de la misma especie, o incluso de una especie cercanamente emparentada. Y esta tarea es muy difícil -e incluso, a veces, imposible-de llevar a cabo, ya que requiere de correlaciones precisas del tiempo en que ocurrieron diversos eventos biológicos, que además tuvieron lugar en una variedad de áreas, a veces muy distantes una de las otras. Sin embargo, y a pesar de todas estas dificultades, la literatura paleontológica contiene un número considerable de ejemplos convincentes de cambios fenotípicos graduales. Pero si el cambio fenotípico gradual es difícil de probar más allá de toda duda, resulta todavía más complicado demostrar o refutar casos de evolución puntuada mediante el registro fósil. Aparte de los muy raros casos que se han documentado de evidencia paleontológica directa sobre el momento de la ramificación de un linaje filético (que aportan pruebas convincentes sobre un evento real de cladogénesis), a los eventos de especiación se los identifica en paleontología sólo gracias a cambios morfológicos importantes. La asociación de tales eventos de especiación con cambios fenotípicos resulta entonces inevitable, a pesar de que bien podría tratarse de algo más aparente que real. Autores como Hoffman 58 argumentan, además, que los hiatos estratigráficos con mucha frecuencia guardan una correlación estadística con la evolución fenotípica puntuada. Debido a todo esto, los ejemplos que se han aportado de evolución mediante equilibrio puntuado generalmente son menos sólidos que aquellos que se tienen sobre evolución gradual. Más interesante todavía resulta la evidencia paleontológica de evolución fenotípica intermedia entre los patrones gradual y puntuado. En algunos casos, la tasa de evolución fenotípica sufrió una aceleración considerable sin que hubiera ninguna relación detectable de algún evento de ramificación de los linajes filéticos. En otros casos, la especiación tuvo lugar relativamente rápido pero, ciertamente, de manera gradual en una escala evolutiva del tiempo. Biol., 15, pp. 411-436; (1992). brio puntuado reconocido como el más sólido, el de los moluscos de agua dulce del Lago Turkana -descrito en la primera parte de este trabajo-, donde el propio Williamson 59 concluye que la especiación tuvo lugar en alrededor de cincuenta mil años (¿a partir de cuánto tiempo o de cuántas generaciones ya no deberíamos considerar la evolución como gradual?). Este mismo artículo de Williamson ha sido objeto de serios cuestionamientos acerca de la validez de las interpretaciones inferidas de su base empírica, los cuales ilustran nuestro argumento sobre la gran dificultad en obtener evidencias irrefutables a partir de los datos paleontológicos. Sarah Samadi, Patrice David y Philippe Jarne 60 decidieron utilizar los mismos parámetros empleados por Williamson -es decir, los diseñados por David Raup 61 para el análisis geométrico de la morfología de las conchas-, en poblaciones naturales de Melanoides tuberculata, uno de los principales especímenes estudiados entre los fósiles del lago Turkana. Dado que M. tuberculata no se ha extinguido, y que hoy en día se le encuentra en casi todos los trópicos, Samadi et. al. pudieron trabajar con las variaciones en las conchas de numerosos ejemplares vivos de diferentes poblaciones. Su objetivo era averiguar si, a partir de los mismos parámetros morfológicos empleados por Williamson, era posible discernir las variaciones de origen genético de las no genéticas. Dado que, por tratarse de especímenes vivos, los resultados morfológicos podían contrastarse con los datos genéticos -lo que es imposible en el caso de los especímenes fósiles-, podrían saberse si el empleo exclusivo de los parámetros de la concha permitía hacer inferencias válidas sobre eventos de especiación. Y los resultados fueron que, en todos los casos estudiados, no era posible saber a partir de la aplicación exclusiva de herramientas morfométricas, si los ejemplares estudiados estaban separados o no por grandes distancias genéticas. Muchos casos de dimorfismo sexual y de plasticidad fenotípica resultaban fácilmente confundibles con casos de especieción si no se contaba con información adicional. Un último problema para evaluar qué patrón evolutivo es más común, es simplemente que los dos bandos en controversia no han logrado ponerse de acuerdo sobre la forma de estimar cuantitativamente las frecuencias relativas de la evolución fenotípica gradual y de la estasis prolongada. Pero este asunto no es pueril y no será fácil de resolver, ya que es muy difícil trazar adecuadamente una muestra aleatoria de linajes filéticos, a lo largo de la diversidad taxonómica y de los diversos espectros ambientales, en la que los patrones de la evolución fenotípica puedan ser determinados empí----- ricamente. Hasta ahora los intentos más serios al respecto los han llevado a cabo los puntuacionistas: Cheetham 62 con un estudio sobre Metrarabdotos (un género de briozoarios marinos) y sobre todo Stanley y Yang 63, quienes analizaron un grupo de fósiles de bivalvos originarios de la región oeste del Atlántico. Estudiaron 24 variables (normalizadas para el tamaño de la concha) en 19 linajes diferentes, para un total de más de 43,000 mediciones, siguiendo un exhaustivo método de muestreo que abarcó a todas las especies dentro de cuatro taxones de bivalvos (Lucinidae, Tellinacea, Veneridae y Arcticacea), y todo ello dentro de un rango de tiempo de más de 4 millones de años (del Plioceno temprano al reciente). Stanley y Yang también analizaron las variaciones morfológicas de la concha en poblaciones naturales actuales -ya que de las 19 especies estudiadas 12 existen todavía, y en otros 4 casos existen lo que probablemente sean sus descendientes inmediatos-, con lo cual obtuvieron sus estándares de comparación para los especímenes fósiles, además de que lograron establecer una similitud entre las variaciones geográficas de poblaciones actuales con las variaciones en el tiempo presentadas a lo largo de los 4 millones de años estudiados. Sin embargo, y a pesar de lo exhaustivo de estos estudios, sus resultados no han sido aceptados por la contraparte: Hoffman 64 alega que sus muestras -si bien son un primer paso en la dirección corrrecta-, se han concentrado en un solo medio ambiente, una sola área geográfica y muy pocos grupos orgánicos (todos los taxones pertenecen a los moluscos), conocidos previamente por ser particularmente favorables para mostrar patrones puntuados de cambio fenotípico. De manera análoga, Stanley 65 acusa a los gradualistas de asumir que especies fósiles distintas pertenecen a un mismo linaje filético, con tan pocos fósiles intermedios que no es posible demostrar que hubo un cambio morfológico gradual dentro de un solo linaje y además pasando por alto que, con frecuencia, se presentan traslapes entre ellas. Así pues, en tanto no se pongan de acuerdo ambos bandos de la controversia en un mismo grupo de normas sobre la valoración de los datos fósiles y la forma de estimar cuantitativamente las frecuencias relativas de la evolución fenotípica gradual y puntuada, de poco servirá que sigan acumulándose estudios de campo a favor y en contra del equilibrio puntuado, ya que su valor no será reconocido por la contraparte. Hemos procurado mostrar qué factores favorecieron la transformación del equilibrio puntuado, desde una fase radical que pretendía fundar una nueva teoría general de la evolución, hasta una teoría de aplicación limitada. Los factores que identificamos como los principales fueron el repliegue de Gould y Eldredge a posiciones menos extremas, la incapacidad del puntuacionismo para hacer mella en el núcleo firme de la síntesis moderna, la inclusión dentro del cinturón protector de la síntesis moderna de los conceptos de estasis y de la evolución mediante tasas variables e intermitentes de cambio fenotípico, aunado todo esto a las dificultades empíricas para validar qué mecanismo es más común, si el gradualismo de la anagénesis o una evolución intermitente que coincide con eventos de cladogénesis. La suma de estas razones explican, a nuestro parecer, que el equilibrio puntuado haya ido deslizándose, poco a poco, hacia una teoría de rango medio. Ahora bien, ¿qué podemos esperar para el futuro? ¿Podemos esperar que esta teoría abandone su estatus actual e intente nuevamente poner en jaque a la síntesis moderna? Una posibilidad para que esto ocurra sería que, en el futuro, se descubra una nueva técnica que permita extraer mucho más evidencia pertinente a partir del estudio del registro fósil, o bien, que se encuentren nuevas formaciones inusualmente completas y bien representadas, que aporten una mayor y mejor evidencia empírica a favor del equilibrio puntuado, más allá de toda duda. Sin embargo, coincidimos con Ruse 66 y con Hoffman 67 en creer que es poco probable que, al final, sea la evidencia empírica la que vaya a resolver definitivamente la controversia entre el equilibrio puntuado y la síntesis moderna. Es muy difícil que la evidencia paleontológica llegue a ser tan contundente como para descartar cualquiera de los dos mecanismos evolutivos, y consideramos que es más probable que ambas teorías sigan coexistiendo en el futuro. En el campo de la macroevolución seguramente continuará imperando la síntesis moderna como la teoría principal y, sin que afecte su núcleo firme, seguirá presente, como una teoría de rango medio, el equilibrio puntuado.
En el artículo se pone de manifiesto la trayectoria científica y médica del Dr. Tomás Romay y Chacón. Este médico habanero es un ejemplo de lucha contra las viruelas en América. Su actividad científica no se limitó a la isla de Cuba, sino que su saber llegó hasta la Inclusa Madrileña. A esta institución benéfica llegaron sus escritos en el año 1813. documento, con una letra de fácil lectura, es una copia realizada por el Dr. Romay personalmente. Así se deduce de la semejanza con la grafía de la firma. El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid no está relacionado ni con la historia de la medicina ni con la historia de América. Entonces, ¿por qué se encuentra aquí un documento que se refiere precisamente a la historia de la medicina en América? La fuente, el documento mismo, no dice nada sobre ello. Propongo una conjetura que me parece lógica, mientras no se descubran vías nuevas. A principios del siglo XIX y hasta hace escasos 30 años, la mortalidad infantil era muy alta tanto en América como en España. Pero este dato se dramatiza aún más si nos referimos a niños abandonados y en época de epidemias. Es de suponer que este documento llegara a la Inclusa madrileña por el interés que esta institución tenía por reducir la mortalidad infantil. Una de las medidas más importantes llevadas a cabo para conseguir este objetivo fue la generalización de la vacunación. Pero, ¿cómo fomentar esta práctica en niños inconscientes? Desde los inicios de la vacunación la primera finalidad de la acción de los médicos es concienciar a las madres de esa necesidad para proteger a los niños de las lesiones de las viruelas e incluso de la muerte. La Inclusa era la responsable directa de todos los niños que estaban depositados en ella. ¿Cómo llevar a cabo la práctica de la vacuna en esta institución? Supongo que a todas estas preguntas intenta poner luz el Dr. Tomás Romay y Chacón cuando remitió este escrito a la Inclusa madrileña. ¿Por qué piden ayuda al Dr. Romay? Primero por su trayectoria médica como vacunador. Y segundo, por la pertenencia a la Junta de la Real Casa de Beneficiencia de extramuros de La Habana, en la que ejerció las funciones de médico gratuitamente hasta poco antes de su muerte. La Casa de Beneficencia pública recogía a estos niños abandonados y era un modelo de funcionamiento. El artículo pretende fundamentalmente dar luz a los documentos encontrados. Pero, para comprender el sentido y la importancia de los mismos, es necesario conocer previamente la figura del autor. Por eso, en un primer momento presentaré la figura del Dr. Romay. Y en un segundo momento transcribiré los documentos. BIOGRAFÍA Y TRAYECTORIA PROFESIONAL DEL DR. ROMAY Tomás Romay y Chacón nació el día 21 de diciembre de 1764 en La Habana en la calle del Empedrado no 71, en una casa próxima al Hospital de San Juan de Dios, en el seno de una familia de posición económica modesta 2. Fue el primogénito del matrimonio formado por Lorenzo Romay y María de los Ángeles Chacón 3. Su tío paterno Pedro, fraile dominico, se encargará de su educación. Gracias a su tío se educó en el colegio de la Orden de Predicadores de La Habana. Por falta de posibilidades económicas no se podía dedicar ni a la Iglesia ni al ejército; en consecuencia, optó por una profesión liberal. Comenzó a estudiar medicina en la Universidad de La Habana, de docencia puramente escolástica, donde no existía la práctica médica. Romay alcanzó el grado de Licenciado en Medicina el 8 de diciembre de 1791 después de haber asistido a la práctica de D. Manuel Sacramento y de haber aprobado el examen ante el Tribunal del Protomedicato. Casi al mismo tiempo obtiene la cátedra de Patología, lo que le valió el grado de doctor, título que recibirá el 24 de diciembre del mismo año. Desde este momento hasta el final de su vida Romay estará vinculado a la Universidad en todos los escalafones académicos. Para consolidar su posición social emparentó con una familia de ricos propietarios al casarse con Mariana González-Álvarez Guillén el 4 de enero de 1796. La vida de Tomás Romay fue significativa por el momento histórico en el que se desarrolla. Presenció los acontecimientos esenciales del tránsito de la colonia a los Estados nacionales. Contribuyó a formar un sentimiento nacional y a darle sentido. Durante más de sesenta años vivió al servicio de la medicina y de la cultura en Cuba. En 1832 llegará a ser nombrado decano de la Facultad de Medicina. Enfermo, con continuos achaques y viejo, así es como se consideraba. Finalmente es invadido por un cáncer. Lucha, pero, finalmente, la enfermedad le vence. Recibió sepultura en la capilla de la Real Casa de Beneficencia. A medida que mejora su instrucción y adquiere una amplia cultura, Romay entra en contacto con los grupos de poder en la isla. El poder económico radica en el Consulado. El poder político se establece en la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País. Por último, el poder informativo reside en el Papel Periódico de la Havana, del que Romay es fundador. Ciudadano actuante en los organismos y grupos políticos de su momento, miembro y directivo de la Sociedad Económica de Amigos del País, protector de estudiantes, promotor de la enseñanza de las artes, profesor activo y médico en ejercicio, casi no existió actividad en la isla en la que no dejara huella con su presencia y participación. En LÓPEZ SÁNCHEZ, J. (1950), Vida y obra del sabio médico habanero, Dr. Tomás Romay Chacón, La Habana, Librería Selecta, Cf. riódico de la Havana. El 17 de enero de 1793 ingresa como socio de número en la Sociedad Patriótica, contando apenas 30 años. Fue uno de los promotores de la reforma institucional y cultural de la isla. Por tanto, Romay fue algo más que un médico. Su actividad profesional se vinculó a actividades relacionadas con el bienestar público de su tiempo. Sus ojos estuvieron puestos en las necesidades sanitarias de su comunidad. Fue diputado de la Junta de la Real Casa de Beneficencia de extramuros de La Habana. En esta institución ejerció vocacionalmente las funciones de médico. Allí prestó sus servicios gratuitamente hasta poco tiempo antes de su muerte. Las enfermedades, las que se presentan en forma de epidemias, constituyen un lastre para el progreso económico de una sociedad. Considera que la misión de un médico es reducir sus estragos y, si es posible, erradicarlas para salvar vidas que desarrollaran todos los sectores de la economía del país. A partir de esta idea, Romay pondrá la medicina al servicio de la salud con el fin de aumentar la población en la isla. Tuvo conciencia de los beneficios económico-sociales deducibles de la propagación de la vacuna. Para luchar contra las epidemias utiliza los medios racionales y científicos puestos a su servicio desde la docencia en la Universidad. Por otro lado, la tribuna desde donde llevará a cabo sus proyectos será la Sociedad Económica, y la información sobre los progresos la comunicará desde el Papel Periódico de la Havana. TRAYECTORIA MÉDICA DEL DR. ROMAY COMO VACUNADOR Cuando hablamos de introducción y desarrollo de la vacuna en Cuba, hablamos del doctor Tomás Romay. Cuando ahora aludimos a la vacuna, no valoramos en su justa medida lo que supuso en el momento histórico al que nos referimos. Fue necesario que la sociedad y el hombre pusieran en tensión todas sus fuerzas espirituales, todas sus apetencias creadoras, toda su energía humana con su abnegación, su inteligencia y su sacrificio, dándole la debida importancia. El único método contra las viruelas que se conocía en Cuba era la inoculación, uno de cuyos defensores fue Romay 4. El método de la vacunación fue divulgado a través de la obra de Pedro Hernández. Había sido publicada en Madrid en 1802 5 y ----luego sería impresa en América en las ciudades de La Habana y México. Lo más original y pedagógico es el catecismo que pone al final, con preguntas y respuestas sobre la vacuna y la vacunación. La vacuna, como nuevo método, se da a conocer en una sesión ordinaria de la Sociedad Patriótica el 4 de febrero de 1802. Y se encarga a Romay de que emita un juicio sobre la utilidad del nuevo método. Con la elección de Romay, sin pretenderlo, la Sociedad ofrecerá al médico la posibilidad de convertirse en uno de los mejores conocedores y defensores de la vacunación. Descubrió que, cuando se habla de vacuna, no se puede hablar exclusivamente de introducción, porque este concepto carece de sentido social si no va emparejado con su conservación y propagación. El 3 de febrero de 1803, un año antes de la llegada de la Expedición vacunal, la Junta Económica del Real Consulado da a conocer por medio del Papel Periódico de la Havana la creación de dos premios6: uno de cuatrocientos pesos para quien descubra y manifieste el fluido vaccino tomado de las vacas de esta Isla, previa aprobación de Tomás Romay, y otro de doscientos pesos para quien lo traiga del extranjero7. Antes de la llegada de la Expedición vacunal, el Dr. Romay había solicitado reiteradamente a las colonias británicas en América el fluido vacuno. Una vez recibido, lo comunicó en sus hijos, pero no prendió8. La vacuna había llegado a la isla de Cuba antes que la Real Expedición promovida por Carlos IV. El fluido vacuno arriba a esta isla en dos oleadas. La primera vez llega la vacuna entre cristales, de la mano de Mr. Vignaud, cirujano de la isla de Santo Tomás y que se encontraba en la isla por la escala que hacía el viaje que tenía como destino la isla de Guadalupe. En la isla vacunó a más de 600 personas y a su marcha las operaciones fueron dirigidas por Miguel Rollán, pero no tuvieron éxito por los recelos infundados que manifestaban algunas personas acerca de la bondad del fluido y los medios de que se valieron para desacreditarlo9. La segunda vez llega la vacuna de la mano del Dr. Oller, cirujano de la isla de Puerto Rico. El Dr. Oller envió el fluido vacuno en los brazos de dos mulatitas esclavas y en un hijo de Dña. Salieron del puerto de La Aguadilla el 2 ----de febrero de 1804 10 y llegaron con los granos vacunos al puerto de La Habana el día 10 del mismo mes, en unos momentos en los que la isla estaba amenazada por una epidemia de viruelas. En esta ocasión el encargado de realizar las vacunaciones fue Tomás Romay. Comienza Romay las vacunaciones en Cuba con dos sesiones celebradas los días 12 y 13 de febrero de 1804. Se vacunaron nueve niños, y en el suplemento del «Papel Periódico de la Havana», no17, dice que «pasan de doscientas las personas vacunadas por diferentes profesores con las pústulas de los nueve primeros niños» 11. Tomás Romay no se contenta con el éxito 12 que supone propagar la vacuna en la isla de Cuba 13, sino que es un foco difusor del fluido en el seno mexicano. Envía la vacuna entre cristales en dos fragatas 14, «O» y «Anfitrite», con dirección a Veracruz. Tras un retraso 15 y después de una penosa navegación, el 26 de mayo de 1804, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna llega a la isla de Cuba. La estancia de los expedicionarios en Cuba fue muy provechosa por el ambiente favorable a la vacunación. La labor previa realizada por el Dr. Romay contó con el apoyo y la aprobación de Balmis. Con la llegada de Balmis, Romay encuentra el apoyo institucional que necesitaba. Propagada la vacuna en Cuba, Balmis debía continuar con su periplo vacunal. Pero para ello, como siempre, necesitaba los niños, que en sus brazos conservaban y ----10 «El día 1 del mismo mes a las 12 de la mañana, un día antes de partir de ese puerto hizo vacunar a su hijo de 10 años y a dos mulaticas sus criadas, una de ocho y otra de seis años de edad. Cuando entraron en el puerto de la Habana después de haber pasado nueve días desde su vacunación, los granos que portaban estaban en perfecta supuración». Artículo titulado VACUNA, firmado por el Dr. Tomás Romay en Papel Periódico de la Havana, no15, del domingo 19 de febrero de 1804. 11 Dr. Tomás Romay en Papel Periódico de la Havana, no17. 12 En un documento mandado por Balmis al Consejo de Indias con declaraciones de las autoridades locales, se informa que «en la Havana el Dr. D. Tomás Romay propagó con feliz éxito y aprobación del Protomedicato la vacuna llevada a aquellas islas por D ña. María Bustamante, a quien comunicó Oller la trahida de la isla de S to. Ante el éxito de la vacunación en La Habana, las poblaciones del interior solicitaron el fluido, así como las villas de Puerto Príncipe, San Juan de los Remedios y Santa Clara, a las que remitió la vacuna entre cristales». Archivo General de la Armada, D. Alvaro de Bazán, Viso del Marqués. Sección: Expediciones a Indias, Legajo 34. 15 Los motivos que el director de la Expedición vacunal argumenta para ese retardo son, por una parte, «la urgente necesidad de cortar el cruel contagio varioloso que reinaba en Caracas, y en otros muchos pueblos», y, por otro lado, «los accidentes de la navegación». Y todavía a bordo de la Corbeta «María Pita», recién llegado, solicita «los permisos para poder desembarcar los individuos de la Expedición y los niños». En carta de Balmis al Marqués de Someruelos, Capitán General de la Isla de Cuba, fechada en La Habana el 26 de mayo de 1804. Después de recolectar los niños necesarios, Balmis sale del puerto de La Habana el 18 de junio de 1804. El 13 de julio de 1804 se instaló la Junta Central de la Vacuna incorporada a la Sociedad Económica de La Habana. El Dr. Romay fue designado secretario y este cargo lo desempeñó por más de 30 años con notable eficiencia17. La creación de la Junta Central de Vacuna de La Habana y la creación de las Juntas Subalternas en las ciudades de Trinidad, Villa de Santa Clara, Santiago de Cuba y Puerto Príncipe, hicieron que el fluido vacuno se perpetuara en la isla sin problemas. La vacuna en la isla de Cuba se propagó con gran constancia. Hasta el año 1807 se reciben en el Consejo de Indias informes sobre la evolución de la vacuna en las ciudades de Trinidad, Santa Clara y Puerto Príncipe. Romay participó con ejemplar dedicación en la Junta Central de Vacuna desde su creación hasta 1835, año en que la abandonó por motivos de salud. En ella trabajó en todos los cargos, desde presidente a secretario. Fruto de sus trabajos como vacunador, el Dr. Romay fue premiado con los honores de nombramiento de médico de la Real Familia18. La figura de Romay fue conocida y reconocida en los ambientes científicos peninsulares19. La producción literaria de Romay es muy extensa en lo referente a la vacuna. Elaboró una Memoria20 sobre el establecimiento y la evolución de la vacuna en la Isla. En este opúsculo se analiza el modo de transportar el fluido vacuno por el interior de la isla. El transporte de la vacuna se realizaba entre cristales y con personas recién vacunadas. CASA DE BENEFICENCIA PÚBLICA EXTRAMUROS DE LA HABANA Romay trabaja como médico en la Casa de Beneficencia desde su fundación, como ya he indicado. El método seguido con los expósitos y huérfanos fue ejemplar. ----Por eso Romay quiso darlo a conocer a la Inclusa de Madrid. Es posible que la misma Inclusa madrileña lo solicitara a Romay. Parece, pues, necesario decir unas palabras sobre esta institución. Hasta 1793, sólo habían sido fundados el Colegio de San Francisco de Sales para la educación de las niñas y el de los Bethlemitas, única institución que ofrecía una enseñanza gratuita. El resto de la educación en la isla residía en los seminarios de las Órdenes religiosas. Ante este vacío cultural y social, la Casa de Beneficencia de extramuros de La Habana nace como fruto del empeño y el entusiasmo de personajes principales de la isla que son sensibles a esta necesidad social: la condesa de San Juan de Jaruco, el marqués de Cárdenas de Montehermoso y el marqués de Casa-Peñalver. La primera reunión de la Casa de Beneficencia se convocó en la residencia del Gobernador de la isla, D. Luis de las Casas, el 22 de marzo de 1792. A ella asistieron 42 personas afines con el tema, de buena situación social y con posición económica desahogada. En este acto se acordó construir un hospicio bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora y se decidió que estuviese al cargo de la Sociedad Económica de Amigos del País. Finalmente, el 15 de noviembre de 1793 comenzó a funcionar la Casa de Beneficencia. El objetivo que tuvo desde el inicio este establecimiento fue recoger de la calle a los huérfanos 21, instruirlos en religión y darles oficios proporcionados a su capacidad. Conforme a los criterios educativos y sociales, se crea una casa para niños y otra para niñas de las mismas dimensiones y con iguales objetos 22. Finalmente la institución quedó solamente para albergar a niñas y mujeres indigentes 23. Todas estaban colocadas en diferentes pabellones y enteramente separadas de las niñas educandas. La Casa de Beneficencia se concibió como un lugar de rehabilitación más que de represión. Salían de la Casa muchas de una y otra clase, las han sacado personas y familias acomodadas para tenerlas en su compañía por sus habilidades y gobierno para una casa; otras, las han reclamado sus mismos padres y parientes, por quienes habían sido puestas en la Beneficencia; y también (...)han salido para tomar estado de matrimonio con personas de oficios y acomodadas, 9 educandas y 21 de las indigentes que hoy forman otras tantas buenas familias en la ciudad 24. ----21 Los niños que podían asistir a esta Casa de Beneficencia debían ser de raza blanca, pobres, huérfanos y de edad desde 7 a 10 años. 23 «En 1795 se hallaban al abrigo de la Casa de Beneficencia 51 niñas educandas, 73 mujeres pobres entre voluntarias y forzadas y 145 pordioseras que pedían limosna pública por las calles»; ibidem, p. La Casa de Beneficencia contaba con una plantilla de personas que trabajaban para el buen funcionamiento de la institución. Un administrador, un capellán, un mayordomo, una correccionaria, dos madres de educandas, una madre de indigentes, una portera, un médico, un cirujano, un maestro de escribanía y otro de pasamanería, esclavas negras, una cuidadora de esclavas negras 25 y un número variable de esclavos negros que se encargaban de los trabajos físicos de la institución. ¿QUÉ DOCUMENTOS SE PUBLICAN? El Dr. Romay remitió a la Inclusa de Madrid un expediente con un total de cuatro documentos: dos son originales; los otros dos son copias. Actualmente, los documentos del archivo madrileño están cosidos y conforman un único expediente. El primer documento es original. Se titula Informe de la Junta Central de La Habana. José López Sánchez lo publicó en las Obras Completas de Romay, con apenas modificaciones, pero con este otro título: Historia del Establecimiento de la Junta Central de Vacuna, progresos y estado actual de la vacunación en esta isla. Esta composición fue leída en la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, el 16 de agosto de 1813 26. En consecuencia, el documento de la Inclusa madrileña puede ser un borrador de la conferencia pronunciada. El segundo documento es también original. Contiene un resumen de los datos estadísticos de las vacunaciones realizadas en la isla desde la llegada de la Real Expedición de la Vacuna hasta el año 1813. Este resumen coincide exactamente con el publicado en las Obras Completas de Romay 27. quedan varios ejemplos de ello28. La copia realizada por el Dr. Romay y remitida a la Inclusa madrileña no está fechada. El cuarto documento es inédito. Se titula Plan que observan las Juntas Subalternas de vacuna establecidas en varios lugares de la isla de Cuba. Es una copia y una adaptación a la nueva situación política de otra obra del Dr. Romay titulada Plan que deberá observarse para la creación y regimen de la Junta Subalterna de Vacuna de la Villa de Puerto Príncipe29, que está fechada en La Habana el 8 de agosto de 1806. En la transcripción hemos sido totalmente fieles a los documentos. Hemos mantenido el orden en el que se presentan. También hemos respetado la ortografía, aunque la grafía sea incorrecta, y las abreviaturas utilizadas en la redacción. Estas abreviaturas son fácilmente comprensibles. En poquísimos casos nos ha parecido necesario añadir su interpretación. ----1 er DOCUMENTO Informe de la Junta Central de Vacuna de La Habana. Consternada esta ciudad y toda la isla de Cuba desde el año de mil ochocientos tres por una epidemia de viruelas la mas general y maligna q e. ha sufrido, la Sociedad patriótica y la junta economica del Consulado, instruidas de los beneficos efectos q e. ya producía el virus vacuno en otros paises, ofrecieron un premio de trescientos 30 pesos á quien le conduxese de ultramar, y de cuatrocientos al q e. lo encontrase en las vacas de esta isla; haciendo imprimir á sus expensas quinientos exemplares de una memoria sobre la nueva inoculación, p a. hacerla más conocida y anhelada. El diez de febrero del sig te. año llegaron á este puerto procedentes de Puerto Rico tres niños vacunados en la Aguadilla, y con los granos no secos todavía. El profesor q e. suscribe este informe y los Doctores D n. José Bohorquez y algunos otros inocularon inmediatam te. varios niños, y con ellos sucesivam te. muchos centenares. El diez y seis de mayo 32 del propio año arribó a este puerto la real expedicion de la vacuna, y aunque ya se disfrutaba de su beneficio, recibiose, no obstante por las autoridades, y por todos los vecinos mas principales como el Don mas precioso de la manificencia de nuestro augusto soberano. Pero como la misión del D. D. Francisco Xavier de Bálmis 33 director de esa expedición no se limitaba a introducir en estos países la nueva inoculación, sino tambien á establecerla de un modo permanente, presentó al exmo S or. cap n. gral. de esta isla una plan científico y economico señalado con el numo. 1o. p a. establecer en esta capital una junta q e. cuidase de conservar el virus vacuno, y lo comunicase oportunam te. a todos los demas pueblos de la provincia. En uno de los artículos de ese proyecto recomendaba p a. vocales de la expresada junta al ittmo señor Obispo Diocesano, al Rexidor Decano, al Sindico procurador gral, á cuatro vecinos los mas interesados en los progresos de la vacuna, y á otros tantos profesores de medicina y cirujía q e. reuniesen á la inteligencia la misma circunstancia, elegiendose entre estos uno que desempeñara el encargo de secretario en la parte cien-----30 En el Papel Periódico de la Havana del jueves 3 de febrero de 1803 Romay dice que el premio será de 200 pesos para quien traiga la vacuna de Ultramar. Aquí dice una cantidad diferente. 31 Bernardo COZAR DELGADO, médico de la Armada, en 1802 fue nombrado director del Hospital de la Armada de La Habana. Fue el responsable del traslado entre cristales del fluido vacuno desde La Habana a Veracruz. Considero que la fecha dada por Balmis es la cierta por la cercanía al acontecimiento. 33 Francisco Xavier de BALMIS y BERENGUER, cirujano de cámara de Carlos IV, en 1803 fue nombrado director de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna que propagó el preservativo contra las viruelas por todos los territorios hispánicos. tífica, otro entre los vecinos p a. q e. cuidase de lo economico, presidiendose esta junta por el gefe superior de la isla. Obispo Diocesano era entonces director de la Sociedad economica, y q e. tambien eran individuos de ella el Rexidor Decano, el Sindico procurador, varios otros capitulares y vecinos muy distinguidos por su beneficencia, patriotismo y adhesion a la vacuna, y q e. los cuatro profesores de medicina y cirujía q e. mas habían contribuido á propagarla en esta ciudad, eran igualm te. socios numerarios, acordó en sesión celebrada por el cuerpo patrístico 34 en trece de junio del propio año, previa la lectura del plan propuesto por el D or. Balmis p a. la instalacion y gobierno de la junta central de vacuna, q e. esta se reuniese a la sociedad, celebrando sus sesiones el viernes primero de cada mes, siendo director y secretario economicos los mismos sugetos q e. lo fueren de la sociedad, y se elijió p a. secretario facultativo al profesor que hace este informe. Desde entonces se ha congregado la junta constantemente el dia señalado p a. sus sesiones, y en la prim a. encargó especialm te. a tres de sus vocales facultativos la conservacion del virus vacuno, comunicandolo gratuitamente los miercoles y los sabados de cada semana en las casas capitulares a todas las personas q e. lo soliciten, recordandose siempre el día y la hora por el Diario del gobierno. Recomendó tambien a los mismos profesores q e. remitieran el pus vacuna entre cristales a todos los pueblos de la isla y ultramar q e. lo pidan, y vacunasen a los negros bozales 35 q e. se conducen á este puerto de la costa de Africa antes de permitirse su venta por el gobierno, a quien deben informar del estado de salud en q e. llegan. Si alguno ha tenido en el viage viruelas naturales, se hace observar a toda la tripulacion y negros la mas rigorosa cuarentena, situando el buque en lo mas distante de la bahía hasta que se considere íncapaz de propagar el contagio varioloso. Para remunerar el celo y constancia con que esos profesores han desempeñado estos encargos, preservando á esta ciudad desde aquella epoca hasta la fha. 36 de las viruelas naturales, el exmo. S or. cap n. gral. de acuerdo con el exmo. Ayuntam to. asignaron una contribucion de dos r s. 37 por cada negro bozal q e. se introduce en esta puerto en consideración al cuidado q e. se tiene en preservarlos de las viruelas, y por q e. ellos han sido los q e. regularm te. han introducido esas epidemias en esta ciudad y en toda la isla. Por orden de 31 de julio de 1807 se dignó S. M. aprobar todas las providencias adoptadas por el exmo. S or. cap n. g l. de esta isla p a. perpetuar y difundir en ella la vacuna. Uno de los medios mas eficaces á q e. ocurrió la junta central desde su creación p a. conservar el virus vacuno en los demás pueblos de esta provincia, fué establecer en ----34 Se denomina «cuerpo patrístico» al conjunto de personas que componen la Junta Central de Vacuna de la isla, porque se les identifica con el concepto «Padre» de la vacuna. 35 Se denomina «negro bozal» al negro procedente de África directamente. Este individuo no estaba adaptado a la realidad americana y era más vulnerable a las enfermedades propias de esos territorios. 36 «fha.» significa fecha. 37 «r s.» significa reales de vellón. las ciudades y villas principales otras juntas subalternas baxo el plan copiado con el num o. 2o Tales son las de Cuba, Trinidad, S n. Juan de los remedios, y el ayuntam to. de la villa de Santiago solicita actualm te. se erija otra en ese pueblo. Ademas de estos establecimientos hay tambien en muchos pueblos menores facultativos q e. voluntariam te. se han dedicado a propagar la vacuna entre sus vecinos. No ha contribuido menos a sus progresos la beneficencia y generosidad del ittmo. Estando en la visita de su Diócesis en febrero de 1804 cuando se adquirió la vacuna en esta ciudad, solicito inmediatam te. se le remitieran a sus expensas dos niños vacunados y un facultativo instruido en la nueva inoculacion, p a. irla difundiendo por todos los pueblos de su transito. Con su presencia y con una energica exortacion q e. dirigió a todos los pueblos de su obispado consiguió se vacunasen entonces cinco mil trescientas quarenta y tres personas, q e. quizas no tenian noticia alguna de la virtud y eficacia del virus vacuno. En los años posteriores ha remitido tambien por tres ocasiones a un activo profesor p a. q e. lo difunda hasta en las haciendas mas lexanas de su dilatada Diocesis. Los profesores de las juntas y los encargados de propagar en los pueblos la vacuna no satisfhos 38 con haber conservado fielm te. ese deposito sagrado, no han omitido medio alguno p a. perpetuarlo de un modo indefectible. Con ese objeto han hecho varias expediciones a las haciendas de criar ganado solicitando entre sus vacadas el cow-pox 39. No habiendo conseguido, por q e. la naturaleza no ha dispensado ese importante beneficio sino á muy raros países, han inoculado las tetas de las vacas con el pus vacuno tomado de los granos del hombre, y habiendose verificado en estos animales la mas perfecta erupción, han vuelto á comunicar ese virus rectificado al cuerpo humano. Sobre esta operación escribió una memoria muy ingeniosa el L do. Navarro secret o. de la junta subalterna de Cuba, el q e. tambien publicó otra refiriendo los fenómenos y anomalías q e. ha observado en la propagación de la vacuna. Acerca del mismo asunto han escrito con reflexión y propiedad los Doctores D n. Las observaciones q e. se han hecho en los negros no convienen con las del ciudadano Dupuytren. Aunque la epidermis sea en ellos mas fina que en los blancos, especialmente en la parte interior de los brazos, sin embargo los demas tegumentos son mas gruesos y apretados. Sea por esta causa ó por su poca excitabilidad, ha sido preciso p a. conseguir en ellos la erupcion introducir la aguja ó lanceta una ó dos lineas mas q e. en los blancos. No obstante, dexa de verificarse con mucha frecuencia, y ----38 «satisfhos» significa satisfechos. 39 Se refiere al nombre que recibe la vacuna en inglés «cowpox». 40 Miguel ROLLÁN, médico de Santiago de Cuba, fue el primero que propagó el fluido vacuno en Cuba y trabajó estrechamente con Romay. cuando se logra siempre se demora en ellos un dia mas q e. en los blancos, retardandose igualm te. la supuración. En los adultos nunca se percibe la areola, y en los parvulitos tiene un roxo oscuro semejante al color de la caoba. La vacuna en los mulatos solo ha presentado la novedad de no permitir su color nativo adquiera la areola aquel hermoso rosado q e. advertimos en los blancos. Tambien se ha observado q e. la postilla del grano vacuno conserva su virtud eruptiva mas tiempo q e. el mismo pus vacuno conservado entre cristales hermeticam te. cerrados, pues en este no pasa de diez y ocho á veinte dias, y en aquel llega hasta los treinta. En cumplim to. del artic o. 8o del reglamento q e. deben observar las juntas subalternas de esta isla, los secretarios de todas ellas remiten al de esta central á fin de octubre de cada año un extracto de todos los acuerdos q e. han celebrado, la suma de las personas q e. han sido vacunadas y las observaciones q e. hubieren hecho sobre los fenómenos y anomalías de la vacuna. El Secretario de la central, resumiendo todas estas noticias, y reuniendolas á los extractos de los acuerdos celebrados por ella, al numero de personas vacunadas en esta ciudad y á las observaciones q e. hubiere hecho por si ó por otros facultativos, informa de todo lo ocurrido en este asunto á la sociedad patriótica en las juntas gener s. q e. celebra en el mes de diciembre de cada año. Estas memorias se han impreso constantem te. por acuerdo del mismo cuerpo patriótico 42, y forman la historia de la introduccion y progresos de la vacuna en esta ciudad y en toda la isla. Es indespensable se establezca en esta capital una junta central de vacuna, y un hospicio ó casa de vacunacion pub ca. baxo la inspeccion inmediata de este sup or. gob no. y del M. R. Obispo asociados de los mas zelosos magistrados y profesores del arte de curar, adonde puedan ocurrir las gentes de todos los pueblos q e. quieran venir á vacunarse, y en donde se halle siempre depositado este preservativo p a. poderlo llevar á los demas puntos á q e. no haya llegado, ó q e. por desgracia lo hayan dexado extinguir, de cuyo modo quedará erigido un santuario á la benefica vacuna, y se verán cumplidas las paternales intenciones de ntro. soberano, y los deberes de amantes de la humanidad. Como el humor vacuno abandonado á la voluntad de pueblo y cuidado de los profesores, se ha visto extinguir en muchas partes con mas ó menos prontitud, es preciso p a. poder perpetuarlo q e. esta junta se componga de cuatro ó seis personas condecoradas y distinguidas q e. hayan dado muestras de amor al bien pub co. y de igual num o. de profesores de medicina y cirugia mas afectos á la vacuna, q e. observen y hagan observar un regimen fixo é inalterable, y capaz de llenar tan saludable objeto, corresp de. en mi concepto, q e. tengan la bondad de constituirse protectores de esta benefica sociedad de los Sres cap. promueve y representa los dros. 43 y beneficios de estos habitantes. Esta junta tendrá un secret o. q e. lleve la correspondencia q e. se ofresca con todos los pueblos y provincias de esta cap a. gral. llevando un libro en q e. se anote todo lo gobernativo, ocurrencias economicas, medios de subministrar mutuam te. el fluido á los pueblos y demas asuntos no científicos. Habrá ademas otro secret o. q e. deberá precisam te. ser facultativo, q e. lleve un libro de asiento de todo lo q e. ocurra en la practica de la vacunacion, sus efectos, anomalias y observaciones q e. se hagan, de todo lo cual dará parte á la junta en la prim a. sesion q e. se tenga p a. q e. se conferencie y acuerde lo q e. mejor convenga. La enunciada junta central celebrará sus conferencias cada semana, en las cuales tratará no solo del exámen, reconocim to. numero y estado de los vacunados en la próxima anterior, sino tambien de los varios puntos y ocurrencias relativas á los pueblos y provincias de q e. es cabeza esta capital; necesidad de enviar la vacuna ----a otros puntos, ó disponer q e. vengan sus facultativos respectivos á instruirse de la practica y conocimientos precisos p a. hacer uso de ella con acierto. Se señalará una casa a propósito q e. sirva p a. celebrar las juntas y continuar en ella las vacunaciones publicas q e. se harán semanalm te. de brazo á brazo con el objeto de mantener en perfecta sazon la materia fresca y libre de toda alteración y degeneración, de manera que pueda lograrse perpetuarla, y la absoluta extincion de las viruelas naturales. Para llegar á este termino de felicidad será oportuno se arbitren y adapten los medios q e. el gob no. por si, ó á propuesta de la junta considere á proposito, y sean capaces de estenderla á toda la estension de este mando, ya sea enviando profesores instruidos á los parajes donde no los haya, ó ya viniendo de los pueblos en q e. subsista alg o. 44 á conducir y generalizar á un tpô 45 la vacuna, desuerte q e. la actual generac on. quede libre y exenta del contagio de las viruelas, y solo se conserven sin ellas aq l. 46 num o. preciso de recien nacidos q e. sean necesarios p a. mantener la progresion de vacunaciones de brazo á brazo, por ser este el unico medio eficaz y seguro p a. conseguir la perpetuacion de tan precioso hallazgo. Ningun individuo de la junta tendrá sueldo alg o., mediante a q e. esta ocupacion honrosa, benefica y laudable tan recomendada por el rey, cede en beneficio de la humanidad y salud de los conciudadanos por quien todos deben hacer gustosos alg n. sacrificio. Tampoco se deberá exigir ningun interes ni gravamen de los vecinos q e. reciben este beneficio, q e. deberá ser gratuito. Nombrará la junta á dos de sus individuos profesores q e. se encarguen de la vacunacion pub ca. q e. semanalm te. debe celebrarse en la casa elejida, los q e. deberán ser recompensados de su ímprobo trabajo de los fondos q e. reuna la junta mediante la beneficencia de este illmo prelado, del M. Y. A. 47 y de otros medios q e. puedan adaptarse mediante el zelo y filantropia de sus socios. Ygualm te. deberán abonarse á los dos Srês secretarios los gastos q e. les ocasionare el desempeño de su encargo, como son los de escritorio, de un amanuense y de la correspond a. que deben seguir con los pueblos. No se permitirá vacunar á ning a. otra persona q e. no tenga previam te. permiso por escrito de la junta á cuyo cargo estará el vigilar q e. no resulten falsas vacunas, q e. de ning n. modo preservan de las viruelas y son faciles de propagarse por ignorancia del vacunador, y por otras muchas causas q e. solo corrijen la observacion y la vigilancia, como puede exâminarse en la obra q e. trata del asunto, y q e. de orden de S. M. ha dexajo alg s. exemplares 48 en esta ciudad. Ygualm te. celará la junta q e. ningun facul----- 1803), Tratado histórico y práctico de la vacuna (que contiene en compendio el origen y los resultados de las observaciones y tativo inocule las viruelas naturales, cuya operac on. deberá prohibir altam te. el gob no. á fin de extinguir por todos medios su venenoso fomes 49, y q e. no se contagie de el los q e. por desidia ó ignorancia no se hayan sabido aprovechar de su precioso preservativo. Respecto á q e. las ordenes del rey han dispuesto la reunion de las jurisdicciones espiritual y temporal, para asegurar el logro de sus piadosas intenciones el secret o. de la junta pasará un estado cada mes a este S or. cap n. gen l. del num o. de los vacunados sobrevenidos en dho 50 tiempo, y acudirá á su alta proteccion p a. q e. disponga q e. los venerables curas de toda su diocesis franqueen las noticias y asientos de los libros parroquiales de los q e. vayan naciendo sucesivamente. Siempre q e. llegue á noticia de la junta de q e. a pesar de estas precauciones, y las demas q e. tomen los magistrados repectivos, reynan las viruelas en alg o. ó algunos pueblos de la provincia cuidará la junta de acuerdo con su presid te. de comisionar un vacunador inteligente q e. lleve el precioso fluido de q e. se trata, y corte con su propagación el contagio varioloso, gratificandole de los fondos publicos del pueblo á quien se le haga el beneficio, ó de los q e. paresca mas justo y oportuno, y se le recomendará eficazmente q e. instruya al facultativo ó curioso del pueblo contagiado de todo lo conveniente á la practica de la vacunacion. Una de las obligaciones principales de la junta será la de tener socios corresponsales en todos los distritos de esta capit a. gen l. q e. observen en los hatos ó vacadas si acaso se presentan por fortuna en los pezones de las tetas de estos animales q e. crian los granos vacunales ó cowpux 51 q e. se observan en Ynglaterra, especialm te. en las estaciones de otoño y primavera. Estos socios corresponsales de la junta deberán ser facultativos capaces de hacer ensayos de vacunaciones con la citada materia del cowpux, de poder decidir si los resultados son la verdadera vacuna q e. tenemos; pero á falta de profesores podran serlo los vecinos mas ilustrados y que tengan un acreditado zelo, actividad y amor al bien de sus compatriotas, debiendo dar cuenta á la junta de este nuevo hallazgo p a. q e. mande rectificar los experimentos hechos, á fin de asegurarse de poseer un bien tan grande, y un medio tan eficaz de perpetuarse á favor de la vida. ---experimentos sobre la vacuna, con un examen imparcial de sus ventajas, y de las objeciones que se le han puesto, con todo lo demás que concierne a la práctica del nuevo modo de inocular), traducido por el Dr. Francisco Xavier de Balmis, Madrid, Imprenta Real. Esta publicación serviría de manual para la difusión de esta práctica médica en los lugares por donde pasase la Expedición. Carta de Balmis al ministro de Gracia y Justicia D. José Antonio Caballero, fechada en Madrid el 2 de julio de 1803, f. 49 El término «fomes» se utiliza para determinar el elemento que provoca y desencadena las epidemias de viruelas. 50 «dho» significa dicho. 51 Se refiere al cow-pox. Habiendo acreditado constantem te. la experiencia q e. la preciosa vacuna no solo goza de la virtud preservativa contra las viruelas, sino q e. ha curado muchas enfermedades cutaneas, q e. mejora y fortifica la constitucion delicada y enfermisa de los vacunados, y por ultimo q e. se opone al desarrollo de los vicios escrufuloso 52 y raquitico 53, corresp de. en mi concepto q e. la junta haga sus ensayos en los enfermos afectos de Elefansia 54 y fuego de S n. Anton 55 q e. tanto abundan en esta isla; y respecto á q e. las nuevas y ultimas observaciones hechas en Constantinopla ha comprobado lo bastante q e. este admirable fluido es tambien un eficaz preservativo contra la peste, deberá esperarse pueda hacerlo igualmente del vomito prieto y fiebre amarilla 56, enfermedades pútridas y malignas y algunas veces pestilenciales 57, diferenciandose solam te. de la verdadera peste de Turquia en el mayor grado de malignidad q e. este goza, pudiendo deducirse q e. tal vez se logre un especifico contra estas crueles enfermedades q e. causan tanto destrozo, particularmente á los recien nacidos de Europa. El profesor encargado de la secret a. anotará en su libro el num o. de vacunados, las variedades y anomalias que se notasen y los descubrimientos q e. se hiciesen, y enfermedades q e. se hubiesen curado á beneficio de esta nueva practica, con expresion de los profesores autores de estas observaciones; como tambien el distrito en donde por fortuna se llegase á observar en las vacas el cowpux; y respecto á que S. M. quiere q e. el director de la real expedicion de la vacuna publique los resultados de su viage, sería de desear se le comunicase cuanto se hallare digno de la luz pubca. deseando este director no defraudar á ningun individuo del honor y merito á q e. se hagan acrehedores, y si recomendarlos y ponerlos en la alta consideración del ----52 Con el concepto «vicio escrofuloso», ahora se dice escrofuloso, se denomina a la tumefacción fría de los ganglios linfáticos, principalmente cervicales, por lo común acompañada de un estado de debilidad general que predispone a las enfermedades infecciosas y sobre todo a la tuberculosis. Comúnmente se las llama paperas. 53 Se refiere a raquitismo. Enfermedad crónica que, por lo común, sólo padecen los niños. Se debe a una alimentación e higiene inadecuada. Se manifiesta la enfermedad por una encorvadura de los huesos y debilidad del estado general. 54 Elefantia, que ahora se dice elefantiasis, es un síndrome caracterizado por el aumento enorme de algunas partes del cuerpo, especialmente de las extremidades inferiores y de los órganos genitales externos. 55 Con el nombre de fuego de San Antón o de San Marcial se denomina a la enfermedad epidémica que hizo grandes estragos desde el siglo X al XVI, y que consistía en una especie de gangrena precedida y acompañada de ardor abrasador. 56 En el texto lo diferencia aunque en realidad es lo mismo. Se refiere a una enfermedad endémica en las costas del Caribe y golfo de México y que se trasmite por la picadura de mosquitos. Se manifestaba por constantes vómitos que a veces iban acompañados de sangre. De ahí el adjetivo prieto o negro. 57 Los adjetivos «pútrido», «maligno», y «pestilencial», juntos o por separado son los preferidos por los cronistas de la época para definir las epidemias como procesos de mal olor, de una evolución desfavorable y de alto contagio. En consecuencia, son epidemias que provocan una alta mortandad entre los habitantes. Soberano p a. q e. les dispense las gracias q e. ha ofrecido á los profesores q e. mas se distingan por su zelo y actividad en mantener y propagar el precioso descubrimiento ingles. Plan que observan las juntas subalternas de vacuna establecidas en varios lugares de la isla de Cuba 01. Se compondrá esta junta del Sindico procurador grâl, del cura parroco ó su vicario, de dos ó tres facultivos de medicina ó cirujia, y de dos vecinos los mas interesados en los progresos de la nueva inoculacion. El ten e. de gob or. ó alg o. de los alcaldes constitucionales 58 presidirá sus sesiones. Celebrará al menos una en cada mes. Entre los facultativos del pueblo elegirá p a. secret o. al q e. juzgue mas apto. Asentará este en un libro los acuerdos celebrados en las juntas el num o. de personas vacunadas en cada mes con distincion de blancos y de color y demas asuntos interesantes q e. en ellos ocurran. En otro libro notará todo lo q e. aconteciere extraordin o. en la practica de la vacuna, sus efectos, anomalias y observaciones propias y agenas, de lo cual informará á la junta en la prim a. sesion q e. se celebre p a. q e. discuta y acuerde lo que mejor convenga. Remitirá todos los meses al secret o. de la junta central un resumen de las personas q e. se hubieren vacunado en ese tiempo, distinguiendo el num o. de blancos y de color. A fines de octubre le dirigirá tambien un extracto de los acuerdos celebrados en todas las sesiones de aq l. año p a. informar á la soc d. Patriotica en las junt s. gener s. q e. celebra en diciembre. Si por alg a. fatalidad faltase en ese pueblo el virus vacuno lo pedirá immediatamte. al mismo secret o. de la junta central. ----58 Hasta las Cortes de Cádiz estos alcaldes eran denominados «alcaldes ordinarios».
Cajal adquirió la formación histológica que sirvió de punto de partida a su genial obra sobre la estructura del sistema nervioso durante la década comprendida entre mediados de 1877 y finales de 1887. De modo más exacto, su aprendizaje histológico inicial comenzó a fraguarse precisamente desde que cursó el doctorado con Aureliano Maestre de San Juan y se graduó con su discurso sobre la Patogenia de la inflamación, tema al que dedicaría tres años más tarde su primera publicación. Esta primera etapa de la trayectoria científica de Cajal ha sido, generalmente, obviada, toda vez que su dedicación de modo continuado a la histología no se produjo hasta el otoño de 1885, siendo catedrático de anatomía en Valencia. En este sentido, la bibliografía de carácter más o menos panegírico que se ha ocupado de su figura ha contribuido en gran medida a minimizar en la mayoría de los casos este decisivo período de su carrera científica. En este trabajo pretendemos, pues, contribuir a paliar esta laguna de la historiografía cajaliana, recuperando en primera instancia el mencionado ejercicio con el cual Cajal se graduó como doctor en 1877 y, subsiguientemente, los primeros ensayos micrográficos que, a raíz de la redacción de su memoria emprendió a lo largo de los tres años siguientes y que se tradujeron en su primera monografía publicada. El discurso de Cajal versó sobre la Patogenia de la inflamación y está fechado el 26 de junio de 18773, no obstante su lectura y defensa tuvo lugar el 3 de julio siguiente, siendo finalmente calificado de aprobado, según consta en el acta correspondiente 4. Ejerció de presidente Julián Calleja y completaron el tribunal, además del propio Maestre, Teodoro Yáñez, catedrático de Medicina Legal, y Carlos Quijano, titular de Higiene. Se trata, sin embargo, de un texto cajaliano que ha sido generalmente discriminado en la historiografía médica, quizá porque, como acertadamente apunta José M. López Piñero en su biografía del gran histólogo5, el propio Cajal no hace referencia explícita a él en sus Recuerdos6. Por tanto, el objetivo aquí propuesto no es otro que la recuperación de dicho texto que constituyó al mismo tiempo el germen de su primera publicación científica tres años más tarde, en 1880, y, en última instancia, el punto de partida de su formación histológica. EL PROCESO FLEGMÁSICO: DEFINICIÓN Y PATOGENIA El tema de la inflamación, definido por Cajal como «uno de los actos más generales y espontáneos de la organización enferma» 7, era, ciertamente, uno de los puntos sometidos en aquel momento a la controversia médica cuya aclaración entrañaba más trascendencia para la exacta comprensión de la génesis de muchísimas dolencias. Es preciso señalar que, con anterioridad, en su época de estudiante, la cuestión había motivado un caluroso enfrentamiento entre Cajal, profundamente imbuido de las teorías celularistas de Virchow -cuya Die cellular Pathologie8 había sido vertida recientemente al castellano (1868) 9 -, y Genaro Casas, decano y encargado de la enseñanza de la Patología Médica en la Escuela de Zaragoza, ardiente defensor de las tradicionales ideas vitalistas 10. ----En su discurso de doctorado sobre el proceso inflamatorio considerado bajo su aspecto patogénico, Cajal se limitó básicamente a realizar una exposición y emitir un breve juicio crítico acerca de «las más notables y recientes investigaciones y doctrinas encaminadas a esclarecer el mecanismo de este complejo estado patológico» 11. Se trataba, en suma, de una memoria de carácter meramente teórico, vertebrada conforme al esquema trazado por Eduardo García Solá en su Tratado de Patología general y Anatomía patológica (1874) 12. Cajal comenzó, pues, por recoger, siguiendo un orden no siempre rigurosamente cronológico, las principales teorías e interpretaciones que los patólogos habían enunciado para tratar de explicar racionalmente la génesis del proceso inflamatorio. Así, partiendo de la definición sintomatológica que de este fenómeno morboso realizara Celso, caracterizándolo por los cuatro síntomas cardinales: rubor, tumor, calor y dolor: «Notoe vero inflamationis sunt quatuor, rubor et tumor, cum calore et dolore»13, a la que posteriormente se añadió el functio laesa (trastorno funcional), Cajal describió, en primer término, las primitivas teorías vasculares que, ignorando la textura íntima de los órganos y basadas en los caracteres aparentes, consideraban la modificación del estado circulatorio como el fenómeno más importante en la inflamación. (Figura extraida del Tratado de Patología General y Anatomía Patológica de Eduardo García Solá, 1874). ----Entre las hipótesis más relevantes de este período que bien podría denominarse «conjetural», Cajal hizo referencia a las formuladas por los grandes sistemáticos, comenzando por Boerhaave para quien, de acuerdo con su sistema nosológico, en el proceso de la inflamación se producía un trastorno circulatorio consistente en un estancamiento de los vasos más angostos y un incremento en la velocidad de la sangre, de la cual resultaba una presión aumentada sobre la materia obstructiva. Stahl, por su parte, entendió la inflamación, según recogió Cajal, como «el extasis de la sangre y el esfuerzo del alma racional por desembarazarse de la causa perturbadora» 14. En efecto, para Stahl -al igual que para Hoffmann-, el estasis o congestión era la «causa» material próxima de la inflamación; esto es, una dificultad de la corriente sanguínea, localizada en una determinada región del cuerpo que interpretó como una reacción protectora del organismo, es decir, del cuerpo gobernado por el anima 15. Sin embargo, según reconoció Cajal, «conforme las nociones de la anatomía patológica fueron extendiéndose, fue advirtiéndose mejor el papel que desempeñan los vasos, la sangre y los tejidos perivasculares en este proceso, naciendo tras experiencias repetidas, opiniones más en conformidad con los hechos y más próximas a la realidad»16. Destacó, entre ellas, la formulada por la denominada escuela de Viena, basada en la concepción galénica del proceso flegmásico, que concedió una importancia preeminente al exudado, como afirmó Rokitansky refiriéndose a las inflamaciones localizadas en los tejidos vasculares: «La inflamación es un proceso que comenzando en el éxtasis termina por la exudación» 17, definición que, a juicio de Cajal, determinaba de manera más exacta las diferencias existentes entre la hiperemia y la inflamación, si bien seguía adoleciendo de inexactitudes dependientes principalmente del desconocimiento de las modificaciones que sobrevienen en los elementos histológicos de los tejidos inflamados. Por su parte, Jaccoud, en su Patología interna, se pronunció al respecto opinando, acertadamente según Cajal, del siguiente modo: «Hay en esta fórmula -refiriéndose a la de Rokitansky-un error y una laguna. El error es la preformación del exudado; la laguna la exclusión de los tejidos privados de vasos rojos. La definición implica una formación intravascular del líquido que trasuda en el tejido inflamado; y a ésto es lo que yo llamo preformación del exudado» 18. Las ideas hipotéticas presentadas sobre la génesis del proceso inflamatorio que caracterizaron a este período histórico, dieron paso finalmente a las sugeridas por la ----investigación experimental y por el exámen directo de los tejidos inflamados. Fueron los trabajos emprendidos en 1800 por los patólogos ingleses Wilson y Boraston los que marcaron el inicio de este nuevo período en el estudio de las flegmasías locales 19, formulando una doctrina que, según señaló Cajal, «ha sido, después de la fórmula de la escuela de Viena, una de la que más importancia ha tenido antes de la aparición de los trabajos de Virchow» 20. Los experimentos de estos autores, realizados sobre el mesenterio de conejo y la membrana interdigital de la rana, cuyas partes, siendo transparentes, facilitaban la exploración microscópica de los vasos colocados en su espesor, y tras someterlos a irritación química o mecánica, permitieron observar: «1o Estrechamiento de los vasos en la porción irritada; estrechamiento que dura de 10 á 12 minutos. 2o Dilatación consecutiva de los mismos capilares, los que adquieren un tamaño superior al que normalmente tienen. 3o Retardo y cesación del círculo. 4o Obstrucción de la cavidad vascular por el apilamiento de los hematíes, ocurriendo después los trastornos propios de las partes sometidas a los trabajos flegmásicos» 21. Dichas conclusiones fueron plenamente sancionadas experimentalmente con posterioridad por otros autores: Thomsom (1813), Hastings (1820), Burdach (1824) y Lebert (1845), entre los más significativos; pero, a pesar de indicar ciertas modificaciones vasculares, dicha teoría no expresó el fenómeno más notable de cuantos -según se consideraba y Cohnheim evidenció posteriormente-acontecían en la inflamación de los tejidos vascularizados: la salida de los glóbulos blancos y su emigración a través de los elementos histológicos perivasculares. Además, Cajal consideró esta doctrina «incompleta, puesto que -según afirmó en su exposición-son eliminadas del proceso flegmásico todas aquellas partes que, como la córnea, cartílago, tendones, epiteliums, carecen de vasos rojos, no dándose tampoco en ella participación á la célula del tejido inflamado en la génesis de este proceso, cuando no cabe duda que en los tejidos anteriormente indicados, se inicia principalmente por una producción considerable de células embrionarias á expensas de las preexistentes, siendo casi la única metamorfosis sobrevenida durante toda la afección» 22. Para refutar sólidamente la teoría de Wilson y Boraston tuvo que surgir la figura de Virchow, quien se ocupó de realizar una acerba crítica a dicha doctrina. No obstante, antes de abordar con detalle la nueva teoría, Cajal hizo referencia a las opiniones vertidas por Marschall-Hall acerca de la inflamación 23, para quien «todas sus causas producen desde un principio sobre la superficie interna de los capilares una ----19 WILSON, Ph. Lecciones de Clínica médica (...) precedidas de una introducción del profesor Trousseau, Madrid, Carlos Bailly-Baillière. modificación física que lleva consigo la adherencia de los glóbulos sanguíneos a las paredes del vaso y, por consiguiente, su estancación. A medida que la inflamación crece, este éstasis aumenta y se hace más extenso, y él es el que parece constituir el carácter esencial de la lesión»24. Según Hall, pues, el primer grado lo caracterizaría la adherencia de los glóbulos de la sangre a la pared interna de los capilares, la cual disminuye considerablemente su calibre, amenazando poco a poco con llegar a la obstrucción; de este modo quedaba establecido el éstasis sanguíneo que Hall consideró como el carácter esencial de la inflamación. Graves se encargó, como así refiere Cajal, de refutar la anterior doctrina, afirmando que «la inflamación depende de la actividad vital de los capilares, que obrando independientemente del corazón y aun de las influencias nerviosas generales, producen una hiperemia activa de orígen capilar, tras la que sobrevienen todos los fenómenos secundarios de la inflamación»25. Esta teoría fue criticada por el propio Cajal al considerarla claramente en contradicción con las nociones anatómicas del momento, pues, según él, «sólo en las pequeñas arterias se encuentran fibrocélulas, y para que se efectúe la dilatación vascular más que la contracción de la fibra muscular orgánica, se requiere su paralización y, por consiguiente, desaparece esa actividad inicial a la que Graves da tanta importancia»26. La publicación en 1858 de Die cellularpathologie de Virchow vino, en definitiva, a situar en las células, a las cuales se les concedía una vitalidad y actividad propias, el punto de partida de los fenómenos íntimos de la inflamación 27. Según refleja Cajal, ésta fue considerada por el profesor de Berlín como «una perturbación de la nutrición que consiste en un cambio de materiales que tienen lugar entre la sangre y la célula que se modifica bajo el punto de vista de la nutrición, de la función y de la formación»28. En esencia, para Virchow el fenómeno principal del proceso flegmásico lo constituía la irritación de la célula que provocaba una alteración de la trama orgánica, quedando relegados así a un segundo término los trastornos circulatorios del sitio afecto, es decir, la hiperemia de los vasos. Jaccoud, por su parte, definió más claramente este proceso considerándolo «un desorden de nutrición provocado en el tejido vivo por una impresión anormal llamada irritante, hallándose constituido por la exageración temporal de la actividad nutritiva en aquella parte del organismo sometida a la irritación» 29. Dicha hipótesis no se encontraba, empero, exenta de objeciones que Cajal expuso sistemáticamente pues, según esta definición, «el proceso hiperplásico fisiológico, el ----del crecimiento, se parece muy mucho al inflamatorio, habiendo casi identidad entre las neoplasias hiperplásicas que sobrevienen sin inflamación, y la inflamación misma; pues en todas hay exageración temporal de la actividad nutritiva de la parte irritada y en todos estos estados hay desórdenes más ó menos graduados en la nutrición de los órganos afectos, no pudiendo establecerse, según ese modo de ver las cosas, diferencias bien determinadas y exactas entre la inflamación y todas las diversas alteraciones de la nutrición»30. Asimismo, según reconoció Cajal la teoría propugnada por Virchow era, desde el punto de vista histológico, reprobable por lo que se refería a los tejidos vasculares, considerando que éstos presentaban, como fenómeno característico de su flegmasía, una extravasación de glóbulos blancos de fácil comprobación; y la proliferación celular del tejido donde se asentaba esta lesión, o no se observaba o se presentaba muy rara vez, constituyendo, por tanto, uno de los fenómenos accesorios y sucedáneos de la evolución patológica. Llegado a este punto, Cajal abordó en su discurso la teoría que en aquel momento, y en detrimento de la formulada por Virchow, se encontraba admitida de modo más general pues explicaba de una manera satisfactoria casi todas las formas clínicas del proceso inflamatorio. Se trataba, en suma, de los fenómenos que Addison (1849) y Zimmerman (1852) habían observado en sus experiencias, comprobando «que la inflamación se acompañaba de la salida de los glóbulos blancos a través de las paredes vasculares intactas» 31, fenómeno que, más tarde, Cohnheim (1867, 1873) reprodujo y confirmó con investigaciones originales 32. Las conclusiones más importantes de estos experimentos fueron recogidas por Cajal en su memoria donde anotó: «1o. Aplicando un irritante sobre una parte de un animal y sometido a la observación microscópica, se observa en la parte irritada como fenómeno inicial una dilatación general de las venas y arterias más pequeñas. Lentitud considerable del círculo. Tendencia de los glóbulos blancos a adherirse a la superficie interna de los vasillos venosos principalmente, aunque este fenómeno también se observa en los arteriales. Salida de los leucocitos a través de las paredes vasculares por unos pequeños orificios, visibles con el microscopio por el método de la argentación, llamados stómata, descubiertos por Cohnheim en las pequeñas venas. Marcha de los glóbulos blancos entre el tejido perivascular por medio de los movimientos amiboides de que están espontáneamente dotados, y agrupamiento de los mismos para formar focos, dando lugar a lo que se llama supuración en patología quirúrgica. Salida del plasma sanguíneo a través de las túnicas vasculares y formación del exudado con los elementos líquidos y algunos sólidos de la sangre» 33. En primera instancia, Cajal juzgó ----exactas las observaciones efectuadas por Cohnheim en cuanto que hacían referencia a los tejidos vasculares, si bien cuando se trataba de tejidos carentes de vascularización las consideró un tanto exclusivas. Según lo anteriormente expuesto, la inflamación era entendida como una lesión constituida, en los tejidos vasculares, por la extravasación de los leucocitos; y en los tejidos carentes de vasos, por una proliferación celular del tejido afecto, a la cual se uniría la penetración en la zona inflamada de algunos glóbulos blancos originados en los vasos más próximos. El proceso variaba, pues, dependiendo de la clase de tejido que se considerase; por tal motivo, Cajal se ocupó a continuación de la génesis en cada uno de aquellos dos casos. PRODUCTOS DE LA INFLAMACIÓN Y TERMINACIONES En efecto, Cajal consagró la segunda parte de su discurso a enunciar y describir sintéticamente los principales fenómenos de la flogosis, «según las más recientes experiencias». De este modo, expuso en primer lugar la génesis de la inflamación en los tejidos no vasculares (córnea, cartílago, tendón y epiteliums), según era entendida tras las observaciones extraídas por Cornil y Ranvier en sus experimentos efectuados en cartílagos costales de animales vivos 34. Cajal, pues, admitió que, en estos tejidos, «el proceso flegmásico se inicia con un fenómeno de proliferación celular seguido de la hiperemia de los tejidos próximos al punto lesionado; hiperemia que, según Virchow es consecutiva a la irritación nutritiva y formativa a que está sometida la célula, para cuyas funciones precisa un gasto considerable de materiales» 35. En cambio, si la parte inflamada «contiene vasos rojos», la evolución patológica del proceso flegmásico presentaría un desarrollo muy diferente que Cajal caracterizó, apoyándose en las investigaciones de Cohnheim, por los siguientes fenómenos: «Comienzo por una hiperemia activa, en la que resalta sobremanera la dilatación vascular arterio-venosa, á la que sigue rápidamente el retardo del circulo sanguíneo, debido á la mayor amplitud de los vasos dilatados. Seguidamente y debido á la circulación periférica de los leucocitos, dotados de movimientos de rotación y traslación, y la subsiguiente acumulación y adhesión á la túnica interna de los vasos, sobreviene la salida, en virtud de sus movimientos amiboides, de los glóbulos blancos á través de las paredes vasculares intactas, extravasación que, por regla general, sólo podía apreciarse en las pequeñas venas y que se realizaba por unos orificios visibles al microscopio: los stómata descritos por Cohnheim» 36. ---- Permanecía, sin embargo, aún por dilucidar la cuestión de la hipergenesia celular, considerada por Virchow, tanto en los tejidos vasculares como en los «blancos», el punto de partida de la afección flegmásica y según la cual las células del tejido donde se desarrollaba la flegmasía, experimentarían una irritación generativa que las haría proliferar en multitud de células embrionarias, las cuales, uniéndose a los leucocitos, constituirían la mayor parte de lo que anteriormente se denominaba «tejido inflamatorio» 37. Para la mayoría de los autores, por el contrario, «los elementos histológicos autóctonos ó fijos del órgano inflamado, permanecerían en general sin la menor alteración en medio de las mencionadas perturbaciones» 38. El estudio de la génesis inflamatoria desarrollado por Cajal le permitió a continuación exponer el proceso de formación y constitución de los distintos productos originados por este fenómeno que, de modo impropio, como él mismo reconoció, denominó como exudados. Ciertamente, este término, generalmente empleado, era inexacto puesto que parecía indicar que este líquido saldría de los vasos con todas sus cualidades, como admitía la escuela de Viena; pero ya había quedado aclarado que las alteraciones de la sangre, en vez de ser primitivas, eran constantemente consecutivas, y que el aumento de fibrina era el resultado y no la causa del proceso inflamatorio. Hunter fue el primero que concedió importancia al exudado inflamatorio, al que dió el nombre de linfa coagulable, creyendo que se organizaba directamente transformándose en tejido de cicatriz. En definitiva, bajo la denominación de exudado se agrupaban, según hacía constar García Solá, «todas las sustancias que accidentalmente se encuentran en la trama de los órganos inflamados, y que deben su existencia al trabajo morboso de que éstos son asiento» 39. Así, cuando la flegmasía acontecía en tejidos profusamente vascularizados, el «producto inflamatorio matriz» -del cual derivarían todos los demás exudados-estaría formado por los leucocitos, los hematíes y el plasma extravasado; mientras que, en los tejidos no vasculares, estaría compuesto por las células embrionarias derivadas o engendradas por la proliferación de los elementos celulares preexistentes. Cajal distinguió, siempre de acuerdo con la terminología empleada por García Solá, los siguientes productos de exudación: seroso, mucoso, fibrinoso, crupal (según la denominación de los patólogos alemanes) y purulento 40, diferenciados principalmente por su composición y, más exactamente, por la proporción relativa de fibrina y serosidad que presentaban. Particular interés evidenció Cajal por el último de los productos pues, según afirmó, «una de las consecuencias más comunes de la ----37 VIRCHOW (1868). 40 GARCÍA SOLÁ (1874); RAMÓN Y CAJAL (1877). inflamación es la producción de pus»41, siendo, además, la pyogenia una de las cuestiones más debatidas en aquel momento por los patólogos. Efectivamente, respecto al mecanismo de producción de pus en un organismo inflamado se debatían distintas hipótesis entre las que, para los tejidos no vasculares, gozaba de mayor grado de aceptación la denominada «teoría celular», propugnada por Küss y Virchow42, que admitía la procedencia directa de los leucocitos del pus de las células de la región inflamada por hipergénesis o proliferación. En opinión de Cajal, en este tipo de tejidos: «la supuración está constituída simplemente por las células jóvenes producidas por la segmentación de los elementos del órgano inflamado, no interviniendo, sino indirectamente el aflujo sanguíneo en los capilares próximos»43. Del mismo modo, en los tejidos vasculares, prevalecía la hipótesis denominada de la «emigración», que, iniciada por Ang Waller en 1846 en Londres y desarrollada y sustentada con posterioridad principalmente por Cohnheim44, consideraba, en esencia, a los glóbulos de pus como simples leucocitos sanguíneos extravasados; teoría que Cajal describió como sigue: «Las células blancas que se extravasan cuando son en número considerable se coleccionan, ejercen una presión excéntrica en las mallas del tejido conjuntivo, y se labran una cavidad á que se ha dado el nombre de foco ó abceso supuratorio. Si las células blancas se esparcen entre las trabéculas del tejido conectivo, sin formar una agrupación circunscrita, fórmase la infiltración supuratoria. Al mismo tiempo, y paralelamente á estas transformaciones exuda la pared de los capilares cierta cantidad de plasma que reuniéndose con los leucocitos extravasados forma el pus; ocurriendo entonces un nuevo fenómeno que concluye de dar al leucocito todas las cualidades de célula purulenta: es la segmentación del núcleo en dos ó más, modificación que lo hace también análogo con la célula embrionaria del tejido conectivo» 45. Finalmente, Cajal concluyó su exposición ocupándose de las distintas terminaciones del proceso patológico flegmásico, que se consideraba bien podía acontecer por resolución, fenómeno por el cual el tejido inflamado volvería a sus propiedades normales y pleno ejercicio funcional; organización, cuando la tendencia de la inflamación se dirigía a formar nuevos tejidos, lo cual sucedería mediante «los procedimientos comunes de que se vale la naturaleza», y, por último, por la directa y progresiva «degeneración de los elementos celulares» 46. LOS PRIMEROS ENSAYOS MICROGRÁFICOS. LA PUBLICACIÓN DE LA PRIMERA MO- NOGRAFÍA CIENTÍFICA DE CAJAL Durante la década comprendida entre mediados de junio de 1877, tras obtener el grado de doctor, y finales de 1887, Cajal adquirió la formación histológica que constituyó el inicio de su genial obra sobre la estructura del sistema nervioso. Decisiva resultó ser, en este sentido, como ya hemos apuntado, la relación que, con motivo de los ejercicios de doctorado, entabló Cajal con Aureliano Maestre de San Juan, en cuyo laboratorio histológico de la Facultad de Medicina pudo ver por primera vez preparaciones micrográficas y a propósito de lo cual, el propio Cajal refirió en sus Recuerdos: «Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el doctor Maestre de San Juan y sus ayudantes (el doctor López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte de aprender lo mejor posible la anatomía general, complemento indispensable de la descriptiva, resolví, a mi regreso a Zaragoza, crearme un laboratorio micrográfico» 47. Influyó además notablemente en esa decisión el hecho de que en la Facultad de Medicina de esta última ciudad, como más adelante recordó Cajal en su autobiografía: «Sólo en el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno. Con este veterano instrumento, y gracias a la buena amistad con que me distinguía el doctor Borao, por entonces ayudante de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo de la circulación de la sangre. Tan sugerente demostración contribuyó sobremanera a desarrollar en mí la afición a los estudios micrográficos» 48. De este modo, la instalación de su laboratorio particular obligó a Cajal a invertir todas sus reservas económicas procedentes de su asignación como médico militar, adquiriendo un microscopio «Verick», un microtomo y otros instrumentos de técnica histológica. Los principales textos que manejó en estos primeros pasos como histólogo estuvieron condicionados por su paso por la cátedra de Madrid y fueron, según él mismo refiere: «Las versiones francesas de la Anatomía general de Henle 49, y del Tratado clásico de Histología e Histoquimia de Frey 50. Para los trabajos clásicos pude consultar el Microscopio en Medicina de Bea-le 53, su Protoplasma y vida 54 y el conocido Manual técnico, de Latteux 55. En cuanto a las revistas científicas: suscripción y abono de unos Archivos ingleses (The Quaterly microscopical Science) 56, y a una revista mensual francesa, dirigida por E. Pelletan (Journal de micrografie) 57. De obras españolas disponía de la del doctor Maestre de San Juan 58, muy copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil» 59. Su trabajo en dicho laboratorio, que compatibilizó con su preparación para las oposiciones a las cátedras de anatomía de Zaragoza y Granada, se limitó entonces a «curiosear sin método y desflorar asuntos». Perseveró sobre todo en el tema de la inflamación experimental, cuestión que desarrolló en su tesis doctoral y sobre la que emprendió una serie de ensayos micrográficos que le permitieron en última instancia publicar el que fue su primer trabajo científico: Investigaciones experimentales sobre la inflamación en el mesenterio, la córnea y el cartílago 60, que vió la luz en 1880 ilustrado incluso con dos grabados litográficos realizados por el propio Cajal quien corrió incluso con los gastos de los cien ejemplares editados. Este primer testimonio de su labor científica consistió básicamente, como el propio subtítulo de la obra indica (Investigaciones experimentales sobre la génesis inflamatoria y especialmente sobre la emigración de los leucocitos) 61, en la elucidación de la entonces controvertida cuestión entre los anatomopatólogos del mecanismo íntimo de la inflamación, y singularmente del problema del origen de los glóbulos de pus. Para ello, Cajal procedió a la repetición y verificación minuciosa de los anteriormente mencionados y entonces ya clásicos experimentos llevados a cabo por Cohnheim (1867) para demostrar que las llamadas «células del pus» no procedían de los tejidos en los que se localiza la inflamación, sino que eran leucocitos llegados con el torrente sanguíneo 62. Cajal estudió especialmente el fenómeno de la diapédesis o extravasación capilar de los leucocitos, reproduciendo con la mayor similitud posible la técnica experimental desarrollada por Cohnheim en el mesenterio inflamado de la rana curarizada, llegando finalmente a una solución de compromiso o conclusión sincrética a medio camino entre la teoría de Cohnheim y las opiniones de los histólogos france-----ses que negaban dicha emigración: «Por desgracia, estaba yo entonces harto influido por las ideas de Duval, Hayem y otros histólogos franceses (que negaban la diapédesis de los glóbulos blancos), y fui arrastrado a una solución de transacción, errónea conforme suelen ser en ciencia casi todas las opiniones diagonales» 63. Efectivamente, las observaciones efectuadas por Cajal le llevaron a afirmar, de acuerdo con Duval y Morel 64, que los leucocitos no salen del torrente circulatorio en la flogosis experimental ordinaria, pudiéndose además constatar de un modo evidente que las células plasmáticas perivasculares del peritoneo expuestas a la acción irritante del aire, proliferan dando origen a verdaderos glóbulos de pus. La referida diapédesis o emigración descrita hasta en sus menores detalles por Waller y Cohnheim no sería, en la mayoría de los casos, a juicio de Cajal, otra cosa que «un error de interpretación» procedente de la coexistencia de varios fenómenos distintos e independientes, «que sin embargo se los mira como solidarios, y que son: la detención y adherencia del leucocito a la pared vascular; la presencia de células emigrantes análogas a los glóbulos blancos en las zonas perivasculares; y la disposición que muchos de estos elementos presentan, pues al situarse al nivel de contorno del vaso formando una eminencia hacia adentro y otra eminencia fuera, simulan perfectamente una extravasación» 65. Fenómeno que solamente le había sido posible observar en el mesenterio y que, además, tendría lugar solamente en «casos determinados y especiales y sólo de una manera accidental», no debiendo, pues, concedérsele ese excesivo valor que los partidarios de Cohnheim le atribuían. Quedaba excluida por tanto sin ningún género de dudas la existencia de los denominados stómatas o stígmatas, habida cuenta que el propio Cohnheim en investigaciones posteriores (1873) abandonó su antigua creencia y pretendió explicar la susodicha emigración de los leucocitos apelando a una especie de reblandecimiento o modificación físico-química de la pared vascular 66. Sin embargo, según Cajal, no podía afirmarse lo mismo en el caso de los glóbulos rojos, cuya emigración -descrita perfectamente por Stricker 67 «es el hecho más fácilmente observable de todos los que suceden en el curso del proceso flegmásico» 68. ---- Asimismo, los experimentos histopatológicos efectuados por Cajal en el tejido corneal desvirtuaron notablemente las observaciones de Cohnheim al respecto, para quien la inflamación de la córnea no saldría del círculo general de las demás flegmasías, que, como en todas, estaría esencialmente constituída por la inmigración entre los elementos del órgano de corpúsculos hemáticos extravasados. Por tanto, «para que los leucocitos puedan insinuarse en los espacios del tejido corneal, es necesario que existan orificios o vías de comunicación entre las lagunas corneales y los capilares sanguíneos, por lo menos durante la flógosis. Ahora bien, en contra de esta suposición, nosotros hemos inyectado repetidas veces en el conejo las lagunas corneales con carmín amoniacal, con azul de Prusia soluble, y jamás hemos logrado llenar los vasos sanguíneos periqueráticos» 69. Se trataba, en suma, de tímidos ensayos de investigador, tildados más tarde por el propio Cajal de «bastante flojos, si bien contenían bastantes detalles nuevos acerca de las modificaciones de las células de los tejidos inflamados (córnea, cartílago, mesenterio); se señalan por primera vez la capacidad fagocítica de las plaquetas de la sangre; se estudian prolijamente las alteraciones del cemento interepitelial del peritoneo y de los capilares, etc.; pequeñas novedades que, al igual que todo lo que di a la estampa por aquellos tiempos, pasaron absolutamente inadvertidas a los sabios (...). De todos modos, con el olvido de estas menudas aportaciones, no se perdió cosa mayor» 70. Ciertamente, a pesar del escaso relieve histórico de su primer trabajo científico, se advirtieron ya las dotes de excelente observador de Cajal quien, tan sólo un año más tarde y aún en pleno período de perfeccionamiento morfológico, publicó el que fue su más temprano acercamiento al sistema nervioso 71. Ambos trabajos constituyen los primeros frutos de la etapa inicial de su trayectoria científica; un período que la desorientada mitificación de que ha sido objeto su figura ha conducido a minimizar, ignorando su trascendencia como verdadero punto de partida de la genial obra cajaliana.
Se ofrece por vez primera la traducción al castellano, con notas, de un texto poco conocido sobre los cítricos del médico sevillano Nicolás Monardes, acompañándose ésta de la edición crítica del texto original en latín, cuya primera impresión se llevó a cabo en Sevilla hacia 1540. La importancia de este texto radica en que en él se señala ya el carácter híbrido de los cítricos, hecho no demostrado hasta finales del siglo XX. Dicho tratadillo llamó enseguida nuestra atención por varios motivos, pero sobre todo por el hecho de que su autor aventura en él, haciendo gala de una aguda intuición, el origen híbrido de los cítricos cultivados que hoy conocemos. Resulta sorprendente que, basándose únicamente en la observación, Monardes fuera capaz de detectar un proceso biológico favorecido por el hombre no demostrado hasta hace apenas 25 años. En efecto, basándose en evidencias morfológicas, genéticas y fitoquímicas, diversos autores han llegado recientemente a la conclusión de que sólo el cidro (Citrus medica L.), el mandarino (C. reticulata Blanco) y el zamboero (C. maxima [Burm.] Merr.) pueden considerarse especies válidas, a partir de las cuales habrían sido creados todos los demás cítricos cultivados que hoy conocemos, como el limero (C. aurantiifolia [Christm.] Osbeck), el naranjo (C. × aurantium L.) y el pomelo (C. paradisi Macfad.) 2. El tratadillo de Monardes, redactado originalmente en latín, fue publicado por vez primera en Sevilla hacia 1540, aunque sin incluir su título en la portada, como apéndice de un tratado farmacológico sobre la rosa 3. El propio autor explica al comienzo del texto cómo fue coaccionado por el impresor a rematar la obra, y encontró entre sus cuartillas una carta -nuestro texto-sobre un tema inédito, que incluyó para enriquecer la exposición. El texto sobre los cítricos se presenta, en efecto, en forma de respuesta a una supuesta carta de cierto personaje llamado Quadra 4. El mismo texto apareció nuevamente en 1551, esta vez como apéndice de los tratados sobre el corte de la vena y la rosa, manteniendo aún la explicación ofrecida en la primera impresión, y una vez más en 1564, en una nueva edición de las mismas obras, aunque en este caso ya con título propio y sin la explicación ofrecida en la primera y segunda ediciones 5. Hemos tomado este dato de RODRÍGUEZ MARÍN, F. (1925), La verdadera biografía del doctor Nicolás de Monardes, Madrid, Tipografía de la «Revista de Archivos», p. Para la nomenclatura científica seguimos la sintética propuesta taxonómica de MAB-BERLEY, D. J. (1997), «A classification for edible Citrus (Rutaceae)», Telopea, 7(2), 167-172. De succi rosarum temperatura, nec non de rosis Persicis, quas Alexandrinas uocant, libellus, Sevilla, Domenico de Robertis. Hemos utilizado el ejemplar conservado en la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» de la Universidad Complutense de Madrid, sign. Hemos utilizado el ejemplar de la British Library de Londres, sign. MONARDES, N. (1564), De secanda vena in pleuriti inter A pesar de haberse publicado en tres ocasiones, este texto es seguramente más conocido gracias a la edición que de él hizo el botánico flamenco Charles de l'Écluse (1526-1609), quien en 1605 lo incluyó en su Exoticorum libri decem junto a otras obras del médico sevillano, como las tres partes de los materiales de las Indias Occidentales, el diálogo del hierro y los tratados de la nieve, de la rosa, de la piedra bezoar y de la hierba escorzonera 6. Hemos preferido utilizar este texto, que reproducimos más abajo, en lugar de la edición original, ya que en esta última abundan los errores y, aparte de la nota inicial de Monardes, no hay diferencias que valga la pena reseñar entre los dos textos. Es probable que Monardes redactara el tratado sobre los cítricos durante su época de estudiante en Alcalá de Henares, quizá antes de 1533 7. Se explicaría así la referencia al lugar de residencia del tal Quadra, o Alfonso Lacuadra, es decir Sevilla, o sea la ciudad natal del propio Monardes, como algo lejano a él en aquel momento 8. Monardes demuestra en este tratadillo que conocía una extensa literatura científica, puesto que, como ya señalaron otros autores, prácticamente cada línea se apoya en la opinión de autores clásicos, medievales o contemporáneos 9. En efecto, sorprende comprobar que, para la redacción de esta carta, aparte de las referencias a personajes clásicos, el autor cite obras de más de veinte autores, entre los cuales se encuentran Antonio de Nebrija, Aristóteles, Ateneo, Avicena, Celso, Cicerón, Constantino ---- 7 Según RODRÍGUEZ MARÍN (1925), p. 32 Monardes nació probablemente en 1508, y no en 1493 como generalmente se afirma, en Sevilla, hijo de Niculoso de Monardis, de origen genovés, que ejercía la profesión de librero, y Ana de Alfaro, y murió en 1588. Sabemos también que Monardes se graduó de bachiller en arte y filosofía en 1530 y en medicina en 1533, en ambos casos en Alcalá. 8 Quadra, a quien se dirige la carta, se refiere seguramente el cirujano Alfonso Lacuadra, del que apenas sabemos que fue maestro, junto con el también cirujano Juan de Cuevas, de Bartolomé Hidalgo de Agüero, autor de un tratado póstumo de cirugía que vio la luz en 1604. Véase HIDALGO DE AGÜERO, B. (1604), Thesoro de la verdadera cirvgia y via particular contra la comun, Sevilla, Francisco Pérez. Sabemos que la vida de Hidalgo de Agüero transcurrió íntegramente en Sevilla, por lo que hemos de suponer que Lacuadra residía en aquella ciudad. Estos son los datos que recogen tanto HERNÁNDEZ MOREJÓN, A. (1843), Historia bibliográfica de la medicina española, 3, Madrid, Imprenta de la Viuda de Jordán e hijos, p. 321, como CHINCHILLA, A. (1845), Anales históricos de la medicina en general y biográfico-bibliográfico de la española en particular, 2, Valencia, Ventura Lluch, p. Porfirogéneta, Dioscórides, Filoxeno de Alejandría, Galeno, Hermolao, Ianus Cornarius, Marcelo Empírico, Mesué, Paladio, Paulo de Egina, Plinio, Plutarco, Jean Ruel, Solino, Sorano de Éfeso, Teofrasto y Virgilio. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta que, durante sus años de estudio, Monardes tendría fácil acceso a la excelente biblioteca complutense. Sabemos, además, que él mismo poseyó una buena biblioteca de libros de medicina, ya que en el inventario realizado a su muerte se citan «cantidad de libros de medicina» guardados en «tres arcas de madera pintadas, muy viejas»10. Como ya se ha mencionado, en todas sus ediciones el texto adopta la forma de una carta en respuesta a otra enviada por el cirujano Alfonso Lacuadra. Tras expresar su alegría por la carta recibida y dedicar algunos párrafos a realzar la importancia de la cirugía desde los tiempos antiguos, Monardes se centra en responder a la supuesta petición de Lacuadra, que es exponer una especie de estado de la cuestión sobre las naranjas, así como reunir las opiniones expresadas en la antigüedad sobre las mismas. Expone Monardes su convencimiento de la interrelación entre los diferentes cítricos, que, según él, fueron creados por medio del injerto al igual que otros árboles frutales. Se explicaría así, según el médico sevillano, por qué los autores clásicos no conocían otros cítricos, como las zamboas o toronjas, las limas y los limones. Aclara, después, la confusión tradicional a que da lugar el término citrus, que los latinos utilizaban tanto para referirse al cidro como a una especie de cedro (Cedrus sp.), o más bien a una cupresácea (Tetraclinis articulata L.), refiriendo en detalle la descripción y la historia de cada de uno de estos árboles. Finalmente, analiza el posible origen etimológico del término «naranja», sin encontrar una explicación convincente. A propósito del injerto, Monardes insiste varias veces en su convecimiento de que los diferentes cítricos cultivados fueron creados haciendo uso de esta técnica. Hoy, sería más correcto hablar de un origen híbrido de los cítricos, aunque, además, las razas se hayan obtenido y propagado por injerto, medio que asegura la conservación de las características de una variedad determinada. Naturalmente, las especiación por hibridación no debía ser un fenómeno de fácil comprensión en aquella época, por lo que a lo largo del texto se introducen explicaciones sumamente forzadas, como ocurre en el caso de la naranja, que, según Monardes, se habría originado por un injerto de cidro sobre granado11. ----Veamos, pues, la edición crítica de la versión del tratadillo sobre los cítricos de Monardes, en versión de l'Écluse, así como su traducción al castellano acompañada de las notas correspondientes. Para hacer más legible el texto hemos cambiado el signo & por su correspondiente conjunción et, se ha racionalizado el uso de mayúsculas y, sobre todo, aparece puntuado el texto con criterios más lógicos y actuales. En lo demás la carta se corresponde totalmente con el original, incluso en algunos errores propios del latín de la época; así se respetan las letras v y j originales que se corresponden respectivamente con las semiconsonantes u y i del latín clásico; se aceptan las vacilaciones en las consonantes geminadas (literis / litteratura; caussa...) y cualquier otra forma arcaica o vulgar de una palabra (quum, secula). Se ha procurado que la traducción tenga sentido en español, pero sin despegarse excesivamente de la expresión latina. Quam tu una cum Medicina a primis ---este portentoso origen y, para no dejar pasar una falsedad evidente aceptándola como una rareza de injerto, contraponen a esta experiencia de injerto el dictamen irrefutable de la observación]». Hemos utilizado el ejemplar de esta obra conservado en la Biblioteca Francisco de Zabálburu de Madrid, sign. Nos vero ejus pomi variis generibus nomina diversa indidimus: cidras, naranjas, toronjas, limas, limones appellantes». ACERCA DE LAS CIDRAS, LAS NARANJAS Y LOS LIMONES Nicolás Monardes saluda a su amigo Cuadra No puedo expresarte cuánto me alegró tu carta. Tu epístola es tan elegante, tan variada, tan aderezada, en fin, con toda clase de ciencia y de conocimientos profundos, que podría considerarse elaborada por las propias musas. Al volver de nuevo a ella para releerla con avidez, me sucedió aquello del poeta, que, mientras calmaba ansioso mi sed, nuevamente me sentía sediento. En cuanto a nuestra amistad, tus virtudes, tus palabras y enseñanzas me incitan a ella; y no sólo a mí, sino también a otras personas. Todos al unísono han pregonado el esplendor de tus méritos; incluso públicamente lo reconoció el senado de esta ínclita ciudad, que de entre todos los españoles te eligió a ti como protocirujano. Y no sin motivo, puesto que dominas todos los conocimientos que requiere esta especialidad y eres el más preparado en cuestiones médicas. Antiguamente, en tiempos de Hipócrates, Galeno y otros antiguos, la cirugía formaba parte de la medicina. Pero, después de que otros la desarrollaron, comenzó a tener sus propios especialistas, entre los que destacan Podalirio y Macaón, hijos de Esculapio, que Homero considera insignes sólo por curar heridas y abscesos externos 12. También se desarrolló en Egipto, sobre todo con Filoxeno 13, que explicó concienzudamente esta especialidad en un gran número de volúmenes. Asimismo muchos otros varones hicieron algunos descubrimientos, que Celso describe con detalle en su libro primero 14. A éstos, doctísimo varón, puedes considerarte adscrito, porque en ti resplandece lo que nos enseñó nuestro Galeno 15, corifeo de todas las artes nobles; él dejó escrito que la cirugía es una actividad manual habilidosa con una finalidad apropiada. A ésta, a la vez que a la medicina, te has dedicado tú desde pequeño. En efecto, es conveniente que quien pretenda alcanzar la cima del arte médica debe dedicarse a ella con sumo esfuerzo desde joven. Esto lo demuestra con gran lucidez Sorano el efesio 16, el médico más importante de su época, al escribir sobre los requisitos: «Nosotros -dice-nos fijamos primeramente en el que comienza a ser educado en el arte de la medicina. Que tenga la edad en que, por lo general, pasan los hombres de pequeños a grandes, lo que ocurre hacia los once años. Tal es, en efecto, la edad adecuada para elegir la sagrada profesión de la medicina». Éstas son sus pa----- 12 Se refiere a los hijos de Esculapio (o Asclepio), dios griego de la medicina y protector de la salud, considerados excelentes médicos. 13 Se refiere a Filoxeno de Alejandría, autor del primer tratado conocido de cirugía. 14 Se refiere en realidad al prólogo del libro I de De medicina de CELSO. De tal modo, pues, alcanzaste el culmen de la ciencia médica, que has conseguido en la Universidad Complutense la corona laureada de doctor, no sin un ingente trabajo, erudición y gloria, hasta el punto que aunaste la propia ciencia siguiendo la costumbre de los antiguos. Y para que no parezca que me dedico a adularte por interés en este esplendor y en tu alabanza, ahora mismo cambio de tema. Preguntas en tu carta qué idea tengo de las naranjas y qué opinaban de ellas los antiguos, o si las conocían. Me sorprende, querido Cuadra, que, pese a que tienes en esa ilustre ciudad [Sevilla] hombres muy sabios, los más cualificados en toda la medicina, que con su mayor erudición podrían satisfacerte en tu propósito, acudas sólo a mí, que estoy mucho menos preparado en la teoría y en la práctica de estos temas. Particularmente en lo que a las naranjas atañe quizás actúe más bien como adivino, ya que no dispongo de guía. Pero, atendiendo al amigo y al sabio, explicaré brevemente no lo que quisiera, sino lo que pienso sobre ello. Los cidros, los limoneros y otros árboles parecidos tienen la misma naturaleza, pero, por medio del injerto, adquieren diferente color y forma. Y, puesto que hablamos de naranjos, conviene que primeramente nos fijemos en el cidro como su primer progenitor. Los árboles llamados cidros son dos. Uno, similar al ciprés, del que hacían aquellas famosas mesas que mencionaste. El segundo es el que produce cidras. Este último es pequeño, conocido por todos, con frutos en toda época, siempre preñado, hasta el punto que mantiene el fruto de tres años; echa flores muy agradables, fruto oblongo, a veces redondo, algo rugoso, de color dorado y grato olor. El árbol no es de gran tamaño, con hojas casi de laurel y con espinas sumamente agudas y rígidas. Abunda principalmente entre los medos y los persas; después fue llevado a Italia por iniciativa de Paladio y luego se plantó en los campos de España 17. En la antigüedad no se comían sus frutos, sino que se plantaba por su fragancia, y mediante varios injertos la fruta pasó de agria a dulce. También tiene propiedades de contraveneno; Marcelo 18, sin embargo, duda si lo es la semilla o el fruto, ya que Dioscórides 19 se refiere tanto a una como a otro, pero, apoyándose en Plinio 20, atribuye esta virtud a la semilla y al fruto. Teofrasto, por su parte, asigna totalmente la virtualidad al fruto entero, idea que sigue Paulo 21. Este fruto es, en efecto, el gran ----17 PALADIO, De re rustica, IV x 11-18. En cuanto a la presencia del cidro en España, Monardes se basó probablemente en el testimonio de SAN ISIDORO DE SEVILLA, quien se refiere a él en sus Etimologías, XVII 7-8, como LJ'C#, Medica arbor o citria. 18 Se refiere quizá al galo-romano Marcelo Empírico (s. IV), autor de De medicamentis empiricis physicis ac rationalibus. 21 Se refiere a Paulo de Egina (s. VII), cirujano. antídoto del veneno que Virgilio en el libro segundo de las Geórgicas expresó tan maravillosamente con estos versos: «Media produce los jugos ácidos y el sabor persistente del saludable cidro, en comparación del cual ningún remedio hay más enérgico ni expele mejor de los miembros el negro veneno, cuando las crueles madrastras emponzoñaron las bebidas, mezclando hierbas y maléficos conjuros 22 ». Todo esto parece coincidir con Teofrasto, Plinio y otros, ya que es remedio que actúa instantáneamente contra todo veneno y contra la picadura de animales venenosos. Ruel lo refiere de este modo con una historia simpática: «Más aún -como refiere Ateneo-, todos admiten que la cidra es considerada un amuleto contra todo tipo de envenenamiento. Lo había aprendido de un hombre solvente, quien, en aplicación de las leyes promulgadas por los magistrados egipcios, a unos bribones que merecían castigo los había arrojado a las fieras para que penaran sus crímenes. Pero, antes de salir a la arena en la que sufrían castigo los ladrones y piratas, de camino cierta tabernera se compadeció de ellos y, muy afectada, les dio unas cidras que estaba comiendo. Ellos las aceptaron e ingirieron. Un poco más tarde, pese a ser ofrecidos a bestias enormes y ferocísimas, y mordidos por serpientes, no recibieron ningún daño. Entonces el prefecto quedó intrigado y, finalmente, preguntó al soldado encargado de la custodia si habían comido o bebido algo. Cuando se enteró de que únicamente se les había dado una cidra, al día siguiente mandó que a uno se le ofreciera y a otro se le denegara. El que la había comido no sufrió ningún daño, a pesar de ser mordido; el otro, tras la picadura, en seguida pereció. Repetida la experiencia en otros muchos y provocada con frecuencia la situación de peligro, al final se descubrió que servía de remedio inmediato a todo veneno letal 23 ». De este modo llegaron a diversos países por la eficacia del remedio y, como no se comían, sólo se utilizaban por su olor y para medicina. Esto lo refiere Plutarco y Ateneo lo confirma 24. En esa época era un árbol sin cultivo y las cidras resultaban muy amargas y acetosas, tanto que con razón escribe Solino25 que las cidras de Plinio son muy amargas 26. Esto lo remediaron los hombres con solícitos cuidados, como nos lo muestra el em-----22 VIRGILIO, Geórgicas, II 127 y ss. Hemos tomado literalmente la traducción de estos versos de VIRGI- LIO (2000), Bucólicas. Geórgicas, trad. de T. A. RECIO GARCÍA y A. SOLER RUIZ, Madrid, Gredos, p. 23 Monardes tomó probablemente este episodio de la edición de la Materia médica de Dioscórides realizada por el médico francés Jean Ruel (1474-1537), DIOSCÓRIDES, P. (1516), De medicinali materia libri quinque, trad. de J. RUEL, París, H. Stephan, que no hemos podido consultar. La anécdota original aparece, sin embargo, en la obra de ATENEO, El banquete de los eruditos, o Deipnosophisti, III 83-85. 24 Se refiere a Plutarco de Queronea (Beocia, s. I-II). perador Constantino: «Efectivamente, maceraron las semillas en leche de oveja antes de plantarlas; y de esa forma se volvieron dulces27 ». Mas no perdieron del todo su amargor, pues su corteza posee aún una acidez intensa, ya que, si la pruebas sola, la afirmación de Solino parece confirmarse. No sólo se han aclimatado, sino que por medio de injertos adoptaron otras variedades. Como resultado de esta diversidad, llegaron a refinarse en sabor y aspecto, y por medio del injerto se puso también remedio a la mortalidad del árbol. Las aves fueron las primeras que nos enseñaron a plantar árboles. El hambre les hacía devorar la semilla rapiñada, la reblandecían en el vientre con la fecunda medicina de la cidra, la defecaban en sus blandos nidos sobre los árboles y, por la acción del viento, ésta iba a parar con frecuencia a las grietas de las cortezas. Así nació el plátano del laurel y éste de otros árboles. Con este ejemplo los antiguos descubrieron los injertos, con cuya práctica se pueden contemplar por todas partes admirables variedades de árboles y de frutos, ya que de dos árboles se obtiene otro distinto con propiedades y características de ambos. En efecto, injertando el albaricoquero en el membrillero vemos que nace el melocotonero, del que no recuerdo haber leído ni los antiguos lo mencionaron 28. Así sucede con el cidro, que injertado en el granado, como enseñan los agricultores, adopta color rojo y una forma distinta. De este modo parece que nacen las naranjas, puesto que no son muy diferentes a la cidra, y se parecen bastante a las granadas en redondez, color y corteza. Y lo que más me convence al respecto es que los naranjos se asocian frecuentemente a los granados, como si su virtualidad no fuera muy diferente. Hoy en día cualquiera puede conocerlo prácticamente, porque, al escasear las granadas, en casi todos los lugares se recurre a las naranjas para reforzar la boca del estómago, para el hervor de la bilis, para la sed y muchísimas otras aplicaciones en las que los médicos recomiendan acertadamente las naranjas. Es irrelevante que yo las denomine así por su color dorado o que el nombre proceda de la ciudad de Arantia [?]. Las llaman manzanas doradas, por lo que yo las llamé aurantiae. Dejo a los especialistas la gran dificultad que presenta la derivación etimológica 29. Lo que debes tener claro es que surgieron mediante injerto, igual que la mayor parte de las frutas que tenemos por este sistema, como tantas clases de ciruelas, manzanas, melocotones y otras. ¿Quién no se da cuenta de que tantas variedades de limones y otras frutas no se corresponden con la cidra ni con los limones? Así sucede con las zamboas, las toronjas, las limas, los limones, todos ellos desconocidos incluso para los antiguos. Tanto se ha extendido el uso del injerto que existen muchos géneros ----de naranjas: algunas tienen una corteza tan dulce que pueden comerse íntegramente, otras en una pieza tienen dos tipos de gajos y otras carecen de semilla 30. Dejo a juicio de cada cual su gran variedad de sabores. Baste decir que tenemos muchas y que se logran mediante injerto, aspectos que no mencionan los antiguos. Esto sucede con nuestras naranjas, como publicó Antonio de Nebrija, gran erudito en todo tipo de saber, en el prólogo de su diccionario: «Muchas cosas hay en nuestro siglo, las cuales el antigüedad o del todo no conoció, o confusamente conocido el género, no entendió sus diferencias. Solamente leemos un nombre y género de fruta agria, y así apenas conocido entre los antiguos. Pero nosotros pusimos diversos nombres a diversos géneros de aquella fruta, llamándolas cidras, naranjas, toronjas, limas, limones». No sólo los frutos de los árboles, sino los propios árboles adoptaron otras formas mediante injertos. En efecto, el cidro injertado en naranjo alcanza gran tamaño, y el naranjo en el cidro se vuelve tan pequeño que no sobrepasa el codo de altura. Y para concluir esta cuestión con brevedad, estamos totalmente persuadidos de que las naranjas llegaron hasta nosotros gracias al injerto. Los antiguos, en cambio, no las conocían. Avicena en su comentario De las virtudes del corazón 32, en el libro I De la orina y en el libro V De los antídotos menciona los cítricos 33. Esto también lo hizo Mesué 34, cuando describió el aceite de frutas de cítricos, pero aún no nos consta si se trataba de naranjas. Es el momento de pasar a otra clase de cidro. En cuanto a esas mesas, querido Cuadra, elogiadas por los antiguos y construidas antiguamente de cidro por la envergadura de este árbol, afirmas en tu carta que pueden estar hechas de naranjo. De ello deduces que los antiguos conocían el árbol, ya que no pueden hacerse con nuestro cidro por tratarse de un árbol muy pequeño e inadecuado para tal fin. No me sorprende que tropieces en la misma piedra que la mayor parte de los autores antiguos. Que esas mesas tan preciosas, sobre todo las ----30 Durante su estancia en Sevilla en 1564, l'Écluse localizó precisamente esta variedad de naranja, llamada por los españoles «naranja caxel», a la que él denominó Aurea malus eduli cortice. 31 Hemos tomado literalmente esta cita de NEBRIJA, E. A. DE (1979), Diccionario latino-español (Salamanca, 1492), Barcelona, Puvill-Editor, f. iiv. 32 Se trata en realidad de De viribus cordis, trad. al latín de Al-adiwiyat al-qalb ̄\DWGH, EQ6 ̄Q-1037), conocido como Avicena. Monardes conoció seguramente esta obra en la versión latina de Arnau de Vilanova, de la que se llevaron a cabo varias ediciones a finales del siglo XV y principios del XVI. 33 Es claro que Monardes utilizó este texto del Liber pandectarum medicine de Matheus Silvaticus (s. XIII), del que se llevaron a cabo varias ediciones a finales del siglo XV: «De citrangulo vero nunquam mentionem reperi nec vidi, nisi in quinto Avicen. capit. de Syrupo alkedere ex compositione sua; et in Damasc. in antidotario, ubit facit oleum de citrangulis, et oleum de citrangulorum seminibus». Hemos tomado este texto de GALLESIO, G. (1811), Traité du Citrus, París, L. Fantin, p. Los términos utilizados en los originales árabes son, según GALLESIO (1811), p. 123,'utruÔÔ y QUDQÔ, por lo que hemos traducido citrangula por cítricos. ciceronianas 35, no proceden de este cidro lo demostramos con muchos argumentos, puesto que este cidro es completamente distinto del que produce las cidras. En efecto, aquel cidro es parecido al ciprés y el nuestro es muy diferente. El cidro tiene hojas de laurel, pero las del ciprés son de enebro y sabina. En el cultivo difieren bastante, dado que aquel cidro prefiere montes y sitios fríos, mientras que el naranjo rehúye notoriamente el frío y se encuentra en lugares cálidos. Omito muchísimos otros aspectos que diferencian nuestro cidro que produce cidras del cidro del que se hacían esas mesas tan apreciadas en la antigüedad. A tal punto que el Rey Juba 36 llegó a comprar dos mesas: por una pagó quince libras y por la otra un poco menos. Dión, como refiere Hermolao, en su vida de Nerón 37 prefirió llamarlas mesas de cedro y no de cidro, porque los árboles le parecían más bien cedros que cidros. Por estos indicios está totalmente claro que el cidro, con el que fabricaban aquellas mesas tan costosas, es distinto del que produce cidras. En verdad, a pesar de que el naranjo es un árbol ingente, está demostrado que ha llegado a ser tal por injerto. Se producen, pues, muchos prodigios en la naturaleza, como refirió Aristóteles en De la generación de los animales, libro 2, a saber, en los animales y en los árboles. En los animales por el cruce entre diferentes especies. Esto sucede en Libia, junto al río Nilo, donde, al ir a beber, se aparean muchísimas especies de fieras; ahí con emparejamientos variados se producen diversos engendros y sucesivamente nacen otros nuevos. De aquí procede el adagio «África aporta siempre alguna novedad» 38. Y en los árboles se obtienen variedades por injerto, pues los vástagos de un árbol que de algún modo se adhieren a otro dan un tercero que puede llamarse engendro. Así sucede con el naranjo, que llega hasta nosotros por fusión con otros árboles, para lo que es necesario el injerto. Se pone en duda si Teofrasto conoció las naranjas. En efecto, en el libro IV de su Historia de las plantas, con el nombre de ° # $J')° #, describe un árbol bastante parecido al cidro y que no difiere en nada de las descripciones griegas y árabes del cidro y de las cidras 39. Es evidente que Teofrasto se refería en ese texto al árbol que da cidras y no al naranjo, puesto que no menciona su altura, grande en el primer caso y tan pequeña en el segundo que pueden catalogarse más bien como arbustos. Y no se fijó en la forma de la fruta, que resulta redonda en la naranja y oblonga en la cidra. Ianus Cornarius en sus comentarios al libro de Galeno Composición de los medicamentos locales 40 afirma rotundamente que Galeno había conocido las naranjas con la denominación de «manzanas cestianas», lo que es ilógico e incongruente, porque, a mi entender, es conveniente que el «árbol cestiano» y el «maciano» sean los mismos, dentro de la especie de los manzanos, y que las «manzanas cestianas» toman el nombre de Cestio, igual que las «macianas», de Macio 41. De aquí que nosotros las llamemos en español manzanas derivándolas de Macio. Pero ya es hora de refrenar nuestra pluma para no rebasar los límites del género epistolar. Esto es, doctísimo Cuadra, lo que por el momento se me ocurre acerca del cidro y de los naranjos, y que no difundo como oráculo. Y, si no estás de acuerdo, te haré a ti responsable, que me obligaste a ser juez teniendo personas tan preparadas. ----$J')° # sugiere que Teofrasto sólo habría conocido el árbol por referencias, excepto quizá el fruto, que pudo haberse llevado a Babilonia desde Media o Persia. 40 Se trata de la obra Commentarium medicorum in decem libros Galeni de compositione medicamentorum secundum locos conscripto.
En este trabajo analizamos las Obras de Albeyteria de Martín Arredondo, probablemente el albéitar más importante del siglo XVII español y auténtico exponente del galenismo aplicado a la medicina animal. El texto estudiado es desigual en muchos aspectos, se dan cita autores clásicos y modernos ya sean filósofos, historiadores, médicos, albéitares, y hay pasajes de gran interés científico, filosófico, de erudición, etc., explicados de manera sencilla o engorrosa, con precisión o con digresiones que no hacen al caso, con rigurosidad científica o sin ella. En su obra, la biología y patología equinas, la Se puede afirmar que en España ha habido tres denominaciones para el médico de animales: veterinario, mariscal o menescal y albéitar. Nadie pone en tela de juicio el origen latino de la voz veterinaria, que aparece en la obra del gaditano Columella (s. I) como veterinarius, referida al experto en el tratamiento del ganado. Sin embargo, desde el árabe, entró a formar parte de las lenguas de la península Ibérica la voz albéitar (o albéytar) para designar, durante muchos siglos, al veterinario. Todavía hoy, en el árabe actual, «al-baitar» es el veterinario y «baitara» la actividad veterinaria. Y este término se expresó en castellano y portugués, aunque también pasó al euskera y al catalán. No obstante, en la Corona de Aragón, y muy especialmente en Cataluña, la incorporación del término albéitar se realizó mucho más tarde. En la Corona de Aragón se hablaba de menescales y mariscales principalmente, aunque en el Reino de Valencia también se utilizaba albéitar con profusión 1. A diferencia de veterinario y albéitar, mariscal o menescal procede del mundo germánico. La voz mariscal es de origen alemán antiguo: «marhskalk», formada por «marh» (caballo) y «skalk» (sirviente). En la Edad Media, el término se latinizó como «marescallus» o «marescalcus» y aparece en el occitano antiguo, como «marescal». En Francia se llamaba «maréchal-ferrant» al herrador y «maréchal-traitant» al sanador. En la Corona de Castilla, el término mariscal no tuvo la significación de albéitar; no se asimiló a veterinario hasta la época de Felipe V, cuando a los albéitares del Arma de Caballería se les empezó a llamar «albéitares-mariscales» o simplemente «mariscales». Así, si consultamos el Tesoro (1611) de Sebastián de Covarrubias podemos leer una concisa definición de albéitar: «el que cura las bestias», pero no encontraremos el término mariscal en su acepción veterinaria, sino como cargo principal en la milicia 2. La primitiva veterinaria tiene el carácter científico que se aprecia en los tratados medievales a partir del siglo XIII. Sobre la albeitería valenciana también puede verse el trabajo de DUALDE PÉREZ, V. (1997), Historia de la Albeytería valenciana, prólogo de Juan José Barcia Goyanes, Ajuntament de Valencia, Valencia. 2 COVARRUBIAS, S. de (1993), Tesoro de la Lengua Castellana o Española, edición de Martín de Riquer, edición facsímil de la publicada en 1611, Altafulla, Barcelona, p. El Diccionario de Autoridades, Gredos, Madrid (1964), dice que albéitar es «el que cura las enfermedades de las bestias conforme a arte». En él se completa la definición de la siguiente forma: «Es voz árabe del nombre béitar, que según P. Alcalá significa lo mismo, y añadiéndole el artículo Al se dijo albéitar». bases de la medicina galénica y se columbran las estrategias de institucionalización (difusión, métodos de acceso a la práctica, etc.) que ya se habían manifestado en la medicina humana: el Liber marecalcie del italiano Laurencio Rusio, el Libro de hechos de los caballos, de autor anónimo, la Mulomedicina, del dominico italiano Teodorico Borgognoni, y el Libre de la menescalia del valenciano Manuel Dies son buenos ejemplos de práctica veterinaria medieval de nivel científico. La albeitería incluyó el herrado hasta épocas relativamente recientes, de manera que los primitivos profesionales eran «maestros herradores» o «ferradores». Poco a poco la primitiva veterinaria fue ampliando sus saberes médicos y, en este sentido, hubo algunos albéitares que llegaron a tener un nivel intelectual similar al de otros profesionales liberales y se esforzaron por asimilarse a los médicos prácticos, esto es, a los cirujanos, que protagonizaron un intenso proceso de institucionalización paralelo al de los primitivos veterinarios. Y de esto es muy consciente Arredondo: «Albeitería no se diferencia en la Cirugía, mas que en la anatomía y en ser racionales, o irracionales» 3. Así, «la asistencia meramente empírica de las enfermedades de los équidos fue desplazada por una medicina veterinaria, cuya práctica estaba basada en conocimientos científicos básicos y en una patología y una terapéutica sólidamente estructuradas» 4. Inicialmente, el sujeto de interés de la albeitería se limitaba exclusivamente a los équidos 5 ya que, a fin de cuentas, estos animales se utilizaban en el trabajo, en el ejército, y, en general, eran las bestias al servicio del hombre. Precisamente por ello, y porque son animales que tienen un gran valor simbólico y económico para los nobles, es por lo que, frecuentemente, en los tratados de albeitería se les nombra en los subtítulos; así en la obra de Francisco de la Reyna podemos leer en la portada: «Así mismo se verán los colores y facciones para conocer un buen caballo, y una buena mula...»; en el de López Zamora: «...que trata del principio y generación de los caballos, hasta su vejez. Y así mismo los remedios para curar sus enfermedades, y de las Mulas...»; en el texto de Pedro García Conde aparece en la cubierta que el libro «Lleva diferentes Estampas, donde van delineadas las Enfermedades que sobrevienen en el Cuerpo, Brazos, y Piernas del Caballo...» 6. 4 LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1979), Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Labor, Barcelona, p. 5 Aunque es probable que, en los ambientes rurales, vacas y bueyes fueran también objeto de atención. En el cual se verán todas cuantas enfermedades y desastres suelen acaecer a todo género de bestias, y la cura de ellas. Así mismo se verán las colores y facciones..., Burgos, Philippe de Junta. LÓPEZ ZAMORA, P. (1571), Libro de Albeytería que trata del principio y generación de los caballos, hasta su vejez..., Pamplona, Thomas Porralis de Saboya. Si aceptamos la opinión de Sanz Egaña, la bibliografía veterinaria o, si se prefiere, albeiteresca, que se realiza en España, no guarda paralelismo con la que se hace en el resto del mundo: «Consultando la producción universal de la literatura veterinaria se comprueba que durante los siglos XVI al XVIII fueron empíricos, eruditos, caballerizos, picadores, etc., quienes escribieron libros de medicina veterinaria; únicamente España representa una excepción; en España, repito, los albéitares practicantes en el arte son los autores que enriquecen con sus conocimientos y sus consejos las publicaciones profesionales; contamos en lengua española con nutrida bibliografía hipológica, formada por textos originales o traducciones de autores prestigiosos» 7. No obstante, quizás, sería mejor hablar del predominio de unos albéitares-autores más que de una excepción, porque también en el resto de Europa hay albéitaresautores, algunos ya en la Edad Media (como el ya citado Rusio). Además, el hecho de que los creadores de textos de albeitería, en muchos casos, no fueran albéitares no supone que sus obras resultaran menos útiles, fueran percibidas como tales, o que tuvieran una proyección menor. Pues bien, la bibliografía de Martín Arredondo es un excelente ejemplo de la cultura veterinaria de la España de entonces, espléndido libro de texto en el que se formó un gran número de albéitares, estupenda plataforma desde donde se proyectan la erudición y la vasta sabiduría del autor y, en fin, ejemplo de un estadio determinado del largo proceso de institucionalización de la albeitería española. LAS OBRAS DE ALBEYTERIA DE MARTÍN ARREDONDO El licenciado en medicina Martín Arredondo es considerado el «albéitar más culto del siglo XVII» 8. Tal y como reza en la portada de sus obras, era natural de Almaraz (Cáceres) y vecino de la villa de Talavera de la Reina. En 1658 publica en Madrid (por Joseph Fernández de Buendía) su obra Recopilación de Albeytería, sacada de varios autores, Por Martín Arredondo, Maestro Herrador, y Albeytería, natural de la Villa de Almaraz, y vecino de la de Talavera de la Reina. Con un antidotario de los medicamentos, sus calidades, y Diálogo entre Maestro, y Discípulo, muy útil y provechoso para el Arte. Tres años después, en 1661, también en Madrid e impreso por María de Quiñones, ve la luz su segunda obra: Tratado segundo: Flores de Albeytería. Sacada de varios autores. Por Martín ---- 9, lo que es prueba evidente de la aceptación de la obra, igual o superior a la de muchos de sus colegas de profesión. Nosotros hemos realizado este trabajo con la edición de las Obras de Albeytería publicadas en Madrid, en 1669, por Bernardo de Villa-Diego, primera edición de las obras completas del albéitar extremeño10. La obra está dedicada a Marcos Morodo, Pedro García Conde e Iván Álvarez Borge, Maestros mayores, Protoalbéitares y Alcaldes mayores, Examinadores de los Reinos de España. Las aprobaciones son del jesuita y General de la Inquisición Alonso de Andrade y del ya referido Pedro García Conde. Las Obras de Albeytería están divididas en tres partes perfectamente delimitadas: los Libros primero y segundo y el tratado tercero. El «Libro primero» lo conforma «la Recopilación de Albeytería, sacada de varios autores» que es un tratado de patología equina; «un Antidotario de medicamentos» que viene a ser un formulario de medicina animal escrito en español; el «Diálogo de Teórica de Albeytería, en el cual se declaran las reglas y puntos que el buen Maestro debe saber» es un apartado de utilidad para los exámenes de los futuros albéitares; y, una cuarta parte que es un sucinto e interesante relato de historia de la veterinaria. El «Libro segundo» es una repetición de muchos de los aspectos ya tratados en la primera parte y donde podemos leer un capítulo que «Contiene lo mucho que hemos de estimar la Ciencia», otro dedicado a la nobleza del caballo y un «Tratado segundo, Flores de Albeitería», sobre anatomía y «otras enfermedades que hasta ahora no habían salido a luz». La tercera parte es el «Tratado tercero, Flores de Albeitería», donde se amplían muchos conceptos de los libros precedentes; hay un «Examen de platicantes, muy útil para examinar», un capítulo en el que Arredondo hace unas glosas a unos terce-----tos que compuso Juan Gómez, otro sobre la calidad de los simples y un último apartado «sobre la aversión que se tienen unos albéitares con otros». Aunque, tal y como iremos viendo, Arredondo supera en muchos aspectos a los veterinarios que le precedieron, su obra conserva abundantes características de la albeitería de los siglos XV y XVI. Igual que en los textos de esas centurias, su tratado veterinario es, a la vez, un libro de hipología, donde se leen diversos temas sobre la morfología del caballo, y de hipiatría, en el que habla de enfermedades y terapéutica equinas. En este sentido, estas características son perfectamente observables en dos textos paradigmáticos de los siglos anteriormente citados: el Libre de la menescalia de Manuel Dies, o Díez, primer tratado de veterinaria que se editó en la Península Ibérica 11 y en el Libro de Albeytería (1552) de Francisco de la Reyna. No obstante lo anterior, hemos de afirmar que la obra de Arredondo no supone un cambio importante en la orientación de las obras de Albeitería publicadas antes. Su trascendencia y singularidad estriba en el hecho de que está escrita por un médico que utiliza los recursos de la medicina para prestigiar su oficio. Con todo, cabe recordar que no es el primer médico autor de textos veterinarios: lo fueron el obispo Teodorico Borgognoni (finales s. XIII) y el maestro Giraldo, médico del rey de Portugal (s. XIV). En Arredondo destaca la intensidad con la que utiliza los recursos de la medicina, lo que también hacen algunos barberos y cirujanos. No es correcto afirmar (como hizo Sanz Egaña) que los autores anteriores se ocuparan mayoritariamente del arte de herrar: aunque el oficio de herrador tiene una gran importancia en las obras de albeitería (como la de Fernando Calvo), en muchos otros profesionales este tema ocupa escasos capítulos (dos en la obra de Manuel Díez). El texto de Arredondo es desigual en muchos aspectos, en él hay pasajes de gran interés científico, filosófico, de erudición, etc. explicados de manera sencilla o engorrosa, con precisión o con digresiones que no hacen al caso, con rigurosidad científica o sin ella. En su obra, la biología y patología equinas, la historia de la albeitería y un gran número de facetas de la cultura de la época se entremezclan con bagatelas, mitología, supersticiones, etc. Por ejemplo, podemos leer que Hércules fue el primer herrador en España; que según la autoridad de Plinio, un mulo vivió ochenta años 12. Entre las páginas referidas a la patología y terapéutica equinas aparece un capítulo dedicado al «mal de fascinación u de ojo»; este asunto no fue infrecuente en los tratados de las medicinas veterinaria y animal y así, el médico sevillano Diego Álvarez Chanca (ca. Para más detalles sobre esta interesante obra puede consultarse: CIFUENTES, L.; FERRAGUD, C. (1999), «El 'Libre de la Menescalia' de Manuel Dies: de espejo de caballeros a manual de Albéitares», Asclepio, Volumen LI, Fascículo I, pp. 93-127. algunas obras de albeitería del siglo XVII, pues el que fue «familiar del Santo Oficio de la Inquisición, y vecino de la villa de Chinchón», Baltasar Francisco Ramírez, le dedica nada menos que un capítulo de su Discurso de Albeytería: «del aojar, de sus prevenciones» 13. Por último, en la obra de Arredondo podemos leer un curioso capítulo en el que «Trata, si puede enamorarse el caballo de su sombra, y respóndese a ello»; en él comenta, con abundantes referencias científicas, filosóficas y teológicas, un hermoso relato que ha leído en un libro de Juan Gómez que dice «que le da a los caballos una enfermedad, por enamorarse de su misma sombra, y figura, viéndola tan hermosa en el agua, y que con aquella imaginación y fantasía procuran volver a donde la vieron, y no hallando dicha sombra, andan alrededor buscándola, y enamorándose, olvidándose de la comida, con que se enflaquecen y mueren» 14 Las Obras de Albeyteria de Martín Arredondo exponen desde la primera página, dedicada «al benigno lector», que «todo lo que sabemos, no es parte para contrapesar lo mucho más que ignoramos». De la misma manera, en otro lugar el extremeño nos cuenta se realizó «vagando por diversos Autores, procurando de unos, y otros sacar el asunto de esta pregunta, para el que lo leyere, saque algún fruto, pues no hay campo tan espinoso, y lleno de abrojos, que no brote alguna saludable yerbecilla, ni jardín tan cultivado, que no se le pueda sacar alguna escarda, pues siendo esto tan cierto, procuremos todos de exponer las sentencias de los graves Autores, tomando de uno, y de otro lo que a su propósito hace» 15. LAS FUENTES ¿Cuáles son los autores en los que se basa Arredondo? El albéitar almaraceño escribe al iniciar su obra un índice de las personalidades que aparecen: exactamente 106. Sin embargo, hemos detectado que en la referida relación faltan autores que sí cita 16; por ejemplo: Fray Luis de Granada, Herodoto, Montaña de Montserrate, Guevara y Cosme Gómez de Tejada. En el texto aparecen autores clásicos y modernos, filósofos, historiadores, médicos albéitares, etc. Hipócrates, Dioscórides, Galeno, Absirto, Avicena, Demócrito, Jenofonte, Sócrates Theomenesto, Cicerón, Aristóteles, etc. son algunas de sus auto-----13 RAMÍREZ, B. F. (1629), Discurso de Albeytería. Nuevo conocimiento de algunas enfermedades hasta ahora ignoradas, Madrid, Viuda de Alonso Martín, capítulo 71. 16 Este número coincide exactamente con el que aportó en su obra, varias veces citada, Sanz Egaña: «Arredondo cita hasta 106 autores de filosofía, médicos, naturalistas, hipólogos, albéitares, etc.», SANZ EGAÑA, C. (1941), p. Esta profusión de personajes no la encontramos en las obras de la misma especie de sus predecesores, ni contemporáneos de la profesión; en Arredondo es el resultado de su formación médica y, probablemente, es una manera de prestigiarse socialmente. Creemos, por ello, que no es exagerado afirmar que Martín Arredondo es el albéitar de mayor cultura, entendida ésta en su máxima amplitud, de los que escribieron sobre asuntos de medicina animal en España antes del siglo XIX. En los márgenes de la obra se indican los textos citados por el extremeño. Limitándonos a las referencias científicas sobre la albeitería, en el texto del veterinario de Almaraz aparecen las principales autoridades de la época: la conocida Recopilación (1564) de Alonso Suárez, libro que utiliza como punto de referencia de casi todas las autoridades clásicas; además, menciona los más interesantes libros de albeitería de los más eminentes veterinarios españoles de los siglos XVI y XVII: Francisco de la Reyna, Pedro López Zamora, Fernando Calvo y Miguel Paracuellos. Si nos fijamos en las citas de médicos del siglo XVI, los autores mencionados por el extremeño son ejemplos significativos de su orientación científica: Andrés Laguna, Huarte de San Juan, Luis Lobera, Valverde, Fragoso, etc. Arredondo se nos muestra como un albéitar con una gran formación médica. Su personalidad científica modelo es la del médico de Pérgamo, a la que sigue en muchos aspectos. Pocos ejemplos son suficientes para constatar la orientación del veterinario de Almaraz: los elementos presocráticos y las concreciones de propiedades contrapuestas, propias del sistema bio-filosófico galénico, aparecen en las Obras de Albeyteria cuando nos dice que «La tierra [es] fría, y seca, el agua es fría, y húmeda, el fuego caliente, y seco, el aire caliente, y húmedo»; de la misma forma, habla como un galenista al referirse a los cuatro humores como resultantes de la mezcla, en diferentes proporciones, de los cuatro elementos: «la sangre es caliente, y húmeda; comparase al aire; la cólera es caliente, y seca, y es comparada al fuego; la flema es fría, y húmeda, comparase al agua: la melancolía es fría, y seca, comparase a la tierra» 17 y en fin, para Arredondo, el corazón es «fuente del calor natural», el hígado es el «primero nutrimento en quien se hace la sangre», en el cerebro «se hacen los espíritus animales» 18, etc. Por último, de la relación entre humores, los cuatro elementos y los colores de los caballos dice que: «el Caballo procede de los cuatro elementos, y de los cuatro humores, y con aquel elemento, y humor que participa se conforma, de manera que si toma tierra, es melancólico; y este es melado, o bellorio. Si toma de agua será flemático, tardo, y malo; y éste es blanco. Si toma de aire, será sanguíneo, alegre y ágil; y éste es castaño. Si toma fuego, es colérico, fogoso, y saltador: y su color alazán. El que proporcionadamente tomare de todas, es mucho mejor» 19 ----En esto, Arredondo está casi repitiendo lo que expuso años antes Pedro López Zamora20. Finalmente, en el texto que venimos comentando, hay muchas referencias al que fuera albéitar de las Reales Caballerizas de Felipe IV y examinador del Tribunal del Protoalbeiterato: Juan Gómez. Repitiendo lo que se dijo en la Historia de la Veterinaria Española, podemos sospechar que la obra de Gómez «debió circular manuscrita» 21 y Arredondo escribió unas glosas sobre «los tercetos que compuso el maestro Iván Gómez en su Caballo de notomía», algo parecido a lo que hizo con los mismo versos Francisco García Cabero, uno de los más populares albéitares del siglo XVIII, en sus Instituciones de Albeytería (1740). Las glosas de Arredondo 22 son unos comentarios de cierta extensión sobre cada uno de los tercetos. LO QUE ES Y DEBE SER EL BUEN ALBÉITAR. Para Arredondo, siempre que sea posible, cualquier arte imita a la naturaleza o la perfecciona, y más que otros la medicina y también la albeitería. Por eso, y como consecuencia de su formación médica, ve al albéitar como a un «sirviente, o ayudante de la naturaleza» 23. Considera por tanto a la albeitería y a la medicina en un mismo nivel, diferenciándose exclusivamente en el objeto que tratan. Y de la misma forma que la medicina, animal o humana, imitan a la naturaleza, el albéitar imita al médico 24. Por todo esto, no es infrecuente que en su obra aparezcan comparaciones entre lo que sucede en el mundo animal y en el hombre; se pregunta, por ejemplo, ¿por qué hay tanta diferencia en la longitud del pescuezo de los animales y del hombre? 25 De forma parecida, la terapéutica humana podrá ser aplicada a la animal ya que «los irracionales conservan, y saben aún hoy, lo que de su medicina los enseñó el Criador, como ya yo he referido, y los hombres lo olvidan por negligencia» 26. Pensamos por ello que la formación como médico de Arredondo impregna toda su obra, y es una de las principales razones por la que en ella se dan cita, casi con la misma profusión, médicos, clásicos y modernos, y albéitares de la antigüedad y coetáneos del extremeño. El autor nos aporta, en diversos capítulos de la obra, interesantes noticias de los profesionales de la época y de las características relativas a la formación del futuro veterinario; y lo hace de una manera más prolija que muchos de sus colegas. Por ----ejemplo, uno de los más importantes albéitares del siglo XVI, Pedro López Zamora, examinador que fue del Tribunal del Protoalbeiterato de Navarra, hace escuetas recomendaciones a la formación de los futuros profesionales, a los que aconseja saber leer y escribir y buscar un maestro experimentado, hábil y docto 27. Arredondo es sabedor de que hay «un sin numero que no saben si quiera leer; con que es fuerza ignorar todo lo esencial de este Arte» 28. Recomienda, por ello, la dedicación al estudio ya que: «puedo jurar, por los muchos que he visto en el examen, ser tan pocos los peritos, que es cosa lastimosa, pues en lugar de traer aprobación de hombres doctos, solo la traen de idiotas, y insipientes, y faltos de el conocimiento de su Ciencia» 29. Y apelando al Derecho civil dice que si los profesionales no ponen esmero y cuidado en curar con diligencia, se les puede llamar homicidas. El capítulo tercero del primer libro de su obra está dedicado en su totalidad a las «condiciones generales y costumbres particulares, que el buen Albéitar ha de tener». Es de notar que Arredondo no sólo se fija en características relativas al saber albeiteresco sino que, como es costumbre en la literatura médica que se hace desde la Edad Media, introduce recomendaciones de carácter moral. Así, mientras aconseja la utilización conjunta de la ciencia y de la experiencia, hace lo propio con aspectos relativos a las buenas costumbres o la modestia. En otro lugar enumera las cualidades del médico de animales y en ellas alude a ciertos aspectos intelectuales: «ser agudo, y leído en la Teórica», «experimentado», «muy ingenioso, y tenga firme memoria» y a otros de índole moral: «virtuoso, y osado en las cosas seguras, temeroso en las peligrosas, y cauto en el pronosticar, templado, y misericordioso con los pobres, y no sea codicioso de el dinero» 30. Sin embargo, la autoestima como consecuencia del ejercicio profesional, el amor al oficio y el estudio abundante deben desembocar en un prestigio científico que irá paralelo al cobro de unos honorarios dignos. Por eso es conveniente buscar al albéitar que conozca su arte por el «provecho que se sigue cuando el que no lo es viene a ser dañoso, procurando dar satisfacción y paga conforme a sus méritos... porque ninguna Facultad hay de cuantas gobiernan al hombre, que quieran obrar de buena gana, si no hay interés delante» 31.En otras páginas vuelve a repetir algunos de sus consejos desde puntos de vista diferentes ocupándose ya sea del cuidado y «atavío de su persona» o de la necesidad de un buen aprendizaje: «Pero yo digo, que es muy dificultoso, y ----casi imposible ser aventajado en una ciencia los que han carecido de buen Maestro, que se la enseñe bien» 32. Ya que para Arredondo la «Albeitería no se diferencia en la Cirugía, más que en la anatomía, y en ser racionales, o irracionales» y la «Medicina, es una misma la que estos animales gastan en sus enfermedades» 33, es lógico que considere que el albéitar imita al médico aunque aquél tiene que actuar en todas las enfermedades «por conjetura, lo cual no se hace en la Medicina, porque los hombres de su naturaleza tienen facultad, y practica y palabras, con las cuales pueden declarar aquello que les da pena, y molestia; y con todo esto los Médicos prudentes (como dice Theomenesto) tienen necesidad de mirar con grande atención las señales, y pronósticos, para andar acertados. Siendo así lo dicho, mucho más necesario será entender por arte doctrinal en los animales, los cuales son mudos por naturaleza, por cuya causa no pueden declarar sus pasiones» 34. El autor resalta, en los márgenes de la obra, una de las diferencias entre el hombre y el animal desde la perspectiva de otro gran galenista de su siglo, Huarte de San Juan, que en el Examen de ingenios escribe: «El animal tiene su instinto natural, como el hombre: sólo se diferencian en el entendimiento y razón» 35 Por último, a modo de resumen, vamos a terminar este apartado con lo que se podría considerar la razón de ser de la profesión desde la perspectiva de Arredondo: tratar la enfermedad aunque, según su saber y entender, no tenga remedio, pero siempre desde un punto de vista ético impecable; en el capítulo LXXIX leemos: «Aunque algunas enfermedades se conocen ser incurables, no por ello se ha de dejar de escudriñar el Arte todo lo posible, a la ley del buen Albéitar, y principalmente, cuando fuere rogado del dueño de la cura, y en todo pronosticar muy prudentemente, para quedar libre de la calumnia de los émulos maldicientes, sino sucede conforme se desea». A continuación, en el mismo capítulo, nos cuenta la curación de una mula en el año 1649. El animal había perdido el casco y él consiguió a base de tiempo, emplastos y paciencia que le volviera a nacer. Lo cuenta con un gran lujo de detalles y termina diciendo: «He querido poner esto aquí, porque en las grandes enfermedades, mejor es hacer alguna experiencia con algún remedio, que no hacer nada». ARREDONDO Y LA HISTORIA DE LA CIENCIA Martín Arredondo es el primer español que da información, si bien sucinta, de los avatares históricos de la ciencia albeiteresca, hecho que no vuelve a suceder hasta ---- 32 Ibidem, p. 5. que, en 1856, el madrileño Ramón Llorente y Lázaro publica un texto sobre historia de la veterinaria 36. En efecto, el extremeño, como colofón al Libro primero, y con la finalidad de elevar el nivel de su profesión, escribe un «Prefacion de Albeytería y de su antigüedad, y de los hombres nobles que han escrito en ella, y de la estimación que de sí debe hacer el buen Albéitar»; son cuatro páginas donde nos habla de la albeitería clásica, de los hombres importantes que han escrito sobre ella y de la estimación en la que se debe tener el buen albéitar 37. Se aprecia en estas líneas el deseo de dignificar la profesión, de darle cierto aire selecto. Y en esto se vuelve a mostrar la formación médica del albéitar extremeño, pues Arredondo, al contar la historia de su profesión, está haciendo lo mismo que, para dignificar la suya, hizo el más importante de los cirujanos europeos del siglo XIV, Guido de Chauliac. Desde el título, donde podemos leer sobre «los hombres nobles que han escrito en ella», hasta el contenido, en donde la nobleza del arte se puede apreciar en las cartas que le escribía Alejandro Magno a su albéitar (una de las cuales transcribe según el testimonio de Guevara); en las honras que hacían los reyes a los maestros de este arte; o en los A un caballo se le pueden pelar las crines como consecuencia de tener algunos «humores corrompidos», por rascarse, por golpes o por dormir con algunas aves, «de las cuales se le pegan algunos piojos, y con esto se rascan» 38. Cuando estudia el carbunco hay que destacar, como consecuencia de su formación médica, que se apoya en la autoridad de Galeno 39; de la relajación de los brazos del animal hace un diagnóstico fácil: «Conocéranse, en que el animal, cuando anda se deja el brazo hacia atrás: otras veces se puede ver en el brazo que doblándolo, queda aquella cuerda floja» 40; y reconoce la infosura como enfermedad causada por las condiciones de alimentación y uno de los tratamientos que propone -corriente de agua fría y dieta 41 -sigue siendo utilizado en la actualidad aunque, obviamente, se han agregado nuevas formas de curación. No es infrecuente encontrar en el extremeño alusiones a otras personalidades científicas españolas que le precedieron en el estudio de algunas enfermedades. En este sentido, los ya citados Manuel Díez, Pedro López Zamora y Hernando Calvo son los albéitares citados. Por ejemplo, el gabarro 42 es definido con bastante precisión por nuestro albéitar como una enfermedad «de los asientos del casco de manos y pies»; avisa de los peligros de la misma: «es muy notorio la enfermedad tan maligna, que es esta de Gabarro por la cual muchos Maestros pierden de su crédito, aunque anden muy Metódicos y discretos en su cura»; y sigue acertadamente el tratamiento que proponen Díez y Calvo. En lo que respecta a la enfermedad del hormiguillo u hormiguilla, patología que afecta a los cascos de las caballerías y muy especialmente a la tapa y sauco, podemos decir que la define bien y la trata correctamente, con métodos parecidos a los que se hacen hoy día 43. Es de señalar que, en lo que respecta a esta afección, Arredondo sigue casi al pie de la letra lo escrito años antes por Pedro López Zamora 44. Más interesante es el estudio que hace nuestro albéitar de la rabia, sus causas y remedios 45. La considera «la más perniciosa y dañosa de todas las enfermedades» ya que «tiene poco remedio». Se basa en una historia que cuenta Daza: Define los síntomas claramente y la trata de acuerdo con la farmacopea de la medicina galénica aunque no es partidario de la utilización de las sangrías ni de los cauterios de fuego en el cerebro. Considera especies sensibles de la rabia al caballo, perro, camello, león, raposa, mona y gato, citando al pie de la letra a los mismos animales que Andrés Laguna 46. El interesante capítulo VII está dedicado a las diferentes formas de tos. Define la como una pasión peligrosa y la divide en cuatro especies siguiendo el criterio de Luis Lobera entre los médicos y Hernando Calvo entre los albéitares: los catarros o toses de primavera son de alojamiento en la faringe, la tos de cólera es de estío, la de melancolía o muermo es de otoño y la húmeda de flema se da en el invierno. La de melancolía o muermo es una enfermedad contagiosa muy difundida y que ocasionaba grandes pérdidas en los solípedos (hoy está extinguida del continente europeo); es causada por el Bacillus mallei y conocida desde los tiempos más remotos por Absirto (s. IV) y Vegecio (s. V) 47 Es introducida en los miembros (órganos), «particularmente en el bazo, por ser su morada» y también puede causar «rompimiento en los pulmones» y «pelar algunas partes del cuerpo» lo que en verdad se ajusta a nuestros conocimientos sobre la enfermedad: las bacterias del muermo se ingieren por vía digestiva pasan al tejido subcutáneo submucoso a través de las mucosas de la faringe y del intestino y alcanzan los ganglios próximos, a los que llegan con la corriente linfática. Primero se multiplican en los ganglios de manera que los subcutáneos aparecen inflamados al tacto. En la necropsia de la forma aguda se observan hemorragias petequiales múltiples por todo el cuerpo y bronconeumonía catarral grave 48. Arredondo no hace referencia alguna al hecho de que el muermo podía afectar a los testículos, algo descrito años antes por Pedro López Zamora como una «postema que se hace a los caballos en los compañones que dicen muermo» 49. El extremeño recomienda la sangría de los pechos y una purga de polvos de cohombrillo y vino en ayunas, dar la comida bien limpia y agua cocida con regalicia, raíz de perejil y azafrán. Respecto a la limpieza podemos decir que nuestros conocimientos nos dicen que las condiciones higiénicas son fundamentales a la hora de prevenir la enfermedad ya que la bacteria del muermo resiste poco las influencias exteriores: en medios húmedos conservan su vitalidad y virulencia de 15 a 30 días y en materias en putrefacción de 14 a 24; además, son aniquiladas por la luz del sol en 24 horas. 47 HUTYRA, F.; MAREK, J; MANNINGER, R. y MÓCSY, J. (1973), Patología de terapéutica especiales de los animales domésticos, Barcelona, Labor, 11a ed., t. I, p.766. con los antisépticos usuales. El muermo en el caballo suele ser crónico, no así en los mulos y asnos. Hemos comentado anteriormente que Arredondo, desde un punto de vista general, consideraba la medicina humana y la albeitería en un plano de igualdad. Ahora, desde una faceta estrictamente farmacológica nos cuenta que «...vemos ser convenientes los medicamentos del hombre para el animal» 50 Sin embargo, es un perfecto valedor de una nueva veterinaria, «No se entienda, que nuestra Albeytería no es científica», ya que se da cuenta de que cada día aparecen nuevas enfermedades que «no han visto nuestros antecesores». Por ello se hace necesario utilizar la conjetura como vía intermedia entre la «total ignorancia, y entre la total verdad» 51. Veamos los remedios que utiliza para curar la gota coral, enfermedad a la que dedica el capítulo CII de su obra. Desde tiempos muy antiguos, se utilizaban diversas partes de la peonía (Paeonia officinalis, L.) contra la epilepsia, como también se denominaba la enfermedad: Andrés Laguna destacaba que para curar este mal era un espléndido remedio la simiente y la raíz, bebida o colgada del cuello, sobre todo en los niños 52; esto es lo mismo que leemos en el Método y orden de curar las enfermedades de los niños (1600), del médico aragonés Jerónimo Soriano: «Colgáranle al cuello cuentas de simiente de peonía o de raíces della, cogidas en luna menguante» 53; así mismo, el que fuera destilador en El Escorial, Diego de Santiago, utiliza, entre otros vegetales peonía redonda 54. Arredondo también se ajusta a los criterios de la farmacopea clásica en cuanto que sigue a Absirto, por lo que lee en Suárez, y a Luis Lobera; describe varias recetas que contienen, entre otros vegetales, polvos o simiente de peonía. Por último, recomienda la utilización de purgas y sangrías si el animal fuera «muy repleto». En el «Tratado segundo» de la obra hay un breve resumen, de tres páginas, sobre la terapéutica que Arredondo considera fundamental en el oficio de albéitar 55. El formulario de terapéutica del extremeño es el primero de los escritos en lengua española y tal y como aparece en la portada de sus Obras de Albeytería, contiene la «ver-
En atención al inadvertido artículo de Reyes Prósper (1891), «La lógica simbólica», examino la fallida introducción inicial de la lógica moderna en medios matemáticos, en España, a finales del s. XIX y principios del XX. La falta de recepción de este tipo suele atribuirse a circunstancias externas o genéricas, desde avatares personales hasta condicionamientos institucionales y culturales de nuestra España académica. Pero, en este caso, también merece atención el trabajo mismo de los llamados «sembradores», i.e. introductores. De paso, apunto algunas consecuencias para el estudio de los fenómenos de recepción. PALABRAS CLAVE: Reyes Prósper, recepción de lógica moderna, s. XIX, España. Según es bien sabido, el desarrollo del conocimiento en el s. XIX trajo consigo profundas transformaciones en diversos campos filosóficos, científicos y matemáticos. Algunas fueron tan sustanciales que comportaron no sólo cambios de ideas, teorías o procedimientos, sino unas nuevas señas de identidad de la disciplina afectada. Así ocurrió al menos en lógica. Conforme mediaba y avanzaba el siglo, la lógica fue conociendo diversos programas y formas de análisis independientes de las tradiciones escolares del «Collegium logicum», imperantes en filosofía, y asociados a ciertos desarrollos que tenían lugar en matemáticas («álgebras de la lógica» de Boole, Grassmann, Schröder o Peirce, «conceptografía» de Frege, «lógica matemática» de Peano, entre otras variedades hoy menos relevantes). Convengamos en darles una denominación común tan genérica como «lógica moderna» -según el uso anglosajón-o como «nueva lógica» -a tenor de un manifiesto retrospectivo de Carnap. Hace ya varios años J.A. del Val, al editar «los escritos sobre lógica de D. Ventura Reyes y Prósper», planteó la cuestión de su introducción en España: «Este matemático español de fines del siglo XIX fue el primero, por lo que sabemos, que se ocupó sistemáticamente de la lógica en el sentido moderno» -decía 1. Ahora me he encontrado con otro escrito, imprevisto al parecer, del propio Ventura Reyes sobre este asunto, que considero oportuno sacar a la luz por varios motivos. Se trata del artículo «La lógica simbólica», publicado por partes en Naturaleza, Ciencia é Industria («Revista general de Ciencias é Industrias», Madrid: Imp. Algunos de los motivos para traer a colación este escrito y editarlo aquí como apéndice tienen que ver con la obra y la personalidad de D. Ventura. No se trata sólo de una adición al repertorio de sus «escritos lógicos» ya conocidos. Además, este artículo difiere de esos breves apuntes impresionistas, limitados a la divulgación de algún punto llamativo o de algunos nombres, por su mayor extensión y por su aire de presentación general de «la lógica simbólica» bajo una forma relativamente estandarizada. Así que, en su calidad de introducción, ayudará a disipar una sorpresa que el editor de «los escritos lógicos» de Reyes Prósper confesaba: «Lo que sorprende al leerlos es que están escritos de tal manera que suponen que el lector conoce el tema y simplemente le proporcionan una información complementaria. En ninguno de ellos hay una exposición introductoria y detallada que permita al lector prescindir de los textos a los que alude.» Aunque claro está que el artículo, al fin, nos depara otra sorpresa: su inopinada interrupción, sin continuidad en los números posteriores de la revista -ni en el número siguiente y último del año 1891 (vol. I), ni en los de años sucesivos, 1892 (vols. II, III) y 1893 (vol. IV)-. Suspensión que tal vez nos haga pensar en el singular talante y en las varias empresas entrecortadas de D. Ventura, pero también en las vicisitudes por que han atravesado la introducción y la recepción de la nueva lógica en España 3. 2 Agradezco a Antonio Frías Delgado (Dpto. de Lógica, Universidad de Cádiz) el haberme puesto en la pista de esta publicación. Los 4 vols. de la revista pueden verse en la BN (Madrid), D/ 7169. 3 Jesús Cobo ha procurado ilustrar el «factor psicológico» en COBO, J. (1991), Ventura Reyes Prósper, Badajoz, Dpto. de Publicaciones de la Diputación de Badajoz; y (1999), «Ventura Reyes Prós-Creo que éste último es un pretexto mayor para desempolvar el ignorado artículo de Reyes Prósper sobre la lógica simbólica. Tanto su conformación, como su suerte hacen de él un buen síntoma de la precaria y, a fin de cuentas, fallida introducción de la nueva lógica en los medios intelectuales y académicos españoles de finales del s. XIX y principios del s. XX. La ocasión también se prestaría, por cierto, para revisar algunos aspectos de su accidentada recepción en el curso del s. XX, como su fortuna en fases posteriores de reintroducción o su diferente acogida en medios matemáticos y filosóficos. Aquí me limitaré a considerar la presencia inicial de la nueva lógica en el periodo indicado y en medios matemáticos. Pero, dentro de dichos límites, esta consideración no dejará de tener consecuencias sobre las ideas que circulan en torno a los fenómenos de recepción: mostrará, en particular, que no toda introducción implica una recepción efectiva -como, por lo demás, la eventual presentación de un desconocido en la calle no implica su aceptación como nuevo miembro de la familia en casa. «LA LÓGICA SIMBÓLICA» DE VENTURA REYES. Empezaré situando este artículo en un esquema cronológico que incluya los escritos sobre lógica de D. Ventura -de los que tenemos constancia-y algunas otras circunstancias bio-bibliográficas concurrentes. Servirá de marco de referencia. Programa de oposiciones a cátedra de Matemáticas de Instituto en el que procura «introducir aquellas modificaciones que en el extranjero... son ya vigentes.» Aparte de hacerse eco inicialmente de las «nuevas ideas sobre el objeto de las matemáticas», el programa dedica tres lecciones a la «Algoritmia de la Lógica según Boole, Robert Grassmann, Peirce y Schroeder». En adelante reduciré el título de la revista a las siglas EPM. ---per», en AAVV, Biografías y semblanzas de profesores. DEL VAL (1973), por su parte, había cargado las frustraciones de D. Ventura en la cuenta del medio institucional y cultural de la España de su tiempo. Aquí trataré de mostrar otros aspectos de su labor introductoria menos externos o genéricos. Las citas de [2] remitirán a la edición aquí adjunta como apéndice. Como ya he sugerido, [2] difiere de las restantes contribuciones por su intención de ofrecer una presentación general de la lógica simbólica. Guarda, no obstante, ciertas semejanzas con la primera [1]: comienza con un panorama breve pero comprensivo de la aparición histórica y de la distribución geográfica del cultivo de la lógica simbólica; se sirve a efectos propagandísticos de una aplicación tan llamativa -se suponecomo el «raciocinio à máquina» 5. Las diferencias radican en la atención que, a partir ----4 Este mismo decreto del ministro de Fomento Linares Rivas suprimió también cuatro facultades de Ciencias (Granada, Sevilla, Valencia y Zaragoza) de las seis existentes; se salvaron Madrid y Barcelona. En septiembre de 1893 su sucesor, Segismundo Moret, restablecerá la de Zaragoza. Las otras habrán de esperar hasta agosto de 1895 -durante el ministerio de Alberto Bosch-. Mientras tanto, en 1894, se autorizan los estudios universitarios de Ciencias físico-matemáticas en Oviedo. 5 Aunque la propaganda no tuviera el efecto inmediato deseado, esta imagen mecánica ganó con el tiempo cierta popularidad, según se trasluce en Troteras y danzaderas de Ramón PÉREZ DE AYALA de ahí, [2] va a prestar a ciertas virtudes lógicas del nuevo programa -en particular, el lenguaje simbólico, el proceder algorítmico y su capacidad resolutiva, la ampliación del campo de análisis a «los relativos»-, y a sus aplicaciones matemáticas. Por lo que se refiere a las virtudes lógicas, [2] podría verse como una exposición en parte básica y en parte complementaria de las misceláneas [3], [4], [5], [8]; por lo que concierne a los servicios o aplicaciones matemáticas, como un preámbulo de [7] y [8]. Si [1], en fin, termina declarando su intención motivadora: «¡Ojalá este artículo despierte la curiosidad de nuestro público científico hácia una disciplina matemática tan hermosa como el Álgebra de la Lógica!» (p. 332), la segunda parte de [2] se inicia con clara conciencia de la situación: como no hay exposiciones de esta disciplina matemática en castellano y, por tanto, resulta casi desconocida en España, la presentación de sus «fundamentos» y «teorías» habrá de ser la más vulgar, antes que la más adecuada (p. La exposición de esos «fundamentos» de la lógica simbólica descansa en fuentes como Schröder, Peirce y Mitchell, en especial los dos últimos, sin mayores pretensiones de originalidad que la selección del material a transcribir -de hecho, la parte central del artículo viene a ser una transcripción de ciertos pasajes del apartado 2 de PEIRCE (1885): «On the Algebra of Logic. Sobre estas bases ofrece una presentación relativamente fundada y progresiva del cálculo de proposiciones, dirigida a mostrar: (a) la capacidad de la lógica simbólica para absorber la lógica tradicional y extenderse a nuevos campos de análisis como el de los relativos; (b) las características comunes y los rasgos distintivos del álgebra de la lógica con respecto al álgebra ordinaria; (c) la conveniencia de partir de la «cópula» implicativa, por ser más simple que la «cópula» de igualdad en términos de ecuaciones; (d) el rendimiento resolutivo del cálculo lógico simbólico. Se trata, además, de una exposición razonada informalmente que mantiene la mezcla entonces habitual de consideraciones sintácticas (e.g. derivaciones de fórmulas) y semánticas (e.g. atribuciones de verdad/falsedad), y la indistinción entre fórmulas válidas y reglas o formas de inferencia. Por desgracia, la interrupción del artículo nos deja sin noticias sobre la cuantificación y sobre algunos otros puntos conceptuales o técnicos, avanzados por las fuentes de inspiración de Reyes Prósper. Pero, si a esas noticias lógicas se unen las ---- (1912). Travesedo, uno de sus personajes, comenta a sus amigos Teófilo y Alberto, mientras suben por la calle del Prado hacia la plaza de Santa Ana, que «la inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons, un filósofo inglés, inventó una máquina lógica, un aparato que funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de segundo grado.» Cito por la edic. de A. Amorós, Madrid, Castalia, 1973;p. Hay, no obstante, aspectos de [2] menos afortunados. Por ejemplo, creo que habría sido preferible completar la presentación inicial con alguna referencia de carácter analítico-conceptual, o detenerse en correlaciones como la dualidad de la adición y la multiplicación 6, antes que precipitarse en un ejemplo aislado de resultados parciales de la resolución de problemas ([2], pp. 212-213). En algún otro caso D. Ventura parece depender demasiado de sus «autoridades»: es posible que su afirmación de que Boole venía tratando en íntima conexión el análisis lógico y el cálculo de probabilidades desde (1847) The mathematical analysis of logic ([2], p. 204), se deba más a una idea inducida por sus fuentes secundarias que al conocimiento directo de este texto booleano 7; y es seguro que algunas erratas en el texto original de Peirce (1885) le llevan a reproducir esas mismas formulaciones erróneas (e.g., en [2], p. 211), pese a contar -incluso en el párrafo inmediatamente anterior, en este caso-con observaciones o advertencias que habrían permitido subsanarlas. En todo caso, estos escritos [1]-[8] parecen ser el primer intento relativamente comprensivo y deliberado de presentar o dar a conocer la nueva lógica en España. Al menos le han valido a Reyes Prósper el título de «introductor» casi por unanimidad entre los interesados por la suerte de la lógica moderna en España. Los intérpretes coinciden así mismo en la falta de éxito de esta primera introducción -de hecho, no deja secuelas-. Después, como ya hemos visto (cf. supra, nota 3), se dividen al pronunciarse sobre las causas: hay quien da más importancia a la compleja personalidad y la dispersa erudición de D. Ventura que le llevan a tantos entusiasmos como desfallecimientos, y hay quien achaca el fracaso sobre todo a la inercia institucional, la ausencia de estímulos y la incuria científica de la España de su tiempo. Pero si queremos hacernos una idea más cabal del curioso comportamiento de Reyes Prósper y de su escasa fortuna como «introductor» de la lógica simbólica en España, habremos de revisar también las virtudes presuntamente introductorias de sus propios escritos lógicos. ----6 «Dualismo» justamente destacado por GARCÍA DE GALDEANO (1891) en su reseña de las Vorlesungen..., I, de Schröder (vid. supra); no sé si la existencia de esta noticia previa pudo ser, a juicio de Reyes Prósper, una buena razón para omitirlo. Cf. también la fugaz alusión de [4], p. 7 Boole sólo alude a las probabilidades en el último párrafo de este libro y lo hace justamente para descartar que su doctrina general de los símbolos electivos dependa de algún origen cuantitativo como el probabilístico. La interpretación de su cálculo en términos de probabilidades se le ocurre al parecer a principios de 1849, vid. la carta de Boole a J.W. Lubbock de 22 de febrero de 1849, recogida en I. GRATTAN-GUINNESS, G. BONET, (eds.) (1997), George Boole -Selected manuscripts on logic and its philosophy. Partiendo de una metáfora bastante popular en otro tiempo para referirse a la introducción de la matemática moderna en España -a cargo de «sembradores» del tipo de Echegaray, García de Galdeano o Torroja-, examinemos la calidad de D. Ventura como sembrador de las ideas y procedimientos de la nueva lógica simbólica. Pues supongo que la infertilidad de esta primera siembra en la última década del s. XIX también tiene que ver con la propia índole de las labores de introducción -un aspecto que se suele pasar por alto cuando se consideran sus circunstancias. De entrada parece tan exagerado atribuir a D. Ventura una estrategia o un plan de introducción finamente elaborados, como asegurar que él mismo «se ocupó sistemáticamente» de la moderna lógica simbólica -según Del Val (1973), p. Da muestras, sin embargo, de cierto interés por la difusión y arraigo de la nueva lógica -aunque no sólo en España, sino más bien en medios internacionales: «entre las razas eslavas» ([1], p. 330), «en la patria de los césares y los mártires» ([8], p. Sea como fuere, el conjunto de los escritos [1]-[8] deja traslucir tres pasos introductorios. En esta línea, los escritos (1) avanzan unas noticias de ambientación y situación de la nueva disciplina matemática; (2) ponen de relieve su importancia teórica (lógicomatemática) y sus servicios o aplicaciones prácticas -dadas las discusiones de finales del XIX entre matemáticos facultativos y matemáticos ingenieros, las declaraciones de D. Ventura sobre la relación entre la innovación teórica y la utilidad inmediata (cf. [2], p. 354) no son irrelevantes-; (3) exponen ciertos fundamentos analíticos y operacionales de la nueva lógica. Más aún, D. Ventura parece dispuesto a redondear esta tarea de introducción de la lógica simbólica con la composición de su propia historia, según apunta en [6], p. Y al mismo propósito de importación responderían otros indicios: la reiterada confesión de Reyes Prósper de estar traduciendo las Vorlesungen de Schröder ([1], p. 207); su previsión de cierta oposición o resistencia por parte de «filósofos más amigos de charla que de estudio, ó de personas que acostumbradas á ser los solos sabios, nunca miran con buenos ojos aquello que ignoran» ([4], p. 347); su esperanza, en fin, en que algún mediador de amplia cultura matemática y filosófica, -en particular Albino Nagy, también reseñado puntualmente por García de Galdeano-, pueda reconciliar a los filósofos con la nueva disciplina ([8], pp. 350-51). Por desgracia, esta nota [8], aparentemente alentadora, es su último escrito conocido sobre el asunto: una vez más D. Ventura, como en la inopinada interrupción de [2], nos deja la introducción de la nueva lógica en suspenso. Llegados a este punto de inflexión, pasemos a considerar algunos otros aspectos menos positivos -o, si se prefiere, desalentadores-de las labores de siembra de D. Ventura. Para empezar, los «escritos lógicos»-con la salvedad de [2] ya señalada-constituyen una suerte de miscelánea de notas impresionistas sobre la nueva lógica o, mejor dicho, en torno a los nuevos lógicos. Este género de noticias es apropiado para llamar la atención y «despertar la curiosidad del público científico» ([1], p. 352); puede crear, si acaso, cierta expectación ante los admirables progresos y espectaculares resultados de la lógica simbólica. Pero no parece el más indicado para mover a la participación activa en el desarrollo de este tipo de conocimiento analítico y relativamente sistemático, para inducir al trabajo y la investigación en esta nueva área matemática abstracta. Tampoco es muy motivadora en este sentido la actitud de D. Ventura, según todos los visos más interesado en dar muestras de sus relaciones y de sus conocimientos en dicha área que en desarrollarlos y proporcionarlos8. [2] viene a ser entonces un complemento oportuno al suministrar unos «fundamentos», una base general y normalizada, del cultivo de la nueva disciplina. Pero esta misma presentación pone a los lectores ante un producto no sólo novedoso sino ajeno y sustancialmente hecho y acabado: el lector tiene la impresión de que no se espera de él mayor contribución que el reconocimiento de las virtudes del producto logrado. Quizás por su nivel elemental o tal vez por quedar truncado, el informe no busca la complicidad de un posible receptor: no hace referencia, por ejemplo, a cuestiones abiertas, ni trata de relacionar el rendimiento del cálculo con los previsibles intereses científicos o intelectuales del público al que va destinado. Siguiendo por la línea recién apuntada, tampoco es muy alentadora la falta de integración conceptual, teórica y analítica con que se presenta la nueva disciplina, y esta relativa a-contextualidad también contribuye a darle a la nueva lógica cierto aire de empresa curiosa o singular, un tanto bizarra. Reyes Prósper, por cierto, no deja de mencionar la asociación de la lógica simbólica con el estudio de las probablidades (e.g. en los casos de Boole o de Poretzky), amén de alguna otra aplicación matemática (e.g. al esclarecimiento de los principios de las ciencias exactas o a la rigorización de su lenguaje, en los casos de Peano o de Peirce). Pero estas menciones no llegan a desarrollarse en muestras instructivas o en referencias sustanciales. De las limitaciones de este proceder alusivo, una especie de amagar y no dar, padece incluso la articulación interna del cálculo presentado. Un caso ilustrativo podría ser el de «la lógica de los relativos»: más allá de su encarecida importancia, no encontramos mayores ----noticias acerca de su papel y su sentido dentro del análisis del discurso, en general, o dentro del discurso matemático en particular. Hay, sin embargo, dos puntos en los que Reyes Prósper abre una perspectiva contextual más amplia y prometedora. El primero es su visión de la nueva lógica como una disciplina matemática. El segundo es su consideración de la aritmética como una rama de la lógica pura. En el primer caso, la condición matemática de la lógica parece responder tanto a la matematización o al tratamiento algebraico del cálculo de la lógica, en la tradición booleana, como a la rigorización de las teorías y las pruebas matemáticas, en la línea de la lógica de las matemáticas adoptada por Peano -aunque ésta no sea una distinción en la que Reyes Prósper se detenga (vid. e.g. La posición de Reyes Prósper en el segundo caso resulta algo más explícita y elaborada. Puede que su reconocimiento de la orientación logicista en [6] -«La Aritmética ha llegado á ser, merced á los trabajos de Grassmann, Peirce, Dedekind y Peano, una rama de la lógica» (p. 335)-, quiera ser un testimonio histórico antes que una tesis sustantiva. Pero el escrito siguiente [7] disipa cualquier duda sobre su asunción efectiva. A diferencia de la geometría -dice-, que no sólo mantiene cierta dependencia empírica sino que permite formar, a partir de la negación de un axioma o de una hipótesis fundamental, un cuerpo de doctrina libre de contradicciones, en aritmética no sería posible componer sin contradicción un sistema de verdades aritméticas opuesto al existente. Así pues, la aritmética es tan invariable como las leyes del juicio (p. Más aún, las leyes que gobiernan los números se derivan directamente de las que rigen el pensamiento humano, según ha advertido «Peano» (p. 354), de modo que la aritmética constituye una rama de la lógica, en particular una rama de la lógica de relativos si se atiende a la línea de desarrollo seguida por Peirce (p. Por lo demás, la orientación logicista no sólo ha propiciado la definición del concepto de número y la rigorización de pruebas matemáticas anteriores de raíz empírica (p. 353), sino que conduce a identificar un mismo contenido nocional u operacional bajo los diversos métodos o «idiomas» simbólicos de Boole, Peirce o Schroeder ([3], p. Estas manifestaciones «logicistas» marcan el punto máximo al que pudieron llegar las declaraciones de D. Ventura sobre la índole y el sentido de la nueva disciplina de la lógica. Ahora bien, entre estas ideas y la filosofía instalada o, al menos, tradicional entre los matemáticos coetáneos, mediaba una distancia prácticamente insalvable. El abismo puede apreciarse a través del prolijo y retórico ensayo de N. UGARTE (1891): «La matemática, su importancia y preeminencia actuales», EPM, I/7, 145-181, alineado en una tradición de tópicos que podrían remontarse a las discusiones del s. XVI en torno a la cuestión De certitudine mathematicarum, y aderezado al gusto «moderno» con algún retazo de ideología krausista (era un abismo que, por lo demás, también existía en relación con las filosofías instaladas entre los propios filósofos, en particu-lar con la «Lógica fundamental» implantada a partir de 1900 por un decreto de nuestro primer ministro de Instrucción Pública, García Alix). Pero veamos alguna otra alternativa en este mismo entorno matemático de finales del s. XIX y principios del s. XX, con el fin de disponer de una perspectiva comparativa más adecuada 9. enseñanzas matemáticas en España, D. Zoel García de Galdeano (1846Galdeano ( -1924) ) 11. A D. Zoel se debían no sólo la existencia de un órgano específico de expresión y de aculturación como El Progreso Matemático, sino la primera noticia publicada en España sobre el «Álgebra de la Lógica»: la recensión del primer volumen de las Vorlesungen de Schröder (vid. supra, marco de referencia). Y el plan propagandístico de «ofrecer el cuadro general del desenvolvimiento matemático contemporáneo», que había animado la fundación de El Progreso Matemático también contemplaba esta nueva orientación, según reafirmaba su fundador al cumplirse un año de la revista: «Hay otras investigaciones de carácter filosófico que hoy atraen la atención de los aficionados á la ciencia matemática y van ocupando un lugar en las obras de enseñanza, como son las teorías del Álgebra de la lógica, el simbolismo del cálculo moderno, y aun otras lucubraciones superiores que extienden las ramas de dicha ciencia y de las cuales es precisar dar algunas noticias, señalar siquiera las líneas generales...» Más aún, tras el silencio de D. Ventura, se prodigaron las referencias de D. Zoel a la nueva lógica y a algunas de sus connotaciones matemáticas y filosóficas, por ejemplo en sus folletos: [1*] Las modernas generalizaciones expresadas por el Álgebra simbólica, las geometrías no-euclídeas y el concepto de hiper-espacio, Madrid, Imprenta de Idamar Moreno, 1896. [2*] Algunas consideraciones sobre Filosofía y Enseñanza de la Matemática, Zaragoza, Tipografía de Emilio Casañal, 1907. [3*] Boletín de Crítica, Enseñanza y Bibliografía Matemática, Zaragoza, Tipografía de E. Casañal, 1909. [4*] «Exposición sumaria de la Matemática según un nuevo método», Suplemento a la Revista de la Sociedad Matemática Española [Cuaderno 1o]. Pero eso no significa un relevo en la tarea: García de Galdeano no es el corredor de fondo que toma el testigo del primer velocista cuando éste desfallece. La labor de introducción del Álgebra de la lógica en manos de D. Zoel discurre por una pista paralela a la de D. Ventura: sigue en cierto modo una dirección parecida, en el sentido de presentar o dar a conocer unas nuevas tendencias de la matemática moderna, pero desde [1*], i.e. 1896, procede como si Reyes Prósper no hubiera escrito nada o no existiera. Muchos años más tarde, cuando en 1929 Francisco Vera vuelva a ocuparse de asuntos más o menos relacionados con el papel que tocaría desempeñar a la lógica en matemáticas, tampoco dará señales de que alguna vez hubiera habido alguien en España que se hubiera ocupado de esos temas. Son curiosas, pero no insólitas, estas soluciones de continuidad en la introducción y recepción de nuevas ideas en ----11 Calificado por Rey Pastor como «esforzado paladín de la matemática moderna en España», siempre fue nombrado entre los «sembradores», cf. e.g. PLANS, José Ma (1926), «Las matemáticas en España en los últimos cincuenta años», Ibérica, t. I, vol. XXV, no 619, 172-174. la cultura española, donde cada presentador se cree llamado a obrar ex nihilo por cuenta propia. En el presente caso es además una verdadera lástima porque las referencias de García de Galdeano podrían considerarse hoy como una labor de introducción más genérica, pero más contextual y, en algunos aspectos, complementaria de la miscelánea de notas impresionistas de Reyes Prósper. García de Galdeano también empieza asumiendo la condición matemática del Álgebra de la lógica, «rama digna de ser estudiada por todo el que aspire á tener idea acabada del organismo de la ciencia matemática» -reseña citada de Schröder (1890), EPM, I/8 (1891), p. 203)-, sin dejar de reconocer su dimensión filosófica más allá de las matemáticas (cf. [1*], p. Comparte así mismo con Reyes Prósper una especie de logicismo, al menos «estilístico»: el estilo matemático no puede ser más que uno, el de la lógica, en atención a las demandas de rigor expositivo y sistematización deductiva ([3*], p. 138); su manifestación más amplia en el campo de la matemática es justamente el Álgebra de la lógica ([3*], p. 93); un desarrollo en curso es el marcado por los trabajos de la escuela italiana a partir de Peano, en la línea de la constitución simbólica de un lenguaje matemático puro ([2*], p. Pero sus labores de presentación e introducción tienen más alcance. Probaré a concentrarlas en torno a tres puntos de mayor entidad: (1) la caracterización del Álgebra de la lógica, (2) su contextualización e integración dentro del marco de desarrollo de la matemática moderna, (3) su proyección general intra-y extra-matemática. Por lo que se refiere a (1), García de Galdeano no sólo insiste en su carácter de cálculo eminentemente simbólico por hacer depender la validez de sus resultados de las leyes de combinación de sus símbolos ([1*], p. 36), sino que repara en sus dos momentos de constitución: «Por el primero se constituye en un organismo puramente formal, obtenido por la simple combinación de signos de objetos y signos de relación... El segundo momento del Álgebra de la Lógica es la interpretación. Las leyes combinatorias han establecido relaciones a priori que son formas vacías, a las que debe darse un contenido concreto.» ([3*], p. 93; en [4*], pp. 15-16, trata de ser más explícito, aunque no pueda evitar alguna imprecisión y cierta confusión entre el análisis lógico de clases y el de predicados (o «atribuciones de cualidades a un sujeto»). En la línea de (2), García de Galdeano no sólo apunta una serie de rasgos distintivos del perfil que va presentando la matemática moderna, como la combinatoria, el simbolismo, la sistematización, la compenetración y la aritmetización, algunos de ellos obviamente asociados a la lógica simbólica, (cf. [3*], pp. 66-102, passim; [4*], pp. 3-6, y su caracterización de la tendencia actual como «fusionista», pp. 11-14); también insiste en la congruencia de este desarrollo lógico-simbólico con la tendencia matemática coetánea hacia la abstracción y la autorregulación formal; más aún, llega a asegurar que ese desarrollo es una condición necesaria de esta orientación por sus poderes de generalización y abstracción ([1*], p. En fin, con relación a (3), García de Galdeano, tras considerar dichos desarrollos simbólicos y combinatorios como «dependientes y en conexión con las leyes que rigen nuestro desenvolvimiento intelectual» ([1*], p. 36), pasa revista a sus conocidas aplicaciones matemáticas y se detiene en algunos otros servicios generales como, por ejemplo, los que puede prestar bajo la forma de «crítica racional», es decir: en orden a la convalidación y la sistematización deductiva del conocimiento ([2*], p. 34), o bajo la forma de «lengua racional», es decir: en orden a la expresión simbólica, esquemática y precisa del conocimiento ([2*], pp. 59-60). A lo que se suma otro aspecto básico en esta perspectiva, a saber: su calidad como instrumento de generalización teórica y de abstracción conceptual ([3*], p. 65), sea dentro o sea fuera de las matemáticas, y todo esto aparte de las funciones que pueda desempeñar en su «dimensión subjetiva», i.e. la relativa a la inteligencia y sus operaciones: clasificaciones, esquematizaciones o cuadros representativos, materia tradicional de estudio de los lógicos ([3*], p. A pesar de su amplitud de miras y su poder de sugerencia, esta presentación de García de Galdeano no corrió mejor suerte ni logró mayor audiencia en medios matemáticos que la introducción paralela de Reyes Prósper. Puede que también haya tenido algo que ver la presentación misma. Pues, por comparación con las notas impresionistas de D. Ventura, las referencias de D. Zoel vienen a adolecer, en parte, de lo contrario y, en parte, de lo mismo. De lo contrario, en la medida en que resultan demasiado amplias y genéricas; de lo mismo, en la medida en que siguen tratando el desarrollo de la lógica simbólica como una ocupación distante y ajena. La lógica simbólica era, en suma, una nueva disciplina matemática a la que ninguno de los dos parecía dispuesto a hacer ninguna contribución efectiva. ¿No sería pedir demasiado el esperar algo más de los eventuales lectores? Era demasiado, desde luego, a juzgar por el desinterés de sus colegas. García de Galdeano y Reyes Prósper fueron recordados en medios matemáticos como introductores, si acaso, de la geometría no euclidiana -e.g. en el artículo antes citado de PLANS (1926)-. Pero, entre los matemáticos, no hay referencias a sus noticias sobre la lógica; ni las hay, en general, a esta presunta ramificación matemática durante las primeras decádas del s. XX 12 -salvo alguna reseña singular, como la de Cou-----12 Pueden verse, aparte del informe de Plans, las memorias sobre la enseñanza matemática en España presentadas al Congreso Internacional de Cambridge (1912), o la entradilla sobre «Ciencias Exactas» en el tomo XXI de la Enciclopedia Espasa (1923) dedicado a España (en especial, p. 1119, donde se habla de la situación contemporánea) -por otro lado, en la entrada general sobre «Matemática» del t. XXXIII (1917), pp. 879-898, ni siquiera se nombran el álgebra de la lógica, la lógica simbólica o la lógica matemática entre las orientaciones y especializaciones modernas; figura, e.g., Hilbert, pero sin la menor alusión a sus ideas lógicas o filosófico-matemáticas, y Peano brilla por su ausencia-. Por lo demás, también he rastreado en vano su presencia en el catálogo de materias correspondiente de las Actas de los Congresos de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, a partir de 1908 (cf. el Apéndice I de AUSEJO, E. (1993), Por la ciencia y por la patria: la institucionalización científica en España en el primer tercio del s. XX. La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, Madrid, Siglo XXI, pp. 165-173 en particular. turat (1905), L'Algèbre de la logique, Gaceta de Matemáticas, IV (1906), 84-85, debida a un autor foráneo, Henry Fehr. Según mis datos, la primera publicación de un matemático español que vuelve a centrarse en temas parecidos es La lógica en las matemáticas de Francisco Vera (1929). A propósito de ella se ha llegado a escribir: «De la documentación que poseemos parece deducirse que es nuestro autor [Vera] quien publica la primera obra sistemática -en castellano-de lógica formal, La lógica en la matemática (Madrid, Páez, 1929), lo que permite deducir su dominio de las teorías de Boole, Grassmann, Peirce, Schröder, Russell, etc.» 13. Bueno, al margen de que Grassmann o Peirce no aparezcan ni en la «tabla de nombres», la verdad es que no se trata de una «obra sistemática de lógica formal» en absoluto. Es más bien un ensayo de filosofía de la matemática, interesado en vindicar algunas características distintivas del proceder matemático -e.g. en la línea de Poincaré-, frente a la vacuidad formal y al método logicista, que «no es, en el fondo, sino un puro juego del espíritu que crea una escolástica matemática estéril y sin utilidad científica» (p. Así pues, no es extraño que lejos de ocuparse de la «logística» de modo sistemático, recele de ella 14 e, incluso, más de una vez incurra en vaguedades y confusiones al vérselas con cuestiones lógicas sean conceptuales -e.g. en su idea de que la matemática deductiva consiste en una «abrumadora tautología» dado que toda conclusión ha de hallarse contenida en las premisas (p. 18), que ignora la distinción entre las dimensiones semántica y epistémica de la deducción-, sean analíticas -e.g. en su distinción de proposiciones contrarias y contradictorias (p. 46)-, o sean metamatemáticas -e.g. en su exposición de las vías «experimental» y «demostrativa» de establecer la compatibilidad (o consistencia) de un sistema de postulados (pp. 98-99). En cambio, da muestras de competencia y lucidez al tratar de la aritmética 15, de la geometría y de ciertos procedimientos clásicos de prueba en los últimos capítulos, xii-xvi, pp. 122-185. Creo que, en conjunto, puede considerarse un trabajo representativo de la irregular y precaria aculturación filosófico-matemática española anterior a los años 30: es sintomático, por ejemplo, del confuso eco de las paradojas, de la divulgación y confrontación de algunas ideas más o menos hilbertianas y «logísticas» con ciertos puntos de vista de Poincaré, o de las reticencias autonómicas del colecti-----13 COBOS, J. M. y PECELLÍN, M. (1997) «Francisco Vera Fernández de Córdoba, historiador de las ideas científicas», Llull, 20/39, 507-528, p. 14 Por ejemplo: «Lo que quiere reivindicar el matemático es la autonomía de la vida en general y del pensamiento en particular, cuando se niega a ver en los números y en sus infinitas combinaciones puras constantes lógicas, es decir: elementos estáticos y momificados». 15 Sería bueno comparar este tratamiento de la aritmética con el avanzado por MINGOT SHELLY, J. (1911) en el Congreso de Granada de la AEPC: «Evolución del concepto de número», Asociación Española para el Progreso de las Ciencias. (Madrid, Imprenta de E. Arias), Sec. Así, mientras que MINGOT SHELLY (1911) ha de referirse a matemáticos foráneos (Peano, Cantor, Dedekind), VERA (1929) también puede remitirse a Rey Pastor o a Jiménez Rueda: quizás sea una señal de la incipiente recepción en España de (parte de) la matemática moderna. vo matemático frente a las pretensiones «reduccionistas» de las nuevas direcciones lógico-formalistas o axiomático-deductivas 16. Pero el desinterés inicial hacia la nueva lógica, en medios matemáticos, no se debía precisamente a actitudes o reservas de este tipo, sino a unas circunstancias escolares y socioculturales más decisivas. Para empezar, hacia finales del s. XIX y principios del XX, las vías de acceso al álgebra de la lógica y a la lógica simbólica, a partir de estudios avanzados de álgebra, parecían inexistentes o cortadas. El famoso Plan de estudios de García Alix (1900) venía a consagrar, de una parte, el predominio de la geometría -donde la geometría de posición de Staudt tendría un largo reinado merced al influjo de Torroja-, y de otra parte la inclusión del álgebra en los cursos de Análisis Matemático, sin apenas espacio para desarrollarse. Esto aseguraba una larga vida a libros de texto como el de Marzal (1899) que entendía por análisis «el estudio de las funciones» y por álgebra «la rama del análisis ordinario o de cantidades finitas que tiene por exclusivo objeto el estudio de las funciones algébricas», amén de prevenir al estudiante de otras dos acepciones marginales o secundarias: el álgebra también era «considerada por unos, con excesiva amplitud de concepto, como la ciencia encargada de estudiar y exponer las leyes generales de la cantidad independientemente de su naturaleza numérica o extensiva, y mirada por otros como mero arte de abreviar, simplificar y generalizar la resolución de ecuaciones que pueden proponerse sobre los números» 17. Juicio que da a entender el carácter marginal de las glosas de García de Galdeano en torno al Álgebra de la lógica, cuyas supuestas virtudes de abstracción, generalización combinatoria y esquematización descansarían en una suerte de extrapolación del álgebra ordinaria. Por desgracia, la Nueva Enciclopedia matemática, iniciada por García de Galdeano en los años 1904-5 con el propósito de remediar las rutinas escolares y ministeriales, no alcanzó a ver publicados los tomos correspondientes a los desarrollos geométricos y algebraicos, vistos en una perspectiva de la matemática como ciencia de las transformaciones capaz no sólo de exhibir dependencias formales, unificadoras de sus diversas ramas modernas, sino de incluir el cálculo lógico. También se quedaron en buenas intenciones otros propósitos de ---- 16 No falta, por cierto, alguna discusión anterior en la prensa científica que pudiera indicar un nivel mayor de interés por, y comprensión de, la nueva metodología deductiva abstracta. Cf., por ejemplo, el debate sobre intuición y abstracción axiomático-deductiva que sostienen los ingenieros E. Herrera y P. Lucía en Madrid científico, año XXX, 1082 (1923), pp. 17-19, 86-87 y 102-103, en la onda del eco suscitado por las nuevas teorías geométricas, físico-matemáticas y aun lógico-matemáticas. Pese a la pertinencia de dicha discusión y de este extracto para algunos puntos tratados por Vera en su ensayo, ni una ni otro merecen atención: lo cual podría considerarse otro síntoma revelador de nuestra irregular y discontinua aculturación matemático-filosófica. 17 Citado por ESPAÑOL, L. (1998), «Julio Rey Pastor ante los cambios en el álgebra de su tiempo», en ESPAÑOL, L. (ed.), Matemática y región: La Rioja, Logroño, I.E. R., 63-122, p. 75. modernización, como el Tratado de álgebra proyectado por Octavio de Toledo (1905) que, en demanda de atención, confiaba su desarrollo ulterior a la «benevolencia» del «público matemático de nuestro país». Las cosas no mejoraron con el curso del tiempo 18, ni con la entrada en la escena académica de las nuevas generaciones de «recolectores» -según la metáfora de la siembra-o «investigadores» -según la entradilla «Ciencias exactas» del tomo XXI sobre España de la Enciclopedia Espasa, antes citada. El propio Rey Pastor es un caso ilustrativo. En principio, su estima de -y su familiaridad con-el álgebra en el sentido clásico de teoría de la resolución de ecuaciones algebraicas no dejaba de inspirarle cierta desconfianza hacia el formalismo y las estructuras algebraicas, hasta el punto de que se ha llegado a decir que «probablemente sus opiniones motivaron el retraso de la entrada del álgebra moderna en España» 19. Por otro lado, tampoco se privó de confesar, llegado el caso, su desvío de la lógica matemática: en su Discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua (1 de abril de 1954), sobre «Álgebra del lenguaje», opone la concepción estética de Croce y de Vossler a «la doctrina lógica del gigante Russell, que me orientó pero no adopté» 20. Cerrada esta vía de penetración escolar o académica, cabría pensar en otras más propicias para la difusión de nuevas ideas, como las revistas o las conferencias. Por lo que se refiere a ésta segunda, ya he aludido a la ausencia de temas acerca de la nueva lógica simbólica en la Sección de Matemáticas de las Actas de congresos de la AEPPC. Pero éste no sería, por sí solo, un dato determinante. Por ejemplo, entre las conferencias impartidas en el curso 1904-5 del Ateneo de Madrid, figura una de Diego Ruiz con el título: «Problemas fundamentales de la lógica simbólica. Teoría general de la ciencia deductiva» 21. Aparte de que Diego Ruiz no sea matemático, sino ----18 Pues, entre otros motivos, el Plan de García Alix se mantuvo vigente hasta bien avanzada la década de los 20 y la hegemonía de la geometría sintética comportaba cierta «hostilidad» hacia el álgebra -en expresión de HORMIGÓN, M. (1984), «El paradigma hilbertiano en España», en Actas II Congreso de la SEHC, Jaca 1982, Zaragoza, Gráficas Navarro, vol. 2, 193-211, pp. 202-203 en particular. ARENZANA, V. y RODRÍGUEZ SOL, Ma L. (1985), «El álgebra moderna en las Lecciones de Álgebra de J. Rey Pastor», en ESPAÑOL, L. (ed.), Actas I Simposio sobre Julio Rey Pastor, Logroño, I.E.R., 155-161, p. En análogo sentido discurre el artículo antes citado de ESPAÑOL (1998). REY PASTOR, J. (1993), Escritos de dos orillas (edic. de L. Español), Logroño, Gobierno de La Rioja, p. También es significativo -aunque ajeno, cabe suponer, a las intenciones de Rey Pastor-que su Discurso de ingreso diera lugar a un discurso de contestación por parte de José Ma Pemán en el que el encendido vate erige, frente a la fría lógica racional, una lógica «vital» para asegurar que «es en esa lógica caliente donde Rey Pastor instala su tratamiento algebraico del lenguaje», Ibid., p. 316; no hay noticias de su publicación a diferencia de otras impartidas en ese mismo curso. En el Ateneo de Madrid y en marzo de 1898, García de Galdeano ya había dictado un curso de diez lecciones sobre «La moderna organización de la Matemática», cuya lección 7a trataba de Álgebra médico y, en general, un intelectual agudo e inquieto, autodidacto en cuestiones de filosofía y metodología matemática, sólo cabe conjeturar el contenido de esta conferencia a la luz de su Genealogía de los símbolos. (Principios de una ciencia deductiva), Barcelona, Imprenta de Heinrich y Compañía, 1905, 2 tomos. Se trata de un ensayo, -dedicado «A Ernesto Mach, en quien revive hoy la vocación científica del s. XVII»-, sobre diversas nociones y métodos (simbolismo, definición, demostración...) asociadas a una concepción decimonónica de la matemática, donde no falta alguna alusión ocasional a Hilbert o a Peano, si bien hecha desde el contexto de la axiomatización clásica pre-hilbertiana, sin vislumbrar la nueva axiomatización estructural ya en curso. No hay, desde luego, referencias conceptuales o técnicas a la nueva lógica simbólica o matemática. El caso de las publicaciones periódicas científicas aún es más sintomático. Por un lado, las de contenido científico general parecen más inclinadas a dar noticias de ciencias físico-químicas y naturales relacionadas con la técnica y con la industria; la presentación de «La lógica simbólica» de Reyes Prósper (1891) en Naturaleza, Ciencia é Industria no pasa de ser una excepción a la regla -por más que se avenga al propósito general de satisfacer «la curiosidad del público científico». Por otro lado, las contadas revistas específicamente matemáticas no sólo corren por cuenta de sus editores, en el filo de la navaja económica y al albur de sus vicisitudes personales 22, hasta que aparece en 1911 la Revista de la Sociedad Matemática Española como órgano de la Sociedad recién creada, sino que siguen padeciendo, incluso entonces, los males derivados de la incultura ambiente: en particular, una irremediable tensión entre el número de lectores -o aun de autores capaces de enviar originales-y el nivel de información, de modo que el primero sólo puede aumentar si mengua la altura y la especialización de las contribuciones publicadas, así que el deseable punto de equilibrio se buscará en cotas bajas y en asuntos familiares, no muy distantes de la formación escolar 23. Pues bien, en este ámbito, más allá de las reseñas y notas iniciales de los «sembradores» Reyes Prósper y García de Galdeano en El Progreso Matemático, no tengo constancia -por lo menos a la luz de catálogos como los confec----de la lógica conforme al guión: «Métodos de Boole y Jevons -Doctrina de Schroeder-Principios combinatorios de Grassmann». 22 Aparte de EPM (1891-96 y 1899-1900), editada por García de Galdeano, de calidad singular dentro de este género, cabe recordar: Archivo de Matemáticas Puras y Aplicadas (1896-97), editada por L. Gascó en Valencia; El Aspirante, editada poco después por Reyes Prósper en Toledo, cuyo rastro está perdido hoy; Revista Trimestral de Matemáticas (1901Matemáticas ( -1906)), editada por J. Ríus y Casas, y sucesora de EPM en Zaragoza; Gaceta de Matemáticas Elementales / Gaceta de Matemáticas (1903, Vitoria / 1904-6, Madrid), editada por A. Bozal y Obejero. 23 Vid. por ejemplo el editorial de la RSME, V/41 (1915), que da cuenta de un descenso del nivel con el fin de poner la Revista «al alcance de la mayoría de los matemáticos españoles, muy especialmente de los jóvenes principiantes», p. Para formarse una idea más cabal de la falta de éxito de esa primera siembra de la lógica moderna en medios matemáticos no estará de más considerarla desde otro punto de vista. Compararemos su suerte con la relativa fortuna que llegó a alcanzar la introducción coetánea de la geometría no euclidiana, a fin de tener un elemento más o menos parejo de contrastación. Más importancia reviste la pronta aparición de contribuciones originales: dos de REYES PRÓSPER a la geometría descriptiva neutra: «Sur la géométrie non-Euclidienne», Mathematische Annalen, 29 (1887), 154-156, y «Sur les propriétés graphiques des figures centriques», Ibd., 32 (1888), 157-158, -aparte de sus artículos y reseñas en el curso de los 90 en El Progreso Matemático y en Archivos de Matemáticas-. Por entonces también se ocupa de su introducción García de Galdeano mediante una presentación sumaria en su Geometría Elemental (1888, 2a edic.), luego ampliada en la Geometría General (1895) -amén de glosas, como el ensayo ya citado Las modernas generalizaciones... Tampoco faltan muestras de la repercusión que tienen y la inquietud que suscitan las alternativas no euclidianas o «pangeométricas», como la discusión que surge en Barcelona entre quienes se pronuncian en contra (Clariana, en 1890 y 1899; Doménech y Estapa, en 1894), y a favor (Mundí y Giró, en 1898); la academia de Ciencias de Madrid convocará, a su vez, en 1901 un premio de matemáticas sobre el tema de las geometrías no euclidianas. Con el nuevo siglo también aparecen ensayos relativamente extensos, e.g. el de J.A. Pérez del Pulgar (1906) -recogido como «Nota» en la 2a edic., 1907, del Tratado de Geometría Analítica de Vegas (II, pp. 657-690)-, hasta llegar a la notable monografía de J.M. Bartrina (1908), «Tratado didáctico de las Geometrías no euclí-----24 AZNAR, J. (1984), «Contribución a la historia de la matemática española de finales del XIX: Luis G. Gascó (1846-1899) y el Archivo de Matemáticas», en Actas II Congreso SEHC, o.c., 47-59; HORMIGÓN, M. (1987), Catálogo de la producción matemática en España entre 1870 y 1920, Zaragoza, Universidad de Zaragoza (Cuadernos de Historia de la Ciencia, no 3) -en realidad, un primer paso hacia lo que dice el título-; LLOMBART, J. (1988), Catálogo de la revista Gaceta de Matemáticas Elementales -Gaceta de Matemáticas (1903Matemáticas ( -1906)), Zaragoza, Universidad de Zaragoza (Cuadernos de Historia de la Ciencia, no 5). 25 Me remito a los estudios que A. Bernalte y J. Llombart vienen frecuentado desde 1988; vid. en particular, BERNALTE, A., y LLOMBART, J. (1995), «The effect of the implantation of non-Euclidean geometries on the change of paradigm and its repercussion in Spain», en AUSEJO, E. y HORMIGÓN, M. (eds.), Paradigms and Mathematics, Madrid, Siglo XXI, pp. 391-406, donde también se encuentran referencias a sus trabajos anteriores. Los autores catalogan 86 publicaciones relacionadas con el tema en España, desde 1874 hasta 1910 -entre ellas, las meras traducciones no pasarían de 7. deas» -premio Agell de la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona-, Memorias RACAB (3a época), VII/2 [1908], 17-290. Pues bien, a la luz de todo esto: una atención relativamente sostenida y acumulativa -al margen de peripecias personales-, cierta repercusión pública en medios académicos e, incluso, la producción original de contribuciones sustantivas, se puede hablar no sólo de una introducción sino de una recepción efectiva de la geometría no euclidiana. En consecuencia, la explicación de la introducción fallida de la nueva lógica en medios matemáticos no descansa únicamente en las circunstancias comunes que rodean la modernización de las ideas y las prácticas matemáticas en España en las últimas décadas del s. XIX y las primeras del s. XX. Me refiero a condicionamientos generales como, por ejemplo, las inercias administrativas y escolares, la insistencia en vías trilladas o carentes de perspectivas heurísticas de largo alcance, la ausencia de «masa crítica» o, en fin, el autodidactismo y la precaria profesionalización del cultivo de las matemáticas -todos ellos tópicos recurrentes en nuestra historiografía sobre la modernización del oficio de matemático en España entre finales del s. XIX y principios del s. XX. Por lo que concierne al caso de la lógica se debe tomar en consideración además no sólo su «no lugar» en el curriculum matemático, sino su propia condición periférica -la lógica matemática misma había venido a nacer en una tierra de fronteras, solapada en parte con las matemáticas, en parte con la filosofía-, y el hecho de que en España sus posibles vías de comunicación con ciertos núcleos, como el álgebra abstracta o el cálculo combinatorio, estuvieran cegadas o no existieran. Por añadidura, tampoco había una preparación teórica que favoreciera su acogida -e.g. desarrollos básicos de teoría de conjuntos-, ni un sustrato de motivos e intereses filosófico-matemático que sustentaran o alimentaran su adopción. De modo que esta primera introducción se quedó en meros escarceos, importantes para la biografía del singular D. Ventura o del laborioso D. Zoel, pero sin mayor significación y sin apreciable incidencia sobre el curso de la historia académica o cultural de las matemáticas españolas entre finales del s. XIX y principios del XX. Lo cierto es que la lógica matemática, para prender en España, tuvo que esperar mejores tiempos y nuevos trabajos de siembra y (re)introducción. I, no 7 (1891 [10 de octubre]), 187-8 * En el año 1847 emprendía George Boole, Profesor en el Queen's College de Dublin, la resurrección y reforma de una serie de tentativas que, iniciadas por Leibnitz y proseguidas por Lambert, Bernouilli, Ploucquet, Semler y otros, tenían por objeto el aplicar á la Lógica el algoritmo matemático. Todos los esfuerzos habían resultado ineficaces hasta entonces, y se hacía preciso seguir un nuevo camino. El cálculo de las probabilidades que Bernouille, Euler, De Moivre. Laplace y Condorcet habían creado, fué sin duda alguna, como Santiago Peirce piensa, el rayo de luz que guió á Boole, quien consiguió en su admirable obra The laws of Thought lo que ninguno de sus predecesores había alcanzado, es á saber: expresar nuestros juicios en forma de ecuaciones, y sacar de un sistema dado de juicios todas las conclusiones posibles, mediante la eliminación algorítmica de los términos convenientes. La íntima conexión entre la lógica de los términos absolutos y las probabilidades, hizo que Boole tratase de ambas en la mayoría de las obras que publicó y que llevan por título The mathematical Analysis of Logic, The claims of Science, on propositions numerically definite, etc. ** Mas el algoritmo booliano sólo servía para resolver las cuestiones referentes á clases ó proposiciones, lo que hacía necesario que otros sabios se ocupasen de un asunto importantísimo abandonado por Boole: la Lógica de los relativos. Ésta fué la obra de uno de los mayores lógicos que hayan existido nunca, Augusto de Morgán, Profesor de Cálculo Infinitesimal en la Universidad de Londres, conocido por sus sutilísimas críticas de demostraciones viciosas. Por algún tiempo no fijaron los sabios su atención en los trabajos citados. En el año 1870 publicó Carlos Santiago Peirce, hijo del gran Benjamín Peirce, Profesor de Matemáticas sublimes en la Universidad de Harvard, en las Memorias de la Academia Nacional de Ciencias de Washington, una obra que es un monumento erigido á la Lógica de los relativos. Este tratado original es clásico en la ciencia. También encontró, independientemente del Profesor Stanley Jevons, de Londres, algunos de los resultados que éste había obtenido en 1864 (Pure Logic or the Logic of quality) ----* * Dejaré en el texto las erratas en los nombres propios y en los títulos de las obras, pero corregiré algunas fórmulas erróneas, cuya formulación original haré constar en nota. Todas las notas son mías. ** «Of propositions numerically definite», publicación póstuma en Transactions of the Cambridge Philosophical Society, 11 (1871), 396-411. Resultan curiosas, en este contexto, la referencia a The Mathematical Analysis of Logic, que no trata precisamente de las probabilidades, y la mención de «The Claims of Science», una conferencia dada por Boole en el Queen's College de Cork, en 1851. como felices modificaciones en el método de Boole, que han sido universalmente adoptadas después por todos los sabios. Entre tanto se ocupaba (1872) aisladamente de estudios lógico-simbólicos Roberto Grassmann, hermano del eminente matemático, filólogo, físico y filósofo alemán Hermann Grassmann. Sus trabajos, que tienen gran mérito, tuvieron al principio la misma desgraciada suerte que los de su hermano: quedaron olvidados por algún tiempo, y sólo después se les ha hecho justicia. En 1877 se publicó en Alemania el Operation Kresi des Logik Kalkuls *, y desde entonces la Lógica simbólica se ha difundido rápidamente, gracias á la sencillez, elegancia y originalidad con que se encuentra expuesta. Séame permitido saludar desde aquí con gratitud y admiración á su ilustre autor el Profesor Ernesto Schroeder, que en sus obras ulteriores, de que después me ocuparé, ha prodigado su ciencia y se ha colocado en primera fila entre los sabios europeos. Venn, John Murphy Macfarlane y Leslie se ocuparon en Inglaterra, el primero de vulgarizar la obra de Boole, y los demás de la Lógica de los relativos, en la que hallaron hermosos resultados. Mac Coll aplicó con éxito á cuestiones de Cálculo integral las nuevas teorías. Al llegar el año 1880, una nueva era se abrió con la publicación en el American Journal of Mathematics de la Memoria de Peirce On the Algebra of Logic. Desde este momento pudo decirse, según Schroeder, que la Lógica no es más que una de las numerosas disciplinas matemáticas. Los métodos adoptados en ella son los seguidos hoy. Esta dirección ha sido la seguida después por los discípulos de Peirce, el difunto Howard Mitchell, tan desgraciadamente muerto en la flor de su vida; Cristina Ladd, Gilmann y Allan Marquand. Peirce ha reunido toda la obra de sus discípulos en un áureo volumen, titulado Studies in Logic, publicado en Boston el año 1883. En el American Journal of Mathematics han aparecido los últimos trabajos de Peirce, On the Logic of Number y On the Algebra of Logic à contribution to the Philosophy of notation. Por último, todo cuanto hasta el día se ha publicado de estas materias promete verse reunido, adicionado de las brillantes investigaciones del autor, en las Vorlemngeunber die Algebra del Logik ** de Schroeder, comenzadas á publicar en 1890, y en las que, no estando aún terminadas, incluirá los trabajos muy notables de Kempe (Alfred Bay), Grusseppe Peano y Albino Nagy. Imposible es, sin embargo, dar cuenta de los muchos trabajos hasta hoy efectuados, principalmente en problemas diseminados entre varias publicaciones periódicas. Grove, Elizabeth Blackwood y otros han resuelto algunos muy curiosos. George Brucc Halsteadt ha publicado hace años un artículo vulgarizador en un periódico ----* * Der Operationskreis des Logikkalküls. Leipzig, I, 1890; II, 1891; III, 1895. americano, que hoy ya resulta muy antiguo, dada la pasmosa actividad desplegada de algún tiempo á esta parte *. Los trabajos del Sr. Peano ofrecen la gran ventaja de aplicar todas estas teorías á las demás ramas de las Matemáticas: así es que ha llegado á escribir libros de Aritmética y de Geometría sin usar de palabras ningunas, valiéndose sólo del Cálculo booliano y de los relativos. Nada más extraño que hojear una de sus publicaciones, en las cuales el distinguido Profesor de Cálculo diferencial é integral de la Universidad de Turín ha aplicado tan felizmente lo que antes sólo eran teorías abstractas. Sirva este ejemplo á aquéllos que desdeñan las ciencias que les parecen no tener aplicación á la vida práctica. Cuando Arquímedes estudiaba las secciones cónicas, no sospechaba que sus propiedades se aplicasen á los miles usos que hoy alcanzan, entre los cuales alguno ha salvado la vida de muchos millares de hombres; cuando Boole discurría sus métodos, no soñaba quizá en sus ingeniosas aplicaciones, y he aquí ahora la más pasmosa de todas: Hanley Jevons, Venn y Allan Marquand han encontrado el modo de raciocinar con una máquina: un teclado tocado convenientemente ó un manubrio manejado con destreza, sacan de un sistema de premisas todas las conclusiones posibles y descubren la verdad ó falsedad de una proposición. Los aparatos que hoy se conocen, limitados á casos no muy complicados, podrían fácilmente generalizarse. Digamos, para terminar, que Rusia no ha permanecido ajena á este movimiento, pues el Sr. Poretzky ha publicado en las Memorias de la Sociedad físico-matemática de Kazan extensas Memorias sobre Lógica matemática y Probabilidades, y que en Bélgica introdujo estas especulaciones el Sr. Delboeuf en su Lógica algorítmica, concebida bajo un plan muy diferente. Al comenzar la explicación de los fundamentos de la Lógica simbólica, tenemos en cuenta que esta disciplina matemática no se halla aún expuesta en lengua castellana, siendo en consecuencia casi desconocida en España; presentamos, pues, del modo más vulgar sus teorías, no del modo más adecuado. Así, en vez de seguir los métodos ----* El referido artículo de George Bruce Halsted podría ser «Boole 's logical method», Journal of Speculative Philosophy, 12 (1878): 81-91, o «The modern logic», Ibd. inimitables del profesor Schroeder (cuya magnífica obra traducida pienso publicar en su día), marcho más bien por las trazas de Santiago Peirce, aunque adoptando las notaciones del lógico de Karlsruhe, según los tipos de la imprenta lo permitan. LÓGICA DE LO ABSOLUTO Tomamos una proposición en absoluto cuando no la consideramos susceptible de ser más que ó verdadera ó falsa, no pudiendo ser ambas cosas á la vez. La tomamos relativamente cuando consideramos alguna circunstancia que puede influir en su verdad ó falsedad, de modo que según el aspecto con relación al cual se examine la proposición, así pueda ser verdad ó falsa. Tertuliano fué montanista, es una aserción que sólo puede admitir la palabra sí ó no, si se la considera en absoluto; mas si tenemos en cuenta las diferentes fases y tiempos de su agitada vida, podremos encontrar nuestro juicio verdadero y falso, las dos cosas. Será verdadero á partir desde el punto de su separación de sus correligionarios antiguos, y falso con respecto á las fechas anteriores. Los ejemplos se pueden multiplicar á voluntad. Hagamos notar que la Lógica de lo absoluto ó Lógica de Boole, ocupa en nuestro cálculo un lugar análogo al de la pura geometría de posición de Von Standt, dentro del edificio geométrico. La Lógica de los relativos viene á ser, según los descubrimientos de Howard Mitchell, una hipergeometría standtiana, siguiendo la comparación anterior. Y vale perfectamente, pues los conceptos de las Lógicas de que nos ocupamos son sólo descriptivos y no métricos, como los del cálculo de las probabilidades que ha sido su origen. Designemos por V la verdad de una proposición, y por F su falsedad. Las letras minúsculas indicarán proposiciones. Hasta no advertir otra cosa siempre las consideraremos á éstas en absoluto. a (= b, lo leeremos: a implica b. Para poder escribirlo es menester ó que a sea cierta y b también, ó que a sea falsa y b falsa, ó que a sea falsa y b verdadera. Sólo no podremos escribirlo en el caso en que a sea verdadera y b falsa. En este caso escribimos a (= 1 b. Para aclarar bien nuestra notación pondremos un ejemplo. Las líneas rectas que hay dentro del cuadro son todas perpendiculares á la base, será una proposición verdadera para los cuadros A y B de la figura I, y falsa con respecto al D y C *. Cada uno de estos cuadros viene á ser un universo del discurso (universe of discourse). ---- El modus ponens de la inferencia hipotética, que es, como Peirce dice, la más rudimentaria forma de razonamiento, se escribe así: Se deduce de la fórmula {x (= y} (= {x (= y}, trasponiendo los antecedentes con arreglo á la ley (2). Suprimiendo los paréntesis inútiles, podríamos escribir x (= {x (= y} (= y. Otra fórmula muy importante es ésta: Para obtenerla observaremos que sea y ó no falsa: podremos escribir siempre y (= {x (= x}, de donde trasponiendo los antecedentes, se obtendrá como antes por la ley (2) (4) El signo (= es una cópula, y esta cópula es transitiva. Todos nuestros razonamientos silogísticos se pueden reducir, como veremos, á esta transitividad de la cópula (=, dándoles la forma canónica del silogismo en Barbara. La ley en cuestión la expresamos simbólicamente así: (5) {x (= y} (= {y (= z} (= x (= z. Vamos á servirnos ahora de esta ley en unión con las anteriores, para sacar una nueva fórmula. Por las (2 ) y ( 5) se ve fácilmente que de {y (= x} (= z se deduce forzosamente que x (= z; lo que escrito simbólicamente es Vamos ahora á ocuparnos de nuevas relaciones, no sólo entre proposiciones, sino teniendo también en cuenta las negativas de éstas. A cada proposición a corresponde otra que se escribe así a 1, y que es su negativa. Si una proposición es falsa, su negativa es cierta; y si es verdadera, su negativa es falsa. Podemos expresar que una proposición a es verdadera así: x (= a, x significando una proposición indeterminada, pues sabemos que para la falsedad de x (= a es menester que x, siendo verdadera, fuese a falsa; lo que en nuestro supuesto no es posible. Del mismo modo, para indicar que a es falsa, lo podremos hacer escribiendo a (= x, representando también aquí x una proposición indeterminada. Si de la verdad de x se sigue la falsedad de y, inferimos que de la verdad de y concluimos la falsedad de x. El principio ahora sentado es sólo una consecuencia de la ley de cambio de antecedentes. De la transitividad de la cópula se deduce la fórmula {x (= y} (= {y 1 (= x 1 }. El modus tollens de los lógicos antiguos también lo obtendríamos con sencillez de los principios sentados. Y vamos ahora á tratar de principios que en sus demostraciones no son estrictamente silogísticos. A propósito de esto se ha sostenido una discusión de la que han resultado los hermosos cálculos de Schroeder sobre algoritmos, deducibles sólo del principio de transitividad. Cuando nos ocupamos del cálculo de proposiciones, como al presente, podemos introducir un nuevo elemento: el dilema. Empleándolo podremos establecer sin trabajo, por ejemplo, que He aquí cómo lo probamos: para que no se verificase esto, era menester que [{x (= y} (= x] fuese cierta y x falsa. Pero cuando [{x (= y} (= x] es cierta, si x no lo es, tiene que ser falsa x (= y, lo que supondría la verdad de x. Ahora bien: x no puede ser verdadera y falsa á un tiempo; luego, etc. Por lo que llevamos dicho, tenemos, resumiendo: la proposición x (= y es verdadera en todos los casos en que no se tenga á la vez y = f, x = v; la proposición x (= 1 y es sólo verdadera en el caso de tenerse al mismo tiempo x = v é y = f. De lo anterior resulta que si deseamos averiguar si una fórmula cualquiera propuesta es necesariamente cierta, habremos de sustituir, en vez de las letras que contenga, las f y las v, viendo si podrá ser hallada falsa en cualquier valor asignado. Elegiremos como un ejemplo sencillo la fórmula Los ejemplos propuestos los expresaré, pues, así: (x) 1 + y (x) 1 + (y) 1 + z [(x) 1 + y] 1 + z * He aquí introducido de nuevo el signo de negación, bien bajo la forma usada por los lógicos americanos, que escriben a en vez de la negativa de a, bien bajo la forma a 1 en que los europeos la escriben. El signo ×, que también se acostumbra suprimir, colocando sólo las letras unas al lado de las otras, como en el Álgebra común, se emplea para simplificar también las fórmulas. En vez de [(x) 1 + (y) 1 ] 1 ó su igual y = ( x, escribimos x × y = xy. Resultado: x + y significa (teniendo en cuenta que x x =, y y = ) que á lo menos una de las dos proposiciones ** x ó y es cierta; x × y = xy indica que x é y son á la vez ciertas. Definidas ya la suma y el producto de dos proposiciones **, de las propiedades que tienen las implicaciones obtendremos, mediante transformación de los signos, las propiedades siguientes que se refieren a las dos operaciones introducidas: y + xx 1 = y y(x + x 1 ) = y x + x 1 = v xx 1 = f x(y + z) = xy + xz xy + z = (x+z)(y+z) Esta última fórmula que es cierta, como vemos, en el Álgebra de la Lógica, es falsa por completo en el Álgebra ordinaria. Observemos de paso la sagacidad que muestra Peirce en todos sus métodos, efecto de la inmensa profundidad con que domina la Lógica formal. Es admirable cómo reduce á una misma cosa sus notaciones, las de Boole, las de Mac-Coll. Podemos considerarle como el heredero científico de De Morgan. Vamos á poner ahora un ejemplo del modo de proceder á la resolución de problemas. Sean las premisas dadas: 1a. x + z + vyw 1 + vwy 1 2a. v + x 1 + w 1 + yz + y 1 z 1 3a. (x 1 + v 1 y 1 + wz 1 + wz 1 ) (xy + vx + wz + w 1 z 1 ) Multiplicándolas entre sí, tendremos el resultado total expresado bajo forma de producto. ----Podremos obtener resultados parciales, simplificando el obtenido, con arreglo á las leyes de inferencia que Mitchell expone, y que son: la inferencia por eliminación y la inferencia por predicación. La ley de eliminación, evidente por sí, dice: «En un polinomio pueden borrarse todas las letras que se quiera, con tal de que no se destruya ningún término agregante». La ley de inferencia por predicación se expresa así: «Para encontrar el contenido de una proposición F, con respecto á un término simple ó complejo dado m, multiplicamos á éste por F, ó bien añadiremos m 1 á F. El coeficiente resultante de m en mF, ó el residuo de F después de añadirle m 1 y simplificar, será el predicado de m.» Tampoco esta ley necesita de demostración, pues es fácilmente deducible. A pesar del promisorio «Continuará», aquí se interrumpe esta presentación de la lógica simbólica, al menos en la revista Naturaleza, Ciencia é Industria. No tiene continuación en el último número, 12, del año 1891, tomo I, ni en los tomos II (nn. En los primeros meses de este año, 1893, Reyes Prósper también finaliza sus reseñas sobre la lógica simbólica en El Progreso Matemático y, al parecer -según el catálogo de sus escritos conocidos-, la publicación de noticias sobre el asunto. Por lo demás, la revista misma cambia de cabecera y en 1894 pasa a titularse La Naturaleza. Las leyes de eliminación y de inferencia por predicación se formulan un poco antes, l.c., pp. 80 y 81 respectivamente. Hay dos ejemplares de Studies in Logic... en el legado de Reyes Prósper que se conserva en la biblioteca de Matemáticas del CSIC [RP: L-566, L-3492]. En carta del 5 de marzo de 1890 dirigida a Peirce, Reyes Prósper le comunicaba su deseo de adquirir algunos de sus trabajos y, en particular, mencionaba una publicación, Contributions to Logic [sic], de la que había tenido conocimiento por Christine Ladd-Franklin; vide COBO, J., y NUBIOLA, J. (1997), «Cuatro cartas americanas. Los métodos seguidos en nuestro trabajo no tienen analogía, en cuanto á los signos, con los empleados por Boole. Nosotros hemos preferido emplear la cópula (=, que es de naturaleza simple, en vez de la cópula =, que es compleja. En efecto, es evidente que la igualdad a = b puede descomponerse en las dos implicaciones que siguen b (= a a (= b. Vamos á introducir, valiéndonos de los principios sentados, los signos × y + que Boole empleaba. He aquí cómo conseguiremos nuestro intento. Sabemos que en la secuencia x (= [y (= z] podemos cambiar el orden de los antecedentes, mientras que esto no lo podemos hacer en la [x (= y] (= z, de donde se deduce que al paso que en la primera podríamos suprimir el paréntesis, que en vista de la indicada propiedad resulta inútil, en la segunda secuencia debemos dejar el paréntesis, pues es imposible el quitarlo sin producir confusión. Suponiendo, pues, que el antecedente simple o complejo de una secuencia ó implicación dada está siempre encerrado en un paréntesis, cambiemos la apariencia ó forma del paréntesis y del signo (=, sustituyendo al primero por una barra horizontal, y al segundo por el signo +. Este es el procedimiento seguido por Charles Santiago Peirce. Para ponerlo en armonía con las notaciones que yo he adoptado, reemplazaré la barra por un paréntesis seguido del subíndice 1, dejando como Peirce en vez del signo (=, el +. ----* * Corrijo las formulaciones impresas,', en las que se ha insertado indebidamente la negación de 'y'. Ambas erratas aparecían ya en el artículo de PEIRCE (1885), «On the Algebra of Logic. Cf. la edición española citada PEIRCE (1988), Escritos lógicos, p. 183, donde se mantiene la formulación original. ** Corrijo la formulación impresa,'x + y', otra errata procedente del texto original del artículo de PEIRCE (1885); cf. la edición española PEIRCE (1988), p.
Los textos pseudolulianos de paracelsistas alemanes en España concretan los años del paracelsismo peninsular. Dichos textos, y algunos más, estaban influenciados por otros anteriores, como los del propio Lulio, Arnau de Vilanova y Juan de Rupescissa, por lo que dichas ideas hicieron un viaje de ida y vuelta y la Alquimia hispana medieval influenció directamente a la europea. En la Península, la llegada de plata y oro de las colonias americanas hizo florecer a toda una serie de especialistas en cuestiones de metalurgia, tales como Alvaro Alonso Barba, Bartolomé de Medina o Bernardo Pérez de Bargas, quien incluso aconsejó en su De re metallica que era bueno conocer los principios alquímicos a todos aquellos que estuviesen relacionados en el sector2. En el lado europeo, George Landmann (Agrícola, 1486-1535), autor de una obra homónima, aunque publicada años antes3, contribuyó, como los demás, a la confusión que existió durante el siglo XVI en cuanto a Alquimia se refiere. En su De ortu 4, cuando trata sobre el origen de los metales, no ayuda en nada a la teoría alquímica sobre la dualidad de los componentes de la materia (azufre, mercurio), ya que dice no ver que existan en las minas metalíferas en todas las ocasiones. Tal motivo le lleva a decir que es un error relacionar los principios alquímicos con los cuerpos5 químicos. En el mismo sentido y por las mismas fechas se expresaron otras voces europeas, como la de Vanuncio Biringuccio (1480-1539), un italiano que disertó sobre la naturaleza del fuego en unos términos por los cuales acabó encasillado historiográficamente como químico-metalúrgico. En concreto, aceptó que los minerales fuesen mixtos, pero no que estuvieran compuestos por azufre y mercurio 6. También lo hizo André Cesalpin (1519-1603), quien, a pesar no creer en los alquimistas, siguió, como ellos, la idea de Aristóteles sobre la generación de los metales, resultado de la condensación de vapores 7. Pero estos metalúrgicos de profesión pertenecieron a un movimiento más amplio surgido en el siglo XVI. En él se consiguió separar y oponer unos nuevos razonamientos a la tradicional autoridad y, lo más llamativo, la experiencia a la especulación en que estaba sumida la ciencia tradicional, especialmente la médica, centrada en Galeno e Hipócrates. Paracelso aplicó la química a la medicina, Agrícola a la metalurgia y Bernard Palissy (1510-1590) unió química y técnica 8. Por supuesto, no fueron los únicos. ----Además, este nacimiento de los especialistas durante el Renacimiento fue acompañado de un crecimiento de personas interesadas en la Alquimia. Algunos magnates, como hemos visto, se procuraban expertos en el ars chymica, querían aprender ellos mismos también qué era eso de la ciencia alquímica. A la vez, este hecho se vio acompañado de otros que ayudaron a esta confusión y crecimiento de seguidores. El tipo de saber de los alquimistas medievales puede ser encuadrado dentro del conocido como artesanal, y, como tal, su transmisión era, eminentemente, por vía oral. La llegada de la imprenta no supuso un inmediato auge de ediciones de textos alquímicos; algo que se alcanzaría durante las primeras décadas del siglo XVI. La inclusión como temática digna de ser llevada a la imprenta no vino per se, sino por medio de la confusión y la aparición de tratados de otro tipo, que sí favorecieron la llegada. Hasta tal punto esto fue así que llega a ser bastante difícil distinguir entre un recetario técnico, una obra de magia y una de Alquimia. Esto fue debido al afán de coleccionar recetas y presentarlas unidas. Estas interferencias, sin embargo, no eran nuevas, ya que la tradición manuscrita ya inició que éstas se multiplicasen. La imprenta, en todo caso, aceleró y potenció aún mas la confusión. A nivel ideológico, el clima intelectual también contribuyó a esta amalgama. Como decía van Lennep, durante el siglo XVI se mezclaron los extremos y la ciencia simpatizaba con la locura 10. Podemos ejemplificar esta afirmación si leemos las ideas expresadas por Pico della Mirandola (1463-1494) o Marsilio Ficino, dos hermetistas y cabalistas de primer orden muy conocidos en la Península 11. Por ejemplo, Pedro Ciruelo se carteaba con amigos de Oxford sobre estos temas, estuvo muy influenciado por d'Etaples (1455-1537), un lulista acérrimo, y dialogó con el mismo Pico. Los canónigos adscritos a la Catedral de Burgo de Osma conocieron perfectamente las ideas de Marsilio sobre el hermetismo 12, lo mismo que ocurriera con los de la catedral de Toledo 13, o en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial 14. La Alquimia pasó a ser algo semejante a una gran doctrina iluminista para los católicos en un momento en que abundaron las herejías y cuando las doctrinas teosóficas y mágicas se extendieron por Europa, durante los siglos XIV y XV. Llegado el Renacimiento, la Alquimia quedó unida a la cábala, a la magia y a la teosofía. Pero hubo de compartir escenario con, al menos, otros cinco compañeros, como el neoplatonismo de Marsilio Ficino, el neo-pitagorismo de Nicolás de Cusa, el cabalismo ----10 LENNEP, J. van (1978) cristiano de Reuchlin y Pico y, en la Península, el lulismo hermético. En el Humanismo, el celo por una pulcritud intelectual llevó a los protagonistas no a aislar otras doctrinas, sino a darse de cara con una multitud de ellas, con concepciones de las cosas distintas, y, por supuesto, a relacionarlas. La teosofía y todas las demás formas de pensamiento hubieron de convivir en el Renacimiento de forma descarada, sus identidades se mezclaron, formando una amalgama donde es difícil discernir cuál de ellas es la predominante, aunque no por ello hemos de pensar que su estudio resulta inaccesible, sobre todo si entendemos que, en realidad, todo eran diferentes puntos de vista de la filosofía de la naturaleza. La ciencia mística, por otra parte, contenía en sí el germen de una especulación creadora. Lo ocurrido fue el nacimiento y florecimiento de esta semilla. Por mucho que los historiadores de la ciencia pretendamos realizar un estudio aséptico de la ciencia moderna hasta la llamada Revolución Científica, o aún más tarde, ya que las raíces herméticas de muchos de sus adalides son patentes hasta entonces, nunca veremos el modo en que pudo revolverse contra sí y desterrar sus fantasmas de ocultismo. Esta relación ciencia-magia, o cienciahermetismo ha sido vista como una racionalidad irracional por algunos filósofos15 e historiadores. De hecho, la ciencia realizada en el periodo que comprende este trabajo, no pudo deshacerse de su lastre mágico. Este ejercicio vio su culminación a principios del siglo XVII, y ocupará prácticamente todo su primer tercio. Se conoce como un movimiento intelectual llamado Pansofia, y abogaba por un conocimiento total y universal. El propio nacimiento de la semilla llevaba el final de la ciencia mística y la posibilidad de la libre especulación intelectual que traía consigo fue desarrollada al máximo. Visto con sus propios ojos, la amplitud de los presupuestos metafísicos en los que se basó la filosofía natural del siglo XVI, como el hermetismo y el neoplatonismo, hizo posible que los especuladores surgidos al amparo de tal paisaje intelec-----tual pudiesen, incluso, obviarlo y, teniendo como herramienta el uso de dicha libertad, además, transformaron dicha especulación amplia en una experimentación concreta. En ella, ya no hubo que justificar el a priori tras la experiencia ya que los fines últimos eran más moderados, tales como la mejora de un medicamento, una forma de destilar más efectiva, la mejor curación terapéutica de una enfermedad, etc. quedando lejos la posibilidad de la Piedra Filosofal, la medicina universal o cosas semejantes. Volviendo al hilo conductor, no está determinado con exactitud qué grado de influencia ejerció el movimiento pansofista en la mitad del siglo XVII, pero lo podemos intuir gracias a cómo estaban las cosas en el último tercio y cómo después. Debió ser una época burbujeante, llena de actividad y de, claro está, experimentación. La historiografía de la ciencia se ha aplicado bastante al estudio de estos años, y aún sigue haciéndolo. Sea lo que fuere que ocurriese, y sobre todo con estos intentos de amalgamar todos los conocimientos, la Alquimia salió transformada en Europa. Glauber inició el acercamiento, aunque muy lentamente, hacia la química. Por otro lado, los que se consideran adalides de la Revolución Científica, como Boyle, Newton, Leibniz, y otros, seguían creyendo en la transmutación. Los matices a las teorías de los alquimistas, semejantes a los habidos con Palissy y otros ya mencionados antes, se repitieron en esta «edad oscura» de mediados del siglo XVII y hasta su final. El ambiente reformador de las ciencias del siglo anterior se continuó, destacando Galileo, Descartes, Boyle y Bacon. Ya el tono opositor se aleja del enfrentamiento, ahora es cuando realmente se da el cambio de la autoridad tradicional y la especulación por la experiencia y la razón. Por fin la ciencia perdía ese lastre que la anquilosaba. No obstante existió cierta resistencia a esto durante la primera mitad de siglo, debido, principalmente a la guerra de los 30 años, a los agitados años del reinado de Luis XIII y la minoría de Luis XIV. Muchos de los que opinaron sobre la Alquimia tienen algo en común: estaban todos en la misma arena y sus concepciones mágicomísticas sobre un universo inter-relacionado mediante unas fuerzas no siempre comprensibles, visibles y capaces de ser dominadas son notables, no pasan desapercibidas. No publicó nada en vida y sus textos los reunió su hijo, François Mercurio van Helmont, ----bajo el título Ortus Medicinae 21. Laín Entralgo le definió como iatroquímico y sus ideas sobre la Alquimia eran tan similares a la de los maestros medievales, que sólo se diferencian en que no cree que todo venga de algo universal, dada la variedad que presenta la naturaleza, a pesar de admitir como principios al mercurio, azufre y sal. Algo similar pensó el citado Robert Boyle (1627-1691), nacido el mismo año de la muerte de Francis Bacon. Acepta la división elemental de la naturaleza, pero no admitió que el agua fuese uno de ellos. Otro revisionista, tan sutil como los anteriores fue Kunckel (1630-1702), personaje que acepta el método experimental a la vez que a la Alquimia 22. Los matices, por muy nimios que nos parezcan, las opiniones divergentes, aunque sean en lo más mínimo, los detalles ofrecidos para explicar algún concepto y sus pequeñas diferencias entre ellos son nuestra mejor herramienta para poder ver cómo las ideas y las posiciones no alcanzaron una estabilidad duradera, para ver cómo se fueron transformando en un proceso de larga duración, en parte acumulativo y en parte no. En realidad, fueron la suma de dichas inestabilidades la que engendró otras, estas sí más sólidas, que provocaron un efecto contrario a su naturaleza: volvieron móviles posiciones bien asentadas. Vivió en las décadas de mayor actividad en la reciente relación Alquimia-Terapéutica-Sanidad. Criticó a Paracelso y sus sectatores, por un lado, ya que no creía en la medicina universal o en el alkhaest. Pero, por otro, también se situó en contra de los galenistas por «resistirse al progreso de la Medicina», y por su obstinado talante conservador 24. Toda esta actividad de pensamiento especulativo tuvo su lado público y su grado de corporativismo. El germen de las sociétés savantes está, nada más y nada menos que en la Academie des Secrets, una sociedad fundada por Jean Baptista Porta (1540-1615) 25, unos de los doctores más renombrados de magia natural, hecho que ocurrió ----21 HELMONT, J.-B. van (1648), Ortus medicinae: id est initia physicae inaudita progressus medicinae nouus in morborum ultionem ad vitam longam, Daniel Elzewir, Amsterdam. 22 Johan Kunckel von Lowënstein podría considerarse un químico progresista lento, encasillado en el campo mineral y orientado paulatinamente a la química. Comenzó su carrera en Bohemia trabajando para los Saxe-Lauenburg. GANZEMÜLLER, W. ( 1956 25 Su Magia naturalis fue traducida a todas las lenguas de Europa. Otro grupo, teniendo por cabeza principal al médico bávaro Michel Ferh, y acompañado de G. B. Metzger, G. B. Wolfarth y más médicos alemanes iniciaron en 1651 la andadura de la Academie des curieux des sciences, donde se estudiaba conjuntamente tanto Medicina, como Química e Historia. Ya a fines de siglo, la Academia de Fisiócratas de Siena, nacida bajo el patronazgo de Francisco de Médicis en 1691 tuvo entre sus miembros muchos que experimentaron la Alquimia, a pesar de adoptar el método experimental. Fue en estos años de la segunda mitad del siglo XVII cuando ya podemos hablar con menos intranquilidad de la existencia de la química farmacéutica. Ya en el siglo XVIII la Alquimia adosada a la Terapéutica y a la Sanidad se transformó, previa disolución, en la química cercana a la que nos ha llegado, gracias a Lavoisier y a los que sirvieron de puente, como Stahl y la teoría del flogisto. Para Lavoisier, el cuerpo era una noción incompatible con la transmutación. Pero aún veremos que siguen los alquimistas tradicionales, representados por Pernety o Lenglet du Fresnoy. Además, la unión que hubo en el Renacimiento con la teosofía volverá a surgir entre los místicos alemanes, especialmente con Karl von Eckartshausen (1752-1803) 27. En 1732, Boerhaave (1668-1738), en su Historia de la Química dividió a los primeros químicos importantes en cuatro clases: Los escritores «sistemáticos» que reducían las operaciones de la química a la forma de sistemas, especialmente para la preparación de remedios químicos, como fueron los que se alejaron de Paracelso, incluidos muchos espagiristas, los «químicos-metalúrgicos», como Agrícola, los escritores alquimistas, como Paracelso y Sendivogius y los perfeccionadores químicos de la filosofía natural, como Robert Boyle (1627-1691). Si bien es una clasificación muy simplista, en ella se contienen casi todos los tipos de personas que se acercaron a la Alquimia, pero sin diferenciaciones internas. Además, encontramos protagonistas que pertenecieron a más de una clase, como veremos en su lugar. LOS PRIMEROS ACERCAMIENTOS ENTRE ALQUIMIA Y TERAPÉUTICA Si nuestra intención fuese rastrear las ideas entre cada uno de ellos, ver su influencia, analizar sus relaciones y contactos, y hacerlo en un encadenamiento, se podría establecer una secuencia desde los platónicos hasta Nicolás Lémery, desde un alquimista a otro, desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, y así sin interrupción. ----Podríamos ir de Alberto Magno a Tomás de Aquino, a Llull, a Giorgi, a Fludd, a Maïer, a Tritemio, a Paracelso, a Böhme, a Gichtel, a Schott, a van Helmont y a Leibniz «saltando» de uno a otro sobre las mismas ideas. Con todo lo dicho, sin embargo, hay que buscar en la Edad Media para rastrear los orígenes del desarrollo de la Alquimia moderna europea. Si pudiésemos dejar todas las piezas en una mesa y verlas desde la distancia, notaremos algo realmente curioso sobre lo ocurrido en la Península. De ella salieron las ideas que se implantaron en toda Europa. Los textos más renombrados de Alquimia se atribuyen, durante toda la Edad Moderna a los clásicos, como Arnau de Vilanova, Rupescissa o Lulio, todos ellos peninsulares. Estos autores son nombrados una y otra vez como los verdaderos filósofos, junto a otros, no menos conocidos, como Tomás de Aquino, por ejemplo. El estudio del origen de estas influencias en la Medicina química de los siglos XVI y XVII se hace imprescindible para intentar comprender en qué estado llegó la Alquimia a iniciar su relación en el periodo que nos ocupa para este trabajo. Por otra parte, es evidente que el uso de metales y minerales en la Terapéutica estaba ya muy extendido ya antes de Paracelso. Incluso también lo estaba el uso del mercurio, del antimonio y de los ácidos minerales en la Medicina interna28, aunque estaban más generalizado como remedios externos. La novedad, que tampoco resulta serlo tanto, es que el número y cantidad de los preparados químicos de aplicación interna superarán en número a los externos. Además, segunda novedad, estos medicamentos internos tienen su propia forma de elaboración, unos métodos escasamente usados con anterioridad; y son los propuestos por la Alquimia: destilación, solución, etc. En realidad los medicamentos químicos reciben su nombre no del origen de sus componentes, sino del método de preparación, cuyas referencias nos llevan a nuestros chymicos. Estos problemas sobre la preparación de remedios terapéuticos viene por los diferentes concepciones entre los médicos, especialmente los galenistas, y los chymicos. Los primeros realizaban un compuesto de las cualidades, sumando las de los componentes de dicho preparado (cualidad fría más cualidad seca, por ejemplo). En cambio, los chymicos extraían las de cualquier mixto y las purificaban tras eliminar las heterogeneidades impuras, por lo que decían que las exaltaban todas juntas, en forma de esencia. Esta esencia podría, también, tener las cuatro cualidades (fría, seca, húmeda y caliente), estado en que recibía el nombre de quinta esencia. A mediados del siglo XIV aparecen tratados con una clara diferencia de los existentes un siglo antes. Estos últimos, como los de Michael Scot o Geber nos ofrecen un repertorio de procesos bastante amplio, nítido e inteligible. Michael Scot ha sido calificado en muchas ocasiones como el primer alquimista europeo 29 y ya fue men-----cionado por Dante (1265-1321) como mago en su Divina Comedia 30. Otra figura relevante de la alquimia medieval fue Geber, o Djabir ben Hayyan (¿-815), seguidor de Aristóteles y versado en matemáticas, medicina, astrología y música. Como otros contemporáneos, Geber se dedicó a la investigación científica, actividad que prescribe explícitamente el Corán. Entre otras cosas, describió la cristalización como medio para purificar los preparados químicos, varios métodos para obtener el ácido sulfúrico, el ácido nítrico, el nitrato de plata, el cloruro amónico, el arsénico y el vitriolo de hierro. En la parte alquímica, sus investigaciones le llevaron a realizar aleaciones (de mercurio con oro, plata, plomo, estaño y cobre), óxidos y enlaces entre metales (principalmente mercurio) y azufre. Pero sus métodos destacan por sentar las bases de la química experimental ya que observaba el desarrollo de las reacciones químicas en unas condiciones establecidas artificialmente, variando de forma arbitraria los parámetros y siguiendo los efectos que dichas modificaciones generaban. O sea, en lenguaje alquímico, procesos de sublimación, calcinación, destilación, congelación y otros 31. Algunos historiadores de la ciencia medieval han logrado elevarse por encima de Geber y, una vez tratado con detenimiento, han reflexionado sobre la alquimia desarrollada en el mundo islámico y sobre el tipo de ciencia que se practicaba. Es el caso ---le distinguieron con beneficios eclesiásticos. Estuvo en Sicilia al servicio de Federico II Hohenstaufen. Tradujo al latín obras de Aristóteles, Averroes y Avicena. Estudió astronomía, cálculo del tiempo, astrología, medicina y cosmología. Consideraba, como Avicena, a la materia dividida en los tres principios alquímicos (sal, mercurio y azufre). Una excelente biografía ya fue hecha en el siglo XIX por John Wood Brown, imprescindible para entender a Scot y su relación con la alquimia, aunque los planteamientos metodológicos del autor no son los óptimos. WOOD BROWN, J. ( 1897 de Paul Kreaus, quien nunca se convenció de la originalidad de su alquimia, aunque tampoco afirmó que fuese una simple copia de los postulados griegos, ni que la alquimia el Islam muriese como un traspaso a Occidente sin más 32. No obstante, hay que agradecerle que demostrase la existencia de pseudografía geberiana incluso dentro del Islam. LOS TEXTOS Y LOS AUTORES QUE INFLUYERON EN LA ALQUIMIA EUROPEA. Pero, como se dice arriba, un siglo después, a mediados del XIV, los textos parecen centrarse en la descripción minuciosa de tan sólo dos cosas: la destilación y la disolución, todo ello combinado con el trabajo sobre los ácidos minerales. Resulta, cuanto menos curioso, que estos escritos aún fuesen leídos a fines del siglo XVI. Así, el Liber Lucis llegaría hasta la edición de Manget de 1702 33; el Testamento de Pseudo-Lulio, en manuscrito, y aparte de las múltiples ediciones europeas de las que luego hablaremos, estaba en El Escorial desde finales del siglo XVI 34 y el Rosarius Minor, también fue manuscrito en la Península en la mismas fechas, concretamente en 1596 35. En todos ellos, encontramos en común, aparte de las descripciones sobre los trabajos de destilación, que ya aparece muy bien asentada en la Alquimia cristiana bajomedieval la concepción de los elementos mercurio y azufre como componentes de toda materia, y que la Piedra Filosofal se realiza en siete pasos, además de los conceptos del oro potable, la quinta esencia, trabajos sobre el mercurio sublimado, tan en boga durante los siglos XVI y XVII, los sublimados corrosivos, etc. La historiografía peninsular ya prestó atención a los tres alquimistas españoles, llegándolos a calificar como el triunvirato de la Ciencia catalana del siglo XIV, palabras que recogiera Multhauf en el artículo ya mencionado 36. Pero lo que aquí nos interesa son dos cosas: por un lado, establecer la influencia que dichos autores se ejercieron entre sí y, por otro, averiguar y establecer, en su caso, la influencia que ejercieron en Europa. Esto último es tremendamente importante, ya que en caso de ----resultar positivo, podremos afirmar que la Alquimia moderna debe su base, o gran parte de ella, a estos autores peninsulares. Si ello fuese así, estaríamos hablando, en una perspectiva que abarcase hasta el final del siglo XVII, de unas ideas que viajaron en un recorrido de ida y vuelta, ya que, como veremos, volvieron a entrar aquí, aunque no de la misma forma que salieron, sino generando la presencia de la ideas de Paracelso, ya incrustadas en dichos textos 37. Es decir: la Alquimia peninsular orientó a la europea, ésta la asumió, digirió y transformó con sus aportaciones originales y propias, pero siempre basadas en las auténticas. Una vez así, volvieron a penetrar en la Península a través de los textos. La idea de la influencia de Rupescissa en los textos pseudográficos atribuidos a Lulio, y de forma grave y contundente, no ha sido considerada por la Historia de la Ciencia como un elemento a tener en cuenta. De lo que estamos seguros es que dicha influencia aparece en los textos pseudográficos de Lulio desde el siglo XIV, donde se siguió en varias ocasiones las indicaciones de Rupescissa, llegando, incluso a poner sus palabras de ejemplo a seguir y demostración de las suyas propias: Por esa razón los filosofos antiguos como Hermes, Sócrates, Platón, Aristóteles decían que no morían y que tenían en estima sus cuerpos porque eran indestructibles, y ello es cierto hablando de forma natural, si el Altísimo no hubiera constituido limites, etc. Dejando a un lado las opiniones de éstos, descendamos a la materia de la que queremos tratar y veamos lo que dice el hermano Johannes Rupescissa, de la orden de los frailes menores, el cual escribió que poseía la ciencia, el espíritu profético y habló así: Toma el vino, noble, alegre, joven, lleno de sabor, el mejor que puedas encontrar. Y esto lo interpretan los ignorantes y los no iniciados al pie de la letra; comienzan la obra y al final no descubren nada 38. Por supuesto, el anacronismo evidente nos hace rechazar cualquier idea sobre la realidad de dichos flujos de pensamiento. Rupescissa vivió en la generación posterior a la de Arnau y Lulio. Por otra parte, la influencia los dos últimos está sobradamente demostrada, ambos pudieron encontrar se muchas ocasiones, tanto en Barcelona en 1286, año en que residía allí el primero, como en alguno de los catorce viajes que Lulio hiciera a Italia, o en la Universidad de Montpellier, donde Arnau llegó a ser doctor en Medicina. Pero analicemos la misma cuestión proyectada en la Medicina química de los siglos XVI y XVII. Uno de los trabajos más conocidos de Juan de Rupescissa es su De consideratione quinta essentiae 39, texto que aparecería también atribuido a Lulio por ---- 37 Sobre el paracelsismo en la Península en estas fechas es imprescindible consultar los trabajos de LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1973), «Paracelso and his Work in 16 th and 17 th Century Spain», Clio Medica, 8, pp. 113-141; y «El paracelsismo en la España del siglo XVI», en el estudio introductorio a Santiago, D. de (1994), Arte separatoria, Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil-Albert», pp. 11-30. 38 PSEUDO-LULIO (s. XIV), Da comienzo la epístola referente al oro potable y a la Piedra Filosofal enviada al sumo pontífice, s.l. El caso contrario, la influencia de Lulio en Rupescissa sí parece más probable, aunque seguimos dudando de que vayan más allá de las cuestiones alquímicas y las de Filosofía de la Naturaleza 41. Aquí nos guiaremos por las opiniones vertidas en su día por Lynn Thorndike 42 y por Robert P. Multhauf 43, además de los estudios recientes de la profesora de la Universidad de Siena, Michela Pereira, sobre la expansión del paracelsismo en Italia a través, especialmente, de las diferentes ediciones de los textos pseudográficos lulianos 44. Sobre la consideración de la quinta esencia se inicia con un alegato sobre las excelentes virtudes terapéuticas del alcohol y luego, de la quinta esencia. Ésta sería un producto elaborado cuya principal característica sería la incorruptibilidad y otorga al vino destilado la consideración de llevar impreso el sello de los cuatro elementos. Es por ello que nos dio a conocer varios métodos de destilación del vino. A continuación dice que dicho producto es necesario para la elaboración del oro potable, que no es sino un medicamento. No obstante no deja cerrada la posibilidad de obtener la quinta esencia a partir de otros componentes. De todas formas la utilidad que se le aplica es la de mezclarse con el oro y disolverlo. Estas ideas resultan ser muy importantes si queremos compararlas con las que en el siglo XVI se tuvieron sobre la elaboración del oro potable y los atributos dados a la quinta esencia, cuestión que no dejaría de estar en primera línea de la atención de la Terapéutica hasta fines del siglo XVII. Otro producto que Rupescissa atribuye cualidades quintaesenciales es el mercurio sublimado, otro disolvente del oro. Debemos pensar que se podía llamar disolvente o menstruos, además de los ácidos corrosivos, ya conocidos, al espíritu de vino rectificado y al mercurio sublimado, ya que, como poco, alteraban el estado físico aparente del oro. Es en este punto donde podemos pensar que aún no existe distinción entre la Alquimia metalúrgica y la medicinal o terapéutica. Como se hiciera también en los siglos modernos, el mercurio era sublimado por nuestro autor con sal y vitriolo. El método será copiado de forma idéntica por los médico-químicos más tarde y por muchos otros alquimistas, aunque algunos, como veremos, usan la sal amoníaca, no especificado por Rupescissa. De cualquier forma, sus conceptos sobre la quinta esencia ----serán vueltos a ver, ya sea en la preparación del mercurio, sublimado o no, en la del oro potable y en la de otros preparados químicos o médico-químicos a lo largo de la Edad Moderna en muchos textos europeos. En especial, me refiero a varios en concreto, como los de Felipe Ulstadio de Nüremberg 45 o los de Paracelso 46. Incluso se pueden rastrear dichas ideas en el metalúrgico Jerónimo Brunswick (1450-1533) 47, quien reparó en Rupescissa de forma explícita para la aclaración de algunos conceptos. Esta transmisión de ideas sobre los conceptos de quinta esencia originales de Rupescissa en Europa, ya sea directa o indirectamente, es decir, nombrándole o no, no era ajena en la Península, especialmente en cuanto al conocimiento de los textos de los dos primeros autores, Ulstad y Paracelso, se refiere. Respecto del primero, senador en la ciudad de Nüremberg a fines del siglo XV, contamos con ejemplares de su Coelum philosophorum desde muy temprana fecha. Así, podemos ver las tres primeras ediciones que hiciera de este texto Johann Grunyngen, entre 1525, año de la primera, y 1528 48, todas ellas en Estrasburgo, además de otra, bastante curiosa, también de 1525, pero de Friburgo 49. Aún más, una edición posterior, ya del año 1535 nos dice que los secretos de la naturaleza que se encuentran reunidos en dicho texto, pertenecen a textos de los principales protagonistas de este apartado, tales como el propio Ruspescissa, Lulio y Arnau de Vilanova 50. En el Prefacio al Coelum, Ulstad dijo que, en su tiempo, los textos de Lulio estaban en muchas manos, o, dicho con sus palabras: «Ad paucorum enim manus pervenisse video» 51. Teología en Padua y Venecia, y de quien Benedetto Croce dijera que en sus obras podemos ver una caricatura del Humanismo 54. Pero uno de los textos más leídos y conocidos en la Península durante los siglos XVI y XVII fue el de Conrad Gesner (1515-1565) Tesoro de los remedios secretos de Evónimo 55. Desconocemos los motivos por los que Gesner decidió usar el pseudónimo de Evónimo Filiatro para titular su texto más famoso 56, donde nos dio un gran número de quintas esencias, ya sean aguas, aceites, etc., preparadas tanto en el reino mineral, como en el animal y el vegetal. Sí sabemos que Gesner recopiló remedios secretos de Rupescissa, Arnau y Lulio, especialmente en su preparación química (es decir: por destilación o sublimación), también sabemos que Gesner dijo que fue Ulstad quien mejor expuso en qué consistía la quinta esencia, por lo que la serie de influencias está clara hasta el momento. pero quizá sea mejor verlo con sus propias palabras: «Llaman quinta esencia a una virtud o facultad soberana y celestial que posee cualquier planta, metal, animal, o parte de ellos [...] El primer autor en escribir sobre ella ha sido Raimundo Lulio. Hasta entonces era desconocida por todos los médicos y no se había escrito ni experimentado nada sobre ella. Luego comenzaron a ensayarla, entre otros, Juan de Rupescisa (que algunos piensan que es anterior a Ramón Llull, aunque yo creo que es contemporáneo), Jerónimo de Brunschwig, Felipe de Ulstad y algunos otros, no muchos, que escribieron alguna cosa sobre ella» 57. Pero este punto en común ha de situarse junto a otras características generales. En primer lugar, todos ellos tuvieron más textos donde no hablan de Alquimia ni de medicamentos químicos, que también fueron conocidos. En concreto Conrad Gesner, un magnífico observador de la Naturaleza, ya notó que la generación de los helechos se hacía a través de sus esporas en la obra Opera botanica 58. En segundo lugar, todos estos autores, además de influir en Europa, como hemos visto, también lo fueron en la Península y de una forma muy concreta: hubieron de soportar el tamiz de la Inquisición. Gesner lo fue a través de lo concluido tras el 5o Concilio de Florencia y lo dicho sobre la transustanciación; concretamente, la Inquisición de Toledo, en el año ----54 COLLONA, F. (1724), Abregé de la doctrine de Paracelse et de ses archidoxes avec une explication de la nature des principes de la chyimie pour servir d'éclaircesssement aux traitez de 1593, hacía efectiva dicha censura 59. Paracelso, ya lo fue en el Índice de Quiroga de 1583, a través de sus Chirurgias 60. Las censuras de textos de Paracelso en la Península son un tanto curiosas 61, ya que, por ejemplo, sobre sus Pronósticos pareció haber otra vara de medir 62. Sobre la censura a Lulio, las cosas fueron muy complicadas, especialmente desde la segunda mitad del siglo XVI hasta los primeros años del siglo XVII, e incluyeron largas disquisiciones entre los expertos, indecisiones y polémicas 63. Respecto de los textos de Alquimia atribuidos a Lulio, conocemos el auge de ediciones europeas durante todo el siglo XVI, especialmente en la segunda mitad del mismo. Estudios recientes, especialmente los de la profesora Michela Pereira han lanzado la idea de que el paracelsismo, y concretamente las nociones de Paracelso sobre la Medicina química, venían incluidas en las citadas ediciones alemanas de los textos pseudo-lulianos, aún más, parece que no hay duda sobre ello64. Al plantearnos la misma cuestión sobre lo ocurrido en la Península, hemos considerado esas mismas propuestas a partir de varios hechos. El primero es saber de qué textos y de qué ediciones nos podemos servir para poder corroborar esto. No obstante, sabemos que Paracelso citó a Lulio y a Vilanova más de treinta veces 65. En la Península contamos con varias de las ediciones de textos pseudolulianos que se hicieran en Alemania, especialmente las más importantes y conocidas hasta el año 1573. Hemos recogido todas las que comprenden los años que van desde la muerte de Paracelso, en el año 1541, hasta las primeras referencias escritas sobre él, a manos de Juan Fragoso (m.1597), médico y cirujano real, en el Antidotario que se incluye en su Chirurgia universal, editada por primera vez antes del año 158166. Antes de analizar ligeramente estas ediciones, ya podemos hacer una comprobación ---- sobre la veracidad de la presencia de paracelsismo, incluso no solo a través de los textos lulianos, algo que veremos más adelante, sino, también, del concepto de quinta esencia que usó Fragoso, basado en sus lecturas de autores como Conrad Gesner y pseudo-Lulio, según sus propias palabras. Afortunadamente, la Historia de la Ciencia ya ha reparado en la influencia de Pseudo-Lulio, Rupescissa y Arnau en Paracelso en varias ocasiones 67, incluso, como hiciera Walter Pagel, se han considerado fuentes de su obra 68. obras alquímicas pseudolulianas a las que me refiero son tres: El Testamentum, De secretis naturae y Codicilus. Respecto del primer texto, podemos consultar las dos primeras ediciones de los años 1566 y 1573 que hiciera en Colonia Ioannem Birckmann gracias a los varios ejemplares disponibles 69. Es obligado plantearse la verdadera necesidad de la presencia de esta obra en la Península, y en su soporte impreso, ya que la existencia de manuscritos de fecha anterior es abundante 70; aún más, cabe preguntarse quiénes leyeron estos textos, quiénes tuvieron capacidad para traerlos aquí y qué recepción causó entre sus lectores sobre sus ideas de la Alquimia y la Medicina química. Sobre el De secretis naturae, existen, al menos, dos ediciones, siendo la primera especialmente curiosa ya que el título no concuerda con los de las demás 71, más extenso y del mismo año, donde se incluye la no menos famosa carta al rey Roberto de Inglaterra, ya citada antes 72. Es evidente que la intención de incluir en dicha carta, donde podemos ver que Lulio recogió las opiniones de Rupescissa, a esas alturas del siglo, es la de asentar y conectar la firmeza y categoría de los textos alquímicos atribuidos a Lulio con las nuevas ediciones hechas a manos de los paracelsistas alemanes más afamados 73, los protagonistas del paracelsian revival que hablara Lynn ----Thorndike 74. Y la mejor forma era incluir en las nuevas ediciones textos a conocidos, como la citada carta, que ya fuera incluida también en la Margarita de Janus Lacinius 75, aunque con un título más completo que en el ejemplar de Palma de Mallor- 76. Por cierto que Lacinius dijo de Lulio que «...praeteribus temporibus plures libris secretos in arte transmutationem composuissem & librum omnium secretissimum de lapidibus pretiosis secundum virtutes suas compositis» 77. Respecto de Codicilus, o Vade mecum, contamos con la segunda edición de Birckmann, del año 1572 78, la edición del mismo año de Petrus Pernam 79 y con otra, muy curiosa aparecida dos años después, ya que confirma nuestra tesis, cuyo director fue el paracelsista Miguel Toixites (1515-1581), con el título Raimundi Lullii...libelli aliquot chemici nunc primum, excepto vade mecum, in lucem opera doctore Toxitae editi 80. No son la únicas ediciones alemanas que se pudieron leer en la Península durante el siglo XVI. También tenemos el texto Compendium artis alchemiae et naturalis philosophiae, incluido en la compilación Auriferae Artis de Conrad Waldrick 81. Se trata de una breve práctica alquímica, donde se cita el Testamentum, que trata de la extracción de la quinta esencia, aunque es un proceso visto como mágico. Dicha obra sólo puede ser consultada como manuscrito en el ejemplar existente en la Biblioteca de Catalunya 82, a pesar que hay otras ediciones europeas en solitario, como la de Nüremberg de 1547 y la de Colonia de 1567, según nos dijeran Roger & Durán 83. Si bien no es apreciable en este texto las influencias de los paracelsianos, sí es nítida, en cambio, la de los textos de Rupescissa, por lo que hemos de analizar algo más lo ocurrido con el Auriferae Artis. el interior. Estas dos facetas, dado que hubo manuscritos e impresos de dichos autores de ambas y en los mismos años, pudieron, y seguramente así ocurrió, entrar en contacto. Este contacto resulta ser de suma importancia para el estudio de la Medicina química peninsular ya que estamos hablando de las palabras de los mismos autores, pero vistas desde la Alquimia y desde la Medicina química. El efecto que generó dicho contacto, visto a través de las opiniones vertidas en las obras de las figuras de la Sanidad y la Terapéutica peninsulares, es un componente fundamental para el estudio de la iatroquímica de fines del siglo XVI y principios del siglo XVII.,
En este artículo se ha estudiado el interesante y significativo capítulo sobre la sangría, incluido en el tratado de medicina titulado Liber de arte medendi (1564) de Cristóbal de Vega (1510-1573). Su doctrina, sobre todo en lo que atañe al morbus lateralis, sigue la de la mayoría de los autores del quinientos pertenecientes al humanismo médico: sangría abundante en la flexura del codo del brazo homolateral. Además de recoger las aportaciones anatómicas de Vesalio sobre el árbol venoso, Vega polemiza sobre ciertos aspectos controvertidos con los médicos coetáneos Argenterio y Fuchs. A pesar de su fidelidad al galenismo, Vega muestra algunas discrepancias prácticas relativas a su uso en niños y embarazadas y a su aplicación hasta el desvanecimiento. cimiento, un comentario al De sanguinis missione galénico1. Y de esa fuente tomará Nicolás Antonio la noticia consignada en su repertorio: «pensamos que [Vega] también escribió: los Comentarios al libro del mismo Galeno sobre la sangría...»2. Noticia que será repetida por otros bibliógrafos, pero que no se corresponde con la realidad. Nuestro estudio sobre la obra médica de Cristóbal de Vega3, nos ha llevado al convencimiento de que no hay más producciones suyas que los cinco libros que serían recogidos en las ediciones de sus Opera omnia, publicadas en Lyon en 1576, 1587, 1621 y 1626. Entre ellas, encontramos un comentario al Differentia febrium galénico y una sinopsis de todo lo que escribió el pergameno sobre las orinas, que nuestro autor tituló Commentarius de urinis, pero ninguno sobre el De sanguinis missione. Es cierto que, en su juventud, pergeñó Cristóbal de Vega un escrito sobre la sangría terapéutica, con cuya publicación se habría unido a la polémica sobre el modo de practicarla en el llamado «mal de costado» -morbus lateralis-, que en aquellos años florecía en diversos opúsculos. Así lo dice en la primera de sus obras impresas: en su traducción al latín desde el griego original del libro hipocrático sobre el pronóstico 4. Éstas son sus palabras: «Tenéis los manuscritos que yo compuse sobre la sangría en el mal de costado, que no me plugo dar a la imprenta, porque hoy se entregan escritos de muchos sabios que sobreabundantemente impugnan la doctrina de los bárbaros»5. Pero este intento no habría de culminar en una monografía impresa. Sí que cabe suponer que los materiales recogidos por Vega sobre los textos clásicos y sobre algunas producciones contemporáneas, así como sobre su práctica profesional, habrían contribuido a la ulterior elaboración de su capítulo sobre la sangría, dentro de su obra magna: el Liber de arte medendi6. ----LA POSICIÓN DE CRISTÓBAL DE VEGA FRENTE A LA MEDICINA ÁRABO-LATINA Antes de entrar de lleno en el tema central de este trabajo, nos parece conveniente apuntar un importante aspecto de la orientación doctrinal de nuestro autor, que se manifiesta con cierta frecuencia en toda su obra: su actitud crítica -en mayor o menor grado-ante la medicina proveniente, ya sea del entorno arábigo, ya sea del medieval latino. En efecto, son abundantes las referencias -acabamos de ver la primera-, tanto en el capítulo de la sangría como en otras partes del Liber de arte medendi y en el resto de sus libros, a un grupo de autores, calificados por Vega como barbari. El término despectivo barbarus, que inicialmente sirvió para designar al latín medieval, considerado por los humanistas como gramatical y estilísticamente defectuoso, pasó a convertirse para los seguidores del humanismo médico -entre los que se encuentra nuestro autor-en un amplio cajón de sastre que no sólo englobaba a los autores árabes sino también a los medievales latinos, sus secuaces. Baste como muestra ilustrativa esta cita del propio Vega: «No faltaron entre los bárbaros e indoctos hombres, los que intentaron morder a Galeno -qui Gal. mordere tentaverunt-, tratando de probar con argumentos, que no era recto el cálculo de los días críticos. Y entre ese número estuvo Pedro de Abano, apellidado Cociliador, varón de muy rasa frente -vir adeo rasa fronte-, que no temió aprobar con su propia firma todos los volúmenes de los bárbaros, con todo lo falsos y depravados que eran: pues considera que cuanto Avicena o Avenzoar dijeron, o tiene un sentido verdadero o una exposición congruente. Y es más admirable, que nunca sintió en su ánimo que alguno de los autores o traductores bárbaros pudiese errar: tan adicto era a sus documentos corruptos. También se jacta de la traducción de autores griegos, quien sólo aprendió latín. Bien saben cuánta confusión introdujo en el ánimo de los estudiosos el libro de sus concordancias de las diferencias [Conciliator differentiarum philosophorum et praecipue medicorum] quienes con libre ingenio y erudición en las lenguas leyeron completamente los libros de los griegos (y de Galeno sobre todo)» 7. Por otra parte, este absoluto desprecio ante los escolásticos latinos tal vez se atenúe muy ligeramente -en algunos casos-ante los autores arábigos. Ordinariamente los vitupera, de acuerdo con esa corriente que ya desde finales del siglo XV comienza a desarrollarse en toda Europa, capitaneada por los principales médicos humanistas -muchos de ellos profesores en las principales Universidades-, que critica y rechaza la medicina escolástica arábigo-latina en general y a Avicena y a su Canon en particular. Sostienen que los autores árabes han traducido erróneamente y malinterpretado los textos de los clásicos griegos. El antiarabismo de Vega -en cuanto ---- cultivador del galenismo humanista-se enmarca en este contexto. Como ejemplo, acudamos de nuevo a nuestro autor: «Éstos [los comentaristas del Canon], cuantas veces parangonan a Avicena con Hipócrates y Galeno, llaman a Avicena príncipe de los médicos, sumo y máximo, con su compendio breve, claro y de doctrina cierta [el Canon]: cuando no realizan ningún camino más largo de aprender medicina que el que procede sin método y demostración como es la muy confusa doctrina de Avicena. Añade a esto que del mismo libro brotan mil errores... Sin embargo, en ocasiones contadas, tal antiarabismo no es óbice para la aceptación de ideas aportadas por el persa Avicena o por el andalusí Averroes, como veremos en este mismo tema de la sangría. UN TRATADO DE MEDICINA El Liber de arte medendi (Lyon, 1564) representa la primera exposición sistemática de toda la medicina hecha en España acorde con los presupuestos del galenismo humanista, y una de las más señaladas en la Europa del quinientos. Tanto su título, que remeda el Ars medicinalis del pergameno, como su contenido, indican claramente que responde a la más ortodoxa tradición galénica. Componen dicho tratado tres libros, ocupándose cada uno de ellos de una de las tres cosas -res-del galenismo medieval y renacentista. Así, el Liber I atañe a los constitutivos del cuerpo humano, en los que puede tener asiento la enfermedad, es decir, a las siete cosas naturales (elementos, humores, miembros, temperamentos, facultades, espíritus, funciones); el Liber II, se refiere a las seis cosas no naturales (aire, movimiento y reposo, comida y bebida, sueño y vigilia, retenciones y excreciones, pasiones del alma), aquéllas que administradas con moderación conservan la salud, pero que usadas sin medida son causa de enfermedad; y el Liber III está dedicado las cosas preternaturales o contranaturales (la enfermedad, sus síntomas, sus causas), esto es, de todo lo patológico. Precisamente, al estudiar el Liber II exhaustiva y pormenorizadamente cada una de las seis cosas no naturales, esta segunda parte del De arte medendi, se convierte en un auténtico regimen sanitatis, destacado e importante, no sólo por su amplitud, sino también por la detallada descripción que Vega proporciona de cada una de esas ----8 VEGA (1587), p. Sobre el humanismo médico en el entorno académico en el que Cristóbal de Vega se movió cf. MARTÍN FERREIRA, A. I. (1995), El humanismo médico en la Universidad de Alcalá (Siglo XVI), Alcalá, Universidad. seis cosas, especialmente de la tercera: la bebida y la comida. Tenemos la impresión, que actualmente tratamos de verificar, de que no hay otro igual en toda la medicina del Renacimiento. Y será dentro de este regimen sanitatis, en la sectio V, consagrada a las excreciones y retenciones, donde Vega inserte el capítulo dedicado a la evacuación hemática: la sangría, en el que tal vez haya vertido nuestro autor aquellas ideas en torno a esta práctica médica que no se decidió a publicar anteriormente. EL CAPÍTULO DE LA SANGRÍA El interés que Vega expresa por la sangría, tanto en el régimen de la salud como en el tratamiento de las enfermedades en las que se estima que hay exceso de sangre (plétora) como alteración de sus cualidades (cacoquimia), se manifiesta en su gran extensión, pues sus 31 folios lo convierten en uno de los más amplios de todo el Liber de arte medendi. En realidad, sólo es superado por el capítulo de los temperamentos (38) y por el que versa sobre las facultades, espíritus y funciones (96), ambos del Liber I. Y sólo la iguala el capítulo paralelo sobre la purga. Se ve que el tema de la evacuación de cuanto de nocivo hay en el cuerpo preocupa especialmente a nuestro autor. En suma, como veremos, son varios los factores que dotan a este capítulo de una particular relevancia. De una parte, la ajustada doctrina que Vega proporciona acerca de la evacuación hemática; de otra, el debate que sostiene con Argenterio y Fuchs, junto con las referencias que hace tanto a la ya lejana polémica de la sangría como a las aportaciones anatómicas de Vesalio; y, finalmente, la actitud personal que adopta frente a algunos aspectos de su práctica. Con todo, en lo que se refiere específicamente a la sangría, su interés se proyecta no sólo como mero remedio de enfermedades ya instauradas sino también como auxilio preventivo -de ahí la ubicación de esta materia en el Liber II, dedicado al régimen-, sosteniendo con Galeno que aquélla debe incluirse en la doctrina de la guarda de la salud, de la higiene 9. Y en este sentido, nos dirá -recordando su ejercicio profesional en la Universidad de Alcalá-que «hemos mandado sangrar a muchos después de que asistieran a las lecciones matutinas en la Facultad de Artes -in schola literaria-, algunos de los cuales ya padecían sarna, o pústulas que se habían extendido por todo el cuerpo, o parotiditis, o amigdalitis, o aún no enfermos, referían padecer cansancio tensivo o flemonoso, o cada año contraían las afecciones predichas u otras similares, a los que auxilió admirablemente» 10. ----9 En el tratado hipocrático sobre la dieta en las enfemedades agudas y en el galénico sobre la sangría: Liber IV de ratione victus acutorum, quos confirmavit Galenus in suo De sanguinis missione. LAS CONDICIONES DE LA SANGRÍA Toda sangría debe cumplir tres requisitos para poderse llevar a cabo, explica nuestro autor, citando a Hipócrates y Galeno: la magnitud de la enfermedad, el vigor de las fuerzas y la edad floreciente del enfermo 11. En relación con el primero de estos factores -scopus primus-, indica nuestro autor, con Galeno, que enfermedad grande se dice de tres modos: o por la prestancia de la parte afectada, o por la magnitud de la enfermedad misma, o por su propia malignidad 12. Sin embargo, interpretando a Galeno, sostiene que no toda enfermedad grande precisa de la sangría, sino cuando se trate del género de las enfermedades que se curan con ella. Y concluye así: «La magnitud de la enfermedad es un requisito necesario para sangrar, ya estuviera presente, ya fuera inminente. Sin embargo, no por ser grande la enfermedad exige inmediatamente la sangría; sino porque, al ser grande, requiere un remedio grande» 13. Y al exponer estos conceptos, aseverando que no es lo mismo enfermedad grande que vehemente o aguda, refuta la identificación que entre grande y aguda hace su coetáneo Giovanni Argenterio (1513-1572). Vega se está refiriendo al libro de este autor: Varia opera de re medica... (Florencia, 1550); donde, en la parte titulada De morbi generibus, manifiesta el piamontés su opinión sobre dicha dicotomía. Pero escuchemos primero a Argenterio. Nos lo explica de este modo: «La enfermedad grande y la pequeña, a las cuales impropiamente, según la costumbre de los antiguos, así llamamos (pues usamos un término de cantidad sobre este asunto), es certísimo que es tomada por Galeno no de modo unívoco: pues la considera de un modo, cuando escribe que la magnitud de la enfermedad indica la sangría; de otro, cuando llama enfermedades grandes a las que no son malignas o se sitúan en un miembro noble... Por tanto, varía Galeno cuando trata de la enfermedad grande... Existen, en cambio, quienes definen que enfermedad grande es la que es peligrosa, la que produce grandes accidentes... Su opinión razonablemente no me agrada, porque son muchas las enfermedades que ocasionan tales accidentes..., pero no pueden llamarse grandes, en el modo en el que decimos enfermedades grandes que indican la sangría... Llamaremos pues de este modo a las enfermedades grandes, las que entre las enfermedades conservan máximamente la naturaleza de enfermedad, y sobresalen en su género. Es además propio de la naturaleza de la enfermedad, e inseparable de ella, que aflija y moleste al cuerpo; de donde las que hacen esto vehementemente son llamadas grandes: lo que también con Galeno es fácil probar. Porque en el Liber IV de methodo medendi, cuando escribe que la magnitud de la enfermedad indica la sangría, usa [el término magnitud] en razón de la gravedad, intensidad y gran fuerza que tiene... En este modo razonablemente usamos el nombre de enfermedad grande, cuando enseñamos que por ella se in-----11 Ibidem, p. 319. dica la sangría: porque como es intensa y se mueve velozmente, debe auxiliarse rápida e intensamente, por lo que tiene necesidad de remedio potente, como es la sangría...» 14. Nuestro autor le replica así: «Argenterio pretende que, según Galeno, enfermedad grande es aquélla a la que compete la sangría: pues las enfermedades intensas y que evolucionan rápidamente necesitan un auxilio intenso y de inmediata aplicación, como es la sección de una vena. Son tales enfermedades: la pleuritis, la angina, la perineumonía, la frenitis, la apoplejía... Así dice Argenterio que Galeno nos mandó que por enfermedad grande entendiéramos la que es vehemente. Pero si alguien considera en profundidad esta solución, encontrará que ni es satisfactoria, ni se corresponde con el pensamiento de Galeno» 15. No debe olvidarse que en el transfondo de esta polémica de Vega con Argenterio subyace la cosideración negativa que un importante sector de los autores renacentistas tenían de éste. Se trata de un prototipo de neotérico (innovador) al que no satisface la obra galénica. Es uno de los primeros que critican abiertamente a Galeno, sobre todo en lo que atañe a su explicación acerca de la enfermedad. Para Argenterio, Galeno no acierta a definir bien qué es la enfermedad y llega a confundir a veces lo que es una enfermedad con un síntoma o con una causa de enfermedad. Por eso, Argenterio busca clasificaciones conceptuales nuevas de enfermedad, que es lo que nuestro autor le reprocha. Por otra parte, también Argenterio critica a los representantes del humanismo médico, manifestando que son filólogos o gramáticos más que médicos, por lo que no es extraño tampoco que se gane las iras de Vega 16. Con relación a la segunda condición -scopus secundus-, el vigor de las fuerzas del enfermo, puntualiza Vega, no sin cierta ironía, este extremo: «Cuando las fuerzas no sean firmes, al sangrar eliminaremos a la vez la enfermedad y el enfermo» 17. Y señala nuestro autor que, si está indicada la sangría, cumpliéndose los requisitos para hacerla -género y magnitud de la enfermedad-, deberá sangrarse hasta que toda la causa sea eliminada. enfermedad muy vehemente, se sangra no en razón de su vehemencia, sino en cuanto la sangría pueda aliviar la enfermedad, aunque no la cure íntegramente. En cambio, si el enfermo carece de fuerzas y la enfermedad es grande, se esperará a que se fortalezca la facultad vital, para luego sangrar poco a poco, utilizando la epicrasis, que Galeno nos enseñó en el Liber VIII de methodo medendi, dejando fluir la sangre de cuando en cuando, y cesando en intervalos en los que se recupere la facultad 18. En efecto, este libro octavo del De methodo medendi dice lo que aquí se alude en su capítulo octavo: «ante indicaciones contrapuestas (fuerza de la enfermedad y debilidad del niño) hay que alternar momentos de fluxión de la sangre y de retención del flujo. Por lo que respecta a la edad -scopus tertius-, Vega viene a decir que en realidad no es un requisito en sí mismo sino en cuanto que indica la calidad de las fuerzas; de modo que, aunque un sexagenario no soporte la sangría por su debilidad, otro, septuagenario, podría soportarla 20. Y este criterio lo habría visto Vega corroborado en su práctica clínica; pudiendo sostener esta afirmación: «Por lo que atañe a la edad, con mucha frecuencia hemos sangrado a sexagenarios, y a septuagenarios no raramente» 21. Y será precisamente este planteamiento el que permita a nuestro autor considerar la edad como un óbice muy relativo a la hora de contraindicar la sangría. LA SANGRÍA EN LOS NIÑOS Respecto a la sangría en la infancia, expone Vega la doctrina galénica: no procede en principio sangrar a los niños aunque estén fuertes; porque ya poseen una evacuación innata peculiar, debida a la amplitud de los poros de su piel. Si añadimos, por tanto, otra evacuación, perderían totalmente las fuerzas: será, pues, suficiente con la evacuación innata, sin que haya que sangrarlos 22. Sin embargo, y sin contradecir estos presupuestos, antepone su experiencia personal y señala lo siguiente: «Podrás objetar la experiencia cotidiana, por la que vemos que la sangría es utilísima en los niños y les libra de innumerables enfermedades. Así, cuando se emplea en las fiebres continentes, en la frenitis, en la angina y en el mal de costado. Además, en aras de la prevención, es útil abrir la vena en primavera en dichas enfermedades, así como en los dolores y en los golpes. Pues es bien sabido que al descuidar la sangría, no pocos se ahogan, y algunos se mueren por la magnitud de la fiebre» 23. Y aun respetando la doctrina de los clásicos griegos, explica con decisión su opinión: «Después, verdaderamente, la práctica demuestra que ninguna de estas cosas es inamovible y que hay que atenerse a las mejores observaciones, hacia las cuales debe dirigirse el consejo del que cura: pues no interesa cuál sea la edad, ni qué se lleve dentro del cuerpo, sino cuáles sean las fuerzas» 24. Todavía más: aquel médico humanista que tantas veces ha mostrado su discrepancia con los autores árabes a lo largo de toda su obra, no se recata de citar una experiencia aportada por uno de ellos, en apoyo de su tesis, cuando relata aquí que «Averroes dijo que Avenzoar sangró a su hijo de tres años» 25, terminando así: «En la puericia, también, antes de los trece años y después del séptimo, sangramos frecuentemente, sobre todo a los que tienen venas más grandes, y son sanguíneos. En el segundo, tercero, y cuarto años de edad, cuando esté presente alguna fiebre continente, la cual afecta frecuentemente a los infantes, especialmente con viruelas y sarampión, sangramos escarificando las piernas, y a veces también los brazos... Sacamos a algunos cuatro o cinco onzas de sangre y a otros incluso más de seis... Ciertamente, después del cuarto año, pocos son los que no tienen las venas patentes, de modo que puedan abrirse bien; y con gran provecho para el enfermo, sangramos más de cinco onzas, y algunas veces, repitiendo la sangría, hemos extraído hasta doce onzas. Hemos visto también gran número de niños e infantes que han sido librados de grandes enfermedades con este remedio. Por tanto, en las afecciones predichas, cuidando también el resto de los factores, recomendamos este auxilio como segurísimo» 26. Por último, veamos qué dice Galeno al respecto. En su breve tratado sobre la sangría: De venae sectione / Perì phlebotomias, cuyo texto griego y latino apenas cubre diez páginas en la edición de Kühn, se lee en la versión latina: «Magnitudo vero infirmitatis et robur facultatis primi sunt venae secandae scopi». Y sigue diciendo que no ha de hacerse a los niños antes de sus 14 años. Sin embargo, en las enfermedades grandes o en los dolores fuertes, «nullum novi praestantius auxilium quam ad animi deliquium usque vacare». Durante la sangría hay que vigilar el pulso, «ne nos ---- 23 Ibidem. Si fuera en primavera y en región templada, adecuada a la naturaleza de los niños, se les puede sangrar, siempre que les amenace algún peligro, como cuando adviene pulmonía, o anginas o pleuritis u otro acceso agudo; entonces se puede abrir la vena, cuidando el pulso. No importa tanto el número de años del infante, cuanto el buen estado de su hábito corpóreo 27. LA SANGRÍA EN LAS EMBARAZADAS Es aquí donde Cristóbal de Vega se distancia claramente de las enseñanzas de Hipócrates: en la indicación de la sangría en las gestantes, prohibida sin ambages por el Coico y practicada por nuestro autor con total tranquilidad. Porque la afirmación del aforismo 31 de la sección V es tajante, sin paliativos: «La mujer gestante aborta si se la sangra, y tanto más cuanto mayor sea el feto». Y aunque nuestro autor lo tiene en cuenta, de nuevo, apartándose de su antiarabismo habitual apoya su propia experiencia con una cita del Colliget de Averroes, diciendo: «Parece que se opone a lo que hemos dicho, el aforismo 31 de la sección quinta de Hipócrates, pues dice que la mujer embarazada que es sangrada por flebotomía aborta; sobre todo si el feto es grande. Puede ocurrir que la mujer embarazada padezca una enfermedad grande y sus fuerzas sean firmes, y que la edad, región, estación y hábito del cuerpo nada impidan: pues ese requisito debe añadirse a los restantes, para integridad de la doctrina, a saber, el embarazo. Ciertamente, debe razonarse sólo qué tendría en la mente Hipócrates al prohibir la sangría en las embarazadas, y si debe incluirse éste entre los demás requisitos que contraindican la sangría. Averroes, en el Liber VII collectionum -el Colliget de la tradición latina-, en el capítulo cuarto, se opone a Hipócrates, y dice que en la mujer embarazada, si abunda en sangre de modo que el feto no la necesite, nunca ha visto que abrir una vena condujera a un mal fin. Atestigua esto nuestra experiencia cotidiana. Muy frecuentemente hemos sangrado a embarazadas que padecían enfermedades agudas y graves, como angina y pleuritis, y tanto la madre como el hijo soportaron muy bien la evacuación, sin que se produjera el aborto» 28. Y es en este momento cuando Vega trae a colación la interpretación que el médico alemán Leonhart Fuchs (1501-1566) hace de ese aforismo en su traducción y comentarios de los Aphorismi (Basilea, 1544). Pero dejemos que éste hable primero. Así lo explica el gran botánico: «No debe sangrarse a la mujer grávida, pues es claro que aborta. Hipócrates en este aforismo no mandó hacer ninguna distinción absolutamente. De lo cual razonablemente no poco se admirará alguno, sobre todo cuando en la experiencia cotidiana aparece diversamente: son muchas las grávidas que toleran la sangría sin ningún daño. Ocurre que muchas también ciertamente, afectadas con pleuritis, perineumonía, angina, y este género de otras enfermedades agudas, no sólo no sufrieron el aborto, sino que sintieron evidentísima utilidad con la flebotomía, y esto no sólo en los primeros meses, en el cual tiempo ya Hipócrates, ya la misma razón testifica que también es menor el peligro, sino también en el sexto y en el séptimo mes, cuando el feto es ya más grande... Así pues deberá pensarse diligentemente, de qué modo deba entenderse rectamente esta sentencia de Hipócrates. Musa [Antonio Musa Brasavola29 ] ciertamente [dice que] con estas palabras Hipócrates no prohibió simpliciter a las grávidas la venasección cuando fuera necesario, sino que él más bien intentó querer advertir, que en las que llevasen en el útero no abriéramos la vena temerariamente, debido al peligro de aborto que acompaña a la sangría. En verdad, no veo de qué modo esto mismo que afirma, pueda persuadir a los contenciosos e insolentes que ultrajan a Hipócrates, cuando es claro para todos, que Hipócrates simpliciter prohibió sangrar a las grávidas. Por lo que es necesario que, con otra razón protejamos a Hipócrates en este lugar de la calumnia de algunos. No podemos con otra a no ser con esta misma, que dice que Hipócrates en este aforismo tuvo en consideración las sangrías completas y dignas de tal nombre, y las cuales se usaban en su tiempo. Pues consta que los antiguos médicos extraían tanta sangre que las muy parcas y exiguas sangrías, las cuales hoy practicamos, son dignas de llevar el nombre de escarificaciones: del mismo modo que en muchos lugares de Galeno, cuando trata de la medida de la extracción de sangre, ciertamente puede saberse. Pues en el capítulo 14 del Liber de curandi ratione per sanguinis missionem, entre otras cosas escribió así: «me he acordado de que en algunos saqué hasta seis libras de sangre, para que la fiebre directamente se extinguiese, sin que se siguiese ningún daño en las fuerzas». En el capítulo 12o del mimo libro, y en el Liber IX de methodo medendi, capítulo 4o, enseñó que debe sangrarse hasta el desvanecimiento en las fiebres agudas y continentes... A partir de las cuales cosas, es claro, que nuestras sangrías comparadas con las de los antiguos, son muy exiguas: de modo que, del mismo modo que antes ha sido dicho, merecen ser llamadas escarificaciones... Pues en absoluto es admirable, que Hipócrates prohibiese simpliciter que sangrásemos a las grávidas, [con sangrías] como las que se usaban en su tiempo... Pues si en verdad tenemos en consideración las sangrías que hoy se acostumbran, no hay duda de que sin peligro sea lícito usarlas en las grávidas, cuando sólo lo permita las fuerzas, edad, hábito del cuerpo, régimen que ha precedido y estado del cielo»30. Nuestro autor le responde de este modo: «Algunos dijeron que Hipócrates no prohibió en este aforismo la sangría, sino que quiso advertir, que no fuéramos a abrir la vena temerariamente, debido al peligro de aborto. Contradice la opinión de éstos Fuchs: diciendo que Hipócrates condena simpliciter la sangría en las embarazadas y enseña que provocará el aborto. Por lo que le parece -a Fuchs-que debe responderse a éstos que es otro el sentido de la sentencia de Hipócrates, el cual afirma ----que, en principio, no debe sangrarse a las embarazadas; pero que está pensando en el modo como solía hacerse en los tiempos antiguos: sangría grande y copiosa; y no como actualmente, en que se procura hacerlo de modo seguro: porque es pequeñísima la evacuación, y más bien debería llamarse escarificación que sangría. Galeno hacía grandes sangrías, que nadie practicaría sin riesgo en embarazadas; y tenemos el ejemplo que él mismo refirió en el Liber de sanguinis missione, capítulo 14, «recuerdo que saqué en algunos hasta seis libras de sangre»; y en el mismo libro y en el Liber IX de methodo medendi, enseñó a sangrar hasta el desvanecimiento. Pero las sangrías pequeñas, como son las nuestras, no las niega Hipócrates, porque él suele considerar las grandes como las de los antiguos y sobre todo Galeno. Sin embargo, Fuchs no resuelve la duda. Pues aunque algunas veces, como ha referido, ejerciera Galeno algunas sangrías grandes, a otras menores no denegó el nombre de sangría, sino que se acordó de las mayores, para traer a la memoria los ejemplos de aquéllas» 31. Años más tarde, Vega, en sus propios comentarios a los Aforismos (Lyon, 1568) 32, al ocuparse del 31 de la quinta sección, insiste en su opinión: «Las embarazadas, cuando caen en enfermedades agudas originadas por la sangre, necesitan la sangría. Sin embargo, no puede [ésta] ejercerse sin el peligro de aborto, porque con la sangre que se detrae, el feto es privado del alimento, y el niño no soporta en el útero que se le prive de la cantidad del alimento conveniente, o lo hace muy poco tiempo. De modo que rectamente dijo Hipócrates que a la sangría de las gestantes le sigue el aborto, y más si el feto es mayor. Pero no es necesario pensar que Hipócrates negó totalmente la sangría en las embarazadas, sino que sostiene que es uno de los criterios que disuaden de la sangría, el objeto, el cual se opone a las fuerzas, y enseña que debe sangrarse menos cantidad, que en otra ocasión» 33. Con todo, para justificar semejante conducta clínica, sin menospreciar el precepto hipocrático, recurre Vega a un ardid que nos resulta muy poco convincente. Acude al aforismo que inmediatamente precede al antes citado, el 30 de la quinta sección, en el que se sostiene que las enfermedades agudas son letales para las embarazadas 34. Dice que está claro que tal afirmación no hay que tomarla al pie de la letra, pues bien se ve que no todas las afectadas mueren, aunque sí muchas de ellas. Así, con cierta rebaja, habría que entender lo que dice el debatido aforismo: no mueren todas las gestantes sangradas, sino buena parte de ellas 35. ---- Y manifestará de nuevo su praxis sobre la sangría en las gestantes, en su comentario a dicho aforismo: «La naturaleza cura muchas enfermedades agudas por la evacuación insensible de los humores, o por la cocción, o por la crisis en las mismas mujeres embarazadas, sobre todo concurriendo un buen régimen. Pues en aquéllas la sangría o la purga no produjo ningún peligro» 36. En realidad, mucho más convincente parece el planteamiento de Fuchs, antes aludido por nuestro autor, que la huida hacia delante que él aquí sugiere. Además, lo preceptuado en el 31 de la quinta sección, debería aconsejar la máxima cautela ante tan grave riesgo; y ya vemos que nuestro autor practica la sangría sin andarse con contemplaciones. Ya se ve que acepta nominalmente el dicho hipocrático y que en la práctica lo elude por completo. Y remacha: En suma, vemos que el aforismo 31 de la quinta sección del famoso libro hipocrático es contundente. Su texto griego sólo se puede traducir como lo hace nuestro autor: «Mulieri utero gerenti, sanguine misso, abortit: & magis, si maior est foetus» (la mujer gestante, sangrada aborta: y más, si es mayor el feto) 39. Pero tal contundencia ha perturbado a los comentaristas a partir del propio Galeno. Lo que dice Vega en su comentario coincide con lo que apunta Fuchs en el suyo: no se puede admitir tan estricta relación de causa-efecto; de la sangría en la mujer preñada a su muerte inme----tamen ob id putare oportet, omnes morituras, sed magna ex parte id evenire, sic neque sanguine misso omnes aborsum passuras, sed magna ex parte». Es prácticamente la misma versión que se recoge en el comentario galénico a los Aforismos, en la edición de Littré y en la de la Biblioteca Cásica de Gredos. Y, como no es cosa de desautorizar frontalmente al venerado maestro de Cos, todos los autores matizan tal aserto, poniéndolo en el marco que lo motiva: el feto exige para su subsistencia la aportación de la sangre materna; si se le quita esa sangre por la evacuación preventiva en razón de la afección que la madre padece, el embrión habrá de perecer. Todo es cuestión de calcular la necesidad del feto y la abundancia de sangre en la madre y de disponer la evacuación de aquella cantidad que disminuya la plétora sin detraer el necesario sustento al ser naciente. Y ahí cabe un abanico de actitudes, entre las que nuestro autor adopta la más extrema a favor de la sangría abundante. Finalmente, en este debate con Fuchs, a diferencia del suscitado con Argenterio, Vega no olvida que el médico alemán está encuadrado en el mismo movimiento doctrinal que él: el galenismo humanista. Por eso, a pesar de contradecirle en algunas ocasiones a lo largo de toda su obra, nuestro autor siempre comenzará con ciertos calificativos que atenúan un punto su crítica: vir alioquin sapientissimus, quamvis aliàs doctissimus in interpretandis Galeni scriptis o vir sapientissimus 40. LA SANGRÍA HASTA EL DESVANECIMIENTO Por lo que respecta a la cantidad de sangre que deba evacuarse, apunta Vega que «en las fiebres muy ardientes enseñó la experiencia, siendo testigo Galeno, que unos se libraron inmediatamente al ser sangrados hasta el desvanecimiento -ad animi deliquium 41 -, enfriándose todo el cuerpo, a lo que seguiría el flujo de vientre o una sudoración copiosa; con lo que algunos inmediatamente recuperaron la salud; mientras que otros, ayudados con este remedio, superaron después su enfermedad» 42. Sin embargo, nuestro autor insta a emplear este tipo de sangría con prudencia, tomando a la vez el pulso del enfermo «para que llegando al desvanecimiento, no vayamos a quitar la vida; lo que ocurrió a algunos enfermos, que usando este auxilio incautamente, fallecieron en manos de los médicos» 43. 41 Vega siempre utilizará esta expresión -sanguinis missio ad animi deliquium-para referirse a la sangría hasta el desvanecimiento, frente a la comúnmente empleada por los medievales -phlebotomia usque ad syncopem-, porque para él este tipo de evacuación hemática ocasiona un desvanecimiento y no un síncope, que es una afección del corazón:...id animi deliquium, non syncopem esse: siquidem syncope passio cordis est Cf. Por este motivo, advierte: «Cuando se aprecie en el pulso una disminución de su magnitud, o de su intensidad, o una perturbación en su ritmo, mientras va fluyendo la sangre, será necesario, aplicando la mano, cerrar la vena inmediatamente» 44. Y de nuevo, a pesar de que Galeno solamente aconsejó realizar la sangría ad animi deliquium en situaciones de gran urgencia, debido a la magnitud del peligro, Vega sostiene: «Nosotros lo hemos hecho frecuentemente, sacando una libra de sangre, y a veces libra y media, sin interrupción, y otras veces repitiendo la evacuación en el espacio de doce horas; y hemos visto a muchos que salieron repentinamente de grandes fiebres continentes, sin que se siga ninguna otra evacuación manifiesta, sobreviniendo también con frecuencia sudoración copiosa y raramente el flujo de vientre» 45. Además, como conclusión, añade: «De aquí también se desprende claramente que manifiestamente se engañan los que piensan que Galeno no mandó sangrar hasta el verdadero desvanecimiento» 46. LA SANGRÍA EN LA PLEURITIS Es éste el apartado más extenso -pues llega a cubrir 8 páginas-, de todo el capítulo de la sangría en el Liber de arte medendi, y se encuadra claramente en lo que la historiografía médica ha denominado polémica de la sangría, pues atañe a los cambios en el modo de sangrar en toda inflamación en general y en las pleuropulmonares en particular 47. Se trataba de precisar cómo debía hacerse la sangría en esos casos, según el más genuino sentir de los clásicos. Galeno había atribuido a Hipócrates la distinción entre el efecto revulsivo y el derivativo que la evacuación hemática procuraba. Con el primero, se trataba de evitar que los humores pecantes fluyeran hacia el foco inflamatorio; con el segundo, se pretendía aliviar la congestión local ya constituida, movilizando los humores corruptos que allí se habían depositado. 47 En la traducción de la Biblioteca Clásica Gredos, de Sobre la dieta en las enfermedades agudas se dice que, en ciertos casos de dolor torácico, «hay que hacer una flebotomía de la vena interna del codo y no dudar en eliminar mucha sangre hasta que fluya de un rojo más intenso, o bien en vez de roja y limpia blanquecina, pues los dos casos se dan». CABELLOS, B. (1983), Sobre dieta en las enfermedades agudas, En: Tratados hipocráticos, Madrid, Gredos, vol. 1, p. 369; LITTRÉ (1839-1844), vol. II, pp. 225-337. lograr uno y otro efecto, debía elegirse el momento y el sitio adecuado para la sangría; pero siempre tenía que orientarse la venisección «kat' ixin, secundum rectitudinem», es decir, guardando la rectitud, en línea con la ubicación del foco inflamatorio, buscando la debida conexión de los canales venosos. Los autores árabes elaboraron estos puntos de vista y universalizaron una práctica que iba a convertirse en canónica hasta los albores del quinientos: en el periodo agudo de toda inflamación y en especial en el mal de costado, habría que provocar la revulsión mediante una mínima evacuación obtenida de un lugar lo más alejado posible del foco inflamatorio, una vénula del dorso del pie del lado opuesto, por ejemplo; sólo una vez consolidada la enfermedad, se intentaría la derivación en la flexura del codo del lado paciente. Sería Pierre Brissot (1478-1522) quien intentaría un método más acorde -a su juicio-con el pensamiento galénico: en toda inflamación se debía sangrar desde el primer momento en un lugar lo más próximo posible al foco inflamatorio; por eso, propugnaba en la pleuritis, la venisección inmediata en la flexura del codo del lado afecto. Así lo señaló en su obra póstuma Apolegetica disceptatio... (París, 1525), donde nos dice: «Distingo: pues, o has decidido matar a los enfermos con gran diligencia, o atormentarlos por largo tiempo con riesgo para su vida, o que apoveche poco la sangría, o que sea una ayuda manifiesta y que aleje el peligro. Si es esto último lo que pretendes, sigue a Galeno que abría dos veces siempre la vena interna del lado en el que asentaba el dolor... Si no quieres que aproveche bien la sangría, sigue el uso de Razés: quien, como escribe Averroes, nunca pudo curar a nadie de una pleuritis sangrando sin purgar... Si quieres atormentar por largo tiempo, y con peligro, esto es, ayudar no manifiestamente o tarde, sigue a Avenzoar que mandó abrir la vena del brazo contrario: prohibiendo abrir en directo... Si finalmente decides matar al enfermo, sigue a Avicena en el modo de sangrar, y según su mandato sean los alimentos lentejas con vinagre» 48. En este sentido, es importante señalar lo que nos dice Nancy Siraisi al respecto: «unos pocos años más tarde, Pierre Brissot compuso un texto refutando el modo en el ----48 BRISSOT, P. (1525), Apologetica disceptatio, qua docetur, per quae loca sanguis mitti debeat in viscerum inflammationibus, praesertim in pleuritide, Parissis, Ex officina Simonis Colinaei, ff. Sobre la propia polémica cf. KRENGER, W. K. (1942-1943) (1947), Andreas Vesalius Bruxellensis, the bloodletting letter of 1539: an annotated translation and study of the evolution of Vesalius' scientific development, Nueva York, Henry Shuman, pp. 6-19; PANIAGUA, J. A. (1973), «Clínica del Renacimiento», en LAÍN ENTRALGO, P. (dir.), Historia Universal de la Medicina, vol. IV, Barcelona, Salvat, pp. 87-89. que Avicena practicaba la sangría, en el cual hacía referencia a la 'tiranía' de éste sobre las Facultades de Medicina» 49. Vega comienza diciendo que como esta materia ya ha sido tratada por muchos, no se va a extender en exceso; sin embargo, como veremos, acaba entrando de lleno en el debate. Así explica que «en la pleuritis incipiente, abrimos la vena interna del codo del lado paciente, no de otro modo que en las inflamaciones del hígado o del bazo: sobre este asunto encontrarás que no poco disienten tanto los médicos antiguos como los recientes. Sin embargo, como muchos varones sabios han disertado sobre esta duda, nosotros expondremos, lo más brevemente posible, lo que es útil a los lectores» 50. Desarrolla a continuación el parecer del primer bando, tachándolo de pernicioso: «Casi todos los bárbaros, en el mal de costado incipiente, mandaron abrir la vena que estuviera situada lejos de la parte paciente, porque sólo se tenía la intención de revulsionar; abriendo después las venas próximas. Así, unos comenzaban por las venas del pie del lado opuesto, otros por las del pie del mismo lado, luego abrían la vena interna del brazo del lado opuesto, después la del lado paciente: fácilmente descubrirás que tal opinión es perniciosa» 51. Y proporciona las causas de su condena; porque «quien desde el principio abriese la vena que está en el maléolo del lado contrario, no proporcionará ningún provecho, porque esta vena no tiene ninguna conexión con la parte paciente. Quien, sin embargo, abriese la vena del maléolo del mismo lado, ciertamente revulsionará, pero sólo será útil muy lentamente. Quien, en cambio, abriese la interna en el lado opuesto, de igual modo auxiliará lentamente al mal, y aprovechará poco, al no guardar ninguna rectitud de las partes. Además, antes de que llegue el auxilio al lugar paciente, todo el humor habrá invadido ya la zona afectada... Y será necesaria una facultad vital muy firme, en el que padece mal de costado, si debe soportar una sangría cuatro veces. Añade que en muchos el mal de costado se vuelve doble, llevado el humor hacia el lado opuesto, lo que nosotros hemos descubierto que les ocurría a otros médicos que lo trataban, cuando para auxiliar el mal duplicado fuimos llamados algunas veces» 52. Expuesto el sentir de este bando, en el que nuestro autor incluye también al romano Celso y a los bizantinos Archígenes y Areteo, conviene recordar que ya seis años antes de que Vega terminara de escribir su tratado en 1557, había arremetido contra ellos en su primer libro, la traducción y comentario del Liber prognosticorum (Lyon, 1551), al hilo de su confesión citada más arriba, explicando: «En todas las inflamaciones, y en el mismo mal de costado, se muestra que debe observarse la línea recta en las evacuaciones, que la misma naturaleza guarda. Lo cual puede ser suficiente para convencer a la escuela de los bárbaros, si es que no han sido instruidos torpemente desde la niñez. Yo, en verdad, no considero a nadie tan loco, que no sepa que en el mal de costado debe practicarse la sangría en el camino recto, a no ser que se hubiera propuesto apartarse de ese camino recto: verdaderamente, debe perdonarse a quienes avergüence retractarse» 53. Esta declaración manifiesta que a lo largo de toda su producción editorial seguiría nuestro Vega lo que había propurgnado Pierre Brissot. Y pasa ya a definir al otro bando: «De los recientes, sin embargo, la mayoría practica lo contrario, pues casi todos, en el mal de costado, abren la vena interna del codo del lado paciente, de acuerdo con Hipócrates y Galeno; y mantienen la sangría hasta el cambio [de color] de la sangre, en cuanto la facultad lo soporte, y mientras no se debilite el ímpetu de la sangre que mana. Por lo demás, algunos de éstos dijeron que la causa de esta evidente ventaja que se muestra abriendo la vena del lado paciente, es la rectitud de las fibras de las venas comunes. Cuando las fibras de las venas comunes, aunque no en todos los males de costado, tengan conexión con las fibras de las venas del mismo lado, no siempre ha de abrirse la vena del mismo lado; si no que, cuando la enfermedad afecte la zona de las tres costillas superiores del lado izquierdo, abren la vena interna del brazo izquierdo; y, si están afectadas aquellas tres costillas en el lado derecho, mandan abrir la vena interna del codo derecho, debido a la conexión de las fibras de las venas que alimentan esas costillas y que llegan a la curvatura del codo del mismo lado. Cuando el mal de costado se da en la región de las nueve costillas inferiores del lado derecho o del izquierdo, siempre se abrirá la vena interna del codo derecho. Porque, como aprendieron de la disección, advirtiendo esto Vesalio, la vena ázygos, mencionada también por Galeno en sus comentarios al II De ratione victus acutorum, sale hacia el lado derecho desde la vena cava, un poco por encima de la aurícula derecha del corazón, y de ella proceden en ambos lados cada una de las venas que alimentan a las nueve costillas. Como esta vena ázygos está próxima al lado derecho y de ella se nutren todas las costillas inferiores, cuando éstas estén afectadas, será necesario abrir la vena interna del codo derecho, observando la rectitud de las fibras y la conexión. Debe ser tenida en cuenta mucho esta rectitud, advierten, porque merced a las fibras el alimento es arrastrado, y por eso abierta la vena que permite la conexión de las fibras, también éstas ayudarán a la tracción hacia la parte de la vena abierta. Son las fibras de las venas, ciertas hebras alargadas, instrumentos de la facultad tractora, esto es (dicen) lo que Hipócrates llamó ixin, es decir, rectitud» 54. Hay un dato en este texto que nos hace pensar que nuestro autor, al citar a Vesalio, lo hace a partir de sus Tabulae anatomicae sex (Venecia, 1538) 55, porque menciona a su autor como Vuesalius, es decir, está usando su nombre flamenco: Wesale, ---- para lo que, a falta del signo tipográfico de la W, emplea Vega para transcribirla dos letras: Vu. En efecto, Andrés Vesalio utilizó la W en su apellido hasta abril de 1538, fecha de publicación de sus Tabulae..., ya que todavía la dedicatoria de este libro está firmada por Andreas Wesalius 56. Y es en esta dedicatoria donde precisamente explica el origen de la famosa Tabula secunda que representa el sistema venoso torácico: «Cuando yo había sido elegido para leer cirugía en Padua, y estaba ocupado con el tratamiento de la inflamación, tratando de exponer los razonamientos de los divinos Hipócrates y Galeno, en orden a la revulsión y a la derivación, hice en una hoja de papel un rápido esquema de las venas pensando que podría demostrar fácilmente de este modo lo que Hipócrates había pensado significar con la expresión kat'ixin... El esquema de las venas resultó tan expresivo a los profesores y estudiantes, que me pidieron con instancia que hiciese también una representación de las arterias y los nervios. No podía negarme ya que mi docencia abarca la anatomía, y pensaba que tales dibujos podrían ser de mucha ayuda a los que asisten a las disecciones» 57. En esta obra además reivindicará Vesalio para sí el hallazgo de la desembocadura de la vena ázygos en la cava superior 58 y en la Tabula secunda insertará un breve texto en el que se hace alusión a la vena ázygos y a sus relaciones con la sangría en la pleuritis 59. Meses después de estas Tabulae publicaría el propio Vesalio una monografía sobre la práctica de la sangría, basada en los conocimientos anatómicos por él obtenidos sobre el territorio de la vena ázygos, su Epistola docens...(Basilea, 1539) 60. En este texto, el gran anatomista enseña a practicar la sangría en las venas de la flexura del codo derecho, a un nivel ligeramente inferior al de la tercera o cuarta costilla. En efecto, el dolor lateralis -la inflamación de la pleura-se percibe generalmente hacia la mitad o hacia la parte inferior del pecho, donde todos los territorios venosos, ----izquierdos o derechos, están drenados por la ázygos, situada a la derecha del raquis: en otras palabras, al estar la ázygos en el lado derecho, Vesalio propugna la sangría en la flexura del codo derecho, ya esté ubicado el morbus lateralis en el lado derecho, ya en el lado izquierdo 61. Poco después de esta aportación vesaliana comenzaría a aparecer una serie de escritos sobre el tema, varios de cuyos autores eran españoles como Vega. Así, entre otros, Nicolás Bautista Monardes con su De secanda vena in pleuritii inter Grecos et Arabes concordia (Sevilla, 1539), de nuevo Andrés Vesalio con una segunda edición de su Epistola en 1544, Miguel Jerónimo Ledesma con su De pleuritide commentariolus (Valencia, 1546) y, todavía en 1551, una nueva edición del De secanda vena... de Monardes. Y será la publicación de éstas y otras obras sobre la sangría en el mal de costado, lo que haría a Vega desistir de la publicación de sus escritos sobre esta materia como libro independiente. Retomando, ahora, el discurso de nuestro autor en su capítulo sobre la sangría en el De arte medendi, éste explica, en relación con las opiniones de aquellos autores recientes, que «verdaderamente no me agrada la sentencia de éstos: porque no conviene considerar que Hipócrates mandó en las evacuaciones que deba guardarse esa rectitud, la que ellos establecen en las largas fibras de las venas. Porque, les pido a quienes afirman que la rectitud consiste en la continuidad de las fibras de las venas, que expliquen cómo es que Galeno en el Liber de sanguinis missione testimonia que en las inflamaciones del hígado es útil que la sangre fluya de la ventana nasal derecha, y que para nada sirve que mane de la izquierda; y también que, al bazo hinchado le ayuda el que mane sangre de la ventana nasal izquierda, no sirviendo para nada que la sangre fluya de la derecha. Por lo que, aplicando la razón al tema de la rectitud ¿cuál es la conexión o rectitud de las fibras de las venas del bazo y de la ventana nasal izquierda? Ciertamente, ni Apolo con sus musas la encontrará disecando... Además, las fibras largas sirven para la tracción de una parte determinada; la parte, sin embargo, ni arrastra muy rápidamente, para que la sangre mane habiendo abierto la vena, ni el mal, que quizás es evacuado, suela arrastrar... Pero tampoco la tracción desde lugares muy distantes, se hará merced a la fuerza de la parte: ¿quién es tan ignorante, que piense, padeciendo la pierna, que al abrir las venas del brazo, las fibras de éste arrastren la sangre desde la pierna?» 62. Después de estas disquisiciones anatómicas, reprochando además a aquéllos que nunca han elucidado el verdadero sentido de la vía recta en Hipócrates, concluye de modo tajante: sacarse la sangre, se dirige hacia el lado derecho, de la cual debe sacarse la sangre. Diremos, que en la abertura de las venas internas no sólo se extrae sangre de la zona de las nueve costillas inferiores que a la vena ázygos corresponde, sino también la que se escapa por la anastomosis, que hacen las venas que alimentan las costillas predichas con las venas que desde la cava descienden a ambos lados por el hueso del pecho [esternón]: porque debido a ésta, las partes derechas consienten más con las derechas, y son más ayudadas con las sangrías de los mismos lados. Manifiestamente enseña esto la disección de estas venas, la cual no raramente hemos examinado, para dar fe de esto, y para guardar verdadera la sentencia con la que mandamos que debe sangrarse en el mal de costado ascendente y descendente abriendo la vena de la flexura del codo del mismo lado» 66. Éstos han sido los aspectos que descuellan a lo largo de este importante texto de Cristóbal de Vega sobre la sangría. De todo lo dicho se desprende que en lo que atañe a la doctrina de la sangría terapéutica, nuestro autor es fiel a la tradición de la medicina galénica. Que también se atiene a la praxis establecida para esta intervención evacuadora de los humores excesivos o alterados; volcándose siempre hacia los supuestos consagrados al término de la llamada -de modo un tanto enfático-polémica de la sangría. Que polemiza en algunos aspectos con su coetáneo alemán Leonhart Fuchs. Y que se enfrenta decididamente con la sentencia hipocrática que prohíbe la sangría en las embarazadas, apoyando su aserto en su propia práctica médica, de la que menciona un caso referente a una de las más ilustres mujeres de su tiempo. Teniendo en cuenta la buena fortuna editorial del Liber de arte medendi -siete, incluyendo también las de opera omnia-, donde va engastado este capítulo de la sangría, bien podría sostenerse que nuestro autor preludia y prepara con su aportación doctrinal y su audacia experiencial, lo que serán las sangrías en la medicina del Barroco: excesivas y abusivas. Y como tales, fuertemente denigradas por los clásicos de la literatura española y francesa.
El trabajo analiza la formación científica y tecnológica de Andrés del Río en Europa, y su desempeño profesional en Nueva España a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Se estudia su práctica científica en el Real Seminario de Minería de la ciudad de México como una forma de cultura, y por lo tanto se examina la «práctica científica» de Andrés del Río y sus objetivos desde una perspectiva historicista y cultural. Entre finales del siglo XVIII y principio del XIX asistimos a una transformación de la concepción del mundo. De la ponderación de la voluntad divina que soporta un orden eterno y universal, se transita en la búsqueda de manifestaciones complejas que dejan ver la actividad de la naturaleza y el universo como autónomas con relación a un ser superior que todo lo ordena y lo define. En la búsqueda del origen de la vida surgen las más espectaculares teorías sobre la evolución de los reinos vegetal, animal y mineral. Los hombres que las cultivan se asocian y surgen las primeras sociedades de historia natural, en la que se agrupan los hombres dedicados al estudio de las manifestaciones en los tres reinos, plenamente aceptados; las exploraciones se multiplican a los confines del planeta y los gobiernos dictan políticas tendientes a financiar las nuevas investigaciones mediante la creación de instituciones especializadas tanto en su enseñanza como en la producción de nuevos conocimientos «útiles». La segunda mitad del siglo XVIII vivió una intensa transformación en sus estructuras económicas, políticas y culturales. En el ámbito científico, algunos gobiernos europeos impulsaron verdaderas reformas en sus sistemas de enseñanza, crearon instituciones para el cultivo de las ciencias, financiaron expediciones a diversos puntos geográficos del planeta y contrataron los servicios de reconocidos hombres de ciencia. Estos, con el tiempo, crearon sus propias asociaciones y revistas para comunicar sus hallazgos, compartir sus preocupaciones y negociar con los gobiernos en turno políticas públicas en beneficio del saber científico. En Alemania, Francia, Gran Bretaña, Suecia y España se establecieron Gabinete de Historia Natural, Academias, Jardines botánicos, Escuelas para la enseñanza de los saberes reunidos y programas para la recolección, clasifica-ción y estudio de las especies de los reinos vegetal, animal y mineral, como parte de un valor estratégico del conocimiento científico para expandirse sobre los cuatro puntos cardinales del planeta y aprovechar «racionalmente» sus recursos naturales. En las décadas finales del siglo XVIII, la minería de la plata en el Nuevo mundo languidecía lejos del antiguo esplendor, como consecuencia del agotamiento de los filones argentíferos. Precisamente en esta etapa de declive de la mina de Potosí, la preocupación del gobierno de España por las cuestiones mineras se demostró incorporando primero en Almadén los avances técnicos más recientes desarrollados en Europa, para después traspasarlos a las explotaciones americanas. Es a partir de esta época cuando se desarrolla el mayor apoyo y colaboración científicos entre España e Hispanoamérica. Así, en 1777, el Ministro José Gálvez nombra Director de las Minas de Almadén al eminente minero alemán Enrique Cristóbal Storr, con la obligación de enseñar a los jóvenes las teorías modernas sobre Geometría Subterránea y Mineralogía. Mediante este encargo se constituye la Academia de Minas de Almadén, anexa a la propia mina. Un cierto número de alumnos de sus primeras promociones, exhaustivamente preparados en Geometría Subterránea, Mineralogía y Laboreo de Minas, fueron enviados a América, aportando allí sus ideas y conocimientos tanto para la tecnificación de las explotaciones como para el avance de las ciencias en general. Algunos de ellos tendrían una actuación muy destacada en la minería del Nuevo Mundo, como Pedro Subiela, geómetra en la mina de Huancavélica, o Andrés del Río, profesor de Mineralogía en el Real Seminario de la Minería de México y descubridor del vanadio. En este contexto fue el rey Carlos III quien trazó un vasto plan para llevar técnicos y expertos formados en la Escuela de Minas de Freigbert para que promovieran la minería en la Nueva España, exploraran su riqueza 2 y generar conocimientos «útiles», y por Real Cédula de 1 de julio de 1776 se ordenó la erección en México de un Real Tribunal General de la Minería, autorizado ----2 PUIG Y LARRAZ, G. (1898), «Viajes de estudio por Europa (Francia, Austria, Alemania Central, Prusia, Holanda, Suecia, Noruega e Inglaterra) durante los años 1788 a 1795. LIII, para crear un banco de avíos cuyos fondos deberían ser aplicados al fomento de las minas y el sostenimiento de un Colegio Metálico3. La creación del Real Seminario de Minería, que fue inaugurado el 1o de enero de 1792, obedeció tanto al espíritu ilustrado de Carlos III como a los apremios del gremio de mineros novohispanos por resolver la grave crisis en que se encontraba el principal ramo de riqueza 4. La nueva institución que articularía a lo largo del siglo XIX los esfuerzos y las prácticas científicas de una comunidad académica en ascenso, fue el resultado de intensas negociaciones entre el monarca español y el gremio de mineros, ambos interesados en los adelantos técnico-científicos de la actividad y en el incremento de la derrama económica de suyo propia. A estos intereses concretos, ubicados fuera de la ciencia, habría que sumar, a partir de los años de 1792-1795, la conformación de un proyecto «científico» en manos de sus profesores 5, encaminado a sociabilizar las controversias teóricas entre neptunistas y plutonistas 6; es-----tandarizar determinadas prácticas cognoscitivas de validación de resultados; creación de asociaciones científicas y publicaciones periódicas donde dar a conocer los hallazgos y debatir los problemas disciplinares. Andrés del Río fue uno de los hombres de ciencia más conspicuos que llegaron a Nueva España, contratados por el gobierno español para que se hiciera cargo de la llamada «Cáthedra quarta del Colegio Metálico de México», o sea la cátedra de Mineralogía» 7. Por su desempeño profesional a lo largo de su vida, primero en Nueva España y después en el México independiente, bien puede considerársele en la acepción moderna de «científico», como profesional de la ciencia. Miembro de una comunidad «científica» organizada, y «activo» de la reivindicación de la ciencia en la sociedad, pugnó siempre por la organización de la ciencia en torno a las financiaciones públicas de los gobiernos, subrayando el aspecto práctico frente al teórico. Hombres de ciencia de la talla de Andrés del Río, se dedicaron a definir con mejor precisión sus instrumentos de búsqueda, el acopio de información y los procesos cognoscitivos de comprensión e interpretación de sí misma; de sus relaciones con la realidad circundante y de sus capacidades, siempre crecientes, para recrear sus propios conocimientos y reinventar y/o innovar modelos, teorías, procedimientos y técnicas, tal y como lo hiciera el propio Del Río cuando se le encomendó desaguar las minas de Moran y establecer la primera ferrería en la América española. Pero también pusieron empeño en desentrañar los elementos de la naturaleza, su composición orgánica, sus sistemas de relaciones complejas, incluso más allá de su carácter utilitario o socialmente útil, colocándose obligatoriamente en el centro del debate sobre el origen del planeta, de las especies y de la vida misma, y desde luego a la confrontación de sus resultados de investigación con los paradigmas en boga. En el presente trabajo se hace particular hincapié en la formación científica y tecnológica de Andrés del Río en Europa, y su desempeño profesional en Nueva España a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Se estudia su práctica científica en el Real Seminario de Minería de la ciudad de México ---- como una forma de cultura, y por lo tanto se examina la «práctica científica» de Andrés del Río y sus objetivos desde una perspectiva historicista y cultural. FORMACIÓN ACADÉMICA Y CIENTÍFICA DE ANDRÉS MANUEL DEL RÍO La vida de Andrés Manuel del Río Fernández estuvo marcada por los renovados vientos que trajo la revolución científico industrial, a cuyo proceso se sumó y de la que fue parte integrante 8. Sus padres, de origen modesto, le enseñaron las primeras letras y cultivaron en él una actitud de gozo e incertidumbre frente a los misterios que encerraba la vida, la naturaleza y el universo. A la edad de 9 años sus progenitores lo matricularon en el Real Colegio de San Isidro, en Madrid. En 1780, a los 16 años se graduó de bachiller bajo la tutela de su profesor José Solano. En cursos universitarios «superiores», destacó entre sus condiscípulos, con excelente aprovechamiento en Física Experimental, lo que le valió el reconocimiento de «Concursante más aprovechado» 9. Su esmero y dedicación al estudio no pasó desapercibido para sus mentores, quienes lo promovieron en las instancias superiores de gobierno para obtener una pensión de estudio. Esta llegó el 15 de junio de 1782, avalada por José María de Gálvez, Ministro de Indias, para estudiar en la Real Academia ----de Minas de Almadén fundada en 1777, diez años después que la primera Academia de Minas de Freiberg, en Sajonia 10. Un año entero pasó Del Río en la Escuela y Minas de Almadén 11, dirigida en ese entonces por Heinrich Christophe Störr, mineralogista germano al servicio de la corona española 12. Con Heinrich Christophe Störr, tanto Andrés del Río, como sus condiscípulos Andrés José Rodríguez, Pedro Subirla, y otras más, recibirían las enseñanzas sobre las formaciones mineralógicas y la explotación de las minas de manera completa y económicas 13. Los dos primeros serían destinados tiempo después como expertos al Real Seminario de Minería de México, en tanto que el tercero prestaría sus servicios en las minas de Huancavelica14. A partir de abril de 1785, Del Río iniciaría un peregrinar por las más prestigiosas instituciones europeas y entraría en contacto con los hombres de ciencia de más renombre, para terminar en el año de 1794 cumpliendo con un mandato oficial que lo llevaría a tierras americanas, en un largo viaje de tres meses15. Primero se trasladó a París para perfeccionar su adiestramiento en Química, Física, Matemáticas y Ciencias Naturales. 11 PRIETO, C. (1969), La minería en el Nuevo Mundo, Madrid, Revista de Occidente, p. Descubridor del Vanadio», Ciencia Internacional, Vol. Störr escribió para la Escuela y Minas de Almadén un manual de mineralogía y geometría subterránea que facilitaba a los estudiantes la comprensión teórica de la geognosia; el conocimiento de los instrumentos de matemáticas, como la brújula, el nivel, el semicírculo, las escalas o la regla de metal; y el manejo de los instrumentos para el diseño tanto de los planos interiores como externos en las minas. LÓPEZ AZCONA, J. M. (1978) ces», Del Río con 21 años cumplidos se enfrasca de lleno en desentrañar los misterios de la tierra en la l ́Ecole Royale des Mines, creada apenas dos años antes, en 1783; y en el Collège de France, fundado en 1774, con el profesor Jean D'Arcet (1725-1801) 16, especialista en química y director de los trabajos de la porcelana de Sèvres, se inicia en el análisis de los minerales y porcelanas que aplicaría más tarde en una fábrica de porcelana en Puebla de los Ángeles, México 17. De París paso a la región de Sajonia de onda y larga tradición minerometalúrgica en centroeuropa, y se matricula en la Bergakademie de Freiberg 18, para su adiestramiento «en el nuevo método de amalgamación de Born y a su vuelta lo aplicaran en las minas americanas» 19. Ahí entró en contacto con el sabio profesor Abraham Gottlob Werner (1749-1817), uno de los padres de la mineralogía y la geología 20. Asiste con sus condiscípulos a las lec-----ciones de geometría subterránea y dibujo, a las de beneficio de minas, construcción de máquinas y metalurgia, mismos que cultivaría con esmero en su etapa americana. También cultiva la amistad de jóvenes aprendices: Josef Ricarte, Miguel Angulo, José Miaja, Juan López Peñalver y Enrique Schnellenbühe, que como él, habían dejado el sosiego y la certidumbre que proporciona la casa paterna y el ambiente familiar 21. Del Río aprendió de manos de su profesor Antón Ruprecht la naturaleza y las características de la geognosia, es decir, «la formación de las montañas, su estructura o cobertura interior, las vetas y venas que en ellas se encuentran, las sustancias de que se componen y los metales que cada género de ellas suelen encerrar dentro de sí», y desde luego, con «el arte de descubrir minas», trabajarlas, fortificarlas, abrir galerías y tiros para «entrar y salir de las minas, para sacar por medio de máquinas adecuadas los minerales, piedras y agua, para introducir las maderas que se necesitan, así para fortificar la mina, como para la construcción y compostura de las máquinas que obran dentro de ella» 22. En la Bergakademie Del Río estudiaría orictognosia de la mano de su creador, y geometría subterránea con el profesor Lempi, a quien ayudaría a redactar un tratado sobre ésta materia, y que años después, «el Real Tribunal de Minería de México le encargó la traducción al castellano» 24. ---de rocas y paisajes, plenamente admitido en a finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. El sistema propuesto por Werner se basa en una clasificación de ricas según un orden cronológico, siendo el elemento base de la clasificación la formación de estratos superpuestos unidos entre ellos con el fin de construir un sistema. Su método ponía énfasis en el estudio sistemático de lo que hoy conocemos como geología, sirviéndose, además, de todas las observaciones tomadas de la práctica cotidiana de la explotación minera. MOFFAT, I. (1982), «Paradigmas en Geología: del Catastrofismo a la Tectónica de Placas», Geocrítica. Cuadernos críticos de Geografía Humana, Universidad de Barcelona, Año VII, núm. 42. También conoció Del Río las técnicas de amalgamación de minerales de plata por toneles de Born, y se familiarizó con el proceso que usaba hierro, introducido en Sajonia por Gellert, para separar el azufre de la plata en los minerales argentíferos que lo contenían. Fue condiscípulo una vez más de Alejandro de Humboltd y del geólogo berlinés Christian Leopold von Buch (1774-1853) -quien realizara entre 1815 y 1816 un interesante estudio sobre los volcanes canarios y sería el promotor responsable de lo que se considera el primer mapa geológico de Alemania ( 1826), y también de los primeros en Europa que determinaron que los granitos se formaron por procesos ígneos y que las montañas resultaron de una agitación en la corteza de tierra, alejándose de la teoría neptunista 25 -, y del médico naturalista Luís Lindner, con quien compartiría, desde 1798, responsabilidades docentes y de investigación en el Real Seminario de Minería de México 26. El 26 de noviembre de 1790 Del Río dio por concluida su estadía en Hungría. Una Real Orden lo destinaba, ahora, a las minas de cinabrio de Idra, fuente de abastecimiento de azogue de la corona española para las minas de sus posesiones en América. En una breve estancia en Idra, Andrés Manuel del Río se familiariza con los métodos y las técnicas de producción de tan preciada sustancia química, que era el sostén indiscutible del proceso de amalgamación y beneficio de plata, según el sistema inventado por el sevillano Bartolomé de Medina en el siglo XVI 27. De Idra, Andrés del Río viaja a París en ----25 CASTILLO MARTOS (2005), p. Christian Leopold von Buch (1774-1853), geólogo y paleontólogo alemán, graduado en la Academia de Minas de Freiberg, Alemania; uno de los partidarios más influyentes y populares de la teoría neptunista (rocas de orígenes acuosos), elaborada y enseñada por el geólogo Abraham G. Werner, fundador de la influyente escuela Neptunista. Según esta teoría, en una época remota un océano cubrió toda la Tierra y toda la corteza terrestre se formó a partir de ese océano. No obstante, los últimos estudios realizados por von Buch encontraron defectos en la hipótesis de Werner. HEINRICH MAAR, J. ( 2004), «Aspectos históricos do ensino superior de química», Scientiae zudia, Vol. 27 Véase el documentado estudio de BARGALLÓ, M. (1969), La amalgamación de los minerales de plata en Hispanoamérica colonial, México, Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. 1791 y visitó el Laboratorio del Arsenal dirigido por el prestigiado químico y hombre de ciencia Antoine Laurent Lavoisier 28. En ese momento Lavoisier y el abate René Just Haüy (1743-1822) 28 trabajaban en una obra enciclopédica que buscaba establecer «un nuevo sistema de pesos y medidas». Sus investigaciones habían avanzado lo suficiente pues ya en 1787 habían publicado Méthode de nomenclature chimique, que mostraba un conjunto sistemático de reglas para nombrar las substancias basado en las ideas químicas desarrolladas a finales del siglo XVIII, y que, entre otros aspectos, supusieron el abandono de la teoría del flogisto y la consolidación de nuevas ideas sobre la composición química 28. ACEVES, P. ( 1990), Tratado elemental de Chimica por A. L. Lavoisier, (edición facsimilar y estudio preliminar de P. Aceves), México, UAM-X. Los cambios que ocurrieron en las explicaciones y en el lenguaje de la química, junto con el hecho de que fueran reconocidos como una revolución, tanto por los protagonistas como por autores posteriores, han llevado a historiadores de la ciencia como I. Bernard Cohen a afirmar que la «revolución química es un ejemplo paradigmático de una revolución en ciencia». De acuerdo con la interpretación más difundida, esta «revolución» consistió en el abandono de la teoría del flogisto y su reemplazamiento por una teoría sobre la combustión basada en la acción del oxígeno. En el marco de esta «revolución química» Méthode de nomenclature chimique tenía como fundamento el nuevo concepto de composición química que se consolidó a lo largo del siglo XVIII, que ha sido ya tratado en el apartado anterior. El punto de partida de la nueva nomenclatura lo constituyó la lista de substancias simples elaborada por Lavoisier a partir de la conocida definición que proponía «considerar como simples todas las substancias que no se habían podido descomponer». Eliminado el flogisto del campo de la química, los metales pasaron a formar parte de las substancias simples mientras que la mayor parte de las cales pasaron a ser substancias compuestas de un metal y oxígeno. No obstante, algunas substancias como la cal o la magnesia, aparecieron dentro de la famosa lista de treinta y tres substancias simples que figuran en el Traité élémentaire de chimie de Lavoisier, dado que no habían sido todavía analizadas. La lista también incluía algunos «radicales» como el «radical muriático», «radical fluórico» o «radical borácico» puesto que Lavoisier pensaba que los correspondientes ácidos no eran substancias simples sino formadas por estos radicales y oxígeno, a pesar de que había sido imposible descomponerlas. La distinción entre substancias simples y compuestas permitió establecer nombres claramente diferentes para ambos tipos de substancias. En el Méthode de nomenclature chimique las substancias simples son nombradas con un nombre único, sin dar mucha importancia al criterio empleado para acuñar tal término. En la lista de elementos propuesta por Lavoisier encontramos términos formados según las propriedades químicas del elemento (oxígeno, hidrógeno), otros acuñados a partir del nombre del mineral de procedencia (tungsteno) e, incluso, nombres que procedían de la tradición alquímica (mercurio). Los autores del Méthode apenas prestaron atención a los nombres de los elementos, que, en general, continuaron siendo los que habían sido empleados hasta ese momento. Empero, las secuelas de la Revolución Francesa pudieron más que el prestigio y los frutos de la práctica científica. En agosto de 1793 fue cancelada toda actividad de la Academia de Ciencias de Francia, y Lavoisier fue arrestado y guillotinado el 8 de agosto de 1794. Ante una situación de tanta gravedad, a Del Río no le quedó otra salida que abandonar París y Francia, y establecerse en Escocia y en Cornwall 29. En Inglaterra, del Río retoma su perfeccionamiento en química y matemáticas, y se adiestra en el método de fundición de hierro y en el funcionamiento y manejo de la moderna maquinaria, producto de la Revolución Industrial inglesa. Esta experiencia resultaría decisiva cuando años después, respondiendo a otra encomienda de las autoridades de la Corona, establezca en 1805 la primera ferrería en la América española, muy cerca de las costas del mar Pacífico en el suroeste del afamado obispado y después intendencia de Michoacán, como veremos más adelante. De Inglaterra, del Río paso a Viene, en donde poco tiempo después recibió de manos del embajador de España en Viene, marqués de Llano, un comunicado oficial en donde se le notificaba su traslado a la Nueva España, con carácter de catedrático en el recién establecido Real Seminario de Minería de la ciudad de México. A partir del día 28 de febrero de 1793, Andrés Manuel del Río contó con el nombramiento oficial de catedrático de mineralogía en el Real Seminario de Minería de Nueva España, aunque sólo entraría en funciones como profesor en abril de 1795 30. Andrés del Río dejó su país natal el 2 de agosto de 1794 al embarcarse en Cádiz, y después de una larga travesía llega al puerto de Veracruz el 20 de octubre del mismo año. A la ciudad de México arribó el 18 de diciembre trayendo consigo un valioso cargamento de libros, instrumentos, máquinas y reactivos químicos, con los cuales montó el primer gabinete de mineralogía en el Real Seminario de Minería 31, que a partir de entonces, y hasta su muerte acaecida el 23 de marzo de 1849, sería su casa de la ciencia. No tuvo reposo ---- alguno, pues pasadas apenas las navidades elaboró una lista completa de «instrumentos, máquinas y aparatos» que debían comprarse en España, y recibe de manos del Director del Seminario, Fausto de Elhuyar, las primeras indicaciones y tareas que debería cumplir en adelante. El primer encargo que inauguraría su largo y fructífero desempeño científico en América fue, desde luego, la traducción del alemán del opúsculo de Werner, Nueva teoría sobre el origen de las vetas (1791) 32, para uso de los estudiantes, que debería estar lista para el inicio del primer curso de mineralogía que le fue programado el 27 de abril de 1895. Días después, el director Elhuyar participó al Real Tribunal, haber dispuesto que, de inmediato, el día 27, se hiciera la apertura de la clase de mineralogía, remitiéndole el oficio siguiente: «Habiendo D. Andrés del Río, Catedrático de este Real Seminario puesto en el correspondiente orden las muestras de Piedras y Minerales que forman la colección que en el día posee este Establecimiento, y dispuesto así mismo la nomenclatura de los caracteres externos de los fósiles, necesaria para su exposición en los términos que reconocerá V. S. por las adjuntas tablas y su explicación en orden Alfabético, de que han sacado copia todos los Alumnos que deben seguir este años su clase, no hay ya embarazo para que desde luego se abra y de principio a ella el Lunes próximo 27 del que rige. A este primer trabajo que comprende la parte preparatoria de la Orictognosio o conocimiento de los Fósiles, debe seguirse el formalizar ésta, exponiendo en ella su clasificación individual y las propiedades o caracteres propios de cada uno. En ello se ocupa en el día dicho D. Andrés, que tiene bastante adelantada la primera parte, que comprende la clase de las tierras, y estará concluida para cuando acabe la explicación de la preparatoria con que debe empezar, a fin de que los alumnos tengan siempre una obra para seguir y repasar sus lecciones. Cuando esté concluida esta parte, daré cuanta a V. S. y expondré lo que juzgue conveniente se haga con ella. Tanto por el tiempo que va ya corrido de este año, como por el que necesita dicho Catedrático para continuar la obra que esta trabajando, será necesario limite el presente año su enseñanza a sólo la Orictognosia; reservando dar principio a la del Laborio de las Minas, que por no haber aún los Modelos necesarios ni la obra correspondiente, sería aún de poco provecho empezarla por ahora. Con el fin de que así este Catedrático como D. Francisco Bataller, que lo es de la Clase de Física, puedan también con más desahogo ir disponiendo la obra que para sus respectivas clases están trabajando, es conveniente que por ahora alternen por las mañanas en sus lecciones, dando cada uno tres por semana, para que así les queden las otras libres para todo trabajo, y se consiga por este medio lo concluyan cuanto antes, y que en lo sucesivo puedan sus Discípulos seguir sus lecciones sin los embarazos que en el día les ocasiona la falta de Obras Elementales adecuadas» 33. De lo escrito por Elhuyar se desprende una concepción moderna de la práctica científica encomendada a Andrés del Río y a sus correligionarios, que en adelante tendrían la responsabilidad de consolidar la institucionalización de las ciencias en el nuevo continente. Clementina Díaz y de Oviedo señala en su monumental obra Los veneros de la ciencia mexicana, que «tal parecen, en la intuición de Elhuyar, las tareas de un universitario de hoy día: la investigación y la docencia 34. Andrés del Río impartió su cátedra de mineralogía ininterrumpidamente de 1795 hasta 1805, y la de docimasia y ensayos entre 1798 y 1805, etapa que bien podría considerarse como de las más reposadas, tranquilas y productivas de su vida. En ese tiempo compaginó la docencia con sus trabajos de investigación, las traducciones de manuales y tratados sobre orictognosia, geognosia y geometría subterránea, y el indispensable ejercicio de exploración y trabajo de campo que lo llevaría a descubrir nuevos minerales y sustancias como el «Erythronium» 35. En abril de 1795 comenzó a dictar el primer curso de mineralogía (orictognosia) que llegó a darse en la Nueva España y publicó ese mismo año, la primera parte de Elementos de Orictognosia, donde describió a los minerales por sus caracteres exteriores y les asignó un lugar en la clasificación o sistema mineral de Werner, siguiendo la clasificación del mineralogista sueco Torbern Bergman (1735-1785) 36. Su colega y amigo el mineralogista alemán Chritiano Hergen, colector del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, y traductor del alemán al español de La Orictognosia, escrita por Juan Federico Guillermo Widennann, escribió en una nota introductoria al libro intitulada «Aviso del Traductor», entre otras cosas lo siguiente: «Estas y otras reflexiones semejantes me han determinado a traducir la Obra presente, tan moderna, tan clásica, y tan completa, que no necesito detenerme en elogios. Tiene por base el sistema del célebre Profesor Werner, y se ocupa principalmente en los caracteres exteriores de los fósiles; pero no desprecia por esto la análisis química, antes bien se encuentra en esta Obra todas las que hay hechas en el día por los Químicos de mayor reputación. ---- La Química debe mirarse siempre como el supremo tribunal, autorizado para rectificar nuestras clasificaciones... Pero al mismo tiempo debemos confesar, que nos falta todavía la análisis química de muchos minerales, y que muchas de las que tenemos se contradicen, y se hallan lejos de aquella exactitud que necesariamente debían tener. Repito que es preciso tener un idioma científico para hacerse entender de los estrangeros; pues si de un fósil nuevamente descubierto en España, remitimos a algún naturalista de otro país solo la análisis química, verá éste sin duda de qué partes constitutivas se compone la sustancia nueva; pero ¿cómo podrá formarse idea de su color, gravedad, cristalización? -en una palabra-de su figura? ni cómo podrá describirle a otro Naturalista? Mi traducción estaba ya adelantada, cuando supe, que Don Andrés del Río, que había estudiado la Mineralogía baxo la dirección de Werner en Freiberg, destinado después por S. M. Católica para enseñar esa Ciencia en sus Américas, había conocido, como yo, que en este país faltaba un cuerpo sistemático de doctrina, para servir de base a la enseñanza de esta Ciencia. El primer tomo que publicó a este fin, pocos años ha, en América, me hizo ver, que animados ambos de un mismo zelo, seguíamos al mismo tiempo iguales principios mineralógicos; y esta concurrencia, lejos de desalentarme, me ha animado a trabajar con los mayores esfuerzos para realizarle»37. Organizó excursiones a Chapultepec, la zona basáltica del pedregal del Xitle y al Peñon de los Baños, recogiendo datos y muestras de minerales y rocas que una vez en el Real Seminario de Minería sometió a ensayos químicos para su identificación. Andrés del Río que había coincidido en dos ocasiones con Humboldt en centroeuropa, en sus tiempos de estudiantes, aprovechó la estadía de su condiscípulo para mostrarle sus investigaciones, hallazgos y descubrimientos más recientes. El más importante y sonado fue el «eritronio» 38, sobre el cual se han elaborado diversas teorías y explicaciones39. ----Para entonces el prestigio de Andrés Manuel del Río era más que reconocido en el mundo de la mineralogía. A los treinta y cinco años de edad, en plena capacidad productiva, Del Río se dedicaría a aplicar sus vastos conocimientos a la realidad americana y a difundir sus pesquisas en libros, artículos y notas periodísticas. El descubrimiento más sonado, que al mismo tiempo inauguraba el siglo XIX como una premonición del desarrollo vertiginoso que alcanzarían los saberes científicos en el mundo entero, fue obra del mineralogista madrileño. Entre 1800 y 1801 Andrés del Río analizó en el laboratorio del Real Seminario de Minería de México, un mineral proveniente de la mina de la «Purísima del Cardonal» en el actual Estado de Hidalgo, al que bautizó como «zimapanio» o «plomo pardo de Zimapán». Del zimapanio extrajo una sustancia a la que llamó «pancromo», por la variedad de colores que presentaban sus compuestos químicos, y que después renombró como «eritronio» por el color rojo que adquirían sus sales al exponerlas al fuego 40. Esto fue justamente lo que Del Río mostró a Humboldt. A menos de cuatro años de la publicación de la tercera edición de las Tablas Mineralógicas de Karsten de 1800, Andrés del Río las tradujo en 1804 para uso del Seminario de Minería 41. Mencionó que en los nueve años transcurridos desde la aparición de la primera parte de su Orictognosia, la mineralogía había hecho más progresos que en muchos siglos de otros tiempos. Con esta obra se establecen las bases de una «mineralogía geográfica», al describirse numerosos minerales por localidades. El actual trabajo que se basa en la geognostica fundamental de Lethaea de Heinrich Bronn (1835-38), intentó establecer una secuencia cronológica del organismo fósil, y resumió todo lo que entonces era sabido en stratigraphy y paleontología. Del Río adaptó su sistema stratigraphic y el modelo de secuencias fósiles a la geología de México. Aquí publicó el autor el hallazgo del polémico «eritronio», elemento químico que abrió un debate internacional que iría más allá del año de 1831 cuando Nils Gabriel Sefström 42 anunciara, como resultado del análisis de un mineral traído de la región de Svalbard, el descubrimiento de un nuevo elemento químico, al cual ----40 DEL RÍO. 41 DEL RÍO, A. M. ( 1804), Tablas mineralógicas dispuestas según los descubrimientos más recientes e ilustradas con notas por D. L. G. Karsten Consejero del Rey de Prusia, Profesor de Mineralogía, e Inspector del Real Gabinete, Socio y Corresponsal de muchas Academias, Tercera Edición Alemana de 1800 traducida al castellano para el uso del Real Seminario de Minería por..., México, Impresas en México por Don Mariano Joseph de Zúñiga y Ontiveros, 1804. Fue un estudiante de Berzelius, y al estudiar la fragilidad del acero en 1830 descubrió un nuevo elemento químico que registró como vanadio. llamó «vanadio» en honor a Vanadis, sobrenombre de Freya, diosa escandinava de la belleza. Según Arnaiz y Freg 43, fue Friedrich Woehler quien demostró, ante la Academia de Ciencias Sueca en el año de 1831, que el vanadio no era otro que el eritronio, descubierto por Andrés del Río treinta años antes de los estudios de Sefstroem; y según Rubinovich Kogan 44, fue Jakob Berzelius quien concluyó, también en 1831, que el vanadio y el eritronio eran uno solo 45. En esta misma época, como todo un científico profesional, Andrés del Río se entregó en cuerpo y alma a fortalecer la infraestructura del gabinete de mineralogía y a las colecciones mineralógicas con nuevas adquisiciones; unas, fruto del trabajo práctico que los alumnos realizaban, después de concluir los estudios generales, en algún mineral del virreinato; otras, por adquisición a coleccionistas y particulares. De las que se compraron por indicación expresa de Andrés del Río, y que llamaron la atención de propios y extraños por su riqueza y variedad, podemos destacar la colección adquirida al fiscal Juan Eugenio Santelices Pablo; la colección metódica formada por del mineralogista alemán Federico Sonneschmidt, y la colección mineralógica formada por el arquitecto Luís Martín 46. Con ellas, y las muchas piezas que se acumularon con el tiempo, Del Río enseñó a sus alumnos los caracteres externos de las rocas y minerales, siguiendo las teorías de su profesor Werner, y elaboraría una mineralogía geográfica sin precedente para la Nueva España. Con una concepción moderna de los procesos de enseñanza-aprendizaje, los estudiantes compartieron con Del Río los ensayos que éste realizaba en el gabinete, sometiendo a riguroso escrutinio los nuevos elementos recolectados en distintos puntos del territorio novohispano. Por otra parte, los estudiantes estaban comprometidos a presentar sus conocimientos y experiencias adquiridos, después de haber concluido sus estudios generales y realizado su ejercicio profesional en algún centro minero, en un acto público. Se trataba del examen público final que los acreditaría como peritos facultativos de minas, acto que por supuesto estaba presidido por sus profesores y las autoridades del Real Seminario de Minería. 45 La prolífera labor de Andrés M. del Río, que introdujo las ideas de la escuela neptunista de Werner en Nueva España, se prolongó hasta mediados del siglo XIX, y sentó las bases de la investigación mineralógica futura en México. Y el año de 1803, en presencia de su invitado especial y condiscípulo en las minas de Freigber, el barón Alejandro de Humbolt, quien presidió el acto público de fin de curso y examinó a los estudiantes de Del Río, este disertó sobre Las formaciones de las montañas en algunos reales de minas, «alejándose de las ideas neptunistas que defendía Humboldt en Pasigrafía geognóstica» 51. Como ya se dijo, Andrés Manuel del Río impartió su cátedra de mineralogía de 1795 hasta 1805, en la primitiva casa del Seminario (El Hospicio de San Nicolás). A partir de esta última fecha fue convocado por las autoridades virreinales para examinar los yacimientos minerales de Zacatecas y Guanajuato, las vetas de cinabrio existente en Rincón de Centeno, y los depósitos de hierro de la Intendencia de Michoacán. Lo hizo con pesar, ya que una de las cosas que más le fascinaban era el contacto con los jóvenes. Su lugar lo ocupó el Sr. Juan Arezorena, su alumno de la promoción de 1805, mismo que sólo pudo impartir el curso de mineralogía hasta 1809. El movimiento insurgente obligaría a cerrar el Real Seminario de Minería, y a suspender las actividades académicas en 1810 y 1811. Durante algunos años no se dictó la cátedra de mineralogía, los sucesos de la independencia modificaron la situación interna del Real Seminario. Durante ese periodo, hubo frecuentes cambios en los planes de estudio que resintieron la enseñanza y el desarrollo de la mineralogía. ANDRÉS DEL RÍO Y SU TRABAJO DE PROMOCIÓN E INNOVACIÓN TECNOLÓGICA Los servicios profesionales solicitados al mineralogista madrileño tuvieron otros fundamentos que la sola enseñanza de la ciencia mineralógica, quizás más apremiante y práctica desde el punto de vista económico y productivo. 50 DEL RÍO, A. (1800-1802), «Discurso de las vetas pronunciado por D. Andrés Manuel del Río en los ejercicios del Real Seminario de Minería», Gaceta de México, Suplemento; (1802-1804), Discurso de las vetas, Anales de Historia Natura, tomo V, núm. 13, junio, pp. 25; tomo VII, núm. 19, febrero, p. 51 CASTILLO MARTOS (2005) minería novohispana de la postración en que había caído, aplicando los conocimientos de las ciencias modernas a la resolución de los problemas concretos: localización de yacimientos para producción de azogue, sin el cual lo demás era cosa muerta; desagüe de minas, ricas pero inservibles en esas condiciones; beneficio de minerales preciosos con mejores procesos metalúrgicos; y por si fuera poco, exploración de yacimientos de hierro para su explotación con carácter industrial. En esta tesitura, entre los sabios del virreinato sólo existía una persona con los conocimientos, técnicas y habilidades, y esta era Andrés Manuel del Río. Andrés Manuel del Río compaginó estas actividades en su vida en México, dándose tiempo para cada cosa. Pero fueron los encargos de desaguar las minas de Morán en el distrito minero de Real del Monte y el establecimiento de una ferrería en la sierra de Coalcomán, las que dejaron ver sus dotes y pericia en el diseño, proyección y ejecución de dos obras de ingeniería, una hidráulica y la otra industrial, las primeras de su género en el nuevo continente. La máquina de columnas de agua y las minas de Morán. Las minas del Real del Monte, junto con las de Guanajuato y Zacatecas, representaban el símbolo de la riqueza del virreinato de la Nueva España. Pero desde mediados del siglo XVIII la actividad minera había entrado en una etapa de deterioro, resultado, en parte, de dos factores de suyo propios: la extracción de los minerales a mayor profundidad y la abundancia de agua, por efecto de los escurrimientos, que inundaban las galerías y hacían imposible el disfrute de sus vetas. En tales circunstancias, tanto la Corona como las autoridades virreinales buscaron a los mejores hombres de ciencia para encontrar soluciones prácticas y duraderas. Se recurrió, por supuesto, a los pensionados del reino que habían sido enviados a Francia, Inglaterra, Sajonia y Hungría a prepararse en las nuevas técnicas de laboreo de minas, en procesos metalúrgicos e innovaciones tecnológicas. Parece ser que fue a Andrés del Río, a quien se le encomendó recabar toda la información posible sobre los experimentos que se estaban realizando en las minas de Shemnitz, en la Baja Hungría, con una máquina, para extraer sus aguas. El resultado de esta encomienda, se encuentra en la Memoria sobre una máquina con la cual se extraen las aguas de las minas de Shenmitz, en la baja Hungría, que del Río remitió a Antonio Valdéz el 25 de julio de 1788 52, y en la que realiza precisas descripciones tanto de las características de las máquinas de esta naturaleza como de sus dimensiones y material con el que debía ser construida, siempre dependiendo de las condiciones y características del lugar, para operar satisfactoriamente. Este encargo fue, quizás, el primer contacto que del Río ----52 Archivo General de Indias (AGI), Mapas y Planos: Minas, 48, e Indiferentes, 1795. DEL RÍO, A. ( 1788), Memoria sobre una máquina con la cual se extraen las aguas de las minas de Shenmitz, en la baja Hungría, remitida a Antonio Valdez el 25 de julio. tuvo con la realidad americana y el vínculo intelectual más próximo para aceptar ser comisionado en su calidad de experto a la Nueva España. Tan pronto llegó Andrés del Río a la ciudad de México en 1795, y después de impartir el primer curso de mineralogía en el nuevo continente, viajó a las minas de Morán a conocer de cerca los problemas que enfrentaban los mineros para desaguar las galerías. Del Río debió hacer varios viajes a Pachuca, pero es posible que sus estancias fuesen más prolongadas entre 1799 y 1800, que es el periodo en que se construye y establece la máquina de columnas de agua «cuyo cilindro tiene 26 decímetros de altura y 16 de diámetro». Esta máquina, la primera de este género que se haya construido en América, fue considerada muy superior a las que existían en las minas de Hungría 53. En ella trabajaron Andrés del Río, a quien se deben los cálculos, el diseño, su construcción y colocación; Pedro Chaussé, un técnico artesano francés, y Nicolás Tubuira. Alejandro de Humboldt supo de ella en su viaje a Nueva España, y expresó su reconocimiento a la pericia de Del Río ya que la bomba de columnas de agua «era superior a las que se utilizaban en Hungría» 55. El hierro y la Ferrería de Guadalupe. Con el desarrollo de las actividades productivas y la consolidación del sistema colonial en las nuevas posiciones ultramarinas, la economía del virreinato de la Nueva España incrementó el consumo y la demanda de una variedad de artículos y productos que sólo se producían en la península o que eran comercializados en sus posesiones atlánticas a través de ella y sólo de ella. Hay que recordar que la Corona no prohibió su explotación en las tierras colonizadas pero mantuvo el monopolio comercial del hierro y del acero. Por esta razón, el grueso del mineral de hierro que se consumía en el mercado interno novohispano era importado de la metrópoli. Estos minerales provenían de la región de Vizcaya, España, y se embarcaban a Nueva España en lingotes, barras y planchas; junto con ellos, venían importantes remesas de clavos, herramientas de todo tipo para la minería y la agricultura. El desarrollo de la economía colonial, sobre todo en la última mitad del siglo XVIII, demandó grandes cantidades de este mineral que no siempre la ----53 BARGALLÓ, M. (1955), La minería y la metalurgia en la América española durante la época colonial, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 342-343. Durante estos años los conflictos bélicos entre España e Inglaterra, obligaron a la Corona a suspender los envíos, provocando un desabastecimiento en el mercado novohispano y la paralización temporal de las actividades productivas que dependían de ese suministro. Cuando esto ocurría, se mandaba trabajar algunos de los minerales conocidos, pero se abandonaban tan pronto se reanudaba el tráfico marítimo. Un documento de la época señala que «no se pueden trabajar (los yacimientos de hierro) en tiempos de paz por lo barato del hierro y acero español y por falta de combustible» 56. El científico Alemán Alejandro de Humboldt, refiere que pocos años antes de su llegada a México, a consecuencia de una de tantas interrupciones, «había subido el precio del hierro de 4 a 43 el quintal y el acero de 16 a 260 pesos». En esta ocasión, 1794, se habían explotado con éxito las minas de Tecatitlán, cerca de Colima. Pero se dejaron de trabajar cuando arribaron a Veracruz las primeras remesas procedentes de la península 57. Respecto de los yacimientos de hierro localizados en el suroeste de Michoacán, aunque se tenía conocimiento de ellos, no llegaron a explotarse sino hasta finales del periodo colonial 58. En el marco del conflicto bélico de 1804-1805, entre España e Inglaterra, que cortó las comunicaciones y el comercio entre la metrópoli y sus colonias de ultramar, las autoridades novohispanas elaboraron un plan estratégico para sustituir las remesas externas con la producción interna. Para el efecto, encargaron al mineralogista español Andrés Manuel del Río, profesor del Real Seminario de Minería -institución creada en 1792 por criollos y funcionarios españoles para formar técnicos especializados en la explotación minera-, los estudios y el establecimiento de una ferrería en territorio novohispano. El mineralogista Del Río recibió con agrado la nueva encomienda, y «tras de estudiar minuciosamente la carta geológica del inmenso territorio novohispano, se decidió que el mineral más barato debía de extraerse de las ricas minas de Coalcomán (ubicadas en el suroeste del entonces Obispado de Michoacán), el punto geográfico más cercano a las regiones (y centros mineros) ----56 FLORESCANO, E. y GIL, I. ( 1973 58 Este apartado recoge en buena medida los resultados de investigación de URIBE SALAS, A. y URIBE SALAS, J. A. (1990), «El Mineralogista Andrés Manuel del Río y la Ferrería de Coalcomán», Ciencia y Tecnología en Michoacán, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, pp. 47-62. y a la capital del reino, aunque no el más rico de los minerales de hierro del país como lo eran los de Nueva Vizcaya (Durango) y Antequera (Oaxaca)» 59. En este proyecto tanto las autoridades como los propios mineros, pusieron todo su empeño y esperanzas, ya que del fierro que se obtuviese de Coalcomán se pensaba abastecer la demanda del mercado interno. Tal circunstancia internacional dio pauta a la introducción y aplicación de moderna tecnología antes ignorada para la explotación del fierro. Andrés Manuel del Río no sólo aplicó sus vastos conocimientos de química, física geología y mineralogía, para la realización de este proyecto, sino que junto con un grupo de alumnos del Colegio de Minería, técnicos y mineros prácticos, diseñó y construyó las instalaciones de la primera ferrería en la América española, que abrió para la ciencia y la tecnología hispanoamericana nuevas perspectivas de desarrollo. En la ferrería de Guadalupe como fue bautizada esta unidad de producción, Andrés Manuel del Río con el auxilio de sus discípulos, José Mariano Oteiza, Rafael Dávila, José M. Herrera y Rafael Cardoso, construyó un horno de reverbero de grandes proporciones y un alto horno, este último de acuerdo con los diseños de los implantados por La Peyrousse en Europa 60. Las instalaciones de estos «hornos franceses», como del Río los llamaba, incluían «bóvedas de 30 pies de altura, que solo podían afianzarse en las paredes de una fábrica de bastante elevación» 61. De acuerdo a lo anterior, es muy probable que el alto horno concebido por Del Río en la ferrería de Coalcomán, haya sido similar a los de la «Forja de San Mauricio» instalados en Nueva Francia, y que coincidían con aquél en la altura de 30 pies reportada para ambos casos. Esta similitud no es de extrañar dado el origen común del diseño, lo que explica además, la denominación de «Franceses» dada a sus horno por Del Río 62. Andrés Manuel del Río adoptó el esquema de producción de hierro desarrollado en Inglaterra hacia 1760, el cual estuvo originado y motivado por la sustitución del carbón vegetal empleado hasta entonces como combustible del alto horno, por carbón de coque, que tenía el inconveniente de introducir impurezas en el hierro fundido, principalmente fósforo y azufre, que lo hacían frágil y quebradizo. Dicho esquema de producción consistía en la obtención de un hierro de mejor calidad como resultado de la refundición en hornos de ---- reverbero, del hierro impuro obtenido en el alto horno 63. De los primeros ensayos efectuados en la ferreria de Coalcomán, durante el año de 1807, es posible sugerir que Del Río utilizó el horno de reverbero para «pudelar» el hierro fundido impuro obtenido en el alto horno. En la Edad Media, y hasta finales del siglo XIX, muchos países europeos empleaban como método siderúrgico la farga catalana. Se obtenía hierro y acero bajo en carbono empleando carbón vegetal y el mineral de hierro. Este sistema estaba ya implantado en el siglo XV, y se conseguían alcanzar hasta unos 1200 oC. Este procedimiento fue sustituido por el empleado en los altos hornos. En un principio se usaba carbón vegetal para la obtención de hierro como fuente de calor y como agente reductor. En el siglo XVIII, en Inglaterra, comenzó a escasear y hacerse más caro el carbón vegetal, y esto hizo que comenzara a utilizarse coque, un combustible fósil, como alternativa. Fue utilizado por primera vez por Abraham Darby, a principios del siglo XVIII, que construyó en Coalbrookdale un alto horno. El alto horno fue evolucionando a lo largo de los años. En 1784 Henry Cort, aplicó nuevas técnicas que mejoraron la producción, mismas que fueron conocidas por Andrés del Río en su paso por Inglaterra. Henry Cort perfeccionó el proceso de pudelaje en 1784 para convertir el arrabio en hierro dulce en un horno de reverbero. En 1790 había en Inglaterra 81 hornos que empleaban coque para la combustión, frente a 2 5 que utilizaban carbón vegetal. Por lo tanto, el proceso de «pudelado» del hierro, inventado por el fundidor inglés Henry Cort hacia 1784 64, Del Río lo aplicó en Coalcomán, y consistía en «remover, apartar, batir y separar sucesivamente en el horno (de reverbero)» 65, trozos de hierro refinado que a golpes de martillo recibían forma de lupias o zamarras. Este proceso hacía al hierro más dúctil y maleable debido a la fuerte decarburización sufrida por éste, ya que en el horno de reverbero no existía el riesgo de que las impurezas del carbón, y el carbón mismo, se transmitiera al metal, puesto que solo los gases calientes pasaban del hogar a la parte superior del horno, donde el calor era reflejado por la bóveda sobre el metal a refinar 66. Inventor del proceso puddling, también conocido como el horno reverberatorio. Se le reconoce el haber perfeccionado el molino de balanceo con los rodillos acanalados. El «horno de pudelar» extrae una masa del hierro del horno usando una barra de la agitación. La bola extraída del metal entonces es procesada en una ripia por un martillo el escalonar, después de lo cual se rueda. 66 El hecho es que la producción de fundidos -en los que se utilizaba con gran éxito el Andrés Manuel del Río construyó además un canal de 3,300 varas (2,765 metros) de largo para aprovechar las aguas del río Astala con las cuales se moverían las ruedas hidráulicas necesarias para los molinos de metales y las fraguas, entre otras instalaciones. Estas aguas eran también indispensables para hacer funcionar las trompas que insuflaban aire al interior de los hornos 67. Concluida la carpintería, la herrería, el depósito de agua para las máquinas, abiertos los tiros y socavones para la extracción del mineral 68, en actividad el corte de madera y la quema de cal, lista la galera de metales, en conclusión el mortero, en corriente el canaleo, puesto el yunque y el martinete, y en disposición de funcionar las trompas y los hornos, «con un soplo excelente, un martinete muy bueno, con un barro (refractario) aceptable y con una construcción bien meditada y perfeccionada, se comenzó a fundir el 29 de abril de 1807, siendo los primeros lances dirigidos exclusivamente por el Sr. Del Río y los jóvenes alumnos de minería que lo acompañaban» 69. En el transcurso del año de 1807, ya corregidas las imperfecciones notadas en las primeras experiencias, se comenzaron a producir lupias o zamarras de hierro pudelado con un peso medio de 104 Kilogramos obtenidas a partir de cargas de mineral de 368 Kilogramos, en un tiempo aproximado de 6 horas. «La calidad del hierro no dejó que desear; de la primera remesa que (Del Río) hizo a Guanajuato, a donde llegó el 18 de Agosto de 1808, el Sr. Casimiro Chovell 70, administrador de la Valenciana, tomó cuatro trozos para experimentarlos, y tan pronto como hizo la experiencia, compró toda la cantidad existente; habiendo tenido igual acogida las remesas posteriores» 71. ---nuevo proceso-era de momento mucho menos importante que la conversión del arrabio en hierro dulce, cuya maleabilidad y resistencia a tensión lo convirtieron en el rey de los metales útiles hasta el descubrimiento del acero barato. La trompa o trompe, de invención italiana, fue uno de los métodos más usados para el insuflamado de aire sin la actuación de fuerza manual o animal. Estuvo en uso en el sur de los EUA hasta fines del siglo XIX, La trompa utiliza la fuerza compresiva de una columna de agua que cae dentro de un espacio cerrado, empujando al aire hacia el interior de una cámara y de ésta hacia el interior del horno. Véase: DERRY y WI- «El acierto con que fue establecido y guiado el tratamiento metalúrgico, unido a la buena clase de hierro, dieron el resultado que era de esperarse; y el mismo Sr. Del Río, fijándose en las piezas más delicadas, en cuanto a que más necesitan toda la solidez y resistencia que solo puede dar un tratamiento perfecto, las almandanetas de los mazos y las chapas de los morteros, afirma que estas piezas resultaban de mejor clase y de mayor duración que las de Viscaya» 72. Normalizada ya la marcha de la negociación, el 12 de abril de 1809, Del Río solicita autorización al Real Tribunal de Minería para retirarse de ella, presentando el estado de cuenta de los gastos erogados a partir del 25 de noviembre de 1805 hasta el 25 de abril de 1809, ascendiendo éstos a 98,509 pesos 2 reales, habiéndose producido en el tiempo que llevaba funcionando la ferrería, 17,434 Kilogramos de fierro, aparte del empleado en la fabricación de máquinas y demás utensilios de fundición 73. A la separación de Andrés del Río de la ferrería de Guadalupe, para retomar sus cursos en el Real Seminario de Minería, las operaciones de ésta quedaron bajo la dirección de José Mariano de Oteiza, uno de sus más apreciados alumnos en dicha institución. El propio del Río, consciente del significado promisorio de la ferrería de Guadalupe para los adelantos de las ciencias y las técnicas del nuevo continente, y también con mucho orgullo, manifestó en la ceremonia de clausura del curso siguiente a su salida de Coalcomán, con fecha de 18 de mayo de 1810, sin saber ni imaginar siquiera de los acontecimientos que se avecinaban, que «mientras corren peligro de desaparecer de la España sus antiquísimas ferrerías bajo la irrupción de los vándalos modernos, aquí trabajamos tranquilamente en experimentos metalúrgicos bajo los auspicios generosos del Tribunal de Minería en un rincón de América, la cual es en el día, gracias a la providencia, el asilo y domicilio pacífico de las ciencias naturales, como en otro tiempo los claustros de los monjes lo fueron de las ciencia abstractas y de las humanidades» 74. Como más tarde lo referiría Santiago Ramírez, hubiera seguido progresando si no la hubieran destruido los ----72 Iden. 73 QUIRÓZ, J. M. (1817), «Memoria del Estatuto; idea de la riqueza que daba la masa circulante en la Nueva España sus naturales producciones en anos de tranquilidad y su abatimiento en las presentes conmociones 1817», FLORESCANO y GIL (1973) trastornos ocasionados por la revolución de independencia, que acabaron con ella en octubre de 1811 75. La ferrería de Guadalupe, a la que Lucas Alamán, discípulo de Del Río, consideró «no solo como un ramo de industria, sino como un elemento necesario para todos los demás, pues éste es el que ha de producir las máquinas de que todos hacen lujo» 76, que surgía impulsada por factores de tipo internacional (conflicto bélico entre España e Inglaterra), sucumbió esta vez a raíz del movimiento revolucionario de independencia. La guerra que empezó en el año de 1810 hizo abandonar esta empresa. Insurgentes y realistas se disputaron el control de la ferrería para usos bélicos. Los primeros la aprovecharon para fundir cañones, municiones y utensilios de guerra, hasta su total destrucción por las fuerzas realistas «con lo que se perdió el gasto muy considerable que se hizo para plantarla» 77. Todavía en vida de Andrés Manuel del Río, se realizó otro intento por reactivar la ferrería de Coalcomán, con pocos resultados. Los yacimientos de hierro no dejaron de atraer la atención de algunos empresarios y aún del gobierno. En 1827 Pedro Gutiérrez de Salcedo, en sociedad con Mariscal de Castilla, conde del Valle de Orizaba, denunciaron los principales criaderos y planearon la rehabilitación de las antiguas minas y la introducción de tecnología. Para Gutiérrez de Salcedo «ningún otro punto del continente septentrional posee como éste cuantos elementos se requieren para su engrandecimiento; y el impulso que está próximo a darse en la explotación y beneficio de sus metales ferruginosos, aumentará la población, dará ocupación a innumerables brazos que vengan por todas partes...» 78. Y efectivamente, las actividades que se emprendieron para reactivar la ferrería de Guadalupe, atrajeron a grupos de trabajadores de las comarcas vecinas, la población aumentó y el comercio salió de su postración. La fábrica de acero establecida por Del Río estaba en reconstrucción cuando estalló la revolución de 1830 79, uno de tantos movimientos políticos ---- que recorrieron la geografía de México durante la primera mitad del siglo XIX, sembrando la desconfianza y la zozobra entre los empresarios y la población. Aquí, como en otros minerales mexicanos, la explotación quedó restringida a labores realizadas sólo por buscones o rescatadores, hasta bien entrado el siglo antepasado. El mineralogista Andrés Manuel del Río Fernández llegó a la Nueva España el 20 de octubre de 1794, por el afamado puerto de Veracruz, después de casi tres mese de viaje a bordo del navío de guerra «San Pedro de Alcántara». Traía una encomienda que cumplir, para la cual se había preparado en las mejores instituciones de enseñanza del viejo continente: formar funcionarios mineros calificados en las artes de los metales; impulsar la investigación sobre los recursos mineros y minerales; y promover en los reales de minas del virreinato todo tipo de innovaciones tecnológicas, que asegurasen la buena marcha de las explotaciones mineras y las finanzas del reino. A ello dedicaría el resto de su vida. En su estancia en Nueva España (1794-1823) y permanencia definitiva en México hasta su muerte acaecida el 23 de marzo de 1849, a la edad de 85 años, cumplió con los objetivos para los que había sido contratado. En los tres aspectos se destacó de manera brillante, circunstancia que le valió el reconocimiento social de la que sería su segunda patria. En su etapa novohispana recorrió el extenso territorio del virreinato y recogió muestras minerales de los actuales estados de Hidalgo, Zacatecas Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y Michoacán; integró las primeras colecciones mineralógicas del Real Seminario de Minería con las que enseñó a sus discípulos los secretos de la orictognosia. En el laboratorio del Seminario escruto las nuevas sustancias minerales e hizo aportaciones al conocimiento universal de las ciencias químicas y mineralógicas, como el descubrimiento del elemento número 23 de la tabla periódica. En el ámbito de la explotación minera dictó reglas prácticas a los mineros para el seguimiento de las vetas y el mejor aprovechamiento metalúrgico de sus menas; diseñó, construyó y operó nuevos artefactos para desaguar las minas, como la máquina de columnas de agua que estableció en la mina de Moran. Su pericia como tecnólogo tuvo un punto de inflexión con el establecimiento de la primera ferrería en la América española. Se trató de una innovación más que de una invención tecnológica, pero en ningún momento de una copia o adopción de los modelos de ferrerias eu-ropeas, que Del Río llegó a conocer bien en su experiencia inglesa. En su Discurso sobre la ferrería de Coalcomán 80, emprende un alegato científico sobre los principios, teorías y técnicas para el establecimiento de una unidad industrial de ese tipo consignada en la «obra moderna, elegante y magistral de La Peirouse». Andrés Manuel del Río escribió alrededor de 45 trabajos científicos, entre libros, artículos, folletos y notas, y publicó en cuatro idiomas: español, francés, alemán e inglés. Su intensa labor científica y docente la realizaría a la sombra del Real Seminario de Minería de la ciudad de México, después transformado en Colegio de Minería, a cuya institución daría prestigio y renombre internacional. En sus aulas formó a destacados hombres de ciencia, con los cuales compartiría objetivos y metas que lo llevarían a apoyar primero la autonomía e independencia política de la Nueva España, y después, el fortalecimiento de las instituciones científicas de la nueva nación mexicana. Como profesor titular de la cátedra de mineralogía en el Real Seminario de Minería, después Colegio de Minería, formó en sus aulas a un número importante de hombres de ciencia que contribuirían decisivamente al desarrollo y consolidación de la mineralogía y de la geología mexicana en la segunda mitad del siglo antepasado 81. Algunos harían carrera política y desempeñarían funciones públicas de gran importancia para el desarrollo del país. Los más se dedicaron al fomento de las ciencias, la docencia y la investigación en los campos de la mineralogía, la geología y la paleontología, contribuyendo decididamente a la institucionalización y profesionalización de las ciencias de la tierra en México 82. En cumplimiento de su encomienda, que lo trajo a la edad de 28 años al nuevo continente, Andrés Manuel del Río contribuyó a forjar una cultura científica como parte del imaginario colectivo del nuevo país en construcción. Sus contemporáneos, y discípulos -que en la segunda mitad del siglo XIX tendrían bajo su responsabilidad las riendas de la institucionalización de la ciencia en México-, reconocerían el espíritu, la capacidad y la tenacidad con ----80 RÍO, Andrés Manuel del, «Discurso sobre la ferrería de Coalcomán, leído en los actos de Minería por D. Andrés del Río», Diario de México. 81 URIBE SALAS, J. A. ( 2005), «Andrés Manuel del Río: su formación científica y sus proyectos de innovación tecnológica», Ponencia al Congreso de Investigación Científica, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, del 12 al 14 de septiembre de 2005. 82 AGUILERA, J. G. (1905), «Reseña del desarrollo de la geología en México», Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana, Vol.1, México, 1905, pp. 5-117. que Del Río había actuado en su vida mexicana para sentar las bases del reconocimiento internacional a las aportaciones científicas que desde esta porción del planeta realizara un pequeño pero sólido grupos de hombres de ciencia. 7, «La enseñanza de la minería en el mundo hispano durante el reinado de Carlos
Se analiza el papel de la vivienda como factor determinante del estado de salud de la población madrileña en el tránsito del siglo XIX al XX. A través de los informes y demás aportaciones de higienistas y médicos sociales, se pone de manifiesto cómo la vivienda insalubre en Madrid incidió de manera negativa en la mortalidad y morbilidad de sus habitantes, siendo motivo de preocupación de médicos, urbanistas y políticos. Se apunta, asimismo, de qué manera el problema de la vivienda insalubre pasa a formar parte de la llamada cuestión social y las propuestas de intervención que, siempre en el marco de los principios de la higiene liberal, intentó aunar actuaciones de salud pública y de política urbanística. La identificación de Madrid como «ciudad de la muerte» fue frecuente en textos médicos, informes oficiales y artículos de prensa referidos a los últimos años del siglo XIX1. No era para menos, las tasas de mortalidad general e infantil durante las últimas décadas del siglo XIX superaron con creces las de otras capitales europeas, no solo debido a las epidemias que cíclicamente atacaban a la población madrileña, sino también a las endemias y, en general, al pésimo nivel de salud de la población madrileña en situaciones no epidémicas. Sin embargo, la denominación de «ciudad de la muerte» cobraba todo su significado al constatarse que, a partir de 1880 y hasta 1902, son mayoría los años en los que las tasas de mortalidad superan con creces las de natalidad. Un crecimiento vegetativo negativo que fue apuntado con alarma por autores de la época 2, y que es considerado por la historiografía actual como el indicador clave que traduce las difíciles condiciones de vida de gran parte de la población de la Villa 3. Mención especial merece el año 1890, en el que la viruela y la gripe se cobraron más víctimas que en cualquier otro brote epidémico 7. Es significativo el comentario de un columnista, en ----aquel año aciago de 1890, al aludir a «la ciudad triste», para referirse al Madrid de la muerte, al Madrid «que no ríe», al Madrid «sin aire, sin agua, sin luz» 8. Entre 1902 y 1920, se produce lo que Antonio Fernández ha identificado como un «ciclo de transición demográfica» 9, en el que las tasas de mortalidad general van descendiendo, aunque persiste una mortalidad infantil elevada y tiene lugar la gran epidemia de gripe de 1918-19 10. En este periodo de tiempo todavía pueden registrarse años con crecimiento vegetativo negativo, aunque la tendencia se detiene claramente a partir de 1921. Es evidente que el descenso de la mortalidad aparece como un elemento fundamental -aunque no el único-para poder explicar la transformación demográfica de las sociedades europeas tradicionales. Otros dos conceptos aparecen íntimamente ligados al de esta transición demográfica: el de transición epidemiológica, entendida como el proceso de cambio del perfil epidemiológico de la población, motivado por las transformaciones en las causas de la morbi-mortalidad 11; y el de transición sanitaria, que hace referencia al proceso de cambio temporal que se ha producido en relación con los factores que determinan las condiciones de salud y enfermedad de una población y, por tanto, los determinantes que han hecho posible, a través de su modificación, control o reducción, el descenso de la mortalidad 12. El concepto de transición sanitaria es importante porque permite tener en cuenta indicadores cualitativos y factores socio-económicos y culturales en el proceso saludenfermedad 13; de hecho, cuando se habla de elevadas tasas de mortalidad general, sin tener en cuenta otros indicadores cualitativos, se puede cometer el error -o la falacia-de ignorar o de enmascarar las causas sociales del enfermar. Hasta la última década del siglo XIX, no se tiene conciencia clara de que la sobremortalidad de los habitantes de Madrid se produce a expensas de un sector concreto de la población: la ----8 BURELL, J., «La ciudad triste», El Imparcial, 3 de noviembre de 1890. Tomado de FERNÁNDEZ, A. (1985), Epidemias y sociedad en Madrid, Madrid, Vicens-Vives, p. También TERRIS, M. (1980), La revolución epidemiológica y la medicina social, Madrid, Siglo XXI. También ROBLES, E.; BERNABEU, J. y BENAVIDES, F.G. (1996), «La transición sanitaria: una revisión conceptual», Boletón de la Asociación de Demografía Histórica, 14 (1): 117-144; BERNABEU, J. (1996), «Transición sanitaria y evolución de la medicina (diagnóstico, profilaxis y terapéutica), Studi di Popolazione. Temi di Ricerca Nuova, Roma, La Sapienza, pp. 131-145.; 13 Véase ROBLES, E., PERDIGUERO, E. y BERNABEU, J. (2000), «De qué hablamos cuando hablamos de factores culturales desde la demografía y epidemiología históricas», En PERDIGUERO, E. y COMELLES, J.M. (eds.), Medicina y cultura. Estudios entre la antropología y la medicina, Barcelona, Bellaterra, pp. 45-53. clase trabajadora. Está suficientemente demostrado que las tasas de mortalidad de la burguesía y de las clases «altas» eran similares, e incluso inferiores, a las de la misma clase social de otros países europeos. La consideración de la sociedad madrileña en su conjunto, permitía que el debate sanitario se circunscribiera a aspectos poco comprometidos como el clima, la topografía, etc; sin embargo, la sobremortalidad obrera acabó constituyendo un problema sanitario, social y político imposible de obviar 14. No se trataba, pues, de ver la manera de hacer frente a la elevada mortalidad de los madrileños, sino de los obreros madrileños y, por extensión, de sus clases populares. A mi juicio, dicha acotación es fundamental porque permite valorar y analizar los factores determinantes del estado de salud de la población desde una perspectiva dialéctica, centrada en el modo y condiciones de vida, verdadero elemento diferenciador del riesgo de enfermar y morir. Ya en otros lugares he insistido en la utilidad, en el campo de la Historia de la Salud, de categorías de análisis como el estado de salud de la población y sus factores determinantes 15. El «estado de salud de la población» viene a expresar sintéticamente, para un momento histórico concreto, el nivel alcanzado en la relación del hombre con la naturaleza y entre los propios hombres respecto a su salud en el plano físico, mental y social» 16. Los factores determinantes del estado de salud de la población suelen englobarse habitualmente en cuatro grandes grupos: 1) la propia biología humana; 2) el modo y condiciones de vida (el medio social); 3) el medio ambiente físico; y 4) la organización de la Salud Pública. Influidos, todos ellos, por el tipo de organización económico-social y por el grado de desarrollo científico-técnico. Si aceptamos el modo de vida como la «categoría sociológica que refleja de forma sistemática las condiciones económicas, sociopolíticas y culturales de las formas características, repetidas y estables de la vida cotidiana de las personas y de las colectividades» 17, no es difícil comprender que a cada clase social le corresponde un determinado «modo de vida». Las diferencias son bien conocidas y se expresan tanto ----14 Diversos trabajos se han ocupado de esta cuestión; destacaré entre ellos GARCÍA GÓMEZ-ÁLVAREZ, A. (1992), «La sobremortalidad de la clase obrera madrileña a finales del siglo XIX (1880-1900); FERNÁNDEZ, A. (1992), «Clase obrera y tuberculosis en Madrid a principios del siglo XX», publicados ambos en HUERTAS, R. y CAMPOS, R. (coords.), Medicina social y clase obrera en España (siglos XIX y XX), Madrid, FIM, t. 15 Tal propuesta teórica puede encontrarse en HUERTAS, R. (1996), «Las ciencias de la salud y el marxismo: sobre la construcción de una teoría de lo social en medicina», Papeles de la FIM, 5 (20 época): 35-45. También HUERTAS, R. (1995), Organización sanitaria y crisis social en España. La discusión sobre el modelo de servicios sanitarios públicos en el primer tercio del siglo XX, Madrid, FIM; HUER-TAS, R. (1998), Neoliberalismo y políticas de salud, Madrid, Viejo Topo. 16 ALDEREGUÍA, J. (1986), Problemas de Higiene social y Organización de la Salud Pública, La Habana, Científico-Técnica, pp. 44. J. (1985), El modo de vida en la lucha ideológica contemporánea, La Habana, Ciencias Sociales. en hábitos higiénicos, composición de la alimentación, calidad de las viviendas, etc., como en las formas en que las personas hacen o no suyas las influencias ejercidas por los valores, ideales y objetivos de las clases en conflicto. Todos estos aspectos hacen referencia, como es obvio, al concepto gramsciano de hegemonía social y su concreción, en cada momento histórico, expresa el nivel alcanzado por la lucha de clases. Conflictos de clase ante los que higienistas, médicos sociales y demás reformadores sociales intervineron activamente con dos objetivos evidentes: Por una parte, para proponer y defender medidas que atenuasen las duras condiciones de vida y de trabajo del proletariado, cuyo correlato inmediato debía ser la disminución de la mortalidad; por otra, para proponer y llevar a cabo estrategias de tutela y vigilancia de los sectores populares, con el fin de paliar la tensión social generada por la miseria y el pauperismo y la «peligrosidad» tradicionalmente achacada a trabajadores y clases populares. Este papel de «mediadores», «intermediarios» o «árbitros», desempeñado por los médicos e higienistas en el marco de la llamada «cuestión social» ha sido apuntado con acierto por diversos autores 18, y es, en muy buena medida, al que me voy a referir en el caso concreto de la higiene madrileña. En el presente ensayo intentaré analizar algunas de las características más sobresalientes de la transición sanitaria en el Madrid del cambio de siglo, con el objetivo de contribuir a la mejor comprensión de la aludida transición demográfica acaecida en la capital del Estado durante la Restauración. Me centraré, para ello, en el análisis de la vivienda como factor determinante del estado de salud de la población madrileña, por entender que la vivienda insalubre y las penosas condiciones urbanísticas de los barrios populares ocuparon un espacio trascendental en el discurso y en los debates sanitarios de Madrid en la época objeto de nuestro estudio. Utilizaré como fuentes prioritarias, aunque no exclusivas, los Informes y demás aportaciones de higienistas y médicos sociales. Soy consciente -me apresuro a aclararlo-que el tema no se agota con el estudio de las fuentes «médicas», y que tendría que completarse con otro tipo de documentos, como los procedentes del movimiento obrero o de las administraciones provincial y municipal referidos a sanidad, urbanismo, vivienda, abastos, infraestructuras, etc. ---- 18 Existe una amplia bibliografía al respecto, entre la que señalaré PÉREZ-FUENTES, P. (1991), «El discurso higienista y la moralización de la clase obrera en la primera industrialización vasca», Historia Contemporánea, 5: 127-156.; RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1992), «Paz, trabajo, higiene. Los enunciados acerca de la Higiene Industrial en la España del siglo XIX», En HUERTAS, R. y CAMPOS, R. (coords.), Medicina social y clase obrera en España (siglos XIX y XX), Madrid, FIM, t. En un trabajo presentado en 1845 en la Sociedad Económica Matritense, Pedro Felipe Monlau insistía ya en la necesidad para el pobre de «una habitación aireada, limpia y decente» 19. Sin embargo, la preocupación de los higienistas españoles por las viviendas insalubres -que se puede rastrear en aportaciones de diversos autores-cristaliza en el último tercio del siglo XIX con sendos discursos pronunciados en la Academia de Medicina de Madrid en 1874, con motivo del ingreso en la misma de Rogelio Casas Batista, que venía a cubrir la vacante que, tras su muerte, había dejado el propio P.F. Monlau. Tanto el discurso de Casas Batista 20, como el de F. Méndez Álvaro, encargado de la preceptiva contestación al nuevo candidato, constituyen dos documentos de excepcional interés para el tema que nos ocupa. Ambos autores, insisten en la influencia de las condiciones de la vivienda en la salud de sus habitantes. La cuestión fundamental es planteada por Méndez Álvaro con claridad: «Mucho importa determinar hasta qué punto es la mayor mortalidad de las clases pobres imputable a las malas condiciones de los aposentos que ocupan» 21. A partir de este objetivo general, los autores abordaron el problema higiénico de la vivienda obrera. Los higienistas describen la insalubridad de las viviendas obreras, identificando los principales problemas sanitarios de las mismas; el acuerdo, en este sentido, suele ser bastante unánime: la humedad, la falta de luz y ventilación,..., pero es, sobre todo, el hacinamiento -derivado de la mala distribución de los espacios en el interior de las viviendas-el que con mayor insistencia se repite. «Millares de individuos» -nos dice Casas Batista-«se cobijan, más bien que viven, en cuartos sin más pieza que una, que así suele servir para una sola persona como para toda la familia, y a veces dos, produciéndose amontonamiento de seres, tan fatal para el cuerpo como para el alma» 22. ---- La consecuencia inmediata de tal hacinamiento es la escasez de aire respirable en dichos espacios. La enumeración de causas que contribuyen a esta pobreza de oxígeno resulta suficientemente elocuente, y nos permite obviar cualquier comentario: «las alteraciones del ambiente por la respiración, exhalación y escreciones, el consumo del oxígeno y desprendimiento de ácido carbónico, por la combustión necesaria para la preparación del alimento, encerrada no pocas veces en la única habitación; los variados materiales empleados para mantener el fuego, la paja, el estiercol, la madera y el carbón o la leña; la acumulación de ropa sucia o húmeda, tan frecuente donde hay niños de corta edad; los vapores tan cargados de amoniaco, desprendidos al secarse estas piezas de vestir; el depósito de sustancias vegetales o animales en la misma habitación o en otra íntimamente unida; todo lo cual determina alteraciones en el aire, que actuan con variada influencia sobre la salud del que vive en estos reducidos aposentos»23. Con parecidas palabras se expresa Méndez Álvaro, añadiendo: «la suciedad del exterior de las casas, lo elevado de la temperatura en el estío, favoreciendo la descomposición de las sustancias orgánicas, las fugas de gas del alumbrado o el tufo del aceite, etc., hacen de cada calle un insoportable foco de corrupción»24. Observación importante, ya que «no solamente en el interior de la casa del pobre abundan las causas de insalubridad que a la higiene toca estudiar y advertir: generalmente se halla situada en los cuarteles, distritos y barrios de las poblaciones grandes que peores condiciones higiénicas reunen; en casas que encierran y condensan las más poderosas causas de insalubridad, formando otros tantos focos de pestilencia» 25. En Madrid, los espacios urbanos más insalubres siempre se identificaron con los llamados «barrios del Sur», situados intra o extramuros de la ciudad: Peñuelas, El Salitre, Santa María de la Cabeza, el Cristo de la Injurias, eran -en 1874-barrios destinados a pobres en los que se cumplían todas las condiciones antes aludidas de hacinamiento, limitada e inconveniente distribución de los espacios en el interior de las viviendas, escasez de infraestructuras, falta de aseo particular y urbano, etc. La otra cara de la moneda está representada por el barrio de Argüelles, al noroeste de la capital, «destinado en su mayoría a edificios aislados, de elegante construcción, con jardines o patios exteriores», y, naturalmente, el de Salamanca, al nordeste, «con excelentes condiciones higiénicas y con una construcción tipo, bajo el punto de vista de comodidad y ventilación,...»; si bien es obligado señalar que dicha barriada «no se ha construido para las clases inferiores, sino para la clase media»26. Barrios pobres y barrios acomodados, cuyos indicadores sanitarios acabarán relacionando enfermedad y clase social. La división administrativa de Madrid en distritos ----fue utilizada por los higienistas de la época y, posteriormente, por diversos historiadores de la Salud, para acercarse a la realidad sanitaria de los distintos estratos sociales que habitaban la capital del Estado. Cierto es que los datos obtenidos son indirectos y, en algunos casos, requieren ciertos reajustes pues, como bien ha indicado Alfredo García, los distritos madrileños no son homogéneos, ya que su división no responde a criterios sociales sino administrativos, por lo que en los distritos considerados de ricos o de pobres pueden encontrarse viviendas y calles que no se correspondan con las características generales. Además, en el Madrid de cambio de siglo, existían edificios donde convivían clase sociales diferentes (propietarios, profesionales, artesanos, jornaleros, servicio doméstico), aun cuando dicha convivencia estuviera perfectamente jerarquizada y «separada» en los pisos del inmueble 27. Conviene aclarar, igualmente, que el Madrid del cambio de siglo no puede considerarse aún una ciudad industrializada sino, en todo caso, como «la superposición de una estructura preindustrial a un incipiente proceso de industrialización». Como ya he indicado, durante los primeros años del siglo XX, Madrid a duras penas comienza a recuperar un crecimiento vegetativo -que en algunos años sigue siendo negativo-, por lo que es el importante flujo migratorio desde la zonas rurales la verdadera causa del encarecimiento de la vivienda y del hacinamiento en los barrios más «económicos» 28. Con todo, podemos aventurar una división «social» de Madrid por distritos: La clase obrera o, si se prefiere, las clases populares madrileñas tendían a agruparse, ya lo he indicado, en «los barrios del sur», en los distritos de Inclusa, Latina y Hospital -aunque también en el de Universidad (Vallehermoso, Cuatro Caminos), situado al norte-. Dichos «barrios del sur» recibían también el apelativo de «barrios bajos» tanto en un sentido topográfico como social, así lo indican los antropólogos Bernaldo de Quirós y Llanas cuando aseguran que «los llamados barrios bajos de Madrid, localizados en los tres distritos del Hospital, la Latina y la Inclusa, no solo merecen tal nombre por hallarse topográficamente bajo el nivel medio del suelo de la población, sino a la vez, porque considerados demográfica y socialmente acusan la misma inferioridad en el promedio de la urbanización y la cultura madrileña» 29. La burguesía habitaba, en general, en los distritos de Centro, Congreso y Audiencia, pero empezaba a ocupar también el citado barrio de Salamanca, en el distrito de ---- 27 Véase GARCÍA GÓMEZ-ÁLVAREZ (1992), pp. 154 y ss. 28 El precio de los alquileres se ha utilizado con éxito como un indicador que permite realizar mapas sociales fiables. Véase, a modo de ejemplo, TUSELL, J. (1969) Buenavista. En los dos distritos restantes (Palacio y Hospicio) parecía existir, a juzgar por los datos disponibles, más mezcla de clases sociales en su población. Como es sabido, en 1902, se lleva a cabo una modificación administrativa (aprobada en 1898 por el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde Alberto Aguilera), en el que se introduce un distrito más: el de Chamberí -por desdoblamiento del de Hospicio-, en el que conviven algunas zonas obreras con otras más acomodadas. La recopilación de indicadores sanitarios por distritos ofrecen, pues, una idea bastante aproximada de la realidad socio-sanitaria del Madrid del cambio de siglo. En general, dichas investigaciones han comparado indicadores como mortalidad general 30, o mortalidad por patologías tanto endémicas 31, como epidémicas 32. No se disponen, sin embargo, de análisis historiográficos específicos que aborden la comparación por distritos de un indicador cualitativo tan importante como las condiciones de la vivienda. El que en los barrios y distritos pobres (donde se enferma y se muere más) existan unas peores condiciones de vida y de alojamiento, resulta una obviedad que casi no necesita demostración. La denuncia de tal situación -y las propuestas de solución-constituye, como estamos viendo, una tradición del discurso higienista, pero no estará de más que hagamos alusión a estudios médico-sociales que, en el tránsito del siglo XIX al XX, ofrecieron información detallada sobre el problema de la vivienda en los distintos distritos madrileños. Resulta imprescindible mencionar, en este sentido, las aportaciones realizadas por Ph. Hauser en su Madrid bajo el punto de vista médico-social (1900), porque sus datos, minuciosamente recogidos y analizados, nos permiten conocer la situación real de las condiciones de las viviendas madrileñas e, incluso, establecer la correlación entre los barrios más hacinados e insalubres de Madrid y los de mayor mortalidad. Hauser lleva a cabo un recuento, por distritos, de las casas colectivas de Madrid, con el fin de valorar el hacinamiento de las distintas áreas geográficas madrileñas. Denomina casas colectivas, las «habitadas por numerosas familias pobres, ocupando una o más piezas pequeñas, sucias, con escasa cubicación de aire y mala ventilación, situadas a lo largo de un corredor y teniendo todos o la mitad de los inquilinos de un piso un retrete común y sin agua». Casas que, insiste Hauser, «representan el mefitismo urbano y son conocidas bajo el nombre de viviendas insalubres» 33. A su vez, estas casas colectivas pueden considerarse de dos tipos: 1) casas ---- 30 Véase el ya citado trabajo de GARCÍA GÓMEZ-ÁLVAREZ (1992). 31 FÉRNANDEZ, A. (1992) Son exactamente los mismos datos que César Chicote aporta, años más tarde, para ilustrar que «El hacinamiento en las casas llamadas de vecindad o de corredor, es verdaderamente espantoso» 35. Hacinamiento que se ve agravado por el hecho de que, en dichas casas, no se disponga más que de «una sola fuente para toda la casa y de un solo retrete para cada piso» 36. Existe una relación directa entre mortalidad por distritos y condiciones de vivienda y hacinamiento. Los distritos de Inclusa y Latina, precisamente los que cuentan ----34 Ibid., p. 35 CHICOTE, C. (1914), La vivienda insalubre en Madrid, Madrid, Ayuntamiento de Madrid, p. Es de notar que dichos datos, que Chicote aporta como propios, son idénticos a los que ofrece Hauser y, con seguridad, deben estar tomados de su obra, sobre todo, si tenemos en cuenta que Chicote los publica en 1905, año en el que ya se había incorporado al mapa administrativo madrileño el distrito de Chamberí que, como puede verse, no aparece en el recuento de Hauser, aparecido en 1900. con mayor número de casas insalubres y con más habitantes viviendo en condiciones de hacinamiento, son en los que se registra mayores tasas de mortalidad, si descontamos los fallecimentos producidos en los hospitales. Es interesante constatar cómo el distrito de Hospital (con el Hospital General, el de San Carlos y el del Niño Jesús) y el de Universidad (con el Hospital de la Princesa), presentan una mortalidad muy elevada, a expensas de pacientes que no necesariamente provenían de dichos distritos. Partiendo de datos de Revenga y de Hauser, se ha calculado la mortalidad de los distritos de Madrid en 1900, del siguiente modo: Si consideramos mortalidad por patologías (tuberculosis, viruela, sarampión, tifoideas, etc.) los distritos de mayor mortalidad son siempre Inclusa, Latina, Hospital y Universidad, donde más viviendas insalubres existían y donde las condiciones urbanísticas eran peores. Distritos que, además, se distinguían por sus focos de insalubridad urbana. El primero, «además de encerrar numerosos establecimientos de aglomeración humana, tales como la Inclusa y la Maternidad, La Fábrica de Tabacos, el Colegio de la Paz, el Asilo de niños de cigarreras, contiene el famoso mercado de objetos viejos conocido con el nombre el Rastro (...) sus casas son viejas, muchas en ruina, desprovistas de luz y aire, y habitadas en gran parte, por familias habituadas a la suciedad y al desaseo, careciendo de toda noción de higiene»37. ----En Hospital y Universidad, los hospitales ya citados eran considerados como focos de infección para los barrios colindantes, no solo por las penosas condiciones higiénicas de los establecimientos, sino porque era práctica habitual vender la ropa de los fallecidos (enfermos infecciosos en muchos casos) a los habitantes de las proximidades. A todo ello hay que añadir otros dos focos de insalubridad urbana: la existencia de muladares en la proximidad de las calles habitadas y el número considerable de pozos negros en las calles desprovistas de alcantarillado. Según los datos de Hauser, Latina es el distrito que más muladares albergaba -un total de 37-, siendo la ausencia de alcantarillado más desigual. Llama la atención, sin embargo, que Centro (una sola calle sin alcantarillado y ningún muladar) y Congreso (doce calles sin alcantarillado y un solo muladar) siguen siendo, también en este capítulo, los distritos mejor dotados desde el punto de vista higiénico 38. Ya en la segunda década del siglo XX, podemos encontrar otro documento, a mi juicio, de incuestionable importancia a la hora de valorar el interés de los higienistas madrileños por el problema de la vivienda. Se trata de La vivienda insalubre en Madrid, memoria presentada en 1914 por César Chicote, director del Laboratorio Municipal, al Ayuntamiento de Madrid por encargo expreso de su alcalde, el Vizconde de Eza. Los trabajos de desinfección llevados a cabo por el Laboratorio Municipal, dieron la posibilidad a Chicote de obtener información de «casi todas las casas de Madrid», por lo que en su informe hay muchas alusiones a casas concretas. «Son muy numerosas» -escribe-«las casas que ha visitado el personal de desinfección, que reúnen entre 200 y 300 habitantes, sobre todo en los distritos de Hospital, Inclusa y Latina, así como lo han sido en buen número las que rebasan esta última cifra, pudiendo citar, entre otras, las que siguen, por la repetición que en ellas se han observado de casos de enfermedades39: Los datos son de 1907 y están tomados por el propio Chicote de la Memoria del Laboratorio Municipal de dicho año. Los inmuebles citados, catalogados como los más insalubres de Madrid, eran casas de vecindad o de corredor, en las que el hacinamiento se consideraba el responsable directo de una mortalidad que, según el autor del informe, alcanzaba el 30-50 por 1000. Distingue Chicote con finura entre hacinamiento y densidad de población, explicando sus diferencias y la interpretación sanitaria que de ambos conceptos debe hacerse. La comparación entre el distrito Centro y «los del Sur» es suficientemente elocuente: «...en el distrito Centro, cuya mortalidad es de las más bajas y en donde la densidad es mayor -correspondiendo a sus habitantes solamente 13 metros cuadrados para cada uno-se disfruta del beneficio de que cada familia viva en un cuarto ----más o menos amplio, pero con entera separación e independencia y compuesto de varias habitaciones y dormitorios, ocupados sólo por una o dos personas cuando más; y por esta causa, su mortalidad es baja (...) En cambio, en el distrito de la Inclusa, por ejemplo, o en el de Hospital, la extensión superficial para cada habitante es mucho mayor (35 y 36 metros cuadrados, respectivamente); pero como en ellos existe un verdadero hacinamiento, la mortalidad aumenta considerablemente» 40. El argumento no sirve solo para la mortalidad general, sino para la mortalidad por tuberculosis, la gran enfermedad social de la época, cuya relación con el hacinamiento estaba más que documentado 41, hasta el punto de, entre otros muchos, recibir el apelativo de «enfermedad de la vivienda» 42. C. Chicote termina su informe con un análisis de las «Chozas, casuchas y cuartelillos» existentes en «los límites de las barriadas extremas de Madrid». Denuncia el chabolismo por insano y da cuenta de las miserables condiciones de vida en barriadas como Peñuelas, Salitre, el Cristo de la Injurias o Santa María de la Cabeza (con una mortalidad del 37,83 %.) que, si se recuerda, ya habían sido nombradas por Casas Batista y Méndez Álvaro en 1874, y cuyas condiciones no parecían haber cambiado en cuarenta años. Chicote enumera también otras chabolas ----40 I Ibidem. Una fuente imprescindible, en este sentido, es CODINA, J. (1916), El problema social de la Tuberculosis en Madrid, Madrid, Imp. Enrique Teodoro. en cuarenta años. Chicote enumera también otras chabolas y «casuchas» construidas más al interior de la ciudad como las de la calle Toledo, Arganzuela, Peña de Francia, Rodas, Tribulete, Lavapiés, etc., que venían a sumar insalubridad a los distritos, tantas veces mencionados, de Hospital, Inclusa y Latina 43. LA VIVIENDA HIGIÉNICA Es evidente que la constatación de una realidad sanitaria y social tan dura como la reseñada, obligaba a intervenir sobre ella de manera contundente. No es mi intención analizar en profundidad las propuestas y realizaciones de política urbanística y de vivienda que tuvieron lugar en Madrid, durante los años de nuestro estudio, pero sí hacer alusión, siquiera brevemente, a las que, en mi opinión podrían considerarse las más destacadas iniciativas surgidas o apoyadas en el seno del higienismo madrileño. En general, podemos decir que dicho discurso higiénico responde y se identifica metodológica e ideológicamente con los principios de la Higiene «liberal» de finales del XIX y comienzos del XX: reconocimiento de la naturaleza social de la enfermedad, recurso a la experiencia personal, empleo de la encuesta sanitaria y sometimiento a los límites de la economía política liberal 44. Es el liberalismo -más moderado o más radical según los casos-el que hace que, desde el punto de vista ideológico, la preocupación por el menesteroso se haga siempre desde presupuestos burgueses en los que se aunan, invariablemente, la defensa social y el paternalismo de la clase dominante. Un ejemplo suficientemente elocuente de esta tendencia puede encontrarse ya en Méndez Álvaro cuando, en un apartado de su tantas veces citado discurso al que titula «Hasta qué punto conviene y es realizable una ventajosa reforma en la habitación de las clases necesitadas», insiste en que «Todas las clases sociales se hayan vívamente interesadas en la mejora de la habitación del pobre; por cuanto las poblaciones, como las familias, están sujetas (...) a causas comunes de insalubridad, a enfermedades colectivas (...) Si en las insalubres casas de los menesterosos toman con facilidad mucho mayor origen las enfermedades llamadas con razón populares, poco tardan luego en irradiar desde aquellos focos hasta los palacios de los príncipes, abrazando el conjunto de la población. 44 común; porque el hombre, cuando vive en sociedad, como lo exige su naturaleza, tiene que ser siempre solidario así de los bienes como de los males propios de la asociación» 45. Se apresura a aclarar que las mejoras de las condiciones de vida de las clases populares no deben, bajo ningún concepto, considerarse «como una concesión emanada de un derecho»; su punto de vista no deja lugar a dudas, con respecto a las reformas e higienización de las viviendas obreras: «no se suponga que es un deber de la sociedad para con determinadas clases, sino solamente una justa y razonable aspiración al bien general: no se vea en ese hecho a la sociedad que se disuelve en el más vergonzoso y repugnante socialismo, sino a la sociedad que se regenera, que se une y concentra, que fortifica y estrecha sus fraternales lazos, oponiendo un vigoroso aunque blando y discreto dique, a las fuerzas brutales que tienden a disolverla...» 46. Paternalismo burgués, desconfianza hacia el socialismo, intento de dilución de la «lucha de clases», defensa social tanto ante el peligro epidémico como ante el revolucionario,... Elementos que no hacen sino corroborar las palabras de F. Engels cuando, al referirse concretamente al problema de la vivienda, señala que: «Estas epidemias se extienden entonces a los barrios más aireados y más sanos en que habitan los señores capitalistas. La clase capitalista dominante no puede permitirse impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias (...) Desde el momento en que quedó científicamente establecido, los burgueses humanitarios se encendieron en noble emulación para ver quien se preocupaba más por la salud de sus obreros. Para acabar con los focos de origen de las constantes epidemias, fundaron sociedades, publicaron libros, proyectaron planes, discutieron y promulgaron leyes. Se investigaron las condiciones de habitación de los obreros y se hicieron intentos para remediar los males más escandalosos» 47. Las palabras de Engels pueden ser superponibles a la realidad española, y madrileña, que estamos analizando y muy pronto iniciativas estatales, municipales y particulales se daran cita para abordar la «cuestión de la vivienda» como parte de la «cuestión social». No deja de llamar la atención, sin embargo, que en las conclusiones del Congreso de Higiene de 1882, se achacara la mala salud de los madrileños a aspectos de higiene pública general, siendo la alusión a las diferencias de clase social muy restringida: el clima desfavorable de Madrid, la densidad de la población, la excesiva altura de los edificios, las malas condiciones de las alcantarillas, la permeabilidad excesiva del suelo y las deficientes condiciones higiénicas de los mercados y hospitales fueron, a juicio de los expertos, las razones fundamentales de la mortalidad y mala salud de los habitantes de la Villa, en su conjunto. De manera que para ---- 45 modificar algunos de estos factores, y proteger a la población «en su conjunto», era necesario intervenir sobre los focos de insalubridad, perfectamente identificados en las casas y barriadas populares. A este respecto, y junto a medidas de saneamiento público, las iniciativas específicas sobre las viviendas pueden resumirse, básicamente, en dos: por un lado, la construcción de casas baratas, destinadas a obreros y «clases modestas», según los principios de la Higiene y, por otro, las reformas urbanísticas que acometan las demolición de casas y barrios insalubres, y su sustitución por inmuebles e infrestructuras más adecuadas. La mayoría de nuestros médicos sociales revisan, en sus escritos, las tendencias y realizaciones extranjeras en materia de «casas baratas», argumentando la utilidad de las mismas. La demanda a Ayuntamientos o a sociedades y cooperativas privadas para que acometan este tipo de construcciones es prácticamente constante, sin embargo, las posibilidades que se barajan para que las «clases menesterosas» puedan optar a una vivienda digna son diversas y sujetas, en ocasiones, a un debate intenso. Federico Montaldo, en una conferencia pronunciada en el Círculo de la Juventud Democrática en 1905, enumera dichas posibilidades del siguiente modo: aislado, rodeado de casas insalubres y situada en una calle de gran hacinamiento y suciedad, por lo que critica su ubicación y recomienda planes integrales que la iniciativa privada, más o menos filantrópica, no es capaz de cubrir. Sin embargo, el debate más profundo surge entre los barrios obreros, formados por casas independientes y unifamiliares, y las casas mixtas en las que convivan, suficientemente jerarquizadas, distintas clases sociales. En el Primer Congreso Nacional de Arquitectura celebrado en Madrid en 1883, se abordó con amplitud esta cuestión, quedando perfectamente perfiladas las dos posiciones extremas: por un lado, la que defendía la construcción de barrios obreros de casas unifamiliares en el extrarradio de la ciudad, estimulando el acceso del trabajador a una propiedad; y, por otro, la que se oponía a la construcción de dichos barrios por entender que la separación del proletariado del resto de la población favorecía el antagonismo social y el socialismo 52. Frente al diseño y construcción de barrios obreros, se propugna la convivencia en el mismo edificio de burgueses y obreros, considerándose, dicha convivencia, un factor fundamental no solo de la desmovilización social, sino de la reforma de costumbres y de la integración en la norma social burguesa de los trabajadores y sus familias. Ricardo Campos, estudiando el problema del alcoholismo, ha puesto de manifiesto, a mi juicio con gran acierto, de qué manera el debate sobre la vivienda obrera trascendió a otros ámbitos de la higiene social, de la moralización del obrero y de la asunción, por su parte, de hábitos higiénicos y acordes con las costumbres, reglas y valores de la clase dominante 53. Existen numerosos textos de la época en los que, con argumentaciones higiénicomorales, se insiste en los «buenos resultados» de esta convivencia: «En contacto forzoso todos, se conocerían y se estimarían: el obrero vicioso tendría un freno en el qué dirán de sus vecinos: si venía beodo temería encontrarse en la escalera a la señora del segundo que atendió a su mujer en el último parto con su regalito, o al médico que la atendió gratuitamente o al del tercero, que le da ropita usada de los niños (...) Si se encuentra sin trabajo se atreverá por medio del portero, a pedir una recomendación al señor del principal y como necesitará hablar con éste, se esforzará para aparecer limpio y porque su lenguaje sea correcto, para lo cual buscará medios de instruirse» 54. Sin embargo, la división administrativa y social de las ciudades había quedado sancionada por las autoridades que debían hacer frente al aumento de población derivado de las abalanchas inmigratorias que acudían a una ciudad en proceso de indus-----52 Sobre los debates en el mencionado Congreso de Arquitectura, véase DÍEZ DE BALDEÓN, C. (1986), Arquitectura y clases sociales en el Madrid del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, pp. 428 y ss. Un aspecto de la lucha antialcohólica en España durante la Restauración», Dynamis, 14: 111-130. 54 REPLLÉS y VARGAS, E. (1892), El obrero en la sociedad, Madrid, Imp. litográfica de los Huérfanos, p. Parecidos argumentos se encuentran en obras como la de ELOLA, P.L. (1909), Casas baratas para obreros, Madrid, Imp. Gutemberg-Castro y Cia. trialización 55. Por eso, el sistema de casas «mixtas» muy pronto se convirtió en una reivindicación del pasado que, en las primeras décadas del siglo XX, resultaba ya imposible retomar. El Vizconde de Eza se lamenta, nostálgico, cuando afirma en 1914 que «Han pasado por desgracia aquellos tiempos (...) en que en una misma casa habitaban pobres y ricos (...) La higiene de los unos afectaba a los otros, toda vez que vivían en común, y en la misma forma los resolvían; y así como no había calamidad de los de la guardilla (sic) de que no tuvieran conocimiento los vecinos de los pisos más bajos apresurándose a subir socorro en especie o en metálico, del mismo modo tenía tan cerca el inquilino acaudalado al pobre habitante de los pisos altos, que no había en aquel sistema de sotabanco agudas manifestaciones de insalubridad. Esto ha desaparecido, a mi entender, con gran equivocación social» 56. Paternalismo burgués, una vez más, en el marco de una clara jerarquización social que no impidió que en este tipo de casas -cosa que parecen ingorar o silenciar nuestros pro-hombres-la tuberculosis o el cólera, afectara de manera desigual a los habitantes de un mismo edificio, haciéndose presente en los sótanos o en los sotabancos y viéndose libres los habitantes de los pisos principales 57. Mención especial merece el barrio de ensanche conocido con el nombre de Ciudad Lineal, diseñado por Arturo Soria y construido por una sociedad cooperativa llamada «Compañía Madrileña de Urbanización» 58. Las novedades aportadas son diversas: 1) novedades urbanísticas: de calles anchas y paralelas, con facilidad para instalar con rapidez y economía los servicios municipales y de gobierno; 2) novedades de diseño arquitectónico: viviendas unifamiliares construidas en solares edificables solo en su quinta parte, garantizando así la existencia de una parcela para huerta o jardín; y 3) novedades de organización social: al ser un barrio en el que se permite «vivir juntos, a corta distancia unos de otros, a los pobres, a los ricos y a la burguesía, pero no atados a la misma escalera y superpuestos, sino en hogar independiente y libre» 59. En total consonancia con las tendencias apuntadas, termina Hauser recomendando que, para dar una solución satisfactoria al problema de la vivienda, se precisa la acción conjunta de varios agentes sociales: Estado, Municipios e iniciativa privada. Las funciones del Estado a este respecto serían: 1) Dictar los reglamentos de la higiene urbana, indispensables para el saneamiento del suelo de las calles y de las casas de ---- 55 Véase MARTÍNEZ todos los distritos de la ciudad; 2) Suprimir o atenuar todas las cargas o impuestos que pesan sobre las casas habitadas por la clase obrera; y 3) Construir casas higiénicas y baratas para sus empleados cargados de familia y que disfrutan de un sueldo reducido. En relación con el primer punto, es de destacar que la Ley de sanidad de 1855, modificada en 1886, indicaba en su artículo 98 que «las reglas higiénicas a que están sujetas todas las poblaciones del Reino serán objeto de un reglamento especial, que publicará el Gobierno a la mayor brevedad, oyendo antes al Consejo de Sanidad». Tal reglamento, apostilla Hauser en 1900, «no ha llegado aún a redactarse» 60. En el ámbito local, se propone que los Municipios sean los encargados de la ejecución escrupulosa de los reglamentos de higiene urbana y de nombrar inspectores que vigilen el cumplimiento de las normas higiénicas a la hora de construir o alquilar una vivienda. En Madrid, tras las Ordenanzas municipales de 1892, la novedad más importante en el tema que nos ocupa es la creación en 1905 del servicio de empadronamiento sanitario de las viviendas. Servicio que, a semejanza del de Bruselas y París, suponía «el único medio de llegar a un conocimiento completo de las habitaciones insalubres, de las que son corregibles y de las que no admiten remedio alguno» 61. La Ley del 12 de junio de 1911, sobre Construcción de casas baratas es, quizá, el texto legislativo más relevante de la época. Debió ser bastante poco efectivo, a juzgar por las palabras de César Chicote cuando afirma con contundencia que «Ni antes ni después de la ley de 12 de junio de 1911, relativa a la Construcción de casas baratas, se ha hecho nada por el Estado en pro del mejoramiento de la vivienda» 62; sin embargo, en lo relativo a la intervención de los Ayuntamientos, dicha Ley especifica, en su artículo 28, que «Denunciada (...) la existencia de una o varias casas de vecindad o de un grupo de viviendas que por sus malas condiciones constituyan un peligro grave para la salud de la población en general, y de los que las habitan especialmente, el Ayuntamiento podrá proceder a su mejora y saneamiento». Texto que, en el caso de Madrid, vino a complementarse con un bando de la Alcaldía Presidencia, fechado el 3 de julio de 1913, en el que se dispone que «Influyendo notoriamente en el exceso de morbilidad y mortalidad las condiciones antihigiénicas de las viviendas, serán declaradas insalubres y desalojadas aquellas que superen la cifra que representa la mortalidad media de Madrid, para la inmediata adopción de las medidas que se estimen oportunas en cada caso, y, asimismo, las que reconocidamente carezcan de las condiciones de higiene necesarias para la vida». El vizconde de Eza, alcalde de Madrid en esos años, se muestra dispuesto a «dictar reglas enérgicas acerca del saneamiento de aquellas casas y de aquellas barriadas y aún distritos, que carezcan de las condiciones que exige la higiene moderna, y es para mí principio de necesaria aplicación al presente, el de declarar la expropiación o ----60 Ibid., p. 89. demolición forzosa por causas de insalubridad» 63. Esta demolición de casas e, incluso, de barrios enteros tiene que ver no solo con las condiciones de hacinamiento en el interior, sino con las dificultades de luz y ventilación que, debido a la estrechez de las calles y a la altura de los edificios, presentaban algunas de las barriadas más insalubres. Méndez Álvaro pide, en 1874, una «revisión detenida» de las ordenanzas municipales en lo tocante a la construcción de viviendas ya que «excesiva es evidentemente la elevación que se da en Madrid a las casas (...) mereciendo notarse que la desproporción de su altura es tanto mayor cuanto más reducido en ancho de sus calles» 64. Algo parece haberse adelantado a este respecto en las primeras décadas del siglo XX, cuando se asegura que «Es indudable que en Madrid las casas higiénicamente defectuosas se van modificando mediante reformas beneficiosas o desaparecen para resurgir de calles a la morisca, amplias vías que, permitiendo el paso a torrentes de aire y luz solar, llevan la salud a donde antes no existía. Y lo es también que las casas nuevas constrúyense con arreglo a las exigencias de la higiene, salvo en algunos casos en cuanto se relaciona con su altura y anchura de las calles donde se edifican» 65. Ejemplos suficientemente significativos de este tipo de mejoras radicales con demolición de manzanas enteras, son la desaparición del «islote de casuchas» denominado Tapón del Rastro, y, sobre todo las obras de la Gran Vía madrileña, cuyo trazado afectó a cuarenta y ocho calles e hizo desaparecer totalmente catorce de las consideradas más insalubres, con un total de 315 casas. Tal proyecto de trazado de la Gran Vía debía, en opinión de César Chicote, «aplaudirse sin reservas porque ha de proporcionar a Madrid un indiscutible beneficio de orden sanitario» 66. Es evidente, sin embargo, que la «Reforma de la Prolongación de la calle Preciados» pretende dar respuesta a cuestiones no estrictamente sanitarias. Para J.C. Rueda, «la Gran Vía es, ante todo, la solución ante la que se percibe como apabullante crisis de trabajo en la coyuntura descrita entre 1898 y 1909» 67, de tal modo que el impulso del Ayuntamiento a una obra de tal envergadura vendría a retomar el tradicional papel del Consistorio a la hora de habilitar mecanismos de emergencia ante la retracción de la oferta privada (crisis del negocio inmobiliario) o las tensiones en el mercado de trabajo local. Pero el alcance de este proyecto de remodelación urbana es mucho más complejo; no podemos olvidar que, precisamente, en la Gran Vía se articula un nuevo e importante escenario económico y de consumo, como el representado por las distintas sociedades mercantiles que instalan su sede en los suntuosos edificios, así como por los hoteles y comercios de lujo, los grandes almacenes o las flamantes ----63 EZA (1914), p. 64 salas de cinematógrafo. En definitiva, un reajuste de usos económicos y residenciales en Madrid que se ajusta y responde con exactitud a lo que algunos autores han definido como «mito urbano», esto es, «un elemento de referencia colectiva que, desde el seno de los sistemas discursivos desarrollados por los poderes públicos (o privados), establece una causalidad directa entre morfologías espaciales y las prácticas de los agentes sociales» 68. No obstante, a pesar del conjunto de intereses económicos y políticos que confluyen y se suceden a lo largo de las primeras décadas del siglo en torno a la Gran Vía madrileña, lo cierto es que en el primer proyecto, elaborado por los técnicos municipales José López Sallaberry y Francisco Andrés Octavio, existía todavía una preocupación «higiénica» por descongestionar y sanear la zona urbana correspondiente 69. De hecho, uno de los objetivos fundamentales de la llamada «Reforma de la prolongación de la calle Preciados y enlace de la plaza del Callao con la calle de Alcalá», respondía a la necesidad de «la construcción de grandes vías que den aire, luz y por consiguiente, higiene a barriadas enteras» 70. No es de extrañar, pues, que tal reforma urbana fuera saludada con vehemencia por los higienistas a pesar de que, como hemos visto, se puedan identificar otros muchos intereses en el trazado y diseño final de esta gran calle. Sin embargo, a pesar de las aparentes mejoras urbanísticas, las malas condiciones de vida de la clase trabajadora cobraron de nuevo vibrante actualidad con la epidemia de gripe de 1918-19, cuya mortalidad fue especialmente alarmante, una vez más, en los barrios pobres, especialmente «predispuestos» a padecer la enfermedad. En las páginas de El Socialista empiezan a encontrarse textos que hacen clara alusión a la salud de los trabajadores: «Que los trabajadores vivan hacinados en cuchitriles inmundos, adonde no llega la visita vivificadora del sol, en zahurdas sin agua y sin luz, donde los hijos del hombre que debería nacer para alegrar la vida y que apenas nacidos ya van adquiriendo en su semblante la mueca siniestra del hambre (...) hambre que va depauperando una raza, en la que tan fácilmente se pueden cebar todas las enfermedades de carácter epidémico» 71. No cabe duda, en este sentido, que dicha epidemia supuso un enorme revulsivo para sensibilizar al colectivo médico y a la opinión pública en general de las penosas condiciones sanitarias del país y de la escandalosa falta de organización y de infraestructura sanitaria, pero los tiempos están ----cambiando y los acontecimientos revolucionarios de 1917 (con la primera huelga general en España) marcan el inicio de novedades significativas en la correlación de fuerzas sociales, que tendrán consecuencias en el ámbito de la salud 72. La relación entre la vivienda y los barrios insalubres y la epidemia de gripe es perfectamente establecida en los órganos de expresión del movimiento obrero, llegando a formular reivindicaciones de claro contenido higiénico: «Higienizar la población, y especialmente los barrios obreros; construir alcantarillado, sanear viviendas, fomentar la construcción de casas baratas e higiénicas y procurar que los acaparadores no realicen un negocio criminal a costa del hambre...» 73. Aunque algunos autores han señalado, con acierto, la asunción por parte del movimiento obrero de buena parte del discurso higienista tradicional desde momentos muy tempranos 74, lo cierto es que a partir de las primeras décadas del siglo XX, las organizaciones obreras van cobrando un mayor protagonismo en la configuración de alternativas socio-sanitarias, que alcanzará su punto culminante en la Segunda República 75. Con todo, es indudable que a partir de 1921 se produce un cambio definitivo del modelo demográfico madrileño, iniciándose un ciclo de crecimiento caracterizado por un franco distanciamiento de la natalidad con respecto a la mortalidad 76. Ningún año de este periodo -de 1921 a la guerra civil-ofrece un crecimiento vegetativo negativo y parece lógico suponer que dicha transición demográfica va en paralelo a una transición sanitaria en la que algunos factores determinantes del estado de salud de la población (condiciones de vida, vivienda, alimentación, etc.) debieron verse modificados de manera positiva. Hay que esperar, sin embargo, a los últimos años veinte para observar cambios significativos, por ejemplo, en los hábitos alimentarios, de la población madrileña -en el acceso a los alimentos más bien-, habiéndose documentado un aumento del consumo de carne a partir de 1926 y, en general, un ----descenso de los precios de los artículos básicos 77. Asímismo, en 1930 tuvo lugar una notable mejora de los servicios sanitarios de matadero y mercados en el control de los alimentos 78. La relación entre alimentación y niveles de salud no resulta fácil pero constituye, sin duda, un aspecto fundamental para comprender la transición sanitaria a la que nos estamos refiriendo 79; relación que merecería un estudio detallado, sobre todo para saber en qué medida las supuestas mejoras en la alimentación incidieron sobre las clases más desfavorecidas, única manera de valorar su papel real en las mencionada transición. A lo antedicho hay que añadir, naturalmente, el papel jugado por los servicios sanitarios en la mejora del estado de salud de la población, no solo madrileña sino española, que debemos relacionar directamente con las reformas organizativas de la sanidad española de los años veinte y treinta. Reformas iniciadas, en el plano legislativo, en 1925 con el Reglamento municipal de Sanidad (Real Decreto de 9 de febrero de 1925) y con el Reglamento de Sanidad provincial de 20 de octubre de 1925, aun cuando no sea hasta la Segunda República cuando se intente poner en marcha una verdadera y profunda reforma sanitaria 80. Sin embargo, en cuanto al saneamiento de las viviendas y las reformas urbanísticas, aunque se fueron produciendo cambios importantes que, según expresión de Manuel Azaña, transformaron un «poblachón mal construido» en un «esbozo de gran capital» 81, los barrios y distritos más desfavorecidos siguieron padeciendo mayor hacinamiento y peores condiciones higiénicas. El problema del alcantarillado es un buen ejemplo de tal situación. Con anterioridad a esta fecha, la conflictividad social derivada de los problemas de abastecimientos en Madrid, ha sido apuntada por VICENTE, M.T. y FONTECHA, A. (1987), «Abastecimientos en Madrid, 1914-1925», En BAHAMONDE, A. y OTERO, L.E. (eds.), La sociedad madrileña durante la Restauración. 79 Una interesante aportación, desde la demografía histórica, es la de LIVI-BACCI, M. (1987), Ensayo sobre la historia demográfica europea. Población y alimentación en Europa, Barcelona, Ariel. 80 Existe una amplia bibliografía al respecto; un resumen del proceso puede encontrarse en HUER-TAS, R. (2000), «Política sanitaria: de la Dictadura de Primo de Rivera a la IIa República», Revista Española de Salud Pública, 74: 37-45. 81 La expresión de Azaña ha sido utilizada por Santos Juliá para ilustrar el concepto de Madrid como «cuidad de transición» en la tercera década del siglo XX.
ENSAYOS CEREBRO Y EVOLUCIÓN FRANCISCO MORA, El reloj de la sabiduría. Francisco Mora, profesor e investigador en el campo de la neurobiología, se ha preocupado desde hace años de/por los problemas que van más allá de un simple análisis de los sistemas y mecanismos cerebrales para intentar estudiar, y en este caso explicar, las implicaciones que los descubrimientos y conocimientos que se han ido adquiriendo a lo largo del siglo XX sobre el sistema nervioso significan para nuestro conocimiento del problema -que no misterio, no hay que dejar de insistir en ello-de las relaciones cerebro y lo que llamamos mente. No es nuevo su esfuerzo por hacer asequibles y comprensibles los razonamientos que nos llevan a comprender el camino que se abre en el estudio de esas relaciones, camino que creo que se ha abierto a partir del momento en que se acepta por gran parte de los neurobiólogos la inevitable relación, y más que eso unidad, de ambos aspectos del cerebro. Este libro, ha sido precedido por otros trabajos, por ejemplo en los números de la revista Arbor publicados en abril de 1994 y en febrero de 1996. En el primero se da un primer paso de introducción en el problema, con participación de algunos pensadores como Pedro Laín Entralgo o Mariano Yela; en el segundo intervienen importantes figuras de la investigación neurobiológica de nuestro país, como Manuel Nieto Sampedro, José María Delgado García o Alberto Ferrús entre otros. Este número manifiesta ya un avance en el pensamiento hacia la unidad cerebro mente avalada por los trabajos de investigación. Su artículo, dirigido en esa dirección se titula «Neurociencias: ¿Hacia una nueva concepción del hombre?» El libro titulado El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano, es, creo, una culminación en ese deseo de transmitir algo que debe ser, pienso -y me manifiesto partidaria en líneas generales de esta posición, independientemente de posturas y detalles en discusión-un paso esencial en el cambio de nuestras concepciones sobre la mente humana, y por ello, para el avance de su conocimiento en el futuro. El autor explica, desde un principio, que no se trata de reivindicar ideas originales, sino de explicar las existentes hoy en día. Y, en esencia, de explicar por qué hemos llegado ya a un momento del conocimiento en que es necesario romper con determinadas dualidades en la forma de considerar a los seres vivos y, en especial, a la especie humana. La finalidad del libro es argumentar a favor de ir a la búsqueda de un conocimiento unificado sobre el ser humano que significa, en este caso, algo tan importante como analizar qué es la mente y que relación tiene con en el cerebro. Una primera parte de la obra podría explicarse con la cita de Dobzhansky: «nada se puede entender del cerebro excepto a la luz de la evolución». Mora parte de la base de que saber como se construye y funciona el cerebro es la forma de comprender al ser humano. En estas primeras líneas hace uso, a veces, de un lenguaje un poco retórico que no hace más claras las cosas. Hay como una simplicidad confusa. Pero esto es así sólo al comienzo. El libro va ganando en profundidad y en interés, sin perder su claridad de exposición, al revés, ganando en claridad. Creo que es una pena que estos primeras páginas sobre la evolución del sistema nervioso no se acompañen de algunas láminas que serían útiles para quienes no conoce el sistema nervioso central, su anatomía y su desarrollo. Antes de entrar en un análisis más pormenorizado del desarrollo del cerebro humano, deja el autor bien clara la relación entre dotación genética y medio ambiente, pues una buena comprensión de este fenómeno es, además, crucial para comprender el desarrollo individual de cada cerebro, humano o animal. Enfatiza bien la importancia del medio ambiente y trata de transmitir la complejidad de la realidad. Nos dice Mora que hasta hace poco se pensaba que el dictado genético en el desarrollo y formación del cerebro de cada individuo era bastante monolítico y fijo. Hoy sabemos que es mas bien un proyecto que puede desarrollarse por diferentes caminos en función del medio ambiente en el que se desarrolle, medio ambiente que todavía no sabemos muy bien qué es, en el sentido que no conocemos la enorme cantidad de factores más importantes que actúan o que potencialmente pueden hacerlo. La expresión de un gen, su forma de actuar, puede ser modificada a varios niveles: por la actividad de otros genes del genoma; por la influencia del medio ambiente celular; por medio del ambiente extracelular y, finalmente, por medio del ambiente externo al organismo. Un sistema vivo tiene una enorme plasticidad de desarrollo. Posiblemente hay muchas vías alternativas por las que la célula y el organismo pueden optar, y que les lleva al mismo punto final. Con la presencia de un gen y una proteínas se adopta una vía. Si faltan, se sigue otra que lleva a lo mismo. Los clones, pues, siempre serán diferentes, porque es imposible un desarrollo individual exactamente igual a otro. Y creo que se ha demostrado incluso con la clonación reciente de la gatita llamada Cc, que nació con un color de pelo totalmente diferente al de su madre, de quien es clónica. Por otra parte, la dinámica genes-medio ambiente, base del desarrollo de los cerebros, es mayor para los seres que tienen un mayor tiempo de desarrollo fuera del claustro materno. Cita Mora a Nancy Andreasen y su comunicación el Congreso Mundial de Psiquiatría de 1999, en el que observaba: «Conocer los mecanismos por los cuales opera el cerebro emocional en estas edades tempranas y cómo procesa y codifica ese complejo ingrediente de carga genética, carga ambiental biológica, educación y cultura en el contexto de una invasión hormonal crítica que abre el cerebro y fija nuevos patrones de conducta individual, es absolutamente imprescindible para conocer las raíces biológicas de la conducta durante la adolescencia». Esta cita nos abre a un aspecto especialmente importante, la cuestión el desarrollo individual del cerebro, y la importancia del momento en que actúan ciertos estímulos. Explica Mora el interesante concepto de ventanas plásticas o tiempos críticos de desarrollo del cerebro. Nuestras capacidades para aprender no son las mismas a lo largo de la vida. Nuestras capacidades para cada determinado tipo de aprendizaje tienen un determinado periodo más sensible que otro a lo largo del desarrollo. Posiblemente el que se aprenda y desarrolle una capacidad específica (como conjunción de genes y medio ambiente específico) en su tiempo adecuado, sea fundamental para seguir con un posterior desarrollo y potenciación de esas y otras capacidades a lo largo de toda la vida. Esto produce la enorme variabilidad de talentos y capacidades que cada ser humano desarrollo en cada medio ambiente e incluso en el mismo. Otro aspecto esencial que señala Mora es que los procesos emocionales (o reactivos frente al medio) son esenciales para la supervivencia. Reacciones ante peligros y placeres: mecanismos universales codificados en el cerebro. Reacciones vitales, de alimentación y defensa. Deben ser reacciones rápidas, por eso automáticas, aunque no siempre igual de complejas. En el hombre, además, las emociones se hacen conscientes. Esa sensación consciente son lo que llamamos sentimientos. Llegados a este punto, el autor entre en el aspecto crucial del libro, al que ha llegado progresivamente y aclarando los elementos esenciales para que el siguiente pueda abordarse. Dice Mora que es fácil pensar en el cerebro y concebirlo incluso en su complejidad. Pero no es lo mismo cuando pensamos en lo que llamamos mente: percepciones, emociones, pensamientos, memoria, conciencia y autoconciencia. Para hablar de ello utilizamos el lenguaje de la Psicología. Desde siempre se ha mantenido una separación clara entre estos dos mundos, por un lado el cerebro material, ocupando espacio y tiempo, fenómeno universal y asequible al método científico. Por otro, el mundo mental o del espíritu, ocupando solamente tiempo y restringido a la intimidad del individuo y en consecuencia único. La cuestión esencial que se plantea, en términos llanos y directos es: «¿cómo se pasa de la física y la química de mi cerebro (procesos cerebrales) a la conciencia del mundo que me rodea con sus formas, sus colores y sus movimientos (procesos mentales)? ¿cómo es que al cerrar los ojos se pasa a poder recrear en mi mente de modo consciente y sin presencia física directa los aconteceres de este mundo?». Ha habido y hay, evidentemente, muy diferentes enfoques sobre este problema, cada uno con importantes repercusiones en cuanto a lo que significan en nuestra concepción del mundo, de la realidad en que vivimos o nos construimos. Por ejemplo Eccles, un gran neurobiólogo, sostiene que la mente está hecha de una sustancia espiritual que se apoya en una estructura material; Sperry señala que es un producto del cerebro, sí, pero emergente e irreductible a éste. Los fenómenos mentales subjetivos serían realidades primarias y potentes tal cual son experimentadas por el sujeto. Para Vernon Mountcastle, la vida psíquica serían los propios procesos cerebrales. El gran paso es, pues, admitir que los procesos mentales son procesos cerebrales. De ello, podrían ser eventualmente reducibles a procesos físicos medibles, a cambios celulares y moleculares de los circuitos cerebrales. El cerebro es un órgano neuronal plástico, lo que significa que el procesamiento neuronal produce un cambio constante en el propio procesador. Los cambios plásticos se generan en neuronas y vías neurales que producen neurotransmisores y activan receptores y que a su vez la actividad de éstos activa genes y esto genera nueva síntesis de proteínas, nuevos receptores y otros componentes de membrana con un resultado final consistente en cambios bioquímicos, morfológicos y fisiológicos de neuronas y actividad de circuitos. En esta vía dinámica, el mundo de la física y la química cerebral se transforma en bioquímica y después en anatomía, fisiología y conducta como un continuum. Así pues, bioquímica, anatomía y fisiología no pueden seguir siendo concebidos como compartimentos cerrados y estancos, sino como una línea continua a través del espacio y el tiempo. Esto no quiere decir que el proceso bioquímico sea la conducta, ni que la conducta se pueda determinar por un sencillo proceso, pues es producto de complejas interacciones en espacio y en tiempo. Pero recordemos que las drogas funcionan alterando la conducta. La cuestión, es, entonces, aceptar que lo que llamamos mente, los procesos mentales, emergen de la compleja actividad cerebral. La relación entre un proceso y el emergente se analiza utilizando ejemplos. La mente no existe, existen los procesos mentales: actividad neural que cambia con el tiempo (códigos en patrones de tiempo) en circuitos interconectados y distribuidos a lo largo y ancho del cerebro. Los procesos sensoriales son los que nos permiten un acercamiento más claro sobre la ambivalencia de las sensaciones. Por ejemplo, el dolor. El mismo fenómeno se puede describir de dos maneras, en términos neurobiológicos o se puede hacer el relato de lo que se siente y percibe conscientemente, en lenguaje corriente o en lenguaje psicológico. A su vez, integración de la sensación, con su historia, sus características personales, que sería parte del proceso que se elabora a nivel cerebral. Creo personalmente, que, indudablemente se plantea un problema que parece ser centro de la confusión. Es la cuestión de lo subjetivo, el sujeto que conoce, que tiene conciencia, es a la vez el sujeto de conocimiento. Lo cierto es que mis sentimientos son también actividades biológicas de mi cerebro. Pero eso no quita que se analice ese aspecto de mi actividad cerebral, de diferente nivel -compuesta también por la actividad que es lo que yo siento y percibo conscientemente-con otras técnicas que no las anatómicas, fisiológicas, etc. Tenemos una forma de abordaje con sus características, que trabaja con los aspectos de sentir y actuar en relación con el sentir y lo que el sujeto dice. Y aquí entra el lenguaje, otro elemento esencial por su capacidad de construir otra complejidad parte de sus bases neurobiológicas. Un proceso determinado se compone de todo eso, incluido cómo se articula en lenguaje. Pero podemos analizar los diferentes aspectos con distintas técnicas, tal como se utilizan distintas técnicas para los otros aspectos. Mora piensa que la vía a seguir, por el momento, es mantener el diferente nivel de análisis y conocimiento: las neurociencias y la Psicología o mundo mental. Dos planos o niveles de una misma realidad, «como el análisis de una eventual interrelación entre los mismos ». Creo, personalmente, que no puede haber interrelación en lo que es lo mismo, el mismo proceso. La interrelación será dentro del proceso entre diferentes aspectos, como si fuera entre los conjuntos neuronales de la sensibilidad, los integradores de la sensación de dolor, los que añaden el toque de la memoria y los de los aspectos emocionales. Todos a la vez, pero nosotros, el ser que vive el fenómeno o actividad tiene conciencia de parte de esa actividad. El propio mecanismo tiene la característica de que una parte propia es la sensación de conciencia de parte del mecanismo. En definitiva, nos explica Mora, los procesos cerebrales son los procesos mentales, siendo su diferencia el plano o nivel de análisis de uno y otro fenómeno y del lenguaje utilizado para dar la explicación a cada nivel. El problema nace del acercamiento posible entre niveles de explicación. Y el autor considera que, posiblemente el futuro exija que se vaya construyendo un código traductor de uno a otro lenguaje. La conciencia sería, indudablemente punto central del problema de la mente. En general, los neurobiólogos consideran que a esta altura del conocimiento, y en este plano de abordaje, la conciencia sólo puede definirse en términos simples: «Conciencia es lo que usted tiene si está despierto y lo que usted pierde en sueño profundo o bajo anestesia y recupera de nuevo al despertar», dice Gerald Edelman; «Conciencia, ser consciente, quiere decir estar despierto, darse cuenta de las cosas en el mundo que rodea al individuo y actuar sobre ellas para mantenerse vivo [...]; en el hombre, además, esta propiedad se extiende a darse cuenta de su propia existencia y de sus propios pensamientos y emociones» (Mora y Sanguinetti, 1994); «Conciencia quiere decir, por tanto, no sólo estar despierto, sino tener una vida interior, no expresada en la conducta y en el mundo. Conciencia es estar vivo por dentro, recrear el mundo en el interior de ti mismo y darle un significado», nos dice aquí el autor. Y manifiesta claramente su posición: «La razón por la que no se puede analizar la conciencia en términos de procesamiento de información o manipulación simbólica es que la conciencia es una propiedad intrínseca a la biología del sistema nervioso, en tanto que el procesamiento de información y la manipulación simbólica está en relación a un observador externo al sistema». Para aceptar esta posición quizás sea necesario perder el respeto mágico, religioso, por la conciencia, el alma, el espíritu tal como ha sido considerado. No hay por qué admirar menos la creación o el comportamiento humano porque sea suyo, porque se genere en su cerebro y sus neuronas. Seguramente es esa cualidad de tener conciencia y autoconciencia la que nos hace sentir el proceso como dualista. Mora concluye que la conciencia es un tema que hay que tomar seriamente como un fenómeno biológico, y que es producida por los procesos neuronales. Se intentará explicar, entonces, en que experiencias y experimentos se basan estas ideas, cuáles son los indicios y estudios que apoyan estas concepciones, e incluso cómo se proyecta proseguir ese estudio, a que diferentes niveles y cuáles son las sistemáticas programadas. Entraremos sólo en algunos aspectos que ayuden a comprender en algo, el camino. El sistema visual ha sido siempre un campo especial para el estudio de la complejidad de nuestras sensaciones, desde los trabajos pioneros de Hubel y Wiesel hasta los de Zeki. Veamos lo que dice Mora: «La conciencia es una característica intrínseca a la organización de, por ejemplo, el movimiento y el color y también de muchos otros sistemas neurales, aunque no de todos. No hay color a manos que yo lo vea y yo no lo puedo ver si no soy consciente. No hay percepción consciente a menos que ciertas organizaciones neurales estén intactas y funcionando normalmente y es una característica de esas organizaciones neurales el que poseen conciencia [...]; una revisión de los datos experimentales y clínicos sugiere que para la percepción consciente de un estímulo visual y por tanto para la adquisición de conocimiento acerca del mundo visual es necesaria la actividad simultánea de muchas áreas visuales, y a menos que esta condición sea satisfecha, el estímulo visual no alcanzará nunca la conciencia [...] parece lógico que la toma de conciencia del estímulo visual se haga posible no sólo por la actividad simultánea y correlacionada de neuronas en las diferentes áreas visuales, sino también por las reuniones y reentradas entre ellas». Está claro que porque un circuito neuronal tenga ciertas propiedades, que reaccione frente a estímulos luminosos, por ejemplo, signifique que las neuronas individuales que componen el circuito sean capaces, ellas mismas, de ver en color. Este análisis nos aproxima a una mejor comprensión de la complejidad de las sensaciones y percepciones, sus variaciones y diferencias dependiendo de enorme cantidad de variables ambientales y personales. Y al punto esencial, las propiedades emergentes de esos circuitos y actividades neurales. Mora ofrece un ejemplo que considera especialmente demostrativo para que se comprenda lo que se quiere decir con las propiedades emergentes, que son propiedades propias, pero que establecen un nuevo nivel. Es el ejemplo del agua. De ellos se obtiene una molécula muy particular que llamamos agua, diferente a sus componentes. Las leyes que rigen las propiedades del agua son diferentes a las que rigen el comportamiento del oxígeno y el hidrógeno antes de unirse para formar agua. De la unión emergen, pues, de alguna manera, nuevas propiedades. Pero no podemos por ello pensar que esas nuevas propiedades no tiene nada que ver con su substrato molecular. Y que esa realidad podría ser también susceptible de ser descrita a nivel matemático del comportamiento atómico-molecular. Es coherente pensar que cada nivel de descripción requiere de un lenguaje diferente, pero a la postre todo ello refiere a una sola realidad o identidad que se llama agua. La integración y el entendimiento de niveles y entre niveles es la piedra angular de lo que hemos querido expresar como los fundamentos de una teoría o hipótesis del conocimiento unificado. Nos dice el autor que ninguna teoría neuronal de la conciencia lo explicará todo sobre la conciencia. Por ello los neurobiólogos consideran que es mejor intentar construir una hipótesis general, experimentando sobre algunos de los componentes dominantes del proceso, avanzando en la construcción de modelos cada vez más complejos. Se ha dado la señal para estudiar experimentalmente la conciencia. Pero estamos al comienzo y hay poco consenso. Sin embargo esto no quiere decir que no existan teorías apoyadas en estudios experimentales que intentan desbrozar los posibles mecanismos neurobiológicos de la conciencia. Afirma Mora que Crick así como Edelmann y Tononi han llegado a la conclusión de que la conciencia depende crucialmente de alguna forma de la memoria a corto plazo y también de mecanismos atencionales seriados. Un acto de atención sería un acto complejo que requiere de la emoción y de la motivación. La misma base que el aprendizaje y la memoria. No se puede ser consciente de dos escenas al mismo tiempo. El acto de conciencia sería un acto único en el tiempo y el espacio: una escena única. De ahí que nuestra conciencia dependa de una serie de mecanismos atencionales seriados, secuencia de actos de conciencia. La captación y creación de un precepto se realizaría mediante la integración a niveles neuronales. Este acto de conciencia es el que llevaría consigo la subjetividad. Se formaría una conciencia dinámica: una serie de actos singulares y diferenciados que se suceden en el tiempo. Para construir esas conciencias dinámicas se necesita, además, la memoria a corto plazo, para mantener el recuerdo del episodio consciente. Cada acto de atención, que da lugar a un acto perceptivo consciente debe ser puesto en memoria a corto plazo, sea la memoria icónica (menos de un segundo) o propiamente la memoria a corto plazo o de trabajo (unos pocos segundos) Ello permitirá el proceso por el que las sinapsis activadas durante la evocación consciente de un determinado objeto se vean reforzadas y puedan recordarse de inmediato. Esta teoría se apoya en estudios experimentales, aunque es expresada con toda la prudencia. Pero lo cierto es que los procesos sensoriales nos permiten tener ejemplos muy demostrativos. Por ejemplo el caso de la visión ciega. Se puede ver sin conciencia de ver. Sólo si el área visual estriada V1 funciona se es consciente de ver, lo que quiere decir, para el individuo, que ve. Si no, no sabe que ve y, para él mismo, no ve. Hay múltiples agnosias y fenómenos semejantes que nos demuestran lo imprescindibles que son una serie de mecanismos para ser consciente de simplemente lo que llega por nuestros sentidos. Cuando se mira un simple objeto el cerebro requiere de una unión temporal de la actividad de todas las neuronas que forman los diferentes circuitos que codifican para las diferentes características que componen ese objeto. Según Zeki, la conciencia visual sería una propiedad biológica o ingrediente más de la organización neural cortical que procesa activamente la información visual y no un proceso separado y posterior a este procesamiento. En definitiva, nos dice Mora, se necesita una teoría que unifique el conocimiento. Las ciencias del hombre son como una Torre de Babel con mucha gente trabajando y hablando muchas y diferentes lenguas, sin entenderse unos con otros. Ha llegado el momento de que las neurociencias y las neurociencias cognoscitivas intenten una síntesis y construyan puentes entre niveles de análisis, aproximando lenguajes para un mejor entendimiento de esa única realidad que es el hombre. Creo que el autor, además de indicarnos un rico camino experimental que se abre por delante, y también, claro está, de análisis y reflexión, a realizar con toda prudencia, pero sin antiguos miedos, es que estamos ya, por conocimientos, no sólo específicos, sino por cosmovisión, en el momento de enfrentar ese tótem y/o tabú de la mente. Nada perderemos, creo, ni en pensamiento ni en creación artística, ni en valores morales, por comprender y aceptar que los seres vivos somos uno, con toda una serie de características entre las que se encuentra esa especial capacidad de nuestro cerebro humano, lo que llamamos mente, en toda su extensión.
LA SALUD EN LA ESPAÑA MEDIEVAL Bertha M. Gutiérrez Rodilla LUIS GARCÍA BALLESTER, La búsqueda de la salud. «Nascen por sí, sin regarse de agua» Por más que las rosas silvestres -nos lo recuerda el libro ante el que nos encontramos, a propósito del Liber Servitoris de Albucasis-nazcan «por sí, sin regarse de agua», no es ése, desde luego, el caso de la magna obra compuesta por Luis García Ballester, colofón de una serie de trabajos realizados a lo largo de toda una vida profesional dedicada al estudio de la historia de la medicina, en especial aunque no solamente, la medieval. Quien se acerque a este libro, impecable en su escritura, y decida dejarse atrapar por entre sus páginas -¡que son 718, nada menos!-, comprenderá enseguida que es el resultado de un minucioso trabajo en el que se combinan a la perfección el rastreo de datos por un sinfín de archivos y bibliotecas, el análisis juicioso de los mismos, la visión contextualizadora y erudita de quien domina el panorama de los siglos bajomedievales y el rigor y la frescura de aquél que está al tanto de las diferentes corrientes de la historiografía médica internacional. Ciertamente no es éste un producto del desierto. Dos son, a mi juicio, las notas definitorias de este libro: situándose en un lugar privilegiado de observación, García Ballester mira hacia atrás y realiza una tarea de recopilación y de síntesis de todos los trabajos publicados -muchos, de su propia autoría-relacionados con el tema que le ocupa, a los que pasa por el tamiz de lo que él ha aprendido y reflexionado a lo largo de muchos años. Eso le permite ofrecernos una visión completa y ponderada del mundo de la medicina en el medievo castellano: la teoría y la práctica médicas, los modelos de formación de los distintos sanadores, los diferentes grupos profesionales relacionados con la salud, etc. Es, pues, una obra de carácter enciclopédico y recapitulatorio. Pero, a pesar de ello, la curiosidad intelectual de su autor le lleva a mirar, desde ese punto medio donde se ha situado, también hacia delante y abrir numerosas vías para futuras investigaciones por medio de diversas preguntas que deja en el aire y de múltiples pistas que conducen al lector a través de senderos por los que nadie ha transitado. Es, por tanto, una obra que no está cerrada, sino que ofrece infinitas posibilidades para nuevos y sugerentes proyectos de investigación de los que se convierte en punto de partida obligado. Desde el comienzo de La búsqueda de la salud queda patente el interés de su autor por poner de manifiesto la desigualdad que existe en lo que a los estudios sobre esta época -mediados del siglo XII a principios del XVI-y este espacio geopolítico -la Corona de Castilla-se refiere. Algo que ha originado esa escasa presencia de Castilla en las historias de la ciencia o de la medicina, más allá de la hazaña traductora toledana, así como el convencimiento entre los españoles de la existencia de un vacío de actividad científica hasta mediados del XVI en que el humanismo médico y científico volvieran a despertar la ciencia en nuestro país. Desigualdad que, por otra parte, se ha venido justificando por la falta de documentación conservada para el periodo medieval en Castilla. García Ballester se encarga de demostrar una y otra vez a lo largo de este libro que es preciso acabar con estos dos tópicos. Así, se detiene en comentar la existencia de un activo foco de actividad científica en el primer tercio del siglo XIII en Santiago de Compostela en el que estuvieron implicados la corte arzobispal y los recién fundados conventos de franciscanos y dominicos; el desarrollo de nuevos centros, ligados a estas mismas órdenes religiosas, a lo largo del siglo XIII por todo el territorio castellano: Toledo, Sevilla o Zamora, sitio éste donde el franciscano Juan Gil desplegó una intensa actividad intelectual que culminó con la composición de su enciclopedia del saber Historia naturalis; la importancia indiscutible de Sevilla como núcleo principal de Castilla durante el siglo XIV, tanto en filosofía natural como en medicina, muy en relación con la actividad llevada a cabo en su sede episcopal y en su próspera comunidad judía. No se olvida tampoco de señalar la singularidad del Monasterio de Guadalupe (Cáceres) -estudiado ya hace tiempo por G. Beaujouan-, convertido en la segunda mitad del XV en centro de enseñanza médico-quirúrgica único y novedoso en Europa por girar en torno a la cama hospitalaria y a una botica con los elementos necesarios, librescos y técnicos, para el ensayo y aprendizaje de la confección de medicamentos. Como repara también en la importancia del Monasterio de Prado (Valladolid), regentado por jerónimos como el de Guadalupe, donde estuvo instalado el taller de impresión de Arnao Guillén de Brocar, desde el que se introdujo en Castilla la versión castellana de libros tan importantes para los boticarios como el Compendium Aromatariorum de Saladino de Ascoli o el Liber servitoris de Albucasis. Mención especial en el sentido en que estamos hablando, merece el capítulo sexto de La búsqueda de la salud, dedicado por completo a la Farmacia, «La Çiençia y el ofiçio de la Boticaría». En él se aborda el estudio del origen del oficio de boticario y su evolución en los siglos bajomedievales, su presencia en los territorios castellanos, su organización en los medios urbano y rural, el control social de su actividad, su relación con médicos y cirujanos, la preparación y la dispensación de los medicamentos..., cuestiones todas ellas apenas o nada exploradas para este contexto geográfico concreto. Por otro lado, aun reconociendo la escasez de documentación que permita reconstruir la historia médica de la Castilla medieval -especialmente, si se compara con la riqueza documental preservada en los distintos territorios de la Corona de Aragón-, García Ballester acaba con el segundo de los tópicos porque deja claro no sólo que cuando uno busca las fuentes con ahínco, acaba encontrándolas, sino sobre todo, que los materiales hay que someterlos a un riguroso trabajo y que únicamente sabe interpretar y relacionar los datos quien dispone del conocimiento y de los instrumentos intelectuales suficientes para hacerlo; es decir, muchos de esos datos que presenta ya estaban ahí hace tiempo, pero no habíamos sabido leerlos o ni siquiera nos habíamos molestado en hacerlo. Así, por poner un ejemplo muy sencillo, con sólo leer el prólogo que Juan de Aviñón antepuso a su versión hebrea del tratado de Bernardo de Gordon, uno puede saber el año en que se concluyó la misma y corregir la fecha que Steinschneider puso en circulación, repetida después por todos los investigadores. A propósito de este segundo punto, es una lástima que al final de La búsqueda de la salud, no se recojan en forma de listado todos los archivos y bibliotecas visitados así como los manuscritos consultados, aunque de ellos se vaya dando noticia explícita en las notas a pie de página. Tal proceder, que nos hubiera permitido comprender de un golpe de vista la magnitud de la obra ante la que nos encontramos, facilitaría además de forma extraordinaria las investigaciones futuras. Al menos esto se ha paliado con la inclusión de un índice onomástico y de una completa bibliografía. Un Leitmotiv de este libro es esa preocupación tan propia de los medievalistas por rebajar todo lo posible la discontinuidad entre los periodos convencionales Edad Media y Renacimiento, así como por mostrar una vez más que la obscuridad medieval tan sólo es un reflejo de nuestra falta de conocimiento. El mejor ejemplo de lo primero, creo, son las palabras que acompañan la reflexión que, en los años centrales del siglo XVI, se hacía Andrés Laguna sobre la necesidad que tenía el médico de conocer las medicinas simples como paso imprescindible para un buen uso de las compuestas: «Andrés Laguna [...] no expresa una nueva actitud propia de un renacimiento, que permitió superar una supuesta vieja postura, plagada de errores (depravatae), propia de los barbari medievales, como tendenciosamente proclamaron algunos de los clásicos italianos del llamado «humanismo científico» del siglo XV [...] y, entre nosotros, Antonio Nebrija [...]. Laguna no hizo sino recoger la tradición bajomedieval de los tratadistas de simples y de los antidotaria, así como la doctrina habitual entre los médicos, donde era un lugar común la necesidad que tenía quien administraba las medicinas, de conocer los medicamentos simples para abordar los compuestos [...]» (pp. 607-608). Como ejemplos palmarios de lo segundo, entre los infinitos que pueblan La búsqueda de la salud, me permito señalar las que García Ballester considera las dos novedades más importantes de la medicina del sur de la Europa latina entre los siglos XII y XIV: el basar la práctica médica en la filosofía natural aristotélica -asunto éste que ocupa numerosas páginas de este libro y que su autor ya había tratado en diversas ocasiones-y el nacimiento, también en la Corona de Castilla como ocurrió en otros lugares, de una red de asistencia sanitaria basada en el galenismo, formada por físicos, cirujanos, barberos, boticarios..., así como de las medidas tomadas por parte de la sociedad para controlar en lo posible la calidad de la misma. Más que la salud es la figura del sanador, en todos los aspectos en que ésta puede estudiarse y valorarse, la que protagoniza la mayoría de las páginas que componen esta obra y la que nos conduce a modo de hilo argumental a través de la misma. De este modo, se ocupa -como no podía ser de otra forma-de la procedencia religiosa de los distintos sanadores que ejercieron su actividad en los territorios de Castilla (cristianos, judíos, mudéjares) y el modelo asistencial que desarrollaron, siempre dentro del marco del galenismo, denominador común doctrinal a las tres culturas; sistema asistencial en el que tenía cabida una medicina para ricos y otra para pobres, pero donde existía también a lo que García Ballester se refiere como paternalismo asistencial, es decir, la posibilidad de que los sanadores que se ocupaban de los grandes señores lo hicieran también de las personas que estaban a su servicio. Atiende, igualmente, al sistema en el que se instruían los distintos artífices de la salud, que podía ser bien la institución universitaria o bien lo que García Ballester llama el sistema abierto, válido para formar, no sólo médicos, sino también cirujanos, barberos, sangradores y boticarios y único posible entre los miembros de las comunidades mudéjar y judía, -y para las mujeres-, que tenían prohibido el acceso a la universidad. Sistema abierto especialmente necesario en la Corona de Castilla, dado que la institución universitaria, además de no proveer más que unos pocos -dos o tres-licenciados por año y no todos los años, se quedó limitada a la zona septentrional -las dos antiguas universidades de los reinos de León y de Castilla, Salamanca y Valladolid-, lejanísima de los territorios del sur, de Sevilla a Murcia, densamente poblados y prósperos. Así mismo reclaman la atención del autor de este libro las medidas adoptadas por la sociedad para intentar controlar la calidad de la práctica asistencial: cómo la validación social de esa práctica venía determinada, en cualquiera de los modelos, por el éxito o fracaso de la relación entre el sanador y el enfermo, aunque era especialmente importante, por razones obvias, en el sistema abierto; de qué manera, con el andar del tiempo, la ichaza pasó de ser un certificado docente que permitía explicar un determinado libro a ser un certificado de práctica médica donde se recogía el testimonio favorable de un buen número de enfermos respecto a un determinado sanador, al que se acompañaba o no el testimonio del maestro junto al que tal sanador se hubiera formado, todo ello autentificado por un notario o persona de autoridad en la comunidad; el valor de la ichaza, que los sanadores del sistema abierto guardaban celosamente y llevaban consigo como si fuera un título o diploma, pues era la única prueba que respaldaba sus conocimientos y su experiencia y que los candidatos -cristianos, musulmanes o judíos-presentaban ante los tribunales examinadores de médicos convocados por la autoridad municipal o real; de qué modo los tribunales examinadores controlaron la capacidad de ejercer de médicos y cirujanos, boticarios, especieros, algebristas... y protagonizaron algunas de las más sórdidas historias de corrupción y arbitrariedad que tuvieron lugar entonces, de las que el capítulo quinto de La búsqueda de la salud, se hace amplio eco. Son también objeto de reflexión y estudio para García Ballester las relaciones, difíciles desde luego, que se daban entre los distintos tipos de sanadores provenientes de un sistema u otro de formación, o de unas y otras comunidades religiosas, que competían por hacerse un hueco en el mismo espacio, así como las que se establecían entre ellos y la sociedad -corporaciones municipales, cabildos catedralicios, familias particulares-. Estas relaciones, que se irán plasmando en forma de contratos y que darán lugar al nacimiento del sistema de igualas -todavía presente en nuestro sistema de atención médica del siglo XXI-, fueron expresión de la nueva mentalidad comercial propia de las burguesías urbanas, que hicieron de la salud-enfermedad una mercancía cambiable por dinero hasta convertir a la medicina en fuente de riqueza para quienes la practicaban. No podía faltar, finalmente, en una obra de este tipo, el detenerse a analizar con hondura la producción científica surgida en torno al peculiar mundo de la salud en aquellos siglos y en aquellas tierras. Análisis que se hace, como ya hemos comentado para otras cuestiones tratadas en la obra, desde todas las perspectivas desde las que puede llevarse a cabo. De esta manera, García Ballester pasa revista a los escritores, su origen -cristiano, judío o converso-y su formación, haciendo especial hincapié en la debilidad de la institución universitaria en Castilla que habría originado una escasez de producción intelectual original; lo que contrasta con la presencia importante de la producción extraacadémica. En este sentido, sin embargo, es encomiable la tarea realizada para tratar de rellenar huecos y de reconstruir lo ocurrido en los Studia castellano-leoneses, especialmente, en la Universidad de Salamanca. Examina, igualmente, los contenidos de las obras -el galenismo en todas sus facetas y cuál fue su evolución a lo largo de los distintos siglos medievales, la relación teoría-praxis, la fundamentación proporcionada por la filosofía natural a la práctica de la medicina, la astrología médica, el «reflujo» de la escolástica, etc.-y los géneros a los que pertenecen: recetarios y listas de simples, sinonima, regímenes de salud, historias clínicas, florilegios, apuntes de estudiante... Rastrea el eco que pudieron alcanzar textos y autores importantes presentes en otras latitudes, como Arnau de Vilanova por ejemplo, figura fundamental en la construcción del nuevo galenismo acaecida en la última parte del siglo XIII, proceso del que las universidades castellanas no participaron hasta el siglo XV. La producción escrita la estudia también a la luz de las lenguas, asunto de extraordinaria importancia en la época y el contexto geopolítico tratados, por haber convivido entonces lenguas clásicas como el latín, el árabe y el hebreo, vehículos privilegiados de expresión de las tres comunidades religiosas presentes en tal contexto, con el castellano, lengua vulgar que comenzaba su singladura hacia la conversión en lengua apta para la transmisión especializada. Lleva a cabo un impagable esfuerzo por mostrar toda la diversidad de géneros cultivados en romance, al que acompaña de su correspondiente justificación y sopesa la importancia de las traducciones y de las obras traducidas, tratando de buscar argumentos que expliquen las posibles ausencias o lo tardío, en ocasiones, de algunas presencias. Este estudio de la producción intelectual se completa con una mención especial al mecenazgo, cuya importancia sobre la función social de los científicos y sobre su propio discurso ha puesto de relieve la historiografía reciente. Como nos señala García Ballester, en el contexto castellano, la relación ciencia/poder se hace especialmente interesante y compleja -unión de las Coronas de Aragón y Castilla, creación y etapa inicial de la Inquisición, expulsión de los judíos, nuevas relaciones con los nobles, penetración en los círculos del poder de los médicos conversos, introducción de la imprenta, conquista de Granada, aventura atlántica-, pero es una relación, huelga decirlo, apenas explorada y que necesita que se le preste mayor atención desde esta óptica. Como ya hemos dicho, buena parte de este libro es el resultado de la recopilación y síntesis de trabajos anteriores. Eso que, en líneas generales, es positivo tiene también algunas repercusiones negativas sobre la estructura de la obra y sobre su lectura. De un lado, se producen desequilibrios en la atención que se dispensa a unas y otras materias, autores o textos, como es -creo que éste es el caso más claro-, el dedicarle 18 páginas al Kitab al-tibb al-qastali al-maluki (Libro de la medicina castellana regia), sobre el que García Ballester ya había publicado un artículo; realizado con C. Vázquez de Benito, no existiendo ningún otro texto al que se le consagre ni la mitad de esas páginas en esta obra. De otro lado, se originan algunas repeticiones, no sólo de ideas -lo que puede llegar a ser hasta de agradecer-, sino de sucesos -como la acusación, por ejemplo, del boticario Antonio Baruque por parte de Juan Ruíz de Santa Cruz, que se nos cuenta en las páginas 544 y 622-y de citas textuales idénticas -compárense, por ejemplo, la incluida en las páginas 125-126 con la de la nota 117 de las páginas 266-267, o la cita textual, y la idea a la que acompaña, presentes en las páginas 622 y 640. Cuando uno acaba de leer el libro siente que hay ciertas informaciones que se le han contado más de una vez y tiene la impresión de que falta una última lectura de conjunto que le hubiera permitido al autor -pero sólo al autor-suprimir algunos párrafos y darle a su obra el apresto final que, en ocasiones, parece faltarle; lectura que, imagino, por razones que todos conocemos, no se pudo llevar a cabo. Posiblemente hayan sido esas mismas razones las que hayan conducido a los editores de Península a no mostrarse tan rígidos como lo son con otros autores que han publicado en esta misma colección (Historia, Ciencia, Sociedad), permitiendo que las referencias bibliográficas se repitan de forma completa una y otra vez en los piés de página. Si hubieran aplicado su criterio habitual -sólo apellido del autor y año de publicación-, las 718 páginas de este libro se hubieran reducido considerablemente, con lo que sería más manejable y asustaría menos su lectura. Todo esto son minucias, sin duda, ante la calidad y la fuerza de La búsqueda de la salud que, ni le quitan mérito a la tarea esforzada, desinteresada -y tediosa, supongo-de Jon Arrizabalaga, a quien debemos agradecer que el libro finalmente haya podido ver la luz, ni le resta un ápice de riqueza al valioso legado que nos deja Luis García Ballester.
En el presente trabajo se reseña un folleto del médico y naturalista aragonés Baltasar Boldo que, por su escasa difusión, parece haber pasado inadvertido hasta el presente, a pesar de que aporta datos de cierto interés sobre su vida y su contribución a la ciencia. El trabajo fue localizado entre los folletos del naturalista coruñés José Cornide Saavedra (1734-1803), en el Archivo del Reino de Galicia (La Coruña) 1. El nombre de Baltasar Manuel Boldo Tuced figura en general ligado a la Real Comisión de Guantánamo (1796-1802), viaje exploratorio a Cuba proyectado por el Conde de Mopox con el principal objetivo de trazar un canal desde los montes de Güinas, al oeste de la isla, hasta el puerto de La Habana, para facilitar el transporte de la madera, requerida en grandes cantidades para la fabricación de buques de guerra 2. Por recomendación del intendente del Real Jardín Botánico, recayó en Baltasar Boldo la tarea de examinar las diversas clases de madera y estudiar las plantas recolectadas en la expedición, si bien, por propio interés del naturalista, se ampliaría su cometido al estudio de otras producciones natura- A pesar del protagonismo desempeñado por Boldo en esta Comisión, que lo ha hecho merecedor de diversos estudios biográficos, son muchas las lagunas que se mantienen en torno a su vida y su actividad científica 4. En esta ciudad realizó sus primeros estudios, de Teología, y en ella alcanzó el grado de Bachiller en Medicina, tras cuatro años de formación en la Universidad de Valencia. Más tarde revalidó el título en Madrid y obtuvo por oposición la plaza de Médico de Entradas en los Reales Hospitales General y de la Pasión de Madrid. Ejerció la Medicina en Zaragoza, obteniendo brillantes resultados, hasta 1793, año en que fue nombrado médico de número de los Reales Ejércitos con destino en el Hospital de Palamós. Hizo tres campañas (hasta 1795), prestando importantes servicios que le valieron el título de Protomédico de Rosellón y Consultor Perpetuo. Su curiosidad científica le llevó además a realizar diversos trabajos químicos, botánicos y epidemiológicos en Cataluña y Baleares, que determinaron su ingreso, como Miembro Correspondiente, en el Real Jardín Botánico de Madrid y en la Academia de Buenas Letras de Barcelona. En 1796 fue elegido para observar las virtudes de las plantas cultivadas en el Jardín Botánico madrileño, tarea que simultaneó con la atención médica del personal del centro. Sin embargo, se dedicó poco tiempo a estas actividades, ya que en el mismo año, el Gobierno lo incorporó como primer botánico a la mencionada comisión científica a Cuba. La expedición partió del puerto de La Coruña el 3 de diciembre de 1796, a bordo de la fragata El Rey mandada por Pedro Núñez y en la que viajaban, además del propio conde de Mopox, los naturalistas José Guío, Francisco Remírez y Félix Bourman, diversos ingenieros y varios empleados militares 6. Llegó a Cuba en febrero de 1797, tras una escala de varios días en Santa Cruz de Tenerife, forzada por los fuertes temporales. En los dos años siguientes -falleció en La Habana, de forma inesperada, el 31 de julio de 1799recolectó plantas y animales, exploró la parte occidental de la isla acompañado por Martín de Sessé, realizó un viaje de carácter científico a Estados Unidos y redactó parte de una obra sobre la flora cubana, que permaneció en forma de manuscrito hasta hace unos años 7. Esta breve introducción nos ayudará a comprender las circunstancias en que fue elaborado el folleto de veinte páginas que reseñamos, titulado «Producción marítima particular, observada en La Coruña», y que fue publicado en 1797, en la imprenta de Ignacio Aguayo, en Santiago de Compostela. La producción marítima a la que se refiere el título no es sino una cápsula cerrada de un huevo de raya, que el naturalista recolectó en la bahía del Orzán, en la ciudad de La Coruña, después de «los fuertes Noroestes, que reynaron en esta Ciudad en el 16, 17 y 18 de este mes de Noviembre», ----3 Gomis Blanco & Pelayo López, op. cit., p. 4 Los datos biográficos de Boldo pueden consultarse en M. Colmeiro, La botánica y los botánicos de la Península Hispano-Lusitana. Estudios bibliográficos y biográficos, Madrid, Imp. M. Rivadeneyra, 1858, pp. 186-187, y especialmente en los diversos estudios de V. Martínez Tejero: Botánica aragonesa. 5 Francisco Guerra, en su Bibliografía médica americana y filipina, Madrid, Ollero & Ramos, tomo 2, 1999, p. 323, señala 1746 como su fecha de nacimiento pero no indica las fuentes consultadas. 6 Gomis Blanco & Pelayo López, op. cit., p. 7 El manuscrito lleva el título Descripciones de diferentes géneros y especies de plantas de la isla de Cuba que ha examinado la Comisión Real de Guantánamo. En 1984 se publicó en Madrid, Turner, la parte iconográfica, con el título Flora y fauna cubanas del siglo XVIII: los dibujos de la expedición del conde de Mopox, 1796de Mopox, -1802.. que «alteraron la mar, de tal suerte que las olas como montañas venian á estrellarse con grande estruendo en las rocas de las orillas, subiendo las aguas á alturas grandisimas» [p. Como consecuencia de este intenso temporal «murieron muchos pescados estrellados contra las peñas, y la resaca traxo á la orilla infinidad de Fucus, algas, Coralinas, Conservas, conchas, y otras producciones habiendo salido entre ellas un huevo de los que queda» [p. Estos detalles y su fecha de publicación nos hacen suponer que el trabajo fue redactado en La Coruña, a finales de noviembre o en los dos primeros días de diciembre de 1796, es decir, en los días previos a su partida a Cuba en el seno de la referida comisión. Este hecho se confirma con la explicación de la portada, en donde el autor figura como «Filosofo Medico Naturalista. Comisionado por S.M. para la expedicion del Señor Conde de Mopox y Jaruco, en la Isla de Cuba». Se trata, por lo tanto, de la primera contribución llevada a cabo por la Real Comisión de Guantánamo, y una de las pocas publicadas, ya que a pesar de los interesantes hallazgos, que fueron la base de numerosas láminas de dibujos de plantas y animales, los resultados de la expedición permanecieron en general inéditos8. En el estudio que presentamos, Boldo se propone aclarar la auténtica naturaleza del objeto descubierto entre las algas de los arribazones de La Coruña. Advierte que no se trata de una producción extraña; al contrario, «es bastante común en las Playas que circundan la España por la parte del Mediodía en las Islas del Mediterráneo, en las Costas Norte, y señaladamente en el seno del Orzán, uno de los mas inmediatos à esta famosa Capital de Galicia» (pp. 1-2), a pesar de lo cual, todavía existía una gran confusión en torno a su auténtica naturaleza, que había suscitado las más diversas interpretaciones por parte de los naturalistas, como reflejaban los nombres con los que era conocida: «Hablo de una producción llamada en las costas españolas del Mediterráneo Escarabajo marítimo, en las del oceano Murciélago de mar, y entre algunos naturalistas Fucus vegigoso» (pp. 2-3). Para resolver la incógnita de su naturaleza, realiza, en primer lugar, una descripción morfológica de un ejemplar, en la que sólo se echa en falta referencias al tamaño de la cápsula, que le lleva a señalar lo inapropiado de estos nombres populares, pues saltaba a la vista que no se trataba ni de un insecto ni de un murciélago: «Mayor probabilidad tuvieron los que lo reputaron por un Fucus vegigoso. Lo primero, porque hay algunos de estos que (aunque menores) tienen vegigas semejantes à las de esta producción. En esta costa he encontrado hasta nueve especies de Fucus vegigosos muy raros. Lo segundo, porque esta produccion parece formada de una materia elastica, y las vegigas de los referidos Fucus lo son igualmente. Lo tercero, porque los bordones, ó filamentos de que habemos hablado se parecen algo à varios Fucus filamentosos» (pp. 7-8); pero observa que tampoco comparte ciertas características importantes con los vegetales. «Infierese de aquí, que todas las opiniones expuestas tienen mui poca probabilidad, y que por consiguiente son inadmisibles, debiendo nosotros buscar la verdadera, apoyada en la historia exacta de esta producción» (p. A continuación, Boldo se propone demostrar definitivamente que se trata de un huevo de pez -como ya habían defendido algunos naturalistas, entre otros el mallorquín Cristóbal Vilella-, aprovechando la oportunidad que le ofrece el hallazgo, entre las algas de la bahía coruñesa, de un ----ejemplar completo y bien conservado, que por encontrarse cerrado le hace suponer que «tal vez fuese recientemente puesto, y que á pesar de sus defensas los fuertes embates de la mar lo huviesen arrojado á la orilla antes de verificarse la fecundación, y salida del fetus» (p. Así pues, se formula una serie de preguntas, que esperaba poder dar respuesta tras la observación de su interior, mediante una disección minuciosa: «¿Este grande huevo era acaso un receptáculo de otros infinitos huevecitos, como sucede en los de las truchas, barbos, tencas, sabogas, y madrillas en los rios; en los del atun, salmon, besugo, sardina, & c. en los mares, ó contenia solo un fetus, sirviendole de amion? ¿De que pescado era este huevo? ¿Por qué agentes se actuaba su fecundación?» (pp. [11][12]. «Para salir de mis dudas resolví hacer anatomia de él: abrilo con mucho tiento por la costura de un costado, y observé los siguiente» (p. Lo que observó en su interior fue «un huevo mui hermoso de la magnitud de una nuez pequeña», que se unía por un corto ligamento a «una carnosidad blanquecina pegada á una de las paredes interiores del referido saco [...]. Pareciome al principio ser esta la placenta de aquel huevo: pensé despues si haria las veces de un ligamento compresivo para sujetar al huevo, y impidiendole que en los movimientos del mar diese frecuentes choques contra las paredes de la bolsa en que estaba contenido. Pero, examinandole con mas escrúpulo, hallé ser un fetus ya fecundado y que en la formación de la cabeza cuerpo, alas y cola manifestaba ser el pescado conocido con el nombre. Así pues, estas observaciones confirmaban la opinión de otros naturalistas, acerca de la función reproductiva de la producción marítima, e iban más allá al identificar el pez responsable con la raya, al reconocer el embrión y la vesícula vitelina, y al señalar que «en rigor no es el huevo sino el utriculo ovario amion, ò sea saco membranoso que le contiene» (p. 19), es decir, la cápsula u ooteca. A continuación, el naturalista se plantea una serie de incógnitas que quedaban todavía sin resolver (cuál es el agente que produce la fecundación, cuántos huevos se producen en cada fecundación y qué peces se propagan por este mismo medio) y, en una nota que cierra el estudio, transfiere la continuación de estas investigaciones al físico y médico del Consulado de La Coruña, Francisco Cónsul Jove, «quien ha presenciado todas estas observaciones, y que no solo queda con el cuidado de la publicación y remesa de esta pieza curiosa, sino tambien de averiguar por medio de la diseccion el estado y numero en que se hallan estas producciones en los vientres de las Rayas en las diversas estaciones del año» (p. Que fue Francisco Cónsul el responsable de la publicación del folleto, parece probado por el hecho de que su impresor no fuera otro que Ignacio Aguayo, de Santiago de Compostela, a quien el propio Cónsul había confiado, unos años antes, la publicación de algunos de sus trabajos 9. En lo que se refiere a la continuación de las investigaciones, no nos consta que se haya producido, ni sabemos si llegó a remitir el ejemplar al Gabinete de Historia Natural de Madrid, previamente «infundido en espiritu de vino» (p. El estudio va acompañado de una lámina con un dibujo de un ejemplar diseccionado y un detalle del embrión, realizado por el madrileño José Guío Sánchez, quien también formaba parte de la Real Comisión de Guantánamo, en calidad de dibujante. Con anterioridad, Guío había participado como disector y dibujante principal de la flora y fauna en la famosa expedición científica de Alejandro Malaspina (1789-1794), bajo la dirección del botánico Luis Née 10. ----9 Efectivamente, figuran al menos dos obras de Cónsul publicadas en los talleres de Ignacio Aguayo: Memoria sobre el conocimiento de las tierras... ( 1786), y Ensayo sobre hidráulica rústica... Más detalles sobre el impresor Ignacio Aguayo en M. Soto Freire, La imprenta en Galicia. C. Sotos Serrano, «La botánica y el dibujo en el siglo XVIII», en A.A.V.V., La botánica en la expedición Malaspina, 1789-1794, Madrid, Turner, 1989, pp. 71-79, y J. Torres Revello, Los artistas pintores de la Expedición Malaspina, Buenos Aires, Instituto de Investigaciones Históricas, vol. 2, 1944, pp. 4-77.
Profesor jubilado de la Universidad de Siena, Arnaldo Cherubini es un enamorado de España, de la literatura, y del estudio de las complejas relaciones entre esta actividad humana y la medicina. De ello dan prueba otras obras suyas, desde la dedicada a la tuberculosis hace ya más de cuarenta años -Una malattia fra romanticismo e decadenza, Siena, 1960-hasta la más reciente, realizada en colaboración con su discípula Francesca Vanozzi: Discorrendo di Medicina e Letteratura (Siena, 1993). No era extraño que antes o después acabáramos por encontrarnos en torno a esta pasión compartida. Nos conocimos hace ya veinte años, en Senigallia, en el primero de los Workshops de Humanidades Médicas organizados por Olivio Galeazzi, y hemos vuelto a encontrarnos algunas veces en Madrid. Entre tanto, el profesor Cherubini ha tenido tiempo de publicar un voluminoso estudio sobre el tema Medici scrittori d 'Europa e d' America (1990) del que el libro objeto de esta reseña constituye una suerte de actualización para el caso español. Prologado con gran sensibilidad por el médico escritor español Jaime Salom, el libro constituye un instrumento sumamente útil para conocer la dedicación a la literatura, de creación o ensayística, de un muy notable número de médicos españoles. Está estructurado siguiendo un criterio historicocultural, que adopta en buena medida la periodización clásica de la historia de la literatura hasta llegar al siglo diecinueve, donde la profusión de autores, por una parte, y por otra la pertenencia de la mayoría de los reseñados al mundo médico mucho más que al puramente literario, hace inviable la sujeción a las categorías historicoliterarias más comunes. La información en él contenida es abundante y, en muchos casos, no meramente descriptiva, sino analítica y crítica. El principal inconveniente que puede señalarse es la ocasional dificultad para encontrar a algunos autores, pues el libro carece de un index nominum clásico, en el que deberían figurar los autores en orden alfabético junto a la referencia de página, que le hubiera hecho más operativo. En lugar de esto el autor, o tal vez el editor, ha optado por un sistema no inmediatamente comprensible, consistente en establecer la nómina de autores, por capítulos (pp. 13-15) con una referencia general a las páginas del texto y de las notas, pues, sobre todo para los siglos XIX y XX, muchos de los autores citados no vienen comentados en el cuerpo del texto y sí en amplias notas finales. Esta complicación técnica, si así puede denominársela, no resta nada de valor al ingente esfuerzo de erudición, sensibilidad y capacidad de síntesis realizado por Cherubini, que ha puesto a disposición del estudioso un instrumento de utilidad indiscutible, complementario de otros repertorios menos especializados. Detrás del abrumador caudal de información el lector puede descubrir un panorama intelectual no siempre conocido; una imagen de la actividad médica -o, si se quiere, de la actividad de algunos médicos-diferente y complementaria de la que más espontáneamente deriva de su estatuto, un estatuto a menudo limitado. Y en el caso del lector español, a lo anterior puede añadirse el goce de que todo esto tenga que ver con su propio pasado y con su contemporaneidad: toda una gavilla de motivos para agradecer a Arnaldo Cherubini su esfuerzo, y para celebrar la aparición de semejante libro. Luis Montiel IZASKUN ÁLVAREZ CUARTERO, Memorias de la Ilustración: las Sociedades Económicas de Amigos del País en Cuba (1783Cuba ( -1832)), Madrid, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País-Delegación en Corte, 2000, 430 pp. Nadie ignora que, dada la situación actual de Cuba, la edición de libros está prácticamente paralizada. Tampoco es secreto para nadie que la mayor parte de las publicaciones sobre la isla, se está realizando especialmente en España y Estados Unidos, tanto por cubanos residentes en estos países como por autores españoles y norteamericanos, entre otros. Tales publicaciones se refieren fundamentalmente a temas literarios, históricos, políticos, pero en menor medida científicos. De ahí que un libro de este carácter ⎯como los otros, desde luego⎯ sea siempre bienvenido por los que disfrutamos con su temática, en este caso de historia de la ciencia; aunque el libro que ahora presentamos Memorias de la Ilustración: las Sociedades Económicas de Amigos del País en Cuba (1783-1832) de la doctora Álvarez Cuartero, no esté dedicado exclusivamente a la ciencia, sí incluye estos temas de los que se ocuparon dichas instituciones, entre un cúmulo de otros de índole económica, social y política. Las corporaciones patrióticas o económicas cubanas creadas al amparo y bajo la inspiración de las de España, su metrópoli, fueron la Sociedad Patriótica de Santiago de Cuba (1787) y la de La Habana (1793-1958). La primera de ellas tuvo poca relevancia en el país, pues la falta de recursos económicos y de figuras representativas fueron factores que atentaron contra su permanencia, y así, a pesar de los intentos por reanimarla, vegetó durante algún tiempo y desapareció pronto. Sin embargo, lo poco que se conoce acerca de ella ha sido recogido y analizado fielmente por la doctora Álvarez. En cuanto a la segunda, la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, fue una de las más importantes y de más larga vida en la historia de Cuba. Fundada en 1793, por un grupo de patricios españoles y cubanos, atravesó durante su fructífera vida diversos altibajos y contratiempos, logrando sortearlos hasta 1959 en que fue suprimida con la Revolución. Una reapertura se ha realizado hace algunos años, pero con otra estructura y objetivos muy diferentes a los que tuvo en las etapas colonial y republicana. Como es obvio suponer, la composición de dicha corporación varió durante este período, y lo mismo podría decirse de su actuación ante distintos sucesos sociales, políticos y económicos nacionales e internacionales. Promotora de la historia, la educación y la ciencia cubanas, prohijó también ⎯favoreciendo la de otros países⎯ a científicos españoles, italianos, franceses que acudieron a ella o fueron contratados, a fin de llevar a cabo sus proyectos en relación con el adelantamiento de la isla de Cuba, no sólo en cuanto a la agricultura y el comercio, dos de sus líneas principales, sino también en cuanto a las vertientes supracitadas. La Sociedad dio, por tanto, a conocer tales vertientes a través de varias publicaciones como el Papel Periódico de la Havana, el Diario de la Habana, y sobre todo, las Memorias de la Sociedad. Asimismo, creó o apoyó la creación de instituciones científicas como el Museo Anatómico de la Habana, el Jardín Botánico de esta ciudad, y otras. Apadrinó además corporaciones artísticas como la Escuela de Pintura de San Alejandro, y otras como la Casa de Beneficencia, Escuelas y Bibliotecas Públicas, etc. Todos estos aspectos han sido tratados minuciosamente por la doctora Álvarez en el período acotado por ella, de modo que es posible tener una idea de conjunto sobre la vida y labor de esta significativa corporación, complementándose además con una no menos relevante incorporación en el texto de anexos (estatutos, relación de miembros y otros documentos), así como de las fuentes principales que permiten seguir la trayectoria de esta investigación y, desde luego, la guía para emprender otras. Lo único que echamos en falta, no más tomar el libro entre las manos, es que la doctora Álvarez no extendiese el periodo de estudio al menos hasta la década del sesenta del siglo XIX, que es en cierto modo, la época de oro de la Sociedad Patriótica de la Habana en su apoyo y difusión de la ciencia en la isla. Es precisamente a partir de 1833 en que se produce la epidemia de cólera morbo en Cuba, cuando comienzan a aparecer distintas resúmenes y análisis sobre trabajos médicos de facultativos cubanos, españoles y franceses, no sólo en cuanto a esa enfermedad sino también la fiebre amarilla, o temas como la homeopatía, la hidroterapia y otros. Aparecen igualmente en las Memorias, diversos artículos traducidos sobre antropología de autores norteamericanos e ingleses, reseñas biográficas de científicos, y referencias a instituciones científicas creadas por entonces en la isla como el Instituto de Investigaciones Químicas (1848) y el Físico Meteórico (1865), ambos de La Habana, donde brillaron respectivamente el químico español José Luis Casaseca y el habanero Álvaro Reynoso; así como otras diversas cuestiones científicas que no es preciso detallar. Todo lo cual se sale del marco establecido por la autora, pero que, desde la cómoda posición de lectores y críticos, además de fácil, abriga el deseo de que se continúe esta fuente útil que representa la obra de Izaskun Álvarez para investigaciones futuras y el conocimiento general de la ciencia cubana y española. Dal Rinascimento alla Rivoluzione scientifica, Florencia, L. Olschki, 2001, 134 pp. La secuencia de transformaciones en el modo de ver que los renacentistas lograron, especialmente desde finales del siglo XV hasta cerca de 1630, ha sido valorada de diversos modos en el siglo XX. Nunca se han olvidado a la hora de hacer un balance sobre cultura europea. Ya destacaba en los primeros grandes trabajos sobre los efectos del Renacimiento, y todo el mundo reconocía la novedad de la perspectiva o de las tramas en el dibujo, del despiece de ciertos órganos y, desde luego, de las abundantes y obsesivas geometrizaciones en muy distintos proyectos, navales, mineros o edificatorios del Quinientos. Sin embargo, no siempre ha tenido el mismo sentido en todos los tiempos ni se ha considerado como un cambio influyente y radical en la cultura de la modernidad. En las artes plásticas los trabajos de Panofsky, Pächt o Saxl dieron hace tiempo un vuelco en las preocupaciones por la cultura visual, que continuaron Gombrich, Chastel o Klein (en La forma y lo inteligible, con atención a la ciencia nueva); en arquitectura, destacan las percepciones de Wittkower o de Ackerman; Yates, en El arte de la memoria, desveló modos de imaginar la trama del mundo, asimismo con gran perspicacia iconográfica. En suma, una cadena de estudios, a los que hay que sumar los de historiadores del libro de los ochenta y noventa, han proporcionado debates interesantes sobre el mundo de las imágenes y su influjo en el cambio cultural y científico; y en estos últimos años han proseguido las investigaciones, acaso con algo menos de osadía, en los planteamientos, pero de una forma recurrente, como sucede con este atractivo Immagini per conoscere, que recoge cinco puntos de vista sobre la ciencia y su representación en el tardío Renacimiento. Armando Petrucci decía que, en este período, «se asistió a la paradoja de que un sistema totalmente verbal de la difusión del saber en palabras organizadas en libros, como la imprenta, fue también el que, a través de la difusión paralela de imágenes impresas, contribuyó a crear y a difundir una nueva y más exacta visión del cuerpo humano, del mundo y de la naturaleza» (Alfabetismo, escritura, sociedad, Gedisa, 1999). En el siglo de las cartografías locales o universales (con la uniformización de los mapas, terrestres o celestes), del privilegio fundamental del proyecto en actividades dispares, del trazado de planos (para todos los constituyentes de un navío o hasta para plasmar la geometría de los sastres), de la concentración en suma de los saberes en torno a talleres gráficos, se amasa el saber antiguo de forma definitiva, si atendemos a sus efectos en las nuevas ciencias. Y Elisabeth Eisenstein señalaba que un estudio de las transformaciones de los datos de que disponían los libros «podría ayudar a explicar por qué los sistemas de cartografía planetaria, de levantamiento de mapas topográficos, de sincronización de cronologías, de codificación de leyes y compilación de bibliografías sufrieron, todos ellos, cambios revolucionarios antes de que terminara el siglo XVI» (La revolución de la imprenta en la Edad Moderna europea, Akal, 1994). No por casualidad en estas Immagini per conoscere aparecen citados Petrucci y Eisenstein. Pero los trabajos que se recogen en este breve libro, eficazmente ilustrados, se desenvuelven por muy distintas vías, algo eclécticas. Tras una precisa introducción de sus recopiladores, Isabelle Pantin (autora de una monografía paralela, de 1995) escribe muy atractivamente acerca de la ilustración de los libros de astronomía en el Renacimiento, con mayor precisión en la parte dedicada a las imágenes de Sacrobosco, Regiomontano, Peurbach, etc., que a la mucho más breve, eso sí, de las de los cielos nuevos (Brahe, Galileo). En el texto de Ilva Beretta se refiere la representación de las plantas, arrancando de la determinante tradición medieval y constrastándola, poco visualmente, con la botánica pintada desde el siglo XV. El especialista Vivian Nutton se desenvuelve con evidente soltura y abrumadora bibliografía en la representación anatómica, campo privilegiado en los avances de la nueva ciencia desde Vesalio (si bien no olvidemos a un clásico ya como R. Bernabeo, L'iconografia anatomica tra arte e scienza, Bolonia, 1984). Por su parte, Luisa Simonutti habla con brillantez de la representación del 'cambio conceptual' y toca desordenadamente ciertos aspectos de los impresos filosóficos. Por fin, Alessandro Tosi aborda, más convencionalmente, el problema de la ciencia pintada, es decir, de la representación de temas científicos en cuadros de gran relieve. El libro, de notable interés por sus planteamientos e incitaciones, resulta fragmentario y algo desigual: no en vano recoge unas jornadas de estudio a finales de 1999. En general, el problema es que el análisis de las transformaciones iconográficas, que estos autores abordan, debería de ser vastísimo; se requeriría, por un lado, poner lado a lado cientos de figuras y de problemas, perfectamente contextualizados, para ver cuáles son las diferencias en verdad significativas; por otro, se necesitaría reunir las distintas informaciones de cada rama de la investigación en un único discurso sobre el mecanismo visual transformador, aunque conservase diferentes vetas para matizar bien los ritmos de las representaciones en cada disciplina. En cualquier caso, la bibliografía que los últimos años nos ofrecen (y se sumaría al clásico editado por J.W. Shirley y D.H. Horninger, Science and the Arts in Renaissance, Washington, 1985), es abundante. Anotemos algunos de ellos: L. Bolzoni, La stanza della memoria. Todavía resulta ser un gran campo de investigación (que exige más que una mera acumulación de datos), en el cual Immagini per conoscere traza algunas líneas maestras de análisis. Mauricio Jalón J. LUIS MALDONADO POLO, Las huellas de la razón. Desde que en 1975 Juan Vernet publicara su Historia de la Ciencia Española, hasta la actualidad, las cosas en la disciplina han variado sustancialmente. Aunque alguno de los académicos encargados de redactar los temas de historia científica de las últimas grandes exposiciones nacionales parece no haber leído, siquiera, a Vernet, su excelente libro ha quedado absolutamente sobrepasado por los hallazgos de la investigación del último cuarto del siglo pasado y de comienzos de éste. Los avances han sido sustanciales en la Edad Media, la Edad Moderna y la Contemporánea, de manera tal que si la polémica sobre la Ciencia española era vana desde sus inicios, en la actualidad es una mera manifestación de ignorancia. Hoy en día podemos afirmar que empieza a conocerse el desarrollo de la ciencia en España, y en los territorios que fueron sus colonias, con cierta precisión. La Historia de la Ciencia colonial sufrió un impulso extraordinario mediante un gran proyecto de investigación movilizador que dirigió José Luis Peset. Desde entonces hasta ahora se puede asegurar que se han analizado meticulosamente la mayor parte de las expediciones científicas, mediante el trabajo de historiadores españoles y americanos. El libro que nos ocupa analiza un aspecto de la expedición a Nueva España mal conocido hasta ahora: la actividad de Mociño y Longinos en el antiguo reino de Guatemala. Lo hace con la ventaja y el acierto de haberse realizado tras otras muchas investigaciones anteriores sobre otros territorios. La bibliografía utilizada es muy completa y sugerente y las fuentes, tanto españolas como americanas, dan idea de la profundidad del estudio. Los errores cometidos por algunos de los que, antes que él, nos ocupamos de estos temas han sido subsanados con acierto. No existe una visión eurocéntrica o al menos se compensa con el estudio de la implicación de los expedicionarios en la Ilustración guatemalteca. El análisis no se circunscribe a los asuntos botánicos o terapéuticos, sino que incide también en los aspectos médicos, económicos o sociales y no obvia ni los antecedentes temporales, ni el corolario de la estancia europea de Mociño, bien conocidos por la historiografía antecedente, con lo cual ofrece un análisis sólido y de gran utilidad. Su inclusión en la Colección de Historia de la Ciencia del centro de Estudios Históricos del CSIC no hace sino reforzar el prestigio de la misma, convertida en uno de los testimonios fundamentales sobre el cambio en la Historia de la Ciencia española en el alborear del siglo XXI. Javier Puerto ANTONIO GONZÁLEZ BUENO; ALBERTO GOMIS BLANCO, Los naturalistas españoles en el África hispana. La historia de la ciencia española ha dedicado esfuerzos encomiables, sobre todo en los últimos años y en especial a través del Departamento de Historia de la Ciencia del CSIC, al estudio de las aportaciones científicas de los viajeros y naturalistas españoles a los territorios coloniales de la América hispana y Filipinas durante el Siglo de la Ilustración y a la recuperación de parte de su rico patrimonio científico y cultural que durante cientos de años han permanecido en el más absurdo oscurantismo y abandono y que hasta esas fechas sólo ha sido puesto de relieve. Sin embargo, ésto no ha tenido, por el momento, su continuidad con lo ocurrido en otros enclaves coloniales, pero que forman parte de nuestra historia más reciente; este es el caso de la actividad científica y exploradora que España llevó a a cabo en el continente africano. En este contexto y tal como indica uno de los protagonistas de estas empresas científicas, el naturalista Angel Cabrera, la presencia colonial, bélica y depredadora de las colonias españolas nortafricanas estuvo acompañada de la actividad pacífica de una pléyade de científicos, en particular naturalistas, que estudiaron, aunque de manera somera parte del medio natural africano desde el final del periodo Isabelino hasta la última conflagración civil de 1936. Su importancia al igual que sucedió con las expediciones científicas a los territorios de ultramar en el siglo XVIII ha pasado prácticamente inadvertida. El texto de Antonio González y Alberto Gomis es una exposición cronológica de las iniciativas y actividades exploratorias de un nutrido grupo de profesionales y naturalistas españoles, que como es evidente estuvieron acompañados por colectores, preparadores, conservadores y auxiliares que colabo-raron con ellos a lo largo de casi una centena de años de ocupación colonial. Del mismo modo también se exponen los objetivos y las instituciones y corporaciones científico-políticas que las patrocinaron y el apoyo que recibieron los científicos de ellas en un armónico encuadre histórico temporal de situaciones y efemérides políticas e institucionales que contextualizan la obra. De manera que la actividad exploratoria se vislumbra como una sucesión de hechos donde la política y la historia social están presentes; por ejemplo, González Bueno y Gomis comentan el relevante papel que tuvo el general Dámaso Berenguer cuando ocupó el cargo de la Alta Comisión de España en Marruecos y el apoyo que prestó a los viajeros naturalistas en el noroeste de África en 1919. El libro se estructura en cinco capítulos y una bibliografía, en los que se describen a modo de viaje los itinerarios seguidos por los exploradores, la cronología de los hechos más sorprendentes, las actividades y las anécdotas que tuvieron lugar, lo que le proporciona una lectura ligera y amena. Los autores abarcan en un primer momento las circunstancias políticas internacionales del hecho colonial significó en el contexto internacional, las tensiones diplomáticas, los pactos territoriales entre el gobierno español y el Sultán de Marruecos, desde la Guerra de África de 1859 hasta el comienzo del siglo XX. Centran sus discurso en la presencia de geógrafos y colonos que afianzaron la presencia española en los diversos territorios del noroeste de África: junto a naturalistas de corte clásico como Fernando Amor que realizó un viaje científico en 1859, médicos militares y sanitarios como Fernando Weyler, Nicasio Landa o Martín Ferreiro que realizaron misiones humanitarias y científicas en este periodo, ingenieros de montes como Máximo Laguna, José Jordán y Luis Satorras que estudiaron las posibilidades de explotación de las masas forestales del Protectorado español o aventureros de corte romántico, no esencialmente naturalistas, como Joaquín Gatell o José María Murga. De estas posesiones norteafricanas irradiaron a través del litoral atlántico, aprovechando las propicias circunstancias del expansionismo colonial, viajes de otros exploradores por el Sahara español hasta el África negra del golfo de Guinea, Fernando Poo, Corisco y Anobón, como los efectuados en estas latitudes por los jesuitas en misiones evangelizadoras o los del vasco Manuel Iradier, cuya aventura científica estuvo mediatizada por las sugerencias del célebre Stanley y cuyos resultados se dieron a la luz pública en el órgano de la Sociedad Geográfica de Madrid. De este periodo también se describe el afianzamiento de los establecimientos corporativos africanistas de tipo geográfico y comercial como la Asociación Española para la Explotación de África, la Compañía Trasantlántica o la Compañía Mercantil Hispano-Africana, que incluyeron en sus objetivos el fomento de los viajes y el establecimiento de factorías con la participación de geógrafos y naturalistas. En ese sentido se articula la participación de Cesáreo Fernández Duro y Francisco Lozano a bordo del «Blasco de Garay» en la búsqueda de pesquerías como la de la desembocadura del Ifni. Tras este clarificador entronque inicial, los autores nos introducen en la primera década del nuevo siglo, en que la actividad colonizadora fue dejando paso a los viajes y expediciones de exploración y descubrimiento de los naturalistas convencionales según la tradición clásica, desde el litoral noroccidental africano del Sultanato de Marruecos, árido y desértico en su mayor parte, hasta el golfo de Guinea de exuberancia y abundante riqueza tropical. En el norte, los autores destacan los estudios y reconocimientos de Tánger, Tetuán, Ceuta, Islas Chafarinas, Alhucemas y Melilla, a cargo de destacados científicos de la Sociedad de Historia Natural, entre los que son mencionados Ignacio Bolívar y algunos de sus discípulos como Odón de Buen, Eduardo Reyes Prósper o Manuel Antón en un primer momento entre 1881 y 1887 y más tarde en 1905 en la llamada Comisión del Noroeste de África, en donde participaron, junto a Bolívar otros afamados naturalistas como Salvador Calderón, Blas Lázaro Ibiza y Manuel Martínez de la Escalera. También otros proyectos inconclusos o fracasados como el de creación del Laboratorio de Biología Marina de Mogador en ese mismo tiempo, que quedó eclipsado por la mayor relevancia que adquirió el de Baleares, creado por iniciativa de Odón de Buen, y desde el que partieron las nuevas empresas exploratorias por las costas del litoral africano. El libro a continuación dedica otros epígrafes a las actividades en los territorios de la zona ecuatorial de Guinea. Narran los hechos que llevaron a establecer la Comisión de límites en el golfo de Biafra en 1901 y las actividades naturalistas en Fernando Poo, en la divisoria del río Muni, islotes de Elobey e isla de Corisco de Amando Osorio y Manuel Martínez de la Escalera en un primer esfuerzo por inventariar de forma sistemática la naturaleza de la Guinea española, sin descuidar otros aspectos de la investigación científica en misiones oficiales en esta demarcación, como la de Gustavo Pittaluga sobre epidemias infecciosas parasitarias en 1909. Luego, Gomis y Bueno dan paso a las dos décadas siguientes en las que el protagonismo de los científicos se encuentra inmerso dentro del mayor alcance del intervencionismo militar y la especialización castrense del ejercito de ocupación. En este período sobresalen los trabajos de la saga de Manuel Martínez de la Escalera, miembro de la Comisión para la exploración y estudio del noroeste de África, y su hijo Fernando, que se dedicaron básicamente a los estudios entomológicos; o Carlos Pau o Benito Vicioso que se interesaron por la flora del norte de Marruecos en 1910 y 1908 respectivamente; Lucas Fernández en Orán y el Rif estudió los enclaves tectónicos del eje Ceuta-Tetuán también en 1910; y Odón de Buen que en este mismo lugar recogió gran cantidad de información sobre la ictiología del litoral rifeño en 1912. La Sociedad Española de Historia Natural, la Junta para la Ampliación de Estudios, la Comisión de Estudios Geológicos de Marruecos, el Instituto Español de Oceanografía promocionaron estos viajes naturalistas, junto a otros de contenido menos institucional como las campañas ictiológicas de Luis Lozano o los más estrictamente de aplicación militar, estudios topográficos, cartográficos y sismológicos como los que llevó a cabo Alfonso Rey Pastor. La primera a través de la Comisión del Noroeste envió una expedición formada por Lucas Fernández, Bernaldo de Quirós, Angel Cabrera Latorre, Juan Dantín y Fernando M. de la Escalera en 1913, que dio como resultado el libro Yebala y el Bajo Lucus impreso en 1914, y la segunda enviando pensionados, como es el caso de Arturo Caballero con la misión de insistir en el inventario de la flora melillense, todo ello en pleno periodo de militarización territorial El cuarto capítulo está dedicado a los años posteriores al período erítico de guerras y tensiones bélicas, que van desde 1927 hasta 1936, en los que los naturalistas realizan sus trabajos y estudios en una más o menos estabilizada «sociedad colonial civil», tal y como la denominan los autores. Exponen el surgimiento de las sociedades excursionistas que nacen con fines pedagógicos, patrióticos y artísticos, con un claro afán divulgador. La de Melilla en concreto fue un fiel reflejo de una nueva sociedad civil y prestó su colaboración a la difusión de los conocimientos florísticos y zoológicos. A través de artículos se muestra la actividad naturalista de farmacéuticos establecidos en Marruecos como Rodrigo Mur en Tánger, o sobre los aspectos sanitarios del Protectorado español, también la remisión de materiales botánicos a Carlos Pau de Joaquín Mas-Guindal desde Tetuán. En este apartado también se hace hiincapié en las campañas de Pio Font Quer, comisionado por la Sociedad de Historia Natural y como militar en el Hospital del Rif, sobre la flora marroquí de la que resultó el Iter Maroccanum (1928Maroccanum ( -1932)), completo estudio botánico de la región. Además se destacan las campañas lasallistas de los hermanos Sennen y Mauricio que realizaron copiosas herborizaciones por el Rif, o las campañas oceanográficas de los hermanos Fernando y Rafael de Buen por el estrecho de Gibraltar y mar de Alborán para el Instituto Español de Oceanografía. Asímismo se comenta como hecho significativo la Misión Científica de Bolívar de 1930, que consistió en una expedición de tipo docente, organizada por la Facultad de Ciencias de Madrid para el estudio de la flora y la fauna del Rif y en la que tomaron parte junto a Bolívar, Federico Bonet y Manuel Jordán de Urriés, sus alumnos de la Universidad. Expediciones y estudios de otro tipo y a otros lugares del África hispana también son puestos de manifiesto en este periodo, como los del ingeniero Fernando Nájera Angulo sobre las masas forestales de Guinea, o las de Joaquín Mendizábal y Eugenio Dupuy que evaluaron los acuíferos y la hidrología del Sahara y Guinea, las de Eduardo Hernández-Pacheco, Luis Lozano, Arturo Caballero y Fernando Martínez de la Escalera al Ifni y las que se esforzaron por encontrar yacimientos petrolíferos que incentivó la Comisión de Estudios Geológicos de Marruecos como forma de nivelar la balanza comercial española y conseguir una cierta independencia internacional en materia energética. En un capítulo especial los autores dedican sus páginas a hacer un recuento de las actividades de los que ellos denominan viajeros inmóviles, aquellos que sin moverse de la Península contribuyeron al mejor conocimiento de la flora, la fauna y la gea para el mejor aprovechamiento de los recursos naturales de estos territorios africanos. Todo ello como consecuencia del empeño de los más relevantes naturalistas de la Sociedad Española de Historia Natural, la Junta para la Ampliación de Estudios, los Museos de Ciencias Naturales de Madrid y Barcelona y el Instituto Geológico y Minero. Se resalta el valor de las colecciones de historia natural, que aumentaron considerablemente en los gabinetes españoles con muestras de estas procedencias y se enumeran los materiales naturalistas y etnológicos por grupos taxonómicos de las posesiones españolas en África. Finalmente complementa la obra una extensa bibliografía, basada en su mayor parte en las memorias de la Sociedad Española de Historia Natural, que tan minuciosamente han desentrañado los autores consiguiendo gran cantidad de datos, junto a los testimonios de dos de los personajes protagonistas de esas empresas científicas: José Cuatrecasas Arumi y Eugenio Morales Agacino y a los que suman los numerosos pies de nota con breves recuentos biográficos de los personajes que alimentan el texto, en donde sin embargo echamos de menos determinados apuntes documentales, a los que a buen seguro los autores han recurrido en muchos casos. En este sentido cabe mencionar la catalogación que el autor de estos comentarios realizó hace unos años en el archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales sobre los fondos documentales de las Expediciones Científicas de los siglos XIX y XX [Maldonado Polo, J. L. ( 2001), Asclepio, vol. LIII, fasc.2, pp. 69-96]. En resumen, la obra que presentamos cubre una importante laguna historiográfica de gran interés para los académicos y el público en general y es por tanto una interesante aportación para la historia social de la ciencia. A la espera de la publicación por parte de la editorial Doce Calles del manuscrito de los mismos autores, junto a otros especialistas, del Diccionario histórico de los naturalistas españoles en el África hispana, agradecemos a Antonio González Bueno y Alberto Gomis Blanco este magnifico adelanto que nos da a conocer un pasaje tan relevante de la ciencia española contemporánea. Luis Maldonado NICOLÁS GARCÍA TAPIA, Un inventor navarro Jerónimo de Arranz y Beaumont, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2001, 285 pp. La historia de la técnica en la España del Siglo de Oro había sido poco cultivada. Hasta la aparición de las obras de López Piñero, la historia de nuestra técnica ha consistido en alabanzas sin sentido, o disputas sin conocimiento. Con las obras de sus continuadores, ahora podemos saber con certeza mucho de lo que fue nuestro pasado científico y técnico. Así lo ha escrito recientemente Nicolás García Tapia: «Afortunadamente, el cultivo de la historia se ha hecho cada vez más riguroso, y polémicas de este tipo son cada día menos frecuentes. El mejor conocimiento de las fuentes históricas y de los documentos de archivo, permite al investigador determinar de forma cada vez más precisa la realidad de nuestro pasado histórico, lejos de manipulaciones interesadas. Esta situación comienza a exten-derse a otras facetas de la historia que, hasta ahora, no habían recibido la atención necesaria de los estudiosos. Nos estamos refiriendo en concreto a la historia de la tecnología» (p. García Tapia continúa en esta brecha, ofreciendo ahora la vida y la obra de una atractiva figura. Jerónimo de Ayanz y Beaumont viene de familia noble, el caballero de las prodigiosas fuerzas llega desde paje y soldado hasta caballero y gobernador. Felipe II lo distingue como Administrador de Minas, queriendo una persona «práctica y de experiencia, ciencia y conciencia». Se ocupó de hornos, molinos y balanzas, de minas y náutica, de submarinos, buceo y fuerza del vapor. Ideó emplear de forma temprana esa energía para diversos usos, así refrigerar habitaciones. Jerónimo de Ayanz fue hábil con la pintura y con la música y quiso instituir una academia, que regulase los cánones artísticos. No es extraño que fuera alabado por Francisco de Pacheco y por el mismo Lope de Vega. El empresario de minas fue también un inventor visionario, que adelantó la máquina de vapor o la vida bajo el agua. Se profundiza en estas páginas en su origen familiar y en su producción científica. Dos de sus dos obras son analizadas con cuidado, mostrando su originalidad. En especial, la Summa lacticiniorum (1477) es de gran novedad, pues reúne saber culto y vulgar, utilidad y dietética. Su redacción nos muestra tanto al autor, desde su vida y su experiencia, como las costumbres de la época, sobre la leche y sus derivados. Es notable este interés por la alimentación, así como sus fuentes, sobre todo su apoyo en Avicena. También aparecen, según la estadística que se nos ofrece, Aristóteles, menos Galeno y Alberto Magno y casi nada Hipócrates. Alguna referencia hay a Maimónides, Averroes y Mesué el joven o sus imitadores. Es un momento de apertura de culturas, de inicio del humanismo. Su Pillularium es un conjunto de recetas, dictadas según el orden tradicional, de la cabeza a los pies. En este tratado también utiliza a Avicena y añade la compleja tradición del Antidotarium de Mesué el joven. Se editan las dos, si bien se piensa por las referencias de otros testimonios que tenía otras. Se trata, pues, de un buen estudio de un personaje importante y una interesante aportación a la historia universitaria. La teoría de la evolución es un tema en continuo debate tanto desde el ángulo de la historia de la biología como bajo la fórmula experimental. Y este ha sido el argumento elegido por las editoriales Veuibert y Adapt para inaugurar la colección Inflexions, dirigida por Jean Rosmorduc y destinada a editar textos sobre historia de la ciencia y la técnica. Goulvent Laurent rubrica la primera entrega. Una larga trayectoria y la calidad de sus trabajos le acreditan como un cualificado especialista en historia del evolucionismo. De Cuvier et Lamarck à Darwin (París, CTHS, 1987), es de obligada lectura para iniciados. En La naissance du transformisme se analiza con detalle el ideario lamarckiano. Comenzando por la meteorología, disciplina donde el naturalista francés tiene un significado innovador -fue el primero en tener la idea de organizar en Francia la meteorología como disciplina científica (p. 30)-, estudiando las leyes que regulan las variaciones atmosféricas y buscando utilidad a este conocimiento; aplicación práctica concretada en la creación de un servicio meteorológico nacional que funcionó durante algunos años. La botánica representa la etapa inicial del naturalista, y su trabajo sistemático reconoce la dualidad conceptual de clasificar: la identificación específica y la relación biológica, aunque su propuesta taxonómica es una fórmula dicotómica de orden práctico (cf. Flore françoise, 1778), decantada por la identificación frente a la relación. La zoología, al contrario, fue una etapa tardía. A la edad de 50 años comenzó el oficio de zoólogo ocupándose, particularmente, de los invertebrados, animales a los que dio nombre y puso orden y concierto con su Histoire naturelle des animaux sans vertèbres. Y Pensar el tiempo es la sugerente denominación empleada por Laurent para recuperar una faceta habitualmente olvidada por la historiografía lamarckiana: la geología y la paleontología, disciplinas que desempeñaron un papel determinante en la formulación de su filosofía zoológica, en la conformación del modelo evolutivo. El recorrido histórico no olvida los antecedentes linneano y buffoniano, ni la polémica con Cuvier, ni la harmoniosa relación con Étienne Geoffroy Saint-Hilaire; elementos necesarios para descifrar las claves ideológicas del biólogo que fue Lamarck. Exponiendo su ideario Laurent reivindica la modernidad ideológica del personaje, hacedor de una interpretación fenomenológica global de la Tierra donde se inserta su teoría evolutiva como otra unidad del conjunto. Con esta directriz temática, La naissance du transformisme ocupa su lugar como texto de alta divulgación, adecuado para expertos y diletantes, manteniendo el rigor histórico, la profundidad conceptual, la renovación ideológica, y la fluidez analítica que caracterizan la investigación de Goulvent Laurent. Andrés Galera MANUEL A. SELLÉS GARCÍA, Navegación astronómica en la España del siglo XVIII, Madrid, UNED, 2000, 355 pp. La navegación astronómica se inicia en el Atlántico en el tercer cuarto del siglo XV, basada en la observación del sol y de la estrella polar; los grandes viajes ibéricos fueron posibles gracias a los conocimientos de sus cosmógrafos, a su avanzada técnica naval y a la pericia y valentía de sus marinos; españoles y portugueses escribieron los primeros regimientos de navegación, alcanzando sobre todo los españoles una enorme difusión en el siglo XVI, siendo traducidos a las principales lenguas europeas. La hegemonía de la Península Ibérica, tanto en el ámbito político como en el económico y militar, se pudo construir en buena medida porque poseían lo que en aquel tiempo constituía la más avanzada vanguardia tecnológica; pero siguió después una época de crisis y acentuada decadencia, que se fue remontando poco a poco con la Ilustración. Este libro de Manuel Sellés se ocupa del desarrollo de los saberes náuticos en nuestro país en el siglo de las luces; hombres como Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Vicente Tofiño, José de Mendoza y Ríos o Gabriel Císcar, contribuyeron a la renovación de la náutica, quizá la actividad en que más ha destacado nuestro país a lo largo de su historia. Después de una introducción que nos sitúa en el contexto histórico, el autor divide su libro en tres partes; en la primera, hasta mediados de siglo, expone cómo se introducen nuevos saberes, a la vez que siguen utilizándose métodos anteriores; en la segunda, se extiende en la forma en que después de muchos intentos, algunos con un fundamento teórico correcto, pero imposibles de llevar a la práctica a bordo de un navío en movimiento, se consigue finalmente determinar con precisión la longitud en el mar, una vez lograda la construcción del adecuado cronómetro marino; la tercera se centra en analizar la situación de la náutica en España en el siglo XVIII, las instituciones que se crean o se renuevan, y los logros y aportaciones de los marinos españoles a la ciencia náutica de la época. Y lo hace con todo rigor, incluyendo citas textuales, y sin eludir la parte que sin duda puede resultar más árida, pero que no es menos importante, la matemática, con las demostraciones que aportan los textos que analiza; para facilitar su comprensión, Mauel Sellés tiene el acierto de incluir varios apéndices que proporcionan los conocimientos básicos necesarios para seguir sin dificultad los desarrollos matemáticos que expone a lo largo de los anteriores capítulos. Este libro de Sellés, que recoge un trabajo de investigación riguroso, realizado a lo largo de muchos años, expuesto de manera clara y concisa, se complementa con otros que el mismo autor publicó anteriormente, y sobre todo con Los Instrumentos de navegación. Del Mediterráneo al Pacífico. En una época en que la mayoría de las editoriales se decantan por ofrecer sobre todo libros de divulgación, primando el atractivo y la fácil lectura sobre el rigor científico, es de agradecer un libro como el de Manuel Sellés, que reúne ambos aspectos y será un referente en el futuro para cualquiera que necesite o le interese conocer los métodos utilizados en la navegación astronómica del siglo XVIII -no sólo en España, ya que dicha técnica no difería de la empleada en otras naciones marítimas-, junto con las principales aportaciones realizadas por los marinos españoles. El Renacimiento supone el comienzo de la cirugía moderna. Por un lado influye el redescubrimiento de la ciencia clásica, que permite un resurgir de las universidades. Pero también la cirugía sigue sus propios caminos, por estratos sociales e instituciones diversos. Los terrenos de los cirujanos eran el campo, los ejércitos, los tribunales y los hospitales. A diferencia de los médicos, que gozaban de una clientela rica o noble en las ciudades, los cirujanos, considerados de menor categoría, se formaban con maestros, en los hospitales, en algunas cátedras y con libros menores. Pero tienen una formación moderna, en el sentido de aprovechar la observación y la práctica. También usan la disección, los instrumentos y las láminas anatómicas y quirúrgicas, era el camino de la medicina moderna. Tenían una concepción solidista y mecánica del cuerpo humano, que pronto enlazará con las concepciones del cuerpo como una máquina. Con el tiempo, la posición de los cirujanos mejoró, consiguiendo una buena formación, una profesión digna y un reconocimiento alto. En algunos países se hizo pronto la unión con la medicina, en otros fue un proceso más lento, pero socialmente se acortaron distancias. Consiguieron instituciones docentes, científicas y profesionales de gran categoría. Para ellos fue muy útil el método anatomoclínico, que daba a la lesión anatómica prioridad en el esquema causal de las enfermedades. La cirugía del siglo XIX revolucionó la terapéutica, gracias tanto a los procedimientos operatorios nuevos, como a las mejoras en la anestesia, la hemostasia y la antisepsia. La cirugía alemana es muy importante, pues los soberanos, las ciudades, los hospitales y los ejércitos progresaron en poder y riqueza en el mundo moderno. Un destacado cirujano fue Walther Hermann Ryff, que vivió las mejoras en la cirugía de la época. Se estudia en el libro de Ralf Vollmuth su vida y su trabajo, sus instrumentos y sus medicamentos, su cirugía general y la especial. Se trata de una obra muy cuidada, con una erudita investigación e interesantes ilustraciones, que completan la visión del mundo quirúrgico alemán del paso de la edad media al renacimiento. El libro de Dominik Gross estudia esta dignificación de la profesión en el siglo XIX en Württemberg. Es un cuidado estudio social en que se analiza su trabajo, sus instituciones, su relación con los médicos. Es un interesante análisis que nos permite seguir la vida de estos profesionales, tanto en el desarrollo individual como colectivo. Su número, distribución, carrera e historia vital, sus organizaciones y sus familias, forman un cuadro rico de estos cirujanos. No sólo su número se multiplicó, sino que ganaron en formación científica, nivel social y remuneración económica.
El 5 de junio de este año 2001, cuando el fascículo 1 del volumen LIII de Asclepio acababa de ver la luz pública, fallecía en Madrid, tras una prolongada y fecundísima vida, el maestro de todos nosotros, ampliado tantas veces a su domicilio privado de la entonces denominada calle de Lista-«con la dirección asociada de Aníbal Ruiz Moreno, mi colega de Buenos Aires y tan excelente amigo mío desde que en 1948 le conocí, en 1949 lancé a nuestro mundillo científico el primer numero de Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina. Siquiera fuese del modo más rudimentario y artesano, pude así dar comienzo a una labor parauniversitaria, más personal que de equipo hasta varios años más tarde». En efecto, poco después se incorporaron a su magisterio Juan Antonio Paniagua, Luis Alberti, Trino Peraza, José Janini, Carlos Valle-Inclán, y luego, cuando ya los Archivos ampliaban su título, agregando a sus páginas la Antropología Médica, los nombres, hoy casi historia, de Silverio Palafox, José Jiménez Girona, el que escribe estas líneas, para proseguir la ininterrumpida tarea José María López Piñero, el desaparecido Luis García Ballester y, ya en nuestros días, José Luis Peset y el grupo de jóvenes colaboradores en cuyas manos, como diría Ramón y Cajal, está el porvenir de la revista. Porque hasta su muerte, la figura de Pedro Laín Entralgo protagonizó la vida de nuestra publicación. Él propuso su actual denominación de Asclepio; a él consagramos un número especial, dedicado a sus veinticinco años de catedrático, en el que colaboraron discípulos y lo más selecto de sus amigos no médicos; trabajos suyos tuvieron el privilegio, para nosotros, de aparecer por vez primera en la revista; él, caso no muy frecuente, tuvo la dicha de ver aparecer el número L de Asclepio, cuando ya sus fuerzas físicas, jamás su vigor intelectual, habían decaído notablemente. En esta hora de dolor contenido, Asclepio, sin su fundador y capitán, mantiene vivo su recuerdo. La vieja nave, que tantas singladuras, no siempre favorables, cumplió, coloca hoy a media asta la bandera de sus aspiraciones, para proseguir mañana su aventura. Pero estoy seguro de que el nombre, el recuerdo y la añoranza de Pedro Laín Entralgo, mantendrán siempre su vigencia y serán acicate para el cumplimiento de nuestra misión, que proseguimos con la publicación en este homenaje de su conferencia «El experimento biológico después de Claudio Bernard», pronunciada en 1976 en la Sociedad de Estudios y Publicaciones.
HEMOS PERDIDO A PEDRO LAÍN Hemos perdido a Pedro Laín. Muchos de nosotros, en el fondo, nos resistimos a perderlo del todo. Más de uno, estoy seguro, se ha dicho en su fuero interno: «esa parte de mi quehacer que más hondamente proviene de lo que de él aprendí seguirá dando testimonio de su paso por la vida, así como del mío propio». La revista Asclepio, que él fundó, parece -en la medida en que una revista tiene la voz de muchas voces, el alma de muchas almas-haberse dicho lo mismo. La suerte, que me ha permitido pasar muchos años en la compañía del maestro, me ha hecho así mismo depositario de algunos textos suyos, como el que a continuación publicamos, que no consideró oportuno dar a las prensas, bien porque los considerase insuficientemente elaborados, bien por su mayor afición a la escritura de libros, y los actuales directores de la revista me han pedido unas líneas introductorias. Asumo, con emoción, esa tarea tan determinada, de una y de otra parte, por la amistad, y aunque sé que no podré dejar de hablar según mi sentir desearía, sin que esto suene pretencioso, hacerlo también por todos aquellos que quisieron a Don Pedro. El texto de la conferencia titulada «El experimento biológico después de Claudio Bernard», pronunciada en la Sociedad de Estudios y Publicaciones el diecisiete de Marzo de 1976, constituye una pieza singular dentro de la enorme y variada producción de Laín. Singular en la medida en que la revisión de las diferentes filosofías de la ciencia a que en él procede apenas tuvo algún desarrollo en su obra posterior, aunque cabe pensar que, en el trasfondo de su reflexión filosófica sobre la ciencia del siglo veinte, especialmente en la perspectiva del que, para él, llegó a ser tema fundamental de investigación, la pregunta por el ser del hombre desde la ciencia, tal revisión tuvo gran importancia como propedéutica. Otros autores se dedicaron con mayor énfasis a explorar las más recientes y exitosas de estas teorías, aplicándolas a distintos campos del saber científico. Incluso creo recordar que, en los años en los que yo comenzaba mi formación como historiador de la medicina floreció alguna moda en este campo que, en el marco de los agudos debates sobre «internalismo» y «externalismo» llegó a causarme no poca inquietud en lo referente a mi futuro profesional. Pero tal vez se trate tan sólo de un recuerdo deformado por el paso del tiempo. Ese tiempo que ha pasado desde entonces, veintidós años con Laín, me ha permitido experimentar lo contrario: la apertura hacia cualquier tipo de propuesta, temática o metodológica, siempre que viniera sostenida por la seriedad en su puesta en práctica. El texto que ahora publicamos tiene valor como testimonio de dicha actitud en el marco de la propia vida intelectual de Laín, pero también por sí mismo, pues permite -¡una vez más!-admirar, en ejercicio, la mirada lainiana sobre el proceder del hombre de ciencia, en un período histórico, además, que sólo recientemente ha sido objeto de atención por un número creciente de historiadores y filósofos de las ciencias de la vida. Releo lo anteriormente escrito y no puedo dejar de pensar que, aun disponiendo de más espacio, no llegaría a hacer justicia al texto, entre otras cosas porque no puedo dejar de proyectar sobre él mi recuerdo del maestro. Tal vez eso, que desde cierto punto de vista es un defecto, no carezca de todo valor en las actuales circunstancias. He escrito como amigo y como discípulo y no pretendo que estas líneas desborden el testimonio personal, la expresión de un afecto que incluyó también -¡y cómo!-la admiración intelectual. Y sin duda no he podido ni querido reprimir una emoción que casi todos «los nuestros», espero, comprenderán y compartirán durante la lectura de estas páginas.
EL EXPERIMENTO BIOLÓGICO DESPUÉS DE CLAUDIO BERNARD * En cierto modo, la concepción bernardiana del experimento -biológico o no-sigue siendo clásica. Son legión, pienso, los investigadores que más o menos conscientes de ello, trabajan en sus laboratorios con arreglo al esquema operativo «idea a priorirazonamiento experimental -experimento -contraprueba». Son tal vez muchos, por otra parte, los hombres de ciencia que hoy seguirían haciendo suyo el juicio de Bergson, cuando éste por encargo de la Academia Francesa, conmemoró en 1912 el centenario del nacimiento del genial fisiólogo: a las ciencias de laboratorio -dijo textualmente Bergson-«que siguen la experiencia en todas sus sinuosidades... aportará Claudio Bernard la fórmula de su método, como antaño Descartes aportó el suyo a las ciencias abstractas de la materia. En este sentido -añadía-la Introducción al estudio de la medicina experimental es para nosotros lo que para los siglos XVII y XVIII fue el Discurso del método». Cuando en 1978 se celebre el centenario de la muerte de Claudio Bernard ¿podrán ser repetidas estas solemnes palabras del autor de L'évolution créatrice? Para responder con cierta responsabilidad a tan grave pregunta, comenzaremos examinando sumariamente cómo ha sido realizada la más importante de las hazañas biológicas de nuestro siglo: el descubrimiento de la estructura del DNA, la famosa doble hélice de Watson y Crick. He aquí las cuatro etapas a mi juicio fundamentales en la historia interna del hallazgo: 1a Un doble punto de partida: a) Avery: transmisión de los caracteres hereditarios de una bacteria a otra por intermedio del DNA. Conclusión provisional: los genes están constituidos por DNA. ----* Conferencia pronunciada en la Sociedad de Estudios y Publicaciones el 17 de marzo de 1976. b) En Cambridge, discípulos del físico Bragg -Crick, Wilkins, Franklin-aplican la difracción de los rayos X al estudio de diversos componentes de la célula. Wilkins y Franklin dedican su atención al DNA. 2a Formación científica de Watson (nac. 1925) en California, al lado de Luria y Delbrück. Se piensa que los virus son genes en estado puro, y por tanto DNA. De ahí: química de éste. a) Luria envía a Watson junto al danés Kalckas. Química de los acidos nucleicos y metabolismo de los nucleótidos. b) En Nápoles, con ocasión de un Congreso de Biología, Watson contempla con asombro la proyección de una fotografía en la que aparece la difracción de los rayos X por el DNA. Doble aspecto del interés de Watson por el DNA: químico y óptico. 3a Encuentro de Watson y Crick. Tema de su inmediata relación: la estructura del DNA. a) Pauling: estructura helicoidal (hélice α) de las cadenas de polipéptidos en las proteínas. Pregunta consiguiente: si las proteínas poseen tal estructura, y si el material genético que las biosintetiza está construido por DNA, ¿no habrá de poseer también éste una estructura helicoidal? b) Primer modelo. Fuerzas de cohesión: enlaces iónicos magnesiano-fosfáticos. c) Crítica de Wilkins y Franklin. No a los enlaces magnesianos: la hidrofilia de estos acumularía agua y haría imposible la solidez de la cadena. Repetición cristalográfica -difracción de rayos X-cada 28 A. -Índole del descubrimiento: un modelo estructural, químico-geométrico (como el de Kekulé, pero «visualizado») -Instancia científico-técnica: coordinación de química-física: difracción química + rayos X -microscopio electrónico -propiedades funcionales de la realidad (DNA) a que se refiere el modelo: genéticas (virus y...) y metabólicas (biosíntesis de las proteínas). -Instancia sociológica: no investigación aislada (Claudio Bernard, Cajal), ni de equipo de trabajo, sino la suma no programada de una pléyade universal de centros de investigación y de especialistas diversos: químicos -bioquímicosgenetistas -físicos. Frente al collegium invisibile la officina universalis. -La genialidad inventiva de Watson y Crick (last but not least). Ahora bien: ¿cómo ha actuado esta genialidad inventiva? ¿Cuál ha sido en este caso la «lógica de la investigación», como diría Poper? ¿Los mismos de Claudio Bernard? 1 Voy a ordenar mi respuesta en tres puntos, el último de ellos con el colofón de una conclusión interrogativa: 1o Los nudos hechos históricos. 2a La experimentación biológica a la luz de la actual filosofía de la ciencia. 3a La experimentación biológica en su realidad actual. Tras la figura de Claude Bernard -poco antes la de Ampère-, en las cuales tan armoniosamente se unen entre sí el experimentador y el teórico de la experimentación y de la ciencia, uno y otro se separan paulatinamente; con lo cual, ya desde el último cuarto del siglo XIX, van a aparecer, en lo que a nuestro problema respecta, los siguientes tipos humanos: I. El experimentador puro: el hombre que hace ciencia experimental, biológica o no, sin detenerse a meditar acerca de la teoría de aquello que hace y que sabe: ---- Llamando «nuestra actualidad», como otras veces he hecho, al tiempo histórico comprendido entre la primera Guerra Mundial y el año en que vivimos, pienso que la serie dialéctica de las diversas actitudes mentales frente a la ciencia y a la investigación científica -y dentro de una y otra frente al experimento biológico-puede ser ordenada en cinco epígrafes principales: inductivismo, convencionalismo, verificacionismo, falsacionismo, post-falsacionismo. Modelo: el proceder de Newton (tal y como el propio inductivismo lo concibe) a) Tesis fundamental («código de honor científico» del inductivismo): sólo pueden ser admitidas en el cuerpo de la ciencia las proposiciones que describen hechos ciertos (proposiciones factuales ciertas) y las generalizaciones inductivas de tales proposiciones. -dilema entre «aceptación» y «rechazo»: una proposición determinada, o se acepta o se rechaza. -identificación entre «lo falso» y «lo no-probado» b) Visión de la historia de la ciencia. -Esquema canónico: etapa precientífica -descubrimiento de proposiciones factuales ciertas (Hypotheses non fingo) -ulteriores generalizaciones inductivas lógicamente válidas. -Revoluciones científicas: sólo una. Encontrado el buen camino, desenmascaramiento de errores e incremento lineal del saber (proposiciones factuales nuevas y generalizaciones inductivas más amplias). -Paradigmas: generalizaciones de Kepler a partir de Tycho-Brahe; id. de Newton partiendo de Kepler-Galileo; id. de Ampère (teoría de la electrodinámica) a partir de Oersted y sus propias observaciones. -«Internalismo» más o menos radical de la historiografía inductivista: sólo cuenta el progreso más o menos lineal del puro saber científico; lo externo (psicología, sociología), causa de prejuicios metódicamente vitandos. -¿por qué fueron elegidos tales hechos y no tales otros? -¿son realmente válidos el dilema aceptación-rechazo y la identificación entre «lo falso» y «lo no-probado»? Grupo filosófico de Cambridge. Aceptación por Carnap (rama empírica del probabilismo, dentro del Wiener Kreis). Refutación por Lakatos en Changes in the Problem of Inductive Logic, 1968). Ver la monografía mecanografiada «Filosofía de la ciencia de Imre Lakatos» de Diego Ribes (Valencia). La experimentación biológica dentro del inductivismo del siglo XX a) Prosecución del pensamiento bernardiano (inicial): cada vez mayor amplitud y cada vez mayor evidencia del determinismo. Orina conejos AE digestión pancreática AE mecanismo de ésta AE b) Término final: una visión del mundo reducible a la suma de: una teoría fisicoquímica de la realidad natural, suficiente en sí y por sí misma; la opción entre un agnosticismo total, en cuanto al ser de las cosas, y por tanto frente a la me-tafísica, y la aceptación creencial-sentimental de ésta (tal fue el caso del propio Claudio Bernard). Prescindiendo de los vagos precedentes inmediatos que puedan verse en Cournot o en Avenarius, y muchos más de los bien precisos, pero remotos antecedentes contenidos en la célebre discusión sofística acerca de la relación entre la physis y el nomos, entre la kata physin o «por naturaleza» y lo kata nomon o «por convención», la visión «convencionalista» de la ciencia comienza formalmente con W. James, Mach y Poincaré, para seguir con Duhem y terminar, asumida y perfilada, en el falsacionismo de Popper. Pragmatismo: verdad = lo que ayuda a vivir, lo que incrementa o potencia a la vida. a) «La prueba última de lo que significa una verdad es la conducta que dicta o que inspira. Pero si inspira tal conducta es porque de antemano predica alguna orientación particular de nuestra experiencia» b) Verdad e hipótesis; carácter hipotético de la verdad. Ésta como hipótesis necesaria o conveniente; capaz de «satisfacernos», aunque no sea susceptible de comprobación «racional». Verdad: la hipótesis que «funciona» en nuestra existencia, ya orientándola en lo real, ya llevándola a una experiencia nueva y valiosa. La verdad «cambia y crece». c) Dos modos de concebir la verdad: -Son verdades las ideas «que podemos asimilar, validar, corroborar y comprobar». El «poder llegar a ser verdadero». Verdad y verificabilidad (AEneopositivismo). -Sólo son aceptables como verdaderas las proposiciones cuando «poseen un valor para la vida concreta» (pragmatismo s.s.). -Tesis que armoniza ambos modos de concebir la realidad: ésta como algo abierto y dinámico, que «se hace». ----5. Visión sinóptica del convencionalismo. a) Conceptuación = Ciencia: elaboración de un sistema de referencia capaz de organizar hechos y leyes en forma coherente. Verdad convencional del sistema de referencia. «Código del honor científico»: menos riguroso que el del inductivismo (no rechaza como «falso» lo «no-comprobado») -los sistemas abandonados no son acientíficos: más racionalidad interna (en la historia de la ciencia) que en el inductivismo. Admite: que supuestos falsos puedan dar lugar a consecuencia verdaderasque puede haber proposiciones verdaderas y no probadas. Por tanto: se ve obligado a comparar teorías rivales falsas. b) Actitud (revolucionaria) límite: admitir la existencia de proposiciones factuales válidas «por decisión» y no «por prueba» (libertad mental del hombre de ciencia) 3. Pero, entonces, una de tres: escepticismo radical -puro instrumentalismo (las teorías, meros instrumentos de predicción) -metafísica larvada y subyacente (Lakatos). c) Historia. Cambio en las refer. periféricas con núcleo del sistema intacto (hard core de Lakatos), o cambio del núcleo mismo. Nuevos sistemas de referencia más sencillos y abarcantes. Tal sería el progreso. Valor a la vez «relativo» y «objetivo» de éste. Paradigmas: revolución copernicana -Lavoisier -Einstein. d) Crítica. No explicación racional de la selección de hechos y sistemas -«Falsa (Mala) conciencia»: invenciones de los grandes hombres de ciencia. No delimitación satisfactoria entre «lo interno» y «lo externo». Visión de la «proposición factual científica» desde el punto de vista del lenguaje (la proposición como enunciado), y por tanto del sentido de lo que se dice. Verificación, comprobación, confirmación, corroboración. Preludio en W. James -Círculo de Viena y neopositivismo. Principio y método de la verificación. Dos etapas principales. a) Schlick. Sólo tienen significado las proposiciones empíricamente verificables. Pero esto nos llevaría a excluir proposiciones empíricas que pueden no ser (o no han sido hasta ahora) efectivamente verificadas. b) Ayer. «Un enunciado es directamente verificable cuando, o bien enuncia una observación, o bien es tal, que en conjunción con otro u otros enunciados de observación conlleva por lo menos un enunciado de observación no deducible de sólo dichas premisas. Un enunciado es indirectamente verificable cuando satisface las dos siguientes condiciones: primera, que en conjunción con otras premisas conlleve uno o más enunciados directamente verificables que sean deducibles sólo de tales premisas; segunda, que esas premisas no incluyan enunciados que no sean, o bien analíticos, o bien directamente verificables, o bien susceptibles de ser independientemente afirmados como verificables» (Language, Truth, and Logic, 1946; ver Ferrater Mora «Verificación»). El año 1935 se publicó el libro Logik der Forschung. Su autor era un físico y filósofo vienés, próximo al Wiener Kreis, aunque no perteneciese a él, que se propuso poner originalmente al día los problemas teóricos del conocimiento científico: ciencia y verdad, ciencia e investigación, ciencia y lógica, ciencia y método. Emigración y arraigo en Inglaterra. Tras la edición inglesa de su obra, en 1958, figura central -seguida por unos, controvertida por otros, estimada por todos-de la actual filosofía de la ciencia. Desgajado de la rama revolucionaria del convencionalismo, cada vez más firme en la expresión de la originalidad de su propio pensamiento, Popper ha sido, y viene siendo, durante los últimos veinte años, el punto de partida o el término de referencia de la actual filosofía de la ciencia. Componentes estructurales de una teoría de la experiencia. Contra el inductivismo tradicional y el psicologismo. El análisis lógico del conocimiento científico no se interesa por cuestiones de hecho (Kant: quid iuris?), sino por cuestiones de justificación o de validez (Kant: quid iuris?). (Pero este planteamiento, ¿podrá ser efectivamente cumplido? Discusión de la relación entre Einstein y el experimento de Michelson y Morley: se impone la apelación al quid facti). Contra el convencionalismo more duhemiano (v. Lakatos, Historia Ciencia, Tecnos, p. Contra otras versiones del convencionalismo revolucionario (según éstas, los enunciados básicos factuales y espacio-temporalmente singulares son los aceptables por convención; no las teorías espacio-temporales universales) = V. Lakatos, l. c. Una cuestión previa: la demarcación y el rigor de los métodos para establecerla. Demarcación popperiana lato sensu no suficientemente desarrollados en Popper: -entre ciencia y metafísica -entre «historia interna» e «historia externa» de la ciencia -entre lógica y translógica (la «intuición» en el origen de un descubrimiento) -entre lo científicamente aceptable y lo científicamente inaceptable (teorías científicas) -entre experimentos cruciales y no cruciales 3. El concepto clave de la demarcación popperiana: la «falsación». a) El nombre: falsifizieren, to falsify, en el sentido de: «poner de manifiesto la falsedad de algo» (no «falsear», ni «falsificar»). b) El concepto y su alcance. -qué es «falsar»: mostrar que una teoría puede ser en alguna medida refutada desde un aserto científicamente irrefutable. Ej.: mecánica newtoniana -relatividad restringida y experimento Michelson. -no deben ser aceptadas como científicas: las teorías absolutamente no falsables (compatibles con todos los hechos). Serían, no teorías científicas, sino, digámoslo kantianamente, juicios analíticos universales a posteriori. las teorías letalmente falsables. -sólo, por tanto: las teorías parcialmente falsables y, a pesar de ello, subsistentes. Lucha por la vida de las teorías científicas: «la meta (de la falsación) no es salvar la vida a los sistemas insostenibles, sino, por el contrario, elegir el que comparativa (y competitivamente) sea más apto, sometiendo a todos a la áspera lucha por la supervivencia» (Popper, Lógica inv., 41). Objeción de Quintanilla, que interpreta esto como «idealismo» (?) -¿por qué? Fondo inagotable de la realidad y de ahí falsabilidad parcial de nuestras verdades y teorías 4. Falsación y teorías tras el experimento (Agassi) 5. La verdad de las teorías científicas. No puedo entrar en el tema. Sólo me es ahora posible decir que este problema y lo dicho acerca de la relación entre falsabilidad y realidad han conducido a Popper a su metafísica de los tres mundos: 1o. Reali-----dad física y empírica. Mente humana y sus productos (ciencia...). «No hay nada más necesario para el hombre de ciencia que la historia de ésta y la lógica de la investigación... La forma de descubrir los errores, el uso de las hipótesis y de la imaginación, el modo de someter a contraste». Otros puntos del sistema popperiano. V. Crítica y desarrollo del falsacionismo popperiano: Kuhn, Lakatos, Feyerabend, Smart... Desde que en 1959 se publicó en Inglaterra la traducción inglesa de la Logik der Forschung de Popper -con un significativo cambio en el título, The Logic of Scientific Discovery; no Research, sino Discovery-, la reflexión teorética sobre la ciencia y sobre el conocimiento científico, epistemología, gnoseología, metodología e historia de la ciencia, se ha desarrollado fabulosamente en el mundo anglosajón, enriquecido, sobre todo en U.S.A., con la incorporación de los europeos emigrados. O aceptación y desarrollo de Popper, o crítica de éste desde posiciones más o menos discrepantes de ella. Tres posiciones principales, y por tanto tres modos de la crítica y de la proposición de nuevos caminos: a) Desde la historia real de la ciencia: Kuhn. b) Desde el interior del sistema mismo de Popper, mostrando sus insuficiencias y sus desorientaciones, así en el orden de la lógica como en el orden de la estructura del proceso histórico: Lakatos, Feyerabend. c) Desde ideologías más o menos explícitamente declaradas. -neopositivismo: herederos y continuadores del Wiener Kreis. -dialéctica marxista: entre nosotros Miguel A. Quintanilla; y glosando a éste Gustavo Bueno. Motivos principales de las teorías post-popperianas de la ciencia: a) Tocantes a la historia del saber científico: -nueva valoración de la historia «externa» y del pasado «no vigente»: Kuhn, Lakatos6. -el nuevo concepto de «paradigma» y el de «revolución científica»: Kuhn. -conceptos de «programas de investigación científica» y de «evaluación de teorías rivales»: Lakatos. Paráfrasis de Kant: «Sin historia de la ciencia, la filosofía de la ciencia está vacía; sin filosofía de la ciencia la historia de la ciencia está ciega» (Lakatos, op. cit. 11). b) Tocantes a la lógica del conocimiento científico: -proceso de la mente en la elaboración de ese conocimiento. -racionalización -en lo posible-de lo que se muestra «irracional» en la creación científica (genialidad en la invención de lo nuevo. No sólo Forschung, también Schöpfung; no sólo Discovery o Research, también Creativity). c) Tocantes al contenido del saber científico. -«teorías científicas» como conjunto sistemático y fundamento racional de leyes. Pero este último punto nos conduce al término del programa de esta lección. LA EXPERIMENTACIÓN BIOLÓGICA EN SU REALIDAD FACTUAL Al lado del filósofo de la ciencia, que medita acerca de lo que ésta sea, el exprimentador -con o sin la ayuda del hombre de ciencia teórico, del theoretiker-hace «su» ciencia, y con ella «la» ciencia. Contacto con el pasado histórico. O ve con sorpresa (ve el presente desde lo que en el pasado inmediato se sabía).
que desarrolló los principios fundamentales de la «herencia», sin aplicar los principios elementales de la genética. Trataremos de mostrar cómo los principios genéticos fueron introducidos vía las técnicas y no vía la teoría. La investigación genética en México comenzó a través de sus aspectos más prácticos, la genética experimental aplicada al mejoramiento de las especies con intereses económicos. fías de científicos anteriores a ellos y, del seguimiento temporal de instituciones o documentos, no es sino hasta hace unas cuantas décadas cuando esta actividad ha tenido un incremento sensible. En cuanto a las ciencias biológicas, la mayor parte de los estudios han sido dedicados a la medicina y la botánica, un poco menos a la zoología y a la biología en general, y muy poco o nada, a otras disciplinas como la embriología, la ecología, la paleontología o la genética 2. Sin embargo, el carácter de casi la totalidad de estos trabajos responde más a visiones biográficas o descripciones históricas que ven los desarrollos científicos como el resultado menos evolucionado de lo que ha acontecido en otras partes del mundo, principalmente Europa y Estados Unidos, que a análisis epistemológicos o metodológicos del contexto local como elemento central de la explicación de la actividad científica en cada región. Hasta muy recientemente, los estudios históricos «periféricos», con énfasis en el contexto «local», no se han desarrollado en Latinoamérica 3. El presente trabajo responde a esta postura metodológica. En éste pretendemos mostrar cómo y cuándo fue introducida la genética en México; es decir, nuestro interés está dirigido hacia la ubicación del momento en que por primera vez se utilizan los principios genéticos dentro de los programas de investigación en México, naturalmente, en el siglo XX. Requerimos, sin embargo, aclarar lo que en este trabajo se entiende como «introducción». Según Conry la «introducción» de una ciencia la podemos localizar en varios niveles: el primero es el nivel intelectual, en donde la ciencia en cuestión se discute pero no se ejerce; el segundo, se refiere al nivel político, donde la ciencia se utiliza ideológicamente pero no se practica; y el tercero, que es el nivel propiamente científico 4. En este último nivel no es necesario solamente que la ciencia -en este ----2 Revisiones de considerable extensión en la ciencia mexicana general durante el siglo pasado y en el presente son: la obra en tres volúmenes de PARRA, P. (1886de PARRA, P. ( -1888)), Historia de la medicina en México, desde la época de los indios hasta el presente; el libro de GORTARI, E. (1963), La ciencia en la historia de México, y la obra en cuatro volúmenes de TRABULSE, E. (1989), Historia de la Ciencia en México. Eventos importantes han sido: el Primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia (1963) y la formación de la Sociedad Latinoamericana de Historia de la Ciencia y la Tecnología (en la misma década). 3 Véase VESSURI, H. (1997), «Introducción» en: ALBORNOZ, M. P. KREIMER, y E. GLAVICH (eds.), (1997), Ciencia y Sociedad en América Latina, Universidad Nacional de Quilmes; VARSAVSKY, O. (1969), Ciencia, política y cientificismo, Buenos Aires, CEAL; LEITE LOPES, J. (1972), La Ciencia y el dilema de América Latina: dependencia o liberación, México, Siglo XXI; HERRERA, A. (1971), Ciencia y política en América Latina, México, Siglo XXI; CUETO, M. (1989), «Excelencia científica en la periferia. Actividades científicas e investigación biomédica en Perú, 1890-1950, Lima, GRADE-CONCYTEC; CUETO, M. Vrin. caso la genética-sea conocida por los científicos de un país, sino que sea practicada por ellos por medio de programas de investigación. Pretendemos mostrar, así, que a pesar del desarrollo de ideas y posturas ante la herencia por la comunidad médica mexicana en el siglo XIX, los principios genéticos no modificaron la forma de hacer ciencia sino hasta entrados los años 40s del presente siglo a través de programas agronómicos que pretendían llevar a cabo mejoramiento vegetal y que respondían, en gran medida, a necesidades económicas derivadas de las posturas políticas de los gobiernos mexicanos. Para mostrar lo anterior, en la primera parte analizamos las ideas que sobre la herencia se tenían en México durante las últimas décadas del siglo XIX, y cuáles eran las teorías, hipótesis o ideas que predominaban en las ciencias biológicas en México. A pesar que que en torno a 1850 los médicos no eran el único grupo científico interesado en el estudio de los seres vivos a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, es esta comunidad la que más destacó por su solidez expresada en su duración en el tiempo, su temprana profesionalización e institucionalización, el número de integrantes de su organización principal, la duración de su publicación más importante y, además, la cercanía e integración de algunos de sus miembros a los grupos en el poder. A través de la lectura de los primeros tomos de la Gaceta y de El Porvenir5 es notorio -sobre todo a partir de 1870-, una fuerte influencia procedente tanto de la filosofía como de la medicina francesas, en la medicina mexicana. Por un lado, el positivismo de Augusto Comte introducido por el Dr. Gabino Barreda en México a finales de 18676, y por otro, el fisiologismo de Claude Bernard, le dan un giro completo a los métodos de obtención del conocimiento utilizados hasta ese momento dentro de la medicina mexicana. Otro cambio sensible se dejará sentir más tarde, con la introducción de la teoría evolutiva que penetra en la medicina mexicana hacia finales de la misma década de 1870. Con ambas influencias (fisiologismo y evolucionismo) se sostiene un marco en las dos últimas décadas del siglo pasado, en el que la herencia es entendida como la transmisión del conjunto de las cualidades morales y físicas de los padres a los hijos, y se manifiesta principalmente a través de dos tendencias, comportamientos o leyes: una ----conservadora, que mantiene el tipo de la especie, y otra progresiva o acumulativa, ocasionada por los cambios ambientales y responsable de la evolución de la especie. Posteriormente, en la segunda parte, hablaremos de la introducción de la genética en los programas de agricultura, haciendo especial énfasis en el papel que jugaron los campos experimentales de la Secretaría de Agricultura y Fomento, la Oficina de Campos Experimentales y el Instituto de Investigaciones Agrícolas. La genética comenzó a ser utilizada por primera vez en el área de la agricultura, impulsada más bien por motivos económicos y políticos que por el desarrollo en sí de la ciencia de la genética en nuestro país. Aunque la genética en la agricultura se conocía en México desde finales de la década de 1920, e incluso es nombrada dentro del discurso político como ciencia impulsora del desarrollo, no es sino hasta la década de 1940 cuando experimenta una gran expansión en nuestro país con el auspicio del gobierno mexicano y la Fundación Rockefeller. Los primeros programas de investigación genética se iniciaron durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) bajo la dirección del Ingeniero Agrónomo Edmundo Taboada. La genética vegetal en México se desarrolló así, principalmente, bajo dos vertientes: la que proviene de Edmundo Taboada y la introducida por la Fundación Rockefeller. Ambas perspectivas difirieron bastante con repecto al estrato social del campesinado hacia el cual estaban dirigidas sus investigaciones, y de ahí que se enfocaran a resolver problemas distintos. Sin embargo, en cuanto a la utilización de la genética, ésta se limitó en ambos programas, principalmente a 1) la obtención de líneas puras de las variedades nativas, 2) la formación de nuevas variedades mediante hibridación, y 3) el mejoramiento mediante hibridación de las variedades creadas, de otras variedades nativas ya existentes, o de variedades importadas. De esta forma podemos ubicar la introducción de la genética en México a través de los programas de mejoramiento vegetal. LAS IDEAS SOBRE LA HERENCIA EN LA COMUNIDAD MÉDICA MEXICANA EN LA SE- GUNDA MITAD DEL SIGLO XIX. Al terminar el Imperio de Maximiliano con el triunfo del movimiento reformista mexicano (1867), la comunidad médica no era desde luego, el único grupo científico relacionado con el estudio de los seres vivos 7. Sin embargo, sobresale como uno de ----7 Otros grupos bastante pequeños fueron el de los botánicos, los zoólogos, los agrónomos y los veterinarios. El primero contaba ya con una respetable tradición en México, pero carecía de cohesión, pues estaba constituido por unos cuantos nombres, no contaba con una academia de enseñanza propia hasta ese momento y la enseñanza de la botánica era más bien errática en los primeros 50 años del siglo XIX. los mejor conformados y establecidos del país 8. Su solidez queda demostrada en ese tiempo por la conservación de su academia de enseñanza a través de los difíciles años post-indepentistas, el alto número de sus integrantes y las posiciones políticas que muchos de ellos ocupan dentro del gobierno 9, en contar ya con dos revistas especializadas (La Gaceta Médica y El Porvenir Filoiátrico) y dos sociedades; en fin, por ser uno de los escasos grupos científicos que lograron mantener una tradición establecida desde la época colonial 10. A pesar de que la expulsión del ejército francés del territorio mexicano era muy reciente, en los años posteriores al Imperio se deja sentir en la medicina mexicana una profunda influencia proveniente de aquel país 11. Dicha influencia se dá principalmente a través del fisiologismo de Claude Bernard y de la filosofía de Augusto Comte. El fisiologismo de Bernard se caracteriza por un lado, por conceder una gran importancia al medio interno o habitaculum (plasma sanguíneo) en el desenvolvimiento de todo ser vivo, debido a que es el único camino efectivo por el que el medio exterior obra en los organismos 12. Por otra parte, el fisiologismo de Bernard, defiende la utilización del método inductivo (de los hechos a la teoría) y, de ahí, la observación y la utilización del experimento como las armas más indispensables para hacer una ----Lo mismo puede decirse de los zoólogos, quienes conformaban un grupo todavía más pequeño. Además, son los propios médicos quienes se interesan en el estudio de ambas ramas. Así, decía el 12 de Enero de 1871 Leopoldo Río de la Loza en la Sociedad Mexicana de Historia Natural: «Hoy debemos felicitarnos... al observar que el estudio de las ciencias naturales ha salido de los estrechos y muy forzados límites a que se hallaba reducida hasta hace pocos años. Los médicos y los farmaceúticos, fueron los únicos que, obligados por las leyes concurrían poco más de una hora por unos cuantos días, a la mal organizada clase elemental de botánica, y eso sin fé en la utilidad de tal estudio, y por lo mismo, sin la dedicación indispensable, siquiera para conocer los principios fundamentales del ramo. En cuanto al de Zoología, bastará recordar que en general apenas era conocida.... a los afanes de la clase médica, auxiliada más tarde por algunas personas ilustradas y después por los ingenieros de minas, se debe la marcha progresiva y aún el entusiasmo que hoy se advierte por el estudio de las ciencias naturales». Discurso pronunciado por el Sr. Dr. D. Leopoldo Río de la Loza, Presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural en la sesión general celebrada el 12 de Enero de 1871. Por el lado de la agronomía y la veterinaria, la Escuela Nacional que conjuntaba ambos ramos hacía muy poco que había sido fundada (1853) y, a decir de los historiadores de las ciencias agrícolas, el estado en que se encontraba en torno a 1867 era bastante lamentable. REYES CASTAÑEDA, P. (1981), Historia de la Agricultura: información y síntesis, A.G.T. Editor. 8 Otro grupo bastante sólido para el momento fue el de los ingenieros. 9 Un ejemplo notable es el caso del Dr. Gabino Barreda introductor del positivismo en México. 10 RODRÍGUEZ, J. M. (1870), «Biografía del Sr. Dr. D. Ignacio Eraza», Gaceta Médica, 5, p. 11 Aquí es importante recordar que son precisamente algunos de los médicos llegados con el ejército francés, quienes fundan lo que primero fue la sección médica de la Comisión Científica que más tarde se transformó en la Sociedad Médica Mexicana. 12 REYES, M. ( 1873), «Breve estudio higiénico sobre el desagüe del Valle de México», El Porvenir, 5, p. El fisiologismo promovió una visión reduccionista de la medicina y de los fenómenos biológicos. Esta corriente adquirió vigencia en México a partir de la década de 1870. De Comte, la medicina mexicana heredó igualmente la relevancia que Comte le concede al medio (misma que se manifiesta por ejemplo, en su definición de vida), así como consideraciones referentes al desarrollo de la ciencia 14. En cuanto a la teoría evolutiva que aparece de una manera más clara hacia finales de la década de 1870, las teorías hereditarias toman las denominadas leyes de la herencia, que se refieren principalmente a las dos tendencias en las que actúa la herencia respecto de la evolución (como es entendida por los médicos): la conservadora y la progresiva. En esta dos tendencias, sobre todo en la segunda, el medio tiene también un papel relevante. El tema de la herencia en la medicina mexicana aparace tratado desde tres diferentes aspectos. 1) Encontrar las leyes bajo las cuales actúa. 2) Delimitar cuáles enfermedades obedecen a una causa hereditaria y cuáles obedecen a causas diferentes. 3) Conocer la causa o las causas de la alteración del germen en las enfermedades hereditarias. El primer aspecto está en relación con un tipo de herencia que llamaremos normal, pues tiene que ver con la transmisión de caracteres no patológicos. Los dos últimos tienen que ver con un tipo de herencia que llamaremos patológica, pues concierne a la transmisión de enfermedades. La búsqueda de «leyes» en la medicina mexicana de las últimas décadas del siglo XIX concierne a la búsqueda de generalizaciones de tipo más bien descriptivo 15. Aparentemente, el surgimiento de la genética (1900) no tiene una repercusión inmediata en la comunidad médica. Esto, sin embargo, no significa una simple falta de ----13 Introducción a la Medicina Experimental de Bernard. Citado por SEGURA, A. (1973), «La observación y la experimentación de los fenómenos biológicos». 14 Para Comte, el conocimiento humano había atravesado tres períodos: el teológico, el metafísico y el positivo. En este trabajo el autor habla de la circunstancia mexicana y de la introducción del positivismo en México. Para un estudio más profundo sobre el papel del positivismo en la ciencia mexicana, véase BARAHO-NA, A. y LEDESMA, I. (1999), «El positivismo y los Orígenes de la Biología Mexicana», Science et Techiniques en Perspective, por aparecer, y LEDESMA, I. y BARAHONA, A. (1999), «Alfonso Luis Herrera e Isaac Ochoterena: la institucionalización de la biología en México»,Historia Mexicana,48,3, 15 Ejemplos de estas declaraciones pueden encontrarse en el artículo de HERRERA Y FUENTES, P. (1873), El Porvenir, 5, 151-171, y LÓPEZ MUÑOZ, R. ( 1873), «De la Fuerza Medicatriz», El Porvenir, 5, 141-150. información, sino mas bien que la «nueva ciencia» no ha sido aceptada como tal por los médicos mexicanos. En el año de 1904, Alfonso L. Herrera habla en su libro Nociones de Biología16 de las «leyes de Mendel» (no de las leyes de la herencia) y de las «leyes de De Vries», pero consideradas no de manera independiente, sino dentro del campo de la evolución y específicamente, dentro del capítulo que denomina Hechos de la evolución; Segundo período: de demostración. Aquí, Herrera trata de una manera muy somera las «Leyes de Mendel», pues sólo se refiere a la «ley de dominancia» incluyendo algunos ejemplos en la formación de híbridos y, dado el marco evolutivo que maneja, falta por completo la teoría cromosómica de Boveri y Sutton. En 1922, se publica la primera edición de un segundo texto de biología, Tratado Elemental de Biología, cuyo autor es otra de las figuras importantes de la biología mexicana, Isaac Ochoterena. En la 6a edición (1942) incluye ya los capítulos sobre: Herencia (XIII); Leyes de Mendel (XIV) y Teoría para explicar la Herencia. En el capítulo sobre la Herencia define a ésta como «el fenómeno de la transmisión de caracteres morfológicos y de cualidades fisiológicas de un ser a su descendencia», y recalca la interacción entre el material hereditario y el ambiente, al declarar que «lo que se hereda son tendencias, es decir, nada más que potencias, posibilidades de desarrollo... la capacidad de hacer algo determinado en condiciones determinadas [...] Cada propiedad tiene una raíz doble: la constitución hereditaria y el medio ambiente»17. Entre el año de 1900 y 1942 existe una gran distancia, y sin embargo, aunque la teoría hereditaria ha sido elaborada ya con los descubrimientos en materia de citología principalmente, la definición de herencia no varía mucho de la proporcionada por los médicos de finales del siglo XIX. Así, al parecer, en el campo teórico la visión sobre la herencia no se modifica de manera sustancial en lss primeras décadas del siglo XX ni dentro de la comunidad médica, ni dentro de la comunidad de biólogos que se encuentra en formación. Por otra parte, es posible que ningún programa relevante de investigación teórica en genética haya sido iniciado ni por los médicos, ni por los biólogos, sino hasta el año de 1960 con el Programa de Genética y Radiobiología, integrado en la Comisión Nacional de Energía Nuclear. Dicho programa estuvo dirigido por Alfonso León de Garay y en él actúan precisamente médicos y biólogos. Dentro de los principales objetivos del programa se encuentran diversos aspectos específicos del proceso hereditario, desde el nivel molecular hasta la Genética de Poblaciones18. ----Mientras tanto, la investigación genética «práctica» o tecnológica se vino desenvolviendo con algunas décadas de anticipación en un área considerada básica para el desarrollo económico de cualquier país: la agricultura. LA INTRODUCCIÓN DE LA GENÉTICA EN MÉXICO A TRAVÉS DE LA AGRICULTURA. En el caso de México, durante las dos primeras décadas del siglo XX al menos, en las publicaciones médicas y en los primeros libros de texto de biología, se habla ya de «leyes de la herencia», «leyes de Mendel» e «hipótesis sobre la herencia». Sin embargo, este conocimiento no da lugar a que se inicie ningún programa de investigación sistemática en herencia o genética y así, tomando el sentido operativo de la introducción de una ciencia, no es sino hasta la década de 1930 cuando la genética realmente se introduce en México, y con una fuerza y un empuje aún mayores a partir de la década de 1940. Quienes empiezan a planear y ejecutar programas de investigación en genética ligados a la investigación agrícola, son los agrónomos. ¿Por qué siendo los médicos una comunidad mucho más fuerte y cimentada, y siendo ellos quienes durante las últimas décadas del siglo pasado se encargaban de estudiar los fenómenos hereditarios, sobre todo desde una perpectiva reduccionista, no son ellos los primeros en hacer investigaciones genéticas? Las respuestas pueden ser diversas; sin embargo, desde nuestra perspectiva, la respuesta más acertada se encuentra más bien dentro del campo de la política y de la economía, es decir, la introducción de la genética por la vía de la agronomía, referida a las necesidades más urgentes que el país presenta en ese momento histórico, hacen que esta última reciba un apoyo mayor que otras disciplinas por parte del gobierno 19. La investigación agrícola científica coordinada por instituciones gubernamentales tiene su origen en el Porfiriato. El gobierno de Porfirio Díaz mantuvo un gran interés por fomentar la agricultura de exportación ya que ésta generaba divisas y ayudaba a ----equilibrar la balanza de pagos20. El apoyo para la generación de productos agrícolas de exportación incluyó no solamente las facilidades jurídicas y legales para los productores tanto nacionales como extranjeros21, sino la introducción de maquinaria e implementos agrícolas modernos, así como la aplicación de las ciencias médicas y biológicas en el cuidado de los cultivos y de los animales (principalmente ganado). Por otra parte, la acción del gobierno de Díaz en favor de la agricultura se encaminó también a impulsar la investigación agrícola experimental y la educación agrícola superior. Gracias sobre todo a uno de los últimos Ministros de Agricultura de su gobierno, se crearon las primeras estaciones experimentales y se modernizó la Escuela Nacional de Agricultura (ENA, hoy UNACH) dando a sus carreras una orientación más técnica 22. Así, 1907 el nuevo programa de la Escuela Nacional de Agricultura incluía la formación de Ingeniero Agrónomo, Médico Veterinario y de técnicos en Mecánica Agrícola y en Agronomía23. Al mismo tiempo, se planeó el establecimiento y operación de una estación experimental de investigación anexa a la Escuela de Agricultura. Dicha estación sería la estación central y coordinadora de otras tantas que estarían ubicadas en Cd. Juárez, Chih.24, Río Verde, S.L.P., Villahermosa, Tab., Oaxaca, Oax., El Dorado, Sin., Sn. Pedro, Coah. y una en Yucatán. El Ministerio de Agricultura contrató especialistas de Francia, pero con el inicio de la revolución en 1910, sólo llegaron a operar las primeras cuatro25. ----En las estaciones experimentales se produjo una considerable cantidad de publicaciones -al menos 45 circulares y 80 boletines-a pesar de los pocos años durante los que funcionaron (de 1908 a 1914 aproximadamente) 26. En La modernización de la agricultura mexicana: 1940-1960 27, la politóloga Cynthia Hewitt de Alcántara habla acerca de las consecuencias sociales que tuvo la introducción de la «revolución verde» en México, en la calidad de vida del campesinado. Según Hewitt, a finales de las décadas de los 30 's y los 40' s había dos corrientes políticas dentro de los círculos de poder encargados de guiar y dirigir las acciones a seguir en el agro mexicano, que se reflejaron e influyeron en las instituciones encargadas de la investigación en genética vegetal. Esta división en el poder político del país tuvo sus raíces en el Porfiriato, y se reflejó en el movimiento de la Revolución Mexicana como una lucha de clases. Así, existían quienes luchaban por la creación de una agricultura campesina viable basada en las tradiciones de tenencia comunal de la tierra anteriores a la revolución, y los que propugnaban por la empresa privada en gran escala. Era en el fondo, en palabras de Cynthia Hewitt, «un conflicto entre los intereses del campesinado y los de una clase media en marcha, entre los partidarios de Zapata y los de Carranza» 28. Aunque la atención al mejoramiento de la tecnología agrícola formó parte intermitente de la política oficial en México desde que empezó el siglo, la investigación destinada a aumentar la producción de alimentos para el consumo nacional (recuérdese que a finales del Porfiriato se fomentaban los cultivos de exportación) no empezó a escala digna de mención sino en los años treinta, en especial en el período de la administración de Lázaro Cárdenas del Río (1934Río ( -1940)), y con mayor fuerza en los 40's. La filosofía de desarrollo económico de Cárdenas era agrarista, estaba en línea con el pensamiento de Zapata; Cárdenas creía que la mayor productividad del campo mexicano estaba íntimamente vinculada a cambios de estructura que transformarían las grandes propiedades agrícolas capitalistas en cooperativas de campesinos y jornaleros. De esta manera, los primeros agrónomos mexicanos formados en la aplicación de las nuevas tecnologías agrícolas compartían la misma filosofía de Cárdenas y se ----26 La temática de las publicaciones es variada, pero predominan principalmente los tópicos relacionados con las enfermedades y plagas de plantas y animales, y los temas en veterinaria general, así como las instrucciones sobre cómo sembrar adecuadamente ciertos cultivos (como la cebada, el lúpulo, la higuera, el arroz, etc.), o recomendaciones sobre la conveniencia de introducir otros nuevos. Siglo XXI editores, 5a edición, México. preocupaban más por hallar soluciones a los problemas de índole práctica que enfrentaban el común de los campesinos, que por importar tecnología extranjera 29. El grupo cardenista, encabezado por el Ing. Agrónomo Edmundo Taboada Ramírez, se formó y llevó a cabo sus investigaciones dentro de los campos experimentales de la Secretaría de Agricultura fundados en 1933. El conjunto de campos experimentales se convirtió más tarde en el Departamento de Campos Experimentales (DCE), y hacia finales de los cuarenta, en el Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA). Por otro lado, al comenzar la década de 1940 y al cambio de gobierno de Cárdenas por Manuel Ávila Camacho (1940)(1941)(1942)(1943)(1944)(1945)(1946), resurgió en el poder la tendencia capitalista en la agricultura; la tendencia a incrementar la producción en el próspero sector privado de la agricultura mexicana de manera que pudiera proveer de un excedente que permitiera alimentar a las ciudades en rápida expansión y aprovisionara a las nuevas industrias 30. Dentro de la tendencia capitalista se formó otro grupo de investigadores mexicanos en agricultura integrados en el llamado Programa Agrícola Mexicano (específicamente dentro de la Oficina de Estudios Especiales) de cooperación entre el gobierno mexicano y la Fundación Rockefeller de Estados Unidos. Es decir, integrados en la introducción del «paquete tecnológico» característico de la «revolución verde» que empezó en México y fue transferida más tarde a otros países del Tercer Mundo. A pesar de que en el fondo estas dos tendencias delineadas por Hewitt tienen los mismos objetivos -lograr un aumento en la producción de alimentos básicos en México-y que, como veremos, emplearon la misma metodología, según la autora, además del tipo de productor agrícola hacia quién y para quién estas dos líneas enfocaban la investigación agrícola, existió entre ambas una importante diferencia en cuanto al apoyo económico y administrativo brindado por el gobierno federal durante los 40 's y 50' s. Las discrepancias de tipo político propiciaron a su vez una relación más bien distante entre ambas instituciones durante esas décadas. La primera tendencia, la agrarista, es la que conduce al Instituto de Investigaciones Agrícolas y su figura principal es Edmundo Taboada Ramírez. La segunda, corresponde a la mirada capitalista, y nos lleva a la Oficina de Estudios Especiales, dirigida a lo largo de toda su existencia por investigadores norteamericanos. Ambas líneas se fundieron finalmente en 1960 para formar el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA) cuya trayectoria ya no es tratada en este trabajo por tratarse de una segunda etapa en la historia de la agronomía en México. Los campos experimentales de la Secretaría de Agricultura y Fomento (SAF), la Oficina de Campos Experimentales y el Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA). Desde mediados de la década de 1920, en los expedientes de agricultura de la Secretaría de la Presidencia se habla del «mejoramiento vegetal» de cultivos como el algodón, 31 y «del estudio de las variedades cultivadas, de la conveniencia de introducir otras nuevas o mejorar las que existen» y de la «catalogación de los híbridos y sus posibilidades» para el caso del olivo 32. Hasta el año de 1933 en que se crean algunos campos experimentales dentro de dicha Secretaría, la investigación en genética vegetal no encuentra un terreno más o menos propicio para la continuidad 33. El Ing. agrónomo Edmundo Taboada Ramírez es la persona que se encarga de ello y es, de hecho, el personaje principal en los años subsecuentes dentro de esta línea. Edmundo Taboada, egresado de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, fue «el primer técnico mexicano en agronomía que tuvo la oportunidad de hacer estudios de postgrado durante 1932 y 1933 en la Universidad de Cornell, N. Y., sobre genética vegetal, y en la de Minessota estudios con el Dr. E. Stackman en parasitología vegetal», 34 específicamente en el chahuixtle del trigo. Fue uno de los primeros catedráticos de genética vegetal y aplicada en la Escuela Nacional de Agricultura, y el primer autor nacional en escribir un libro de texto sobre genética general -Apuntes de Genética- 35. Al comenzar el período administrativo de Lázaro Cárdenas (1934), Taboada fue designado Jefe de la estación agrícola experimental del Yaqui en Sonora, creada el año anterior en el Departamento de Agronomía, Química y Suelos de la Dirección General de Agricultura de la SAF. En esta estación Taboada inició el primer trabajo en genética vegetal, el cual consistió en seleccionar de entre diversas variedades de ajonjolí la que estuviera mejor adaptada a las condiciones ecológicas del Valle del Yaqui. Las siguientes selecciones que llevó a cabo dentro del distrito de riego de Pabellón, Aguascalientes, en los años de 1936 y 1937 dieron como resultado la ob-----31 Secretaría de la Presidencia Expediente 104-C-15. 33 De cualquier manera, la investigación que se empezó a realizar en los campos experimentales a partir de 1933 tuvo un carácter local, pues los resultados no fueron difundidos al resto del país y las selecciones hechas en las variedades sólo funcionaban para esa región. Por otra parte, la investigación agrícola sufrió los altibajos administrativos de una serie de cambios que se dieron dentro de la SAF durante la década de 1930. Estas alteraciones en su estructura organizativa iban y venían con las diferentes administraciones de gobierno (se pueden consultar los informes de actividades que anualmente presentaba dicha institución ante el Congreso de la Unión a partir del año de 1934). 34 tención de una variedad de chile pasilla de mayor rendimiento y mejores características agrónomicas que las otras variedades regionales 36. En 1940, en la dirección General de Agricultura se creó la primera oficina de experimentación agrícola del país, la Oficina de Campos Experimentales y su primer Jefe fue precisamente Edmundo Taboada. Los primeros diez campos experimentales coordinados a nivel nacional fueron: El Yaqui, Son., Llera, Tamps., Pabellón, Ags., Briseñas, Mich., León, Gto., Querétaro, Qro., Tlalnepantla, Mex., Zacatepec, Mor., El Palmar, Ver., y Rosario Izapa, Chis 37. En sus primeros seis años de vida, en estas estaciones experimentales se seleccionaron diferentes variedades de maíz adaptadas a las condiciones ecológicas y económicas de los productores de diferentes estados del país: la variedad Celaya, Guanajuato 16 y Guanajuato 21 para el estado de Guanajuato; la Jalisco 35 para el estado del mismo nombre; la Chapingo 1 y la Hidalgo 7 para el Valle de México que tenía bajo riego y la Llera III para Tamaulipas, maíz precoz y con buen rendimiento propicio para las zonas bajas del noroeste del país 38. Estas variedades de maíz llamadas «de polinización abierta» resultaban particularmente adecuadas para la mayoría de los productores de maíz, pues como explicaba Taboada en el informe presentado a la Secretaría de Agricultura (SAG) en el período 1951-1952: «Hay varios tipos de semillas de maíz de alto rendimiento. Los rendimientos mayores se obtienen con los maíces llamados 'híbridos', pero su excepcional productividad sólo dura para la primera siembra. En las siembras siguientes, la productividad baja tan señaladamente que a veces los rendimientos son inferiores a los que puede obtenerse con semillas ordinarias, obligando así al agricultor a adquirir semilla nueva cada año. Gran número de los que cultivan el maíz en México no pueden emplear con éxito estos maíces híbridos, sea por sus limitados recursos económicos, sea por sus limitados conocimientos. Las variedades mejoradas de polinización abierta son otro tipo de maíz de alto rendimiento. Aunque a veces son algo menos productivas que las híbridas, tienen la gran ventaja de la permanencia, y el agricultor puede destinar una parte de su cosecha para semilla del año siguiente exactamente como suelen hacer nuestros pequeños agricultores cuando siembran» 39. En el cultivo del trigo se iniciaron las colecciones de variedades en los campos de los agricultores, se realizaron ensayos de rendimiento de aquéllas que tenían las mejores características agronómicas y se empezaron a hacer los primeros cruzamientos entre las variedades mexicanas con alto rendimiento, pero susceptibles al chahuixtle del tallo y las variedades americanas con escasa adaptación pero resistentes a esa ----36 INIA (1985), p. 39 Secretaría de Agricultura. Posteriormente se distribuyeron las variedades Lagunero y Anáhuac para el norte del país 40. En arroz se iniciaron las selecciones y se sembraron los primeros ensayos de rendimiento de las variedades Jojutla y Colima que en años posteriores fueron distribuídos para producción comercial. En otros cultivos de importancia comercial, como el ajonjolí, se empezó a trabajar en los años de 1944-1946 en la creación de variedades por medio de selección individual y cruzamiento. Dados los problemas ocasionados en la industria de la producción de llantas y otros productos del hule durante la Segunda Guerra Mundial, se inició en 1942 un programa de experimentación con clones importados de Sumatra, Java, Malaya y Filipinas; a finales de 1945 ya se estaban estableciendo las primeras plantaciones en la región de El Palmar, Veracruz. En 1945 también, se empezó a construir la Estación Central de Investigación y Propagación del Cacao en Rosario Izapa, Chiapas, en la cual se probaron clones provenientes del Colegio Imperial de Agricultura de la Isla De Trinidad; sin embargo, el programa más importante fue el de selección de clones nativos cuya fase inicial consistió en la colección de frutos de más de 65.000 árboles localizados en diferentes plantaciones del estado de Chiapas 41. Otros programas de investigación fueron hechos en cultivos de frijol, papa, algodón, olivo, higuerilla, cáñamo y guayule. En 1947 la Oficina de Campos Experimentales se transformó en el Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA) con Edmundo Taboada como Director hasta el año de 1960. 42 En el maíz se crearon, además de las ya mencionadas, las variedades Costeño 52 para la costa de Culiacán, Sinaloa, los híbridos H-52 y H-58 para otras zonas tropicales y la Llera-339 para terrenos altos de temporal. Edmundo Taboada personalmente se dedicó a producir lo que llamó variedades estabilizadas de maíz tomando como base las variedades de maíces de polinización abierta creadas durante los años anteriores. El método básico para producirlas consistía, primero, en la obtención de líneas con los menores defectos agronómicos y con buena aptitud combinatoria. Luego, por medio de cruce AB y su evaluación posterior, se seleccionaban aquellas con mayor rendimiento. 10. las combinaciones posibles entre las líneas superiores produciendo así una población con equilibrio genético. Con esta metodología se obtuvieron en la década de los cincuenta numerosas variedades estabilizadas que fueron distribuídas entre los agricultores de diferentes regiones del país. 43 En 1960, el IIA se fusionó con la otra dependencia que desde el año de 1944 comenzó a hacer de manera paralela investigación agrícola en México: la Oficina de Estudios Especiales perteneciente al Programa Agrícola Mexicano. El Programa Agrícola Mexicano y la Oficina de Estudios Especiales (OEE): la «revolución verde» En 1941, unos pocos meses después de que Ávila Camacho remplazara a Cárdenas en la presidencia, el gobierno de México inició conversaciones informales con unos representantes de la Fundación Rockefeller sobre la posibilidad de un programa de ayuda técnica, en virtud del cual el personal proporcionado por la fundación podría laborar en la superación de la productividad agrícola en México. Ese mismo año la fundación envió un comité de tres especialistas en agricultura para que hicieran un viaje de reconocimiento e informaran sobre la conveniencia y posibilidades de iniciar un programa patrocinado por la misma. Este comité estaba integrado por el Dr. E. C. Stakman, Jefe de la División de Fitopatología de la Universidad de Minesotta, el Dr. Paul Mangelsdorf, Director del Museo Botánico de la Universidad de Harvard y el Dr. Richard Bradfield, Jefe del Departamento de Agronomía de la Universidad de Cornell. El comité visitó más de la mitad de los 28 estados de la República investigando los cultivos característicos de las diversas regiones; los tipos de climas, suelos, tradiciones y costumbres de su gente. El informe presentado por este comité fue favorable y casi en seguida el Gobierno de México hizo una invitación formal a la fundación para llevar adelante un programa cooperativo de agricultura en México. La fundación aceptó la invitación y el Programa Agrícola Mexicano se inició en febrero de 1943 44. Después de iniciado el programa oficialmente, el Dr. Stakman regresó a México con el Director del programa, J. G. Harrar, para consultar con los científicos mexicanos y establecer las bases y las acciones específicas a seguir. Ambos doctores procedieron de acuerdo con el informe preeliminar del comité consultivo, que recomendaba la concentración inicial en las siguientes ramas de la ciencia agrícola: 1) suelos, 2) genética, 3) control de las enfermedades y plagas y 4) ganadería. Los especialistas americanos y los investigadores mexicanos acordaron tras hacer un estudio exhausti-----43 INIA (1985), p. 44 HARRAR, J. G. (1950), Programa Agrícola Mexicano, Fundación Rockefeller (1913), Leo Hart Co., Nueva York, U.S.A, pp. 5-6. vo, un programa de doble fin: la actividad central sería la investigación fundamental de métodos y materiales de utilidad para incrementar los cultivos básicos alimenticios pero, como este programa con el tiempo debería ser totalmente mexicano, se acordó que se diera mayor énfasis en segundo lugar a un programa de adiestramiento para investigadores mexicanos seleccionados 45. Con estas bases se creó en 1944 la Oficina de Estudios Especiales (OEE) cuyas oficinas junto con los laboratorios auxiliares de fitopatología y entomología quedaron ubicados en el edificio de la Dirección General de Agricultura en Sn. Jacinto, ciudad de México. La estación experimental quedó situada en terrenos de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo y en ella se establecieron algunos laboratorios de campo, invernaderos y proyectos científicos de siembra. Posteriormente el Programa inauguró otra estación experimental en Guanajuato, y una más en Morelos. El personal de la estación de Chapingo quedó compuesto por especialistas en todas las fases de la ciencia agrícola; químicos de suelos, genetistas, microbiólogos, fitopatólogos, entomólogos, ecólogos e ingenieros agrícolas 46. Como los dos cereales con una mayor superficie cultivada en el período 1939-1941 (72% de la superficie total del país) 47 y como parte primordial de la dieta de los mexicanos (sobre todo el primero), el eje del programa de investigación de la OEE fue el mejoramiento del maíz y del trigo. La experimentación comenzó por formar un banco de información genética con semillas provenientes de muchas regiones productoras de la República, procurando que quedaran incluídas todas las regiones. Los investigadores llevaron semillas de más de mil variedades de maíces nativos a la estación experimental de Chapingo. Ahí, y en parcelas experimentales distribuídas en todo el país, sembraron las semillas junto con otras provenientes de Estados Unidos, Guatemala, y otros países productores de maíz con el fin de averiguar cuáles tenían las mejores características agronómicas, como mayor rendimiento, precocidad, valor nutritivo y adaptación climática. Este ensayo preliminar les dió una base para seleccionar unas cuantas variedades buenas para la multiplicación de su semilla. Las primeras variedades así obtenidas fueron entregadas para su multiplicación y se destinaron para su uso inmediato distribuyéndolas rápidamente a los agricultores para su siembra. Luego, los investigadores comenzaron a hacer nuevo cruce y desarrollaron nuevas variedades sintéticas e híbridas. El proyecto del mejoramiento del maíz de la OEE dió origen al establecimiento de una de las colecciones más grandes y más variadas de maíz en aquel tiempo 48. 47 Centro de Investigaciones Agrarias. (1974), Estructura agraria y desarrollo agrícola en México, México, p. En el trigo, uno de los problemas más grandes era el la roya o chahuixtle que en años favorables para este hongo devastaba los cultivos ocasionando grandes pérdidas. Norman Bourlag, jefe del programa de experimentación triguera de la OEE, encontró que en México existía la siguiente situación al inicio del programa en 1944: El trigo se cultivaba primordialmente en invierno y en regadío. Se sembraba de septiembre a diciembre y se cosechaba de abril a junio, según las variedades y la altura. Las variedades eran todas de primavera y de origen desconocido, menos dos de ellas, la Ramona y la Baart, que procedentes de California habían sido introducidas en el estado de Sonora. No había variedades en el sentido corriente de la palabra, sino mezcla de muchos tipos diferentes. Todas las variedades eran susceptibles al chahuixtle o roya del tallo y de las hojas. En los años en que las condiciones ecológicas eran favorables al moho patógeno del tallo, como fue el caso en Sonora en 1939, 1940 y 1941 y en la región central del Bajío en 1948, devastadoras epidemias llevaron a la ruina a los cultivadores de trigo. Las prácticas [de cultivo] eran primitivas en todas las regiones menos en Sonora, que estaba mecanizada. En todas las demás partes, el único instrumento empleado en la preparación de la tierra y las operaciones de siembra era el antiguo arado de madera, tirado por bueyes o mulas. En todas partes menos en Sonora, se cosechaba con una hoz y la trilla se efectuaba con pequeñas trilladoras fijas o más comúnmente se hacía salir el grano pisando las espigas los bueyes o las mulas, y zarandeándolo después para limpiarlo. Los rendimientos eran bajos y estancados, con un promedio nacional de 750 kg por hectárea 49. Se puso en práctica entonces, primero mediante la selección de las semillas nativas e importadas de máximo rendimiento para su distribución inmediata a los agricultores comerciales, y después, progresivamente, cruzando las mejores variedades para formar nuevas combinaciones genéticas. Como parte del programa de selección, unos representantes de la OEE fueron enviados al campo y a estaciones experimentales de regiones trigueras para recoger muestras de semilla e interesar a los agricultores locales o a los empleados de gobierno para participar en el programa permitiendo que se pusieran a prueba pequeñas cantidades de semilla experimental en sus tierras. En total, se reunieron 11.000 plantas indígenas diferentes y se trajeron del extranjero unas cuatrocientas variedades para mayor comprobación. Cuatro de estas últimas se estaban multiplicando en 1947 para su utilización comercial (denominadas Rocamex 211, 209, 321 y 324, procedentes de Kenia y Texas) y al año siguiente una quinta, Gabo, procedente de Australia 50. A partir de 1945, el programa de selección se desarrolló junto con esfuerzos sistemáticos para cruzar las mejores variedades locales con las extranjeras, y producir variedades enteramente nuevas adaptadas especialmente a México. La metodología utilizada para producir las nuevas variedades consistía en: El investigador recurre a la hibridación. Escoge como padres dos variedades con las características que desea combinar [...]. Para cruzarlas, primero emascula una de ellas quitándole las anteras, los órganos masculinos que contienen el polen, con delicados fórceps cuando esos órganos están bien desarrollados pero todavía no maduros. Después cubre la cabeza emasculada con una bolsita de papel cristal para impedir la polinización no controlada. A los pocos días cuando los órganos femeninos, los estigmas, se han hecho receptivos, el operador los poliniza con anteras maduras de la otra variedad. Esta polinización produce semillas que forman plantas híbridas de primera generación, perfectamente uniformes, y nada se consigue practicando la selección sobre ellas. Pero en la segunda generación y las que siguen, la segregación genética crea nuevas combinaciones tan abundantes y diversas como las cartas de una baraja. Las oportunidades de selección creativa son enormes. Es en las primeras generaciones que siguen a una cruza cuando el fitocultor muestra su talento, porque es entonces cuando tiene que seleccionar para su propagación las combinaciones que más se aproximan al trigo ideal que se ha propuesto crear 51. Después de nueve años, este programa produjo y entregó a los agricultores trece nuevas variedades comerciales de trigo que satisfacían todos los requisitos de rendimiento y resistencia al chahuixtle establecidos por la OEE (Yaqui,48,50 Así, a comienzos de la década del cincuenta, estas primeras variedades de alto rendimiento llegaron a ser empleadas en una gran parte de las tierras trigueras del país. No obstante, la guerra contra el chahuixtle estaba lejos de haber terminado porque las especies de chahuixtle que llevaban veinte años o más inactivas reaparecieron súbitamente, y otras más recientes que se suponía vencidas por la investigación genética dieron muestras de una notable capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones. Entre 1951 y 1954, cinco virulentas especies del parásito reaparecieron, atacaron a algunas de las variedades nuevas de alto rendimiento e hicieron necesario que el programa de la OEE se pensara en función de la creación de un nuevo trigo compuesto de una mezcla de diversas variedades que conservara las características productivas de las anteriores variedades, pero que además fuera resistente a diferentes variedades de chahuixtle. Por fortuna, la espectacular resistencia de la variedad Lerma Rojo, entregada a los agricultores en 1954, hizo innecesario seguir adelante con un plan tan complicado 52. La característica a la que se dió particular importancia en las investigaciones de la OEE en años siguientes, aparte de la resistencia al chahuixtle, fue la capacidad de responder las nuevas variedades a un «paquete» cada vez más complejo de insumos y prácticas, como fertilizantes químicos, herbicidas, insecticidas, irrigación y mecanización, todos especialmente aplicados a las zonas de riego. La culminación del esfuerzo para crear semillas que aumentaran el rendimiento y resistieran al chahuixtle se presentó en 1961-1962 cuando se entregaron a los agricultores mexicanos los famosos trigos enanos. 52 HEWITT (1985), pp. 42-43. hecho necesarias precisamente por la incapacidad de los trigos anteriores de alto rendimiento, incluso el Lerma Rojo, para aguantar grandes dosis de fertilizante sin que se «encamaran» (abatieran) antes de que fuera el tiempo de la cosecha. Las barreras impuestas por el encamado habían sido reconocidas ya por el personal de la OEE en 1948, pero no se había encontrado forma utilizable de enanismo hasta el descubrimiento del trigo japonés Norin, incorporado al programa triguero mexicano en 1953. Entre ese año y 1962 se perfecccionaron nuevas variedades de tallo corto (como la Pénjamo, Pitic y la Sonora 63 y 64) que aumentaron mucho la productividad de los trigales mexicanos, más aún que la Lerma Rojo 53. Otras investigaciones desarrolladas por la OEE de manera secundaria a las investigaciones con el maíz y el trigo, se hicieron en 1949 con frijol, y dieron como resultado la selección de 7 de sus variedades recomendables por su rendimiento superior y su resistencia a las enfermedades y plagas. Por otra parte, en el programa de adiestramiento para investigadores mexicanos, la Secretaría de Agricultura y Ganadería (SAG) comisionaba a un grupo de 15 ó 16 jóvenes sobresalientes graduados de las principales escuelas de agricultura de México, asignándolos a la Oficina de Estudios Especiales. Estos jóvenes agrónomos participaban directamente en los trabajos de campo y de laboratorio durante un año o un poco más, y después eran envíados -según sus aptitudes para la investigaciónpara hacer estudios en el extranjero (principalmente a Estados Unidos). Los estudiantes mexicanos hacían estancias de un año cuando menos, becados en la institución más adecuada a las necesidades de su especialidad; al finalizar debían regresar a México a ocupar puestos como investigadores agrícolas al servicio del gobierno. En la OEE se aceptaban también estudiantes de otros países de Latinoamerica, lo cual permitió que en el año de 1949 se pudiera celebrar una Primera Asamblea Latinoamericana de Fitogenetistas. Esta Asamblea tuvo lugar en la ciudad de México, siendo anfitrona la OEE, y en ella presentaron numerosos trabajos los investigadores mexicanos que laboraban en dicha Oficina) 55 El programa de adiestramiento de la OEE tuvo un buen resultado, pues a lo largo de la década de 1950 un número cada vez mayor de mexicanos iban ocupando los puesto importantes (aunque los puestos directivos siempre fueron ocupados por norteamericanos). Así por ejemplo, en 1956 la OEE contaba con 18 especialistas de tiempo completo de la fundación y con más de 100 científicos mexicanos. Finalmente, cuando la Rockefeller se retiró del Programa Agrícola Mexicano en 1960 y la OEE se fusionó con el IIA, se habían formado una gran cantidad de investigadores mexicanos. 55 Oficina de Estudios Especiales (1959), Primera Asamblea Latinoamericana de Fitogenetistas. Secretaría de Agricultura y Ganadería, México. Comparación metodológica entre las dos líneas de investigación en genética agrícola. ¿Qué tipo de genética se introdujo en México? Independientemente de las tendencias políticas y del nivel económico y social de los productores agrícolas hacia quienes estaban orientados los resultados positivos de la investigación en genética agrícola realizadas por la línea de Edmundo Taboada y del Programa Agrícola Mexicano, metodológicamente, ambas líneas seguían un patrón común en la investigación. Es decir, ésta siempre comenzaba por reunir una colección de material genético formado por las semillas de la planta sujeto de experimentación (maíz, trigo, frijol, etc.) procedentes de diversas regiones de la República y de algunas extranjeras, de su siembra en campos experimentales y de la observación de las características de interés fitotécnico que poseía cada una de ellas, seguido de una selección de aquellas variedades que presentaran las características más adecuadas al objetivo perseguido (mayor rendimiento, mayor resistencia a las enfermedades, precocidad, etc.). Una vez obtenidas estas variedades se podía continuar con la experimentación haciendo cruce entre variedades con el fin de producir variedades híbridas con características aún mejores que las variedades parentales. Esta metodología, es en efecto, la misma utilizada por los fitotecnistas norteamericanos desde principios de siglo. La genética aplicada al mejoramiento vegetal o fitotecnia comenzó a ser utilizada casi inmediatamente después del «redescubrimiento» de las leyes de Mendel por E. M. East y C. H. Shull en la Estación Experimental Agrícola de Connecticut y en Cold Spring Harbor respectivamente en el año de 1905 56. Estos primeros estudios de endocría y cruzamiento fueron hechos en el maíz. A partir de entonces este tipo de investigación se extendió a otras universidades de agricultura de los Estados Unidos como la de Minnessota, California, Washington y Ohio, Ilinois entre otras. En un principio, los resultados alcanzados por la fitotecnia norteamericana no lograron atraer el interés de los agricultores norteamericanos, pero en torno a la década de 1930, conforme iba quedando demostrada la gran diferencia existente entre las variedades normalmente utilizadas y las producidas por la experimentación (por ejemplo, con respecto de la resistencia a las enfermedades), esta disciplina se volvió muy popular entre el gran público que se fue mostrando cada vez más dispuesto a cooperar con las investigaciones e incluso a financiarlas. Es precisamente este tipo de genética la que se introduce en México a mediados de la década de 1930, y sobre todo en la década de 1940: la genética aplicada al mejoramiento vegetal. Históricamente, desde principios de siglo se desarrolló en Estados Unidos una escuela fuerte de genética clásica ligada a la agricultura, la llamada genética del maíz, ----56 HAYES, K. H. (1947), Métodos fitotécnicos; procedimientos científicos para mejorar las plantas cultivadas, Ediciones ACME, Bueno Aires, Argentina. cuyo pionero y cabeza fue R. Emerson de la Universidad de Cornell. Los investigadores de la genética del maíz se dedicaron durante las tres primeras décadas de este siglo a determinar el mecanismo de la herencia mendeliana que estaba siendo desarrollada por T. H. Morgan y sus colaboradores, primero en Columbia y luego en el Tecnológico de California. Uno de los principales objetivos era el de hacer un mapeo de los cromosomas del maíz. 57 Este grupo de investigación estuvo íntimamente ligado a los programas de desarrollo agrícola. La genética clásica del maíz ligada al mejoramiento vegetal no se practicó en México en ningún momento. Sin embargo, los investigadores mexicanos que se formaron en fitotecnia, poseían el cuerpo completo de los conocimientos genéticos básicos necesarios para comprender cuáles eran los mecanismos hereditarios que actuaban durante las experimentaciones (como lo prueban los Apuntes de Genética de 1938 escritos por E. Taboada). Y por otra parte, un considerable entendimiento de la genética de poblaciones que a su vez se desarrollaba de manera independiente de la genética del maíz. Es por tanto el lado práctico de la genética, aquel ligado a la agricultura, el que primero se introduce en México. El desarrollo de la genética en México tiene un paralelo con el desarrollo de esta ciencia en Europa y Estados Unidos sólo en algunas de sus vertientes. Es decir que, para la etapa en que no se habla todavía de genética (antes de 1900), sino de un concepto más amplio, el de herencia, en México este concepto es manejado y conceptualizado principalmente dentro de la medicina. Posteriormente a 1900, cuando surge la genética como ciencia, en México se desarrolla por su lado más práctico o tecnológico: el mejoramiento de especies. Las áreas en las que se desarrolla el concepto de herencia y la genética en México, generalmente no son incluídas en las historias tradicionales de la genética. Entonces, para hacer un análisis de las verdaderas contribuciones de las comunidades de médicos y de agrónomos, es necesario compararlas con sus semejantes europeos y norteamericanos. Esto es, con la historia del concepto de herencia en la medicina europea antes de 1900, y con la historia de las aplicaciones de la genética vegetal después de ese año. De ambas etapas es notorio que el desarrollo de la genética en México se ha dado más por el lado práctico que por el teórico: los médicos se interesan por la herencia porque existen ciertas enfermedades que ellos no son capaces de curar; tales enfer----- medades son recurrentes dentro de una misma familia y algunas incluso se presentan a la misma edad entre los diferentes individuos de generaciones sucesivas; a los agrónomos interesa el mejoramiento de las variedades vegetales de valor económico porque les permitirá obtener mayores rendimientos y los gobiernos mexicanos les apoyan porque están interesados en que los ingresos obtenidos en el ramo agrícola aumenten. Tal vez, este mismo fenómeno se haya dado en otros países de latinoamerica (introducción y desarrollo primario de los aspectos más prácticos de las ciencias) y estaría relacionado directamente, creo, con su situación como países colonizados por largos períodos de tiempo. Por otra parte, de una manera más puntual, podemos decir de las ideas sobre la herencia en la segunda mitad del siglo pasado (y en general de la medicina mexicana de la época), que sufre en una evolución desde perspectivas más relacionadas con el vitalismo hacia tendencias más reduccionistas, y que este cambio se da de una manera más rápida durante la década de 1870, en relación con el advenimiento de la política positivista dentro de los altos círculos intelectuales mexicanos. A partir de esos años, existe una promoción muy fuerte de la experimentación para comprobar hipótesis, así como una prefencia por las explicaciones basadas en entidades materiales, aunque una buena dosis de teísmo sigue estando presente. Aparentemente, la comunidad médica conserva las ideas prevalentes dentro de su tradición en cuanto a la herencia al llegar el siglo XX. Aunque Alfonso L. Herrera incluye ya en 1904 una referencia a la ley de dominancia de Mendel, el contexto en que la incluye es evolutivo, más en el sentido macromutacionista de De Vries, y al parecer, no vislumbra una conexión o implicación directa para la herencia como es considerada por los médicos de su tiempo, y de la cual poseía seguramente un conocimiento bastante cercano (desde que él mismo se desenvuelve y se ha formado dentro de esa misma tradición). Sea porque los médicos no se convencen de la veracidad e implicaciones de la teoría de Mendel, sea porque sus intereses más urgentes se encuentran lejos de los problemas teóricos involucrados en la transmisión de las enfermedades hereditarias, aunado a las constricciones que la propia economía del país durante la revolución aplican a los presupuestos para investigación, el hecho es que los programas sobre investigación genética no son iniciados ni dentro de la medicina, ni dentro de la incipiente biología (a su vez muy influenciada por la tradición médica), al menos no antes que en el campo de la agricultura (1930). En cuanto a la genética en la agricultura, los programas de investigación son bastante específicos y comprenden principal y casi exclusivamente el mejoramiento de variedades en plantas de interés económico. La comunidad encargada de llevar a cabo dichos programas es la de los ingenieros agrónomos y la gran mayoría de quienes participan en ellos tiene que ser capacitado en Estados Unidos. Esto ocasiona a la larga un gran problema para el desarrollo posterior de la agricultura durante las décadas de 1960 y 1970, pues la orientación capitalista dentro de la cual son entrenados la mayoría de ellos no corresponde a la realidad de la estructura agraria mexicana.
MUERTES APARENTES Y SOCORROS ADMINISTRADOS A LOS AHOGADOS Y ASFIXIADOS EN LAS POSTRIMERIAS DEL SIGLO XVIII Desde la Edad Media, el temor de ser enterrado vivo obsesionó la conciencia de muchos países europeos. El siglo XVIII, de espíritu humanista y filantrópico, conmovido por tan desgraciada suerte, se enfrentó con aquel problema de extrema gravedad. A ejemplo de Holanda, nació por toda Europa un gran movimiento de solidaridad a favor de los ahogados y asfixiados, se desplegaron ingentes esfuerzos para volverlos a la vida, y con indudable éxito, pues se salvó así una infinidad de personas. PALABRAS CLAVE: medicina, Europa, siglo XVIII. Antiguamente y todavía en el siglo XVIII no muy lejano, no se diferenciaba la muerte verdadera del coma profundo o de los estados letárgicos provocados por una multiplicidad de causas generalmente accidentales (síncope, desmayo, apoplejía, afectos soporosos, alferecía, catalepsia, insulto convulsivo o histérico, éxtasis morboso, vehemente pasión de ánimo como pavor, fuerte ira, pesadumbre o excesiva delectación venérea). Si, como en varios países y en España entre ellos, se practicaba la inhumación en un plazo breve, existía e1 peligro de ser enterrado vivo. Y efectivamente, ocurría con bastante frecuencia aquella horrible desgracia. Unos de estos «muertos vivos» golpeaban con desesperación las paredes del ataúd antes de sucum-bir por falta de aire. Otros tenían a veces la suerte inaudita de que alguien oyese sus gritos y su vuelta a la vida se consideraba como auténtico milagro. El temor de ser enterrados vivos era tan fuerte que en Inglaterra ciertas personas exigían llevar atado al dedo un cascabel o una campanita para eventualmente manifestarse desde su féretro. En Alemania, era costumbre destapar en el cementerio el ataúd antes de proceder a la sepultura. Resultaría imposible hacer el recuento de aquellos desgraciados condenados a la podredumbre que lograron in extremis salvar su vida, o que durante la autopsia que se les hizo, reaccionaron al primer corte de bisturí. Sólo recordaré unos pocos casos históricos. El de D. Diego de Espinosa, cardenal y obispo de Sigüenza, Presidente del Consejo de Castilla en tiempos de Felipe II, víctima de un «parasismo» que le dejó como muerto. Se preparaban a embalsamarlo cuando opuso la mano a la navaja del cirujano. Se supo luego que le había reñido el Rey y de pesadumbre había caído en aquel estado. O también el del Papa Inocencio VIII que, dos años antes de su muerte, fue acometido de tan vehemente síncope que se quedó 22 horas enteramente inmóvil, sin pulso ni respiración, de manera que empezaba ya el Sacro Colegio de Cardenales a tratar de la elección de un nuevo Pontífice, cuando despertó naturalmente. En 1766, la Señora de Scott yacente en su ataúd y a punto de ser enterrada el mismo día de su supuesta muerte, despertó de su letargo al sentir que unos ladrones querían arrancarle su sortija de esmeralda. Recobró todos sus sentidos y cinco años después, dio a luz al célebre novelista Walter Scott. Winslow refiere un caso de catalepsis perfecto sufrido por un religioso franciscano que sacaron de su tumba tres o cuatro días después de enterrado y que se encontró todavía vivo, aunque con las manos roídas. La falibilidad de las señales vulgares para distinguir la verdadera muerte de la muerte aparente es un tema recurrente que inquieta las conciencias de los países europeos, un problema de extrema gravedad para muchos médicos, ya que su acción obedece a dos reglas intangibles: «siempre es prohibido por las leyes de la humanidad y por el precepto de la religión adelantar la muerte al prójimo de un solo instante». Desde mediados del siglo XVIII, numerosos tratados surgidos en todo el ámbito de Europa expresan esta preocupación mayor. En Francia, Bruhier d'Ablancourt 1 publica en 1749 una Disertación sobre la incertidumbre de los signos de la muerte y el abuso de los enterramientos precipitados 2, traducción de la obra en latín del mismo título de Winslow 3 dada a luz en París en 1742 y 1745. Para refutar aquel escrito ----1 Nacido en Beauvais y fallecido en París en 1756. 3 El anatomista dinamarqués Jacob Benignus Winslow nació en Odensée en 1669 y se estableció en Francia en 1698. Le convirtió Bossuet al catolicismo. Fue profesor de anatomía en el Jardín Real, socio de la Academia de las Ciencias y regente de la Facultad de Medicina de París. que había levantado grandes temores, Antoine Louis a su vez 4 redacta Seis cartas sobre la certidumbre de los signos de la muerte llenas de asertos interesantes destinados a tranquilizar a los ciudadanos 5 y las publica en París en 1752. En Versalles, el 26 de septiembre de 1772, el maestro cirujano Janin6 presenta al Rey y a los infantes la obra que ha compuesto bajo el título de Reflexiones sobre la triste suerte de las personas que bajo una apariencia de muerte fueron enterradas vivas y sobre los medios que conviene poner en uso para prevenir semejante error 7. Reveladora de aquella cuestión de palpitante actualidad que concierne a toda Europa, aparece en España en 1775 una Instrucción sobre lo arriesgado que es, en ciertos casos, enterrar a las personas sin constar su muerte por otras señales más que las vulgares y sobre los medios más convenientes para que vuelvan en sí8. Es un tratado de clara intención didáctica, de más de quinientas páginas, completísimo, del Doctor D. Miguel Barnades, médico de Cámara de S.M. y Primer Profesor de Botánica en e1 Real Jardín de Plantas de 1a Corte, fallecido tres años antes. Lo da a luz pública su hijo del mismo nombre, simple médico entonces, luego en 1779 socio de la Real Academia de Medicina Matritense. Esta obra póstuma, por su pasmosa erudición y su densidad es fruto de muchas observaciones (ciertas se remontan al año 1743), de grandes investigaciones y reflexiones de largo tiempo atrás, de lecturas de un sinfín de publicaciones antiguas o contemporáneas 9, lo que significa claramente que su autor se preocupó del grave asunto de las muertes aparentes entre los primeros en Europa. Se divide en dos partes muy pormenorizadas. En la primera, Barnades estudia los funerales en uso en distintas naciones de la antigüedad y la poca o mucha precaución que se tomaba para asegurarse de estar muertos los que iban a sepultarse. Insiste sobre los falsos indicios de muerte que son las señales vulgares (falta de pul-----4 Antoine Louis (1723-1792), nacido en Metz, era hijo de un cirujano mayor del hospital militar de Metz. Fue protegido por La Peyronnie quien adivinó en él sus excelentes dotes, y a la muerte de éste, por La Martinière. En 1746, fue nombrado Académico de las Ciencias. Dejó varias obras de estimación y redactó la sección « Cirujía « de la Enciclopedia. so, de respiración, de movimiento y sentido), ilustrando su propósito con numerosos casos de reviviscencia, fabulosos, históricos o coetáneos, a menudo recopilados en Bruhier, o autores conocidos. Y lamenta los dramáticos errores que ocurren: «..Los ejemplos de personas que después de sacadas de su lecho, amortajadas, llevadas a enterrar o efectivamente enterradas, han vuelto a plena vida, son tan numerosos y de circunstancias tan diferentes....» 10. Define la Medicina, como arte o ciencia porque de todo tiene, «que enseña a conservar la salud presente y recobrar, quanto es posible, la perdida». Y en la segunda parte de su Instrucción, desarrollará los medios para hacer volver en sí a los « semi difuntos». Barnades inspirado sin duda en Winslow cuya disertación sobre los signos inciertos de muerte conoce y cita a menudo, enumera las pretendidas o equívocas señales de muerte, que en realidad son puramente conjeturales. Ni la mutación de color del rostro (la pallida mors de que habla Horacio), ni la falta de brillantez en la niña de los ojos, ni los ojos blandos, marchitos y como flotantes en las órbitas, ni la presencia de espuma en la boca, ni la frustrada aplicación de estornutatorios, vejigatorios o cauterios, ni el no fluir la sangre de las venas abiertas, ni la absoluta frialdad de la superficie del cuerpo, bastan para determinar la muerte verdadera. Igualmente son falsos indicios el calor en lo exterior del cuerpo que puede proceder de una fermentación de humores viciados, el sudor universal o particular, el fluir la sangre espontáneamente o abriendo las venas, la flexibilidad total o parcial del cuerpo. Recuerda Barnades que Demócrito fue el primero que introdujo en la Medicina esta especie de escepticismo sobre la dificultad de asegurar de manera absoluta 1a muerte de una persona. Winslow y Bruhier opinaban que ninguna señal decidía con certeza la extinción de vida sino la putrefacción incipiente del cuerpo y Feijoo llevaba la duda hasta más lejos, pretendiendo que aun la putrefacción podía engañar...Existía una suma variedad de pareceres sobre las señales distintivas de muerte, pero los médicos hábiles no eran tan escasos de diagnóstico y reglas para discernir si un cuerpo estaba vivo o muerto, decía Barnades. Para él, había dos señales decisivas de estar exánime una persona: 1a sucesiva tiesura de todo el cuerpo, hasta quedar totalmente yerto con las articulaciones en cierto grado inflexibles y la putrefacción incipiente que no había de confundir con la gangrena de una o varias partes del cuerpo. En el largo espacio de 25 años, Barnades había reconocido cadáveres supuestos y sus observaciones le habían cerciorado de que en casos particulares, podían cesar de latir las arterias durante varias horas, como por ejemplo en los asfícticos, suspenderse 1a respiración en las personas pasmadas de frío, quedar unos individuos aquejados de apoplejía o sumidos en profundo letargo, totalmente insensibles a los vejigatorios, sinapismos y sajaduras y que sin embargo se habían recobrado. En cuanto a la tiesura de los miembros, había visto a menudo cadáveres cuyas articulaciones permanecían flexibles y casos de extrema rigidez momentánea en otros sujetos que gozaban de la ----10 Instrucción..., parte I, cap.I, p.169. vida. Por fin, la formación de una película sobre la córnea transparente del ojo, tampoco era una prueba indudable de muerte, ya que ciertos sujetos arrebatados por una muerte repentina conservaban sus ojos «pelúcidos» y brillantes. En medio de esta red de incertidumbres y anomalías, concluía, era pues obligación sagrada esperar antes de amortajar un cuerpo y diferir el entierro por lo menos 24 horas. Tras enumerar los distintos modos de morir, terribles y penosísimos, exclamaba: «...No son comparables con la horrorosa y miserable suerte de aquellos infelices que, después de enterrados por muertos, y vueltos en sí, mueren en la misma sepultura... No creo que haya aflicción comparable a 1a calumniosa situación de las personas enterradas vivas... Pues, ¿qué mayor motivo de desesperación que verse una persona fatalmente sacrificada a la Parca, por la inconsideración y precipitación en haberle dado sepultura? Y si no, ¿ qué más prueba del rabioso despecho que encontrar a los tales, abriendo las sepulturas, descalabrados, roídos, ensangrentados y lastimados en varios deplorables modos? Yo confieso que me horrorizo de sólo pensar tan infeliz y desastrada muerte» 11. En los países mediterráneos, el riesgo de cometer un error tan atroz se veía aumentado por la costumbre establecida, por razones obvias, de efectuar el sepelio en plazo breve. En España, decía Barnades, los que amortajan a los difuntos no pierden tiempo en prepararlos para evitar de forcejear con articulaciones tiesas del todo, cuando hay casos de convulsiones, de síncopes vehementes o de insultos catalépticos que van acompañados de una rigidez universal del cuerpo que puede durar largas horas. Y deploraba: « ¿Qué no se podrá temer de los acelerados entierros de hoy día, quando no se repara en dar sepultura en el mismo día de la reputada muerte, aunque repentina?»12. Por lo tanto, era el deber de cualquier médico, en ciertos casos de muertes violentas, no abandonar a las personas como difuntas e intentar por todos los medios oportunos hacerlas volver del estado de muerte aparente a plena vida. La teoría de Barnades, compartida por todos los que debatieron del tema, era que hasta en un cuerpo frío como un jaspe13, podía quedar algún leve calor en las entrañas, se mantenía un enérgico principio vital en lo interior del cuerpo. Después de la extinción de vida, o muerte verdadera, se observaba en las aberturas anatómicas que perseveraba largo tiempo cierto calor en las entrañas14. Era lo que llamaba Barnades «mínima vida» o «vida encubierta» u «oculta vida». Notaba que eran pocos los autores que habían tratado del diagnóstico de «mínima vida», por haber sido omitido este punto en la Semiología médica. Más escasas aun eran las luces sobre el modo de conservar y ----11 Ibidem, cap. IV, p. animar aquellos diminutos restos de vida en casos de aparente muerte. Sólo algunos habían tocado ligeramente esta materia, pero ninguno había indicado la práctica. Una gran variedad de causas podían arrebatar violentamente la vida a un hombre y dejarle como muerto, cuando solamente estaba sincopizado. Diariamente, en todos los países, ocurrían muchos accidentes de gente ahogada en ríos o pantanos, asfixiada por el tufo de carbón encendido, por el mefitismo del mosto fermentado, de las minas, pozos, sepulcros, muladares, sumideros, latrinas, silos, bodegas, o por el aire rarefacto y malsano de los hospitales o cárceles... Convenía poner en guardia a los médicos sobre el peligro de un fallo de muerte demasiado atropellado, y llamarles la atención sobre todas las operaciones que realizar en el supuesto muerto antes de pronunciarse definitivamente. Arrancando de la irritabilidad como causa física del movimiento vital y juzgando que los intestinos la conservaban más que otras partes del cuerpo, la Medicina de entonces recurrió entre los socorros recomendados en favor de los ahogados a un procedimiento muy antiguo, aunque algo olvidado: echar en los intestinos de los muertos aparentes una fumigación de tabaco, como estimulante. En sus Praelecciones, Boerhaave establecía una comparación entre el cuerpo de un ahogado y un reloj bien compuesto, pero parado. Si a éste se le da cuerda, decía, y se pone su mecanismo en acción, anda de nuevo. Lo mismo pasa si al que está entre la vida y la muerte, se le estimula adecuadamente... La fumigación de tabaco en los intestinos no era una novedad. Ya a principios del siglo XVII, la practicaban los salvajes americanos de Acadia: llenaban una vejiga de cerdo o una tripa gruesa de humo de tabaco y apretándola con sus manos, la vaciaban en el intestino del ahogado mediante una cánula. Se entusiasmaron pronto los médicos europeos del siglo XVIII. Opinaban que los intestinos por su situación y organización podían reavivar la sensibilidad casi perdida del todo y que por lo tanto, la insuflación de aire caliente, algo áspero como el humo de tabaco, era un socorro muy eficaz y que se debía usar sistemáticamente. Ciertos medios preconizados por unos autores todavía como colgar de los pies a los ahogados o hacerles rodar en un tonel eran peligrosos y desaconsejables terminantemente, pues se infligía a los cuerpos un tormento inútil y a veces, se producían en ellos lesiones irreparables. Al contrario, las ayudas de humo de tabaco eran muy recomendables y de efecto rápido. Los éxitos conseguidos por aquel procedimiento menudearon, atestiguados por una multitud de observadores de varios países. Con sólo dos pipas, un encendedor y tabaco, se podía socorrer inmediatamente al ahogado, lo que era esencial. El tubo de una pipa se introducía en el ano, mientras que, sobrepuestas las dos cazoletas, alguien soplaba el humo por la segunda pipa. Era, desde luego, un sistema muy rudimentario que tenía sus inconvenientes y mucha incomodidad. Ya en el siglo XVII, el célebre físico maquinista holandés Musschenbroek 15 y el médico dinamar-----qués Thomas Bartholin 16 habían ideado una máquina fumigatoria que luego perfeccionaron Dekkers, Stisser, Heyster, añadiendo válvulas de seguridad, para evitar el retroceso del humo o de otros vapores en la boca del soplador. Gaubius fue el primero que imaginó sustituir la boca por un fuelle. Este medio fue universalmente adoptado y mejorado por unos u otros. La Sociedad de Holanda que se fundó en Amsterdam en 1767 para socorros de ahogados y asfixiados se valía de una máquina fumigatoria de este tipo, movida por un fuelle. Ninguna nación europea antes de Holanda se preocupó de prestar auxilio sistemático a los ahogados. Juzgando que no mueren tan presto como vulgarmente se cree y que no se les ha de abandonar inconsideradamente por muertos, los holandeses constituyeron aquella asociación respaldada por más de cien personas que contribuían con dos ducados al año en los gastos y efectivamente hubo un número importante de salvaciones. A ejemplo de los Romanos que otorgaban una corona cívica al ciudadano que salvaba 1a vida de su semejante, en una batalla o en otras circunstancias, la Sociedad de Holanda recompensaba al salvador con una medalla de oro de seis ducados que llevaba grabado su nombre. La empresa caritativa de Holanda produjo inmediatamente numerosos émulos. La Emperatriz de Austria, el duque de Sajonia y los demás príncipes de Europa promulgaron ordenanzas sobre e1 mismo tema de muertes aparentes y de socorros. Los éxitos de la institución holandesa fueron divulgados en Londres por el Doctor Cohen, quien con la ayuda del Señor Hawes, formó una Sociedad parecida en favor de los tres reinos de la Corona británica. En Francia, ya en 1740, se había publicado un Aviso para socorrer a los que parecen ahogados y se habían difundido por todo el país, ejemplares de aquella instrucción 18. En 1758 y 1769, se repitió la edición y hubo nueva distribución del folleto en París y en provincias. A partir de la tercera edición de 1769, se preveían fuertes recompensas pecuniarias de 6 a 24 libras en caso de éxito, la mitad sólo en caso de muerte definitiva. Pero, hubo que esperar hasta 1a fecha de junio de 1772 para la creación en París de un establecimiento equivalente al de Amsterdam. El Preboste de los mercaderes, M. Bugnon, discutió el proyecto con Ph. N. Pia 19, y su sucesor, M. de la Michodiêre, ---- 16 Tomás Bertholin (1616-1689) pertenecía a una familia distinguida de Copenhague, cuna de varios médicos. Pasó ocho años de su juventud recorriendo Europa. Luego en 1637, estudió en Holanda filosofía, teología, jurisprudencia, arte de curar y árabe. Al cabo de tres años, pasó a Francia (París-Montpellier), luego a Padua donde se quedó otros tres años. Compuso varias obras e hizo descubrimientos anatómicos sobre los vasos lácteos y linfáticos. 19 Ex boticario y ex regidor de París. animado de las mismas miras, ayudó a su realización. N. Pia perfeccionó la máquina de Bertholin y también redujo a mayor sencillez varias máquinas fumigatorias ideadas en Holanda que se adoptaron en París por su precio módico (12 libras) y su uso fácil que las hacía asequibles, acompañadas de una instrucción clara, a la gente del campo alejada de los socorros. Otros constructores se esforzaron con más o menos suerte, en fabricar nuevos modelos. Un negociante de Lille, M. Hélie, ideó una máquina demasiado complicada para dejar su manipulación en manos de cualquier persona. Constaba de un tubo de cobre horadado lateralmente del cual salía otro tubo curvo que comunicaba con un hornillo exterior, además de un émbolo, una jeringa y dos válvulas. En noviembre de 1774, M. Scanegatty presentó a la Academia de Rouen otra máquina muy parecida a la de Hélie. En Le Mans, M. Ferguson concibió otra. Un cirujano auvernés, M. Clédières, intentó a su vez en 1775 simplificar la máquina de Hélie, pero también su invento tenía un inconveniente: el tubo corto y recto con que se insuflaba el humo lo dejaba enfriarse, lo que no pasaba con el tubo flexible de mayor utilidad. El que encontró la mejor solución fue Jean-Joseph de Gardanne, Doctor Regente de la Facultad de Medicina de París 20. Ideó una máquina fumigatoria portátil que se reveló pronto indispensable. Contenía todos los socorros necesarios y la acompañaba una instrucción, sucinta, al alcance de todos. El resultado satisfactorio de su invento determinó el Señor Lenoir, teniente general de Policía de París, a establecer socorros gratuitos en todos los comisariados de la capital, idénticos a los que ya la ciudad mandaba administrar a los ahogados en el Sena. Gardanne fue encargado por el Magistrado de la dirección de aquella fundación. Los sargentos y cabos de los distintos cuerpos de guardia, instruidos y avezados al manejo de los instrumentos que contenía la caja portátil, practicarían los socorros en presencia, sea de Gardanne, sea del Comisario 21. Muchas naciones europeas se interesaron por el procedimiento. En 1774, ya Londres, Irlanda, Florencia, Turín, Malta habían fundado una Sociedad de socorros a los ahogados. En 1776, el duque de Parma adoptó el método del humo de tabaco en todos sus Estados. N. Pia empezó la relación fiel, año tras año, de los ahogados salvados merced a los socorros administrados, y la publicó bajo el título Detalle de los éxitos del Establecimiento de la ciudad de París en favor de las personas ahogadas 22.Confirmaba que durante el año 1772-1773, en el espacio de cinco meses, de 20 ahogados socorridos, 16 habían recobrado vida. En 1774, 35 ahogados recogidos con apariencia de muerte, habían sido restituidos a la vida. Por su celo admirable de Director del Establecimiento, la Sociedad de Amsterdam le condecoró en 1776 con una medalla de oro. En el anverso, se veía un ahogado echado en el arenal, amenazado de muerte por la hoz, y bajo el aspecto de una mujer, la Humanidad que rechazaba la muerte y se disponía a prestar auxilio al infeliz con la caja fumigatoria. LLevaba además la inscripción siguiente Redditur hic enectus aquis patriaeque suisque. En el reverso, otra inscripción rodeada de la corona cívica, decía: Philippo Nicolao Pia, Instituti Parisini submersorum curam gerentis Procuratori, 1776. La máquina fumigatoria portátil de Gardanne se difundió rápidamente por Francia. Pronto, más de cien cajas que reunían todos los medios de auxilio preconizados, se hallaron en distintos puntos del territorio. Lyon dispuso unas 22 en las orillas del Ródano y del Saona. El cirujano del Rey, M. Faissolle, encabezó la organización. En Rouen, varias cajas se repartieron dentro de la ciudad, bajo la vigilancia del regidor de la ciudad, M. Domay. En La Rochelle, el alcalde se responzabilizó de seis cajas. Las ciudades de Tours, Dieppe, Lille, Beauvais, Abbeville, Valenciennes, Châlons sur Marne, Le Mans, Saint Brieux, Soissons, Poitiers, Valence, Nancy, Dijon, Orléans, Nantes y otras de menor importancia se proveyeron igualmente de la famosa caja de Gardanne, así como muchos hospitales. No sólo las adoptaron en sus dominios ciertos señores de distinción o aristócratas como por ejemplo el duque de la Vrillière o el conde de Moussy, sino también simples particulares. En el ducado de Módena, a partir de 1776, se fabricaron varias de ellas para depositarlas en los hospitales. En Francia, el Consejo de Estado de 14 de marzo de 1776, mandó se extendiesen a las provincias 2258 cajas de socorros a los ahogados en lugar de las 774 que se distribuían antes. La caja portátil de Gardanne, de cobre rojo cubierto de estaño, tenía una forma parecida a una pipa (por eso se llamó a menudo «pipa de Gardanne») coronada de un capitel al extremo del cual se erguía una pequeña chimenea para dar aire a1 tabaco. A un lado del capitel, salía una punta de cuatro a cinco pulgadas a la que se adaptaba un tubo espiral de latón cubierto de piel blanca y una cánula. Un fuelle estaba fijado en el mango de la pipa. Al lado de la máquina propiamente dicha, se juntaban cuatro paquetes de media onza de tabaco cada uno, una mecha de yesca, un frasco de álkali volátil, otro de aguardiente alcanforado, torcidas de papel, una franela, un gorro de lana, una camisa o túnica para envolver al ahogado. Un folleto con las instrucciones necesarias acompañaba al conjunto. Pia deploraba el que en todos los países de Europa, incluido Francia, nadie se atrevía a tocar y sacar completamente del agua al ahogado antes de que un comisario de justicia se personase para hacer el atestado. A menudo, éste llegaba tarde para que se pudiese emprender cualquier socorro. Demasiadas formalidades administrativas eran un error muy antiguo y universal que perjudicaba al accidentado. Cuando por fin, se depositaba el cuerpo en el centro de socorros, si no se observaban signos evidentes de corrupción y no se desprendía la epidermis bajo los dedos, siempre conve-nía intentar reanimarlo. E1 ceremonial era siempre e1 mismo. Se instalaba al ahogado desnudo en una cama caliente, envuelto en una camisa de franela, se le limpiaba la boca de las sustancias viscosas que la tapizaban con un cepillito suave o una esponja de limpiar dientes, para después practicar el boca a boca o soplarle aire con una cánula de metal. Otro socorrista hacía fricciones con paños mojados en aguardiente alcanforado, se excitaba el interior de la nariz del supuesto muerto con una pluma de ave, o con vapores de álkali o de tabaco sopladas con una cánula. Mientras tanto, se ponía en funcionamiento la pipa y se insuflaba humo de tabaco en los intestinos con una jeringa 23. Lo sumamente importante era continuar aquellos auxilios sin interrumpir, durante varias horas, sin descorazonarse, hasta cuando ya se percibían unas leves señales de vida. La perseverancia podía salvar al cabo de seis o más horas a personas rescatadas después de una hora o más de inmersión. No faltaban ejemplos irrefutables... Si, con una ligera sangría corría un poco de sangre, la esperanza de salvación era mayor y a menudo, notaban los socorristas, el primer indicio de calor se manifestaba por lo alto de la cabeza. Gardanne juzgaba nociva la broncotomía que algunos practicaban. Tampoco convenía intentar introducir en la boca del supuesto muerto cualquier emético, ya que estaba parada la deglución, así como las demás funciones. Y desaconsejaba una sangría hasta que el ahogado hubiese recobrado 1a vida. Inútiles del todo eran los estornutatorios, vesicatorios, botones de fuego, cauterios potenciales y sinapismos. En el estado de postración e insensibilidad del cuerpo, no hacían impresión alguna. Durante cierto tiempo, se había acreditado usar de unas gotas de álkali fluor en la lengua del ahogado, pero era peligroso y en varias ocasiones, se había comprobado que tenía el grave inconveniente de quemar la lengua y las mucosas de la boca, lo que podía degenerar en gangrena. Bastaba presentar el álkali volátil bajo la nariz. Mucho más eficaz que cualquier sustancia irritante para reanimar el organismo sumido en atonía general, era la lavativa de humo de tabaco 24. Conforme volvía en sí el ahogado, manifestaba movimientos convulsivos de las quijadas que podían provocar roturas de dientes y lesionar la lengua. Para prever estos accidentes, era preciso introducir entre los dientes unos trocitos de corcho o palitos de malvavisco o de raíz de regaliz. Pronto la noticia del invento de Gardanne se difunde en España y varias publicaciones relativas a la reviviscencia de los ahogados nacen. La Gaceta de Madrid de ----23 Ciertos médicos, para vigorizar el calor natural casi enteramente extinguido por cualquier accidente, recomendaban envolver al enfermo en la piel de un cordero recién desollado. Un lecho de cenizas calientes o de estiércol de caballo eran igualmente de uso bastante corriente. 24 Barnades alude de paso a la introducción del humo de tabaco «por abajo» y cita a menudo como poderoso irritante los polvos de raíces de vodegambre, hierba cuyo zumo secado al sol, usaban antiguamente los ballesteros de España fregando con él sus ballestas, a cuya venenosa herida moría inevitablemente el ganado. Por eso, dicha hierba se llamaba «hierba del ballestero». Barnades no habla en su Instrucción de las máquinas fumigatorias ni de la de Gardanne, novedades posteriores a la redacción de su tratado. 1775 anuncia la nueva máquina fumigatoria portátil. Ya aquel mismo año, el Doctor D.Christóbal Fabregat da a luz pública en Madrid, Valencia y Barcelona su Discurso médico sobre el modo de socorrer y restituir al uso de sus sentidos los ahogados, helados y sofocados por el tufo de carbón, de la cal, de las velas de sebo, del vino quando fermenta y de otras exhalaciones perniciosas25. En 1776, sale conjuntamente en Madrid, Sevilla, Cádiz, Valencia y Barcelona e1 Discurso médico de las señales que distinguen el hombre verdaderamente ahogado del sumergido en las aguas después de muerto y modo más verosímil de encontrar el motivo de su muerte, redactado por el médico D. Cristóbal Nieto de Piña. La Gaceta de Madrid de 18 de junio de 1776 relata un accidente ocurrido en París el 3 de junio. Cayó al Sena un albañil. Dos pescadores le sacaron del agua al cabo de media hora con aspecto de muerto. Se le condujo al cuerpo de guardia inmediato donde le prodigaron los socorros establecidos por la Policía en estos casos de muerte aparente, y en especial la pipa de Gardanne. En tres horas, se logró su perfecto restablecimiento. La misma Gaceta de 18 de junio de 1776 menciona una Instrucción sobre el modo y medio de socorrer a los ahogados, compuesta de orden del Hospital Real de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, que se vende en 1a librería madrileña de Escribano, calle de Atocha. Por su parte, y anteriormente, la ciudad de Sevilla ha informado al público de la máquina fumigatoria con un folleto titulado Instrucción sobre los medios de socorrer a los que se ahogaren o hallaren en el río de Sevilla26. En Valencia también, en 1776, Nicolás Fabregat publica un Discurso médico práctico sobre el modo de socorrer y revocar a sus sentídos a los ahogados27. En 1779, sale en Mallorca, una Breve instrucción del modo y medios de socorrer a los muertos aparentes que se llaman asphíticos, compuesta por José LLabrés28. La «pipa de Gardanne» encuentra admiradores entusiastas en toda España. En Barcelona, el Doctor D. Josef Ignacio Samponts, socio fundador de la Academia médico práctica de la ciudad y su primer Secretario, compone en 1777 una prolija Disertación médico práctica sobre las muertes aparentes y sus remedios en la que describe la famosa caja portátil 29. Francisco Milans la fabrica y la vende por 54 reales en casa de Francisco Fornolls, mancebo cirujano, plazuela de San Francisco, acompañada de la Disertación que cuesta 3 reales. El mismo modelo se puede adquirir en la librería barcelonesa de Francisco Rivas, plaza de San Jayme y asimismo en la librería madrileña de Copín, carrera de San Jerónimo. A principios del año 1778, Samponts ofrece un premio de 30 pesos sencillos o sea de 240 reales a la primera ----persona que en todo el año corriente restituya la vida dentro de España a algún recién nacido, sofocado, ahogado o en estado de alguna de las muertes aparentes. El premiado fue el cirujano del hospital de Cartagena, D. Antonio Ortiz, quien logró hacer volver en sí a dos hombres. Uno, caído al mar a donde llevaba sus mulas, recogido sin pulsos ni calor vital, con manchas amoratadas en las espaldas, pecho y rostro, y con los ojos hundidos. Recobró la vida muy lentamente, al cabo de poco más de una hora. El otro, sofocado a1 limpiar un pozo de inmundicias, se quedó dos horas como cadáver antes de aplicarle los remedios preconizados por Gardanne y se salvó. El Ayuntamiento de Barcelona resuelve en 1779 costear el precio de dos máquinas fumigatorias que se depositarán en dos parajes adecuados (una al cuidado de Gabriel Marsal, cirujano supernumerario de la Sanidad, bien instruido en su uso, otra, por las contingencias que puede haber en la Marina, en manos de Onofre Segarra, teniente de guardián del puerto, que vive en la Barceloneta) 30. Samponts reivindica su calidad de propagador en España de la máquina de Gardanne y en una carta que dirige a los editores del Memorial Literario de septiembre de 178831 las toma con un colega, el médico aragonés de Agüero, D. Serapio Sinués. Éste acababa de expresar en el mismo periódico el deseo de que se extendiese por todos los pueblos de España el uso de la máquina fumigatoria. Recuerda Samponts que hace más de diez años, él tuvo la misma idea y publicó una disertación sobre los distintos tipos de muertos aparentes y la manera de revocarlos a la vida, terminando su protesta con esta frase irónica: «Al Señor Sinués, se le habrá escapado...» En su Gaceta de Salud32 que inicia en 1773, Gardanne refiere una multitud de salvaciones ocurridas en Francia y otros países de Europa gracias al método del humo de tabaco. Por su parte, Pia en sus Detalles de los éxitos... cita ya en 1774, el caso de un crío de 20 meses que en Priego (Córdoba ) el 9 de agosto cae de una ventana a un canal. Cuando al cabo de media hora, su padre logra rescatarlo, parece muerto. Le aplican los remedios recomendados por Gardanne y el niño recobra vida y mama. Esta fecha de 1774 es la prueba indubitable de que muy rápidamente estuvo España enterada de lo que se practicaba en Francia y lo aplicó en muchas ocasiones. La Gaceta de Madrid se hace lenguas de la utilidad de la máquina fumigatoria y recalca repetidas veces la necesidad de que la haya en todos los pueblos. A lo largo de los años, relata casos sorprendentes de reviviscencia de ahogados, confirmados en distintos puntos de la península o en las Baleares, de los que daremos unos ejemplos: Lebrija (abril de 1777): Un niño de cinco años cae en un pozo de agua de once varas de profundidad donde permanece más de una hora. Se 1e saca cadavérico. El ----médico D. Pedro de Campos, le desnuda, le coloca sobre cenizas calientes y le insufla en narices e intestinos humo de tabaco. El niño se restablece 33. Trujillo (enero de 1779): Un chico de siete años y medio, al coger un trozo de hielo, cae en un charco. Cuando el cirujano D. Joaquín Labordera empieza a asistirle, está sumamente frío, sin pulso ni respiración, con los ojos abiertos y opacos. En dos horas, por medio del humo de tabaco, le restituyó su entero conocimiento y en ocho días, estuvo el muchacho perfectamente restablecido 34. Marbella (enero de 1782): Un niño de nueve años cae en un pozo de once varas y medio de alto y dos y media de agua, hiriéndose en la cabeza. Al cabo de tres cuartos de hora, logran extraerle con garfios, lesionándole en un pie. Llaman a D. Francisco Sarget y Serrá, cirujano mayor del Regimiento de Caballería de la Reina. Los socorros corrientes (cama caliente, friegas con aguardiente alcanforado en todo el cuerpo, álkali volátil debajo de la nariz), todo resulta inútil. El cirujano carecía de la máquina fumigatoria, pero no se desanimó y usó de dos pipas para introducirle el humo de tabaco en los intestinos. A los 49' de practicarle dichos auxilios, y haciéndole oler por segunda vez el álkali, el niño movió la cabeza, empezó a llorar y a menearse en términos que fue preciso sujetarle. Unas gotas de álkali desleídas en agua, el vendaje de las heridas y una sangría completaron la cura. A las 16 horas de haber caído en el pozo, el rapaz se halló fuera de todo cuidado 35. La Gaceta de Madrid de 19 de abril de 1791 relata la generosa iniciativa tomada en Orihuela por el canónigo lectoral Dr. D. Marcelo Miravete. Este sacerdote, compadecido de los numerosos infelices que caían en el río Segura en que perecían sin recibir un eficaz auxilio para recobrar sus sentidos, decidió usar parte de sus rentas en formar una Junta para socorrer a los ahogados en el Segura, en las acequias y pozos inmediatos, como también a los sofocados, a los acometidos de muerte repentina y demás asfícticos. Se componía la Junta de un cirujano director, dos médicos, dos ayudantes y un sustituto que tenían a sus órdenes dos nadadores para sacar del agua a los ahogados y tres «convocadores» conductores que daban inmediato aviso de la desgracia ocurrida y llevaban a los pacientes al paraje señalado para la administración de socorros. Todos ellos gozaban de un estipendio fijo y de gratificaciones complementarias eventuales, según los casos. Todo venía costeado a expensas del benéfico clérigo así como la Instrucción impresa que había compuesto para prevenir los lances que podían ocurrir, el modo de operar y las obligaciones de la Junta. Además, había encargado en Cádiz una excelente máquina fumigatoria con todos sus instrumentos y accesorios (cigarros habanos, aguardiente y álkali volátil) que cedería al Ayuntamiento después de su muerte. El Ayuntamiento aceptó con gratitud la manda, alabando la humanidad que manifestaba el canónigo con sus conciudadanos. Rey, enterado de todo por su Secretario de Estado, conde de Floridablanca, se sirvió expresar al Dr. Miravete, lo grato que le había sido su rasgo de patriotismo. Entre los casos más excepcionales de reviviscencia de ahogados, recordaré lo que ocurrió, en 1774 durante el naufragio del barco que conducía de Francia a Inglaterra al famoso oculista Wincel, experto en operaciones de catarata, conocido en toda Europa, acompañado de su familia. Sacaron del mar a su esposa a la una de la tarde, sin apariencia de vida. El Doctor Alexander Johnson le administró todos los socorros posibles, pero sólo a las nueve de la noche, dio las primeras señales de vida y se restableció perfectamente 36. La máquina portátil de Gardanne, reputada por la más sencilla, la más cómoda, la más barata, la más resistente y duradera de cuantas se habían inventado, servía también para los asfixiados, ahorcados, recién nacidos aparentemente muertos o gente tocada del rayo. Era preciso, decían los médicos, distinguir en las asfixias las provocadas por mofetas o vapores mefíticos y las originadas por un afecto «histérico» que se desvanecían por sí solas. La asfixia o privación repentina de pulso, respiración, movimiento y sentido podía proceder de causas múltiples: vapores del vino, cidra, cerveza y otras materias vegetales fermentadas, olores fuertes que calan hondo como por ejemplo en bodegas donde se conservan aceites, sebos, sustancias grasas para las jabonerías, aguarrás, agua salada corrupta. Se contaba el caso que ocurrió en un buque llamado «El Camello» que regresaba de Cádiz. Un marinero quiso destapar un tonel de agua de mar y cayó fulminado. Sus compañeros y el cirujano también perdieron el conocimiento al intentar prestarle auxilio. Unos marineros holandeses igualmente fallecieron por las exhalaciones potentes de unas sustancias aromáticas que transportaba su barco. Los pozos negros, sumideros, letrinas, vertederos, tumbas, cementerios, fuegos fatuos, emanaciones de minas de metales o de carbón que, al contacto de las lámparas de los mineros, provocaban a veces explosiones de grisú (se habían visto mineros caer de repente de las escaleras por las cuales intentaban salvarse), hasta flores putrefactas en una habitación cerrada, podían asfixiar con sus vapores endormecedores. Decía Boerhaave en su tratado de las enfermedades nerviosas, al hablar de este tipo de muerte aparente: «Restituid el movimiento parado y restituiréis la vida a los asfícticos, porque todo está suspenso, nada está destruido del todo». ----Ya en 1774, había publicado Gardanne un Aviso al pueblo sobre las asfixias o muertes aparentes o repentinas 37 al que aludió repetidas veces la Gaceta de Madrid hasta 1785 y que tuvo nueve ediciones. Lo vertió al castellano en 1784 el profesor de medicina D. Juan Galisteo Xiorro y lo despachó Francisco Fernández en la Corte. En una recapitulación concisa, Gardanne inculcaba los principios básicos para salvar a las víctimas y al final del libro, expresaba el deseo de que los curas en sus predicaciones dominicales, hiciesen lectura de él. Preveía componer almanaques para la gente del campo que quisiese informarse. Tras exponer los seis tipos de asfixias que podían ocurrir a lo largo de las estaciones del año, contaba que había consultado a varios escritores que habían tratado del mismo tema, entre otros a Morand, médico de Nancy 38, Vicq d'Azyr 39, Maret 40, Parmentier, así como a varios científicos de Holanda y de Italia y sobre todo a Cadet de Vaux 41 que le comunicó sus propias reflexiones sobre los aires mefíticos y le dio acceso a su biblioteca. La Sociedad Económica de Palma de Mallorca había comprado en 1783 varias máquinas fumigatorias y encargado a tres médicos una instrucción para su manejo. Gracias a una de ellas, se salvó el criado del cónsul de Francia, aquejado de un «sopor apopléctico». En Esporlas (Palma de Mallorca), en abril de 1783, dos hombres se asfixiaron en el fondo de la cisterna que querían limpiar y sólo se pudieron sacar una hora después. El cirujano D. Salvador Llinas, encargado de la máquina en aquel pueblo, aplicó los socorros. Al cuarto de hora, un hombre volvió en sí. El otro permaneció una hora y media sin señales de vida, pero con las ayudas de humo de tabaco, recobró por fin los sentidos 42. En varias regiones de España, se va acreditando el método de Gardanne y los periódicos y noticiarios relatan curas milagrosas acá y acullá. Así en Baena, en febrero de 1790, el cirujano D. Pedro Laguna 43 comprobó una vez más la eficacia de la pipa de Gardanne cuando un hombre que había bajado a un pozo de la Almedina para recoger una porción de esparto, cayó fulminado por el vapor mefítico. 38 Socio de la Academia de las Ciencias y Dr. Regente de la Facultad de Medicina de París, Morand compuso en 1776 una obra sobre las minas de carbón y las asfixias que provocaban los vapores del carbón. Preconizaba el humo de tabaco para reanimar a los ahogados y asfíticos. 39 Félix Vicq d'Azyr (1748-1794), primer médico de la Reina, anatomista distinguido y desde 1774, socio de la Academia de las Ciencias, era profesor en la Escuela Veterinaria de Alfort. 40 Este médico, secretario de la Academia de Dijon, publicó en 1777 una breve memoria de 26 págs relativa a las personas aparentemente muertas, pasmadas de frío o asfixiadas del tufo de carbón. El también recomendaba el uso de la máquina fumigatoria. 43 Pedro Laguna era oculista y había sacado la catarata a más de cien personas. la misma desgraciada suerte. Otro hombre y un esclavo negro del conde de Pozos Dulces, también intentaron rescatar a los anteriores, pero se quedaron exánimes en el fondo. El cirujano animó a los concurrentes para sacarlos del agua a lo cual se resolvió uno de ellos, ayudándose con una soga. Los primeros extraídos, un salvador y la mujer, con los socorros recomendados de Gardanne, volvieron por grados a respirar y recobrar el conocimiento. El esclavo se desprendió dos veces de la cuerda y se lastimó gravemente Falleció así como el primer caído que tardó varias horas en sacarse 44. Otro caso parecido se produjo en 1777, en Puebla de San Salvador (provincia de Cuenca). Tres hombres que habían bajado a un pozo que tenía un depósito de heces para hacer aguardiente, se quedaron sofocados del tufo. Los dos primeros se sacaron al cabo de media hora, el tercero al cabo de diez minutos. El cirujano de la villa, Juan Custodio López y el médico D. Bernardo Cazador, conocedor del método de Gardanne, les dieron humazos, los rociaron con vinagre y les administraron friegas. Uno de ellos tardó dos horas en volver en sí. Al día siguiente, los tres estuvieron fuera de peligro 45. El Memorial Literario relata en 1794 varios casos de asfícticos socorridos con la maquina fumigatoria en Belmonte 46. Recordaré unas circunstancias particulares en que también, según nos cuenta la Gaceta de Madrid, obró de maravilla la «pipa de Gardanne». En Tarancón, un pastorcito de quince años, un día tormentoso de junio, fue herido por una centella a las cinco de la tarde. El rayo le quemó la ropa y la montera, deshizo el alambre del rosario que llevaba al cuello, le quemó el pecho y todo el lado izquierdo hasta la ingle, y del lado derecho, la mitad del muslo y la pierna hasta el talón, dejándole yerto como el mármol. El Doctor D. Juan Antonio Pascual y Rubio, socio de la Real Academia médica matritense y médico titular de la villa, practicó los socorros que prevenía Gardanne y consiguió que a las diez de la noche, el muchacho diese señales de vida. A las seis de la mañana siguiente, articuló algunas palabras y estuvo entonces fuera de peligro 47. El día 23 del mismo mes de junio de 1779, provocó el rayo terribles estragos en Burgos. Cayó sobre la Plaza Mayor, se introdujo por el tejado de una casa e hirió a una mujer de 40 años muy robusta, arrojándola al suelo como muerta. El Doctor D. Joseph Fernández Vega le administró los socorros recomendados y la mujer recobró pulso y calor vital al cabo de diez horas. Sufrió grandes quemaduras, pero caminó felizmente hasta su curación 48. El humo de tabaco se aplica igualmente a los recién nacidos sin movimiento. En 1775, D. Juan de Irigoyti, ex cirujano ayudante mayor de los Ejércitos, individuo de la Real Sociedad Bascongada y cirujano en la Corte, usa el método de Gardanne y ha asistido a varias mujeres. Maria Serrano da a luz un niño con toda la apariencia de muerto, el cirujano D. Eugenio Molero, estimulado por el segundo médico del Real Sitio, D. Matías de Alcalá, echa mano de los remedios preconizados para los sofocados y ahogados, especialmente el humo de tabaco. Al cabo de dos horas, el niño lloró y cinco horas después, tomó el pecho. Gozó luego de perfecta salud 49. La teoría del humo de tabaco alabada por Gardanne para la reviviscencia de ahogados y asfixiados, y que se adoptó en toda Europa, tuvo su detractor en la persona del Doctor Antonio Portal 50. Este negaba la propiedad de las lavativas de tabaco para reanimar el resto de principio vital, y decía que hinchaban demasiado el bajo vientre sin provecho alguno. El era partidario de la traqueotomía que condenaba Gardanne. Nació una polémica, pero cada uno se quedó en sus trece. Pretendía Gardanne que su máquina portátil podía salvar a los asfixiados por el tufo del carbón y se dieron casos efectivamente en que se reveló eficaz, como en 1779 en Barcelona, cuando la familia de un cuchillero (marido, mujer, hijo de 13 años) y un aprendiz se quedaron intoxicados y como muertos. La mujer y el joven fallecieron, pero los demás se curaron, con los socorros de la máquina fumigatoria y el álkali 51. Pero existía otro procedimiento que usaban preferentemente ciertos médicos. Estos opinaban que, a diferencia de los ahogados que hay que recalentar sin tregua, los asfixiados se curan por el agua que viene a ser el verdadero específico contra las mofetas. Este método para resuscitar a personas asfixiadas con agua fría era muy antiguo. Ya conocido por los griegos que lo practicaban así como el boca a boca y mencionado por Lucrecio en su poema De natura rerum era constantemente recordado por los autores que habían tratado del tema, como un socorro a menudo coronado de éxito. Se recomendaba pues, sacar al asfixiado al aire libre, apenas vestido, y echarle cubos de agua fría con fuerza y sin parar en el cuerpo y cara, bajo la nariz, largo tiempo, varias horas si necesario, hasta que diese alguna señal de vida. Los Rusos no vacilaban en echarlo en la misma nieve, frotándole con ella el estómago y las sienes y continuando estos auxilios hasta que desapareciera el color lívido del cuerpo. El recobro de vida se manifestaba por pequeños hipos, encogimiento de las ventanas de la nariz, vómitos de vez en cuando de flemas espesas y espumosas, hasta de materias negras. Estudió en Monpeller, se afincó pronto en París, ingresó en la Academia de las Ciencias en 1769, fue profesor en el Colegio de Francia y Presidente de la Academia de Medicina. Publicó muchas obras, algo olvidadas hoy. Todavía es digna de estimación su Historia de la anatomía y de la cirujía, París, 1770-73, 7 vols. en 8°. Fue médico consultor de Luis XVIII y de Carlos X. Falleció en París el 25 de julio de 1832. Su Instrucción sobre e1 método de curar a los ahogados sofocados..., escrita en l796 (1 tomito en 8° de 157 págs.) e impresa a expensas del directorio ejecutivo, fue vertida al castellano por el presbítero D.Guillermo Augusto Jaubert (Salamanca, 1798). temblor general, signo precursor de la respiración. Convenía echar agua fría hasta que el asfixiado diese gritos y articulase alguna palabra. Luego, algo repuesto, entraba en una como modorra y se le llevaba a una cama caliente para friccionarle enérgicamente. A menudo, el enfermo notaba un gran dolor de cabeza que se iba calmando con una cataplasma de miga de pan, arroz y vinagre. Por fin, se le daba de tragar seis cucharadas de aguardiente y 30 gotas de álkali volátil por cucharaditas cada cuarto de hora. Aseguraban los médicos del XVIII que con agua fría, se salvaban personas tras 15, 16 y más horas de muerte aparente, al cabo de 5 o 6 horas de socorros continuos. El mismo tratamiento valía para las insolaciones. La Real Academia de Medicina matritense no se oponía al método rudo y drástico aconsejado ni tampoco lo juzgaba obsoleto. Lo confirmó en la junta de 16 de noviembre de 1792, cuando se leyó la Memoria médico práctica sobre que las irrigaciones de agua fría sobre la cabeza son remedio de la insolación, compuesta por D. Pedro Francisco Domenech y Amaya, médico de la villa del Almendral (Extremadura) 52. En 16 folios en 4°, relataba el médico tres casos ocurridos en julio y agosto en las cuerdas de presidiarios que en 1787 y 1788 habían pasado por la villa. El primero (un hombre de unos 30 años), fulminado por el sol, recibió 36 cántaros vertidos sin intermisión durante 4 horas, pero no fue posible reanimarlo. El segundo, en la cuerda de agosto de 1788, cayó soporoso a la entrada del pueblo. Se le echaron 40 cántaros de agua fría sin resultado. Eran las cinco de la tarde y otras tantas las llevadas en socorrerle. Se le extrajo libra y media de sangre del brazo que salió bastante encendida y gruesa. Al cabo de 5 minutos, no abandonando los riegos, se hizo otra evacuación de dos libras de sangre de la vena frontal. A las seis de la tarde, habiendo consumido ya 66 cántaros de agua, el enfermo se estremeció. Se le puso ropa enjuta y bebió un jarro de agua. Al cabo de un cuarto de hora, tuvo un furioso vómito de copiosa bilis porrácea y experimentó un violento dolor de cabeza. Luego, inició un sueño tranquilo acompañado de abundante sudor. Al día siguiente, fue conducido a su destino sin otra novedad. En la misma cuerda, pero dentro de la cárcel, otro joven presidiario como de 23 años, fue acometido del mismo afecto soporoso. A los 14 cántaros, volvió en sí. El Académico Mociño que era el censor del escrito, juzgó las observaciones de Domenech muy buenas y dignas de publicarse. Volviendo ahora a la caja fumigatoria de Gardanne, objeto esencial de este propósito, ya sabemos que encerraba un frasco de álkali volátil fluido. No era propiamente dicho un específico reservado a la cura de los ahogados y asfixiados, sino un accesorio, pero se reputaba ser uno de los estimulantes más poderosos, preferible a los demás. Bastaba con darlo a respirar del pomito aplicado a 1a nariz para provocar una reacción. El álkali fluido, llamado también álkali volátil saponáceo, agua de luz o ----asta de ciervo, era un espíritu de sal amoníaco que preparaba según un método propio el químico francés y Académico de las Ciencias de París, M. Sage 53. Enterada España de la pureza sin par del álkali de Sage, informó al público en la Gaceta de Madrid de 21 de octubre de 1777 que saldría en breve la traducción en castellano de la obrita que acababa de publicar el químico francés sobre sus propias experiencias y en la que se indicaban las dosis que recetar en casos determinados. Efectivamente, ya en febrero de 1775, estuvo lista la versión del tratadito y se despachaba gratis en las boticas de la calle ancha de San Bernardo y de la calle de la Montera de Madrid, acompañando los frasquitos de cristal del álkali que se vendían a 12 reales cada uno. El conjunto podía también remitirse por correo 54. Gozó inmediatamente de gran aceptación el nuevo remedio que se revelaba eficaz en muchísimos accidentes: apoplejía, desvanecimientos de cabeza, síncope e insultos soporosos, mordeduras de víboras o de animales rabiosos, picaduras de insectos y sabandijas ponzoñosas, quemaduras, sofocos por mofetas, accesos epilépticos... Se recogieron en la prensa diversos testimonios, certificaciones y documentos fidedignos por los cuales constaba que con el uso del expresado remedio, se habían curado varias personas en distintas provincias de España. Cuando oler el álkali no bastaba para que se recuperase el enfermo, se le administraba interiormente el licor desleído en agua y según dosis establecidas por Sage. De 1775 a 1783, época del mayor entusiasmo suscitado por aquel milagroso remedio, menudearon en la Gaceta de Madrid, curas edificantes. En El Viso, un 7 de junio de 1778, un hombre sufrió un accidente apopléctico a las 12 de la mañana y se quedó privado de sentido y movimiento. Los estimulantes corrientes no surtían efecto. A las cinco de la tarde, se usó el álkali volátil fluido que la caridad del marqués de Santa Cruz había depositado en poder de los párrocos de su estado. Inmediatamente, dio señales de movimiento y con una segunda administración, logró hablar. Al tercer día, se halló perfectamente bueno y desde luego, prosiguió en su profesión de arnero sin la menor novedad 55. En Carmona, en 1779, cuatro curas milagrosas se consiguieron merced al álkali en personas aquejadas de distintos males. El primero citado fue un monje carmelita descalzo que tuvo una repentina apoplejía convulsiva. D. Cándido María Trigueros de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla y de la Real Sociedad de Amigos del País de Sevilla le asistió con el Doctor titular D. Bernardo Oviedo. Le administró en tres tomas 15 gotas del espíritu desleído en agua, y le puso paños mojados en él, en la parte del cerebelo. A las 50 horas del accidente, se repuso completamente el monje. Adversario de los principios de la Revolución, perdió más tarde su cátedra. Entre otras obras, compuso Elementos de la química docimástica, París, 1772, 8°, ampliada cinco años más tarde en 2 vols. en 8°. do que recurrió a Trigueros fue un rabadán mordido en un dedo por un perro rabioso. Trigueros le aplicó en el dedo un cabezal mojado en el álkali fluido y dispuso con aprobación del médico D. Joseph Mexía, socio de las Reales Sociedad Médica y Patriótica de Sevilla que, por espacio de cuatro días, bebiera tres veces 12 gotas de álkali desleídas en tres onzas de agua. El tercer caso concierne al hijo de un cirujano retirado de los Reales Ejércitos que se veía molestado por un tumor linfático en el cuello, que iba endureciéndose como piedra. Su padre añadió a las cataplasmas, de seis gotas de álkali hasta diez. Con sólo dos dosis, se deshizo el tumor 56. En cuanto a un trillador al que picó una tarántula, estuvo a punto de fallecer y se le administró los Santos Sacramentos. E1 cirujano Francisco Díaz de Ojeda no se desanimó. Puso cabezales empapados en el álkali sobre la picadura, las articulaciones y las partes más dolorosas del cuerpo y tras dar de tragar al moribundo 6 gotas del licor desleído en dos onzas de agua, observó un notable alivio en su estado. Aumentó las dosis en 15 gotas en cinco tomas, y al cabo de tres horas, el trillador se encontró fuera de peligro 57. En Calatayud, durante el invierno de 1780, un padre trinitario, un lego y un sacristán se encontraron privados de sentido y movimiento por culpa del tufo de un brasero. Los cirujanos llamados a su auxilio lamentaron que no hubiese en la ciudad la máquina fumigatoria «cuyos saludables efectos están acreditados con repetidas experiencias en otros pueblos dentro y fuera del Reino» y con sólo el álkali, unas sangrías y los socorros corrientes, lograron hacer volver a la vida e1 sacristán, los otros no. Las Gacetas de 29 de mayo, 6 y 16 de junio de 1780 recogen en una lista el número de personas salvadas en distintos puntos de la península (Tortosa, Villafranca de Extremadura, Chiclana, Fuentes de la Campana, Puerto Llano, Almadén, Mendivil de Alava, Cádiz, Braojos, Ubeda), con las circunstancias exactas del accidente (6 apoplejías, 2 mordeduras de tarántula, 3 de víbora, 1 de alacrán, 1 epilepsia), amén de una niña de 15 meses que se quedó sin movimiento y de dos hombres ahogados en un silo de cebada que permanecieron cerca de hora y media sofocados por el vapor mefítico (de éstos, sólo uno se salvó). Todas estas curas vienen certificadas por los médicos o cirujanos cuyos nombres se precisan, que atendieron a los enfermos. Lo mismo pasa en 1781 en Badajoz con un hombre apopléctico restablecido en el espacio de cuatro días con las dosis de álkali preconizadas por Sage y en La Guardia con una chica de 20 años, víctima de una grave indigestión. En Avilés, desde fines de mayo hasta fines de septiembre de 1781, el médico titular D. Antonio Sánchez logra la reviviscencia de siete personas, entre ellas dos criaturas de tres años 58. Todos estos ejemplos prueban hasta qué punto gozó de gran notoriedad el álkali volátil fluido de Sage, juzgado capaz de sustituirse favorablemente a la máquina cuando ésta no existía en ciertos pueblos. En 1784, el Doctor D. Joseph Orozco, leyó en la Sociedad Económica de Lugo una memoria sobre su uso y sus virtudes y la Sociedad resolvió depositar en todos los distritos de la provincia frasquitos de álkali cuyos gastos franquearían los socios. Pero, no por eso, se había desechado la máquina de Gardanne. En 1787, la Real Sociedad Económica de Tárrega, en su junta pública y general de 4 de noviembre, presidida por el conde del Carpio, recibió de D. Jacobo María Espinosa, Oidor de la Chancillería de Granada, e1 regalo de cuatro máquinas fumigatorias, acompañadas de un ejemplar de la Disertación médico práctica de Samponts. La Gaceta de Madrid de 10 de febrero de 1792 menciona el método de Gardanne y señala que se aplica también en Suiza. Y todavía en 1795, D. Felix Pérez Arroyo, cirujano hernista de los Reales Hospitales de Madrid, que vivía en la calle de la Visitación, seguía construyendo máquinas fumigatorias. Dado que se difundió por toda Europa el método de Gardanne, era de suponer que la Real Academia médica matritense dejaría traslucir en sus juntas o en sus escritos semejante interés por aquella novedad. Quizá, en los años inmediatos a 1a formación en Francia en 1772 de una institución destinada a la salvación de ahogados y asfixiados, unos académicos debatieron el tema en cierta ocasión, pero no lo sabremos, ya que se extraviaron todas las actas de las juntas celebradas desde 16 de marzo de 1752 hasta 5 de octubre de 1791 que se hallaban en el libro 2° de acuerdos, pérdida deplorable que consignó por escrito el nuevo secretario al abrir el libro 3°. Y además, lo dudamos. Poquísima cosecha se recoge del examen metódico de las carpetas del archivo, y el nombre de Pia o de Gardanne no aparece ni una vez a lo largo de los años transcurridos. Los únicos datos que se refieren algo al asunto o a personajes de nuestro estudio, son los siguientes: Carpeta 6 (clasificada sólo en parte). Disertación sobre la irritabilidad en ahogados y asfixiados (s. n. ni fecha, pero antes de 1790). Lectura de la memoria sobre los riegos de agua en la insolación de Pedro Domenech y Amaya, 16 folios en 4°. Su autor admitido en la clase de correspondiente. Comunicación de R.O. de 24 de abril, sobre que se remita la memoria de Domenech y Amaya con el informe correspondiente. El Vice Presidente y Franseri designados para la censura. En la junta de 20 de junio, se acordó que el Vice Secretario avise al Ministro de Estado que la Academia consideraba dicha memoria digna de luz pública. El Vice Presidente y García Fernández propusieron a D. Josef Ignacio Samponts para asociado natural. Junta de 11 de junio de 1795: Iberti60 leyó su memoria acerca de los efectos del alkali volátil sobre las sustancias animales. Fue aprobada para unirla a las memorias de la Academia. Oficio de Cevallos, Protector de la Academia desde junio de 1803, pasando a manos del Secretario de R.O. de 25 de septiembre el manuscrito italiano titulado Circular de la Regencia del Archiducado de Austria sobre la formaciôn de un instituto para rebocar a los asfíticos a 1os que padecen muertes aparentes (Viena, 19 de junio de 1803), «para que la Academia haga el uso que estime oportuno». El texto de la circular se encuentra en la carpeta10. Junta de 6 de octubre de 1803: Martínez de San Martín se encargó de la traducción de la circular y leyó su traducción en la junta de 13 de octubre de 1803. Disertación de Sage sobre el alkali volátil fluor. Traducción hecha por Casimiro Ortega. El autor dice que los españoles han sido los primeros traductores de sus experiencias. Junta de 24 de abril de 1806: El Sr Juez de Imprentas remite a censura de la Academia una noticia extractada de las obras de Portal, hecha por Tomás García Suelto. En la junta de 19 de junio, el Secretario presentó, en ausencia del traductor, ante nueve Académicos reunidos, los extractos del «célebre Portal» sobre los medios de socorrer a los ahogados... Junta de 25 de septiembre de 1806: García Suelto regaló para la biblioteca el primer volumen de la Anatomía médica del Dr Portal, traducida al castellano por el mismo. Más interesante, aunque muy escueta y lacónica, es la reseña atribuida a la palabra «Ahogados» en el tomo 1° del Diccionario de Ballano que aconseja: «El introducir humo de tabaco por el ano, es otra de las diligencias que se deben practicar, para lo qual es preciso valerse de la máquina fumigatoria bastante conocida». Raquítica cosecha en verdad desde 1791 hasta más allá de 1815, que demuestra claramente que la Academia de Medicina matritense sólo se interesó por Sage y Portal y que la sugerencia de su Protector de estudiar la conveniencia de crear en España un establecimiento en favor de los muertos aparentes, semejante a los numerosos que existían en Europa desde 1768, no tuvo la menor aceptación ni se debatió en ninguna junta. Si las cajas fumigatorias circularon en España, no fue por recomendación de la Academia, ni por decisión del gobierno. Su adquisición sólo se debió a iniciativas particulares. Desde ese final del siglo XVIII y de sus incertidumbres ante la muerte real o aparente, parecerán hoy en día, con los adelantos prodigiosos de la medicina, algo irrisorios tantos esfuerzos descomunales para combatir el juicio errado de tener por difuntos a los que sólo estaban sincopizados y hacer de aquellos muertos aparentes, «revinientes» o «redivivos», tras larguísimas horas de cuidados ininterrumpidos. Hoy, parecerán definitivamente superadas las dudas que movieron a compasión a los médicos europeos del XVIII. Pero entonces, ¿qué opinar de este recorte del periódico Le Progrès de Lyon, aparecido el 19 de septiembre de 1981, que lleva por título: «En la Alemania federal, cinco personas de cien mil están enterradas vivas» El médico legista de Tubingen, el Profesor Hans Joachim Mallach, acaba de declarar que en la ----Alemania federal, de cien mil fallecimientos oficialmente declarados por un médico, cinco no son más que muertes aparentes, muertos vivos. Esta cifra, prosigue el Profesor Mallach, lleva a constatar que, cada año, 35 personas están enterradas vivas... Esta información trágica, a pesar de haber sido explotada por la prensa sensacionalista, como por ejemplo el Bild Zeitung con su tirada de cinco millones de ejemplares, no deja, comenta el redactor del artículo, de fundarse en bases científicas precisas. Durante el congreso de medicina de Kiel en que se hicieron estas revelaciones, otro médico, e1 Profesor Wolfgang Eisenmenger de Munique, explicó cómo se producían aquellas terribles equivocaciones y distinguió tres categorías de accidentes susceptibles de provocar la muerte, pero también, en casos determinados, de no provocar más que una muerte aparente (intoxicaciones, congestiones repentinas debidas a1 frío, hidrocuciones con inhibición total de los centros nerviosos...) Y para ilustrar el tema del congreso, el responsable de la Cruz Roja de Baviera, el Dr. Ludwig Tieber, relató el caso de una mujer de 50 años que en la ciudad de Oberammergau, se quedó inanimada en una bañera de agua fría. El médico llamado a su cabecera juzgó que presentaba todos los síntomas de muerte por hidrocución, firmó la partida de defunción y la licencia de inhumación. Cuando dos días más tarde, procedían los empleados de las pompas fúnebres al último aseo del supuesto cadáver, uno de ellos, estupefacto, reparó en un leve parpadeo... Unos socorros bastaron para que la mujer volviese a plena vida 61. Para concluir esta exposición con otra nota también sorprendente y estrechamente relacionada con el tema de los auxilios dispensados a los ahogados, citaré en el periódico Le Quotidien de Paris de 1977 o 1978, el breve relato siguiente: «Michèle, 3 ans, sauvée après 14 heures d 'efforts». En pocas líneas, se cuenta que un 9 de febrero, la niña cayó en una piscina. Cuando más tarde su tía la rescató, estaba clínicamente muerta. Su corazón había dejado de latir y sus pulmones ya no funcionaban. Transportada a un hospital, un sacerdote le administró la extrema unción. A pesar de la evidencia del fallecimiento, una pareja de médicos internos se empeñó en tentar lo imposible y tras 14 horas de esfuerzos ininterrumpidos, su labor fue recompensada: paulatinamente, las funciones vitales se pusieron en marcha y la niña recobró la vida. El Dr. Sam Giammona del Hospital de Niños de San Francisco que refirió el caso, declaró que en los Anales de la Medicina.1a niña Michèle McQuiston era el tercer caso conocido de supervivencia, tras un paro cardíaco... ¿Será que los Anales de la Medicina ignoran los innumerables e irrebatibles casos de reviviscencia que se consiguieron en el siglo XVIII, en Holanda, Inglaterra, Francia, Suiza, Italia, Alemania, Austria, España, Portugal...merced a la humanidad y a la ----61 Igualmente, se puede leer en el Mateh de 21 de septiembre de 1979 (no 1582) una entrevista concedida al Dr. Péron Autret, autor de un libro reciente titulado «Los enterrados vivos». El médico ilustrando su propósito con varios casos concretos, declara que el riesgo sigue existiendo hoy día y lo valora en un 4%. Según él, no se hacen todas las pruebas científicas necesarias entes de decretar la muerte verdadera de una persona y los plazos legales para la inhumación son insuficientes.
Un siglo después de aquel 1906 todavía no se han aclarado completamente algunos aspectos del debate científico que a inicios del siglo pasado acompañó el otorgamiento del premio al italiano y al español Santiago Ramón y Cajal. Muchos estudios, en los últimos años, se han ocupado de la imponente estatura académica y científica de Camillo Golgi y un reciente volumen, desde hace tiempo esperado y ahora finalmente publicado, capta sobre todo el problema central del reconocimiento del Nobelkomiten del 1906. Se trata de Carte del Medicinska Nobelkomitén concerneti il conferimento del premio a Camillo Golgi e Santiago Ramón y Cajal (1901)(1902)(1903)(1904)(1905)(1906) La luminosa página de historia de los estudios sobre el tejido nervioso había empezado a mitad de los años setenta en Abbiategrasso, en el modesto laboratorio de la Pia Casa degli incurabili, en donde surgieron los exitosos resultados de los estudios morfológicos de Golgi y la reacción negra. Sabemos que a principios de febrero del año 1873, en una correspondencia privada y confidencial, Golgi escribía al amigo Nicoló Manfredi: «Estoy feliz porque he encontrado una nueva reacción para demostrar hasta a los ciegos la estructura del estroma intersticial de la corteza cerebral». Treinta años después, el descubridor -que mientras tanto había conquistado gran notoriedad también por otras aportaciones científicas-, entraba en el gran salón de la Academia Real de Música de Estocolmo, donde la noche del día 10 de diciembre de 1906 fue condecorado con lo que ya en aquel tiempo se proponía como el máximo reconocimiento que la comunidad de los científicos atribuye al más digno entre ellos. En aquella circunstancia Golgi fue presentado como el pionero de los modernos estudios sobre la estructura del sistema nervioso, pero hubo de compartir tal honor con el hermano Santiago Ramón y Cajal. El español era solo nueve años más joven que él, pero ya era considerado como el científico que había logrado adquirir en esos estudios una fisionomía más actualizada, hasta poner en una posición más débil la hipótesis de Golgi. Dos hombres de cultura y temperamento bien distintos, casi opuestos, y partidarios de dos posiciones científicas que después de años de confrontación dificilmente confluían. Golgi tuvo que dividir de mala gana el honor del premio con el hombre que hallaba sus propias conclusiones oponiéndose a sus ideas. Esta relación de contrastes condujo a Cajal a expresar en sus Recuerdos de mi vida (1917), cómo se veía en relación al colega italiano, usando la imagen de gemelos siameses unidos por la espalda. Alfred Nobel, hombre de cultura, bueno y sensible,'ciudadano del mundo', quiso emplear parte de las inmensas riquezas obtenidas en una vida no siempre tranquila, en favorecer la investigación en medicina. En el año de la primera asignación, en 1901, el premio había sido dado al alemán Emil Adolf von Behring, por los estudios de sueroterapía y la terapia de la difteria. Luego habían llegado reconocimientos al inglés Ronald Ross (malaria), al danés Niels Ryberg Finsen (fototerapia), al ruso Ivan Petrovic Pavlov (fisiología de la digestión). En 1905 había sido premiado Robert Koch por los estudios sobre la tuberculosis. Golgi y Cajal, como puede verse en el volumen objeto de esta nota, ya habían sido considerados en las discusiones iniciales para la asignación del premio en su primer año. En los años siguientes volvieron al examen de los miembros del Comité, hasta que fueron escogidos y premiados en el año 1906. Una historia de la medicina que trabaja pacientemente y a menudo con fatiga en la búsqueda de trazas del pasado en el presente, no deja de cumplir con su deber de trazar amplios cuadros y afrontar interpretaciones, pero en general se siente satisfecha cuando puede ofrecer el fruto de la investigación de documentos. En una sede de alta cultura, es justo recordar que el trabajo de nuestra historia no se dirige principalmente a los estudiosos o simplemente a la curiosidad de las personas de cultura, porque considera su primer deber el diálogo con la medicina práctica, con el mundo de la clínica y de la investigación científica, con el adoctrinamiento del estudiante universitario o de especialización. Esto ha sido siempre así y todavía lo es hoy, permaneciendo vigente el compromiso de los colegios de Historia de la Medicina, en los que se educa la sensibilidad científica y la indagación sobre el pasado, interrogando documentos, pero sobre todo para enfrentar, con sensibilidad y espíritu critico, la reflexión, bien sobre las vías maestras de los éxitos, bien sobre las persistentes angustias de la profesión médica. En cada sede de instrucción, no se trabaja ya para celebrar la medicina y su pasado, sino para indagar a fondo los hechos históricos e interrogar documentos y materiales sobrevivientes, para entender mejor las doctrinas, el pensamiento y los mismos lenguajes del presente, discernir de manera equilibrada los aspectos que en las amplias problemáticas de la investigación científica y clínica deben ser puestos en primer plano. Es decir, para conseguir el adiestramiento intelectual necesario para ejercitar la medicina: la capacidad de distinguir entre las cotidianas e incesantes dudas sobre el propio actuar, adoptando una línea de conducta caracterizada siempre por la prudencia y el discernimiento. La personalidad y los hechos humanos y académicos de Camillo Golgi son bien conocidos, porque fueron objeto de una abundante producción de artículos, tratados y estudios, a los que nuestra escuela ha contribuído en los últimos años, afrontando temas menos conocidos de sus actividades, como la de Senador del Reino o sus estancias en Varese, compendiadas recientemente en algún volumen biográfico. Sin duda, podemos decir que faltaba hasta hoy el directo conocimiento de los documentos ofrecidos en el volumen que presentamos; un instrumento insustituible, sin el cual no sería posible aclarar el problema histórico del papel que Golgi y Cajal tuvieron en el desarrollo de los estudios sobre el sistema nervioso. Muy particular, como es bien conocido por los especialistas, es el problema de la valoración de la obra y de los estudios de Golgi sobre el sistema nervioso, en contraposición decidida con Cajal, en el devenir de la historia científica de este capítulo de conocimientos. La literatura científica es rica en muchos títulos sobre el debate entre reticularistas y neuronistas que se inició en el siglo XIX y permaneció en el siglo XX. La doctrina de la red nerviosa difusa, que profesaba Golgi no encontraba consensos y sí fuertes oposiciones. Antonio Pensa, siguiendo la escuela de Golgi, supo captar los aspectos fundamentales de la cuestión en su tratado de histología. Nello Beccari, en el año 1944, supo poner bases sólidas para la interpretación de las diferentes teorías sobre la estructura fundamental del sistema nervioso. Una exposición crítica de las interpretaciones, concepciones especiales o teorías y un epílogo en el cual, aunque reconoce la fuerza del principio fundamental de la teoría de las neuronas en el sistema nervioso de los vertebrados, pedía considerar el tejido nervioso «de cualquier animal como una red continua de neurofibrillas individuales, como afirman viejos y nuevos antineuronistas a ultranza, o más bien un conjunto de individualidades celulares que contienen las neurofibrillas, como muchos Anatomistas, Fisiólogos, Neuropatólogos y Zoólogos sostienen hoy todavía». Mientras Golgi quedaba tenazmente fiel a su hipótesis de red nerviosa difusa y se esforzaba por ser convincente, Cajal proponía un modelo fisiológico en el cual la dendrita, el cuerpo celular y el axón tenían una función definida que sugirió una direccionalidad del flujo de corriente nerviosa para llegar después a la ley de la polarización dinámica. La idea de Cajal ayudaba a ejemplificar el diseño, permitiendo captar estructuras bien definidas, en contraste con la imagen de la red difusa golgiana. La teoría de las neuronas introducía tam-bién el sistema nervioso en el plan organizativo general de los otros tejidos, con células como suma de elementos individuales, reconducibles al paradigma de la teoría celular de Schwann y Schleiden. Sobre el concepto de la neurona como unidad fisiológica independiente, Golgi se opuso decididamente a Cajal y debemos recordar que, también en el discurso que presentó en Estocolmo, no evitó mostrarse contrario a la ley de polarización. Sobre la doctrina de la neurona llegó a decir que era una doctrina superada y, ciertamente, al decir ésto, apoyaba las ideas de los nuevos estudios neuroreticularistas de Bethe y Apathy que contradecían a Cajal. Basaba su modelo reticularista en la idea de que, para asegurar la trasmisión de impulsos entre una fibra y otra, no tenía que existir necesariamente una continuidad anatómica. Muchas de las dudas de Golgi sobre la unidad embriológica de las neuronas, se aclaraban pocos años después con los experimentos de Harrison sobre el mecanismo de crecimiento de los axones. Golgi siguió creyendo en sus primeras investigaciones científicas, pero en el mismo discurso de Estocolmo se asumía la responsabilidad de no alejarse demasiado «de la idea de una acción unitaria del sistema nervioso, y no me preocupo si ésto se acerca a un concepto antiguo». En realidad, y no es posible en esta ocasión considerar el discurso en su totalidad, el camino sucesivo no ha archivado totalmente aquellas complejas ideas, y como se sabe, todavía sigue dispensando juicios que pasan de una a otra posición captando las sugerencias que siguen alimentando conocimientos y discusiones. Desde hace varios años, un artículo publicado en Saggi di storia della neurologia italiana (1971), ha establecido el estado de la cuestión. En este mismo periodo, cuando estaba renaciendo el Museo de Pavía, en el que se conservan muchos trofeos golgianos, se había entendido que no se hubieran podido agregar otras significativas páginas de importancia histórica a la literatura sobre el discutido problema científico, sin antes acceder a la fuente de los documentos suecos. La investigación se orientó justamente al Karolinska Institute, que envió copia de la correspondencia, sobre la cual se hizo una primera comunicación al «Istituto Lombardo di Scienze e Lettere» en 1986, con ocasión del octogésimo aniversario del Premio. Se trata de documentos de extraordinaria e inmediata fuerza expresiva, ricos en informaciones que finalmente evidencian posiciones todavía poco conocidas y cuyo conocimiento es indispensable para penetrar a fondo, con medios historiográficos precisos, en el examen del amplio, complejo y en parte contradictorio debate de aquel tiempo. La documentación suministrada por el Nobelkomitén podría presentar errores de trascripción y algunas lagunas por las dificultades de reproducción. Los textos fueron publicados en forma de documentos dactilográficos, ya en aquel tiempo copiados de los originales, con algunos añadidos y dibujos manuscritos, así fueron suministrados por Estocolmo. La publicación de los documentos respeta la división original en fascículos anuales, desde 1901 hasta el 1906. El editor se limita a efectuar una separación de las listas de documentación relativas a Golgi y a Ramón y Cajal, presentados según el protocolo de llegada y colocados a la cabeza de los documentos, añadiendo una lista cronológica de los corresponsales que ayuda a la consulta. El idioma es, naturalmente, la mayor parte de las veces el sueco; sigue el francés como idioma diplomático usado por muchos de los corresponsales; muchos relatores se expresaban en alemán, idioma frecuente en la comunidad científica de aquel tiempo, pero no faltaba quien, como Majocchi de Bologna, enviaba sus cartas escritas en latín. En un único caso se emplea el inglés, que hace un siglo era poco usado en el intercambio de literatura científica internacional. Hacemos un pequeño apunte sobre la discusión que se podría abrir en relación a la definición de Medicina y Fisiología o Medicina o Fisiología, con la diferencia que ya se encuentra en el idioma original, cuya importancia epistemológica no puede ser desatendida. La documentación publicada se refiere, obviamente, a las candidaturas relativas al grupo «Anatomía e Histología», el primero de los seis grupos en los cuales se dividía la sección del premio para la «Fisiología y/o Medicina». Se trata de documentos que habían quedado por largo tiempo resguardados: secret haning. Dicha documentación nos da testimonio de vivas y batalladoras posiciones, que nunca se reconciliaron ni cuando se llegó a un resultado definitivo. Así, los partidarios de Golgi, los de ambos (von Koelliker, Retzius, Furst), los que eran propensos a excluir a Golgi (Hertwig). Son documentos de varios tipos: cartas, breves declaraciones o largos relatos. Aseveraciones decididas y unívocas, junto a juicios más articulados. Algunas de las personalidades científicas se limitaban a expresar palabras elogiosas, otras participaban en la discusión razonada y crítica de las propias opiniones. En 1906 cuatro de los cinco componentes del comité acordaron asignar el Premio ex aequo al italiano y al español. El comité en 1906 se componía del clínico médico Karl Morner, el internista Iohan Gustf Edgre, el cirujano John Berg, el profesor de anatomía patológica Carl Sundberg y el profesor de histología Emil Holmgren. Uno de los miembros, en cambio, había votado solamente a Cajal. Ninguno ponía en duda el valor de la reacción negra (reazione nera) de Golgi, pero alguien hacía notar que era un descubrimiento de muchos años antes. La misma había sido muy útil para iniciar una nueva época de investigaciones morfológicas. Todos los estudiantes del laboratorio de Pavía habían vivido la intrínseca dificultad del método de investigación científica del maestro que, si bien era admirable por los resultados, presentaba problemáticas desconocidas en los otros métodos porque a cada nueva aplicación requería (cambiando por ejemplo la edad y la especie animal) adaptaciones y modificaciones determinables sólo de manera empírica, «probando y volviendo a probar» continuamente y poniendo a prueba tanto las dotes de intuición como las de tenacidad. Si Cesare Lombroso, primer maestro de Golgi, era recordado por sus audaces construcciones, su originalidad y vivo ingenio, así como su escasa tolerancia con las investigaciones necesarias para consolidar el conocimiento de los hechos, Golgi era, por el contrario, más propenso a la conquista lenta y metódica de conocimientos seguros, fundamento del edificio doctrinal. En cambio, como ya hemos dicho brevemente, la teoría de la red nerviosa difusa se prestaba a críticas, mientras que se dudaba mucho menos de la teoría de la neurona propugnada por Cajal. Examinando a fondo los documentos de Estocolmo, en sus contrastes polémicos, comparándolos con cuanto ya se ha escrito con anterioridad, se confirma, una vez más, la inseparabilidad del momento «técnico» con el momento «ideológico» en la evolución de la biología y de la medicina. Dichos documentos confirman la equidad de un ex aequo atribuido a dos estudiosos que, a través de contrastes, «colaboraron» de manera decisiva al progreso de la neuroanatomía. Por otra parte, es evidente que si estos documentos ayudan a colocar en una más exacta perspectiva la posición de Golgi y de Cajal y de las respectivas doctrinas, al mismo tiempo son una fuente preciosa de acercamiento a las figuras de aquellos que, desde varios países, habían sido escuchados para las propuestas de candidatura. Las cartas y las relaciones muestran convicciones científicas, con ciertos matices interpretativos sobre el pensamiento neurológico de cada uno en aquel momento histórico, útiles para comprender el desarrollo de la discusión con el pasar del tiempo. Posiciones importantes y probablemente hasta hoy poco conocidas, son ahora accesibles directamente gracias a las declaraciones y las relaciones de los protagonistas. La lista de los presentadores de candidatos en el periodo de seis años es bastante larga, como se puede notar, y comprende varios de los protagonistas de la escena científica internacional: Albert von Koelliker deWurzburg, Wilhelm His de Berlín, Gustav Retzius, Friedrich von Recklinghausen de Estrasburgo, Gustav Schwalbe profesor de anatomía en Estrasburgo, Karl Magnus Furst, Friedrich S. Merkel, Oscar Hertwig. Se captan convicciones científicas en las decididas opiniones, así como en los matices de algunas expresiones. Entre los italianos partidarios de Golgi se encontraban profesores de varias sedes universitarias del norte de Italia: de Padua Ettore Truzzi; de Génova Enrico Morselli (que junto con el nombre de Golgi había sostenido en 1905 el nombre de Cesare Lombroso, enviando una caja de libros de Lombroso y una copia de la edición de la Opera omnia de Golgi, imprimido por Hoepli); de Pavía el clínico Carlo Forlanini y Luigi Sala profesor de anatomía; de Bolonia, el anatomista Giulio Valenti, Carlo Martinotti, Domenico Majiocchi, Tartuferi, el patólogo A. Rovighi e Paolo Pellacani que había sido profesor de Medicina legal en Pavía; de Turín, el fisiólogo Angelo Mosso. Sabemos muy bien que en la centenaria historia de los premios Nobel para la medicina y la fisiología se pueden encontrar juicios de valor que la marcha sucesiva de la ciencia ha puesto en los márgenes de las conquistas todavía merecedoras de celebración. En el importante camino de la biomedicina del siglo XIX y de su vigoroso desarrollo, el significado de la atribución del premio a Golgi y Cajal no cede ni en importancia ni en valor. Camillo Golgi tuvo la suerte de vivir una larga y laboriosa existencia en un periodo de tiempo que representó ciertamente el ámbito cronológico de una época. En esos ochenta años el cambio y la modernización fueron verdaderamente radicales no solo en cada sector científico y técnico, sino también en los sectores políticos, sociales y culturales. Cambió la manera de hacer la guerra y cambió el modo de vivir en paz, de gobernar, de hacer política, pero cambió también el modo de escribir, de pintar, de tocar, de viajar, de pensar. Otros extraordinarios y a veces sorprendentes cambios llegaron en los años ochenta y verdaderamente muchos en el campo de la ciencia médica. El modelo biomédico, históricamente determinado y dominante, estableció las bases para el estudio científico de la enfermedad y de su tratamiento a través de los últimos cien años, pero se volvió también nuestra peculiar prospectiva hacia la patología. Seguro de su éxito, condujo la atención hacia esquemas de estudio más complejos, en el surco trazado por Golgi y por otros investigadores de su tiempo, concentrados en las patologías de órganos y aparatos, con métodos e instrumentos capaces de clasificar y controlar las estructuras de la vida, del ser humano y de la enfermedad, interrogando los ámbitos de lo infinitamente pequeño que antes eran no solo inaccecibles, sino hasta inimaginables.
Presentamos en este trabajo la catalogación de las series documentales sobre viajes y expediciones científicas españolas realizadas en los siglos XIX y XX, existentes en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. El Museo de Ciencias Naturales de Madrid se fundó en 1771 bajo el reinado de Carlos III siendo nombrado director Pedro Franco Dávila quien aportó como donación al nuevo centro los especímenes y muestras de su gabinete privado formado en París durante su permanencia en esa ciudad francesa durante 14 años. El Archivo con el trascurso del tiempo fue enriqueciendo sus colecciones con una gran cantidad de documentación manuscrita resultante de toda su actividad científica, pedagógica y administrativa. El Museo de Ciencias Naturales posee una riquisima documentación, en gran parte conocida gracias a la labor de Ma Ángeles Calatayud, archivera del centro, que con su trabajo a lo largo de los años ha podido sacar a la luz varios catálogos, editados por el CSIC, con información concerniente a los fondos del archivo del Museo y sobre viajes y expediciones científicas españolas a lo largo de los siglos XVIII y XIX 1. En estos catálogos se dan a conocer todos los pormenores que estos proyectos científicos generaron, quedando pendiente muchos otros fondos realtivos a otros viajes que tuvieron lugar con posterioridad y que nosotros hemos valorado y catalogado en una primera aproximación para que sirvan a los investigadores interesados en estos temas, poniéndo a su alcance una información desconocida que permitirá acrecentar los datos que este importante deposito documental contiene. De manera que presentamos la selección, ordenación y catalogación de estas series documentales procedentes de las expediciones científicas realizadas por el estado español a lo largo de los siglos XIX y XX. La descripción de estos expedientes se ha realizado por orden cronológico, figurando en cada ficha un número de orden correlativo, con un total de 247 registros catalográficos. La documentación la hemos clasificado en los siguientes apartados 2: 1.-Exploraciones científicas al Africa Occidental. 3.-Expedición a Canarias de Cesar Labrado. 4.-Viaje al Golfo de Napoles. 2 Los apartados independientes en que se ha divido la documentación, considerando los viajes por separado, lo hemos hecho de esta forma por razones de clasificación al encontrarse la información incluída en expedientes individuales. Advertimos, por tanto, que existe en algunos casos verdadera relación entre unos y otros solapándose los documentos de algunos grupos que hacen referencia al mismo viaje o proyecto, al existir vínculos científicos con las zonas o países a los que nos referimos desde tiempo atrás. Se realizaron viajes y estrategias político-científicas a lo largo de los años con clara relación a los antecedentes existentes, confecionándose proyectos nuevos o continuando los ya comenzados o simplemente sugeridos. Esta actividad generó en los años sucesivos alguna documentación que figura por este motivo en expedientaes separados. El presidente de la Comisión Permanente de la SEHM al ministro sobre el estudio del Río Muni, remite los números del Boletín de los años 1906 y 1907 en los que aparecen cuentas para la publicación de un tomo de Memoria sobre la fauna de Guinea Española. Informe (borrador) sobre decisiones referente a la Exploración del NO. de Africa. Creadas por Real Decreto 24-VIII-1805, la Estación de Biología marina en Mogador, presupuesto de gastos de 1806 y 1807 y sobre el viaje del ayudante de la estación José Taboada por Europa. Relación de cuentas y gastos en relación a la exploración del NO. de Africa. Sobre unos huevos de coleópteros... de recolecciones de Martínez de la Escalera. Comunicación [a Ignacio Bolívar] sobre diferentes cuestiones relacionadas con los antecedentes de la gestión de apoyo del Ministerio de Estado para el estudio de Africa. Carta sobre la R.O. del Ministerio de Estado de octubre sobre remisión de ejemplares de himenópteros y otros al Museo así como la publicación de una memoria, sobre la publicación de los «coleópteros de Marruecos y la pensión que necesita para estudiar en París y Londres, solicitando autorización para ausentarse temporalmente de Marruecos. PROYECTO DE EXPEDICIÓN TRANSAFRICANA. Carta al director del Museo de Historia Natural acerca de la organización de una expedición a Africa Central, junto a otra que irá al Amazonas. Comenta la adquisición para ello de un velero y los propósitos de la empresa.
Presentando el trabajo de A. Bravard, se presta especial atención a la obra de los «amateurs» de provincia, a las transacciones de compra y venta de colecciones de fósiles y a la competencia entre museos como argumento para justificar las mismas. PALABRAS CLAVE: museos de historia natural, colecciones de fósiles, siglo XIX. nombre que se le había dado en Francia. En efecto, Garriga nombraba al «esqueleto» como tal y no con su apelación cuveriana, conocida, traducida y publicada como parte tercera de esta obra que difundía, asimismo, la descripción previa de Bru. La competencia científica con Francia aparecía como uno de los móviles de Garriga quien se proponía hacer «la debida justicia á Don Juan Bautista Bru, y á nuestra Nación, manifestando que los Naturalistas de España no se han descuidado tanto, que no hayan descrito con la mayor prolixidad este Esqueleto, que es el primero que se recibió de su especie de los tres que existen ya en este Reyno» 5. La competencia entre los museos europeos por la posesión de nuevos ejemplares es un aspecto poco estudiado en la formación de las colecciones europeas de historia natural 6. En este trabajo, tomando como marco principal el Muséum National d'Histoire Naturelle de París, intento presentar ciertos aspectos de la carrera por la adquisición de mamíferos fósiles sudamericanos. Asimismo, me interesa analizar el lugar de los coleccionistas de provincia en relación a su función de proveedores de las instituciones metropolitanas. El recorrido y las relaciones de Auguste Bravard (1803-1861), un arquitecto de Issoire y coleccionista de fósiles terciarios de la Auvergne francesa, se vuelve ideal para ello. Bravard, desilusionado frente al fracaso político de 1848, se ve atraido por la posibilidad de armar nuevas colecciones en las pampas sudamericanas. Los museos europeos, a la vez que pagaban cada vez menos por los mamíferos fósiles de Francia (cuyo catálogo se consideraba casi completo), condescedían en los altos precios que los coleccionistas o viajeros pedían por los innominados y remotos ejemplares de América. En este sentido Bravard, un personaje periférico de la provincia francesa pero una autoridad para los naturalistas del Plata, adquiere visibilidad gracias al escenario americano y, desde estos márgenes, permite entrar a la logística de las instituciones metropolitanas. ---pueden caber en la imaginacion. La corpulencia y enorme volumen, que resulta de todo el conjunto de sus Huesos, es tan pasmoso y admirable, que será menester sea absolutamente de una naturaleza destituida de la posibilidad aun de sentir aquel, que no quede movido y sorprèndido á vista de tan vasta MOLE, y que no se reconozca interiormente estimulado de llegarse á èxaminar curioso un tan raro y singular PRODIGIO». Descripcion del esqueleto de un quadrúpedo muy corpulento y raro, Que se conserva en el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. Publícala Don Joseph Garriga, Capitán de Ingenieros Cosmógrafos de Estado. Destaquemos que en el lenguaje de Garriga, la Madre Naturaleza aparece autónoma, no asociada a Dios ni como manifestación de un espíritu sabio. 6 Para la competencia entre los museos franceses y británicos cf. ILUSTRACIONES, FORMACIÓN DE COLECCIONES DE COMPARACIÓN E INTERCAMBIO DE En el siglo XVIII la historia natural -por entonces «fort à la mode»-incluía la disciplina de la orictología o el estudio de los «fósiles verdaderos y accidentales», es decir «los cuerpos sin órganos de vida ni principio de sentimiento» 7. La doble utilidad de instruir y agradar a través de los tres reinos de la naturaleza se presentaba en los gabinetes que proliferaban en las distintas cortes europeas bajo la protección de los monarcas amantes de las ciencias y de las artes. El orden a adoptar en la presentación del reino mineral -o de los fósiles-planteaba los mismos problemas que la clasificación de los reinos vegetal y animal y dio origen también a varios diccionarios, catálogos y atlas8. De esta manera, los especímenes que albergaban los gabinetes circulaban a través de su representación más que de la observación del material en si. En este marco, se inscriben las ilustraciones de Bru del esqueleto que Cuvier llamó Megatherium y que, hasta la década de 1820, fueron las únicas conocidas entre los naturalistas. Fue en el contexto de la Francia postrevolucionaria que emergió el principio de apoyo del Estado -en oposición al monarca-a los establecimientos llamados museos. En este contexto, el Muséum National d'Histoire Naturelle de París y sus profesores adquirieron un prestigio y un poder novedosos 9. En esos años, Cuvier pronunciaría el elogio de Daubenton, su antecesor en la cátedra de Historia Natural en el Collège de France, donde definía la necesidad de contar con colecciones de fósiles formadas y costeadas por el erario público, oponiéndolas a las constituidas merced al diletantismo de los ricos y poderosos. La formación de colecciones iba de la mano de la consolidación de la autoridad de Cuvier y de sus estudios de anatomía comparada, que -sin descartar la ilustración-se basaban cada vez más en la observación de los materiales y la presentación de los fósiles. Por otro lado, si los viajes de exploración se proponían formar los archivos sobre los territorios extraeuropeos, los museos de historia natural se constituían, a la vez, en un eslabón central de esta empresa: el ----7 BERTRAND, E. (1763), Dictionnaire universel des fossiles propres et des fossiles accidentels. La separación del estudio de los fósiles accidentales -que conservarían el nombre de fósiles-de los verdaderos (los minerales) dio origen a una nueva disciplina que, aunque también mantuvo el nombre de «orictología», en el siglo XIX empezó a ser llamada «paleontología». Owen, por ejemplo, usó indistintamente ambas denominaciones hasta la década de 1840. inventario del mundo se completaba almacenando en ellos los datos y los objetos resultado de las expediciones 10. Asimismo, en Francia y como resultado de una eficaz difusión de la ciencia como emblema de la Nación, el Muséum, la asamblea de los sabios y de los académicos consolidó su autoridad en la Europa entera. La autoridad de Cuvier y del Muséum intentó la visita al gabinete de Madrid -como había hecho con Londres-sin obtener los permisos para hacerlo. El megaterio de Madrid fue re-estudiado in situ por primera vez por Charles Pander y Eduard D'Alton quienes, en 1821, publicaron en Bonn nuevas imágenes del cuadrúpedo fósil, confirmando la morfología de este animal del que no se tenían más noticias y que permanecía «aislado» en Madrid 11. En esos mismos años, Damasio Larrañaga enviaba desde Montevideo una carta y fragmentos de un animal a A. Saint Hilaire para que los presentara en París, afirmando que, aparentemente, pertenecían al tipo descripto por Cuvier y abriendo la posibilidad de nuevos hallazgos en estas costas 12. En la década de 1830, las ilustraciones de los fósiles, aunque siempre importantes, empezaron a compartir su lugar con la reproducciones tridimensionales que se intercambiaban como prueba de buena voluntad entre las distintas asociaciones y museos del continente. En 1832 Mr. Woodbine Parish, encargado de los negocios británicos en el Plata, entregaba a la Geological Society de Londres los restos de un supuesto megaterio. La imagen del aislamiento del Megaterio de Madrid circulaba entre los estudiosos ingleses y franceses. 12 Larrañaga asociaba los restos de «su Dasypus» con el Megaterium. Parish, para realizar esta «donación», puso las siguientes condiciones: el College debía recompensarlo por los gastos de envío y asumir el gasto de las copias que se regalarían a la Geological Society, a Cambridge, al British Museum y al Prof. Buckland de Oxford quien, por otro lado, supervisaría este proceso 13. El ejemplar resultante no estaba completo y se empezó a pensar la posibilidad de realizar la copia de los huesos faltantes reproduciendo los existentes en Madrid. La respuesta fue negativa 14 y, ante la duda, se consultó al Muséum de Paris si la administración del Jardin du Roi había logrado hacerse de réplicas del edentado sudamericano exhibido en Madrid. En París, por entonces, sólo se poseía de este animal la tibia derecha y un fragmento de húmero que habían sido enviados recientemente por Bonpland 15. Por su parte, la administración del Muséum de París inició en 1837 las gestiones diplomáticas para realizar una copia del esqueleto de Madrid, el megaterio más completo de Europa. La imitación fiel del original seguiría «la méthode adoptée dans la plupart des musées de l 'Europe pour multiplier les échantillons précieux d' ossemens fossiles» y que ya se había aplicado para los de los alrededores de París descriptos por Cuvier 16. El costo de la copia (6000 francos) sería asumido por la administración del Muséum que enviaría a Madrid al artista competente en estas artes garantizando no provocar daño alguno al precioso esqueleto. Al gabinete de Madrid se le ofrecía, en reciprocidad, una copia de los fósiles de los mamíferos parisinos, cuyas ilustraciones eran ampliamente conocidas en todo el continente 17. Madrid rechazó la oferta, aduciendo el probable perjuicio que sufriría el esqueleto 18. Sin embargo, serían los museos británicos los primeros en contar con una colección de mamíferos fósiles de América del Sur. Charles Darwin, como naturalista del «Beagle», regresaba a Londres, con osamentas de las regiones del Plata, de Bahía Blanca y de Puerto San Julián. Depositada en el Museum of the College of Surgeons, esta colección fue descripta por Richard Owen entre 1838 y 1840 19 quien haría un ----13 Cartas de Parish a la administración del RCS, Leg. Owen se refería a las dudas que generaba el esqueleto de Madrid y sus ilustradores pero también dejaba constancia de la necesidad que ya se había instalado entre los orictólogos de basar los estudios anatómicos en la observación de los materiales de colección. Asimismo, los especímenes que estaban llegando a Europa desde América del Sur demostraban que la falta de los mismos en las colecciones europeas no significaban escasez de restos sino de viajes al efecto. El ojo y los esfuerzos de Darwin confirmaban la variedad de la naturaleza americana extinta en tiempos relativamente recientes. Recordemos que por su parte, Peter W. Lund, un naturalista danés, enviaba breves noticias a París y que la Academia de Ciencias de Copenhague recibía su descripción de la fauna fósil de las cavernas de Brasil, incorporada por Owen a la definición de sus nuevos géneros y especies de mamíferos sudamericanos extinguidos 22. Lund publicó casi toda su obra en su lengua materna y Owen pudo leerla gracias a las traducciones provistas por el Rev. Existe una traducción al portugués de 1950, a cuya lectura refiero cf. LUND P. (1950), Memórias sôbre a Paleontologia Brasileira, Revistas comentadas por Carlos de Paula Couto (paleontólogo del Museu Nacional), Río de Janeiro, Instituto Nacional do Livro. copias de la colección sudamericana para obsequiar ya no sólo a otras asociaciones británicas sino también al Muséum d'Histoire Naturelle de París 23. El envío de muestras de los productos de los territorios sudamericanos no sólo fue una empresa encarada por las expediciones europeas sino también una práctica asumida por las nuevas entidades políticas. El paso de Darwin despertó el interés de los locales quienes enviaron sus colecciones a Londres: Pedro de Angelis y Francisco Javier Muñiz, cada uno por su parte, propondrían el envío de sus hallazgos. Pedro de Angelis 24, ofrecería, a través de Woodbine Parish, ejemplares de gliptodontes y megaterios para la venta, a valores tales que Parish creyó necesario explicarle que, por un lado «the Glyptodon is no longer an unknown monster» y, por otro, que los rumores que circulaban sobre el precio que el College of Surgeons estaba dispuesto a pagar por una copia del Megaterio de Madrid, eran completamente falsos 25. Por otro lado, en 1846, Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, presentaba al Muséum d'Histoire Naturelle a través del Almirante Dupotet, colecciones de mamíferos fósiles organizadas por Muñiz 26. Destaquemos que este gesto adquiría gran significado diplomático hacia Francia dado el carácter de objetos escasos y preciosos atribuido a los «monstruosos» mamíferos sudamericanos. Pero, asimis-----23 «Cartas de Richard Owen a Laurillard» (MS 638 MNHN) y «Catalogue des Ossements fossiles de Vertebrés placés dans les galeries de Géologie et Mineralogie», vol. deuxiéme, 1861 (Laboratoire de Paléontologie del MNHN) 24 Pedro de Angelis (1784-1859), de origen napolitano, se había radicado en el Plata en 1827, a raiz de haber sido contratado por Rivadavia como uno de los «sabios» italianos que ayudarían en la renovación cultural del país. Gozó, en estas costas, de la fama de sabio como la de oportunista político. Fue publicista de Juan Manuel de Rosas y emprendió sucesivas empresas editoriales. BABINI, J. (1986), Historia de la ciencia en la Argentina, Buenos Aires, Solar; MONTSERRAT, M. (1993), «La influencia italiana en la actividad científica argentina del Siglo XIX», en: Ciencia, historia y sociedad en la Argentina del Siglo XIX, Buenos Aires, CEAL; MYERS, J. (1995), Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, pp. 36-38. 215 (23) h ( 5) 5 (i) RCS 26 Estos fósiles habían sido coleccionados en la zona de Luján por Francisco Javier Muñiz (1795-1871) médico de campaña y militar y un activo coleccionista y clasificador de fósiles de la zona de Luján. Según las versiones de Burmeister/Sarmiento/Ameghino este envío ha sido presentado como un despojo de la dictadura de Rosas al científico lujanense utilizado como ejemplo del encono local contra las ciencias (seguidas también en CAMACHO, H. (1971), Las ciencias naturales en la Universidad de Buenos Aires. Estudio histórico, Buenos Aires, Eudeba. En el «Catalogue des Ossements fossiles de Vertebrés placés dans les galeries de Géologie et Mineralogie», vol. deuxiéme, 1861 (Laboratoire de Paleontologie del MNHN) aparecen los nombres de Muñiz como coleccionista, Rosas como donante y Dupotet como canal del envío. Sin embargo, la carta de Darwin a Owen (ver nota siguiente) revela la libre voluntad de Muñiz de donar sus colecciones a los museos europeos. Por otro lado, el envío a Londres de 1841, corresponde a un hallazgo del mismo de Angelis cf. OWEN, R. (1842), Description of the Skeleton of a Extinct Gigantic Sloth, Mylodon robustus, Owen, with observations on the osteology, natural affinities, and probable habits of the Megatherioid quadrupeds in general, Londres, R. and J. E. Taylor y carta de Pedro de Angelis a Parish (14 de Mayo de 1840) Leg. 111-112 mo, se inscribía en la conducta de muchos otros gobernantes que veían en el envío a las instituciones metropolitanas una manera de discutir, garantir y multiplicar el efecto de la exhibición de las peculiaridades locales. El envío a París fue inmediatamente registrado en Londres. Muñiz, por su parte, haría una oferta directamente a Darwin para donar una «forma hasta entonces desconocida». Darwin comentaba con Owen la necesidad de no sólo aceptar el ofrecimiento, sino de pagarle al caballero del Plata los gastos que incurriera en el envío y de enviarle algunas publicaciones del College como modo de incentivar sus colecciones y futuros envíos 27. LOS COLECCIONISTAS DE PROVINCIA Y LAS INSTRUCCIONES METROPOLITANAS Los museos europeos participaban también en el proceso de creación de un nuevo público a través de la educación por la observación de la naturaleza, de acuerdo a una retórica -aparecida durante el Antiguo Régimen-acerca de la utilidad pública y moral de las ciencias naturales para preservar el orden civil 28. La relación entre las sociedades científicas metropolitanas y de provincia, entre la ciencia popular e institucionalizada así como entre los «gentlemen» y el trabajo de campo, son aspectos que han comenzado a estudiarse en los últimos años 29. En efecto, los museos en la primera mitad del siglo XIX se habían vuelto un lugar de referencia para el público que, como describía Owen en 1860, no dudaba en acudir al mismo gabinete del científico para satisfacer su curiosidad 30. La relación con el extramuros del museo y-en ----27 Carta de Darwin a Owen (12 de febrero de 1847). Including the substance of a discourse on that subject, el caso británico, más allá del círculo de sociabilidad de los «gentlemen»-adoptaba, entre otras formas, la del intercambio de correspondencia, de información y de colecciones 31. En este marco también se comprenden las «instrucciones» de las sociedades científicas para los viajeros y naturalistas y las relaciones de asesoramiento y protección hacia algunos de los corresponsales de provincia que actuaban como sus proveedores. En el Muséum de París, como en otras instituciones, una de las formas que adoptó la relación con el coleccionista de fósiles fue el contrato permanente o esporádico bajo la figura de Naturalista viajero o la de viajero independiente guiado por las instrucciones 32. Destaquemos que estas últimas, utilizadas hasta iniciado el siglo XX, distinguían entre trabajar en «un pays habité et civilisé ou dans un pays inconnu ou désert» 33. A mediados de la década de 1830, en las provincias civilizadas de la Auvergne, la fauna fósil era objeto de trabajos encarados por los naturalistas locales. Algunos de ellos como Lartet, Auguste Bravard y el Abbé Croizet competían -y colaborabanentre ellos para el armado de colecciones, sus catálogos y su venta a los establecimientos públicos o a los coleccionistas privados con recursos suficientes para pagar su valor. Bravard representaba así uno de los muchos «amateurs» de las ciencias de provincia, que, con recursos familiares y/o procedentes de su ocupación principal, invertía parte de su tiempo y de su dinero en la formación de colecciones fósiles. Estos «amateurs», formados a través de las instrucciones, los ---- catálogos y las ocasionales visitas a los profesores y a las instituciones metropolitanas, clasificaban -la mayoría de las veces ellos mismos-los ejemplares procedentes de sus excavaciones. En relación al nombre dado a las nuevas especies, en los círculos de los «amateurs» se reproducían los conflictos de la ciencia institucionalizada: el plagio frente a pretendidas prioridades eran acusaciones que aparecían con frecuencia en la correspondencia y en los periódicos locales. Los profesores del Muséum -quienes por otro lado, utilizaban los nombres sin cuestionarlos siempre que la idoneidad de los amateurs hubiera sido aceptada-intervenían como jueces a los que recurrían sus respectivos protegidos 35. Tratando de recuperar el apoyo de Laurillard para lograr la venta de su colección, Bravard daría detalles de su manera de trabajar y de los costos que insumían las investigaciones paleontológicas en la Auvergne 36. Así, por un lado, surge la existencia de una red de proveedores «no instruidos» en la clasificación pero que identificaban los fósiles en las excavaciones de las canteras locales y que le vendían a Bravard sus ---- 35 En las cartas del Leg Bravard op.cit., Bravard se queja sucesivas veces de otros «amateurs» por robo de prioridades o por desconocer sus clasificaciones («En 1830 je fis paraître un petit mémoire sous le titre de Monographie du Cainotherium genre nouveau de la famille des pachydermes que MM de Laizer et Parieu ont depuis décrit sous le nom de Oplotherium»). Croizet (MN 638 MNHN) aparecen quejas del mismo tenor y Laurillard, protector de ambos, parece adoptar frente a ellas una actitud neutral. Por otro, deja evidencia que las iniciativas de excavaciones sistemáticas en las zonas detectadas por los mineros, implicaba el tiempo del «amateur» como director de las mismas, cierta organización familiar del trabajo 37 y el costo adicional (salario y vino) de obreros especialmente contratados para ello. Parte del enriquecimiento de las colecciones del Muséum se basaba entonces en la empresa iniciada de manera privada: los profesores recorrían las provincias visitando estas excavaciones, relevando colecciones -ya formadas y clasificadas en un catálogo-de las que algunas se propondría la compra para el engrandecimiento de la ciencia y la patria francesas. En 1847, después de largas negociaciones, el Estado adquirió para el Muséum las colecciones de fósiles de la Auvergne de M. Bravard y de M. Lartet descartando -o mejor dicho comprando en parte-la del Abate Croizet 38. Destaquemos que Bravard no era un naturalista viajero del Muséum ya que, al igual que los otros, trabajaba con fondos propios y vendía sus colecciones al mejor postor sin un vínculo que lo ligara indefectiblemente a ningún particular, a ninguna institución ni a ningún país. Sin embargo, el tópico de evitar que las colecciones salieran de la patria como parte de la presión sobre la urgencia de la compra, era muy eficaz a la hora de gestionar los fondos del gobierno. La amenaza de verse obligados a vender a los museos ingleses y privar a Francia de sus riquezas fosilíferas, se justificaba por el argumento de evitar el despojo de los herederos por un interés egoísta como la ciencia. La conciliación entre la felicidad privada y pública de los hijos de Francia pasaba por una recompensa monetaria que evitaría la disminución del patrimonio familiar y que, a la vez, conservaría el de los tiempos prehistóricos en los museos de la patria. El Abbé Croizet, por su parte, presionaría a los nobles interesados en los fósiles con la doble amenaza del Estado francés y los museos británicos. Ambos, Bravard y Croizet, venderían parte de sus colecciones al British Museum en 1852 39. La revolución de 1848 marcaría una ruptura en la relaciones entre Bravard y el Muséum. Croizet aprovecharía entonces para denunciar a su competidor como participante de la «politique rouge» 40, mientras que Bravard, frente a la desilusión sufrida, pretendía refugiarse en su mundo de fósiles: renunció «à toute espèce de participation, aux idées comme aux actes politiques» a la vez que se sumergía «de maniére absolue aux re-----37 La esposa de Bravard, es decir la hija de funcionario que permitió su regreso a las ciencias, parece haber participado del gusto por los fósiles, tal como lo reflejan los halagos de Laurillard al saber paleontológico de Madame Emma B. (cf. carta del 23 de Diciembre de 1847, MN 638, MNHN). Por otro lado, ella, quien permaneció en Issoire durante las estadías americanas de Auguste, sería la heredera de las colecciones de su esposo y se encargaría de reclamar los pagos atrasados por las colecciones sudamericanas (cf. carta de Emma Bravard al Director del British Museum del 27 de mayo de 1861. El mundo de la ciencia -que antes había aparecido como contrario al bienestar económico de la familia-volvía a aparecer como un mundo egoista, lejano a la idea de participación en el presente. Bravard decidiría entonces refugiarse en los fósiles de «un pays inconnu et désert». LOS FÓSILES DEL PLATA Bravard llegó al Plata en esos años donde fue admitido en los círculos científico y literarios y continuó su oficio de coleccionista para los museos de Londres y París. Recorría las barrancas de ríos y arroyos 42, trabajaba para el Museo Público de Buenos Aires en la clasificación de objetos fósiles y, como señala Burmeister 43, aumentó el número de especies de «mamíferos antidiluvianos extraidos del suelo de Buenos Aires» de ocho a cincuenta 44. Sin embargo, prefirió aceptar el cargo de Inspector de Minas de la Confederación y Director del Museo Nacional de Paraná 45, a donde se trasladó en 1858. A raiz de su obra paleontológica, la editorial del periódico de Paraná subrayaba: «Quisiéramos ver al naturalista adquirido por el Gobierno cuanto antes recorriendo nuestro hermoso país, para que la Europa al fin conozca sus inmensas riquezas minerales, ese llamativo poderoso de grandes capitales y de una corriente no interrumpida de inmigración» 46. Esta reseña planteaba una novedad con respecto a las prácticas europeas: correspondía al director del museo realizar el trabajo de campo y de recolección de datos en el terreno. Por su entrenamiento como proveedor de las instituciones europeas, Bravard ya había sido formado en las «instrucciones» de éstas. Respetando esta división del trabajo-continuaba siendo un naturalista viajero ocasional para el British Museum y el Muséum, pero para la Confederación, su autoridad científica, es decir el director y único empleado del Museo Nacional, se volvía la encargada de realizar las observaciones in situ. 42 Es probable que los proveedores franceses, entre los cuales se cuentan Bravard, Séguin y Bonnement, siguieran las indicaciones de la obra de D'Orbigny. En su viaje (1826-1833), D'Orbigny coleccionó sobre todo invertebrados fósiles pero marcó la ubicación de los mamíferos. Martin de Moussy (vide infra) es quien señala que todos se guiaban por los mapas de D'Orbigny. Buenos Aires: Bernheim y Bonneo. 1864: «Sumario sobre la fundación y los progresos del Museo Público de Buenos Aires», pp.3 y 7. 45 sobre el Museo de Paraná con anterioridad a Bravard cf. Podgorny I. (1998) «Un belga en la corte de Paraná», en B. De Groof, P. Geli et al (eds.). En los deltas de la memoria. Bélgica y Argentina en los siglos XIX y XX, Leuven University Press, pp. 55-61. 46 Sin Firma «Bibliografía: Monografía de los terrenos marinos del Paraná por Augusto Bravard», El Nacional Argentino, 3 de junio de 1858, número 660, Paraná. Bravard, por su parte, haría conocer el fecundo país a través de la venta de las colecciones de mamíferos fósiles de los terrenos pampeanos, todavía un bien muy preciado y altamente valorado 47. La Asamblea de Profesores, sin embargo, recibiría, recomendada por D'Orbigny, otra oferta de huesos fósiles de las Pampas: en la sesión del 9 de diciembre de 1856 «M. le Prof. de Paléontologie donne des détails très interessants sur une collection importante d'ossements fossiles recueilles dans les étages subapennins 50 des Pampas de Buenos Ayres par M. Séguin. Mientras que François Séguin, «un confiseur de Buenos Ayres» conocido y acompañante de Bravard, ofrecía una colección ya depositada en París 51, este último, continuando sus costumbres de coleccionista de provincias, había enviado sólo el catálogo 52. En 1857, la Asamblea de profesores se decide por la colección Séguin e inicia los trámites ante el Ministro de Instrucción Pública para gestionar los 25.000 francos necesarios para su compra 53. El precio de la colección Bravard era inferior (20.000 francos) y estaba compuesta por 68 tipos de vertebrados (56 mamíferos), la mayoría ----nuevos, clasificados y etiquetados por él mismo 54. El argumento utilizado por la Asamblea recurrió a la superioridad de la de Séguin en base a que la colección poseía piezas con las que se podían armar esqueletos enteros 55. Con ellos, los profesores del Muséum elegían la posibilidad de reconstruir individuos completos más que de obtener un muestrario de fragmentos de fauna fósil tal como el que ofrecía Bravard. Así, «un superbe squelette de Glyptodon, d 'une taille gigantesque et d' une conservation qui en laisse presque rien à desirer» se volvía de una contundencia rotunda a la hora de convencer al ministro de la importancia de la colección. Otra diferencia entre la colección de Séguin y la de Bravard procedía de los saberes diferentes con los que se habían armado. Séguin procedía, como Bravard, de la Auvergne (su familia residía en Clermont Ferrand) pero la manera de presentar su catálogo indica que carecía del saber clasificatorio de este último. En efecto, Bravard era capaz de identificar los restos de fauna ya clasificada por otros pero también de crear, con cierta confianza, especies y géneros nuevos lo que supone un conocimiento bastante completo del catálogo de fósiles conocidos y de las reglas de la anatomía comparada. Séguin, por el contrario, se limitaba a identificar géneros y especies, sin nombrar nuevos grupos y entregando las colecciones en bruto para su clasificación por los profesores del Muséum o de la Facultad de Ciencias de París 56. El saber de Bravard, ya previamente comprobado en el Muséum, no era del todo descartado. Muy por el contrario, sin pagarle la colección, los profesores se apropiaron de la clasificación de los fósiles desconocidos. Así, un esqueleto innominado por Séguin es presentado al ministro con el nombre dado por Bravard: «nommé provisoirement Typotherium (dans le catalogue de M. Bravard), cet animal paradoxal a beaucoup d 'analogie avec les Rongeurs» 57. La colección Bravard quedó en la Argentina: Bravard murió en el terremoto de Mendoza de 1861 y su herencia fósil fue adquirida a la viuda por el Estado argentino en 1866 58. Con la creación de la Academia y la Facultad de Ciencias Matemáticas y Físicas en Córdoba, esta colección debería haber pasado, bajo la responsablidad del respectivo Profesor de Zoología y con el fin de dedicarla a la enseñanza, al Museo Nacional Argentino que debía fundarse asociado a ella 59. La colección, sin embargo, quedó en Buenos Aires bajo los cuidados de Burmeister. Séguin, por su parte regresó al Plata para continuar su trabajo de proveedor del Muséum ya por encargo de la administración. Esta nueva colección sería presentada en la sección de la «Confederación» Argentina de la Exposición Universal de París de 1867, organizada por Martin de Moussy, quien por otro lado había sido contratado por la «Confederación» para realizar una descripción física de las riquezas locales. La «segunda colección Séguin» fue clasificada por el profesor de zoología de la Facultad de Ciencias de París, Paul Gervais y, al finalizar la exposición, fue ofrecida para su venta al Muséum por 50.000 francos 61. Los profesores del Muséum defendieron la compra con interés, solicitando al ministro de Instrucción Pública una ley especial que autorizara el crédito por esta suma. Los trámites se iniciaron enseguida ----59 «Reglamento aceptado por el Exmo. 3 vols, París, Firmin Didot Frêres. 61 Es interesante destacar el precio comparativo (y menor) que en esos años tenían las colecciones de fósiles franceses -similares a la colección Bravard de la Auvergne-que el Muséum seguía adquiriendo: Séguin op. cit.) pero, como era costumbre, la decisión se demoraba. Hasta que fue adquirida en 1871, se enviaron sucesivos informes y reiteraciones del pedido, cada vez más enfáticas, sobre el valor científico y simbólico de los gliptodontes en las galerías del museo. Por otro lado en 1869, Burmeister había logrado un decreto por el cual se impedía la exportación de mamíferos fósiles que se reservaban para el Museo Público de Buenos Aires. Los profesores del Muséum señalaban, entonces, que ésta sería la última oportunidad de adquirir una colección semejante y que había que evitar su venta a los museos extranjeros. Con la aprobación del crédito y a través de la herencia que Serres dejó para el aumento de la colecciones fósiles, el laboratorio de Anatomía comparada adquirió -a pagar en diez años-la colección de François Séguin, definitivamente instalado en Clermont Ferrand. El montaje de la colección fue una de las obras que ocupó más tiempo y gran parte del presupuesto de los años 1872 a 1875 del laboratorio de Anatomía Comparada. La reconstrucción de la coraza del gliptodonte llevó varios kilos de cera amarilla y horas extras del artesano contratado especialmente para su ensamblado 64. Francia tenía por fin su megaterio y varios gliptodontes entre sus colecciones. Años más tarde, las colecciones de fósiles pasarían a las galerías de Paleontología y con ellas el orgullo por los mamíferos pampeanos. 65 En 1865, Serres ya había presentado el primer Gliptodonte armado (Opinion National del 26 de septiembre, 8/10 de octubre de 1865; L'Epoque del 16 de octubre de 1865). armados con verdadera satisfacción: «Le premier squelette qui se présente en entrant dans la galerie de Paleontologie est celui du Megatherium Cuvieri (...) Una de las cajas de la colección Séguin se perdió: aquella que contenía los restos de huesos y dientes del hombre fósil 67 y que Florentino Ameghino buscaría con tanto afán. Recordemos que en 1878, Ameghino, por entonces un joven coleccionista de un pueblo de la provincia de Buenos Aires que buscaba obtener sus credenciales entre los naturalistas locales y en la Sociedad Científica Argentina, partió hacia la Exposición Universal de París de ese año. Llevaba consigo el catálogo de las colecciones de antigüedades de Tucumán, su propia colección de mamíferos extinguidos e iba comisionado por otros coleccionistas para la venta de huesos fósiles de la Argentina 68. La venta de su colección y los fondos suministrados por algunos comerciantes de Mercedes, la ciudad en la que residía en la Argentina, le permitieron permanecer varios años en Europa donde, entre otras cosas, clasificó nuevos géneros y especies comparando sus piezas con los de la colección Séguin del Muséum 69. Esta colección, volvamos a subrayar, resultó de dos caminos: por un lado, la demanda en los museos europeos de los mamíferos fósiles sudamericanos; por otro, de la práctica de recolección de materiales a través de una red de proveedores quienes, frente a los altos precios de los «titanes pampeanos», se trasladaron a América para su búsqueda y envío. La abundancia de fósiles en los alrededores de Luján y Mercedes -conocida en Europa desde el envío del Megaterio a fines del siglo XVIII-hizo que esta zona, donde Ameghino se había criado y donde ejercía su cargo docente, atrajera a los proveedores franceses. Queda por demostrar que, en los años de infancia de los hermanos Ameghino, la probabilidad de encontrar una osamenta fósil en las barrancas de los cursos de agua pampeanos debía ser tanta como la de encontrar un francés a su lado. Los materiales de la Biblioteca Central, los catálogos y manuscritos del MNHN y de los ANF se pudieron consultar en Enero de 1999 en el marco del convenio ECOS-----66 «Nouvelle galerie de Paléontologie» por Albert Gaudry. 68 Podgorny I. (1997)»De la santidad laica del científico: Florentino Ameghino y el espectáculo de la ciencia en la Argentina moderna», Entrepasados, Revista de Historia, 13. 69 Henri Gervais et Florentino Ameghino (1880) Les mammifères fossiles de l'Amerique du Sud, París, Librairie F. Saug y Buenos Aires, Igon, 1880. SECyT A97 H01 «El poblamiento americano, los primeros habitantes de la Patagonia» dirigido por J.Rabassa, L. Miotti, Y. Coppens y F.Ramírez Rozzi. Por otro lado, la visita al RCS y al NHM así como parte de la bibliografía aquí citada, se vieron facilitadas por un subsidio de Inicio de Carrera de la Fundación Antorchas de Buenos Aires. Quiero agradecer a Claudine Cohen, M. Margaret Lopes, María I. Martínez Navarrete, Borja Sanchiz y Gil de Avalle, Léon Napias, Diego Hurtado de Mendoza, Beatriz Medina, Alfonso Buch, Laura Miotti y a Fernando Ramírez Rozzi, por sus comentarios y sugerencias bibliográficas. Mi reconocimiento también a Sam Collenette (NHM), Claire Jackson, Simon Chaplin y Elizabeth Allen (RCS) y a Christian de Muizon, Daniel Goujet (Laboratoire de Paléontologie del MNHN), Monsieur Robineau y Francis Renoult (Laboratoire d'Anatomie Comparée del MNHN) por su inapreciable ayuda en la búsqueda de los catálogos de las colecciones. Asimismo, no quiero dejar de mencionar la colaboración de los bibliotecarios de las intituciones aquí citadas.
En el siglo XVIII la agrimensura conoció, en España, un proceso inacabado de institucionalización que sentó las bases para su posterior desarrollo. Este proceso se inició en el antiguo Reino de Valencia y provocó la aparición sucesiva del empleo municipal y el título académico de agrimensor. En este trabajo se estudian las circunstancias que concurrieron en dicho proceso, así como sus limitaciones. En la España del siglo XVIII diversos colectivos asistieron a la lenta institucionalización de su profesión. De estos grupos los que han merecido una mayor atención por parte de los investigadores han sido los formados por los maestros de obra-arquitectos 1 y los ----ingenieros militares 2, mientras que en el caso que nos ocupa, el de los expertos en agricultura-agrimensores, este acercamiento ha sido más reciente 3. Esto último resulta difícil de entender teniendo en cuenta la importancia y la diversidad de los trabajos realizados por estos profesionales. Por las manos de expertos y agrimensores pasaban cometidos como la medición, tasación, división y nivelación de terrenos, la delimitación de propiedades y términos municipales, el aforo de líquidos o la dirección de excavaciones y desmontes. Todos ellos, además, con el levantamiento, cada vez más necesario, de mapas y planos de situación. Podemos imaginarnos la repercusión que estas actuaciones tuvieron en empresas tan ambiciosas como la implantación del Catastro de Ensenada, la construcción de caminos reales o la apertura de canales y acequias, así como en los centenares de pleitos suscitados entre municipios y/o particulares. En el antiguo Reino de Valencia, esta importancia se acrecentó en el siglo XVIII como consecuencia de un aumento demográfico que provocó la extensión del regadío e innumerables litigios por cuestiones terrioriales. Encargos como el mantenimiento de una red de acequias de origen medieval, su extensión a zonas de secano, el empadronamiento de las parcelas beneficiadas por el riego, el deslinde de zonas como la Albufera o las riberas de los ríos, de contornos cambiantes y administradores mal definidos, la delimitación de propiedades ante la continua usurpación de sus márgenes, su justiprecio en operaciones de compra-venta o divisiones por herencia o el control de los asentamientos ilegales, provocaron el aumento del número de expertos en agricultura y agrimensores y, al tiempo, la exigencia de una mayor dedicación y preparación por parte de los mismos. El resultado de todo ello fue el inicio de un proceso de institucionalización del oficio que tuvo su centro en la ciudad de Valencia. A comienzos del siglo XVIII no existía en España ninguna institución que centralizase la expedición del título de agrimensor y/o controlase la preparación de las personas que se empleaban en este oficio. Hasta la segunda mitad del mismo, tales títulos (en realidad unas simples certificaciones) les eran concedidos a los interesados ----2 CAPEL, H. et al. (1983), Los ingenieros militares en España. Repertorio biográfico e inventario de su labor científica y espacial, Barcelona; y Capel, H. et al. (1988), De Palas a Minerva. La formación científica y la estructura institucional de los ingenieros militares en el siglo XVIII, Barcelona-Madrid. Titulación académica y formación teórica de los peritos agrimensores», Llull, 35, pp. 425-440. Hasta la realización de la tesis doctoral que dio lugar a estas publicaciones la única referencia al colectivo de agrimensores estaba contenida en CAPEL, H. (1982), Geografía y Matemáticas en la España del siglo XVIII, Barcelona, No conocemos ningún estudio referido a la situación de la agrimensura en otras zonas de España. por los municipios y los tribunales en los que habían prestado sus servicios. Esta situación era muy distinta de la que existía en Francia o Italia, donde la formación de estos peritos interesaba directamente al estado. En el primer caso eran los ingenieros militares quienes impartían la docencia en las provincias de destino, mientras el gobierno central se encargaba de proporcionarles libros e instrumentos4. En el segundo, existían multitud de colegios profesionales desde el siglo XVI que no sólo expedían títulos, sino que se preocupaban de la capacitación técnica de los agrimensores. Así, los alumnos del de Milán, por ejemplo, se titulaban tras la asistencia obligatoria a clase, la aprobación de un examen teórico-práctico y el aprendizaje junto a agrimensores renombrados o ingenieros militares 5. La multiplicidad de acreditaciones y la diversidad de habilidades mostradas para su obtención en España eran un importante obstáculo para la ordenación del oficio. Así lo entendió Juan Claudio Aznar y Polanco, quien en su obra Origen de las Aguas de Madrid (1727) y basándose en unas ordenanzas para agrimensores del siglo XVII, pedía que fuera el Consejo de Castilla el único órgano con competencias en esta materia y que el permiso obtenido ante él fuera superior a los cursados por las ciudades con voto en Cortes. De hecho, en estas ordenanzas se recomendaba que dichas ciudades fueran obligadas a mantener en nómina a un agrimensor titulado por el Consejo de Castilla6. De la ausencia de una normativa y formación comunes también se lamentaba Mateo Sánchez Villajos, autor de los mejores manuales de agrimensura de la época. En su opinión, la única solución era que los agrimensores estuviesen avalados por los maestros que les hubieran enseñado el oficio. Los aspirantes a esta certificación debían tener nociones previas de agricultura y matemáticas, una reputación sin tacha, buena vista y amplia memoria. Para obtenerla también debían someterse a un examen práctico consistente en la medición de un campo grande e irregular. El documento obtenido debía permitir al nuevo agrimensor el trabajo en cualquier lugar del país, siempre que demostrase conocer las medidas locales7. A pesar de la reputación de quienes formulaban estas propuestas, este tipo de exámenes no se generalizó, la movilidad profesional continuó siendo inexistente y mayúsculas las prevenciones ante la intervención de peritos foráneos. Se trataba de ----un localismo muy negativo: ciudades y villas se prevenían de este modo ante la injerencia externa, pero, en contrapartida, renunciaban a contratar a los geómetras mejor preparados. De este modo, los municipios validaban la pericia de técnicos sin formación y los hábitos y estructuras paragremiales se mantenían incólumes, como lo demuestra la formación de auténticas dinastías monopolizadoras de los empleos municipales relacionados con la agrimensura. La ciudad de Valencia no era una excepción a esta norma, a pesar de la enorme tradición que en ella tenía el oficio de agrimensor (de soguejador o mestre de nivell) 8. Desde la Edad Media el mayor municipio del reino había solventado los problemas técnicos que se le planteaban extramuros (de los que afectaban al casco urbano se encargaba el gremio de maestros de obra, creado en 1415) con una organización que tenía su origen en un privilegio de concordia, dado por Pedro IV en 1386, en el que el consistorio y su iglesia metropolitana acordaron las condiciones para la concesión de nuevos establecimientos en el territorio de Francos y Marjales, una zona de difícil cultivo limitada por el cauce del río Turia y la Albufera 9. Entre las condiciones impuestas a los beneficiarios se encontraba la obligatoriedad de cuidar de los caminos y de las acequias, motivo por el que se le dio a la ciudad la posibilidad de crear los empleos de veedor (acequiero) y de experto en agricultura para vigilar los trabajos correspondientes. Ambos quedaron desde un principio bajo la supervisión del comisario de Francos y Marjales, cargo que los concejales ocupaban de forma alterna tras ser elegidos por los jurados de la ciudad y el justicia civil. Todos estos empleos se mantenían a comienzos del siglo XVIII, momento en el que comenzaron a evolucionar ante factores como el crecimiento demográfico, la consiguiente ampliación de las zonas cultivadas y la aplicación de los decretos de Nueva Planta 10. Los comisarios comenzaron a verse implicados en pleitos cada vez más frecuentes debido a la continua apropiación de los márgenes de los caminos que realizaban los propietarios que lindaban con ellos y los asentamientos ilegales que se producían en los límites de un término mal definido 11. Sobre todo porque la constante discusión ----8 GLICK, T.F. (1968), «Levels and levelers: surveying irrigation in medieval Valencia», Technology and Culture, IX, pp. 165-180. Este trabajo, el primero de los dedicados al estudio de la historia de la agrimensura valenciana, fue incluido posteriormente en GLICK, T.F. (1970), Irrigation and society in medieval Valencia, Cambridge, Massachusetts, pp. 363-367. 9 Este privilegio fue confirmado por Fernando II en las Cortes de Monzón de 1510. La concordia puede consultarse completa en LLUCH, F. et al. (1991), Las acequias de francos, marjales y extremales de la ciudad de Valencia, Valencia,. En la zona de Francos y Marjales se localizaban las parcelas no empadronadas por las comunidades de regantes que utilizaban las aguas sobrantes de las acequias de la huerta de Valencia conocidas como extremales. 10 Toda la información que sigue, incluyendo las citas entrecomilladas, está sacada de los libros de actas del Archivo Municipal de Valencia y aparece documentada en Faus (1994). 11 El término municipal de Valencia, conocido como Particular Contribución, no estaba delimitado por completo y con precisión en el siglo XVIII, debido sobre todo a la reducción del perímetro de la sobre sus competencias y el procedimiento que debía seguirse para su nombramiento introducida por la aplicación del modelo castellano de corregimientos minó gravemente su autoridad 12. En juego estaba discernir qué papel jugaba el municipio en el control de su propio territorio y hasta qué punto quedaba limitada su autonomía frente a los nuevos órganos de gobierno. Finalmente, aunque las ordenanzas de intendentes y las reales cédulas de corregidores y alcaldes mayores les otorgaban a todos ellos las atribuciones que tradicionalmente había desempeñado el comisario, su delegación desde 1728, ante el evidente deterioro que estaban sufriendo los puentes y los caminos del término, permitió que este último siguiera actuando. Para ello, al margen de los tradicionales empleos de veedor y experto en agricultura, se le dotó de un conjunto de ayudantes entre los que se encontraban un asesor judicial y un regidor suplente. El cargo de veedor era el único que aparecía en las relaciones municipales con un salario anual fijo (10 libras valencianas). Sus funciones no habían cambiado desde el siglo XIII, ya que a su cargo se encontraban la visura, la composición y la limpieza de acequias, así como la distribución del agua de riego entre las comunidades de regantes. Las ejercía de forma paralela al sobrestante de la Junta de Murs i Valls, que actuaba en los ámbitos de jurisdicción real 13. Tampoco habían cambiado los hábitos asociados al empleo desde entonces: adscripción del hijo mayor como ayudante del titular y transmisión de los conocimientos técnicos en el seno familiar (endotecnia). Se convertía de este modo en patrimonial y se ejercía de forma ininterrumpida durante generaciones. Este empleo de acequiero adquirió gran importancia en el siglo XVIII ante la extensión del regadío (es el que con mayor facilidad se encuentra en otros municipios del Reino de Valencia), motivo por el que tendió a especializarse cada vez más. A pesar de que en Valencia el veedor siguió poseyendo la cadena mensoria con el escudo de la ciudad, en cada nuevo nombramiento se le recordaba que ya no le competía la realización de los trabajos de agrimensura y sí los relativos a la hidrometría. La misma elección de los expertos en agricultura, que desde 1238 venían actuando como ayudantes suyos, dejó de ser una atribución del veedor en 1749, cuando fue traspasada a los alcaldes y tenientes de huerta. Esta especialización de funciones es la que también explica que el número de expertos en agricultura se multiplicase a pesar de que la ciudad intentó limitarlo en ----Albufera. 12 Sobre la reorganización territorial y administrativa que siguió en Valencia a la guerra de Sucesión véase GIMÉNEZ, E. (1990), Militares en Valencia (1707Valencia ( -1808)), Alicante. 13 La Junta de Murs i Valls era un organismo municipal autónomo creado en el siglo XIV que se encargaba, sobre todo, del mantenimiento de las defensas de la ciudad ante las inundaciones del río Turia. Un acercamiento al mismo en MELIÓ, V. (1991), La Junta de Murs i Valls. Historia de las obras públicas en la Valencia del Antiguo Régimen, siglos XIV-XVIII, Valencia. 1736, cuando decidió que sólo hubiese uno de ellos por cuartel (cuatro en total) 14. Esta medida pronto se mostró inviable ante la variedad de encargos que debían atender (la medición, delimitación, tasación y división de propiedades; el cuidado de los plantíos de árboles; el amojonamiento del término; etc.) y en 1744 se duplicó esta cifra. El aumento de los expertos acabó minando las bases tradicionales del empleo, que hasta mediados de siglo poseyó las mismas características paragremiales que el de veedor. El acceso al mismo de agricultores que sólo poseían vínculos de amistad o de vecindad con los antiguos titulares, así como las frecuentes quejas ante una falta de preparación que se evidenciaba en cada nuevo pleito, quebraron una trayectoria secular que lo había mantenido al margen de toda evolución. Un momento claro de inflexión se produjo en 1751, cuando solicitó el empleo Juan Bautista Romero, sin duda el mejor experto que tuvo la ciudad en todo el siglo. El regidor que lo examinó, José Nebot, expuso en su dictamen de aprobación todas las deficiencias que eran generalizables al común de los expertos. En él se decía: «Expone hallarse el suplicante bien impuesto en las practicas de medir areas, de quadrados, triangulos, y rectangulos, sabiendo las quatro reglas de contar, con las de los Quebrados, y Rayz quadrada, aunque todo esto lo sabia materialmente sin tener la menor noticia en la mas leve demostracion (...), lo que no dejava de ser algo arriesgado. (Parece conveniente que) se mandasse prevenir a dichos expertos, o se estableciese por punto fixo en adelante que los que solicitassen este encargo tubiesen algun baño de las primeras proposiciones de Euclides, de que supiesen copiar algunas figuras y al mismo passo obligarles a que midiesen con cuerda de veinte brazas como estava en los fueros (...)». La solicitud del establecimiento de una prueba como fórmula de acceso al empleo chocaba con la preparación habitual de los expertos, que se reducía a saber leer, escribir y contar. Estas cualidades, nada desdeñables en una sociedad rural, eran insuficientes ante las nuevas exigencias del oficio. Por este motivo, mientras la mayoría de ellos acabaría dedicándose en exclusiva a la tasación de terrenos, función que también pudieron ejercer en el casco urbano a partir de 1786, los pocos que tuvieron acceso a una enseñanza regulada reivindicaron el título diferenciado de agrimensor. Este empleo ya había sido creado en Valencia en 1737, cuando el catalán Antonio Cuyás pasó un examen para el puesto después de trabajar dos años como experto y denunciar ante el consistorio municipal las deficiencias del empleo. La prueba que verificó ante el impresor y matemático Antonio Bordázar era muy semejante a la recomendada por Sánchez Villajos: «Lo primero le he examinado de arithmetica y le he hallado diestro en las 4 reglas de enteros y quebrados, reglas de tres simples y compuestas y sacar raices que es operasion fre-----quente en los agrimensores. Lo segundo le he examinado de Geometria Practica no solo plana sino tambien esterometrica porque aunque agrimensor solo dice medir de campos que pertenece a la Geometria y por consiguiente de planos, puede y suele aver de medir algunos terrenos solidos para saber el numero de cargas y coste de diferentes fabricas y otras obras publicas (...). Lo tercero le he hecho exercitar un terreno irregular (...). He hecho para mayor prueba y examen que calculasse ó midiesse un terreno que llaman inasecible esto es un campo o huerto que no puede penetrarse (...)». Sin embargo, cuando tras la muerte de Cuyás en 1743 el cargo pasó a su hijo Carlos y éste lo abandonó, la ciudad no se planteó la necesidad de cubrirlo dado que por entonces las diferencias entre los expertos tradicionales y los agrimensores aún no estaban bien definidas. El cargo quedó vacío hasta 1762, cuando fue ocupado por Mariano Castillo tras presentar credenciales de sus estudios universitarios y de sus trabajos para el intendente del reino. Fue entonces cuando las discusiones sobre la diferente preparación que debían poseer los expertos y los agrimensores que trabajaban para la ciudad se multiplicaron. La presentación de nuevas solicitudes para ocupar el empleo por parte de José Rispo y Tomás Casanova acabó de convencer al consistorio de la necesidad de pedir un informe al respecto. Las conclusiones del mismo no pudieron ser más elocuentes: «Con motivo de ser frequente la necesidad de haver de passar expertos a medir y hazer vista de ojos en los Campos, tassar el justo valor de ellos, señalar sus verdaderos lindes, desidir questiones entre los Labradores sobre el usso de las aguas, sendas, regaderas, y ottras cosas, que requerian una particular inteligencia y aplicacion, de cuya falta se originan innumerables Pleytos, por la impericia de algunos especialmente en lo tocante a la Geometria, Geografia' Idrometria; lo que podia atajarse con que nuevamente se nombrassen Agrimensores peritos en esto, sugetandoles al exsamen de dichas tres ciencias: suplicaron a esta Ciudad (el síndico José Huguet y los electos de los cuarteles de la Particular Contribución) se sirviesse señalar examinadores,a fin de que abierto el examen declarassen las Personas Peritas y haviles para dichos encargos, y en vista de ello, nombrarles con Titulo particular (...)». Esto es, fueron los mismos alcaldes y tenientes de huerta a quienes correspondía el nombramiento de expertos quienes instaban al pleno municipal a recuperar el empleo diferenciado de agrimensor previa instauración de una prueba de acceso. Su solicitud fue aprobada tras dar el visto bueno Francisco Benito Escuder, nuevo procurador general, quien recomendó el nombramiento de cuatro agrimensores por cuartel. Se abría de este modo un resquicio en la estructura paragremial vigente desde el siglo XIV, ya que al exigirse mayores conocimientos y un examen previo, la experiencia resultaba insuficiente. Considerando que ahora había que acudir a instituciones docentes o al magisterio de personas de reconocido prestigio, los cauces de acceso al empleo se modificaban con claridad. El ayuntamiento comisionó al propio Escuder para que formase los capítulos que debían regir el examen y la actuación de los agrimensores titulados. Sin embargo, no fue necesaria su redacción porque la ciudad delegó esta función en un organismo creado en 1768 bajo su patrocinio: la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Al margen de Rispo y Casanova, entre 1762 y 1768 el consistorio sólo nombró a dos nuevos agrimensores: Francisco Aparisi y José Soto. El primero se había formado junto al jesuita Antonio Eximeno, lo que le eximió de cualquier prueba, mientras que el segundo pasó el examen preceptivo ante los catedráticos de matemáticas de la Universidad de Valencia Rafael Lassala, Vicente Capera y Gaspar Pérez. ANTECEDENTES DE LA REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN CARLOS Que la agrimensura quedase finalmente en manos de una academia consagrada a las bellas artes no fue, en absoluto, producto de la casualidad. El academicismo poseía una gran tradición en la ciudad de Valencia desde el siglo XV (cuando las academias se conocían como parlaments o col.lacions) y, aunque desde sus orígenes quedó vinculado a los ambientes literarios, siempre mostró un gran interés por los avances científicos y su aplicación práctica. La Academia de los Nocturnos (1591-1594), fundada a imitación de las italianas y modelo, a su vez, de las valencianas del siglo XVII (redacción de estatutos para regular su funcionamiento, máxima jerarquización de los cargos, utilización de pseudónimos por sus miembros, reuniones regulares en casas particulares, etc.), puede servirnos de ejemplo. En sus actas se incluyen sesiones sobre zoología, botánica, mineralogía, matemáticas y, sobre todo, medicina. Sobre un total de cerca de 400 citas (la mayoría de autores clásicos y de contenido religioso y/o filosófico), un 12% son científicas 15. Este discurso enciclopédico fue característico de las academias barrocas valencianas y culminó con la creación de algunas dedicadas en exclusiva al campo de la ciencia. Entre 1591 y 1705 existieron 24 academias en Valencia (considerando reales y ficticias, ordinarias y de ocasión), aunque la mayoría se fundaron a partir de 1665 y fue en esa época cuando se dieron las más importantes: la del Alcázar, la Matemática y la Valenciana 16. Las científicas surgieron a partir de tertulias extrauniversitarias y convirtieron a la ciudad de Valencia en uno de los principales centros del movimiento novator español 17. Se convirtió, de este modo, en el puente entre las academias áureas del siglo XVII y las plenamente institucionalizadas del siglo XVIII 18. Al margen de las literarias (del Parnaso, del Alcázar, etc.), que continuaron tratándolos, seis fueron las academias en las que se discutieron temas científicos y sirvieron para congregar a los novatores valencianos: la del carrer del Bisbe, creada en 1685 bajo el mecenazgo y la presidencia del conde de Alcudia (conocida también como de Nuestra Señora de los Desamparados y el Patriarca San José); la de Matemáticas que se reunió en el domicilio de Baltasar de Íñigo a partir de 1687; la que en esas fechas se celebraba en casa de Félix Falcó; la congregada desde 1690 en casa de José Castellví Corona, marqués de Villatorcas, y luego en la del nuevo conde de Alcudia (llamada de Nuestra Señora de los Desamparados y San Francisco Javier); la que acogió en su biblioteca Juan Basilio Castellví, conde de Cervellón y nuevo marqués de Villatorcas, hacia 1699; y la postrera que tuvo lugar a partir de 1719 en una alquería de la huerta bajo la dirección de Vicente Albiñana 19. Por estas tertulias o academias pasaron, además de personajes tan importantes en la Valencia de la época como los historiadores Manuel Martí y José Manuel Miñana, el bilbiógrafo José Rodríguez o el jurista Pedro Borrull, todos los miembros del movimiento novator, desde José Vicente del Olmo o Félix Falcó, discípulos declarados de José Zaragoza, hasta los máximos representantes del mismo: Baltasar de Íñigo, Tomás Vicente Tosca y Juan Bautista Corachán. Las reuniones les sirvieron para dar forma a una comunidad científica todavía embrionaria empeñada en la introducción, la asimilación y la difusión de la ciencia moderna en España. En ellas se debatió sobre temas relativos a la esfera, los meteoros, la perspectiva, las observaciones astronómicas o la arquitectura militar, sin la rigidez que imponían las clases universitarias y sin perder de vista en ningún momento la necesaria vinculación de las academias con la sociedad de su tiempo. Esta apertura de miras es la que justifica que el interés por la técnica y las aplicaciones prácticas de la ciencia estuvieran siempre presentes en sus sesiones. Fuera de las academias, el carácter abierto de los novatores se tradujo en una gran implicación por su parte en los problemas que afectaban a la ciudad. Lejos de la imagen del científico solitario y algo huraño, todos ellos se emplearon en encargos relacionados con sus conocimientos. No hay mejores ejemplos en este sentido que los de Tosca y Corachán, vicerrector y catedrático de matemáticas, respectivamente, de la Universidad de Valencia. Ambos desarrollaron fuera de las aulas universitarias una ---na; y NAVARRO, V. (1985), Tradició i canvi científic al País Valencià modern, Valencia. Las conclusiones de estos estudios, dilatados a lo largo de treinta años, han sido compiladas en LÓPEZ, J. Ma et al. (1998), La actividad científica valenciana de la Ilustración, Valencia, I, pp. 17-45. 18 ÁLVAREZ, P. (1993), «Las academias de los novatores», De las academias a la Enciclopedia: el discurso del saber en la modernidad, Valencia, pp. 263-300; p. 19 LÓPEZ et al. (1998), pp. 25-26. labor ingente que incluía la docencia privada, la elaboración de proyectos y la ejecución de trabajos con cargo a los presupuestos de la ciudad, y la redacción y publicación de obras con vocación divulgadora que pusieron al alcance de diferentes colectivos profesionales la preparación matemática que requería su oficio. Baste recordar desde el punto de vista que nos interesa que el propio Antonio Cuyás, primer agrimensor titulado por la ciudad, fue alumno de Tosca; que el Compendio Mathematico de éste (1707-1715) y la Arithmetica demonstrada de Corachán (1735) conocieron diversas reediciones a lo largo del siglo XVIII y fueron las obras más citadas en los manuales de agrimensura; o que a ellos se debieron trabajos para la Junta de Murs i Valls, proyectos para la construcción de un puerto en Cullera y la canalización de los ríos Turia y Júcar, inspecciones de las instalaciones del Grau de Valencia e, incluso, el plano de la ciudad que Tosca levantó en 170420. El contacto de los novatores con los expertos en agricultura y los maestros de obra fue una constante21. No puede extrañarnos, por tanto, que nos hayan dejado multitud de escritos en los que criticaban la escasa preparación de estos técnicos y, al tiempo, hacían propuestas para mejorarla, o que tanto las clases que Tosca impartía desde 1697 en sus aposentos de la Congregación de San Felipe Neri como las conferencias que Corachán daba al margen de su cátedra estuvieron abiertas a discípulos no universitarios. Todas estas inquietudes confluyeron en la persona de Antonio Bordázar. Discípulo de los novatores, en él se dieron dos cualidades que le permitieron, sin ser un científico de talla, integrarse y participar del ambiente de renovación que existía en Valencia. De un lado, su interés por la enseñanza de las matemáticas; de otro, su condición de impresor. La primera de estas cualidades le llevó a plantear el proyecto más ambicioso de mediados de siglo: la creación de una Academia de Matemáticas abierta a los civiles. La segunda, a poner su imprenta al servicio de sus maestros: de ella salieron, por ejemplo, el Compendio de Tosca y la Arithmetica de Corachán. Este interés por la difusión y la aplicación de los nuevos conocimientos científicos hizo de Bordázar un preilustrado en sentido estricto. De Bordázar se conservan varios manuscritos científicos de un valor discreto (unas Recreaciones Matemáticas a imitación de las de Jacques Ozanam, un Diccionario Facultativo inconcluso, etc.) y algunas obras que él mismo publicó (la Puntual Relación de la riada del Turia de 1731, la Proporción de Monedas, Pesos i Medidas ----de 1736, el Parecer sobre el cometa de 1744, etc.). Sin embargo, el aspecto más sobresaliente de su trayectoria es el énfasis que siempre puso en la necesidad de mejorar la preparación de los técnicos que le acompañaban en los trabajos prácticos que también realizó. Aunque no es posible detallarlos aquí, baste decir que entre estos se encontraban numerosas visuras con motivo de pleitos que se seguían ante la Real Audiencia de Valencia y, sobre todo, una gran actividad cartográfica que le llevó a actualizar el plano urbano de Tosca antes de que fuera llevado a la imprenta por José Fortea y a levantar otro paralelo de la Particular Contribución22. Las gestiones que Bordázar inició en 1733 para la creación de una Academia de Matemáticas no tendrían sentido sin el poso dejado por el academicismo novator y la actividad práctica desarrollada por sus maestros y por él mismo 23. En ese año se dirigió a Gregorio Mayáns para pedirle información sobre el funcionamiento de la Academia de las Ciencias de París y, en particular, sobre las características de la práctica docente y las circunstancias económicas y políticas que habían permitido su creación. Tras comprender que un proyecto de esta magnitud no era posible sin contar con grandes apoyos, puso en marcha sus contactos (Bordázar era impresor oficial de Valencia y del Santo Oficio de la Inquisición). Contactó con el conde de Carlet, regidor perpetuo de la ciudad, le rogó al propio Mayáns para que intercediese por él ante el marqués de la Compuesta y el ministro José Patiño, escribió al duque de Montemar, ministro de la Guerra, y buscó, finalmente, la protección del infante Felipe. A pesar de que incluso publicó su Idea de una Academia Mathematica (1740) bajo la advocación de este último, el momento no era el más adecuado. Las circunstancias políticas internacionales y la consiguiente necesidad de conocer con exactitud el territorio nacional, además del propio desarrollo tecnológico del ejército, aconsejaban a la Corona la apertura de centros para la formación de militares. Bordázar pudo comprobarlo personalmente cuando se le instó a que esperase a la apertura de la Academia Militar de Barcelona. Sintiéndose desplazado tras la llegada a Valencia del ingeniero Mateo Calabro, respondió que la suya debía abrirse a los civiles y, mientras tanto, acogió a una decena de alumnos en su casa y en la de Manuel Gómez Marco, alumno de Tosca que era catedrático de Filosofía y vicario de la iglesia parroquial de San Pedro. Al tiempo, consiguió la intercesión del conde de Carlet para que la ciudad le cediera una sala donde celebrar conferencias de matemáticas (se habilitó para ello el salón del Consell General). Aunque la academia inició finalmente su andadura en 1740, lo hizo sin tener en cuenta los consejos de Bordázar, que al año siguiente se desvinculó por completo de ella y la dio por fracasada. ----El proyecto de Bordázar había sido respaldado, al margen de Gómez Marco y el conde de Carlet, por la firma de personas muy influyentes en la ciudad. Entre ellas se encontraban Juan Bautista Corachán, José Bou, el médico Andrés Piquer, el maestro de obra José Herrero, y el teólogo Vicente Calatayud. Todos ellos comprendieron los beneficios que se derivarían de la misma y fueron conscientes de su necesidad. Desde el punto de vista que estamos tratando, el impresor no podían ser más claro: «(...) Con que grave perjuicio no se valiera la Republica (de las artes comunes) en el repartimiento de las aguas, division de los campos, assignacion de las jurisdicciones i territorios i otras disposiciones del publico, por la ignorancia de los que llaman Peritos, no pudiendo ser sin el estudio de la Hidrometria, Geodesia, Geografia i otras» 24. Aunque Bordázar pasó a colaborar inmediatamente con la Academia Valenciana que puso en marcha Gregorio Mayáns en 1742 (publicó sus Constituciones, cedió su casa para las primeras reuniones y aconsejó al erudito de Oliva sobre los libros de matemáticas que debía adquirir) la auténtica continuadora de este proyecto fracasado fue la Academia de Santa Bárbara 25. Prueba de ello es que algunos de los firmantes de la Idea de Bordázar formaron parte de la junta que creó esta nueva academia y que uno de ellos, el propio Manuel Gómez Marco, ocupó el cargo de secretario (también fue administrador de la academia de Mayáns). Además, Rafael Lassala y Vicente Capera, catedráticos de matemáticas a quienes hemos visto examinando a los aspirantes al empleo de agrimensor municipal, fueron nombrados académicos supernumerarios de honor y mérito en la clase de arquitectura. Nada de esto puede extrañarnos ya que la arquitectura civil y militar siempre estuvo presente en las tertulias y las obras de los novatores 26 y era una de las materias que Bordázar pensaba abordar en su academia en unión de otras como la aritmética, la geometría o la perspectiva. En la Breve noticia que Gómez Marco escribió en 1757 para dar cuenta del proceso de creación de la Academia de Santa Bárbara lo justificaba, entre otras razones, por la necesidad de perfeccionar el dibujo en todas las ramas de la ciencia. De esta manera, la nueva academia trascendía el campo de las bellas artes y se vinculaba al ambiente de renovación científica existente en Valencia: «(...) Las Academias de las Bellas Artes no son establecimientos que sirven a la pompa, ostentación, y entretenimiento, sino al bien público. (...) la Física experimental no puede aprenderse sin el socorro de Dibuxos, que pongan a la vista, o las máquinas para sus experimentos, o los usos de ellas. Todas las partes de las Matemáticas, Geometría, Hidráulica, Ar-----24 BORDÁZAR, A. (1740), Idea de una Academia Mathematica dirigida al serenisimo señor Don Felipe infante de España, Valencia, p. 25 El mejor estudio de la Academia de Santa Bárbara de Valencia está contenido en Bérchez, J. (1987), parte I. 26 El volumen I del Compendio de Tosca, donde se hace referencia a ella, fue reeditado de manera independiente en 1794, lo que da idea de su utilidad. quitectura civil y militar, Astronomía, Náutica y Geografía fundan sus problemas, o demostraciones en el buril. La Anatomía y Botánica, a falta de inspección de los cadáveres, o plantas, nada enseñan sino por estampas, y para los profesores de todas estas Ciencias es muy provechoso una Academia: aprendiendo en ella a dibujar el Filósofo, Matemático, Anatómico, o Botánico, en un nuevo descubrimiento delinean por sí lo que con dificultad pueden dar a entender a otro dibujante» 27. La relación entre las bellas artes y la enseñanza de las matemáticas siempre estuvo presente en la Academia de Santa Bárbara. Al margen de la presencia de Lassala y Capera, baste recordar en este sentido que la sala que se utilizaba por las tardes para las clases de dibujo de escultura y la delineación arquitectónica era la misma que por las manañas se empleaba para la enseñanza universitaria de las matemáticas, motivo por el que estaba decorada con láminas de los Elementos de Euclides 28. Además, la docencia que se impartía en ellas solía basarse en materias relacionadas con la técnica y entre los alumnos se encontraban numerosos maestros de obra y canteros que, dado que no poseían el título de arquitecto, firmaban sus encargos como profesores de matemáticas 29. La Academia de Santa Bárbara se mantuvo hasta 1761 gracias a unos locales que le cedió la ciudad y a la ayuda económica prestada por el intendente del reino y el arzobispo. Cuando este patrocinio se demostró insuficiente y el centro tuvo que cerrar, algunos de sus miembros se dirigieron a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el fin de obtener el grado de académicos de mérito. Dos de ellos, los arquitectos Vicente Gascó y Felipe Rubio, presentaron un memorial al año siguiente en el que solicitaban la creación de otra academia en Valencia que sustituyera a la de Santa Bárbara. La ciudad hizo lo propio ante el rey y cedió 30.000 reales en concepto de ayuda. El proyecto, sin embargo, se paralizó debido a los gastos ocasionados por la construcción del Camino Real de Madrid y por las suspicacias que provocaba entre los académicos de San Fernando la extensión del patrocinio real a academias provinciales. No se recuperaría hasta 1765, cuando una junta elaboró los estatutos de la nueva academia, bautizada como de San Carlos. Aunque ésta no era una simple continuación de la de Santa Bárbara (ligada al academismo barroco), desde el punto de vista que nos interesa no existían grandes diferencias entre ellas, ya que las dos se crearon bajo el patronazgo municipal y estuvieron al servicio de la ciudad. ----27 GÓMEZ, M. ( 1757), Breve noticia de los principios y progresos de la Academia de pintura, escultura y arquitectura erigida en la Ciudad de Valencia bajo el título de Santa Bárbara, y de la proporción que tienen sus naturales para estas bellas artes, Madrid, pp. 24-25. 28 BÉRCHEZ (1987) SAN CARLOS (1768-1808) La creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos proporcionó a la ciudad la oportunidad de asegurar la preparación de los peritos que la servían y de delegar su titulación en una entidad directamente relacionada con ella 30. Dados los antecedentes del academicismo novator, poco puede extrañarnos esta decisión. De hecho, los mismos estatutos de esta nueva academia ya recogían, como única novedad respecto de los de la Real de San Fernando de Madrid que le habían servido de modelo, claras referencias a la necesaria aplicación práctica de los conocimientos científicos. Así se indicaba en ellos, por ejemplo, la obligatoriedad de pasar un examen para obtener el título de arquitecto: «Es mi voluntad que todos los que desde el presente dia en adelante hayan de egercer la arquitectura, y señaladamente el medir, tasar, idear y dirigir fábricas, han de ser precisamente habilitados por la Academia y no por otro Tribunal, Magistrado, Gremio, ni persona alguna precediendo un riguroso examen hecho en Junta ordinaria, no solo de la teórica de la Arquitectura, sino tambien de la práctica de la Geometría, Aritmética, Maquinaria y demás ciencias matemáticas necesarias para hacer con acierto unas operaciones en que tanto se interesan mis vasallos» 31. con amor y suavidad y que se establecieran los cursos necesarios para los aquellos que no la pasasen 33. En el de los agrimensores se iba aún más lejos, puesto que se reconocían los títulos ya existentes: «Asimismo mando, que de hoy en adelante solo puedan egercer la profesion de Agrimensores y Aforadores los que la Academia examinare y aprobare en la Geometría y Aritmética necesaria para el egercicio de estos ministerios; pero no es mi voluntad que cesen en ellos los que con la solemne aprobacion que se daba hasta aquí los estén egerciendo» 34. Este diferente tratamiento puede explicarse por el origen de la academia. Como anexa al municipio, debía ratificar los nombramientos realizados por él, mientras que como entidad que debía asegurar la supeditación de los oficios artísticos a reglas y principios uniformes, su actuación estaba dirigida a la eliminación de las barreras gremiales. El establecimiento de un examen de capacitación podía ser una novedad y una posibilidad de reconocimiento público para los agrimensores, pero suponía un ataque directo a las estructuras vigentes en oficios como el de maestro de obra. Las pruebas correspondientes se iniciaron en el verano de 1768, si bien pocos meses antes ya habían obtenido su aprobación algunos maestros de obra: José Herrero, Francisco Cabrera, Vicente Piño, Juan Bautista Mínguez y Lorenzo Martínez 35. Este último y Mauro Minguet también superaron en esa fecha el examen de agrimensor, por lo que fueron los primeros titulados académicos en este campo. Desde entonces las convocatorias dependieron de la presentación de solicitudes, no existiendo una fecha determinada para este fin hasta 1808, cuando se habilitaron todos los jueves que fueran primeros de mes. El que se reconociesen a los agrimensores los títulos anteriores justifica el distinto ritmo de aprobados entre 1768 y 1808. Durante estas cuatro décadas obtuvieron la certificación académica poco más de trescientas personas, un tercio de las cuales eran foráneas al Reino de Valencia [ANEXO]. De ellas, apenas el 16% se examinó antes de 1790 y durante cuatro años (1768-1771) sólo lo hizo Tomás Casanova, agrimensor de la ciudad y miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia. La generalización de las pruebas en la última década del siglo se explica por el acceso al empleo de nuevos peritos y el creciente prestigio de la Academia de San Carlos. De otro lado, la procedencia geográfica de los titulados era del todo lógica: los valencianos provenían en su mayor parte de comarcas con alta densidad demográfica y grandes problemas técnicos relacionados con el regadío (Planas Alta y Baixa, l'Horta, l'Alacantí, ambas Riberas, el Baix Vinalopó, el Bajo Segura, la Coste-----33 Estatutos (1828), apartado XXXI, 9. 35 Los datos que siguen sobre los exámenes realizados a agrimensores están basados en la documentación existente en los archivos de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y el Municipal de Valencia y su procedencia concreta está detallada en Faus (1995a), pp. 107-129. ra y el Camp de Morvedre), mientras que los foráneos lo hacían en un 95% de las actuales provincias de Albacete (casi el 50%), Cuenca y Murcia. La distancia jugaba un papel importante en esta distribución, pero más que ella lo hacía la red de comunicaciones (es significativa en este sentido la ausencia de titulados de la comarca de la Safor) y, en el caso de los foráneos, la competencia de otras academias. Pueden distinguirse cuatro grupos de aspirantes: a) Nuevos peritos procedentes del mundo rural, que llegaban al oficio confiados en los conocimientos de aritmética y geometría elementales obtenidos trabajando junto a los expertos y agrimensores municipales. Es el caso más común entre los valencianos, pudiéndose tomar como ejemplos característicos los de Juan Bautista Alvarez, Antonio Casas o Roque Girona, labradores contratados en las obras de prolongación de la Acequia Real del Júcar con anterioridad a su titulación. b) Expertos de pequeños municipios, que iban a la academia para convalidar su titulación. Este era el contingente más numeroso entre los foráneos, que en las solicitudes de examen solían hacer constar su trabajo antecedente a nivel local. Es el caso, por ejemplo, de José Torres o Antonio García, quienes indicaban en sus memoriales que poseían certificaciones expedidas por los justicias de sus villas respectivas. c) Hijos de expertos y agrimensores que ejercían antes de que se crease la academia o se titularon en ella. Era común que reseñasen sus vínculos familiares y su trabajo junto al perito ya aprobado para reforzar la solicitud. En esta situación se encontraban, por ejemplo, Pedro Pablo Olmos, Vicente Casanova, Tomás Coltell o Miguel Cuenca. d) Militares de baja graduación y personas relacionadas con el ejército, que por su cercanía a los ingenieros militares y la formación recibida poseían los conocimientos mínimos requeridos. Se trataba de profesionales con destino circunstancial en el Reino de Valencia, lo que explica la diversidad de provincias de origen. En esta posición se hallaban Francisco Fernández de Prado, contralor provincial de artillería jubilado, los sargentos Lorenzo Moreno y Tomás Antonio García, el cabo primero Vicente Núñez o los soldados Ramón Fernández Blanco y José Carra. El examen que todos ellos debieron aprobar era, en gran medida, un simple trámite burocrático. Consistía en preguntas orales sobre aritmética y geometría elementales, resueltas ante los académicos de arquitectura comisionados al efecto. A diferencia de las planteadas a los maestros de obra, que fueron uniformadas con las de la Academia de San Fernando en 1787, estas pruebas eran originales en España. No se ha conservado ningún documento cartográfico de las mismas, por lo que las prácticas debían reducirse a la resolución de operaciones matemáticas. La teoría, por su parte, podía soslayarse en función de la experiencia demostrada por el aspirante. Esta flexibilidad explica que el primer suspenso no se produjese hasta 1801 y que el agrimensor afectado (Bautista Andrés, de Soneja) fuese aprobado un mes más tarde. Posiblemente aquí radique la causa de las limitaciones que la propia academia introdujo en el uso de la titulación: a partir de 1784 la aprobación excluía, salvo que se indicara lo contrario, la idoneidad del aspirante para el levantamiento de mapas y planos y las prácticas de nivelación. De este modo, comenzó a distinguirse entre quienes se examinaban a petición propia de estas materias (o hidrómetras) y la inmensa mayoría de los titulados, que vieron circunscrito su campo de actuación a la medición de tierras. Esta última decisión se relaciona también con las competencias asumidas por los arquitectos de la academia, entre las que se incluían la admisión de todos los proyectos de obra que pensaban ejecurtarse en el reino, incluyendo la comprobación de los planos que los recogían. Aunque era una prerrogativa que afectaba más a la competencia que mantenían con los ingenieros militares, el que los agrimensores quedasen al margen de determinados encargos no hacía sino delimitar las funciones de unos y otros. En realidad, las presiones de la ciudad habían colocado en una difícil situación a la academia. Como responsable de la expedición del título de agrimensor debía participar en la consolidación de una actividad ajena a las bellas artes, mientras que como centro educativo no podía sino velar por los intereses de sus arquitectos. La agrimensura acabó convirtiéndose, por este camino, en una obligación a la que se prestaba una atención mínima. La ausencia de cursos específicos para agrimensores dentro de la academia tuvo que ser cubierta por los propios titulados, que en más de una ocasión abrieron centros privados 36. Por este motivo, es frecuente leer en las solicitudes de examen el nombre del agrimensor con el que el aspirante había preparado la prueba. Así, José Ruiz confesaba haber estudiado con José Rico; José Calatayud, con Juan Fenoll; Francisco Cuesta, con Antonio López; etc. A veces se incluía el de algún académico, como en el caso del asturiano Ramón Fernández Blanco, que se declaraba discípulo de Manuel Blasco. Algunos otros (Miguel Cuenca, Antonio Herráez o José Polo) podían, en fin, haber acudido a las clases de geometría destinadas a los arquitectos y, por esta razón, se presentaban como alumnos de la academia. El desinterés hacia la agrimensura por parte de los académicos de San Carlos se refleja también en la escasa atención prestada a la defensa de los titulados. A diferencia de los maestros de obra, cuyos derechos profesionales se difundieron de forma inmediata, los que afectaban a los agrimensores no conocieron tanta publicidad. Su desconocimiento y el ejercicio de la profesión por parte de quienes poseían una titulación anterior a 1768 generaron no pocos enfrentamientos ante los que la academia reaccionó tarde y ----mal. A pesar de que existían listas impresas de aprobados, la actuación de expertos en encargos propios de agrimensores fue constante durante lo que restaba de siglo. Resulta significativo comparar esta situación con la que vivían los maestros de obra y los arquitectos, que sí vieron defendido su trabajo de la competencia ilegal. Nada mejor para ello que recurrir a las palabras autobiográficas de Vicente Cuenca, arquitecto de Xàtiva que era hijo de un agrimensor titulado, para comprobar las dificultades que encontraban quienes pretendían ejercer al margen de la academia: «Como no tenía título alguno para hacer dichas obras salían enemigos ya de Valencia, ya de esta Ciudad (Xàtiva), que no dejavan de incomodarme queriendome privar del exercicio de mi facultad; efectivamente lo consiguieron, pero tomando la mano la Ilustre ciudad, ésta sacó la licencia y beneplazito de mis superiores para trasladarme a Madrid y sacar el título de Arquitecto. Por el año 1800 fui a Madrid y después de los rigurosos examenes obtuve el título de Arquitecto (que poseo) de la Real Academia de San Fernando, en 1 de Marzo de 1801. Constituido en esta de San Felipe (Xàtiva) con el nuevo titulo y con el mismo objeto que hantes, todos los contrarios enmudecieron y serenó la tempestad. Empezaron de nuevo los encargos (...)» 37. Este diferente comportamiento de la academia con respecto a los agrimensores y los maestros de obras es comprensible. Enfrentada al sistema gremial desde su creación, debía defender sus enseñanzas en cuantas ocasiones tuviera. De este modo, la agrimensura, que había sido beneficiada en la redacción de sus estatutos, se encontraba marginada en su aplicación. No lo hubiese sido tanto si los municipios no hubiesen persistido en mantener sus privilegios en esta materia. Una década después de la creación de la Academia de San Carlos, el consistorio de la ciudad de Valencia seguía, como en el caso de Juan Bautista Alvarez, verificando la aptitud de quienes demandaban el empleo de agrimensor, tuviesen o no la aprobación académica. No puede extrañarnos que otros, como el de Alicante, se limitasen a registrar en sus actas las titulaciones académicas que presentaban los aspirantes al empleo, o que, como el de Segorbe, siguieran sin distinguir entre agrimensores y expertos a finales de siglo. La situación no era muy distinta de la que más tarde se produjo en Valladolid y Zaragoza tras crearse la Academia de Matemáticas y Nobles Artes 38 y la Academia de San Luis 39, respectivamente, lo que demuestra que quizá la solución adoptada no era la más adecuada. La regulación definitiva de la profesión no se produciría hasta el siglo XIX, coincidiendo con el desarrollo independiente de la Topografía. 38 ESTEBAN, M. y JALÓN, M. (1990), «Una Academia de Matemáticas en el Valladolid ilustrado», Ciencia, técnica y estado en la España ilustrada, pp. 303-319; p. ciudades y tribunales 40. Años más tarde, dos reales decretos de 17 de febrero de 1852 y 4 de diciembre de 1871 fijarían definitivamente las condiciones del examen y las atribuciones del agrimensor aprobado 41. En un decreto anterior de fecha 31 de julio de 1821 42 se especificaba que: a) La solicitud de examen debía presentarse ante la Diputación Provincial correspondiente acompañada de la partida de bautismo del aspirante y de certificaciones de buena conducta y de las prácticas realizadas por el mismo. b) El examen tenía que verificarse ante el Ministerio de Gracia y Justicia, que era el encargado de la expedición del título y de su remisión a la Cancillería Real. c) El título debía registrarse en el Archivo del Sello y la Contaduría de Valores y remitido a la Diputación Provincial de origen, donde el agrimensor debía realizar el juramento habitual. d) El coste total de este proceso ascendía a cerca de 500 reales de vellón. e) Las dietas que percibían los agrimensores a partir de ese momento variaban de una audiencia a otra, siendo mayores en el caso de la de Madrid. Los trabajos particulares quedaban al acuerdo de las partes, pero se fijaba como referencia lo acostumbrado en la Corte: 60 reales de dieta, además del coste del viaje y la manutención. La creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos no resolvió, por si sola, los problemas que se venían denunciando desde comienzos de siglo referidos al ejercicio de la agrimensura en la ciudad de Valencia. No obstante, sería un error considerar que la situación no había experimentado modificaciones sustanciales. En la medida que existía una posibilidad de controlar la titulación de los nuevos agrimensores, la regulación del empleo sólo era cuestión de tiempo: la consolidación de la nueva corporación profesional llevaría, tarde o temprano, al acuerdo sobre unas demandas comunes y a la exigencia de mayor protección. La guerra de la Independencia paralizó un proceso que sólo pudo reemprenderse a partir de 1828. Que se iniciara en la ciudad de Valencia se explica por la tradición que en ella tenía el oficio de experto en agricultura, la presencia de un ambiente de renovación científica propicio desde finales del siglo XVII, la centralización política ----40 Colección de reales órdenes comunicadas a la Real Academia de San Carlos desde el año 1770 hasta el de 1828 (1828), Valencia, pp. 123-124. 42 VERDEJO, F. ( 1841), Guía práctica de agrimensores y labradores, ó tratado completo de Agrimensura y Aforage, Madrid, pp. 14-16. que siguió a los decretos de Nueva Planta y las necesidades técnicas a las que tuvo que hacer frente el municipio ante el aumento demográfico, la lucha contra las condiciones físicas del término y la proliferación de pleitos por cuestiones territoriales. La renovación consiguiente acabó afectando a un colectivo anclado en comportamientos que imitaban a los del sistema gremial: el de los expertos en agricultura. Su resistencia al cambio fue menor que la ofrecida por otros oficios, sobre todo porque no constituía un gremio y nunca se planteó su desaparición. Con agrimensores o sin ellos, el recurso a labradores conocedores del terreno continuaría siendo la norma. A finales de siglo, las diferencias entre unos y otros distaban de ser reconocidas. La confusión se explica por los lazos de vecindad, amistad e, inclusive, familiares que existían entre expertos y agrimensores; por el prestigio alcanzado en su trabajo por algunos expertos; por la actuación de los agrimensores titulados, que tendió a reproducir los hábitos de los expertos; por la falta de interés de los propios municipios (la contratación de titulados era más cara); y, en fin, por la actuación timorata de la propia academia a la hora de defender los intereses profesionales de sus titulados. La Academia de San Carlos acabó convirtiéndose en un remedo de las propuestas que desde comienzos del siglo pedían la creación de centros para la formación de los peritos. Obligada por la ciudad a incluir la regulación de la agrimensura entre sus competencias, nunca supo cómo actuar para conseguirlo. Dedicada casi por entero a preservar su autonomía respecto de la madrileña de San Fernando y a desmantelar el sistema gremial en el campo de las bellas artes, siempre contempló esta obligación como algo carente de interés. Se limitó a establecer lo que el consistorio le pedía: una prueba de conocimientos mínimos, como trámite formal para el desempeño de la profesión. Resultó una medida insuficiente porque sus estatutos reconocían los títulos precedentes; su vinculación con la ciudad de Valencia hizo que su actuación se viese, al menos al principio, como una continuidad en el ejercicio de las competencias municipales; nunca se preocupó de dar publicidad a la norma que establecía la obligatoriedad de pasar un examen para el ejercicio de la profesión; el contenido de éste no garantizaba la cualificación de los aprobados; y en ningún momento contempló la posibilidad de ampliar sus actividades docentes a los agrimensores. Los factores anteriores explican las dificultades que los aprobados encontraban al intentar ejercer sus derechos. Confundidos con los expertos, poco valorados por colectivos mejor preparados como los de arquitectos e ingenieros militares, deudores de los medidores formados al margen de la academia y olvidados por ésta una vez que superaban el examen preceptivo, su situación no era muy distinta en 1808 de la de mediados de siglo. Los agrimensores se encontraron, así, ante una realidad contradictoria: mientras las insuficiencias del trabajo de los expertos habían forzado un proceso que les había permitido consolidar la presencia del oficio en las instituciones, las posibilidades de contratación decrecían a medida que aumentaba el número de aprobados y la competencia ilegal de los mismos expertos. ANEXO: Agrimensores titulados por la
Con este objetivo, se analizan los obstáculos y las transformaciones conceptuales, así como las condiciones culturales que hicieron posible la difusión social de estas innovaciones teóricas más allá de los límites de la propia disciplina mental. En el caso de Montemayor, la locura se relaciona con una explosión de furor, una ofuscación más o menos brusca e intermitente. El desorden sexual cometido queda algo desdibujado en medio de los «gritos y desvergüenzas», el «escándalo», la «fuga», el intento de asesinar al padre. Por otro lado, se estima que la posible locura debería quedar asociada a un defecto de raciocinio («por las contestaciones que se nos ha dado a las preguntas y cuestiones..»); implica la constatación de un delirio. Justamente es la aparente ausencia de éste lo que hace dudar al facultativo a la hora de acreditar la alienación mental del sujeto. En el caso del sacerdote U.L., el diagnóstico apunta a realidades muy diferentes. La locura interrogada ya no se identifica con una ausencia de razón, sino con perturbaciones del instinto y de la voluntad. La conducta sexual desordenada ocupa ahora el centro de la escena, y se la describe con cierto detalle. Al localizar la enfermedad en la dinámica del instinto se hace posible efectuar una doble inscripción del problema. Por una parte, queda emplazado en la superficie misma del organismo (los «estigmas físicos»); por otra en la cadena de la evolución (los «antecedentes fisiopatológicos de la familia»). La indagación de estos últimos se convierte entonces en primordial. La familia misma, y no tanto el espacio manicomial, invocado en el primer anexo, es el objeto privilegiado de observación. Estas circunstancias implican, en comparación con el caso de Montemayor, un desplazamiento completo del campo conceptual; de los «delirios», las «demencias», las «manías» y las «intermitencias» de la razón se pasa a la «degeneración», la «herencia de los instintos», la «perversión» («manifestaciones psicopáticas homo-sexuales»). Tiene que ver con la relación establecida, en cada caso, entre justicia penal y medicina mental. En el episodio de Montemayor se sugiere que la «demencia» convierte al acto en irresponsable. El padre del arrestado sugiere que su hijo es un loco y no un criminal, por eso pide que se le encierre en un asilo para dementes. El diagnóstico de la patología excluye la imputación de responsabilidad. En el relato sobre U.L., cambia por completo el panorama. Se evidencia una controversia entre el veredicto del Jurado y el de la Sala. Ésta, aparentemente más al tanto de la psiquiatría del momento, no veía una incompatibilidad entre la locura -que afectaba en este caso al ámbito de la voluntad y del instinto y no a la razón-y la criminalidad. ¿Qué ha tenido que ocurrir para que se produzca esta transformación en la evaluación psiquiátrica de las relaciones mantenidas por un adulto con menores del mismo sexo?. O dicho de otro modo: ¿qué ha tenido que ocurrir para que la categoría de «perversión homosexual», o simplemente de «homosexualidad» se incorporara en la España de 1900 al saber psiquiátrico y a la cultura sexual del momento? PSIQUIATRÍA, MEDICINA LEGAL E HIGIENE ANTES DE LA HOMOSEXUALIDAD En 1846, cuando las acciones de Montemayor inquietaban a las autoridades, las conductas sexuales eran interrogadas por la medicina española a partir de tres frentes distintos y a la vez íntimamente relacionados entre sí: En primer lugar el alienismo, la primera forma de medicina mental difundida en España e importada directamente de Francia. En 1847 se tradujo al castellano el Des Maladies Mentales (1838) del insigne Esquirol, verdadera síntesis del pensamiento alienista. Ya unos años antes, esta corriente se había dejado sentir en la comunidad médica española a través de dos hitos principales. En primer lugar la edición, en 1846, de la memoria escrita por José Pérez Villargoitia, De los Remedios para mejorar en España la suerte de los enajenados. En segundo lugar, la publicación, en el mismo año, del Tratado de Medicina y Cirugía Legal de Pedro Mata, varias veces reeditado antes de concluir el siglo 1. Este texto, siguiendo la pauta conceptual del alienismo, analizaba algunas desviaciones de la conducta sexual relacionándolas con el cuadro de las monomanías. Como es sabido, esta noción, elaborada originalmente por Esquirol, designaba un tipo de delirio parcial (opuesto al delirio generalizado propio de la manía) que alteraba exclusivamente y en un momento dado, los instintos, las pasiones, la afectividad, dejando intactas las facultades intelectuales, aunque podía llegar a provocar alucinaciones e impresiones ilusorias. No todo comportamiento sexual heterodoxo implicaba la presencia de monomanía. Por eso, en el curso del peritaje legal, el alienista debía determinar si la transgresión sexual era simplemente un delito (violación, estupro, abusos deshonestos, adulterio, corrupción de menores) o se trataba más bien de un signo de locura parcial que excluía toda culpabilidad en el agente. En este último caso se estaría ante una monomanía expresada en los desarreglos de la conducta sexual. Este tipo específico recibía el nombre de monomanía erótica. Éstas, según Mata, podían ser de dos clases. En primer lugar, aquellas en las que el «impulso generador» es desencadenado por excitaciones conscientes («erotomanía») y, en segundo término, aquellas en las que la iniciativa reside directamente en los órganos genitales («satiriasis», «ninfomanía» y «necromanía») 2. ----1 El Vade Mecum de Medicina y Cirugía Legal del propio Mata, se había editado en 1844. De 1846 data el concurso público convocado por la Sociedad Económica de Amigos del País de Barcelona para la construcción de un nuevo manicomio. Como se sabe, el concurso lo ganó Pi i Molist, con su proyecto para el asilo de Santa Cruz, que tardaría años en verse realizado 2 Esta clasificación no aparece de repente en el pensamiento de Mata. En la primera edición de su Tratado de Medicina y Cirugía Legal (1844), se alude a la «monomanía», pero todavía no se encuentra una tipología elaborada. Ésta sí se encuentra en la cuarta edición de la obra (1866). Posteriormente, en la edición de 1874, Mata incluirá la «necromanía» o «monomanía cadavérica». Por otro lado, el doctor madrileño discrepaba de Esquirol; éste no consideraba a la «ninfomanía» y a la «satiriasis» como enfermedades mentales, sino como desórdenes puramente físicos (ESQUIROL, Ph. (1838), Des Maladies Men-La «erotomanía», cuyo representante literario, rutinariamente mencionado por los alienistas, era Don Quijote, era identificada con una insistente obsesión amorosa por un objeto determinado. En este estado, el sujeto se encontraba completamente sometido al objeto amado, entrando en una incesante intermitencia de afectos, pasando sin interrupción de la alegría al abatimiento. El «erotómano» permanecía siempre en el plano de las representaciones idealizadas; en este aspecto, su conducta no transgredía los límites del pudor. Sin embargo, admitía Mata, no se trataba de un comportamiento inofensivo; podía implicar extravagancias que rompían las convenciones sociales o conducían directamente al suicidio. En abierto contraste con esta patología, la ninfomanía y la satiriasis no se proyectaban hacia un objeto determinado; su blanco no eran representaciones conscientes idealizadas, sino individuos de carne y hueso. El primer tipo afectaba a los varones; el segundo a las mujeres. El fundamento de estas enfermedades era una exaltación del «aparato genésico». La ninfomanía se consideraba más peligrosa que la satiriasis, pues arruinaba por completo las funciones sociales atribuidas a la mujer 3. Por otro lado Mata estimaba que la satiriasis, cuya frecuencia se consideraba muy escasa, podía conducir a transgresiones sexuales que rayaban en lo inaudito. En la última escala de las monomanías eróticas se situaba la «necromanía» o «monomanía cadavérica». Esta patología, ausente en el tratado de Esquirol e inventada a mediados del siglo XIX, lindaba según Mata con otro género de monomanía, la «monomanía homicida o destructora». Designa al irrefrenable impulso de violar sepulturas. Ésta pasión no tenía siempre objetivos sexuales; existían necrómanos, señala Mata, que se limitaban a abrir tumbas para mutilar, dispersar o devorar restos cadavéricos sin ninguna meta sexual 4. Mata, sin embargo, engloba a satiriasis y ninfomanía dentro de lo que designa como «aidomanía», una clase particular de monomanía (Mata, P. (1874), Tratado de Medicina y Cirugía Legal, vol. 2, Madrid, p. Otros alienistas españoles tampoco compartían la taxonomía de Esqurol, como es el caso de Giné y Partagás, quien, apoyándose en el concepto de «monomanía impulsiva o instintiva», frente a la noción esquiroliana de «manía impulsiva» (no es un impulso móvil y variable sino una disposición fija y permanente), hace valer la etiología hereditaria de esta enajenación de la voluntad caracterizada «desde la infancia por ciertas irregularidades del carácter, por gustos caprichosos, por instintos perversos» GINÉ Y PARTAGÁS, J. (1876), Tratado Teórico-Práctico de Frenopatología, Madrid, p. Sobre las peculiaridades nosográficas de Giné, cf. DIEGUEZ, A. (1998), «El problema de la Nosografía en la obra psiquiátrica de J. Giné y Partagás», Asclepio, 50 (1), pp. 199-222 3 Me he ocupado de este concepto en VÁZQUEZ GARCÍA, F. (1994) «Ninfomanía y construcción simbólica de la femineidad (España, Los actos de pederastia o las relaciones carnales con sujetos del mismo sexo quedaban, como tales, fuera del cuadro de las monomanías y por lo tanto del alcance de la medicina mental. Sin embargo Mata, que a la altura de 1870 ya estaba al tanto de las aportaciones procedentes de la nueva psiquiatría degeneracionista 5, cuyos primeros análisis de la «perversión» comenzaron a conocerse en España durante esa época 6, dudaba a la hora de calificar como patológicos ciertos actos de sodomía y de «amor lésbico»: «tal vez deberían figurar aquí como tipos de esas horribles aberraciones ciertos hechos de amor socrático y lésbico, y de sodomía tan fuera del orden común que no parecen posibles en un estado de razón» 7. Mata cita como ejemplo histórico el caso del «monstruo infanticida» Gilles de Rais. Estas consideraciones, no obstante, nunca rebasan los límites conceptuales del alienismo clásico y de su tabla de monomanías. Para que la conducta sexual desviada tenga el rango de enfermedad tiene que ser muy excepcional («ciertos hechos (..) tan fuera del orden común») e implicar una pérdida de la razón. En segundo lugar, la conducta sexual era objeto de examen por parte de una abundante literatura sobre higiene y conservación de la salud. En este caso, el comportamiento sexual desviado solía ser analizado dentro de un capítulo dedicado a la «higiene de la reproducción» 8. La literatura higienista, desde 1800 hasta las últimas décadas del siglo 9 trataba este asunto ajustándose a un modelo cuantitativo que per----- 6 Así, por ejemplo, el texto de Lassègue sobre el «exhibicionismo» aparece reseñado en S/N (1877): «Los exhibicionistas», El Siglo Médico, p. CAMPOS, R. (1999), «La Teoría de la degeneración y la profesionalización de la psiquiatría en España (1876-1920), Asclepio, 51 (1), 185-203, ha demostrado que la psiquiatría degeneracionista era conocida por los médicos españoles desde la década de 1870, y aplicada en los peritajes médico-legales desde esta época. Sin embargo, su difusión en el ámbito clínico y asistencial sólo comenzó a partir de 1900. 155-56, por otra parte sitúa entre 1845-1850 el momento en que, en contraste con el limitado papel que le reconocía el alienismo clásico, la «sexualidad» pasó a ocupar un lugar central en el estudio de la enfermedad mental. 377 8 Los términos utilizados varían («higiene de las funciones generadoras», «higiene de la cópula», «higiene de la vida de la especie», «higiene del instinto de propagación», etc..), pero todos ellos connotan que el «instinto sexual» todavía no ha sido conceptualizado como un objeto diferente del «instinto de reproducción». Sólo con la psiquiatría de las perversiones será posible referirse a un «instinto sexual», a una «sexualidad» cuya existencia es independiente de las funciones reproductoras 9 Sin mencionar los textos traducidos (Tourtelle, Hufeland, Deslandes, Descuret, etc.), pueden señalarse los siguientes tratados: HURTADO DE MENDOZA, M. (1839), Instituciones de Medicina y Cirugía, t. Manual de higiene pública y privada, Cádiz, pp. 186-199; MONLAU, P. F. (1865), Higiene del Matrimonio o el Libro mitía representar la economía sexual humana. El uso del «instinto de propagación» implicaba un dispendio de energía que debía mantenerse dentro de ciertos límites si se quería preservar el equilibrio del organismo. El estado patológico consistía en una disminución o aumento en relación con un gasto sexual moderado. Las nociones de «continencia excesiva» y de «incontinencia» (esta última se consideraba más común) engendraban un variado repertorio de enfermedades que iban desde la esfera puramente física (impotencia, esterilidad, tabes dorsal, tuberculosis, ceguera, sífilis, etc..) hasta la mental (pérdida de la razón, histeria, ninfomanía, etc.). El paradigma de este discurso higienista era sin duda la masturbación 11, verdadera «enfermedad total» 12 que, en el límite, podía figurar en el cuadro etiológico de cualquier patología. Eventualmente, el «funesto hábito» podía ser inducido en el niño por domésticos o instructores viciosos, pero esta iniciación no se identificaba a su vez con una patología sexual. En este marco conceptual, las conductas sexuales heterodoxas eran acogidas como manifestaciones de excesos cuyo símbolo era el funesto vicio del onanismo, pero no existía ninguna preocupación por catalogar las variedades existentes estableciendo una nosografía a partir de sus diferencias cualitativas. En tercer lugar, hay que referirse a la práctica de la medicina legal. Obviamente, esta disciplina es, en algunos de sus problemas, una aplicación de la medicina mental, como se ha constatado al hablar de las monomanías. Sin embargo, el dictamen del forense intervenía también en relación con lo que, a mediados del siglo XIX, se designaba como «delitos contra la honestidad», en particular violaciones, estupros, raptos, abusos deshonestos y escándalos públicos que no ponían en liza la posible «demencia» de sus agentes. Los legistas tenían también a su cargo la determinación de la «verdadera identidad sexual» en los casos de duda, es decir, principalmente en los casos de supuesto hermafrodismo. En el código de 1870 aparece el concepto de «abusos deshonestos», diversificado a partir de la vieja categoría de «estupro». En Francia, sin embargo, una ley de 1832 estableció el delito de «paidofilia»; es decir, el placer sexual obtenido con niños, aun sin violencia, pasaba a considerarse delictivo. Esta iniciativa puso en marcha, en el país vecino, una verdadera caza de «paidófilos» o «pederastas»; se consideraba que los abusadores de niños eran siempre individuos con preferencias por los de su propio sexo. El caso más célebre fue el del maestro Ferré, juzgado por paidofilia con sus alumnos en 184314. Finalmente, una ley aprobada en 1863 permitía el acto pederástico entre adultos con consentimiento siempre que no mediara escándalo público. En ese contexto de preocupación por la pederastia se publicó la obra de Ambroise Tardieu, Étude Médico-Légale sur les Attentats aux Moeurs (1857). Este texto contiene un extenso capítulo («De la Pederastia y de la Sodomía») donde por primera vez, de un modo detallado 15, la medicina afrontaba la tarea de pensar en términos anatómicos (como conformación corporal peculiar) y sociológicos (estilo de vida, costumbres, agrupaciones) lo que más tarde, y ya en términos propiamente psiquiá-----tricos, se designará como «uranismo» (Ulrich 1864), «homosexualidad» (Benkert 1869), «impulso sexual contrario» (Westphal 1870) e «inversión del sentido genésico» (Charcot y Magnan 1882). En la exploración de este tipo de conducta se sentarán las bases de la futura teoría de las perversiones 16. El texto de Tardieu fue traducido por primera vez al castellano en 1863 por los médicos forenses de Madrid, Nemesio López Bustamante y Juan de Querejazu y Hartzensbuch a partir de la tercera edición francesa. Posteriormente, de forma integral o parcial, se volvería a editar en nuestro idioma 17. Aunque con anterioridad algunos médicos legistas españoles como Pedro Mata habían llegado a ofrecer ciertos detalles sobre el estilo de vida de los pederastas, indicando sus emplazamientos más propicios (cuarteles, cárceles, presidios, buques) y los modos por los que se gestaba este hábito (muchachos corrompidos por la seducción o forzados a prostituirse por la miseria), apenas puede encontrarse en sus tratados un análisis de la fisonomía o un retrato social de estos sujetos. La exposición se concentra casi exclusivamente en la descripción de los signos anatómicos y en la indicación de los gestos médicos que el profesional debe tener en cuenta para detectar, con motivo de denuncias de violación, estupro o abusos deshonestos, la presencia de actos sodomíticos, con un especial interés por las huellas del coito anal. El tratado de Tardieu, sin embargo, implicaba una alteración profunda de estas maneras tradicionales de la medicina forense. No busca sólo la descripción del acto y de sus vestigios materiales; partiendo de un verdadero archivo etnográfico (más de cien casos observados), traza minuciosamente el perfil social e incluso anatómico del individuo pederasta. Apoyándose en las categorías forjadas por Heinrich Kaan, califica de «perverso moral» al pederasta. Con aval estadístico, destruye ciertos prejuicios (v.g. la idea común de que el matrimonio y el estado de pederastia son mutuamente exclusivos, ciertos tópicos sobre la relación entre hábitos activos y pasivos, etc), pasando del desciframiento de los signos físicos al estudio sociológico de las condiciones de vida, las costumbres, el lenguaje, las formas de asociación y sus códigos. De este modo, los indicios corporales aparentemente más inocentes, los gestos aparentemente más triviales, aparecen como síntomas de un tipo específico y cualitativamente peculiar de conducta sexual. El pederasta se revela sobre todo en su físico, como si sus hábitos denotaran la presencia de una anatomía singular. Se ha pasado de una indagación de huellas que delaten el acto sodomítico a toda una geografía corporal propia de un tipo de sujeto: el pederasta. Así por ejemplo, Tardieu se detiene in extenso en la descripción de las dimensiones y la forma del pene. 17 La referencia a estas diversas versiones de Tardieu al castellano puede encontrarse en VÁZQUEZ GARCÍA y MORENO MENGÍBAR (1997), p. 105 poseen con frecuencia «un miembro muy delgado, agudo y afilado por la punta», que «recuerda enteramente el canum more» 18. En esta misma época, por otro lado, los médicos comienzan a relacionar la ambigüedad anatómica de los pretendidos hermafroditas con el gusto sexual ambiguo. Algunos sugieren que el segundo no es sino la consecuencia de la primera. Así lo declara Monlau: «¿Existen en la especie humana verdaderos hermafroditas o individuos que reúnan los dos sexos?. No. Lo que hay es uno que otro varón imperfecto que presenta muchos de los caracteres exteriores de las hembras, así como una que otra hembra con varios de los atributos masculinos. Lo que hay son algunos maricas, u hombres de textura floja, de facciones mujeriles, voz afeminada, carácter tímido y aparato genital poco desarrollado; y también algunas marimachos o mujeres hombrunas (viragines), de costumbres masculinas, voz ronca, barba poblada, clítoris muy abultado» 19. Refiriéndose a éstas, señala: «suelen ser de gran talla e inclinadas a procurarse goces ilícitos con las personas de su sexo». En el mismo momento, por lo tanto, tiene lugar un encuentro entre la búsqueda de una anatomía característica de los pederastas y la indagación de un psiquismo peculiar en los supuestos hermafroditas. De aquí nacerán los futuros personajes del «homosexual» y la «lesbiana», conceptualizados como «hermafroditas psíquicos», individuos con cuerpo de varón y alma de mujer o viceversa. LA IRRUPCIÓN DEL HOMOSEXUAL Pero a la altura de 1863, cuando se publicó el texto de Tardieu, la medicina forense española no iba aún muy lejos en esta dirección. Se podría pensar que la tardía recepción española de la psicopatología de las perversiones -y por tanto de la noción de «homosexualidad»-que empezaba a constituirse principalmente en Francia y en Alemania a mediados del siglo XIX, tenía que ver con un escaso desarrollo, en nuestro país, de subculturas homoeróticas 19b como las que existían en estas naciones. ---- Por otro lado, la aprobación, en países como Alemania (1870) y Gran Bretaña (1885) de leyes específicamente dirigidas contra la conducta homosexual en privado o en público -ya se constató una dinámica similar en Francia con la aprobación de una ley contra la paidofilia en 1832-y los sonados escándalos a los que esto dio lugar -los casos de Eulenburg en Alemania y de Oscar Wilde en Gran Bretaña-estimuló la investigación en este campo 20. En cualquier caso la primera razón, referida a la ausencia de subculturas homoeróticas, es difícil de probar mientras no se realicen estudios empíricos sobre el asunto. De momento sólo existen indicios contradictorios. El testimonio de los traductores del texto de Tardieu parece avalar la mencionada tesis de la ausencia: «en España no se ha propagado afortunadamente tan asqueroso vicio del modo en que lo ha hecho en el vecino imperio; y aunque existe, ni ha obligado la intervención de los tribunales por servir de medio preparatorio al homicidio, ni se presenta con tanto cinismo» 21. Sin embargo Casper, el célebre doctor alemán, se refiere en la misma época y en su tratado de medicina legal, a una «sociedad» de pederastas constituida en Barcelona; por su parte, Teodoro Yáñez, catedrático de Medicina Legal en la Universidad de Madrid, se refiere a un «club de pederastas» que existía en la capital, en una casa de la plaza de Herradores, cuyos miembros eran iniciados a través de elaborados rituales 22. Lo que parece claro es que la medicina española acogió con cierto retraso e indiferencia la nueva psicopatología del instinto sexual, derivada tanto de la doctrina degeneracionista francesa como de las nosografías elaboradas en Alemania. Plausiblemente, esta recepción se produjo primero en el ámbito de las aplicaciones médico----lar Deseo. Estudios lesbianos y gays en el Estado Español, Barcelona, Laertes, pp. 149-166. Este mismo autor ha realizado un importante estudio sobre la subcultura homosexual en España entre el final del Franquismo y la Transición, cf. GUASCH, O. (1991), El entendido: condiciones de aparición, desarrollo y disolución de la subcultura homosexual en España, Tesis de Doctorado, Tarragona, Universitat Rovira y Virgili; y GUASCH, O. (1992), La sociedad rosa, Barcelona, Anagrama. No entraremos en la discusión, que recuerda un poco la del «huevo y la gallina», sobre si la «identidad homosexual» fue una pura construcción discursiva de la psiquiatría (tesis de Halperin y Faderman a partir de una lectura demasiado restringida de Foucault) o una realidad social ya diferenciada desde la Baja Edad Media (tesis de Boswell y Trumbach). No obstante, pensamos, con autores como Dollimore y Weeks, que si bien la personalidad «homosexual» es una invención decimonónica -lo contrario sería obviar la condición performativa del lenguaje médico-, su emergencia no es el resultado de cambios puramente discursivos. Los sexólogos y psiquiatras no inventaron desde cero; produjeron unas definiciones que pretendían monopolizar el modelado de cierto tipo de sociabilidad y comportamiento peculiares, colonizar este territorio que se mostraba con intensidad en relación directa con el crecimiento urbano. Sobre este debate, cf. WEEKS, J. (1985) legales de la psiquiatría y sólo más tardíamente -a partir de comienzos de sigloen la esfera propiamente clínica. La nueva psiquiatría, en la que se encuadraba la teoría de las perversiones sexuales, surgió en Europa en torno a 1850-1870, rompiendo con las antiguas categorías del alienismo. En esta tradición, la clave de la enfermedad mental era el delirio, aunque fuera «parcial», como en el caso de las «monomanías»; el loco se caracterizaba por estar sumido en el error, de ahí la irresponsabilidad de sus actos. En la nueva psiquiatría, desde la época de Griesinger, Baillarger, Kaan, Morel, y posteriormente Magnan y Lombroso, la clave del estado de anomalía se situaba en el instinto. Era la cuestión de lo voluntario sometido a lo involuntario del instinto, de la falta de autocontrol, del predominio de las funciones cerebrales inferiores, más primitivas y animales, sobre las superiores, más evolucionadas; perturbaciones entendidas ahora como detenciones, retrasos o regresiones en el desarrollo evolutivo individual. La preocupación fundamental de esta nueva psiquiatría no era tanto la curación de enfermos mentales como la detección de anormales; es decir, de sujetos que han transgredido alguna norma social y a los que, sin que exista pérdida de lucidez mental, se puede atribuir una subordinación de la voluntad a las tendencias instintivas. El problema de la responsabilidad es reemplazado por la interrogación acerca del grado de peligrosidad 23. Uno de los dominios preferentes del nuevo discurso psiquiátrico era el de la psicopatología sexual. Ésta se ocupaba de la identificación, clasificación y explicación de las distintas perturbaciones del instinto sexual. La conducta sexual se identificaba con la manifestación de un instinto. En primer lugar, y esto implicaba una novedad respecto a la noción clásica de «instinto de propagación», lo propio del instinto sexual era su independencia respecto a las funciones reproductoras. Por eso se entendía que el primero se encontraba ya en los niños, antes de que éstas hicieran su aparición. En segundo lugar, el instinto sexual buscaba satisfacerse, y esta satisfacción entrañaba un placer. Ahora bien, el intermediario entre el instinto y el placer producido era la imaginación. El impulso sexual se satisfacía mediante la asociación de imágenes. En tercer lugar, el instinto sexual se inscribía en un desarrollo, una evolución. Ésta obedecía a una ley, a una determinada teleología. La evolución normal consistía en la progresiva subordinación del instinto sexual al instinto de reproduc-----ción. Esto exigía someter las tendencias originariamente indiferenciadas e involuntarias del impulso sexual a una diferenciación paulatina y a un creciente control de la voluntad. La anormalidad sexual consistía por una parte en un desequilibrio por el que las funciones cerebrales superiores, asociadas a lo voluntario, se subordinaban a las funciones inferiores, asociadas al imperio de lo involuntario. Por otra parte, toda anormalidad era vista como una regresión o detención evolutiva; el retroceso a una fase más primitiva de desarrollo, con el predominio de las funciones más simples o animales, o el estancamiento en una etapa determinada 24. La elaboración teórica de cada una de estas consideraciones abría nuevas posibilidades. Permitía por una parte unificar la captación médica de las conductas sexuales, superando las disparidades entre las conceptualizaciones de la medicina mental, la higiene y la medicina legal: todas las desviaciones sexuales, desde la masturbación hasta la violación homicida, pasaban a engrosar el campo de las «anomalías» del instinto sexual. Éstas, además, podían ser catalogadas como especies cualitativamente distintas, rebasando el modelo puramente cuantitativo del viejo higienismo 25. Por último, la doble inscripción de estas anomalías en la relación de lo voluntario con lo involuntario y en el desarrollo filogenético y ontogenético (por lo tanto en la herencia), permitía explicarlas a la vez desde un modelo neurológico y desde las leyes de la biología evolutiva 26. El organicismo y el evolucionismo de la nueva psicopatología sexual tienen aquí su raíz. Antes de 1900, este tipo de discurso sólo se encontraba en la psiquiatría española de un modo fragmentario y, como se ha dicho, más frecuentemente en la esfera médico-legal que en el ámbito estrictamente clínico. Las categorías que el viejo alienismo había forjado para comprender las desviaciones sexuales, en particular la noción de «monomanía erótica» o «genésica» resistieron aquí durante mucho tiempo 27. No es raro encontrarla mezclada con el nuevo concepto de «perversión sexual», incluso en los tratados y peritajes de medicina legal publicados en España durante las dos últimas décadas del siglo XIX. 40 y NYE, R. (1993): Masculinity and Male Codes of Honor in Modern France, New York, Oxford, Oxford U.P., pp. 101-102 que la tipología de las perversiones implica el tránsito de un modelo cuantitativo a un modelo cualitativo en la representación de la sexualidad. No hay que olvidar que el célebre peritaje de Esquerdo en el caso de Garayo el Sacamantecas, diagnosticaba en el mismo la presencia de una «monomanía genésica», aunque a la vez indagaba los antecedentes hereditarios y estigmas físicos del sujeto, en afinidad con las prácticas del degeneracionismo. ESQUERDO Y ZARAGOZA, J. ( 1881 Un buen ejemplo de esta situación lo proporciona el Tratado de Antropología Médica y Jurídica en dos volúmenes (1889-1894) del Dr. Ignacio Valentí y Vivó (1841-1924), catedrático de Medicina Legal y Toxicología de la Universidad de Barcelona, fundador de la Academia de Higiene de Cataluña y uno de los pioneros del movimiento eugénico en Cataluña. Si se compara su aproximación a las desviaciones sexuales con la de otros tratados de la época, por ejemplo los Elementos de Medicina Legal y Toxicología (1884) de Teodoro Yáñez, catedrático de la misma disciplina en la Universidad de Madrid, se advierten diferencias sustanciales. Yáñez sigue aferrado al cuadro de las «monomanías eróticas», y, en relación con la pederastia, se apoya completamente en Tardieu 28. Valentí y Vivó, en cambio, incorpora ya toda una nueva familia de conceptos y de referencias: «Para esclarecer los signos de la venere prepostera, saphica, felatrix en el acusado y la víctima, son de utilidad los datos consignados en las obras de Tardieu; pero comparándolos con otros posteriormente obtenidos por Hofmann, Maschka, Weiss, Tamassia, Lassègue, Fournié, Charcot, Westphal, etc., al procurar el diagnóstico de los estados que se denominan: exhibicionismo, inversión del instinto sexual, feminismo [sic], tribadismo y otras aberraciones de parecida calaña, propias de la enfemedad neurofrénica y del vicio en la más ínfima ralea de gentes, que viven brutalmente asociadas y en libertad inmerecida» 29. Este autor hace valer las nociones de la nueva psiquiatría («degeneración», «herencia mórbida», «anomalía órgano-dinámica», «enfermedad cerebro-medular», «aginesia», «disgenesia») asociando incluso la proliferación de «aberraciones sexuales» con el declive de la civilización («amenazada de retroceso por este solo peligro de la brutalidad carnal») 30. Al mismo tiempo, viejos conceptos como el de «erotomanía» perviven sin acabar de reformularse (se señala que esta noción ha sido mal definida al asociarla con la ninfomanía y la satiriasis, pero no se ofrece una elaboración alternativa como la expuesta por Binet en 1887) 31. El panorama cambia ostensiblemente desde comienzos de siglo. La plena acogida de la nueva psicopatología de las perversiones, y en particular de los análisis del homosexualismo, se ubica por otra parte en un contexto singular. La literatura del regeneracionismo surgida a raíz de los últimos desastres coloniales españoles, utiliza ---- Esta misma mezcolanza de restos conceptuales procedentes del alienismo con nuevas categorías derivadas de la psicopatología de las perversiones, se manifiesta en las novelas naturalistas española publicadas en esa misma época, cf. FERNÁNDEZ, P. (1997), «Scientia sexualis y saber psiquiátrico en la novela naturalista decomonónica», Asclepio, 49 (1), pp. 240-41. con frecuencia una retórica que se vale de las metáforas del «debilitamiento físico» o de la «desvirilización» y del «afeminamiento» para diagnosticar los males de la patria. Éstos se ven como una consecuencia de la pérdida de voluntad, de la abulia colectiva. El derrumbe del país es vivido en parte como una crisis de la masculinidad 32. En segundo lugar, existen algunos testimonios sobre la existencia de subculturas homoeróticas consolidadas en las principales ciudades de España 33. En tercer lugar ----32 Las referencias serían innumerables. Joaquín Costa, por ejemplo, consideraba que «España era una nación unisexual, compuesta de dieciocho millones de mujeres»; más tarde recitificó: «es una nación sin sexo. No es una nación de mujeres, es una nación de eunucos» (cit. en TIERNO GALVÁN, E. (1971), «Costa y el Regeneracionismo» en Escritos (1950-1960), Madrid, Tecnos, p. Refiriéndose a Madrid como un «falansterio de degenerados», Macías Picavea exclama: «¡Qué ideas! Los que vamos de provincias, aún más toscos y zafios, echamos en seguida de ver la falta de salud mental, de virilidad afectiva, de equilibrio. ¡Y semejante desconcierto es lo que nos gobierna!» (PICAVEA, M. (1996), El Problema Nacional, Madrid, Biblioteca Nueva, p. Mallada recuerda que «a ser cierto que el pueblo español posee menor virilidad en el presente que en otros tiempos pasados» (MALLADA, L. (1994): Los Males de la Patria y la Futura Revolución Española, Madrid, Alianza Editorial, p. Altamira, por su parte, recuerda que la tarea de la Universidad ha de ser «crear generaciones de ánimo viril, que no se apoquen ante las dificultades comunes a todos los pueblos» (ALTAMIRA, R. (1997), Psicología del Pueblo Español, Madrid, Biblioteca Nueva, p. 191); Ramiro de Maeztu clamaba contra la reinante «moral de tullidos» y se valía del siguiente símil para indicar el talante de los intelectuales que necesitaba la nación: «las mujeres prefieren los hombres bien nutridos a los golfos escuálidos y a los poetas decadentes» (De MAEZTU, R. (1997), Hacia otra España, Madrid, Biblioteca Nueva, p. Entre los síntomas de la «degeneración» española, Isern parece aludir explícitamente a la homosexualidad: «degeneradas aquellas ciudades en las cuales reviven por modo especial los vicios de la decadencia de Grecia y Roma y, en especial, el estetismo» (Del Desastre Nacional y sus Causas, cit. en Tierno Galván (1971), p. No hay que olvidar que, un año antes de la publicación de este libro, en plena marea del Desastre de Cuba, se suscitó un escándalo, que trascendió a la prensa nacional. Se reveló que, de forma soterrada, el servicio de Higiene Especial del Gobierno Civil de Cádiz toleraba y regulaba la prostitución masculina homosexual. En la prensa se habló entonces de los «afeminados», de los «estetas» como «vergüenza de la viril raza española». El asunto terminó con la dimisión del Gobernador Civil, cuñado del mismísimo Antonio Maura (cf. MORENO MENGÍBAR, A. y VÁZQUEZ GARCÍA, F. (1999), Crónica de una Marginación. Historia de la prostitución en Andalucía desde el siglo XV hasta la actualidad, Cádiz, Biblioteca Andaluza de Arte y Literatura, pp. 77-78. Los regeneracionistas relacionaban esta falta de energía viril con la «flojedad de cuerpo» característica de la «raza española». Mallada se refiere a este rasgo (MALLADA, L. (1998), La Futura Revolución Española y Otros escritos regeneracionistas, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 294-97) y resalta su presencia en la aristocracia, degenerada por los «goces del sensualismo» (if., p. 310) y en la burguesía, que, en comparación con la de otras naciones «tiene menos virilidad, porque se alimenta peor y vive al día más desarregladamente, sin el espíritu de ahorro» (id., p. Por esta razón, autores como Iradier de Herredo (Hacia un nuevo tipo de español, Madrid, 1917) o Luis Morote consideran que «en la educación física estará el remedio» de esta carencia de salud y vigor. 33 Aunque queda por realizan un análisis en profundidad, se cuenta ya con algunos indicios que testimonian la existencia de estas «sociedades secretas» en algunas ciudades españolas desde el reinado de Alfonso XII. Ya se han mencionado las informaciones de Casper y Yáñez sobre Madrid y Barcelona, respectivamente (vid. supra, n. Rodríguez Solís, utilizando la prensa madrileña de 1890, se refiere a una banda de muchachos «que tenían por jefe a un caballero bien vestido», dedicados a «llevar engaña-hay que referirse a la preocupación -muy extendida entre los reformistas sociales de principios de siglo-por la «infancia en peligro», y en particular por la corrupción sexual de los niños, dentro de una estrategia más general que pretendía convertir a la familia en un instrumento para el gobierno de las poblaciones 34. No hay que olvidar que se atribuía a los homosexuales una irresistible inclinación paidófila. Por último, la imaginería anticlerical de comienzos de siglo tendía a asociar cada vez más al sacerdote con la pederastia y con la iniciación homófila 35. En estas condiciones no es de extrañar que se acrecentara el temor y el interés por el personaje del «homosexual». Sin embargo, salvo en diagnósticos médico-legales como el aludido en el anexo 2 de este trabajo, el término predominante -en la literatura especializada y más aún en los medios de comunicación-a la hora de designar esta perversión no era ---dos por la noche al Prado a hombres incautos», a los que posteriormente chantajeaban; «por entonces descubriéronse varias casas, verdaderas Sodomas y Gomorras de nuestros días, en las que se encontraron niños de cierta edad llevados allí con engaños por hombres malvados» (RODRÍGUEZ SOLÍS, E. (s.a.), Historia de la Prostitución en España y en América, Madrid, p. En fecha algo posterior, el abogado Joaquín del Moral menciona, también en Madrid, la existencia de «falsos perseguidores» de sodomitas (¿se trata de policías corruptos?), conocidos con el nombre de «ronda del ful» que en realidad negocian con «tan asqueroso vicio» (DEL MORAL Y PÉREZ ALOE, J. (1913), El Estado y la Prostitución, Madrid, pp. 84-85). Otro testimonio referido a la España de Alfonso XII: «cuenta Sales Mayo en su libro La Condesita, la existencia de una secreta sociedad conocida como 'Sociedad San Guiñolé', en la que se daban cita los elegantes y sofisticados de la época que tuvieran aficiones sáficas o sodomíticas. Eran de la alta clase y tenían sus particulares signos diferenciales, pertenecían al Círculo Mercantil, al Casino o a la Ópera (..) En la Calle del Calvario y en la del Horno de la Mata fueron encontrados muchos de estos 'guiñolistas' elegantes, entre chulos y canallas de los barrios bajos. El más famoso de los lugares de encuentro de la época estaba en la calle de la Alameda. Cuenta Rodríguez Solís que en aquél lugar había un baile conocido por 'El Ramillete', y en una redada de una noche de Carnaval durante el noctámbulo reinado de Alfonso XII se detuvieron a más de cien de aquellos chicos» (RIOYO, J. (1991), Madrid. Casas de Lenocinio, Holganza y Malvivir, Madrid, Espasa Calpe, pp. 281-82). Por nuestra parte, hemos investigado la existencia de prostitución masculina homosexual en Cádiz y Sevilla entre 1880 y 1920 en MORENO MENGÍBAR y VÁZQUEZ GARCÍA (1999), pp. 176-178 y VÁZQUEZ GARCÍA, F. y MORENO MEN-GÍBAR, A. (1998), Poder y Prostitución en Sevilla, t. 34 Sobre la preocupación por la infancia en la España de comienzos de siglo, existe ya una amplia bibliografía. Entre las publicaciones más recientes, se pueden citar algunos de los trabajos contenidos en BORRÁS LLOP, J.Ma (dir.) (1996), Historia de la Infancia en la España Contemporánea 1843-1936, Madrid, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y Fundación Germás Sánchez Ruipérez y el artículo de HUERTAS, R. (1998), «Niños degenerados. Sobre la «corrupción sexual» de la infancia, me remito a la investigación que para su tesis doctoral lleva a cabo bajo mi dirección el profesor José Benito Seoane: La Pasión y la Norma. Una genealogía de la moral sexual infantil en la España del siglo XIX, Universidad de Cádiz. Este mismo componente anticlerical del discurso homófobo (y de las campañas contra la masturbación de adolescentes y el histerismo femenino) se daba en Francia (DANET (1977), p. El caso mencionado en el anexo 2 corresponde precisamente a un sacerdote. La novela naturalista española de finales del XIX se ubica en esta misma dirección, asociando al clero con la vesania sexual (FERNÁNDEZ, P. (1997), «Moral y scientia sexualis en el siglo XIX. cribieron algunas monografías médico-legales sobre las relaciones entre criminalidad y perversión. Los «invertidos» aparecían presentados como principales responsables de delitos de escándalo y de los abusos deshonestos y violaciones sufridos por los niños. Por otro lado, cada vez se hizo más frecuente la presencia de homosexuales en los relatos literarios 39. La crónica de sucesos y la sensibilidad pública, acrecentada y alarmada ante lo que se contemplaba como una oleada de prostitución masculina, hacían el resto: «En España, el cura Meliá, y los atentados contra el pudor de niños, el del Chato del Escorial en el niño Pedrín, son casos bien patentes de estos crímenes impuros. Sin llegar a crímenes, el Juzgado de guardia casi diariamente entiende en lesiones graves, y los jueces municipales podrían dar una estadística, mejor que nosotros, de los escándalos que originan lo mismo los auténticos sodomitas que sus falsos perseguidores, llamados la ronda del ful. Estos hacen un comercio de tan asqueroso vicio, convirtiéndose en proxenetas de hombres para hombres» 40. Pero los «invertidos», y con ellos toda la familia de los perversos, no eran solamente un asunto de la psiquiatría en su vertiente forense. La propia literatura estrictamente clínica se ocupaba del asunto. Un buen ejemplo lo proporciona la Guía del Diagnóstico de las Enfermedades Mentales (1900) de Martínez Valverde, una de las obras más representativas del degeneracionismo español. En este texto, de modo sistemático, se adoptan los postulados de Magnan a la hora de conceptualizar las perversiones. Estas enfermedades son afrontadas como «transtornos de los instintos» o «estigmas de degeneración» e implicaban una «desharmonía de las funciones cerebrales»: «Estas depravaciones genésicas revisten la forma de sodomía, bestialidad, safismo, necrofilia o violación de cadáveres, mutilaciones voluntarias, ninfomanía, onanismo (este último en especial en los idiotas en imbéciles), y otras muy diversas obsesiones eróticas, de las cuales una de las más notables por su importancia social y que, por tanto, merece alguna más detenida atención, es la inversión del sentido sexual (..);generalmente recae tal aberración en sujetos que tienen un estigma hereditario, esto es, son unos verdaderos degenerados» 41. Como es sabido, la difusión de las tesis degeneracionistas permitía ofrecer una explicación biologista del declive nacional. Pero, más específicamente, ¿qué implicaciones políticas poseía este enfoque psicopatológico y fuertemente organicista de la homosexualidad? Como es sabido, en Alemania e Inglaterra, que contaban con leyes explícitamente homófobas, el discurso médico sobre la homosexualidad, funcionó de manera ambivalente; en unos casos legitimaba nuevas formas de persecución y control; en otros casos permitía justificar la homosexualidad como un hecho de la naturaleza, un tendencia innata que no podía por ello ser legalmente castigada. Las primeras tentativas de organización política emprendidas por la minoría homosexual respondieron a la voluntad de derogar la legislación persecutoria y para ello se apoyaron en el discurso psiquiátrico 42. En España, sin embargo, las cosas parecen haber sido diferentes, aunque nuestro análisis se detiene en los primeros años del siglo XX. Es posible que, al no existir leyes antigays -la primera correspondió al Código Penal de 1928, que no llegó a aplicarse-tampoco existieran iniciativas políticas al estilo de la alemana o la británica para organizar a la minoría concernida. Tampoco parece que existieran voces aisladas que -como sucedió en Francia con Zola y Gide 43 -defendieran la causa homosexual. Es probable que el discurso psiquiátrico sobre la homosexualidad se limitara principalmente a desempeñar funciones estigmatizadoras, aunque este extremo debería ser comprobado en un estudio posterior 43b Esta herencia recibida habría abortado, en buena medida, la posibilidad de que se gestara en España un movimiento político de resistencia homosexual; no parece haber existido nada semejante en el periodo anterior a la Guerra Civil, ni siquiera en los sectores más avanzados del anarquismo español, muy innovadores en el campo de la política sexual 44. El futuro político de este colectivo parecía sellado. El libro de GALCERÁN i GRANÉS, I. (1908), Diagnóstico Frenopático, Gerona, también se asienta en la teoría de la degeneración, aunque el desarrollo del asunto es mucho más limitado (se trata de un folleto) que en el texto de Martínez Valverde. Una posible excepción puede ser el caso del escritor Álvaro Retana, quien a comienzos de los años 30 descalificó las concepciones homófobas de Marañón y Jiménez de Asúa. 43b Un ejemplo de este actitud en el discurso psiquiátrico puede encontrarse en los artículos sobre la homosexualidad publicados en la revista Sexualidad dirigida por el Dr. Antonio Navarro Fernández. Dejo constancia de mi agradecimiento al profesor Richard Cleminson por permitirme consultar su trabajo inédito titulado: «Sexualidad (1925-28), psychiatry and homosexual panic». «Oficio 45 del Teniente de Alcalde del 2o Cuartel a la Alcaldía: En la tarde del cuatro del corriente, avisado por José Ruiz, vecino del número 10, calle del Maizal, el alguacil de esta Tenencia José Coldión para que diese auxilio a fin de detener a un hombre que con empeño se había llevado a un niño pequeño de Ruiz a una casa de lenocinio de la calle del Carmen, conocida por la de «la Valenciana», y solicitado hacer obscenidades con el referido párvulo. En seguida se dirigió el alguacil a la casa y condujo detenido al hombre, que es Manuel Montemayor, vecino del no 83 calle de la Soledad, al que fue necesario trasladarlo a la Prevención de la Guardia Civil por los gritos que daba y desvergüenzas que profería (..). La opinión pública marca como demente al expresado Montemayor. Juan Rafael Durán Carta 46 del padre de Montemayor al Alcalde: Montemayor, natural y vecino de esta ciudad, a V.S. con el respeto debido expone: que como aparece de la solicitud que en 28 de abril último hizo a esa Alcaldía (..) solicitó y le fue concedido recoger a su hijo Manuel en el refugio de Capuchinos con la condición de que si el estado de su demencia se acrecentase, fuese trasladado a la Casa Hospicio donde estuviese recogido y asistido como tal demente por no permitir otra cosa sus desórdenes y manías que ya tocan en crímenes. La ocurrencia de su fuga de otro asilo por dos ocasiones; el escándalo dado la noche del 21 del pasado en que quería (..) asesinar al exponente; los desórdenes y estafas que está cometiendo por todo el vecindario; el acontecimiento del Sábado último (..) acreditan la imperiosa necesidad de que V.S. se sirva disponer que se lleve a efecto el entero de la referida solicitud (..) [al margen]: reconozcan los facultativos titulares a Montemayor y justifiquen si está o no demente. Parte Facultativo 47: En cumplimiento de la orden de V.S. hemos reconocido en la Prevención Civil a D. Manuel Montemayor con objeto de averiguar si está o no demente: por las contestaciones que se nos han dado a las preguntas y cuestiones que le hemos hecho, no parece que Montemayor padezca semejante enfermedad; el encargado del local donde aquél se encuentra detenido manifiesta que en los días que Montemayor está en [ilegible] no ha observado acción ni otro que acredite padecimiento de locura. Sin embargo no por esto podrá decidirse que el citado Manuel no padezca esta enfermedad, si como asegura su padre es intermitente; en este concepto V.S. podrá disponer si Montemayor debe estar en observación o acreditar que está efectivamente loco para que pueda como tal ser trasladado al Departamento de los supuestos asignados (..) Se trata de un cuadernillo (no 71, 1846) titulado «Personas Escandalosas que no caben en el Mundo» que contiene oficios y correspondencia varia. Este oficio es el documento no 5. En este anexo sólo incluimos una selección. «La circunstancia de no haber encontrado en las obras recientes contemporáneas y ya clásicas de Westphal, Laségue, Charcot, Magnan y von Krafft-Ebing, por no citar más que a los grandes maestros, un caso análogo al que voy a exponer ante esta Sección es lo que me impele a molestar la atención de los sabios que la forman, por si con su análisis se aumenta el acervo de la Medicina Legal, si he de exponer las nociones, los síntomas que tengan un carácter científico innegable en el examen de este pervertido sexual, de los cuales, en general, aún la medicina no ha mucho se apartaba con horror faltando al noble deber de descubrirlos y defenderlos, por abominables, inmorales e inmundos que parezcan los actos por ellos cometidos a los ojos del mundo ignorante» (..). Trátase de un sujeto (U.L.), de 41 años de edad, sacerdote, de los Bajos Pirineos (Francia), que sorprendido en uno de los frecuentes tratos sexuales que tenía con niños, fue denunciado a la Administración de Justicia, incoándose el correspondiente sumario y viéndose la causa ante el Tribunal del Jurado, que apreció:'se trataba de un degenerado que padece un estado de locura parcial limitada, en orden a sus aficiones sexuales, que le impulsa contra su voluntad a realizar actos de la índole de los que eran objeto de la acusación y le priva en absoluto de la libertad de apartarse de ejecutarlos'; y no obstante, la Sala, estimando precisa para la irresponsabilidad del procesado la existencia de un estado total completo de locura común a todos los actos de la vida, sólo otorgó a la afirmación del Jurado el valor de una circunstancia atenuante, condenando al procesado en su consecuencia (..). Resumiendo todo lo que llevamos dicho, podemos afirmar que los antecedentes fisiopatológicos de la familia y herencia de este individuo, pueden sintetizarse de este modo: cortos de vista (miopes), el padre, la madre, el hermano mayor y el degenerado que examinamos; enfermedades nerviosas: el padre y una tía paterna, la madre y la abuela paterna; estigmas psíquicos: sus hermanos, Pablo, grandezas; Adriano, avaro y taciturno; José, conocido por la 'Mariposa', y sus dos hermanas. También encontramos enfermedades constitucionales, infecciosas e intoxicaciones en los ascendientes (..) integrándole en lo físico algunos estigmas, entre los cuales descuella la asimetría de su cerebro, que es platicéfalo (..) y su constitución eminentemente escrofulosa (..) en síntesis, este sujeto presenta desórdenes en los sentimientos y en la voluntad, con obsesiones e impulsiones y estigmas físicos muy ostensibles, y debe ser considerado como un degenerado mental, congénito, abúlico, con manifestaciones psicopáticas homo-sexuales, caracterizadas por dedicarse a la masturbación, de preferencia con la boca, sufriendo la erección y experimentando la voluptuosidad de la eyaculación cuando realiza tan inmorales maniobras e inmundas succiones».
Pocos meses antes del final de la Primera Guerra Mundial se inició una epidemia de gripe que alcanzó rápidamente casi todo el orbe y que ha pasado a la historia con el nombre de Gripe española. Tal calificativo tuvo que ver más con su coincidencia con los últimos momentos del conflicto bélico y la consiguiente censura militar ejercida en los países que participaban en la contienda que con el hecho de haberse originado en España. Realmente, el desarrollo del primer brote epidémico durante la primavera de 1918 había sido silenciado en uno y otro bando beligerante y tan sólo, en el momento en que nuestras autoridades sanitarias telegrafiaron a Londres para informar de la aparición de una enfermedad epidémica en Madrid en mayo de 1918, se admitió la existencia de una epidemia de gripe y se tomó nuestro país como punto de partida de la pandemia. La dureza con que golpeó a la población y su elevada mortalidad, estimada en 20, 30 ó 100 millones de muertos por los diferentes autores, la convirtieron en el gran evento epidémico del siglo XX hasta la aparición del sida, e impidieron que su recuerdo se borrara de la memoria colectiva. De hecho, fue capaz de generar nuevos momentos de pánico, como el registrado en 1976 en Estados Unidos, cuando se temió un drama similar al de 1918 y se diseñó y puso en marcha un plan preventivo de inmunización que algunos autores han calificado como el mayor fiasco de la historia estadounidense. Lo ocurrido en esos momentos fue una ilustración gráfica del poder de una imagen, el inquietante recuerdo de la gripe de 1918 que fue surgiendo como un espectro desde la tumba, y aterrorizó a la sociedad. Es por eso por lo que no nos debe extrañar que se haya producido el acercamiento, en numerosas ocasiones y desde distintas disciplinas y perspectivas, a este suceso epidémico. De hecho, el surgimiento del sida y, más recientemente, el octogésimo aniversario de la pandemia han sido importantes motores de los estudios sobre este tema y de algunas reuniones científicas como la Conference on the Spanish Flu Pandemic, que tuvo lugar en septiembre de 1998 en la Universidad de Cape Town (Sudáfrica). En este foro interdisciplinar, además del lógico intercambio de información, se llamó también la atención sobre la necesidad de continuar trabajando en aras de mejorar nuestro conocimiento sobre el virus responsable de dicha pandemia, tener una idea más precisa de la mortalidad provocada y, sobre todo, saber lo que pasó en zonas que aún no han sido estudiadas. A tratar de cubrir esta laguna historiográfica parecen haberse dirigido las publicaciones de los últimos años, erigiéndose los estudios locales, como la obra que aquí presentamos, en una vía válida y apropiada para alcanzar algunos de los objetivos del programa propuesto. Nuestro país cuenta con una importante tradición de investigaciones locales sobre la Gripe española. De hecho, en las últimas décadas se ha estudiado el desarrollo de la pandemia en algunas poblaciones pequeñas (Alicante, Salamanca, Zamora...), en grandes urbes como Barcelona, Bilbao y Madrid, y ha sido abordado también lo sucedido en España en su conjunto. No obstante, se echaba en falta el análisis de lo ocurrido en ciudades de la categoría de Sevilla o Valencia. Con la realización de este trabajo, Manuel Martínez ha puesto a nuestra disposición un interesante estudio local sobre el impacto de la epidemia de gripe de 1918-19 en una ciudad importante que aún no había sido estudiada y que contaba en el momento de la pandemia con instituciones de la talla del Instituto Médico Valenciano, que tan relevante papel representó en los debates científicos que tuvieron como escenario la Real Academia Nacional de Medicina y en los que se suscitaron en los diarios madrileños de tirada nacional. Debemos señalar que la Historia de la Salud Pública y de la enfermedad habían sido objeto de atención de algunos de los trabajos de investigación que el autor, médico-pediatra del Servicio de Salud valenciano, había efectuado con anterioridad. Así, bajo la dirección de J.L. Barona, llevó a cabo su tesis doctoral, intitulada «La epidemia de gripe de 1918 en la ciudad de Valencia», y la defendió en la Facultad de Medicina de Valencia en el año académico 1994-95. Sobre el mismo tema versó su aportación al X Congreso Nacional de Historia de la Medicina que se celebró en Málaga en el año 1996. De modo que la obra aquí comentada, realizada también desde la perspectiva de la Historia social de la Medicina, viene a culminar esta línea de trabajo. A partir de la información obtenida de la consulta de los Libros de Defunción del Registro Civil, de la documentación del Archivo municipal, de los artículos de prensa diaria y médica, editadas ambas en Valencia, y de algunas publicaciones estadísticas, el autor ha elaborado un texto estructurado en torno a nueve capítulos. De todos ellos son los apartados tercero, cuarto, quinto y sexto los que contienen el grueso de la información. A lo largo de sus páginas, se van exponiendo respectivamente los efectos de la epidemia sobre la mortalidad de la ciudad de Valencia, las reacciones de las autoridades locales y las medidas que fueron adoptadas para hacer frente a la crisis sanitaria que se vivía, una imagen de la percepción social del suceso epidémico a través de la visión proporcionada por la prensa diaria valenciana, y el debate registrado entre los médicos valencianos. Con algunos datos referentes a la estructura social y condiciones de vida de los valencianos, así como sobre las principales características demográficas de la población y de los distintos distritos que componían la ciudad, Manuel Martínez inicia el capítulo dedicado a exponer las consecuencias demográficas de la epidemia. A continuación y sirviéndose de los datos obtenidos de los Libros de Defunción del Registro Civil y de los Boletines de la Estadística Municipal, el autor va explorando las variaciones registradas en las tasas brutas de mortalidad entre 1917 y 1920, así como la distribución mensual porcentual de la mortalidad general y la evolución de las tasas específicas de mortalidad por gripe del bienio 1918-19. A través de la lectura y del examen de las diferentes cifras que figuran en el texto, el lector puede hacerse una idea del impacto que la pandemia tuvo sobre la mortalidad valenciana, y darse cuenta también de que, al igual que han señalado otros autores para Alicante y la mayor parte de nuestro país, fue la segunda onda epidémica la más mortífera para la ciudad de Valencia. En las páginas que siguen, se nos presenta un análisis de la mortalidad por causas y grupos de edades que pone de manifiesto un incremento de la mortalidad por gripe, tuberculosis pulmonar, otras enfermedades respiratorias y algunas otras causas, coincidiendo con el desarrollo de la epidemia. Todo ello habla de la magnitud y gravedad que la pandemia alcanzó también entre los valencianos. El capítulo se completa con la presentación de la distribución de la mortalidad por gripe y por sexos durante 1918 y, para ese mismo año, de las tasas de mortalidad brutas y específicas por gripe de cada uno de los distritos que integraban la ciudad de Valencia. En su conjunto, el autor nos ofrece abundante información sobre las consecuencias demográficas, si bien pensamos que el estudio habría ganado mucho si se hubiera realizado un análisis comparativo con lo acaecido en otros lugares de nuestra geografía, e inclusive con lo sucedido en otras ciudades del mundo occidental. Es una pena además que las tablas correspondientes a las gráficas VII-XVII no se hayan incluido en la monografía, ya que, dado que no es visible la trama de fondo de dichas gráficas, resulta difícil el reconocimiento exacto de las dimensiones de las barras y, con ello, se dificulta advertir algunas de las diferencias registradas en las cifras durante el período analizado. En las primeras páginas del capítulo cuarto se da cuenta de la corporación municipal que regía los destinos locales en 1918, señalándose los rasgos políticos más característicos del alcalde, así como los principales problemas existentes en el municipio de Valencia en esas fechas. A ello le sigue la exposición cronológica de las decisiones políticas y discusiones que suscitó la epidemia, dándose cuenta de las distintas medidas que la municipalidad fue adoptando para hacer frente a la situación de crisis que se vivía. Si uno lee atentamente el texto percibe que, como suele ocurrir en estos casos, el mayor número de debates y medidas correspondieron al período de mayor gravedad, en este caso al momento álgido del segundo brote de la pandemia, único del que se ocupa el autor en este apartado. Pensamos, no obstante, que el lector habría agradecido una sistematización temática de los diferentes recursos y procedimientos empleados por las autoridades locales, así como, al igual que hemos señalado para el capítulo anterior, la comparación con lo sucedido en otros escenarios geográficos. De esta manera sería posible advertir el menor peso que las desinfecciones tuvieron en Valencia, a diferencia de lo acaecido en otras ciudades como Madrid. El autor se acerca en el capítulo quinto a la percepción social de la epidemia. Para ello se sirve de la información obtenida de la revisión de los principales diarios valencianos de información general. En un primer momento, expone cómo se vivió el desarrollo del primer brote en Madrid desde la prensa valenciana, para seguidamente centrar el discurso en el segundo episodio de la pandemia, cuando los valencianos alcanzaron mayor protagonismo. El hecho de haber utilizado sólo el criterio cronológico para organizar su contenido, y no haber efectuado tampoco una agrupación temática del mismo, condiciona bastante la lectura de la abundante información que contiene este apartado. A pesar de ello, el lector puede percatarse del cambio de actitud de la población a medida que se iba agravando la situación. También puede detectar las críticas vertidas contra las autoridades nacionales, locales y los médicos, y conocer cuáles fueron sus principales ideas sobre la naturaleza y etiología de la enfermedad epidémica, así como las principales medidas y tratamientos empleados. No obstante, creemos que la inclusión de algunas de las ilustraciones aparecidas en la prensa, y a las que alude el autor en el texto, habría sido un buen complemento del capítulo por cuanto permitirían mostrar de modo más gráfico lo que se va exponiendo en las diferentes páginas. Para la elaboración del capítulo sexto de la monografía que se viene comentando, el autor ha recurrido a la información presente en las revistas médicas que se editaban en Valencia en los años de la pandemia, y ha organizado el discurso en torno a once epígrafes de extensión desigual. Mediante su lectura podemos llegar a saber sobre qué puntos principales giró el discurso de los médicos valencianos y cuáles fueron las posturas más frecuentemente defendidas en cada uno de los casos. De hecho, el lector puede advertir cómo, al igual que han mostrado otros autores para otros puntos de nuestra geografía, las mayores disensiones se produjeron a la hora de establecer cuál era el agente causal de la enfermedad y, en consonancia con ello, fijar la naturaleza de dicho proceso, su tratamiento y profilaxis. A pesar de que nos parezcan suficientes los contenidos referentes a los aspectos más teóricos del discurso médico sobre la epidemia, creemos que el lector se podría haber hecho una idea más cabal del papel representado por los facultativos valencianos durante el desarrollo de la pandemia, si para la confección de este capítulo se hubieran utilizado también datos procedentes de los sueltos que estos mismos profesionales publicaron en la prensa diaria local y que el autor ha incluido en el apartado quinto. De esta forma se podrían poner mejor de relieve sus críticas hacia las autoridades -centrales y locales-e incluso hacia otros colegas, así como las denuncias realizadas sobre las deficiencias sanitarias existentes y sus propuestas para tratar de mejorar esa situación. Con todo ello sería más patente ese otro discurso de carácter más profesional, formulado durante la coyuntura epidémica, y que les permitía otorgar renovada actualidad a algunas de sus aspiraciones de mejora en el plano profesional. El apartado de bibliografía merece un último comentario. Su revisión revela el esfuerzo realizado por el autor para actualizar la bibliografía secundaria. Ciertamente, incluye algunas de las aportaciones efectuadas con posterioridad a la lectura de su tesis, pero no da cuenta por ejemplo de las contribuciones de Phillips Howard, organizador de la Conferencia de Cape Town, ni tampoco de algunas de las novedades que se han registrado dentro de nuestras fronteras. En resumen, la obra de Manuel Martínez que acabamos de comentar, se incorpora a la ya rica tradición historiográfica dedicada al estudio de las epidemias de nuestro país, y es un interesante exponente de las investigaciones locales que se vienen llevando a cabo en los últimos años sobre el desarrollo de la epidemia de 1918-19 dentro de nuestras fronteras. Su realización está permitiendo ir cubriendo una laguna historiográfica que, dada la repercusión social que tuvo la pandemia de gripe, y el valor de su estudio para entender otras situaciones de crisis epidémicas, resulta incomprensible que permaneciera hasta hace poco como un episodio de nuestro pasado poco abordado. ¡Sean, pues, bienvenidas nuevas aportaciones! Ma Isabel Porras Gallo Unidad de Historia de la Medicina Universidad de Castilla-La Mancha, Albacete ENRIQUE PERDIGUERO, JOSEP Ma COMELLES (eds.), Medicina y cultura. Estudios entre la antropología y la medicina, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2000, 446 pp. La pregunta ¿De qué hablamos cuando hablamos de factores culturales en salud y enfermedad? es el hilo conductor de este original y magnífico libro colectivo en el que una serie de antropólogos, historiadores de la medicina y profesionales de la salud se dan cita para preguntar, contestar, proponer y debatir sobre las relaciones entre medicina y cultura. La probada solvencia de los editores es ya, de por sí, una garantía de calidad. En la obra de Enrique Perdiguero, muchos historiadores de la medicina hemos aprendido las posibilidades -metodológicas y prácticas-de la incorporación de las «herramientas» y del discurso antropológico a la reflexión y a la investigación histórico-médica. La de Josep María Comelles ha mostrado el importante papel de los estudios antropológicos en la comprensión de las dinámicas asistenciales y profesionales en el ámbito sanitario. Un historiador y un antropólogo, ambos médicos, que han sabido rodearse de un selecto grupo de colaboradores y articular una propuesta de renovación de las relaciones entre antropología y medicina, mediante la reconstrucción de un diálogo interdisciplinar que supere tanto el evolucionismo social o cultural en medicina, como la retórica fenomenológica en antropología, y que incorpore los nuevos paradigmas de la ciencia social (p. A través de un Proemio de Oriol Romaní y una Introducción de los editores, se nos informa de las motivaciones y de los esfuerzos personales e institucionales que consiguieron sacar adelante esta publicación que es el resultado de una serie de reuniones científicas convocadas por el Departament d'Antropología Social i Filosofia de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, ante una propuesta de los historiadores de la medicina alicantinos, reunidos hoy en el Grup Gadea de Historia de la Ciencia, tras su disgregación en instituciones universitarias diferentes (la Universidad de Alicante y la Universidad Miguel Hernández de Elche). Los aspectos introductorios quedan com-pletados en un primer capítulo que, «a modo de presentación», firma el antropólogo italiano Tullio Seppilli y en el que se identifican con claridad las principales tendencias, líneas de investigación, etc., de la antropología de la medicina en la actualidad; prestando especial atención a los rasgos y elementos que diferencian la antropología de la medicina desarrollada en los países del sur de Europa de la Medical Anthropology norteamericana. Tras el capítulo de Seppilli, el libro queda estructurado en dos partes: un primer bloque reúne aportaciones de historiadores de la medicina y de profesionales de la salud que reflexionan sobre el papel de los susodichos factores culturales en su quehacer asistencial, docente o investigador, mientras que en un segundo bloque son los antropólogos los que exponen, cómo ven ellos, desde su perspectiva, esta misma problemática. En definitiva, como los mismos editores indican «la estructura [del libro] ha mantenido el esquema de medicina y cultura/ cultura y medicina, es decir, hablar de lo mismo, pero desde los propios puntos de vista». Elena Robles, Enrique Perdiguero y Josep Bernabeu, llaman la atención sobre el hecho de que, en el campo de la demografía y la epidemiología históricas, los llamados factores culturales han acabado constituyendo un «cajón de sastre» en el que incluir aquello que no se pueda comprender a través de matrices explicativas inmediatas, simples y cuantificables. Partiendo del concepto de «transición sanitaria», los autores proponen un marco conceptual en el que la estructura social, política y económica, así como las características culturales que definen a cada grupo humano, aparecen como indicadores no cuantificables que determinan determinados modos de enfermar. Los famosos «factores de riesgo» -concretos e individualizados-darían paso a una sucesión de elementos cuya acción, a lo largo del tiempo, darían lugar a causalidades complejas. De este modo, se pone en marcha todo un modelo explicativo que los autores, modestamente, denominan «esquema generador de hipótesis explicativas», pero cuya eficacia y solvencia han demostrado en anteriores investigaciones. Conceptos como «estructura de enfermar» (que analizaría causalidades primarias, tanto de etiología biológica como cultural) o «elementos de enfermar» (unidades individualizadas que representan un auténtico riesgo de enfermar, como la alimentación, las condiciones de trabajo o aspectos que remiten al «ámbito de lo cultural»), me parecen de un alto vuelo teórico y permiten, sin duda, obtener interpretaciones más totalizadoras del proceso salud-enfermedad. Siguiendo en el campo histórico-médico, Jon Arrizabalaga centra el problema de los «factores culturales» en la historia de la enfermedad, ofreciéndonos un breve, pero agudo y documentado análisis en clave constructivista de lo que podemos entender por «factores culturales» y que, en definitiva, vienen a ser todos aquellos que no son estrictamente biológicos. Tanto si se trata de una «vieja» o una «nueva» enfermedad; tanto si nos referimos a la reconceptualización de una entidad nosológica ya existente, como a una enfermedad «emergente», se hace absolutamente necesario evitar reduccionismos biologicistas y valorar la intervención de numerosos agentes sociales (o socio-culturales), ajenos a los saberes y a las prácticas sanitarias, en el proceso de construcción social de cualquier enfermedad. El problema de «lo cultural» en la práctica clínica cotidiana es analizado en tres aportaciones, con metodologías y enfoques diferentes. Xavier Alluè analiza la importancia de los factores culturales en pediatría, no solo los más tradicionalmente considerados, como la higiene o la alimentación infantil, sino también otros que tienen que ver con la demanda de asistencia sanitaria y, en particular, con la utilización de los servicios de urgencias. Sus conclusiones son interesantes y acaban remitiendo a la necesaria sensibilidad y «competencia» de los profesionales tanto en relación con otras culturas de «base étnica», como con las diferencias culturales entre los «expertos» y la población. Joseba Atxótegui aborda, desde un enfoque psicopatológico y psicosocial, diversas problemáticas que un colectivo cada vez más amplio de inmigrantes pueden plantear en una consulta médica. Los «duelos» del inmigrante (el duelo por la separación de la familia y los amigos, por la lengua materna, por la cultura, por la pérdida de estatus social, por la pérdida del propio paisaje, por la pérdida de la seguridad física, etc.) son agrupados por el autor en el concepto de «duelo migrato-rio», a través del cual es posible establecer una interrelación, en clave psicosocial, entre los aspectos médicos y los aspectos culturales que aparecen en las complejas realidades de la inmigración y la interculturalidad. Finalmente, Jesús Armando Haro analiza, con detalle y exhaustividad, diversos aspectos de la atención no profesional de la salud; esto es, los cuidados profanos, distinguiendo entre autoayuda, autoatención y atención alternativa y reflexionando sobre si dichas actividades son complementarias o antagonistas de la atención médica profesional. El segundo bloque del libro que comentamos se inicia con dos interesantes aportaciones que nos ofrecen un marco de reflexión sobre el papel de la antropología de la medicina. Una, del antropólogo méxicano Eduardo L. Menéndez, en la que analiza, con abundantes ejemplos contextualizados en América Latina, la manipulación de las definiciones y los usos específicos que los «factores culturales» tienen o pueden tener en los procesos de salud/enfermedad/atención. Otra, de José M. Uribe, con el sugerente título «La culpa fue de Durkeim o el amor al chocolate es cultura», en la que se aborda el problema de la construcción de la indentidad antropológica en un ámbito de conocimiento y de prácticas en el que la hegemonía del modelo médico no deja muchas posibilidades de maniobra. Otros tres capítulos se ocupan de acercamientos antropológicos a tres problemas específicos. Mari Luz Esteban analiza, desde las perspectiva feminista y de estudios de género, la maternidad como cultura y el entramado ideológico (de género, de étnia y de clase) que define, legitima y proyecta un modelo universal de reproducción. Rosario Otegui centra su trabajo en los factores socio-culturales del dolor y el sufrimiento, tema importante, tanto desde el punto de vista clínico como antropológico, y con variables diversas que tiene que ver con la propia vivencia del cuerpo, la incorporación de las emociones, etc., pero también con la diferenciación entre «dolencia» (o «padecimientro») y «enfermedad» o entre el dolor crónico y el agudo, el «dolor» del parto, etc. y, en definitiva, la construcción socio-cultural del sufrimiento. Finalmente, Ángel Martínez Hernández aborda la problemática del DSM-IV, la guía de diagnóstico psiquiátrico elevada a la categoría de «fetiche» por una medicina mental, hoy hegemónica, biologicista, neokraepeliniana, psicofarmacológica y con vocación de implantarse como «pensamiento único» en psiquiatria, pero fuertemente contestada desde otras opciones como los acercamientos más dinámicos o los más psicosociales. El trabajo ofrece un análisis crítico que pone en evidencia buena parte de las carencias, contradicciones y falacias que se parapetan tras el DSM. Los dos últimos capítulos del libro se refieren al espacio hospitalario y a cómo este ámbito estrictamente clínico genera variaciones culturales. El sida y su manejo en los servicios de Medicina Interna es el objeto del estudio de campo realizado por José Fernández-Rufete; en el se establecen correlaciones entre los distintos criterios (médicos y sociales) clasificatorios de los pacientes, se analizan las estructuras de poder y autoridad médica en el interior del servicio y el papel de la «palabra médica» juega en el entramado de saber y poder en la construcción corporativa del discurso profesional. Por su parte, Josep María Comelles examina, a partir de una experiencia personal, el funcionamiento de una unidad de quemados de un hospital altamente tecnificado. Sostiene que ese alto nivel tecnológico coincide con una manifiesta fragilidad del discurso del profesional que puede dar lugar a transacciones con discursos subalternos, como el mágico o el religioso, que cobran especial significado y relevancia en una patología como la del quemado, cuya fuerza simbólica es más que evidente. El libro termina con una cuidada y, sin duda, útil bibliografía elaborada por Enrique Perdiguero, Josep Ma Comelles y Antón Erkoreka que recopila la producción antropológico-médica de los últimos cuarenta años. Hasta aquí la descripción somera y obligada de una obra colectiva que, como todas, es desigual y variada, pero no tanto en relación con la calidad de las distintas aportaciones, pues creo sinceramente, que el nivel de todas ellas es bueno, sino por la diversidad de acercamientos enfóques y temáticas. Diversidad, concepto fundamental en la vida y en la cultura que refleja también la rique-za de las investigaciones que en los últimas décadas se han desarrollado en al campo de la antropología médica. Pero más allá de la descripción de los contenidos, debo hacer una última valoración. Pienso que el libro coordinado por E, Perdiguero y J.M. Comelles es un buen ejemplo no solo de colaboración interdisciplinar, sino también de que los caminos suelen tener un doble sentido; en este caso, de la medicina a la antropología y de la antropología a la medicina (y viceversa). Una doble senda que, en su recorrido, nos hace percibir la necesidad de aunar esfuerzos y confrontar visiones, y nos permite avanzar en la aceptación de que no son sólo los médicos (o los profesionales y técnicos de la salud) los únicos llamados a opinar o a «saber» sobre el «mundo sanitario». Al márgen de tentaciones corporativistas, el libro pone de manifiesto con claridad la enorme importancia de los factores culturales (identificándolos y definiéndolos) en los procesos salud/enfermedad/atención, contribuyendo a una mejor comprensión de los mismos y consiguiendo, en definitiva, los objetivos que sus autores se habían planteado. Una última recomendación, sobre todo para los médicos: la de su lectura completa. Claro está que un psiquiatra, un pediatra, un médico de atención primaria o un historiador de la medicina puede encontrar en la lectura de algún capítulo concreto de esta obra claves importantes sobre su área de interés, pero pienso que el conjunto de la obra ofrece algo más, algo difícil de definir que tiene que ver con una determinada visión del mundo, una globalidad que nos permite comprender, en un sentido amplio, el papel de la cultura como factor determinante del estado de la salud de la población y que nos incita a evitar los reduccionismos (biologicistas o de cualquier otro tipo) y las miradas estrechas y limitadas de esa realidad que construimos todos los días. La Historia social de la estadística está en auge desde hace ya más de una década: baste recordar estudios como los de Lorraine Daston (Classic Probability in the Enlightment, Premio Pfizer en 198*) o Ted Porter (Trust in Numbers, Premio * en *). El estudio de Eric Brian (EHESS (París)) que ahora comentamos tiene también como objeto el siglo XVIII, y al igual que el de Daston, es una obra erudita y atenta al contexto social en el que se despliegan los cálculos: principalmente, el nacimiento de la estadística demográfica, pero también del propio concepto de análisis. Se trata, en efecto, de explicar su aparición a partir de la confluencia entre algunos círculos ilustrados de la Admistración francesa en las décadas inmediatamente anteriores a la Revolución, por una parte, y sus corresponsales en la Academia de las ciencias parisina, por otro. El trabajo de Brian toma como eje de su análisis la vida y la obra del Marqués de Condorcet, discípulo de d'Alembert y continuador de su obra en la Academia -en diálogo, a veces agrio, con Laplace-, atendiendo en particular a su relación con Turgot, Contrôleur général des Finances de Luis XVI entre 1774 y 1776, y depositario de la obra ilustrada realizada por Vincent de Gournay y el abate Terray en favor de la renovación de los censos estatales durante la segunda mitad del siglo. Se recordarán aquí los trabajos de Gillispie (1980) y Baker (1975), de los que indudablemente parte el de nuestro autor. Pero no se trata, sin embargo, de una nueva biografía de Condorcet: el análisis de las múltiples facetas de su vida tiene, en este caso, un propósito sociológico, y tendría que interpretarse más bien como un refinamiento del análisis de Gillispie. En vez de un esquema dual de intercambio, como el que, según Gillispie, habría regulado las relaciones entre administradores y geómetras (legitimación e institucionalización académica por técnicas de utilidad política), Brian nos propone -inspirado por la sociología de Pierre Bourdieu-descomponerlas en múltiples planos, no necesariamente conexos, pero indispensables, como veremos, para su explicación. La clave del análisis se encuentra, creemos, en la idea de clasificación, en sus múltiples vertientes. En primer lugar, cabría analizar la acción institucional de los discípulos de d'Alembert a partir de su concepción de la clasificación de las ciencias, que vertebraría a un tiempo su proyecto enciclopedista y la organización de las secciones matemáticas de la Academia parisina. Por otra parte, la idea de clasificación articularía también su concepción del análisis, que, sin embargo, sería poco más que una técnica para d'Alembert, así como del cálculo de probabilidades (recuérdese su definición de probabilidad), pese a su escepticismo respecto a sus posibilidades. Por último, la clasificación sería también el eje de los distintos proyectos demográficos emprendidos por algunos sectores ilustrados de la Administración francesa a lo largo del XVIII, que culminarían, como ya apuntamos, con la incorporación de Turgot al gobierno. El reto que enfrenta Brian consiste en explicar la confluencia de estos programas intelectuales, institucionales y políticos a partir de sus distintas cauces, sin reducir unos a otros. Como eje de este análisis aparece entonces Condorcet. Las ideas recibidas en su formación con los jesuitas se conjugarían primero con las de d'Alembert, su maestro en matemáticas e introductor en los salones ilustrados de París y en la Academia, y después con la influencia recibida en aquéllos de Turgot, y en particular su concepción filosófica sobre la unidad de las ciencias y su extensión a los dominios de la moral y la política. La primera de las cuatro partes de la obra (que consta, en total, de 13 capítulos) tiene así por objeto el análisis de la formación del proyecto intelectual de Condorcet a partir de estas tres fuentes. Por una parte (I. 1), se estudiaría su concepción del análisis, la combinatoria de las ideas más generales, en la que fundiría el magisterio d'alembertiano con su propia inquietud teológica. Esta concepción se ilustraría después en su propia práctica matemática (I.2), donde la solución de integrales o ecuaciones se efectuaría dependiendo de la clasificación de las distintas alternativas que apareciesen en su desarrollo. Del mismo modo, Condorcet procedería a la reelaboración de la división de las ciencias propuesta por d'Alembert (I. 4), considerando la inclusión de moral y política según la inspiración de Turgot. La concepción filosófica que recibiría de éste se manifestaría, a su vez, en oposición al otro gran discípulo de d'Alembert, Laplace, que plantearía en la Academia una visión estrictamente técnica del Análisis, incluído el cálculo de probabilidades (I. 5). Correlativamente, en la segunda parte del libro Brian trata el contexto en el que se desplegará la obra de Condorcet. Así, en primer lugar, se apuntan las distintos estudios sobre la población francesa emprendidos en el entorno del Estado francés desde finales del XVII (II. En segundo lugar, se analiza la constitución de la Academia de las ciencias parisina como corporación científica, y su proyección pública en ese mismo periodo, que culminaría con el acceso de Condorcet a la Secretaría perpetua en 1776 (II.2). En ese mismo año cesa en su cargo su mentor Turgot, cuyo modelo de gobierno se analiza someramente en II.3. El propósito de Brian no es, sin embargo, analizar la influencia de la ciencia sobre la política, que se apunta escasa, sino los efectos que sobre la ciencia produjo la inspiración político del proyecto intelectual de Condorcet, a través de su acción en la Academia de las ciencias. Este es el objeto de la parte central de la obra, la tercera. Allí se analiza cómo desarrolló Condorcet su propia clasificación de las ciencias, parte central de su programa académico (III. 1), y cómo introdujo el Análisis y el cálculo de probabilidades en sus trabajos científicos, difundiendo (contra Laplace) su concepción (III.2). Finalmente, se estudia cómo se introdujo la demografía, en forma de Aritmética política, en la Academia, tras lo cual ésta comenzaría a desempeñar funciones de asesoría política que no interrumpiría la Revolución (III. A esto se dedican los dos capítulos de la parte IV, don-de se comentan, en particular, los efectos que ésta produjo sobre la concepción de la probabilidad profesada por Condorcet. Obviamente, un libro de estas características recibirá siempre objeciones de quienes esperasen un mayor desarrollo de un aspecto u otro del análisis, no siempre injustas, por otra parte. Un aspecto aparentemente descuidado es el de los fundamentos intelectuales en los que se cimenta la afinidad de Turgot y Condorcet, en apariencia teológicos, pues bien podrían iluminar desde otro ángulo el desarrollo de la Ilustración. Sin embargo, desde el punto de vista que asume el autor, creemos que poco más se le podría reprochar. Las ideas de Bourdieu informan aquí una sociología de la ciencia nada relativista, aunque por ahora escasamente cultivada. Aun sin compartir los propósitos del autor, el lector puede aceptar buena parte de sus argumentos por la erudición con que se cimentan. El historiador de las estadística podrá contrastar con provecho sus modelos, evitando la ingenuidad metodológica en que a veces incurre Daston, o la disolución casuística de los propios argumentos de Porter. Sólo queda esperar nuevos desarrollos de la obra de Brian que animen el debate en todos estos frentes. Lógica y Filosofía de la Ciencia.UNED BERNARD BOLZANO, Miscellanea Mathematica 15, Stuttgart -Bad Cannstatt, Frommann, 2000, 176 pp. Prosigue, con este libro, la impresión de la Bernard Bolzano -Gesamtausgabe. Ahora se trata del manuscrito correspondiente al legado póstumo (cuaderno 15) del gran lógico y analista matemático Bolzano (1781-1848), que hizo un trabajo en verdad renovador, impulsando decisivamente el cálculo infinitesimal de la primera mitad del siglo XIX, junto a Gauss, Cauchy y el malogrado Abel. Pero él fue pionero en muchas cuestiones de principio en esta ciencia, como ha podido verse a medida que se estudiaban, lentamente, sus papeles más o menos privados. Pues los resultados del sabio checo sólo se tuvieron en cuenta desde 1870, y su reconocimiento (asentado, eso sí, a partir de 1880), ha ido en aumento a lo largo del siglo XX. Nótese que el manuscrito de su fundamental Estudio sobre las funciones se editó en una fecha tardía, 1930 (cien años después de escribirlo). Por otro lado, sus póstumas Paradojas sobre el infinito, de 1851, donde impulsó la teoría de conjuntos, ha sido objeto de discusiones en la actualidad (su traducción francesa, por ejemplo, se ha difundido recientemente). Esta edición, realizada por Van Rootselaar y de Van der Lugt, es verdaderamente meritoria, no sólo por su introducción sino por todo el desciframiento del texto, dadas las innumerables abreviaturas personales que empleaba Bolzano. Y asimismo por los minuciosos índices analítico y onomástico (con más de cien entradas), que demuestran la amplitud de miras del matemático. En este caso, los temas que aborda Bolzano entre los años 1816 y 1817 corresponden al concepto de función (continuidad, desarrollos, etc.), a la convergencia de series, a la noción de número (incluyendo a los complejos), a la idea de espacio, a las definiciones de línea, superficie y sólido, con sus apli-caciones a la física. Es todo un material sustancioso, con un mínimo formalismo, que se ofrece a la mirada del curioso o del especialista, para unirlo y contrastarlo con el resto del legado bolzaniano. BERTHA M. GUTIÉRREZ RODILLA, La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico, Barcelona, Península, 1998, 381 pp. BERTHA M. GUTIÉRREZ RODILLA, La constitución de la lexicografía médica moderna en España, A Coruña, Editorial Toxosoutos, 1999, 142 pp. Como cualquier otro discurso, el científico se forma con palabras, que en este caso suelen ser exóticas a las lenguas peninsulares. Doblemente extraño, por sus tecnicismos y por su origen externo, el lenguaje científico en el mundo contemporáneo se ha caracterizado entre nosotros por un constante flujo de invenciones, neologismos y préstamos lingüísticos. Este intercambio es muy usual en todas las lenguas y en todos los campos. Hemos tenido nosotros la suerte de exportar siesta, pero también de importar fútbol. Y aquí hemos recibido con gusto goles y penaltis, pero hemos impuesto «fuera de juego», o bien «saque de esquina», aunque Juan Gutiérrez y José Antonio Pascual han dado el espaldarazo a córner y orsay (Diccionario Salamanca de la lengua española, Santillana, Universidad de Salamanca, Madrid, 1996). En el campo científico, como en el deportivo, muchos tecnicismos nos vienen de fuera, dada la escasez de nuestra ciencia, si bien otros en especial referidos a la técnica son adaptados e ingeniosamente mejorados por el «pueblo». Las deformaciones que como mejoras se introducen en América sobre parking, así lo muestran. Esta labor, es pues doble, exótica y democrática, pero también intervienen en la formación del vocabulario científico y técnico, especialistas de la lengua como literatos, científicos y académicos. Los unos son generosos, pero los otros cicateros a la hora de renovar la lengua. El mismo Juan Valera en sus Cartas americanas apoyaba esta necesidad de incluir ciencia en la renovación académica del lenguaje. Así lo proclamaba Daniel de Cortázar en 1899 cuando en su entrada en la Real Academia Española se alarma por la estrechez de la entrada al diccionario para las palabras científicas. En 1726 se publica el primer tomo del Léxico de autoridades, nos dice, con escasas palabras de artes y ciencias; en su segunda edición de 1770 de ciencias, artes y oficios reconoce las aceptadas por el uso común de la lengua, porque no es considerado por los inmortales como un diccionario universal. «Y no deben entrar en él las palabras que no han salido del uso peculiar de los profesores» (Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del Excmo. Siempre se muestra restrictivo el diccionario, hasta la 12a edición de 1884. «Es novedad en esta edición el considerable aumento de palabras técnicas con que se ha enriquecido. Por la difusión, mayor cada día, de los conocimientos más elevados, y porque las bellas letras contemporáneas propenden a ostentar erudición científica en símiles, metáforas y todo género de figuras, se emplean hoy a menudo palabras técnicas en el habla común». Ante muchas peticiones acepta muchos términos... pero no todos, pues por su impureza o caducidad «la Academia... decidida a cumplir su espinoso intento con arbitrio discrecional, ha elegido, de entre innumerables términos técnicos, los que tienen en su abono pertenecer a las ciencias y a las artes de más general aplicación, haber echado hondas raíces en tecnologías permanentes, y estar bien formados o ser de ilustre abolengo, como nacidos del griego o del latín» (D. Cortázar, Discursos...,. La ciencia tiene que entrar por diccionarios especializados, como el de Terreros y Pando, buscando neologismos necesarios para cosas faltas de denominación castiza, o bien palabras que se han impuesto en la lengua. Al igual que Valera, otros muchos escritores -y «el habla común»-han sido mucho más generosos con los términos científicos y, sobre todo, artesanales y técnicos. Sin embargo, siempre hubo deseos en los científicos por mejorar la terminología, en especial a partir del XVIII, cuando el latín empieza a ser sustituido en la enseñanza y en la ciencia por el castellano, tal como mostró Juan Gutiérrez Cuadrado en muy notables trabajos. Interesantes tesis doctorales se han hecho también recientemente sobre el terreno de la técnica en el ochocientos, donde se junta la procedencia exótica, la labor de técnicos y académicos y el uso diario. Por ejemplo, debemos recordar las leídas sobre la técnica ferroviaria por Francesc Rodríguez Ortiz y sobre la naval por Cristina Villar Rey. La profesora Gutiérrez Rodilla, en otro terreno técnico, lo ha estudiado para la medicina, en trabajos que ahora reúne en La constitución de la lexicografía médica moderna en España. Sus estudios la han llevado a ocuparse del Diccionario de autoridades, así como del monumental de Terreros y Pando. Historiografía médica primera, diccionarios médicos españoles del XVIII y XIX, en general lenguajes y nomenclaturas médicos, en especial clínicos, terapéuticos y de divulgación, son sus fuentes de estudio. El francés fue lengua de origen claro, pero no olvida estudiar la introducción del inglés. Viene la renovación del lenguaje médico en buena medida de las reformas universitarias del XVIII, así de la creación de los Reales Estudios de Clínica. La formación de este vocabulario técnico siguió a lo largo de las siguientes décadas, si bien la medicina española fracasa en el XIX en muchos de sus empeños. Los grandes clínicos del XVI llegan al XVIII con Andrés Piquer, quien es capaz de escribir buenos tratados, bien explicando la enfermedad desde el mecanismo, bien describiéndola con el buen ojo clínico del hipocratismo. No hay estos grandes prácticos en el XIX, pero sí traducción rápida de los franceses, con lo que las palabras se introducen veloces. Hay varios intentos de mejorar la lengua, así se inicia el siglo con Salvá y Campillo en la apertura del año 1807 de la Real Escuela de Medicina Clínica de Barcelona. (Discurso sobre la necesidad de reformar los nombres de los morbos, y plan para hacerlo..., Barcelona, M. Texéro, 1807). De gran interés en este terreno de la configuración de un lenguaje científico, es la figura del académico Pedro Felipe Monlau, en especial su Diccionario etimológico, con una primera edición en 1856. (La segunda, hecha por su hijo en Madrid, Aribau y Ca., 1881. Véase también, «Del arcaísmo y del neologismo ¿Cuándo se debe considerar fijada una lengua», Memorias de la Real Academia Española, I, Madrid, Manuel Tello, 1870, 422-482) Se plantea la etimología inmediata y su época de formación, su primer significado y forma original, los cambios en ésta y en el significado, con el uso y desuso, los derivados y compuestos. Se entiende así la etimología por el origen, significado, formación, y las transformaciones de las palabras. Se preocupa de las etimología de otras lenguas y de la propia. Considera que con su trabajo ayudaría a conocer el origen y formación del castellano, completando así gramáticas y fomentando el estudio de la lengua, a través de su historia (voces simples y sus derivados y sus familias) y de la filología. Sabe unir la preocupación por las clásicas, griego y latín, con la novedad que los términos científicos y técnicos, las «voces técnicas» suponen y su aceptación por literatos y profanos. Y a su lado debe figurar el ya mencionado ingeniero de minas Daniel de Cortázar, quien presentó 14.000 papeletas sobre léxico científico a la 12a edición del Diccionario de la Real Academia Española, con indicaciones de los motivos y de las fuentes empleadas. Fue académico de Ciencias y de la Lengua. Ante ésta mostró siempre su por el lenguaje científico. Sin duda, el siglo XIX se caracteriza por la entrada de la nueva ciencia y la nueva técnica -de Francia, en buena medida-que se acompañan de muchas palabras nuevas. «La adopción, pues, de voces extranjeras para designar ideas y objetos exóticos, se justifica con sólo pensar en lo que esto facilita el trato y comunicación de distintas y apartadas naciones, siendo suficiente que la naturalización se haga con inteligencia y sin las deformaciones o torpezas que frecuentemente ocurren y dejamos anotadas; y aun tratándose del lenguaje vulgar, sería perjudicial e inútil tarea condenar radicalmente el neologismo, ya que el significado de las palabras se transforma sin cesar...» Opina que tenemos excelentes vocablos, griegos, latinos y árabes, por tanto critica cómo los españoles (Villalobos y Núñez de Velasco) trataron de evitar arabismos, así como los alemanes han hecho con el francés. Contra el barroco se muestra enemigo de complejidades verbales, sin duda sabría el papel de Feijoo en introducir la ciencia francesa y una nueva lengua sencilla y clara. Quizá el discurso científico moderno puede ser caracterizado por su agilidad, ductilidad y elegancia. Discute si el lenguaje se modifica por los sabios o por el pueblo. Si bien no piensa que se deba al vulgo, opina que «el sufragio universal ha existido siempre en las lenguas, y que el uso de la mayoría se ha impuesto tiránicamente». Recuerda cómo Baldomero Rivodó en Voces nuevas de la lengua española se ocupó de la formación y los tipos de neologismo: «ya por derivación y composición de los antes usados, ya creando aumentativos y diminutivos, ora empleando los participios activos, ora rehabilitando y rectificando voces anticuadas, o, por fin, aceptando provincialismos y voces extranjeras». Sin duda, quiere la Academia «conformar el lenguaje científico con el castizo»(...) «sin que nadie pueda pensar siquiera si los fundamentos o desarrollo del saber son incompatibles con las palabras castellanas, o lo que es igual, si la lengua patria es impotente para servir a los descubrimientos modernos, sin antagonismo entre los fieles guardadores del idioma y los hombres dedicados al estudio de las verdades y leyes naturales». El camino que nos marca es claro, «no se trata de aquellos vocablos dudosos, tomados de otros idiomas vivos, con que se ofende la eufonía y genio del nuestro, sino que se pretende que el léxico nacional no sea un catálogo de arcaísmos, representantes de la ciencia en pasado tan remoto, que sólo sirva para entender libros elaborados en alguna celda de convento, cuando, con el nombre de obras científicas, se daban únicamente conjuntos de sutilezas de ingenio y entretenimientos curiosos de ninguna utilidad al presente» (D. Cortázar, Discursos..., pp. 25, 30-31 y 39-40) La modernización del lenguaje científico debe correr paralelo al de la ciencia, así como al de la economía, buscando tal como Cortázar afirmaba utilizar monedas de oro, o al menos de buen metal. Me recuerda un discurso de Pedro Laín Entralgo sobre el lenguaje político, en que terminó pidiendo a los profesionales de la cosa pública, que no era preciso que hablasen muy bien, pero sí al menos de forma aceptable, es decir acuñando palabras de algún metal noble. Un metal que puede ser brillante o mate, costoso o económico, pero siempre ligero, agradable y útil. Este intento de renovar el lenguaje científico es, pues, siempre importante. En este sentido lo ha sido el interés que en ello ha mostrado Ángel Martín Municio desde la Academia de Ciencias. De gran utilidad es, por tanto, el libro de Bertha M. Gutiérrez Rodilla La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico. Dada la potencia de motor que la ciencia supone para la cultura actual, preocuparse de un acercamiento al lenguaje de la ciencia, a su concepto e historia es una buena aportación. También de los tecnicismos y su creación, así como de los problemas de la internacionalización de la ciencia, el estudio de las nomenclaturas, de las traducciones y neologismos, así como de las lenguas francas. En fin, termina abordando la difusión, los lenguajes documentales, los tesauros y la divulgación. La ciencia está imponiendo sus términos, en el caso de las ciencias puras es frecuente la adopción de términos externos, pero en el caso de la técnica, sobre todo la de uso frecuente, se crean constantemente palabras. A pesar de las dificultades que tiene «correo electrónico», por su mayor lentitud sobre «e-mail», es preciso buscar palabras, porque si no terminaremos todos recibiendo y enviando «un emilio». El estudio de los lenguajes relacionados con la informática será fundamental, porque cada vez se defiende más que el mundo se expresa, e incluso para algunos se inicia y concluye con words, words, words. La relación entre medicina y literatura ha sido constante, sin duda la enfermedad y la muerte son trances que permiten inspiración fácil a los escritores. Entre las corrientes literarias, el naturalismo siempre privilegió los aspectos morbosos, para echar sal y pimienta a sus trabajos. Por esto, no es raro la frecuencia de trabajos de historiadores de la medicina sobre esta corriente estilística, podemos recordar los de Rafael Huertas sobre Zola, o los de Delfín García Guerra sobre Blasco Ibáñez o Pardo Bazán. Ahora se une un trabajo excelente, que junta a una buena escritura, un buen trabajo erudito y científico sobre la famosa escritora gallega. Contamos pues con otra interesante aportación al conocimiento de esta novelista, desde el punto de vista de la historia de la medicina. La autora elige algunos aspectos centrales de la escritora, como el análisis de sus médicos, o de algunas enfermedades principales, como la diabetes, la locura o la tuberculosis. La primera era bien conocida por la condesa, porque la padecía y era una excelente comedora y gastrónoma. La segunda, o mejor las segundas, son materia principal de muchos novelistas, pues las enfermedades psiquiátricas intervienen en la conducta humana y, por tanto, se convierten en personajes de sus capítulos. La tercera aparece como enfermedad de moda a partir del romanticismo. Algunas enfermedades, como la epilepsia tienen desde antiguo carácter divino, mágico y simbólico. Es enfermedad de los dioses, de sus elegidos, y por tanto no es extraño que sigan apareciendo. También la lepra, enfermedad bíblica, significaba marginación, pecado, culpa y expiación. La tuberculosis se propaga en el fin del Antiguo Régimen, con el crecimiento de las ciudades y el proceso de proletarización. Amplias capas de la población, sin inmunidad, se contagian. Es una enfermedad que afecta a jóvenes y viejos, a nobles y pobres, a campesinos y burgueses.... también es un padecer con larga trayectoria, que da lugar a una patobiografía. No es extraño la frecuencia de galanes y heroínas con esta enfermedad. Aquí la autora señala la presencia en un artista, un pintor. Adquiriendo por tanto la enfermedad la connotación romántica de germen de genialidad, de degeneración a cuyo estudio Max Nordau tanto aportara. Ha de la Ciencia, IH, CSIC DIANE CHAUVELOT, Historia de la histeria, Madrid, Alianza, 2000, 212 pp. Recientemente se ha publicado Historia de la histeria, versión castellana del libro L'hystérie vous salue bien! Su autora, la médico, psiquiatra y psicoanalista francesa Diane Chauvelot, es discípula de Lacan, a quien cita en repetidas ocasiones, y perteneció a la escuela freudiana hasta su disolución en 1980. Este libro, que naturalmente concluye con la proclamación de la necesidad del psicoanálisis de Freud en el tratamiento de cualquier enfermedad cuyo origen esté en un desorden producido en el inconsciente, es una obra en la que se hacen accesibles al lector profano tanto las figuras que constituyen los cimientos de la medicina, en cuya historia se inserta la de la histeria, como el concepto que de los fenómenos histéricos han tenido a lo largo de los siglos médicos, religiosos y la sociedad en general. En una exposición clara y ordenada, salpicada de breves comentarios, no exentos, a veces, de cierta ironía, que abarca desde los primeros textos que se conservan relativos a la histeria, del segundo milenio A. C., hasta nuestros días, la autora plantea la histeria como una enfermedad de naturaleza desconocida durante siglos y siempre poderosa. Desconocida, es considerada por los padres de la medicina como enfermedad del útero y, por tanto, exclusivamente femenina. Al ser silenciada a partir de San Agustín, pasa a formar parte de la historia de las posesiones del demonio, que llegarán a su culminación en primera mitad del siglo XVII. Poderosa, es desde luego capaz de dominar el cuerpo y el alma de los hombres, pero tendrá además, como veremos, otros efectos en el curso de la historia. En el libro se presentan muy diversos casos de histeria. Sus distintos tipos de manifestaciones dependen de factores culturales y sociales inherentes al momento hitórico del que se trate. Pero, ya presente unos síntomas u otros, ya se exprese a través de un enfermo o de una colectividad, la crisis histérica comporta siempre, como dice el célebre psiquiatra del s. XIX J. M. Charcot, un espectáculo de desorden. Restablecer el orden se dejará, a lo largo de la historia (como sucede con las otras enfermedades), en manos del discurso religioso o del discurso médico, dependiendo también de esas mismas circunstancias culturales y sociales. Y será precisamente la histeria la que hará posible el restablecimiento del discurso médico, tras los avances de los paracelsianos y a raíz de uno de los casos más sonados de su historia, el de las posesas de Loudun, en la primera mitad del siglo XVII. Un episodio, éste de las posesas, que ha sido recogido hace unos meses por la Asociación Española de Neuropsiquiatría, en la publicación de la Autobiografía de Juana de los Ángeles. Más tarde, con Freud, la histeria abrirá la puerta al conocimiento de lo inconsciente. En palabras de la propia autora, «¡Qué poder no tiene la histeria!» Rosario Ibañes Instituto Diego de Praves GEORG GRODDECK, Las tripas, Jaén, Del Lunar, 2001, 78 pp. Una buena noticia para el mundo de libros en castellano es la multiplicación de pequeñas editoriales, que hacen de contrapeso ante esa tendencia a la homogeneidad cultural que propicia hoy el mercado impreso. Las ediciones Del Lunar, de Jaén, han publicado en los tres últimos años una serie de textos notables, en versiones cuidadas, de Wundt (Sueño y mito), Nordau (Fin de siglo), William James (La inmortalidad humana), Fechner (Anatomía comparada de los ángeles), Abraham (Sueño y mito), e incluso un trabajo extenso e ilustrado, Los endemoniados del arte de Charcot y Richer. Su colección de libros va tejiendo una información médico-cultural muy importante sobre las bases del pensamiento contemporáneo. Estos textos recientes merecerían, todos ellos, la atención de Asclepio; pero aquí nos limitaremos a resaltar sus recuperaciones de Georg Groddeck y, en particular, los dos escritos breves que aparecen ahora bajo el título Las tripas. Pues, además, la joven empresa librera giennense había puesto ante nosotros unos Escritos de Groddeck, otro texto notable de este médico y analista, La vista, el mundo del ojo y ver sin ojos, así como una monografía, insólita en castellano, Georg Groddeck, el soñador de mundos, de Ángel Cagigas, que es el artífice de este riguroso trabajo editor, y asimismo el prologuista y traductor del nuevo libro. Y acaban de publicar un interesantísimo Genio y figura. Georg Groddeck en imágenes y textos. El llamado médico silvestre, Groddeck (1866Groddeck ( -1934)), había sido ayudante de Schweninger, entre 1896 y 1900, hasta que seguramente rechazando la praxis del médico de Bismarck, tan mecánica y a veces brutal, pudo poner en marcha un sanatorio en Baden-Baden para seguir sus propias ideas curativas. En parte inspirado en el romanticismo alemán y en los escritores de entresiglos, Groddeck, nada convencional, dialogó finalmente con el círculo de Freud si bien manteniendo su independencia. Dentro de esta aportación suya, heterodoxa, entraría toda una serie de trabajos breves De la boca y su alma, De la cabeza y su alma, De las extremidades y su alma que culminan en El ser humano como símbolo (1933). Pues bien, entre esta cartografía simbólica del cuerpo humano se insertan La vista, el mundo del ojo y ver sin ojos, y el segundo texto de Las tripas, «De las tripas del ser humano y de su alma», en donde, una vez más intenta fundir la fisioterapia y la psicoterapia. En el libro sobre los ojos todo le servía de plataforma para recorrer elementos médico-culturales sobre la mirada, con sus quiebras, cegueras y ocultaciones; aquí el peso lo lleva la alimentación, en la infancia o en la madurez, la división simbólica del cuerpo por el diafragma, las retenciones, las ambigüedades sexuales, los orificios y las aberturas al mundo, las regulaciones más o menos placenteras de su funcionamiento, las imágenes visuales y los temores del abdomen. Las continuas indagaciones verbales llevadas a cabo por Groddeck no constituyen un territorio cerrado, pues, asimismo, este mundo asociativo tiene un correlato en la praxis médica, marcado abiertamente en el texto complementario, «El estreñimiento como modelo de resistencia», en donde todo parece reposar en la experiencia corporal. Pero en realidad, para él no hay posibilidad de hacer distingos entre un ángulo de la observación y el otro; y los vastos recorridos filológicos, asociativos, simbólicos, en cada uno de sus textos proponen un modo aún atendible, somatoanímico, de representar al hombre. ALBERTO GOMIS, El fundador de la Génetíca. En una época en que asiduamente los medios de comunicación hablan con mucha ligereza y familiaridad, que no pueden esconder su desconocimiento, de términos como clonación, genoma humano, etc., es de agradecer la publicación de un libro que explique con claridad y sencillez, no exenta de erudición, la vida y la obra de un personaje, el monje Johan Mendel (al tomar los hábitos de la orden de los agustinos adoptaría el nombre de Gregor), en cuyas prácticas empíricas se encuentran esbozadas los principios de la Genética. El resultado de una intensa y ya larga labor de investigación histórica sobre Mendel, ha sido un excelente trabajo realizado por Alberto Gomis. En este libro puede comprobarse como ha sabido conectar, desde un punto de vista didáctico, con un potencial público lector interesado en el desarrollo histórico de la ciencia. No está de más recordar que cualquier línea de actuación a favor de la difusión y comprensión pública de la ciencia, como promotora de una cultura amplia, debe ir unida a la necesidad de que los estudios sobre la ciencia se integren en un proyecto global de la sociedad en la que esta práctica se produce. A la larga, los esfuerzos por aproximar el conocimiento de la ciencia y su desarrollo histórico al público, compensan con creces, y resultados, el tiempo empleado en esta significativa actividad. Este libro es buena prueba de ello. En él se ha sabido conjugar la información, recogida con meticulosa seriedad profesional, con la necesaria divulgación para que la obra llegue al mayor número posible de lectores. El libro se encuentra estructurado en una introducción, diez capítulos, dos anexos que complementan la información biográfica de la vida y obra de Mendel, y una bibliografía final. Los siete primeros capítulos, que en conjunto constituyen más de la mitad de la obra, están dedicados, como cabría esperar de un trabajo biográfico, a la vida y trabajos del monje nacido en 1822 en Heinzendorf, por entonces perteneciente al imperio austro-húngaro y en la actualidad a la República Checa. Su formación, sus maestros, su vocación religiosa, su estancia en Viena, su vuelta al monasterio de Brno y su labor docente en los institutos de esta localidad, forman algunas de las partes del contexto histórico en el que Mendel inició y posteriormente desarrolló su actividad científica. En un panorama biográfico tan completo no podía faltar un capítulo dedicado íntegramente a los experimentos de hibridación con guisantes, realizados por Mendel en el huerto de su monasterio. Como dice el autor de la biografía, la importancia de este trabajo científico del monje checo, «uno de los clásicos de la historia de la biología, se debe a muchos factores: la intuición con la que siguió la transmisión separada de los caracteres, la extensión que dio a los experimentos, la aplicación matemática en la interpretación de los resultados... Pero, principalmente, este trabajo contiene las leyes fundamentales que rigen la herencia de los caracteres, a partir de los cuales se desarrollaría la genética». En el siguiente capítulo, Gomis comenta como Mendel cumplió con uno de los requisitos básicos incluidos en el esquema general de la actividad científica: la comunicación de los resultados de sus experimentos. Sin embargo, a pesar de ser expuestos públicamente en una sociedad científica, de ser publicados en una revista con una apreciable distribución y de ser expuestos en cartas a algunos expertos, hubo que esperar a comienzos del siglo XX para que fueran considerados por la comunidad científica. Gomis sostiene que más que desconocidos en su época, parece más correcto pensar que los trabajos de Mendel no fueron comprendidos por sus colegas contemporáneos. Los últimos tres capítulos están dedicados a la repercusión e influencia de la obra científica de Mendel en el siglo XX, tras el redescubrimiento de sus leyes en las primeras décadas de la centuria, con un apartado específico en donde se expone la introducción del mendelismo y la genética experimental en España. Podría discutirse si hubiera sido más apropiado calificar a Mendel de «precursor» en lugar de «fundador» de la genética, si se piensa que el monje agustino no se planteó iniciar con sus trabajos una disciplina científica nueva. En cualquier caso, la sólida interpretación de la vida y labor científica de Mendel, expuesta en la obra de Alberto Gomis, permite disponer de una biografía completa y amena, de uno de los científicos más relevantes en la historia de las ciencias naturales. Por último, sólo queda felicitar a Nivola libros y ediciones, por la considerable labor editorial que viene realizando con sus colecciones de biografías de científicos relevantes, que contribuye a la difusión de la historia de la ciencia. El Colegio de Minería de México es la más importante institución científica de la América ilustrada. La iniciativa procede de mineros y científicos mexicanos, que ven claros los problemas de la minería novohispana. Falta de capital, legislación antigua, mala técnica y falta de conocimientos científicos impedían un aprovechamiento máximo de la plata mexicana. José de Gálvez conoce estas peticiones de mejora y desde el ministerio las apoya, enviando al riojano Fausto de Elhuyar a dirigir el Colegio. Este supuso un difícil equilibrio entre comerciantes y mineros, entre españoles y criollos y entre ciencia y técnica. El libro de Flores Clair, una magnífica tesis de 1997, bucea en los archivos principales de México y España para averiguar la forma de enseñanza del colegio. Se trata de una forma a caballo entre universidades y escuelas técnicas, entre las ciencias, las técnicas y las humanidades. Un plantel de magníficos profesores supo construir un plan de estudios moderno, con asignaturas esenciales para la formación de los jóvenes mineros. La biblioteca estuvo bien surtida, así como los laboratorios y las colecciones. Hubo instrumentos, laboratorios y prácticas en minas. Se publicaron, tradujeron y escribieron libros importantes para la enseñanza de la minería. Podemos citar la traducción de Lavoisier, que Patricia Aceves ha señalado que fue hecha por Vicente Cervantes. Se trata de un libro importante, definitivo para la forma de enseñanza en el Colegio, que aporta novedades muy notables a los clásicos de Santiago Ramírez y Roberto Moreno. Ha de la Ciencia, IH, CSIC LEONCIO LÓPEZ-OCÓN, CARMEN MARÍA PÉREZ-MONTES (eds.), Marcos Jiménez de la Espada (1831Espada ( -1898)). Aparece un atractivo libro sobre Marcos Jiménez de la Espada, coordinado por dos investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Leoncio López-Ocón y Carmen María Pérez-Montes. Demuestra el interés que en esta institución se ha tenido por esta señera figura en los últimos años. El resguardo de sus colecciones, la recuperación de sus fotografías y los estudios que sobre él se han hecho, son buenas muestras de esta preocupación. El libro acoge bien los importantes trabajos que en el Instituto de Historia y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales se han realizado, así como en la Biblioteca General de Humanidades y en la Unidad de Coordinación de Bibliotecas. También subraya el interés con que ha sido acogido en el Servicio de Publicaciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La aparición en 2000 del Catálogo de fotografías de la Comisión Científica del Pacífico en CD-ROM, colección tan magníficamente restaurada, muestra asimismo la buena aceptación de esta misma institución. La generosidad de la familia en la recuperación de la memoria del viajero, debe ser también señalada. Como dicen sus editores, el libro tiene «un cierto carácter de libro homenaje», comenzando con una presentación de la persona y la obra de Jiménez de la Espada. Su papel como historiador, naturalista, antropólogo y geógrafo es notable, como muestran las diez intervenciones que se recogen del acto celebrado en 1998 en su recuerdo en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Luego se presenta el excelente trabajo realizado con el rico legado del fondo existente en las diversas instituciones del C.S.I.C. Por fin, una antología de textos propios y de la época cierran este interesante volumen. Unas brillantes palabras del siempre inteligente Baltasar Gracián, que preceden la obra, subrayan la importancia de los esfuerzos que la historia de la ciencia está haciendo por recuperar personajes que aparecen injustamente alejados de nosotros, como personajes en busca de su siglo, del mejor siglo que merecen. En este sentido -y volviendo a Jiménez de la Espada-el tiempo ha hecho «de él un hombre de las dos culturas en dos sentidos diferentes: la europea y la americana, y la científica y la humanista» (Miguel Ángel Puig-Samper, p. Ha de la Ciencia, IH, CSIC
Hoy en día, los manuales de física general suelen comenzar con un capítulo destinado a la magnitud, para proseguir por el estudio de la mecánica, la termodinámica, el electromagnetismo, la óptica y, finalmente, el átomo y la mecánica cuántica. Ni que decir tiene que, en el siglo XVIII, los contenidos de la física eran muy diferentes. Pero también su campo de indagación. Para comenzar, la mecánica racional se consideraba -ya lo subrayó Newton-una parte de las matemáticas. Según la división del saber que Jean le Rond d'Alembert presentó en la Encyclopédie, las matemáticas, junto con la física, constituían las dos grandes divisiones de la ciencia de la naturaleza. El objeto de las matemáticas era el estudio de la cantidad. Si ésta se consideraba independientemente de la realidad, se tenían las matemáticas puras; pero si dicha cantidad se consideraba referida a entidades reales, entonces la disciplina pertenecía a las matemáticas mixtas. Éste era el caso de la mecánica, de la astronomía o de la óptica. Por otra parte, la física abarcaba un campo muy amplio: comprendía el estudio de las causas de todos los efectos de la naturaleza, tanto animada como inanimada. Por consiguiente, entraban en ella disciplinas que hoy comprenderíamos dentro de los campos de la biología y de la medicina, aunque éstas irían cobrando paulatinamente una posición independiente (como es sabido, el término «biología» se acuñó a principios del siglo XIX). También se insertaba la química. Una rama importante de la física venía constituida por la física experimental, que exploraba mediante la observación y el experimento esos nuevos campos de la naturaleza que suponían los fenómenos del calor, de la electricidad y del magnetismo. Estas disciplinas comenzarían a matematizarse en el último cuarto del siglo. Con tan vasto panorama, es obvio que las tres contribuciones que constituyen este pequeño Dossier no pueden aspirar a abarcarlo. Simplemente, arrojan luz sobre tres de sus aspectos, cada uno de interés por sí mismo. El estudio de J. Simón sobre los contenidos del Examen Marítimo de Jorge Juan muestra un destacado ejemplo de matemáticas mixtas, en tanto aplicación de la mecánica al objetivo concreto de la Allí se contextualizan y desvelan los contenidos de una obra elogiosamente citada como cumbre de la físico-matemática española de la Ilustración, pero cuyos contenidos específicos han sido hasta ahora poco investigados. El segundo estudio, de V. Guijarro, aborda el problema de la demarcación en física experimental a través, fundamentalmente, de la obra de uno de sus más destacados representantes, P. van Musschenbroek, explorando el alcance de sus métodos y campos de indagación. Finalmente, de una manera más modesta, mi propia contribución busca ofrecer el estudio de un caso concreto de indagación en física experimental, a través del cual cabe atisbar la metodología empleada por otro destacado practicante de la disciplina, el abate Nollet.
En este artículo se presentan las investigaciones del abate Nollet sobre el agente responsable del fenómeno de la ebullición. Estas investigaciones constituyen un ejemplo destacado de las concepciones y métodos de la física experimental francesa a mediados del siglo XVIII, antes de su transformación en una física cuantitativa. electricidad que fue superada por la de éste. 1 Así, la física experimental francesa de la época ha sido más frecuentada desde el punto de vista de la vertiente espectacular y pública de la ciencia de la época que desde el de sus métodos y contenidos. Otra razón para que esta etapa haya sido desatendida es la ausencia de logros: no hubo descubrimientos importantes. Y se entiende que no los hubo porque el camino emprendido era, por así decir, erróneo: la buena vía vendría por el desarrollo de conceptos que, como el de carga eléctrica o el de cantidad de calor, posibilitasen las mediciones al margen de los mecanismos concretos imaginados para explicar los fenómenos. Así, por ejemplo, T. S. Feldman, quien ha estudiado la historia de la meteorología -significativamente, sólo en la segunda mitad del siglo-, salda la época precedente con este comentario: «La cuantificación de la física experimental constituyó una revolución en los métodos, estilos y actitudes. Los filósofos naturales de la primera paerte del siglo construyeron teorías cualitativas, en concreto, del vapor y de la evaportación, imágenes visualizables [pictorial images] tales como el lanzamiento de partículas de agua por partículas de fuego violentamente agitadas, o la expansión de partículas de agua en burbujas llenas de vapor por el calor. En los experimentos con el vapor procedieron de una manera asistemática, sin consideración a la precisión»2. Estos calificativos son injustos. Como se verá en las páginas que siguen, Nollet estudió el vapor de agua de una manera bastante sistemática. Pero su objetivo no era el de realizar medidas o establecer relaciones cuantitativas, como sería el caso, poco después, de las determinaciones de los calores específicos y latentes. Ni tampoco los mecanismos visualizables imaginados para explicar los fenómenos dejaban de ser hipótesis a las que se concedía un mayor o menor grado de plausibilidad en función de su alcance explicativo3. ----En las páginas siguientes estudio una memoria que el abate Nollet presentó a la Academia de Ciencias francesa en junio de 1748. La memoria es conocida por su explicación del fenómeno de ósmosis, al estudiar la difusión de los líquidos a través de una membrana animal4. Pero mi interés se centra en su investigación del fenómeno de ebullición; más concretamente, dicho en términos actuales, en su interpretación del cambio de estado que se produce durante la misma y en las características del vapor resultante. Naturalmente, Nollet no alcanza grandes conclusiones; pese a su aparente simplicidad, el estudio del vapor escondía importantes dificultades que sólo se irían superando en el siglo siguiente. Si bien es ejemplar por otros conceptos. En ella, Nollet describe paso a paso los experimentos y los razonamientos sobre sus resultados, dentro de una exposición ciertamente retórica, pero cuyo fin es la didáctica de los métodos de indagación del momento en física experimental. Y esto permite comprender el tipo de problemas al que se enfrentaba cualquier investigación en la disciplina. Pero antes de entrar en materia, haré algunos comentarios para enmarcar la cuestión, tanto desde el punto de vista metodológico como de lo que se pensaba en la época acerca del calor y de la evaporación. OBJETIVOS Y MÉTODO DE LA FÍSICA EXPERIMENTAL Tocaré sólo muy brevemente las materias mencionadas en el encabezado de este apartado, con el fin de enmarcar las experiencias de Nollet; un estudio llevado a cabo con alguna profundidad requeriría un trabajo específico que, por cuanto sé, todavía está por realizar 5. El programa de la física experimental consistía en inducir las leyes de la naturaleza a partir de los fenómenos, estudiados mediante la observación y el experimento. 6 La denominación de «experimental» servía para distinguirla de la llamada «física sistemática», a la que se acusaba de intentar basarse en hipótesis indemostrables, sin que suministrase un verdadero conocimiento de las cosas, que para el físico experimental sólo podría adquirirse a través de los sentidos. En un principio, estos sistemas eran los de Aristóteles y Descartes, pero en el caso de Nollet se incluía también al de ----Newton, que se había desarrollado hasta el punto de fundar la explicación de los fenómenos en atracciones y repulsiones microfísicas a distancia: «No me presento aquí bajo los auspicios de ningún Filósofo: no son ni la Física de Descartes, ni la de Newton, ni la de Leibniz, las que me he prescrito seguir en particular: es, sin ninguna preferencia personal, y sin distinción de nombre, aquélla que me parece haber sido bien establecida por un acuerdo general y hechos bien constatados» 7. Dicho en términos generales, las otras dos escuelas de física experimental, la inglesa de Keill y Desaguliers y la holandesa de'sGravesande y Musschenbroek, se declaraban abiertamente newtonianas (y se apoyaban en lo que manifestase Newton sobre la necesidad de fundarse en la inducción), haciendo intervenir en sus explicaciones una alternancia de atracciones y repulsiones entre las partículas de materia. La escuela francesa, sin embargo, tenía una tradición algo distinta que se manifiesta, con aún mayor claridad que en Nollet, en su predecesor Pierre Polinière quien, a la par que los físicos ingleses y holandeses, habría influido en Nollet. En general, dentro de la disciplina, al margen de la tendencia que se adoptase, el experimento se contemplaba como una verdadera herramienta de investigación capaz de permitir descubrir, por inducción o, como se decía entonces, por «analogía», las leyes de la naturaleza. Pero siempre se defendía la necesidad de las matemáticas, por más que éstas no apareciesen en los manuales de física experimental. Sin embargo, en la tradición francesa de Polinière y Nollet estas matemáticas no se consideraban una herramienta del todo apropiada, dado que se veía a la física como una disciplina esencialmente imprecisa 8. Lo que significa que, a diferencia de la posterior generación que configuraría una física experimental «exacta», cuanto menos en la tradición que representaba Nollet no se contemplaba la posibilidad de una manipulación matemática de relaciones funcionales establecidas entre magnitudes medibles. Por otra parte, los físicos experimentales distinguían su disciplina de la historia natural por el hecho de que en ella no se aspiraba, simplemente, a una recopilación sistemática de experiencias, sino a la consecución de una estructura de principios, relacionados entre sí, y apoyados por los hechos. Dichos principios constituirían las causas de los fenómenos, y resultarían de la inducción. Y la indagación estaba sometida a ciertas reglas. Así, se insistía en la repetición de las experiencias, intentándolas de diversas maneras, para asegurarse del resultado. Y en tomar grandes precauciones antes de asegurar que algo era la causa de un fenómeno. Musschenbroek prescribía lo siguiente: En el vol. II, pp. 474, afirma que la atracción de Newton explica muy bien los fenómenos celestes, «Pero cuando se trata de fenómenos sublunares, de esos efectos que vemos desde más cerca, y cuyo examen nos resulta más fácil, la virtud atractiva es un Proteo que cambia a menudo de forma.» 8 HOME, R. W. (1985), pp. 124-25. «No se deben pues admitir como causas más que aquéllas que indican manifiestamente los fenómenos de la Naturaleza. Estas [causas] serán verdaderas: 1o. si es constante que existen en la Naturaleza y si todos los fenómenos concurren en demostrar su existencia; 2o. si no solamente los fenómenos pueden ser deducidos [de ellas], sino además tienen una conexión necesaria con las causas; 3o. si los cuerpos sometidos a prueba y tratados de diferentes maneras nos indican constantemente las mismas causas de los mismos fenómenos; 4o. si no se pueden suprimir estas causas sin destruir los fenómenos mismos» 9. Otras dos importantes características de la física experimental consistían en su inmoderada fe tanto en los instrumentos empleados como en los hechos de la experiencia, y en su negativa a descarnar los fenómenos. Ambas están relacionadas, y se han interpretado a menudo diciendo que la física experimental no era predictiva, o bien que existía una conexión laxa entre las explicaciones y los fenómenos. La cosa es que para establecer un constructo matemático sobre un conjunto de fenómenos hay que reducir éstos a la geometría: el constructo es un modelo de la realidad, elaborado a base de eliminar de ésta los aspectos considerados más irrelevantes. Así, por ejemplo, un modelo de atmósfera la consideraría constituida por un elemento simple, el aire, y como tal homogéneo y formado por corpúsculos iguales. Para el físico experimental, sin embargo, el aire atmosférico era, en todo caso, una mezcla de dicha sustancia simple con, cuanto menos, polvo, vapores y exhalaciones, llegando a admitir incluso una diversidad de tamaños entre sus corpúsculos componentes (con lo que ya no sería tan simple). Y todo ello intervenía, o podía hacerlo, en los resultados del experimento, cuando éste se orientaba a buscar las causas de un fenómeno. El físico experimental abrazaba la realidad en una extensión en la que no podía hacerlo el matemático 10. Por otra parte, el físico matemático podía predecir un efecto y someterlo a prueba diseñando un experimento orientado a mostrar inequívocamente la magnitud de tal efecto, desdeñando la contribución a dicha medida de otros secundarios que se verían como «causas de error» y se tratarían de reducir a límites aceptables; incluida en esto la teoría del instrumento de medida. Para el físico experimental, ajeno en general en una primera etapa a la búsqueda de relaciones matemáticas, no hay «causas de error»: todo forma ----9 P. VAN MUSSCHENBROEK (1769), Cours de physique expérimentale et mathématique, trad. de Sigaud de la Fond, 3 vols., vol. 1, p. 10 «Damos el nombre de Meteoros a todos los Cuerpos que están suspendidos en nuestra Atmósfera, que flotan, que son llevados y que se mueven. Comprendemos también bajo esta denominación todos los Cuerpos que se inflaman en la Atmósfera, todos los que se encuentran aislados, o que están mezclados con otros, los que se separan después de su unión, los que ascienden o los que descienden, en fin todos aquellos que producen algunos Fenómenos.» Algo más adelante manifiesta que todos estos «meteoros» se pueden mezclar de tan tan gran variedad de maneras para producir fenómenos diferentes, que «queda pues fuera de toda duda, que los meteoros deben producir un gran número de fenómenos, de los que nunca comprenderemos bien las causas, y sobre las cuales los filósofos no formularán nunca más que conjeturas». Pero, análogamente al caso del físico matemático, cuyo experimento estará diseñado para mostrar o medir un efecto predicho por su modelo, el físico experimental interpretará el fenómeno que está ensayando a la luz de un marco teórico. Y en este sentido, aunque no haya dispuesto el experimento para mostrar un aspecto determinado en detrimento de todos los demás, verá por lo general lo que está preparado para ver. MATERIA, CALOR Y VAPOR Los físicos experimentales newtonianos, como Desaguliers y Musschenbroek, concebían la materia siguiendo las ideas que Newton expresó en su Óptica. Entendían que la materia constaba de átomos iguales y físicamente indivisibles, que por fuerzas de atracción se reunían en diverso número y configuración para formar las partículas de los cuerpos, si bien estas partículas de «primer orden» podían asimismo reunirse para formar otras de «segundo orden», y éstas a su vez otras de tercero, etc., dando lugar así a toda la diversidad que exhiben los cuerpos materiales, los cuales podían hallarse formados a la vez por partículas o corpúsculos de distinto orden. Aquí por corpúsculo debe entenderse la porción mínima de la materia de un cuerpo que conserva todas sus propiedades macroscópicas, de un tamaño tan pequeño como para resultar indiscernible. La forma de dichas configuraciones explicaba la diversa porosidad de la materia 11. Dentro de este esquema, la elasticidad de los fluidos se atribuía a fuerzas de repulsión. El modelo de aire que emplease Newton hipotéticamente en los Principia para deducir la ley de Boyle fue extendido por Desaguliers a los diversos fluidos en 1729 12. Según éste, entre las partículas de materia existen fuerzas atractivas de muy corto alcance (las llama «atracción de cohesión» y sugiere que quizás varíen inversamente como la cuarta potencia de la distancia), pero en el caso de los fluidos elásticos actúan también fuerzas repulsivas de mayor alcance, que comienzan a operar y a predominar sobre las atractivas cuando, por el calor, la fermentación o cualquier otra causa, las partículas se ven separadas del contacto. De modo que los sólidos se pueden convertir en fluidos 13. Éste será también el parecer de Musschenbroek 14. 12 NEWTON, I. (1987), Principios matemáticos de filosofía natural, Introd. y trad. de E. Rada, Madrid, Alianza, Libro II, Sec. Para un somero repaso de las ideas acerca del cambio de estado en Inglaterra, véase A. W. BADCOCK (1960), «Physics at the Royal Society, 1660-1800. Frente a lo que afirman los cartesianos, que la liquidez se debe al movimiento de las partes y que, cesando éste, el fluido se convierte en sólido, argumenta que sus partes se encuentran en reposo. Si bien acepta que la experiencia muestra que diversos Nollet, que no es newtoniano, no se pronuncia sobre la divisibilidad indefinida de la materia, es decir, sobre la existencia de los átomos, pero naturalmente acepta la separación de la materia en partes muy pequeñas 15. Conjetura que el estado natural de casi todos los cuerpos es la solidez, y que cuando son líquidos esto se debe a la penetración en ellos de una materia que, por su cantidad o por su acción, da a sus partes una mobilidad que rompe casi toda la adherencia entre ellas. Por ejemplo, el agua cesa de ser hielo en cuanto la materia del fuego lo penetra en cantidad suficiente. Respecto de las causas de la elasticidad de los sólidos, dice que no se conocen 16. En cuanto a la naturaleza del fuego, tanto Musschenbroek como Nollet siguen, en términos generales, la entonces influyente teoría de Boerhaave: el fuego constituye una materia muy sutil distribuida por todo el espacio, pero con un diverso grado de agitación que, al insinuarse dicha materia en los poros de los cuerpos, ejerce una acción disgregadora sobre la unión de las partículas de materia ordinaria, al comunicarles su movimiento 17. En este sentido, Musschenbroek recoge dos mecanismos distintos mediante los cuales el fuego podría «evaporar» al agua. Por una parte, debido a su agitación, podría arrojar a las partes del agua fuera de su masa por las leyes de la percusión, si bien esto sólo lo menciona de pasada. Por otra, podría «rarificarlas» aumentando su volumen, tornándolas más ligeras específicamente que el aire, lo que explicaría su elevación en la atmósfera. La evaporación a temperatura ambiente entraba dentro del campo de la meteorología, y ahí el interés se centró en el mecanismo por el cual el agua, con mayor peso específico que el aire, podía ascender en éste. Un mecanismo que obtuvo buena aceptación en la primera parte del siglo fue la llamada «teoría de las vesículas» propuesta por Edmond Halley en 1688 18. Según esta idea, el calor expandía las partículas de agua en burbujas o vesículas llenas de alguna sustancia, un vapor o un aire o fluido rarificado, más ligero que el aire atmosférico. Otras teorías hicieron intervenir la adherencia mecánica -ésta fue la propuesta de Nieuwentyt-o, como recogiera Musschenbroek, la percusión producida por las partículas de fuego fuertemente agitadas. Musschenbroek tiene sus dudas acerca de que una partícula de agua pueda dilatarse sin perder su integridad tanto como sería preciso para su ascenso, y parece inclinarse por la idea de que el fuego, al insinuarse en los poros de la partícula, siendo una sustancia muy elástica, y hallándose en mayor cantidad en ella que en el medio ---menta que sus partes se encuentran en reposo. Si bien acepta que la experiencia muestra que diversos cuerpos no son fluidos más que cuando sus partes son separadas por la acción del fuego, y son puestas por él en movimiento, aunque piensa que este movimiento es accidental, pues no dejarían de constituir un fluido gracias sólo a la interposición de las partes del fuego. (pp. 369-71). 15 NOLLET, J. circundante, la eleva con él. Esto haría entrar en juego fuerzas de mayor alcance que darían cuenta de la elasticidad del vapor así formado. Dichas fuerzas repulsivas dependerían de la elasticidad de la sustancia del fuego, pues la elasticidad que muestra el vapor de agua cuando está encerrado es tanto mayor cuanto mayor es su temperatura. Dicha elasticidad se pierde al enfriarse (lo que explica, por ejemplo, que las nubes no se encuentren más calientes que el aire circundante), llegando el vapor a condensarse de nuevo en agua cuando pierde todo su fuego adicional, pues la misma elasticidad del fuego explicaría su tendencia a repartirse uniformemente por todas partes. Si bien considera que puede haber otras causas para el ascenso de los vapores, como la acción de los vientos o un mecanismo de disolución de las partículas de agua en el aire, producido por una cierta atracción entre el aire y el agua. Este mecanismo daría cuenta de la rápida dispersión de los vapores 19. Por su parte, Nollet no se desvía de la opinión común de que el calor es, cuanto menos, una causa importante de la evaporación. El calor, repartido por todo nuestro globo y su interior, mantiene en movimiento a las partes insensibles de todos los cuerpos. Este movimiento obligaría a las partes más sutiles de los cuerpos a abandonarlos. Aunque opina que el calor no debe ser la única causa de la evaporación, pues ésta todavía se produce, incluso en los inviernos fríos, en la nieve y en el hielo 20. Además, en estos casos, e incluso a temperaturas más benignas, le parece que el calor no es suficiente, ni para inflar de modo conveniente las vesículas, ni para dilatar las partículas. Por ello cree que, una vez separadas de su masa por el calor, las partículas ascienden en el aire gracias a un mecanismo de disolución 21. Pero, en definitiva, ¿qué era, para estos físicos experimentales, un «vapor»? Según Musschenbroek, y con él todos los demás, «Todo lo que se eleva en el aire desde la tierra es conocido bajo el nombre de Vapor o Exhalación. Los vapores están compuestos de partes acuosas y húmedas. Las exhalaciones están compuestas de las partes sutiles de todo tipo de cuerpos, tanto sólidos como fluidos, las cuales no son ni acuosas ni húmedas» 22. Caracterización que se puede remontar a Los meteorológicos de Aristóteles. La teoría de la disolución, si bien propuesta anteriormente, cobraría una amplia aceptación gracias a la memoria de CHARLES LE ROY (1755), «Mémoire sur l 'élévation et la suspension de l' eau dans l 'air», Mémoires de l'Académie Royale des Sciences (París) (1751), 481-518, donde caracterizó el que denominó «grado de saturación del aire», que hoy llamamos «punto de rocío» (pues el «grado» de le Roy se refiere a la escala termométrica). Es importante notar que, de acuerdo con esta teoría, el vapor disuelto en la atmósfera no ejercería ninguna presión en absoluto o, dicho en términos de la época, no tendría elasticidad. de vapor, tal como hoy lo entendemos. Las partículas de agua que pasaban a la atmósfera seguían siendo, en el fondo, partículas de agua sin más, y por tanto específicamente más pesadas que el aire, por lo cual, como hemos visto, debía existir tanto un mecanismo responsable de su separación de la masa principal como de su elevación en el aire hasta una cierta altura (los cuales, se ha visto, no tenían por qué coincidir) 23. Para lo primero había que vencer la cohesión entre las partes del agua, bien se debiese ésta al simple reposo relativo de las partes, o a la presencia de fuerzas atractivas. Por otra parte, no había consciencia alguna de la perfecta transparencia del vapor. Las pequeñas gotitas de agua en suspensión que forman la niebla, así como las nubes o el «vapor» visible que se eleva de una olla en la cocción, se veían como un auténtico vapor. Al igual que ese otro vapor, invisible por su transparencia, del que estaba cargada la atmósfera, y que se ponía de manifiesto por la condensación cuando el aire entraba en contacto con una superficie fría24. Todo dependía de su grado de sutileza o, quizás, de su mezcla con otras sustancias. LA OBSERVACIÓN DEL AGUA HIRVIENDO El agua se evapora tanto a temperatura ambiente como cuando se pone a calentar en el fuego; en este último caso se sabía que, alcanzada la temperatura de 80 o R, ésta no se elevaba más. Un tercer caso era la ebullición a bajas presiones, dentro de la campana de una máquina neumática, que se efectuaba a temperaturas menores. El hecho de que en el primer caso la superficie libre del líquido permaneciese en calma y que en los otros se agitase a borbotones no establecía diferencia alguna respecto al mecanismo de la evaporación, que como se vio se adjudicaba fundamentalmente a la acción del fuego sobre las partes del agua, atribuyéndose la agitación de su superficie bajo la campana neumática al desprendimiento del aire disuelto, y en el caso de hallarse en un recipiente al fuego al aire libre, a éste y a la posterior acción del fuego. Nollet presenta tres argumentos para refutar la creencia de que la agitación de la superficie de los líquidos al hervir se debe exclusivamente al aire disuelto en ellos. El primero, que las experiencias de Guillaume Amontons, de Stephen Hales y de él mismo muestran que la cantidad de aire disuelto en el agua y su dilatación a la temperatura de ebullición no bastan para explicar el fenómeno. El segundo, que el agua purgada de aire, así como otros líquidos con diversa capacidad para disolverlo, borbotean al hervir con la misma intensidad hasta que se evaporan por completo. El ----tercero, finalmente, que lo que sale de una eolipila en la que se ha introducido agua, cuando se calienta, no es un chorro de aire (lo que, según dice, presentaban como prueba decisiva los partidarios de la explicación que está refutando), sino de «vapor dilatado del agua», como se comprueba al no verse salir burbujas cuando se sumerge su extremo en agua fría (Ilustr. De hecho, se sabía que no era exclusivamente aire. Por ejemplo J. T. Desaguliers había dejado bien sentado que lo que sale de la eolipila es vapor de agua, como se puede comprobar, decía, poniendo la mano cerca de su boca, y viendo cómo el agua se condensa en ella 25. Por otra parte, sin embargo, afirmaba que la ebullición que se producía en el agua caliente introducida en la campana de la bomba de vacío cuando se extraía el aire se debía al aire disuelto 26. Nieuwentyt, hacia la misma época, creía que la ebullición producida bajo una campana neumática era producida por el fuego abandonando el agua. 27 Musschenbroek, aun afirmando que la temperatura de ebullición del agua depende de la presión, será de la misma opinión, afirmando que en la campana neumática el agua se descarga tanto más del aire disuelto cuanto más caliente está. En otra ocasión el mismo Desaguliers también afirmará que el vapor generado en la máquina de Newcomen no tenía nada que ver con aire disuelto en el agua, puesto que dicho vapor se podía condensar de nuevo en agua 28. Parece, pues, que sobre estos extremos existía cierta confusión, aunque quizás no tanta como Nollet querría hacer creer 29. En fin, el primer experimento que presenta Nollet consiste en la simple observación de la ebullición del agua en un recipiente transparente, por el calor de carbones bien encendidos (Ilustr. Nota que, en una primera etapa, a los 30 o R, aparecen burbujas en el fondo del recipiente, que engrosan a los 40 o R formándose también en las paredes, y desaparecen a los 70 o R. Se trata, afirma, de burbujas formadas ----25 DESAGULIERS, J. T. (1719), A System of Experimental Philosophy, Londres, p. Añade que mediante este procedimiento se puede extraer casi todo el aire disuelto en el agua. 29 En este contexto parece haberse olvidado una antigua experiencia de ebullición en el vacío que realizó Robert Boyle. La recogió en BOYLE, R. ( 1660), New Experiments Physico-mechanicall, Touching the Spring of the Air, and Its Effects (...), Oxford, en donde ya atribuyó el efecto a los vapores excitados por el calor: «Que al retirarse la presión del Aire que la ocupa, bien a los Corpúsculos Igneos, o más bien a los Vapores agitados por el calor en el Agua (los cuales, como hemos notado anteriormente tocando el Agua rarificada de una Eolipila, se manifiestan capaces de un Poder Elástico) se les permite expandirse poderosamente en el Recipiente evacuado; y, en su tumultuosa Dilatación elevan (como el Aire acostumbra a hacer) la parte superior del Agua, y tornándola en Burbujas, hacen que el Agua hierva.» (pp. 389-90). 30 De hecho, la memoria de Nollet contiene más experiencias de las que aquí se comentan, que son las que parecen más significativas Por esta razón algunas de las figuras de las láminas no encuentran correlato en el texto. por el aire disuelto. En ese momento, cuando estas burbujas desaparecen, ve elevarse del fondo «un vapor muy sutil» cuyos «filetes» o «rayos» se tornan más perceptibles con el aumento de la temperatura, hasta que acaban por invadir toda la masa del agua. Sus partes le parecen a primera vista como granos o burbujas imperceptibles. Despojada el agua del aire que contenía, estos filamentos de «vapor sutil», que surgen de la parte del recipiente más expuesta al calor, que turban la limpidez del agua y se mezclan con ella, le parecen consistir de «la materia misma del fuego, si no del fuego puro y desprendido de toda otra sustancia, cuanto menos de fuego unido a las partes más sutiles de su alimento» 31. Aunque presenta esto como una conjetura, aquí Nollet, quien como Musschenbroek y tantos otros aceptaba la teoría de Boerhaave, está viendo lo que esperaba ver, a la materia del fuego abriéndose paso a través del recipiente y del agua, para terminar escapando por su superficie: «imagino que estos rayos de materia ígnea, saliendo de los carbones ardientes como de su fuente, dilatan los poros del vidrio, atravesando su espesor, y se esparcen en el agua como un vapor, que se deja ver, quizás menos por su sombra que por las diferentes refracciones que hace sufrir a la luz en un medio transparente del que altera la homogeneidad (...).» 32 Esta materia del fuego, que surge con mayor abundancia y velocidad con el aumento del calor que ella misma produce, escapa tanto por las paredes del vidrio como por la superficie libre del agua. Aún arrastradas por el fuego, las partículas de agua no pueden atravesar los poros, demasiado estrechos, de las paredes del recipiente, pero no encuentran este obstáculo en la superficie del líquido, por encima de la cual forman un vapor visible, más o menos espeso. En este punto, Nollet imagina que la ebullición no dependería más que de que los rayos del fuego que penetran en el recipiente adquieran una cierta densidad, o quizás una cierta velocidad. Ésta es, más o menos, la idea de Musschenbroek, quien afirmaba que el agua no podía contener en sí más que una determinada cantidad de fuego, de modo que el exceso levanta el agua, produciendo la ebullición 33. La cautela con la que expone la hipótesis anterior sobre la causa de la ebullición tiene algo de retórico, pues a continuación él mismo presenta un hecho que la refuta: ---- si la idea va bien para los líquidos, no sucede lo mismo con algunas materias licuefactadas, como el estaño y el plomo, que no muestran el fenómeno de ebullición por más que se las caliente: simplemente se «queman». Y acto seguido relata que, en un primer momento, atribuyó esta diferencia de comportamiento al peso de las partículas; siendo las de los metales más pesadas, no pueden ser elevadas por el fuego. Él mismo, a continuación, refuta esta idea: el mercurio, que después del oro pesa más que cualquier otro metal, sí que hierve 34. He aquí toda una lección sobre el método de la física experimental: la observación, guiada por el recto razonamiento, conduce a la formulación de hipótesis plausibles. Pero allí donde muchas observaciones confirmatorias sólo aumentan el grado de certidumbre de una hipótesis, un solo hecho en contra las derriba. La solución es, naturalmente, realizar nuevos experimentos para examinar más a fondo la cuestión 35. LO QUE SUCEDE EN EL FONDO DEL RECIPIENTE Dado que el fenómeno parece originarse en el fondo del recipiente, donde el grado de calor es mayor, Nollet reproduce la situación calentando una placa de hierro y echando sobre ella gotas de agua. Éstas hierven y se disipan. Ahora mezcla el agua con una sustancia más densa, goma arábiga. Entonces ve formarse ampollas, que se hinchan y revientan exhalando una bocanada de vapor. Con la goma arábiga ha puesto de manifiesto el proceso que se producía en las gotas de agua: las ampollas estarían formadas por partículas de agua elevadas y dilatadas desde la superficie del hierro por el calor, y momentáneamente retenidas por una película de la misma sustancia que, ahora más viscosa con la adición de la goma arábiga, se rompía con más dificultad. En este punto Nollet expone una teoría de la ebullición -de la ebullición, no del cambio de estado-que hoy consideraríamos, salvando las distancias, bastante aceptable. El calor recibido por la parte del recipiente más expuesta al fuego es más del que puede admitir, sin evaporarse, el líquido que está en contacto con ella. Así, se convierte en una burbuja de vapor dilatada, cuyo volumen aumenta hasta que se desprende, reteniendo desde ese momento su grado de calor y haciendo borbotear al ----34 Un resultado similar había sido hallado poco antes al otro lado del Canal por George Martine, y publicado en sus Essays Medical and Philosophical (Londres, 1740). Halló que, entre los materiales ensayados, y después del aire, el mercurio era el que más rápidamente se calentaba y se enfriaba. Más tarde Black lo explicaría en términos de las diferentes capacidades para el calor. 2. líquido al romperse en su superficie. El lugar que deja libre la burbuja al desprenderse de la superficie del recipiente lo ocupa nuevo líquido, que se evapora a su vez. De este modo, el «vapor sutil» que vio anteriormente antes de iniciarse la ebullición consta de pequeñas burbujas que, en un primer momento, se condensan al internarse en una masa de fluido todavía demasiado fría. La transparencia de estas burbujas se explica por la sutileza y homogeneidad del vapor de agua que las compone. En el caso de los vapores acuosos en la atmósfera, que no se perciben con tanta limpidez, ello se debe a su mezcla heterogénea con el aire. Así pues, tal como se presenta en los pasos seguidos por Nollet, el método de indagación consistiría en: a) Obtención de un hecho «crudo» a través de la observación. b) Formulación de una explicación «plausible» dentro del marco de las concepciones aceptadas. c) Extensión de dicha explicación a todos los fenómenos de la misma índole. Si no aparecen excepciones, el hecho o fenómeno quedaría explicado. Si no es así, d) Realización de nuevas observaciones orientadas a iluminar los puntos problemáticos: nueva recopilación de hechos. e) Modificación de la explicación inicial, efectuando el mínimo de conjeturas adicionales posible. f) Extensión de dicha explicación al mayor número posible de fenómenos, justificándose con ello las conjeturas adicionales. A estas alturas de la exposición que hace Nollet en su memoria, nos hallamos en este último apartado (f). Comprueba que, cuanta mayor disposición tiene una sustancia a evaporarse, menos calor se necesita para hacerla hervir. Lo que en cierto modo explica el comportamiento anómalo del mercurio respecto de otros metales, pues se evapora con facilidad. La presencia, o ausencia, de ebullición se explica en términos de la resistencia a la formación de vapores expansibles. Esta resistencia proviene del peso del líquido -la presión-en el lugar donde comienza la ebullición, y de la adherencia de las partes de la sustancia, que el fuego tiende a vencer. Esto explicaría, además, por qué una sustancia no aumenta su temperatura cuando comienza a hervir, pues entonces, «quedando victoriosa la acción del fuego, ya no es susceptible de acrecentamiento» 36. Pues la acción del fuego se realiza a proporción de la resistencia que encuentra en las diversas sustancias. Si el peso del líquido en el lugar donde se inicia la ebullición es determinante del comienzo de ésta, también lo será el peso de la atmósfera sobre la superficie del líqui-----36 NOLLET (1752), p. 80. do, y esta consideración, manifiesta Nollet, hubiese llevado a predecir un hecho que Fahrenheit encontró por azar: que a mayor presión atmosférica, mayor calor necesita una sustancia para llegar a la ebullición. Y la inversa: que en el vacío necesita para hervir un calor menor. Lo que le lleva a experimentar con la máquina neumática. EXPERIMENTOS EN EL VACÍO. El montaje experimental de Nollet consiste en un recipiente con agua puesto al baño maría, cuya boca está unida por un tubo sellado con la campana de una máquina neumática, en cuyo interior ha situado un barómetro (Ilustr.2, fig. 7). Hace el vacío en la campana -llega hasta 3,5 pulg. de Hg-y calienta el agua. Todo sucede como antes: primero se liberan burbujas de aire, que apenas repercuten en el nivel del barómetro, y luego el agua hierve durante un rato. El agua está a 25 o R, el barómetro sube 2 líneas y en la campana de la máquina se extiende un «vapor cálido». Al bombear para sacar el aire desprendido en la ebullición, el mercurio, que está a 5,5 líneas del nivel inicial, no baja por más que bombea. La conclusión que extrae es sorprendente: el resorte del vapor, a diferencia del caso del aire, no se puede debilitar por el juego de la máquina neumática: «un calor bastante mediocre convierte en vapores la humedad que se encuentra encerrada en el recipiente, y desde ese momento el vacío ya no se hace tan perfectamente, sea porque la materia del fuego unida a partículas de agua, o de alguna otra sustancia muy paerecida, forma un fluido cuyo resorte no puede ser debilitado, como lo es el del aire común, por el juego de la bomba, sea porque el mismo aire cargado de vapor, aunque adquiera algún nuevo grado de resorte, se torna menos apropiado para extenderse por el tubo estrecho de la llave, donde reinan siempre otros vapores grasos y más groseros» 37. Lo que explica los distintos grados de vacío que se pueden obtener en la máquina neumática en distintas épocas del año, algo que él mismo había estudiado en una memoria presentada a la Academia algunos años antes 38. Lo que parece verosímil es que la presión en el interior de la campana no baje por el continuo aporte de vapor del agua hirviendo. Constató allí que, a las dos o tres primeras emboladas, cuando el aire comienza a rarificarse, aparecía en el recipiente un vapor más o menos espeso que oscurecía su interior y que, tras algunos pequeños movimientos en forma de circunvoluciones, se precipitaba en la parte inferior del recipiente. Lo atribuye a la condensación de los vapores de que está cargado el aire, producida por una disminución del resorte de éste. En sus experiencias hubiera podido constatar la necesidad de núcleos de condensación, algo que sólo se pondría de manifiesto en 1875. Nollet encontró que se producían menos vapores cuando el experimento se realizaba en una habitación limpia que cuando se efectuaba en su laboratorio. Creyendo constatar un hecho, Nollet introduce aquí una hipótesis nueva, según la cual podrían existir dos tipos de «resorte», uno propio del aire y otro del vapor. Pero se corrige inmediatamente pues, de hecho, logrará hacer bajar el barómetro 4 líneas enfriando la campana. Lo que le indica que el aumento de presión estaba en realidad causado por: «un vapor dilatado que suple en parte el resorde del aire debilitado por la rarefacción» 39. Con esta conclusión, parecería que Nollet podría haber anticipado en cierta manera -salvando, naturalmente, las distancias-un descubrimiento importante, la ley de las presiones parciales que enunciará Dalton medio siglo después. Pues parece asumir que los resortes del aire y del vapor actuarían independientemente, sumándose (cuanto menos en el interior de la campana de la máquina neumática). Pero un nuevo y extraño fenómeno interfiere, y no realiza posteriores indagaciones. Cuando enfría todos los recipientes con esponjas mojadas, encuentra al mercurio del barómetro 3 líneas por debajo de su nivel (el que tendría si la presión atmosférica fuese justamente nula), efecto que perdura durante alrededor de un minuto, tras el cual el mercurio sube lentamente a 3 líneas por encima, quedando así un poco más bajo que cuando hizo el vacío para iniciar la experiencia. De modo que los que atraen la atención de Nollet son dos sucesos inesperados: 1) El estacionamiento del mercurio por debajo de su nivel en el vacío, y 2) que el aire se encuentre más rarificado después de haberse condensado el vapor de lo que había podido conseguirse antes de que este vapor viniese a unírsele. El segundo hecho se puede explicar diciendo que el vapor, al condensarse, «se ha apropiado y ha como fijado una parte del aire con el cual se había mezclado, lo que habría disminuido en otro tanto la cantidad de aire elástico que había quedado en el recipiente (...).»40. Pero el otro efecto es más difícil de explicar porque, como hace notar Nollet, se precisa de una «fuerza positiva» para hacer bajar el mercurio en una de las dos ramas, cuando, antes de descender, el mercurio la llenaba totalmente y no parecía haber allí otra cosa. En realidad, el fenómeno no le resultaba nuevo, pues dice haberlo observado por primera vez cinco años atrás. El efecto es siempre patente en dos de sus barómetros de prueba (sifones invertidos, una de cuyas ramas está cerrada y llena de mercurio). ----En uno de ellos el tubo de vidrio es más grueso y el canal más estrecho que en el otro, siendo siempre el descenso del mercurio mayor en este último. Ha realizado experiencias, comprobando que estos instrumentos, cuando se sitúan en el interior de un recipiente que no contiene nada de «vapor cálido», se comportan igual que los demás. El efecto, evidentemente, proviene de la presión ejercida por algún fluido en la rama del barómetro que se considera vacía. Antes de profundizar más en la cuestión, termina la experiencia, comprobando que la temperatura a la que se produce la ebullición depende de la presión en el interior de la campana. Deduce: «que los licores hierven en el vacío por la misma causa que les hace hervir bajo el peso de la atmósfera; es siempre, por lo que creo, una pequeña porción de la masa que se convierte súbitamente en vapor, y que levanta al resto (...).» 41 Sucede que, al disminuir la presión, el grado de fuego, que antes no tendría fuerza para vencer el peso de la masa de agua o la adherencia de sus partes, resulta suficiente para excitar las bocanadas de vapor que producen la ebullición. Y éstas, «o son algo distinto del aire, o son otro aire distinto al que se extrae del recipiente por medio de la bomba.» 42 EL ESTUDIO DEL VAPOR. El siguiente paso es recoger este fluido para tratar de analizarlo. Toma un pequeño matraz, lo llena por completo de agua tibia, lo invierte y sumerge su cuello en otro recipiente también lleno de agua, de tal modo que el conjunto, después de la inversión, queda perfectamente lleno. Lo coloca bajo la campana de la máquina y hace un vacío moderado, el suficiente para iniciar la ebullición (Ilustr. Al cabo de un tiempo, el agua del matraz ha descendido notablemente. Entonces deja entrar aire en la campana, y cuando el agua se enfría a la temperatura ambiente encuentra un pequeño segmento de la esfera del matraz ocupado por aire. Le parece que esta porción responde bien al aire que podría haberse hallado disuelto en el agua, pero totalmente insuficiente para dar cuenta del volumen de las burbujas que ha observado a lo largo de toda la ebullición. El siguiente paso es tratar de hacer visible al vapor haciéndolo pasar a través de agua. Toma un recipiente con agua tibia que ya había hervido, y lo comunica mediante un sifón con otro recipiente que contiene agua más fría en las mismas condiciones ----41 Ibid., p. Introducidos en la campana, cuando comienza la ebullición ve llenarse al sifón de «vesículas transparentes» que pasan continuamente al otro recipiente mientras dura la ebullición. Aunque aparentemente parezcan compuestas de aire con una envoltura de agua, por lo visto anteriormente piensa: «que, en el fondo, esta especie de soplo bien podía no ser más que un vapor flatulento, es decir, una pequeña porción del licor rarificada, y llevada por un fluido más sutil que el aire común, siempre presto a lanzarse en el recipiente desde el momento en que hay un vacío bastante perfecto, o que la masa fluida que lo encierra no le opone una coherencia de partes demasiado difícil de vencer» 43. Para examinar más atentamente las burbujas, pone agua tibia en un recipiente, y la cubre con unos tres dedos de «espíritu de trementina». Cuando comienza la ebullición y las burbujas pasan a través del mismo, percibe que al romper en su superficie se produce una pequeña lluvia muy fina que vuelve a caer, y que interpreta como la película acuosa que había servido de envoltura a dichas burbujas. Otras burbujas, que no llegan a alcanzar la superficie, vuelven a caer hasta la superficie del agua, donde disminuyen poco a poco de volumen hasta desaparecer totalmente. Entre tanto, la campana de la máquina se llena siempre de un vapor abundante. Lo que le lleva a creer: «que la ebullición de los licores en el vacío, está causada por bocanadas de vapores, que un fluido más sutil que el aire común eleva y dilata bruscamente» 44. He aquí, pues, que separa al «vapor» del fluido que lo dilata, sobre cuya naturaleza afirma prudentemente no poder hacer más que conjeturas: «podría tratarse de la materia del fuego que penetra, como se sabe, a los cuerpos más duros, así como a los más fluidos, y que se detiene sin embargo, en los unos y en los otros, hasta que una causa la determina a pasar de dentro a fuera: esta causa, en el caso del vacío, sería el mismo vacío, por el cual el licor, desprendido de toda presión exterior, se torna libre de obedecer a la fuerza expansiva del fuego que encierra» 45. Sin embargo, esta materia también podría ser la parte más sutil de la atmósfera, una parte tal que los cuerpos más compactos nunca fuesen totalmente impenetrables para ella. Y ésta es, curiosamente, la explicación por la que se inclina. EL COMPONENTE SUTIL DEL AIRE En la primera de sus dos conjeturas sobre la naturaleza del vapor, Nollet anticipa de alguna manera la teoría calórica de los gases que años más tarde defendería su compatriota Lavoisier. Siendo la base el agua, la elasticidad vendría suministrada por la cantidad de materia del fuego -Lavoisier lo denominaría calórico-en combinación con ella. Pero, sin embargo, prefiere recurrir a un hipotético componente del aire. Pero Nollet no se lo saca de la manga; en realidad, tal componente sutil del aire ya había sido propuesto en relación con otros fenómenos. En este sentido, cita una serie de experiencias con barómetros realizadas en la Academia de Ciencias de París en los primeros años del siglo, la investigación de Huygens sobre la suspensión anómala, y las ideas de Dortous de Mairan sobre la aurora boreal. En las experiencias realizadas en la Academia de Ciencias de París se estudió el hecho de que en distintos barómetros el mercurio ascendiese a alturas distintas. Se barajaron diversas hipótesis, entre ellas la supuesta existencia de una materia intermedia entre el éter y el aire que podría penetrar los poros del vidrio, ejerciendo presión en la rama del barómetro aparentemente vacía. También se barajó la idea de una dilatación de los restos de espíritu de vino que, pese a todas las precauciones, hubiesen podido quedar en el tubo; o del efecto del aire disuelto en el mercurio. En cualquier caso, el problema no se pudo acabar de resolver 46. Los barómetros comenzarían a funcionar bien cuando, a partir del primer cuarto de siglo, se generalizase la práctica de hervir el mercurio en el interior del tubo, lo que además de producir su secado desprendía el aire contenido en el mercurio 47. Nollet conocía bien estas precauciones, y manifiesta haberlas aplicado. De modo que no parece posible discernir la causa del fenómeno. Aunque, por otra parte, es muy curioso que el efecto se manifieste predominantemente en dos de ellos. Quizás pudiese deberse a alguna peculiaridad debida a su fabricación, que tampoco es fácil de imaginar. El estacionamiento anómalo era una experiencia ya antigua y bien conocida, aunque no bien explicada. Fue repetida por Boyle, Hooke y Amontons. La experiencia era simple: si se llena un tubo con agua y se invierte en el interior de una campana neumática, éste se vaciará, al no haber presión que lo sostenga; pero si ---- 46 Véase SELLÉS, M. A. (1995), «La ley de Amontons y las indagaciones sobre el aire en la Academia de Ciencias de París (1699-1710)», Asclepio, XLVII (1), 53-80. 47 Un cuarto de siglo después, J. A. De Luc manifestará que, para entonces, aún barómetros de muy distinta fabricación no se desvían ni en una décima de línea. No obstante, suscribe la idea de la permeabilidad del vidrio a un fluido que por su peso, o por su elasticidad, es responsable de fenómenos como la adherencia -muy superior a la que explicaría la presión señalada por el barómetro-de cuerpos pulidos, y que constituiría una parte esencial de la atmósfera. DE LUC, J. A. ( 1772), Recherches sur les modifications de l'atmosphère, 2 vols., Ginebra, vol. 1, pp. 36-38. se purga el agua del aire disuelto en ella, el agua se sostendrá hasta que se introduzca en el tubo la más mínima burbuja de aire. La explicación de Huygens, que no dejó de ser debatida, era que existía una sustancia, más sutil que el aire ordinario, que permea a los cuerpos, y particularmente al vidrio, y que ejercía una presión aun en el interior de la campana. Si bien el mismo Huygens era consciente de las dificultades de esta explicación, pues para que funcionase el fluido no tendría que permear al agua, ni al vidrio del extremo superior del tubo 48. Por su parte, en su teoría de la aurora boreal Mairan, convencido de que el fenómeno era atmosférico, tuvo que extender la atmósfera de la Tierra bastante más lejos de lo que se pensaba, lo que argumentó suponiendo que el barómetro sólo reflejaba una parte del peso de la atmósfera, aquél debido a un aire más grosero, incapaz de penetrar por los poros del vidrio 49. A estos argumentos, Nollet añade dos observaciones. La primera es que, cada vez que ha hecho el vacío en una campana neumática cuyo interior estaba empañado por algún vapor, a medida que actuaba la bomba éste se disipaba. Si la campana es permeable a un aire sutil, al extraer el aire más grosero esta materia sutil penetra por los poros del vidrio, arrastrando a las partículas de agua que se han fijado allí 50. Pero, como él mismo se objeta, si este aire sutil puede pasar a través del vidrio, ¿por qué no lo hace igualmente a través del agua que lo recubre? La solución es recurrir a un diverso tamaño de las partes del aire sutil y a carencias de alineación de los poros del agua. Lo cual se ve apoyado por la segunda observación 51. Nollet recuerda que, en un experimento anterior, cuando intentó hacer descender la presión mientras estaba hirviendo el agua, ésta descendía para volver a recuperarse en seguida. La explicación es que la presión se recupera porque entra algún fluido por los poros del vidrio, que se ve un tanto retardado en su paso, de modo que eso explicaría que al efectuar las emboladas la presión tardase un tanto en recuperarse. Y también este retraso explicaría en parte que pudiese ejercer presión en la campana a ----48 Del experimento da cuenta MIDDLETON, W. E. K. (1964), The History of the Barometer, Baltimore: The Johns Hopkins Press, pp. 78-82. Press, Las ideas de Mairan sobre la aurora boreal se revisan brevemente en J. MORTON BRIGGS, JR. En su tratado, Mairan menciona en apoyo de su idea las experiencias antes referidas en la Academia de Ciencias de París, así como el fenómeno de la suspensión anómala. D'ORTOUS DE MAIRAN, J. (1733), Traité physique et historique de l'aurore boréale, París, No hay que identificar este «aire sutil» con el éter cartesiano. Cuando Musschenbroek critica su intervención en la explicación del mecanismo del estacionamiento anómalo, cuida de separar la explicación basada en la «materia sutil de Descartes» de la de aquéllos que sostienen que hay varios tipos de aire con diferentes grados de sutileza. 51 De hecho, el fenómeno de ósmosis que relata en la última parte de la memoria, en donde constata que una membrana animal permite pasar el agua y no el alcohol (cuando se supone que las partículas de este último, más evaporable, serían más sutiles), viene en apoyo de esta idea. pesar de permear sus poros. Y quizás, al mezclarse con el vapor contenido en la campana, pierda también algo de su sutileza. Y, naturalmente, tampoco duda de que sea este aire el responsable del curioso descenso del mercurio por debajo de su nivel en el barómetro de prueba. En realidad, notó tal efecto al enfriar la campana con esponjas empapadas en agua fría, y el fenómeno sólo duró unos minutos, el tiempo necesario, supone, para que el enfriamiento se hiciese sentir en el barómetro, que estaba más o menos en el centro de la campana. El caso es que éste es uno de los efectos que, al repetir las experiencias, no se produce con regularidad. Lo que, de acuerdo con Nollet, apunta a la existencia de alguna otra causa que todavía no se ha desvelado. Apunta que ésta podría ser la desigual calidad del vidrio. EL AIRE SUTIL, LA DUREZA Y LA FLUIDEZ Como se dijo en la primera parte de este artículo, los físicos experimentales newtonianos explicaban tanto la cohesión de la materia como la elasticidad, siguiendo lo expuesto por Newton en las Cuestiones de la Óptica, mediante una ontología de acciones a distancia. Quienes, como Nollet, no aceptaban este tipo de interacciones, admitiendo sólo causas estrictamente mecánicas, tenían que recurrir al impacto o a la presión. De modo que allí donde unos suponían una fuerza a distancia, los otros presentaban la presión de un fluido: «tras Descartes, la regla más generalmente observada ha sido la de tratar de explicar por el choque o por el impulso de fluidos invisibles todo lo que no puede serlo por la acción del aire sensible, o de otros cuerpos de los cuales podemos ver las operaciones» 52. Si, por otra parte, el fluido sutil puede atravesar el vidrio, cabe presumir que también penetra a los otros cuerpos sólidos. Como en el caso del vidrio arriba comentado, esta penetración se efectúa con más o menos dificultad según el tamaño y la disposición de los poros. Resulta así que la presión de este aire sutil es responsable también de la solidez y de la fluidez. Los cuerpos más porosos le oponen menos resistencia, y son por consiguiente los que presentan entre sus partes menor adhesión. De este modo, las fuerzas de cohesión resultan proporcionales a la cantidad de aire sutil que contienen los cuerpos en su interior, de la que depende la capacidad de «sostener ----52 NOLLET, J. A. (1754-65), vol. 2, p. Indica que incluso Newton, en las Cuestiones 18 y siguientes de su Óptica, admite la existencia de un fluido sutil (el éter) que permanecería en el interior de una campana neumática cuando en ésta se hubiese hecho el vacío. NEWTON, I. (1977), Óptica, Intr., trad. y notas de C. Solís, Madrid, Alfaguara, p. Pero el éter de Newton no deja de ser newtoniano, pues tiene un carácter elástico debido a interacciones a distancia entre sus partículas. la presión» del aire sutil del exterior del cuerpo. Cuando el cuerpo es fluido, está ampliamente penetrado por la materia sutil, por lo que sus partes están más separadas y prestas a moverse entre sí. Y esto, al margen del calor, que por su acción -como se vio-también puede separar las partes y convertir los sólidos en fluidos; 53 no se trataba de una hipótesis gratuita: «hipótesis por hipótesis, creo que es más seguro razonar con principios mecánicos y bien inteligibles, que apoyarse en novedades [se refiere, naturalmente, a las fuerzas a distancia] que no se presentan como ideas familiares al espíritu» 54. Según el principio conocido como «la navaja de Occam», no se debían multiplicar los entes sin necesidad. Este principio era fielmente seguido por Nollet, quien, en lugar de multiplicar los entes, como haría la física experimental «exacta» de la última parte del siglo aceptando la existencia de una serie de fluidos sutiles dotados de propiedades específicas, aumentó las funciones 55. Sin embargo, aumentar los entes tenía sus ventajas. Para Nollet, los componentes del aire podían tener cualquier grado de sutileza, al igual que los poros de la materia podían tener diversas anchuras y/u orientaciones. En tales circunstancias, cuantificar, por ejemplo, la densidad del fluido sutil encerrado en un cuerpo resultaba imposible. Otra cosa era suponer que cada función era ejercida por un fluido específico y homogéneo que, dentro de un mismo cuerpo, podían superponerse sin interferirse. Un cuerpo, así, puede tener una cantidad de fluido calorífico y a la vez, de manera independiente, una cantidad de fluido eléctrico. Pero no se trataba sólo, como se dice a veces, de introducir magnitudes cuantificables. 55 Hasta el primer tercio del siglo XVIII, se pensó, en general, que la materia eléctrica que surgía en efluvios de los cuerpos electrizados por frotamiento era característica de la sustancia del cuerpo en cuestión. Pero con el descubrimiento de la conducción eléctrica por Stephen Gray en 1731, que mostraba que los efluvios eléctricos podían transferirse entre distintos cuerpos, surgió la idea de una materia universal de la electricidad. Éste fue en concreto el parecer de Nollet, quien al presentar su teoría en 1745 atribuyó los fenómenos eléctricos a sendas corrientes, efluentes y afluentes, entre los cuerpos electrizados y los de sus alrededores. Sobre la naturaleza de esta sustancia, Nollet insistió en que no se debían multiplicar los entes sin necesidad, y que convenía tratar de buscarla primero entre aquéllas que ya eran conocidas o supuestas. Y la encontró en la materia del fuego que, envuelto en una materia oleosa o sulfurosa, constituiría el material de los efluvios. Por otra parte, hay que observar que Nollet, y con él sus contemporáneos, pensaban que los efluvios eléctricos permeaban al vidrio, lo cual permitía explicar las experiencias de Haubskee. Por su parte, en la explicación de la botella de Leiden, Franklin supuso al vidrio completamente impermeable al fluido eléctrico. Las teorías eléctricas de ambos se contrastan en YAMAZAKI, E. (1976), «L 'Abbé Nollet et Benjamin Franklin», Japanese Studies in the History of Science, no 15, 37-64. co en la última parte de la Ilustración, entró en la física experimental de la mano del instrumentalismo y supuso, como se decía en la cita de Feldman recogida al principio de este trabajo, una verdadera revolución. Pero fue una revolución que acabó con un importante elemento de la vieja física aristotélica que, todavía, había recogido en cierta medida la nueva física de la Revolución Científica: la explicación de los fenómenos por sus causas. El nuevo instrumentalismo, más allá del carácter probabilístico que físicos como Musschenbroek o Nollet -y sus predecesores-habían atribuido a las hipótesis, renunciaba a la búsqueda de las causas en favor de un conocimiento algebraico de las relaciones entre magnitudes medibles 56. De este modo, Joseph Black pudo medir calores específicos y latentes aún sin manifestarse sobre la naturaleza del calor; y, en la misma línea, Lavoisier y Laplace pudieron colaborar en el alba de la revolución química, aun cuando el primero sostuviese una teoría sustancialista del calor y el otro, al parecer, una estrictamente cinética 57. Se ha hablado, tradicionalmente, de que la revolución química fue una revolución «retrasada». También, por seguir empleando el término acuñado más recientemente por Kuhn -en realidad el concepto en historia de la ciencia se remonta a esta misma época-pudo ser una revolución dentro de una revolución, y que llegó a su debido tiempo. Los historiadores de la química han subrayado la importancia que el modelo de la física experimental supuso para las primeras investigaciones de Lavoisier. Pero ¿de qué física experimental se trataba? Era, sin duda, la física experimental de un Coulomb, y ciertamente no la de un Nollet 58. También HEILBRON, J. L. (1982), pp. 63-65, donde se recogen los primeros capítulos de la obra anterior, seguidos de un resumen del desarrollo de la electricidad. 57 Las investigaciones de Lavoisier y Laplace se estudian en el ya clásico trabajo de GUERLAC, H. (1976), «Chemistry as a Branch of Physics: Laplace 's Collaborqation with Lavoisier», Historical Studies in the Physical Sciences, 7, 193-276. La caracterización de la disciplina por Donovan, sin embargo, se corresponde más con la «física experimental exacta» que con la que aquí he estado estudiando: ««Los instrumentos de investigación hicieron posible la cuantificación analítica, y los físicos experimentales creyeron que la precisa cuantificación llevaría finalmente al rigor matemático.» (p. De este modo, la comparación que hace entre Lavoisier y Nollet en el Capítulo 2 no debería llevarse demasiado lejos. Cuando la historia tiene un final feliz, suele justificarse por sí misma, y las conclusiones están servidas. Cuando termina mal, la conclusión suele ser una lección, que por lo general adopta la forma del si-entonces: si Nollet hubiese interpretado correctamente sus experimentos, entonces hubiese concluído esto o aquéllo, o si Nollet hubiese medido esto o aquéllo, entonces habría obtenido tales o cuales resultados, dando un paso en la «buena» dirección. Desde la perspectiva que da el transcurso del tiempo, sabemos que el final no fue feliz. Pero extraer la moraleja no es tan fácil; quizás por esto apenas se encuentren entre la historiografía comentarios sobre la memoria de Nollet, pese a ser tan conspicuos tanto su autor como su lugar de publicación. Tal como he intentado mostrar (que no analizar), la filosofía experimental de la época tenía sus propios métodos y objetivos, tenía sus instrumentos y todo un programa para la investigación de las causas de los fenómenos naturales. Y este programa se perseguía, experimentos espectaculares de salón aparte, con una gran dosis de seriedad. En cuanto a la moraleja, bien pudiera ser ésta: todo lo que se consigue tiene un precio. En este caso, si se quería avanzar en el estudio de los fenómenos, parece que el precio a pagar era la renuncia al viejo proyecto de conocer sus causas.
El artículo se centra en el estudio del significado y alcance de la física experimental en el siglo XVIII. En particular, se analiza el papel preciso que desempeñaron los diferentes tipos de experimentos planteados dentro de esta concepción de los fenómenos naturales así como la importancia que el rechazo de las matemáticas (en especial la geometría) tuvo entre los físicos experimentales en sentido estricto. A lo largo de la Ilustración, la física conoció una transformación fundamental en los métodos y en los contenidos. Estimulada por las novedades y resultados introducidos en el siglo anterior por Descartes, Galileo, Boyle y Newton, entre otros, durante este período se consolidó el distanciamiento entre este nuevo modelo de filosofía natural y el tradicional inspirado en Aristóteles, dominante aún en muchos centros de enseñanza superior. En este proceso de cambio fue fundamental la aportación y desarrollo de dos orientaciones que conformaron la física ilustrada: la mecánica práctica y la física experimental. Las líneas que siguen estarán centradas en determinar en qué consistió esta última vertiente de las ciencias físicas y cuál fue su contribución a la reforma mencionada. Básicamente la mecánica práctica estaba dedicada a estudiar las condiciones de aplicación de los principios mecánicos generales a la descripción de situaciones concretas. Así, comprendía, por ejemplo, diferentes ramas de la hidrostática y otras tantas de la mecánica, como las relacionadas con la resistencia de materiales o con el análisis del rozamiento. Por su parte, la física experimental, que no tenía la tradición de la anterior ni contenía principios generales comparables, esencialmente participó de los rasgos comunes a la física en general 1 y que, a su vez, constituyeron los elementos sobre los que se cimentó el cambio de las concepciones tradicionales. En primer lugar, el alcance de sus contenidos era más limitado que en el enfoque antiguo: no comprendía ni las investigaciones relacionadas con el mundo orgánico ni las referidas al hombre. En segundo lugar, se justificaba el uso de las matemáticas como modo de representación de las regularidades de la naturaleza. En tercer lugar, partían de una teoría de la materia basada en alguna de las versiones de la filosofía mecánico-corpuscular. Y, por último, la experimentación recibió un importante impulso como vía de indagación de la naturaleza y como recurso demostrativo de las teorías. Sin embargo, algunas peculiaridades, como el papel preciso reservado a las matemáticas así como el uso y alcance de la experimentación, convirtieron a esta disciplina en un saber científico diferenciable tanto de la mecánica como de otro enfoque, desarrollado en el seno de la física, que contó con contribuciones a lo largo de todo el siglo: la física experimental matemática 2. Así pues, durante el Siglo de las Luces, se desarrollaron tres orientaciones que convivieron durante este período, relacionadas unas con las llamadas matemáticas mixtas y otras con la filosofía natural. Las tres aprovecharán las ventajas del experimento, y por ello en la historiografía se ha asociado con la disciplina conocida como Física experimental; sin embargo dado que cada una perseguía finalidades diferentes y contaban también con planteamientos distintos, en este trabajo se va a establecer una distinción que va a corresponder con las siguientes opciones: ----1 Sobre la física de este siglo, COHEN, I. B. (1956), Franklin and Newton. 2 Se prefiere esta acepción, que comprendería los trabajos, como se verá más adelante, de personajes con una sólida formación matemática, como F.U.T. Aepinus, J. H. Lambert o Ch. Coulomb, a la de «físicos matemáticos», ya que el uso de este concepto podría provocar alguna confusión con los estudios realizados en el ámbito de la mecánica (por ejemplo, los de J. L. D'Alembert o de L. Euler) o también con aproximaciones a la física más propias del siglo XIX, en concreto las procedentes de la escuela francesa inspirada en P. S. de Laplace (acerca de este último aspecto, FOX, R. (1974), «The Rise and Fall of Laplacian School», Historical Studies in the Physical Sciences, 4, 89-136). -En primer lugar, tenemos la mecánica práctica, incorporada en la física general, cuyo propósito era comprobar, partiendo de principios matemáticos, la aplicación de éstos a situaciones reales. -En segundo lugar, la física experimental matemática, desarrollada a lo largo de todo el siglo, que empleó los experimentos en el sentido que lo hizo Newton en la Óptica, es decir, fundamentalmente para determinar propiedades generales que después pudieran ser matematizadas. -Y, en tercer lugar, la física experimental en sentido estricto, de la que se hablará seguidamente, y que correspondía con la física particular y una parte de la física general. El análisis que se llevará a cabo a continuación está destinado por tanto a dilucidar el sentido que adquirieron el uso de las matemáticas y el de la prueba experimental dentro de esta última rama de la física. Así se pondrá de manifiesto, primero, las particularidades de la física experimental (no matemática) frente a las otras opciones señaladas, y segundo, el alcance así como las limitaciones inherentes a este singular ámbito de estudios cuya difusión y desarrollo a lo largo de todo el siglo permitió la realización de importantes descubrimientos en la filosofía natural3. Atendiendo a estos propósitos, el trabajo se ha dividido en tres partes: la primera se ocupa de los contenidos de la física experimental, en la segunda se tratan los métodos de esta disciplina y en la tercera, por último, se muestra mediante diferentes ejemplos cómo estos presupuestos se pusieron en práctica. Como punto de partida, he elegido la figura de Petrus van Musschenbroek, cuya obra, compuesta de numerosos manuales y otras tantas investigaciones en los campos del magnetismo, la electricidad y la calorimetría, representa de forma cabal el paradigma del físico experimental ilustrado tal y como se va a caracterizar en este artículo, esto es, el comprometido con la última de las orientaciones señaladas. Profesor de esta disciplina en la Universidad de Leiden (Holanda), sus esfuerzos se destinaron a recoger la herencia de los trabajos experimentales del siglo XVII (una de sus primeras publicaciones es una edición de los emblemáticos Saggi della Accademia del Cimento) y a sistematizar los logros y las abundantes cuestiones que aún permanecían abiertas en este ámbito. De aquí que nuestro personaje constituya un excelente punto de referencia para entender los aspectos asociados con estos estudios que trataremos a continuación. ----EL PERFIL DE LA FÍSICA EXPERIMENTAL Para contar con una idea muy aproximada de los contenidos de la física es preciso, como aconseja J. L. Heilbron4, acudir a alguno de los numerosos manuales que se elaboraron durante este siglo. Entre todos ellos, los que mantienen un mínimo denominador común de las visiones de este período son los del mencionado Petrus van Musschenbroek. Varias razones, además de las ya apuntadas, justifican esta elección. En primer lugar, su producción reúne las innovaciones de la tradiciones continental e inglesa; segundo, su obra se enmarca entre 1730 y 1765, recogiendo las aportaciones de la primera mitad del siglo y anunciando las tendencias de la segunda. Otro elemento importante es la amplia difusión de sus escritos, que circularon por España, Portugal, Alemania, Inglaterra, Italia, Francia, y por supuesto, los Países Bajos. Y, por último, mantiene una posición característica de la época en relación con el uso de la experimentación y de las matemáticas en la física. Musschenbroek estudió en la Universidad de Leiden, recibiendo el doctorado en medicina en 1715. Posteriormente realizó un viaje a Londres, donde conocería a Newton y el mundo científico de esta ciudad. A su vuelta comenzó a practicar la medicina, e influido por su hermano, cinco años mayor que él y fabricante de instrumentos, conoció a's Gravesande, profesor en Leiden y autor de Physices, otro de los importantes manuales de física de ese siglo. En el año 1719 recibió el doctorado en filosofía, aceptando posteriormente el puesto de profesor de matemáticas y filosofía en la universidad de Duisburg (Alemania). Cuatro años más tarde abandonaba este cargo para trasladarse a la Universidad de Utrecht, donde se encargó del puesto de profesor de matemáticas, permaneciendo en este lugar hasta 1740, lugar en el que alcanzaría gran fama como físico experimentador. Finalmente entró en la Universidad de Leiden, ocupándose de la enseñanza de las matemáticas y de la filosofía y, a partir de la muerte de's Gravesande, de la física experimental, puesto que ocupó hasta su fallecimiento en 1761. La producción de Musschenbroek es extensa, destacando Epitome elementorum physico-mathematicorum conscripta in usus academicos (Utrecht, 1726), correspondiente a un resumen de sus lecciones; Essai de Physique (Leiden, 1739, 1a ed.; 1751, 2a), traducción francesa de un compendio más elaborado de las lecciones universitarias; Elementa physicae (Leiden, 1741), escrita expresamente para el público universitario (traducida al inglés en 1744 y al alemán en 1747), y Cours de physique expérimentale et mathematique (París, 1769), traducción al idioma galo de la Introductio ----ad philosophiam naturalem (Lugduni Batavorum, 1762), el más importante de los trabajos del autor holandés5. De acuerdo con los manuales de Musschenbroek, la distribución de los temas que configuran el ámbito de desarrollo de la física experimental es la siguiente6: Los distintos saberes aquí enumerados, y algunos más que configuran la física, se distribuyen, según las concepciones generales de Musschenbroek, de acuerdo con las siguientes categorías: Física experimental (cuerpos en general): La parte general de la física experimental está basada en las propiedades generales de 1a y 2a clase7, admitiendo la aplicación de las matemáticas. Las propiedades de primera clase comprenden, a su vez, la extensión, la impenetrabilidad, la fuerza de inercia, la movilidad, la reposabilidad y la figurabilidad, y las de segunda clase, la gravedad y la fuerza de atracción. En definitiva, todas las propiedades que afectan a la materia ordinaria. ----Así, esta parte de la física comprende las siguientes ramas: La física particular, por su parte, está basada en las propiedades no comunes a todos los cuerpos. En este caso nos encontramos con una larga lista en la que aparecen referencias al calor, el sonido, la transparencia, la solidez, etc. Aquí, por tanto, se incluyen los siguientes estudios: • Meteoros aéreos • Meteoros acuosos • Meteoros ígneos Historia natural (cuerpos terrestres) Solamente la física experimental, como vemos, se ocupa de los cuerpos en general, lo cual la diferencia del resto de saberes, que se ocupan de aspectos particulares. Centrándonos ahora en esta disciplina, las propiedades generales que comprende admiten el aumento y la disminución, por lo que posibilitan la aplicación de las ma-----8 La adherencia se incluye en el primer grupo, así como también el magnetismo, porque dependen de la materia oridinaria; en los otros casos sería necesario un fluido especial. Sobre los trabajos experimentales realizados en el primero de estos ámbitos, que presuponen la existencia de fuerzas a corta distancia, MILLING-TON, E. C. (1947), «Capillarity and Cohesion in the Eighteenth Century», Annals of Science, 5, 352-369. 9 En realidad, en este caso, Musschenbroek representa una excepción, ya que la tendencia dominante durante todo el siglo dentro de los físicos experimentales fue el apoyo con más o menos matices de la «teoría de la circulación», inspirada en Descartes; por tanto, estos estudios más bien deberían incluirse dentro de la física particular. En segundo lugar, la división entre la parte general y la particular de la física experimental no expresa una distancia infranqueable10: una parte importante de las áreas contempladas en la física particular se encuentran conectadas con la general (por ejemplo, el estudio de las propiedades del agua o del aire derivadas de su peso). Además, al considerar la virtud atractiva como una propiedad general, cuyo estudio podía acometerse considerando sus efectos y sus leyes, algunos campos (electricidad y magnetismo) relegados a estudios descriptivos propios de las historias naturales podrían consolidarse como disciplinas características de la física general11. Por su parte, la meteorología, en cuanto que examina fenómenos vinculados con las propiedades del aire, del agua o de la electricidad puede remitirse a las conclusiones establecidas en la física particular o también en la general. Según este esquema, la fisica se distingue, por un lado, de la química en cuanto que a la segunda están reservadas aquellas propiedades particulares que no se remiten a ninguna de las generales12, y por el otro, de las matemáticas mixtas13 en que éstas solamente se ocupan de los cálculos prácticos derivados de las propiedades de primera clase (correspondiendo esto último con lo que antes se ha llamado «mecánica práctica»). ----EL MARCO TEÓRICO DE LA FÍSICA: EL CORPUSCULARISMO Las concepciones de la materia existentes se dividían en función del uso de la hipótesis mecanicista y/o de la sustancialista (o materialista) 14; la primera a su vez se dividía en dos, según se tuviera en cuenta la existencia de fuerzas o no. En el primer caso se trataba de corpúsculos impenetrables y dotados de inercia, que se movían en el vacío, y entre los que existían fuerzas a distancia; en el segundo se consideran partículas divisibles indefinidamente, dotadas de materia y movimiento, que actuaban entre ellas por impulso y presión dentro de un espacio material. Por otra parte, la sustancialista se apoyaba en la existencia de los llamados fluidos sutiles que, empleados para explicar, entre otros, los fenómenos eléctricos, magnéticos y térmicos, se concebían como sustancias con propiedades físicas, si bien diferenciables de la materia ordinaria (no añadían masa); por ejemplo, en este siglo se aceptó en general la noción de un fluido elástico calorífico, compuesto por partículas que se repelían entre sí y eran atraídas por la materia común. Entre los representantes del mecanicismo del primer tipo se encuentran los trabajos en electricidad de J. A. Nollet. Además existían posiciones intermedias, como la del mencionado Musschenbroek, que participaba de las diferentes tendencias (en calor y electricidad, sustancialista; en magnetismo y cohesión, mecanicista). LOS MÉTODOS DE LA FÍSICA EXPERIMENTAL Entre los promotores de estos estudios se prefirió la certeza de la experiencia a la evidencia de las matemáticas, por lo que la prueba experimental era considerada, como ya había sostenido R. Boyle en el siglo XVII, superior a la prueba matemática 15. Estas ideas se reforzaron con las aportaciones propias de la filosofía empirista ----14 En general, sobre las diferentes posturas de la filosofía natural inglesa, SCHOFIELD, R. E. ( 1970 defendidas por J. Locke16. Para éste, si las ideas provenían de la experiencia, para comprobar la validez de cualquier constructo mental, era precisa su contrastación con la información sensible. Por estas razones, durante ese siglo y gran parte del siglo XVIII, una obra como los Principia Mathematica de Newton no fue considerada propiamente como un trabajo de física ya que partía de una entidad teórica, la fuerza, que era contemplada más bien como un producto de la imaginación 17. En el siglo XVIII, dos personajes, entre otros, apoyaron explícitamente estos presupuestos: J. T. Desaguliers y D. Diderot. El primero expresó su respaldo a estas posturas en la introducción del influyente Course of Experimental Philosophy (Londres, 1734-44) 18, donde mantenía su confianza en la posibilidad de traducir a demostraciones experimentales los principios de filosofía natural de Newton. Por otra parte, el segundo, se refería a principios similares en su De la interpretación de la naturaleza (1753). Para Diderot, el cometido de la física no era «rectificar los cálculos de la geometría» 19, sino constituirse en un conocimiento original de la naturaleza, el cual compartirían todos aquellos que practicasen el «arte experimental», es decir, los químicos, los físicos y los naturalistas. Las matemáticas, y el autor se fija principalmente en la geometría, son insuficientes para llevar a cabo este estudio porque su objeto es una abstracción exenta de cualidades individuales y sensibles; su finalidad es la aplicación de ciertas reglas de acuerdo con unas convenciones. Diderot, a partir de 1749, y el conde de Buffon, especialmente en su «Premier discourse de la manière d 'étudier l' histoire naturelle», del mismo año, fueron los principales defensores de estas posturas en Francia. ----Esta desmedida confianza en la experiencia contrastaba con las actitudes de los matemáticos, quienes defendían más bien un uso restringido de estos métodos. Este era el caso de J. D'Alembert, para quien la claridad y la evidencia de una ciencia dependían del grado de generalidad y abstracción que tuvieran sus principios; a medida que añadiésemos propiedades sensibles, aumentaría proporcionalmente la confusión 21. Por tanto, para uno de los editores de la Encyclopédie, el experimento tenía un escaso valor, sólo servía para contrastar la teoría y para cuestiones derivadas de ésta, por ejemplo, para problemas relacionados con los efectos del rozamiento o con la aerometría 22. No era este uso limitado de la experiencia el que inspiraba los compromisos de los físicos experimentales; para ellos los principios generales o básicos también debían estar basados en las impresiones sensoriales y su proximidad a ellas garantizaba su veracidad. En definitiva, se trataba de seguir fielmente las prácticas de dos autores del siglo XVII, el mencionado Boyle y J. Rohault. El filósofo natural inglés reconocía la importancia de la aproximación matemática, ejemplificada en los resultados de Galileo y Pascal, sin embargo no pensaba que ésta fuera el procedimiento adecuado para el conocimiento de la naturaleza 23, o más bien para el descubrimiento de los agentes que son responsables de la producción de las cualidades que observamos. Para este cometido, además de los elementos enunciados, era preciso tener en cuenta entidades sensibles que fueran detectables mediante los aparatos. Esta era la característica que tenía el aire frente al éter, cuya existencia y efectos intentó comprobar 24. En el caso del físico francés, Rohault, la experimentación adquirió un matiz diferente. Su punto de partida era estrictamente cartesiano, y de acuerdo con él, el mundo microfísico era inaccesible, no podemos conocer los componentes de la materia; por ----GILLISPIE, Ch. 178; para J. L. Heilbron, en la obra se hace un uso moderado aunque eficaz de las matemáticas, HEILBRON, J. L. (1992), «Fisica e astronomia nel Settecento», Storia delle Scienze. 22 Técnica iniciada en el siglo XVII para la determinación del peso específico de un cuerpo. En el XVIII, los principales modelos para llevar a cabo estas operaciones fueron ideados por D. G. Fahrenheit (descrito en FAHRENHEIT, R. H. ( 1724 tanto para ofrecer una explicación de los efectos observados, debemos obrar mediante hipótesis, que deben estar sujetas a su vez a principios metafísicos 25. Una hipótesis sería pues un modelo mecánico en el que se emplean los objetos de la experiencia, ya que éstos no difieren de las partículas inaccesibles nada más que en cuanto a su tamaño. En conclusión, «confirmación» para un cartesiano no significaba lo mismo que para Galileo o Pascal, más bien se entendía como la posibilidad de encontrar un mecanismo a gran escala que por analogía representase los procesos microfísicos responsables de los efectos que observamos. Por tanto, el descubrimiento de propiedades, de sus constancias y relaciones, la concepción de modelos explicativos, así como las demostraciones experimentales se convirtieron en el leit motiv de los físicos de la Ilustración. Para llevar a la práctica estas ideas generales los autores comprometidos con esta orientación se apoyaron en dos elementos fundamentales: las propiedades mecánicas anteriormente enunciadas y las analogías (basadas a su vez en el presupuesto metafísico de la uniformidad de la naturaleza). Así pues, por un lado, los procesos internos estaban condicionados por la base empírica que podíamos obtener en nuestras observaciones y que nos informaba aproximadamente sobre la posición y movimiento de las partículas. Por otra parte, el exigible nivel de generalidad de toda explicación física se conseguía gracias a que solamente se empleaba un puñado de propiedades (masa, posición, y algunas derivadas, como la elasticidad), de las que dependía la amplia variedad de las cualidades sensibles. El experimento, parte fundamental de esta postura epistemológica, servía para confirmar la verosimilitud del mecanismo propuesto. Dentro de esta línea, las matemáticas cumplían un papel específico y limitado: reflejar mediante proporciones las regularidades observadas, y solamente éstas. Por tanto, las variables no representaban cuantitativamente alguna de las propiedades generales, como hacían los «físicos experimentales matemáticos», ya que esto supondría tomar como fundamental para la explicación algo inaccesible, ideal, hipotético y fuera del alcance de nuestros sentidos o de la capacidad de detección mediante los aparatos. Esta discrepancia respecto del alcance de las matemáticas es la que explica, por ejemplo, la diferencia entre los estudios de Musschenbroek, un físico experimental en sentido estricto, y los de Ch. Coulomb, un representante de lo que se he calificado como «física experimental matemática», en relación con la fuerza magnética. Para el primero, la fuerza se define a partir de sus manifestaciones externas, ---- 25 Esto es, admitir, entre otros principios, que no hay nada en la naturaleza que no tenga propiedades, que todo efecto presupone una causa y que un cuerpo en movimiento no puede comunicar un efecto mayor que el que él mismo posee. Centrándonos en las propiedades, las fundamentales para Rohault son: solidez, dureza, impenetrabilidad y forma, teniendo en cuenta, primero, la identificación de la materia y la extensión (negación del vacío), y segundo, la indefinible división de la materia. Sobre el experimentalismo de corte cartesiano, CLARKE, D. M. (1989), Occult Powers and Hypothesis. Cartesian Natural Philosophy under Luis XIV, Oxford, Oxford University Press. nada podemos conocer acerca de su naturaleza. Por tanto, en el caso del magnetismo, la vía para determinar sus efectos es una estrategia experimental consistente en un dispositivo compuesto por una balanza y dos piedras imán; la acción o la fuerza entre éstas últimas se contrarrestaría con la de la gravedad26 (véase la fig. 1). Así, para el físico holandés, a la hora de determinar la fuerza, debemos atender al efecto global producido por el objeto que tiene esta propiedad. En cambio, la propuesta de Coulomb partía de la consideración de cada uno de los polos como centros de fuerza separados, paso previo para lograr su finalidad: la determinación de la fuerza entre las partículas del fluido magnético (véase la fig. 2). Esto significaba atribuir una propiedad constante a una entidad microfísica, fuera del alcance de los sentidos, siendo las manifestaciones externas una consecuencia de esta peculiaridad de la materia 27. De aquí que los experimentos estén orientados a aislar las unidades donde está concentrada la fuerza en el trozo de imán, que equivalen a la acción de una partícula, y medir sus efectos. ----En el caso del estudio de la dilatación de los metales también se pusieron en práctica los dos procedimientos mencionados, esta vez teniendo como protagonistas al propio Musschenbroek y J. H. Lambert (un físico experimental matemático). Nuevamente el físico holandés pretende, sin conseguirlo, determinar una ley a partir de las observaciones obtenidas con un dilatómetro, donde las variaciones de longitud de las barras metálicas provocan el movimiento circular de una aguja sobre un cuadrante graduado (véase la fig. 3). En este caso, el análisis del calor se reduce a la presencia de partículas dotadas de movimiento que producen un aumento de volumen en el cuerpo donde se alojan (mínima base física) y especialmente a las regularidades observadas con los aparatos; en ningún momento por tanto se aventura una propiedad matematizable inherente a estos corpúsculos. En cambio, Lambert sí intenta esta última aproximación tanto en sus análisis del equilibrio de temperaturas como en el de los cambios de volumen provocados por el calor 28, donde parte de variables como el número de partículas de calor que existen en un cuerpo y pueden pasar a otro, la fuerza de cada una de ellas y el volumen de los cuerpos 29. Si bien los ejemplos vistos nos sirven para comprender algunos procedimientos de la física experimental, la finalidad primordial de ésta no fue el establecimiento de leyes, sino, como ya habíamos dicho antes, ofrecer dentro del marco conceptual corpuscularista un modelo mecánico que diera cuenta de los hechos. Estos modelos mecánicos estaban basados en la experiencia diaria y en la analogía, es decir, se extrapolaban datos observacionales a las descripciones de los procesos microfísicos. Los instrumentos, los aparatos y los dispositivos experimentales permitían, por un lado, manipular y controlar variables, y por el otro, dentro de esta tendencia, servían para reproducir procesos reales significativos. Para M. van Marum, director de la Fundación Teyler (Haarlem) 29, la chispa producida por un generador probaba la existencia de un solo fluido; ---- 29 Su interés por la adquisición de grandes máquinas eléctricas, que encargó en 1785 al mejor fabricante en esos momentos, el inglés J. Cuthberston, tenía la finalidad de producir grandes efectos para obser-Fig. 3 para J. A. Nollet, entre la electricidad y el fuego existía necesariamente una analogía que se ponía de manifiesto en la. capacidad de las chispas para inflamar el alcohol 30. Por otra parte, la disposición de las limaduras de hierro sobre una lámina, sometidas a la acción de un imán, se convirtió en una imagen permanentemente presente en la mente de los físicos a la hora de dar cuenta de los mecanismos que justificaban los fenómenos magnéticos. CASOS Y RESULTADOS EN LA FÍSICA PARTICULAR Y EN LA GENERAL Física particular (electricidad y calor) Dentro de los parámetros de la física experimental se produjo un importante impulso de los ámbitos incluidos, según la clasificación anterior, bajo la física particular. La electricidad, el estudio del aire, el calor, el magnetismo y la cohesión fueron las disciplinas en las que se pusieron en práctica las ideas que se han venido exponiendo. La electricidad constituye el caso mejor estudiado, y dentro de este tema destacan, por la atención recibida, las figuras de B. Franklin y A. Volta. En el caso de Franklin, la finalidad primordial de su trabajo experimental entre 1747 y 1755 no fue la medición sistemática, sino la localización de la carga en la botella de Leiden así como la explicación del comportamiento de este dispositivo. También demostró que el relámpago era un fenómeno eléctrico, estudió la transmisión de la carga así como la descarga violenta. El resultado fue una extensamente empleada teoría de la acción eléctrica y numerosas reglas, que tenían, por ejemplo, la siguiente forma: «cuando un cuerpo contiene más electricidad en relación con su tamaño que otro, entonces, al unir ambos mediante un conductor o cuando se disponen suficientemente próximos para que salte entre ellos una chispa, el fluido se transmitirá uniformemente de uno a otro hasta que esté uniformemente distribuido entre los dos». Volta, por su parte, tampoco estaba interesado en la cuantificación 31; sus esfuerzos (entre 1775 y 1805) se destinaron, en cambio, al análisis de la relación entre capacidad, tensión y carga, a la ---observar más claramente los fenómenos asociados con la electricidad. Lichtenberg, otro de los partidarios de estas posturas, «Repetir un experimento con aparatos de mayor tamaño es equivalente a ver los fenómenos a través de un microscopio», cit. en BILANUIK, O. M., «G. Ch. C., ed (1981) 31 Recibiría, sin embargo, la influencia, por un lado, de la Optica de Newton y los trabajos de Boscovich y Leibniz, y por el otro, de la orientación experimental-especulativa y la de la química de las afinidades, L. Fregonese, «Two different scientific programmes: Volta 's electrology and Coulomb' s electrostatics», en BLONDEL, Ch. y DÖRRIES, M. (1994), eds., Restaging Coulomb, Florencia: Leo S. Olschki, pp. 96-98. sustitución del concepto de atmósfera eléctrica por el de «esfera de actividad», y en conexión con la explicación del galvanismo, a la detección de cargas débiles mediante electroscopios (investigaciones cruciales para sus estudios sobre la electricidad producida en los contactos entre metales y, por tanto, para la invención de la pila). El resultado fue la definición de nuevos conceptos y sus relaciones, la invención del electróforo y el descubrimiento y estudio de la fuerza electromotriz (base de la pila). Los trabajos de ambos autores proporcionan información sobre los procedimientos empleados en la explicación de los fenómenos naturales. En primer lugar, la utilización de los fluidos constituía la mejor manera de justificar las observaciones. Estos consistían, como ya se había dicho, en sustancias con propiedades físicas aunque no añadían masa; se movían, actuaban por contacto, se alojaban en los poros de los cuerpos, y en algunos casos manifestaban fuerzas de repulsión entre sus partículas. También podían transmitirse de un cuerpo a otro, se podían almacenar en ciertas circunstancias y la intensidad del efecto era proporcional a su cantidad o bien a su densidad. Con estos presupuestos se elaboraron los modelos basados en las analogías con el comportamiento hidrostático e hidrodinámico propio de la mecánica de fluidos. Por ejemplo, el generador eléctrico era comparado con una bomba aspirante que «extraía» la electricidad de la tierra y la transmitía hacia el conductor principal 32. Para Franklin, la materia ordinaria era como una esponja para el fluido eléctrico; una vez que se saturaba, el fluido se distribuía alrededor del cuerpo formando una «atmósfera eléctrica» (similar por otra parte a la atmósfera terrestre). Este elemento fue empleado por el científico de Filadelfia para explicar las atracciones y repulsiones observadas en el nivel macroscópico, teniendo en cuenta que, en general, se descartaba por ininteligible la acción de fuerzas a distancia. Similares recursos a acciones por contacto, así como a imágenes basadas en la dinámica de fluidos, eran reclamados en los modelos concebidos por otro destacado investigador de la electricidad en el XVIII, J. A. Nollet. Para el francés, cuando se frotaba un cuerpo, salía de sus capas superiores un efluvio cuyo ingrediente fundamental era el fuego. Como resultado de esta expulsión súbita, quedaban en el cuerpo espacios que se llenarían con corrientes procedentes de los cuerpos circundantes. La acción de estos flujos y reflujos sobre los materiales ligeros explicaría los movimientos que observamos. En definitiva, la electricidad era el resultado de la alteración de la situación de equilibrio del fluido existente en un objeto. En el caso de Volta, éste puso en práctica otro de los recursos mencionados anteriormente. Se trataba del uso de aparatos para ejemplificar y observar directamente fenómenos relevantes asociados con las consecuencias de una explicación teórica. Los útiles empleados para esta ocasión fueron el electróforo, cuya acción mostraba ----32 HACKMANN, W. (1978), Electricity from Glass. 9. que la electricidad no desaparecía con la descarga (en contra de G. Beccaria), y el condensador, que hacía visibles los efectos de la electricidad, los cuales por su debilidad se escapaban del alcance de los sentidos 33. Los estudios asociados con el calor suministran igualmente muestras de los procedimientos empleados por los físicos experimentales. Sin embargo, entre este ámbito y la electricidad existió una diferencia importante: la disposición de un instrumento de medida fiable, como el termómetro, que dentro del segundo campo no existió. Solamente el empleo de alguno de los diversos tipos de electrómetro (realmente un electroscopio) hubiera representado un cambio sustancial dentro de las investigaciones eléctricas, pero, primero, carecían del requisito de linealidad, y segundo, tampoco estaba muy claro qué medían dentro del contexto de los modelos al uso 34. Entre estos físicos experimentales se asumió en general, y especialmente a partir de la publicación de los Elementa chemiae de H. Boheraave (1732), la consideración del calor como una sustancia, es decir, la idea de que éste era un tipo de fluido elástico presente en todos los cuerpos, compuesto de partículas atraídas por la materia ordinaria y que se repelían entre sí. De esta manera, los trabajos termométricos contaban con una mínima base física. Estos se habían iniciado tomando la variación del volumen de un cuerpo como fundamento de las constancias asociadas con una propiedad, una elección arbitraria 35. A partir de ese momento, los esfuerzos se encaminaron hacia el análisis de las propiedades de la sustancia (aire, agua, alcohol, mercurio) empleada en las observaciones, y a la consecución de un instrumento fiable, factor no dependiente tanto de su sensibilidad como de la constancia y regularidad de su comportamiento, así como de la previsión de las imprecisiones. En torno a 1740 existían termómetros comparables, hecho que facilitaba el intercambio de observaciones y la confianza en las mediciones. Dentro del ámbito del estudio de las constancias, y contando con el instrumento de medición, pueden observarse anomalías, irregularidades que se intentan incorporar a los rudimentos teóricos iniciales o que representan una ampliación de los mismos. Estas circunstancias fueron las que motivaron los trabajos de J. Black relacionados con el calor latente y con los problemas de cambio de estado, particularmente los de sólido a líquido. Para el autor inglés, siguiendo en esto a Boerhaave, los registros del termómetro eran el único indicador objetivo de la presencia de calor; sin embargo, y aquí se separaba del químico holandés, no constituían una medida de una ----33 Sobre las estrategias de Volta y el uso de instrumentos, M. PERA, M. (1986), La rana ambigua, Torino, Giulio Einaudi (según versión inglesa de 1992, The Ambiguous Frog. 34 Véase HACKMANN, W., «Electroscope» y «Electrometer», en BUD, R. y WARNER, D. J., eds. Con estos puntos de partida realizó los experimentos sobre mezclas de agua congelada y líquida, teniendo en cuenta que agua=hielo + materia de calor y que vapor=agua+materia de calor. Así, observó que al dejar pesos iguales de hielo y agua en una habitación a una temperatura conocida, el primero tardaba 21 veces más el tiempo empleado por el segundo en alcanzar la misma temperatura del entorno; como el ascenso había sido de 33 a 40 grados F, entonces en total se habían necesitado 21x (40-33) «grados de calor», de los cuales 8 solamente se empleaban para el cambio térmico, y los restantes 137 para el cambio de estado. Por tanto, a través de estos planteamientos llevados a cabo en 1762, exentos de instrumentos de alta sensibilidad, y con el uso de simples operaciones aritméticas, se había detectado la presencia del calor latente, y además se habían conseguido cuantificar con cierta aproximación sus efectos, por ejemplo, en el caso de las mezclas de sustancias a diferente temperatura. Así pues, la disposición de un instrumento fiable dentro de un ámbito determinado de la física constituía una herramienta poderosa para llevar a cabo análisis de las consecuencias vinculadas con un constructo teórico, así como para perfilar éste mediante el descubrimiento de propiedades que explicaran las anomalías. Además, el propio utillaje, en este caso el termómetro, entraba a formar parte del propio dispositivo experimental empleado para examinar los fenómenos, no concibiéndose tanto como un útil objetivo e independiente de la teoría cuanto como un mecanismo práctico que permitía observar directamente las evoluciones y funcionamiento de un modelo 37. En conclusión, el aumento o disminución del volumen del mercurio en el tubo de vidrio no era el esperado a partir de una relación simple mecánica derivada de la cantidad del calórico, por tanto habría que pensar en la existencia de un factor adicional (el calor latente) para dar cuenta de e integrar las nuevas observaciones en la teoría. En general, los modelos teóricos aportaban una mínima base física a las observaciones, no obstante mantenían una conexión débil con éstas, constituyendo más bien propuestas ad hoc versátiles y sujetas a la corrección en función de los descubrimientos. Este era uno de los puntos más frágiles de la física experimental, que se puso de manifiesto en todos sus campos. Por ejemplo, continuando con el último de los temas tratados, algunas sospechas teóricas junto con el examen de diversos fenómenos motivaron la revisión de las concepciones de la materia vinculadas con el fluido del calórico. Lo que estas concepciones no habían previsto eran ciertas anomalías relacionadas con la diferencia en el comportamiento del calor procedente de la llama y el ----36 SCHOFIELD, opus cit., p. 37 Se trataba por consiguiente de lo que W. Hackmann denomina «instrumento activo» (por oposición a los «instrumentos pasivos», como los relojes y las balanzas) que posibilitan la reproducción de las operaciones naturales, véase «Scientific Instruments: Models of Brass and Aids to Discovery», GOO-DING, D. procedente del Sol; mientras el primero perdía gran parte de su intensidad al atravesar el vidrio, el segundo no, aunque, eso sí, la luz se transmitía sin apenas alteración en los dos casos. Además ¿cómo era posible pensar en un fluido que atravesara la enorme distancia existente entre la Tierra y el Sol? Los primeros experimentos que pusieron de manifiesto las disparidades anteriores fueron los realizados por E. Mariotte (1679), que posteriormente serían confirmados por R. Hooke (1682) 38, ensayos que constituyeron un precedente de los estudios asociados con el calor radiante. Hasta la década de los años 60, ya en el siglo XVIII, no se produjeron aportaciones significativas dentro de este ámbito. En concreto, para dar cuenta de las aceptadas diferencias y semejanzas entre la transmisión del calor y de la luz, así como de la incuestionable propiedad reflectiva del «calor oscuro», recurrentemente contrastada en el nivel experimental, se mantuvieron dos posturas con respecto a la naturaleza del calor radiante: que consistía en una emanación material (M.-A. Pictet), o bien que se trataba de la vibración de un fluido calórico presente en todos los cuerpos (H. B. Saussure y B. Thompson) 39. Por consiguiente, a finales de siglo se contaba dentro de los fenómenos conectados con la electricidad, el calor, el magnetismo, el aire y el agua con varias reglas prácticas, con el descubrimiento de nuevas propiedades y con un puñado de leyes y proporciones referidas, por ejemplo, al resorte del aire, el equilibrio térmico y la capacidad de los conductores. Además, en el terreno de los constructos teóricos, existían diversas propuestas para dotar de coherencia a los datos y experimentos: uno o dos fluidos en el caso de la electricidad y el magnetismo; en cuanto al calor, un fluido altamente elástico, compuesto de partículas autorrepulsivas, que se transmitía de un cuerpo a otro, o bien una materia presente en todos los cuerpos que actuaba en función de su vibración. Sugerencias similares, con algunas mínimas variaciones, encontramos también en el estudio del aire. Según el esquema referido a la obra de Musschenbroek, la física experimental estaba dividida en una parte general y otra particular. Hasta ahora nos hemos referido a la segunda de las divisiones, donde se abordaron las problemas físicos inaprehensibles desde los planteamientos de las ciencias clásicas, dominadas por la mecánica, hidrostática e hidrodinámica. Sin embargo, en esta disciplina también se contemplaron, por un lado, los trabajos experimentales conducentes a demostrar en la práctica la validez de las concepciones teóricas basadas en la mecánica, y por el otro, las labores destinadas a aumentar la sensibilidad y precisión de los aparatos de medida ----cuya finalidad no era la confección de teorías ni su cuestionamiento, sino también la resolución de determinados problemas prácticos. Precisamente este tipo de trabajos eran los característicos de la mecánica práctica, a la que se ha hecho referencia al principio del artículo, y por tanto diferenciable de lo que se ha venido describiendo como física experimental propiamente dicha. Así, en el primero de estos campos, el de la demostración de las concepciones teóricas, se enmarcan las minuciosas descripciones de W. J.'s Gravesande de la máquina de fuerza centrales, diseñada para comprobar las leyes fundamentales de la fuerza centrípeta, o bien los estudios de G. Atwood, quien también concibió una máquina («máquina de Atwood») para la confirmación de la segunda ley de Newton 40. En ambos casos, y especialmente en el segundo, la precisión fue considerada un factor fundamental para la aceptación de las observaciones y los datos obtenidos 41. En el segundo de los ámbitos, el destinado a mejorar los aparatos, lo que interesaba, por ejemplo en el caso de dilatometría, era esencialmente confeccionar tablas que sirvieran para analizar las incorrecciones de los cronómetros debidas a la desigual dilatación de sus componentes de metal 42. Eso sí, este interés impulsó la fabricación de dilatómetros provistos de una notable sensibilidad, como los elaborados por J. Ellicot (1736), J. Smeaton (1754), cuyos grados detectaban variaciones de 0,00012 cm., y J. Ramsden (c. 1780); en cambio ningún avance significativo se produjo a partir de estas labores en el conocimiento de los procesos internos del calor, los cuales, por otro lado, no hubieran requerido ese exageradamente alto índice de sensibilidad. Similares propósitos se adivinan en los esfuerzos por crear compases azimutales eficaces para medir las variaciones de la aguja en función de la observación de la posición del Sol a mediodía o de la estrella polar, observación que era comparada con la línea norte-sur de la brújula. Estas ocupaciones eran fundamentales para mediciones en tierra y para la realización de mapas de ---- 40 Para Atwood (en ATWOOD, G. (1784), A Treatise on the Rectilnear Motion and Rotation of Bodies, Cambridge, p. 4) las leyes del movimiento se habían revelado ciertas tanto desde el punto de vista físico como del matemático. Para confirmar el primero de los requisitos el autor diseñó la máquina, cuya finalidad era comprobar que de acuerdo con la segunda ley dos masas, m 1 y m 2, se moverían según el siguiente valor de la aceleración: a=g (m 2 -m 1 /m 2 + m 1 ). Sobre los planteamientos de Atwood en este experimento, HANSON, N. R. (1977), Patrones de descubrimiento. Observación y explicación, Madrid, Alianza Universidad, pp. 205-208. 41 La máquina estaba ideada para anular los efectos del rozamiento en las poleas empleadas así como del peso de los hilos de los que colgaban las pesas y también de la acción del aire; por ejemplo, Sigaud de la Fond, en SIGAUD DE LA FOND, J.-A. (1777), Elémens de physique théorique et expérimentale, París, vol. I, descarta la importancia del peso del hilo afirmando que éste supondría en el recorrido total solamente una diferencia de 0,0312 segundos. Sobre la importancia de la precisión en este tipo de demostraciones, SHAFFER, S. (1994), «Machine Philosophy: Demonstration Devices in Georgian Mechanics», Osiris, 9, 157-182. 42 Sobre la evolución de la cronometría en el s. XVIII, DAUMAS, M., «La construction horlogère», en DAUMAS, M., ed. (1965), Historie Génerale des Techniques, París, P. U. F., Vol. 2, pp. 389-410, y sobre los diferentes modelos de dilatómetro, WOLF, opus cit., pp. 190-193. líneas isógonas, y sólo indirectamente se obtenía alguna ventaja para el conocimiento del magnetismo terrestre 43. Igualmente, en el último cuarto del siglo XVIII, la realización de barómetros portátiles provistos de verniers para medir la altura de montañas impulsó la fabricación de instrumentos que eran capaces de ofrecer lecturas de 0,01 mm 44, pero escasos conocimientos teóricos se derivaron de estas dedicaciones. Con esta última referencia se delimita aún más el alcance de la física experimental. En definitiva, ésta representó durante el siglo XVIII una opción dentro de las ciencias físicas cuyo pilar fundamental fue el fenomenalismo como vía de indagación de los procesos microfísicos y como principio demostrativo de la viabilidad de los presupuestos teóricos aplicados en los estudios naturales (por ejemplo, la naturaleza de la fuerza se muestra en sus efectos visibles). Como se ha visto, dentro de esta opción se impulsaron especialmente los estudios de física particular, donde se desarrollaron los trabajos asociados con fenómenos cuya explicación no se ajustaba a modelos basados exclusivamente en las leyes mecánicas generales. Por estas razones, las matemáticas, que parten de principios universales, no tuvieron cabida en esta opción. Así pues, en general, se puede afirmar que sus planteamientos no se inspiraron en el legado newtoniano, ni en el de los Principios matemáticos ni en el de la Óptica 45, sino que más bien se remiten a la herencia de personajes como Boyle, Hooke, Mariotte, Ricciolli, Grimaldi y Rohault. Se diferencian, por tanto, de las prácticas de los físicos experimentales matemáticos, como Lambert, Aepinus 46, Cavendish 47 y Coulomb, quienes sí podrían reclamar con justicia el califi----- 47 El científico inglés puso en práctica su inspiración newtoniana, basada en la fusión de la mecánica de fuerzas y la filosofía corpuscular, en los estudios sobre el aire, el calor (que concebía como el momento mecánico del movimiento vibratorio de las partículas) y en la electricidad, donde demostró que la fuerza eléctrica obedecía la ley del inverso del cuadrado; en relación con los presupuestos newtonianos cativo de herederos del filósofo natural inglés. En estos personajes se encuentran rasgos distintivos de la metodología e ideales que Newton puso en práctica en la Óptica, donde la finalidad no era tanto la combinación de especulación y experimento como la de buscar propiedades que admitiesen la matematización. Efectivamente, para el autor inglés, los análisis llevados a cabo en esta obra estaban destinados, una vez asumidas las conclusiones de la óptica geométrica, a estudiar las propiedades físicas de la luz, presuponiendo además un modelo de concepción de la materia basado en la hipótesis del corpuscularismo, es decir, en la idea de que los últimos componentes de la naturaleza son pequeños corpúsculos indivisibles dotados de masa y movimiento dentro del espacio vacío isótropo. El «experimento crucial», referente a la descomposición de la luz, se encuentra descrito en el libro primero (proposición II, exp.3), parte en la que previamente se han establecido definiciones y axiomas relativos a la reflexión y refracción de la luz, junto con sus ángulos, relaciones y proporciones, contenido que a su vez estaba matemáticamente asentado en las deducciones de la sección XIV del primer libro de los Principia. El experimento no aparece como un ensayo aleatorio, sino vinculado a presupuestos matemáticos y mecánicos que permiten, en este caso, conectar la producción de los colores con los diferentes índices de refracción de los distintos tipos de corpúsculos que componen la luz 48, mostrándose experimentalmente que esta conexión es constante. De esta forma se introduce la matemática en las interpretaciones físicas. Cuando Newton plantea su famoso experimento de la descomposición de la luz lo que está intentando probar es que ésta no es una entidad simple, sino una mezcla de todos los rayos de colores, producidos por corpúsculos con alguna propiedad general. El prisma se limita a hacer visible el efecto de dispersión de los corpúsculos de cada tipo que contiene la luz. Complementando esta comprobación con los efectos derivados de la recomposición de los colores se podrán confirmar las hipótesis iniciales concebidas por el autor. Por tanto, a través del estudio de la luz, donde cuenta con la ventaja de conocer de antemano las leyes de la reflexión y la refracción, Newton pretende descubrir el comportamiento de los componentes de la materia, una intención que se hace también patente cuando por medio de los experimentos de interferencia (Libro II, Parte I) se decide a calcular el tamaño de los corpúsculos, o inferir de la velocidad de éstos los colores de los rayos. Estos procedimientos coinciden con los que posteriormente ensayaron los físicos experimentales matemáticos, y que en algunos casos, como los de Aepinus, Cavendish y Coulomb, proporcionaron importantes resultados a la física. Sin embargo, no eran éstas las ideas que los físicos experimentales en sentido estricto tenían en la mente a la hora de emprender sus labores características. Para ellos el experimento no estaba destinado a distinguir alguna propiedad general, como hace Coulomb en el ---de Cavendish, MCCORMMACH, R. (1960), «Henry Cavendish: A Study of Rational Empiricism in Eighteenth-Century Natural Philsophy», Isis, 60, pp. 293-306. 48 NEWTON (1977), Optica, ed. de C. Solís, Madrid, Alfaguara, pp. 214-215. caso de la electricidad o el magnetismo, y que la balanza de torsión de hilos (como el prisma, en el caso de Newton) hace visible. Sus propósitos tenían otras finalidades, que pueden sintentizarse en: comprobar los constructos teóricos provisionales (hipótesis), detectar el efecto de propiedades, visualizar los fenómenos inaccesibles (como en el siglo XVII se había empleado el microscopio), y descubrir rasgos y peculiaridades de los fenómenos, irreductibles a la masa, velocidad o fuerza mecánica, que explicasen éstos. En definitiva, la física experimental constituyó una manera específica de abordar los problemas físicos (y no la antesala de la física experimental matemática), aplicada preferentemente a las áreas mencionadas y con los métodos señalados, cuyo estilo se inicia en los tratados de Desaguliers y Hauksbee, se sistematiza en los manuales de Musschenbroek y culmina con Volta. Sus procedimientos condujeron a importantes descubrimientos y significaron un impulso extraordinario del método experimental, materializado en el desarrollo y mejora del utillaje de laboratorio y en la atención a las condiciones prácticas de aplicabilidad de los presupuestos teóricos. Pero el desmesurado énfasis en la información sensorial 49 tanto para la confección de analogías y modelos explicativos como para la aceptación de hipótesis alternativas 50, limitaron la consistencia, el alcance y la solidez de las teorías sugeridas en este ámbito. Precisamente la tendencia en el siglo XIX dentro de los estudios experimentales, ya iniciada a finales del anterior, fue la admisión de la separación entre modelos conceptuales y el mundo real, lo que dio lugar a teorías más flexibles cuyo punto de partida no debía necesariamente estar condicionado por la experiencia, sino únicamente sus consecuencias 51.
Se estudian las bases teóricas y sus aplicaciones, desde placas planas hasta cacos y velas de buques. Se concluye con una revisión de lo que Juan considera sus fundamentos experimentales y se rastrean los posibles antecedentes de su teoría. siglo 3, y en especial en relación con el Traité du Navire de Pierre Bouguer y la Scientia navalis de Leonhard Euler, publicadas en 1749 y 1746 respectivamente, aunque ambas gestadas al filo de 1740 4. La intención de Jorge Juan al escribir esta obra está claramente expuesta el principio del Prólogo que reproducimos a continuación: La instrucción del Marinero, si exceptuamos los cortos principios en que se funda el Pilotaje, se ha considerado, hasta muy poco tiempo ha, de pura práctica. La fábrica del Navío, y otras Embarcaciones, y sus maniobras, que es el modo de manejarlas, ha estado siempre en manos de unos casi meros Carpinteros, y de otros puramente Trabajadores u Operarios: ninguna dependencia se creyó que tuviesen de la Matemática, sin embargo de no ser el todo sino pura Mecánica: Ciencia, quizás, la más difícil y más intrincada del mundo; ¿pero qué mucho? En el Marinero, todo ocupado al riesgo, al trabajo y a la fatiga, no cabe quietud para estudio tan dilatado y prolijo; y el estudioso, que requiere suma tranquilidad para la contemplación, no se acomoda al afán y fatiga extrema del otro, únicas maestras que enseñan con facilidad las resultas que sólo por la teórica fuera casi imposible descubrir. La dificultad de unir estas dos partes, en que consiste perfeccionar estudio tan manifiestamente útil, le tuvo por consiguiente en tinieblas tantos siglos hace; pero como en el presente han florecido con admiración las Matemáticas, y se han introducido con beneficio singular en casi todas las Ciencias o Artes, era irregular que no hubiera logrado lo mismo la Marinería, o a lo menos, que no se diese principio a la necesaria perfección para que con él se cultivase progresivamente. La cita, aun cuando sea algo larga, expresa muy claramente la preocupación de Juan por mejorar cualitativamente la construcción naval, sacándola de la artesanía e introduciendo los elementos de la ciencia. Sin embargo, a pesar de las alusiones a «la pura práctica» o a los «meros carpinteros», recuerda que son el «afán y fatiga» las maestras que nos enseñan que la teoría sola no enseña; con lo que pone el dedo en esa sempiterna cuestión de unir práctica y estudio. El problema de trasladar la ciencia a los barcos es una preocupación compartida por sus contemporáneos. Desde el último tercio del siglo XVII se intentaba aplicar reglas al dimensionado de los buques. Era cierto que la experiencia había aportado ciertas reglas, que se tradujeron en trata-----3 El Examen fue traducido al francés, con anotaciones por Pierre L'Evêque, en dos ediciones, una en 1783 y otra en 1793. En España, Gabriel de Císcar inició una reedición, también comentada, de la que sólo apareció el Libro I del primer volumen. En 1819 aparece una traducción al italiano por Simone Stratico que incluye los comentarios de las anteriores más los propios. Estas ediciones prueban el interés que despertó la obra, lo que se complementa por las críticas favorables, como la de Jean-Etienne Montucla en su Histoire des Mathématiques [Part. 383,403,453] y las que aparecen en la traducción al francés del Tractak om skepps-buggeriet de Frederic Henrik Chapman (nota p. 4 Bouguer en tierras del Virreinato del Perú durante la expedición para la medición de un arco de meridiano, en la que también participaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, y Euler entre Berlín y San Petersburgo, haciendo sus maletas para trasladarse definitivamente a esta última ciudad. 5 Las referencias entre corchetes se referirán al Examen y salvo indicación al Libro 2 del Vol. Se ha actualizado la ortografía de las citas y la simbología para que sean coherentes con el texto. dos normativos que aparecieron en los países más marineros, como las Proporciones de las medidas más esenciales... para la Fábrica de Navíos y Fragatas de Guerra, de Gaztañeta de 1720, L'Architecture Navale de Dassié de 1677 y el Ship builders assistant de Sutherland de 1711, pero eso no era suficiente. No sólo era necesario dar las dimensiones, sino el porqué de éstas. Las palabras de Bouguer en el Traité du navire son muy claras: Nos proponemos tratar de la construcción de barcos, y de la mecánica de sus movimientos, de sustituir, si se puede, las prácticas oscuras y titubeantes que se usan en la marina por reglas exactas y precisas. La arquitectura naval, para hablar con rigor, no ha llegado a ser hasta ahora un arte; queremos hacer con ahínco que ella lo sea y que en adelante no se obre en toda esta materia más que con luz y pleno conocimiento de causa. Es cierto que esta materia es digna por una infinidad de motivos de la atención de nuestros lectores y de los más hábiles matemáticos. Además se trata de la salud y de la conservación de los marinos que no temen exponerse a los más grandes peligros por nuestro propio beneficio6. La diferencia más significativa entre estas palabras y las de Juan es la llamada de éste a no olvidar la práctica. Por ello, en el prólogo del Examen pasa revista a las obras más relevantes conocidas sobre esta materia, entre las que estaba el Traité, analizando en cada una los presupuestos y resultados, para concluir que había una falta de acuerdo entre las previsiones teóricas y los resultados prácticos. Juan achaca ese desajuste a la teoría de partida, sobre lo que afirma: «es preciso y evidente, que la teórica enseñada sea falsa, o por mejor decir, que lo sean los principios o suposiciones sobre los que se fundó» [Pról., p. xix]. Y a continuación, tras un corto análisis, identifica que: «Todo el error debía recaer, por consiguiente, sobre suponer que las fuerzas, o lo que es lo mismo, las resistencias de los fluidos fuesen como los cuadrados de sus velocidades, y senos de incidencia» [Ibid]. Concluye con la reflexión de que «El asunto pedía un serio examen, y éste es el mismo que me propuse, sin excusar trabajo o fatiga» [Pról., p. xxii]. Que Juan quedó satisfecho con los resultados queda patente cuando dice: «El empeño, aunque arduo, produjo aún mucho más de lo que yo esperaba» [Ibid.]. Este examen lo articula Juan en tres fases. La primera, la experimentación: «Era menester empezar por seguras experiencias, que acreditasen la duda de las resistencias» [Ibid.]. La segunda, establecer una base teórica que las justificase: «buscar después, por vías diversas, o por las mismas con que actúa la Naturaleza, otra teórica de ellas» [Prol., p. xxiii]. Y finalmente ver si en las aplicaciones prácticas concordaban predicciones y resultados, «y últimamente examinar si esta [teórica] convenía, no solamente con la marcha de los Navíos, sino con todas sus acciones, y asimismo con todos los efectos o movimientos que en la Naturaleza se observan» [Ibid.]. En el desarrollo del Examen, como veremos, comienza por establecer su teoría que aplica ----al movimiento de superficies y cuerpos. Los experimentos que realiza son mediciones de la resistencia de una placa sumergida en una corriente, que analiza a la luz de su teoría y de las otras al uso. Posteriormente, aplica su teoría a navíos y contrasta sus previsiones con la práctica. Volviendo al Examen, si bien se publicó en 1771, estimamos que Juan lo escribió mucho antes y que al menos su primera redacción se gestó alrededor del año 1750. Trataremos de justificar esta conjetura. Las primeras referencias conocidas sobre la intención de Juan de escribir un tratado marítimo están en una carta que escribió al marqués de la Ensenada 7, desde Londres donde estuvo entre 1748-49. Recordemos que Jorge Juan estaba en esa ciudad con el pretexto de estudiar matemáticas, aunque más bien cumplía una misión de información sobre la marina y la construcción naval inglesa. La personalidad de Jorge Juan era conocida en la época, puesto que había sido uno de los integrantes de la expedición enviada pocos años antes por la Academia de París al Virreinato del Perú para medir el arco de meridiano. Tanto por esto como por razón de su comisión oficial trabó conocimiento con personalidades y sabios, llegando a ser propuesto y elegido miembro de la Royal Society 8. Es plausible que por entonces comenzase la redacción de su obra, no sólo en razón del esfuerzo de observación de la construcción naval británica, sino por tener a su disposición los textos de las bibliotecas de esa ciudad. Juan abandonó precipitadamente Londres en 1749, regresando a España tras una corta estancia en París 9. Pero si bien lo anterior es una mera conjetura, datos concordantes los obtenemos del análisis de las citas del Examen. En total hay 267 referencias, de las que sólo tres corresponden a obras posteriores a 1750. Estas son: * «An experimental enquiry concerning the natural powers of water and wind mills, and other Machines depending on a circular motion» (1759) de John Smeaton, ---- 7 Los fragmentos de esta carta referidos a este tema, así como los de la contestación del marqués, están citados en MORALES HERNÁNDEZ, J. L. (1973), «Jorge Juan en Londres», Revista General de Marina, Junio, pp. 663-670. 8 El acta de elección dice: «Don Jorge Juan de Madrid, ahora residente en Londres. Un caballero bien versado en conocimientos matemáticos y filosóficos, y uno de los caballeros enviados por el rey de España para medir un grado del meridiano en el ecuador para determinar la forma de la Tierra, deseando ser elegido [miembro] de la Royal Society, es recomendado por nosotros como merecedor de tal honor, así como esperamos que él será un valioso miembro de nuestra comunidad. Londres, 6 de abril de 1749» Siguen las firmas de Stanhope, M. Folkes, C. Stanhope, John Ellicott, Benj n Robins y W m Watson, terminando en «Votado y elegido el 9 de noviembre de 1749». 9 Hay un aspecto interesante al respecto que valdría la pena explorar, que es la relación del Examen con el Nuevo Método Español de Construcción Naval aprobado en 1754 y al que Juan se dedicó casi con exlusividad, según explican Antonio Lafuente y José Luis Peset en «Política científica y espionaje industrial en los viajes de Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1748-1751)» en los Melanges de la Casa de Velázquez, tomo XVII, 1981. Sobre la política de aquellos años también es interesante consultar el excelente libro La Aquitectura Naval Española, Madrid, 1920, de Gervasio Artiñano y Galdácano. Trans. no se reeditaron en el siglo XVIII, sin embargo, sí hubo separatas del artículo de Smeaton en 1760 11. No está claro si es a éstas a las que se refiere Juan; de todas formas la diferencia de un año entre ambas no es significativa. La otra cuestión es cuánto tardaron en llegar a manos de Juan esas obras; contando los retrasos en la entrega y sus frecuentes viajes, habría que estimar algunos años más. Respecto al trabajo de las cometas de Euler, salió a la luz en 1758. Pero hay más indicios. Últimamente (año 1749) Leonardo Eulero, Director de la Real Academia de Berlín, nos dio dos tomos en quarto con el título de Scientia navalis seu tractatus de construendis ac dirigendis navibus. Ahora bien, ¿qué entendía por «últimamente»? En el mismo párrafo sigue: Después de éstas, se han visto algunas pequeñas Obras más, ya de práctica ya de teórica; pero podemos asegurar, que lo que no se encuentra en estos dos célebres Autores [Euler y Bouguer], no es lo principal de los que se ofrece en la teórica de la Marina. Aunque nos gustaría conocer qué entendía Juan por pequeñas obras, es cierto que hasta el Examen no hubo ninguna obra de construcción naval de magnitud similar 12. ----10 El autor es el hijo de Leonhard Euler, que firma como «le fils». 11 Esta información proviene del bibliotecario de la Royal Society en 1995. 12 La lista de tratados y monografías navales del XVIII es bastante larga. A continuación damos una relación cronológica de las más significativas: En resumen, es fácil que el manuscrito básico del Tomo I lo completase Juan en su estancia en Londres o muy poco tiempo después. El Tomo II es muy probablemente posterior. Antes de continuar y con el fin de facilitar el enmarque del Examen en su tiempo, conviene que dediquemos unas palabras a contextualizar la situación de estas teorías en la época. Estimamos que la mecánica de los fluidos se inició siguiendo dos líneas básicas: una que denominamos «el problema de la resistencia» y la otra «el de la descarga» 13. La primera arranca de la determinación de la resistencia de cuerpos móviles y la otra por la descarga de depósitos. La teoría de la resistencia, en un sentido científico, la formuló Newton en los Principia aunque con el precedente de Mariotte expuesto en el Traité du mouvement des eaux. Para estudiar el movimiento en el aire, Newton supuso que éste se comportaba como un conjunto de corpúsculos inmóviles que impactaban en el cuerpo transfiriéndole cantidad de movimiento, lo que daba como resultado una proporcionalidad entre la resistencia y el cuadrado de la velocidad. Este modelo se correspondía con la estructura física que atribuían al aire, que suponían formado por partículas individuales aunque móviles. Sin embargo, para el movimiento en el agua este modelo no servía, ya que en ésta las partículas que la constituían estaban en contacto unas con otras, por lo que para hallar la resistencia Newton busco caminos alternativos, cuyos resultados conducían a la misma proporcionalidad, aunque con distintos coeficientes. Esta teoría, que llamamos del impacto, se mantuvo como modelo matemático para todos los fluidos; no obstante, para la mayoría de los autores posteriores perdió su virtualidad física quedando únicamente como modelo matemático, al que introdujeron variantes y correcciones tratando de aproximar la teoría a la práctica. La línea de la descarga tiene su fundamento teórico en la Hydrodinamica 14 de Daniel Bernoulli quien analizó los fluidos como un continuo y formuló por primera vez el denominado teorema de Bernoulli, que completó su ---- -Tractat Om Skepps-Byggeriet, 1775, por Frederic Henrik Chapman. 13 La justificación de esta tesis está desarrollada en La génesis de la mecánica de los fluidos. 14 Hydrodinamica sive de viribus et motibus fluidorum commentarii, Estrasburgo, 1738. padre Juan en la Hydraulica 15. Este camino llevaría a la gran teorización de mediados del XVIII, realizada por d'Alembert y Euler, cuyas ecuaciones han llegado hasta la actualidad. A pesar de la magnitud de esta teorización, de la misma se derivaba que la resistencia de un cuerpo en un fluido era nula, hecho contrario a la experiencia y que un contrariado d'Alembert propuso como una paradoja a los geómetras. La diferencia fundamental entre ambas concepciones estriba en que las teorías del impacto suponen una mecánica de choques de partículas discretas, mientras que en la otra trata al fluido como un cuerpo continuo en movimiento currentilíneo 16. Matemáticamente en la primera domina la mecánica de cuerpos discretos y en la segunda la diferencial. Desde el punto de vista de la resistencia, en la primera las condiciones locales sólo dependen de las condiciones del punto respecto a la corriente libre, en tanto que en la segunda cada punto es función de la totalidad del cuerpo. Hay que subrayar que de acuerdo con las concepciones de la época, la teoría de las partículas tenía un trasfondo físico, ya que se suponía al aire y líquidos formados por partículas, mientras que eso no sucedía en las continuas cuya naturaleza era más abstracta. Al final este modelo se ha mostrado mucho más fructífero que el primero y es el que ha sustentado toda la mecánica de los fluidos hasta la actualidad. ESTRUCTURA DE LA OBRA El Examen marítimo consta de dos volúmenes in quarto, el primero de carácter general y el segundo de aplicación. Ambos volúmenes son muy diferentes entre sí, tanto por su contenido como por su estructura interna. Así, el primero, a su vez dividido en dos Libros, está ordenado en capítulos en los que se encadenan proposiciones, definiciones con corolarios y escolios, axiomas, principios de experiencia, y ejemplos 17. En su conjunto sigue una pauta similar a los Principia de Newton. Por el contrario, el segundo, aunque también está capitulado, tiene todos los párrafos numerados, más al estilo de los obras navales de Bouguer o Euler. Es plausible conjeturar que ambos volúmenes fueron preparados en épocas distintas e, incluso, con propósitos también diferentes. El primer libro del Volumen 1, que subtitula como «De Mecánica», es un tratado de mecánica general, que se inicia en sentido newtoniano y termina con una dinámica del sólido en la que se incluyen las aportaciones de Euler. Ya en el mismo, en el capítulo dedicado a la fricción, aporta una teoría propia que contrapone a Amontons, ----15 Hydraulica, Ginebra, 1742. 16 Véase al respecto el prólogo de Manuel Sellés a la La génesis de la mecánica de los fluidos. 17 Limitándonos al Libro II, éste se extiende en 219 páginas, en trece capítulos con un total de 405 parágrafos. Estos encierran 85 proposiciones con 261 corolarios y 53 escolios, además de tres lemas y otras tres definiciones. A esto se añaden dos apéndices. Nuestro interés se centrará en el Libro segundo, del que afirma que «encierra el tratado de los fluidos» y que consecuentemente subtitula «De los Fluidos» [Pról. xxxiii]. En éste comienza con un capítulo introductorio dedicado a las definiciones básicas y a la hidrostática. Sigue con el establecimiento de su teoría de la resistencia, que es el cuerpo teórico fundamental sobre el que se asienta el resto de la obra [Cap. Continúa con su aplicación a superficies, tanto planas [Cap. 3] como de cualquier forma [Cap. 4], y con la introducción de lo que denomina las desnivelaciones, que, como veremos, juegan un papel importante en todas las aplicaciones. El paso siguiente es la extensión de la teoría a cuerpos flotantes, en los que estudia la generación de las fuerzas horizontales y verticales [Cap. 5 y 6], así como los efectos de interferencia entre desnivelaciones [Cap. Una vez establecida la resistencia que padece un cuerpo, pasa a buscar cómo minimizarla dando al cuerpo las formas geométricas adecuadas [Cap. Termina el tratado de las resistencias analizando el movimiento de un cuerpo sometido a la resistencia como una fuerza global [Cap. Como continuación de las resistencias sigue con los momentos [Cap. 10], tanto en cabeceo como en balanceo, y además en los supuestos de cuerpo móvil o inmóvil. Esto lo complementa con su aplicación a la dinámica de un cuerpo [Cap. 11], de forma paralela a lo que había hecho para la resistencia. Tras esto analiza los momentos que aparecen cuando el cuerpo gira sobre un eje cualquiera, que hoy denominaríamos de amortiguamiento [Cap. 12], para luego pasar a su aplicación [Cap. Este capitulado lo completa con dos anexos: uno dedicado a la teórica de las cometas y otro a comentar los resultados de los experimentos de Smeaton. De forma general, su planteamiento se estructura primero en una teoría, que una vez establecida aplica a cuerpos, tanto para hallar las fuerzas como los momentos, y finalmente analiza la dinámica de los mismos. Además en cada caso las aplicaciones las complementa particularizándolas a cuerpos geométricamente simples como prismas o cilindros, aunque la idea del buque está siempre presente como trasfondo de sus inquietudes. En nuestros comentarios alteraremos su orden de presentación. Comenzaremos por los análisis teóricos, complementados, como hace Juan, con los efectos de las desnivelaciones en la superficies. Continuaremos con la generación de fuerzas sobre placas planas tras los que pasaremos a los cuerpos, tanto en lo referente a fuerzas como a momentos, a lo que se unirá los efectos de interferencia entre superficies y desnivelaciones. También entramos en su estudio de las fuerzas sobre las velas y forma que adoptan éstas, aunque Juan lo trate en el segundo tomo, como aplicado a los buques. Puesto que insiste continuamente en la necesidad de la práctica, hemos dedicado una parte a lo que entiende por contrastación, en sus aspectos de experimentos y aplicaciones. Finalmente, se hace una indagación sobre los precedentes de su teoría. A la hidrostática la trata únicamente en el primer capítulo del Libro II, que llama «Del equilibrio de los fluidos, y de la fuerza con que actúan en reposo». Comienza con la definición de Newton de lo que es un fluido, que rezaba: «Fluido es un cuerpo cuyas partes ceden a cualquier fuerza, y cediendo fácilmente se mueven entre sí» 18. Indica que la «fuerza» 19 que padece cualquier partícula ha de ser la misma en todas las direcciones, pues si no fuese así entraría en movimiento [Prop. Además esa fuerza es precisamente el peso de la columna de líquido cuya altura sea la profundidad a que la se encuentra la partícula [Prop. Asimismo, por la razón del equilibrio [Prop. 1], las fuerzas sobre una superficie cualquiera que encierre una parte del fluido han de ser perpendiculares a esa superficie [Prop. De ello sigue que dada una superficie elemental cualquiera (fig. 1), «la fuerza que padecerá el área diferenciodiferencial LKMN en la dirección CD que le es perpendicular, estando el fluido en reposo, será =m×a×LN×NM» [Prop.5, Cor. 1], donde m es el peso específico y a la profundidad. Con simbología actual se expresaría como: La expresión «diferencio-diferencial» la repetirá constantemente, y en nuestra terminología equivale a un elemento diferencial de superficie. Introduciendo la noción de presión como fuerza por unidad de superficie, la ecuación anterior se escribiría: Sin embargo, Juan no emplea el vocablo «presión» con el sentido actual, y el de muchos de sus contemporáneos, sino que arrastra constantemente la expresión «la fuerza perpendicular que padecerá una diferencio-diferencial de superficie» [Prop. Sólo hay una ocasión en que habla de la fuerza diferencial [Prop. 19 En lo sucesivo emplearemos el término «fuerza» con su sentido actual, aun cuando para el mismo Juan emplea varios designaciones. Una revisión del Libro I pone de manifiesto su variada terminología al respecto, bien dando otros sentidos al vocablo fuerza, bien designándola con otras palabras. Esto era habitual en la época. En particular, destaquemos que cuando la fuerza produce un cambio de estado en la dinámica de un cuerpo la llama «potencia». 20 Mientras no se advierta lo contrario, las referencias entre corchetes se referirán al Tomo I, Libro 2. 21 Juan tampoco emplea el término presión con nuestro sentido, sino que emplea este término en los choques entre cuerpos cuando después del mismo siguen unidos [Def. Sin embargo, en alguna ocasión se le escapa una interpretación más acorde con la actual, como cuando habla del movimiento de placas parcialmente sumergidas en fluidos, en las que queda un hoyo tras las mismas, y del que dice «que no se pretende que todo el hueco o cavidad carezca enteramente de presión,..» 18, Esc.]. tante, por facilidad de entendimiento nosotros utilizaremos el término presión en el sentido habitual, mientras no se preste a confusión. Consecuencia de estas definiciones es el denominado principio de Arquímedes, que demuestra integrando los elementos de volumen verticales!]G[G\ dice «que las fuerzas!]G[G\ son otras tantas potencias que impelen al al cuerpo verticalmente hacia arriba» [Prop. TEORÍA BÁSICA La teoría básica de la resistencia la establece en el Capítulo 2, que titula como «De la fuerza con que en el movimiento actúan los fluidos contra una diferenciodiferencial de superficie» y que es fundamental en su obra. A continuación recorreremos cuidadosamente los pasos que sigue en este proceso para llegar a lo que denominaremos su teorema fundamental, o fórmula básica. * Primero enuncia [Prop. 9] el hoy denominado teorema de Torricelli, pero sin darle ese nombre, según el cual la velocidad de salida de un fluido por un orificio infinitamente pequeño de un depósito vale v z =(2gz), siendo z la profundidad del líquido. Juan intenta demostrar este teorema identificando la velocidad de caída desde una altura z con la que tendría una partícula sobre la que actuase una columna de agua de espesor también z. Además, como según la hidrostática la fuerza sobre una partícula del líquido es igual en todas las direcciones, concluye que esa velocidad de salida será igual sea cual fuere la dirección que tuviese el orificio de salida [Prop. No obstante, reconoce que en la práctica la velocidad es menor, dada «la fricción que debe resultar en el choque de las partículas del fluido con los lados del agujero; y aun de las que precisamente han de producirse en el choque de unas partículas con otras, aun antes de llegar a salir por el mismo agujero» [Prop. * En segundo lugar, y tal como hemos visto, la fuerza que el fluido ejerce sobre un elemenWRGHVXSHUILFLHG1HVG)!J]G1. Si en esta ecuación se sustituye la profundidad z por la velocidad v z, se obtiene la siguiente expresión [Prop. Esta fórmula sigue siendo cierta, pues v z es un parámetro ligado a la profundidad, que denominaremos «velocidad sumersa», y que correspondería a la velocidad virtual con que efluiría el líquido a esa profundidad si esa efluxión fuese posible 22. Queda patente cómo la presión estática queda referida a una velocidad que aun siendo virtual tiene un origen gravitatorio. * Su tercer paso es básico y en él descansa toda la teoría. Juan supone un elemento diferencial de superficie situado a una profundidad z que se desplaza horizontalmente en el seno del fluido con una velocidad v. Como hemos visto, si ésta fuese nula y se perforase un orificio, el fluido saldría con la velocidad sumersa v z (fig. 2a). Ahora bien, piensa Juan, como el elemento se mueve a una velocidad v, la velocidad de salida debería ser la suma de la sumersa más la de avance, esto es v z +v (fig. 2b). Por tanto, y a la luz de lo expresado en la ecuación [3], la fuerza que se ejerce sobre el elemento de superficie sería: Vemos que tanto en esta como en la anterior, Juan vuelve a las fuerzas por intermedio de las nuevas velocidades. En forma de presión se expresarían como: Donde v e sería el valor eficaz de la velocidad. Por otra parte, sustituyendo la velocidad sumersa por su valor en función de la profundidad se llega a: Expresión que, salvo la introducción de la presión, se asemeja a cómo la emplea Juan en todo el Examen, ya que siempre arrastra la profundidad de forma directa 23. Fig. 2 ----Vistos estos pasos, queda claro que Juan concede carácter real a la velocidad sumersa, a la que suma o resta a la velocidad de avance del elemento. Esto lo asevera explícitamente cuando dice que «la velocidad relativa será v z ±v: más en el caso de moverse la superficie contra el fluido, y menos en el de apartarse o huir de él» [Prop. Y más claro aún cuando más adelante, al contrastar su hipótesis con las habituales en la época, afirma que para llegar a esas fórmulas «el principio que nos condujo fue haber deducido que la velocidad con que saldría el fluido por la misma diferencio-diferencial, si tuviera libre pasaje, fuera 2gz+v n » [Prop. Con parecida claridad se expresa en otros puntos del Examen [p.e. Apreciemos que Juan interpreta la situación estática como si fuese dinámica, por intermedio de la velocidad sumersa, la cual se ve modificada por el movimiento revertiendo a la condición estática primera. Si bien nosotros interpretamos a la velocidad sumersa como virtual, él la considera como real. Caso complementario es aquél en que la velocidad no incide perpendicularmente sobre la superficie, sino que lo hace con un cierto ángulo. En esta circunstancia en la fórmulas anteriores sustituye la velocidad por la componente normal (fig. 3), esto es v n YVHQ, resultando: Juan utiliza la segunda de las expresiones, aunque nosotros preferimos la primera por mor de la sencillez. Ya sentadas estas fórmulas, Juan juega con ellas en el sentido de aplicarlas a elementos de superficie inclinados para obtener la fuerza total que se produce sobre los mismos, así como las componentes según direcciones determinadas. La casuística es larga y farragosa, siendo a veces difícil de seguir, tanto por las derivaciones como por la simbología. Todas estas particularizaciones tienden a facilitar el manejo de las fuerzas que se producen sobre las cuadrículas de superficie que resultan al dividir el casco de un buque, cuando se le corta por un conjunto de planos paralelos a su eje longitudinal (fig. 4). En este punto, ya conocidos los fundamentos de su teoría, podemos comprender el papel que tiene la gravedad en la misma a través de v z. A este respecto, cuando critica ideas de otros autores dice: en las teóricas expuestas [de otros autores] no se supone el fluido sino destituido de toda gravedad, y por consiguiente de toda presión de unas partículas respecto a las otras; lo que no cabe, ni en nuestro aire, ni en nuestras aguas: estos fluidos, cuando la velocidad de los cuerpos no es muy grande, impelen éstos por detrás con la fuerza que de su gravitación les queda, lo que también reconoció el mismo Newton, y por consiguiente se disminuye la resistencia; al contrario, si la velocidad es grande, no tiene tanto lugar la gravitación para actuar detrás, y la resistencia debe ser a proporción mayor. Esta crítica tiene su justificación en que las teorías de la época servían de poco al aplicarlas al buque, el cual era el objeto principal de su interés. Si, como hemos conjeturado, Juan concebió el Examen alrededor de 1750, la teoría al uso era la del im-pacto, cuyo modelo explicativo consistía en suponer el fluido formado por partículas independientes, sin interacción entre sí, que chocaban y rebotaban, total o parcialmente con el cuerpo, transfiriéndole parte de su cantidad de movimiento. Este modelo implicaba una acumulación de partículas en la zona delantera y un vacío en la trasera, y si bien esto pudiera tener alguna verosimilitud en el caso del aire, no tiene ninguna en el agua. Ante ese hueco trasero, unos autores lo ignoran pero otros buscan alguna explicación, tal como Benjamin Robins24, Euler25 o Bouguer26. Newton, según recuerda Juan [Pról. xxii], reconoce que el fluido tiende a rellenar ese hueco, aunque sólo estima que esta operación disminuirá la resistencia27. La acción de ocupación la atribuye Juan a la gravedad que posee el agua, de la cual una parte se transfiere al cuerpo en la parte delantera y el resto tiende a rellenar la parte trasera. Por eso dice que cuanto más rápido es el movimiento menos gravedad queda para atrás, esto es, el hueco es mayor, como enseña la experiencia. Si bien, en favor de las críticas de Juan, hemos de decir que en un cuerpo completamente sumergido está justificada la separación entre las fuerzas gravitatorias del resto si las dimensiones del cuerpo son pequeñas28, para un buque no lo es tanto, dada la existencia de una superficie de discontinuidad, que es el nivel del agua, cuya evolución está muy determinada por las fuerzas gravitatorias, tanto en la formación de olas como en la de las estelas. Una y otra son básicas en el interés de Juan. En las teorías del impacto, y las posteriores, las fuerzas sobre un móvil son debidas a alteraciones de la corriente producidas por la presencia del objeto, y como consecuencia de estas alteraciones hay cambios en la cantidad de movimiento, de lo cual resultan fuerzas locales. Frente a éstas, las fuerzas en reposo se deben únicamente al peso de la columna hidrostática. Juan considera que unas y otras tienen el mismo origen, y su teoría, como veremos, se podría interpretar que se dirige a corregir la altura de esa columna en función de la velocidad. Para justificar su teoría frente a la de otros geómetras, Juan introduce un largo escolio en el que cita a Walis en sus Obras matemáticas, a Euler en la Scincia navalis, a Daniel Bernoulli en los Commentarii Petropolitanae, y a Newton en los Principia. No entraremos en detalles, sólo mencionaremos que en defensa de su teoría aduce: «por ----muy simple que sea la teórica que hemos empleado, no dejará de combatirse con muy sólidos fundamentos, si la práctica no nos la verificara por cuantos medios se proporcionan». Después, al final de sus comentarios, termina escribiendo: Cuán lejos se estaba de llegar al verdadero conocimiento de las fuerzas por los caminos que hasta ahora se han conducido, se hará aún más evidente cuando por nuestra teórica se vea demostrado, que las resistencias no siguen, ni la ley de las simples velocidades, ni la de los cuadrados, sino que varía según las circunstancias, y disposición de las superficies impelidas en los fluidos. FLUIDO MÓVIL Los fundamentos expuestos de su teoría suponen que la superficie resistente se mueve en un fluido en reposo. Para abordar el caso contrario, cuando el cuerpo está inmóvil y el fluido en movimiento, parte de la existencia previa de una corriente fluida cuyo movimiento se genera por una inclinación de la misma (fig. 5), como si se tratase de un canal con pendiente, aunque en sus textos no haga ninguna referencia a este hipotético canal. Vemos que Juan también hace responsable a la gravedad de este movimiento, aunque posteriormente, pensando en las corrientes horizontales, no descarta que haya otros mecanismos para producir corrientes fluidas. Reproducimos su esquema en la citada fig. 5, que muestra una corriente cuya superficie está inclinada respecto a la horizontal, como podría ser la de un canal como hemos apuntado, y de la que afirma que la velocidad es constante. Sin embargo, con tal esquema la corriente se aceleraría, por lo que intenta una justificación. Para ello toma una partícula B situada a una profundidad z, medida según la vertical. La acción de la gravedad la descompone en sus componentes normal y longitudinal respecto al nivel de la corriente, que serán respectivamente JVHQ& y JFRV&. Afirma que «Por la primera debe de quedar en equilibrio el fluido, y por la segunda acelerar su velocidad» [Prop. Ahora bien, como la velocidad es constante afirma «que por precisión hay una fuerza o potencia en dirección opuesta que destruye a la fuerza que actúa según AD [paralela a la superficie]» [Ibid.] No explica nada sobre la naturaleza de esta fuerza, sólo reconoce que tiene que existir, como dice: «Si un fluido se mueve en virtud de su propia gravedad, y toma una velocidad constante, parte de la acción de cada una de sus partículas queda destruida por una fuerza cualquiera» [Ibid.]. Esta fuerza cualquiera es un subterfugio que Juan introduce, ya que sus conocimientos le indican que la velocidad no puede ser constante. Este proceder no era extraño en la época, ni quizás en las posteriores, y pone de manifiesto cómo se intenta acomodar la realidad a los modelos, y más aún a las leyes generales de la naturaleza. Si en esa corriente se coloca una superficie resistente inmóvil, Juan entiende que de las fuerzas gravitacionales sólo la afectará la componente JVHQ& pues la otra se ha de destruir como ha dicho. En estas circunstancias, para calcular la velocidad sumersa v z con que saldría una partícula, estima que ésta recorrerá la distancia (% ]VHQ& con la antedicha componente de la gravedad JVHQ&. Por tanto esa velocidad sería: Con esta última la presión de salida antes expresada en [8], ahora será: Estas fórmulas muestran que las fuerzas sobre el cuerpo son diferentes cuando éste es el móvil o cuando lo es la corriente, aun siendo igual la velocidad relativa en ambos casos. A la vista del desarrollo, apreciamos que ello se debe a la hipótesis de que la corriente se genera por la inclinación &, que hace que la velocidad sumersa disminuya por el factor VHQ&. Ante la opinión contraria, que es la generalizada entre los autores de la época, Juan arguye: «pero no es así, en caso de moverse el fluido: su movimiento depende de la desnivelación, y por consiguiente ya no es perpendicular a su superficie la dirección, según la cual gravitan las partículas del fluido» [Prop. No obstante, como ya hemos advertido, Juan no descarta la posibilidad de corrientes en movimiento horizontal, y en este sentido afirma que «si el fluido se moviere horizontalmente será VHQ&, y las fuerzas se reducirán a las mismas que cuando el fluido se halla parado, y se mueve la superficie chocada; por lo que en este caso sólo corresponde bien el principio, generalmente recibido, de que lo mismo es, para el efecto, que se mueva la superficie, que el fluido» [Prop. Juan entiende este caso como una particularización del general. Finalmente, cuando son ambos los que se mueven introduce lo que denomina «la velocidad compuesta de las dos» [Prop. Una consecuencia interesante de su teoría es la deducción analítica de lo que denomina «desnivelaciones» o «entumescencias». Éstas son la elevación del líquido que se produce en la parte delantera y la depresión en la trasera de un cuerpo cuando éste se mueve. El estudio de este fenómeno es una de las contribuciones más singulares de su teoría. Sobre ellas dice: «estas desnivelaciones son las que se notan diariamente en los cuerpos que se mueven en los fluidos» [Prop. Para su estudio, Juan supone una placa plana (fig. 6) que avanza parcialmente sumergida en un fluido produciendo dichas entumescencias, la primera como una elevación en la cara impelente, la otra como una depresión en la impelida. La existencia de estos dos fenómenos son para él consecuencia de su teoría, y en concreto de la ecuación [7] que relaciona la presión con la velocidad y profundidad. Si esta ecuación se iguala a cero buscando los puntos en que la presión es nula, se obtienen dos soluciones: La primera de estas igualdades indica la profundidad del punto E en la cara impelida: en el que la superficie se aparta o huye del fluido,.. aún antes de ser z=0,..; por lo que en este punto E la fuerza diferencial [es] { }=0, y por consiguiente ya no choca o comprime el fluido, como tampoco a ninguno de los puntos más arriba de E: con que debe formarse en el espacio CPE la cavidad CEP. 6 En la anterior cita Juan coloca entre corchetes una expresión equivalente a la [8]. La magnitud de este hundimiento será: La segunda igualdad es matemáticamente insoluble en el campo de los números reales dado el signo negativo del segundo miembro. Ahora bien, Juan dice «cuyo signo negativo manifiesta que el punto a que esto corresponde está a la parte de arriba de P origen de z» [Prop. Pese al carácter aparentemente intuitivo de este argumento, la situación no es tan clara cuando se intenta extraer el sentido físico del fenómeno, incluso dentro de su propia teoría. Sea la placa representada en la fig. 7, según su razonamiento en un punto cualquiera de la cara impelida, más bajo que la desnivelación, la presión es función de la diferencia entre la velocidad sumersa v z y la de avance v. Ambas se igualan en el punto E, dando por tanto una presión resultante nula, que justificaría la existencia de una entumescencia entre E y C. Hay, no obstante, un punto débil: la velocidad sumersa tiene su origen en la existencia de una capa de agua entre el punto en cuestión y la superficie, en tanto que en el punto E, esa profundidad es nula, luego poco sentido físico tiene ahí v z. Más difícil aún es la interpretación en la cara impelente. En un punto J las velocidades se sumarían, y para que esta suma sea nula en el punto F se precisa que por encima de la superficie la velocidad cambie de signo y sea creciente. Esto significaría que en P la velocidad v z sea nula, aun cuando tiene una capa FP de agua encima, y que en F sea contraria y de un valor absoluto igual al que tendría bajo una profundidad FP. La solución, repetimos, corresponde al desarrollo matemático de sus fórmulas, pero en sentido físico, el mismo que él le ha dado al fenómeno, la situación es absurda y contradictoria. A pesar de esto, trataremos de ver a qué presiones corresponden sus fórmulas, aunque con ciertos arreglos en cuanto a los signos para evitar valores negativos subradicales. En la fig. 8 se representan las presiones en abcisas y las profundidades en ordenadas, en sentido positivo hacia abajo. Para la cara impelida, la expresión de la presión corresponde al signo negativo de [8], que es: Se representa por la curva T en dicha figura, que se inicia en el punto E (] / n ) tangente al eje de ordenadas. Esta curva tiene como asíntota PZ, que es la recta S!J] que corresponde a la presión estática. Para la superficie impelente en la zona por debajo del nivel del agua, z >0, la expresión toma el signo positivo, esto es: Que se representa como curva S. Ésta comienza tangente en el punto Q (S!Y 2 ) y también tiende a la misma asíntota. Para la parte superior, con z<0, con los signos apropiados pero manteniendo sus hipótesis, la presión sería: De la que resulta la curva S', que va desde F (z=-/ m ) a Q, con tangencia a los ejes en ambos puntos. Juan no calcula explícitamente las presiones de esta forma, sin embargo, todas las integraciones que realiza posteriormente se corresponden con estas distribuciones. Para hallar la forma geométrica de las desnivelaciones afirma (fig. 9) que: El hueco CEP, y la elevación DFP son iguales y semejantes: y las curvas CE, DF que terminan el fluido son ambas parábolas del primer género, cuyo parámetro es 2gsen 2 \VXV HMHVYHUWLFDOHV&%'%GLVWDQWHVGHOSXQWR3ODFDQWLGDG&3 3' YVHQ>3URS@ ---- En cuanto a la velocidad del fluido inducida por la placa, valdrá: Ambas para la elevación delantera; para la trasera las expresiones serían equivalente con los cambios de signo necesarios. Por tanto, de acuerdo con lo anterior, la placa perturba al fluido únicamente en una distancia entre + aguas arriba y -aguas abajo. Si bien no dice nada en cuanto a la velocidad en el interior de la desnivelación, es fácil suponer que será la misma que en la superficie, que es lo que se ha calculado. De esta forma tendremos que la placa induce una velocidad en la zona que varía linealmente entre v n en la superficie de contacto con la placa hasta cero en el final de la desnivelación (fig. 10). Ahora bien, esta distribución de velocidades implica que la placa ha de ser de anchura finita y que por sus bordes ha de pasar líquido de la parte delantera a la trasera, pues si no fuese así habría una acumulación en la primera. Juan no lo menciona explícitamente, aunque lo afirma cuando trata de justificar la acción de la gravedad como causante del proceso: pero no se pretende que todo el hueco carezca enteramente de presión, ni toda la igual entumescencia quede completa, porque por los lados de la superficie se introduce o escapa el fluido, corriendo en dirección perpendicular al movimiento de la misma, y ocupa o desocupa parte del hueco o elevación que hemos deducido. Más adelante, cuando introduzca lo que hemos llamado interferencias entre superficies y desnivelaciones, cobrarán más sentido estas palabras. FUERZAS EN PLACAS PLANAS Tras el cálculo de las presiones ya se está en disposición de pasar a obtener la fuerza sobre la totalidad de la cara de una placa. Ello lleva a Juan a una casuística en cuanto a la mayor o menor inmersión de la placa en el fluido, lo cual afectará a la posición de los bordes respecto a las desnivelaciones. Las situaciones extremas se producirán cuando la desnivelación no sobrepasa el extremo de la placa (fig. 11a) y cuando está completamente sumergida (fig. 11b). En sus análisis supone casos intermedios, como cuando salta líquido por encima deOERUGHD/HQORVTXHQRHQWUaremos, puesto que nos limitaremos a los dos extremos citados por ser los más relevantes: el primero corresponde a la superficie impelente y placa parcialmente sumergida (fig. 11a), y el segundo cuando ésta está completamente sumergida. En el primero de ambos, al integrar la ecuación [7] entre el borde más profundo de la placa y el límite de la desnivelación, teniendo en cuenta lo advertido sobre los signos, se llega a la siguiente expresión: En la que c es la anchura de la placa y a la profundidad sumergida, o más precisamente su proyección en el sentido de la medida de la fuerza. De los cuatro sumandos que constituyen la resistencia, el último es el ocasionado por la desnivelación que es independiente de la parte sumergida de la placa. Este término, según manifiesta Juan, se puede despreciar si la elevación es pequeña. El primero de los términos es la fuerza estática que soporta la placa y, por tanto, independiente de la velocidad. Los dos restantes son dependientes de la velocidad, uno lineal y otro cuadráticamente. De forma similar, para la superficie impelida la fórmula resultante será: Que difiere de la anterior en los signo del segundo y del cuarto término. Cuando la placa está completamente sumergida (fig. 11b), si se designa h a la profundidad entre el borde superior y la superficie del agua, la ecuación a la que se llega es la siguiente: En la que el signo positivo del segundo sumando corresponde a la superficie frontal y el negativo a la trasera. De forma similar al anterior, el primero de los sumandos corresponde a la fuerza estática, y los otros se corresponde con los de las velocidades, desapareciendo el debido a la desnivelación ya que ésta no existe. Antes de continuar hagamos notar que las placas siempre las hemos presentado, para simplificar, en posición vertical, mientras que sus fórmulas corresponden a una situación más compleja, tanto en la posición como en la velocidad. Ésta, expresada como v n o YVHQ proviene de la composición vectorial de las de la placa v p y corriente v c, siendo a y c la proyección de sus dimensiones sobre nuestros ejes z e y. Para los supuestos en que sea el líquido el que se mueve, se ha de aplicar la fórmula de la presión dada en [10] en vez de la [7], que implica la inclusión del factor VHQ&. Resultan las siguientes expresiones: Es interesante repasar el análisis que hace Juan cuando la corriente es vertical y la placa está situada horizontalmente. Aborda el problema por dos caminos: uno extendiendo la hipótesis de corrientes inclinadas a la situación vertical con placa inmóvil (fig. 12a), y el otro con una placa ascendente en un fluido inmóvil (fig. 12b). El primero de ambos deriva directamente de la sustitución & en la ecuación [23], que la reducirá a la simple fórmula: Valor aplicable tanto para la superficie impelente como la impelida, hecho cuanto menos extraño, aunque explicable a la luz de su hipótesis sobre la generación de la velocidad sumersa en una corriente inclinada, que en este caso es nula, según la ecuación [9], y de lo que resulta la igualdad de las presiones en ambas caras [10]. Por el otro camino, cuando se mueve una placa horizontal hacia arriba, la presión sobre la misma será uniforme con la expresión general dada en [7]. Si la profundidad a que está la placa se la designa como h, la resultante será: El resultado sería el mismo si la velocidad fuese hacia abajo, con el consiguiente cambio de caras. Ahora Juan particulariza para el caso en que la velocidad v n coincidiese con la correspondiente a la altura cinética h, esto es v n =2gh. En esta circunstancia la anterior ecuación se convierte en: La primera de estas dos ecuaciones indica que sobre la cara frontal, en este caso superior, actúa un peso igual a cuatro veces el de una columna de líquido de esa profundidad y superficie, mientras que en la trasera es nula, sobre lo que puntualiza «lo que se hace bien notorio con sólo reflexionar que el fluido no puede en este caso alcanzar la superficie» [Prop. Esta explicación se entiende mejor si la placa en vez de moverse hacia arriba lo hiciese hacia abajo, en cuyo caso la cara frontal sería la inferior, y la velocidad sumersa coincidiría con la de caída, que es a lo que se refiere cuando dice que el fluido no alcanza la superficie. Esta misma particularización la repite para el caso de corriente vertical, cuya fuerza estaba dada en la ecuación [24]. Resulta para ambas caras: Que es una vez el peso de esa columna. De la comparación de ambas, y en concreto sobre la cara impelente, resulta que la fuerza es cuatro veces mayor en un caso que en el otro. Vista la disparidad entre ambos resultados, aduce «Aquí se ve claramente cuán distinto es que se mueva la superficie, o que se mueva el fluido... Sin embargo, no conozco Autor que no haya supuesto hasta ahora que es lo mismo lo uno que lo otro» [Prop. Terminamos aquí las fuerzas sobre placas. Juan sigue con otro capítulo en el que repite sus argumentos aplicándolos a superficies curvas con varias particularizaciones. No entraremos en este tema, pues aparte de los desarrollos matemáticos no aporta nada conceptualmente nuevo. FUERZAS Y MOMENTOS SOBRE CUERPOS Las resistencias que padecen los cuerpos movidos en los fluidos, se reducen a la resulta de las fuerzas que padecen las superficies según una determinada dirección: o a la suma de todas las fuerzas según esta propia dirección, tomando positivas las que lo fueran, y negativas las que también lo fueren. 35] Dicho con otras palabras, la fuerza sobre el cuerpo es la resultante de la integración de las fuerzas diferenciales extendida a la superficie mojada con la inclusión de las desnivelaciones. De forma general esto se expresaría como: Donde m es la superficie mojada en reposo y d la correspondiente a las desnivelaciones, a su vez función de la geometría del cuerpo y de la velocidad, y n el versor normal a la superficie. La proyección de la fuerza resultante sobre la dirección OX es la resistencia, sobre el OZ la vertical y sobre el OY la lateral. Si el cuerpo es un sólido barquiforme con simetría lateral y la corriente es simétrica, la fuerza lateral resultante será nula, ya que un costado anulará al otro. Recordemos que la teoría de Juan engloba la hidrostática como un caso particular, por lo que en los resultados también aparecerán las fuerzas y momentos estáticos. Si bien teóricamente el proceso está muy claro, a la hora de llevarlo a la práctica es laborioso por las dificultades de cálculo. A continuación analizaremos separadamente varios supuestos de fuerzas y momentos, siguiendo, en cierta forma, la misma secuencia que Juan. Comenzaremos, al igual que él, con un paralelepípedo flotante en movimiento horizontal. Sean sus dimensiones b, c y e, estando sumergido una profundidad a, tal como se muestra en la fig. 13. Si se aplican directamente las fórmulas ya obtenidas para las fuerzas sobre superficies en [19][20][21], la resistencia será la diferencia entre la fuerza en la cara impelente [19], que hace de proa, y la impelida [20], que lo es de popa, ya que no habrá fuerza alguna sobre las superficies laterales. Si el cuerpo estuviese enrasado con la superficie, se anularía la desnivelación frontal pero no la trasera, con lo cual la expresión anterior se transformaría en: Que difiere de la anterior en el segundo término, el cual se ha duplicado. Si se despreciasen ambas desnivelaciones el resultado sería: Del que dice «que expresa la resistencia en una sola cantidad, que será como las simples velocidades v» [Prop. Este resultado contradice la hipótesis común entonces, y también ahora, de la proporcionalidad de la resistencia con el cuadrado de la velocidad. Cuando el cuerpo está completamente sumergido, la resistencia se resuelve con la aplicación de [21], y que conduce a: En donde h es la profundidad a que se encuentra la cara superior. Si además e<<h, tal expresión se reduce a: En la que al igual que en una placa también hay proporcionalidad entre la resistencia y la velocidad [Prop. En estos cálculos no ha influido para nada la longitud b del paralelepípedo, pues no se producen fuerzas sobre las caras laterales, de lo que se sigue «que sea dicho paralelepípedo largo o corto, según dicha dimensión, siempre padecerá la misma resistencia horizontal» [Cor. 5], lo cual insiste en que también será aplicable cuando dicha dimensión sea cero [Cor. A pesar de estas aseveraciones, más adelante, cuando evalúe las interferencias entre desnivelaciones [Cap. 7], se desdecirá de lo anterior e incluirá el efecto de la longitud en la resistencia, como veremos. No entraremos ni en el caso en que inclina el paralelepípedo respecto a la horizontal un ángulo n, con lo que el fluido incidirá también en la superficie baja, ni tampoco en el de un cilindro que avanza en dirección perpendicular a su eje, siendo éste paralelo a la superficie. Fuerza horizontal en un cuerpo cualquiera Como aplicación de la teoría establece un procedimiento de cálculo que es una integración numérica, para lo cual se precisa un mallado de la superficie. Éstas serán las cuadrículas generadas por la intersección con el casco de dos juegos de planos paralelos a los planos XZ y XY [Prop. Sobre cada cuadrícula se producirá una fuerza perpendicular cuya magnitud será el producto de la presión, según la ecuación [8], por la superficie de la misma. Esta fuerza es función única-mente de sus dimensiones, profundidad y posición relativa a la velocidad incidente. Para la resistencia de una cuadrícula situada a una profundidad z y cuya dimensión en el plano YZ sea û\ y û] nos presenta la componente en la siguiente forma: El signo más corresponde a la cuadrícula de la proa y el menos a la de la popa. La fuerza total es la diferencia entre la de proa y popa, que si la velocidad normal primera es v n1 y la otra v n2 y se considera además que û]] resulta: Fórmula análoga a la hallada por Juan [Prop. 1 y 2] si se sustituyen las velocidades normales respectivamente por YVHQ 1 y YVHQ 2. La simplificación de ésta ecuación en el caso de simetría entre la proa y popa conduciría a [Cor. Fórmula sencilla, aunque advierte que para llevar a cabo el cálculo en forma correcta hay que «hacer atención a la desnivelación del fluido [por lo que] se calcularán las fuerzas que padecen las cuadrículas anteriores o impelentes, a las cuales alcanza la elevación o entumescencia del mismo fluido» [Cor. El cálculo riguroso para integrar esta ecuación es complicado aun con la simplificación de la simetría, por lo que Juan la vuelve a simplificar en el sentido de que «se puede suponer que todas las cuadrículas que se hallan sobre la misma vertical están chocadas por el fluido con el propio ángulo VXSXHVWRVHUéste una medio entre todas» [Cor. De una u otra forma, la resistencia será la suma de términos en v, v 2 y v 4, sobre lo que afirma: «Será, asimismo en general, la resistencia horizontal que padece cualquiera cuerpo como tres cantidades: una que es como las simples velocidades, otra como los cuadrados de las mismas, y otra como los cuadrados-cuadrados» [Cor. De esta forma expresa la resistencia cuando trata «Del movimiento progresivo horizontal que toman los cuerpos flotantes, siendo impelidos por una o más potencias» [Cap. 9], escribiéndola como Rv+Qv 2 + Nv 4. El término Nv 4 incluye los efectos provenientes de la desnivelación, el segundo, Qv 2, los de disimetría entre la proa y popa, y el primero, Rv, los debidos a la presión. En el prólogo, cuando justifica los fundamentos de su teoría, dice que a veces hay un cuarto término: «que ninguna dependencia tiene de las velocidades, sino sólo de las áreas chocadas» [Pról. p. xxv], y que suponemos que debe referirse a la fuerza estática. No obstante, afirma que «según las ocasiones, se desvanecen algunos; y por dicha, para el asunto de la Marina que nos proponemos, quedan de ordinario sólo uno, que es la primero de las referidas Las fuerzas verticales se generan de manera análoga a las horizontales. En su estudio Juan se limita a un paralelepípedo, bien cuando sea éste el móvil, bien cuando lo sea el fluido. Sean sus dimensiones b, c y e, al igual que se ha mostrado en la fig. 13, y sumergido una profundidad h. La fuerza total resultará como consecuencia de la aplicación de [10] a la cara superior y a la inferior. Si el movimiento es hacia arriba la primera de éstas actuará como impelente y la segunda como impelida; si el movimiento es hacia abajo, los papeles se invierten. La fuerza vertical resultante, medida hacia arriba, es la siguiente32: En la que el signo positivo corresponde a un movimiento hacia abajo y el negativo hacia arriba. Si el fluido está en reposo y el móvil es el paralelepípedo habría que sustituir VHQ&, con lo que quedaría: El primero de los dos sumandos,!JEFH es el peso del fluido desalojado, tal como indica el teorema de Arquímedes, y que resulta de los términos estáticos de sus ecuaciones, mientras que el segundo es el debido a la velocidad. Si además el espesor del cuerpo fuese nulo (e=0) el resultado sería: A esta fórmula añade el comentario: «lo mismo sucederá si h fuere muy grande respecto de e, de suerte que pueda despreciarse sin error sensible esta cantidad, como sucede en los cuerpos que caen por el aire próximos a la superficie de la tierra.» Otra de sus particularizaciones se refiere a lo que llama resistencia nula, que correspondería a F Z =0, como resultado de igualar a cero la expresión [37], y de lo que se obtendría para la velocidad: Propiamente no es que la resistencia sea nula, sino la condición en que ésta es igual al peso del fluido desalojado. Como es habitual en Juan siguen una serie de casos particulares, que no comentaremos. El cálculo de los momentos generados en el movimiento se obtiene como la suma de los productos vectoriales de las fuerzas por sus distancias al eje, sean aquellas fuerzas puntuales o diferenciales. Este es el proceder de Juan, que había establecido que «a los productos de las potencias por sus distancias a un plano... se les llaman momento de las mismas potencias» [Libro 1, Def. Puesto en forma de ecuación, la definición de momento sería: Donde dF es la fuerza normal a la superficie y r un vector que tiene su origen en un punto del eje de momento y termina en el punto de aplicación. Sobre la definición de dF nos remitimos a la ecuación [28]. El cálculo práctico lo plantea con la misma metodología seguida para la resistencia; esto es, dividir el cuerpo en cuadrículas, calcular las fuerzas y sus componentes en cada una, y multiplicarlas por los brazos respectivos a los ejes de momento. Como ejes de referencia toma uno vertical y dos horizontales, y de éstos uno en la dirección del movimiento y otro perpendicular al mismo [Prop. El origen lo sitúa en la superficie del agua sobre la vertical del centro de gravedad del cuerpo, aunque ello lo diga con posterioridad [Prop. En el Volumen 2 los definirá con más precisión, y además denominará «balance» y «cabezada» a los horizontales paralelo y perpendicular a la quilla, respectivamente [Vol. Cuando se considera el buque completo, los momentos producidos por el movimiento se sumarán a los debidos al resto de las máquinas del mismo, esto es, velas, timón y remos. Si bien en general, para una forma cualquiera se producirán en el movimiento momentos respecto a los tres ejes, ésos se reducirán sólo al cabeceo para una forma barquiforme cuando avanza sin deriva33, ya que los otros dos se anularán por la simetría del cuerpo y de la corriente. Sin embargo, aún con esa forma se producirán momentos de guiñada y balanceo cuando haya un ángulo de deriva, pues la componente lateral de la corriente actuará a un lado del casco como impelente y al opuesto como impelido 34. La secuencia de exposición que sigue Juan es algo confusa, pues analiza primero el momento respecto a un eje vertical, lo cual correspondería a un movimiento de costado [Prop. A continuación entra en el de cabeceo [Prop. 66] no sólo en el caso en que el cuerpo se mueve, sino también cuando está inmóvil y únicamente sujeto a perturbaciones, situación ésta que transforma en el balanceo [Prop. Veremos las dos últimas. ----Los momentos respecto a los ejes horizontales [Prop. 66], se generan por las fuerzas verticales y horizontales, siendo estas últimas las que siguen la dirección del eje del cuerpo o su perpendicular. En particular, para el cabeceo intervendrán las fuerzas verticales, resultantes de proyectar la cuadrícula sobre el plano XY, con un brazo igual al de la coordenada x más las horizontales, provenientes de la proyección sobre YZ, cuyo brazo será la distancia vertical entre el centro de la cuadrícula y en centro de gravedad de la parte sumergida del cuerpo. Donde z cg es la posición del centro de gravedad, asimismo el primer sumando del corchete corresponde a las fuerzas horizontales y el segundo a las verticales. Con la división en cuadrículas dada por Juan, tomando cada vez la cuadrícula de proa y la de popa de forma similar a como había hecho para la resistencia [Prop. 3] 35, se llega a la siguiente expresión: En donde el subíndice 1 corresponde a la cuadrícula de la proa y el 2 a la de la popa. Para el momento de balanceo el desarrollo es análogo con la sustitución en [42] del corchete por zdxdz+ydxdy. En el supuesto de que el cuerpo estuviese inmóvil los momentos debidos a las fuerzas hidrostáticas serían nulos. Ahora bien, si en esa condición de reposo el buque oscilase alrededor de su eje de cabeceo o balanceo, la redistribución de las fuerzas de presión sobre el casco producirá unos momentos cuyo sentido será determinante para la estabilidad del sistema. Estas fuerzas, para Juan, se derivan inmediatamente de sus ecuaciones al igualar la velocidad a cero, ya que su teoría engloba a la hidrostática e hidrodinámica. El momento resultante bien es recuperador y tiende a contrarrestar la oscilación, bien es desnivelador y trata de ampliarla. En el primer caso el sistema es estable, mientras que en el segundo es inestable. La condición de recuperador o desnivelador depende de la forma geométrica del cuerpo y de la posición del centro de ----35 Una de las dificultades que presenta el texto de Juan es la simbología. Aquí hemos procurado mantener siempre la misma, lo que la separa de la de Juan, aunque los conceptos sean los mismos. gravedad. Resultado de esto son las condiciones de estabilidad en cabeceo y balanceo, fenómenos que son de la misma naturaleza aunque por la configuración de un buque sea mucho más significativo y determinante el del balanceo. Juan insiste en la equivalencia teórica de ambos al referirse específicamente al navío [Vol. A pesar de que estos momentos son de origen estático, sin embargo, al oscilar el cuerpo se inducen velocidades en el casco, las cuales, a su vez, producen fuerzas dinámicas. El efecto de las mismas es un amortiguamiento en el movimiento de balanceo o cabezada. Juan analiza este tipo de momentos que son ignorados por otros autores. Para el cálculo de los momentos, con el supuesto de la inmovilidad la ecuación [42] se convierte en: Se puede demostrar que el primer sumando es nulo dada la naturaleza de la superficie respecto del agua; de lo que resultaría: Similar a la dada por él [Cor. Esto es más claro si en la ecuación [43] se hace v n1 =v n2 =0 lo que conduce a: Que coincide con la anterior y que permite calcular el momento de la fuerza de flotación del cuerpo, que es el del volumen del líquido desalojado, respecto al centro de gravedad, y que ha de ser igual al momento del peso por la distancia horizontal entre el centro de gravedad y el de presiones. A este último lo llama Juan «centro del volumen», y es el centro de gravedad del volumen del líquido desalojado. [47] Donde m es la masa total y h la distancia entre el centro de gravedad y el de volumen. Esta expresión es aplicable al cabeceo, si bien sería aplicable al balanceo con las modificaciones oportunas. Juan pasa a este último, pero primero indaga la relación entre el momento y el ángulo de balanceo. Para ello elige un modelo sencillo, que es un cuerpo de revolución alrededor de un eje horizontal enrasado con el nivel del líquido [Cor. 8] que tiene su centro de gravedad G a una distancia k del centro H (fig. 15). Si se hace girar al cuerpo un ángulo / respecto a la vertical, el centro de gravedad se desplazará a G= y el momento debido al peso sería 3NVHQ/; por tanto, existirá una relación entre este momento y el hidrostático Ph, de la forma: Juan afirma que esta relación también se verificará para cuerpos que no fuesen de revolución, con la salvedad de que en éstos la distancia k sería variable con la inclinación [Cor. Tras estas precisiones pasa a calcular el momento que se induce cuando un cuerpo de forma cualquiera, pero simétrico, oscila respecto a su centro de gravedad [Prop. No es necesario insistir que se trata de un balanceo. De acuerdo con la fig. 16, al inclinarse un ángulo / aparece un empuje de flotación en el triángulo DEL, mientras que desaparece el del AEC. Si bien ambos tienen la misma área, la diferencia es que su momento respecto al centro de gravedad, que está en G, es diferente. El momento hidrostático total será el de la sección ABD, cuyo centro de presión está en F, más el del primer triángulo menos el del segundo, cuyos centros de presión están a 2/3 de cada manga36. El total, obtenido como resultado de una integración a lo largo del eje de la quilla, sería: Aunque Juan no lo diga, el término integral es el momento de inercia geométrico de la sección del cuerpo por la línea de flotación. Después de haber sentado estos principio generales, Juan pasa a la aplicación a un paralelepípedo que se mueve primero horizontalmente y luego inclinado, así como a un cilindro que avanza perpendicularmente a su eje. Ejemplos, uno y otro, habituales pero en los que no nos detendremos, aunque reconoceremos la complejidad de las fórmulas que obtiene. La aplicación directa al buque no la hará hasta el Vol. 3], usando la fórmula anterior para determinar la máxima altura posible por encima del centro de presiones a que puede estar el centro de gravedad para que el buque siga siendo estable. A medida que el centro de gravedad se eleva, el momento disminuye, hasta anularse cuando M x =0. El valor de h resultante es: Donde V es el volumen del agua desalojada e I x el momento de inercia. A h m lo había denominado Bouguer metacentro, como recuerda Juan [Vol. 2, §150], y co-rresponde a la mínima separación entre los centros de gravedad y volumen para que el buque sea estable. En todo este desarrollo se ha supuesto el cuerpo inmóvil. No obstante, Juan no abandona los supuestos en que también haya velocidades laterales [Prop. Si ello fuese así el momento resultante quedaría como: Fórmula obtenida a partir de la [43] en la que se han sustituido el eje OY por el OX. A este valor habría que añadirle lo que resultara del las desnivelaciones, así como lo que pudiera originarse por la acción de unas superficies sobre otras [Esc. En cuanto al valor de esta corrección estima que puede ser excesiva si la velocidad es grande. Al respecto recuerda que «Leonardo Eulero y M. Bouguer, que son los Autores que han tratado este asunto con más extensión, no han calculado, sin embargo, sino los momentos que resultan en el caso de reposo» [Esc. Otro tipo de momentos que también considera son aquellos que se generan como consecuencia de las velocidades que aparecen en el casco cuando el cuerpo gira respecto a cualquier eje en un fluido. En el balanceo, fig. 17, si la velocidad de balance es &, se inducirá en un punto P una velocidad lineal v i &U, perpendicular al radio vector GP, la cual tendrá una componente normal a la superficie de la que resulta una la resistencia, y por tanto también unos momentos que serán proporcionales a & y, como es fácil demostrar, contrarios a la misma, lo que significa que son amortiguadores. El procedimiento para su cálculo es el habitual: dividir en cuadrículas, hallar las fuerzas en cada una, y como consecuencia los momentos. Tras las oportunas operaciones [Prop. 79], llega a una expresión en que se manifiesta la proporcionalidad con & [Cor. 8], que luego particulariza a varios supuestos. Juan ha introducido las desnivelaciones como un fenómeno asociado al movimiento de una superficie en un fluido, cuyo efecto es la alteración de una zona próxima a aquélla. Si en esa zona hubiese otra superficie, ésta se encontraría influenciada por la desnivelación producida por la primera, lo cual modificaría las fuerzas que se producirían sobre la misma si estuviera aislada. Juan dedica un capítulo a este tema [Cap. 7] que titula: «De lo que las desnivelaciones del fluido en unas superficies alteran la fuerza que padecen otras, como también las resistencias». El análisis que lleva a cabo es agudo, aunque introduzca nuevas hipótesis en el desarrollo que parecen estar en contradicción con sus estudios anteriores y haya extremos discutibles, como veremos. Estimamos que la razón de esta nueva visión es el estudio de las proas o popas de los barcos cuando estén formadas por varios planos, así como el efecto de la primera sobre la segunda. Como es habitual usa una formulación compleja que simplificaremos. Es interesante constatar que los resultados de estas interferencias le obligan a cambiar conclusiones anteriores relativas a la resistencia. El problema lo plantea como dos superficies planas en movimiento CN y CL, (fig. 18a) unidas en C. La primera, CN, produce una desnivelación, que modificará la fuerza total sobre la segunda, CL, que es lo que pretende estudiar. Con esta configuración considera tres posibilidades: el efecto de la cara impelente de la primera sobre la impelente de la segunda, el efecto de la dos impelidas, y el correspondiente cuando CN es impelente y CL impelida. No dice nada sobre el supuesto de impelida sobre impelente. Prácticamente el primero de los tres casos podría servir para el estudio de una proa formada por varios planos, el segundo para una popa similar, y el tercero como el efecto de un plano de proa sobre otro de popa. Por otra parte, además de la configuración descrita en la fig. 18a también analiza cuando CL mira hacia arriba (fig. 18b), incluso cuando sale del agua (fig. 18c), así como si hay una separación entre las dos planos (fig. 18d). No obstante, estas variantes son reducibles a la primera, que es la básica, con los oportunos arreglos en cuanto al signo de los ángulos y los límites de las integraciones. Como punto previo al proceso de evaluación, comienza con unas puntualizaciones en las que se pone de manifiesto su base de argumentación. Presenta la fig. 19 37, que representa un cuerpo de sección rectangular que avanza en un fluido, y sobre el que dice: Siendo PF la desnivelación procedente del movimiento de una superficie, CD la superficie del fluido, y FD la parábola que lo termina, es preciso que se forme igual y semejante parábola CF al lado opuesto de PF, pues la elevación FP, y la gravedad que ésta comunica a todas las partículas del fluido, se forma la parábola FD: con que habiéndose de comunicar igual gravedad hacia las de FC, igual parábola FC se debe formar. 46] Lo anterior nos sorprende, ya que parece estar en contradicción con la hipótesis que había establecido para la formación de las desnivelaciones, según la cual se formaba una ascendente en la cara impelente y otra descendente en la impelida. Además recalca: «Esta regla se hace general para cualquier superficie impelente o impelida, vertical, inclinada u horizontal.» Hay otra puntualización más: «Si fuere un cuerpo AG el que movido produjere la desnivelación, siendo PG menor que PC=PD, no impedirá aquél que se forme la desnivelación CGB, aunque sí la BGPF, por ocupar su lugar el mismo cuerpo». 2] Físicamente parece difícil suponer que un cuerpo parta una desnivelación, por ello, suponemos que lo que Juan propone es una construcción ma-----temática, un artificio de cálculo, no una realidad física. Esto está en consonancia con el siguiente corolario: Las desnivelaciones deben, por consiguiente, producir fuerza positiva o negativa en las demás superficies que circundan, o a que alcanzan, alterando las que padecían sin esta circunstancia: como también la velocidad con que saliera el fluido por un agujero hecho en las mismas. 3] Fig. 19 Que la desnivelación frontal produzca un efecto en la cara de atrás es plausible, ya que la en la observación de un cuerpo en una corriente se aprecia que la elevación delantera le contornea modificando la desnivelación trasera, como hemos visto al tratar de las desnivelaciones [Prop. 38 Este efecto es mayor cuanto más corto sea el cuerpo, por lo que pone la condición «siendo PG menor que PC=PD», lo cual no se reflejaba en el estudio que ya había hecho del paralelepípedo, como hemos expuesto con anterioridad. El mecanismo matemático para introducir este efecto pasa por la desnivelación simétrica y la alteración de la velocidad sumersa. Para hallar la velocidad sumersa en un punto dice: luego si en general se tiene la altura de la desnivelación sobre un orificio, multiplicándola por 2g, y sacando la raíz cuadrada, se tendrá la velocidad que tomarán las partículas del fluido; la que añadida o sustraida de la que debe resultar, por la altura que tuviere la superficie del fluido sobre el orificio, se tendrá la velocidad con que saldrá por éste. ----Esto es, para un punto M (fig. 10) situado a una profundidad z bajo la superficie sería la suma de la velocidad sumersa de esa altura más la correspondiente a la altura de la desnivelación /, que sería: Con la estructura de la desnivelación expuesta en [17][18], si / m es la altura de la misma en el plano y la longitud de la misma, la fórmula anterior se transforma en: Tras estas precisiones pasemos a analizar las configuraciones que propone. La primera configuración, o básica, se muestra en la fig. 20. Consiste en los planos CN y CL unidos e inclinados que avanzan conjuntamente a una velocidad v n, el primero parcialmente sumergido y el segundo completamente. 48], CN causa la desnivelación OANQ, que apreciamos que consiste en la propia y en una simétrica pero desplazada hasta la vertical del punto C, lo que corrobora el carácter virtual que la estamos atribuyendo. Respecto a CL, le atribuye la desnivelación OFED, lo cual vuelve a ser motivo de extrañeza, ya que una superficie sumergida no tiene que producir ninguna, además no dice nada para la determinar su magnitud, únicamente: «que se supone menor que la primera [OANQ], por ser el ángulo que forma CN con la dirección del movimiento mayor que el que forma LC» [Ibid.]. Suponemos que la altura sería la que existiría si se prolongase la placa CL hasta salir fuera del agua, como hemos mostrado en línea punteada, así como la correspondiente desnivelación E 'D' que se trasladaría horizontalmente como ED. A partir de ésta se definiría la rama FO y la zona CR de la placa CL, limitada por el punto C y la vertical desde F, que será donde se manifieste el efecto de la desnivelación NQ, que dará como resultado una fuerza adicional a sumar, o restar, a la que se produciría sobre CL si estuviese aislada. La extensión de CR depende de la geometría del sistema, pudiendo llegar a salirse fuera de la placa, lo cual habría de tenerse en cuenta [Esc. La velocidad sumersa o «con que saldrá el fluido por el orificio hecho en H» [Prop. 48] sería el resultado de aplicar la última ecuación, que ese punto H, separado una distancia x del eje AC: Siendo v CN la velocidad normal a la placa CN. Siguiendo los pasos que había dado al establecer su teoría general, para hallar la presión en la zona CR tendría que sumar a esta velocidad sumersa la de avance de la placa CL, de forma similar a lo expresado en las ecuaciones [6][7]; luego se integraría para obtener la fuerza total en ese tramo que a la que se añadiría la del resto de CL, con la velocidad sumersa sin modificación, para llegar a la fuerza total sobre CL. Pero no lo hace así, sino que para hallar la fuerza en CR utiliza solamente la expresión [54], a la que resta la que tendría aislada con lo que obtiene lo que llama «el exceso de fuerza que la comunica la otra superficie Cuando ambas superficies sea impelidas [Prop. 49] el razonamiento es el mismo, pues como dice «Esta proposición no se diferencia de la dada... sino en que son KI, y por consiguiente { } negativas» [Ibid.]. Sólo un corto pero interesante comentario. El que diga que KI es negativo significa que está aplicando una desnivelación con descenso, como sucede en las partes impelidas de los cuerpos, y entre llaves expresa el segundo miembro de la velocidad inducida [54], que ahora quedaría como: Los resultados de las fuerzas se modifican de acuerdo con lo anterior, y también nuestras objeciones. Para el tercer supuesto, cuando CN es impelente y CL impelida, la novedad es que para la velocidad inducida por CN toma el valor del caso impelente, dado en [54], a lo que añade: «pero suponiendo ahora que la superficie CL es impelida o que huye del fluido con la velocidad v CL, con ésta menos saldrá el mismo fluido por el orificio H» [Prop. Esto significa que la velocidad eficaz valdrá: Este tratamiento sí que lo encontramos acorde con su teoría, y justifica nuestros reparos tanto a la no inclusión de v CL como a restar a la fuerza sobre CR calculada con la anterior la que resultaría de estar aislada, lo cual ahora sí se justifica. Volviendo atrás, la velocidad eficaz para el supuesto impelente-impelente sería esta misma ecuación pero con signo positivo para v CL, y para el impelido-impelido el signo que cambiaría sería el del segundo término. A tenor de los expuesto estimamos que Juan tenía una idea clara pero no la formuló debidamente. En cuanto a las ecuaciones que obtiene son similares, con una serie de corolarios y escolios para las diferentes posiciones relativas de las dos superficies. Parecería que ahora debería de haber un cuarto caso, que correspondería a que CN fuese impelida y CL impelente. Pero no es así, sino que pasa a la situación que se produce cuando hay una separación entre las dos superficies. Aunque no explique la razón de esa omisión, conjeturamos que la causa está en la aplicación al buque. Así, como hemos visto, la configuración de ambas impelentes se corresponde con efectos generados en las distintas superficies que pueden configurar una proa; si ambas son impelentes, lo dicho es aplicable a una popa; y cuando la primera es impelente y la segunda impelida correspondería al efecto de la proa sobre la popa. El caso que falta sería el que representase los efectos contrarios a la anterior, caso que ignora, lo cual está explicado ya que en el avance de un cuerpo la desnivelación de proa le contornea incluso hasta la popa, pero a la luz de la observación no parece haber un efecto contrario aguas arriba. En cuanto al análisis cuando hay separación entre superficies, fig. 18d, no hay novedad teórica alguna, tan sólo que la velocidad inducida en el punto G corresponderá a x=x 0. Como caso práctico estudia la resistencia horizontal de un paralelepípedo rectangular [Prop. 52], cuyas dimensiones se muestran en la fig. 21. Para ello Juan aplica las fórmulas a que había llegado en el caso impelente-impelida, aquí, por mor de la simplicidad y claridad, iremos directamente a las velocidades eficaces. Las velocidades normales serán v CL =v CN =v; por lo que en la placa delantera la eficaz v+v z y en la trasera, con la aplicación de [56], se tendrá v z -YE, siempre que E. Como comentario a esta última expresión, si E! se tendrá v-v z que era la hallada para cualquier superficie impelida; pero para b=0, queda v z, esto es, que el efecto de la desnivelación delantera anula el propio impelido. Si el cuerpo fuese más largo que la desnivelación E!, de lo que E, resultaría [Cor. Expresión ya hallada [29] al calcular la resistencia de un simple paralelepípedo. Ahora bien, si b=0, que sería el caso de un plano, se llegaría a [Prop. Donde por F pl entendemos la fuerza en un plano frente a F pp que corresponde a un paralelepípedo largo. Esto significa, y así lo observa, que si la velocidad fuese tan pequeña que se pudiese despreciar el segundo sumando, la resistencia de un paralelepípedo largo resultaría el doble que la de un plano [Prop. 5], de lo que hará uso posteriormente. Aunque no entremos en casos particulares, recordemos que ya había reconocido que en la realidad el líquido fluía «corriendo en dirección perpendicular al movimiento de la misma [placa], y ocupa o desocupa parte del hueco o elevación que hemos deducido» [Prop. Estos efectos, continúa, «se hacen notables siempre que se haya de determinar la justa o absoluta fuerza que padecen las superficies» [Ibid.], y que según [60] disminuyen la resistencia. Para calcular la fuerza que se produce sobre las mismas, asimila la atmósfera a un «mar de aire», hipótesis ya empleada por otros autores de la época. Este mar será un capa de un fluido de densidad uniforme, e igual a la del aire al nivel del mar, cuya profundidad, esto es la altura, sería aquella que produjese una presión igual, también, a la existente al nivel del mar. Según esta definición esa profundidad sería z e =p a Â! Por tanto, de la aplicación de la ecuación [33], la fuerza que se generaría en una placa plana de superficie S que se moviese a una velocidad v n sería! a Sv n (2gz e ). Ahora bien, aceptando la corrección de que un plano tiene la mitad de la resistencia de un paralelepípedo, expuesta en [60], llega a la fórmula: En esta ecuación el término (2gz e ) sería la velocidad sumersa del aire al nivel del mar. Para hallar el espesor de la atmósfera supone que la densidad del aire es 1/1000 la del agua de lluvia, que a su vez es 1/14 de la del mercurio. Sin embargo, esta determinación no le satisface pues «depende de las experiencias físicas, y de distintos preparativos practicados en los fluidos, que no sabemos tenga el aire a la orilla del mar» [Vol.2, §259]. Por ello prefiere tomar como base de partida las experiencias hechas por él mismo en el Perú 40, en las que para que el barómetro baje una línea (2,12 mm) había que elevarse 86 pies (26,23 m). Pero como Juan parece encontrase más cómodo trabajando con el agua, reduce la última ecuación al agua incluyendo una constante, tal que: Donde! mar es la densidad del agua de mar y k a la constante de reducción 42. Para Juan la vela tiene una «curvidad», hecho advertido por casi todos los autores de la época, pero soslayado por la dificultad de tratamiento, tal como afirma, «la intrincada teórica que resultara de formar los cálculos, atendiendo a esta curvidad, ha hecho que todos los demás autores las hayan supuesto como planas» [ §256]. Toma una vela (fig. 22) sujeta en dos mástiles verticales en A y B curvada por un viento v, que producirá en los mástiles una fuerza T. Un elemento diferencial ds de la misma, que forme un ángulo. con el viento, estará sometido en sus extremos a la misma tensión T. La fuerza elemental será: ----39 En lo sucesivo cuando se cite una medida se hará en las unidades de la época, pero se complementará entre paréntesis con su valor en el Sistema Internacional. Entonces las unidades variaban casi de ciudad en ciudad; aunque las más usadas en los contextos científicos fueron los inglesas y las de París. Relatadas en sus Observaciones Astronómicas y Físicas, Lib. Pero que, quizás por simplificar a números enteros, lo aproxima como 1/20. Introduciendo una constante auxiliar 4 7! a v(2gz e) ) resulta para la ecuación de la vela: Donde R c es el radio de curvatura, 1/R c =d 2 ydx/ds 3. La solución de la ecuación es: Juan llega a la misma solución pero en forma paramétrica [ §261], x=Qlncosn; y=Qn. Esta curva tiene carácter universal y toda vela es una fracción de la misma. Ya de forma práctica, una vela ante un viento adoptará una forma definida por los ángulos de las tangentes en sus extremos, $ A y $ B (fig. 23). La fuerza resultante la calcula suponiendo una vela plana equivalente cuyo ancho sea el de la cuerda h, afectada por un factor de corrección G, tal que: Además, la fuerza no será perpendicular a la cuerda h, sino que formará un ángulo 0, cuyo valor es: Estas fórmulas permiten calcular la fuerza y su dirección una vez conocida la forma que adopta la vela, pero lo que no explica Juan es cómo llegar a esta forma a partir de una vela de una longitud de lienzo, una separación de mástiles y un viento dado. Por otra parte, supone que éstos están en posición vertical, mientras que en la realidad la vela está sujeta por un mástil horizontal, llamado verga en lenguaje marinero, y un serie de cabos. Las explicaciones de Juan son interesantes pero incompletas. EXPERIMENTOS Una de los puntos fundamentales del pensamiento de Juan, como ya hemos dicho, era partir de experimentos certeros [Pról. p. xxii], luego buscar una teórica y ver si ésta se acomodaba a los movimientos de la naturaleza. A lo largo del Examen hace continuas llamadas a la práctica como elemento para la justificación de su teoría, en especial en cuanto a la conclusión de que la resistencia había de ser proporcional a la velocidad en vez de a su cuadrado, como mantenían casi todos los autores de su época. Veamos algunos de sus comentarios. Al referirse a los estudios de Huygens sobre la deriva: Resuelve... bajo el supuesto de que sea la velocidad del viento infinita y nula la deriva: ambas suposiciones bien apartadas de lo que realmente sucede en la práctica [p. viii] esta y todas las demás determinaciones que produjo, hubieran sido de la mayor utilidad, a haber acompañado alguna práctica a la mucha Geometría que poseía. [p. ix] Al hablar de los Bernoulli: La sublime teórica de los Bernoullis, poco o nada adaptable a la práctica, no produjo sino la Obra que el año 1731 dio a luz M. Pitot,... con el título La théorie de la manoeuvre des Vaisseaux reduite en practique,... M. Pitot carecía enteramente de práctica, lo que le hizo juzgar a arbitrio de las operaciones del Mar y de los Marineros, atribuyéndoles hechos que jamas se han visto. [p. xi] Al comentar el Traité du navire de Bouguer: lo cierto es, que a haber concurrido en tan digno Autor la práctica necesaria para descubrir los errores que resultan de los falsos supuestos teóricos, nada nos hubiera quedado que apetecer. [p. xiii]. Y en cuanto a la Scientia navalis de Euler: El especial orden y sublime Geometría con que trata todos los asuntos tan gran Maestro, es digno de admiración: hubiera sido un tesoro de la Ciencia, y particularmente de la Marina, si a semejante destreza hubiera acompañado la práctica que igualmente deseábamos en M. Bouguer. [p. xiv]. Como conclusión a su revisión de los trabajos preliminares: Estos han sido los documentos que nos han servido de Norte en lo científico de la Marinería: la práctica por otro lado no es menos maestra, particularmente si, después de bien examinada y despejada de los accidentes que puedan hacerla variar, no se conforma con la teórica. En este caso, no hay Científico que no crea, que algún supuesto falso precedió a ésta: es preciso buscarle y corregirle, porque la práctica no es distinta de teórica: si no concuerdan, alguna de las dos está viciada. [p. xiv] Creemos que es suficiente. En cuanto a resultados experimentales, no eran muchos los disponibles a mediados del siglo XVIII 43. Estaban las experiencias que realizó Mariotte con placas en el Sena, que se describen en su Traité de mouvement des eaux (1686); los péndulos en medios resistentes que hizo Newton y que están en la primera edición de los Principia (1687); la caída de bolas en fluidos, también por Newton y que aparecen en la segunda edición (1713); las resistencias de bolas lanzadas con pequeños cañones que llevó a cabo Robins y que expone en los New Principles of Gunnery (1742); y los de una bola en un brazo rotante por el mismo autor que presentó en la Royal Society en 1746. Juan comenta extensamente los péndulos de Newton [Prop. 17, Esc.], la placa de Mariotte [Prop. 36, Esc.], las máquinas de Smeaton [Vol. 2], y cita de pasada las balas de Robins [Pról. p. xxii, nota (a)]. De los experimentos con péndulos de Newton y del análisis que éste hace de los mismos, Juan se sirve para criticar la hipótesis de la proporcionalidad de la resistencia con el cuadrado de la velocidad. A esta cuestión dedica varias páginas [Prop. 17, Esc.,, mientras que despacha los relativos a la caída de bolas, que estimamos como mucho más interesantes, completos y concluyentes, con la frase «pero todo se funda en que dicha resistencia,... es como los cuadrados de las velocidades: con que es suponer lo mismo que estaba en cuestión, y que se necesitaba especular» [Ibid.], que es ambigua, pues no cita la buena concordancia que obtiene Newton en sus experimentos. Recordemos que éste llevó a cabo los experimentos con péndulos con el fin de demostrar prácticamente la proporcionalidad de la resistencia con el cuadrado de la velocidad 44 aunque sin mucho éxito. Vistas las discrepancias, intentó aproximar las resistencias por una fórmula polinómica del tipo hv+kv 3/2 +lv 2, ajustando los coeficientes de acuerdo con los valores experimentales 45. A pesar de que los resultados que obtiene son inciertos, mantiene su convicción de la proporcionalidad con el cuadrado de la velocidad. Prueba de esto es que en la segunda edición realiza nuevos experimentos con caída de bolas en agua y aire, cuyos resultados se aproximan mucho a los valores teóricos 46. En cuanto a los trabajos de Mariotte, Juan recalcula sus valores admitiendo que son correctos, aunque termina afirmando: «Pero véase cuanto se apartan estas experiencias, que el mismo Autor [Mariotte] tiene por tan exactas, de las que yo practiqué para certificarme» [Prop. Para esto Juan tomó «una tabla cuadrilonga de un pie (0,305 m) de ancho, expuesta perpendicularmente a una corriente de 2 pies por ----43 Cf. La génesis de la mecánica de los fluidos, en particular el capítulo 4. 44 Los resultados los publicó en la primera edición de los Principia. Hasta aquí sus experiencias, de las que no explica ni cómo las realizó ni dónde, si fue en un canal o en una corriente natural, ni cómo midió las fuerzas y velocidad de la corriente, ni el aparato de ensayo. Por lo que dice entendemos que era una tabla rectangular de un pie de ancho que sumergía más o menos en la corriente (fig. 24). Juan calcula las fuerzas que debieron de soportar las placas «según la opinión general» [Ibid], que era igualar la resistencia con el peso de una columna de agua de base igual a la superficie frontal y altura la cinética de la velocidad. Esto es, suponer un coeficiente de resistencia C D =1 47, que sería: Una vez hecho esto aplica su teoría. Primero utiliza la fórmula que había obtenido para la resistencia de un paralelepípedo con desnivelación [29], en la que desprecia el término de la desnivelación por ser la velocidad muy baja 48. Ahora bien, Juan dice que esa fórmula representa la resistencia de un paralelepípedo, mientras que el experimento lo ha hecho con una placa plana. Por lo tanto aplica las correcciones que había hallado al estudiar las interferencias entre desnivelaciones y superficies, y que relacionaban las resistencias de placas y paralelepípedos [60], y además por ser la velocidad pequeña desprecia el segundo término, con lo que se reduce la resistencia de la placa a la mitad. Con esto la ecuación a emplear sería: Esta relación la emplea como otra de sus argumentaciones contra la teoría del impacto, pues según ésta la previsión habría de ser 1,117 frente a 1,915 que daría la suya, más próxima a 1,694 que es lo obtenido experimentalmente. Antes de seguir conviene decir que los coeficientes de resistencia que resultan de sus medidas son C D =3,98 y C D =7,26. Ambos extremadamente altos, frente al C D =1,2 esperable. Esto nos hace sospechar que sus mediciones son incorrectas. Hasta aquí lo que cuenta en el texto de la obra, sin embargo en el prólogo aporta algunos datos más. Dice que «la fuerza del agua corriente sobre una tabla que a ella expuse, no sólo la hallé en ocasiones cuatro veces mayor de lo que la asigna Mr. Mariotte sino que en otras lo era hasta ocho veces mayor» [Pról. p. xxiii]. Entendemos que se refiere a los dos casos citados anteriormente. Pero tras insistir en que ello es debido al efecto de la profundidad, sigue: «de suerte que, puesta la misma área o tabla cortada en paralelogramo rectángulo, con su lado mayor horizontal, padecía mucha menos resistencia que puesto el propio lado vertical» [Ibid]. Estas mediciones no las cita en el texto, cosa de extrañar. Poco más adelante continua: «si la tabla tenía de largo cuatro veces su ancho, la resistencia, con su lado mayor vertical, era próximamente dos veces mayor que puesto el mismo lado horizontal» [Ibid], que tampoco está en el texto. En conclusión, sus experiencias no parecen muy fiables. Sin embargo, a la luz de los comentarios del prólogo es muy probable que realizase más experimentos. La cuestión es donde están y por qué no los publicó. APLICACIONES 53 Jorge Juan, en el prólogo, había dicho que para justificar la validez de una teoría era necesario que además de estar fundada en unos resultados experimentales, sus ----52 Puede que entre los papeles archivados de Jorge Juan se encuentren más resultados experimentales. Espero que alguien intente esta búsqueda. 53 Al respecto recordamos que la diferencia entre un experimento y una aplicación está en que en que el primero se conforma un dominio tratando de aislar los efectos de un fenómeno, mientras que en las otras lo que se hace es aplicar una teoría a una entidad concreta. previsiones se acomodasen a la práctica. En este sentido presenta tres casos: las cometas, los experimentos sobre ruedas hidráulicas hechos por Smeaton y el comportamiento de los navíos. Sin negar el buen criterio de Juan al presentar estos casos, adelantemos que sus verificaciones son más bien cualitativas. Juan analiza el comportamiento de estos juguetes de forma extensa en el Apéndice 1 que titula «Sobre la teórica de los Cometas que vuelan los Niños, para verificar la ley con que resisten los fluidos», citando el estudio hecho por Mr. Euler citado al principio. Supone a la cometa (fig. 25) constituida por una superficie plana bidimensional AB, cuyo centro de presiones estará en C, dotada de una cola rígida BX, la cual tiene como misión principal desplazar el centro de gravedad del conjunto al punto P. La cometa está sujeta por dos tirantes AG y DG que se unen en el punto G a la cuerda de amarre, que termina en el suelo sujeta en V. Las fuerzas que actúan en la cometa son el peso mg, la sustentación N y la tensión de la cuerda T G. La cometa se encuentra sujeta por un hilo de densidad que se comporta como perfectamente flexible e inextensible, en cuyo extremo está amarrada a tierra en el punto V. Juan analiza mecánicamente el comportamiento del sistema con gran detalle, obteniendo la posición en función de la velocidad del viento, el ángulo de cada punto de la cuerda y particularizando para dos casos: aquél viento en que la cometa con una longitud de hilo dada se despega del suelo, y la longitud de hilo para que con un viento dado se eleve a la máxima altura. Para esto utiliza su teoría, en la que N=Rvsen α, que hace más fácil de manejar las ecuaciones 54. Tras todos los análisis matemáticos pasa a un caso práctico en el que simplifica la geometría de modo que e=b y c=2e, lo cual hace que las fórmulas sean asimismo más sencillas. Como valores prácticos considera la cometa como un cuadrado de 3 pies de lado, un peso de media libra y un peso del hilo de una libra por cada 2000 pies de lo que le resulta para R=19 (277 N/m/s) Calcula que esta cometa con un viento de 2 pies/s (0,61 m/s) se elevaría a la máxima altura cuando el hilo fuese de 1052,6 pies (322 m). Para comparar su teoría con la del impacto hace una simplificación más a la cometa tomando c=0, con lo que se identifica con las fórmulas que había hallado Euler. Siguiendo la teoría del impacto, para que esta cometa se eleve hasta la horizontal Juan calcula que se precisa un viento de 29 pies/s (8,84 m/s), mientras que según su teoría sólo se necesitarían 0,0278 m/s. Ante esto advierte que con 29 pies/s el viento sería huracanado, y que ello va contra la experiencia. En realidad Juan había cometido un error 56 con anterioridad y el valor que tenía que haber obtenido era 18 pies/s (5,49 m/s) en vez de los 29 pies/s, aunque aún con esta velocidad, su observación sigue siendo cierta. No obstante, el argumento de usar la cometa como ejemplo es débil al aportar resultados más bien estimativos. En 1759 John Smeaton presentó ante la Royal Society el trabajo «An experimental Enquiry concerning the natural Powers of Water and Wind to turn Mills, and other Machines, depending on a circular Motion» que se publicó ese mismo año en las Philosophical Transactions. En la misma Smeaton incluye los resultados de una extensa labor experimental llevada a cabo con dos máquinas a escala reducida con las que pretende analizar el comportamiento de una rueda hidráulica y un molino de viento. La primera de ambas, que es a la que se refiere Jorge Juan en el Apéndice 2 y que reproducimos (fig. 26), consistía básicamente en una ruedas de paletas encajona-----54 El valor del parámetro R se deduce de la ecuación [61] como 5!a(2gze)S. El valor de!a(2gze) lo estudia en el Vol. 1, §48] aplica la reducción de 1/3 hallada en los experimentos. 55 Rehechos los cálculos se encuentran algunas discrepancias no significativas. 56 Este error lo había advertido Levêque y lo hace constar en la edición francesa del Examen. da en un canal por el que circula una corriente de agua, proveniente de la descarga de un depósito por una salida inferior, cuya abertura se regulaba en altura por medio de una compuerta. El agua, una vez pasada la rueda, cae a otro depósito desde donde se la eleva al primero por una bomba de émbolo. El caudal del agua se determina por el número de emboladas por minuto de esta bomba, y la velocidad mediante el giro libre de la rueda, con algunas correcciones. La rueda lleva acoplado un tambor al que se arrolla una cuerda de la que pende un peso, que se eleva como consecuencia del movimiento. Smeaton variaba la profundidad de la corriente mediante la compuerta de apertura y la velocidad por la altura del agua en el depósito; fijadas estás dos condiciones, cada ensayo consistía en incrementar progresivamente el peso hasta llegar a la detención de la rueda, registrando las velocidades. Con las cargas y velocidades determinaba el producto de ambas, que denomina «efecto». Este será nulo cuando no hay carga, y por tanto la rueda gira libremente, y con la carga máxima, en que la rueda se detiene, entre ambos extremos existe un máximo. En la reducción de los datos empleó una técnica experimental muy elaborada con el fin de eliminar el efecto de los rozamientos y para determinar los parámetros de tarado del sistema. Las teorías de la época establecían que en una máquina de este tipo el efecto máximo se conseguía cuando la velocidad lineal de la pala era un tercio de la de la corriente, mientras que con la teoría de Juan sería v 0 =v/2 57. Por esto analiza los resultados de Smeaton, intentando demostrar que son más concordantes con su teoría que con la del cuadrado. Smeaton presenta 27 ensayos, divididos en seis tandas, una para una sección de paso del agua, y en cada una para varias alturas del agua en el depósito. En cada ensayo determina la carga y velocidad de máximo efecto, de los que hemos obtenido la relación entre las velocidades de la pala y la corriente, v 0 /v a, en función de la velocidad del agua para cada uno, que presentamos en la fig. 27. Se aprecia que todos los valores se encuentran entre 0,33 y 0,5 lo que es interpretado por Juan como un apoyo a su teoría, alegando: «porque no se halla ni una sola experiencia de las 27 que expone, que no dé la velocidad de los álabes mayor que la tercera parte de la velocidad del agua: llegando el exceso hasta dar algunas la mitad» [Ap. Su apreciación es exagerada pues los datos casi se acercan más a 0,33 que a 0,50, como se sigue de dicha figura. Además Juan enfrenta dos fórmulas: La primera resulta de la teoría del cuadrado, mientras que la segunda es la suya. En ambas rP es el momento de la fuerza, nP el del rozamiento debido al peso y fF el debido al peso de la rueda. Juan calcula el efecto considerando E=(rP+nP)v p e ignorando el término fF. Sin embargo, Smeaton halla el máximo con la totalidad del momento y de éste deriva el efecto. Además, este autor advierte que el comportamiento de la pala diferirá del que tendría en una corriente libre, pues en ésta hay espacio lateral para que el agua escape, mientras que en la máquina se encuentra encajonada y no hay otro escape más que moviéndose junto con la pala 58. ----57 Que conozcamos, el primero que llegó a esta conclusión fue Parent, como expone en «Sur la plus grande perfection possible des Machines», en las Mémoires de la Académie de París, 1704. El resultado de un tercio es fácil de obtener. Si la velocidad de la corriente es v y la pala v 0, la fuerza total sería tal como k(v-v 0 ) 2 y el efecto kv(v-v 0 ) 2, cuyo máximo resulta para v 0 =v/3. Como para Juan la fuerza es k(v-v 0 ), esa relación queda como v 0 =v/2. El movimiento del navío Otro de las fuentes de confirmación de su teoría es el «andar o movimiento» del navío impulsado por el viento en sus velas. Pero, al igual que en los dos casos anteriores, también se mueve en el terreno de lo cualitativo. Su argumentación se resume en que las velocidades del navío calculadas con su teoría son las que se dan en la práctica, mientras que eso no sucede cuando se aplican las teorías de la resistencia según el cuadrado. En su crítica a éstas arguye que para que el barco ande a las velocidades normales esas teorías predicen la necesidad de vientos muy fuertes. Esto es, evidentemente, bastante ambiguo ya que en la época no tenían un procedimiento preciso para la medida del viento 59. En este sentido, Juan emplea en sus cálculos vientos entre 10 y 40 pies/s (3 y 12 m/s) de los que dice: «las velocidades del viento no pueden ser muy apartadas de las que asignamos» [Vol. Cita a Mariotte, que en el Traité du mouvement des eaux asegura haber medido la velocidad del viento y dice «que el que corre 24 pies/s (7,8 m/s) es bastante violento, de suerte que cuesta trabajo caminar contra él» [Ibid]. Sigue con Mr. Clare de la Royal Society que dice lo mismo en su The motion of fluids y termina con Mr. Derham, también de la Royal Society que también había hecho varias experiencias y que afirma (Phil. 313) «que el que corre a 66 pies ingleses (20 m/s) es una tempestad fuerte, y si más, un huracán» [Ibid]. Sigue Jorge Juan: Yo hice con este motivo varias experiencias en Cádiz, acompañado de algunos oficiales, arrojando plumas muy delicadas, y en muchas ocasiones confirmé lo que dice Mr. Mariotte. Siempre hallé que el viento que corre a 20 pies ingleses por segundo [6,1 m/s], es bastante fuerte, y que los navíos yendo de bolina, apenas pueden sostener sus gavias enteramente arriba... El regular de las brisas de verano, que observé diariamente en aquella ciudad, es de 10 a 15 pies ingleses por segundo [3,1-4,6 m/s]. [Ibid] Aunque no sea citado por Juan, Bouguer en De la Manoeuvre des Vaisseaux 60 al evaluar el efecto comparativo de la resistencia en el aire y en el agua dice: «Un viento parecido [100 pies/s=32,5 m/s] forma una verdadera tempestad, y la más grande velocidad con la cual las velas son impelidas cuando se navega no es jamás apenas la mitad de aquél» 61. ---- Tras estos breves comentarios veamos los cálculos que hace Juan. tres son los movimientos progresivos, que hemos de distinguir en el navío: uno que se dirige según la quilla, que llamaremos directo: otro, según la perpendicular a ésta, que llamaremos lateral; y el tercero, que será el compuesto de los dos antecedentes, y por consiguiente el verdadero rumbo que siga el navío, que llamaremos oblicuo. 2,§336] En la fig. 28 se representa un esquema de un buque en el que se han representado los tres como u, v, y V. 62 En dicha figura el viento, designado como w, incide en la vela HI con un ángulo. produciendo una fuerza F V que formará un ángulo 0 con la perpendicular a la cuerda de la vela 63. Para Juan «la fuerza que hace el viento en las velas, según la dirección de la quilla,... se equilibra con la resistencia directa del agua en la proa; lo mismo sucede con la velocidad lateral» [ § 337]. La resistencia según la quilla es el resultado de aplicar su teoría a una corriente en esa dirección, y la lateral a una que sea perpendicular a la quilla. Esto vendría expresado por dos ecuaciones: ----62 Juan considera una cuarta velocidad que es la componente de V sobre la dirección del viento y que llama como la velocidad que sale a barlovento. Es la también designada como lo que se gana al viento. 63 Recuerda que en lenguaje marinero si o se navega de bolina, si!o es a viento largo y si o es con viento de popa. La fuerza normal del viento será: Ecuación en la que! a es la densidad del aire y w n la componente normal del viento sobre la vela, la cual se relaciona con el resto de las variables como: Para calcular las velocidades u y v iguala las componentes de F N con las resistencias, lo que indica que supone ambas independientes. Como resultado de sustituir y operar se llega a las dos siguientes expresiones para u y v: Estas dos ecuaciones, en las que k a es la relación de densidad del aire y agua, son similares a las obtenidas por él [ § 339] 64. Con la ayuda de estas ecuaciones, Juan opera y analiza con la ayuda de estas ecuaciones varios supuestos relativos a su navío de 60 cañones. Se extiende a tres clases de vientos: viento de popa, viento largo y de bolina. Aquí nos limitaremos a seguir el primer caso, en el que o,. o que por no existir velocidad lateral se reduce sólo la primera de las anteriores en la forma: ----«Pongamos ahora que el navío de 60 cañones con viento suave navegue con trinquete, gavia, juanete mayor, dos alas y dos rastreras» [ § 350]. Si aumentan éstos más su velocidad bajará el valor de G=7/8, de lo que resulta u=0,66w, por lo que con el mismo aparejo andaría a 7,9 millas por hora. Si el viento aumentase más, también lo haría la velocidad del buque, ahora bien, el aparejo aguanta sólo un límite por motivos estructurales, por lo que continúa: «y si se pudiese aguantar el mismo velamen corriendo el viento 25 pies por segundo, andaría el navío... 9,9 millas por hora; lo que no se ve en la práctica: luego es prueba evidente de que el viento que corre 25 pies por segundo no es aguantable con todo el aparejo» [Ibid]. Por esto, Juan para velocidades mayores disminuye el velamen dejando el trinquete y la gavia, con lo que vuelve a calcular la relación que es u=0,42w, con sus consecuencias; y así sigue quitando trapo tomando tres rizos a la gavia para terminar con sólo el trinquete, cuya superficie es de 2610 pies 2 (243 m 2 ), que lleva a u=0,28w. Con esta configuración y un viento de 40 pies/s andaría 6,72 millas por hora, y si llegase a 60 pies/s, valdría 10,08 millas por hora, de lo que dice: «lo que rara vez se verá: y así el viento que corra 60 pies por segundo será violentísimo» [Ibid]. Lo expuesto es una pequeña muestra del tono de sus análisis que se extienden en muchas páginas 65. Además aporta observaciones propias realizadas en la bahía de Cádiz. De esto se deduce que su velocidad era de 9,2 pies/s (2,8 m/s), lo que representa, según apunta, entre un 21/25 y 21/23 de la del viento, sobre lo que comenta: «relación bien distante de la que resulta por el sistema antiguo; pero muy conforme con el que ahora seguimos» [Nota,p. Para contrastar con los resultados que se derivan de la teoría del impacto toma el caso dado por Bouguer en su Traité du Navire 66, para el que obtiene que esa relación de velocidades es u/w=0,298, con la hipótesis de que la densidad del agua del mar es 576 veces la del aire, y que se reduce a u/w=0,239 si se toma para esa relación el valor de 1100. Sobre esto afirma: Supongamos, pues, que este navío, siendo tan velero como se supone, ande 10 millas por hora con viento largo, lo que es bien regular y ordinario, porque llegan a 11 y más, y tendremos [con u/w=0,25]... con que el viento ha de correr 66,6 pies por segundo (20,3 m/s), o que ----65 Hasta el párrafo §352 y la nota de la p. La sección sumergida de la cuaderna maestra es 691 pies 2 (73 m 2 ) que a efectos de resistencia equivalen a 150 pies 2 (15,8 m 2 ) debido a la forma del casco, esto es un factor de 0,21. ha de ser un huracán, como asegura Mr. Derham; consecuencia que se opone a todas las experiencias, y aun al hecho de llevar el navío nada menos que 15474 pies franceses cuadrados (1634 m 2 )... los que fuera imposible soportar con tan violento viento. [p. Juan también aplica esa teoría a su navío de 60 cañones. Sobre este valor dice: «por repetidísimos experiencias un navío saca con todo el aparejo 6 a 7 millas por hora, que resultan de la velocidad de 10 a 13 pies por segundo [3-4 m/s]» [Nota p. Por lo que ese navío para llegar a esas velocidades necesitará un viento de 48 pies/s (14,6 m/s), respecto de lo que manifiesta: «lo que no conviene las experiencias» [Ibid.]. A continuación, como había hecho al aplicar su teoría, deja sólo el trinquete con el que suele andar el navío unas 9 millas y para lo cual se necesitaría un viento de 100 pies/s (30,5 m/s), que sería un huracán imposible de aguantar. Como conclusión hemos de apreciar que obtiene las relaciones entre la velocidad del navío y la del viento a partir de su teoría y de la del impacto. Comparando estos resultados con los valores reales, de los que conoce con precisión la velocidad de los buques y con imprecisión la del viento, encuentra que hay una concordancia con su teoría, pero que no es así con la otra. De ello infiere la certeza de sus postulados y la falsedad de los otros. PRECEDENTES DE SU TEORÍA Si bien los planteamientos y las bases de la teoría de Juan son originales, hay un precedente en la obra de otro autor que llega a conclusiones similares, aunque por un camino distinto. En concreto nos referimos a Euler. Euler tradujo al alemán y comentó extensamente los New principles of gunnery (1742) de Benjamin Robins. Éste criticaba la teoría del impacto, y muy especialmente el que siempre se forme un vacío tras el cuerpo móvil 67. Para él los fluidos se habían de clasificar en dos tipos: unos los que nunca dejan vacío, como sería el caso del agua, y otros los que lo dejan, pero en una magnitud dependiente de la velocidad, como sería el aire. Si en el seno de éste se mueve un cuerpo lentamente, el aire tendrá ----67 Cf. I. tiempo de rellenar el hueco trasero; sin embargo, cuando la velocidad es muy rápida no dará tiempo a esa operación y se formará un vacío. Hay, obviamente, una situación intermedia en la que hay un relleno parcial. Robins estimaba que la resistencia de una esfera a baja velocidad era el valor que había dado Newton para este cuerpo cuando se movía en un líquido 68, mientras que si el movimiento fuese rápido este valor se multiplicaría por tres 69. Todo lo anterior lo complementaba con una serie de experimentos realizados con un pequeño cañón y balas esféricas, que disparaba con varias cargas de pólvora y cuya velocidad registraba en varios puntos de la trayectoria usando péndulos balísticos 70. Además, Robins daba un valor para la velocidad máxima, en la cual se formará el vacío, y presentaba una regla para los casos intermedios 71. La traducción al alemán de esta obra apareció en 1745, pero en la misma Euler incluyó unos extensos comentarios en los que extendió y explotó las ideas de Robins con la ayuda de sus grandes conocimientos matemáticos 72. En éstos introdujo, por primera vez, la noción de flujos currentilíneos y llevó a cabo una explotación muy rigurosa de los resultados experimentales. Para definir la velocidad a la cual se producía un vacío total, Euler supuso que dado que el aire, en cierta forma, cae dentro del hueco producido en el movimiento, la velocidad de entrada debía de ser la correspondiente a una altura cinética igual al espesor equivalente de la atmósfera, que es v a 2 =2gh a. Por tanto si la velocidad de avance es superior a ésta, habrá vacío en la parte trasera. Además, para la resistencia en esta condición supuso que sería la suma de una columna cuya altura fuese igual a la cinética, más otra igual a la altura de la atmósfera equivalente. Para una velocidad menor, Euler conjetura que a ese valor habría que restarle el peso de la columna de aire correspondiente a una la altura cinética de v a -v, con lo que la fórmula anterior se convertiría en: ---- La hipótesis se cumple tanto cuando v=v a como si v<<v a, pero lleva a la sorprendente conclusión de que la resistencia es proporcional a la velocidad, en contra de la hipótesis de partida. Ante esto Euler afirma que: parece que el razonamiento anterior no está absolutamente falto de solidez. Sea lo que fuere, la naturaleza de los fluidos no es lo bastante conocida para que por la sola teoría y sin ayuda de la experiencia se puedan determinar todas las circunstancias de su movimiento y su manera de actuar, será inútil seguir en la idea que venimos a formarnos de la acción del aire y de los otros fluidos sobre los cuerpos sólidos, a menos, como veremos a más adelante, que ella no pueda ser confirmada por la experiencia 73. Los caminos de Juan y Euler son diferentes, aunque la conclusión es casi idéntica, e incluso en la llamada a la experiencia. No sabemos si Juan llegó a conocer estos comentarios, pues a tenor del contenido de su biblioteca particular no conocía el idioma alemán 74. Ahora bien, Juan estuvo en Londres en 1749 y era conocido de ----73 Cf. op. cit. p. Es el cuarto comentario a la Prop. I. 74 El contenido de la biblioteca particular de Jorge Juan nos es conocido porque está relacionado en el Inventario de sus bienes que se conserva en el Archivo Histórico Municipal de Elche. Dicho documento ha sido analizado por Rafael Navarro Mallebrera y Ana María Navarro Escolano y el resultado, junto con la transcripción, se ha publicado como La Biblioteca de Jorge Juan, Alicante, 1987. En total disponía de 408 volúmenes, casi en su totalidad de carácter científico. Además de los textos en castellano, los hay Robins 75, por lo que pudiera haber tenido conocimiento de la traducción de Euler a través de éste. Opinamos que no debió de ser así, pues el prestigio de Euler era muy grande y es muy plausible que si Juan lo hubiese conocido lo habría citado en el Examen para avalar su propia teoría apoyándose en la autoridad de aquél. COMENTARIO FINAL Y para finalizar, tras este repaso por algunos de los aspectos del Examen, a nuestro parecer los más interesantes desde el punto de vista teórico, podemos volver a las cuestiones planteadas al principio, aunque con algunas matizaciones. Así, más que indagar sobre cuándo se escribió el Examen, podríamos preguntarnos qué posición ocupa en la evolución de la Mecánica de los fluidos. A ello contestaríamos que su posición está tras los tratados navales de Bouguer y Euler, y más remotamente relacionado con los Principia de Newton. Su teoría no es la del impacto, aunque comparte algunos de sus presupuestos, y está todavía alejada de las ideas currentilíneas de mediados del siglo. Esta es una de las argumentaciones a favor de que la redacción del Examen fue muy anterior a su publicación. La segunda cuestión sería porqué escribió esta obra. En la carta al Marqués de la Ensenada desde Londres, mencionada al principio 76, al hablar de la construcción naval y tras lamentarse de que ese arte o está en manos de practicones sin idea de geometría o en grandes teóricos que no saben lo que son las furias del mar, se ofrece para escribir una obra sobre el tema. Juan considera que tiene fundamentos teóricos suficientes para acometer la tarea, pero que carece de los prácticos, por lo que solicita planos de navíos construidos para su examen y comentar las características de los mismos con sus capitanes. Es claro que lo que busca son unas herramientas que ayudase para la construcción de navíos, o con palabras actuales, para el diseño. Ello no le resta ni un ápice al mérito, si acaso se lo acrecienta, de que se atreviera a formular una teoría completa de los fluidos que le abriese camino para llegar a la teórica naval y de ahí al buque, puesto que los tratados de la época no le satisfacían. Este proceder añade a la figura de Jorge Juan, marino por voluntad y científico por vocación, la faceta de ser uno de los precursores de la moderna ingeniería, que junto con hombres como Borda, Coulomb, Bouguer, Chapman entre otros, separaron la artesanía, dignísima pero una habilidad, para entrar en el reino donde la naturaleza se domina más con la potencia del intelecto que con los recursos de las manos y herramientas. Los viejos métodos artesanales cedían el paso a una nueva racionalidad ---en latín, francés e inglés. Aparte de esta biblioteca, Juan también tenía acceso a la del Observatorio de San Fernando, Cádiz, donde todavía se conservan las colecciones más importantes de la época.
Foucault, no creo que quepa ninguna duda, es un clásico de las ciencias humanas del siglo XX. Se puede ser o no ser foucaultiano, se puede ser antifoucaultiano, pero su obra no puede dejar indiferente a los que, desde ámbitos de especialización diversos (historia, sociología, filosofía, psiquiatría, psicología, pedagogía, derecho penal, etc.) se han visto abocados a estudiar una parte o la totalidad de sus aportaciones. Dichas contribuciones, además de citadas con profusión, han sido analizadas y discutidas desde hace años tanto en Europa como en América, desde donde parecen regresar con fuerza al viejo continente «redimensionadas» de tal modo que Foucault se nos presenta ahora como el autor más destacado de la llamada French Theory, por delante de Derrida, Lacan o Deleuze. 1 En más de una ocasión he insistido en que en historia de la psiquiatría, e independientemente del acuerdo o desacuerdo que susciten sus argumentos, no puede negarse que hay un antes y un después de Foucault y que resulta imposible una reflexión historiografía seria de la locura o de la psiquiatría en la que no se le tome en consideración. Por eso, la publicación del conjunto de lecciones que sobre El poder psiquiátrico dictó Foucault en el Collège de France durante el curso 1973-74, pueden suscitar en el lector un doble sentimiento: por un lado, una especie de dejà vu, pues en dicho curso se repiten, matizados, muchos de los postulados y razonamientos ya conocidos de Foucault; pero, por otro lado, un reencuentro -también matizado-con este clásico de la teoría sociológica contemporánea, que nos ofrece la posibilidad, y el placer, de leer un texto -cuyos contenidos, conviene no olvidarlo, fueron formulados hace más de treinta años-desde una perspectiva diferente a la que se adopta ante una «novedad bibliográfica», desde el regusto que promete el «inédito» de un clásico. Como se sabe, desde hace algunos años, Seuil/Gallimard, acometieron la ingente tarea de publicar, bajo la dirección de François Ewald y Alessandro Fontana los cursos que Foucault impartió en el Collège de France. Cours au Collège de France, 1973-74, apareció en francés en 2003, y su versión en castellano, con la esmerada traducción de Horacio Pons, ha sido editada por Akal en 2005. El responsable de la edición de este curso concreto, Jacques Lagrange, lleva a cabo una muy encomiable labor, pues no es solo la cuidadosa trascripción de la voz grabada de Foucault y su comparación con su versión escrita, sino la minuciosa anotación que hace de todo el texto, lo que da al producto final una solidez y un empaque similar a la de otras «entregas» de los cursos. No se trata aquí, como es lógico, de dar cuenta pormenorizada de los contenidos del libro capítulo a capítulo, pero sí de comentar algunos de los elementos más significativos de estas lecciones y, en particular, los que nos permiten releer y, en la medida de lo posible, «repensar» a Foucault. En este sentido, creo que lo primero que hay que tener en cuenta es que El poder psiquiátrico, aunque podría considerarse una especie de continuación de la Historia de la locura en la época clásica, supone, en realidad, un cambio sustancial con tan emblemática obra. Las «formas de representación» propias de la Historia de la locura dan paso ahora al estudio minucioso del «dispositivo» psiquiátrico; dicho de otro modo, las distintas formas de violencia (prohibiciones, represión, exclusión, coerción, etc.) como expresión de un poder irregular, inmediato e «improductivo», se transforman en una serie de estrategias y maniobras regladas y meditadas que, además, generan o «producen» discursos y saberes que, en definitiva, gestionan un régimen de «verdad». Este dispositivo psiquiátrico se articula en torno a tres ejes fundamentales, cuya presencia atraviesa constantemente el discurso de Foucault a lo largo de las doce lecciones de su curso: el poder, la verdad y la subjetivación. Estos «puntos de problematización», como los define Lagrange de manera muy breve y aséptica en un interesante epílogo titulado «Situación del curso», me servirán a mí para reseñar las principales características de El poder psiquiátrico. 1) El eje del poder.-Es, naturalmente, uno de los elementos fundamentales de la reflexión de Foucault a lo largo de toda su obra. «El poder no pertenece ni a una persona ni, por demás, a un grupo; solo hay poder porque hay dispersión, relevos, redes, apoyos recíprocos, diferencias de potencial, desfases...» (p. Esta concepción del poder como una red de relaciones en la que todos estamos implicados, devalúa preguntas fundamentales como, por ejemplo: ¿quién posee el poder y con qué derecho?, ¿quién sufre y se beneficia de él?, etc.; interrogantes propios de otros tipos de análisis como, por ejemplo, los de enfoque marxista. En el caso concreto de la práctica asilar, aunque el poder se «individualice», ya que es el psiquiatra el que se instituye como sujeto actuante sobre otros, lo cierto es que el entramado de poder se extiende, en el interior, a través de celadores y asistentes y, en el exterior, mediante otros agentes sociales (jueces, policías, administradores). Pero esta identificación del poder no se hace, en el caso de Foucault, tanto a través de personas o grupos profesionales, sino mediante la caracterización de un dispositivo en el que se aúnan elementos tan heterogéneos como discursos, métodos terapéuticos, medidas administrativas, leyes, disposiciones reglamentarias, ordenamientos arquitectónicos, etc. Un principio de «dispersión» que desagrega saberes y prácticas para poner de manifiesto sus componentes y establecer una «microfísica del poder». Como es sabido, una de las críticas más habituales a la concepción foucaultiana de poder es precisamente el hecho de que Foucault llama poder a «demasiadas cosas dife-rentes», 2 olvidándose de todo un cuerpo de teoría social, de raigambre weberiana (a pesar de su gran admiración por Max Weber), que se afana en distinguir cuidadosamente nociones como autoridad, fuerza, violencia, dominación o legitimación; de esta forma, se pierde una gama muy amplia de matices normativos. En el caso de la psiquiatría y de la práctica manicomial estas ausencias me parecen especialmente relevantes porque denotan las dificultades del enfoque foucaultiano para averiguar el papel y las razones por las que actúan los distintos agentes sociales que participan en la organización de la asistencia psiquiátrica. Un ejemplo suficientemente significativo es el que tiene que ver con las relaciones entre crimen y locura. Foucault nos lo presenta como una novedad: «un proceso que hasta hoy pasé por alto es el problema de la relación entre la locura y el crimen» (p. Afirmación hecha en la clase del 23 de enero de 1974, a los pocos meses de haber publicado el Moi, Pierre Rivière...y en pleno proceso de preparación de Vigilar y castigar. Para Foucault, las relaciones entre crimen y locura desempeñaron un importante papel en la elaboración de nociones como peligrosidad social, ya que no se trataba solo de dilucidar si determinados actos criminales podían haber sido realizados por un individuo con la mente trastornada, sino, invirtiendo el razonamiento, si cualquier loco podría llegar a cometer un crimen. Las relaciones entre crimen y locura aparecen así, según Foucault, como uno de los fundamentos del poder psiquiátrico, no tanto en términos de verdad, sino en términos de defensa social. El planteamiento es, sin duda, importante y abrió una vía de investigación y de reflexión que ha dado grandes frutos, pero cabría preguntarse si cuando se habla de poder psiquiátrico en el asilo y de poder psiquiátrico en los tribunales de justicia estamos hablando realmente de lo mismo. El escenario es diferente, así como las relaciones -de poder-entre los distintos actores. Para que los jueces tuvieran en cuenta las opiniones de los médicos, para que éstos fueran reconocidos como expertos competentes ante los tribunales fue necesario un proceso de negociación largo y complicado en el que los psiquiatras aspiraban no tanto al «poder», sino al reconocimiento de su autoridad científica y a una mayor legitimación profesional y social. De ahí, que englobar bajo el término «poder», aspectos tan matizables como autoridad o legitimación impiden llevar a cabo análisis más finos del proceso psiquiátrico. Soy consciente de que hablo con ventaja, pues cuento con el bagaje de una serie amplia de trabajos posteriores que han puesto el acento en estas cuestiones, 3 y precisamente por eso, pienso que no se puede negar la intuición preclara de Foucault al identificar el problema de las relaciones ---- entre crimen y locura como uno de los aspectos cruciales de la historia de la psiquiatría. Tampoco debemos olvidar que el propio Foucault, años más tarde, reformuló en cierto modo sus ideas al distinguir entre «las relaciones de poder como juegos estratégicos de libertades», en los que «algunas personas intentan determinar las conductas de otras», de las «situaciones de dominación (...) que normalmente llamamos poder».4 La idea de una sociedad sin relaciones de poder resultaría un sinsentido, mientras que la reducción de situaciones de dominación a un mínimo debe ser un objetivo político prioritario. Pero esta reflexión es muy posterior a sus lecciones de los años setenta en las que el «poder» sigue apareciendo de manera omnímoda y sin aparentes fisuras en sus razonamientos. En El poder psiquiátrico, Foucault se esfuerza en explicar, una vez más, las diferencias entre el «poder de soberanía» y el «poder disciplinario» y, de manera particular, el paso de la violencia a la microfísica del poder. Según Foucault, lo que caracteriza al régimen de disciplina moderno es la manera en que la coacción mediante violencia ha sido sustituida, en gran medida, por el más amable cuerpo de la administración, por expertos científicamente preparados y, en definitiva, por la exhibición pública de poder mediante el despliegue imperceptible de técnicas basadas en un conocimiento detallado de sus objetivos. La relación saber-poder desempeñaría, en este sentido, un papel fundamental en todo este proceso. 2) El eje de la verdad.-En tanto que el alienado queda constituido como objeto de saber, el asilo, en tanto que dispositivo disciplinario, es también el lugar de formación de un cierto tipo de «verdad». La construcción de nosologías y clasificaciones psiquiátricas, la cuestión del diagnóstico, la «prueba de realidad» y sus formas: el interrogatorio, el ritual de la presentación clínica, las modalidades terapéuticas, etc., aparecen aquí como un producto directo del sistema disciplinario. La verdad se produciría, según Foucault, gracias a múltiples coacciones, siendo un producto de la aplicación «racional» de normas, prescripciones, procedimientos, etc. La irracionalidad, la incompetencia, la desviación, el error, el sinsentido (lo «otro de la razón» en suma) quedan definidos por sus contrarios y, sobre estas bases, las personas y las prácticas son valoradas o estigmatizadas, premiadas o castigadas, rechazadas o revestidas de autoridad (o de «poder» en el amplio sentido foucaultiano). Pero resulta interesante, y por demás significativo, cuando ese principio de verdad deja de relacionarse con el enfrentamiento entre la «razón» y la «sinrazón», entre el médico y el «enfermo», para pasar a plantearse exclusivamente dentro de un poder psiquiátrico establecido e identificado con la ciencia médica. El concurso de la anatomía patológica en este proceso resulta crucial. Como ya demostrara en El nacimiento de la clínica, Foucault conoce bien el tema y lo utiliza ahora para explicar de qué manera, al convertirse la autopsia en la clave del diagnóstico, la palabra del loco o la «crisis», como el momento de la verdad de la locura, quedaba relegada en favor de los hallazgos necrópticos. No importaba lo que el loco pudiera decir o hacer, pues el análisis de su cuerpo -tras su muerte-ofrecería la verdad sobre su locura. Ya sabemos, y Foucault también lo sabía, que salvo en la Parálisis Gene-----ral Progresiva, las lesiones anatómicas de la locura difícilmente serían demostradas en un estudio post-morten, pero ello no impedía que la anatomía patológica contribuyera a escatimar al loco su palabra y su discurso. Esta interpretación de Foucault resulta brillante y, aunque está hecha en clave de saber y verdad -esto es, sin salirse del modelo hermenéutico del que él mismo se había dotado-, no cabe duda que introduce elementos de reflexión que pueden relacionarse con otras facetas explicativas, como por ejemplo, la importancia de la llamada mentalidad anatomoclínica, no solo en la elaboración de una semiología psiquiátrica próxima a la de la medicina interna 5, sino en el proceso de somatización de la locura a lo largo de todo el siglo XIX; un proceso en el que las ideas trastornadas o las pasiones desbordadas dejaron de ser «enfermedades del alma» para considerarse la consecuencia de lesiones anatómicas concretas 6. Esta somatización, o biologización, de la locura dio lugar a consecuencias muy relevantes en el ámbito clínico, tanto en el terapéutico (el abandono del tratamiento moral), como en el diagnóstico y evolutivo, con la consideración de la degeneración, la demencia y el delirio crónico como la triada definitoria de la cronicidad de la enfermedad mental 7. Sea cual sea el acercamiento historiográfico que consideremos, lo cierto es que la reflexión de Foucault es crucial. El loco queda desprovisto de la palabra, no es digno de ser escuchado. La clínica de la mirada (de la observación «objetiva» del experto) será la característica del saber psiquiátrico (y del modelo disciplinario impuesto por dicho saber), al menos hasta que el psicoanálisis introduzca novedades importantes aunque parciales en la práctica clínica y, naturalmente, en las relaciones de poder. Especialmente interesante resulta, en esta «política de verdad» ligada al conocimiento, las páginas dedicadas a la histeria. Con frecuencia se ha afirmado que la historiografía del control social de inspiración foucaultiana no tiene en cuenta las resistencias -o la capacidad negociadora-de las víctimas; que el «poder» aparece como algo impuesto por las élites científicas o políticas, desplegando sus estrategias y sus efectos sobre una población pasivamente indefensa. Pienso que dicha crítica tiene razón de ser en muchos casos y que son necesarios más trabajos que profundicen en esas resistencias y en la consideración de otros «lugares de enunciación» que no sean los de los expertos «reconoci----- dos» sino los de los grupos subalternos. Como es sabido, la elaboración gramsciana de subalternidad hace referencia a aquellos grupos que con formas y grados variables negocian el grado de adhesión a los discursos y praxis hegemónicos. Sin embargo, las páginas de El poder psiquiátrico nos ofrecen una muestra muy interesante de la «resistencia histérica» ante el «poder psiquiátrico». Las histéricas de la Salpètriêre cuestionan el papel del médico -nada menos que del gran Charcot-como el encargado de producir la verdad sobre la enfermedad en el espacio hospitalario. La histérica, seducida por la existencia de los síntomas, los hace suyos, los modifica, los altera; engaña al clínico que se ve obligado a construir forzada y erróneamente, como hizo Charcot, un modelo clínico de «verdad» que fue discutido y desautorizado por sus colegas de la escuela de Nancy en un episodio bien conocido y estudiado por la historiografía 8. La originalidad de Foucault consiste en contraponer la demencia frente a la histeria. El demente es descrito como el resultado del poder médico y de la disciplina asilar, una disciplina que acaba puliendo los síntomas para construir una locura uniforme y aprehensible. Frente a la demencia, la histeria con su variedad de síntomas y de recursos. «La histeria» -afirma Foucault-«fue la manera concreta de defenderse de la demencia; la única manera de no ser demente en un hospital del siglo XIX consistía en ser histérico, esto es oponer a la presión que aniquilaba y borraba los síntomas, la constitución, la erección visible, plástica, de toda una panoplia de síntomas» (p. Por esta razón, por no aceptar ni la disciplina, ni el poder, ni la verdad, Foucault llega a definir a la histérica como «la primera militante de la antipsiquiatría» (p. Tal afirmación, tan provocadora como exagerada, no deja de tener cierto atractivo a la hora de valorar cómo determinadas parcelas de la práctica médica (o científica) escapan al principio de realidad y de verdad construido por la ciencia. 9 Atractivo que no invalida el hecho probado de que la histeria siempre bordeó la ortodoxia alienista y que no fueron los psiquiatras de los asilos decimonónicos, sino los médicos generalistas y los neurólogos (como Charcot) los que se ocuparon del estudio y tratamiento de la histeria. Por eso la confrontación entre demencia e histeria resulta equívoca, pues ambas «patologías» pertenecían, al menos en la época a la que nos estamos refiriendo, a jurisdicciones científicas diferentes. Foucault retomará la cuestión de las «resistencias» años más tarde, en relación con su Historia de la sexualidad, aunque tal concepto queda difuminado en una cierta reivindicación del placer (del cuerpo y sus placeres) que no acaba de establecer, a mi juicio, una categoría de análisis concreta. 3) El eje de la subjetivación/normalización.-El sujeto debe hacer suyas las normas que se le imponen. La disciplina como instancia normalizadora es otro de los argumentos constantes en el discurso de Foucault. Las alusiones al tratamiento moral aparecen en varias de las clases del curso y la obra de François Leuret es analizada desde ----8 De obligada referencia, en nuestro medio es la aportación de LÓPEZ PIÑERO, J.M. y MORALES MESEGUER, J.M. (1970), Neurosis y psicoterapia. 9 Para una historia cultural de la histeria que reflexiona brillantemente sobre la múltiples caras de la misma, como un producto social, véase EDELMAN, N. (2003), Les métamorphoses de l'hysterique. París, La Découverte. varios puntos de vista. No es de extrañar, pues precisamente Du traitement moral (1840) ha sido considerada como la obra en la que más claramente aparecen los desarrollos -y los excesos-de ese modelo pedagógico-disciplinario que dio en llamarse «tratamiento moral», pero también donde más específica y detalladamente aparece la tecnología del mismo: todo un arsenal de aparatos, métodos y técnicas coercitivas destinados a convencer al loco de su «error». Una fuente privilegiada para analizar el funcionamiento concreto de la disciplina asilar, la microfísica del poder psiquiátrico, que es, en definitiva, la máxima aspiración de la propuesta foucaultiana 10. La reflexión sobre la norma está presente también en las páginas dedicadas al desplazamiento del poder psiquiátrico hacia el mundo de la infancia. Su maestro Georges Canguilhen en Lo normal y lo patológico, había establecido que «Normal es el término mediante el cual el siglo XIX designará el prototipo escolar y el estado de salud orgánica» 11, y creo que esta idea es retomada por Foucault cuando define el hospital y la escuela -la institución sanitaria y el método de enseñanza-, como los dos espacios privilegiados de la normalización, a los que poco después, y con los matices necesarios, se añadiría la prisión. Pues bien, en sus disquisiciones sobre la psiquiatrización de la infancia, Foucault aventura que la figura del «niño loco» aparece de manera tardía y plantea la hipótesis de que dicha psiquiatrización del niño pasó no por una relación constitutiva entre locura e infancia, sino a través de un personaje distinto: el niño imbécil o idiota; esto es, el niño retrasado o débil mental. Hoy sabemos que lo que Foucault formulaba -o escenificaba-como una modesta hipótesis, se ha confirmado plenamente: la psiquiatrización de la infancia surge del interés del alienismo por una serie de niños que no están locos, sino que son portadores de una discapacidad, de un handicap, y esto se produce tanto en el plano teórico -no hay más que revisar el concepto de idiocia desde Esquirol a Seguincomo en el práctico y administrativo, con la creación de servicios específicos de niños idiotas y epilépticos en los asilos psiquiátricos franceses. Las psicosis infantiles no se describirán hasta comienzos del siglo XX 12. En definitiva, la más que recomendable lectura de El poder psiquiátrico, nos puede refrescar conceptos y repasar un modelo de análisis revulsivo y provocador, siempre que esa lectura no sea anacrónica o ingenua. Siempre que tengamos presente que se trata de un texto editado en 2003 (2005 en castellano), pero pensado y relatado a comienzos de los años setenta. Solo así podremos valorar en su justa medida, el valor y el interés de una aportación, pienso que crucial, para comprender la evolución del pensamiento de su autor, porque complementa, matiza y enriquece la Histoire de la folie, y también porque se sitúa en un momento clave en la propia historia de la psiquiatría del siglo XX. Por eso me voy a permitir proponer otra lectura posible de El poder psiquiátrico, no tanto como la aportación de un clásico a la historia del pensamiento psiquiátrico, sino como fuente para la historia del movimiento antipsiquiátrico y de las propuestas de impugnación de la psiquiatría y de la asistencia psiquiátrica que tuvieron lugar durante los años sesenta y setenta del siglo XX. La Histoire de la folie apareció en 1961, de manera prácticamente simultánea con Asylums, 13 de Erving Goffman y con The Mhyte of Mental Illness 14, de Thomas Szas; pero 1961 es también el año en que Franco Basaglia llegó a Gorizia e inició una de las más emblemáticas experiencias desinstitucionalizadoras. Diez años más tarde, no solo había tenido lugar el mayo francés o la primavera de Praga, también se estaba en condiciones de valorar la existencia de una «psiquiatría diferente», según la expresión de T. Laîné 15. La citada experiencia de Gorizia fue explicada con detalle en una obra casi mítica titulada La institución negada (publicada en italiano en 1968 y en francés en 1970). 16 En Francia, la «revolution post-esquirolienne» propugnada, entre otros, por Lucien Bonnafé 17, dio lugar a la llamada «psicoterapia institucional», que tendría como referencia indiscutible, al menos en su primera época, la clínica de La Borde, fundada por Jean Oury y Felix Guattari. 18 También el exiliado catalán F. Tosquelles aportó en 1971 reflexiones sobre la problemática del poder en la práctica psiquiátrica. 19 Finalmente, los representantes de la antipsiquiatría británica publicaron sus obras más paradigmáticas a finales de los años sesenta, incluso sus versiones francesas aparecieron justo antes de 1973, 20 año del comienzo del curso de Foucault. En definitiva, creo que El poder psiquiátrico hay que entenderlo como una contribución consciente al movimiento antipsiquiátrico en una dinámica de investigación/acción. Rapporto da un ospedale psichiatrico, Turín, Nouvo Politectico. 18 Sobre la experiencia de La Borde, es de gran interés el número especial de Recherches, 21 Histoires de La Borde.
PRESENTACIÓN La portada de Asclepio en el tercer milenio Con el fascículo 1 de este volumen LIII de Asclepio, la portada de la revista se renueva, tras mantener durante cerca de dos décadas el rostro clásico del dios sanador como protagonista único de su cubierta. Dos motivos nos han decidido a tal cambio: uno de índole simbólica, el otro de condición testimonial. Inauguramos, precisamente con este volumen LIII, no sólo un nuevo siglo sino también el tercer milenio de nuestra era. ¿No es todo ello ocasión propicia para entrar en este incógnito escenario temporal cambiando el aspecto de Asclepio, dedicando parte de su portada a la exposición de su contenido, a desmitificar -valga el verbola leyenda post-homérica de su nombre en aras de una concepción tan rigurosa pero menos venerativa y exclusiva de su figura? De poco valdría tal cambio material si no fuese acompañado -aquí la condición testimonial del hecho-de una actitud, de un compromiso: el intento de que, desde ahora, aunque sea paulatinamente, las páginas de la revista renueven también su contenido, en pro del rigor científico, de la concisión, de la variedad de sus trabajos, de todo aquello que, llevándola a una nueva etapa, la haga digna de llegar, si es posible, a esa lejana meta de su centenario. Símbolo y testimonio, renovación y compromiso. Que desde su posición en la nueva portada, disminuido en tamaño pero siempre prenda de su consagración a la investigación histórica, el hijo de Quirón propicie el éxito de nuestra aventura y muestre su gratitud a quienes colaboraron en el diseño de su nueva imagen.
destiladores, los cuales recibieron sus nombramientos como criados reales mediante una Real Cédula firmada por el monarca. En este artículo se describen las tareas destilatorias que allí se realizaron y los destiladores que las llevaron a cabo hasta su desaparición, en 1721. La Real Botica de Felipe V asumió, en ese año, el trabajo de la destilación. Es conocido por todos el interés del monarca español Felipe II (1527-1598) por la alquimia 1 desde su vertiente más materialista, ansiando en que ésta hiciera posible la fabricación de oro para sus costosos proyectos imperiales. Más tarde, y receloso de vanos intentos, mantuvo su confianza en la suposición de que la alquimia podría ofrecerle otra recompensa: los poderes curativos de aguas, aceites y quintaesencias, y aquí las esperanzas de Felipe II parece que fueron fuertes y constantes. Su Casa Real contrató, bajo la supervisión de los médicos de Cámara, a expertos destiladores que trabajaron para el monarca desde que éste se instaló definitivamente en la villa de Madrid. Algunos de ellos ejercieron en la oficina de destilación de Aranjuez, de la que hablaremos a continuación. (1564-1602) Cuando los Reyes Católicos incorporaron a la corona los bienes de las órdenes militares, Aranjuez, que lo fue de la orden de Santiago, se convirtió en residencia de los monarcas españoles. Tanto Fernando el Católico como Carlos V lo atendieron, pero fue Felipe II, al establecer a finales de 1561 su corte en Madrid, quien tomó un interés especial por aquel Sitio 2, encargando trabajos de reforma y acondicionamiento que no fueron continuados hasta muchos años después. La conocida inclinación del monarca por la Botánica quedó demostrada con la creación y mejora de las huertas y jardines de Aranjuez, sobre todo de uno de ellos, el jardín de la Isla, por las condiciones naturales que le aportaba el río Tajo, del que se hizo una canalización de sus aguas alrededor de la isla. El arquitecto Juan Bautista de Toledo y los jardineros Jerónimo Algora y Juan Holbeque 3 realizaron nuevos diseños para este jardín, que fueron del gusto de Felipe II, comenzando a construir diversas fuentes e instalando a la entrada del mismo, fuera del corral de los Álamos y junto al palacio viejo, una oficina de destilación de aguas y aceites 4. LOS PRIMEROS AÑOS DE FUNCIONAMIENTO La Junta de Obras y Bosques, responsable de la administración patrimonial del Real Sitio, se ocupó de la financiación y del control de la oficina de destilación 5. El fiscal de la Junta, de acuerdo con el gobernador de Aranjuez, asignó el presupuesto anual teniendo en cuenta los salarios de sus empleados, las tareas de mantenimiento y la adquisición de plantas, leña y otros materiales. La Real Hacienda tenía en Aranjuez un mayordomo y pagador que recibía en forma de «libranzas» y de «recaudos» las cantidades que, más tarde se pagarían por vía de la Contaduría de Aranjuez en la misma Junta. La oficina de destilación contó, al menos, con tres torres de destilación (de las que una de ellas era la mejor) y cinco calderas de cobre (dos grandes y tres pequeñas), que daban fuego a las torres y adherentes 6. Más de doscientas arrobas de vidrio fueron empleadas para la elaboración del material con el que allí se trabajó, entre redomas, alambiques, cabezas y otros géneros para el ejercicio de la destilación 7. Única-----3 Jardinero flamenco, natural de Turnay, que trabajó en los jardines de Aranjuez desde el 1-4-1561, aunque hasta esa fecha lo hizo también para el monarca Felipe II: «... hasta el dicho día 1o de abril está pagado de dineros míos por Gautier Vanrroselar». Nómina de los jardines de Aranjuez. 4 En 1636 se propuso su traslado, por motivos de reforma en el palacio, al edificio que ocupaba una antigua armería junto a la llamada «sierra del agua», pero jamás llegó a efectuarse. Orden del Superintendente general de las obras Reales, Marqués de Torres, fechada el 24-febrero-1636. En ÁLVAREZ DE QUINDÓS, J. (1804), Descripción histórica del Real Bosque y Casa de Aranjuez. En 1717 se reintentan las reformas del palacio y se vuelve a hablar de la Armería como lugar de traslado de la oficina de la destilación. Informes del fiscal de Obras y Bosques. Expedientes sobre la Destilación de Aranjuez. 5 Los Austrias contaban para la administración y gobierno de su patrimonio con una organización compleja, cuyo organismo de decisión visible era la Junta de Obras y Bosques; organismo que se encargaba del mantenimiento y reformas de sus casas y jardines, así como de las nuevas construcciones. 6 Conocemos estos datos por las obras de arreglo de la destilación de Aranjuez realizadas en octubre y noviembre de 1674. 7 Con 200 arrobas de vidrio pudieron tener en la destilación de Aranjuez unas 1.300 piezas, si éstas se encargaron con piezas modelo similares a las de la botica de El Escorial, años después, de 4,5 libras de vidrio cada una, es decir, unos 2 kilogramos. La botica de San Lorenzo de El Escorial. La ciencia en el Monasterio de El Escorial. Colección del Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas no3. San Lorenzo de El Escorial. 335. mente tres llaves permitían el acceso a la instalación y éstas se encontraban en poder de tres personas: el gobernador de Aranjuez, el contador de la Junta de Obras y Bosques y el destilador de S.M.. La oficina de Destilación de Aranjuez comenzó a funcionar en 1564 bajo el control de dos destiladores flamencos, Francisco Holbeque y su hermano Juan, citado anteriormente, que aunque contratado como jardinero, era experto en el oficio 8. Las tareas de la destilación comenzaban en primavera, «en época de rosa y flores», preparando aguas y aceites medicinales de una gran variedad de plantas, hierbas y flores aromáticas para el uso particular de la Familia Real y para el abastecimiento de las boticas de S.M. y Altezas, en la corte 9. En 1567, Francisco Holbeque obtuvo el nombramiento oficial de destilador de S.M. 10. La plaza de destilador de S.M. era de designación real, puesto que el individuo que la ocupaba se convertía en criado del rey, siendo imprescindibles informes favorables del Tribunal del Protomedicato, organismo responsable de todas las profesiones sanitarias, y del gobernador de Aranjuez. Una Real Cédula hacía efectivo el nombramiento a la vez que señalaba obligaciones y salario a disfrutar. El destilador encargado de la oficina de Aranjuez tenía la obligación de ocuparse de «todas las cosas de su profesión» que, por mandato directo del monarca o de sus ministros, le fuesen ordenadas. Debía residir obligatoriamente en Aranjuez, pero acudiría cuando se le ordenara a algunas localidades, especialmente al Monasterio de San Lorenzo El Real y a la villa de Madrid; también a las casas reales de El Pardo, Bosque de Segovia, Aceca y Alcázar de Toledo, sin que por ello se le tuviese que pagar salario extra; si las órdenes le obligaban a alejarse del entorno de estos lugares, sí se le abonarían los gastos que tuviera. El salario del primer destilador de S.M., Francisco Holbeque, fue de 300 ducados anuales y numerosas concesiones y nombramientos retribuidos. Sus sucesores en la destilación cobraron siempre 200 ducados anuales más 50 fanegas de trigo, otras tantas de cebada y alojamiento en el Real Sitio de Aranjuez. Los cuidados básicos consistían en que ningún horno se descargara ni se agotara el suministro de agua. Para ello, además del destilador trabajaba un ayudante y se ----8 No existe nombramiento en Cédula Real de Juan Holbeque como destilador, aunque parece que desempeñó funciones de destilador en Aranjuez desde que comenzó a funcionar la Oficina de Destilación, en 1564, y hasta su muerte. 9 En 1619, una Real Cédula concedía que se dieran aguas de la destilación de Aranjuez al boticario de aquel Sitio hasta 50 ducados. 10 Francisco Holbeque fue nombrado criado real encargado de la destilación para el servicio de los reyes por R.C. 3-3-1567 con efectos desde el 1-9-1564 en que comenzó a trabajar. 48. ordenó a todos los mozos ordinarios solteros de huertas y plantíos de Aranjuez que, cuando no tuvieran trabajo, ayudaran a la destilación 11. El oficial ayudante de la destilación accedía a la plaza, bien formándose como aprendiz al lado del destilador hasta que éste solicitaba su nombramiento como ayuda, o bien porque el propio destilador lo elegía por las buenas referencias que tuviera de él. Una Real Cédula hacía efectivo el nombramiento y le asignaba salario y obligaciones. El sueldo del ayudante era de 3 reales de vellón (rv) al día (100 ducados al año) y debía residir en Aranjuez. Hubo en estos primeros años dos ayudantes, ambos sobrinos de Holbeque: Juan del Valle y Juan de Sanchois. Tras el fallecimiento de Francisco Holbeque, en 1595, le sucedieron en el cargo de destilador Juan de Sanctén 12, Juan Ausnero 13 y Juste Fraye 14 sucesivamente. LA DESTILACIÓN DE ARANJUEZ Y LA NUEVA BOTICA REAL. LA FAMILIA FORTE En 1594, los médicos de Cámara organizaron una nueva Real Botica para S.M. Felipe II que, por primera vez, estuvo situada en el propio Alcázar compartiendo con los demás oficios un lugar en la Casa del Tesoro. El oficio de la botica contó con un jefe o boticario mayor, cuatro ayudas (boticarios examinados), cuatro mozos de oficio (boticarios examinados). Un destilador (no perteneciente a la plantilla de la Real Botica) la surtía de aguas y aceites medicinales, remedios considerados esenciales en aquellos momentos. Ambos, boticario mayor y destilador, estuvieron a las órdenes de los médicos de Cámara (también protomédicos de S.M.) que se encargaban de la organización científica de la Botica 15. Giovanni Vincenzio Forte 16, de origen napolitano, al que años antes había contratado Felipe II como destilador del Alcázar de Madrid, ocupó esta plaza contando con ----11 A.G.P.. Noticias antiguas del Real Heredamiento de Aranjuez, por D. Pedro Fco. de la Peña. Libro en el que se copian varias instrucciones, autos y Reales Cédulas tocantes al gobierno y administración de la Real Hacienda, desde 1563 a 1691. Las copias van firmadas y autorizadas en 1692, fecha en que se compuso el libro. El gobernador de Aranjuez informó el 23 de agosto de 1679 sobre los Forte y decía: «Joan Vicenzio Forte sirvió en el oficio de destilador de las aguas y aceites que se benefician en el Real sitio de Aranjuez para la Botica de S.M. durante algunos años». Expedientes personales, Ca 373/6. la ayuda de su hijo Valerio y ambos quedaron vinculados, desde entonces, con la Real Cámara y con la propia Real Botica. Durante ocho años se mantuvo esta situación por la que la Real Botica conseguía sus aguas y aceites medicinales del destilatorio de la corte (en Madrid) y de la oficina de destilación de Aranjuez. En 1602, al producirse el fallecimiento del destilador de Aranjuez, Valerio Forte 17 fue nombrado para desempeñar ambas plazas, quedando obligado a alternar sus estancias entre Aranjuez y Madrid, responsabilizándose de los dos destilatorios y contando para ello con dos ayudantes, uno que residiría en aquel Real Sitio y otro en la corte 18. Se iniciaba una saga de destiladores que durante cuatro generaciones trabajaron para la Casa Real. Valerio, Vicencio 19, Bernabé 20 y Vicente Forte 21 ocuparon secuencialmente la plaza de destilador de Aranjuez, dando cuenta de su trabajo al gobernador de aquel Sitio y a los médicos de Cámara que velaban por la calidad de las medicinas de la Botica Real. Con dedicación exclusiva a su empleo, tenían prohibido realizar cualquier trabajo ajeno al servicio de S.M. Su salario consistió en 360 ducados anuales, que aunaba el sueldo de destilador de Aranjuez (200 ducados/año) con el de destilador del Alcázar (160 ducados/año). El gobernador de Aranjuez les otorgaba vivienda en el Real Sitio, 50 fanegas de trigo y 50 de cebada y, por el Guardarropa de la Cámara Real se les daba un vestido, cada año, por valor de 80 ducados. Cada uno de estos destiladores pudo nombrar directamente a sus dos ayudantes los cuales, pese a sus diferentes destinos, cobraban el mismo salario de 3 reales al día 22. ---- Tuvo como ayudante en aranjuez a Miguel García de Paredes. 22 El salario del ayuda de Madrid lo pagaba el oficio de la Furriera. El oficio de la Furriera y Aposentador de palacio tenía a su cargo y servía todos los muebles, pinturas, alumbrado de cera a las habitaciones reales, aseo y limpieza de los reales cuartos, suministro de leña y reparto de habitaciones para todos los criados de S.M. en Madrid y en los Reales Sitios. La familia Forte controló la oficina de destilación de Aranjuez desde 1602 hasta 1681, alcanzando el prestigio que la hizo merecedora de ser considerada imprescindible para el buen funcionamiento de la Real Botica. Tal y como señalaban las Reales Cédulas, la misión de los destiladores consistía en destilar, durante el tiempo apropiado, toda clase de aguas y durante todo el año, jarabes y todo aquello que la Real Botica les sugiriera. Su importancia la demostraba el propio boticario mayor cuando, apremiando la realización de arreglos en aquella oficina, declaraba: «De no remediarse habrá de cerrar la Botica por consistir lo más del gasto de ella en lo que se destila en Aranjuez» 23. La Botica reguló anualmente los pedidos que se sirvieron desde Aranjuez. Álvarez de Quindós señala que «en el año de 1620 se destilaron, además de lo acostumbrado, veinte arrobas de agua de escorzonera, veinte de borraxas, veinte de lengua de buey, veinte de chicorias, diez y seis de agua rosada, diez y seis arrobas de llantén y veinte arrobas de las quatro aguas cordiales; todo lo cual se reguló necesitarse para surtido de la Botica del rey» 24. Por otra parte, la instrucción que se dictó en 1649 para la Botica Real y sus oficiales, obligó a la oficina de destilación de Aranjuez a mantener sus envíos habituales de aguas y aceites a los que sumaría los de aguardiente común y rectificado para el gasto de la Real Botica. Esta instrucción ordenaba al destilador mayor y su ayuda en Aranjuez, tener un particular cuidado en la destilación de las citadas aguas y en su traslado a la corte. El boticario mayor se responsabilizaba de su limpieza y mantenimiento en la Botica y de ordenar su reposición cuando fuera necesario 25. Todos los veranos, el destilador de Aranjuez pedía al oficio del Guardajoyas de S.M. «lo necesario para aderezar las aguas de olor que se gastaban en la Cámara del rey»; se trataba de tres sustancias oleosas: ámbar, almizcle y algalia con las que elaboraba un preparado de buen olor y de acción, más o menos, desinfectante para rociar la cámara del rey y las demás piezas de su real cuarto alto, bajo y bóvedas, como también las escaleras y pasadizo de la Encarnación 26. A yu d a en A ran ju ez A yu d a en M ad rid Real, 4-3-1686) Tras la muerte de Vicente Forte (1679), distintas circunstancias (la repentina muerte de Alberto Roda 27, su sucesor, que sólo ocupó un año la plaza y las denuncias sobre el absentismo laboral del destilador que cubrió de nuevo la vacante, Francisco Gadea 28 ), provocaron una situación de incertidumbre y la consiguiente publicación de una Resolución Real (4-3-1686) en la que la Real Cámara de S.M. asumía el control de la destilación de Aranjuez, de la misma forma que lo venía haciendo con la Real Botica, otorgando a aquélla el calificativo de Oficio Real. Todas las cuestiones relativas a la oficina de destilación, sobre todo en lo concerniente a la elección de su personal, quedaban sometidas a la jurisdicción de la Real Cámara y, por lo tanto, a la del sumiller de corps 29. Miguel García de Paredes, mozo de oficio de la Real Botica y experto en destilación por sus años como interino y ayuda de la misma, fue nombrado destilador mayor 30. La independencia de los oficios de la Destilación y de la Real Botica fue clara y cierta, aunque mantuvieron «íntimos» nexos de unión; sirva como ejemplo de esta relación el hecho de que el ayuda con destino en Madrid tenía la misión de realizar las operaciones urgentes de destilación de aguas en la propia Real Botica pero, a la par, era considerado como ayuda de ésta. Todos los individuos vinculados a este oficio, tanto el destilador mayor como sus ayudas, debían ser boticarios examinados. La elección de estos cargos se realizaba de forma similar al resto del personal de la plantilla real, teniéndose en cuenta su valía profesional pero también sus buenas relaciones con las jerarquías administrativas de la Casa Real 31. La principal responsabilidad del destilador mayor y, ciertamente, el objeto de la existencia del Oficio de la Destilación, continuó siendo la obtención de aguas destiladas, cordiales o no, y de aceites medicinales. Dos veces por semana, el boticario ----31 La elección podía hacerse aleatoriamente o pensarse en el cargo como recompensa o gracia hacia determinadas personas. A esta conclusión nos conduce la forma de actuar Miguel García de Paredes, destilador mayor, que en el año 1689 solicitaba para su hijo (Miguel Alonso García de Paredes) la plaza de destilador que él mismo ocupaba, para el final de sus días. En el año 1707, Miguel Alonso García de Paredes fue nombrado destilador mayor, sustituyendo a su padre fallecido, comunicándose y registrándose el nombramiento por el sumiller de corps el 23 de agosto de 1707. Según consta por el extracto del memorial del destilador mayor, de 20 de agosto de 1689, dirigido al sumiller de corps (Duque de Pastrana). Pasados unos años, el 18 de octubre de 1693, volvió a solicitar la «futura» del oficio de destilador mayor de Aranjuez, enviando el memorial al sumiller de corps (el Conde de Benavente). En realidad estas peticiones se harían periódicas. Y como todos los empleados de SS.MM., haría súplicas de distinta entidad: el 4 de mayo de 1691, solicitaba que la mitad del goce que tenía se le diera a su esposa, Ana Dávila, para después de sus días. Libro de Registro no 547. mayor solicitaba el traslado de aguas desde Aranjuez a la Corte siguiendo los trámites que la burocracia le exigía. Previa petición del boticario mayor, a la mayor brevedad posible, eran enviadas mulas suficientes para recoger las aguas 32. Como misión y responsabilidad de los ayudas de la Destilación (con destino en Madrid) aparecían los siguientes puntos: cuidar de la reposición de las aguas; cargar y descargar las arcas que iban y venían al real sitio; colar las aguas en verano («porque con el calor se suelen desvanecer»); rociar el cuarto de S.M., en ausencia del destilador mayor; destilar cualquier cosa que se ofreciera en la botica, o para cualquier criado de S.M.; suplir las aguas que por algún accidente no se pudiera ir con las acémilas a por ellas 33. La función que desempeñó habitualmente el personal de la Destilación de proceder a la desinfección y desinsectación de las habitaciones reales, tal y como se practicaba en la época, rociándose con vinagre de «juncia» los cuartos, precisa algunas matizaciones 34. Cuando desde las instancias reales se veía la necesidad de proceder a la operación del «rociado», se daba aviso al Gobernador de Aranjuez, pidiéndole ordenara al destilador de Aranjuez que, él y su ayuda, vinieran a Madrid con las aguas y vinagres de olor a «regar» los cuartos 35. El destilador mayor llegaba a la Corte a finales de junio, ocupando todo el verano en rociar las habitaciones, quedándose en Madrid a residir. Los cuartos de la Reina eran rociados por el ayuda de destilador que residía siempre en la Real Botica 36. El sueldo de los empleados de la destilación en Aranjuez continuó a cargo de la Junta de Obras y Bosques de Aranjuez 37. El destilador mayor recibía anualmente 400 ducados, 50 fanegas de trigo, 50 fanegas de cebada, casa en el Real Sitio, 100 duca-----32 Para transportar estos productos desde Aranjuez a Madrid, se precisaba el servicio de otros empleos de la Real Casa; Así, las Reales Caballerizas proveían de las acémilas, llamadas de regalo, necesarias para la conducción de las aguas. dos por casa de aposento y 80 ducados de vestuario en el mercader de S.M.. Un ayuda de la destilación continuaba recibiendo 3 rv al día. Comunicaciones necesarias para hacer efectivo el cobro de un salario en la destilacion, despues de un nombramiento. Prácticamente finalizado el siglo XVII sucedieron dos circunstancias que merecen la pena destacarse. En primer lugar, el viejo destilatorio de la corte situado en la calle de Santo Tomás de Madrid, donde comenzó a trabajar Giovani Vincenzo Forte en tiempos de Felipe II y donde continuaron haciéndolo, posteriormente, todos los ayudas de la destilación con destino en Madrid, fue trasladado (1692-1693) a una sala contigua a la Real Botica en la Casa del Tesoro por petición del boticario mayor. De ese modo, podían compaginarse mejor las tareas comunes de ambos oficios que algunos empleados realizaban 38. Por otro lado, el estado de la oficina de la destilación de aguas medicinales de Aranjuez era tan lamentable que Miguel García de Paredes, destilador mayor, necesitó, tras numerosas solicitudes, reparar las cuatro calderas que conformaban el elemento principal 39. La farmacia y su museo. El Palacio Real de Madrid. 39 Por las continuas quejas del destilador mayor se mandó al maestro de obras de Aranjuez (Bernabé González) reconociera las estancias e informara. En el informe que presentó explicaba las necesidades: «arreglo en los pares de la armadura y reforzar una pared; además las cuatro calderas estaban muy gastadas, habiéndolas que echar suelos y cobre en paños y tapadores, sobre todo en dos de ellas». Empleos de la Real Casa. El informe del sumiller de corps, el Conde de Benavente, a S.M., reflejando las quejas del Destilador Mayor, aparece registrado en A.G.P.. Acercándose la primavera y la necesidad de preparar las aguas para la Real Botica, pedía se arreglara la Destilación. A petición del sumiller de corps (Conde de Benavente), a 24 de febrero de 1698, se entregaron al Gobernador de Aranjuez 200 Ducados, los necesarios para la composición, principalmente de las calderas. La petición del destilador mayor pasó por manos del Gobernador de Aranjuez, Francisco de Castro, y fue éste quien, además de lo expuesto, solicitó al sumiller de corps, el 14 de febrero de 1698, recibir una cantidad de dinero para pagar a quienes suministraban flores, hierbas y recipientes. Con el comienzo del reinado de Felipe V (1701) su boticario mayor, Luis Riqueur, inició, aunque sin éxito inmediato, los trámites para agregar dos oficios reales (el de la Química 40 y el de la Destilación) y sus dependientes a la plantilla de la Real Botica 41. El fallecimiento del destilador mayor, Miguel García de Paredes (1706), propició que la Junta de Obras y Bosques se planteara la extinción del oficio de la destilación siguiendo los criterios que sobre regulación del personal de la Casa Real tomó el decreto de Nueva planta de 1707 42. No obstante, y por tener concedida «la futura» el hijo del destilador fallecido, se accedió a su nombramiento 43. Cuando, en 1711, las tropas del bando Austriaco se instalaron en Aranjuez, los empleados de la Real Casa y de los Reales Sitios se encontraron ante el dilema que suponía esa nueva y extraña situación: mantener su fidelidad al Rey con el riesgo que ello implicaba, o permanecer leales a su ciudad y a sus bienes. Concretamente, la Des-----40 GARCÍA DE YÉBENES TORRES, P.; ANDRÉS TURRIÓN, M.L. (1997) «La introducción de la práctica química en la Real Botica española». 41 Cuando, en 1701, se trataba de poner orden en la nueva plantilla de la Real Casa y Cámara, informaban que, teniendo el destilador mayor de Aranjuez el goce en el real sitio y ochenta ducados de vestuario, sería justo se les mantuviera (a los del oficio) «ínterin» en su empleo, hasta la agregación definitiva al de la Real Botica. Se consideraba también que, llegado este punto, se extinguiría el goce que recibieran. Resoluciones sobre criados y dependientes de la Real Cámara de 4 de marzo de 1701. 42 La solicitud de Miguel Alfonso García de Paredes para que se le otorgara su título de destilador, como a los demás, desencadenó una revisión de cuentas y gastos de la oficina de Destilación de Aranjuez. Esta «relación del gasto que se causa al año en la destilación de las aguas» transcribía los libros de Veeduría y Contaduría de Aranjuez; va fechada el 20-10-1706 y se desglosaba así: Salario del destilador, 135.000 mv (3970 rv) más 1.350 rv de las cincuenta fanegas de trigo y cebada. Salario del ayuda, 4 rv/día. Acompañando a este texto va una nota firmada por los señores de la Junta, el gobernador de Hacienda, el confesor de S.M. y un tal Torres, aconsejando al Rey que eliminara el gasto antes especificado por su inutilidad, extinguiéndose desde ese momento el Oficio de la Destilación. Dado que la Reina concedió la «futura» de la Destilación a Miguel Alfonso García de Paredes, se proponía le dieran una plaza de ayuda en la Real Botica y, en caso de no haberla, el salario que le correspondiera al empleo de destilador por los días de su vida. 43 En principio, se asignó cobrar el sueldo por la Presidencia de Hacienda y, a partir de 1708, comenzó a tener dificultades para recibir el vestuario de ochenta ducados que tenía concedido el cargo de destilador mayor. tilación de aquel sitio junto con su jefe inmediato, Miguel Alonso García de Paredes, permanecieron en su puesto y, según voces borbónicas, «teniendo comercio con el bando del Archiduque». Ésto explica el hecho de que, con el regreso de la corte de Felipe V a Madrid y por las razones expuestas, se solicitara con urgencia a la Real Botica la relación de las aguas que se hubieran traído desde Aranjuez para rápidamente eliminarlas 44. Sin embargo, la destilación continuará funcionando diez años más. En 1717, el gobernador del Sitio pretendió dotar de una nueva sede a la Destilación, aprovechando los planes de reforma del palacio. Luis Riqueur redactó un memorial informativo (4 de marzo de 1717), a petición del monarca, donde exponía su opinión sobre el oficio de la Destilación, indicando su «insatisfacción en cuanto al funcionamiento de aquella destilación». Se definía claramente a favor del traslado a Madrid, criticaba la baja calidad de las aguas medicinales que llegaban a la Real Botica desde Aranjuez 45. Expresaba su absoluto rechazo a que el gobernador del ----44 Miguel de Yto, ayuda de la Botica que servía en las ausencias de Riqueur (boticario mayor), dio una relación de las que se habían tirado. Por orden del sumiller, acatada por el secretario de la Sumillería, se procedió a verterlas en el patio de la Botica, según consta en escrito comunicado a 31 de julio de 1711. La relación incluía las siguientes aguas que habían sido traídas de Aranjuez en el último viaje de 20 de mayo de 1711: -1 redoma de agua de toringil -idem acederas -" cardo Santo -" escorzonera -" berdolagas -" flor de sauco -" cerezas -" fresas -" chicorias -" llanten -" amapolas -" borrajas -" foeniculi -" cabecula de rosa -" rosa castellana A.G.P.. El sumiller de corps lo remitía a S.M. el 12 del mismo mes y año. La resolución real recogió la opinión del boticario mayor, mandando decidir si procedía mantener el oficio de la Destilación en Aranjuez. 3265. «...de ninguna calidad, haciéndose los cocimientos y la oportunidad de tiempos para que salgan del laboratorio con la virtud que se necesita...». Consideraba que no eran las aguas de utilidad para la medicina: «... aunque así se creyera antiguamente, pues rara es la que puede dar su virtud específica y central por la destilación... cada planta tiene una contextura, requiriendo unas fermentación, otras requieren que sólo se obtengan los zumos, otros hay que destilarlas y otras cocerlas con adicción de aguas mayales, fluviales y fontaneas...». Sitio pretendiera continuar con el control, casi absoluto, del que era un real oficio. También rechazaba la intención de nombrar como proveedor de plantas y ayuda de destilador a la misma persona 46. Llegaron a preguntar a Riqueur si convendría dejar que en Aranjuez se prepararan las aguas no medicinales, a lo que respondió que desconocía se hicieran otras aguas, a excepción del vinagre de juncia para rociar los cuartos reales 47. Exponía, sin paliativos, la inutilidad de seguir en Aranjuez, cuando ya se estaban destilando en Madrid todo lo que precisaban, habiéndose rechazado todas las existentes en Aranjuez para la reposición por inútiles 48. Cuatro años más tarde, cuando el proyecto de aquellas nuevas obras de hizo realidad 49, se observó que el edificio que albergaba el oficio de la Destilación seguía necesitando arreglos. Así, se plantean si una obra que alcanzaría los ochenta o noventa mil rv 50 sería rentable a la Real Hacienda. Luis Riqueur fue consultado e instado a hacer un análisis del asunto, y partidario absoluto del traslado emitió las siguientes opiniones y peticiones: Solicitó dos o tres piezas contíguas a la Botica, que tiempo atrás habían pertenecido al Consejo de Indias, para construir hornos y salas necesa-----Daba importancia a la ejecución de los procesos en los recipientes adecuados (vasijas de cobre estañado, estaño puro, de baño o sin él): «...las calderas y torres del real sitio, sólo podían conseguir por destilación un húmedo superficial de las plantas, siendo imposible obtener la virtud central...». En definitiva, se quejaba de que, si los destiladores no tenían el conocimiento apropiado de la botánica: «...se seguirían extrayendo las aguas excrementicias y meramente flemáticas, sin la virtud perfecta que deben tener las aguas». Con fecha 12 de marzo de 1717 se registra el memorial de Riqueur, mandando S.M. que el sumiller de corps indague la necesidad de un destilador en Aranjuez y con qué salario. Extracto de Consultas y resoluciones. 46 El fallecimiento del viejo proveedor de hierbas, frutos y demás géneros de la Destilación, Gregorio de Bárcenas que, con más de cuarenta años de servicio, se había convertido, sin ostentar ningún nombramiento, en persona de toda confianza del gobernador del real sitio, provocó que desde Aranjuez se pensara nombrar a un nuevo proveedor de plantas que continuara ayudando en la destilación. 48 Por esta razón Riqueur reclamaba se le abonaran 9.403 rv de la consignación a pagar por Aranjuez para la Destilación. Expedientes sobre la Destilación. En agosto de 1747, reinando ya Fernando VI, se expresaba el deseo de S.M. de conocer la causa por la que el Real Sitio de Aranjuez pagaba a la Real Botica de Madrid 6.000 rv, si esta se había trasladado a Madrid en 1721. Real Sitio de Aranjuez. Oficina de Destilación de aguas medicinales. 49 Teodoro de Ardemans, maestro mayor de las obras del Palacio Real de Aranjuez, volvió a revisar la obra del cuarto de levante, donde se situaba la Destilación en 1721. 50 Según consta en la copia realizada por el veedor y contador de la Real Cámara el 16 de diciembre de 1746, del informe solicitado por medio del Secretario del Despacho (Marqués de Campoflorido) a Luis Riqueur, de fecha 21 de enero de 1721, para que informara de lo que le pareciese sobre la forma de trasladar la Destilación de las aguas de Aranjuez. Ordenaban a Riqueur que estudiara los dos últimos quinquenios económicamente para hacer balance de todo, en cuanto a la administración de la Destilación. Adm., leg 429. rias, corriendo la obra de cuenta de la Real Hacienda (por el maestro de obras de S.M.), así como la de los alambiques y vasijas. Todo ello, calculaban, no alcanzaría los doce mil rv.. Contaba con el traslado de todo el material que el oficio de la Destilación tuviese en Aranjuez. En Aranjuez, y por los caudales de este sitio, se daba leña, carbón, trigo y cebada, datos no considerados en la toma de gastos que tenía la destilación, y considerando el boticario mayor el excesivo gasto de leña y carbón que precisaba el oficio, solicitaba que los 11.558 rv que se decía tenía consignado, se aumentaran hasta 16.000 rv, admitiendo que el real sitio sólo diera los 11.558 rv y el resto por la Real Hacienda, pretendiendo no dar cuentas al por menor de la administración de la Destilación, que correría de su parte. Como beneficio económico citaba el ahorro al prescindir del transporte de las aguas. Afirmaba la mayor seguridad y perfecta elaboración de las aguas en la Real Botica. La Resolución Real que resolvía el traslado efectivo se dictó el 8 de marzo de 1721. De nada sirvieron opiniones encontradas con la del boticario mayor expuestas por importantes cargos rectores y responsables de Aranjuez que trataban de exponer la realidad de que su ciudad era cuna de infinidad de frutas y hierbas necesarias para la elaboración de los destilados 51. Tampoco fue escuchado el fiscal de la Junta de Obras y Bosques de Aranjuez que acusaba claramente a Riqueur de pretender continuar con la regalía de casa, médico y botica, por el Real Sitio, para la persona que desde Madrid, quedara encargada de recoger y remitir las hierbas medicinales 52. Las razones expuestas por Riqueur pudieron sobre las demás. Ese mismo año (1721) comenzaron a construirse los hornos necesarios en las habitaciones del Palacio Real de Madrid que fueron del Consejo de Indias. Un fragmento de la citada Resolución Real 53, puntualizaba que, vistos los informes, resolvía: Extinción del oficio de destilador mayor. Traslado físico a Madrid, en los términos expuestos por Riqueur, pero teniendo que dar cuentas de los caudales consignados. De los dieciséis mil rv, Aranjuez seguiría contribuyendo con 6.600 rv/anuales, desde primero del año ----51 El Fiscal de la Junta de Obras y Bosques de Aranjuez, Juan Antonio Samaniego, estudiando los informes y memoriales en pro y en contra del traslado, hizo una exposición de las circunstancias, a favor o no, para evitar un perjuicio económico a la Real Hacienda. Desde Aranjuez se abogaba por el mantenimiento en el real sitio, como hasta ahora y desde hace ciento cincuenta años, resaltando el bajo costo de yerbas y plantas, con un gasto total de 600 Ducados anuales (3.000 rv en material y plantas, y 300 Ducados de sueldo al boticario examinado destilador); sin embargo el arreglo de la Destilación se elevaba a 80 o 90.000 rv, estimados por el Gobernador del sitio, aunque por otros, sólo se consideraban 150 Doblones para establecerla en el lugar de la Armería. Entre las yerbas existentes en el Sitio se nombraban: «Borraja, Chicoria, Acederas, Berdolagas, escorzonera, Cantueso, Hisopo, Ruda, Peonia, Tila, Grama, escordio, fresas, guindas, y otras infinitas... y todas acabadas de arrancar de los árboles y campos...». A (cantidad a favor o en contra de la Real Hacienda), se reflejan pagos a personas por su trabajo específico en tareas de este oficio, las cuales podían ser boticarios o no. El cargo de Destilador Mayor desapareció junto al oficio de la Destilación. El jefe de la Real Botica ostentaría los títulos de boticario mayor y destilador mayor, así como el de espagírico mayor. Amortizacion de las plazas de ayuda de la destilación en la Real Botica. Las plazas de ayuda de la destilación se incorporaron a las existentes en la Botica 55, y es en el año 1738 cuando S.M. resolvió que las dos plazas de la destilación se ----55 Aparentemente sólo una persona de la destilación se vio afectada por el traslado de ésta a la Real Botica: Pedro Verdugo. En el año 1721 ocupaba el cargo de ayuda de la destilación y, obligado a desplazarse y residir en Madrid, en el año 1724 solicitó la permuta de su puesto con el boticario del Real Sitio de Aranjuez; de esta forma volvía a residir en Aranjuez. Para proceder a autorizar la solicitud, los jefes de la Casa Real consultaron distintas personas. Luis Riqueur, como boticario mayor, en respuesta enviada al Conde de Peñaranda (Informe del conde de Peñaranda que reflejaba las opiniones de Riqueur, de 14 de diciembre de 1723. Luis I), no encontraba inconveniente en el intercambio, siendo ambos de buenas costumbres y aprobados y examinados por el Protomedicato, no suponiendo aumento de gasto para la Real Hacienda, señalando el salario de Alcoba en 3.180 Rv./año en las arcas de Aranjuez y 24 fanegas de trigo anuales; Verdugo, como ayuda de la destilación, tenía el goce de 4 Rv./día, con obligación de residir en Madrid, especialmente en primavera y otoño. En mayo de 1724 Manuel de Alcoba, boticario de Aranjuez, era autorizado a ejercer el oficio de ayuda de la destilación de las aguas que ejercía Pedro Verdugo, cobrando 3.080 Rv./año y permitiéndosele continuar los 40 ducados que gozaba en concepto de aposento. El mandato real fue que se cambiaran los empleos, no los sueldos, y cada uno seguiría lo que tenía señalado antes de la permuta. Escrito dirigido probablemente al gobernador del Real Sitio de Aranjuez. Estos dos boticarios efectuaron la permuta bajo consentimiento real, pasando Verdugo a ser boticario del real sitio, por el traspaso de la botica propiedad de Alcoba. En virtud de la aprobación de la permuta, juró Manuel de Alcoba el empleo de ayuda de destilador el 28 de marzo de 1724, en manos del sumiller de corps, el Marqués de Astorga. Asientos de la clase sanitaria. Luis I. Libro 5. agregaran a dos plazas de ayudas de la Botica, las más antiguas, asistiéndolas a cada una con el goce de 3 rv/día en los gastos de la Furriera y los caudales de la Destilación 56. Se amortizaban así, catorce años después de la desaparición del oficio de la destilación, las plazas que quedaban remanentes de él. Veinte años después de la absorción, el trabajo que ocasionaba ocuparse de las destilaciones llevó al sumiller de corps a conceder un aumento de sueldo a empleados de la Botica: a los dos ayudas más modernos, 100 Ducados anuales, y a los dos mozos de oficio más modernos, 50 Ducados anuales. Los trabajos de la destilación se realizaban alternativamente y por semanas; en realidad fue una forma de igualar salarios entre los empleados de la Botica, ya que había otros puestos que recibían compensación por trabajos en la química, etc 57. Aunque la Real Botica se encargó de las destilaciones, siguió recibiendo caudales destinados a cubrir los gastos que estas manipulaciones pudieran ocasionar. Los boticarios mayores presentaron las cuentas de la Botica y la destilación separadamente, con cargos, alcances y fenecimientos diferenciados. Sólo disponemos de cuentas desde que los oficios se fusionaron hasta 1736. Para el estricto control de las cuentas de la Destilación no era preciso el visto bueno del primer médico de Cámara (primer protomédico), requisito imprescindible en el proceso de fenecimiento de las cuentas de la Real Botica. Así pues, una vez firmadas por el boticario mayor, por meses, pasaban al sumiller de corps (jefe de la Real Cámara) y al secretario de la Cámara. El sumiller entregaba los pliegos de cuentas, sumados y firmados al mayordomo mayor (jefe de la Casa Real). Posteriormente el contralor las fiscalizaba de nuevo y el grefier daba certificación del alcance final aprobado. A partir de 1737 58 no se presentaron por separado las cuentas de gastos de la destilación. El dinero de la Destilación se gastó básicamente en la compra de plantas y frutos, material de vidrio y barro, trabajos de calderería, paños, leña. Antes de ser anexionado, el oficio de la Destilación recibió suministros gratuitos desde otros oficios y/o diferentes posesiones reales: oficio del guardajoyas, oficio de la cerería, mercader de S.M., real sitio de Aranjuez, Casa de Campo. Los proveedores fueron ---- En ciertos documentos se nombran como empleados de la destilación a partir de dicho año, a personas que no realizaban un trabajo específico de destilación, sino que recibían cantidades de dinero, salarios, consignados como procedentes del extinto oficio. Así, Bartolomé Pérez Durán, en el año 1736, es nombrado como ayuda más antiguo destinado en la Destilación, recibiendo una ayuda de 100 Ducados anuales por los gastos en el oficio de la Furriera. 58 En este año fallece el que fue boticario mayor de Felipe V desde su llegada al trono, Luis Riqueur, y ocupa la plaza de jefe de la Real Botica Bartolomé Pérez Durán, primero de forma interina y en propiedad a partir de 1738. jardineros, herbarios, fruteros, caldereros, vidrieros, alfareros, comerciantes ubicados en la zona centro española (principalmente Madrid y provincia). Si hubo o no una utilización correcta de los caudales que se siguieron entregando por la Tesorería Real y por el patrimonio de Aranjuez, es algo difícil de concretar. Sin embargo, en el año 1742 se resolvió la primera parte del contencioso entre el nuevo boticario mayor y el segundo en el escalafón primer ayuda de espargírico. Este pleito se inició cuando Pérez Durán llega al puesto de jefe de la Botica y trata de poner orden en lo que consideró «prácticas irregulares»; entre ellas el repartir «el sobrante» de los caudales de la destilación entre los empleados de la Real Botica. El boticario mayor consideró que el dinero era de la Real Hacienda y en ella debía revertir o en beneficio de la Botica. Como ya hemos mencionado en el año 1742 confirmaron la legalidad del reparto pues, aunque no hubo orden ni decreto que la aprobara expresamente, quien calla otorga. Todo ésto nos hace preguntarnos cómo es posible que se hicieran pliegos sobre gastos de la destilación si el dinero era repartido. A partir del 1 de septiembre de 1743 ya no se hicieron diferencias en los caudales que recibió la Real Botica, consignándose 72.000 rv anuales sin hacer mas referencia a la Destilación.
El estudio de la figura de Felipe II ha sido enfocado desde múltiples perspectivas. De todas ellas, la referente a la terapéutica empleada por el monarca para hacer frente a las numerosas dolencias que ensombrecieron su vida ha sido, quizás, una de las menos estudiadas. Desde su instalación definitiva en España, en 1559, hay dos aspectos, poco conocidos y que resultan interesantes para explicar sus gustos terapéuticos, que merece la pena destacar: su interés por los simples medicinales y la contratación de numerosos destiladores encargados de elaborar nuevos remedios químicos que engrosasen el arsenal terapéutico al servicio real. Acercarse al conocimiento de estos artífices supone una inmersión en el amplísimo proyecto que supuso la reorganización científica planificada por Felipe II. Los destila-dores reales son una pieza más dentro del entramado planificado por el monarca 1, si bien será su hijo, Felipe III, quien de a este oficio el título de real y lo incluya dentro del organigrama sanitario de la corona. Por otra parte, el estudio de la actividad de los destiladores y simplicistas sería incompleto si no se incluyera dentro de un campo más amplio, como es la reorganización territorial proyectada por Felipe II, la construcción de palacios, casas de campo y edificios religiosos junto con jardines, parques y cotos de caza 2, así como los estudios de la flora y fauna de sus inmensos dominios. MAESTROS SIMPLICISTAS Y MÉDICOS HERBOLARIOS Uno de los aspectos más destacados de Felipe II es su pasión por los jardines 3. Habitualmente, los estudios sobre este tema han relacionado la preocupación del ----1 Sobre este aspecto, recientemente hemos publicado un estudio bastante esclarecedor. 2 El carácter itinerante de la corte española durante la primera mitad del siglo XVI y los numerosos edificios y asentamientos construidos por Felipe II en la segunda mitad del siglo fueron supervisados en su totalidad por la Junta de Obras y Bosques. Este organismo, creado por él, entonces Príncipe Regente, en 1545, estaba encargado de administrar todos los lugares que servían de residencia regia, conocidos como sitios reales. Estos sitios reales eran: el Alcázar de Madrid; la Casa Real de Campo; el Castillo y Monte de El Pardo; la Casa de Vaciamadrid; el Alcázar de Segovia; el Alcázar de Toledo, la Casa Real y Bosque de Valsaín; la Casa Real de Fuenfría; la Casa de la Moneda del ingenio de Segovia; la Casa Real y Huerta de Valladolid; la Casa Real y Bosque de El Abrojo; la Casa Real de Aondesilla; la Casa y Bosque de la Quemada; el Heredamiento de Aranjuez, con su Casa Real, la de Aceca, el Cuarto Real de Nuestra Señora de la Esperanza y bosques y dehesas del Heredamiento; la Fábrica y Patronato de San Lorenzo y sus bosques; la Alhambra de Granada; el Soto de Roma; el Archivo Real de Simancas y la Caballería de Córdoba. Posteriormente, Felipe IV añadiría el palacio y jardines del Buen Retiro. NÚÑEZ DE CASTRO,A. (1658) Libro histórico político. Sólo Madrid es Corte y el cortesano en Madrid. La normativa que regía el funcionamiento y administración puede consultarse en CERVANTES, P. y CERVANTES, M. (1687) Recopilación de las Reales Ordenanzas y Cédulas de los Bosques Reales del Pardo, Aranjuez, Escorial, Balsaín y otros. Glossas y comentarios a ellas. Ambos autores, tío y sobrino, fueron Alcaldes de Casa y Corte y jueces de la Junta de Obras y Bosques. Hicieron esta obra por mandato de dicha Junta. También puede consultarse COS GAYÓN, F. (1881). Historia jurídica del Patrimonio Real. Para el tema que estamos tratando, son interesantes los capítulos VII a XI (pp. 76-129), donde hace un estudio del Patrimonio Real de Castilla y Aragón, bosques, cazaderos, palacios y patronatos reales bajo la monarquía absoluta. Abogado consultor general de la Real Casa y Patrimonio, Cos Gayón comenzó a redactar esta obra en 1864, siendo secretario de la Administración General de la Real Casa. Dicho trabajo tenía como objetivo demostrar la urgente necesidad de una ley que resolviera cuestiones de gravedad y delicadas de derecho y que fijase un deslinde entre Estado y Casa Real. 3 Este es un tema sobradamente estudiado. Para su conocimiento, se puede consultar: GONZÁLEZ DE AMEZÚA Y MAYO, A. (1951) «Las flores y Felipe II. Un rey antófilo» en: Opúsculos históricoliterarios, 3 vols., Madrid, CSIC, vol. III, pp. 376-412. Este estudio es la introducción a la reimpresión de la Agricultura de jardines de Gregorio de los Ríos (Madrid, 1592), publicada por la Sociedad de Bibliófi-monarca por la naturaleza con una aproximación científica a la misma, destacando la creación de jardines botánicos y el patrocinio de expediciones naturalistas a América. Si bien este último punto ha sido estudiado en profundidad, como ya veremos más adelante, la intervención de Felipe II en la aparición de los primeros jardines botánicos españoles es un apartado que no ha sido tratado en toda la amplitud que ofrece el tema. Siendo aún Regente de España, recibió la propuesta de Andrés Laguna, quien le instó a crear, bajo su protección, un jardín de plantas medicinales, a semejanza de otros patrocinados por príncipes italianos, así como a amparar la descuidada profesión de herbolario en España. Ambas medidas redundarían en la salud real así como en la de sus súbditos y vasallos 4. Existe constancia del interés de Felipe II por los simples medicinales, interés que se manifiesta a lo largo de su reinado en tres momentos claramente definidos: la contratación de Luis de León, doctor simplicista, para herborizar por los reinos de Castilla; la expedición de Francisco Hernández a Nueva España y posterior análisis de su obra por el médico napolitano Nardo Antonio Recchi y la contratación de Jaime Honorato Pomar, titular de la cátedra de herbes de la Facultad de Medicina valenciana, con la intención de impartir clases de botánica entre el personal sanitario real. El estudio de estos tres momentos parece confirmar que Felipe II fomentó la creación de jardines mixtos, donde se cultivaban tanto plantas ornamentales como medicinales, instalados en Aranjuez y en las cercanías del alcázar madrileño. En la década de los sesenta Felipe II contrata los servicios de un maestro simplicista, Luis de León. El monarca no sólo había recibido la recomendación hecha por Andrés Laguna, sino que en 1563 el jardinero Berrocal, encargado de los jardines de Valsaín, escribía al rey exponiéndole la conveniencia de cultivar plantas raras en ese lugar, «plantas no vistas, ni conocidas de todos», como las que hay en el jardín botánico de Padua o en el de los duques de Toscana y en los de tantos «otros particulares y señores y hombres raros (que) procuran tener en sus jardines de las más raras ---los Españoles (Madrid, 1951). Ofrece, por primera vez, un estudio preciso del gusto de Felipe II por los jardines y las decisiones tomadas en esta materia a lo largo de su reinado, especialmente en Aranjuez. De gran interés, basa su estudio en las cédulas reales del Archivo General de Palacio (en adelante, AGP); ÍÑIGUEZ ALMECH, F. (1952) Casas reales y jardines de Felipe II, Roma, CSIC. Nos ofrece numerosos datos de los fondos presentes en el archivo del Instituto de Valencia de Don Juan (en adelante, IVDJ); MORÁN TURINA, J. M. y CHECA CREMADES, F. (1986) Las casas del Rey. Casas de Campo, Cazaderos y Jardines. Espléndido estudio que nos ofrece una visión general de la política arquitectónica de Felipe II, tomando cono fuente principal los fondos del Archivo General de Simancas (en adelante, AGS); FERNÁNDEZ PÉREZ, J. y GONZÁLEZ TASCÓN, I. (1991), A propósito de la Agricultura de jardines de Gregorio de los Ríos, Madrid. Estudio introductorio a la obra de Gregorio de los Ríos, con interesantes aportaciones sobre la Casa de Campo. 4 LAGUNA, A. (1555) Pedacio Dioscórides Anazarbeo acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos. Anvers, epístola nuncupatoria. plantas y no [se contentan]... con las comunes». Para ello recomendaba acudir a boticarios de Roma, Amberes o Bruselas, y a las plantaciones de Indias 5. Luis de León recibe el encargo de «yr a buscar a algunas partes destos reynos, ciertas yerbas, simplices de todas suertes para ciertas cossas de nuestro servicio» 6. Probablemente sea este el herbolario citado por Francisco Franco, de quién dice que anda por Andalucía buscando hierbas para llevarlas a Aranjuez, donde el monarca tiene grandes jardines en los que se cultivan tanto plantas ornamentales como medicinales 7. Desconocemos la actividad desarrollada por León, así como el tiempo que estuvo al servicio real. Sí merece la pena destacar que, simultáneamente a él, fue contratado Francisco Holbeque, primero de los destiladores reales. En la década siguiente Felipe II acomete el que, quizá, pueda considerarse proyecto más destacado de su reinado: la expedición de Francisco Hernández a Nueva España 8. El aspecto más destacado de este acontecimiento para nuestro estudio actual es la posterior selección realizada por el médico napolitano Nardo Antonio Recchi. Recchi es nombrado médico de la casa real de Felipe II en 1580. Sus obligaciones están directamente relacionadas con la botánica médica: ejercer el oficio de simplicista; hacer plantar y cultivar hierbas medicinales en los jardines reales; ver, concertar y poner en orden lo que trajo Francisco Hernández; enseñar a los médicos de la Real Casa fundamentos de materia médica y controlar las destilaciones, buscando hierbas y cosas necesarias 9. Pero parece ser que el interés que tenía Felipe II en su persona era, fundamentalmente, la selección que hizo de los remedios curativos más importantes recogidos por Hernández 10. Una vez más encontramos la actividad de un médico ----5 MORÁN (1986), p. 6 Por cédula real, recibe 1.000 reales para el encargo real, además de 300 ducados anuales en calidad de salario. Todas las plantas, hierbas y simples que encontrase en su periplo por los reinos castellanos debían ser enviadas a Madrid, donde se decidiría su uso. 10 Recchi se dedicó exclusivamente a elegir los simples medicinales de origen americano que iban a tener importancia en la renovación de la medicina del momento. Un estudio sobre este punto puede consultarse en LÓPEZ PIÑERO y PARDO TOMÁS (1994), especialmente el capítulo titulado «La labor de simplicista relacionada con la destilación real. En este caso, Recchi queda encargado directamente de las destilaciones realizadas para el monarca y será él quién, con toda probabilidad, recomiende para su plaza al nuevo destilador, el segundo que sirva directamente al rey, Giovanni Vincenzo Forte. En las postrimerías del reinado de Felipe II se vuelve a insistir en la importancia de los simples medicinales. En 1598 se crea la plaza de médico herbolario real, nombrándose como primer ocupante de la misma a Jaime Honorato Pomar, médico valenciano que durante tres lustros había ocupado la cátedra de hierbas y otros medicamentos simples de la Facultad de Medicina de Valencia 11. A lo largo de su reinado, Felipe II había recurrido en numerosas ocasiones al reino valenciano para abastecerse de diversas especies vegetales destinadas principalmente a los jardines de Aranjuez, así como de profesionales encargados de su cuidado. Desde 1562 son constantes los envíos de murtas y diversos árboles frutales de una dehesa, propiedad del monarca, situada en las proximidades de la Albufera de Valencia, así como la compra de jazmines, mosquetas y naranjos 12. Es el propio rey quien encarga al Maestre Racional de Valencia 13, Jerónimo de Escrivá, el abastecimiento constante de estas especies, amén de los hortelanos apropiados para su transporte y posterior acondicionamiento 14. Probablemente sea este el punto de unión entre el monarca y los catedráticos de hierbas de la facultad valenciana, pues sobradamente conocida es la erudición que se respiraba en el entorno de los Escrivá de Romaní así como sus continuos contactos con el claustro valenciano 15. ---selección de Recchi y el interés por la obra de Hernández entre los científicos europeos de finales del siglo XVI», pp. 59-81. 11 La figura y trayectoria profesional de Pomar ha sido estudiada ampliamente por LÓPEZ PIÑERO, J.M. (1991) El códice Pomar (ca. 1590), el interés de Felipe II por la Historia Natural y la expedición Hernández a América, Valencia. 13 El Maestre Racional era un funcionario real que tenía a su cargo el control de la contabilidad de cada uno de los reinos de la corona catalanoaragonesa. Parece ser que este oficio se introdujo en la corte de Aragón a imitación de la organización palatina de Sicilia. Pronto se convirtió, junto a los cargos de mayordomo, camarlengo y canciller, en uno de los cuatro superiores de la corte aragonesa. Con la unión de las coronas castellana y aragonesa, el nombramiento de Maestre Racional pasó a ser trienal, en vez de perpetuo, reservándose el rey la facultad de prorrogarlo, lo que hizo que, frecuentemente, el oficio quedara vinculado a una determinada familia, como ocurrió en Valencia con los Escrivá de Romaní. 14 Los primeros encargos están fechados en enero de 1562 cuando el monarca pide las primeras flores ornamentales para sus futuros jardines de Aranjuez. Se encargarán de las compras tanto el Maestre Racional como sus hijos Joaquín y Jerónimo. También contratarán los servicios de un hortelano valenciano, Maese Andrés Gomedes, que acompañará las plantas desde Valencia hasta Aranjuez y, posteriormente, pasará a residir en el real sitio, encargado de su conservación y perfecto acondicionamiento. 15 La esposa del Maestre Racional, Angela Zapata, fue conocida como una de las más cultas damas de su tiempo. Había estudiado filosofía y teología y eran famosas las tertulias organizadas en su casa, en las que los maestros universitarios y sus discípulos disputaban con ella sobre diversos aspectos. Disponía Son pocas las noticias que tenemos de la actividad de Pomar en Madrid. Sabemos que se instaló en las proximidades del Alcázar. Inicialmente se decidió que se estableciese en la Real Casa del Campo, donde también residía Gregorio de los Ríos, pero Pomar no consideró oportuna esta ubicación, pues no se reunían en ella las condiciones necesarias para las diversas especies medicinales a cultivar. Por ello, se decidió finalmente emplear la huerta de la Priora, conocida desde los tiempos de Recchi por sus buenas cualidades para el cultivo de hierbas medicinales 16, amén de la cercanía que suponía al Alcázar madrileño, para facilitar la visita continua de médicos y boticarios reales, necesitados de un conocimiento más preciso de esta materia 17. Probablemente, éste fue el último proyecto del monarca en materia de simples medicinales. Desconocemos la evolución de este intento de creación de un jardín botánico en el entorno palaciego, así como la actividad posterior de Pomar, que fallece en 1606. Según palabras de su contemporáneo Escolano, Felipe III creó para él la plaza de médico herbolario, que probablemente debió extinguirse a su muerte, pues no volvemos a tener noticias sobre herbolarios al servicio real 18. Estrechamente viculado al interés de Felipe II por los simples medicinales debe situarse su afición por el arte destilatoria. Durante su reinado estableció tres laboratorios de destilación: el primero en Aranjuez (1564); el segundo en Madrid (1579) y el tercero en El Escorial (1588). Desconocemos las intalaciones de los dos primeros, mientras que han permanecido perfectamente documentadas las del último. En ellos, trabajaron diversos maestros extranjeros versados en artes destilatorias. El empleo de destiladores como oficiales reales se inicia en 1564, fecha de nombramiento del primero. Hasta el fallecimiento del monarca, en 1598, serán numerosos los profesiona----de una cuidada biblioteca, con obras de todas las facultades y fue elogiada por sus más ilustres contemporáneos, entre ellos, Luis Vives. ESCOLANO, G. (1611) Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y reino de Valencia. Valencia, (hemos consultado la edición que hizo en 1878 Juan B. Perales, compuesta de tres tomos), vol. II, p. 311. les de este arte que trabajen para el rey, conformando lo que se ha conocido tradicionalmente como los destiladores reales de Felipe II. Es mucho lo que se ha citado este grupo, pero pocos los datos documentales conocidos sobre este conjunto de expertos, su procedencia, habilidades y verdadera actividad. La repetición de una serie de nombres y su relación con la legendaria botica escurialense ha sido la tónica general en todos aquellos trabajos que los han mencionado. El primero de todos será Francisco Holbeque, de origen flamenco, que será contratado en plena fase organizadora del real sitio de Aranjuez, lugar donde ejercerá su actividad a lo largo de treinta años. Quince años después, Felipe II pondrá a su servicio al napolitano Giovanni Vincenzo Forte, para quién acondicionará unos destilatorios en los aledaños del Real Alcázar madrileño y que jugará un papel decisivo en el diseño e instalación de la botica escurialense, lugar donde trabajará Antonio Canegieter, de origen desconocido, y su yerno Justo Fraye. Los dos últimos destiladores nombrados por el monarca, Juan de Sancten y Juan de Ausnero, sustituirán a Holbeque y Canegieter tras sus respectivos fallecimientos. A sus órdenes estarán numerosos ayudas, algunos de los cuales lograrán ascender al prestigioso puesto de destilador de Su Majestad, equiparable, al menos económicamente, al cargo de médico de cámara. La destilación era una actividad ampliamente practicada en toda Europa desde mediados del siglo XV. Junto con la sublimación, calcinación y disolución, formaba las principales técnicas usadas por los alquimistas medievales cristianos. Ya en el siglo XVI comienzan a aparecer los primeros escritos dedicados a estas prácticas, que empiezan a abandonar el carácter ocultista y esotérico propio de la alquimia y pasan a conformar disciplinas que se desarrollarán más ampliamente en siglos venideros. Forbes distingue tres tipos de autores: los escritores de textos químicos propiamente dichos, que adaptaron las técnicas alquimistas e iniciaron el camino de la química pura; los escritores de textos tecnológicos y metalúrgicos, principalmente alemanes e italianos y los escritores médicos y farmacéuticos, que emplearon la destilación de hierbas, principalmente, para la obtención de medicamentos 19. Entre estos últimos, destacaríamos la obra de Hieronymus Brunschwygk, cirujano de Estrasburgo que escribió dos trabajos de arte destilatoria de enorme influencia posterior. En ellos, dedica por primera vez un apartado al estudio de las aguas destiladas y su aplicación a la terapéutica, admitiendo las esencias obtenidas por destilación como el principio activo de los medicamentos 20. Pero, sin duda alguna, la obra principal en este aspecto es De remediis secretis de Conrad Gesner, dedicada por completo a la utilidad medicinal de las aguas destiladas, centrándose en la preparación de los re-----medios o medicamentos por medio de los compuestos obtenidos por destilación 21. Esta nueva concepción conduce al arrinconamiento de la falsa alquimia y al florecimiento de los espagíricos, alquimistas que emplearon la parte material y técnica de la alquimia en la obtención de medicamentos. Por ello, los nuevos remedios obtenidos por destilación recibieron el nombre de remedios alquímicos, ya que se obtenían en vasijas propias de los alquimistas, por la fuerza del calor. Su principal finalidad era la destilación de líquidos de una pureza óptima, libres de toda materia 22. El principal impulsor de estas nuevas teorías fue Paracelso, quien consideraba que lo que curaba no era el conjunto de los contenidos elaborados por el simple, sino su quintaesencia, el arcano, la parte más pura y noble. La droga deja de ser un conjunto unitario para convertirse en una agrupación de sustancias seleccionables entre sí y extraíbles, utilizables de modo separado o conjunto. Esta idea no constituía propiamente una novedad, ya que se conocía el proceso de destilación, pero nadie como Paracelso dio el máximo impulso a esta metodología. Con ello, se modifica la figura del boticario, que no tiene como objetivo primordial mezclar, sino extraer y formar nuevos compuestos. De esta época datan los primeros progresos efectivos obtenidos, no mediante la utilización de los métodos de la destilación acuosa o seca, sino a través del uso de solventes alcohólicos. Los productos terapéuticos obtenidos por destilación podían ser de varios tipos: aguas simples, por destilación de una planta al baño María, previa maceración en alcohol 23; aguas compuestas, por destilación de dos o más hierbas, podían tener usos medicinales, aromáticos o cosméticos 24; aceites, tanto de plantas, como de animales y minerales, asi como compuestos o bálsamos y quintaesencias, que en el Renacimiento designaban a una virtud o facultad que poseía cualquier planta, metal o animal que, por la pureza total de su esencia, conservaba la buena salud del cuerpo, prolongaba la juventud, retardaba la vejez y ahuyentaba toda clase de enfermedades 25. Recientemente se ha hecho la primera traducción española: MANRIQUE, A. y FERNÁNDEZ, A. (1996). Tesoro de los Remedios Secretos de Evónimo Filiatro. Madrid, erudito estudio de la obra, con gran profusión de notas, que convierten esta traducción en un completo estudio de su autor y época. 23 El alcohol, también llamado acqua vitae o acqua ardens, era producto de la destilación del vino. 24 Las aguas compuestas medicinales se aplicaban tanto interna como externamente; las aromáticas se empleaban para aromatizar manos, cara, barba y piel asi como vestidos, pañuelos y ropa de cuerpo y cama; las cosméticas se empleaban para el adorno y embellecimiento de la persona. Podían usarse para la cara, devolviendo el buen color, quitando las arrugas, protegiendo del sol y eliminando manchas y defectos de la piel; también para teñir cabellos y como blanqueantes dentales. De todas ellas, Gesner ofrece un amplio surtido. 25 El primer autor que escribió sobre ella fue Raimundo Lulio. Hasta entonces, era desconocida de todos los médicos y no se había experimentado nada sobre ella. Originalmente, designó una sustancia o Desconocemos la vía de entrada de estas nuevas prácticas en España, aunque si parece claro su conocimiento y uso extendido entre los boticarios españoles a finales del siglo XVI, tal y como apunta Puerto Sarmiento en un reciente estudio 26. Según Puerto, «se vislumbra un panorama en el cual los boticarios serían los expertos en la destilación y en sus boticas se dispensarían con normalidad las aguas destiladas y las quintaesencias». Tal afirmación puede ser confirmada por la última obra del protomédico Valles 27, donde nos presenta a los boticarios como únicos destinatarios de la famosa disposición sobre pesas, medidas y aguas destiladas ideada por él. Pero una lectura detallada de dicha obra sugiere más bien a unos profesionales poco avezados en el arte destilatoria y desconocedores de la literatura específica sobre el tema 28. Indicativo de ello es la obra de Diego de Santiago 29, única en su género y de aparición tardía, que puede ser considerado uno de los pocos destiladores españoles con conocimiento extenso del arte destilatoria, lo que le llevó a establecer relación con los círculos reales y a contribuir en el diseño de los laboratorios de destilación anejos a la botica escurialense, como más adelante veremos. Por todo ello, y a la espera de un estudio sobre las prácticas destilatorias en la España del siglo XVI, parece ser que ---elemento distinto de los cuatro conocidos: agua, aire, tierra y fuego. Los griegos la utilizaban para explicar ciertos fenómenos celestes. En la alquimia se confundió a veces con la piedra filosofal. En el Renacimiento se le agregan conceptos médicos y alquimistas. La incorporación a la materia médica tradicional de las quintaesencias obtenidas por destilación, principalmente de las materias vegetales, comienza con la difusión de las obras de Brunschwygk, Ulstad y Gesner. 27 VALLES, F. (1592) Tratado de las aguas destiladas, pesos y medidas de que los boticarios deben usar, por nueva ordenanza y mandato de Su Magestad y Su Real Consejo. 28 La última obra publicada por Francisco de Valles es una réplica a las numerosas quejas planteadas por los boticarios madrileños ante la nueva normativa sobre pesos y medidas y aguas destiladas propuesta por el protomédico al monarca y aceptada por éste en 1591. Todo parece señalar al año 1589 como fecha de inicio de la polémica entre boticarios y protomédico, pues las quejas de los primeros se hacen oir en las Cortes de Madrid de 1590. MUÑOZ GARRIDO, R. y MUÑIZ FERNÁNDEZ, C. (1969) Fuentes legales de la medicina española (siglos XIII-XIX). El fundamento de dicha oposición fue recogido por Valles en su obra, quién se dedica a contrarreplicar, punto por punto, todos los argumentos esgrimidos por los boticarios. En el fondo de la cuestión está latente el desembolso económico que suponía la compra de alambiques de vidrio, nuevos hornos y aparejos, así como nuevos sistemas de pesas. Los boticarios se muestran disconformes con esta nueva práctica y prefieren continuar elaborando las aguas según el sistema de Mesué y Avicena, es decir, mediante cocimiento. Este argumento demuestra su ignorancia total de la nueva destilación defendida por Valles, quién relega la autoridad de Mesué en este tema, diciendo que no usó comúnmente de ellas, y defendiendo las nuevas tendencias: «Aora es menester que nosostros tratemos dellas (de las aguas destiladas), como hazen todos los modernos». Valles, op. cit. en nota 27, p. Para ello, recomienda las lecturas de «doctos modernos» como Manardi, Fuchs, Mattioli y Silvio. Arte separatoria y modo de apartar todos los licores, que se sacan por vía de destilación: para que las medicinas obren con mayor virtud y presteza. Esta obra ha sido publicada con un estudio introductorio de José María López Piñero y Eugenio Portela Marco (Alicante, 1994). sólo en los círculos reales se ejercieron tales experiencias, favorecidas por el interés de Felipe II en los más diversos remedios terapéuticos. En septiembre de 1564, Francisco Holbeque entra a trabajar al servicio de Felipe II en el heredamiento de Aranjuez 30. La década de los sesenta se caracteriza por una actividad frenética en el real sitio, que había pasado de ser un bosque más de caza de los monarcas a convertirse en el lugar elegido por Felipe II para hacer realidad todos sus proyectos jardinísticos y paisajísticos. Desde que había pasado a poder real, Aranjuez era una dehesa dedicada a la producción agrícola: cultivo de vides, olivos, almendros, melonares y hortalizas. Esta situación se verá modificada en 1552, cuando el príncipe Felipe da orden al guarda mayor de Aranjuez de arrancar todas esas plantaciones para ir acondicionando el terreno a la jardinería 31. Pero el año decisivo para la creación de los jardines de Aranjuez debe fecharse en 1561, cuando Felipe II nombra como alcaide del real sitio a Rugel Patie 32. Flamenco de origen, Patie había servido como tesorero y maestro de cámara de la reina María de Hungría, tía del monarca, y acompañó a Felipe II cuando éste regresó a España en 1559. Patie recibió el encargo real de «que se hagan prados a la manera de Flandes, y se planten los árboles que os pareciere a la redonda dellos, como en aquellas partes se acostumbra» 33. Para ello, tenía libertad absoluta de tomar las medidas que estimase oportunas y contratar el personal apropiado. A partir de esa fecha la llegada de árboles y jardi-----neros flamencos es constante 34. Entre ellos, estará Juan Holbeque, jardinero principal de Aranjuez y hermano del futuro destilador real. En el primer documento oficial de Francisco Holbeque no se detalla demasiado sus obligaciones. Simplemente se le contrata como maestro simplicista y destilador de aguas 35. Tres años más tarde Felipe II le recibe como criado suyo, dedicado a «servirnos en todas las cosas dependientes de su profesión». El nombramiento no es vitalicio, si bien Holbeque ejercerá hata el mismo momento de su muerte. Se fija su lugar de residencia en Aranjuez, donde ejercerá su oficio, y deberá desplazarse allí donde el monarca le requiera, especialmente a El Escorial, Madrid, El Pardo, Segovia, Aceca y Toledo, esto es, los sitios reales más frecuentados por Felipe II. Este dato parece indicarnos la continua movilidad del destilador o, al menos, la intención inicial de que así fuera, y la previsión real para evitar continuos desembolsos en calidad de extraordinarios 36. Desde 1566 tenemos noticia del envío periódico de aguas desde Aranjuez hasta la corte madrileña. Éste seguía un protocolo preestablecido: eran los médicos de cámara quienes hacían el encargo de aguas necesarias al boticario real, quién enviaba por escrito un memorial a Aranjuez, el cual debía ir firmado por médicos y boticarios reales, para que constase en los gastos ocasionados en Aranjuez con motivo de la destilación de las aguas 37. Comienza en este momento a formarse el embrión del futuro sistema de asistencia sanitaria en la corte española de los siglos XVI y XVII. En los primeros años del reinado de Felipe II, el monarca contará con la asistencia de dos médicos, un cirujano, dos boticarios y un destilador 38. Con el tiempo, este número irá creciendo hasta conformar los seis médicos de cámara, doce de familia, seis ---- 34 En mayo de 1561 llegan a Laredo los primeros «sesenta y cinco líos y fardeles de árboles para plantar y de herramientas y otras cossas [...] y las personas a cuyo cargo viene», AGP. En el mes siguiente ya encontramos las nóminas de todos los especialistas extranjeros empleados en Aranjuez. En total son siete jardineros flamencos, cinco franceses, dos entalladores (uno flamenco y otro francés), seis albañiles flamencos, dos labradores y un diquero del mismo origen. 37 AGS, Casa y Sitios Reales (en adelante, CSR), leg. En 1567 se reitera la necesidad de este memorial firmado que sirva como justificante de los gastos ocasionados. 38 Así había sido establecido desde 1548, fecha en que se introduce el ceremonial borgoñón en el servicio de la Casa del Príncipe Don Felipe. El Emperador eligió para su hijo a los doctores Moreno y del Águila. El Dr. Moreno era conocido como primer médico, encargado de la atención personal al príncipe, mientras que el Dr. del Águila era el médico de familia, dedicado a la asistencia de la comitiva del príncipe. También tenía a su servicio un cirujano, el licenciado Almazán, y dos boticarios, Jean Jacques d'Arigon como boticario principal y Diego de Burgos, como ayuda. Jean Jacques d'Arigon ya estaba al servicio de Felipe desde 1539. 300. cirujanos, dos sangradores, siete boticarios y dos destiladores que tendrá en la última década del siglo. El primer envío está fechado en julio y tras su lectura podemos deducir el empleo que se daba a estas aguas. Fue el doctor Mena, médico de cámara de Felipe II entre 1560 y 1568 39, el encargado de hacer un listado donde se reseñaron las aguas y conservas que debía elaborar Holbeque. Éstas eran: agua de rosas, agua de ajenjos, agua de lengua de buey, agua de hinojo, agua de achicoria, agua de mejorana y agua de escorzonera. Las dos primeras son las únicas citadas por Mesué y, por tanto, no suponían ninguna novedad 40. Las otras aguas tenían efectos concretos: el agua de lengua de buey se usaba por sus propiedades béquicas, diaforéticas, depurativas y diuréticas; el agua de hinojos, como carminativo, diurético, emenagogo y expectorante; el agua de achicoria como depurativa, en casos de dolores estomacales; el agua de mejorana, como antiespasmódica, digestiva, amargo tónica, expectorante y diurética, siendo su esencia muy apreciada en licorería y perfumería; el agua de escorzonera se empleaba para curar la gota 41. Pero el rey manifestaba especial interés porque le mandasen la quintaesencia. Holbeque informaba que estaba elaborándola y que no podría enviarla a la corte hasta que no dispusiera de los recipientes necesarios para su adecuado traslado, pues era muy costosa y difícil de elaborar y no quería que se perdiera por ir en frágiles frascos de vidrio: «entiende agora en hazer la quinta essencia la qual dize acavara la sema----- 39 Existen referencias de su presencia en el entorno real en ese período de tiempo. Cuentas del Maestro de la Cámara, leg. Fernando de Mena es, junto con Cristóbal de Vega, uno de los primeros profesionales procedentes de la universidad complutense que entra al servicio real. En el período estudiado (1560-1568), Mena figura como segundo médico de Felipe II, por debajo de Juan Gutiérrez de Santander, médico de Sigüenza y Protomédico de Castilla. Por fallecimiento de ambos en 1568, Diego Santiago Olivares, hasta entonces médico del príncipe don Carlos, pasa a ocupar el puesto de primer médico de Felipe II y Protomédico de Castilla (1568-1584). Probablemente, Felipe II encargó a Mena el control de la destilación de Aranjuez por su reputación como experto en materia médica. Su obra Liber de ratione permiscendi medicamenta, quae passim medicis veniunt in usum dum morbis medentur (Alcalá, 1555), fue ampliamente difundida. Es un compendio de materia médica, en la cual trata de la preparación, modo, tiempo y dosis en que deben administrarse los medicamentos, si bien está adscrita a la terapéutica tradicional, no dedicando ni uno de sus capítulos a las aguas destiladas medicinales. Sobre Fernando de Mena y su obra se puede consultar CHINCHILLA, A. (1841) Anales históricos de la medicina en general y biográfico-bibliográficos de la española en particular. Se enviaban aguas por separado para las tres boticas reales que funcionaban en aquel momento: la botica del rey, la botica de la reina e infantes y la botica de El Escorial. El uso de estas aguas de rosa era doble: como vehículo de otros medicamentos y como aguas aromáticas. 44 Así queda reseñado en un documento de la Junta de Obras y Bosques fechado en 1683: «en la destilazion de aquel sitio nunca se havían destilado azeites ni quintasesencias, por no ser las torres para estos géneros». Aranjuez se eligió como primer asentamiento destilatorio por la gran variedad de plantas allí cultivadas: «siendo solo que aquel sitio se eligió para que en el estuviese la destilazión, por la abundanzia de yerbas y flores para ella, y de leña para el fuego del horno, de los alambiques, en que se haze». Las obligaciones del casero de Aranjuez eran mantener en perfectas condiciones el palacio real y custodiar sus llaves. En esta fecha no se considera oportuno concederle dicho puesto, pues se teme que desatienda su principal ocupación, la de destilar aguas para el monarca. El nombramiento oficial lo consigue en 1574, lo que parece indicar el poco interés de Felipe II en que se dedique a obtener los remedios que él desea. Como sueldo adicional, recibiría 3 reales diarios. 46 Al solicitar este nuevo cargo, Holbeque proponía una serie de normas de cumplimiento respecto a los jardines y huertas del heredamiento, que le transformaban en dueño absoluto de los mismos. Enviado este memorial al secretario real Gaztelu, se decidió dejar a Holbeque como único encargado de los jardines y huertas reales, con un control total sobre jardineros, peones y productos destinados al consumo real. 47 Holbeque recibió, desde 1580, los sueldos correspondientes a sus tres cargos: destilador, casero de Aranjuez y jardinero mayor. Además, solicitó al monarca una renta anual de 40 fanegas de trigo y 40 de cebada, merced que consiguió en 1578 y se fue renovando por tres años, hasta que se hizo vitalicia en Éste, también flamenco, es nombrado ayuda de destilador en 1582 48. El deseo de Holbeque era que su sobrino le sucediera en los tres cargos que él ostentaba, pero Sauchois no debía ser el destilador que Felipe II buscaba pues, tras el fallecimiento de Holbeque, trae a Antonio Canegieter, hasta entonces destilador de El Escorial, para que le sustituya, continuando Sauchois como ayuda de destilador hasta su muerte, en 1597 50. El interés de Felipe II por obtener el remedio a sus dolencias a través de los medicamentos destilados le llevó a contratar los servicios de un nuevo destilador, esta vez de origen napolitano, conocido de Nardo Antonio Recchi y del Cardenal Granvela, quién parece estar detrás de la llegada de ambos a la corte española. Forte entra al servicio real en 1579, con el encargo de «distilar aguas y azeytes y hazer las demás cosas annexas y concernientes a su officio que se le mandassen para provisión de nuestra botica» 51. Por decisión real, Forte se alojará en la casa que perteneció a Diego de Burgos, boticario real, que el monarca compró, junto a sus huertas, en 1569. En ella instalará sus destilatorios y se dedicará a elaborar las aguas y aceites necesarios para la provisión de las boticas reales. Una vez instalada la corte en Madrid, en 1561, el servicio farmacéutico real va a estar distribuido en tres boticas. Una, la llamada botica de Palacio 52, destinada a dispensar los medicamentos necesarios para el rey y ----1594. Con esto, se transformaba en el criado real mejor pagado de todo Aranjuez. 48 En abril de ese año llega a Aranjuez Juan del Valle, sobrino de Holbeque, que dice querer aprender el oficio de destilador, y es nombrado ayuda. No volvemos a tener noticias suyas. En septiembre, Holbeque informa al rey su deseo de enseñar el arte de la destilación a su sobrino Juan de Sauchois. El rey acepta nombrarle ayuda suyo, con un contrato de dos años, por el que recibirá 50 ducados anuales y dos cahizes de trigo. En 1584 se prorroga por tres años el contrato de aprendizaje, pues se considera que Sauchois todavía es muy joven y debe seguir aprendiendo. Holbeque dice que le está enseñando: «todas las distilaciones de aguas aceytes i otros licores que en ella se haze i en las plantelas i jardines en las yervas medicinales todas simplices en todo las obras y cosas que mas conbiene». 49 52 Hay constancia escrita de dicha botica, si bien no conocemos su ubicación exacta dentro del alcázar madrileño. Así, en 1579, se informa de la necesidad de 300 marcos de plata para las piezas que se han de hacer para la botica de Palacio. Para esta botica se libraba una cantidad la familia real, a cuyo frente estaba Juan de Arigón, nombre castellanizado de Jean Jacques d'Arigon, mayor de tres hermanos que durante el reinado de Felipe II monopolizarán la asistencia farmacéutica al monarca y la corte 53. Las otras dos boticas estaban instaladas en la villa madrileña y recibían el nombre de boticas del común, encargadas de la dispensación de medicamentos a los criados reales 54. Una era la Botica de Su Majestad, para los criados de la casa del rey, regentada por Rafael de Arigón como boticario principal 55 y otra era la Botica de la Reina e Infantes 56, desti----mensual de 100 ducados, de la consignación de la despensa real. El abastecimiento de hierbas medicinales se efectuaba de la Casa de Campo y de los jardines de los alrededores del alcázar, que Felipe II había comprado a sus propietarios. 53 Todos eran boticarios reales, juraban sus plazas como cualquier criado real y tenían sueldos asignados por el monarca, además de los beneficios que sacaban de vender medicinas a un grupo tan numeroso como eran los criados de toda la familia real. Sobre ellos hay un estudio de VALVERDE LÓPEZ, J.L. y SÁNCHEZ TÉLLEZ, M.C. (1977). 54 El sistema de dispensación de medicinas en las boticas del común era el heredado de la Casa de Castilla: los médicos de familia recetaban las medicinas necesarias para las dolencias de los criados reales. Éstos, con las recetas firmadas, acudían a la botica que les correspondiese, retirando de ellas las medicinas, sin coste alguno. Mensualmente se revisaban las cuentas presentadas por los boticarios reales, se comprobaban con las recetas y se hacía la tasación. Ésta era efectuada por el médico de cámara encargado y boticarios madrileños contratados para ello. Se conservan todos los pliegos de medicinas que presentó José de Arigón mientras fue boticario de la reina Ana y, luego, al transformarse en boticario de Sus Altezas. también están todas las cuentas presentadas por Sebastián de Arenzano, boticario de Sus Altezas. Cuentas de la Real Botica, legs. Un catálogo de las diversas cuentas presentadas por los boticarios reales puede consultarse en VALVERDE LÓPEZ, J.L. y VIDAL, M.C. (1975). «Cuentas de la Real Botica desde 1571 a 1695, según documentación del Archivo del Palacio Real de Madrid». 55 Rafael de Arigón tenía un ayuda, Bartolomé de Sejo, y un mozo de oficio, Pascual López, que recibían un sueldo del monarca. Cuentas del Maestro de Cámara, leg. 56 La primera reina española con servicio de farmacia exclusivo para ella será Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Durante su viaje desde Francia hasta la corte española, vendrá acompañada de un médico, un boticario y un sangrador. Una vez instalada en Madrid, Isabel de Valois pidió a su esposo que le permitiese quedarse con 75 personas francesas que habían venido con ella, entre las que destacamos su médico y boticario, que se quedaron por expreso deseo de su madre. Felipe II dispone unas etiquetas para el gobierno de su casa que, hasta el momento actual, son las primeras etiquetas para la casa de una reina española. En el apartado dedicado a personal sanitario sólo destacan las órdenes destinadas al boticario, Jacques Bobusse, que ejerció como boticario mayor hasta el fallecimiento de la reina. Estas son las primeras etiquetas en las que se establecen las obligaciones de un boticario real, así como la forma en que se reglamenta la asistencia farmacéutica a personas reales. El sistema, con las variaciones lógicas impuestas por el tiempo, será el que marcará las diversas normativas relativas a los servicios farmacéuticos reales. Entre las obligaciones del boticario Bobusse, destacan: dispensación de medicinas a la reina, los criados, sus mujeres e hijos; las recetas irán firmadas por los médicos de cámara y familia; las cuentas serán presentadas y revisadas al final de cada mes; el dinero nada a los criados y oficiales de la reina Ana, cuarta esposa de Felipe II. Tras su fallecimiento, esta botica se transformó en la Botica de Sus Altezas, creada en 1580 y destinada a los oficiales y criados que servían al príncipe don Felipe, futuro Felipe III, y a la infanta Isabel Clara Eugenia. Estaba regentada por José de Arigón 57. Los boticarios reales también estaban encargados del abastecimiento de las llamadas boticas de camino, formadas cuando el monarca se trasladaba a alguna de sus residencias temporales. Tradicionalmente, y desde la instalación definitiva de Felipe II en España, fue Rafael de Arigón el encargado de acompañarle en todos sus desplazamientos por la Península. momentos iniciales de Forte en Madrid no van a ser sencillos. Mientras que Holbeque nunca tuvo problemas para ejercer su trabajo, Forte encontrará desde el principio la oposición del sector médico real, que veía en él a un embaucador que quería lucrarse a costa del rey. La actividad de Forte al servicio real fue clara: elaborar la ansiada quintaesencia pretendida por Felipe II desde que contratara a Holbeque. Para ello, solicita la contratación de un ayuda que estuviese en sus momentos de descanso, ayuda que se le concede en enero de 1580 59. Aún así, todo serán inconvenientes para las necesidades de Forte: los encargados de jardines de la Casa de Campo, habituales suministradores de simples para las boticas reales, no quieren darle las plantas necesarias para sus destilaciones, a pesar de la intercesión del boticario real Rafael de Arigón. Tendrán que ser los secretarios reales quienes ordenen tales suministros 60. Cansado de las numerosas trabas impuestas a su actividad, Forte ---destinado a medicamentos se librará por la Furriera y cada vez que la reina saliese de jornada, se formaría una botica de camino entre el boticario y el médico reales. 57 Sebastián de Arenzano figuraba como ayuda de esta botica. A partir de 1586, pasó a ocupar el puesto de boticario principal, siendo su ayuda Pedro de Erla. Cuentas de la Real Botica, leg. José de Arigón había sido con anterioridad boticario del príncipe don Carlos, primogénito de Felipe II. 59 Desde agosto de 1579 encontramos memoriales de Forte donde solicita dos reales diarios para pagar a un ayudante. Tras numerosas reticencias del protomédico Olivares, se le concederán. Olivares tenía una opinión negativa de este artífice, a quién debía considerar como un pseudoalquimista, de los tantos que habían entrado al servicio real, cuyo único objetivo era lucrarse, tal y como indica en una carta enviada al secretario real: «ahi verá Vm. mi parecer y estos estrangeros entran por la manga y salen por el cabezon». Pero, por otro documento de Forte, sabemos que el ayudante concedido no era más que un peón, con desconocimiento total de la materia y que sólo trabajaba durante el día, cuando lo que Forte necesitaba era un ayudante para sustituirle por las noches. escribe un memorial al rey 61, haciéndoselo llegar a través de su protector Granvela, a quién considera experto en destilación. Éste, tras conocer la situación de Forte, decide tomar cartas en el asunto y se pone en contacto con el secretario real Mateo Vázquez, para intentar solucionar entre los dos la situación sin tener que incomodar al monarca. El memorial de Forte, fechado en octubre de 1581, informa de las numerosas envidias que hay en torno a él. Cansado de tanta persecución, pide al monarca que se le permita destilar por su propia cuenta, que él tratará de vender las aguas al rey al mejor precio posible: «io me sono offerto remediar la destillatione con augmentarla a mia costa, e darle le acque per açumbre perfette et baratte posibile, se me lasciano far quello ch'io voglio in servitio di V.Mta. il che non feci dal principio». Parece que el problema viene de los médicos reales, quienes no están de acuerdo con sus actividades, y por ello quiere desvincularse del servicio real, aunque propone elaborar las aguas para el monarca: «io non posso considerare in che ho offeso al Real servitio di V.Mta. poiche ho fatto tutto quello che m'hanno commandato, e del continuo sto prontissimo a lo che V.Mta. si degnara mandarmi». Granvela se pone en contacto con el secretario real Vázquez para que interceda a favor de Forte, evitando que el rey tenga que enterarse de todo, pues no es el deseo de Forte ofender a nadie. Para ello ofrece dos testimonios: el de Recchi, que es quien mejor sabe de la actividad realizada por el destilador, y el suyo propio, pues se personó a ver el laboratorio de Forte que, a su juicio, está muy bien instalado y surtido. Piensa que «sino le embaraçan hara buen servicio y tanto más quando el Jardin de los simples terna su perfection». Tradicionalmente se ha interpretado que este Jardín de simples era el instalado en Aranjuez. Nuestra opinión diverge un tanto de esta interpretación. Parece más bien que la intención real era instalar un jardín en las inmediaciones del Alcázar, en los terrenos conocidos como Huerta de la Priora y tierras de Diego de Burgos, del cual estaría encargado Recchi y de donde se abastecería de las hierbas necesarias para la destilación. Así parece desprenderse del documento citado anteriormente, sobre la llegada de Pomar, cuando se le ubica en las inmedia----- 61 Documento citado en nota 58. ciones del Alcázar, pues se sabe que esos terrenos son aptos para el cultivo de simples, tal y como se comprobó en la época de Recchi. Desconocemos la resolución que tomó Mateo Vázquez, aunque está claro que la situación de Forte no se solucionó, pues un año más tarde, en junio de 1582, volvemos a encontrar una carta de Granvela a Vázquez donde se manifiesta la intención de Forte de acudir personalmente al rey para que se solucione su situación. Según palabras de Granvela: «forzado de los terminos que con el usan aqui, se ha resuelto de yr a Su Majestad para acomodar sus cosas. A la verdad usan con el termino que ni a el conviene ni paresçe que sea el servicio de Su Majestad, pero como le tienen algunos envidia, no le ocupan, y lo que peor es, ni le consienten que estando ocioso pueda o por si o por otro hazer algunas distilaziones, lo que pretenderia seria con alguna comodidad mayor seguir la propia persona de Su Majestad y llevar su ato de manera que pudiese hazer promptamente todas las distilaciones que Su Majestad le mandase, y verdaderamente sabe su arte y es para servir en ello» 62. Nada más sabemos de este asunto, ni de como se desarrolló la actividad de Forte hasta que, en 1585, fue encargado de planificar y supervisar la construcción del laboratorio de destilación situado en el monasterio de El Escorial. Parece que el fallecimiento del protomédico Olivares 63, fechado en 1584, y el nombramiento de Francisco de Valles como sus sustituto mejoró notablemente la situación de Forte en el entorno real. Las obras para la construcción de un laboratorio de destilación en el entramado escurialense comenzaron en 1585, siete años después de haberse finalizado las obras de la última dependencia sanitaria, la llamada Galería de Convalecientes. Desde los albores de la construcción del monasterio, la comunidad religiosa y los principales oficiales reales contaron con una asistencia médica y farmacéutica organizada por deseo del monarca. En fecha tan temprana como octubre de 1561, una de las primeras disposiciones reales para el recién iniciado proyecto escurialense es la petición, al Padre General de la orden jerónima, de un fraile diestro en ordenar, conservar y cultivar jardines, para que se traslade al monasterio de San Lorenzo y se encarge de dichos asuntos 64. El nombramiento recae en fray Marcos de Cardona, quién desde 1562 plantará semillas y hierbas medicinales en La Fresneda por encargo de Felipe II, ejerciendo también las labores de boticario durante los dos primeros años de la ----62 IVDJ, Envío 44, fol. 202. 63 Diego Santiago Olivares, formado en la facultad de medicina de Valladolid, entró en 1543 al servicio de la familia real, desempeñando diversos puestos: médico de las infantas Juana y María, hermanas de Felipe II; médico de los reyes de Bohemia, Juana y Maximiliano, posteriores emperadores alemanes; médico de cámara del príncipe don Carlos, primogénito de Felipe II y protomédico del monarca hasta su fallecimiento, en 1584. No fue un buen protomédico, como queda reflejado en las numerosas actas de cortes donde los representantes se quejan de que ha dado títulos a médicos, cirujanos y barberos sin una correcta formación. Pero Cardona no era boticario y en 1563 el Prior, en carta enviada al secretario real Pedro de Hoyo, manifiesta la necesidad de un buen boticario para servir a los requerimientos de la comunidad religiosa y del personal laborante, así como la dificultad que encuentra para contratar a alguno experto que quiera instalarse en la villa y servir por un módico precio 66. Tal situación parece ser remediada en ese mismo año, cuando se instala en la villa de El Escorial la primera botica de su historia, regentada por dos hermanos boticarios, Juan y Miguel Álvarez. Ambos procedían del cercano pueblo de Navalagamella, donde parece ser que habían residido y ejercido hasta el comienzo de la construcción del Monasterio, fecha en la que se trasladan al real sitio 67. La congregación se encargó de reparar y acondicionar una casa donde instalar la botica, tal y como había concertado previamente con ellos 68. Todo parece indicar que Juan Álvarez ejercía como particular, sin ninguna relación con el convento ni la fábrica, mientras que su hermano Miguel se encargaba del abastecimiento de medicinas al convento y a algunos oficiales reales que servían en la fábrica, pues en las cédulas reales aparece con el título de boticario del monasterio, mientras que Juan no es citado en ninguna. Desconocemos si Miguel servía directamente de una primitiva botica instalada en la residencia inicial de los frailes o si el suministro corría a cargo de la botica de la villa, pero como un servicio privado para frailes y oficiales reales. El monarca pagaba las medicinas que Miguel Álvarez suministraba a los maestros oficiales con salario ordinario en fábrica. Anualmente, el boticario presentaba un cuaderno con todas las medicinas y su importe, que eran tasadas por el médico del monasterio y certificadas por el contador de la fábrica, siguiendo un sistema similar al empleado por el monarca con los boticarios que servían en la corte madrileña 70. To-----das las cédulas reales, hasta 1573, presentan a Miguel Álvarez como boticario del monasterio, lo que parece indicar la ausencia de un fraile boticario. Paralelamente, se iba realizando la construcción del monasterio. Entre sus dependencias, estaban proyectadas una enfermería y una botica para el servicio de los religiosos 71. La organización de las enfermerías y de los servicios hospitalarios del Monasterio y de la villa quedan detalladas en las cláusulas 49, 85 y 86 de la Carta de Fundación y Dotación de 1567 72. Las dependencias hospitalarias, según la traza universal de Juan Bautista de Toledo, ocupaban las partes exteriores y los sótanos del claustro de la primera planta de la torre del suroeste. El hospital de la torre de la botica albergaba, en la planta baja, la botica, y en las otras tres plantas, celdas para enfermos, dispensario, comedor y capilla. Las cocinas, portería y zaguán de la enfermería se situaban en la planta baja del claustro. Los cimientos y modificaciones de la torre de la enfermería, en lo que se refiere a las dependencias hospitalarias y de la botica, se comenzaron a realizar en octubre de 1564 y finalizaron hacia 1569, siendo la primera en acabarse. En 1570 se realizaron todas las obras de carpintería de ventanas y en 1571 se pagó el mobiliario del refectorio de la enfermería. Una vez que el convento comenzó a funcionar a pleno rendimiento, una de las necesidades más perentorias planteada a la comunidad escurialense era la ampliación de la enfermería. Así, en la década de los setenta, la única novedad en este sector fue la construcción de la Galería de Convalecientes, orientada hacia levante, que comenzó a construirse en 1565 y finalizó en diciembre de 1578 73. La botica monástica debió comenzar a funcionar en 1573, año en que se modifica la asistencia farmacéutica al personal laborante y a la congregación jerónima. En ese año se producen tres hechos decisivos: en los meses de marzo y abril, Felipe II entrega 4.000 reales a su boticario Rafael de Arigón para que compre todas las drogas necesarias para abastecer y proveer la botica monástica 74; en el mes de septiembre, Felipe II hace relación, mediante cédula real, de todas las personas que tendrán dere-----71 En un memorial de Felipe II al Prior de San Lorenzo, fechada en julio de 1564, se hace referencia a dichos servicios sanitarios: «... el claustro de la enfermería está bien en la traza y conforme a la del prior, Habra en los bajos cuatro celdas y la botica... y encima el suelo del medio en la torre... y a la parte de mediodía cuatro celdas encima de las cuatro bajas... y a la del poniente puede haber otras cuatro o cinco celdas, todo esto de enfermería». 72 Carta de Fundación y Dotación de San Lorenzo el Real, otorgada por el Católico Rey Don Felipe II a 22 de abril de 1567. ZARCO CUEVAS, J. (ed.) (1917) Documentos para la Historia del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial. 74 El boticario real se traslada a Medina del Campo, donde hace provisión de medicamentos, entregándolos posteriormente al vicario y proveedor del monasterio y al fraile boticario del mismo. Existen dos copias más de esta cédula real: una en AGP. 20-20vo y otra en el Archivo de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial (en adelante, AME), carpeta IV, leg. 318. cho, a partir de esa fecha, a medicinas por cuenta real suministradas por la botica escurialense 75; en ese mismo mes, comienza a abastecer de medicinas a los laborantes de la fábrica Juan Álvarez, quién aparece en las cédulas reales como boticario de la villa, desapareciendo desde entonces el título de boticario del monasterio, probablemente por la llegada de un fraile boticario 76. Todo ello nos hace pensar en un nuevo sistema de abastecimiento de medicinas, a partir de esta fecha, a través de dos boticas: la botica monástica, encargada del convento, seminario, hospital y principales criados reales, además del rey y su corte en los períodos de estancia en el real sitio y la botica de la villa, que abastecía a todo el pueblo y al personal laborante de la fábrica 77. La hipótesis de esta asistencia dual se ve avalada por un incremento anual del gasto de medicinas, improbable para un número fijo de personas como el establecido por la cédula real de Felipe II78 y por la existencia de dos médicos en El Escorial: el médico del monasterio, que formaba parte de los médicos reales de Felipe II, encargado de la asistencia a la congregación, capellanes y personal superior de la fábrica y un médico-cirujano, que asistirá en el hospital fundado por el rey en la villa, a la gente laborante y a los vecinos de El Escorial 79. Se repite en el entorno escurialense la asistencia establecida en la corte ma-----drileña: médicos de cámara y boticarios reales para el monarca y la familia real; médicos de familia y boticarios contratados para todo el personal cortesano. La botica monástica estaba instalada en los bajos de la torre de la enfermería. Se accedía a ella por la puerta postrera de la misma y tenía tres zonas principales: un aposento grande, donde se almacenaban las medicinas; una rebotica y seis salas en el sótano, donde se hacían jarabes, infusiones, zumos... y se almacenaban herramientas 80. Parece ser que dicha botica ya está en funcionamiento desde el primer año de traslado de los jerónimos al monasterio 81. Al frente de dicha botica estuvo, desde sus orígenes, fray Francisco de Bonilla, fraile boticario de acreditada categoría, que con posterioridad intervino en la construcción del edificio donde se instaló el laboratorio de destilación 82. En 1585 comenzaron las obras de construcción del laboratorio de destilación. Aunque Maganto Pavón supone que esta edificación era la botica monástica definitiva, considerando la de los bajos de la enfermería como una provisional, la descripción de Almela demuestra claramente que se trata de un laboratorio dedicado exclusivamente a la elaboración de destilados, comunicado con la botica, pero independiente de ella y del monasterio 83 y que Jean L'Hermite denominó como mayson pour ----316. Más información sobre los diversos médicos que ocuparon ambas plazas puede hallarse en MAGAN- TO (1995) 81 En abril de 1571 se encarga a dos artesanos toledanos la construcción y decoración de las cajas destinadas a dicha botica. «La botica de San Lorenzo el Real de El Escorial» en CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, F.J. (dir.) La ciencia en el Monasterio de El Escorial. En agosto del mismo año se estipulan las cantidades de dinero necesarias para el abastecimiento de la botica escurialense: 300 ducados anuales para conservar las drogas de la botica; 100 ducados para conservación y renovación de las cajas, redomas y otras cosas del servicio y 100 ducados para conservas que se deben hacer y tener. San 82 Sobre la botica monástica puede consultarse AUBERSON, L.M. (1970) «La antigua botica del Real Monasterio de El Escorial. Ejemplar institución de la farmacia española en el siglo XVI», Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Farmacia, 81, pp. 9-14; HOSSARD, J. (1961-62) «La pharmacie de l 'Escorial», Revue d'Histoire de la Pharmacie, 15; LÓPEZ GAJATE, J., op. cit. en nota 81; PUERTO SAR-MIENTO, F.J. «La farmacia renacentista española y la botica de El Escorial» en CAMPOS Y FERNANDEZ DE SEVILLA (1993), tomo I, pp. 73-131 y ROLDÁN GUERRERO, R. (1933) «La pharmacie du monastère de St-Laurent de l 'Escorial», Revue d'Histoire de la Pharmacie, 34, pp. 204-208. Si bien la obra principal donde se hace un estudio más extenso y detallado de dicha botica se encuentra en MAGANTO (1995). 83 Siguiendo la descripción de Almela, primero habla de la botica situado en los bajos de la enfermería, sigue con la descripción de los llamados corredores del sol y luego indica que «entran desde aqui [desde los corredores] por debajo de este dicho medio patio de corredores por otro postigo bajo a las otras oficinas de la dicha botica, y entran a otro patio donde hay otras cinco oficinas de la dicha botica». A continuación prosigue con la descripción de una serie de salas destinadas exclusivamente a la destilación. Fue construido por iniciativa personal del monarca85, comenzando las obras en 1585. Se erigió en torno a un patio rectangular de tres pisos, tal y como detalla Juan de Herrera: «arrimado al muro del corredor de enfermos por la parte de poniente, se ha hecho un patio con tres cuartos todo para el servicio de la botica, donde hay destilaciones y cosas de este oficio...»86. La obra finalizó en 1586 y disponía de dos plantas y un sótano. En la planta baja había cinco oficinas, dos para destilaciones, una para prensas y morteros, otra para hornos y otra para quintaesencias. La planta superior constaba de dos amplios aposentos: uno con un gran horno y en el otro el célebre destilatorio de Matiolo87. La supervisión de las obras así como el diseño de los diferentes aparatos destilatorios fue llevada conjuntamente por Forte y fray Francisco de Bonilla. Forte figuraba como intermediario real, encargado de supervisar todas las obras e instrumentos a comprar, así como de llevar las cédulas reales donde se libraban las cantidades de dinero necesarias. Fray Francisco de Bonilla era el fraile boticario, encargado de controlar todo lo que se hacía en una estancia que, aunque independiente, estaba bajo la autoridad de la botica escurialense. Entre octubre de 1587 y noviembre de 1589 se elaboraron todos los alambiques, hornos y baños necesarios para dicha destilación 88. Como principal artífice de los destilatorios de El Escorial figura Diego de Santiago, creador, al menos, de dos de los cuatro aparatos de destilación instalados en el laboratorio escurialense. No sabemos como entró en contacto con el entorno real, cerrado a cualquier tipo de relación con el exterior en materia destilatoria, pues los destiladores reales tenían prohibido vender por si mismos o por terceros las aguas ----que elaboraban, trabajando exclusivamente para el monarca. Lo cierto es que Santiago diseñó dos destilatorios escurialenses y trabajó con Forte en su colocación, aproximadamente, entre 1587 y 1590. Instaló su propia creación, descrita en su obra, así como un segundo destilatorio, destinado a destilar aceites, armado en 1590 89. Como recompensa a sus esfuerzos, solicitó al monarca la patente de invención de su destilatorio por un período de veinte años 90. El período de concesión fue de diez años, bajo la sanción de 30.000 maravedíes para los que utilizasen sin licencia el aparato 91. A la vez, también se le debió conceder el ansiado título de Destilador de Su Majestad, que figura en la portada de su obra, pero de forma honorífica, pues no tenemos constancia de que trabajase para el servicio real en ninguno de los tres destilatorios reales que funcionaron en los últimos años de reinado de Felipe II. En el laboratorio escurialense hubo cuatro aparatos de destilación 92: el primero, en la estancia baja, formado por 32 vasos de destilación depositados en un cajón cuadrado que hacía de recipiente del vapor de agua como fuente de calor, traída de una caldera exterior al cajón 93. El segundo, en la estancia alta, era un torre filosofal de 20 pies de alto y del perímetro de tres hombres con sus brazos extendidos, un ----89 Así aparece descrito en el manuscrito 8458 de la Biblioteca Nacional de Madrid (en adelante, BN). Se trata de un manual de botica, fechado a finales del siglo XVI, con diversos textos apropiados para tal arte, entre los que destaca un tratado de destilación, con figuras de aparatos destilatorios hábilmente delineados. Sobre el destilatorio de Santiago dice: «el qual destilatorio le puso en Señor San Lorencio el real un destillador que se decia Santiago con el que sacó azeite de clabo y de canela y otros azeites. 90 Santiago recuerda al monarca lo mucho que ha trabajado a su servicio, tal y como puede acreditar el protomédico Valles y todos los que han estado con él, describiendo a continuación el artilugio por él diseñado y que confirma que, tal y como se suponía, es el descrito en su obra: «que el ha hecho una invención para distilar por vapor aguas y azeytes de qualesquier simples y compuestos la mejor y mas facil que hasta oy se ha hallado como se ha visto por la experiencia que con ella se ha hecho. La qual es a modo de un canal donde están fixados los alambiques de vidrio de diferentes formas y frascos, y en ellos se pone lo que se destila comunicándose el vapor por un caño que viene de una caldera al dicho canal». Cámara de Castilla, leg. Ref.: GARCIA TAPIA, N. (1990) Patentes de invención españolas en el Siglo de Oro. 92 La mejor descripción de los aparatos destilatorios escurialenses se encuentra en ALMELA (1594) y L'HERMITE (1876). Utiliza para describirlo numerosas referencias de Gesner, Porta y Biringuccio. Fue autor de la obra De la Pirotechnia. Dedica el segundo capítulo del noveno libro a la destilación. En él describe distintos tipos de hornos así como torres de destilación, similares a las también descritas por Pietro Andrea Mattioli. enorme artilugio que servía, en la práctica, para destilar grandes volúmenes de agua, de 180 a 200 libras en veinticuatro horas. Es una columna hueca formada por planchas de latón encajadas unas a otras y reforzado en su interior por seis barras de hierro. La fuente de calor era vapor de agua generado en una caldera cercana a la misma torre. Para preparar los vasos de destilación, el destilador debía introducirse dentro de la torre por la puerta inferior 94. En la misma estancia de la torre filosofal se hallaba adosado a una pared un artilugio formado por 26 vasos de vidrio conectados entre si a diferentes alturas, depositados sobre una alquitara de cobre 95. El cuarto aparato destilatorio era de menor capacidad, 90 libras en 24 horas, y es el instrumento descrito por Diego de Santiago en su obra. Estaba compuesto por tres cajoneras de madera guarnecidas de latón o cobre, dispuestas ortogonalmente, con el vértice en una misma caldera 96. Una vez que el laboratorio comenzó a funcionar, Forte solicitó licencia para regresar a su patria por un período de año y medio, licencia que le fue concedida en 1591 97. Ese mismo año recibió una merced de 2.000 reales en concepto de atrasos y por toda su labor al servicio real, confirmándose así la posición de prestigio que suponía ser Destilador de Su Majestad, uno de los oficios reales mejor pagados 98. Sabemos que Forte regresó a España, incorporándose a la plantilla fundadora de la Real Botica. Esta nueva institución, cuya fecha de fundación parece situarse en 1593, modifica el servicio farmacéutico que hasta entonces había utilizado Felipe II. Se termina con la asistencia de la familia Arigón y se instala una botica en las dependencias palaciegas, contratándose boticarios encargados de su atención 99. Es la famosa torre de Matiolo, probablemente inspirada en algunas de las torres descritas por Mattioli, tal y como decíamos en la nota anterior. Una de las torres ideadas por Mattioli puede verse en FORBES (1970), p. Según el manuscrito citado en la nota 89, ff. 67vo-68, este aparato fue ideado y construido por Diego de Santiago, aunque no es el que él describe en su obra. Se empleaba para destilación de aceites, pues la disposición y el tamaño de los vasos no permiten manejar grandes volúmenes de destilados. Ref.: LORING PALACIOS, J.M. (1993) «Aportación de los destiladores de El Escorial a la fabricación de quintaesencias: materia vegetal empleada en dichas técnicas y un tratado anónimo de destilación (siglo XVI) en el ámbito escurialense» en CAMPOS Y FER-NÁNDEZ DE SEVILLA (1993), tomo I, pp. 585-616. 96 Este aparato fue representado por L'HERMITE, pl. 15. LORING (1993), dibuja este artefacto tal y como fue ideado por Santiago, p. CR, tomo VIII, fol. 71vo. 99 El 20 de febrero de 1594 se recibe el juramento de la primera plantilla de boticarios al servicio exclusivo del monarca y su corte. En total eran siete: un boticario mayor, tres ayudas y tres mozos de oficio, todos ellos boticarios examinados por el Protomedicato. 429. meras normas de gobierno de esta dependencia 100 se incluye la figura de un destilador, encargado de destilar las aguas necesarias en tiempo de hierbas y hacer los jarabes, durante el resto del año. Para tal puesto se nombra a Giovanni Vincenzo Forte, a cuyo cargo estaban los destilatorios reales. A él deberán acudir los ayudas y mozos de oficio de la Real Botica para recoger las cosas necesarias. Por estos documentos también sabemos que las llamadas medicinas químicas, probablemente todas las elaboradas por Forte, sólo podían ser dispensadas con receta firmada por los médicos de cámara, lo que restringía su uso a la familia real, beneficiaria de los servicios de esta clase médica 101. Desde 1587, fecha en que se le confía la instalación del laboratorio escurialense, y hasta su regreso, será su hijo Valerio Forte quien se encargue de la destilación madrileña 102. En diciembre de 1588 se elige como destilador real de El Escorial a Antonio Canegieter. La elección es hecha directamente por el soberano, quien comunica su decisión al Prior del Monasterio. Se le encargó la destilación de aguas, aceites y demás sustancias, tanto para la botica del monasterio como para cualquier otro lugar donde se le ordenase. Debía tener dedicación absoluta, no pudiendo vender ni dar lo que ----100 No aparecen como tales, sino como dos documentos, uno escrito por el Protomedicato y otro por el secretario real, donde se detallan las normas de funcionamiento de esta nueva institución real. Los documentos que han llegado hasta nuestros días son una copia inicial, con numerosas anotaciones laterales, por lo que suponemos que, a partir de ambas disposiciones, se elaboró la directiva fundacional. El primer documento, fechado en 6 de diciembre de 1594, está firmado por los protomédicos Oñate, Zamudio de Alfaro y Mercado y consta de 23 puntos. Ha sido reproducido por VEGA PORTILLA, J. (1946). «La botica real durante la dinastía austríaca». El segundo, fechado en 16 de diciembre de 1594, está firmado por el secretario real Juan de Espina y consta de 18 puntos. 101 Los protomédicos elaboraron un listado de aquellas medicinas que no serían dispensadas en la Real Botica, a pesar de llevar receta firmada por los médicos reales. En ella se incluían: las aguas (de dientes, de todas las flores, de azahar, de mosqueta y aromáticas); los aceites (de clavos, de canela, de anís, de hinojo, de azahar, de vitriolo, de romero y de cera); las sustancias químicas, sin especificar, pero incluidas conjuntamente con los aceites; y diversos productos de confitería: azúcares, mieles y especias. Estas sustancias sólo debían entregarse a médicos de cámara. Sustituirá a su padre en 1601, cuando Giovanni Vincenzo Forte solicite la jubilación a Felipe III y la licencia para trasladarse a su patria natal. Felipe III se lo concederá, así como la merced de que su hijo herede la plaza de Destilador Real, que tan solo un año después será transformada en Destilador Mayor, con residencia permanente en Aranjuez. La familia Forte permanecerá vinculada al cargo hasta 1679, fecha en que fallece el último descendiente de esta saga de destiladores. destilase por cuenta real, ni pudiendo destilar nada por cuenta propia. Estaba bajo la supervisión de los protomédicos y médicos de cámara así como del fraile boticario, fray Francisco de Bonilla. Desconocemos su procedencia, aunque si parece que vino de lejos, pues se le concedió una ayuda de 200 ducados para que trasladase e instalase en El Escorial a su familia. El Prior quedó encargado de darle una vivienda y su sueldo anual quedó fijado en 300 ducados 103. En noviembre de 1590 el destilatorio escurialense estaba a pleno rendimiento, disponiendo ya de tres peones, nombrados por el fraile boticario, y dedicados a diversas labores: proveer de leña el destilatorio; lavar vasos y redomas; subir agua para llenar las arcas; limpiar y escoger las hierbas, flores, semillas y raíces; cultivar las plantas medicinales encargadas por el fraile boticario en épocas de menor actividad destilatoria 104. El laboratorio fue aumentando con el tiempo, mandándose construir a finales de 1593 un nuevo destilatorio largo de cobre 105. En 1594 Canegieter se traslada, por mandato real, al destilatorio de Aranjuez, debido al fallecimiento de Holbeque. Su propio defunción se producirá tan sólo unos meses después. De todos los destiladores reales, parece ser que Canegieter fue el que gozó de mayor favor real, pues el rey le trata con gran consideración en todos sus escritos y tuvo grandes atenciones con su familia 106. Fraye, yerno de Canegieter, ejerció como destilador interino en El Escorial tras la ausencia y posterior muerte de su suegro 107. En noviembre de 1595 es nombrado destilador real de El Escorial, debido a la buena relación que había tenido el rey de su habilidad y suficiencia. Sus obligaciones eran las mismas que las de todos los destiladores al servicio real. Fraye servirá en El Escorial hasta 1598, año en que se traslada a Aranjuez como ayuda del destila-----dor del real sitio 109. Con él finaliza la presencia de destiladores laicos en El Escorial, pasando todas las dependencias a poder de las autoridades religiosas 110. Tras el fallecimiento de Canegieter, Felipe II nombra como sustituto suyo en Aranjuez a Juan de Sancten. Su cédula real de nombramiento está fechada en octubre de 1595, con condiciones idénticas a las ya reseñadas para otros destiladores reales. Su sueldo será el mismo que el estipulado para Fraye, 200 ducados anuales 111. Nada más sabemos de este destilador. Se eligió como ayuda suyo a Fraye, dejando vacante el puesto de destilador en El Escorial. Coincide con los últimos momentos de Felipe II y parece que su actividad queda vinculada exclusivamente a la elaboración de diversas aguas utilizadas como vehículos disolventes de otros preparados medicinales. A la vista de lo expuesto, parece evidente el interés de Felipe II por las prácticas espagíricas en una fecha tan temprana como la década de los sesenta. Es en este momento cuando debe fecharse la introducción de los remedios químicos en la corte española, cuando el monarca decide contratar los servicios de Francisco Holbeque, si bien la consolidación de las prácticas espagíricas se produce veinte años después, con la llegada de Forte y la construcción del laboratorio de destilación escurialense. Este avance en terapéutica quedó circunscrito a los ámbitos reales, pues no parece que ----109 AGP. Los puestos monásticos serán ocupados paulatinamente por frailes especializados. En las cédulas reales del monasterio, conservadas hasta el siglo XVIII, no se encuentra ningún otro nombramiento de destilador, ni asuntos relacionados con la destilación. La última noticia está fechada en 1596 cuando, entre las obras proyectadas en el monasterio, aparecen los reparos hechos en los destilatorios de la botica monástica. San fueran prácticas muy extendidas entre los boticarios españoles de finales del siglo XVI. Las únicas noticias sobre este aspecto, las obras de Valles y Santiago, tienen una clara vinculación con el ambiente cortesano. Aún así, la confirmación de nuestros supuestos deberá esperar la aparición de estudios rigurosos sobre las verdaderas prácticas de los boticarios y sus fuentes de información al respecto. La renovación promovida por Felipe II se vio abortada a su muerte. Su hijo, probablemente influenciado del tradicionalismo defendido por su protomédico Mercado, abandonó cualquier tentativa de evolución. El magnífico laboratorio de El Escorial fue cedido a los monjes jerónimos y fray Francisco de Bonilla fue jubilado el mismo mes de septiembre de 1598, fecha del fallecimiento de Felipe II, siendo sustituido por fray Hierónimo de Santa María, nuevo fraile boticario que «aunque lo había sido del siglo, sabía poco del menester y acá lo exerció menos» 113. El laboratorio de Madrid también se abandonó, instalándose desde 1606 una habitación, dentro de las dependencias de la Real Botica, donde se almacenaban las aguas elaboradas en Aranjuez. Este laboratorio, que había sido el primero en establecerse, fue el que perduró como tal durante todo el siglo XVII y parte del XVIII, siendo desmantelado en 1723 por Luis Riqueur, boticario mayor de Felipe V. En 1602 se trasladaron todos los servicios de destilación a Aranjuez, creándose la figura del destilador mayor, vinculada hasta 1679 a la familia Forte. Las únicas aguas elaboradas a partir de entonces fueron las aromáticas, para rociar y sanear los cuartos reales, y las cosméticas, para dientes y heridas. La recuperación de la espagiria en el entorno real no se producirá hasta 1693, cuando se tomen las medidas necesarias para la creación del Real Laboratorio Químico 114. En la segunda mitad del siglo XVII parece ser que existió un gremio de destiladores en Madrid, pero estaban más vinculados a la fabricación de bebidas refrescantes que a la elaboración de aguas medicinales 115. 114 Sobre la creación y evolución de esta dependencia en los últimos años de siglo XVII ya hemos realizado un estudio. 115 SANTAMARÍA ARNAIZ, M. (1986) La alimentación de los españoles bajo el reinado de los Austrias. Interesa, para este estudio, el capítulo XXVII: «La moda de las bebidas frías.
para ello se estudian, en distintas secciones, las obligaciones de los Boticarios en tanto que técnicos del medicamento y en su condición de Ministros Mayores del Establecimiento, su engranaje en el entramado sanitario del Centro y los conflictos que aparecen entre los diversos estamentos, su formación, sus sueldos -que se comparan con el de otros profesionales afines y aún con los de otros Hospitales españoles de similares características-, los criterios de su nombramiento así como el origen y la consideración social que su cargo les depara. votivamente a visitar el sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor. Esta misión de acogida, prontamente fue complementada por otra sanitario-asistencial con la que continuó hasta mediado el siglo XX. A la dotación médico-quirúrgica, que desde el primer momento precisó la Pía Institución, se le añadieron los indispensables servicios farmacéuticos, con la creación de una botica propia, que estuvo operativa desde los primeros momentos y permaneció hasta 1880, año en que se suprime, para pasar a abastecerse de otras farmacias de la ciudad. El servicio de la botica estaba en principio dirigido a los enfermos hospitalizados, a los empleados del Hospital, a los niños expósitos de la inclusa con que contaba el Establecimiento, a los pobres de la ciudad que solicitaban de sus servicios y a los peregrinos enfermos que llegaban a sus puertas. Sin embargo, durante algunos períodos de su historia la farmacia fue pública, de modo, que cualquier particular podía abastecerse de los medicamentos que en ella se preparaban, previo pago de los correspondientes honorarios regulados mediante una tarifa oficial. Se trataba sin duda de una farmacia de primer orden, a tenor de los recetarios e inventarios que de ella hemos estudiado, perfectamente dotada en cuanto a la preparación técnica de sus profesionales y al utillaje y materiales en ella presentes en cada momento de su dilatada historia. La actividad de la botica, como la de toda la vida hospitalaria, viene determinada por una serie de disposiciones legislativas que se sucederán a lo largo de los años. En primer lugar, por su rango, hay que considerar las sucesivas Constituciones que se otorgaron al Hospital; estas son tres, las iniciales fueron dictadas por el Emperador Carlos V en el año 1524, en ella se dan las primeras instrucciones para el ordenamiento de la botica -aunque esta estaba ya operativa desde al menos trece años antes. Siguieron a estas las de Felipe II, del año 1590, especialmente interesantes por entrar en materia detallada referida a la Farmacia. En 1804, el Rey Carlos IV promulga las últimas Constituciones para el régimen y Gobierno del Hospital. A este primer grupo de normas, y aunque de naturaleza diferente, hay que añadir -dada su importancia-los Mandatos de Visita dados por Carlos II en 1697, aunque aprobados y confirmados en 1700. La estructura de la Institución se concibe desde su fundación a modo de un cenobio, resultante del frustrado deseo de convertir el Monasterio Benedictino de San Martín Pinario de Santiago en centro sanitario principal de la ciudad. Es preciso tener muy presente esta intencionalidad para comprender el deseo de los legisladores de hacer participar a los Oficiales de la Casa en una serie de actividades comunitarias que nada tienen que ver con su cometido profesional. Este régimen de comunidad, al persistir en el siglo XVIII cuando entre en crisis el modelo institucional tradicional, planteará no pocos conflictos 1. En este trabajo, que es fruto básicamente del análisis de la documentación que relativa a la Pía Institución se conserva en el Archivo Histórico Universitario de Santiago, Serie Hospital Real (AHRC) -y que durante los últimos tres años he estado revisando para la elaboración de mi Tesis Doctoral-, vamos a ver la actuación de los Boticarios bajo los aspectos que afectan a sus relaciones personales dentro del Centro, así como a sus funciones en el entramado sanitario del Hospital. EL PERSONAL DE LA BOTICA Siendo el objetivo de este artículo conocer la actividad de los boticarios de la Pía Institución, junto a ellos, habrá que prestar también atención a quienes gozando de esa titulación desempeñan el cargo de Ayudantes; al mismo tiempo habremos de considerar las relaciones que en función de su tarea, estos profesionales mantienen con otros Oficiales directamente relacionados con los servicios farmacéuticos. A lo largo del período que abarca nuestro trabajo, la botica del Hospital apenas sufre variación en lo que a su número de empleados se refiere; tampoco se experimentan cambios en sus obligaciones ni en su relación mutua, y en este sentido, lo que de ellos se dice en el año 1701, es igualmente válido al final de la centuria. La organización de la botica aparece perfectamente estructurada ya en los primeros tiempos de su andadura. Esta estructura laboral, con Boticario, Oficial y Mozo -aunque variable en sus denominaciones-permanecerá inalterable hasta 18802, año en que la farmacia del Hospital dejará de existir como tal. Vamos a considerar las circunstancias de este personal adscrito a la oficina desde dos vertientes, la profesional y la puramente humana; esta segunda faceta va a presentar unas características muy especiales, como especial es el ámbito en que se desenvuelve su vida y su actividad. Efectivamente, se da en la reglamentación que atañe a los Ministros y Oficiales la doble intención de enmarcar su actividad profesional y la de regular su aportación a la vida comunitaria de la Casa. Esta circunstancia, que llama la atención a los ojos del observador actual, no es sorprendente en la España de la decimosexta centuria, que es cuando se crean las bases constitucionales que subsistirán en el siglo XVIII. El marcado carácter religioso que rige toda actividad en esa época se mantendrá por algún tiempo más. No obstante, la vigencia de una normativa anacrónica, chocará con el espíritu progresivamente secularizado que campea sobre el siglo XVIII. A continuación vamos a dar cuenta del cometido que se le asigna a cada uno de los profesionales que trabajan en la botica, incluyendo algunas actuaciones concretas que se dan a lo largo del período que estudiamos. ----El Boticario Aunque tengamos que aguardar hasta 1524 para conocer lo que las disposiciones legales otorgan y esperan del boticario, sabemos que en 1511 Guillén de Briviesca estaba ejerciendo ese cargo en el recién estrenado edificio3. Desde el momento en que constatamos la presencia de boticario en la Real Obra, estamos en condiciones de conocer una serie de circunstancias que condicionan su quehacer diario. El boticario es, por su cargo, Oficial principal de la Casa; posteriormente se confirmará su condición de Ministro, lo que llevará aparejado una serie de obligaciones, por ejemplo, la de asistir a determinadas celebraciones religiosas. De ello se da mandato en la Carta de Fundación del Hospital de 1504; se ordena que el boticario, como Oficial, debía participar en la vigilia de la festividad de Santiago, en la propia Fiesta del Apóstol, así como en la conmemoración de su Traslación. Tal normativa continúa vigente en el setecientos. Igualmente, en las festividades de Todos los Santos y Difuntos, estaban obligados a la asistencia a los oficios y a la Misa de Réquiem que se aplicaba por las ánimas de los Reyes y fallecidos en el Hospital. Con la promulgación de las Constituciones de Carlos V en 1524, se especifican ya detalladamente las obligaciones y derechos del boticario de la Institución. Las de Felipe II acotan aún más sus atribuciones; ni en unas ni en otras se mencionan los empleos de oficial de botica, ni del mozo, y sin embargo, hemos visto que ambos están operando desde época temprana. Como Ministro Mayor del Hospital, el boticario tiene voz y voto en los Cabildos. Estas reuniones se realizan con periodicidad muy variable y se convocan para tratar algún asunto puntual de especial importancia como puede ser la toma de posesión de un Ministro Mayor, etc. En aquellos Cabildos en que se precisa de un debate y votación para la toma de una decisión, el boticario participa por turno, al igual que el resto de los Ministros. Respecto a la frecuencia de los Cabildos, en ocasiones son mensuales mientras que en otras no se realizan más que una vez por año; lo habitual en el siglo XVIII es que tengan una convocatoria trimestral de promedio. Vamos a considerar a continuación lo que podríamos denominar la «cotidianidad» del quehacer profesional del farmacéutico. Lo vamos a hacer de forma somera, dado que la mayor parte de la información que disponemos a este respecto se ofrece en los respectivos apartados de este trabajo, no como hechos centrales, sino complementarios a las diferentes circunstancias que conforman la casuística de la vida de la botica y de sus profesionales. En principio, hay que diferenciar dos posibilidades: la primera será la que a través de las diferentes legislaciones marcan la rutina en la actividad de los boticarios y sus auxiliares. Esta actividad es de carácter imperativo; coloquialmente podríamos decir ----que esta actividad «es la que debería ser». Sin embargo, no siempre la praxis farmacéutica -en un entorno sanitario tan complejo y en ocasiones cambiante como es el del Hospital-permite llevar a cabo escrupulosamente las disposiciones legales que reglamentan esa actividad. Ello es así, fundamentalmente, porque frecuentemente dejan de darse las condiciones ideales que se pensaron para el desarrollo de la labor farmacéutica. Así por ejemplo, no se adecua el personal de la botica a las frecuentes oscilaciones del número de enfermos, lo que comporta que, si en ocasiones los profesionales adscritos a la farmacia son más que suficientes, en otros momentos de la vida hospitalaria éstos van a encontrar serias dificultades para atender adecuadamente las obligaciones que las ordenanzas les imponen. A pesar de las posibles carencias coyunturales, que sin duda periódicamente se dan en el suministro de fármacos a los enfermos del Hospital, la botica siempre tuvo capacidad de autoabastecimiento; queremos decir con ello que no hubo necesidad de recurrir a la adquisición de medicamentos en otras oficinas, tal como aconteció en otras instituciones de carácter análogo, como es el caso del Hospital de San Hermenegildo de Sevilla, en cuya botica únicamente se preparaban los remedios más frecuentes, «...al mismo tiempo que se adquiere fuera, en alguna de las boticas privadas establecidas en la ciudad, aquellos (fármacos) que tienen una indicación poco frecuente»4. No son pocos, ni en ocasiones cortos, los períodos en los que falta el titular de la botica, por enfermedad, fallecimiento o relevo, tal como informamos en otros apartados. En esos espacios de tiempo se ve reducido el personal, sin que se prevea una sustitución temporal del mismo (excepto en puntuales ocasiones). Por todo ello y por otras circunstancias de menor incidencia, la pretensión de un cumplimiento escrupuloso de las ordenanzas ha de descartarse en buena lógica. De esta manera lo debieron entender los sucesivos rectores de la Obra Pía, ya que son poquísimas las denuncias y menos aún las sanciones que se citan por inobservancia de las Constituciones. Vamos a dar a continuación unas pinceladas de lo que era la práctica real el día a día de la Botica del Hospital. En 1792 se nos ofrece, por única vez, una información detallada del horario que la botica había de cumplir. La noticia radica en que, ante una reiterada demanda, se produce un reajuste de los salarios así como una regulación de la plantilla, que afecta a distintos oficiales del Hospital 5. Al tiempo que se accede a este aumento de sueldo, y «...sin perjuicio del buen concepto que merece el actual boticario...», el Administrador le recuerda el cumplimiento de sus obligaciones, a él y al oficial: «...conservando abierta la Botica desde antes de la visita de la mañana hasta el medio día, y por la tarde también desde antes de la visita hasta la hora de la seis en verano, y la de quatro y media en Ynvierno, y sin faltar su concurrencia en el restante tiempo a subministrar ----lo que se necesite en los casos que ocurran, y se establezca la intervención del Oficial en el recivo y cuidado de Azucar, Aguardiente y aceite,...y se tengan en ella (la Botica), vajo de dos llaves, las partidas que por orden reciban, teniendo una llave el Boticario, y otra el Oficial...». Como se aprecia, hay fijado un horario de atención al público intrahospitalario y que enmarca el tiempo que el boticario debe permanecer en la oficina atendiendo a las tareas de preparación de las recetas para las salas de enfermos. Pero además, se le dice que el resto del tiempo debe estar localizado y disponible para las urgencias que pudieran presentarse a cualquier hora. La vida del boticario estaba completamente condicionada por su calidad de Ministro Mayor de la Institución; las sucesivas constituciones y mandatos preveían su dedicación exclusiva y exhaustiva al Hospital: sin embargo, la práctica diaria permitía al farmacéutico una cierta delegación en su auxiliar, y con ello, destinar determinados momentos a su vida privada. Con todo, el farmacéutico fue, en definitiva y a lo largo de los años, un íntegro y eficiente profesional totalmente entregado al Hospital. Su rutina diaria comenzaba muy temprano, como muy temprana era la actividad en la Casa y en la ciudad. Su primer acto obligatorio era la visita a los enfermos en las salas, en compañía de los médicos y cirujano. Esta visita constituía el momento culminante de la vida Hospitalaria. El farmacéutico iba anotando los tratamientos que el médico le dictaba y el enfermo al que se destinaba (no de cama). Era frecuente, dado que los dos médicos consultaban simultáneamente, que el mancebo acompañara a uno de ellos. Cierto que ello contravenía las ordenanzas, pero no menos cierto que estas no ofrecieron nunca alternativas a sus propias deficiencias, y por lo tanto era labor de los profesionales solventar mediante una práctica responsable los problemas que se planteaban. Terminada la visita, de duración variable, el boticario, por mandato constitucional, acompañado del médico, bajaba al zaguán para atender a los enfermos pobres de Santiago y de los alrededores, suministrándoles los preparados oficinales más usuales en cada estación. No se confeccionaban para estos enfermos de consulta externa formulas magistrales, por lo que, en la mayoría de los casos la medicación suministrada era totalmente inespecífica. El aspecto más positivo de esta apresurada visita -no duraba más de un cuarto de hora 6 -era que posibilitaba el internamiento de alguno de estos enfermos después del examen facultativo. A la hora de la comida de los enfermos el boticario tenía obligación de estar presente en ella. Por la tarde tenía lugar otra visita a las salas, que sería de características similares a las de la mañana, aunque deteniéndose únicamente en los enfermos que en aquella se señalaran como más precisados de atención, o los que en el intervalo hubieran sufrido un agravamiento. De esta visita vespertina tenemos alguna noticia relacionada con el boticario, como un violento episodio sucedido en 1714, del que ----6 Constituciones de Carlos V. 1524. No 44. hablaremos más adelante, que enfrentó al boticario Antonio Ramos de Solís con el médico Domingo Sanjurxo Arellano. Este suceso nos ilustra respecto a la hora de la visita de la tarde, la una, por lo que también podemos suponer la hora de la comida, que sería en torno a las doce. El resto del tiempo el farmacéutico lo dedicaría a la preparación de las recetas prescritas en las visitas efectuadas ese día. Una parte de las medicaciones realizadas se confeccionaban en grandes cantidades una o dos veces al año; se trataba, como es lógico, de preparaciones de frecuente prescripción y costosa elaboración, que estarían así dispuestas para su consumo en ese largo período. En un escrito fechado en Madrid el 26 de Mayo de 1723, se da fe de que el farmacéutico Ignacio de Arredondo Recamán es requerido en Madrid por la Real Cámara, llamamiento que soslaya aduciendo que tiene mucho trabajo en la botica por realizarse en aquella época las infusiones, confecciones y destilados de aguas para todo el año; esta tarea debió parecer a la Cámara muy importante e inaplazable, por cuanto en efecto se le alzó la orden de acudir a la convocatoria y se le exhorta a que ejerza su oficio en el Hospital. Otra de las tareas de las que debe ocuparse el boticario es la de marcar las pautas para el cultivo, en la huerta del Hospital, de las especies vegetales que precisará para preparar determinadas medicaciones. El hortelano del Centro debía ajustarse al criterio de aquel en la elección de los cultivos a realizar, siempre en función de las necesidades terapéuticas del momento, la escasez de géneros en los proveedores habituales y las posibilidades de éxito en esos cultivos. Aunque no adscrito a la botica, el hortelano del Hospital tiene una innegable relación con ella; por mandato Constitucional, emanado de las promulgadas por Carlos V en 1524, este profesional estaba encargado de cuidar la huerta aneja al edificio hospitalario y en ella cultivar las hierbas útiles en la botica, fundamentalmente las de difícil adquisición en la ciudad. El espacio destinado a huerta no era ciertamente extenso, la propia Constitución 63, de las antes citadas, la describe como pequeña, de tal forma que se duda entre disponer de un hortelano que se encargue exclusivamente de su cuidado, o encomendar ésta, a tiempo parcial, a persona ajena a la Institución. Aunque imposible de cuantificar, a la vista de los datos disponibles, la incidencia del producto de la huerta en el suministro de géneros a la botica es ciertamente pequeño, considerando el volumen global de los que entran en la misma. Hay también extensas lagunas documentales acerca de la variedad de vegetales que se cultivan en el recinto. La información más rica de que disponemos, que nos da una relación completa de lo que en la huerta se cultiva, así como de las necesidades que deberían cubrirse, hace referencia al último siglo de la actividad de la Farmacia7. La huerta y el hortelano sufren, a lo largo de la historia del Hospital, las lógicas variaciones que dicta la evolución terapéutica por un lado y la política de gestión del ----Centro por otro. Igualmente, la calidad de los que en ella se emplean está sujeta a la misma variabilidad que cualquier otro puesto del organigrama de la Institución. El Oficial de Botica Respecto al Oficial Mayor, llamado en ocasiones «Mancebo de la Botica» y «Ayudante», tiene categoría de Ministro Menor, sin voto en los Cabildos, siendo su elección y nombramiento privativo del Administrador del Hospital. El grado de formación del oficial es variable según los tiempos. En la casuística veremos que esta plaza la ocupa con frecuencia un boticario aprobado, mientras que en otras ocasiones desempeña este empleo, como práctica obligada, un candidato a la obtención de ese título. Miguel Valero, ayudante de botica en 1769, abandona el puesto para establecerse por su cuenta en la misma ciudad de Santiago. No es precisa la ausencia del titular para ver al mancebo u oficial desempeñando la tarea más específica de aquel, la preparación de los medicamentos. En 1714, con motivo de un conflicto que incumbe al boticario Antonio Ramos de Solís y del que daremos más profusa información en el capítulo que cierra este trabajo, se toma declaración al entonces oficial, cuyo nombre aparece ilegible en el documento, pero del que sabemos que contaba con veintisiete años, y que manifiesta: «...allo en ella (la Botica) al dho D. Antonio Ramos su amo sentado...y habiéndose puesto el que declara a componer las medizinas para los enfermos...» 8 Por citar algún caso más de sustituciones llevadas a cabo por el auxiliar, mencionamos la ausencia por abandono no autorizado del titular Ignacio Arredondo y Recamán, que hubo de ser detenido en Pontevedra por un alguacil del propio Hospital en 1730. En aquella ocasión quedó al frente de la botica el oficial mayor Juan Francisco Ramos. Otra causa obligada de quedar el oficial al frente de la oficina era el fallecimiento del boticario y en tanto no se procedía al nombramiento del nuevo titular. Esta norma, regularmente cumplida, presenta alguna excepción que dará lugar a sus respectivos conflictos. Con el correr del tiempo se pretende un mayor rigor en la atención de la oficina de Farmacia, de modo que únicamente se deja la dirección de la misma a un mancebo en el caso de que este sea ya boticario titulado, aunque ejerciendo funciones auxiliares. Al solicitar la previsible futura vacante por enfermedad del titular, Juan García Cuervo, a la sazón oficial mayor, suplica le sean tenidos en cuenta sus más de veinte años de servicio en la botica, pero hasta que llegue el momento de ocuparla, solicita ----8 AHRC. Rentas del Hospital, 1.769. «... en interín nombrarle para que sirva las ausencias, y enfermedades en cuyo caso esta prompto ha havilitarse y exponerse de Boticario por el Real Protomedicato»9. Ello nos indica dos cosas; en primer lugar, las ausencias ocasionales, sin prolongación en el tiempo, eran suplidas por el oficial; ahora bien, al producirse éstas de forma reiterada, o por espacios prolongados de tiempo, se precisaba de un boticario examinado que asumiera en plenitud las responsabilidades de la oficina; es por ello, por lo que el mancebo Cuervo se ofrece a obtener el título de boticario, siendo además tal requisito imprescindible para en su día ocupar el cargo que pretende. El oficial o mancebo tenía un destacado papel en los inventarios que se realizaban al fallecimiento de un boticario. Tales recuentos determinaban las responsabilidades materiales exigibles a los herederos del titular fallecido, una vez contabilizado el balance de los géneros y utensilios de la botica y justamente, en su realización, tenía opinión cualificada el auxiliar como persona conocedora de las cosas de la oficina. En cualquier circunstancia el oficial en tareas de regencia contraía, además de las propias responsabilidades en el aspecto técnico, las contables, derivadas del control de los géneros que entraban o salían de la botica. El propio J. F. Ramos aparece nuevamente en esta tesitura: el 26 de noviembre de 1729 firma la solicitud de los géneros que son precisos para la botica, a fin de que sean adquiridos por la Administración del Centro10. Casi un año después el mismo oficial se hace receptor de otros géneros solicitados para la oficina por el boticario titular11. En Octubre de 1797 tiene lugar un episodio sumamente ilustrativo del organigrama de la botica. El oficial Francisco Xavier Areán solicita permiso para desplazarse a Madrid con el objeto de cursar estudios de medicina. A la vista de ello, la Real Cámara recaba información al respecto al Administrador del Hospital 12: «En la Cámara se ha vuelto a ver el recurso de Fco Xavier Areán, Boticario segundo del Hopl...en solicitud se le concediese licencia por un año para poder venir a Madrid a oir lecciones de Medicina practica, sin cuyo requisito no podía recibirse de Médico...con el goce del sueldo que disfruta como segundo boticario,...aunque fuera dexando un sustituto. La Cámara ha venido en conceder la licencia...con la precisa condición de que deje un sustituto hábil y capaz y que desempeñe el empleo de segundo boticario a satisfacción del primero...» Manuel García Cuervo, primer boticario, acepta la resolución de la Real Cámara. Por su parte Areán designa para sustituirle al mancebo primero de los de la botica de D. Julián Suárez Freire, farmacéutico de Santiago y Visitador General de Boticas del Reino. Este nombramiento y actitud de Areán no debieron ser del agrado de Manuel ----García Cuervo que, en escrito al Administrador, dice que Areán se intitula indebidamente, «Boticario Segundo de esta Real Casa». Ante esta audacia, el farmacéutico invoca las Constituciones 47 y 70 de las de 1524, la 1a de 1590, y el mandato 29 de los de 1697, que hacen relación a él como único boticario del Hospital y, por tanto, encargado de la oficina, de sus géneros y utensilios, siendo Areán oficial o mancebo, nunca segundo boticario. La Real Cámara, en atención a las alegaciones de una y otra parte opta en esta ocasión por un profesional experimentado para cubrir la plaza de oficial, desoyendo la recomendación del boticario, que por deducción proponía a un profano al que debería formar en el oficio. Como manifiesta la Real Cámara, el informe de la administración no fue favorable a los deseos de Manuel Cuervo, debiendo ver la marcada hostilidad del boticario hacia el oficial, que evidentemente restaba objetividad a sus consideraciones respecto al mejor servicio de la farmacia. LA FORMACIÓN DE LOS BOTICARIOS DEL HOSPITAL La formación técnica de los boticarios del Hospital es uno de los aspectos que más interesa considerar a fin de valorar el nivel terapéutico que podía ofrecer la oficina que regentaban en relación con el conjunto de sus colegas españoles y europeos. Así como las fuentes en que bebieron los conocimientos en torno al medicamento fue variando a medida que lo hacía la consecución de nuevos conocimientos, el modo de acceso a las innovaciones técnicas sufrió pocas variaciones a lo largo del período estudiado. Pasamos a continuación a informar de la casuística que referida a la formación de los boticarios de la Obra Pía nos ofrece la documentación disponible. La información de limpieza de sangre de Antonio Ramos de Solís, titular desde 1700, aporta alguna noticia relativa a su formación 13. La declaración del escribano Antonio Moreno, de la jurisdicción de Sobrado, dice del Boticario: 1738, fue evaluado por los médicos y cirujano de la Casa, que lo hallaron suficiente14. Esta prueba, desde luego, no tenía validez más que para establecer un criterio de contratación y no sobrepasaba el ámbito interno del Hospital. Veinte años después, el oficial Cuervo, en escrito dirigido a la Real Cámara en fecha 27 de Septiembre de 1758, solicita la provisión de la plaza de boticario en previsión de una probable vacante, dado el delicado estado de salud del titular. Debido a la carencia de titulación que le capacitara para el cargo, manifiesta «...esta prompto ha havilitarse y exponerse de Boticario por el Real Protomedicato. Así lo espera el splcte. a lo que sea mas del Rl. aquerdo de V. M.» En el capítulo dedicado a los nombramientos de boticario describiremos detalladamente este episodio, por lo que no vamos aquí a insistir más. En cualquier caso, puede ser revelador de la poca oferta de boticarios en esa época el hecho que el solicitante, que a la postre será nombrado farmacéutico titular, no esté examinado y que supedite el trámite a la previa provisión de la plaza en su favor. Es el caso que unos años después de esa petición, en 1763, va a producirse la vacante de la plaza por fallecimiento del titular Agustín Valero. La competencia que se crea entre los dos aspirantes y la necesidad de presentar sus méritos ante la Cámara nos va a permitir conocer la secuencia formativa de ambos. Miguel Valero, hijo del difunto farmacéutico, estuvo de muchacho en la botica del Hospital, practicando con su padre en calidad de aprendiz; pasó después a ejercer como oficial a la del Colegio de la Compañía de Monforte de Lemos, donde permaneció algunos años, estableciéndose posteriormente en la ciudad de León15. Juan García Cuervo, por su parte, antes de entrar a servir la plaza de tal oficial mayor, practicó por espacio de más de cuatro años en la farmacia del Monasterio de Cornellana con Fray Mauro Fernández, su boticario. Posteriormente, al entrar en el Real Hospital practicó con Agustín Valero durante veinticuatro años, sustituyéndolo con frecuencia, haciéndolo en el momento de la solicitud por vacante de aquél 16. En alguna ocasión, la formación del boticario sobrepasaba la que la ley le exigía para ejercer la profesión. Son varios los ejemplos que de ello encontramos en la casuística de los farmacéuticos del Hospital. En algunos casos, los que ejercen en ella tienen la titulación de Doctor en Farmacia -si bien ello ocurrirá en un período posterior al que ahora nos ocupa-, pero también se da la circunstancia de adjuntar a su titulación otras afines, como la de cirujano o médico. Es variable el orden en que adquieren estos dos últimos grados y el de farmacéutico. Presentamos a continuación unos casos que avalan esta circunstancia. Unía a su condición de farmacéutico la de médico. Solicitó la baja como boticario para pasar a engrosar la nómina de médicos del propio Hospital. Francisco Javier Areán, por su parte, actuó como oficial de la botica gozando ya del título de cirujano al tiempo que tenía el de farmacéutico. No contento con ello, en 1797 solicitó permiso para trasladarse a Madrid, con el fin de cursar asignaturas de medicina y obtener esta licenciatura, cosa que conseguiría, pasando a ocupar posteriormente plaza de médico en el Hospital. SUELDOS Y CONDICIONES DE VIDA DE LOS BOTICARIOS La economía personal de los funcionarios del Hospital no es un aspecto nimio en la investigación que nos ocupa, y es así por muy diversos motivos, que no por bien sabidos debemos soslayar. La retribución del farmacéutico nos va a dar una referencia bastante aproximada de la estimación profesional que éste gozaba dentro del or-cidos por el profesor de la Universidad de Santiago Dubert García 17. El coste de la vivienda variaba enormemente con la situación de la misma. Las clases sociales más pudientes habitaban el centro de la ciudad, es decir la zona de intramuros, siendo la periferia la zona a la que en mayor lugar quedaba relegada la población humilde, de escasos recursos. Respecto a los precios, veamos el siguiente cuadro que nos da una idea muy general y tal vez cabría decir que extrema, estando sujeta numerosas variaciones particulares: Arriendo anual 1.243.13 rs. de vellón 288.93 rs. de vellón Teniendo en cuenta que la vivienda del farmacéutico estaba situada justamente por donde en su momento discurría la muralla, aunque eso sí, sumamente céntrica, cabría darle una valoración intermedia entre las más baratas y las viviendas denominadas céntricas. El propio Hospital era poseedor de no pocos bienes inmuebles de los que obtenía jugosas rentas mediante su arriendo. Por citar un ejemplo de 1740, una casa situada en la vecina calle de San Francisco, menor desde luego que la ocupada por el boticario, pagaba un arriendo anual de 390 reales 18. No son sin embargo las de esta zona las casas más cotizadas de las de intramuros -éstas se situarían en las calles paralelas que conducen a la catedral, denominadas rua Nueva y rua del Villar-, por lo que mediante un ajuste razonable, a la del boticario cabría darle una valoración de arriendo cercana a los 500 rs. de vellón anuales. La vivienda que el Hospital ponía a disposición del personal de la farmacia afectaba tan sólo a su titular y no era extensible al resto de sus empleados; no obstante, se dan circunstancias puntuales que aconsejan la concesión de este favor a los mancebos. Ya hemos indicado que la vida del Hospital estaba concebida como una extrapolación laica de la vida cenobítica y así se esforzaron en expresarlo las sucesivas Constituciones. En este marco se sitúa la necesidad de ofrecer a una serie de Ministros una vivienda que, aunque dotada de posibilidades de intimidad, cobijaba en el mismo recinto y acercaba física y vivencialmente a sus miembros más destacados. Más adelante nos ocuparemos con detalle de los llamados «aposentos del boticario». Vamos ya a considerar ahora los salarios de los profesionales de la botica en el período en el que se inscribe nuestro estudio. Ignacio Arredondo y Recamán, que ejerció como titular desde 1723 hasta 1731, percibía una retribución de 40.000 mrs. 19 Esta ración se cifra, en el propio documento, en un valor monetario de 10.189 mrs. anuales, cuya equivalencia en reales sería de unos 149 aproximadamente. El aumento de salarios de 1756 no afecta únicamente a la botica, sino que se incluye en un ajuste salarial que afecta al conjunto del personal empleado en el Hospital23 ». El Escribano: sueldo de 400 Ducados de Vellon. Los Médicos: Aumento de 700 reales cada uno. El Boticario: Aumento de 800 reales El Oficial de la Botica: Aumento de 400 reales de vellon. El Mozo de la Botica: Aumento de 200 reales de vellón Estos aumentos son anuales. La Real Cédula es de 22 de Febrero de 1756 y, por lo que se desprende de la petición de los interesados, el incremento de los salarios era ya una vieja aspiración de los mismos: el documento del Rey Carlos III alude a que la petición se había hecho ya a su padre Don Fernando VI, que había fallecido tres años antes. Ciertamente el desfase de honorarios debía ser considerable; tengamos en cuenta que en lo que respecta al boticario la última adaptación del sueldo a las necesidades reales del momento se remonta a 1594, año en que a Pedro Curiel se le concede un aumento de 10.000 mrs. con respecto a los 30.000 que percibía hasta entonces. Han tenido que pasar nada menos que 162 años para revisar nuevamente los salarios. Sin embargo, comparando estos emolumentos con los que se pagan en otras instituciones hospitalarias no los podemos considerar escasos. Continuando con los datos que disponemos del Hospital de San Hermenegildo y el del Amor de Dios de Sevilla para el siglo XVIII (no se incrementaron hasta 1789), percibía el boticario alrededor de 35.000 mrs., además de la vivienda y la ración correspondiente, a lo que habría que añadir una ayuda de costa que se sitúa en 44 reales anuales (3.916 mrs) 24. No pudo gozar el Boticario muchos años de su revaluada retribución ya que falleció repentinamente en Noviembre de 1762. Debido a esta circunstancia, se confirma la continuidad de Juan García Cuervo, a la sazón oficial de botica, como farmacéuti-----co interino desde el fallecimiento del titular Agustín Valero en tanto no se nombraba sustituto. Se fija como condición, «...que no haya de gozar, ni goze mas ración ni sueldo, que el que le está consiganado por tal oficial Mayor de Botica, esperando de S.M. la recompensa dignandose de tener presente su mérito para la provisión de dicha plaza...». Vemos que se le otorga un aumento de responsabilidad que no va acompañado de un incremento en su retribución, eso sí, a la espera del nombramiento como titular, que compensaría sobradamente la relativa penuria de este período interino. Efectivamente, el 30 de Junio de 1763 Juan García Cuervo toma posesión de la plaza de boticario en propiedad. Tras veintidós años al frente de la farmacia falleció el 30 de Octubre de 1785 en su vivienda, dentro del Hospital, siendo enterrado en la Iglesia del Establecimiento. Al día siguiente de su deceso se realiza un completo inventario de sus bienes, del cual se da valoración y a petición de Manuel Cuervo, su hijo, se hace almoneda judicial de los bienes fincables del finado (venta pública en subasta), sumando un total de 4.080 reales y 28.000 maravedís, que se distribuyeron entre el propio Manuel y su yerno Juan de Mella. Por constituir la vivienda parte de los emolumentos del farmacéutico y por ilustrar de forma singular el modus vivendi en materia tan personal como es su casa y sus enseres, reproducimos a continuación el contenido del inventario que en relación a la vivienda de un boticario del siglo XVIII podemos considerar excepcional por lo minucioso de su descripción25: 1o quarto que dice a la guerta Se hallaron en el tres taburetes de mos cobia viexos y sin quasi servicio Iden un banquito pequeño de madera de castaño usado Dos gorros de hilo hordinarios para la caveza una sabana de estopilla de dos lienzos y medio viexa 2o quarto Un escaparate sobredorado con sus tres vidrios finos viexo una Alazena de madera de castaño con pechadura y llabe viexo y dentro della (alimentos y ropa) Un taburete cubierto de moscobia viexo Un catre de madera de castaño tambien viexo Un baul de pino ahorrado de taparata y cubierto de cuero, y dentro deel: un bestido de paño compuesto de casaca, chupa y calzon color de texa con botonadura de plata y forro azul bien tratado. Una mesa de manteles echura de busanillo nueva. Un gorro de hilo para la cabeza sencillo. Un brasero con su copa de cobre usado. Un catre tambien de madera con su lona viexo. Un jergon de estopa lleno de paxa maiz viexo. Otro catre tambien de madera de castaño valaustrado usado. Dos colchones de texlis con lana de Castilla usados. Un bufete de madera de castaño de cuatro pies usado. Otro pequeño redondo madera de pino. Otro tambien pequeño usado. Un escaparate dorado con sus tres bidrios y la Imagen de Nuestra Sra. de los Dolores. Quatro cortinas y cielo de un catre de lienzo pintado. Un Argadillo y un Sarillo de palo. Un calzon de sarga de nimes negro viexo. Un sobre tude Baieton color aplomado viexo. Una casaca y chupa de paño color de pasa viexo. Tres chupas viexas sin mangas. Una casaca y chupa de limistre negro viexo. Un bufetico madera viexo. Una campanilla de metal. Dos quadros con los marcos de madera con la Imagen de San Antonio y otra de Ntra. Seis silletas de paja pequeñas, i otras seis grandes pintadas. Ocho cortinas de ventanas de lienzo pintado y quatro zenefas de madera pintadas. Un quadro de la Madalena con su marco dorado. Otro de San Pedro con su marco. Otro de la Santisima Trinidad con su marco. Otro de la Virgen de los Dolores. Otro de la virgen de Nieba. La imagen de San Juan Nepomuseno con sus medias cañas. Otra de San Francisco Xavier con dhas medias cañas. Optro de Santa Escolastica con su marco de madera. Cinco Jicaras de media china. Siete platillos de lo mismo. Una cafetera de cafe. Un friso de enserado para la sala usado. Dos taburetes de madera de Castaño viexos: otro de moscobia tambien viexo. Un bufetico de madera usado. Una mesa de manteles de Busanillo, y seis servilletas de lo mismo. Un belon de metal viexo. Un Arca de madera de Zedro con pechadura y llabe. (contiene ropa). Un bufete redondo madera de castaño viexo. Ante la demanda reiterada de los médicos y cirujano, en el año 1792 el Administrador del Hospital propone un reajuste de salarios que posteriormente es aprobado: la Real Casa emite una Cédula por la que se incrementan los emolumentos, al tiempo que determinadas raciones se transforman en dinero efectivo. También hay un reajuste de las plazas de Ministros y Oficiales, que se harán efectivas a medida que los mismos vayan faltando26. Veamos los salarios que se determinan: BOTICARIO: Tiene ración entera de Ministro Mayor, que consta de 50 ferrados de trigo, 6 carros de leña, 2 cuartillos de vino y libra y media de carne cada día, además de 10 extraordinarias cada año, de ambas especies, 2 cuartillos de aceite, y dos libras de velas (peso Castellano) al mes. El total de lo percibido en esta plaza será de 4.160 rs. y 26 mrs. Hay que añadir el disfrute de la vivienda. OFICIAL DE BOTICA: Goza de un salario anual de 1.000 rs, teniendo además asignada una ración de una libra de carne diaria y alguna extraordinaria, por valor de 580..32 rs. anuales y 72 rs. en concepto de leña.» Comparativamente, en esas mismas fechas -concretamente en 1789-el salario del boticario del Hospital de San Hermenegildo de Sevilla era de 540 reales (imaginamos que se trata de la moneda de plata) 27. Folch Jou ofrece para el período comprendido entre 1749 y 1800 una estimación del beneficio que como promedio obtiene un boticario establecido: esta cantidad la sitúa en torno a los 2.900 reales de vellón28. De estos datos deducimos que, tras la actualización de salarios llevada a cabo en 1756, el nivel de ingresos de los boticarios del Hospital compostelano podía considerarse elevado en comparación al del promedio que en todo el Reino percibían sus colegas. No son muchos los datos, de los que la archivística nos ha legado, que incidan en aspectos personales de los profesionales de la Botica. Hubiera resultado interesante acercarnos al perfil humano de los boticarios a lo largo de los años. Saber de sus costumbres, sus aspiraciones, etc. También sería interesante conocer sus criterios y actividades al margen de la labor profesional, su «ideología». No quisiéramos dejar de lado sus orígenes, su extracción social y económica. Nos importa igualmente su lugar de procedencia, su adaptación a la ciudad donde ejercen, y sus relaciones con otros conciudadanos. Sólo en parte podremos abordar estos aspectos, al menos, con los datos que la archivística del Hospital nos ofrece; ello será siempre a través de someras informaciones traídas a colación como complementarias de asuntos más puntuales y referidos a su actividad profesional. El boticario, desde el momento en que su profesión se diferencia de otras con las que había convivido largamente -cereros, especieros, etc.-, va adquiriendo un prestigio creciente. Si en un principio se le sigue considerando un artesano específico, con el tiempo, su arte se tiñe de consideración científica. Recordemos que a partir de 1650, la Farmacia, a diferencia de otros artes y oficios, pasa a ser considerada Arte Científica, siendo tal reconocimiento socialmente aceptado, dotando además a sus practicantes de algunos privilegios y mayor relevancia 29. La reglamentación y exigencias para la obtención del título de Boticario, amén de aumentar su formación, le conferirán un prestigio que, con las normales excepciones, acrecentará con su cotidiano quehacer. No faltarán, no obstante, voces malintencionadas que se encargarán de recordarle su origen meramente manual y comercial. Un estudio realizado por Eiras Roel en 1984 30 nos acerca al conocimiento de las élites urbanas de Santiago de Compostela a mediados del siglo XVIII, que nos será de gran utilidad para referenciar a nuestros protagonistas. En primer lugar, nos presenta un cuadro de distribución de la profesión por estamentos: El autor del trabajo se plantea la complejidad de criterios -sin duda cambiantes-para la determinación de la élite y, en consecuencia, también será dificultosa la adscripción de los individuos a las clases con ella colindantes. Tres son los parámetros que tradicionalmente parecen encuadrar a los individuos en una determinada clase: la fortuna, el linaje y el poder. Sin embargo, en el período histórico que estamos considerando, estas tres circunstancias parecen no tener una validez definitiva, ni siquiera el uso o carencia del don en el tratamiento. Citamos los ejemplos aportados por Eiras Roel. Pese a su probable linaje hidalgo, nadie en 1752 tendría por miembros de la élite a D.a Gabriela de Andrade, palillera (...) y sus hermanas (...) reconocidas como Doñas en los padrones catastrales; ni a Don Antonio Pardo Maldonado, >; (...) ni a Don Juan Vicente Pardo, hidalgo notorio y Notario de profesión, (...) sin servidumbre alguna, al que se atribuyen unos ingresos catastrales (150 rs.) inferiores a los de los artesanos, ni siquiera a Don Manuel Basualdo, hidalgo y mercader de libros, típico representante de una clase media desahogada, soltero y con dos criadas, con unos buenos ingresos fiscales de 5.000 rs., pero menos que algunos alquiladores de mulas. En cambio si cabe considerar en la élite a algunos individuos de origen plebeyo, como el mercader y cambista de letras Don Manuel Antonio de Lago y Ben, hijo y hermano de campesinos sin don, prestamista aventajado, que reúne la condición de Tesorero de los Estados de Altamira y de la Cofradía de Clérigos de la Concepción. Si la condición de hidalguía o de linaje no es condición suficiente para ser admitido en una determinada clase social, tampoco lo es la fortuna por sí sola, si no va acompañada de otras cualidades. Respecto al honor del don, es imprescindible para pertenecer a la clase más considerada, aunque no suficiente. Este tratamiento, extendido en esta época más que en las precedentes, sobre todo en la documentación notarial, esta restringido en la Catastral, «...(todos los escribanos, procuradores y notarios sueltos emplean el don en la documentación notarial, pero a casi ninguno se lo reconoce el Catastro, mientras que sí se lo concede a todos los abogados, médicos y boticarios, no así a los cirujanos 31. Sin embargo, este tratamiento es poco significativo de la relevancia social de quienes lo ostentan. Eiras Roel añade unos ejemplos que nos interesan. Cita a Don Diego de Ponte, abogado de poca clientela, que tiene unos ingresos fiscales estimados en 330 rs., que contrastan con los 7.700 de su colega Don Juan Ramírez o Manuel Montero, médico suelto, con 1.100 rs., frente a los 12.000 del médico del Cabildo don Plácido del Villar. Se menciona también al Boticario «...Antonio Godoy, a la altura de los restantes boticarios por cuanto a la utilidad de su botica...» que se estima en 2.200 rs.. Por último se cita el ejemplo de dos cirujanos con unos ingresos de 2.200 y 1.100 rs., respectivamente. Todas estas cifras habría ----31 Ibidem. que tomarlas con cierta prevención por cuanto se tratan de ingresos fiscales estimados, y no exactamente de retribuciones reales. Continuando con el trabajo que venimos citando, transcribimos a continuación, en las partes que interesan a nuestro estudio, un cuadro de distribución relativo a la condición social de una serie de profesionales, elaborado con datos de la sociedad compostelana a mediados del siglo XVIII: Con estos datos podemos intentar una aproximación al estatus social del boticario del Hospital. En principio, parece que en esta lista de profesionales superiores el boticario civil estaría porcentualmente por encima de la media, únicamente superado por Caballeros, Deán y Cabildo y Mercaderes. Estaría igualado con los Médicos y por encima de Cirujanos, Notarios, Presbíteros y Capellanes. Respecto a la situación del farmacéutico del Hospital, hay que considerar en un principio el sueldo. Tras el incremento en 800 rs. que se produce en 1756, su retribución queda establecida en unos 1.250 rs. anuales, a los que habría que sumar el valor de la ración y el de la vivienda. La ración permaneció inalterable durante muchísimas décadas, tal como se ha visto en su capítulo; en el momento que estamos considerando, es decir hacia la mitad del siglo XVIII, su valor se estimaba en 114 rs. de vellón. Por su parte, la vivienda tiene unos precios de más difícil valoración, pero también veíamos que los de las viviendas situadas dentro del antiguo recinto amurallado de la ciudad no debían bajar de los 500 rs. de vellón por el alquiler anual. Teniendo en cuenta las tres partidas que constituyen la retribución del boticario, es decir, sueldo, ración y vivienda, obtenemos un montante de aproximadamente 1.864 rs. de vellón anuales. Esta cifra le sitúa a un nivel parejo al de los boticarios civiles -algo por debajo-de la misma ciudad de Santiago. Veremos en otro apartado la tirantez que boticarios y médicos mantenían en sus relaciones. Económicamente, lo vemos aquí, los médicos están muy por encima de los farmacéuticos en sus retribuciones. Una fuente copiosa de información acerca del origen de los profesionales de la botica del Hospital santiagués nos la proporcionan los expedientes de información de limpieza de sangre que se practicaban a los aspirantes, como condición imprescindible para poder acceder al cargo, que perduró hasta bien entrado el siglo XIX. Ya en las Constituciones de 1524, primeras que aluden directamente al Boticario, se prescribe la necesidad de ello. Recordemos la número 47: «ITEN mandamos que aya en el dicho nuestro Hospital un Boticario Christiano limpio esperto, y de informacion dello examinado,...». El procedimiento empleado en la obtención de la información de limpieza de sangre de los candidatos a la plaza de farmacéutico se repite en cada caso. Realizado el nombramiento del futuro titular, se comisionaba a un Oficial de la Casa para que se desplazara al lugar de origen de aquel. Una vez allí, el comisionado citaba a un número suficiente de personas conocedoras de la familia del boticario, a la que realizaba las reglamentarias preguntas32. No son escasos los expedientes de limpieza que la documentación conservada del Hospital nos ha legado. En todos, invariablemente, las respuestas obtenidas y por lo tanto la certificación expedida ha sido favorable al investigado. A la muerte de su predecesor se procede al nombramiento como titular de Antonio Ramos, yerno del difunto, en su sustitución33. El Inquisidor del Reino y Administrador del Hospital D. Juan de Monroy, en cumplimiento de la legislación vigente, encomienda al botiller Pedro Suárez de Linares la información de Limpieza de Sangre del boticario electo. Al efecto de enfocar la investigación, el candidato presenta memorial de su genealogía. Dice ser hijo legítimo de Domingo Ramos y de María Solís, ambos vecinos de la parroquia de San Pedro de Porta, municipio de Sobrado (La Coruña). A Antonio Ramos le sucede al frente de la botica Ignacio Arredondo y Recamán en 1723. Como a los anteriores, también al recién nombrado se le instruirá expediente de información. En este caso el Administrador, D. Francisco Ignacio de Aranceaga encarga los trabajos averiguatorios al Proveedor de la Casa, Jacobo Conde, que tras la acostumbrada recepción de genealogía se encamina a Pontevedra de donde eran vecinos los padres de Arredondo. Al día siguiente a su llegada, revisa con el párroco de San Bartolomé el libro de bautizados, en el que figura Ignacio de Arredondo y Recamán, bautizado el 23 de septiembre de 1693. Finalmente, Jacobo Conde, luego de interrogar a los testigos, certifica la limpieza de sangre de Arredondo el 5 de diciembre de 1723. Agustín Valero, residente en la villa de Madrid, es nombrado boticario en sustitución de Ignacio Arredondo en 1731 34. Oportunamente se ordena información de lim-----pieza de sangre; manifiesta ser natural de la villa de Nombela, diócesis de Toledo. Su padre D. Agustín Valero, que ha sido médico de esa villa, es oriundo de Villaroya de los Pinares, en Aragón. Su madre, María Ochoa, es natural de Sevilla. Su abuelo paterno, llamado también Agustín, procede de la localidad de Nobo en la provincia de Teruel. El agente comisionado para realizar la investigación se desplaza a Madrid, donde interroga a diez testigos. Como novedad, se toma declaración a su maestro boticario, de nombre José Guerrero, dueño de la botica que el pretendiente regenta en Madrid. En sus declaraciones le concede toda su confianza. Como ya antes hemos comentado, los expedientes de limpieza de sangre son obligatorios para los candidatos a la botica del Hospital hasta mediado el siglo XIX. Sin embargo, la documentación conservada del Hospital Real no aporta más casuística que la hasta aquí reseñada, por lo que debemos acudir a otro tipo de expedientes con el objeto de conocer algo más sobre el origen y circunstancias personales de quienes trabajaron en ella. Con motivo de un pleito en el que el oficial de botica Pedro Romero solicita acogerse a la jurisdicción del Hospital y que se comenta más ampliamente en el capítulo de los «Conflictos» 35, sabemos que este oficial está vinculado estrechamente a la ciudad de Mondoñedo (Lugo), donde, se nos dice, poseía propiedades y allí marchará una vez cumpla su etapa como oficial de la farmacia del Hospital. La familia García Cuervo, que aportó tres generaciones de boticarios al Hospital entre los siglos XVIII y XIX, ostentaba la condición de hidalguía, según certificación que se exhibe con motivo de la lectura del testamento de Manuel Cuervo. Tal certificación está fechada en Valladolid en el año 1796: «...un libro cubierto de piel encarnada con guarniciones doradas y Broches de plata; y contiene una Real Provisión deestado de Ydalguia expedida por la Real chancilleria de Valladolid y sala de hijos dalgo deella con fecha de diez de Mayo del año mil ochocientos y al principio sellada con la nota de Registrada y las firmas del Dr. Don Bernardo Reoyo teniente de canciller mayor y Don Laureano Sanz y a lo ultimo otras tres diferentes...inserto un acuerdo deeste(ayuntamiento) su fecha diezyseis de Julio de mil ochocientos y uno ratificando el estado que habian dado a Don Manuel Cuerbo de hijo Dalgo en trece de Abril de mil setecientos y noventa y seis...». 36 Aunque en medida menor a la deseada, hemos podido ofrecer en estas lineas algunas pinceladas relativas al origen de quienes, en cada etapa, dirigieron la oficina de la Institución. Como se ha visto, la procedencia geográfica corresponde mayoritariamente al ámbito gallego, siendo en cambio más diverso el origen social de los boticarios, aunque casi siempre ajustados a una franja social situada entre la clase burguesa -----tanto de extracción rural como urbana-y la baja nobleza. Esta circunstancia se correlaciona con la casuística que, en lo relativo a esta profesión, se da en todo el territorio peninsular. Contemplaremos a continuación el criterio de elección de sus titulares, que es variable a lo largo de la dilatada existencia de la misma, y lo es lógicamente por cuanto diferentes son las condiciones que se dan en los profesionales y diferentes las necesidades de la farmacia en cada momento histórico. Frente a la dificultad de encontrar profesionales cualificados de los primeros tiempos, se produce una fuerte demanda a medida que nos acerquemos al siglo XIX, consecuencia de un mayor acceso a la formación profesional farmacéutica que se da en este período. Recordamos que, como mandan las Constituciones, el nombramiento de Boticario -como Ministro Mayor que es-corresponde al Rey. Este nombramiento suele realizarse tras un informe de la Administración del Establecimiento, normalmente solicitado por el Real Consejo, que es el órgano ejecutor de los asuntos relacionados con el Hospital. Dicho informe es en sí mismo un pre-nombramiento, pues el Consejo suele corroborar lo informado por el Administrador. Los criterios que se siguen desde la propia Dirección de la Casa para aconsejar los nombramientos son muy variados, tal como comprobaremos al revisar la casuística que más adelante presentamos. En ocasiones se informa favorablemente de quienes ocupan la plaza de oficial mayor de la botica, mientras que otras veces parece importar más el parentesco con el anterior boticario. También puede influir en el nombramiento el conocimiento personal del aspirante, que se antepone a una contrastada competencia profesional. No faltan los casos denunciados de amiguismo o parentesco del elegido con el Administrador; hay que señalar que en el informe enviado por éste al Consejo, se citaban razones frecuentemente subjetivas que la Cámara rara vez se molestaba en contrastar, y ello a pesar de los ocasionales recursos que ante ella presentaban los candidatos rechazados. Más aún, cuando tal cosa sucede, es la propia Administración la encargada de recoger las opiniones de personas supuestamente imparciales que puedan aportar más luz en el contencioso. El procedimiento que se utiliza para la selección de candidatos es asimismo variable. En algún momento se recurre al concurso público -tal método es regularmente utilizado en la última etapa de la historia de la botica, ya entrado el siglo XIX-, mientras que en el período que estamos considerando la pugna se lleva a cabo entre dos aspirantes vinculados anteriormente al Hospital. Ya no son solo los farmacéuticos desempleados los que concurren a la solicitud de la plaza, también farmacéuticos establecidos con botica propia pretenden un puesto que sin dudad era apetitoso. Recordemos que con el paso del tiempo, el empleo de boticario de la Institución, en un principio no del todo bien remunerado, poco a poco ve adaptadas sus compensaciones económicas a las realidades en las que viven los farmacéuticos. Igualmente la revisión de salarios se hace más frecuente, pasando de estados monolíticos como los que se dan en los siglos XVI y XVII, a situaciones más razonables de los dos siglos posteriores. Junto a los nombramientos, e íntimamente a ellos ligados, vamos a considerar las razones por las que se producen las vacantes. Aquí se va a dar también una casuística variable en función del momento histórico. Así, durante mucho tiempo, y con contadas excepciones, la causa más frecuente de vacante se produce por fallecimiento del titular. Era habitual en esta etapa que el boticario que accedía a la plaza no la abandonara en lo que le restaba de vida, convirtiéndose su persona en una institución, ya no solo en el ámbito del Hospital, sino en la ciudad de Santiago y su zona de influencia, que no era pequeña. De este modo, la plaza de farmacéutico del Hospital Real era apreciada no sólo por las ventajas y seguridad económica que pudiera reportar, sino también por el prestigio profesional y personal que confería a su poseedor. Relativo al período que estamos considerando, el primer nombramiento documentado es el de Antonio Ramos de Solís: «...Antonio Ramos de Solís a quien su magestad ha hecho merced de la plaza de Boticario de dicho Real Hospital por muerte de D. Juan López Carbajales para la que ha presentado Real Titulo en los veintisiete de enero próximo pasado deste año...sirva mandar se me acuda con la racion salario debidos de dicha plaza desde la muerte de Juan López boticario mi suegro en adelante en atencion de a verla servido desde entonces y estarla sirviendo actualmente... suplico a Su Señoria se me admita a la propiedad de dicho empleo y se me acuda con todo lo devido segun por dicho real título se previene.»37 El modelo de sustitución se repite con relación a los criterios del siglo anterior. Ramos, yerno del difunto Carvajal, presenta ante el Real Consejo su condición de pariente como un mérito más. Ya la Administración del Hospital se apresura a nombrarlo sustituto con carácter interino, a pesar de no haber sido oficial de la botica. Ello se interpretaba inequívocamente como un deseo explícito de los Rectores de la Casa de darle continuidad definitiva en la oficina y de esta manera era presentado a la Cámara, no ignorando la influencia que ello tendría en la decisión de provisión de la plaza. Veintitrés años estuvo Antonio Ramos al frente de la botica, años importantes, ya que es en esa época cuando la farmacia experimenta sus más profundas transformaciones terapéuticas desde su fundación; son los años de la introducción masiva de la química, en los que se requería una sólida preparación técnica para poder asimilar los conceptos que se estaban introduciendo en la medicina, preparación que sin duda ----debió poseer Ramos. Este profesional adjuntaba el título de Médico al de Boticario: de hecho, renunció a la plaza de titular de la farmacia para ejercer la medicina en el propio Hospital, continuando por ello plenamente vinculado a la Casa. En su sustitución se dan unas circunstancias excepcionales en la casuística del Hospital e insólitas para nuestra mentalidad, pero no para la de la época, que como reminiscencia medieval admitía como lícitos ciertos derechos que transcendían al propio adquirente 38. Antonio Ramos de Solís, boticario, eleva instancia a la Real Cámara de Madrid con fecha 21 de Abril de 1723 a través del Administrador D. Francisco Ignacio de Aranceaga. En ella dice que solicitó para la persona que se casase con su hija Dña. Ma Antonia Carvajales Ramos de Solís plaza de farmacéutico, siempre que estuviese en posesión del título. Tal cosa aconteció con D. Ignacio de Arredondo Recamán, boticario examinado y aprobado que suplica se le despache Real Título. Como vemos, ya no se trata de ser heredero carnal o político de su antecesor, sino que los derechos pasan en este caso a su hija, que por no poder ejercer tal actividad lo hará por delegación en su esposo, cuando lo tenga (en el momento de adquirir tal derecho, la hija de Ramos era soltera). En respuesta a esta petición la Cámara decide que, en efecto, tal privilegio le correspondía, aunque se había puesto como condición que antes de efectuarse el matrimonio debía comunicarse a la dicha Cámara el nombre del candidato, por ver si reunía las condiciones óptimas para el cargo de boticario del Hospital. El requisito no se cumplió, por lo cual ahora la Cámara exige a Ignacio Arredondo (ya esposo de Ma Antonia Carvajales Ramos), se persone en Madrid a fin de ser evaluado. Ya vimos que se excusa de tal comparecencia alegando estar abrumado por el trabajo en la farmacia, siéndole aceptada la disculpa. Esta conclusión nos muestra hasta que punto estaba en manos de la Administración del Hospital la elección de su Ministro. La paradoja no es nimia: el candidato a la plaza soslaya el imperativo de quien ha de nombrarle para ella, alegando la necesidad de atenderla convenientemente. No se nos pasa por la mente pensar que es el candidato quien unilateralmente decide desoir el mandato de acudir a Madrid a cumplir con el requisito que la Real Cámara exige; más bien parece que es la propia Administración la que le dicta lo que conviene hacer, y no lo interpretamos como un pulso entre esta y el Real Consejo; si así fuera, la actitud de éste hubiera sido, desde luego, mucho más beligerante, al fin y al cabo en sus manos estaba la última palabra. Muy probablemente, la dirección del Hospital sabría que la alegación, planteada bajo la óptica de la muestra de una responsabilidad hacia el cargo que se pretendía, sería bien acogida por el Consejo. ¿Sutilezas del sistema?, probablemente. El respeto mutuo de competencias, la concesión a la periferia en asuntos de menor importancia, propio de un modelo de administración centralista, hacía sin duda más fácil la convivencia institucional. ----Siete años después de su toma de posesión, Arredondo protagonizará un episodio único en la historia de la botica del que se da una información pormenorizada en el capítulo que dedicamos a los conflictos39. Movido por intereses profesionales al parecer más interesantes que los que le vinculan a la botica del Hospital, Arredondo hace dejación de sus obligaciones en ella hasta el punto de que la Administración del Hospital, usando de sus derechos jurisdiccionales, encarga al Alguacil de la Casa la búsqueda y captura del boticario. Luego de una serie de vicisitudes que incluyen amenazas de la Administración y nuevas ausencias mal justificadas del farmacéutico se produce su sustitución; la causa que se da es la de «dejación del cargo». Tal circunstancia no puede interpretarse como su expulsión, sino al contrario, como un abandono unilateral de las obligaciones que en su día había adquirido con el Establecimiento. Para la sustitución de Arredondo se designa a Agustín Valero. Lamentablemente, no disponemos de información alguna que nos ilustre sobre el procedimiento y criterios para su elección, cosa que sería ciertamente interesante ya que Valero, en ese momento, estaba regentando una farmacia en Madrid40. Muchos años estuvo al frente de la botica hospitalaria, concretamente treinta y dos. A esa edad debía ser ya sexagenario y no estar en plenas facultades físicas, ya que el oficial mayor Juan García Cuervo, en 1758, en previsión de una inminente merma discapacitatoria del boticario, solicita para él la futura plaza41. La precoz solicitud obedecía a un deseo de asegurarse un nombramiento para el que había otro candidato asimismo cualificado, como vimos en su momento. Como principal argumento se hace valer el prolongado tiempo que Juan García Cuervo lleva al servicio de la farmacia en calidad de oficial y su voluntad de obtener el título que lo capacite para hacerse cargo en su momento de la dirección de la botica. La petición formulada por Cuervo parece ser atendida con prontitud ya que, según se nos informa en documentación relativa a otro asunto42, en fecha 20 de Noviembre se otorga Real Cédula en favor del auxiliar para suplir al farmacéutico en las ausencias. No obstante la fecha de su fallecimiento, acaecido en Noviembre, el titular debió estar ajeno a los asuntos de la botica desde unos meses antes ya que el último cargo de géneros adquiridos para la oficina lo firma en el mes de Febrero. A partir de esa fecha los restantes cargos hasta el mes de Octubre están sin firmar. Cuatro días después de producirse el óbito, es el oficial Cuervo quién firma la conformidad de las entregas, hasta Julio del año siguiente, en que el nuevo boticario volverá a hacerse cargo de este trámite 43. Ello nos lleva a pensar que durante el tiempo de ausencia de Valero, aunque el servicio de botica lo atendiera su auxiliar y Cuervo gozara de nombramiento sustituto, la baja de Valero no tenía carácter ----oficial. En este momento, bien sea por iniciativa del propio mancebo, o por la más probable de la Administración del Hospital, Cuervo solicita nombramiento de sustituto hasta que la plaza no esté definitivamente cubierta. Ello responde a una estrategia ya acometida en la fecha reseñada, ya que de contar con el nombramiento de sustituto interino, tendría mucho ganado para confiar en una confirmación en el cargo. El caso es que al día siguiente del fallecimiento de Valero se recibe la Real Cédula que otorga ese nombramiento 44. Tras su fallecimiento se produce la circunstancia prevista años atrás por el oficial Juan Cuervo, antes insinuada. Para la provisión de la plaza se presentan dos solicitudes, la del propio Juan Cuervo y la del hijo del boticario difunto Miguel Valero 45. En ambas solicitudes los aspirantes exponen sus méritos. El hijo del difunto boticario hace valer más los adquiridos por su padre en los más de treinta años de servicio en la Casa que los suyos propios. Añade en su solicitud que tiene otros cuatro hermanos dependientes del sueldo que venía percibiendo su padre. Por su parte, Juan Cuervo incide en las alegaciones presentadas cuando solicitó el nombramiento de suplente, con los añadidos de los méritos adquiridos desde aquella fecha. Como sucede con ocasión de cada nombramiento, el Consejo de la Cámara solicita a la Administración del Hospital un informe relativo a los candidatos y, como siempre, será ese informe el que determine la elección. El 23 de Noviembre la Cámara solicita dichas consideraciones, que son remitidas para su consideración una semana más tarde; en ellas, D. Francisco Antonio Real, Administrador, manifiesta claramente sus preferencias, vislumbradas desde bastante tiempo atrás. De García Cuervo dice que lleva ejerciendo de oficial mayor 24 años, cargo para el que se le nombró en competencia con otros aspirantes. Informa que ha desempeñado el oficio con celo y profesionalidad, siendo hombre, en fin, de confianza, por lo que en Real Cédula de 20 de Noviembre de 1758 el Rey lo nombró suplente del boticario Agustín Valero. Añade que, «...teniendo como tiene juntamente las demas circunstancias que previenen las reales constituciones, especialmente la 47 del Sr. Emperador Dn. Carlos Quinto, le contemplo acreedor a que S.M. se digne atenderle con el empleo vacante que pretende, pues de su eleccion no dudo redunde la creación de un Ministro aproposito para esta su Rl. Hay en esta exposición un error, que por su naturaleza no se nos ocurre que haya sido fortuito: la Constitución 47 de 1524 exige para la botica un profesional examinado, con titulación, plenamente capacitado para el cargo, y Cuervo en ese momento ----carecía de tal titulación, la cual cosa extraña que ignorara el Administrador. Es más parco en el informe que da del otro aspirante, aunque igualmente diáfano: «...de Miguel Valero, a quien conozco desde niño...poco o nada puedo informar con verdad de su suficiencia...ya que si bien de muchacho estuvo de aprendiz de la botica con su padre,...despues se ausento para mozo u oficial de la del Colegio de la Compañia de Monforte de Lemos, donde estuvo algun tiempo...». Continúa diciendo que después pasó a León, donde reside actualmente; piensa el Administrador -y así lo expone-que no es aún la persona idónea para boticario del Real Hospital. Las preferencias de la Administración no dejaban lugar a dudas, por lo que la Real Cámara no precisaría, a la vista del informe, consumir mucho tiempo en deliberaciones. No obstante lo cual, surge un grave inconveniente que imposibilita el nombramiento: Juan Cuervo no está en posesión del título de boticario, entre otras cosas, porque jamás se ha examinado. Ante esta circunstancia, que tanto la Administración como el propio interesado no ignoraban sería determinante en la elección, sólo cabía solicitar una moratoria que le permitiera obtener el título de farmacéutico, o un nombramiento condicionado a dicha obtención, si bien las Constituciones, y expresamente la antes mencionada, no contemplaba esta posibilidad. Fuera cual fuera la estrategia diseñada a partir de aquel momento por Cuervo, su nombramiento pasaba necesariamente por el examen que debería pasar ante el Real Tribunal del Protomedicato. En efecto, el 12 de Enero de 1763, se recibe un escrito firmado por Andrés de Otamendi, de la Real Cámara, dirigido a D. Fco. Antonio Real en el que se dice que, «La Camara tiene entendido que Juan García Cuervo Oficial mayor...se halla sin el examen y aprobacion que corresponde del tribunal del Protomedicato, porlo que ha extrañado que V. S. en su informe de 1 de Diciembre le acredite de habil y suficiente...». 46 Por todo ello la Cámara acuerda que J. G. Cuervo se presente en el Tribunal del Protomedicato a ser examinado y aprobado, si no lo estuviere, advirtiendo que se pondrán edictos para proceder a la recepción de solicitudes. No es descabellado sospechar que la Cámara conocería la falta de titulación de Cuervo a través de un recurso presentado por su oponente Miguel Valero. Ningún dato documental nos lleva a esta suposición, pero parece extraño que el Consejo de la Cámara, de propia iniciativa haya solicitado información de examinados al Tribunal del Protomedicato. Normalmente, la Cámara realizaba el nombramiento previa presentación de determinadas credenciales -entre las que se incluían la certificación de examen-, y la correspondiente información de limpieza de sangre. Inmediatamente después de la recepción ----de esta comunicación, Juan Cuervo solicita certificación de práctica de boticario47. Uno de los motivos de tal solicitud podría ser la exigencia de un período mínimo de prácticas con un boticario aprobado para poder acceder al examen. A modo de justificación de la insinuada ligereza con que el Administrador procedió a informar de la conveniencia del nombramiento de Cuervo, en escrito fechado el 26 de Enero, D. Francisco Antonio Rial responde a Otamendi: «...es cierto que la constitucion 47 ordena que en este Hospital haya un Boticario Christiano limpio, experto y de Informacion de ello, examinado por persona de conciencia, el qual tenga a su cargo la votica: Juan García Cuervo, para poder ser admitido a la plaza de Oficial mayor de ella, fue examinado y aprobado por los Doctores Antonio Ramos Solis y D. Thomas Sanz de Velasco medicos que entonces eran de dicho Hospital...y aunque este examen y aprobacion particular...no le bastaba a Cuervo para ascender al oficio de Boticario en el Reyno ni en este Real Hospital...pero me ha bastado a mi junto con la practica de tantos años...». A continuación pasa a enumerar nuevamente sus dotes profesionales, añadiendo que en el presente desempeña con satisfacción el cargo de boticario provisionalmente. Todo ello lo considera suficiente como para acreditarlo en el dicho informe. Dice además que si todavía no ha pasado el examen del Protomedicato no ha sido por falta de voluntad, sino por falta de medios -ha de mantener a 5 hijos huérfanos de la madre fallecida en accidente el 28 del pasado mes-, sin embargo, es conocedor de que ha solicitado dicho examen con urgencia. Pide disculpas por omitir en el informe dicha circunstancia, añadiendo que no tiene interés particular en el nombramiento. Salta a la vista que, siendo este interés particular o administrativo, el caso es que éste existe. No resulta difícil justificar la decidida apuesta que el Administrador hace por Cuervo. Sin duda hay que suponer la valía del oficial, contrastada por muchos años de servicio y de suplencias del titular. El hecho de ser persona conocida en la Casa sin duda pesaba mucho a la hora de la elección. Pensemos que el otro candidato, Miguel Valero, a pesar de ser persona conocida y de poseer la circunstancia siempre importante, pero mucho más en aquella época, de ser hijo del difunto boticario, llevaba bastantes años desvinculado del Hospital. Por imperativo mandato del Consejo se publicaron los edictos cuyo texto es el siguiente: «Todos los Boticarios aprobados por el tribunal del Protho Medicato de Madrid que quieran ser pretendientes al oficio de Boticario deel Gran Hosptl. Real de Stgo. vacante por muerte de Agustín Valero, acudan en el termino de dos meses..a la Secretaria del Rl. patronato de Castilla del Cargo del Sr. Dn. Se añade una certificación de haberse fijado el edicto «en una tablilla pendiente que se puso en el Pórtico de la Puerta de esta Rl. Casa...», así como de haber manda-----do copia a La Coruña y a Tuy. Desconocemos, por falta de documentación, los pormenores de los acontecimientos que sucedieron a la publicación de los edictos. Juan Cuervo sin duda tuvo que desplazarse a Madrid y someterse al examen del Protomedicato. El caso es que en el mes de Julio de ese mismo año firma ya como boticario del Hospital. Juan García Cuervo tuvo una destacada presencia en la botica, estuvo veintidós años al frente de la misma, que sumados a la veintena larga en que actuó como oficial arrojan más de cuarenta al servicio de ella. Además, inauguró una dinastía de farmacéuticos que ocuparon durante tres generaciones la lista de titulares de la oficina. Los criterios de atención de la botica dieron lugar a esporádicos enfrentamientos entre sus titulares y los facultativos del Hospital. Las relaciones entre unos y otros fueron frecuentemente difíciles. Es un hecho, que el ejercicio médico, en su expresión terapéutica, cohabita con la especialización de otro profesional, el farmacéutico, produciéndose en numerosas ocasiones una superposición de criterios y matices técnicos, que cada uno de sus intérpretes consideran una invasión de su área de competencias. Esta vieja beligerancia, como ya se ha insinuado antes, es probablemente consecuencia de un quehacer indiferenciado en sus orígenes, que a pesar del paso del tiempo no ha conseguido, ni siquiera pretendido, soltar el rico lastre de conocimientos exigibles a la parte profesional complementaria. A esta disputada herencia se le adjunta el inevitable celo por preservar unos dudosos derechos de supremacía en el espacio común de la terapéutica y, por extensión, en el entramado de la sanidad. Tras la paulatina, y en ocasiones inconcreta, separación histórica de las disciplinas médicas y de la Farmacia, cada uno de estos colectivos va a adquirir una serie de objetivos en relación a su estatus profesional. El médico, continuador de su ancestral misión de diagnóstico y prescripción, va a exigir una supremacía en todo el edificio sanitario, supremacía que la propia sociedad no duda en otorgarle: no en vano el médico, tal como en otra parte de este trabajo se ha comentado, cubre la primera etapa en el camino del restablecimiento de la salud alterada y su concurso es insustituible en el proceso de curación. Esta preeminencia sobre el resto de estamentos sanitarios se verá plasmada en una serie de realidades, como son, su reconocimiento como hombre de ciencia, la consideración social que se le da, sus retribuciones económicas, etc. Fijémonos por ejemplo en la legislación que relaciona a los médicos con los boticarios del Hospital: todas las Constituciones y Mandatos prevén el control del estado de la botica a través de las visitas que con diversa periodicidad deben cursar los médicos a la misma. En las dadas por Felipe II mandan esta supervisión en la 42: los Físicos de dos en dos meses deberán visitar «...la Botica de la casa, y las medizinas y cosas della...», facultándolos para dictaminar sobre su estado y proceder en consecuencia. Lo mismo se dice de los Cirujanos en la 44. La 48 del Boticario, contempla esta revisión de géneros en términos inequívocos: «...y que tenga los simples que entran en el compuesto, puestos por su orden como se suele hazer todo un dia para que los Medicos y Cirujano lo vean...». Las Constituciones de Carlos V introducen una sutil novedad al dictar bajo el mismo Título -el V-las concernientes a médicos, cirujano y boticario, separadas en las anteriores. Ello puede interpretarse como el ensamblaje, en un mismo organismo operativo, de las tres cabezas de sección que se dan en el cuerpo sanitario del Hospital. En estas Constituciones se repite básicamente la disponibilidad del quehacer farmacéutico al criterio de los otros dos estamentos. En efecto, los artículos 1 y 2 inciden en las condiciones de la visita a la botica, mientras que la número 3 va más allá al disponer que «...el Administrador con la asistencia de Medicos y Cirujanos le tomen quenta (al Boticario) por menor de lo que se há gastado cada mes...». En esta situación cualquier conato de competencia que pudiera poner en entredicho su apreciado liderazgo, lo contestará el médico con contundencia. Frente a la incuestionable preeminencia que en lo social y lo legal gozan los médicos ante el boticario, la aspiración de éste, si bien más modesta, está avalada por una empecinada vocación de trabajo y de superación. Desde la separación de cometidos que llevó a médicos y boticarios por caminos distintos, aunque paralelos, el anhelo del farmacéutico es su reconocimiento como profesional científico cualificado y especializado. Pero no son únicamente estos enfrentamientos las causas de conflicto que se presentan en relación con la botica del Hospital Real de Santiago. La propia dinámica de la misma, insertada en la relativamente compleja maquinaria del Centro y en su deficiente aparato administrativo, van a ocasionar esporádicos roces con otras secciones de la Institución. Añadamos a esto un deficiente sistema de control de las compras que, unido a la falta de rigor de los responsables de la farmacia en las tareas de burocracia interna, van a dar lugar a situaciones tensas entre el titular y la Administración. A todo ello es preciso adjuntar el siempre falible factor humano, desencadenante de algunas situaciones lamentables, alguna de cuyas muestras traeremos a colación en las líneas que siguen. En 1714 tiene lugar un violento episodio que enfrenta al boticario Antonio Ramos de Solís con el médico Domingo Sanjurxo Arellano. La disputa, que causó gran revuelo en el Hospital, nos la narra el acta de investigación de los hechos que hasta nosotros ha llegado: «El 15 de Marzo de 1714, entre una y dos de la tarde, en el transito que hay desde el patio de su Sria. al de los capellanes y que llaman de entretumbas harmaron riña y pendencia, con nota y escandalo...» 48 ----El testigo que declara, enfermero, se encontraba en ese momento en la enfermería, «...a punto de hacer la visita a los enfermos, a la hora de la una, como es costumbre, habiendo fenecido el Dr. Domingo Sn. Jurxo Arellano, médico, la visita de los enfermos que tiene a su cuidado...». Según declaración de este testigo, Arellano molestó a Ramos diciendo «...que era oficio mecánico ser boticario...» y «...que los Boticarios son criados de los Médicos...» pues es «oficio servil»; molesto por ello, Ramos increpa a Arellano preguntándole sobre quién lo había hecho médico, dada su ignorancia. Se suceden en la instrucción de esta causa los testimonios, que si bien coinciden en lo fundamental, van aportando novedades segun el momento en que se incorporan a la disputa. Un testigo declara que Arellano dijo a Ramos que el oficio de boticario se reduce a hacer lo que mandan los médicos; otro oyó decir a Arellano, refiriéndose al boticario: «...eres un mal picaro, que me la has de pagar y mas, estas escomulgado...». Este comentario viene motivado, por ser Arellano, además de médico de la casa, «clérigo presvítero». El testigo, al igual que el anterior, no vio que se hubiesen maltratado. Otro testigo más declara sin embargo haberlos visto «...desgreñados y con algunas señales de sangre aunque poca...y que Arellano llamó ladrón a Ramos...». Otro pone en boca de Arellano: «...la medicina es mas noble que cualquiera otra ciencia, que a los boticarios los tenían en su ciencia como a los notarios...», siendo la botica «...un arte servil y esclava de la medezina...», a lo que Ramos responde que la botica y su arte forman parte de la medicina, y parte por cierto imprescindible. Aparecen en el sumario las declaraciones directas de los implicados. Arellano afirma que Ramos le arrimó contra la pared, golpeándole la cabeza contra la misma y que luego lo arrojó al suelo, declarando más adelante que Ramos le atacó sin más, mordiéndole los dedos y arañándole la cara. Como podemos imaginar, el escándalo suscitado por esta disputa debió sobrepasar el ámbito del Hospital y sería muy comentado entre las gentes de una pequeña ciudad como era entonces Santiago. Como medida cautelar tras el suceso, el Administrador decide privar de libertad al boticario Ramos. El 21 de Abril, se dicta la siguiente resolución: «Habiendo examinado estos autos, su Señoria el Sr. D. Franco. Ignacio de Aranceaga Inquisidor Apostolico del Santo Oficio de Inquisición deste Reino y Administrador para su magestad del Rl. Hosptl....suspende, alza y levanta a los sres. dichos la Multa y Carcelaria impuesta...». dándoles licencia para reintegrarse a su trabajo. Se desprende del texto que al igual que el farmacéutico Ramos, también el médico Arellano había recibido sanción, siendo ésta probablemente idéntica a la de aquél. Lamentablemente no se disponen de datos que permitan conocer la causa de la disputa, ni si ésta tiene su origen en una diferencia de criterio profesional o más bien esconde una rencilla de tipo personal. Tampoco el Administrador debió disponer de evidencias suficientes como para ac-tuar punitivamente con alguna de las partes, pues como se infiere de la resolución del 21 de Abril, el asunto se concluye con el sobreseimiento del caso. No fue este el último conflicto que tuvo al boticario Antonio Ramos como protagonista. En 1721 vuelve a producirse un hecho escandaloso en el que se ven envueltos el dicho farmacéutico y el cirujano de la Casa, D. Juan Hernández de Nera49. Los hechos suceden el dia 5 de Noviembre de 1721 según relata el instructor del caso: «...se le ha dado noticia que entre las ocho y nueve de la mañana ha habido en la puerta Real de esta Real Casa, cierta desazón y pendencia entre D. Antonio Ramos Solis voticario de dicho Rl. Hosptl. y D. Juan Hernández de Neira Cirujano Mayor de el y que se an puesto las manos uno a otro de que ha resultado uno y otro an salido ligeramente heridos...». El hecho, según el mismo escrito, causa gran escándalo tanto en el Hospital como en la calle; fijémonos que la disputa se produce en la misma puerta del Hospital. En tanto se abren las oportunas diligencias se les prohíbe a ambos salir de la casa y se les impone una multa como medida cautelar. La disputa se inició por unas diferencias entre el cirujano y el boticario sobre un medicamento contenido en una redoma de vidrio y sobre el que el primero expresa dudas respecto a su calidad. Según testifica una enfermera presente en el lugar de los hechos, el boticario le dio en la cara al cirujano con la redoma, rompiéndola, lo que hizo sangrar a éste; a renglón seguido se enzarzaron en una pelea de la que les separó el botiller Pedro Suárez Liñares. Según manifestación de la enfermera, el cirujano injurió al boticario llamándole «...falsario y mal boticario...». Otra enfermera, también presente, testifica que el boticario rompió la «...dicha redoma en la cara a dicho cirujano...». En similares términos se expresan otros testigos que aportan algunos detalles más: «...dándose puñadas o cachetes...». A resultas de la pelea, «...el cirujano estuvo en cama unos diez o doce días sangrado y purgado...». El proceso es largo, su instrucción se extiende a lo largo de casi quinientas hojas, en las que se repiten los testimonios con la descripción de los hechos que no se apartan de lo aquí apuntado. La sentencia, dictada por el Mayordomo del Hospital, D. Alejandro Chavarria y Taboada, condena al cirujano. En ella ordena se paguen a cuenta de éste las costas del proceso. La apelación posterior del condenado consigue matizar la sentencia y arroja un resultado que en parte debió satisfacerle: se le continúa responsabilizando de los gastos del proceso y al boticario se le dirige una amonestación: «...D. Antonio Ramos que de aquí en adelante se porte con los Ministros de dicho Rl. Hosptl. con toda paz, quietud y buena correspondencia...», amenazándole con proceder contra él en caso contrario, al tiempo que le condena por la pendencia ocurrida en mil reales de vellón. Sin embargo lo declara «...buen ministro integro y fiel en su ministerio de tal boticario...». Se adjunta la relación de gastos ocasiona-----dos por Antonio Ramos como consecuencia del juicio, un total de 209 reales; se da también una valoración oficial detallada de las tasas del juicio. Los dos altercados que acabamos de ver presentan rasgos comunes y algún matiz que los singulariza. En el segundo de los hechos tenemos certeza de la causa desencadenante; se trata de un agua sobre la que el cirujano expresa sus dudas, lo que motiva el enfado del boticario. Es significativo que en los dos hechos hay acusaciones de ineptitud profesional, lo que inmediatamente desata las agresiones físicas. En ambos casos la disputa se produce entre dos «facultativos», ya que Ramos, además de ser boticario, es médico. Si bien el enfrentamiento responde a una diferencia de criterios entre físicos y boticario, la condición de médico de éste puede suponer un agravante en el mal ambiente que parece envolver las relaciones entre ellos. De un caso similar daremos noticia un poco más adelante. En sendos procesos el Juez parece optar por una resolución salomónica. Ello puede deberse a la falta de evidencias sobre las culpabilidades, tal como antes apuntábamos, y como consecuencia de ello, al deseo de no crear agravios que pudieran deteriorar todavía más las relaciones entre profesionales, que a esa condición, unen la de Ministros de la Casa y que como tales están obligados a una estrecha convivencia. Ignoramos que nuevas aportaciones pudieron hacerse en el recurso de apelación por el que Ramos es condenado al pago de una respetable sanción. No obstante, hay que llamar la atención de que en esa segunda sentencia se trata de diferenciar muy bien lo que es un comportamiento personal reprobable de lo que es una intachable labor profesional. Como ya apuntábamos mas arriba, los enfrentamientos entre médicos y boticarios no cierran la lista de motivos por los que estos últimos van a ver envueltos sus nombres en asuntos conflictivos. Aunque a lo largo del presente trabajo venimos sosteniendo, en ocasiones veladamente y en otras de forma manifiesta, que la labor de los boticarios del Hospital fue en general irreprochable, a pesar de innegables desviaciones respecto de la legalidad vigente en cada momento, no se nos escapa que algunos de los profesionales de la botica constituyen en alguna de sus actuaciones excepciones a esta norma, dando muestras de ligereza en sus responsabilidades. Tal vez en este excepcional grupo podamos situar el comportamiento del boticario Ignacio Arredondo al final de su gestión al frente de la botica del Hospital 50. Dicho farmacéutico, tras siete años de correcta atención de la oficina, parece estar en trance de establecerse en la villa de Pontevedra, probablemente con una farmacia de carácter privado, aunque por la documentación examinada no descartamos que le movieran otro tipo de negocios. Con motivo de ello se ausenta con cierta frecuencia del Hospital, lo que conlleva la desatención de la botica. Arredondo continuaba en el Hospital de forma ----provisional, desinteresado ya por completo de su trabajo y deseando consumar su salida de la misma con los menores problemas posibles. El 2 de Febrero de 1731 se le conceden doce días para ausentarse del Hospital y desplazarse a Pontevedra, «...con denegación de mas tiempo y fenecido el que va señalado...» se procederá en consecuencia; y así ocurre, ya que en Junio es definitivamente apartado de su cargo. Hasta aquí hemos estado considerando las fuentes de conflicto que tienen por protagonista al boticario o al personal de la botica en tanto en cuanto son profesionales de la misma y en relación con hechos en ella acaecidos; otros conflictos, obtenidos de la documentación estudiada, afectarán a los boticarios de la Pía Institución, pero éstos tendrán como sujeto, no ya al profesional, sino al hombre que lo encarna y, por lo tanto, escapan ya del objetivo de este trabajo. A lo largo de los distintos apartados de este artículo hemos intercalado comentarios críticos que por sí mismos constituyen un análisis de la relación que se produce entre la legislación que ordena la vida de la botica del Hospital y la de sus profesionales con la casuística que la dinámica de la Institución engendra. Pensamos que esa inadecuada normativa es causa frecuente de los casos de tensión que se dan en el Establecimiento. Hemos intentado también situar a los boticarios del importante centro sanitario compostelano en el entramado social de su época y en el microcosmos que supone el propio Hospital. Después de recorrer, a lo largo de estas páginas, lo que fue la vida de la botica en el período estudiado, esperamos haber esclarecido la inicial afirmación de la importancia del modelo comunitario con que se concibe la vida hospitalaria -en lo profesional y en lo personal-, con la sucesión de acontecimientos que afectan a cada uno de los aspectos que conforman el presente estudio. La ocasional alusión a los profesionales de otros centros hospitalarios de parecidas características al compostelano, confiamos que haya contribuido a situar, en el contexto peninsular, la realidad de los boticarios del emblemático hospital gallego en sus diversas facetas. Una palangana, doze platos, una fuente y media fuente de estaño usados. Quatro cazos de Aramio concavos de fierro viexos. Quatro sartenes viexas de lo mismo. Dos candeleros de metal usados y una espabiladera. Un almirez de metal con su mano pequeño. Dos espumaderas y una cuchara de fierro. Una media luna con sus dos cabos de madera. Dos azadones de fierro viexos. Un baño viexo de madera de castaño. Una Artesa de amasar pan viexa. Seis escodillas de Talabera: seis cubiertos de palo y un cuchillo viexos. Dos calderos de cobre pequeños con zintas y aros de fierro viexos. Una caldera de palo de carretar agua viexa y una ferrada de cobre. Una chocolatera de cobre con su molinillo de palo. Un picadero de palo: una zernidera y quatro basos de bidrio y otras tantas jicaras de Talabera. Un bufete de quatro pies madera de Castaño y sobre el una Papelerita de palo pequeña con varios caxones pechadura y llabe y dentro de ella se halló lo siguiente: Dinero. Una capa de paño usada color ablancasada con banda de felpa de color. Una muestra: un espadí con su puño, una caxa, trs cucharas de plata, dos grandes y otra pequeña con un tenedor de lo mismo. Un juego de hibillas de plata iotra de corbati tambien de plata. Un taburete de madera. Un Arcon de madera de pino (contiene maíz). Una caña viexa de mano. Una caxa de carton: otra de plata con su cubierta de venturina y una escobilla. Una efixie de un Santissimo Christo de bronze pequeño en una cruz. Una caxa de Alamo con dos peluquines y sin sombrero usado. Unas Polainas de palo usadas. Una quarterola de unos seis cañados de vino blanco, otra sin el: un Pipotico pequeño: cosa de quatro carros de leña. Un zerdoso que valdrá unos doscientos reales. Un bufete de madera de Castaño de quatro pies: un banco de respaldo de la propia madera: un estante: dos taburetes: una tixera: un jergon de estopa viexo: una sabana tambien de estopa viexa: una manta de burel: un cobertor de lana de Castilla y una Almohada con lana. En varios papeles, de los hallados durante el inventario, se especifica que el finado recibía rentas de unas propiedades que poseía en Santa Cristina de Campaña y Santa Columba de Louro. Al difunto boticario le sucede su hijo, y después su nieto; ambos fueron enterrados en la Capilla del Hospital.
Los viajes científicos a Francia durante último tercio del siglo XVIII y el primero del siglo XIX son generalmente considerados, por diversas razones, como una importante cuestión en el desarrollo de la ciencia española de ese período. Los viajes científicos de los pensionados y comisionados de la Ilustración suelen estudiarse como un vehículo de transmisión de nuevas ideas científicas. Por el contrario, el exilio de autores afrancesados y liberales suele valorarse negativamente, como una de las causas de la decadencia de la ciencia española del primer tercio del siglo XIX. En este trabajo se pretende ofrecer un marco general para el estudio de estos viajes y presentar algunas de las primeras conclusiones de un análisis comparado de un grupo de biografías de estos viajeros. También se presentan los datos obtenidos del análisis de diferentes fuentes documentales poco conocidas y un esquema de periodificación de estos viajes. «Cuando un gobierno ve las primeras ráfagas de luz, quiere hacer que florezcan en su seno de repente, y al mismo tiempo, todas las ciencias y las artes: establece escuelas, trae Maestros extranjeros, pensiona jóvenes que viajen, hace caminos, abre canales, da premios, concede exenciones y honores, quiere en fin, igualarse de golpe con las naciones que han llegado antes que él a la edad de la razón. Quiere como el joven ser sabio sin las fatigas que cuesta la instrucción. Si sus primeras tentativas producen poco fruto, han sido por lo menos laudables, y sobre todo, necesarias para lograr de las posteriores la justa recompensa de tan útiles tareas...» Sobre el orden que se debe seguir en el fomento de las ciencias naturales y las artes, Variedades de Ciencias Literaturas y Artes, I (1803), pp. 212-226 Los viajes científicos a Francia durante el siglo XVIII y principios del siglo XIX constituyen un capítulo habitualmente presente dentro de las investigaciones sobre la historia de la ciencia española. La mayor parte de los trabajos suelen destacar la importancia de los viajes científicos de los pensionados de la Ilustración como fuente para la introducción de nuevas ideas científicas en España. Por el contrario, el exilio de científicos afrancesados y liberales ha sido considerado como una de las causas de la decadencia de la ciencia española de principios del siglo XIX. Por otra parte, la coincidencia de estos viajes con la habitualmente llamada «revolución química» los ha transformado en un objeto de estudio de gran interés para los historiadores de la química. A pesar de ello, muchas son las investigaciones que faltan para disponer de una imagen adecuada de este tipo de viajes. En primer lugar, resulta necesario establecer un marco teórico adecuado que permita dirigir las investigaciones y plantear las cuestiones oportunas. Los nuevos estudios sobre la transmisión de la ciencia ofrecen numerosas claves para resolver esta cuestión. Además, todavía son numerosas las fuentes históricas que permanecen sin estudiar o han sido poco analizadas. En este trabajo pretendemos avanzar algunas de las cuestiones que guían nuestra investigación, al tiempo que presentamos algunas de las fuentes documentales que hemos utilizado hasta la fecha y sobre las que hemos basado el ensayo de periodificación que aquí ofrecemos. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DE LA TRANSMISIÓN DE LA REVOLUCIÓN QUÍMICA EN EUROPA. El estudio que proponemos se inscribe en diversos marcos de investigación sobre la historia de la ciencia. En primer lugar, el marco más general es el de los estudios sobre la transmisión de la ciencia entre dos países, cuestión que la mayor parte de los historiadores coinciden en señalar como un aspecto fundamental de la ciencia contemporánea 1. Aunque son numerosos y muy diversos los modelos que se han propuesto para explicar este proceso, existe un acuerdo general acerca de la necesidad de superar un viejo esquema que podría ser denominado «difusionista», todavía presente en algunas aproximaciones a este tema. De acuerdo con este modelo, la transmisión de la ciencia es un proceso unidireccional, desde un centro productor de conocimientos científicos hasta un centro receptor. La labor creadora queda restringida al centro productor mientras que los científicos del centro receptor se limitan a aceptar pasivamente las novedades producidas en otros lugares. Los conocimientos viajan, de acuerdo con este modelo, de unos lugares a otros sin sufrir transformaciones. Diversos estudios han puesto de manifiesto las limitaciones de este modelo para explicar aspectos claves del proceso de transmisión de la ciencia. Entre otros aspectos, se suele indicar que la transmisión de conocimientos científicos supone necesariamente una transformación de los mismos al ser apropiados por los científicos receptores en el marco de su situación particular. Estos cambios suelen comportar una adaptación de los contenidos iniciales por parte de los científicos productores y, por lo tanto, el conocimiento finalmente asimilado es el resultado de un proceso de negociación entre diversos grupos que trabajan en contextos diferentes. Esta aproximación constituye la parte esencial del programa de investigación del grupo internacional Science and Technology in the European Periphery, del que forman parte los autores de este artículo. Desde su constitución hace tres años, este grupo ha permitido el intercambio de experiencias y métodos de trabajo así como el análisis comparado de un gran número de casos relacionados con este problema. Un buen ejemplo de las posibilidades que ofrece la historia comparada son los científicos «estrangeirados» portugueses que vivieron una experiencia muy semejante a los pensionados y exiliados estudiados en este trabajo 2. Estas nuevas perspectivas respecto a la transmisión de la ciencia han sido uno de las muchas causas que han propiciado la renovación de los estudios sobre la revolución química 3. Por ejemplo, B. Bensaude-Vincent, en su biografía de Lavoisier, ha ----1 Es evidente que no se puede realizar aquí ni siquiera un mínimo resumen de la literatura sobre el tema. Una pequeña bibliografía, aunque algo anticuada, junto con su discusión, se puede encontrar en DOLBY (1977). Aunque dedicados a otros períodos y materias, nos han resultado de gran interés las conclusiones de diversos estudios particulares como los realizados, desde diferentes planteamientos, por COLLINS (1974) (1982), HOCH (1983) (1987) y WARNER (1985) (1998) así como la bibliografía publicada por VLANCHY (1979) y los diferentes trabajos recogidos en el libro de LAFUENTE (1990). Una descripción de sus actividades se puede encontrar en la página web http://www.uoa.gr/step/. Sobre los «estrangeirados», v. 3 Para una aproximación a la abundante bibliografía sobre la revolución química, pueden consultarse dos obras colectivas publicadas alrededor del bicentenario de estos acontecimientos: DONOVAN (1988) y BRET (1995). Esta última incluye una bibliografía preparada por Patrice Bret, con la literatura aparecida puesto en cuestión muchas de las categorías históricas que han sido utilizadas para tratar el tema, entre ellas, el propio concepto de «revolución» y el de «conversión». En su capítulo dedicado a «la bataille du phlogistique», por ejemplo, Bensaude-Vincent alerta contra el uso de expresiones como «doctrina de Stahl» o «doctrina de Lavoisier» puesto que el «paradigma vencedor» fue designado con diversos nombres: «chimie antiphlogistique» (Kirwan), «chimie nouvelle», «chimie moderne», «théorie des chimistes françaises» (Fourcroy), lo que hace extremadamente complicada la definición de lo que se entiende por «conversión» a las nuevas ideas. Aunque este y otros términos fueron utilizados por los contemporáneos, su uso indiscriminado y acrítico comporta la admisión implícita de determinadas concepciones sobre la «revolución química». En particular, el análisis de la situación en términos de «convertidos» y «opositores» supone la admisión de que la adopción de las nuevas ideas corresponde a un cambio radical y completo de actitud y de manera de pensar las cuestiones relacionadas con la química 4. Esta idea ha sido discutida por historiadores como F.L. Holmes, que han defendido que la química se consolidó como disciplina académica mucho antes de la revolución química. Según este autor, la química del siglo XVIII abarcaba un campo más amplio de actividades y conocimientos que los discutidos en el último tercio del siglo XVIII. Por ello, considera que la revolución química supuso importantes cambios aunque limitados a un «crucial domain within a larger science» 5. Un aspecto de la revolución química que ha atraído tradicionalmente la atención de los historiadores han sido los diversos procedimientos utilizados por los partidarios de Lavoisier para convencer a sus contemporáneos 6. La repetición de experiencias supuestamente cruciales no fue el único recurso utilizado para defender la nueva teoría. B. Bensaude-Vincent señala la existencia de una auténtica campaña, abierta en muy diversos frentes y con distintos medios, que duró cerca de 10 años y que tuvo París como centro principal de operaciones. Dentro de esta campaña, Bernadette Bensaude incluye la correspondencia mantenida para convencer a diversos autores o las reuniones en la casa de Lavoisier en el Arsenal, por donde pasaron autores como Martinus van Marum (1750-1830) y Marsilio Landriani (m. También jugo un importante papel la edición de algunas obras como la traducción crítica de la obra de Kirwan «An essay on Phlogiston» o la creación de la revista Annales de chimie en 1789, que se convirtió en uno de los principales vehículos de transmisión de las nuevas ideas. ---en las tres últimas décadas. Un buen ejemplo de esta renovación son el conjunto de estudios dedicados a la nueva nomenclatura química publicados por Bensaude-Vincent y Abbri (1995). Una discusión sobre este tema puede encontrarse en HOLMES (1995). Hemos discutido esta perspectiva para el caso español en GARCIA-BERTOMEU(2001). Alrededor de 1789, la batalla estaba ganada pero todavía quedaban algunos partidarios de la anterior teoría. La Revolución propició un ascenso del grupo «antiflogicista» que ocupó importantes puestos en la nueva organización de la enseñanza contando, de este modo, con una posición privilegiada para defender sus puntos de vista. Las nuevas ideas fueron transmitidas a varios países de Europa a través de diversos mecanismos, entre ellas los contactos personales y los viajes. Tal y como señala Bensaude-Vincent, para comprender este proceso es necesario integrar «las relaciones geográficas, políticas y culturales entre los países de acogida y Francia» 7. Estos ejemplos muestran la importancia concedida en las investigaciones sobre la revolución química al estudio de los procesos de transmisión de la ciencia. Una cuestión central dentro de estas investigaciones ha sido la transmisión de los diversos conocimientos teóricos y experimentales que permitieron a Antoine Lavoisier formular sus nuevas ideas sobre la combustión y la respiración. Por ejemplo, especialmente tras los estudios de H. Guerlac, se ha prestado especial interés en conocer cómo Lavoisier pudo conocer la química pneumática desarrollada por diversos autores ingleses, asunto en el que jugó un papel decisivo el portugués Joao Jacinto Magalhaes (1722-1790) 8. Otros autores, como F. Abbri, han destacado la necesidad de entender este proceso más allá de los intercambios de información entre autores ingleses y franceses, y analizarlo en el marco más amplio de la química europea de ese momento, dentro del cual diversos autores de diversos países realizaron contribuciones relevantes al desarrollo de la química 9. Un segundo grupo de estudios han mostrado los diferentes canales y procesos a través de los cuales fue transmitida la nueva química a diversos contextos nacionales. En este sentido, K. Hufbauer analizó cómo la recepción de la química de Lavoisier en Alemania estuvo condicionada por la estructura de una comunidad química preexistente. Además de la influencia del incipiente nacionalismo cultural alemán, la respuesta de muchos autores alemanes a las nuevas ideas estuvo relacionada con su posición dentro de esta comunidad, de modo que aquéllos más destacados dentro de la misma fueron los más reacios a la aceptación de las nuevas ideas de Lavoisier 10. Otros autores, como M. Beretta, han sugerido la posibilidad de que las diversas posiciones ideológicas de los científicos respecto a la revolución francesa pudieron afectar a la recepción de la «revolución química» 11. Véase, sobre esta cuestión, todo el capítulo X que tiene el significativo título de «la bataille du phlogistique». Sobre esta cuestión, v. también su clásico estudio sobre «the crucial year» (GUERLAC (1961)). F. L. Holmes ha señalado recientemente la necesidad de estudiar la recepción de la nueva química por parte de diversos grupos de profesiones y ocupaciones como la medicina y la cirugía, la farmacia, la minería y la metalurgia, y ha sugerido que este aspecto puede ser incluso más importante que los propios contextos nacionales 12. En este sentido, resulta especialmente interesante el estudio de A. Lundgren sobre la recepción de la nueva química en Suecia, donde existían diferencias claras entre los miembros del mundo académico y universitario y los autores relacionados con las actividad minerometalúrgicas 13. El estudio de la difusión de la nueva terminología química entre médicos y farmacéuticos franceses, realizado por A. Claire Deré, ofrece nuevos apoyos a la idea de la importancia de los contextos profesionales en la transmisión de las nuevas ideas 14. Como veremos más adelante, éste es un aspecto importante en la recepción de estas ideas en España. VIAJES CIENTÍFICOS Y TRANSMISIÓN DE LA NUEVA QUÍMICA Los contactos personales y los viajes científicos se han revelado como un importante canal de transmisión de la «nueva química» en los diferentes países europeos. Los estudios sobre la «revolución química» han sido también un campo fructífero para poner de manifiesto las peculiaridades que introduce el viaje en el proceso de transmisión de conocimientos científicos. Se ha mostrado que, a través de estos viajes, se pueden transmitir saberes teóricos y prácticos que no son fácilmente comunicables de forma escrita por estar todavía en plena construcción y no encontrarse todavía formalizados. Del mismo modo, determinadas habilidades relacionadas con el trabajo práctico son preferentemente transmitidas a través de personas que las han aprendido personalmente gracias a un contacto directo. Pero, el viaje, es, además, vehículo privilegiado en la transmisión de modelos institucionales y de patrones de comportamiento y valores relacionados con nuevas formas de organización de la actividad científica. Entre los ejemplos que habitualmente suelen citarse para apoyar algunas de estas ideas se encuentra el del holandés Martinus van Marum, que, en junio de 1785 viajó a París, mantuvo contactos con Lavoisier y otros autores científicos, y describió sus actividades en una obra titulada Journal physique de mon séjour à Paris 15. A su vuelta a Holanda, van Marum realizó una presentación sistemática de la nueva química, que fue muy importante para la introducción de estas ideas en su país. 15 Este diario ha sido publicado en el tomo II de M. van Marum, Life and work. Otros ejemplos conocidos de la influencia de estos viajes son las biografías del escocés James Hall (1761-1832) o del sueco Pehr Afzelius. Este último estuvo en París en 1785 donde escuchó a autores como Lavoisier, Fourcroy, Baumé y Sage. Por su parte, Marsilio Landrani (1751-1821), secretario de la Società Patriottica de Milán, viajó a París en 1787 por encargo de esta sociedad para que evaluara el progreso de la ciencia y las manufacturas en Francia y otros países europeos. En París contactó con Lavoisier, Berthollet, Guyton de Morveau y Fourcroy en los momentos posteriores a la publicación de la nueva terminología química 17. La situación bélica que se vivió en Europa tras la Revolución Francesa es otro de los factores que han sido tenidos en cuenta respecto a la transmisión de las nuevas ideas y que, como se verá más adelante, tuvo gran importancia en el caso español. La influencia de las guerras revolucionarias sobre la actividad científica ha sido investigada por Gavin de Beer a través del análisis de las relaciones científicas entre Francia e Inglaterra durante la revolución y el Imperio, mediante el estudio principalmente de la correspondencia de varios autores. Aunque el autor concluye que «the men of science of both sides of the Channel never ceased to communicate with one another», es evidente que los viajes entre ambos países se hicieron más difíciles y, por lo tanto, cambiaron las condiciones en las que se produjo el intercambio de información científica. La guerra supuso problemas para los viajeros ingleses en Francia puesto que, desde mayo de 1793, se impidió a los súbditos británicos viajar a Francia sin licencia y se obligó a regresar a los que ya se encontraban allí 18. A pesar de ello, y al igual que ocurrió con algunos españoles, algunos ingleses decidieron permanecer en Francia y otros viajaron posteriormente en muy diversas condiciones. Las conclusiones de Gavin de Beer no ocultan que la guerra dificultó las relaciones científicas entre Inglaterra y Francia puesto que los viajes y el intercambio de correspondencia y libros se hizo más complicado, aunque, a pesar de todo, continuó produciéndose. La situación bélica fue sólo uno de los múltiples factores que influyeron en la transmisión de las nuevas ideas químicas. Entre estos factores deben incluirse la situación de las comunidades químicas nacionales, los diferentes contextos profesionales, las actitudes ideológicas de los cultivadores de la ciencia, los contactos personales con los protagonistas de la revolución química y los causas que llevaron a cada uno de los autores a interesarse por la química. El proyecto de investigación que presentamos a continuación pretende ofrecer nueva luz sobre estas cuestiones a tra-----vés del estudio de un caso particular: los viajes de los cultivadores de la química españoles a Francia entre 1770 y 1830. En el anterior apartado, se han revisado algunos estudios realizados sobre la transmisión de la «nueva química» a diferentes países europeos. En el caso de España, este tipo de viajes cobran un especial interés, tanto por la proximidad a Francia como por la política desarrollada por los gobiernos ilustrados. El envío de pensionados al extranjero para el estudio de las ciencias fue uno de los elementos principales del programa de reformas emprendido por el gobierno y las instituciones científicas y económicas de la Ilustración para fomentar el cultivo de las ciencias en España. Junto al envío de pensionados, los principales estudios coinciden en señalar como elementos constituyentes de este programa de reformas la fundación de nuevas instituciones científicas y la contratación de técnicos extranjeros. Los pensionados, según estos mismos estudios, viajaron al extranjero para completar su formación y poder, a su vuelta a España, ocupar los puestos creados en las nuevas instituciones científicas 19. Tradicionalmente se ha considerado la guerra de la independencia como el acontecimiento que acabó con el proceso de desarrollo de la actividad científica en la España de la Ilustración. Sin embargo, algunos autores han señalado que el «período de catástrofe» de la ciencia española del primer tercio del siglo XIX no puede ser atribuido únicamente a la coyuntura desfavorable de los años de esta guerra y que algunas de las causas de esta crisis comenzaron a aparecer en los años anteriores. Asimismo, las condiciones en las que se desarrolló la actividad científica durante el reinado de Fernando VII deben incluirse entre las causas de la crisis. Como es sabido, la persecución política a «afrancesados» y liberales provocó la salida al extranjero de numerosos cultivadores de la ciencia, hecho que, creemos, merece estudios más detallados de los existentes hasta el momento 20. ---- 19 Para una introducción a la abundante bibliografía sobre la ciencia española del siglo XVIII, v. los volúmenes colectivos dirigidos por SELLES, M. et al (1988) y FERNANDEZ PEREZ; GONZALEZ TASCON (eds.) (1990). 20 Lamentablemente, este «período de catástrofe» apenas ha sido estudiado por los historiadores de la ciencia. El volumen colectivo dirigido por LOPEZ PIÑERO (1992), aunque dedicado a todo el siglo XIX, permite conocer el estado de la cuestión. Hemos utilizado la división por períodos propuesta por LOPEZ PIÑERO (1968) y (1979) para la ciencia española del siglo XIX. Sobre el exilio liberal, v. Para poder establecer las características generales de estos viajes a Francia, ha sido recuperada información procedente de diversas fuentes sobre más de ochenta biografías de cultivadores de la química que viajaron al extranjero en este período. Además de diversos repertorios biobibliográficos dedicados a los cultivadores de la ciencia de este período, se han empleado diversos estudios sobre instituciones científicas españolas y biografías particulares, y se ha consultado documentación procedente de archivos españoles y franceses. París fue el centro más importante de acogida de estudiantes españoles, por lo que ha sido estudiada diversa documentación perteneciente a varias de las instituciones educativas que contaban con cursos de enseñanza de la química 21. Se han analizado también algunos documentos generados por la condición de extranjeros o de exiliados de los españoles residentes en París 22. Finalmente, en el Archivo Histórico Nacional de Madrid ha sido consultada diversa documentación generada por la embajada española y varios libros de registro de Hacienda donde se encuentran los pagos realizados por el gobierno a los pensionados españoles 23. El primer resultado que muestra su análisis comparado es la importancia que tuvo Francia como país receptor de estos viajes, no sólo por su proximidad geográfica sino también por ser este país uno de los centros más importantes de actividad científica en Europa durante la segunda mitad del siglo XVIII. El otro grupo importante de viajes se dirigieron a los territorios centroeuropeos donde se encontraban las escuelas de minas de Freiberg y Schemnitz. Los períodos en los que viajaron más estudiantes españoles a estas escuelas coinciden con la constitución de la cátedra de química de Vergara, los primeros años de la escuela de minas de Almadén y el proyecto de Fausto de Elhuyar de creación de una escuela de minas de Madrid alrededor de 1828 24. Al contrario de lo que ocurre en el caso de otras áreas como la medicina, la náutica o la construcción de instrumentos científicos, Gran Bretaña tuvo poca importancia ----en los viajes realizados por los cultivadores de la química españoles 25. Los viajes a otros países están más relacionados con biografías particulares que con tendencias generales. A Italia apenas viajaron cultivadores de la química españoles, a pesar de que fue un centro importante para los estudiosos de la historia natural y el lugar de acogida de muchos de los jesuitas expulsados por el gobierno de Carlos III. Por su parte, Carlos de Gimbernat recorrió numerosos países de Europa, entre ellos Francia, Inglaterra y, más tarde, Suiza e Italia donde estudió ciencias naturales y realizó diversas investigaciones geológicas 27. Como hemos dicho, el país receptor más importante fue Francia, donde viajaron alrededor de dos de cada tres de los autores estudiados, lo cual es una proporción suficientemente alta para mostrar su importancia, al margen de las posibles desviaciones producidas por las fuentes utilizadas 28. La ciudad más visitada fue, como es lógico, París, donde se encontraban muchos de los más importantes autores químicos de este período, aunque también se produjeron viajes a otras ciudades francesas, especialmente Montpellier, en cuya Facultad de Medicina estudiaron numerosos médicos catalanes de este período, entre ellos algunos cultivadores de la química como Francesc Carbonell i Bravo (1768-1837) y Josep Garriga i Buach (n. Las causas que llevaron a la realización de estos viajes a Francia, las características de las instituciones de enseñanza de París donde estudiaron estos autores y las condiciones en las que se produjo su regreso a España variaron sustancialmente a lo largo de los años estudiados, de modo que se pueden distinguir varios períodos. El primero de ellos comienza alrededor de 1770, con la partida de los primeros pensionados de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, y finaliza en 1793, fecha de inicio de la guerra entre España y la República Francesa. Sobre los hermanos Elhuyar, v. la biografía de PALACIOS REMONDO (1992), que contiene también abundante información sobre sus viajes. 28 Si se elimina la documentación procedente de archivos, un estudio de las biografías de cultivadores de la ciencia españoles basada solamente en diversos repertorios biográficos muestra que alrededor del 70% de los viajes científicos se realizaron a este país. finalización de esta guerra y se extiende hasta después de la Guerra de la Independencia. Finalmente, el tercer período corresponde a los dos reinados de Fernando VII, hasta su muerte en 1833. A continuación estudiaremos, por separado, las características de estos tres grupos de viajes. LOS PENSIONADOS Y COMISIONADOS DEL REINADO DE CARLOS III: VIAJES DE ES- TUDIOS Y «ESPIONAJE INDUSTRIAL» Como hemos indicado, aunque anteriormente hubo importantes viajes científicos al extranjero, durante la década de 1770 se produjo un aumento del número de viajes científicos a Francia. Los primeros viajes partieron de la Sociedad Vascongada de Amigos del País: los hermanos Munibe y Elhuyar, y, más tarde, Javier Eguía y Juan Bautista Porcel, padre de Trino Antonio Porcel que también residió en París más tarde 29. Estos viajes tuvieron como principal objetivo el conocimiento de las técnicas minerometalúrgicas utilizadas en las principales cuencas mineras e industrias siderúrgicas de Centroeuropa y la formación de estos jóvenes en las escuelas de minas donde impartían cursos los profesores más reconocidos en la materia. Ramón María Munibe (1751-1776), hijo del Conde de Peñaflorida, director de la Sociedad Económica Vascongada, viajó entre 1770 y 1773 a diversos puntos de Europa por encargo de esta Sociedad Económica para adquirir conocimientos sobre mineralogía y metalurgia 30. Su hermano, Antonio María Munibe (ca. Viajó después por Suecia para aprender nuevas técnicas relacionadas con la industria del hierro, las cuales dio a conocer en diferentes escritos dirigidos a la sociedad vascongada 31. Junto con Javier Eguía (fl. 1777), hijo del Marqués de Narros, y Juan Baustita Porcel, también pensionados por la Sociedad Vascongada, hizo gestiones para conseguir un profesor de química para la cátedra que iba a crear la Sociedad 32. Estos viajes se realizaron en los primeros momentos de la revolución química, poco después del año que Henry Guerlac calificó de «crucial year» (1772). En esos años, el programa de trabajo de Lavoisier no era considerado como revolucionario, ni había un acuerdo sobre su validez o sus consecuencias. La situación cambió a partir de 1777, con la aparición de los primeros textos en los que Lavoisier claramente expresó su intención de explicar la combustión sin necesidad del flogisto. En esta segunda fase, aparecieron diferentes propuestas que rivalizaron seriamente con las defendidas por Lavoisier y otras que trataron de hacer compatibles la teoría del flo-----29 Sobre este tema véase SILVAN (1953) y GAGO (1994). gisto con algunas nuevas ideas y experiencias. Según Perrin, la disputa comenzó a inclinarse claramente del lado de Lavoisier alrededor de 1783, con la repetición de las experiencias realizadas por H. Cavendish sobre la composición del agua. A finales de la década de 1780, los más importantes químicos franceses eran partidarios de las ideas de Lavoisier y muchos otros autores de diversos países europeos habían comenzado a adoptarlas 33. Fue precisamente en esos años finales de la década de 1780 cuando se produjo la mayor afluencia de viajeros españoles, lo que puede explicar que muchos de ellos se convirtieran pronto en partidarios de las nuevas ideas y contribuyeran a su rápida transmisión en España. La Sociedad Vascongada continuó apoyando estos viajes al extranjero, fundamentalmente para obtener información sobre las técnicas minerometalúrgicas. Por ello, muchos de estos pensionados viajaron también a las escuelas de Freiberg y Schemnitz, o a Upsala como hizo Juan José de Elhuyar. El gobierno de Carlos III también comenzó a subvencionar estos viajes, en algunos casos, con el objetivo de desarrollar diversas misiones de espionaje 34. El hecho de que el centro de interés de estos viajes fueran las técnicas minerometalúrgicas pudo ser una de las causas que propició que estos autores entraran en contacto durante estos años con Jean Darcet (1725-1801), profesor del Collège Royal. La escasez de fuentes sólo permite afirmar que lo hicieron los hermanos Elhuyar y Jerónimo Más (m. Jerónimo Más fue pensionado por la Sociedad Vascongada de Amigos del País, con el objetivo de preparar el curso que debía dar en la cátedra de química de Vergara, de la que se hizo cargo tras la salida de François Chabaneau (1754-1842). En el laboratorio del Collège Royal, Jerónimo Más realizó diversas experiencias sobre «la composición y descomposición del agua» en colaboración con Le Grou, Léfevre de Guineau (1751-1829), profesor de física experimental del Colegio, y Jérôme Dizé (n. Esta experiencia fue una de las más importantes utilizadas por los partidarios de las ideas de Lavoisier para difundir las nuevas ideas 36. Es posible que también estudiara en el Collège Royal con Darcet, Trino Antonio Porcel (fl. 1788), que publicó en París en 1788 en la revista Observations sur la physique una memoria sobre el análisis de varios minerales de hierro. 34 Sobre esta cuestión, v. Sobre la misión secreta de los hermanos Elhuyar, v. 35 Sobre esta memoria, v. En GAGO-PELLON (1994), 80 se ofrecen más datos sobre las buenas relaciones de Jerónimo Más con d'Arcet y su ayudante. esta memoria, Trino Antonio Porcel utiliza la nueva terminología química, que había aparecido publicada el año anterior, aunque propuso varias modificaciones 37. Junto con la cátedra de química del Collège Royal, la otra institución que debió jugar un importante papel en la formación de los estudiantes de química españoles fue el Musée creado por Pilâtre de Rozier en 1781, una institución que, más adelante, cambió su nombre por «Lycée». Rozier había establecido una serie de ventajas para los alumnos españoles y la corona española subvencionó en 1786 los gastos de los cursos para seis de estos estudiantes 38. A partir de ese año, se hizo cargo de la enseñanza de la química Antoine Fourcroy, que entró en contacto, según se desprende de múltiples fuentes, con varios estudiantes españoles de ese período 39. A este grupo de pensionados, procedentes de la Sociedad Económica Vascongada, cuyo interés fundamental era el conocimiento de las técnicas minerometalúrgicas, se unió a finales de la década de 1780 otro grupo de pensionados por el gobierno que viajaron a París y, sobre todo, a las escuelas de minas de Freiberg, en Alemania. Entre ellos se encontraban Andrés del Río (1765-1849), del que nos ocuparemos en el siguiente apartado, y otros autores cuyas biografías son menos conocidas como José Miaja, Manuel de Angulo, José Ricarte o el ingeniero alemán al servicio de la corona española Enrique Schenellenbühel 40. A este grupo hemos de añadir Juan López de Peñalver quien, tras asistir a la escuela de minas de Schemnitz, fue trasladado a París, donde pasó a formar parte del equipo «hidráulico» dirigido por Agustín de Betancourt (1758-1824) y del que formaban parte también José María Lanz (n. Miaja, Angulo y Schenellenbühel llegaron a Schemnitz en julio de 1788 y, más tarde, pasaron a Freiberg donde se encontraron con Ricarte y del Río. A través de las órdenes remitidas por el gobierno podemos conocer los objetivos del viaje. Además de seguir los cursos, se ordenó a Enrique Schenellenbühel que realizara una «colección completa de diseños de todas las máquinas y hornos» y que, durante su viaje a Carintia, observara y describiera «con toda ----37 Méthode pour découvrir dans une Mine de Fer les Oxides (ou Chaux) de Zinc et de Manganèse, par le moyen de l'Acide acéteux; par Porcel. 39 Además de DEJOB (1889), sobre está institución y la enseñanza científica, v. 40 La presencia de los dos primeros, cuyas biografías apenas se conocen, se puede seguir a través de varios registros en los libros de Hacienda, principalmente, en Madrid, AHN, libro 6468, f. 41 Sobre estos y otros pensionados que, más tarde, serían el núcleo de la Escuela de Caminos, v. Más datos sobre los pensionados en París durante estos años en CHAUMIE (1935-36). exactitud los hornos y métodos de refundición de plomo»; mientras que a Angulo se le encomendaba la misión de informarse sobre el «nuevo modo de amalgamar» 42. Más tarde se les ordenó que visitaran durante la primavera de 1791 «los establecimientos más interesantes de minas, fundiciones y fábricas de la Alta Hungría», con el objetivo de «enterarse a fondo de sus diversas operaciones y del estado de sus costos y productos». Además, durante el otoño debían ir a Sajonia para continuar con los cursos y, al finalizar estos, debían «recorrer y examinar a fondo las minas y fundiciones de aquel país y de la Bohemia, particularmente sus respectivos ramos de cobre y estaño» 43. Otro ejemplo ilustrativo de este tipo de misiones nos lo ofrece la que realizó Fausto de Elhuyar en 1788. Entre sus órdenes, se encontraba la de recoger un grupo de pensionados que estaban estudiando en París con el objetivo de acompañarlos hacia Alemania, donde debían seguir sus estudios de minería, metalurgia y mineralogía. Era el grupo formado por Andrés Manuel del Rio, Fernando Casado de Torres (m, 1829) y José Ricarte. Fausto de Elhuyar informó en una carta dirigida al Ministro José de Galvez, que había decidido dejar a estos tres pensionados en París continuando sus estudios -«Andrés del Río y José Ricarte sus cursos y Fernando Casado sus operaciones mecánicas»-hasta que alcanzasen los conocimientos suficientes 44. En efecto, Andrés del Río pasó cuatro años en París, dedicándose primordialmente al estudio de la química y de las ciencias experimentales, antes de emprender viaje hacia las escuelas centroeuropeas en 1788, pocos meses después del paso por París de Fausto de Elhuyar. Estos viajes nos enfrentan con dos cuestiones importantes. En primer lugar, prueban que, en el caso de los pensionados para el estudio de la mineralogía, la metalurgia y las técnicas mineras, París fue una escala previa en el camino hacia las escuelas de minas centroeuropeas. Su estancia en la capital francesa tenía como objetivo alcanzar la formación científica necesaria para un mejor aprovechamiento de sus misiones posteriores. La química era parte de esa formación que debían adquirir por diferentes medios, entre ellos la asistencia a los cursos abiertos en esta ciudad. Las órdenes que hemos analizado muestran, por tanto, que el principal interés no fue el aprendizaje de las nuevas teorías químicas sino el conocimiento de diversas técnicas minerometalúrgicas, por lo que resultaría impropio hablar en este período de pensionados y viajes «para el estudio de la química». El contenido de estas órdenes de viaje nos enfrentan, en segundo lugar, con el problema de cómo calificar el carácter de la información que en ellas se pedía que fuese obtenida y de los métodos que debían emplearse para ello. aparecen en las órdenes de viaje y en los informes de los pensionados a la adquisición de información sobre máquinas, procesos industriales, técnicas de fabricación, etc. ha llevado a utilizar el término «espionaje industrial» para calificar el objeto de estos viajes. Antonio Lafuente llega a encontrar en ello un elemento distintivo entre los viajes a Europa, que tenían «siempre aparejadas misiones de espionaje», y los viajes a América, que fueron «organizados como expediciones y como empresas de la razón» 45. Si entendemos por espionaje el intento de «conseguir informaciones secretas sobre un país o una empresa», en nuestra opinión, el uso del término «espionaje industrial» en el contexto de los viajes ilustrados debe hacerse con una enorme precaución, debido a que, especialmente en el caso de la química, la frontera entre el conocimiento público y privado o secreto fue extremadamente difusa y, sobre todo, cambiante en este período. A lo largo del siglo XVIII, la química fue introducida paulatinamente en las academias científicas y adoptó los patrones de comunicación propios de la ciencia moderna, pero continuó manteniendo una fuerte relación con diferentes actividades tecnológicas como la vidriería, la metalurgia o la fabricación de tintes, donde la comunicación seguía patrones de conducta diferentes. Estas transformaciones disciplinares se pueden observar en la aparición de los conceptos de «química pura» y «química aplicada» y la creación de un nuevo género de obras bajo el título «química aplicada a las artes» en los años finales del siglo 46. Todo ello explica que los viajeros españoles encontraran actitudes muy diferentes respecto al uso y la difusión de la información según se aproximaran al mundo de la ciencia académica y de los cursos públicos de química o a las instituciones gremiales en las que se desarrollaban muchas de las actividades tecnológicas antes mencionadas. En estos viajes podemos comprobar el carácter cambiante y difuso de las fronteras entre un tipo de comunicación y otro. A través de estos viajes y de sus protagonistas, la información cambió su condición dependiendo del lugar en el que era obtenida y difundida. Recordemos que a menudo la información obtenida en los talleres tintoreros o en las explotaciones mineras fueron objeto de comunicaciones en academias y sociedades o de publicaciones en revistas y libros. Además del fuerte riesgo de anacronismo en el que podríamos incurrir al aplicar genéricamente el calificativo de «espionaje industrial» a las misiones encomendadas a los viajeros de la Ilustración, el uso de este término tiene como principal limitación el hecho de que con él estamos pasando por alto uno de los aspectos más interesantes de la ciencia de este período: las transformaciones que se produjeron en la comunicación científica y que afectaron tanto a los medios de transmisión de la información como al propio carácter de ésta. Un tema para cuyo estudio, los viajes son una aproximación privilegiada. Otro ejemplo del uso del término «espionaje industrial» para la interpretación de viajes al extranjero es el estudio de HELGUERA QUIJADA (1988). La diferencia entre unas formas y otras de comunicación resulta especialmente clara en este primer período, si se comparan los viajes ya mencionados relacionados con la metalurgia y la minería con los realizados por médicos y cirujanos. El segundo grupo importante de viajeros españoles en los cursos de química de París procedía del campo de la medicina y la cirugía. Entre estos pensionados se encontraba el médico Ignacio María Ruiz de Luzuriaga (1763-1822), que estudió en la Faculté de Médecine, en la Ecole de Chirurgie y en el Collège Royal de París 47, y publicó en 1784 una memoria sobre «la décomposition de l 'air atmosphérique par le plomb» que apareció en la revista Observations sur la physique. Este trabajo es un ejemplo de la diversidad de causas que llevaron a médicos como Luzuriaga a interesarse por la química pneumática. Luzuriaga afirma que comenzó a investigar el plomo y su capacidad para «descomponer el aire atmosférico» tras unas observaciones sobre el «colique des Peintres», enfermedad habitual en las personas que trabajan con compuestos de plomo. Tal y como señala en su artículo, «con mis investigaciones no llegué a ningún resultado en aquello que buscaba, pero ocurrió que, como es frecuente en las ciencias, buscando una respuesta se llega a otra diferente que no se buscaba». De ese modo, Luzuriaga se interesó por los trabajos recientes sobre la química pneumática y realizó diversas experiencias para comprobar cómo diversos cuerpos «despojan al aire de su flogisto» 48. Tras permanecer varios años en París, Luzuriaga viajó a Londres y Edimburgo donde estudió con William Cullen (1710-1790) y obtuvo el título de doctor en medicina 49. Por su parte, Juan Manuel de Aréjula partió en esos años al frente de un equipo de alumnos del Colegio de Cirugía de Cádiz, formado por Miguel Arricruz (1761-1825) y Francisco Flores Moreno (fl. Estos viajes de formación al extranjero eran realizados por grupos de alumnos del Colegio de Cirugía de Cádiz desde poco después de su creación en 1748. Al igual que ocurría con los pensionados de Almadén y la Sociedad Vascongada, éstos también fueron sometidos a un estricto control de sus actividades. Además de las instrucciones recibidas a su partida, uno de los ----47 Figura inscrito en la Facultad de Medicina, (París, BFM (Ms. 25, 131-154)) en los cursos de Jean Baptiste Langlois y Jean Louis Marie Solier de la Romillais y en el Collège de France, donde siguió los cursos de Joseph Roulin (1708-1784) en 1782 (París, ACF (A-XIV/8)). 49 Sobre la estancia de Luzuriaga en el Reino Unido, v. 103v.), fue nombrado catedrático de química del Colegio de Cirugía de San Carlos (ibid., f. 218v.-219) y, de nuevo, fue pensionado para ir a París y Londres a comprar instrumentos para el laboratorio (ibid., f. estudiantes del grupo -en este caso Aréjula-hacía las veces de supervisor de los demás y, por si todo ello fuera poco, la embajada española o antiguos pensionados residentes en París realizaban informes sobre sus actividades 51. De entre todos estos estudiantes de cirugía, el autor que más contribuciones realizó a la química fue Juan Manuel de Aréjula. En París, Aréjula fue alumno de Fourcroy y preparó la traducción de la nueva nomenclatura química que había aparecido en 1787. La publicación de la traducción realizada por Pedro Gutiérrez Bueno le obligó a abandonar el proyecto, aunque publicó unas «Reflexiones sobre la nueva nomenclatura» en las que puso en cuestión el uso del término «oxígeno» 52. Cuando volvió a España, a principios de 1789, el Conde de Floridablanca solicitó que colaborara en su proyecto de creación de una Academia de Ciencias 53 pero, finalmente, fue nombrado profesor de química del Colegio de Cirugía de Cádiz 54. En octubre de ese mismo año fue pensionado de nuevo para ir a París y Londres con el objetivo de elegir y comprar las máquinas e instrumentos necesarios para el laboratorio de química del Colegio de Cádiz 55. Como vemos, tanto Aréjula como Luzuriaga pudieron asistir a cursos públicos ofrecidos por instituciones educativas, en muchos casos de medicina y cirugía, sin necesidad de vencer las trabas que hemos observado en el caso del grupo de mineralogistas. Sus viajes se produjeron en contextos académicos en los que la difusión de la información, no sólo no estaba restringida por su valor comercial y estratégico o regulada por las formas tradicionales de transmisión del saber, sino que constituía una parte importante de la tarea de aquellos autores especialmente interesados en dar a conocer sus ideas a todos aquellos que podían servir posteriormente de fervientes y efectivos transmisores. Este parece ser el caso de las relaciones que Aréjula mantuvo con Fourcroy durante su estancia en París. Tal y como hemos mostrado en otro trabajo, Fourcroy fue uno de los principales difusores de las nuevas ideas de la revolución química y uno de los autores con mayores repercusiones en el ámbito español 56. Su ----51 El sueldo de todos ellos fue durante todos esos años de 12.000 reales anuales. Agradecemos al autor de este último trabajo la valiosa documentación que nos ha ofrecido sobre los viajes de cirujanos de Cádiz. Una reproducción facsímil ha sido editada por GAGO (1979). Agradecemos a Mikel Astrain esta información procedente de su trabajo doctoral (ASTRAIN (1996)). En Londres compró instrumentos científicos por valor de 237 libras a J. Cologan y regresó a España durante el mes de septiembre de 1791 (ibid., libro 6467, f. Sobre los viajes otros cirujanos a Francia en este período, v. 56 BERTOMEU-GARCIA (2000b) intensa producción bibliográfica, que abarcó desde manuales de enseñanza y textos elementales hasta grandes tratados, fue uno de los instrumentos empleados en su programa de implantación de las nuevas ideas. Pero, al igual que ha sido estudiado para el caso de Lavoisier, Fourcroy concedió una gran importancia al contacto personal con los viajeros que pasaban por París en esos años, pues era consciente de la eficacia que las discusiones directas y las demostraciones experimentales en su presencia tenían en la transmisión de las nuevas ideas en esos momentos iniciales en los que todavía no estaban plenamente formalizadas. La importancia concedida por Aréjula a las aplicaciones de la química a la medicina y el ardor con el que defendió estas ideas dan buena cuenta de la influencia que tuvo su paso por París y su contacto con autores como Fourcroy, que se refirió a él como «un des mes élèves» 57. En los períodos posteriores, cuando los viajeros buscaban una formación más relacionada con la química, estas dos situaciones opuestas de transmisión de información se combinaron en el mismo viaje, como muestra el siguiente ejemplo. Domingo García Fernández (1759-1826) viajó inicialmente a Francia para completar sus estudios de farmacia y de medicina, aunque su carrera se dirigió, más adelante, hacia lo que en esos años comenzaba a denominarse «química a las artes». Viajó por primera vez a Francia a principios de los años 1780 para estudiar en el Colegio de Farmacia 58 y en la Facultad de Medicina 59. En 1783, obtuvo una pensión del gobierno para el aprendizaje de la química y para espiar las técnicas de fabricación y uso de tintes empleadas en la factoría francesa de Gobelins 60. Años más tarde, fue de nuevo pensionado por el gobierno para realizar diversas comisiones en Francia, entre ellas la compra de instrumentos para la nueva cátedra de química aplicada a las artes que se estableció en Madrid en 1787 61. Como empleado de la Junta de Comercio y Moneda, García Fernández puede considerarse como el único representante de este período de viajes científicos cuyo objeto fue el estudio de la «química aplicada a las artes», un área en la que se produjeron buena parte de los viajes durante el siguiente período definido en nuestro estudio. En este sentido, el caso de García Fernández constituye una excepción dentro del conjunto de viajes de la década de los ochenta del siglo XVIII, que fueron motivados, en su mayor parte, por asuntos relacionados con la minería, la medicina o la cirugía. La química constituía una parte de los conocimientos básicos que debían adquirir para un mejor cumplimiento de sus misiones en estos ----57 Cf. Figura inscrito en los cursos de fisiología impartidos por Soir (1782), patología de Solves (1783), cirugía de A. Contavaux (s.a.) y un nuevo curso de patología de Solier de la Romillay (s.a.). Sobre esta escuela de química, v. GAGO (1984). campos, pero nunca el objeto principal de la mayor parte de estos viajes. Por el contrario, en el caso de García Fernández, el viaje fue motivado, en parte, por la creación de una escuela de química en Madrid y, por ello, el gobierno dio órdenes para que el pensionado adquiriera ciertos conocimientos básicos de química e instrumentos científicos. Según estas órdenes, García Fernández debía pasar en 1787 de cuatro a seis meses en Francia para «tomar conocimiento de los adelantamientos que ha tenido la química, encargar los instrumentos que no pueden hacerse aquí, y, sobre todo, a instruirse menudamente de lo que se practica en las Casas de la Moneda de París y Bordeaux en lo relativo a fundición, afinación, apartado, métodos de ensayos y refundición de nuestras monedas, procurando adquirir Planos, o modelos de los Hornos y Máquinas más útiles, y un completo conocimiento del mecanismo de las Labores, gastos que ocasionan, precauciones que se observan para evitar desperdicios y mermas y todo lo demás que fuera digno de notar y advertir 62. Como vemos, al igual que en otros casos, las tareas asignadas a Domingo García Fernández tenían como principal objetivo la obtención de información reservada sobre ciertas técnicas, en este caso de ensayo de metales, pero, en relación con el proyecto de creación de una escuela de química, se le indicaba «tomar conocimiento de los adelantamientos de la química» y encargar algunos instrumentos imposibles de construir en España. Este segundo objetivo -la formación de profesores con los conocimientos químicos más avanzados y el establecimiento de adecuadas instituciones de enseñanza-se encuentra mucho más claramente definido en los viajes del siguiente período, debido al desarrollo parcial del plan previsto por la Real Escuela Práctica de Química. Otro caso semejante al de García Fernández, es el de Francisco Antonio Codón, un personaje poco conocido que, en 1815, afirmaba haber viajado durante 14 años (!) con pensiones de los gobiernos de Carlos III y Carlos IV por Francia, Islas Británicas y el norte y el centro de Europa. Su testimonio resulta verosímil puesto que aparece entre 1784 y 1785 matriculado en diversos cursos de la Escuela de Cirugía de París 63; más tarde, como alumno de la escuela de minas de Freiberg, en el año 1795 64, y, en 1801, como «pensionado de la Corte de España» en París, donde publicó un trabajo en una revista de medicina 65. A lo largo de sus viajes, Codón entró en contacto con personajes como Werner, Haüy, Fourcroy, Lacépède o Cuvier y ayudó a formar al----- 62 Madrid, AHN, Hacienda, libro 10828, f. Más datos sobre el viaje en AHN, Hacienda, libro 6463, f. 63 Aparece en el registro «Francisco Codon» de Madrid inscrito en los cursos de anatomía de Sabatier, que comenzó el 15 de noviembre de 1784 (Paris, BFM, Ms. 63, Ms. 64 MCf. gunas colecciones de minerales y de instrumentos. Cuando regresó a España fue propuesto para la cátedra de química del Seminario de Mineralogía de México, pero no se llegó a incorporar a este puesto debido, al parecer, a las dificultades de comunicación que supuso la Revolución francesa 66. Codón fue comisionado para la mejora de la producción de vidrio de la Real Fábrica de Cristales y, más adelante, fue nombrado ayudante en el Real Estudio de Mineralogía 67. Sus huellas desaparecen después de 1815, fecha en la que solicitó infructuosamente ser contratado por el Museo de Ciencias Naturales 68. Finalmente, otro grupo de los pensionados por el gobierno de este primer período procedían del ejército y su objetivo era principalmente mejorar los conocimientos sobre las técnicas relacionadas con la artillería y la fabricación de pólvora. A partir de 1787, los capitanes de artillería Tomás de Morla (1752-1820) y José Guillelm recorrieron diversos países de Europa «con el objeto general de tomar nuevos conocimientos de los ramos facultativos pertenecientes a su profesión y demás puntos (...) útiles al Estado» 69. En 1788, ambos autores remitieron una copia de varios planos de diversas máquinas 70 y, más adelante, se ordenó a Jorge Guillelm viajar a Holanda para examinar los métodos de elaboración de pólvora 71. Tras realizar diversas misiones, los dos militares volvieron a España en 1792 y continuaron su carrera en el ejército 72. París fue, por tanto, un lugar de paso obligado para muchos de los pensionados y comisionados españoles de este primer período. La estancia en esta ciudad no tuvo, sin embargo, el mismo significado para todos ellos. Una de las causas fue, sin duda, la diferente situación institucional en la que se encontraba en esta y otras ciudades de Francia la enseñanza de los saberes teóricos y prácticos reclamados por cada uno de estos grupos interesados en la química. Para el importante grupo de pensionados para el estudio de las técnicas minerometalúrgicas, por ejemplo, París ocupó una posición secundaria en sus itinerarios, debido a la pobre situación institucional de la enseñanza de estos saberes en Francia. Basta señalar que entre los alumnos de las escuelas de Freiberg y Schemnitz se encontraban numerosos franceses subvencionados por su gobierno e instituciones privadas. Muy diferente fue la importancia de París y la actividad desarrollada en esta ciudad por los pensionados pertenecientes al mundo de ----66 Sobre esta cuestión, v. Codón señala que la fecha de su nombramiento fue el 1 de junio de 1792. Madrid, MCN, Química, caja 001, carp. la medicina y la cirugía. Se trataba en este caso de áreas plenamente institucionalizadas en Francia, para las que París ofrecía centros de enseñanza de gran prestigio. Pero, independientemente de la importancia relativa que tuvo París para cada uno de estos grupos de pensionados, en función de la situación institucional en la que se encontraba en esta ciudad la enseñanza de los saberes para los que habían sido pensionados, París fue para todos ellos el principal centro para el estudio de la química. Desde los pensionados procedentes del mundo de la minería, para los que la química fue una parte de su formación previa, hasta los pensionados médicos y cirujanos, que compaginaron en París sus estudios de medicina y cirugía con los de química, y, por supuesto, para aquellos como Domingo García Fernández que se interesaron por el área de la química aplicada a las artes, París fue el lugar donde entraron en contacto con los conocimientos teóricos y prácticos de esta disciplina. La necesidad común de estudiar química sirvió, además, de nexo de unión para todos estos pensionados, superando así las barreras disciplinares de origen. Los pensionados de Almadén y de la Sociedad Vascongada se encontraron con los cirujanos de la Armada y con médicos como Luzuriaga, asistiendo a cursos de química que impartían en París los principales representantes de la química francesa del momento. Todo ello debió producir un cierto «esprit des corps», cierta sensación de grupo con una formación semejante y con intereses comunes, tal y como veremos más adelante a través de las críticas que, sobre estos viajes, se formularon a principios del siglo XIX Buena parte de los pensionados de este período se integraron en diversas instituciones científicas a su regreso a España, de modo que les fue posible durante cierto tiempo transmitir y aplicar los conocimientos aprendidos en el extranjero. Hemos señalado ya cómo Aréjula se integró en el Colegio de Cirugía de Cádiz, García Fernández en la cátedra de química aplicada a las artes de Madrid de la Junta de Comercio. Algunos de los pensionados de la Sociedad Vascongada, como Fausto de Elhuyar y Jerónimo Más, ocuparon durante algún tiempo una cátedra en las escuelas de esta Sociedad. Un número significativo de pensionados de este primer período pasó los primeros años de su regreso a España cumpliendo comisiones de caracter técnico, antes de que ocupasen puestos definitivos en instituciones científicas. El gobierno siguió pagando las pensiones que venían cobrando en el extranjero y aprovechó de sus conocimientos y de su disponibilidad para encomendarles este tipo de trabajos técnicos 73. Ruíz de Luzuriaga siguió cobrando su pensión de 12.000 reales durante ---- 73 En otros casos como el de Aréjula y Arricruz, las pensiones se mantuvieron pero reducidas a la mitad. En los registros de Hacienda se indica que «hallándose de regreso el cirujano de los de 1os. de la Armada, D. Juan Manuel de Aréjula y el 2o. D. Miguel Arricruz, quiere S.M. que mientras subsistan en ella se les abonen mensualmente por tesorería general, los respectivos sueldos y el importe de la pensión de 6.000 rs. anuales, en lugar de los 12.000 que gozaban» (AHN, Hacienda, libro 6465, f. García Fernández pasó algún tiempo -desde su regreso en 1784 hasta 1787-cumpliendo diversos tareas de este tipo, como la elaboración de un plan para montar la fábrica de paños de Ezcaray o el análisis de importantes manantiales de aguas minerales, como el de Solán de Cabras 76. Del mismo modo, Fausto de Elhuyar, compaginó sus tareas como catedrático en Vergara con diversos servicios a la corona, cumpliendo misiones de supervisión de minas en España y de espionaje industrial en el extranjero, así como numerosos cargos en la administración. También se reintegraron a diferentes tareas administrativas y técnicas relacionadas con la industria minera buena parte de los pensionados del gobierno que fueron alumnos en Freiberg. Enrique Schenellenbühel fue comisionado para informar sobre las minas de Marbella, de cuya dirección se hizo cargo en 1807 77 y José Miaja fue comisionado en 1803 «para reconocer y mejorar las fundiciones de las fábricas de plomo de Granada» 78. Finalmente, Andrés del Río fue nombrado en 1795 profesor del Colegio de Minería de México. LOS VIAJES CIENTÍFICOS ENTRE LAS DOS GUERRAS ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA El comienzo de la revolución francesa y las repercusiones que tuvo en España se tradujeron en un descenso de los viajes científicos a Francia, hasta su práctica desaparición durante los años 1793 a 1795, fechas que coinciden con la guerra hispanofrancesa. Como es sabido, la revolución francesa produjo una mayor vigilancia de las fronteras franco-españolas que estuvo acompañada con un endurecimiento de la censura y un control de los viajes a Francia que, finalmente, fueron prohibidos. En marzo de 1790, el Conde de Floridablanca escribió al Consejo de Castilla un oficio en el que comunicaba la prohibición de viajar a Francia: «El Rey ha determinado que ninguno de sus vasallos salga a educarse a países extranjeros sin motivo ni permiso de S.M.» 79. ---- 74 En los registros de Hacienda se indica que, «tras restituirse a España D. Ignacio de Luzuriaga, de Francia e Inglaterra, después de haber cursado el estudio de la medicina con aplicación y aprovechamiento, y graduandose de Doctor en Edimburgo, quiere el Rey se le socorra con 12.000 reales anuales, por dos años contados desde el 1 de octubre próximo pasado, en cuyo tiempo ha de procurar su establecimiento (Madrid, AHN, Hacienda, libro 6463, f. 75 En la contestación el Consejo de Castilla daba su aprobación a esta medida y recordaba que una disposición similar había sido adoptada por Felipe II ante problemas semejantes 80. Algunos españoles, como José Marchena o el ingeniero José María Lanz, decidieron permanecer en Francia, a pesar de las órdenes emitidas por el gobierno 81. También los viajes a otros países se vieron afectados. Entre los cultivadores de la química que se mantuvieron en el extranjero en este período sólo es posible citar a los pensionados en Inglaterra, Andrés Manuel del Río, que en 1795 partió para hacerse cargo de la dirección del Real Seminario de Minería de México, y Carlos de Gimbernat, que permaneció en Inglaterra hasta finales de 1796, cuando el comienzo de la guerra con España le obligó a salir con el resto del personal de la embajada 82. Como ha sido señalado anteriormente, la comunicación científica entre diversos países europeos se vio dificultada por la guerra, aunque el intercambio de información se mantuvo incluso entre países beligerantes como Francia e Inglaterra. Al igual que ocurrió en España, el gobierno inglés prohibió los viajes a Francia sin la autorización correspondiente 83. Los viajes científicos de españoles a Francia no volvieron a alcanzar un número importante hasta principios del siglo XIX. Muchos de estos viajes presentan características comunes con los del período anterior, aunque también existen importantes diferencias. Una de las más importantes es la nueva situación que encontraron los viajeros españoles cuando llegaron a París: la Revolución había introducido notables transformaciones en la enseñanza de las ciencias y había establecido nuevas instituciones en las que la enseñanza de la química ocupaba un lugar destacado. Otra importante diferencia es la situación que encontraron estos viajeros a su regreso a España, que coincidió con los comienzos de la crisis de la ciencia española del siglo XIX. Durante esos años aparecieron voces críticas que pusieron en cuestión la política de envío de pensionados. Un ejemplo es el artículo de la revista Variedades de Ciencias, Literatura y Artes que está citado al principio de este trabajo. Su autor comparaba esta política con la actitud del joven que pretende «ser sabio sin las fatigas que cuesta la instrucción» y señalaba que tales tentativas producían «poco fruto» aunque eran «laudables» y «necesarias» para conseguir, más adelante, la «justa recompensa de tan útiles tareas» 84. 81 Sobre las consecuencias de la Revolución Francesa en España, v., por ejemplo, HERR (1988) introductorio al plan de la Real Escuela de Química de Madrid que, como veremos, criticaba los viajes de estudios al extranjero por producir entre los pensionados un sentimiento de superioridad que les conducía a considerarse con mayores derechos a obtener empleos y comisiones que el resto de sus colegas 85. Entre estos últimos, uno de los autores que alcanzó un mayor relieve institucional, sin haber realizado viajes al extranjero, fue el boticario Pedro Gutiérrez Bueno. En las mismas fechas que los escritos antes citados, Gutiérrez Bueno afirmaba que «sin más auxîlios que su constante aplicación se puso en estado de enseñar una ciencia que han ido muchos a estudiar a París, a costa del Estado, y que nunca ha llegado el caso de que la enseñen...». 86 Estos breves comentarios de Gutiérrez Bueno recuerdan, por un lado, que, a principios del siglo XIX, la Hacienda Real comenzaba a entrar en una crisis que se agravaría en los años siguientes, lo que hacía más difícil seguir costeando el envío de pensionados. Además, Gutiérrez Bueno también vislumbraba las dificultades que encontraron algunos de los pensionados para ocupar un puesto desde donde pudieran diseminar las enseñanzas aprendidas en el extranjero, un problema muy relacionado con el anterior. A pesar de estas dificultades, los viajes al extranjero comenzaron a reanudarse tras el fin de la guerra con la República Francesa. En los primeros años del siglo, varios químicos catalanes estudiaron en Montpellier, donde se encontraba Jean Antoine Chaptal (1756-1832), entre ellos Francesc Carbonell i Bravo (1768-1837) y Josep Garriga i Buach (n. Sin embargo, una cifra de viajes similar a la de los años finales del reinado de Carlos III sólo se volvió a alcanzar entre los años 1804 y 1806. El grupo más importante de ellos procedían de la «Real Escuela Práctica de Madrid». Con esta institución, el gobierno pretendía formar profesores de química que más tarde deberían incorporarse a escuelas creadas en diferentes ciudades. El acceso a esta escuela estaba limitado a seis alumnos, seleccionados entre los que asistían a las lecciones del Real Laboratorio de Química de Louis Proust en Madrid. El plan valoraba críticamente la política de envío de pensionados y señalaba que el gobierno no enviaría más pensionados al extranjero, con la excepción de los seleccionados para la Escuela Práctica de Química de Madrid: ----85 Plan de la Escuela Práctica de Química establecida en Madrid, y aprobado por S.M. en 13 de enero de 1803. 86 «Relación de los Exercicios literarios, méritos y servicios de D. Pedro Gutiérrez Bueno...» (escrito a principios del siglo XIX) Cf. La cursiva es nuestra. 87 MAFFEI vol. I,389 y II,[606][607][608][609]ibid. vol. I,[293][294][295] «La experiencia ha acreditado que las dotaciones señaladas para estudiar química en las naciones extranjeras suelen producir un efecto casi siempre muy contrario al que se promete el Gobierno porque al paso que amortiguan el ardor y afición al estudio en aquéllos que las consiguen, creyéndose con bastante derecho para obtener los empleos a menos costa que los demás perjudican por esto mismo las esperanzas de aquéllos que se proponen estudiar de veras» 88. Según el plan, tras finalizar sus estudios en la Escuela, serían destinados a ocupar cátedras de esta ciencia en diferentes ciudades de España « según la mayor o menor urgencia que halla en las Provincias». Sin embargo, antes de iniciar la enseñanza, el plan disponía también que cada nuevo catedrático sería enviado «inmediatamente a París por espacio de sólo un año» con misiones estrictamente relacionadas con su nueva tarea docente: «verá los Profesores más célebres, notará su modo de enseñar, los establecimientos de Historia natural, de química y mineralogía, etc; acabará de fortificar y perfeccionar sus conocimientos comparando unos con otros los profesores, sus sistemas, escuelas, etc.; y comprará al mismo tiempo, bajo la dirección del Embajador las obras e instrumentos que sean indispensables para la Escuela que ha de dirigir a su regreso» 89. Lamentablemente, no disponemos de listas completas de alumnos de esta institución ni es posible comprobar quiénes viajaron a París. Diversas referencias indican que así lo hicieron Benito Téllez de Meneses (fl. Benito Téllez de Meneses había estudiado, alrededor de 1802 y 1804, en la Real Escuela de Química y fue posteriormente nombrado, a propuesta de Proust, profesor de una escuela de química que se pensaba establecer en Valladolid bajo la protección de la Sociedad Económica. En un oficio firmado por Proust que comunica a Téllez de Meneses este nombramiento, fechado el 10 de agosto de 1804, se indica que gozaría de la anterior asignación durante el año que debía ----88 Plan de la Escuela práctica de química establecida en Madrid, y aprobado por S.M. en 13 de enero de 1803. En este indica haber partido a París «con el fin que se expresa en el artículo 15 del reglamento citado» Más información sobre este autor en Roldán Guerrero (II, 216), MEIJIDE (1988) y FRAGA VAZQUEZ (1995). 91 La biografía de este autor es poco conocida. Los datos están tomados de un informe sobre su situación fechado el 14 de junio de 1809 que se encuentra en Simancas, AGS, Gracia y Justicia, legajo 1090, Carta de Benito Téllez de Meneses, Valladolid, 7 de junio de 1809. Según señala PUERTO SAR- MIENTO (1994), fue uno de los estudiantes elegidos por la Real Junta Gubernativa de Farmacia para estudiar con Louis Proust. «permanecer en París», de acuerdo con el reglamento de la Real Escuela Práctica de Química 92. También Gabriel Fernández Taboada solicitó un empleo al gobierno afrancesado, debido a que había dejado de cobrar su sueldo como profesor de una proyectada cátedra de química en el Real Seminario Cántabro 93. Según esta solicitud, tras estudiar «gramática latina» y «filosofía» en Orense, Fernández Taboada había marchado a formarse como boticario en Madrid a principios del siglo XIX, donde había estudiado «matemáticas», «física experimental» y «principalmente la química» 94. En Madrid ingresó en la recientemente creada Escuela práctica de Química y comenzó sus estudios con Proust. Tras asistir cuatro años a sus lecciones, fue seleccionado como uno de los «seis discípulos» de la recién creada «escuela práctica de química». Para ello, se comprometía, en primer lugar, a dar lecciones públicas de química en la «Real Escuela Pública de Madrid», una vez «pasado el primer año de la de práctica» 95. También tenía la obligación de pasar un año en París, destinado al estudio de la química, lo que realizó entre 1804 y 1805. En esos años, Tabaoda publicó un artículo en el Journal de physique en el que se autocalificaba como «élève de Proust» y describía diversas experiencias realizadas con combinaciones del mercurio 96. A su vuelta, fue destinado a la enseñanza de la química «en el seminario de Nobles de la Montaña», donde se dirigió en 1807, aunque no pudo impartir estas clases debido a que no se llegó finalmente a establecer el laboratorio de química. Taboada impartió probablemente clases de otras materias hasta la entrada de las tropas napoleónicas en Santander, fecha en la que se dirigió al gobierno de José I para pedir un empleo. Taboada solicitaba la continuación en la cátedra de este Seminario o un puesto en «alguno de los ramos en que interviene la química», tales como «las fábricas de salitres, pólvoras, tintes, salinas, cristales» o en el «laboratorio de química de Madrid» o la «casa de Moneda» 97. He aquí una lista de los puestos que podían esperar ocupar algunos de ----92 Se indica de acuerdo con «el artículo 15 título 3» del reglamento. Copia del oficio de Luis Proust dirigido a Benito Tellez, Madrid, 10 de agosto de 1804. Se refiere al artículo citado en el párrafo anterior. También aparece en esta documentación una copia de un oficio de Pedro Cevallos a Benito Tellez, Palacio, 18 de julio de 1807, en el que se le ordena viajar a Valladolid para ocuparse de la cátedra de química establecida en 1803. Benito Tellez se había dirigido desde 1809 al gobierno de José I para conseguir ser empleado: Cf. Informe de Gabriel Fernández Taboada, Real Seminario Cantábrico, 18 de abril de 1809. Sobre otras publicaciones de Taboada en España durante esos años, v. Fernández Taboada afirmaba que «según el estado actual del Seminario... me parece imposible que se pueda organizar en él una escuela de química». En los estudiantes de química formados durante esos años. Taboada no acabó, sin embargo, en ninguno de ellos sino en el Colegio de Farmacia de Santiago, en cuya universidad se integró a partir de 1811, tras huir de Santander 98. Otro alumno de la escuela de Proust, Esteban Brunete, tras ser «examinado y aprobado por su maestro», fue encargado en 1804 del establecimiento de «lecciones públicas» de química en Zaragoza 99. Junto con Téllez Meneses y Taboada, recibió una pensión de doce mil reales anuales para viajar a París, donde permaneció alrededor de 1805, «con el fin de acabar de perfeccionarse en dicha Ciencia» 100. En septiembre de 1807, Brunete se dirigió a Zaragoza para hacerse cargo de la enseñanza de la química y, para ello, se enviaron varias cajas de minerales duplicados del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, se comenzó la construcción de un laboratorio y se compraron libros e instrumentos. A pesar de estos esfuerzos, Brunete no pudo desarrollar sus enseñanzas. En julio de 1808, una orden del gobierno mandó que la casa donde se encontraba la escuela fuera destinada para cuartel de las tropas que debían hacer frente al ejército francés. Según el informe de la Sociedad Económica, hubieron de retirarse todos los utensilios «y el profesor hubo de buscarse a sus expensas casa para vivir» 101. Al finalizar la guerra, Brunete dejó definitivamente Zaragoza y fue nombrado director de la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso 102. Los alumnos de Proust no fueron los únicos que viajaron a París para estudiar química durante estos primeros años del siglo XIX. Entre 1804 y 1805, apareció en la capital francesa un «Curso de química aplicada a las artes» realizado por dos «pensionistas de S.M.C.», José María San Cristóbal (fl. Este último, que había sido pensionado en 1803 para que ---otra instancia fechada alrededor del 22 de marzo de 1810, Taboada solicitaba «ser empleado en el Gabinete de Historia Natural, Biblioteca Real u otro establecimiento análogo a sus conocimientos». Copia de la carta de Pedro Cevallos a la Sociedad Económica Aragonesa, 8 de junio de 1807; Instancia de Brunete a los Directores de Correos solicitando el pago de su sueldo, Zaragoza, 1 de abril de 1809. Sobre la enseñanza de las ciencias impartida en esta Sociedad Económica antes de la llegada de Brunete, v. Copia de la carta de Pedro Cevallos a la Sociedad Económica Aragonesa, Aranjuez, 8 de junio de 1807, en el que se anuncia el nombramiento de Brunete. Garriga volvió a España donde fue nombrado director de tintes de la fábrica de Guadalajara y, más tarde, colaboró con el gobierno de José I, quien lo nombró «comisionado en el Ejército francés de Cataluña» 106. Esta colaboración supuso su marginación durante el reinado siguiente. Una carta escrita en 1813 respondiendo a una petición para que realizara una comisión científica describe bastante bien la situación en la que se pudieron encontrar algunos autores científicos «afrancesados»: «Mon dévouement, mon zèle, travaux, services, etc. ne me servent de rien pour le moment, et m 'ont mis dans la necessité de chercher le plus honnêtement mes moyens d' existence... La invasión francesa de la península y el comienzo de la guerra supuso un nuevo descenso brusco del número de viajes al extranjero. La consecuencia más inmediata de la guerra sobre los pensionados en Francia fue el cese del cobro de sus salarios. En esta situación se encontraron el ya citado José María San Cristóbal 108, el constructor de instrumentos, pensionado para el estudio de la química, José Radón (1768-ca. Como se puede comprobar fue pensionado poco después de la aprobación del plan de la Escuela práctica (13 de enero de 1803). 104 Su nombre figura en la documentación de la Facultad de Medicina de París que se encuentra en París, AN, (AJ16/6418). 105 Véase la reseña sobre el libro citado realizada por Guyton de Morveau y aparecida en los Annales de chimie, 53, an XIII, p. Una lista de los cursos seguidos por Garriga se encuentra en NIETO GALAN (1994), 64-65, que reproduce un documento con los «Méritos y Estudios del Dr. Josef Garriga y Buach» realizado durante esos años. Más datos sobre la actividad de este y otros cultivadores de la ciencia durante esos años en BERTOMEU (1995). 108 San Cristóbal solicitó en numerosas ocasiones al gobierno de José I el pago de sus pensión. el fin de la guerra y llegó a ser decano de la Facultad de Medicina de París 111. La guerra también supuso el exilio para un grupo de personajes que colaboraron con el gobierno de José I, entre los que se encontraban, además del ya citado Josep Garriga, Francisco Angulo (fl. Este último volvió a España poco después de finalizar la guerra, donde fue apartado de sus cargos hasta que, en 1818, se le destinó a la fábrica de Alcáraz y, más tarde, a las salinas de la Poza113. Desde el punto de vista de este estudio, la consecuencia más importante de esta situación fue la imposibilidad de completar los planes ideados durante el período inmediatamente anterior, de modo que muchos de los pensionados en los primeros años del siglo XIX no encontraron a su regreso una ocupación relacionada con sus estudios en Francia. El caso más claro lo encontramos entre los alumnos de Proust de la Escuela de Química de Madrid: el programa diseñado (formación en la escuela, estudios en Francia e integración en una cátedra de química en España) no pudo llegar a cumplirse y estos autores debieron pasar por serias dificultades hasta encontrar algún puesto relacionado con su formación. También conviene recordar que, al contrario de lo que ocurrió durante la década final del reinado de Carlos III, estos estudiantes no tenían entre sus objetivos principales la realización de misiones de espionaje, sino que pretendían adquirir una formación adecuada en química, con el fin de desempeñar sus futuros puestos como profesores de esta ciencia en cátedras establecidas en varias ciudades españolas. Sin embargo, desde el punto de vista de la adquisición y transmisión de saberes químicos, las consecuencias de este ambicioso plan fueron probablemente menores que el anterior puesto que no llegó a completarse. Como hemos visto, los pensionados y viajeros científicos del reinado de Carlos III consiguieron, por lo general, un puesto en alguna institución académica a su vuelta a España, desde donde pudieron transmitir los conocimientos aprendidos. El fracaso del plan de la Real Escuela de Química y de otros proyectos de esos años no debe ser atribuido únicamente a la coyuntura de los años de la Guerra de la Independencia, sino, por el contrario, a las dificultades en las que se desarrolló la actividad científica durante el primer tercio del siglo XIX en España. LOS VIAJES CIENTÍFICOS DURANTE EL REINADO DE FERNANDO VII La guerra de la independencia marca, por lo tanto, el fin de otro período en los viajes a Francia para el estudio de la química. Sin embargo, éstos no dejaron de producirse, aunque, como veremos, su carácter se transformó notablemente. El cambio fundamental ocurrió en el apoyo del gobierno y de otras instituciones a este tipo de viajes. Durante este período, sólo es posible encontrar algunos pocos ejemplos de pensiones concedidas por la Junta de Comercio de Barcelona y, en mucha menor medida que en años anteriores, por instituciones relacionadas con el gobierno. La Junta de Comercio de Barcelona continuó subvencionando viajes a varios individuos para el estudio de diversas materias, entre ellas la química, como lo demuestra el caso de Carlos Ardit (1777-1821), pensionado para el estudio de los tintes, y Esteban Desprats (n. Los otros pensionados que conocemos de este período proceden del Museo de Ciencias Naturales de Madrid: Andrés Alcón Calduch (1782-1850) y José María San Cristóbal, que partieron hacia Francia en 1819 en el marco de un proyecto que pretendía establecer una cátedra de química en Madrid117. El primero había sido uno de los estudiantes del Real Laboratorio Químico de Proust, pensionado por la Junta Superior de Farmacia en 1802 junto con Taboada, Téllez y Antonio María Luceño (1775-1849) 118. Tras obtener la cátedra de química del Museo de Ciencias Naturales en 1818, Alcón Calduch fue pensionado de nuevo para analizar los medios necesarios para poner en marcha la enseñanza de la química y comprar los instrumentos necesarios. Alcón Calduch viajó a París y asistió a los cursos de física y de química impartidos en la Facultad de Ciencias, la Facultad de Medicina y el Collège de France, entrando en contacto con Vauquelin, Thenard, Gay-Lussac, Biot, Lefevre-Gineau y Dulong. Alcón Calduch visitó y examinó «con la mayor meditación» «los laboratorios de química así públicos como privados» y discutió con «los profesores de mayor crédito» de París «sobre el plan de las leccio-----nes, medios de desempeñarlas e importe de los efectos indispensables para ello»119. Alcón Calduch consiguió, incluso, gracias al apoyo del embajador español, entrar en los cursos de la Ecole Polytechnique, una institución militar en la que, según el químico español fue «la única persona de fuera del establecimiento» a quien se permitía la entrada 120. Las ventajas que encontró Alcón Calduch para entrar en los cursos y en los laboratorios de química de París contrastan con las dificultades del segundo de los pensionados del Museo de Ciencias Naturales, José María San Cristóbal, para conseguir información sobre su tema de estudio: los tintes. San Cristóbal realizó un viaje por diversas localidades francesas como Rouen, Louviers, Elbeuf y Sedan, con el objetivo de obtener información sobre diversas manufacturas, especialmente acerca de las técnicas relacionadas con la fabricación de tintes. En Sedan, entró en contacto con un maestro tintorero que se ofreció a enseñarle algunos de sus procedimientos a cambio de cierta cantidad de dinero121. El viaje de San Cristóbal también tenía como objetivo final el establecimiento en Madrid de una «escuela práctica de tintes, fundada no en recetas inciertas, o acreditadas sólo por una especie de tradición, sino en los principios científicos de la Química»122. Se trataba, por lo tanto, de una tarea semejante a la que había desarrollado en el reinado de Carlos IV, junto con Garriga y que había conducido a la publicación de un libro de «química aplicada a las artes». San Cristóbal nos ha dejado una interesante descripción de las dificultades que debían superarse para obtener la preciada información de los artesanos tintoreros: «Viajar de una parte a otra, de averiguar de antemano los nombres de los principales propietarios de manufacturas, de buscar para ellos algunas recomendaciones que las más veces son inútiles, de gastar mucho tiempo en ganar la confianza de los más accesibles, antes de penetrar en el santuario, digámoslo así, de las artes y conferir con sus ministros»123. A todo ello, había que añadir, según San Cristóbal, las complicaciones que suponía el reducido montante de su pensión (1.000 rs.), la cual debía emplear no sólo en costear su pensión sino en «gratificar operarios» y «hacer ajustes con los maestros que le dejen a uno ver, preguntar y hacer libremente, sin cuya condición es imposible ----lograr el objeto propuesto» 124. Durante su viaje, San Cristóbal trabajó en la traducción de una obra sobre el «arte de teñir hilo y algodón» de Jean-Baptiste Vitalis, que remitió al Museo de Ciencias Naturales en 1820 125. También trabajó en esos años en la elaboración de un «tratado» con un «plan general de operaciones sobre tintes», el cual no pudo concluir debido a las interrupciones en el pago de su sueldo 126. Debido a ello, tuvo que ganarse la vida «dando cursos de lengua y literatura española, ya en varias instituciones o colegios; ya en mi casa, y aun lecciones particulares de lengua, y tal vez, de física y química, siguiendo, al mismo tiempo, uno que otro curso de ciencias naturales» 127. Tras la caída del régimen liberal, el nuevo gobierno solicitó a San Cristóbal que presentara testimonio de su fidelidad al rey, lo que realizó con varios «certificados de sujetos tan calificados por sus sentimientos monárquicos como por el lustre de su nacimiento y de sus cargos» 128. El rastro de San Cristóbal se pierde a partir de esos momentos. Los viajes de Alcón Calduch y San Cristóbal muestran la pluralidad de marcos institucionales donde debían introducirse estos personajes, que incluían desde las instituciones que ofrecían cursos públicos de química, como el Collège de France, hasta centros militares, la Ecole Polytechnique, o el mucho más cerrado mundo de los artesanos tintoreros, con su gremial relación entre maestros y discípulos y un mayor control del acceso a extranjeros. Ahora bien, ambos viajeros, aunque quizás más claramente en el caso de San Cristóbal, mostraron en su correspondencia la necesidad de entrar en los laboratorios o en los talleres de los artesanos para manipular los instrumentos o realizar por sí mismos las operaciones que debían aprender. En otras palabras, San Cristóbal y Alcón Calduch eran conscientes que, para el aprendizaje de la química, era necesario adquirir un conocimiento tácito, difícil de formalizar o de transmitir en forma escrita, que sólo se obtiene con la práctica y el contacto directo con los productores del saber 129. No existe ninguna referencia a la publicación de la traducción de San Cristóbal, aunque sí que apareció posteriormente publicada en castellano otra obra de Vitalis: Química aplicada a la tintura y blanqueo de la lana, seda, lino, cáñamo y algodón y al arte de imprimir o pintar las telas. En esta carta, San Cristóbal hace referencias a sus ideas sobre la «química aplicada a las artes». Señala que el citado tratado «acaso se esperará mucho tiempo, por ser muy raro que un químico se haga artesano, o un artesano químico, ni uno producirá más que palabras, ni otro saldrá jamás de su carril». Esta es la última noticia que disponemos sobre este autor. Tanto Alcón Calduch como San Cristóbal a su llegada a París entablaron relación con Jacques Thenard, profesor de química del Collège de France, la principal institución de acogida de estudiantes de química españoles de este período 130. Muchos de estos estudiantes son personajes totalmente desconocidos que no realizaron publicaciones científicas ni ocuparon cargos importantes en instituciones científicas, con la principal excepción de José Luis Casaseca (1800-1869). Como otros viajes de este período, las razones que llevaron a Casaseca a París fueron de tipo político. El padre de Casaseca había sido nombrado intendente de Extremadura por el gobierno afrancesado, y, posteriormente, prefecto de Salamanca 131. Por ello, la familia de Casaseca se vio obligada a huir y se dirigió a París, donde se estableció en 1813. José Luis Casaseca cursó brillantemente sus estudios secundarios en el Colegio Henri IV y, más tarde, siguió los estudios de la Facultad de Ciencias, fundamentalmente los de química. En estos años obtuvo los títulos de bachiller en letras y bachiller y licenciado en ciencias de la Facultad de París 133. Durante el trienio liberal volvió a España y fue ayudante de la cátedra de química que ostentaba Alcón Calduch en la Facultad de Filosofía de Madrid. La desaparición de la cátedra de química y el exilio de Alcón Calduch tras la caída del gobierno liberal dejaron a Casaseca sin trabajo. Según el informe antes citado, esta situación «y la poca consideración que disfrutan en España las personas que se libran a las ciencias» llevaron a Casaseca de retorno a Francia 134. Allí estudió medicina y trabajó en la farmacia de un boticario francés y, al año siguiente, fue nombra-----do miembro de la Société de Pharmacie de París 136, de donde ya era socio correspondiente extranjero 137. Además de diversos libros y traducciones, Casaseca publicó varios trabajos en revistas francesas durante este período en las revistas Journal de chimie médicale, de pharmacie et de toxicologie (la revista de la Société de chimie médicale de la que formaba parte Mateu Orfila), Journal de Pharmacie et des Sciences Accessoires (la revista de la Société de Pharmacie de Paris), Annales de chimie y, más tarde, en el Annuaire de chimie 138. A su regreso a Madrid, ocupó una cátedra de química del Conservatorio de Artes de Madrid y, finalmente, se dirigió hacia Cuba donde fundó el Instituto de Investigaciones Químicas 139. Junto con Casaseca, Orfila y Desprats, ya mencionados, aparecen en la lista del curso de Thenard en el Collège de France 15 estudiantes españoles de los que apenas se conocen pocos datos de su biografía. Quizás el más famoso entre ellos es Ventura Mugartegui y Mazarredo, natural de Marquina (Vizcaya), que estudió en 1819 con Thenard y que, más adelante, fue nombrado profesor de química en la cátedra de química del Real Conservatorio de Artes de Valencia en 1833, para pasar posteriormente a ocupar esa misma cátedra en Madrid, donde llegó a ser miembro de la Real Academia de Ciencias 140. El resto son autores mucho menos conocidos. Uno de ellos se encontraba en Francia con el objetivo de obtener información sobre la fabricación de tintes, al igual que los ya citados Carlos Ardit o José María San Cristóbal. Felipe Herram, que había nacido ca. 1802 en Ezcaray (Logroño) -una localidad en la que existía una importante fábrica de paños-asistió a los cursos de Thenard en 1819 y visitó la localidad francesa de Louviers, lugar que también fue visitado por José María San Cristóbal en esos mismos años con un objetivo semejante al de Herram: adquirir conocimientos sobre la fabricación de tintes. ---- 136 París, ABIPh, registro 55, pièce 67, informe citado y Carta de Casaseca al presidente de la Sociedad agradeciendo el nombramiento, París, 11 de diciembre de 1825. El boticario con el que trabajó Casaseca es M. Celières, también miembro de esta Sociedad. 137 Así aparece en una pequeña reseña biográfica aparecida en el Journal de chimie médicale..., t. 138 No podemos detenernos más en la biografía y trabajos de Casaseca al que dedicaremos un próximo estudio. 139 Sobre este período de la vida de Casaseca, v. Agradecemos al profesor Rolando Misas Jiménez la información y la bibliografía que amablemente nos ha ofrecido sobre Casaseca. 140 Sobre Ventura Mugartegui y su actividad en Valencia. Nuestro último dato sobre Herram indica que volvió a París con la intención de dirigirse de nuevo a Louviers, pasando por Bourges, con la intención de llevar algunas noticias a los prisioneros españoles de sus familias. En octubre de 1824 regresó a España por Bayona (ibid.). La persecución política fue la causa que llevó a otro alumno español del curso de Thenard a viajar a Francia. 1812-1817), que había ocupado diversos cargos dentro de la administración territorial del gobierno afrancesado, entre ellos, el de prefecto provisional de Madrid a finales de este reinado 142. Probablemente ésta fue la causa que le obligó a exilarse y dirigirse a París, donde, entre 1816 y 1817 siguió los cursos de química de Thenard 143. Durante estos años, publicó en el Journal de physique, de chimie et d'histoire naturelle un artículo titulado «Analyse d' un sel mineral (Magnèsia sulfatée)», que firmó junto a otros dos alumnos españoles más del curso de Thenard, también inscritos en los años 1816 y 1817: José García de Theran, sobre el que no disponemos de más información, y Cesar Víctor González, oficial de artillería, que, durante el trienio liberal, fue profesor de química de la Academia de Matemáticas y Artillería de Segovia. En este trabajo, Francisco de Theran, José García de Theran y Cesar Víctor González señalaban que «desprovistos de varios instrumentos útiles para hacer este análisis» habían tenido que recurrir a su «profesor de química, M. Thenard», quien les había permitido «hacer estas experiencias en su laboratorio del Collège de France» 144. Gracias a los informes de la policía de este período, conocemos que algunos alumnos españoles del curso de Thenard tuvieron problemas con las autoridades francesas por sus ideas liberales. Entre los expedientes de la policía francesa figuran Hilario Azcárate, natural de Elgóibar (Guipúzcoa), que aparece inscrito en los cursos de Thenard durante 1816 y 1817, y Juan Ramón de Arteaga, nacido en Deva (Guipúzcoa) (ca. De acuerdo con el informe de la policía, Hilario Azcárate residió en París bastante tiempo, trabajando para un banquero, A. Castel, del que se convirtió en uno de sus herederos. Debido a sus opiniones políticas, fue citado junto con otros españoles en noviembre de 1823 por la policía francesa que les advirtió que serían expulsados si continuaban manifestando sus ideas liberales 146. En los libros de registros figura como «Emigré Espagnol» (1816) y «exintendant d 'armée Espagnol» (1817). También apareció en la revista alemana, Notizen aus dem Gebiete der Natur und Heikunde, (1823), III, 177-80. Cesar Víctor González figura en los registros del curso como «officier d 'artillerie espagnol». Existe otro alumno con apellido «González», Bruno González, del cual sólo sabemos que era natural de Villoslada de Carneros y que asistió al curso de química de Thenard en 1817. El escaso conocimiento existente acerca de muchas de las biografías de los españoles que estudiaron química en París durante este último período no resulta sorprendente. La mayor parte de estos autores no publicaron ningún trabajo ni antes ni después de su viaje a Francia, lo que hace difícil obtener información sobre sus conocimientos químicos. Es indudable que, al contrario de lo que ocurrió con los pensionados y comisionados del reinado de Carlos III y Carlos IV, los viajes científicos a Francia durante la década de los años 1820 a 1830 tuvieron, con las escasas excepciones ya citadas, un carácter individual y no se enmarcaron dentro de planes para crear nuevas instituciones científicas o de renovar ciertas industrias. Esta conclusión será probablemente matizada en el futuro, cuando dispongamos de más información sobre la química española durante el reinado de Fernando VII, pero los datos disponibles indican que la mayor parte de los viajes no recibieron apoyo alguno ni por parte del gobierno ni de instituciones privadas, con las excepciones citadas de la Junta de Comercio de Cataluña y la Dirección General de Minas, y, en ocasiones fue un exilio más o menos forzado la causa de las estancias en París. Al igual que ocurrió con los pensionados en los años inmediatamente anteriores a la Guerra de la Independencia, al regresar a España, los estudiantes de química en París, no encontraron ninguna institución científica que los acogiera y permitiera aprovechar los conocimientos adquiridos en el extranjero, salvo las excepciones citadas. Por lo tanto, no resulta sorprendente que su producción científica sea escasa y que tampoco jugaran un papel destacado en la organización de la actividad científica en España. Estos estudiantes, sin embargo, se encontraron con instituciones de enseñanza semejantes a las que encontraron los pensionados de principios del siglo XIX. Se trataba de las nuevas instituciones educativas establecidas durante los años de la Revolución y el Imperio. Los datos disponibles indican que el principal centro receptor para ambos grupos de estudiantes fue el Collège de France. Esta institución presentaba notables ventajas para estos estudiantes, tanto por el hecho de que sus clases eran públicas como por su carácter abierto a personas con cualquier tipo de titulación académica. Además, sus profesores en esos años, Nicolas Vauquelin y Jacques Thenard, eran dos de los más importantes químicos de la generación posterior a la revolución química. Los ejemplos que hemos señalado muestran que ambos jugaron, por ello, un papel fundamental en la formación de estos estudiantes. Este papel fue probablemente desempeñado en la década de los años ochenta del siglo XVIII por Antoine Fourcroy, aunque, para ese primer período de viajes, resulta más difícil encontrar información exacta sobre los cursos a los que asistieron. Como es sobradamente conocido, muchos de estos cursos eran privados y no se disponen de listas de estudiantes u otros documentos que nos permitan conocer las características de los asistentes. Sin embargo, diversas referencias indican que uno de los centros donde estu-diaron muchos de estos pensionados y comisionados de la Ilustración fue el Musée de Pilâtre de Rozier. También existen muchos indicios de que estos viajeros frecuentaran los cursos de química impartidos por Darcet en el Collège Royal. Queda todavía pendiente un conocimiento más exacto del papel que jugaron otros espacios públicos para la ciencia que surgieron durante el siglo XVIII, como los salones parisinos o los cursos privados de química, que sabemos que fueron de gran importancia en el proceso de socialización y ascenso institucional de personajes concretos como Mateu Orfila. También existen referencias aisladas a sociedades secretas como la masonería que pudieron servir para establecer las redes de contactos de los viajeros. Todo ello deberá ser objeto de futuras investigaciones. Finalmente, también ha sido comprobado que los motivos que impulsaron los viajes fueron bastante diferentes en cada uno de los períodos. El espionaje de diversas técnicas fue probablemente el principal motivo de muchos de los primeros viajes subvencionados por el gobierno de Carlos III. El plan de la Escuela Práctica de Química y otros proyectos de creación de instituciones científicas propició el envío de estudiantes para que se formaran como futuros profesores de diversas cátedras de enseñanza de la química. En el tercer período, los viajes tuvieron un carácter más individual, puesto que el gobierno y otras instituciones, salvo contadas excepciones, dejaron de apoyarlos. Los motivos que llevaron a los estudiantes de este tercer período a Francia fueron muy diversos, siendo en algunos casos el exilio político (Casaseca, Theran) o proyectos asociados a cátedras de química de instituciones como el Real Museo de Ciencias Naturales o la Junta de Comercio de Barcelona. Se ha comprobado también que los viajeros entraron en contacto con diversos marcos institucionales con actitudes y valores diferentes respecto al intercambio de información. Los viajeros españoles debían, en ocasiones, visitar instituciones científicas o asistir a lecciones públicas de química, donde predominaban los patrones habituales dentro del mundo académico, que facilitaban enormemente el acceso a la información. Hemos visto, no obstante, que en ocasiones tuvieron que solicitar el apoyo de los embajadores para asistir a ciertas instituciones particulares, como la Ecole Polytechnique, y para introducirse dentro de los laboratorios donde adquirir el conocimiento práctico asociado con las manipulaciones químicas. Más complicado fue todavía el acceso a la información tecnológica relativa a la minería, la metalurgia o la producción y fijación de tintes, que motivó muchos de los viajes estudiados. En estos casos, tal y como describía San Cristóbal, los viajeros debían ganarse la confianza de los maestros, en ocasiones mediante sobornos, para que les permitieran entrar en sus talleres y realizar las operaciones necesarias para el correcto aprendizaje del procedimiento deseado. Estos espacios institucionales hacia donde se dirigió el viaje, junto con los cambiantes marcos históricos de salida y recepción de los viajeros, ofrecen una rica diversidad de situaciones para analizar los procesos de transmisión de conocimientos
maternal durante el siglo XVIII tanto en el mundo anglosajón como en el ámbito francés. Se examina la supuesta capacidad de la madre para influir en el desarrollo natural del feto desde el punto de vista de su reinterpretación en el mundo ilustrado, así como de su justificación epistemológica y de su consecuencia normativa. «Revolución embriológica» del siglo XVII 1. A pesar de las continuas críticas a las que esta creencia fue sometida, la discusión sobre si existía alguna forma de correlación entre las emociones o los deseos maternos y la conformación del feto pervivió, sin embargo, durante el conjunto de la Ilustración y parte del Romanticismo en diferentes ámbitos de las letras, de la cultura popular y de la literatura científica o pseudo-científica. A partir de 1690, por ejemplo, tanto la Royal Society de Londres como la Académie des Sciences de París contemplaron una y otra vez la posibilidad de esta influencia psico-física en las comunicaciones teratológicas de las Philosophical Transactions y de las Mémoires de la Academia respectivamente 2. Una nueva entrada de la imaginación en el ámbito de la literatura científica que no se redujo tan sólo a las comunicaciones académicas. Más tarde veremos cómo después de la publicación, en 1714, del De morbis cutaneis del cirujano inglés Daniel Turner [1677-1740], se iniciará una disputa sobre la influencia de la imaginación maternal cuyas estribaciones más inmediatas se extenderán durante aproximadamente quince años, pero cuyos trazos permanecerán en Europa incluso a finales del siglo XVIII con los tratados de Louis Nicolas Bejamin Bablot [1754-1802], e incluso en el siglo XIX con diferentes textos del también cirujano Jean-Baptista Demangeon [1764-1839] 3. ----La historiografía contemporánea ha investigado algunos de los aspectos más generales del problema. En 1971, George S. Rousseau examinaba la conexión entre el saber médico y el saber popular en el Peregrine Pickle de Tobias Smollet 4. Más recientemente, Philip K Wilson estudiaba en profundidad el debate relativo a los efectos de la imaginación maternal sobre el feto que tuvo lugar entre Daniel Turner y James Blondel 5. En la primera parte de su Monstruous imagination, Marie-Hélène Huet ha estudiado con detalle la correspondencia entre imaginación maternal y generación sexual que ya había sido señalada por Barbara Stafford en su Body Criticism 6, y más recientemente, en fin, Denis Todd ha publicado una excelente monografía sobre el caso de Mary Toft, la mujer de Guildford que en 1726 dió supuestamente a luz a 17 conejos por efecto de su imaginación 7. El propósito de este artículo, sin embargo, es de distinta naturaleza. En lo que sigue se intentará proporcionar una explicación de la imaginación maternal en el siglo XVIII desde la perspectiva de la correlación entre la cultura y la ciencia ilustradas. Se trata, en esta ocasión, de concentrarnos en los efectos de la imaginación involuntaria, aquella que en principio depende de la propia configuración orgánica, así como en los medios que se juzgaron necesarios para prevenir la proliferación irracional de sus efectos. Si la imaginación en su sentido más general y la imaginación genéricamente femenina confluyen de manera inevitable en este texto es porque ambas, en el seno de las estructuras epistemológicas y socio-políticas del Antiguo Regimen, parecieron producir consecuencias que requerían diversas formas de control social. Después de todo, el discurso de la imaginación y el discurso de la locura fueron unidos desde que John Locke definiera esta última como un desórden más propio de la imaginación que del entendimiento. Si se quiere además presentar este texto como un capítulo de historia cultural es porque estos episodios entrelazados no se reducen de buen grado ----París, Chez Rouen Fréres ed. Bruxeles, seconde édition, 580 pp. in-4, sobre todo su capítulo VII: «Des lésions et de vices de conformation...» en págs. 474 & ss. Se encontrará también información relevante en KING, L.S., (1978), The Philosophy of Medicine: The Earty Eighteenth Century, Cambridge, Mass; especialmente el cap. VII: «The power of the imagination», pp. 152-81; GÉLIS, J., (1984). París, especialmente el capítulo «Où commence l' homme, où finit la béte»?, segunda parte, págs. 352-70; DARMON. P., (1977) Le mythe de la procréation à l'áge baroque, J.J. Pauvert, París; especialmente su capítulo X: «Le foetus». Leo S. Olschki, Florencia. ni a la historia del pensamiento, ni a la de la ciencia, ni a la de la filosofía. De alguna manera sus ramificaciones alcanzan todas estas disciplinas, saberes y prácticas, pero su correcta ubicación histórica no se reduce fácilmente a ninguna de ellas8. En realidad lo que se va a describir es una «técnica», una articulación o expresión del poder político que se plasma en la ciencia, en el pensamiento y en la literatura. No que las explica, sino que las conforma. Ya hemos comentado cómo la discusión sobre una posible correlación entre las emociones maternas y la conformación del feto reapareció durante todo el siglo XVIII y parte del Romanticismo en diferentes ámbitos de las ciencias de la cultura popular y de la literatura pseudo-científica 9. La correcta ubicación epistemológica de los debates relativos a los efectos de la imaginación sobre el feto que tuvieron lugar durante la Ilustración obligan, sin embargo, a un somero recordatorio de los términos en los que se presentó esa conexión psico-física por los antiguos tratadistas y el modo en el que fue reinterpretada por los primeros autores modernos. Será necesario antes que nada hacer notar la profunda disparidad entre el uso que de esta creencia milenaria hizo la Ilustración y su formulación en el Renacimiento y en la Antigüedad Clásica. Lo primero que hay que tener muy presente es que, aun cuando la imaginación maternal llegó a adquirir durante el siglo XVIII, y sobre todo como veremos en el ámbito francés, un cierto carácter doctrinal, nunca antes del período clásico había consistido en otra cosa que no fuera un conjunto casi infinito de testimonios inconexos, una sucesión interminable de voces y de textos que, incluso con anterioridad a los tiempos de Aristóteles, asociaba la aparición de marcas de nacimiento, cierto tipo de deformidades y, en última instancia, las producciones monstruosas, con las pasiones y las emociones maternas. Lo que durante el siglo XVIII pasó a denominarse «la hipótesis imaginacionista» no fué durante el Medioevo y el Renacimiento más que una sucesión interminable de testimonios que, presentes en la cultura bíblica y en el mundo clásico, se fueron reflejando en tratados de historia civil o en compendios de filosofía o de historia natural. Desde las enciclopedias medievales hasta los grandes tratados teratológicos de los siglos XVI y XVII, la discusión de la imaginación material en la producción de rasgos aberrantes nunca adquirió un carácter sistemático, sino que se limitó a servir como explicación retrospectiva del nacimiento de algunos monstruos o de la producción de ciertas marcas de nacimiento. El problema no con-----sistió jamás en determinar qué es lo que se podía explicar de antemano por medio de la imaginación, sino en dejar constancia de la realidad de esa influencia mediante un conjunto de testimonios más o menos contrastados. Ni siquiera, por cierto, la explicación de las generaciones monstruosas basada en la fuerza de las imaginaciones maternas llegó nunca a convertirse en la única explicación posible de todas esas producciones. Más bien al contrario, la comprensión general del origen de los monstruos anterior y posterior al siglo XVIII no tuvo en ningún momento necesidad de hacer intervenir de manera sistemática los efectos de semejante poder 10. La tradición teratológica que cristalizó en los enormes tratados de los siglos XVI y XVII mencionaba sin duda semejante posibilidad. Ambroise Paré [1517-1590], Ulisses Aldrovandi [1522-1605] y muchos otros naturalistas citaron casos en los que, una vez dada la deformidad, era posible suponer que había sido producida por la fuerza de las fantasías maternas 11. Incluso el médico y erudito italiano Fortunio Liceti [1577-1657] no dudó en colocar la imaginación, tanto materna como paterna, entre las causas de diferentes tipos de monstruos incluidos en su propia clasificación 12. Pero el recurso a la imaginación tan sólo fue aplicado en ciertos casos aislados y nunca corno un criterio general por el que fuera posible explicar cualesquiera deformidades o marcas de nacimiento 13. En un contexto además en el que la descripción y discusión teratológica se refirió siempre a casos específicos y a individuos concretos, impidiendo al tiempo una definición genérica de la palabra ----10 Esta es también la opinión de T. W. Glenister «Prior to the 15th century the notion [de la imaginación maternal] was evidently well established in Europe, but it does not seem to have been used to explain the birth of monsters». El propio Paré mencionaba la imaginación como la quinta de las causas de los monstruos. La primera era la gloria de Dios, la segunda, su ira, la tercera la gran cantidad de simiente, la cuarta, la falta de ella y así sucesivamente hasta trece diferentes causas. Véase PARÉ, (1982), Monsters and prodigies, trad. inglesa, Jamis Pallister, University of Chicago Press, Chicago y Londres, pág. 3 y cap. IX «Ejemplos de monstruos que son producidos por la imaginación», págs. 38 y ss. 12 LICETI, F. «monstruo» y una clasificación de sus diversas variedades, la fuerza de la imaginación, como en general cualquier otra forma de explicación de producciones aberrantes, se limitó a dar cuenta de anomalías específicas, sin que en ningún momento pudieran generalizarse sus efectos, ni tan siquiera para explicar la causa «formal» de todo tipo de nacimiento monstruoso, según la conocida división aristotélica 14. Esta reducción de los poderes de la imaginación a casos concretos y a individuos aislados -la circunstancia de que nunca llegara a aplicarse de manera universal en todos los nacimientos monstruosos, por ejemplo-explica, al menos en parte, la inconmensurabilidad de las distintas posiciones que sobre sus supuestos efectos veremos aparecer a comienzos del siglo XVIII. Antes de la obra de Malebranche -y con el antecedente notable del De viribus imaginationis. un tratado de Thomas Feyens (1567-1631), profesor de medicina de la universidad de Lovaine, publicado por primera vez en 1608 y reeditado repetidas veces durante el siglo XVII 15 -la imaginación maternal se mostró extraordinariamente errática a la hora de formular una tesis general y obviamente incapaz de unificar la disparidad social de sus testigos. Por una parte, la naturaleza, o al menos la naturaleza de esta imaginación, no operaba siempre de acuerdo con los mismos principios. Las mismas causas, como los miedos, los deseos o los antojos de la madre, no producían en todos los casos los mismos efectos; más aun, la mayor parte de las veces no producían efecto alguno. Por otra parte, incluso el más ferviente defensor de los supuestos poderes de la imaginación estaba dispuesto a poner en tela de juicio la veracidad de los hechos aportados por algunos tratadistas. Bien entendido, la reaparición de la imaginación maternal suponía, antes que nada, una re-evaluación científico-social del papel atribuido a la formación de evidencias en el proceso de producción de conocimiento: Quién ha visto qué. O mejor aún: Quién dice qué. No serviría en este caso intentar analizar la validez o no de un supuesto argumento de naturaleza causal puesto que no había en modo alguno argu-----14 Cfr. Sobre las dificultades de definición y clasificación de monstruos, véase mi «Volkomene Monsten und unheilvolle Gestalten. Sobre la falta de sistematicidad en la discusión de la imaginación durante el pensamiento clásico y medieval, véase BUNDY, M.W, (1927). Hay, al menos otras dos ediciones. Sobre Fienus, véase RATHER, L.J., (1967) mento que analizar. Del establecimiento problemático de dos hechos concomitantes, como son el que se haya producido un nacimiento monstruoso y que la madre reconozca haber sido impresionada por tal o cual objeto, no se sigue ninguna generalización legítima sobre el funcionamiento de la imaginación. Más bien al contrario, entender que la imaginación maternal fue, antes del período clásico, un teoría de la que pudiera predicarse su verdad o falsedad es presuponer aquello que muy justamente se pretende explicar. Antes de la Ilustración, el problema no consistió en establecer la validez de una doctrina que sólo pasó a existir retrospectivamente, sino en la mera acumulación histórica de testimonios más o menos contrastados. Cuando se observa desde la perspectiva de los debates que tuvieron lugar a lo largo del siglo XVIII, los casos aportados por la Antigüedad, o compilados durante la Edad Media y el Mundo Moderno, parecerían ejemplos, instancias de una hipótesis, o de una suposición, que asociaba las imaginaciones de la madre con las deformaciones del feto. Estos «ejemplos», sin embargo, no son más que materiales de libre apropiación que, en cierto modo, no se ejemplifican más que a sí mismos. No son demostraciones de un enunciado preliminar que necesita ser probado, sino unidades culturales formadas por un acontecimiento puntual, su explicación y su testigo. Y en esto, al menos, en nada se diferencian de otras historias de efectos mostruosos a los que se atribuyeron, también singularmente, distintas causas. Aun escribiendo a principios del siglo XVIII, el estilo abigarrado del médico inglés Daniel Turner [1677-1740], uno de los defensores de los efectos de la imaginación maternal sobre el feto que se reconoce, muy justamente, deudor de Feyens, no se corresponde con los rasgos más comunes del filósofo natural del período clásico. Más bien al contrario, toda su prosa refleja la verbosidad y el respeto a la autoridad testimonial de los antiguos tratadistas: «Soranus, según ha observado san Agustín {Lib. cont Julian, cap. IX}, nos ha transmitido la historia de que el tirano Dionisio, pese a toda su malicia y deformidad, tenía siempre en su alcoba un hermoso retrato que colocaba delante de su mujer para que ésta pudiera concebir su semejante por la fuerza de su imaginación. De la misma opinión encontramos a Galeno {Lib. de Theoriac. ad Pison, c. 14}, quien observa que la visión de una imagen es suficiente para alterar y cambiar el feto en la misma semejanza. Y ciertamente el Patriarca de las Sagradas Escrituras [Jacob] no fue ajeno a estos efectos, como demostró por su ingenio de colocar las varas ralladas ante los ojos del ganado durante el tiempo de su conjunción {Gen., c. Heliodoro, un autor antiguo, nos ha transmitido la historia de Cariclea, que nació blanca de padres etíopes a causa de que la reina sostenía con frecuencia una imagen de Andrómeda coloreada con lápiz blanco 16, y añade que los Gimnosofistas o Sabios, lo adscribie----- 16 Andrómeda era en principio de color negro. ron muy fácilmente a la fuerza de la fantasía o imaginación. L.20, C. 15) narra cómo Fabio Quitiliano liberó por lo mismo de toda sospecha a una mujer que había engendrado un pequeño negro, tan sólo por haber encontrado placer en contemplar en su aposento el retrato de un etíope. Y la historia de Alcibiades conviene al mismo propósito 17 ». Es importante observar que no se trata tampoco en este caso de ejemplificaciones de una teoría específica, sino de una enumeración de testimonios y de citas que pueden extenderse ad infinitum. A las declaraciones de los antiguos se unen los comentarios de la patrística. Incluso las Sagradas Escrituras forman parte de una cadena interminable de evidencias a las que Turner añadió también los testimonios de Kepler, de Robert Boyle y de otros filósofos naturales de la nueva ciencia, algunos de cuyos comentarios aparecieron incluso recogidos en las Philosophical Transactions 18. A1 menoscabar el carácter público de la experiencia, la actitud de Turner consistió en citar el mayor número posible de fuentes antiguas, medievales y modernas con independencia no solo de la verdad, sino incluso de la verosimilitud de muchos de los hechos discutidos. Así se nos dice, por ejemplo, que el médico Bartholine escribió la historia de un niño que nació con la cabeza igual a la de un gato. Después nos cuenta otro relato del historiador francés Paradin sobre una mujer, la sobrina del Papa Nicolas III nada menos, que dió a luz a un niño cubierto de pelo y, que en lugar de dedos, nació provisto con garras de oso -lo que según Licóstenes sucedió en realidad en el primer año del pontificado del papa Martin IV. Se nos dice después que un niño nació con las tripas colgándole del vientre porque la madre fue obligada a contemplar la matanza de un cordero; otro nació con el prepucio cortado e invertido, otro vino al mundo con la forma del diablo después de que un actor de Brabante tuviera contacto con su mujer mientras seguía disfrazado del maligno. Y eso nos lo cuenta Juan Luis Vives. Y el holandés Schenkius nos informa de que una mujer de Lovaina dio a luz a tres niños de tres razas diferentes que fueron concebidos el día de la Epifanía. Y después está el caso de un niño que tenía la cabeza de una almeja; de otro más del que se nos dice que nació con la cabeza de una rana y de otro aún que nació con la cara igual que la de un mono o con una lagartija que le crecía en el pecho 19. Algunos historiadores han insistido en que uno de los aspectos más definitorios del nuevo espíritu científico que se impuso en Europa a finales del siglo XVII fue la negación en bloque de los hechos heredados de la antigüedad 20. La explicación de esta afirmación apenas si requiere comentario: el nuevo método de la ciencia, basado en la experimentación y el análisis, no aceptó el argumento de autoridad de los antiguos, sino que estableció sus propias coordenadas valorando la experiencia por en-----17 TURNER, (1714), De Morbis, cap. Xll, pág. 113. 20 Por ejemplo, ROGER, J., (1971) Les sciences de la vie dans la pensée frencaise su XVIIIéme siècle: La génération des animaux de Descartes à l'Encyclopédie., Vrin, París, pág. 185. cima de la autoridad y el conocimiento público por encima del testimonio privado. Al menos en el caso que nos ocupa, sin embargo, no hay «hechos» que puedan ser negados. Las historias que aparecen recogidas primero en el tratado de Feyens, y ciertamente después en el de Turner, no son hechos, sino dicta, historias artificiosamente recreadas -aunque no necesariamente «falsas» -que supuestamente describen acontecimientos de la realidad. Desde esta perspectiva, la discriminación de la realidad de la ficción no tomó ni pudo tomar nunca la forma de una separación ontológica entre los hechos verdaderos y los hechos falsos -no hay después de todo nada que pueda ser considerado un «hecho falso»-, sino que se limitó a examinar la credibilidad de las fuentes consultadas. Incluso a principios del siglo XVIII, los procedimientos heurísticos o experimentales utilizados para distinguir entre historias verdaderas e historias falsas no era un asunto nada fácil de resolver. No sólo había que enfrentarse a la tradición de los antiguos tratadistas, sino a toda la pléyade de historias de la narrativa popular que desbordaban de manera continuada las restriciones del conocimiento académico. La imaginación maternal formaba parte de un conjunto de historias, cuando menos controvertidas y cuando más reconocidamente absurdas, supuestamente basadas en la experiencia y atestiguadas, algunas de ellas, por una enorme variedad de fuentes antiguas, medievales y modernas. Otros muchos casos podrían citarse provenientes de la literatura científica de comienzos del siglo XVIII que comparten un similar estatus epistémico. La supuesta capacidad de los sapos para caer del cielo, los peligros a los que las ranas sometían al ganado, el crecimiento de las uñas y el pelo de los cadáveres, la ceguera que producía el esputo de las salamandras, la existencia de los hombres lobo o los vampiros, la curación de las verrugas con leche de higos, el cambio de sexo al que supuestamente se sometían las liebres, la existencia de los cíclopes, la muerte de las serpientes antes de la puesta del sol, los supuestos habitantes de Saturno, el suicidio de los escorpiones o la regeneración de las colas de las salamandras son sólo algunos de estos «hechos» aportados por la cultura popular y discutidos en mayor o menor grado por la nueva ciencia 21. Lo más difícil, entonces, era negar «los hechos», puesto que no había en modo alguno hechos experimentalmente constituidos que pudieran ser pública, esto es, científicamente, negados. No fue, según se ha dicho, una negación en bloque de los hechos heredados, sino una re-evaluación del entero proceso del conocimiento que, descansando ahora en una diferente cualidad racional, esto es: esencialmente moral, de aquél que aseguraba tener algo como evidente, reconoció, por primera vez, la posibilidad no sólo del error, sino también, y sobre todo, del fraude. La negación de los hechos no fue sino la negación de los testigos. No fue nunca un dudar de todo, ----sino un dudar de todos, y por tanto de todo lo que se había dicho. Esa es la consigna que marcará los primeros pasos de las nuevas publicaciones científicas. Las comunicaciones dirigidas a las Mémoires de la Academia francesa, a las Philosophical Transactions de la Royal Society, o a las Acta Eruditorum se caracterizaron, durante las últimas décadas del siglo XVII, por la ausencia sistemática de referencias y de citas. Más aún, allí donde éstas aparecen lo hacen o bien en estricta oposición a aquello que acaba de ser probado, o bien como argumento de autoridad a posteriori, es decir: como rehabilitación parcial de quien había sido previamente desautorizado. Este proceso de re-evaluación de los testigos del conocimiento, como podría llamarse, no acabó además con los antiguos tratadistas, sino que alcanzó obviamente a las tradiciones populares e incluyó, a partir de la última década del siglo XVII, la negación en bloque de las historias narradas por fuentes extranjeras. Con excepción de las Ephémérides Germaniques publicadas por la Académie des Curieux de la Nature, ya no se encontrarán en Francia comunicaciones como el «Extrait de plusiers lettres «écrites de Rome» donde.se contaba la historia de un huevo que contenía la cabeza de un pequeño hombre 22; o como aquella otra historia aparecida el 21 de Agosto de 1684 en la que se decía desde Inglaterra «que un gran roedor se había apareado con una gata, de la que habían nacido crías que eran mitad gatos y mitad ratas» 23. Al desautorizar la credibilidad de los testigos, el carácter nacional de las publicaciones científicas no negó necesariamente esos hechos, no los cuestionó en cuanto hechos, sino que simplemente los convirtió en rumores, situándolos más allá de un discurso científico de las evidencias. Después de todo, aun cuando Bennard de Fontenelle [1657-1757], secretario perpetuo de la Academia de las Ciencias de París, escribía en 1709 que aquella historia de una princesa holandesa que dio a luz a 365 criaturas en un sólo parto era «probablemente un cuento», él mismo incluyó en las «Observations anatomiques» de la misma Academia otros fenómenos no menos problemáticos: en 1713, por ejemplo, un niño nació «con la cabeza de un riñón de ternera» 24; el mismo año se contó la historia de un hombre que permaneció dormido durante más de 6 meses 25; en 1715, la cabeza de un feto era como un racimo de grosellas 26; en 1719 las uñas de los pies de una mujer crecieron tan deprisa que decidieron mandarla exorcizar 27. Incluso el Journal des Savants se diculpaba en 1686 por la dificultad de explicar cómo una mujer había podido parir un perro, incluso si se tenía en consideración, según se nos decía, «la horrible brutalidad del marido» 28. 23 Después del caso de Mary Toft, la mujer que supuestamente dio a luz a dieciseis conejos, cuando la Ilustración inglesa inició abiertamente la disputa sobre la facultad imaginativa, lo que encontramos son dos discursos prácticamente inconmensurables tanto en lo que respecta a la naturaleza de lo que se discute, cuanto en lo que tiene que ver con la posición social del que argumenta. Al discurso de los hechos, o al menos de los hechos aportados por los viejos tratadistas, se opuso el discurso de las razones. ¿Pues no será más fácil demostrar la imposibilidad de la influencia psicofísica entre la madre y el feto que tener que negar los testimonios, uno a uno, de todo aquél que alguna vez se haya mostrado partidario de semejante poder? Y mientras esto último sería una tarea de dimensiones extraordinarias, lo primero supone situarse en un universo negativo en el que se pueda probar la imposibilidad de un hecho perfectamente avalado no sólo por la autoridad, sino también por la experiencia. No bastará además con poner en tela de juicio algunos de los ejemplos aducidos, sino que será imprescindible discutirlos todos: los de Sennerto, los de Thomas Bartholin, y los de Plinio; los de Avicena, los de san Agustín y san Jerónimo; los de Cornelio Agripa y los de Marsilio Ficino; los de Aristóteles y los de Licóstenes; los de Pomponazzi y los del Génesis. Como perfectamente escribió el erudito italiano Ludovico Antonio Muratori [1672-1750]: «Un solo ejemplo bien verificado que pudiera aducirse en favor de la comunicación de la pasión de la madre con el feto bastaría para declarar victoriosos a los llamados imaginacionistas, puesto que lo que sucede una vez puede suceder otras y en otras personas» 29. Reconocer lo contrario sería tanto como admitir que o bien la naturaleza no obedece patrones regulares o que la imaginación maternal es una suspensión provisional de ese mismo orden. Comparado con el número ingente de testimonios, con su variedad y su autoridad, el anti-imaginacionista, está solo. Pues quizá sea posible dudar de las palabras de Licóstenes, o de Aldrovandi, que pecó de la misma credibilidad de la que también hizo gala Plinio, o del historiador francés Guillaume Paradin, a quien ya en el siglo XVIII se le atribuía el mismo defecto. Lo que se hizo, sin embargo, fue reducir ese conjunto de voces a una unidad, que se denominó «tesis imaginacionista», y atacar esa tesis, cuya unidad no le era en absoluto inherente, con toda suerte de recursos argumentativos y demostraciones fisiológicas. El uso de esta expresión permitía, en efecto, asociar esta tesis con el vulgo y su ignorancia secular, esto es: con aquel cuya voz estaba ya de por sí enteramente desautorizada. Era posible, además, ganar la disputa excluyendo socialmente al que defendiera la posición contraria, convirtiendo su postura en una mera habladuría. AI reducir una discusión de los poderes de la ----29 MURATORI, L., (1745), Della forza della fantasía umana, trattato. Veáse, cap. XII: «Dell Macchie del feto umano attribuite alla forza della Fantasia materna». pág. 155: «Un solo esempio ben verficato, che si potesse adduire della comunicazion delle Passioni della Madre nel Feto, a darla vinta a i chiamati immaginazionist; pechè ciò, che succede una volta, può succedere altre persone». imaginación «en sus efectos» a una teoría de «los efectos de la imaginación», las historias narradas por antiguos tratadistas, como las citadas por Turner por ejemplo, pasaron a ser meros rumores, parte de una lengua subterránea que había quedado excluida de facto del lenguaje oficial de las razones. Desde el principio, la disputa sobre la imaginación maternal en Inglaterra parecía enfrentar a los antiguos con los modernos, a los obscurantistas contra los ilustrados, a la low popular culture contra la sociedad bien pensante y, sobre todo, a los defensores de una razón contra aquellos feeble minded que habían sucumbido, ya fuera por interés o por ignorancia, a los delirios más conspicuos de su imaginación. Esta ubicación epistemológica y social del argumento contrario fue, por supuesto, ligada a otro conjunto de razones de naturaleza demostrativa que presuponían, sin embargo, la existencia de aquello que de antemano se pretendía negar. Es muy importante entender que la estructura narrativa de cualquiera de las fuentes citadas por Turner a propósito de la imaginación maternal incluye al menos cuatro momentos diferentes: en primer lugar, es necesario que se haya producido un nacimiento anormal y que éste se encuentre perfectamente atestiguado. Es necesario, en segundo lugar, que la madre confiese o que se tenga constancia por otros medios de que haya sufrido alguna impresión notable durante el coito o durante la gestación. En tercer lugar, hay que postular que existe una conexión causal entre el primer fenómeno físico y el segundo hecho anímico, de tal manera que lo primero pueda explicarse por lo segundo. Finalmente, habrá que saber si esta conexión se ha producido sólo en ciertos casos aislados, en esta madre y en este monstruo, o si puede, por el contrario, establecerse una regularidad natural y una constancia entre ambos hechos. Una completa reconstrucción cultural de estos cuatro pasos podrían servir muy fácilmente para recomponer el status epistemológico del concepto de naturaleza durante el mundo modemo 30. Algo que excede notablemente los límites de este artículo. Merece la pena, sin embargo, detenernos brevemente en las posibilidades que se abren a partir de cada una de los cuatro pasos que hemos diseccionado aquí de manera artificial para una comprensión más ajustada del proceso en su conjunto. Es importante insistir, en primer lugar, en que Turner no discute propiamente ni hechos ni causas, sino que se limita a establecer conexiones entre diferentes tipos de testimonios. Turner no habla de las propiedades de la imaginación ni pretende formular una teoría general que explique las deformaciones o marcas de nacimiento. Su narración se restringe a dar cuenta de tales y cuales acontecimientos según testimonios diversos. De alguna manera, el estatus epistemológico de su discurso sería equivalente al de cualquier aficionado que a finales del siglo XX hubiera hecho una compilación de, pongamos por caso, las veces que los seguidores de un parapsicólogo cualquiera hubieran doblado cucharas o reparado relojes movidos, supuestamente, por un ----30 DASTON Y PARK, Wonders and the order of Nature, Nueva York, Zone Books, 1998. cierto poder de convicción. Entonces, como ahora, la posición de la parte contraria implica un compromiso mucho mayor con la regularidad de los procesos naturales. Para empezar, es posible que el único hecho que da origen al conflicto en su conjunto, un nacimiento monstruoso, se encuentre perfectamente atestiguado o que la frecuencia con la que se producen ese tipo de nacimientos haga muy difícil negar la posibilidad de que semejante caso se haya podido producir realmente. En este sentido, merece la pena recordar que a finales del siglo XVII el número de monstruos recogidos en las memorias anatómicas de las sociedades y academias científicas había crecido de forma tan exponencial que no fue dificil alcanzar la conclusión sólo aparentemente anti-intuitiva de que estos fenómenos únicos y extraordinarios eran a la postre bastante frecuentes 31. En la mayor parte de los casos, la dificultad no surgió a la hora de aceptar el nacimiento monstruoso, sino su caracterización como efecto de una reacción meramente anímica 32. Más complicado resultaba aún la negativa a reconocer como creible el testimonio de la madre. Puesto que en este caso cualquier examen descansa en la credibilidad de la fuente, la posibilidad de «demostrar» su falsedad radica en última instancia tan sólo en que la madre confiese que su testimonio inicial ha estado guiado por el interés. Como ha explicado Denis Todd, fue justamente la confesión de Mary Toft la única de todas las «pruebas» que puso fin al debate sobre la naturaleza de sus extraordinarios alumbramientos 33. En tercer lugar, se puede aceptar el nacimiento anormal y la sinceridad de la madre negándoles al mismo tiempo el status epistemológico de causa y efecto. E incluso aceptando la naturaleza causal del proceso, se podría negar que la imaginación fuera la causa eficiente y aceptar tan sólo su responsabilidad formal. En el primero de estos supuestos, la explicación del nacimiento monstruoso recaería enteramente en otra parte; en la segunda, la imaginación sólo explicaría la forma, la particular impronta que ha recibido el monstruo, pero nada podría decir sobre los mecanismos de su generación. Finalmente, pero no menos importante, se puede aceptar el hecho físico, el testimonio y la relación causal entre ellos (del tipo que ésta sea) y, sin embargo, negar su caracter «natural». Se puede tratar, en efecto, de un hecho aislado sobrenatural (de un milagro), o de un fenómeno, también aislado, de carácter preternatural, esto es: de un lusus naturae 34. 34 Con todas las diferencias que se quiera, invocar la autoridad de los milagros a finales del siglo XVII era reconocerse cómplice y enfermo de entusiasmo. Y mientras que en países protestantes se declaraba, casi como dogma, la cesación de la intervención divina en los asuntos mundanos durante la historia temprana de la Cristiandad, en los paises católicos, muchos de estos «hechos» fueron tildados de mera superstición o fanatismo 35. En ambos casos, el defensor de los milagros en poco se diferenciaba de un agitador social o, lo que es aún peor, de un enfermo mental. En términos similares puede describirse el proceso de reducción o naturalización de lo preternatural, un proceso en el que la acumulación sistemática de fenómenos y objetos no fue parte menor en el proceso. Más interesante para nuestros propósitos, sin embargo, son las relaciones de legitimación en lo que respecta a los testimonios involucrados. Pues aunque el propio James Blondel, el máximo oponente de Daniel Turner, negó la posibilidad de la conexión física entre la madre y el feto basándose en demostraciones anatómicas, el grueso de su discusión giró en torno al establecimiento de los hechos y a la naturaleza misma de lo que debía o podía considerarse «carga argumentativa». Aunque de un modo muy diferente a lo que sucedió en Francia, también en Inglaterra la disputa sobre los supuestos efectos de la imaginación maternal sobre el feto desembocaron en una discusión sobre los abusos no imputados, sino reales, de la facultad imaginativa. En última instancia los únicos efectos perniciosos de la imaginación, venía a decir Blondel, eran los que habían dado lugar a las descabelladas ideas del propio doctor Turner. Eran él y sus seguidores los que habían sucumbido a los efectos más perniciosos de la imaginación. Más aun: era la creencia en la imaginación matenal la que aparecía como un efecto ridículo de una imaginación gobernada por el entusiasmo. En el caso de la disputa entre los doctores Blondel y Turner que ocupó a la sociedad inglesa durante las primeras décadas del siglo XVIII, lo que encontramos es una discusión general que opera en diferentes niveles que pueden abandonarse o retomarse según las circunstancias. Existe, en primer lugar, el frente de lo que hemos venido en llamar «el valor testimonial y la autenticidad de los hechos». Para Blondel, la carga testimonial de la narrativa de Turner es simplemente insoportable. Hay, por así decir, demasiadas palabras y muy pocos «hechos». Persiste, en segundo lugar, la naturaleza epistemológica de la supuesta causación entre la imaginación de la madre ---- y el desarrollo del feto. Para Turner, ninguno de los argumentos fisiológicos de Blondel puede probar de manera infalible que semejante influencia psico-física no se haya producido en alguna ocasión de todas las que él cita. Esto es: Turner insiste en la falta de verosimilitud de un argumento, el de Blondel, que pretende probar exclusivamente mediante razones la no-existencia de un fenómeno avalado por la autoridad y la experiencia. Finalmente en una caracterización ad hominem de la discusión, Blondel entiende que, a todos los efectos, Turner se comporta, piensa y razona como una mujer. Lo que se inició como una disputa meramente académica terminó por convertirse en un campo de batalla en el que dirimir ex nuovo el programa más aparente de la Ilustración. La defensa del capítulo XII del De morbis cutaneis, que dio origen al conflicto, se terminó convirtiendo en una defensa del propio Tumer, y de su legitimización como «Persona» y no solo como «testigo». Ya no es la ciencia, ni siquiera es sobre todo la ciencia, sino la consideración al respeto debido, a la calidad moral, y a la conducta social, de lo aquí se trata 36. No es sólo que, a los ojos de Blondel, el espíritu del doctor Turner sea débil, sino que esa debilidad de sus juicios, esa falta de claridad y orden en las ideas de su entendimiento resultan de su naturaleza impresionable, de una disposición orgánica y sensitiva más propia de una «comadrona» o de una «vieja viuda» que de un miembro del Royal College of Surgeons. Al igual que una embarazada, nos explica Blondel, el doctor Turner tiene «antojos irracionales» que le fuerzan a sacar a la luz ideas y textos monstruosos, o lo que es igual ininteligibles. Son los delirios y los desórdenes de su imaginación los que llevan al doctor Turner a cometer esos excesos lingüísticos, a generar esa verborrea en la que envuelve tanto su ingenua credibilidad como sus errores de concepción. La técnica argumentativa es, sin ninguna duda, la del desplazamiento. Turner se equivoca no porque lo que diga sea intrínsecamente falso, sino porque él mismo se desplaza más allá de la esfera del conocimiento legítimo. Es importante entender aquí que la actitud de Blondel no responde a una animadversión personal -por más que en este caso esto sea también posible-, sino más bien a una repudiación cultural de la posición contraria. Blondel ataca «personalmente» a Turner con todo lo que en una disputa académica le está pública y culturalmente permitido. Toda la artilleria de la Ilustración emergente se encuentra a su disposición, por más que el propio Blondel también comparta el prejuicio de que los desórdenes de la imaginación producen ampulosidad en el lenguaje y grandes defectos en la concepción -intelectual en este caso. En un sentido muy riguroso, cabe decir sin ambages que el doctor Blondel no solo fue capaz de inventarse una teoría, sino que, en un verdadero atropello cultural, le fue igualmente posible construirse su enemigo. Entonces como ahora, nadie en su sano juicio podría quitarle la razón. ----ORDEN E IMAGINACIÓN También la Ilustración francesa vió nacer una doctrina de la imaginación maternal con implicaciones en todos los órdenes del espectro académico y social. La creencia se había popularizado en Francia a partir de 1670 a través de tratados populares de obstetricia y manuales de educación sexual. Los dos libros más importantes de este género publicados en Europa a finales del siglo XVII, el anónimo inglés Aristotle 's Masterpiece y el Tableau de l' amour conjugal de Nicolas Venette, dedicaron diversos capítulos a discutir la imaginación y sus efectos 37. En la misma línea encontramos también el famoso poema latino Callipaedia sive de Pulchrae Prolis Habendas Ratione, un libro que se publicó por primera vez en Leyden en 1655, en el que Claude Quillet [1602-1661], que había abandonado la medicina en favor de la poesía después de negarse a aceptar la presencia de endemoniadas en el convento de las Ursulinas en Loadun, se mostraba partidario no sólo de la influencia de la imaginación sobre el feto sino del poder que los astros ejercían igualmente sobre el mismo asunto 38. En el caso francés, sin embargo, la imaginación maternal no se recuperó porque fuera capaz de proporcionar una explicación psicofísica del origen de la deformidad física, sino porque parecía posible explicar por este medio la innegable semejanza que los hijos presentaban con respecto a sus padres. Allí donde el Renacimiento había hecho de esta supuesta capacidad de la mujer una causa más entre otras por la que se podía dar cuenta de por qué en ocasiones excepcionales los hijos no presentaban parecido alguno con los supuestos responsables de su generación, y sí en cambio con algunos otros objetos o animales que, en principio, no habían intervenido en el proceso de su gestación, en la Francia ilustrada esta supuesta capacidad no se utilizó para explicar la excepción, sino la regla. Fue en este sentido, como explicación de la semejanza, como la imaginación maternal adquirió por primera vez un ----37 Nicolas Venette, De la génération del l'homme, ou tableau de l'amour conjugal, Amsterdam, 1687. Este libro se tradujo al inglés en 1703 y se reimprimió con extraordinaria frecuencia. Anónimo, Aristotle 's Compleat Experienc' d Midwife, 1700. Este libre contó con innumerables reedicions hasta la década de 1930. Sobre la recepción y la distribución de literatura paramédica, cfr. También se tradujo al inglés en 1710 y se reimprimió una docena de veces en esa lengua hasta 1761 y seis veces en Francia antes de 1832. cierto carácter normativo y desligado «en parte» de la tradición teratológica. Y hemos de decir «en parte» porque aun cuando la teoría continuó explicando la producción de rasgos aberrantes -más aún, este fue en principio su uso más aparenteel uso de la doctrina en la comprensión de la deformidad fue sólo un efecto necesario, y genuinamente heurístico, para verificar empíricamente su influencia en los casos normales, o lo que es igual: en todos aquellos en los que era imposible establecer de antemano ningún otro procedimiento experimental. Es así, como explicación de la continuidad de las especies y de la similitud entre hijos y ancestros como el padre Nicholas Malebranche [1638-1715], inspirado tal vez en algunos textos del propio Ambroise Paré 39, discutió los efectos de la imaginación maternal en el Libro II de su Recherche de la vérité en 1674-75 40. También en este mismo sentido el médico Claude-Nicolas Le Cat [1700-1768], ya a mediados del siguiente siglo, la entendió como un procedimiento muy adecuado para explicar la continuidad de las razas tanto como el origen de su diversidad 41. Incluso sin saber exactamente en qué podía consistir semejante fuerza de la imaginación, algo llamado con ese nombre parecía ser capaz no simplemente de modificar, sino también de garantizar la regularidad de las producciones naturales 42. La imaginación maternal permitía explicar por qué, según escribía Malebranche, «una yegua no engendraba una ternera o por qué una gallina no podía poner un huevo que contuviera una perdiz u otro pájaro de una nueva especie» 43. Una vez que se hubo alcanzado la conclusión pre-existencialista de que los niños «se encuentran ya formados [por Dios] antes incluso de que tuviera lugar la acción por la que eran concebidos», la imaginación maternal resultaba inevitable para «que el niño tuviera algún parecido con la madre o para que fuera de su misma especie» 44. ----Nicholas Malebranche, que había comenzado a interesarse en problemas embriológicos a partir de la publicación póstuma, en 1664, del Traité de l'homme et de la formation du foetus de René Descartes [1596-1650], fue en efecto uno de los primeros en ofrecer una formulación de la teoría de la pre-existencia embrionaria así como en explicar los fenómenos de similaridad y disimilaridad entre hijos y ancestros por medio de la imaginación maternal 45. Su punto de partida es que «la vida [i.e., la identidad] de los hombres no consiste sino en la circulación de la sangre» -lo que también incluye la circulación de esa parte más sutil de la sangre que Malebranche denomina, siguiendo en esto al anatomista inglés Thomas Willis [1621-1675], «espíritus animales», y que constituye el vehículo de transmisión de todos nuestros sentimientos, pensamientos e ideas. La consanguineidad funcional garantiza que las pasiones, los sentimientos y en general los pensamientos que se ocasionan en el cuerpo sean comunes a la madre y al niño. La relación entre el árbol y su fruto, para utilizar la expresión del historiador Pierre Darmon, manifiesta una unidad tan íntima que en realidad se trata de dos almas distintas en un sólo cuerpo 46. Pero si esta identidad, en última instancia la materna, servía como garantía de una relación de identidad corporal entre la madre y el hijo, tampoco podía constituir por sí misma el único fundamento sobre el que establecer su relación intelectual 47. Malebranche, cuya intención última en esta sección de su libro era dar cuenta tanto de la transmisión del pecado original como de la circulación de la gracia, llegaba entonces a postular en el cerebro de los hombres lo que él denominaba una «disposición natural a la imitación», un resorte que, bajo el nombre de «compasión», consistía en la supuesta capacidad que tenemos de sufrir por los otros y de dirigir nuestros espíritus animales a las partes de nuestros cuerpos donde los cuerpos de los otros sufren 48. Pero esta capacidad, imprescindible para el sostenimiento de la sociedad civil -como por otra parte, pondrá de manifiesto un siglo más tarde, en 1764, el ilustrado italiano Césare Beccaria-no está, ni puede estar repartida entre los hombres equitativamente, sino que la poseeran en mayor grado aquellos cuya «imaginacíón sea más viva y cuyas carnes sean más tiernas y más blandas» 49. Es por eso, explica Malebranche, por lo que las mujeres y los niños no pueden ver las heridas infligidas a su prójimo sin sentir en su propio cuerpo el dolor equivalente, el «contra-golpe» -contre-coup-que desata irremediablemente el sentimiento de la compasión 50. Lo ----que sucede todavía con mayor motivo, se entiende, en el caso de los niños que se encuentran en el seno de su madre, estando sus carnes todavía muy blandas y siendo la imaginación de las mujeres enormemente excitable 51. De este modo, concluye Malebranche, los niños «ven lo que sus madres ven, escuchan los mismos gritos, reciben las mismas impresiones de los objetos y son movidos por las mismas pasiones» 52. El tratamiento que Malebranche confiere a estas «suposiciones» difiere ampliamente de lo que hemos visto en Inglaterra. Frente a la multiplicación de los testigos mencionados por Turner, la eficacia del razonamiento de Malebranche no depende del número de sus instancias, sino de la administración de la evidencia. Mientras Turner, siguiendo en esto el estilo de los viejos tratadistas, enumera casos que no se remiten más que a sí mismos, y que aparecen así como meros signos de carácter autorreferencial, los alumbramientos anormales en manos de Malebranche no son historias prenaturales cuya supuesta realidad necesite ser probada, sino experimentos de la naturaleza en los que se deposita la carga argumentativa 53. El tratamiento diferente de los elementos de juicio modifica a su vez su estatus epistemológico. Pues mientras que de la lectura de Turner se colige a lo sumo que la imaginación debe, o ha debido alguna vez, ser capaz de modificar el feto dada la cantidad y disparidad de los testimonios favorables, para Melebranche, la imaginación es siempre capaz de modificarlo, como se demuestra de manera incontestable en los ejemplos que se aducen. La dificultad a la que se enfrenta Turner de justificar la naturaleza de una inferencia ampliativa se transforma en Malebranche en el problema, esencialmente diferente, de la aceptación de sus ejemplos como implicaciones contrastadoras: Si la imaginación, «en condiciones normales», produce similaridad, una modificación de las condiciones generará alteraciones en el desarrollo embrionario. A la verdad de los hechos se contrapone la lógica de las razones 54. De ahí que los ejemplos de Malebranche, al contrario que los de Turner, no estén escogidos al azar, no poseen ningún valor intrínseco ni se suman a la tradición de las historias prodigiosas o preternatura-----51 También Fouquet en el artículo «Sensibilité» que escribirá para la Encyclopédie retoma parte de las ideas de Malebranche y, a decir verdad, de la tradición fisiológica montpelleriana, para explicar las diferencias en los grados de sensibilidad que se producen en la edad y en los sexos. Para empezar, los niños y las mujeres son más sensibles a causa «de la souplesse, la fraîcheur et la ténuité des lames du tissu muqueaux». Es la sensibilidad excesiva de los niños la que los vuelve más propicios a las convulsiones y a los espasmos, mientras que es el útero, uno de los centros de la sensibilidad de las mujeres, el que las vuelve susceptibles a los vapores. 53 Sobre la transformación de los signos en evidencias, Cfr. Los casos que menciona el autor de De la Recherche no importan más que como evidencias demostrativas. Su lógica interna explicita el recurso retórico que consiste, como en la nueva ciencia de la mecánica, en explicar lo invisíble por lo visible, o con otras palabras: en hacer que lo invisible se torne evidente. Esta diferencia no delimita el problema de la imaginación en el contexto francés, pero sí explica suficientemente la parte más aparente del debate sobre los supuestos efectos de la imaginación a este lado del canal. El libro de Malebranche se reeditó repetidas veces durante el siglo XVIII y constituye el momento de formulación estricta de la doctrina de la imaginación maternal como una cláusula ceteris paribus de la doctrina de la pre-existencia. La imaginación maternal permite explicar las relaciones de parentesco, los fenómenos de hibridación y los nacimientos monstruosos sin tener que modificar una doctrina embriológica que sobrepasaba, con creces, los puntos de vista aristotélicos sobre la generación, el orden y la continuidad. Desde este punto de vista, los debates sobre la imaginación maternal en Francia adquieren un carácter demostrativo en la medida en que la discusión sobre sus posibles efectos se sitúa en el contexto de las razones y no estrictamente de los hechos. Más aun: puesto que los hechos no pueden ser negados, la discusión deberá centrarse en la supuesta relación causal entre un fenómeno físico y un hecho anímico, en cómo un poder espiritual, del tipo que este sea, será capaz de modificar un cuerpo. En primer lugar, si bien la teoría proporcionaba una posibilidad excepcional de explicar relaciones de parentesco en el contexto de una teoría del «encajonamiento» de embriones, el imaginacionista dificilmente podía dar cuenta, en el contexto de una concepción mecanicista de la generación, de cómo la imaginación maternal había operado realmente sobre el feto. O con otras palabras, si el niño nacía, digamos, con la forma de un ternero, la explicación malebranchista establecía que la madre había sido frapée, impresionada, por la presencia de aquel animal, cuyo ius imago aparecía entonces como la causa de la forma que había adquirido el niño. Pero esta explicación de causación formal, basada además en el incorrecto post hoc ergo propter hoc tan sólo explicaba por qué el niño había adoptado una forma particular, sin que en ningún caso proporcionara una respuesta aceptable sobre el origen de su monstruosidad en cuanto tal. Consciente de la dificultad, el naturalista francés Claude Perrault [1608-1680], intentó una explicación de la semejanza física entre padres e hijos basada en la diversa distribución del alimento o de la «materia de la generación» por el efecto mecánico de la imaginación maternal 55. Una explicación a todas luces insatisfactoria, y discutida de hecho por el médico montpelleriano Eustache Marcot [1686-1732] 56. Citado también por ROGER, J., Les sciencies de la vie. pág. 386. «Je ne nierai point que l 'Enfant n' herite des maladies de la Mère (le chose n'est que trop connue) que l 'Enfant n' ait le temperamment, les inclination & les appetits de ses parens, des sucs desquis il est En segundo lugar, los partidarios de Malebranche tuvieron que preguntarse si la fuerza de la imaginación maternal servía única y exclusivamente para explicar diferentes grados de deformidad en producciones humanas o si debía, por el contrario, generalizarse como modelo de explicación de cualquier tipo de deformación con independencia de cuál fuera la naturaleza de los cuerpos en los que se producía. Aceptar una versión restringida de la teoría era, por supuesto, tanto como admitir que la naturaleza no obedecía patrones regulares y que la explicación de la monstruosidad humana no se aplicaba al conjunto de la creación. En una versión generalizada, la teoría debía asumir, por el contrario, no sólo que los animales eran capaces de modificar el desarrollo del feto por el poder de su imaginación 57, sino que incluso los vegetales estaban capacitados con semejante poder 58. Pero incluso con independencia de las plantas, para las que muchos naturalistas habían postulado una entidad tan contradictoria como un «alma material» que pudiera hacerse también responsable de los errores de su vegetación, la equiparación de las facultades humanas y animales, que había sido desde antiguo la base de uno de los grandes argumentos de Epicuro, debía adquirir también nueva fuerza probatoria. Pues si los animales poseían una imaginación que, formalmente, no era sino el anverso de la memoria, quizá la diferencia entre las otras facultades de la razón, en lo que respecta a los hombres y a los animales, fuera a su vez tan sólo gradual. Lo que supondría, al menos en principio, postular una gradación cualitativa de las almas, ya fuera en el sentido de que la humana era tan sólo un poco más excelente que la del animal, cuanto en el sentido contrario de que la del animal sólo era cualitativamente inferior a la del más abyecto de los hombres. Para colmo de males, en el marco de una parcelación del conocimiento que definía también los límites de la experiencia posible, el recurso a la imaginación maternal debía tener, cuando menos, un carácter paradójico. Después de todo, hablamos de un período que insistía en negar la realidad de los monstruos imaginarios y, sin embargo, rescataba de entre la cultura popular obscuras patrañas que apuntaban a la imaginación como la causa inmediata de los monstruos verdaderos. O lo que es igual: al tiempo que se pretendía que los monstruos «falsos» eran producto de la imaginación, ---formé & nourri, & qui impriment le même caracter al corps tendre de l'Enfant. 12: «Las mujeres [dice] no tienen la prerrogativa de producir monstruos por 1a fuerza de su imaginación; estamos convencidos de que los animales puedan también hacerlo». 58 MARCOT (1716 [1718]): «On a poussé la chosa si loin, qu 'on fait agir l' imaginatión jusques dans le bêtes, & dans les Plantes même», en M.A., 1716, París 1718, pág. 336. se insistía en que los «reales» eran también producto de una imaginación diferente. Y aunque poco se decía saber acerca de la naturaleza de esa imaginación que explicaba tanto la realidad como la ficción, parecía claro que aquella facultad, que en su mal uso producía un ser imaginario, difería considerablemente de aquella otra que explicaba, produciéndolo, el nacimiento de una criatura inimaginable y sin embargo real. En un exceso de sofisticación teórica, los imaginacionistas tuvieron que explicar, a medida que la investigación anatómica se extendía a las malformaciones internas, qué objeto podría haber actuado sobre la imaginación de la madre para qué el niño presentara una quinta cavidad ventricular, dos venas aortas o una doble matriz. Está será justamente la opinión de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon [1707-1788], quien en su Histoire Naturelle negará el poder de la imaginación maternal basándose en la circunstancia, nada baladí, de que no hay fetos tan diversos como antojos 59. Situándose, por así decir, en «la pre-historia de la objetividad», el argumento de Buffon, que más tarde será retomado en el artículo «Imagination» de la Encyclopédie de Diderot, consistía en negar no tanto la posibilidad de esa influencia -como fue el caso de Blondel-como en demostrar, justamente al contrario, cuáles eran las probabilidades de que la naturaleza hubiera podido o fuera capaz de producir espontáneamente semejantes efectos 60. Es justamente la posibilidad de explicar las generaciones aberrantes por medio de una modificación natural azarosa, meramente estadística, lo que puede eliminar la necesidad de tener que colocar toda la carga epistémica en la negación de los hechos o de su mera posibilidad. Los hechos son reales -de otro modo no serían «hechos»-, pero se producen «muy probablemente» por distintas causas. De las dificultades meramente epistemológicas que hemos citado más arriba no se siguió, sin embargo, que la doctrina de la imaginación maternal fuera universalmente repudiada. Pues si es verdad que su presencia soterrada podía resultar incómoda en el contexto de la discusión, muy específica, de las generaciones monstruosas, también lo es que estas últimas no habían aparecido después de todo nada más que como «ejemplos» con los que Malebranche pretendía demostrar sus «suposiciones» hasta el punto de convertirlas en un solo principe incontestable. Parecía posible, por tanto, negar parte del razonamiento malebranchista sin tener que discutir el conjunto de sus presuposiciones. El discurso anti-imaginacionista del doctor Eustache Marcot [1686-1732], por ejemplo, incluía explícitamente rechazos de palabras como «contra-golpe», ----59 BUFFÓN, Histoire Naturelle. tomo IV. cap. 4. xj. 60 Sobre la nueva reinterpretación de los hechos en función de sus probabilidades, véase DASTON, L., (1988), Classical probability in the Enlightenment. Princeton, N.J. El artículo «Imagination» de la Encyclopédie consta de dos partes diferentes. La primera fue redactada y firmada por Voltaire, quien se muestra obviamente partidario de los poderes de la imaginación maternal sobre el feto por consideraciones de tipo religioso. La segunda, que es a la que aquí hacemos referencia, fue redactada, muy probablemente, por el Chevalier de Jacourt y se trata de una popularización de los argumentos de Buffon y de Blondel, que acaba de ser traducido al francés, junto con otros comentarios sobre las consecuencias sociales de la doctrina. mientras que una parte notable de la argumentación fisiológica de James Blondel consistió en negar que la unión entre la madre y el feto pudiera entenderse como un integrum. Pero incluso en versiones más restringidas de los poderes de la imaginación que aparecieron durante la segunda mitad del siglo XVIII la presencia de Malebranche se hizo sentir con una relativa intermitencia. Antoine le Camus [1722-1772], por ejemplo, el famoso autor de la Médecine de l'Esprit. aun siendo partidario de las opiniones de Blondel y, por tanto, contrario a la doctrina de la imaginación maternal, explicaba en el volumen segundo de este libro cómo los hijos nacidos de uniones ilegítimas, al ser el resultado de un amor «más industrioso», mostraban un mayor espíritu y sagacidad61. Lo que no era obstáculo para rechazar, en función de los estudios anatómicos de Albrecht von Haller, la concepción malebranchista de la madre y el niño entendidos como un integrum62. Pero incluso el propio Haller, que se había mostrado tan reacio a aceptar una comunicación anímica entre la madre y el feto debido a la ausencia entre ambos de nervios comunicantes, concedía que había niños que sufrían toda su vida de convulsiones porque su madre las había recibido durante su embarazo 63. Se daba el caso además, de que puesto que la pre-existencia explicaba la continuidad, la discontinuidad se relativizaba a los desórdenes de un agente intelectivo que operaba enteramente como el cinturón protector de un nucleo teórico irrenunciable. Incluso en el caso de nacimientos anormales, el orden general, establecido en una única Creación primigenia, estaba garantizado por los accidentes de la imaginación. De la misma manera, los fallos de la concepción no obligaban a revisar la pre-existencia, sino que remitían a una modificación más o menos azarosa en las condiciones naturales del proceso. Se daba así la circunstancia de que la imaginación maternal podía solventar un conjunto de problemas religiosos despertados por la ciencia embriológica en general y, más en concreto, por el papel que se debía asignar a Dios en la producción de deformidades. Pues si como pretendía la pre-existencia embrionaria, Dios había formado todos los seres al comienzo de los tiempos, parecía necesario concluir que debería haber creado, quizá también a su imagen y semejanza, los embriones de los seres más deformes64. La innegable presencia de la aberración corporal, igual por cierto que de la perversión moral, podía ahora hacerse depender de una mediación humana cuya innegable finitud debía ser también prueba fehaciente de su culpabilidad. O con otras palabras, la imaginación maternal que, en su buen uso, garantizaba la similaridad, permitía igualmente eximir a Dios de cualquier responsabilidad en la producción de rasgos aberrantes. ----Más importante todavía, el recurso a la imaginación maternal permitía no sólo explicar la semejanza tanto como la diferencia, sino que, al unificar las operaciones físicas a las intelectuales, se podía defender desde la misma ciencia y no desde el dilettantismo que los productos de la concepción, ya fueron estos ideas o fetos, eran esencialmente «innatos» 65. El objeto de la vida tanto como el del pensamiento podía y debía remitirse a un pasado originario y encontrar su corrección y su verdad tan sólo en la garantía de una voluntad suprema y de una Creación primigenia 66. El problema del anclaje de la imaginación maternal en el seno de una teoría de la generación, la pre-existencia embrionaria, y de sus influencias en un contexto socio-cultural más amplio, se resuelve desde el momento en que se entiende que la pre-existencia nunca fue una «teoría de la generación», sino una doctrina de la continuidad que asumía, como parte de su dogmática, que la explicación de la formación de los seres, excluyendo su desarrollo, excedía las competencias de una scientia interesada tan sólo en la interacción de causas segundas. La pre-existencia garantizaba entonces el orden natural y social; el unico que hacía posible la comprensión académica de los fenómenos naturales en términos de regularidad. Es en este contexto de explicación de la continuidad y de garantía científica o pseudo-científica del orden en el que la doctrina malebranchista de la imaginación desarrollará la mayor parte de sus consecuencias normativas. Es igualmente en esta necesidad social de no subvertir la inmutable relación entre las palabras y las cosas donde la argumentación ad feminam de James Blondel coincidirá aquí, como veremos en el siguiente epígrafe, con la doctrina de Malebranche. La misma Ilustración pervive en la contraposición más aparente del contenido de sus ideas científicas. Y es que Voltaire, que defiende la imaginación maternal, no es más o menos ilustrado que Buffon, ni el doctor Marcot lo es más que Beccaria. Pensar lo contrario sería tanto como asumir que la Ilustración pudiera reducirse a un conjunto monolítico de ideas más o menos esclarecidas o más o menos toleradas. Lo moderno, sin embargo, nunca fue realmente la idea, sino la norma: la regulación pública de los desórdenes -científicos en el caso de Blondel o morales en el caso de Malebranche-que pudieran producirse en un mundo guiado por la imaginación y no por el entendimiento. ----65 DIDEROT, (ed), Encyclopédie, vol. 16, pág. 693: «Embarazo es el término ordinario que se emplea para designar el estado de una mujer [...] en la que se ha operado la obra de la concepción» 66 Sobre este epígrafe hay muchas ideas de interés en STAFFORD, Body Criticism. cap. III, «Conceiving», donde Stafford pone en relación los procesos de concepción con corrientes neoplatónicas y con las concepciones del arte neoclásico de Winckelmann y de Richardson. De hecho, Stafford llega a hablar de un «emboîtement» espiritual, haciendo mención (en la nota 77 del capítulo III), de que la Contemplation de la nature de Charles Bonnet fue publicado el mismo año que la Geschichte der Kunst de Winckelmann, esto es, en 1769. REGULACIÓN FISIOLÓGICA DE LA IMAGINACIÓN Se seguía en efecto de los principios de Malebranche que las bases para una interacción psico-física entre la madre y el feto se encontraran claramente delimitadas por el control moral. Si la imaginación dependía tanto de la voluntad como de la disposición fisiológica del cuerpo, la imaginación pasiva -aquella capaz de producir efectos independientes de la voluntad, aquella que escapara al control moral-podía fácilmente producir instancias diversas de generaciones equívocas. La voluntad de la madre capaz de vencer su disposición fisiológica, «impresionable por naturaleza», operaba como garantía de filiación específica y marital. Pero era sólo su falta de responsabilidad moral y de control racional la que debía culpabilizarse en la producción de rasgos aberrantes. Desde el momento en el que la imaginación podía garantizar, en su buen uso, la identidad o la filiación, se hacía imperativa la necesidad social de su regulación o su reforma. La imaginación apareció así como la fuente de todo error, ya fuera en la generación de ideas o en la de organismos, en la concepción embriológica o, como en el caso de Daniel Turner, también en la intelectual. Diferencias muy sutiles a parte, se continuaba la tradición de los siglos XVI y XVII que habían adscrito los hechos más inverosímiles a los efectos de una imaginación gobernada por la pasión o el entusiasmo 67. Fue en esa vena en la que el propio Voltaire atacó duramente en la Encyclopédie esas «imaginaciones fantásticas», que siempre carecen de orden y buen sentido» 68. Del miso modo, el benedictino François Calmes llegó a imputar en 1746 los falsos sortilegios a désordres de l'imagination seduite par Satan 69 de la fureur uterine, Bienville atribuyó en efecto el furor uterino a los desórdenes de la imaginación excitada por la lectura de «romans luxurieux», por canciones y conversaciones galantes, por paseos en los que «los juegos más inocentes de la naturaleza han tomado la forma, en el alma preocupada [de la mujer], de los trazos más claros de la voluptuosidad» 73. Ludovico Antonio Muratori [1672-1750], que había suspendido el juicio relativo a los efectos de la imaginación maternal, no dudó, sin embargo, en enumerar otros muchos de sus peligros y, especialmente, aquellos que conducían al éxtasis y a las visiones 74. Desde el punto de vista de la regulación de la conducta marital, el mandato divino según el cual lo similar debía engendrar lo similar dependía ahora de una madre que nunca debía caer en ilusiones peligrosas, que no debía soñar con otro hombre que no fuera el suyo legítimo y que debía abstenerse igualmente de tener ensoñaciones durante el momento del coito. Una máxima de comportamiento ético deducida de la teoría de la procreación de enormes consecuencias. En primer lugar, sobre las bases de que la mujer debía limitar al máximo sus pasiones más violentas, el papel asignado a su sexualidad en el contexto de la habitación conyugal debía limitarse considerablemente. Toda vez que el sexo «natural» se equiparó de manera sistemática con el sexo procreador, la reivindicación del placer de la mujer en los lances amorosos no sólo debía enfrentarse con una notable barrera moral, sino con la justificación científica o pseudocientífica de una conducta represiva basada en el testimonio de las malformaciones. Puesto que el placer era capaz de producir un rapto provisional del entendimiento, la aparición desordenada de imágenes en la mujer más allá de la esfera de su control moral podían, fácilmente, dañar el embrión como efecto de una conducta sexual desordenada. A partir de semejante razonamiento, resultaba bastante sencillo reivindicar no sólo la pasividad de la mujer, sino incluso la necesidad científico-filosófica de que la concepción se produjera a expensas de su placer. «La concepción tiene lugar sin placer para la mujer. Incluso experimentan aversión» 75. Se consumaba así una política de diferenciación que eliminaba los efectos indeseados de la imaginación regulando, de una manera u otra, la propia disposición al placer; una patologización del sexo y de la sexualidad femenina de la que se encuentran ecos incluso en el enciclopedista Diderot: «La Mujer contiene en sus adentros un órgano susceptible de espasmos terribles que suscita en su imaginación fantasmas de toda especie. Es en el delirio histérico en el que la ---- La patologización de la sexualidad de la mujer permitía explicar por qué su imaginación, en lugar de estar controlada por el entendimiento, aparecía como un producto irracional de su sexo y de su sexualidad. Sólo cuando su imaginación era pasiva, en el sentido de que la mujer asociaba automáticamente las impresiones recibidas en su entendimiento, el papel que se le atribuía en la producción de monstruosidades la convertía en una víctima de virtud inmaculada. Cualquiera que fuera el caso, tanto si la asociación era voluntaria como si no, y para evitar posibles contagios, el médico Claude Nicolas Le Cat [1700-1768] propuso una política de segregación que consistía en impedir que figuras horribles y deformes aparecieran ante la presencia de las mujeres 77, mientras que Isaac Bellet, un claro opositor a la doctrina de Malebranche, escribía no obstante que «el interes de las señoras en particular requería que aquel prejuicio [la creencia en la imaginación maternal] fuera públicamente refutado» 78. Las Letres sur le pouvoire de l'imagination des femmes enceintes de Isaac Bellet habían sido diseñadas como un tratado dirigido a las mujeres que, ignorantes de las disquisiciones anatómicas con las que el doctor Biondel había apoyado sus argumentos, debían estar, sin embargo, informadas de los peligros reales que corrían por admitir el prejuicio extravagante de que su imaginación fuera capaz de modificar el feto. O lo que es igual, mientras Bellet insistía en la imposibilidad de que la imaginación de la madre pudiera producir efectos en el desarrollo embrionario, contemplaba, por la otra, que los efectos de semejante creencia podían ser perjudiciales tanto para la madre como para el niño: «el miedo de un mal imaginario es el que las hace padecer males reales» 79. No es de extrañar en-----tonces que incluso la decoración de interiores, y fundamentalmente de la habitación conyugal, experimentara drásticas variaciones durante las primeras décadas del siglo XVIII. Las escenas mitológicas que habían adornado las paredes del Renacimiento se sustituyeron por retratos de los cónyuges y, sobre todo, por espejos que, en tanto que reflejo de la propia imagen, podían controlar, fácil y conscientemente, los efectos más perniciosos de la imaginación 81. El espejo, tal y como establecen los grandes diccionarios de Iconología del siglo XVIII, y especialmente el de Boudard, es fundamentalmente el lugar de la similaridad y de la identidad de una conciencia que se representa muy justamente durante todo el siglo corno una mujer que contempla el reflejo de su propia imagen. La discreción y el recato aparecieron al tiempo como virtudes sociales y deberes morales. Muchísimos casos podrían citarse en la literatura moralista de finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII que servirían para ejemplificar esta nueva reforma de las costumbre sociales basada en una restricción de los efectos de la imaginación en la naturaleza y en el lenguaje. Quizá más que ningún otro, el libro que comienza esta nueva tradición es De l'éducation des filles, un texto de Fénelon publicado en 1689 al hilo de las consideraciones de Malebranche 82. Fue, en efecto, en esta obra de François de Salignac de la Motte Fénelon [1651-17151 en la que se propuso por primera vez un intento de reforma de la «imaginación errante» de esas mujeres mal instruidas y poco aplicadas, cuya curiosidad, escribía Fénelon, se dirigía desde muy temprana edad hacia «objetos vanos y peligrosos» y que «leían todos los libros que podían nutrir su vanidad» mientras «se apasionan con novelas, con comedias, con aventuras quiméricas» de modo que «su espíritu se volvía visionario y su lenguaje tan ampuloso como el de los héroes romanos» 83. El texto de Fénelon se reeditó repetidas veces durante el siglo XVIII dando lugar a dos tradiciones diferentes en el contexto de la reforma de la educación femenina en general y de los efectos perniciosos de su imaginación en particular. Por una parte, la literatura de educación marital volvió una y otra vez sobre los principios de Fénelon. En L'Art de rendre les femmes fidelles, un tratado anónimo publicado en Paris en 1713, se escribía que «Casi todas las mujeres tienen la lengua indiscreta. Un defecto que les viene primero de su imaginación y después de su ignorancia, que no les da la libertad de elegir las materias en el discurso y las obliga a mantener sus largas con----- 81 Véase WHITEHEAD J., (1992) versaciones sobre todo lo que se encuentra en su pequeño fondo». También en el Hymen Reformateur, un manual de comportamiento marital publicado en 1756, se exhortaba a los médicos a aplicar sus luces en la búsqueda de un remedio «contra la intemperancia de la lengua de las mujeres, para ponerlas fuera del estado de cortar la palabra a sus maridos a propósito de cualquier cosa y para gran escándalo de todo el orden marital» 84. De nuevo la correspondencia entre los abusos del lenguaje como una consecuencia de la intemperancia del sexo de la mujer es tal que el procedimiento que establece el Hymen reformateur para acabar con «Ese tono absoluto y de autoridad, y con esos aires de grandeza que algunas mujeres osan tener hacia sus maridos [...] consiste en que las culpables sean privadas durante ocho días de las caricias conyugales, y durante un mes en caso de reincidir» 85. Y es que durante el siglo XVIII, el carácter de la buena esposa debía ir marcado por el comedimiento. La buena esposa debía ser buena, sumisa, silenciosa, virtuosa, amable, sobria, económica y fecunda. Esa es también la tradición en la que se encuentra un texto de Thomas, un miembro de la Academia Francesa, que en 1772 escribía su Ensayo sobre el carácter, las costumbres y el espíritu de las mujeres en el que se establecía sin ambages cómo una de las características indelebles de la mujer consistía precisamente en la fuerza de su imaginación 86. Una imaginación que las volvió más próximas al paroxismo durante la Cristiandad, que las atrajo al platonismo durante el Renacimiento, o que las condujo hacia la poesía y a la mística. Y es que la imaginación de la mujer, escribió Thomas, «tiene un yo no sé que de singular y extraordinario por lo que todo las impresiona. Todo se les representa con inusitada vivacidad [...] El mundo real no les basta y les gusta crearse uno imaginario ]...] de modo que los espectros, los encantamientos, los prodigios, todo lo que sale de las leyes ordinarías de la naturaleza es al mismo tiempo su obra y su delicia» 87. Este libro de Thomas fue duramente contestado por Diderot que tachó al miembro de la Academia francesa de ser poco más que un hermafrodita 88. Y es que el enfado de Diderot en particular y del movimiento filosófico ilustrado en general hacia la teoría de la imaginación maternal y hacia la regulación de los efectos de la imaginación de la mujer, tanto en la naturaleza como en el lenguaje, es tanto mayor cuanto que es precisamente esa liberalidad de la imaginación y de sus productos en la que se apoya y se asienta el propio movimiento fílósofico. Todo lo que puede ser, existe en ----84 L'Hymen reformateur des abus du mariege, ou Le code conjugal, publicado anónimo en (L'Universe), ie., París, en 1756. Artículo XVIII, pág. 19. 1772) édition ornée de gravures sur bois originales par Hermann-Paul, París, Léon Pichon, 1919: «C' est un hermaphrodite, qui n 'a ni le nerf de l' homme ni la mollesse de la femme», pág. 10. la naturaleza y todo lo que se puede decir debe aparecer ante la esfera de la opinión pública. En parte como reacción a los textos de reforma de la capacidad discursiva de la mujer y de regulación de su imaginación, floreció además en Francia toda una tradición de literatura libertina basada en dos únicos pilares: Que las mujeres hablen y que sobre todo hablen de su sexualidad. Muchos de los relatos más famosos de la literatura erótica del siglo XVIII son, precisamente, historias, de mujeres, narradas en primera persona, que cuentan públicamente las aventuras de su sexo 89. Incluso el propio Diderot, rizando el rizo de la sofisticación literaria, invirtió radicalmente la perspectiva de Fénelon en un texto publicado en 1748. En las Joyas Indiscretas, que es el título del libro al que hago referencia, no sólo se trataba en efecto de que las mujeres hablaran de su sexualidad, sino de que incluso lo hicieran, en lugar de por la boca, por su propio sexo. Es esta historia de Joyas, de «sexos parlantes», la que de alguna manera resume la crítica más frontal hacia la regulación de la imaginación y sus efectos. La representación ciertamente afeminada de Louis XV que Diderot explora en esta novela temprana de alguna manera refleja la disposición social del movimiento filosófico en su conjunto: Dejadnos hablar y dejadnos hacer. Es importante mencionar, en primer lugar, que la nueva formulación de la doctrina de la imaginación maternal para explicar la similaridad entre hijos y ancestros es, claramente, una doctrina del Antiguo Régimen. Su afán por garantizar la fijación o la continuidad de los linajes sociales y de las especies naturales manifiesta sólo el lado más superficial de la relación esquiva entre la ciencia y la política. La regulación de los productos de la imaginación, en la naturaleza y en el lenguaje, a la que se opuso frontalmente el movimiento filosófico, obecede, en efecto, tanto a la parcelación científico-política del universo del discurso, por una parte, como a la segmentación social de los productos de la naturaleza, por la otra. Tanto en Inglaterra como en Francia el debate sobre la imaginación de la mujer producirá un mecanismo de exclusión de detractores basado en acusaciones de incontinencia língüística, incompetencia científica o pura inmoralidad. En los tres casos, lo que se cuestiona es una conducta social o un proceder científico guiado por la imaginación y no por el entendimiento. Sólo desde este punto de vista la campaña de regulación de los productos de la imaginación pudo aparecer al mismo tiempo como una consecuencia lógicamente deducida de un cierto corpus de conocimiento y como un fenómeno mayor de delimitación de la esfera de la opinión pública dentro de las estructuras de poder del Antiguo Régimen. ----Tampoco hay que entender, por otra parte, que la simpatía que el movimiento filosófico manifestó hacia la imaginación de la mujer pretendiera nunca ser una proclama feminista. Difícilmente podría argumentase semejante cosa cuando la hipótesis de la hibridación con la que muchos philosophes quisieron sustituir los efectos de la imaginación habría de conducir, según explicará el apologista Louis Nicolas Bablot [1754-1802], «a la deshonra de todo un sexo» 90. Las disputas que tuvieron lugar sobre el supuesto poder de la imaginación maternal, sobre los mecanismos de su regulación, o sobre los efectos de su abuso, no fueron nunca ni meras disputas teóricas ni manifiestos feministas. Su pervivencia durante el conjunto de la Ilustración obedece más bien a una evolución cultural que se extiende desde la Academia de las Ciencias hasta la privacidad de la habitación conyugal o desde los tratados de obstetricia hasta la decoración de interiores. Es importante entender esto porque la predisposición que muestra la segunda mitad del siglo XVIII hacia lo sórdido y hacia lo obsceno no es sólo consecuencia directa de la imposibilidad de pensar libremente, sino de la restricción política y del argumento científico que culpabiliza sistemáticamente al otro de todo error, o de toda desviación o subversión del orden natural y social, mientras le impide concevir sus propios pensamientos tanto como su propio futuro. No en vano, la policía política francesa del Antiguo Régimen no distinguió nunca claramente entre libros filosóficos y libros pornográficos. Todos los libros de los que había escrito J.J. Rousseau que sólo «se podían leer con una mano» eran libros filosóficos. En esto al menos, no les faltaba razón.
Bernat de Gordon afirma que «los instrumentos de la generación en el másculo son los testículos e la verga, en la fembra es la madre e su boca e dos testiculos que están en los cuernos de la madre» 22. La metàfora la podem trobar en el Dialogue de Placides et Timéo 64, en el Dragmaticon... La llevadora ja té el nadó entre mans.
Este artículo, partiendo de la idea de que la ciencia ha sido muy a menudo uno de los temas más eminentemente literarios, de lo que se dan algunos ejemplos, explora esta relación entre los ámbitos literario y científico, la cual cobra especial intensidad en los casos extremos, trágicos, de la trasgresión científica, que analizamos aquí en tres casos absolutamente emblemáticos de la literatura inglesa: Dr. Faustus, Frankenstein y Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Cada uno de los héroes de estas obras es un científico, a su manera, un doctor. Cada uno, impulsado por la pasión irrefrenable de la investigación científica, va más allá de los límites morales, religiosos, sociales a los que están sometidos como científicos y como humanos, lo que hace a su acción transgresora y a ellos mismos convertirse en monstruosos, separarse de la humanidad que les unía al resto de los hombres. Pero la búsqueda de estos doctores, como ha hecho evidente la literatura y como se ha intentado mostrar en estas páginas, tiene plena vigencia para la ciencia hoy día: sin ir más lejos, el debate médico del momento tiene como una de sus preocupaciones básicas la cuestión de la ingeniería genética, que despierta, tanto en los científicos como en el resto de la gente, tantas expectativas, tantas inquietudes, tantos miedos, tantas esperanzas. obstáculos de muy diversa índole. No es infrecuente que otros miembros de la comunidad científica, más conservadores, o reacios a que sus métodos aparezcan obsoletos frente a cualquier nuevo descubrimiento, se conviertan en durísimos obstáculos para determinados avances. Michael White, en un revelador estudio sobre la figura del médico en la novela de G. Eliot, Middlemarch, describe la hostilidad profesional que el joven y recién llegado Dr. Lydgate, con sus métodos innovadores, despierta en los médicos de la comunidad provinciana de Middlemarch: (White 1985:331) En muchos casos, asimismo, la propia sociedad puede sentir recelos ante lo nuevo, asentada como está en la confortabilidad de lo conocido. Thomas Hardy, en su novela The Woodlanders (1887/1982), muestra esto a través de la figura del Dr. Fitzpiers. Es, sin embargo, el científico dispuesto a romper con todo en pos de su investigación, el que es capaz de transgredir determinadas normas éticas, aquél que siente la ciencia como pasión arrolladora que le hace prescindir de sus propias necesidades humanas, del contacto con los demás, del amor, del gozo de los sentidos, de todo aquello que no sea su obsesivo trabajo, aquél capaz de correr riesgos extremos y de enfrentarse al posible horror de sus inventos, en suma, el científico que, a mi entender, se ha convertido en uno de los más interesantes arquetipos literarios, quien será objeto de este estudio. En este caso, son tres personajes de la literatura inglesa: el Dr. Fausto, el Dr. Frankenstein y el Dr. Jekyll, protagonistas respectivos de Doctor Faustus, de Christopher Marlowe, Frankenstein, de Mary Shelley, y The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de R.L. Stevenson, los arquetipos del científico transgresor, objetos de temor y admiración, quienes serán, asimismo, los protagonistas de estas páginas. Los tres son grandes transgresores. El Doctor Fausto, llevado de su amor apasionado por el saber, de su irrefrenable deseo de conocimiento, sobre todo de aquello que la mente humana, con sus limitaciones no sólo morales sino puramente fisiológicas, no puede conocer -lo que se ha venido llamando los grandes misterios-hace un pacto con el diablo, a quien vende su alma, para saberlo todo, para poderlo todo: veinticuatro años de saber y de poder, de dominio sobre los hombres. El Doctor Frankenstein, obsesionado con el misterio de la existencia, lucha denodadamente por descubrirlo, desea él también crear vida y no se detiene en sus experimentos hasta dar vida a su famosa y monstruosa criatura. El honorable Doctor Jekyll consigue, en el campo de la investigación química, un bebedizo capaz de producir absolutas transformaciones tanto psíquicas como fisiológicas, en este caso dentro de él mismo, sujeto y objeto de sus propios ensayos. Los tres, por tanto, se afanan por ser dioses y en este afán se percibe un progresivo abandono de su propia condición humana, un alejamiento de los demás hombres, una irreversible soledad. Grandes solitarios, en su momento fueron nuevas representaciones del mito de Prometeo, del desafío a los dioses, o si se prefiere, de desafío a las leyes en la naturaleza. Los tres, como Prometeo, fueron castigados de forma implacable. Es la suya una historia trágica, extrema y desmesurada como sus propias ambiciones. En lo extremo de su caracterización y de sus mencionadas ambiciones radica su monstruosidad, la monstruosidad entendida aquí como anomalía por exceso, como desmesura incontenible. De la relación que cada uno de los tres mantiene con la ciencia me ocuparé a continuación. En la obra teatral Dr. Faustus, considerada la primera tragedia del Renacimiento, es significativo el hecho de que su protagonista, su héroe trágico, sea un científico. Es bien cierto que la obra de Marlowe tiene como fuente una traducción inglesa del llamado Faustbuch, libro alemán basado a su vez en la historia supuestamente real, pero obviamente «literarizada» por la imaginación popular, de un nigromante que vivió en Alemania entre los años 1488 y 1541, al que se menciona en varios documentos de la época. Pero la cuestión no está en si este supuesto personaje real era o no un científico riguroso en términos modernos, un brujo, un alquimista o un practicante de las hoy llamadas pseudociencias, cuya frontera con lo que contemporáneamente llamamos ciencia era mucho más borrosa en los siglos quince, dieciséis o incluso diecinueve (recordemos la Frenología) que en la actualidad. La realidad es que el Fausto de Marlowe es presentado de igual modo como nigromante y como científico y, en calidad de tal, en términos renacentistas, dominaba las más diversas parcelas del saber: la astronomía, la química, también la alquimia y, por supuesto, la medicina. La escena primera del primer acto nos muestra a un Fausto satisfecho de su dominio de todos los saberes, pero insatisfecho ante su limitada humanidad: él desea conocer y controlar los últimos misterios, aquello que puede hacer de él no ya un sabio, lo que ya es, sino un dios. Lo que caracteriza a Fausto es que en su calidad de hombre de ciencia sólo existe y actúa en función de ésta (sus habilidades en el campo de la magia son una muestra de lo ilícito y contra natura de su pacto), la ciencia es su única y excluyente pasión y no se le conocen otros amores, otros deseos. Su, en principio humano, ardor intelectual termina por consumir su humanidad, hace de él un monstruo en la hipertrofia de su deseo de saber, en su deseo de dominación por el saber, y su pacto con Mefistófeles, la venta de su alma, no es sino la consecuencia última de su deshumanización, de su monstruosidad. Fausto, a lo largo de los veinticuatro años de saber y poder pactados previamente (saber y poder que se revelan como más ilusorios que auténticos) solamente se comunica con Mefistófeles, el enviado de Lucifer. Entre los humanos no hay ni compañeros, ni amigos, ni amantes. Cuando le pide a Mefistófeles una esposa, éste le presenta, como burla suprema, a una diablesa entre fuegos artificiales. Fausto no es, por tanto, sólo un hombre de ciencia, es el arquetipo del hombre de ciencia al que la ciencia va despojando de su cualidad de hombre: un prototipo, un personaje representativo. El castigo final de Fausto encaja perfectamente en la ortodoxia cristiana que en principio propugna la obra, en buena parte heredera de la Morality Play medieval, pero con el sufrimiento que acarrea, a su vez devuelve a Fausto parte de su humanidad perdida, le convierte en héroe trágico y fortalece su carácter representativo. La oscilación entre las perspectivas bajo las que se nos presenta Fausto, la heredera por un lado de la Morality Play medieval y, por otro, la renacentista, es algo que trata magníficamente Michael Mangan (1989) en su estudio crítico sobre la obra. Roger Shattuck, en su Conocimiento Prohibido (1998), se centra fundamentalmente en el Fausto de Goethe, autor que según él, saca al Fausto de Marlowe de la Edad Media. No obstante la evidente y poderosa alegoría medieval que late en la obra marloviana, el deseo prometéico que mueve al héroe, su «humanización» en el anhelo y en el dolor, hacen que el Fausto de Marlowe sobrepase el ámbito medieval en el que la sitúa Shattuck, y pueda considerarse una obra plenamente renacentista y moderna. 1 El hombre aterrorizado que existe en el científico transgresor se nos presenta en el tormento de su hora final con una inmediatez y hondura psicológica que transcienden el simple marco alegórico. En el transcurso de la última hora de los veinticuatro años, después de la cual la muerte del científico se hará ineludible y Lucifer reclamará su alma, vemos a Fausto presa del miedo, hombre al fin y al cabo que sabe que va a morir y que va a pagar por sus errores: Stand still, you ever-moving spheres of heaven, ----1 Shattuck pone de manifiesto la falta de unidad de tono del Fausto de Goethe y la incoherencia moral que supone su salvación final. El Fausto de Marlowe, por el contrario, no encuentra el perdón pese a que nos es dado conocer sus últimos sufrimientos. Si el autor de Conocimiento Prohibido hubiera visto en este último algo más de lo que él considera una «alegoría moral estereotipada» (p. 105) probablemente habría percibido a este transgresor como mucho más cercano al Frankenstein de M. Shelley (a quien compara con el Fausto del alemán) y al Dr. Jekyll de Stevenson de lo que su tiempo de composición y su herencia medieval sugieren a primera vista. A hundred thousand, and at last be saved» (1604/1972:336-7) Fausto agoniza de terror porque es plenamente consciente de que será castigado de forma implacable por haber traspasado los límites, la frontera moral (en este caso de carácter religioso) que separa la práctica y el saber científicos permitidos y lo que no es lícito para ningún científico practicar si ello lleva consigo el abandono de lo humano. Ante su trágico destino, Fausto se lamenta de no haber sido en vez de hombre, cualquier criatura sin alma (él, tan apasionado por el saber) o, ya que tiene alma, se queja con desesperación de que ésta sea inmortal. Es la del doctor Fausto una historia trágica, tal y como explicita el título completo que da Marlowe a su obra dramática: The Tragical History of Doctor Faustus. Su castigo final, que se presenta como ejemplar, es el que le espera al transgresor, quien siendo superior a los demás hombres, en este caso gracias a sus conocimientos científicos, decide ir más allá de lo que «el poder celestial permite». Una historia que el primero quiere que sirva de advertencia al segundo para que no lleve a cabo su búsqueda a toda costa de lo desconocido, de las «unexplored regions» que se propone explorar. Vemos una vez más la fuerza de la ambición descubridora -científicaque arde dentro del alma humana. Como el Doctor Fausto, el Doctor Victor Frankenstein va a seguir su llamada imperiosa, va a traspasar los límites. Y va a ser castigado de forma implacable por ello. La investigación de Frankenstein, en este caso, se circunscribe fundamentalmente a la ciencia médica, inserta a su vez en lo que se llamó durante largo tiempo «Filosofía Natural»: «Natural Philosophy is the genius that has regulated my fate» (1818/1979:24). Tras su partida a Ingolstadt para seguir sus estudios, el joven ginebrino Victor Frankenstein entra en contacto con M. Waldman, el profesor de Filosofía Natural que con sus métodos innovadores prenderá la mecha de la ambición científica de su alumno y marcará el rumbo de sus febriles investigaciones. Descubrir el principio de la vida será a partir de ahora su obsesión: la anatomía y la química serán las ramas de la Filosofía Natural que podrán darle a Frankenstein las respuestas que busca. Para descubrir el principio de la vida, Victor Frankenstein estudia en profundidad la anatomía humana, se convierte en asiduo visitante de cementerios y depósitos de cadáveres. La muerte, reconoce pronto el joven doctor, va a serle imprescindible en su investigación. Los cuerpos de los muertos le ayudarán a descubrir qué es la vida, dándole a él la posibilidad de crearla a partir de la materia inerte e incluso descompuesta. El doctor Frankenstein no se conforma con curar enfermedades; él, como Dios, creará vida y dará vida a los muertos. Su entusiasmo se convierte en éxtasis, lo que atestiguan sus propias palabras: Pursuing these reflections, I thought that if I could bestow animation upon lifeless matter, I might in process of time renew life where death had apparently devoted the body to corruption. » (1918:1979:39) Impelido, como él mismo afirma, por la fuerza de un huracán, el joven doctor lleva a cabo sus investigaciones de forma obsesiva, lo que le hace recluirse, buscar en todo momento la soledad necesaria para llevar a cabo su trabajo. Porque, no lo olvidemos, los grandes genios científicos transgresores que configuran el arquetipo literario son grandes individualistas. Su trabajo no se lleva a cabo en colaboración. Sólo ellos están dispuestos a traspasar la frontera moral y a afrontar las siempre imprevisibles consecuencias. Frankenstein, además, irá progresivamente alejándose de aquellos que le aman y a los que él ama. Su amada Elizabeth, a quien Victor llamaba «my more than sister», su padre, amigos. Todos aquellos que han significado algo fundamental en su vida van siendo abandonados por el joven doctor, ya que éste se haya consumido por y sumido en su propósito científico: La febril actividad física y mental de Frankenstein va dejando también huella en su aspecto, su palidez se hará evidente, sus mejillas se hundirán y sus ojos mostrarán pronto la expresión exaltada de la locura: Aunque el joven doctor es consciente del deterioro de su aspecto y de sus nervios, como también lo es de su alejamiento de sus seres queridos y de la preocupación que esto les acarrea, ni su salud ni sus vínculos afectivos son motivo suficiente para que él deje de perseguir su meta, lo que por fin, y para su horror, consigue en la famosa noche de noviembre, «It was on a dreary night of november that I beheld the accomplishment of my toil » (1818:1979:42). A partir de este momento, el doctor Frankenstein será, como Dios, un creador. Pero la criatura a la que acaba de insuflar el principio de la vida -su descubrimiento secreto-, formada con restos de diferentes cadáveres humanos, no es hermosa como él había intentado hacerla, sino horripilante. Al contemplar al ser al que acaba de hacer vivir el doctor huye horrorizado: aquí comenzará la persecución del creador por su criatura, del padre-dios por su hijo monstruoso. A partir de aquí se unirán ineludiblemente los destinos de ambos hasta tal punto, y esto es significativo, que en la imaginación popular el monstruo creado por Frankenstein será conocido como «Frankenstein». La criatura rechazada, odiada, despreciada por su hacedor, sin nombre alguno en la novela de Mary Shelley, se adueñará del nombre de aquél que le dio vida. Encontramos aquí lo que parece ser una suprema metáfora de lo monstruoso: la transgresión monstruosa del científico producirá un monstruo real que le robará el nombre al primero, si bien en un plano extratextual. El doctor y el producto viviente de su investigación están irremediablemente solos. El camino emprendido por Frankenstein, como el de Fausto, y, como se verá más adelante, el del doctor Jekyll, no tiene vuelta atrás. No existe posibilidad para estos Prometeos de la ciencia de recuperar su humanidad perdida, porque queriendo trascender las limitaciones humanas, queriendo ser más que humanos, se han convertido en monstruos, y su vida como tales ya no encuentra acomodo entre los hombres. Mary Shelley escribió Frankenstein or the Modern Prometheus en plena época romántica. No cabe duda de que su novela y su protagonista son productos del Romanticismo. Pero se trata de un Romanticismo que si bien le debe mucho a la época en que se fraguó y tuvo su esplendor -último tercio del siglo dieciocho y primero del diecinueve-consiste fundamentalmente en una postura vital e intelectual que aunque encuentra terreno fértil en el momento histórico mencionado, trasciende las barreras temporales en la violencia de su imaginación y lo titánico de sus héroes. En este sentido, se puede decir que al igual que Frankenstein, son románticos el doctor Fausto, protagonista de una tragedia isabelina y, por tanto, ajena en el aspecto temporal al Romanticismo, y el doctor Jekyll, protagonista de una novela que se inserta en el último período victoriano. Los tres son héroes románticos en lo extremo de su empresa que les lleva a traspasar las barreras éticas y a situarse al otro lado de la ley. Como los héroes de Lord Byron o de Espronceda -Caín, el Pirata, o el Reo de Muerte-son románticos en su soledad, en su desarraigo. En relación con el siempre controvertido tema del Romanticismo, baste citar algunas obras seminales que mostraron nuevas posibilidades interpretativas y que, a la vez, atestiguan la complejidad de los términos «romántico» y «Romanticismo»: The Romantic Imagination 1949, de C.M.Bowra, Romanticism Reconsidered 1963, de N. Frye, The Roots of Romanticism 1965, de I. Berlin,'German and Western Romanticism' en The Social History of Art, de A. Hauser 1951/73. Ilustrativos también a este respecto son los más recientes The Romantic Movement, 1994, de M. Cranston, Romanticism, Pragmatism, and Deconstruction 1993, de K. Wheeler, y Romantic Writings, 1996, de S. Bygrave (ed). Ya dijo Charles Whibley que la Odisea en su «very texture and essence» es una obra romántica, pero que en realidad el Romanticismo nació ya en el jardín del Edén y que la serpiente «was the first romantic» (en Bowra 1949:15). En lo que respecta a la ciencia propiamente dicha, conviene resaltar el interés que numerosos escritores del período romántico sintieron por las investigaciones científicas que, por un lado, arrojaban nueva luz sobre la fisiología y la psique humanas y, por otro, parecían ofrecer nuevas posibilidades que para la mente romántica tenían que ser por fuerza subyugantes. Tras los fallidos intentos, en el siglo dieciocho, de Benjamin Franklin de curar la parálisis con electrochoques, Galvani abre nuevas esperanzas mostrando que la electricidad puede generar movimiento en un ser interte. El doctor Erasmus Darwin, cuenta la misma Mary Shelley, investigaba el principio de la vida manteniendo unos vermicelli en un frasco que, en un momento determinado, comenzaron a moverse. Es bien conocido el interés que Lord Byron y P.B. Shelley sentían por los experimentos de reputados científicos, y es de nuevo Mary Shelley quien da testimonio de esto en el prefacio que escribió para su famosa novela: Many and long were the conversations between Lord Byron and Shelley to which I was a devout but nearly silent listener. (1818/1979: xiv) Claro está, no son sólo las mentes de Byron y P.B. Shelley las que se excitan discutiendo estas perturbadoras posibilidades científicas. Mary Shelley es quien plasmará su indudable interés científico en su conocida novela y quien, como comenta J. Lamarca (1983:29), «evita la descripción minuciosa de este proceso científico, pero la alusión que de él nos hace permite entenderla como una especie de anticipación, una bioquímica avant la lettre». Es la mente de la jovencísima Mary Shelley la que, azuzada por estas perspectivas, creará a uno de los científicos más emblemáticos de todos los tiempos, el doctor Frankenstein, padre de una criatura sin nombre que en la imaginación popular se adueñará del nombre de su hacedor. La criatura que crea Victor Frankenstein presenta un aspecto monstruoso que no es sino reflejo de lo monstruoso de la acción del joven doctor que le ha dado la vida. Es víctima de un padre que le rechaza y aborrece desde el mismo momento de su nacimiento, es víctima del rechazo de los hombres que, rechazándole a él, rechazan lo monstruoso de su concepción. Mary Shelley, con espíritu humanitario, nos muestra la victimización de la criatura, que termina convirtiéndose en verdugo: una de sus víctimas será el propio Frankenstein, que ve cómo su hermano pequeño y su amada Elizabeth mueren a manos de la criatura que él ha creado. Las consecuencias de una acción transgresora no sólo son monstruosas, sino incontrolables. Esto nos dice esta suprema parábola de la transgresión en la que el doctor Frankenstein es verdugo y víctima de aquél a quién él victimiza por el hecho de crearle, de una criatura que no es otra cosa que la prolongación de sí mismo -paradigma de esa dualidad humana que de la misma forma indagará R.L. Stevenson años después a través de su doctor Jekyll-. Frankenstein y su criatura son inseparables. Sus nombres, como su destino, están unidos irremediablemente. JEKYLL: LA PUERTA ABIERTA AL OTRO En la novela de R.L. Stevenson nos encontramos con una indagación en la duplicidad de la naturaleza humana. Lo que en un principio iba a ser tan sólo un thriller, esa primera versión que Stevenson escribió en tres días y que, al no satisfacer a su esposa Fanny, quien exigía mayores y más profundas implicaciones, él arrojó al fuego, se convertiría, a través del trágico personaje del doctor Jekyll, en paradigma de la dualidad y del poder destructivo del mal. Es, sin duda, digno de consideración el hecho de que Jekyll sea un hombre de ciencia. Doctor en medicina, investiga las transformaciones fisioquímicas del cuerpo humano, y ha convertido el teatro de operaciones que se encuentra anexo a la casa que el doctor compró a los herederos de un cirujano, en un laboratorio, «... his own tastes being rather chemical than anatomical». Los experimentos de Jekyll tienen directa relación con la idea que ya expusiera Humphrey Davy en 1802 en su Discourse Introductory to a Course of Lectures on Chemistry. Según Davy, la química es «la parte de la filosofía natural que relaciona aquellas íntimas acciones de los cuerpos unos con otros, por las cuales se alteran su apariencia y se destruye su individualidad» (ver Crowther 1935:9). Conocido en la casa como laboratory o dissecting room, el lugar donde el doctor Jekyll lleva a cabo sus investigaciones se convertirá, como en el caso del doctor Frankenstein, en lugar de aislamiento. Cuando Mr. Utterson, el amigo abogado de Jekyll, pone allí el pie por primera vez, su mirada percibe lo sombrío e inquietante del lugar, visitado antes asiduamente por los estudiantes del cirujano: (19:22) El científico, que de forma habitual permanece largas horas encerrado en su laboratorio, irá recluyéndose aquí de forma progresiva a medida que se va produciendo su también progresiva deshumanización. Jekyll, consciente del carácter dual de su propia naturaleza, sabedor también de que la dualidad es inherente al ser humano, ensaya en su persona una droga compuesta por él mismo capaz de disociar de forma total los dos elementos opuestos que coexisten en su interior. El doctor Jekyll, hombre de cierta edad, sabio y respetable, aunque con algunas tendencias disolutas y propenso a placeres no muy edificantes, tras tomarse su propio brebaje experimentará alteraciones fisioquímicas que le convertirán en otro ser tan opuesto a él en temperamento como en aparencia. Sus dos personalidades, por medio de sus métodos científicos, se escinden dando lugar a dos criaturas diferentes, el doctor Henry Jekyll de siempre con su aspecto venerable y su elevada estatura, y el siniestro Edward Hyde, pequeño, ágil, joven, de aspecto tan repulsivo como amedrentador. Tras tomar por primera vez su droga, el doctor Jekyll pasa por tremendos sufrimientos físicos a medida que su persona se transforma, pero, tras la agonía de la metamorfosis, tiene, ahora en la piel de la nueva criatura, una exultante sensación de vitalidad, de fuerza, de total despreocupación. Libre de las ataduras morales que sujetan a toda persona y la impiden llevar a cabo determinadas fechorías, el doctor Jekyll, ahora ya convertido en Hyde, disfruta de una libertad desconocida por él hasta este momento. La sensación es «dulce», como él mismo afirma en su confesión final, si bien su instinto es malvado y criminal.... Lo «dulce» de la sensación de libertad exenta de principios éticos para dar rienda suelta a los instintos más perversos es, ciertamente, algo perturbador, como también lo es el hecho de que el doctor Jekyll, una vez realizado su experimento, decida sacar provecho de su nueva persona y realizar como Mr. Hyde todo tipo de actos criminales con la segura impunidad de cambiar a voluntad de aspecto y escapar a la justicia bajo la apariencia de ejemplar ciudadano. La ciencia hará esto posible. La composición química largo tiempo estudiada hará de Jekyll también un dios. Como ya hicieran Fausto y Victor Frankenstein, Jekyll traspasa los límites morales de la mano del dominio científico. Como Frankenstein y su criatura, el doctor Jekyll creará un monstruo a partir de sí mismo del que ya nunca podrá escapar. Jekyll, seguro en un principio de que puede controlar su invento, utiliza su brebaje ya para ser Jekyll, ya para ser Hyde, sacando partido de ambos estados, adormeciendo su conciencia cuando es Jekyll, buscando el aspecto libre de toda sospecha del doctor Jekyll cuando es Hyde y, aunque carente de todo arrepentimiento, teme ser ajusticiado por asesinato. Pero como sucede en los casos de Fausto y Frankenstein, el control es tan sólo una ilusión. Ninguno de los tres científicos, una vez dado el paso transgresor, es capaz de controlar la situación. Las consecuencias de la misma son de nuevo incontrolables, imprevisibles. En la novela de Stevenson existe un elemento que, a mi entender, además de cumplir su función en el engranaje de la trama actúa como poderosa metáfora: la puerta. Ya en el primer capítulo de la novela es una puerta la que ostenta protagonismo tal y como atestigua su título, «Story of the Door». Es una puerta la que trae a la memoria del señor Enfield lo que cerca de ella sucedió teniendo como protagonista al siniestro Edward Hyde. A partir de aquí vemos cómo el doctor Jekyll, tras haber abierto la puerta (esta vez hablando metafóricamente) a su otro yo con su brebaje, abre todas las puertas de su casa a Hyde quien, como es lógico, puede entrar en y salir del laboratorio siempre que lo estime oportuno o necesario. El mal que se hallaba encerrado y controlado dentro de los confines del cuerpo de Jekyll se escapa, gracias a su saber científico, y toma cuerpo en Hyde. Es la droga de Jekyll, junto con sus deseos inconfesables, la que abre la puerta al mal. Y el mal, como sucede con Fausto y con Frankenstein, como sucede en las grandes tragedias, una vez que queda en libertad, cuando se le abre la puerta, es una fuerza incontrolable que se apodera de todo lo demás. El sólido y potente cerrojo que Jekyll se hace instalar en la puerta de su laboratorio para cerrar literalmente la puerta a su tentación resulta ser ineficaz. El doctor Jekyll intenta, ya tarde, cerrar la puerta a Hyde dejando definitivamente de tomar su droga. Pero la fuerza de Hyde es tal, que aparece sin necesidad de que Jekyll la tome: el cuerpo del doctor se convierte cuando él menos lo espera y menos lo desea en el monstruoso cuerpo de Hyde, nombre que recrea la idea de lo oculto, lo escondido, a través del verbo homófono inglés to hide (esconder, ocultar). Una vez que Hyde toma cuerpo y sale a la luz, terminará por no poder esconderse ya en el cuerpo de Jekyll porque será más poderoso que éste, porque el mal traspasó la puerta. La ciencia, en manos de un doctor como Jekyll, puede ser una puerta abierta a la destrucción. 5 CIENCIA Y LITERATURA: DOS CARAS DE UNA BÚSQUEDA Considero de gran importancia subrayar el hecho de que la ciencia y la literatura se hallan mucho más cerca de lo que comúnmente pueda creerse. Hay dos cuestiones básicas que muestran la existencia de esta larga y estrecha relación. Primeramente, la ciencia nunca le ha sido ajena a la literatura. La ciencia y el científico han sido con frecuencia tema y motivo literarios, y los tres doctores protagonistas de este estudio han consolidado nada menos que todo un arquetipo en la historia de la literatura. La segunda cuestión, que puede que sea incluso origen de la primera, es que los dos ámbitos, el científico y el literario o, si se prefiere, ambas actividades, parecen ser con toda probabilidad dos manifestaciones de un impulso común: el deseo de explicar o explicarse el mundo. El deseo de entender la realidad, de todo eso que llamamos vida. A menudo se piensa que el misterio se encuentra en lo sobrenatural, lo que no pongo en duda, pero lo natural es el misterio. Aquello que tocamos, que vemos, que percibimos con los sentidos, tiene una existencia que, como la nuestra propia, sigue siendo un misterio tanto para la ciencia como para la literatura: ambas, cada una a su manera, pugnan por descubrirlo. La vida sigue siendo un enigma para la ciencia y para la literatura, lo que ha hecho que tanto científicos como literatos hayan aportado contribuciones de extraordinario valor a lo largo de la historia. La historia de la ciencia, como la de la literatura, lleva escribiéndose durante siglos y ambas han consolidado un canon que, aunque deba estar abierto a cualquier revisión o ampliación, está marcando pautas fundamentales en ambos campos. El que la literatura se haya interesado por la ciencia y, consecuentemente, por algunos de sus representantes -astrónomos, biólogos o médicos, entre otros-es algo que no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que la búsqueda apasionada del científico, su lucha con el entorno y hasta con determinados principios éticos como en los tres casos que acabamos de mostrar, es algo eminentemente literario en el sentido de que la literatura -que es otra forma de indagación-lo reconoce como suyo. Cuando un escritor hace del científico el protagonista de su obra, incluso cuando el tema de la misma es la ciencia, comprobamos que casi nunca existen descripciones detalladas de los procesos de investigación, que no se explica científicamente en qué consiste determinado avance revolucionario. El literato no es un hombre de ciencia y carece, salvo quizá alguna excepción, de la formación necesaria en este sentido para manifestarse de forma explícita. Elude la explicación y suele recurrir a la elipsis. Es su forma, perfectamente lógica, de tratar estas cuestiones. Pero lo importante es el hecho de que el buen escritor, aun sin dominar, incluso sin apenas conocer las disciplinas científicas, consigue hacer creíbles su tema y su protagonista. George Eliot nos muestra a un doctor Lydgate del todo convincente. Al igual que Thomas Hardy con su doctor Fitzpiers, o incluso en los casos extremos, arquetípicos, Mary Shelley y R. L. Stevenson realizan retratos apasionantes y conmovedores de sus médicos prometeicos. La empatía, constituyente del talento literario, hace que esto sea posible. La empatía entre quien escribe y quien investiga en cualquier parcela de la ciencia. Porque ambos, literato y científico, son, a su manera, creadores. Aunque no sobrepasen los límites éticos como Fausto, Frankenstein o el doctor Jekyll, literatos y científicos comparten cierta vocación fáustica en su deseo de agrandar las fronteras de lo real: «Estoy en la antesala de los misterios», decía Pasteur en una frase reveladora, «y el velo que los cubre se vuelve cada vez más fino» (ver Koestler 1977:9). Esto mismo pensaron Fausto, Frankenstein y Jekyll en algún momento de su investigación. Los poetas y escritores en general seguramente experimentan algo parecido. Esta búsqueda, este afán por descubrir el misterio, este ir siempre hacia adelante, han contribuido de forma portentosa, sobre todo en el campo científico, a nuestra supervivencia, a nuestra calidad de vida. Pero siempre parece permanecer sin contestar la cuestión de hasta dónde se puede seguir, qué límites pueden o no traspasarse, si se puede separar la investigación de su aplicación tecnológica. El libro de R. Shattuck, antes aludido, es un ejemplo de esta profunda preocupación, y a lo largo de un exhaustivo e interdisciplinar análisis ahonda en este dilema: En un número de la revista Daedalus dedicado a 'Los Límites de la Ciencia' (Primavera 1978), el ensayo del biólogo molecular David Baltimore es un enérgico alegato contra cualquier limitación de la ciencia pura. Baltimore no coincide con Bacon ni reconoce dificultad alguna para separar la cabeza del cuerpo de la Esfinge.'Quiero hacer una distinción crucial. Los argumentos (a favor de una libertad ilimitada) atañen a la investigación científica pura, no a las aplicaciones tecnológicas de la ciencia. Al pasar de lo puro a lo aplicado mis argumentos pierden valor'. ¿Pero podremos alguna vez trazar una divisoria clara -o incluso tosca-entre descubrimiento y aplicación? Y si podemos, ¿tendríamos que sostener que los científicos responsables deben permanecer en el lado puro de la divisoria? (Shattuck 1998:219) Fausto, Frankenstein y Jekyll fueron científicos transgresores. Su transgresión les dio una dimensión monstruosa y les valió un castigo implacable, pero a la vez les dio una dimensión arquetípica y trágica. Más allá del planteamiento sólo a primera vista
Ese año se trasladó a Madrid donde enfermó. Para tratar de curarse se instaló en Oviedo. En sus tiempos, en todo el principado de Asturias sólo había cinco médicos: dos en Oviedo y uno en Villaviciosa, Gijón y Avilés. Este dato nos permite entrever lo excepcional, minoritario y restringido que debió ser en nuestro país el acceso a la medicina científica, y por contra, el enorme peso que ha tenido la medicina popular. *A Andrés Piquer le atribuye Hernández Morejón una T.M. de Valencia; sin embargo el Dr. Peset y Vidal no la encuentra en el registro general de sus obras. *UNANÚE, J. H.: Observaciones sobre el clima de Lima. De la Sociedad de Historia Filosofía de la Psiquistría Servico de Salud Mental. Las Topografías Médicas constituyen la principal aportación bibliográfica de la medicina rural española a la Sanidad Pública. Son representantes cualificados de la línea de pensamiento médico que presta una detenida atención a los aspectos ambientales y sociales, en los procesos que afectan a la salud de las personas y de las comunidades. Son, por ello, un claro exponente de la mentalidad médica y socio-cultural de su respectivo tiempo. De ahí su interés histórico. Este trabajo resume su evolución histórica y organiza su distribución cronológica. SOCRATES: ¿Crees que es posible comprender digna y cabalmente la naturaleza del alma, sin la naturaleza del todo? FEDRO: Si hemos de creer a Hipócrates, el discípulo de Asclepiades, ni siquiera la del cuerpo puede entenderse sin ese método. Las Topografías Médicas ( en adelante T. M. ), son estudios de lugares geográficos concretos y de sus poblaciones, que se abordan desde una perspectiva higiénico-sanitaria y que comprenden, por regla general, la descripción física del punto -situación, clima, suelo, hidrografía-y la del entorno biológico -flora y fauna-; los antecedentes históricos, el temperamento físico y el carácter moral de sus habitantes, las costumbres, las condiciones de vida, los movimientos demográficos, las patologías dominantes y la distribución de las enfermedades. Y todo ello abordado con el fin de promover medidas para prevenirlas y remedios para tratarlas y mejorar el estado de salud de los individuos. En nuestro país, la expresión «Topografía Médica» está amplia y suficientemente acreditada, aunque a veces se haya utilizado también, indistintamente, la de «Geografía Médica» 1. Sin embargo, la mayoría de los autores han sido partidarios de utilizar esta última expresión -más rara ha sido la de «Corografía», de «joros», lugar, región-para el estudio de la distribución de enfermedades en territorios geográficos más amplios que el de lugares, términos municipales o comarcas, y geográficamente bien definidos (la «meseta central», por ejemplo, o «el Valle del Ebro», etc.) e incluso para territorios nacionales y aún subcontinentales, reservando para el estudio de un punto concreto el de «Topografía Médica» 2. La producción de T.M. se ha desarrollado en España a lo largo de dos siglos, desde los años centrales de siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Este caudal ha constituído una de las más copiosas aportaciones realizadas al conjunto del movimiento higiénico-sanitario de nuestro país. Su contribución ha sido evaluada, cuantitativamente, como la cuarta parte de la producción bibliográfica global de las obras publicadas sobre Higiene entre 1.800 y 1936 3. Desde un punto de vista cualitativo, las T.M. ofrecen. también, a mi entender, un gran interés teórico y epistemológico. Como más adelante comentaré, las T.M. dan ocasión para poder observar «en vivo», la presencia y permanencia de una de las grandes corrientes del pensamiento médico que, viniendo desde las profundidades originarias, se ha mantenido a lo largo de los siglos -con mayor o menor fuerza según qué épocas-atravesando modas, escuelas y sistemas, como una invariable. Es la línea de pensamiento que podríamos llamar «ambientalista» -protocatárctica, en la terminología galénica-equilibrada en este caso, por la consideración de las condiciones internas, constitucionales y temperamentales de los individuos. Es por esto ----1 Parece ser que fue el médico militar francés J. Ch. BOUDIN (1.803-1.867) quien utilizó por primera vez este término: Essai de Géographie médical (Marsella, 1.843), en el contexto de la colonización de Argelia. 2 WEYLER Y LAVIÑA, F. (1.808-1879), también médico militar, en su Topografía físico-médica de las islas Baleares y en particular de la de Mallorca, (Palma, 1.854, pág. 13 ), dice lo siguiente: «Siempre que el estudio de la medicina en general se hermanase con el de la tierra, denominaría a dicha ciencia Geografía médica reservando para un punto dado, el de topografía, o mejor Geo-Topografía médica». Citado por Luis Urteaga en: «Miseria, Miasmas y Microbios. Las Topografías Médicas y el estudio del medio ambiente en el siglo XIX». Cuadernos Críticos de Geografía Humana, Univ. de Barcelona. 3 URTEAGA,L. O.c.,pág. 23 por lo que las T.M., al dirigir una mirada omnicomprensiva, de intencionalidad organizativa del espacio exterior, se han erigido en representantes cualificados de una concepción integradora, de un modelo holístico de pensamiento, a la hora de encarar los procesos físicos, biológicos y sociales referentes a la salud y a la enfermedad 4. Pese a ello, entiendo que aún no han sido estudiadas las T.M. con la profundidad y minuciosidad que merecen 5, ni se han tenido demasiado en cuenta el enorme caudal de datos de todo tipo que contienen. Datos relevantes para entender el desarrollo del movimiento higiénico y sanitario de los últimos siglos, la penetración de los modelos de enfermedad y la difusión del pensamiento médico por las diversas zonas geográficas según los diferentes escalones asistenciales. Las T.M. constituyen, por otra parte, a mi juicio, la aportación más valiosa y genuina de los médicos rurales españoles al progreso de las ciencias de la salud ANTECEDENTES Muchas de las T.M. presentadas a los concursos promovidos por las Fundaciones de las Academias de Medicina -y que se guardan en sus archivos como manuscritos anónimos-aparecen bajo lemas alusivos al mismo Hipócrates 6 o bien a la tradición médica que él representa 7. Con ello se quería testimoniar, evidentemente, el carácter de continuadora de dicha tradición que tenían sus propias topografías, muy especialmente con la línea de pensamiento que arranca del tratado Sobre Aires, Aguas y Lugares. En efecto, esta obra, una de las más célebres del corpus hipocrático, fué atribuída, desde siempre y de forma unánime por todos los expertos, al propio Hipócrates. Pero para las T.M., este tratado significa algo más que el de ser un simple antecedente. El tratado Sobre Aires, Aguas y Lugares significa para la historia de la Medicina no sólo el punto de partida de la tradición médica ambientalista y «meteorologista»; es además el primer intento de explicación científica que trata de relacionar la influencia ----4 Buena parte de los expertos en medicina hipocrática afirman que la obra que Platón tenía en la cabeza cuando escribió esta parte del Fedro -que he citado al frente de este trabajo-fué precisamente el tratado Sobre Aire, Aguas y Lugares. Véase a este propósito la discusión recogida por Carlos García Gual en la Introducción General a los Tratados Hipocráticos. Tratados Hipocráticos, T.I Biblioteca Clásica Gredos. Ed Gredos, Madrid, 1.983., págs. 32 del medio ambiente sobre las enfermedades y sobre los caracteres individuales. Puede también ser considerada esta obra como el origen de los discursos sobre psicología diferencial y comparada8. Naturalmente, no es esta obra el único precedente de las T.M. El Dr. J.B. Peset y Vidal señalaba en su famoso estudio sobre Valencia9 una «topografía médica» de Zaragoza atribuída a Benjamín de Tudela, escrita en el siglo XII y publicada en 1.575, y el ilustre historiador de la medicina D. Antonio Hernández Morejón, -también él autor de una «Topografía Médica de Menorca» 10 -, en su monumental Historia Bibliográfica de la Medicina Española, publicada en 1842, seis años después de su muerte, se lamentaba en términos amargos de esta forma: «Así que siendo la España una de las naciones cuyos médicos cultivaron este ramo antes que los estranjeros, como lo prueban el Judío de Toledo médico de Fernando IV que escribió la topografía de Castilla; Juan de Abiñon, la de Sevilla; Castellano Ferrer la de Murcia; Cisneros la de Méjico; San Juan y Domingo, la de Aragón; Casal, la de Asturias; Unanue, la de Lima; y Piquer la de Valencia, apenas se halla hoy en nuestra Península quién escriba algo sobre este objeto»11. ----ORIGEN El verdadero origen de las T.M. hay que situarlo en el contexto de la Medicina de la Ilustración. Una serie de circunstancias y de acontecimientos políticos y científicos, situados en diferentes niveles de la realidad social fueron confluyendo, secuencialmente, hasta llegar a dotar a este tipo de estudios con su inequívoco y definitivo perfil «ilustrado». Se han señalado varios de estos acontecimientos. Sin entrar a valorar en estos momentos la existencia de un más que probable influjo mimético que hubieran tenido en nuestro país las T.M. realizadas por los ingleses y por los franceses, -el «signo de los tiempos»-, hay que destacar, en primer lugar, como antecedente inmediato de las T.M. a la Teoría de las Constituciones de Th. Esta teoría, que restaura el viejo concepto hipocrático de «constitución epidémica» (katástasis) es reinterpretado ahora como el «aspecto meteorológico del año» 12 y hace del medio ambiente (aire, clima, suelo) el factor determinante de las enfermedades agudas, especialmente de las llamadas por el autor inglés enfermedades epidémicas y estacionales. El estudio de tales constituciones va a ser una constante hasta bien entrado el siglo XIX. Mas para el médico ilustrado esta mirada hacia el mundo físico exterior para escrutar las alteraciones secretas de la atmósfera y de las entrañas de la tierra, resulta insuficiente. Se están observando también los efectos de la primera industrialización y los cambios sociales que se van produciendo. Esa mirada al exterior, debe pues ser complementada con otra dirigida al espacio social. Como dice Foucault, en la concepción racionalista del universo, típica de la Ilustración, lo fundamental para el médico era «reconocer una señal, situar el síntoma en una enfermedad, la enfermedad en un conjunto específico y situar éste en el interior de un plano general del mundo patológico « 13. Así pues, era necesario situar al cuerpo humano, a la enfermedad y al individuo en un determinado espacio físico y social (espacios útiles y organizados), de modo que, además de las variables climáticas, de la naturaleza de los suelos y del temperamento individual era necesario contemplar también el aspecto social de las enfermedades (condiciones de trabajo, alimentación, vivienda, etc.) 14. ----12 LAÍN ENTRALGO, P y ALBARRACÍN TEULÓN, A.: Sydenham. Clásicos de la Medicina, No 23. 13 FOUCAULT, M. El nacimiento de la clínica. 14 Es lo que hace J.P. Frank en su obra La miseria del pueblo, madre de enfermedades de 1.790. En 1.794, la Convención francesa acordó la dotación de una cátedra de Higiene Pública para atender las necesidades sanitarias del individuo «en tanto que miembro de la sociedad». Para la constitución de la Medicina Social en España, puede verse, con este mismo título, el trabajo de introducción y recopilaciòn de RODRÍGUEZ OCAÑA, E., de la Colección «Clásicos Españoles de la Salud Pública». Publicaciones del Ministerio de Sanidad y Consumo. Madrid, 1.987 y la selección de LESKY, E.: Medicina Social. Estudios y testimonios históricos, de la misma colección. Otro aspecto esencial a considerar en cuanto al origen de las T.M. españolas viene representado por la nueva forma de afrontar la lucha contra las epidemias La eficacia de las nuevas medidas sanitarias propuestas por el gobierno de Felipe V para luchar contra la terrible amenaza que representaba la peste de Marsella de 1720, es un ejemplo paradigmático de la nueva política sanitaria. A diferencia del pasado en el que se afrontaba la lucha contra las epidemias de un modo descoordinado, mediante la improvisación, el éxodo personal o colectivo y la apelación a los recursos asistenciales y expiatorios de la Iglesia, se alzaba ahora, frente al «último gran zarpazo de la peste negra sobre Europa» 15 un nuevo sistema sanitario, público, estable, centralizado, laico y burocrático. Enseguida se constituyó una Junta de Sanidad del Reino -desgajada del Consejo de Castilla-y se cortó toda comunicación marítima y comercial con Francia. Nuestro país consiguió llegar a verse libre de la peste. Este notable éxito serviría posteriormente como modelo a seguir para todos los lugares del Reino en caso de necesidad. De aquí también la gran importancia que cobraría la recién creada Academia de Medicina, -tutelada por el rey desde 1734como impulsora y receptora de toda clase de informes y noticias médicas llegadas desde todos los lugares, incluyendo, naturalmente los lugares de estacionamientos militares. Una tercera fuente para las T. M. surge del rasgo más característico de la Medicina de la Ilustración: el llamado «naturalismo terapéutico». A diferencia de la complejidad y artificiosidad del arsenal terapéutico de la época barroca -que podría estar simbolizado por las famosas triacas-el naturalismo terapéutico de la Ilustración «refleja el gusto de la época y su peculiar estimación de la naturaleza» 16. Está muy generalizada, en efecto, la confianza en la fuerza curativa de la naturaleza -el agua, los baños, el ritmo estacional, los lugares saludables, etc.-, en la de sus elementos simples y en su dinámica interna que por entonces se iban descubriendo y desvelando: el oxígeno, el cloro, la electricidad, la vacuna, etc. La teoría de las Constituciones de Sydenham, la nueva política sanitaria y el naturalismo terapéutico, son los tres grandes rótulos que contribuyeron a diseñar el perfil definitivo de las T. M. en el siglo XVIII. Estas tres cuestiones se entrecruzan también en una obra que puede ser considerada -a mi juicio-como el verdadero punto de arranque de las T.M. españolas. Nos referimos al Plan General de Efemérides meteorológico-médicas de Francisco Fernández Navarrete, médico de cámara de Felipe V 17 propuesto en 1737 a la ----15 PESET, M. y PESET, J.L.: Muerte en España. 16 LAÍN ENTRALGO, P.: Historia de la Medicina Moderna y Contemporánea. Barcelona,1.963, pág. 319 y sgts 17 Francisco Fernández Navarrete era médico de cámara de Felipe V y profesor de anatomía en la Universidad de Granada. Partidario del «naturalismo terapéutico», es el autor -entre otras obras-de un Tratado sobre la constitución de los tiempos (1.738) y de una Disertación sobre el carácter de los espa-Real Academia Médico-Matritense e inmediatamente adoptado y tutelado por ella; la publicación de dichas Efemérides corrió a su cargo entre 1737 y 1746. El plan de Fernández Navarrete, factible ya, gracias a la presencia de instrumentos como el barómetro y el termómetro, fué, en su origen, una respuesta a la llamada general que había hecho en 1725 la Royal Society de Londres para que se verificasen observaciones meteorológicas en toda Europa. Como hemos dicho, este plan fué aceptado por la Academia la cuál, sin embargo, quiso ir aún más lejos: «Pero siendo tan estrecha la unión entre la medicina de un país y la historia natural de él, bien reflexionada e ilustrada con la disciplina físico-matemática...la Academia...» (se hace cargo) «del proyecto de historia natural y médica de España, disponiendo su ejecución con distribución tan armoniosa y comprensiva como se verá a su tiempo» 18. El plan de Efemérides iniciado por Fernández Navarrete -que también está en el origen de los observatorios españoles-fué continuado luego por Argandoña pero perdió su impulso a mediados del siglo. Sus ideas fueron recogidas algo más tarde por Campomanes en 1784 para el mejoramiento agrícola y complementadas luego con los planes observacionales impulsados por el Dr. Salvá por intermedio de la Academia de Medicina de Barcelona, y por las observaciones meteorológicas de Sanchez Buitrago en Cádiz, Salanoba, Guillemin y Casal en Madrid y Bals y Cardona en Mahón. Poco después, en 1792, presentó Antonio Valdés a Floridablanca el proyecto de observaciones que había elaborado Malaspina para todo el vasto imperio colonial, el cual debería centralizarse ahora, no en la Academia de Medicina, sino en la de Guardiamarinas de Cádiz, «mientras no se haya formado la de ciencias de esta Corte» 19. Todos estos planes observacionales se proyectaron para ser útiles «a la agricultura, a la higiene pública, a sus topografías médicas, a la estadística y a todas las ciencias de gobierno y recta y bien entendida administración» 20. La obra a la que nos referimos lleva por título Efemérides barometricomedicas matritenses, para el más puntual y exacto cálculo de las observaciones que han de ilustrar la historia natural y médica de España (Madrid, 1.737). 18 Son palabras del presidente Cervi recogidas por Manuel Rico Sinobas, médico y profesor de Física de Universidad Central a mediados del siglo XIX, en los «Estudios meteorológicos y topografías médicas en España en el siglo XVIII» publicados en El Siglo Médico en los números 215 al 218 ( Febrero-Marzo de 1.858). 19 Carta de Antonio Valdés al conde de Floridablanca, transmitiéndole las ideas de Malaspina,. Carta reproducida por RICO SINOBAS, en o.c., pág. 6. TOPOGRAFIAS MEDICAS DEL SIGLO XVIII En la lista de T.M. citadas por Hernández Morejón se incluían los trabajos médico-topográficos de Casal, Piquer y Unanúe sobre Asturias, Valencia y Lima, respectivamente. Estos autores, como es sabido, entran de lleno en la Medicina de la Ilustración española y por ello, desde mi perspectiva, no deben ser considerados como precursores sino como constituyentes, y sus trabajos, como trabajos fundadores de estos estudios. Por otra parte son figuras muy conocidas, especialmente los dos primeros, de modo que no precisan ahora de más comentarios. Pero como es natural, no son éstas las únicas T.M. que se realizaron durante el siglo XVIII. De forma muy destacada hay que incluir la obra de A. Pérez de Escobar21 publicada en Madrid en 1788 titulada Medicina Patria o Elementos de Medicina Práctica de Madrid, que puede servir de aparato a la Historia Natural Médica de España. Esta primera T.M. de Madrid bien merecería los honores de ser reeditada. En el fondo documental de manuscritos del siglo XVIII de la Real Academia Nacional de Medicina22, se pueden encontrar entre 1.737 y 1.800 -fecha convencionalmente admitida como la del fin de la Medicina de la Ilustración-no menos de una treintena de obras relacionadas con estudios médico-topográficos: Topografías médicas propiamente dichas23, estudios de «constituciones epidémicas» de diversas localidades y noticias sobre fiebres endémicas24 llegadas a la Academia desde todas las regiones. Son de destacar así mismo, los primeros informes que se hacen sobre las condiciones de trabajo en relación con la salud: minas de Almadén, fábricas de jabones, cultivos de arroz, etc. 25. Las Academias médicas continuaron reafirmando en sus estatutos la necesidad de realizar estudios topográficos; los estatutos renovados de la de Madrid (1.796) y los nuevos de la de Barcelona (1.786) así lo establecían explícitamente. De este último ----punto procede la brillante tradición catalana de estudios médico-topográficos, continuada posteriormente por numerosas generaciones de médicos26. DESARROLLO HISTÓRICO I. Época prebacteriana Sin contar los trabajos ya mencionados, para el período comprendido entre 1.800 y 1.970, he registrado un total de 307 TM que se recogen en el anexo de este trabajo en forma de anuario. Veamos ahora cual ha sido, a grandes rasgos, la evolución histórica de este «corpus topográfico». Por lo que se refiere al despliegue del higienismo, a la evolución de las ideas patogénicas y a las T.M., lo primero que se observa en el panorama general de estos ciento sesenta años, es que éste se encuentra dividido por una gran cresta divisoria situada justamente en su mitad, y que delimita, claramente, dos grandes épocas en la historia de la medicina. Esta gran línea divisoria correspode a la emergencia y consolidación del llamado «modelo bacteriológico de enfermedad»; este modelo se constituyó como una clave que abrió una nueva época en la historia de la medicina. El escenario en el que se desenvolvían las T.M. se dividió también en dos mitades: una anterior a la irrupción del paradigma microbiano -el término «microbio» aparece en 1878-que podría ser denominado, no sin algunas reservas, como «período miasmático», y otro posterior o post-bacteriano. El modelo bacteriológico de enfermedad puede darse por definitivamente consolidado, como es conocido, en la octava década del siglo XIX. En nuestro país podríamos situar la línea fronteriza de estas dos grandes épocas en torno al eje del bienio 1.885-1.886, fechas de la última gran pandemia del cólera, de las polémicas con el Dr. Ferrán acerca de su vacuna anticolérica, y también, precisamente, el bienio en el que se produce el mayor número de T.M. de toda la historia, catorce, según mi registro, cifra equivalente al conjunto de la producción de las tres primeras décadas del siglo. Esta época está dominada, no sin numerosas excepciones, por una concepción de las enfermedades agudas y epidémicas, en gran parte heredera de la teoría de las constituciones, que podría encuadrarse dentro del «modelo miasmático de enfermedad». Este modelo, que vendría a representar en el siglo XIX un papel parecido al ----que hoy atribuímos a la contaminación ambiental, es en realidad una teoría focal o «topográfica» de la enfermedad: desde unos focos «pestíferos» (pantanos, aguas putrefactas, vertederos, depósitos de materias orgánicas en descomposición, etc.) se producirían exhalaciones o gases patógenos que al ser dispersados por los vientos, serían causas de enfermedades. Es un modelo acorde con las ideas fisiopatológicas propias del período de la Medicina del Romanticismo. Con todo, esta época no es homogénea. Dentro de ella, en nuestro país, pueden delimitarse dos períodos con características diferenciadas. El primero de ellos viene acotado por las fechas de la primera gran epidemia de fiebre amarilla -1.800-y de la primera gran pandemia de cólera morbo asiático -1.834-enfermedad difundida extraordinariamente con las expediciones militares de la primera guerra carlista. Este período, 1.800-1.834, políticamente tan azaroso, estuvo dominado por la guerra, el exilio liberal, el absolutismo, el subdesarrollo económico y el retroceso científico y cultural. Implicó la quiebra del ideal ilustrado y se objetivó como una «ilusión quebrada» 27. Sanitariamente, este período estuvo ocupado por la fiebre amarilla, las malarias patrias o endémicas, y por las polémicas científicas -con un indudable trasfondo político-entre los partidarios del contagio de las enfermedades, y por tanto, del aislamiento de los enfermos y de la interrupción de los intercambios personales y comerciales, y los anticontagionistas, a quienes estas medidas les parecían excesivamente restrictivas 28. Las escasas T.M. que se produjeron durante este período 29 no son ajenas a estas polémicas, pero por regla general, siguieron inercialmente el modelo perfilado en la Ilustración e inspirado en la teoría de las constituciones epidémicas. Son muy notables, entre ellas, las T.M. de los por entonces dos jóvenes médicos rurales que luego llegarían a ser figuras eminentes de la medicina española: las T.M. de Reus (1.820) y de Cebreros (1.830) de Jaime Ardevol 30 y de Anastasio Chinchilla 31 respectivamente. ----27 Este es el título de un libro esclarecedor sobre la crisis de la política científica de aquellos años. Botánica, Sanidad y política científica en la España Ilustrada. 28 Puede verse en detalle esta polémica en PESET, M.y PESET, J.L. o.c. capítulos X y XI. 29 Sobre la escasa producción científica de la medicina española durante el primer tercio del siglo XIX, pueden servir estas ilustrativas palabras de F. Méndez Alvaro: «Suele acusárseles (a los médicos españoles) de inactivos porque no escriben, porque no publican sus observaciones o pensamientos porque no leen... ¿quién trabaja, quién estudia, quién escribe, cuando carece hasta de lo necesario para vivir, cuando absorbe toda su atención la necesidad de buscar pan con que alimentar a sus hijos» «Estado actual de la Medicina en España». Semana de Medicina, No 1. Hay que tener en cuenta que la reforma de 1.830 de los Estatutos de la Real Academia de Medicina, tradicional impulsora de estos estudios, implicó la pérdida de su rango nacional, quedando reducida, hasta 1.861, a un ámbito meramente regional. 30 ARDEVOL, J. Ensayo sobre la topografía y estadística de la villa de Reus en Cataluña. Aunque en esta fecha de publicación el autor era ya de edad madura, en realidad su El segundo período (1.835-1.885) tiene por telón de fondo el proceso de institucionalización de la Sanidad Pública española, en el contexto de la construcción del nuevo Estado Liberal, y la lucha contra las grandes oleadas epidémicas del cólera 32. Para las T.M. este período tiene una especial relevancia. A lo largo de los años las T. M. fueron madurando sus conceptos y modernizando sus posiciones -algunas de ellas habían recaído en adulaciones más propias de las guías de forasteros que de trabajos científicos-hasta lograr una sólida estructura interna. En esta labor hay que destacar, en primer lugar, la obra topografica de J.B. Peset y Vidal, médico del Hospital General de Valencia y director de su Manicomio, que había tenido una larga experiencia como médico rural. Pero la obra culminante de este periodo es, sin duda, su estudio sobre Valencia (1.878) trabajo que le llevó varios años y que fué considerada como el modelo a seguir para la confección de las T.M. del futuro 34. Otros importantes estudios de este período son los de Martínez Montes (1.852), citado elogiosamente por Peset y Vidal, los de Weyler sobre Mallorca (1.854), los de Manero sobre Alicante (1.882), que sigue la pauta marcada por el citado Dr, Peset, y los de Ph. Hauser sobre Sevilla (1.884), iniciando así este autor una brillante carrera como higienista. Durante estos años vuelve a dedicarse cierta atención a los territorios que quedaron como restos del antiguo imperio colonial: T.M. de La Habana (1.851 y 1.857), Cuba (1.855), Filipinas (1.857) y Norte de Marruecos (1.860), de Sánchez Rodríguez, Dupierris, Codorníu y Weyler, respectivamente. ----T.M., trata, básicamente, de la calentura mucosa que se asentó en Reus en plena guerra de la Independencia y que tuvo ocasión de vivir. El autor (1.775-1.835), doctorado en Montpellier, director del lazareto de Gibraltar, escribió también diversas memorias sobre la fiebre amarilla. 31 CHINCHILLA,: A. Disertación Histórico-Físico-Médica de la villa de Cebreros. En esta T.M. sigue el autor (1.801-1.867), que luego sería importantísimo historiador de la medicina española, la descripción meteorológica del año y la distribución de las enfermedades, al modo de Sydenham, describiendo nueve «constituciones» a lo largo de ese año. 32 Sin contar con algunos breves repuntes, fueron cuatro las grandes ondas epidémicas del cólera que se abatieron sobre nuestro país: 1. Obra premiada por la Academia de Medicina en 1.870, puede ser considerada como la más importante de este período. Distribuye sus secciones de este modo: Exposición topográfica, Condiciones individuales y sociales, («es incuestionable -dice el autor-la influencia que sobre la salud del hombre ejerce su posición social»), Higiene Pública, Etiología, Distribución de enfermedades, Demografía. Puede acordarse la fecha de 1.885 como punto de inflexión para la consolidación en nuestro país del modelo positivista y microbiano de enfermedad. Ciertamente, la irrupción de este modelo llevó consigo una revolución en el desarrollo de las ideas etiopatológicas, abrió todo un mundo nuevo a las higiénicas y sanitarias y permitió la creación de una nueva nosología: se hablaría ya de brucelosis, salmonelosis, estreptococias, etc. En España tuvieron que reformarse las cátedras de Higiene en 1.904 -sin mucha rapidez de reflejos-para adaptarse a las nuevas realidades científicas. Algunos autores han creído ver aquí, con la emergencia de este paradigma, el comienzo de la decadencia de los estudios médico-topográficos. Según ello, el saber positivo -bacteriológico-al descubrir la causa cierta del origen de las enfermedades contagiosas, al derrumbar las tradicionales doctrinas miasmáticas y telúricas, arrastraría en su caída a las T.M., las cuales persistirían luego en su decadencia aferrándose de una manera reaccionaria a modelos científicos ya caducos y pasados. El éxito del enfoque etio-patológico «echará por tierra el marco teórico de las topografías» 35 Esta tesis implica o supone la existencia de una identificación esencialista entre el método tradicional de las T.M. y una determinada doctrina etiopatogénica y fisiopatológica. Pero las T.M. no son portadoras de un determinado y concreto modelo de enfermedad, sino que proponen un método multidimensional para abordarlas y un enfoque dialéctico y complejo para contextualizarlas. Como señala Laín Entralgo 36, el nuevo paradigma bacteriano -cuyo principal teorizador fué Klebs-, se asentaba en tres pilares. Uno: la causa de las enfermedades es un agente microbiano externo al organismo humano y reconocible objetivamente. Dos: la enfermedad es el resultado de la lucha que sostienen los microbios invasores y las células del organismo. Y tres: el modo de enfermar depende de cual sea el agente patógeno causal. Dicho sea de paso y, como suele decirse, salvando las distancias, si cambiamos el nombre de bacteria por el de gen, y el de infección por transmisión genética, este esquema parece reactualizarse en nuestros días, en los que se puede percibir la existencia de un trasfondo conceptual algo simplista, que recuerda al de hace un siglo. Pues bien, a mi juicio, lo que ocurre con las T.M. en este período post-bacteriano, no consiste tanto en una supuesta resistencia inercial y reaccionaria ante el nuevo modelo explicativo, sino que, por el contrario, creemos que lo que se produce es una «integración» de la microbiología, en tanto que saber positivo, en su tradicional molde omnicomprensivo 37. En mi entender, tal integración contribuyó a revitalizar el ----35 L. URTEAGA, en o.c. 36 LAÍN ENTRALGO, P. o.c. (1903), Conveniencia del estudio de la Topografía Médica para formar la Geografía Médica Tip. Madrid. interés por los estudios médico-topográficos en el gozne de los siglos últimos. Pueden citarse algunos hechos. El IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía celebrado en Madrid en abril de 1.898, días antes del desastre colonial, reservó una sección para las T.M; y allí se presentaron, entre otros trabajos, las T.M. de Almería, Logroño, Coca, Tarancón, Jaca, Saldaña y Mogente. En 1.904 se lanzó un proyecto de ambición nacional para realizar las 8.000 topografías de los pueblos de España, esta vez con una clara intencionalidad regeneracionista; las Academias de Madrid y Barcelona incrementaron su interés por las T.M., y en fin, en 1.906 la Academia de Zaragoza instituyó el legado del Dr. Gari para premiar a la mejor memoria sobre «El clima y la topografía como elementos etiológicos en la evolución de las enfermedades infecciosas». Así pues, el hecho bacteriano sustituyó, naturalmente, a la exhalación miasmática, pero la perspectiva holística de las TM continuó vigente. Como indicaré más adelante, hay que situar las razones de la decadencia y desaparición de las TM en otros contextos. Además, el simplista esquema diseñado por Klebs pronto entraría en crisis, al tener que confrontar hechos tan complejos como el de la inmunidad, y explicar por qué muchos individuos infectados no sufrían la enfermedad, o como el de la morbilidad, una morbilidad bien diferente según cuales fueran las condiciones de vida y la posición de los individuos dentro de la escala económica y social. En este sentido, la obra de higienistas tan importantes como Iglesias Díaz y Ph. Hauser, subrayan con frecuencia la necesidad de continuar cultivando los estudios médico-topográficos, incluyendo los nuevos avances de las ciencias de la salud, sin descuidar el análisis de los determinantes sociales de las enfermedades. Las T.M. de la época dedicarán bastante espacio a las patologías sociales derivadas del pauperismo, al alcoholismo, a la tuberculosis y a las enfermedades de transmisión sexual, a la sífilis, especialmente. También aquí, en esta época post-bacteriana, pueden delimitarse dos períodos diferentes, claramente definidos. La guerra civil significó un brusco corte en nuestra historia que afectó a todas las actividades y ramas del conocimiento y por lo tanto, también a las T.M. Durante cuarenta años, entre 1.885 y 1936, viven las topografías médicas su período más maduro y fecundo. Esto es incuestionable, al menos desde el punto de vista cuantitativo 38; fecundidad a la que no fue ajena, como hemos dicho, el nuevo impulso aportado por las fundaciones académicas. ----«...las conmociones político-sociales que sufrió la sociedad europea en el siglo XIX, al mismo tiempo que han transformado las condiciones fundamentales de la existencia, han debilitado su resistencia vital, haciéndola apta á servir de medio de cultivo favorable á los numerosos microorganismos patógenos» (pág.7). Y sigue Hauser refiriéndose después a fenómenos como el hacinamiento de las ciudades y al «mefitismo» urbano. 38 Un total de 186 T.M. he registrado en este período, entre manuscritos y topografías publicadas. En el panorama general de las T.M. de este período destaca en primer lugar la obra de Ph. Hauser, que cumple en él un papel parecido al de Peset y Vidal en el anterior. Su obra Madrid desde el punto de vista médico-social, de 1903, marcó un nuevo hito en la historia de las topografías médicas españolas. En segundo lugar hay que señalar el fuerte impulso dado a estos estudios por la Fundación «García Roel» 39 de la Real Academia Nacional de Medicina. Al amparo de esta fundación, hasta el comienzo de la guerra civil se realizaron una veintena de T.M. de localidades de la provincia de Madrid, y otras tantas de la de Asturias. Por citar algunas T.M. de este período tan fecundo, destacaremos, además de la ya citada, las T.M. de Pérez Giménez sobre Cabeza del Buey y la comarca de La Serena (1.888), la de la Asociación Médica de Navalcarnero (1.896), y los trabajos de Hernández Briz, Joaquín Truixans, Fermín Yriagaray, Vilar y Ferrán, Villalain, Jové y Canella, Alvarez Sierra y un largo etcétera. El segundo período de esta época, apenas si se extiende durante dos décadas. La producciòn de T.M. en los años cuarenta y cincuenta descendió notablemente, hasta convertir su presencia en puramente testimonial. Los estímulos provenientes de las fundaciones académicas se fueron debilitando hasta llegar a desaparecer. No obstante, al abrigo de los Premios Roel -de cada vez más incierta convocatoria-se realizaron algunas notables T.M.: las de El Alamo, del paremiólogo Castillo de Lucas (1.941), Aranjuez (1.948) y Ciempozuelos (1.955) pueden servir de ejemplo En este tiempo se produjeron también otro tipo de T.M. de alcance más ambicioso. Perseguían además unos objetivos de reconstrucción histórica; trataban de rehacer la historia de las localidades tras la destrucción y pérdida, por causa de la guerra civil, de sus archivos y fondos documentales 40. Las T.M. nacieron durante la Ilustración, tuvieron su época de madurez en el borde de los siglos XIX y XX y desaparecieron en los años sesenta de este siglo. Asistamos ahora a este proceso de extinción. Las T.M. desaparecieron en cuanto tales, ciertamente, pero en modo alguno se debilitó la corriente de pensamiento que ellas albergaban y a la cual hemos aludido repetidamente. Por el contrario, la pujanza de esta línea de pensamiento -simbolizada ----39 Faustino García Roel (1.819-1.895), médico asturiano, decano honorario de la Beneficencia Provincial de Oviedo, legó fondos a la Academia Nacional de Medicina para dotar a una Fundación que premiaría las T.M. de un partido judicial o de un término municipal, de Asturias y de Madrid, alternativamente, en una primera fase, con posibilidad de extenderlo luego a toda la geografía nacional. 40 CASCO ARIAS, J. Geobiografía e Historia de Quintana de la Serena. Prensa Española, Madrid, 1.961. ahora en el concepto de salud entendido como bienestar físico, mental y social-desbordó sus límites hasta llegar a convertirlas en innecesarias. En realidad, las T.M. fueron desapareciendo, básicamente, porque sus contenidos iban siéndole arrebatados por el desarrollo acelerado de las ciencias naturales y por la implantación tras la segunda guerra mundial de los sistemas sanitarios públicos de amplias coberturas. Por una parte, los geógrafos fueron ocupándose, cada vez más, de las relaciones entre el medio físico y los seres humanos. Desde finales de los años veinte de este siglo, la «Geografía Medica» fue cultivándose dentro de la Geografía Humana, hasta llegar a constituir una entidad específica. Esta disciplina, propia ya de geógrafos, aunque abierta a aportaciones multidisciplinares, recibió un fuerte impulso, por necesidades bélicas, durante la segunda guerra mundial. La «Geografía Médica» tuvo su primer reconocimiento oficial en 1949 en el Congreso Internacional de Geografía de Lisboa. A partir de aquí, los estudios bio-geográficos -que siempre reconocieron el papel histórico de las T.M.-experimentaron un rápido crecimiento. En la actualidad incluyen también en sus análisis referencias a situaciones socioeconómicas y al equipamiento sanitario de los territorios, por lo que se habla cada vez más de «Geografía de la Salud» 41. En segundo lugar, con el auge de los sistemas sanitarios públicos y con el desarrollo de la Seguridad Social, y debido a sus necesidades intrínsecas (necesidades de evaluación, de control de los sistemas, de distribución de recursos, etc. ), el papel de las T. M. fue relegándose como un anacronismo más propio de las formas organizativas sanitarias del pasado. Pero este papel, es similar al que ahora pudieran representar los llamados «Estudios Socio-Sanitarios» de las zonas, áreas o distritos, o cualesquiera otras formas de espacios sociales que delimitan las modernas territorializaciones sanitarias. El tradicional enfoque integrador de los procesos de salud y de enfermedad que ellas representaban, su modelo holístico y su mirada omnicompresiva, persisten también en nuestros días impregnando con su manera de pensar a los llamados modelos comunitarios de atención sanitaria. El estudio de estas eventuales conexiones bien pudiera merecer una serie de trabajos. Baste ahora con subrayar el hecho de que estos modelos comunitarios, donde han cobrado más pujanza sea precisamente en los campos de la Medicina Familiar y en los de la Salud Mental A la hora de evaluar el papel histórico de las T.M., es preciso reconocer también sus aportaciones a otras áreas del conocimiento. Dentro del enorme caudal de datos que contienen -aún insuficientemente explotados-destacan los relativos a la antropología cultural (costumbres, creencias, rituales, medicinas populares, etc.), a la historia de las mentalidades y a la psicologia: desde el principio las T.M. han cultiva-----do la psicología comparada -«intra-cultural», podría decirse-, acaso por la persistencia de viejos reflejos hipocráticos renovados por la savia de la Ilustración 42 Termino este trabajo con una cita muy expresiva de P.F. Monlau, de 1.847: «Todas las poblaciones han de tener su topografía. El manuscrito que las contenga debe ser custodiado en los archivos de la Casa Municipal como un «libro de familia». Este libro será consultado con mucho fruto para saber lo que ha sido la población, lo que es y lo que puede ser. Se agregarán en forma de apéndices a dicho libro los resultados de cada año. Estos anales locales, bien redactados, serán la joya más preciosa de la población. Bueno fuera que las topogrfías se imprimieran para la común instrucción e imperdible recuerdo» 43 ----42 Hay que tener en cuenta que uno de los partidarios de este enfoque fue Montesquieu, el cual dedicó toda la 3a Parte del Espíritu de las Leyes al estudio de las relaciones entre las leyes y la naturaleza del clima y del suelo. 1.808 GONZALEZ: Descripción topográfica de CÁDIZ. 1.816 RABASSA FONTSERE J.: Estudio topográfico de LERIDA.
Universidad de Castilla-La Mancha El artículo presenta el caso de los médicos kallawayas en la ciudad de La Paz como reflejo de la situación multicultural que la ciudad boliviana vive en relación con la salud y otros ámbitos específicos de la cultura. El testimonio de Severino Vila, médico kallawaya, nos aproxima a los patrones kallawayas que inciden en los determinantes sobre salud y enfermedad que son pertinentes en las soluciones terapéuticas que proponen. Las categorías médicas kallawayas no coinciden con las propias de la medicina occidental, dando lugar a diferentes opciones de exclusividad y complementación en el itinerario de salud recorrido por los pacientes indígenas de la ciudad de La Paz. La ciudad de La Paz, capital política de Bolivia, constituye un mosaico de formas culturales diferentes, extendidas sobre los escalones que constituyen su peculiar orografía, entre los 3.600 metros de altura en que se localizan las barriadas nobles de Calacoto, Achumani y Los Pinos, hasta los 4.000 metros que alcanza la Ceja de El Alto en pleno altiplano andino, principal nudo de comunicaciones situado en la ciudad anexa a La Paz conocida con la elocuente denominación de «El Alto». En este intrincado espacio natural conviven diferentes grupos étnicos, lenguas y culturas, apreciándose un componente indígena que resulta predominante, el corres-pondiente a los aymara altiplánicos 1. Las diferentes expresiones religiosas y festivas muestran la vigencia de las conceptualizaciones culturales indígenas y mestizas, así como sus reinterpretaciones urbanas, frente a la ortodoxia católica y las formas del poder político y social ejercido por la minoría blanca. En este contexto social y cultural el ejercicio de la medicina encuentra posibilidades igualmente diversas. La atención médico sanitaria convencional, no cubre a todos los bolivianos de igual forma. Tan sólo algunos gremios de trabajadores entre los que destaca el magisterio, ciertos funcionarios administrativos y algunas empresas mineras así como particulares, ofrecen un seguro médico a sus asociados. La mayor parte de la población queda al margen de este tipo de convenios, muy especialmente las poblaciones indígenas que tan sólo reciben el beneficio de los sistemas de postas sanitarias, habitualmente regidas y administradas por parte de ONGs foráneas, que dependen de algún pequeño hospital que hace las veces de centro articulador del sistema ambulatorio de postas a cargo de auxiliares sanitarios nativos. Las posibilidades de «socialización» de dichas postas, depende en gran medida de la capacidad de relación y afinidad que los equipos sanitarios consigan con sus pacientes indígenas y con los propios médicos aborígenes detentadores del rol médico tradicional. En las ciudades de La Paz y El Alto, la atención sanitaria ofrece múltiples posibilidades. Las clases pudientes no dudan en despreciar el seguro médico, abonando importantes cantidades en clínicas privadas, dotadas de mejores medios que algunas instituciones hospitalarias públicas, cuando precisan de atención médica. Las clases populares, tanto mestizas como indígenas, no dudan en conjugar las formas de terapia tradicionales con la consulta médica convencional. En ciertas ocasiones, cuando la etiología del mal lo aconseja, es el curandero indígena, yatiri, en aymara, jampiri en quechua, quien es consultado para la resolución del problema, con exclusividad. Si bien la complementación parece el recurso habitual en la ciudad de La Paz, sí se establece una marcada diferenciación cuando la medicina «es para el doctor» o cuando «es de la gente» implicando al curandero tradicional. Las enfermedades y dolencias «de la gente», no puede sanarlas el médico. Las dolencias del «susto», la pérdida del ajayu, el mal «aire», o el mal de los «gentiles» o chullpas, no son consultados al médico, pesto que «no entiende» de dichas afecciones, y acostumbra a increpar en ocasiones al propio paciente por su «credulidad», lo cual dificulta de forma severa las relaciones entre médico y enfermo. Las poblaciones indígenas de América del Sur han desarrollado diferentes respuestas frente a las dolencias, aflicciones y enfermedades habituales de su entorno. Por un lado poseen determinados síndromes patológicos de marcado carácter cultural que surgen en el seno de un grupo étnico concreto quien desarrolla las pautas preventivas y terapéuticas más convenientes para la correcta resolución de dicho síndrome o ----1 ALBÓ, X. (1995) Bolivia plurilingüe. 73, La Paz. conjunto de síntomas culturalmente establecidos 2. Este tipo de dolencias surgen en el entramado de aspectos que constituyen la cultura y responden a una naturaleza y etiología que habitualmente compromete otros parámetros esenciales en las características culturales del grupo. Las tácticas y estrategias curativas que surgen en atención a este tipo de síntomas responden a la conceptualización que el grupo establece sobre la enfermedad y su naturaleza, encontrando sentido y eficacia en la propia trama cultural que el grupo sostiene y no fuera de ella. Este tipo de enfermedades son las habitualmente vedadas para los servicios de salud formales que pretenden tratar la enfermedad de una forma «convencional» en las poblaciones indígenas de América. Otro tipo de dolencias son las definidas como ajenas al grupo que las padece y su resolución depende de la actuación de las postas y centros sanitarios de salud; los médicos adquieren un reconocimiento y competencia en el tratamiento de este tipo de afecciones. El problema surge respecto a las dolencias que dentro del grupo se identifican con una etiología concreta de marcado carácter cultural, mientras los equipos médicos establecen una orientación diferente, impulsando una competencia de agentes diferenciados y cierta confusión respecto al tratamiento a seguir, lo cual genera con frecuencia serias dudas y desconfianza sobre las «garantías» de las medidas propuestas por los equipos de salud. La implicación de la salud, la medicina y las formas de conceptualización de la enfermedad con respecto a las diferentes modalidades culturales que adquiere entre los grupos indígenas americanos, ha despertado temprano el interés de antropólogos y etnógrafos por las consideraciones aborígenes sobre la enfermedad y su tratamiento, constituyendo un apartado obligatorio en las monografías clásicas. La antropología médica, excindida reciéntemente de la antropología social y cultural, pretende como objeto de estudio y análisis todos aquellos aspectos implicados en la conceptualización cultural de la enfermedad y su resolución terapéutica 3. Constituye una perspectiva analítica particularmente oportuna en ciertos Estados de América Latina, de marcado talante pluricultural y multilingüe, donde las aplicaciones médicas adoptan multitud de formatos divergentes y las prácticas y categorías cognitivas diferenciadas entran en conflicto frecuente con las aspiraciones de la medicina ----2 La bibliografía sobre medicinas indígenas, donde se definen dichos síndromes culturales, resulta importante y extensa. Sirvan como simples referencias las siguientes: AGUIRRE, G. formal o convencional asumida por los Estados y delegada frecuentemente en las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) de desarrollo. En el contexto urbano paceño han aflorado desde los años ochenta grupúsculos de médicos tradicionales y especialistas rituales indígenas de variada consideración. No significa que antes no los hubiera, puesto que la medicina popular aymara y quechua han tenido entre los residentes paceños una clientela segura hace tiempo; sin embargo ha sido de forma reciente cuando han aparecido sindicatos de yatiris en La Paz y El Alto que se dedican a tiempo completo a las atenciones ceremoniales y terapéuticas de su clientela urbana, generalmente residentes de adscripción indígena, extendiendo sus perentorios recibidores de nylon y cartón a modo de improvisados campamentos en las lomas y recodos de El Alto, en los sectores de «Faro Murillo» y «Sagrado Corazón», en las barriadas de Villa Dolores y La Ceja, así como en la zona del «Calvario» de Alto Villa Victoria. Lo cual no significa que en ciertos períodos del año, especialmente durante la víspera del primero de agosto, sean recabados con gran solicitud estos curanderos rituales indígenas, por parte de las élites criollas paceñas, para cubrir ciertas costumbres ceremoniales. Junto a los yatiri aymara, existen en La Paz otros especialistas rituales y médicos considerados «naturistas», por su extenso conocimiento de especies herbáceas en los tratamientos terapéuticos que realizan. Proceden de la provincia Bautista Saavedra, con su capital Charazani, al Norte del Departamento de La Paz y a unos 200 km de distancia. Este artículo versa sobre las peculiaridades culturales de estos médicos indígenas oriundos de los Andes bolivianos y conocidos como kallawayas, término que se aplica en la actualidad al propio área regional del cual proceden. Las prácticas médicas kallawayas se nutren de una rica y variada farmacopea natural, un gran conocimiento de especies herbáceas, una medicina de rasgos rituales entroncados en una cierta afinidad «andina» que comparte con otras sociedades y grupos étnicos vecinos, (con ciertas peculiaridades diferenciadoras ) y una medicina popular de resabio hispánico que se plasma de una manera explícita en el entorno urbano de La Paz. Los kallawayas han conseguido configurarse como interlocutores válidos frente al Estado boliviano en materia de salud, al conseguir su institución paceña, la Sociedad Boliviana de Medicina Tradicional (SOBOMETRA), reconocimiento presidencial a través de sucesivas resoluciones ministeriales y el beneplácito internacional en diferentes congresos sobre medicina natural. Su lengua materna es el quechua, aunque conocen el aymara y el castellano y algunos utilizan destellos de una lengua ya perdida, el Machaj Juyay, según algunos especialistas emparentado con el pukina (Torero). Los kallawayas han conseguido superar barreras étnicas marcadas atendiendo a clientes aymaras y quechuas de diferentes sectores a los de su región de origen y encontrando sus prácticas médicas y rituales enorme eco en las élites paceñas quienes sienten predilección por estos médi-cos andinos, estudiados por antropólogos en las tres últimas décadas, lo que ha alentado en gran medida el mito del médico kallawaya itinerante y su resabio antiguo, vinculado, según algunos de los líderes actuales de la institución SOBOMETRA, con el propio poder del Inca. Veamos quienes son los kallawayas y las peculiaridades del ejercicio de su medicina en La Paz. Para ello voy a utilizar el testimonio de Severino Vila, reconocido curandero kallawaya originario de Charazani. Su testimonio constituye una muestra de la opción que los kallawayas presentan en la ciudad de La Paz en términos médicos, junto a los yatiri aymaras y los representantes de la medicina convencional u occidental, sin menospreciar el desempeño de otros participantes en el mercado de la salud de La Paz como son los numerosos charlatanes de origen peruano que se reúnen en la Plaza de San Francisco vendiendo Uña de Gato4 y paseando todo tipo de fauna exótica (serpientes, iguanas y armadillos) ante el regocijo de los viandantes. No pretendo efectuar un análisis sistemático sobre las consideraciones sanitarias pluriculturales en la ciudad de La Paz; tampoco cargar las tintas sobre el enfrentamiento, la rivalidad o complementariedad existente entre medicina nativa y medicina occidental en poblaciones indígenas bolivianas, aspectos que desarrollo en otra parte5. En esta ocasión es el testimonio de Severino el que apunta hacia la opción concreta que los kallawayas y sus consideraciones culturales en torno a la enfermedad suponen en las prácticas terapéuticas efectuadas en una capital «moderna» como es la ciudad de La Paz y su vigencia resaltable en el acontecer urbano de los diferentes grupos sociales que la integran. La práctica de la medicina indígena kallawaya en un entorno urbano permite plantear algunas reflexiones finales en torno al ejercicio de la interculturalidad en medicina y su aconsejable práctica entre poblaciones indígenas y agregados sociales culturalmente dispares. A contemplar este aspecto dedico el último capítulo del presente artículo. Señalemos, en primer lugar, ¿quienes son los kallawayas? LOS KALLAWAYAS Uno de los grupos étnicos andinos a los cuales ha prestado una atención inusitada la ciencia antropológica contemporánea en relación con la medicina, el ritual y la salud en los Andes, ha sido, sin ninguna duda, el de los kallawayas bolivianos. ----Ubicados en una extensa área de valles interandinos, a medio camino entre el altiplano aymara y las tierras cálidas del trópico yungueño, puerta natural hacia los bosques y selvas del Beni, los kallawayas han practicado, como la gran parte de las diversas sociedades y pueblos de los Andes si bien en tonos diferenciados, una terapia médica peculiar, combinando aspectos provinientes de una amplia farmacopea popular con otros de indudable cariz ritualista. Los kallawayas constituyen en la actualidad un espeso «enigma» tanto para etnohistoriadores como lingüistas y antropólogos. A pesar de los numerosos estudios de que han sido objeto por parte de especialistas de diversa índole, quienes han alentado cierto «orgullo étnico» entre los actuales kallawayas, así como un aire «exótico» y esotérico entre las élites paceñas respecto a los supuestos conocimientos «mágicos» que poseen, poco se conoce de una forma objetiva de este grupo de curanderos. El «mito etnográfico» de los kallawayas, como lo define Saignes, continúa envuelto en una bruma impenetrable 6. Las primeras descripciones etnográficas contemporáneas consideran a los kallawayas como una «clase rara» de indios acostumbrados a recorrer grandes distancias cargados con su capacho de remedios, por los pueblos del altiplano internándose hacia el Perú, Argentina e incluso se ha constatado la presencia de kallawayas en Panamá durante el período de construcción del canal7. Este carácter itinerante del médico kallawaya ha constituido un rasgo específico en su quehacer habitual hasta hace algunas décadas, circunstancia que ha despertado odios y asombro a lo largo de su camino. Para unos es un hechicero consumado, para otros un médico infalible. La figura del médico kallawaya levanta todo tipo de enfrentados comentarios a su paso8. Es la práctica de la medicina natural a través de un conocimiento esmerado de especies herbáceas, el atributo identificativo del kallawaya. No comparto la opinión selectiva de Bastien 9 quien distingue entre «adivinos» y «curanderos» en estos especialistas; un kallawaya conoce habitualmente las técnicas tradicionales de predicción, sabe curar utilizando mates y cataplasmas e igualmente practica los requisitos de la terapia simbólica mediante los pagos habituales a sus seres tradicionales utilizando ----6 SAIGNES, T. (1983) «¿Quienes son los kallawayas? Nota sobre un enigma etnohistórico». Los mismos kallawayas urbanos de La Paz han configurado en su propio discurso una representación mítica peculiar sobre sí mismos y su entronque incaico peculiar, supuestamente justificativo de sus «poderes» y conocimientos. Rivista di Scienze Sociali dell`Instituto Luigi Sturzo, 389-422, Roma. formatos peculiares de ofrendas complejas, analizadas de forma exahustiva por Rösing10, que presentan una importante variedad y riqueza simbólica. Los kallawayas son originarios de los valles templados que se localizan en las proximidades de la Cordillera de Apolobamba, en las provincias Bautista Saavedra y Muñecas, al Norte del Departamento de La Paz. Estos valles tuvieron una importancia estratégica relevante durante el Imperio Inca, por cuanto constituyeron la puerta de acceso a las tierras bajas amazónicas, lo que pudo incidir en el adiestramiento de los kallawayas en relación con el conocimiento de especies herbáceas y ciertos recursos «shamánicos» amazónicos 11. La presencia abundante de coca y oro en las tierras kallawayas intensificó el interés de los incas por estos valles, lo que, según ciertos autores, otorgó algunos privilegios a los kallawaya12. Por otra parte la pertinencia del oro y la coca en el ritual andino ha sido propuesto por Millones13 como un indicio de la especialización ceremonial que los kallawayas pudieran detentar entonces. Lo cierto es que los cronistas callan la supuesta especialización médica de los kallawayas, lo que junto a circunstancias de carácter ecológico, político y social sufridas por el área kallawaya durante la colonia, hacen del nomadismo terapéutico que les caracteriza un fenómeno tardío colonial e incluso republicano 14. La problemática «étnica» que los kallawayas concitan es igualmente importante. Por un lado, hablan el quechua, aunque conocen el aymara de los «vecinos» ubicados en las punas y tierras altas, así como el castellano con notable rendimiento. Oblitas 15, ----Soria16 y un estudio póstumo de Girault17, reflejan la presencia de «otro idioma» característico de los kallawayas, el Machaj Juyay que algunos han identificado como «idioma secreto de los incas», o bien el idioma esotérico de las curaciones kallawayas y cuya naturaleza y origen están poco claros en la actualidad, si bien algunas hipótesis lo relacionan con el antiguo y extinto pukina18. La recopilación efectuada por Girault19 de la «lengua secreta» recoge la presencia de términos no sólo vinculados con las curaciones o la vida ceremonial, sino con aspectos diversos y «profanos» de la vida cotidiana. La confusión existente en las primeras narraciones sobre los kallawayas adscribiéndoles junto a sus vecinos como «aymaras» ha sido resaltada por Girault20, quien tampoco se compromete a ubicarles estrictamente como «quechuas» aunque esta sea la lengua materna que hoy les caracteriza. Hay que añadir, además, la frecuencia del elemento «mestizo» entre los kallawayas itinerantes, fruto de sus uniones matrimoniales con mujeres de grupos étnicos dispares. Pese a todo, va abriéndose paso la consideración de los kallawayas como grupo étnico específico con una rica cultura material, especialmente relacionada con los textiles, a pesar de los numerosos rasgos culturales que comparten con otras sociedades andinas contemporáneas próximas a ellos 21. Existe otro aspecto que debemos considerar; los kallawayas propiamente dichos son los curanderos que proceden de seis pueblitos próximos a la capital provincial de Charazani. El resto, según Girault22, no pertenecerían propiamente al gremio de los curanderos kallawayas; los agricultores que no practican la medicina tradicional serían descendientes de los mitimaes enviados por el inca. Esta postura, sin embargo, tiende a remitir con la desaparición de la práctica nómada de los médicos kallawayas y se abre la consideración de un espacio o área kallawaya de significación propia. Saignes 23 muestra la unidad existente de lo que pudiéramos considerar «ayllu kallawaya» repartido en dos parcialidades, una, la «alta», Hatun Carabaya, que resultó peruana y otra la «baja», la pequeña Calabaya, boliviana en los actuales valles de Charazani. ----Vellard 24 señala el encono y rivalidad que se produce entre los kallawaya y los yatiri, sabios aymaras; disputa, si cabe, incrementada en los últimos años. Resulta fascinante escuchar de labios de unos y otros los calificativos que generosamente se destinan. Los yatiri acusan a los kallawaya de «peseteros», «por plata no más trabajan», cuando no de causantes de daños y maleficios, mientras que los kallawayas que continúan practicando la medicina natural enclaustrados en el marco urbano de La Paz, en las próximidades de la Plaza San Francisco, orgullosos de sí mismos de una forma quizá un tanto faccionalista por su noble y supuesto «antiguo» saber, consideran a los yatiris como especialistas de rango y categoría inferiores. Los aymara recelan del kallawaya por su idioma y aspecto diferente, «qichua no más hablan esos», como me indica Modesto Capcha, yatiri de la zona alteña de Villa Dolores; los aymara siguen fieles a «sus» yatiri desconfiando del kallawaya, aunque las personas mayores de la comunidad refieren la visita de alguno de ellos, «de paso», si bien hace tanto tiempo que apenas nada queda en el recuerdo si no el trazo difuso de unas ujutas (sandalias) polvorientas. Curiosamente algunos equipos de salud que trabajan en zonas populares de la hoyada paceña, caso del barrio de Munaypata, me comentaron recientemente que personas de ascendencia aymara establecían una marcada diferenciación entre kallawaya y yatiri; si el caso requería el empleo de sustancias naturales y plantas acudían al kallawaya, si por el contrario la dolencia era más complicada y afectaba el interés de alguna de las entidades ceremoniales aymaras, consultaban al yatiri. El grado de confianza depende en el entremezclado dominio urbano, por tanto, de las peculiaridades concretas de cada caso, más que de apreciables diferenciaciones culturales o lingüísticas, sin menospreciar el hecho de que no todos los kallawayas hablan aymara, aunque lo entienden con razonable fluidez. El conocimiento especializado de plantas es una de las características que otorgan una personalidad concreta al kallawaya. Girault 25 catalogó mas de 800 especies diferentes empleadas en la farmacopea kallawaya. El interés de los kallawayas por las variedades específicas de las plantas, la diferenciación orgánica y terapéutica de las diferentes partes que la integran, (raíz, tallo, hojas y flores), los modos de recolección y empleo de cada uno de dichos principios (decocción, mate, infusión, cataplasma o enema) así como el cariz «cálido» o «fresco» del remedio, son factores importantes en la determinación que el kallawaya adopta en el tratamiento de la enfermedad 26. 26 La medicina kallawaya considera la caracterización «cálido» y «fresco» de las enfermedades y la aplicación correspondiente de las especies herbáceas pertinentes, igualmente «cálidas» o «frescas», en la restitución del equilibrio térmico del organismo afectado. Estas cualidades térmicas presentan, en mi opinión, una relación unívoca con los principios de la medicina hipocrática que se incorporan a la medicina indígena y popular de América, tras la conquista española. Ver, FOSTER G M. (1980) «Relaciones Esta sabiduría aplicada a las especies herbáceas y remedios naturales otorgan al kallawaya un prestigio indudable en el entorno urbano paceño y constituye parte esencial de su aceptación como médico itinerante 27. Por otra parte el kallawaya es un maestro ceremonial excelente. Algunos kallawayas que residen en la ciudad de La Paz definen su competencia vinculada al área médica, pero también a la ritual. Se dicen «médicos» y «sacerdotes» de forma casi indiferenciada. El tratamiento ceremonial forma parte de la terapéutica kallawaya; su diversidad de aplicación depende de la etiología consignada a la dolencia del paciente. En este sentido, si bien las formas de ejecución ritual y las plegarias especialmente son kallawayas, al hacer referencia a lugares de poder ceremonial e intermediarios propios de aquel sector, comparten con otras sociedades y grupos étnicos andinos como los quechuas serranos, los aymara altiplánicos o los uru-chipayas lacustres, el gusto por la ofrenda compleja o mesa. Las técnicas predictivas empleadas por los kallawayas en la formulación de sus diagnósticos médicos son diversas. Una de las más frecuentes consiste en la lectura de hojas de coca. Las hojas de coca adquieren sobre el tari ceremonial una disposición específica que el kallawaya interpreta en función de la textura, ductilidad, brillo y aspecto que las hojas presentan. No existe una manera exclusiva o universal de lectura de la coca. Cada maestro ceremonial emplea la que más se ajusta a su capacidad y competencia. Es muy frecuente, no solamente entre los kallawayas, sino en el colectivo de sabios del altiplano y cabecera de valles andinos, considerar el valor cromático de la hoja. El haz verdoso y su envés blancuzco se conjugan para el análisis más pertinente del caso. Por otra parte, el kallawaya emplea las hojas de coca para escenificar diferentes cuadros alusivos a la naturaleza de la enfermedad, relacionada con los aspectos biográficos narrados por el paciente. Todos aquellos parámetros que el maestro kallawaya considere oportuno revelar durante la consulta a la hoja, adquieren forma narrativa merced a la utilización de ideogramas conformados con hojas que selecciona del conjunto total y sobre las que asperja, siempre con su mano derecha, las hojas restantes. El aspecto resultante de esta última acción sobre el tari ceremonial habilita al kallawaya para interpretar de forma más ajustada su análisis. La propia hoja de coca presenta una ---entre la medicina popular española y latinoamericana». En, KENNY M. y DE MIGUEL, J.M. (eds. ) La antropología médica en España, p. La diferenciación «cálido» y «fresco» resulta frecuente en otras partes de los Andes en relación con la enfermedad. Ver, ORTEGA F. (1980), «La dicotomía caliente/frío en la medicina andina. (El caso de San Pedro de Casta)». Debates en Antropología, No 5, p. 27 Los especialistas rituales aymara conocidos como yatiri, «el que sabe», son particularmente valorados en sus comunidades altiplánicas. No acostumbran recorrer los caminos ofreciendo sus servicios, como al parecer era habitual en el kallawaya; sin embargo, los yatiri del altiplano ribereño a la hoyada lacustre del Titicaca, no dudan en incursionar los valles de Larecaja y Yungas cuando sus pacientes así se lo solicitan. estructura antropomorfa sirviendo sus nervaduras, variaciones de color y grietas para localizar el problema médico del paciente 28. Otra forma de diagnóstico utilizada por los kallawaya es el orín fermentado del enfermo. El orín provoca una reacción virulenta al mezclarse con millu o qollpa, sulfato de aluminio, que empleado como reactivo, produce una efervescencia espumosa susceptible de estudio y análisis29. Hay quien practica la «lectura de la vena», toma del pulso, y muy especialmente el análisis de las vísceras del cuy o conejillo de indias, una vez que se ha pasado por encima del cuerpo del paciente. La disección subsiguiente del animal muestra a los ojos expertos del kallawaya la localización del órgano dañado así como el origen del mal que padece su cliente. Estos recursos predictivos no son exclusivos de los curanderos kallawayas30. Finalmente, otra de las prácticas de diagnóstico que ha adquirido mayor vinculación con los kallawaya urbanos de La Paz es el empleo del naipe español. La lectura del naipe, sin embargo, presenta ciertos rasgos peculiares propios del contexto andino en que se realiza su interpretación 31. La enfermedad es conceptualizada dentro de los cánones culturales kallawayas, compartiendo ciertos aspectos y formas terapéuticas afines a otras sociedades andinas, pero mostrando igualmente rasgos exclusivos de su propio entorno médico, farmacológico y ceremonial. ----* * * El testimonio que a continuación presento constituye un breve extracto de las numerosas conversaciones mantenidas por espacio de varios meses con un maestro kallawaya en la ciudad de La Paz. Severino Vila es natural de Charazani, capital de la provincia Bautista Saavedra del Departamento de La Paz; su familia procede del pueblito de Chajaya en las proximidades de la región dominada por las alturas de la cordillera de Apolobamba. He sido ayudante suyo en alguna de las atenciones médicas y ceremoniales que realiza en La Paz y viajé con su familia a los recónditos valles kallawayas coronados por la imponente figura del nevado Akamani. Severino es médico kallawaya y se encuentra afiliado a SOBOMETRA, Sociedad Boliviana de Medicina Tradicional, en la ciudad de La Paz. Esta institución aglutina a cerca de 40 médicos kallawayas, residentes en La Paz, que ejercen sus conocimientos en las inmediaciones de la calle Sagárnaga, cerca de la plaza de San Francisco. Indudablemente es un colectivo habituado al trato con los «residentes» urbanos de extracción indígena y con las diferentes clases y grupos sociales que integran la colectividad paceña. Severino acompañaba a su padre, siendo apenas un niño, en los viajes que realizaba a los valles cochabambinos practicando la medicina tradicional. Aprendió con su abuelo, natural del pueblito de Kanlaya, el arte de la medicina kallawaya incluyendo un conocimiento minucioso de especies herbáceas y talismanes 32. Cuando era apenas un joven adolescente continuó en compañía de su hermano menor practicando la medicina itinerante que podía hacerlos demorar más de mes y medio en su retorno a Chajaya, portando los bienes y el dinero conseguido mediante el ejercicio de las prácticas terapéuticas. Severino tuvo una adolescencia complicada; los problemas habituales en el hogar paterno le obligaron a abandonarlo pronto, pasando a desempeñar ocupaciones dispares al margen de sus conocimientos como incipiente naturista kallawaya. Finalmente, Severino abandonó el oficio de relojero que había aprendido después de realizar el servicio militar en Caranavi, localidad de la provincia Nordyungas, para retornar de nuevo a La Paz y practicar la medicina kallawaya tal y como su abuelo le enseñó. Después de treinta años de experiencia realizando esta función como médico, naturista y especialista ritual, el testimonio de Severino constituye un reflejo fiel de las conceptualizaciones indígenas kallawaya respecto a la etiología de la enfermedad y su tratamiento, con ciertos resabios de sofisticación urbana. He preferido mantener el estilo expresivo propio de Severino incluyendo las notas de pie de página pertinentes para la mejor comprensión de sus palabras; en ellas se combinan recetas y plantas con fórmulas cosmológicas, farmacopea y plegarias con ----32 La elaboración de talismanes en miniatura, tallados en diferentes tipos de piedra y yeso constituye una de las técnicas ceremoniales relacionadas con las prácticas kallawayas. Ver, GIRAULT, L. ( 1987 ungüentos, cataplasmas y ofrendas. Todo este complejo marco de elementos conforma la urdimbre que sostiene el modelo estructural integrador de las prácticas médicas kallawayas. La primera parte del estudio está dedicada a la información presentada por Severino en relación a las formulaciones y recetas médicas, incluyendo algunos referentes de especies herbáceas, farmacopea, propuestas dietéticas y prácticas ceremoniales. El segundo apartado lo refiero exclusivamente a las ofrendas rituales complejas denominadas, mesas. Uno y otro aspecto reflejan las áreas de competencia médica del kallawaya así como el talante y la caracterización peculiar que adquiere su figura; por otra parte las técnicas y recursos empleados por el kallawaya en el tratamiento de diversas enfermedades, aflicciones y dolencias, permite aproximarnos a la naturaleza explícita de cada afección recogida por Severino, a su etiología particular, así como a las estrategias terapéuticas recomendadas. «Yo soy de la localidad de la Provincia Bautista Saavedra, de Charazani, capital de la medicina. Yo soy de mis abuelos, de mis tatarabuelos. Soy kallawaya nativo y mis abuelos me enseñaron diferentes clases de hierbas para atender a la gente pobre y nos viajábamos a los campos a diferentes lugares hasta diferentes departamentos curando a las gentes. Viajando lejos, cargando nuestras camitas, nuestras ch`uspitas, con nuestro botiquín 33 medicamento, entonces mayor parte gentes se enferma de matriz, de los riñones, reumatismo... Eso mayor parte sufre la gente». «Hoy adelante ya no caminan; los demás están yendo a las provincias los demás, pero nosotros ya estamos en ciudad, pero así mismo estamos rondando a otros departamentos. Estamos llegando a la Argentina, estamos llegando a la Brasil, estamos llegando... ¡diferentes lugares!». «Así a diferentes lugares llevan a los sacerdotes a los kallawayas, a los médicos kallawayas. Somos médicos, atendemos toda clase de enfermedades, de los ataques, de las pulmonarias, de las bronquitis, pero también atendemos de la matriz, o también puede ser del dolor de cabeza, puede ser ardor de manos, los pies ¡hay forma de curar!, hay forma de atender puro a base de hierbas. Hay hierbas bastantes aquí; bastantes medicinas veo. En Bolivia, ¡más mejor! Muchas plantas hay en Bolivia, todo es la medicina.... Hasta de un barro, hasta... una piedra macho es medicina, hasta el fierro... ¡hasta nuestro baño es medicina! Eso hay que conocer, hay que analizar de poco a poco las hierbas, nuestro cuerpo mismo podemos hacer, pero poco a poco no a golpe, eso debemos saber». «Debemos cuidarnos nuestra salud, nuestra planta ¡Aquí está! lo estamos pisoteando.... ¡no es así no más! Debemos analizar ¿para qué es? Así poco a poco vamos a saber, vamos a dar un tratamiento... gente pobre se toma. Analiza nuestro cuerpo mismo. Una planta veo... pino en La Paz. Ese pino sirve para dolor de estómago, tomar poquito, no siempre una rama, será una puntita, será una ramita... poquitito, circula como infusión, lo tomas matesito ¿cómo te hace? voy a analizar en ese caso». «La medicina es para todo, para cualquier enfermedad, pero hay que saber, hay que preparar bien, hay que tomar. Vayamos hablando... de los «sustos» 35. «Hay muchas veces personas tenemos poco ánimo, pero.... no tenemos fuerza, muy débiles somos... para poquito. Si alguien le ve.... un perro se acerca... «¡pucha, me va a morder!», se asusta uno. Uno se pone nervioso, no quiere comida, no tiene sueños en las noches, fatiga y levanta. Entonces nosotros agarramos una flexión en el cuello, los brazos estirar arriba, los cruzados hacer cuestión de jalón, los brazos, los corazones nivelarlo y sacudirlo así en esa forma a la persona. Frotarlo la cabeza, atrás un jalón de cabello ¡Kaj! Escupe la persona que está asustado, escupe tres veces, escupe. Ese es la gente... ¡sano! ---- 35 El «susto» es un síndrome cultural que puede localizarse no sólo en las sociedades andinas, sino en otras poblaciones indígenas y mestizas de Latinoamérica. En los Andes, el susto viene propiciado por una fuerte impresión que desencadena la pérdida de una de las entidades anímicas que conforman el alma humana. Ver, RUBEL, A.J. (1986), «El susto en Hispanoamérica». 29-42... ¡pucha! sencillo, no necesita q`uwa36 ni sullu 37 ---- 40 El alma de los seres humanos está configurada por una diversidad de instituciones anímicas. Ajayu, «animu», «coraje» son las tres principales, si bien podemos encontrar otras denominaciones como «ispiritu» e incluso «santo» o «angel de la guarda». 41 El rayo es una de las entidades religiosas de mayor impacto e importancia ceremonial entre las sociedades andinas. Se constituye en elector de especialistas rituales; él «golpea» a sus candidatos obligándoles a comprometerse en el ejercicio de su desempeño ritual, así lo testimonian diferentes fuentes etnográficas (TSCHOPIK H. (1968), Magia en Chucuito. Los aymaras del Perú, p. HARRIS, O. y BOUYSSE-CASSAGNE, T. (1987) «Pacha: En torno al pensamiento aymara», Tres reflexiones sobre el pensamiento andino, p. HUANCA, T. (1990), El yatiri en la comunidad aymara, p. Creencia y ritual en los Andes bolivianos, Ulm). Los rayos son identificados como «visitas» a las cuales hay que tratar con la correspondiente cortesía, como es usual hacer con las visitas que llegan inesperadamente a los hogares. Estos rayos son objeto de culto en los lugares donde se atestigua el impacto producido con la tierra. Es frecuente que se levanten altares o «calvarios» como testimonio de dicho encuentro. Por otra parte los rayos poseen diferente talante y carácte; existen rayos buenos y rayos malignos. Los kallawayas atesoran peculiares formas de relación con los rayos a través de plegarias que reflejan el especial contexto del valor ceremonial que se le concede. Revista Indigenista Latinoamericana, 4, p. RÖSING, I (1995b) Diálogo con divinidades de cerros, rayos, manantiales y lagos: Oraciones blancas kallawayas, La Paz. una ofrenda, la mesa blanca, hay que alcanzárselo «tata Santiago, perdoname, disculpame, te lo estoy convidando», diciéndole hay que ofrecerlo al Señor, darlo una mesa. Así, entonces se levanta con incienso se alza al Señor.... ¡me quedo tranquilo!, diciendo. También puede ser la piedra del rayo. Hay muchas veces, tiene dos colores, otro negro, otro rojo; hembra y macho. Tamaño.... ese tamaño; y rasparlo con agua bendita, raspar poquito su sangre. Sobre ambas piedras rasparlo... sangre llora de la piedra del rayo. Entonces en vino de.... ¡no es vino! agua bendita hay que hacer tormar reposadito en tutuma 42, tutuma o jarro ¡lo que sea! Ponerlo el agua bendita, después emplear el clavel, después emplear ese raspado de aquí, junto con agua bendita hay que regar así. Incluirlo, ampliarlo luego, los misterios 43 «También podemos hacer cambio con cataplasma con conejo blanco. Porque hay que limpiarlo cataplasma de la nuca. Limpiamos con incienso, con copal, así igual también limpiando, le botamos medio camino». «Eso se llama «cambiar del Señor», hacer para la mesita con incienso blanco... ¡en fin! Eso se llama curar del rayo. Por eso sale la hemorragia... son ¡dos cosas!». «Ahora, caso de la mujer, caso de la mujer. A veces, muchas veces, también en la mujer se asienta la hemorragia. Botan por orinar como sangre. Por qué corre también. Uno se asusta, uno se admira.... «¿Qué puede hacer uno?». No sé qué hacer no puede. Para eso hay que curar chakana negro 44, hueso del suri 45, su pluma y también alquitrán. También es bueno, también.... eso sería otro, sobre eso complementaría phuka de punta 46 ¡Pucha! ese es única planta, se emplea unito, solito hay que hacer tomar. Cinco litros preparamos, todas las mañanas se puede tomar. ¡Ya no tenemos hemorragia! Ahora si no le corta eso, podemos preparar..., ----42 Tutuma. Pequeña calabaza de la zona tropical empleada como recipiente para líquidos. Pequeñas galletas rectangulares efectuadas con una mezcla de azúcar y cal que contienen gráficos en bajo relieve, alusivos al carácter de la ofrenda en la que entran formando parte del conjunto de dulces y alfeñiques que pueden adquirirse en los mercados ceremoniales y ferias campesinas (jampi qhatu) MARTÍNEZ, G. (1987), Una mesa ritual en Sucre. Aproximaciones semióticas al ritual andino, p. 44 «Todo hay que hacer madurar, eso lo que va a moler hay que emplearla con la mitad de la botella hay que emplearla al singani o si no es vino... ¡lo que sea! Tiene que madurarse una semana... menos, unos tres días, cuatro días... ¡ya, listo! Cada mañana debe tomar poquito, un vasito, una copita, hora de las doce, una copita, chiquitito, no es necesario un gran vaso, copitas. Tarde, para dormir, también. En la mañana, en la tarde, en la mañana, en la tarde debe tomar eso, ¡nada más! Eso es para ataque cardíaco. «Ahora, uno tiene preocupaciones también, mismo caso, casi, casi, linaza con waji. Por ejemplo, a veces preocupaciones no faltan no faltan ¿no? A veces me preocupo, pienso... tomo linaza con mi wajito, con eso no más camino, con eso ya... ¡listo!» ---- 47 Estrellamar femenino (Stichaster aurantiacus Meyen) de cinco puntas y estrellamar masculino hembra (Heliaster heliantus lamarck) de 30-32 puntas. Se emplean igualmente formando parte de las mesas rituales, particularmente las mesas negras (c'hiyara misas). Bebida alcohólica semejante al aguardiaente, pero más refinada. «El kharisiri es muchas veces... voy a hablar de los kharisiri, vive en valle, en trópico. Ellos son sacerdotes del padre, padres son esos 52. Tata cura dicen, padre de la iglesia ¿no? Eso son ellos, pero me contaron mis padres, pero no sé, nunca no le he visto, pero he sabido, me han contado así, mis abuelos, mis papás, por eso he sabido. Dicen que se ha hecho kharisir, dicen que tiene, así dicen que anda, pero sí dicen que le había pillado. Algunos cuentan, me contaron también... ¿no?». «El kharisiri tiene su presión.... ¡phucha! muy caloraso siente... calor, tiene diarrea, no tiene valor 53, en la cama se acuesta, ya no se puede levantar más. Para eso nosotros, ¡cosa sencilla! Podemos preparar grasa o una oveja negra. Agarramos, rápidamente, el panza le abrimos, la grasa, lo que complementa a la panza, su grasa ese hay que sacar, su telita y todo... lik`i decimos nosotros en quechua. Entonces eso «k`aj» colocando «aquí me duele», k`aj le hacemos colocar, después huevo batido blanco no más, también puede ser eso, también puede limpiar con los cuatro huevos o también puede tomar, tomadito un huevo, pero sin azúcar nada, eso se llama curación de los kharisiris. Estos temas raras veces me llegan, pero nuestros abuelos nos contaron. Esas cosas, si, una vez cada unos cuantos años, una vez escuchamos; a los dos años... ¡una vez! Hay también otra forma. Prepara habas rojo, sebo de llama, su líquido que bota se prepara». «Se hace madurar, toma, toma, también ya no se coloca, pero más que todo es la grasa, grasa de Eso hay que emplear donde está doliendo, o si no es huevo batido, pero no avisarlo al personal que está enfermo. Si avisamos ¡se asusta peor! ¡Ya me voy a morir; ya no voy a vivir, estoy mal!, en fin ya problemas puede haber o peor causamos. Mejor es que secretamente hay que curar esas cosas». «El arco iris, en campo siempre estamos donde hay lugar filtrante, el agua y llueve y sale el sol. Se forma arco iris donde sale del agua. Personaje maléfico que recorre los caminos interesado en robar a sus víctimas grasa del costado y sangre. Este peculiar «sacamantecas» andino se encuentra en las regiones altas de Bolivia y Perú recibiendo diferentes denominaciones (ñaqaq, phistaco, sacaojos, lik'ichiri, khariri). El comentario de Severino engarza con las versiones más tradicionales donde se relaciona la actuación del kharisiri con el «tata cura», el sacerdote y sus secuaces. Ver al respecto las siguientes referencias: ANSIÓN, J. (1989) (Edit. ), Phistacos, de verdugos a sacaojos, Lima. Cultura popular y sociedad en los Andes, p. FERNÁNDEZ, G. (1996b), «El mundo «abierto»: Agosto y Semana Santa en las celebraciones rituales aymaras», Revista Española de Antropología Americana, 26, p. En otras versiones que he recogido sobre el kharisiri en el dominio aymara se le achaca la extracción de la grasa de los riñones, existiendo diferentes procedimientos para curar al enfermo quien, en cualquier caso, nunca debe conocer el origen que se otorga a su dolencia. 53 La supuesta pérdida de sangre o grasa recluye a la víctima en su casa. Pierde el valor, el principal recurso energético y vital que posee la vida humana representado en la gordura, la grasa y la sangre. Con referencia a la importancia simbólica de los fluidos humanos en los Andes ver: SZEMINSKI, J. (1987), Un curaca, un dios y una historia, p. 12, Cuzco persona, ese agua, por ahí está... ¡le toma! ese agua. Cuando se ha levantado arco iris, se ha levantado arco iris él está tomando ese agua. Entonces, por esas razones, cuando ha tomado agua, él ¡otra clase se siente! Ya poco a poco, ya más infla la barriga ¡grande! como si puede estar esperando familia. Las manos moradas, la barriga grande «Ay.. ¿qué pasa?» «Porque ese agua no más he tomado». Ese arco iris, se puede curar. Con floripondio 54 le hacemos infusión, biensito las flores recogemos, no importa las hojas más. Ponemos cataplasma donde está inflamado. Amarramos con fajita ancha. Luego, doce colores de lana o también puede ser doce colores de sebario 55, en Perú hay ese sebario. Le hacemos agua hervida infusiones, agua hervida le hacemos infusiones y le hacemos tomar. «También puede ser del chancho su huevo, o su pelo o su orín, de color rojo chancho o si no es amarillo. Ese es muy grande medicina. Yo ya he analizado bastante. ¡Pucha! con orín, cuando está el chancho, está orinando hay que ir a aprovechar, hay que recibir y así toma el persona, toma. Lo demás se lava su mano si está inflamado ¡Pfiuuuu! ya no hay hinchazón, relajamiento. Ya no hay esa inflamación. También hay muchas veces la persona duerme, duerme no tiene ganas de comer, poco come, duerme, poco come, duerme, no quiere trabajar. En la cama no más está durmiendo. Sus papás, sus mamás se reniegan, «este mi hijo muy flojo es», no tiene ganas, muy pálido, amarillo.... no tiene valor. Parece que la cama no puede dejar y amarillo. Ese es por debilidad, viene eso. Para eso hay que emplearlo el fierro que está oxidado raspado con una cucharillita, con alguna forma hay que sacarlo el fierro oxidado. Medio cafecito es ese color, rasparlo y un jarro ponerlo y agua hervida echarlo, infusiones darlo, hacer tomar eso. Ahora, si no le hace bien entonces hígado de la vaca, hígado de vaca cortajeadito un pedacito como un tamaño de un huevo, esa cantidad bien cortajeadito, un vaso de bicervecina negra 56 después licuar». «En ayunas hay que hacer tomar. Ya persona está consciente ya ¡pucha, carajo...! Siempre hay que dar alimento, cosas, alimentos, puede ser pata de ganado, puede ser nervio de ganado, puede ser también leche o frutas o pescados. Eso corrige toda clase de enfermedades. De lo que sé estoy hablando; eso sí se cura. En esa forma ese tratamiento se hace». ----54 Floripondio (Datura arborea). Planta con propiedades alucinógenas. Frecuente en los Yungas, en las cabeceras de valle (3.400 metros) y en algunos recovecos protegidos del altiplano lacustre del Titicaca (3.800 metros). 55 Sebario (siwairu) (Hematita pulverizada. Suele tratarse de polvos de diferentes colores con matices diferentes, generalmente doce, que provienen de distintas sustancias (plombagina en polvo, oligisto micáceo, almidón de arroz... etc). Otras referencias sobre los sebarios encontramos en FRISANCHO, D. (1988) p. GIRAULT, L. (1988), Rituales en las regiones andinas de Bolivia y Perú, p. «También puede querer hacer a la pachamama, a la santa tierra, tierra virgen, nuestra costumbre es en Bolivia. Para las empresas, para la mina, para las empresas de estaño, para el oro, la plata, para construcciones nosotros ofrecemos a la madre tierra. ¡Queremos a la pachamama! No es que no... ¡queremos! Podemos ofrecer con un gallo rojo, también podemos ofrecer con feto de llama, o también podemos ofrecer con toro o también podemos ofrecer con chancho. La chancho es plata, el toro es mujer, el gallo... ¡gallo rojo! es de la pachamama, como un cariño, como si le podemos dar un saxta 57, un thimpu 58 un comida buena, le invitamos. Diciendo preparamos todo completo las preparaciones; unas ocho o diez cosas entran. Preparamos todo con Madre Tierra, pachamama «pachamama yo te ofrezco con cariño con corazón, con voluntad. Dame valor, dame capacidad, dame fuerza y ánimo. Con todo mi cariño te ofrezco pachamama. Señor pachamama 59 yo te ofrezco esta ofrenda, dame valor, dame capacidad dame inteligencia, dame salud, dame buenos viajes... todo lo que pienso voy a realizar, pachamama, ayudame. Dame pues valor, dame pues corazón grande. Yo te quiero pachamama», diciéndole hay que bendecirlo con alcohol 60... ¡Phucha! bien puede ser singani, también puede ser singani «San Pedro». «Bendecirlo con cariño, darle una ofrenda, con gusto, recien las pachamamas nos da 61 ». Hay que tener fe también así surgen todos los deseos que tienes. Todo va así para cualquier empresa, para minas, para cualquier cosa eso se hace. Para viaje también se hace. Los kallawayas siempre especialmente preparamos. Comida criolla a base de pollo cocido, ch`uño y tunta, variedades de patatas deshidratadas, como ingredientes característicos. Plato criollo preparado con cordero, papas y ch'uñu, como ingredientes principales. PA-REDES, A (1986), La comida popular boliviana, p. El thimpu de cordero y la saxta de pollo constituyen dos platos de prestigio entre los residentes urbanos paceños. Severino pretende resaltar el valor culinario de calidad que la ofrenda ritual supone. 59 La indiferenciación textual de género es muy frecuente en el contexto ceremonial andino y produce numerosas «incorrecciones» léxicas cuando se emplea el castellano. Santos, vírgenes, cerros y lugares sagrados comparten una ambigüedad de género que en ocasiones tiene un carácter lingüístico, pero en otros casos parece conceptual: vírgenes «señores» y santos «mamitas». Esta indiferenciación suele resultar más acusada en el caso de las imágenes importadas de España, sin embargo, «señor» pachamama, lo utiliza Severino para referirse a la madre tierra, en esta circunstancia, femenina. Hay que tener en cuenta la tendencia a elidir la última vocal en las lenguas andinas: «señor (a)». 60 El alcohol posee un valor sagrado relevante en el entorno cultural andino. La experiencia de lo sagrado en los Andes, La Paz. Con él se efectúan las acostumbradas libaciones ceremoniales sobre las ofrendas. El símil de la misa católica en la realización de las mesas aymaras y kallawayas es frecuente aunque de contenido formal y sentido opuestos. 61 La mayor parte de los seres tutelares del altiplano y de las localidades andinas kallawaya establecen pactos de reciprocidad con los seres humanos a través de las atenciones ceremoniales y la ejecución de mesas rituales. FERNÁNDEZ, G. (1995a), El banquete aymara: Mesas y yatiris, La Paz. «yo soy Severino Vila, para mi viaje, para mi trabajo, para mi hogar, para mi salud». Así también tengo salud.. ¡bien! Así tiene que hacer las cosas. Así mis manos tienen que saber bien 62. Por eso la gente también me busca. Yo no estoy así no más, siempre me llevan otro lugar, otro lugar. También me llevan hacia la frontera del Perú, también a los Yungas, a los trópicos, ¡en fin! todos los lugares camino. Hay que tener deseos... ¡no olvidar a la madre tierra! Es nuestra madre tierra. Para mesas en curaciones, especialmente en agosto, también puede ser en carnavales, también puede ser en espiritu, día de agosto, la tierra está abierta 63. Entonces siempre alcanzan todos los que tienen empresas, fábricas, todos los diferentes vecinos se hacen un sahumerio para que no tenga problema, para que no tengan separaciones, para que no tengan ningún muerto. La tierra, cuando no le alcanzan hace atraso, no le pueden recuperar fracasos, si no es peleas, separaciones, si no es malignos parece, entonces lugar es mal. Entonces quien está mal hay que hacer pasar una mesita. Sullu de llama, dulce mesa, incienso, copal, pan de oro, untu de llama, huevo, feto, clavel, coca, alcohol... en sahumerio. «Pachamama, santa tierra, tierra virgen, disculpale, perdonale, yo te estoy alcanzando esta ofrenda. Este k`uchu 64 recíbelo». Así, con este rezo hay que alcanzar a la tierra, santa tierra hay que hacerle pasar un brasito; con ese ya le perdonamos, no enfermamos, tampoco no hay problema. Cuando lugar está mal entonces otros se sienten afligidos, entonces una mesa será, al momento hay que preparar. Entonces cambio más siempre necesita. Cuando uno no tiene suerte, entonces nosotros cambiar también con animal, como puede ser con gallo, puede ser un conejo, cualquier animal, una limpiadita, con mesa negra 65 diferentes clases de hierbas bañarlo, cintura abajo si no es su cuerpo, hay que bañar.. todas las desgracias, atrasos, maldiciones, hechizados que salga ¡pffiuuu! echarlo con agua». «Agua hervidita también bañarlo a la persona, después limpiarlo todo y camino crucero botarlo. Eso se llama cambio de mala suerte. «Todas las desgracias, penas, rabias, atrasos, mala suerte que salga», diciendo hay que limpiarlo eso y entonces despacharlo camino crucero; eso es cambio de mala suerte». ----62 El poder de las manos del curandero resulta muy importante. Parte de las rogativas ceremoniales aluden a esta circunstancia. Variaciones locales y curación del susto, p. 63 En agosto se inicia el ciclo ceremonial aymara, circunstancia compartida por los kallawaya urbanos de La Paz, coincidiendo con un alza apreciable en sus compromisos rituales con los clientes. La tierra se «abre», razón que justifica el sacrificio de ofrendas complejas durante todo el mes con especial atención a la víspera del primero de agosto. El término k'uchu, «ángulo», alude a las esquinas, en concreto a los sacrificios ceremoniales que se colocan en los rincones de ciertas edificaciones. Así se denomina a los supuestos sacrificios humanos que soportan campanarios, puentes y otras edificaciones en el altiplano aymara. 65 Preparado ceremonial constituido por una diversidad de especies herbáceas queratinosas y sustancias orgánicas. Suelen emplearse en relación con la provocación del daño y su limpieza. «De los locos vamos a proceder también. Locos, muchas veces uno se vuelve ¿por qué vuelve loco? ¿Por qué vuelve loco? Loco puede ser.... es como decir trastornado, pero es trastornado. Ese loco, donde sea duerme. Una persona no es loco, pero estando sano, tiene problema tiene preocupaciones, tiene disgustos con sus concubinos. Por rabia me voy borracho o si no es a alguna parte se duerme, bosques, en los ríos, en las playas. Donde no anda gente duerme. Por eso, hay veces el demonio el anchancho se encontraron entre ellos 66. Con espiritu, con anchancho o se lo ve la persona ¡oh!, un toro se le aparece o un hombre aparece, un cóndor. Entonces la persona «¡Ay! cóndor» uno mira a otro lado, otro lado mira.... ¡ya no hay ese cóndor! Entonces ese cóndor, le ha bajado totalmente su moral, ya no tiene ganas, no duerme, aflige. Quiere irse donde se ha asustado, a ese lugar no más, quiere irse a ese lugar no más; está pensando ir a ese lugar no más. Y si no tiene comida, cualquier rato qué cosa hace, qué otro hace; se puede desvertirse, se puede sacar sus calzones... ¡en fin! tantas cosas que pasan, o si no puede caminar pelado.... «dejarme no más que tengo que ir». Los neurólogos, los psiquiatras no le hacen nada porque ¡hay que pagarlo! hay que darlo una ofrenda o sea esta mesita ¡cambio! Podemos cambiar este señor con gato tres colores, una cataplasma hacia la espalda hay que colocarlo en la cabeza. Está en presión o temperatura interior tiene la cabeza. Por eso uno aflige, no hay voluntad quiere irse, como borracho está. Entonces cataplasma hay que poner, una mesa más hay que preparar como para la pachamama... igualito. Una cataplasma con incienso, con copal molido, el gato hay que matarlo hay que hacer cargar el gato o si no es perro rojo o si no es gallo rojo o si no tres colores conejo... ¡uno de los cuatro!. Ponemos cataplasma, podemos colocar eso y así.... el persona por lo menos tiene que estar cargado unas tres horas... o dos horas y media. Entonces jala todos sus malos sentidos que tiene, todo con su mesa, todo bien acostado en su cama. Bien amarrarlo tiene que chupar sus malos, chupa todo del cerebro que tiene mal, le jala; ya normalmente le acomoda. Entonces donde se ha asustado el joven, el hombre, el señor, hay que ir a enterrarlo al mismo lugar también, hay que hacer pasar, celebrar una mesita, «perdonale, disculpale, te lo estamos pagando. Suelta su animu, suelta su ajayu, suelta su espiritu» diciéndole hay que pagarlo «pachamama te lo estamos pagando esta ofrenda, suelta su animo, suelta su animo, suelta su animo, que venga su animo que no sea así tan nervioso, perdonale, disculpale», diciéndole hay que hacer pasar mesita y luego, ese gato que está en cataplasma rezando hay que bajarlo. Primer lugar es bajar rezando y luego igual también bajar rezando también el gato. Junto se va donde se ha dormido o donde se ha asustado». Personaje maléfico que ocupa ciertas cárcavas y lugares poco transitados en las quebradas y rinconadas de los cerros. Posee una enorme facilidad para mudar su aspecto y aprovecharse de los incautos que se cruzan en su camino. tos hay que cortarlo hay que hacer hervir. Mostaza, manzanilla, limón, si no hay limón, vinagre, pipa de palta, la mitad». «Ese limpia, tibia ¡pfffiuu! ese ya no tienen hijos. Cuando relación tienen algunos rapidito tienen wawa, le colocan agüita listo para eso... ¡pffiuuu! ya no hay wawa, ya no hay wawa es que le mata el mercurio; todos los olores le saca rápido. Eso se llama lavaje». «Para venéreas, hay pomadita. Debemos tomar una pomadita hay por ejemplo nosotros hacemos eso como chancroso es eso ¿no? Podemos preparar con grasa de llama, un poco azufre, un poco limón y de llamp`u de llama, ese es. Como vinagre aquí tocan, punzan, sale. Primero hay que lavar limpio con Andres waylla 87. Hay que lavar todo bien. Después colocarlo con mentisán. Esto sus microbios lo mata, mata todo ¡aggg! doliendo siempre ¿no? Después seguir lavando con Andres waylla aunque se fresco lavando, lavando, poco a poco, así. Ahora, si no sana... ¡en pinchazo no más! pero es peligroso». «Los kallawayas tienen que manejar su crucifijo, debe manejar su navaja, debe manejar su campanita. El cuchillo es defensa del kallawaya. Defensa del kallawaya es su crucifijo. El kallawaya duerme tranquilo. Una señal hablando con demonio, el demonio se acerca.... «¡No! tiene crucifijo... es de dios!», por sí se aleja; se hace a un lado» 88. «Ahora las personas que no saben. Hay secretos de los kallawayas muy distintos. Así nosotros siempre viajamos lejos. Puro creo que todos lugares viajamos; campos donde no hay gente, raras casas, parte por parte hay casas, visitamos con medicamentos. En noche siempre nos asusta un perro o una persona o animal en camino. Nosotros tenemos sabiduría, no necesitamos esas cositas, pero nosotros tenemos secreto oculto. El kallawaya hace cuando uno asusta su secreto sale. Tres veces he escupido ¡taj, taj, taj! La tierrita así en forma de cruz alzo... ya ¡tranquilo! no hay nada sano el persona. Si me duele cabeza, un jaloncito ¡Taj! ya está ¡sano! Ese es secreto del kallawaya. Hay otros que se orinan o su baño hacen. Eso es un k`intu 89, dejar eso. 88 El crucifijo es adoptado como emblema de poder, a inspiración de los objetos rituales del sacerdote, por diferentes especialistas rituales, especialmente en el dominio rural paceño. Estos crucifijos presentan una decoración peculiar a base de cuentas de colores con superposición de imágenes que reflejan la competencia ceremonial del «maestro» que lo porta. En realidad semejan grandes «rosarios» que algunos maestros ceremoniales utilizan acompañando a los ensalmos e imposiciones que realizan durante los procedimientos rituales. El crucifijo como símbolo de poder sagrado es portado igualmente como emblema de autoridad por parte de los cargos consuetudinarios más importantes en ciertos sectores del altiplano aymara. Así lo portan los mallkus de Machaqa (provincia Ingavi Departamento de La Paz), entre otros. Ofrenda de hojas de coca consistente en tres o cinco hojas de especial calidad que se depositan sobre los lugares sagrados. Las defecaciones son escondidas con preocupación por las derivaciones que su empleo puedan tener en propiciar hechizos malignos por parte de los layqas (brujos). Depende ponerse fuerte, animoso, corajudo, astuto hay que ser... ¡no tener miedo!. Ese es secreto del kallawaya». MEDICINA Y CULTURA KALLAWAYA Las informaciones de Severino nos sitúan frente a una conceptualización de la enfermedad sustancialmente diferente de los cánones transculturales que la medicina convencional académica pretende. La incidencia de prácticas y teorías médicas de diferente procedencia y adscripción define la concreción múltiple y dispar que sustenta la figura de los kallawayas urbanos de la ciudad de La Paz. El conocimiento de especies herbáceas y otras sustancias relacionadas con la farmacopea tradicional y su empleo terapéutico se combina sin fricción alguna con diferentes hipótesis sobre la naturaleza y etiología de las enfermedades, una de ellas de probable inspiración hipocrática, para complementar y aplicar de forma especializada una medicina ritual que, en lo que se refiere a los fundamentos de reciprocidad que contiene el proceso de sanación a cambio de ofrendas complejas, coincide con la valoración indígena efectuada sobre la naturaleza y tratamiento de la enfermedad en otras sociedades andinas, algunas próximas a la esfera añeja de intervención terapéutica kallawaya 90. Ciertas denominaciones castellanas de enfermedades como «mareo», «hemorragia», «anemia» y «locura» están referidas a síndromes difícilmente reconocibles, si no es dentro de las pautas características de la etiología kallawaya. Llama la atención la importancia otorgada a la conceptualización de la persona, benefactor último de las prácticas desempeñadas por los kallawayas en el tratamiento de la enfermedad. La configuración de la persona adquiere una relevancia apreciable en el entorno kallawaya, circunstancia que comparte con otros grupos andinos, y que no resulta en absoluto ajena a la caracterización nativa de la enfermedad y, por tanto, a la pertinencia de los procedimientos terapéuticos empleados. No sólo la enfermedad, su etiología y tratamiento aparecen perfilados en la trama que teje la cultura en cada caso, sino que la propia categoría de «persona» contempla igualmente en su anatomía explícita, características peculiares definidas en su seno. Los modelos de proyección anatómica inspirados en la figura del «cuerpo montaña» y la transmisión de fluidos, así como el hermetismo de la piedra aparecen recogidos en diferentes monografías sobre los kallawayas y otros grupos andinos próximos, justificando formas diversas ----90 CONTRERAS, J. (1985), Subsistencia, ritual y poder en los Andes, Barcelona. Un enigmático grupo humano, ORURO DE LA ZERDA, J. (1993), Los chipaya: modeladores del espacio, La Paz. ALBA, J.J. et al (1993), Los jampiris de Rakaypamapa, Cochabamba. de atención médica y terapéutica 91. Este aspecto nos llevaría incluso a establecer lazos de referencia entre ciertas sociedades andinas y las piedras, cerros y montañas que las rodean con las que comparten un cuerpo social biológicamente activo, consolidado en los mútiples actos rituales que se efectúan en los perfiles sagrados de su espacio anatómico, así como un carácter diferenciado socialmente, en función del propio talante de las piedras ceremoniales (huacas y «calvarios») que acogen de forma emblemática la tutela de cada población 92. Por otra parte, la ligazón estrecha existente entre cuerpo y alma no como dos realidades excindidas si no formando parte del mismo tejido celular, plantea nuevas opciones y posibilidades a los modelos de formulación terapéutica indígenas. La variedad de entidades anímicas que conforman el alma de la persona en diferentes sociedades andinas, caso del «ajayu», el «animu», el «espiritu» o el «coraje», establece una relación unívoca entre el cuerpo y todas sus almas de cuya correcta urdimbre depende la salud y vitalidad de los humanos 93. Si consideramos que los kallawayas y otros grupos indígenas hablan de personas «diferentes» a las enmarcadas en la tradición médica occidental, resulta razonable considerar que existan otras terapias apropiadas para la resolución de los síndromes y patologías encuadrados en las pautas culturales de cada uno de los grupos implicados. Metáfora y ritual en un ayllu andino, p. 92 RÖSING, I. (1996a) Rituales para llamar la lluvia, La Paz-Cochabamba. BERNAND, C.M. (1986) Enfermedad, daño e ideología, Quito. 93 La etnografía andina no aporta grandes cosas en relación con los perfiles iconográficos de la pluralidad de entidades anímicas que integran el alma humana o por lo que respecta a esta variedad de «almas» que constituyen la persona. No ocurre así entre los indígenas mesoamericanos, particularmente los de origen maya, cuyo interés por el alma y los acontecimientos que suceden a las diferentes almas de la persona ha sido recogido en diversos estudios y monografías que acuciosamente describen, incluso en términos iconográficos, el perfil de dichas entidades. PITARCH, P. (1996), «Animismo, colonialismo y la memoria histórica tzeltal», Revista Española de Antropología Americana, 26, p. Respecto a las sociedades andinas encontramos escasas alusiones. Algunas referencias de Polia (POLIA, M.. 1989)» «Contagio» y «pérdida de la sombra» en la teoría y práctica del curanderismo andino del Perú Septentrional: Provincias de Ayabaca y Huancabamba». Revista Anthropológica del Departamento de Ciencias Sociales, 195-231, p. 197, Lima), en el Norte peruano sobre la «sombra», aspecto ya recogido por el antiguo vocabulario de Bertonio (BERTONIO, L. (1612/1984), Vocabulario de la lengua aymara, p 108, Cochabamba ). 13, Iquitos) y Carter y Mamani (CARTER, W. y MAMANI, M. (1982), Irpa Chico. Individuo y comunidad en la cultura aymara, p. 348, La Paz), realizan algunas disquisiciones sobre los ajayu aymaras, pero de carácter muy general. A pesar de las informaciones constantes sobre la creencia de la pérdida del alma como enfermedad en cualquier monografía de estudios andinos, poco conocemos sobre esas almas que se «pierden». Los acontecimientos del alma, de cada una de estas parcelas anímicas que poseen cierta autonomía existencial, pero ligadas a la «disciplina de grupo», implican consecuencias directas sobre el cuerpo, sobre la masa orgánica que las integra. Cada una de las modalidades constitutivas de la diversidad que caracteriza al alma de los seres humanos es susceptible de ser «agarrada», apresada por un conjunto de seres tutelares que forman parte de la ecología altiplánica y valluna donde se inserta la vida kallawaya. Los cerros, la tierra, los rayos, las ruinas y tumbas antiguas así como los temibles anchanchus y ñanqhas que habitan las cárcavas y lugares solitarios, configuran un cuadro variopinto de entidades dispuestas a establecer una relación de reciprocidad con los seres humanos, donde la salud es motivo de negociación ritual en torno a la etiqueta de un banquete complejo. El ajayu, una de las parcelas constitutivas del alma de los seres humanos, es su sombra y constituye un «doble» exacto de la persona. En aymara se denomina a las sombras que integran el alma de las personas kimsa ch'iwi, las tres sombras gemelas 94. Un viejito aymara de la comunidad de Qorpa, Jesús de Machaqa, provincia Ingavi del departamento de La Paz, me confió que el ajayu es nuestra propia sombra, constituida en forma apreciable por el conjunto de las diferentes entidades a las que me he referido con anterioridad. El ajayu, el espiritu y el coraje muestran diferentes tonalidades que pueden apreciarse en los destellos de la sombra. La pérdida de una u otra sombra implica una mayor o menor gravedad en la dolencia proporcionada sobre el cuerpo y, en este sentido, una exigencia y premura mayor en su rescate por parte del kallawaya. Esos personajes que pueblan los valles interandinos y el altiplano capturan cualquiera de las almas que las personas poseen con la intención frecuente de recriminar ciertos comportamientos improcedentes en el ajustado engranaje que sostiene la relación entre los seres humanos y sus celosos progenitores ceremoniales. La conceptualización de la persona afecta, igualmente, a su talante y carácter térmico de indudable inspiración hipocrática, concepto introducido con la conquista española 95. Existen personas «cálidas» y personas «frescas», como nos indica Seve----- 94 Durante mi última temporada de campo en Bolivia, los meses de Octubre a Diciembre de 1996, he recogido en dos comunidades aymaras altiplánicas distintas y apartadas entre sí, una información pareja sobre la naturaleza de las almas que forman parte de la persona en el altiplano. El alma está constituido por tres sombras gemelas (kimsa ch'iwi) que configuran una sombra con triple contorno cromático diferenciado (de adentro hacia afuera negro, semioscuro y claro) que hacen apreciable los diferentes dobles de la persona, correspondientes a su «ajayu», «animo» y «coraje». Su inspiración responde al modelo de la Trinidad católica que hace al ajayu, alma principal, entroncarse con la naturaleza del Padre, al animu, alma secundaria, con la naturaleza del Hijo y al coraje, alma terciaria, con la del Espiritu Santo. Bien es cierto que otros autores en relación con la cultura kallawaya como Joseph Bastien, defienden un origen precolombino para este tipo de categorías. Considera que el concepto estaba, al menos parcialmente, presente en los Andes antes de la llegada de los españoles (BASTIEN, J (1986), p. 18-22). rino, para las cuales resulta imprescindible considerar el tratamiento más adecuado 96. El equilibrio térmico, respecto a las cualidades reflejadas por el especialista, basado en la armonía de los contrastes exige, para un mismo tipo de dolencia, prácticas terapéuticas diferenciadas en función del talante inquieto (cálido) o reposado (frío) del paciente. Las personas somos diferentes y reaccionamos de forma orgánica contrastada en función de nuestro propio carácter distintivo. No existe una terapia unívoca que se pueda aplicar de forma universal a determinado tipo de dolencia sobre los cuerpos enfermos de los pacientes. Esta analítica térmica obliga a una atención casi individualizada del paciente, considerando el tratamiento que mejor se ajusta a las características peculiares del mismo. A pesar de los rasgos sintomáticos genéricos que podemos encontrar en la medicina practicada por los kallawayas y que les permite identificar determinados síndromes y sus pertinentes terapias, esta circunstancia supone un serio enfrentamiento respecto a las potencialidades universalizadoras de corte transcultural que la medicina académica propugna. La atención individualizada que mejor se ajusta a la casuística propia del enfermo es uno de los perfiles propios de la medicina kallawaya paceña; reconoce enfermedades, pacientes y tratamientos diferenciados que se ajustan mejor de forma diferenciada a las peculiaridades específicas del enfermo. Por esta circunstancia se puede modificar un tratamiento de carácter «cálido», por otro «fresco» si mejor refleja la afinidad curativa del paciente. Las peculiaridades del equilibrio térmico que el maestro kallawaya pretende conciliar, utilizando toda suerte de especies herbáceas para infusiones y emplastos, se basa en idéntico concepto. No es bueno abusar ni de especies cálidas, ni de especies frescas, no hay que potenciar el extremo, sino el término medio. El miedo, la dejadez manifiesta en el cumplimiento de las obligaciones diarias, la pereza y una voluntad voluble constituyen claros síntomas de enfermedad, desde la perspectiva kallawaya. De hecho, los tímidos y apocopados son personas a las que se achaca un estado enfermizo endémico. Sólo los «corajudos», los que no temen, se dice que difícilmente son «vencidos» por la enfermedad. El código visual, sensible posee una importancia resaltable en el ejercicio de la medicina kallawaya, particularmente en su componente ritual. Por un lado, las ofrendas complejas adquieren una dimensión cromática espectacular donde todos los sentidos son hábilmente excitados por el hacer del especialista. Por otra parte, la selección de ciertas especies animales empleadas en las curaciones kallawayas se deben a los peculiares matices de color que presentan. ---- 96 Los aymaras diferencian igualmente entre el carácter cálido o frío de las personas, insistiendo, según Vokral (VOKRAL, E. (1991), Qoñi-chiri. La organización de la cocina y estructuras simbólicas en el Altiplano del Perú, p. 285, Quito), en una estricta diferenciación de género. La mujer es considerada «cálida» en relación al número de hijos que tiene. Las mujeres infértiles son consideradas frías, como los varones. Junto a la conceptualización de la persona por parte de los kallawayas bolivianos llama la atención la etiología otorgada a diferente tipo de dolencias relacionadas con el entorno ecológico donde la gente realiza sus actividades cotidianas. El rayo, el arcoiris, la madre tierra, los cerros.... etc, son agentes patógenos que pueden causar diferentes enfermedades, precisamente aquellas que tienen especiales implicaciones y efectos sobre las almas de las personas. Los lugares físicos que no están atendidos convenientemente, en relación a sus necesidades alimenticias, enferman y se encuentran, igualmente, en disposición de hacer enfermar a los inquilinos; son malos lugares, lugares insanos, culturalmente insalobres. Se aplica al espacio físico idéntica cualidad que al paciente enfermo. En este sentido es preciso atender a esa diferenciada pléyade de personajes que pueblan el espacio kallawaya con las correspondientes comidas que mejor se ajustan a sus gustos culinarios: las mesas rituales. La comida, el banquete ritual constituye una de las formas apreciables de mayor reconocimiento, prestigio y eficacia en el que la enfermedad del paciente puede «negociarse» con los causantes de la misma que son agasajados a través de la ofrenda. El cambio «salud por comida ceremonial» resulta pertinente en el planteamiento etiológico de la enfermedad que impera entre los kallawayas y otros grupos afines 97. Por otra parte, la práctica ritual de las ofrendas complejas constituye un atractivo modelo de medicina preventiva cuya razón de ser se fundamenta en la cordialidad y mutuo compromiso de relación que se establece entre oficiante, oferente y destinatario sagrado. La mesa supone una estrategia terapéutica proyectiva. El maestro manipula los ingredientes de la ofrenda reproduciendo el entorno simbólico de Charazani, haciendo participar a los diferentes lugares sagrados del ámbito kallawaya y del altiplano en la resolución del conflicto que provoca la aflicción del doliente 98. La escenificación simbólica de los lugares de «poder» propios de los maestros kallawayas intervienen, a través de su convocatoria en el banquete de la ofrenda, para la resolución del conflicto. Los maestros kallawayas reproducen y otorgan una significación concreta al entorno kallawaya recreando esa anatomía simbólica local al incluir cada especie ceremonial en la ofrenda. El valor repetitivo de esta configuración ceremonial referida a los cerros, calvarios y chullperíos propios del sector, que son convoca-----97 RÖSING, I. (1995a), La mesa blanca callawaya. Observaciones intraculturales y transculturales, p. 98 En el dominio aymara se produce una significación pareja. El espacio sagrado es reproducido permanentemente al nombrarlo el yatiri cada vez que incluye uno de los ingredientes ceremoniales en la ofrenda. Por otra parte la mesa adquiere un marcado sentido anatómico al reproducir un cuerpo perfecto, el cuerpo del doliente elaborado con el conjunto de ingredientes de la mesa al ubicarlos el yatiri en el lugar que les corresponde, al tiempo que los diferentes lugares sagrados del sector son nombrados según un pulcro orden de autoridad y una orientación específica (FERNÁNDEZ (1995a), p. El cuerpo físico del enfermo es configurado de nuevas con los ingredientes del maestro, las plegarias y el nombramiento del espacio anatómico ceremonial comunitario, resultante del propio convite ritual. dos a medida que el kallawaya los nombra e incluye en la ofrenda, incrementan el poder del plato ritual y constituye un paradigma ejemplar de convocatoria colectiva, al convidar, en el orden estipulado, a todos los lugares de poder que tienen competencia en el caso y que debatirán, como acostumbran hacerlo los seres humanos, en asamblea en torno a los manjares y bebidas predilectas que mejor se ajustan a sus preferencias. En relación con las ofrendas complejas kallawayas existe una figura, el ankari, el viento, que realiza labores de intermediación respecto a los destinatarios sagrados y que se encuentra representado en el huevo de la ofrenda 99. La mala suerte, el fracaso tenaz e incluso la locura, son signos de enfermedad que pueden modificarse con el pertinente cambio. Un animal desollado de especiales cualidades cromáticas, (gallo rojo, perro negro, conejo de tres colores), es desollado y colocado sobre el paciente durante un tiempo para luego sacrificarlo en el lugar donde se produjeron los hechos desencadenantes de «mala suerte», junto a una ofrenda ritual. El animal representa al enfermo, lleva impregnado en su cuerpo abierto la dolencia del paciente. El animal se entierra en el cementerio donde se alojan los difuntos humanos; con él se inhuma la mala suerte del doliente y la condición patógena del enfermo quien surge sano de la experiencia 100. Rayos, cerros, arco iris, ofrendas, plantas y almas integran un variopinto cuadro escénico en el que el conocimiento de los kallawayas se implica en el modelo de reinterpretación del mundo que conlleva el proceso de sanación. La recuperación de las almas capturadas por alguno de los agentes tutelares del medio ecológico, la infracción de las normas consuetudinarias que derivan en procesos de enfermedad colectiva (por ejemplo el ejercicio de los ritos colectivos de perdón tras catástrofes naturales como la sequía), el cuidado ceremonial periódico del entorno ecológico 101, la reflexión permanente sobre la naturaleza de la persona y su variada composición ----99 RÖSING, I. (1990a), «El Ankari. Figura central y enigmática de los Callawayas (Andes bolivianos)», Anthropos-Revista Internacional de Etnología y Lingüística, 85;73-89, Sankt Augustin. MARZAL, M. (1971) «¿Puede un campesino cristiano ofrecer un «pago a la Tierra»?» 100 En el entorno aymara paceño esta práctica recibe la peculiar denominación de «muerte cambio». El animal desollado, una vez que se ha colocado por espacio de varias horas sobre el cuerpo del paciente, en su espalda, la nuca, la cintura o los pies, dependiendo de la sintomatología que la dolencia presente, se entierra en el cementerio con el nombre del enfermo, realizando varias libaciones alcohólicas en nombre del paciente sobre el cuerpo del animal y el resto de abalorios rituales que lo acompañan. De esta forma el doliente «muere» bajo la apariencia del animal desollado que se ha empleado en su tratamiento al ser enterrado en lugar del enfermo, con su nombre, llevándose a las sombras la enfermedad. anímica y biológica, el tratamiento de las especies herbáceas, la implicación del entorno familiar en los diferentes sistemas de atención terapéutica y la salvaguarda del hermetismo orgánico de los cuerpos, muestran una perspectiva integral de la enfermedad sustancialmente distinta de los modelos biologicistas propios de la medicina académica. En este sentido, las prácticas médicas kallawayas guardan una afinidad importante respecto a las conceptualizaciones etiológicas y terapéuticas de otros grupos étnicos del Sur andino. La relación de los médicos kallawayas con los equipos formales de salud, especialmente a través de la institución SOBOMETRA va concitando diferentes convenios y campos de actuación multidisciplinar, lo que permite a los pacientes, al menos en La Paz, rotar por las diferentes opciones que el mercado de la salud ofrece, en la medida en que su economía lo permita. En este espectro diferenciado es posible encontrar posturas enfrentadas entre curanderos, médicos y pacientes, así como otras de carácter complementario. V. CONCLUSIÓN: UNA PERSPECTIVA INTERCULTURAL El ejercicio médico convencional en países de marcado carácter pluricultural, como es el caso de Bolivia, supone un esfuerzo constante de negociación intercultural. Las altas tasas de mortalidad infantil entre el primer y el quinto año de edad (según datos recientes de la OMS se aproximan al 250/1000), obligan a tomar indudablemente en serio las directrices y orientaciones que las políticas sanitarias internacionales demandan del Estado boliviano. La delegación de esta responsabilidad en Organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo (ONGs) internacionales y la formación universitaria de licenciados en medicina y profesionales sanitarios sin ningún área formativa o simplemente informativa en su perfil curricular académico, sobre la diversidad cultural y las peculiaridades del entorno social donde van a ejercer su profesión, acrecienta una zanja crítica de separación entre las formas de la medicina étnica y las manifestaciones habitualmente prepotentes de los equipos sanitarios convencionales. Por otro lado, las relaciones de poder que se establecen entre los equipos médicos y sus pacientes indígenas, dificultan la resolución favorable de los conflictos que se producen al tratar sobre las medidas terapéuticas a seguir. La autoridad y competencia médicas, las formas de terapia, la relación entre médico y paciente, la implicación familiar y social de la enfermedad, el gravamen económico, el sentido de eficacia de las prácticas terapéuticas, constituyen aspectos claves que resultan sustancialmente diferentes entre los modos y formas que presentan en los equipos convencionales y los que adoptan en el seno de las diferentes culturas indígenas americanas. El ejemplo de la medicina kallawaya, su forma peculiar de concebir la salud, la enfermedad y las medidas terapéuticas pertinentes en ese triple registro configurado por concepciones de origen popular hispánico, elaboraciones rituales relacionadas con una tecnología y eficacia simbólica que aparecen reflejadas de forma temprana en las crónicas coloniales andinas y un extenso conocimiento de farmacopea popular, reflejan el sentido de una medicina inserta en las claves culturales soportadas por los médicos kallawayas y relacionadas con su propio medio habitual de existencia. Los prejuicios y las displicencias habituales en quienes ejercen la acción médica convencional respecto a las medicinas étnicas, nada tienen que ver en el análisis objetivo de una disciplina como la medicina que se muestra próxima a las ciencias humanas y sociales puesto que son seres humanos, implicados en densas redes de comportamiento social, su herramienta habitual de trabajo y análisis. La medicina constituye un eslabón de importancia en la trama que sobre las sociedades humanas tejen sus respectivas culturas. El profundo sentimiento humanista que aparece inmerso en las prácticas médicas kallawayas, su dedicación y lógicas explicativas, su acuciosa observación en el conocimiento de ciertos principios farmacológicos aislados en las especies herbáceas de su entorno, debieran hacernos reflexionar sobre la humanización de la medicina occidental; sobre nuestros pacientes igualmente sometidos a construcciones culturales complejas relativas a las enfermedades y sus propuestas curativas, en relación con las posibilidades de una mejor satisfacción de servicios sanitarios en nuestras propias instituciones hospitalarias, identificando las necesidades y carencias contrastadas por los usuarios. Las medicinas étnicas, como es el caso de la medicina practicada por los indígenas kallawaya, no pueden dejarse en manos de desaprensivos y exotistas iluminados que sostienen principios de carácter transcultural en aplicaciones médicas que responden a demandas concretas surgidas en contextos culturales precisos, bien delimitados y que responden a necesidades y construcciones culturales propias donde resultan eficaces. Otra cosa significa el estudio de los principios farmacológicos contenidos en las especies naturales empleadas y sus dosis pertinentes. Por otra parte, desde la antropología resulta gratificante contrastar la diversidad de opciones planteadas por los diferentes grupos étnicos americanos en relación con el tratamiento de la enfermedad. Gratificante en el sentido de resistencia y freno a las pretensiones de globalización cultural que imperan en estos tiempos, pero preocupante, por otra, debido a la política y el ejercicio de la autoridad efectuada por las diversas herramientas de los Estados pluriculturales latinoamericanos y sus flecos desarrollistas más o menos implicados en los planteamientos gubernamentales desde ciertas subsecretarías como la existente en Bolivia ( «género, etnias y generaciones») hasta las propias Organizaciones No Gubernamentales (ONG) de desarrollo, cuando tienen que hacer frente a situaciones críticas de salud en los contextos habituales de marginación como los que soportan los grupos indígenas contemporáneos. Las penosas estadísticas referidas al parámetro de mortalidad infantil en buena parte de las zonas ocupadas por los grupos indígenas, plantea serios problemas éticos en el ejercicio de la antropología y la medicina convencional. La dificultad por crear espacios de diálogo intercultural extrema la distancia y los enfrentamientos entre los curanderos tradicionales indígenas y los servicios formales de salud. Las peculiaridades culturales no son consideradas o lo son de una forma displicente por los equipos sanitarios formales forzados a cumplir con ciertos registros estadísticos para asegurar su propio presupuesto. Así las cosas, la importancia del conocimiento de la lengua indígena y de las conceptualizaciones nativas en torno a la enfermedad, por parte de los equipos de salud que trabajen en los espacios rurales, nunca será suficientemente remarcada. Su implicación paulatina, sin violencia, en la esfera social; el acomodo en las actividades habituales de las comunidades indias posibilitará un espacio de diálogo donde la medicina y la enfermedad sea objeto de reflexión desde perspectivas dispares. La multiculturalidad obliga a la búsqueda de soluciones igualmente múltiples y diferenciadas en el tratamiento de las enfermedades; a su consideración desde perspectivas distintas a las directrices unívocas que emanan del aparato administrativo del Estado. El contacto con los representantes nativos de la medicina tradicional, nunca en contextos de competitividad sino de colaboración, y la formación de una red de apoyo de auxiliares sanitarios nativos locales, pueden ayudar a cimentar situaciones de afinidad y confianza entre pacientes y equipo sanitario, indispensables para el ejercicio de la labor médica en situaciones de marcado contraste cultural. En Bolivia, la obligatoriedad que tienen los egresados de la Facultad de Medicina de cubrir un «año de provincias» para obtener el título en provisión nacional, supone un grave contratiempo para cualquier intento de integración o diálogo intercultural. Aquellos egresados que se lo pueden permitir pagan un dinero para no tener que realizar el «año de provincias», acontecimiento que no pocos sienten como exilio forzado entre la «indiada», en el sentido más despreciativo del término. En esta situación es difícil que se creen redes de afinidad con la población asistencial local. Surgen los roces y tensiones habituales que dificultan, en grado extremo, la integración de la posta y su reconocimiento en la comunidad indígena, supuestamente «beneficiaria» de su presencia. Por otro lado, los pacientes indígenas quieren calidad y continuidad; es decir, tienen la convicción de que los médicos rurales son «principiantes», «inexpertos» que vienen precisamente a aprender practicando con ellos. Por otra parte, cuando alguno de estos equipos médicos se integra en la población de acogida, no es mucho lo que pueden hacer, puesto que el relevo se produce con prontitud al año de su ejercicio. Esta circunstancia dificulta en gran medida las posibilidades de integración de las postas, puesto que depende del talante de los sucesivos equipos médicos que se incorporan en el puesto. Para concluir quiero retomar las últimas manifestaciones de Severino en su testimonio kallawaya. Le preguntaba precisamente por la relación entre médicos y kallawayas en la ciudad de La Paz. « Las palabras de Severino muestran el talante de una disciplina científica como la medicina que no acostumbra a comportarse como una ciencia exacta (no cura en todas las ocasiones), y cuyas posibilidades de ejercicio en La Paz se basan en las leyes de mercado y en la variedad que las diferentes opciones terapéuticas ofrecen a los enfermos, en función de los distintos representantes de la medicina, ya sea convencional o indígena. En unas circunstancias cabe la complementación terapéutica, en otras predomina la exclusividad. Este talante intercultural que muestra Severino resulta hoy por hoy impensable en la clase médica boliviana, respecto a su «colegas» curanderos. El ejercicio intercultural en relación con las demandas bolivianas en la esfera de la salud ha de ser simétrico para resultar efectivo. ----102 Se refiere a las resoluciones presidenciales que han confirmado el reconocimiento institucional de SOBOMETRA.
Las políticas de la salud. Enmarcada en los parámetros historiográficos de la historia social de la medicina, la monografía de Carmen Barona nos ofrece una completa y sugerente aproximación a las políticas de salud pública que informaron la respuesta socio-sanitaria de la provincia de Valencia frente a los problemas de salud y episodios de enfermedad que acompañaron su transición sanitaria y demográfica. Además de un exhaustivo y, en ocasiones, novedoso vaciado de fuentes de archivo e impresas, y de un utilísimo índice onomástico, el trabajo presenta un aparato crítico adecuado y ajustado a las características de la publicación. Junto a una breve pero intensa introducción, donde la autora expone reflexiones historiográficas que ayudan a situar su aportación, la primera parte de la obra está dedicada a exponer una actualizada síntesis de la evolución histórica del modelo sanitario español tomando como punto de partida la Ley de Sanidad de 1855 y como punto final, las reformas sanitarias que se llevaron a cabo en el período de la Segunda República. La segunda parte del trabajo nos acerca a la génesis y desarrollo de la organización de la higiene pública y la asistencia sanitaria valencianas. En un primer apartado, la doctora Barona se ocupa de la sanidad municipal de la capital valenciana durante el período 1882-1916. Los resultados de su investigación ponen de manifiesto el grado de institucionalización que alcanzó la higiene pública en la ciudad de Valencia, con el desarrollo de la higiene experimental y de laboratorio, la estadística demográfico-sanitaria, y la incorporación de la medicina preventiva, sin olvidar el papel que jugaron instituciones como la Facultad de Medicina o el Instituto Médico Valenciano, y los problemas administrativos y las deficiencias que acompañaron el proceso. El segundo apartado, sin duda uno de los más interesantes y novedosos de la monografía, está dedicado a la sanidad provincial. En primer lugar, se ocupa de las actividades desarrolladas por el Instituto Provincial de Higiene entre 1916 y 1936, con una particular atención a los años de la República, los más activos de todo el período. Dicho análisis se complementa con el estudio de la labor que realizaron las instituciones que completaban el organigrama de la salud pública: los dispensarios antivenéreos, antituberculosos y antitracomatosos, y de modo particular las actividades docentes, asistenciales, preventivas y medico-sociales que llevaron a cabo la Escuela Provincial de Puericultura y el Dispensario de Higiene Infantil. El libro se completa con un tercer capítulo dedicado a la organización de la asistencia sanitaria. Se aborda el desarrollo de la asistencia médica domiciliaria, sus límites y dificultades, el papel asilar que jugaron las casas de Misericordia y Beneficencia, y el proceso de adaptación que tuvo que sufrir el Hospital General de Valencia para intentar responder a las demandas asistenciales que planteaba una sociedad en fase de modernización. El caso valenciano viene a confirmar las dificultades organizativas y el conflicto de competencias que suscitó el desarrollo de una administración sanitaria periférica, al mismo tiempo que pone de manifiesto la necesidad de trasladar modelos de investigación, como el que nos ofrece Carmen Barona, a otros ámbitos de la geografía española. Su trabajo muestra la importancia que cabe otorgar a los factores locales y la mirada plural con la que conviene contemplar el proceso de institucionalización de la sanidad contemporánea española. Se trata, en definitiva, de una contribución que viene a enriquecer, de manera manifiesta, el panorama historiográfico de la sanidad española, al ofrecer desde el caso local, elementos de reflexión que resultan fundamentales para poder entender la compleja y dilatada reforma de las estructuras sanitarias. Josep BERNABEU-MESTRE GALENO, Sinopsis de Galeno de su propia obra sobre pulsos Estudio introductorio, trad. y notas de L. M. Pino Campos, Madrid (Ediciones Clásicas), 2005, 421 pp. La traducción a una lengua moderna de cualquiera de las obras de Galeno es siempre bienvenida; si alguno de sus escritos es traducido a nuestra lengua, tenemos que felicitarnos; pero si, además de haberse traducido un texto complicado como aquí se ha hecho, esa traducción viene precedida de un buen estudio, la celebración es ya por todo lo alto. No creo ser excesiva en el elogio si digo que este libro es el producto de una verdadera investigación sobre una importante parcela de la obra de Galeno: no es, quiero decir, una mera traducción, sino un trabajo sobre el tema de los pulsos, tan central en Galeno, que contiene a la vez que un buen repaso en detalle a todo lo que hay sobre la materia y una labor bibliográfica impresionante, comentada y llena de erudición. El tema de este tratado griego es un resumen del mismo Galeno de las diferentes doctrinas suyas sobre el pulso cardiovascular. Precede a la traducción al castellano, un amplio estudio preliminar de 164 páginas, sin contar la bibliografía. Esta Introducción comprende varios apartados. En primer lugar una cuantas notas biográficas de Galeno, evidentemente muy resumidas, hechas tan sólo como marco general, pero acompañadas de una bibliografía básica para situar al autor en su contexto. Incide, especialmente, en la problemática que plantea la cronología de su vida, no sólo porque actualmente se ha llevado a cabo una revisión y algunas modificaciones de fechas, sino porque ello lleva a una conclusión sobre la fecha de composición del tratado traducido. Sigue a este primer tema una breve referencia a la obra del autor y ya una primera aproximación a los tratados relativos a los pulsos como encuadre del presente tratado en toda esa producción. Acompaña a esa revisión un apartado sobre la práctica médica y las observaciones hechas por Galeno con relación al pulso. A continuación se adentra el profesor Pino en el tema más general del pulso dentro de la medicina y nos ofrece una visión diacrónica de lo que sobre ese tema se ha escrito, comenzando su status quaestionis de la historia del pulso, como no podía ser de otra manera, en Grecia: historia del vocablo, la práctica diagnóstica, influencias de otras medicinas mediterráneas y orientales. Se habla de los autores y los estudios en los que hay observación del pulso y doctrina sobre ello: la esfigmología y los estudios más importantes dedicados a esta parte de la medicina, ya sea la china, la del medio o cercano Oriente, la mediterránea o la que conocemos como occidental. Hay citas de los papiros egipcios, Edwin Smith y Ebers del segundo milenio a.C. Se detiene en especial en el notable estudio de E.F. Horine el cual resume y destaca subrayando la idea de que los egipcios se habían adelantado a los griegos en la observación del pulso más de mil años. Comenta, por último, el excelente estudio de 1962 de M. Grmek, un buenísimo conocedor de la historia de la medicina antigua. Comprende este gran apartado también una relación selectiva de autores que escribieron tratados sobre los pulsos de alguna relevancia; pero no una mera relación, sino que incorpora un resumen, muchas veces, de los principales avances que se han ido haciendo a lo largo de la historia. Se habla sobre el origen y desarrollo de esa técnica, de las oscilaciones en la estimación médica del pulso, de la aplicación de aparatos para medirlo y de la progresiva eliminación de factores subjetivos en su práctica. Queda subrayada la vigencia de la doctrina de los pulsos de Galeno hasta bien entrada la edad moderna. Se reseñan muchos libros y se dedica un apartado especial para los hechos en España. Todo ello acompañado de notas con una nutrida bibliografía. Una vez centrado en el tema de Galeno, se refiere el autor a la esfigmología que debió ser materia difícil de aprender, dada la cantidad de escritos que Galeno hace sobre los pulsos -aparte de este resumen, cuatro tratados cada uno con cuatro libros, más alguna otra obra introductoria y un tratado dedicado sólo a principiantes-. Llegados al análisis del texto griego, se expone la dificultad de los escritos de Galeno sobre los pulsos, la problemática del texto traducido y de su edición: hasta ahora no hay texto bien depurado, siendo el único existente el de Kühn, de principios del s. XIX. Algunas indicaciones sobre la lengua y el estilo preceden a la traducción Por último hay que destacar que hay en este estudio introductorio una cantidad de citas bibliográficas impresionante, además de la Bibliografía que lo acompaña en pp. 165 a 196. Ésta va organizada en: fuentes, estudios de esfigmología, generales sobre Galeno, concretos sobre el tratado de los pulsos, de medicina griega y otros estudios generales y de consulta. A partir de la p.199 comienza la traducción del tratado: cada capítulo va precedido de un pequeño resumen de su contenido hecho por el traductor. Termina este libro con algo que la Filología y, especialmente la Lexicografía, agradece enormemente: unos índices de palabras griegas con traducción al castellano, de algunos términos castellanos con su correspondiente vocablo griego (ambos selectivos, pero de gran valor), y uno de nombres propios con los pasajes en los que Galeno menciona a los tres autores médicos que él cree son dignos de mención, generalmente para rebatirlos, Herófilo, Erasístrato y Arquígenes. La traducción es excelente, no sólo en cuanto a que es respetuosa con el texto griego, sino en su expresión en nuestra lengua. No siempre es fácil y es frecuente que las traducciones de autores griegos, a fuerza de querer respetar el sentido exacto, queden duras en su versión al español. Eso ocurre muy especialmente con autores muy técnicos. He advertido que aquí se ha tratado de compaginar la literalidad con el buen sonido y la buena expresión de esos larguísimos períodos con los que Galeno nos tortura. Una serie de notas ayudan a la mejor comprensión del texto. Sólo señalaría una pequeña crítica: ¿por qué citar a Hipócrates por la antigua edición De Foes? Por otra parte, una de las palabras que el autor entiende (p.161) como no recogida por los diccionarios pienso que sencillamente es otra errata: así, no hay que leer 6"J *4g>`*g @*@< reseñado en el DGE con la trad. detalladamente y documentado en la Retórica 505 de Arístides. En suma, un importante libro con el que la colección de Autores Griegos de Ediciones Clásicas da un nuevo impulso a la tarea de ofrecer al lector de lengua castellana la oportunidad de leer y conocer a un gran autor científico como es Galeno. Esperemos que no se detenga en esa loable labor. Dolores LARA NAVA GONZÁLEZ-CARVAJAL GARCÍA, Inmaculada. La homeopatía en España. Cien años de historia, Federación Española de Médicos Homeópatas (F.E.M.H.), 2004. Es éste un libro especialmente interesante sobre una parte de la actividad médica que tuvo, a partir del siglo XIX, una importancia que podremos comprobar con la lectura de sus contenidos. Era necesario romper con el desconocimiento de la homeopatía en nuestro país, labor que comenzó a realizar el profesor Agustín Albarracín, que dirigió tesis y tesinas sobre el tema, y que culminó su discípula en esta materia, Inmaculada González Carvajal. La autora conoce perfectamente la homeopatía, tanto en su práctica diaria como en su funcionamiento y organización general -hoy en día es presidenta de la Federación Española de Médicos Homeópatas-, lo que le ha permitido una mejor exposición de su historia. El libro se compone de tres partes, una primera dedicada al nacimiento de la homeopatía y a la biografía de Hahnemann, explicando todos los elementos esenciales de la teoría y práctica homeopática, aspectos que consideramos esenciales para una mejor comprensión del tema. La segunda, más amplia, estudia la historia de la homeopatía en España en sus inicios, hasta 1890. Trata también en esta segunda parte de las diversas corrientes dentro de la homeopatía española, con sus personajes más significativos. Y estudia esta forma de medicina en las diversas regiones españolas, dedicando un capítulo especial a la homeopatía en Cataluña, que tuvo desde sus comienzos su propia Academia Médico Homeopática. La tercera parte del libro está dedicada a la homeopatía española en general hasta los años treinta del siglo XX, con un capítulo especial dedicado también a Cataluña, por la importancia que allí tuvo su desarrollo. Al final hace un análisis de las causas del declive de esta forma de practicar la medicina. Se trata de una obra muy completa y que ha utilizado abundante documentación proveniente en gran medida del Archivo de la Academia Médico Homeopática de Barcelona y del Instituto Homeopático de San José de Madrid. Como dice la autora en la Introducción, quien lea este libro tendrá elementos para valorar con mayor rigor y criterio esta materia, además de, pienso, obtener una información necesaria para cualquiera que se interese por la historia de la medicina, ya que no se puede ignorar la existencia de esta corriente como forma de enfrentar la enfermedad. Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ MEDINA DOMÉNECH, Rosa Ma. La Historia de la medicina en el siglo XXI. Una visión postcolonial, Granada, Universidad de Granada, 2005. Descolonizar el saber, descolonizar la Historia de la Ciencia y de la Medicina es la propuesta de Rosa Ma Medina Doménech en este trabajo. En esta labor el deseo de las personas es un punto de partida y las herramientas necesarias para hacer realidad el deseo son imprescindibles. De ellas trata este libro. La dinámica que la investigación y la docencia en historia de la ciencia y de la medicina ha experimentado en las últimas décadas, la diversidad de influencias e itinerarios, han llevado a la autora a partir de una perspectiva concreta: la visión postcolonial, para hacer frente a la multiplicidad de debates y propuestas teóricas y metodológicas que están incidiendo en la reflexión y la práctica de las historiadoras y los historiadores de la ciencia y la medicina. Estas consideraciones previas son expuestas en la introducción del texto. También aquí nos habla de las ideas de cambio, sujeto, lugar, capacidad de intervención y poder, y de categorías como «colonialismo», necesarias para interpretar la historia de las sociedades contemporáneas. Ya en estas primeras páginas de exposición de intenciones aparece Michael Foucault y sus influencias intelectuales como centrales en la configuración de los planteamientos que recoge y propone la autora. Pero me interesa señalar que Rosa Ma Medina Doménech sugiere un sano eclecticismo que aleje de cualquier ortodoxia, dogma o escolástica. El primer capítulo del libro, «Historia y teoría: nuevos vínculos, nuevas preguntas», se centra en mostrar cómo la herramienta analítica «colonialismo» ha permitido rupturas -otros prefieren hablar de permeabilidad, da lo mismo-de las fronteras que separan los compartimentos estancos, rupturas de los muros que han sido levantados para que nosotros, las cosas, los conceptos, las ideas, no podamos «vernos» ni «tocarnos». Entre estas rupturas se encuentra la de la separación entre lo local y lo global; la referencia a «el lugar» es clave, como señala la autora, y, por ello, quizás hubiera tenido que ampliar las referencias a las elaboraciones que en torno al «lugar de enunciación» se han realizado desde las perspectivas feministas, y a las realizadas por autores como Walter Mignolo y aquellos a los que éste hace amplia referencia, que, a mi modo de ver, han afilado algunas de las herramientas del análisis postcolonial, y que, sin embargo, están ausentes en este texto. Por otra parte, la perspectiva de género adquiere un carácter que podríamos llamar transversal a lo largo de toda la obra, aunque en algunos de los aspectos abordados, como el que he señalado antes, quizás hubiera merecido un papel más relevante. Otra de las rupturas a las que se hace mención es la que se refiere a la separación entre ideas y prácticas. En este sentido, el ámbito colonial es uno de los contextos donde más claramente puede apreciarse que el discurso es una práctica de poder. Foucault tiene aquí una amplia presencia, justificada desde luego, con sus elaboraciones sobre el biopoder y la importancia que en ellas tuvo la medicina. Estas rupturas suponen un reto de (re)conocimiento y (re)significación que si bien complican el trabajo historiográfico nos abre una perspectiva de futuro antes inexistente. Los que se han planteado como objetivo este reto están representados por autores y autoras como Edward Said, Gayatri Spivak y Homi Bhabha. La riqueza y complejidad de la teoría postcolonial hace muy complicado el abordaje de las bases teóricas y metodológicas que integran los llamados Estudios Postcoloniales, y la autora ha optado por hacer breves comentarios de las aportaciones de obras clave de los autores y autoras ya mencionados y algunas de sus influencias. La problematización de los fundamentos binarios de la racionalidad occidental es el elemento clave. Sin embargo, las dificultades de superar un esquema de pensamiento dicotómico se reflejan en la propia historiografía postcolonial y en los debates a que se hace alusión en este libro. Estas dificultades nos hablan, cómo no, de poder. En este sentido, los sentimientos de peligro y las «insalvables» diferencias a las que se alude cuando algunos de los autores analizados consideran que el énfasis en el discurso conlleva el riesgo de olvidar las prácticas y la realidad material, o que las cuestiones de género, raza o etnicidad conllevan el olvido de las cuestiones de clase, o, por otra parte, las exclusiones entre resistencias e hibridaciones y la presencia de un poder colonial abrumador y dominante, sólo pueden crear ignorancia sistemática sobre la cuestión colonial; pues todos estos elementos permean la realidad, y son integrables en un análisis que considere la asimetría de las relaciones coloniales. En relación a estas cuestiones, la autora señala la posibilidad que ofrece la superación de estos temores para la ampliación de la agenda historiográfica. A la construcción histórica del concepto de raza como una forma de biopoder dedica la autora el segundo capítulo. De especial interés me parecen las menciones que contienen estas páginas acerca de la importancia que ha tenido el discurso sobre la «raza» en procesos políticos y sociales desarrollados en el seno de las sociedades occidentales contemporáneas. Por otro lado, también son centrales para los objetivos del libro las páginas dedicadas a exponer la importancia que la historiografía sobre la idea de raza ha tenido en los debates sobre las relaciones entre ciencia, naturaleza y sociedad, y, por tanto, en las discusiones que se han venido desarrollando en las últimas décadas en la historia de la medicina y de la ciencia a través de las aportaciones realizadas por los análisis de los procesos de racialización. En el capítulo tres se explicita cómo la complejidad manifiesta en el análisis del contexto colonial es una muestra más de la necesidad de abandonar las explicaciones históricas simplistas. La heterogeneidad geográfica, de objetivos y de respuestas (tanto de los colonizadores como de los colonizados) configuran un marco complejo que necesitan una explicación compleja. Por ello, junto al papel de la asistencia médica al servicio de la colonización, contribuyendo a la expansión colonial, la vigilancia de los colonizados y el reforzamiento de la identidad del colonizador, en el capítulo cuatro, se propone desarrollar la contribución del contexto colonial al desarrollo de la llamada medicina occidental, no sólo por que el espacio colonial fuese un territorio para la promoción de los profesionales de la medicina procedentes de la metrópolis o un «inmenso laboratorio exterior», sino también porque se (re)conoce que la biomedicina en la actualidad tiene elementos procedentes de ámbitos no-occidentales, de África, de Asia. En el capítulo cinco, «El debate historiográfico centro/periferia y la recuperación de los sistemas locales de conocimiento», una vez más, señala la importancia del contexto colonial en los cambios sobre la noción de conocimiento en general y de ciencia en particular, tanto como en los cambios historiográficos y sociales en los que la consideración de «el lugar» ha contribuido, de una u otra manera, a la superación del pensamiento dicotómico centrado en esta ocasión en el dualismo centro/periferia. La importancia de los Estudios Subalternos en los descentramientos ha sido también señalada así como la necesidad de una reflexión autocrítica que permita un pensamiento descolonizado. Los análisis de las tecnologías médicas, entendidas éstas en un sentido amplio, y sus relaciones con el poder también han encontrado, a juicio de la autora, un espacio privilegiado de estudio en el ámbito colonial. Así, el concepto de biopoder está vinculado a las tecnologías de normalización tanto de carácter individual como colectivo, que inciden sobre individuo y población, sobre cuerpo y cultura. En estas páginas, que ocupan el capítulo seis «Nuevas áreas de interés histórico-médico. Tecnologías médicas e identidades», la obra de Foucault es aún más clave que en el resto del libro, entendiendo la autora que los conceptos y teorías foucaultianos son especialmente relevantes para el análisis de las tecnologías puestas en funcionamiento en el proceso de colonización y que han contribuido al mismo tanto a nivel material como discursivo. En este sentido, el control del cuerpo se configura como un objeto de estudio fundamental y las tecnologías de visualización y espaciali-zación de la normalidad han venido jugando un papel fundamental en este asunto que, por otra parte, deviene en un asunto político. Las tecnologías médicas y el desarrollo histórico de identidades se constituyen así en uno de los ejes de la historiografía actual. La construcción de las identidades nacionales ocupa un lugar central en la preocupación de la autora y a ella dedica la mayor parte de la revisión historiográfica que realiza sobre este eje; esta construcción está muy estrechamente relacionada con la configuración de jerarquías, como pone de manifiesto la revisión realizada. Llegados a este punto, hay que decir que el libro está claramente diferenciado en dos partes; la primera a la que me he referido hasta ahora, ocupa las dos terceras partes del texto, mientras a la segunda, denominada «Descentrar la Historia de la Medicina como proyecto docente», se le dedica el tercio restante. La primera parte trataría, según la autora, de constituir una base sobre la que fundamentar unos supuestos docentes nuevos a partir de la teoría (en general la bibliografía) postcolonial. Sin embargo, pienso que faltan los nexos que harían posible esta pretensión y que la autora no ha explicitado de manera suficiente, a mi entender, quizás por el carácter mismo de la publicación ya que su trayectoria como docente le hubiera permitido hacerlo sin dificultad alguna. En la segunda parte del texto se abordan problemas y posibles soluciones que se presentan a la docencia de la historia de la medicina en el siglo XXI, tratados en los capítulos siete a diez (una errata hace que aparezcan dos capítulos ocho y ningún nueve), denominados Levedad, Visibilidad, Multiplicidad, Exactitud. De las ideas contenidas en estas páginas destacaría la necesidad de diversificación de metodologías docentes, y de una elección ajustada (y aunque difícil por muchos motivos, no imposible) de contenidos, para atender a las necesidades del alumnado y a los objetivos propuestos por la Historia de la Medicina y de la Ciencia, en unas condiciones, generalmente, de penuria a la que la autora de forma amable llama levedad de la presencia de la Historia de la Medicina en el desarrollo curricular. La extensa y bien seleccionada bibliografía que ha servido como base de la elaboración del texto queda recogida de forma que facilita la consulta de la misma. Y para terminar, se añade un práctico índice analítico donde palabras clave y autores se suceden en orden alfabético, para que las lectoras y los lectores tengamos muy fácil localizar un asunto concreto y específico dentro de la amplitud del tratamiento dado a un libro no muy voluminoso pero denso en contenido. En conclusión, La historia de la medicina en el siglo XXI. Una visión postcolonial es una revisión historiográfica muy interesante y útil que puede ser un punto de partida para aquellos que lo deseen, y un lugar común para quienes la reflexión sobre lo que somos y hacemos sea una cuestión fundamental en la labor docente e investigadora. Isabel JIMÉNEZ LUCENA MIRANDA, Marisa y VALLEJO, Gustavo (eds), Darwinismo social y eugenesia en el mundo latino, Buenos Aires, Siglo XXI de Argentina Editores, 2005, 670 pp. Como resultado del workshop internacional sobre «Darwinismo social y eugenesia: pasado y presente de una ideología», que tuvo lugar en Chascomús (Argentina) en noviembre de 2004, la monografía nos ofrece una colección de veintiún trabajos que intentan mostrar como se interpretó el darwinismo social y la eugenesia en el mundo latino. Desde la historia, la filosofía y la sociología de la ciencia, la mayoría de las contribuciones analizan, en aquel contexto, los aspectos ideológicos y los usos que se hicieron del darwinismo y la eugenesia, sus influencias en el desarrollo de otras disciplinas, o el papel de las ideas eugenésicas en la configuración de las políticas de Estado. El texto se completa con algunas reflexiones de carácter más genérico y teórico que vienen a completar los estudios de casos. En una interesante presentación, los editores aportan algunas de las razones que justifican una obra de estas características, al mismo tiempo que advierten acerca de los peligros que conlleva considerar a la eugenesia y el darwinismo social como ideologías de progreso. Recuerdan el carácter de complemento práctico del darwinismo social que cabe atribuir a la eugenesia, al propiciar ésta la selección artificial de quienes carecen de aptitud en la lucha por la vida. Como apuntan Miranda y Vallejo, los trabajos que conforman la obra ofrecen una panorámica donde el cruce de teorías científicas y hegemonías políticas y culturales dejan al descubierto una interminable constelación de problemas e interrogantes relacionados con la autocomprensión ética de la especie humana. Una problemática que continúa mostrando gran actualidad, tal como se ha puesto de manifiesto cuando con la emergencia del neoliberalismo en la década de 1990 se ha recuperado una eugenesia liberal capaz de legitimar intervenciones genéticas sujetas a los vaivenes de la oferta y la demanda. En el primero de los bloques temáticos que conforman la obra, el dedicado a analizar el darwinismo como ideología, Alvaro Girón, a partir de su trabajo sobre darwinismo social e izquierda política para el período comprendido entre 1859 y 1914, muestra la realidad plural que acompañó el proceso social de apropiación del darwinismo, al mismo tiempo que pone de manifiesto que la diversidad de lecturas no estaría justificada por la neutralidad de la ciencia, sino por el atractivo de su condición de sacralizada y por la capacidad de los individuos y los grupos para manipular un orden científico cultural para fines propios. Por su parte, Eduardo Wolowelsky, aborda el problema de la fiabilidad del conocimiento científico al centrar su atención en el proceso de constitución de los fundamentos teóricos del determinismo biológico que permitieron que las prácticas que se derivaban de los mismos se hiciesen realidad. El bloque se completa con otro ensayo de Alicia Massarini sobre la diversidad y complejidad de la biología contemporánea. La autora reclama una pluralidad epistemológica y reivindica la necesidad de incorporar reflexiones histórico-sociales que permitan cuestionar el lugar de autoridad que se asigna a la ciencia y a la biología en particular. Se trataría de cuestionar la pretensión de reducir todas las explicaciones biológicas a leyes generales y unitarias que resultan perjudiciales para el conocimiento de la biodiversidad. El segundo de los bloques temáticos, está dedicado a analizar la eugenesia como ideología. Raquel Álvarez, con su trabajo sobre eugenesia, ideología y discurso de poder en la España de la primera mitad del siglo XX, analiza la diversidad de matices que acompañó la asimilación de las ideas biosociales y biopolíticas en la eugenesia. La combinación entre biopolítica y eugenesia facilitó la aparición de una vía de poder respaldada por la ciencia, al tiempo que era utilizada como mecanismo de validación argumental con fines diversos, incluso de aquellos que se mostraban alejados de cualquier justificación racional. El bloque se completa con otros dos trabajos. En el primero de ellos, Héctor A. Palma aborda algunos de los errores epistemológicos e historiográficos con los que en su opinión se han abordado las prácticas eugenésicas. Para éste autor, tanto los críticos de la eugenesia como los que pretenden arribar a una versión «políticamente correcta», caerían en la misma trampa que les tendieron a quienes en los últimos cien años confundieron biología y política, los que confundieron diversidad genética con desigualdad humana, cuando se trata de dos problemas diferentes. Por último, Gustavo Vallejo y Marisa Miranda, abordan algunos de los espacios institucionales en los que se desarrolló la eugenesia en Argentina durante buena parte del siglo XX, al ocuparse, fundamentalmente, de las actividades desarrolladas por la Asociación Argentina de Biopatología, Eugenesia y Medicina Social. Su trabajo pone de manifiesto como ante la agudización de los conflictos sociales y políticos, la eugenesia fue utilizada por la dictadura militar para delimitar la exclusión desde un imaginario oficial entendido como factor de homogeneización, adoctrinamiento y censura, y encargado de asimilar los parámetros de normalidad con el grupo que debía ser biológicamente preservado. El tercero de los bloques temáticos analiza el papel de la eugenesia en las políticas de Estado. Armando García González y Raquel Álvarez, abordan las relaciones entre eugenesia e imperialismo en el marco de las relaciones Cuba y Estados Unidos para el período 1921-1940, y, más concretamente, la llamada eugenesia panamericana que facilitó el consenso para un control biológico global que tendría su máxima traslación en las políticas inmigratorias. El segundo de los trabajos que conforman el bloque está firmado por Gustavo Vallejo. Desde el protagonismo que otorga a Nicola Pende como protagonista del ajuste de la eugenesia a la realidad latina, y la difusión e interpretaciones que alcanzó su obra en el mundo latino, se ocupa de las formas de organicismo social que se desarrollaron en aquel contexto. Como sostiene el autor, la construcción de una sociedad nacional ideal era una meta que únicamente podía alcanzarse sobre una diferenciación biológica y eugenésica de los ciudadanos y su organización en corporaciones productivas. Su complemento radicaría en el rol armonizador que, análogamente a la biología del individuo tenía el sistema corporativo de los estados fascistas en el caso italiano y español. Por su parte, Andrés H. Reggiani analiza las relaciones entre biomedicina y política en la Argentina del período de entreguerras y el papel que jugó la Asociación Médica Germano-Argentina. La óptica tecnocrática desde la que se abordaban las cuestiones médico-sanitarias concedó legitimidad a cuestiones medidas que poco tenían que ver con el juramento hipocrático y la dignidad humana. Por último, Karina Inés Ramacciotti, se encarga de indagar las huellas eugenésicas en la política sanitaria argentina durante las décadas centrales del siglo XX. Analiza el papel del neurocirujano Ramón Carrillo como impulsor de las políticas pronatalistas y de los argumentos pseudocientíficos que permitieron al peronismo desarrollar un discurso de salvaguarda «de la esencia de una nacionalidad argentina amenazada por la dominación liberal». El cuarto bloque de trabajos aparece agrupado bajo la denominación de darwinismo, eugenesia y estigmas de la «otredad». José Luis Peset profundiza en la obra del antropólogo italiano Giuseppe Sergi y en su idea de complementar el eugenismo físico con una educación saludable capaz de proteger y mejorar los elementos sanos de la raza en una Italia en la que abundaban, en su opinión, los degenerados de la normalidad. Como indica Peset, Sergi reclamaba un nuevo Risorgimento, pero la antropología y la eugenesia pasaron a tener un papel director en el nuevo orden que con la llegada del fascismo cambio por entero la política italiana. El modelo biopatológico de Nicola Pende y la construcción de la ortogénesis como ciencia encargada de atender a los delincuentes en tanto que objetos sintomáticos, es el propósito del trabajo firmado por Andrés Galera. Para este autor el delincuente habría engrosado las filas del contubernio patológico, combatido por los higienistas para mejorar la raza humana. En la tercera de las contribuciones que conforman el bloque, Rafael Huertas, desde el contexto del programa regeneracionista que dominó el panorama sociosanitario en la España de la Restauración, analiza la emergencia de la infancia delincuente como colectivo específico y el importante proceso de medicalización que padeció. Bajo aquellos parámetros se primaron las terapias, obviando las causas sociales que se derivan de una organización socioeconómica injusta. Por su parte, Luis Ferla, analiza para el Brasil del período de entreguerras, el papel del determinismo biológico de los positivistas como elemento configurador de una relación ciencia/Estado, en la que el conocimiento científico legitimaba la interferencia del Estado en la vida cotidiana, y más concretamente su papel como agente capaz de viabilizar la construcción de un mercado de trabajo dócil y productivo. La literatura positivista argentina y más concretamente las ideas de un interlocutor local de Cesare Lombroso, como fue el caso de Víctor Mercante, son analizadas por Hugo E. Biagini, en un trabajo titulado «La escolástica de laboratorio: juvenilismo y socialdarwinismo». Por último, Marisa Miranda se ocupa de la prostitución y de la homosexualidad en el contexto del discurso eugenésico que dio sustrato teórico a las biopolíticas represivas argentinas entre 1930 y 1983. El diseño de estrategias de control de la reproducción humana, conllevó una regulación de la sexualidad a través del control normalizador que se ejerció sobre las prostitutas y los homosexuales. El quinto y último de los bloques temáticos que configuran la monografía está agrupado bajo la denominación de darwinismo y eugenesia en campos disciplinares. Irina Podgomy, analiza las disputas entre darwinistas y antidarwinistas a propósito de las interpretaciones sobre el pasado geológico sudamericano que tuvieron lugar en el marco de la paleontología argentina durante el período comprendido entre 1860 y 1910. Susana V. García, realiza una aproximación al universo de ideas y posturas que en relación con la herencia biológica y los mecanismos evolutivos fue popularizado por algunos de los naturalistas argentinos de principios del siglo XX. Ana María Talak, analiza la variedad y complejidad de relaciones que existió entre higiene mental y eugenesia, en el contexto de la psicología argentina de las primeras décadas del siglo XX. Por su parte, Adrián Celentano, también en el marco de la Argentina del siglo pasado, se ocupa de la relación entre determinismo y psiquiatría a partir del análisis de la tesis doctoral de Gregorio Bermann (1894-1972). Por último, María José Betancour, se ocupa de analizar la influencia de las ideas eugenésicas en la pediatría española a través de la obra del médico tinerfeño Diego Guigou y Costa. Como podemos apreciar se trata de un conjunto diverso en contenidos y enfoques, pero que al mismo tiempo que muestra la complejidad con la que fueron incorporados al mundo latino las principales ideas y lecturas que acompañaban a la eugenesia y el darwinismo social, nos ofrece interesantes elementos de reflexión para poder abordar la doble condición de ideología de integración social y de tecnología de intervención sobre la población que cabía y cabe otorgar a la eugenesia y al correlato teórico que representa el darwinismo social. Curación mágica, posesión y profecía en el marco del magnetismo animal romántico, Barcelona, mra ediciones, 2006. Luis Montiel es un historiador de la medicina «atípico». Sus temas de estudio siempre han sido originales, pero «periféricos» a las ortodoxias académicas. Su fascinación por Thomas Mann y el buen conocimiento de su obra, así como la de otros autores de la literatura universal, han modulado, en muy buena medida, su trayectoria profesional e intelectual, dotándola de un empaque estético y de una erudición envidiable. Con el tiempo, sus preferencias fueron decantándose hacia el estudio del romanticismo alemán (creo que sus lecturas de Mann no son ajenas a la forma que Luis tiene de entender y abordar el romanticismo) y se convirtió en el mejor especialista español en medicina romántica centroeuropea -lo que no quiere decir gran cosa, pues no son muchos los colegas dedicados a esta materia en nuestro país-, y, sin duda, en uno de los más destacados expertos en el ámbito internacional. Su brillante aportación a la historia de la medicina alemana en el tránsito del siglo XVIII al XIX realizada en La corona de las ciencias naturales (CSIC, 1993), obra importante en la que compartió autoría con la añorada Elvira Arquiola, hacía presagiar que, por fin, Luis Montiel iba a poner su punto de mira en temas más «médicos», más acordes con lo que se espera de un historiador de la medicina (oficial). Sin embargo, sus siguientes trabajos volvieron a sorprender (a los no avisados) por el giro -solo aparente-de sus investigaciones. La Naturphilosophie de Schelling, con su reivindicación de la unidad indisoluble de materia y espíritu, abrió las puertas al estudio del «lado nocturno de la ciencia natural». Con la edición de El simbolismo del sueño (mra, 1999, original 1814) de G.H. Schubert, Luis Montiel se sumergió en el estudio de ese «lado nocturno» -término propuesto por el propio Schubert-; esto es, en el análisis histórico de un tipo de «medicina» que pretendía intervenir sobre aquellas zonas de la naturaleza que no podían ser investigadas con los medios habituales del método científico o experimental y que necesitaban otros métodos, digamos, más especulativos. Y ya, desde estas coordenadas, el paso al estudio del magnetismo animal -otro tema periférico-estaba cantado. Hace un par de años coordinó, junto a Ángel González de Pablo, un espléndido libro colectivo, titulado En ningún lugar, en parte alguna (Frenia, 2003), donde se da cuenta de diversos aspectos de un «saber» -el magnetismo animal y el hipnotismo-que no ocupa ningún «lugar», que está al margen, en el «lado oscuro» -o nocturno-de las prácticas sanadoras, pero que, precisamente por eso, se encuentra en todas partes y a todas llega. Pues bien, con su último libro, Montiel llega un poco más allá. Su Daemoniaca, título que toma prestado de Dietrich Georg Kieser, lleva un esclarecedor subtítulo «Curación mágica, posesión y profecía en el marco del magnetismo animal romántico». Lo oculto, lo misterioso, lo mágico, lo «paranormal» aparecen aquí, en relación con la medicina, de un modo ciertamente interesante y atractivo. Montiel construye una narrativa basada en una serie de casos «clínicos», proporcionados por dos médicos que mantuvieron posiciones muy distintas ante una serie de fenómenos extraordinarios: Justinus Kerner y, el ya mencionado, Dietrich Georg Kieser. Tras un capítulo introductorio, en el que sitúa y contextualiza el magnetismo animal y su recepción y difusión en Alemania, Montiel estructura su monografía en dos partes, una dedicada a Kerner y otra a Kieser. Ambas partes se abren con un necesario «esbozo biográfico», pues no son figuras especialmente conocidas en la historia de la medicina más tradicional. Acaso Justinus Kerner pueda sonar más, por haber sido el médico del poeta Hölderlin, pero nos viene bien saber que fue un médico magnetizador, con una gran vocación de servicio hacia los pacientes, a los que invitaba a pasar temporadas en su casa -Kernerhaus-, donde les aplicaba terapia magnética. También fue poeta, y autor de una obra poético-iconográfica que Luis Montiel tuvo oportunidad de estudiar y editar en Kleksografías (mra, 2004). Y lo que es más importante para la dinámica del relato que nos ofrece Montiel, Kerner fue un visionario y un «creyente», convencido de la existencia de los espíritus. Kieser, por su parte, responde a un «perfil» profesional diferente, es también médico magnetizador, pero su visión es la de un hombre de ciencia, la de un estudioso que, desde la academia (fue profesor de la Universidad de Jena) y desde la «razón» aborda la explicación de una serie de fenómenos que nunca considerará «paranormales». Kieser, nos indica Montiel, fue uno de los más serios estudiosos del magnetismo animal -y yo diría que de sus «derivaciones»-, llegando a fundar en 1817 el Archiv für den thierischen Magnetismus (Archivo de Magnetismo animal), revista que dejó de publicarse en 1824 (12 volúmenes) y que ha sido una de las fuentes principales del estudio de Montiel. Estos «esbozos biográficos» nos ofrecen información y claves para entender la actividad de estos dos médicos que, sin embargo, no son protagonistas, sino simples narradores -a la vez que personajes secundarios-de los avatares sufridos por los verdaderos actores de las historias que se refieren a continuación: los pacientes. Llevo años escuchando y leyendo a Montiel reivindicar la historia de la medicina «desde la perspectiva del paciente». Creo que la influencia de Heinrich Schipperges y de Pedro Laín, reconocida por el propio Montiel, tiene mucho que ver en este tipo de enfoque. Los pacientes, sus sufrimientos, su vivencia de la enfermedad y, en el caso de producirse, de su curación, ocupan un lugar central en el universo de Daemoniaca, por más que dichas vivencias sean extrañas, enigmáticas o «sobrenaturales». No voy a descubrir aquí el contenido de los «casos clínicos» seleccionados y descritos en esta monografía. Tan solo diré que son fascinantes en sí mismos y que lo son también gracias a la vigorosa pluma del autor. Una redacción ágil y amena -sin el farragoso aparato crítico de las notasque induce a seguir leyendo, pero que de ninguna manera minimiza el evidente carácter de investigación original que el trabajo de Montiel tiene. El hábil manejo de las fuentes, debido a su dominio del alemán, y el profundo conocimiento de la época romántica, garantizan el resultado. Aunque es el lector el que debe sumergirse en los pormenores de las historias, merece la pena destacar que las diferencias, ya señaladas, de los dos médicos estudiados son coherentes con la naturaleza de los casos estudiados por ambos: Para empezar, los casos de Justinus Kerner corresponden todos a pacientes suyos, con los que tuvo relación personal y profesional y con los que compartió las experiencias esotéricas narradas; así, el caso de la vidente de Prevorst (magia, religión, magnetismo animal, homeopatía); la muchacha de Orlach (fenómenos cacodemónico-magnéticos, espíritus burlones, espíritus amenazadores); el caso de Anna Maria U. (posesión demoníaca), etc. Por el contrario, los casos de Kieser no provienen de su propia experiencia clínica, sino que son análisis de historias extraídas de la literatura. A través de ellas se pretende ofrecer explicaciones fisiológicas «retrospectivas». Visionarios, iluminados, poseídos, sonámbulos, profetas, aparecidos, etc., pueblan las páginas de la segunda parte de esta monografía. Aunque la mayoría de los casos de Kieser se refieren a Alemania (algunos se sitúan en la guerra de los treinta años), especial mención merece el apartado dedicado al fenómeno de la «segunda vista», extraña facultad atribuida a algunos habitantes de la isla escocesa de Skye, en las Hébridas, consistente en la «capacidad de ver a distancia en el tiempo y el espacio en una especie de trance y conservar después el recuerdo de la visión» (p. Si la vidente de Prevorst influyó definitivamente en la «conversión» de Justinus Kerner, haciendo de él un «creyente»; Kieser considerará a los videntes de la isla de Skye «gente fantasiosa y melancólica», y sus visiones, «meras imaginaciones». He aquí un ejemplo de las diferencias que pueden detectarse entre uno y otro médico. Escocia, tierra de druidas, leyendas y brumas, es también la patria de Macbeth. El personaje shakespeariano, al que se le aparecen las tres brujas y le profetizan la corona, aparece aquí como un Macbeth magnetizado cuyas alucinaciones, en el sentir de Kieser, no tienen nada de mágico. En definitiva, a través de los casos de dos médicos con unas ideas bien distintas en torno a las consecuencias y a la utilidad del magnetismo animal, Luis Montiel nos abre una ventana a una época, a un ambiente, a una sensibilidad. Bordeando la ortodoxia médica, el magnetismo animal tuvo una importancia en la sociedad y en la cultura de Europa que quizá no ha sido suficientemente valorada. Merece la pena hacerlo, entre otras cosas, porque las relaciones entre ciencia y creencia siempre han sido aspectos importantes en el pensamiento de occidente; pero también porque muchos de los casos descritos en este libro permiten adivinar lo que más tarde confluiría en una de las construcciones diagnósticas más cruciales de finales del siglo XIX y comienzos del XX: la histeria. En suma, un libro de lectura más que recomendable, que ofrece claves importantes para comprender un tipo de práctica médica «diferente», que ilustra sobre cómo algunos médicos intentaron gestionar y explicar ciertos fenómenos inexplicables y que nos informa sobre prácticas sanadoras extraordinarias situadas al margen de la ciencia oficial y académica. Se trata, pues, de una obra singular, como buena parte de las de su autor. Como creo que ha quedado suficientemente claro en las líneas precedentes, las investigaciones de Luis Montiel, origi-nales y «atípicas», no han carecido jamás de rigor científico; por eso es de agradecer su interés por la heterodoxia y, por qué no decirlo, su propia heterodoxia. Por eso es de agradecer Daemoniaca. Rafael HUERTAS PERDIGUERO GIL, Enrique (comp.), Salvad al niño. Estudios sobre la protección a la infancia en la Europa mediterránea a comienzos del siglo XX, Valencia, Seminari d'Estudis sobre la Ciència, 2004. El número 10 de las monografías del Seminari d'Estudis sobre la Ciència está dedicado a recoger parte de los resultados proporcionados por la labor que, bajo la coordinación de Josep Lluís Barona, han desarrollado investigadores de las Universidades de Valencia, Alacant, Miguel Hernández, Sassari (Italia) y del Instituto de Historia del CSIC (Madrid) en el marco de la red temática Sanitat, Història, Població, constituida en 2001. El 16 de noviembre de ese año los cinco grupos de investigación implicados se reunieron en el Departamento de Historia de la Ciencia y Documentación de la Universidad de Valencia, y ofrecieron sus primeras aportaciones sobre el tema «Políticas sociales y sanitarias sobre la infancia durante los siglos XIX y XX. Un estudio comparado entre Italia y España». Tomando como punto de partida estos materiales reelaborados, al que se han añadido aportaciones de otros investigadores invitados a colaborar, se configuró el volumen que vamos a presentar seguidamente. Esta obra debe encuadrarse en el renovado interés mostrado hacia la historia de la infancia en los últimos años por demógrafos históricos, historiadores generales, historiadores de la medicina y de la salud pública, así como por antropólogos e investigadores de otras disciplinas. El estudio y seguimiento en profundidad por estos profesionales de las nuevas pistas y enfoques abiertos en los años setenta y ochenta de la pasada centuria dio interesantes frutos en los noventa (como muestra la bibliografía francófona, anglosajona y española coleccionada en el monográfico de la revista francesa Annales de Démographie Historique del 2001-2), y sigue haciéndolo en los primeros años del nuevo siglo. Exponentes de ello han sido algunas reuniones monotemáticas (como la celebrada por la EAHMH en Ginebra el 2001 o la convocada en la Universidad de Linköping para el 2007) o los monográficos de la revista italiana Medicina & Storia (2004) y de la española Dynamis (2003). Los trabajos reunidos en este atractivo volumen, por tanto, vienen a sumarse a estas contribuciones y a otras previas llevadas a cabo en nuestro país por Rosa Ballester, Emilio Balaguer, Esteban Rodríguez Ocaña, Teresa Ortiz y por muchos de los autores que participan en el libro que estamos comentando. La obra comienza con un índice y una mínima presentación de su proceso de gestación, que corre a cargo de J. L. Barona y E. Perdiguero. A continuación, este último autor y M. del Cura nos ofrecen una breve y útil introducción al marco teórico y al estado de la cuestión sobre la historia de la infancia, que finaliza con una exposición de los objetivos perseguidos. Se pretende, como nos indican los autores, revisar una serie de cuestiones referentes a la construcción de la infancia como problema y a las diferentes acciones emprendidas para lograr resolverlo, y, con ello, participar en el debate historiográfico existente y enriquecerlo también mediante la pluralidad de acercamientos. De ahí que, además de con los historiadores de la medicina -que constituyen el colectivo más notable-, se haya contado con demógrafos, médicos de atención primaria e historiadores de la pedagogía para la redacción de los distintos capítulos, que configuran dos partes de tamaño desigual. La primera de ellas, que corre a cargo de dos consagradas investigadoras foráneas, está dedicada a la exposición panorámica del proceso de construcción de la infancia y de las medidas de protección adoptadas en Francia e Italia durante el último tercio del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Así, en primer lugar, Catherine Rollet, en un sintético y bien elaborado trabajo, nos muestra lo ocurrido en el país galo entre la Ley Roussel de 1874 (primera ley de protección de la primera infancia) y el establecimiento de la Seguridad Social francesa en 1945, que asumió toda la cuestión de la protección materno-infantil y de la infancia. Como pone de relieve la autora, la alianza establecida entre médicos y legisladores hizo posible la Ley Roussel, y su aplicación permitió la creación de distintas instituciones (algunas de ellas, como la Gota de Leche, fueron exportadas a otros países -el nuestro, entre ellos-) y la introducción progresiva de las modernas técnicas al cuidado físico y la protección de los infantes, facilitándose la configuración de la puericultura y pediatría como especialidades médicas. A continuación, Lucia Pozzi, se ocupa de lo ocurrido en Italia, mostrando el impulso que cobró el tema de la infancia y su protección tras la unificación italiana y la concienciación médica del retraso que existía en dicho país en materia de protección social, especialmente en el ámbito materno-infantil. La segunda parte -que constituye el núcleo principal del libro-recrea lo ocurrido en España, y consta de ocho trabajos organizados en torno a tres bloques temáticos distintos, que están dedicados sucesivamente a analizar las iniciativas legislativas e institucionales, el papel protector de la educación y de la higiene, y, por último, la construcción del concepto de «infancia anormal». El primero de estos bloques se inicia con el exhaustivo y rico trabajo de E. Perdiguero y E. Robles, en el que se examina el protagonismo que la interesante y aún escasamente estudiada Sociedad Española de Higiene tuvo en la gestación, elaboración y aprobación de la Ley de Protección a la Infancia de 1904, cuyo referente fue la Ley Roussel. A continuación, J. L. Barona centra su amplio trabajo en la Ley de 1904 y su aplicación a través de la constitución del Consejo Superior de Protección a la Infancia y Represión a la Mendicidad, estudiando la composición, funciones, estructuración y reglamento del Consejo y los principales temas analizados por cada sección, dando cuenta igualmente del surgimiento de ProInfantia (1909), su órgano de expresión, y de las principales instituciones de protección a la infancia creadas en Madrid y en la ciudad de Valencia. Por su parte, R. Álvarez, en un atractivo y bien articulado trabajo, examina algunos proyectos y realizaciones de instituciones modélicas de protección a la infancia (como el Instituto Nipiológico de Barbastro de Martínez Vargas o el Grupo Benéfico de Vallehermoso de Madrid) que quisieron ir más allá del consultorio y de la mera ayuda para la alimentación e hicieron una propuesta de acción integral y preventiva. La revisión de estas iniciativas informa del modo de recibir e introducir las ideas y modelos foráneos en las primeras décadas del siglo XX a través de nuestros pediatras y pedagogos, pero también muestra cómo fue progresando el intervencionismo estatal en el problema de la infancia, aunque no siempre contara con el suficiente respaldo económico. Este primer bloque temático se cierra con el trabajo de J. Lloret Pastor, que examina cómo percibió y reflejó la activa prensa médica valenciana entre 1855 y 1939 el problema de la infancia y su necesidad de protección, poniendo de relieve cómo se hizo eco de las principales iniciativas y debates nacionales, pero concedió mayor espacio a los locales. El segundo bloque temático, dedicado a explorar el rol de la educación y la higiene en la protección de la infancia, incluye dos trabajos. En el primero de ellos, I. Palacio Lis, desde la perspectiva de la historia de la pedagogía, refleja bien cómo las intervenciones educativas y proteccionistas sobre la infancia persiguieron la moralización de las clases populares. La autora examina los rasgos principales de los dos tipos de políticas estatales de protección a la infancia: el benéfico-asistencial, y el asistencial-protector, señalando la pervivencia de la ideas de beneficencia y caridad en el primero de ellos. A continuación, J. Bernabeu, J. X. Espluges y M. E. Galiana se acercan al tema de la higiene escolar mediante el análisis del contenido del primer Congreso Español de Higiene Escolar, celebrado en 1912 en Barcelona, que aún no había sido objeto de atención monográfica. Como ponen de relieve los autores, la convocatoria de dicho Congreso, realizada conjuntamente por la Academia de Higiene de Cataluña y la Sociedad Barcelonesa de Amigos de la Instrucción (que contaba con una elevada presencia de médicos), debe inscribirse dentro del movimiento regeneracionista imperante que deseaba la renovación completa de nuestro país y colocaba el problema higiénico-pedagógico en un primer plano, persiguiendo el establecimiento de una educación moderna y sana, en la que la Inspección Médica Escolar tuviera un destacado papel, especialmente en la selección de anormales. Precisamente, el tema de la infancia anormal, que emergió con el establecimiento de la obligatoriedad escolar y que no suele formar parte de los análisis históricos sobre la protección de la infancia, es abordado en el tercer y último bloque temático a través de las interesantes aportaciones de R. Huertas y de M. del Cura. Esta última, incorporando parte de los resultados que le está aportando la investigación que lleva a cabo para la elaboración de su tesis doctoral, nos acerca al proceso de construcción del niño «anormal» realizado en nuestro país desde la Medicina y la Pedagogía. Como señala la autora, dicho proceso, que no estuvo exento de dificultades y limitaciones, tenía como fin último lograr la segregación del «anormal» tras ser bien definido, tipificado, y diagnosticado. A su vez, R. Huertas con su habitual buen hacer y el recurso a algunos testimonios literarios relevantes de la época, muestra el surgimiento del problema de la delincuencia infantil a finales del siglo XIX, su ubicación en el programa regeneracionista, y da cuenta del contexto en el que apareció la figura del «golfo» al inicio de la pasada centuria, así como del significado adquirido por dicho neologismo y de su aplicación a la infancia (el «golfillo»). Los «golfillos» no escaparon a la medicalización y patologización que dominó otras esferas marginales, impregnándose también el discurso de juristas que, en claro acuerdo con los médicos, buscaron en el Tribunal Tutelar de Menores y las nuevas instituciones creadas en torno a él la solución al problema de la delincuencia infantil. El recorrido a través de los capítulos comentados le permite al lector ver la influencia que ejercieron las ideas y modelos franceses e italianos a la hora de abordar el problema de la infancia y su protección en nuestro país. La lectura atenta del texto muestra también el escaso respaldo económico brindado por el Estado al tema de la protección infantil y el relevante papel que en ello siguió desempeñando la filantropía, viéndose limitada, por ello y por el retraso registrado en la instauración de la Salud Pública, la materialización de algunas de las modernas iniciativas que, a imagen de nuestros referentes europeos, propusieron nuestros pediatras y pedagogos para abordar el problema de la infancia. Por lo que a la edición del libro se refiere, cabe señalar algunos pequeños errores mecanográficos deslizados y, en ocasiones, discordancias entre el título que figura en el índice y el que encabeza el capítulo, que no restan calidad a la obra. En su conjunto, creo que el volumen que hemos venido comentando supone una aproximación provechosa y sugerente al problema de la protección de la infancia y un útil recurso que contribuye a mejorar nuestro conocimiento de algunos aspectos de la historia de la infancia en nuestro país que aún no habían sido abordados completamente. María Isabel PORRAS GALLO Es ésta una obra más que conocida de Cajal, reeditada y traducida, muy interesante tanto desde el punto de vista del conocimiento del gran investigador y el reconocimiento de la «modernidad» de su pensamiento, como desde el punto de vista de la historia de la ciencia en España. No vamos a referirnos al contenido, en el que Cajal pondera el interés de la investigación para el Estado, la necesidad de su relación estrecha con la educación, las cualidades más importantes del investigador, entre las que pone por delante la «voluntad», más que las capacidades excepcionales, aportando unas magníficas reflexiones que fueron, en su inicio, su discurso de entrada en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en diciembre de 1897. Recuérdese la fecha, final del siglo XIX, tiempos de sentimientos de decadencia y de deseo de regeneración. Por otra parte, tiempos de despertar y búsqueda de un avance en la educación y la ciencia que culminará con la fundación de la Junta para Ampliación de Estudios en 1907, que será presidida también por Cajal. Ramón y Cajal no estaba sólo con sus ideas sobre la actividad científica. Esta misma reflexión nos lleva a pensar que, en ambos volúmenes, se echa de menos un estudio que contribuya a la historia de la ciencia, que integre esta obra en el medio en que se creó, que se valore en relación con la situación de la investigación en el momento. Que saque a Cajal de su aislamiento y de su pedestal. No porque no lo merezca, sino, al contrario, porque fuera más allá de esa mirada que, en cierta medida, admirándole le aleja. Hay obras múltiples sobre la figura del histólogo desde todos los puntos de vista, personal, científico, pero siendo éstos unos escritos válidos para todo tipo de lector, hubiera sido especialmente interesante editarla con un pequeño estudio histórico sobre ella. Ni siquiera se ha interesado nadie por la curiosa figura de Enrique Lluria y Despau, al que Cajal agradece la financiación de la segunda edición del discurso en 1898. Lluria, un cubano de Matanzas y español por sus estudios, médico apasionado por la investigación -colaboró con Cajal-y por la política, de azarosa vida, publicó, entre otras obras, el significativo libro La evolución superorgánica de los seres humanos, con prólogo de Cajal. Se trata de una poderosa interpretación de la evolución de la sociedad, de orientación spenceriana, aunque introduciendo cambios esenciales en la forma de interpretar, de forma progresista, esa evolución. Ambas ediciones están correctamente presentadas, más cómoda de formato la del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, reedición de la aparecida en el año 2000. La de Gadir, a cargo de Leoncio López Ocón, que hace una curiosa inversión del título, poniendo por delante los «tóni-cos de la voluntad», ha sido completada con interesantes anexos documentales y gráficos. En ambas pueden volver a leerse las serias, modestas reflexiones de una gran investigador. Y digo modestas porque son reflejo del pensamiento nada grandilocuente de un verdadero y brillante trabajador de la ciencia. Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ DEL RÍO PARRA, Elena. Una era de monstruos: representaciones de lo deforme en el Siglo de Oro español, Madrid, Iberoamericana, 2003, 309 pp. Desde los mirabilia clásicos hasta hoy, los monstruos, engendros, portentos, ostentos, prodigios, aberraciones y otros seres dismórficos o anómalos han sido siempre habituales habitantes, no sólo de la literatura fantástica o de la imaginación popular, sino también de otras obras supuestamente más serias. Libros de viajes, historias naturales, diarios de navegación, tratados médicos, almanaques y los llamados pliegos de cordel los incluyen frecuentemente en sus páginas. En este atractivo ensayo, Elena del Río Parra nos habla extensa e intensamente de ellos. Una era de monstruos constituye la argumentación básica de la tesis de doctorado de esta profesora del departamento de lenguas clásicas y modernas de la Georgia State University. Se trata, como sugiere el subtítulo, de un análisis de la idea de lo monstruoso en nuestra cultura durante el Siglo de Oro español. La tarea intelectual que este estudio supone (tarea fronteriza, apasionante y muy reveladora), se desenvuelve en los terrenos vecinos de la filología, la simbología y la historia de la cultura, pero también con sabrosas incursiones en la historia de la medicina, la zoología fantástica o la fisonomía. A lo largo de cuatro grandes capítulos se desgrana el análisis de una fascinación que nada a dos aguas entre lo científico y lo supersticioso, entre lo espectacular y lo simbólico y entre lo real y lo literario. Los dos primeros (Las naturalezas del monstruo, Entender y debatir lo monstruoso), abordan el enfoque más científico del problema, lo que podríamos llamar los escenarios «académicos» del monstruo. La autora los contrapone oportunamente a las lecturas supersticiosas que todavía en el XVII podían hacerse del mismo: el monstruo como expresión de un castigo divino o como anuncio o presagio de lo que ha de venir. En los dos últimos capítulos (El monstruo en la calle, El monstruo en los libros) se describen fundamentalmente los escenarios literarios y simbólicos de lo monstruoso, de acuerdo con la estética barroca y su gusto decidido por la metáfora, la hipérbole y la alegoría. Pero, si me permiten la confidencia, este estudio sobre el monstruo y lo monstruoso constituye, en realidad, un pretexto excelente -seleccionado de forma muy consciente y eficaz por la autorapara hablar de paso de la historia de las ideas en la transición del Renacimiento al Barroco. Es la crónica detallada de cómo fue superado el modelo renacentista, con una anatomía demasiado armónica, demasiado equilibrada en sus modos y en sus formas, demasiado vitrubiana quizá, para dar paso al monstruo barroco y a las nuevas representaciones simbólicas de la desmesura. No deja de sorprender la pluralidad de interpretaciones que admite el fenómeno de lo monstruoso. Es un dilema moral, un enigma médico, un espectáculo, un símbolo, una transgresión, una metáfora, un augurio y hasta hay quien ha sabido extraer de ellos una oportuna moraleja. Y es cierto que la simple contemplación del monstruo es capaz de suscitar en nosotros sensaciones a veces bastante contradictorias: el temor y la compasión o la curiosidad y la repulsión, todas ellas maravillosamente aprovechadas en el siglo XX por la industria cinematográfica. La mirada del médico o del científico tampoco se ha visto libre de estas contradicciones. El temor frente al monstruo resulta bastante razonable, en la medida en que éste desafía las leyes naturales y nos devuelve a la indefensión del caos de lo incomprensible y lo imprevisible, de una naturaleza inabarcable y dispuesta siempre a sorprendernos. Pero la ternura y la compasión alientan también detrás de la desgracia personal del monstruo, que, en definitiva, es un ser deshumanizado, necesitado de protección, carente de afectos y de recursos, o sufriente de algún extraño mal incomprensible del que ni siquiera es culpable. Aunque, entre todos los sentimientos que inspira lo deforme, es la curiosidad probablemente el más generalizado, y tanto la curiosidad que solemos llamar «morbosa» o «malsana» como la inquisitiva o científica, pues no siempre ha sido fácil deslindarlas en lo íntimo. Y es tanta la curiosidad que los monstruos despiertan que siempre se ha intentado comercializar su exhibición pública con pingües beneficios y hasta fue preciso tomar medidas estrictas para evitar que una mercancía tan lucrativa como ésta fuera robada o simulada de modo fraudulento mediante falsificaciones. Pero quizá la interpretación más interesante que suscitó el monstruo fue la que dio origen etimológico a la propia palabra: a fin de cuentas, «monstruo» procede del latín monstrare, que es mostrar o enseñar, y éste, a su vez, de monere, avisar, porque se pensaba que cada fenómeno monstruoso encierra presagios, signos secretos que podrían ser interpretados como anuncios de lo que ha de venir. En esta misma línea etimológica se encontrarían también, a juicio de San Isidoro de Sevilla y de Covarrubias, los términos «prodigio», «portento» y «ostento». Hay algunas renuncias conscientes en este libro. A fin de centrar su estudio con eficacia, la autora prescinde de las leyendas orales y maneja exclusivamente documentos escritos, o elude la enfermedad mental para centrarse en lo morfológico, es decir, en lo teratológico. Por último, limita las coordenadas espaciotemporales del estudio al siglo XVII español, aun a sabiendas de que la historia de las ideas no admite nunca acotaciones geográficas o cronológicas demasiado estrictas. Por ello, como reflexión desde la historia de la ciencia, resulta muy ilustrativo comprobar cómo las interpretaciones científicas de lo monstruoso van ganando terreno a la superstición, a medida que la ciencia moderna se abre paso en los escenarios culturales de nuestro país. Y aún más revelador resulta constatar cómo esas mismas lecturas supersticiosas, lejos de disiparse a la luz de la ciencia, se replegaron a reductos específicos o fueron incluso manipuladas con cierta intención política. El ensayo se cierra con un par de apéndices documentales de lectura realmente deliciosa. Se trata de una selecta colección de fragmentos de autores ya clásicos del género que describen algunos casos prodigiosos. Hay textos de Bovistuau (Historias prodigiosas y maravillosas, 1603), del médico limeño Rivilla Bonet (Tratado del origen de los monstruos, 1695), de José Vicente del Olmo (Nueva descripción del Orbe de la Tierra, 1681), del polifacético jesuita Juan Eusebio Nieremberg (Curiosa filosofía y tesoro de maravillas de la naturaleza, 1630) o de Fray Antonio de Fuentelapeña (El ente dilucidado, 1676). Estos apéndices pueden leerse en relación con las abundantes notas a pie de página que a ellos remiten, lo que proporcionará el oportuno contexto explicativo. Pero les sugiero que lo hagan también independientemente del ensayo, porque es un muestrario narrativo francamente evocador, capaz por sí mismo de trasladarnos a esa época. Si la experiencia les gusta, algunas de estas obras están disponibles íntegramente en línea, por ejemplo, las de Nieremberg en la Biblioteca Virtual de la Diputación Foral de Vizcaya [URL] y la de Fuentelapeña en E-Campus Guipuzkoa [URL]. En fin, una excelente encuadernación ésta de la editorial Iberoamericana para un contenido también excelente. Una lectura grata y provechosa que, en cierto modo, no ha perdido ni un ápice de actualidad. Porque, si los dismórficos actuales pueden ya vivir una intimidad más digna, muchos otros recorren todavía el mundo en circos decadentes o, rebautizados hoy como freaks, han pasado a ser tristes estrellas fugaces en los platós de televisión. Al final habrá que dar la razón a don Francisco de Goya, quien, en el negro desaliento de sus últimas pinturas, supo enseñarnos que es el sueño de la razón el que puede engendrar nuestros peores monstruos. Juan V. FERNÁNDEZ DE LA GALA RODRÍGUEZ OCAÑA, Esteban. Salud Pública en España. Ciencia, profesión y política, siglos XVIII-XX, Granada, Universidad de Granada, 2005. En las dos últimas décadas la Historia de la Salud Pública ha tenido una importante expansión historiográfica en España. Esta eclosión de trabajos nos ha permitido un conocimiento más ajustado de un proceso histórico, íntimamente ligado al liberalismo y a la industrialización, que ha convertido la salud en un asunto central de las sociedades actuales. Sin duda alguna, en este impulso historiográfico el papel de Esteban Rodríguez Ocaña ha sido de extrema importancia tanto por sus trabajos de investigación, algunos de los cuales figuran entre los mejores estudios sobre la materia producidos en nuestro país, como por su labor divulgadora e intentos de internacionalizar o dar a conocer dicha historiografía más allá de nuestras fronteras. El libro que reseñamos es una recopilación de nueve trabajos publicados con anterioridad en diversas revistas y libros colectivos que ahora el autor reagrupa en tres capítulos. En este sentido, el libro es un buen exponente de su trayectoria como investigador pues ofrece la posibilidad de leer conjuntamente algunos de sus trabajos más significativos y que no siempre resultan fáciles de encontrar. Sin embargo, pese a su indudable calidad que comentaremos a continuación, el libro nos deja con la miel en los labios precisamente por su carácter recopilatorio. No discuto la legitimidad de la opción tomada por el autor, aunque creo que muchos de sus lectores, entre los que me incluyo, hubiéramos preferido un trabajo de síntesis sobre el asunto, pues pocos investigadores en España están tan bien capacitados para hacerlo como él. Tal síntesis, hubiera venido a cubrir una laguna importante en la historiografía española al tiempo que hubiera ofrecido un panorama del punto en que se encuentran los estudios históricos sobre salud pública en nuestro país. En cualquier caso, apuntada esta crítica, que proviene más de la bulimia intelectual, el libro es de gran calidad y utilidad. Dividido en tres capítulos, el primero de ellos, titulado «Una administración sanitaria» agrupa cuatro trabajos que abordan la configuración de la salud pública española desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Especial interés tiene el análisis del complejo sistema sanitario dieciochesco construido por los Borbones, («El resguardo de la salud. Administración sanitaria española en el siglo XVIII») y que se vio atravesado por constantes reformas y contrareformas, en busca de un principio racionalizador que consiguiera darle una mínima unidad. También resultan muy sugestivas las páginas dedicadas al papel desempeñado por la Fundación Rockefeller en la formación de la sanidad española, en las décadas de 1920-1940 analizados en los trabajos «La salud pública en la España de la primera mitad del siglo XX» y «La intervención de la fundación Rocke-feller en la creación de la sanidad contemporánea española». El análisis de los convenios de ésta con la JAE para becar y formar en Estados Unidos sanitarios capacitados y profesionalizados, los choques constantes con Murillo, el Director General de Sanidad de la dictadura de Primo de Rivera y el informe de Bailey sobre la situación sanitaria española de los años veinte, escrito con datos de primera mano, son aspectos importantes que dan al desarrollo de la sanidad española del primer tercio del siglo XX una dimensión internacional. Internacional no sólo por la presencia de la mencionada fundación, sino porque España formó parte, como Francia o Alemania, de los intereses de la Rockefeller. Asimismo, la perspectiva de los miembros de la Fundación Rockefeller sobre el caos sanitario español coloca en su justo término los intentos siempre rácanos de la administración española por organizar la sanidad nacional con criterios modernos y ágiles. Las críticas de Bailey sobre la inexistencia de la dedicación plena por parte de los profesionales sanitarios son elocuentes a este respecto. También es importante la constatación de que la política sanitaria de la Segunda República durante el bienio 1931-1933 estuvo marcada por la formación estado-unidense de Marcelino Pascua que fue becario de la Rockefeller en la década anterior. Por otra parte, la riqueza de las actuaciones de la Rockefeller no es un hecho anécdotico pues han merecido y merecen la atención otros investigadores como Josep Lluis Barona, Josep Bernabeu y, más recientemente, Isabel del Cura y Rafael Huertas. La segunda parte del libro, titulada «Una disciplina para el desarrollo capitalista», aborda en dos trabajos el papel jugado por la higiene y los higienistas decimonónicos en disciplina científica al servicio del liberalismo y de la industrialización. En el primero de ellos «Paz, Trabajo e Higiene», se muestra como los higienistas desarrollaron un discurso marcado por la tensión entre la denuncia de las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores y la tibieza de las soluciones propuestas, marcadas por el ambientalismo y la moralización de la clase trabajadora. Este discurso, que rehuía el problema real de las relaciones miseria-enfermedad, pretendía establecer la higiene pública como la ciencia auxiliar del buen gobierno de los pueblos y armonizar el conflicto de clases, apaciguando los peligros de estallido social. Lejos de sus intenciones estaba considerar la miseria como causa principal de la enfermedad. Sin embargo, algunos de sus principales textos de mediados del XIX, como los de Font o Monlau, apuntaban claramente a esta causalidad, si bien a partir de 1870 parece existir un retraimiento de algunos de los principales higienistas tras haber vivido los efectos de las sublevaciones obreras. Junto a las denuncias y análisis de las condiciones de vida de los trabajadores, los higienistas decimonónicos también lanzaron propuestas de reforma de las ciudades desde presupuestos ambientalistas. Este es el argumento del trabajo «Comodidad, Ornamentación, Higiene. Modernización urbana e higienismo» segundo de los trabajos que integran esta parte del libro. Publicado originalmente en francés, es de agradecer ahora su traducción al castellano. Desde mi punto de vista, es uno de los trabajos más interesantes porque aborda, como el propio autor indica, una cuestión poco frecuentada por la historiografía española: las relaciones entre higienismo y urbanismo. Sin duda, los historiadores tenemos todavía un campo importante por explorar a partir, fundamentalmente, de los estudios de casos concretos y la interacción de fuentes médicas, administrativas y urbanísticas. Es posible que futuros trabajos puedan mostrar hasta que punto los arquitectos y los ingenieros fueron realmente los técnicos que asumieron y llevaron a la práctica las teorías largamente expuestas por los médicos. En cualquier caso, el trabajo de Rodríguez Ocaña apunta con inteligencia hacia las limitaciones de un higienismo atrapado entre sus sueños utópicos de construir una ciudad ideal y la realidad del marco político y económico marcada por las presiones inmobiliarias que redujeron notablemente a las pretensiones sanitarias a la hora de poner en práctica los planes urbanísticos. El tercer y último capítulo titulado «La adquisición de una metodología propia», nos adentra, a través de tres trabajos, en cuestiones tan variopintas como los métodos cuantitativos en la salud pública española entre 1800 y 1936, el papel de las encuestas sanitarias de Philip Hauser y la importancia de las campañas sanitarias en la construcción de la cultura de salud. El primero de ellos analiza las dificultades que, en un primer momento, tuvo la estadística para ser utilizada como instrumento por los sanitarios españoles, así como su posterior aceptación a partir de los años veinte, si bien a un nivel bastante rudimentario. La obra de Marcelino Pascua supondría un primer y serio intento de convertir la estadística en una especialidad sanitaria al incorporarla a la epidemiología. Sin embargo, la dictadura franquista acabaría con este intento, ahogado como otros muchos, hasta la década de los setenta. El trabajo sobre Hauser muestra el perfil científico de este médico de origen húngaro cuya singularidad fue patente en el panorama español. Sus encuestas sanitarias y su intensa labor de búsqueda de datos en diferentes instituciones propiciaron las mejores obras sanitarias del higienismo español de finales del XIX y comienzos del XX, habiéndose constituido en fuentes de gran valor para los historiadores. Por último, el estudio dedicado a las campañas sanitarias enlaza, desde mi punto de vista, más con el capítulo segundo del libro por el sesgo asistencial y social que contiene. Su hilo conductor es la propuesta teórica del Homo Hygienicus formulada por Alfons Labisch. Este autor interpreta el papel de la medicina en el proceso de asimilación de la clase obrera, a partir de la obra de N. Elias El proceso de civilización. Con este trasfondo metodológico se plantea el estudio de los procesos sociogenéticos y psicogenéticos por los que la clase trabajadora industrial llegó a adoptar el concepto de salud como el objetivo supremo de vida. En esta línea el papel de la medicina habría sido de mediación social y habría sido decisivo en el proceso de adaptación e integración de la clase trabajadora a las nuevas necesidades que el proceso de modernización y de industrialización iba imponiendo. Las campañas sanitarias, serían uno de los elementos esenciales de este proceso de interiorización de la salud como un valor fundamental de las sociedades modernas. En definitiva, los lectores del libro encontrarán en él un abanico de trabajos sugerentes que ofrecen interesantes elementos para la reflexión y de posibles líneas de trabajo historiográfico.