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En este artículo destacamos los importantes conocimientos herborísticos que llegaron a poseer los curanderos o behiques indígenas de la Española. Estos ocultaron a los españoles sus conocimientos, por un lado, como medio de conservar su situación social privilegiada, y, por el otro, como otra forma de rechazo hacia el grupo conquistador. Los españoles pronto se percataron de la importancia que tenía la herborística indígena como empresa económica comercializando con España numerosos licores y plantas medicinales. propio siglo XVI el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo advirtió que la mayoría de los médicos y cirujanos que arribaban a Santo Domingo olvidaban sus títulos acaso "porque nunca los tuvieran"^. Igualmente, la infraestructura hospitalaria en esta época fue francamente insuficiente para cubrir las necesidades de los españoles que, como bien se decía en la época, llegaban bastante "dolientes" a esta isla, tras varias semanas de travesía ultramarina. A estas deficiencias tanto de personal suficientemente formado como de instalaciones hospitalarias habría que unir la existencia de enfermedades desconocidas hasta entonces por los sanitarios españoles y que, en un primer momento, constituyeron un handicap difícil de superar. De ahí que en las primeras décadas encontremos numerosas licencias reales autorizando el retomo de algunos españoles a Castilla para curarse de sus enfermedades^. En estos documentos se señalaban como causas de las dolencias "la naturaleza" y el clima de la isla, pues no en vano los padecimientos más habituales eran fiebres y otras patologías tropicales, desconocidas hasta entonces por el grupo conquistador. Hasta tal punto se mostró inoperante la medicina española en las primeras décadas que los indios, pese a la existencia de hospitales tanto para españoles como para negros e indios, preferían ponerse en manos de sus tradicionales behiques^. Así, cuando en 1509 un indio, llamado Francisquito, fue azotado por su encomendero Francisco de Solís, después de atenderlo en primera instancia los propios españoles, otros indios se lo llevaron al bohío del Capitán "para que lo curasen mejor"'^. A no dudarlo, los indios continuaron practicando su medicina tradicional en la Por desgracia los españoles tan sólo llegaron a conocer algunos de los conocimientos herborísticos que los indígenas de la Española poseían. No debemos olvidar que los aborígenes ocultaron desde un primer momento los remedios médicos como medio de persuadir a los españoles a abandonar su territorio y, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, "abolir toda memoria de ellos"^. Para lograr este fin, habida cuenta de la superioridad española -^por supuesto logística, no numérica-, llevaron a cabo una resistencia pasiva que se catalizó en alzamientos a los montes, destrucción de sus propios "conucos" y un mutismo premeditado sobre los remedios médicos para determinadas enfermedades subtropicales. En relación a este último aspectos tenemos una referencia muy interesante de Joseph Peguero, que se hizo eco de un hecho ocurrido en esta isla varias décadas después de la llegada de los españoles. Concretamente relató que a un español desposado con una india le entró el mal de las bubas y ésta, para evitar que se la contagiase a sus hijos, le proporcionó unas hierbas curativas, advirtiéndole "que en cuanto me descubras, yo moriré y me matarán mis parientes, que no quieren que ustedes sepan el como se cura este mal por ver si mueren todos"^. Igualmente, los indios guardaron celosamente la pócima para sanar las heridas causadas por las flechas envenenadas que lanzaban los indios caribes y que tantos estragos causaron entre las huestes hispanas hasta 1540, en que por fin se averiguó el remedio^. Por tanto, queda claro que los aborígenes ocultaron de manera consciente sus conociniientos médicos a los españoles como un sistema más de oposición hacia ellos. Evidentemente eran los behiques indígenas, cuya sabiduría era fruto de la experiencia acumulada de generaciones pasadas, los mejores conocedores de las soluciones médicas a las patologías propias de la isla^. de los indios de llevarlo con los suyos para intentar salvarlo in extremis es muy significativa de la fe que tenían en su medicina tradicional. Además estaba claro que a estos chamanes o behiques no les convenía difundir sus métodos curativos, pues a la sazón ya durante sus ceremonias prehispánicas, pedían a la mayoría de los asistentes que se saliesen fuera mientras aplicaban a su paciente la medicación. Evidentemente su poder radicaba en la exclusividad de sus conocimientos que desde luego no estuvieron nunca dispuestos a compartir con el resto de los indígenas, ni muchísimo menos con los españoles. Entrando ya en el análisis de algunas de las soluciones médicas empleadas por los aborígenes, debemos decir que nuestro conocimiento se limita a lo que escribieron los cronistas, especialmente Fernández de Oviedo, el cual, en su ya citada Historia General y Natural de las Indias, le dedicó varios capítulos. Los behiques, buhitis o boicios son tres de los nombres que más frecuentemente utilizaron los cronistas para designar a los chamanes o hechiceros indígenas^. Estos formaban parte de la élite dirigente, y eran personas muy respetadas por toda la población, aunque desde luego subordinados al cacique ^ o. En cualquier caso algunos de ellos, en función de sus méritos personales como sanadores, tuvieron una "grandísima autoridad" entre los demás miembros de su comunidad^^ Por lo demás, aunque fueron acusados de farsantes por algunos cronistas como fray Bartolomé de las Casas, lo cierto es que tenían, como ya hemos afirmado, un amplio conocimiento de la medicina natural que les permitía solventar positivamente las heridas más comunes, las calenturas y las fracturas "envolviendo los miembros en yaguas mojadas''^^. Evidentemente el prestigio de estos behiques sólo se afianzaría con reiterados éxitos médicos y con la confianza auténtica de los demás miembros de su comunidad^^. Así, Pedro Mártir de Anglería afirmó, refiriéndose a los curanderos indios, lo siguiente: "Las calenturas se las curan fácilmente con jugo de hierbas, y con igual facilidad las heridas con tal que sean curables. Tienen y conocen mucha clase de Igualmente, Gonzalo Fernández de Oviedo pudo comprobar personalmente en la Española los grandes conocimientos de estos chamanes indígenas, tal y como podemos observar en el texto que exponemos a continuación: "Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas', y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."'-'' Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer al enfermo su mal^^, lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en dos sólidos pilares, a saber: primero, en sus ya mencionados conocimientos herborísticos -los cuales no eran privativos de los tainos de la Española, sino de la mayoría de las comunidades indígenas americanasÍ''-, y segundo, en sus grandes dotes psicológicas perfectamente descritas por algunos cronistas. Así, según Anglería, una vez acabado el ritual y concluido asimismo el tratamiento, el behique "sale corriendo a la puerta, que está abierta, y abriendo las manos las sacude y persuade que ha quitado la enfermedad y que pronto quedará bueno el enfermo. Pero, acercándose por la espalda, le quita de la boca el pedacito de carne como un prestidigitador, y le grita al enfermo diciendo: Mira lo que habías comido sobre lo necesario, te pondrás bueno porque te lo he quitado"^^. No cabe duda de que esta persuasión que ejercía el curan-14 ANGLERÍA (1989): Op. Por su parte José Peguero, un historiador del siglo XVIII se hizo eco de estas informaciones de Fernández de Oviedo y de Herrera al afirmar lo siguiente: "Eran los sacerdotes por la mayor parte muy herbolarios, y con el conocimiento que tenían de las virtudes de las hierbas medicinales, curaban las dolencias de los indios, y les hacían creer que estas curas eran milagros que ellos hacían con facultad que les habían dado sus dioses". í6 No vamos a insistir en los detalles del ritual ya que fue descrito a la perfección por el padre Las Casas, Fernandez de Oviedo, Antonio de Herrera y fray Ramón Pané. Una buena descripción, basada en los escritos de Pané, puede verse en CASSA, R. ( 1990 dero indio sobre sus pacientes y sus familiares era muy beneficiosa para su rápida recuperación^^^ Esta circunstancia, unida a la profunda fe que los indios tenían depositada en sus behiques, hacía que el éxito estuviese asegurado, al menos en los casos de las enfermedades más comunes. Habida cuenta de que el behique se debía consolidar por sus propios méritos, sólo de esta forma lograba un prestigio importante sobre el resto de la población. Incluso cuando se equivocaban, podían ser recriminados y duramente castigados por los familiares si se demostraba que había sido por negligencia. Sin embargo, todos los cronistas coinciden en que esta situación no era frecuente ya que les era fácil demostrar que el fallecimiento había sido fruto de la providencia divina. Incluso los propios indios cuando consideraban que la persona padecía una enfermedad que excedía los conocimientos curativos de los behiques lo llevaban directamente al monte con agua y comida y lo abandonábanlo. No cabe duda de que los propios indígenas eran sabedores de las posibilidades reales de su medicina naturista, por lo que en situaciones extremas, ni ellos mismos confiaban en su curación. Antes de proceder a la aplicación del tratamiento le hacían un sahumerio con la intención de adormecerlos. En este sentido Benzoní, tan agudo como siempre, afirmó que los behiques cuando "querían curar a algún enfermo, iban a visitarlo, le suministraban ese humo y cuando estaban bien aturdido(s) le hacían la mayor cura"2i. Entre las habilidades que más brillantemente solventaban estos behiques estaba el restañamiento de heridas, para lo cual conocían numerosas pócimas que se elaboraban con diferentes plantas. Uno de estos productos para remediar las heridas eran unos polvos extraídos de un árbol, común en la isla, llamado Yaruma y cuyos resultados describió Fernández de Oviedo con las siguientes palabras:'9 La influencia que tiene este factor psicológico es muy importante. Ya Nicolás Monardes, en el siglo XVI, refiriéndose a las enfermedades, recomendaba permanecer lejos de ellas, entre otras cosas porque "la imaginación es muy gran obradera en el cuerpo, y estando lejos no imaginará en ello ni adolecerá por imaginación...". MONARDES, N. (1885): Sevillana medicina que trata el modo conservativo y curativo de los que habitan en la muy Insigne ciudad de Sevilla, la cual sirve y aprovecha para cualquier otro lugar de estos reinos. Sevilla, Imprenta de Enrique Rasco, p. 20 Esta situación la describió el padre Las Casas con gran detalle como podemos observar en las líneas que reproducimos a continuación: "Que cuando les parece que el enfermo está cercano a la muerte, sus parientes más cercanos lo llevan en una hamaca al monte, y allí, colgada la hamaca de dos árboles, un día entero les hacen muchos bailes y cantos, y viniendo la noche, pónenle a la cabecera agua y de comer cuanto le podía bastar para tres o cuatro días, y déjanlo allí, vanse y nunca más lo visitan. Si el enfermo come y bebe de aquello y al cabo convalece y se vuelve a su casa, con grande alegría y ceremonias lo reciben; pero pocos deben ser los que escapan, pues nadie, después de puestos allí, los ayuda y visita... "Estimaban mucho los indios aquestos árboles y decían que eran buenos para curarse las llagas...Y dicen (los españoles) que es como un cáustico, y que majados los cogollos tiernos de las puntas de las ramas de este árbol, los han de poner sobre la llaga, y aunque sea vieja, le comen la carne mala, y la ponen en lo vivo y sano, y la sesenconan, y continuándolas la encueran y totalmente sanan la llaga,. "^^. No era este el único sistema empleado por los tainos para sanar las heridas ya que, por ejemplo, Peguero cita una especie de palmera datilera, llama Tamarinda, cuya corteza se molía y el producto resultante se colocaba sobre las heridas dando unos excelentes resultados como cicatrizante^^. Igualmente curaban las diarreas, básicamente a base de dietas "porque -según el padre Las Casas-se están tres y cuatro días sin comer ni beber"24. Luego consumían la fruta del guayabo que, a decir de Peguero, era de muy buena digestión "y son buenas para el flujo del vientre, y restriñen cuando se comen no del todo maduras, que estén algo durillas, para que cese el flujo del vientre..."25. Asimismo tenemos noticias de que los behiques de la Española sanaban fácilmente la enfermedad de bubas, que tan mortífera fue para los españoles antes de averiguarse el secreto de su tratamiento^^. Los indios la remediaban cociendo el palo del guayacán y extrayendo su zumo con tal éxito que, a decir de Fernández de Oviedo, "entre los indios no es tan recia dolencia ni tan peligrosa como en España, y en las tierras frías"^^. Finalmente, sabemos que los indios empleaban otras muchas plantas con cualidades medicinales, a saber: el bálsamo o guaconax -comercializada en la primera década del siglo XVI por los españoles-como cicatrizante de heridas y yagas, la semilla del manzanillo como purgante^^, la grasa de la iguana para reducir hinchazo-nes29, el zumo del "hobo" para los problemas de estomagólo, etc. Por desgracia, los documentos callan tanto el procedimiento exacto para aplicar estas pócimas como otras muchas soluciones médicas utilizadas por los indígenas. Sin duda, una parte importante de la ciencia herborística taina desapareció con su cultura, muriendo los últimos behiques sin confesar los secretos de su oficio. La ilusión por estos elixires fue tal que en la década de los treinta se encontró en Cubagua un brote aceitoso -posiblemente petróleo-y se autorizó para utilizarse como medicamento. Incluso en 1536, la Corona pidió a las autoridades de Cubagua que enviasen muestras a Castilla de ese "aceite petróleo" para experimentar con él y analizar su utilidad. Real Cédula a los oficiales de Cubagua, Madrid,, 10 de diciembre de 1532. Real Cédula a los oficiales de Cubagua, Valladolid, 3 de septiembre de 1536. 33 Aunque existe mucha bibliografía al respecto puede verse la voz cohoba en TEJERA (1951): Op. El tabaco arraigó tanto en los hábitos de los españoles que fue una de las pocas plantas "medicinales" indígenas que en poco tiempo llegó a cultivarse en la propia Península^^. La importación de estas plantas medicinales de la Española fue aumentando con el paso de los años, hasta el punto de que ya en tomo a 1530 se consumían grandes cantidades de palo de Guayacán en el hospital de las Bubas de Sevilla. Concretamente en julio de 1531, el Rey concedió cierta cantidad de maravedís a Juan de Miranda, administrador de este hospital, para que adquiriese ramas de este arbusto de la Española, pues había 80 enfermos que se estaban curando precisamente "con el agua del palo del guayacán"^». Resulta muy llamativo que recetas médicas descubiertas por los españoles apenas unos años antes se estuviesen administrando a los enfermos de los hospitales sevillanos. Evidente que esta circunstancia nos da idea de la rapidez con que las plantas medicinales indígenas fueron introducidas en el mercado europeo. Pero, sin duda, el elixir indígena que más ampliamente se comercializó y se difundió en España fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boni, planta que abundaba en la Española, especialmente en la región de Higüey^^. La receta y sus virtudes las describió el tantas veces citado Fernández de Oviedo con gran lujo de detalles: se había demostrado su eficacia para "resteñir la sangre en las llagas frescas...''^!. Igualmente, en España fue probado por varios médicos prestigiosos con similar resultado. Así, por ejemplo, en Sevilla fue suministrado experimentalmente a varios pacientes por el doctor Morales, quien al poco tiempo escribió a Carlos V explicándole la mejoría de todos ellos'^^. Poco después, en la villa de Cuellar, el doctor Juan de Vargas aplicó el bálsamo a ciertos enfermos también con el mismo éxito^^^ A mediados de la década de los veinte, Antonio de Villasante^ pidió al Rey la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón^^. Se trataba de una planta que, según explicó Villasante, se extendía por la Española, Cuba, San Juan, Tierra Firme "y quizá en la Nueva España". El había aprendido la preparación del licor de los indios tras más de treinta años de residencia en la Española casado con una mujer india y en continua "conversación con otros indios'"^. Las propiedades curativas del bálsamo eran exaltadas en el memorial de Villasante como si se tratara de un elixir mágico, pues, según decía, no sólo cerraba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc.^^. "^3 En esta ocasión Carlos V, para enterarse de una vez de las propiedades exactas del bálsamo, pidió a las autoridades de la villa que enviasen a la Corte a las personas que habían sanado con el bálsamo para, bajo juramento, interrogarlas. Real Cédula al alcalde mayor y a los alcaldes ordinarios de la villa de Cuellar, Segovia, 16 de octubre de 1532. 44 En unos documentos aparece como Antonio de Villasante y en otros como Villasanta. Sin embargo, nosotros los hemos unificado todos con el primer apellido que es el más repetido. Este colono no se sabe cuando arribó a la Española aunque vivía ya en la isla durante el gobierno de fray Nicolás de Ovando. Al parecer estuvo identificado de manera más o menos tácita con el grupo de los colonistas, enfrentados durante años a los oficiales. Véase SCHAFER, E. (1935): "Antonio de Villasante descubridor droguista en la Isla Española", Investigación y Progreso, año IX. 45 Según su relación se llamaba Bálsamo en castellano, en lengua de indios boni, en otras provincias Guacunae y en Tierra Firme canaguey. Relación de Antonio de Villasante a Su Majestad, Santo Domingo, S/F. AGI, Indiferente General 857. Real Cédula a Antonio de Villasante, Granada, 9 de noviembre de 1526. 46 Real Cédula a Antonio de Villasante, vecino de Santo Domingo, Granada, 9 de noviembre de 1526. 47 Además en esta relación le habló de otras hierbas y árboles que los indígenas utilizaban médicamente y que eran muy útiles, como el "caquen", que aliviaba el dolor de cabeza, "turbi", "cahigua", "ruypontito", "haygua", "manzanillos de donde se coje la camonea y haoyno de donde los españoles sacan la trebentina". Relación de Antonio de Villasante a Su Majestad, S/F. AGI, Indiferente General 857. XLIX-2-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Incluso, -continúo citando a Villasante-, usado con reiteración "refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres'"^. En 1528 la Corona fijó definitivamente los privilegios exactos con Villasante, estableciéndose la tercia parte de los beneficios no sólo del bálsamo sino de cualquier otra "droga" que quisiera comercializar, siempre que no excediese la renta de 8.000 ducados al año^^. Igualmente se le concedieron otras muchas prerrogativas tales como la tenencia de la fortaleza de Santo Domingo cuando vacase, un regimiento en Santo Domingo, la posibilidad de establecer mayorazgo, un repartimiento de 150 indios en la Española y en Tierra Firme, la posibilidad de alquilar una casa en Santo Domingo y la exención del pago de almojarifazgo de las herramientas que hubiese de llevar para explotar el balsamólo. Se trataba de unos privilegios excepcionales que muestran claramente el interés que puso la Corona en su explotación. Sin embargo, como Villasante no disponía de capital para invertir en semejante empresa tuvo que recurrir al genovês Benito de Basinana, quien le dio el dinero a cambio nada menos que de una quinta parte a perpetuidad de sus ingresos netos^i. En compañía con este empresario genovês comenzó a funcionar la empresa en 1529, obteniendo en un primer momento grandes resultados, pues en dicho año ya se habían enviado a la Casa de la Contratación de Sevilla cantidades importantes de bálsamo, que había sido distribuido a numerosos hospitales españoles^^ En 1530 se aplicó, aún experimentalmente, este fármaco en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, Hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe^^ igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados exitosos al parecer, según se desprende de las felicitaciones que Car-^^ Real Cédula a Antonio de Villasante, Granada, 9 de noviembre de 1526. Villasante intentó comercializar sin éxito otras drogas, como la mirra, de la cual se decía que tenía muy buenas propiedades y que había sido utilizada durante siglos por los indígenas. Sabemos que, al menos en 1531, envió a Sevilla ciertas cantidades de este licor. Real Cédula a los oficiales de Sevilla, Ocaña, 4 de abril de 1531. También Real Cédula a los oficiales de la isla Española, Madrid, 22 de abril de 1528. 52 Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla, Toledo, 24 de agosto de 1529. 53 Real Cédula a los visitadores del hospital del Cardenal de Toledo, del Cardenal de Sevilla, del Rey de Burgos, de Santo Domingo de la Calzada, de Santiago de Galicia y Real de Granada, Madrid, 5 de abril de 1530. Real Cédula al prior y frailes del monasterio de Guadalupe, Madrid, 22 de diciembre de 1530. En cuanto a cifras concretas, sabemos que hasta 1532 fueron enviadas a Sevilla por Villasante y Basinana al menos 29'5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad^^. El negocio fue tan rentable en sus comienzos que hubo grandes dificultades para que los vecinos, no sólo de la Española sino de otras partes del Continente americano, respetasen el monopolio. El descontento de la población era considerable debido a que debían pagar dinero por un producto que abundaba en la isla y que creían necesario para la salud. Hubo problemas a nivel personal, incluso con el propio fray Bartolomé de las Casas, el cual fue acusado de mandar bálsamo a su hermana Catalina que se encontraba en México^^. El cabildo de Santo Domingo también se opuso al monopolio de Villasante, impidiendo la recogida del tan preciado producto. Muchos vecinos de la Española enviaban bálsamo "secretamente" a sus familiares españoles, e incluso los Bélzares, desde Venezuela, estaban consiguiendo grandes beneficios con este producto medicinal. Precisamente con estos últimos se generó un largo pleito con Villasante por el monopolio del preciado bálsamo, ya que, pese a la oposición de Villasante, esta compañía alemana consiguió, en 1537, licencia real para explotar el bálsamo en su demarcación de Venezuela^^. La fiebre del bálsamo llegó hasta tal extremo que en 1531 los encargados de distribuirlo en Sevilla, nombrados por Villasante, se quejaron de que se vendía mucho bálsamo falso, lo que redundaba, primero, en un perjuicio del fármaco -ya que se vendía adulterado-, y, segundo, en una reducción notable de las ventas^^ La Corona se vio obligada a tomar partido ordenando, en primer lugar, a los oficiales de la Española que impidiesen el envío de bálsamo de toda persona no autori-zada expresamente por Villasante^o. Asimismo, en Sevilla ratificó la autorización que Benito de Basinana y Francisco Leardo tenían para distribuir, por tres años, el bálsamo en la ciudad^i. Además, para conseguir que se bajase el precio a 16 reales con el fin de que lo pudiese disfrutar "todo el mundo", se ordenó a los administradores de las alcabalas que no cobrasen el impuesto de la venta del bálsamo^^. Igualmente, se mandó a todos los corregidores y justicias del reino que favoreciesen su comercio^^^ pidiendo al mismo tiempo que ningún médico difamase el fármaco sin antes experimentar con él^"^. El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que tenía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales^^. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún año de la década de los treinta, pues en estos años se le pierde totalmente el rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona tras su muerte eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio. A modo de resumen podemos decir que los conocimientos herborísticos de los indígenas de la Española, al igual que los de las demás Antillas Mayores, fueron bastante amplios. Sus curanderos o behiques tenían unos amplios conocimientos médicos en los que se sustentaba precisamente su prestigio. Igualmente ha quedado claro a lo largo de este trabajo que los indígenas intentaron ocultar esos conocimientos a los españoles para que las enfermedades los convencieran de abandonar esos territorios, constituyendo, sin duda, un elemento más de la resistencia pasiva mostrada frente al grupo hispano. Igualmente ha quedado bien patente la fe que tuvieron algunos españoles en la medicina indígena y que los llevó a comercializar los fármacos en España. 6Î Real Cédula a Benito de Basinana y Francisco Leardo, Madrid, 5 de abril de 1530. Estos a su vez contaban con los servicios del cirujano Juan de Peralta el cual se encargaba de "ir por toda el Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir el bálsamo". Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Madrid, 22 de diciembre de 1530. 63.-Real Cédula a los corregidores y justicias del reino, Madrid, 5 de abril de 1530. 64 Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Madrid, 5 de abril de 1530. MARTE, R. algunos años hubo personas que se lucraron con el comercio de estos fármacos, especialmente ViUasante, que explotó durante un breve periodo de tiempo su monopolio sobre el bálsamo. Finalmente llama la atención el hecho de que, en 1530, cuando la realidad americana se percibía aún tan difusa en el Reino de Castilla, se administrasen en muchos de sus hospitales las medicinas que durante siglos habían consumido los desdichados indios americanos.
Los científicos árabes se adelantaron en varios siglos a nuestros actuales conocimientos sobre el poder terapéutico del cáñamo (Cannabis sativa L.). Sin embargo, la moderna literatura científica ignora su importante contribución en este terreno. En el presente artículo se estudian los usos terapéuticos de la planta en la medicina árabe entre los siglos VIII y XVIII. Los médicos árabes conocieron y utilizaron sus propiedades diuréticas, antieméticas, antiepilépticas, antiinflamatorias, analgésicas y antipiréticas, entre otras. preislámicas ha quedado plasmada en los vocablos qinnab, sãhdãnaj y ban^, aunque los médicos y farmacólogos árabes no mencionan en sus obras fuentes orientales cuando hablan de la planta. Mucho mejor conocemos el papel que desempeñó en este sentido la literatura médico-farmacológica y botánica de los griegos, que hasta el advenimiento del Islam en el siglo Vn dominaron en los círculos médicos de Asia Menor, Siria, Egipto y las regiones vecinas. La Materia medica de Dioscórides (s. I d.C), traducida al árabe por Istifan b. Basil en los días del califa "abbãsí al-Mutawakkil (847-861), y el De Simplicium medicamentorum temperamentis ac facultatibus liber VII de Galeno (129-199), puesto en árabe por Hunayn b. 260/873), fueron con mucho las principales fuentes de los médicos árabes y supusieron un estímulo decisivo para el desarrollo de sus conocimientos sobre la planta^. Poco se ha escrito sobre el tema. El ya mencionado Levey ofrece un sucinto bosquejo de la historia del uso medicinal del cáñamo desde sus orígenes más remotos hasta nuestros días, aunque desgraciadamente hace un uso muy restringido de las fuentes árabes. S. K. Hamameh'^ trata el tema de pasada, pero tampoco parece haber consultado un número significativo de fuentes. Más recientemente, yo mismo he publicado un trabajo^ que incluye una relación asistemática de algunos de los usos terapéuticos de la planta en los textos árabes. Los datos aquí ofrecidos se han obtenido a través de la consulta sistemática y exhaustiva, en la medida de lo posible, de la literatura médica, farmacológica y botánica en lengua árabe desde el siglo VIII al XVIII. También se han consultado las fuentes lexicográficas, geopónicas, literarias, histórico-geográficas y jurídicas del mismo período susceptibles de contener datos sobre el Cannabis sativa L. En su gran mayoría se trata de textos editados, aunque también se han examinado algunos manuscritos. Del total de fuentes revisadas más de medio centenar contienen información sobre la planta. En la exposición de los resultados hemos centrado nuestra atención en el descubridor o primer mentor de cada uno de los usos terapéuticos, y tan sólo se reseñan las aportaciones más significativas de otros autores posteriores, evitando citar todas las fuentes que hablan de cada uno de los usos medicinales del cáñamo. En la exposición de estos usos se ha seguido un criterio cronológico, citando desde el más antiguo hasta el más reciente. Cuando un uso medicinal está recogido en la moderna literatura científica lo hacemos constar en nuestros comentarios. El presente trabajo, de carácter eminentemente filológico, tiene un objetivo puramente informativo y no pretende entrar en el análisis y valoración de los datos obtenidos. Los USOS TERAPÉUTICOS DEL CÁÑAMO ENTRE LOS ÁRABES Los científicos árabes explicaban las propiedades curativas del cáñamo de acuerdo con los principios de la teoría humoral que habían aprendido de los griegos. Como es bien conocido, según esta teoría cada simple posee un temperamento característico, determinado por los grados de calor, frío, humedad y sequedad que posee. Asimismo, aceptaron en general la opinión de Galeno, quien habla del poder desecativo y calorífico de los cañamones^. No obstante, no faltaron autoridades de reconocido prestigio que mantenían opiniones contrarias a ésta, diciendo que los cañamones son de naturaleza fría^ o compuesta de partes calientes y frías^. Mayor aun es el desacuerdo al precisar los grados de calor y sequedad que posee la planta, pues los médicos árabes mencionan desde el primero hasta el tercero. Esto no es de extrañar, teniendo en cuenta que no encontraron ninguna referencia al respecto en las obras de Galeno y Dioscórides, y que el concepto de temperamento y sus grados no admite una comprobación empírica en el sentido que el actual método científico entiende esto. La parte de la planta más utilizada en los tratamientos terapéuticos fueron las semillas, y en menor medida las hojas. La forma de preparación difería según las afecciones a tratar, usándose el óleo obtenido de los cañamones y el jugo de las hojas y de los cañamones verdes. Se administraba en uso tópico en forma de untura, por vía nasal, por vía oral, instilado en los oídos, e ingerido en forma sólida o líquida. Muy raramente se mencionan las dosis concretas que deben emplearse en cada tratamiento, aunque parece que habitualmente era usado como medicamento simple. Tratamiento de las afecciones del oído. El primer uso terapéutico del cáñamo documentado en la literatura árabe se remonta a los siglos VIII-IX, fechas en que vive Yuhannã b. Mãsawayh (161-243/777-857)9, quien menciona que el óleo obtenido de los cañamones e instilado en el oído tiene la virtud de desecar la "humedad" {rutubd) que se genera en este órgano, propiedad curativa que otros médicos posteriores atribuyen al jugo de estas semillas. Por el mismo tiempo en que vive Ibn Mãsawayh se traducen al árabe las obras de Galeno y Dioscórides, de quienes los médicos árabes aprenderán la utilidad del jugo de los cañamones verdes en el tratamiento de la otalgia que tiene su causa en la obstrucción del oído^o. Continuando esta tradición, Ishãq b. Sulaymãn al-IsrF ìli (m. después de 341/953)1 í dice que el óleo de los cañamones calma el dolor de oídos producido por el "frío" {bard) y la humedad del órgano, y habla también, por primera vez, de sus facultades desopilativas en la obstrucción del mismo. Ya en el siglo XIII, el botánico malagueño Ibn al-Baytlr (m. 1248)i2 prescribe el óleo de los cañamones para curar los "gases" {ríh) del oído. Un siglo más tarde, será otro andalusi, el polígrafo granadino Lisãn al-dîn b. al-Jatîb (713-776/1313-1374)^3 quien recomiende el uso de este óleo mezclado con gálbano para aliviar el "dolor caliente" {aUwa%a^ al-harr) asociado con el tinnitus aurium. A finales del siglo XVI, Dawüd al-Anteki (m. 1008/1599)14 habla de cómo las hojas del llamado por él "cáñamo de Anatolia" (alqinnab al-rümi)^^ matan los gusanos que crecen en el oído, añadiendo que dichas hojas tienen propiedades desopilativas, pues si se embute con ellas el oído expulsan todas las materias extrañas alojadas en él. Las propiedades vermicidas y vermífugas de la planta son mencionadas por primera vez en la literatura médica de los árabes por Abu 1-Hasan "Isa b. Hakam, más conocido como Masih al-Dimasqi (m. después de 225/840) ^ 6, quien nos dice que el cáñamo tiene la facultad de matar los gusanos (al-dídãn) que pueden generarse en el cuerpo. Ya entre los siglos XI y Xn, el anónimo autor de la ^Umdat aUtabíb sostiene que quien tenga lombrices en el ano debe tomar cañamones, pues sus cascaras se llenan de estos parásitos, que después son expulsados con ellas en las heces. Dos siglos más tarde, el lexicógrafo Muhammad b. Tratamiento de afecciones cutáneas A Ibn Mãsawayh^^ le corresponde también el mérito de ser el primero en referirse a la utilidad del cáñamo en el tratamiento de afecciones cutáneas, y dice que sirve para eliminar la caspa de la cabeza y de la barba, para lo cual prescribe que se lave la parte afectada con el jugo obtenido por la expresión de las hojas de la planta^^. No obstante, no fue ésta la única parte del cáñamo utilizada en el tratamiento de esta afección, y ya entre los siglos X y XI Ibn Sínã (370-428/980-1037)20 recomienda que se use para el mismo propósito el óleo de sus semillas. Tres siglos más tarde, al-Fíruzãbãdpi dice que los cañamones sirven para tratar la vitiligo {al-bahaq) y la lepra (al-baras). En relación con el tratamiendo de afecciones cutáneas, y a medio camino entre la dermatología y la cosmética, cabe mencionar que al-Rãzí (251-313/865-925)22 fue el primero en prescribir el uso de las hojas del cáñamo como sucedáneo del azadirajt La primera noticia sobre las propiedades depurativas del cáñamo se debe al mencionado al-Dimasql26, quien dice que el jugo de los cañamones administrado por vía nasal sirve para depurar el cerebro. Este uso también es citado por Tãbit b. Qurra al-Harrãní (219-288/834-901)27, que incluye el cáñamo entre los simples útiles para depurar la parte superior del hígado eliminando la obstrucción que se produce en este órgano. Para ello prescribe tomar cañamones^s con un meticaP^ de ojimiel. La primera alusión al poder diurético de los cañamones se remonta al siglo IX, y se debe a Ishãq b. 294/907)^0, quien se anticipa en once siglos a los conocimientos de la moderna farmacología^^. En opinión del ya mencionado Ishãq b. Sulaymãn32 esta propiedad de las semillas del cáñamo se debe a su poder calorífico.
Un propósito muy amplio, como es el de analizar las prácticas y las concepciones de la medicina popular en la España actual, guía a la autora de este libro que, sin embargo, centra su atención tan sólo en cuatro grandes regiones de la Península: Galicia, Extremadura, Andalucía y el País Vasco. Si por medicina popular o folkmedicina entendemos aquel sistema médico constituido por prácticas empíricas asociadas a creencias de carácter mágico religioso, hay que decir que I. Kuschick atiende principalmente, y casi en exclusiva, a las formas de enfermar que tienen una mayor relación con lo creencial y cuyos orígenes históricos, contextos territoriales y sociales, así como etiología, diagnóstico y terapéutica toma en especial consideración. Esto le permite comparar enfermedades que tienen orígenes y denominaciones similares e incluso terapéuticas parecidas en las regiones objeto de estudio, como son el mal de ojo, el mal aire o la posesión; también marca diferencias y perfila en lo posible la figura de los cultivadores de esta medicina popular. De entre todos ellos destaca la figura de la bruja, que estudia en sus acepciones de sabia, entendida, carteira o componedora, y su distinta valoración y aceptación en los entornos sociales donde actúa. No estamos, y hay que advertirlo, ante el resultado de un trabajo de campo, sino ante un estado de la cuestión, ante un amplio balance de los estudios que sobre la vigencia de la medicina popular en España se han venido realizando desde comienzos de siglo, desde aquella primera encuesta que impulsó el Ateneo madrileño en 1901-1902 y que está en el origen de la antropología cultural en nuestro país. Un balance que se beneficia de las nuevas formulaciones de la antropología médica, en especial de las que han atendido a su desarrollo en los países iberoamericanos, y que permiten a Kuschick detectar algunos préstamos de ida y vuelta entre modos populares de enfermar en ambos lados del Atlántico. Lisón, Caro Baroja, Kenny y de Miguel, entre otros, están en la base de una descripción de la folkmedicina española que obvia las referencias a una zona, la fachada mediterránea, donde ésta tiene singular desarrollo como han venido demostrando, por ejemplo, estudios de grupos de investigación vinculados a las universidades de Alicante y Valencia, y que se resiente sin duda del amplio arco temporal en que fueron recogidos los datos en que se sustenta. Todo ello no desmerece sin embargo su indudable utilidad a la hora definir, distinguir y comparar enfermedades tales como el mal de ojo, el mal aire, el ramo cativo, el enganido, la culebra o la paletilla caída..., concepciones patológicas ligadas todas ellas a un conjunto de creencias y valores de carácter eminentemente rural, aunque puedan darse excepciones, cuya pervivencia está sin duda amenazada por los cambios estructurales experimentados en nuestro país. Por último, dos notas al margen: en un estudio como éste no debiera aparecer mal citado, y por dos veces, Amau de Vilanova (en la primera, página 3, se le menciona como Arnaldo de Villanue- Este trabajo nos presenta, en definitiva, claves puntuales para comprender la figura de Sinforoso Mutis y parte de sus aportes a la taxonomía de la flora de Nueva Granada, al cuestionado tema de las quinas de esta región y al papel jugado por esa otra Expedición Botánica Neogranadina (el proyecto post-José Celestino Mutis. La simpatía del autor por el político y científico bumangués va unida a un riguroso trabajo bibliográfico y de archivo que replantea algunos de los tópicos un tanto despectivos hacia Sinforoso Mutis, revelando su actividad científica más allá de la condición de "sobrino" del Director de la Expedición Botánica. Wde la Ciencia, CEH, CSIC, HUBERT REEVES, Últimas noticias del cosmos, Madrid, Alianza Editorial, AU 837, 1996, 222pp. Una cosa que nunca he logrado entender es esa fascinación que sobre los más de los mortales ejerce una noche despejada. En seguida la boca se les llena con estrellas, agujeros negros y bigbanes, y con dedóndevenimos y adondevamos y de allaestanlasrespuestas. Cierto es que desde tiempo inmemorial las religiones solieron situar a los dioses en los abismos de los cielos, desde donde vigilaban y controlaban a su capricho las miserias terrenales. Hoy muchos sustituyen a los dioses por los ovnis, y algunos, más avisados y aprensivos, por los asteroides apolo. Pese a las siniestras connotaciones de películas como El día de la Independencia (en donde, como es debido, los marcianos, si no son decididamente verdes, cuanto menos tienen algo así como tentáculos) o de la hipótesis de la extinción de los dinosaurios por impacto de un asteroide de tamaño más que regular, por lo general la gente mira al espacio exterior desde el lado positivo, confiando quizás -^pese a los pronósticos en contra de la teoría de la relatividad-en escapar un día de las desdichas de este pequeño y contaminado planeta. Este interés ha servido bien a las editoriales, que periódicamente nos inundan con obras de divulgación que pretenden mostramos los primeros momentos de la creación y/o el dévenir del universo. La que comento aquí es otra más de esa interminable -y ya un tanto aburrida-serie. Pero al parecer ya no basta con llegar a ese gran público del que nos habla el autor en la introducción, puesto que, oft-eciendo una doble lectura, intercala breves capítulos destinados a quienes posean formación matemática. El libro admite, por así decir, una lectura yac// y otra, más compleja, con fórmulas. La lectura -sin fórmulas-es agradable, el autor se expresa bien, comenzando quizás desde un nivel demasiado bajo (compara el quehacer del cosmólogo con el del prehistoriador, el explorador y el detective). De modo que lo sustancial comienza en el Capítulo 4, donde en apenas siete páginas se despachan las dificultades del modelo estático de universo. El Capítulo 5 se destina a la fuga de las galaxias, que introduce la idea del Big Bang y de la métrica no euclidea. El Capítulo 6 aborda la radiación fósil, y el 7 las partículas y fuerzas elementales, esto último como necesario paso previo a la exposición de la nucleosíntesis primordial, que se desarrolla en el Capítulo 8. El 9 se destina al origen de las galaxias, y finalmente el 10 a las propiedades del cosmos primordial. Todo ello, en pocas páginas, está bien expuesto y se lee bien, y el hábil recurso de mencionar fugazmente por aquí y por allá a Aristóteles, Copérnico, Kepler, Newton, Laplace, Einstein, etc., le da al lector la sensación de haberse enterado más o menos de cabo a rabo de lo Asclepio-No\. XLIX-2-1997 211 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS esencial de todo el asunto. Pero el interesado en la génesis de la cosmología moderna no encontrará aquí lo que busca. Dpto, de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia, UNED MARCOS CUETO, Missionaries of Science. Es un libro correctamente editado, con un índice general en el que se incluyen tanto nombres propios como temas. Reúne una serie de interesantes trabajos, de diferentes autores, en tomo a las acciones sanitarias, agrícolas y científicas desarrolladas a partir de la Rockefeller Foundation en algunas zonas de América Latina, fudamentalmente México y Brasil. Centrado en los interesantísimos papeles de la Rockefeller Foundation, nos "descubre" el magnífico fondo documental, muy interesante tanto para los norteamericanos como para los latinoamericanos. El volumen comprende una Introducción y siete capítulos, todos de un buen nivel, aunque en algunos casos se evidencia -^y no es esta una observación en sentido peyorativo-una visión claramente norteamericana, o, podríamos decir, a partir del marco mental del norte, y una cierta falta de conocimiento de bibliografía en lengua española sobre las actividades de Estados Unidos en los países del sur. En la Introducción el editor, Marcos Cueto, nos explica la finalidad del volumen: "ilustrar los primeros años de los contactos de la fundación con Latino América, para contrastar el diferente énfasis asignado a los distintos países y los programas de la Rockefeller Foundation, y más aun, para indicar un futuro camino de conocimiento presentando estudios detallados de casos que pueden sugerir elementos para un interpretación general". Finalidad que creo ha conseguido. Se refiere también el autor a las diferentes organizaciones panamericanas y a los fondos de la fundación -aunque su exposición más amplia fue publicada por él mismo en la revista Quipu en 1991-que, pensamos, son realmente una magnífica fuente que deberá ser utilizada mucho más ampliamente en el futuro. Es necesario profundizar en las actividades panamericanas de los Estados Unidos, tanto desde sus organismo públicos como de las organizaciones privadas, siempre estrechamente ligadas, y, pasando por encima, o mejor, por debajo de slogans y etiquetas, desentrañar los aspectos reales de esas relaciones y, como dice Cueto, buscar las líneas generales subyacentes. Dos de los capítulos del libro, también de Marcos Cueto, el primero y sexto, tratan temas generales. El primero hace un estudio que creo especialmente interesante, sobre los llamados "surveys", las inspecciones previas realizadas por la Rockefeller Foundation en quince países latinoamericanos, durante la década de los años veinte, sobre los aspectos científicos, médicos y sanitarios. Estas inspecciones buscaban conocer las instituciones e incluso las tradiciones culturales de los países sobre los que se iba a actuar. El otro capítulo de Cueto se dedica a la influencia de la fundación en el desarrollo de la fisiología en cuatro países latinoamericanos -Brasil, Perú, México y Argentina-, un tema en que pienso se debería profundizar, utilizando estas fuentes documentales y las propias de cada país. También el último capítulo, realizado por Thomas Glick, analiza la influencia de la Rockefeller en la ciencia, en este caso en concreto del surgimiento de la genética en Brasil. La fiebre amarilla, esa terrible enfermedad que asoló grandes zonas de América Latina, es la prota-RESENAS gonista de otios dos capítulos del libro, uno dedicado a Brasil y otro a México, en los que se estudia las relaciones de los funcionarios de la fundación con las autoridades políticas de ambos países. Y por fin, otros dos capítulos se dedican a las relaciones de la fundación con la agricultura mexicana de los años cuarenta. Es un libro que será útil a todo interesado en las relaciones científicas, médicas y sanitarias entre la América anglosajona y la latina, y a todo interesado en la política norteamericana con respecto a América latina. Y creo, también, que es un libro especialmente interesante para los norteamericanos. W de la Ciencia, CEH, CSIC. DAVID M.BUSS, La evolución del deseo. El texto que se reseña es uno de esos típicos productos made in U.S.A. que reciben una dilatada repercusión mediática por el sensacionalismo de sus conclusiones científicas. La investigación que lo fundamenta se emplaza en esa estela de trabajos, hoy tan en boga, que intentan explicar relaciones sociales -los usos alimenticios, la guerra, la enfermedad mental, la criminalidad, las preferencias deportivas, los roles de género, etc..-como si se tratara de relaciones puramente naturales, biológicas, ya sea invocando la neurofisiologia, la etologia animal o los análisis del Genoma Humano. En esta ocasión le toca a la conducta sexual. Buss pretende haber descubierto y catalogado los mecanismos psicológicos universales que explican la atracción sexual y la elección de pareja en la especie humana. La base conceptual de su estudio la proporciona la teoría darwiniana de la seleccin sexual. Del mismo modo que en las especies sobreviven aquellos individuos con estructuras adaptativas que maximizan la capacidad de reproducción, en la especie humana se ponen en liza mecanismos psicológicos adaptativos con análoga función. Estos mecanismos, implantados en los seres humanos desde la prehistoria, continúan vigentes en la actualidad, y se traducen en estrategias de emparejamiento y elección sexual que operan por debajo de la conciencia individual. Así, por ejemplo, se considera que las mujeres tienden a elegir compañero atendiendo a su aptitud para suministrar recursos (económicos, de protección, etc..) que garanticen el éxito biológico de la unión y de la prole engendrada. Las mujeres los prefieren altos o ricos porque estos atributos señalan la idoneidad del sujeto escogido para proteger y asegurar la conservación biológica de la descendencia. La investigación emprendida se apoya, por otra parte, en estudios de etologia animal cuyos resultados se aplican ex analogia a la especie humana. En esto se está más próximo a la tradición etològica de los años 60 (Morris, Lorenz, Fox, etc..) que a la sociobiológica (E.O. Wilson, R. Dawkins), aunque esta última tampoco esté totalmente ausente de la cita. Se trata más de entender el animal presente en el hombre que de comprender al hombre desde la perspectiva del gen. Finalmente, el trabajo invoca el aval empírico proporcionado por cuestionarios y entrevistas realizados sobre una muestra de más de diez mil personas pertenecientes a treinta y siete culturas diferentes. A lo largo de los diez capítulos del libro se dilucidan esos mecanismos psicoevolutivos que explicarían las distintas facetas de la elección sexual humana: las preferencias de hombres y mujeres a la hora de emparejarse, la fidelidad y su contrario, las estrategias de atracción y seducción, el http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS conflicto de sexos y las separaciones, las alteraciones de la vida de pareja en el curso del tiempo y las posibilidades de convivencia armónica entre sexos. Con estos mimbres se trata de elaborar un cuadro desmitificador de las idealizaciones que los seres humanos se forjan sobre las razones de su elección sexual. La explicación materialista y evolucionista de Buss persigue también aplicaciones prácticas. Se pretende conocer los mecanismos universales para corregir aquellos factores que acentúan el conflicto sexual. Esto implica, según Buss, que los mecanismos psicoevolutivos no son fuerzas hereditarias invencibles. Una lectura atenta del libro muestra que estas reservas respecto al biodeterminismo son poco más que denegaciones superficiales: la cultura se limita a permitir la activación de unas estrategias sexuales en vez de otras, pero no interviene nunca en su elaboración. El de biodeterminismo es sólo el primer achaque que se le puede objetar a este trabajo. En su escritura, más allá de las referencias modernas a la etologia, la sociobiologia o la genética, se conserva un añejo sabor del siglo XIX. Buss reitera, en moderno paladino, lo que Schopenhauer había sostenido en su famoso apéndice sobre el amor incluido en El mundo como voluntad y representación: las estrategias de reclamo y elección sexual están en función de los requerimientos reproductivos de la especie. Este funcionalismo adopta en Buss la forma de un utilitarismo vulgar -del mismo modo que se habla de un marxismo vulgar-que recuerda a H. Spencer por su mezcla de términos evolucionistas con el vocabulario de la economía política liberal -la elección sexual sería siempre cuestión de inversión, cálculo de costes, beneficios. Tampoco están ausentes los aromas del viejo etnocentrismo Victoriano. Buss se apoya en una comparación sincrónica de 37 culturas, pero elabora sus cuestionarios con conceptos extraídos directamente del credo común del actual norteamericano medio, que es siempre el punto de partida de sus análisis. Preguntarle a las mujeres zulúes, por ejemplo, si prefieren hombres equilibrados, emocionalmente estables, formales y hechos a sí mismos, no deja de ser una broma. Buss se refiere al comportamiento matrimonial y económico de esas "otras" culturas ignorando supinamente los trabajos de los etnólogos sobre las relaciones de parentesco, las estrategias matrimoniales o el sistema de intercambio recíproco. El corte, abstractamente sincrónico, de la comparación realizada, le impide, por otra parte, informarse mínimamente de los trabajos publicados por los historiadores de la familia, el matrimonio y la sexualidad. En el eje de la diacronia, -en un libro titulado, no se olvide. La Evolución del deseo-las pautas actuales de emparejamiento y elección sexual sólo se confrontan ex hypothesis con una lejana prehistoria en la que el autor alegremente conjetura sobre la sexualidad en las sociedades de cazadores y recolectores. Aquí aparece un nuevo eco decimonónico: el de Lx)mbroso. Los mecanismos psicológicos universales que Buss pretende haber descubierto aparecen identificados como supervivencias ancestrales de las primeras etapas de la especie. Atavismos, por tanto, que a diferencia de los enumerados por Lombroso, poseerían un carácter funcional, adaptativo, no anatómico. El rechazo del biodeterminismo, alegado en los primeros compases del libro, no deja de ser un renuncio políticamente correcto que no elimina en el lector la impresión inicial: con su estudio sobre las estrategias de emparejamiento. Buss ha compuesto a fines de este siglo la versión actualizada de un libro escrito en el crepúsculo del siglo pasado. Hasta muy recientemente los diccionarios temáticos de carácter histórico disponibles en alguna de las lenguas hispánicas no rebasaron los confínes tradicionales del género (literatura, filosofía, arte, música, mitología, historia social y política, etc.). Sólo bien entrada la pasada década comenzaron a aparecer de forma paulatina en nuestro pms diccionarios específícamente dedicados a otras áreas disciplinarias como la historia de la ciencia, la antropología o la arqueología, para las que, por su institucionalización más tardía o por otras razones, no se disponía de este tipo de instrumentos. Francisco Vázquez García Facultad de Ciencias de la Educación Universidad de Cádiz Exponentes destacados de este género en el ámbito de la historia de la ciencia son el Diccionario de la Ciencia Moderna en España (Barcelona, Península, 1983, 2 vols., 1983)]. Si en los dos primeros casos se trata de biobibliografías de científicos destacados en los ámbitos español y catalán, respectivamente, el tercero es esencialmente un diccionario de conceptos clave en la historia de la ciencia. Dentro de esta nueva línea de proyectos editoriales, el Diccionario de la Evolución de Richard Milner va un paso más allá. En efecto, su objeto ya no cubre toda una disciplina, sino que se circunscribe a una idea: la evolución. Se trata, ciertamente, de una idea muy especial, «única y unificadora» (p. 15), que durante los últimos doscientos años ha ejercido y ejerce una poderosísima influencia en la historia de la humanidad. Milner (Nueva York, 1941), en cuya formación se aunan la antropología cultural y biológica con la zoología, la evolución humana y la prehistoria, nos brinda una visión completa de la evolución y su impacto en los más diversos ámbitos, desde los orígenes de esta idea científica hasta la actualidad. Sus artículos abordan tanto las distintas concepciones evolutivas de la naturaleza, las controversias entre ellas y su significación en el conjunto de la cultura científica (comenzando por la biología, paleontología y antropología), como sus principales repercusiones en la literatura, las artes, el pensamiento filosófico, político, psicológico y religioso; y, por supuesto, los principales protagonistas de todos estos procesos. Pero el Diccionario de la Evolución de Milner también se hace eco de otros tem^s a los que los historiadores de la ciencia sólo muy recientemente han comenzado a prestar su atención, y que en el caso de la evolución tienen un particular interés. Me refiero a problemas históricos tales como los procesos de popularización de la ciencia y los protagonistas individuales (los divulgadores, en el sentido más amplio del término) e institucionales (desde los museos y zoos hasta los circos y ferias) de los mismos; las complejas interacciones entre la ciencia y otros saberes en su momento influyentes pero no legitimados como científicos, como la astrologia, la frenología o el creacionismo; el impacto de las teorías científicas en la cinematografía; o el inagotable capítulo de las falsificaciones y los fraudes científicos. Milner es bien consciente de que las ideas evolutivas que a partir del siglo XVIII dinamizaron la concepción de la naturaleza han estado a su vez permanentemente sujetas a evolución. De ahí que los artículos -no por originales menos rigurosos-que integran su Diccionario, subrayen siempre la radical historicidad de estas ideas, e insistan en la necesidad de contextualizarias desde el punto de vista sociocultural para que cobren su sentido pleno. Una buena proporción de estos artículos constituyen un atractivo relato de acontecimientos asociados a la multiforme percepción RESENAS social de la idea de evolución, que tuvieron una gran difusión mediática en diferentes lugares del mundo, sobre todo en el ámbito angloamericano. En conclusión, el Diccionario de la Evolución de Richard Milner es una obra de referencia esencial en cualquier biblioteca históricocientífica. La cuidada versión castellana, que es traducción de la original inglesa revisada en 1993, incorpora al texto principal los artículos que en ésta se recogieron en addenda y suplementa la información bibliográfica anexa a cada artículo con referencias a las versiones castellanas disponibles de las obras citadas. Desde el punto de vista editorial cabe destacar en ella la magnífica traducción de José Luis Gil Aristu, y la impecable factura del volumen, tanto desde el punto de vista tipográfico, como porque no se ha escatimado el esfuerzo que representa la adaptación a la edición castellana del amplio índice alfabético (a la vez, onomástico y temático) con que concluye la edición original de la obra -contra lo que lamentablemente continua siendo muy habitual en el mundo editorial hispanohablante incluso en el marco de colecciones universitarias. Por todo ello, es de desear que BiblografconúnuQ nutriendo en el futuro inmediato esta nueva línea de producción editorial con más diccionarios temáticos que sirvan de instrumentos de trabajo a cuantas personas se interesen en el ámbito hispánico, por la historia de la ciencia y, en general, por la historia intelectual en el sentido más amplio del término. Y si algún día este diccionario se reeditara, quizás cabría plantearse el reto editorial e intelectual de incorporar a él un número de artículos nuevos que reflejaran el impacto de la evolución en el ámbito hispánico. Se me ocurre que en esa eventual segunda edición, aparte de los dedicados a episodios y protagonistas ya clásicos en la historia de evolución en este ámbito, deberían también encontrar cabida temas como Atapuerca, El hombre de Orce, El bosquimano de Banyoles o el Anís del Mono, por poner tan sólo cuatro ejemplos objeto de reciente atención mediática en nuestro país. Jon Arrízabalaga Institución Mila y Fontanals -Unidad de W de la Ciencia -CSIC, Barcelona ANA ISABELL MARTÍN FERREIRA, Tratado médico de Constantino el Africano. Constantini Liber de Elephancia, Valladolid, Secretariado de Publicaciones, Universidad de Valladolid, 1996, 135 pp. La publicación de este libro ofrece a la historiografía médica la oportunidad de replantearse hasta qué punto depende, en su labor interpretativa, no ya sólo del estudio de los procesos de producción y recepción de la literatura médica sino también del análisis de la evolución de los dominios semánticos de la terminología médica. En él se presenta la edición crítica, estudio y traducción castellana de un texto latino del siglo XI sobre un grupo de afecciones que, sintomatológicamente dermatológicas, fueron clasificadas bajo los nombres genéricos de elephantia o lepra. Se trata de un texto breve de origen árabe (228 líneas en la tipografía de este volumen) que expone la causalidad y terapéutica adscrita a estos dos términos que durante siglos fueron utilizados sinónimamente, identificando a un conjunto variable y discutido de enfermedades. La autora decide utilizar elephantia en su edición, por ser el predominante en la tradición manuscrita, y se refiere a él en castellano como lepra. Acompañan la cuidada edición un glosario de fármacos e ingredientes medicinales y un índice léxico selectivo. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es El texto file atribuido a Albucasis en la edición de 1541 del Methodus medendi y coincide con los primeros capítulos del libro IV de la Practica de la edición de 1515 del Pantegni; es a infortuna medieval de esta segunda obra a la que se halla ligado el De elephantia, puesto que allí se encuentra en dos de los cinco manuscritos del Pantegni que se manejan a modo de cala. Bajo el título de Pantegni se difundió en el Occidente latino una obra atribuida a Constantino el Africano (ca. 1010/1015 -m. antes de 1098/99) que, subdividida en una parte Teorica y una parte Practica, actuó de transmisora de la medicina greco-árabe antes de la recepción del Canon de Avicena. Sin embargo y paralelamente a la transmisión textual del Pantegni, el De elephantia gozó pronto, ya en el siglo XII, de vida propia, circulando como tratado independiente; es en esta tradición textual en la que se fundamenta la presente edición crítica. Se identifican ocho copias manuscritas conservadas del texto que, sometidas a descripción y análisis conforman, junto con las dos ediciones renacentistas, el aparato crítico del texto. Descartando otras hipótesis previas, se señala como su autor a'Ali-ibn-al-'Abbas al-Magùsî (m. La problemática de la autoría de este tratado y de la atribución de su traducción latina están inextricablemente unidas a la compleja historia del Pantegni latino y su resolución, como señala Ana Isabel Martín Ferreira, encontrará respuesta solamente a la luz de la edición crítica y del estudio de esta obra en su conjunto; la historiografía reciente ha cuestionado seriamente no sólo la atribución a Constantino de la traducción completa de la Practica Pantegni sino también que la fuente árabe originaria de sus diversos libros sea siempre la obra de'Alí-ibn-al-'Abbas al-MagüsP. Así, y a pesar de que el título elegido para esta edición pueda sugerir lo contrario (haciéndose eco de un manuscrito que atribuye explícitamente el texto a Constantino), debemos considerar esta atribución de la versión latina del De elephantia una solución provisional, a la espera de análisis que establezcan con precisión los intrincados procesos de producción y transmisión del Pantegni hasta su fijación en la imprenta de 1515, análisis que permitirían dilucidar hasta dónde llegó la labor constantiniana en la traducción de la parte práctica de este compendio. El texto, eminentemente de carácter práctico, identifica el origen de la elephantia o lepra en el desequilibrio fisiológico provocado por la putrefacción humoral, imputable a la corrupción del aire, alimento o bebida, o a la corrupción de los espermas masculino y femenino, en contacto o separadamente. Las estrategias curativas se asocian al diagnóstico e identificación precisa del humor causante de la putrefacción; elementos básicos del tratamiento de esta enfermedad son las flebotomías, la aplicación de ventosas y ungüentos, la administración de pócimas y pildoras y la adopción de un regímen dietético apropiado. La identificación y diagnóstico de la enfermedad se relacionan directamente con el humor que la causa: así, si el humor responsable del proceso morboso es la sangre, la enfermedad se denomina alopecia; si se trata de la bilis amarilla, se identifica como leonina; si se debe a la bilis negra se denomina elephantia; finalmente, si se origina con la flema, recibe el nombre de tiria (pp. 80-81). Es en este pasaje del libro cuando más significativamente se muestra la dificultad de traducir a lenguaje actual la extrañeza que pueden producir algunos conceptos medievales. La autora, que consistentemente traduce elephantia por lepra, se encuentra aquí con que elephantia posee un significado semántico mucho más restringido que lo que asumiendo el mismo término se designa a lo largo del texto, y decide en este caso traducirlo por elefancía. Resuelve así implícitamente en su uso de la lengua castellana lo que puede parecer una imprecisión ^ El estado de la cuestión sobre este tema en, BURNETT, Charles; JACQUART, Danielle (eds.), Constantine the African and'AU ibn al-'Abbàs ai-Magmi. XLIX-2-1997 217 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS semántica del texto latino; sin embargo, y a mi modo de ver, esta decisión contribuye a mantener velado el significado histórico de los términos elephantia y lepra. Montserrat Cabré i Pairet Universidad Autónoma de Barcelona MARÍA BREY Y VICENTE INFANTES (introducción y edición), Relación de la coca, de su origen y principio y por qué es tan usada y apetecida de los indios naturales Como nos enseñan los manuales sobre la disciplina, el método filológico es una de las formas de acercamiento al pasado científico de más rancio abolengo en la disciplina. Tampoco nos viene resultando extraño la irrupción de especialistas en literatura en los rangos del análisis de obras históricocientíficas y sólo a modo de ejemplo, recordaremos la inclusión de dos textos tan cruciales para nuestra cultura científica: la Silva de Mexía (ed. de A.Castro, 1990) y el Examen de ingenios, de Huarte (ed. de G. Seres, 1989) en la colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra, con sendos responsables de edición de formación literaria. En el caso que nos ocupa, encontramos la responsable de la biblioteca de las Cortes y medievalista de vasta erudición D^ María Brey, recientemente fallecida, y que además fue la viuda del famoso estudioso Antonio Rodrigues Moñino. Directora de la colección Odres Nuevos, donde publicó una edición actualizada del El libro del buen amor, además de colaborar en catálogos de fondos bibliográficos importantes españoles y extranjeros. El segundo firmante, Victor Infantes, es profesor de filología hispánica de la Universidad Complutense, quien manifiesta una fidelidad y amistad notables en una sentida necrología con que cierra la introducción. Este autor cuenta ya con una larga tradición en la edición, no sólo de textos literarios, sino también de obras científicas. Aún recordamos con placer el cuidadoso trabajo erudito y tipográfico, en el que colaboró hace unos años para poner a disposición de los lectores, el Diálogo llamado Pharmacodilosis (Sevilla, 1536) de Nicolás Monardes^. Una vez más, el buen hacer a que nos tiene acostumbrados V. Infantes, se hace patente en la acertada selección bibliográfica, que incluye con envidiable acierto textos provenientes de tradiciones culturales distintas -lejos de la habitual casi monopolio del mundo anglosajón-y de los diferentes saberes históricos. Ello ha permitido articular una atractiva introducción, que responde a las extrictas exigencias de la poligrafía, tan extraña en este mundo de microespecialistas en el que vivimos. La Relación de la coca no es otra cosa que «una relación anónima, una de tantas como produjo la burocracia española de los siglos de oro», manuscrito en caracteres propios del siglo XVII. La obrilla, que abarca de la página 33 a la 55, está dividida en dos epígrafes. El primero trata del origen mítico de la leyenda del nombre de la coca, del inicio de la costumbre de masticarla por los 1 Él se encargó del prólogo; la edición corrió a cargo de Nieves Baranda; las notas era de N. Baranda y Blanca Gutiérrez-Colomer; y la traducción fue llevada a cabo por Francisco Calero, latinista con larga experiencia en la traducción de textos médicos renacentistas. indios, descripción de su utilización y cultivo, y las disposiciones dictadas sobre el particular por el virrey don Francisco de Toledo. En el segundo, refiere a las formas de plantación y cultivo y al proceso comercial por parte de los españoles, donde además denuncia los abusos y ganancias derivados de su intercambio. Así pues, nos hallamos ante un trabajo que, a pesar de su extensión, no debemos considerar como menor y que pone al alcance de los investigadores un documento de enorme interés, cuyo original, gracias a la generosidad del profesor Rodríguez Moñino y de D^ María Brey, podrá ser consultado, junto con la riquísima biblioteca, en la Real Academia Española. Es verdad que todos queremos saber cómo es la muerte, en realidad cómo será nuestra propia muerte, aunque pocos estemos dispuestos a admitirlo. Algo tan temido en nuestra sociedad es también a la vez un oculto secreto que se desea conocer. Ahora bien, ¿es posible escribir un libro acerca de cómo morimos? y ¿de qué manera y en qué forma es transferible esa experiencia? Sherwin B. Nuland -cirujano y profesor de Medicina en Yale-realiza en su libro un intento de describir distintas formas de morir, sin concesiones a la sensiblería ni el dramatismo, elementos tan frecuentes y comunes en este tema. «La idea de una coexistencia diaria con la muerte suscita un sentimiento de angustia y rechazo en la moderna sociedad occidental»^: contra esta actitud se dirigen los esfuerzos del profesor Nuland en sus relatos patobiográficos que desarrolla desde una realidad clínica, biológica y psicológica de la muerte. «He escrito este libro para desmitificar el proceso de la muerte. Sólo mediante el conocimiento de la verdad podremos libramos del miedo a la terra incognita de la muerte que conduce al autoengaño y la decepción». «He intentado escribir este libro para que cada uno, dentro de lo posible, pueda elegir su propia muerte» nos dice Nuland, pero, como veremos más adelante, ésta no es su única motivación. Vicente L. Salavert Fabiani Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia -CSIC-Universitat de Valencia Los dos primeros capítulos los dedica a la enfermedad isquémica del corazón, dramáticamente ejemplificada por el primer paciente que se le murió entre las manos según cuenta en un emocional relato de sus vivencias ante el suceso. Los dos siguientes tratan de la vejez, emotivamente recordada en su abuela, a quien estaba profundamente ligado, una judía emigrante de Europa oriental que no hablaba inglés y que vivió hasta los 97 años. A la enfermedad de Alzheimer dedica un capítulo, otro al asesinato, otro a los accidentes traumáticos, dos al SIDA y otros al cáncer. De particular interés son los capítulos en los que aborda la cuestión del suicidio y la eutanasia -que son temas centrales en cualquier intento de teorizar sobre la buena muerte-. Se echa en falta que no concluya dichos aspectos con una reflexión ética de la cuestión, y que en lugar de ello se ocupe de describir aspectos biológicos de los procesos patológicos. Es preciso realizar algunos comentarios acerca del estilo seguido por el autor en los contenidos del texto. Puede tomarse como ejemplo el primer caso -un enfermo cardíaco-, de quien describe su evolución con abundantes detalles de tipo clínico intercalando comentarios anecdóticos de la historia de la medicina, algo que se repite a lo largo del texto. Nuland insiste -tal vez demasiado-en aportar una información médica y datos epidemiológicos que ocupan muchas páginas pero que no ayudan a una reflexión sobre el tema que aparece como causa del libro. Qué interés puede tener el conocer la fisiología cardíaca, sus fallas, o la evolución de la enfermedad de Alzheimer, más allá de una tarea de divulgación de los conocimientos médicos. Al finalizar el segundo capítulo nos dice que «es necesario describir esa prolongada forma de morir que es el envejecimiento». Esta visión pesimista, en cierta manera trágica, de esta parte de nuestra vida, es la consecuencia en Nuland de su relación personal con su abuela. El autor generaliza una idea a partir de una vivencia personal que ha marcado su existencia, como queda de manifiesto en el capítulo III. Desde aquí, y junto a otras referencias emocionales que Nuland nos hace de su propia vida, se van haciendo más claras las motivaciones internas del autor en su decisión de transmitimos su larga experiencia médica sobre el tema, y es posible llegar a comprender el origen de este libro más cercano a un ejercicio personal de elaboración de la angustia, que a una tarea de divulgación o reflexión sobre el tema de la muerte. Es al final de la introducción donde el Dr. Nuland explicita las causas de la existencia de su libro. «Mi madre murió de cáncer de colon una semana después de que yo cumpliera once años, y este hecho ha marcado mi vida. Todo lo que he llegado a ser, guarda directa o indirectamente, relación con su muerte. Cuando comencé a escribir este libro mi hermano había muerto hacía poco más de un año, también de cáncer de colon». Con gran razón nos dice el autor: «Este libro es mío». Todo el libro es un diálogo del Dr. Nuland consigo mismo, con sus vivencias, sus recuerdos, sus propios fantasmas y sus angustias, no sólo originados en su actividad médica sino, y lo que es más importante, los que provienen de su vida familiar. Lo más importante del libro han sido para mí unas palabras del epílogo, en el que el autor nos dice: «El día que yo padezca una enfermedad grave que requiera un tratamiento muy especializado, buscaré a un médico experto. Pero no esperaré de él que comprenda mis valores, las esperanzas que abrigo para mí mismo y para los que amo, mi naturaleza espiritual o mi filosofía de la vida. No es para esto para lo que se ha formado y en lo que me puede ayudar. No es esto lo que anima sus cualidades intelectuales. Por estas razones no permitiré que sea el especialista el que decida cuando abandonar. Yo elegiré mi propio camino o, por lo menos, lo expondré con claridad de forma que, si yo no pudiera, se encarguen de tomar la decisión quienes mejor me conocen (...) No moriré más tarde de lo necesario simplemente por la absurda razón de que un campeón de la medicina tecnológica no comprende quién soy». «No habiendo podido los hombres -nos dice el filósofo francés Pascal-remediar la muerte, la miseria y la ignorancia, han imaginado, para ser felices, no pensar en absoluto en ellas». El libro de Sherwind Nuland no sólo debe estar en las bibliotecas de médicos y estudiantes de medicina: el público no especializado puede y debe acercarse a él; su tono directo y escritura sencilla invitan a su lectura y permiten una aproximación -aunque no una reflexión profunda-sobre un tema generalmente evitado y tan temido como es la realidad del proceso de la muerte. El Istituto Italiano per gli Studi Filosofici, de Nápoles, en cuyo comité científico internacional figuran las más importantes figuras del pensamiento y de la historia, científicos o no, publica generosamente monografías propias de su docencia. Pues lo hace bien en italiano, bien en la lengua de los invitados como H.J. Martin, F. Secret o, en este caso, M. A. Granada. De modo que este libro suyo, con la imprescindible difusión institucional, sería un instrumento de fácil acceso para los estudiosos de la historia de la ciencia del siglo XVI. Eduardo Balbo Instituto Psiquiátrico José Germain La fecha que aparece en el rótulo es muy significativa. Tras la aparición en los setenta de esa centuria de una nova y de un cometa famosos, si bien no tuvo lugar la catástrofe que Regiomontano había pronosticado para 1588, surgieron una serie de publicaciones que tendrían consecuencias decisivas en el derrumbe del viejo cosmos: abandono de las esferas celestes, crítica de la jerarquía cosmológica por obra de una homogeneización aún en ciernes, aparición de nuevos modelos en la estela copernicana. De hecho, en 1588 aparecen tres textos cosmológicos de Bruno, Tycho Brahe, Nicolaus Ursus {Fundamentum astronomicum), que son analizados por Granada en sucesivos capítulos, junto con la correspondencia del segundo con Christoph Rothmann y con una obra algo posterior de Helisaeus Roslin. Nadie mejor para llevar a cabo este cotejo que el gran traductor de Bruno (y de Maquiavelo o de Bacon, entre otros) al castellano, y reputado desvelador de figuras poco conocidas aquí como es Rothman («II problema astromico-cosmologico e le sacre scritture dopo Copernico: C. Rothmann e la "teoria dell 'accomodazione"», Riv. FU, 4, 1996), o como es en parte G. M. Tolosani (en vv.aa., La diffusione del copernicanismo in Italia, Florencia, Olschki, 1997), por citar artículos suyos muy recientes. El Camoeracensis Acrotismus del Nolano -trasunto de su debate contra los peripatéticos, organizado en París dos años antes-es el primer capítulo del recorrido de Granada. Bruno repasa aquí las tesis revolucionarias adelantadas en La cena de las cenizas y en Del infinito universo, que abren el mundo, llenan el espacio de éter y proponen una duración homogénea del conjunto. Pero lo hace de otro modo, no mediante diálogos, sino construyendo un nuevo argumento contra cada argumento aristotélico. El texto bruniano será enviado por el autor a Brahe, justo cuando éste acaba de redactar su De mundi aetherei recentioribus phaenomenis, motivo del segundo capítulo. Cierto que el danés reprocha el radicalismo, sin matemática alguna, de Bruno, y que se aparta de la idea de universo infinito, pero aquí (él por vez primera) razona la imposibilidad de las viejas esferas sólidas y expone su sistema geoheliocéntrico. En todo caso, ambos se ensalzan a sí mismos como figuras cardinales en la nueva «restauración» astronómica. El astrónomo danés se había carteado con Rothmann, quien ya en 1585 expuso la inexistencia de los orbes sólidos (no quiso publicar nada, lo que le ha perjudicado históricamente). Y Granada revisa el epistolario en el que se expresa con vigor el clima de duda, e indecisión muchas veces, de los científicos de finales del XVI. Por su parte, el humilde y también danés Ursus ofrece la base geométrica necesaria para la reforma que pretendida (sin citar a Tycho, a quien tenía por astrólogo), y en sus hipótesis no cabe ya esa inmovilidad terrestre en la que Brahe aún estaba atrapado. El quinto y último capítulo de este vivísimo Debate cosmológico en 1588 está dedicado a Roslin (1545-1616), paracelsiano y astrólogo suabo que había conocido a Ursus y a Kepler. Este médico heterodoxo, se había preocupado por la nova de 1572 y el cometa de 1577, dio a la imprenta en 1597 un conjunto de tesis sobre el mundo seguidas de un apéndice en el que repasaba todos los sistemas, el ptolemaico, el copernicano y el de los otros autores, así como el suyo propio, mezclado, curioso, «melancólico», según dirá Robert Burton en su Anatomía de la melancolía. Tras estas cincuenta páginas y un breve epílogo se cierra el libro de Granada, que tiene la virtud, entre otras cosas, de dar realce a una figura semiborrada como Rothmann. Por lo demás, estas perspectivas -^siempre vistas al hilo textual-aparecen expuestas con claridad, riqueza de matices y discreta maestría. Sólo pueden ser aquí evocadas, sin duda; pero cabe añadir una nota sobre el autor de Cosmología, religión y política en el Renacimiento (Anthropos, 1988). Granada, doctor en 1978 con un trabajo sobre Bacon, ha hecho una labor extraordinaria por la difusión del pensamiento renacentista, y acaba de recuperar y prologar cuatro textos sin parangón de Erasmo: «Mio n excluido de los cielos», «Silenos de Alcibíades», «La guerra es dulce para quienes no la han vivido», «La lengua» {Escritos de crítica religiosa y política. Círculo de Lectores, 1996; en la colección dir. por E. Lledó de la que es corresponsable). Nada más adecuado ni estimulante para el diálogo, imprescindible entonces, entre ciencias y letras que leer las propuestas del humanismo erasmiano junto con las del humanismo científico de estos otros autores. Todos ellos prepararon la reforma del conocimiento, y en algunos se adivina ya el giro en nuestra cultura científica, que es deudor, no siempre fiel, de esas primeras «Luces» europeas. Mauricio Jalón Facultad de Ciencias Universidad de Valladolid
La Bibliografía Histórica sobre la Ciencia y la Técnica en España intenta reunir cada año el mayor número posible de trabajos de Historia de la Ciencia y de la Técnica publicados en España o por autores españoles. Como venimos haciendo desde hace nueve años, las referencias, que siguen las normas bibliográficas habituales, aparecen ordenadas por el apellido del autor. Para facilitar la recuperación de la información, se ha confeccionado un índice de materias ordenando alfabéticamente las palabras clave extraídas de cada una de las publicaciones. Las diversas entradas remiten, mediante el número asignado en el repertorio, a los trabajos correspondientes. Aunque el repertorio cubre el año 1996, se han incluido algunos trabajos de otros años que no habían sido recogidos con anterioridad. La bibliografía ha sido elaborada, por un lado, mediante el vaciado sistemático de repertorios y bases de datos nacionales e internacionales y de las revistas españolas especializadas. Por otro, se ha utilizado también la información suministrada por los propios autores. Un año más agradecemos sinceramente la colaboración de los numerosos investigadores e instituciones que nos proporcionan información sobre sus publicaciones. Como en anteriores ocasiones hemos contado con la participación del Centro de Documentación de Historia de la Medicina de la Fundación J. Uriach, gracias a la gentileza de Josep Danón. Esperamos poder seguir contando con estas aportaciones, cada vez más numerosas, sin las cuales esta bibliografía no sería posible.: / Congreso Nacional de Historia de Enfermería. Libro de Ponencias y Comunicacio- nes, Actas del II Congreso Nacional de Paleopatolo- gía,. Farmacia, historia natural y química intercotinentales, México, BRUNO, G. (1995), Expulsión de la bestia triunfante. Traducción, introducción y notas por M.A. Granada Actas del II Congreso Nacional de Paleopatología, Valencia, Asociación Espa (1995), Historia de una ruptura: el ayer y el hoy de la psiquiatría española, Barcelo 1995), La farmacia en la América Colonial: el arte de preparar medica Congreso Nacional de Historia de Enfermería. Libro de Ponencias y Comunicaciones, Bar- celona La construcción naval y la navegación, Santander, Universidad de Cantabria, 491-496. BIBLIOGRAFIA HISTÓRICA SOBRE LA CIENCIA Y LA TECNICA EN ESPANA. Ingeniería de comunicaciones: 169. Instituto Geográfico y Estadístico: 875. Instituto de Historia de la Ciencia y la Técnica, Valladolid: 685. Junta de Comercio, Barcelona: 93. Junta para la Ampliación de Estudios: 834.
El artículo tiene como objeto demostrar que la enseñanza de la anatomía en el Hospital General de Madrid fue establecida en 1689, dentro del amplio movimiento de renovación de la medicina y la ciencia en España, iniciado en los últimos años del reinado de Carlos II (1665-1700). Se examinan las distintas figuras que ocuparon la cátedra de anatomía del hospital hasta 1728, sus formaciones de origen y sus carreras profesionales, utilizando para ello nuevas fuentes hasta ahora inéditas. do tratado de Manuel de Porras, publicado en 1716, como la Anatomía compendiosa de Martín Martínez, que apareció inmediatamente después con la finalidad de criticarlo de forma implacable"^, aludían reiteradamente a la actividad de Florencio Kelli, cirujano llegado en el séquito de Felipe V, como "Disector Regio" y a sus demostraciones anatómicas en el teatro del Hospital General a partir de 1703. En segundo lugar, podía encontrarse la afirmación repetida sin más por unos y por otros de que, también en 1703, Felipe V dotó con tres mil reales la enseñanza de la anatomía en el Hospital General. En tercer lugar, en la "Censura" a la obra de Porras escrita por José Arboleda y Fichagó, en ese momento catedrático de anatomía en el hospital, afirmaba haber presenciado la práctica disectiva en el "Theatro Anatómico de esta Corte" en los últimos trece años^: teniendo en cuenta que la primera edición de la Anatomía galénico-moderna es, como hemos dicho, de 1716, la fecha de 1703 podía deducirse de nuevo como el momento clave del inicio de la actividad. En cuarto lugar, también reforzaba la idea de un origen borbónico el hecho de que la primera imagen directa del teatro anatómico de Madrid fuera la reproducida en la Anatomía completa del hombre, de Martín Martínez, aparecida en 1728. En quinto lugar, Vicente Gilabert, Médico de la Real Familia, se atribuía el mérito de la construcción del teatro anatómico del Hospital General en un pasaje del Escrutinio physico-médico-anatómico, obra publicada en 1729^. Por consiguiente, todo parecía dibujar un nítido perfil acerca de la fundación de la cátedra y de los orígenes del teatro anatómico en Madrid como una muestra más de las nuevas actitudes introducidas en España con la nueva dinastía reinante. La historia quedaba fijada de este modo y no pocos han continuado repitiéndola en esos términos una y otra vez. La tradición historiográfica, con todo ello, consagró como lugar común la idea de que el establecimiento de la enseñanza de la anatomía en la cátedra y en el teatro del hospital madrileño fue fruto de la supuesta acción modemizadora y europeizante de la dinastía borbónica que, desde el inicio de su consolidación en el trono español, habría impulsado este tipo de instituciones tendentes a mejorar la formación de los médicos y cirujanos. En consecuencia, el esfuerzo se habría iniciado en los primeros años del reinado de Felipe V con la creación de la cátedra madrileña y culminado medio siglo más tarde con el establecimiento de los Colegios de Cirugía. La indudable impronta francesa de éstos reforzaba, dentro de una típica argumentación en círculo, la idea de que el influjo francés llegó del brazo de la nueva casa reinante y, por tanto, se hallaba ya presente a la hora de la creación de la cátedra, antecedente directo de los colegios para cirujanos. Para acabar de rematar la perpetuación de esta (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es imagen, la coincidencia del cambio de siglo con el de dinastía y la pertinaz tendencia de los historiadores a aplicar cómodas periodizaciones valiéndose de las fechas redondas, facilitaba el esquema interpretativo. Sin embargo, no han faltado indicios sobre los que basar dudas razonables acerca de esta imagen estereotipada. Así, por ejemplo, el funcionario encargado de informar al rey Carlos IH sobre el memorial de Gámez antes citado, dejaba constancia de que, algunas veces, la administración burocrática suele ser un reducto donde la memoria histórica es más difícil de borrar: "La Plaza de Anatómico... no fue establecida por el Glorioso Padre de S.M. (que santa gloria haya) como supone Gámez en su memorial, sino trasladada de la Universidad de Alcalá por el Señor Rey D. Carlos 2° en Decreto de 17 de mayo de 1689, a favor del Dr. D. Francisco Feci, con la denominación de Médico de Familia, y con los gajes y emolumentos correspondientes''^. Algún otro indicio tomado de las mismas fuentes que hasta ahora han sido habitualmente manejadas por los historiadores, podría haber ayudado, pero en este caso una lectura condicionada ha impedido sacar las consecuencias pertinentes. En el prólogo al lector de la Anatomía galénico-moderna, escrito por el propio Manuel de Porras^, éste recordaba de pasada que "de treinta años a esta parte se disecan diversos cadáveres en el Teatro Anatómico del Hospital General de esta Corte" 9. Esta afirmación fue hecha en 1716, lo que cuestiona claramente la fecha de 1703, pero al parecer la afirmación ha pasado desapercibida; o quizá no tanto: si se maneja la segunda edición de la obra de Porras, que data de 1733 y que reproducía esta frase sin alterarla, se podría, por ironía del destino, reconvertir ese dato en una prueba más de que los orígenes de la cátedra y del teatro anatómico del hospital madrileño databan del emblemático año de 1703. El segundo ejemplo procede del aludido pasaje del Escrutinio de Vicente Gilabert^o, ya que aunque esta obra saliera publicada en 1729 no hay razones para dar por supuesto, como veremos más adelante, que la alusión del médico valenciano se refiera necesariamente al tiempo en que la obra se publicó, sino que puede ser muy anterior a esa fecha. En nuestra opinión, la forma de abordar de modo satisfactorio estos problemas pasa necesariamente por recurrir a otro tipo de fuentes y por contemplar la posibilidad de otra hipótesis interpretativa. Por un lado, la lectura de estos pocos indicios 7 RIERA (1982), p. 38. ^ Sobre Manuel de Porras, además del ya clásico estudio que le dedicó GRANJEL (1962), debe verse su expediente personal en el Archivo General de Palacio [en adelante A.G.P.], Sección Administrativa, caja 841, expediente 15. g Asclepio-Yol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es acerca de que el origen de la cátedra y del teatro anatómico de Madrid podría remontarse a los últimos años del reinado de Carlos II, abre una interesante vía de indagación acerca de los orígenes de tal institución, poniendo en relación ese hecho con una coyuntura histórica, en la que, como ya hemos apuntado, se multiplicaron los síntomas de renovación en el cultivo de la ciencia y los intentos de creación de instituciones científicas bien fuera de la corte (la Regia Sociedad de Sevilla), bien dentro de la misma (el laboratorio químico de la Real Botica), tendentes a facilitar la asimilación de la medicina y la ciencia modernas, tal y como se estaban desarrollando en el resto de Europa^^ Dentro de este marco, la creación de una cátedra de anatomía y la subsiguiente construcción de un teatro anatómico en el Hospital General de Madrid, podría situarse como otro de los pilares institucionales de este proceso de renovación, en este caso dentro de las iniciativas atribuibles directamente al impulso del poder centrad ^^ por otro lado, en cuanto a la aportación de nuevas fuentes que ayuden a clarificar la cuestión, creemos que resultan de innegable interés y novedad los expedientes personales de los médicos de Cámara y de la Real Familia^^ qy^ se conservan en el Archivo General de Palacio, de Madrid, cuyo vaciado sistemático para las épocas de los reinados de Carlos II y Felipe V venimos realizando desde hace algunos años. De hecho, algunos documentos conocidos gracias al trabajo con esas fuentes nos llevaron a cuestionar la versión tradicional acerca del origen de la institución que nos ocupa, aun antes de descubrir los indicios a los que nos hemos venido refiriendo hasta ahora. En las páginas que siguen, intentaremos exponer cuál ha sido el resultado de nuestra indagación acerca de la historia de la cátedra de anatomía y el teatro del Hospital General de Madrid, desde su fundación hasta el momento en que, por marcar un hito en cierto modo simbólico, apareció públicamente la primera imagen conocida del teatro en la Anatomía completa del hombre, de Martín Martínez, publicada, cómo se ha señalado anteriormente, en 1728. La consulta de los expedientes relativos a los médicos de la corte de los reyes Carlos II y Felipe V puso en evidencia el hecho de que cuatro de ellos habían osten-1 ^ MARTÍNEZ VIDAL; PARDO TOMAS ( 1995), pp. 305-315 y las referencias bibliográficas allí citadas.'2 Conviene quizá recordar aquí el caso del anatomista valenciano Crisóstomo Martínez (1638-1694) cuya actividad de grabador anatomista se vio fomentada por iniciativa de la ciudad de Valencia, pero también con el respaldo del poder real a partir de 1685. LOPEZ PINERO et al. (1983), pp. 30-33. í3 La jerarquía de los diversos médicos reales no ha sido suficientemente estudiada hasta la fecha. Hemos tratado de efectuar una primera aproximación en: PARDO TOMAS; MARTÍNEZ VIDAL (1996), donde puede verse con mayor amplitud la estructura y plantilla de éstos. Para lo que aquí interesa, bastará señalar que el título de Médico de Cámara permitía acceder a la asistencia directa del rey y de la familia real. Por "Real Familia" se entendía, en cambio, el numeroso conjunto de personas y los "Criados del Rey "organizadas en tomo a las diversas Casas; los llamados Médicos de Familia tenían la obligación de asistir a estas personas. tado la condición de "Anatómicos del Hospital General de Madrid", que iba asociada a los honores de Médicos de la Real Familia, hecho que explica que sus expedientes personales se hallaran entre los de los médicos reales. La condición de médicos anatómicos del hospital de Martín Martínez y su antecesor en el cargo José Arboleda era ya conocida gracias fundamentalmente a la información que ofrecían las obras impresas, aunque los pormenores de su relación con el cargo, en el lapso de tiempo entre 1703 y 1734 (año de la muerte de Martínez) pueden ahora ser mejor conocidos, como veremos más adelante. Los otros dos personajes eran hasta el momento casi dos perfectos desconocidos y su paso por la cátedra madrileña retrotrae el origen de la misma a la fecha de 1689. Se trata del antecesor de Arboleda, Roque Buendía y Dávila, quien ocupó la cátedra entre noviembre de 1697 y diciembre de 17021"^. La continuidad de Buendía en el cargo se constituye así en el eslabón que permite demostrar que la irrupción de la nueva casa reinante no afectó directamente a una institución que ya existía con anterioridad. El antecesor de Buendía, Francese Feu (sin duda el "Francisco Feci" mencionado en el documento antes citado) fue titular de la cátedra hasta su muerte en marzo de 1697 y había sido nombrado para ocuparla en mayo de 1689, la misma fecha señalada por el puntilloso burócrata castellano de finales del siglo XVIII que informó el memorial de Juan Gámez. FRANCBSC FEU: UN CATALÁN EN LA CORTE DEL REY CARLOS Resulta posible reconstruir parte de la vida de Francese Feu antes de su nombramiento de 1689 como catedrático de anatomía en Madrid, gracias a la documentación que se halla en su expediente del Archivo General de Palacio, en Madrid^^. Sabemos que Feu comenzó sus estudios en la facultad de Artes del Estudi General de Barcelona, en el año 1665, pasando luego a la de Medicina, donde se graduó de doctor en el año 1672. A partir de entonces y durante doce años desarrolló su actividad profesional en el Principado de Cataluña, siendo examinador de cirujanos de la ciudad, médico "de limosna" en las cárceles reales y médico del ejército en las campañas llevadas a cabo durante los mandatos de los virreyes duque de San Germán y duque de Sessa. Durante el gobierno de este último. Feu se desplazó a la plaza fuerte de Palamós, como oficial del Protomèdico del Ejército de Cataluña. La vinculación de Francese Feu a los ejércitos reales no parece, pues, un hecho esporádico y contaba, además, con un claro antecedente familiar, ya que su padre, también llamado Francese Feu, sirvió en ellos más de veinte años, primero como soldado en la Escuadra de Galeras y, después, como artillero en la ciudad de Barcelona^^ Esta actividad de médico del ejército no impidió a Feu mantener sus aspiraciones a realizar una carrera académica dentro de la facultad de medicina del Estudi. Antes de presentarse a la primera de estas oposiciones, como era preceptivo en el Estudi barcelonés al menos desde 1598'^, el aspirante Feu tuvo que demostrar su pericia práctica en la disección ante un tribunal formado por tres médicos examinadores y ante un público compuesto por otros doc~ tores en medicina y los estudiantes de la facultad, realizando tres "anatomías particulares" en tres días consecutivos. Además de estos datos biográficos, sobre los que volveremos después para conocer mejor el ambiente médico de la Barcelona en la que Feu se formó, la documentación hallada en el expediente que estamos comentando contiene, como es lógico, interesantes noticias acerca de la fundación de la cátedra de anatomía del hospital de Madrid. Así, puede conocerse que ya en 1684 se propuso el establecimiento de la enseñanza anatómica en el Hospital General a cargo de un médico, para lo que se consultó a la Corona y, con el preceptivo acuerdo del Protomedicato, se llamó a Madrid al propio Feu. El rey había ordenado se le diese plaza de médico en el Hospital General y se le fijase, además de los gajes ordinarios, un suplemento de diez reales diarios, en su calidad de enseñante anatómico. Sin embargo, esta cuestión económica constituyó el obstáculo para que este primer intento se frustrase, ya que el entonces Protector de los Reales Hospitales, Antonio Monsalve, expuso al rey que el hospital no tenía fondos suficientes con los que pagar a Feu ese sueldo extra, ante lo cual el médico catalán, al encontrar los gajes ordinarios "no ser suficientes a su mantenimiento", "se bolvió a gozar de las conveniencias que tenía assentadas". Cinco años después, en marzo de 1689, "a segunda instancia del referido Protomedicato", Feu volvió a presentarse ante el rey. Esta vez, con los informes positivos del Protomedicato y del Sumiller de Corps, el Duque de Pastrana, se le otorgó título de "Médico de Familia por la Casa de Borgoña... en consideración al beneficio público que se seguía de que el Suplicante assistiesse en ella li.e. en la corte] con el exercício Anatómico". De este modo, parece que la falta de disponibilidad del Hospital General a la hora de dotar económicamente la plaza, hizo que se proveyeran fondos desde la casa real, para lo cual se pensó en el artilugio administrativo de •6 La vinculación de personajes de apellido Feu con el ejército en Cataluña y, en concreto, con el suministro de materiales para la artillería, no parece un hecho aislado: el mercader barcelonés Pau Feu, que formó sociedad con Salvador Feliu de la Penya, al menos desde 1670, participó en un contrato de arrendamiento del "tren d 'artilleria" del ejército entre 1674 y 1682: MOLAS (1974), pp. 78 y ss. Otorgar a Feu los "gajes, casa de aposento y demás emolumentos que corresponden a la plaza de los doze [médicos] más antiguos de la Casa de Borgoña, como plaza especial y supernumeraria", según decreto real de 17 de mayo de 1689. La solución administrativa tardó, pues, cinco años en encontrarse. Para ayudar a explicar esta demora, debe tenerse en cuenta que, entre 1684 y 1689, en el Protomedicato la situación había dado un giro espectacular. En efecto, mientras que en la primera de las fechas mencionadas estaba compuesto, como había sido tradición, por tres significados representantes de las universidades castellanas -^Juan de Echavarri (tl686), Miguel de Alba (ca. 1619-1688) y Francisco Enriquez de Villacorta (1615-1693)-, cinco años después sólo quedaba el último de los citados, mientras que las otras dos plazas habían sido cubiertas por un médico sardo, Gavino Farina (ca. Este acceso al tribunal castellano de hombres formados fuera de las universidades castellanas y con carreras vinculadas a reinos periféricos de la monarquía hispánica resultaba insólito y, de alguna forma, un síntoma más de una renovación que estaba fraguándose y que podía alcanzar la más alta esfera de la jerarquía médica cortesana^^. Sea como fuere, la plaza de anatómico estaba creada y nombrado su primer ocupante, con la aquiescencia del Real Protomedicato y del máximo responsable cortesano en el entorno del rey, el Sumiller de Corps. En cuanto a las obligaciones del futuro catedrático, la resolución firmada por los tres protomédicos decía, entre otras cosas: "En cumplimiento de la orden de V.E. se a juntado el Prothomedicato... y... dice que juzga por conveniente, y útil aya en la corte anothómico diestro que aga anothomías públicas en el tiempo oportuno del año, como es desde primero de octubre hasta fin de abril, con el cargo de hacer una anothomía a lo menos cada semana, en el día que se le señalare" Se consideraba necesario, por tanto, establecer la obligación de efectuar un considerable número de disecciones al año ya que, si debían ser al ritmo de una por semana durante los siete meses que van del primero de octubre a final de abril, en total se fijaba un número superior a la veintena. Por otra parte, los informes recogidos en el expediente que estamos comentando insisten en que la enseñanza desde la cátedra iba dirigida tanto a los cirujanos como a los médicos y que las disecciones podían ser contempladas, también, por "las demás personas que concurrieren", apuntando el carácter abierto de la exhibición anatómica en un lugar público, en perfecta consonancia con el que tenía en otras ciudades europeas de la época^^. Así pues, en la primavera de 1689 quedaba nombrado Francese Feu como profesor y organizada la enseñanza anatómica en el hospital madrileño. Como es lógico, dadas las condiciones de conservación de los cadáveres, el inicio de las demostraciones se fijaba entrado el otoño y se interrumpía al iniciarse la primavera. Así veía el Protomedicato la persona del médico catalán y su ubicación en la corte: "...para dicho ministerio tiene el Prothomedicato por muy a propósito y del intento a la persona del doctor don Francisco Feu, único pretendiente, a quien Su Magestad puede servirse de mandar señale congrua, o salario competente, para que con esta ayuda de costa, y su profession de Médico pueda mantenerse y quedar obligado al cumplimiento de este encargo, que será de mucho útil y servicio a todos los professores de la medicina" Quedaba, así, descartado que a Feu se le otorgara salario de los propios fondos del Hospital, como se había intentado en 1684 y se veía más conveniente que, además de los ingresos que le reportara "su profesión de médico", el rey decidiera señalarle otra vía de ingresos. La elegida fue, como ya hemos señalado, la de otorgarle los honores de Médico de Familia junto a los emolumentos, lo que le abría las puertas de la promoción interna dentro del grupo de los médicos reales. Es importante recordar este procedimiento porque, como se verá más adelante, fue motivo de conflictos y discusiones en tomo a la posición de los sucesores de Feu en la cátedra, especialmente en el caso de Martín Martínez. Nombrado Feu, decidida la vía administrativa para pagarle e, incluso, asignado su "aposento" en Madrid, todo estaba dispuesto para que en el otoño de 1689 pudiera comenzar la práctica de la disección anatómica con fines didácticos, tanto para médicos como para cirujanos, en el Hospital General de Madrid. A partir de este momento, el expediente personal de Feu ofrece pocas noticias directas acerca de su labor como anatómico, como es lógico, ya que se trata de un expediente administrativo de la casa real, acerca de la vinculación de Feu al grupo de los médicos de familia. De todos modos, la misma continuidad de la documentación y el hecho de que a lo largo de los años siguientes, el médico catalán siga figurando en los documentos recogidos como "Catedrático y Maestro Anatómico en esta Corte" bastaría para pensar que este aspecto de la actividad de Feu siguió sin alterarse. De hecho, en el memorial que elevó al rey en 1695, queda bien patente la continuidad de Feu en el ejercicio anatómico: "queda [Feu] continuando actualmente sus méritos con este exercicio Anatómico, visitar la Real Familia, y demás empleo" Es decir, la docencia en el hospital continuaba seis años después de su establecimiento. Pero, además, se señala aquí que el médico catalán asistía a "la Real Familia", término que, insisitimos, debe ser entendido tal y como se usaba en la época, es decir, no referido a los parientes del monarca, sino al conjunto de sus criados que, organizados en diversas casas y "cuarteles" componían un numeroso grupo de perso- Para ello redactó una relación de sus méritos, desde su ingreso en la Universidad de Barcelona hasta la consecución en 1693 de la plaza del Hospital General y la hizo imprimir en una doble hoja para presentarlo ante el monarca y el propio tribunali. Optar a una de estas codiciadas plazas suponía, sin duda, la máxima aspiración de un Médico de Familia y constituía, dentro de la jerarquizada pirámide de los médicos de la corte, un mérito necesario para seguir escalando los últimos peldaños de la misma: Médico de Cámara y, eventualmente. La muerte impidió a Feu seguir aspirando a ello. El 21 de marzo de 1697 moría en su casa de la calle de Jesús y María, de Madrid^^. En su testamento, otorgado el día anterior al de su muerte, mandaba ser enterrado en la iglesia de San Millán de esa ciudad y dejaba por heredero a su hijo Tomás y por "tutora y curadora" de sus bienes a su mujer, Raimunda de Vilamala, con la que se había casado en Barcelona. Gracias a este documento sabemos que, antes de pasar a la corte. Feu debió ejercer como médico también en Vilafi^anca y que, una vez en Madrid, había obtenido del rey una asignación procedente de las rentas de la villa de Huete. Por otra parte, "su profession de médico", que como se recordará se contemplaba en 1689 como una fuente de ingresos para su mantenimiento en la corte, debió dar algunos frutos importantes, ya que, en el momento de morir. Feu tenía asignado un salario de tres mil quinientos reales como médico del marqués de Santa Cruz y debió de asistir también a otros nobles cortesanos, puesto que recuerda ser acreedor de treinta doblones de oro, por haber asistido al marqués de Gramosa. Llama la atención, por último, la insistencia 20 Para los mecanismos de promoción dentro de la estructura de los médicos reales, véase: PARDO TOMAS; MARTÍNEZ VIDAL (1996), pp. 63-67. 21 Un ejemplar de esta doble hoja impresa se encuentra en: AGP, Sección Administrativa, caja 12061, expediente 2. 22 La partida de defunción de Feu fue reproducida por AGULLO Y COBO (1969), p. 41. de Feu en querer regirse, en cuanto a las disposiciones sucesorias, "según se observa y acostumbra en el Principado de Cathaluña"^^. La presencia durante ocho años de un médico catalán en el Madrid de Carlos II no debía resultar insólita, aunque no fuera demasiado habituaF^. De hecho, pueden apuntarse algunas razones dentro del mundo médico, tanto en el estricto marco del cultivo de la anatomía en los reinos hispánicos como en el grupo de los médicos reales, como tendremos ocasión de ver en el siguiente apartado. Sin embargo, parece conveniente recordar que en esos mismos años otros catalanes habían sido llamados también a la corte madrileña con vistas a impulsar algunos proyectos de modernización o mejora en diversos ámbitos sociales y culturales, especialmente en el campo de la tecnología vinculada a la producción textil, con proyectos directa o indirectamente vinculados a la Junta de Comercio. Por ejemplo, algún tiempo después del definitivo establecimiento de Feu en Madrid, en 1692, Francese Potau fue convocado a Madrid para que introdujera sus nuevos telares para cintas y listonería de seda, para lo cual obtuvo un privilegio real de quince años que le permitía, además, recurrir a los niños del Hospicio como fuerza de trabajo. Si hemos elegido este ejemplo (aunque hay otros similares) es porque se da la circunstancia de que el menestral Potau era cuñado de un caballero de la ciudad de Barcelona de nombre Pau Feu, cuya sociedad con Salvador Feliu de la Penya, activa desde 1670 en Barcelona, había establecido contactos comerciales en Madrid a partir, precisamente, de 1690^6. Esta rama de la familia de los Feu participó activamente en la vida comercial e industrial catalana, casi siempre en sociedad con la familia de Narcís Feliu de la Penya, uno de los más señalados representantes del ambiente de recuperación económica y cultural de la Cataluña de finales del siglo XVIP7. Este era, pues, el medio social de Francese Feu en el momento de ser llamado a la corte de Carlos 11; veamos ahora cuál fue su entorno específico en el terreno del cultivo de la medicina y de la anatomía. 23 Archivo Histórico de Protocolos, Madrid (en adelante AHPM) protocolo n° 14141, h. Sólo se halla aquí el testamento, lamentablemente no ha sido posible localizar el inventario de bienes, ni los documentos relativos a su testamentaría. 24 De hecho, algunos médicos de origen catalán habían accedido a la corte, especialmente vinculados a la carrera militar en el ejército de Cataluña. Por ejemplo, en los años setenta encontramos como médico del Real Sitio de El Escorial a Juan Andrés y Talau (fl. 1647-1676), quien además había obtenido, en sus años de formación, el título de maestro anatómico por la Universidad de Barcelona: AGP, Sección Administrativa, caja 91, expediente 22; véase también: DANON, J. (1996), p. Feu se formó en una universidad, la de Barcelona, que contaba con cátedra de anatomía desde 1562. En 1569 accedió a ella Francese Mico (ì52S-post 1582), un hombre formado en Salamanca, con Cosme de Medina, y en el Hospital de Guadalupe en estrecho contacto con la llamada reforma vesaliana^^. Sus cuatro años de docencia de la anatomía en el estudio barcelonesa^ influyeron sin duda en la difusión de este movimiento, así como en la consolidación de la práctica disectiva como elemento esencial en la formación del médico. Las sucesivas constituciones que regulaban la vida académica crearon un marco normativo que favorecía el cultivo de la anatomía. Así, en las Ordinacions de 1576 el número de disecciones quedó establecido en cuatro completas al año, con una retribución extra al catedrático por cada una que realizare; pero en las de 1588 eran ya doce las anatomías que debían realizarse por curso. Las de 1596 reconocieron explícitamente'7o profit y utilitat gran ques reb del fer se anatomias^\ Durante todo el siglo XVII, estas exigencias se mantuvieron y no faltan pruebas de que la norma fue llevada a la práctica con continuidad. Por otra parte, como ya indicamos, a partir de 1598 se estableció la obligación de que los candidatos a la cátedra de anatomía fueran revalidados previamente como "maestros anatómicos", realizando al menos tres anatomías públicas en presencia de tres doctores colegiados de la Facultad. Como hemos visto en los casos de Juan Andrés y Talau y de Francese Feu, esta norma se seguía cumpliendo bien avanzado el siglo XVII. Por último, los aprendices de cirugía, al menos desde 1638, debían asistir a un curso regular de anatomía en el Estudi general, así como a las disecciones correspondientes en la llamada Aula de les Anatomies, si querían presentarse a los exámenes que daban acceso a las plazas del Colegio de Cirujanos de Barcelona^o. El interés del ambiente médico en el que se formó Feu no se limitaba al ámbito de la regulación académica del cultivo de la anatomía. En efecto, la facultad barcelonesa en la segunda mitad del siglo XVII dio algunas personalidades médicas de relieve, conectadas directa o indirectamente con posturas ideológicas que, si bien cabe encuadrar dentro del galenismo, se mostraron abiertas a aspectos novedosos tanto en el campo anatómico y fisiológico como en el de la observación clínica o la terapéuti-ca^^ En este sentido, conviene recordar aquí la obra de dos maestros directos de Feu. En primer lugar, Jacint Andreu, catedrático de prima entre 1653 y 1677 y autor de las Practicae Gotholanorum (Barcelona, 1678), que contienen la primera exposición detallada del tétanos del recién nacido, además de numerosas descripciones clínicas basadas en una fina observación personaP^. En segundo lugar, Joan d'Alòs (1617-1695), sin duda la figura más destacada de la medicina catalana de la época, tanto por su relevancia política y académica, como por su obra científica. Claro ejemplo de las posturas eclécticas con que los galenistas más abiertos trataban de no perder el contacto con las trascendentales novedades que en el mundo médico europeo se estaban produciendo, su De corde hominis disquisitio (Barcelona, 1694) es la plasmación más evidente en un tema tan fundamental de la medicina moderna como la doctrina de la circulación sanguínea^^. Al margen de las cuestiones puramente científicas que acabamos de exponer, hay otras que establecen una relación estrecha entre la presencia de Feu en Madrid y el ambiente que había conocido en su etapa catalana. En nuestra opinión, una de las claves para ayudar a entender, por una parte, la decisión de implantar la enseñanza de la anatomía para médicos y cirujanos en el hospital madrileño y, por otra, la elección para ello de una persona surgida del círculo de médicos catalanes de Andreu y Ales, es la personalidad de Juan Bautista Juanini (1636Juanini ( -1691)). Este médico y cirujano lombardo, formado en Pavía, fue Cirujano de Cámara de Juan José de Austria hasta 1679, año de la muerte de este hijo bastardo de Felipe IV, cuya carrera política estuvo implicada más de una vez con la ciudad de Barcelona y el Principado, donde Jacint Andreu fue su Médico de Cámara. De esta época puede datar también la relación de Juanini con Ales, que se mantuvo a lo largo de los años. El protomèdico catalán, por ejemplo, escribió una elogiosa aprobación impresa en los prolegómenos de la Nueva idea physica natural, publicada por Juanini en 1685. Cuatro años después, cuando el lombardo publicó la Carta dirigida a Francesco Redi, le envió un ejemplar a Ales, quien le respondió agradeciéndole el gesto. Juanini, por su parte, no dudó en incluir esta carta en la aumentada segunda edición de esta obra, aparecida en 16913"^. En cuanto a Feu baste señalar que con su nombre se publicó en 1677 un breve panfleto en Barcelona, en donde se saludaba con júbilo la toma de poder que Juan José de Austria había llevado a cabo en Madrid^^^ 32 LÓPEZ PINERO et al (1983) Resulta igualmente pertinente recordar la constante defensa de la disección y de las experiencias anatómicas mantenida por Juanini a lo largo de su vida. Como ha subrayado López Pinero basándose en los testimonios de sus obras impresas, el cirujano de Juan José de Austria realizó diversas demostraciones anatómicas en público, sobre todo en Zaragoza, pero también en Salamanca y en la propia corte madrileña^^. Pero, además, Juanini defendió varias veces en sus obras la necesidad de los cirujanos y médicos de dotarse de unos conocimientos anatómicos actualizados. Así, por ejemplo, en un memorial al Rey expuso su opinión sobre la mala formación que en el Madrid de la época poseían los cirujanos latinos, carentes, entre otras cosas, de los necesarios conocimientos anatómicos, por su poca familiaridad con los libros, "de los más clásicos, y en particular de los Modemos"^^. Como puede deducirse de las críticas en él contenidas, este interesante memorial debió ser redactado por Juanini ante la ausencia de una respuesta favorable a su pretensión de ser reconocido como Cirujano de Cámara del rey, presentada en abril de 1685^^. Entre otros datos de gran interés, destaca para nuestro tema la afirmación de que fue Lucas Maestro Negrete quien le había propuesto años atrás para cirujano de Juan José de Austria. Recordaremos, por último, que Juanini seguía al servicio del Infante en Zaragoza, en los años en que Negrete era Protomèdico del Reino de Aragón; y que, como ya hemos señalado, éste pasó a ser después uno de los dos nuevos Protomédicos de Castilla en el momento de la definitiva dotación de la cátedra de Madrid y del nombramiento de Feu. EL CULTIVO DE LA ANATOMÍA EN LAS UNIVERSIDADES CASTELLANAS No es fácil, en el actual estado de las investigaciones historicomédicas, ofrecer un panorama medianamente satisfactorio acerca de la situación de la enseñanza y el cultivo de la anatomía en las universidades castellanas en el último tercio del siglo XVIL De hecho, las aportaciones más conocidas hasta ahora en este terreno se han visto limitadas a ofrecer incómodas proyecciones bien desde los inicios de siglo, subrayando el declive de la disciplina, bien desde el siglo XVIII, presentando la influencia francesa como el punto de partida de una recuperación de la misma. 14v de un memorial sin título, impreso con paginación propia y que se halla encuadernado, al menos en el ejemplar de la Biblioteca Nacional, de Madrid, junto a la Carta escrita al muy noble aretino el Doctor Don Francisco Redi, impresa en Madrid, en la Imprenta Real. 38 AGP, Sección Administrativa, caja 599, expediente 22, donde sólo se conserva la constancia de dicha petición, pero ningún tipo de respuesta. Por lo que respecta a esta última, parece ser que constituye un caso claro de resistencia a la introducción de la enseñanza anatómica y de la práctica disectiva. Pese al temprano episodio protagonizado por el entonces cirujano Rodríguez de Guevara (1548-1550), que significó una momentánea difusión en Valladolid de la reforma vesaliana^^, la facultad de medicina no consiguió mantener una cátedra durante buena parte del periodo estudiado. Al parecer, hubo una cátedra de anatomía durante la segunda mitad del siglo XVI, pero a partir de 1592 se transformó en una de método, coincidiendo con la promoción de Pedro de Sosa a sustituto de la cátedra de prima, como consecuencia de la jubilación del todopoderoso Luis Mercado'*^. A este respecto, es sintomático que el mismo Mercado, que aunque ya jubilado seguía siendo consultado por el claustro sobre diversas cuestiones, al preguntársele en 1611 acerca de la conveniencia de disponer de una cátedra de anatomía, respondiera: "en España se ha hecho buena medicina durante más de doscientos años sin necesidad de tal disciplina y no existen en el país personas lo suficientemente preparadas para su práctica"'^^ Ciertamente, ya en 1594, dos años después de la desaparición de la cátedra de anatomía, se había dotado una de cirugía, en donde el saber anatómico debía tener un lugar, pero conviene subrayar que dicha fundación fue a instancias del poder real y que la continuidad de la misma es más que dudosa durante el siglo XVIP^. Por otra parte, la existencia de diversos episodios en donde se discutió la conveniencia de introducir en Valladolid una cátedra de anatomía (son conocidos los de 1597 a raíz de la epidemia de peste, el de 1611 ya mencionado, y el de 1626 a instancia de los estudiantes^^) indica que el problema de la ausencia de una práctica anatómica continuada se mantuvo en Valladolid, pese a la brillantez de sus grandes figuras en el 39 LÓPEZ PINERO (1976), pp. 115-116. Conviene recordar, a este respecto, la obra de Bernardino Montaña de Monserrate (Valladolid, 1551), presente en Valladolid desde antes de la llegada de Rodríguez de Guevara y atento espectador de la actividad de éste: BARONA (1993), p. 40 ROJO (1984) es quien mejor se ha acercado a esta cuestión, aunque como él mismo señala no puede afirmarse que la enseñanza de Sosa desde la cátedra de anatomía hubiera contemplado la práctica de disecciones, siendo necesaria "una más concienzuda revisión de los fondos del Archivo de la Universidad de Valladolid" (p. 26. "^2 Los motivos de la Corona para promover la existencia de dicha cátedra son claramente expuestos en la real provisión de 20 de diciembre de 1593: "que aya hombres doctos en esa facultad... de donde elijamos hombres sufficientes para nuestro servicio y que los tales tengan titulo de zhiijanos regios". Por lo que respecta a la Universidad de Salamanca, es sabido que la cátedra de anatomía se creó en 1551 y la ocupó entonces Cosme de Medina, colaborador del valenciano Luis Collado en sus prácticas disectivas. Difusor de la anatomía vesaliana en Salamanca, Medina formó, entre otros, al catalán Francese Mico, que luego llevaría la nueva anatomía a los hospitales de Guadalupe"^ y al propio Estudi General de Barcelona, poco después de crearse la cátedra de anatomía, como ya hemos visto. Es muy interesante resaltar la vía por la cual se introdujo en Salamanca la enseñanza de la anatomía y la práctica de la disección. Según parece deducirse de los documentos que hoy conocemos"^^, el proceso fue iniciado por directa intervención del poder real, a través del Consejo de Castilla, que en 1550 ordenó que la universidad salmantina deliberara "cerca de la anatomía, que sus magestades mandan que se vea e confiera si será cosa provechosa que se aga en estos reinos"^^. La Universidad acató la iniciativa real y es en el marco de ésta como debe entenderse tanto la presencia de Cosme de Medina en Salamanca, leyendo anatomía y practicando algunas disecciones en el Hospital del Estudio a partir de septiembre de 1551, como la provisión de la cátedra en marzo de 1552. Lo que no conocemos con exactitud es la continuidad del esfuerzo renovador de Cosme de Medina en la Salamanca de la segunda mitad del siglo XVL Los Estatutos de 1561 concretaban la obligación de la práctica disectiva en seis anatomías generales "en la Casa de Anatomía edificada a tal fin" y las "doze particulares, o en el Hospital del Estudio, o en el de general de Medicina""^^. Sin embargo, cuatro décadas más tarde, en 1604, la cátedra de anatomía era juzgada en el claustro médico de la facultad como "rara y peregrina", pese a reconocer la importancia fundamental de la anatomía "tan necessaria a los médicos que ninguna más". En ese año, la cátedra la ocupaba Diego Ruiz Ochoa, que cesó en 1607. La ocupó entonces Alonso de Corrales que la mantuvo hasta 1627^8. Hay noticias que indican un funcionamiento de las disecciones aparentemente normal en los años iniciales del siglo XVII, con problemas ordinarios como comprar nuevo instrumental o recabar apoyo de la autoridad para disponer de cadáveres procedentes de los hospitales49. Por otra parte, la cátedra durante el siglo XVII estuvo ocupada por personas de escaso relieve o en una fase previa de su carre- (Salamanca, 1697), obra representativa de la actitud intransigente de buena parte del galenismo universitario hispánico, reacio a la introducción de la renovación. Sobre el teatro anatómico salmantino, sabemos que se erigió en las cercanías del puente romano, junto a la iglesia de San Nicolás de Bari, propiedad de la Universidad y en la que se enterraban los fallecidos en el Hospital del Estudio^^, En el documento de provisión de la cátedra de anatomía en marzo de 1552, se encuentra ya la orden de que el Rector y el Tesorero de la Universidad junto al doctor Alderete "vean y señalen el lugar adonde se podrá hacer el egerçiçio de la anathomia"^^, Xres meses después estaba ya decidido el lugar donde se ubicaría "el edefíçio... donde se açer la dicha anatomía, junto a San Nicolás". En mayo de 1554, se liquidaron las cuentas con el constructor, por lo que cabe deducir que el edificio se había termina-do^4. Así pues, durante el invierno de 1554 a 1555 comenzaría a pleno rendimiento la actividad y las enseñanzas de la cátedra. La continuidad de la práctica disectiva en el teatro parece fuera de duda, pese a los problemas que la capellanía de San Nicolás y el mantenimiento de la iglesia conllevaron a la Universidad a lo largo del siglo XVII y que desembocarían en el cierre de la iglesia en 1707. La desafortunada ubicación de San Nicolás y el teatro anejo ocasionó continuos problemas, pero no parece que afectaran directamente al teatro ni a las actividades que allí se realizaban, ya que incluso continuaron después del cierre al culto de San Nicolás^^. Tratemos ahora de conocer lo concerniente a la Universidad de Alcalá de Henares, sin duda la que más nos interesa de las tres, dada la estrecha vinculación de sus profesores con la corte y las carreras profesionales en instancias como el Protomedicato o la Real Cámara. En cuanto a los antecedentes, desconocemos el año exacto de fundación de la cátedra de anatomía, pero es sabido que Pedro Jimeno debió llegar a Alcalá algo después de 1550, procedente de Valencia, para XLIX-1-1997 21 también conocido que en 1559 Alcalá disponía de permiso para disecar cadáveres procedentes de ajusticiados o de muertos en los hospitales de la ciudad. En 1563 se nombró catedrático de anatomía a Pedro Marcos, nuevamente un valenciano, característica que se repite una y otra vez a lo largo de la historia de la enseñanza anatómica en la facultad complutense^^. Aunque Alonso Muñoyerro supone que "las prácticas disectivas... debían tener lugar en alguno de los tres hospitales de Alcalá (San Lucas, Altozana y San Juan de Dios)"^'^, no hemos encontrado referencias claras a la existencia de un teatro anatómico. A lo largo del último tercio del siglo XVI, comenzó a surgir el problema que iba a marcar una y otra vez la supervivencia de los estudios anatómicos en esta universidad: la dificultad de encontrar alguien para ocupar la cátedra de anatomía. En 1571 la había ocupado Valero Tobar, "forastero", y, dos años más tarde, Miguel Ferri, también calificado como forastero en la documentación, pero en noviembre de 1574 el claustro expresaba su queja por no tener quién enseñara anatomía. Pese a este problema, sabemos que después pasaron por la cátedra Jacobo de Salar (en 1583) y José Gutiérrez (desde 1585 a 1591), quienes aparecen como valencianos en la documentación^^. El último de los profesores conocidos del siglo XVI es Pedro Valverde, el único formado en la propia facultad de Alcalá; fue el sucesor del valenciano Gutiérrez en 1591 y seguía en la cátedra en 1597, cuando se hizo cargo también de la de cirugía^^. En cuanto a la primera mitad del siglo XVII, encontramos al principio a otro valenciano, el doctor Bardos, que tomó posesión en 1603, tras seis años en que la cátedra estuvo vacía. De 1614 data un documento en que explícitamente se reconoce que volvía a haber problemas para cubrir las cátedras de cirugía y anatomía y que solían "andar juntas", cuando se encontraba a alguien que se haciera cargo de ellas. Precisamente ese año de 1614, accedió a ambas cáteckas otro "forastero" de probable origen valenciano: Pedro Ferriol. La cátedra volvió a estar vacante a partir de 1621, cuando la dejó Pedro Miguel de Heredia^o, hasta 1625, año en el cual el zaragozano Marcelino Ubert Balaguer pasó a ocuparla. En 1627, le sucedió otro "forastero", Juan Luis de Juneda, pero al año siguiente la dejó vacante y así permaneció al menos hasta 1641^1. En el conocido texto de la reforma de Medrano de 1665, se recordaba que la enseñanza de la anatomía debía hacerse en dos años, que debían realizarse las diez anatomías universales y particulares que se estipulaban en los estatutos, a las que debían asistir también los demás profesores de la Facultad y que la cátedra de cirugía "andaba junta" con la de anatomia "no haviendo opositor para cada una de las dos Cáthedras"^^. Por esos años, la decadencia del cultivo de la anatomía en la universidad de Alcalá se había convertido en un lugar común, hasta el punto de figurar en alguna relación de viajeros extranjeros. En una de ellas puede leerse: "toda la presente literatura de España se reduce a teología escolástica, a párrafos, y a medicina vieja y rancia, tal como se encuentra en los libros de Galeno... Para probar esto bastará a S. A. saber que en Alcalá -fíjese bien S.A., se lo ruego-en aquella tan célebre reunión, hace ocho o diez años que no se hace anatomía"^-'' Pese a la prevención con que deben tomarse este tipo de fuentes, plagadas a veces de una retórica un tanto banal sobre tres o cuatro estereotipos al uso, conviene recordar que las palabras reproducidas proceden de los comentarios al viaje que realizó por España entre 1668 y 1669, en el séquito del duque de Toscana, Lorenzo Magalotti (1637-1712), un personaje formado con los jesuítas romanos y, después, bajo el magisterio de Malpighi y de Borelli, entre otros. Por otra parte, con los antecedentes antes señalados acerca de los avatares de la enseñanza de la anatomía de Alcalá, no resulta extraña la afirmación de que en 1669 hiciera ocho o diez años que no se llevaban a cabo disecciones en aquella facultad. El contraste de Alcalá con la situación de Barcelona es, pues, evidente^^ Para la Universidad de Alcalá en general, es interesante la idea apuntada por J. M. Pérez-Prendes^^, quien señala que los jesuítas se convirtieron en la principal competencia de la universidad complutense, especialmente en las disciplinas "fuertes" (filosofía, teología, leyes y cánones) desde que en 1623 el apoyo de la Corona se volcó hacia el Colegio Imperial, con la creación por Felipe IV de diecisiete cátedras vinculadas a esta institución de la Compañía. A mediados del siglo XVII, el poder central parecía apostar por tener unos Estudios Generales en la misma corte y la corporación complutense, en algunos momentos concretos, elevó serias protestas. A medio plazo, sin embargo, el apoyo del poder real resultaba imprescindible también para la supervivencia de Alcalá, con lo cual se debió llegar de algún modo a un equilibrio de poderes e influencias entre las dos esferas de formación de cuadros dirigentes. Aunque Pérez-Prendes no lo menciona específicamente, la situación de la enseñanza médica en Alcalá, si bien marginal desde el punto de vista de la formación de cuadros dirigentes para la burocracia estatal o eclesiástica, puede considerarse 62 MUÑOYERRO (1945), pp. 95-96. 64 Así como con la de Valencia, donde también hubo continuidad en la enseñanza y la práctica anatómicas (GARCÍA MARTÍNEZ (1971); LÓPEZ PINERO dir. En ese sentido, la fundación en 1689 de la enseñanza anatómica para médicos y cirujanos en Madrid podría plantearse como un paso más en la línea de crear en la corte mecanismos de formación de profesionales paralelos a los de las universidades. Debe recordarse que las acciones de 1689 tuvieron lugar en un momento en que el Protomedicato castellano iba a dejar de ser una institución controlada por destacados ex-colegiales de Alcalá^^ y cuando otros grupos, con mayor o menor apoyo del ambiente cortesano, pugnaban por romper el monopolio de las universidades castellanas en el reparto de los principales puestos del grupo de médicos reales^^. Un proceso similar al vivido, con mucha más intensidad cuanto mayor era el poder político y económico que estaba en juego, en las esferas jurídicas, eclesiásticas y administrativas de la maquinaria burocrática estatal hispana. Los SUCESORES DE FRANCISCO FEU EN EL TEATRO ANATÓMICO DE MADRID Cuando Feu murió en marzo de 1697, la sucesión en la cátedra de anatomía del Hospital General quedó abierta. Al parecer, el interés por cubrirla seguía siendo firme por parte del poder político y, en concreto, del Protector de los hospitales madrileños, el magistrado Layseca y Alvarado, que se expresaba en estos términos sobre la enseñanza anatómica en el hospital: "según me an afirmado muchos Médicos importa no solamente para el maior acierto delia curación de los enfermos de los hospitales, sino también para todo el pueblo"^^. 66 La generación de médicos que estudió en Alcalá en las décadas centrales del siglo XVII fue poco brillante desde el punto de vista de su producción científica, pese a que los más viejos se formaron aún con hombres como Pedro Miguel de Heredia, que dejó la cátedra en 1643. Pero precisamente de esa generación complutense salieron numerosos médicos que alcanzaron gran relevancia en el grupo de los Médicos de Cámara y los de Real Familia. La gran mayoría de ellos pasaron por el Colegio de la Madre de Dios de la Universidad de Alcalá: Antonio Zupide (fl. 1655-1706), entre otros; varios de ellos llegaron al Protomedicato y Enriquez, Castel y Rivas llegaron a presidirlo. Por el Colegio de San Ildefonso, por su parte, pasaron, entre otros, los Médicos de Familia o de Cámara Juan Garzón de Buendía (fl. Para el paso por los colegios, véase la documentación publicada por RUJULA (1946); para su paso por la corte, nos basamos en los expedientes personales de cada uno de ellos en el Archivo General de Palacio. ^^ Véase en este sentido lo expuesto a propósito del grupo de los italianos, precisamente en los mismo años que estamos aquí tratando, en PARDO TOMAS y MARTÍNEZ VIDAL (1996), pp. 75-89. 68 AGP, Sección Administrativa, caja 145, expediente 21, informe de Layseca y Alvarado. dirigido al Sumiller de Corps, Marqués de Castro Monte, 25 de noviembre de 1697. Cuando Layseca escribía esto, la plaza de Feu ya había sido solicitada por Roque Buendía y Dávila desde su puesto de catedrático de anatomía de la Universidad de Alcalá. "se a visto el memorial del Dr. Roque de Buendía y Dávila, Cathedrático de Anothomía en la Universidad de Alcalá... suplicando fuese servido hazer merced de la plaza de Anothómico de que se nezesita en el Hospital General de esta Corte y está Vaca por muerte del Dr. Francisco Feu" Pero la respuesta a la petición de Buendía no se producía y éste reaccionó ante la demora de su designación amenazando con volverse a la cátedra complutense. La cuestión era que no se tenía constancia escrita de las condiciones en que había sido nombrado Feu nueve años antes, volviendo a plantearse el problema de la vinculación de la plaza a los honores de Médico de Familia. El catedrático complutense, pese a todo, acabó consiguiendo el nombramiento en el que se le fijaba un salario de trescientos ducados y, el 22 de enero de 1698, se le reiteraba la condición de Médico de Familia, aneja a la de Médico Anatómico. Aunque formado como anatómico en Valencia, según se preocupó él mismo de señalar en su solicitud, el nombramiento de Buendía debe ser interpretado como una recuperación de influencia por parte del grupo de presión complutense o de origen complutense. No deja de ser paradójico que Alcalá volviera a tener cátedra y catedrático de anatomía, precisamente en los años finales de la centuria, cuando en Madrid se había consolidado una enseñanza de esta disciplina al margen de la institución universitaria. De hecho, el grupo de colegiales complutenses había reconquistado sus posiciones en el Protomedicato, al haberse ido cubriendo las vacantes dejadas por la muerte de Negrete, (1692) Villacorta (1693) y Farina (1697) con los catedráticos de Alcalá, Garzón de Astorga, Gregorio Castel y Francisco Rivas del Castillo, respectivamente. La importancia de Buendía radica, como ya ha sido señalado, en que en él se encamó, por motivos del guión, la transición a la nueva dinastía. Durante los meses siguientes a la muerte de Carlos II en noviembre de 1700, Buendía tomó la decisión de reintegrarse a la universidad de Alcalá, ahora como catedrático de vísperas, en un movimiento estratégico difícil de explicar. De hecho, se mantuvo allá hasta noviembre de 1701 y no reclamó al nuevo rey su antiguo cargo hasta que conoció que el título de Médico de Familia inherente a la cátedra madrileña no era "plaza comprendida en la suspensión de valimientos"^^^ Con todo esto, pese a que fue confirmado en su puesto, la posición de Buendía en la corte debió quedar muy en precario. 69 AGP, Sección Administrativa, caja 145, expediente 21, memorial de Roque Buendía de 13 de noviembre de 1701. no es de extrañar que, apenas unos meses después, en septiembre de 1702, partiera rumbo a Nueva España como médico del recién nombrado virrey de aquellas tierras, el duque de Alburquerque^o. Si mantenemos la línea interpretativa apuntada anteriormente, el comportamiento de Buendía puede ser explicado, al menos en parte, dentro del cambiante equilibrio de poderes en el grupo de médicos cortesanos. En los dos últimos años del reinado de Carlos II, con el acuciante problema de la salud del Rey como telón de fondo, el grupo complutense, pese a seguir contando con Rivas y Castel en el Protomedicato, perdió buena parte de su protagonismo. Además, a finales de 1699, logró acceder a la tercera plaza del Protomedicato, Andrés Gámez (fl. 1666-1710), un personaje cuya orientación estaba entonces en consonancia con el grupo de médicos novatores^^, Buendía pudo pensar que era más conveniente refugiarse en Alcalá, a la espera de los acontecimientos. De hecho, en los primeros momentos tras la llegada de los médicos de Felipe V, con Honoré Michelet a la cabeza, la continuidad del cargo de Médico de Familia inherente a la cátedra del teatro anatómico de Madrid, no estaba asegurada frente a la lógica revalidación de mercedes reales que iba a producirse. En este sentido, conviene recordar que los primeros movimientos estratégicos estuvieron protagonizados por el grupo novator, que se aprestó a obtener la revalidación del estatuto real para la Sociedad médica de Sevilla^^ E1 favor real se obtuvo y, además, el cirujano Florencio Kelli, llegado poco antes en el séquito del nuevo rey, fue destinado a Sevilla como disector de la Regia, donde debería poner en práctica el punto de sus estatutos que establecía la celebración de tres sesiones anatómicas anuales^^. Cesado Buendía de la cátedra por su marcha a México, en septiembre del año 1702 José de Arboleda y Fichagó (fl. Con el nombramiento de Arboleda, estamos ante una nueva vía de acceso a la enseñanza de la anatomía en el hospital madrileño, puesto que en el momento de solicitarlo era ya médico titular en éP^. Sin embargo, en cierto modo, no deja de ser una vuelta a la situación de la época de Feu, ya que, como se recordará, éste también entró a formar parte del grupo de médicos del hospital. En este sentido, no parece ser casual el hecho de que al hacer testamento el 70 Así se deduce del expediente de Arboleda, su sucesor: AGP, Sección Administrativa, caja 63, expediente 21. 7^ Sobre la carrera de Andrés Gámez y sus relaciones con Cabriada, Muñoz y Peralta y el movimiento renovador, véase: PARDO TOMAS; MARTÍNEZ VIDAL (1996), pp. 77-82 y las fuentes y bibliografía allí citadas. médico catalán, pocos días antes de su muerte en 1697, fuera precisamente Arboleda quien figurara como testigo y firmara el documento notarial en su nombre^^. Arboleda se había doctorado en medicina en 1679, en la Universidad de Orihuela, donde ocupó diversas cátedras, entre ellas la de anatomía^^. Su traslado a Madrid debió producirse antes de marzo de 1697, fecha del testamento de Feu. Bien pudo, además, ser su sucesor en la plaza de médico del hospital, puesto que ganó la oposición en 1698^^. El informe que Layseca y Alvarado dio de él, en el momento de su nombramiento en 1702 como catedrático, valora especialmente su condición de médico hospitalario, al afirmar que gracias a su posición "hará [las disecciones] mui frequentemente y explicará en Cathedra la ciencia que se requiere"'^^. Por otra parte, la visión que Arboleda parecía tener de su misión en la cátedra abunda en la misma línea, al afirmar en su memorial de petición que su nombramiento sería de provecho para "la curación de los enfermos y utilidad de todos los cirujanos"^^. Para conocer cómo se organizaba la enseñanza en la época de Arboleda contamos con una fuente normativa del momento, ya que, poco tiempo después de que Arboleda pasara a hacerse cargo de la cátedra del Hospital General, el incombustible Layseca y Alvarado había obtenido de Felipe V la aprobación de unas nuevas constituciones. En este texto se lee: "Que desde el mes de Septiembre, hasta el mes de Abril de cada un año, se hagan doze anatomías, explicadas con doctrina antigua, y moderna en el Hospital General en público, para la enseñanca de los Mancebos Platicantes, a la qual concurrirán todos, para que sobre ellas tengan sus conferencias"^^ Es importante subrayar que la aprobación de Felipe V debe interpretarse como la sanción real a unas normas que venían rigiendo el funcionamiento del Hospital General desde tiempo atrás y no como una instauración de nuevas disposiciones^^ Como se recordará, el número teórico de disecciones en la época de Feu era algo mayor. 75 Puede verse el documento, con el autógrafo de Arboleda al pie, en: AHPM, Protocolo n° 14141, h. 81 Del preámbulo de la norma cabe deducir que Layseca tenía preparado el texto de las constituciones desde tiempo atrás y que el problema consistía fundamentalmente en que desde que Felipe II sancionó las primeras ordenanzas, en 1589, el Hospital no había vuelto a contar con otras normas de rango similar, de modo que las modificaciones que habían ido imponiendo se hallaban sin esta confirmación real. CONSTITUCIONES (1705), pp. 3 y ss. pero la continuidad de las demás coordenadas es clara. Por otra parte, la apostilla "con doctrina antigua y moderna" merece ser señalada, ya que resulta una confirmación del significado renovador de esta institución sobre el que venimos insistiendo. La permanencia de Arboleda como titular de la cátedra fue larga, ya que debió prolongarse hasta su muerte, ocurrida hacia finales de 1729^^. Durante estos veinticinco años largos la titularidad no estuvo en discusión, si bien se produjeron diversos conflictos e innovaciones que trataremos de exponer. En primer lugar, a nivel estrictamente institucional, la especial situación de la cátedra siguió generando problemas en tomo a la consideración de Médico de Familia del catedrático, en principio fuera de las doce plazas habituales (de ahí que la documentación insista una y otra vez en el término "supernumerario"), pero que daba acceso por antigüedad a los ascensos dentro del grupo de médicos reales. Esta doble dependencia tenía, además, otras consecuencias a la hora de asignar una retribución y a la hora de atribuir determinados privilegios y compensaciones económicas a quien ocupaba el cargo, como hemos visto a raíz del testamento de Feu^^. Pese a estos conflictos burocráticos, la carrera cortesana de Arboleda continuó de acuerdo con el patrón general que regía este grupo desde mucho tiempo atrás. Así, en junio de 1708, Arboleda consideró llegado el momento de elevar al Rey una solicitud para gozar de los honores de Médico de Cámara. El Protomedicato informó positivamente la petición, lo que posibilitó su juramento como tal el 8 de julio de ese mismo año^^ En segundo lugar, dentro de las cuestiones relacionadas directamente con la actividad real que se ejercía desde la cátedra y en el teatro, la larga época de Arboleda conoció dos importantes novedades. La primera de ellas ocurrió pocos meses después de tomar posesión Arboleda. Florencio Kelli, que como se recordará se estableció en Sevilla como disector de la Regia Sociedad de Medicina, no tardó en regresar a la corte y fue nombrado Disector Règio, con el cometido de efectuar sus tareas en el teatro anatómico madrileño. Son sobradamente conocidos los testimonios de los contemporáneos sobre esta actividad, pregonada de modo elogioso por el propio Arboleda en el único texto impreso que 82 Arboleda murió antes del 23 de diciembre, ya que ésa es la fecha en que se proveyó su vacante como médico del hospital: A.R.C.M., Diputación, caja 5209, n° 8, h. 83 Por ejemplo, ya en 1703, hubo quien interpretó que el carácter "supernumerario" de la plaza de Médico de Familia no le otorgaba las mismas prerrogativas que al resto de los médicos de la Casa de Borgoña. Así, el boticario de la corte Luis Riqueur se negó a aceptar recetas firmadas por Arboleda, alegando que no era uno de los "doce de Familia" que podían hacerlo: AGP, Sección Administrativa, caja 63, expediente 21. 84 Sin embargo, la incapacidad para resolver de una manera definitiva el conflicto acerca de qué prerrogativas tenía la plaza per se, dio lugar a una serie interminable de peticiones, consultas, reclamaciones, etc., que aún se arrastraban en época de Juan Gámez, como se recordará catedrático entre 1762 y 1790, y fue precisamente esto lo que originó el memorial mencionado al iniciar estas páginas. "La Historia que nuestro Doctor Porras trae de la estructura de las partes de nuestro Cuerpo, es puntual, según escriven los Autores, y lo que yo en trece años he visto en el Theatro Anatómico de esta Corte, donde se celebran todos los años doce anatomías, haciendo las disecciones Don Florencio Kelli, quien aprendió en París, y con destreza manifiesta lo que hasta aora se ha descubierto en nuestro cuerpo... y si gustassen verlo... assistan al Theatro, donde verán lo que este Autor [Porras] ensefía"^^ Podría deducirse, pues, que la enseñanza y la práctica disectiva en el Hospital General de Madrid tenían dos actores principales: Arboleda, el catedrático, dirigía las disecciones y Kelli, el disector, era el encargado de hacer la necropsia. No tenemos ningún dato que nos permita suponer que en la época de Feu o de Buendía no existiera esta misma dualidad, al menos de modo esporádico, si bien es indudable que la novedad del título de Kelli como Disector Regio, dignificaba la tarea que, hasta entonces, quizá realizara un cirujano del hospital. Este hecho ayudaría a explicar determinados aspectos de la polémica que, precisamente tras la aparición del libro de Porras, iba a comenzar en el ambiente médico madrileño. Pero antes de pasar a este aspecto, conviene que conozcamos un poco mejor la trayectoria cortesana de Kelli. Protegido de la todopoderosa Isabel de Famesio, segunda mujer de Felipe V, el Disector Regio fue objeto de alabanza repetida entre quienes aludieron en sus escritos al estado de la anatomía en la España de la época^^. Sin embargo, su actividad en relación a la práctica anatómica fue debilitándose a medida que pasaba el tiempo, especialmente desde que la reina le empleó como agente personal en el extranjero. En efecto, en 1722, Kelli fue nombrado "Mercader de la Reyna"^^ en atención a que conocía tanto los precios y las caHdades como las "fábricas y artífices de todos los géneros más exquisitos". Pero con anterioridad a este nombramiento ya se le habían otorgado, al menos en siete ocasiones desde 1717, licencias para ausentarse de la 85 PORRAS (1716), "Censura del doctor don Joseph de Arboleda y Fichagò... actual Cathedratico de Anatomia del Hospital General" fechada el 6 de septiembre de 1716, h. 86 El propio Porras recordaba, sin citarlo por su nombre, que "un insigne anatómico que hoy se halla por Disector en los Reales Hospitales de esta Corte" había efectuado en el teatro una demostración de la circulación de la sangre en la cola de un pez observada al microscopio: PORRAS (1716), p. Sin duda, la presencia del monarca en dicho experimento, gesto que cabe interpretar como uno más en la estrategia de promoción borbónica del teatro, contribuyó a hacer de este episodio una referencia recurrente en los diversos autores. Así, por ejemplo, se recuerda en MARTÍNEZ (1728), p. 261 y también en la Cirugía methódica, de Suárez de Rivera {Cf. Por otra parte la obra de MARTINEZ (1728) abunda en referencias a experiencias llevadas a cabo por Kelli en presencia del autor, si bien referidas al periodo 1707-1710: MARTINEZ ( 1728 corte y viajar por Holanda, Inglaterra o Francia, bien en servicio de la reina, bien por motivos personales, como cuando, por ejemplo, se ausentó para tomar "las aguas minerales a Francia"^^. Por todo ello y mientras no dispongamos de otras fuentes, se hace difícil mantener que hubo continuidad absoluta en la actividad de disector en el hospital entre Kelli y Blas Beaumont (tl758), como se ha hecho tradicionalmente. No hay constancia de la fecha exacta en la que éste último comenzó a ejercer como disector, pero sí parece claro que su primer nombramiento en el entorno cortesano de Madrid data de marzo de 1721, como cirujano del rey Luis I y entonces nada se dice de su condición de disector^^^ La segunda novedad importante en la actividad del teatro está protagonizada por la concesión a Martín Martínez, en julio de 1714, de la "futura" en la sucesión de la plaza de Arboleda. No nos consta que este procedimiento fuera usado anteriormente en la cátedra del teatro madrileño, si bien el mecanismo de otorgar derechos de futura sucesión en una plaza a quienes, en la práctica, actuaban de sustitutos era habitual de la administración hispánica y se hallaba regido muchas veces por condiciones similares a las de las ventas de oficios públicos; dicho de otro modo, los derechos a una futura sucesión se compraban. Sea como fuere, lo que aquí nos interesa son las condiciones reales de la actividad de Martín Martínez y de Arboleda en el teatro entre 1714 y 1728. Según el nombramiento de futuro sucesor, éste debía cubrir las ausencias del titular; el absentismo de Arboleda, quizá relacionado con su edad o quizá con sus intereses profesionales y cortesanos, parece que debió hacerse sistemático al menos desde 1719^0 Puede resultar de interés plantear una lectura de las agrias polémicas en las que se vio envuelto Martín Martínez entre 1717 y 1728, a la luz de su situación social y profesional durante esta prolongada etapa como sustituto y aspirante a sucesor de Arboleda. Es indudable que la beligerancia de Martínez en estos escritos está dirigida a defender unas ideas de más alto vuelo intelectual, en primera instancia en el ^8 AGP, Sección Administrativa, caja 529, expediente 12. La primera constancia oficial de la condición de Beaumont como disector del hospital de Madrid data de 1730, cuando se le asignó un sustituto en la tarea de "las corrientes demonstraciones Anotómicas de que está encargado en el Hospital General": ARCM, Diputación, caja 5209, expediente 8, h. Aunque Martín Martínez lo menciona como disector "a fin del año passado", referencia que nos situaría hacia 1727: MARTÍNEZ (1728), p. El propio Beaumont en la portada de sus Exercitaciones anatómicas se autotitula "Anatómico Real, y Demonstrador de Anatomía en los Reales Ospitales General y Passion": BEAUMONT (1728), Portada. 90 En la concesión a Martínez de los goces de Médico de Familia, en julio de 1728, se afirma que se le otorgan "en atención a la literatura y méritos del... y en especial al que está haciendo de nueve años a esta parte con explicar en el Hospital General de esta Corte Cátedra de Anatomía, de cuya plaza tiene futura" (las cursivas son nuestras): AGP, Sección Administrativa, caja 637, expediente 42. El pasaje fue citado también por AGUINAGA (1988), p. 80. campo de la ciencia médica y en segunda instancia en el del conocimiento anatómico y la enseñanza de éste a cirujanos y médicos^^. Pero, sin restar un ápice de importancia a estos aspectos principales, un análisis histórico completo no puede dejar al margen hechos como que algunos a quienes las críticas de Martínez iban dirigidas y algunos de los que le atacaron reiteradamente trabajaban en prestigiosos puestos en el mismo Hospital General en donde el autor de las Noches anatómicas ejercía de sempiterno sustituto. Como tampoco puede olvidarse que, al menos entre 1718 y 1723, el tribunal del Bureo mantuvo abierta una causa provocada por la denuncia que el colectivo de los Médicos de Familia habían interpuesto ante la pretensión de Martínez de reclamar algunos derechos inherentes a la condición de Médico de Familia, ya que él consideraba que gozaba de ella como sustituto de Arboleda, en un alarde de interpretación forzada, pero también en una demostración de fuerza ante sus enemigos que sólo le podía venir por la seguridad de contar con una poderosa protección en esferas más altas. Los continuos incidentes entre 1720 y 1723 en tomo a la presencia de su nombre en la temas propuestas para el cargo bianual de Examinador del Protomedicato, ilustran suficientemente sobre quiénes eran sus apoyos en esa alta instancia. Fueron John Higgins (tl729) y Giuseppe Cervi (fi748) los protomédicos que protegieron claramente los intereses de Martínez, proponiéndole por vez primera en las temas de 1720 y obteniendo para él el reconocimiento de los honores de Médico de Familia en 1723. 1660-1730), por el contrario, se hizo portavoz de la posición de los Médicos de Familia, protestando ante la actitud de Higgins y Cervi y discrepando una y otra vez de los favores que éstos le dispensaron^^. Tan sólidos protectores permitieron a Martínez hacer frente a sus oponentes y recurrir con asiduidad a la imprenta para dar a luz diversos tratados y responder a las críticas en que se vio envuelto a lo largo de toda su vida. Finalmente, la muerte de Arboleda le permitió el acceso a la titularidad de la cátedra que por espacio de más 91 Sería ridículo minimizar las ideas de Martín Martínez en tomo a importantes cuestiones teóricas, prácticas o lexicográficas, reduciendo toda su amplia obra impresa a una pelea de intereses profesionales, económicos o sociales. 92 El incidente en tomo a las examinaturas puede reconstmirse a base de la documentación en AGP, Sección Administrativa, leg. No es éste lugar para detallar pormenorizadamente estos conflictos, tanto en su aspecto meramente profesional, como en la vertiente intelectual. Las polémicas en las que se vio envuelto Martín Martínez no terminaron, ni mucho menos, en 1728 e implicaron a muchos otros autores, entre los que pueden recordarse al ya citado Gilabert, al sucesor del propio Martínez en la cátedra, López de Araújo y al beligerante Martín de Lessaca, entre sus enemigos, y, entre sus amigos, a Lloret y, naturalmente, a Feijóo. Se han ocupado, entre otros, de alguno de estos aspectos: GRANJEE (1952), MARTÍNEZ VIDAL (1986a) y AGUINAGA (1988). de catorce años había regentado como sustituto. Pero Martín Martínez sólo pudo mantenerse en ella durante menos de cinco años, ya que murió el 9 de octubre de 1734. EL EDIFICIO DEL TEATRO ANATÓMICO EN EL HOSPITAL GENERAL DE MADRID Para poder conocer los aspectos arquitectónicos del edificio del teatro anatómico de Madrid en la época en que finaliza nuestro estudio, contamos con el inestimable testimonio de uno de los grabados que Matías de Irala preparó para la Anatomía completa del hombre^^, de Martín Martínez, quien, por su parte, ofrece en esta obra algunas noticias sobre el material didáctico que se hallaba a su disposición en aquel lugar. La lámina de Irala muestra una imagen del teatro en la que aparecen unos elementos de caracter alegórico, de cuya interpretación hemos de prescindir aquí, y otros que podríamos denominar realistas, que corresponden a una instantánea efectuada en el curso de una disección anatómica. A través del arco sobre el que se lee la inscripción Amphitheatrum Matritense"^^, puede verse una estancia cuadrangular de techo alto con un gran ventanal, aunque por él no entra ninguna luz, en la pared del fondo. En la parte superior de la pared de la izquierda, sin embargo, parece abrirse una ventana por la que entra la luz que ilumina la escena. En la parte superior de la pared de la derecha se asoma una figura femenina desde un balcón o palco, al que se accede desde el exterior de la sala. Los espectadores se distribuyen por las gradas en tres lados de la estancia, en dos y tres alturas, formando un animado grupo de casi una veintena de personas, aunque el lugar parece poder albergar bastantes más. Una figura situada a la izquierda de la imagen, que podría ser el propio Matías de Irala, dibuja sobre un tablero, orientando su atención a la mirada del observador. El catedrático, sentado en un sillón central, delante de las gradas, preside la escena. En el cuarto lado de la sala, el más cercano al observador, se halla la mesa de disección con el cadáver y, a sus pies, la figura del disector, de espaldas, sobre una tarima. La mesa rectangular se sostiene sobre un pie central; bajo la mesa, al lado derecho, destaca un recipiente humeante, en cuyo interior sin duda se quemaban substancias aromáticas; al lado izquierdo del pie, se ve una vasija de cuello ancho que llega hasta la cara posterior del tablero. En ella, probablemente, se recogían los líquidos corporales resultantes de la disección, a través de un agujero practicado en la mesa. 94 Hemos pasado por alto la precisión terminológica de Irala, al llamar a esta estancia amphiteatrum, ya que tanto Martín Martínez, como Porras, Gilabert y la documentación de Palacio se refieren siempre a él como el "teatro". En cuanto al material didáctico de que se disponía en el teatro, en la imagen ofrecida por el grabador podemos apreciar un esqueleto dentro de una especie de jaula, en la parte superior del muro de la izquierda. El propio Martín Martínez, en el texto de la Anatomía, menciona la existencia en el teatro madrileño de un "esqueleto artificial" y explica así qué se entendía por tal y cuál era su utilidad: "... el Esqueleto es el conjunto de todos los huessos del cuerpo, unidos en su situación natural. Este puede considerarse de dos modos, o naturalmente, quando los huessos nunca han estado separados, sino, después de secas, y consumidas las carnes, se ven unidos con sus mismas ternillas, y ligamentos: o artificialmente, quando cocidos los huessos, se separan de sus carnes, ligamentos, y ternillas, y se buelven a unir con alambres, para que más claramente se vean las articulaciones: y este Esqueleto artificial es el que se tiene en nuestro Theatro, y en quien explicaré la Osteología"95 Martínez alude también a la existencia en el teatro de láminas o tablas con los mismos fínes didácticos, en concreto se refiere a una tabla que ilustraba la disposición en capas de las paredes arteriales^^. Por el contrario, el teatro madrileño no parece que dispusiera en esta época de preparaciones anatómicas en cera, pues al describirlas y defender su utilidad didáctica, Martínez se limita a señalar la existencia de este material en otros países^'^. Queda por plantear una importante cuestión: ¿cuándo fue construido este Amphitheatrum Matritense que nos muestra el grabado de Irala? Los expedientes administrativos de los médicos cortesanos y los testimonios extraídos de la literatura médica de la época que constituyen las fuentes de nuestro trabajo no nos permiten, por el momento, más que plantear algunas conjeturas acerca del momento de la construcción efectiva del teatro madrileño. Consideramos que la documentación consultada ofrece indicios para pensar que la cátedra del Hospital General pudo contar, prácticamente desde el principio, con un teatro anatómico estable donde tuvieron lugar las lecciones y se practicaron las disecciones con normalidad. Trataremos de exponer los argumentos que nos llevan a esta hipótesis. El dos de abril de 1689, aun antes de que el nombramiento de Feu estuviera oficialmente resuelto (si bien, la tramitación del mismo se había ya iniciado), el Tribunal del Protomedicato emitió un informe al Sumiller de Corps del Rey en donde 95 MARTÍNEZ (1728), p. 96 "La arteria consta de quatro túnicas, según está demonstrado, y expuesto en una Tabla en nuestro Theatro de Madrid, las quales son muy manifiestas en los grandes troncos; pero en los pequeños vasos, por ser muy delicadas, son indivisibles": MARTÍNEZ (1728), p. 97 "...haviendo hallado el Arte modo de representar sobre cera con el justo relieve y colorido todas las entrañas contenidas en las tres cavidades, la fábrica de los músculos, la distribución de arterias, y venas, y demás partes de nuestro cuerpo, como se acostumbra en otros Países": MARTÍNEZ (1728), p. 2. exponía su opinión acerca de cómo y dónde sería conveniente organizar la enseñanza anatómica en el Hospital General. Ya hemos visto anteriormente algunos aspectos del contenido de este informe, pero ahora nos interesa detener nuestra atención en un pasaje concreto, en el que los protomédicos, tras referirse a la utilidad de que en la corte tengan lugar "anothomías públicas en el tiempo oportuno del año", añadían: "Para cuyo efecto deve representar que se necesita de sitio, o teatro anathómico donde puedan cómodamente ver las disecciones todos los Médicos, Cirujanos, y demás personas que concurrieren..."98 Es decir, la necesidad de construir un teatro anatómico, incluso con esta específica denominación, se planteó desde el principio de forma inseparable al establecimiento de la enseñanza de la disciplina en el hospital madrileño. Si ésta no iba dirigida solamente a aprendices o estudiantes, sino también a cirujanos y médicos, y si estaba claro que las demostraciones anatómicas iban a ser públicas, no era planteable que tuvieran lugar en una dependencia cualquiera del hospital, sino que se hacía indispensable contar con un ámbito específico, con capacidad suficiente y que reuniera las condiciones ambientales y arquitectónicas que este tipo de construcciones requería. Por otra parte, la propuesta inicial provenía del más alto organismo de la jerarquía médica del reino, por lo que no debe pensarse que cayera en saco roto, aunque ciertamente no dispongamos, por el momento, de una prueba documental irrefutable. Por el momento, se hace necesario volver al varias veces mencionado testimonio de Vicente Gilabert en su Escrutinio, ya que contiene la alusión más directa a la construcción del teatro; conviene que ahora lo reproduzcamos íntegramente: "Si oy en el Hospital General de esta Corte ay Theatro Anatómico, donde con universal utilidad se exercita y enseña Anatomía, sé yo no ignora, por ser notorio, que a nadie se le debe sino es a mí: porque aviendo yo tenido en él el empleo de enseñar Anatomía Theórica y Práctica (que mi Universidad de Valencia me enseñó, y no otra alguna Estrangera) viendo el señor don Juan de Layseca y Alvarado, Protector que fué de los Reales Hospitales, el grande benefício que lograva el público, determinó se labrasse a mi dirección el Theatro Anatómico, que oy ay, y en que se logra el fruto para que se erigió"^^ Ciertamente sorprende la jactancia de Gilabert en este pasaje, publicado, como se recordará, en 1729. Si sólo contáramos con su testimonio, no habría motivos para pensar en la existencia de Francese Feu, ni en la de Roque Buendia; y si creyéramos 98 AGP, Sección Administrativa, caja 12061, expediente 2, informe del Protomedicato de 2 de abril de 1689. 1 Ir (sin numerar). que los hechos a los que alude son coetáneos a la publicación del libro, nos veríamos obligados a dudar de la existencia real de José Arboleda y del mismísimo Martín Martínez, tan furibundamente atacado por Gilabert en éste y en otros de sus escritos. Pero, por fortuna, el texto admite otras lecturas que permiten encajar de un modo menos descabellado alguna de las alusiones del médico valenciano. Por una parte, Gilabert estaba ya en Madrid antes del año 1700, en que accedió por oposición a una de las plazas de Médico de los Reales Hospitales^oo. Por otra parte, Layseca y Alvarado (1630-1705) era ya miembro del Consejo de Castilla en 1689^^^ y, como se recordará, lo vimos actuar como Protector de los hospitales en el momento de la muerte de Feu, en marzo de 1697^02. por tanto, la orden supuestamente dada a Gilabert por Layseca no tiene por qué datarse necesariamente en los primeros años del reinado de Felipe V. Por último, como hemos visto, encontramos diversas referencias a la actividad en el teatro en las obras impresas de los autores directa o indirectamente relacionados con el cultivo de la anatomía en el hospital madrileño de la época; todas esas obras fueron publicadas a partir de la segunda década del siglo XVIII, pero ninguna de ellas menciona explícitamente cuándo fue construido el teatro. En el supuesto de que la construcción material del mismo se hubiera producido a lo largo de los escasos cinco primeros años del reinado de Felipe V (únicos en que Layseca pudo tomar la iniciativa) es inconcebible que el hecho no figure mencionado por ninguno de los numerosos autores que, en sus obras o en los elogios y aprobaciones incluidas en las de sus colegas^^^, se dedicaron una y otra vez a cantar las excelencias del Borbón, sus desvelos por fomentar la anatomía en España, su interés por las experiencias de Kelli, o su amor por el saber y las instituciones científicas que, se suponía, fundaba sin cesar en sus conquistados reinos. ^00 AGP, Sección Administrativa, caja 11558, expediente 12. 10' Algunos datos biográficos de Layseca pueden verse en: ALVAREZ BAENA (1790), vol. Ill, p. 276, aunque no dice nada respecto a su actividad en tomo a los hospitales madrileños, más allá de mencionar el cargo de Protector. 103 PORRAS (1716), por citar la primera en aparecer y una de las más significativas, contiene hasta nueve aprobaciones, prólogos y alabanzas de distintos personajes del ambiente médico de la corte. Pese a que en esos textos es evidente el interés "político" de los halagos al monarca, ninguno de ellos le atribuye la construcción del teatro de Madrid, en una obra dedicada especialmente a dar público testimonio de la enseñanza que se llevaba a cabo allí.
El objetivo de este trabajo es demostrar que la peligrosidad social del enfermo mental y la defensa social fundamentaron el movimiento de higiene mental español entre 1920 y 1936. En este sentido, analizo cómo a pesar de los intentos de remedicalizar la locura, los psiquiatras tuvieron grandes dificultades teóricas y prácticas para definirla científicamente, teniendo que recurrir a conceptos sociales y administrativos como la peligrosidad social para definir la enfermedad mental y el tratamiento que debía seguir el enfermo. En las décadas de 1920 y 1930 se desarrolló en España un importante movimiento de transformación de la asistencia psiquiátrica que cuestionó el encierro manicomial y el tratamiento moral como única medida terapéutica válida para tratar al enfermo mental. A principios del siglo XX los psiquiatras comenzaron a criticar el modelo asistencia! heredado del siglo XIX, proponiendo una profunda reforma cuyos objetivos principales eran la remedicalización de la locura, el tratamiento médico del alienado Trabajo realizado en el marco del Proyecto de Investigación PB94-0060 de la DGICYT. A partir de estos principios humanitarios, la reforma propuesta se dirigirá a la creación de un moderno dispositivo asistencial que tendrá como base la profilaxis e higiene mental y el acercamiento a la población de las instituciones terapéuticas. Su objetivo primordial será evitar la mera reclusión del individuo enfermo en el manicomio, ofreciendo nuevas formas de asistencia psiquiátrica que contemplen la atención en libertad al enfermo mental ^ Dichas ideas fueron canalizadas a partir de 1910 por diversos conductos. Así en 1911 se creó en Cataluña la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Barcelona, primera asociación de este género en España, que tuvo un papel importante como movimiento corporativo y foro de discusión de las reformas propuestas. En la misma época, y hasta el golpe de Estado del General Primo de Rivera, bajo el impulso de la Mancomunidad de Cataluña, un grupo de psiquiatras catalanes (D. Martí i Julia, S. Vives, Alzina i Melis y T. Busquet), establecieron las pautas de una reforma asistencial psiquiátrica en Cataluña, que marcaría el debate en los años 1920 y las reformas emprendidas por el Estado durante la II República^. Así mismo, ya en la década de 1920, se fundaron la Asociación Española de Neuropsiquiatras (1926) y La Liga de Higiene Mental (1928) que agruparon a diversos profesionales y no profesionales con el objetivo común de impulsar tanto las reformas asistenciales como las institucionales y legales que precisaba la psiquiatría española. La fundación en 1920 de Archivos de Neurobiologia, de la revista Psiquiatría en 1923 y la importancia que las cuestiones psiquiátricas alcanzaron en las páginas de la Revista Médica de Barcelona fueron elementos de primer orden en la discusión y popularización de las reformas propugnadas. Sin embargo, a pesar del humanismo que inspiraba estas reformas los psiquiatras no olvidaron la inquietud que el enfermo mental suscitaba a la sociedad, ni la necesidad de establecer mecanismos de defensa social frente a ésta. El objetivo de este trabajo es demostrar cómo en el período 1920-1936, caracterizado por un amplio movimiento de reforma asistencial, la peligrosidad social del loco y la defensa social, lejos de ser conceptos ajenos a dichas reformas fueron uno de los pilares básicos que las sustentaron. Así, intentaré demostrar cómo, a pesar de 1 Sobre las reformas pisquiátricas puede verse: ESPINO, J.A. (1980), "La reforma de la legislación psiquiátrica en la Segunda República: su influencia asistencial", Estudios de Historia Social, 14, pp. 59-106; COMELLES, J.M. (1988), La Razón y la Sinrazón. Asistencia pisquiátrica y desarrollo del Estado en la España Contemporánea^ Barcelona, pp. 131-149; HUERTAS, R. (1994), Organización sanitaria y crisis social en España. La discusión sobre el modelo de servicios sanitarios públicos en el primer tercio del siglo XX, Madrid, pp. 91-126; ALVAREZ PELAEZ, R. (1995), "La psiquiatría española en la Segunda República" en / Congreso de la Sociedad de Historia y Filosofìa de la Psiquiatría. 40 Asclepio-Yol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es los intentos de remedicalizar la locura, los psiquiatras tuvieron grandes dificultades teóricas y prácticas para definirla científicamente, teniendo que recurrir a conceptos sociales y administrativos como la peligrosidad social para establecer quién era un enfermo mental y quién no. En este sentido analizaré tres cuestiones. En primer lugar, la relación entre las reformas asistenciales, la peligrosidad social y la defensa social. En segundo lugar, los problemas que los psiquiatras tuvieron para definir la peligrosidad social. En tercer lugar, la posición de los psiquiatras ante el Código Penal de 1928. Una de las ideas principales en las que se fundamentó la reforma psiquiátrica propugnada en los años 1920 y 1930 fue la curabilidad del enfermo mental y la medicalización de la locura. El modelo asistencial erigido en el siglo XIX, lejos de cumplir la función terapéutica que los alienistas decimonónicos le atribuyeron, constituyó un enorme fracaso. El manicomio, base de todo el dispositivo asistencial, acabó convertido en un espacio de reclusión de enfermos mentales, escasamente medicalizado, donde éstos apenas recibían los cuidados y el tratamiento adecuado a su enfermedad^. Frente a este estado de cosas, a partir de los años veinte, los psiquiatras van a proponer una reforma de la asistencia psiquiátrica que tendrá como objetivos la remedicalización de la locura y la puesta en marcha de una asistencia psiquiátrica extramanicomial basada en la profilaxis y la higiene mental. Así, psiquiatras como G. Rodríguez Lafora, E. Fernández Sanz, J.M. Sacristán o B. Rodríguez Arias, criticarán el estado de la asistencia psiquiátrica en España y apuntarán los elementos básicos de la reforma que debía emprenderse^. En este sen-3 ESPINOSA IBORRA, J. (1966), La asistencia psiquiátrica en la España del siglo XIX, Valencia; COMELLES (1988), pp. 42-101: BERTOLIN, J.M. (1993), "Dispositivos de asistencia psiquiátrica en la España contemporánea del periodo de «Entresiglo», Asclepio, vol XLV (1), pp. 189-215; HUERTAS, R. (1995), "La psiquiatría española del siglo XIX. Primeros intentos de institucionalización" en Un siglo de psiquiatría en España, i Congreso de la Sociedad de Historia y Filosofía de la Psiquiatría, Madrid, 21-40; CAMPOS MARÍN, R. (1995b), "Psiquiatría e Higiene social en la España de la Restauración", en Un siglo de psiquiatría en España. I Congreso de la Sociedad de Historia y Filosofía de la Psiquiatría, Madrid, pp. 53-66. 4 RODRIGUEZ LAFORA, G. (1916), "Los manicomios españoles", España-, FERNANDEZ SANZ (1921), "Reforma de los manicomios españoles". Anales de la Real Academia Nacional de Medicina, tomo 401, pp. 109-135; SACRISTAN, J.M. (1921), "Para la reforma de la asistencia a los enfermos mentales en España", Archivos de Neurobiologia, II, n 1, pp. 1-15. Esta actitud, compartida por otros psiquiatras, preconizaba una reforma del modelo asistencial decimonónico, basada en una mejor y más precisa clasificación de los enfermos mentales y en la creación, a partir de este principio científico, de nuevas formas de asistencia que superasen el encierro manicomial como única medida terapéutica^. Ante el desolador panorama de la asistencia al alienado, los psiquiatras insistirán en su condición de enfermo y en la posibilidad de su tratamiento y curación. En este sentido, las palabras de Osear Torras clarifican la envergadura de las nuevas directrices que la psiquiatría estaba adquiriendo: "Consecuencia inmediata de estas adquisiciones científicas es la necesidad del establecimiento de una terapéutica activa que ensanchando los límites del intervencionismo médico en los trastornos mentales, vaya cambiando completamente la organización de los antiguos manicomios y orientando la fundación de instituciones especiales complementarias de tratamiento. Es necesario huir del antiguo concepto de la locura y evitar el abandono de los alienados a los antiguos regímenes de reclusión, con miras sólo a la protección social y es necesario también tratarlos desde sus principios morbosos, fuera y dentro de los Institutos Frenopáticos, como verdaderos enfermos."^ Estas reformas debían basarse en nuevos criterios de clasificación de la enfermedad mental con el "objeto de aplicar a los sujetos afectos de enfermedades del cerebro el tratamiento individual que éstas reclaman con el mismo título que las afecciones de otros aparatos."^ En este sentido, existía un importante consenso a la hora de diversificar la asistencia a partir de la clasificación de los enfermos mentales en agu-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es dos y crónicos. Así, T. Busquet, Inspector de los servicios de dementes de la Diputación de Barcelona, proponía el desdoblamiento de la asistencia psiquiátrica en clínicas u hospitales mentales y en asilos colonias. En los primeros serían ingresados sin expedientes de ningún tipo, con el objeto de facilitar la rapidez del tratamiento médico, los enfermos curables. Los segundos estarían destinados a la "retención fuera de la sociedad, de los locos incurables o curables a largo plazo, para que no perjudiquen ni perturben con sus actos"^. Una de las innovaciones del nuevo sistema asistencial era la creación de servicios libres para aquellos enfermos que no precisasen ser internados en el manicomio. Su funcionamiento era similar al de cualquier otro hospital y el enfermo se dirigía a ellos "por necesidad sentida propiamente, o por consejo del médico y familia, sin sujeción ninguna y con libertad de abandonarlos en cualquier ocasión, curado o no, que lo juzgue conveniente"^o Bellas palabras, que correspondían al nuevo espíritu humanitario de la psiquiatría pero que no eran del todo ciertas. La libertad del enfermo para acudir o no a los servicios libres y seguir las prescripciones médicas, sin que mediaran otras instancias administrativas entre el paciente y el médico, tenía su límite en la peligrosidad social del enfermo. Es cierto que las reformas propuestas trataban de poner en funcionamiento un dispositivo asistencial más humano y científico que permitiera a la psiquiatría deshacerse de su imagen negativa y del carácter de prestación especial que había mantenido hasta entonces. Los prejuicios contra la locura y la psiquiatría debían desaparecer al ofrecer ésta a la sociedad formas de asistencia que no pasaran por el encierro y que tuvieran un carácter científico. Pero el límite de tales reformas era la alarma social que el loco despertaba en la sociedad, y nada más lejano de las intenciones de los psiquiatras que provocarla, dejando al paciente demasiada libertad. Así los psiquiatras, a pesar de las proclamas en favor de la libertad de entrada y salida del enfermo en los servicios libres, se apresuraron a matizar este aspecto. W. López Albo señalaba que "en estos servicios el enfermo sería completamente libre, como en cualquier hospital, y sólo retenido por la autoridad moral del médico especializado; y podría incluso (si su estado mental lo permitiera) salir voluntariamente y buscar trabajo para cuando fuera dado de alta o continuarle mientras esté en observación y tratamiento."! í Por tanto, no era el paciente sino el médico quién debía decidir 9 BUSQUET, T. (1925), "Organización técnica de los servicios provinciales de dementes". Psiquia- tría, 4(1), I-19, p De hecho los servicios libres debían tener un servicio de hospitalización para la observación del enfermo mental y desviar posteriormente a aquellos que fueran incurables o peligrosos al manicomio. Por tanto, el término servicio libre era ambiguo, pues podía referirse tanto a la voluntariedad de entrada y salida del enfermo como a la mera simplificación de trámites administrativos para atender al enfermo mental. Este podía ser retenido en el servicio de observación e internado en contra de su voluntad, si su estado así lo indicaba, en el manicomio. El manicomio, aunque reubicado en el nuevo sistema asistencial, continuaba estando presente y pesaba amenazante sobre los enfermos díscolos o que dieran muestras de peligrosidad^^. Además la reforma asistencial psiquiátrica a pesar de estar basada en principios científicos, no se vio libre de la utilización de criterios jurídicos y administrativos. De hecho, la reforma propuesta también tenía su origen en la redefinición de la peligrosidad del loco. En el cambio de siglo algunos psiquiatras franceses comenzaron a plantearse si todos los enfermos mentales por el hecho de serlo eran peligrosos y debían ser encerrados. E. Toulouse, por ejemplo, en un artículo publicado en 1901 se planteaba si todos los alienados debían ser internados. A su juicio, los alienados que no habían cometido o intentado cometer un delito debían permanecer en libertad y conservar sus derechos de ciudadano, pues el hecho de ser alienado no era motivo suficiente para internaríeis. Estas ideas redefinían el concepto de peligrosidad social del enfermo mental, limitándolo a la comisión del delito. Pero su importancia desde el punto de vista asistencial era de primer orden porque establecía una división, a partir de la peligrosidad o no del individuo alienado, de la asistencia que debía recibir. En opinión de E. Toulouse los enfermos no peligrosos debían ser asistidos fuera del manicomio, re-12 TORRAS (1923b), p. Este tipo de ideas fueron reelaboradas y cobraron fuerza en los primeros decenios del siglo XX, llegando a estar en la base de la creación de los servicios libres. Un ejemplo interesante, en este sentido, fue el debate que tuvo lugar en la Académie de Médecine Française en 1914, a instancias del Ministro del Interior, sobre la conveniencia o no, de sustituir en la ley del 30 de junio de 1838, la expresión enfermos alienados por la de enfermos aquejados de afección mental. En este sentido, el profesor G. Ballet presentó una compleja y detallada exposición sobre la enfermedad mental en la que diferenciaba al alienado del enfermo aquejado de afecciones mentales: "todos los alienados son enfermos aquejados de afecciones mentales, todos los enfermos aquejados de afecciones mentales no son alienados."í6 El profesor francés reconocía que dicha clasificación no podía fundarse "sobre el diagnóstico médico de la enfermedad sino sobre las reacciones individuales y sociales de los enfermos", único "hecho objetivo comprensible" para el legislador, porque "es el que sirve para determinar la naturaleza de las medidas a tomar con respecto de los enfermos, en las diferentes categorías de casos, y que las legitima."^^ La peligrosidad social del enfermo era el criterio práctico que el psiquiatra francés proponía para establecer su clasificación y determinar el tipo de asistencia que precisaba. A su juicio, el grupo de enfermos no peligrosos lo constituían aquellos que eran conscientes de su estado y que reclamaban por voluntad propia ser atendidos y aquellos que aunque no demandaban por sí mismos la atención la aceptaban sin protestar. Este tipo de enfermos mentales no precisaba ser internado para seguir un tratamiento. El grupo de enfermos peligrosos estaba compuesto por aquellos que eran inconscientes de su estado y que protestaban de manera habitual y coherente contra el aislamiento que precisaban y, por los que como consecuencia de su desorden mental hubieran cometido o estuvieran expuestos a cometer delitos y crímenes. En estos casos la solución pasaba por el intemamiento en un asilo^^. Estas ideas, tras la Primera Guerra Mundial, volvieron a estar en el centro de todas las discusiones sobre la asistencia psiquiátrica. Numerosos alienistas franceses abogaron por reorganizar la asistencia psiquiátrica en tomo a la peligrosidad social del enfermo mental. Así, por ejemplo, Antheaume en 1922 definió al alienado como aquel enfermo mental que debía ser privado de su libertad por las reacciones que presentaba o por la negativa a seguir el tratamiento impuesto por el médico. El resto de enfermos mentales, psicópatas, inofensivos, debían seguir un tratamiento en ser-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es vicios abiertos 19^ Esta división en categorías de enfermos mentales a partir de criterios no científicos, sino prácticos, fue recogida por los psiquiatras españoles y aplicada sistemáticamente en sus teorizaciones sobre los servicios abiertos^o. Por tanto, el fundamento de los servicios libres era la atención a todos aquellos enfermos mentales que no mostrasen reacciones antisociales y que fueran más o menos dóciles al tratamiento médico. Pero en un contexto en el que la psiquiatría reivindicaba la higiene y la profilaxis mental, el papel de estos servicios no podía limitarse a atender sólo a los enfermos que acudieran libremente. Su misión era más amplia y debía abrirse al seno de la sociedad, buscando allí a los enfermos susceptibles de ser tratados, a través de "un organismo que regularizara eficazmente las relaciones entre los enfermos y el psiquiatra, que sirviera de puente de unión, entre la sociedad con su abandono de todo lo que sean grandes trastornos mentales y las organizaciones psiquiátricas destinadas al cuidado y cura de los psicópatas.''^! Esta función debía cumplirla el dispensario psiquiátrico, y el servicio de enfermeras visitadoras ligado a éste. Su misión era controlar la integración social de los enfermos dados de alta, pero también reclutar a éstos en el seno de la sociedad, llevándoles al dispensario, dónde se decidiría su destino^^^ El nuevo dispositivo asistencial, basado en la profilaxis y la atención extramanicomial, se fundamentaba por tanto en la peligrosidad del enfermo mental y en la defensa social. La diferencia estribaba en que esta podía articularse de manera dulce: "Naturalmente (...), también en lo futuro debe atenderse al bienestar de la comunidad protegiéndola de los peligros del enfermo en libertad, pero esa defensa o protección no debe consistir solamente en la custodia del enfermo en el manicomio, sino que debe intentarse en todos los casos apropiados una vigilancia médica extramanicomial."23 3. LA PELIGROSIDAD SOCIAL DEL ENFERMO MENTAL: PROBLEMAS DE DEFINICIÓN La utilización de la peligrosidad social como criterio para definir la alienación mental y determinar el tipo de asistencia al enfermo psíquico planteó dos problemas, muy relacionados entre sí, a los psiquiatras. En primer lugar, la adopción de un con-cepto extramédico como la peligrosidad social estaba en contradicción con la pretensión de medicalizar la locura y su asistencia, limitando el carácter científico de ésta. En segundo lugar, los psiquiatras tuvieron dificultades en definir la peligrosidad social y en establecer los límites de la misma. Con la idea de aclarar tan prolijo problema la Asociación Española de Neuropsiquiatras dedicó una sesión completa de su segunda reunión anual celebrada en Madrid a finales de octubre de 1927, a la peligrosidad de los alienados en sus aspectos teórico y práctico. Tres fueron los ponentes, M. Ruiz Maya, A. J. Torres López y P. Farreras, que desgranaron minuciosamente todos los aspectos a tener en cuenta por el psiquiatra a la hora de establecer la peligrosidad del alienado. M. Ruiz Maya, director del manicomio provincial de Córdoba, fue el primero en intervenir señalando "la dificultad de precisar con exactitud los límites del concepto de peligrosidad desde un punto de vista psiquiátrico."24 En su opinión había que partir de la idea de que "la condición de enfermo mental implica la de peligrosidad", no tanto porque cometiera actos peligrosos, pues en ese caso sería fácil aislarlo, sino por su potencialidad: "En todo enfermo de la mente, en teoría, debemos ver siempre un posible perturbador, un perturbador en potencia de las normas habituales de la vida. "25 Esta definición de peligrosidad tenía, al menos, tres implicaciones que ponían al descubierto tanto la fragilidad científica de la psiquiatría, como sus implicaciones sociales y jurídicas. En primer lugar, Ruiz Maya introducía un elemento que le alejaba del sentido jurídico de contravención limitado a la violación de las leyes. Para el derecho penal clásico la peligrosidad de un individuo, enfermo mental o no, no podía establecerse sino a partir del acto criminal, de la ruptura del pacto social establecido por la comunidad y sancionado por las leyes^^. La idea de potencialidad chocaba frontalmente con las concepciones jurídicas en vigor. Esta idea provenía de los postulados defendidos por la escuela positivista italiana y de su interés por localizar al individuo anormal, fijar su grado de peligrosidad social y establecer los mecanismos de defen- En segundo lugar, Ruiz Maya abogaba por tomar como indicador de la peligrosidad los comportamientos sociales que no se atuvieran a las normas morales aceptadas mayoritariamente por la sociedad. Esta posición, que introducía a la psiquiatría en el sendero de las apreciaciones morales y la normativización social, era acientífica y chocaba frontalmente con los intentos de remedicalizarla. Esta actitud era consustancial a la psiquiatría desde su fundación pero tendrá un notable impulso en el contexto de la higiene y la profilaxis mentales^^. En 1911, Arturo Galcerán i Granes plasmó en el discurso inagural de la Sociedad de Neuropsiquiatria de Barcelona, el nuevo espíritu de la psiquiatría, que años después desarrollarían los mentores de la higiene mental. A su juicio, la Sociedad de Neuropsiquiatria podía ejercer una importante labor en el terreno social, ayudando a "combatir los delirios revolucionarios y las guerras religiosas" así como el pauperismo, la vagancia y la prostitución, además de "influir de un modo muy directo sobre la cultura de nuestro país."^^ La patologización de las conductas consideradas peligrosas había sido desarrollada a lo largo del siglo XIX por los higienistas y su consecuencia principal había sido la apreciación moral de la enfermedad y la patologización de la sociedad.^o Ahora la psiquiatría, titubeante durante un siglo entre el manicomio y el higienismo,^^ se disponía definitivamente a actuar en el campo social en busca de todos los individuos susceptibles de padecer transtomos mentales. El doctor Saforcada en la sesión inagural de la Primera Reunión Anual de la Liga Española de Higiene Mental, celebrada en 1927, señalaba que el objeto de esta organización era: Un año más tarde, en su Segunda Reunión Anual, los miembros de la Liga abordaron y discutieron en un elevado tono moral cuestiones como la mendicidad, la vagancia, la prostitución y el suicidio^^. Un ejemplo interesante de la medicalización de los comportamientos lo encontramos en la patologización de las ideas políticas. Ruiz Maya consideraba como motivo de peligrosidad social del enfermo mental la posibilidad de que actuase en política "con sus falsas concepciones de la vida, arrastrando a masas más o menos extensas a revueltas, motines y revoluciones, a actitudes pasivas contrarias a la conveniencia general. "^' ^ Y más adelante, al clasificar los diferentes grupos de enfermos mentales y atribuirles su grado de peligrosidad, remarcaba el enorme peligro que entrañaban los individuos afectados de desviaciones de la normalidad constitucionales porque estaban "dispuestos a todas las violencias, a todos los vicios, a todas las contravenciones de la más amplia moral", insistiendo en que en "estas desviaciones crece lozana la ñor del caudillaje y del proselitismo, aunque sea en reducida esfera. "^^ Idea en la que vuelve a insistir al referirse a los delirantes sistematizados a, los que considera capaces de contagiar y propagar sus ideas morbosas provocando acciones aparentemente justas como regicidios, rebeliones y desórdenes públicos^^. La descalificación de los movimientos sociales y políticos por medio de su patologización fue una práctica extendida entre psiquiatras criminólogos e higienistas^^. Así la Comuna de París fue criminalizada por los psiquiatras franceses al tachar a sus líderes de degenerados y alcohólicos^^ o los anarquistas fueron considerados por Lombroso El objetivo de esta actitud era doble: de un lado, se minimizaba la importancia de las protestas, originadas por el descontento político y social, atribuyendo toda su responsabilidad a líderes o grupos de anormales y desviados; de otro, se intentaba descalificar los comportamientos y las ideas políticas que ponían en entredicho los cimientos de la sociedad, elevándolas a la categoría científica de enfermedades. En lugar de afrontar los problemas sociales desde una posición política y buscar las solu-ciones adecuadas, se utilizaba una batería confusa de conceptos científicos para convertir en desviaciones del comportamiento y en locura cualquier situación que entrañara el cuestionamiento del orden burgués. Esta actitud de los psiquiatras no se limitaba exclusivamente a los textos teóricos sino que tenía consecuencias prácticas en los diagnósticos. En este sentido, Raquel Alvarez y Rafael Huertas han destacado: "El uso de elementos -ideas, opiniones, actuaciones-que en sí no son elementos patológicos ni extraños si se les considera en su contexto y circunstancias, pero que pueden manipularse y de hecho se manipulan, cuando se quiere contribuir a elaborar una historia coherente en tomo a un diagnóstico y reforzar ese diagnóstico, convirtiendo muchas veces las ideas en patológicas simplemente porque se dan en personajes que sufren procesos que les alejan de la realidad; haciendo, por extrapolación, que todo el que detente tales ideas se convierta a su vez en enfermo'*^." Un tercer elemento, estrechamente vinculado a la potencialidad de la peligrosidad era la profilaxis. Se trataba, en pleno movimiento en pro de la higiene mental, de localizar a tiempo al individuo que padecía trastornos mentales, por ligeros que estos fueran, y someterle al tratamiento adecuado, de manera que se evitase su agravamiento y se pudieran controlar su tendencias peligrosas. Así Ruiz Maya señalaba en su ponencia que al psiquiatra "no le está permitido pensar unicamente en (...) el grado de peligrosidad, referida a la mayor gravedad del hecho o reacción nociva, a la peligrosidad considerada objetivamente, sino que ha de preocuparle en toda su extensión. "^^ Por tanto, la clave del problema, aunque difícil de aplicar, era localizar y prevenir el peligro "allí donde se oculte o esté preparándose o incubándose. "^^ Parecida opinión tenían los otros ponentes, Antonio J. Torres y P. Farreras, que insistirán en la necesidad de ahondar en la proñlaxis como medida fundamental de defensa sociaH^. No obstante, a pesar del consenso que existía entre los psiquiatras en tomo a la peligrosidad del enfermo mental se encontraron con un problema difícil de salvar: la determinación práctica de dicha peligrosidad. Existía, y así lo reconocían los propios psiquiatras, una fisura entre los niveles teórico y práctico. La quinta conclusión adoptada por la Asociación Española de Neuropsiquiatras tras discutir las ponencias de Ruiz Maya, Torres López y Farreras resulta clarificadora a este respecto: "En la práctica, la peligrosidad de los enfermos mentales es contingente y fortuita, siendo problema imposible dar reglas generales que nos adviertan su efectividad"^ Por lo tanto el concepto de peligrosidad no se fundamentaba en principios exclusivamente científicos. Semejante reconocimiento llevaba a los psiquiatras a un callejón sin salida ante los juristas y la sociedad. Sin embargo, a pesar de no poseer un aparato científico que les permitiera la constatación y definición científica y objetiva de la peligrosidad, apelarán a su experiencia y formación para arrogarse esa misión, argumentando, ante las críticas que tachaban sus métodos de ambiguos y contradictorios, las dificultades de diagnosticar la locura de un individuo: "Siempre nos sorprende ver que jueces, abogados y aún médicos psiquiatras se quejen o protesten de estas divergencias de opinión científica. Revelan con ello poca meditación o el desconocimiento de un hecho que es preciso proclamar valientemente, a saber: la psiquiatría no es una ciencia exacta y, además, el psiquiatra es un hombre falible en sus juicios"'45 Las medidas profilácticas propuestas para combatir la peligrosidad social del enfermo mental también muestran los titubeos y límites prácticos de la psiquiatría. Si nos atenemos a las conclusiones de la mencionada reunión de la Asociación Española de Neuropsiquiatras, podemos concluir que los psiquiatras españoles no fueron capaces de plasmar las medidas que pretendían poner en marcha. Todo se reducía a crear departamentos y establecimientos especiales para determinar la peligrosidad de los enfermos ya internados o, a crear instituciones "circum-manicomiales" para "la constante vigilancia, orientación, etc., de los peligrosos que no exijan o a los que no 43 TORRES LÓPEZ AJ. (1928),"La peligrosidad de los alienados en sus aspectos teorico y práctico", Segunda Reunión Anual de la Asociación Española de Neuropsiquiatras, Madrid, 22, 23, 24 de octubre de 1927, Archivos de Neurobiologia, VIII, 97-104, p. De vida efímera, pues en 1931 el régimen republicano lo anuló, su importancia reside no tanto en su aplicación como en la fría acogida que tuvo entre los psiquiatras y en las discusiones que generó entre éstos y los juristas. Deseosos de reformas profundas y de intervenir en su redacción, los psiquiatras mostraron su decepción ante el nuevo Código Penal, adoptando posiciones muy críticas. En 1926, poco antes de su promulgación, M. Saforeada y T. Busquet presentaron en la Primera Reunión de la Asociación Española de Neuropsiquiatras, celebrada en Barcelona, una ponencia en la que abordaban las modificaciones que debían ser introducidas en el Código Penal de 1870 desde el punto de vista psiquiátrico. La ponencia recogía, en este sentido, algunos conceptos que la escuela positivista italiana llevaba propugnando desde el último cuarto del siglo XIX, como la inexistencia del concepto de resposabilidad y la necesidad de sustituirlo por el de Defensa social. El Código Penal, a juicio de los dos ponentes, utilizaba una terminología psiquiátrica viciosa, fruto de la ignorada que los juristas tenían de la psiquiatría. Así, frente a la ambigüedad del artículo 8 que señalaba que estaban exentos de responsabilidad "el imbécil y el loco, a no ser que haya obrado en un intervalo de razón", proponían la utilización de una sola palabra para expresar los transtomos mentales, o bien adoptar la fórmula biopsicológica recogida en otros Códigos como el peruano.'^^ Pero el aspecto que les preocupaba especialmente era la falta de soluciones del Código ante las reacciones antisociales de los individuos "que estando en los aledaños de la locura, no acusan trastornos ostensibles de bastante relieve para que puedan considerarse como alienados."'^^ Estos individuos anormales, que constituían un grave peligro para la sociedad, quedaban inmunes ante la ley. La solución que proponían era aplicar la "doctrina de la Defensa social", despojando "nuestra legislación penal del metafísico postulado de la responsabilidad", considerando a dichos individuos como ""anormales 46 DISCUSIÓN (1928), p. El delincuente, para el derecho penal clásico, actuaba bajo su responsabilidad moral, eligiendo libre y racionalmente su actitud ante la ley. Sólo se admitía como eximente de la responsabilidad criminal la enajenación completa, la pérdida total de las facultades mentales (intelectivas y volitivas). En estos casos la justicia cedía su tutela sobre el criminal a la psiquiatría. Sin embargo, la concepción de un sistema penal basado en la responsabilidad moral del delincuente pronto quedó atrapada en una dualidad (responsabilidad-irresponsabilidad), dando la oportunidad a la psiquiatría de entrar con pie firme en los tribunales para "administrar la prueba de la irresponsabilidad en un determinado número de situaciones donde la existencia del delirio" no imponía "la caracterización patológica del acto, y donde a pesar de todo la justicia" no podía "castigar por falta de seguridad en la culpabilidad del procesado, "^o El concepto de monomanía definido por Esquirol,^ ^ y cuyo mayor teórico en España fue P. Mata^^^ fy^ el primer paso dado por los alienistas decimonónicos para irrumpir con fuerza ante los tribunales y demostrar que muchos criminales aparentemente responsables no se encontraban en plenas facultades psíquicas al cometer su crimen.53 Sin embargo, la progresiva somatización de la enfermedad mental y el nacimiento de la antropología criminal impulsaron el creciente conflicto entre las dos instancias en tomo a la responsabilidad penal del delincuente. En el último tercio del siglo XEX los alienistas españoles, conocedores de las nuevas teorías defendidas por la escuela positivista italiana, lanzaron sus primeros embates contra el concepto de responsabilidad criminal, utilizando como plataforma para propagar sus ideas una serie de procesos como el del Sacamantecas y el cura Galeote^^ La existencia de criminales que padecían enajenación mental era el principal elemento que argüían los médicos para relativizar, si no negar, el libre albedrío. Así los alienistas criticaban con dureza el concepto de delito y pena que defendía la escuela clásica de derecho penal, insistiendo en que éste era "una idea absolutamente indemostrable", una rémora del progreso" y un "concepto metafísico que no puede servir a ninguna deducción práctica. "^^ El rechazo de los magistrados y de importantes sectores de la sociedad española a la nuevas ideas de la psiquiatría fue importante. El temor a que el "expansionismo" de los alienistas pudiera desplazarlos de su función social fue el motivo que provocó el enfrentamiento con éstos^^. Frente a las pretensiones de los psiquiatras oponían el peligro que corría el sistema penal y el orden social, acusando a la medicina de intentar sustraer al criminal de la pena que le correspondía^^. Pese a los ataques de los psiquiatras contra el derecho penal clásico, éstos en ningún momento pretendían negar la misión social de los magistrados ni sustituirles. La propuesta que lanzaron a los jueces fue la de refundar los principios del derecho penal tomando en cuenta las aportaciones cientíñcas de la medicina. Más que una destrucción y desplazamiento de lo existente, los psiquiatras estaban interesados, para obtener sus fines, en establecer una alianza con los jueces aunque en un nuevo marco^^. La promulgación del Código Penal de 1928, lejos de suavizar el conflicto ahondó la brecha existente desde el siglo pasado entre psiquiatras y juristas. Es cierto que el nuevo Código incorporaba medidas de seguridad inexistentes en el anterior y explicitaba casos de peligrosidad social pero, como nos cuenta G. Rodriguez Lafora, estaba lejos de satisfacer las inquietudes de los psiquiatras: "Debemos confesar que el nuevo Código penal español, no obstante sus ventajas sobre el anterior en algunos sectores, nos parece en general, retardatario, excesivo en su extensión, sin una tendencia científica unitaria, contradictorio, a veces, en sus distintas secciones, redactado otras sin la viva ansia de innovación de las normas jurídicas que hoy marca en los nuevos proyectos de Código en algunos países progresivos"^^ Criticas compartidas por otros eminentes psiquiatras que consideraban que el Código era confuso porque estaba redactado al margen de criterios científicos y se había prescindido de "la valiosa e indispensable colaboración de los psiquiatras que habrían podido adoptar nuevas orientaciones en consonancia con los progresos de las modernas disciplinas antropológicas, psicológicas y psiquiátricas."^^ Una de las acusaciones centrales de los psiquiatras fue que el Código estaba impregnado del espíritu metafísico de la responsabilidad penal del delincuente: "Conserva por norte la noción de responsabilidad dando de lado a la temibilidad, única sobre la cual cabe enjuiciar psiquiátricamente", escribía en tono descalificativo César Jua-rros^^. La clave para los psiquiatras era la peligrosidad social del sujeto y la aplicación de medidas de defensa social frente a ese peligro y no la consideración de la contravención de las leyes desde el punto estrictamente legal. Para G. Rodríguez Lafora este punto de vista era erróneo y remarcaba con claridad la distancia que existía entre el criterio jurídico y el psiquiátrico: "El análisis de los problemas psiquiátricos en el mismo pone también en evidencia la falta de un criterio psiquiátrico moderno. Para un psiquiatra tiene que haber siempre motivos de crítica en los Códigos con tendencias expiatorias retributivas. El psiquiatra sólo ve al actor como personalidad más o menos alterada con respecto a las normas sociales o jurídicas de la ley y le interesa únicamente el conseguir reintegrar este individuo a dichas normas con la mayor eficacia posible o apartarlo definitivamente en caso de imposibilidad por inadaptación social. El legista, en cambio, ve sólo el hecho delictivo, contrario a las normas jurídicas, lo clasifica dentro del correspondiente encasillado legal y le aplica la norma expiatoria o pena correspondiente convencido de la eficacia correctiva y preventiva de aquélla. He aquí las divergencias eternas de concepción entre juristas y médicos. Mientras los Códigos estén enfocados sólo hacia los delitos, como figuras jurídicas y no hacia los delincuentes, como seres 59 LAFORA (1929) Por tanto, los psiquiatras rechazaban la idea de juzgar el delito e imponer un castigo corrector. Por el contrario, se mostraban partidarios de estudiar la personalidad del delincuente y de aplicar las medidas terapéuticas adecuadas a cada caso. Esta patologización e individualización del criminal soportaba, a mi juicio, una tensión entre los principios humanitarios que la impregnaban y las implicaciones socio-políticas que en la práctica podían acarrear. No cabe duda que dichas ideas eran un intento de modernizar un sistema jurídico demasiado encorsetado por el concepto de responsabilidad del individuo y por un articulado penal estricto. La posición de la psiquiatría, hasta cierto punto, introducía una humanización en el trato al delincuente al considerar que sus actos podían deberse a una anormalidad que, ante todo, merecía un tratamiento médico y no un castigo. Pero conviene no engañarse respecto a las intenciones de los psiquiatras, reduciendo el análisis de sus propuestas a sus aspectos humanitarios. Éstos abogaban directamente por una mayor presencia social de su profesión al tiempo que construían un nuevo concepto de Defensa social que retiraba al delincuente-enfermo de la sociedad. No es ya la pena lo que reclaman sino el tratamiento médico del anormal como fórmula de protección de la sociedad, desplazando la atención del crimen al criminal, de la responsabilidad penal a su peligrosidad social. En este sentido, señalaba C. Juarros "lo importante para el interés colectivo es el peligro representado por él. La finalidad no puede concretarse en el afán de castigar, sino en el de evitar nuevos delitos"^^ Por tanto, lo que estaba en juego en nombre de principios humanitarios era un intento de establecer una legislación penal fundada en principios científicos capaz de ir más allá de lo estrictamente escrito en las leyes, de entrever, gracias a métodos científicos, la peligrosidad de los individuos antes de cometer actos delictivos y de establecer las medidas terapéuticas y profilácticas precisas para apartarlos de la sociedad. Este es el poderoso arsenal que la psiquiatría estaba ofi-eciendo a los estados burgueses para salvaguardar su orden y que será aprovechado sin remilgos por los nacientes estados fascistas de la época^'^. Las propuestas de los psiquiatras provocaron, como ya he señalado, un conflicto con los juristas que veían su terreno profesional invadido. Un buen ejemplo de este conflicto lo tenemos en el papel de los peritos en los juicios. El catedrático de derecho penal Q. Saldaña, nada remiso a introducir novedades en el Código Penal y firme partidario de contar con el auxilio de los psiquiatras como expertos en los juicios. No obstante, no todas las críticas fueron tan perspicaces y sutiles. P. Mairata en una conferencia que leyó en 1928 en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación afirmó en un tono hiriente que "las doctrinas psiquiátricas aplicadas al derecho son como el arsénico y otros medicamentos que, salvo dosis prudentes, resultan perturbadores y mortíferos,"67 lo que provocó duras reacciones por parte de psiquiatras como C. Juarros, A. Vallejo Nágera y G. Rodríguez Lafora. Tan sólo este último admitía, hasta cierto punto, las críticas vertidas por los juristas, reconociendo que "médicos y psiquiatras llevados de sus entusiasmos científicos teóricos exageran a veces la nota ante los Tribunales."^^ Pero su autocrítica no cuestionaba los principios científicos en que se fundamentaba la actuación psiquiátrica. La crítica se dirigía a resaltar la escasa preparación científica y falta de honradez profesional de algunos peritos a los que acusaba de redactar informes "que no son más que ejemplos molierescos de la ignorancia y de la pedantería médica".^^ Crítica, no obstante, compartida por los magistrados a los que acusaba de ignorancia y desconocimiento de la ciencia psiquiátrica, señalando que: "con frecuencia un informe psiquiátrico científico, serio, moderado y lleno de razones lógicas tropieza con la infiltrabilidad e impenetrabilidad intelectual de algún togado que evidencia una considerable ignorancia de la psiquiatría y psicología y una falta del respeto debido al hombre que honradamente expone el fruto de su trabajo científico sobre cuestiones de gran complejidad. La solución pasaba, en su opinión, por hacer obligatoria la enseñanza de la psiquiatría en los estudios de medicina y derecho con el fin de aumentar la cultura psiquiátrica de ambas profesiones, pero nunca se cuestionaba la cientificidad de los conceptos utilizados. Una prueba de que las críticas de los magistrados hicieron mella entre los psiquiatras, la encontramos en la propuesta que José Sanchís Banús hizo en el marco de la Cuarta Reunión Anual de la Asociación Española de Neuropsiquiatras, solicitando medidas de sanción moral contra aquellos compañeros que mostrasen falta de honradez en el desempeño de su trabajo: "Con el fín de contribuir a corregir ese lamentable estado de cosas -que nos denigra-pido que gestionemos la manera de implantar un tipo de sanción moral. Es posible que lo mejor, en este sentido, sea la constitución extemporánea de Tribunales de honor -siempre que alguien los solicitara-ante los que pudieran exponerse los datos oportunos. Se de sobras que dichos tribunales carecerán de virtudes extemas, mas ellas son precisamente las que no busco. Me basta con que nuestros colegas conozcan, en cada caso especial, el nombre del compañero amoral sancionado. "^^ La propuesta de Sanchís Banús nos da una idea bastante exacta de hasta qué punto el conflicto con los juristas tenía repercusiones entre los médicos. Como es bien sabido la enseñanza de la psiquiatría no estaba institucionalizada en los estudios de medicina y los psiquiatras españoles se habían formado bien a través de la práctica de la disciplina en los manicomios, bien siguiendo estudios de especialización en el extranjero. La inexistencia de tal preparación en las Facultades de medicina daba pie a que cualquier médico pudiera, sancionado por la ley, acudir como perito a un tribunal y dictar un informe. Las quejas de los psiquiatras, en este sentido, se dirigían tanto a mejorar las condiciones científicas y profesionales de los peritos como a establecer con claridad el monopolio psiquiátrico de los peritajes. Había, por tanto, un trasfondo científico y coorporativista de los profesionales de la psiquiatría, que reclamaban su puesto y su ciencia en los tribunales frente a los médicos generales. En este sentido, J. Escalas demandaba de las autoridades públicas que se formaran "con arreglo a pruebas de capacidad y antigüedad de título, una lista que sin carácter de escalafón, sirva para designar los únicos que en lo sucesivo han de poder ser autorizados, para informar ante los tribunales sobre cuestiones psiquiátricas, y dirigir manicomios, consultas públicas, casas de salud, etc."^^ Otro de los motivos de desprestigio de los psiquiatras ante los tribunales era la redacción de informes contradictorios por parte de éstos. Esta acusación de los magistrados que ponía en tela de juicio la cientificidad de la psiquiatría, mostraba claramente el talón de Aquiles de ésta. Ante ello, los psiquiatras cerrarán filas y diferenciarán entre los informes realizados por peritos sin preparación y aquellos realizados honesta y científicamente, afirmando que su ciencia no era exacta y que la determinación de la anormalidad del individuo procesado revestía enormes dificultades: "Los problemas psicológicos y psicopatológicos que ofrece el análisis de la conducta de un hombre son tan vagos e imprecisos, y la psiquiatría es una ciencia tan poco exacta y provisional, que en la decisión contradictoria de dos peritos honrados y científicos pueden intervenir infinitos factores temperamentales del juzgador (carácter exaltado, rigidez de conciencia, ideas filosóficas, carácter bondadoso, etc), para inclinar la balanza ligeramente hacia uno u otro de los lados del fiel dudoso. "^^ La solución a las incongruencias y problemas de interpretación de los informes periciales pasaba por apartar a los médicos no preparados para dicha función y por adoptar unas normas comunes y científicas a seguir por todos los peritos: "Todo esto podría evitarse si se practicase un minucioso examen psicológico-psiquiátrico de todos los procesados al ingresar en la cárcel, como tantas veces hemos solicitado de los Poderes públicos (...) con el fin de establecer la indispensable separación entre los delincuentes alienados y los no alienados sin perjuicio de repetir periodicamente dicho reconocimiento en los Departamentos de observación o anejos psiquiátricos de las prisiones. Si tal reconocimiento se organizase científicamente en nuestro país (...) con personal facultativo y subalterno debidamente familiarizado con las disciplinas de la psicología, psiquiatría y antropología criminal, sería factible estudiar y diagnosticar clínicamente cada procesado."^"* 5. En definitiva, la psiquiatría española de los años veinte en su intento por reformar las estructuras asistenciales heredadas del siglo XIX y de articular una acción social que la convirtiera en Medicina social y humanizara su práctica ante la opinión pública, encontró numerosas limitaciones de orden legal, social y científico. Aquí hemos intentado incidir en el último aspecto, resaltando cómo algunos de los conceptos que manejó para justificar su acción eran en gran medida extracientíficos. en España (siglos XVIII-XX), Madrid, pp. 48-77. ^2 SESIÓN INAGURAL, Higiene Mental. Boletín de la Liga Española de Higiene Mental, núm 1 36 Ibid, Sì., La psiquiatria en el nuevo Código Penal español de 1928, Madrid, p. "^^ 65 SALDAÑA, Q. (1925), La psiquiatría y el Código (Estudio de técnica legislativa), Madrid, p.
Se analiza un texto de 1786 impreso en 1788, cuyo autor es el médico catalán Francisco Sanponts y Roca (1756-1821), que mereció el primer premio de la Real Sociedad de Medicina de París en un certamen convocado para estudiar y solucionar el problema planteado por la amplia difusión del Muguet entre los niños acogidos en hospicios. Se trata de la primera descripción de la enfermedad hecha en España y el autor, influido por la mentalidad antisistemática y el empirismo anatomoclínico, cita de forma amplia a Van Swieten y a Nils Rosen, entre 67 autores, con lo que demuestra estar al corriente de la medicina y la pediatría europeas, aunque aparentemente desconoce el trabajo de Underwood, publicado dos años antes de la elaboración del suyo, que representa la primera descripción conocida de esta enfermedad. El autor de la memoria es el médico barcelonés Francisco Sanponts y Roca, quien obtuvo con ella el primer premio del certamen convocado en 1786 por la mencionada sociedad médica parisina, con el que se pretendía dar solución al problema que suponía esta enfermedad en los niños ingresados en hospicios, aunque en el fondo de la cuestión se encuentra el problema concreto que se presentaba en el hospicio de Vaugirard, en el que afectaba a un gran número de ellos. El objetivo, tal como lo formula la Sociedad, era: "Determinar cuales son las causas de la enfermedad aftosa conocida por el nombre de Muguet, Millet, Blanchet, a la cual están sujetos los niños, sobre todo los que están reunidos en los hospitales, desde el primero hasta el tercer o cuarto mes de su nacimiento, cuales son sus síntomas, cual su naturaleza, y cual debe ser el tratamiento, preventivo o curativo". Esta acción de la Real Sociedad se enmarca dentro de la preocupación filantrópica por la infancia propia de la Ilustración^'^. Sanponts, en su ensayo, parece abordar este problema desde un punto de vista exclusivamente clínico; sin embargo, las ideas ilustradas se hacen patentes en la carta que redacta para ofrecer su método a las autoridades españolas^: "En este Principado mueren anualmente más de las dos terceras partes de los expósitos [...] havía pensado mil vezes en proponer a V.E. el méthodo que después de un pesado estudio he entendido puede practicarse en España para la conservación de infinitas criaturas, [...] mas ahora [...] me animo a pedir a V.E. el permiso de proponerle lo que tengo meditado sobre el asunto, para la utilidad de la población, y del Estado." El premio consistió en una medalla de oro de cuatrocientas libras tomesas, la mitad de las cuales fueron cedidas por el autor a beneficio del hospital de niños ex-Roca]. Memorias de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona; 36 (1): 219-22 y 280-82, quien tan solo cita la obtención del premio y que la memoria fue publicada "en uno de los tomos de las Memorias de la real entidad francesa". También Calbet y Corbella (1981) la citan de forma errónea (véase nota l).Tampoco aparece la referencia a esta obra de Sanponts en AssociACió GENERAL DE METGES DE LLENGUA CATALANA (1918) Francisco Sanponts y Roça (Barcelona, 1756-1821), hijo de médico, empezó estudios de Filosofía en la Universidad de Cervera en 1770. En 1778 se graduó de bachiller en Medicina y al año siguiente hizo prácticas de su profesión en Barcelona; en 1779 recibió los grados de licenciado y doctor en la Universidad de Cervera^^. Sus intereses rebasaron los de la medicina para incluir las matemáticas, la física experimental y la mecánica, lo que le llevó a realizar viajes de estudio por el extranjero. Participó en la invención y divulgación en España de diversas máquinas de aplicación a la industria y realizó numerosas publicaciones sobre estos temas ^^ En 1786 ingresó en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, desempeñando el cargo de revisor de la "dirección de estática" entre 1789 y 1798, el de director de la misma desde 1799 a 1805 y en 1815, y el de director de la de matemáticas y mecánica desde 1816 hasta 1820. En 1804 se le confirió la cátedra de matemáticas, en sustitución de Francese Bell. En 1806, y a solicitud de Sanponts, la Real Junta Particular de Comercio de Barcelona fundó la Escuela de mecánica, de la que fue nombrado catedrático, cerrada seis meses después por la ocupación francesa y reabierta durante el reinado de Femando VII bajo la dirección de Sanponts. En 1815, junto con Francisco Carbonell y Bravo y Luis F. Bahí y Fonseca fiíe nombrado codirector de la publicación mensual Memorias de agricultura y artes (1815-1821), impulsada por la misma Junta, en la que también publicó numerosos trabajos, como encargado de la sección de mecánica. Su actividad científica como médico fue mucho menos espectacular, o al menos es poco conocida. Fue miembro de la Academia Médico-Práctica de Barcelona, en la que ejerció como secretario, y como vicepresidente en 1804. Fue también socio correspondiente de la Real Academia Médica de Cartagena desde el 18 de febrero de 1804, y como consecuencia del premio que se le otorga por el trabajo que comentamos, fue socio correspondiente de la Real Sociedad de Medicina de París. Fue colaborador del Diario General de Ciencias Médicas, Durante la guerra con Francia de 1808 actuó como médico castrense en el hospital de Tarragona, y tras ella y hasta 1815, fue protomèdico y examinador en Cataluña. De los 44 trabajos de Sanponts de los cuales se tiene referencia, el 41% (18 trabajos) están dedicados a temas relacionados con la sanidad, incluyendo casos clínicos, análisis de aguas minerales y veterinaria. Entre ellos cabe citar, además del Ensayo que comentamos, una disertación sobre el Magnetismo animal (1785), en la que "prueba que este método era una impostura de Mesmer"^^^ coincidiendo en esto con el dictamen de la Comisión Real de París de 17841^; se interesó por el análisis de las aguas minerales de Moneada (1792) y de Gava (1789 y 1792), y presentó una memoria sobre "Aguas minerales de San Hilario Sacalm hechas artificialmente..." (1789); elaboró además un "Discurso sobre el origen y progresos de la enfermedad conocida bajo el nombre de fuego de San Antón" (1792), y se acercó a la veterinaria con una "Memoria sobre la vida, muerte y enfermedad de que adolecen los gusanos de seda" (1807). Es conocida la fecha de elaboración de 40 de sus trabajos, que comienzan a aparecer en 1784 y finalizan en 1820, un año antes de su muerte por apoplejía. Pinel y el magnetismo animal. Actas del III Congreso Nacional de Historia de la Medicina. Valencia, pp. 219-234. fecha acerca de una disputa que mantuvo con el protomèdico Carlos Nogués, citada por Comenge. Cabe apuntar como problema a resolver en el futuro las causas del descenso de su productividad tras la guerra con Francia, probablemente ligada a su actitud política. LA "ENFERMEDAD AFTOSA CONOCIDA POR EL NOMBRE DE MUGUET" Sanponts, en el Ensayo que presenta a la Sociedad parisina, aparentemente sin conocer el trabajo de Underwood, parte de la tesis de que la enfermedad que afecta a los niños del hospicio francés es la misma que padecen los niños de Barcelona, de la que él tiene amplia experiencia (p. 48, §5), y que las diferencias entre ambas deben atribuirse exclusivamente al ambiente hospitalario en el que viven aquéllos, lo que provoca la simultaneidad de los síntomas propios de la enfermedad con otros causados por el aire corrompido (aër inquinatus) del centro, mientras que la enfermedad en Barcelona está exenta de estas influencias nocivas. La atribución de la enfermedad, en parte, a las influencias nocivas que se acumulan en el ambiente del hospital, está en la línea de las teorías miasmáticas de causación de la enfermedad. De hecho Sanponts sostiene que la enfermedad no es contagiosa, en el sentido de que el niño afectado por ella puede convivir con otros niños sanos, sin que ello represente peligro para su salud, si bien advierte que no debe compartir la nodriza o la cama. Afirma Sanponts que el aire corrompido de los hospitales actúa sobre la enfermedad (p. 48, §3) Por elio, el trabajo aparece dividido en dos partes. En la primera, tras describir la topografía de la ciudad de Barcelona (pp. 50-51), sus habitantes y costumbres (pp. 52-53) y las enfermedades más frecuentes en ella (p. 53, §25), analiza la "Historia de la enfermedad miliar de los niños lactantes de esta ciudad" (p. Esta primera parte se instala en la tradición ecologista hipocrática, resucitada por Sydenham (1624-1689) en el siglo XVII, y que dio como uno de sus resultados destacables el género de las topografías médicas, género que sirvió como vehículo (recuérdese a Gaspar Casal y su Historia Natural y Médica del Principado de Asturias -1762-, en el que describe la pelagra o "mal de la rosa") a la descripción de nuevas enfermedades. Esta primera parte de su Ensayo hace un análisis de la enfermedad, acerca de la cual Sanponts se queja de no haber oído una sola palabra en las aulas de la Universidad, y de no haber encontrado referencias a ella en los textos de autores antiguos o modernos (p. Sus únicos datos proceden de la observación clínica y de la comunicación verbal con los médicos barceloneses, que la conocen como enfermedad endémica a la que denominan "aforro", equivalente al término francés doublure (forro). Comienza afirmando que esta enfermedad de carácter endémico en Barcelona (p. 54,§25) no afecta a todos los niños, puede aparecer en cualquier momento de la lactancia, y pierde virulencia al cesar ésta. Describe dos estadios en la evolución de la misma: el inicial (p. 54, §26 y 27) se caracteriza por llanto, sed, inquietud, y calor en la boca y región epigástrica; en el segundo (p. 55, §27) la boca enrojece en unos puntos y se pone blanca en otros, se acentúa la sed, aparecen vómitos, diarreas o estreñimiento, y fiebre; finalmente aparecen aftas blancas en la boca y comisura de los labios, que pueden extenderse a todo el tracto digestivo, llevando en ocasiones a la muerte del lactante. La orina es transparente y las deposiciones serosas, con mezcla de coágulos lácteos, de coloración verdinegra y consistencia variable, en ocasiones con moco. Por la semejanza "no de las causas sino de los síntomas" (p. 56, §33) con la "soda" de los adultos, decide denominar a la enfermedad que describe como "soda miliar de los niños" (sodam miliarem infantum). Para explicar la causa de la enfermedad, Sanponts recurre a observar las posibles diferencias entre el género de vida de sus conciudadanos y los de otros lugares, ya que no conoce descripciones de la enfermedad fuera de Barcelona, y comprueba que (p. 58 §41):'6 "...debe ser observada, en cuanto sea posible, fuera de los hospitales, a ñn de que aparezcan con mayor nitidez y en su propia naturaleza los síntomas patognomónicos, libres de toda complicación." Lo determinante es, por tanto, la presencia de leche en el estómago, leche que se toma ácida fundamentalmente por la alimentación de la madre o de la nodriza. La lógica del autor se fundamenta en los mismos razonamientos que hacen considerar a diversos autores citados por Sanponts que la acrimonia de la leche, acentuada por la alimentación de la nodriza y un aire corrompido, es responsable de un gran número de enfermedades de los niños, entre ellas las aftas. Sanponts, sin embargo, considera que esta no es causa suficiente para explicar la enfermedad (p. Todo el lenguaje de Sanponts, así como su interpretación de la enfermedad y de la producción de los síntomas, nos lo muestra como un seguidor de la medicina química. Aunque el movimiento iatroquímico, en sentido estricto, termina con el siglo XVII, todavía en el XVIII hay seguidores de la iatroquímica, residuales también en España. La química aplicada a la medicina, en cambio, abrió vías de investigación en absoluto abandonadas y muy fmctíferas^o, aunque la medicina ilustrada se orientara fundamentalmente a la líneas mecanicista y vitalista. Pero sobre todo, Sanponts pa- rece inscribirse en la mentalidad antisistemática, introducida en España a través de las obras de los autores de la Alte Wiener Schule, especialmente de Van Swieten quien alcanzó enorme influencia en nuestro país^i; esta mentalidad es adquirida por Sanponts a través de su formación en Barcelona y probablemente de su colaboración con Francisco Salva, autor que según López Piñero^^, mejor ejemplifica el influjo directo de la Alte Wiener Schule sobre nuestra medicina, y se pone de manifiesto en su búsqueda de información acerca de la enfermedad tanto en los autores antiguos como en los modernos y en su apoyo en la observación y el raciocinio para describir y comprender el cuadro clínico. También se adivina en Sanponts la influencia del empirismo anatomoclínico, cuando establece la correspondencia entre la especie morbosa que está describiendo con la especie lesionai por él observada, y el recurso a la autopsia para describir la "soda" del adulto. Como tratamiento (pp. 66-72), tras analizar los propuestos hasta el momento (purgantes de ruibarbo, aceite de agallas, bálsamo de Perú, etc.) apuesta de forma decidida por medicamentos químicos, en especial la magnesia azucarada acompañada de lavativas emolientes, con el fin de eliminar la leche agria retenida en el tubo digestivo, tratamiento que su experiencia demuestra muy eficaz. La terapéutica medicamentosa se acompaña de indicaciones dietéticas para las nodrizas, que deben abstenerse de ingerir alimentos agrios y vino, y a las que aconseja agua de arroz con azúcar y la propia magnesia azucarada, para "atemperar" la leche. También considera fundamental extremar la higiene del niño y el ama, así como una adecuada limpieza y ventilación de las habitaciones. Como último recurso aconseja cambiar de nodriza, y señala la conveniencia de que siempre que sea posible al niño lo lacte su propia madre. Entre las medidas propuestas por Sanponts se encuentran las preventivas. Pensando que la enfermedad, según su propia experiencia, no puede padecerse más que una sola vez y que la mayor parte de los casos evolucionan de forma benigna, sugiere la posibilidad de "inocular" a los niños sanos haciendo que mamen un pecho con saliva de otro niño afecto, manteniéndolo luego con otra nodriza y en un ambiente extremadamente limpio. Recoge así la idea de la inoculación, probablemente del procedimiento de variolización que, importado de la medicina tradicional de oriente por Lady Wortley-Montague, se extendió en Europa en el primer cuarto del siglo XVIII, aunque en el momento de redactar esta memoria estaba ya en vías de ser olvidado. En España23, en cambio, el método de inoculación de las viruelas se introni LÓPEZ PINERO, J.M. (1976). La mentalidad antisistemática en la medicina española del siglo XVIIL La influencia de la "Alte Wiener Schule". En: Medicina moderna y sociedad española (siglos XVI-XIX). Valencia: Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 22 LÓPEZ PINERO, J.M. ( 1976 dujo con retraso por la oposición del Protomedicato y de médicos de prestigio, incluso internacional, como Gaspar Casal o Andrés Piquer. La oposición original se transformó en polémica y posteriormente, ya en el último cuarto del siglo, en amplia aceptación y difusión. Entre los seguidores de este método preventivo figuraron tanto Francisco Salva como Francisco Sanponts. La segunda parte del Ensayo se destina al análisis de la enfermedad tal y como se presenta en el hospicio de Vaugirard, que conoce exclusivamente a través de la prensa parisina (Journal de Médecine). Como ya hemos dicho, Sanponts considera que la enfermedad es la misma que acaba de describir, aunque en Vaugirard los síntomas se encuentran modificados por el hecho de tratarse de niños previamente enfermos y sometidos a un ambiente más corrompido que el aire libre de la ciudad de Barcelona. Resulta interesante analizar las fuentes científicas de las que bebe nuestro autor (Tabla 1). El más citado es Gerhard Van Swieten (1700-1772), el fundador de la "Antigua Escuela Vienesa" (Alte Wiener Schule), a cuyos Commentaria in H. Boerhavii aphorismos de cognoscendis et curandis morbis (1742-1772) dedica un total de 18 citas, demostrando así Sanponts que está al corriente de la mejor medicina^^ que existía en la Europa de la época. También en pediatría, en el momento en que esta se está definiendo como especialidad no quirúrgicas^, se encuentra Sanponts informado de las últimas novedades: el segundo autor más citado es Nils Rosen (1706-1773), de cuyo importante Traité des maladies des enfants hace un total de 9 citas. El tercer autor más citado es Doublet que recibe al menos 8 citas^^, lo que resulta lógico pues todas se deben a una descripción del hospicio de Vaugirard y de la enfermedad padecida por los niños acogidos allí, que son el objeto del trabajo de Sanponts. Mas lejos quedan las 4 citas que dedica al psiquiatra y pionero de la medicina militar^^ Colombier en Histoire de la Société Royale de Médecine de Paris (1779), y al resto de autores y publicaciones (hasta un total de 67 autores, que reciben en conjunto 119 citas). Es de señalar que los clásicos suponen ya para Sanponts un mero adorno; no más que eso son las dos citas que recibe Hipócrates y la cita única que dedica a Galeno. El texto de Sanponts es, posiblemente, la primera descripción hecha en España del Muguet, tan solo dos años después de la conocida descripción de Underwood y aparentemente sin conocimiento previo de ésta. Impulsada la incorporación científica de España a la tónica general europea por los Borbones durante el siglo XVIII, fueron múltiples los autores que consiguieron realizar tareas a la altura de las circunstancias. La figura y obra de Sanponts es una muestra de ello. Conocedor de la medicina de sus contemporáneos y de las aportaciones al método científico y a otras áreas de la ciencia, consiguen realizar observaciones originales sobre problemas clínicos de plena vigencia en su momento. Es de destacar la calidad científica del trabajo publicado, el conocimiento de la medicina que demuestra su autor, y la propuesta de inmunización activa frente a la enfermedad, aunque basada esta última en una observación erronea. Obra útil a los artistas, fabricantes y hacendados Observación de un muchacho de 8 años que tenía el abdomen abultuado y duro como una piedra. Disertación sobre la explicación y uso de nueva máquina de agramar cáñamo y linos, inventada por los doctores en Medicina Francisco Salva y Campillo y Francisco Sanponts i Roca. Disertación sobre el magnetismo animal. Disertación sobre el magnetismo medicinal en la que se propuso averiguar si en el estado actual de la medicina conviene introducir en esta ciudad el uso de este remedio. Extracto de la obra del Dr. Rafael Moix, médico de Gerona, impresa en Barcelona en 1585 con el que se vio el acertado modo de pensar de aquel célebre médico, pues a pesar de las mayores luces de este siglo hay poco que rectificar en su obra. Observaciones de una physcomia mixta. Tentamen Medicum de Morbo Miliare Infantum [Memoria para indagar las causas de la enfermedad aftosa...] Observaciones de una disentería "febrilis amati" en la que murió en breve la enferma. Memoria sobre las ventajas de un nuevo método inventado en Oxford (Inglaterra) para aplicar la potencia a un timón en las máquinas movidas por caballería. Disertación sobre la utilidad de un nuevo método de aplicar las fuerzas vivas a las máquinas de palanca. Aguas minerales de San Hilario Sacalm hechas artifícialmente y en diferentes grados de saturación de hierro, como un resultado de su aplicación (con F. Salva). Tentativas analíticas de las aguas minerales de la Fuente de Gavá, situada a dos leguas y media de Barcelona. Memoria sobre las corrientes de los ríos y obras hidráulicas que en ellos suelen construirse y motivo de los estragos que aquellas les causan y de la antigüedad y solidez de algunas de dichas obras (con F. Salva). Memorias o reflexiones sobre una nueva máquina para elevar con ventajas, pesos muy considerables, consistiendo en un tomo de figura cónica con la adición de una polea movible. Observación de una niña de pecho curada de unas apostillas venéreas con el uso del Arrope antisifilítico de Barcelona. Memoria sobre la utilidad y movimiento de los molinos de viento. Análisis de las aguas minerales de Moneada en el Principado de Cataluña. Observación de una "Ischia nexuosa" antigua curada con la aplicación de un vegigatorio sobre la rodilla, al lado de la rótula. Defensa de los currutacos, pirracos, madamitas del nuevo cuño y señoritos en boca. Discursos sobre un nuevo método para hacer con seguridad barómetros portátiles. Discurso sobre varias fuerzas físicas, principalmente la fuerza centrífuga. Memoria sobre el vapor del agua considerado como fuerza motriz y nueva aplicación de esta potencia. Noticia de una nueva bomba de fuego. Memoria sobre la vida, muerte y enfermedades que adolecen los gusanos de seda. Memoria sobre el ariete hidráulico del célebre Mongolfíer. Plan de estudios para la enseñanza de estática y maquinaria. El español oprimido publicado por particulares en causa propia, comprobado por el que ha dado a luz el supuesto protomèdico del primer exército el doctor D. Carlos Nogués. Pensamientos del Dr. D. Francisco Salva y Campillo, sobre el arreglo de la enseñanza del arte de curar. Tabla general de los mapas technográfícos arreglados para el uso de la Escuela gratuita de Mecánica de la Real Junta de Comercio de Cataluña. Discurso inaugural que con motivo de adoptarse el método de enseñanza llamada technográfíco... Disertación sobre un nuevo método de clasificar los movimientos mecánicos... Memoria sobre un nuevo sistema de clasificación en mecánica. Discurso sobre la fabricación del arroz y del aguardiente de patatas. Memoria en la que hizo ver cuanto podrían influir los reverendos Curas párrocos en los adelantamientos de la agricultura si por medio de ellos se instruyesen los feligreses en la mejora de la labranza.
En el último tercio del siglo XIX un grupo de profesionales de la Medicina trabajaba en Nueva-Belén, hospital psiquiátrico localizado en las proximidades de Barcelona. Juan Giné y Partages, director de este manicomio, y sus colaboradores, realizaban una labor clínica, académica y de investigación. Fue este grupo el que organizó la reunión más importante sobre Psiquiatría que tuvo lugar en el pasado siglo en España, en un momento en el que la especialidad no era, aún, reconocida como una disciplina cientifica independiente del resto de la Medicina. El presente artículo describe la organización y contenidos del "Primer Certamen Frenopático Español" utilizando como material las actas originales del Congreso. Se centra en el análisis de las comunicaciones presentadas, cuyos contenidos temáticos son los aspectos administativos y asistenciales de la frenopatología de la época. NACIMIENTO DE LA IDEA Y ORGANIZACIÓN DEL CERTAMEN Un grupo de diversos profesionales presidido por Giné y Partages^ anunció, en la primavera de 1882, la iniciativa de celebrar el Primer Congreso Frenopático Español, noticia publicada en junio en la Revista Frenopática Barcelonesa^. La posibilidad de organización de esta reunión científica, en un momento en el que el reconocimiento oficial de la disciplina era escaso, estuvo propiciada por el interés del grupo Giné en temas ft-enopáticos; grupo que desarrollaba una labor investigadora, docente y asistencial localizada en los alrededores de Barcelona y que dio lugar a la primera escuela psiquiátrica del país^. A lo largo de todo el año 1882, con caracter no oficial, los domingos por la mañana alumnos voluntarios de la Facultad de Medicina asistían a las lecciones impartidas por Giné en el Manicomio de Nueva Belén, situado en San Gervasio de Cassols, en las proximidades de Barcelona^. El Dr. Rodríguez y Rodríguez (1863-1937)^ recordó en el discurso de la primera sesión del Certamen las circunstancias ^ GRACIA, D.(1971): "Medio Siglo de Psiquiatría Española: 1885-1936", Cuadernos de Historia de la medicina Española.lOy pp. 305-309. destaca: "la labor más importante de Giné como psiquiatra es que intentó poner en marcha un grupo relativamente homogéneo de colaboradores de su manicomio de Nueva Belén y de su revista. Allí se fraguó la primera escuela. Los nombres de A. Galcerán Granes, Rodríguez Morini, Ribas Pujol, Martí y Julia, Moles y de su hijo Giné Marriera figuran entre sus discípulos. Sobre Giné véase también SANCHO SAN ROMAN, R. (1960): La obra psiquiátrica de Giné y Partagás, Salamanca, Ed Seminario de Historia de la Medicina de la Universidad de Salamanca. 5 Sobre dicha publicación se puede consultar CORBELLLA CORBELLA J., DOMENECH LLABERIA, E. (1965): "La Revista Frenopática Barcelonesa y el Manicomio de Nueva Belén", Bol. En enero de 1881, Giné y Partagás, con la colaboración de sus discípulos, comienza a dirigir la publicación de la primera revista de la especialidad. A pesar de su corta existencia (1881-1885), es considerada de un nivel científico estimable y la más importante de la pasada centuria. Más tarde, en 1903, Rodríguez Morini pretende darle continuidad y un carácter nacional fundando la Revista Frenopática Española. ^ Giné es considerado el fundador de la primera escuela psiquiátrica. Es, además, el autor del primer tratado español de psiquiatría publicado en España: GiNÉ, J. (1876): Tratado Teórico-práctico de Frenopatología o estudio de las enfermedades mentales, cuyo subtítulo es fundado en la clínica y en la fisiología de los centros nerviosos, Madrid, Moya y Plaza. Este amplio volumen de al menos 500 páginas refleja la influencia de autores del positivismo francés, así como de Guislain, del que se encuentra bastante cercano ideológicamente y en cuya clasificación se basa para el estudio monográfico de la alienación mental. ^ Algunos autores han destacado esta enseñanza "libre", junto a una iniciativa similar de José María Esquerdo en Madrid, como lo que constituye el germen de lo que podría ser una enseñanza universitaria. Véase GRACIA, D., (1971) del surgimiento de la idea durante la celebración del final de dicho curso: "los discípulos reunidos alrededor del Dr. Giné, celebraban el final de las lecciones, en mayo de 1882, surgiendo en el momento álgido de la fiesta"^. Allí se nombró la "junta iniciadora"!^, que comenzó a trabajar a partir de esta fecha, y el 10 de diciembre de ese mismo año se llevó a cabo la primera convocatoria firmada por los doce miembros de la Comisión Organizadora i^ En esta convocatoria aparecían las bases del concurso y se expresaba la necesidad de la celebración de una Asamblea Científica de forma que ésta sirviese como modo de comunicación recíproca de conocimientos clínicos y terapéuticos, contrastados por la experimentación. Se reclamaba la concepción de una especialidad clínica para la disciplina, imprimiéndole un carácter independiente y una identidad nacional. A pesar de la idea inicial de organizar un Congreso, ésta quedó reducida a un más modesto Certamen sobre Patología y Clínica Mentales, al no hallar ni medios económicos, ni apoyo oficial, para realizar la idea originaria. Se inauguró el 25 de septiembre de 1883 con el discurso del Dr. Giné y se prolongó hasta el 28 de septiembre, coincidiendo su clausura con la festividad de la Merced en Cataluña^^. OBJETIVOS Y CONTENIDOS DEL CONGRESO La primera intervención del presidente, puede recordar a los textos literarios por su retórica prosa sin, por ello, perder un alto valor crítico, tono mantenido posteriormente por otros conferenciantes: "...El Certamen que hoy inaguramos, viene a ser una prótesis incruenta, con la cual nos proponemos, si no corregir, al menos disimular una horrible deformidad por defecto de sustancia, en la enseñanza oficial. Aquí el que se le identifica en los círculos psiquiátricos. Fundador y director de la Revista Frenopática Española (1903Española ( -1905) ) que nace para dar continuidad y una identidad nacional a la RFB. Sobre el autor puede consultarse CALBET, J.M. y CORBELLA, J. (1970): "La obra psiquiátrica del Dr. Antonio Rodríguez Morini", Act. 9 RODRÍGUEZ Y RODRÍGUEZ, A. (1884): " Memoria de los trabajos de la Comisión Organizadora" en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, Establecimiento tipográfico "La Academia" de E. Ullastres, p. JO La junta iniciadora estuvo formada por Giné, Galcerán y Granes, Ribas, Laporta, Rodríguez, Azcarreta, Millares, Llansó y Gelabert que comienzan a trabajar a partir de la primavera de 1882. í 1 La Comisión Organizadora consta del presidente Dr. Giné y varios colaboradores hasta completar el número de doce: Mariano Batllés y Bertrán de Lys, Joaquín Bonet y Amigó, A. Galcerán, P. Ribas Pujol, Prudencio Sereñana, José Fraxedas, Victor Azcárrate, Victoriano Gelabert, Joaquín Martínez, Jacinto Laporta y Antonio Rodríguez. 12 La comisión organizadora explica el hecho de la coincidencia de la festividad de la Merced con el Certamen en orden a buscar un símil y denominarlo "festividad científica" Asclepio-Wol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es bajo la democrática y familiar forma de conferencias, aspiramos a trasfundimos conocimientos que en vano buscaríamos en las cátedras del Estado"!^. Destacó Giné, la falta de cátedras, y el desconocimiento de las enfermedades de la mente tanto por los profesionales de la medicina como por el cuerpo judicial, el otro gran colectivo invitado al Congreso. Señaló las dificultades de magistrados, jueces, abogados y fiscales para fundamentar sus defensas o acusaciones, al carecer, también, de enseñanza jurídica en las universidades, y con ello, les instó a aunar sus esfuerzos con el cuerpo médico. Tras una síntesis de la situación de la asistencia al enfermo mental justificó la elección del Hospital Psiquiátrico y de la ciudad de Barcelona como lugar privilegiado para celebrar el Congreso "... si los teólogos tienen sus conclusiones en una basílica... si los higienistas, para sus grandes Congresos internacionales eligen las ciudades mejor higienizadas...¿ quién podría admirarse de que los frenópatas y legistas -dada la afinidad de sus estudios-nos hallemos científicamente reunidos en el seno de un manicomio? "^ 4. El presidente del Certamen consideraba que el elevado índice de manicomios en Cataluña, tanto públicos como privados, traducía un mayor grado de civilización y la convertía en la cabecera científica del país. Esta característica favorecía la posibilidad de convocar a elementos médicos y jurisconsultos en Asamblea Frenopática "... El valioso concurso de eminentes médicos y jurisconsultos, así de la capital del Principado como de Madrid, Toledo, Valencia, París, Burdeos, Londres, Nueva-York, etc., "i^. Sin embargo, el autor resaltó a España como una entidad nacional "... donde debe reinar un solo consenso y una común aspiración: consensus unus, conspiratio una et omnia consentientia"^^. Por ello, quizá, dicha intervención ha sido considerada por Josep M^ Comelles al margen de un discurso catalanista no consolidado hasta varios años despues por Martí y Juliá*^. El Dr. Antonio Rodríguez y Rodríguez, secretario de la Comisión Organizadora, fue el encargado de exponer, tras el elocuente discurso de Giné, la "Memoria de los' 3 GINÉ, J. (1884a): "Discurso de apertura" en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, La Academia, p. 22. ^'' La importancia de la Escuela Barcelonesa en el último tercio del XIX ha sido objeto de debate por destacados autores Véase COMELLES, J.M. (1988): "La asistencia psiquiátrica y desarrollo del estado en la España contemporánea" en La Razón y la sin Razón, Barcelona, PPU. pp. 110-114. El autor destaca, a propósito de esta intervención de Giné la relación del pensamiento nacionalista y el discurso psiquiátrico. Considera que el discurso catalanista no se hará evidente hasta varios años después de que Martí y Julia, fundador del catalanismo de izquierdas, trate de utilizar sus ideas políticas como instrumento en la reforma de las estructuras de la asistencia psiquiátrica. OLGA VE.LASANTE ARMAS trabajos de la Comisión". En esta comunicación se realizó una descripción del surgimiento de la idea del Congreso, ya comentado previamente, así como del modo en que se estableció el concurso de memorias. Giné ofreció mil pesetas para el autor del mejor trabajo sobre el tema: "Del idiotismo moral o sea del defecto ingénito del desarrollo de las facultades morales y afectivas en su relación con el Código Penal en España". Y así sucesivamente, los diferentes asistentes a la fiesta de fin de curso, fueron ofreciendo otros premios hasta un total de cuatro que debieron someterse a la opinión de un jurado^^. Los organizadores se lamentaron del reducido éxito del concurso, al cual sólo se presentaron un total de cuatro memorias Í^, optando una de ellas al primer premio, dos al segundo, ninguna al tercero y una al cuarto. El jurado no consideró que ninguna de ellas fuera merecedora de premio absoluto, si bien distinguió un mérito relativo a algunos de los trabajos presentados^o. El propio tribunal expresó el deseo de mantenerse dentro del rigor científico^i y, posteriormente, autores como Domenech y Corbellá22 han ensalzado este hecho al considerarlo una prueba de la seriedad del tribunal. La escasez de trabajos, tanto en el plano cualitativo como cuantitativo, sirvió de reflexión a los miembros del jurado que lo atribuyeron a la deficitaria enseñanza en frenopatología, a la falta de medios de los profesionales y a la dificultad para acceder a los manicomios tanto por parte del foro como por parte de los estudiantes. A. Rodríguez concluyó su discurso con una petición al Congreso para que éste aprobase una moción al Ministro de Fomento en la que se pedía que, en su trabajo de reforma del plan general de estudios médicos, incluyese la frenopatología como enseñanza oficial, teórica y clínica: "Hoy que el ministro de Fomento emprende este trabajo de reforma del plan general de estudios médicos, sería el momento más propicio para pedir, sobre todo por conducto tan autorizado como es este Congreso, la mejora que anhelamos. El Jurado suplica al Congreso tome en cuenta esta su moción"^^. •8 El jurado estaba compuesto por Rafael Rodríguez Méndez, Jaime Pí y Suñer, Bartolomé Robert, A. Galcerán y Antonio Mola y Argemí. ^^ A pesar de que en la "Memoria de los trabajos de la Comisión Organizadora" en Primer Certamen Frenopático Español (1884), p.33 puede leerse "... terminó el plazo, marcado de antemano, para su admisión, y solo cuatro acudieron a concurso..", DOMENECH, E. y CORBELLA, J. ( 1966 Las aportaciones al Certamen pueden dividirse en tres bloques temáticos: el clínico y terapéutico, el jurídico o médico legal y el administrativo o de organización asistenciap4. Dada la imposibilidad de abordaje de todos los contenidos tratados durante los cuatro dias de celebración del Congreso, nos centraremos en el análisis de las intervenciones o ponencias relacionadas con temas de organización asistencial o administrativa, aunque no renunciamos a reseñar brevemente los contenidos de los otros dos bloques. Las aportaciones clínicas y terapéuticas realizadas constituyeron el bloque más denso que abarcaba comunicaciones de diversa temática. Teniendo en cuenta que la Psiquiatría nctestaba reconocida como disciplina médica independiente, no extraña la participación de profesionales de otras ramas, algunos prácticamente sin experiencia clínica en frenopatología. Rodríguez Méndez (1845-1919)25^ profesor de Higiene, Manuel Ribas y Perdigó, internista que presentó un trabajo de termometría cerebral, Francisco Rojo BatUé, catedrático de otorrinolaringología, aunque había optado también a la cátedra de Patología General, Freixas y Freixas, que sería, posteriormente, presidente de la Real Academia de Ciencias Médicas y Gil Saltor y Lavali (1862-1909) cuyo trabajo relacionó la causalidad entre las afecciones cardiacas y la vesanias. Respecto al segundo bloque temático -la psiquiatría legal-estuvo representado por tres ponencias a cargo de Joaquin Bonet y Amigó, Alejandro Planellas y Arturo Galcerán Granes (1850-1919). Joaquín Bonet y Amigó, catedrático de Obstetricia en la Facultad de Barcelona, que llegó a ser rector de la Universidad, disertó sobre "Alteraciones psicopáticas durante el embarazo, responsabilidad de las embarazadas "26. Sostuvo que el médico-legista debía abstraerse del hecho del embarazo y realizar un examen exhaustivo de las facultades mentales de la mujer, para lo cual era necesario tener en cuenta otros factores como los antecedentes históricos, los antecedentes hereditarios y las circunstancias que precedieron o acompañaron al delito. 24 Esta distribución es también mantenida en DOMENECH LLABERIA E. y CORBELLA CORBELLA J. 25 Rafael RODRÍGUEZ MÉNDEZ ( Granada, 1845 -Barcelona, 1919) fue catedrático de Higiene de la Facultad de Medicina Barcelonesa desde 1874 a 1918, rector de la misma Universidad durante el período de gobierno liberal y editor de la Gaceta Médica de Cataluña. Aunque no fue específícamente frenopatólogo, tiene una importante obra psiquiátrica y fue director en el Manicomio de San Baudilio de Llobregat y en el de Reus, en ambos durante un breve período de tiempo. Para consultar más sobre el autor puede verse CORBELLA, J. y DOMENECH, E. (1983): "La obra psiquiátrica del doctor Rafael Rodríguez Méndez (1845-1919)", Comunicación presentada al Seminario de Historia de la Psiquiatría Española. 26 BONET Y AMIGO, J.: "Alteraciones psicopáticas durante el embarazo, responsabilidad de las embarazadas" en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, La Academia, pp. 45-66. Alejandro Planellas Llanos, también obstetra, expuso "Alteraciones psíquicas en el histerismo y en las afecciones sexuales de la mujer -grado de responsabilidad en estos casos "2' 7. Primero realizó un descripción clínica de las alteraciones, aceptando después los principios de Rossi descritos en su Tratado de Derecho PenaP^, como condiciones de responsabilidad moral. Arturo Galcerán Granes, médico consultor del Manicomio de Nueva-Belén, realizó dos comunicaciones: "El determinismo de la voluntad -^El libre albedrío-Crítica de ambas doctrinas"^^ y "Responsabilidad parcial de los enajenados. Datos prácticos para conocerla y graduarla"^^. La importancia de este bloque, y fundamentalmente de las comunicaciones realizadas por Galcerán Granes, viene dada tanto por la extensión, como por la calidad del contenido. Giné y su escuela, cuyo mayor exponente es Galcerán Granes, es considerada precursora de la psiquiatría forense en España^ ^ La calidad de estas ponencias, así como el prestigio de los ponentes, la convierte en una de las partes más brillantes del Congreso. UN INTENTO DE INFLUIR EN LA ESTRUCTURA ASISTENCIAL La disposición de las leyes que abarcaban la política sanitaria influía de un modo capital en los problemas asistenciales planteados por los frenópatas del siglo pasado, razón por la cual abordaremos más extensamente los aspectos administrativos trata-dos en el Certamen. De las cinco ponencias consideradas a estudio, el "Ensayo médico-administrativo sobre el ingreso, estancia y salida de los enfermos de la mente en los asilos públicos y privados"33, expuesto por Giné en la segunda sesión, constituye uno de los ejes centrales del Congreso. Abordar un tema como el administrativo en una época en la que la atención prestada por el Estado no correspondía a las necesidades manifestadas por los profesionales no era una cuestión fácil. En este abordaje, Giné llegó a proponer un esquema de proyecto legislativo unificado que la Asamblea decidió, a petición de Galcerán, elevar al Excmo. Director General de Benefíciencia y Sanidad: "rogamos encarecidamente a dicha Autoridad se digne estudiar detenidamente este asunto y llevarlo a las Cortes para que en breve sea llenado un gran vacío que hoy en día se nota en nuestra legislación"^^. En el año en que se celebraba este acontecimiento la asistencia psiquiátrica en España se regía por la Ley de Beneficencia de 1849, según la cual, se establecía que cada manicomio debía poseer un Reglamento propio aprobado por el Ministro de la Gobernación, el Director de Beneficiencia o el Gobernador de la Provincia. Este hecho provocaba una disparidad de procedimientos administrativos entre los diversos manicomios, lo que constituyó uno de los motivos de crítica de Giné, quien exorto a la Administración Pública a modificar las Leyes de modo que no pudieran inferirse daños en los alienados. La Ley de Beneficencia de 1849 y el Reglamento para su ejecución de 1852 instauraron la Beneficiencia Pública y normalizaron las funciones de los establecimientos públicos generales a los que pertenecían los establecimientos de los locos, consagrando el caracter subsidiario del Estado en este asunto. Esta ley, en vigor hasta bien entrado el siglo XX, no pretendía reformar el sistema asistencial vigente, sino acabar con la mendicidad y moralizar los socorros. Sucesivos intentos gubema-32 E. C. Seguin, hijo del conocido alienista francés Onèsime Edouard Seguin, nació en París en 1848, emigró a los cinco años a New York, ciudad donde morirá en 1898. Fundó la Sociedad de Neurología de Nueva York y la Asociación Americana de Neurología. Contribuyó al esclarecimiento de la patología espinal, así como a la terapéutica de estas enfermedades, debiéndosele a éste la introducción del Iodo en el tratamiento de las mismas. Fundó American Series of Clinical Lectures en las que publicó importantes trabajos sobre la Anatomía Patológica del Sistema Nervioso, localizaciones corticales, mielitis y neuralgia. 33 GINÉ, J. (1884b): "Ensayo Médico-administrativo sobre el ingreso, estancia y salida de los enfermos de la mente en los asilos públicos y privados" en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, La Academia, pp. 147-172. 112. mentales no fueron sino medidas paliativas: una circular de la Dirección General de Benefíciencia y Sanidad del 5 de julio de 1864 que recomendaba la ampliación y mejora de las instalaciones de dementes; una Orden Circular de la Regencia del 27 de julio de 1870 en la que el Gobierno transfería provisionalmente su responsabilidad en la asistencia de los alienados a las Diputaciones; y un Real decreto de 27 abril de 1875 en el que regulaba la inspección de los establecimientos benéficos, tarea hasta entonces encomendada a los gobernadores de la provincias, pero que resultó tan poco operativa como la antigua^^. Ante la desorganización y la falta de efectividad administrativa, Giné propuso en su ponencia unas disposiciones prácticas que dividió en tres partes en su exposición. En la primera parte, "Del derecho de los locos a ser considerados y cuidados como enfermos"^^, describió el término alienado: "Hoy día los alienados son enfermos a quienes aflige un mal mayor que el tifus, la peste y la gangrena.... miembros del cuerpo social, desvalidos, a quienes les falta el principal apoyo y el arma más poderosa para luchar contra las necesidades orgánicas y los embates del mundo cósmico y social: la razón"^^. La tendencia a considerar al loco como un pecador, un poseso, un profeta.... todavía era una idea sostenida, en el siglo XIX, por gran parte de la pobla-ción38, por lo que Giné pretendió con esta definición, antes de comenzar la parte dispositiva del Proyecto, una clarificación del concepto de alienado. Describió sus derechos, así como los del resto de los ciudadanos en relación a los dementes. En una segunda parte, "Del derecho de los ciudadanos a ser preservados de los daños y perjuicios que a sus personas e intereses puedan causar los locos^^", expuso cómo el Estado tenía, asimismo, la obligación de evitar las molestias y perjuicios de la locura, y no abandonar esta función sólo al cuidado de la familia insistiendo, una vez más, en que "La salud pública es suprema ley"^. Las autoridades administrativas deberían adquirir el derecho y el deber de procurar la libertad de aquellos con la mente imperfecta o insegura. Resaltó, así, al Manicomio como principal agente terapéutico ".... éste es el lugar en donde hallará cuanto su enfermedad requiere: razón tranquila, criterio clínico, alimentación sana, medicamentos, baños, duchas, y si son En este mi^mo sentido apuntó otra de las ponencias agrupadas en este bloque y defendida por D. Prudencio Sereñana y Partagás, "Estética de los manicomios y condiciones que deben tener'"^2. Sereñana, sobrino de Giné y Partagás y más conocido posteriormente por las traducciones de la obra médico-legal de Ambroise Tardieu, realizó una descripción tanto de las condiciones ambientales exteriores y de ubicación que deberían tener los sanatorios mentales, como del equipamiento interno. Enumeró aquellos recursos terapéuticos necesarios en el establecimiento: farmacológicos, higiénicos, local hidrológico y aparatos eléctricos de faradización. Este autor proclamó el sistema mixto^^, frente al sistema non-restraint^ defendido por Giné y que Sereñana consideraba imposible de implantar en su forma más pura. En la tercera parte de su exposición: "Del derecho que tienen las personas de juicio sano a que se las preserve de ser tratadas como alienados"^^, realizó Giné una descripción de lo que el alienista debía ser y conocer, de modo que si el Director de un Manicomio, máximo representante de la Psiquiatría, cumpliera honestamente con su trabajo no debería permitir que se privase de libertad a ningún cuerdo. 42 SEREÑANA, P. (1884): "Estética de los manicomios y condiciones que deben tener" en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, La Academia, pp. 257-268. 43 Sereñana, en la exposición de la ponencia, defiende el SISTEMA MIXTO como método ideal a adoptar: " empleo de todos aquellos medios de sujección que, sin producir en los tegumentos del loco lesión de ninguna clase como puede acontecer con las ligaduras demasiado apretadas, ni herir el sentimiento de dignidad que experimenta el cuerdo ante la vista de medios contentivos fabricados con mucho hierro.." Explica cómo existen medios contentivos como la camisa de fuerza, pantalón de Parigot, cinturón, trabas y celdas fuertes acolchadas, que "... no exasperan el delirio del enfermo, ni ofenden la vista de la persona cuerda que se ve obligada a usarlos para el tratamiento de la locura" (Ibid., p. En la ponencia también se describen determinados coadyuvantes del tratamiento como los remedios morales, elementos higiénicos, una botica con todos los remedios farmacológicos, un local hidrológico y aparatos eléctricos de faradización; así como las condiciones de emplazamiento (terrenos secos y aptos) y la construcción del edificio (planta lineal compuesta). 44 Consúltese al respecto la descripción de la implantación del non-restraint como principio terapéutico a lo largo de todo el XIX, en HUERTAS R. (1992): Del Manicomio a la salud Mental, Madrid, FIS, pp. 54-58. El sistema non-restraint, libertad casi absoluta, fue proclamado por Charleston y R. G. Hill a principios de 1829, en el asilo de Lincoln; aunque será J. Conolly el artífice de lo que en el mundo entero se conoció como non-restraint. Este lema fue adoptado por Giné desde el principio de la fundación del Manicomio, aunque, poco a poco, fue cediendo a una postura más ecléctica, en la que aceptaba algún medio coercitivo para casos especiales y de manera excepcional. XLIX-1-1997 g9 Posteriormente expuso " Parte dispositiva del proyecto de reglamento sobre el ingreso, estancia y salida de los locos de los manicomios públicos y privados""^. Este proyecto estaba compuesto por tres títulos que incluían la Dirección e Inspección del Manicomio, el ingreso y la salida del establecimiento. El primer título constaba de 13 artículos que podríamos agrupar en dos partes: los cuatro primeros indicaban las funciones de la Diputación, cuya reponsabilidad era la de fundar y sostener los Manicomios, la del Gobierno y Gobernadores Civiles y Dirección General de Beneficencia y Sanidad y los otros nueve atañían al cuerpo médico, tanto al personal mínimo necesario en cualquier establecimiento, como al modo de obtener sus plazas y el cobro de sus honorarios. El segundo título añadía nueve artículos más, referentes a las condiciones necesarias para el ingreso de un alienado, que incluían la valoración clínica y diversos requisitos administrativos (solicitud, condición de pobreza..). Los documentos originales que constituirían el expediente de ingreso quedarían archivados en el Gobierno de la Provincia. En el tercer título se enunciaban seis artículos más respecto a la salida de los Asilos que debería, a juicio de Giné, ser ordenada por la autoridad judicial o civil o por el médico Director, pudiendo ser promovida por los parientes más próximos. Su salida sería, además, comunicada al Gobernador Civil, expresando el estado en el que el enfermo abandonaba el hospital. Galcerán Granés'^'^, el más prolífico escritor de artículos sobre temas frenopáticos del siglo XIX' ^^, fue el encargado de proponer la elevación íntegra de este ensayo de Reglamento al Excmo. Sr. Director General de Beneficiencia y Sanidad. El mismo Galcerán, posteriormente a la aceptación de la anterior propuesta, realizó una segunda petición de voto dirigida al Ministro de Fomento: "de modo que el estudio de la disciplina fuese obligatorio para todos cuantos optasen al título de licenciado"^9. También esta cuestión fue aceptada por unanimidad y propuesta para el voto de los altos cuerpos legislativos. La escasa atención que la Administración prestó al Certamen, y secundariamente a sus peticiones, no impidió que el eco de esta "festividad científica" llegase más allá La aportación de E. Constancio Seguin, "Noticias sobre los Manicomios en España"^^ que no acudió al Congreso y envió su aportación desde Nueva York, tiene un valor descriptivo histórico de parte de la situación manicomial de España. La comunicación del médico franco-americano estuvo basada en la información recogida, por él mismo, en un viaje realizado a España durante el invierno de 1882-1883 y fue traducida por el Dr. Gaspar Sentiñón (1835-1902) y leida en la cuarta sesión del congreso por el Dr. Rodríguez y Rodríguez. En el trabajo, el autor destacaba la cordialidad con la que había sido tratado en todos los hospitales y la colaboración de sus colegas en todos los centros que visitó. Realizó una breve reseña de cada establecimiento visitado (prácticamente incluyó en su visita toda la geografía española, excepto la franja norte de España, Valladolid y Salamanca), una reproducción estadística, que él mismo describió como escasa e inútil, una opinión acerca del cuidado, tratamiento y los medios a emplear para una mejoría rápida, describiendo algunos de los métodos de sujección suaves (camisola o manillas de cuero blando). A pesar de la amplitud de la información vertida se ha criticado su escaso valor como documento originaP^ sjjj embargo, nos parece reseñable que más allá del contenido de la comunicación, la labor científica en el campo de la frenopatología fuese reconocida fuera de nuestras fronteras, en un momento aún muy lejano del reconocimiento oficial de la disciplina. Probablemente este hecho no hacía sino traducir la labor de una serie de profesionales como Mata (1811-1877), Pí y Molist (1824-1892), Giné, Rodríguez Méndez, Esquerdo (1842-1912), Galcerán, Vera (1859-1918) y Pulido, que como destacó Rodríguez y Rodríguez en su comunicación sobre "El estado actual de los conocimientos frenopáticos actuales en España" 53^ eran autores citados repetidamente ñiera de nuestras fronteras (Francia, Belgica, Inglaterra, USA e Italia). 50 MAGNAN presenta "De las alucinaciones bilaterales de carácter diferente según el lado afecto", ponencia traducida por Alberto D. Gelabert. REGIS presenta el diseño de una bomba estomacal de doble corriente modificada para alimentación forzada de alienados sitófobos. La información del aparato había sido publicada en Annales Medico-Psychologiques en Enero de 1883. 5^ SEGUIN: "Noticias sobre los manicomios", en Primer Certamen Frenopático Español, Barcelona, La Academia, pp. 429-465. frenopatía como ciencia biológica, sobre la que operamos materialmente "... nos declaramos partidarios del determinismo, no somos partidarios de la imputabilidad de las acciones frenopáticas, pero no aceptamos las exageraciones de los que piensan que los estímulos orgánicos... induzcan completa irresponsabilidad, y en consecuencia, absoluta inculpabilidad"^^. Asimismo, recalcó la advertencia de la falta de ley, que determinara los procedimientos relativos al ingreso y la función profiláctica de los manicomios. La clausura del Congreso estuvo coronada por la inaguración de la estatua de Fray Juan Gilaberto Jofré (1350-1417), la lectura de la biografía de este personaje a cargo de Victor Azcarreta y Colau, miembro de la Comisión Organizadora, y la ordenación histórica de todos los manicomios fundados en el siglo XV. A modo de conclusión parcial, es de destacar la preocupación de los alienistas acerca de la laguna legislativa existente, considerando que un denominador común en las diversas intervenciones fue el de reclamar de la administración un mayor papel de los profesionales en las reformas asitenciales. Esta cuestión quedó de un modo muy concreto expresada en el "Ensayo Médico-Administrativo sobre el ingreso y la estancia y salida de los enfermos de la mente en los asilos públicos y privados" de Giné y la propuesta de elevarlo al Excmo Director General de Beneficiencia y Sanidad así como en la petición del reconocimiento de la frenopatología como una disciplina específica a impartir en la enseñanza oficial teórica y práctica de la Medicina, expresada en una moción al Ministro de Fomento. Estos elementos reclamados, como se sabe, constituyen eslabones en el proceso de institucionalización de cualquier disciplina médica. Como resumen, Domenech y Corbella resaltan el estilo moderno del Congreso: "no se improvisó, se anunció con tiempo, se convocaron premios que honradamente no se concedieron por falta de calidad y se recogieron las comunicaciones y se publicaron la actas"^^ Sin embargo, todas las aspiraciones de aquellos profesionales no se verían cumplidas; ya que Galcerán, años más tarde, expondría una crítica sobre el Real Decreto del Ministerio de la Gobernación del 19 de mayo de 1885, considerándolo un retroceso sobre la legislación previa^^ L^ falta de continuidad del evento y la escasa influencia del mismo en el ambiente médico y académico de la época no parece que se debiese, a nuestro entender, a errores organizativos, sino a una deficiente estructura administrativa y a una falta de voluntad política que impidieron durante muchos años el desarrollo de la psiquiatría como disciplina científica institucionalizada.
El objetivo central del presente trabajo consiste en revisar las propuestas pronatalistas argentinas del período 1930-1983 y evaluar las influencias que recibieran Siendo la Biotipología una disciplina derivada de la Eugenesia galtoniana a partir de la cual su sistematizador -el endocrinólogo fascista italiano Nicola Pende 1 -ensambló simbióticamente a la Biología con la política, resulta indudable su utilidad para los regímenes autoritarios. De ahí que la resolución del conflicto moderno entre «calidad» y «cantidad» de la población fuera una de las principales preocupaciones de esta nueva «ciencia», consolidando un planteo pronatalista y claramente opuesto al neomalthusianismo predominante en la versión anglo-norteamericana de la tesis de Galton. No obstante, debe señalarse que el poblacionismo subyacente a un discurso biotipológico en el cual la reproducción se convertía en una razón de Estado -y, como tal, quedaba fuera de la autonomía de la voluntad de los particulares-no implicaba la eliminación de fortísimos dispositivos de exclusión. En efecto, sólo debían engendrar descendencia -y estaban compelidos a ello-quienes, previsiblemente, podrían procrear a los «mejores ejemplares de la raza», siéndole vedada o limitada la reproducción al resto de los mortales. Así, el programa poblacionista selectivo enunciado desde la Italia de Mussolini, la España franquista y la Argentina de gran parte del siglo XX, insistió -en paralelo a la implementación en este último país de impedimentos matrimoniales de orden eugénico orientados a abor-----1 Nicola Pende, médico formado en la escuela constitucionalista italiana de Achille De Giovanni y Giacinto Viola, denominó «Biotipología humana» a su propuesta disciplinar de características «correlacionalísticas» y unitarias (COSMACINI, Giorgio, (1984) «Scienza e ideologia nella medicina del Novecento: dalla scienza egemone alla scienza ancillare» en Della Peruta, Franco (compilador), Storia d'Italia, Annali VII, Malattia e medicina,, Turin, Giulio Einaudi, Editore, pp. 1221-1267, (p. La aplicación de la biotipología pendeana podía dividirse, a su vez, en cuatro aspectos: el primero, representado por la reforma de la medicina clínica, que debía abandonar lo reduccionístico y partir del «principio unitario correlacionalístico del hombre enfermo»; el segundo aspecto, dado por la medicina preventiva y ortogenética y por la higiene individual, requería de una «cartilla biotipológica para una ortogénesis racional del individuo» que luego sería utilizada para obtener un fichaje capilar de la población. El tercer aspecto estaba dado por la Biología y la bonificación de la raza, promovido desde el Instituto Biotipológico Ortogenético de Génova, inaugurado oficialmente el 20 de Diciembre de 1926 por Pietro Fedele, Ministro de Instrucción Pública del régimen. El cuarto campo de aplicación de la Biotipología era la sociología y la política. La medicina y la higiene debían convertirse así en medicina nacional e higiene nacional (ISRAEL, Giorgio y NASTASI, Pietro, (1998), Scienza e razza nell'Italia fascista, Bologna, II Mulino,, pp. 138-140). A su vez, para un estudio pormenorizado de los Institutos Biotipológicos creados por Pende ver: VALLEJO, Gustavo, «El ojo del poder en el espacio del saber: los Institutos de Biotipología», Asclepio, volumen LVI, 1, 2004, pp. 219-244. tar la reproducción «legítima» de los «peores»-sobre el diseño de políticas de fomento de la procreación de los «mejores» 2. El objetivo principal del presente trabajo consiste, precisamente, en exhumar las características y continuidades de la ideología subyacente a las propuestas demográficas argentinas de índole poblacionista durante el período 1930-1983 originadas en los estamentos del poder o en sus satelitales instituciones eugénicas. Las fuertes analogías que la biopolítica italiana y española presentan con el poblacionismo argentino nos permiten reconstruir una consolidada red eugénica que, mediada por el poder eclesial y el protagónico rol atribuido al influyente padre milanés Agostino Gemelli, contó con planteos de significativa coerción -legal o confesional-que le permitieron instrumentar un amplio abanico de estrategias de exclusión 3. Metodológicamente nos concentraremos en dos vertientes claramente identificables de las políticas demográficas de esos tres países instrumentadas a través de un rígido sistema de premios y castigos. Premios, es decir incentivos a la procreación de los «aptos» y castigos, o sea sanciones a quienes no tenían descendencia, o no la tenían en el número deseado desde el poder. Los incentivos fueron encarnados fundamentalmente a través de medidas tendientes a otorgar préstamos para matrimonios jóvenes y preferentemente dedicados a tareas rurales, asignaciones familiares, seguro contra la desocupación e invalidez por embarazo y disminuciones impositivas. Las sanciones, si bien orientadas prioritariamente a los solteros de ambos géneros -impuesto al celibato-, no olvidaban considerar aisladamente a la mujer, soltera o casada, en edad fértil a quien -por su potencial generador de vida-se le impidió el acceso o la continuación de su trabajo, se transfirió a la esfera pública su intimidad mediante el registro obligatorio de embarazos, y se institucionalizó la indisponibilidad de su propio cuerpo prohibiéndose el birth control. Todo ello presidido por una fuerte exaltación de su figura como esposa y madre, en una ----2 No corresponde traspolar, sin más, las características de la vertiente eugénica triunfante en Argentina al resto de los países de Sudamérica. En efecto, la recepción de la teoría galtoniana difirió profundamente conforme la realidad sociocultural de cada Estado. Ver: ALVA-REZ PELÁEZ, Raquel, «La influencia del evolucionismo y la eugenesia en la elaboración de identidades y políticas nacionales latinoamericanas en el siglo XX», ponencia presentada en el Congreso La construcción de las identidades nacionales en el mundo hispánico. Ideas, lenguajes políticos e imaginarios culturales, Valencia, 2003, en prensa. 3 Un aporte basal sobre eugenesia en América Latina lo constituye la ineludible obra de GARCÍA GONZÁLEZ, Armando y ALVAREZ PELÁEZ, Raquel 1999. En busca de la raza perfecta. Eugenesia e higiene en Cuba (1898-1958), Madrid, CSIC. metáfora virginal emblematizada a través de la celebración de la Semana de la Madre y el Niño en coincidencia con las fiestas navideñas. Vale aclarar, asimismo, que nos centramos en el discurso jurídico como reflejo de un ideario compartido por los miembros del campo más representativos de los intereses del establishment, aún cuando aquél no hubiese tenido encarnación normativa. La decisión epistemológica de realizar este tipo de análisis radica en que los integrantes de las instituciones eugénicas eran médicos o abogados de reconocida trayectoria profesional, que distribuían su tiempo entre el consultorio o el buffete y su actividad pública como legisladores, jueces, profesores universitarios o directivos de instituciones de salud. Y si no eran precisamente teóricos cuyas especulaciones filosóficas les permitieran construir una prédica disociada de su actividad diaria, tampoco cabe pensar en la existencia de un «doble» discurso desde el cual se sostuvieran principios eugénicos en un plano abstracto mientras que, desde lo concreto, se los desatendiera en los debates parlamentarios o en las decisiones ejecutivas de las cuales eran protagonistas. Ocupando entonces la ortodoxia eugénica argentina los estratos de decisión del Estado, la explicación que cabe respecto a los excesos de vehemencia de sus expresiones doctrinarias en relación a su menor positivización jurídica no debe buscarse en frenos inhibitorios internos ni externos, sino en circunstancias coyunturales, fundamentalmente de índole económica y política, que actuaron desplazando las prioridades legislativas. Remarcamos, así, la inexistencia de inhibiciones internas -gestadas dentro del propio campo o «aparato» en términos bourdianos-dado el acuerdo de base suscripto por la mayor parte de los dirigentes (desde los representantes del conservadurismo más acérrimo hasta el socialismo, pasando también por el peronismo y el radicalismo) que, quedando explicitado en su participación en el contexto institucional también se afirmaba en un claro deseo de reforzar las políticas de corte eugenésico. Multicolores adhesiones a la ciencia de Galton, y a su institucionalización en la Argentina mediante su contubernio con la Biotipología pendeana, que también enervaron cualquier intento abortivo de sus propuestas por oposiciones «externas» organizadas en torno a otra caracterización del campo eugénico -por ejemplo, la consolidación de un campo eugénico no autoritario-o a la no-conformación de un campo eugénico. De ahí la vital trascendencia del elemento discursivo sobre el que nos detendremos en estas líneas. HACIA UNA SELECTIVIDAD EUGÉNICA: BIOTIPOLOGÍA Y PRONATALISMO De la mano de la neutralización de las corrientes de pensamiento alternativo -fundamentalmente la anarquista-operada en la Argentina desde principios de siglo XX, fue haciéndose más opaco, también, el componente eugénico de corte progresista que las acompañaba4. Aquel ideario, cuya marcada índole inclusiva condujo a sus sostenedores a identificar «raza» con «especie humana» y que se sirviera de la ciencia de Galton para argumentar la necesidad de mejoras ambientales y educativas de los sectores más oprimidos, quedó asfixiado por los postulados de la Biotipología enunciados formalmente hacia 1922. Desde entonces, esta hibridación de la Biología con la política ocupó un lugar protagónico en las propuestas del derechizado establishment local, orientando no sólo a la creación de instituciones sino también inspirando la sanción normativa de diversos instrumentos de segregación. Sobre ese sustrato se asentó la constante labor del Museo Social Argentino, organismo que fundado en 1911 y cuyos miembros permanecieron siempre fuertemente imbricados con la clase dirigente del país participó desde entonces de una orientación poblacionista, antimalthusiana -o más precisamente, antineomalthusiana-y premoderna a partir de la cual pregonaba la tradicional «división de esferas» entre hombre y mujer. Como es bien sabido, el primero debía dedicarse de lleno al trabajo y a la guerra; y la mujer, a las conocidas tres «K» -kinder, kirche, küche-es decir, hijos, Iglesia y cocina 5. Ahora bien, situándose los principales problemas eugénico-demográficos de entonces en la inmigración y la reproducción, el Museo Social -institución que ya había organizado en 1919 una encuesta sobre la inmigración «deseable»-se ocupó en profundidad de ambas cuestiones, participando activamente en 1931 en la reunión anual de la Unión Internacional para la Investigación Científica de los Problemas de la Población, celebrada en Londres, y en el Congreso Internacional para el Estudio de la Población, llevado a cabo en Roma entre el 7 y el 10 de septiembre de ese mismo año. En este último evento, que contó también con la presencia de Pende 6, el delegado del gobierno argentino para el estudio ----del problema de la Eugenesia y de la Medicina Social en Italia, Octavio López, propició, conjuntamente con la difusión de los Institutos Biotipológicos por las diversas naciones, la organización de Comisiones Oficiales de Eugenesia que tuvieran a su cargo la realización de los exámenes prenupciales explícitamente excluyentes, por entonces aún no legislados en el país 7. Los argentinos Enrique Ruiz Guiñazú, Carlos Brebbia y Guillermo Garbarini Islas -funcionarios de destacada jerarquía y miembros del Museo Social-prestaban también su ferviente apoyo al Congreso fascista presidido por Corrado Gini, presentando numerosos y variados trabajos 8. Coetáneamente el Museo Social incorporó, entre 1932 y 1933, la Sección Higiene y Medicina Social, y la Asociación Argentina de Higiene y Medicina Social, con el propósito de estudiar «todos los factores» que afectasen a la «biología y la patología sociales» 9. Integraban su Comisión Directiva Telémaco Susini, Alberto Zwanck, Germinal Rodríguez, Carlos Carreño, Mercedes Rodríguez, Emilia Dezeo, Ramón Girona Ribera, Teodoro Tonina, Manuel V. En Argentina, si bien la Ley 11.359 sobre Profilaxis de la Lepra prohibió, en 1926, el matrimonio entre leprosos o entre una persona sana y un leproso, fue recién en 1937, con la Ley 12.331 sobre Profilaxis de las enfermedades venéreas, donde se impuso el certificado médico prenupcial masculino con carácter obligatorio. Se constituyó así Argentina en uno de los pocos países del mundo que lo adoptaron y lo mantienen en vigencia hasta la actualidad, extendido hoy a ambos sexos. 8 Prueba de ello lo constituyen las cinco ponencias presentadas en ese evento por Enrique RUIZ GUIÑAZÚ y BREBBIA, Carlos (1933), «Proceso evolutivo de las causas de las defunciones», en Carbonell, Arideo E. Costa, Ciro Durante Avellanar, Mauricio Ottolenghi, Angel Roffo, Juan A. Cameirone, Luisa E. F. de Petersen y Roberto Fraser, profesionales de amplia militancia eugénica y miembros, algunos de ellos, de la recientemente creada Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, institución promovida por el mencionado Octavio López y por Arturo Rossi bajo directa inspiración pendeana 10. La profunda imbricación entre los conceptos de población y raza, enmarcados en un compacto esquema nacionalista y conservador incentivado por la realidad política de Italia, contribuyó a corporizar la propuesta de la Comisión de la juventud del Museo Social, mediante la cual se aconsejaba la realización de una «conferencia nacional para estudiar el problema de la denatalidad». Esta iniciativa, unida a otra anterior sostenida por el propio Garbarini Islas para abordar la cuestión inmigratoria, fue refundida a instancias de Juan José Díaz Arana, y constituyó la base de una «Conferencia nacional de la población», cristalizada en octubre de 1940 como Primer Congreso de la Población, a imagen y semejanza del celebrado en la península italiana en 1931, ya citado 11. Al Congreso de la Población argentino, reunido en sesión inaugural el 26 de octubre de 1940 en el Salón de Actos del Concejo Deliberante de Buenos Aires, asistieron -confirmando el marcado compromiso oficial en la cuestión-el Vicepresidente de la Nación en ejercicio del Poder Ejecutivo, Ramón S. Castillo, y el Ministro de Agricultura, Daniel Amadeo y Videla (h), para quien la necesaria estimulación de la natalidad era, ante todo, «una cuestión moral», considerándose ya en la Exposición de Motivos de este evento, lo «alarmante» de la disminución de la natalidad en la Argentina 12. Pero, como ya anticipáramos, el carácter pronatalista de la propuesta emergente del Congreso de la Población no debe ser entendido como inclusivo de la totalidad del espectro poblacional. Por el contrario, ese pronatalismo sólo adquiría entidad -al igual que en la Italia fascista y en la España franquista-sobre los matrimonios legítimamente constituidos, circunstancia que, desde el pensamiento ortodoxo argentino presuponía una fuerte «legitimidad» eugénica sustentada desde la Biotipología pendeana, aunque con significativos antecedentes locales 13. ----Solamente desde una hipótesis integradora del fomento de la natalidad con una política selectiva de mejora de la raza, se logra comprender que Pende -quien, dicho sea de paso, adquiriera renombre por ser llamado a tratar la anorexia de la hija de Vittorio Emanuele III-fuera convirtiéndose rápidamente en responsable directo del derrotero que siguiera la política demográfica natalista y antimigratoria de Benito Mussolini explicitada el Día de la Ascención, en 1927. Si bien por entonces quedó planteada la decisión de afrontar el problema de la «salud de la raza» apostando por una política demográfica que privilegiara el desarrollo cuantitativo de los italianos por encima del cualitativo, se instrumentó una reglamentación de la función de procreación de neto corte eugénico14. Estas ideas también fueron compartidas en España por el psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nágera, cuyo interés por fomentar la natalidad reposaba sobre la previa exclusión de los combatientes del bando republicano, quienes padecían -según él-una patología mental que los acercaba a las izquierdas. El matrimonio ideal, con su principal misión de «continuidad de la raza y la formación de la familia» 15, resultaba así para Vallejo incompatible con la «malvada táctica marxista», responsable de difundir las «ideas malthusianas en el pueblo», «desmoralizando» a la sociedad y «socabando» sus «cimientos básicos» 16. Esas «soluciones» a la tensión entre «calidad» y «cantidad» de la población -y al eventual equilibrio entre ambos términos-17 fueron enunciadas por la Sección «Natalidad, nupcialidad, morbilidad y mortalidad» del Primer Congreso de la Población argentino, desde donde se propuso estudiar las «prácticas perniciosas» influyentes en la denatalidad, haciendo particular hincapié en la «deficiente educación moral, social, maternológica, ciudadana o religiosa de algunos sectores», así como la influencia que pudieran tener sobre ello «los recursos económicos, inmigratorios, la superpoblación urbana e ----industrial, el trabajo de la mujer, el bienestar individual y familiar, los deportes esterilizadores y la descendencia no eugénica» 18. Carlos Bernaldo de Quirós, quien fuera diputado radical y posterior artífice de la antiperonista Sociedad Argentina de Eugenesia (1945), propuso allí -en su articulación de Biotipología y tomismo a la manera de Pende y Vallejo Nágera-la creación de la Gran lucha nacional de la población, remarcando la «obra» demográfica desarrollada por Italia y Alemania 19. A su vez, haciendo suyo el ambiguo discurso fascista en su intento inicial por «justificar eugénicamente» el origen pluriétnico de la población italiana, el Congreso celebrado en Buenos Aires expresó su «convicción en la unidad esencial de la especie humana», rechazando «las doctrinas racistas de la sangre y de la raza» por ser «científicamente falsas». La negativa de la limitación de la progenie iba, entonces, ensamblada con una propuesta de optimizar el ambiente humano -llamada equívocamente neolamarckiana por Quirósque conduciría, según sus mentores, al «mejoramiento de las condiciones raciales» (sic) a través del «mejoramiento de la condición de la familia y del medio social y la educación con especial referencia a la educación humana integral, a la verdadera formación moral y religiosa de los espíritus» 20. Así, la Comisión del Congreso de la Población argentino encargada de la «Solución moral, social y familiar del problema demográfico» encomendó a las autoridades ocuparse, enérgicamente, del «problema moral e higiénico» del país a través de «la educación psicoética de la niñez y de las juventudes», cuya solución debía ser «la obra continua y patriótica del hogar y la escuela», dignificando «a la mujer como madre, como esposa, como novia, y al hombre como padre; para que se espiritualice y fortifique la familia; para que se valorice el hijo, como el mayor valor futuro de la República; para que se afirme la Patria en su grandeza y para que se exalte la humanidad fecunda en obras de bien y de generosa solidaridad» 21. Tarea eugénica que, fundamentada por Quirós en una pretendida «defensa social», se valdría de las fórmulas de «derecho preventivo y represivo, que mejor se ajusten a dichos fines» 22. Para este hombre clave del eugenismo argentino, la «higienización» material y espiritual del país -equiparable a la «cristianización social» pregonada ----18 Ibidem, p. 12 (la cursiva es nuestra). por Vallejo Nágera desde su Política racial del Nuevo Estado-comprendía la «revaloración humana: del niño, en su desarrollo armónico perfectible desde el seno de la madre, como hombre que viene al mundo engranado en el progreso económico, social y universal; como padre, después, de un hogar eugénicamente constituido; de la mujer, como madre o futura madre, capacitada y responsable de la conservación y defensa de los bienes fundamentales del hogar y de la sociedad». Esta impronta, que impregnaba la calificación de «delictivas» de las prácticas anticoncepcionales influyentes en la dinámica demográfica23, permitía vincular a la «responsabilidad procreacional, de filiación netamente eugenésica» con la «política moral y religiosa de las costumbres sociales» 24; adquiriendo fuerzas la propuesta quirosiana de aplicar los conocimientos sobre «herencia, descendencia y evolución» para formar la «unidad de consciencia nacional» respecto a la «prevención y defensa racial de la sociedad». Para ello se proponía incentivar la difusión sostenida y sistemática -por vía oficial y privada-del «conocimiento elemental de los factores de sangre, de nacimiento, de desarrollo, de vida y salud, de vivienda y educación, de alimentación, de trabajo, de costumbres, de medios materiales, de higiene moral y sexual, de gimnasia mental y neuropsíquica, de filosofía, de política, de religión» a la vez que una regulación rígida del «matrimonio eugenésico». Este matrimonio, íntimamente identificado con una «cuestión de moralidad» requería, para Bernaldo de Quirós, de una «reeducación espiritual, psicoética y sexual de las masas» que, conjuntamente con otros estímulos demográficos permitiría lograr una política propulsora del «mejoramiento racial» directamente relacionado con la «reconstrucción nacional del país» 25. De este modo, la política pronatalista diseñada desde el Museo Social Argentino, propuesta por el Congreso de la Población, y «legitimada» desde 1932 por la ultra-conservadora Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, y hacia 1945 por la Sociedad Argentina de Eugenesia, quedaba adscrita a las estrategias demográficas enunciadas en Italia por ----Mussolini 26 quien, habiendo organizado la «lucha racial de la población italiana», era fuente de inspiración permanente en el ámbito local, aún luego del Manifiesto de la raza (1938) 27, en el que queda explicitado con crudeza el antisemitismo fascista. El tenor del Manifiesto -en cuya redacción participó activamente Nicola Pende-28 fue ignorado por los biotipólogos argentinos, quienes continuaron admirando a este endocrinólogo que pondría al problema demográfico y racial en el centro de su pensamiento y de su acción, convirtiendo para ello a la familia en un elemento fundamental para su solución práctica. A su vez, desde el Instituto de Maternidad de la Sociedad de Beneficencia de la capital dirigida por el eugenista Alberto Peralta Ramos, Normando Di Fonzo requería imponer, de una forma «más integral» que la que venían llevando a cabo el nazismo y el fascismo la «profilaxis de seres indeseables», oponiéndose a que estos tuvieran descendencia, para favorecer, de este modo, el crecimiento de los «más aptos». Esas medidas debían instrumentarse mediante prohibiciones de la reproducción del «enfermo», del «ignorante de su función paterna», del «impreparado técnicamente para la vida», del «carente de preparación moral» y del «económicamente incapacitado», puesto que a la «raza» le resultaba indiferente que hubiera más o menos niños, no preocupándole de manera prioritaria la conservación de seres cuyos padres no constituían un «tipo representativo» de la especie, ya que probablemente sus hijos padecieran «múltiples fallas» 29. Se recomendaba, así, la esterilización y el aborto eugénico. ----26 Mussolini era, según Quirós, «uno de los estadistas más respetados de Europa» (BER-NALDO de QUIRÓS, Carlos, (1934) Delincuencia venérea (Estudio eugénico-jurídico), Buenos Aires, edición del autor, p. 27 Por ejemplo, Quirós hacia 1943 fundamenta sus afirmaciones con el artículo de Mussolini publicado en «Il Mattino d 'Italia», y titulado «Las razas blancas se mueren». (cfr. 28 Este autor ensayó su defensa, años más tarde, en un libelo titulado Documenti contro l'accusa di antisemitismo. 29 DI FONZO, Normando (1942), «La protección preconcepcional», Anales de la Asociación de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, N° 99, Buenos Aires, Octubre, pp. 35-43 (p. Ahora bien, considerada la reproducción como un acto con consecuencias sociales, más que como un asunto íntimo, para la doctrina biotipológica de sesgo confesional sustentada en la Argentina era necesario sostener y reforzar la remoción de la sexualidad ilegítima a través de su degradación social y jurídica. Respecto a esta última, cabe recordar la reactualizada capitis diminutio con la que debieron cargar en ese país los hijos «ilegítimos» hasta los albores del siglo XXI 30. El «derecho eugénico de la prole» invocado insistentemente por la línea eugénica de Bernaldo de Quirós, no hace más que impedir -y no precisamente favorecer-la adquisición de derechos, obstaculizando el nacimiento de los «ilegítimos» mediante la coerción legal y confesional sobre la que se sustentaba. SUSTRATO IDEOLÓGICO DE POLÍTICAS DEMOGRÁFICAS PRONATALISTAS Si bien la instrumentación jurídica de estrategias pronatalistas argentinas durante gran parte del siglo XX guarda fuerte correspondencia con las plataformas demográficas italiana y española, ello no nos autoriza a inferir legítimamente su base autoritaria. Por sí solas, sus analogías no hacen más que confirmar una profusa red de relaciones e interinfluencias entre los miembros más representativos de sus elites dirigentes. En efecto, la común promoción de la nupcialidad legítima y su consecuente política anticelibataria existente en los tres países así como la sustentación de su anti-neomalthusianismo según los rígidos postulados de la doctrina tomista -afianzada merced al rol protagónico que le cupo en todos ellos al sacerdote Agostino Gemelli-confirma la compatibilidad ideológica de sus programas, pero requiere de algo más para homologar el autoritarismo de sus propuestas demográficas. Y en ese punto es de fundamental trascendencia la línea eugénica compartida -casi sin variantes-por Argentina, Italia y España franquista que, sostenida desde la Biotipología pendeana, argumentaba la necesidad de instrumentar un amplio abanico de exclusiones para hacer efectiva su propuesta de «mejora de la raza». Basado el pronatalismo fascista en una selectividad desde la cual se impulsaban prohibiciones a la procreación obscenamente arbitrarias y pretendidamente «legitimadas» por las hipótesis «científicas» de Nicola Pende, la vinculación ideológica entre esas políticas adquiere mayor fortaleza. Uno de los ----30 Recién en 1985, con el dictado de la Ley 23.264, se reconocen iguales derechos a los hijos extramatrimoniales -o «ilegítimos» según anteriores versiones legislativas-que a los matrimoniales. aspectos trascendentales de la selectividad del pronatalismo argentino radica, precisamente, no en sus propuestas de instrumentación -más o menos oportunas o criticables, pero no necesariamente totalitarias-sino en el prerrequisito que ellas suponían: la exclusión de los menos aptos. Ella, sustentada desde la década de 1930 y casi hasta fin de siglo era fundamentada a partir de los mismos argumentos con que lo hicieran el fascismo italiano y el franquismo español: la Biotipología. Los postulados de esta disciplina, entenada de la Antropología criminal lombrosiana, fueron utilizados hasta el cansancio por las elites dirigentes italiana, española y argentina en su unívoco deseo de exclusión de «lo diferente» articulado con un imperativo natalista presentado como impostergable, aún en las postrimerías del período estudiado 31. El deseo de incrementar la población argentina merced al fomento de la natalidad no era ajeno, entonces, a la feroz selectividad que diera impulso vital a la «biología política» pendeana. De ahí deben leerse las conclusiones a las que arribó en 1940 el Congreso de la Población de Argentina, entre las que se requirió al Poder Legislativo la sanción de normas que previesen préstamos oficiales de nupcialidad -con especial énfasis en las parejas que se instalaban en zonas rurales-, a largos plazos y con disminución de primas según lo prolífico de sus miembros; asignaciones o salarios familiares fijos y sobresalarios de los casados; preferencia de los padres de familia sobre los solteros en los puestos públicos, en la industria y en el comercio; mejoramiento de las condiciones ordinarias de vida de los trabajadores; exención o disminución de impuestos a familias numerosas; creación del gravamen progresivo a los célibes, de ambos sexos, según su edad, sin distinción de profesión ni ocupación; impuesto a los matrimonios sin hijos; primas a la natalidad y premios y estímulos bancarios a las madres multíparas 32. ESTÍMULOS A LA REPRODUCCIÓN EUGÉNICA Para comprender cabalmente el sustrato eugénico sobre el que reposaban estas premisas formalmente cercanas a un eficaz reconocimiento de los dere-----31 Un ejemplo paradigmático de la concepción tradicional de la familia sustentada por estos eugenistas argentinos hasta bien entrado el siglo XX -y su insistente invocación a la doctrina de la «división de esferas»-nos lo proporciona la «Carta eugenésica a una hija que se casa», escrita por Alfredo Saavedra -miembro de. La fuente de inspiración de la propuesta quirosiana queda expuesta al traer a colación los «logros» de la política fascista, remarcando que en ella se daba trato preferente en los empleos a los padres con muchos hijos y se había establecido una escala especial de salarios a favor de las personas con familias numerosas 34. Según Quirós, Mussolini también quería mejorar la protección o ayuda de que disfrutaban las familias más fecundas, concediéndose créditos para matrimonios legítimos y pólizas de seguro a los trabajadores «fuertes y jóvenes», destacando que en diciembre de 1938 el Duce había distribuido «más de medio millón de liras en premios a las madres más prolíficas de Italia, a razón de cinco mil liras cada una, además de un depósito bancario inicial de otras mil», actitud que se congraciaba con el premio dado en 1937 al «estímulo a la crianza de hijos». El propósito fascista de combatir la declinación de la fecundidad italiana bajo el ----33 BERNALDO DE QUIRÓS, Carlos, (1942), Problemas demográficos argentinos, Edición del autor. p. 34 En este sentido, Quirós elogia la presentación que, en 1939, realizara ante la Cámara de Senadores el socialista Alfredo Palacios tendiente a otorgar protección legislativa a la creación de sobresueldo o sobresalario como «fomento de la natalidad»; así como la preferencia en la provisión de cargos a los padres de familia numerosa, y especialmente a aquellos cuyas esposas fueran empleadas u obreras, siempre y cuando éstas dejaran su trabajo y se dedicaran por entero al hogar. Palacios, cercano a la ultra-derechizada Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, también había incentivado una acción educativa y moral constante en el país, a favor del aumento de la natalidad, por medio de conferencias, clases especiales, publicaciones en la prensa, cartillas, folletos, carteles, transmisiones radiofónicas, exhibiciones cinematográficas, etc., a cargo de las instituciones culturales y de asistencia social, y bajo la iniciativa de la Dirección de Maternidad e Infancia. Las loas de Quirós a la propuesta socialista pueden encontrarse en: Ibidem, pp. 69-70. argumento de proteger a la población del imperio -fundamentalmente luego de la conquista de Etiopía, en 1936-había quedado sintetizado a comienzos de aquel año previendo, entre otras cosas, condiciones de prioridad en el trabajo del padre de prole numerosa; una política de salario familiar; préstamos para matrimonios; y la constitución de una asociación nacional para la familia numerosa 35; políticas adoptadas bajo el modelo que proporcionaba la Alemania nazi y que parecía haber tenido un efecto positivo en la fecundidad 36. Tampoco es de extrañar que como sustrato de la política de fomento de la natalidad llevada a cabo en España se encontrara el pensamiento del psiquiatra y biotipólogo Vallejo Nágera, quien propiciaba la celebración de nupcias tempranas mediante la instrumentación de mecanismos de fomento a fin de facilitarle a los contrayentes «la lucha por la vida y la prosperidad del hogar». Era menester permitirles el acceso a «viviendas baratas y confortables», «equipos de novia regalados por el Estado», «mobiliarios baratos a plazos no onerosos» y «cancelación de ciertos impuestos hasta que cumpla el varón treinta años», así como estímulos a los jóvenes que contrajeran matrimonio en «determinadas fiestas nacionales». Pero la selectividad subyacente a su propuesta poblacionista quedaba expuesta al referirse a las condiciones personales del pretendido beneficiario en el momento de decidirse el otorgamiento del estímulo: «claro está que han de exigirse aptitudes y laboriosidad para el desempeño del cargo, pues los ineptos y holgazanes es preferible que continúen solteros. A los ineptos y a los vagos hay que restarles medios de vida, para que no envicien el ambiente social» 37. Como es de imaginar, la política franquista también fue objeto de cálidos elogios por el influyente Quirós, para quien, en resumidas cuentas, Italia, España y Alemania eran ejemplos a seguir si de poblar el país de seres «aptos» se trataba 38. El recurso de conceder asignaciones familiares para asegurar al trabajador y a sus familiares inmediatos una ayuda económica mínima capaz de satisfacer sus necesidades básicas con el expreso propósito de mejorar el supuesto ----35 Ver: IPSEN, Carl (1997), Demografia totalitaria. 36 Pese a las diferencias conceptuales entre la ortodoxia argentina y la eugenesia nazi, Bernaldo de Quirós elogió cálidamente el otorgamiento -en 1933-de préstamos para matrimonios jóvenes carentes de recursos y la sanción de una ley -en 1938-mediante la cual se prohibió en todo el Reich la celebración de matrimonios por «diferencia de sangre entre los contrayentes y por la incapacidad marital (incluso genética)», bajo la argumentación de que estos habían «perdido todo valor para la nación». vigor racial de la población, fue también una solución uniforme en los países sobre los que se centra nuestro estudio. En Italia se instituyó hacia 1934 el salario familiar para el trabajador de la industria contemporáneamente a la reducción de la semana de trabajo, y las asignaciones familiares a favor del trabajador dependiente y jefe de familia en 1936. Paralelamente, en España se vio también la conveniencia de aumentar los nacimientos, disminuir la mortalidad infantil y dar subsidios a las familias numerosas 39. Normativa que debía completarse en Argentina con una ley de seguro contra la desocupación e invalidez por embarazo, requerida no ya en el marco del emergente constitucionalismo social, sino como coadyuvante a la «higienización» del país cuya necesidad compartían todos los eugenistas latinos 40. Medidas que conforme a la propuesta quirosiana debían ser acompañadas -tal como lo describiera Corrado Gini, uno de los eugenistas italianos de mayor difusión en Argentina además de Pende 41 -por un reajuste que eximiera o disminuyera los impuestos principales 42. En este marco, era deseable la progresiva eliminación del gravamen sobre el rédito para la familia con seis o más hijos que hiciera una ley italiana de 1928 a partir de la eficacia de una disminución de las contribuciones en proporción al número de hijos, señalada desde España 43. ----39 Para Vallejo, nada eficiente podía hacerse al respecto si los padres no tenían la certeza de que serían iguales los sacrificios que efectúen para «mantener, educar y proporcionar porvenir a seis hijos, por ejemplo, que a la mitad»; de donde el salario familiar, la prioridad en la ocupación de puestos vacantes, la preferencia en los ascensos para los fecundos y la postergación para solterones y estériles, además de otras medidas, redundarían seguramente en un indudable estímulo a la fecundidad. De ahí que el subsidio para familias numerosas ideado por él debía comprender a todas las clases sociales, pues si únicamente se estimulaba la proliferación de la clase obrera, la raza corría «grave peligro» ya que los «selectos» eran «proporcionalmente menos en estas clases sociales» (VALLEJO NÁGERA, (1938b) p. 41 Como sabemos, este reconocido economista y profesor universitario tuvo una participación muy activa como «soporte intelectual» del eugenismo fascista. En la formulación de su teoría, en 1911, Gini describió la fase decadente de la evolución nacional como la fase en la cual el estado debía recurrir a «remedios extremos» como la tasa al celibato, excepciones fiscales para los casados y premios para las familias numerosas. 43 Sobre este aspecto ver, para Italia: DE GRAZIA, Victoria, (1993) Le donne nel regime fascista, Venecia, Marsilio; y para España, la mencionada obra de VALLEJO NÁGERA. No olvidemos que, a su vez, la «acomodación» de los eugenistas anglosajones a la realidad política y social de la Primera Guerra Mundial los condujo a impulsar en Gran Bretaña algunas propuestas vinculadas a reformas impositivas tendientes a incentivar la natalidad (SOLOWAY, Sin embargo, en este marco de premios o estímulos a la reproducción eugénica había un punto de tensión irresuelto entre el fomento a los matrimonios tempranos y el imperativo legal de cumplimiento de los deberes cívicos. El primero, que estaba asociado a un rotundo rechazo a la legitimación de uniones entre seres cuyas edades les impidiesen un «prometedor» proyecto familiar en común -un septuagenario con una núbil-o que careciesen de «órganos, si no de las funciones de la generación» 44 chocaba con el deber cívico del servicio militar obligatorio. Si bien para Eugenio Galli -médico del ejército y activo miembro de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social-la selección de conscriptos practicada en las fuerzas armadas e impulsada por la necesidad de contar con los «mejores» ejemplares de la especie -lo que quedaba demostrado en los desfiles militares-servía como estímulo para que los «menos aptos» intentasen su recuperación 45, también es real que retrasaba la conformación de una familia en el marco de los moldes tradicionales a que aspiraban estos eugenistas. En efecto, durante ese período de «pasividad y retroceso formatriz», quedaban los ciudadanos no sólo inhibidos de todo empleo o profesión, sino que se reducían drásticamente los índices de nupcialidad y natalidad. Para Carlos Bernaldo de Quirós era tan grande ese absurdo, que sólo dejaba «en condiciones nupciales, de formar familia argentina, de trabajar por el bienestar de todos» a los «rechazados por incapacidad física» en los reconocimientos anuales y a los «débiles constitucionales». De ahí que de los excluidos del servicio militar tenían que «salir los bisoños reproductores de la especie» puesto que «los aptos para el servicio militar» eran «ineptos por varios años (por lo menos por cuatro), para retomar el hilo inicial de su formación, de su capacitación civil y económica, y para constituir su familia», si los «incentivos corrientes de un celi-----Richard A. (1995), Demography and degeneration. 44 La mejor reforma en este aspecto era, para este eugenista argentino, aquella que involucraba «una profunda reeducación psico-ética, ciudadana, hogareña, maternológica, sexual y moral de la infancia» y preparara «con fe las generaciones del porvenir», estimulando el matrimonio «fértil y feliz» de los jóvenes. En esta sintonía, Vallejo Nágera elogiaba la política nupcial de Mussolini instando a imitársele, «pues casi todo lo hecho» por él era adaptable a España, un «país católico como Italia» (VALLEJO NÁGERA, (1938b) p. 45 GALLI, Eugenio A. (1933), «Ejército y Eugenesia», Anales de la Asociación de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, No 3, Buenos Aires, p. 9. bato retozón» no los enrolaban definitivamente entre los adversarios de la familia y del crecimiento vegetativo del propio pueblo 46. CASTIGOS A LA NO-REPRODUCCIÓN EUGÉNICA En el marco de las coacciones para forzar la reproducción eugénica -recordemos que la reproducción no-eugénica estaba fuera de la legalidad-se instauraron concretas sanciones a quienes, debiéndose reproducir, no lo hacían. La reforma impositiva tendiente a la exención de cargas fiscales a quienes aportaban «recursos raciales» a los regímenes, requería ser implementada a partir de un amedrentador tributo a los célibes «aptos», es decir, a quienes -«debiendo» hacerlo-privaban de recursos humanos a la nación. La sanción económica y divina -no olvidemos la fuerte correspondencia entre soltería, donjuanismo y pecado que se solía plantear por entonces-hallaba su fundamento terreno en la reducción progresiva de los índices demográficos de nupcialidad y natalidad en todos los países de «raza blanca». Quirós acude a la advertencia de Benito Mussolini quien, utilizando los aportes de Gini, entendía que el mayor problema de la ciencia de la población radicaba en sus augurios de «muerte de la raza blanca». Así las cosas, mientras la tesis neomalthusiana sobrevivía, especialmente en Inglaterra, la condena latina al denatalismo fue prácticamente unánime. El problema implicaba, para ellos, no sólo una decadencia general de la raza blanca, como lo sostenían Spengler y Korherr, sino también una reducción del poder militar, económico y político de la nación así como la desintegración de la familia y de los valores familiares 47. Así, el ejemplo que representara en la Argentina de los años 40 el impuesto fascista a los solteros, implantado por Mussolini a fines de 1926 a quienes no hubieran contraído matrimonio al cumplir veintiseis años de edad, se convertía en un paradigma de la política demográfica local en clave eugénica, aún cuando hacia 1934 el Istituto centrale di statistica (ISTAT) ya había adverti-----46 BERNALDO DE QUIRÓS, (1942) pp. 116-117. Al respecto, compartimos la postura de Tannenbaum cuando infiere que el impuesto fascista a los solteros no se debió solamente a la necesidad de contar con más soldados en el futuro sino que su fundamento principal radicaba en un ideal de familia premoderno en el cual todo hombre adulto debía estar casado para que las mujeres permanecieran en casa, ocupándose del trabajo doméstico manual y evitando «quitar el pan» a los hijos de los hombres casados (cfr. TANNENBAUM, Edward R. (1975), La experiencia fascista. do a los dirigentes italianos sobre la imposibilidad de evaluar la influencia que ese tributo habría ejercido sobre el estado demográfico de la población, en general, y sobre la nupcialidad, en particular 48. Advertencia que tampoco hizo mella en lo pregonado por España, donde se insistía en la necesidad de emprender una «persistente y activa campaña contra la soltería» -excepto la de los enfermos y deformes físicos-penándosela «moral y materialmente» 49. Campaña en la que también era trascendente actuar sobre la mujer moderna, quien volcada al «espíritu de independencia» que le incentivaba la vida estudiantil, veía más ligeros el ejercicio de una profesión que los «pesados deberes impuestos por la maternidad y el hogar» 50. LA MUJER EN LA MIRA: PUBLICIDAD DE SU INTIMIDAD E INDISPONIBILIDAD DE SU Estimulados entonces los matrimonios tempranos y enraizados en la campiña -y paralelamente desalentados el celibato y las uniones tardías-la política pronatalista debía orientarse hacia la prohibición del trabajo de las mujeres en edad fértil. Así, el Congreso de la Población argentino declaraba lo imprescindible de «asentar a la mujer en su hogar» para lo cual se aconsejó dar preferencia en la prohibición de todo empleo o cargo público a los padres de familia numerosa, especialmente aquellos cuyas esposas fueran empleadas u obreras y dejaran su trabajo, dedicándose por entero a su hogar, «con verdadera feminidad». Los llamados «obrerismo» y «empleomanía» que, según los participantes de ese evento «tentaban» a las mujeres, debían neutralizarse ----48 IPSEN, (1997) p. Sobre la instrumentación de esta carga tributaria en Italia pueden verse: DE GRAZIA, (1993) p. 49 Vallejo Nágera entendía que los conocimientos relativos a la transmisión a la prole de ciertas enfermedades constitucionales e infectocontagiosas debían enseñarse durante el tiempo que durara la educación prenupcial, para que, en caso de padecerlas, se resignaran los jóvenes de ambos sexos a la soltería: indefinidamente, si se trataba de enfermedades constitucionales hereditarias; temporalmente y hasta la curación, si se trataba de las contagiosas. Este español advertía, sin embargo, sobre la posibilidad de celebración de «bodas egoístas» a las que podría conducir «el recargo progresivo de los impuestos a los solteros, la postergación en los ascensos si se trata de funcionarios públicos, impuestos especiales sobre la renta e inhabilitación para ejercer cargos políticos» (VALLEJO NÁGERA, Antonio, (1938b) p. 50 VALLEJO NÁGERA, Antonio (1965), Antes que te cases Madrid, Editorial Plus Ultra, p. a partir de una rígida reglamentación en la cual las féminas sólo pudieran competir con los hombres en circunstancias muy puntuales, como lo eran el ejercicio de profesiones liberales; en los casos en que ellas resultaran el «único sostén de la familia (y no fuera posible un subsidio del Estado)»; cuando carecieran de «capacidad de concebir y hayan dejado de representar un valor genético para la Nación»; cuando por sus características, el trabajo fuera «específicamente femenino»; o cuando se tratare de «mujer soltera indigente, sin familia y sin otro amparo económico» 51. Desde el derecho eugenésico se proponía, dos años más tarde, la instrumentación de estas medidas mediante la prohibición legal del trabajo de la mujer casada 52. Sin embargo, el sustrato ideológico sobre el que reposaba esa prohibición de la mujer no sólo estaba fundado en su ausencia del hogar y desapego a la crianza de los hijos. Constancias «científicas» aportadas por Pende acreditaban la incompatibilidad entre «maternidad y trabajo físico» 53. Por ello en Italia se insistía persistentemente en lo particularmente dañoso del empleo de la mujer en la industria, subrayándose el peligro que representaba para la madre y para su hijo la fatiga física y la toxicidad que comportaba el ambiente de trabajo industrial. Además de estas cuestiones, se temía que el simple hecho de tener un empleo retribuido ejercitara un efecto psicológico negativo en la mujer, creando una «mentalidad antiprocreativa» 54. Así, la amenaza que, según se creía, representaba el trabajo de la madre era cualitativa (eugénica) y cuantitativa, desde el momento en que la fatiga ----51 Primer Congreso de la Población..., (1941) pp. 172-173. 52 Quirós consideraba que el dilema era «fatal y perentorio»: «O la mujer, mayor o menor de 18 años (madre en potencia), queda en la casa con nuevos y firmes estímulos morales, económicos y legislativos que la enraice al hogar, al servicio de nuestro enriquecimiento demográfico, para lo que habría que extender la prohibición absoluta que ya existe para el trabajo peligroso e insalubre en forma que ella comprenda a todas las industrias y para todas las mujeres en edad fértil (podría fijarse los 45 años, en vez de los 50 de edad), a fin de que sólo compitan con el hombre en el trabajo industrial las que ya no representan un peligro, ni pérdida de valor genético para la Nación; o habrá que crear en el Código Penal una sanción específica ejemplar contra el capitalismo (nacional o extranjero; rural o urbano), que viene cometiendo verdaderos delitos contra las personas, contra la salud pública y contra el patrimonio biológico humano de la República, que sin embargo, están exentos de previsión y pena, hasta hoy, en la legislación, pues no tengo noticia alguna de que se haya intentado legislativamente una medida semejante.» (Bernaldo de Quirós, Carlos, Problemas demográficos..., op. cit., pp. 124-129). 54 En este marco debe entenderse la propuesta católica de salario familiar, lanzada también en la revista del padre Agostino Gemelli -Vita e pensiero-como un medio para impedir el retorno de la mujer al empleo industrial. excesiva de la mujer encinta traería como consecuencia el nacimiento de niños de bajo peso y aumentaría los niveles de mortalidad infantil. Resumiendo, para la Biotipología el trabajo de la mujer no era necesario, causaba neurastenia y esterilidad, y, a la vez, le impedía realizar las tareas familiares 55; fomentaría el concubinato, los matrimonios biológicos y el celibato. El trabajo del varón fuera de la casa y de la mujer en el hogar aseguraba la perduración de las «esencias espirituales» de la familia, mientras que si la mujer casada trabajaba fuera del hogar, las consecuencias para la educación y la crianza de los hijos eran «catastróficas» 56. En otro orden, cabe recordar que una característica medular de la heterófoba biotipología fue la necesidad de clasificar a toda la población, marco dentro del cual también se incorporan las políticas pronatalistas selectivas desde ahí propiciadas. Para ello, ya en 1928, Julio Iribarne, Manuel Carbonell y Germinal Rodríguez habían presentado un plan de trabajos que contemplaba la creación de la sección de «Higiene Social» en el Museo Social Argentino. 57 Se buscaba aquí dar forma a un «Registro de sanidad» -de clara inspiración pendeana-en el cual cada persona contase con una ficha de sus condiciones físicas y sociales, completada a lo largo de las etapas de su vida, por todas aquellas instituciones por las que iba pasando. Insistiendo sobre la necesidad de «registración» de la población -aún de los nonatos-bajo pretexto de combatir las «prácticas abortivas criminales» y la falta de natalidad, el Congreso de 1940 propuso la sanción de una ley que obligara la expedición de un certificado de mortinatalidad desde que existiera «producto en estado embrionario o fetal, sin discriminación de edad intrauterina hasta el feto viable, que puede vivir, pero en el que la respiración pulmonar no se establezca ni lata el corazón» 58. La declaración obligatoria de embarazo -análoga a la instrumentada en Italia en el curso de los años 30-quedaba así enmarcada en el contexto de los «derechos eugénicos del hijo», que, para el iusnaturalismo tomista quirosiano se originaban antes que la concepción misma, permitiendo reaccionar a los resortes de la represión legal en caso de interrupción criminal del embarazo o muerte del hijo, no sólo en defensa del derecho a la vida, sino principalmente, en defensa de la sociedad 59. Un Registro Sanitario Nacional otorgaría una «li----- breta o carta sanitaria de familia» donde figurase la «historia cronológica de las enfermedades heredadas o adquiridas de cada uno, desde su nacimiento» 60, estando obligados los médicos a comunicarle a aquél todo caso de su conocimiento susceptible de producir cacogenias o el contagio del otro cónyuge 61. Tal era el seguimiento que el Estado -supuestamente interesado en el desarrollo armónico de sus juventudes-debía llevar a cabo sobre la población, que quedaba legitimada la utilización de los «métodos más modernos de investigación» para el «estudio de las desviaciones posibles» hacia el campo patológico, con el objeto de «defender» la salud física y mental de las jóvenes y sucesivas generaciones. Ese control ortogenético se realizaría «gracias a la ficha biotipológica, al fichaje morfológico-antropométrico y al fichaje neuroendócrino», cuyo autor no era sino Nicola Pende 62. De esta forma, el pronatalismo oficial argentino, cuyo basamento eugénico-biotipológico y su fuerte componente autoritario expresado mediante la instrumentación de cerrados dispositivos de control, asfixiaba cualquier intento de birth control, el «tinglado universal del código del malthusianismo» 63, compartía, una vez más, la tesis eugénica latina católica que rechazaba cualquier práctica anticonceptiva por «dañosa» para la salud del individuo y de la raza. Por su parte, durante el régimen de Mussolini todos los instrumentos imaginables de propaganda -libros, conferencias, artículos de revistas, intervenciones en convenios científicos, artículos periodísticos, conferencias ra-----60 En esta dependencia quedarían registrados todos los «ciclos vitales» del individuo. Allí debían constar «las condiciones y estado de salud, año por año, durante sus cursos elementales, sus estudios medios y superiores; al ingresar bajo las armas, al salir de ellas; al incorporarse a funciones administrativas, a empleo o profesión; al salir o regresar al país; al cambiar de estado civil y, en general, cada cinco años después de todos aquellos sucesos, a efecto de llevar una verdadera carta sanitaria individual y de familia» (BERNALDO de QUIRÓS, (1943) Tomo I, p. 62 Quirós destaca -citando a ROSSI, Arturo, (1933) «La ficha biotipológica escolar. Sus fundamentos», Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, Año 1, No 1, Buenos Aires, pp. 14-16.-la «importancia singular» que tendría ese fichaje en el biotipo individual del escolar, «desentrañando científicamente todos los componentes de su personalidad integral, a efecto de fijar y conocer el desarrollo de su voluntad, su laboriosidad, la displicencia y la capacidad de inhibición, los sentimientos altruístas o egoístas, el amor a la familia, a la patria, a la religión, la capacidad de atención y concentración, la memoria, la rapidez o lentitud en los pensamientos o en los movimientos, la inventiva, intuición, imaginación, sentido artístico y pensamiento abstracto, etc., como expresiones o facetas diversas del desarrollo sensorial» (BERNALDO DE QUIRÓS (1943), Tomo I, p. diofónicas-fueron utilizados para identificar al control de la natalidad con actitudes individualistas, hedonistas y, en definitiva, antipatrióticas; siendo, a su vez, objetivo primario de la política natal del franquismo «combatir el malthusianismo por todos los medios a su alcance» 64. Para destacar las profundas imbricaciones entre la sanción moral a la anticoncepción y la doctrina eclesial resulta ineludible evaluar los aportes dogmáticos de la Iglesia católica así como su contribución a la construcción, consolidación y persistencia de aquella red eugénica latina, siendo protagónica al respecto la figura de Eduardo Gemelli. Este médico socialista milanés «delator» de los católicos universitarios y que luego se convirtiera, a la manera de San Agustín -y llegara a cambiar su nombre por el de éste-en sacerdote franciscano, tuvo marcada influencia no sólo en las ambivalentes relaciones entre el Vaticano y el régimen italiano, sino también entre la Santa Sede, la dictadura franquista y los diversos gobiernos argentinos que se fueron sucediendo desde 1930 hasta su muerte en 1959 65. Para este converso de obligada cita y frecuente participación en los Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social de Argentina, era función de todos los italianos católicos «determinar el carácter de la guerra» que se combatía en España, en la que seguramente estaban involucradas «ideologías filosóficas, políticas y sociales elaboradas por algunos pensadores nórdicos -judíos por añadidura», enlazándose así la mano de España con la de Italia, para empuñar la «defensa de Cristo» 66. Ahora bien, contrariamente a lo que puede suponerse -y si bien algo debilitada por el devenir de los acontecimientos-esta línea demográfica de sesgo tomista mantuvo su continuidad en la política argentina luego de la segunda ----64 VALLEJO NÁGERA, (1938b) p. 65 En los tiempos de la promulgación de las leyes raciales (1938) Pende trató de incrementar su enfoque espiritualista, corrigiendo su postura inicial basada principalmente en la idea de raza y de sangre. De esta forma realizaba aportes «científicos» para la optimización de las relaciones entre Mussolini y el Vaticano, suscitando el inmediato consenso de aquel sacerdote. (Respecto a esta cuestión, ver: COSMACINI, (1984), p. Espiritualismo biotipológico que llega a su cenit en la obra de PENDE, Nicola (1958), ¿A dónde vas, hombre?. Problemas humanos de nuestro tiempo, Buenos Aires, Alfa, (edición italiana: Dove vai, uomo?, Roma, Ediz. A su vez, Gemelli, quien inició sus relaciones con España en la primavera de 1935, organizando con Acción Católica un cursillo sobre Corporatismo y Acción Católica para estudiantes, en lo que parecía el preludio de un «prometedor intercambio universitario» vio truncada su labor en ese país por la Guerra Civil, circunstancia que también le habría impedido ir a la Universidad Católica de Verano de Santander en 1936 según estaba proyectado. 66 Discurso leído el 8 de diciembre de 1937 en la fiesta anual de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán. (GEMELLI, Agustín, (1938), España e Italia en la defensa de la civilización cristiana contra el bolchevismo, Avila, Imprenta católica Sigirano Díaz, p. posguerra, advirtiendo la Sociedad de Eugenesia quirosiana -beneficiaria de importantes subsidios oficiales entre 1955 y 1973-sobre la necesidad de obligar a los médicos a «denunciar» maniobras de birth control por considerarlo un «verdadero pregenocidio» 67. Se remarcaba, pues, que el catolicismo -factor aglutinante de la biopolítica eugénica en esos países latinos-exigía «responsabilidad en la propagación de la vida» a través de una autodisciplina que respetara las «leyes de la naturaleza» 68. Así, de la misma forma que el Movimiento Familiar Cristiano ilustraba para la «vida cristiana» de la pareja, preparándola sobre el conocimiento «a tiempo» de los «factores biológicos, favorables o desfavorables; de los factores domésticos, ambientales, culturales; de los factores cambiantes, las mutaciones; de los valores, éticos, espirituales y morales, de los medios económicos, políticos, laborales y religiosos», en la Sociedad Argentina de Eugenesia se desarrollaba «un acabado Plan Familiar» 69. Sobre este sustrato resultaba lógica la repulsión a todo sistema anticonceptivo considerado «perverso», fuera de la tibia aceptación del método de Ogino-Knaus, y siempre dentro de los ambiguos parámetros de la Casti Conubbi 70. La matriz confesional sobre las que se fue afirmando el eugenismo argentino permitía ensamblar eficazmente, y hasta confundir con la religión -dispositivo óptimo para el ejercicio de un fuerte control social bajo la amenaza de sanciones ultraterrenas-, una reinterpretación de Mendel y de Galton, unida a la influencia ambiental-educativa de la mano de la relectura libre de Lamarck, con el rechazo obsesivo a cualquier propuesta que propiciara la disponibilidad individual del cuerpo humano. En efecto, si bien Pío XI -y pese a los ---- 70 Cabe destacarse que esta Encíclica papal, dictada el 31 de diciembre de 1930, entendió que «...de ninguna manera se puede permitir que a hombres de suyo capaces de matrimonio se les considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado y diligencia, no han de engendrar más que hijos defectuosos, aunque de ordinario se debe aconsejarles que no lo contraigan». (La cursiva es nuestra). Entendemos, pues, que este documento eclesial es claramente antiesterilizador más no antieugenista. intentos reinterpretativos de su doctrina propiciados desde los círculos católicos locales y extranjeros 71 -implantaba la ambigüedad eclesial en la materia de Galton-hacia 1968 la Sociedad Argentina de Eugenesia se hacía eco de la Carta Encíclica de Paulo VI, afirmando la primacía de la «doctrina conservadora de la Iglesia» sobre la «tendencia liberal» en materia de anticoncepción. De esta forma, se entendió que había que «excluir absolutamente» como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, aunque sea por razones terapéuticas 72. La necesaria reivindicación de la maternidad que requiere cualquier propuesta pronatalista llegó a su máxima expresión con los cambios producidos en el régimen fascista respecto a la fecha de celebración del Día de la Madre y del Niño. El Día de la Madre, que tradicionalmente se había festejado en Italia el 25 de Marzo -Día de la Anunciación-en 1933 fue trasladado para el 24 de Diciembre, comparando a la madre italiana con la madre de Dios, con la castidad de la Virgen, con el nacimiento de Jesús, con el supremo sacrificio del hijo único 73. Este evento, en cuya organización estaba directamen-----71 En Argentina encontramos a Criterio sosteniendo que la Encíclica Casti Connubii afirmaba que «ni la enfermedad, ni las condiciones económicas son excusas para la infecundidad, y añade que la única concesión que puede hacerse a aquellas personas no aptas para la procreación es aconsejarle que no deben casarse. Declara que la esterilidad y la inaptitud física provocadas son contrarias a la ley de Dios; sostiene que el cuerpo de todos los hombres es sagrado y que los magistrados públicos no pueden tener poder para dañar la integridad del cuerpo, excepto en el caso de ocurrir un grave crimen. El ataque contra aquellas personas que no desean tener hijos lo basa en las palabras de San Agustín, que al referirse a la mujer dispuesta a no tener descendencia la considera como «simple manceba de su marido». Sobre la relectura de esta Encíclica en España puede verse la obra del Padre Agapito de SO-BRADILLO, (1943) El certificado médico prematrimonial, Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, prologada precisamente por Antonio Vallejo Nágera. 72 BERNALDO DE QUIRÓS, Carlos, (1968) «La Iglesia de Roma y la regulación de la natalidad», Estudios Eugenésicos, Tomo VI, N° 128, Buenos Aires, Septiembre-Octubre, p. 73 A diferencia de la celebración americana o de la recientemente instituida en Alemania, la fiesta italiana no fue auspiciada por floricultores ni por la industria del dulce, ni se movilizó a millones de escolares en la preparación de un pequeño recuerdo. Las madres más prolíficas de cada una de las provincias italianas fueron reseñadas como mejores ejemplares de la raza. te involucrada la Opera nazionale per la Maternitá e l'infanzia, fue precedido desde 1935 por la celebración del denominado Día de la Fe, durante el cual, siguiendo la exhortación del Duce y en respuesta a la sanción impuesta a Italia por la Sociedad de las Naciones a causa de la invasión a Etiopía, decenas de millares de mujeres se privaron de su anillo nupcial de oro a cambio de un anillo de lata para ayudar a la causa nacional 74. La respuesta argentina no tardó en llegar. Así, la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social decidió celebrar, en la semana del 20 al 27 de Diciembre de 1936 la «Semana de Maternidad e Infancia», y durante su transcurso, el Día de la Madre y el Hijo 75. Todo ello, coincidiendo con la «magna fecha del nacimiento de Cristo Nuestro Señor»; habiéndose elegido esos días -según Luis Tamini, conferenciante en la ceremonia inaugural de los fastos, como representante del consejo superior de aquella institución-con el fin de «enaltecer el amor de madre, elevar el cariño del hijo, consagrar el mutuo afecto de ambos cónyuges y dignificar el concepto cristiano de la familia». Los actos contaron con la presidencia honoraria del por entonces Presidente de la Nación, General Agustín P. Justo, celebrándose en el Teatro Nacional de Comedias, cedido para tal evento por la Comisión Nacional de Cultura 76. De entre los posteriores festejos organizados en torno a esta cuestión se destaca el de Diciembre de 1938, en el que Arturo Rossi insistió -ahora desde el Teatro Grand Splendid-sobre la «lucha en común por la defensa de la raza blanca» 77 que debía encararse -bajo el amparo de la Biotipología pendeana-conjuntamente con Italia y España 78. Marco ideológico desde el cual ----se propuso, en el Congreso de 1940, la celebración anual del Día de la Población para incentivar en él una «meditación poblacionista», que podría parangonarse a los festejos del Día de la Madre, del Día de la Raza y del Día de la Paz 79; resolviéndose en ese evento instituir oficialmente dicha fecha el 29 de Agosto, en coincidencia con el nacimiento del mentor de la constitución nacional argentina, Juan Bautista Alberdi. Esta iniciativa fue convertida en decreto por el gobierno argentino. Por su parte, en 1942 fue creada en Rosario la Comisión para los Estudios Científicos de la Población del Museo Social Argentino, presidida por Nicolás Besio Moreno e integrada por destacados eugenistas internacionales 80. De ahí se difundieron por diversas radios argentinas -como la Radio Nacional y Radio Belgrano-las principales cuestiones que preocupaban a la Comisión: asuntos vinculados con la «cantidad» y «calidad» de la población, su distribución biogeográfica, su organización social y económica; inmigración y colonización; urbanismo y despoblamiento rural; legislación y sistema de trabajo en la mujer y en los menores; salud pública y profilaxis social; composición etnológica y antropológica del pueblo argentino, natalidad, nupcialidad, morbilidad y mortalidad 81. EUGENESIA «TARDÍA» (O LA CONTINUIDAD DE LA IDEOLOGÍA EUGÉNICA AUTO- Los convulsionados años 70 encontraron a la Argentina en un contexto por demás particular. El regreso del peronismo al poder significaba, para algunos, una formulación reciclada del viejo nacionalismo populista mientras que para otros representaba una firme posibilidad de instalar efectivamente en el país una «tercera posición» más cercana, si se quiere, a las izquierdas moderadas que a las derechas reaccionarias. Y tras ese telón emergió la enigmática figura del Ministro de Bienestar Social del último gobierno de Perón, José López ---funciones -comprendidas también las orgánicas» debían estar «subordinadas a los fines sociales» (GEMELLI, Agostino (1942), Tu vida sexual, San Sebastián, Editorial Pax, p. 79 Discurso del Delegado de la Provincia de Santa Fe, Absalón Casas (hijo). Ver: Primer Congreso de la Población..., (1941) p. 80 Eran «Socios corresponsales» José Vandellós (Caracas), Jorge de Romaña y Susana Solano (Lima), Alfredo M. Saavedra (Méjico), Roberto Berro, Juan Pou Orfila y Augusto Turenne (Montevideo), César Jacome (Quito), José Albuquerque y Renato Kehl (Río de Janeiro) y Francisco Ealker Linares (Santiago de Chile). Rega quien en 1974 suscribió el Decreto 659 mediante el que se dispusieron fortísimos controles sobre la comercialización y venta de anticonceptivos y se prohibió el «desarrollo de actividades destinadas directa o indirectamente al control de la natalidad». Pero esta no era una circunstancia banal; era, sin más, la continuación de un unívoco plan eugenésico en su vertiente peronista que, instalado ya por el Secretario de Salud del primer gobierno de Perón, Ramón Carrillo, con la «estatización» de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social y ahora favorecido por la desaparición de la Sociedad Argentina de Eugenesia tras la muerte del radical Bernaldo de Quirós en 1973, quedaba aggiornado merced al ensamble del tomismo pendeano -del que se valió la ortodoxia eugénica de los países estudiados-con argumentos geopolíticos propios de la Guerra Fría. Una Guerra Fría en la que Argentina no tendría el mínimo protagonismo pero cuyas hipótesis de conflicto servían para mantener atenta a la sociedad e incrementar el sentimiento fóbico hacia la otredad. De ahí que el fin de aquella normativa fuera combatir la falta de natalidad para aniquilar esa «amenaza» que comprometería seriamente «aspectos fundamentales del futuro de la República» y que obedecía, según sus mentores, a los «intereses no argentinos» que, «auspiciaban» y «estimulaban» modos de vida «antagónicos» a los que correspondían al destino de un gran país, «desalentando la consolidación y expansión de la unidad familiar, promoviendo el control de la natalidad, desnaturalizando la fundamental función maternal de la mujer y distrayendo en fin a nuestros jóvenes de su natural deber como protagonistas del futuro de la patria» 82. Estas ideas, como es de suponer, sedujeron profundamente a la última dictadura militar argentina (1976-1983) que, en su afán de organizar los más vastos dispositivos de control social jamás vistos en el país, vio con sumo agrado aquellas exclusiones y forzamientos a la reproducción. ----82 Este Decreto se mantuvo vigente hasta la sanción, a fines de 1986, del Decreto 2274 que, además de derogarlo, reconoce la «libertad de reproducción» para los habitantes del país. La «solución» por él dada no era, empero, totalmente innovadora. Ya casi cincuenta años antes, la ley fascista conocida como «Ley Federzoni» -emergente de las conclusiones a las que arribara una comisión nombrada por el Ministerio del Interior y presidida por Ernesto Pestalozza-también había prohibido el control de la natalidad «en defensa de la familia», dejando a los contraceptivos -y su propaganda-y al aborto fuera de la ley. Bajo el régimen italiano no había -según Luigi Federzoni-más espacio para el neomalthusianismo, inexorablemente asociado al egoísmo y al hedonismo. En efecto, pese a haberse desvanecido las instituciones pioneras de la Eugenesia argentina resulta claro que sus propuestas no habían sido más que el reflejo de un ideario sociopolítico unificador de signos partidarios opuestos bajo el común denominador de la representación fantasmagórica del «otro». Y precisamente sobre este sustrato, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional formuló su Política Nacional de Población (Decreto 3938/77), afirmada -paradójicamente con la «desaparición» y muerte de miles de argentinos-en la intención de incrementar el ritmo de crecimiento demográfico y de «elevar la calidad de su población», preservando la «unidad y los valores nacionales». Para lograr aquel incremento de fecundidad era menester -según los dictadores-una política que «facilitara» la constitución de la familia y la «protegiera», en función del número de hijos, con medidas tales como el acceso a una vivienda adecuada, asignaciones familiares efectivas, guarderías para los hijos de las mujeres que trabajaban, un régimen laboral favorable a la maternidad y asistencia educativa y médico-hospitalaria. Así, la «plena realización» de la institución familiar en este esquema premoderno requería de la eliminación de todas aquellas actividades que promovieran el control de la natalidad. A su vez, la inmigración era -nuevamente-otra demostración de la política de selección poblacional: sólo debían ingresar a la Argentina aquellos que tuviesen «condiciones de salud y características culturales» que permitieran su integración social. En definitiva, si para la nueva versión de aquel poblacionismo selectivo que caracterizara a sus políticas demográficas, el país era vulnerable por la «cantidad, calidad y distribución» de los habitantes -circunstancias que «comprometían» la «seguridad nacional»-el régimen genocida debía adoptar «cambios» que aseguraran una «población vigorosa hacia fin del siglo» 83. Fin de siglo que, pese a encontrar a los argentinos con evidentes marcas de amnesia anterógrada, permite a algunos de sus intelectuales interrogarse críti-----83 Coincidiendo con estos lineamientos, desde el Museo Social Argentino se legitimaba una vez más la actualizada versión dicotómica «calidad-cantidad» afirmándose que «Si bien el aumento poblacional hace a la importancia relativa de un país con respecto a sus vecinos y gravitación en el consenso de las naciones, no olvidemos que es mucho más importante el carácter «cualitativo» de esa población, en su unidad solidaria nacional. No es sólo la cantidad la que vence en las contiendas, sino más bien, la calidad. Recordemos en la antigüedad a los griegos y en la actualidad la heroica resistencia de Finlandia al ser atacada por los rusos en 1939, que si bien enfrentó a un enemigo muy superior, por su cohesión y solidaridad nacional, le permitió resistir la agresión» (BARRY, Alfredo M. (1978), «La población en el Proyecto Nacional», Boletín del Museo Social Argentino, Año LV, No 375, Buenos Aires, Julio-Diciembre, pp. 135-141 (pp.140-140)). camente sobre el pasado reciente y ensayar respuestas no simplistas a los conflictos sociales que tiñeron de miedo la vida de más de una generación y, en cuyo estudio, no hay más lugar para olvidos o relativizaciones de la importancia central de la «política biológica» instrumentada.
Con la defínitiva ampliación del control del Estado sobre las profesiones liberales (al servicio de su «proyecto» ilustrado), la creación del Protomedicato en Caracas (1777) responde a la exigencia de reglamentar y ejercer un control político sobre el ejercicio de la medicina y organizar y determinar la formación de los médicos, eliminando posibles alternativas terapéuticas y profesionales. Superando el menosprecio hacia la Ilustración española, la historiografía moderna se ha abocado a la reconstrucción de la historia de un siglo que aparece cada día más complejo, impulsado en el caso español por movimientos renovadores a todos los niveles de la sociedad de la épocas Particularmente con Carlos III la política real hacia las disciplinas científicas impulsa la producción de instituciones capaces de dar respuestas a las nuevas exigencias del Estado en España y en las colonias americanas. El llamado «reformismo borbónico» es expresión de tales movimientos institucionales; es decir, el intento de institucionalizar y controlar las nuevas ciencias, al servicio del proyecto político del Estado. No hace falta referirse a las expediciones científicas del siglo XVIII para percibir el alcance global de este fenómeno. Mientras que las universidades se mantienen en buena parte dentro de los moldes rígidos y escolásticos del siglo XVII, el nuevo saber ilustrado encuentra nuevos espacios de producción y trasmisión^. Es en el campo médico, tal vez, en el que la Ilustración española muestra su fuerza y su complejidad. Como escribe Emilio Quevedo, el proyecto ilustrado en medicina comprende: «1) La modificación de los planes de estudio de medicina para fonnar médicos en el esquema de las ciencias útiles y de la medicina clínica, más apta a las necesidades del momento que la medicina galénica. 2) Crear centros de formación quirúrgica moderna, los colegios de cirugía, instituciones parauniversitarias organizadas desde la nueva perspectiva, en similar espíritu que el de las reformas de las facultades médicas. 3) Organizar los jardines botánicos para reformar la enseñanza de la farmacia...»3. Así que, en el plano institucional, asistimos al establecimiento de los colegios médicos y los de cirugía. Por lo que se refiere a los colegios de cirugía, el nacimiento de estas instituciones representa un evento sumamente importante: la cirugía, saber 1 Cfr. Aniversario nacimiento de Joseph Celestino Mutis, Cádiz. 2 Gregorio Marañon afirmaba: «Las Universidades en la primera mitad del siglo XVIII estaban en plena decadencia, y dentro de ellas era la Facultad médica la más afectada por la vacuidad y la garrulería de sus profesores...; natural que así fuera, porque la decadencia política y la pobreza del país tenían que repercutir especialmente sobre la ciencia» (en ARCHILA, R. (1961), Historia de la medicina, Caracas, p. 3 QUEVEDO, E. (1993), «El conflicto entre tradiciones científicas modernas europeas y americanas en el campo de la medicina en la América Latina Colonial», en LAFUENTE, A.; ELENA, A., & ORTEGA, M. L. (eds.), Mundialización de la ciencia y cultura nacional, Madrid, p. 273. práctico y empírico, despreciado por los «médicos hipocráticos», asume una importancia especial, sobre todo por su característica de respuesta inmediata y cotidiana a las necesidades de salud. La polémica médicos/cirujanos puede considerarse uno de los campos de debate entre dos maneras diferentes de entender la formación de las figuras médicas y la ingerencia del Estado sobre la cuestión: «Con respecto a la sanidad se inicia un plan de actuaciones múltiples: por una parte se incrementan los conocimientos científicos de los sanitarios en instituciones ajenas a la Universidad, mediante la creación del Colegio de Cirugía de Cádiz (1748). Esta actuación permite introducir aires nuevos en la docencia médica y contraponer un estilo más práctico y experimentalista, al caduco escolasticismo de las universidades; con su fundación se establece un modelo a imitar y se reaviva una inveterada polémica intelectual y administrativa. Los nuevos cirujanos no quieren someterse a la férula de las viejas corporaciones gremiales médicas y establecen una confrontación de la que resulta beneficiado el Protomedicato, comprometido con los intereses centralizadores de la dinastía, ayudado siempre por el consejo de Castilla. Esta polémica cirujanos-médicos, reflejo de la mas general entre tradicionalistas e ilustrados, va a ser reproducida por los boticarios tradicionales y los boticarios con formación botánica.»'*. Esta centralización de la administración sanitaria en España tiene en la institución del Protomedicato su eje central, constituyéndose como tribunal destinado a evaluar el saber médico de los «practicantes» de medicina y autorizarlos para el ejercicio de la profesión. En 1780 esta institución se especializará ulteriormente en Protomedicato, Protocirujanato y Protofarmaceuticato, aumentando así su alcance^. Finalmente, para completar este panorama, deben ser citadas las Academias de Medicina que sustituyen, en cierta manera, a las universidades en el debate más teórico y, al mismo tiempo, son incentivo para la renovación de la formación de los médicos. También deben ser citadas las revistas médicas editadas por las «tertulias», de las cuales una de las más importantes fue la «Tertulia literaria médico-químicafísica», fundada en la Corte en 1732, amparada por el médico real José Cervi^. ^ PUERTO SARMIENTO, F. J. (1988), La ilusión quebrada (Botánica, sanidad y política científica en la España Ilustrada), Madrid., p. Sobre el mismo tipo de polémica en América, cfi^, QUEVEDO, E. (1992), «Antecedentes de las reformas médicas del siglo XVIII y XIX en el Nuevo Reino de Granada. Una polémica entre médicos y cirujanos», en LAFUENTE, A. & SALA CÁTALA (eds). Ciencia colonial en América, Madrid. 6 GRANJEL, L. S. (1960), «Panorama de la medicina española durante el siglo XVIII», Revista de la Universidad de Madrid, IX (35), Asclepio-VoX. XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Todo este multiplicarse de instituciones fue producto directo del debate activo de médicos convencidos, de una manera u otra, de la necesidad de renovación de la medicina. Aun no siendo médico, este fraile benedictino con su actitud «enciclopedista» se interesó profundamente en la medicina y supo suscitar con su «criticismo» un debate que se prolongará hasta el final del siglo XVIII. Toda su obra, desde el Teatro Crítico Universal hasta las Cartas Eruditas, fue destinada a combatir las «dudosas varias opiniones comunes» y tuvo un carácter eminentemente pedagógico y de divulgación científi-ca^. Feijoo fue partidario de una medicina experimental, ello sin despreciar el saber popular cuando éste demostraba su utilidad. Sin embargo, el experimentalismo de Feijoo es de tipo particular: lejos de ser completamente metódico, se reduce a un «simple empirismo», basado en el sentido común^. Como escribe Corinne Zara Yahni, «la actitud de Feijoo es el reverso de la orientación concebida durante siglos anteriores por la alquimia, en la que la teoría no es confrontada con la realidad, trabajando de espaldas a los resultados. Ello explica el profundo desprecio con el que trata Feijoo la cuestión alquímica, sin reparar que sus recelos de las teorías le hacían tomar una postura inversa pero igualmente vulnerable.»^. Es esta misma actitud «práctica» la que lo lleva a aceptar curaciones populares, cercanas a las mismas supersticiones que pretende combatir. Véase, por ejemplo, el capítulo sobre las «Virtudes nuevas de la piedra de serpiente», en sus Cartas Eruditas (Tomo. La influencia del fraile benedictino fue enorme también porque supo, con su antimaterialismo, conjugar algunos aspectos de la Ilustración con el más tradicional cato-licismo^^ Entre sus críticos más importantes debe ser citado el doctor Martín Martínez, que acusa a Feijoo de contribuir a frenar la evolución de la medicina y que en 1748 dará su contribución a la evolución de la misma con la obra Medicina Scéptica, A esta obra debe atribuirse una función importante en la transformación del «empirismo» superficial en «empirismo clínico y racional», aunque fuera de una postura sistemática^^^ L^ crítica de Martínez no se apunta sólo hacia los «médicos clásicos», con bases hipocráticas, sino que ataca también a los modernos impulsores de la latroquímica, «ciencia» constituida en sistema cerrado, basado sobre la física gallicana. Entre los iatroquímicos se debe citar el médico aragonés Andrés Piquer (1711-1772) que, sin embargo, terminará adhiriéndose al «empirismo racional» de Martínez. Del Dictamen sobre reforma de estudios médicos en España (1768) del doctor Andrés Piquer, citamos un párrafo que resume el cuadro aquí delineado: «La medicina hoy en España no está en tanta decadencia como a los fines del siglo pasado y gran parte del presente. Hallábanse entonces preocupados los médicos, unos manteniendo tenazmente la enseñanza galénico-arábiga, otros embebidos de los sistemas modernos. Ya hoy, desengañados los más de los malos caminos que seguían, siguen el plan de la medicina verdadera, dedicados a entender y ejecutar sólo aquello que manifiesta y descubre la misma naturaleza.»'3. El carácter de esta época ilustrada, en el campo médico como en muchos otros, puede ser resumido por una frase del mismo Andrés Piquer: «Vale más una experiencia que cien razones y vale más una razón que cien autoridades.»^"^. La progresiva institucionalización de la medicina es paralela a la profunda renovación de la misma. El «nacimiento de la clínica», como ampliamente ha estudiado Michel Foucault en Francia^^, fue un fenómeno que involucró a toda Europa. La importancia atribuida a la práctica clínica permitía, en perspectiva, superar la dicotomía entre «saber práctico» (boticarios, cirujanos, etc.) y «saber teórico» (medicina clásica, aforismos de Hipócrates, etc.). Pero esto era posible sólo cuando los dos «saberes» eran comprobados por el método experimental y, para esto, será necesario acumular toda la experiencia del siglo XVIIL Así, a lo largo del siglo XVIII, es posible detectar la existencia (claramente, no gremial) de grupos de «profesionales de la salud», caracterizados específicamente por sus ideas y prácticas médicas: los «clásicos», los «prácticos» y los «clínicos», los tres grupos bien contrapuestos entre sí. La contraposición entre los «clínicos» y los «clásicos» es obvia: el saber «clínico» se contrapone al tradicional, cuyo origen es más filosófico que empírico. También la contraposición entre «clásicos» y «prácticos» resulta casi obvia: el saber cotidiano y popular, resultado de la experiencia, frente a la autoridad del saber de los pensadores clásicos, cuyas teorías médicas eran consideradas válidas a priori (Hipócrates, Galeno, ). Mas interesante se presenta la relación entre médicos «clínicos» y médicos «prácticos», entre los cuales hay que incluir los curanderos populares, los boticarios y, en cierta medida, también los cirujanos (hasta, por lo menos, su revalorización oficial a mediados del siglo XVIII). Veamos las raíces de esta contraposición. Durante la segunda mitad del siglo XVII, las creencias en los efectos de la «magia» habían menguado paulatinamente y, aunque la Inquisición continuaba activa, sus acusaciones se dirigían ya más hacia los «delitos» ideológicos y menos hacia los «pactos con el diablo» ^ 6. La filosofía mecanicista, así como la caída de la teoría del «microcosmos» y la convicción de que el universo es regido por leyes inmutables, habían hecho tambalear la creencias mágicas^^. Si a esta situación añadimos la progresiva especialización de los saberes y su misma institucionalización, resulta fácil entender el alejamiento paulatino de los grupos sociales dominantes de la cultura (y del saber) popular. Es decir, que la crisis de la magia del siglo XVII había interesado sobre todo a las élites y no a las masas populares. Escribe William Monter: «Al lado del confesionalismo triunfante de los cincuenta años sucesivos al 1670 se produjo una separación muy clara y amplia en toda la Europa Occidental entre la cultura de las élites y la cultura popular. Los estudiosos recientes no están de acuerdo en atribuir "en primer lugar" la responsabilidad de este hecho a la intervención del Estado o en ver su causa en el adoctrinamiento religioso y en la modernización de la economía, pero todos convienen que para la fecha de 1750 la cultura de las élites se habia destacado de la cultura popular como nunca antes había acontecido.»^^. Aunque este proceso se da en manera menor en Italia y España, también aquí la tendencia se manifiesta ampliamente, particularmente en el campo médico^^. Es en este contexto donde debe situarse la contraposición de los «médicos clínicos» a los «prácticos» (curanderos), los cuales son acusados de utilizar remedios populares y/o í6 Recordamos que las condenas contra médicos por parte de la Inquisición se dan hasta el fínal del siglo XVIII. Por ejemplo, el médico Proust fue condenado en España en 1800. tradicionales que no tienen suficiente base «empírico-racional», y cuyas prácticas estarían todavía impregnadas de creencias mágicas^o. Sobre la base de estas consideraciones debe ser colocada la actitud pedagógica de los médicos clínicos y del mismo Feijoo. Como escribe Keith Thomas, «...la primera mitad del Setecientos asistió a notables esfuerzos para difundir el conocimiento entre el público analfabeto a través de manuales y enciclopedias, obras que a veces incluyen una actitud de agresiva hostilidad hacia las antiguas creencias mágicas»^!. Esta difusión de «conocimientos» se realiza en buena parte a través de «cartillas» populares que, en lenguaje simple, intentan difundir los datos médicos de nuevos descubrimientos y combatir las supersticiones. Las «cartillas» eran vendidas en los mercados y ferias y, a veces, eran comentadas en el lugar por el mismo vendedor^^. Merece aquí ser citada, por su amplia difusión en España, la Cartilla nueva y útil y necesaria para instruirse las matronas, escrita por Antonio Medina en 1750, por mandato del Real Protomedicato^^. De la misma manera, circulaban «recetarios» para uso de boticarios y particulares. Es interesante anotar que esta circulación de material escrito de argumento médico terminaba favoreciendo la aparición de figuras particulares de curanderos, practicantes de una «medicina salvaje», fuera de las instituciones y en parte resultado de las nuevas teorías y prácticas médicas. Así, progresivamente, la vieja «curandera» y bruja popular, tan caricaturizada en las Memorias de la gitana Pepilla la Ezcurripa (1758) de don Cándido María Trigueros^^, desaparece paulatinamente del escenario médico, para dejar paso a nuevos curanderos, contra los cuales se desata la oposición de los médicos oficialmente reconocidos por las instituciones del Estado (Universidades y Protomedicato, sobre todo). «El siglo de los grandes médicos, anota Poción Pebres Cordero, fue también el de los grandes charlatanes.»^^. En esta lucha contra los curanderos debe ser resaltada particularmente la obra del médico veronés José de Gazola: El mundo engañado de los falsos médicos^^. En ésta, Gazola ataca también a los médicos «clásicos» proponiendo el uso de la «clínica» 20 En este contexto es importante citar la creación de la «Cátedra de Clínica» en Madrid en 1795 y la Real Orden de 1795 a los Virreyes americanos para la recolección de obras médica para la biblioteca de la cátedra (AGS, Estado,80,n.° 27). 21 THOMAS (1985) como alternativa al saber de las «autoridades» (Hipócrates, Galeno, etc.), declarándose partidario de la renovación de los estudios médicos^^. Los boticarios tampoco se salvan de la crítica de los nuevos médicos. El ataque se refiere a la utilización de una «polifarmacia» utilizada sin bases experimentales. Escribe María del Carmen Vidal Casero: «Este avance tuvo menos efectos de los que hubiera cabido esperar en la profesión médica como arte. El médico despreciaba las pretensiones del boticario y otros de prescribir a los enfermos o de enseñar nuevos métodos. Muchos recelos estaban justificados, porque los charlatanes abundaban y la ignorancia del origen de la enfermedad hacía del enfermo crédulo una fácil presa.»28. El médico Félix Palacios fue uno de los mayores críticos de los «farmacéuticos». Su obra Palestra Pharmacéutica Chymico-Galénica alcanzó un éxito extraordinario a lo largo del siglo XVIII (9 ediciones y de la primera se distribuyeron 7.000 ejemplares)^^, circulando también en América (la volveremos a encontrar en Caracas a finales del siglo XVIII). Sin embargo, son estos mismos boticarios los que muchas veces contribuyen a la introducción de nuevas prácticas curativas, dando alternativas a las sangrías, purgantes y vomitivos abundantemente utilizados por los médicos clásicos. No se trata sólo de la introducción de remedios químico-galénicos, como la digital, la belladona, el cornezuelo de centeno y la quina, en la «Pharmacéutica» corriente; los boticarios introducen prácticas nuevas como la hidroterapia, la utilización del oxígeno y del magnetismo animal, los cuerpos electrolizados, etc. Se trata de formas de aceptación del naturalismo terapéutico, sobre todo a finales del siglo, dentro del contexto empírico-racional de la «clínica» ya dominante, aunque en relativa oposición teórica a ésta. A este nuevo «naturalismo» se adhirieron un buen número de intelectuales médicos en toda Europa, detrás de las «ciencias» en auge como el mesmerismo, la rabdomancia y la fisiognòmica. En verdad, en las últimas décadas del siglo XVII el paradigma mecanicista físico-matemático para explicar la realidad, entra parcialmente en crisis y es ésta la que favorece la producción de recorridos alternativos a la explicación de la enfermedad y la consecuente producción de nuevos tipos de curaciones. Escribe Vincenzo Ferrone: «Probablemente tienen razón los que relacionan la vuelta de la magia como fenómeno de masa en la época de las revoluciones democráticas con las terribles incertidumbres sociales, políticas y económicas que todas las sociedades del Antiguo Régimen estaban atravesando. A los tiempos de carestía, revueltas y frustrantes desilusiones para aquéllos que habían creído poder cambiar una realidad profundamente injusta y refractaria al cambio, sólo podían corresponderse los primeros gérmenes de una cultura de la crisis, del repensamiento, de una búsqueda angustiada de recorridos diferentes del optimismo mecanicista propagado por los fautores del universo newtoniano y de aquel confiado deísmo que en ello había encontrado fundamento y legitimación. »3o. La adhesión al «naturalismo», en las últimas décadas del siglo XVIII, impulsa nuevamente aquella «curiosidad ilustrada» que ya había contagiado a todos los intelectuales de la época; mientras que asistimos a una revalorizacion de las «ciencias populares» y, por ende, de los mismos «médicos salvajes». Se vuelve a los fenómenos «mágicos», pero con una tensión especial de tipo indagatorio, donde la explicación puede ser encontrada fuera del ámbito cultural del fenómeno (la magia, el milagro, etc.), es decir en la riqueza misma de la naturaleza que, de esta manera, se presenta como un sistema abierto y múltiple, lleno de eventos imprevisibles, contra el universo cerrado de Galileo. Sin embargo, esta nueva manera de percibir la realidad no debe ser considerada como una «patología de las luces», sino como una expresión de su misma riqueza. De otra manera, se corre el riesgo de limitar la Ilustración a un racionalismo reductivo, empobreciendo «...un fenómeno intelectual grandioso, rico en múltiples valencias y peculiaridades, capaz entonces de dar vida también a metamorfosis significativas como las producidas a finales del Setecientos»^ Í. LA MEDICINA EN CARACAS EN EL SIGLO XVIII América participa en el movimiento de ideas de la Ilustración de manera directa. Esta participación no debe ser vista sólo como consecuencia (o efecto) del interés español para aplicar en las colonias ultramarinas los nuevos descubrimientos científicos a fines productivos o sus reformas administrativas y políticas. Hubo una participación activa y contemporánea al debate europeo y, también, en términos innovadores se discutió la necesidad de adaptar al «ambiente» local (natural y cultural) lo que el movimiento ilustrado producía en Europa. De hecho, como escribe Horacio Capel, «...en el siglo XVIII los americanos descubren que la ciencia europea no puede aplicarse sin más en el Nuevo Mundo. »32^ Esta participación directa de los eventos intelectuales europeos se realiza también a través de la presencia de «científicos» del Viejo Mundo que se establecen en América a lo largo del siglo XVIII. No se trata solamente de los funcionarios españoles, ligados a la administración, o de los científicos llegados con las expediciones botánicas, cartográficas, etc. En el caso de los médicos, encontramos un sinnúmero de profesionales franceses, alemanes, italianos, etc. que por variadas razones deciden establecerse en la América española y ejercer su profesión. Éstos contribuyen a la difusión en América de las nuevas ciencias europeas y asumen en las ciudades americanas el papel de impulsores de la renovación científica. Veamos, antes que nada, cuál era la situación de salud en Caracas en la segunda mitad del siglo XVIII. En 1787 la ciudad de Caracas cuenta con 29.022 habitantes que se dividían, según el «Extracto de la población de la Provincia de Venezuela» formado por don José de Castro y Araoz, en los siguientes grupos: personas blancas: 8.315; gente de color libre, 12.073; indios libres, 490; esclavos 8.14. Resulta evidente la preponderancia de las personas de color (libres y esclavos). Esta población sufi*e enfermedades endémicas, sobre todo epidemias de viruela, de las cuales la más trágica se dio en 1763-1764: «El incendio de las viruelas, refiere Poción Pebres-Cordero, prende por todas partes hasta dejar la ciudad en un espantoso desierto»^^. Solamente con la llegada a Venezuela del médico canario Juan Perdomo en 1766 se comenzará a utilizar la inoculación contra la viruela y así frenar las epidemias^^. La situación de salud también se agrava por la precaria terapéutica utilizada por los médicos. Pasa aquí lo mismo que en España: las curaciones se reducían fundamentalmente a sangrías, purgas, dietas, sudoríficos y enemas, según el modelo humoral clásico. Merece ser resaltado el uso, generalmente a nivel popular, de remedios de origen indígena: aceite de palo, bálsamo de Carora, cañafístola y tabaco. Hay también otra razón que explica la mala situación de la salud de la mayor parte de la población caraqueña. Ricardo Archila afirma que «...Caracas gozó de asistencia médica en todo el transcurso del XVIII. Prácticamente, nunca llegaron a faltarles facultativos; al contrario hubo períodos, por ejemplo, en los años 1792 y 32 CAPEL, H. (1987), «Sobre ciencia hispana, ciencia criolla y otras ciencias europeas». Revista de Historia, 6, Caracas, p. 34 FÉBRES-CORDERO (1987) 1795, en que en relación con el numero de sus habitantes, la proporción de galenos, si no óptima, por lo menos fue bastante satisfactoria»^^. Veamos más de cerca esta situación «satisfactoria». Según la «Relación a la Real Audiencia» de 1795 del Protomèdico Felipe Tamariz, en este año había en Caracas diez médicos blancos, cinco cirujanos blancos y ocho cirujanos mulatos^''. Considerando el alto costo de las consultas, la proporción médicos/población debe ser calculada teniendo en cuenta los estamentos sociales existentes en Caracas y su composición interna, ya que los médicos y cirujanos blancos raramente curaban a los negros, mientras que se daba el caso de cirujanos mulatos que curaban a los blancos menos ricos. Considerando los datos poblacionales de 1787, válidos en buena parte también para el 1795, podemos calcular que en Caracas había: Quince profesionales médicos blancos para una población blanca de cerca de 8.000 personas, con una proporción de uno para 533 individuos blancos (sin tomar en consideración que los blancos pobres raramente podían acudir al médico titulado). Ocho cirujanos mulatos para una población negra, mulata, e indígena de 20.707 personas, con una proporción de uno para 2.588 individuos (sin considerar la situación precaria de los esclavos que dependían de sus dueños para la curación de las enfermedades). Resulta evidente que sólo para el estamento más rico la situación médica puede considerarse satisfactoria. Para el resto de la población, enfermarse era un riesgo muy grande, faltándoles el dinero para curarse^^. De cualquier manera, había algunas alternativas locales a los médicos titulados que permitían mejorar esta situación: la utilización de la medicina «popular» permitía resolver los problemas menos graves y, en segundo lugar, se podía recurrir a los boticarios y curanderos. Las figuras médicas en Caracas a fines del siglo XVIII pueden dividirse en médicos europeos y criollos, cirujanos romancistas, enfermeros en los hospitales, comadronas y sangradores, etc. A éstos se añaden los curanderos. Como escribe Poción Fébres-Cordero, «...salvo algunos médicos europeos, los médicos prácticos, los cirujanos, los flebotomistas, los curanderos, eran pardos y todos ocupaban un bajo nivel social. »39. Por lo que se refiere a los cirujanos se trataba de «prácticos» que ejercían con un permiso oficial del cabildo"^. Los «barberos» sangradores no tenían licencia para ejercer y tampoco los «curanderos populares». Los cirujanos, pardos en su mayoría. 37 AGNC, La Colonia, Títulos de médicos. 46. no deben confundirse con los europeos que ejercieron en Caracas tal oficio. Estos eran cirujanos «latinos», mientras que los locales eran considerados «romancistas»: «La diferencia fundamental provenía del grado de capacitación, conocimientos idiomáticos y clase social. Los cirujanos latinos eran académicos, egresados de las universidades y pertenecían a la clase de los blancos. En cambio, los romancistas no eran titulados, ignoraban el idioma científico, o sea el latín, y procedían de la categoría de los "pardos". Así, pues, los primeros eran letrados, de carrera regular; los segundos, incultos y empíricos, hombres que sin estudios preparatorios, se dedicaban a la práctica, dentro y fuera de los hospitales.»^!. Cuando se constituya el Protomedicato los cirujanos deberán prestar un examen para conseguir la autorización de ejercer. Esta institución, de cualquier modo, dio solo diplomas de «cirujanos romancistas»^^. Los médicos provenían en su mayor parte de España, especialmente de las Islas Canarias. Se registra también la presencia de médicos no españoles a lo largo del siglo XVIII. No era ésta una situación nueva para Caracas: en el siglo XVII habían marcado su presencia los médicos lusitanos, en el XVIII son los franceses. Estos últimos llegaron a Caracas sobre todo en la primera parte del siglo, incurriendo en 1716 y 1736 en decretos de expulsión de los dominios españoles. Sin embargo, algunos consiguieron quedarse'^^^ Son catorce los facultativos franceses que Poción Pebres-Cordero calcula para el siglo XVIII; y su influencia sobre la formación de los médicos locales se extiende hasta el final de ese siglo"^. Se debe a tres cirujanos franceses la primera trepanación craneal en Venezuela en 1736 (Blandin, Bigot y Pellerin)'*5. Pinalmente merece ser citada la llegada a Caracas en 1771 del cirujanocomadrón francés Juan Combe, traído por el gobernador y capitán general don José Solano y Bote^^. Al lado de los catorce franceses citados encontramos en Caracas en el mismo siglo XVIII también otros médicos no españoles: dos italianos, dos alemanes, un cubano, un peruano, un dominicano y un holandés. Destaca el palermitano Prancisco Pontes, que desarrolla una intensa actividad filantrópica en Caracas^^. La presencia de estos médicos no españoles no siempre fue bien aceptada y, hacia el final del siglo, Por otro lado, es gracias a estos médicos europeos como las nuevas ideas médicas del siglo XVIII encuentran lugar en Caracas, también a través de la importación de libros de medicina recién editados en Europa y la circulación de «cartillas» de argumento médico. Idéntica situación se producía en lo referente a la renovación de la higiene pública y organización de los hospitales. Contrariamente a lo que suele afirmarse, en Caracas circularon muchos libros médicos en el siglo XVIII, especialmente si se tiene en cuenta el reducido número de alfabetizados. Como anota Blas Bruni Celli, desde 1730 «...grandes cargamentos de libros» llegan a Caracas'^^^ NQ sólo encontramos los textos básicos de la medicina que circulaban en Europa, sino también los más polémicos sobre teoría y práctica médica. En este contexto, es importante hacer referencia nuevamente a la obra de Feijoo. El doctor José de Urrutia, de la Compañía Guipuzcoana, tenía en su biblioteca las Cartas del fraile benedictino^^. En 1742 don José de Oviedo y Baños recibe las obras publicadas de Feijoo y en 1754 don Antonio de Urrutia, de la expedición de Límites al Orinoco, trae consigo el Teatro Crítico. En 1761 se tiene noticia de la presencia de esta obra en Cumaná y en el mismo año llegan a Caracas 18 juegos de las obras de Feijoo a fray Domingo Manon, prior del convento de predicadores de Caracas^ ^ De Martín Martínez llega a Caracas en 1756 la Anatomía Completa del Hombre y la Medicina Scéptica^^. En 1757, con el navio «San Francisco Javier», llegan a Caracas cuatro cajones de libros, entre los cuales se encuentran dos copias de la Anatomía de Martínez53. De la otra figura fundamental para el desarrollo de la medicina en España, Félix Palacios, se conoce en Caracas la Palestra Farmacéutica-Químico-Galénica. De Guillermo Guillen encontramos la Medicina Práctica; y de Francisco Solano Luque, el Idioma de la Naturaleza. También resulta interesante anotar que en Caracas circulaban en el siglo XVIII libros que mezclaban medicina con teorías mágicas y astrológicas. Finalmente, era posible encontrar algunos «manuales», lectura de referencia para los «médicos prácticos» y los curanderos de origen no popular. Destacan, entre éstos, el Tratado de Medicina para las Diferentes Enfermedades (varias ediciones desde 1670 a 1727), de Gregorio López; el Florilegio Medicinal de todas las Enfermedades del jesuíta Juan de Esteineffer (México 1712), obra escrita «para bien de los pobres y de los que tienen falta de médicos», como se lee en su portada^^. También encontramos, entre las obras de este tipo. El Cirujano instruido, modo fácil y barato de curar casi todas las enfermedades externas, del francés Goulard, traducido y editado en Madrid en 1774^6 Del tipo de libros que circularon en Caracas en el siglo XVIII se desprende con evidencia la participación de los médicos locales en las ideas de la Metrópoli. Por otro lado, la producción local de saber médico no es particularmente abundante, aparte lo que los curanderos producían de manera «salvaje». De hecho, no debemos olvidar que la posibilidad de estudiar medicina fue tardía en Caracas. La Real y Pontificia Universidad de Caracas fue instalada en 1725 y parece que en 1726 se llegó a activar la cátedra de medicina, tomando su posesión don Sebastián Vizena y Seixas, licenciado por la Universidad de Toledo. Sin embargo, no hay datos ni constancia que puedan demostrar que esta cátedra funcionó^'^. Al contrario, resulta suficientemente documentada la instalación de la cátedra de medicina en 1763 en dicha Universidad, por iniciativa del doctor Campins y Ballester, mientras que será necesario esperar una decada más, antes de que fuesen licenciados los primeros médicos titulados venezolanos. Los CURANDEROS EN CARACAS EN EL SIGLO XVIII La represión de las prácticas religiosas y médico-rituales de los indígenas acompañó la conquista de América, mostrándose particularmente virulenta en México y Perú, donde existía un sistema religioso institucionalizado. Ejemplar es, en este sentido, la llamada «destrucción de las idolatrías» en Perú, en el primer siglo de la Conquista. De manera menos explícita, los mismos procesos represivos se dan también en la conquista de aquellas poblaciones indígenas cuyo sistema religioso se encon-54 Ibidem, pp. 87,92 y 94. También entre estos pueblos, existía una figura específica que asumía funciones religiosas y médica, pero sin caracterizarse en términos sacerdotales como en el caso azteca o inca. Los chamanes, en el fondo, eran unos curanderos que, a través del conocimiento de los recursos naturales y manejando el universo espiritual del grupo, curaban las enfermedades físicas y psicológicas (mejor sería decir «culturales»). También contra éstos la represión de los misioneros fue dura, aunque con relativa facilidad conseguían realizar sus prácticas a escondidas. Por otro lado, fueron los mismos españoles los que recurrían a estos «médicos» indígenas en caso de necesidad. De esta manera algunas prácticas médicas autóctonas se mezclaron a otras de origen español (prácticas populares de los grupos sociales subalternos), originando múltiples sincretismos médicos, practicados normalmente en el campo y en las ciudades. Escribe George M. Foster: «Fuese cual fuese el mecanismo, una gran proporción de la práctica médica española de la época de la conquista fue incorporada a las prácticas populares americanas. Al mismo tiempo, y por canales informales, buena parte de la medicina popular contemporánea de la metrópoli fue transferida al Nuevo Mundo. El resultado es una masa bien desarrollada y floreciente de creencias folklóricas sobre la naturaleza de la salud, las causas de las enfermedades y las técnicas curativas, compuesta de elementos americanos indígenas, de folklore español, y de medicina clásica»^^. La formación de sincretismos médicos no fue sólo el resultado del fenómeno normal de intercambio, implícito y automático, que se produce cuando dos culturas mantienen un contacto permanente. Hay también un origen más específico: los curanderos indígenas manejaban con mayor conocimiento las enfermedades endémicas y su curación y, por esto, sus métodos fueron asumidos por los españoles pobres y, en segundo término, también por los estamentos sociales dominantes^^. El proceso era facilitado por la falta de médicos españoles titulados, hasta por lo menos la mitad del siglo XVIII60. No cabe duda de que con los soldados de la conquista y con los emigrantes que los siguieron, llegaron de España también curanderos populares. En este sentido, por ejemplo, el «Salutador» español tiene en época colonial sus correspondientes en 60 No debemos olvidar el interés por la «materia médica americana» demostrado en los tres siglos de la Colonia y, particularmente, en la segunda mitad del siglo XVHI (ver, por ejemplo, las actividades del «Jardín Botánico» de Madrid). America, como en el caso del «Perspicaz» chileno^^. De la misma manera, las prácticas populares de «rezar sobre una enfermedad», ampliamente presente en la Península, se las traslada al Nuevo Mundo. El «rezador» presente entre pueblos indígenas de lengua caribe del norte de Brasil tiene en parte este origen. Muchas veces, estos curanderos populares fueron reprimidos como hechiceros. En Lima, entre 1625 y 1666, fueron procesados un centenar de «hechiceros», de los cuales más de la mitad fueron condenados por el Tribunal de la Inquisición. Siempre en el caso peruano, en el siglo XVIII, fueron sobre todo varones los acusados de hechicería, entre los cuales encontramos algunos frailes condenados por «pacto» con el diablo. En 1736 un fraile dominicano fue condenado por ser «doctor en malvada brujería»^^. De cualquier manera, en el siglo XVIII no encontramos un gran número de casos de «hechicería» reprimida por los tribunales. En la provincia de Venezuela fue muy sonado el caso de Juan Alonso de la Cruz, «indio natural de la jurisdicción de Caracas», procesado por «curar supersticiosamente». El hecho, acontecido en 1761 en Valencia, nos permite dar cuenta del sincretismo médico existente en Venezuela. El curandero denunciado, que había aprendido la profesión acompañando a un médico, había curado una mujer con «yerbas» y «oraciones» cristianas haciéndole «arrojar una culebra y porción de gusanos y un sapo que tenía en el vientre»^^ Esta «enfermedad» había sido provocada por un maleficio que la comadre de la enferma, mulata, le había hecho. Tenemos así un curandero indígena que ejerce su profesión en Caracas y es conocido también en la Provincia, y que diagnostica y cura utilizando un modelo sincrético donde están presentes elementos españoles e indígenas. De estos curanderos estaban llenas todas las ciudades americanas, lo que José Hipólito Unanue describe, para la Lima de 1792, como «...una peste de curanderos y charlatanes, que iba devorando por todas partes la vida y la substancia del vulgo.»^'^. Al lado de estos curanderos populares, definidos como «hechiceros», encontramos otros que no son acusados de curar «supersticiosamente» pero sí de ser «charlatanes» y de curar sin autorización. Así que es preciso, ante todo, definir semánticamente estas figuras ya que el término «curandero» es utilizado para indicar al mismo tiempo los que curan «supersticiosamente» y los «charlatanes». Por lo que se refiere a los «que curan supersticiosamente», el término «curandero» es asociado casi siempre a los de «hechicero» y «brujo/a». Para este último, el Die- cionario de la lengua castellana de 1726 dice que se trata del «hombre malvado, que obra con pacto con el demonio como las brujas»^^. En la edición de 1770 el Diccionario caracteriza tal hombre como «supersticioso», mientras que para la definición de «Bruxa», añade que tal mujer tiene pacto con el demonio «según la opinión vulgar». Resulta evidente que la diferencia entre las dos ediciones del Diccionario, manifiesta la distancia tomada por los lingüistas ilustrados de la pretendida «realidad» del evento mágico. En el caso de los documentos analizados para los curanderos en Caracas a finales del siglo XVín, el término curandero es asociado también a los de «intruso» y «curioso». El Diccionario de 1726 define la «intrusión» como «...entrada en alguna parte, oficio u dignidad, sin derecho alguno»^^, y Corominas reporta su uso por parte de Feijoo en el campo médico, lo que debía ser ya tradicional desde el siglo ante-rior67. El término «curioso» deriva del curiosum latino: «cuidadoso, minucioso, ávido de saber», refiere Corominas. Su uso en el campo médico no debía ser muy antiguo si consideramos que el Diccionario de 1726 no lo incluye. Finalmente, este incluye una definición de «curandero»: «El que sin ser médico aprobado, anda aplicando medicinas que supone ser específicas para el remedio de algunas enfermedades.»^^Definición clara que parece excluir los significados de «hechicero» y semejantes. Sin embargo la definición resulta bien amplia si consideramos que en la explicación sucesiva del término se citan «los curanderos intrusos» de la obra Luz de Verdad Cathólica de Parra, al lado de «los Machis, que son sus curanderos o médicos», referido sin duda a los chamanes araucanos chilenos, cuya descripción los extensores del Diccionario toman de la Historia del Reino de Chile, del padre Alonso de Ova-Ue^^. Resulta así claro que el término «curandero», en el uso del siglo XVIII, se coloca en la frontera entre dos campos semánticos diferentes, aunque contiguos, de acuerdo con el siguiente esquema: En el caso de los curanderos de Caracas parece evidente la utilización del término en el contexto del campo semántico B del esquema, es decir de la «medicina». Aquí, estos «curanderos» tuvieron amplias posibilidades de ejercer en consideración al reducido número de profesionales dispuestos a atender a la población de los estamentos más bajos. De hecho, la mayoría de los curanderos criollos eran pardos. El Cabildo intentó controlar el «intrusismo predominante», como lo llama Ricardo Archila^^, consiguiendo en parte frenar el fenómeno con la entrega de permisos para ejercer la cirugía. Sin embargo, los curanderos no se limitaban a ejercer en este solo ámbito. Desde el comienzo del siglo los médicos titulados habían denunciado esta actividad «ilícita». En 1702, el doctor Femando Gómez de Munar denuncia al capitán general la situación y consigue que se emita una Ordenanza para obligar a los curanderos a presentar sus títulos y, en caso de falta de éstos, los obligaba a no ejercer bajo la amenaza de una multa de 200 pesos. Sin embargo, la situación médica local y la aceptación popular no permitieron la actuación de la medida^ ^ En 1741 el mismo problema es presentado en Madrid por el canario doctor Carlos Alfonso y Barrios. Este médico, residente en Caracas desde 1735, propone crear un Protomedicato para controlar los «curanderos idiotas, mestizos, mulatos y tal vez negros bosales... que con gran aceptación pública se dedican a curar originando graves desgracias y perjuicios»^^, L^ solicitud es rechazada, a pesar de ser apoyada por la Real y Pontificia Universidad de Caracas. No tenemos muchos datos biográficos sobre estos curanderos. Los documentos de la época registran, por lo menos hasta la instalación del Protomedicato en 1777, sólo aquéllos que adquirieron fama particular. En las primeras décadas del siglo se hicieron famosos dos curanderos apodados «el saboyano» y el «dinamarqués» que Vargas un siglo después llamaba «medicastros». En 1762 era conocido otro curandero lusitano, don Antonio Joaquín Troetz, llamado el «portugués», junto con un cirujano italiano, Giuseppe Priscini, ambos sin título. En la misma época, encontramos los criollos Diego José de los Reyes, que fray Antonio Caulin cita como «médico yerbatero»; José Luciano de la Santa; Juan José Rangel y Juan de Goitia, ambos «curiosos algebristas»^^. En 1778, cuando ya estaba activo el Protomedicato, resultan llamados oficialmente a examen en Caracas catorce curanderos. De éstos, algunos ejercían también en campos afines al del «curanderismo», por ejemplo como cirujanos de la tropa^4^ Estos curanderos no deben confundirse con los de origen popular salvo en casos específicos. Se trata de «médicos prácticos», alfabetizados, de los cuales algunos tenían título de médico conseguido fuera de España y no reconocido en Caracas. Otros declaraban poseer títulos, pero no eran capaces de exhibirlos. La formación de estos curanderos, sobre todo los criollos, era de tipo práctico, conseguida, en general, trabajando de ayudante de un médico o de otro curandero. Escribe Ambrosio Perera: «Algunos de dichos cirujanos habían adquirido sus conocimientos de labios de viejos curiosos, con credenciales o no de cirujanos, como también de parte de algunos médicos peninsulares. No puede dejar de verse en esto una especie de escuela médica en la que reinaba la libertad de enseñanza, si se toma en cuenta que los discípulos de tales médicos o curanderos, tenían la posibilidad de obtener del cabildo el título de cirujano, que si no legalmente sí de hecho, y con complacencia oficial, los acreditaba para ejercer también la medicina, con la misma categoría y extensión que los señores universitarios.»'^5. Además, eran ampliamente utilizados «folletos» y «cartillas» sobre medicina práctica para diagnosticar enfermedades y aplicar curaciones. Cundía entre el pueblo la afirmación de que los curanderos curaban mejor que los médicos titulados. Ambrosio Perera cita el caso del juicio del médico titulado Francisco Guerra Martínez contra el barbe-^3 ARCHILA (1961), p. Se llamaba algebrista quien concertaba los huesos dislocados (cfr. DOMÍNGUEZ [1925] ro español Manuel Espinoza, de quien los testigos afirmaban que curaba «...con acierto mayor y con más crédito y acertada caridad que Guerra Martínez»^^^ Aun considerando un poco exagerada tal afirmación, en el fondo debía haber algo de verdad. Los médicos graduados continuaban, en efecto, con sus sangrías y la aplicación automática de los «aforismos» de Hipócrates, mientras que los curanderos, por su misma condición social y cultural de «frontera», estaban más abiertos a acoger en sus curaciones prácticas de origen indígena, o novedades médicas llegadas de Europa. El caso de la inoculación contra la viruela lo demuestra ampliamente. Como se recordará, citamos la introducción en Caracas de la «inoculación» contra la viruela por el doctor Juan Perdomo en 1765, al precio de diez pesos por cada «inoculación». La simplicidad del método permitió una rápida aceptación en Caracas, lo que en parte se debió a su utilización temprana por parte de los curanderos. Como escribía en 1804 el Licenciado Sallas en sus Memorias (1804), «...los curanderos y los curiosos en competencia con los médicos ponían en práctica la inoculación de la viruela desde fines del siglo último»^^. Finalmente, merece ser subrayado que al lado de los curanderos de sexo masculino, encontramos también algunas mujeres que ejercían la profesión. Tenemos la sospecha de que es más en el grupo de «curanderos populares» (campo semántico A del esquema anterior) en el que se encontraban estas mujeres. El reducido número de mujeres entre los curanderos cultos tal vez se explica por la diferente situación social vivida por los dos sexos en la época. De hecho, es evidente que había más alfabetizados entre los hombres que entre las mujeres'^^. En la segunda mitad del siglo XVIII encontramos referencias a la existencia de, por lo menos, cuatro curanderas afamadas: Juana Prudencia de Maldonado, comadrona y curandera; Josefa Santana Hermosa, boticaria; María Gregoria Ramos Casanueva, cuyas actividades fueron prohibidas por el Protomèdico Campins; y Agustina Rangel, famosa por haber curado una hernia al religioso capuchino fi'ay José de Soto^^. CURANDEROS Y PROTOMEDICATO EN CARACAS A FINALES DEL SIGLO XVIII El médico mallorquín Lorenzo Campins y Ballester, graduado médico en Gandía en 1755, llegó a Caracas en 1762. Tal vez merece ser recordado que el auge de la vacuna contra la viruela se da sobre todo a partir de 1803, año de llegada de la «Expedición Filantrópica de la Vacuna» (cfr. 78 La identificación mujer/bruja sirve, de cierta manera, para facilitar la contraposición magia/medicina, donde el segundo término (medicina) es asociado a los hombres. Caracas al Cabildo de la ciudad, lo que obtuvo en marzo. En 1763 consigue incorporarse a la Universidad como Catedrático de medicina, inaugurando el 10 de octubre de 1763 la enseñanza de la medicina en Caracas. Regirá dicha cátedra durante 20 años seguidos, habiendo sido confirmado «cathedrático propietario de medicina» en 1777. La obra de Campins y Ballester, es importante para la historia de la medicina en Venezuela, tanto por haber impulsado los estudios médicos en Caracas, como por la promoción de servicios médicos en la ciudad. En los años setenta del siglo XVIII fue a la vez profesor de medicina, médico de hospital y del colegio seminario. A estos cargos se sumó en 1777 el de Protomèdico, que conllevaba también los de Alcalde de leprosos. Visitador, Examinador y Juez mayor de todos los médicos, cirujanos, algebristas, oculistas y destiladores y, sobre todo. Examinador de los curanderos. De la formación intelectual y de las ideas médicas del doctor Campins poco sabemos, aparte lo expresado en las peticiones a la Corona relativas a la cátedra de medicina y al Protomedicato. Al parecer no escribió obras de medicina, aparte de algunos cuadernos manuscritos que utilizaba en sus clases en la Universidad y que contenían selecciones de obras clásicas de argumento médico^ ^ Entre éstas debían primar los «aforismos» de Hipócrates, de los cuales Campins era un experto, como había demostrado en el examen de incorporación a la Universidad de Caracas^^^ E1 método de enseñanza de Campins fue ampliamente criticado por su sucesor el doctor Felipe Tamariz que, después de haber utilizado por un tiempo los mismos cuadernos, los sustituyó con la Medicina Práctica de Guillermo Cullen y la Cirugía de Serenas y Medina^^. Ricardo Archila anota que los cursos de Campins incluían «fisiología, patología, higiene, terapéutica y nociones sobre la orina y el pulso»^'^; y Aristides Rojas refiere que «...la ciencia del doctor Campins se reducía a nociones de Anatomía y Fisiología, a la Patología de aquella época y al conocimiento de la terapéutica y materia médica que desde remotos tiempos se enseñaban en las aulas de España»^^. Estos datos nos llevan a considerar al doctor Campins como un exponente de la medicina oficial española, no particularmente abierto a las innovaciones y transmisor de una enseñanza ya clásica en las últimas décadas del siglo XVIII. Sin embargo, Campins participa de los procesos ilustrados de reforma, sobre todo en el nuevo modo de considerar la organización de las instituciones. Estas conclusiones son confirmadas por su actividad social que, sin desestimar su interés por los problemas de 80 Cfr. 116 AsclepiO'Vol XLIX-1 -1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es salud de la ciudad, estuvo dedicada a la lucha contra los curanderos, abogando para un control oficial de la profesión médica. En 1775 el doctor Campins propone al Rey instituir el Protomedicato en Caracas, avanzando su candidatura para tal cargo. Función principal del Tribunal del Protomedicato era fiscalizar a los que ejercían la medicina, con particular atención a los no graduados en la Universidad. El control, así, incluye a barberos sangradores, boticarios, cirujanos y curanderos. Teóricamente, el Protomedicato debía examinar a dichos «profesionales» y dar o no licencia para el ejercicio médico. La Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias (1681), en su Título seis del libro V, titulado De los Protomédicos, Médicos, Cirujanos, y Boticarios, daba indicaciones precisas sobre tal institución. Esta debía informar sobre todos los «profesionales» de la salud existentes en el lugar (españoles e indios); informar sobre yerbas y semillas medicinales; examinar y dar licencias. Sobre esta última ordenanza, la Ley IV era muy explícita: «Mandamos que no se consienta en las Indias a ningún género de personas curas de medicina, ni cirugía, si no tuvieran grados, y licencia del Protomèdico.» Este conjunto de funciones se habrá definido en España en el curso de varios siglos, desde la creación del primer Protomedicato por Alfonso III de Aragón en 1285. La institución adquiere su carácter definitivo después de la llegada española a America, y particularmente con Felipe IV en el siglo XVII. En 1570 fue nombrado un Protomèdico General de todas las Indias (los otros no tenían el carácter de «general»), el doctor Francisco Hernández, con la función de recolectar datos y muestras de yerbas medicinales en las Indias (encomienda que cumplió muy bien, después de vivir siete años en México)^^^ En el siglo XVII fueron fundados los Protomedicatos de Bogotá, Cartagena, La Habana, Guatemala y Quito. En el siglo XVIII, la institución recibe un nuevo impulso en España con la subdivisión en tres Audiencias (hasta ese momento había sólo un Protomedicato central), mientras en América se crea el de Panamá (1725) y Chile (1756)^'^. En Caracas el primer intento de instituir el Protomedicato se da en 1680. El Gobernador de la Provincia nombró protomèdico al doctor Bernardo Marín de Guzman; sin embargo, el Rey no ratificó el nombramiento por no caer tal prerrogativa entre las de los gobernadores. En 1701 el doctor Ruiz-Carvallo pidió para sí tal título a la Real Audiencia, la cual respondió negativamente. Otra tentativa se dio en 1740 por el doctor Carlos Alfonso Barrios y tampoco obtuvo éxito^^. El 19 de marzo de ese año el doctor Campins envió una carta al Cabildo de Caracas comunicando su intención de pedir al Rey la creación del Protomedicato. Campins reconoce que la facilidad con la cual el Cabildo autoriza el ejercicio de cirujanos, boticarios, etc., es debida a la «pura necesidad». Sin embargo, anota que la falta de entusiasmo en estudiar medicina por parte de los criollos debe considerarse un producto de esa misma liberalidad: hay demasiados «curanderos» y, por esto, pocos quieren dedicarse a la profesión. «...Son muy pocos los que se han aplicado a una profesión tan apetecible, cuando de ella ay tan corto numero en estos parages, y examinando los motivos que puedan ocasionar semejante tibieza en los ánimos de los moradores que cursan las Letras, he averiguado por única y principal causa la toleración de crecido numero de curanderos o Curiosos que siendo la ruina de la salud humana tan recomendable, hacen perder el fervor a los que con conocimiento advierten la ninguna recompensa que pueden esperar de sus dilatadas tareas mirando en manos de los Idiotas una profesión tan particular...»^^. El 12 de julio del mismo año el doctor Campins envió su petición a España, ampliando su análisis de la situación médica de Caracas^^ ES importante resaltar que para Campins la institución del Protomedicato está interrelacionada con el problema de los estudios médicos en la Universidad. De hecho, después de más de diez años de impartir clases de medicina pocos habían sido los estudiantes y los frutos de tal actividad. En búsqueda de una explicación, Campins llega a la conclusión de que los motivos deben ser buscados en la proliferación de curanderos. Según su escrito al Rey de 12 de julio de 1775, a su llegada había constatado la ausencia de médicos, provocada por la proliferación de curiosos y curanderos, tolerados por el Cabildo por la necesidad existente en la ciudad. Tras obtener la cátedra de medicina de la Universidad, con la finalidad de «...exterminar con el gran número de profesores la multitud de curanderos, o curiosos», y después de nueve años de dar clase, «...se ha visto como al principio»: pocos alumnos y muchos curanderos^i. Estamos en presencia de uno de los paradigmas de la Ilustración, el más «ingenuo» tal vez. Es decir, frente a un problema, identificado como fruto de la ignorancia, la ^9 «Carta de Campins al Cabildo de Caracas» (19 de Marzo de 1775), AGI, Caracas, 261. 90 Al mismo tiempo que la propuesta al Rey para el Protomedicato, Campins envía otra comunicación donde pide la propiedad de la cátedra de medicina. «Pedido de la propiedad de la Cátedra de Medicina del Colegio de Santa Rosa de Lima de parte de Campins y Ballester» (12 de julio de 1775), AGI, Caracas, 241. Sobre las relaciones entre enseñanza de la medicina y pensamiento ilustrado, cfr. QUEVEDO, E. (1985), «La ilustración y la enseñanza de la medicina en la Nueva Granada», en PESET, J. L. (ed). La ciencia moderna y el Nuevo Mundo, Madrid. XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es simple presencia o anuncio de las «luces» del verdadero conocimiento sería suficiente para resolverlo. Después de diez años de proferir, desde la cátedra de medicina, la que pensaba que era «verdad médica» frente a la «falsedad» de los prácticos curanderos, Campins declara fracasado su intento, proponiendo soluciones más drásticas: «...siempre que los curanderos, o curiosos queden tolerados como hasta aquí, muy pocos, o ningunos son los que se dedican a cursar la profesión, principalmente a ser como son los dichos curanderos de calidad inferior como mulatos o negros, en cuyas manos puesta la medicina, la han hecho decaer de su esplendor, y circunstancia. »92. De esta manera, Campins muda sensiblemente su análisis de la realidad médica de Caracas, proponiendo una solución diferente: se debe instituir un control más rígido y reprimir si es necesario. Para justificar esta opción, aparte del análisis de su fracaso como profesor de medicina, Campins propone una explicación socio-económica a la falta de estudiantes criollos: a causa del gran número de curanderos «mulatos» y «negros», la medicina en Caracas es identificada como profesión despreciable, perteneciente a los estamentos más bajos de la sociedad. Los criollos desdeñan dedicarse a esa profesión para no ser confundidos con tales «negros», siendo temerosos de «...malograr el fruto de sus tareas»^^. La introducción de las figuras de «mulatos» y «negros» en la cuestión permite comprobar la «ambigüedad» semántica del término «curandero». Campins continúa utilizando este término como sinónimo de «curioso», dándolo siempre como explicativo del otro (a través de la partícula «ó»). Nunca utiliza el término «hechicero» pero, deslizándose más o menos corrientemente hacia este ámbito, lo insinúa con la referencia a los «negros». Es decir, Campins coloca la contraposición entre «negros» y «criollos» como explicativa del rechazo, dentro del ámbito mayor, para el médico, de la oposición entre una medicina «científica» (o «verdadera») y una «nocientífica», ligada a las creencias populares. De esta manera, a través del silencio sobre los curanderos criollos no negros existentes en Caracas, Campins intenta asegurar el éxito de su propuesta. En su petición al Rey justifica su proposición en términos extremos: o se instituye el Protomedicato en Caracas o la medicina quedará en manos de «negros» y «mulatos». En realidad, el problema sólo en parte incluye a los «curanderos negros». Más bien éste se desarrollaba entre criollos, como contraposición entre figuras médicas oficiales y tituladas y figuras no reconocidas por las instituciones, pero ampliamente presentes en la realidad caraqueña. En Madrid, el Consejo de Indias analiza la propuesta de Campins de instituir el Protomedicato en Caracas y el 29 de diciembre de 1775 el fiscal encargado presenta http://asclepio.revistas.csic.es su relación94. Una vez constatada que la propuesta no «tiene extrañeza» por ser prevista en las Leyes de Indias, el Fiscal recomienda prudencia y propone pedir informaciones suplementarias en Caracas sobre el comportamiento y motivaciones del postulante y la existencia en la ciudad de otros médicos graduados. Además, advirtiendo que la petición de Campins carece «de perfecta instrucción», recomienda que se pidan a Caracas «informes reservados» al gobernador, al Ayuntamiento, al rector y al Claustro de la Universidad. El pedido de «informes reservados» es enviado a Caracas el 15 de marzo de 1776 y en agosto del mismo año las respuestas son despachadas hacia Madrid. Veamos particularmente cada respuesta. El 29 de junio de 1776 se realiza en Caracas un Cabildo extraordinario donde se analiza el asunto y se decide reunir informaciones suplementarias sobre el caso^^. El Cabildo vuelve a reunirse el 5 de julio para discutir nuevamente el tema y se encarga un informe a don Femando Blanco^^. Finalmente, en la reunión del 23 de agosto se lee el informe a los participantes de la reunión, el cual es aprobado^^. La respuesta del Cabildo reafirma en parte el análisis de Campins, reconociendo la utilidad del Protomedicato. Sin embargo, frente a la falta de médicos graduados se propone permitir la actividad de los curanderos: «... pero que entretanto se provea de profesores de medicina, de que tanto escasea, se permita a los curiosos, que han manifestado acierto en las curaciones, este exercício, acordándose por el Cabildo, y el Protomèdico que V.M. se digne a nombrar, los que pueden continuar, y á los que debe prohibirse. »98. Resulta evidente que el Cabildo quiere defender su anterior actitud hacia los curanderos, a algunos de los cuales había dado permiso de ejercer. Por otro lado, tal vez en consideración de un conocimiento más profundo de la realidad local, piden que se mantengan en actividad los curanderos, disminuyendo así la contundencia de la propuesta de Campins y, por ende, el poder de éste una vez conseguido el cargo. Por esto, se propone que el Cabildo participe en los futuros exámenes para decidir quién será autorizado a ejercer la medicina. La respuesta del gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, Don Josef Carlos de Agüero, es bien diferente. Fundamentalmente, su parecer es negativo, proponiendo denegar el pedido de Campins, aunque reconoce que «...ha manifestado conducta juiciosa y buena índole.» Sin embargo, no le reconoce un buen «...Este sugeto estudió la Medicina en la Universidad de Valencia, es algo sobresaliente en la Theórica, pero en la práctica se le han reparado algunos desaciertos originados de el poco conocimiento del clima, y enfermedades del País, las cuales naciendo por lo común de unas mismas causas, se curan con unos propios medicamentos, y simples, cuya virtud enseñó la necesidad, y la aplicación á algunos de estos Naturales que los ministran con admirable oportunidad como lo testifican los enfermos que he visto entregarse ciegamente a su metodo de curación; y pareciéndome esta costumbre contraria á lo que disponen las Leyes, les tengo mandado que en las enfermedades agudas en que sea preciso aplicar remedios muy activos, y que pueden producir graves consecuencias, tomen consejo, y nada executen sin el dictamen de los verdaderos Profesores de Medicina, y vaxo de esta regla, han asistido á los enfermos á satisfacción del publico, que les contribuye por este trabajo, un Salario muy corto; y si se estableciera en esta capital Protomedicato, quedaría estinguida, y perseguida esta especie de Curanderos prácticos, y la más parte del Pueblo no podría costear el salario de un Medico de Profesión, que por cada visita lleva regularmente cuatro reales de plata. Por estos motivos, y por conocer de propia experiencia el carácter, y genio activo, y penetrante de estos curiosos, y que en la mas parte de los Reynos de América, no se puede hacer observar en todo su rigor y precisión la reglas generales que muchas vezes ha sido preciso restringir y modificar según su constitución: No tengo por conveniente al Servicio de V. M. ni al bien de estos vecinos, que tenga efecto la pretensión del Dr. Campins, sugiero que por otra parte ha manifestado Conducta juiciosa, y buena índole.»99. El parecer del gobernador contiene tres núcleos muy importantes: 1) existen enfermedades locales que necesitan curaciones apropiadas que los «naturales» conocen mejor que los médicos venidos de afuera; 2) la pobreza del pueblo no permite pagar a los médicos y si se extinguen los curanderos su salud empeorará; 3) las características particulares de América no permiten aplicar en todo su rigor las leyes emanadas desde España. Resulta evidente la importancia del análisis de Agüero, fruto de su amplia experiencia americana a la cual hace referencia para justificar su negativa. En toda América hay curanderos, dice Agüero, y éstos tienen buenos conocimientos de medicina y yerbas curativas a través de los cuales consiguen curar. Además, cuando necesitan de ayuda recurren al saber de los médicos titulados. Completamente a favor de la propuesta de Campins están el Claustro universitario y el mismo Rector. En julio de 1776 se reúne el Claustro decidiendo apoyar la ^^ «El Gobernador de Caracas, Joseph Carlos Agüero informa sobre la conducta del Dr. Campins y expresa su parecer sobre la creación del Protomedicato» (22 de agosto de 1776), AGI, Caracas, 241. propuesta, ahondando más en la responsabilidad de los curanderos mulatos. Esta respuesta parece una defensa tenaz del «cuerpo académico», depositario del saber oficial, contra unas figuras no institucionales, portadoras de un «saber salvaje», sin control del Estado. Se lee en el «Informe»: «...Hemos resuelto uniformemente en Claustro pleno de primero de julio de este mismo año exponer con la mas reverente devida atención á V.M. ser muy útil, y del publico bien la enunciada pretensión del Dr Dn lorenzo Campins en orden al Protomedicato: pues desde luego por este solo modo se acertaría extirpar de raíz la multitud de mulatos curanderos, que bien lejos de los verdaderos fundamentales principios del arte Médico, con una, ú otra mal entendida suma theórica, de aquellas, que corren en estilo vulgar, se arropan á practicar curaciones en todo el vecindario, con manifiesto daño de la salud humana del mismo»'^. Se comprueba así, lo que ya habíamos adelantado sobre el saber de los curanderos: circulaban unos textos que servían para aprender a curar, fuera de la institución universitaria. Por otro lado, la respuesta hace referencia a la presencia en Caracas de «profesores hábiles, que vienen de Europa» que, a su vez, según los profesores universitarios del Claustro, también preocupados por la presencia de «mulatos curanderos» deciden irse a otros lugares. La causa sería que «...el vulgo ciego, que siempre es mayor en número, clama por los referidos mulatos». Por su parte, el Rector Don Domingo de Berroterán, aun habiendo participado en la reunión del Claustro donde se elaboró la respuesta a Madrid, decide enviar una propia carta donde retoma los mismos temas, atribuyendo a Campins éxito en las curaciones y expresando su acuerdo con la necesidad de «extirpar... tanta gente idiota que se halla ocupada en curaciones». El Rector hace referencia también al saber de estos curanderos: «...pues apenas un barbero, sastre, ó otro oficial mecánico se instruye de una suma, ó recetario, que comienza públicamente á hacer curaciones, en que se experimentan mil extragos»^oi. Las reacciones del pedido de Campins de instituir el Protomedicato pueden así resumirse: Tenemos la impresión que esta parcial división de campo sea expresión de otra contraposición entre los «intelectuales» locales, abocados a mantener sus privilegios de casta, y los «políticos», más atentos a la realidad e interesados en mantener buenas relaciones con la población. En este sentido, en Caracas, la institucionalización del saber y su control por el Estado, expresión del «Despotismo Ilustrado», parece ser sólo parcialmente aceptada por los políticos, al contrario de lo que pasaba en la Metrópoli. Habría que ahondar más en el tema para convalidar esta conclusion pero, de cualquier manera, los eventos políticos caraqueños de las décadas sucesivas a estos años parecen confirmar nuestra idea. El 17 de enero de 1777 el Fiscal del Consejo de Indias, habiendo reunido todos los informes, presenta la relación final sobre el caso. Su propuesta puede considerarse fruto de una mediación entre las varias hipótesis formuladas: se propone la creación del Protomedicato en Caracas, pero permitiendo a los curanderos más hábiles ejercer, después de superado un examen sobre sus conocimientos médicos. La propuesta del Fiscal reproduce la del Cabildo, teniendo muy en cuenta el parecer del Gobernador. Además, el Fiscal expresa su parecer sobre los curanderos, demostrando estar bien enterado de la materia. Veamos sus razones: «En todos tiempos y en todos los Pueblos aparecen Personas indoctas, y muchas veces rústicas y bárbaras que preconizando una habilidad heredada, ó un conocimiento práctico, y experimental de algunas Yerbas, ó otros ingredientes, se dedican á curar dolencias y enfermedades. No les faltan Patronos y Protectores, á quienes un alivio casual, ó una curativa que resultó sin conocimiento fundado del artífice, sirve de antecedente para ponderar y dibulgar su avilidad y acierto. En las Repúblicas bien ordenadas se mira este punto con exrupulosidad. No se cierra totalmente la Puerta al conocimiento experimental aunque le falten principios de la Profesión Médica; pero no se permiten á todos los que se llaman curanderos, ni se les disimula el que se apliquen á querer sanar todas las dolencias. Los sugetos son examinados en su porte y conducta; y los Medicamentos, se reconocen por congeturar su congruencia, y si inducen malicia, y pueden ser notoriamente nocivos»'02. Es patente el eco de las polémicas españolas entre los «científicos» y los «prácticos» en campo médico, que ocuparon buena parte del siglo XVIII. Además, mientras que en general la opinión ilustrada dominante había ya dado por resuelta la polémica en favor de la «clínica empírica», encontramos rastros de las teorías «naturalísticas» en medicina que, en las últimas décadas del siglo, habían vuelto de manera nueva a interesar a algunos ambientes ilustrados (en Nápoles y Madrid, entre otros). El fiscal está convencido de la necesidad de un control institucional, pero a través de un cuidadoso examen del valor real del saber de los curanderos. En esto demuestra su concordancia con el análisis del gobernador, al cual impone no sólo la participación en dichos exámenes, sino también la presidencia de la Junta examinadora. El intento del Fiscal parece ser el de disminuir el poder del futuro Protomèdico sobre los curanderos y, por esto, impone una composición particular de la junta examinadora: «...Dos Diputados del Cabildo Eclesiástico, y Secular, de algunos Prelados de las Religiones, del Rector de la Universidad y del Protomèdico, la cual deberá presidir el Gobernador, que es o fuera de la referida Provincia, a quien impongo la obligación de darme cuenta de su resulta y circunstanciadamente de los médicos examinados que hubiera a la sazón»' O-' ^. El 14 de mayo de 1777 el Rey firma una Cédula verdaderamente original en el panorama de la historia de la medicina colonial latinoamericana^O"^: se autoriza la creación del Protomedicato, dándole todas las funciones que preveían las leyes de Indias, con la excepción específica de cuanto se refiere a los curanderos: «He resuelto también que respecto de la escasez de Médicos que se insinúa haver en la ciudad de Caracas se tolere por ahora la continuación de algunos de los curanderos que sean más hábiles y de mejor conducta señalándolos y poniéndolos en lista, con examen y aprobación de una Junta que para este fin se ha de componer...»'os. Creado así el Protomedicato y nombrado Campins como primer Protomèdico, se trataba ahora de poner en práctica las indicaciones de la Real Cédula y llamar a examen a los curanderos. Las leyes de Indias atribuían a los protomédicos una jurisdicción de sólo cinco leguas alrededor de la ciudad sede del Tribunal. Podrían también entregar licencias de ejercer a los individuos de otras provincias que avanzaban por propia cuenta su petición (así pasó con un médico de Cumaná). Eran excluidos de la jurisdicción del Protomedicato los pueblos de indios. En este sentido, se puede afirmar que el área de acción de Campins se reduce a Caracas y a su extrarradio. Sin embargo, considerando la creación de la Capitanía General en el mismo año de 1777, con sede capital en Caracas, el cargo de Protomèdico adquiría un valor mayor, aunque su jurisdicción legal continuaba siendo la misma. En agosto de 1777 el Cabildo ratifica el nombramiento y Campins puede empezar a ejercer su nuevo cargo. ARCHILA (1961) A los cirujanos no se les pedía saber de memoria las «Instituciones», sino lo suficiente de «Algebra», arte de componer los huesos, y demostrar haber practicado este «arte» con un «algebrista»^!^. No sabemos si los exámenes de los curanderos en Caracas siguieron estas indicaciones, aunque parece muy probable. De los seis curanderos que se presentaron al examen, cuatro fiíeron aprobados como cirujanos romancistas y dos como médicos. De éstos, los dos médicos eran uno «pardo limpio» y el otro «pardo libre». Entre los cirujanos había también, por lo menos, un mulato^ ^^ Es interesante anotar que los curanderos aprobados no se presentaron a recoger los títulos respectivos y el Protomèdico debió recurrir al capitán general para conminarles el retiro del título (marzo de 1779). Los curanderos que no aceptaron ser examinados por el Protomèdico continuaron su actividad, incluidas algunas mujeres que no habían sido llamadas a examen. Así pasó con el cirujano y curandero, Juan de Crubes; el curandero y boticario Luciano de la Santa; el curandero Juan José de Combe; etc^ *2 El caso del boticario José Sebastián Siso merece una mención particular. Se trataba de un «pardo libre», caraqueño, que había ejercido la medicina como ayudante del doctor Zuñier y administrador de su botica, ejerciendo con éxito como farmacéutico y médico. Parece que el gobernador Solano había utilizado con satisfacción sus servicios, nombrándole cirujano del Batallón de Pardos. Este boticario y curandero, una vez que la noticia de la creación del Protomedicato circuló por Caracas, se adelantó al llamamiento a examen del Protomedicato, apelando directamente al Rey para conseguir autorización de ejercicio en Caracas. Desde Madrid se autorizó su actividad interinamente, mientras que se organizaba el examen^^^. Sin embargo, incluido en la lista de curanderos llamados a examen, no se presentó, continuando su actividad. De cualquier manera, en el mismo 1778, el Protomèdico, después de una inspección a la botica, le entregaba licencia para ejercer esa actividad farmacéuticaí^"^. Campins tuvo también problemas, en el comienzo de sus actividades como Protomèdico, con el curandero Gaspar Latouche que desconociendo su autoridad, consiguió del capitán general un título de cirujano y médico. Más dramático fue el caso de 109 Ibidem, p. Asclepio-Wol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es la curandera María Gregoria Ramos Casanueva. Como ya hemos visto, en Caracas había muchas curanderas que no fueron incluidas en la lista de Campins. Después de la institución del Protomedicato, Campins comenzó a prohibirles el ejercicio de la medicina. De una, por lo menos, sabemos que reaccionó violentamente, denunciando a su vez a Campins y alegando que tenía una experiencia de más de treinta años en la profesión y, además, no cobraba. En su defensa, la curandera Ramos presenta un cuadro realista de la medicina en Caracas: «Si el doctor Campins hubiese fulminado mi causa con imparcialidad llevado del celo aparentado que nos pretende persuadir le impelió a ello, era indispensable que también hubiera levantado Auto a proceder contra otras muchas mujeres y aun señoras principales que no ignora se ejercitan públicamente tanto como yo en medicinar este o aquel enfermo por las razones y causales relacionadas y aun se vería en la necesidad de proceder contra toda la Ciudad porque cada cual en su casa regularmente medicina sus enfermos y apenas en un caso muy muy urgente se llama a un médico, que luego tratan de despedirlo por hacerse insufribles el costo de visitas y botica, y también porque las más veces no aprovechan sus recetas y vienen a mejorar los pacientes con los medicamentos que llaman caseros y con muchas yerbas medicinales de que abunda la Provincia»^^ 5. De cualquier manera, el resultado de la creación del Protomedicato no fue muy grande, si consideramos todos estos problemas y que los curanderos continuaron, de una manera u otra, ejerciendo. Otra tentativa para eliminarlos fue hecha en 1792 por el doctor Felipe Tamariz, alumno y sucesor de Campins. El ataque de Tamariz incluyó explícitamente a los curanderos dotados de títulos por el Protomèdico en la epoca del examen (1778). En 1800, Tamariz presentó al Cabildo la propuesta de negar la licencia a los pardos argumentando que ya había suficientes médicos blancos para atender a la población; el Cabildo rechazó la propuesta considerando que todavía eran necesarios. Los pocos médicos blancos, dictaminó el Cabildo, «...apenas podrían asistir con la atención necesaria a los enfermos de la clase de blancos y con suma dificultad a algunos de las clases inferiores que tengan facultad y quedando el resto de estas clases abandonado en sus enfermedades, no solamente por que no alcanzaran el tiempo y fuerzas de los médicos blancos a visitarlos, y curarlos, y porque la mayor parte son menesteres y jornales muy pobres que las más de las veces ni aún podrán pagar medio real por cada visita, sino también por que los médicos blancos no se acomodan bien al trato de los negros y zambos y mulatos...»ÍÍ6. Tenemos aquí, una vez más, la comprobación de la diferente actitud hacia la población menos favorecida entre el Cabildo de Caracas y los médicos universitarios. Después de varios pleitos, el doctor Tamariz consigue en 1809 que la Real Audiencia anulara la cédula de 1777 sobre la tolerancia de los curanderos y así pudo negar el ejercicio de la profesión médica a los pardosi^^. Una victoria final meramente simbólica, ya que el año siguiente comenzaría el proceso de Independencia venezolano, con la consecuente caída del orden jurídico español. El caso que hemos analizado nos permite adelantar algunas consideraciones generales sobre la formación de las figuras médicas en América. Desde una situación relativamente confusa y ambigua, donde los «barberos» se confunden con los curanderos y los médicos titulados, se llega paulatinamente a una definición precisa de los ámbitos de acción de cada figura. En el caso de Caracas, a lo largo del siglo XVIII, constatamos esta progresiva formación de la figura médica «clínica» a expensas de los curanderos (populares y, sobre todo, «cultos»). La institucionalización de la medicina permite a los médicos «producir» un control sobre los curanderos a través de la constitución de un «cuerpo» médico cerrado. De esto, en el fondo, se trata: el «cuerpo» institucional (del Estado) se impone como único gestor de los «cuerpos» de los ciudadanos, particularmente cuando la enfermedad «quiebra» el orden cultural de la salud. Al mismo tiempo, y como condición de la operatividad del control, se impone un recorrido obligado para el aprendizaje de la medicina. A finales del siglo XVIII, en América como en Europa, ya no será posible aprender la profesión médica de manera individual y autónoma, asistiendo a un experto en sus prácticas cotidianas de curación. La producción del saber médico y su transmisión se realizará bajo el control de las instituciones autorizadas por el Estado, El «saber controlado» se impone sobre un «saber salvaje», autónomo y, por ende, subversivo. El Protomedicato y, sobre todo, la Universidad se constituirán en el siglo XIX como único espacio para la elaboración del saber médico y la formación de los profesionales de salud. De esta manera, aquel «curanderismo» culto del siglo XVIII volverá a fundirse con las prácticas «médicas» populares y con las «mágicas», de las cuales había conseguido alejarse. Se eliminará, así, la ambigüedad semántica del término «curandero», separándose netamente los ámbitos de la acción médica (la U7 Cfr. 128 Asclepio-Yol XLIX-I-1997 «magia» y la «medicina»): en el siglo XIX, un curandero no será considerado médico, sino «brujo» y, en los mejores de los casos, «yerbatero». Finalmente, en Caracas, a finales del siglo XVIII, se asiste a un intento de mantener activos a los curanderos, destinando su actividad a los estamentos más bajos de la sociedad local y reconociéndoles una función social y un saber médico no despreciable. Aun considerando que las razones explícitas para permitir de manera extraordinaria las prácticas curanderiles son de orden social y político («no hay médicos», «el pueblo los quiere», etc.), nos parece que el caso se inserta en un contexto mayor de debate intelectual. De hecho, a partir de las motivaciones que el Fiscal del Consejo de Indias aporta para justificar su decisión sobre el caso de los curanderos caraqueños, se puede considerar la polémica local en el marco de una más amplia entre la «medicina clínica» y la «medicina natural» que se desarrolló en Europa a finales del siglo XVIII. Es decir, la posibilidad de recorridos múltiples para la percepción y acción sobre la realidad, contra la rigidez de la «racionalidad» imperante. Cuando en 1809 el doctor Felipe Tamariz consigue la anulación de la Cédula Real de 1777 (en la parte que se refiere a los curanderos), se cerrará este ultimo intento de mantener abiertas unas alternativas para la solución de las enfermedades y, aunque las guerras de Independencia mezclarán nuevamente las figuras médicas, la institucionalización de la profesión médica será ya un hecho realizado y faltará sólo organizaría en el nuevo Estado republicano.' 3 23 SÁNCHEZ MARTÍN, A. (1958), El saber tocoginecológico en la medicina española de la primera mitad del siglo XVIII, 11 (2), Salamanca. SILVA ALVAREZ, A. (1985), Situación médico-sanitaria de Venezuela durante la época del Li- bertador, Caracas ALEGRÍA, C. (1964), Fundación de los estudios médicos. Protomedicaio y Protomédicos en
Recuemos a 1772 para nos situarmos no contexto científico da época.
Anatomía Humana en persa, Tashrih-i Mansuri, por la que se llama a la yugular interna ^>sl ^\J>J (widach âçwar), yugular ciega, da lugar al recuerdo de los nombres experimentados por esa vena a lo largo del tiempo y a algunas consideraciones sobre la necesidad de acudir a numerosas fuentes cuando de la identificación de un nombre en los manuscritos se trata. Espero que el lector me crea sin necesidad de que se lo jure, si le digo que después de 25 años dedicado al estudio de la historia del lenguaje anatomico me encuentro vacunado frente a cualquier nombre extraño o corrupto de accidentes de nuestro cuerpo. Con todo, no he podido reprimir un movimiento de sorpresa cuando, leyendo la, magala 4^, en la que se trata de las venas, de la obra Tashrih-i Mansuri^, que estoy traduciendo en la actualidad, me tropecé con un desusado califícativo de la vena yugular interna, yugular ciega. Como es sabido, las venas yugulares recibieron el nombre con el que todavía las designamos, por su situación en el cuello, jugulum en latín. En realidad tal nombre ^ Tashrih-i Mansuri. Tratado de Anatomía humana en farsi, de fines del siglo XIV o comienzos del XV, compuesto de una muqaddimah, 5 maqalahs y una khatimah. La muqaddimah trata de la definición de los órganos. Las maqalahs, L Huesos, 2. La khatimah, de los miembros compuestos. designa propiamente la depresión supraestemal, pero de allí se extendió a la parte anterior del cuello. El diminutivo de jugum es bastante acertado ya que su situación en el centro del cuello y su prolongación en las dos clavículas recuerda el yugo usado para uncir la pareja de bueyes que arrastraban el arado. Pero de allí se extendió a toda la parte anterior del cuello como se ve, por ejemplo, en las Metamorfosis de Ovidio cuando el poeta, al describir la muerte de Polixena pone en la boca de ésta la frase: "Nula mora est, at tu jugulo vel pectore telumiConde meo: jugulumque simul pectusque retexit"^. "Huelga la espera: clava tu cuchillo en mi garganta o en mi pecho; y así diciendo descubrió su cuello y su pecho". Se comprende que Polixena no desafía a Pirro a que demuestre su habilidad clavando su daga en la diminuta fosilla supraestemal, apenas visible en las mujeres jóvenes, sino que lo reta a herir su cuello o su pecho, descubriendo ambas regiones. Pero el adjetivo jugularis no se aplicó a las venas hasta el Renacimiento. Pienso que el primero en hacerlo ha sido Juan Gunterio de Andemach^, el médico humanista y anatómico del siglo XV, que fue una de los maestros de Vesalio, el cual (Vesalio) no contó por cierto entre sus virtudes la del agradecimiento a sus maestros. Y así se cuenta el comentario mordaz que dedicó a Andemach respondiendo a la crítica de Dryander'^, quien le reprochaba el no haber citado en sus obras a ninguno de sus mentores y, en especial, a Juan Gunterio. Contestaba Vesalio, que "no había querido herir a quien no había visto cortando a hombre ni bruto como no fuera en la mesa", aludiendo así a la escasa afición a la disección de aquél. Antes del Renacimiento uno de los nombres usados para designar a las yugulares, y así lo vemos en Celsus^, fue el de sphagitides, transliteración del griego ocpayÍTig, que aparece ya en el Corpus Hipocraticum y que es un derivado del verbo ocpayw, degollar aplicado a la maniobra con que, en los sacrificios rituales se seccionaban las venas del cuello de la víctima mediante un cuchillo. De ahí se pasó a designar por o(|)aYn al propio cuello, como vemos en los grandes centones de nombres griegos de Rufo de Éfeso^ y Julius Pollux-^. Otros de los nombres usados han sido los de vena aperta y vena oculta, aplicados a la jugular extema y a la intema, respectivamente por Constantinus Affer^. Pero ha habido más, como el de venae organicae usado por la Escuela de Salerno, y que se pretende explicar "quia canendo apparent inflatae", "porque se hinchan al cantar", explicación harto improbable. Pienso, más bien, que han sido llamadas así por su proximidad a la tráquea, que fue llamada organum, no por su forma, sino porque así se llamó a todos los instrumentos de viento y aun todos los usados por los músicos si nos atenemos a lo dicho por San Agustín: "Organa dicuntur omnia instrumenta musicorum"^. Y la tráquea era considerada como la productora de la voz y así Alberto Magno ^^ llama a la laringe principium cannae (cannae es la tráquea) de suerte que aquélla queda rebajada a ser una parte de ésta. Con todo, el nombre habitual de las yugulares durante la Edad Media ha sido el árabe ^^^J, widayo alguna de las numerosas transliteraciones de que fue objeto en las traducciones al latín de los textos árabes como guidazy guidez, guidem, guidegi, guidegis. La transliteración de waw por gu fue constante según Vazquez de Benito ^^ mientras que, según Hyrtl^^, en las traducciones hechas en España el yim fue constantemente transliterado como z, dando guidai o guidez, y por la fácil confusión en los manuscritos de la z con la m habría aparecido el término guidem. El nombre árabe fue dado primeramente a la vena yugular extema del caballo, animal del que el conocimiento anatómico llegó a gran altura entre los beduinos si bien no alcanzó la lograda en la anatomía del camello. Del caballo pasó al hombre y en él, a los nombres señalados se añadieron los correspondientes adjetivos para las yugulares extema e intema, únicas conocidas durante mucho tiempo ya que el nombre de yugular anterior no apareció hasta el siglo pasado con Hyrtl^^. Y así en los escritos árabes encontramos los nombres de ^LtJi 2:' -^>, widay alzâhar, yugular visible, para la extema y ^-i-¿J i ^í-^j, widayal-gaçir, yugular oculta para la intema, nombres que encontramos en Razes, Haly Abbas y Avicena, por citar únicamente los más destacados de los anatómicos que escribieron en esa lengua, aunque eran persas. Volvamos ahora al extraño nombre al que en el comienzo de este trabajo me refería. Como he dicho aparecía en la maqala 4° del tratado Tashrih4 Mansuri, obra que pasa por ser el primer tratado de anatomía en lengua farsi y aparecido en el tiempo a caballo de los siglos XIV y XV. Fue su autor Mansur ben Muhammad ben Ahmad ben Yusuf Faqih Dyas, fallecido en 1422. Su obra apareció en 1396 si nos atenemos al testimonio de Cyril Elgood^^, y fue dedicada a Amirzada Pir Muhammad Bahadur Khan. La obra no llevaba título inicialmente y fiie conocida como Tashrih bi al-Taswir, "La Anatomía Ilustrada". Aunque, como dije, ha sido considerada como el primer tratado persa de Anatomía Humana, tal vez fue precedida en poco tiempo por el "Compendio de Anatomía" de Abu-ul-Majdal-Bayzavi del que se conserva tan sólo un manuscrito existente en el British Museum y del que poseo un microfilme gracias a la atención de esa corporación. Pero ya mucho antes, en el Siglo XI había aparecido en farsi un verdadero tratado de Anatomía que constituía el libro primero de la obra Zakhira-i-Khwaravnasháihí o "Tesoro del Shah de Khwarazm" de la que fue autor Ismail ben Hasan ben Muhmmad ben Mahmud ben Ahmad al-Husayni, conocido, con no pequeña ventaja en orden a la brevedad, por al-Yuryaní, por ser natural de Yuryán, la ciudad que hoy se llama Gorgan o Gurgan, y que está cerca del río del mismo nombre y de la orilla oriental del mar Caspio y que, habiendo pertenecido en algún tiempo al imperio de los Sasánidas forma parte hoy de Rusia. El libro está dedicado al Shah de Khwarazm que bajo los sasánidas formaba un pequeño estado tributario de aquel imperio, y que está situado al Sur del Mar de Araal. La obra tuvo la misma fama que las de Razes, Haly Abbas o Avicena pero no fue conocida en Occidente al no haber sido traducida al latín. Yo poseo de ella una copia del manuscrito existente en la Bodleian Library con la cifra Per 801, y la magnifica edición impresa en Teherán en 1957 bajo la dirección de Saldi Sirjaní. El manuscrito cuya copia leía es el WMS Per 233^5 del Instituto Wellcome y la palabra aludida aparecía en un párrafo que reproduzco "Una de ellas (de las yugulares) es la más visible y por ello se la llama widach visible y una es ciega y por ello se la llama widach ciega" Traduzco por "ciega" la palabra ^>ai, açwâr, que propiamente significa "tuerto". Lo mismo se ha hecho en todas las traducciones que conozco del adjetivo árabe en los dos términos anatómicos en que aparece: el intestino ciego y el introitus canalis nervi facialis NA, Y es que tales órganos fueron conocidos por los griegos antes que por los árabes y aquéllos emplearon el adjetivo TUq)\ÓQ, que además de ciego, carente de visión, se aplica a un callejón sin salida, por tal tomaron al intestino ciego. Al ser traducido el término al latín, Celsus^^ empleó el adjetivo caecum o coecum, pensando también en un callejón sin salida. Por el contrario los árabes, desconocien- do tal vez esta acepción o juzgándola inaplicable al caso, pensaron que llamar ciego a un tubo que tenía al menos una salida era inadecuado y hablaron de tuerto, lo cual no ñie seguido por los traductores de sus obras que utilizaron la expresión grecolatina. Ya dejo dicho que el calificativo de vena tuerta o ciega, que rompía con la línea clásica de denominaciones de las yugulares me produjo una gran sorpresa. Y lo primero que pensé fiíe en un error de copista. Compulsé, pues, otro de los Mss. del Tashrif de cuya copia dispongo, el 801 de la Bodleian Library^^ y en el folio 645 A encontré la frase reproducida exactamente. No contento con ello busqué la frase en los Mss.Per 221, de la Bodleian Libraryi^, Per 61219 y Per 613 B2o del Wellcome Institute y en los tres aparecía la frase, pero la palabra ^j-^i aparecía con un punto diacrítico encima de la çain, o sea que se trataba de ghain y con ello el calificativo de ciega se convertía en "profimda" u "oculta", nombre que concordaba con los calificativos que ya hemos visto eran los habituales en los escritos árabes para la yugular interna. Y para apurar más mi inquisición consulté la obra ya mencionada de Yuryaní y allí se dice que de las venas es ^J^JÚ\, "ândaruntar, más proftmda" y por ello se llama o^k ^ÍJ,J, widach, batn, otro de los calificativos frecuentes para indicar la profundidad. Una variante aparece en el Khulasat-al Tashrih, un compendio de Anatomía del siglo XV^i: el término ^'^, que propiamente designa algo relacionado con el globo ocular por lo que la yugular interna se llamaría "yugular ocular", tal vez porque de ella procede la vena oftálmica. Pero lo más probable es que se trate de una errata por ^'U con el sigificado de "oculta" del que ya nos hemos ocupado más arriba. Por último, y para terminar con nuestra pesquisa por los escritos persas, diremos que en la obra Dashtur-al-fascP^ "Tratado de la sangría" en el que se estudian todas las venas conocidas entonces, aparecen las yugulares sin ningún adjetivo. Para resumir lo dicho podríamos llegar a una conclusión no demasiado novedosa. La de la necesidad de compulsar todas las fuentes a nuestro alcance cuando de manuscritos se trata. De haberme contentado con los dos primeros que cotejé quedaría mi pretensión de haber encontrado un calificativo extraño de la yugular interna y
VI a.C.)) número (Pitágoras (séc. Entre perspectiva e prospectiva.
Se presenta un privilegio por invención de molinos de 1478, registrado a nombre del médico de Isabel la Católica, Pedro Azlor, que, hasta el presente, es el primero conocido de los que se concedieron en España, en fechas inmediatas a las primeras patentes italianas, demostrando la rápida implantación en los reinos españoles de un sistema de protección al inventor característico del Renacimiento. gadas por el rey, bajo el dictamen de los Consejos RealesÍ. El primer privilegio por invención conocido y tramitado a través de la Cámara de Castilla data de 1522 y fue concedido a Guillen Cahier por una embarcación que, al parecer, se desplazaba sin necesidad de velas. Desde entonces, numerosas patentes fueron concedidas por los monarcas españoles a través de su Cámara y de sus Consejos, hasta las nuevas normas sobre patentes iniciadas en el siglo XVIII y culminadas con la creación de un Registro General de Patentes en el siglo XIX. Anteriormente, en la época de los Reyes Católicos, los privilegios concedidos por éstos se depositaban en la sección de Registro General del Sello del Archivo Real de Simancas, por lo que hemos emprendido una búsqueda en esta sección para tratar de localizar los privilegios por invención de esta época. De esta forma hemos podido localizar lo que, hasta ahora, constituye el precedente más antiguo conocido de las patentes españolas, datado en 1478, pocos años después de las primeras patentes italianas. EL PRIVILEGIO DE INVENCIÓN DE PEDRO AZLOR El encabezamiento del documento en cuestión especifica que el privilegio se concede a Pedro Azlor, doctor en Medicina, del que más tarde se dice que era el "físico" de Isabel la Católica. Se trata de una licencia para "que pueda inventar y edificar en todas las partes del reino (se refiere a Castilla) molinos para moler pan y que ninquna persona edifique otros semejantes de aquí a veinte años, so ciertas penas". Está fechado en Sevilla, el 24 de febrero de 1478, siendo, en consecuencia, el primero de los que conocemos hasta ahora en España y uno de los más antiguos del mundo^. Ya en el encabezamiento se indica que se trata de un privilegio por invención de nuevo tipo de molinos, expedido para que nadie pueda hacerlos de forma similar durante un periodo de veinte años, imponiendo ciertas penas a los infractores. Es decir, estamos ante un documento que contiene los elementos jurídicos básicos de una patente por invención. La diferencia con los que se expedirán más adelante está en que este primer privilegio está concedido directamente por la reina Isabel de Castilla, sin que conste que hayan sido consultados los Consejos Reales, trámite que en posteriores patentes se hará imprescindible. Así, es la reina la que comunica a sus subditos su decisión de Otorgar el privilegio que el peticionario le había solicitado, y lo hace de la siguiente forma: "Sepades que el doctor maestre Pedro Azlor, mi físico, me fizo relación que él quería inventar y facer en mis reinos y señoríos nuevos edifícios y moliendas de facer pan..." El hecho de que se trataba de un privilegio de nuevo tipo lo prueba el que se expliquen tan detalladamente los motivos por los que se concede, lo que no se hará en los documentos posteriores, seguramente porque se consideraba innecesario ya que éstos eran de sobra conocidos. Así se dice que: "... redundará en qran provecho y utilidad de la cosa pública de mis reinos y señoríos, y que él (el inventor) se teme y recela que él, después de haber inventado y mostrado las dichas moliendas, que algunas personas, viendo su industria y orden que él en ello tiene, quieran hacer luego en ello otro tanto de la forma que él lo había hecho, siendo el primero que en estos mis reinos lo haya traído y creado". Este revelador párrafo indica que los inventores veían frecuentemente copiadas y explotadas por otros sus invenciones, sin que ellos pudiesen evitarlo. Esto constituía un considerable perjuicio para el inventor que asistía impotente a la copia descarada de su creación, con la pérdida de los beneficios que su nueva invención podría haberle acarreado. Por otra parte, el inventor perdía, en este caso, todo el esfuerzo y la inversión que había hecho para imaginar y construir su invento, llevándose otros la fama y la gloria que correspondería al creador. Este sentimiento de ser dueño intransferible de su propia obra, es algo muy característico del Renacimiento, cuando los artistas empiezan a firmar su creación. Por este mismo motivo, se empieza a considerar al inventor como propietario intelectual de su obra técnica, con derecho a explotarla en exclusiva durante un periodo de tiempo. Pero, al mismo tiempo, el párrafo anterior nos deja con la duda de si Azlor había hecho él mismo la invención o se había limitado a importar algo que ya se hacía fuera de España. Esto último parece indicarse cuando se dice que fue "el primero que en estos mis reinos lo haya traído y creado", aunque a veces lo de "traer" tenía el mismo significado que "inventar". Es difícil comprobar la originalidad de esta invención de molinos, ya que en ningún momento se revela en qué consistía. En todo caso, lo que se asegura es que era nuevo en los reinos españoles, lo cual era suficiente entonces para merecer una protección real. Se insiste además en el coste y el esfuerzo que había hecho Pedro Azlor para conseguir el nuevo procedimiento de moler y los perjuicios económicos que le ocasionaría si otras personas le copiasen: "... Y habiendo en ello y en lo industriar e inventar gastado muchas costas de maravedís, confiando se aprovechar de su saber, y que si otra persona le hubiese de tomar su invención, él perdería todo su trabajo y no podría sacar de ello la costa que en ello pusiese". Por todas estas razones, la reina Isabel tiene a bien acceder a la petición de su médico de poder realizar su nuevo método para moler, "así de agua, como de hombres, o fuerza de bestias o de viento". Es decir, Azlor había encontrado un nuevo sistema de molienda que podía funcionar en molinos de mano, de animales, hidráulicos y eólicos. En definitiva, en todas las posibilidades energéticas que entonces se conocían. Digamos, de paso, que este privilegio de invención prueba que los molinos de viento eran ya tan conocidos en Castilla en el siglo XV, que podían ser incluso objeto de invenciones. Esto refuta, una vez más, la creencia general de que los molinos de viento se introdujeron en el interior de España en la época de Cervantes, limitados a algunas zonas de La Mancha. En realidad, los molinos de viento se conocían ya en Castilla la Vieja en la Edad Media^. Otra cuestión es el tiempo por el que se concede el privilegio en exclusiva: "... hasta cumplidos veinte años primeros siguientes,..". Este plazo variará en los sucesivos privilegios de invención que se darán a partir de entonces: en unos casos sólo serán por diez años, mientras que en otros se alargarán por "tres vidas", o tres generaciones de herederos. Pero el caso más frecuente será por veinte años, como en este privilegio. Para hacer cumplir esta orden de la reina se establecen las correspondientes sanciones para los infractores: una compensación de veinte mil maravedís que será destinada a Pedro Azlor, además de treinta mil maravedís para la Cámara Real. Estas sanciones variarán en posteriores privilegios en función de la importancia y del coste estimado de la invención. Además de ello, el que copie la invención verá destruida su obra a su cargo. Todo esto será ejecutado por los jueces ante los cuales el inventor, o su representante, denuncie la copia. Con este documento Pedro Azlor tenía garantizado, al menos en teoría, la seguridad de que su invención no podía ser copiada y de que podía explotarla en exclusiva durante veinte años. Desconocemos el uso que hizo el inventor de este privilegio y si sus nuevos molinos se pusieron en marcha. En todo caso, sabemos que la técnica molinar fue objeto de numerosas patentes en los años siguientes. Puede sorprender que un médico de la Corte se dedique en el siglo XV a inventar molinos, algo que, en principio, se creía que estaba reservado a los "mecánicos" que ejercían ofícios considerados como indignos de una ocupación intelectual. Pedro Azlor no fue el único médico que se dedicó a la invención de molinos. Señalaremos, como ejemplo, el caso del medinense Gómez Pereira, conocido sobre todo por una obra escrita en latín y publicada en 1554 en Medina del Campo, titulada Antonìana Margarita, que tuvo una enorme repercusión. Escribió además una obra médica, también en latín, editada en 1558, en la imprenta de Francisco del Canto, tío del inventor Francisco Lobato. La relación entre Pereira y Lobato se basa en que inventaron y probaron conjuntamente, aunque con poco éxito, un nuevo tipo de molino funcionando por el principio de sifón. El licenciado Pereira, junto con Lobato, estaban preocupados por solucionar el problema de los obstáculos que las presas de las aceñas ponían a la navegación de los ríos españoles. Ambos idearon un molino que tomaba el agua por medio de un sifón, sin necesidad de construir un azud, por lo que el río podría ser navegable. Lo ensayaron, al principio infructuosamente, en el estanque de una huerta de Medina del Campo. Posiblemente, el médico Gómez Pereira consiguió posteriormente hacerlo funcionar, ya que, el 30 de junio de 1563, se le concedió una patente por diez años por la invención de "unos molinos que podían funcionar sin presas, en un patio, corral, o parte cubierta cualquiera, con una cuba o dos de aqua, cada una de 25 ó 30 moyos"^. (Un moyo equivalía a unos 258 litros). En esta patente no figuraba el nombre de Francisco Lobato, a pesar de que había colaborado con Gómez Pereira en esta invención del molino de sifón. La intervención de médicos, filósofos y científicos en la invención de molinos, demuestra que a España habían llegado también las ideas propias del humanismo italiano, con una valoración nueva de la técnica. El humanista español Juan Luis Vives lo expresa muy claramente exhortando a los estudiosos que presten atención a los problemas técnicos, a "las artes y descubrimientos humanos en lo que toca y atañe a la alimentación, al vestido, a la vivienda: en esta tarea le ayudarán los tratadistas de agricultura y los que estudian la naturaleza y las propiedades de las hier-4 GARCÍA TAPIA, N. (1990), p. Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, Libros de Cámara, n° 141, foL246v. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es bas y los animales y los que trataron de arquitectura... las artes de tracción animal en que andan mezclados el caballo, el mulo, el buey y toda suerte de vehículos..."^. Entre "las artes y descubrimientos humanos en lo que toca y atañe a la alimentación" citados por Vives, está la técnica de la molienda. Es lógico que sea un médico el que se ocupe de estos aspectos que, aunque parezcan "mecánicos", son fundamentales en la alimentación y en la salud. Es en esta materia, en la que el médico de la reina, Pedro Azlor, hace descubrimientos que pide sean protegidos por medio de una patente, ya que desea ser reconocido como inventor y obtener en exclusiva el fruto de su trabajo. Sin duda, la preocupación por la protección y el reconocimiento de los inventores es uno de los signos más evidentes de la llegada del Renacimiento a España. Maestre Pedro Azlor, doctor en meleçina. Que pueda ynventar e edificar por todas las partes del Reyno molinos para moler pan e que ninguna persona edifique otros semejantes de aquí a veynte años so ciertas penas. (Con otra letra) 24 de febrero 78 (Al pie del folio) Sevylla febrero 78 Doña Ysabel por la gracia de Dios Rey na de Castilla, de León, de Toledo, de Sicilia, de Portogal, de Galizia, de Sevylla, de Córdova, de Murcia, de Jahen, de los Algarves, de Algeziras, de Gibraltar, princesa de Aragón e Señora de Viscaya e de Molina. A los ynfantes, duques, marqueses, condes, perlados, maestres de las hórdenes, priores, comendadores e subcomendadores, alcaydes de los castillos e casas fuertes e llanas e ricos omes e a los concejos e regidores, asystentes, alcaldes, corregidores, alguaziles, merinos, veynte e quatros, cavalleros, escuderos e oficiales e omes buenos asy de la muy leal çibdad de Sevilla, como de las otras çibdades, villas e logares de los mys Regnos e Señoríos e a qualesquier e otras personas mys vasallos e subditos e naturales e a cada uno e a qualquier de vos ante quienes esta my carta fuere mostrada o el traslado della sygnado de escribano público. Sepades que el doctor maestre Pedro Azlor, my físyco, me fizo relación que él quería ynventar e fazer en mis Reynos e Señoríos nuevos edificios de molinos e moliendas de moler pan, el qual dize que redundará en grand prouecho e utilidad de la cosa pública de mys reynos e señoríos, e que él se theme e recela que él, después de aver ynventado e mostrado las dichas moliendas, que algunas personas veyendo su yndustria e borden que él en ello tiene, quieran fazer luego en ello otrotanto de la forma que él lo había fecho, siendo el primero que en estos mys reynos lo aya traydo e creado. E aviendo en ello e en lo yndustriar e ynventar gastado muchas costas de maravedís, confiando se aprovechar de su saber, e que sy otra persona le oviese de tomar su ynvençión, él perdería todo su trabajo e no podría sacar dello la costa que en ello pusiese. Lo qual, si así pasase, diz que recibiría grande agravio e daño, pues ha trabajado e empleado su tiempo en lo edificar e ha de fazer gastos en ello, por cuya cabsa me suplicó e pidió por merced sobre ello le proveyese mandando que dentro de cierto tiempo ninguno no fuese osado de fazer ni edificar moliendas segund e la manera que nuevamente él lo había edificado acerca de las dichas moliendas de moler pan, asy de agua como de ombres, o fuerza de bestias o de viento, en la manera que él nuevamente lo había ynventado, e suplicóme que yo sobrello le proueyese. E yo túvelo por bien, por que vos mando que desde el día que el dicho Pedro Azlor edificare o mostrare la forma de las dichas moliendas de su nueva manera, dende fasta complidos veynte años primeros siguientes, no consintades ni dedes logar que alguna ni algunas personas sean osadas de fazer ni fagan moliendas ni molinos de tal forma que el y45c/e/?¿o-Vol.
El presente trabajo pretende dar a conocer la situación del balneario valenciano de Bellús, a través de los tratados de hidrología médica de los siglos XVIII y XIX que se conservan en la Biblioteca y Museo Historicomédicos de Valencia. Para ello se describe las condiciones arquitectónicas y técnicas del edificio, así como los diversos análisis de las aguas y su utilización terapéutica. Si estos otros manantiales tenían una mala infraestructura, en el caso de Bellús no existía en absoluto. Respecto a esta población, Cavanilles sólo insiste, desde el punto de vista sanitario, en el tema del cultivo del arroz y sus miasmas que convierten la zona en un lugar de fi-ecuentes brotes de tercianas^. Fue a comienzos del siglo XIX cuando se construyó un edificio en Bellús para la atención de los enfermos. Veamos cómo lo describe Villafranca: "... a principios de este siglo hubo de aumentar la concurrencia; los bañistas, en mayor número, no podrían servirse como desearían, se daría lugar á excesos y abusos de consideración, y un médico... llamado Climent, consiguió en 1803 a 1805 se erigiese el edificio que hoy existe con ligerísimas modificaciones. La mezquindad de este llega al punto de no poder alojar a persona medio regular" ^. Villafranca sigue quejándose del estado lamentable en que se encuentran los caminos que conducen a Bellús que califica de "intransitables" y que no exista en el pueblo un lugar apto para hospedar a la gente que va a tomar los baños, con un mínimo de condiciones. Por ello, comprende que el propietario de los mismos, el marqués de Bélgida, no invierta dinero en mejorar las instalaciones, pues la gente que acude no es, como ocurre en otros balnearios de España, de "aquella que deja productos al país y crédito a los baños." No obstante, durante la guerras carlistas que se desarrollaron por la provincia de Castellón, las cuales hicieron peligroso e inseguro acercarse a Benasal o a Villavieja, se desplazaron a Bellús muchos enfermos. Por eso se dio a esta plaza el carácter de planta en 1840. En toda la primera mitad del siglo XIX, tan sólo se hizo una reforma siendo director de los baños el doctor Ildefonso Martínez Fernández, la cual describe Villafranca de la siguiente manera: "consiguió que en lugar del techo a bovedilla de las balsas, que con la humedad y constante calor del agua se resquebrajaba y destruía, se pusiese una bóveda de piedra y yeso, pero no sin que antes se viniese abajo uno de los techos de las charcas o piscinas, que por fortuna no causó las desgracias que fácilmente podía haber ocasionado" ^. Este médico ganó la plaza por oposición en 1850, en sustitución de Victoriano Usera, quien la había ocupado desde 18471°. Pedro María Rubio nos describe someramente las instalaciones de los baños en 1853 en su Tratado... de las fuentes minerales de España. "Estos baños consisten en cinco balsas, encerradas en un edifício que tiene 70 pies de largo, 18 de ancho y 25 de altura. Dichas balsas son bastante espaciosas para que entren á la vez varias personas; están divididas para hombres y mujeres y ocupan todo el piso bajo. El piso alto del mencionado edificio tiene cuartos con una mala cocina." "Pagan por cada baño los que son pobres 2 reales, cuyo precio cobraba en 1840 un labrador de Guadasequies, á quien se les tiene arrendados en 150 pesos anuales el Excmo. señor marqués de Bélgida." "Los bañistas se alojan en las inmediatas poblaciones de Bellús y Guadasequies, de donde pasan diariamente a tomar los baños"''. Pero la descripción más completa y fiable que hemos encontrado es la que nos proporciona, con amargura y frustración por el estado lamentable del establecimiento, su médico director Benigno Villafranca, y que corresponde a 1864: "El edifício es un cuadrilongo de 26 metros de largo en la dirección de N. a S., cinco metros de ancho y siete de altura; es de cal y canto, y su aspecto exterior es el de un corral para encerrar ganados. En la fachada que mira a Poniente tiene siete agujeros, que llaman ventanas, cuatro escalones de yeso medio destruidos y una puertecita que da entrada al piso alto de la casa, el cual se compone de un largo y estrecho corredor transversal con seis habitaciones, tres a un lado y tres a otro; las dos primeras, tanto a la derecha como a la izquierda. son destinadas para bañistas pobres, que no pueden por su enfermedad o por falta absoluta de recursos ir a alguno de los pueblecillos limítrofes; todas ellas son cuadradas, pequeñas, sin muebles de ninguna clase, con el techo de cañizo y abuhardillado, el pavimento de yeso, una puerta que apenas cierra, y una ventanilla a Poniente de pie y medio de alta por uno de ancha, sin cristal, como todas las de la casa. Al extremo izquierdo del pasillo trasversal está el despacho del médico-director, que forma una habitación algo mayor que las anteriores, pero más baja de techo por estar el pavimento levantado sobre las otras media vara, el techo de cañizo e inclinado, dos ventanas destartaladas, cuatro sillas de esparto y una mesita miserable y negra en un rincón, con un tintero de hoja de lata, esto es, un ajuar impropio de un médico que debe tener cierta autorización y carácter en un establecimiento de baños, y a quien es regular se le guarden consideraciones que tiene muy merecidas. En el extremo opuesto del corredor hay una cocina grande, pero mala." "El piso bajo le ocupan una cuadra a la derecha de la puerta de entrada, tan mal arreglada como todo lo demás, y en ella hay un común montado al aire. En la fachada de Levántese ven ocho ventanillas tocando al tejado, de las cuales dos están tapiadas y las demás dan luz al pasillo trasversal mencionado y cocina, por debajo están las cinco puertas que dan entrada a los baños. Los dos primeros se destinan a mujeres, los dos segundos a hombres, y el último se llama de pobres, aun cuando el estado en que se le tiene hace que se use poco. Las balsas son casi iguales y ocupan las dos terceras partes de la habitación, tienen dos metros y medio de ancho por dos de largo, están excavadas en la misma roca y por su fondo sale sin interrupción el agua que las llena; las cubre una bóveda bien hecha, aunque baja. Las primeras son lisas y poco hondas, la tercera lo es más, y la cuarta, que llaman enfáticamente Baño del Marqués, tiene en su centro un metro de fondo, es muy desigual, la peña está cortada a pico, y los pies suelen sentir con frecuencia la falta de lisura en su superfìcie; la quinta y última recibe el agua por un gran caño que la atraviesa en la pared del S. Todas tienen su puerta al campo y una ventanita sin cristal ni encerado a Poniente: un banco de yeso y una mala percha completan el atalaje de las piezas de baños, en los que a fuer de piscinas se bañan seis, ocho y aun más personas"'2. También se queja Villafranca de la total falta en Bellús de equipamiento médico y técnico que existe en cualquier balneario mínimamente dotado como son las duchas de vapor, pilas individuales para que los enfermos tomen el baño, así como: "carecer de una habitación que les preceda y estar los bañistas obligados a salir del baño al aire libre, y precisamente por el lado donde soplan vientos más frecuentes y frescos... se echan de menos esas cosas que hasta en los humildes baños de Manzanera se encuentran, sillas, esteras, mesas, y cuanto se necesita para vestirse y desnudarse" • 3. En 1876, Anastasio García López, en su Guía del Bañista se queja nuevamente del lamentable estado de las instalaciones termales de Bellús, de las que dice que están "en la infancia de esta industria" ^"^ repitiendo en pocas líneas las quejas de Villafranca. Unos años más tarde, en el Anuario oficial de las aguas minerales de España, editado en 1883, y entre cuyos redactores se encontraban Anastasio García López, Benigno Villafranca y Leopoldo Martínez Reguera, encontramos dos datos a resaltar. En primer lugar, el nombre del facultativo que se encontraba entonces al frente del balneario, Juan Bautista Bemabeu, al que dan el calificativo no de médico-director de la plaza sino de "interino"; y en segundo lugar, que el marqués de Bélgida, que tanta desidia había demostrado por la mejora de las instalaciones balnearias, ya no era el propietario, sino que lo había vendido a Juan Bautista Mompó^^. Esto debió ocurrir hacía la década de los ochenta, pues el Anuario nos dice que la instalación es aún mala, aunque "su actual propietario empieza a efectuar las obras necesarias para la construcción de un buen estableciemiento"^^. A Mompó se deben la introducción de dos grandes mejoras: la primera, el haber encargado el análisis químico de las aguas al catedrático de Terapéutica de la Universidad de Valencia Vicente Peset, persona de reconocido prestigio científico, que emitió su informe, del cual hablaremos más adelante, el 14 de enero de 1899; la segunda, fue la transformación del edificio balneario de una construcción rudimentaria, antihigiénica y lamentable, como hemos visto por los testimonios aportados, en que la mantenían los marqueses de Bélgida, residentes en Madrid y desvinculados afectivamente hacía tiempo de sus propiedades valencianas, en una construcción arquitectónica moderna y dotada de los servicios necesarios no sólo para la asistencia médica al enfermo, sino para su entretenimiento lúdico. Esta nueva construcción está minuciosamente descrita en un folleto titulado Balneario de Bellús, editado en Valencia en 1901. Creemos de interés reproducirla para contrastarla con la realizada unos años antes con Villafranca. Dice así: "El edifício, construido de nueva planta, en el que existe Oratorio ó Capilla pública, reúne condiciones inmejorables, tanto por su capacidad como por la distribución que se ha dado a sus espaciosas y bien amuebladas habitaciones para que los concurrentes al Balneario puedan disfrutar de toda clase de comodidades." "Se ha establecido una Estación Telefónica enlazada con la Red Telegráfica del Estado, para que los señores bañistas puedan utilizar durante la temporada este importante medio de rápida comunicación". "Existe una completa instalación de Pararrayos en el Edifício y de Timbres Eléctricos en todas las habitaciones." "El Salón de Recreo ha quedado definitivamente establecido con las mejoras necesarias, a fin de que los señores bañistas puedan disfìiitar, con todas las comodidades, de tan indispensable departamento." "Los Comedores, tanto de 1^ como el de T, son espaciosos, y en el primero se han establecido mesas pequeñas para quienes deseen comer por separado, con un pequeño aumento sobre el precio del cubierto." "Se han construido un Paso Cubierto entre la Fonda y el Establecimiento de Hidroterapia, y un nuevo Pabellón de Retretes Inodoros, y se han instalado Fuentes en todos los pisos del Balnerario"^^. Así mismo nos da una lista de precios de los baños por piscina, en pila o ducha y del alquiler de sábanas y toallas. También los de las comidas, que oscilaban entre dos y cuatro pesetas pensión completa. Mompó solucionó otro de los grandes inconvenientes de este establecimiento termal, que eran las carreteras y accesos a Bellús, de los que Villafranca se quejaba definiéndolas como "intransitables caminos que a él conducen"^^. Este nuevo propietario estableció un servicio de carruajes para los asistentes al balneario, que los recogía al bajar del tren de Játiva y que podían ser alquilados por los residentes en el balneario para realizar excursiones por los lugares cercanos. Era una nueva concepción comercial y moderna, diametralmente opuesta a la seguida por los anteriores dueños, los marqueses de Bélgida, que lo consideraban una simple ftiente de ingresos económicos, como si de un campo de olivos se tratase. Pero aparte de residir en el balneario como en un hotel, éste disponía de: "habitaciones espaciosas, independientes y ventiladas, con camas, ropa para las mismas, vajilla y cocina propia, para que las familias que lo deseen puedan confeccionarse la comida por su cuenta"'9. Para ello el balneario tenía una tienda bien abastecida de comestibles, vino, petróleo, jabón y bujías "a precios limitadísimos". La temporada de baños en el siglo XVIII duraba desde últimos de mayo a San Juan, o sea el 24 de junio, porque, como dice Lemos ¡"después empiezan las terciáis BALNEARIO de Bellús, (1901),Valencia, Imp. Doménech, 4 f. •8 "Bellús está casi incomunicado. El camino de Játiva es de herradura, pésimo y algunas veces espuesto; los que parten de Beniganim, la Puebla y Montabemer, son peores, y la única esperanza es la conclusión de la carretera de Alicante." (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es JUAN ANTONIO MICO NAVARRO Y AMPARO SOLER SAE nas por todo aquel parage"^^ Villafi*anca afirmaba que "llegaban las charcas hasta la misma casa balnearia"^^. Pero al desaparecer este inconveniente, producido por el encharcamiento de los campos para el cultivo del arroz, cuya producción fue prohibida en 1823, la temporada se alargaría. Así Raimundo Monasterio, en 1850 nos informaba que había dos temporadas de baños. La primera comprendía del 15 de abril al 15 de julio y la segunda del 15 de septiembre a finales de octubre^^. Esta división se vería alterada hacia los últimos años de la centuria y en el folleto editado en 1901, tras la construcción del nuevo edificio al que hemos hecho referencia, vemos que la primera temporada comprendía del 1 de mayo al 30 de junio y la segunda del 15 de agosto al 31 de octubre^^. IL ANÁLISIS DE LAS AGUAS. La primera descripción de la composición de las aguas de Bellús que hemos encontrado es la que nos proporciona Lemos en su obra. "Ellas son muy claras, carecen de olor y tienen un sabor nada ingrato, solo que al tragarlas se conoce que son algo gruesas, pero frías ya no se advierte tanto. No dexan vestigios de sustancia conocida en su corriente, ni remansos, y lavándose con ellas denotan que son de naturaleza saponácea, pues dexan las manos muy suaves, y la piel parece que se vuelve más blanca quando se está dentro del baño"^^. No será hasta mediados del siglo XIX cuando encontremos un primer acercamiento al análisis de los componentes de las mismas. Así en 1850, Monasterio las describe con un temperatura de: "2P R: están mineralizadas, aunque no sabemos en qué cantidad, por las sustancias siguientes: cloruros y sulfatos sódico y magnésico, carbonato bicálcico y bimagnésico"^^. Tres años más tarde, en 1853, Pedro María Rubio nos habla de los análisis llevados a cabo por Serafín García en 1840, por un médico de Játiva llamado Todolí y por Victoriano Usera. Esta es la composición que nos ofrece, siguiendo un procedimiento aconsejado por Berzelius. Según esta curiosa descripción que cuantifíca en "granos", En 1875 Anastasio García López reproduce el análisis realizado por Usera, pero añadiendo a los componentes químicos detectados por aquel el ázoe, el óxido férrico y el sílice, y dando la medición de los gases en centímetros cúbicos y los minerales en gramos. Una prueba de lo rudimentario de estos análisis es la indicación de la existencia de "indicios" de sílice, del cual no hace una cuantificación^s. Así vemos cómo se van completando los distintos análisis químicos a medida que avanza el siglo, pues la aplicación de los conocimientos químicos a la medicina no será un hecho cotidiano hasta la introducción de la denominada "medicina de laboratorio" en las últimas décadas del siglo XIX. Es muy ilustrativa a este respecto la opinión de Benigno Villafranca sobre el particular cuando afirma: segundos sulfato de calcio, magnesio y potasio; cloruro sódico, óxido férrico, sílice y agua pura. Todos estos elementos, que vienen a coincidir con los anteriores análisis químicos de las aguas, los expresa en gramos. Por último define estas aguas como "termales y salinas de la clasificación de Chenu, de composición muy débil; pertenecen a las sulfatado-cloruradas (r clase) en la clasificación de Herpin; a las salinas sulfatadas de Henry; a las sulfatadas mistas de Durand-Fardel, y a las salinas mistas de cálcico-magnesianas de Petrequin y Socquet»^^. Con estas definiciones podemos apreciar el auténtico "bosque" de clasificaciones de aguas termales en el que se movía la hidrología médica del siglo XIX. No es nuestra intención, dada la extensión del presente trabajo, entrar a explicar las diferentes técnicas en que se basaban estos análisis, sino hacer una somera descripción que permita a los interesados en el tema un acercamiento más detenido. Para finalizar este apartado queremos hacer referencia al análisis químico de estas aguas que, por encargo de Juan Antonio Mompó, realizó el catedrático de Terapéutica de nuestra Facultad de medicina Vicente Peset Cervera el 14 de enero de 1899. Este profesor, que instaló en 1888 uno de los primeros laboratorios de análisis químicos que hubo en Valencia^i, encontró los siguientes elementos: por una parte gases disueltos que comprendían distintas proporciones de oxígeno, nitrógeno y ácido carbónico; por otra, carbonatos de cal, sosa, magnesia y hierro, silicato de sosa y nitrato amónico. Define las aguas como acrotermas, bicarbonatadas y litínicas "lo que explica su ya antigua fama en los procesos reumáticos; pero conviene emplearla además en los trastornos digestivos y litiásicos"^^ Como podemos comprobar este análisis es mucho más preciso en cuanto a la descripción de los componentes minerales de estas aguas, indicando las cantidades que se han encontrado de cada elemento en granos por litro de agua y sus equivalencias, en algunas de ellas, en bicarbonato o en centímetros cúbicos. Constituye ya la aplicación sistemática de los conocimientos químicos al estudio de la terapéutica médica. Hemos de remontamos nuevamente al siglo XVIII, y en concreto a la obra de Lemos, para ver a qué tipo de enfermedades se aplicaban las aguas de Bellús como remedio curativo. Este las recomendaba para los: "accidentes apopléticos, siendo muchos los que con su riego han logrado el poderse manejar al tercer dia de tomarlas... Lo mismo han experimentado en los afectos reumáticos y gotosos, siempre que los dolores no han sido complicados con la lue-venérea, porque entonces salen del baño peores que entraron... Se han visto provechosos en la hipocondría, melancolía, pasión histérica, supresión de meses, fluxos blancos y demás achaques que tienen por causa una sangre espesa, viscosa y sin acción en el sólido para empujarla, por demasiada rigidez ó por defecto de contracción. Ellas curan perfectamente todo afecto cutáneo, como sama, tina, humor salado, empeines etc., resuelven las inchazones edematosas, y conducen a cicatrizar toda llaga antigua, que por razón de hinchazón en la parte ó abundancia de humores gruesos y viscosos sumamente adheridos á sus partes no pueden llegar a este estado"-'^-''. Vemos en esta descripción una mentalidad basada en los conceptos hipocráticogalénicos de la medicina clásica, con referencias a los "humores" y "sangre espesa". Para contrastar vamos a reproducir las enfermedades para las que se consideraba adecuada en 1864, puesto que las otras obras consultadas coinciden con Benigno Villafranca, quien al haber sido médico-director del balneario, consideramos como fuente de mayor credibilidad. Este nos dice: Villafranca desaconseja, por último, el tomar los baños de Bellús a las personas que tienen un proceso febril mientras dure éste, así como a aquellos que han padecido hemorragias cerebrales, cosa que contradice las indicaciones de Lemos. Así mismo las desaconseja en todos aquellos casos en que el enfermo padece lesiones orgánicas de estómago, hígado o cualquier otro órgano interno. Nuevamente en el folleto editado en 1901 y basado en el análisis de Peset, se produce una contradicción con usos anteriores. Así, mientras Villafranca las desaconseja para lesiones del estómago e hígado, en este nuevo folleto de finales del XIX y comienzos del XX se aconsejan: "tanto en los trastornos digestivos, que constituyen ciertas dispepsias anaclorhídricas e hipoclorhídricas, perezosas o bradipépsicas, y en varios afectos biliares o hepáticos e intestinales, como en los comunes amortiguamientos de la nutrición; también si se traducen por 33 Cf.: LEMOS, F.J., Op. cit., pp. 147 y 148. diabetes, polisarcia u oxaluria, y muy especialmente en el artritismo, desde sus manifestaciones profundas, catarros, gota, reuma y neurastenia, hasta las más externas, constituidas por ciertas dermatosis pruriginosas, litiasis o cálculos urinarios." "Asimismo son muy especiales en el escrofulismo, anemia y clorosis, debilidad general, linfatismo y enfermedades del sistema nervioso. No tienen rival en las amenorreas y metritis crónicas, en cuyos padecimientos se vienen observando desde antiguo múltiples y maravillosas curaciones"-^^. Así pues, vemos cómo, pese a contradecirse unos textos con otros en el uso terapeutico de estas aguas, todos coinciden en su utilización en los procesos reumáticos e inflamatorios. Esta nueva etapa, comenzada a fines del siglo XIX, conoció un sostenido auge a lo largo de la primera mitad del siglo XX, hasta que el abandono progresivo, por parte de la medicina científica académica, de la utilización terapéutica de las aguas minero-medicinales, llevó a muchos de estos establecimientos a su cierre parcial o definitivo. Actualmente ha comenzado una recuperación del termalismo que deseamos devuelva a estos balnearios, como el de Bellús, su antiguo esplendor como lugar de curación y de reunión social. Sería beneficioso no sólo para nuestra salud, sino para la economía y el turismo de nuestras poblaciones de interior. RUBIO, P. M. (1853), Tratado completo de las fuentes minerales de España, Madrid, Est. 1897), Bibliografía hidrológico-médica española, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, vol. Il, p.
Las actitudes del colectivo médico ante la perspectiva de la intervención estatal en la organización y gestión de los servicios médico-sanitarios, y la dependencia de éstos del Poder público central, han marcado buena parte de las manifestaciones públicas de los profesionales de la medicina durante el siglo XX. En este trabajo se trata de analizar cuáles eran las expectativas de los médicos españoles respecto a la intervención del Estado en la actividad médico-sanitaria; y cuáles eran los elementos que constituían el modelo sanitario-asistencial propugnado por esta parte de los implicados en el sistema sanitario. Para alcanzar el objetivo propuesto se han analizado discursos de organizaciones corporativas y de la prensa profesional emitidos durante el periodo 1931-1936. ISABEL JIMENEZ-LUCENA Como es sabido, los años Treinta fueron cruciales en la conformación de determinados aspectos característicos de las sociedades actuales^. En nuestro país este periodo histórico coincidió con la instauración de un régimen democrático que posibilitó la expresión de los distintos sectores sociales y, con ello, la agudización de la dinámica de interrelación entre grupos y clases, evidenciándose los conflictos y consensos existentes entre los mismos. Por otra parte, las relaciones del Estado con las diversas posiciones de la estructura social es un tema sobre el que se han elaborado distintas teorías. Sin embargo, necesita de aportaciones empíricas que verifiquen el grado de validez de las mismas y muestren los intereses que los distintos grupos sociales tienen en la actuación del Estado. En este trabajo se trata de analizar cuáles eran las expectativas de los médicos españoles respecto a la intervención del Estado en la actividad médico-sanitaria. Una cuestión que sigue estando llena de contradicciones que pueden ser clarificadas con el análisis histórico del problema^. Para alcanzar el objetivo propuesto se han analizado discursos de organizaciones corporativas como Colegios y otras asociaciones así como los de la prensa profesional. Como es sabido, estos foros pretenden ejercer poder e influencia en los procesos que tienden a señalar las líneas de desarrollo de los asuntos que afectan al colectivo organizado. El análisis de estos discursos se ha hecho teniendo en cuenta que éstos se construyen a partir de posiciones e intereses sociales determinados, a la vez que pretenden fundar y legitimar una realidad a la medida de los emisores^. En este sentido partimos del reconocimiento de cierta heterogeneidad entre los profesionales de la medicina, tanto en la situación económica como aspectos ideológicos; pero, también consideramos que no se debía perder de vista el hecho de que los componentes de la categoría socioprofesional analizada formaban parte de un grupo social más amplio, una clase, que en términos generales se reconoce como burguesía^. Estas nociones nos fueron de gran ayuda en la comprensión y explica-' Véase a este respecto Ucelay-da Cal, E. y Veiga, F., El fin del segundo milenio (Un siglo de miedos apocalípticos, 1914-1989), en FONTANA, J. y UCELAY-DA CAL, E. (dirs.). 2 Recientemente, Rafael Huertas ha realizado un interesante análisis de aspectos relacionados con este tema en HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R. (1995), Organización sanitaria y crisis social en España. La discusión sobre el modelo de servicios sanitarios públicos en el primer tercio del siglo XX, Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid. 3 Sobre estas propuestas de "enlazar construcción discursiva de lo social y construcción social de los discursos" puede verse CHARTIER, R. (1993), «De la historia social de la cultura a la historia cultural de lo social», Historia Social, n° 17, 97-103, p. ^ Acerca de la necesidad de insertar los grupos de presión, como el sector médico organizado, en el esquema global de las posiciones de clase y el lugar que aquél ocupa en las mismas, puede verse NAVARRO,194 Asclepio-yoh XLIX-1 -1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ción de las opciones y propuestas que los componentes del colectivo médico elaboraron y defendieron respecto a la actuación del Estado en los servicios sanitarios. Así pues, tanto los intereses de grupo y de clase como las opciones ideológicas se mostraron útiles como clave interpretativa. Las actitudes del colectivo médico ante la perspectiva de la intervención del Estado en la organización y gestión de los servicios médico-sanitarios, y la dependencia de éstos del Poder público central, han marcado buena parte de las manifestaciones públicas de los profesionales de la medicina durante el siglo XX. La expresión de opiniones respecto a esta cuestión no fue escasa durante el quinquenio republicano; debido, entre otras razones, a las expectativas de lo que se preveía como una inminente reforma sanitaria, producto de la necesidad de adaptación de estos servicios a la realidad socioeconómica de esta importante y crítica etapa histórica. El discurso de distintos miembros del colectivo médico, unas veces expresando opiniones a título individual, otras en representación de determinados sectores profesionales, constituye un cuerpo de propuestas a analizar, con objeto de poner de manifiesto cuáles eran los elementos que constituían el modelo sanitario-asistencial propugnado por esta parte de los implicados en el sistema sanitario. Por otra parte, existen numerosos estudios que sitúan a los componentes del colectivo médico entre las clases medias o burguesía; también se han realizado estudios empíricos a nivel local que muestran esta realidad, como las tesis de licenciatura acerca de los profesionales dirigidas por Juan Luis Carrillo y Jesús Castellanos: Vl-LLAREJO ÁLVAREZ, M.^ I. (1986), Profesionales sanitarios en la Málaga del último cuarto del siglo XIX, tesis de licenciatura inédita. Málaga; FERNÁNDEZ MARTÍN, F. J. (1986), Profesionales sanitarios en la Málaga en el primer cuarto del siglo XX, tesis de licenciatura inédita. Málaga. que este tipo de actuaciones fomentarían una visión preventivista de la medicina^, pero también permitían reivindicar la protección, tanto social como económica, del Estado para labores que no podían ser ofertadas en el mercado; bien porque no tuviesen demanda, bien porque necesitaran de unos niveles de inversión no accesibles o difícilmente rentables para la actividad privada. Las actuaciones sanitarias, en su acepción clásica de lucha contra los morbos sociales, tenían estas características en, prácticamente, todas sus facetas. Necesidad de fuertes inversiones en infraestructura sanitaria (alcantarillado, abastecimiento de agua, etc.), de escasa o nula rentabilidad para la actividad privada, en tanto que las inversiones necesarias eran difícilmente capitalizables, al menos en porcentajes que procuraran beneficios "apetecibles"^, y una dudosa demanda en la parte correspondiente a la actividad médica preventiva'^. Los discursos hegemónico y alternativo en la prensa profesional. En el sentido antes expuesto, en la publicación conservadora El Siglo Médico,^ se sucedieron las declaraciones referentes a que la Sanidad era "la primera y principal obligación de cuantas deben ser atendidas y patrocinadas directamente por el Estado"; un Estado que tenía "el deber y la obligación de velar por la sanidad de la nación y la salud de sus subditos, fuente y base del poderío de todo pueblo fuerte"^. Pero este deber lo habría de realizar con sumo cuidado para no perjudicar los intereses de la "clase médica"; pues modificar el ejercicio profesional en el ámbito de la 5 Sobre los intentos de coordinar aspectos asistenciales y preventivos de la actividad médica puede verse HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R.(1995), pp. 66-82. ^ Respecto a esta cuestión y el papel del Estado en la financiación de los servicios sanitarios puede verse: HEILBRONER, R. L. (1990), Naturaleza y lógica del capitalismo, Ediciones Península, Barcelona, pp. 88 y ss. y 144-7; NAVARRO, V. (1978), pp. 242-4, 264-6. ^ En este sentido podemos considerar las manifestaciones en tomo a la inexistencia de un "ambiente sanitario" y la necesidad de fomentar el "espíritu higiénico" tan frecuentes en el discurso médicosanitario. 8 Como ha quedado señalado en RODRÍGUEZ OCAÑA, E.; ROSADO CAMACHO, E.; MORENO RODRÍGUEZ, R.M^.( 1985-86), «La polémica en tomo a la ley de libertad de enseñanza en España, vista a través del periodismo médico (1861-1874)», Dynamis, 5-6, 245-57, El Siglo Médico era una publicación con larga tradición conservadora. Esta tradición la mantuvo en el periodo histórico aquí analizado, como hemos podido comprobar a través de los apoyos políticos que se ofrecían en sus páginas, vinculados siempre a las personalidades y gmpos más conservadores del espectro político, como Albiñana de Renovación Española, o Bermejillo de la CEDA, por citar sólo dos ejemplos. 9 Entre las numerosas manifestaciones que se hicieron sobre este asunto pueden verse MARTÍNEZ llamada asistencia médica, entendida ésta como la actividad clínica individualizada, podría socavar los principios básicos de una "profesión liberal". Así, no debía exagerarse la intervención administrativa en la medicina y para ello, según el director de El Siglo Médico, Carlos M^. Cortezo, había que definir y separar bien lo que era Sanidad y lo que era Asistencia Pública. ^^ La clave de una "buena" actuación pública estaba en la inversión de los recursos públicos en determinadas parcelas mientras otras debían permanecer totalmente al margen. Esto lo explicaba el colaborador de El Siglo Médico, Ramón Giner, utilizando lo que él mismo llamaba "el más clásico argumento contra el socialismo" que consideraba que el colectivismo estatal cegaba la fuente de eficacia que era dejar "manar el caudal de energía y de iniciativa de que es capaz cada hombre, acuciado individualmente por el afán de superarse y mejorar con respecto de sus convecinos". Y lo que era una regla general válida, todavía era más evidente en "la medicina social" entendida ésta como la asistencia de urgencia -es decir en afecciones agudasprestada a nivel domiciliario y privado. En cambio, para "enfermos crónicos, para cirugía, para la atención eficaz y más premiosa en dispensarios y laboratorios, todo cuanto desarrollen las corporaciones privadas o públicas nos parecerá poco"!^. Es decir, el afán de superarse quedaría restringido a aquellas actividades que no supusieran una inversión importante para el médico, en cuanto a instalaciones o instrumental, e imposible de posponer para el paciente; mientras que para el ejercicio más complicado, en cuanto a la necesidad de una mayor inversión material o una menos apremiante necesidad de asistencia por parte del cliente, cabía la intervención del Estado, aunque el caudal de energía e iniciativa sufriera efectos similares a los de una sequía. En definitiva, se trataba de mantener la diversidad de fuentes de beneficios y de impedir que se quebrara el "espíritu liberal" de la profesión. Para ello, se insistió en la diferenciación entre "lo sanitario" y "lo asistencial", y en la conveniencia de mantener la línea divisoria entre lo que era la asistencia a los "desheredados" y el resto de la actividad profesional clínica^^^ L^ ya clásica reivindicación de una rigurosa selección •2 Mantener separadas las actuaciones ejecutivas de los servicios de Sanidad y Beneficencia, era una forma eficaz de asegurar que la asistencia médica mantuviese una demanda privada, no mezclando una actividad a la que tenían derecho todos con otra en la que debía pasarse una rigurosa selección para formar parte del grupo beneficiario. Además, esta forma de prestación tenía la ventaja de poder ser fácilmente instrumentalizada, en caso de que conviniera desprestigiar las actuaciones médico-sanitarias pública, denunciando el abuso de estos servicios por parte de la población; George Rosen ha señalado la utilización de este argumento para destruir programas sanitarios públicos. ROSEN, G. de los integrantes de las listas de beneficencia pretendía lo que Gregorio Nieto, Secretario del Colegio de Médicos de Soria, expuso en los últimos meses de vida de la República, dándonos a conocer que el viejo problema no se había resuelto y continuaba en los mismos términos. En concreto, Nieto proponía, como solución a los problemas profesionales, que se delimitasen de forma precisa cuáles eran las funciones de la Sanidad y de la Beneficencia, es decir hasta dónde llegaría la intervención de los poderes públicos, con objeto de que se respetase escrupulosamente el ejercicio libre de la profesión, sin competencias "desleales". Los sanitarios funcionarios del Estado debían limitar su actuación a la vigilancia y prevención de la aparición de enfermedades epidémicas, así como los médicos de la Beneficencia a los enfermos pobres, desheredados, exclusivamente^^ En ambos casos el Poder público aseguraría unos beneficios que nunca se obtendrían en el "libre mercado". Pero, exceptuando a los "pobres de solemnidad", que de ninguna manera podrían hacer frente a los gastos de asistencia médica por muy reducidos que éstos fuesen, el resto de la actividad asistencial debía someterse a los cánones del ejercicio liberal de la profesión. Esta división ya había mostrado con anterioridad su utilidad en la construcción de un determinado discurso médico, pues había permitido que el director de El Siglo Médico, Francisco J. Cortezo, pudiese reivindicar "la organización de los servicios de Beneficencia y Sanidad de una vez para siempre y dependientes en absoluto del Estado" de forma que el inspector municipal de Sanidad y el médico de la Beneficencia pública sería un funcionario del Estado. Y, a la vez, mantener que "De modo paralelo a la función sanitaria del estado correrá el ejercicio profesional médico en todos sus aspectos, dentro de la más absoluta libertad e independencia, desde el ejercicio médico libre en el medio rural al de las capitales de mayor población. Para la organización del ejercicio médico se hace absolutamente preciso [...] la abolición, tajante, de todo servicio profesional médico prestado en compañías y sociedades y pagado en forma de sueldo global [porque] la socialización arbitraria de los servicios es la muerte del progreso científico y de la moral médica" ^^. Así, los sectores más conservadores, en los que se ubicaba Francisco J. Cortezo, defendían como ideal un modelo bicompartimental donde no cabía la asistencia ase-gurada^^. Y para que este esquema funcionase había que asegurar lo que Cortezo llamaba "la severa aplicación de la función benéfica". Sólo los que demostraran encontrarse en la indigencia podrían acceder a una asistencia médica gratuita, siguiendo el modelo, propio del liberalismo, en el que sólo los "miserables", que no pudiesen resolver sus problemas en el mercado "libre", serían acogidos por el sistema asistencial público; marcándose, así, al beneficiado con el estigma de la incapacidad^6. En la publicación de corte reformista La Medicina Ibera^'^ se difundieron opciones que, salvando matices de gradación, perseguían los mismos fines que las propuestas en el semanario conservador antes analizado. Los argumentos en este caso consideraban que si se pretendía realizar una reforma sanitaria, en cierta forma ambiciosa, con una financiación insuficiente debía buscarse recursos ya existentes adaptándolos a las necesidades fijadas. En este sentido se defendía el traspaso de recursos desde los servicios benéficos, de asistencia médica individual, a la Sanidad; y el Estado, considerado como entidad "neutral", sin intereses que defender, era el más adecuado para realizar la reorganización de los servicios de forma "apropiada para la acción social a que le obliga el interés de la salud pública en lo que se refiere a la prevención de los contagios" ^^. De esta forma, si el Estado no podía hacer frente por si solo a esta labor, como aseguraba, entre otras autoridades sanitarias José Verdes Montenegro, debía intervenir para reordenar los recursos en favor del "bien común". En este caso los recursos de las "consultas públicas" debían contribuir al desarrollo de los servicios de carácter preventivo; es decir la Beneficencia podía y debía aportar recursos a la Sanidad^^. Si tenemos en cuenta los beneficiarios de estas actividades, se estaba pidiendo una redistribución en la que perdían los más desfavorecidos en pro del "bien común". >5 La dinámica socioeconómica hizo que esta opción fuese, en su forma más radical, minoritaria, pues la asistencia asegurada fue, en general, aceptada; aunque con diversidad de modalidades.'6 El carácter punitivo del modelo de asistencialismo sólo para indigentes ha sido señalado en numerosas ocasiones; puede verse al respecto ARMAS, A. de (1993), «Concepto de salud y su evolución. El ser humano», en GONZÁLEZ DE CHAVES, M^.A. (comp.), Cuerpo y subjetividad femenina. Siglo Veintiuno, Madrid, pp. 37 y ss.' "7 La Medicina Ibera podemos situarla dentro de la corriente reformista. Femando Coca, estuvo comprometido con Acción Republicana, y entre sus colaboradores habituales se encontraban hombres situados en los sectores más progresistas del espectro ideológico, desde Augusto Almarza al anarcosindicalista Polo y Fiayo. También se expresó en La Medicina íbera una tendencia aún mas próxima a las divulgadas en El Siglo Médico, que defendía con vehemencia un Estado con unos límites conceptuados en la tradición liberal. De esta forma, para José Alvarez Sierra, también colaborador de El Siglo, entre los peligros que acechaban al médico no era el menos dramático la socialización de la Medicina, pues "el comunismo amenazando a España, la socialización de la Medicina casi a las puertas de Europa; el seguro de enfermedad como máquina de asistir enfermedades defendido por algunos técnicos, se acercan tiempos en que dedicarse a la ciencia de Hipócrates tendrá graves dificultades"2o. Dificultades que vendrían dadas, entre otras razones, por el hecho de que al convertir al médico en asalariado se le exigirían responsabilidades por su actuación técnica^i. Así pues, el Estado debía tener una intervención mínima, en tanto que debía defender intereses colectivos pero nunca a costa de supuestos derechos individuales, aunque en realidad éstos fuesen intereses corporativos y de clase. En general, el límite del interés colectivo estaba en la posibilidad de negocio privado; si la actuación de los servicios públicos restaba posibilidades a la obtención privada de beneficios aquélla era rechazada. Las palabras de Alvarez Sierra son muy claras: "la expansión poco meditada de los institutos sanitarios puede agravar la situación de la clase médica, ya que resulta frecuente el confundir la función de la Sanidad y profilaxis con la benéfica. Conocemos algunas capitales de provincia donde los Dispensarios antivenéreos, sólo han conseguido arruinar a los tres o cuatro especialistas que tenían consultorios particulares. En cambio, los beneficios de la higiene y de lucha contra la prostitución siguen casi igual. Los Dispensarios rurales de Higiene infantil, los antituberculosos y antipalúdicos, son un arma de dos filos, uno de los cuales se vuelve contra la actuación del médico libre, que es, en fin de cuentas, el que hace la verdadera Medicina."22 Otro ejemplo de exposición diáfana en el mismo sentido fue el del médico puericultor Rodríguez Pedreira, quien también consideraba que desde los centros sanitarios oficiales se hacía competencia desleal, pues la no delimitación estricta de la medicina preventiva y la medicina curativa daba como resultado que los médicos clínicos no enviaban a sus clientes a los Centros de Higiene, para hacer profilaxis, "ante el temor muy justificado de que sus ingresos sean menores al suponer que pueda entrar como médico en la familia, el que solamente debía dedicarse a la higiene preventiva". Por otra parte, el médico puericultor, o cualquier otro sanitario, bus- caria "otras actividades alejadas de su misión para atender a sus necesidades y a las de su familia" si no era bien retribuido^^. Ahora bien, aunque de forma menos extendida, frente a estas tendencias fuertemente compartimentadoras y diversificadoras se publicaron algunas propuestas que aun manteniendo un carácter más o menos diversificador y sin llegar a constituir apuestas claramente integralistas y colectivizadoras, sí suponían un paso adelante en este sentido; aunque lo que sobresalía en algunas de ellas era las ventajas que mostraban para determinados sectores de la profesión. Así, Francisco Bécares desarrolló un plan de funcionamiento de los servicios sanitarios basado en la integración de la actividad asistencial en los centros sanitarios que se habían puesto en marcha, siguiendo las recomendaciones de la Conferencia de Ginebra acerca de la Higiene rural. De esta forma, todo lo referente a sanidad y asistencia estaría organizado y dirigido por el Poder central pero financiado con la cooperación tanto individual como familiar, del Municipio, de la provincia y del Estado. El centro sanitario prestaría asistencia tanto a indigentes, por cuyos servicios pagarían los Ayuntamientos y Diputaciones, como a los trabajadores asegurados, servicios pagados por sociedades, mutualidades y cajas de seguros, y a los "pudientes", que pagarían privadamente al centro sanitario. Este sistema organizativo era definido por su autor como basado en un principio de socialización que garantizaría a todas las clases sociales, a todos los individuos, las prestaciones médico-sanitarias. Por tanto, tendría la ventaja de consagrar y hacer efectivo el derecho a la salud de todos los individuos. Pero, su alternativa de financiación, relacionada con las diferentes formas de acceso a los servicios sanitarios, marcaba el verdadero carácter diversificado del sistema propuesto y una protección absoluta de las remuneraciones del personal médico. En la financiación del sistema sanitario propuesto por Bécares los recursos aportados serían: Ayuntamientos, 5% presupuesto municipal + 50 ptas por cada familia pobre; Particulares, 10 ptas por cada individuo de la familia; Diputaciones, 10% de su presupuesto; Estado, sostenimiento de los Centro y dotación de plazas de especialistas; Cajas del Seguro. El Estado, además, sería el organismo encargado de recaudar estos recursos y asegurar directamente las retribuciones a los profesionales de la medicina.^^ Pero fue la opción propugnada por el médico anarcosindicalista Polo y Fiayo la que defendió, en medios profesionales, de forma más clara una medicina integral y colectivizada. Consideraba que la solución más acertada en cuanto a la eficacia de los servicios sanitarios era ir hacia una nacionalización o socialización conjunta de 23 RODRÍGUEZ PEDREIRA, J. (1935), «Puericultura -Pediatría. Instituto Provincial de Higiene Infantil», La Medicina íbera, 29, if 897, XXXIX. 2^ BÉCARES, F. (1933a), «Proyecto de organización de la asistencia médico-sanitaria rural». La Medicina íbera, 27, tf 832, CCLXXIII-IX y (1933b), «Más sobre nuestro proyecto de organización de la Asistencia médico-sanitaria rural. II» La Medicina íbera, 27 (838) CDI. asistencia y sanidad, ya que no se alcanzaría eficacia alguna si el Estado no coordinaba todos sus elementos clínicos, sanitarios y sociales^^. Sin embargo, el propio autor de la propuesta reconocía lo improbable de su realización manteniendo que "La socialización, o mejor, la nacionalización de la Medicina en un amplio sentido social de derecho del pueblo, no es una forma asequible para esta República tímida y discreta que conserva con unción los últimos destellos de una burguesía moribunda; cuando la antorcha de la revolución haya quemado sus baluartes que todavía huelen a cirio y a incienso y haya destruido sus organizaciones heredadas de la vieja monarquía, entonces nacerá la sociedad que precisa la nacionalización de la Medicina"26. Aunque, por otra parte, veía ciertas expectativas de cambio basadas, no ya en el reconocimiento del derecho a la salud, sino en los intereses del colectivo médico y de la burguesía en general. En este sentido, aseguraba que "La medicina actual es esclava de las finanzas porque precisa grandes instalaciones, y como ello es inaccesible para el bolsillo del médico que consumió sus disponibilidades para serlo, preciso será, o que la ciencia sea una forma de explotación paia enfermos y médicos, y los beneficios tan sólo para los capitalistas, como acontece en los tipos del seguro mercantil, o que se socialice". Además, la misma burguesía habría de considerar que aquella nacionalización sería "una forma más justa y completa, necesaria a la prosperidad del país"27. La expresión de lo hegemónico en organizaciones y reuniones médicas. Personajes que ocupaban cargos de representación en organizaciones profesionales como el entonces presidente del Consejo Nacional de los Colegios Médicos, Pérez Mateos, concretaba los límites de la intervención estatal, en los siguientes términos: "Los centros secundarios deben multiplicarse, pero circunscribiendo sus funciones al asesoramiento, al diagnóstico, al auxilio del médico. Pero si derivan a la asistencia pública y son policlínicas subvencionadas por el Estado, resultarán perjudiciales para los médicos"^^. El peligro de esta clase de centros consistía en que eran de gran atracción por los medios materiales de que disponían y absorbían la clientela libre, "mermando los ingresos del rural y royendo su prestigio". El ejemplo más claro de que podían ser un elemento perturbador para los profesionales de la medicina lo constituía, según Pérez Mateos, el hecho de que las sociedades de seguros alemanas, cuando chocaban con sus médicos, les reducía a la obediencia amenazándoles con crear esta clase de centros. De esta manera, las declaraciones del máximo representante de la organización colegial nos daba a conocer la contradicción existente entre los intereses profesionales y la racionalidad científico-médica. A los médicos no les interesaba unos servicios públicos bien dotados y de acceso universal donde se practicase una medicina integral, individual y colectiva, curativa y preventiva, mientras que ésta era reconocida como la forma eficaz de hacer labor sanitaria^^. Por el contrario, desde posiciones influyentes (prensa y cargos representativos) se construía, de forma mayoritaria, un discurso en el que el papel del Estado era mantener el fraccionamiento de la actividad médico-sanitaria, restringiendo las prestaciones de cada sector a determinados límites, considerado esto como la única forma de que "el beneficio que se haga al obrero no se saque de la carne del médico".^^ Limitar los servicios terapéuticos, la actividad curativa individual, en definitiva "los servicios que busca la gente por su propia iniciativa", en los centros públicos, era una forma de procurar la pervivencia de una porción de ejercicio privado lo más amplia posible. Ante la duda de que el Estado no cumpliera adecuadamente con este papel, se crearon organizaciones corporativas de tipo coyuntural, como la Unión de Defensa Médica (UDM), que pretendían asegurar la diversificación de la asistencia mediante la monopolización de la asistencia asegurada de la que los facultativos serían gestores y controladores, asegurando el mantenimiento del ejercicio libre para los enfermos pudientes y la beneficencia para enfermos pobres-^ Í. Esta misma posición había sido adoptada y dada a conocer tres años antes por el Sindicat de Metges de Catalunya. Esta organización mantenía que como medio de cumplir las orientaciones domi-29 El propio Pérez Mateos había manifestado que la Sanidad en su concepto moderno comprendía tanto la higiene y medicina preventiva como la asistencia al enfermo, pues esta era considerada también labor profiláctica. Por otra parte, Michael Davis en 1921 ya reconocía que el éxito de los centros sanitarios públicos estaba en la posibilidad de ofrecer asistencia tanto curativa como preventiva, individual como colectiva; véase ROSEN, G. (1985), pp. 376-7, la cita es de la página 377. 31 Esta concepción no sólo defendía una asistencia desigual para los enfermos sino que, de la misma forma, dejaba explícita una concepción jerárquica y elitista de la profesión definida por la visión negativa de la posibilidad de un trato de igualdad para todos los integrantes del colectivo médico en el caso de que la organización de la asistencia médica se desarrollase en función de opciones estatales. Respecto a todas las cuestiones relacionadas con la UDM véase MUT, J. nantes en la Sociedad de Naciones referentes a Higiene y Sanidad, expuestas tras las deliberaciones de las reuniones de octubre de 1930 en Budapest, en diciembre del mismo año en París y en marzo de 1931 en Ginebra, se procediera a la reglamentación estricta del servicio igualado. Esta reglamentación, así como la organización de la asistencia médica en la región catalana, la elaboraría y controlaría el Sindicat. Las modificaciones que proponía respecto a la organización de la asistencia ya existente eran mínimas y referidas a un control en la remuneración y en el mercado de trabajo médico. La diversifícación no era modificada y sólo los indigentes podrían acceder a un servicio médico gratuito a cargo del Municipio; el resto de la población abonaría una cuota en relación a sus medios económicos para tener asegurada la asistencia médica; esta cuota la recaudaría la Sección del Sindicat encargada de ello y no el profesional directamente. El Estado no tenía ninguna labor que desarrollar, la corporación se encargaría de todo^^ Por último, en dos importantes Congresos que se celebraron durante el periodo republicano para tratar los temas sanitarios: el I Congreso Nacional de Sanidad y el Primer Congreso Español Pro-Médico^^^ J^QS ha sido posible apreciar también la importancia que la redistribución de los recursos, en el sentido de que los servicios públicos se limitasen a parcelas no rentables del ejercicio profesional, y la compartimentación tenían en la noción que del intervencionismo estatal desarrollaron los profesionales de la medicina. En este sentido, las ponencias que en ambos congresos defendió Enrique Bardají sobre la organización del Seguro Social de Enfermedad^'^ dejaban claro que el papel que el Estado debía desempeñar era el de redistribuidor de los recursos ya existentes, obligando a invertir en materia sanitaria preventiva parte de los medios económicos de los servicios asistenciales de la Beneficencia y del Seguro Oficial. Además, el Estado se ocuparía de realizar las inversiones iniciales de establecimiento de las instituciones sanitarias, limitándose después al sostenimiento de los Institutos de Higiene y los Centros rurales de Sanidad y Medicina Preventiva; dejando la administración de los servicios de asistencia asegurada a otras instancias. Pero fue, sin duda, Santiago Ruesta, miembro de la Sanidad Nacional y Subsecretario de Sanidad y Beneficencia entre enero y febrero de 1936, quien, sobre todo en la ponencia que defendió en Zaragoza denominada "Política Sanitaria. Sanidad Nacional.", expuso con detalle un amplio programa en el que se trataban los distintos aspectos del ejercicio médico. Así, se establecía una especie de clasificación en la que la Medicina preventiva se identificaba con la Medicina del Estado; la asistencia social con la Medicina "de los pobres" y la Medicina privada, se hacía corresponder con la Medicina "de los ricos". Sobre todas ellas debía ejercer el Estado su influencia, pero de muy distinta manera. La Medicina preventiva (vacunaciones, luchas contra las llamadas enfermedades evitables como las antipalúdicas, antivenéreas, etc.) eran actividades propias del Estado, y debían ser llevadas a cabo en su totalidad por el mismo, a través de sus organizaciones sanitarias de carácter técnico; las razones de ello eran: "en primer lugar, la escasa cultura de la población, que no sabe todavía valorar la aplicación de una vacuna o el examen médico periódico de un sujeto sano y que, por tanto, obliga a ciertos métodos coactivos, que sólo al Estado es lícito emplear; segundo, la organización profesional médica en casi todo el mundo, con exclusión del médico rural español, está basada fundamentalmente en el ejercicio libre del arte de curar. La terapéutica es casi el único recurso económico del médico libre [luego] parece difícil interesar al médico liberal en la disminución de la morbilidad; tercero, los actos llevados a cabo por la Medicina preventiva no pueden, en ningún modo, ser caprichosos, sino fruto de estudios [requiriendo] conocimientos especiales que no tienen por qué ser exigidos al profesional libre; y cuarto, la ejecución de la Medicina preventiva por cuenta del Estado apenas perjudica a la profesión libre, pues si bien es cierto que existen enfermedades, como el paludismo y la sífilis, cuya profilaxis consiste en la esterilización de portadores, no es menos cierto que al Estado le interesa fundamentalmente el tratamiento social de estos enfermos, y no consideramos difícil el poder establecer de modo exclusivo este tratamiento (blanqueo de la sífilis) si encontramos las garantías suficientes para que una vez hecho inofensivo el enfermo, pueda ser entregado a la asistencia social, si se tratase de un pobre, o a la Medicina privada si se tratase de un rico"-'^^. Una propuesta similar fue la elaborada y publicada con anterioridad por F. BÉCARES; véase nota 24 de este trabajo. Todas las funciones de la Medicina preventiva serían realizadas en Centros sanitarios -Centros secundarios y primarios de Higiene rural y Centros terciarios o Institutos provinciales de higiene-, por médicos funcionarios del Estado bien remunerados para prohibirles toda actividad profesional ajena a la profilaxis pública o privada. La parte médica de la asistencia social sería responsabilidad, hasta que los seguros sociales se hiciesen cargo de la misma, de las instancias locales, quienes, vigiladas y controladas por el Estado y junto con la iniciativa privada, fomentada y encauzada por el Estado, serían las que debían ocuparse de este tipo de asistencia, entre otras razones, por cuestiones económicas. Por otra parte, los servicios médicos de carácter curativo e individual para la población no indigente entrarían en el ámbito de la Medicina privada. Bajo ningún concepto debía considerarse estas actividades como función del Estado, ni a los que la realizaran, incluso en la población indigente, funcionarios del Estado. Así pues, en los Centros de Higiene no debía prestarse estos servicios pues en caso contrario se cometería una grave infracción contra la seriedad que debía imperar en todos los actos del Estado, inmiscuyéndose en un campo de actividades que no le pertenecía. Como ejemplo de las consecuencias de esta injerencia expuso que la misma había sido causa de serias dificultades en el desarrollo de la organización de Centros de Higiene. En este mismo sentido, el colectivo profesional no debía pedir que los titulares pasasen a formar parte del Cuerpo de Sanidad Nacional, sino reclamar que la incorporación, en todo caso, se hiciese atendiendo al desempeño de ciertos actos administrativos de carácter público, reservándose el libre ejercicio de la profesión clínica, pues lo contrario sería "vender a bajo precio el carácter liberal de nuestra profesión". Y, lo que era peor, si se aceptaba que la asistencia médica domiciliaria a los pobres debía prestarse por funcionarios a sueldo, se incapacitaba a los profesionales para defenderse de las empresas que pretendiesen "poner a sueldo a los médicos que presten asistencia a sus asociados casi pobres". El problema de la creciente necesidad de una cierta tecnificación para el ejercicio clínico de la Medicina lo resolvía Ruesta fácilmente: la Administración sanitaria podría autorizar a los médicos el ejercicio privado en las instalaciones del Estado, en los Centros de Higiene equipados con el material necesario. De esta forma se aseguraría que todos los núcleos de población contasen con asistencia médica, facilitando a los facultativos las condiciones del desempeño de su trabajo^^. Ahora bien, como muestra la propia intervención de Ruesta, lo conflictivo del modelo propuesto se hacía manifiesto en el nivel asistencial más básico: el de los médicos titulares de los núcleos rurales, pues estos profesionales venían pidiendo desde décadas atrás que se reconociese su labor asistencial como parte de la respon- sabilidad del Estado en materia sanitaria, produciéndose un conflicto entre los intereses de un grupo en su totalidad y los de un sector de dicho grupo. Y en el Congreso Pro Médico se pidió la incorporación a la Sanidad Nacional por el doble concepto de su actividad: sanitaria y médica; no sólo el servicio en las cuestiones de medicina preventiva debía depender del Estado^^. Esta situación llevó a que se intentara una solución de excepcionalidad que, sin pretenderlo, abría una vía a la intervención estatal en los servicios de medicina curativa de forma generalizada. Entre las conclusiones y acuerdos adoptados en este tema de la "Política Sanitaria. Sanidad rural" se aprobó que la administración de la salud pública debía hacerse a cargo de funcionarios del Estado debidamente especializados y de forma incompatible con otra actividad profesional, pero se excluía de esta norma a los médicos titulares que prestaran servicios en los centros primarios; en todos los partidos médicos habría un centro primario dirigido por el médico o los médicos, en caso de existir un solo centro y varios médicos, de Sanidad y Asistencia pública. Estas medidas debían realizarse de forma completa en un plazo de cinco años^^. Sin embargo, el equilibrio de fuerzas tras la victoria del Frente Popular debió hacer más creíbles las advertencias de Ruesta respecto a las "peligrosas consecuencias" de "vender a bajo precio el carácter liberal" de la profesión, y los titulares acabaron aceptando que el Estado les retribuyera sólo en concepto de inspección sanitaria. En fechas muy próximas al inicio de la guerra civil, las peticiones del Comité ejecutivo de la Asociación Oficial de Médicos de APD (antiguos médicos titulares inspectores municipales de Sanidad) al Subsecretario de Sanidad y Beneficencia y al Presidente de la República, en relación a la intervención del Estado, se centraron en cuestiones relativas a los intereses económicos del colectivo. No había ninguna propuesta de reforma sanitaria ni de modificación del ejercicio profesional; sólo se pedía que el Estado se encargase de recaudar las retribuciones de los titulares, y aportara la tercera parte de las mismas, estimada en unos diez millones de pesetas, para aliviar las cargas de los Ayuntamientos, en concepto de la labor de inspección. A cambio, se ofrecía el esfuerzo cotidiano y la separación de los extremismos, saturando la labor médica de "serenidad y esperanza", virtudes éstas de la profesión médica^^. Ya en los últimos momentos de la República en paz, la posición de los organismos colegiales no había variado, básicamente, respecto al mantenimiento y la creación de compartimentos estancos dentro del sistema sanitario. Ante la información pública abierta por el Gobierno referida al proyecto de unificación de los Seguros Sociales, la respuesta que emitió el Colegio de Médicos de Madrid contenía, en el apartado que trataba sobre las prestaciones, las siguientes sugerencias: "El Seguro debe bastarse a sí mismo y con sus propios medios para el cumplimiento de todas sus obligaciones. [...] no deben establecerse coordinaciones ni prestaciones de las Beneficencias al Seguro, con el doble daño de desvirtuar la finalidad específica de las Beneficencias, ya insuficientes para atender a sus usuarios legales, los indigentes, o inferir el agravio que significa dar servicios gratuitos a quien cotiza para recibirlos"; además tampoco debía involucrar en sus servicios a la Sanidad pública, "cuya alta misión estatal nada ni nadie debe desviar'"^. En definitiva, la opinión hegemónica en medios profesionales era que la actividad médico-sanitaria debía quedar perfectamente compartimentada, con objeto de que no se produjesen injerencias desde la actividad pública en las parcelas consideradas de ejercicio privado. Así, por muy artificial que fuese establecer líneas divisorias entre las actividades médico-sanitarias, era imprescindible para mantener la liberalidad de la profesión,4i en una situación de clara tendencia a la salarización del ejercicio médico,42 y legitimar la ambivalencia profesional que permitía mantener las ventajas de ser funcionario y profesional liberal al mismo tiempo, evitando los inconvenientes de ambas situaciones. FOMENTO Y PROTECCIÓN DEL CORPORATIVISMO MÉDICO Durante la Segunda República, la corriente corporativa se expresó de forma particularmente manifiesta en el seno del colectivo médico, aunque el auge del corporativismo frente al liberalismo estricto se hizo evidente ya en la década de los veinte, como ha señalado Rafael Huertas.'^^ E1 discurso médico se estaba adaptando a una realidad cambiante, a la vez que procuraba influir en la dirección que tomasen los posibles cambios en el ámbito de la Medicina. La posición del colectivo médico, en tanto que segmento de la burguesía, estaba modificándose ante un movimiento obrero que iba adquiriendo una relevante posición; esta coyuntura estaba provocando que la idea del intervencionismo estatal, entendido éste en sentido liberal, estuviese sumando adeptos, que veían en la extensión del campo intervenido grandes ventajas.^ En estas circunstancias, la necesidad de contar con una fuerza homogénea^^ se planteaba como una cuestión básica, debido a que había que ser capaz de conseguir que la actuación del Poder público garantizara los intereses de los profesionales, en la nueva forma de asistencia médica que se preveía como necesaria ante la evolución del sistema económico y social^. La garantía mencionada significaba el control ^ En nuestro país, con la implantación de la II República, el Partido Socialista había ocupado determinadas cotas de Poder y el sindicalismo de clase estaba en auge. En muchas ocasiones, esto asustaba a determinados estratos de la clase media, que consideraban que las clases subordinadas se beneficiarían a costa de ellos; para evitarlo buscaban, con especial insistencia, según señala VILLACORTA BAÑOS, F. (1989), pp. 487 y ss., una entidad protectora que supiera neutralizar las posiciones "aventajadas" de los más desfavorecidos. En este sentido, se pedía al Estado que asegurara a los médicos sus retribuciones y sus estatus; al considerarlo desde la perspectiva liberal una instancia "neutral", no importaba quiénes gobernaran para reivindicar su actuación. Uno de los miembros de la familia Cortezo, Víctor M*, que llegó a ocupar el cargo de Inspector de Instituciones Sanitarias, fue muy explícito respecto a este asunto. En su discurso de recepción como académico de la Academia Nacional de Medicina, mantenía que el Estado debía ocuparse de dar protagonismo a la iniciativa privada aunque, al mismo tiempo, debía cuidar de los límites de la misma respecto a que la iniciativa privada''no juera de productores por lo propensos que eran éstos al monopolio". Parte doctrinal del discurso leído por el Excmo. "^5 Para conseguir homogeneidad en la acción del colectivo y con ello constituirse en una fuerza capaz de ejercer una presión suficiente para lograr determinados privilegios, era necesario lograr una pacificación interna en el colectivo médico. Para ello, se pedía que el Estado interviniese como organismo pacificador de los conflictos existentes dentro del colectivo, posibilitando la unificación de los intereses de los distintos sectores profesionales. A este respecto puede verse: PITTALUGA, G. (1935), «Contestación del académico de número Prof. Gustavo Pittaluga [al discurso de recepción de V.M". El presidente del Colegio, Dacio Crespo Alvarez, proponía el estudio de una alternativa que estableciera "nuevos cauces que den efectividad a una socialización de la Medicina, forzosa e indispensable, pero sin quebrantos o con los exclusivo de la actividad médico-sanitaria por parte de los profesionales de la medicina, con el objetivo primordial de impedir cualquier interferencia en la libertad de actuación que, de forma unilateral, se adjudicaban como derecho irrenunciable los profesionales de la medicina; además de asegurar un mínimo, al menos, de ingresos económicos a buena parte del colectivo. Cortezo aseguraba que la función sanitaria era la que mayor independencia de acción necesitaba y, por ello, debía depender exclusivamente del Estado, estaba reivindicando el control de la actividad médico-sanitaria, a través de un Estado corporativo que eliminara cualquier otra fuente de intervención diferente a la profesional. Para cumplir esta misión la institución estatal era considerada superior a cualquier otra, dado "el prestigio impositivo de la totalidad autoritaria del Estado" 47. Era, pues, en el sentido de facilitar la formación de una corporación médica investida de autoridad suficiente para hacer cumplir preceptos, en el que Carlos M^ Cortezo reivindicaba un Estado interventor. menos quebrantos posibles para nosotros los médicos", pues oponerse a cualquier cambio era "ir, por adelantado, al fracaso", dado que las fuerzas sociales contemporáneas, tanto socialistas como demócratacristianas y católicas, reivindicarían un cambio como lo habían hecho en otros países. Profesionales afines al ideario republicano liberal, como era el caso de uno de los fundadores de la Agrupación al Servicio de la República, Gregorio Marañón, veían en la actuación del Estado una vía de solución de problemas estructurales del sistema socioeconómico. Para Marañón era evidente que en un plazo breve la Medicina se socializaría "en toda la tierra"; la causa sería la crisis económica que provocaría la conversión de la Medicina en una función del Estado, en la cual "el enfermo del tipo medio tendría derecho a ser asistido por el Poder público y los médicos encargados de este servicio tendrían una remuneración asignada, un sueldo, y nada más". Pero no había que preocuparse por este último aspecto porque siempre habría mecanismos "para recompensar a los mejor dotados de inteligencia, voluntad o ambición frente a los perezosos o los tontos". MARAÑÓN, G.(1931), «Consideraciones acerca de la Medicina contemporánea» La Medicina íbera, 25, n° 724, CCLVII-IX. En la misma corriente de opinión se situaban otros colaboradores de La Medicina íbera. Para F. de Bergós Ribalta era de una "evidencia aplastante" que la Medicina caminaba a ser una función del Estado; la causa de ello era la evolución económica de los pueblos. La "penuria mundial", llevaría, ineludiblemente, por la ruta de una socialización completa de la Medicina; el que esta reforma la hiciese el Estado sería una garantía para los intereses de los médicos, que no existiría en el caso de ser llevada a cabo por entidades no estatales. BERGÓS RIBALTA, F. de (1934), «Al servicio de los intereses profesionales», La Medicina íbera, 28, rf 850, CLXXI-III. Carios M^ Cortezo era un ejemplo de "primate médico" y prototipo de hombre del antiguo régimen restauracionista en el que había tenido una activa vida política. Como buen conservador, pensaba que el Estado debía asegurar el "bien general", entendido éste como el mantenimiento del orden social vigente; clásicamente estas nociones iban unidas a las actuaciones sanitarias relacionadas con las enfermedades infecto-contagiosas, consideradas como problemas de orden público y, por tanto, justificantes de actividades autoritarias, para las que sólo estaban legitimados los agentes del Estado, pues, como es sabido, éste monopoliza la fuerza impositiva en las sociedades modernas. Para los profesionales liberales conservadores, en general, la intervención del Estado debía limitarse a la ordenación del sector, de forma que los intereses de la corporación médica quedasen a salvo. Gustavo Pittaluga, diputado de la derecha liberal en el primer bienio republicano y director de la Escuela Nacional de Sanidad, sostenía que era necesaria la plena intervención del Poder público en el ajuste y coordinación de la vasta labor sanitaria que había que realizar. El Estado debía poner en manos de los técnicos la dirección de estos servicios y solucionar los problemas de tipo profesional; una vez realizada esta labor no tenía por qué continuar intervi-niendo^s. En el mismo sentido, Víctor M^. Cortezo aseguraba que era un ideal antiguo de los sanitarios el "ver llegar hasta el distrito la influencia de la organización central"; sin embargo, criticaba "la política de absorción por el Estado de todas las actividades sanitarias, practicada durante los primeros años de República" (la Lucha Antituberculosa, la Liga contra el Cáncer), considerando que había sido muy gravoso para la economía del Estado y había anulado la iniciativa privada. Así que, aunque se había desarrollado de forma rápida la organización sanitaria durante el periodo republicano, el mal funcionamiento se debía a que los técnicos habían perdido protagonismo frente a la dependencia y orientaciones políticas de los Gobiernos. La solución que proponía, como buen liberal, era librar al Estado de la carga que suponía el monopolio de las actividades sanitarias, tanto preventivas como curativas, devolviendo a la iniciativa privada el protagonismo que tenía antes de la instauración de la República (Patronatos, Ligas) e incluso ampliandolo. Sin embargo, esta propuesta no equivalía a la liberalización del "mercado sanitario", pues éste debía tener unos límites que Cortezo señalaba claramente: la iniciativa privada podía ser "de tipo religioso, filantrópico, patronal o en forma de cooperativa siempre que no fuera de productores por lo propensos que eran éstos al monopolio"^'^, La conveniencia de estos tipos de límites estaban implícitas en propuestas como que el Estado se encargara de recaudar las retribuciones de los médicos titulares; se "sacrificaba" así el "espíritu liberal" del contrato directo paciente-médico a cambio de asegurarse el cobro de los servicios.^o Pero, no sólo esto sino que, con estas peti-48 PITTALUGA, G. (1935), pp. 539-41. Este argumento sobre la función que debía cumplir un organismo estatal, como un Ministerio de Sanidad, había sido expuesto ya en otras ocasiones; uno de sus defensores era Alvarez Sierra; véase, por ejemplo, ALVAREZ SIERRA, J. (1933), 583-4. 50 Se trataba de que alguna entidad con autoridad, preferentemente el Estado, se hiciese cargo del cobro de los haberes, para que el médico no tuviese que intervenir en ello. Se llegó a proponer que el Estado cobrase a través de los impuestos de contribución la "derrama necesaria" para abonar directamente a los titulares por concepto de titular e igualas. El Estado debía procurar que los médicos titulares-inspectores municipales de Sanidad no tuviesen más dependencia que la necesaria de las autoridades sanitarias superiores, iniciando un proceso conducente a la constitución de una tecnocracia^^. Todos estos aspectos fueron tratados de forma sistemática en el ya mencionado proyecto de funcionamiento de los servicios sanitarios que elaboró y publicó Francisco Bécares. Las prestaciones médico-sanitarias serían tanto de financiación pública como privada, pero esta última no seguiría el modelo clásico liberal sino que se haría por concertación bien de unidades familiares o sociales (sociedades, mutualidades de asistencia, incluso las Cajas de seguros sociales) con los Centros sanitarios municipales y comarcales y no con los profesionales directamente; el personal cobraría del Estado y no de las entidades particulares o colectivas. Este sistema organizativo "pondría a cubierto al médico de toda asechanza contra su independencia funcional y ayudaría a conjurar en gran parte la crisis económica que atraviesa la profesión". Bécares trataba de mostrar las ventajas que su propuesta tendría para el colectivo médico-titular, integrándolos en los centros sanitarios, dependientes de la Sanidad provincial, desapareciendo la Beneficencia municipal y resolviéndose así los problemas económicos y de dependencia local de estos profesionales; cuestiones éstas que no se solucionarían sin que se realizase un cierto grado de nacionalización de servicios asistenciales y sanitarios^^. Profesionales de reconocidas tendencias socialista, como Augusto Almarza, se manifestaron en el mismo sentido. Aseguraba Almarza que los médicos titulares afines al Partido Socialista venían defendiendo la socialización de la Medicina "como ideal a conseguir" desde antes de la dictadura. Con la República se había extendido un ambiente favorable a la socialización de la Medicina fuera de la clase. Este cambio había que considerarlo fundamental, pues, según Almarza, llevaba implícito que si el Estado no realizaba la socialización de la medicina la haría la sociedad, prescindiendo del Estado y de los médicos o contra los médicos; prueba de ello era que en las poblaciones se iban multiplicando las Sociedades benéficas, mutualistas, cooperativas, etc., que prestaban asistencia médico-farmacéutica^^. El modelo de "socialización" propugnado por Almarza, basado en una nacionalización de la actividad médica^^, partía de la necesidad de resolver los problemas profesionales del colectivo médico-titular y vincular a los profesionales la dirección de las entidades administrativas; por tanto, concebía al Estado, básicamente, como una entidad protectora de los intereses corporativos.^^ Desde esta perspectiva no era extraño que, como el mismo Almarza aseguraba, en aquellos momentos los profesionales sanitarios aparecieran "apoyando decididamente, enérgicamente si se quiere, una ley y unas disposiciones ministeriales que acentúan considerablemente la tendencia intervencionista del Estado", aunque, como él mismo manifestaba, no siempre hubiese sido así; pues, en otros momentos, "la clase" había aplaudido también la tendencia contraria, por falta de conocimiento de la evolución de la conciencia jurídica contemporánea que tendía al colectivismo^^. En este sentido, las organizaciones corporativas habían tratado el asunto del papel que debía desempeñar el Estado, en cuanto al desarrollo y funcionamiento de los distintos servicios médico-sanitarios, desde los primeros momentos del régimen republicano; incitadas, principalmente, por los preceptos que se propusieron en el proceso de discusión del texto constitucional, referentes a los servicios sanitarios tanto preventivos como curativos (Sanidad, Beneficencia y Seguros Sociales). El Colegio de médicos de Zamora fue rápido en su reacción, con el propósito de que fuesen los profesionales de la medicina los que elaboraran las pautas de organización y funcionamiento de los servicios sanitarios, de forma que quedasen a salvo los intereses del colectivo. Entre otras cosas, había que conseguir que la Sanidad fuese función del Estado para "defender a los titulares de la ruina social, económica y espiritual", ya que consideraba que las Cajas Aseguradoras controladas por el proletariado y los administradores explotarían a los profesionales. La Junta directiva del Colegio expuso el marco reivindicativo que los profesionales debían reclamar para defender sus intereses. La demanda clave, considerada como "el primer capítulo" del "credo" médico, quedaba sintetizada en la ya vieja frase "la Sanidad debe ser función exclusiva y preferente del Estado". Esta cuestión, que venía defendiéndose desde 1916, ahora se veía como una solución ante el problema de la implantación del Seguro Social de Enfermedad; había que lograr "redimir a la SANIDAD de la tutela tantas veces impertinente de las Corporaciones municipales" y protegerla "aún más de la esclavitud y de la tiranía a que pueden condenarla definitivamente las CAJAS ASE-GURADORAS". El Estado debía intervenir en este asunto, pues se consideraba que la Sanidad estaba por encima de cualquier ideal político. Por ello, los colegiados de Zamora, en palabras de su presidente D. Crespo, no obstaculizarían jamás las mejoras que redundasen en beneficio del proletariado español, pero éste debía quedar al margen del control y administración de los servicios sanitarios, siendo los técnicos, a través del Estado, los únicos cualificados para ello.62 La intención de que los servicios médicos quedasen controlados directamente por el Estado, sin intermediaciones que pudieran resultar desventajosas para los profesionales, fue expuesta también por otros organismos corporativos. En la Asociación de Médicos Titulares pedían que el Estado actuara como protector frente a las entidades no profesionales, como eran los responsables de los gobiernos locales, desde agencias controladas por profesionales como la Dirección General de Sanidad, a través de los inspectores provinciales de Sanidad, que debían ser los únicos que intervinieran en el nombramiento y separación de los facultativos titulares^^. Este sector pedía al Estado protección incluso de otros sectores de la profesión; así, los Poderes públicos debían ocuparse también de que cuando se instituyese el Seguro Social de Enfermedad fuesen estos funcionarios, que se llamarían médicos de Sanidad y Asistencia Pública, los que prestasen con preferencia sus servicios médicos y no se constituyera un Cuerpo médico propio e independiente del Cuerpo de Asistencia Pública^^. Las peticiones del Comité Nacional de Defensa de las Clases Sanitarias, formado por miembros directivos de todas las organizaciones oficiales de sanitaiios, fueron en la misma línea: conseguir que se les asegurara a los sanitarios la remuneración por los servicios contratados con los Ayuntamientos y la independencia respecto a las autoridades no profesionales, pidiendo que todas las decisiones respecto a los profesionales y la profesión dependieran de técnicos, es decir de las autoridades sanitarias^^. De la misma manera, en el foro del Primer Congreso Español Pro-Médico, se propuso que en el Consejo Nacional de Sanidad no hubiese representación alguna que no fuese la del Estado, entendida como la representada por la más alta jerarquía sanitaria nacional; sólo sanitarios, nada de representaciones de otros colectivos que sólo servirían "para dificultar y entorpecer las orientaciones sanitarias".^^ por otra parte, se aseguraba que la tutela y el control de los servicios sanitarios y asistenciales por parte del Estado favorecía los intereses de los profesionales^^. Pocas palabras hemos encontrado, en el marco de las fuentes analizadas, frente a este exceso de corporativismo que llevaba a propuestas tecnocráticas. Entre ellas las de Pando Baura; quien, si bien propugnaba el fortalecimiento de la autoridad del médico, criticaba al colectivo profesional precisamente el hecho de que siempre hubiese pedido al Estado medidas que protegieran intereses corporativos, pero nunca se había preocupado de elaborar un programa eficiente de lo que debía ser la Sanidad oficial. Además, entendía Pando que el control de la actividad médica no se debía sustraer de sus más directos beneficiarios; por tanto, no debía funcionarizarse, por ejemplo, la actividad de los médicos titulares que debían "ser nombrados por Ayuntamientos y Juntas de vecinos".^^ Por su parte el anarcosindicalista Polo y Fiayo veía en los sindicatos la instancia apropiada para regular y encauzar todas las cuestiones relacionadas con el mantenimiento y restablecimiento de la salud; aunque, en última instancia, serían las manos de los médicos las únicas capaces de darles la orientación más conveniente a la asistencia médica y aspectos sanitarios. Sin embargo, esto sólo sería posible con una transformación estructural de la sociedad en su conjunto en favor de los más desfavorecidos, y no con la constitución de un poder tecnocrático apoyado en el Estado69. Policía Médica a la Medicina Social: ensayos sobre la historia de la atención a la salud. ViLLACORTA BAÑOS, F. (1989), Profesionales y burócratas: Estado y poder corporativo en la España del Siglo XX, 1890-1923, Siglo Veintiuno, Madrid.
Sus primeras experiencias comienzan en 1945, culminando con la defensa de su tesis doctoral. No publica sus resultados hasta 1950, tras haber leído una comunicación del Dr. Meyer-Schwickerath, que había conseguido éxito tratando desprendimientos de retina en humanos con luz solar. Los autores estudian la posible prioridad del oftalmólogo español en el descubrimiento del método. A mediados del siglo XIX, con el descubrimiento del oftalmoscopio, comienza la exploración del fondo de ojo. En 1854 von Graefe publica una descripción de las lesiones del fondo de ojo, en relación con el desprendimiento de retina. El tratamiento de esta patología ha sido eminentemente quirúrgico desde el siglo XIX hasta El tratamiento etiológico comienza en el siglo XX con las afirmaciones de Conine, que considera al agujero retiniano como el factor clave en la aparición de este cuadro. En el comienzo existe diversidad de técnicas y variaciones sobre las mismas, que en el transcurrir de la investigación se van estandarizando hasta llegar hoy en día a la prevención del desprendimiento de retina mediante el cierre de las roturas retinianas con LASER antes de que se produzca el desprendimiento. El tratamiento en las décadas de los años cuarenta y cincuenta sigue teniendo por objeto evacuar el líquido subretiniano y producir una corio-retinitis adhesiva en el lugar del desgarro retiniano utilizando diatermia^. En la primera década aparece una nueva idea de tratamiento del desprendimiento de retina, que consiste en cauterizar el desgarro de la retina utilizando la luz como medio terapéutico; el desarrollo de esta técnica culminará con la aparición y desarrollo de la tecnología del LASER. En los años cuarenta dos oftalmólogos tendrán el pensamiento de utilizar la luz para cerrar o sellar el desgarro retiniano: el Dr. Meyer-Schwickerath y el Dr. Morón Salas. Poner de manifiesto las aportaciones a la fotocoagulación de este último, es el principal objeto de este trabajo. En marzo de 1918 nace en Sevilla José Morón Salas. Su familia se traslada a Cuba cuando él tiene dos años y permanecen allí durante cinco años. El padre ejerció en la isla de oculista, inducido por su suegro que también era oftalmólogo y había residido durante algún tiempo en Santa Clara de Cuba. En 1925 Don José Morón Ruiz se instalará definitivamente en Sevilla, dejando su consulta de ultramar en manos de su primo José Ruiz Velasco, también oftalmólogo, que pasado el tiempo llegará a ser embajador en el Vaticano del Régimen de Fidel Castro. José Morón Salas comienza la carrera de medicina en Sevilla, pero ésta se ve interrumpida por la Guerra Civil Española. Sus destinos en la contienda estarán siempre relacionados con el mundo sanitario, siendo el último el de "Agregado a los Laboratorios de Fisiología de la Junta Técnica del Servicio de Defensa Química del Ejército del Sur" 4. Concluidos sus estudios de medicina en 1941, su actividad profesional se centrará en dos campos: la asistencia a la Cátedra de Oftalmología de la Facultad de Medicina de Sevilla, donde será nombrado Ayudante de Clases Prácticas por el Profesor Díaz Domínguez, y la consulta junto con su padre. Debemos precisar que su apredizaje oftalmológico comenzó mucho antes de las fechas mencionadas, ya que acompañaba a su padre desde los doce años, observando y diagnosticando junto a él enfermedades oculares. En 1946 defiende su tesis doctoral y se presenta posteriormente a la plaza de Auxiliar de Cátedra de Universidad, que no consigue. En 1950 solicita una beca de un año de duración que oferta el Dr. Ramón Castroviejo, la cual obtiene, y se marcha a Nueva York, para ser su ayudante particular durante ese tiempo. El Dr. Castroviejo le propondrá que una vez finalizada la beca continue siendo su ayudante, para posteriormente ser su colaborador y socio. El Dr. Morón desestima su oferta de trabajo y decide volver a España para continuar su ejercicio profesional en la consulta con su padre, ante el requerimiento que éste le formula. Su HIPÓTESIS José Morón Salas, en 1945, durante la intervención de un desprendimiento de retina utilizando diatermia para cauterizar el desgarro a través de la esclera, que era el tratamiento habitual de la época, tuvo la idea de producir la quemadura que cerrara el desgarro retiniano utilizando la luz. A partir de aquí comienza a llevar a la práctica su hipótesis, que consiste en utilizar una fuente de luz que, a través de la pupila, llegue a la retina y produzca una quemadura similar a la de la diatermia. Esto se traducirá en la primera experiencia mundial conocida de fotocoagulación terapéutica en retina. Sus primeras experiencias son recogidas en la tesis doctoral que defiende en la Universidad de Madrid el 22 de Noviembre de 1946^, y publicadas en 1950^. Sobre etiología y patogenia de los fototraumatismos retiñíanos. 6 MORÓN SALAS, J. (1950) «Obliteración de los desgarros retiñíanos por quemadura con luz». Se puede especular si sus estudios experimentales fueron anteriores a los llevados a cabo por el investigador alemán Meyer-Schwickerath, considerado mundialmente "padre" de la fotocoagulación, ya que fue el que desarrolló definitivamente la técnica, hasta conseguir resultados clínicamente útiles. En 1972 la prensa española se hacía eco de una polémica, que se podría seguir manteniendo en la actualidad, acerca de la primacía del español en el descubrimiento de la utilización terapéutica del efecto fotocoagulante de la luz en la retina, publicada en su Tesis Doctoral en 1946'^. También el Dr. Meyer-Schwickerath refiere en sus trabajos que la idea de la fotocoagulación surgió en él en 1946^'^, aunque no publicó hasta 1949^^. Castroviejo, por su parte, en carta personal dirigida a Morón sobre el escrito que publica Meyer-Schwickerath en 1967 sostiene la primacía de aquél sobre el germano, considerando que se inspiró en los trabajos del médico sevillano ^^ Olivella Casals, contacta con Meyer-Schwickerath y viaja a Bonn en diciembre de 1955 para conocer directamente sus experiencias^^^ Basándose en los datos que le proporciona, y con algunas modificaciones añadidas por el ingeniero óptico C. Garrigosa, construye el segundo fotocoagulador clínicamente útil que existía en aquel momento en el mundo^^^ La fotocoagulación alcanzará su máximo con el desarrollo en 1960 por Maiman^"^ de la luz LASER, que es monocromática, altamente direccional y de gran luminosidad, y su aplicación a la oftalmología se realiza en 1962. En su primera experiencia, nuestro médico dilató la pupila del ojo de un conejo, y trató de producir una quemadura en la retina-coroides, observando el fondo de ojo con luz solar y a imagen inversa^^. Este primer y desordenado ensayo, extremadamente cáustico al prolongarse "unos minutos" ^^^ transformó la mitad del fondo de ojo en una masa blanca y prominente que al cabo de unos días dejó una cicatriz extensa y similar a la que aparecía cuando se realizaba coagulación diatèrmica. A continuación Morón prosigue sus experiencias prescindiendo del oftalmoscopio indirecto y la lupa, dejando que la luz solar actuase directamente sobre la retina (en un ojo emétrope los rayos que llegan paralelos focalizan en la retina) (Figura 1), con el objeto de evitar la perdida de energía que se produce al atravesar estos medios ópticos. Esta experiencia conlleva la dificultad de mantener al animal inmóvil para que la luz focalice en el mismo punto siempre. El siguiente paso fue tratar de sustituir la fuente de luz natural por una fuente artificial con la intensidad suficiente para conseguir los efectos deseados en el fondo de ojo. Tras varios e ineficaces intentos, se hizo construir "wn arco voltaico de 15 amperes"^'^ con el cual llevó a cabo desde entonces todas sus experiencias. Los resultados en conejos fueron exitosos, consiguiendo fotocoagulaciones eficaces y controladas en el fondo de ojo. Esto le llevó a ensayar en cuatro ojos humanos con desprendimiento de retina (el fin último de la técnica era "cauterizar" los desgarros retiñíanos). La técnica empleada en humanos consistió en la dilatación, lo más'5 Se realiza utilizando un oftalmoscopio y una lupa. •6 MORÓN SALAS, J. (1950) «Obliteración de los desgarros retinianos por quemadura con luz». •7 MORÓN SALAS, J. posible, de la pupila, localización del desgarro retiniano oftalmoscòpicamente y colocacidn del arco voltaico en el lugar del observador (con lo cual la luz iría en la dirección del desgarro retiniano) para comenzar la irradiación de la zona afecta, utilizando tiempos de exposición 60 veces superiores a los que fueron eficaces en los conejos (la intensidad es constante, pues es la que proporciona el arco voltaico de que dispone). Esta experiencia fue un completo fi'acaso, pero sin desanimarse probó aún su aparato en dos retinas humanas sin desprendimento. Uno de los ojos era ciego por una atrofia del nervio óptico y el otro caso era un ojo de un voluntario sano. En ninguno de estos dos casos consiguió producir quemadura en el fondo de ojo, ensayando entonces una fuente luminosa más concentrada. Los resultados obtenidos se exponen en las tablas I, II y III. Entre las tablas II y III la diferencia entre los ensayos estriba en que en la segunda se concentra la luz para no desperdiciar energía. Esto se consigue modificando el radio de curvatura del espejo hasta un punto tal que todos los rayos formen un foco antes de llegar al ojo. Por delante del foco (donde los rayos comienzan a diverger) se coloca una lente convergente que transformará los haces de luz en paralelos que es la forma en que deben de llegar al ojo para focalizar en la retina, en un ojo emétrope.(Figuras 2 y 3). La luz del arco a es reflejada por el espejo e en un haz convergente. La lente 1 envia la luz hacia el ojo en haz de rayos paralelos. Este haz viene constituido por toda la luz que se reflejó en el espejo. No observa alteraciones en el cristalino en ninguno de los ojos fotocoagulados en los conejos, ni en las experiencias realizadas en humanos, lo que muestra que la técnica no es yatrogénica para las estructuras transparentes del ojo. CONCLUSIÓN El Dr. Meyer-Schwickerath en sus primeras publicaciones cita al Dr. Morón Salas como otro precursor de la idea de la fotocoagulación^^'^^ Posteriormente desaparece este nombre en sus trabajos, hecho que llama la atención, incluso también para el Dr. Castroviejo en ese mismo momento. Al realizar una revisión sobre la historia de la fotocoagulación, el Dr. Morón no aparece citado por ningún autor extrajero, habiendo quedado en el olvido, debido a que todos se basan en los trabajos de Meyer-Schwickerath. Sirva como ejemplo el artículo de Lawrence A. Raymond^o. Pero cabe preguntarse: ¿de quién fue la prioridad?. Lo único claro es que estos dos investigadores tuvieron la misma idea, de forma más o menos simultánea en el tiempo, y que es el oftalmólogo alemán el que la logra culminar, quedando las aportaciones del Dr. Morón a los comienzos de la fotocoagulación en el olvido, excepto
La novela naturalista decimonónica incorpora al terreno literario los principios de la medicina experimental, expuestos por Claude Bernard, lo que origina, en España, el nacimiento de la llamada novela médico-social; esta participa de la "voluntad de saber" en tomo a la sexualidad que se materializa, a lo largo del siglo XIX, en numerosos estudios fisiológicos y psiquiátricos acerca del placer perverso, esto es, aquel que escapa a la ortodoxia moral, religiosa y médica. Los autores de fín de siglo, influidos por las teorías en tomo a la degeneración de la raza humana, que abonan su determinismo fatalista, convierten en materia de estudio novelesca la fenomenología de las pasiones amorosas -causantes de graves desarreglos psico-fisiológicos-, al tiempo que difunden una preceptiva médico-higiénica que transforma a la literatura naturalista en instmmento de divulgación [pseudo]-científica y en precedente de la novela erótica del siglo XX. médico y se rodea, en palabras del conocido alienista J. Moreau de Tours (1885), de "cette aura quasi surnaturelle de mystère", fenómenos "[qui] ont un caractère merveilleux"6; incluso también es significativa la coincidencia con el auge del espiritis-mo^. En la literatura española decimonónica el tema de las enfermedades mentales, sin llegar a ser representativo en exceso -si exceptuamos ciertas producciones como la galdosiana^-, se acepta como materia artística enigmática susceptible de mostrar una realidad distorsionada, un mundo paralelo al real, vivido desde la monomanía, la alucinación; en definitiva, afirma G. Ponnau, es un tema que permite explorar los "abîmes de resprit"^. Pero la evolución de la fisiología y la psiquiatría, el interés por el problema de la locura que invade España en la segunda mitad del siglo XIX^o^ h^Ua su principal eco literario en el nacimiento de una corriente que ansia aplicar al arte los principios de la medicina experimental de Claude Bernard y todo el entramado ideológico de la filosofía positivista, la teoría evolucionista, las leyes de la herencia biológica y la tesis del origen fisiológico de los sentimientos y las pasiones de Ch. Nos referimos al Naturalismo acuñado por Émile Zola, que en nuestro país es llevado a la práctica por Eduardo López Bago con su llamada novela médico-social; este autor abandera lo que uno de sus adeptos, Alejandro Sawa, bautiza como el "naturalismo radical"^ ^ más extremo que el zolesco en su afán de crítica y denuncia sociales y en su fidelidad al reproducir la conducta sexual humana. Acerca de este tema, vid., por ejemplo, los volúmenes Magia y ocultismo fin de siglo. " Entre la variada bibliografía finisecular, conviene mencionar los libros de A. KARDEC, Obras fundamentales del espiritismo (1874, Barcelona); L. GARCÍA RAMÓN, El magnetismo, sonambulismo y espiritismo, estudios curiosos y filosóficos (1880; 1882, 2^ ed., París) y J. ARRUFAT, Moral y filosofía espiritistas. Artículos y poesías (1889, Sant Martí de Provensals). EZAMÁ, A. (1994): "Cuentos de locos y literatura fantástica. No hay que olvidar el hecho de que el romanticismo sublimó el arrebato de locura como una manifestación de la genialidad creadora, que permitía subyugar, por medio de una "energía divina" (p. 8), el "señorío de la mente" (p.7) y liberar a "la fantasía de todo vínculo y represión" (p. 7), recuerda E. Valles (1910) en su prólogo a las Historias de locos de M. SAWA (1910, Barcelona, F. Domenech Editor). La asociación entre el literato y el loco fue retomada en el período finisecular por Cesare Lombroso, Max Nordau y el español Pompeyo Gener, si bien con connotaciones negativas. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX, pról. R. Castell, Barcelona, Tusquets, ^' "Impresiones de un lector". FERNÁNDEZ, PURA (1995) Al tiempo que aparecen las primeras y más polémicas novelas de E. López Bago entre 1884 y 1887 -La prostituta, La pálida, La buscona^ La querida. El confesonario, Satiriasis, etc.-, un reducido grupo de escritores se adscribe, en mayor o menor medida, a su fórmula literaria, centrada en la descripción de los aspectos más sórdidos y marginales de la sociedad y caracterizada por la pansexualización y medicalización de todos los comportamientos y relaciones sociales y humanos. Entre tales novelistas se encuentra A. Sawa, con obras como La mujer de todo el mundo (1885) -definida como "un caso de patología social"-y Crimen legal (1886), J. Zahonero, con La vengadora [h. 1884-1885] Así, la novela naturalista se hace eco y partícipe de esa "voluntad de saber" acerca de la sexualidad que caracteriza al individuo^^, y que se traduce en una proliferación de estudios científicos desde perspectivas muy diversas, como la medicina, la psiquiatría o el derecho penal. El interés de los Estados por conocer la realidad de las prácticas sexuales de sus ciudadanos, los métodos anticonceptivos y los nacimientos legítimos e ilegítimos, fomenta la creación de una "red de observaciones sobre el sexo"^^, atenta a la demografía, el histerismo, el control de la natalidad y el onanismo, temas omnipresentes en la literatura naturalista. Todo responde a una misma finalidad: "montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora"!^. El sexo, pues, se convierte -en palabras de M. Foucault^^-en la «"sangre" de la burguesía» para mantener su distinción de casta, esto es, "la preocupación genealógica se volvió preocupación por [...] las amenazas de la herencia biológica", materializada en forma de preceptos higiénicos, médicos y eugenésicos. Como resultado, y al calor de célebres estudios como la Psychopathia sexualis (1846) de Heinrich Kaan o el ensayo homónimo de R. von Krafft-Ebing (1882), surge una vasta bibliografía hispana que se acrecienta en las tres últimas décadas del siglo, período de difusión de la novela naturalista^^. Estos tratados plantean la autonomía del sexo respecto del cuerpo y exhiben una diversidad sexual que justifica la invasión de los compartimentos secretos del individuo, al tiempo que codifican toda una serie de conductas patológicas, de disfunciones orgánicas, ft'ente a un placer monogâmico heterosexual, norma y medida de la ortodoxia. Se intensifica, pues, el estudio y el control médico y judicial de las llamadas "perversiones", en aras de una protección de la raza y de la sociedad, según "los fantasmas de la disminución de la natalidad y el pavor de la degeneración" que obsesionan en el fin de siglo^^. La teoría de la herencia mórbida de B.A. Morel, continuada y ampliada por V. Maguan y P.M. Legrain, tuvo una gran repercusión en las obras de la escuela zolesca y en la sociedad finisecular, fundamentalmente a través de los libros divulgadores de Max Nordau^^. Asistimos al proceso definido por M. Foucault como la "psiquiatrización del placer perverso"^^, tema que los naturalistas radicales adoptan como núcleo argumentai de muchas de sus novelas. Las relaciones entre la moral social y religiosa y el engranaje psico-fisiológico de la sexualidad humana constituyen el elemento básico de sus presuntos estudios socio-literarios, abiertos a las novedades e intereses de la ciencia europea y a la vasta casuística esbozada en los trabajos de Gamier, Pouillet, Ladoucette, Krafft-Ebing, Tardieu o Havellock Ellis, entre otros. Las novelas naturalistas son la prueba más fiable del creciente interés por los aspectos sociales de los estudios científicos. Nuestros escritores se revisten de un propósito sociológico y absorben, fundamentalmente, los temas extraídos de los ensayos de medicina e higiene; se nutren de los casos de patología social y de los problemas o derivaciones que producen en la comunidad, como la prostitución, el histerismo y la satiriasis. Estas novelas, pues, poseen el valor intrínseco de documentos sociológicos; pretenden recoger el palpito de la realidad contemporánea, vista a través de un espíritu de feroz crítica contra la sociedad burguesa restauracionista. Infi-ingen nuestros autores los principios fundamentales del liberalismo burgués, defensor del individuo y de la inviolabilidad de sus bienes y de su vida privada; la pluma, revestida de escalpelo, sienta plaza en los espacios íntimos de la vida cotidiana, escudriña y aventa los comportamientos y hábitos relegados a la categoría de lo secreto. Con la apoyatura de la SOLÍs (1990): "La higiene sexual en el proceso de institucionalización de la sanidad pública española", Asclepio, XLH (2): 223-252. (1857) expresa su preocupación por la degeneración progresiva de la raza: "La degeneración es, pues, el resultado de una influencia morbosa -sea de orden físico o moral-, una de cuyas características especiales es la de la transmisión hereditaria", según R. HUERTAS GARCÍA-ALEJO (1987): Locura y degeneración. Psiquiatría y sociedad en el positivismo francés, Madrid, C.S.LC, p. Vid., del mismo autor, "El concepto de perversión sexual en la medicina positivista " (1990) fisiología, la novela naturalista cuestiona los presupuestos morales rectores de la sociedad, que reprimen la manifestación de las necesidades orgánicas y generan toda una doctrina de la culpa en tomo al deseo sexual. Así, R. Huertas^i señala que es posible deslindar dos orientaciones en estos estudios decimonónicos: de un lado, aquellas nosografías psiquiátricas que contemplan la existencia de una "locura erótica" que se suele relacionar con las alteraciones del apetito sexual, esto es, las "neurosis afrodisíacas" de Pinel y la "monomanía erótica" de Esquirop2, y, de otro, los estudios que diseccionan el llamado "placer perverso", es decir, los hábitos sexuales que violan la normatividad médico-moral al situar como fin último de la sexualidad el goce o el dolor estériles. La identidad establecida entre la perversión moral de los instintos y la locura moral está servida^^^ El conocido doctor Pouillet, en el "Prefacio en la última edición francesa" de su estudio El onanismo en la mujer, traducido en 1883, declara que el aumento de la "lubricidad" corre parejo con el discurrir de los siglos y matiza que, si los escritores no osan abordar el tema o denunciar y llamar a las cosas por su nombre, "levanten los médicos la bandera de alarma"^^. Por fortuna, comenta, hay novelistas que se animan a describir estos vicios ocultos, de funestas consecuencias sociales, pues "las novelas no son, como se piensa con frecuencia, simples juegos de imaginación, sino que son también el reflejo de la época en que aparecen". Los autores, prosigue el médico, "no inventan las pasiones o los vicios, no hacen más que referirlos bajo una forma agradable o atractiva"^^: 20 Publica, junto a V. MAGNAN, una serie de artículos en los Archives de Neurologie (1882, n° 7-12), "Inversion du sens génital et autres perversions sexualles", apud HUERTAS G ARCI A-ALEJO, R. (1990): p. 22 "Para Esquirol, en una monomanía el enajenado conserva el uso de la razón y no delira más que sobre un objeto o círculo muy limitado de ideas, sintiendo, razonando y obrando en los demás órdenes de la vida como lo hacía antes de sufrir la nueva enfermedad", explica R. Huertas; asimismo, este autor transcribe la opinión de Orfila quien, a sabiendas de que no existe consenso entre todos los autores, subscribe las dos especies de monomanía propuestas por C.C.H, Marc: la razonante -la que determina unos actos que son la consecuencia de una asociación de ideas-y la instintiva, esto es, aquella que por instinto de la voluntad enferma empuja al monomaniaco a unos actos automáticos, sin que les preceda ningún razonamiento, apud HUERTAS, R. ( 1988 Cierto es que la moral no es incumbencia de la medicina; pero en cambio el cuerpo y la inteligencia nos pertenecen y como los vicios genitales atacan a la salud corporal y a la intelectual, nuestra conciencia nos manda velar por ella^^. Pouillet refuerza su argumentación con las palabras de Tissot: es más fácil alejar al hombre del vicio por el temor del mal que acarrea -enfermedades, estigmas en los descendientes, daños a la sociedad, etc.-que por razonamientos fundados en principios morales o religiosos. Buena cuenta de ello toman los naturalistas, evocadores de un eros negro, morboso, que lleva en sí el germen de la neurosis, de la enfermedad venérea, de la muerte en definitiva. Siguiendo la preceptiva zolesca, los argumentos de sus novelas muestran le document humain, que se convierte en la exposición de "la monstruosidad" de la naturaleza humana, certifica A. Sawa en "Impresiones de un lector": "Porque esa sociedad que estudia López Bago [...] es esencialmente fea, monstruosa, y huele [...] al pus y a los desinfectantes de las salas clínicas"27. Refleja, en suma, (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es médicos configuran una normativa destinada a paliar o evitar los efectos de la herencia mórbida, la aparición de neurosis, de patologías ligadas a los desórdenes de la lujuria y el libertinaje. Asistimos, pues, al nacimiento de una normatividad amparada en criterios científicos que, no obstante, están ligados aún a una moral sexual de raíces religiosas; las llamadas prácticas sexuales heterodoxas se identifican, a la postre, con las calificadas como inmorales. E. López Bago y el resto de los novelistas mencionados entrelazan y funden en una misma preocupación la llamada cuestión social, que tanto inquietaba a los contemporáneos, y su reivindicada cuestión sexual. Llega a ser tan estrecha la interrelación entre los intereses y argumentos de la nueva scientia sexualis y la novela naturalista que autores como C. Lombroso, tan preocupado por desentrañar la influencia de los desajustes sexuales en las motivaciones de la conducta criminal, no vacilan al reconocer que En las novelas de Sacher-Masoch y de Zola (por ejemplo Nana y Venus Impeli) es donde los alienistas han debido beber para conseguir el tipo completo de una psicopatía sexual en que los hombres se hacen esclavos de la mujer, regocijándose de ser envilecidos por ella [...]; hasta se ha llamado a esta forma de enfermedad Masochismo [...]29. La fisiología adquiere un estadio de ciencia absoluta en la novela naturalista; es, en palabras de E. López Bago, un saber infalible, de "condena irrevocable, como lo son todas las que formulan los considerandos y resultados de la ciencia"^^. Asegura el autor que "el médico puede sentenciar al mismo Juez en nombre de algo más elevado que el derecho escrito, en nombre de la fisiología y de la higiene". Y continúa: "Todo aquello que con la humanidad se relaciona, tiene que buscar su cimiento y base en el conocimiento de la naturaleza y del organismo humano"^^. No obstante, López Bago confiesa que aún restan territorios desconocidos para la Medicina a la hora de explicar las reacciones del organismo pues, de igual modo que la fisiología determina los estados psicológicos del individuo, las alteraciones en el reducto moral son causa de disfunciones orgánicas como la que aqueja a la protagonista de La señora de López, Mariquita. El relato del desencanto vital que sufre la heroína exige el refuerzo del análisis interior, como complemento del estudio fisiológico guiado por el método experimental; el novelista aborda el tema de la pasión amorosa y sus estragos en la conducta humana, asunto que requiere el análisis "moral, material e intelectual" de los personajes^^ Este tema aparece, ñindamentalmente, en las últimas novelas de E. López Bago, más atentas a la evolución interna de sus protagonistas. Tal interés por las afecciones psíquicas está influido, posiblemente, por las nuevas modas literarias receptivas a las teorías en tomo a las enfermedades mentales, así como por el llamado naturalismo espiritual y el psicologicismo. En El confesonario, cuando se analizan los desarreglos orgánicos del personaje de Gracia, se comenta: "El diagnóstico todo lo atribuía al histerismo, y el histerismo a la continencia; pero este era el análisis fisiológico. Faltaba la psicología para completarlo"33. Pues, como expone Zola, los naturalistas "hacemos, en cierta manera, psicología científica para completar la fisiología científica"^'^; esto es, el escritor ha de operar también sobre los caracteres, sobre las pasiones. Y en el caso del personaje de El confesonario, es una "monomanía erótica" la que produce su estado insano, atribuida a una enajenación mental sintomática que afecta a su sistema cerebro-espinaP^. Conviene insistir en que nuestros autores concillan en los casos clínicos novelescos las explicaciones somaticistas y psicologicistas -orgánicas y morales-a la hora de exponer la etiología de los desórdenes de la mente, a menudo sin rigor terminológico ni teórico, merced a las licencias que concede el arte. Tal eclecticismo, opina R. Huertas36, preside, en buena medida, las posturas teóricas de los alienistas decimonónicos. Así, por ejemplo, López Bago desmenuza, en La señora de López, el caso de la mujer que aspira a la sublimidad amorosa, a la complementación de las necesidades orgánicas y emocionales, y desemboca en el llamado amor fisiológico, estadio en que el sentimiento se convierte en una función y en una necesidad de la carne; en definitiva, glosa el episodio de un exceso de sentimiento, o lo que es lo Para Magnan, la sexualidad normal corresponde "a un funcionamiento armonioso y equilibrado entre el arco reflejo espinal y los centros corticales", apunta R. HUERTAS (1990), pág. 96. Así, las perversiones sexuales se clasifican en tres grupos: el que integran los perversos espinales --en los que el arco medular funciona de manera autónoma sin la regulación de los centros superiores, y se traduce en los actos instintivos brutales-; los espino-cerebrales posteriores -el centro génito-espinal está controlado exclusivamente por la corteza cerebral posterior y produce la ninfomanía, satiriasis, exhibicionismo y ciertas formas de homosexualidad-y, por último, los espino-cerebrales anteriores -en donde "el punto de partida del reflejo se produce en la corteza cerebral anterior, es una influencia psíquica [...] que se produce sobre el centro génito-espinal; pero la idea, el sentimiento o la inclinación están aquí pervertidos"-, ibid., p. mismo, el origen de una pasión, cuyo estudio constituye uno de los objetivos de los naturalistas. En efecto, para la ciencia nueva no hay límites, estima López Bago; las verdades incontrovertibles surgen de la mano de La fisiología de la voluntad de Hertzen y de "nuestro jefe" Claude Bemard^'^. Nuestros autores conceden extrema importancia a los fenómenos volitivos, como resultantes de un desarreglo físico-psicológico que convierte a los personajes en enfermos y sus novelas en memorias expositivas de los estragos causados por la virulencia de las pasiones. Propone López Bago que se realicen exhaustivos estudios fisiológicos del entendimiento y de la voluntad para poder analizar sus aberraciones, pues la depravación violenta de las pasiones conduce a la aparición de enfermedades psicosomáticas^^. Las pasiones se rechazan por ser la expresión de una identidad irracional que se pretende negar en el individuo, y son numerosos los ensayos decimonónicos que discurren en tomo a su naturaleza y terapia, como la célebre Medicina de las pasiones o las pasiones tratadas con respecto a las enfermedades, las leyes y la religión de J.B. Descuret -^traducida en 1857 por P.F. Monlau (Barcelona, Felipe Pons) y reeditada en numerosas ocasiones-, o la Physiologie des passions (1868) de C. Letoumeau, que tanto predicamento tuvo en la lucubración del naturalismo de Zola. Ya en los tratados dieciochescos se hace hincapié en el control que la razón, a través de su instrumento principal, la voluntad, ha de ejercer sobre los desafueros pasionales; no en vano se entienden estos como emociones excesivas, desbordadas, que sitúan al hombre en los límites de la locura: "Yo miro el estado de pasión como una transición entre la cordura y la locura", dictamina Ángel Pulido en 187639. Una vez domesticadas las pasiones, el hombre se convierte en el único responsable de sus instintos y de su lujuria, según el ideal de sentimentalidad racionalizada imperante. Es decir, exponen F. Vázquez y A. Moreno, asistimos a Idi^capitalización del sexo que conduce a una moral económica"^^ -^ya desbrozada por J.L.L. Aranguren-, para la que los excesos de la lujuria y el coitus interruptus constituyen un derroche y una mala inversión del capital humano. En definitiva, concluyen los autores antes citados: "El sexo sigue un camino errante que le lleva del cuerpo a la razón y, finalmente, de esta a los recovecos de la sinrazón"4i. Este proceso desemboca, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en la localización de las pasiones sexuales en ciertas regiones del cerebro, lo que comporta la calificación de enfermedades a lo que antes se censuraba como vicio; se acepta la realidad del ^^homo lubricus que supedita de forma monstruosa todas sus acciones y voliciones al desenfreno de su lujuria"^^. Los personajes de las obras naturalistas se caracterizan por la lucha interna a que les somete la dualidad de su naturaleza racional y animal, dominada, generalmente, por el imperio de los instintos que ahogan la actuación de la voluntad correctora. Y son, precisamente, la fenomenología de estos procesos psíquicos y sus consecuencias sociales lo que escogen los naturalistas como su principal objeto narrativo. En El cura, de E. López Bago, un sacerdote versado en los manuales de fisiología y alienismo modernos intenta convencer a un hermano de hábitos de que sus deseos incestuosos no le convierten en un pecador, sino en un enfermo mentaF^^ E1 caso de conciencia pasa a ser sustituido por un historial médico que analiza la somatización de los desajustes sexuales provocados por el celibato. Así, nuestros escritores conciben el manicomio y el hospital como los centros de documentación más idóneos; el manicomio es, en palabras de A. Sawa, "en carne viva, una sociedad sin encogimientos, de tamaño natural'''^^^ E. López Bago, conocedor de la obra de Esquirol, Orfila, Fodere, Lombroso, Tardieu, M^ón y Rayard'^^, entre otros célebres alienistas, higienistas y médicos en general, sostiene en El cura que las pasiones no son facultades ni elementos de la voluntad, sino estados exagerados de las aptitudes, instintos y sentimientos del hombre que necesitan ser satisfechos; y que si no lo son, causan dolor y hacen sufrir^. Similares conceptos hallamos en otros literatos como Miguel Sawa (1910), quien asegura que las "pasiones no satisfechas suelen llevar a la locura"^'^. Asistimos a una psico-patologización de los deseos sexuales; como bien justifica López Bago, la novela médico-social, naturalista, ha de reflejar el amor "como es", y no "como debe ser"; así pues, su misión será escribir "historias de las pasiones", que es la forma en 42 Vid. VÁZQUEZ, F. y MORENO, A. (1988-1989) 45 A menudo los autores naturalistas gustan de hacer gala de sus conocimientos científicos, si bien, en muchas ocasiones, suelen beber los datos de fuentes secundarias, es decir, no acceden directamente a los textos originales, excepto en el caso de la Introducción a la medicina experimental de CL. BERNARD y los textos de CHARCOT, como se aprecia en La histérica de E.A. que en la actualidad se reviste el sentimiento amoroso"^^. Por tanto, sentencia el escritor, se ha de centrar el interés literario en el estudio y descripción de los casos clínicos en que "el amor se convertía en enfermedad del organismo"'^^^ La pareja formada por Miguel y Estefanía en La querida de López Bago representa fielmente el eros negro naturalista, el llamado amor "veneno" -fruto de un gusto "pervertido": la monomanía erótica que deriva en la "sobreexcitación de los nervios"^^ Con clarividencia supina confiesa Miguel en la misma obra: "Nuestro amor es una neurosis"^! que, irremisiblemente, abocará en tragedia. Como conduce al suicidio a un personaje de las Historias de locos de Miguel Sawa (1910): "Yo he padecido, como tantos otros, la enfermedad del amor" (p.l25), "un amor de la carne, [...] cuando el deseo, siempre en fiebre, pide más y siempre más..." (p.l27). Situación que arroja, también, a la protagonista de "Bodas fúnebres" de Alejandro Sawa, María, al padecimiento mortal de "una pasión que revienta de apoplejía", porque "amó delirantemente, con algo de demencia", "con las ansias brutales de la posesión, del ayuntamiento [...], bestialmente, como ama la hembra al macho"^^ La conclusión se expresa con contundencia en Carne de nobles de López Bago^^^ para el amor no hay más lazos que la voluntad, que ata y desata, en tanto que en el mero goce de los sentidos, en el cumplimiento del instinto sexual, no interviene la potencia volitiva, sólo la bestia humana. Y así, concluye en La querida que la "lujuria del hombre que se le sube al cerebro" sería una gran cosa si no embruteciera. Niegúese al hombre lo que pide, y le veréis llegar, por gradaciones del instinto, hasta el punto que llegan los licántropos, sentir deseos de aullar como un lobo hambriento y de ponerse a cuatro pies. Concluye la protagonista de La buscona de López Bago: "las rebeldías de la carne, [...] la naturaleza puede más", esto es, "los sentidos mandan a la voluntad" (s.a.: 1885; p.l26). Recuérdese que en la célebre novela de A. Daudet, Safo, traducida por E. López Bago en 1884, el protagonista decide consultar al gran fisiólogo Bouchereau, especialista en las enfermedades de la voluntad, porque, en su caso, la potencia volitiva es prisionera de una relación amorosa que conoce las variedades de la abyección y el sado-masoquismo. Como expone E. Sánchez Seña en La manceba, "¿quién puede dominar una pasión?"^^. Y sentencia López Bago en El confesonario: "el infeliz que así se deja dominar por sus pasiones o ideas extraviadas es como un maniaco que ha perdido su libertad moral" (p.207). Interesa consignar el relieve concedido en estas novelas a las modificaciones del carácter de los personajes, glosadas a través de experiencias oníricas en que se muestra el funcionamiento interno del propio organismo, traducción de su conducta psicológica^^. Los sueños ilustran acerca del estado de presciencia que adquieren los individuos cuando, "abandonados por la pasividad de la voluntad y del raciocinio a sí mismos"^^, caen en un estado catártico en que "la conciencia del yo se borraba [...] [y] la vida orgánica continuaba sola su curso", explica López Bago en El cura^^. El mundo onírico transciende las férreas limitaciones socio-morales que ahogan a los personajes^^; supone, en definitiva, la realización ilusoria de las pulsiones más re-54 LÓPEZ BAGO, E. (S.a.: 1885): p.42. Estefanía, en La querida, desea ver a Miguel "babeando la baba.de la bestia en celo" como antídoto de amor (p. 159); oir "el grito salvaje, el salto del tigre, del mono sobre la hembra, sujetándola con las piernas, con los brazos, si se resistía, mordiéndola en el cuello, saciando de grado o por fuerza el instinto genésico" (p. Lieo, en El separatista (1895, La Habana, Galería Literaria), apela a la ayuda del alcohol para olvidar el freno impuesto por el sentimiento amoroso, "dejando libres, sin freno, todas las groserías que aconsejaba el instinto, el sentido de lo genésico" (pág. 89). 55 SÁNCHEZ SEÑA, E. ( 1886 conditas, la manifestación más palmaria de la inadaptación de los individuos enfermos, rendidos ante la tiranía de su propio organismo y el acoso de la sociedad. Los naturalistas radicales esbozan una suerte de teoría sexual que no es sino el corolario de todo el entramado filosófico-científíco que sirve de marco a las novelas de Zola y López Bago. Se resume en la contraposición de su modelo de sexualidad sana frente a lo que es una manifestación del vicio, trasunto de disfunciones orgánicas, de la depravación del instinto natural. Es decir, se reivindica el pleno desarrollo sexual del individuo de acuerdo con los dictados de la Naturaleza y de la fisiología; se establecen las pautas de la normalidad erótica en función de las pulsiones internas que emparentan al hombre con su herencia animal^^. Como declara Alejandro Sawa, la procreación constituye el fin del instinto sexual y la esencia del acto amatorio, por lo que hay que rechazar "todas las porquerías de nuestra monstruosa relajación de costumbres", como la prostitución, los vicios secretos, las prácticas sexuales heterodoxas -fellatio, lesbianismo, sodomía, etc.-que adulteran y corrompen los dictados de la Naturaleza, en una línea de pensamiento que evoca, paradójicamente, la doctrina ortodoxa de la Iglesia católica^i. La erotomania es una enfermedad similar a la satiriasis, apunta López Bago en La monja con posibles resabios de las tesis del alienista Esquirol, pero difiere de esta en la esencia: El mal nacía en esta última [satiriasis] de la irritación de los órganos reproductivos, cuya irritación reaccionaba sobre el cerebro; en la primera el mal residía en la cabeza, la imaginación era la afectada; había un error en el entendimiento [...]; la satiriasis hacíale víctima de un desorden físico; la erotomania lo convertía [a Román] en juguete de su imaginación^^ Y tanto en su glosa científica como en la exposición novelesca de la patología clínica de la monomanía erótica y de la ninfomanía y la satiriasis parece beber López Bago de las fuentes de autores como Esquirol, Pedro Mata, y, fundamentalmente. Pi origen en una mala disciplina del espíritu, vid. JACQUART, D. y THOMASSET, CL. (1985): Sexualidad y saber médico en la Edad Media, tradJ.L. Gil Aristu, Barcelona, Editorial Labor, pp. 157-58. E. LÓPEZ BAGO aborda en El cura (S.a.: 1885) esta doctrina de la culpa inconsciente a través del episodio novelesco en que el sacerdote Román sufre una polución nocturna. Este, acosado por un hondo complejo de pecado, comienza a reflexionar en tomo a las nociones del bien y del mal, que se reconsideran a la luz de la fisiología: el pecado -^reflexiona el personaje-no se debe a una acción voluntaria, no existe la intervención del alma, luego el cuerpo es autónomo y se impone al hombre, como los pensamientos libidinosos (pp. 76-77). 60 "Para los fisiologistas, el amor es aquella imperiosa inclinación que atrae recíprocamente los dos sexos, cuyo objeto providencial es la reproducción de la especie", según J.B.F. DESCURET ( 1857 y Molist en sus Apuntes sobre la monomanía (1864)^3. Los modelos de enfermedades mentales hereditarias propuestos por Morel^^ y JQS paradigmas neuroanatómicos de Magnan65 pueblan, de continuo, la literatura naturalista y constituyen la medida de la configuración de los personajes, como se manifiesta en la heredopatología mental de los Rougon-Macquart zolescos. Advierte López Bago en El preso "que tan rápida como la degeneración orgánica [...] puede ser la moral e intelectual''^6. Advertencia que está en consonancia con la preocupación latente en los naturalistas por el proceso de la llamada depravación sexual, en concreto por la desvirilización masculina, "producto de la grande anemia intensa del siglo diez y nueve"^^. El dandismo, codificado por G. Brummel, J. Barbey d'Aurevilly o Ch. Baudelaire, con su desdén por el sexo femenino y su homosexualidad creciente, se une al advenimiento de la "mujer nueva", que provocó en Europa -según apunta M. Perrot^^-una crisis de identidad varonil, materializada, en parte, en un recrudecimiento de la pederastia. Esta práctica se analiza con criterios médicos, se explica como un hecho patológico, antinatural, que frustra el destino generador de la actividad sexual varonil^^. 6^ Morel agrupa a los enfermos mentales hereditarios en cuatro grupos: aquellos que, por temperamento nervioso congénito, desembocan, bajo influencias diversas, en locura; los que padecen delirios de sentimientos y actos con aparente conservación de las facultades intelectuales y pueden dar lugar a conductas peligrosas; individuos con bajo nivel intelectual, con tendencias precoces e innatas al mal y, por último, los "simples de espíritu, imbéciles e idiotas", apud HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R. ( 1985, a las enfermedades asociadas al progreso y a la sociedad industrializada y rica, que genera patologías mentales como la abulia, la hipocondría o la depresión. Recuérdese que J. GiNÉ y PARTAGÁS, en SU didácticos Misterios de la locura. Novela científica (1890, Barcelona, Impr. de Heinrich y Cía), dedica un capítulo al famoso "Lord Spleen", personaje simbólico a quien define como la "melancolía sin delirio" (p. Asimismo, MIGUEL SAWA (1910) pone en boca de uno de sus personajes el siguiente comentario: "Los médicos dicen que padezco de ese mal extraño, llamado neurastenia, del que ha dicho Charcot que es una enfermedad que no mata, pero que no deja vivir" (p. El interés y la inquietud por la llamada neurosis de fin de siglo se prolonga en la narrativa erótica del siglo XX, de la que es fiel exponente ALBERTO INSÙ A quien, en El complejo de Edipo, dictamina que: "Hay algo peor que el suicidio: la locura. Y algo peor que la locura, que te arrebata del mundo de la razón radicalmente: la neurosis" (p. PERROT, M. (1989b): "Al margen: célibes y solitarios", en Historia de la vida privada, vol. IV, vid., 69 Es curioso comprobar cómo la argumentación destinada a censurar esta práctica apenas difiere con el paso de los siglos; la misma moral de "economía sexual" se halla en los tratados médicos medievales, tendentes a "preservar el semen masculino o reducir su producción para evitar cualquier pérdida", mo enfermo que es la comunidad nacional. La normativa sexual imperante, segregada por la doctrina católica, hace violencia contra las leyes naturales al inmolar la castidad y revestir de inmundicia e hipocresía la libre relación amorosa, lo que provoca la irrupción de graves desarreglos físicos y psicológicos en el individuo: las denominadas aberraciones del instinto que tanto daño provocan en la sociedad. Así pues, nuestros autores construyen su propia coartada ideológica, idéntica a la que preside los tratados de la medicina positivista^^j reclaman, como ésta, la tutela moral de la nación, al defender la existencia de una enfermedad social que ancla sus raíces en la organización de la propia comunidad: intereses y fines médicos, higiénicos, morales y sociológicos son la bandería esgrimida. En una línea similar a la expuesta por Rousseau^^ -en cuanto a su diferenciación entre las escasas enfermedades naturales y las cuantiosas derivadas de la propia sociedad-nuestros autores exudan el más férreo pesimismo antropológico. Coartada moral, sí, pero también es necesario consignar que se percibe un interés creciente, por parte del público contemporáneo, por los temas relacionados con el sexo, por los aspectos velados de la marginalidad social e individual, interés canalizado por autores y editores hacia un mercado bibliográfico de presunta divulgación científica. El origen de estas producciones corre parejo con el de la novela naturalista y ambas corrientes comparten, con fi-ecuencia, espurios propósitos comerciales amparados en la curiosidad morbosa lectora por estos ámbitos de lo oculto y lo privado. A menudo, las varias historias clínicas expuestas aventajan en imaginación a las plumas de los más prolíficos pornógrafos, si bien, al tiempo, participan de claros objetivos didácticos, fundamentalmente el de contribuir a la necesaria educación sexual de la población y al conocimiento de la naturaleza psico-fisiológica. La crítica literaria se vuelca en el debate abierto en tomo a la licitud de reproducir en el arte lo que denomina A. González Blanco "las aberraciones sexuales": "¿Caben en la novela estos casos esporádicos que mejor estarían registrados en los boletines de las clínicas de psiquiatría?". Así, M. Roldan Cortés, en su ensayo Literatura y psicopatías (1909), denuncia que el tema de las psicopatías sexuales ha invadido la producción literaria europea; en España, estas obras donde "se cultiva la nota sensual [...] son leídas con intensa delectación por la adolescencia, siendo causa fomentadora de los placeres solitarios" (p.SO)' ^^. Así, el onanismo arraiga en los individuos débiles "74 "La Medicina reclama un puesto de honor entre las ciencias morales y políticas, y exige intervenir en los grandes negocios del Estado en tanto que ciencia reductora de los males sociales", señala F. ALVAREZ URÍA (1983): p. RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1987): "El concepto social de enfermedad". En ALBARRACÍN, A. (coord.). Historia de la enfermedad, Madrid, Centro de Estudios Wellcome- España-Saned, pp. 341-49;p.344. Ligeros apuntes sobre la influencia de la literatura contemporánea en las enfermedades mentales, Madrid, R. Velasco, p. Galdós y la ideología de la domesticidad en
PANGÉNESIS Y VITALISMO CIENTÍFICO Departamento de Biología Evolutiva, Facultad de Ciencias, UNAM, 04510 México, D.F. México Secretaria de Desarrollo Institucional, UNAM, 04510 México, D.F. México La hipótesis provisional de la pangénesis se ha interpretado como una explicación materialista y mecanicista de la herencia, seguramente porque Darwin mismo consideraba que las gémulas eran partículas corporales; sin embargo, analizando los principios en los que descansan las conjeturas de la pangénesis podemos ver cómo están entretejidas con nociones del vitalismo científico, principalmente el principio vitalista del nisus formativus de Blumenbach. PALABRAS CLAVE: Pangénesis, vitalismo, Darwin, Blumembach. La hipótesis provisional de la pangénesis fue publicada en 18681, Charles Darwin la propuso como una ley incluyente o general que determinara los principios de la generación, entendida en un sentido general como reproducción asexual y sexual, regeneración, hibridismo, desarrollo, atavismo y herencia. ----Darwin imaginó a partir de ideas de fisiólogos del siglo XIX y de viejos supuestos de la generación que las unidades del cuerpo eran autónomas y propuso que cada una de ellas producía gérmenes o gémulas 2 las cuales viajaban por los canales intracelulares y eran finalmente colectadas en los elementos sexuales, de esta manera: óvulos, espermatozoides, polen, huevos, semillas y brotes estaban constituidos por una gran cantidad de dichas partículas 3. Darwin pensaba que, así como una célula de una planta tiene la capacidad de producir un individuo en su totalidad 4, cada uno de los elementos anteriores podía producir un organismo completo debido a las gémulas contenidas en ellos, cuando estos gránulos diminutos eran suministrados con sustancias nutricionales se multiplicaban y se desarrollaban en unidades como aquellas de las cuales habían derivado 5, garantizando así la generación de las partes del cuerpo de donde las gémulas procedían. Para Darwin, las gémulas eran partículas que daban continuidad a la vida, eran las responsables de la variación y eran las unidades últimas donde se generaban los cambios. Basado en esas suposiciones podía explicar entre otras cosas los problemas de la variación: causas, transmisión y manifestación de los caracteres. Las gémulas también tenían la capacidad de mantenerse activas generación tras generación o permanecer en estado de latencia, con ello explicaba la reaparición de caracteres ancestrales. La variación o las ligeras diferencias entre individuos -explicaba Darwin-ocurren por diversas causas. En un primer caso, por la carencia o exceso de gémulas, y por la reiniciación del desarrollo de las que permanecen en estado de latencia, en estos procesos las gémulas no sufrían ningún cambio constitutivo. En otro conjunto de causas, la variación era resultado de la acción directa de las circunstancias que actuaba sobre el organismo; por el uso o desuso de las partes; por cambios innatos, imposible de relacionar con alguna causa concreta, y ocasionalmente por la hibridación de las gémulas, en estos segundos casos, las unidades modificadas segregaban gémulas modificadas, esto implicaba en el fondo cambios constitutivos de las gémulas y como consecuencia cambios en las células generadas por ellas. ----2 Un término que Darwin heredó de Robert Grant uno de los profesores que más influyeron en sus concepciones como lo ha señalado Philip R. SLOAN, (1985) Históricamente esta idea de la pangénesis ha sido vista como una teoría equivocada de la herencia6. Para nosotros, es un conjunto de principios generales, o como Darwin mismo pensaba, la pangénesis es una doctrina7 que aplicó a una problemática particular relacionada con la transmisión de la constancia y la variación de los caracteres, cuestiones vinculadas con el recién consolidado problema de la herencia, esto implica que Darwin comprendió la problemática de la herencia pero trató de explicarlas con un sistema de creencias equivocado8 articulado con los viejos problemas de la generación y el desarrollo. Darwin estaba formado conceptualmente en el viejo programa de la generación por lo que no pudo evitar retomar ideas científicas relacionadas entre este programa y el vitalismo del siglo XVIII. El vitalismo al que nos referimos es la postura filosófica-científica, impulsada por Paul Joseph Barthez, quien postuló un «principio vital», de naturaleza desconocida, distinto de la mente y dotado de movimientos y sensibilidad, como la «causa de los fenómenos de la vida en el cuerpo humano». Este principio que fue retomado por muchos autores, entre ellos Darwin, fue en términos de Georges Canguilhem, la traducción «de una exigencia permanente de la vida en lo viviente» 9, fue también una postura contraria al mecanicismo como método científico y como filosofía reducida a la idea cartesiana del animal-máquina y a la reducción de los fenómenos orgánicos como resultado exclusivo de las fuerzas físico-----químicas. Esta postura vitalista defendida desde el terreno de la historia por Canguilhem (1976) como una postura filosófica y como una propuesta de autonomía de la biología, fue compartida por científicos que hicieron aportes fundamentales en distintos problemas de la biología, como la construcción de la teoría celular, la explicación del desarrollo embriológico, y la explicación del arco reflejo 10. En el fondo ser vitalistas en este periodo, no significó de ninguna manera frenar la investigación científica, algo similar ocurrió con Darwin, que a pesar de haber recurrido a ideas vitalistas -como sostenemos en este trabajo-no impidió que llegara a comprender que la variación no sólo era una característica inherente a lo vivo, sino era también algo esencial para su evolución. Entre los personajes participantes de este vitalismo científico se encuentran Johann Friedrich Blumenbach y James Paget 11, autores cuyas ideas utilizará Darwin para respaldar sus argumentos. Para estos dos autores como para Darwin, el «principio vital» estaba distribuido en todas las partes de los seres. En Blumenbach es claro que este principio vital tiene una participación definitiva en todos aquellos aspectos de la vida que muestran (o parecen mostrar) alguna forma de programa o comportamiento dirigido a metas predeterminadas; en Darwin esta teleología puede ser discutida. J. F. Blumenbach (1752-1840), fue un médico, antropólogo y naturalista alemán considerado como fundador de la antropología física. En 1775 utilizó el término «raza» para clasificar los grupos humanos, primero en cuatro grupos y posteriormente en cinco. Entre sus ideas fundamentales estaba la sugerencia de considerar a los seres humanos como parte de los objetos de la historia natural y veía en ellos «al más perfecto de todos los animales domésticos». La preocupación de Blumenbach sobre la naturaleza era una inquietud filosófica comprometida con la investigación de las causas de las cosas; en un esfuerzo por rechazar ideas preformacionistas llegó a elaborar la idea del nisus formativus publicada en 1779, ésta causó gran impresión entre sus contemporáneos y en algunos científicos posteriores, entre ellos Darwin. Con esta noción vitalista, Blumenbach ofreció argumentos a favor de la epigénesis y de ciertos planteamientos evolutivos finalistas. Paget es otro de los fisiólogos que Darwin señala junto con Blumenbach, que insiste sobre la existencia de un mismo principio, presente en la regeneración de las hidras y en las cicatrizaciones de los organismos superiores; ese principio o poder es el nisus formativus, que Paget también heredó del médico alemán. Las ideas que exploramos fueron conocidas por Darwin en la misma época del nacimiento de la hipótesis de la pangénesis12, Darwin las conoció durante las lecturas que hiciera en 183913, esas fueron: An Essay on Generation de Blumenbach14; An Essay on Animal Reproduction de Lazzaro Spallanzani15 y Zoonomia: or the Laws of Organic Life de Erasmus Darwin (1794). En el manuscrito sobre la pangénesis de 186516 Darwin considera que los organismos están constituidos por una multitud de partes elementales independientes unas de otras, así como los elementos de reproducción: gérmenes y óvulos17; también suponía que todos estos elementos contenían una materia formativa 18 o protoplasma. En este mismo manuscrito señala cómo algunos problemas de la generación, por ejemplo, la regeneración de extremidades amputadas y la cicatrización de heridas entre otros problemas, estaban involucrados con lo que los viejos fisiólogos llamaban el nisus formativus 19. Como indicamos anteriormente, el nisus formativus, es un término que Darwin retoma de Blumenbach, pero no sólo utiliza el vocablo, retoma también el concepto. El punto principal de nuestra discusión consiste en señalar que la supuesta materia formativa tanto del escrito de 1865 sobre la pangénesis como de las ----versiones de 1868 y 1876 de su libro The Variation of Animals and Plants Under Domestication (en adelante The Variation) está relacionada con la idea del nisus formativus 20 y de manera discreta con una idea vitalista, tal y como puede interpretarse del siguiente comentario: «El protoplasma o materia formativa incluida dentro de los gérmenes y elementos masculinos y femeninos, está dotado de una fuerza vital, ésta y la generación seminal son causa del desarrollo de cada ser, así como de los siguientes atributos: la herencia, la reversión y la hibridación» 21. En esta reflexión hay una idea de autosuficiencia e independencia de la materia formativa respecto a los órganos reproductores masculinos y femeninos. Como lo expondrá con mayor detalle en las publicaciones de 1868 y 1875, los elementos reproductores no generan protoplasma, la materia formativa difundida por todo el organismo es derivada de cada tejido o cada tipo de tejido, los elementos reproductores sólo la seleccionan y la acumulan en cantidades apropiadas y la dejan lista para una existencia independiente. En el primer borrador de la pangénesis (1865) las gémulas, protoplasma y átomos eran sinónimos de la materia formativa y cualesquiera de esos elementos juntos en proporciones apropiadas eran los elementos constitutivos del germen verdadero 22. Algunos antecedentes del manejo de Darwin del nisus formativus están también en el manuscrito de la selección natural de 1856 cuyos primeros dos capítulos están dedicados al problema de la variación 23. Los contenidos son muy parecidos a los que aparecen en los capítulos de The Variation. El apartado 35 del manuscrito de la selección natural dedicado a las leyes que regulan la variación contiene una discusión sobre el equilibrio orgánico y el nisus formativus. Como adelantamos párrafos atrás, en 1839 Darwin tiene un notable interés por la materia formativa relacionada con los problemas de la generación, por ello lee a Blumenbach, y también a Spallanzani y conservará de estos autores las ideas que utilizará muchos años después a favor de sus argumentos de la pangénesis. ---- Lo importante para nuestra argumentación es que no solo mantuvo ideas similares de la pangénesis en sus distintas reflexiones escritas, sino además, en la segunda edición de The Variation (1875) insertó un hecho más para fortalecer sus argumentos sobre la importancia de los problemas de la generación, la materia formativa, el nisus formativus y la pangénesis, este hecho adicional fue la regeneración de partes amputadas respaldando sus afirmaciones con los experimentos de Spallanzani y Charles Bonnet 24, del primero cita sus observaciones de regeneración en salamandras 25, experimentos que por algún motivo no consideró necesario incluirlos en la primera edición. En estos párrafos adicionados señalará que el poder de regeneración es mucho más grande en animales jóvenes, sobre todo en las primeras etapas de su desarrollo, y que los organismos inferiores en la escala, son capaces, como regla general de reproducir partes perdidas más fácilmente que aquellos que tienen una organización superior. También señalará que aquellos organismos que son divididos en dos o incluso cortados en pedazos son capaces de reproducir un nuevo ser de manera completa -esto es posible dice Darwin-porque el poder de la regeneración debe estar difuso a través de todo el cuerpo 26. Ese poder de regeneración no era otra cosa que el nisus formativus de Blumenbach. Para el médico alemán, el nisus formativus era la fuente de toda generación y reproducción en cada reino organizado, este poder vital poseía la capacidad de organización, moción y sensación 27 con el cual podía explicarse fenómenos orgánicos como el crecimiento y la re-generación. En The Variation (1868), Darwin señala estas ideas en el apartado de «Las leyes de la variación» 28 y en la edición de 1875, mantiene el mismo discurso en los mismos capítulos. Un dato que en apariencia pudiera restar fuerza a nuestra argumentación radica en el hecho de que en el capítulo XXVII dedicado a la pangénesis no aparece el término nisus formativus, palabra que sí aparece en el manuscrito de 1865; pero interpretamos que el nisus formativus de los viejos fisiólogos fue intercambiado por la idea de materia formativa. Un cambio muy importante por las implicaciones que podría tener la idea de «materia», esto ha motivado la creencia de que la hipótesis provisional de la pangénesis fue una explicación científica completamente materialista. Esta ---- idea de materia formativa, ya era utilizada por Darwin en el manuscrito de 1865 29. Nuestro argumento se refuerza si consideramos que en los capítulos sobre las leyes de la variación de ambas ediciones de The Variation (1868, 1875) el nisus formativus y la materia formativa es utilizada en el mismo sentido, como un principio involucrado en los problemas de la generación, entendida en todos los sentidos que Darwin le asigna. Opinamos que Darwin retomó esta idea vitalista en sus reflexiones, quizá con una pequeña diferencia. Para Blumenbach el nisus formativus era: «Un impulso distinto por completo de todas las fuerzas formativas meramente mecánicas [...] capaz de modificar los distintos tipos de material seminal organizable de diversos modos, aunque dirigidos a un objetivo, y combinarlos en formas determinadas» 30. Darwin no expresa la idea direccional de Blumenbach y no deja claro si este principio es distinto de las fuerzas meramente mecánicas o físicoquímicas, a pesar que tuvo la oportunidad de aclararlo ante la critica de Federico Delpino (1869) quien señalaba que la pangénesis era una explicación materialista que rechazaba la intervención de un principio específico sui generis inherente a los procesos orgánicos, suponiendo que las designadas fuerzas vitales no eran sino transformaciones de las llamadas fuerzas físicoquímicas 31. Darwin parece mantenerse a distancia de la discusión, señalando en ambas ediciones de The Variation, las posturas encontradas sobre la formación de células; por un lado, las ideas de los partidarios de la doctrina celular, la idea de que las células se originaban gracias a un poder inherente que las células poseían 32, o que las células se generaban a partir de otras preexistentes; también señala la postura opuesta: que las células y tejidos de todos los tipos podían ser formados a partir de linfa plástica o blastema de manera independiente de células pre-existentes. Darwin mantuvo una postura un tanto ambigua ante esta discordancia que reflejaba de alguna manera el debate entre vitalistas y mecanicistas, para no comprometerse, escribió: «como no me ocupo especialmente de la histología, podría ser presuntuoso expresar alguna opinión sobre estas doctrinas opuestas» 33. ---- Este acto de modestia no es tal, ya que Darwin contaba con su propia versión respecto a la explicación de la generación de nuevas células o unidades de vida, ya fuera en cualquiera de los tipos de reproducción seminal y asexual, así como en los procesos de regeneración e hibridación. En su explicación Darwin recurrió a un principio según suponía, debía ser fundamental en estos fenómenos, la admisión de un principio generativo, coordinante y organizativo (en este caso el nisus formativus) que pasaba mediante cualquiera de los diferentes tipos de generación en los diversos linajes, desde sus más lejanos ancestros. Al inicio de los capítulos de Las leyes de la variación, en la edición de 1868, Darwin considera necesario discutir el poder de coordinación y reparación de la organización, la cual dice: «Es común en un mayor o menor grado a todos los seres orgánicos, un poder que formalmente ha sido designado por los fisiólogos como nisus formativus. Blumenbach y otros han insistido que el principio el cual permite a la Hidra que se desarrolle a sí misma en un animal perfecto es el mismo poder que permite la cicatrización en animales superiores»34. Darwin desarrolla un conjunto de ideas similares en la primera parte del capítulo de la pangénesis y será precisamente en relación con el mismo conjunto de problemas relacionados con la generación: creación de un nuevo ser, por cualquiera de los tipos de reproducción, regeneración, hibridación y cicatrización; para él no hay diferencias entre el poder que interviene en todos esos casos. Este conjunto de problemas es el mismo que presenta en el capítulo de las leyes de la variación, en ambos casos señala que hay un poder coordinante, un nisus formativus o una materia formativa, incluso también lo designa como «poderes del desarrollo» como puede verse en las siguientes líneas que Darwin utiliza de Paget para reafirmar sus convicciones: «Paget admite, que los poderes del desarrollo del embrión son idénticos a los involucrados en la reparación de lesiones [..] Los poderes son los mismos tanto en el logro de la perfección como en su recuperación cuando ésta se pierde»35. Ese supuesto poder está involucrado en las distintas formas de gemación, generación fisípara, en reparación de lesiones, en el mantenimiento de cada parte en su estado correcto, en el crecimiento o desarrollo progresivo de toda la estructura del embrión; debido a ello, todas estas formas de generación, dice Darwin: «son ----resultado esencialmente de uno y el mismo gran poder» 36. Esta idea permaneció sin cambios sustanciales en la segunda edición de The variation 37. ¿Cómo entiende Darwin el papel de este gran poder? Un poder que no siempre actúa en forma perfecta en el proceso de la regeneración. Estas ideas son similares en los capítulos de las leyes de la variación y en el de la pangénesis. En el primero de estos capítulos su idea del «gran poder» es claramente la idea del nisus formativus, y es explicado sin ambigüedades a través de la autoridad de Blumenbach: «La actividad del nisus formativus está en proporción inversa a la edad del cuerpo organizado. Este poder también es mayor en animales de peldaños inferiores en la escala de la organización, y los animales inferiores en la escala corresponden con los embriones de animales superiores que se siguen en la misma clase» 38. Darwin considera que bajo el encabezado de fenómenos relacionados sobre el nisus formativus, no sólo deben considerarse las viejas estructuras que son capaces de reproducirse, sino también las estructuras que son formadas de nuevo, por ejemplo, la inflamación, en donde las falsas membranas, dice, son suministradas con vasos sanguíneos, vasos linfáticos y nervios, un segundo ejemplo de estas estructuras nuevas es la membrana con la que se nutre el feto que está ricamente suministrada por vasos sanguíneos 39. Inmediatamente después de señalar ambos ejemplos y el nisus formativus Darwin adiciona una reflexión contrapuesta que le permite señalar la discusión que representan las investigaciones del desarrollo de la teoría celular, el párrafo que a continuación citamos se mantiene idéntico en la segunda edición: 39 DARWIN (1868), Vol. 40 Darwin se refiere al citoblastema, término acuñado por Theodor Schwann (1810-1882), para referirse a una matriz de estructura amorfa, granulada y generalmente de consistencia viscosa, a partir de la cual se formaban las nuevas células. El modelo de formación de células estudiado por Robert Remak fue generalizado por Virchow en la segunda mitad del siglo XIX, para Virchow, formada por la proliferación de células preexistentes» 42 Como adelantábamos en páginas anteriores, Darwin no comparte del todo los principios de la teoría celular, y en este párrafo refleja que a pesar de su escepticismo con respecto a esa teoría, no existe para él un vacío explicativo referente a los problemas de la generación, porque su idea del nisus formativus ocupa el lugar de dicha teoría. Es evidente que no le concede a la teoría celular el espacio adecuado, ni en la primera ni en la segunda edición porque señala que: «incluso el gran defensor de la doctrina: omnis cellula e cellula, Virchow, manifiesta que existen dificultades para mantener que cada átomo de tejido sea derivado de células, y éstas de células preexistentes, y éstas a partir del huevo, el cual se considera como una gran célula. A pesar de que en ambas ediciones señala que la teoría (celular) está aceptada como unidad general en el campo del estudio de las plantas, y está ampliamente aceptada en los animales 43, y muy a pesar de que los defensores de la doctrina celular recurrían a un poder inherente a las células y no a un agente externo; 44 Darwin acepta la teoría a medias, sólo está convencido de que la composición y organización de los organismos es resultado de miles de pequeñas unidades orgánicas. 45 En su reflexión sólo hay afinidad con respecto a uno de los principios: las células son las unidades fundamentales de la organización, y hay un rechazo del segundo supuesto relacionado con la génesis de los organismos; toda célula deriva de una célula anterior 46, en su lugar opta por hacer uso de un principio adicional, el nisus formativus. En su explicación una célula podía tener alguna continuidad con otra célula, pero no derivar propiamente de ella. Esta interpretación de Darwin, es distinta a la de los defensores de la teoría celular y a la de los partidarios que mantenían que las células podían formarse independientemente de células pre-existentes, a partir de ciertos cambios químicos. Sólo acepta que los cuerpos están constituidos de una multitud de «unidades orgánicas» cada una de las cuales posee sus propios atributos y es ---el desarrollo embrionario era por divisiones celulares. A partir de una célula: el huevo formado por la madre. Virchow rechazó la interpretación del citoblastema primitivo de Schwann. En la segunda edición expresa la misma afirmación. 45 Basados en el análisis que Canguilhem hace de la construcción histórica de la teoría celular. 46 Estos dos puntos fueron reunidos por Virchow, la primera era una suposición de Schwann. en cierta manera independiente de las otras, de ahí que considera que puede ser conveniente usar de manera indistinta los términos «células» o «unidades orgánicas» o simplemente «unidades» 47. Darwin señala que «unidad orgánica» era un término del Dr. E. Montgomery, quien rechazaba que las células se generaran de células pre-existentes y creía que las células se originaban a través de ciertos cambios químicos 48. En la segunda edición de The Variation, Darwin eliminó esta aclaración. Para llenar el espacio que varios autores concedían a la teoría celular Darwin utilizó la idea del gran poder organizativo de sus gémulas y de la materia formativa, como señalábamos párrafos atrás, la materia formativa para Darwin en su manuscrito de la pangénesis estaba dotado con un poder vital; en sus discusiones sobre el nisus formativus Darwin elimina la idea de poder vital y solo conserva la idea de un gran poder: por otro lado, considerará en The Variation, tanto en la primera como en la segunda edición que la materia formativa está constituida por gémulas. Era tan importante la idea de este poder organizativo y coordinante tanto para los problemas de la generación como para los problemas de la variación que Darwin expresa la siguiente consideración cuando inicia los capítulos sobre las leyes de la variación: «Este tema -[el del nisus formativus]-ha sido citado aquí, porque podemos inferir que cuando alguna parte de un órgano es aumentada o disminuida continuamente por la variación y la selección, el poder coordinante de la organización, tiende continuamente a mantener a todas las partes en armonía» 49. Incluirá también una idea similar en el resumen de los mismos capítulos: «Las modificaciones generadas por cualquier causa, serán reguladas hasta cierto punto por el poder coordinante o el supuesto nisus formativus, que es en realidad un remanente de la más simple forma de reproducción» 50. En la segunda y última edición The Variation, Darwin considera que las gémulas no se desarrollan independientemente en células libres, sino que siempre se desarrollan en unión con «nascent cell» pre-existentes. ¿Significa esto que Darwin reconsideró de una manera diferente los principios de la teo----- ría celular? Para 1875 la teoría celular gozaba ya de una buena aceptación, Darwin como lo señalamos también compartía uno de esos principios (todos los seres están formados por células), pero a pesar de que reelaboró en gran parte el capítulo sobre la pangénesis no hizo modificaciones en su discusión sobre el nisus formativus; ni dio visos de aceptar el segundo principio (toda célula proviene de otra célula). La introducción de la idea de «nascent cell» como elementos necesarios en la formación de nuevas células, no elimina la participación indispensable de las gémulas y en el fondo de la materia formativa. A pesar de la persistencia de un discreto vitalismo, paradójicamente la pangénesis fue un avance en la explicación materialista o material del problema de la herencia; como lo reconocerá Hugo De Vries (1910), quien además dirá que esa hipótesis fue la inspiración 51 que lo llevó a desarrollar su investigación sobre el problema. El vitalismo de Darwin, como de algunos naturalistas, es un vitalismo diferente al vitalismo trascendental; cuyo postulado fundamental consiste en considerar a la vida como un fenómeno irreductible a dimensiones puramente físicas y/o químicas como creía Georges L. L. conde de Buffon 52 y Caspar Friedrich Wolff 53. Para Darwin, como para Blumembach, el «principio vital» no es una idea trascendentalista a diferencia del animismo postulado por Georg Ernst Stahl en el siglo XVII en Alemania, y de donde se inspiraría este vitalismo biológico. La similitud consiste en que para ambos, el elemento inmaterial que postulan, el gran poder, como lo repite continuamente Darwin, representaba una ----51 Estas ideas también influyeron en Francis GALTON (1971), «Experiments in Pangenesis», 19: 393-410, quien no compartió los puntos de vista de Darwin respecto a que las gémulas estuvieran en todo el cuerpo. Otro trabajo crítico fue el del botánico Italiano Federico DELPINO (1869), quien enfatizaba su comprobación en el terreno de la investigación experimental. Con el propósito de perfeccionar la hipótesis de Darwin Carl NAEGELI (1884), Mechanischphysiologische Theorie der Abstammungslehre, estudió el soporte material de la transmisión hereditaria en su teoría fisiológica -mecánica del evolucionismo en la que se conjetura la presencia de los factores hereditarios en la organización del óvulo. Otra hipótesis distinta sobre la transmisión hereditaria, inspirada tanto por el Darwinismo como por los progresos de la investigación celular, y que tuvo mejores éxitos, fue la establecida por el zoólogo alemán August WEISMANN (1885), Die Continuität des Keimplasmas als Grundlage einer Theorie der Vererbung. En el fondo el mecanicismo de Buffon contenía también una idea vitalista cristalizada en su idea de «force pénétrante». 53 C. F. Wolff (1734-1794) En sus explicaciones sobre el crecimiento y el desarrollo rechazó las posturas vitalistas, en su favor creía que las fuerzas esenciales involucradas en estos procesos eran fuerzas puramente físicas, entre ellas las de atracción y repulsión. solución aceptable a la incertidumbre, una salida en la frontera del conocimiento, o una explicación de lo desconocido e inaccesible al intelecto humano ya que esos límites entre la ciencia y la fe eran cuestiones, decía Darwin, «demasiado profundas como para ser abordadas por la inteligencia humana». En la aceptación de ese principio vitalista no solo hay razones metafísicas o problemas con las fronteras del conocimiento, también hay una clara postura filosófica respecto al debate del mecanicismo contra el vitalismo y las causas primarias de los fenómenos biológicos. La postura de Darwin respecto a este debate lo podemos ver con mayor claridad en la diferenciación de sus ideas de la pangénesis y las de Buffon. Darwin señala que las moléculas orgánicas de Buffon parecen a primera vista ser las mismas que las gémulas de su hipótesis, pero ellas dice son esencialmente diferentes 54. Buffon consideraba que un individuo no era más que un todo uniformemente organizado en todas sus partes internas, un compuesto de una infinidad de figuras semejantes y de partes similares o moléculas orgánicas microscópicas, un conjunto de gérmenes y de pequeños individuos de la misma especie, todos los cuales podían desarrollar la misma forma, según las circunstancias, y formaban nuevos seres completos como el primero. Los cuerpos de los vegetales y animales se forman con estas moléculas. Para explicar la capacidad de estas moléculas en la formación de partes y órganos de los seres vivos Buffon supuso la existencia de ciertos moldes internos en los cuerpos y que estos procesos de formación se realizaban bajo la influencia de cierta «fuerza penetrante» [force pénétrante] que actuaba en todos los cuerpos orgánicos. Buffon aventuró la analogía entre esta fuerza y la de la gravedad, de la misma manera como la fuerza de la gravedad penetra en el interior de toda materia, también la fuerza que elabora o atrae las partes orgánicas del alimento se introduce en el interior de los cuerpos orgánicos para llevarlos a ellos por su acción 55. Estas ideas de Buffon ya habían sido analizadas y discutidas por el abuelo de Darwin (Erasmus Darwin) en su capítulo de la «Generación» de Zoonomía (1794), reflexiones y discusiones que el nieto releyó en 1839 56, en la misma época que leyó a Blumenbach y a Spallanzani. 56 En sus primeros escritos Darwin anotó la idea de que la madre construye la «yema» (capullo) y posteriormente ya madura puede recibir la porción vital (semen), no resultaría extraño que la hubiera tomado de E. Darwin. Quien también pensaba en términos similares. E. Darwin sostenía que cada parte separada de todo el organismo se reproducía a sí misma y originaba elementos o entidades que serían los responsables del origen de un nuevo ser; en su reflexión negó la versión descrita por Buffon 57, particularmente porque el autor francés consideraba a las partículas orgánicas como partes mecánicas elaboradas a partir de los fluidos corporales. E. Darwin no compartió el supuesto materialismo que Buffon expone en sus ideas, porque contradecía su postura claramente vitalista bajo la cual consideraba que «el gran creador de todas las cosas había diversificado infinitamente el trabajo de sus manos» 58, E. Darwin pensaba que no solo existían en la naturaleza los principios de la gravitación (en el que se basan las concepciones de Buffon) sino también el principio de las afinidades químicas interpretado por E. Darwin como el principio de la vida orgánica, ambos llamados por él, como materia y espíritu, uno y otro considerados como causa de la existencia del mundo natural 59. Siguiendo la tradición familiar Ch. Darwin también rechazará en su momento esa postura mecanicista, utilizando el supuesto vitalista del nisus formativus de Blumenbach. En la segunda edición de The Variation Darwin incorporó una nota señalando la observación de G. G. Lewes 60 sobre los autores que habían propuesto con anterioridad ideas similares a las de la pangénesis. En esa nota Darwin señala que las ideas de Buffon son muy parecidas a las suyas, pero también señala que hay una diferencia fundamental entre ellas. ----Tiempo después Darwin extendió la idea del poder vital a todos los elementos sexuales. Respecto a esta idea de fecundación en Darwin John Farley ha hecho una interpretación similar. 57 E. Darwin también plantea en sus reflexiones algunas objeciones a la idea pangenética: «primero, porque en las plantas puedan verse ciertos fenómenos que no son aplicables a las leyes animales. Segundo, esos fluidos repletos con partículas orgánicas derivadas tanto de los órganos masculino y femenino, son supuestamente similares y no hay razones por las que una madre no pueda producir un embrión hembra (como ocurre en la partenogénesis) sin la asistencia del macho». Como señalamos anteriormente, la diferencia esencial está relacionada con la participación o no de las fuerzas físico-químicas como responsables de los procesos orgánicos. Mientras Buffon basaba sus ideas en un principio análogo a la fuerza gravitatoria como parte de los procesos de la generación, Darwin consideraba necesario un impulso vital o un principio formativo. Ese principio fue el nisus formativus de Blumenbach, una conjetura postulada precisamente para rechazar ideas mecanicistas de John T. Needham y Wolff. Darwin motivado por las limitaciones del conocimiento de su época, a pesar de la solidez en ese momento de la teoría celular; o por la constante y permanente persistencia de su viejo programa de investigación: la generación; o por sus propias convicciones deístas y filosóficas asumió con ligeras diferencias la concepción vitalista de Blumenbach, sosteniendo la creencia en una fuerza o poder, un tanto metafísico, exclusivo e inherente a toda la organización de los seres vivos. BIBLIOGRAFÍA: BLUMENBACH, J. F. (1829), The Elements of Physiology, 4ta. edición, London, Logman. CANGUILHEM, G. (1976), El Conocimiento de la Vida, Editorial Anagrama. (1875), The Variation of Animals and Plants Under Domestication, Vol, 1 y 2, Reedición de la 2da edición [1998], The Johns Hopkins University Press. DARWIN, E. (1794), Zoonomia: or the Law of Organic Life, 4ta. edición Americana, Vol.
En este artículo se aborda la relación entre el control social de la mortalidad y el desarrollo económico a lo largo de la primera industrialización de Vizcaya (1877Vizcaya ( -1930)). Se trata de constrastar las hipótesis relacionadas con los determinantes sociales que explican la presencia de la enfermedad en un colectivo, en el contexto de la primera fase del capitalismo industrial. Para ello se realiza un estudio sobre la contribución de las principales causas de muerte al fuerte descenso de la esperanza de vida producido en el último tercio del s. xix y a la posterior caída secular de la mortalidad a comienzos del s. xx en el área urbano industrial del Gran Bilbao. A partir de una jerarquización de enfermedades se realiza una evaluación de los factores de riesgo de la población. Se valora la exposición al contagio según condiciones de vivienda, política sanitaria y condiciones higiénicas por un lado, así como el grado de resistencia según el status nutritivo por otro. Este trabajo de investigación se enmarca dentro del proyecto de investigación financiado por el EL IMPACTO DE LA INDUSTRIALIZACIÓN SOBRE LA ESPERANZA DE VIDA La interpretación del proceso de la transición de la mortalidad asocia la caída definitiva de la mortalidad en Europa desde el s. XVIII con la mejora de los niveles de vida y de la misma organización social. Sin embargo, esta relación entre control de la mortalidad y desarrollo económico es controvertida y en absoluto es directa. La historia de la transición de la mortalidad no fue una historia lineal ni progresiva sino que está llena de saltos y de discontinuidades. De hecho fueron muchas las regiones europeas que, tras una primera fase de reducción de la mortalidad ordinaria, experimentaron a mediados del s. xix una situación de estancamiento e incluso de retroceso en las probabilidades de vivir de la población. La primera fase de la industrialización en la Europa del norte y central tuvo consecuencias claramente regresivas para la salud de la población, tal y como se ha comprobado de forma indirecta a través de la evolución de los niveles de la mortalidad. Es a partir de finales del s. xix cuando la transición es irreversible. El País Vasco compartió esta misma experiencia. En esta región se inició ya desde el s. XVIII un cierto control sobre las crisis demográficas de tipo antiguo. Asimismo se produjo una disminución de la mortalidad infantil y ordinaria desde finales del s. XVIII hasta la mitad del s. xix que se podría identificar como la primera fase de la transición de la mortalidad en el País Vasco^. No obstante, desde 1860 hasta 1900 la transición de la mortalidad sufrió un serio retroceso, al menos en la provincia eminentemente industrial, Vizcaya. Como en otras regiones europeas, el proceso de urbanización asociado a la industrialización no sólo frenó una tendencia a la modernización de las pautas demográficas sino que provocó comportamientos regresivos^. En esta provincia, crecimiento económico y explosión demográfica fueron dos caras de la misma moneda. Las unidades de explotación de tipo extensivo, como la minería así como aquellas primeras plantas siderúrgicas que ocupaban a cerca de 6.000 trabajadores al año, generaron una demanda masiva de trabajo e intensos desplazamientos de hombres y mujeres que en poco espacio de tiempo se ubicaron en una pequeña franja territorial alterando profundamente el equilibrio anterior. Estamos ante un modelo de urbanización extremadamente concentrado y construido sobre áreas con escasa tradición urbana a lo largo de los siglos precedentes^. Sabemos, por otra parte, que el reemplazo fácil y rápido de mano de obra sostuvo unos niveles salariales insuficientes y llegó a ser un factor dislocador de la organización social resultante^. Para profundizar en esta interrelación entre urbanización/mortalidad en Vizcaya vamos a centrar el análisis en el área urbana que configura el cinturón industrial de Bilbao. Más concretamente, en la comunidad de Baracaldo, un buen ejemplo de población industrial que surgió de forma acelerada alrededor de las grandes plantas siderúrgicas al borde de la Ría del Nervión. Es representativa de un conjunto territorial más amplio, formado por municipios de carácter minero e industrial, y que se extiende en la margen izquierda del Nervión desde Santurce hasta Bilbao^. El ritmo de crecimiento anual fue en todo momento superior al 2 por cien. Estamos, por lo tanto, ante una población eminentemente asalariada, que sufrió los efectos intensos de la industrialización e inmigración sobre la organización del espacio urbano y sobre sus condiciones de vida. Uno de los indicadores que mejor expresa de forma sintética las repercusiones intensas que tuvieron sobre la población estos dos procesos sociales estrechamente ligados, es la esperanza de vida al nacer. En la tabla 1 se presenta una evolución de este indicador en los distintos cortes temporales de la localidad analizada. ^ Nos referimos al conjunto de anteiglesias de carácter rural en los aledaños de la Ría del Nervión. Por supuesto, Bilbao como centro rector de esta nueva zona industrial es una excepción. Industrialización y cambio social, San Sebastián; PÉREZ-FUENTES, P. (1993), Vivir y morir en las minas. Estrategias familiares y relaciones de género en la primera industrialización vizcaína 1877-1913, Bilbao, pp. 247, Bilbao, pp. 247 Como es sabido, 1877 marca el pistoletazo de salida en la carrera de la industrialización en Vizcaya. Pues bien, los datos hablan por sí solos: entre 1877 y 1890, la esperanza de vida disminuyó catorce años. La nueva sociedad emergente alrededor del cinturón industrial de Bilbao manifestó unos comportamientos claramente traumáticos en sus niveles de mortalidad. Además, las probabilidades de vivir de la población en vísperas del boom industrial, no se volvieron a alcanzar hasta 1910. Uno de los efectos sociales de este modelo industrial es un retraso de más de treinta años respecto a la caída definitiva de la mortalidad. A la luz de los resultados no queda lugar a dudas de que debemos de corroborar la interpretación pesimista que algunos historiadores como M. González Portilla hicieron en los años setenta, recientemente confirmadas por P. Pérez Fuentes^, sobre las consecuencias sociales que pudieron ocasionar estos fenómenos distintos pero paralelos de industrialización/urbanización/movimientos migratorios. Los desajustes sociales y el empeoramiento de las condiciones de vida hasta una situación biológicamente límite llevaron a un amplia área urbanoindustrial a una dislocación social, que se tradujo evidentemente en una morbi-mortalidad mayor que en etapas anteriores. Es difícil deslindar el impacto que tuvo la urbanización sobre la salud de la población del que tuvieron las condiciones económicas de los trabajadores. Es lógico pensar, por un lado, que los efectos de una urbanización descontrolada desde los poderes públicos o mal gestionada desde las mismas empresas produjeron un incremento en la exposición a los factores de riesgo; y, por otro lado, es posible que unas relaciones laborales poco ventajosas para los trabajadores disminuyeron la capacidad 7 Los datos de Baracaldo de 1877, 1890, 1910 y 1930 son de elaboración propia. La esperanza de vida de Baracaldo de 1860 está publicada en GONZÁLEZ UGARTE, M. E. (1994), «Mortalidad e industrialización en el País Vasco, 1860-1930», Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, vol XII-1, p. Debido al severi simo régimen de mortalidad que se impone entre 1877 y 1900 hemos recogido en el Apéndice 1 y 2, al final, una amplia explicación sobre la metodología aplicada en la estimación de la esperanza de vida y sobre la bondad de las fuentes en lo que respecta a la calidad del registro civil así como con la estructura por edades de los padrones de población utilizados. 8 GONZÁLEZ PORTILLA, M. (1977), «Los orígenes de la sociedad capitalista en el País Vasco. Transformaciones económicas y sociales en Vizcaya», Saoiak, 1; PÉREZ FUENTES, P., (1993), Vivir y morir en las minas, Bilbao, p.276. Asclepio-Vol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es de supervivencia y que, por lo tanto, afectaron a las necesidades más primarias de este colectivo humano. La gran riqueza y pluralidad de aspectos que explican el estado de salud de la población, su exposición al riesgo de enfermar y su capacidad de resistencia, deben de ser analizados para comprender exactamente lo que ocurrió a lo largo de este periodo en el que la población sufre los efectos combinados de asalarización y de concentración geográfica. Desde este punto de partida, uno de los objetivos que nos proponemos es abordar las consecuencias demográficas que la movilidad y la industrialización tuvieron sobre las condiciones de vida de la población. Se trataría de explicar los factores que directamente contribuyeron al incremento de la mortalidad a finales del s. XIX y que supusieron un retraso en la transición demográfica. Por otra parte, es evidente que a partir de 1890 la lucha contra la muerte consiguió sus primeros resultados. En este contexto cronológico nos proponemos como segundo objetivo explicar el conjunto de mejoras sociales que concurren en una comunidad industrial como la de Baracaldo y que explican la caída definitiva de la mortalidad. APROXIMACIÓN METODOLÓGICA A LAS CAUSAS SOCIALES DE LA MORTALIDAD En el hecho vital de la muerte confluyen un haz de decisiones de distinta naturaleza, tanto individuales como de tipo público, que nos ponen al descubierto el grado de organización social y político de una comunidad (avances sanitarios), de elementos culturales (individuales y colectivos) y costumbres alimenticias así como niveles nutricionales que propician una población con mayor o menor capacidad para resistir la enfermedad^. En épocas en las que el progreso médico-científico para curar las enfermedades de una población es escaso, el estudio de las causas de mortalidad toma un carácter plenamente social ya que nos acerca a aquellos factores de riesgo que constituían una amenaza para las condiciones vitales humanas. Si queremos 9 La defensa de la tesis del papel determinante del estado nutricional en el descenso moderno de la mortalidad tiene su máximo exponente en la figura de MCKEOWN, T. (1977), El crecimiento moderno de la población, Madrid. Uno de los principales defensores del papel de la sanidad pública como el principal responsable de la transición de la mortalidad es S. PRESTON, (1976) introducimos, por lo tanto, en la interpretación sobre la relación entre la mortalidad y su relación con el progreso económico, no nos queda otro camino que aproximamos al impacto real que tuvieron las enfermedades sobre la población. Las expresiones diagnósticas que informan sobre las causas de muerte serían como el factor inmediato, o si se prefiere, el eslabón entre la mortalidad y los determinantes sociales^o. Somos conscientes que resulta complejo y arriesgado establecer una jerarquía entre el conjunto de factores que convergen sobre la mortalidad de una población y el grado de desorganización que se puede intuir a través de los indicadores hasta ahora manejados. Alrededor de la pobreza convergen muchas carencias, tanto nutritivas como medio-ambientales, derivadas éstas últimas de la infravivienda, de la incultura y de los malos hábitos de vida, higiene y alimentación. No obstante, nos ha parecido oportuno, debido a la calidad de los datos que disponíamos, realizar el análisis de la mortalidad por edades y enfermedades con el objeto de jerarquizar dichos factores que explican tanto la fase de dislocación como el impulso de la segunda fase de la transición de la mortalidad, que dura hasta la revolución científico-médica de los años cuarenta. La cuestión sobre la clasificación de enfermedades a utilizar para un dilatado periodo histórico ha sido uno de los problemas metodológicos con que nos hemos enfrentado. La más utilizada por los historiadores de la medicina ha sido la Clasificación Intemacional del Dr. Bertillon, con sus sucesivas revisiones. Su uso tiene innumerables ventajas. Una de ellas, es su universalidad geográfica que permite hacer comparaciones entre los diversos países desde al menos, principios de siglo hasta ahora. Pero no está exenta de problemas desde el punto de vista de los historiadores de la demografía. Pensamos que el criterio anatómico no es el más adecuado cuando lo que se pretende es explicar los orígenes sociales de la muerte en comunidades bajo patrón de mortalidad de tipo antiguo, es decir, bajo predominio de las enfermedades infecciosas y en ausencia de recursos terapéuticos (antibióticos). Así, nos encontramos con que el primer gmpo de dicha clasificación, denominado como Enfermedades Generales, puede llegar a representar el 70 por cien de las causas de muerte. Esta categoría no aporta grandes explicaciones. En el caso de que las enfermedades contenidas en este apartado no se puedan desagregar, los resultados que se desprenden de ella no pueden ser muy concluyentes. Se ha optado en nuestro caso por seguir la propuesta de Thomas McKeown. Es decir, hemos utilizado una agmpación de las enfermedades según su naturaleza cau->o Veáse al respecto la reflexión sobre las posibilidades que la epidemiología histórica ofrece desde la perspectiva de la historia social, en esta línea de relación entre la enfermedad, factores de riesgo y condiciones de vida que realiza BERNABÉU MESTRE, J., (1995) saPi. Este análisis es especialmente adecuado si tenemos en cuenta que las principales causas de enfermedad y muerte, hasta la aparición de los antibióticos en la década de los 40, es de naturaleza infecciosa. Así, hemos diferenciado en primer lugar entre las causas infecciosas y no infecciosas. Es especialmente interesante para nosotros el hecho de que haga una segunda división de las infecciones según la naturaleza de la transmisión, es decir, entre las transmitidas por aire, agua y alimentos o por otros microorganismos. En ausencia de modos eficaces de erradicarlas, los antibióticos, si conocemos la forma de propagación también conoceremos los medios que una sociedad disponía para controlarlas. En definitiva, esta clasificación permite comprender los mecanismos utilizados para la reducción del contacto con los microorganismos y, por lo tanto, las causas sociales de la enfermedad y de la muerte. No hay que perder de vista que nuestro objetivo es, en última instancia, medir las condiciones de vida y entrever la relación entre unos procesos urbanos como los analizados y un incremento fuerte de la mortalidad infantil y juvenil, así como interpretar la reducción de las enfermedades de este colectivo en relación con los cambios sociales que se desarrollan al hilo de la modernización. En definitiva, se ha optado por utilizar el criterio etiológico (origen de la enfermedad) frente al criterio anatómico como forma más adecuada de evaluar la relación entre el control de la propagación de los microorganismos con el grado de desarrollo económico y social. Nos hemos aproximado en primer lugar al impacto de la mortalidad por grupos de edades entre la población de Baracaldo. En la tabla 2 se han calculado las tasas específicas de mortalidad (m (x))^^, es decir, se ha establecido una relación entre el número de fallecidos y el total de supervivientes en un momento dado. í' La agrupación de enfermedades y el modo en que se ha asignado cada causa concreta a su grupo, tiene una enorme deuda con el magnífico trabajo realizado por el profesor J. BERNABÉU MESTRE (s.f.)» Análisis semántico-documental, Universidad de Alicante. Dados nuestros limitados conocimientos de medicina, no nos hubiera sido posible realizar este ejercicio sin la ayuda de este trabajo que amablemente nos facilitó, ni de su constante predisposición a resolver las innumerables dudas que surgieron. La clasificación utilizada permite a la vez aislar algunas enfermedades concretas de cada grupo, para hacer un seguimiento individualizado a lo largo del período analizado. 12 Se ha utilizado la estructura por edades de los padrones de población. Aunque entre 1877 y 1890 el estado de salud de toda la población empeoró notablemente en términos relativos, observando el porcentaje de variación, fue el colectivo infantil y juvenil el que más sufrió los efectos de una depauperización de la población. La mayor debilidad de sus organismos y de su sistema inmunológico convierte al colectivo infantil en el grupo de población más sensible a los cambios ecológicos o de ambiente; son las principales víctimas de un cambio en las condiciones higiénico-sanitarias, mediatizadas además por el cuidado de los adultos. Teniendo en cuenta que la familia se movía en los momentos del ciclo vital más delicado con hijos pequeños^^, no es difícil imaginar los efectos que pudo tener en los cuidados de un niño, en su alimentación y en su higiene, la situación de inestabilidad asociada a la movilidad geográfica, y a la búsqueda de trabajo y de vivienda en la que se encontraba un número importante de habitantes. En un análisis cruzado de causas de muerte por edades se puede apreciar con qué intensidad afectaron los cuatro grupos de enfermedades a los distintos colectivos de población (tabla 3). Si observamos la evolución de las causas inmediatas de esta situación un tanto límite de la población podemos comprobar que hubo dos grupos de enfermedades que hicieron especial mella en la población. En primer lugar las infecciosas que se transmitían por aire incrementan sus niveles entre 1877 y 1890 hasta un 189,3 por cien sobre el conjunto de la población. El impacto que sobre la población infantil y juvenil tuvo este grupo creció en más de un 200 por cien. Pasó de niveles de un 50,93 por mil a 160 niños muertos por mil supervivientes entre la población infantil y de un nivel de 25,4 a 77,5 por mil entre la población juvenil. En segundo lugar, las infecciosas transmitidas por agua y alimentos también sufrieron un intenso incremento en este periodo. Afectaron con especial dureza a los niños menores de un año; el impacto sobre esta población se elevó en más del 200 por cien. Tabla 3: Tasas específicas de mortalidad (por mil) por edad y grupos de enfermedad en la zona urbano-industrial vizcaína (1877-1930) Para aproximamos al grado de responsabilidad de cada grupo de enfermedades sobre el total del incremento de la tasa bruta de mortalidad en esta negra etapa de 1877 a 1890 se ha calculado el porcentaje de ascenso de la muerte atribuible a cada http://asclepio.revistas.csic.es grupo de enfermedades (tabla 4)^"^. El principal responsable del incremento de la tasa bruta de mortalidad en las primeras oleadas inmigratorias, el grupo de enfermedades transmitidas por aire, contribuyó con un 70 por cien sobre el aumento total de la mortalidad. Alrededor de un 50 por ciento de dicho incremento se concentra en la población infantil y juvenil entre O y 4 años que se moría debido a procesos infecciosos de carácter epidémico propios de la infancia así como por enfermedades de tipo respiratorio. Tabla 4: Contribución de los grupos de enfermedades al incremento de la mortalidad por grupos de edad en la zona urbano-industrial vizcaína entre 1877 y 1890. No cabe duda que el factor medio-ambiental está potenciando que las enfermedades respiratorias estén muy presentes en el patrón de mortalidad en esta zona. El clima húmedo y frío es propicio para cuadros de resfriados y catarros que acaban degenerando en enfermedades del aparato respiratorio. Pero tampoco cabe la menor duda de que la especial contribución de este grupo de enfermedades a la galopante evolución de la mortalidad infantil está indicando de forma indirecta un tipo de desorden de índole social asociado a la pobreza como es las condiciones de la vivienda. Una alta densidad de población en escaso espacio físico genera un ambiente sumamente cargado, y es un magnífico caldo de cultivo para la propagación de todo tipo de organismos que se contagian a través del contacto humano, las gotas de saliva, etc. •"* Para calcular esta contribución se parte de las tasas de mortalidad por grupos de edad y enfermedad en los distintos cortes censales. Una vez estimado el incremento de las tasa de mortalidad por enfermedad y grupo de edad entre ambas fechas, se calcula la relación entre este incremento y el de las tasas brutas de mortalidad entre 1877 y 1890. Esta relación está expresada en tanto por cien. El alojamiento en habitaciones de familias completas es un foco de transmisión por excelencia de múltiples enfermedades tanto de carácter epidémico (viruela, sarampión, tosferina) como otras enfermedades que afectan al aparato respiratorio (tuberculosis respiratoria, bronquitis, neumonía etc.). Realmente no es difícil de imaginar los problemas de asentamiento y de habitabilidad de cualquier ciudad que sufre la avalancha de población que se produjo en los pueblos industriales en el último tercio del s. xix. La ubicación tanto de individuos como de familias enteras se resolvió mal y constituye un mal endémico en estas áreas hasta nuestros días. En el trabajo de P. Pérez Fuentes sobre los niveles de vida de los mineros de San Salvador del Valle se aporta un valiosísima información sobre estos problemas relacionados con la vivienda, la distribución de alimentos y con la infraestructura urbana a los que vamos a aludir de forma resumida^^. Rapidez y provisionalidad son las notas que definen la conformación de la trama urbana de esta zona. A pesar de que el sistema de barracones declinó enseguida y se instauró el alojamiento dentro de familias ya asentadas con anterioridad, de forma que se hacían cargo del alojamiento de los recién llegados, el problema de la vivienda en esta zona ha sido históricamente una asignatura pendiente, difícil de resolver. Los primeros barrios se construyeron de forma improvisada, sentando las bases y la infraestructura de lo que constituirá el lugar de asentamiento y de ocupación de las sucesivas generaciones de trabajadores e inmigrantes. Algunas características de las construcciones en este espacio urbano pueden resumirse en la pobreza de los materiales. Las habitaciones eran estrechas, pequeñas, húmedas y mal aireadas. Por otra parte, la fuerte demanda ha sometido históricamente a este sector a una intensa especulación. El precio de la vivienda era muy caro. Aunque no es nuestro objetivo analizar las estrategias familiares de supervivencia, parece evidente que la disminución de los salarios reales condicionó las opciones en una dirección muy determinada. Por un lado, era necesario reducir gastos familiares y ello pasaba inevitablemente por una solución a todas luces perjudicial para la salud de la población, compartir vivienda mediante la práctica del realquiler de una parte del alojamiento bien a otra familia, bien a huéspedes. Por otro lado, la reducción de la capacidad adquisitiva de los salarios llevó implícita una intensificación del trabajo de todos los miembros de la unidad doméstica según estrategias de acumulación de salarios. Este contexto fomentaba la corresidencia con familiares u otros individuos jóvenes ^6. Las habitaciones eran compartidas por varias familias de forma que se encuentra como práctica común «dormir parejos» o a «cama caliente» que no es sino un eufemismo de compartir varias obreros una misma cama aprovechando el trabajo a tumos de la í5 Veáse PÉREZ FUENTES, P., (1993), pp. 183-202. í6 Las estrategias de corresidencia para una comunidad minera han sido analizadas por PÉREZ FUENTES, P., (1993), pp. 153-76 y para una comunidad industrial por ARBAIZA, M., (1994a), pp. 324-30. siderurgia, donde no se lavaban ni aireaban los dormitorios. El hacinamiento de la población y sus consecuencias higiénicas, morales y espirituales provocó ríos de tinta por parte de los contemporáneos. En este sentido los testimonios de los higienistas de la época fueron muy expresivos^^. Las enfermedades que se contraen a través de la ingestión de agua contaminada o de alimentos en mal estado ocupan un segundo lugar en el empeoramiento de la salud. El impacto que tuvieron sobre la población infantil y juvenil llegó a contribuir con 13,5 por cien sobre el total del incremento de la tasa bruta de mortalidad. Este grupo de enfermedades apunta hacia desórdenes relacionados con la precaria infraestructura urbana en estas zonas de rápido crecimiento demográfico. Los deficientes servicios de saneamiento y abastecimiento de aguas así como la ausencia de una red de canalización de aguas, de fuentes y lavaderos con agua potable, fueron focos de contagio y de riesgo para enfermedades como la enteritis, gastroenteritis, diarreas y demás infecciones intestinales. La población se abastecía directamente del río Galindo que servía para todo tipo de usos de abastecimiento, lavado y de depósito de residuos. Cuando se carecía de un sistema de aprovisionamiento de agua potable y de una red de evacuación de residuos (un sistema de alcantarillado y de recogida de basuras) evidentemente se incrementa el riesgo de contagio entre la población. Este mismo grupo está indicando un tercer desorden que viene producido por la disposición de los alimentos en mal estado, derivado a su vez de unas malas condiciones en su suministro y distribución (condiciones higiénicas de los mercados, largas cadenas de distribución sin inspecciones cotidianas, etc.). Sin entrar a valorar el problema de la cantidad de alimentación que los trabajadores podían obtener o la variedad y equilibrio de la dieta, el precario abastecimiento de la población generó en estas zonas urbanas problemas importantes que derivaron en un incremento de las infecciones debido a un consumo en mal estado. No en vano, en los primeros conflictos obreros de esta zona, una de las protestas hacía referencia a las cantinas y a la larga cadena de intermediarios alrededor del suministro de los productos básicos de alimentación que, además de encarecer el precio, sacaban al mercado productos en malas condiciones higiénicas.'^ Fueron varios los contemporáneos que describen con gran minuciosidad y detalle las condiciones de vida de la clase trabajadora en el área minero industrial y que no vamos a reproducir. Cabe destacar las obras de Mariano de ECHEVARRÍA (1894), Higienización de Bilbao; Gumersindo GÓMEZ (1895), Como se vive y como se muere en Bilbao. Reseña demográfica de la villa. En la última década del s. XIX prácticamente todos los grupos de infección así como las enfermedades degenerativas redujeron sus efectos mortíferos y provocaron un descenso de la tasa bruta de mortalidad (tablas 2 y 3). Comienza la caída definitiva de la mortalidad. Entre 1890 y 1930, el impacto de la mortalidad sobre los niños menores de 1 año disminuyó un 65,8 por cien -es decir, se reducen los niveles una media de un 16,45 por cien cada diez años-y un 82,8 por cien en el caso de la mortalidad juvenil -^una media de un 20,7 por cien cada diez años-. Los grupos de enfermedades presentaron, sin embargo, ritmos distintos en su descenso. Estamos en la primera etapa de la transición epidemiológica. Entre 1890 y 1930, la contribución de las distintas enfermedades a la caída definitiva de la mortalidad general e infantil pone de relieve el grado de desarrollo social y organizativo de esta comunidad, para ir controlando y atajando la propagación de los microorganismos. Por un lado, la iniciativa consciente de tipo público, encaminada hacia un menor contacto de la población con las fuentes de las enfermedades infecciosas, propició una disminución del contagio. Los defensores de la tesis de la primacía de la organización sanitaria y de la intervención de las autoridades en materia sanitaria y preventiva, argumentarían que ésta es la principal razón del control social de la muerte. Por otro lado, la disminución de la mortalidad debido a enfermedades infecto-contagiosas está estrechamente relacionada con el aumento de las defensas del organismo humano y, por lo tanto, de una mayor resistencia humana a ser invadida por un microorganismo. De esta forma, aunque la intensidad de una enfermedad siga latente en un colectivo, no tiene efectos sobre la tasa de mortalidad. Los defensores del nivel nutricional de una población como condición imprescindible para que se produzca la transición epidemiológica se basan en el vínculo entre nutrición-infección como idea central. La reducción de los niveles de mortalidad en la última década del s. XIX en esta zona urbano-industrial se explica por la tendencia a disminuir aquellas enfermedades que se transmitían por aire y por agua y alimentación en mal estado, que se redujeron un 36,3 por cien y un 32 por cien respectivamente. Por el contrario, las enfermedades infecciosas transmitidas por otros microorganismos -entre las que se encuentran la meningitis-siguieron una tendencia al alza hasta 1900. Tal y como reconoce McKweon^^, aquellas acciones de tipo público que no necesitaron de una colaboración individual cotidiana fueron las que tuvieron unos efectos más rápidos en la disminución de los riesgos de contagio de enfermedades transmitidas por el agua como el cólera, las fiebres tifoideas, diarreas y disenterías y otras patologías propias de situaciones de deficiencia en las servicios de desagües y agua potable. En efecto, la construcción del alcantarillado y la conducción de aguas potables, que se llevó a cabo de forma decidida por las autoridades locales a partir de la amarga experiencia del cólera morbo en 1885, tuvieron una serie de consecuencias inmediatas sobre la población. Si recordamos las evolución de las tasas de mortalidad específicas de las enfermedades infecciosas por agua (tabla 3), es significativo que todos los grupos de edad experimentaron un descenso similar entre 1890 y 1900 de alrededor de algo más de un 30 por cien; es decir, todos se benefician a la vez de las actuaciones de los poderes públicos en la mejora de equipamientos sanitarios. La gran crisis del cólera en 1885, que afectó con especial intensidad a la población baracaldesa, puso en evidencia las nefastas consecuencias de una carencia de infraestructura en equipamientos sanitarios mínimos -como alcantarillado y suministro de agua potable en fuentes y lavaderos públicos-provocando acciones más decididas de las autoridades locales y provinciales. Los efectos de estos avances relativos a la infraestructura higiénico-sanitaria son inmediatos^9. La mejora en la organización urbana tuvo un resultado espectacular al comienzo, pero su contribución a la disminución de la mortalidad no mantuvo la misma intensidad una vez lograda la primera reducción de la exposición a las fuentes de contagio. La respuesta de la población menor de un año es una clave explicativa de esta trayectoria. Se puede comprobar que estas mejoras sociales tuvieron especial incidencia sobre la población juvenil entre 1 y 4 años, la más sensible a las enfermedades gastrointestinales. No fue así en los niños menores de 1 año. Las enfermedades infecciosas transmitidas por el agua o alimentos mantuvieron un fuerte impacto sobre este grupo de edad, con tasas de mortalidad específicas de alrededor de un 30 por mil a lo largo de todo el periodo estudiado. En un estudio desagregado de las enfermedades más importantes, se ha aislado la mortalidad por infecciones gastrointestinales (gráfico 1) de aquellas de carácter epidémico como el cólera, también incluida en este grupo. La mortalidad por gastroenteritis entre la población infantil no llevó la tendencia descendente de otras causas de muerte sino que persistió en unos niveles altos, incluso aumentó algo entre 1900 y 1910; mostró una fuerte resistencia a su reducción, siendo la responsable directa de una alta mortalidad infantil en fechas en las que el patrón de enfermar había experimentado cambios de envergadura. 19 En el caso de San Salvador del Valle, se produce también una caída drástica de este tipo de enfermedades una vez que comienza la construcción del alcantarillado en los barrios altos de las minas, tal y como demuestra PÉREZ-FUENTES, P., (1993) Fuente: Tasas específicas de mortalidad de la tabla 5 El médico Mariano Echevarría, contemporáneo higienista, en su famosa obra Higienización en Bilbao, relacionaba este fenómeno con la incapacidad económica de las familias para alimentar bien a los niños una vez que se eliminaba la leche materna, con estas palabras: «una de las causas [de la mortalidad infantil] es lo brusco de la transición en los niños de la vida en el campo a la vida en la población, teniendo en cuenta las malas condiciones de su habitación, la transición de la alimentación láctea a una alimentación inconsistente y mala después del destete, y la bebida del agua del río, que es la única que surte los barrios obreros»^^. Este mismo médico denunciará en otro momento la constitución débil de los padres, y sus hábitos de alcoholismo que «contribuyen a que nazcan niños raquíticos, débiles y enfermizos, que al primer síntoma de enfermedad son arrastrados por la muerte»^K 20 Reproducida por GONZÁLEZ PORTILLA, M., (1970), La población de la zona minera y de la Ría de Bilbao en el s. XIX. Baracaldo un ejemplo de paso de una demografía de Antiguo Régimen a la revolución industrial, Tesis de licenciatura, Universidad de Valencia, p. 50, tomada a su vez de la obra del citado higienista M. Echevarría. Es evidente que en este comportamiento de la mortalidad infantil concurren elementos económicos y culturales difíciles de deslindar. Tal y como expresan los contemporáneos, la persistencia de unas altas tasas de mortalidad infantil está íntimamente relacionada con dos circunstancias: la primera, con la escasez de leche materna y la reducción del tiempo de amamantamiento materno que elimina muchas defensas al niño en su primer año de vida; la segunda, con el delicado momento en que se deja de amamantar al niño y se suministra una alimentación sustitutiva. Hay que tener en cuenta que el control de las infecciones a través de.los alimentos entra en el ámbito de las decisiones individuales y que, por lo tanto, son mucho más difíciles de controlar por las autoridades sanitarias del momento. Se necesitaba, en primer lugar, de unos medios económicos mínimos que facilitaran la elección y que, por lo tanto, posibilitaran alterar dichos comportamientos. Pero además, en la medida en que el cuidado y alimentación de los niños responde también a factores de naturaleza cultural, cualquier medida orientada a su transformación y mejora precisa de una colaboración diaria de cada individuo, en este caso, de cada madre. Los hábitos y costumbres desarrollados alrededor del mundo del cuidado de los niños responde, en gran parte, a toda una tradición transmitida de forma oral de madres a hijas sobre la que es muy difícil incidir y corregir. Una veces por alimentos escasos y en mal estado, otras por unas dietas poco adecuadas que provocaban síndromes de mala absorción en unos seres con un aparato digestivo muy inmaduro, o bien por viejas prácticas populares claramente nocivas para los niños, como las purgas en los momentos de la dentición o las dietas a agua en casos de diarrea, el caso es que las madres cometían numerosas negligencias en el cuidado hacia los niños recién nacidos22. Sirva como muestra el testimonio de un médico de Bilbao, G. G. Revilla, que en un artículo del periódico El Liberal, titulado «En defensa del niño», afirmaba, una vez iniciada la transición epidemiológica en 1912: «Si todavía las madres cuando sus hijos enferman supieran, descendiendo de la inmensa altura de su ignorancia, confesar sus errores y reconocerlos, acudiendo solícitas a la ciencia, sus hijos se curarían; pero persisten y se aferran a sus preocupaciones, confían en la cura espontánea o milagrera de sus hijos y los pierden cuando podían salvarlos con facilidad. Y culpan a los dientes de lo que es su propia obra.» Hasta que no se crearon los primeros dispensarios en la década de los años veinte, que ejercieron sobre todo como puntos distribuidores de leche materna en condiciones, así como centros educativos sobre el amamantamiento y sobre la utilización de 22 PERDIGUERO GIL, E., (1993), «Causas de muerte y relación entre conocimiento científico y conocimiento popular». Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, vol. XI-3, pp. 75-6. la alimentación sustitutiva, no se pudo controlar la muerte infantil por enfermedades gastrointestinales. En este caso, el papel de los médicos y de las autoridades sanitarias fue clave en la promoción de nuevos hábitos, y en la vulgarización y difusión de técnicas higiénico-sanitarias^^. Ello requería de una mejora en la política administrativa, sobre todo en el ámbito de la oferta de servicios sanitarios que tardó en Uegar^^. En cualquier caso, el principal avance en el control de la mortalidad infantil y juvenil vendría sobre todo asociado a la disminución de las enfermedades transmitidas por contacto humano a través del aire. Se partía de los niveles más altos en las fases más duras y experimentó un proceso de descenso progresivo, continuado y sin interrupción hasta 1930, con una reducción media de un 30 por cien cada década (recuérdese tabla 3). Tabla 5: Tasas específicas de mortalidad por causas de enfermedad Debido a la heterogeneidad de enfermedades que componen este grupo, en la tabla 5 se ha recogido el papel desagregado de las principales enfermedades y que muestran con mayor precisión las causas sociales de la reducción de la mortalidad. Asimismo se ha calculado de nuevo la contribución de las principales enfermedades al ascenso (tabla 6a) y al descenso secular de la mortalidad (tabla 6b). Para ello se ha estimado el porcentaje del cual es responsable cada una sobre la reducción de la mortalidad total, de forma que se puede cuantificar y jerarquizar el papel de cada enfermedad en la caída de la mortalidad. La disminución progresiva de los procesos infecciosos se debió en una primera fase a un control de aquellas enfermedades de carácter epidémico que afectaban especialmente a la población infantil. Estamos haciendo referencia a la viruela, sarampión, tosferina y escarlatina, que pasaron de tener un carácter endémico en las primeras fases de la industrialización (tabla 5) hasta su práctica desaparición como causa de muerte en 1910. A pesar de los avances en las prácticas de prevención que se habían introducido en Vizcaya a lo largo del siglo s. XIX, mediante inoculación y profilaxis, la concentración y hacinamiento en la década de los años ochenta fue un ambiente propicio para que estas enfermedades se cebaran de nuevo en la población infantil. Sin embargo, la reacción social no tardó en producirse. Los conocimientos higiénico-sanitarios de las autoridades políticas y sanitarias del País Vasco estaban lo suficientemente desarrollados como para poner en marcha una serie de medidas encaminadas a reducir el contacto de la población con la enfermedad. No en vano, existía en la sociedad vasca toda una tradición en el control de la propagación de estos virus, que tiempo atrás había tenido un gran éxito^^. Además de viejas costumbres, como el aislamiento de los enfermos y la creación de cordones sanitarios, las 25 Sobre el método de cálculo veáse nota 14. 26 Véanse los documentos que publica RAMOS CALVO, P. M. (1988), «Aportaciones de Euskalherria a la inoculación antivariólica». Actas de II Congreso Mundial Vasco, Bilbao, pp. 286-300, sobre el papel transcendental que ejerció en el País Vasco a finales del s.XVHI la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, en su sección de medicina, en la introducción de la inoculación antivariólica. Los efectos de la divulgación de esta práctica por los pueblos del Pais Vasco se reflejaron en la disminución de la mortalidad infantil y juvenil a lo largo de la primera mitad del s. XIX, tal y como se ha demostrado en ARBAIZA, M. (1994b), pp. 292-300 y ARBAIZA, GUERRERO y PAREJA (1995), p. 9. campañas de vacunación de la población habían logrado reducir los efectos mortíferos de la viruela. La acción de prevención y profilaxis por parte de los higienistas contra este tipo de enfermedades lograron prácticamente erradicar este tipo de epidemias. A pesar de que, tal y como se quejaba el médico higienista García Vergara, chocaron en todo momento con dos obstáculos: una especial resistencia y desidia por parte de la población urbano-industrial ante las propuestas de la Junta de Sanidad^^, y una segunda dificultad, tan importante como la anterior y en gran medida insalvable, las características del alojamiento en el que se encontraban instaladas las familias y los hijos de los trabajadores. Tabla 6b: Contribución de algunas enfermedades más importantes a la caida de la mortalidad (% sobre el total del descenso) Era imposible económicamente realizar cambios drásticos en las condiciones de habitabilidad que propiciaban enfermedades de tipo respiratorio. De todas formas, la experiencia anterior no fue baldía y para 1910 prácticamente habían dejado de ser una causa de muerte entre la población infantil tal y como se observa en el gráfico 2. Entre las enfermedades infecciosas transmitidas por aire, aquellas patologías que afectan al sistema respiratorio tuvieron una importancia fundamental en la caída de los niveles de la mortalidad. Las enfermedades respiratorias de carácter ordinario como la bronquitis, neumonía, gripe (gráfico 3), o incluso la tuberculosis, descendieron de forma ininterrumpida. A lo largo de todo el período fue este grupo de enfermedades uno de los principales componentes de las oscilaciones de la mortalidad, tanto en el fuerte ascenso entre 1877 y 1890 (tabla 6a) como en el descenso entre 1890 y 1930 (tabla 6b). La elevada responsabilidad en las alteraciones de la tasa bruta de mortalidad confiere a este grupo una importancia especial en la interpretación de la transición sanitaria. Gráfico 3: Impacto de las enfermedades respiratorias infecciosas (Tasas específicas de mortalidad por mil por grupos de edad) hucnie; 1 asas cspecííicas de mortalidad de la Tabla 5 Sabiendo que hoy en día están muy extendidas entre la población las patologías relacionadas con la complicaciones respiratorias de tipo bronquítico y neumónico, no podemos mantener la tesis de que este tipo de enfermedades del aparato respiratorio desaparecieran sino que, en todo caso, dejaron de ser tan mortíferas para la población. Según la información que tenemos, no tuvieron un tratamiento médico curativo hasta que se extendieron los antibióticos en la década de los años cuarenta. Por lo tanto, la reducción de este grupo precisa de una reflexion, siempre difícil, sobre los factores que explican las enfermedades de tipo respiratorio. Cabe preguntarse si se debió a una mejora sanitaria entre la población, es decir, se consiguieron unos ambientes más salubres y una mejoría en los hábitos de higiene, o si fue una mejora en el nivel de vida de la población los factores que influyeron en la bajada gradual de uno de los principales motivos de muerte entre la población urbano-industrial. Los factores que explican su reducción son bastante más complejos y heterogéneos que los de las infecciosas por agua o las epidémicas infantiles. EL CONTROL SOBRE LA EXPOSICIÓN A LOS FACTORES DE RIESGO a) El medio ambiente y el problema de la vivienda Las informaciones respecto a posibles mejoras en las condiciones sanitarias e higiénicas de la población son contradictorias. La escasez de vivienda fue un hecho común en aquellas ciudades industriales europeas que crecieron rápidamente al calor de oleadas de inmigrantes^^. Tal y como G. González Martínez ^9 pone de relieve en su estudio sobre el problema de la vivienda en Vizcaya en la década de los años veinte, la situación del alojamiento era especialmente aguda en los municipios del cinturón industrial de Bilbao. Ciudades con un crecimiento demográfico desmesurado, como el de Bilbao y la margen izquierda, generaron una demanda fortísima de viviendas y un desajuste de su precio respecto a la capacidad adquisitiva de un trabajador medio. Sabemos que una de las consecuencias de este mal social, el hacinamiento, perduró a lo largo de mucho tiempo. Una de las claves de esta situación descansa en las condiciones de la gestión de la construcción. En la medida en que este sector económico estuvo promocionado por la iniciativa privada, las empresas constructoras debían de buscar la rentabilidad de su negocio, como cualquier otro sector económico regulado por el mercado; así, la oferta de viviendas estuvo dirigida hacia sectores económicos con capacidad adquisitiva^^. Por otra parte, la mayoría de los inmuebles eran propiedad de un reducido colectivo que propiciaba un sistema de alquiler claramente gravoso para la población. La especulación provocó un problema social endémico. Un parque de viviendas escaso y caro generó la cohabitación de varias generaciones o incluso varias familias en una misma habitación. El problema era así percibido por el periódico El Liberal en 1924: «Según se computan las personas que se dedican a ello con especialidad, es muy probable que haya en Bilbao más de 6.000 familias preocupadas por la dificultad de la vivienda, y más de 30.000 familias en los centros industriales de Vizcaya. 29 GONZÁLEZ MARTÍNEZ, G. (1988), «Aportaciones al estudio del problema de la vivienda en Vizcaya durante la dictadura de Primo de Rivera», en A.A.V.V., 25 años de la Facultad de Filosofìa y Letras. Il Estudios de Geografìa e Historia, Bilbao, Universidad de Deusto. pp. 716-30. 30 El caso ya estudiado de Bilbao es paradigmático al respecto. A pesar de la temprana urbanización del primer ensanche no se construyeron las viviendas planificadas debido al alto precio con se proyectaron. Mientras tanto, riadas de población llegaban a la ciudad y se asentaban en los suburbios al borde del antiguo casco urbano, en condiciones infrahumanas. http://asclepio.revistas.csic.es ria en que viven otros pobres, cobijadas en casuchas de madera, en arcos de puentes, en lavaderos, en asilos nocturnos, etc.»-"^' La percepción de este problema por parte de los distintos sectores sociales y desde valoraciones distintas, pone de relieve la magnitud y las diversas consecuencias que podía ocasionar. Así, por ejemplo, la reflexión desde sectores nacionalistas sobre algunas consecuencias para la población se realizaba desde la conculcación de una de las señas de identidad genuínas de lo vasco, la familia como ámbito de orden y paz social: «Las malas viviendas son la causa inmediata de la muerte de muchísimas personas, el mensajero de la mayor parte de las enfermedades, de los humores atrabilarios y de la disolución de la familia vasca, tan firme, arraigada y potente en nuestros días» ^2. Sectores de la burguesía, por su parte, apelando al mantenimiento de los principios más básicos de la moralidad también expresan la necesidad de acabar con esta lacra social que es el hacinamiento «afin de que acaben las explotaciones escandalosas, las aglomeraciones, germinadoras de enfermedades; las promiscuidades de sexos y edades, corruptores de la moral»^^. La cuestión del alojamiento suscitó muchos argumentos para su mejora pero quizá el más importante fuera el precio de las rentas y alquileres, que incidía en gran medida en la carestía de la vida. La solución vendría de una intervención decidida del Estado, que no llegó nunca a producirse con la suficiente contundencia hasta que surgieron algunas iniciativas como «La Ley de Casas Baratas» del 10 de Octubre de 1924, en donde se dejaba en manos de los municipios la resolución del problema^'*. Esta ley facilitaba la construcción de barriadas completas para trabajadores. En resumen, se podría afirmar que el alojamiento y vivienda de la población fue una asignatura pendiente del proceso de urbanización en Vizcaya hasta fechas ya muy avanzadas35. Difícilmente pudo ser la amplitud de espacio por familia un factor de disminución del contagio o infección. Las iniciativas para atajar el problema del hacinamiento fueron bastante tardías; cronológicamente, estas actuaciones se dieron cuando la intensidad de las enfermedades respiratorias había descendido sensible-31 Cita reproducida por GONZÁLEZ MARTÍNEZ, G., (1988), p. 35 Algunas excepciones, como la iniciativa desarrollada en el barrio para trabajadores de Iralabarri a principios del s. XX, de corte higienista que, en cualquier caso, no fue más que una realidad aislada hasta la década de los años veinte. Asclepio-Vol XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es mente. Además, fiíeron a todas luces insuficientes para erradicar un problema de fuertes magnitudes en el conjunto de las ciudades que crecieron en la Ría. La evolución de una enfermedad como la meningitis es una muestra evidente de que el problema de la alta densidad de población persistió (gráfico 4), teniendo en cuenta que la extensión del microorganismo de la meningitis necesita de una gran concentración de huéspedes humanos para su propagación. Si tomamos la intensidad de esta enfermedad como un indicador del grado de densidad de la población y, por lo tanto, de las condiciones de alojamiento, se puede comprobar que las tasas de mortalidad específica entre la población infantil y juvenil no dejaron de crecer hasta 1900. Su desarrollo está en relación con las oleadas de inmigración; cabe recordar que entre 1880 y 1890 se produjo una primera inmigración a Baracaldo, al calor de la primeras plantas siderúrgicas, y entre 1895 y 1900 una segunda llegada masiva de población agudizó el problema de la concentración de población^^. La reducción de enfermedades epidémicas como la viruela, sarampión y tosferina o la misma meningitis, que llegaron a contribuir a la disminución de la mortalidad entre 1900 y 1910 con un 33,73 por cien y un 13,76 por cien, respectivamente, respondía en todo caso a factores socio-educacionales relacionados con una progresiva transformación en hábitos y costumbres de limpieza y salubridad de la población. En este sentido, es necesario reconocer la transcendental labor de los higienistas a finales del s. XIX y principios del s. XX. El papel que desempeñó este colectivo de médicos como intermediarios entre quienes sufrían directamente unas condiciones de vida miserables, la población trabajadora, y quienes decidían y organizaban la vida de la comunidad, el poder político representado por las autoridades provinciales y locales, pudo ser socialmente clave para comprender una parte de la transición sanitaria. Sin ánimo de reiterar las funciones que ejercieron, ya analizadas por P. Pérez FuenteS'^'', queremos destacar algunos aspectos de su labor social, debido a la especial incidencia que pudieron tener en la reducción de algunas enfermedades que demandaban una colaboración de las voluntades individuales. Nos referimos en primer lugar a su papel como educadores y divulgadores de medidas higiénicas, nuevos hábitos de vida y de trabajo. Tuvieron muy claro que la higienización de la sociedad era un instrumento de regeneración social, y no ahorraron esfuerzos en desarrollar toda una serie actividades orientadas a la difusión de prácticas sociales que disciplinaran a la población y transformaran sus hábitos de vida. Los canales de difusión social fueron múltiples: incidieron en los programas educativos relacionados con la higiene pública y privada, elaboración de cartillas higiénicas, conferencias médicas en las asociaciones obreras, organizaciones filantrópicas, escritos en la prensa obrera, etc. Se alzaron además como grupo de opinión y denuncia exigiendo una mayor intervención a los ayuntamientos y a la Diputación. Se realizaron toda una serie de estudios estadísticos en donde se recogía un diagnóstico y denuncia de las condiciones de la población. Siempre desde una concepción muy moralizadora de la sociedad, se reivindicó con constancia y tenacidad la disciplina para quienes constituyen un recurso fundamental en el progreso de cualquier país, su mano de obra. Fueron una fuente de inspiración para las políticas sociales del momento. La Comisión de Reformas Sociales constituye un buen ejemplo de esto desde su doble función de inspección y desarrollo de las normativas sobre higiene pública. 37 Las aportaciones de PÉREZ-FUENTES, P. (1991), «El discurso higienista y la moralización de la clase obrera en la primera industrialización vasca», Historia Contemporánea, vol. 5, pp. 127-56, sobre el discurso y el papel social de estos médicos ha sido recientemente tratado en un artículo de obligada referencia en el análisis de este colectivo. Ahora bien, la transición sanitaria debe de ser también explicada a partir de los avances realizados en la red de hospitales y, por lo tanto, el incremento en la oferta de camas hospitalarias para la población enferma. A principios de siglo se creó el Hospital Civil de Bilbao, el único centro del todo el área urbano industrial de la Ría que acogía a enfermos, además de pequeños dispensarios directamente financiados por los trabajadores de las grandes empresas que cumplían más las labores de alimentar y cuidar de las personas enfermas que las propiamente terapéuticas^^. Se sabe que el número de camas fue en todo momento escaso y que los servicios de estos centros fueron irregulares, dependiendo en gran medida de las condiciones laborales de cada empresa y de las negociaciones de los trabajadores. Aunque la preocupación por la extensión de las enfermedades respiratorias estuvo muy extendida entre la opinión pública, las soluciones por parte de la administración fueron sumamente tardías como para explicar su caída. Hasta 1912 no se creó el primer dispensario o sanatorio especializado en tuberculosis, el Sanatorio de Górliz, apoyado a partir de 1915 por el centro «Ledo», la única institución antituberculosa hasta 1930, año en el que se construyó el sanatorio «Santa Marina» especializado en enfermedades respiratorias^^, L^ estructura hospitalaria y dispensarial, que contribuyó de forma determinante a resolver la labor preventiva y profiláctica respecto de estas enfermedades, no se desarrolló hasta el periodo 1937-1957. La reducción de la mortalidad por vía de una mejora de la organización de la comunidad y de los cambios culturales en materia higiénico-sanitaria, explican fundamentalmente la reducción del riesgo de contagio de la población relacionado con el hacinamiento y con la profilaxis ante la infección. Sin embargo, en el caso de la población que nos ocupa, comprobamos que la principal contribución a la reducción de la mortalidad viene de una serie de enfermedades infecciosas difíciles de atajar simplemente por medios preventivos y que biomédicamente están relacionados con el status nutricional. A la luz de los resultados sobre la contribución de las enfermedades a la transición de la mortalidad, cabe barajar la hipótesis de que existía una relación importante entre el papel de las enfermedades respiratorias, en los niveles de la mortalidad, y el estado nutricional de la población como posible explicación, tanto de su ascenso entre 1877 y 1890 como en el proceso de caída progresiva desde principios del s. XX. 39 Véanse algunos hitos en la lucha antituberculosa en Vizcaya en ViLLANUEVA EDO, A. (1988), «Las instituciones de la lucha antituberculosa en Vizcaya (1882Vizcaya ( -1957))», Actas II Congreso Mundial Vasco, sección II, vol. 1, Bilbao, pp. 340-72. No cabe duda que el cuadro de enfermedades de esta población urbano-industrial presenta profundas semejanzas con los resultados que obtuvo McKweon para Inglaterra"*^. En el caso inglés también fueron las enfermedades respiratorias las que más contribuyeron a que los niveles de la mortalidad se redujeran de forma sustancial, lo que condujo a dicho autor a sostener que la mejora de la alimentación de la población fue, en última instancia, la responsable principal del descenso secular de la mortalidad. Los médicos higienistas de aquel momento, testigos de excepción de la salud de la población, se inclinan por esta tesis cuando afirman, por ejemplo, que «una alimentación poco nutritiva, cuya consecuencia es la «miseria fisiológica», es preámbulo de la tisis y favorece el desarrollo de la tuberculosis» ^i. Por todo ello no podemos dejar de plantear la hipótesis de que una mejora del nivel nutricional y, en definitiva, del nivel de vida, pudo hacer menos mortíferas algunas de estas enfermedades, aun sabiendo la gran dificultad que entraña delimitar en poblaciones históricas la influencia de los niveles nutricionales sobre la infección y sobre la mortalidad. Parece un hecho indiscutible que existe una estrecha relación entre niveles de nutrición-sistema inmunológico-enfermedades infecciosas. Está comprobado que una población mal nutrida es una población predispuesta y mucho más sensible a enfermedades infecciosas. Una vasta literatura científica ha concluido, a partir de los estudios sobre poblaciones actualmente subdesarrolladas, que la malnutrición agrava la mayor parte de los procesos infecciosos debido a una acción sinérgica entre ambas. El mecanismo de interacción entre nutrición e infección pasa por una reducción de las defensas inmunológicas del organismo, de forma que una inadecuada alimentación provoca una menor resistencia para combatir su intensidad y duración. Las consecuencias son una mayor prolongación e intensidad de la infección y, por lo tanto, el organismo debe de utilizar mayor cantidad de reserva energética para combatir la infección y reparar los anticuerpos, así como otros procesos de inmunización. Esta reacción conlleva una pérdida de peso durante la enfermedad que si no es repuesto debidamente, genera un organismo debilitado en estado carencial de vitaminas y de otros nutrientes y, por lo tanto, más sensible en la próxima infección. Ahora bien, también es cierto que esta relación está siendo cuestionada, o por lo menos matizada, desde varias perspectivas42. Las poblaciones estudiadas elegidas según el criterio de malnutrición coinciden con situaciones de pobreza general, en 40 MCKWEON, T., (1977), p. 41 Cita del médico M. Echevarría recogida por GONZÁLEZ PORTILLA, M., (1970), p. 42 Veáse LIVI-BACCI, M. (1988), Ensayo sobre la historia demográfica europea. Población y alimentación en Europa, Barcelona, Asclepio-NoX. XLIX-1-1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es donde convergen múltiples causas de mortalidad difíciles de deslindar: unas condiciones ambientales e higiénicas desfavorables y, por lo tanto, proclives para el surgimiento y difusión de enfermedades, la infravivienda y la incultura concurren casi siempre en un mismo colectivo. Es, por consiguiente, casi imposible medir la influencia neta de la nutrición sobre la enfermedad, y mucho más en poblaciones históricas en donde se conoce mucho peor la composición de la dieta. Otro obstáculo es determinar el umbral de nutrición por debajo del cual comienza a acelerarse una reacción negativa entre la infección y la resistencia de la energía acumulada por el organismo. Tal y como demuestra M. Livi-Bacci, solamente en casos de desnutrición grave la sinergia entre nutrición-infección actúa de forma implacable sobre el organismo y la mortalidad tiene, entonces, unos efectos devastadores, mientras que los niños moderadamente mal nutridos reaccionan ante la infección de forma similar que los niños bien nutridos. La dificultad estriba en medir los niveles de malnutrición por debajo de los cuales se produce esta interacción negativa. Además, teniendo en cuenta que una deficiente nutrición del organismo es también una consecuencia o efecto de un ambiente proclive a las infecciones, debido a que cualquier proceso infeccioso genera dificultades en la absorción de los alimentos y, por lo tanto, agrava el estado de la malnutrición^ las dificultades para establecer una relación de causalidad en una única dirección entre nutrición e infección y mortalidad son evidentes43. Por último se ha comprobado que no todas las enfermedades infecciosas están directamente relacionadas con la malnutrición. Si contrastamos la tabla 7, ya publicada por algunos autores44, en donde se recoge la influencia del nivel nutritivo en algunos procesos infecciosos, con las principales enfermedades de la población urbanoindustrial que contribuyeron tanto al incremento de la mortalidad en las primeras fases como a su reducción a partir de finales del s. xix (tablas 5 y 6), podemos sacar algunas conclusiones sobre la existencia de una relación entre un estado nutricional deficiente de la población analizada y su respuesta positiva a determinadas infecciones. Este autor profundiza en la relación entre ambas variables en los dos primeros años de edad de los niños y fundamentalmente en las consecuencias de las diarreas sobre los organismos infantiles. Se puede observar que los procesos infecciosos respiratorios están directa y definitivamente relacionados con el estado nutricional de la misma. El gran impacto que tuvieron las enfermedades respiratorias en la población infantil tanto mediante un ascenso, como después en un descenso de la mortalidad, pone de manifiesto que los niños estuvieron afectados por un status nutricional deficiente. Las carencias nutritivas y calóricas infantiles se explican por la sinergia escaso alimento-infección. La escasa alimentación sustitutiva de la leche materna, que aporta defensas al niño en sus primeros meses, está agravando la mortalidad infantil y poniendo de manifiesto el círculo vicioso de mala alimentación del niño y de la madre que le amamanta'^^. Por otro lado, al ser la población más proclive a ser víctima de las epidemias y, por lo tanto, constantemente necesitados de los nutrientes mínimos para superarlas, la escasez o irregularidad de la alimentación produce, en cualquier proceso infeccioso, una progresiva desnutrición y una debilidad crónica. En última instancia, esta relación entre mortalidad y status nutricional conduce ineludiblemente a la hipótesis sobre la influencia que pudo tener la evolución de los niveles de vida de la clase trabajadora, y más concretamente de los salarios reales o capacidad adquisitiva del colectivo de la población asalariada y sus posibilidades de supervivencia. Según esta hipótesis, el incremento de la mortalidad infantil y juvenil entre 1877 y 1890 por determinados procesos infecciosos como la bronquitis, neumonía o gripe significaría, indirectamente, que se está produciendo una reducción en su capacidad de consumo y alimentación de la población y un deterioro en el estado nutricional de la población. Asimismo, al tener este grupo de enfermedades respiratorias un peso explicativo de un tercio del descenso de la mortalidad entre 1890 y 1930, significa apelar a una mejora de la capacidad de consumo y de alimentación de las familias de los trabajadores como otro factor explicativo importante de su reproducción biológica. Si consideramos que el estado de salud y la intensidad de la mortalidad son indicadores relevantes de las condiciones de vida de la población, se deben de interpretar las consecuencias sociales inmediatas de la industrialización en la Ría de Vizcaya en términos pesimistas. El empeoramiento de las condiciones de vida, así como un inadecuada urbanización, produjeron tanto un incremento del riesgo de contagio como un deterioro de la salud física, estrechamente relacionado con una menor resistencia a cualquier infección. Los cambios que se produjeron en el cuadro de enfermedades delatan los fuertes costos sociales de la industrialización y de la urbanización, que confirman las tesis de la dislocación social. El precio a pagar fue el retraso de más de cuarenta años en la modernización del patrón de mortalidad. El papel fundamental que tuvieron las enfermedades de tipo respiratorio en las variaciones de los niveles de mortalidad y, en definitiva, en la esperanza de vida de la población trabajadora, induce a relacionar la mortalidad con el grado de resistencia de la población a la enfermedad, es decir, con el estado nutricional de la pobla-45 Sobre la incidencia de la mala salud de las madres trabajadoras sobre la futura salud de su prole véase el ejemplo italiano en BRESCHI, M., y Pozzi, L., (1992), «Un problema di demografía differenziale: mortalità infantile e condizione socio-economica», Actas del H Congreso Italo-Iberico di Demografia Storica, Savona, pp. 409-33. ción. La historiografía ha demostrado que la industrialización vasca conllevó una pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores en una primera fase hasta 1890. Habría que profundizar en esta relación entre salarios reales, ingresos familiares y empeoramiento fisiológico de la población infantil. Posiblemente la malnutrición constituyó un factor de agravamiento de las condiciones de supervivencia de la población infantil, además de otras condiciones íntimamente unidas a la pobreza como la ignorancia, la mala higiene y los hábitos culturales de alimentación y cuidado negligente de los niños. Asimismo las causas de muerte que más contribuyeron a la caída de la mortalidad desde que comenzó la transición epidemiológica apuntan hacia las infecciones transmitidas por aire, especialmente las respiratorias, como las que más responsabilidad tuvieron con un 30,48 por cien entre 1890 y 1930. Las series sobre salarios reales industriales publicados para la principal empresa de Baracaldo"^ muestran que la capacidad de consumo mejoró para el colectivo de trabajadores con cierto grado de cualificación a partir de 1890, y para el conjunto de los trabajadores a partir de 1902. Es lógico pensar que la resistencia de la población a las infecciones respiratorias incrementó, siendo una causa explicativa importante, que no la única, de esta primera fase de la transición epidemiológica en esta comunidad industrial. La responsabilidad de las enfermedades epidémicas infantiles así como las infecciones transmitidas por aire como la meningitis, está directamente relacionada con el factor hacinamiento, vivienda y la cultura higiénico-sanitaria de la población. Ha permitido valorar el grado de influencia que tuvo el factor exposición de la población a la enfermedad en este proceso de lucha contra la muerte en el medio urbano-industrial. Concretamente, las epidemias infantiles (viruela, sarampión y tosferina) fueron el segundo grupo en orden de importancia en las variaciones de la mortalidad infantil y juvenil, contribuyendo con un 26,83 por cien al incremento de la mortalidad entre 1877 y 1890 y con un 20,36 por cien al descenso de la tasa bruta de mortalidad entre 1890 y 1930. A falta de estadísticas sobre el estado de la vivienda, los testimonios de la época dejan entrever que no se produjo una mejora de las condiciones de habitabilidad hasta los años veinte, y no se puede considerar, por lo tanto, como un factor que influyera en los inicios de la transición sanitaria. La reducción de este conjunto de enfermedades sólo se explica por una serie de cambios en los hábitos y costumbres de la población. La influencia del pensamiento de los médicos higienistas así como sus acciones de tipo socio-educacional tuvieron una serie de repercusiones en el 46 PÉREZ CASTROVIEJO, P. M.^., (1992), Clase obrera y niveles de vida en las primeras fases de la industrialización vizcaína, Madrid, pp. 161-62; FERNÁNDEZ DE PINEDO, E. (1992), «Beneficios, salarios y nivel de vida obrero en una gran empresa siderúrgica vasca, Altos Hornos de Vizcaya (1902Vizcaya ( -1927)). Una primera aproximación», Revista de Historia Industrial, vol.l. p. 46. aprendizaje de la prevención y profilaxis, es decir, en la disminución de la exposición a algunas enfermedades. Aunque es difícil valorar la contribución de los médicos sobre la cultura sanitaria de la población, ya que no tuvieron responsabilidad administrativa, se puede intuir que ejercieron un papel importante a través de las medidas impulsadas para erradicar las enfermedades epidémicas, relacionadas con la organización de la higiene pública. No obstante, la incidencia sobre los hábitos y sobre la organización de la higiene privada precisó de una labor educativa y cultural muy lenta, como cualquier transformación cultural que precise de la cooperación voluntaria de cada individuo. En este sentido, en la medida en que la mortalidad infantil mostró una fuerte resistencia a ceder o superar algunas infecciones como la gastroenteritis, que no acabaron de ceder a pesar del progreso económico de los años veinte, constatamos que las cuestiones que dependieron de decisiones individuales precisan un «tempus» distinto. Fueron factores culturales sobre el cuidado adecuado de los niños y la alimentación sustitutiva la causa principal del retraso en el descenso de la mortalidad entre este grupo de niños menores de 1 año. La intervención sanitaria fue tardía y respecto algunas enfermedades más importantes, como las infecciones respiratorias, prácticamente nula. A excepción de la red de saneamientos que produjo una inmediata reducción del riesgo de contraer infecciones por consumo de aguas contaminadas, las diversas instancias políticas actuaron con retraso y escasa eficacia a la hora de atajar aquellas causas sociales de la enfermedad. Apéndice I. Crítica del Registro Civil de Baracaldo El Registro Civil en España presenta una serie de problemas en su elaboración que precisa de una crítica previa anterior a su utilización indiscriminada. El método indirecto utilizado en la elaboración del registro en sus comienzos, a partir de la información recopilada en las registros parroquiales, suele generar problemas de subregistro de difuntos, sobre todo en la población infantil. Hemos realizado por ello una aproximación a la validez y calidad de la fuente respecto a la inscripción de difuntos en la localidad elegida como objeto de estudio. Somos conscientes de un problema de subregistro inherente a la fuente del registro civil, que no considera a los niños de menos de 24 horas como personas legales y, por lo tanto, no susceptibles de ser registrados ni como nacidos ni como posterior- mente muertos. Es este un problema irresoluble hasta bien pasada la década de los 30 en el que las estadísticas oficiales empiezan a computarlo en sus datos^^. Otro de los principales problemas en la caüdad del registro es el subregistro de niños menores de 1 año, y en especial los muertos por causas endógenas en el primer mes de vida. Para comprobar la fiabilidad de las partidas consultadas hemos realizado una validación de los datos mediante el estudio de la composición de la mortalidad infantil menor de un año. Se ha calculado la estructura de la mortalidad infantil según la edad de defunción, es decir, se ha descompuesto en mortaUdad neonatal -ocurrida en el primer mes de vida-y mortalidad postneonatal -ocurrida entre el primer mes y antes del decimosegundo mes de vida-. Los resultados recogidos en la tabla 1 aportan criterios para evaluar su validez. Precisamente, es interesante comprobar que la mortalidad neonatal en las primeras fases del registro (1877), que suelen ser el periodo más conflictivo, muestra el nivel más elevado, alcanzando más del cincuenta por cien del total de niños nacidos. Esto confirma la validez de la fuente desde sus comienzos. Una vez corregida la tasa de mortalidad infantil con el subregistro pertinente, estimando en cada año censal alrededor de un 5% de nacidos muertos y los muertos antes de las 24 horas de vida, el peso de la mortalidad en el primer mes de vida oscila entre los 30 y 40 niños sobre cada 100 niños muertos antes del primer año. La conclusión que se desprende de los resultados obtenidos de la mortalidad neonatal es que el Registro Civil de Baracaldo reúne las condiciones para un análisis de los niveles de mortalidad con garantía de fiabilidad. Apéndice II: Estimación de la esperanza de vida Para hallar la esperanza de vida se han construido las tablas de mortalidad abreviadas referidas a las probabilidades de morir de una generación ficticia. La construcción corresponde al análisis transversal realizado por medio de una observación del número de difuntos por grupos de edad en un período de tres años alrededor del año censal. La construcción de las tablas de mortalidad implica el cálculo de las probabilidades de morir por cohortes de edad, que en este caso son de cinco años (5qx), excepto en el primer grupo en el cual se han desagregado el de O años (qO) y el de 1 a 4 (4ql). Los cocientes de mortalidad por grupos de edad (qx) se han calculado de forma indirecta aplicando un coeficiente de conversión a las tasas específicas por edad o m(x). Las tasas específicas por edad se obtienen, a su vez, dividiendo el número de difuntos, en nuestro caso la media de los tres años alrededor de la fecha censal, entre el stock de población de cada grupo de edades; este último dato nos lo aporta la estructura de la población de los padrones. Como es sabido, la conversión de las tasas específicas en cocientes de mortalidad es una de las dificultades en la construcción de las tablas de mortalidad, ya que es necesario establecer una relación aritmética entre ambos. De todos los métodos indirectos que proponen una relación funcional entre tasas de mortalidad y probabilidades de muerte, se ha decidido aplicar el método Greville^^. Una vez calculadas las probabilidades de morir por grupos de edad se han hallado las otras series probabilísticas necesarias para construir la tabla de mortalidad: l(x) o probabilidad de supervivencia y d(x) o calendario según la relación q(x)=d(x)/l(x) Otro de los problemas que genera la construcción de las tablas de mortalidad a partir de una generación ficticia es la necesidad de contar con unos censos o padrones que permitan obtener una estructura de población correcta, en los que no se produzca un subregistro de niños. Para las tablas de mortalidad de 1877 se han utilizado los datos de estructura de la población del censo de población de 1877 elaborado por el Instituto Geográfico y Estadístico y publicados por el INE. Dado el severísimo régimen de mortalidad que muestra la esperanza de vida de Baracaldo en 1890, se ha intentado eliminar cualquier sospecha sobre los efectos de un posible subregistro en la estructura por edades en el censo, que suele afectar al grupo entre O y 4 años, minimizando así los m(x) que son la base de las tablas de mortalidad. Debido a la importancia que tiene la mortalidad de este colectivos en el resultado de la esperanza de vida, se han realizado varios ajustes a las tablas de mortalidad. En primer lugar se ha procedido a calcular los cocientes de mortalidad de O (qo) y de la 4 años (4ql) a partir de las generaciones reales de nacidos, es decir, calculando la probabilidad de morir de cada generación de nacidos a diferentes años de edad entre los O y 4 años, según los nacidos y difuntos recogidos en el Registro Civil entre 1877 y 1930. Los resultados se han aplicado directamente a la tabla de mortalidad. Dada la excelente calidad del Registro, este ajuste nos aseguraba una gran fiabilidad en los resultados. Para ello se ha aplicado un cálculo basado en la recta de regresión y=0,0043+0,0239x aplicada en la reconstrucción de las tablas de vida de España en 1900 por el profesor D.Reher -con quien tenemos una enorme deuda metodológica en todo el proceso hasta aquí narrado sobre la estimación de la esperanza de vidaen donde «x» es la mortalidad entre 1 y 364 días, calculada a partir de los nacimientos y defunciones, e «y» es la mortalidad en las primeras 24 horas de vida. Por lo tanto, la mortalidad infantil sería qo=x+y. En cualquier caso hemos tenido la ocasión de comprobar la bondad de la estructura por edades de los padrones utilizados a través de dos vías. Al contrastar las estimaciones del qo y del 4ql realizadas por las dos vías (a través el registro civil y a través del m(x) de la tabla de mortalidad), se ha podido confirmar la gran cercanía de los valores, lo cual confirma las fiabilidad de los padrones en su estructura de población. Por otra parte, hemos tenido la oportunidad de contrastar la estructura por edades del padrón municipal, con la estructura por edades del censo publicado por el INE, y se ha comprobado que se da una mayor proporción de niños pequeños de O a 4 años en el padrón trabajado por nosotros que en el resumen censal, lo cual refuerza la utilización de nuestra fuente. Apéndice III: La calidad del Registro Civil en las partidas de mortalidad La fuente utilizada para el estudio de las causas de muerte en Baracaldo ha sido el Registro Civil. Dado el gran volumen de población del municipio que estamos trabajando, decidimos realizar unos cortes temporales y realizar un vaciado completo de todos los datos disponibles en cada partida de defunción. El criterio seguido para escoger en qué lugar se hace el corte es el de la posibilidad de disponer para la misma fecha de padrones municipales que nos permitirían ofrecer tasas específicas de mortalidad por edad a la vez que por causa de muerte. Así pues, hemos vaciado cinco años alrededor de las fechas en que se realizaron los padrones, como son 1890, Respecto a la calidad de los datos, cabe resaltar que se presentan muy regulares en lo que respecta a lo que podemos denominar las variables básicas como son la edad y la causa de muerte. Consideramos que el nivel de calidad es claramente satisfactorio. Como se ve en la Tabla 1, los casos en los que no consta la edad no superan en ningún caso el uno por ciento. Respecto a las causas de defunción se puede observar que claramente mejora el diagnóstico a lo largo del tiempo; los casos en los que este dato no consta, es ilegible o no se encuentra causa conocida de muerte, tienen un nivel que no llega al tres por ciento salvo para el primer corte. Se ha estimado en qué grupos de edad recaía esta falta de diagnóstico, ya que la calidad de nuestros resultados varía si este error se encuentra aleatoriamente repartido entre la población o bien se concentra en alguno de ellos. El resultado de este test nos llama la atención sobre el grupo de los niños, muy especialmente sobre los menores de un año, en el corte de 1877. Este resultado no es extraño si se tiene en cuenta que la vida y la muerte de los niños empieza a ser importante médica y socialmente precisamente en este período. Encontramos que el 76% de las partidas sin causa de muerte se corresponde con niños menores de un año que murieron con horas de vida o antes de los primeros treinta días de vida. Por esta razón han sido tratados dentro del grupo de mortalidad infantil endógena, ligado a malformación o problemas derivados del parto. Después de este ajuste el porcentaje de partidas sin diagnóstico en este corte censal queda sensiblemente reducido a un 4,15%. En el resto de los cortes la falta de diagnóstico se encuentra más uniformemente repartida.
Victor Alvarez Antuña y Delfín García Guerra, La enfermedad mental en la obra de Faustino Roel (1821-1895). Los orígenes de la asistencia psiquiátrica en Asturias, Oviedo, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 1995, 314 pp. La cantidad de estudios que se han ido acumulando sobre la historia de la psiquiatría española del siglo XIX contrasta con la conciencia de su escaso nivel científico y asistencial (abiertamente reconocido por la mayor parte de los historiadores). Las características y la calidad de estos trabajos es variable, pero pueden identificarse entre ellos varios conjuntos, más o menos homogéneos, que a grandes rasgos parecen trazar una trayectoria historiográfica bastante definida. La reciente publicación de una obra monográfica sobre un psiquiatra asturiano hasta ahora desatendido por los historiadores (Faustino Roel, 1821-1895) ofrece una buena oportunidad para revisar las principales líneas que han seguido en el pasado los trabajos sobre la psiquiatría española del diecinueve, marco en el que necesariamente hay que encuadrar la nueva aportación. Para los objetivos del presente ensayo, esas líneas pueden esquematizarse en cuatro puntos: La larga serie de artículos publicada en El Siglo Médico por Zacarías Benito González entre 1864 y 1866 tiene el indiscutible mérito de su carácter precursor. Un modesto médico de Toledo se lanzaba a revisar la evolución de las ideas psiquiátricas a lo largo de los siglos y concluía su trabajo con una primera historia de las aportaciones españolas. Pocos años después aparecía en alemán el conocido libro de Ullersperger (Die Geschichte der Psychologie und der Psychiatrie in Spanien von der altesten Zeiten bis zur Gegenwart. Würzburg, A. Stuber's Buchhandlung, 1871) con el que se inaugura la tradición de la historia turística de la psiquiatría española: un autor extranjero (generalmente alemán o americano) hace un viajecito por España, recoge unos cuantos trabajos y, ENSAYOS apoyándose en ellos sin demasiados escrúpulos, redacta su visión del tema. Hay varios ejemplos de este tipo de incursiones. De todas ellas se puede concluir que sus autores debieron de pasar unas entretenidas vacaciones en España. Lo que hoy resulta más aprovechable en la edición española del citado libro de Ullersperger {La historia de la psicología y de la psiquiatría en España desde los más remotos tiempos hasta la actualidad. Madrid, Alhambra, 1954) es el prólogo y los apéndices que preparó para ella Vicente Peset Llorca. Y es que la figura de Peset Llorca sitúa la indagación histórica sobre la psiquiatría española en un nivel que poco tiene ya que ver con el anterior. A lo largo de los años cincuenta y sesenta este autor fue elaborando una rigurosa serie de trabajos, dedicados a un período que abarca desde la Baja Edad Media hasta el siglo XIX, en los que se estudian aspectos históricos de la terminología psiquiátrica y, sobre todo, del desarrollo de los saberes psicopatológicos en la obra de las grandes figuras del período moderno y contemporáneo. Realizados con el enfoque intemalista y los métodos filológicos e históricoculturales propios del momento, el conjunto de los trabajos de Peset Llorca sigue siendo, con mucha diferencia, el mejor acercamiento hoy disponible a la prehistoria de la psiquiatría española (si se acepta esta expresión para designar a todo el período previo a la constitución de la especialidad con sus instituciones profesionales diferenciadas). Desde unos planteamientos metodológicos no muy distintos de los de Peset Llorca, y dentro de la escuela constituida en Salamanca en tomo a Sánchez Granjel, se realizaron también algunos estudios que completan este grupo de trabajos sobre las ideas de las principales figuras psiquiátricas españolas del diecinueve (llamarles «grandes figuras» resulta algo exagerado). Destacan, en este caso, los estudios de Sancho de San Román sobre autores como Pi y Molist (1959), Giné y Partagás (1960) o Pedro Mata (1962), publicados todos ellos por el Seminario de Historia de la Medicina Española de la Universidad de Salamanca. Junto al olvidable grupo de los historiadores turistas y el perfectamente respetable de los intemalistas (cuyas publicaciones siguen resultando útiles, aunque hoy sea evidente la necesidad de complementarlas con estudios metodológicamente más modernos) hay que recordar el amplio y variopinto grupo de los historiadores de la asistencia psiquiátrica española. Los trabajos sobre el tema son tan heterogéneos como abundantes, lo que tiene su explicación. Si es cierto que la psiquiatría española no se diferencia como especialidad médica institucionalizada hasta el siglo XX, también es cierto que la asistencia manicomial está documentada en el país desde el siglo XV. Su estudio ha dado lugar a varios subgéneros. El más pantanoso es sin duda el dedicado a la exaltación de las glorias locales, y en particular al gesto fundacional del Padre Jofré, objeto de una amplia hagiografía recientemente revisada por Polo Griñán (El jofrismo: del mito primigenio a la deformación histórica. Pero también en la historiografía asistencial se produjo, a partir de los años sesenta, un proceso de dignificación del que son representativas las múltiples publicaciones de Espinosa Iborra, centradas precisamente en el siglo XIX. A partir de ahí, y tras el desarrollo de grupos profesionales de historiadores de la medicina en distintas comunidades, han ido apareciendo trabajos de tema local realizados con fuentes primarias, que paso a paso van trazando el mapa histórico de la asistencia psiquiátrica española. El cuarto grupo de trabajos que aquí nos interesa está relacionado de forma diversa con los dos anteriores. Al igual que el segundo, se ocupa del estudio de la vida y obra de psiquiatras (aunque ya no de grandes figuras nacionales) pero se ha beneficiado de los nuevos métodos historiográficos desarrollados en las últimas décadas (en particular de los cuantitativos y de los histórico sociales). Al igual que el tercero, se ha enriquecido con la labor de historiadores de la medicina interesados por temas locales sobre los que se podían encontrar fuentes documentales hasta enton- La bibliografía histórica sobre la psiquiatría española ha proliferado últimamente y no es difícil señalar líneas de trabajo que se salen del esquema anterior. Pero estos cuatro grupos de estudios permiten encuadrar de forma satisfactoria la reciente monografía de Delfín García Guerra y Víctor Alvarez Antuña sobre la obra psiquiátrica del asturiano Faustino García Roel (1821-1895). El origen del texto hay que buscarlo en el libro anterior de los mismo autores (Lepra Asturiensis: la contribución asturiana en la historia de la pelagra (siglos XVIII y XIX), Madrid, C.S.LC, 1993) en el que realizaban un análisis multidimensional de las ideas que acerca de esa enfermedad habían expuesto los médicos del Principado desde la descripción original de Gaspar Casal hasta finales del siglo XIX. Cerrando ese ciclo cronológico aparecía de forma destacada la figura de Faustino García Roel, cuyas ideas sobre patología eran analizadas desde el punto de vista metodológico, etiológico, nosológico, epidemiológico y social (muy minus valorado, este último, por Roel). En aquel libro (con el que entronca directamente el ahora publicado) quedaba pendiente un aspecto de la obra de Roel que por sus peculiaridades requería un tratamiento diferenciado: su papel como iniciador de la asistencia psiquiátrica asturiana y sus ideas sobre la psicopatologia de la pelagra, que le llevaron a la defensa radical de una concepción general de la enfermedad mental profundamente relacionada con cuestiones nosológicas de primera importancia. Tal es el tema central de la nueva obra de ambos historiadores. En el ajustado prólogo con que se abre el volumen, José Luis Peset empieza recordando la particular atención que los historiadores de la medicina han dedicado a la psiquiatría y el particular interés que algunos psiquiatras (a diferencia de los clínicos de otros especialidades) manifiestan por la historia de su disciplina. Peset señala con acierto los aspectos positivos de este mutuo interés, pero no entra a mencionar sus riesgos. Entre ellos se podrían citar dos subgéneros historiográficos, en cierto modo antitéticos y en cierto modo simétricos. Por un lado, los trabajillos de psiquiatras que dedican sus ratos de ocio a escribir una historia de la psiquiatría carente del mínimo rigor metodológico y rebosante de narcisismo profesional y autocomplacencia. Por otro lado, los textos (metodológicamente más rigurosos) de algunos profesionales de las ciencias sociales que abordan el estudio histórico de la función social de la psiquiatría desde una escasa familiaridad con la práctica de la especialidad. A diferencia de las publicaciones del primer grupo (que no tienen valor para Frente a este doble peligro, la solidez del libro La enfermedad mental en la obra de Faustino Roel (1821-1895). Los orígenes de la asistencia psiquiátrica en Asturias se explica bien a la vista de la trayectoria profesional de sus autores. El primero es un psiquiatra asturiano, con experiencia clínica, profesionalizado posteriormente como historiador de la medicina; el segundo se dedicó también durante años al ejercicio de la medicina clínica y es en la actualidad Catedrático de Historia de la Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela. Reúnen, por tanto, buenas condiciones para enfrentarse a un tema de estas características: conocen el terreno que pisan y la forma adecuada de pisarlo, pues tienen formación histórico-médica pero también experiencia clínica del tema al que la aplican. El texto se abre con una somera revisión de la historia de la asistencia psiquiátrica en España y en su marco europeo, seguida de un análisis de los orígenes de la asistencia psiquiátrica asturiana. En este último se parte de la primera mitad del siglo XIX, cuando los enfermos mentales de la región se repartían entre las cárceles locales y los centros para dementes de otras provincias, como Zaragoza o Valladolid. En 1850 la Diputación Provincial de Oviedo concibe la idea de crear un Hospital de Dementes, que no llegó a pasar de la fase de proyecto. Algunos años más tarde (en fecha no determinada, entre 1855 y 1861) entra en funcionamiento la Sala de enajenados del Hospital Provincial, escenario de la práctica asistencial (pública) de Roel. A continuación se recogen algunos datos biografíeos del autor, su orientación dentro de las corrientes médicas de la época, su éxito profesional y económico en el Oviedo de la segunda mitad de siglo, su defíciente (in)formación psiquiátrica y sus ideas sobre patología: una firme creencia en el virus leproso-pelagroso (supuesta etiología común de la lepra, la pelagra y la sífilis, entre otras enfermedades), en el carácter hereditario y degenerativo de la locura pelagrosa y en el concepto de metamorfosis morbosa que le permitirá explicar el fondo común que encuentra en los cuadros psiquiátricos de apariencia más diversa. Sobre estas bases se desarrollan las concepciones neuropsiquiátricas de Roel, que son objeto de estudio en el capítulo segundo, en el que se resumen y analizan varios de los casos clínicos recogidos en la que es su obra principal y casi única, así como fuente básica de toda la monografía de Alvarez Antuña y García Guerra: el libro titulado Etiología de la pellagra, o sea, de la pluralidad de las enfermedades que aflijen al linaje humano. Estudio basado en pruebas históricas, documentos fehacientes y hechos clínicos (1880). Una breve revisión histórica del concepto de especie morbosa y otra sobre la clasificación de las enfermedades mentales sirven de introducción al análisis del planteamiento radicalmente anti-nosotáxico de Roel. Con afirmaciones del tipo de que «la lepra, la pellagra, el escorbuto, la acrodinia, el herpetismo, las escrofulides, la sífilis larvada [...son] elementos afínes, de origen común y procedentes de la misma génesis» (citado en p. 122) se llega a un abierto repudio de cualquier sistema nosotáxico. Todas estas enfermedades se reducen para Roel a un tronco común. Y en el cuadro que monopoliza su atención (la pelagra) también las múltiples y variadas alteraciones mentales serán reducidas a un único núcleo, la locura pelagrosa. A partir de ese núcleo, el concepto de «metamorfosis morbosa» permitirá explicar las más diversas manifestaciones clínicas en un doble plano: el familiar (nivel filogenético, en el que se unifican los antecedentes familiares de cada caso clínico, prolijamente recogidos por Roel) y el individual (en el que se unifícan los diversas manifestaciones clínicas, somáticas y mentales que el enfermo va mostrando a lo largo de las sucesivas fases de su proceso morboso). Alvarez Antuña y García Guerra apuntan aquí un hecho cuya importancia requeriría un análisis mucho más detallado: con sus observaciones clínicas http://asclepio.revistas.csic.es y sus interpretaciones patogenéticas, Roei se sitúa en la larga historia del concepto de psicosis única; este importante capítulo de la historia del pensamiento psicopatológico ha contado con una serie de autores (desde la época de Areteo de Capadócia hasta el siglo veinte) que rechazan toda nosotaxia psiquiátrica e intentan mostrar clínicamente y elaborar teóricamente la supuesta base común de todo trastorno psíquico, la psicosis única. Roel se sitúa en la historia de ese concepto reduciendo lo que para otros son especies morbosas a simples variaciones accidentales de una esencia común (la locura pelagrosa). Y parece evidente que Roel no es consciente del gran problema teórico que, desde su aislamiento geográfico y bibliográfico, está arañando. A veces da la sensación de que descubre el Mediterráneo desde la playa de Gijón y a veces parece bucear en las profundidades de la teoría psicopatológica sin más equipo que los textos de Hipócrates y los de Gaspar Casal. Un análisis de las ideas de Roel sobre la causa de la enfermedad mental permite completar la descripción de sus teorías. En esencia creía que la pelagra era una enfermedad hereditaria que (en su forma manifiesta o en la latente) podía explicar prácticamente cualquier trastorno mental (recurriendo, si era necesario para ello, a la existencia de antecedentes psiquiátricos familiares no específicos). Por otro lado, postula que todo caso de pelagra acabaría evolucionando hacia algún tipo de trastorno psíquico. Semejante planteamiento permite una extrema elasticidad diagnóstica: si no aparecen lesiones se considera que es un caso de pelagra sine pelagra (o pelagra latente) y, tras identificar cualquier alteración psíquica en cualquier antepasado del paciente, se confirma el diagnóstico buscado. Como afirman Alvarez Antuña y García Guerra, «la concepción de la pelagra defendida por el médico asturiano le permite encasillar como locos pelagrosos a la gran mayoría de los enfermos mentales con que se enfrentó en su práctica profesional» (p. Una actitud de la que no resulta difícil extraer «uno de los rasgos característicos del pensamiento de Roel: la permanente y forzada subordinación de los hechos a las teorías» (p. Este tipo de ideas llevan directamente a analizar los puntos de contacto y las divergencias del pensamiento de Roel con el degeneracionismo que, a partir de la obra de Morel y Magnan, marcó profundamente la psiquiatría europea del s. XIX (y que Roel no parece haber conocido directamente). La tesis principal es que, frente a la concepción francesa de una degeneración biológica, Roel parece apostar por una degeneración nosológica (que conduciría de la lepra a la pelagra). Finalmente se recoge la discusión sobre la posible existencia de una «pelagra de los enajenados», a la cual se opone coherentemente Roel al mantener que la pelagra es de origen hereditario y no ambiental, por lo que es causa de la enajenación y no su consecuencia. Sobre los aspectos médico-legales, opinaba que los auténticos afectados por la locura pelagrosa no eran responsables de sus actos, y por tanto no eran imputables. Los autores concluyen que Roel es relativamente original en sus ideas, pero no una figura destacada en la historia de la psiquiatría española, pues toda su teorización se basa en dos «falsas premisas: el exagerado protagonismo de la pelagra como causa de la enfermedad mental y el supuesto origen hereditario de la diátesis pelagrosa» (p. Sin embargo, Roel fue una figura representativa de los clínicos del XIX, sin buena preparación psiquiátrica, que tuvieron que encargarse de la asistencia a los alienados en regiones donde no había manicomios ni grandes especialistas. Se reproducen como apéndice del libro tres de los historiales clínicos de Roel que han servido de base para la elaboración de toda la monografía. La conclusión de Alvarez Antuña y García Guerra sirve de colofón adecuado a su trabajo, en el que se entrecruzan varias líneas historiográficas. El interés histórico-social del personaje queda perfectamente claro tras la lectura del libro, aunque puede pensarse que sus aportaciones científicas http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS no justifican un análisis tan pormenorizado y riguroso como el que le dedican los dos historiadores ¿Vale la pena destinar tanto esfuerzo y tantas páginas a una figura como esta, en lugar de despacharla con un artículo de veinte folios? Desde el punto de vista de una historiografía intemalista tradicional parece claro que no. Desde el punto de vista de un historia social de la psiquiatría local es evidente que sí. Pero la lectura de este libro puede también ser muy fructífera para abordar otros temas de interés general. Por ejemplo, la minuciosa descripción de las elementales ideas de Roel contrasta con el amplio alcance de las reflexiones que sus historiadores dedican al concepto de especie morbosa, a la nosología, al degeneracionismo o a la actitud epistemológica subyacente en la obra estudiada. Y hay otros temas, de interés no menos general, que rebasan los límites temáticos y cronológicos de la monografía, pero que podrían abordarse a partir de ella. Tal es el caso, ya aludido, de la ubicación de Roel en la historia del concepto de psicosis única y de los sorprendentes paralelismos que existen entre sus observaciones, sus conclusiones y las que a mediados del siglo XX, a raíz de la Guerra Civil, llevarán a Bartolomé Llopis a realizar una de las pocas aportaciones importantes que desde España se ha hecho a la teoría psicopatológica, su teoría del «síndrome axil común a todas las psicosis». Esta última cuestión, así como las múltiples referencias a la realidad (o si se prefiere, a la conducta) de los enfermos pelagrosos en relación con las teorías que los médicos iban elaborando sobre la pelagra, hacen que el libro resulte útil para otro enfoque metodológico: la historia conceptual de las enfermedades mentales. Este método no ha sido incluido en la esquemática revisión con que se iniciaba este ensayo bibliográfico porque son todavía escasos los trabajos realizados con él sobre temas españoles. Pero en el ámbito internacional la historia conceptual de la psiquiatría ha sido consolidada con la reciente publicación de tres excelentes obras (G.E. Berrios y R. Porter (eds.), A history of clinical psychiatry. Además, la proliferación de trabajos de esta orientación en revistas especializadas permite pronosticar un incremento, también en España, de estudios de este tipo. Para el caso de la «locura pelagrosa» y de la psicosis única, las dos monografía de Alvarez Antuña y García Guerra serán un punto de referencia imprescindible. Es la equilibrada oscilación entre los aspectos de interés local y las grandes cuestiones de interés general lo que hace que esta obra se sitúe como una las aportaciones más rigurosas de la actual historia de la psiquiatría española. Un campo de trabajo que, como Peset apunta en el mencionado prólogo, está en estos momentos viviendo un auténtico auge.
Pocas veces se tiene la oportunidad de asistir al ilusionado comienzo de proyectos editoriales que, en tiempos como los actuales -de crisis de ideas y de pensamiento único-, suponen un evidente riesgo, tan solo compensado por la decisión y el empuje de un editor independiente cuya opción no es exclusivamente el mercado, sino la calidad de lo publicado, con independencia de que los temas abordados por los autores se circunscriban a un ámbito intelectual o científico más bien reducido. La editorial Trotta acaba de abrir, dentro de su Colección Estructuras y Procesos, una Serie cuyo título genérico es Pensamiento, Psicopatologia y Psiquiatría. Serie que, a juzgar por su primer título, permite abrigar muy fundadas esperanzas sobre su continuidad y sobre la calidad de una línea editorial que puede tener, pese a su especialización, un público fiel e interesado. Historia, Clínica, Metateoría, es un libro de utilidad innegable para psiquiatras y psicólogos, pero también para historiadores de la Ciencia en sentido amplio y, de manera particular, de la Medicina y de la Psiquiatría. Un libro, a mi juicio, modélico tanto por su metodología, como por sus propios contenidos, por razones que expondré a continuación. En primer lugar, porque pone a disposición del lector español un concienzudo trabajo realizado desde los presupuestos teóricos y metodológicos de la Escuela de Cambridge, cuyas aportaciones -a través de monografías diversas y, sobre todo, de un órgano de expresión como History of Psychiatry-, han supuesto una innegable novedad en la historiografía psiquiátrica de los últimos tiempos. Ahora podemos disponer de una obra publicada originariamente en castellano, gracias al esfuerzo editorial de Trotta y al trabajo de Germán Berrios y Filiberto Fuentenebro, este último, sin duda, el más sólido introductor y difusor en España de esa historia conceptual de los síntomas y, en ENSAYOS considera y analiza cómo la ciencia se ha desarrollado en distintos contextos históricos, geográficos, culturales, sociales, etc.), y un papel crítico (de crítica positiva o negativa según los casos). En mi opinión, Delmo cumple con creces estos tres papeles, estas tres funciones. Por un lado, cumple una función epistemológica, porque partiendo de un análisis genealógico exhaustivo del delirio como síntoma psicopatológico, desde lo que los autores llaman su protohistoria (las aportaciones de médicos y filósofos de los siglos XVII y XVIII), hasta su historia propiamente dicha (su desarrollo conceptual a lo largo del XIX y del XX), se llega a algo sobre lo que yo no insistiré aquí -otros colegas lo harán probablemente desde otros foros-pero que me parece capital: el análisis del concepto de delirio en la actualidad y, dando todavía un paso más, la formulación por parte de los autores de su propia teoría. Puede verse muy claramente cómo la Historia se convierte en una herramienta epistemológica de primer orden, no solo para comprender el presente, sino incluso para avanzar en la elaboración, quien sabe si de futuros paradigmas. Por otro lado, contextualiza perfectamente la evolución del concepto de delirio por autores, por países y por épocas, lo cual resulta enormemente útil por su claridad y por su ordenación. No cabe duda que la psicopatologia descriptiva se desarrolló primeramente en la Francia de la primera mitad del siglo XIX. Pinel, Esquirol, Falret, Georget, pero también Moreau de Tours, Lasègue, el belga Guislain, etc., comenzaron a elaborar el lenguaje necesario y a sentar las bases del descriptivismo en psicopatologia, pero no es menos cierto que dicha psicopatologia descriptiva fue desarrollándose y difundiéndose en otros lugares por autores alemanes e ingleses, fundamentalmente, que Berrios y Fuentenebro no olvidan. Merece la pena destacar cómo, ya en el siglo XX, empiezan a aparecer, tímidamente y casi como un espejismo, psiquiatras españoles como Llopis, Valenciano, Martín Santos o Castilla del Pino, que son rescatados y revisados por los autores del libro. Contextualización histórica y geográfica, pero también contextualización socio-política y profesional. Es evidente que este esfuerzo descriptivo del que estamos hablando no responde solo al desarrollo interno del saber psicopatológico sino que responde a otros factores que inciden directamente en el mismo: la influencia de la mentalidad anatomoclínica, puesta a punto por la escuela de París -por el grupo de la Charité-sobre el alienismo; la necesidad de diagnosticar y de hacer historias clínicas homologables, si se me permite la expresión, son elementos a tener en cuenta. Pero no lo son menos aspectos corporativos, de tipo profesional e institucional que el libro recoge con acierto, como el proceso de profesionalización del alienismo francés a partir de la famosa Ley de 1838, y, en este marco, los debates en el seno de la Société médico-psychologique y las aportaciones publicadas en los Annales médico-psychologiques. Por último, la Historia de la Ciencia debe tener una función crítica, si bien ésta puede entenderse de varias maneras. Por un lado, puede considerarse una función de crítica positiva el panegírico que, tradicionalmente, ha consistido en elevar la dignidad de la profesión y de los profesionales, mediante más o menos completas genealogías de ilustres varones que han servido, y sirven, para apoyar o justificar intelectualmente y, desde luego, falazmente, a los que hoy ostentan el poder -el poder psiquiátrico-y dominan la disciplina desde la Academia o desde otros ámbitos. Función crítica es también la que desempeñaron a finales de los años sesenta y en la década de los setenta, sociólogos e historiadores radicales y psiquiatras comprometidos con la realidad asistencial. Trabajos sobre el manicomio y sobre el tratamiento moral a veces muy iconoclastas, pero que supusieron un innegable revulsivo para toda una corriente historiográfica que, una vez despojada de excesos y de especulaciones, sigue teniendo su interés en el panorama global. El libro que nos ocupa, desarrolla, sin embargo, su crítica de una manera diferente -diferente y novedosa-. Crítica en la que yo establecería además dos planos de concreción: en primer lugar, en un plano, más histórico, se analizan las aportaciones concretas de los distintos autores, lo que permite, lejos de toda especulación, lejos de todo torcido interés ideológico, explicar quién es quién en la historia del delirio. La desmitifícación de Jaspers sería, en este sentido, un buen ejemplo de lo que quiero decir. La puntualización de que fue Baillarger y no Jaspers el que describió la "percepción delirante", tiene un gran interés; pero sobre todo, la contraposición de las concepciones psicopatológicas del autor alemán con las de los grandes semiólogos franceses de entresiglos. El discurso filosófico y escasamente clínico de Jaspers versus el virtuosismo clínico de Séglas o la solidez y madurez nosológica de Chaslin, basada en la experiencia clínica. La reivindicación de esta semiología, poco conocida y con frecuencia eclipsada por la enorme difusión que tuvo la obra de Jaspers, es, sin duda, otro de los grandes logros de Berrios y Fuentenebro. Creo que no estará de más decir que las páginas dedicadas a este tema saben a poco y, desde luego, auguran lo que probablemente será un futuro trabajo, más amplio, más monográfico, sobre cómo de la mera descripción de los síntomas se va pasando a una verdadera semiología, esto es, a un auténtico sistema cognitivo. En segundo lugar, este libro posee también un trasfondo crítico que es preciso destacar y que tiene que ver con los propios problemas, tanto teóricos como prácticos, de la psiquiatría actual. La existencia de una pseudo-psicopatología farmacológica, el evidente reduccionismo que supone el DSM (elevado a la categoría de fetiche), etc., han ido, poco a poco, degradando la psicopatologia descriptiva. Estoy de acuerdo con Fuentenebro cuando afirma, a todo el que quiera escucharle, que existe un verdadero "malestar en la cultura psicopatológica", cuando se lamenta del frágil andamiaje conceptual que en la actualidad tiene buena parte de la práctica psiquiátrica actual y de las escasas perspectivas teóricas que pueden ofrecerse a aquellos que pretenden formarse en medicina mental. Su respuesta no se ha hecho esperar. Historia, clínica, metateoría, es también un ejemplo impecable de como se hace Historia en el Presente y para el Presente. Este Presente que nos está tocando vivir, a psiquiatras y psicólogos -jóvenes y seniores-, a historiadores y filósofos -jóvenes y seniores-, para los que esta obra deberá constituir, a partir de ahora, punto de referencia ineludible para todos aquellos interesados en abordar, de manera honesta, la historia, la clínica, la metateoría de los trastornos mentales.
J. Tyler es un biólogo evolucionista, es decir partidario de la teoría sintética de la evolución, y también evolutivo si el adjetivo hace referencia a su cualidad animal como especimen de Homo sapiens sapiens que es. Y sus confesiones no son tales sino reflexiones sobre la evolución de las especies consideradas como ciclos vitales, es decir un resumen de su ideario biológico. Como indica el título original: Life Cycles. Sirva la anécdota tanto para señalar el error como para introducimos en el contenido del libro: un compendio del pensamiento evolucionista de J.Tyler. Sus planteamientos son la consecuencia de una labor de investigación de más de cuarenta años, prioritariamente sobre el moho del limo, realizada en la universidad de Pricenton. Desde los años 50 títulos como Morphogenesis, The Evolution of Development, Cells and Societies, Size and Cycle, The Evolution of Culture in Animals, por ejemplo, han sido causa de polémica y sucesivas reediciones. Estos argumentos se tratan en esta ocasión de forma unitaria, siguiendo un tono didáctico que no carece de contenido científico, y con un lenguaje claro, ameno y directo -Tyler es siempre amable con el lector. Tomar los ciclos vitales de los organismos como referente para aplicar y explicar la teoría de la evolución es abordar el problema desde presupuestos poco conocidos y alejados de los habituales referentes neodarwinistas que nos acosan cotidianamente. Lo cual no significa un distanciamineto de la teoría de Darwin, un rechazo de la selección natural ni de la moderna teoría sintética de la evolución que hoy consideramos, sino la aplicación de estos principios a un nivel distinto de la vida de los organismos. El objeto de la evolución no es aquí el individuo adulto sino las diferentes etapas biológicas que acontecen durante su existencia, su ciclo vital. El punto de partida de Tyler es que «Los organismos no son solamente adultos: son ciclos vitales» (p. 31), y el punto de llegada que «es el ciclo vital, y no sólo el organismo el que evoluciona» (p. 111), para definir la evolución mediante dos argumentos generales: el crecimiento y el estado adulto. Aumentar de tamaño es un fenómeno que afecta a la aparición de formas pluricelulares, a la especialización celular y al desarrollo embrionario (Tyler considera la vieja y nueva embriología como dos etapas complementarias de conocimiento biológico, aquélla basada en descripciones y experimentos, ésta con un carácter decididamente molecular). Se trata de relacionar crecimiento y forma en el sentido matemático propuesto por D'Arcy Wentworth Thompson en On Growth and Form (obra de la que Tyler realizó una edición abreviada, traducida al castellano con el título de Sobre el crecimiento y la forma, Madrid, Blume, 1980, utilizada aquí como argumento de su exposición). En el estado adulto la evolución afecta a fenómenos cualitativos que tiene repercusión biológica: hacerse consciente significa relacionarse con el medio; hacerse social equivale a la aparición de una pluricelularidad ética; hacerse cultural es la consecuencia del comportamiento social y representa una etapa evolutiva independiente de la herencia de caracteres, vinculada al desarrollo intelectual de la especie. En su conjunto crecer y ser adulto constituyen las fases generales de un ciclo vital común a todos los seres vivos cuya finalidad inconsciente es la supervivencia de la especie. No es este un libro de historia de la biología, y cabe preguntarse por su interés para la disciplina. Aparquemos el argumento sobre la necesaria relación que debe existir entre el pasado y el presente de todo conocimiento. Tyler cuenta en su libro una anécdota sobre el estupor padecido por un tribunal de tesis doctoral al exponer el examinando algunos principios médicos de Galeno en respuesta a sus preguntas. La ignorancia no es buena consejera para la ciencia. Pero no es difícil para un historiador de la biología reconocer el debe de la teoría de Tyler con el pasado: el tiempo se ha encargado de convertir el principio de unidad material argumentado por un sabio como Tommaso Campanella para explicar el fenómeno de la vida en unidades celulares responsables del ciclo de la vida. Dpto, Wde la Ciencia, CEH, CSIC. ANTONIO BELTRÁN, Revolución científicay Renacimiento e historia de la ciencia, Madrid, Siglo XXI, 1995, 236 pp. Antonio Beltrán lleva ya muchos años de trabajo y reflexión sobre los problemas que plantea la historiografía con respecto al pensamiento renacentista y la Revolución Científica. Así se ha reflejado en publicaciones como Credulidad, escepticismo y marco mental renacentista, del año 1988. En este caso, la reflexión se amplía y se profundiza, dando lugar a un trabajo interesante y sugerente, así como, pienso, muy útil para quienes quieran introducirse en la problemática esencial de la historia de la ciencia. En el prólogo expresa claramente el autor la idea central de la obra que nos presenta: «El objeto central del trabajo era y es el modelo historiográfico que se gesta con Koyré y se desarrollo con Kuhn. Eso equivale a decir que se estudia especialmente el nacimiento y consolidación de la moderna historiografía de la ciencia» En la introducción presenta una aproximación historiográfica, refiriéndose a los estudiosos más significativos, planteando ya algunos de los problemas esenciales que después discutirá con más amplitud, como el de la continuidad o discontinuidad de la ciencia, punto crucial para la discusión sobre la Revolución científica del siglo XVII. Son esos los problemas que intentará desbrozar en los primeros capítulos: la existencia de una ciencia medieval y las posiciones que defienden el continuismo con el desarrollo científico posterior, y la constitución de la ciencia moderna, sin ruptura y sin, prácticamente, existencia de ninguna aportación del llamado Renacimiento. Discute las tesis continuistas, a partir de los distintos autores que las defienden, y se pone después a la "búsqueda del «Renacimiento científico»". Inevitablemente el análisis de la continuidad o no del pensamiento científico, la caracterización del período renacentista y la caracterización de qué es y cómo es la ciencia moderna, conduce a intentar aclarar ese complejo pero aparentemente evidente concepto, la ciencia. Para hacerlo es necesario considerar sus relaciones con el pensamiento mágico, con el hermetismo, con la religión -creo que, en ciertos aspectos, manifestación del triunfo de un cierto pensamiento mágico, pero eso no lo dice el autor-y con la filosofía. La ciencia necesita de método, pero no es un método solamente. En el apartado El mito del método (p 87), nos dice Beltrán que los continuistas, antiguos y nuevos, «conciben la ciencia moderna como caracterizada por un método, pero además ambos continuismos afinan la caracterización con el adjetivo experimental. Para ser justos, deberíamos decir que dan por buena, sin reticencias, la identificación que la filosofía de la ciencia había hecho durante muchos años del método experimental». Su análisis pone en claro el diferente significado que tiene experimental, y cómo la propia ciencia moderna, el propio Galileo realizaba trabajos que se en- La búsqueda del método fue un factor importante en el cambio de la actividad científica, pero también la forma de plantearse las hipótesis, e incluso el contenido de las hipótesis. En cierta medida, en este terreno se plantea el problema de la aparente polémica entre intemalismo y extemalismo -^para mí aparente en cuanto a la realidad de la actividad científica-pero real polémica desde el punto de vista de la defensa de posiciones extremas, en la discusión y abordaje por los diferentes autores. Beltrán analiza las posiciones de los estudiosos y, como en todos los problemas que enfrenta, intenta aclarar el significado último de sus planteamientos, y expone sus propias ideas. Estudia Beltrán el paso del pensamiento renacentista, ya caracterizado, a la ciencia moderna, y nos habla de los nuevos continuistas, los continuistas renacentistas, diferentes a los continuistas medievalistas, aunque con puntos de contacto. Si los continuistas medievalistas se basaban en la continuidad del método, nos dice, los renacentistas se apoyan en «una nueva filosofía», «una nueva visión del mundo» y «una nueva relación hombre-naturaleza», novedades aportadas por el pensamiento renacentista. Y aceptan la Revolución Científica. Si en estos primeros capítulos se ocupa Beltrán de Revolución, filosofia, ciencia y método, en los siguientes se preocupará de la ciencia y sus características en relación con la magia y el hermetismo, estudiando las consideraciones de los estudiosos sobre su existencia en el pensamiento renacentista. Aborda así el tan discutido problema de la relación entre el pensamiento hermético y la ciencia moderna, la posible influencia de ese pensamiento hermético como promotor de la nueva ciencia. Y hace un inciso intentado aclarar, creo que con fortuna, el concepto de verdad, de «la verdad» frente a «una verdad». Beltrán examina, pues, las diversas polémicas, -^y alguno de sus aspectos relacionados-sobre las características del conocimiento desde la Edad Media hasta la llamada Revolución Científica, y plantea la existencia de dos grandes rupturas: una entre la Edad Media y el Renacimiento «entre el marco aristotélico escolástico y el mágico naturalista; y otra entre este marco mágico naturalista y la ciencia moderna». Y ha intentado caracterizar, según, incluso, diferentes líneas del conocimiento, el período que de hecho aparece como crucial para dilucidar esas posibles rupturas, el período correspondiente al Renacimiento científico, que acota entre 1450 y 1600, «en el sentido de un marco mental diferenciable de los otros dos y que dominó durante un tiempo entre ambos», y aunque, pienso, es difícil acotar períodos de pensamiento, que en realidad nunca es uniforme, ni siquiera en el campo de la ciencia, aunque algunos parámetros sean dominantes, es inevitable el intentarlo. Hace entonces un segundo balance sobre la Revolución Científica, considerando a Koyré como el máximo representante de la tradición historiográfica defensora de la existencia de la ruptura y la Revolución Científica, y penetra nuevamente en la polémica intemalismo-extemalismo. La posición de Beltrán es clara en su defensa de las teorías de Kuhn, siempre basándose en un minucioso análisis de los temas cruciales para la historia de la ciencia que expone en su libro. Se puede o no estar de acuerdo con sus posiciones o con sus análisis, pero creo que es esta una obra estimulante, que abre muchos temas que, en cierta medida, estaban escondidos detrás de ciertas etiquetas, y que provoca el interés por el estudio y la reñexión sobre unos aspectos esenciales para quien se interese por la historia de la ciencia. F. JAQUE RECHEA y J. GARCÍA SOLÉ (eds.), La luz: el ayer, el hoy y el mañana, Madrid, Alianza Editorial, AU 842,1996, 277pp. Sin duda, la luz ha constituido un importante tema dentro del desarrollo del saber. Al igual que la astronomía, ya desde tiempos del buen y viejo Euclides constituía un campo de indagación distintivo que andaba un tanto divorciado, al modo en que la astronomía lo estaba de la cosmología, de las concepciones sobre su naturaleza física y sobre la visión. Tal situación persistió hasta que la filosofía mecánico-corpuscular vino a establecer una teoría de la cual resultaban derivables los resultados de la óptica geométrica. De estos resultados habrían de dar cuenta después dos concepciones contrapuestas, la corpuscularista de Newton y la ondulatoria de Young y Fresnel, prevaleciendo la segunda (desde Maxwell, en forma de radiación electromagnética) hasta que Einstein pusiese de nuevo sobre el tapete su naturaleza corpuscular con su indagación sobre el efecto fotoeléctrico. La física cuántica hizo nacer así al fotón, a veces corpúsculo, a veces onda, según los diseños experimentales se orienten a mostrarlo de una u otra naturaleza. El lector, que dada la índole de esta revista está supuestamente interesado por la historia de la ciencia, no encontrará nada de esto en la obra. Por tanto, la afirmación de los editores en la introducción, que en ella «se contempla la incidencia que ha tenido y que tiene la luz en el desarrollo de la Ciencia», es bastante gratuita. Pues tal incidencia histórica, si aparece, se reduce a unas ocho páginas, y algunos párrafos dispersos, en su mayor parte dedicados a los avances logrados en este siglo. También resulta un tanto forzada la unidad aparente de la obra, formada por quizás demasiado diversas contribuciones de distintos autores, con los siguientes títulos: Teoría cuántica de la luz. De la luminiscencia al láser. Radiación sincrotón: la otra luz del futuro, La luz y la energía. La luz y el medio ambiente, Luz y biología, Luz y radiación en el universo observable. La luz y las comunicaciones ópticas. Aplicaciones de la luz en medicina y, finalmente. El método de Fourier y la difracción de la luz: un ensayo. Que la luz constituye un tema importante dentro de la ciencia, tal como afirman los editores en la introducción, es algo que admite poca discusión. Pero de ahí a que constituya, cuanto menos actualmente, un problema con entidad propia que pueda articular un discurso distintivo, hay bastante camino. De hecho, cuando menos yo no he sido capaz de discernir tal discurso. El libro se limita a mostrar cuan variado papel desarrolla la luz en la ciencia y la tecnología de hoy en día, y probablemente será útil, tal como afirman los editores, como «consulta ilustrativa a los estudiantes http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS universitarios en las licenciaturas de Ciencias», lo que parece tanto como decir que se verán interesados por uno u otro de los capítulos, en sí mismos de atractivo indudable, si bien en parte sólo accesibles a quienes posean una aceptable formación matemática. Manuel Sellés Dpto, de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia, UNED JOHANNES AEGIDIUS ZAMORENSIS (Juan Gil de Zamora), Historia naturalis (estudio y edición Avelino Domínguez García y Luis García Ballester), Salamanca, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, 3 vols., 1994. La Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León ha venido desarrollando en los últimos años una excelente labor editorial en muy diversos terrenos, pero especialmente destacada en el de historia de la ciencia. Entre sus publicaciones destaca de forma notable la serie denominada "Estudios de Historia de la Ciencia y de la Técnica", que recoge importantes aportaciones a esta especialidad. En ella aparece ahora la edición de la enciclopedia del franciscano Juan Gil de Zamora, importante representación de este género científico en la edad media española. Señalan los editores la singularidad de esta obra, dada la escasa atención que en general se prestaba en los medios académicos y eclesiásticos a la filosofía natural. Quizá porque la universidad española se consagra pronto a estudios eclesiásticos o profesionales -^por el claro interés de sus fundadores y protectores, reyes y pontífices-en sus aulas no fue un género muy cultivado. Junto a las nuevas universidades, los ricos monasterios tampoco parecieron interesarse en este estudio. Distinto fue el papel representado por las catedrales, dentro de la tradición de lo que estaba ocurriendo en Francia e Italia, en donde saberes considerados importantes como la medicina y la astrologia se desarrollaron de forma notable. En este sentido, la física, la astronomía y la anatomía permitieron conocer el mundo, los astros y el ser humano, conformando la filosofía natural, moderna disciplina en aquel tiempo y que precede los cambios del humanismo renacentista. También fue muy notable, en el mismo terreno, la actividad de los sabios que rodearon la corte del rey Alfonso X el sabio, quien supo rodearse de lo más granado de la ciencia del momento. Y en el terreno eclesiástico debe destacarse el papel de la orden franciscana, muy en relación con sus cofrades de París. Fue en este terreno donde se difundieron de forma notable las más importamtes producciones como las renovadas de Aristóteles, así el escrito De anímalibus, o las más recientes de Averroes y Avicena. Más cercano incluso al libro que nos ocupa es la enciclopedia de Alberto Magno, enormemente difundida en la época. Dentro de estas influencias culturales se mueve Juan Gil, nacido en Zamora hacia 1240 y muerto tras una larga y laboriosa vida alrededor de 1320. Su pertenencia a la orden franciscana, su conocimiento del medio intelectual de París y su papel en la corte alfonsi le permitieron estar al día de las principales novedades. Como tantos otros sabios medievales quiso poner el saber del momento -en especial la recuperación clásica-al servicio de cierto número de lectores, que conocieran el latín y estuvieran interesados por la filosofía natural. Si bien el público no debía ser muy nutrido, dado el escaso número de copias que se conservan, sí que fue duro el esfuerzo hecho por el clérigo por anotar todos los saberes de esta disciplina en forma de abecedario. La labor de preceptor del infante Sancho que ejerció en la corte real, se amplía a un mayor público en estas páginas, Un cuidadoso estudio a cargo de los editores acompaña a la obra del franciscano. Hay que destacar la rigurosa atención prestada a las fuentes e influencias que se encuentran en la obra del zamorano. Al final, se incluyen muy útiles índices que facilitan la consulta de la obra. Citemos el Index nominum, que se refiere a los nombres citados tanto en el estudio introductorio como en el texto latino, y el Index verborum, que sin ser exhaustivo selecciona los términos latinos relacionados con la filosofía natural. La bibliografía también es amplia y rigurosa. Se trata, en fin, de una buena edición de una importante y olvidada obra de filosofía natural del medievo castellano. Mérito de los autores ha sido el esfuerzo de proceder a la edición, traducción y estudio de tan amplio manuscrito, de la Consejeria de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León el haber posibilitado la impresión de una obra notable de su pasado cultural y científico. Se trata de un importante ejemplo digno de imitar por otros servicios públicos de publicaciones. JESÚS VICENS, El valor de la salud. Una reflexión sociológica sobre la calidad de vida, Madrid, Siglo XXI, 206 pp. «El ámbito de la salud... no puede reducirse a los componentes biofisiológicos del cuerpo». Esta afirmación, con la que Jesús Vicens inicia su libro, es una auténtica declaración de principios que nos sitúa desde el comienzo en el horizonte que guía todo su trabajo. Es así como cobrará protagonismo el «entorno personal y social» cuyas relaciones con el cuerpo van a condicionar esta concepción diferenciadora de la salud: no la tradicional ausencia de enfermedad, sino «una manera de estar en el mundo y ser en la vida».. Definido de esta forma el medio en el que vamos a movemos, el autor delimita otro de los temas esenciales del libro que, en este caso, va a ser herramienta de interpelación en la presentación de su discurso: el concepto de desafío. Un término que se presenta en un sentido creativo, orientado en el reequilibrio tanto de la naturaleza humana como de la ecológica. Armado de estos sencillos pero sólidos elementos de argumentación Vicens pasa a cuestionar página tras página la sociedad actual, en la medida que ésta es interpretada como resultado de una modernidad que ha acabado con los equilibrios tradicionales: la ampliación de los dominios en los que interviene la ciencia moderna y su tecnología está en el origen de distintos procesos irreversibles en los campos ecológico, social y personal. Constatada esta situación de entropía -entendida como proceso de deterioro-parece lógico que el autor se plantee la necesidad de una propuesta alternativa desde los postulados de la conciencia -como traducción de una inteligencia que nos ha de llevar «hacia formas de vida superiores, integradoras»-. La estructura central de este libro presenta dieciséis capítulos repartidos en cuatro grandes apartados. En el primero de ellos, Crisis en la estructura social moderna, el autor hace referencia al desequilibrio que se produce en la sociedad contemporánea entre la energía -que es limitaday las demandas de bienes y servicios -que crecen ilimitadamente-. Esto es presentado como la causa del deterioro tanto ecológico como social que padecemos. Deterioro especialmente en la http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS política y en la economía, con un crecimiento ilimitado de esta última -concentrado en las grandes ciudades-que da lugar a una pérdida en la calidad de vida -especialmente grave en las zonas urbanas del Tercer Mundo-. En este marco, los mass-media son presentados como vehículos eficaces de contaminación ideológica y psíquica de acuerdo con los intereses políticos. Frente a ello Vicens propone un nuevo modelo económico en cuyo centro de actividad estarían los recursos humanos. Los «fines productivos determinados de antemano» serían sustituidos por la capacidad creativa e intereses personales de los que realizan la actividad económica, todo ello en el marco de una política social. La modernidad aparece de nuevo como objeto de crítica en la 2^ parte {Los efectos de la estructura social moderna sobre la salud). La aceleración de la vida actual -dentro de una concepción lineal del tiempo-es presentada como la causa de un nuevo estado de enfermedad causado por la prisa, el estrés y la tensión. La identificación de velocidad con progreso es puesta en duda, y la prisa en la producción y en el trabajo se presenta como otro lastre de la sociedad industrial. Reflexiones que parten, una vez más, de la crítica a la modernidad y donde aparece de nuevo el desarrollo urbanístico a gran escala como sinónimo de degradación. Una modernización causante de desequilibrios ecológicos y que modela la enfermedad actual como peligrosidad social, psíquica y convivencial. Y le llega el momento de la crítica a la medicina convencional, pues Vicens considera que no ha sido capaz de trascender el nivel molecular de la enfermedad. Su alternativa: potenciar la actitud mental en el tratamiento de las enfermedades, muchas de las cuales serían únicamente un producto social. Es así como se presenta el bajo nivel de salud colectiva como «una cuestión social y no solo una cuestión científica»; una salud que se resiente de la herencia cartesiana de división entre el cuerpo y la mente. En la superación del paradigma cartesiano es precisamente donde se nos presenta (3* Parte: La medicina: un problema de concepción) el cambio de concepción en la medicina actual, destacando la importancia del factor humano en las patologías sociales y cómo la complejidad sistémica del hombre entra en conflicto con la aplicación terapéutica lineal de la medicina actual. En la nueva visión de la salud que propone Vicens, la energía pasa a ser un concepto clave, destacando el papel que el cerebro y la mente juegan en el proceso curativo. Entramos así en la cuarta parte del libro {Reorientaciones contemporáneas) donde se apuesta por un diálogo convergente entre la ciencia física y la filosofía -mística oriental-así como en la necesidad de una visión integradora tanto de la realidad social como del ser humano. Sentido y visión de la totalidad que llevan a Vicens a presentar la cultura de Oriente -filosofía, religión...como la alternativa más válida para liberar la herencia culpabilizadora de Occidente. Nos encontramos, por tanto, en este libro, ante una lectura personalizada de la modernidad (conviene recordar el seguimiento que el autor hace de los trabajos de Fritjof Capra y especialmente de Raimon Panikkar) con un cuestionamiento de toda la ciencia moderna -la construida tanto física como culturamente en los últimos cuatro siglos-en el que la tecnología aparece como el factor principal del proceso deshumanizador. Consecuentemente con esta apuesta por el hombre aparece la defensa de un mayor protagonismo del sujeto-enfermo al hablar de enfermedad. En este siglo, Alexandre Koyré y Thomas Kuhn, entre otros, ya dejaron avanzada la idea de que no se debían separar los factores científicos de su contexto cultural en su más grande extensión. Desde un punto de vista más histórico de la ciencia Jacques Roger ha venido recusando sólidamente la idea positivista de una ciencia pura que pudiera suponerse independiente de las mentalidades. Vicens va mucho más lejos, al priorizar, casi exclusivamente, el papel de lo social y la importancia de la mente a la hora de crear/curar enfermedades. Su reivindicación de lo no científi-
En el presente estudio se discutirán algunos aspectos de la historia de las clasificaciones botánicas, centrándonos en el tránsito de los llamados sistemas artificiales a los naturales, personificados por Linneo y Michel Adanson, respectivamente. Dicha transición no fue en ningún sentido clara ni tajante, entremezclándose en diversos autores tanto los principios teóricos, como los formales, lo que se ejemplifica con los sistemas de clasificación de los botánicos españoles, Francisco Noroña y Antonio José Cavanilles. La botánica como ciencia Arber^ señaló el lapso temporal comprendido entre 1470 y 1670, como el período de emancipación de la botánica de las ciencias médicas y farmacéuticas, materias de las que necesitaría apartarse al menos un siglo más para lograr un verdadero tratamiento sistemático y asentar sus bases como ciencia independiente; pero, ¿cuándo se puede hablar de ciencia en biología? (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Ayala-^, en 1968, enumeraba así los objetivos que debía cumplir la biología y por tanto la botánica, para ser considerada una ciencia autónoma. Esta primeramente debía organizar los conocimientos de un modo sistemático, capaz de revelar patrones de relaciones entre fenómenos y procesos, proveer explicaciones para la secuencia de sucesos ocurridos y, por último, proponer hipótesis explicativas que pudieran ser accesibles a la revisión y a la refutación Destacaba así, como primer paso, la organización de los hechos de manera que por sí misma proporcionase patrones de relaciones entre los fenómenos observados (en este caso, la similitud entre las plantas), y los procesos subyacentes (su creación por Dios conforme a un plan preestablecido o como producto de la evolución), permitiendo, si no la formación de leyes universales como deseaba el método natural, al menos, la formación de patrones de comportamiento de amplio espectro que verificasen, revisasen o refutasen las hipótesis de partida. La sistematización de los hechos permitió además la asimilación intelectual de los datos gracias a una simplificación de los fenómenos y a su agrupación en categorías de naturaleza inclusiva o no. Dicha ordenación debía también optimizar la memorización y utilización de los datos, facilitar la recaptura de la información almacenada y, en el caso de las clasificaciones biológicas, proporcionar generalizaciones o aportar patrones de relaciones"^. Pero, ¿por qué las ordenaciones anteriores a Linneo, incluidas las de éste, no suponen en realidad un verdadero tratamiento científico de la botánica?. Hay 3 razones esenciales. La primera, porque las primeras clasificaciones no fueron más que ordenaciones de objetos conforme a alguna característica sobresaliente, las cuales no proporcionaban patrones de relaciones entre ellos de otra naturaleza que la que indicaba el carácter diferenciador. En segundo lugar, porque durante mucho tiempo existió una confusión entre identificación y clasificación, en el sentido biológico y, finalmente, porque debido a ciertas concepciones de la época, como fueron el hincapié en el enfoque deductivo, el fijismo creacionista y el esencialismo, fue imposible que se descubrieran patrones de relaciones entre fenómenos y procesos, ya que las clasificaciones se construían de acuerdo con una idea preconcebida de lo que debía ser, en la que no cabía su verificación. Identificación frente a clasificación Previo a la construcción de cualquier clasificación, se precisa la identificación de los objetos a clasificar. En el momento en el que nos encontramos, para la botánica ésto fue tremendamente importante, puesto que la mayor parte del mundo vegetal era aún desconocida o su presunta identidad estaba francamente confusa; recuérdese, por ejemplo, el caso de la canela o la quina. Pero la identificación como tal, no implicaba la expresión de ningún orden, de ningún sistema de relaciones, que era el verdadero objetivo de una clasificación, sino únicamente la correspondencia de una clase de objetos con un nombre. Cuando los objetos a distinguir son muy numerosos, para facilitar su estudio lo normal es recurrir a la construcción de una clave de identificación, por lo general, dicotoma, de manera que con la ayuda de uno o unos pocos caracteres en cada paso de clave, la totalidad de los objetos se va subdividiendo en agrupaciones cada vez más pequeñas y particularizadas, conduciéndonos de una manera sencilla y eficaz a la identificación del objeto. Así, en realidad, la identificación era el fin perseguido por la mayoría de los sistemas que surgieron hasta mediados del siglo XVIII. Lo que ocurrió fue que, en su desarrollo o justificación teórica, se entremezclaron otros objetivos distintos, de modo que en sistemas más adecuados para dar a conocer de un modo pragmático la identidad de las plantas, se insertó como explicación, por ejemplo, el que eran el reflejo del plan del universo seguido por el Creador, como ocurrió con el sistema linneano. Del mismo modo, las clasificaciones cuyo objetivo fundamental fue el ordenar conforme a las relaciones que se establecían entre los seres vivos, derivadas en esos momentos de su similitud global y más conocidos como "métodos naturales", fueron tachados de inútiles a la hora de ser usados para enseñar botánica, ya que, o carecían de utilidad para la identificación de especies, o para su buen uso se requería previamente un gran conocimiento experimental de las plantas con las que se trabajaba. La asimilación conjunta de los términos identificación y clasificación estuvo estrechamente unida al pensamiento escolástico, en el que definición y denominación eran procesos coincidentes, de forma que un nombre, además de hacer referencia a un grupo de objetos, proporcionaba inmediatamente el carácter esencial de éste-"^, o en palabras de Alvargonzález: "e/ carácter genérico, en Linneo, coincide con la de-^ SLAUGHTHER, M.M., (1942). 42. finición del género de modo que la clasificación y la denominación son procesos coimplicados"^. En las clasificaciones de corte escolástico, como la de Linneo, la formación del género era previa a la de las especies, cuya definición se obtenía añadiendo al nombre genérico una diferencia específica que determinaba un modo particular de existencia de éste. A esta forma de denominación se la conoce como de "frase diagnóstica". Por otra parte, este tipo de clasificaciones cuya construcción seguía una vía descendente, deductiva, desde los géneros a las especies, se mostraba fuertemente influida por la elección de los caracteres que determinaban las primeras divisiones, razón por la que en dicha época se dieron tantos y tan variados sistemas. El abandono de la frase diagnóstica por una denominación binomial, rompió con la coimplicación entre identificación y clasificación, pudiendo desde entonces ser totalmente arbitraria. La esencia y elfijismo creacionista Al problema del esencialismo en el aspecto anterior hay que añadir el apoyo que dicha lógica proporcionó al creacionismo fijista y a una visión matematizada de la vida, teorías con las que fue necesario terminar para facilitar un nuevo acercamiento, "más natural" al mismo problema. Como hemos dicho, la correspondencia entre un nombre o abstracto y una clase de objetos similares, permitía una gran simplificación que facilitaba su uso, pero también podía provocar una grave pérdida de información cuando se consideraba a la variabilidad existente dentro de cada clase de objetos como errores de un tipo ideal o esencia, con existencia real e independiente de los objetos. Estas esencias o tipos, constantes en sí mismos pero discontinuos entre ellos, se ajustaban muy bien a la visión matematizada del mundo y al relato bíblico de su creación, en el que las plantas eran entidades tipificadas e individualizadas, creadas en un número fijo de variantes por el Señor. Conforme a esta visión, era posible delimitar qué caracteres determinaban la esencia y cuáles eran accidentales al tratarse simplemente de fallos de la naturaleza durante su replicación. Se creyó en un mundo altamente ordenado, diseñado por el Creador para obedecer un cierto número de leyes de aplicación universal. La idea de la "Cadena del Ser" fue un reflejo del plan seguido, siempre en creciente perfección, cuya gradualidad, continuidad y plenitud en el tiempo y en el espacio, se realizaba a través de la cadena de esencias primigenias. Pero sobre dicha concepción y sus variantes no vamos a fi ALVARGONZÁLEZ, D. (1992) Así, aunque la sexualidad de las plantas se conocía con anterioridad, Linneo fue el primero en utilizar los caracteres procedentes de los órganos sexuales con regularidad para fines taxonómicos. Además, los caracteres elegidos: número, forma, proporción y situación de estambres y pistilos, constituían también discretos que posibilitaban un tratamiento matemático de la materia vegetal con ayuda de las divisiones lógicas^. Precisamente, y como dijo Cain, en la medida en que Linneo utilizó, los principios de las divisiones lógicas, se estaba forzando a sí mismo a adoptar el punto de vista según el cual eran conocidos los principios sobre los que las plantas habían sido construidas, se podían determinar el número y peculiaridades de todos los géneros subalternos y se podían profetizar las propiedades y formas todavía no descubiertas'^, todo ello como producto del esquema o plan creador. El cambio a los sistemas naturales durante el siglo XVIÏI Dentro de la polémica entre clasificaciones artificiales y naturales, Mayr (1982) prefirió denominar a las primeras, "sistemas de clasificación deductivos o descendentes" y a las segundas, "sistemas ascendentes o composicionales"'', dando así una idea más correcta de las diferencias metodológicas entre ambos sistemas y evitando la ambigüedad del término "natural".'^ Véase al respecto: LOVEJOY, A.O., (1983). La gran cadena del ser. Icaria, Barcelona. ^ Traducción al español dçl autor, texto original y traducción al inglés en NICOLAS, J.-P., (1963). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Entre los factores que propiciaron el cambio hacia los sistemas naturales o composicionales, el más importante fue el enfrentamiento entre escolásticos y nominalistas, al que influyó y apoyó la observación de una diversidad que iba en aumento conforme la expediciones enviadas a zonas tropicales regresaban y los numerosos ensayos de clasificación mejoraban el conocimiento de las distintas estructuras vegetales. Además, se hacían cada vez más patentes la necesidad de individualizar cada tipo de planta a fin de especificar su uso y el hecho de que una misma propiedad química solía concurrir en plantas relacionadas. Observación ésta que para Arber fue en sí misma''the germ of something approaching to a natural systenf^'^. La misma idea fue expresada por Duhamel du Monceau:'Wo sólo se asemejan en la figura exterior las plantas de que se componen dichas familias, sino que también tienen relación y correspondencia unas con otras por sus calidades interiores"^^. En dicha época, el reconocimiento de la similitud externa se hallaba ya bien asentado, habiendo sido definido a finales del siglo XVII por Pierre Magnol (1638-1715), con el término de "familia", expresión que agrupaba a aquellas plantas cuya semejanza las mantenía unidas entre sí, como el parecido unía a los miembros de una misma familia huma-naí4. Hasta el momento, la variabilidad, la monstruosidad y los casos de hibridación habían sido tomados por accidentes acaecidos durante la realización del plan del género, pasando por alto su verdadero significado al mantenerlos fuera de la realidad de las plantas. Pero la transición de un sistema a otro fue fruto también del nuevo énfasis en la variabilidad; cambio que hizo inviable, memorísticamente hablando, el sistema de denominación de especies por frase diagnóstica, el cual fue reemplazado por la nomenclatura binomial linneana que liberó a la clasificación de su coimplicación con la identificación. Al no existir ninguna correspondencia entre nombre y objeto, se acabó con la idea de la existencia de un tipo o esencia externa, introdu-. ciéndose la variabilidad en el abstracto al que hacía referencia el nombre. Pensamiento que llevó a algunos naturalistas, como a Buffon, a afirmar que los únicos objetos con existencia real eran los individuos, mientras las especies, los géneros y, sobretodo, las categorías de orden superior eran meros productos del hombre. Desde el punto de vista metodológico, el cambio de pensamiento se reflejó en un desplazamiento desde los géneros, como unidades fundamentales de la clasificación, a las especies y, por último, a los individuos. La construcción de las clasificaciones tomaba ahora una dirección ascendente, en la que las especies y luego los géneros se construían por la comparación del mayor número de características presentes en cada uno de los componentes de la categoría taxonómica de rango interior. Esta comparación, como escribió Michel Adanson (1727-1806) en su obra Les Familles des plantes (1763-64), producía un gradiente de similitud o afinidad en el que la apariencia aberrante de ciertos caracteres podía ser compensada por la similitud del resto de los caracteres comunes, agrupando así a especies relacionadas que otros métodos artificiales, tajantes a este respecto, separarían. Los géneros y las demás categorías, conforme a la denominación de Alvargonzález, eran ahora "modulantes" y "anómalos". Modulantes porque su contenido era diferente dependiendo de las especies que los constituían y anómalos, porque: "no todos los caracteres que los conforman son considerados combinados de igual modo y en idénticas proporciones; hace falta compararlos, y ponderarlos de modo diferente en cada caso a la luz de los materiales''^^. Años más tarde, en 1962, Sneath'"^ denominaba a éste tipo de taxones politéticos, con lo que se definía a aquellos taxones en los cuales la posesión de un unico carácter no era condición necesaria ni suficiente para afirmarlo como miembro del taxón, pero en los que para reconocerse como tal se requería la coexistencia conjunta de muchos caracteres comunes. Lo más importante de esta nueva visión fue que supuso la apertura al estudio de la variabilidad, no sólo individual por el reconocimiento de los híbridos y monstruos, o temporal, por el de los fósiles, sino que posibilitó asimismo alcanzar un pensamiento poblacional, paso absolutamente necesario para llegar a la teoría de la evolución de las especies. A pesar de todo ello, el tránsito entre ambas metodologías y concepciones fue muy lento y confuso. Como indicó Stafleu, los resultados de los ensayos de clasificación de Linneo, Bernard de Jussieu y Adanson fueron muy similares porque, aunque partieron de planteamientos teóricos distintos, a la hora de su puesta en práctica se los saltaron cuando su uso no corroboraba lo que sus conocimientos botánicos demostraban^^. Por todo ello, la elección de uno u otro planteamiento estuvo más http://asclepio.revistas.csic.es influida por la difusión de método y por la facilidad de comprensión de éste por sus usuarios. Con respecto al método adansoniano, su primer difusor fue Antoine Laurent de Jussieu (1748-1836), quien lo expuso en su obra Genera plantanun (1789), aunque sin hacer referencia a su fuente original. En definitiva, expresó la misma metodología que Adanson a la hora de conformar las categorías taxonómicas de menor rango, es decir, para la especie y el género'^, pero para los rangos de familia y orden, volvió a justificar la elección de los caracteres divisorios por ser éstos los portadores de la esencia, apartándose de los principios adansonianos y recayendo en el mismo pecado que los sistemas artificiales. El recurso esencialista se mantuvo hasta mediados del siglo XIX, pero camuflado con razonamientos tales como la importancia que presentaba la función de tal estructura o por el papel que ésta jugaba en la conservación interna del organismo, idea con la que acabó Darwin (1859) al afirmar''que la importancia meramente fisiológica de un órgano no determina su valor clasificatorio"^^. Por otra parte, Adanson no fue nunca bien comprendido. Los botánicos Francisco Morona y Antonio José Cavanilles El tránsito del siglo XVIII al XIX en la historia de la botánica estuvo marcado, según Camarasa, por "la progressiva, adopció del mètode natural en la classificado dels vegetais i el gradual abando del sistema linnèa (bé que no de la nomenclature La adhesión al sistema linneano del siguiente director del Jardín, Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), aunque se debió a razones pragmáticas más que filosóficas, permitió el inventariado y explotación de los recursos naturales de las colonias espa-ñolas^^, al tiempo que daba a conocer los estudios botánicos hispanoamericanos gracias al nuevo lenguaje unificador que se estaba afianzando: la nomenclatura binomial y la estabilización de la sinonimia^^. En relación a la botánica hispana colonial, la expediciones patrocinadas por la Corona Española estuvieron siempre, de un modo u otro, bajo la supervisión de Gómez Ortega; ya fuese directamente, formando parte del Proyecto Ilustrado, como las de Perú y Chile (1778-1787) de Hipólito Ruiz y Joseph Pavón y la de Nueva España de Martín de Sessé y Mariano Mociño (1785-1810) o indirectamente como la de José Celestino Mutis a Nueva Granada (1783-1810) y la expedición a Filipinas de Juan de Cuéllar (1786-1801), botánico contratado por la Real Compañía de Filipinas. Quitando pequeñas desviaciones, todos los botánicos expedicionarios siguieron a pie juntillas las normas dictadas por Gómez Ortega^"^, a excepción de un naturalista sin vinculación conocida a institución científica alguna, Francisco Noroña (1748?-1788), que viajó por diversas islas del Océano Indico clasificando plantas de acuerdo 2-^ CAMARASA, J.M., (1983). Renovación sanitaria y utilidad comercial: Las expediciones botánicas en la España ilustrada. La introducción de la filosofía linneana en la Botánica española, actitud de Gómez Ortega (1741-1818). Difusión e institucionalización del sistema linneano en España y América. En: LAFUENTE, A., ELENA, A. & ORTEGA, M.L. Mundialización de la ciencia y cultura nacional. Actas del Congreso Internacional "Ciencia, descubrimiento y mundo colonial". 27 Gómez Ortega publicó una "Instrucción a que deberán arreglarse los sugetos destinados por S.M. para pasar a la América meridionar y un Suplemento a la misma que fueron luego recogidas por BARREIRO, A.J., (éd.), 1931 Relación del viaje hecho a los Reynos del Perú y Chile por los botánicos y dibuxantes...su autor Don Hipólito Ruiz. XLVIII-2-1996 15 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es a la metodología adansoniana, aunque sin olvidar hacer referencia al sistema linneano. Para Noroña era necesario huir de los sistemas axiomáticos, cuyo tratamiento matemático de la realidad posibilitaba la formulación a priori de su ordenación, razón por la que eligiría el método de Adanson como modelo de ordenación, rechazando el de Linneo:''Los systémas inducen a error, y causan mucha confusion..,.Si quisiéramos juzgar de la naturaleza de un hombre por el numero de dedos, ó uñas, un paxaro por el numero de plumas, y un árbol por el numero de capsulas seminales, no sería un disparate grande capaz de pervertir toda noción physica? Este es el sistema de Linneo''-'^. Otro rasgo característico del método natural fue el predominio de la descripción sobre la definición, puesto que en éste todos los caracteres tienen, en principio, el mismo valor clasificatorio. Fue por ello, por lo que Noroña elaboró normalmente descripciones extensas de las plantas recogidas, comenzando siempre por el porte, siguiendo por las hojas, las flores y la fructificación e incorporando datos ecológicos y usos medicinales. Por otro lado, la nomenclatura utilizada fue la binomial y en su mayoría correspondió al nombre dado por Linneo, con excepción de los casos en que existió un desacuerdo entre la identificación de Noroña y la previa. En uno de los manuscrito de Noroña, el numero 43, documento IX, que se conserva en la biblioteca del Muséum d'Histoire Naturelle de París, aparecen unas listas sistematizadas o Prodromus de las plantas recolectadas durante su estancia en Filipinas y Java, las cuales están ordenadas según las categorías definidas por el sistema sexual de Linneo, de forma que cada orden linneano se encuentra subdividido según las diferentes familias de Adanson y cada una de estas agrupa a sus correspondientes géneros y especies. AI final de este manuscrito, en un apartado titulado "Animadversiones Authoris",. se puede leer lo siguiente:''Ordo systematicus classium Linnoei bocce observatur Prodromo, ut hujus celeberrimi Botanici assecta, vel alii, numerum staminum et stygmatum statini sibi vindicare possint. Quaderno 4" de mi llegada à la Isla de Francia. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es gregem, nominibusvè alteris distinxiî, quia vel naturaliter alio sese habent more, vel eorutn nomina impropria visa sunf^^. Este párrafo demuestra que la utilización del sistema linneano por Noroña no fue más que una conveniencia para facilitar el uso de su catálogo y no supone una aceptación de su sistema, como parecían indicar las constantes críticas que en el diario se hacen de Linneo. Se trata, en este caso, de un naturalista muy particular, pues hasta el momento no se conoce ningún otro español que haya hecho uso del método de Adanson. La única excepción conocida, es la ordenación que aparece en el Genera Nova Madagascariensia (1806) de Dupetit-Thouars, páginas 27-29. En relación a Dupetit-Thouars hay que señalar que algunas de las plantas que contienen sus trabajos -concretamente, entre las que figuran en Genera Nova Madagascariensia, Mélanges de botanique et de Voyages, Voyage dans les isles Australes dAfrique-fueron en parte estudiadas haciendo uso de información perteneciente a Noroña. En la reimpresión de Genera Nova Madagascaria (1811) incluida en Mélanges de botanique, el francés nos refiere como tomó prestado todos los nombres que pudo de un sabio botánico español que le precedió en ese país y del que poseía un catálogo de las plantas que éste vio, pero en el que "// n 'y avoit que les noms de genres et les triviaux de Linné rapportés aus Familles d' Adanson et au système sexuel de Linné; mais ce qui rend ce travail très-précieux, ce sont les noms Madecasses ou du pays. Así, la ordenación de las plantas malgaches mostrada en Genera Nova Madagascariensia (1806) páginas 27-29 y en la reimpresión de 1811, bajo el epígrafe Dispositio Linnoeana, sistems hoec genera secundum Systema sexuale, corresponden exactamente a la forma de ordenación del español y quizás podría ser una parte del catálogo aparecido, especialmente cuando el resto de la obra se encuentra dispuesta según el nuevo sistema de Antoine Laurent de Jussieu. Además, entre los papeles de Noroña que se conservan en París, se guardan también algunas listas manuscritas de plantas cuya grafía pertenece a Dupetit-Thouars. En la citada reimpresión se incluye ^'^ "La ordenación sistemática de las clases que llevó a cabo Linneo, se guarda en el Prodromus de tal modo que un discípulo de éste celebérrimo botánico, o cualquier otro, pueda inmediatamente percatarse del número de estambres y estigmas en sus descripciones y trabajos. El autor [Noroña] quiso guardar siempre y cuidadosamente el orden de las familias naturales por ser muy natural y más seguro y, así, dividió todos los vegetales en grupos particulares. Estos grupos o familias los dividió en géneros, los géneros en especies y éstos, finalmente, en variedades, de suerte que se capte muy facilmente la afinidad, la semejanza, el aspecto y la desemejanza de todos ellos. Otros géneros establecidos por Linneo y dotados de nombres particulares, o los cambió, los redujo a otra familia, o les dio el nombre de otra, ya sea porque naturalmente los conoce con otro nombre, ya sea porque sus nombres les parecen impropios". Traducción del padre José María Artola. Por otra parte, a comienzos del siglo XIX se iniciaba una nueva época en la enseñanza de la botánica española bajo la dirección de Antonio José Cavanilles (1745-1804), botánico contrario a la postura utilitarista del siglo anterior y más inclinado a la botánica teórica, para quien las virtudes y usos económicos de las plantas no pertenecían directamente a la botánica. La lectura de su obra Descripción de las plantas (1802) nos muestra que el rechazo que sintió Cavanilles por los sistemas naturales se debió a que éste, por primera vez, hizo una distinción clara de la finalidad que había de perseguir un sistema, inclinándose por la identificación de especies y separando de ella el objetivo clasificatorio, que según él correspondería al ámbito de la fisiología vegetal. Pero, al mismo tiempo, en su teórica incluyó muchos de los aspectos ventajosos que se ganaron durante los años del cambio y que correspondían a los principios del método natural, estos eran: la comparación de múltiples caracteres, la negación de la esencialidad de los rasgos por justificaciones filosóficas o funcionales y el reconocimiento de táxones politéticos. De su parte, Cavanilles argumentaba su rechazo por los sistemas naturales, porque entendía que la finalidad de la botánica era: "conocer y distinguir las plantas por los órganos aptos para ello: solamente se busca facilidad y seguridad, sin que con esto se desprecien los conocimientos y luces que le suministra la Fisiologia vege-tar^^. A esta ciencia, la fisiología, le correspondía el estudio de las relaciones entre los seres vivos y de ella formaban parte los sistemas naturales. Sistemas que había que dejar a un lado en la botánica "hasta que en estos se llenen los vacíos que hoy vemos, se realice aquella fingida cadena sin interrupción de vegetales, y se lleve á su deseada perfección la obra empezada con tanto ardor, en beneficio de la ciencia"^^. Concluyendo que para la identificación de las especies era más útil el sistema artificial de Linneo, con las debidas reducciones de clases efectuadas por él, recomendándolo para su uso en la enseñaza^"^. ^' CAVANILLES, A.J., (1802). Descripción de las plantas que D.... demostró en las lecciones públicas de 1801, precedidas de los principales elementos de Botánica. Por Otra parte, aceptar el sistema de Linneo no conllevaba asumir las premisas que éste mantuvo. Cavanilles era hijo de su tiempo; por ello las categorías para él no eran más que meros artificios del hombre: "Nada de esto es n, atural, ni tienen estos universales otro ser que el que les da nuestro espíritu; porque la naturaleza solamente produce individuos''^^. Del mismo modo, negaba la esencialidad de determinados caracteres, tanto a nivel filosófico como funcional, dando un paso adelante en comparación con determinados botánicos de su época, que cambiaron las justificaciones esencialistas por las biológicas:''Parece aventurado el calificar de esencial el número de los cotiledones por exemplo, y negar la misma dignidad al de los estambres, porque ambos lo son del individuo: y si el de los estambres varía, también parece inconstante ó mal determinado el de los cotiledones (...) Formas esenciales son las peculiares y constantes en todas las especies de un género... Yo pienso que si estas, ó aun las accesorias como las aristas, alas, glándulas, vilanos, etc. ofrecen un carácter sobresaliente, deben reputarse suficientes para separar un género de otro"^^. Al mismo tiempo, reconoció el valor distinto que los mismos caracteres pueden presentar para la definición de categorías taxonómicas diferentes:''Hay partes de la fructificación que pueden ser carácter diferencial en una familia ú orden, sin que tengan el mismo valor en otra"^^. Su inclinación por los caracteres de la fructificación se debía al alto grado de constancia de éstos y, dentro de ellos, hizo la observación de que la inserción de las piezas era mucho más constante que su número y forma. Por esta razón modificó el sistema linneano reduciéndolo a catorce clases, fundadas en el número y grado de fusión de los estambres; dividió cada clase en órdenes según el número de estilos; cada orden en secciones según la semilla se encontrase libre o adherida y cada sección por las diferencias en los pericarpios y las formas constantes de la corola. De esta manera lo que construyó fue una clave de identificación efectiva, su único objetivo. Obviamente, Cavanilles era un gran conocedor del método natural; al fin y al cabo, había estudiado en la cuna del mismo, Francia, en donde la oposición al método linneanano era más intensa. Su rechazo para mí no es en absoluto llamativo-^^, ni creo realmente que tenga que ver con razones religiosas. A mi entender, el valenciano se decantó por motivos meramente pragmáticos por el sistema artificial de Linneo a la hora de enseñar botánica, pero cuando tuvo que trabajar como botánico, no mostró ningún embarazo al hacer referencia a las familias naturales a las que pertenecían?4 CAVANILLES, A.J.,(1802), p.CVI. Antonio José Cavanilles y la Historia Natural francesa: del Curso de Valmont de Bomara y la Critica del Método de A.L. de Jussieu. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es las plantas, puesto que tenía perfectamente integrado en su saber las bases del método natural. Todo ello creo que ha sido suficiente para demostrar que en este caso, como en muchos otros, el tránsito de un sistema a otro no fue algo definido con nitidez y que catalogar claramente a los autores del mismo, como pertenecientes a una u otra categoría, también suele resultar arriesgado.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII se emitieron las primeras teorías del origen e historia de la Tierra. La interpretación que consideraba al Diluvio como el factor geológico decisivo en el modelado de la superficie terrestre fue la más debatida hasta el surgimiento de los sistemas geológicos catastrofista y actualista en el siglo XIX. En la actualidad, continua abierta la polémica entre geólogos e historiadores de la ciencia sobre métodos y sistemas en la Historia de la Geología. habían descrito un sistema geológico con el que pretendían explicar el origen y el desarrollo histórico de la Tierra. Esta tradicional metodología histórico-crítica, característica de las ciencias geológicas, ha continuado durante las líltimas décadas, concretándose en una frecuente aparición de trabajos publicados, principalmente por historiadores de la ciencia y paleontólogos, en los que se ha discutido la validez metodológica del catastrofismo y del uniformismo, y que han abierto un debate de gran interés debido al nuevo marco catastrofista en el que se discute actualmente la interpretación del pasado de la Tierra. LAS IDEAS GEOLÓGICAS DE LOS AUTORES CLÁSICOS. Al plantearse en sus alusiones a los fósiles el problema de su procedencia, los filósofos griegos propusieron diferentes opiniones acerca de la historia de la Tierra. Jenófanes de Colofón (570-480 a. de C), por ejemplo, llegó a suponer la existencia de inundaciones periódicas de las tierras, que causaban la muerte de los hombres al hundirse los continentes en el mar, apareciendo posteriormente una nueva generación de organismos. Según Kindermann', esta explicación de Jenófanes estaba relacionada con una concepción catastrofista del mundo, según la cual, las fuerzas físicas habían operado en el pasado con mayor intensidad y energía que en el presente, lo que había provocado grandes cataclismos universales. Distinta iba a ser la postura de Aristóteles (384-322 a. de C), partidario de la eternidad del mundo. En su opinión, éste se desgastaba y reparaba en todo su conjunto, originándose cambios en la superficie terrestre entre los espacios ocupados por el mar y los continentes^. Los cambios tenían lugar cuando diluvios locales o grandes inundaciones causadas por lluvias torrenciales anegaban los continentes, al tiempo que el mar retrocedía de su antiguo lecho dejando regiones que quedaban en seco. De esta forma se mantenía el equilibrio entre tierra y agua. En una línea parecida fueron las concepciones actualistas de Estraton de Lampsaca (335-269 a. de C.) y Eratóstenes (276-196 a. de C), quienes atribuyeron las conchas marinas halladas en tierra a su deposición durante el lento retroceso del mar. Estos autores fueron criticados por Estrabón (64 a. de C-24 d. de C), quien, cercano a posturas catastrofistas, pensaba Se puede situar como mediados del siglo XVII la época en que se postularon las primeras propuestas que sirvieron de base a las posteriores "teorías" o sistemas de la Tierra. Partiendo de dos modelos, una explicación mecanicista del origen de la Tierra, emitida por Descartes, y una hipótesis diluvista de la historia del relieve terrestre, expuesta por el filólogo español J. A. González de Salas, que al no ser mutuamente excluyentes terminaron fundiéndose, se emitieron durante más de un siglo y medio diferentes "Teorías de la Tierra", comentadas y criticadas por sucesivos autores, quienes a su vez propusieron sus propios sistemas geológicos'^. La teoría de la Tierra de Descartes. La hipótesis heliocentrista sugerida por Nicolás Copérnico (1473-1543) a mediados del siglo XVI, cuya defensa habría de costar tan cara a Galileo, fue un factor decisivo para que desde los años cuarenta del siglo XVII se discutiera en la comunidad científica europea el problema del origen y la inestabilidad histórica de la corteza terrestre. Este interés por el pasado de la Tierra surgió cuando ésta, creada por Dios con el único fin de servir como morada al hombre según la Biblia, perdió su anterior posición privilegiada en el centro del universo, para ocupar un lugar más modesto entre los planetas, ya que este cambio provocó un reconocimiento de la importancia de la Tierra en cuanto escenario en el que se había desarrollado la historia del género humano. El primer autor del siglo XVII que centró sus especulaciones en los acontecimientos geológicos que habían tenido lugar en el pasado fue René Descartes (1596-1650).. La hipótesis de Descartes acerca del origen de la Tierra como un antiguo sol apagado, planteada al margen del relato de la creación del Génesis, sirvió como punto de varios siglos en la causa más socorrida para explicar los cambios geológicos y paleontológicos ocurridos en el pasado. Entre las diversos trabajos que tratan sobre la influencia del diluvio en la historia de la geología puede consultarse ALLEN, D.C. (1963), The Legend of Noah, University of Illinois Press, Urbana; GILLISPIE, C. H. (1951), Genesis and Geology, Cambridge, Harvard University Press y DEAN, R.D. (1985), "The Rise and Fall of the Deluge" Journal of Geological Education,33, "7 Sobre las teorías de la Tierra a partir del siglo XVII pueden consultarse ROGER, J. (1973), "La Théorie de la Terre au XVIUème siècle" Revue d'Histoire des Sciences, XXVI, pp. 23-48; GOHAU, G. (1990), Les sciences de la Terre au XVIf et XV11Í siècles, Paris, Albin Michel y ELLENBERGER, F. (1994), Histoire de la Géologie. Asclepio-Vol XLVIII-2-1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es partida a las posteriores discusiones sobre la geología histórica^. Sin embargo, es preciso decir que Descartes fue muy cauto al redactar su explicación mecanicista del origen de la Tierra, que entraba en contradicción con el creacionismo del Génesis. Consciente de los problemas que había tenido Galileo con la ortodoxia católica, desde el comienzo de su obra se apresuró a dejar claro que su interpretación de la Tierra como un antiguo sol extinto sólo la planteaba como una hipótesis^. En la cuarta parte de su tratado Principia Philosophiae (Paris, 1644)'°, Descartes expuso la que se considera la primera teoría de la Tierra''. Algunas de las cuestiones ^ Sobre la obra geológica de Descartes puede verse DAUBRÉE, A. (1880), "Descartes, l 'un des créateurs de la cosmologie et de la géologie", Journal des Savants, marzo,' ^ Ibidem, pp. 31 -37 "^ Hay edición española Los principios de la filosofía, Madrid, Reus, 1925. Otra edición reciente en Alianza Editorial. " Ibidem, pp. 281-284: Descartes expuso que la Tierra había sido un astro como el sol, compuesto de la misma materia aunque de menor tamaño. Más tarde, había abandonado su primitivo emplazamiento y se había precipitado hacia el sol, sufriendo un proceso de enfriamiento que no había afectado a su parte central, donde había subsistido una materia comparable a la solar. En su opinión, se podían diferenciar tres regiones en la Tierra. La primera era el núcleo central I, compuesto por una materia de igual naturaleza que la del sol. Alrededor de este núcleo I se disponía una segunda región M, ocupada por un cuerpo muy opaco y denso. En estas dos regiones internas de la Tierra I y M el hombre no había entrado nunca. Por último, se encontraba la tercera región A, en donde se originaban todos los cuerpos naturales que se podían encontrar en el exterior del planeta. Al precipitarse el astro que constituía la Tierra hacia el sol, las dos regiones internas I y M no habían sufrido cambios, pero sí lo había experimentado su región más externa A. En esta última se empezaron a formar distintos cuerpos, debido a la actividad de fenómenos físicos como la gravedad, la luz, el calor y el movimiento, lo que había dado origen a que el cuerpo A se dividiera en otros dos B y C. El primero era un cuerpo raro, fluido y transparente, mientras que el segundo era denso, oscuro y opaco. Entre los dos anteriores se había formado un tercer cuerpo, D, que al principio era tenue pero fue espesándose con el tiempo. Por encima de D se formó otro cuerpo, E, de constitución dura y, por tanto, distinta a las de B y D, que eran cuerpos fluidos. El amplio espacio entre D y E se llenó con partículas del cuerpo B, que atravesando los poros de E, formaron el cuerpo F. El cuerpo E, más pesado y denso que F, se suspendió entre este último y el D, constituyendo una especie de bóveda, en la que se fueron formando grietas cada vez más grandes, hasta que la bóveda ya no pudo sostenerse y cayó en pedazos por la fuerza de la gravedad sobre el cuerpo C. Algunos de los fragmentos cayeron de lado y quedaron apoyados unos contra otros. El cuerpo D, fluido y ligero, pasó a ocupar las cavidades inferiores dejadas por los fragmentos de E, las grietas y poros, elevándose por encima de los fragmentos más bajos. Descartes explicaba a continuación cómo se habían formado en la superficie terrestre los accidentes geográficos, como montes, llanuras y mares. Los cuerpos B y F, decía, estaban formados por aire; C, la corteza terrestre interna, era un cuerpo muy grueso; D estaba constituido por agua y, por último, E, era la superficie de la Tierra, compuesta de piedras, arcilla, arena y limo. Los mares se habían formado por el agua que había ascendido desde el cuerpo D entre los espacios de E. Los fragmentos que se encontraban suavemente inclinados y que no se hallaban cubiertos por las aguas, habían constituido las llanuras, Asdepio-yo\. XLVllI-2-1996 25 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tratadas por el filosofo francés en su interpretación mecanicista del origen de la Tierra influyeron posteriormente en teorías de la Tierra, cuyos autores introdujeron la idea de un hundimiento de la corteza terrestre, idea cuyas raíces se encontraban en la hipótesis cartesiana. El diluvio, fenómeno de alteración y cambio geológicos. Las raíces del diluvismo geológico del XVII se encuentran en una disertación^^ escrita a mediados de siglo por el español José Antonio González de Salas (1588-1651). Filólogo próximo al neoestoicismo^^, González de Salas fue el autor que atribuyó por primera vez al diluvio una acción decisiva en el modelado del relieve terrestre. En la traducción realizada por González de Salas del Compendio Geographico i Histórico de el Orbe Antiguo... (1644) de Pomponio Mela, criticaba la tesis de Esdras de que en el tercer día de la Creación las aguas, al retirarse, habían pasado a ocupar sólo la séptima parte del globo terrestre, dejando como tierra firme las otras seis partes del mundo. Esto se oponía, según Salas, al parecer de Aristóteles, quien, al desconocer la existencia del continente americano, mantenía que las aguas ocupaban diez veces más espacio que las tierras. Salas consideraba ridiculas las opiniones de ciertos "filósofos de Asiría" sobre la primitiva forma redonda y perfecta de la Tierra, que carecía de las desigualdades debidas a montes y valles, o la del obispo de Siria Moses Bar-Kepha (siglo X)' "^ en su obra De Paradiso, para quien el paraíso y la tierra habitada por el hombre se encontraban a un lado del océano, mientras que en el otro había extensos espacios de tierra deshabitada. Durante la catástrofe diluvial, el arca de Noé había surcado el océano hasta los montes de Armenia, situados en las tierras que se hallaban fuera de los límites del paraíso. González de Salas sostenía en su trabajo que, tras el diluvio, la Tierra emergida al retirarse las aguas era diferente de la que apareció en el tercer día de la Creación: "Que la Tierra toda, que, después de haberse retirado la inundación de el mar en el Diluvio, apareció descubierta, para que habitación hubiese de ser de el segundo Padre, i de su larga sucesión, que en ella aún permanece, no es la misma, sino otra diferente de aquella plaga de Tierra, que recogiéndose el mar, como se ha dicho, mientras que los más elevados originaron las montañas. Los trozos de fragmentos desprendidos al chocar éstos entre sí habían constituido las rocas costeras y las eminencias rocosas de las montañas.'2 GONZALEZ DE SALAS, J.A. ( 1650), De duplici viventium terra dissertatio paradoxica, Lugduni Batavorum.'^ Sobre J. A. González de Salas puede verse LOPEZ RUEDA, J. (1975), "Joseph Antonio González de Salas, un filólogo clásico amigo de Quevedo" en Tres grandes humanistas españoles, Madrid, pp. 37-62 y CAPEL, H. (1985), La física sagrada, Barcelona, Serbal, pp. 85-94.'4 CAPEL ( 1985), p. XLVllI-2-1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es quedó aparecida, i manifiesta en el día tercero de la Creación de el Universo, i que habitación fue de los hombres antes, hasta su ruina universal; porque también hubo de ser universal para la misma Tierra, quedando desde entonces cubierta de las aguas de el mar para siempre"'^. Concebía González de Salas una estructura geodinámica de la superficie terrestre en la que la alternancia entre tierra y agua había sido una constante a lo largo de la historia de la Tierra. Estos cambios geológicos eran mencionados por autores clásicos, como Estrabón, Plinio, Eratóstenes, Hiparco y Posidonio'^, citados por él. En este sentido, González de Salas pensaba que la emersión de América había tenido lugar debido a que la inundación y consiguiente desaparición de la Atlântida, isla mencionada en el Timeo de Platón, se había visto compensada por la aparición del continente americano''^. Las opiniones de González de Salas fueron rebatidas por el polígrafo José Pellicer de Ossau y Tovar'^, quien pensaba que tras el diluvio universal no se había dado una mutación general ni cambios entre continentes y océanos. En su Epistola cuyo argumento es la defensa de la Tierra única, carta que escribió a González de Salas en 1646, Pellicer mantenía que la única diferencia que había existido en la Tierra tras el diluvio era la manifestada hacia el año 350 por Ephrem, diácono de Edesa'^. Del mismo parecer, decía Pellicer, habían sido Moses Bar-Kepha y en general los Padres de las Iglesias griega y latina, "que no hablaron de mutación de tierra en agua ni de agua en tierra"^^. El testimonio de Ephrem, seguía Pellicer, había sido utilizado también por George Sincello, cronógrafo griego del siglo VIII y coadjutor del patriarca de Constantinopla, para acusar de erróneas las opiniones de Beroso el caldeo y Manethon el egipcio. Pellicer, casi un milenio después, utilizaba los mismos argumentos que Ephrem y Sincello, el cambio de región, para oponerse a la tesis del cambio en la distribución de tierras y aguas, propuesta por González de Salas, quien insistía, en que la primera Tierra, habitada por el hombre desde Adán hasta Noé, se' -' ^ GONZÁLEZ DE SALAS, J.A. (1644), "Dissertación de la Tierra descubierta i cubierta de las aguas" en POMPONIO MELA Compendio Geographico i Histórico de el Orbe antiguo..., Madrid (2" edición de 1780), pp. había convertido en mar debido a la catástrofe diluvial, mientras que lo que antes del diluvio había sido mar era en la actualidad la tierra habitada por el género humano desde que Noé desembarcara del arca-'. La versión de la disertación de González de Salas traducida al latín, De Duplici viventium terra dissertatio paradoxica (Leiden, 1650), tuvo gran repercusión en el extranjero, siendo refutada por autores que, al comentar la historia del Antiguo Testamento, sostuvieron que la disertación de Salas había inspirado la Theoria Sacra Telluris (1681) de Thomas Burnet, obra considerada la primera teoría diluvista de la Tierra22. La importancia dada por González de Salas al diluvio universal, fenómeno al que atribuyó el nuevo modelado de la superficie terrestre, cambiando el primitivo relieve surgido tras la Creación, abriría una vía, principalmente en la Europa protestante, que conduciría a la emisión de las diversas teorías diluvistas de la Tierra. Las teorías cosmogónicas diluvistas en Gran Bretaña. La casi totalidad de los autores del siglo XVII que se interesaron por la geogenia, buscaron una explicación al estado de la corteza terrestre en la Biblia, centrándose en los efectos geomorfológicos que habían podido ocasionar el diluvio universal, e incluso, como ocurrrió en el caso de los naturalistas británicos, postulando una teoría diluvista de la Tierra. La inundación universal bíblica cobró en Gran Bretaña desde finales del siglo XVII una importancia decisiva a la hora de explicar el relieve terrestre, dando lugar a la lectura de varias memorias sobre el tema en las Philosophical Transactions de la Royal Society de Londres^^. Estos autores anglosajones de finales del siglo XVII, desde diferentes puntos de vista, coincidieron en interpretar que la forma actual de la corteza de la Tierra era resultado de la acción del diluvio. La primera obra diluvista fue la de Thomas Burnet^^, pastor de la iglesia anglicana. Su idea básica era que la historia pasada y futura de la Tierra se podía describir como un ciclo compuesto por las diferentes fases por las que había pasado y debería pasar el globo terrestre: el caos, el paraíso, el diluvio, el estado actual, la conflagración por el fuego y el milenio. En una de tales fases, la Tierra se había visto inundada por el diluvio universal, cuyas aguas posteriormente se habían retirado, apareciendo la superficie terrestre tal como se encontraba en el presente. Burnet partía de que en la primera fase o estado, la Tierra había sido una esfera compuesta de una mezcla líquida de todos los elementos, los cuales se habían ido separando según su peso específico. Los elementos líquidos habían formado dos capas, una inferior de agua y otra superior de líquidos oleaginosos. Las partículas de polvo de la atmósfera se habían depositado en la capa superior aceitosa, constituyendo una corteza superior, esférica y regular, por encima del agua. Tal había sido el estado de la Tierra antes del diluvio. El calor solar y los vapores del agua subterránea agrietaron la corteza superior que se hundió en la capa de agua. El diluvio tuvo lugar debido a este hundimento, ya que al agrietarse y resquebrajarse la corteza terrestre, surgió violentamente del interior de la Tierra el agua del océano subterráneo que inundó toda la superficie. Posteriormente, el agua había vuelto a su sitio, mientras que los restos de la corteza superior, amontonados de forma irregular, formaron los actuales accidentes geográficos^^. El modelo de globo terráqueo descrito por Woodward establecía que la corteza terrestre se componía de capas horizontales, que accidentalmente se encontraban inclinadas en agunos puntos. La Tierra primitiva había sido enteramente disuelta por las aguas del diluvio, fenómeno que describía como un hundimiento de la corteza terrestre, y la materia que la componía se había precipitado en el inmenso reservorio interior de las aguas, al que Woodward denominaba gran abismo. Este abismo se comunicaba con los océanos a través de conductos interiores. El motor del sistema era el calor interno del globo. Whiston, por su parte, fue partidario de que el diluvio había sido provocado por un cometa. Whiston fue sucesor de Newton en la cátedra de Cambridge, pero su maestro se distanció de él cuando adoptó posturas radicales en cuestiones religio-sas^"^. La tesis que adoptó Whiston fue que en tiempos del diluvio había pasado cerca de la Tierra un cometa con una larga cola formada por vapores rarificados, los cuales se habían condesado, cayendo en forma de lluvias abundantes durante cuarenta días. Al mismo tiempo, el impacto oblicuo o la atracción del cometa había desplazado el eje de los polos, transformando la primitiva órbita circular en otra elíptica y provocando un aumento en la fuerza de las mareas, en particular las de las aguas subterráneas del océano interior, que surgieron e inundaron la superficie terrestre. El peso de las aguas originó el hundimiento de la corteza en distintos puntos, originándose así la inundación universal. Entre los miembros de la Royal Society que discutieron sobre las causas del diluvio se encontró el astrónomo Edmond Halley (1656?-1743)-^. Halley sugirió que el choque accidental de un cometa o de algún otro cuerpo celeste que pasó cerca de la Tierra, había dado lugar a un cambio repentino en los polos y el eje de la Tierra, de manera que el mar se retiró de aquellos lugares hacia los cuales los polos se aproximaron y cubrió las regiones de donde los polos se apartaron. El choque había obligado a las aguas a desplazarse repentinamente hacia el lugar del globo terrestre que recibió el impacto del cometa. La fuerza de este impacto había sido lo suficientemente grande como para hacer salir al océano de su lecho y desplazarlo sobre los conti-nentes^^. Por último, la respuesta al problema de la importancia del diluvio en el modelado del relieve terrestre que emitió Robert Hooke (1635-1703), conservador y posteriormente secretario de la Royal Society de Londres, se conoce a través de Halley-^^. Hooke imaginaba la Tierra como una especie de cascara oval que había sido comprimida hasta formar un esferoide alargado, lo cual provocó que salieran las aguas del abismo interior. A Halley le parecía que esta hipótesis no se basaba en las leyes de la naturaleza, por lo que pensaba que sólo podía sostenerse recurriendo al "dedo sobrenatural de Dios", quien había comprimido el globo terrestre y posteriormente lo había restituido a su antigua forma. Una interpretación del origen y formación de la corteza terrestre, que admitía la acción geológica del diluvio, fue propuesta a finales del siglo XVII por G. W. Leibniz. Las ideas geológicas expuestas por Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) han sido objeto de un análisis bastante detallado^'. En su interés por el estudio de la historia de la Tierra influyeron varios factores: la lectura de la obra del geólogo danés Niels Stensen o Nicolaus Steno (1638-1686), el encargo del duque Ernst-August en 1680 de que escribiera la historia de la casa de Hannover y del ducado de Brunswick y sus visitas a las minas de las montañas del Harz, entre 1680 y 1686. La convergencia de tantas circunstancias facilitó el que Leibniz pudiera exponer su hipótesis sobre el origen de la Tierra, en un resumen publicado en las Acta eniditorwn de Leipzig en 1693 con el título de Protogaea Auctore G,G.L?^. ^' Sobre las ideas geológicas de Leibniz puede consultarse PECAUT, C. (1951), "L 'oeuvre géologique de Leibniz", Revue Générale des Sciences, t. Una traducción inglesa fue publicada por OLDROYD, D.R. and HOWES, J.B. (1978), "The first published version of Leibniz 's Protogaea'\ J. Soc. "Estas ideas fueron inspiradas por una investigación sobre la naturaleza de las regiones situadas entre las montañas Hercinianas y el Océano. El autor [Leibniz se refiere a sí mismo en tercera persona] cree que el globo terrestre ha sufrido cambios mucho mayores de lo que se podría suponer. Primero, propone que la mayor parte de su materia ha sido producida por el fuego, particularmente en la separación general de la luz de las tinieblas descrita por Moisés. Y de ello debemos inferir -como algunos creen-que los cuerpos oscuros o planetas (entre los cuales consideran que debería incluirse la Tierra) se formaron a partir de [cuerpos] fijos o brillantes, es decir, estaban cubiertos de "puntos", como por escoria producto de una conflagración. El autor cree que la corteza era un tipo de vitrificación: y así la base de la Tierra es vidrio, cuyo fragmentos son las arenas; y más tarde se formaron los diferentes tipos de tierra por la mezcla de sales y la circulación de aguas y vapores. Más aun, el autor cree que el humor expulsado al aire por acción del fuego se enfrió posteriormente y se condensó formando una corteza, más o menos de la misma forma que los objetos calcinados atraen la humedad y así se formó la categoría de lixivia [lejía, una solución de carbonato potásico] o (empleando la expresión química) la categoría de oleum per deliquiuní [potasa licuada]. Y esto dio origen al mar, que está cargado de sal fijada por el lavado del empyrewna de la superficie terrestre; del mismo modo que el santo Moisés postulaba la separación de la luz y la oscuridad, es decir, la separación del principio activo del fuego de los demás elementos más pasivos. Luego, por la separación de los cuerpos pasivos, que variaría en función de su grado de resistencia, es decir, de los fluidos y de los sólidos, dividió las aguas de la tierra. Más aún, el autor piensa que el mar cubría en su momento una gran parte de la Tierra que ahora aparece al descubierto y que en un momento alcanzó las cumbres de las montañas; hasta que la corteza de la Tierra, hueca toda ella, se partió por su propio peso y por el de las aguas y posiblemente también por terremotos. Por esto se encuentran estratos inclinados rotos en las regiones montañosas, que suelen estar llenos de conchas, glossopetras y otros En su Essai de Theodicée (1710), Leibniz comentó el origen y la historia de la Tierra. Al referirse a la existencia de monstruos en la naturaleza y anomalías en el universo, exponía que lo único que se conocía del globo terrestre era su superficie, ya que apenas se había penetrado en su interior. En la corteza terrestre se podían apreciar las huellas de las grandes revoluciones que la habían afectado en el pasado. Insistía en su tesis de que la Tierra estuvo en algún momento del pasado en ignición y que las rocas que constituían la base de la corteza terrestre eran las escorias resultantes de una gran fusión. En su interior se encontraban metales y minerales parecidos a los que se podían extraer de los hornos de fundición. El mar, por su parte, era en su totalidad una especie de oleum per deliquimn. Tras el enfriamiento posterior al incendio, la humedad que el fuego había elevado al aire volvió a caer sobre la superficie terrestre, lavándola al tiempo que disolvía y arrastraba la sal que había quedado entre las cenizas, hasta llenar las cuencas de los océanos con agua salada. Tras el fuego, habían operado la tierra y al agua, que también habían contribuido a modelar la superficie terretre. Posteriormente, la corteza, formada por el enfriamiento y con grandes cavidades bajo ella, se había hundido, de manera que según algunos autores, como T. Burnet, vivíamos sobre las ruinas de un mundo anterior. Muchos diluvios e inundaciones habían dejado sus sedimentos y sus huellas indicaban que el mar había ocupado en el pasado lugares que hoy eran tierra firme. Tras cesar estos cataclismos, el globo terrestre había tomado la forma que tenía en el presente. Según Leibniz, el Génesis recogía estos grandes cambios geológicos, y así la separación de la luz y de las tinieblas indicaba la fusión causada por el fuego, mientras que la separación de lo húmedo y de lo seco señalaba los efectos de las inundaciones^^. restos dejados por el mar tras su retirada, atrapados en el fango, que enseguida se endureció. Y piensa que el mar que había cubierto previamente las montañas penetró luego por las grietas abiertas en el interior de los abismos y así una gran parte de la Tierra quedó al descubierto. Cree que otros fenómenos pueden atribuirse no sólo a un diluvio universal sino también a diversas y enormes inundaciones locales. Además, entre otros indicios del fuego no sólo ve la sal del mar, sino también las numerosas obras subterráneas de la naturaleza, que son análogas a los resultados de los experimentos llevados a cabo en los laboratorios químicos y que se han de atribuir a la fusión volcánica, sublimación, solución y precipitación. El autor considera que la sedimentación acuosa queda probada por los estratos que componen la Tierra y por las cosas contenidas en ella, las cuales fueron arrastradas por el mar o por la arena, así como por las formas de los cuerpos que han quedado congelados por algún tipo de cristalización. Dice que hace falta cautela para distinguir los efectos del fuego y del agua, porque en la naturaleza se producen casi los mismos efectos tanto por un proceso húmedo como por otro seco, y las cosas que se han producido por un enfriamiento tras la fusión o sublimación, han tomado sus formas del mismo modo que lo han hecho aquellas que han sido coaguladas tras una solución y precipitación." ^^ LEIBNIZ, G.W. (¿1928?), La Teodicea o Tratado sobre la libertad del hombre y el origen del mal, Madrid, M. Aguilar, pp. 293-294. El diluvio universal fue durante el siglo XVIII el punto de referencia geológico necesario para todos aquellos naturalistas interesados en explicar el pasado de la Tierra y de la vida sobre ella^"^. Con este fenómeno podían explicarse conjuntamente el modelado histórico del relieve terrestre y el registro de invertebrados marinos fósiles, pero también servía para resolver el problema del enterramiento de grandes mamíferos exóticos, en regiones climáticas muy diferentes de su habitat natural. Tal y como aparecía en el Génesis, el relato del diluvio universal exponía en síntesis que la Tierra había sido inundada por las aguas que procedían de las cataratas del cielo y de las fuentes del abismo. Al ser una exposición tan ambigua no es de extrañar que en torno al diluvio surgieran discrepancias en cuestiones relativas a su universalidad, salinidad etc., que dieron lugar a algunas polémicas-^-^, principalmente, aunque no sólo, entre teólogos estudiosos de la exegesis bíblica. En primer lugar se discutía si todos los peces, tanto de agua dulce como los marinos, habían sobrevivido. Esto era una consecuencia del debate sobre la salinidad de las aguas del diluvio, o dicho de otra manera, sobre la procedencia de las mismas. Si venían de las "fuentes del abismo" -el relato bíblico no aclaraba nada sobre donde se encontraban estas "fuentes" -o de lluvias intensas, el agua tenía que ser dulce, pero al caer en mares y océanos éstos se habrían desbordado y cubierto las tierras. Según esto, al mezclarse los dos tipos de agua, saladas y dulces, las aguas de la inundación tenían que haber sido saladas, aunque con menor proporción de sal que las marinas. Durante las primeras décadas del siglo XVIII, en Suiza y en algunos estados alemanes, la hipótesis diluvista de los fósiles fue la explicación más socorrida^^. El relevo de las teorías diluvistas de la Tierra, propuestas a finales del XVII por Burnet, Whiston y Woodward fue recogido en Suiza por los hermanos Scheuchzer y por L. Bourguet. ^'^ Un panorama histórico de la geología en el siglo XVIII puede encontrarse, además de las obras ya citadas, en: OLDROYD, D.R. ( 1979 Johannes Scheuchzer (1684-1738), en una memoria leída en la Academia de Ciencias de PanV^, expuso que Dios, tras el diluvio universal, queriendo que las aguas retornaran a los reservónos subterráneos, había quebrado y dislocado con su todopoderosa mano un gran número de lechos terrestres, dispuestos anteriormente de forma horizontal, y los había levantado sobre la superficie terrestre, formándose las montañas. Como éstas tenían un niícleo muy duro, Scheuchzer señalaba que Dios sólo había actuado en los lugares donde existían muchos sedimentos de piedra. De aquí que los países que como Suiza tenían muchas de estas capas fueran muy montañosos, en cambio otros como Flandes, Alemania, Hungría y Polonia, cuyo suelo sólo se componía de arenas y arcillas incluso a una gran profundidad, carecieran prácticamente de montañas. En una reunión posterior de la Academia, en 1710, Scheuchzer explicó el diluvio suponiendo que si Dios, en un momento dado, hubiera parado el movimiento giratorio de la Tierra sobre su eje, las aguas del mar hubieran inundado violentamente todos los continentes^^. Una idea de la importancia geológica del diluvio la puede dar el hecho de que el hallazgo de unos huesos supuestamente humanos en Oeningen llevó a considerar a Johann Jacob Scheuchzer (1672-1733)-^^, hermano del anterior, que eran los restos de una persona ahogada durante la inundación universal. Así se lo hizo saber al Secretario y posterior Presidente de la Royal Society de Londres, Hans Sloane, en una carta de finales de 1725, el hallazgo del esqueleto de un Homo diluvii testis, u hombre testigo del diluvio, que corroboraba la catástrofe diluvial"^^. El primer intento de clasificación de teorías de la Tierra. Contemporáneo de Scheuchzer fue Louis Bourguet (1678-1742)'^', autor de unas Lettres philosophiques (1729), en donde publicó su "Mémoire sur la théorie de la Terre""^". En esta memoria exponía que la elaboración de una teoría de la Tierra podía considerarse como una ciencia nueva, que deducía los fenómenos naturales y la formación del globo terrestre, a partir de los cambios ocurridos en el pasado y los que aún quedaban por llegar. Según Bourguet, todas las opiniones que se habían emitido sobre la teoría de la Tierra podían enmarcarse en tres hipótesis. La primera hacía referencia al hundimiento o caída -entendida ésta tanto en el sentido moral como en el físico-del antiguo mundo, es decir, la disolución de la primitiva tierra surgida en la creación. Había sido propuesta por Thomas Burnet (1681), aunque anteriormente ya había sido sugerida por Platón, de quien la había tomado Francesco Patrizi (1529-1597)'^-^. También José Antonio González de Salas había expuesto esta hipótesis, aunque, decía, con otra perspectiva. La segunda hipótesis planteaba que el mar había ocupado en el pasado las regiones que en la actualidad formaban los continentes, de donde se había retirado lentamente. Sus raíces se encontraban en los escritos de clásicos como Aristóteles, Estrabón. Jautos, Eratóstenes y Plutarco, y había sido propuesta por Leibniz (1693) y otros naturalistas"^"^. Una variante de esta segunda hipótesis, que tomaba algunos aspectos de la primera eran, según Bourguet, las teorías de Steno, Whiston, Halley, etc.'^-''. La tercera hipótesis, que consideraba la "disolución del primer mundo" en las aguas del diluvio universal, había sido propuesta por los diluvistas más radicales como Woodward, Scheuchzer y Joseph Monti (1682-1760), profesor en la Universidad de Bolonia. Esta clasificación sería publicada posteriormente por un compatriota de Bourguet, Elie Bertrand (1713-1797), quien en su Mémoires sur la structure intérieure de la Terre (Zurich, 1752) añadía entre los partidarios de la segunda hipótesis a Carl von Linné, B. de Maillet y Buffon. Esta memoria de Bretrand sería traducida al castellano a finales del siglo XVIII46. La critica a las teorías diluvistas. El gran numero de problemas que arrastraba cualquier explicación geológica diluvista provocaron que algunos autores terminaran remitiendo al carácter milagroso de la inundación, con lo cual pretendían zanjar definitivamente la cuestión, pero lo que hacían era complicarla aún más, ya que se entraba en un nuevo debate: si la catástrofe diluvial había sido o no un fenómeno natural. Esta polémica sobre el carácter milagroso o natural del diluvio estuvo muy ligada a la influencia que la ortodoxia religiosa ejerció sobre los naturalistas que discutieron esta interpretación. En general, se puede hablar de dos situaciones distintas, según que los autores pertenecieran al ámbito protestante o católico. Mientras que los primeros, como hemos visto en Gran Bretaña, Suiza o los estados protestantes alemanes, no tuvieron ningún reparo en buscar una explicación racional del relato bíblico, los católicos, al no poder efectuar una interpretación libre de las Escrituras, fueron por lo general más prudentes y tendieron a explicar el diluvio como un milagro. En favor del carácter natural del diluvio se aportaban los testimonios de los clásicos griegos y romanos, que citaban inundaciones locales, como los diluvios de Deucalion y Ogiges. Sin embargo, este mismo argumento se volvió en su contra, ya que algunos naturalistas describieron el diluvio como una de estas catástrofes regionales, al considerar que una inundación general de toda la Tierra era científicamente imposible. La integración en el debate sobre el diluvio de factores científicos, ideas filosóficas y creencias religiosos, dio lugar a que los naturalistas centroeuropeos interesados por la historia geológica de la Tierra expusieran el tema de forma muy compleja. Esto se puede comprobar en las obras de autores franceses, alemanes y suizos, en las que la aceptación explícita del diluvio universal no significaba que se admitiera su importancia geológica. El rechazo al diluvismo en Francia. A mediados del siglo XVIII hubo un rechazo, particularmente centrado en Francia, hacia las propuestas de los autores europeos partidarios de que el diluvio era el fenómeno que explicaba de forma más general, la presencia de conchas y de restos marinos en montañas y lugares alejados del mar. La crítica se centró principalmente en que los diluvistas forzaban de alguna manera el relato bíblico del diluvio universal, al utilizarlo para explicar fenómenos puramente físicos. Los autores críticos con el diluvismo sostenían que había que limitarse a una lectura textual del Génesis y no presuponer efectos, como el depósito de conchas marinas, que no se recogía en la exposición bíblica. En este grupo de autores contrarios a forzar el relato del diluvio para explicar la presencia tierra adentro de organismos marinos petrificados, coincidieron desde católicos ortodoxos, como el jesuíta Louis Bertrand Castel (1688-1757), hasta deístas como Voltaire (1694-1778), pasando por naturalistas que empleaban métodos cercanos al positivismo en el estudio de la naturaleza, como Buffon. Todos ellos aceptaban que el diluvio universal, tal como se recogía en las Escrituras, había inundado la Tierra, pero lo restringían a un suceso ocurrido por la voluntad expresa de Dios y, como tal, su explicación se encontraba fuera de los límites de la naturaleza. Sin embargo, algunos autores fueron un poco más lejos y se cuestionaron el mismo fenómeno del diluvio universal. Este fue el caso de Benoit de Maillet (1659-1738), quien encontraba problemas hidrográficos que impedían suponer una inundación natural de la Tierra. Pero la crítica al diluvismo geológico no fue exclusiva de los naturalistas y escritores franceses. Durante los años centrales del siglo XVIII filósofos alemanes, como Samuel Christian Hollmann (1696-1787) e Immanuel Kant (1724-1804), o clérigos ilustrados, como el suizo Johann Georg Sulzer (1720-1779), se interesaron por cuestiones, en principio no muy cercanas a sus áreas habituales de trabajo, como eran las del origen de los fósiles y los cambios acaecidos en la Tierra. Todos ellos coincidieron en señalar que no podía atribuirse al diluvio un papel determinante en la historia geológica terrestre. Georges Louis Ledere, conde de Buffon (1708-1778) dedico el segundo discurso de su primer tomo de la Histoire naturelle générale et particulière (Paris, 1749)' ^' ^ a describir la historia de la Tierra tal como él creía que se había desarrollado. Su modelo se basaba en que en los primeros tiempos, tras la Creación, el globo terrestre había sufrido unas revoluciones geológicas cuya intensidad no podían compararse con la de las alteraciones acaecidas en los últimos tres mil años. Pero esta invocación a lo que parecía una aceptación catastrofista del pasado geológico de la Tierra quedaba matizada cuando pasaba a explicar su tesis sobre la formación de la corteza terrestre. Decía que las materias que componían la superficie terrestre se habían solidificado por la acción de la gravedad y demás fuerzas físicas, que habían unido las partículas de tales materias. Esto le hacía pensar que la superficie terrestre debía de haber sido en un principio menos sólida de lo que era en el presente. Por tanto, las mismas causas que en la actualidad sólo producían alteraciones débiles o casi imperceptibles operando durante muchos siglos, en los primeros tiempos habrían ocasionado enormes revoluciones en muy pocos años. Por otra parte, decía Buffon, en tiempos del diluvio, la gravedad y demás fuerzas físicas ya habían actuado durante más de dieciséis siglos sobre la superficie terrestre, por lo que ésta habría alcanzado un grado de solidificación tal que no parecía posible que las aguas del cataclismo, en el poco tiempo que había durado la inundación universal, hubieran podido alterar profundamente el relieve de la Tierra"^^. Buffon sostenía que en el pasado las aguas habían cubierto la superficie terrestre, por lo que ésta había tenido que ser por algún tiempo fondo del mar. El hecho de que el mar no hubiera permanecido sobre las tierras se debía, según Buffon, por un lado, a un fenómeno de tipo actualista, como era su movimiento diario y continuo con el que ganaba terreno en unas costas y lo perdía en otras, y por otro, a catástrofes, como las grandes inundaciones periódicas, diluvios, hundimientos de vastas cavernas subterráneas y las grandes revoluciones generales padecidas por el relieve terrestre, que habían dado lugar a la retirada del mar de las tierras que anteriormente ocupaba. Al abordar las pruebas de su "teoría de la Tierra""^"^, Buffon comenzaba sugiriendo que nuestro planeta se habría formado a partir de un trozo desprendido del sol, al chocar con éste algún cometa. Para él esto era tan probable como la hipótesis de ^^• 7 En la edición original francesa citada en el texto el "Second Discours. Histoire et Théorie de la Terre" ocupa las páginas 65-112 del primer tomo. Para la redacción de esta páginas hemos utilizado la primera traducción española de José Clavijo y Fajardo Historia Natural, general y particular (Madrid, 1785), en la que la "Historia Teórica de la Tierra" ocupa las páginas 63-124. Leibniz de que todos los planetas eran antiguos soles. Coincidía con el filósofo alemán en su suposición de que la Tierra en algún momento estuvo en estado ñuido, pero encontraba errónea la propuesta de Leibniz porque no explicaba el estado presente de la Tierra y sólo se refería a su pasado. Éste, decía, era tan remoto y había tan pocas señales del mismo que podía decirse de él cuanto se quisiese. Posteriormente, dedicaba más de treinta páginas, en la primera edición española de su obra, a discutir los sistemas geológicos de Whiston, Burnet, Woodard, Bourguet, Leibniz, Scheuchzer, Steno... De todos ellos Buffon aceptaba los fenómenos catastróficos, como inundaciones, terremotos, hundimientos..., apelados por algunos autores para explicar las desigualdades de la superficie terrestre, pero sólo como causas secundarias que habían provocado ligeras alteraciones geológicas. Él sostenía que tales causas secundarias estaban subordinadas a la causa primera, que era el movimiento de flujo y reflujo y el movimiento del mar de oriente a occidente^^. Buffon aprovechaba para dejar clara su posición contraria al supuesto del diluvio como factor de alteración geológica mundial y responsable del depósito de conchas en los montes: "...debemos considerar el Diluvio Universal un medio sobrenatural de que se valió la Omnipotencia divina para castigar a los hombres, y no como efecto natural en que todo hubiese sucedido conforme a las leyes de la Física. El Diluvio Universal es, pues, un milagro en su causa y en sus efectos."'^' Como el diluvio era un hecho cierto, Buffon aceptaba que pudieran discutirse las consecuencias físicas ocasionadas por dicho fenómeno, pero había que insistir en su carácter milagroso. Y decía al respecto: "...es preciso empezar confesando que el Diluvio Universal no pudo obrarse por medios naturales, reconocerle por efecto inmediato de la voluntad del Todopoderoso, ceñirnos a no indagar de él sino solamente lo que los libros Sagrados nos enseñan, confesar al mismo tiempo que no nos es permitido saber más, y sobre todo que no mezclemos una mala Física con la pureza del Sagrado libro."-^^ En el Génesis, proseguía Buffon, no se decía que se formaran montes debido al diluvio, ni que las aguas estuviesen lo suficientemente agitadas para arrastrar conchas del fondo del mar y depositarlas y esparcirlas por la tierra, ni que el globo terrestre hubiera sufrido una disolución total. Buffon terminaba con la cuestión del diluvio diciendo que el Génesis se había limitado a exponer que este cataclismo había servido para destruir a los seres vivos, no hablando de ninguna alteración o cambio geológico de la Tierra. XLVIII-2-1996 39 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es El artículo "Deluge" (Diluvio) de L'Encyclopédie. Esta entrada recogía que tres eran los puntos problemáticos en la cuestión del diluvio: su extensión -si había sido o no universal-, su causa y sus efectos. El discurso sobre el diluvio fue el siguiente: Planteada la primera cuestión, si el diluvio había sido universal o no, Diderot comentaba que el hecho de haber sido necesaria una inmensa cantidad de agua para inundar a todo el globo terrestre había hecho suponer a varios autores que el diluvio había tenido que ser inevitablemente parcial. Sin embargo, el Génesis dejaba bien claro que el diluvio había sido universal. Además, de no haber sido universal, hubiera sido innecesario emplear cien años en construir el arca para encerrar a una pareja de animales de cada especie. Hubiera bastado con dirigirlos hacia los lugares que habían quedado sin inundar. Una prueba que alegaban los partidarios de la universalidad del diluvio era, según Boulanger, que la tradición de un diluvio se conservaba en todos los pueblos conocidos. Pero las pruebas físicas de tales diluvios locales, que para los diluvistas se hallaban en los ángulos y declives de todos los valles de la Tierra, para la mayoría de los naturalistas sólo probaban que los mares habían cubierto los continentes, sin que esto indicara una inundación pasajera. Para Boulanger, tampoco los organismos marinos que se encontraban en tierra adentro podían ser aportados como pruebas de los cambios geológicos ocasionados por un diluvio universal. Decía que se hallaban conchas rotas en las piedras que habían servido para construir las pirámides de Egipto y dada la inmensa antigüedad de éstas, era difícil explicar el fenómeno sin admitir la eternidad del mundo. Explicar la presencia de conchas en las pirámides por una causa y el hallazgo de los mismos cuerpos en distintos lugares por otra, resultaba ridículo. De todas formas, decía, en las cuestiones en las que estaba la fé de por medio no había necesidad de buscar una explicación a todo. Además, estas dos pruebas, según Boulanger, eran incompatibles. Si los valles continentales eran efectos de las torrenciales aguas diluviales, los organismos fósiles no podían haber sido depositados por tales torrentes, ya que se encontraban en las zonas continentales que carecían de huellas de la acción diluvial. Al abordar la segunda cuestión, la procedencia de las aguas diluviales, Diderot comentaba que autores como Steno, Burnet, Woodward y Scheuchzer habían propuestos distintos sistemas geológicos siguiendo la teoría de Descartes, quien basándose en principios mecánicos, había supuesto que en su origen el globo terrestre Boulanger discutía el problema del origen del diluvio, afirmando que la flexibilidad de las capas continuas de la Tierra era una de las principales causas del movimiento periódico que agitaba el agua de los mares en sus ensenadas. Era muy posible, decía, que la elasticidad de la bóveda terrestre, fuertemente perturbada por el diluvio, hubiera permitido que los mares se extendieran sobre los continentes, mientras que éstos eran impulsados hacia el centro de la Tierra y se sumergían bajo las aguas, en una alternancia semejante a las de las mareas, pero a una gran velocidad. De manera que el lecho de los mares tan pronto estaba en seco al inundar las aguas los continentes, como recobraba su estado natural al retirarse las aguas a su lecho original. El naturalista podía aceptar una operación de tales características y el teólogo no encontraría nada en ella contrario al texto del Génesis. Sólo habrían sido necesarias las aguas de nuestro globo terrestre sin que ningún hombre hubiera podido escaparse a tales mareas universales. La tercera y última cuestión que se discutía en el artículo de la Encyclopédie era la que hacía referencia a los efectos del diluvio: planteaba un problema, el del cómo había tenido lugar el paso de los animales desde el continente euroasiático al americano, que en el caso de los domésticos no entrañaba dificultad, pero sí en el de los animales salvajes. A menos que se quisiera suponer una nueva creación de especies en América, algo sin fundamento, había que pensar que los dos continentes habían estado cercanos o que habían existido entre ambos pasos de tierra. Una crítica al diluvio universal, parecida a la de la entrada Deluge de la Encyclopédie, puede encontrase en otro enciclopedista: el barón D'Holbach (1723'Holbach ( -1789)). D'Holbach no cuestionó la realidad y universalidad del diluvio, cuyo relato, decía, se hallaba detallado en el Génesis, pero sí el error de sus partidarios, cuando atribuían sólo a esta catástrofe la formación de las capas sedimentarias y el estado actual de la Tierra. Sostenía que las Escrituras se limitaban a señalar la vía milagrosa utilizada por Dios para castigar al género humano, sin especificar nada que pudiera limitar las opiniones de los naturalistas sobre los efectos físicos que el diluvio pudiera haber ocasionado sobre el relieve terrestre. El análisis y el debate de los sistemas geológicos a fines del siglo XVIII. Las últimas décadas del siglo XVIII en Europa Occidental se caracterizaron desde el punto de vista de la geología por la proliferación de obras que discutían la validez de anteriores propuestas sobre la historia de la Tierra y proponían nuevos sistemas geológicos. Por un lado, no desaparecieron los autores que seguían considerando a la catástrofe diluvial como un fenómeno clave para poder explicar muchas cuestiones geológicas y paleontológicas. Estos últimos, como Johann Friedrich Esper (1732-1781) y Pyotr Simon Pallas (1741-1811), plantearon en firme la posibilidad, sugerida por algún autor como Leibniz, de la extinción de especies, recurriendo para ello al diluvio como posible explicación de lo que consideraban anomalías paleontológicas, es decir, el hallazgo de mamíferos fósiles lejos de su habitat natural. Un análisis de los principales sistemas geológicos emitidos hasta finales del siglo XVIII fue realizado por Nicolas Desmarest (1725-1815) en el primer tomo de su Encyclopédie Métodique (1794) dedicado a la "Géographie Physique". En este trabajo Desmarest destacaba la importancia que había tenido el diluvio en el diseño de la mayoría de los autores que habían disertado sobre la historia de la Tierra. De todas formas, el sistema geológico diluvista no fue el único postulado a lo largo del siglo XVIII. El que realizó este estudio con más detenimiento fue Delamétherie, redactor del Journal de Physique y adjunto a la cátedra de Historia Natural en el Collège de France. Publicó entre otros numerosos trabajos una Théorie de la Terre (Paris, 1795, 3 vols., 2" ed. 1797, 5 vols.), en la que tras exponer su teoría de la Tierra -basada en que montañas, valles y llanuras se habían formado por cristalización en las aguas, para lo cual suponía disueltas en ellas todas las materias constituyentes de los continentes -, comentaba en un largo apartado titulado "Des différens systèmes sur la théorie de la Terre"-' ^^ más de veinte sistemas geológicos propuestos desde los egipcios, hindúes, epicúreos, etc., hasta los de sus contemporáneos. Su punto de partida era que todos los autores que se habían planteado explicar la formación de la Tierra habían coincidido en afirmar que en un período determinado del pasado todo el globo terráqueo había estado cubierto por las aguas, en cuyo seno se habían formado todas las capas terrestres que componían la actual superficie de la Tierra. Para algunos, el globo había estado en estado incandescente, ya fuera como un sol extinto o como una masa arrancada del sol por el choque de un cometa, etc., pero todos convenían que con posterioridad a este estado de incandescencia la superficie de la Tierra había sido modelada por las aguas^^. La mayor parte de las hipótesis partían de que en un principio la superficie terrestre había sido plana, o al menos con accidentes geográficos poco considerables. También se suponía en todos estos sistemas geológicos la existencia de cavernas interiores más o menos de gran tamaño. Disentían sin embargo sus autores, a la hora de explicar la formación o el modelado del relieve terrestre, es decir, cómo las aguas que habían sobrepasado las montañas más elevadas habían descendido hasta alcanzar su nivel actual. Las distintas interpretaciones recogidas por Delamétherie eran las siguientes: 1-La superficie terrestre, más o menos plana, había sido surcada por grandes corrientes, que habían excavado los valles. 2-Los valles se habían formado por hundimientos de terrenos. 3-Las montañas se habían levantado debido a fuerzas internas, por lo general volcánicas, y estas elevaciones habían originado los valles. 4-Inmensos maremotos, ocasionados por el levantamiento del suelo submarino, habían depositado los materiales constituyentes de las montañas. 5-Las montañas y los valles se habían formado en el seno de las aguas. La teoría geológica de Delamétherie fue criticada por el ingeniero de caminos Philippe Bertrand. Con anterioridad Bertrand, que daba gran importancia a la acción geológica del agua, ya había rebatido la teoría de la Tierra de Buffon en su trabajo Lettre a M. le comte Buffon, ou critique et nouvel essai sur la théorie générale de la terre (Besançon y Paris, 1780), y en sus Nouveaux principes de géologie (Paris, 1797, 2' éd. 1804) analizaba críticamente diferentes sistemas geológicos, especialmente el propuesto por Delamétherie. Los sistemas geológicos neptunista v plutonista-"^^. En el último cuarto del siglo XVIII surgieron dos teorías de la Tierra basadas en la importancia respectiva que el agua y el fuego -el calor interno terrestre-poseían en el modelado del globo terráqueo. La primera de ellas fue postulada por Abraham Gottlob Werner (1749-1817), profesor de Mineralogía en la Escuela de Minas de Freiberg (Sajonia), para quien todas las formaciones rocosas se habían ^ constituido en el seno de las aguas por sedimentación de los diferentes tipos. La labor del geólogo era reconocer en todos los lugares las "formaciones universales" o precipitados simultáneos de un disolvente u océano común primitivo, el fluido acuoso. Este sistema, al que se llamó neptunista, tuvo una gran aceptación en su época en Europa continental. Para Werner, las rocas de naturaleza cristalina, como el granito, habían sido las primeras que habían precipitado en el océano primigenio, formándose posteriormente las rocas sedimentarias. Según Hutton, tras la erosión, el transporte y el depósito de los materiales sedimentarios en el fondo del mar, el calor interno consolidaba los sedimentos y los elevaba hasta la superficie. Esta sucesión de ciclos geológicos llevaba implícita una idea de eternidad, que se desprendía en la conclusión de su memoria: "El resultado de nuestra investigación es, pues, que no hallamos ningún vestigio de un comienzo ni perspectiva de un final." El sistema de Hutton fue conocido como plutonismo debido a la gran importancia que desempeñaba en él la acción del calor interno terrestre. Otra lectura que se deducía de la teoría de Hutton era la idea de eternidad que se desprendía de su uniformítarísmo, algo que no fue bien aceptado entre sus contemporáneos por sus implicaciones de una inmensidad del tiempo geológico. En efecto, la "teoría de la Tierra" que había emitido el escocés Hutton presuponía, por tanto, primero, la existencia de un calor interno que consolidaba los estratos; segundo, la existencia de continuos ciclos geológicos y, en consecuencia, de una uniformidad en la actividad de los agentes físicos y tercero, la necesidad de atribuir a la Tierra una edad indefinida, rozando con la eternidad. Esta teoría tuvo grandes detractores entre los geólogos denominados por la terminología anglosajona "bíblicos", como el presidente de la Royal Irish Academy, Richard Kirwan (1733-1812), quien prácticamente acusó a Hutton de ateísmo. Kirwan, en su On the Primitive State of the Globe and its subsequent Catastrofe (1797), atribuía a la acción modeladora del diluvio el origen y forma de la superficie terrestre. Otro de los críticos de Hutton, el naturalista ginebrino Jean André De Luc (1727-1817)^^ basaba sus objeciones en que la eternidad del mundo que se desprendía del postulado no vestige of a beginning, no prospect of an end, manifestaba una posición contraria a la narración de Moisés de la historia de la Tierra. Según De Luc, el análisis de las formaciones geológicas terrestres hablaba en favor de la cronología del Génesis, aparte de proporcionar pruebas de la existencia de una antigua catástrofe que coincidía en el tiempo con el diluvio universal. La repercusión del debate sobre los sistemas geológicos en España. La controversia entre neptunistas y plutonistas sería recogida en España a comienzos del siglo XIX, en algunos artículos publicados en las Variedades de Ciencias, Literatura y Artes. El redactor encargado de los artículos de la sección de Geología de esta revista fue Juan Blasco Negrillo, quien en los ocho volúmenes que salieron de la revista, entre 1803 y 1805, seleccionó, tradujo y comentó diversos artículos de interés geológico. Uno de estos trabajos discutió sobre la validez de los diferentes sistemas geológicos-'^^. Blasco Negrillo comenzaba su artículo manteniendo las grandes dificultades que presentaba diseñar una teoría de la Tierra, que pudiera explicar tanto su formación como la de otros cuerpos planetarios. Porque tal teoría tenía que estar apoyada por hechos o, dicho de otra manera, tenía que ser el resultado de tales hechos, pero como éstos eran tan complicado de relacionar y la mayor parte eran desconocidos, hasta entonces había sido "más fácil imaginar un sistema, que presentar una teoría; y que todas las que se han dado con este nombre han sido hipotéticas, esto es, vagas y como meras probabilidades."^°. Recogía a continuación una división de interpretaciones emitidas sobre el modelado de la superficie terrestre y la formación de las montañas análoga a la realizada por Delamétherie: la de las excavación de los valles por las corrientes de las aguas, la de los hundimientos, la de la formación de montañas y valles por una fuerza interior, la del levantamiento de las montañas por el calor interno y la de la formación de valles y montañas en el seno de las aguas^'. En este último apartado incluía la teoría de la Tierra postulada por el propio Delamétherie, a la que criticaba que para poder explicar la cristalización de la Tierra, lo que implicaba la disolución de una cantidad enorme de materias, tenía que recurrir a un volumen de agua en el globo terráqueo veinticinco veces mayor que el actual^-. El origen de la Tierra, seguía diciendo Blasco Negrillo, también había sido motivo de opiniones muy diferentes: "un antiguo caos y atmósfera de un cometa"; "una masa fluida, compuesta de materias de todas las especies y de todas las figuras posibles"; "una infinidad de átomos que movidos de mil maneras, y después de muchas reuniones diferentes, se juntan al fin y se precipitan los más pesados"; "un sol compuesto del primer elemento puro (esto es el fuego o calórico) que se cubrió de manchas y otros cuerpos oscuros que forman su superficie"; "una parte del sol desprendi- da por el choque de un cometa"... Todo esto dejando un lado las opiniones más disparatadas, en las que se había mezclado ciencia y teología^-^. En sus conclusiones, Blasco Negrillo sostenía que la explicación a tantas interpretaciones se encontraba en que sus autores se habían limitado a dar gran importancia a un solo acontecimiento geológico, a partir del cual habían construido su sistema. Aunque intentaba manifestarse ecléctico en sus consideraciones, Blasco Negrillo no ocultaba su simpatía por la geognosia werneriana, disciplina cuyo desarrollo permitiría conocer la composición de las masas rocosas de la superficie y corteza terrestres, sus respectiva épocas de formación, la posición y estratificación de las montañas, etc.^"^. En su opinión, estaba claro, y en esto coincidían todos los geólogos, que la Tierra había estado alguna vez en el pasado cubierta por las aguas, que habían ocupado toda su superficie, "y que desde este diluvio, inundación o gran porción de agua que cubrió todos los continentes, el globo cambió de forma, tanto interna como externa."^-'' Junto a esta toma de posición neptunista, Blasco consideraba que para conocer la historia de la Tierra era necesario profundizar en el estudio de la mineralogía, recopilar datos, verificar los ya conocidos, rectificar los errores que se descubrieran y apartarse de cualquier sistema, escuela o partido, ya que para él sólo el conjunto global de todos los hechos presentados en la explicación de la configuración histórica de la Tierra, excavaciones naturales, hundimientos, incendio del globo..., podía haber causado las revoluciones que se apreciaban en la superficie terrestre^^. CATASTROFISMO, ACTUALISMO Y UNIFORMITARISMO EN EL SIGLO XIX. El desarrollo de la Geología durante la primera mitad del siglo XIX estuvo dominado por los debates entre catastrofistas y actualistas y uniformitarios. El catastrofismo, postulado de una forma coherente por el paleontólogo francés Georges Cuvier (1769-1832), decía en síntesis que del estudio del registro geológico se desprendía que en el transcurso de la historia de la Tierra habían tenido lugar súbitas catástrofes universales, que habían afectado a la superficie terrestre asolando todo a su paso y exterminando a los seres vivos existentes en ese momento. Posteriormente, después de cada catástrofe, la Tierra se había poblado con nuevos organismos, fuera por nuevas creaciones o por emigración desde otras áreas geográficas. La última de estas catástrofes, recogidas en las tradiciones de la mayoría de los pueblos, había sido el diluvio universal descrito en la Biblia. Cuvier, en su Discours sur les révolutions de la surface du globe (Paris, 1812), dedico un apartado a comentar los sistemas emitidos por sus antecesores en el estudio de la historia de la Tierra. En una primera división Cuvier clasificaba a los sistemas geológicos en antiguos y recientes. Entre los primeros incluía a aquellos sistemas descritos hasta mediados del siglo XVIII. Comenzaba diciendo que durante mucho tiempo sólo se habían admitido dos grandes acontecimientos o dos épocas de cambio geológico en el globo terráqueo: la creación y el diluvio. En ese período los esfuerzos de los naturalistas se habían dirigido a explicar el estado actual de la Tierra, partiendo de un determinado estado primitivo que se había visto modificado por el diluvio, imaginando cada uno a su manera la acción, las causas y los electos de esta inundación. Dentro de este marco geológico limitado por el Génesis, Cuvier consideraba a un primer grupo de autores en los que incluía a los primeros diluvistas: Burnet, Woodward, Whiston y Scheuchzer. Todos ellos habían coincidido en señalar a la inundación universal como el factor determinante en su teoría de la Tierra, aunque cada uno desarrolló su propio sistema^*^. Cuvier colocaba en un segundo grupo a Descartes y Leibniz, quienes habían considerado que la Tierra había sido un sol extinto, un globo vitrificado, sobre el que al enfriarse los vapores y formarse los mares se habían depositado los terrenos calizos. La teoría ultraneptunista de Benoit de Maillet, expuesta en su Telliamed (Amsterdam, 1748), según la cual el globo terráqueo durante miles de años había estado totalmente cubierto por las aguas, constituía otro de los sistemas geológicos antiguas considerado por Cuvier, quien recalcaba como Maillet sostenía que los animales terrestres habían sido primeramente marinos, incluso que el hombre había comenzado siendo un pez^^. El último de los sistemas antiguos comentado por Cuvier era la teoría de la Tierra de Buffon, de quien decía que se había limitado a desarrollar la propuesta por Leibniz. En un segundo apartado Cuvier incluía los sistemas modernos, que a su vez subdividia agrupando, por un lado, aquellos geólogos que le parecían haber ido muy lejos en sus propuestas y, por otro, a los que habían postulado sus ideas geológicas en el marco de las ciencias físico-químicas. Entre los ejemplos de sistemas geológicos más extremos, comenzaba señalando Cuvier que algunos autores habían propuesto sistemas que parecían influidos por las ideas de Maillet, ya que partían de un estado original líquido de la Tierra en el que se También había divergencia entre los sistemas geológicos propuestos por autores menos imaginativos que los anteriores. En este apartado Cuvier incluía las teorías de la Tierra expuestas por Delamétherie, Hutton, Robert de Paul, caballero de Lamanon (1752-1787)71, D. Dolomieu (1750-1801), MarschalF^y L. Bertrand^^ La crítica que realizaba Cuvier a todos estos sistemas se basaba en que no existía un enfoque global del problema en ninguno de ellos, sino que habían intentado resolver determinadas cuestiones dejando otras pendientes de respuestas. La teoría de la Tierra de Cuvier tampoco se escapó de la crítica. La traducción del título completo de este ^''^ Ibidem, p. XIX, 1782, pp. 173-194, Lamanon exponía un sistema geológico que recordaba a la hipótesis de los lagos colgantes de Sulzer. Decía que los continentes habían estado durante mucho tiempo inundados por una multitud de lagos, dispuestos en diferentes niveles, unos encima de otros, que se habían ido desecando sucesivamente, rompiendo sus diques, depositando sus capas conchíferas y desaguando en la cuenca oceanica. "^2 Cuvier cita el trabajo de Marschall Recíierches sur l 'origine et le développement de l' ordre actuel du Monde (Giessen, 1802), en el que su autor exponía que piedras estelares, como los meteoritos, al caer en la Tierra constituían las capas de ésta y que manifestaban en los despojos de los seres desconocidos que llevaban la impronta de su origen extraterrestre.'^^ El matemático Louis Bertrand fue autor de Renouvellements périodiques des continents terrestres (Hambourg, 1799, 2" éd., Geneve, 1803), obra en la que planteaba que la Tierra estaba hueca en su interior y en su centro existía un núcleo imantado que se movía de un polo a otro, arrastrando en este movimiento el centro de gravedad y la masa de los mares, que así inundaban alternativamente los dos hemisferios. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es libro es, poco más o menos, "Principios de Geología, que intentan explicar los cambios ocurridos en el pasado sobre la superficie de la Tierra, por referencias a las causas que actúan en el presente". Esta es la idea básica del actualismo: explicar todos los cambios que habían tenido lugar a lo largo de la historia de la Tierra por la acción de las mismas causas o fenómenos físicos y geológicos que actuaban en el presente. Además del actualismo geológico, Lyell sostuvo que en el pasado los fenómenos geológicos habían operado con la misma intensidad que lo hacían en el presente, es decir, no habían sido más enérgicos -no se habían dado ni diluvios ni catástrofes universales-, como postulaban los catastrofistas, y habían actuado al mismo ritmo lento y gradual que en la actualidad. De todo esto -causas o fenónemos geológicos del pasado y el presente de la misma naturaleza y actuando con la misma energía y al mismo ritmo lento-se deducía una especie de estado estacionario geológico, una historia de la Tierra uniforme y ahistórica, y de aquí el término de geología uniformitaria con la que se conoce al sistema geológico de LyelF"^. Asimismo, el ritmo de actuación lento presuponía una gran duración de los tiempos geológicos, que chocaba con los 6.000 años de antigüedad de la Tierra que se deducía de una lectura literal de la Biblia y que un estricto catastrofismo, por la rapidez de actuación de las causas cataclísmicas, podía asumir facilmente. En lo que sí coincidieron Cuvier y Lyell fue en hacer una crítica de los anteriores sistemas geológicos. La obra geológica del autor británico comenzaba con una serie de capítulos en los que revisaba los anteriores sistemas geológicos emitidos hasta el siglo XIX. Ambos sistemas, catastrofismo y actualismo, fueron a su vez revisados y comentados por otros autores contemporáneos, como Thomas Huxley (1825-1895) en 1869"^-^ e incluso fueron integrados a finales de siglo en una amplia síntesis geológica realizada por Eduard Suess. Suess, en su Das Antlitz der Erde (Praga, Viena, Leipzig, 3vols., 1883-1909), se interesó en primer lugar por los "movimientos actuales de la corteza exterior del globo", mostrando así que el método actualista estaba bien integrado en las ciencias de la Tierra avanzado ya el siglo XIX, pero tampoco excluyó de su estudio los movimientos bruscos y repentinos y así el primer fenómeno de la Naturaleza por el que se interesa Suess en su obra es el diluvio. Comentó que aparte del relato bíblico se conocían textos mesopotámicos relatando un suceso parecido. Suess pensaba que dichas relaciones hacían referencia a un violento ciclón acompañado de un terremoto que habría impulsado el agua del mar al valle Eufrates. En cualquier caso, para Suess el diluvio no fue un acontecimiento universal. Exponía cómo además de movimientos regulares y actuales también fenómenos excepcionales violentos y catastróficos contribuían a modelar la faz de la Tierra, estableciendo así las bases para diseñar una síntesis entre actualismo y catastrofismo. EL DEBATE ACTUAL SOBRE SISTEMAS Y MÉTODOS EN LA HISTORIA DE LA GEOLOGÍA Durante las últimas décadas, en parte por el interés que despertaron las tesis de Reijer Hooykaas y en parte, sobre todo últimamente, por el nuevo marco catastrofista en el que se interpreta la historia de la Tierra, surgido por las evidencias que sugieren pasados impactos de grandes meteoritos en la superficie terrestre, ha cobrado interés revisar las obras de geología más clásicas con el pretexto de que la historia de esta disciplina científica ha sido escrita recurriendo a una excesiva simplificación, pues históricamente se han asignado papeles de malos a neptunistas y catastrofistas y de buenos a plutonistas y uniformitarios. Los autores que cuestionan este tipo de historia de la geología, algunos desde el campo de la historia de la ciencia y otros desde el de la paleontología, sostienen que las cosas fueron mucho más complejas y hacen hincapié en los métodos empleados por unos y otros para la emisión de sus respectivos sistemas. En este último sentido, ha sido el historiador de la ciencia holandés R. Hooykaas quien inició esta línea de discusión, planteando la revisión del debate catastrofismoactualismo'^^. La tesis que propone Hooykaas es que debería sustituirse la división entre sistemas o teorías actualistas y catastrofistas por otras cuya base sea la utilización o no de un método actualista en la emisión de cada teoría. De esta forma, se pueden dar dos concepciones en el tratamiento de la historia de la Tierra, una actualista y otra no actualista. En opinión de Hooykaas, el debate entre catastrofismo y uniformitarismo, a pesar de revelarse como dos sistemas geológicos diferentes, es esencialmente una polémica sobre el método. El catastrofismo mantenía que la interpretación de los datos debía'' ^^ Pueden verse los trabajos HOOYKAAS, R. (1959), Natural Law and Divine Miracle: a historicalcritical Study of the Principle of Uniformity in Geology, Biology andTheology, Leiden, 1959 (2"" edición, Leiden, 1963; edición francesa Continuité et discontinuité en géologie et biologie. Seuil, 1970) e Ibidem (1970), "Catastrophism in geology, its scientific character in relation to actualism and uniformitarianism", Mededelingen der Koninkluke Nederlandse Akademie van Wetenschappen, Afd Letterkunde Nieuwe Reeks Deel 33, n° 7, pp. 271 -316. adaptarse a los hechos geológicos, mientras que el uniformitarismo postulado por Lyell tendía a interpretar los datos en conformidad con los supuestos de la inmutabilidad de naturaleza y grado de todas las causas geológicas. De aquí que la afirmación que la oposición entre catastrofismo y uniformitarismo se basa fundamentalmente en la utilización o no de causas naturales, aunque cierta en algunos casos, simplifica a juicio de Hooykaas excesivamente la cuestión, ya que no tiene en cuenta la polémica metodológica ni el hecho de que muchos uniformitarios utilizaron argumentos metafísicos y muchos catastrofistas no lo hicieron en absoluto"^"^. Por su parte, el paleontólogo norteamericano Stephen J. Gould ha hecho hincapié en que el uniformitarianismo es un concepto duaF^. En un primer sentido, uniformitarianismo sustantivo, es una teoría del cambio geológico que postula la uniformidad del ritmo o condiciones materiales y que surgió contra el sistema catastrofista, introduciendo la noción de cambio lento y acumulativo producido por procesos naturales operantes^^. En una segunda acepción, uniformitarianismo metodológico, es un principio o procedimiento científico basado en el carácter invariable de las leyes naturales, tanto en el tiempo como en el espacio, que deja a un lado cualquier explicación sobrenatural^^. Por último, el también paleontólogo norteamericano G.G. Simpson ha participado en el debate sobre el uniformitarianismo, para lo cual ha intentado definir todas las cuestiones en juego a fin de delimitar una situación tan compleja. En su opinión, las cuestiones que han surgido en las discusiones del uniformitarianismo se recogen en dos clases. A la primera clase pertenecen aquellas cuestiones que tienen que ver con las propiedades inherentes al universo, es decir, con las propiedades inmutables de la materia y de la energía, así como con los procesos y principios que emanan de aquéllas. En resumidas cuentas, con lo que es inmanente en el universo material. La segunda clase la forman aquellas cuestiones relacionadas con las configuraciones -entendiendo por configuración o contingencia el estado del universo o cualquier parte de él en un momento dado-que han surgido y surgen en la historia. En la primera clase Simpson incluye al actualismo de Hooykaas y al uniformitarianismo metodológico de Gould, cuestiones que considera equiparables, mientras que a la segunda clase, además del catastrofismo y el evolucionismo, pertenecen el 77 Cf. XLVIII-2-1996 5 ] (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es y de William 2' Ibidem, p. 22 Chistiano Schottano refutó a González de Salas en una carta de 1654 publicada en su Bibliotheca historiae veteris testamenti, 1662. 60 comenta que el teologo luterano Johann Franz Buddeo (1667-1729), profesor en Halle y Jena, en su Historia Eclesiástica veteris Testamenti
La taxonomía y la nomenclatura zoológicas han estado siempre sometidas a un considerable antropocentrismo. Desde Linneo, la mayoría de las clasificaciones colocan al hombre en un lugar preeminente y único entre los animales, quizá como herencia de la cultura griega ("El hombre es la medida de todas las cosas"). Este prejuicio ha conducido a veces hacia una interpretación etnocèntrica de la evolución y la paleontología humana. Entre todos los entes y objetos que han rodeado a los seres humanos desde sus orígenes, los organismos vivos probablemente han sido los que han despertado más interés, sin duda a causa, entre otras, de su dependencia respecto a su supervivencia (alimentación, vestido, defensa, materias primas, etc). Esta íntima relación con animales y plantas, junto a la innata propensión de los seres humanos por denominar, agrupar y clasificar los objetos que le rodean, ha conducido a las diferentes culturas a ordenar los seres vivos en categorías taxonómicas, en general teñidas de rasgos subjetivos (utilidad, semejanza a sí mismo, etc) y, por tanto, antropocêntricas. Probablemente antes de que el hombre actual {Homo sapiens sapiens) surgiera en algún lugar de África, sus antepasados ya debieron conocer y utilizar numerosos organismos vivos (animales y plantas) para su propio beneficio. Y aunque conocer no implica necesariamente clasificar y denominar, ciertamente es la antesala de una incipiente taxonomía. Sin especular con los conocimientos botánicos y zoológicos de nuestros antepasados homínidos más remotos, podemos situarnos en el estado biológico evolutivo presente, pero en los albores de nuestra especie, y plantear la relación que aquellas primeras poblaciones de seres humanos debieron mantener con su medio. Los seres humanos han llevado una vida de cazadores-recolectores la mayor parte de su existencia en la biosfera, desde su aparición, hace unos 100.000 años, hasta hace unos 10.000 años, cuando comienza a extenderse por el mundo una revolución cultural y demográfica de primera magnitud: la agricultura y la ganadería. Aunque marginales, todavía hoy quedan residuos de algunas culturas basadas en la recolección y la caza, en las que la agricultura apenas juega papel económico alguno; se trata de poblaciones humanas que habitan en regiones en las que las circunstancias ecológicas, demográficas, históricas, etc no han permitido o fomentado los cultivos o la cría de ganado; entre estas poblaciones (hoy en franca regresión) están algunos pigmeos de África central, ciertas poblaciones esquimales o algunas tribus de aborígenes australianos o neoguineanos. La arqueología, la arqueozoología y la etnobiología han permitido rescatar y difundir el particular conocimiento que algunos de estos pueblos de cazadoresrecolectores tienen o tuvieron acerca de los animales y plantas con los que han interactuado durante milenios. La revolución neolítica supuso una creciente independencia de los recursos que como caza, pesca o frutos silvestres, ofrecía la naturaleza. El hombre aprende y perfecciona las técnicas agrícolas y ganaderas, e incorpora a su acervo cultural clasificaciones diversas de animales y plantas, a menudo inñuidas por su utilidad o aprovechamiento y, a veces, con un carácter mágico o religioso. Así al menos inducen a pensar los restos de las más antiguas civilizaciones que han legado testimonios escritos, como los sumerios o los egipcios (III milenio a. de C). A pesar de la disparidad de culturas y de las enormes diferencias ecológicas entre unas poblaciones humanas y otras, los investigadores han podido establecer unos principios generales en las clasificaciones que de animales y plantas hacen pueblos muy diferentes y que me permito transcribir a continuación, en lo que se ha llamado taxonomía y nomenclatura etnobiológicas. Los principios generales de la taxonomía y nomenclatura etnobiológicas pueden resumirse en los siguientes*: I. CATEGORIZACION l.-En los sistemas de clasificación etnobiológicos, se da reconocimiento conceptual a una parte de la flora y la fauna existente. Esta parte comprende las especies biológicamente más llamativas del medio natural local. 2.-Los sistemas de clasificación etnobiológicos se basan en un principio en las afinidades que observan los humanos entre los propios taxones, con independencia del significado cultural potencial o real de estos taxones. 3.-Los sistemas de clasificación etnobiológicos se organizan conceptualmente en una ligera estructura jerárquica. 4.-Los taxones reconocidos quedan distribuidos en cuatro a seis categorías etnobiológicas mutuamente excluyentes, en las que los taxones comparten grados de variación interna similares, y están separados unos de otros por diferencias de tamaño comparable. Las seis categorías universales son: reino, forma vital, categoría intermedia, género, especie y variedad. 5.-A lo largo de los sistemas de clasificación etnobiológica, los taxones de cada categoría muestran unas marcadas semejanzas tanto en sus números relativos, como en sus rangos biológicos. 6.-Los taxones etnobiológicos de la categoría genérica o específica muestran una estructura interna en la que algunos miembros son considerados prototípicos del taxón, mientras que otros parecen menos típicos de dicha categoría. 7.-Una sustancial mayoría de taxones etnobiológicos se corresponden de cerca en contenido con taxones reconocidos independientemente por la botánica y la zoología occidentales, con el máximo grado de coincidencia en los taxones del nivel genérico. Con frecuencia los taxones de categoría intermedia corresponden a porciones de familias biológicas reconocidas. La menor correspondencia con taxones biológicos reconocidos se da en los taxones de las categorías subgenéricas y de forma vital. 1.-Los taxones de las categorías "Reino" e "Intermedia" no suelen denominarse. A veces se encuentran taxones de la categoria "forma vital" disimulados, cuyo nombre (cuando lo lleva) muestra relaciones polisémicas con taxones de categoría subordinada. 2.-Los nombres de las plantas y de los animales muestran una estructura léxica de uno o dos tipos léxicos universales, que pueden denominarse nombres primarios o secundarios de plantas y animales. Los nombres primarios son de tres tipos: simples, productivos y no productivos. Los nombres secundarios suelen especificar alguna característica de un taxón de rango superior y al que están referidos. 3.-Se puede observar una relación entre los nombres de los taxones y su categoría. Las categorías "forma vital" y "género" suelen ser nombres primarios; los taxones subgenéricos suelen llevar nombres secundarios. 4.-Hay dos condiciones bien conocidas bajo las que los taxones subgenéricos pueden llevar nombres primarios; la primera sucede cuando el nombre subgenérico prototípico es polisémico con el taxón de rango superior; la segunda sucede cuando el nombre subgenérico no prototípico se refiere a taxones subgenéricos de gran importancia cultural. 5.-Con frecuencia, la nomenclatura etnobiológica está relacionada con características morfológicas, ecológicas o de comportamiento, que no son arbitrarias. Un ejemplo curioso de este último aspecto de la nomenclatura etnobiológica, lo hallamos en las denominaciones de las mariposas en náhuatl. En la lengua azteca principal, el náhuatl, mariposa se dice papalotl, de donde ha pasado al español como papalote, vocablo que en Méjico y Cuba designa a las cometas (Silvio Rodríguez tiene una canción con ese nombre). Con papalón se formaban muchas palabras compuestas, para nombrar diferentes especies: Ixtacpapalotl, mariposa blanca (piérido), Matlalpapalotl, mariposa azul (género Morpho), Matlalpapaloton, mariposas azules pequeñas (licénidos), Tzonicanpapalotl, mariposa que se para de cabeza (géneros Myscelia, Prepona y Smyrna, que hacen justamente eso), Tzaluianpapalotl, mariposa pájaro (esfíngido), y muchas otras^. Sorprende el hecho, supongo que casual, de que la palabra que entre los aztecas significaba mariposa se parezca más al latín papilio, que la propia palabra española^. Con independencia de las clasificaciones típicamente "populares", la historia de la ciencia reconoce a Aristóteles (384-322 a. de C.) como el fundador de la taxonomía. La mayor parte de las clasificaciones de animales y plantas propuestas por la ciencia "oficial" hasta Linneo estaban basadas de cerca en las ideas aristotélicas. Aristóteles dividía los seres vivos (ij/uxaí) en animales (Côa) y vegetales {(^vxá). Los animales quedaban divididos en racionales (el hombre) e irracionales (el resto); éstos últimos eran separados en dos grupos: los provistos de sangre (èvaifia) y los que carecen de ella (avaifia). Los animales con sangre se dividían en cuadrúpedos vivíparos (que venían a ser los mamíferos), cuadrúpedos ovíparos (los reptiles y los anfibios), aves, peces y serpientes. Los animales exangües estaban divididos en moluscos (los cefalópodos solamente), testáceos (los gasterópodos, bivalvos y otros invertebrados con caparazón), insectos (los "éntoma", o artrópodos no crustáceos, además de los anélidos) y crustáceos. La clasificación aristotélica de los animales se mantuvo a lo largo de más de dos milenios de historia de la ciencia sin apenas cambios. Incluso en la obra de Ray (1627-1705) se advierte una marcada influencia aristotélica, a pesar de los avances que en anatomía y fisiología se habían logrado en el Renacimiento. El sistema aristotélico era congruente con la lógica conceptual platónica, en la clasificación de los animales desde las categorías de rango superior, hasta las especies particulares, que se incluían en géneros agrupados en función de aspectos ecológicos, más que anatómicos. Sin embargo Linneo (1707-1778) deja de lado los criterios ecológicos y utiliza principalmente los criterios anatómicos y fisiológicos en la clasificación de los animales. En la primera edición de su Systema Naturae (1735), los animales se dividen en Qiiadnipedia, Aves^ Amphibia, Pisces, ¡iisecta y Vermes. En la décima edición (1758), desaparecen los Quadrupedia, que son sustituidos por los Mammalia, y Linneo aplica la nomenclatura binomial a todas las especies animales conocidas, e incluye entre ellas al hombre. Veamos en síntesis la clasificación zoológica linneana"^: I. MAMMALIA Primates'.ììomhrc (Homo), monos (Simia), lémures (Lemur) y murciélagos (Vespertina). Bruta: Elefantes, manatíes, perezosos, pangolines, etc. Ferae: Focas, perros, lobos, hienas, zorros, osos, etc. Bestiae: Cerdos, armadillos, erizos, topos, musarañas, etc. En lo que concierne al motivo principal de este trabajo, hemos de resaltar que Linneo incluye al hombre en su sistema, en apariencia como un animal más. Eso sí, para dar preeminencia al grupo zoológico en el que lo sitúa, denomina al orden Primates, "los primeros". Con ser un avance respecto a las clasificaciones precedentes, no podemos afirmar que el sistema linneano suponga un drástico cambio en la concepción antropocêntrica de los animales, como era la norma en la ciencia de la época (y aun de los dos siglos siguientes), como queda de manifiesto, por ejemplo en Buffon (1707-1788) quien en su Histoire Naturelle (1749-1788) situa al hombre en Ia cúspide de la "escala de los seres", aunque destaca la enorme distancia entre los animales y el hombre. Un cambio sutil, aunque de gran alcance, se introduce en el panorama taxonómico con Lamarck (1744-1829), que incluye por primera vez al hombre en la "escala natural" y, aunque con igual preeminencia que sus predecesores Linneo y Buffon, lo considera el producto final de la evolución; la hipótesis que plantea Lamarck en Philosophie Zoologique (1809) sobre el proceso evolutivo humano es asombrosamente moderna: Para Lamarck, el hombre es la culminación del proceso evolutivo y "la más alta perfección que la naturaleza puede alcanzar", de tal modo que cuanto más se aproxime la organización animal al hombre, más perfecta será aquélla. En cuanto a la organización taxonómica general de los animales, Lamarck propone una clasificación algo más compleja que la de Linneo, pero también teñida de un curioso antropocentrismo. Los animales se dividen en tres grandes grupos, según su "grado de inteligencia": Apáticos, Sensibles e Inteligentes; los dos primeros los agrupa en los "Invertebrados" (término acuñado por el propio Lamarck) y el tercero corresponde a los "Vertebrados". Entre los Apáticos están los infusorios, los pólipos, los radiados y los gusanos; entre los Sensibles están los insectos, los arácnidos, los crustáceos, los anélidos, los cirrípedos y los moluscos. Los Inteligentes son los peces, los reptiles, las aves y los mamíferos^. Cuvier (1769-1832) propone en Nouveau rapprochement à établir entre les classes qui composent le règne animal (1812), una clasificación zoológica más completa, en función del tipo arquitectónico de los animales: Vertebrados, Articulados, Moluscos y Radiados. Dentro de los Vertebrados incluye los mamíferos, las aves, los reptiles y los peces. La clasificación de los mamíferos que ofrece Cuvier está expresada en forma de clave dicotòmica, aunque no por ello exenta de la habitual tendencia a la distinción particular del hombre. Dicha clasificación es la siguiente: I. Mamíferos provistos de cuatro miembros propios para la marcha. A IL Mamíferos provistos de dos miembros solamente, los anteriores, que están dispuestos en forma de remo: Cetáceos. Merece la pena señalar que Cuvier, fundador de la anatomía comparada, elaborara una clasificación tan artificiosa, en la que persiste la obstinación en separar a los seres humanos del resto de los mamíferos, incluso recurriendo a caracteres tan poco relevantes para una separación en órdenes, como la posición bípeda y la presencia de pulgares oponibles. Hubo incluso naturalistas que para resaltar las diferencias entre el hombre y el resto de mamíferos, separaron a aquél en una subclase distinta ¡e incluso un reino aparte!. En numerosas clasificaciones mastozoológicas del siglo XIX se conserva la separación ordinal del hombre y los simios, tal y como la plantea Cuvier, de modo que apenas se utiliza el nombre linneano de Primates. Homo satyrus, al chimpancé, H. troglodytes, y al gibón, //. lar, todos dentro del mismo género que los seres humanos]''. El taxón Bimana de Cuvier (aunque previamente propuesto por Blumenbach en 1791) aparece en numerosas clasificaciones, para separar al hombre en un orden diferente del resto de mamíferos, y en particular de los Primates de Linneo, a los que "^ GERVAIS, P. (1877). Paris, Librairie Hachette et Cie., 643 pp., cita en p. Por otra parte, el ambiente científico de la época en España está teñido de prejuicios racistas, como queda de manifiesto en este párrafo extraído del manual de zoología de Pérez Arcas, y referido a la descripción "biológica" de la raza negra: "La raza negra está caracterizada por el color de la tez negro ó negruzco, el cabello corto y rizado, de aspecto lanoso, la nariz chata, los labios gruesos, y el ángulo facial de 70° á 75° (fíg. Los individuos que componen esta raza, tienen la inteligencia menos desarrollada que las anteriores, y las sociedades que forman, se encuentran todavía muy atrasadas en el camino de la civilización"'-^. Sin embargo, la tendencia más claramente antropocêntrica respecto a la clasificación zoológica del hombre se quiebra a partir de Darwin, tanto por la publicación de El origen de las especies (1859), como (y sobre todo) por la de El origen del Hombre y la selección en relación al sexo (1871); en este último libro, Darwin enumera y describe las pruebas que a su juicio demuestran que el Hombre desciende de una forma inferior (en palabras del propio Darwin), compara las estructuras anatómicas y las facultades mentales del hombre y de los demás animales y destaca las afinidades de los seres humanos con el resto de los primates; en la segunda parte de este libro. Charles Darwin describe de modo prolijo los principios de la selección sexual a lo largo del reino animal y su importancia en la evolución de las especies, seres humanos incluidos. Esta segunda parte es tan meritoria en sus descripciones, como discutible (y aún errónea) en sus conclusiones, a la luz de la Biología de un siglo después. Tal y como señala Mayr, el darwinismo supuso la mayor de las revoluciones científicas; no se trataba simplemente de la sustitución de una teoría científica (la inmutabilidad de las especies) por otra, sino que además exigía un replanteamiento del concepto y del papel del hombre en el mundo; desde el punto de vista filosófico, la revolución darwiniana implicó la sustitución de un mundo estático por uno dinámico y cambiante, la refutación del creacionismo y de la teleología cósmica, la abo- lición del antropocentrismo absoluto al aplicar al hombre los principios evolutivos generales, y la explicación "heterodoxa" (desde el punto de vista de los dogmas cristianos) de la aparición y evolución de los seres vivos mediante procesos materialistas, entre otras trascendentes implicaciones'°. Que la obra de Darwin conmoviera el pensamiento biológico no significa que el antropocentrismo desapareciera de la zoología y aun de las teorías evolutivas. En unos casos por abierta oposición al darwinismo, y en otros por una interpretación sesgada de la teoría de la selección natural, el antropocentrismo biológico va aún a prosperar en ciertos sectores de las sociedades occidentales y, en algún momento, va a servir de pesado lastre para el progreso cultural de la humanidad, como ha ocurrido con el empeño en la enseñanza del creacionismo frente a las teorías evolutivas en los EE. UU. ("el juicio de Scopes" y otras controversias que relata Gould'' )y la interpretación acérrima del darwinismo social. Esta corriente de pensamiento, aparecida a finales del siglo pasado promovida por Herbert Spencer, sirvió de base para justificar el racismo y aun para proponer una llamada eugenètica humana, mediante técnicas éticamente intolerables de "zootecnia humana"'-. A veces el prejuicio étnico se ha disfrazado de taxonomía científica, para clasificar en taxones diferentes a los seres humanos en función, por supuesto, de las creencias y hábitos de índole cultural. El propio Darwin da un repaso al estado de esta cuestión en la época y expone tanto testimonios de naturalistas defensores de la heterogeneidad específica de los seres humanos, como de los defensores de la unicidad de la especie. El mismo se incluye entre estos últimos, aunque atribuye a las razas humanas un carácter subespecífico: "Pero, desde que obtuvo el rango de naturaleza humana, se ha separado, desviándose en distintas razas, o, como mejor pudiéramos llamarlas, subespécies"'^, si bien manifiesta explícitamente la dificultad de establecer límites entre ellas. Otros naturalistas no eran tan prudentes, y manifestaban abiertamente su aversión a ser incluidos en la misma especie que los negros, como Leo Dulbur, que rechazaba no sólo la hermandad específica con ellos, sino incluso el parentesco de primos'"^. El propio Graells, cuarenta años después de El origen de las especies, sigue sosteniendo un creacionismo rígido que, en el caso del hombre, le lleva a incluirlo en diferentes especies, tal y como las percibió Moisés: los blancos (cuyo padre fue Jafet), los negros (cuyo padre fue Cam) y los amarillos (cuyo padre fue Sem); en el caso de los habitantes de la península Ibérica, reconoce la mezcolanza de supuestas razas, cuya enumeración no me resisto a mencionar: Homo caucasiens, los blancos, a los que pertenecen los taxones (la verdad, de categoría imprecisa) Homo pelasgius (los griegos). Homo germanicus var. tentone (los godos) y Homo germanicus var. slavonicus (los gitanos); a estos últimos dedica extensas descripciones teñidas de prejuicios y de racismo: "En general, sin oficio conocido, son de costumbres con frecuencia depravadas, viviendo promiscuados entre sí y con las bestias que llevan á vender á las ferias. Muy diestros en la rapiña, la ejercen de modos variados, no con violencias, pero sí con engaños, unas veces vendiendo por buenos, burros remendados, ó merodeando de noche en los despoblados las haciendas poco vigiladas"'-'^. EL ANTROPOCENTRISMO EN LA PALEONTOLOGÍA HUMANA. Por fortuna, los descubrimientos paleontológicos y los avances de la biología humana han ido desentrañando algunos de los problemas referidos al origen del hombre y de las razas humanas, y desterrando algunos de los rasgos antropocêntricos que caracterizaron los albores de la Antropología física, si bien el camino recorrido en el último siglo no ha sido ni lineal, ni uniforme. Al margen de aspectos etnocéntricos que mencionaré después, el estudio de los orígenes de la humanidad, su evolución y su destino han estado con frecuencia teñidos de lo que Leakey y Lewin han llamado "el principio antròpico"'^. Wallace, proponente junto a Darwin de la teoria de la selección natural, consideraba que la mente humana tenía un sentido moral que excluía al hombre de la corriente evolutiva del resto de los primates, pues no podría si no entenderse la perfección de determinadas cualidades físicas; Wallace creía que la evolución humana era dirigida en una dirección y con una finalidad concretas. Paleoantropólogos como Robert Broom, a mediados de siglo, afirmaban que "parece como si buena parte de la evolución hubiera estado planificada y pensada para desembocar en el hombre, y en otros animales y plantas, para hacer del mundo un lugar ade-1'' GRAELLS, M.P. (1897) pp. 153-154, véase también las pp. 617-624.' ^' LEAKEY, R. y R. LEWIN (1994). Barcelona, Crítica, 300 pp. En este brevísimo repaso del antropocentrismo en el estudio sobre la evolución humana no podría faltar una mención a Teilhard de Chardin (1881Chardin ( -1950)). Deseoso de armonizar fe y ciencia, el padre Teilhard propone una visión evolucionista del cosmos, según la cual la vida habría surgido en nuestro planeta como una etapa más de la evolución cósmica: "La Vida no es una anomalía curiosa, floreciente esporádicamente sobre la Materia, sino que la Vida es exageración privilegiada de una propiedad cósmica universal; la Vida no es un epifenómeno, sino la esencia misma del Fenómeno"''"^. Según Teilhard, la evolución "arrastra" a los seres vivos desde su origen, a partir de un estado prebiótico, la trofosfera, hacia la biosfera y la aparición del hombre, quien, en una espiral evolutiva ascendente (la ortogénesis), alcanzará un nuevo estadio de rango superior, la noosfera, o esfera de la reflexión y la conciencia. Según el antropólogo jesuíta, a partir del Homo sapiens actual se desarrollará un ser ultrahumano, cercano al punto Omega, vecino inmediato de Dios^^. Vemos pues en el padre Teilhard un antropocentrismo sin límite, por el que toda la evolución, tanto cósmica, como biológica, tiene razón de ser en tanto culmina en el hombre ("la vida culmina en el hombre, como la energía culmina en la vida"). El hombre como culminación del proceso evolutivo ha sido un constante prejuicio de la ciencia y de la cultura occidental, expresado tanto en términos evolutivos explícitos, como en la posición que, junto a los demás primates, se le asigna en tratados de zoología y textos en general. Un buen ejemplo de lo primero, y en la mejor tradición teilhardiana, está en el libro de Crusafont, Melendez y Aguirre, La Evolución (1974), en el que puede leerse: "En la cumbre de la evolución de los Primates -que es la cumbre de tocia la Evoluciónencontramos los Catarrinos, los cuales, aparte de los Cercopitécidos, que abarcan los Simios caudatos, dan lugar, finalmente, a los Antropomorfos, que en la Sistemática agrupan a los Simios superiores y a los Homínidos"^". 17 LEAKEY, RyR.LEWlN, (1994) Aunque somero, cualquier repaso a tratados de zoología o a textos escolares de Ciencias Naturales, sean antiguos o modernos, nos ofrece un marcado sesgo antropocèntrico con respecto a la posición del grupo taxonómico humano (Primates, Bimanos e incluso la familia Homínidos) que o bien se sitúan los primeros (como ocurre en tratados antiguos como los de Gervais, 1877; Martínez Sáez, 1879; Graells, 1897), quizá como expresión de preeminencia, o bien los últimos (como ocurre en tratados más modernos, v. gr. D'Ancona, 1970; Hickman & AL., 1986)-' quizá como implícito reconocimiento de la aludida culminación. Tras superar, no sin traumas, la aceptación casi universal (en el pensamiento científico) de la realidad evolutiva, la Iglesia Católica acogió con cierto alivio la compatibilidad entre la concepción cristiana de la naturaleza humana y el origen biológico de la especie, tal y como iba desprendiéndose de los sucesivos y numerosos hallazgos científicos. Pero dicha compatibilidad está basada en una idea de progreso, de dirección y sentido hacia algo que cada vez más biólogos ponen en duda. Esta idea de progreso en la evolución orgánica ha sido un prejuicio constante en los textos científicos, al menos desde Lamarck. Los árboles filogenéticos de los primeros seguidores de Darwin (Haeckel y otros) comenzaron a diseñar y a acuñar lo que Gould llama "el cono de diversidad creciente"-, es decir, un árbol filogenético en el que, con el tiempo, las ramas se iban haciendo más numerosas y daban la sensación de que el momento presente es el de la mayor diversidad posible. Revisiones globales de faunas pretéritas ponen en duda este principio de la diversidad creciente y aun de la idea de progreso, como por ejemplo, la súbita aparición en el Cámbrico de decenas de tipos de organización diferentes. Esta nueva perspectiva, de modo indisoluble asociada al principio de contingencia, asesta un nuevo golpe a una concepción antropocêntrica del mundo biológico. ETNOCENTRISMO, TAXONOMÍA Y NOMENCLATURA. Decía al principio que clasificar no es tarea inocente, pues toda ordenación lleva implícito un criterio, una opinión. Pero más subjetiva aún es la labor de denominar los taxones, de buscar un nombre con el que designar las especies, los géneros y las familias. A partir del Systema Naturae de Linneo, edición de 1758, tanto la zoología como la botánica adquieren un patrón nomenclatural que va ser la pauta fundamental de la taxonomía y la nomenclatura hasta la fecha. Durante el siglo XIX los problemas de nomenclatura no se mostraron especialmente graves, a pesar del exponencial crecimiento de los taxones descritos; pero a medida que se iba engrosando la nómina de taxones, los naturalistas se encontraron con un maremágnum de nombres, sinónimos (dos nombres para el mismo taxón), homónimos (dos taxones con el mismo nombre) y otros problemas de nomenclatura sin una norma escrita concreta que ordenase la denominación científica de los seres vivos. Esa necesidad impulsó a los zoólogos a crear un cuerpo legislativo particular, que cuajó en el Congreso Internacional de Zoología, celebrado en Londres en 1958, que propuso el primer Código Internacional de Nomenclatura Zoológica, cuya primera edición se publicó en 1961. A partir de aquí, la nomenclatura zoológica ha entrado en una fase algo más ordenada, pero tampoco exenta de dificultades, habida cuenta del ingente número de taxones animales que hay descritos (sólo de especies se conocen más de un millón) y los aún más numerosos por describir (se habla de hasta treinta millones de especies). Pues bien, los nombres científicos de los animales comienzan por tener ya el sesgo cultural del latín. El código internacional de nomenclatura zoológica señala que los nombres de los taxones de las categorías que le conciernen han de ser palabras de origen latino o latinizadas, escritas en el alfabeto latino (con el añadido de la j, la k, la w y la y) y, en su caso, declinadas y concordadas al modo latino. Debo reconocer que este sesgo hacia la cultura latina es un notable avance y un gran beneficio para el mutuo entendimiento de los científicos. Que haya supuesto un excelente instrumento de comprensión internacional, no quita para que debamos señalar aquí el cierto "etnocentrismo" con el que la nomenclatura linneana ha impregnado la zoología. La cultura clásica greco-latina ha quedado inequívocamente unida a los nombres de los animales, y con ella los prejuicios, usos y costumbres de los primeros zoólogos postlinneanos, como sensata y humildemente reconoce J. Chester Bradley en el prólogo a la primera edición del Código Internacional de Nomenclatura Zoológica (1961): Como señala Alvarado, aparte de los nombres vulgares latinos que Linneo rescató para denominar a animales más o menos corrientes (Bos, para el buey; Canis, para el perro; Felis, para el gato; Equus, para el caballo; Papilio, para las mariposas), la rica tradición linneana extrajo de la mitología bellos nombres, a veces alegóricos, a veces no, que fueron aplicándose a animales desconocidos en la antigüedad, como el ctenóforo Beroe, nombre de una matrona troyana tomado de la Eneida, el crustáceo Paliminis, nombre del piloto de Eneas, o el lepidóptero Danaus, nombre de un nieto de Poseidón^"^. Otras veces se compusieron nombres con raíces y desinencias griegas o latinas que aludían a alguna característica particular del taxón denominado (en uso de la lícita subjetividad del taxónomo), como Mycetophagiis (literalmente: el que come hongos) para unos coleópteros que comen hongos, o loricíferos (literalmente: portador de loriga) para un tronco de invertebrados diminutos cubiertos de plaquitas, Ornithoteuthis (literalmente: calamar pájaro) para unos calamares, Chiropotes (literalmente: "el que bebe con la mano") para unos monos cébidos sudamericanos. Bien es cierto que el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica no excluye el uso de palabras extraídas de otras lenguas que el latín (ya hemos visto algunas raíces griegas); así son perfectamente utilizables palabras como opossum, que es de origen algonquino, Abudefduf, del árabe, o incluso combinaciones de letras a modo de juego, como los géneros de isópodos Cirolana, Lanocira, Rocinela, Nerocila, Anilocra y otros (la mujer del naturalista descriptor, W.E. Leach, se llamaba Carolina, obviamente). La elección de nombres para nuevos taxones a veces refleja una apreciable subjetividad, cuando no un prejuicio. El C.I.N.Z. establece un código de ética (Apéndice A) y unas recomendaciones (Apéndice D) que desaconsejan el uso de nombres malsonantes, ofensivos o que impliquen algún tipo de opinión política; sin embargo algunos zoólogos bordean estas recomendaciones y han introducido nombres como Marichisme, Pollychisme, Peggichisme, Dolychisine y Florichisme, que son géneros de chinches, y que pronunciados al modo inglés suenan como "Mary bésame" ("Mary, kiss me"), "Polly bésame", etc. En otras ocasiones el antropocentrismo en la nomenclatura no viene sólo del nombre elegido en sí, sino también del subjetivismo e incluso del mito al que alude el nombre. El lepidóptero esfíngido Acherontia átropos tiene en la parte dorsal del tórax un conjunto de manchas que se asemeja a una calavera (humana, por supuesto); a esto se une el sonido que es capaz de producir mediante la expulsión forzada de aire; todo ello ha forjado la creencia de que este insecto trae mal agüero. Según la mitología griega, Aqueronte era el nombre del río de los infiernos, cuyas aguas negras tenían que cruzar en la barca de Caronte todos los muertos; Átropos era una de las tres Parcas, encargadas de cortar el hilo que une al hombre con la vida. De subjetivo también podemos calificar el criterio de denominar a los taxones con términos geográficos (en general topónimos) alusivos a su área de distribución; como en otras ocasiones, la subjetividad es la antesala del prejuicio. Algunos ejemplos nos servirán para comprender esta circunstancia. La culebra bastarda Malpolon monspessulanus recibe el nombre específico en alusión a Montpellier, cuando su área de distribución incluye la mayor parte de la península Ibérica, costa mediterránea francesa, península Balcánica, área occidental del Caspio y también otras zonas de Asia occidental y del norte de África; ¡menos mal que sí que está en Montpellier!. La famosa falena Graellsia ¿sabelae, descrita por M.P. Graells en 1849, es un lepidóptero repartido por muchos pinares maduros ibéricos de la mitad oriental de la península; hasta 1922 no se descubrió también en Francia (en los Hautes-Alpes), en circunstancias aún hoy controvertidas-^: la población francesa se incluyó inmediatamente en un taxón subespecífico con el nombre Graellsia isabelae galliaegloria, es decir, la "Gloria de Francia". Otro lepidóptero lleva como nombre genérico el de una población de la provincia de Sevilla, Tomares, por decisión de un entomólogo francés llamado Rambur, que encontró la especie Tomares balliis (por otra parte descrita años antes por Fabricius) en dicha localidad sevillana; hoy se conoce en gran parte de la península Ibérica, sur de Francia y norte de África; después se incluyeron más especies en este género, T. mauretaníciis, del norte de África, T. nogelii, de Turquía, Armenia y del este de Europa, T. romanovi, de Armenia, T. calliinachus, de Asia Menor, T. fedíschenkoi, del Turkestan y Pamir, etc, que lógicamente llevan el nombre válido del pueblo sevillano, con el que desde luego nada tienen que ver. Ejemplos de esta "preeminencia toponímica" hay a cientos y suelen ofrecer el topónimo del vecino más poderoso: muchas especies ibéricas se llevan el nombre hispanicus (v. gr. Copris hispanicus, un coleóptero) y están igualmente en Portugal; algo parecido ocurre con gallicus, germanicus, etc; lo contrario también ocurre (lusitaniens para especies españolas, etc), pero es mucho menos frecuente. Otras veces el sesgo cultural procede de la ortografía aplicada a los nombres. Por la ya mencionada adopción del alfabeto latino, los nombres científicos de los animales han de estar escritos en estos caracteres, lo que excluye letras como la fí, por lo que el fonema correspondiente se ha de representar de otro modo; así la vicuña se llama Vicugna vicugna (a la francesa), o las especies dedicadas al ilustre entomólogo Francisco Español, quedan con el extraño nombre de espanoli. El hecho de que el naturalista aragonés Félix de Azara (1746-1821) no utilizara el latín en sus denominaciones y descripciones de la fauna del Paraguay ha impedido que los nombres por él dados a numerosos vertebrados se hayan perpetuado, cuando fue él el primer des-^^ Véase AGENJO, R. (1943) "Ensayo sobre la Graellsia isabelae (Graells), el lepidóptero más bello de Europa (Lep. "Graells y la Graellsia". Sin embargo, el etnocentrismo (que de otro modo podríamos llamar chovinismo) en la Biología no ha sido siempre tan inocente. En alguna ocasión, los naturalistas han asumido el impropio papel de propagandistas de las grandezas patrióticas con, y eso es lo más censurable, la pátina de imparcialidad que les proveía la Ciencia. Es el caso bien conocido del fraude de Piltdown. Hacia 1912, después de más de medio siglo de descubrimientos paleoantropológicos, ningún resto relevante había aparecido en las Islas Británicas; el 18 de diciembre de 1912, Charles Dawson y Arthur Smith Woodward presentaron en la Sociedad Geológica de Londres unos restos humanos hallados en una cantera de Piltdown; su aspecto era desconcertante, pues algunos fragmentos (la mandíbula inferior) eran claramente simiescos, mientras que el cráneo era muy semejante al de un humano actual. A pesar de la controversia desatada, los restos fueron en general aceptados como pertenecientes a un primitivo poblador de las Islas Británicas, al que se le denominó Eoanthropus dawsoni, "el hombre del amanecer de Dawson". Por fin el Imperio Británico podía aportar un subdito al origen de la Humanidad. Con el tiempo, los restos de Piltdown fueron quedando como una rara anomalía en el registro fósil; hasta que en 1953 Oakley, Weiner y Le Gros Clark descubrieron el fraude: el cráneo y la mandíbula habían sido teñidos a propósito, los dientes limados y los restos fósiles de mamíferos acompañantes, traídos de algún otro lugar; la mandíbula era de orangután. Este caso, debidamente detallado por Weiner^^, a la larga ha sido muy útil como punto de reflexión sobre los prejuicios de una sociedad que necesitaba encontrar una justificación científica a sus planteamientos sociopolíticos^"^. La historia de la biología nos enseña que, a pesar de los enormes avances del conocimiento científico, seguimos siendo herederos y deudores de la tradición antropocêntrica griega, lo que no es necesariamente perjudicial para el desarrollo científico, a menos que no lo asumamos y que permitamos que el prejuicio oculte o dirija nuestras investigaciones, descubrimientos o conclusiones. Aún hoy nos debatimos entre las dos posiciones extremas de un inquietante péndulo: extraer al hombre del mundo zoológico, como único integrante de un reino separado, los Psicozoos, o incluirle en la misma familia que los grandes simios afri-26 WEINER, J.S. (1955). Los defensores de la primera posición conceden una capital importancia a las cualidades que identificamos con la humanidad: la conciencia, los valores morales y el lenguaje, que nos separan de nuestros parientes primates; piensan que el hombre, en algún momento de su evolución, ha cruzado un umbral y dejado atrás un abismo que nos separa de las bestias. Esta nueva categoría taxonómica, el Psicozoo, propuesta por Julian Huxley, no difiere demasiado de la visión evolutiva de Teilhard de Chardin. Por el contrario, los datos procedentes de la biología molecular nos acercan cada vez más a los simios africanos, con los que compartimos más del 98% del ADN, coincidencia mayor de la que hay, por ejemplo, entre dos especies del género Equus, el caballo y la cebra; entre muchos biólogos hoy existe la opinión de que la separación evolutiva entre el hombre y el chimpancé sucedió hace unos 5 millones de años, mientras que el gorila se separó de la línea humana hace entre 8 y 10 millones de años. Pero, además de esta proximidad molecular, el linaje humano se acerca (si no se confunde) a los simios por los restos fósiles que han permitido reconstruir la cadena que nos une a los primates^^. La elección entre una posición y otra del péndulo es una cuestión metafísica, ya que la biología nos aleja del Psicozoo y nos acerca al simio. En cualquier caso, tanto si somos psicozoos, como si somos simios, no debemos ampararnos en nuestra singularidades y prejuicios, sean de especie, raza o cultura, para destruir, extinguir o someter a nuestros semejantes (animales, plantas u otros psicozoos), como expone Francesco Cavalli-Sforza en el prefacio al libro de su padre: "Zo we zo: en una lengua de África central, el sango, significa 'un hombre es un hombre'. Una persona es una persona, todo ser humano tiene la misma dignidad. Es una verdad tan antigua como nosotros mismos, ofuscada en estos años de violencia racial, genocidios, guerras económicas y religiosas y venganzas seculares que devastan los países llamados civilizados "2'^ AGRADECIMIENTO. Debo expresar mi agradecimiento a los colegas que de algún modo han colaborado en este trabajo, en particular a Emilio Crespo, cuyos consejos, opiniones y correcciones han evitado que los aspectos de este trabajo que aluden a la cultura clásica greco-latina no hayan sido un completo desastre; y a Elena Escudero, Ángel Luque, Javier de Miguel y Adolfo Aguilar por sus saludables críticas. Y a Jorge, Pablo y Julia, porque a veces me han dejado escribir el artículo. Historia de la diversidad humana. Barcelona, Crítica, 309 pp. cita en p. XLVIIl-2-1996 7] (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es
En el presente trabajo se analizan las propuestas metodológicas de dos médicos alemanes de la primera mitad del siglo XIX, tradicionalmente vinculados a la llamada "Escuela historiconatural". Se intenta, especialmente, evaluar la importancia concedida por cada uno de ellos al "método historiconatural" aplicado a la clasificación de las enfermedades, tomando en consideración que ambos defienden una concepción ontologista o "parasitaria" de las mismas. El estudio muestra que este empeño responde al desafío, planteado por los seguidores de la Naturphilosopiiie de Schelling, de convertir a la medicina en una ciencia natural, así como que este empeño estaba abocado al fracaso a causa de la contradicción existente entre la utilización del método clasificatorio, propio de la Historia Natural dieciochesca, y la necesidad de una fundamentación fisiológica de la nosología, más acorde con la naciente Biología, que disminuirá grandemente la solidez epistemológica del concepto de especie morbosa. Este mismo desequilibrio se pondrá de manifiesto, en el aspecto más propiamente médico, en las dudas a la hora de conceder prioridad epistemológica a la fisiología o a la clínica. La llamada "escuela historiconatural" -naturhistorische Schule-no es bien conocida entre nosotros. Pocos historiadores de la medicina españoles se han ocupado de ella. Por su parte, la historiografía médica extranjera tampoco le ha dedicado una atención exhaustiva. Este menguado interés resulta comprensible teniendo en cuenta que, excepción hecha de Schonlein, los miembros de la sedicente "escuela historiconatural" no desempeñaron un papel relevante en el devenir de la medicina como ciencia. Sin embargo, como explicaré en breve, la mera existencia de este movimiento plantea problemas muy excitantes al historiador de la medicina. Antes de llegar a ello, intentaré dar una perspectiva de la situación de la investigación en este campo. Vengamos a la bibliografía en castellano: de la naturhistorische Schule se ocupan, en primer término, las obras enciclopédicas de Lain Entralgo. Dada la época en que fueron escritas -La historia clínica en 1950, 7" ed. 1961 y la Historia de la medicina moderna y contemporánea en 1954, T" ed. 1963-, así como el ya citado carácter enciclopédico de ambas obras, la información al respecto es escasa y derivada de la que podía suministrar la historiografía alemana anterior a esos años. El extenso y documentado trabajo de López Pinero sobre los sistemas nosológicos publicado en Asclepio en 1961' alcanza mayor precisión en algunos puntos, aunque la atención prestada a los autores de la naturhistorische Schule es forzosamente limitada y se apoya, igualmente, en la bibliografía disponible en ese momento que, por ejemplo, para el caso de Schonlein, contempla solamente los escritos apócrifos-. En lo anterior no debe verse menosprecio alguno, y aún menos afán de resaltar la propia originalidad sobre el fondo de la crítica a los maestros-^. No hay que olvidar que ni tan siquiera en la época de su florecimiento la escuela ostentaba unos rasgos perfectamente definidos, lo que ha complicado bastante la tarea de los mismos historiadores alemanes. El grupo de médicos que se da a sí mismo, o acepta por bueno, el nombre de "escuela historiconatural" dista de ser homogéneo, de manera que es aquí.' "Los sistemas nosológicos del siglo XVIH". -Las dos obras citadas en la bibliografía (la edición de 1839 de la Allgemeine und spezielle Pathologie und Thérapie y los Klinische Vortrcige in clem Charité Krankenhaiis zu Berlin) fueron redactadas y publicadas por algunos de sus oyentes. La Patología, en concreto, fue desautorizada por el propio Schonlein, aunque cabe preguntarse si el motivo fundamental fue el económico. ^ Conviene, a este respecto, señalar que un libro mucho más reciente, dedicado, además, exclusivamente a la medicina clínica, consigue introducir una suma de errores groseros y simplificaciones intolerables muy superior en cantidad y calidad a cuanto pueda encontrarse en toda la bibliografía precedente, ¡y solamente en trece líneas!. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es precisamente, donde radica el primer problema historiográfico, que desde luego no ha escapado a los más sutiles analistas de este movimiento: en saber si puede hablarse con propiedad de una "escuela", por existir unos supuestos fundamentales compartidos por todos los autores a los que se considera -o que se consideran a sí mismos-miembros de este grupo. Un trabajo, bastante reciente, de J. Bleker^, suministra las respuestas más atinadas a esta pregunta, de modo que, en mi opinión, constituye el punto de partida de cualquier investigación actual sobre la Naturhistorische Schiile. Frecuentemente se ha atribuido a los miembros de esta escuela el sostenimiento, en lo conceptual, de una teoría ontologista acerca de la enfermedad, así como, en lo metodológico, el retorno a una medicina basada en la observación y la clasificación. Hay que decir que ni Lain ni López Pinero han sostenido este punto de vista, introduciendo en su apreciación matices más sutiles y realistas. J. Bleker considera, en síntesis, que la Parasitenlehre -la doctrina que considera toda enfermedad como un parásito, es decir, una modalidad del ontologismo nosologico-, no fue aceptada por la totalidad de los médicos que se adscriben a este movimiento, en particular por J.L. Schonlein, a quien sus propios contemporáneos consideran el fundador de la escue-la^. Por el contrario, el método historiconatural, basado en la observación y en la clasificación, parece haber sido, de hecho, compartido por todos, ontologistas y no ontologistas, aunque, a juicio de esta autora, tampoco debe considerarse como el supuesto fundamental de la "Escuela historiconatural"^, pese a lo que podría indicar su nombre. El trabajo de Bleker pretende, ante todo, poner de relieve las diversidades internas de esta presunta "escuela", así como -tal como indica el subtítulo de su libro-subrayar las aportaciones de alguno de sus miembros, muy en primer término Schonlein, a la medicina clínica alemana y mundial. Mi pretensión, desde esta perspectiva, no es otra que la de comprender el papel epistemológico concedido a las clasificaciones morbosas por unos médicos que, en gran medida -lo adelanto-, son herederos directos de aquellos que negaron la utilidad de las mismas para hacer de la medicina una ciencia. Para ello debo volver a lo que fue hasta hace poco el punto de partida para un historiador de la medicina 4 BLEKER, J. (1981). Veinticuatro horas antes de celebrarse las jornadas a las que presenté este trabajo tuve noticia, a través de una recensión, de la existencia de un libro cuya tercera parte estudia el papel de la Naturhistorische Schule -al parecer sensu stricto (Schonlein, Fuchs, Cannstat y Siebert)-en el desarrollo del método clínico en Alemania. Medical History, 39 (4) español: la idea de que muchos de estos autores, en especial Schõnlein, propiciaron, en tanto que "generación intermedia", el tránsito de la Naturphilosophie a la Naíurwissenschaft en la medicina. La propia idea de "generación intermedia" orienta, aunque involuntariamente, al investigador en un sentido supuestamente "progresivo", que hace pensar más en el destino que en la procedencia. Y, a mi juicio, no puede comprenderse la mera existencia de una "escuela historiconatural" -tan confusa como se quiera-si se pierde de vista la consideración retrospectiva'^. IL INTEMPESTIVIDAD DE LAS NOSOLOGÍAS. Como acabo de adelantar, los médicos de cuya obra voy a ocuparme suceden a una generación que asumió como tarea fundamental la conversión de la medicina en ciencia, rechazando, para ello, opciones propias de la medicina del siglo XVIIL Como signo de ese pasado reciente pueden verse las siguientes líneas, en las que un médico del período romántico declara su talante rupturista: Hasta ahora no existe un sistema de la Medicina que responda con propiedad a este nombre, es decir, una obra en la cual las leyes generales de la vida sean deducidas de ios principios fundamentales de la misma, comprobadas en la enfermedad y en sus manifestaciones individuales, y mediante el cual puedan ser ordenadas y estudiadas las enfermedades individuales. Los escritos que, en tiempos anteriores, aparecieron bajo este título eran recopilaciones de lo semejante sin un principio interno^. Con esta declaración, el médico D. G. Kieser (1779-1862) -a quien, en este como en otros aspectos, cabe considerar como portavoz del amplio movimiento de renovación promovido por la Naturphilosophie de Schelling^-se despega de la ^ A este respecto hay que señalar el acierto de uno de los pocos estudios clásicos sobre la nosología historiconatural -el de W. Karst-, por más que, en la actualidad, haya sido superado por el citado de Bleker. El capítulo consagrado a la "escuela historiconatural" comienza subrayando resueltamente la continuidad existente entre ésta y la precedente medicina de la Naturphilosophie. Berlin. medicina clasificadora del siglo XVIII. La medicina filosofica ha lanzado su interdicto sobre las nosologías'^, y eso, en Alemania, es algo muy serio, incluso para aquellos que, pocos años más tarde, abominarán de la medicina de orientación filosoficonatural por juzgarla altamente especulativa. Así, C.A. Wunderlich, considerado como uno de los fundadores de la medicina de orientación cientificonatural, de laboratorio, se mostrará, todavía, más agradecido al estímulo intelectual representado por la obra de Schelling que a los nosógrafos clasificadores del pasado siglo o a los presuntos empiristas con los que convive''. Y no es un caso aislado: el rechazo de la medicina filosófica no es tan general como podría creerse, de lo que es buena prueba el siguiente dato. Cuando, en una lección inaugural publicada en 1838, el médico CF. von Marcus se ocupe "del actual nivel de la medicina", sostendrá que la base filosófica, y en especial la suministrada por la Naturphìlosophie, ha ennoblecido a la medicina, pues ha hecho salir al médico del empirismo más tosco en busca de las demás ciencias naturales'^. A la vista de lo anterior, el anatema de Kieser no parece baladí. Cierto es que los tratadistas de Patología, incluídos los Natiirphilosophen, no prescindirán de la nosotaxia, pero sin concederle, en general, preeminencia epistemológica alguna. Sin embargo, tal como hemos advertido desde el comienzo, precisamente en el período inmediatamente ulterior a aquél en que florece la Natiirphilosophie, algunos autores se agruparán en torno al criterio taxonómico para dar su personal respuesta a la crisis de fundamentos de la medicina en tanto que ciencia que la filosofía natural de Schelling pretendía, así mismo, remediar'^. Cabe, entonces, suponer que aquellos médicos alemanes que se aventuren a reclamar alguna validez científica para el método nosográfico deberán hacerlo desde supuestos diferentes a los de épocas pasadas, e incluso a los de sus contemporáneos no alemanes. Dada la diversidad interna de la escuela, he decidido centrar mi atención en K.W. Stark'" El término "nosología", tal como aquí se utiliza, requiere alguna aclaración: si bien el diccionario médico de Dechambre advierte, de manera explícita, que este vocablo no implica en modo alguno la idea de clasificación -lo que correspondería más bien al término "nosografía"-(vol. 13, p. 356), en la práctica la obra de Pinel realiza este vínculo que, en adelante, opera en la mente de quien lo utiliza, de modo que es oportuno utilizarlo en este sentido al referirse a la época objeto del presente estudio, como advierte BLEKER, J. (1981), p. Publicado ulteriormente (1977) La consideración retrospectiva que propongo es especialmente inexcusable en el caso de Stark, el auténtico fundador de la Parasitenlehre. La indudable influencia de ese mismo Kieser, cuya descalificación de las nosologías hemos visto páginas atrás, resulta evidente para quien conozca la obra del Naturphilosoph^^. No en vano es Kieser quien acuña los términos Afterorganisation -seudoorganización-y Afterorganismus -seudoorganismo-para caracterizar genéricamente al proceso morboso''^, de modo que la tesis central de la doctrina de Stark parece derivar naturalmente del pensamiento del colega aún vivo y activo. En mi opinión, la consideración de la enfermedad como organismo no equivale a una pura identidad en el caso de Kieser, que no es ontologista en el sentido fuerte del término, dado que los conceptos por él acuñados y asumidos luego por Stark y Jahn tienen, en su obra, un valor fundamentalmente orientativo, al que me atrevería a llamar metafórico; o más bien, forzando un poco la mano -lo que creo permisible por lo que he encontrado en el propio Kieser y en otros Naturphilosophen-, podría decirse que tiene un valor "regulativo", en el sentido kantiano, y no "constitutivo", como termina ocurriendo en los parasitistas propiamente dichos. Sea ello como fuere, en el caso de Stark la defensa de las clasificaciones tendrá, a causa de esa filiación que acabo de señalar, que reposar sobre un fundamento filosófico aceptable, es decir, susceptible de ser legitimado por una filosofía natural poco o nada discrepante de la profesada por Kieser'^. A ello dedica la tercera sección del segundo tomo de su Allgemeine Pathologie -Patología' "^ También estos autores, especialmente Stark, son estudiados en el libro de Bleker. Llegado el caso pondré de relieve lo que, en mi exposición, proceda de esta autora. Sobre Jahn existe un antiguo trabajo, muy útil para obtener una visión sumaria de su pensamiento, así como para recabar algunos datos de su biografía: LEHMANN, H. (1936). Berlin, 1936 general, 1838-, obra de elocuente subtítulo: allgemeine Naturlehre der Krankheit -Doctrina natural de la enfermedad-. La reivindicación que allí hace se apoya fundamentalmente en la utilidad instrumental de las clasificaciones, que permiten aislar lo singular e identificarlo, y que facilitan la comunicación del saber patológico entre los médicos, aun cuando, para que este saber sea científico, las singularidades descritas -advierte-deben serlo desde una perspectiva que dé cuenta del fondo común compartido por los diferentes individuos. Sólo mediante la identificación de esa comunidad de base adquiere sentido la clasificación. Stark manifiesta haber entendido el mensaje de la medicina filosófica de sus predecesores^^, poniéndose, por tanto, al resguardo de críticas como la de Kieser. Con todo, la tarea clasificatoria presenta, para el caso de las enfermedades, una dificultad añadida a las que se reconocen a las taxonomías botánica y zoológica, que se desprende de la concepción de la enfermedad como parásito: El individuo-enfermedad existe solamente como parásito y frecuentemente está tan íntima, dinámica y materialmente unido a su huésped, que la distinción entre ambos implica grandes dificultades^". Como muy gráficamente explica poco más lejos, a ningún botánico digno de ese nombre se le ocurriría clasificar como un solo ser al árbol y a la planta parásita que de él se nutre, por más que las interacciones nacidas de su convivencia, los cambios funcionales y estructurales que el parásito produce en el huésped, puedan dar la impresión de que nos encontramos ante una tercera -y diferente-forma de vida. Precisamente esta distinción arrastra consecuencias muy notables en relación con el criterio clasificatorio, pues se coloca por encima de nociones hasta entonces fundamentales -la enfermedad como passio (Galeno) o como reactio {conamen, Sydenham)-que hacían al síntoma objeto de una consideración opuesta, pero siempre elevada, mientras que, para Stark, y a la vista de lo señalado, el síntoma, ya sea "activo" o "pasivo", carece de valor en tanto que resultado de la contienda de dos'' ^ Cfr. lo que al respecto habían sostenido, por ejemplo, Reil y Kieser. El primero advierte: "procederemos del modo más seguro si construimos a priori cada species animaliuin y demostramos luego de qué modo se desvía, en cada una de estas especies, el respectivo proceso vital" {Entwurf einer allgemeinen Pathologie, //, Halle, p. 8); por su parte, Kieser pretende fundamentar su Sistema ele la medicina en una filosofía entendida como "ley fundamental de la vida en general, así como de sus manifestaciones -también la enfermedad-persiguiendo con rigor inalterable hasta lo particular las manifestaciones morbosas individuales dadas por la experiencia" (System der Medicin zum Gebraiiche bei akademischen Vorlesung und für practische Arzte, I, Halle, p. Para más información puede consultarse el capítulo XIII de ARQUIOLA, E.; MONTIEL, L. ( 1993 procesos vitales diferentes-'. Sin duda es esto lo que hace que se oponga a un sistema nosológico como el del respetado Schõnlein, que, como Bicker ha mostrado, es y quiere ser explícitamente clínico, aun cuando su profesión de fe empírica no agote la teoría de dicho sistema--. En todo caso, ese forzado empirismo le hace -piensa Stark-inhábil para conocer la auténtica entidad de la enfermedad, su fisiología-^, es decir, para cumplir la consigna de aquellos que, aún teniendo que ser superados, han señalado un camino aceptable a la medicina alemana. En efecto: medicina científica -parece decir tácitamente Stark-equivale a medicina fisiológica; pero, si bien ese postulado margina los sistemas empíricos, tampoco la nosotaxia filosoficonatural sale bien parada del análisis que este autor hace de los sistemas precedentes. La clasificación "filosoficonatural" (no menciona autor alguno en concreto), basada en los tres sistemas responsables de la reproducción, la irritabilidad y la excitabilidad es, asegura, "no fisiológica" -unphysiologísch-dado que esos sistemas no existen realmente en la naturaleza-"^. Por otra parte, su ontologismo le aparta de manera radical de la patología fisiológica soñada por la medicina filosoficonatural, que, explícitamente -también en el caso de Kieser-define el proceso morboso -Krankheitsprozess-como una "desviación" del proceso vital -Lebensprozess-nor-maP5. A la vista de lo anterior, da la impresión de que Stark se mueve con dificultad sobre un margen muy inestable entre un empirismo malfamado en el ambiente científico de la época, pero hacia el que, como clínico, siente querencia, y una voluntad de teoría que, en el panorama que contempla, colisiona a menudo con los datos suministrados por los sentidos. A este respecto resulta esclarecedora la actitud, que conocemos en autores contemporáneos más célebres -pienso, en primer término, en Bichat-de desconfianza hacia los instrumentos que pueden interponerse entre los sentidos y la naturaleza; explícitamente menciona Stark el microscopio y el laborato-rio^^. Cuanto más directa y totalizadora sea la observación, tanto más fiable será para un espíritu filosófico; esto es lo que, con su rechazo a las citadas técnicas, parece querer decir nuestro autor. Hay que revalidar la observación, la experiencia, pero no a cualquier precio. Pero, por otra parte, tampoco la teoría puede ser elevada al más alto rango, pues Kant nos ha enseñado que también el entendimiento tiene cierto carácter instrumental, que hace que yo vea las cosas "en mí", y no "en sí"; de manera 2' I hid. 22 Schõnlein se esfuerza en discernir los "síntomas esenciales" de los simplemente frecuentes, para lo cual intenta dar una base morfofuncional a su sistema, basando su clasificación en los "tejidos fundamentales del cuerpo" (BLEKER, J. (1981( ), pp. 138-139). Stark se ve obligado a rechazar como iinphysiologisch la construcción intelectual que representa la patología filosoficonatural. En síntesis, lo que, para una filosofía que desee ser crítica, ya no resulta aceptable es un conocimiento mediado por instrumentos -incluido el entendimiento mismo con sus categorías-que pueden modificar la percepción de la realidad. Lo repetiré: el lector de este capítulo, central desde el punto de vista conceptual, de la Allgemeine Pathologie^ no puede dejar de experimentar la sensación de que su autor pelea con un problema realmente incómodo, al intentar conciliar observación y teoría, y que es precisamente ese empeño lo que le lleva a preferir las clasificaciones a cualquier otro método para abordar el estudio racional de la enfermedad y de las enfermedades. Como afirma al final de su ajuste de cuentas con los sistemas precedentes y contemporáneos, un sistema natural de las enfermedades que realmente merezca ese nombre debería permitir identificar "esencialmente" cada forma morbosa y, al propio tiempo, dar razón de la unidad englobante de todas ellas, lo que él llama, llevando al extremo su voluntad taxonómica, "el reino de las enfermedades"-^. No puede resultar extraño que su esfuerzo resulte baldío. F. JAHN Y EL "REINO DE LAS ENFERMEDADES" Lo primero que hay que decir acerca de F. Jahn es que ha dejado muy claro el linaje al que asegura pertenecer. En su vasto estudio historicomédico sobre Sydenham^^, considera al llamado "Hipócrates inglés" como profeta de la escuela historiconatural, y a Schonlein y Stark como fundadores de la misma-^. Como el lector puede ver, este último dato es testimonio de la confusión que, ya en esa época, rodea al problemático grupo, pues, como queda dicho. Stark juzga erróneo el sistema de Schonlein. Por otra parte, Jahn parece no querer romper con la medicina filosoficonatural inmediatamente precedente. En este sentido cabe interpretar el motto con que arranca una de sus obras, fechada nada menos que en 1842, y que no es otro que una cita de Schelling que, eso sí, hace referencia a la necesidad de conocer los géneros morbosos^o. En relación con este asunto es Schonlein, en todo caso, quien se acerca más a la realidad en el sentir de Jahn: su sistema, dice, es entre los llamados "naturales" el http://asclepio.revistas.csic.es más naturaP'. Este juicio favorable está en la base de su justificación de la prioridad epistemológica de la sistemática; prioridad que, como veremos, está matizada por el hecho de que la condición "natural" del sistema de las enfermedades que Jahn se plantea depende de su carácter "fisiológico"-^-. En esto Jahn coincide plenamente con Schonlein -recordemos su conocida clasificación de las enfermedades en "Morpheif, "Haematosen" y "Neurosen"-, aun cuando discrepa de él al postular una clasificación dicotòmica en lugar de la tripartita de Schonlein. Se basa, para ello, en una orientación más extremadamente fisiológica, dinámica, que la de quien llama su maestro, pues diluye las enfermedades clasificadas según un criterio anatomopatológico -las "morfonosis"^^-en el seno de dos grandes grupos, correspondientes a los dos grandes sistemas corporales, el vegetativo y el sensitivo. En esta bipartición se reencuentra, en todo caso, con su maestro, pues atribuye a la sangre el papel rector en el sistema vegetativo, e identifica el sensitivo con el sistema nervioso en su conjunto-^"^. Pero esta división le conduce, precisamente, al territorio más peligroso de los transitados por la Naturphilosophie, aquél en el que reina la ley de la polaridad y que, con tan gran facilidad, sirve de base a especulaciones de carácter axiológico. Jahn no es capaz de evitar la recaída en el concepto de "egoísmo", que ya estaba presente en Kieser, atribuyendo esta condición al sistema sensitivo en tanto que soporte de lo que en la vida de un ser es más individual, por oposición al "altruismo" del sistema vegetativo, cuya función es el mantenimiento de lo específico^-'^. 49. ^^ Adopto, al menos provisionalmente, para la traducción, los términos corrientes en la literatura en castellano -es decir, los usados por Lain y López Pinero. Este último cita, por la edición de Zurich de la Patología general de Schonlein -redactada por alumnos desconocidos-los términos''Morphonosen", "Hámatosen" y "Neuronosen". En la edición de St. Gallen -la que yo he podido manejar-se utilizan los vocablos "Morphen", "Hcimatosen" y "Neuroflogosen". •^4 En este punto puede considerarse a Jahn "retrógrado", por comparación con algunos Naturphilosophen cuyas obras he tenido ocasión de estudiar, como son Ph.F. von Walther y G.H. von Schubert, quienes adoptan tempranamente la distinción bichatiana de dos divisiones diferentes en el sistema nervioso, "sensitiva" una y "vegetativa" la otra. "Más allá del 'nacimiento de la clínica'. La comprensión de la Anatomía general de Bichat desde la Naturphilosophie". Actas del Symposion Internacional "1974 pues, extraño que Lain sitúe a Jahn, pese a la distancia cronológica, entre los Naturphilosophen-^^. Sin embargo, del mismo modo que Bauer podía señalar, en el caso de Stark, una influencia científicamente "respetable" -la del método comparativo en el estudio de la anatomía^"^-, también en el de Jahn puede detectarse el influjo de una metodología prestigiosa en otro campo, a saber, el de las ciencias biológicas propiamente dichas, la botánica y la zoología. Los escritos de autores ya clásicos en este campo -Linneo, Alexander von Humboldt-parecen estar detrás de algunos de los asertos del médico de Meiningen, por ejemplo el referente a la mayor densidad y variedad de formas de vida cuanto mayor sea la proximidad al nivel del mar, y el relativo al desplazamiento de algunas de estas especies desde los países cálidos hacia otros más fríos, al norte, ejemplos estos que hace extensivos, desde su perspectiva, a las enfer-medades^^, pues como afirma axiomáticamente, "el mundo de la enfermedad -Krankheitswelt-se comporta igual que los dos grandes reinos de la naturaleza"-^^. Cuando menos cabría atribuir a Jahn el mérito de sostener una concepción explícitamente ecológica de la salud y la enfermedad"^^, por más que esto le aleje del ideal de una fisiología del proceso vital alterado como la postulada por sus predecesores. Y sin embargo, tal como yo mismo he subrayado en otro lugar, existe una continuidad entre el postulado fundamental de la Patología General que la Naíiirphilosophie pretende construir y la obra de F. Jahn: la medicina científica tiene que ser fisiológica; la patología, "fisiología de la enfermedad". Pero ingenuamente, Jahn parece haber pensado, como Stark, que la forma de hacer "fisiología de la enfermedad" consiste en reconocer a la enfermedad su propio Lebensprocess -proceso vital-, sustantivándola del modo que conocemos a través de la Parasiíenlehre'^^. Lamentable error, que no le permitirá pasar siquiera, para la historiografía por venir, por precursor de una "mentalidad etiopatológica" como la profesada por Klebs, pues no es ^^^ LAIN, P. (1962). Historia de la medicina moderna y contemporánea. La autora alemana utiliza ese término para referirse a la concepción, cuyo origen rastrea en la obra de John Brown, de la salud y la enfermedad como estados, en cierto sentido "reactivos", condicionados por la acción del entorno. "El ontologismo nosológico de Ferdinand Jahn en la historia de la Patología". Actas del VIH Congreso Nacional de Historia de la Medicina, vol. IH. XLVIII-2-1996 33 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es "lucha por la existencia", sino "copia y repetición de formas de vida animales""^-lo que a la postre, constituye la enfermedad así entendida"^-^. Pero volvamos por un momento atrás, pues corremos el riesgo de pasar por alto un detalle extremadamente significativo que, además, puede ser rectamente valorado a la luz de lo anterior. Hemos visto que el mérito que Jahn encuentra en el sistema de Schonlein es su fundamento fisiológico, mientras que Stark lo censura justamente por lo contrario, es decir, por excesivamente empírico. Ante esta contradicción habría que preguntarse si Stark y Jahn hablan de la misma persona -y del mismo sistema médico-; o tal vez la pregunta debería ser otra, a saber, con qué mirada contempla cada uno la obra del presunto común maestro. Ello puede permitirnos aventurar una respuesta, que probablemente no será definitiva ni absolutamente satisfactoria, a la pregunta sobre esta fugaz resurrección de las nosologías en la Alemania del período Biedermeier. V. UN REINO QUE NO ES DE ESTE MUNDO. En esta diferente interpretación del pensamiento de Schonlein se ponen, a mi entender, de manifiesto las vacilaciones propias de este momento histórico. Los médicos de esta generación tienen que optar por un criterio de cientificidad y, en las figuras de Stark y Jahn, presuntamente alineados en la rama con mayor coherencia interna de la naturhistorische Scinde -la parasitista-esta tensión se observa con extrema claridad. El primero de ellos, pese a su crítica al empirismo y su declarada voluntad "fisiológica", se decanta por una medicina basada en la observación que comparte algunos rasgos con el sensualismo profesado por Bichat, en tanto que Jahn, que se autotitula discípulo suyo y de Schonlein, manifiesta una fuerte querencia por una orientación fisiológica de raigambre filosoficonatural. Por esta razón es forzoso coincidir con la principal tesis de Bleker, a saber, que, en general, los médicos de la "escuela historiconatural" no propiciaron el paso de la Natiirphilosophie a la Naturwissenschaft entendida como ciencia hecha en el laboratorio, sino a una propuesta diferente de medicina clínica, para la que las ciencias naturales no constituirían sino una propedéutica o un medio auxiliar^^ En todo caso, la aceptación de esta tesis ^^2 Cfr. el título -y, desde luego, el contenido-de su obra de 1842. 4^ Es necesario señalar que W. Pagel le atribuye el papel de precursor de la patología celular de Virchow. Aunque detallado y riguroso, el trabajo en que defiende esta tesis es susceptible de discusión, al menos en el nivel de la interpretación de los datos. Por otra parte, con los mismos argumentos que Pagel esgrime en favor de esa asociación, podrían defenderse otras, remontándonos a la patología filosoficonatural, especialmente a la de Kieser. Pienso que la voluntad fisiológica de estos dos autores es muy fuerte, aunque secundaria, en su escala de valores, respecto de la observación, descripción y ordenación de las entidades morbosas y que, por otra parte, se manifiesta, como queda dicho, con intensidad diferente en cada uno de ellos; así. Stark sería, o se tendría por más "nosógrafo", y Jahn por más "fisiopatólogo", aunque en un sentido aún muy próximo al de la Naturphilosophie. Insisto en señalar que esto refleja, más que la realidad, la voluntad de cada uno de los autores. En esta perspectiva, aunque los dos dicen utilizar un método historiconatural, lo cierto es que ninguno de ellos lo hace plenamente, pues la diferente remisión de ambos a la fisiología hace que se instalen en la órbita de la recién nacida Biología, conceptualmente diferente de la clásica Historia Natural. Y, para esta nueva ciencia, las clasificaciones ocupan un lugar epistemológicamente secundario y radicalmente distinto, tanto en su orientación como en el valor que se le concede, al que poseían en la Historia Natural anterior a Lamarck y Treviranus"^' ^. Así pues, aunque innovadores en cuanto a la posición en que se sitúan. Stark y Jahn no consiguen serlo plenamente en cuanto a los objetivos y al método, pues aspiran todavía a algo a lo que, deliberadamente, renunciarán los autores que, efectivamente, llevarán la medicina al campo de las Naturwissenschaften: la construcción de un sistema; más específicamente, de un "sistema de las enfermedades". Serán otros autores, capaces de interpretar más rectamente algunas consignas de la Naturphilosophie, quienes elijan el camino acertado: el análisis de los procesos dinámicos en que la salud y la enfermedad consisten. Estos investigadores se fijarán una sucesión de objetivos parciales más modestos, abandonando lo que constituyó el, a mi juicio, rasgo fundamental de al menos dos de los miembros de la compleja "escuela historiconatural": perseguir un reino, el de las enfermedades, que no es de este mundo. ^^ Existe abundante bibliografía a este respecto. El lector pueden encontrar una buena parte de ella, así como un análisis del tránsito de la Historia Natural a la Biología en Francia y Alemania, en el cap.
El presente trabajo tiene como objetivo contribuir al conocimiento de los factores que influyen sobre el proceso de clasificación de la diversidad del comportamiento humano. Se estudia para ello los cambios operados a comienzos del siglo XIX en el modo de catalogar una forma de conducta desviada: la homicida. La creación por los psiquiatras franceses de la categoría diagnóstica de la monomanía homicida instintiva sirvió para que ciertos tipos de homicidios dejaran de ser interpretados como delitos y empezaran a ser contemplados como formas de locura. El surgimiento y progresiva desaparición de esta especie morbosa de las clasificaciones psiquiátricas de la primera mitad del siglo XIX pone de relieve cómo la asignación de un comportamiento aberrante a un tipo u otro de desviación depende de la manera en que se relacionan diversos factores: los cambios en las teorías científicas; las permutas en los objetivos profesionales de quienes hacen las clasificaciones; y el grado de consenso social que se consigue alcanzar para el nuevo significado que adquiere la conducta desviada al cambiar su ubicación entre las diversas formas de desviación. Es indudable que una de las expresiones más relevantes de la diversidad de los seres humanos es la que tiene que ver con su comportamiento. La importancia que se ha concedido a la variabilidad de las conductas se expresa en el hecho de que se ha convertido en un elemento esencial del que nos servimos para, con todo lo que ello implica, caracterizarlos tanto individual como colectivamente. En relación con esto último conviene recordar que el conjunto de normas y reglas, fijadas o no en códigos de justicia, que establecen la manera en que los miembros de los diferentes grupos humanos se comportan ante determinadas situaciones de la vida social -matrimonio, relaciones sexuales...-resulta fundamental a la hora de establecer un rasgo característicos de dichos colectivos como es su cultura'. Pero el tipo de comportamiento también sirve, como hemos señalado, para describir a los hombres individualmente dentro del grupo al que pertenecen. En relación con esto adquiere especial significado la noción de comportamiento desviado o conducta desviada. Desde una perspectiva sociológica se entiende por desviación aquello que, como el delito o el pecado, quiebra una norma o regla de un grupo-. De este modo, una conducta no puede existir como "desviada" independientemente de las normas y reglas que asignan el significado de desviación al acto. Este hecho tiene una enorme trascendencia de cara a determinar las tareas que debe abordar quien se plantea estudiar la desviación desde una perspectiva sociológica. Como ha señalado Freidson, por un lado, se trataría de prestar atención a las causas y tratamiento de la conducta desviada. Esta tarea se vería limitada a concentrarse en un determinado momento y lugar, puesto que, del mismo modo que son cambiantes los valores, las creencias y el conocimiento de una sociedad, también lo son los signos, conductas o atributos que sirven para establecer la clasificación de los mismos como crimen o pecado. Estas característica es la que pone de relieve la necesidad de plantearse una segunda tarea que permita contemplar la desviación desde una perspectiva que tenga más en cuenta esa idea de cambio: la de analizar la manera en que a unos determinados signos, conductas o atributos se les atribuye el significado de desviados. Adquiere así un marcado interés dentro de este enfoque el estudio del proceso social mediante el cual se crean las reglas que sirven para catalogar a unos individuos como desviados y para establecer el tipo de proceder que se debe seguir con ellos; unas reglas que, con frecuencia, no hacen sino sustituir a otras. Adoptando esta perspectiva se trataría de responder a cuestiones bien interesantes para un historiador cómo son las siguientes: ¿de qué modo una conducta llega a ser considerada desviada? ¿cómo llega a ser conceptuada como una clase de desviación y no otra? ¿qué efectos tiene la atribución de una clase particular de desviación en el tipo de relaciones entre quien así es clasificado y el resto de los miembros de la sociedad?^. El presente trabajo tiene como objetivo aportar algunas respuestas a esas preguntas. Para ello se plantea analizar la manera en que, en la Francia de la primera mitad del siglo XIX, se procedió a modificar la clase de desviación en la que había que situar un tipo de conductas que son, de forma casi general, especialmente preocupantes para la vida social: las delictivas. A partir de entonces, algunos individuos que transgredían determinadas leyes sancionadas por los códigos de justicia empezaron a ser situados dentro de esa otra categoría de desviación que es la enfermedad mental. Como veremos, tal proceso se encuentra estrechamente relacionado con la constitución en ese periodo de un nuevo profesional: el psiquiatra"^. Es por esto por lo que se hace necesario, de cara a apreciar la forma en que este nuevo especialista médico planteó a la sociedad de su tiempo un cambio en la manera de catalogar determinadas conductas, examinar el lugar que reservaron a las mismas en sus clasificaciones de las enfermedades mentales. Al objeto de evitar la dispersión, concentraré mi estudio en el análisis del lugar que en la nosología psiquiátrica francesa de la primera mitad del siglo XIX se reservó a una forma de desviación que resulta especialmente inquietante para casi todos los grupos humanos: el homicidio-''. Aunque los alienistas incluyeron el comportamiento homicida como uno de los signos que era posible encontrar en individuos adscritos a la práctica totalidad de las entidades que catalogaron como especies de enfermedad mental, la nueva percepción que transmitieron de esa conducta vino aparejada sobre todo al desarrollo de una de ellas: la monomanía^. Es por esto por lo que, en las? FREIDSON ( 1978), pp. 218-220. "^ Sobre el surgimiento y el desarrollo de la nueva profesión de alienistas en Francia puede verse el excelente libro de GOLDSTEIN, J. Console and Classify. ^ La enorme carga afectiva que el homicidio posee como forma de comportamiento desviado se muestra por ejemplo en el estudio de Weiss y Perry sobre las actitudes hacia el crimen y las conductas antisociales en varias culturas y subculturas. Un 84,9% de los encuestados consideraron como el peor crimen al "homicidio o a cualquier tipo de asesinato o intento de asesinato". 543. ^^ El concepto de monomanía ha sido bien estudiado, dado que muy pronto se puso de relieve por los historiadores que se trataba de una de las más transcendentales aportaciones para el desarrollo temprano de las Psiquiatría de entre las realizadas por los alienistas franceses de la primera mitad del siglo XIX. Su utilidad para la renovación teórica y metodológica del estudio de las enfermedades mentales ya Ascle}7io-Vo\. XLVIII-2-1996 g9 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es próximas páginas me ocuparé en primer lugar de exponer qué tipo de signos, conductas y atributos humanos fueron clasificados por los alienistas bajo ese rótulo y del lugar que dentro de la nueva categoría ocuparon las diversas formas de conducta homicida. UN NUEVO GÉNERO DE ENFERMEDAD El término monomanía fue introducido en el lenguaje médico a comienzos de la década de 1810 a 1820 por Jean-Etienne-Dominique Esquirol (1772-1840), con el objetivo de designar bajo esa denominación a la "locura parcial""^. Mostraba así un rasgo muy significativo de los incipientes especialistas franceses en el estudio de las enfermedades mentales: su interés por renovar la clasificación de las mismas^. La conveniencia de esta revisión había sido ya señalada por Philippe Pinei (1745-1826), el maestro de Esquirol, quién ya en 1801 llamó la atención sobre la necesidad de sustituir esas "distribuciones arbitrarias admitidas por los nosólogos para las vesanias" fue puesta de relieve en 1946 por SAUSSURE, R. de ( 1846), «The Influence of the Concept of Monomania on French Medico-Legal Psychiatry (from 1825 to 1840)», Journal of the History of Medicine and Allied Sciences,1, Posteriormente, las consecuencias epistemológicas de la monomanía han sido bien examinadas por: FONTANA, A. (1973), «Les intermittences de la raison». Al desarrollo y puesta en práctica de la doctrina de la monomanía se ha atribuido también un papel relevante en la consolidación social de la psiquiatría como profesión. A este respecto pueden examinarse: ASTEL, R. (1973), «Les médecins et les juges». "^ Así lo recordaba él mismo en 1827 al señalar que hacía ya "más de quince años" desde que había "propuesto imponer a la locura parcial el nombre de monomanía". La existencia de formas de locura con delirio parcial había sido constatada por la Medicina desde muy temprano. Pigeaud ha llamado la atención sobre la presencia de descripciones de estos cuadros en la obra de médicos de la antigüedad greco-latina. Por su parte, Berrios ha indicado los criterios por los que se distinguía la "locura parcial" de la "general" antes y durante el siglo XIX: 1.-Intensidad de los síntomas; 2.-Grado de implicación de la personalidad; 3.-Daño de funciones psicológicas selectivas; y 4.-Exclusividad de la ilusión. 181 (nota,60). debido a que estaban "lejos de ser el resultado de una observación reiterada hecha sobre un gran nùmero de alienados"^. Propuso por ello una nueva "división de la alineación mental" en cinco especies, en una de las cuales aparecía recogida la idea de la existencia de una yolie partielle''. En efecto, entre los rasgos que Pinel señalaba como definitorios de la melancolía -la primera de las cinco especies de alineación mental que él establecía-figuraba el de consistir en un "delirio exclusivo sobre un objeto, o sobre una serie particular de objetos" existiendo, "por lo demás, libre ejercicio de todas las facultades del entendimiento^^ ". En 1816, al desarrollar la voz yolie'' dentro del célebre Dictionnaire des sciences médicales publicado por Panckoucke, Esquirol mantuvo la división de las enfermedades mentales establecida por Pinel dentro de la segunda edición de su Traité^ ^: manía, melancolía, demencia e idiotismo. No obstante, consciente del valor que poseen la taxonomía y el vocabulario para fundamentar la autoridad científica, rechazó el término "mélancolie" para las nosografías psiquiátricas. Consideraba que continuar utilizando en Medicina el término "melancolía" para referirse al delirio parcial resultaba inadecuado por dos razones: en primer lugar, en su acepción profana, dicho vocablo remitía a un concepto diferente al que los médicos aludían con esa expresión; en segundo, se hallaba relacionado con la noción fisiopatológica de la enfermedad procedente de la Antigüedad Clásica, que hacía de ella el resultado de un desequilibrio en la bilis negra. Propuso por ello el vocablo "monomanie" para designar la forma de enfermedad mental en la que "el delirio está limitado a un objeto o a un pequeño número de objetos'^ ".' ^ PINEL, P. (an IX, finales de 1800-comienzos de 1801), Traité niédico-pliilosophiqíie sur l'aliénation mentale, ou la manie, Paris, P. 135'" Los otros rasgos del paciente melancólico serían los de presentar "algunas veces igualdad constante del humor, o inclusive estado habitual de satisfacción; en otros casos, hábito de abatimiento y de consternación, o bien acritud de carácter que puede ser llevada hasta el último grado de misantropía, [y] a veces hastío extremo de la vida", PINEL, P. (an IX), P. 149. Las otras cuatro especies morbosas de alienación mental que estableció Pinel fueron: 1.-Manía sin delirio; 2.-Manía con delirio o delirante; 3.-Demencia o abolición del pensamiento; y 4.-Idiotismo u obliteración de las facultades intelectuales y afectivas. La nueva nosotaxia pineliana se mostraba así más próxima a otras dos clasificaciones tradicionales de la enfermedad mental: La de Doublet y Colombier y la de la Encyclopédie. 156;y JACKSON, S.W. (1989), Historia de la melancolía y la depresión desde los tiempos hipocráticos a la época moderna, Madrid, p. La forma del delirio constituía, pues, el signo fundamental que permitía clasificar a un individuo como monomaniaco y distinguirlo, por ejemplo, del maníaco, en que "el delirio se extiende sobre todo tipo de objetos y se acompaña de excitación"'-^. Iba a ser precisamente el análisis de los rasgos que presentan los delirios de los pacientes monomaniacos lo que iba a permitir a Esquirol trazar de manera más ajustada el significado y los contenidos del nuevo término. Para empezar, Esquirol llamó la atención sobre la existencia de dos formas "opuestas" de monomanía. Una de ellas, la "lypemanía", estaría provocada por una pasión triste u opresiva y se caracterizaría por un delirio fijo, de índole similar a la pasión que lo provocaba, que daba lugar a deseos y determinaciones en consonancia con el mismo. La segunda forma, la "monomanía propiamente dicha", tendría como "signo característico" un "delirio parcial y una pasión excitante o alegre". Será esta última forma la que se convertirá prácticamente en sinónimo de "monomanía" y la que sufrirá nuevas revisiones que darán lugar a una mayor matización de los contenidos del término'"^. Esquirol llamó entonces la atención sobre la necesidad de modificar el status nosológico de las dos formas de primitiva monomanía. La monomanía debía de ser considerada como "una especie intermedia entre la lypemanía y la manía, ya que compartiría con "la lypemanía (melancolía) la fijeza y la concentración de ideas" y con la manía "la exaltación de las ideas y la actividad'^ ESQUIROL (1816), p. Claramente expresaba este contraste cuando exponía el modo en que habría construido el nuevo término.''Monomanie'' sería el resultado de la asociación''de ¡lovoa, Seul, et de j^iavia, délire sur un Seul objet, délire jiartieT. Según Pigeaud, "es preciso (...) evitar traducir manía por el término demasiado general de locura. Es mejor, como lo ha hecho por otra parte la tradición médica, conservar el nombre de manía'", dado que, desde aproximadamente el siglo II a.C, los médicos habían diferenciado entre la locura y la manía. Esta sería vista como una especie morbosa determinada, como una "enfermedad crónica, con alienación del espíritu sin fiebre". Parecería entonces que Esquirol estaría confundiendo un síntoma con toda la enfermedad, lo que es bastante improbable ya que, contrariamente a Pinel, conservaba básicamente, como ha destacado también Pigeaud, el concepto de manía procedente de la antigüedad clásica. La elección del término "delirio" para traducir jiavia, en lugar de hacerlo por "manié", como hace en otras ocasiones de manera más acertada, creo que muestra el afán de Esquirol por destacar lo que para él constituye el rasgo principal de la enfermedad: la idea fija que se hace dueña de la mente del enfermo. Frente al delirio generalizado propio de la manía, la monomanía queda caracterizada por el delirio parcial.' "^ Esquirol no pretendió haber sido el primero en distinguir entre esas dos formas de delirio parcial. Alude, por ejemplo, a la obra de Benjamin Rush Medical Inquiries and observations upon the diseases of the mind (Filadelfia, 1812), en la que este autor habría distinguido entre la "tristimanié" y la "aménomanie'\ Hay que señalar que, si bien el término monomanía obtuvo un gran éxito, el de "lypemanía", a pesar de que Esquirol esperaba que "el empleo" del mismo fuera capaz de consagrarlo, no gozó de la misma fortuna. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es física y moral"'-'^. Las dos formas de la primitiva monomanía modificaban así su status nosológico: dejaban de ser variedades de una sola especie y se convertían ellas mismas en especies morbosas independientes y bien diferenciadas. La razón de que esta distinción no hubiera sido hecha antes radicaría, según Esquirol, en el hecho de que los autores preocupados por estudiar la locura "no habrían tenido en cuenta más que el delirio, sin ocuparse de otros síntomas": aquellos que tenían que ver con su "actividad física y moral", con su conducta'^. La forma del delirio no bastaba ya, a pesar de seguir siendo el rasgo principal a tener en cuenta de cara a diagnosticar una monomanía, para determinar si un sujeto se encontraba bajo los efectos de la misma. El estudio de su comportamiento pasaba a ser un elemento fundamental de esa tarea. Un nuevo modo de caracterizar a la locura se estaba elaborando, por tanto, en la Francia de las primeras décadas del siglo XIX. El concepto de monomanía estaba contribuyendo así, no sólo a difundir la idea de la existencia de formas de locura en las que el delirio puede estar restringido a un número limitado de objetos, sino, además, a divulgar la necesidad de prestar una enorme atención a los rasgos de la conducta de un sujeto de cara a establecer la presencia en él de una enfermedad mental. Así, pues, los signos para obtener el diagnóstico de la misma se ampliaban y con ello las posibilidades de incorporar dentro de la categoría de alienación mental a otras formas de desviación, como iba a ser el caso de ciertas conductas homicidas, que hasta entonces no se hallaban comprendidas en ella. UNA NUEVA VALORACIÓN DE DETERMINADOS COMPORTAMIENTOS En la primera edición de su Traité, Pinei, como indicamos más arriba''^, hizo de la "manía sin delirio" una de las especies de las enfermedades mentales. Denominaba así aquellos cuadros en los que, bien de manera continua, bien en forma de accesos' •' ^ ESQUIROL (18 19b), p. 115.' ^^ Esos síntomas distintivos entre ambas enfermedades eran resumidos por Esquirol del siguiente modo: "La fisonomía de los monomaniacos es animada, expansiva, muy móvil; los ojos son vivos, a veces inyectados y brillantes. Su color es colorado e incluso muy rojo en la lypemanía (melancolía); los rasgos de la cara son inmóviles o crispados y concentrados; los ojos están fijos, la mirada es inquieta, el color es amarillo o pálido. Los lypemaníacos (los melancólicos) son víctimas de ideas tristes, dolorosas; son tímidos, desconfiados, suspicaces, buscan la soledad. Los monomaniacos, al contrario, son alegres, vivos, impetuosos, audaces, temerarios. Los primeros se niegan a cualquier ejercicio, hablan poco; todas sus funciones se hacen penosamente y con lentitud. Los segundos son de una gran movilidad; hacen mucho ejercicio; son ruidosos, parlanchines; nada parece poner obstáculo al ejercicio de sus funciones. La marcha de la monomanía es más enérgica, más aguda; su duración es más corta; su terminación es favorable más a menudo. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es JOSÉ MARTINEZ PEREZ periódicos, no se podía observar ninguna alteración "en las funciones del entendimiento, la percepción, el juicio, la imaginación, la memoria, etc.", pero sí era posible apreciar alguna "perversión en las funciones afectivas, impulso ciego a los actos de violencia, e incluso un furor sanguinario"'^. De este modo, por un lado, y como él mismo señalaba, Pinel se oponía a la opinión de John Locke, mayoritaria en ese momento, que defendía la imposibilidad de que pudiera haber manía sin que existiera un trastorno intelectual. Por otro, al defender la presencia de formas de alineación mental caracterizadas por el hecho de que los pacientes no presentarían "lesión de entendimiento", sino que estarían "dominados por un tipo de instinto de furor, como si solo las facultades afectivas hubieran sido lesionadas"'^, el médico francés impulsaba la difusión de la idea de que pudieran existir formas de locura que se manifestaran sin alteración de la facultad intelectual. Hay que llamar la atención sobre la forma de entender la psique humana que lleva aparejada la anterior descripción de un tipo de enfermedad mental por el profundo significado que tendrá de cara a la incorporación de ciertas conductas homicidas como formas de alienación. Contrariamente al asociacionismo de Locke o al de Condillac, quien fue su guía en otros aspectos de su obra, Pinel plantea la independencia de las facultades mentales y, con ello, la posibilidad de que pueden existir lesiones aisladas del entendimiento, los afectos o la voluntadlo. Esta forma de entender la psicología humana iba a estar también presente en la obra de su discípulo Esquirol. No obstante, éste iba a desconfiar en un primer momento de la posibilidad de que pudieran existir lesiones aisladas de cada una de las ftmciones, de que fuera posible la presencia de formas de manía en las que el delirio estuviera ausente. Prefirió incluir al principio ese tipo de casos dentro de las mono-manías^'. Indicaba que en estas formas de enajenación mental no habría "evidentemente más que un delirio parcial". Para él, este tipo de pacientes'^ PINEL (año IX), p. No obstante, en la segunda edición de la obra, la''manie sans délire" iba a quedar transformada por el autor en una simple variedad de la manía. Las razones de ello eran aportadas por el propio Pinel señalando que los afectados por esta alteración proporcionarían, "en el momento en el que razonan con rectitud", otros signos de "extravío en sus acciones" y ofrecerían también "otros caracteres propios de los maníacos". 2" La puesta en marcha del tercero de los criterios -el que tenía en cuenta el daño de funciones psicológicas selectivas-que, como hemos expuesto (véase nota 7), habrían permitido la distinción entre "locura parcial" y "locura general", sólamente habría sido posible a partir de comienzos del siglo XIX. Como ha indicado Berrios, ello se debió a la reintroducción en ese periodo, por el influjo ejercido por Kant y los filósofos escoceses, de las facultades psicológicas: la visión de que la psicología humana podía ser analizada operativamente en facultades autónomas. Este recurso a las facultades psicológicas habría sido, según Berrios, "más claro" en Esquirol que en Pinel. 21 Según esponía en 1819, "las pasiones bajo cuyo imperio viven los monomaniacos no son siempre agradables y alegres; las acciones de estos enfermos no son siempre inocentes o determinadas por senti-94 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es "creen obedecer a la voz del cielo que les ordena los más penosos sacrificios. Confundidos por las alucinaciones, ceden a una voz interior que les grita mata, mata, o bien, sin que puedan darse cuenta de los motivos que lo determinan, son arrastrados a actos de furor cuyos horribles efectos deploran después de que ha pasado el paroxismo"-^ Admitiendo, por tanto, la existencia de cuadros en los que la facultad del entendimiento de la psique humana parecía estar conservada, llamaba la atención sobre el hecho de que ello no implicaba una ausencia de delirio. Lo que ocurriría es que éste afectaría únicamente a la voluntad, siendo su existencia detectable básicamente por la conducta que mostrara un individuo-^. Se trataba, por tanto, de una forma de enajenación cuyos signos más manifiestamente visibles serían comportamientos de los pacientes del tipo de la entrega "a los más grandes excesos" o de acciones "de la ferocidad más atroz". Era preciso, en consecuencia, modificar tanto el término "manía sin delirio", como su posición dentro del cuadro nosológico de las especies de alineación mental; y para Esquirol lo más adecuado iba a ser considerarla, como hemos visto, una forma de monomanía. Esta posición, la de que no existía ninguna forma de locura en la que el delirio se hallara ausente, iba a ser admitida y sostenida también en ese momento por los alumnos de Esquirol. Este último, no obstante, iba a modificar más mientos reales y fundados. Turbados por alucinaciones, arrastrados por pasiones violentas e incluso feroces, hay algunos que se entregan a los más grandes excesos, que cometen actos de la ferocidad más atroz, empujados por un furor reflexivo e incluso razonado. Es a esta especie a la que deben ser referidas las diversas observaciones publicadas bajo el título de manía sin delirio". 2^ Sobre el manejo del concepto de voluntad por Esquirol puede verse: BERRIOS, G.; GILÍ, M. (1995), «Will and its disorders: a conceptual history». En sus conclusiones señalaba lo siguiente: "que en la mania denominada sin delirio hay no solo perversión en las facultades afectivas, sino también lesión en las funciones del entendimiento; que los enfermos afectados por ella no están dominados en absoluto por un impulso ciego a los actos de violencia; que, cuando recobran la razón y pueden dar cuenta de sus acciones, de sus movimientos, lo cual sucede habitualmente, reconocen que no han sido en absoluto automáticos, sino que han sido el efecto de una lesión de la percepción, del juicio, de la imaginación, etc". Falret señalaba, además, que los casos de''manie sans délire'' podían ser clasificados como formas de manía, pero que, "más a menudo", corresponderían a cuadros de monomanía. FALRET, J.-P. ( 1819 2'' Georget señaló en 1820 que la mania sin delirio debía "formar una variedad de la monomanía", una especie de locura caracterizada por "un pequeño numero de ideas fijas, dominantes, exclusivas, sobre las cuales da vueltas el delirio, y un razonamiento a menudo bastante sano sobre cualquier otro objeto". Este autor, que admitiría, al igual que su maestro, dos formas de monomanía -la lypemanía o la Asclepio-Vol XLVIII-2-1996 95 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es adelante su posición.En 1820, Georget había insistido sobre el hecho de que uno de los rasgos más característicos de la monomanía consistía en una alteración del comportamiento caracterizada muchas veces por "una inclinación a la ferocidad, por un deseo, una necesidad sin motivos de destruir seres vivos e incluso seres humanos"^^. Cinco años más tarde, este signo representativo de la monomanía iba a permitirle, por una parte, precisar los contenidos y denominación de esta "variedad" de locura, y, por otra, dotar a ese concepto, y a través de él a la nueva medicina mental, de una gran difusión social. En relación con esto conviene tener presente el doble sentido que Blaxter ha encontrado en el modo de considerar esa actividad esencial de la clínica y del proceso de catalogación de la enfermedad humana que es el diagnóstico. Esta autora ha llamado la atención sobre la existencia de una cierta confusión entre dos significados de este término: diagnóstico como categoría, como una lista de enfermedades; y diagnóstico como proceso, esto es, las cosas que el médico hace para establecer esa lista. Como esta autora señala, ambos significados no son separables sino que son interdependientes. El diagnóstico-como-proceso es dependiente del diagnóstico-como-categoría ya que el acto de describir una enfermedad está influido por las descripciones aceptables o disponibles en el universo relevante del conocimiento médico; y a la inversa, la naturaleza de los diferentes conjuntos de categorías inventadas dependerá del propósito de categorización, por lo que, en cierto sentido, las clasificaciones son el resultado del proceso-^. Creo que tener en cuenta esa doble significación del diagnóstico es muy util para apreciar como se incorporaron determinadas formas de conductas criminales al catálogo de las enfermedades mentales. En efecto, la introducción de las mismas como formas de enajenación mental estuvo relacionada de forma clara con el objetivo que Georget perseguía con su obra: ilustrar diversas cuestiones médico-legales relacionadas con una "enfermedad", como era la alienación mental, que consideraba "todavía poco conocida en alguna de sus variedades" por aquéllos -magistrados, abogados, miembros del jurado y médicosque debían declarar como expertos-que eran "llamados a juzgar a sus semejantes" en los tribunales y en cuyas manos se encontraba, por tanto, "la vida, el honor, la melancolía, caracterizada por un delirio triste; y la monomanía en la que el delirio sería predominantemente alegre-, tenía además mucho cuidado en dejar bien claro que "en muchos casos, el delirio no está en absoluto limitado a la idea principal; solamente es menos general, más oculto, más difícil de reconocer que en la manía". Para cumplir ese objetivo, en el que, como veremos, se hallaba también presente un interés por reforzar la posición social de los alienistas, Georget iba a proceder a recuperar una categoría diagnóstica pineliana: la manía sin delirio. Señalando, como había hecho Esquirol, que entre los trastornos de la alienación mental era posible distinguir entre "lesiones de la voluntad" y las llamadas "lesiones de la inteligencia o delirio"-^, se iba a alejar no obstante, como anunciamos más arriba, de su maestro a la hora de considerar el modo de presentación de los síntomas dependientes de una y otra: "Comúnmente estos dos elementos de la alienación Fiiental se encuentran reunidos en el mismo enfermo (...) Pero a menudo uno u otro de estos dos órdenes de fenómenos predomina; a veces incluso uno de ellos existe sólo o aproximadamente sólo. Es especialmente importante conocer las lesiones exclusivas de los sentimientos y las pasiones, pues, para el vulgo, y en consecuencia para los magistrados, no hay locura más que cuando las ideas están perturbadas, los juicios (son) falsos y los razonamientos erróneos"'^" Georget, por tanto, recuperaba la vieja idea de Pinel de que la locura no era incompatible con la presencia de un juicio y una inteligencia bien conservadas. Es más, la iba a hacer desempeñar un papel fundamental en la revisión del concepto de monomanía que llevaba a cabo en su trabajo. En efecto, consideraba que diversas observaciones permitirían establecer que el hombre podría verse sometido a la acción de una enfermedad mental que haría "nacer en él horribles inclinaciones" y que le llevaría a los "excesos más condenables" aun cuando la razón no se encontrara "en absoluto alterada"-^•. Este hecho se pondría sobre todo de relieve, aunque no de manera exclusiva, en un tipo de cuadros que habrían sido ya descritos por autores anteriores y que él iba a clasificar bajo el rótulo de monomanía homicida^-. Hay que tener presente que el artículo 64 del Código Penal napoleónico, vigente en ese momento en Francia, establecía que "// n 'y a crime ni délit lorsque le prévenu était en démence au temps de l' action''. La enajenación mental podía privar también a quien la padecía del libre ejercicio de sus derechos civiles e, incluso, de su libertad. 102. ^2 Georget llevaba a cabo en su trabajo una revisión de los autores -Pinel, Fodere y Esquirol, entre otros-que habrían descrito cuadros de monomanía homicida aun sin nombrarla de ese modo. Hay que señalar también que este autor llamaba asimismo la atención sobre la existencia de otras formas de monomanía, como la caracterizada por la "inclinación al rol^o", cuyo rasgo común sería el de aparecer en ellas una tendencia irresistible a cometer actos delictivos. GEORGET ( 1825), pp. 72-95. te, consideraba necesario hacer notar que el rasgo más sobresaliente y característico de esta forma de alienación mental, la inclinación que presentarían los enfermos a matar personas, estaría acompañada "le plus souvent de raberration dans les idées". Distinguía así entre dos formas de monomanía homicida: una "sin delirio"; y otra, que representaría la "mayor parte" de los casos, en la que "la inclinación al homicidio" no sería "más que el resultado del trastorno de las ideas"^^. Pero este significado que Georget asignaba a ciertas conductas no era precisamente compartido por el resto de la sociedad. Hay que señalar que ya la "manie sans délire", a pesar de las reservas con la que fue contemplada en un primer momento por la incipiente psiquiatría, era un concepto que estaba siendo manejado con frecuencia ante los tribunales^"^. No obstante, si atendemos a alguno de los procesos analizados por Georget en su trabajo, da la impresión de que el recurso a esta forma de locura para excusar las acciones criminales no parece que estuviera siendo tenido demasiado en cuenta por los jueces y jurados, al considerarlo un "error funesto"-^^. Esta situación no solo suponía poner en cuestión la nosología de las enfermedades mentales, sino la labor de los alienistas y la objetividad de su aportaciones^^. Por ello, la monomanía homicida, sobre todo en su forma no delirante, se convertía en una categoría diagnóstica clave para el devenir de la Psiquiatría. Al tratarse de una forma de locura que resultaba difícil de detectar para los no entrenados en el estudio de la misma, representaba un buen argumento en manos de los alienistas para legiti-?? 173.'^^ Georget señalaba que numerosos abogados estaban intentando librar a sus defendidos en las causas "desesperadas" haciendo pasar "las pasiones violentas" por "verdaderas monomanías". No obstante, como indicaba este mismo autor, la "manía sin delirio" no había sido "más que raramente tomada en consideración ante los tribunales, e incluso [era] aún generalmente rechazada por los magistrados como un error funesto". Pinel ya había dado muestras de ser consciente de las dificultades que iba a encontrar esta variedad de locura para ser aceptada por los profanos y, concretamente, por los juristas: PINEL ( 1809), p. 190-191. ^^^ No puede sorprender por ello que Georget quisiera defender la autoridad de los expertos frente a las opiniones de los profanos, y que la reivindicara de este modo: "En el mayor número de casos, la alienación mental es fácilmente reconocida por todo el mundo. Pero hay casos dudosos, donde las personas, incluso las más instruidas, no se pueden pronunciar con certidumbre (...) [Es preciso, por tanto], que los magistrados se convenzan de la necesidad de ilustrarse constantemente con las luces de numerosos hombres del arte cuando es preciso pronunciarse sobre el estado de los acusados. Además de que los profanos no tienen los conocimientos necesarios para pronunciarse en los casos oscuros, la decisón de los médicos tendrá siempre mucho más peso sobre la opinión pública. Es muy importante que el pueblo, que comprenderá difícilmente que se pueda tener accesos de manía furiosa y homicida sin alteración del juicio, se apoye con confianza en la opinión de los médicos y no crea que se le ha querido sustraer un culpable de la vindicta pública". 72. marse socialmente, para mostrar la necesidad y la conveniencia de que sus opiniones sobre las enfermedades mentales fueran asumidas por aquellos que, como era el caso de los jueces y miembros del tribunal, no eran expertos en su estudio-^'^. Esquirol fue pronto consciente de ello. Una buena muestra a este respecto es, como veremos a continuación, su cambio de posición frente a las formas de locura sin delirio. Con esa frase -"nada por crimen, nada fingido, todo por enfermedad"-Esquirol quería "caracterizar" el asesinato cometido por los monomaniacos homicidas-^^. Parafraseaba así a quienes, encargados de examinar a finales del siglo XV a una acusada de brujería, concluyeron su informe sobre la misma con una frase que según expresaba el gran alienista francés habría servido de regla a partir de entonces a los jueces que tuvieron que pronunciarse sobre la suerte de las brujas y los magos": nihil a demone; multa ficta, à morbo panca -nada por demonios, mucho por fingimiento, pocas cosas por la enfermedad-. De este modo Esquirol mostraba buena parte de los objetivos que los psiquiatras querían cubrir con esa categoría diagnóstica. De un lado, librar a unos pobres enfermos de un destino tan injusto como lo había sido en etapas más oscuras de la historia el de las acusadas de brujería, lo que les permitía presentar a la monomanía homicida rodeada de una aura humanitaria. De otro, el de conseguir para sí el reconocimiento por parte de la sociedad de su condición de expertos en el fenómeno de la locura, lo que pasaba por hacer valer sus diagnósticos de forma sistemática en las salas de justicia. Pero la empresa de lograr que los tribunales aceptaran el significado de enfermedad mental que los alienistas, tras sus peritajes forenses, establecían para ciertos comportamientos no estaba resultando, como señalamos antes, nada fáciP"^. 359. ^' ^ El propio Georget reunía y discutía en un folleto las principales opiniones vertidas en contra de esos diagnósticos. 4» De hecho, Charles-Chrétien-Henry Marc_(L77ijil840) utilizó por primera vez en 1826 este concepto en la defensa de una acusada que no fue absuelta pero no fue condenada a la pena capital. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es cer ajeno a un estado de cosas poco favorable a los intereses de la disciplina que cultivaba"^'. Su apoyo más explícito a la doctrina de la monomanía homicida iba a llegar en 1827 en forma de una extensa nota aparecida en un volumen dedicado a los problemas forenses relativos a las enfermedades mentales. En su trabajo, Esquirol iba a intentar no solo difundir un nuevo modo de entender determinadas conductas delictivas, sino también proporcionar un cuadro acabado de los signos y síntomas por el que las mismas podían ser catalogadas como una forma de alienación mental: la monomanía homicida. En primer lugar, mostraba su interés por combatir el estereotipo cultural vigente acerca de la locura. Hablar de un loco, decía al comienzo de su trabajo, "es para el vulgo hablar de un enfermo en el que las facultades intelectuales y morales están todas desnaturalizadas, pervertidas o abolidas""^-. Mostrando su interés por modificar esa percepción de la patología mental indicaba que en la manía, pero de forma "más notable" en la locura parcial, en la monomanía, las cosas se presentaban de otro modo. Recurriendo a la idea de la división de la mente en tres distintas facultades -intelectuales, afectivas y volitivas-que podrían lesionarse aisladamente, llamaba la atención del lector sobre el hecho de que "la locura parcial no tiene siempre por carácter la alteración de la inteligencia. A veces, la facultades afectivas son las únicas lesionadas. A veces, no se observa desorden más que en las acciones"'^^ Esta introducción le servía de base para comenzar su exposición de una de las "especies" de monomanía que, como el resto de ellas, tomaría su nombre "del objeto del delirio". La monomanía homicida sería así "un delirio parcial caracterizado por un impulso más o menos violento al homicidio"'^'^. "^i Michel Gourevitch ha señalado que, en lo que tiene que ver con la nosografía. Esquirol es "lacónico y abstracto", mientras que el clínico es "fenomenólogo y describe sin clasificar nunca". Este autor señala que hay una excepción a esta afirmación: la monomanía homicida. A esta especie, lo que habla de su interés por ella y de la importancia que la concedía. Esquirol no sólo dedicó su única monografía dedicada a una monomanía, sino que se ocupó de ella con continuidad. GOUREVITCH, M. ( 1983 Aunque esta manera de presentar esta especie morbosa pudiera inducirnos a pensar en el hecho de que Esquirol exigía la presencia de una alteración de la inteligencia para atribuir a los homicidas el significado de enfermos mentales, muy pronto mostraba que su modo de pensar al respecto era diferente. Ello pasaba por conceder al delirio un nuevo significado. En efecto, de inmediato llamaba la atención sobre la existencia de "dos formas bien distintas" de esta monomanía. En alíennos casos, "el homicidio es provocado por una convicción íntima, pero delirante; por la exaltación de la imaginación ofuscada; por un razonamiento falso, o por las pasiones en delirio. Siempre el monomaniaco es movido por un motivo confesado y fuera de razón, y siempre ofrece signos suficientes del delirio parcial de la inteligencia o los afectos"^-^ Pero en otras situaciones, el monomaniaco homicida no presentaría "ninguna alteración apreciable de la inteligencia o de los efectos. Es arrastrado por un instinto ciego, por una idea: por alguna cosa indefinible que le empuja a matar; e incluso cuando su conciencia le advierte del horror del acto que va a cometer, la voluntad lesionada es vencida por la violencia del arrastre; el hombre está privado de la libertad moral, es presa de un delirio parcial, es monomaniaco, es loco"'^^' El delirio adquiría así un nuevo alcance. Ya no se trataba de un síntoma de alteración en las funciones intelectual o afectiva. Un "instinto ciego", una "idea" o "algo indefinible" que arrastraran a los individuos a cometer un homicidio debían ser también considerados como delirios y, como consecuencia de ello, las personas que presentaran una conducta homicida bajo ese estado debían ser catalogadas como locos, como irresponsables. Ello pasaba por enfrentarse al punto de vista sostenido por la sociedad de la época al respecto, según el cual, como el propio Esquirol señalaba, sólo "por el extravío de la razón" se perdería el libre albedrío. Para Esquirol, del mismo modo que la inteligencia y la sensibilidad moral pueden ser pervertidas o abolidas, también "ese complemento del ser intelectual y moral" que sería la voluntad podría ser "turbado o aniquilado""^^. "¿Es que la voluntad [-se preguntaba Esquirol abundando en este sentido-], como el entendimiento y los afectos, no se extravía por vicisitudes, siguiendo mil circunstancias de la La lectura de este párrafo muestra no sólo hasta qué punto la incorporación a la psiquiatría francesa de la teoría de la división de la mente humana en tres facultades distintas desempeñó un papel relevante en la configuración de la doctrina de la monomanía, sino también que en la delimitación de esta entidad morbosa ejerció un influjo fundamental su aplicación en la práctica forense. Expresión de ello es también el modo en que Esquirol procedía a caracterizar el cuadro. En efecto, tras exponer diversos casos de monomanía homicida, sistematizaba en primer lugar los síntomas y signos más característicos de esta forma de locura. La semiología del cuadro aparecería presidida por una constancia en "casi todos los individuos" estudiados de "una constitución nerviosa, de una gran susceptibilidad" y de "alguna cosa singular en el carácter, de rareza en el espíritu". Antes de la aparición del deseo de matar serían "dulces, buenos, honestos". En todos los casos en los que el acto homicida no se ejecutara "inmediatamente tras el impulso", sería posible encontrar en la biografía del sujeto un cambio marcado en su "sensibilidad física y moral", en su "carácter" o en su "manera de vivir". Este cambio sería siempre fácil de precisar. Sería posible encontrar las causas físicas o morales que habrían determinado la enfermedad. El impulso homicida se vería acompañado o precedido de cefalalgia, males de estómago o dolores abdominales. La visión de instrumentos con los que cometer el homicidio aumentaría el impulso. En casi todos los casos habría también tentativas de suicidio. No existiría ningún motivo para desear la muerte de las victimas, sino que las escogerían entre sus seres más queridos"^^. Pero el cuadro semiológico de la monomanía homicida no se completaba con estos signos y síntomas. Junto a ellos y ocupando un lugar muy significativo, Esquirol iba a presentar los procedentes de la práctica médico-forense. Para establecer el diagnóstico diferencial entre esa enfermedad y el homicidio criminal era preciso recurrir a datos que tenían que ver con las circunstancias en las que el acto desviado se había producido: el monomaniaco actuaría aislado, sin complices; su comportamiento no respondería a un comportamiento criminal; no cometería su acción contra personas que pudieran representar un obstáculo o una amenaza para sus intereses, sino que atentaría contra personas que le son indiferentes o queridas; cuando cum- pliera su deseo no tendría nada en el pensamiento, "ha matado, todo ha terminado para él, el fin se ha alcanzado"^^. De este modo, una nueva especie morbosa quedaba caracterizada. Con ello, un significado inédito era atribuido por parte de la psiquiatría a ciertas conductas homicidas que hasta entonces eran contempladas como formas de esa categoría de comportamiento desviado que es el delito. Aunque ya con anterioridad la conducta de ciertos individuos que atentaban contra la vida de sus semejantes era incluida dentro de esa otra forma de desviación que es la enfermedad mental, se hacía obligado para ello la presencia en esas personas de un desorden manifiesto de la inteligencia, cuyo síntoma más relevante era el delirio. Los alienistas hacían ahora aparecer también dentro de la categoría de enfermedad mental, a conductas homicidas en las que no era posible apreciar una lesión del entendimiento, en las que no era evidente al presencia de un delirio, sino que sólo se caracterizaban por una alteración de la voluntad, por esa "inclinación irresistible" que conducía a determinadas personas a cometer un asesinato. Como cabía esperar, la sociedad francesa del momento no iba a compartir de inmediato ese significado que los incipientes psiquiatras otorgaban a ciertas formas de comportamiento homicida. "Una sensación inmensa se produjo en la magistratura y en el mundo por la designación [-se refiere a la de monomanía para determinados comportamientos-] de Esquirol. Una interpretación (...) literal hizo creer en la revelación de una variedad mórbida: las pasiones transformadas en locuras; los crimenes tanto más excusados cuanto más monstruosos; la moral perdiendo su base, la ley su sanción, la sociedad sus garantías; y, siguiendo la enérgica expresión de M. Dupin [-un magistrado-]:'Charenton reemplazando a la Bastilla'. Tales fueron las previsiones siniestras que esta doctrina inspiró y que la indiscreción de ciertos alegatos contribuyó a afirmar"*^' Los alienistas habían abierto, por tanto, un duro proceso de negociación con diversos sectores de la sociedad al objeto de conseguir que su modo de interpretar determinadas conductas adquiriera una aceptación general. En ese debate no sólo estaba en juego el destino que determinados individuos iban a tener -la guillotina, la cárcel o el manicomio-, sino también el grado de reconocimiento social que los saberes y prácticas psiquiátricos y con ello el status de quienes los detentaban, habían de poseer. Es por esto por lo que en el diagnóstico-como-categoría de monomanía homicida iba, como veremos a continuación, a influir de una forma considerable el diagnóstico-como-proceso, el hecho de tratarse en la mayor parte de los casos de diagnósticos realizados con un fin médico-legal y teñidos siempre de una sensación de que había algo más en la palestra que la suerte de un individuo, de que se estaba juzgando también a las aportaciones de una nueva disciplina médica y a quienes las estaban efectuando. ASCENSO Y CAÍDA DE UNA ENTIDAD NOSOLÓGICA En 1833 Marc iba a realizar algunas "consideraciones" acerca de la monomanía que resultan muy útiles para mostrar los problemas que la doctrina estaba encontrando en la sociedad francesa. El autor se preguntaba sobre el origen del "descrédito" por el que "todavía" estaría marcada "la doctrina médico-legal de la monomanía" y, para él, la respuesta se hallaría en una "reunión de circunstancias"-^-. La primera de ellas tendría que ver con la existencia de un conflicto de carácter profesional. En opinión de Marc, el afán de los jurisconsultos franceses por ejercer una supremacía sobre los médicos les estaría llevando, por un lado, a cuestionar la existencia de la monomanía, con la negativa influencia que de ello se derivaba de cara a que los jurados aceptaran este diagnóstico pericial, y por otro a cuestionar el papel de los médicos como expertos testigos en los casos en los que se planteaba la posible enajenación mental del autor de un homicidio-'^^. La segunda circunstancia que habría impedido la aceptación general por la sociedad francesa de la monomanía de hallaría relacionada con el hecho de que reinara "en Francia entre muchas personas (...) un espíritu religioso mal entendido, que [habría] militado contra la realidad de la monomanía y de las propensiones irresistibles que ordinariamente la acompañarían"'^-^ ^-MARC (1833), «Considérations médico-légales sur la monomanie et particulièrement sur la monomanie incendiaire», Annales d'hygiène publique et de médecine légale, 10, 357-474, p. Entre los juristas que más se esforzaron en debatir con los médicos figuraba un joven abogado parisino -Elias Regnault-, quien publicó tres folletos poniendo en duda la existencia de la monomanía y la pretensión de los médicos de arrogarse en exclusiva la capacidad de establecer la existencia de enajenación mental en una persona: ( 1828 Quienes mantenían estas críticas sostendrían que el hecho de admitir esas "propensiones" equivaldría a "negar la existencia del alma". Para ellos, la "admisión de la monomanía como excusa en materia de crimen" conduciría "necesariamente al materialismo ya que" haría "derivar de la organización física los actos más inmorales"-'^''. Este tipo de opiniones constituían sin duda, más allá de un conflicto entre diferentes posiciones en materia religiosa, un reflejo del debate entre dos modos de entender las funciones mentales que se hallaban enfrentados en la Francia del momento: el sostenido por los llamados "fisiologistas"; y el mantenido por los "psicologistas"-'^^. Por último, Marc planteaba como tercer origen de la falta de asentimiento de sus compatriotas ante la nueva entidad morbosa la actitud de los médicos. Estos, al aplicar "demasiado abundantemente" ese diagnóstico, habrían "contribuido a retardar su propagación" ya que "ver monomaniacos por todas partes es llegar a que no se les vea en ninguna"-'^^. Así pues, el último factor que estaba operando para limitar la extensión entre los franceses de un nuevo modo de contemplar determinadas conductas desviadas se hallaba relacionado con el propio desarrollo del conocimiento y de la práctica médica. La aparición de una nueva entidad nosológica permitía a los médicos disponer de una categoría en la que encuadrar a determinados sujetos y parece que, en efecto, el elevado número de individuos que eran adscritos a la misma resultaba excesivo a una sociedad que sólo desde unos pocos años antes había oido hablar de la misma y que acusaba a los médicos de ver monomaniacos "por todas partes". Ahora bien, creo que, en relación con el papel de los propios medicos en el destino que la monomanía estaba teniendo, Marc no hacía alusión a un problema que también ejercía una cierta influencia: el de que no todos ellos aceptaban la existencia de una especie de enfermedad mental de las características de la monomanía homicida instintiva-'^s. Achille Foville (1799-1878), a quien Esquirol había hecho nombrar en ^^ MARC(1833), pp. 366-367. • "^^^ Como ha sintetizado Jan Goldstein, el programa básico de la corriente "fisiológica" consistía en, por un lado, tratar la vida mental como una propiedad o manifestación de la materia física complejamente organizada que compone el cuerpo humano; por otro, en limitar el estudio de esto al fenómeno externamente observable; y, por último, en intentar construir una ciencia de la mente siguiendo el método baconiano. Esta corriente parecía ser monista a simple vista, pero en realidad era algo más ambigua en sus planteamientos. El programa básico de la corriente "psicológica" estribaba, por el contrario, en tratar a la mente como una realidad distinta de la del cuerpo, como una entidad radicalmente libre no sujeta a las leyes que prevalecen en el mundo físico y que sería propiamente investigable únicamente desde el interior, a través de la introspección. Esta segunda corriente esa así explicitamente dualista. 1824 jefe médico del asilo de Saint-Yon (Sena-Inferior), no sólo afirmaba en 1834 que la monomanía era una forma de enfermedad mental "mucho más rara de lo que se estaría inclinado a creer dadas las descripciones de los autores, sino que, si se examinaba a los alienados encerrados en los manicomios, el resultado era que no existía ni uno solo al que se le pudiera aplicar la etiqueta de monomaniaco''^. Para él, cuando se atribuía a determinados enfermos tal rótulo lo que estaría pasando es que el diagnóstico estaría siendo realizado "sobre la palabra y no sobre la naturaleza", es decir, se habría descrito "esto que merecía el nombre de monomanía, pero de lo que no se encuentra ejemplo por así decirlo en la práctica"^^. Desde su punto de vista, la locura afectaría simultáneamente a todas las facultades mentales, y sería en aquellas situaciones en que la intelectual, "sin quedar intacta", apareciera alterada "menos profundamente" que la afectiva y la volitiva, en las que se presentarían los casos de "pretendidos monomaniacos^^ ". De este modo, la existencia de una monomanía homicida instintiva quedaba cuestionada por un modo de concebir la patología mental en el que a diferencia del que había hecho posible su surgimiento como entidad morbosa, no se admitía la posibilidad de una lesión aislada en una de las tres facultades mentales. Así, pues, los alienistas continuaban teniendo problemas en la década de los años 1830 para hacer partícipe a la sociedad francesa del significado de la enfermedad mental que ellos estaban otorgando a ciertas conductas homicidas. A pesar de su esfuerzo por desarrollar la doctrina en el sentido de precisar mejor los rasgos semiológicos de la monomanía y su diagnóstico^-, y aunque la admisión de esa entidad eos debían ser los únicos competentes para pronunciarse sobre el estado mental de un acusado. Reseña aparecida en: Journal Universel des sciences médicales, 43, 49-69, p. ^^" Ibidem. ^' ^ Ibidem. ^^2 Tal vez el más relevante de ellos sea el de BAILLARGER, J.-G.-F. ( 1846), «Quelques considérations sur la monomanie». Muchos autores escribían también mostrando sus estudios sobre casos concretos, tratando de incrementar el número de observaciones sobre la entidad morbosa con el objeto de contribuir a precisar mejor el cuadro semiológico de la misma. Algunos ejemplos notables de los mismos serían los siguientes: ESQUIROL ( 1840 diagnóstica como eximente de responsabilidad fue siendo considerada de forma creciente en los tribunales, las dificultades para su aceptación general no habían cesado hacia 1850^^. Esta ausencia de reconocimiento universal para la doctrina iba a ser uno de los factores más influyentes en el hecho de que los alienistas comenzaran a sentir la necesidad de acabar con una especie morbosa que, como era el caso de la monomanía homicida instintiva, empezaba a resultarles poco relevante, si es que no francamente molesta, para sus intereses^"^. Bariod, por ejemplo, finalizaba su tesis doctoral negando que pudiera ser admisible dicha forma de locura porque, entre otras razones, los hechos "malignos" que servían de base para establecer el diagnóstico de monomanía instintiva serían siempre el resultado, bien de concepciones delirantes, bien de un problema general, como la manía, bien de una debilidad congénita o adquirida, como la idiocia o la demencia^''. Los alienistas, por tanto, estaban planteando de nuevo la imposibilidad de que pudiera existir una enfermedad mental en la que la razón quedara conservada. En este sentido es también muy significativo el cambio de posición frente a la monomanía manifestado por uno de los más significativos alienistas del momento: Alexandre Brierre de Boismont (1797Boismont ( -1881)). En una reseña a los Études cliniques (1852) de Bénedict-Agustin Morel (1809-1873), que era el médico jefe del asilo de alienados de Maréville y que empezaba a hacerse un hueco entre los más influyentes representantes de la psiquiatría francesa de la época, Brierre de Boismont indicaba que la obra tenía la "noble ambición" de "rehacer el edificio elevado por Pinel y Esquirol"^^. En este sentido indicaba que "un punto importante" de la clasificación de Morel era "el ataque dirigido contra la existencia de la monomanía"; un ataque que estaría basado en la opinión del autor de que "los casos de pretendida monomanía" no serían "más que casos de manía o melancolía incompletamente observados" pues no podría haber ^' ^ Son numerosos los testimonios de los alienistas en ese sentido. ^^"^ Sobre el declinar del concepto de monomanía y su relación con el desarrollo de la profesión de psiquiatra en Francia puede verse GOLDSTEIN ( 1987), pp. 189-196. <' •'' BARIOD, J.-A. (1852j, Etudes critiques sur les monomanies instinctives. Los otros argumentos eran: que los hechos en los que se apoyaba la doctrina no ofrecían "pruebas serias"; que los "hechos malignos de los alineados, actos que son la base de estas diversas monomanías, no son el resultado de la excitación morbida de una inclinación en medio de una inteligencia sana"; que "el hecho de un acto maligno no puede por él mismo bastar para constituir una especie de enfermedad mental"; que estos actos no tendrían "más que una importancia secundaria en la sintimatología de la locura" por lo que el observador debería fijar el objetivo de sus observaciones "en el estado mental" en que dichos actos se producen. "locura localmente circunscrita y no manifestándose más que sobre un punto aislado"^^. En su comentario Brierre de Boismont señalaba que admitía "como un hecho casi general la solidaridad de las facultades en el delirio parcial", por lo que sus "opiniones sobre la monomanía [eran] pues en el fondo semejantes a las de Morel". No obstante, a diferencia de éste, consideraba que "el momento [era] inoportuno para defender esta tesis" ya que "las ideas verdaderas que tendía a propagar la doctrina de Esquirol están lejos de haber hecho su camino, y porque es de temer que los numerosos opositores que ha encontrado se apresuren a aprovechar esta disensión médica para hacer una nueva protesta airada. No se debería perder de vista, en las ciencias como en los negocios, este aforismo: Todo viene a punto a quien sabe esperar"^'^ Morel escribió una carta a Brierre de Boismont mostrándole que no compartía estos temores sobre los efectos de la desunión de los médicos, y lo argumentaba señalando las razones por las que consideraba que los jurisconsultos se habían situado en contra de los diagnósticos psiquiátricos: "Están persuadidos [-razonaba Morel-] que miramos a voluntad al mismo individuo como alienado y razonable, un absurdo que nos atribuyen gratuitamente. Ahora bien, colocando de nuevo la cuestión sobre el terreno de la solidaridad de todas nuestras ideas, de todos los actos humanos, no destruimos la verdad del predominio de ciertas ideas y de ciertos actos escudriñamos sólo las cuestiones más a fondo, nos imponemos la obligación de los informes médico-legales de exponer de una manera más profunda los motivos que dirigen a los alienados, les damos una idea más completa"^''^ Morel mostraba que la idea de que las facultades mentales podían lesionarse aisladamente representaba un obstáculo, más que una ventaja, para que los diagnósticos forenses de los médicos fueran asumidos por los tribunales. La teoría de que determinados comportamientos homicidas eran ejecutados por personas en las que la inteligencia permanecía íntegra no terminaba de ser asumida por la sociedad francesa. ¿Por qué seguir, pues, defendiendo una posición cuya capacidad de extraer beneficios para los alienistas parecía haberse agotado? Para evitar las críticas y dar más solidez a sus afirmaciones bastaba con afirmar que la mente humana funciona de manera unitaria; que aunque una de sus funciones se presente como afectada de manera preponderante no por ello se debe pensar que el resto mantiene su integridad. Muy pronto Brierre de Boismont iba a dar muestras de estar de acuerdo con estos argumentos. En efecto, a penas un año más tarde, leía una comunicación ante la Société mèdi' co-psychologique en la que se ocupaba de examinar "una de las proposiciones más controvertidas de la ciencia de las enfermedades mentales", la de "la monomanía o delirio limitado a un tema y dejando en el espíritu su integridad sobre los otros^^. Manifestaba en él que, si bien los trabajos de Pinel y, sobre todo, de Esquirol habían sido "un gran progreso para su tiempo", aquél "no se podía detener", y se preguntaba si las doctrinas de estos autores estaban al nivel de los "conocimientos actuales*^'. Su trabajo representaba en realidad una defensa de la teoría de la doctrina de la solidaridad de las facultades mentales que le llevaba a establecer "una ley": la de la "unidad de las facultades intelectuales, afectivas y morales, solidaridad de sus funciones"''-. La ventaja de adoptar esta posición era argumentada por Brierre de Boismont del siguiente modo: "La doctrina de la unidad del espíritu y de la solidaridad de sus facultades bien establecida, no tiene sólo por resultado probar que la teoría ha ido demasiado lejos encerrando las locuras parciales en un rincón aislado del cerebro, mientras que en las otras partes conservaban su integridad; tiene también por consecuencia importante demostrar a los magistrados que el desorden de las facultades intelectuales y morales es raramente tan circunscrito como se había creido, y que la concepción delirante se cierne siempre sobre la cabeza del monomaníaco"^-''. El texto anterior pone claramente de relieve que los cambios que se estaban operando en la nosografía francesa de mediados del siglo XIX no solo eran debidos al propio desarrollo interno de los saberes, sino que en esa transformación ejercía un influjofundamental la necesidad de establecer un amplio grado de consenso social en relación con el significado que había que atribuir a determinadas conductas homicidas. En un momento en que los alienistas percibían que su aspiración a ser considerados como los únicos capacitados para determinar la situación mental de un individuo; en un instante en el que los juristas escribían libros dedicados a "demostrar la necesidad del concurso de la medicina en las decisiones de la magistratura sobre todos los casos en que la locura puede ser sospechada"^"^, no parecía demasiado útil mantener una especie morbosa como la monomanía homicida instintiva. Mucho más cuanto que los magistrados apoyaban la idea de la unidad de las funciones mentales como base para explicar la patología mentaP-''. Brierre de Boismont presentó estas ideas en el marco del debate que sobre la monomanía estaba teniendo lugar en la Société médico-psychologique'^^. Sus puntos de vista no fueron, ni mucho menos, compartidos por la mayoría de los participantes en las discusiones. 1856), por ejemplo, se mostró como un apasionado opositor de la teoría de la solidaridad de las facultades y como un firme partidario de responder afirmativamente a la pregunta sobre si existían realmente las monomanías. Además, manifestó que "combatir y destruir la idea" que este concepto llevaba aparejado, "sería llevar a la duda y a la incertidumbre" a los jueces, que estarían ya "muy poco dispuestos a reconocer la competencia de los médicos especiales'^'^. No obstante, los defensores de las nuevas ideas no se amilanaron y sostuvieron con firmeza sus puntos de vista. Tal vez Morel fuera el más contundente en este sentido. No sólo iba a defender la solidaridad de las facultades mentales y a combatir la existencia de la monomanía instintiva, sino también a mostrar un nuevo camino para abordar el problema del diagnóstico médico-legal de las conductas homicidas. Para él, los actos designados por Esquirol y Marc bajo los nombres de monomanía de robo, incendiaria y homicida no serían más que "la consecuencia de una enfermedad principal que transtorna la razón'^^". Esa enfermedad principal no sería otra cosa que una modificación orgánica, sin la cual, Morel "no comprende la locura", por lo que, para él, en lugar de decir que en un individuo hay lesión de la voluntad, sería "más racional" decir que "la voluntad se ejerce con un instrumento enfermo" que no es otra cosa que el organismo alterado'^^. Así "atacando la teoría de la monomanía". Vingtrinier se refería en concreto al folleto de Sacase -consejero en la corte de apelación de Amiens-titulado De la folie considérée dans ses rapports avec la capacité civile, publicado en Paris en 1851.'^^ Brierre de Boismont señalaba que dicha doctrina había sido "desarrollada con verdadero talento por un magistrado eminente". Sobre le papel de esta institución en la consolidación profesional de los alienistas puede examinarse: DOWBIGGIN, I. (1989), «French psychiatry and the search for a professional identity: the Société Médico-psychologique, 1840-1870», Bulletin of the History of Medicine, 63, 331-355. 77 BRIERREDEBOISMONT(1854), pp. 107-108. tenido "principalmente por objeto ofrecer a los médicos expertos un medio más racional, más médico, y consecuentemente más filosófico" para establecer sus peritajes": el de hacerlo sobre la base de "un problema de las funciones orgánicas"^^. De este modo, una nueva y fructífera vía, cuyos resultados más notables iban a venir aparejados al desarrollo de la doctrina de la degeneración que el propio Morel iba a formular en 1857 en su Traité des dégénérescences, se abría a los médicos y alienistas para superar uno de los inconvenientes que la monomanía presentaba en la práctica forense: las dificultades para llegar a un diagnóstico suficientemente convincente acerca de su existencia como para que la irresponsabilidad del acusado quedara fuera de toda duda. En efecto, si como señalaba Lunier, para "conservar el terreno conquistado tan laboriosamente" por los psiquiatras no bastaba ya con "decir este hombre es un alienado", sino que era "preciso demostrarlo"^', una buena manera de hacerlo, de conceder a sus diagnósticos una certidumbre aparentemente mayor, era la de basar éstos en la existencia en los individuos de alteraciones orgánicas fácilmente constatabas y no susceptibles de simulación^^. Así, pues, a la vista de lo anterior, parece evidente que uno de los factores que más influyeron en el rechazo de un buen número de alienistas frente a la monomanía homicida estuvo relacionado con las diflcultades que encontraban en la práctica médico-forense y que estaba convirtiendo a esa entidad morbosa en una categoría diagnóstica molesta para quienes tenían que establecerla. Desde mi punto de vista, como intentaré mostrar a continuación, otra circunstancia que contribuyó también a hacer de la monomanía homicida una especie morbosa incómoda para los psiquiatras tuvo que ver con la posición en que les situaba cuando el diagnóstico médico legal tenía éxito y el alienado era enviado a un asilo. La ley sobre los alienados de 1838, que ha sido considerada como el "paso decisivo en el surgimiento de una profesión 'psiquiátrica' en Francia"^^\ reservaba a los alienistas un papel central dentro de las pautas que debían seguirse para la admisión y puesta en libertad de los enfermos mentales en los manicomios. Una de las normas que establecía en este sentido era, como indicaba Aubanel -el médico en jefe del asilo de Marsella-, la de que todo alienado había de ser puesto en libertad cuando el médico declarara su curación^"^. Este hecho estaba generando una cierta inquietud entre los médicos, pues hacía recaer sobre ellos la decisión de la puesta en libertad de cierto tipo de enfermos que, al ser dados de alta, mostraban, como era el caso de los monomaniacos, recaídas^-^. Es fácil comprender que unos profesionales que estaban siendo acusados por los magistrados de estar atacando "los derechos de la sociedad" por diagnosticar como una forma de enfermedad mental determinadas conductas homicidas^^, no se mostraran muy propensos a tener que lidiar también con la acusación de que estaban dejando en libertad individuos capaces de volver a manifestar su comportamiento criminal. Aubanel, por ejemplo, consideraba "muy legítimo" el temor de un juez que, entre las preguntas que le formuló durante un proceso en el que había emitido un diagnóstico de monomanía homicida instintiva, figuraba la de que si no sería posible que una vez que el procesado fuera curado y devuelto a la sociedad volviera de nuevo a matar^^. Considerando que esa posibilidad representaba "una laguna" que era necesario llenar "en interés de la seguridad pública"^^, el psiquiatra se decantaba por una fórmula favorable para todos menos para el enfermo mental: la de considerar que el encierro de los alienados homicidas debería ser "perpetuo". Según expone esta autora ello se debió a que integró a la nueva especialidad en el aparato del Estado al establecer una red de asilos con un equipo de médicos a tiempo completo, que constituyeron una especie de funcionarios psiquiatras. ^^ Brierre de Boismont señalaba que al obtener "su libertad" los monomaniacos mostraban de nuevo su comportamiento extravagante. "El médico legista cubre un gran deber de humanidad preservando al monomaniaco de la infamia, salvándole de la mano del verdugo; pero el médico de los alienados desconocería los deberes sagrados de la sociedad exponiendo de nuevo a ésta a sus ataques por una salida intempestiva. Todo alienado homicida, lo digo por última vez, debe ser encerrado para siempre jamás en una casa de alienados"^'^ No obstante, dejaba bien claro cual era su verdadera preocupación: la de eludir una tarea que no les resultaba nada grata. Sería "de desear" -decía-que la legislación fuera modificada sobre este punto, que viniera " a descargar, en una palabra, a los médicos de la grave responsabilidad que pesa sobre ellos en estos casos"^^. Abogaba por ello a favor de una ley que obligara a que, aun siendo establecida la curación, este tipo de pacientes permaneciera encerrado a perpetuidad^ •. Esta contradictoria posición frente a las obligaciones a las que les conducía su ya alcanzado status de expertos en el fenómeno de la locura, ese afán por reclamar un lugar destacado en los peritajes ante los tribunales pero al mismo tiempo por rehuir sus responsabilidades como médicos de los asilos, es indudable que venía dado por el temor a ser acusados de ser un grupo de profesionales que atentaban contra la seguridad pública al librar del cadalso, primero, y poner en libertad, después, a individuos peligrosos. La monomanía les situaba así en una posición incómoda. No debe pues extrañar que muchos alienistas contemplaran con una sensación de alivio la desaparición de esta especie morbosa de las clasificaciones de las enfermedades mentales, y que se mostraran satisfechos con la ausencia en las mismas de una entidad que, por lo demás, se había mostrado muy útil para el desarrollo del conocimiento y de la práctica psiquiátricos. El examen de la posición que, dentro de su pensamiento nosológico, concedieron los alienistas franceses de la primera mitad del siglo XIX a una categoría diagnóstica como la monomanía homicida instintiva, resulta por tanto de gran ayuda para poner de relieve algunos de los factores que inciden sobre el proceso destinado a ordenar la ^'^ AUBANEL(1846), p. En esta misma línea, Brierre de Boismont solicitaba que, para la "seguridad de la sociedad", los alienados criminales permanecieran encerrados durante el tiempo que duraría la pena en caso de haber sido hallados culpables. Más tarde radicalizó su posición y afirmó la necesidad de "mantener siempre el secuestro para todos los locos peligrosos". (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es diversidad del comportamiento humano. En concreto, se muestra muy útil de cara a indagar en los mecanismos por los que un determinado tipo de conducta aberrante se ve sometida a cambios en su adscripción a una clase u otra de desviación. El surgimiento y progresivo abandono de esa entidad morbosa por parte de los alienistas franceses muestra, en efecto, cómo la adscripción del significado de enfermedad mental a un tipo de comportamiento homicida se vio condicionada por una serie de elementos que se nos presentan como estrechamente relacionados entre sí. En electo, los cambios tanto en las teorías científicas y filosóficas, como en los objetivos profesionales de quienes estaban procediendo a clasificar esas conductas, y el grado de consenso social que fueron capaces de alcanzar para los significados que atribuían a esos comportamientos, se muestran como los factores principales que, influyéndose mutuamente, contribuyeron a determinar la aparición y el eclipse de esa relevante especie morbosa que fue la monomanía homicida instintiva.
Este artículo aborda las concepciones acerca de los indivisibles que Galileo expuso en los Discorsi y explora su aplicación al estudio de los movimientos uniformemente acelerados. Propone reconsiderar el concepto de velocidad «total» atribuido a Galileo interpretándolo, no como una superficie, sino como una colección infinita de grados de velocidad. Asimismo se sugiere interpretar el momento de la velocidad como la medida de la aceleración, lo que contribuye a tender un puente entre las concepciones de Galileo y de Newton. Si bien los estudios sobre la obra de Galileo son muy numerosos, las concepciones indivisibilistas que presentó en la Primera Jornada de los Discorsi han recibido una atención bastante escasa. Estas concepciones se siguen interpretando como un precedente poco refinado del análisis infinitesimal o como una aplicación discutible del método de indivisibles que desarrolló su contemporáneo y discípulo Bonaventura Cavalieri. Desde tales puntos de ----vista, se considera que algunos pasos de su geometrización del movimiento exhiben un «problema de fundamentos» sólo feliz y posteriormente resuelto con los cálculos que configurarían Newton y Leibniz. Un examen más detenido de la teoría de indivisibles de Galileo, sin embargo, pone de manifiesto su coherencia interna y su papel crucial, a la par que limitado, en la fundamentación de su estudio del movimiento. En las páginas que siguen espero poner de relieve esta circunstancia, mostrando que los problemas de fundamentos arriba aludidos no son más que limitaciones inevitables propias de una teoría de este tipo. Esto no quiere decir, sin embargo, que las concepciones indivisibilistas de Galileo careciesen de sus propios problemas de fundamentación. EL INFINITO Y LOS INDIVISIBLES En la concepción euclídeo-aristotélica, el todo es anterior a sus partes. Estas partes nunca llegan a ser últimas: la magnitud continua es divisible en partes siempre divisibles. Por el contrario, dentro del espíritu mecanicista, sea atomista o plenista, del siglo XVII, los todos resultan de la agregación de sus partes -las partes son anteriores al todo-y, en definitiva, las magnitudes finitas que se presentan a nuestros sentidos -o a nuestra consideración matemática-son composiciones o resultados de sus elementos integrantes. Para Galileo estos elementos últimos son indivisibles: los cuerpos están compuestos por átomos de materia, y las entidades geométricas por puntos matemáticos. Cabe suponer que la lectura de la naturaleza en clave matemática fue cuanto menos una de las razones que le llevaron a considerar estos átomos como inextensos y, por ende, como componentes en número infinito de cualquier porción extensa de materia. En el plano geométrico, la razón que da Galileo para sostener que el continuo está formado por indivisibles parte de la misma idea aristotélica de una divisibilidad indefinida: «[...] siendo que la línea y todo continuo son divisibles en [partes] siempre divisibles, no veo cómo se pueda eludir que su composición sea de infinitos indivisibles, porque una división y subdivisión que se pueda proseguir perpetuamente supone que las partes sean infinitas, ya que de otro modo la subdivisión sería terminable; y de ser las partes infinitas se saca en consecuencia que son inextensas, porque [partes] extensas infinitas hacen una extensión infinita: y así tenemos al continuo compuesto por infinitos indivisibles»1. ----Frente a la concepción del infinito de Aristóteles, Galileo introduce aquí la noción de un infinito actual, «terminado». El infinito aristotélico es algo que no tiene fin, que carece de límites. Un proceso de división del continuo que, por su propia naturaleza, nunca termina, no puede tener un final. El infinito actual de Galileo, sin embargo, constituye ese final. La confrontación entre ambos conceptos de infinito entra en juego en el diálogo subsiguiente. Cuando Salviati, el portavoz de Galileo, pregunta al escolástico Simplicio si las partes extensas en una magnitud continua son finitas o infinitas, éste responde que son infinitas en potencia, pero finitas en acto. Ahora bien, desde la posición de Galileo, según la cual las partes anteceden al todo, no hay distinción en este caso entre potencia y acto: todas las partes potenciales del continuo deben hallarse actualizadas; se separen efectivamente o no, dichas partes están siempre presentes como tales y, siendo extensas, su número no puede ser infinito 2. Y, así, el infinito de Aristóteles se transforma en lo que Galileo denomina un «término medio» entre lo finito y lo infinito (actual). Estas partes resultan: «[...] no ser ni finitas ni infinitas, sino tantas cuantas responden a cualquier número dado: para esto es necesario que no estén comprendidas dentro de un número limitado, porque no responderían a uno mayor; aunque no es necesario que sean infinitas, porque ningún número asignado es infinito: [...]» 3. En lo sucesivo se citará abreviadamente: EN, VIII, 80. 2 La división de la que aquí se trata es una división en partes alícuotas. Pues una magnitud continua puede dividirse en infinitas partes extensas proporcionales, p. ej. mediante la sucesión 1/2, 1/4, 1/8,..., como ya sugirieron algunos filósofos medievales. Véase, p. ej., MOLLAND, G. (1983), «Continuity and Measure in Medieval Natural Philosophy», en Miscellanea Mediaevalia, Berlín y Nueva York, Walter de Gruyter, XVI, pp. 136-137. El argumento de que una infinitud de partes extensas formaría una magnitud infinita fue introducido por Simplicio en sus comentarios a la Física de Aristóteles. 3 «[...] non esser nè finite nè infinite, ma tante che rispondono ad ogni segnato numero: per il che fare è necessario che elle non siano compresse dentro a un limitato numero, perchè Galileo cuida de señalar aquí que está hablando de cantidades discretas, que son las que intervienen en un proceso de división sucesivo. Tal proceso, conviene, nunca llegaría a un final: dividir un segmento de línea primero en dos partes, luego en cuatro, etc., es un proceso que nunca conducirá a los infinitos puntos de una línea: «[...] con tal orden, quien creyese encontrar sus infinitos puntos se engañaría completamente, porque con tal progreso ni siquiera en la eternidad llegaría a la división de todas las partes extensas: [...]» 4. Para llegar a los puntos, a esa división que califica de «última y suprema», hay que emplear otro método: «[...] distinguir y resolver toda la infinitud de un solo golpe» 5. El artificio empleado por Galileo es espectacular, pero aparentemente poco práctico. Tras hacer admitir a Simplicio que para dividir una línea bastaría con señalar un punto en ella, plegándola de forma que dicho punto constituyese el vértice de un polígono, Salviati toma la línea y la curva como circunferencia de un círculo, considerándolo como un polígono de lados infinitos: «No se puede negar que tal resolución se ha hecho en sus infinitos puntos, no menos que la de sus cuatro partes al formar un cuadrado, o la de sus mil al formar un milágono [un polígono de mil lados]; pues en ella no falta ninguna de las condiciones que se encuentran en el polígono de mil y en el de cien mil lados. Éste, aplicado a una línea recta, se dispone sobre ella tocándola con uno de sus lados, es decir, con su cienmilésima parte; el círculo, que es un polígono de infinitos lados, toca a la misma recta con uno de sus lados, que es un único punto, diverso de todos sus colaterales, y por tanto separado y distinto no menos que lo es un lado del polígono de sus conterminales: y como el polígono que gira sobre un plano imprime con los contactos consecutivos de sus lados una línea recta igual a su perímetro, del mismo modo el círculo que gira sobre un tal plano describe con sus infinitos contactos sucesivos una línea recta igual a su propia circunferencia» 6. Si las figuras geométricas están compuestas por sus indivisibles, entonces éstos -a diferencia de los límites en la concepción euclídeo-aristotélicaconstituyen por derecho propio una parte de la figura en cuestión, compartiendo su naturaleza. Así, un punto resulta ser la menor de las líneas, y como tal constituye el lado de ese polígono de infinitos lados que es el círculo. Esta es la razón de que, en el tránsito de lo finito a lo infinitamente pequeño, el polígono conserve su naturaleza 7. Pero cuando se pasa de lo finito a lo infinitamente grande, la naturaleza de las figuras geométricas se altera profundamente, y así Galileo habla de: «[...] la infinita diferencia, o mejor dicho repugnancia y contrariedad de naturaleza, que encontraría una cantidad terminada al convertirse en infinita» 8. Para mostrarlo, dibuja (fig. 1) una recta AB, dividida en partes desiguales por un punto C. Demuestra que si desde los extremos A y B se trazan segmentos de líneas que guarden entre sí la misma razón que los segmentos AC y BC, los sucesivos puntos de intersección L, K, I, H, etc., caerán todos sobre la misma circunferencia o, lo que es lo mismo, si el punto C se desplaza continuamente sobre dicha circunferencia, en cada instante los segmentos AC y BC guardarán entre sí la misma razón. El radio será tanto mayor cuanto más se aproxime C al punto medio O; pero este punto, «[...] moviéndose para describir, como todos los otros de la línea AB (porque los puntos tomados en la otra parte OA describirán también sus círculos, tanto mayores cuanto más próximos estén los puntos al O), su propio círculo, para hacerlo el mayor de todos, y en consecuencia infinito, no puede retornar a su primer térmi----delle sue quattro parti nel formarne un quadrato, o nelle sue mille nel formarne un millagono; imperò che in lei non manca veruna delle condizioni che si trovano nel poligono di mille e di cento mila lati. 7 Como se señaló más arriba, este tránsito no puede efectuarse mediante un proceso numerable. Es decir, no podemos llegar al círculo aumentando infinitamente el número de lados de un polígono; tal aumento correspondería a un infinito potencial, no actual, a ese «término medio» que Galileo sitúa entre lo finito y lo infinito. EN, VIII,83. no, y en suma describe una línea recta infinita como circunferencia de su círculo infinito. Considerad ahora la diferencia que hay de un círculo finito a uno infinito, ya que éste cambia de tal modo su ser, que pierde totalmente el ser y el poder ser: ya comprendemos bien claramente que no se puede dar un círculo infinito; de lo que se saca en consecuencia que no menos puede ser una esfera infinita, ni cualquier otro cuerpo o superficie con figura e infinito. ¿ O qué diremos de tal metamorfosis en el paso de lo finito al infinito?»9. ----En definitiva, en el tránsito de lo finito a lo infinitamente grande se pierden los límites y con ellos la esencia de las figuras geométricas: una extensión infinita no puede estar limitada. Pero cuando se pasa de lo finito a lo infinitamente pequeño lo que desaparece es la extensión, quedando los límites que, como en el caso de los puntos extremos del segmento de línea que constituye un lado del polígono, vienen a coincidir y confundirse en uno solo. LA ESTRUCTURA DEL CONTINUO La idea de un continuo formado por entidades inextensas surgió en la Edad Media, primero en el Islam y más tarde, en el siglo XIV, en el occidente latino 11. Quienes defendieron que estaba compuesto de un número infinito de indivisibles tuvieron que enfrentarse, en general, a dos cuestiones. La primera atañía al modo concreto en que los indivisibles podían disponerse de tal modo que diesen lugar a una magnitud extensa. La segunda se refería a la existencia de razón entre los agregados de infinitos indivisibles que constituían dos magnitudes extensas, pero desiguales. El trasfondo de la discusión eran las ideas de Aristóteles, quien estableció tres modos de disposición entre las cosas: la sucesión, el contacto y la continuidad. Se hallan en sucesión cuando podían disponerse en orden de primero, segundo, tercero, etc., sin que entre ellas pudiesen interponerse otros elementos de la misma naturaleza. Están en contacto si, hallándose en sucesión, sus extremos están juntos; y forman finalmente un continuo si, además, estos extremos se tornan uno y el mismo 12. Siendo así, los puntos no pueden estar en contacto o formar un continuo, pues siendo indivisibles no tienen un extremo distinto de alguna otra parte; y una cosa que está en contacto con otra lo estará todo con todo, parte con parte, o parte con todo, ----54, 87-99. Un concepto de infinito similar al de Galileo sería el que conlleva el concepto de «momento» de Newton, que se estudia en M. A. Sellés (1999), «Isaac Newton y el infinitesimal», Theoria, 14, 431-60. Allá donde he distinguido entre un infinito «potencial» -o, si se quiere, «potencial actualizado» y otro «actual», Knobloch los denomina, respectivamente, siguiendo en cierto modo a Galileo, como «quanta» y «non quanta»: el primero sería medible, el segundo no, del mismo modo que el infinitesimal y el indivisible que les están asociados. De este modo, el término «non quanti» que Galileo emplea al referirse a los indivisibles se puede interpretar tanto como «inextenso» como por «no medible». 12 La sucesión, el contacto y la continuidad se definen en el Cap. 3 del Libro V de la Física. por lo que los puntos sólo podrán estar en contacto todo con todo, de modo que no formarán una magnitud continua divisible en partes distintas. Tampoco podrán hallarse en sucesión de tal modo que la línea esté compuesta de puntos, pues entre cualesquiera dos puntos siempre se puede trazar una línea, en la cual a su vez se puede señalar otro punto 13. Esta construcción de Aristóteles, aparentemente sólida, dejaba sin embargo unos cuantos resquicios. Así, por ejemplo, cuando el concepto de continuidad se aplica a entidades matemáticas, no habría diferencia entre dos figuras en contacto y las mismas figuras formando un continuo, pues siendo sus extremos indivisibles, serían uno. Pero, además, este extremo común sólo podría tener una existencia potencial: de lo contrario un continuo geométrico se hallaría actualmente dividido por todas partes 14. Precisamente lo que suponía Galileo. Galileo no es nada explícito respecto de la forma en que podrían disponerse sus indivisibles dentro del continuo. Concuerda con la concepción clásica de que ningún número finito de indivisibles podrían componer una magnitud divisible y extensa; se precisa uno infinito 15. De la estructura de este continuo sólo da idea en la solución que propone al conocido problema de los dos círculos planteado en la cuestión 24 de las Cuestiones mecánicas, obra entonces equivocadamente atribuida a Aristóteles. Presenta esta solución en el contexto de la explicación de los fenómenos de rarefacción y condensación. El problema consiste en lo siguiente. Supongamos (Fig. 2) un círculo AB que gira en torno a su centro sobre una base horizontal. Al cabo de una revolución completa del círculo, el punto B volverá a tocar a la base en F, siendo BF la longitud de la circunferencia. Imaginemos ahora otro círculo menor AC concéntrico con el anterior, y unido al mismo. Al cabo de una revolución, el punto C vuelve a encontrar a la base a una distancia igual a su circunferencia. Moviéndose solidariamente con el círculo AB, al término de esta revolución C se encontrará en E. Sin embargo CE, igual a BF, tiene una longitud superior a la de la circunferencia de AC 16. ----13 Física, Libro VI, Cap. Una objeción clásica a un continuo formado por un número finito de indivisibles, que recoge aquí Galileo, es que si, p. ej., un segmento de línea estuviese constituido por un número impar de indivisibles, al dividirlo en dos partes iguales el indivisible central quedaría dividido por la mitad. 16 Según la interpretación actual, y desde un punto de vista físico, el punto C habría efectuado un rodamiento con deslizamiento. Para resolver la paradoja, Galileo comienza suponiendo dos polígonos regulares concéntricos, en su ejemplo hexágonos. Tal como se ve en la Fig. 3, los lados del polígono mayor se superpondrán sucesivamente sobre AS, mientras que los lados, más pequeños, del polígono menor, se «imprimirán» sucesivamente sobre HT dejando entre ellos espacios IO, PY, etc.; asimismo el centro G tocará a la línea GV en una sucesión de puntos a intervalos GC, CR, etc. Esto se puede extender a polígonos con cualquier número de lados. Así, si los lados son mil, al cabo de una revolución el polígono menor habrá recorrido una línea aproximadamente igual a la recorrida por el mayor, pero discontinua y formada por mil pequeños segmentos iguales a sus lados, con la interposición de otros tantos «espacios vacíos». Si, en lugar de considerar polígonos, tomamos los dos círculos concéntricos, la situación es análoga, pues los círculos son polígonos de infinitos lados (pero recuérdese que no se llega a ellos aumentando al infinito el número de lados de los polígonos): Fig. 3. Nótese que en esta exposición tanto la línea BF, cuyos puntos no estarían separados por esos espacios vacíos interpuestos, como la CE, incluso como la AD (¡que, como observa Simplicio, es un solo punto!) son líneas de pleno derecho y con la misma naturaleza. Paradojas aparte, el ejemplo muestra que el continuo de Galileo está compuesto por un agregado infinito de puntos entre los que puede haber interpuestos infinitos espacios vacíos inextensos, o se pueden dar -caso de la condensación-infinitas superposiciones inextensas. En este último caso (fig. 4) es el polígono menor el que arrastra al mayor, de modo que en la línea HM se imprimen consecutivamente sus lados HI, IK, etc., mientras que en la línea descrita por los lados del polígono mayor se dará, para cada lado como el BC, una superposición bB que es la diferencia entre la longitud de los lados de los dos polígonos. En el caso de los círculos, estas superposiciones son infinitas, y por consiguiente inextensas: ---más próxima a «cuantificable». Pero, en definitiva, el sentido es el mismo. Tratándose de un infinito actual, tanto los lados como los vacíos tienen que ser necesariamente indivisibles. «[...] en suma, los infinitos lados indivisibles del círculo mayor, con sus infinitos retrocesos indivisibles, efectuados en las infinitas demoras instantáneas de los infinitos términos de los infinitos lados del círculo menor, y con sus infinitos progresos, iguales a los infinitos lados del círculo menor, componen y describen una línea igual a la descrita por el círculo menor, que contiene en sí infinitas superposiciones inextensas, que producen una contracción y condensación sin verdadera penetración de partes extensas, lo que no se puede concebir que suceda en la línea dividida en partes extensas, tal como el perímetro del cualquier polígono, el cual, desplegado en línea recta, no se puede reducir a una longitud menor si no es haciendo que los lados se superpongan y penetren el uno en el otro» 18. En el caso de la rarefacción, la alusión a «infinitos puntos todos llenos» en correspondencia con infinitos puntos «parte llenos, parte vacíos», hace pensar que Galileo entiende al espacio como un conjunto de lugares inextensos que pueden estar ocupados o no por puntos o átomos. En tal espacio, la que podría considerarse línea o figura de referencia fundamental, esa figura que «llenaría» todos los lugares del espacio, de modo que no existiesen vacíos ni superposiciones entre sus puntos, no puede ser más que convencional, tal como la escoge en el ejemplo de los dos círculos 19. Distinguir una línea de este tipo de otras contraídas o dilatadas, y éstas entre sí, supondría una aritmética de los infinitos. Pero, ¿cómo un infinito actual podría ser mayor que otro? Para Galileo son, simplemente, incomparables y, así, no se puede decir, de dos segmentos, uno de doble longitud que el otro, que el primero contega el doble de infinitos indivisibles. 19 En ningún momento Galileo clarifica el modo de disposición de los puntos para formar el continuo. Si este silencio ante una conocida objeción a las teorías indivisibilistas escondía o no un problema de fundamentos, es algo que parece que no se puede dilucidar. Está claro que sus puntos no podían estar en contacto, pero tampoco separados por espacios extensos de tal modo que entre dos puntos sucesivos se pudiese tender una línea. Como se cuida de especificar, dichos espacios son inextensos y, además, no admiten razón entre sí, es decir, no son mayores, ni menores, ni iguales. Son tan indeterminados como el número de puntos que componen un segmento dado. En todo caso, el conjunto de puntos que componen el segmento es un conjunto denso, no numerable, pues corresponde a un infinito actual. biunívoca entre el conjunto de números naturales y el de sus cuadrados: a todo cuadrado le corresponde su raíz, que es única, y viceversa. Pero las raíces son todos los números naturales, de modo que, pese a que la mayoría de números no son cuadrados y así aparentemente éstos son menos que los naturales, hay tantos cuadrados como números. Lo que presenta aquí Galileo es la propiedad de los conjuntos infinitos según la cual éstos son semejantes a una parte propia de sí mismos. De ello deduce Galileo que los atributos de mayor, menor o igual no tienen lugar entre los infinitos: «Y sin embargo cuando el Sr. Simplicio me propone líneas desiguales, y me pregunta cómo puede ser que en la mayor no haya más puntos que en la menor, yo le respondo que no hay ni más, ni menos, ni los mismos, sino en cada una infinitos: o si yo le respondiese que los puntos en una son tantos como los números cuadrados, en otra mayor tanto como todos los números, y en aquélla pequeña tantos como el número de los cubos, ¿no podría darle satisfacción al poner más en una que en la otra, y en cada una infinitos?»20. Siendo así, un infinito no guarda razón, ni con un finito, ni con otro infinito. Tampoco se dan razones entre los indivisibles; cualquier número finito de éstos no podrá formar una magnitud extensa. Sean cuantos fueren, los indivisibles agregados en número finito son simplemente «non quanti», inextensos. Tanto lo infinitamente grande como lo infinitamente pequeño escapa a la razón humana y, por consiguiente, a la racionalidad geométrica: «[...] el infinito es de por sí incomprensible para nosotros, como también los indivisibles; pensad lo que sucederá si se hallan juntos: aunque si queremos componer la línea de puntos indivisibles, necesitamos hacerlos infinitos; y así conviene considerar al mismo tiempo lo infinito y lo indivisible»21. ----En el ejemplo de los dos círculos, el punto A, centro de los círculos, describe una recta AD que es un solo punto 22. Cuando Simplicio pregunta cómo es posible que una línea, que contiene infinitos puntos, sea igual a uno solo, Salviati le responde con otra paradoja, procurando «[...] atemperar una improbabilidad con otra igual o mayor, como a veces una maravilla se atenúa con un milagro» 23. La paradoja es conocida con el nombre «de la escudilla» o «del bol». En la fig. 5, el rectángulo, el triángulo y el semicírculo engendran sólidos de revolución al girar sobre el eje CF. El «bol» resulta de la revolución de la figura AIFOBED, esto es, el cilindro ABDE «vaciado» de la semiesfera AFB. Si se corta la figura por planos perpendiculares al eje, como el GN, resulta que el círculo generado por la rotación del radio PL, obtenido al cortar el cono, tiene la misma área que la corona circular GION, obtenida al cortar el bol. Si se supone que el plano secante se eleva constantemente hacia la línea AB, en cada instante tanto los volúmenes cortados de los dos sólidos -el cono y el bol-, así como las correspondientes áreas interceptadas por el plano, son iguales. Cuando el plano secante llega a AB, 22 Esta paradójica conclusión podría ponerse en consonancia con su no menos paradójica afirmación (EN, VIII, 83-84) de que el único número verdaderamente infinito es la unidad. La pregunta de Simplicio, en la p. 72. parejas en la circunferencia de un círculo, y la otra en un solo punto, pues tales son el borde superior de la escudilla y la cúspide del cono. Ahora bien, como en la disminución de los dos sólidos se va manteniendo siempre la igualdad entre sí hasta el final, parece conveniente decir que los más superiores y últimos términos de tales disminuciones permanecen iguales entre sí, y no el uno infinitamente mayor que el otro: parece pues que la circunferencia de un círculo inmenso pueda llamarse igual a un solo punto. Y esto que acontece en los sólidos, sucede igualmente en las superficies, sus bases, (...): ¿por qué éstas no se deben llamar iguales, si son las últimas reliquias y vestigios dejados por magnitudes iguales?» 24. Todavía más, finaliza Salviati, de la igualdad de los puntos entre sí se deduce la igualdad de todas las circunferencias, cualquiera que sea su radio. Lo que se mantiene igual a lo largo de todo el proceso son los volúmenes de los sólidos y las superficies de sus bases. A su término, la razón entre estos volúmenes o estas superficies sería indeterminada -en términos anacrónicos, cero partido por cero-. La paradoja aparece cuando se desvanece la frontera entre las dimensiones al considerar a las figuras geométricas compuestas de indivisibles y, en última instancia, de puntos. La razón debe existir en los límites porque, según la concepción de Galileo, dichos límites son partes de las figuras que encierran, y por tanto homogéneos con ellas 25. La consecuencia es clara. Si, como se ha visto, en el tránsito de lo finito a lo infinito se pierde toda razón, y con ella toda posibilidad de comparar los infinitos, otro tanto sucede cuando se pasa de lo finito a la esfera de los indivisibles 26. 25 Por ello, en realidad, el reposo y el movimiento son de la misma naturaleza. Tal como afirmó en Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, Florencia, 163 (EN, VII, p.44), el reposo es un estado de «infinita lentitud». Naturalmente, el infinito implicado aquí es un infinito actual, de modo que este estado de reposo vendría representado por el punto extremo de una línea que representase un movimiento que partiese del mismo. Como se ve allí mismo en su demostración del que se convertirá en el Teorema I para movimientos acelerados de los Discorsi. Con referencia a la Fig. 8, el punto A es el momento mínimo de velocidad, que corresponde al estado de reposo (EN, VII, 255). 26 A diferencia de lo que sucede con los infinitesimales. En este caso la razón entre los infinitesimales, respectivamente, de volumen y de superficie a los que se llegaría seguiría Demostrada la imposibilidad de un cálculo de infinitos y de un cálculo de indivisibles, el único resultado positivo que obtiene Galileo es la propiedad de los conjuntos infinitos de poner sus elementos en correspondencia biunívoca con una parte propia de ellos. Tal propiedad le permite salvar los ejemplos clásicos de proyección que tradicionalmente se oponían a las teorías indivisibilistas, tales como las proyecciones entre los puntos del lado de un cuadrado y de su diagonal, o las trazadas desde el centro de dos circunferencias concéntricas. Pues Galileo podía responder que los infinitos puntos del lado y de la diagonal, o de cada una de las dos circunferencias, no son ni más, ni menos, ni los mismos: y, aún así, se puede establecer una correspondencia entre ellos. GALILEO Y EL MÉTODO DE CAVALIERI Bonaventura Cavalieri, contemporáneo y discípulo de Galileo, elaboró un método de determinación de cuadraturas y cubaturas basado en la comparación, bajo determinadas restricciones, de las colecciones de indivisibles de dos figuras de la misma dimensión. En realidad, Cavalieri nunca defendió públicamente que dichas figuras estuviesen compuestas por sus correspondientes colecciones de indivisibles. Sólo sí que la razón entre dichas colecciones era la misma que la razón entre las figuras. Cavalieri caracterizaba «todas las líneas» de una figura plana del siguiente modo. Supongamos una figura dada limitada entre dos tangentes opuestas y paralelas. Supongamos que un plano perpendicular al de la figura se desplaza paralelamente a dichas tangentes, recorriendo toda la longitud de la figura entre los planos perpendiculares a la misma que contienen a una y a la otra tangente. La «colección» de las líneas intersecadas por dicho plano -llamado «regula»-en su movimiento, son «todas las líneas» de la figura. Del mismo modo, las intersecciones de este plano móvil con un sólido conformarán la colección de «todos los planos» del sólido. El fundamento del llamado «método colectivo» de Cavalieri es el Teorema III del Libro II de su Geometria (1635) que afirma que la razón entre dos figuras es igual a la razón entre sus colecciones de líneas tomadas respecto de la misma regula 27. A con----siendo la de igualdad. Pero para ello ha de intervenir otro concepto de infinito. La idea de dotar de cierta «extensión» a los indivisibles la introducirá Evangelista Torricelli. 27 El título completo del libro de Cavalieri es Geometria indivisibilibus continuorum nova quadam ratione promota, Bolonia, 1635. Más tarde publicó, sobre el mismo tema, las tinuación, el Teorema IV establece que, en el caso de dos figuras planas (o sólidos) de la misma altura, y si las secciones trazadas por líneas (respectivamente, planos) paralelas a las bases y a iguales distancias de ellas están siempre en la misma razón, las figuras planas (o los sólidos) estarán en la misma razón. Éste es el que se conoce como «principio de Cavalieri». Se sabe que, a pesar de los intentos de Cavalieri, Galileo nunca aceptó su método, aunque no se conserva documentación histórica explícita que determine cuál era el punto concreto de desavenencia. En una carta a Cavalieri opuso la paradoja de la escudilla al Teorema III del Libro II de la Geometría. La carta de Galileo se ha perdido, pero la referencia de Cavalieri es suficientemente expresiva: «Dice que si todas las líneas de dos superficies iguales son iguales, disminuyéndolas igualmente, los últimos vestigios de éstas deberán ser iguales: lo que no sucede en el ejemplo de la escudilla y del cono, quedando en aquélla una circunferencia de círculo, y en éste un punto, infinitamente menor que aquélla» 28. Sin embargo, a la luz de lo expuesto anteriormente, parece claro que el desacuerdo debía hallarse, no ya en su principio, sino en los mismos fundamentos del procedimiento de Cavalieri. En el Postulado 1 del Libro II, Cavalieri establecía que todas las líneas de figuras planas congruentes son congruentes. Más tarde, en sus Exercitationes, explicará este punto afirmando que, si se lleva a la coincidencia a dos figuras congruentes, cada una de las líneas de la colección de líneas de la primera coincidirá exactamente con cada una de las líneas de la colección de la segunda 29. Sería este principio de congruencia el que no podía aceptar Galileo. Como se ha visto, el número de puntos de dos segmentos de recta iguales no tiene por qué ser el mismo: ambas colecciones de puntos son incomparables 30. Lo que, por decirlo así, res-----Exercitationes geometricae sex, Bolonia, 1647. Su obra, a la que estas breves noticias no hacen justicia, se estudia en ANDERSEN, K. (1985), «Cavalieri 's Method of Indivisibles», Archive for the History of Exact Sciences, 31, 291-367, y en GIUSTI, E. (1980), Bonaventura Cavalieri and the Theory of Indivisibles, Bolonia, Cremonese. Giusti afirma que los indivisibles de dos figuras, de acuerdo con lo que expone Galileo en los Discorsi, no pue-tringe drásticamente la aplicación del método de Cavalieri, pues no permite comparar las colecciones de líneas trazadas desde los puntos de bases iguales; sólo sí desde la misma base. O, dicho con más precisión, desde la misma colección de indivisibles, pues no cabe establecer la igualdad entre dos conjuntos infinitos. EL CONCEPTO DE VELOCIDAD Hace ya algunos años se puso de relieve que algunos de los problemas de interpretación y de los errores o inconsistencias supuestamente cometidos por Galileo se debían a una interpretación anacrónica de su concepto de velocidad. Para Galileo -así como para sus predecesores y contemporáneos-la velocidad no tenía el sentido actual de un espacio dividido por un tiempo. De acuerdo con una tradición que se remonta a Aristóteles y pasa por la interpretación geométrica de los mertonianos medievales, la velocidad era una magnitud «intensiva» -es decir, sujeta a aumento y disminución-característica del movimiento, entendido éste de una manera global. Dos movimientos se comparaban sobre la base de iguales duraciones (es más rápido el que recorre más espacio en el mismo tiempo) o de iguales espacios (es más rápido el que recorre el mismo espacio en menos tiempo), y ello sin que entrase particularmente en consideración su uniformidad o disformidad. La representación de tal magnitud era la de una superficie. La base era una línea que representaba, alternativamente, el intervalo de espacio, o de tiempo, considerado, y perpendicularmente a ella se trazaba desde cada punto una línea representando la ---den compararse entre sí. Discrepo, sin embargo, en que esto sea consecuencia de que el punto de vista de Galileo es filosófico -físico, digamos-, mientras que el de Cavalieri es matemático. Por lo expuesto anteriormente, se ve que la propiedad de que los elementos de dos conjuntos infinitos se puedan poner en correspondencia biunívoca es la clave matemática para eludir los argumentos clásicos contra el indivisibilismo. Otra razón, sin excluir la vertiente filosófica que señala Giusti, es que para Galileo los indivisibles no sólo son los componentes de los cuerpos: también componen las figuras geométricas. Y en geometría sólo hay un indivisible, digamos, «absoluto»: el punto. La línea o el plano son sólo indivisibles relativos a dimensiones superiores, pero en su propia dimensión pueden ser divididos. Esto es lo que distingue un «método» de indivisibles como el de Cavalieri de una «teoría» de indivisibles como la de Galileo. Respecto de la afirmación de Giusti, en la p. 44, de que Galileo, pese a oponerse al uso de indivisibles en geometría ¿dónde dice que se opone?) emplea más tarde, sin embargo, métodos «similares» y «posiblemente más rudimentarios [cruder]», me parece injustificada, como espero mostrar en las páginas que siguen. intensidad o grado de velocidad en el lugar, o instante, correspondiente. Dicho grado era constante en el caso del movimiento uniforme, o variable en el del acelerado. La figura resultante se entendía, por lo general, de una manera holista, como un todo 31. Por otra parte, la interpretación de esta superficie como un agregado de intensidades o grados es una idea propia de las concepciones indivisibilistas, entre ellas la de Galileo. Es importante notar que el grado de velocidad no tiene nada que ver conceptualmente -salvo como precedente histórico-con nuestra actual velocidad instantánea. Mientras que esta última es una velocidad, puesto que se refiere a un determinado espacio recorrido en un determinado tiempo (aunque sean infinitesimales, estos intervalos de espacio y tiempo tienen extensión y son por consiguiente divisibles), el grado de velocidad es, geométricamente hablando, un indivisible de velocidad, una línea cuando la velocidad se representa por una superficie, y por tanto no comparte su naturaleza: en un instante, entendido como un indivisible de tiempo (un punto, cuando el tiempo se representa por una línea) no se recorre ningún espacio. (Y, por otra parte, análogamente, tampoco un instante es un tiempo.) En el estudio del movimiento local de los Discorsi, el término «velocidad» aparece por primera vez en los Axiomas III y IV: «Axioma III. El espacio recorrido a mayor velocidad en un tiempo dado es mayor que el espacio recorrido en ese tiempo a menor velocidad. La velocidad con que se recorre en un tiempo dado un espacio mayor, es mayor que la velocidad con que se recorre en el mismo tiempo un espacio menor» 32. Galileo escribe aquí «velocidad» y no «grado de velocidad». Luego deberíamos entender que se está refiriendo al concepto de velocidad anteriormente explicitado, y que, para distinguirla del concepto actual, se ha denominado con frecuencia «velocidad total» 33. Dado que la velocidad está caracterizada por las ----31 Véase al respecto SOUFFRIN, P. (1992), «Sur l 'histoire du concept de vitesse d' Aristote à Galilée», Rev. 33 La interpretación que hacen algunos autores de esta «velocidad total» como nuestro concepto actual de velocidad media es, evidentemente, impropia. intensidades o grados y la extensión -la intensidad, claro está, no varía al ser el movimiento uniforme-hay que caracterizar ambas en los dos movimientos que se están comparando. En ambos axiomas se especifica la misma extensión -el mismo intervalo de tiempo-de modo que las relaciones establecidas entre espacios y velocidades se cumplen automáticamente también para las intensidades o grados de las velocidades en los dos movimientos. Pero Galileo no se estaba refiriendo a estas últimas: como se ha dicho, el grado de velocidad no es una velocidad. Con la definición del movimiento uniforme, los cuatro axiomas y los dos primeros teoremas, lo que hace Galileo es geometrizar las nuevas magnitudes introducidas, tiempo y velocidad, sometiéndolas a la teoría de las proporciones del Libro V de Euclides. Así, el Teorema I establece la proporción entre espacios y tiempos de dos movimientos realizados con la misma velocidad: «Teorema I, Proposición I. Si un móvil trasladado uniformemente y con la misma velocidad recorre dos espacios, los tiempos invertidos tendrán entre sí la misma proporción de los espacios recorridos» 34. El Teorema II establece la proporción entre espacio y velocidad entre dos movimientos considerados en el mismo tiempo y, finalmente, en el Teorema III, dada la igualdad de distancia recorrida, demuestra la proporción entre tiempos y velocidades. Teniendo presente este concepto de velocidad y de las relaciones establecidas en el caso de movimientos uniformes, pasemos a ver los problemas que le planteó a Galileo su extensión a movimientos uniformemente acelerados 35. Un ejemplo bastante conocido pondrá de manifiesto esto, a la par que las dificultades a las que se tuvo que enfrentar Galileo para desarrollar su matematización del movimiento. En una de sus demostraciones, probablemente redactada en los años preparatorios a los Discorsi, y que no apareció en ellos, estudiaba el movimiento de descenso de un grave por planos de distinta inclinación. Buscaba demostrar que en cualquiera de ellos, a partir del reposo inicial, el grave pasa por todos los grados de velocidad, más rápidamente en el plano más inclinado, menos en el de menor inclinación, sin saltarse ninguno ----34 «Theorema I, Propositio I. Si mobile aequabiliter latum eademque cum velocitate duo pertranseat spatia, tempora lationum erunt inter se ut spatia peracta». 35 A partir de este momento, y para simplificar la exposición, siempre que se hable de movimientos acelerados se entenderán movimientos uniformemente acelerados, a menos que se indique expresamente lo contrario. de estos grados, lo que se conoce como principio de continuidad36. En la fig. 6, sea ab el horizonte, y supongamos los ángulos fCg y dCe, de los cuales el mayor corresponde al plano más inclinado. Sea hl una línea que se desplaza uniformemente paralelamente a ab hacia abajo, cuyo movimiento representa el transcurso del tiempo a partir de un momento inicial de coincidencia con ab. En la posición de la figura, intercepta sobre el ángulo dCe, correspondiente al plano de menor inclinación, la línea oi, que representa el grado de velocidad del móvil en ese momento. Si elevamos las perpendiculares oq e ir, vemos que el grave que desciende por el plano más inclinado habrá pasado por el mismo grado de velocidad, zt, en un instante anterior37. Esto se cumple para todos los grados de velocidad menores que cualquiera dado, es decir, que a toda paralela a oi en el triángulo oCi corresponde una a zt en el triángulo zCt. De acuerdo con nuestras concepciones actuales, el área de estos triángulos representaría los espacios recorridos. Pero, como se ha visto, en la época se sostenía una concepción bien distinta: las áreas representarían las velocidades de ambos movimientos. La cuestión aquí es que la colección de grados de ----velocidad adquiridos por el grave en los dos planos inclinados es la misma y, sin embargo, está representada por dos triángulos desiguales. Este hecho, al que he denominado «paradoja de Galileo», no constituye un problema de fundamentos, sino una característica de la teoría. Característica que no deja de ser bastante embarazosa, y que hasta cierto punto contribuye a explicar por qué los indivisibles dieron lugar a los infinitesimales. Desde el punto de vista de Cavalieri, se podría decir que la densidad de puntos en el segmento rt es superior a la del segmento ri. De hecho, si dilatásemos el primero hasta la longitud del segundo, obtendríamos el mismo tránsito recto y los dos triángulos serían iguales. Y el principio de congruencia asegura que dentro de su método se esté trabajando siempre con líneas de la misma densidad. Desde el punto de vista de las ideas de Galileo, la comparación entre el número de puntos de rt y de ri a través de la colección de grados de velocidad constituye asimismo una operación prohibida, al ser una comparación entre conjuntos infinitos. No se puede decir que rt tenga menos, igual o más puntos que ri: sólo sí que se puede establecer una correspondencia biunívoca entre los puntos de ambos segmentos. En consecuencia, Galileo no podía comparar dos movimientos acelerados empleando la comparación entre las áreas que representarían las velocidades. De hecho, la velocidad tendría que definirse como la colección de grados de velocidad adoptados sucesivamente por el móvil en un tiempo o espacio dados, y no como su agregado formando una superficie. De modo que propongo reconsiderar la interpretación actual del concepto «holista» de velocidad en Galileo, en el sentido de que hay que entender que la velocidad de un movimiento es la colección de sus grados de velocidad y sólo bajo la restricción que se verá un poco más adelante -al comentar el Teorema I para movimientos acelerados-podrá representarse por el área engendrada por dicha colección. Sin embargo, las velocidades, entendidas como colecciones infinitas de grados de velocidad, pueden caracterizarse asimismo especificando los grados inicial y final: dos tramos de dos movimientos acelerados que parten del mismo grado de velocidad, y llegan al mismo grado de velocidad, se efectúan con la misma velocidad. Pues, por el principio de continuidad, la colección comprenderá, en ambos casos, todos los grados de velocidad comprendidos entre el inicial y el final, sin saltarse ninguno. Si, en concreto, se considera un movimiento que parte del reposo, entonces su velocidad en un momento dado vendrá caracterizada por el grado de velocidad alcanzada en ese momento. A partir de estas posibilidades, Galileo exploró dos vías. Una fue introducir o postular una proporción que vinculase las velocidades así caracterizadas por su grado de velocidad final con otras características del movimiento, es-pacio o tiempo. La otra fue reducir los movimientos acelerados a movimientos uniformes equivalentes, de modo que las relaciones establecidas entre estos últimos se cumpliesen entre los primeros. Comenzaremos por comentar esta última vía. EL TEOREMA I, O EL MOVIMIENTO UNIFORME EQUIVALENTE La equivalencia entre un movimiento acelerado y otro uniforme, análoga a la «regla de Merton» medieval, se presenta en el Teorema I para movimientos acelerados. En él se afirma que el tiempo en el cual es recorrido un espacio dado por un móvil que parte del reposo con movimiento uniformemente acelerado es igual al tiempo con que aquel mismo espacio habría sido recorrido por el mismo móvil con un movimiento uniforme tal que su grado de velocidad fuese la mitad del grado de velocidad máximo alcanzado en movimiento acelerado. La demostración, bien conocida, es como sigue. En la fig. 7, AB es el tiempo durante el cual el móvil, partiendo del reposo en C, recorre el espacio CD con aceleración uniforme. EB representa el grado máximo de velocidad alcanzado con este movimiento. Todas las paralelas a EB trazadas desde AB a partir de A representan los infinitos y crecientes grados de velocidad adquiridos sucesivamente por el móvil. Se traza ahora GF, paralela a AB, y GA, paralela a BF, de modo que GF seccione por la mitad el lado AE por el punto I, formándose un paralelogramo AGFB igual en área al triángulo AEB. La demostración prosigue así: «[...] pero si las paralelas del triángulo AEB se extienden hasta IG, tenenemos que el agregado de todas las paralelas contenidas en el cuadrilátero es igual al agregado de las comprendidas en el triángulo AEB; pues las que están en el triángulo IEF son iguales a las contenidas en el triángulo GIA; y las que hay en el trapecio AIFB son comunes. Puesto que a todos y cada uno de los instantes de tiempo de AB corresponden todos y cada uno de los puntos de la línea AB, representando las paralelas comprendidas en el triángulo AEB los grados de velocidad crecientes de la velocidad aumentada, y las paralelas comprendidas en el paralelogramo todos los grados de velocidad no aumentados, sino iguales; se ve, que se consumen tantos momentos de velocidad en el movimiento acelerado según las paralelas crecientes del triángulo AEB como en el movimiento uniforme según las paralelas del paralelogramo GB. Pues lo que falta de momentos en la primera mitad del movimiento acelerado (siendo representado lo que falta por las paralelas del triángulo AGI), se recupera con los momentos representados por las paralelas del triángulo IEF. Por consiguiente es patente que serán iguales los espacios recorridos por dos móviles en un mismo tiempo, de los cuales uno se mueve movimiento acelerado desde el reposo, y el otro con movimiento uniforme con un momento mitad del momento máximo de la velocidad del movimiento acelerado: que es lo que se quería demostrar» 38. Por el momento, basta con considerar como equivalentes los «momentos» y los grados de la velocidad, dejando para más adelante la matización de la diferencia -nada trivial, como se verá-entre ambos. De acuerdo con lo visto, Galileo no puede comparar dos colecciones de grados de velocidad, una correspondiente al movimiento acelerado y otra al uniforme. Debe partir de la misma colección de grados -la del movimiento acelerado-y construir sobre ella la colección de grados de velocidad iguales del paralelogramo AGFB. Sin embargo, para mostrar que lo que falta de momentos en la primera mitad del movimiento acelerado (los que componen el triángulo AGI) se compensa con el exceso de la segunda mitad (los que componen el triángulo IEF), da por supuesto que ambas colecciones tienen el mismo número de grados, estableciendo así una relación de igualdad entre dos conjuntos infinitos. Esta inconsistencia, así como otra del mismo tipo que aparece en el Escolio al Problema IX, 39 fue puesta de manifiesto por P. Galluzzi, quien piensa que el error fue motivado porque era «instintivamente plausible» suponer que dos superficies iguales estuviesen compuestas por agregados iguales 40. También podría decirse que lo que condujo a Galileo a este error es la suposición de que la línea AB tuviese una distribución homogénea de puntos (a fin de cuentas representa al tiempo) y de ahí -y aquí estaría el paso ilícito-concluyese que su número de puntos es doble del de aquéllos que constituirían su mitad. Sea como fuere, el problema pasó inadvertido a Galileo, quien podría haberlo eludido fácilmente. Si construimos la figura tal como aparece en el Escolio al Problema IX (Fig. 8) entonces, partiendo de la colección de paralelas del triángulo ABC bastaría, trazando BD, con extender hasta ella todas estas paralelas. De este modo, el infinito número de paralelas de ABC es el mismo, por construcción, que el de ACBD, y así el movimiento representado por las paralelas ACBD es el doble del representado por las paralelas de ABC; como también es doble su superficie. De hecho, éste es el modo de proceder de Galileo en la demostración que aparece en el Dialogo 41. De todas formas, que la cuestión no es trivial se ve en la interpretación de J. Renn, según la cual la demostración del Teorema I se basaría en la comparación entre dos colecciones de grados de velocidad, lo que supondría una generalización de la «ley de Merton» 42. De acuerdo con esta interpretación, si la línea AE (Fig. 7), en lugar de representar un crecimiento lineal de los grados de velocidad, fuese curva en lugar de recta, representando un crecimiento ----39 EN, VIII, 243-244. Y también en un manuscrito que recoge su deducción de la ley de la doble distancia (EN, VIII,(383)(384), precedente del Teorema que estamos comentando. monótono, partiendo igualmente de A y llegando a E, entonces el Teorema sería aplicable. Aun cuando las nuevas áreas correspondientes a las AGI e IEF sean distintas, todavía se podría establecer una correspondencia biunívoca entre las dos colecciones de grados de velocidad en cada una de ellas. De este modo, cualesquiera movimientos monótonamente acelerados que, partiendo del reposo, alcanzasen el mismo grado de velocidad final, atravesarían la misma distancia en el mismo tiempo, al ser todos equivalentes al mismo movimiento uniforme. Por lo dicho, está claro que tal generalización está en contra de la teoría expuesta en la Primera Jornada; Galileo no puede comparar los grados de velocidad de dos movimientos, tiene que ceñirse a la misma colección de grados. Con este teorema, todo movimiento uniformemente acelerado se puede sustituir por un movimiento uniforme equivalente. Y dos movimientos acelerados pueden compararse a través de la comparación entre los correspondientes movimientos uniformes. Nótese, sin embargo, que si tal comparación se pretende efectuar a través de la comparación entre las velocidades de ambos movimientos, subsiste el problema señalado en el apartado anterior. Consideremos el caso de dos movimientos uniformemente acelerados, ambos partiendo del reposo, a lo largo de dos planos inclinados de la misma altura, o por un plano inclinado y su vertical. Si se representan los grados de velocidad en función del tiempo, se obtiene la fig. 9 (a). Como se ve en ella, las velocidades se representan por triángulos de la misma base (el móvil alcanza el mismo grado final de velocidad) pero de desigual altura, pues los tiempos de los movimientos son distintos 43. Sustitu-----yámoslos ahora por los movimientos uniformes equivalentes, tal como se representa en la figura 9 (b). Se ve que el mismo agregado de grados de velocidad -la misma velocidad-que, en la figura 9 (a), originaba dos triángulos de área distinta, origina ahora dos cuadriláteros de área igualmente distinta, aunque ambos estén engendrados por el mismo agregado de líneas. Dos cuadriláteros de diferente área, como en realidad debe ser, pues dos movimientos uniformes realizados en tiempos distintos con la misma intensidad de velocidad no pueden tener la misma velocidad total 44. Así pues, sólo bajo las condiciones de esta demostración del Teorema I -el mismo intervalo de tiempo, y un solo movimiento acelerado compa-----44 Ni en ellos se recorre el mismo espacio. Un punto interesante es por qué Galileo no relacionó estas áreas con los espacios recorridos, como parece sugerir de manera casi inmediata la regla de la doble distancia. La explicación comúnmente aceptada se basa en la repugnancia a asimilar, en el seno de la geometría, una longitud con una superficie. Mersenne, quien sí realizó tal identificación, pudo hallarse influido en este sentido por las ideas de Descartes, quien, desde el álgebra, no tuvo ningún inconveniente en representar cuadrados y cubos mediante líneas. rado con otro uniforme contruido a partir del mismo-puede eludir Galileo las fuertes restricciones impuestas por su teoría de indivisibles. Sólo en este caso la razón entre dos colecciones de grados de velocidad es la misma que la razón entre las superficies que engendran estas colecciones. Esto es, sin embargo, suficiente para extraer una conclusión independiente del concepto de velocidad como colección de grados o intensidades: ahora los movimientos acelerados que parten del reposo -nótese esta restricción-se pueden caracterizar, no ya por un área, sino por su grado máximo de velocidad. Y así, cuando se trata de comparar dos movimientos acelerados mediante sus movimientos uniformes equivalentes, la comparación entre ellos no se efectúa a través de sus velocidades, sino a través de un grado de velocidad que, conforme al enunciado de este Teorema, corresponde a la mitad del grado máximo alcanzado en el correspondiente movimiento acelerado 45. El significado se vuelca aquí sobre el del grado máximo, no el del grado medio de la «ley de Merton», lo que distingue con claridad ambas formulaciones. Así pues, el Teorema I no sólo supone la transformación de un movimiento acelerado en un movimiento uniforme equivalente; también establece un puente entre el dominio de los indivisibles, el de las colecciones de grados de velocidad, y el dominio finito, ortodoxamente euclídeo, dentro del cual se desarrolla el estudio del movimiento uniforme. Nótese que en las representaciones geométricas que acompañan a las demostraciones en este estudio, las velocidades se figuran siempre mediante una línea, que representa su intensidad o grado. Galileo debió sentirse muy satisfecho por haber encontrado esta salida, pero no del todo satisfecho. Reducir el estudio del movimiento acelerado al del uniforme suponía la renuncia al estudio de los movimientos acelerados por sí mismos. Y esto nos devuelve a la primera vía anteriormente mencionada. ----45 Esto es precisamente lo que se señala en DAMEROW et al (1992), 233, refiriéndose a la deducción de la ley de caída. Su renuncia a abordar los fundamentos indivisibilistas de Galileo les limita, sin embargo, a constatar esta circunstancia, así como la existencia de problemas a la hora de representar la velocidad como un área, sin llegar a esclarecer su origen. De este modo, califican de «paradojas» lo que aquí se muestran como limitaciones de la teoría. La observación relativa al grado máximo de velocidad se hace en el contexto de una discusión del Teorema II (donde se deduce la ley de caída libre), y afirman que con esto Galileo se libra de las paradojas que aparecen al representar la velocidad por un área. No obstante, según he intentado mostrar, tal representación es lícita en este contexto, al tratarse de un solo movimiento acelerado y su movimiento uniforme equivalente. EL POSTULADO Y EL TEOREMA III La otra vía para la comparación de movimentos acelerados, como se dijo más arriba, consistía en introducir como postulado una relación que vinculase las velocidades, las colecciones de grados, con alguna otra magnitud a nivel finito. He aquí el enunciado del Postulado, que Galileo introdujo explícitamente como tal: «Acepto, que los grados de velocidad adquiridos por el mismo móvil sobre planos diversamente inclinados son iguales cuando las elevaciones de los mismos planos son iguales» 46. Con referencia a la fig. 10, el postulado afirma que los grados de velocidad adquiridos por el mismo móvil que descienda por los planos inclinados CA y CD serán iguales, si se comparan en los puntos finales A y D, al ser la altura de ambos planos, CB, la misma; y lo mismo puede decirse, en el caso del descenso vertical, del grado de velocidad en el punto B. Partiendo en todos los casos del reposo, la igualdad de estos grados de velocidad implica la de las velocidades mismas. Discorsi no tenía demostración de esta proposición, de modo que intentó una dudosa justificación experimental, en cuya consideración no entraremos: en la segunda edición, en un anexo, redactado por la mano de su discípulo Viviani, se presentó una demostración basada en un principio dinámico cuya consideración dejaremos para un poco más adelante 47. Este postulado le permite abordar la demostración de una serie de teoremas sobre el movimiento acelerado que se abre con el Teorema III, conocido como el teorema del plano inclinado. En él se afirma que si el mismo móvil, partiendo del reposo, se mueve por un plano inclinado y por la vertical, cayendo desde la misma altura, los tiempos de estos movimientos estarán entre sí como las longitudes recorridas por el plano y por la vertical. La demostración es como sigue. En la fig. 11, AB y AC representan estas longitudes. En cada par de puntos GD, IE, LF, etc., situados a la misma altura, según el postulado, el grado de velocidad será el mismo. «Por lo cual, si no sólo éstas, sino que se supone que se trazan paralelas desde todos los puntos de la línea AB hasta la línea AC, los momentos o grados de velocidad en los extremos de cada paralela siempre son iguales entre sí. Por lo tanto, los espacios AC y AB son atravesados con los mismos grados de velocidad. Pero se ha demostrado que si dos espacios son atravesados por un móvil con los mismos grados de velocidad, ----entonces cualquiera que sea la razón de los espacios, los tiempos del movimiento tienen la misma; por lo que el tiempo del movimiento por AC es al tiempo por AB como la longitud del plano AB es a la longitud de la vertical AC» 48. Los últimos pasos son problemáticos. Pues la demostración a la que alude Galileo -que si dos espacios son atravesados por un móvil con los mismos grados de velocidad, entonces los tiempos guardan la misma razón que los espacios-no aparece en ninguna parte para movimientos acelerados, sólo sí como el Teorema I para movimientos uniformes; cuya demostración no es extensible a los acelerados. Respecto de esta cuestión, la opinión de los historiadores está dividida. Hay quienes creen que Galileo cometió un error, aplicando equivocadamente un Teorema que sólo había demostrado para movimientos uniformes 49. Otros creen que al efectuar tal aplicación está empleando en realidad el Teorema I para movimientos acelerados, que permite su reducción a movimientos uniformes equivalentes 50. Si bien a esta interpretación se opone el hecho de que Galileo presentase claramente esta vía como un camino alternativo 51. Finalmente, otros han buscado entre sus manuscritos algún testimonio de una demostración que, por una u otra razón, no fue recogida en los Discorsi. Dentro de esta tercera interpretación, P. Galluzzi encuentra tal testimonio en un borrador del mismo Teorema III 52. En él Galileo divide la perpendicular y la inclinada en innumerables espacios iguales y correspondientes («quasi innumera quaedam spaciola»). En cada par de espacios, éstos están entre sí como la inclinada a la perpendicular; y se recorren con el mismo grado de velocidad («suntque in singulis binis sibi respondentibus iidem velocitatis gradus»). Esta división de la perpendicular y la inclinada en el mismo e indefinido número de pequeños espacios, que según Galluzzi anuncia los procedimientos infinitesimales, abría una vía para resolver la incomparabilidad ----48 «Quod si non hae tantum parallelae, sed ex punctis omnibus lineae AB usque ad lineam AC protractae intelligantur, momenta seu gradus velocitatum in terminis singularum parallelarum semper erunt inter se paria. El borrador, en EN, VIII, 388. impuesta por la teoría de indivisibles. Todavía, como advierte el mismo Galluzzi, tiene en su contra el principio de continuidad. Esto estaría en consonancia con su interpretación del «momento de la velocidad» en términos infinitesimales, de modo que cada uno de estos momentos, operando en un instante, un punto de la línea que representa al tiempo, correspondería a una distancia recorrida 53. Así, la equivalencia de un movimiento acelerado a otro uniforme establecida en el Teorema I se fundmentaría en una suspensión de la aceleración a nivel infinitesimal, gracias a la cual los grados en el movimiento acelerado se reducirían a grados de velocidad de movimiento uniforme 54. La consecuencia, si interpreto correctamente las ideas de Galluzzi, es que la teoría de indivisibles presentada en la Primera Jornada se convertiría, en la Tercera, en una ambigua teoría infinitesimal que Galileo, consciente de su incompatibilidad con el principio de continuidad, habría procurado ocultar. Por otra parte, según la interpretación de P. Souffrin, 55 en la demostración del Teorema III Galileo no se habría referido al Teorema I para movimientos uniformes, sino a una versión generalizada del mismo hallada entre sus manuscritos 56. En esta versión se consideran dos longitudes divididas en una multiplicidad de partes que se corresponden una a una entre sí. Si estas longitudes se recorren con movimientos uniformes, de modo que en cada par de partes correspondientes las velocidades son iguales, entonces la razón de la suma de los espacios recorridos por cada una de las longitudes es como la razón de los tiempos invertidos en recorrerlas. Y éste sería el fundamento del borrador de la demostración del Teorema III comentado por Galluzzi. En tal demostración, Galileo habría realizado un paso al límite que convertiría estas porciones «casi innumerables» en una infinitud de movimientos uniformes infinitesimales 57. El atractivo de estas interpretaciones es indudable, pues clarifican los pasos seguidos por Galileo en términos de unas concepciones proto-infinitesimales conmensurables con nuestros procedimientos actuales de resolución del pro-----53 Ibid., p. Pero esto supone de dotar de cierta extensión -infinitesimal-al instante de tiempo, además de a los grados de velocidad de cada uno de los dos movimientos acelerados. Con lo cual se resuelve la aparente paradoja de que la misma colección de grados origine figuras de superficie distinta: los grados de una colección son de «anchura» proporcionalmente mayor que los de la otra. Sin embargo, se les puede objetar que Galileo nunca explicitase ese paso al dominio infinitesimal. Y, más significativo, que requieren atribuir a Galileo una concepción de infinito afín con la de ahora, correspondiente a ese término medio entre las cantidades finitas y las infinitas al que se refirió en la Primera Jornada. Sólo con este concepto de infinito la división en partes correspondientes de dos líneas conduce a elementos todavía extensos y por consiguiente susceptibles de razón entre sí 58. Pero, a mi modo de ver, éste no es el concepto de infinito de Galileo, según el cual la división en infinitas partes de magnitudes extensas llevaría a elementos definitivamente indivisibles y, en el caso de líneas, sin posibilidad de razón entre sí 59. Así, pues, cabe suponer que Galileo, en la comparación de dos movimientos acelerados, no empleó técnicas infinitesimales. Tampoco, como se ha visto, podía emplear técnicas indivisibilistas, salvo a través de la vía facilitada por el Teorema I para movimientos acelerados. Por otra parte, la introducción del Postulado resultaba insuficiente, pues únicamente afirma la igualdad de las velocidades de todos los movimientos acelerados que, partiendo del reposo, efectuasen el mismo descenso vertical. Además del Postulado, Galileo necesitaba un principio que permitiese establecer razones y proporción entre un movimiento acelerado por un plano cualquiera y el movimiento por la vertical y, a través de éste, con cualquier otro movimiento acelerado. Tal relación era la que se establecía, injustificada o inadecuadamente, al extender a movimientos acelerados la proporción entre espacios y tiempos establecida en el Teorema I para movimientos uniformes, que no se podía deducir del Postulado 60. El prin-----58 Hay una posible explicación alternativa, y ésta procedería de la teoría del impetus, dentro de la cual autores contemporáneos como Honoré Fabri contemplaban la adición, en instantes físicos -muy pequeños, pero finitos-de nuevas cantidades de impetus, que se iban acumulando en el cuerpo en caída libre. De este modo, el movimiento, en apariencia continuo, estaba compuesto en realidad de casi innumerables tramos de movimiento uniforme. ¿Por qué Galileo, pese a defender la continuidad del movimiento, no podría haber ensayado aquí esta técnica, técnica en la que los infinitesimales no parecen intervenir en absoluto? Sobre la teoría del impetus y las ideas de Fabri, véase DRAKE, S. (1974), «Impetus theory and quanta of speed before and after Galileo», Physis, 16, Fasc. 59 A diferencia de los indivisibles de sólido y de superficie que, siendo respectivamente superficies y líneas, pueden guardar razón entre sí dentro de su propia dimensión, los indivisibles de línea, siendo puntos inextensos, y por tanto carentes de dimensión, no son susceptibles de razón entre sí. 60 Tal extensión, no siendo de naturaleza distinta los grados del movimiento uniforme de los del acelerado, como se ve en la demostración del Teorema I para movimientos acelerados, pudo haberle parecido natural. cipio que precisaba es el que aparece en el anexo de Viviani antes aludido. Este principio permitirá demostrar tanto el Postulado como el Teorema III. De este último se dice allí que se prueba «más concluyentemente» que en la primera edición, lo que muestra que la demostración inicial se vería como problemática61. El principio, de carácter dinámico, aparece ya en Le mecaniche (1593), y afirma que el «ímpetu» o «momento parcial» de un grave en su movimiento por un plano inclinado es al «ímpetu máximo y total» de dicho grave por la vertical como la longitud de ésta es a la longitud de la inclinada. La nueva magnitud que aparece, el ímpetu o momento de la gravedad, es una medida de la modificación del peso que depende sólo de la inclinación del plano y no de su longitud. El momento es así una inclinación, una tendencia, «la propensione di andare al basso» 62. Si se admite que las causas son proporcionales a los efectos que producen, entonces los momentos o tendencias al movimiento por la inclinada y por la vertical, si actuasen efectivamente, darían lugar a movimientos proporcionales a los mismos. Así, tal como se afirma en el anexo, los momentos son como las velocidades, esto es, como los espacios que atravesaría el grave por la inclinada y por la vertical en el mismo tiempo63. Ésta es la comparación entre las velocidades de dos movimientos acelerados que resultaba imposible lograr mediante técnicas indivisibilistas. A MODO DE CONCLUSIÓN: ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL CONCEPTO DE MOMENTO A lo largo de todo este estudio, queda claro que el momento es una entidad indivisible respecto de la magnitud que lo mide. En el caso del momento del peso, la magnitud que lo mide es la velocidad -o, alternativamente, el descenso vertical-, de modo que el momento se representaría por una línea cuando ésta se representa por una colección infinita de líneas que, en las circunstancias particulares que se han visto, equivale a una superficie. No parece, sin embargo, que la velocidad esté formada por un agregado infinito de momentos: lo está por un agregado de grados de velocidad. Sin embargo, al final de la Jornada sobre la percusión sí está claro que la cantidad de momento (¿la cantidad de ímpetu?) está constituída por tal agregado infinito de momentos elementales, uno por cada instante de tiempo. ----Otra observación atañe al «momento de la velocidad», que aparece conspicuamente en los Discorsi, por lo general junto al de grado, en expresiones como «momentos o grados de velocidad», pero con un sentido vinculado con el de aumento de la velocidad que, no obstante, Galileo nunca explicita. Por lo general, tanto el momento como el grado se ha venido interpretando, en definitiva, como la «velocidad instantánea», tal como la concebimos hoy, que posee el móvil en cada momento. En el detenido trabajo de Galluzzi, se señala un doble empleo del término en los Discorsi64. Lo más frecuente, con mucho, es que aparezca con este sentido de la «velocidad instantánea» alcanzada tras un determinado tiempo de caída; pero también se emplea en el sentido de incremento de «velocidad» -nuestro concepto de velocidad-, siempre constante, instante tras instante. Galluzzi pone como ejemplo de este último sentido la misma definición de movimiento acelerado: «Llamo movimiento igualmente, esto es, uniformemente acelerado, a aquél que, partiendo del reposo, adquiere en tiempos iguales iguales incrementos de velocidad»65 Pero aquí Galileo habla de tiempos iguales, no de instantes; el sentido de la definición y el tipo de incremento de velocidad implicado se hace patente en la fig. 12; los incrementos de velocidad tendrían hoy el sentido de un incremento de espacio. Por otra parte, la diferencia entre un grado de velocidad y su consecutivo en un movimiento acelerado, de acuerdo con las ideas expuestas en la Primera Jornada, no puede tener magnitud, es inextensa: sólo un número infinito de tales partes podrá constituir una magnitud extensa. De modo que lo que hoy consideraríamos la aceleración -el incremento de nuestra velocidad en un instante de tiempo-no tiene magnitud para Galileo. Sí lo tiene, sin embargo, la cantidad de aceleración, la suma de tales incrementos inextensos en un intervalo de tiempo dado: y éste es precisamente el momento de la velocidad. Del mismo modo que Galileo sostiene un concepto de velocidad tal que ésta -a diferencia de lo que consideramos actualmente-crece con el tiempo aún si el movimiento es uniforme, su concepción de la aceleración, análogamente, también sería «holista», y ésta crecería con el tiempo en el movimiento uniformemente acelerado, siendo representada por el momento de la velocidad. Este sentido no es el mismo que el de una «velocidad instantánea» que se le ha venido adjudicando. Por una parte, como ----hemos visto, un grado de velocidad no es una velocidad; por otra parte, en un instante de tiempo, un indivisible inextenso que no es tiempo, no se puede recorrer ningún espacio. Desde mi punto de vista, el momento de la velocidad se podría caracterizar como la tendencia que posee el móvil en cada instante a proseguir su movimiento; los grados de velocidad representarían, por así decir, momentos ya consumidos -y desde luego habría que precisar lo que esto último significa-, constituyendo el momento una entidad que existe sólo en el presente. Este momento, entendido como tendencia, sería proporcional al ímpetu y a la velocidad uniforme que engendraría o engendrará con el transcurso del tiempo (por ejemplo, cuando un móvil llega a la base de un plano inclinado y prosigue su movimiento por la horizontal con velocidad constante). Como en el caso anterior del momento de la gravedad, se debe estipular el mismo intervalo de tiempo a la hora de establecer la correspondiente razón: la que hay entre dos ímpetus o dos momentos de velocidad es la de las correspondientes velocidades de los movimientos uniformes, esto es, el espacio recorrido en cada uno de ellos en un intervalo de tiempo dado. De este modo, el momento de la gravedad podría entenderse como una tendencia al movimiento acelerado, (o, mejor dicho, a modificar constantemente el movimiento uniforme), mientras que el de la velocidad lo sería a mantener dicho movimiento uniforme. Y el ímpetu, proporcional a ellos, representaría el efecto de esta velocidad. De este modo, la relación entre los momentos del peso y de la velocidad consistiría en que los primeros son como las velocidades que adquiere el móvil, por la inclinada y por la perpendicular, en el mismo intervalo de tiempo partiendo del reposo, las cuales, a su vez -dado que el intervalo de tiempo es el mismo-, son como los grados de velocidad alcanzados al cabo de ese intervalo de tiempo, es decir, como los momentos de la velocidad al final de dicho intervalo. Introduciendo nuestro concepto de «velocidad», en este caso igual al producto de la «aceleración» por el tiempo, se ve que lo anterior se podría interpretar, anacrónicamente, diciendo que la razón de las fuerzas es como la de las aceleraciones 66. Para finalizar, hay que señalar que esta concepción de los momentos como indivisibles dotados de tendencias a generar magnitudes finitas que les son proporcionales supone la superación de las limitaciones de la teoría indivisibilista, pues gracias a ellos se pueden establecer razones entre los indivisibles allá donde, como en el caso de la escudilla, tal razón no existe o se llega a un resultado absurdo. Si se supone que tal generación se produce contra el trasfondo del flujo uniforme del tiempo, y siendo, en general, variables con el tiempo tanto los momentos como las correspondientes magnitudes generadas, la razón entre éstas en un intervalo de tiempo dado sólo será aproximadamente igual a la razón entre los momentos, pero tanto más aproximadas cuanto menor sea ese intervalo de tiempo. En el límite -un límite alcanzado, como se vio, sólo a través del movimiento-cuando esas cantidades «nacen» o se «desvanecen», la igualdad es estricta. Éste es ya el cálculo de fluxiones de Newton, en donde gracias a este concepto, que Galileo no llegó a desarrollar, aparecen superadas las limitaciones de la teoría de indivisibles haciéndolo comparable al cálculo diferencial leibniziano 67. Todavía resta por conocer, sin embargo, el camino seguido entre ambas concepciones. Fecha de recepción: 13 de octubre de 2005 Fecha de aceptación: 2 de febrero de 2006 ----66 Esto quizás podría ayudar a entender por qué Newton, en el Escolio que sigue en los Principia al enunciado de las tres leyes del movimiento y a sus seis corolarios, atribuye a Galileo el empleo de las dos primeras leyes y de los dos primeros corolarios en el descubrimiento de la ley de caída de los graves y de la trayectoria parabólica de los proyectiles. Sus implicaciones en la mecánica, en SELLÉS, M.A. (1998), «Impacto instantáneo y acción continua en la mecánica de Newton», Éndoxa. Se muestra allí que Newton empleó asimismo concepciones «holistas» similares a las de Galileo. que aquí se presenta amplía esta primera versión y aspira a presentar un panorama completo.
O criminoso «potencial» seria um micróbio. Por isso, junto com o «menor», o chamado «vadio» 12 aparecia como o pré-delinqüente por excelência. «El conocimiento de la constituición individual es la base indispensable para el ejercicio de todas las actividades humanas; en la escuela y en el campo de la edu-----61 ÁSSALY, A. (1943), «Quatro dias entre quatrocentos vagabundos», Arquivos da Polícia Civil de São Paulo, 5, 21-54, p. Ciencia y fascismo, Madrid, Doce Calles. cación física, para el establecimiento de grupos homogéneos; en el escritorio y en la oficina, para la vinculación y la selección profesionales; en los tribunales y en las penitenciarías, para la individualización de la pena, reeducación y cuidado de los delincuentes; en la política, en la administración, en la sociedad, para que cada uno tenga, biológicamente, su lugar adecuado; en las organizaciones de sanidad pública, en los servicios de profilaxis; y, finalmente, en la Eugenia, sobre todo, en la campaña de profilaxis del crimen, tomando como base el conocimiento precoz de la 'constituición delicuencial' (...).» 64
El presente trabajo pretende estudiar algunos de los principios básicos que intervinieron en el cambio de paradigma que sobre la deficiencia mental se produjo en las primeras décadas del siglo XX. Tomando como fuentes principales las aportaciones de Binet y Simon en Francia y de Sante de Sanctis en Italia, se analiza la construcción de la categoría de "infancia anormal", relacionándola con el nuevo y privilegiado espacio de observación que supuso la Escuela Obligatoria. Se concluye con una reflexión sobre la falaz utilización de la "inteligencia" como "prejuicio" para establecer taxonomías sociales y meritocracias que no hacen sino justificar la desigualdad humana. to de demencia precoz, en el sentido de que presentan síntomas de esta psicosis, tales como buena memoria, buena capacidad de percepción, cosas todas que contrastan con una inestabilidad extrema de la atención, una debilidad o ausencia de formación del pensamiento de orden superior, perturbaciones graves de la actividad voluntaria, del carácter y de las actitudes, tales como negativismo, tendencia a las acciones rítmicas, impulsividad..."'. La influencia de la nosografía Kraepeliniana se deja sentir en esta nueva mirada hacia el niño loco y el término de "demencia precocísima", en clara alusión a la dementia praecox de Kraepelin, es aceptado y asumido por diversos autores-, hasta llegar a la definición de esquizofrenia infantil establecida ya en 1937^. Pero si para la paidopsiquiatría se abría un vasto campo que fue configurándose en torno al concepto de psicosis infantil, la psico-pedagogía había empezado ya a actualizar su discurso y ampliar sus competencias incorporando los avances de la psicología experimental y, de manera particular, aprovechando el nuevo y privilegiado espacio de observación que le facilitaba la Escuela Obligatoria. Gonzalo Rodríguez Lafora afirma, en este sentido que: "Excepto en los niños anormales profundos, en los cuales la segregación con respecto a los normales la hacen las propias familias, el primero que da la voz de alarma sobre la anormalidad intelectual de un niño es el maestro de la escuela primaria. Fúndase éste de ordinario, para tal diferenciación, en el insuficiente rendimiento escolar del alumno o en su inadaptabilidad a la escuela. Para considerar a un niño sospechoso de retardo intelectual, ha dado Binet como norma el grado de su retraso escolar'"^. El objeto del presente ensayo es analizar los principios básicos del cambio de paradigma que sobre la deficiencia mental se produce al comienzo del siglo XX, así como identificar los principales elementos y "prejuicios" que contribuyeron a la construcción del concepto de "infancia anormal". Alfred Binet (1875Binet ( -1911)), director desde 1894 del Laboratorio de Psicología y Pedagogía de la Sorbona, desarrolló, en efecto, una intensa actividad en las escuelas como consecuencia de la campaña iniciada en 1899 por la Société Libre pour TEtude Psychologique de TEnfant, que culminó en 1904 con la creación de una Comisión interministerial encargada de acometer "el estudio de las condiciones en las que debería estar prevista la educación de los niños anormales"-^. A. Binet, miembro de la Comisión, inició una serie de trabajos encaminados a establecer científicamente las diferencias antropométricas y mentales entre los niños normales y los anormales con el propósito de facilitar el diseño de programas de instrucción para estos últimos. Junto con su más directo colaborador, Théodore Simon (1873Simon ( -1961)), llevó a cabo una serie de trabajos publicados en 1905 en L^Ánné Psychologique^, en los que se describía un método para medir la inteligecia basado en la aplicación de una escala de tareas ordenadas por su dificultad creciente de acuerdo con la edad de los niños. Trabajos que se agrupan y culminan en el libro Les enfants anormaux (1907). En el avant-propos de dicha obra, sus autores se desmarcan claramente de la tradición médico-pedagógica desarrollada en Francia a lo largo del siglo XIX. La alusión a pioneros como Itard, Falret o Voisin era poco menos que obligada pero, aunque "es costumbre citar con respeto los nombres de los precursores", aseguran que "sus esfuerzos no obtuvieron ningún resultado""^. La crítica más dura se la dedican al franco americano E. Seguin, opinando que en sus obras hay páginas de interés, pero también muchos puntos oscuros e, incluso, absurdos^, y reservan sus elogios para Bourneville, por sus continuas demandas a la administración para que en las escuelas públicas se instaurasen clases especiales para niños anormales. ^ En la "Lettre-Préface a M. Alfred Binet", firmada por el senador y presidente de la Comisión León BOURGEOIS, y publicada en BINET, A. y SIMÓN, TH. (1907), Les enfants anormaiix, París, A. Colin, pp. V-VIII, se explican las razones de su creación y se indica que estuvo formada por "educadores, médicos, hombres de ciencia y representantes de los servicios administrativos interesados", p.VI. ^' BINET, A. y SIMON, TH. El intento de ruptura epistemológica con respecto a los alienistas que abordaron el problema de la deficiencia mental en la centuria anterior, explica esta actitud hacia los clásicos decimonónicos. Binet y Simon exponían, en 1905, sus objetivos de la siguiente manera: "Nuestro propósito consiste en poder medir la capacidad intelectual del niño que nos traen a fin de averiguar si es normal o atrasado. Debemos, por tanto, limitarnos solamente a estudiar sus condiciones actuales. No nos interesa su historia pasada o su futuro; en consecuencia dejaremos de un lado su etiología y no intentaremos distinguir entre idiotez congénita y adquirida. Por razones más importantes prescindiremos de toda consideración de anatomía patológica que pueda explicar su deficiencia intelectual. Esto en cuanto a su pasado. En lo concerniente a su futuro, practicaremos la misma abstención. No intentamos establecer o elaborar predicción alguna, dejando sin respuesta la pregunta acerca de si su atraso es superable o acaso susceptible de mejora. Nos limitaremos a averiguar la verdad respecto a su estado mental actual"^. Afanes cientifistas de objetividad que chocan con la tradición anatomoclínica de buena parte de alienismo francés'^, pero sobre todo, intentan superar la preocupación por las causas y por el pronóstico, eje de las discusiones conceptuales y metodológicas sobre la deficiencia mental durante todo el siglo anterior''. Se trata, si se nos permite la expresión, de una cierta desmedicalización de los niños deficientes con la introducción de unos criterios clasificatorios, ciertamente novedosos, basados en la medición de la inteligencia y en el establecimiento de parámetros, como el "nivel de edad", con los que poder ordenar y normativizar a la población escolar. Merece la pena destacar que Binet y Simon hablan siempre de "nivel de edad" para clasificar a la mayoría de los niños de un grupo de edad que superen una escala de su test, estableciendo, a partir de ese "nivel de edad", el "nivel mental" de un niño determinado. Concepto dinámico que implica la posibilidad de poder pasar de un "nivel" a otro; no en vano la pretensión final de los autores franceses era identificar niños retrasados para someterlos al nivel académico que les correspondería por su edad. Por el contrario, la expresión "edad mental", acuñada por el alemán Wihelm'^ El texto, publicado originariamente en L'Armé Psycliologic/ue, ha sido repetidamente citado; así GOULD, S. J. (1984), La falsa medida del hombre, Barcelona, Antoni Bosch, p. 151; LÓPEZ CEREZO, J.A. y LUJAN, J.L. (1989), El artefacto de la inteligencia, Barcelona, Anthropos, p. Sobre el papel del método anatomoclínico en el alienismo ñ'ancés véase PESET, J. L. (1993), Las heridas de la ciencia. Salamanca, Junta de Castilla y León, pp. 161 y ss. También HUERTAS, R. (en prensa), "L' alienismo e la mentalità anatomoclínica: l'opera di J. E. D. Esquirol".'' Sobre este particular puede verse LANTERl -LAURA, G. ( 1972), "La chronicité dans la psychiatrie française moderne", Annales ESC, 27, (3): 548-556; ALVAREZ, R., HUERTAS, R. y PESET, J. L. (1993), "Enfermedad mental y sociedad en la segunda mitad del siglo XIX", Asclepio, 45, (2): 41-60. Stern'-., sugiere, como bien han indicado J.A. López Cerezo y J.L. Lujan, algo "endógeno, fijo y similar a la edad cronológica"'-"^. De este modo, el cambio de las condiciones y los objetivos del observador y, sobre todo, la ampliación de la población observada, implicó la definición de nuevas categorías ya que el concepto de "infancia anormal" englobó rápidamente no solo a los deficientes mentales, sino también a los niños "inestables", término que Binet y Simon prefieren al de indisciplinados'"*. Una amplia gama de actitudes y aptitudes tienen cabida, pues, dentro de la noción de anormalidad aplicada a la infancia; así, "el epíteto niño anormal no responde a un tipo único"'-'', existiendo una variabilidad de grados de inteligencia entre el "idiota vegetativo" y el "débil superior". De igual modo, recelan del lenguaje administrativo, considerando equívocos términos como "anormal médico" y "anormal pedagógico". Para los deficientes mentales mantienen los términos idiota, imbécil y débil mental, pero redefiniéndolos y recurriendo a la mayor o menor habilidad en el manejo del lenguaje hablado o escrito como criterio clasificatorio. De esta manera, "Es idiota todo niño que no llega a comunicarse por la palabra con sus semejantes, es decir, que no puede ni expresar verbalmente su pensamiento ni comprender el pensamiento, verbalmente expresado, de los demás, siempre que no haya una alteración de la audición, ni de los órganos fonadores que expliquen esta pseudo-afasia, que es debida enteramente a una deficiencia mental"'^. La imbecilidad se aplica a los niños que "no llegan a comunicarse por escrito con sus semejantes, es decir, que no pueden expresar su pensamiento a través de la escritura, ni leer lo escrito o lo impreso, o más exactamente comprender lo que leen, siempre que ninguna alteración de la visión o alguna parálisis motriz del brazo no expliquen la no adquisición de esta forma de lenguaje, delecto de adquisición que es debido a una deficiencia intelectual"'"^. Finalmente, "es débil todo niño que sabe comunicarse con sus semejantes a través de la palabra y la escritura, pero que muestra un retardo de dos o tres años en el curso de sus estudios, sin que este retraso sea debido a una insuficiencia de escolaridad"'^. Como bien puede verse, las definiciones propuestas introducen novedades importantes; por un lado, su íntima relación con las actividades escolares de los niños y la posibilidad de que, efectivamente, sea el maestro el primero en detectar las deficien- cias, sobre todo las menos profundas. Por otro, la concepción psicológica del retraso mental que hace obligatorio descartar alteraciones físicas y/o sensoriales tradicionalmente asociadas a los cuadros de idiocia. Por fin, el intento de superar la evidente dificultad que suponía distinguir la deficiencia mental y el escaso nivel cultural en un momento en el que el analfabetismo de los padres o las dificultades de escolarización entre los hijos de los trabajadores, inquilinos naturales de la Escuela Obligatoria era la norma. De ahí, que se acabe acuñando el término de "falsos anormales" para designar a muchachos sin déficit intelectual que son "simplemente ignorantes"'^. En cualquier caso, el retraso escolar se convierte, desde las primeras décadas del siglo XX en preocupación de médicos y educadores que intentarán encontrar causas "psicológicas" o "bio-psicológicas" a la desadaptación o a las dificultades de aprendizaje de una serie de niños insumisos, inquietos o, simplemente, aburridos ante la normativización escolar, y para los que se esgrimirá el diagnóstico de "anormales", formulación novedosa pero que asimila y actualiza viejos conceptos degeneracionistas aplicados al niño-°. Aunque son muchos los autores que siguiendo el camino emprendido por Binet y Simon, se ocuparon de la "infancia anormal" en el primer tercio del siglo XX^', citaremos aquí la aportación del italiano Sante de Sanctis porque además de diferenciar, como ya hemos visto, la "demencia precocísima", propone una doble sistematización de la deficiencia mental, en la que incorpora las novedades psico-pedagógicas que el nuevo siglo va produciendo, pero sin renunciar a una tradición médica de arraigo innegable. La influencia de Seguin es clara, pero no lo es menos la de Binet y Simon o la de María Montesori (1870-1952) 22.' ^^ Ibid,p. 20 De hecho, en muchas obras sobre "infancia anormal", dicho término viene a sustituir al de "infancia degenerada", sin que se produzcan demasiadas modificaciones en la valoración "moral" de estos niños, VARELA, J. y ÁLVAREZ-URIA, F. {\99\) Arqueología de la escuela, Madrid., La Piqueta, pp. 216y ss. 2' Para España, véase, entre otras aportaciones, Pozo, A. (1958), "La educación de deficientes en España: los cincuenta primeros años de su desarrollo (1875-1925)", Revista Española de Pedagogía, 18-24.; SCHEERENBERGER, SH.O. (1984), Historia del retraso mental, Madrid; ESCOLANO, A. (1997), "Pedagogía y Psicología", En HUERTAS, R., ROMERO, A.I. y ALVAREZ, R. (coords.). Perspectivas psiquiátricas, Madrid, pp. 27-39. 22 Tiene muy en cuenta las propuestas pedagógicas de su compatriota, en particular las de la 2" edición de la obra MONTESORI, M. (1913), // metodo della pedagogia scientifica applicato all'educazione infantile. La clasificación final que de Sanctis ofrece es, como acabamos de indicar, doble (tabla I): una, eminentemente médica, en la que se tienen en cuenta las causas y el correlato clínico -manifestaciones y secuelas-de los pacientes, y, otra de enfoque más pedagógico en la que se tiende a identificar las deficiencias "intelectuales" de los mismos. En la primera distingue entre frenastenia cerebropática, debida a una enfermedad del cerebro diagnosticaba y sobrevenida durante una de las fases del periodo evolutivo intra o extra uterino; frenastenia biopática, en la que no hay evidencias de enfermedades graves del sistema nervioso central y cuyo origen se encuentra en desórdenes de la evolución prenatal del cerebro independientemente de las causas heredadas o congénitas precoces; y, finalmente, un tipo de frenastenia mixta en función de su etiología y sintomatologia, la biocerebropática, donde incluirá a los disglandulares. La segunda clasificación, sin embargo, remite a la "anormalidad" entendida como transtorno "moral", considerando una anormalidad intelectual y otra afectiva o de carácter cuyos rasgos fundamentales -aunque no absolutos-son la "inestabilidad" psíquica y el retraso escolar-^. En este último grupo incluye a los anormales de conducta o inestables puros, en muchas ocasiones suficientes intelectualmente, entre los que se encontrarían los "inestables amorales o hipomorales", también denominados "inmorales constitucionales", con un fuerte gravamen hereditario y tendencias criminales. La "anormalidad" aparece en ésta y otras clasificaciones ligada siempre a causas psico -orgánicas, biológicas y mesológicas. Aunque ya Binet lo había apuntado, para de Sanctis las causas sociales revisten especial importancia en la etiología de las deficiencias: "La pobreza, el abandono moral, la mala educación familiar y particularmente las intoxicaciones que los psiquiatras llaman «voluntarias» -principalmente.el alcohol-figuran muy a menudo en la etiología de la deficiencia intelectual y moral"-"^. Nuestro autor tiene en cuenta la existencia de individuos cuyo retraso mental puede superarse mediante un régimen pedagógico adecuado. Respetando la terminología de Binet y Simon, los denominará "falsos anormales", mostrándose de acuerdo con los autores franceses al señalar que "la fórmula etiológica del falso anormal podría enunciarse así: herencia libre o ligeramente gravada -enfermedades comunes o intoxicaciones en curso o ya sufridas -influencia predominante de factores ambientales (familiares y sociales)"^-''. Al igual que Lafora, tanto Binet como de Sanctis otorgan una extraordinaria importancia al papel del maestro en el despistaje y diagnóstico precoz de las deficiencias mentales en la infancia. Para el psicólogo francés "es anormal intelectual verdadero ( y por tanto seleccionable) el alumno que habiendo pasado los nueve años y habiendo frecuentado regularmente la escuela, tenga un retraso de tres años"-^\ y para el médico italiano "cuando un alumno se muestra inestable (rebelde, excitable, indisciplinado, violento, impulsivo, con mala conducta) sin tendencia a corregirse, durante los tres primeros meses del año escolar, aún asistiendo siempre a la escuela y teniendo siempre como guía un maestro paciente e inteligente, con gran probabilidad, se le puede declarar inestable, es decir anormal verdadero del carácter"-^. No deja de resultar esclarecedor que su categorización venga definida por el éxito o no de las técnicas de educación: el fracaso del especialista acaba convirtiéndose así en criterio clasificatorio de primer orden. Diferenciaciones clasificatorias cuya artificiosidad es manifiesta pero que permiten establecer etiquetas con gran facilidad: la falta de rendimiento o la inadaptación a las normas escolares que acabaron definiendo la anormalidad infantil, sirvieron también para asimilar ésta a la infancia "viciosa" o delincuente-^. La escuela aparece, pues, como un medio regenerador, de educación y de integración moralizadora, destinado a inculcar docilidad y aceptación de las normas burguesas y a erradicar todo germen de conciencia revolucionaria-'^. Para los que pongan dificultades a dicho proceso de "socialización", se diseñarán colegios de corrección pedagógica, reformatorios o unidades de psiquiatría infantil, según se trate de niños maleducados, delincuentes o locos-^°. -^ Existe también una amplia bibliografía sobre la medicalización de la infancia delincuente; véase, a modo de ejemplo, ÁLVAREZ-URÍA, F. (1987), "La infancia tutelada", en HUERTAS, R., ROMERO, A.I. y ALVAREZ, R. (coords.). Perspectivas psiquiátricas, Madrid, CSIC, pp. 177-189; También HUERTAS, R. ( 1991), E/ delincuente y su patología, Madrid, CSIC. De la pédopsychiatrie à la psychanalise infantile",/Ic/ó'.v de la Recherclie en Sciences Sociales, 24: 23-49; MUEL, F. (1981), "La escuela obligatoria y la invención de la infancia anormal". Sobre el acercamiento médico al niño a comienzos de este siglo analizado de una manera integral y no solo desde el punto de vista del control social, podrá verse un magnifico trabajo de BALLESTER, R. y BALAGUER, E. (1995), "La infancia como valor y como problema en las luchas sanitarias de principio de siglo", Dynamis,15, Asclepio-Voì. XLVin No obstante, las nuevas instituciones, el desarrollo de técnicas, el concurso de nuevos expertos (psicólogos, pedagogos, etc.) o la ampliación paulatina de la actuación paidopsiquiatrica a ámbitos diversos (jurídico-criminológico, social, pedagógico, etc.), no parecen haber aportado novedades nosográficas en los últimos tiempos. El mundo de la oligofrenia, por un lado, y el de las psicosis infantiles, por otro, siguen siendo los más claramente definidos, a pesar del "ruido accesorio" provocado por lo que Otta de Leonardis ha llamado "mito de la competencia especializada", mediante el que pretende explicar cómo en la labor de los especialistas se concreta el paradigma racionalista problema-solución, de manera que "a una definición racional, científica, codificada, del problema corresponde una solución técnica racional"-^'. La solución institucional determina, en no pocos casos, la forma en que se analiza e, incluso, se formula el problema, hasta el extremo de prescindir o ignorar aquéllos que no entran dentro de los límites de saberes y estrategias que ese marco institucional es capaz de desarrollar. La llamada "infancia anormal" puede ser un ejemplo suficientemente elocuente, pero puede haber muchos más, así la medicalización de las conductas "antisociales", o la definición de "Paciente Crónico Adulto Joven", con la que, recientemente, se ha pretendido caracterizar a una serie de individuos con dificultades en su funcionamiento social que tienen como principal característica "su tendencia a usar inadecuadamente los servicios de Salud Mental de forma tal que consumen gran cantidad de energía y tiempo de los clínicos sin que sea posible establecer planes viables de tratamiento"^-. Como puede verse, las dificultades para aislar "especies morbosas" con las que elaborar nosografías más o menos complejas son manifiestas. Los prejuicios sociales e institucionales matizan, cuando no determinan directamente, los juicios clínicos "objetivos", basados, a su vez, en prejuicios más o menos científicos. Estas dificultades las tuvo, desde su comienzo, el acercamiento médico-pedagógico a la deficiencia ^^ LEONARDIS, O. (1992), "Políticas sociales: reinventar nuevos parámetros". En ÁLVAREZ-URÍA, F. (coord.), Marginación e inserción. Los nuevos retos de las políticas sociales, Madrid,p. 56. ^^La formulación primigenia del concepto se encuentra en PEPPER, B. y RYGLEWICZ, H. (eds.) (1982), The Young Adult Chronic Patients, San Francisco. Las críticas a esta categoría diagnóstica no se hicieron esperar, véase ESTROFF, S.E. (1987), "No more Young Adult Chronic Patient", Hospital Community Psychiatry, 38: 5. Una de las primeras revisiones que se hicieron en España sobre el tema fue la realizada por DESVIAT, M., FERNÁNDEZ-LIRIA, A. y RENDUELES, G. (1986), "La nueva cronicidad", En ESPINOSA, J. (coord.), Cronicidad en Psiquiatría, Madrid. Véase también FERNÁNDEZ-LIRIA, A. (1991), El concepto de Paciente Crónico Adulto Joven: Pertinencia y relevancia para la planificación y organización de los servicios de Salud mental, Madrid, Tesis doctoral inédita. Una crítica a este concepto en el contexto de un análisis más amplio, puede verse en HUERTAS, R. (1993), "El mito del 'bienestar' y la política social", Utopías, \f 154, pp. 18-33. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es mental. Dicho acercamiento -iniciado por Itard a comienzos del siglo pasado-con sus posteriores desarrollos, constituye, en nuestra opinión, un caso particular, pero muy significativo, en el que pueden evaluarse las razones, pero sobre todo las consecuencias, de un sistema clasificatorio basado en criterios diferentes a los comúnmente aceptados por las Ciencias Naturales a las que, precisamente, la Medicina pretendía coronar. A MODO DE EPÍLOGO: INTELIGENCIA Y DESIGUALDAD Una última reflexión sobre la clasificación de los seres humanos por su inteligencia parece obligada. Por un lado, los trabajos de Binet y Simon han sido criticados por algunos autores que ven en ellos el germen de una ideología segregacionista destinada a eliminar del "circuito escolar" a los más torpes-^^. Como ya hemos indicado, su intención fue justo la contraria, propiciar la recuperación de los niños más atrasados; en este mismo sentido Stephen J. Gould opina que Binet no consideró el Cociente Intelectual como un recurso para clasificar jerárquicamente a los alumnos de acuerdo con sus valores intelectuales sino que elaboró su escala con fines muy limitados: el encargo que le había hecho el Ministerio de Educación de idear una guía práctica para detectar a aquellos niños cuyos pobres resultados escolares indicaban su necesidad de recibir educación especiaP"^. No por ello puede negarse que, a pesar de sus buenas intenciones, sus aportaciones ofrecieron al darwinismo social una eficaz herramienta con la que medir la desigualdad intelectual de los seres humanos. La estratificación del "reparto de tareas" en una sociedad de clases quedaba consagrada en virtud de la diversidad intelectual de la especie humana. El discurso se completó hábilmente con las teorías hereditarias de la inteligencia, presentes desde el comienzo del movimiento eugènico-^'' y el determinismo biologicista del llamado Cociente Intelectual. En 1969, Arthur R. Jensen publicó un extenso e influyente artículo en el que actualizó el discurso de la determinación biológica de la inteligencia^^. Dicho trabajo no era sino el inicio de una ofensiva que pretendía negar, una vez más, las condicio- Nótese que estas ideas surgen en la prestigiosa y conservadora universidad de Harvard, precisamente en el inicio de una etapa política y económica en la que la exigencia liberal del individualismo y del darwinismo social necesitaba apoyos teóricos que se presentaran como incuestionables. Se irán retomando, de esta manera, taxonomías sociales basadas en las capacidades intelectuales -entendidas como facultades naturales-, en virtud de las cuales se establecerá el lugar que cada uno debe ocupar en las relaciones de producción. Desde profesionales liberales -inteligentes, triunfadores y cualificados-hasta obreros no especializados, la gama de posibilidades es amplia y permitió a no pocos autores relacionar inteligencia con clase social; todo lo cual, junto al papel del "especialista" capaz de colocar al sujeto en el lugar más adecuado dentro de la sociedad, nos coloca a un paso del mundo feliz que Huxley inventó. Pero además, aunque estos planteamientos suponen un evidente refuerzo del neodarwinismo social, se introduce un importante matiz que viene a afianzar todavía más los argumentos de la llamada Nueva Derecha: si el darwinismo social propugna la supervivencia de los más aptos, ahora se puede también explicar "científicamente" el fracaso de los más débiles^^. Voces diversas se han alzado contra estos argumentos. Stephen Gould, aunque se podrían citar otros muchos ejemplos-^^, ha denunciado el evidente error metodológico que supone el hecho de que los test de Cociente Intelectual midan una variable independiente -la inteligencia-y el no menos evidente prejuicio de clasificar y ordenar a los miembros de una población en función del grado de inteligencia que posean, sin tener en cuenta la innegable influencia de los factores ambientales, sociales, etc.'^^. A modo de breve conclusión, nos parece imprescindible insistir en la necesidad de denunciar, desde la Historia y la Filosofía de la Ciencia, no solo los prejuicios de la sistemática, sino la utilización acrítica, cuando no perversa, de los criterios de ordenación de la naturaleza. En el caso que nos ocupa, es evidente que las concep- 1989), El artefacto de la inteligencia. Una reflexión crítica sobre el determinismo biológico de la inteligencia, Barcelona, Anthropos. Además, en el capítulo 4, titulado "Una filosofía crítica de la ciencia: El caso de la teoría hereditarista de la inteligencia" (pp. 185 y ss.), se ofrece una amplia revisión de lo que es el movimiento de contestación al determinismo biológico en este campo. Remitimos, pues, a la bibliografía citada por estos autores. 4" Véase GOULD, S. ( 1984), La falsa medida del hombre, Barcelona. ciones biologicistas e individualistas olvidan deliberadamente que las propiedades biológicas del ser humano, sus potencialidades genéticas, no se manifiestan directamente, sino que se ven modificadas profundamente por los factores sociales. Los animales heredan, a través de un código genético rígido, las capacidades necesarias para adaptarse al ambiente mediante funciones muy especializadas y experiencias específicas que permanecen invariables a lo largo de la vida. Por el contrario, la desespecialización y la amplia variabilidad de las condiciones vitales humanas constituye una de las premisas que le permitió dar el paso del mundo de la naturaleza al mundo de la cultura, entendiendo ésta como "naturaleza transformada". Dicho de otro modo, la ausencia de hábitos heredados innatos consolidados en el genotipo humano coloca en primer plano la experiencia individual -la capacidad de aprendizaje-y posibilita una amplia gama de interacciones con el medio"^'. En este marco, la mediatización de lo biológico por lo social condiciona la correlación de las propiedades heredadas y las adquiridas en el proceso de desarrollo individual, en el que la capacidad intelectual es, tan solo, un elemento más. Elemento que, sin entrar en conflicto con la diversidad biológica y cultural del ser humano, no puede ser utilizado como argumento de persecución, segregación o explotación del hombre por el hombre. "*' Solire la interacción entre lo biológico y lo social tanto en la condición humana como en el proceso salud-enfermedad, puede verse HUERTAS, R. (1996), "Las ciencias de la salud y el marxismo: sobre la construcción de una teoría de lo social en medicina". Cerebropciîicos: disglandulares, epilépticos con signo de foco, paralíticos, coreoatetósicos, etc. Biopáticos: epilépticos esenciales, epileptoides, amorales, etc. Juicio sobre el tipo psíquico (tipo idiocio, imbécil, versánico, etc Cuando son ligeros se denominan inestables; y si al mismo tiempo muestran un grado intermedio o leve de insuficiencia intelectual se denominan débiles inestables. to Clasificación (médico-pedagógica) de los jóvenes anormales psíquicos { Juicio sobre el tipo (tipo idiocio, imbecil, vesánico, epileptoide, etc.) Juicio sobre el grado de insuficiencia (insuficiencia global, parcial, etc.) Anonncdes de carácter o anormales afectivos (inestables) Anormales mixtos (débiles-inestables) Anonncdes sensoriales (con insuficiencia intelectual -o anormalidad de carácter -de vario grado y de vario tipo.)' 2
biología más destacados en la actualidad, propone una "Teoría general de evolución" que, afirma, explica tanto la evolución de los seres vivos como el desarrollo del conocimiento científico. En el caso de la evolución conceptual, Hull sostiene que la competencia entre científicos juega un papel esencial en el avance de la ciencia, de manera similar a lo que ocurre en la evolución biológica. Entre otras cuestiones Hull recupera la tradición de la sociobiologia para la explicación del comportamiento aparentemente altruista de los científicos en la búsqueda del conocimiento. tre las diversas propuestas de epistemología evolucionista' hemos dado un punto de vista desde el evolucionismo sobre las de Stephen Toulmin, Karl Popper y David Hull-. Ahora presentamos algunos comentarios sobre los inicios de la concepción de Hull: la elaboración de una analogía sociobiológica. Como otras epistemologías naturalizadas-^, la epistemología evolucionista considera que la ciencia puede ser abordada como un objeto natural, por lo tanto como un problema que puede analizarse con una metodología científica. Su particularidad es que además considera que al ser un objeto que se transforma en el tiempo puede ser explicado por el evolucionismo biológico"^. Nuestro interés en concepciones epistemológicas que como la de Hull utilizan de manera heurística la teoría de la evolución se basa en la preponderancia de tales teorías en la filosofía de la ciencia contemporánea, preponderancia debida en buena parte a su originalidad en reconocer los paralelos entre la evolución de los organismos y la historia del conocimiento científico. La concepción de David Hulf'' se desarrolló en dos etapas; en la primera constituyó una analogía casi literal entre la evolución biológica y la evolución del conocimiento; en la segunda elaboró una teoría general de evolución que engloba ambos procesos. Hemos comentado en los trabajos antes citados, que Hull considera necesario que dicha teoría general de evolución abarque todos los procesos de transformación que involucran selección. En síntesis, plantea que los linajes (biológicos o conceptuales) se producen por selección diferencial de los interactores (organismos o' Aunque la posibilidad de extender el darwinismo a campos diferentes a la evolución -en particular a la explicación del desarrollo del conocimiento-se discute desde tiempos de Darwin, por ejemplo con Thomas Huxley, puede considerarse a Donald Campbell como fundador de la epistemología evolucionista moderna. Plotkin (1994, Darwin Machines, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts) presenta las aproximaciones seleccionistas de Darwin a la evolución de las lenguas y de Huxley al desarrollo de las ideas. 2 Ruiz, R. Y F. J. AYALA, (1993), La concepción epistemológica de David Hull: ¿Existe una ciencia de la difusión de teorías? Fondo de Cultura Económica, México, (en prensa). "^ Para un análisis de la relación entre epistemologías naturalizadas y evolutivas, véase W. BECHTEL, (1990) "Toward Making Evolutionary Epistemology Into a Truly Naturalized Epistemology", en N. Rescher (ed.) -*' HULL, D. ( 1978 http://asclepio.revistas.csic.es científicos) dependiendo del tipo de replicadores que los caracterizan; a su vez, esta selección provoca la reproducción diferencial de replicadores (genes, teorías).^ Igual que otras concepciones similares^, la contribución de Hull se incluye en el programa de investigación que Michael Bradie^ ha llamado Epistemologías Evolutivas Teóricas (EET). Bradie distingue dos programas de investigación que tienen como objeto de estudio el desarrollo del conocimiento. Llama "Epistemología Evolutiva de los Mecanismos Cognoscitivos", (EEM) al programa que intenta explicar la evolución y características de los mecanismos cognitivos en animales y humanos. Este programa considera que dichos mecanismos han evolucionado en la misma forma que el resto de caracteres biológicos: por ello la aplicación del darwinismo es simplemente una extensión, no requiere de ninguna modificación especial. El otro programa, el análisis de la evolución de las ideas (EET) incluye las epistemologías, que como antes se menciona, basan su argumentación en la viabilidad de construir una analogía entre la evolución biológica y la evolución conceptual. Aquí sí, se trata de una extrapolación de una teoría biológica a un campo distinto, el estudio del desarrollo del conocimiento. Aunque no estamos convencidos de que el darwinismo -al menos en su forma actual-pueda explicar la evolución conceptual, coincidimos con los epistemólogos evolucionistas en que existen algunos aspectos analógicos entre ambos tipos de evolución y por lo tanto en que la comparación tiene un carácter heurístico. Entre los dos programas de investigación anteriores hay un vacío, ninguno de los dos analiza la transformación de los procesos mentales que posibilitan la construcción de conocimiento. Esta problemática es intermedia entre la evolución de los ór-^' En nuestro (1996) hemos señalado que cada uno de estos conceptos, linaje, interactor y replicador se aplica a más de una entidad, así por ejemplo puede hablarse de linajes de ideas o teorías pero también de linaje de científicos. STEPHEN TOULMIN (1967) The Evolutionary Development of Natural Science American Scientist 55:456-471;(1972) ganos de los sentidos y el cerebro, por ejemplo, y la evolución de las teorías científicas. Es claro que la evolución orgánica se basa en la heredabilidad de las variaciones y su ulterior selección; es igualmente claro que no hay herencia biológica involucrada en la transmisión de las ideas pero los epistemólogos evolucionistas plantean que una selección similar a la selección natural orienta el desarrollo de la ciencia. Sin embargo, se ignora si puede haber formas de pensamiento innatas que puedan jugar un papel en la adecuación diferencial de los humanos. Por ello, desde nuestro punto de vista, los autores con la preocupación por esta temática evolucionista se encuentran entre quienes constituyen un tercer programa de investigación en epistemología evolucionista. Siguiendo la terminología de Bradie debería llamarse Epistemología Evolutiva de los Procesos, (EEP) cuyo objeto de estudio no está incluido ni en el análisis de los caracteres biológicos que hacen posible el conocimiento (EEM) ni en el análisis del proceso de construcción del saber (EET). Ruse^ y Goldman^^, entre otros, se interesan por el análisis de esta parte. Ruse'' ha planteado dudas'-sobre la legitimidad del programa EET, pues sostiene que son tantas las diferencias entre la evolución biológica y la conceptual que "por muy esclarecedora que pueda ser la analogía del cambio orgánico/cambio científico desde un punto de vista heurístico, se desmorona al nivel de la justificación debido a la diferencia existente en sus respectivas variaciones. La evolución científica no es darwinista. No existe justificación alguna para concluir que la ciencia está al mismo nivel que los organismos. Ni tampoco tenemos que aceptar como un hecho probado que las teorías científicas existen sólo porque han derrotado a todas las demás"'-^. Para Ruse, la ciencia, no tanto las teorías en sí, sino las formas de pensamiento que posibilitan su planteamiento, tienen un valor adaptativo. "Tomar seriamente a Darwin", significa demostrar que hay diferencias en cuanto a procesos mentales y que tales diferencias provocan que los individuos tengan mayor o menor adecuación. Es decir, sostiene que como otras características los procesos mentales influyen en el resultado de la selección natural: "por ejemplo, el teorema pitagórico nos parece obligado, no porque refleja una verdad eterna sino porque de nuestros posibles ancestros los que tomaron seriamente la geometría euclidiana se reprodujeron más que nuestros posibles ancestros que fueron indiferentes a los problemas plantea-'^ RUSE, M., (1987) dos por el espacio"^"^. Por lo tanto la epistemología evolucionista debe centrar su investigación en los caracteres que propician dicha diferencia en adecuación, en palabras de Ruse, con las reglas epigenéticas que subyacen en la metodología científica'-^; igual que hay reglas epigenéticas que subyacen en otras adaptaciones, "la capacidad de razonar debe ser similar a otros resultados de la adaptación, por ejemplo, las manos"'^. Goldman,'"^ como parte de esta tradición, opina que el cerebro humano, o los genes que lo producen, pueden haber sido seleccionados debido a ciertas capacidades cognitivas (además de las perceptuales), por ejemplo, patrones de inferencia o razonamiento: "Apelar a estas capacidades, incluyendo habilidades para razonar o inferir en ciertas maneras, puede entonces constituir un puente en la polémica de los epistemólogos entre apelar al cerebro como un órgano naturalmente seleccionado y la justificación de varios tipos de creencias generadas a través de la operación de dichas capacidades y las estrategias de inferencia que las realizan. Puede haber un valor de sobrevivencia pequeño o ninguno adjunto a las teorías científicas sofisticadas; pero si hay un valor de sobrevivencia para los mecanismos cognitivos que las producen, si este valor está ligado a la capacidad de producir creencias verdaderas en ciertos contextos, y si hay razón para pensar que tal capacidad se extiende y es refinada por contextos y métodos científicos, entonces apelar a estos mecanismos puede ligar teoría evolutiva y justificación epistémica". La pregunta que intentan resolver Goldman y Ruse es ¿cuáles son las ventajas selectivas de la capacidad de razonamiento científico? Ruse y Hull concuerdan en que uno de los problemas centrales de la epistemología evolucionista es explicar la adecuación (fitness) de las ideas, es decir, explicar porque unas tienen mayor capacidad de sobrevivencia y reproducción que otras; igualmente coinciden en que esta adecuación diferencial no se debe al grado de aproximación de una teoría a la realidad. La diferencia es que Hull entiende por adecuación (fitness) de una teoría el número de científicos que la sostienen; este número indica el número de veces que una teoría se ha reproducido. En cambio Ruse, con su idea de tomar en serio a Darwin, busca los efectos que puede tener una forma de pensamiento en la reproducción diferencial no de las ideas sino de los portadores de las ideas, y no como científicos sino como seres vivos; considera que todo lo que'4 RUSE, (1988), p. 73' •"^ Ruse utiliza el término de "regla epigenética" que fue acuñado por C. LUMSDEN y E.O. WILSON (1981), Genes, Mind, and Culture, Harvard University Press, Cambridge, Mass. para referirse a las regularidades en el desarrollo. Se relaciona con el concepto de epigénesis (interacción entre los genes y el ambiente que da como resultado el fenotipo).' <•' RuSE, (1987), p. 208'7 GOLDMAN, (1990) Como antes señalamos, antes de decidirse a construir una teoría general de evolución, Hull trabajó en la elaboración de una analogía explicativa entre evolución biológica y evolución conceptual. En esta etapa se proponía presentar una explicación análoga para las relaciones sociales peculiares que existen entre científicos: *'Así como aparece ambivalencia cuando un organismo debe cooperar con sus competidores sexuales, aparece una ambivalencia comparable cuando un científico tiene que cooperar con sus competidores científicos. En ciencia, sin embargo, el objetivo último no es la transmisión de genes sino de ideas. Los científicos se comportan tan egoistamente como lo hacen debido a que es en su propio interés hacerlo. Lo mejor que un científico puede hacer para su carrera es lograr que sus ideas sean aceptadas por sus compañeros científicos"-^. Así mismo, defendió la validez científica de construir tal analogía: "Algunos pueden objetar mi uso de los procesos de evolución biológica como análogos del desarrollo de la ciencia. Si la objeción es que he razonado analógicamente, entonces no tengo disculpas que dar. Razonar por analogía ha sido parte integral de la ciencia desde sus orígenes. Si la objeción es que la evolución biológica no es un modelo adecuado para la evolución de las ideas, entonces la objeción puede tener substancia"-'. Para Hull es tan válido establecer la analogía entre desarrollo científico y biológico como extrapolar el darwinismo a otros fenómenos como la respuesta inmunológica; argumenta que la reacción del sistema inmune a los antígenos es un caso de proceso de selección que difiere tan radicalmente de la se-'« RUSE(1988), p. 73).'' ^ "Nuestros instrumentos de conocimiento -nuestros sentidos, nuestro cerebro, nuestras habilidades lingüísticas-no fueron desarrolladas para darnos una imagen desinteresada de la realidad, sino para ayudarnos a sobrevivir y reproducirnos." RUSE, 1990, op. cit. 2" HULL(1978) lección natural basada genéticamente como difiere ésta de los cambios conceptuales en ciencia--. Cuando se planteó construir una teoría general--^ que explicara ambos fenómenos evolutivos en virtud de que los dos son procesos selectivos, aclaró por qué pasó de una analogía a una teoría general: "mi intención no es razonar analógicamente de la evolución biológica a la evolución social y conceptual, sino identificar características generales de los procesos de selección como tales. Los efectos de grupos pequeños en tasas de cambio deben ser los mismos independientemente de que dichos grupos consistan de organismos intercambiando su material genético o de científicos intercambiando los resultados de su investigación"-"^. La posibilidad de construir tal modelo, justifica Hull, se da porque la ciencia -al igual que otras entidades-puede ser aproximada científicamente, es decir, hay una ciencia de la ciencia. Presenta regularidades que posibilitan hacer afirmaciones parecidas a leyes: "La ciencia debe ser tratada como algo natural, una manera de conocer sobre la cual se pueden hacer proposiciones"--''. Algunos autores como Dupré-^, consideran que teorías como la de Hull no son una teoría general de evolución sino una "débil metáfora" entre el desarrollo del conocimiento y la evolución biológica. Hull ha respondido que intenta analizar los procesos de selección de forma que sea suficientemente general que incluya todos los tipos de selección -evolución biológica, la respuesta de los sistemas inmunes a antígenos, el desarrollo del sistema nervioso y los cambios conceptuales en ciencia-pero no tan general que no tenga contenido empírico-"^. El contenido empírico al que refiere Hull es la evidencia que aporta la historia de la ciencia: por ello en Science as a Process analiza el comportamiento de grupos rivales de taxónomos, los dadistas y los feneticistas. De manera similar a Darwin, quien pudo transformar anomalías en instancias confirmadoras, y que así explicó gran número de fenómenos biológicos, Hull se propone "en lugar de explicar los hábitos de los esclavos de hormigas, explicar por qué los científicos en ocasiones se comportan tan altruistamente, por ejemplo, dando crédito a sus más cercanos competidores, y por qué en otras ocasiones no lo hacen. Any analysis of selection processes must apply to it as well as to natural selection" (HULL, (1988a) Entre las observaciones que Hull utiliza para fundamentar su teoría están, en primer lugar, que la ciencia es una de las actividades con mayor éxito en el cumplimiento de sus objetivos -para la ciencia el descubrimiento de la verdad, para los científicos tener sus ideas propias aceptadas en el cuerpo general de conocimiento científico aceptado-: "Una característica de la ciencia que nos deja perplejos, es que trabaja tan bien en el logro de sus objetivos manifiestos, mucho mejor que cualquier otra institución social"^^. Una de las razones de este éxito es que la ciencia como otras instituciones sociales tiene sus normas, pero que son respetadas en un grado mayor que en otras profesiones. La diferencia entre la ciencia y otras profesiones, como medicina, enseñanza, actividades policiacas, etc., es el grado en el que cada una logra sus objetivos, independientemente del tiempo que cada una dedica a ocuparse de sí misma-^'. "Por definición, las profesiones son ocupaciones que se autoregulan y mantienen en orden. Una cosa es clara entre las profesiones: por lo general no se auto vigilan muy bien, al menos no de acuerdo con el criterio que profesan. Sin embargo los científicos se vigilan entre sí como si la ciencia estuviera hecha sólo de chismes de vecinos"-^-. Hull admite que uno de los objetivos fundamentales de la ciencia es alcanzar la verdad. Sin embargo se pregunta: "Si descubrir la verdad es todo lo que importa, ¿Por qué es tan importante quién lo hizo primero? ¿Por qué han desarrollado los científicos tan intrincada etiqueta para las citas? ¿Por qué los científicos se enredan en disputas de prioridad que sobrepasan en acritud incluso a los procesos de divorcio? ¿Están los científicos realmente menos preocupados por la ganancia y la gloria personal que nadie más?"^^. De la misma forma se pregunta si la ciencia mantendría 2« HULL, (1988)a,r;/?.c7r. p. 125 ^' "The difference between science and the professions mentioned, is the degree to which it fulfills its stated goals, the time spent looking after itself notwithstanding" HULL, ( 1978) SU carácter auto-reforzante si el reconocimiento explícito fuera abandonado completamente por el reconocimiento tácito que es consecuencia del uso del conocimiento, o si los científicos consistentemente recibieran poco o ningún reconocimiento hasta después de su muerte^"^. Es decir, en opinión de Hull, el sistema de premios y castigos funciona tan bien en ciencia que posibilita el alcance de sus objetivos: "Si la intención manifiesta de la ciencia es incrementar nuestro conocimiento del mundo empírico,... entonces, la estructura social de la ciencia está bien calculada para lograrlo. Los científicos, como los miembros de todas las profesiones, deben gastar una cantidad considerable de energía en su auto-mantenimiento. Deben ser captados nuevos miembros, las fuentes de recursos explotadas y establecidas las bases de poder en la sociedad. Pero ninguna de estas actividades es incompatible con la afirmación de que los científicos, en su investigación, buscan la verdad por su valor en sí misma"^-' ^. EPISTEMOLOGÍA Y SOCIOBIOLOGIA Desde el punto de vista sociológico, las diferencias en el comportamiento entre los individuos que participan en las diversas instituciones pueden ser explicadas en términos de la estructura social de esas instituciones. Según Hull, de manera similar a como la sociobiologia explica que el aparente altruismo es en realidad egoísmo genético, el aparente interés en descubrir la verdad es, en realidad, el deseo de los científicos de ver reproducidas sus ideas el mayor número de veces posible: "... razones suficientemente egoístas deben involucrar las usuales ganancias en dinero, posición y fama, pero en ciencia hay una fuerza directriz aún más fuerte: la incorporación de las ideas de uno en el cuerpo del conocimiento científico generalmente aceptado. La razón de que la ciencia trabaje tan bien, es que el logro de este egoísta fin por parte del científico individual está bien calculado para alcanzar el objetivo manifiesto de la ciencia como institución"^^. No obstante ser una actividad egoísta, la ciencia es también una actividad altamente cooperativa; de acuerdo con el planteamiento de Hull, las prácticas sociales peculiares que se han desarrollado en ciencia para facilitar la cooperación entre competidores, son exactamente las que deberían haber si el principal objetivo en ciencia es tener nuestras ideas incorporadas en el cuerpo del conocimiento científico aceptado. "Así como los biólogos explican la estructura social de los grupos con relaciones de parentesco, refiriéndose al flujo genético, yo deseo argumentar que la mejor ma- ^4 HULL, (1978) nera de entender la ciencia es seguir el flujo de ideas. Los fenómenos con los que yo trataré, serán las formas en las que los científicos se vigilan a sí mismos, se premian, la coincidencia en ciencia entre los fines maniflestos de la institución y los objetivos del cientiTico individual, la eficacia de los objetivos internos de la ciencia contra los objetivos externos como dinero y reconocimiento y el papel del sistema de citas en la organización social de la ciencia"-^"^. La vigilancia permanente entre científicos es una característica fundamental de la estructura social de la ciencia. Esto no ocurre, por lo menos no en la medida en que lo hacen los científicos, en profesiones como la policía, la medicina y la enseñanza. "Los investigadores" señala Hull, "se vigilan entre sí, fría, desapasionada, casi cruelmente"^^. Se vigilan, porque a diferencia de lo que ocurre en otras actividades, en ciencia el bien del científico y el de la ciencia no son contradictorios: "Los científicos se adhieren a las normas de la ciencia tan bien, porque frecuentemente es en su mejor interés hacerlo. En general, lo que es bueno para el científico es realmente bueno para el grupo. La mejor cosa que un científico puede hacer por la ciencia como un todo, es luchar por incrementar su propia adecuación inclusiva conceptual"-^"^. Esta lucha por ganar adeptos, es mantenida en ciertos límites por dos factores: la necesidad de los científicos de usar el trabajo de otros y la posibilidad de comprobación empírica. En orden a evaluar la forma en la que esos factores funcionan en ciencia, Hull distingue dos maneras en las que un científico puede "pecar" contra los principios de la ciencia. La primera es por la publicación de datos falsos, sea intencional o no intencionalmente ("mentir"). La segunda y más común es la falta de crédito donde debe darse crédito ("robar")"^^. Hull retoma la idea de Robert K. Merton"^' de que la competencia y las disputas de prioridad son parte integral de las relaciones sociales entre científicos. Así mismo, admite con Cole y Cole"^-que las dos formas de comportamiento desviado en ciencia, robar las ideas de otro científico y publicar datos falsifi-•^7 HULL, (1978),o/?. c/r., p. The second and most common is the failure to give credit where credit is due ('stealing')" HULL, (1988) cados, son raros comparados con el visible comportamiento incorrecto en otras instituciones."^^ Desde el punto de vista de Hull, en ciencia es peor mentir que robar; mentir es además menos frecuente. En la diferente actitud hacia estos "pecados", Hull encuentra una característica particular de la ciencia que ha posibilitado su éxito como actividad social: la búsqueda, por diferentes medios, del bien general del conocimiento, A la pregunta ¿por qué es mucho más raro en ciencia mentir que robar? Hull contesta que mentir es castigado más severamente porque mientras el robo daña solamente a la persona cuyo trabajo ha sido robado, mentir perjudica a cualquiera que use ese trabajo, lo que implica un daño general a la ciencia. Las contribuciones asignadas equivocadamente a un autor son tan útiles como aquéllas cuya autoría se asigna correctamente'^'*. Por supuesto, Hull defiende que si robar conocimiento fuera generalizado el sistema sería afectado, pues también es importante para su teoría el hecho de que los científicos buscan el reconocimiento de su comunidad. Sin embargo, la publicación de datos falsos daña a la propia ciencia pues en general los científicos confían en la moralidad de sus colegas; por ello, por lo regular utilizan los datos publicados sin probarlos: "Si un descubrimiento particular apoya su propia investigación, son capaces de incorporarlo sin comprobarlo. La comprobación está reservada para aquellos descubrimientos que amenazan la investigación propia"'^-''. Probar cada dato haría prácticamente imposible el avance en ciencia; precisamente la ventaja del trabajo conjunto de los científicos es compartir recursos conceptuales. La organización social de la ciencia posibilita esta confianza, pues los científicos que tienen diferentes perspectivas serán los que se encarguen de poner a prueba dichos datos: "Los científicos que trabajan fuera de tu grupo de investigación son perjudicados si adoptan tus puntos de vista equivocados pero, más importante, están también en una mejor posición que tú para exponerlos a las pruebas más severas. Sus intereses de carrera no son dañados si tus puntos de vista son refutados""*^. Al contrario, en ciencia se premia el mostrar los errores sean propios -lo cual no es común-o de otros científicos. Como vemos, el argumento de Hull es que la estructura de premios y castigos en ciencia posibilita que el interés general esté por encima del interés individual, pues si no estuviera tan castigado publicar datos adulterados los científicos no podrían confiar en los datos de sus colegas y esto retrasaría el avance de la ciencia. Esto, desde nuestro punto de vista, hace a la ciencia una actividad social menos egoísta que otras. "^^ "They are rare because they generally are not effective in attaining success and because most scientists seem to have a genuine commitment to the norms" (HULL, (1978) Es decir, en el nivel individual los científicos pueden presentar una actitud egoísta pues independientemente de que un científico tenga la fama de robar las ideas de otros, como señala Hull, si su trabajo es bueno otros científicos lo usarán, "el uso que un científico puede hacer del trabajo de otro es el modus operandi de la ciencia'"^'^. Igualmente, los científicos dan crédito porque buscan que otros a su vez les reconozcan sus méritos (altruismo recíproco), y seguramente tienen otras actitudes egoístas, pero el resultado global de su trabajo, la ciencia, no es egoísta en tanto que como puede verse en el propio análisis de Hull, este tipo de actitudes protegen a la ciencia. Lo que es discutible es que del estudio del comportamiento de las comunidades científicas infiera la estructura de la propia ciencia. No puede igualarse ciencia a comunidad científica. Aunque están obviamente ligadas no pueden confundirse. Del comportamiento egoísta de los científicos no puede concluirse "que la ciencia es egoísta""^^. Una cuestión evidente es que la evolución de los seres vivos es resultado de la selección natural de variantes hereditarias. La selección natural determina cuáles organismos serán los triunfadores en la lucha por la existencia (entendida como la suma de todas la interacciones bióticas y abióticas) favoreciendo su sobrevivencia y reproducción. El equivalente en evolución conceptual sería que las ideas o teorías participaran en una lucha por la existencia en la que las ideas más adecuadas -entendidas en función de su interacción con la realidad, de su capacidad de representar la parte de la naturaleza que tratan de explicar, es decir de su cercanía a la verdadfueran las que se reprodujeran con mayor éxito. La teoría de Hull, introduce un criterio cuantitativo a la evaluación de las teorías científicas, pero no necesariamente las teorías más aceptadas son las teorías más acertadas. Parece ocurrir lo opuesto a lo que ocurre en ciertas especies, donde unos individuos aparentemente altruistas no se reproducen (las castas obreras en himenópteros, por ejemplo) pero cuidan a los descendientes de la reina con la que comparten genes; de esta manera sus genes se perpetúan, es decir su comportamiento aparentemente altruista produce un resultado claramente egoísta. En el caso de los científicos cada uno busca reproducir sus ideas sea como individuo o como parte de un demo conceptual pero el resultado final es la reproducción no necesariamente de sus ideas sino las de los científicos que la comunidad científica avala. Es decir, su comportamiento claramente egoísta produce un resultado altruista, el avance de la ciencia; posiblemente sin la incorporación de las propias ideas del científico egoísta, esto es, por más egoísta que sea y haga lo imposible por tener una gran adecuación inclusiva (igual que las abejas obreras al cuidar a los hijos de su hermana la reina) y así tratar de convencer al mayor número de científicos posible del valor de sus teorías, la decisión final la tomará la comunidad científica. No depende sólo de capacidad de convencimiento. La suma total de comporta- Como hemos visto, desde el punto de vista de Hull, los científicos compiten entre sí para convencer a otros científicos de las virtudes de sus teorías y de esta manera forman un linaje de científicos que comparten sus ideas. De forma análoga a la manera en que los organismos luchan entre sí por dejar la mayor representación posible de sus genes, los científicos tratan de convencer al mayor número de científicos. Si los organismos se ocupan ante todo por dejar el mayor número de descendientes, lo esperado es que la lucha entre ellos sea cruenta; los comportamientos altruistas contradicen esta idea general derivada de la selección natural, por lo tanto habría que explicarlos. En términos biológicos se define el comportamiento altruista como aquel que ocasiona la disminución del éxito reproductivo del organismo que lo presenta y a la vez aumenta el éxito reproductivo de otro organismo. En el caso de la ciencia, de acuerdo con el planteamiento de Hull, si los científicos colaboran entre sí no es porque tengan como interés general el avance de la ciencia (si trabajaran sólo por dicho interés general serían altruistas); lo que ocurre es que al promover la aceptación de sus ideas y evidenciar los fallos de otras ideas, posibilitan el avance de la ciencia. Es decir, como consecuencia de una actitud netamente egoísta se produce el desarrollo científico que beneficia a toda la humanidad. "Por supuesto, los científicos no pasan sus ideas genéticamente, pero sí forman grupos sociales. Tienen estudiantes y discípulos para no mencionar a los asistentes de investigación permanentes, tan cercanos a los organismos eusociales no reproductivos como un humano puede ser. Por supuesto, el flujo de ideas científicas es diferente como para corresponder muy cercanamente al flujo genético, pero como incluso los científicos están prestos a admitir, sus verdaderos 'hijos' son sus ideas, y los principales medios por los cuales los científicos transmiten sus ideas son otros científi- 49 POPPER, (1985), op. cit., p. XLVIII-2-1996 |4| (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es cos"-' ^^. Por lo tanto se puede hablar de que los científicos, como los organismos, tiene una adecuación en función del numero de descendientes que dejan. Hull se refiere no sólo a la idea tradicional de adecuación (fitness), es decir a la idea de adecuación individual, sino que retoma las nociones de adecuación inclusiva y de selección por parentesco {kin selection) derivadas de J. B. S Haldane^', William Hamilton-'^-, Robert Trivers-' ^^ y otros. De acuerdo con esta corriente, la cooperación fenotípica entre parientes puede ser mejorada por dos mecanismos, selección familiar y altruismo recíproco-'^'^. Hull se propuso mostrar que los científicos que tienen ideas comunes se comportan de manera similar a los organismos que presentan genes comunes: "Intento usar la parte más controvertible de la explicación biológica del comportamiento animal (cuidado parental y selección familiar) como modelo para una teoría social de la estructura de la ciencia. Por supuesto, ser un científico exitoso puede ser tan ventajoso para la propia descendencia como el ser exitoso en cualquier otra ocupación, pero los científicos no transmiten sus ideas a través de sus genes. Algunos aspectos del comportamiento cooperativo entre los científicos deben ser tan explicables en términos de altruismo recíproco como lo es la regurgitación entre los perros africanos, y como la tendencia humana a aprender acerca del mundo en el que vivimos puede estar tan genéticamente basada como la facilidad con la que podemos ser indoctrinados"-'^-''. La idea de selección por parentesco, implica que los organismos pueden tener comportamientos altruistas con sus parientes en función de que comparten genes con ellos y saldrán beneficiados de dicho comportamiento al favorecer la reproducción de sus propios genes. La selección natural favorece el comportamiento altruista si el altruista con ese comportamiento favorece la reproducción de sus parientes más cercanos. (Haldane bromeó con esto diciendo que él sacrificaría su vida por dos hermanos, cuatro tíos o por ocho primos). Este interés en la perpetuación de los propios genes, aún a través de otros individuos, implica que este tipo de comportamiento es en realidad egoísta. No es verdadero altruismo ayudar para obtener un beneficio: "De acuerdo con el uso biológico de estos términos, la intención es irrelevante; todo lo que importa es el efecto. Si el efecto de un comportamiento es benéfico a la sobrevivencia personal del organismo, entonces [dicho comportamiento] es fenotípicamente egoísta; si beneficia la sobrevivencia de algún otro organismo, es fenotípicamente altruista. Si el efecto de un comportamiento es incrementar la probabilidad de transmisión de réplicas de sus propios genes o su duplicación en otros organismos, entonces es genéticamente egoísta; si incrementa la probabilidad de transmisión de genes de diferente tipo de los propios, entonces es genéticamente altruista"-''^. En función de que los organismos cercanamente relacionados contienen copias de los genes unos de otros, diversos grados de cooperación pueden ser esperados entre parientes genéticos. Algunos organismos producen numerosos descendientes, tantos como es posible. Su inversión en el futuro es solamente en término de números. Otros tienen menos descendientes de los que pueden, pero la diferencia está en el cuidado que dedican a su hijos. Este último tipo de comportamiento es fenotípicamente "altruista" pero genéticamente "egoísta". Observaciones similares pueden hacerse para hermanos, sobrinos, primos, etc.'^^. En función de la defensa y reproducción de las ideas de un grupo, los científicos forman linajes, constituyen una familia conceptual: "Así como los organismos se comportan de formas que resultan en réplicas de sus propios genes, o duplicados de esos genes en parientes cercanos, siendo así transmitidos a generaciones posteriores, los científicos se comportan en formas calculadas para lograr que sus ideas sean aceptadas como propias por otros científicos"-^^. Como puede verse, para explicar el comportamiento aparentemente altruista de los científicos, Hull extrapola el concepto de "altruismo recíproco" de Trivers. Trivers-""^, se refiere a la idea de que un ser humano pueda ayudar a otro en espera de que la persona que recibió la ayuda pueda corresponder en el futuro. El mensaje principal de Trivers es que el efecto neto del altruismo recíproco tiene que ser genéticamente "egoísta ". Hull sostiene que la adecuación inclusiva y la estructura démica puede aplicarse a las relaciones profesionales entre los científicos: "Los científicos son organismos. Están en la misma lucha por pasar sus genes como lo están otros organismos. Como tales, son parte de una cultura. Ser un científico exitoso tiene el efecto entre los científicos que el ser exitoso en otras actividades humanas tiene entre los seres humanos en general. Por ejemplo, en ciertos tipos de sociedad, los individuos de alto rango posponen la paternidad y tienen menos hijos de los que tienen individuos de bajo rango. En dichas sociedades, si la ciencia es una actividad de alto rango, los científicos se comportarán de acuerdo a esta situación"^'^. Hull considera que este tipo de relación (formación de linajes) es fundamental para el desarrollo de la ciencia, pues opina que si no hay reproducción de una idea en el sentido de que sea compartida y defendida por un grupo en lugar de un científico sólo, dicha idea no será reconocida y pasará sin ser notada por la comunidad científica. En especial por la relativamente corta duración de la vida de un científico. En fin, para que una idea cuente como contribución genuina, como una "nueva verdad", debe ser parte de una secuencia de replicación. Coincide en este punto con Toul-min^': "Para que hablemos de una 'variante conceptual' genuina, no es suficiente encontrar algún individuo honesto entretenido en una innovación conceptual; toma algo más que las reflexiones personales de individuos mentalmente abiertos crear un acervo de variantes conceptuales en ciencia"^-. Respecto a las generaciones que van formando el linaje, Hull propone que cada replicación de una idea, sea en un libro, en una revista o en la mente de un científico, es una generación. No sólo se replican las ideas, también funcionan como replicadores en ciencia "los elementos del contenido fundamental de la ciencia -creencias sobre los objetivos de la ciencia, formas adecuadas sobre cómo alcanzar esos objetivos, problemas y sus posibles soluciones, modos de representación, datos acumulados, y cosas por el estilo-. Estas son la entidades que pasan en las secuencias de replicación. Incluidos entre los 'vehículos' que transmiten dichas secuencias en replicación conceptual están libros, revistas, computadoras, y por supuesto el cerebro humano. Como en la evolución biológica, cada replicación cuenta como una generación con respecto a la selección"^-^. Un linaje, indica Hull, es una entidad que persiste indefinidamente a través del tiempo en el mismo estado, o en un estado alterado como resultado de la replicación. Linaje es un concepto genealógico, una clase especial de entidad histórica espacio-temporal formada por series de replicación. Y en la medida que la selección es operativa, estos linajes serán formados como resultado de la selección también. Es evidente que, como afirma Hull, si una idea creada por un científico no es retomada por nadie, dicha idea quedará olvidada por lo menos hasta que alguien la rescate y vuelva a desarrollarla. Un caso ejemplar es el de Men-del^"^: pese a lo importante de su descubrimiento y al brillante tratamiento que hace de un viejo problema, no es comprendido en su época. Sus ideas tienen que esperar más de 30 años para ser reconocidas por los creadores del mendelismo moderno. Queda clara la incapacidad de Mendel para constituir un linaje conceptual; sin embargo la comunidad científica tuvo la capacidad de reconocer el valor del mendelis-^^' TOULMIN, (1972), r;/?. 436 ^^^ HULL ( 1988) Como consecuencia de la analogía de Hull puede decirse que si los organismos tratan de aumentar la representación de sus genes y los científicos de sus ideas en las generaciones sucesivas, al igual que puede hablarse de genes egoístas, podría hablarse de ideas o teorías egoístas^'-'^. En todo caso es importante diferenciar entre los factores de selección de ideas y los factores de selección de científicos, pues evidentemente son diferentes. Hull no hace esta distinción entre ciencia (nivel de las teorías) y comunidad científica (los científicos como individuos y como parte de una población de científicos)^^. La selección de científicos se lleva a cabo a nivel social y es resultado de la lucha que puede ser individual o grupai. En esta lucha, cuentan las características individuales de los científicos y las características del grupo a que pertenecen, por ejemplo, capacidad de tipo político de hacer proselitismo por sus ideas y por supuesto su capacidad científica. Pero esta lucha es de tal estilo, que un científico de gran capacidad científica puede dejar de ser reconocido por su falta de capacidad en política científica, (o simplemente por tener otros intereses, como en el caso de Mendel) y por lo tanto puede incluso pasar desapercibido. La selección de teorías tiene otros parámetros, aquí cuentan las características de la teoría; por ejemplo, su consistencia interna y externa, su contenido empírico, su carácter tautológico ^'^ En este sentido Dawkins habla de genes y inemes egoístas. ^' ^' K. STERELNY (1994, Science and Selection, Biology ami Philosophy, 9:45-62). analiza algunos problemas de la no distinción por parte de Hull entre estos dos niveles, en particular la confusión que surge en el manejo de los conceptos de replicador e interactor. XLVIII-2-1996 145 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es 0 no tautológico, si representa o no un avance científico en tanto resuelva más problemas o mejor que sus competidoras, si sobrevive las diferentes pruebas a las que deberá ser sometida. En la comparación de una teoría con sus alternativas se seleccionará aquella que en opinión de la comunidad científica cumpla con las normas aceptadas por esa comunidad. Es decir, no basta con la capacidad proselitista del científico o de su grupo, la teoría deberá presentar determinadas características que la hagan aceptable por la comunidad científica. En suma, a pesar de estar relacionadas, tanto las formas de selección como de aparición de variación son diferentes en estos dos niveles; esto es algo que necesita ser tenido en cuenta en una concepción evolucionista del desarrollo de la ciencia. Evidentemente, Hull reconoce la existencia de los dos niveles mencionados, y admite que las ideas requieren de los científicos para reproducirse y para interactuar con los problemas que tratan de resolver; sin embargo, no explica las diferencias en su modelo respecto a los dos niveles. Es importante recordar que, como las teorías, los genes tampoco se replican solos. Igual que las ideas necesitan de los científicos para su reproducción, los genes requieren de la participación de otras moléculas. Sin embargo, ellos dirigen su propia replicación lo cual no hacen las teorías. Rosenberg^^ acierta cuando señala que los replicadores en ciencia son abstracciones y, desde su punto de vista, los replicadores son entidades con participación causal, por lo tanto no pueden ser abstractos. Por otra parte, Rosenberg destaca que la neurociencia ha mostrado que la relación entre símbolos-creencias y la materia gris que los realiza, es mucho más compleja que la relación entre el gene y las secuencias de polinucleótidos que construye. Posiblemente pueda ayudar en el análisis de estos dos niveles de evolución la idea de Popper de la existencia de un mundo donde las ideas interactúan de forma al menos parcialmente independiente. Así, mientras los científicos y sus cerebros forman parte del mundo 1 al igual que los genes, las ideas forman parte del mundo 3. De acuerdo con Popper^^ el mundo 1 está constituido por los objetos físicos o los estados físicos; el mundo 2, por los estados de conciencia o estados mentales o de las disposiciones de comportamiento a la acción; el mundo 3 es el mundo de los contenidos de pensamiento objetivo, especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte. Entre los habitantes del "mundo 3" de Popper, están los sistemas teóricos y de igual importancia los problemas y las situaciones problemáticas. Los más importantes, señala Popper, son los argumentos críticos y lo que se podría llamar -por semejanza con los estados físicos o los estados de conciencia- el estado de una discusión o el estado de un argumento crítico, así como los contenidos de las revistas, libros y bibliotecas. Uno los aspectos más importantes de los contenidos del mundo 3, es que no siempre son resultado de producción planeada por los individuos, por lo tanto tienen una cierta autonomía. Al respecto, Popper^"^ escribe: "Es obvio que las teorías son el producto, por supuesto, del pensamiento humano (o, si se prefiere, del comportamiento humano, no debatiré acerca de términos). Sin embargo, las ideas tienen cierto grado de autonomía; pueden tener, objetivamente, consecuencias en las que nadie, hasta ese momento, ha pensado, y que pueden ser descubiertas; descubiertas en el sentido en el que una planta o animal hasta entonces desconocidos pueden ser descubiertos. Se puede decir que el mundo 3 es hecho por el hombre es sus orígenes, y que una vez que las teorías existen, empiezan a tener una vida propia: producen nuevos problemas, producen previamente consecuencias invisibles". Popper ejemplifica esta idea con la producción de una teoría científica: "El científico productivo, como regla, empieza con un problema. Dicho científico va a tratar de entender el problema, esta es usualmente una tarea intelectual prolongada -un intento del mundo 2 de asir un objeto del mundo 3. Es cierto que al hacer esto puede usar libros (u otras herramientas científicas en sus materializaciones del mundo 1). Sin embargo, su problema puede no estar establecido en esos libros; más bien puede descubrir dificultades implícitas en las teorías establecidas. Esto puede involucrar un esfuerzo creativo: el esfuerzo de asir la situación abstracta problemática; si es posible, mejor de lo que fue hecho antes. Entonces el científico puede plantear sus soluciones, su nueva teoría. Esto puede ser puesto en forma lingüística en innumerables maneras. El escogerá cualquiera de ellas. Después discutirá críticamente su teoría y podrá modificarla como resultado de la discusión. Si es publicada y discutida por otros, en terrenos lógicos y posiblemente con base en nuevos experimentos emprendidos para probarla, la teoría puede ser rechazada si falla la prueba. Sólo después de estos esfuerzos intelectuales e interacciones con el mundo 1 puede alguien descubrir algunas aplicaciones (electrónica) que cambien el mundo"^^. Si la ciencia es un proceso de selección la interacción debe tener lugar también. Es decir, las teorías tienen su propio ambiente. Puede decirse, en la lógica de Hull, que hay un ecosistema en el que las teorías interactúan con otras, esto es parecido al mundo 3 de Popper. En este sentido, los científicos no son sólo replicadores, es decir reproductores de las ideas, son también interactores pues las ideas sufren cambios al pasar de uno a otro científico; los científicos no son simples vehículos que transmiten ideas inmodificables. En fin, parece claro que las diferencias entre los niveles social y conceptual de la evolución del conocimiento son demasiado importantes como para dejarlas de lado. XLVIII-2-1996 147 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es.
El presente trabajo analiza cómo algunas especies botánicas del Nuevo mundo, no tan difundidas como el tomate, el tabaco, etc., formaron parte del conocimiento botánico europeo, haciendo especial referencia a la de obra de Ulisse Aldrovandi (1522-1605). Su herbario, sus colecciones iconográficas y manuscritos que contienen listas de semillas, maderas y otros materiales, se conservan en su Museo y algunas de las especies crecen en el Jardín Botánico de Bolonia.
La Europa que discurre entre los años 1450-1520 es el fiel reflejo de un continente vacío y pesimista, sacudido por epidemias, hambres y cuyo semblante lo perfila la muerte. En dicho contexto se desarrolla la obra pictórica de Hieronymus Bosch. El Bosco (Blois-le-Duc, 1450?-!516) nace precisamente en el tránsito de dos épocas, en un momento plagado de desconcierto. Dentro de la producción del pintor flamenco, amplia y de controvertida interpretación, he hallado ejemplos (algunos inéditos) cuyas figuras pueden captar el interés del estudioso de la medicina popular medieval. Aunque es difícil, y ambiguo al mismo tiempo, determinar (por simple apreciación) las causas de la deformidad física que dichas figuras representadas en los siguientes cuadros presentan, si creo posible establecer una conexión coherente entre los personajes enfermos, su santo sanador, y la enfermedad que curaba bajo su advocación y que tantas vidas se cobró: el ergotismo o, como popularmente se le denominó, «Fuego de San Antonio». El punto de partida lo constituye el dibujo preparatorio que el Bosco realiza bajo el título de Mendigos y Tullidos conservado en el Gabinete de Estampas de la Biblioteca Real de Bruselas (fig. 1). En el dibujo autógrafo, el Bosco expone una diversidad de lisiados, cuyas piernas o brazos aparecen visiblemente mutilados y deformados. Apoyados en soportes de madera, vemos cómo los más afortunados mantienen su dignidad humana erecta, mientras que los más desdichados, se arrastran larvaria- Abocados a la mendicidad o a la supervivencia mediante la música, representan un claro ejemplo de los estragos de las enfermedades finiseculares en Europa. El estudio que el Bosco realiza en este dibujo sirve de modelo a posteriores obras que imitan sus inválidos y desmembrados. Me ceñiré a tres ejemplos que he seleccionado por parecerme elocuentes al respecto. El primero (fig. 2) trata del reverso de la tabla titulada Las tentaciones de San Antonio, del Museo des Valenciennes (Francia); representa al santo eremita orando en el umbral del monasterio, al que se acercan lisiados y tullidos en busca de su curación. En segundo lugar, la tabla anónima del siglo XVI de las Tentaciones de San Antonio también (fig. 3 ), que nos presenta, en el ángulo inferior izquierdo, a un personaje ciego acompañado de un perro y zanfoña. Es patente su mano espasmodizada (por las convulsiones), así como el blefarospasmo que padece y priva consecuentemente de visión al mendigo/enfermo que es conducido ante la presencia del santo para curarse. Finalmente, el tercer ejemplo lo constituye un tapiz de la escuela bruselense del siglo XVI titulado La marcha de San Antonio (fig. 4), y en el que el santo a caballo se abre paso delante de todos los enfermos y tullidos que ante él exhiben sus mutilaciones, con idéntico propósito de salvación. Sobradamente son conocidos los estragos que la lepra causó en el siglo XII, cobrándose hasta 25.000 vidas, así como la mortifera peste negra que asoló Europa y gestó, en torno al pánico que provocaba, un tipo concreto de arte y literatura. La sífilis no se rezagó en disparar la mortalidad además de suscitar polémicas sobre su proveniencia. Dichas enfermedades eran entendidas a veces como maldiciones divinas y otras, como la consecuencia directa de una desviada conducta humana. En medio de estas pandemias bajomedievales, surge un brote epidémico conocido como el fuego de San Antonio (por ser éste el santo protector contra la enfermedad y, por extensión, contra los incendios). Las fuentes más antiguas en las que se cita la enfermedad del Ignis Sacer, son las Geórgicas de Virgilio y el De Natura Rerum de Lucrecio. Ambas relacionan este Ignis Sacer con la erisipela, retomando los estudios que el rigor científico árabe ya había realizado al respecto. El ergotismo o ergotinismo es una enfermedad provocada por la ingestión, más o menos prolongada, del centeno contaminado por el hongo llamado claviceps Purpurea o cornezuelo. Los alcaloides del cornezuelo del centeno constituyen drogas de origen natural, procedentes del reino vegetal. De esta manera, el consumo del pan nocivo sería el causante inmediato y directo de la mortalidad. Probablemente, dos serían los motivos que favoreciesen la contagiosa epidemia con celeridad: en primer lugar, el hecho que el centeno se estrojase mal por las altas condiciones de humedad y, en segundo lugar, que el consumo del pan nocivo fuera masivo ante las carestías del trigo', afectando, de modo singular, a las clases social-' LAÍN, P. (1972), Historia Universal de la Medicina. Tomo II: Edad Media, Barcelona, p. Finalmente, en todos los afectados por el ergotismo se registraba un síntoma común: la fiebre, tan elevada, que quienes la soportaban describían posteriormente visiones extrañas y alucinaciones. De este modo, el Ardiente, era el enfermo que sentia un inmenso calor en su cuerpo hasta el extremo de hallar en el grabado de Hans von Gersdorf (fig. 6) la transformación de la mano de un afectado por el fuego de San Antonio en llama viva. Los delirios recibieron el nombre de borrachera ergotínica, en cuyos efectos, algunos autores como Reau^ hallan el origen de las fantasías proyectadas en las Tentaciones del Santo. Conviene matizar que el término de «fuego» aplicado a los enfermos de ergotismo hace referencia a la excitación del sistema nervioso periférico, mientras que las alucinaciones se deben más bien a la excitación del sistema nervioso central. Recientes análisis han revelado que el ya citado hongo causante de la enfermedad del ergotismo (claviceps Purpurea) está próximo a la dietil amida del ácido lisérgico, sobradamente conocida por sus efectos alucinógenos^: sin olvidarnos tampoco que el núcleo químico de estos alcaloides del centeno, son parecidos al LSD'^. Acompañando a la alta temperatura, las convulsiones o la gangrena, hemos de añadir otros síntomas como sedación, hipotensión, vómitos, cefaleas, paraplejias, infartos de miocardio que configuran definitivamente el cuadro clínico. Generalmente, las horrendas visiones producidas por la alta fiebre, eran descritas posteriormente, generando así una temática específica dentro del frenético culto hacia San Antonio. 7 RABELAIS, F. ( 1992) Versiones apócrifas posteriores enriquecieron la vida del santo con diversas tentaciones y Jacopo de la Vorágine, apoyado en la Vitae Patriun, redactó su Leyenda dorada en el año 1478, cuya biografía de San Antonio es base de indiscutible inspiración para el Bosco y los pintores nórdicos del siglo XV. La imágenes que difunden por doquier a San Antonio Abad, fijan una iconografía reconocida mediante una serie de atributos como son la TAU (divisa de la Orden de los Monjes Antonitas), y la compañía del cerdo, animal por excelencia del santo que, como algún sector de la crítica ha visto, simboliza la lujuria y otros placeres de la carne que el santo tiene que vencer'-. La veneración de su cuerpo surge en el Delfinado francés, lugar al que llegaron sus reliquias procedentes de Constantinopla. En el año 1095, el gentilhombre Gastón de Valloire funda una pequeña hermandad en Saint Antoine de Viennois en agradecimiento por la curación de su hijo, afectado por el entonces extraño y desconocido virus. Tras ser aprobada la constitución por el Papa Urbano II se funda ese mismo año la Orden de los Caballeros de San Antonio'"^ u Orden de los Antonitas, adscritos a la Regla de San Agustín y de fuerte expansión en Alemania y en los Países Bajos. Su principal misión era acoger, proteger y prestar ayuda religioso-sanitaria a los afectados por el fuego de San Antonio y, con el tiempo, a todos aquellos que, dentro de una mentalidad medieval (carente de criteriologia clínica), fuesen representativos de alguna clase de epidemia, mendicidad o locura'"^. Los fenómenos convulsivos y'' Para la vida de San Antonio consultar: - André Chastel^^ basa esta idea en el hallazgo de un manuscrito de la biblioteca de Tubingia (fig. 7) en la que aparece un monje con la divisa TAU simbolizando al planeta Saturno, planeta que representa al cuarto humor, que es el que se corresponde con la melancolía. Los llamados hijos de Saturno en tiempos medievales eran los locos, mendigos y abandonados de toda suerte, así como los filósofos, místicos y eremitas. El tutelaje astrológico que el planeta ejercía sobre todos ellos sería el equivalente -siguiendo la particular interpretación que hace Chastel-al tutelaje que San Antonio ejercería también sobre sus marginados y enfermos. Al margen de concepciones medievales, debemos al Renacimiento el esclarecimiento científico de la enfermedad. En principio, se distingue el ergotismo del mal de los ardientes (identificado con la peste bubónica) y de la sífilis (llamada en algunos textos el fuego blanco, por la tonalidad de sus úlceras). En el año 1597 la Facultad de Medicina de la Universidad de Marburgo redacta un tratado en el que se describe lo que era la «Kriebelkranheit» o enfermedad del hormigueo, es decir, el ergotismo''^. Estudios médicos posteriores llevan a Dodart a observar en el año 1676 que la gangrena era provocada por la absorción del centeno «atizonado», o por el ya mencionado hongo claviceps Purpurea. En el año 1776 la Société Royaux de Médecine de París establece la diferenciación entre el ergotismo convulsivo y el gangrenoso. Un siglo más tarde (1884), se descubren los agentes indirectos que atacan: la cornutína para el modelo convulsivo y el ácido sphacélico en los vasos sanguíneos, que deriva finalmente en gangrena. Ya en nuestro siglo la ergotamina es aislada del cornezuelo de centeno por Stoll (1918), por lo que son rarísimos los casos hoy en día de intoxicación por cornezuelo'^. Sus alcaloides quedan clasificados, globalmente, de la siguiente manera: Por estar consagrado explícitamente a la figura de San Antonio y sus enfermos, es el de Isenhein el más destacado de todos sus monasterios. En sus orígenes actuó como centro de acogida de sifilíticos, puesto que el brote del año 1490 fue devastador para la población'^. El retablo del famoso altar (actualmente en el museo de Unteiiinden en Colmar, Francia) fue pintado por Matías Grünewald durante los años 1508-1516. En dicho retablo, el doctor García de Yébenes-^ considera muy probable que Grünewald utilizara como modelos para sus pinturas a pacientes con ergotismo crónico. Esta tesis, que refuerza la teoría de Quinn-', cree que la distonia es una manifestación clínica de los pacientes con ergotismo epidémico. No sólo en dicho altar, sino en el tapiz de San Antonio o en la tabla del museo de Valenciennes (véanse figs. 2 y 4) se reflejan enfermos con idéntico debilitamiento muscular lo que constataría que la distonia es una característica de los enfermos de ergotismo. En el retablo de Isenheim aparece un enfermo (fig. 8) de dudosa interpretación. ¿Podría tratarse de una tuberculosis cutánea, de una sífilis tardía o gomosa?. ¿O no sería más lógico que aludiese a un enfermo del «mal de San Antonio»? Ante dicho altar, acudían en peregrinación todos aquellos afectados por diversas plagas que deseaban fervientemente curarse, por lo que se especuló que el altar pudiera desempeñar, en una doble lectura, un papel preventivo o terapéutico. A esta sugerente interpretación se han sumado otros autores, como Cinotti entre ellos--, que piensa que el tríptico de Lisboa -también consagrado a la figura de San Antonio y sus tentaciones (Fig. 9)-desempeñase una función semejante. En la tabla central el santo se gira y mira directamente al espectador (en su supuesto caso, al enfermo que lo contemplaba) con idéntica intención de curar al enfermo. De admitir esta teoría, quedaría justificada la proliferación de cuadros dedicados al tema de San Antonio--^ por su carácter preventivo. Su posterior instalación en monasterios o en casas de sus afectados, ¿no sería el reflejo de los estragos y el pánico que la enfermedad causó, y que (1982), Bosch: símbolo, realidad y fantasía, Vitoria, p. Los autores dicen que de las treinta y cuatro obras del Bosco (entre obras autógrafas y copias) que tratan el tema de los santos, en veintidós ocasiones el protagonista es San Antonio. provocaría la demanda de cuadros del santo titular?-"^ Además, esta idea de contemplación de los cuadros como remedio o antídoto ante la enfermedad, ¿no supone, implícitamente, el reconocimiento de la Iconoterapia? Si aceptamos las teorías de Donadlo-^, en el proceso de curación del enfermo de ergotismo se advertían dos fases: A) La diagnosis y el tratamiento de la enfermedad. B) Contemplación del altar para sanar y extinguir la enfermedad. Por esta razón, enfrente del altar de Isenheim estaba el cuadro de la Tentaciones de San Antonio para ser contemplado y cuya leyenda en latín rezaba: «Ubi eras, Ubi eras qiiare non ajfiiisti ut sanare vidnera mea?»-^. Al margen de este tipo de reflexiones, muy sujetas al papel simbólico que el arte tenía y a la mentalidad que la sustentaba, existían una serie de procedimientos resolutivos que trataban de poner fin práctico a la enfermedad. Un brebaje que se bautizó como el agua de San Antonio, tenía poderes curativos, por lo que, distribuido primero gratuitamente y más tarde vendido en las abadías, constituyó uno de sus remedios. Los panes de San Antonio, realizados desde el siglo XI y hechos con una harina especial y pura de centeno, son consumidos incluso en la actualidad el día de la celebración de San Antonio (17 de enero) en Alemania. La manteca de cerdo-'^, considerada milagrosa, era untada sobre los órganos afectados, paliando parte de la infección. Se especuló con el cerdo de San Antonio, hasta el extremo de gozar de privilegios especiales, como el de poder deambular libremente sin ser dañado o robado por las calles de las ciudades. La comunidad antonita lo protegía sin límites, pues veía en dicho animal una importante fuente de ingresos. Así nos lo confirma Rabelais: «Poco después vino un Mayordomo Jamonero de los de San Antonio a hacer su puerca colecta...»2«. Pero de todos los remedios curativos, tal vez sea el del Santo Vino el más célebre. Se forjó una leyenda sobre el Santo Vino, vino que se cultivaba en las propias viñas del monasterio y que era elaborado con parte de las consideradas reliquias del santoeremita, fermentadas en alcohol. La ingestión de tal brebaje fue considerado el verdadero antídoto contra el fuego de San Antonio, surgiendo pronto falsas imitaciones o ventas ilegales. Tal efecto llevó al Papa Sixto IV a declarar en el año 1473 que el Santo Vino solamente se debía de administrar en la casa madre. Cuttler-^ piensa que la escena central del tríptico de Lisboa representa la escena del Santo Vino en medio de la celebración del sabbath, claro exponente del clima herético que se apoderó de los siglos finales del medievo. Finalmente, la mandragora, ya descrita por el doctor Laguna como «una planta cuyas raíces parecen útiles a los hechizos»-^^, mezclada con el vino milagroso servía para reforzar los poderes curativos de la pócima de San Antonio, según Jacques van Lennep-^'. Es más probable admitir el uso de la mandragora como anestésico, ya que durante las operaciones practicadas en el medioevo era común el uso de la llamada esponja soporífera, que el profesor Lain nos la describe como empapada previamente de opio, jugo de moras amargas, beleño, euforbio, MANDRAGORA, hiedra y semillas de lechuga^-. Para dichas prácticas quirúrgicas, acudían ex-profeso los cirujanos laicos contratados por los antoninos, ya que a partir del Concilio de Clermont (1130) se prohibió ejercer la medicina a los clérigos-^-^. El libro L'Epitome, redactado por Guy Didier e impreso en el año 1500, fue el primer tratado de cirugía para los enfermos de ergotismo, nombrado en los textos como fuego de San Marcial, y cuya cirugía era aconsejada como el remedio más eficaz. Dichas intervenciones quirúrgicas favorecieron, sin pretenderlo, un extraordinario fomento de la mendicidad ya que el desmembrado llevaba consigo el miembro amputado para dar lástima a las almas generosas (fig. 10). La exposición de ex-votos colgados a las puertas de los monasterios llegó a ser un símbolo externo que apelaba a las conciencias cristianas (fig. 11). Se potenció, desde los mismos centros monásticos, la mendicidad tal y como lo corroboran las palabras del Abad J. Joguet: «...que unos y otros lleven sus vestidos de manera que se haga evidente para que el pueblo sea inducido a una mayor devoción, compasión y reverencia hacia San Anton io.»^-^. Actitud que contó con el respaldo tácito de la Sede Pontificia dado que papas como Inocencio VI o Clemente VI jamás lo prohibieron. Ambrosio de Paré^-'' nos cuenta cómo los «supuestos» enfermos simulaban úlceras o se automutilaban para obtener a cambio unas limosnas que les permitieran sobrevivir maltrechamente. Incluso, se llegó a seccionar miembros a los ahorcados para hacerlos propios y así conmover a la piedad o también para que estos órganos profanados fueran objeto de ventas ilegales. Referente a los órganos desmembrados, el pie cortado es uno de los elementos más reiterado en los cuadros del Bosco, pues aparece en varias obras del Bosco, como en el Jardín de las Delicias, en un detalle de la tabla central del tríptico de Lisboa (fig. 12) o en el tapiz de la marcha de San Antonio de la ciudad. Muchas han sido las interpretaciones que sobre los órganos desmembrados como pies, manos o brazos se han ofrecido desde diversos enfoques. Van Lennep-^^, siguiendo a Combe, cree que se trata de un elemento de la alquimia, tan en boga durante la Edad Media, que veía en el pie cortado la fijación del mercurio, elemento femenino de la Gran Obra Alquímica. José Luis Bermejo^'^ piensa que el pie cortado representa la penalización jurídica por un castigo o falta cometida, recogido ya en los Fueros Juzgos, mientras que Isabel Mateo^^ cree más probable que aluda a la venta de falsas reliquias, base de las peregrinaciones durante toda la Edad Media, incluso en los mismos centros de los monjes antonitas. Por último, existe también una visión más psicológica en cuanto a la interpretación de los órganos seccionados. El profesor Escudero Valverde^^ aduce como uno de los rasgos de la pintura esquizoide la fragmentación de órganos humanos. El crítico de la obra del Bosco, Gauffreteau-Sévy"^^ ha hallado en estas mutilaciones el símbolo de la angustia latente que existía en el Bosco, angustia producida bien por el contexto desquiciante de la época o bien por una anomalía de su personalidad. Ello ha hecho que el Bosco y su compleja obra atrajesen siempre la atención médica, motivo por el cual se llevó a cabo un ciclo de conferencias en el Colegio de Médicos de Madrid en el año 1957, y cuyas impresiones expuestas acerca de la obra del Bosco fueron recogidas por Isabel Mateo"^'.
CONECTA es un boletín de noticias sobre Historia de la Ciencia, la Medicina y la Tecnología que comenzó a funcionar en mayo de 1995 con el objetivo de distribuir noticias e informaciones de utilidad para los profesionales e investigadores de estas áreas de conocimiento, en principio del Estado español, pero también de la comunidad latinoamericana y con atención al entorno europeo. En los números hasta ahora distribuidos más o menos cada quince días, aunque su periodicidad es irregular, han aparecido noticias sobre libros, congresos, conferencias, y sobre recursos de Internet que puedan resultar de utilidad. Se pretende contar con reseñas de libros, informaciones sobre la labor docente de los diferentes departamentos universitarios, proyectos de investigación en marcha, tesis doctorales en curso de realización y preguntas, cuestiones e informaciones de interés en general. Pretende por tanto ser un vehículo de comunicación rápido, sin otras pretensiones que la de actuar como nexo de unión entre la comunidad de historiadores de la ciencia, la medicina y la tecnología. El boletín se distribuye a través del correo electrónico pero no funciona como una lista áe distribución en la que cualquier mensaje enviado se redistribuye automáticamente a todos los miembros de la lista, sino que las informaciones se van acumulando y son distribuidas en un solo envío cada diez o quince días. Para recibirlo basta enviar un mensaje expresando tal deseo a: [EMAIL] Todas las colaboraciones han de enviarse, asimismo, a esta dirección electrónica, y animamos a todos los interesados a hacerlo. En los últimos días de diciembre de 1995 hizo su aparición Antilia, una revista dedicada a Historia de la Ciencias de la Naturaleza y de la Tecnología en España y países del área latinoamericana. Para favorecer el conocimiento en el mundo anglosajón de la producción histórico científica española y latinoamericana, la revista consta de dos versiones, una en español y otra en inglés. Antilia pretende ser una publicación periódica equiparable a cualquier revista académica de formato tradicional, y consta de las secciones habituales de trabajos originales, reseñas de libros y una sección de notas y noticias. Antilia no precisa de subscripción o pago de inscripción alguna: el lector interesado no debe contar más que con un ordenador personal, acceso a Internet y algún programa para visualizar WWW. Otra posibilidad para acceder, sacrificando no obstante calidad de presentación, es mediante el programa lynx, para visualización en modo texto de páginas WWW. El acceso a Antilia es, por tanto, libre y gratuito, en la dirección http://www. ucm. es/OTROS/antilia. El primer volumen contó con la colaboración de Silvia Figueiroa con un artículo sobre las Escuelas de Ingeniería como «loci» institucionales de las Ciencias Geológicas en Brasil durante el siglo XIX, otro de Antonio González Bueno y Raúl Rodríguez Nozal, sobre Conocimiento científico y poder en la España Ilustrada: hacia la supremacía comercial a través de la Botánica medicinal, un tercero de Juan Francisco López Sánchez, Manuel Valera Candel y Carlos López Fernández sobre La Academia de Guardias Marinas de Cartagena (1776Cartagena ( -1824)); y finalmente un trabajo de Francisco Pelayo López sobre La conexión terrestre entre Cuba y el continente americano: una alternativa paleontológica a la deriva continental. Se incluían además dos breves reseñas bibliográficas sobre una reciente edición de la Historia Naturalde Cayo Plinio y la autobiografía de Irene Claremont de Castillejo. Información adicional sobre Antilia puede solicitarse a:
La fundación del Instituto de Historia de la Ciencia y de la Técnica, de Valladolid, auténtico hito de la trayectoria en España de nuestra disciplina, reúne dos singularidades. Una de ellas consiste en ser el primer instituto histórico-científico español surgido a partir de la investigación acerca de los saberes físico-matemáticos y la técnica. La otra, en estar situado en el polo opuesto de una fundación sin raíces, meramente promotora de una labor que se intenta desarrollar en el futuro. En esta ocasión, se ha creado un Instituto que, antes de disponer de unos locales y de abrir sus puertas, tiene -dicho en términos contables-un importante «haber». El contenido de los trabajos de sus fundadores significa, en el terreno de la investigación, una novedad cualitativa de importancia paralela a la que implica la creación del Instituto en la de la institucionalización. Al hacer un breve «balance» de ese «haber", es decir, de lo que han aportado dichos trabajos, pueden distinguirse tres aspectos básicos de la actividad científica y técnica española del Renacimiento: la posición social de sus cultivadores, su organización y relación con el poder, y los saberes y las realizaciones técnicas. En el primero pueden destacarse el estudio de Mariano Esteban Pineiro acerca de los «oficios matemáticos» (1993) y el análisis prosopográfico de los ingenieros realizado por Nicolás García Tapia (1990). Esteban Pineiro ha ofrecido por vez primera una imagen satisfactoria de la institucionalización de las matemáticas aplicadas en la España del siglo XVI como consecuencia de la necesidad que tenía el poder real de expertos en cosmografía, arte de navegar y arte militar. Ha precisado las funciones, la continuidad, las personas que los ocuparon y la posición social que tenían, estimada principalmente a través de sus salarios, de puestos ya estudiados anteriormente, como el de «piloto mayor» de la Casa de la Contratación, de algunos confusamente conocidos hasta ahora, como el de «cosmógrafo y maestro de hacer cartas, astrolábios y otros ingenios para la navegación», y de otros muchos sobre los que circulaban errores o eran sencillamente ignorados. El estudio prosopográfico de García Tapia sobre 186 ingenieros fundamenta sólidamente sus tipos: 53,8 por ciento fueron ingenieros prácticos; 24,7, ingenieros-arquitectos; 9,7, ingenieros teóricos; y el 11,8 por ciento restante corresponde a 22 técnicos que denomina «ingenieros ocasionales o inventores», advirtiendo que la proporción de ingenieros prácticos sería en realidad mucho mayor, «dado que de la mayor parte no ha quedado rastro documental». Su distribución por estamentos sociales desmiente un tópico muy arraigado, ya que figuran varios caballeros «que no consideraron deshonroso ejercer la profesión de ingeniero» Asclepio-Wo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es y que, en su práctica totalidad, eran ingenieros teóricos, como Pedro Juan de Lastanosa y Jerónimo de Ayanz, que en sus tratados procuraron ennoblecer esta ocupación, presentándola como un «arte liberal». Había también clérigos, tanto seculares como regulares, «metidos a ingenieros», aunque la inmensa mayoría de ingenieros prácticos procedía del estado llano o eran, a lo sumo, hidalgos, sobre todo de origen cantábrico. Otra afirmación arbitraria desmentida por este análisis es la supuesta condición de extranjeros de casi todos los ingenieros que trabajaron en la España del siglo XVI. García Tapia explica el error por la celebridad de algunos ingenieros italianos residentes en España (Turriano, Spanochi, los Antonelli, etc.), por la falta de investigación histórica sobre el tema y por las confusiones en torno al vocablo «ingeniero». En su serie, 72,6 por ciento son españoles, 15,1 italianos, 6,0 alemanes, 3,8 flamencos, además de dos franceses, un griego, un inglés y un portugués. Particularmente importantes son las aportaciones del «grupo de Valladolid» relativas a la organización de la actividad científica y técnica, de las que anotaremos solamente otros dos ejemplos. El primero se refiere a las patentes de invención, tema cuya importancia no necesita ser subrayada, pero que no había sido tenido en cuenta hasta el fundamental estudio que García Tapia le ha dedicado. A semejanza de lo que se venía haciendo en Florencia, Venecia y otras «repúblicas» italianas, en España se concedieron «cédulas de privilegio real» para invenciones que, desde el principio, se ajustaron a una fórmula jurídica integrada por tres partes: la exposición del «artificio» o «ingenio» y de sus aplicaciones, el tiempo por el que se concedía a su inventor la exclusividad de construcción y uso, y las penas señaladas para castigar a los que lo copiasen o empleasen sin permiso. Cada una iba firmada por el rey, que era quien otorgaba la patente, y era válida para todas sus posesiones, incluidas las ultramarinas. La amplia serie localizada por García Tapia, que se inicia en 1522, abarca los más diversos aspectos de la técnica, desde los relacionados con la navegación hasta «artificios» para el alumbrado, pasando por máquinas para elevar el agua, todo tipo de molinos, «ingenios» minerometalúrgicos, aparatos de destilación, hornos, procedimientos de pesca, etc. Los inventores procedían de todos los estamentos sociales, incluido el nobiliario, y entre ellos figuraron importantes personalidades científicas o técnicas como Álvaro de Bazán, Pedro Juan de Lastanosa, Gómez Pereira, Juan de Herrera y Jerónimo de Ayanz. El segundo ejemplo corresponde a la Academia de Matemáticas de Madrid, institución a la que María Isabel Vicente Maroto y Mariano Esteban Pineiro han dedicado un estudio, sólidamente basado en las fuentes, que ha aclarado su funcionamiento y sus etapas, superando noticias imprecisas, confusiones y errores de la historiografía anterior sobre el tema. Han demostrado que su actividad fundamental fue impartir enseñanza de matemáticas y cosmografía, en especial la relacionada con los problemas náuticos. Con algunos antecedentes, fue creada a finales de 1582 e inició su actividad docente en octubre del siguiente año. Felipe II, poco antes de terminar sus dos años de estancia en Lisboa, tras convertirse en rey de Portugal, nombró profesores de la Academia a Juan Bautista Labana y a Pedro Ambrosio de Ondériz. Labaña era natural de Lisboa y había ocupado el cargo de cosmógrafo del rey Sebastián de Portugal. Aparte de «leer matemáticas», el nombramiento lo puso al servicio de Felipe II «en cosas de cosmografía, geografía y topografía». Ondériz había sido discípulo de Pedro Simón Abril en su localidad natal, la villa manchega de Villanueva de los Infantes, y acababa de pasar dos años en Lisboa, perfeccionando su formación científica y comenzando a traducir al castellano las obras necesarias para la enseñanza en la nueva institución que Juan de Herrera le había indicado. Fue nombrado «para que ayude al dicho Juan Bautista a leer las dichas matemáticas y se ocupe de traducir de latín en romance algunos libros de aquella facultad». Ambos dependían directamente del rey, estaban bajo la autoridad de Juan de Herrera y, hasta 1591, dieron sus clases en un edificio cercano al alcázar real. Durante estos años, Ondériz tradujo obras de Euclides, Arquimedes y Apolonio y el tratado sobre geometría esférica de Teodosio, y de la docencia que entonces impartió Labaña se conserva la relativa al «arte de navegar». El 25 de diciembre de 1582, en la misma fecha que a Labaña y Ondériz, Felipe II tomó a su servicio al portugués «Luis Georgio» (Luis Jorge de la Barbuda), «maestro de hacer cartas de cosmografía, geografía y de marear», para «hacer las dichas cartas y todo lo demás que se le ordenare de su profesión y oficio». Aunque estaba adscrito al alcázar real y bajo las órdenes de Juan de Herrera, la información reunida por Vicente Maroto y Esteban Pineiro demuestra que no pertenecía a la Academia de Matemáticas, sino que era uno más de los numerosos cosmógrafos que trabajaban para la Corona. También han puesto de relieve que la Academia inició una nueva etapa en 1591. Labaña marchó a Lisboa como cosmógrafo mayor del Consejo de Portugal y Ondériz fue designado cosmógrafo del Consejo de Indias, aunque permaneció como profesor principal de matemáticas de la Academia, ya que ésta pasó a depender administrativamente de dicho Consejo. El puesto de segundo profesor lo ocupó Juan Arias de Loyola, quien fue, desde la misma fecha, cronista del Consejo. El contenido de la enseñanza no varió, lo que se refleja en la obra de Ondériz sobre el «uso de los globos» o «esferas» para la determinación de las coordenadas terrestres y celestes. Su sucesor fue Julián Ferrufino (o Firrufino), quien antes había enseñado matemáticas en escuelas de artillería, pero que impartió docencia en la misma línea que sus antecesores, explicando «los cuatro libros de Euclides y la materia de Esfera». Sin embargo, tras el fallecimiento de Juan de Herrera y por iniciativa de Francisco Arias de Bobadilla, «maestre de campo general de artillería», se dieron durante el curso 1597-98 en los locales de la Academia enseñanzas matemáticas complementarias y otras relativas al «arte militar». Juan Cedillo Díaz, catedrático de la Universidad de Toledo, impartió «la materia de los senos»; Juan Ángel, las cuestiones de hidráulica contenidas en los Eguiponderantes de Arquimedes, que Ondériz había traducido al castellano; Pedro Rodríguez de Muñiz, la «materia de escuadrones y forma de ordenar- Las aportaciones más numerosas de los miembros del nuevo Instituto son las relativas a los saberes y las realizaciones técnicas. El examen sistemático de textos manuscritos y de documentos de archivo que han llevado a cabo les ha conducido a hallazgos que, sin hipérbole alguna, hay que calificar de sensacionales: la traducción castellana del De revolutionibus, de Copérnico, por Cedillo Díaz; el Astronómico Real, de Alonso de Santa Cruz; la traducción de los libros de geometría práctica, de Finé, por Girava y su ordenación por Lastanosa; la demostración de que este último es el autor de Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas; y las patentes de invención de Jerónimo de Ayanz. No obstante, estos descubrimientos solamente constituyen la vertiente más llamativa de los resultados de su labor. Hay que añadir el análisis de obras teóricas y prácticas que antes sólo eran meros títulos, de una amplia serie de instrumentos y métodos astronómicos y de medida, de la corrección de cartas náuticas e instrumentos para la navegación, de molinos, de ingenios y máquinas para la construcción de edificios, de ingeniería para la elevación del agua y su abastecimiento en ciudades y jardines, etc. Para que el nuevo Instituto tenga larga y fructífera vida bastará proseguir el camino tan brillantemente recorrido hasta su fundación. Me temo que no ha cambiado la actitud de los estamentos hegemónicos de la cultura de nuestro país frente a la investigación histórica de la actividad científica española. Por lo menos, en los medios de comunicación, en las reuniones y cursos de coste millonario y en boca de muchas autoridades académicas y mandarines culturales se encuentra lo mismo de siempre. Entre otras cosas, una reiteración, más o menos vergonzante, de los planteamientos de la «polémica de la ciencia española». En cualquier caso, superar esta vieja marginación sólo va a ser posible mediante la rigurosidad y la continuada dedicación al trabajo que el nuevo Instituto y sus fundadores representan.
Este ensayo (180 páginas) trata algunas cuestiones conectadas con los primeros pasos de la especulación física y geométrica sobre máquinas. Se centra especialmente en la obra aristotélica conocida como Problemas mecánicos y en menor medida en la tradición del tratado Del equilibrio de los planos de Arquimedes (ca. C.) y en las síntesis de obras mecánicas de los ingenieros alejandrinos como Filón de Bizâncio (fi. ca. Al hilo de los problemas tratados, se traen a colación las interpretaciones de los ingenieros renacentistas italianos, especialmente Gidobaldo del Monte (1545-1607) y Galileo, autor de una obra temprana sobre máquinas, Le mecaniche, de finales del siglo XVI. Antes de evaluar el ensayo de Micheli, expondré esquemáticamente el interés del problema abordado. Las artes mecánicas en el período clásico La relevancia de la técnica y las máquinas en la cultura europea del Renacimiento contribuyó poderosamente a borrar los límites entre lo natural y lo artificial desde el punto de vista de la explicación científica. Sin embargo, en la Grecia clásica el uso de mecanismos era insignificante. La excelencia del pensamiento griego en las bellas artes y el saber abstracto no encuentra parangón en el desarrollo técnico. En el campo de los motores primarios encargados del suministro de energía, dependieron casi siempre de la fuerza muscular humana y cuando recurrieron a animales lo hicieron de forma extraordinariamente ineficiente. El collarín de las caballerías fue un invento medieval. El arreo clásico tendía a ahogar al caballo, de modo que en lugar de hacer el trabajo de una quincena de hombres, hacía apenas el de cuatro y con un consumo de energía similar. Aunque conocieron el molino de eje vertical procedente del Próximo Oriente, ni lo mejoraron ni lo adaptaron a un país con escasas corrientes de agua rápidas y constantes a lo largo del año. Por lo que respecta a la energía eóli- ca, los antiguos desconocieron el molino. Los griegos siguieron a egipcios y fenicios en el uso de la vela situada perpendicularmente a la quilla en los mercantes, con lo que dependían de vientos favorables de popa en las navegaciones estacionales. En casos críticos, remaban. La situación es similar en técnicas básicas, como la metalurgia. El beneficio del hierro, descubierto en Asia Menor, se generalizó tarde en Grecia sin desarrollarse mucho. No lograron temperaturas de colado ni controlaron el contenido en carbono, debiendo someter a las piezas forjadas a largos procesos de cementación en carbón vegetal. Incluso en epoca romana los buenos aceros se importaban de India y China que dominaba la técnica del colado desde el siglo IV a.C, mientras que en Europa el horno alto no aparece hasta la Edad Media. Los mecanismos de transformación no eran tampoco espectaculares, y con la excepción de sectores críticos como la molienda de grano, el prensado de aceite, las minas de plata de Laurión o la guerra, los instrumentos mecánicos de cierta complejidad eran prácticamente invisibles. Los mayores desarrollos se produjeron en el caso de la guen'a. Dionisio el Viejo de Siracusa (430-367) se rodeó de artesanos del todo el Mediterráneo para incorporar las máquinas de asedio asiáticas a través de los fenicios. El do de pecho de este esfuerzo fueron las tetreres y penteres, galeras de cuatro y cinco filas de remeros por banda que servían tres niveles de remos. El invento fue importante, porque la velocidad era esencial en una técnica de guerra naval que no usaba el abordaje, sino la embestida con el espolón de proa. Con una velocidad por debajo de los 10 nudos quien embiste lleva la peor parte. La vieja trieres estaba justo en ese límite, por lo que las tetreres y penteres, que aumentaban la fuerza propulsora manteniendo inalteradas las dimensiones y la rémora, resultaron un logro espectacular. Estos avances empezaron a incorporarse en Atenas al final de la vida de Aristóteles. Otras armas notables desarrolladas por Dionisio fueron las máquinas de asedio y defensa, como torres, arietes y sobre todo la artillería, cuyas piezas fueron las máquinas prácticas más desarrolladas de la Antigüedad. Las catapeltes y ballistas eran grandes ballestas montadas sobre pedestal que lanzaban dardos contra persona de hasta dos metros de longitud y piedras contra naves o torres de algo más de veinticinco kilogramos con alcances efectivos de unos setecientos y doscientos metros respectivamente. A mediados del siglo IV eran poco conocidas, pues no las cita la Poliorcética (ca. C.) de Eneas el Táctico; pero cuando Aristóteles andaba por los cincuenta años, ya Arquidamo II de Esparta exclamaba al ver un dardo de catapulta: "Por Heracles, que esto acaba con el valor de los hombres". La conciencia del mundo de las mciqiiinas El asombro, padre de la filosofía, llamó la atención sobre el mundo de las máquinas no sólo de Arquidamo, sino también de los teóricos. O Aristóteles mismo o alguien salido de su escuela escribió unos Problemas mecánicos (Mejaniká) que son el primer tratado que nos ha llegado acerca del mundo de lo artificial. Antes de eso, las máquinas eran objeto de mero asombro. Los capítulos primero y último del ensayo de Micheli están dedicados a consideraciones léxicas sobre los términos asociados a instrumentos y máquinas. Es un terreno en el que el autor se mueve con cierta soltura, pues es más ducho en cuestiones filológicas que histórico-científicas. De sus observaciones se desprende que en el siglo V a.C. el término 'máquina' se relaciona más con la magia natural, lo asombroso, que con los instrumentos. En un mundo masivamente compuesto por objetos naturales, el mundo físico era un todo orgánico más que mecánico. Lo artificial era un producto de la astucia (metis) de los hombres. La máquina (mejané) es el resultado de una acción eficaz y sorprendente, una maquinación, una astucia, un expediente. Odiseo es un polimejanós o polímetis. A partir del siglo III a. C, el término acaba refiriendo no tanto a la 'maquinación' cuanto http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS al objeto con que se ejecuta, la máquina, cuyos paradigmas son las máquinas bélicas de los Dionisio, Artemón o Arquimedes, no menos que el teatro, donde la ¡nejané es una grúa de la que cuelga un actor que hace de dios o héroe para resolver por las buenas asuntos humanos aparentemente sin solución, de donde la expresión deus ex machina. También son modelos especiales de máquinas los instrumentos usados en obras públicas para mover y levantar pesos y los instrumentos profesionales, especialmente los quirúrgicos para reducir fracturas y los matemáticos para resolver problemas difíciles, como la cuadratura del círculo, la trisección de un ángulo o la duplicación del cubo, irresolubles con regla y compás. El primer tratado de mecánica Antes de la explosión de la invención mecánica del período alejandrino, provocado por la intensidad de las guerras entre los reinos derivados del impero de Alejandro, no menos que por el incremento del comercio, el mundo de las máquinas era muy reducido. Estaba limitado a ciertas especializaciones profesionales esotéricas o a eventos excepcionales como la guerra o las raras construcciones públicas. Su importancia era poco visible en la vida usual y su carácter, fraudulento: un engaño astuto a la naturaleza. De ahí que la postura más característica sea la de Aristóteles, cuya física se dirige exclusivamente a los objetos naturales que son los que poseen internamente un principio de acción, desarrollo y movimiento, como los animales, las plantas o los elementos. En la Física (II, 192b 9-34) señala que las cosas "que poseen una naturaleza" son substancias, mientras que las artificiales, como una cama, en cuanto tales "no poseen un impulso innato de cambio" y deben definirse por la función impuesta desde fuera. Un animal tiene una estructura acorde a su "naturaleza" y se desarrolla y camina de acuerdo con ella por necesidad. De eso se puede hacer ciencia. Una cama, por el contrario, no es nada según su naturaleza ni se comporta de ningún modo propio estudiable, excepto por lo que respecta al agua, aire, tierra y fuego que componen su materia. Por tanto los objetos artificiales no forman parte de la física o filosofía de la naturaleza. Esta idea, repetida por la tradición culta medieval y renacentista, hubo de ser combatida en el Renacimiento para dar cabida a lo artificial, especialmente al mundo geometrizado de las máquinas, que pasó a ser el modelo del estudio de la naturaleza frente a la concepción "orgánica" de los clásicos. A partir del siglo XVII, también el sistema del mundo y los animales son máquinas. Esa. tendencia de los mecanicismos del XVII a prestar atención a las máquinas dentro de la ciencia natural fue iniciada ya en los aristotélicos Problemas mecánicos, una obra que fue rápidamente eclipsada por el enfoque arquimediano, que tuvo escaso efecto sobre los alejandrinos y que no se tradujo al árabe o al latín durante la Edad Media. La lectura de las cuatro primeras páginas del tratado es de un enorme interés dados los lugares comunes que la bibliografía secundaria suele contener acerca del aristotelismo. Los Problemas mecánicos (Mejcmiká) No sabemos quién es el autor de esta obra. Algunos la han atribuido al propio Aristóteles, como los alemanes J.P. van Capelle o F. Krafft, quien ve en ella las mismas reglas de proporcionalidad entre velocidad, tiempo y espacio, o entre motor, resistencia, tiempo y espacio, que se encuentran en el Libro VII de la Física de Aristóteles. Al principio del tratado (847a 29-30) se hace referencia a la teoría aristotélica de que los problemas físicos están subordinados a las ciencias matemáticas, como los ópticos a la geometría, los musicales a la aritmética, los mecánicos a la estereométria o los planetarios a la astronomía, tal como se desarrolla en Analíticos posteriores (78b 35-79a 5) o en Metafísica, XIII, 3 (especialmente 1078a 1420). Pero otros historiadores han preferido considerar que la obra se debe a algún miembro de la escuela aristotélica, como Estraton de Micheli gasta algo de tinta en estas cuestiones, pero no aclara nada sobre la paternidad del tratado ni analiza los argumentos de unos y otros. Resulta especialmente frustrante que no discuta la concepción aristotélica de las "ciencias mixtas" que aplican las matemáticas como técnica de explicación a los datos suministrados por la observación natural en óptica, música o mecánica, a fin de aclarar el puesto de la teoría de máquinas en el conjunto de las ciencias de la naturaleza. Los Problemas mecánicos son un tratado que consta de treinta y cinco problemas diversos, como por qué los cantos rodados son redondos o por qué la precisión de las balanzas mejora con el tamaño. El esfuerzo teórico es notable. En primer lugar por su novedad, pues aunque Diógenes Laércio dice que Arquitas de Tarento (fi. ca. C.) "fue el primero que trató de las máquinas con principios mecánicos", nada nos ha llegado de él. Otros mencionan a un Arquitas arquitecto, autor de un libro de máquinas donde recoge el saber cartaginés, lo que se corresponde con el esfuerzo de Dionisio de desarrollar las técnicas poliorcéticas asiáticas recibidas a través de los fenicios. En cualquier caso, si la trasmisión es una medida del mérito, esta obra no consiguió superar el desgaste del tiempo. Pero en segundo lugar, Los problemas mecánicos impresionan porque tratan de explicar sistemáticamente, mediante el mismo principio dinámico, todos los problemas de mecánica. El arranque del tratado es importante porque rompe la relevancia de la separación entre natural y artificial por lo que respecta a la ciencia, frente a la concentración sobre las substancias con un principio propio de cambio sancionada en el ya mencionado libro II de la Física. El asombro, del que arranca la actividad teórica, puede producirse, se dice allí, sea por los fenómenos naturales, sea "por los producidos mediante el arte a pesar de la naturaleza, en beneficio de la humanidad". La naturaleza, que actúa constante y regularmente, contradice a menudo los intereses humanos cambiantes, los cuales recurren a máquinas para vencer allí donde la naturaleza nos supera, de manera que fuerzas pequeñas muevan grandes pesos. Tanto este problema como el de las relaciones entre física y matemáticas aludido más arriba hacen aparición en el ensayo de Micheli, pero invariablemente se pierde en detalles filológicos y en la discusión de traducciones sin emplear luego el conocimiento así adquirido en la dilucidación de cuestiones substantivas y en la defensa de tesis que puedan interesar a los lectores de Asclepio. Aparentemente, la diferencia entre los tratados físicos, como Meteoros o Del cielo y la Mecánica es doble. En primer lugar, aquellos no constituyen ciencias matemáticas, sino puramente físicas, mientras que la mecánica es una ciencia matemática "próxima a la física", en la que ésta pone los problemas y aquélla la explicación. Por el contrario, los tratados puramente físicos, son meramente descriptivos, siendo necesaria la incorporación de una rama matemática para acceder a la explicación. Como señala Aristóteles en Analíticos posteriores, 79a 11-13, "el conocimiento del hecho cae en el campo del físico, mientras que la explicación del hecho cae en el del óptico en cuanto óptico u óptico matemático". Este tipo de doctrinas aristotélicas deberían corregir la usual imagen de manual de un Aristóteles contrario al uso de las matemáticas en la ciencia, algo especialmente voceado propagandísticamente por Galileo en el Diálogo de 1632. Pero, en segundo lugar, los objetos de los tratados físicos se mueven por naturaleza {kata fysin), mientras que los de la mecánica carecen de un principio propio y lo hacen al margen de la naturaleza (para fysin). Si ello es así, parece ociosa la larga discusión que dedica luego Micheli a la orientación de las figuras (para que el movimiento se deba a la acción de la gravedad, kata fysin). Sugiere, sin embargo que, al margen de cuál sea el origen (natural o artificial) del movimiento, tanto los objetos naturales como los artificiales siguen las mismas leyes generales del movimiento. No es mala tesis; pero una vez más se ofrece sin una discusión seria y convincente de los textos y de los problemas. Teniendo en cuenta ambas diferencias entre física y mecánica, disponer de un tratado aristotélico de mecánica debería ser una fuente de reflexiones sobre el papel de las matemáticas en la ciencia natural y artificial, así como sobre el carácter y alcance de la distinción entre naturaleza y arte. El texto dice que los problemas mecánicos "no son ni totalmente idénticos ni totalmente distintos de los físicos. Tienen algo en común con las matemáticas y con las especulaciones físicas, porque las matemáticas demuestras cómo suceden los fenómenos y la física, en qué medio se producen" (847a 25 y sigs.). Micheli concluye (con muchas más palabras) que la mecánica, en cuanto arte, es física y, en cuanto ciencia, matemática. La fundamentación de la mecánica aristotélica Los diferentes problemas mecánicos abordados incluyen más de una docena sobre máquinas simples como cuñas, palancas, balanzas o poleas y sus aplicaciones inmediatas; otros versan acerca de cuestiones náuticas sobre remos, timones y velas; otros atienden al movimiento circular, ruedas y rodillos; algunos explican el funcionamiento de instrumentos artesanales, tenazas, balancines de pozos, cascanueces, hondas y demás; un par de ellos estudian la composición de movimientos tanto rectilíneos (paralelogramos) como circulares (la famosa rota aristotelica de Galileo); y finalmente se abordan problemas dinámicos de no conservación del movimiento en proyectiles y arrastre de pesos. Exceptuando estos últimos, cuyos principios se le escapan como confiesa en el problema 32 (858a 15 y sig.), todos los demás (señala en 848a 12-14) se resuelven remitiéndolos al principio de la palanca, según el cual los pesos son inversos a las distancias al fulcro (problema 3). A su vez, el principio de la palanca se remite a la balanza (problema 2) y ésta al círculo (problema 1). La fundamentación de la mecánica deriva de una mezcla confusa de consideraciones dinámicas y de la geometría del círculo. La idea básica es que los diferentes puntos de un radio que gira movido por una fuerza dada tienen velocidades distintas, tanto mayores cuanto más alejados están del centro. Esa propiedad es una de las "maravillas" del círculo que explica las "maravillas" que nos asombran en las máquinas con que vencemos a la naturaleza. El círculo es un compendio de contrariedades, está generado por una recta que se mueve (en un extremo) y está inmóvil (en el otro); la circunferencia sin grosor es a la vez convexa (por fuera) y cóncava (por dentro), etc. El circulo es así la fuente de las maravillas a la que se remiten los fenómenos asombrosos de la mecánica. La justificación de esta especie de principio de velocidades virtuales se realiza mediante el primer estudio de la composición de movimientos. Si las dos componentes mantienen una proporción constante, el resultado es un movimiento por la diagonal del paralelogramo formado por los dos movimientos que se componen. Pero en la circunferencia los componentes no mantienen una proporción constante. Según la interpretación más extendida del texto, el movimiento por un arco se entiende como el resultado de componer un movimiento "natural" por la tangente con uno "violento" hacia el centro. Para el aristotelismo, una fuerza actuante produce un movimiento constante con una velocidad uniforme, por lo que fuerza, movimiento y velocidad son equivalentes. Pero aunque la velocidad sea como la fuerza, es inversa de la resistencia al movimiento generado. Así, en este contexto mecánico, "natural" parece referirse a motor y "artificial" a resistencia a ese motor, al margen de la naturaleza cosmológica o humana de ambos. Volviendo al argumento del tratado, el movimiento tangencial "natural" del extremo móvil del radio, producido por una fuerza dada recibe la resistencia del movimiento "violento" hacia el centro inmóvil, de modo que cuanto mayor sea éste, menor será la velocidad. Ahora bien, cuanto mayor es La aplicación de este principio del círculo a la palanca (problema 3) es más bien opaco, y se ha interpretado como un principio de velocidades virtuales, si bien los desplazamientos no son infinitesimales ni rectilíneos, lo que implicaría el principio de trabajos virtuales. La idea parece ser la de que un peso menor equilibra a otro mayor si su velocidad es tanto mayor que la de éste; es decir, si pesos y velocidades son inversamente proporcionales. Pero ni se dice así ni se demuestra realmente. Parece existir una visión confusa de las velocidades angular y lineal (en nuestros términos), pues la idéntica proporción en radios distintos entre movimiento natural tangencial e impedimento centrípeto parecería exigir la misma velocidad lineal, cosa que sólo ocurre angularmente; pero es la misma fuerza en ambos radios la que genera movimientos tangenciales tanto mayores en radios mayores porque las resistencias (movimientos centrípetos) son inversas del radio. Esto es, la fuerza constante que mueve todos los puntos del radio (UZ, FH) no se compone directamente con el impedimento de la proximidad al centro para generar la trayectoria curva, sino que parece generar primero un movimiento tangencial variable según la distancia al centro, KG, FH, que es la que explica la mayor velocidad del radio mayor y que, siendo proporcional al acercamiento centrípeto en los diversos radios, produce en todos los casos arcos semejantes. Tampoco está claro el paso de radios distintos movidos por la misma fuerza a radios distintos movidos por distintas fuerzas, que es lo que se tiene en la palanca, de modo que en realidad no se demuestra el principio de la palanca. Tampoco está claro qué se entiende por "natural" y "violento" en las componentes tangenciales y centrípetas que generan arcos. A pesar de las intenciones, los problemas no reciben un tratamien-206 Asdepio-Wol XLVIII-2-1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS to deductiva y geométricamente efectivo ni se aclara la base dinámica de la geometrización. ¿Se podría decir que las fuerzas iguales son UZ = FH y que producen desplazamientos desiguales BG y XH, inversos de las constricciones centrípetas, BU y XF, correspondientes a desplazamientos tangenciales iguales, UX y FH? Si alguien busca la disolución de estas opacidades en Micheli corre el riesgo de frustrarse. Dedica mucho espacio a discutir el carácter natural y violento de los componentes y a retraducir los textos de modo que el movimiento natural sea por el círculo, en consonancia con lo que ocurre en la cosmología, a pesar de que la mecánica no es la física. Se aleja de la interpretación usual del movimiento tangencial como natural, en favor de la naturalidad del movimiento circular en 849a 15, pero silencia otros pasajes claros, como 849b 4, donde no hay confusión posible, pues "el desplazamiento natural igual" en ambos círculos es UZ=FH y no BZ=/=XH; o como el del Problema 8 (852 a 10) sobre por qué es más fácil de mover un objeto redondo. Se trata de un problema corriente en el que la filología y la comprensión del problema por encima de las palabras entran en conflicto. Micheli trata de producir una interpretación inteligible fiel a la literalidad de los textos. No lo consigue a pesar de que esta es la parte más elaborada de su ensayo. Es una lástima, porque la lectura de los tres primeros problemas del tratado es inquietante, desasosegante y apasionante, pues vemos a un autor notable tratando de elaborar una construcción formal en la que fenómenos raros y desconexos se sistematicen conceptual y deductivamente. No consigue lo uno ni lo otro, pero induce en el lector efectos similares a los producidos por el poema de Jabberwocky en la Alicia de A través del espejo: "Parece muy bonito, dijo cuando lo hubo terminado, pero resulta un tanto difícil de entender. [...] De alguna manera parece llenar mi cabeza de ideas, sólo que no se exactamente cuáles son". La estática de Arquimedes y las síntesis mecánicas La primera sistematización deductivamente efectiva de los problemas de estática fue obra de Arquimedes. Su primer y mayor mérito fue simplificar las cosas prescindiendo de cuestiones dinámicas y físicas relativas a las fuerzas, sus efectos, la relación entre motor, resistencia y velocidad, etc. Para ello se concentró en los casos de equilibrio en los que no hay movimiento. El postulado fundamental sanciona una experiencia común de las pesadas fácil de aceptar por simetría: pesos iguales a distancias iguales del centro de rotación están en equilibrio. Unido a otras ideas comunes cualitativas sobre el descenso de los cuerpos según su peso mayor o su distancia mayor, así como acerca de los centros de gravedad, se demuestran varios teoremas, el principal de los cuales es el principio de la palanca, según el cuál magnitudes conmensurables se equilibran a distancias inversamente proporcionales a los pesos. La técnica de la demostración, como es sabido, consiste en distribuir los pesos por los brazos de la balanza de acuerdo con los teoremas de los centros de gravedad, de manera que la situación se reduzca a la expresada en el axioma fundamental del equilibrio. Así, de una manera modesta y restringida, Arquimedes produjo la primera sistematización deductiva de la estática y la hidrostática que ejerció una enorme influencia en su época, en la Edad Media y en el Renacimiento. La clave del éxito fue dejar de lado la física y el problema del movimiento y sus causas. Todo esto es ya de sobra sabido. ¿Qué tiene que añadir Micheli? Habla luego de las síntesis de tratados mecánicos de Filón y Herón. Éste, por ejemplo, compuso tratados matemáticos para ingenieros en los que, aunque él sea un matemático competente, simplifica los teoremas arquimedianos hasta límites prácticos, sustituyendo las demostraciones por ejemplos numéricos. Otro grupo de tratados se basan en la aplicación de esos teoremas a instrumentos matemáticos y a una mecánica general de las máquinas simples y sus combinaciones. Finalmen- http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS te, otro grupo de tratados describen y explican máquinas reales, especialmente piezas de artillería y autómatas. La sistematización geométrica de Herón es efectiva, basada en Arquimedes, y no meramente intencional como la de los Problemas mecánicos. Sin embargo posee un interés adicional, porque introduce conceptos físicos, fuerzas, movimientos, velocidades y tiempos allí donde Arquimedes se limitaba a situaciones indiferentes de simetría puramente geométrica. Por ejemplo, en la Catóptríca, Herón demuestra la ley de reflexión basándose en la naturaleza instantánea de la luz, lo que la obliga a recorrer el camino más corto porque no tiene tiempo para ir por uno más largo. El argumento geométrico de Herón construido sobre esta característica física de la luz consiste en demostrar que la igualdad de los ángulos de incidencia y reflexión es condición necesaria y suficiente de que la trayectoria sea mínima. Es algo muy importante porque indica una tendencia hacia el tratamiento geométrico de sistemas físicos cada vez más complejos que incluyen principios físicos, ausentes de las geometrizaciones tradicionales en el campo de la astronomía, la estática y la armonía, y que abocarán al tratamiento geométricamente eficaz de la óptica física por parte de Ibn al-Haytam (el Alhacén de los latinos) en la Edad Media o de la resistencia de materiales y del movimiento local por parte de Galileo. Otro aspecto interesante de los ingenieros alejandrinos es que, al desarrollar la pneumática, una ciencia que trata de lo que hoy consideraríamos efectos de la presión del aire, se encontraron con que la naturaleza no produce espontáneamente vacíos, de manera que es preciso proceder a una indagación sistemática de los fenómenos artificiales de laboratorio antes de proceder a una sistematización geométrica de los resultados, con lo que entonces se dieron los primeros pasos rudimentarios hacia lo que luego, en el siglo XVII, sería la filosofía mecánico-experimental; y dado que la mecánica es geometría, hacia una visión matemática de la naturaleza en su conjunto. La hora feliz de Micheli ha pasado ya. No nos cuenta los detalles de la mecánica herónica ni analiza la medida en que es deudora del enfoque estático de Arquimedes por un lado y del dinámico aristotélico por otro. Lo único que se saca en limpio es que personas como Krafft o Drachmann dijeron cosas que merece la pena leer. El librito sigue con una breve reflexión sobre el destino histórico de los Problemas mecánicos y termina con un ejercicio léxico-filológico sobre mejané y Organon que nada aporta para aclarar los problemas de la historia de la ciencia de la mecánica. Hay un par de apéndices sobre los Problemas mecánicos en relación con Galileo y Guidobaldo del Monte que no contienen nada notable. Como resumen se puede decir que Micheli cita a casi todos los autores clásicos y modernos relevantes, pero no saca nada en limpio acerca de los problemas sustantivos. Frecuentemente se halla más a gusto con las palabras y con el griego que con la mecánica antigua. Pero el problema más grave es que no se sabe qué quiere contar ni cuál es su tesis, por lo que la lectura de su ensayo es un tanto molesta. Es como si hubiera tenido que escribir algo por obligación y hubiese reunido diferentes informaciones relativas a la mecánica aristotélica, sin decidirse ni a contar claramente lo que dijeron nuestros clásicos, lo que sería útil para el lego, ni a discutir las interpretaciones de los hermeneutas, lo que sería útil para el experto. Como no quiere contar a los clásicos ni tiene nada que decir sobre su interpretación, repasa unas cuantas cosas por encima, se pierde en irrelevancias, olvida lo crucial, no muestra la menor línea de desarrollo y aburre incluso a los cefalópodos. Se podría aprovechar la bibliografía, pero no hay.
Bajo este título se presentan las Actas del Foro «Alimentación y Sociedad: la formación de la dieta mediterránea», celebrado en Almería del 5 al 7 de octubre de 1992. Ésta que, según se expone en el Preámbulo, pretende ser la primera aproximación a la dieta mediterránea desde un punto de vista antropológico, consiste en la práctica en la recopilación de las contribuciones de los siete autores que se supone -aunque no se dice expresamente-fueron los que participaron en el simposio de Almería. Sí se advierte, en cambio, que cuestiones en torno a las cuales se debatió. No obstante, el subtítulo del libro nos coloca sin ambigüedad en lo que realmente son sus contenidos: varios «ensayos sobre la dieta mediterránea». Por otra parte, y aunque pueda juzgarse de importancia menor, extraña que en un texto no muy largo y con dos editores a su cargo, hayan podido deslizarse tan alto número de faltas ortográficas y erratas, algunas incluso creativas, como cuando un oficiante invoca a Dios, por interseción {sic, p. 86) de San Roque, o nos encontramos con Llérida {sic. p. En el primero de los ensayos, «La dieta mediterránea en el conjunto de los sistemas alimentarios» (pp. 9-27), Igor de Carine intenta una aproximación general a los elementos fundamentales que han podido contribuir a la formación actual de un modelo alimentario común en el Mediterráneo, desde la ecología, a las culturas o la historia, deteniéndose concretamente en la procedencia oriental y occidental de muchos de los alimentos de origen vegetal más definitorios de la dieta. Entre las características específicas subrayadas por Carine están la frugalidad como norma de la alimentación y la prioridad dada a los vegetales; la abundancia de tentempiés, aperitivos y chucherías, incluidos dulces, que se consumen en lugares y circunstancias de relación social, acompañados de vino y que sustituyen de alguna manera al consumo exclusivo de éste y otras bebidas alcohólicas. Señala también la existencia de una organización social común, donde el papel de la familia patrilineal, como ámbito en que se desenvuelven mayoritariamente las conductas, y de las mujeres, en la adquisición, preparación y consumo alimentarios, son más o menos homogéneos en el contorno del Mediterráneo. En otro sentido, se produce también una básica comunidad de técnicas e ingredientes que incluye desde las preparaciones de verduras y hortalizas frescas, a la presencia masiva de cereales y algunas legumbres, pescado de mar, quesos y lácteos, frente a un aprovechamiento exhaustivo, basado en técnicas culinarias laboriosas, de menores cantidades de proteínas cárnicas. Según el autor no se extiende de un modo tan general el uso del aceite de oliva y otras grasas vegetales. Como última caracterización, se señalan ciertas semejanzas en los gustos culinarios, entre los cuales destacan: la preferencia por la textura crujiente, crocante o dura en los dulces, pan, pastas y arroces respectivamente; el crujido y el frescor de las verduras y frutas consumidas frescas, el yogur y las hierbas (hierbabuena, cilantro, hinojo); el recurso a los aromas de estas hierbas y no otras especias más intensas y de procedencia exterior; una fuerte presencia en el registro de lo ácido (vinagre, cítricos) y agridulce, etc. Isabel Conzález Turmo, en el segundo trabajo incluido en el libro, «El Mediterráneo: Dieta y estilos de vida» (pp. 29-49), pretende también, tal como se indica en el título, hacer una contribución a la caracterización del supuesto estilo alimentario común que, según la autora, es uno de los elementos que con más claridad definen la «cultura mediterránea» (p. Se dan así las referencias a un medio físico que ha producido escasez y necesidad de adaptación, y, de acuerdo con esto, se van repasando los consumos de carne, pescado, hortalizas, etc. y la introducción de cultivos foráneos. También se examinan otros elementos como la división del trabajo, los horarios, las redes sociales y la comensalidad, las transformaciones producidas por la emigración interna y externa y, finalmente, por los cambios en el mercado. No obstante, la cuestión es que, por los materiales descriptivos y de campo que se aportan, la sensación es de que se extrapola en exceso al Mediterráneo lo que realmente es en exclusiva de procedencia andaluza. El resultado es que la autora no consigue dibujar un panorama bien definido en todos sus aspectos; es decir, no llega a proporcionar una imagen más o menos unitaria del tema propuesto, la dieta y los estilos de vida en el Mediterráneo, pero tampoco de ningún grupo o estilo concreto y representativo, dado que lo que se presenta es una enumeración de aspectos que no llegan a integrarse ni describir una conducta alimentaria con todas sus implicaciones. El trabajo de Pedro Romero de Solís, «La religión y los alimentos en los textos sagrados mediterráneos: a propósito del consumo de carne» (pp. 51-91), se ocupa del papel que ha jugado la religión a la hora de ordenar el uso de un bien, la carne, que en el Mediterráneo ha sido siempre escaso y, por tanto, constante el peligro de agotarse. Por eso los animales siempre han sido de los dioses y el consumo de carne aparece ligado a la «institución social del sacrificio». Con esta hipótesis se estudia la relación dioses-ganado en los textos clásicos griegos. Odisea e Ilíada; la función directa sacerdotes-sacrificio-consumo de carne entre los judíos, a través del análisis de textos del Levítico, y el mismo complejo en el Islam utilizando el Corán que, al contrario de lo que pudiera parecer según el autor, suministra suficientes datos para avalar su tesis, a saber «que si la institución del sacrificio goza de una faz religiosa por la que permite el contacto de los hombres con sus divinidades tiene, a su vez, un envés social por el que regula y distribuye el consumo de carne» (p. En la parte final de su artículo. Romero de Solís se ocupa de mostrar cómo el rito sacrificial de animales tiene prolongaciones en Occidente -por la persistencia de las normas de sacrificio judías y musulmanas, por ejemplo-y, con esta idea, analiza una fiesta andaluza, celebrada en honor de San Roque, con toros corridos, sacrificado uno de ellos y comida su carne. Tras la exposición del desarrollo de los festejos concluye que la mayoría de las fiestas de toros celebradas en España tenían un contenido sacrificial (p. 86) y que, dada la abundancia de estas fiestas y que la dieta cotidiana no incluía el vacuno, las celebraciones con toros de muerte eran la ocasión principal del pueblo para comer carne de esta clase. Es decir, lo mismo que en Grecia, Israel o el mundo islámico; todas las religiones del Mediterráneo «pusieron no sólo el consumo sino también la distribución equitativa de la carne bajo la protección de la institución religiosa del sacrificio» (p. La variedad de enfoques y tipos de trabajos que caben dentro de la antropología de la alimentación se pone de manifiesto en el contraste que supone el artículo siguiente del libro, debido a Dominique Fournier, «Los alimentos revolucionarios: la llegada al Mediterráneo de los productos del Nuevo Mundo» (pp. 93-105). Es este un tema apasionante y además clave para comprender la famosa dieta mediterránea, pero dentro del cual, sin embargo, todavía es común encontrarse con tópicos o errores, y donde falta aún mucho trabajo por hacer, sobre todo de parte de antropólogos y etnobotánicos. El sugerente ensayo de Fournier trata de estudiar no solo la introducción de cinco plantas americanas (tomate, pimiento, patata, maíz y frijol), sino la diferente asimilación de los dos primeros. Hoy éstos están indisolublemente ligados a la dieta mediterránea y, por tanto, son alimentos identificativos, aunque secundarios, ya que se emplean como condimentos y no constituyen la ingesta básica o comida central. Por el contrario, las otras tres plantas, teniendo este carácter de alimento básico, «comida fuerte», no fueron aceptadas ni se introdujeron en la dieta de forma general hasta que los periodos de hambruna del siglo XVIII obligaron a ello. El artículo resulta atractivo, sobre todo porque introduce una perspectiva distinta, la antropológica, en un terreno, la historia de las plantas y los alimentos, que estamos acostumbrados a ver tratado desde un punto de vista más exclusivamente historicista o biologicista que culturológico. En cualquier caso, y aunque sea de forma secundaria, este trabajo pone en evidencia dos contradicciones claras en la definición de la cultura alimentaria de que estamos tratando. Teniendo en cuenta que algunos de sus alimentos más definitorios son americanos y que el país donde se cumplen sus parámetros más estrictamente es Portugal, que no forma parte del contorno de nuestro mar, bien podría denominarse «dieta atlántica» en vez de mediterránea. Más problemas para la posible definición de un supuesto modelo común de alimentación en el Mediterráneo se presentan en el texto, «Comida, cultura y biología: Comparaciones en un valle catalán» (pp. 107-129), de Helen M. Macbeth, única antropóloga bióloga que participa en el libro. Se presenta aquí el resultado, quizá algo preliminar, de un trabajo de campo corto e intensivo reali- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS zado en la Cerdeña, valle pirenaico dividido entre España y Francia, elegido precisamente por esta cualidad fronteriza para resolver uno de los problemas que se planteaban en el proyecto; a saber, si lo que influye más en la dieta es la identidad étnica que se aduce por parte de las comunidades que habitan el valle, o bien las costumbres nacionales vigentes en los dos países colindantes. De la cuantificación de las encuestas realizadas sobre el consumo de los distintos grupos y categorías de alimentos resulta que la supuesta igualdad de la comida, basada en la unidad ecológica y cultural y fuerte identidad étnica de la Cerdeña, queda desmentida por los datos cualitativos de la nutrición. La segunda cuestión que aborda la investigación de H.M. Macbeth, se refiere a si la dieta mediterránea es beneficiosa para la prevención de enfermedades cardiovasculares, y tampoco encuentra una respuesta ni definitiva ni satisfactoria. En principio la autora se pregunta por qué los antropólogos hablan del Mediterráneo: «El Mediterráneo es un mar y, que yo sepa, salvo que se viaje en barco, nadie vive en el mar...»(p. Aunque, en este caso, esté dicho de una manera algo pedestre, la supuesta unidad cultural de esta área ya ha sido puesta en cuestión también por otros antropólogos socioculturales. Aquí, las objeciones se refieren a que se pretende abarcar bajo una única categoría demasiados territorios dispares y dietas muy variadas. Además, los resultados de la investigación indican que la parte española de la Cerdeña es más mediterránea en su dieta que la francesa, en cuanto que se consume más aceite, pescado y frutas, y sin embargo presenta un alto índice de enfermedades cardiovasculares. Seguramente, para aclarar cualquiera de las dos preguntas que se abordan en este artículo, hará falta una investigación de campo más larga y elementos de encuesta y cuantificación más complejos. En cualquier caso, lo que resulta claro, y de hecho H.M. Macbeth hace explícitamente un llamamiento a ello (p. 129), es la necesidad de comunicación entre todas las disciplinas que confluyen en el estudio de las conductas alimentarias y para ello lo primero, y no parece fácil, es encontrar un lenguaje común que comprendan mutuamente los científicos naturalistas y sociales. Una forma de trabajo clásicamente antropológica, centrada en una exposición etnográfica, está representada en el libro por la aportación de Aïda Kanafani-Zahar, «La conservación de los alimentos en el Líbano: el papel de las mujeres» (pp. 133-146). La necesidad de la conservación de alimentos en sociedades campesinas, relativamente autosuficientes y marcadas por un fuerte ritmo estacional, convierte en sumamente importantes, para la reproducción de las familias y las comunidades, los métodos y las personas encargadas de dicha función. En el artículo se hace un repaso de las distintas situaciones de la mujer en lo que respecta al acceso, gestión y control de los recursos alimentarios en distintas áreas del Magreb para exponer luego la importancia que tiene la realización, encomendada a las mujeres y llevada a cabo de modo cooperativo, de la mune. Bajo este nombre se agrupa un amplio conjunto de alimentos (cereales, legumbres, lácteos, carnes, frutas, etc.) tratados para su conservación mediante diferentes técnicas (fermentación, conservación en grasa, secado al sol, confituras, salmueras, etc.). El último de los trabajos incluidos, se debe a Salvatore D'Onofrio: «A la mesa con los muertos» (pp. 147-177) y nos vuelve a colocar en el importantísimo ámbito del simbolismo de la comida. Tomando como base la cocina siciliana y el famoso esquema del triángulo culinario de Lévi-Strauss, D'Onofrio propone en su trabajo una adaptación del triángulo asado-ahumado-cocido a una más compleja figura de tetraedro, donde lo frito, empanado, estofado y el famoso «jugo», conforman el campo semántico más elaborado de la cultura culinaria siciliana. Paralelamente, el carácter de representación otorgado a las prácticas culinarias es analizado en dos ocasiones privilegiadas para que los alimentos, su elaboración, presentación y consumo adquieran todo un valor de simbólico: el banquete nupcial y el funerario. En suma, lo que se obtiene de la lectura de la obra que se comenta es una visión multiple, rica y multiforme de muchos de los aspectos, factores y enfoques que pueden intervenir en un hecho tan complejo como es la alimentación humana. Nos sugiere y deja ver algunas de las muchas implicaciones sociales, ideológicas, económicas y de todo tipo que penetran los gestos cotidianos que tienen como fin la nutrición, pero por otro lado, nos indica lo lejos que estamos de poder encontrar las estrategias que reúnan a los distintos sectores que desempeñan algún papel en el conocimiento de la alimentación en sus elementos biológicos, económicos, históricos y antropológicos, y la dificultad que tiene la caracterización general de los hechos sociales y culturales según los parámetros de las ciencias naturales. Me temo así que las posibilidades de definir concretamente en qué consiste la dieta mediterránea no sean mayores de las que hay para superar la controversia sobre la existencia real de una cultura mediterránea.
Un peculiar género literario.-Sólo unos pocos incautos pueden creer que la Ciencia conserva en la actualidad el valor y la estimación pública que llegó a alcanzar hace tan sólo unas décadas. Más que deducir este dato de las declaraciones de sus protagonistas, poco fiables si se quiere por interesadas, lo obtenemos al comprobar la importancia que ciertas actitudes están adquiriendo dentro de la comunidad científica. La creciente atención que el investigador profesional dedica a convencer al gran público del valor e interés de su disciplina particular y a hacerlo además en unos términos que el hombre común entienda, lo ilustra a la perfección. Aunque es cierto que aulas y laboratorios siguen repletos de una audiencia hipotéticamente interesada todos sabemos que el protagonismo ya no recae sobre el profesional de la ciencia, sino sobre ese espectador cuya presencia no puede permitirse el lujo de perder. Este escenario parece el responsable mediato de la reaparición de un género literario que intenta combinar en un digesto asequible la divulgación científica con la vindicación de alguna disciplina particular. Victor Clube y Bill Napier nos ofrecen en su Invierno Cósmico un ejercicio de divulgación protesta que contiene prácticamente todas las notas estilísticas del género. La influencia que el entorno cósmico ejerce sobre nuestro planeta es discutida desde las tesis de un catastrofismo poco usual que se presenta como una auténtica y genuina revolución en ciernes. Y como a tan alto fin le corresponden unos medios no menos elevados, nada impide que sea la simulación de un impacto meteórico cataclísmico el que excite nuestra imaginación y la predisponga desde las primeras páginas de la obra a recibir una cascada de argumentos supuestamente convincentes. Para ello no resulta excluida ninguna teoría en particular, todas pueden aportar sus propias evidencias para poner de manifiesto la realidad de un problema que, eso sí, sólo una de estas disciplinas es capaz de resolver adecuadamente. Nos referimos, cómo no, a la astronomía y más en concreto, a lo que nos atreveríamos a bautizar como astronomía catastrófica. Es en este carácter pretendidamente erudito donde mejor se aprecia cómo la reivindicación se impone sobre los preceptos de la buena divulgación poco proclive a ejercicios de síntesis de proporciones tan notables. Podemos imaginar la angustia del traductor, M.A. Sellés, sometido a una continua labor de documentación derivada de la prolija cascada de citas no limitadas por niguna constricción disciplinar. Esto, unido a una redacción a veces tortuosa del original inglés hace de la edición española un ENSAYOS trabajo notable poco apetecible para cualquier traductor que aprecie su ocio por encima de su dedicación: por fortuna no es el caso de M.A. Sellés. Sobre estas imposiciones estilísticas vemos alzarse un obra cuyos peores defectos residen no tanto en sus tesis, atractivas y excitantes las más de las veces, sino en una intencionalidad excesivamente pujante en la hilatura interna de sus argumentos. ¿Pero quién puede decir hoy en día que sus razones están completamente al margen de sus intereses? La tesis y las fuentes.-Hace algo más de una década que el catastrofismo viene marcando las grandes líneas de investigación en Ciencias de la Tierra. No es preciso por tanto disponer de una gran cultura para asociar un elemento como el iridio -de utilidad menos conocida-a un fenómeno tan notable como el supuesto impacto cometario que precipitó la última de las grandes extinciones de especies vivas. Este modelo de intervención cósmica se caracteriza por su excepcionalidad, magnífico efecto, capaz de afectar de forma casi instantánea todos los aspectos del equilibrio planetario, y finalmente, por una probabilidad cíclica de período extraordinariamente largo. Se trata pues de un género de catástrofe compuesta por episodios aislados de inmensa repercusión aunque sumamente raros -admitiéndose períodos que oscilan entre los 50, 30 y 15 m.a.-La tesis que Clube y Napier sostienen en esta obra -apoyada en parte sobre su anterior The Cosmic Serpent-consiste en sobreponer un catastrofismo atenuado sobre el modelo episódico mencionado de tal modo que resulte posible extender el paradigma catastrofista a períodos de tiempo muchísimo más cortos. Dicho de forma considerablemente menos política, su tesis pretende hacer uso del temible efecto del medio cometario circundante para explicar ciertos fenómenos y periodicidades apreciables en la evolución de la civilización desde su mismo nacimiento, y, aunque nos pueda parecer excesivo, de ese mismo nacimiento. La magnitud y vehemencia de muchas de las afirmaciones defendidas en esta obra siembran la duda acerca de cuál es la explicación y qué es lo que debe ser explicado. Si en última instancia lo que se desea es implicar a todo trance la conducta de nuestro entorno celestial en los asuntos humanos, entonces parece evidente que es el primero el que acabará adoptando el aspecto caótico y turbulento del pulso de la civilización aunque sin llegar, claro está, a desbaratar todo progreso. El catastrofismo moderado que se postula adquiere finalmente la conducta de un Olimpo cuyos habitantes divinos son responsables tanto de la llama de la civilización como del fuego que destruye sus excesos. Desgraciadamente, no nos hallamos en condiciones de juzgar si las causas naturales en que se apoya la hipótesis catastrofista de Clube y Napier son sufientemente sólidas como para sostenerla de forma independiente. El poco espacio dedicado a su defensa así como el presumible carácter técnico de las mismas deja ese juicio al alcance tan sólo del experto avisado de tales desarrollos. Sea como fuere, es el tránsito del Sol a través del brazo de la galaxia en que orbita el que genera la marea responsable de los desequilibrios periódicos en la nube cometaria que circunda nuestro sistema. Esa marea provocaría tanto la colisión de grandes cuerpos con la Tierra -impactos cataclismi eos de ciclo largo-como la fragmentación de otros hasta formar un enjambre de bólidos y polvo cósmico. El tránsito de la Tierra a través de uno de esos enjambres se produciría de acuerdo con períodos de ciclo corto y tendría el efecto de una fuerte actividad de impactos de menor cuantía repartidos a lo largo de varios siglos. Esos impactos, junto con la continua deposición de polvo cósmico, provocaría tanto una actividad meteórica apreciable como un enfriamiento considerable del clima -debido a la absorción lumínica imputable al polvo circundante. Esa combinación de factores ofrece el tipo de efecto que permite defender las tesis de un catastrofismo de dimensiones culturales. Por peculiar que nos pueda parecer, la tesis de un catastrofismo tal no tendría por qué resultar implausible en un momento en que el catastrofismo, como doctrina general, es bien aceptado. Pero en lugar de trabajar esa sutil disposición del juicio, Clube y Napier cruzan de un salto las fronteras de la divulgación y la apología científicas para buscar auxilio en la mitología y en la interpretación de los relatos de la Historia. Toman asiento así junto a los mitólogos y arqueólogos esotéricos que durante estas últimas décadas han reconstruido la Historia antigua hasta hacer de ella un relato de ciencia-ficción en la que la visita extraterrestre, entre otras cosas, se interpreta como la norma. Pero cada cual elige sus compañeros de viaje y a nosotros nada nos queda decir salvo preguntarnos por las razones de una decisión tan poco oportuna. Tal vez Clube y Napier hayan minimizado la dureza con que se disputa el monopolio de la explicación del mito y los relatos que acompañan la fundación de las antiguas religiones. Pero si el esoterismo y su entorno es fuente de malas compañías, la antropología cultural lo es de malos enemigos. Es una causa difícil, por tanto, buscar en relatos tales como la invasión de los herciclidas la representación mítica de un episodio de bombardeo cósmico, ni en postular que la caída del Imperio Medio a manos de los hicsos pueda guardar relación con uno de esos mismos acontecimientos celestiales. El peor defecto de esta obra es posiblemente su radical equívoco en cuanto al tipo de tesis que debe sumar en su favor. Una reconstrucción naturalista del mito, incapaz de ver en ese fenómeno nada distinto del relato impreciso de fenómenos expresamente observables, no da noticia de un razonamiento abierto a realidades ajenas a un empirismo de poca monta. Sugerencias y provocaciones.-Si se hubiese dejado a un lado el detalle de los acontecimientos renunciando a explicar cualquier crisis de civilización o cualquier relato mítico en el que aparezca mención a cielos e infiernos, la tesis catastrofista expuesta habría conseguido parte de lo que parece su intención: provocar a la comunidad con hipótesis dignas de estudio. Uno de los electos del tránsito terrestre a través de la nube cometaria en período de actividad sería mostrar, según nuestros autores, un cielo nocturno de características muy distintas al actual. Junto con la Vía Láctea se apreciaría una banda iluminada por la reflexión imputable al polvo cósmico ubicada en la franja zodiacal. Esa franja se vería transitada por bólidos de temible apariencia y de periodicidad indeterminada. Todo ello configuraría una realidad natural poco sometible a regularidades y manifiestamente dispuesta a intervenir por medio de signos y grandes prodigios. A este cielo antiguo le seguiría uno nuevo esencialmente inactivo en el que la banda zodiacal sería poco observable y en el que los planetas habrían pasado al primer plano del protagonismo. Este tránsito se habría confirmado ya en la época clásica del pensamiento griego y continuaría hasta nuestros días. El nuevo cielo correspondería a un tipo de realidad natural bien dispuesta ante la regularidad de los fenómenos, básicamente no intervencionista y capaz por tanto de dejar a la razón un campo de progreso ocupado antes por el relato de acción-las apariciones de bólidos en la franja zodiacal-y el desentrañamiento de la voluntad de los dioses. Ese tránsito alcanzaría su máximo esplendor con Newton cuyo universo es, pese al reconocimiento de los cometas, un medio estéril que deja los asuntos humanos a la actuación de causas y motivaciones sólo humanas. Este vertiginoso proceso de la razón sólo ha empezado a verse alterado en los albores de la era espacial al descubrir un entorno cercano mucho más complejo y activo de lo esperado. Es nuestra impresión que todas estas tesis podrían haber sido defendidas con mucha mayor eficacia desde una posición mucho más serena y relajada. Si las consideramos en su valor intrínseco apreciamos que su capacidad para suscitar interés queda mermada por la sistemática sobreactuación que Clube y Napier les imponen a lo largo de esta obra. Una vez más la pregunta es ¿por qué? -Como ya hemos dicho, el principal defecto de esta obra es imputable a su tono más que a su contenido. La insistencia por acaparar instancias confirmatorias, la continua advocación salvifica con que se celebran sus conjeturas hacen pensar en una manifiesta campaña de sensibilización llevada con la ingenuidad que sólo los científicos profesionales son capaces de mostrar. Por ello resulta pertinente mencionar que tanto Clube como Napier pueden ser identificados como astrónomos ligados al más alto nivel al Real Observatorio de Edimburgo hecho que, a nuestro juicio, influye decisivamente en el tipo de problema planteado en la obra. Un repaso distanciado de sus contenidos provoca la intensa impresión de que el mal descrito adopta las características propias del remedio disponible. Resulta así que la mirada que el astrónomo profesional puede lanzar a los cielos tiene la textura precisa para prevenir o al menos avisar de un tipo de desastre imperceptible para vocaciones más populares. Ni las Ciencias de la Tierra, preocupadas en los cataclismos de nuestro subsuelo, ni la pujante y atractiva astrofísica, sólo atenta a efectos de magnitud inconcebible, pueden atender las demandas de un riesgo inherente, según Clube y Napier, a nuestra presencia en los cielos. Esta reivindicación de la tarea del astrónomo ha sido guiada de forma tan inexperta que a despecho de las insinuaciones y tesis valiosas contenidas en la obra apenas podemos tomarla como algo más serio que un síntoma, y uno preocupante, del estado actual de la ciencia profesional de envergadura.
Este ambicioso estudio se refiere a una temática, la de la prostitución en la época contemporánea española, que hasta no hace mucho tiempo apenas si había sido abordada por la historiografía, aunque sí desde otros enfoques como el de la medicina, la moral, etc. Afortunadamente este vacío comienza a verse rellenado desde perspectivas disciplinares muy diversas, como el derecho, la historia de la literatura, de género o la historia de la sexualidad, que a su vez formaría parte de una historia social renovada e integradora, en la que el autor se propone inscribirla, sobre la que, por desgracia, poco conocemos todavía por lo que respecta a la España contemporánea, pese a estudios muy valiosos, como el de F. J. Vázquez y A. Moreno Mengíbar. Dicha inserción está muy presente en los planteamientos metodológicos de Guereña, aunque sus propósitos se vean en buena medida limitados por la naturaleza de las fuentes disponibles que consisten sobre todo en los reglamentos municipales de la prostitución o en la desigual documentación existente acerca de su aplicación. Son más ricas, en cambio, pero más escasas, otro tipo de fuentes, de carácter literario o autobiográfico que en las ocasiones en que tiene oportunidad de hacerlo, el autor maneja con gran agudeza, como por ejemplo, a la hora de enfocar los burdeles como un espacio peculiar de sociabilidad. Pero en todo caso, la obra que aquí se reseña es admirable por su rigor histórico, su enorme erudición y la valentía que supone adentrarse en un tema de naturaleza escabrosa y por eso mismo, vedado hasta hace poco por la censura y el pudor hispánicos. Es un libro que da la medida de la capacidad de trabajo y de la pluralidad de saberes e informaciones que el hispanista Jean-Louis Guereña ha logrado acumular en su dilatado contacto con la historia contemporánea española. El libro se centra en lo que su autor no duda en calificar como la «edad de plata de la prostitución reglamentada», desde el primer reglamento contemporáneo fechado en Zaragoza en 1845, hasta prácticamente 1956 en que se retorna a una legislación abolicionista (con el paréntesis 1935-1941), que ya había estado formalmente en vigor desde el siglo XVII. Anteriormente, durante la Edad Media y parte de la Moderna, la prostitución había sido una actividad legal y regulada por los poderes locales y habría vivido su «edad de oro». Ahora bien, tras su abolición por Felipe IV, en el clima de «reformación de costumbres» inspirado por los jesuitas, una serie de factores van a poner de nuevo sobre el tapete desde las últimas décadas del siglo XVIII, la conveniencia de su control y reglamentación, destacando en este sentido los argumentos de Francisco Cabarrús y del médico Antonio Cibat y, más adelante, los proyectos sanitarios del Trienio Liberal. ¿Cuáles eran esos factores? La creciente visibilidad de la prostitución callejera; la propagación de las enfermedades venéreas, acentuada en coyunturas como la Guerra de la Independencia; la influencia de los criterios higienistas o, también la función de válvula de escape para la fogosidad masculina que, desde los planteamientos de la nueva moral sobre la familia burguesa debería desempeñar una prostitución controlada y reglamentada y que de no existir podría hacer proliferar los ataques contra la virginidad de las jóvenes honestas así como espectáculos intolerables para las familias. La prostitución, pues, pese a ser enfocada como un hecho censurable, como un mal social, debería ser tolerada, aunque sometida a control para así prevenir consecuencias mucho más graves. Ello se compaginaba, no obstante, con un rechazo y un desprecio radicales hacia las mujeres que se dedicaban a esta actividad. El reglamentarismo, como lo califica el autor, ya venía delineado con claridad en sus aspectos esenciales en los proyectos citados: así, el retorno de las antiguas mancebías, en tanto únicos espacios tolerados para el ejercicio de la prostitución, como pedía Cabarrús en sus Cartas, o el empadronamiento, la vigilancia periódica de las prostitutas, la posesión de una cartilla sanitaria y en definitiva, un control constante por parte de las autoridades, como proponía el también afrancesado Cibat en su Exposición. Estas medidas de control fueron también recogidas en el Proyecto de Reglamento general de Sanidad de 1822, elaborado por la comisión de salud pública de las Cortes, aún cuando no llegaba a proponer el restablecimiento de las mancebías. Estas propuestas, sin embargo se revelaron como prematuras, y la prostitución siguió siendo enfocada como un delito contra la moral pública y que como tal era competencia de la policía, debiendo procederse al encierro o expulsión de quienes la practicaban. Pero la extensión de las enfermedades venéreas y la corriente reglamentista imperante desde hacía tiempo en otros países, como Francia, y de la que se tenía cumplida noticia (así, del libro de Parent-Duchatelet sobre la prostitución en París) hicieron surgir propuestas de policía médica en las décadas de 1830-1840, la cuestión de la prostitución y de su reglamentación se debatió en varias Academias de Medicina y se entablaron polémicas a favor o en contra como la que mantuvieron Pedro Felipe Monlau y Juan Magaz y Jaime. Es significativo, por otra parte, del cambio de actitud que lentamente se estaba operando, el que el Código Penal de 1848, no persiguiese específicamente la prostitución, señalando su inspirador, Joaquín Francisco Pacheco que esa era más bien cuestión de reglamentos y ordenanzas. Entre tanto, algunos jefes políticos, como Pedro Sabater, en Madrid, optaron, antes que por la represión, por la concentración de las prostitutas en algunas calles o barrios, lo cual facilitaría su control y vigilancia. En sucesivos tanteos y de forma insegura y no siempre coordinada, la reglamentación se abrió finalmente paso durante el reinado de Isabel II, a partir de lo que Guereña considera el primer ejemplo contemporáneo, las Disposiciones adoptadas en 1845 por el gobernador de Zaragoza, Antonio Oro, para la vigilancia de prostitutas y encubridoras. Unas medidas que conllevaban el establecimiento de una matrícula, el nombramiento de cuatro médicos encargados de las revisiones, el control de los movimientos de las prostitutas y el pago de una cantidad por visita médica, todo lo cual anunciaba ya el sistema de higiene especial que se implantará en España desde el Bienio Progresista. Ese ejemplo fue seguido pronto en Madrid, con el prolijo reglamento redactado a instancias del gobernador Patricio de la Escosura, pero que reflejaba, muy probablemente, los criterios del Consejo de Sanidad del Reino. Entre tanto, es significativo que la prostitución reapareciera como tema literario en la novela de folletín y en los artículos costumbristas, al tiempo que hay constancia de la circulación de novelas clandestinas, como Las putas y alcahuetas de Madrid o la tripona en las que, entre otras informaciones, se proporcionan datos sobre los gustos sexuales de la clientela. El hecho de que devenga materia novelable revela la importancia social que estaba adquiriendo el tema de la prostitución. Pero fue sobre todo a partir del Bienio Progresista, como ya se ha dicho, cuando arrancó definitivamente la reglamentación, perfilándose medidas como el registro de prostitutas, las visitas sanitarias obligatorias, la acotación estricta de estas prácticas a un espacio vigilado; el sometimiento de las casas de citas a unas exigencias de localización, funcionamiento, horarios, discreción exterior, entre otras; el pago de unas tasas por el ejercicio de la actividad, etc., que Guereña estudia a partir de las distintas normativas que se aplicaron en Madrid (destaca, sobre todo, la de 1865, que se convirtió en referencia obligada para las de otras ciudades), pero también en provincias, donde se detiene particularmente en el caso gaditano, uno de cuyos reglamentos, el de Jerez de 1855, estuvo inspirado por el fourierista Ramón de Cala. La noción de higiene especial, aunque aparecida ya en 1865, se popularizó a partir del Sexenio Democrático como eufemismo médico para designar la prostitución sin nombrarla directamente y estuvo en vigor en el lenguaje administrativo hasta 1918, en que fue reemplazada por la de profilaxis de las enfermedades venéreas. En todo caso, su uso parece marcar un ascendiente mayor de los médicos higienistas sobre las autoridades policiales en el tratamiento de la prostitución, una orientación por otra parte avalada por las recomendaciones de los congresos médicos internacionales. Independientemente de ello, la competencia sobre estos servicios de higiene especial -que, no debe olvidarse, eran una fuente importante de ingresos, de contabilización muy opaca-, se la disputaron los ayuntamientos y los gobiernos de provincia, siendo municipalizados durante un breve tiempo, 1889-1892, por iniciativa del liberal Trinitario Ruiz Capdepón. Pese a lo efímero de la medida, tuvo la virtud de generalizar definitivamente el sistema reglamentista, adoptándolo municipios que hasta entonces no lo habían hecho. Pero lo que no terminaba de abrirse camino era una norma de carácter general que uniformizase los distintos servicios existentes, aunque esta carencia se corrigió desde 1908, con el Reglamento provisional de higiene de la prostitución. También se creó, aproximadamente por esa misma época, una brigada especial de la policía para vigilar el cumplimiento de los reglamentos y disposiciones de higiene especial. No entraremos aquí, pese a la riqueza de datos que maneja el autor, en lo que denomina la «cronología y geografía reglamentaristas» en este periodo que va del Sexenio Democrático a la II República, pero sí señalaremos dos aspectos interesantes en el estudio de esta larga etapa como son el acercamiento a una sociología de las prostitutas y la relevancia que adquiere como tema literario la prostitución en el naturalismo español. En efecto, para la escuela naturalista influida por Émile Zola, la prostitución se convirtió, como dice Guereña, en «materia novelable, sin tapujos ni eufemismos». El recurso a esta temática por los López Bago, Sánchez Seña, Vega Armentero no puede separarse del auge coetáneo de las colecciones de divulgación sexual o del desarrollo de una literatura erótico-pornográfica clandestina. A poco de consolidarse el sistema de higiene especial, empezó a abrirse paso en España la voz, muy minoritaria, de quienes rechazaban esa legalización de hecho de la prostitución. Se trata de un tema apasionante y uno de los capítulos del libro más sugerentes y donde se pone de manifiesto mejor la erudición del autor. El abolicionismo fue impulsado en Europa por la feminista protestante Josephine Butler, teniendo como argumentos principales la ilegalidad, incluso inmoralidad del reglamentarismo en un estado de derecho, la profunda injusticia que comportaba hacia la mujer, su ineficacia en los planos sanitario y moral o, en fin, la voluntad de erradicar el problema venéreo mediante una legislación que atajara sus causas y también por medio del acento puesto en la educación moral de las prostitutas. Estas doctrinas se beneficiaron, para su introducción en España, de la red de pastores protestantes, a menudo extranjeros (aunque también españoles, como Segundo Sabio del Valle), que se organizó tras la Gloriosa, y del apoyo de masones y republicanos (que también se implicaron en las paralelas campañas de la abolición de la esclavitud), especialmente desde la llegada al poder de Sagasta, en 1881, gracias a los cuales pudieron crearse secciones españolas de la Federación de J. Butler. Pocas mujeres hubo en estos primeros pasos del abolicionismo español, pese a que Concepción Arenal mostró un vivo interés por el movimiento y a que los núcleos pioneros de la Federación fueron impulsados por una aristócrata suiza de origen español, seguramente Julia Hellwig. Con posterioridad a estos esfuerzos encontramos una vertiente oficial del abolicionismo, consistente en el Patronato para la represión de la trata de blancas, creado en 1902 bajo los auspicios de la reina regente y en cuya junta directiva sí había numerosas mujeres, pertenecientes casi todas a la aristocracia. Sería no obstante durante la II República, aunque de forma efímera y sin pretender conseguir unos resultados tangibles, cuando se decretó, en 1935, la supresión de toda forma de reglamentación y se declaró ilícito el ejercicio de la prostitución como medio de vida. Pero las cosas siguieron «exactamente igual que si no se hubiera publicado el Decreto». La Guerra Civil supuso un recrudecimiento de la prostitución, ante el que poco valieron medidas abolicionistas como la citada. Pese a ello en el bando republicano, junto a un mayor protagonismo de la mujer y una relajación de la moral tradicional, que incidió sobre los comportamientos sexuales, se adoptaron medidas, tanto contra las enfermedades venéreas, convertidas en uno de los mayores azotes del ejército republicano, como también, para acabar globalmente con la prostitución; y aquí Guereña cita la interesante, aunque utópica iniciativa de crear «Liberatorios de Prostitución», impulsada por la organización anarquista, Mujeres libres, pero que fracasó completamente. En la zona franquista también el sexo venal se practicó ampliamente, aunque con algunas particularidades como la existencia, en el frente, de una prostitución organizada según grupos étnicos o nacionales. Pero aquí no se reconoció el decreto abolitorio de 1935 y siguió funcionando de facto el sistema reglamentista, que se reimplantó oficialmente por un decreto de 27 de marzo de 1941. Así, como en otros planos relacionados con la moral sexual o con el papel asignado a la mujer, se retornó a modelos tradicionales, surgidos en el siglo XIX, que reafirmaban la división natural de roles entre los dos sexos y en donde el burdel jugaba un papel esencial de cara a la estabilidad de la familia cristiana y a la preservación de la virginidad femenina (máxime en una coyuntura en que predominaban los noviazgos largos). El autor aporta interesantes detalles sobre la proliferación de la prostitución en los negros años de la postguerra, hasta llegar a 1956, en que, tras una breve campaña abolicionista impulsada desde medios católicos, el Gobierno abolió el sistema de la reglamentación, aunque ello no iba a suponer el fin de la prostitución, aunque sí su adaptación a una demanda que con el paso del tiempo requería de formas más modernas como barras americanas, masajes eróticos, etc., una transformación que llega hasta la actualidad y sobre la que Jean-Louis Guereña proporciona un breve apunte final. Hasta su jubilación, Roy Porter, el editor de esta obra, fue catedrático de Historia social de la Medicina en el Centro Wellcome Trust para la Historia de la Medicina del University College de Londres. Y falleció en el 2002, a los 55 años de edad, tras habernos proporcionado un número importante de aportaciones en el ámbito de la Historia de la Medicina y de la Historia de la Ciencia, que son bien conocidas entre los historiadores de la Medicina y de la Ciencia españoles. De sus numerosas publicaciones, algunas traducidas recientemente al castellano 1, cabe mencionar sus monografías y sus contribuciones como autor, editor, director o coordinador de varios volúmenes de Historia de la Medicina 2, siendo uno de ellos el que aquí se presenta. Este texto se publicó en 1996 en tapas duras y fue reeditado en igual formato en el año 2000, siendo su primera edición en rústica la que aquí se reseña. Por su contenido y características, la obra debe encuadrarse en el grupo de los libros de Historia de la Medicina muy generales y amplios. En ella, Porter, plenamente consciente del cuestionamiento sufrido por la Medicina en la segunda mitad del siglo XX a pesar de sus indudables aportaciones en dicho período, se plantea como objetivo principal mostrar el condicionamiento histórico de la Medicina a lo largo del tiempo. Con esta intención se da cuenta en ella de la tradición que arranca de la Grecia clásica, en la que surgió la primera Medicina científica y racional, se examinan las transformaciones operadas bajo el estímulo del Renacimiento y la Revolución científica moderna, se expone la remarcable contribución de la ciencia médica decimonónica y se finaliza señalando los grandes avances habidos en la pasada centuria, con la vista puesta en el futuro más inmediato. La fórmula elegida para efectuar este recorrido histórico ha sido la selección de diez grandes temas que son desarrollados en los diez capítulos que integran el volumen. Cuatro de ellos han sido redactados por R. Porter, y los seis restantes, por figuras de la talla de J. Pickstone, V. Nutton, E. Shorter, K. F. Kiple..., que cuentan con dilatada experiencia en la temática que abordan. El volumen se inicia con la aportación de Kenneth F. Kiple, que traza una historia de la enfermedad desde la Prehistoria hasta la actualidad, relacionando la aparición y desaparición de los distintos procesos morbosos con los diversos factores (conquistas, esclavitud, urbanización, alimentación, industrialización, estilos de vida) cambiantes que han ido operando sobre la humanidad a lo largo del tiempo. A través de este recorrido, Kiple va reflejando los diferentes modos de enfrentarse y reaccionar las sociedades ante cada nueva situación generada. Creo que es un acierto que el autor finalice su exposición recordando la transformación epidemiológica registrada en el siglo XX, y llamando la atención sobre las falsas expectativas creadas en los años setenta sobre la desaparición de las enfermedades infecciosas, que no sólo no se vieron cumplidas, sino que fueron sustituidas por un resurgimiento de estos procesos, que ha colocado en una situación especialmente grave a los países africanos. ----1 PORTER, R. ( 2002), Breve historia de la locura, Madrid, Turner; PORTER, R. ( 2003), Breve Historia de la Medicina. De la Antigüedad hasta nuestros días, Madrid, Taurus. 2 Sin ánimo de exhaustividad, y limitándonos al ámbito de la Historia de la Medicina, cabe citar las obras siguientes: GRANSHAW, L.; PORTER, R. En el siguiente capítulo, Vivian Nutton nos muestra cómo, a partir de la Medicina clásica griega, se configuró y desarrolló la Medicina científica occidental desde la Antigüedad clásica hasta la Edad Media, ocupándose tanto de lo relativo a su corpus teórico como al aspecto asistencial, así como de lo referente a la formación de los médicos y a los primeros pasos dados en la Edad Media para regular el ejercicio de la Medicina. A lo largo del texto Nutton pone de relieve la influencia que en todo ello ejercieron las religiones -cristiana y musulmana-, y el enorme peso que tuvo la peste. A continuación, R. Porter, desde una perspectiva constructivista, reflexiona sobre el concepto de enfermedad y los diferentes criterios que se han ido diferenciando y que han permitido definir y configurar la enfermedad desde tres ámbitos distintos y complementarios (biológico, psicológico y social), bajo la influencia de la Medicina y la Sociología. En el texto se subraya el papel que representó el cristianismo, y la relación del dualismo cartesiano con la visión objetiva y ontológica de la enfermedad que se impuso en la Medicina, y que implicó la desaparición del hombre enfermo en el siglo XIX. Ante esta situación, como señala Porter, la sociedad ha acudido a las Medicinas complementarias. El autor revisa también las diferentes interpretaciones causales de las enfermedades elaboradas por la Medicina a lo largo de la historia, y llama la atención sobre los efectos «estigmatizadores» que el proceso de «etiquetaje» del médico puede entrañar para el paciente. De hecho, Porter advierte de las negativas consecuencias que han tenido la medicalización de algunos procesos y la conversión de la Medicina en el brazo del Estado en el caso de los «disidentes» políticos. Edward Shorter, en el capítulo cuarto, muestra los cambios registrados en la atención prestada por los médicos de familia o generalistas desde el siglo XVIII hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en las transformaciones producidas en la relación médico enfermo. Sirviéndose casi exclusivamente de los casos de Gran Bretaña y Estados Unidos, Shorter expone las reacciones de los pacientes frente a las nuevas características del médico como hombre de ciencia, amante de la objetividad y del uso creciente de la tecnología, que rechaza la subjetividad. Me parece un acierto que el autor exponga el surgimiento en los años ochenta del siglo XIX del movimiento patient-asa-person como un modo de afrontar los médicos generalistas su práctica médica en un ambiente dominado por el nihilismo terapéutico. Desde este movimiento se optó por ayudar al paciente no con medicinas, que se consideraban «inútiles», sino mediante el apoyo psicológico brindado por dichos profesionales. Precisamente, el desdén mostrado por los médicos de la segunda mitad del siglo XX hacia esta medida y su mayor confianza en los recursos terapéuticos ha propiciado, según Shorter, la percepción social del médico como una persona arrogante y el aumento de demandas de mala práctica. El autor, sirviéndose igualmente de los casos de Gran Bretaña y Estados Unidos, señala las transformaciones operadas en la práctica médica de los generalistas con motivo del desarrollo del especialismo médico y del cambio de ubicación física de la consulta, así como la influencia ejercida por la implantación del NHS británico. En el capítulo quinto, R. Porter, continuando cronológicamente la exposición de Nutton, describe el proceso de constitución de la Medicina científica moderna y la configuración de la Medicina contemporánea, como respuesta a la insatisfacción generalizada a finales de la Edad Media frente a la Medicina galénica. A lo largo del texto subraya el papel representado por la Revolución científica moderna en el desarrollo de las distintas disciplinas que conforman la Medicina contemporánea y, relacionado con ello, señala la necesidad surgida de que la formación del nuevo profesional de la Medicina sea tanto médica como investigadora. R. Porter es también el autor del capítulo sexto en el que examina la evolución de las prácticas quirúrgicas y la asistencia hospitalaria desde la Antigüedad hasta nuestros días, señalando las estrechas relaciones entre cirugía y hospitales a partir del siglo XVIII -momento en que se materializó verdaderamente la reforma hospitalaria y se produjo el ascenso social y científico de los cirujanos-. Sirviéndose de los casos de Gran Bretaña y Estados Unidos, muestra los efectos que sobre la cirugía y la asistencia hospitalaria tuvo la Medicina decimonónica, así como las consecuencias derivadas de la incorporación de la alta tecnología a la práctica médica y del establecimiento del NHS británico. Con respecto a esto último, el autor llama la atención sobre su situación de crisis y el efecto de ésta en las características del hospital de los últimos decenios y del futuro. Miles Weatherall, en el capítulo siguiente, se ocupa del tratamiento farmacológico y del surgimiento y configuración de la Farmacología. Tomando como punto de partida los remedios de la Medicina mesopotámica y egipcia, y reflejando la importancia que tuvieron las aportaciones procedentes del Nuevo Mundo, traza el recorrido hasta la configuración de la Farmacología en el siglo XIX. En mi opinión, es un acierto que se ocupe de los efectos tóxicos de los fármacos, y que examine el creciente papel que están desempeñando los medios de comunicación social en el consumo medicamentoso. Sin embargo, creo que concede poco espacio a las terapias complementariasescasamente abordadas en el conjunto de la obra-, siendo positivo que llame la atención sobre los peligros de este tipo de terapias si sus efectos se suman a los de los tratamientos de la Medicina occidental. El capítulo habría quedado más completo si se mencionara el importante papel que están representando las farmacopeas de las Medicinas clásicas china e india como fuente y origen de un número importante de los medicamentos comercializados por las multinacionales farmacéuticas en los últimos decenios. La autoría del siguiente capítulo, dedicado a la enfermedad mental, corresponde también a R. Porter, que sabe plasmar su dilatada experiencia en este tema al mostrar la evolución registrada desde la tradición griega -artística y racional-hasta los años finales del siglo XX. Partiendo de las consideraciones sobre la «locura» de la tradición griega -artística y racional-, da cuenta del punto de inflexión que supuso el cristianismo, y, relacionado con ello, de la aparición de instituciones en los distintos países, en las que, como expuso Foucault, se habría llevado a cabo el confinamiento de los locos y dementes. Tras esta exposición panorámica del movimiento asilar en los distintos países, que incluye también una mención a las principales iniciativas españolas, Porter se ocupa del desarrollo y configuración de la Psiquiatría como disciplina, sin olvidar aspectos tan importantes como el desarrollo de las drogas psicotrópicas a partir de los años cincuenta de la pasada centuria y, en conexión con ello, del surgimiento del denominado movimiento de la Antipsiquiatría. Las relaciones entre Medicina, sociedad y Estado son exploradas por John Pickstone en el penúltimo capítulo del volumen que estamos reseñando. Desde la consideración de la Medicina no únicamente como conocimiento, práctica, arte de curar y cuidar, sino también como poder, el autor nos ofrece una historia de los poderes (médicos, pacientes, instituciones, compañías de seguros y farmacéuticas, gobiernos,...) en Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, a lo largo de las dos últimas centurias, reflejando ampliamente el efecto de ambas Guerras mundiales en aspectos tan importantes como la creación y desarrollo del NHS británico. El autor menciona igualmente el efecto que tuvieron el feminismo y las ideas de los años sesenta. La obra comentada se concluye con una «mirada hacia el futuro», capítulo que corre a cargo de Geoff Watts y en el que, teniendo en mente la paradoja que se está viviendo en los últimos años cuando conviven el optimismo terapéutico y, a la vez, una progresiva pérdida de prestigio social de la profesión médica y un aumento de las críticas y demandas, el autor nos da cuenta de la terapia génica, de la cirugía realizada por robots, del trasplante de tejidos fetales, de la incorporación del ordenador a la práctica médica, de las posibles implicaciones del conocimiento del genoma, de los dilemas que se están planteando en estos momentos con respecto al papel que la Medicina debería desempeñar en el tercer mundo, etc. Me parece acertado que el autor dedique la parte final del capítulo a señalar la reacción de los pacientes ante esta situación, mostrando cómo éstos han tratado de adaptarse mediante la búsqueda de la calidad de vida, el uso de las Medicinas complementarias y la creación de los grupos de autoayuda. Como vemos, a través del análisis histórico ofrecido en los diez capítulos que integran la obra que venimos comentando, la Medicina ha sido sometida a un examen casi microscópico, se ha dado cuenta de las fuerzas y poderes que han operado a lo largo del tiempo, reflejándose también las dudas, miedos, fracasos y la situación de crisis que se está viviendo desde finales del siglo XX, señalando las reacciones de la sociedad frente a ello. Complemento importante del contenido de esta obra son las numerosas ilustraciones, mayoritariamente en color, que incluye, la información adicional proporcionada en los recuadros, y los diferentes índices (temáticos, personalidades médicas, cronología, principales enfermedades humanas,...) que facilitan la lectura y enriquecen la obra. En suma, creemos que, a pesar de su sesgo anglosajón y de las pequeñas carencias señaladas, la obra comentada es un texto de referencia de la Historia de la Medicina, razón por la que, aprovechando la reciente iniciativa de traducir algunas de las obras de Porter, podía ser interesante su traducción al español para facilitar el acceso y hacer llegar su contenido a un público más amplio, integrado tanto por nuestros estudiantes de Medicina como por los que cursan Historia u otras titulaciones y están interesados en obtener un conocimiento acerca de todo aquello que esté relacionado con la salud y la enfermedad y la lucha llevada a cabo por las sociedades a lo largo de la historia. MARCOS CUETO, El valor de la salud. Historia de la Organización Panamericana de la Salud, Washington, DC., Organización Panamericana de la Salud (Publicación Científica y Técnica no 600), 2004, 211 pp. del dólar») y el logro de una influencia económica mantenida, en lugar del control político directo. El papel desempeñado por la United Fruit Company de Boston es uno de los ejemplos más característicos que pueden ponerse para ilustrar todo este proceso. Ahora bien, toda esta potente economía basada en el comercio exigía la modernización y la coordinación del control sanitario a nivel continental. En este sentido, Cueto nos explica cómo la aparición de las iniciativas sanitarias surgidas en ese momento hay que entenderlas en el marco de un panamericanismo emergente que, poco a poco, se irá institucionalizando. Walter Wyman, primer director de la Oficina Sanitaria Panamericana, planteó desde el principio, la necesidad de combinar la protección de la Salud Pública con el mínimo perjuicio de los intereses comerciales. Asimismo, insistió en la importancia de una reforma profunda de la sanidad marítima, integrada en el resto de las actividades portuarias. Esta última cuestión es de gran interés porque implicaba una concepción integrada de la sanidad exterior e interior, de modo que la higiene en los muelles no podía estar al margen de la higiene urbana de las ciudades portuarias. Se destacan en el libro dos ejemplos notables en este sentido: la labor del argentino Emilio Conti en Buenos Aires y la de Oswaldo Cruz en Río de Janeiro. A partir del segundo capítulo, el libro se centra más en lo que podemos llamar la historia institucional de la Organización. Aunque el autor no hace una periodización explícita de los cien años de sanidad panamericana, lo cierto es que se pueden diferenciar una serie de etapas marcadas por la gestión de los directores que se fueron sucediendo al frente de la OPS, siendo el hilo conductor de la narrativa que Cueto nos propone el estudio en profundidad de las Conferencias Sanitarias Panamericanas. El ya citado Walter Wyman y su sucesor Rupert Blue, ambos médicos militares estadounidenses, dirigieron una serie de Convenciones Sanitarias, las dos primeras en Washington (1902Washington ( y 1905)), seguidas de las de México (1907), San José, Costa Rica (1910), Santiago de Chile (1911) y, tras el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, Montevideo (1920). Marcos Cueto analiza con detalle los avatares organizativos de estas Reuniones, denominadas primero Convenciones y, más tarde, Conferencias; así como las discusiones planteadas, los acuerdos alcanzados, los problemas de salud que más preocupaban, en relación directa con los brotes epidémicos y con las endemias identificadas en cada momento. A partir de 1920, y hasta 1947, Hugh S. Cumming fue el tercer director de la Oficina Sanitaria Panamericana. Cueto dedica un interesante capítulo de su monografía a estudiar su perfil político y sanitario, así como su obra y los logros de la OPS durante su mandato. Salubrista mundialmente reconocido, Cumming relanzó el panamericanismo como un componente esencial de la relación entre los Estados Unidos y América latina en el contexto de la primera posguerra mundial, un momento crucial en la política expansionista del poderoso «vecino del norte». Una de las principales contribuciones de la OPS durante la década de los veinte, fue la elaboración del Código Sanitario Panamericano, fruto de los trabajos de la Séptima Conferencia Sanitaria Panamericana, celebrada en La Habana en 1924. Marcos Cueto identifica dicho Código como una de las «primeras y más notables contribuciones al reconocimiento de la salud como un derecho de todos los países y de todas las personas» (p. 58-59); analiza en profundad sus contenidos, destacando la precisión terminológica y el aporte de criterios claros para organizar la sanidad en los puertos y en las embarcaciones, así como la recomendación de elaborar sistemas eficaces de estadísticas vitales. Prosigue Cueto desgranando los contenidos de la Conferencias sanitarias celebradas durante los años treinta: Buenos Aires (1934) y Bogotá (1938). En la primera, me parece destacable el abordaje de problemas de salud no relacionados directamente con las enfermedades infecciosas o epidémicas, como los derivados de la altura en determinadas regiones andinas. El fisiólogo peruano Carlos Monge, que había creado un Instituto de Fisiología y Patología Andina en su país, consiguió que una de las resoluciones de la Conferencia de Buenos Aires fuera la recomendación, para los países en cuya geografía existiesen mesetas elevadas donde habitasen grupos de población, fundaran institutos especiales de fisiología y fisiopatología en relación con la adaptación del ser humano a la altura. Asimismo, muchos de los participantes en la Conferencia sanitaria, lo fueron también de la Segunda Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, con lo que cabe pensar la salud infantil entró de lleno en las inquietudes de los responsables sanitarios de América. En las Conferencias de Bogotá (1938) y de Río de Janeiro (1942), celebrada esta última en plena segunda Guerra Mundial, no solo se realizaron propuestas diseñadas por las élites científicas, sino que empezaron a apuntarse experiencias concretas de movimientos socio-sanitarios en los que la población participó activamente en la construcción de una salud comunitaria (como, por ejemplo, la experiencia de organización ciudadana de Puno, en el Perú, para luchas contra el tifus exantemático). Tras la Segunda Guerra Mundial, se producen, como es de sobra conocido, una serie de cambios importantes tanto en la correlación de fuerzas en el plano internacional, como en la política exterior y en las organizaciones supranacionales, con la creación de Naciones Unidas y, en el caso que nos ocupa, de la Organización Mundial de la Salud (OMS). La XII Conferencia Sanitaria Panamericana, celebrada en Caracas en 1947, estuvo dedicada al debate sobre si la OPS debía integrarse o no en la nueva institución sanitaria mundial. La postura de Cumming, contrario a la fusión, chocó frontalmente con la de Parran -jefe de la delegación norteamericana-que, siguiendo instrucciones de su gobierno, respaldaba los organismos especializados de Naciones Unidas. Tras enconados debates y sutiles negociaciones, que Cueto analiza de manera precisa y adecuada, se llegó al compromiso de que la OPS siguiera teniendo autonomía, pero con la consideración de «Oficina Regional de la OMS». Se iniciaba así una nueva etapa en la trayectoria de la OPS, que entre 1947 y 1959 fue dirigida por Fred L. Soper, doctorado en la Escuela de Salud Pública de la Johns Hopkins y funcionario, durante años, de la División de Salud Internacional de la Fundación Rockefeller. Durante su mandato, se produjo una mayor integración con la OMS. Son interesantes las páginas dedicadas a los intentos de coordinación y colaboración entre ambos organismos, o los intentos de la OPS de aumentar sus efectivos y mejorar la capacidad científica y técnica de los mismos, así como la creación de centros específicos de «excelencia científica» cuya actividad redundase en la salud de los pueblos americanos; así: el Instituto de Nutrición de Centro América y Panamá (INCAP), fundado en Guatemala en 1949, con apoyo de la Fundación Kellogg y la Fundación Rockefeller; o el Centro Panamericano de Fiebre Aftosa (PANAFTOSA), un proyecto de colaboración técnica entre la Organización de Estado Americanos (OEA), con la colaboración de la OPS y el Instituto Interamericano de Ciencia Agrícolas, con el apoyo del gobierno brasileño y de la FAO, que fue puesto en marcha en 1951. Sobre el funcionamiento de estos centros, sus objetivos y sus logros da buena cuenta Marcos Cueto en el libro que comentamos. Especial importancia en la época en la que Soper fue director de la OPS, fue la puesta en marcha de la «doctrina de la erradicación». Una suerte de luchas sanitarias de gran alcance, una de cuyas primeras experiencias fue la campaña de erradicación de la frambesia, una espiroquetosis endémica en Haití, llevada a cabo en los años cincuenta por el esfuerzo conjunto de la OPS, la UNICEF y el gobierno de Haití. Este modelo de lucha sanitaria, que Cueto explica con detalle, se aplicó más tarde a otras campañas, como la antimalárica, y constituye, sin duda, uno de los logros sanitarios más importantes de su época. Durante los años sesenta y setenta, la OPS siguió creciendo y afrentando nuevos retos sanitarios. La cada vez mayor complejidad de sus actividades hace que, a partir de este momento, el libro sea menos prolijo y más panorámico, pero ello no impide a su autor ofrecer una visión suficiente de ingente labor realizada. Es de notar que su quinto y sexto directores no fueron estadounidenses, sino latinoamericanos: el chileno Abrahan Horwitz y el mexicano Héctor Acuña y que la OPS adquirió una clara orientación socio-sanitaria encaminada, por un lado a establecer vínculos entre los programas de salud y el desarrollo socio-económico, y por otro, a involucrar a la participación de las comunidades en las actividades de salud. La década de los setenta, con la crisis de la guerra fría, la emergencia de movimientos populares y nacionalistas en todo el continente que cuestionaban la dominación y la dependencia internacional, supuso un momento decisivo en la configuración de nuevos modelos de salud. Así, el modelo de Atención Primaria de Salud, tras la declaración de Alma-Ata de 1978, se reveló como un conjunto de métodos y técnicas que podía poner al alcance do todos los individuos una serie de estrategias encaminadas a la mejora del estado de salud de la población. Independientemente del grado de desarrollo alcanzado por el modelo en los distintos países y de las críticas que puedan hacerse a la voluntad política -y la consiguiente inversión económica-para ponerlo en marcha, lo cierto es que los programas de la OPS derivados de la Atención Primaria de Salud facilitaron, de manera decisiva, la inmunización de amplios sectores de la población, consiguiéndose importantes éxitos en la lucha contra la viruela o la poliomielitis. Durante las últimas décadas del siglo XX, la OPS -la sanidad internacional en general-ha tenido que enfrentarse a nuevos retos epidemiológicos, económicos y administrativos que han supuesto una ruptura importante con anteriores paradigmas sanitarios: las enfermedades emergentes y re-emergentes (la epidemia de cólera en Perú en el año 91, el sida, la tuberculosis, etc.); así como las llamadas «reformas de los servicios de salud»; todo ello con el denominados común de la desigualdad. El eterno círculo vicioso entre enfermedad y pobreza, bien conocido por los historiadores de la medicina, aparece tras las últimas crisis del capitalismo extraordinaria nitidez; un circulo vicioso que se hace evidente tanto en la génesis misma del enfermar, como en el acceso de la población a los servicios sanitarios. La privatización y la drástica reducción de los presupuestos en salud y en políticas sociales, preconizados por el Fondo Monetario Internacional y por el Banco Mundial, sobre todo a partir de su Informe sobre el desarrollo mundial 1993. Invertir en Salud, hace que el papel de la OMS y de la OPS haya perdido influencia en un contexto internacional regido por el pensamiento neoliberal escasamente sensible al valor de la salud y la solidaridad. De este modo, las dificultades políticas con que tradicionalmente han tenido que enfrentarse los técnicos de las agencias internacionales de salud, cuyas recomendaciones han chocado en no pocas ocasiones con los intereses de los gobiernos y de las burguesías locales, se ven ahora dificultadas por otras instancias, también supranacionales, que controlan el actual Orden Mundial. Diversas voces se han alzado, desde el ámbito de la salud, contra esta situación: Giovanni Berlinguer, Milton Terris, Vicente Navarro, Asa Cristina Laurel, y un largo etcétera de autores, entre los que se incluye el que esto suscribe,...y, naturalmente, Marcos Cueto, quien, en las últimas páginas de esta excelente historia de la Organización Panamericana de la Salud, concluye que «En un continente marcado por enormes diferencias y contrastes la OPS y los trabajadores de la salud de sus países miembros han logrado afirmar este valor de la salud como una necesidad impostergable de mejorar las condiciones de vida, como un derecho humano fundamental, y como un requisito indispensable para la paz, la seguridad, la tolerancia y la solidaridad» (p. En definitiva, El valor de la salud es un aportación de gran interés a la historiografía médica internacional. Un libro en el que el autor, aun habiendo recibido el encargo de la propia organización historiada, ha sabido con profesionalidad y brillantez componer un ameno relato que no se ha limitado a ensalzar sus grandes e indiscutibles logros, sino que también ha puesto de manifiesto sus dificultades y contradicciones. Un libro, en suma, imprescindible para conocer la historia de la OPS, pero también para reflexionar sobre distintos aspectos históricos y teóricos de la salud pública. El estudio de la lucha antipalúdica viene a completar, de manera muy cabal, uno de los ámbitos de investigación histórico-médica que con más ahínco y decisión se han cultivado en España en los últimos tiempos: el de la historia de la salud pública y de las luchas sanitarias. La lucha contra la mortalidad infantil, la antituberculosa, antivenérea y antialcohólica, la higiene mental, laboral, etc., han sido objeto de diversos estudios que nos han permitido comprender mejor los avatares organizativos de la salud pública española, así como su proceso de afianzamiento como disciplina científica y como actividad profesional especializada. La última de esas actuaciones sanitarias, la intervención antipalúdica en España, es analizada en detalle por los autores de esta monografía que, más que un libro colectivo al uso, con capítulos independientes que intentan seguir un hilo conductor, constituye un corpus complejo y consensuado, fruto de una elaboración colectiva y suficientemente coordinada mediante la que se evitan redundancias, fragmentaciones o contradicciones. Además, como novedad historiográfica nada desdeñable, al estudio de la lucha antipalúdica en la Península se añade la preocupación de los autores por extender la investigación al contexto colonial africano (Marruecos y Guinea), ofreciendo una dimensión de la sanidad española tan desconocida como interesante. Los más diversos aspectos de la acción médico-social contra el paludismo quedan contemplados a lo largo de los siete capítulos del libro: Por un lado, en el plano de la organización y administración sanitaria, se analiza la creación de las diversas comisiones antipalúdicas que se van sucediendo entre 1920 y 1934, hasta la integración de la lucha antipalúdica en el Servicio Técnico de paludismo (en 1949) y, finalmente, los Servicios de epidemiología parasitaria (hasta la erradicación en 1963); asimismo, se dedican páginas muy interesantes al papel de los dispensarios, verdaderos observatorios contra el paludismo, y su extensión y funcionamiento desde la «experiencia piloto» de Talayuela en 1920-22. Por otro lado, el manejo terapéutico y profiláctico con quinina y con fármacos sustitutivos y la higiene ecologicida -la lucha contra el vector-, son recogidas y analizadas en profundidad, poniendo de manifiesto las distintas estrategias utilizadas a un nivel u otro de la cadena de transmisión. Son muchos los datos aportados en la obra que comentamos, y profundo el análisis que se hace de ellos. Lo que conviene, por encima de todo, es leer el libro, por eso no haré una descripción más o menos detallada de sus contenidos, sino una somera exposición/reflexión de lo que, en mi opinión, aporta de manera más notable a la historiografía médica En primer lugar, al contrario que la tuberculosis, más ligada al proletariado urbano, el paludismo era una enfermedad rural que afectaba a amplios sectores del campesinado de la España latifundista; no es de extrañar que la actuación sanitaria contra la enfermedad se viera retrasada por esta circunstancia y que las primeras propuestas de intervención profiláctica o de tratamiento masivo con quinina se produjeran en el marco de unas coordenadas socio-económicas muy precisas que tenían que ver, precisamente, con la «modernización del latifundismo». La campaña antipalúdica española supuso el comienzo de la sanidad rural, concretada y ejecutada de manera parcial durante la segunda República y cuyo modelo se mantuvo durante el primer franquismo. En segundo lugar, la campaña antipalúdica es la primera de las llamadas «luchas sanitarias» donde se reconoció el papel central de la formación especializada, a cuyo desarrollo se ajustó la dotación de plazas; formación en la que el laboratorio (parasitología, hematología) resultaba imprescindible, como el espacio técnico y científico garante de la ulterior acción sanitaria. Fue tam-bién la primera de las luchas médico-sociales que se incorporó a la Dirección General de Sanidad y la única iniciativa de la Sanidad central que fue bien vista por la Fundación Rockefeller. Es muy posible que todo ello se debiera al carácter eminentemente científico de sus «patronos» y responsables, cosa que no ocurrió en otras luchas sanitarias, en cuyos patronatos -el antituberculoso, por ejemplo-figuraban miembros de la aristocracia y de la alta burguesía con intereses financieros. Además, lejos de la retórica, el diletantismo y el discurso moralizador presente en otras campañas, la antipalúdica se caracterizó por una serie de decisiones de intervención que se adoptaron sistemáticamente a partir de criterios epidemiológicos (demográficos, situación de la endemia, riesgo de epidemia, etc.), buscando siempre la colaboración de las autoridades y los médicos locales. Una de las muchas virtudes del libro es la hábil integración a lo largo de toda la narración de hechos, escenarios y actores. Es obvio que la evolución de las estrategias antipalúdicas en España estuvo condicionada por los avances científicos y técnicos, pero también por los intereses de los profesionales y por determinantes económicos, políticos y sociales. Pero también tuvo nombres propios: Gustavo Pittaluga y Sadi de Buen son, sin duda, los pioneros y, en buena medida, artífices indiscutibles de la lucha antipalúdica en España, cuya labor y dedicación es reconocida y analizada por los autores de esta monografía. Igualmente, se agradece que la investigación realizada no se detenga en el año 1936 o en el 1939, como hace buena parte de la historiografía médica española del siglo XX, sino que se prolongue hasta los años sesenta, llegando al momento de la erradicación de la malaria en España. El estudio de la lucha antipalúdica durante el franquismo permite a los autores establecer diferencias interesantes con lo acaecido antes de la guerra (téngase en cuenta que Pittaluga parte al exilio y Sadí de Buen es fusilado), sobre todo en lo que se refiere al manejo de criterios más políticos o legitimadores, como la mayor visibilidad de la intervención oficial (del Régimen) en las zonas más afectadas. También queda patente, a lo largo del estudio, la diferencia de documentación manejada para analizar el problema palúdico antes y después de la guerra civil. Las Memorias de la campaña antipalúdica, editadas por la Dirección General de Sanidad hasta 1936 constituyen, sin duda, una fuente preciosa para la investigación que no encuentra equivalente en la escasa documentación procedente del Servicio antipalúdico franquista. Esta circunstancia, de la que se resiente el conjunto del trabajo sin que ello sea achacable a los autores, pone de manifiesto una vez más las dificultades, ampliamente constatadas, de historiar la sanidad franquista. Como ya he adelantado, una de las aportaciones más notables y novedosas del libro es la incorporación al estudio del contexto colonial africano. La falta de memoria histórica sobre el pasado colonial español del siglo XX resulta llamativa, siendo escasas las aportaciones dedicadas a las antiguas colonias africanas, y aún menos las que han abordado el papel de la ciencia y la medicina como instrumentos del poder colonial. Solo recientemente, algunos historiadores de la medicina españoles, como Jorge Molero, Rosa Medina, Isabel Jiménez Lucena o Francisco Martínez, están abordando con éxito la historia de la salud en estas colonias, incorporando el fecundo enfoque de los llamados estudios postcoloniales al ámbito español. Aunque las intervenciones sanitarias, tanto en Marruecos como en Guinea Ecuatorial, respondieron siempre a los intereses políticos y económicos de la metrópoli, los «modelos» de colonización fueron diferentes. Mientras que en el norte de África la sanidad tuvo un papel de mediación y de atracción de los indígenas al modo de vida occidental; en Guinea, el modelo de colonización se caracterizó por la explotación de los territorios y el racismo hacia sus habitantes, siendo el interés sanitario mucho más limitado. Estas diferencias se hacen también patentes al analizar las actuaciones antipalúdicas. Un ejército «con temblores», que debía ser tratado en el interior de los cuarteles, y la preocupación de las autorida-des metropolitanas por impedir la importación de enfermedades a la Península, moduló en gran medida una actuación antipalúdica en Marruecos, que siempre careció de recursos suficientes, pero que desarrolló un discurso ideológico que pretendió construir un «factor indígena» como vector principal del paludismo. En Guinea, ante la idea racista de la menor gravedad de la enfermedad entre los indígenas y la posibilidad de proteger a la población blanca con quinina, así como un mayor interés de las autoridades sanitarias coloniales por la tripanosomiasis que por la malaria, la verdad es que no se puede hablar de una verdadera lucha antipalúdica, a pesar de ser una enfermedad de alta prevalencia debido a la alteración del ecosistema que produjo la tala masiva de árboles para extender la explotación agraria y a las penosas condiciones sociales y sanitarias impuestas por la política colonial. Cabe decir, para terminar, que los capítulos dedicados a la España metropolitana (peninsular) han sido elaborados por Rosa Ballester, Esteban Rodríguez Ocaña y Enrique Perdiguero, y que los que abordan la problemática colonial están firmados por Jorge Molero -el dedicado a Marruecos-y por Rosa Medina -el de Guinea-. Sin embargo, independientemente de la tarea encomendada a cada investigador o investigadora y a la responsabilidad última que cada uno tenga en las distintas partes del texto, me parece importante reiterar la sensación de obra de conjunto, completa y coherente, que viene confirmar la solidez de los autores y la utilidad de los Proyectos coordinados. En la actualidad es una enfermedad presente de manera endémica en África, Latinoamérica, Asia y Oceanía, constituyendo uno de los problemas de salud pública más importantes del planeta por su altísima morbilidad y mortalidad. En tiempos de globalización económica, el paludismo es un elemento (entre tantos otros) distanciador entre regiones del mundo desarrolladas y subdesarrolladas. Los autores de La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial en el siglo XX ponen a nuestra disposición un magnífico libro de historia de la medicina, pero al mismo tiempo, analizando el caso español, nos facilitan elementos de reflexión muy importantes sobre las influencias, los intereses, las estrategias, etc., que, en el plano nacional y en el internacional, pueden interactuar -o no-en el intento de intervenir positivamente sobre los problemas de salud de la población. JOSÉ LUIS MALDONADO POLO, La Flora de Michoacán, 1790-1791, Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana, CSIC & Gobierno del Estado de Michoacán, 2004, 230 pp. Para los historiadores de la ciencia que no estudiamos las expediciones científicas ilustradas, la lectura de un nuevo trabajo sobre este tema nos provoca irremediablemente un sentimiento que bascula entre la admiración y la envidia, acompañado de cierta caída de baba y de un suspiro que podría traducirse del siguiente modo: «¡Ay! ¡Cuándo llegaremos a contar con trabajos de esta profundidad en nuestras respectivas áreas!». Algo parecido nos ocurría hace años con los trabajos publicados en Isis y en otras revistas extranjeras. ¡Qué doloroso era entonces volver a la realidad y asumir el retraso histórico de nuestra disciplina en España! Un retraso que poco a poco se ha venido atenuando, pero que seguirá presente hasta que no se cuente con el apoyo institucional adecuado; hasta entonces, los historiadores de la ciencia seguiremos siendo poco menos que piratas de la cultura o directamente exiliados en países con mayor sensibilidad hacia la historia de la ciencia. Pero, volviendo a las expediciones, los libros que las relatan suelen contar además con el generoso aliciente de contener preciosas ilustraciones que convierten su lectura en un ejercicio visual de extraordinario agrado. Las expectativas que, por todo lo dicho, nos generan estas obras sobre expediciones científicas se cumplen con creces en el libro objeto de la presente reseña, en el que se narran con detalle ciertos avatares de la Expedición Botánica a la Nueva España (en la actualidad México). Y no se podría esperar menos, habida cuenta de que proviene de la pluma del principal estudioso de esta expedición, José Luis Maldonado Polo, investigador del CSIC (Madrid). Con anterioridad ya nos había narrado Maldonado otros capítulos interesantes de la expedición, rescatando además los manuscritos que daban cuenta de sus resultados (viene a cuento recordar, en este sentido, la Flora de Guatemala, bellamente editada por Doce Calles, 1996). Siguiendo en la misma línea, en esta ocasión nos ofrece una descripción de la expedición a su paso por una de las regiones mexicanas más preciosas en cuanto a sus riquezas naturales: Michoacán. La Expedición Botánica a la Nueva España (1787-1803) se organizó, como no podía ser de otra manera, con propósitos diversos. Desde luego no podemos pasar por alto el interés de la monarquía borbónica de reforzar su control sobre las colonias de ultramar; pero había también un interés puramente científico: conocer mejor estos territorios y de este modo completar la obra iniciada dos siglos antes por el protomédico Francisco Hernández. En la expedición participaron diversos naturalistas, colectores y dibujantes, algunos españoles y otros novohispanos; pero si debemos destacar tres nombres, sin duda estos serían los botánicos Martín de Sessé, promotor de la expedición y su principal responsable; Vicente Cervantes, que se haría cargo de la cátedra de Botánica establecida por la expedición en Ciudad de México (junto con un jardín botánico), y José Mariano Mociño, médico criollo que enseguida sobresalió como alumno de Cervantes, hasta el punto de ganarse su incorporación, en calidad de botánico, a la expedición. En los 16 años de herborizaciones por América, estos naturalistas recorrieron buena parte del continente, desde el archipiélago de las Vancuver hasta cerca de Panamá, incluyendo Cuba y Puerto Rico. Suman varios miles de kilómetros que les sirvieron para hacer acopio de un buen número de especies de plantas, muchas de ellas nuevas para la ciencia, realizar dibujos de las producciones naturales y tomar nota de los usos medicinales y del avanzado conocimiento botánico indígena. De todo este periplo, insisto, el libro de Maldonado narra el paso de la comisión por los territorios de Michoacán, que tuvo lugar entre 1790 y 1791. La obra está organizada en dos partes. La primera es básicamente una descripción del viaje. El autor comienza por hacer una síntesis, por cierto muy clara, de lo que fue la ciencia española durante la Ilustración. A continuación nos ofrece una descripción muy concisa de la riqueza natural de México (que cuenta con el 10% de todas las especies biológicas que existen en el Planeta) y en especial del Estado de Michoacán, ofreciendo datos y ejemplos que ilustran bien no sólo el gran interés que podía despertar su estudio entre los naturalistas de la expedición, también -y sobre todo-el tremendo desafío que se plantearon estos naturalistas al pretender establecer una relación de su extraordinaria riqueza vegetal. Después de ofrecernos un rápido viaje por la ciencia mexicana de la segunda mitad del siglo, el autor se detiene para describir el estado de la ciencia en Michoacán, en un capítulo muy afortunado que titula «Los reformadores ilustrados en Michoacán». En pocas páginas logra esbozar un convincente cuadro del contexto cultural michoacano, deteniéndose en las interesantes iniciativas científicas que se estaban llevando a cabo en la ciudad de Valladolid, la actual Morelia, en el momento en que los expedicionarios se establecieron en ella, tomándola como centro de sus exploraciones. En ocasiones fueron ciertas personalidades ilustradas de la ciudad las que los orientaron en sus itinerarios y hasta los acompañaron en algunas de sus salidas de herborización. Termina esta primera parte con una minuciosa descripción de los itinerarios de las exploraciones por tierras michoacanas, que el autor logra recomponer a menudo recurriendo a datos de la flora, relacionándolos atinadamente con los paisajes de las zonas, desentrañando a partir del conocimiento del medio los que podrían haber sido los principales propósitos de los naturalistas en las diferentes etapas. Uno de los viajes sin duda más emocionantes habrá sido el ascenso al volcán del Jorullo, en el término de La Huacana, que emprendieron en agosto de 1790. El volcán había surgido de forma repentina treinta años antes, lo que había causado gran revuelo y despertado la curiosidad de científicos de buena parte del mundo. Hasta aquí la primera parte. La segunda constituye casi dos tercios del libro. Está dedicada principalmente a la transcripción de las descripciones en latín de las plantas recogidas en Michoacán por el grupo expedicionario, a partir de los manuscritos hallados en el Real Jardín Botánico de Madrid. Además, cuando es posible, las descripciones van acompañadas del nombre actual de la planta, al que se ha llegado tras la revisión taxonómica de su ejemplar de herbario correspondiente. Esto hace que la obra no sólo resulte interesante desde el punto de vista histórico, sino también para cualquier estudio sobre la flora y vegetación de la región. Para no extenderme interminablemente pasaré a señalar algunos aspectos de la obra que llamaron especialmente mi atención. 1) En primer lugar -ya lo he indicado-, me parece muy oportuno el modo en que está analizado el contexto. El autor hace un esfuerzo enorme por contextualizar la expedición en la realidad michoacana del siglo XVIII y principios del XIX. Este mérito adquiere un valor añadido si tenemos en cuenta que la historia de la ciencia mexicana está en general tocada por un exceso de centralismo, pues ha tendido a poner la lupa en Ciudad de México, en perjuicio de las iniciativas científicas emprendidas en provincias, a menudo de gran valor. 2) Hay que destacar también el modo en que el autor maneja las dos fuerzas culturales imperantes en aquellos momentos en el ambiente cultural de la Nueva España y en particular de Michoacán: la metropolitana (o peninsular) y la criolla. Y es que no debemos olvidar que la región michoacana fue cuna de buena parte de los insurgentes más activos en el proceso de Independencia. Aunque cabe integrar la expedición en la lista de proyectos promovidos por la Corona para acentuar su control sobre el territorio novohispano, no cabe duda que enseguida surgieron intereses e inquietudes comunes con la clase criolla -la incorporación de Mociño sería la manifestación más evidente, pero no la única-, que nos demuestra que la realidad es siempre más compleja de lo que suelen contar los manuales de Historia. 3) Un tercer aspecto que quisiera resaltar es la metodología que emplea el autor para abrirse paso en sus investigaciones. La historia es la ciencia de los matices: el menor detalle nos puede abrir una brecha para penetrar en otros espacios de la realidad que nos permitan comprender al ser humano desde nuevas dimensiones. En este sentido, Maldonado encuentra pistas que otros historiadores y científicos anteriores no vieron. Logra trazar itinerarios de las expediciones a partir de los datos florísticos. Logra dibujar un plan de objetivos y prioridades a partir de datos que hubiesen quedado probablemente para siempre en el olvido. Y esto lo consigue en virtud de sus conocimientos históricos pero también botánicos, ya que el autor comparte en su haber la profesión de historiador y de biólogo. Ya para terminar, no quiero dejar de mencionar la esmerada edición de la obra, que incluye preciosas láminas de plantas procedentes de los acervos del Real Jardín Botánico de Madrid y del Instituto Hunt de Documentación Botánica de Pittsburgh, Pennsylvania. En definitiva, un libro más que recomendable no sólo para historiadores y botánicos, también para los que deseen adentrarse en una aventura que nada tiene que envidiar a las de ficción que tanto abundan en la literatura. No hace mucho se había reeditado el libro clásico de M. Clavelin, La philosophie naturelle de Galileé. Además de un nuevo prefacio y las correcciones imprescindibles, el profesor (hoy emérito de la Sorbona), añadía en su segunda edición una vasta bibliografía generada desde 1968, fecha de la aparición de su obra. En este mismo libro, notable y bien documentado, el capítulo II, «La tradition du XIV e siècle», era una síntesis de las propuestas renovadoras de mediados de siglo sobre la física medieval y su posible influjo galileano; y le servían de inmediato a Clavelin para analizar los años preparatorios de Galileo (1589-1602); pero es el capítulo IV, «Constitution d 'une cosmologie copernicienne», y sus consecuencias renovadoras inmediatas, la base fundamental y complementaria para la lectura de este nuevo trabajo suyo, Galilée copernicien, concluido en 2002, que ha sido editado hoy, como el precedente, en la célebre Biblioteca de la Evolución de la Humanidad. El libro es en general apto, como el autor dice, para todo público verdaderamente interesado por las constitución de las ideas modernas, dada su claridad y su hondo conocimiento. Y lo es asimismo por su forma abierta: de las seiscientas páginas de que consta, la mayoría corresponde a una amplia y rica antología de textos galileanos, escritos entre los treinta y cinco y los cincuenta años. Las cien páginas primeras son una sencilla introducción a lo que él quiere mostrarnos: no los aspectos del proceso al que se vio sometido sino al compromiso apasionado con Copérnico, que fue su camino desde 1610 hasta 1613, cuando cree entrever la victoria de la hipótesis heliocéntrica, y el que recorre luego, desde 1613 hasta 1616, cuando expresa su opinión copernicana y ve que los aires de su tiempo se mueven en contra de sus argumentaciones. Finalmente, incluye Clavelin un apéndice que recoge una ponencia suya, de 1983, sobre el racionalismo galileano, y al que se suman otros apéndices breves con otro par de contribuciones a ese campo. En conjunto, el trabajo consta de la presentación de casi cuarenta textos, inéditos en su mayoría en francés (y también en castellano), que se ven traducidos de nuevo y anotados, así como reagrupados por el criterio expuesto del autor. Clavelin trata de situarlos en su contexto combatiente por la ciencia moderna (de ahí la presencia de escritos de Clavio u otros miembros del Colegio Romano, de Bellarmino o Castelli), a los que se añaden escritos muy científicos como su trabajo sobre las manchas solares, de 1612, o sus consideraciones sobre la opinión copernicana de 1615 (sólo disponibles desde 1882). Eso sí no faltan escritos ya conocidos entre nosotros, como ciertos documentos del llamado Santo Oficio, y también la famosa respuesta a Benedetto Castelli en diciembre de 1613, las dos misivas a Dini de 1615, con su Carta a Cristina de Lorena de ese año (Madrid, Alianza, 1987). Galileo tenía todavía un cuarto de siglo por delante, en consecuencia faltaban la entrega del Diálogo, en 1632, sobre los dos sistemas del mundo, y sus Discursos, de 1638, sobre las dos nuevas ciencias; pero toda esta suma de datos que reordena Galilée copernicien aclara sus futuros grandes escritos. La cultura científica edificada sobre el sustrato ilustrado por las sociedades burguesas de las épocas romántica y positivista del siglo XIX goza en la actualidad de excelentes estudios históricos, en los que cada vez más se tiene en cuenta el papel jugado por el público, no sólo en la difusión y recepción de dicha cultura, sino en su misma elaboración y evolución. Dichos estudios, sin embargo, proceden, preferentemente, de los países en los que esa cultura científica gozó del beneficio del éxito, del viento favorable del enriquecimiento capitalista nacido de la industrialización y de la explotación de imperios coloniales de nuevo cuño. En la Europa periférica desde el punto de vista de los considerados genuinos creadores de la cultura científica decimonónica, las tradiciones historiográficas han proyectado una larga sombra sobre ese período; obsesionadas por el abismo que parece abrirse entre sus países y los que se consideran protagonistas del progreso científico y tecnológico del siglo XIX, se han abocado generalmente a reflexiones jeremíacas sobre las razones que llevaron a 'tomar con retraso el tren del progreso', o a perderlo una y otra vez hasta fechas muy recientes. Esta perspectiva ha resultado, en ocasiones, profundamente estéril a la hora de entender las características principales de la cultura científica, sus mecanismos de elaboración, la pluralidad de sus producciones en contextos muy variados y, en última instancia, las razones por las que se difunde, se recibe y se reelabora, contando con la activa participación de unos 'públicos de la ciencia' que, cada vez más, se erigen en una categoría de análisis imprescindible. Aunque en ocasiones sujeta aún a alguno de estos prejuicios comparativistas, la obra que nos ocupa abre con mano firme -maestra en el uso de los mejores recursos del oficio de historiadora-un camino por el que, es de desear, discurrirán futuros estudios acerca de la aparición de 'un público para la ciencia' en contextos nacionales europeos distintos al británico, al francés o al alemán. Esperemos también que los muy interesantes resultados de este estudio del caso italiano estimule a otros a abordar del mismo modo el caso español, tan cercano en muchos aspectos al presentado aquí por la autora. Paola Govoni se ha planteado un ambicioso programa de investigación, del que ella misma aclara que este libro es, en cierto modo, la piedra fundacional. El programa es ambicioso desde el principio, ya que comienza por no renunciar a abordar los antecedentes ilustrados de la divulgación científica (convengamos en adoptar, como ella misma hace después de explicarlo de modo convincente, la expresión más usual en nuestras respectivas lenguas, siendo conscientes de la carga semántica que conlleva, dado que no es éste el lugar para adoptar sin discutir alguna de las propuestas terminológicas alternativas como «vulgarización» o «popularización»). Así, tras presentar y discutir un completo y actualizado panorama historiográfico, en el primer capítulo y los primeros epígrafes del segundo (pp. 15-42), pasa a abordar los orígenes de la divulgación científica en general y de la italiana, en particular (pp. 43-103). Desde las originales propuestas de la Ilustración italiana, como la de Francesco Algarotti (autor de Newtonianismo per le dame, 1737), o la de Giuseppe Compagnoni (autor de La chimica per le donne, 1796), a los proyectos anteriores a la Unità, como la Nuova Enciclopedia Popolare (1841-51) y el Il Politecnico de Carlo Cattaneo (1839-44) que, en su segunda etapa (a partir de 1859), enlaza ya con los primeros pasos del nuevo estado unitario italiano. A la scienza popolare fruto de esos primeros pasos, dedica Govoni el tercer capítulo del libro (pp. 105-163) que entra así, en el núcleo fuerte de su investigación. En efecto, los tres siguientes son, sin lugar a dudas, tres estudios monográficos ejemplares, esenciales para cimentar sólidamente la interpretación general defendida por Govoni, que comentaremos más adelante. El cuarto capítulo (pp. 165-205) está dedicado al papel jugado por Michele Lessona (1823-1894), médico y naturalista, traductor italiano de Darwin, pero también rector de la universidad de Turín, senador y concejal casi perpetuo de la capital piemontesa. Autor de Volere è potere (1869), «considerada junto a Cuore de De Amicis, la obra más vendida en Italia en la edad del progreso» (p. 167), Govoni se ocupa del conjunto de la labor divulgadora del personaje, incomprensible sin tener en cuenta la singular «empresa editorial» montada con su familia (empezando por Adele Masi, su mujer). La figura central del quinto capítulo (pp. 207-270) es, por el contrario, Paolo Mantegazza (1831Mantegazza ( -1910)), «el antropólogo por antonomasia, poderoso senador del Reino, protagonista ininterrumpido de la crónica científica, social y editorial» (p. 207) del país en el medio siglo que va desde la Unità hasta su muerte. Si Lessona fue «sobre todo un profesor», como a él mismo le gustaba definirse, Mantegazza fue ante todo un «polígrafo», bajo la etiqueta que más se adecuaba a cada momento (periodista, novelista, higienista, fisiólogo, antropólogo); su infatigable trabajo publicístico fue el que le dio enorme notoriedad entre el público. El sexto capítulo (pp. 271-313) está dedicado a una de las empresas editoriales de Mantegazza, no precisamente la que gozó de mayor favor entre el público, pero sí la más interesante para sostener las tesis de Govoni acerca del fracaso final de la gran generación de divulgadores científicos italianos; se trata de la revista La Natura, publicada durante año y medio, desde enero de 1884 a junio de 1885, fundada y dirigida por Mantegazza y editada por Treves, editorial indispensable para entender la historia de la divulgación científica italiana. De hecho, la correspondencia entre Emilio Treves y Paolo Mantegazza, reconstruida por Govoni a partir de los fondos de la Biblioteca d'Arte del Castello Sforzesco, de Milán, y de la Biblioteca Nazionale Centrale, de Florencia, figura entre las fuentes más suculentas de las numerosos que la autora pone en conocimiento de los lectores, muchas veces por vez primera. El séptimo y último capítulo (pp. 315-337) está dedicado a las conclusiones, aunque una buena parte de las mismas ha sido convenientemente adelantada por la autora a lo largo de los capítulos. La tesis fundamental del libro es que la divulgación científica conoció en Italia un espectacular momento de esplendor, seguido de una crisis aguda y de la práctica desaparición del género, al menos de las producciones salidas directamente de la comunidad científica italiana. El auge coincidió con el primer ventenio del nuevo estado unitario (desde 1860 hasta mediados de la década de los 80) y estuvo protagonizado por una generación de autores y editores. Personajes que fueron partícipes, en su juventud, de los movimientos revolucionarios en torno a 1848, después, del fervor nacionalista en torno a la creación del estado unitario y, finalmente, implicados directamente en los cuadros dirigentes de las primeras andaduras del nuevo reino italiano, convencidos de la viabilidad de llevar la cultura científica a todo el país y a todas las capas sociales. Estos autores y editores, por distintos que fueran sus perfiles de partida incluso la evolución de sus posturas ideológicas, supieron encontrar un público para la ciencia entusiasta y positiva de los años sesenta y setenta, público que, más allá de las retóricas presentaciones de una ciencia «popular» y «útil», «para todos», estaba formado esencialmente por las capas burguesas urbanas de las principales ciudades del norte y centro del país. Ése fue el público entusiasta de la primera generación; el mismo público que volvió la espalda, desinteresado, en la generación siguiente. El fracaso real de la alfabetización generalizada (la autora repasa las altas tasas de analfabetismo, sobre todo en el sur del país, hasta bien entrado el siglo XX), las dificultades de implantación de la escuela pública y de una mínima formación profesional, la escasa conexión de la industrializada región noroccidental con las regiones del sur, las resistencias clericales a los proyectos más o menos teñidos de laicismo, son algunas de las causas apuntadas que ayudan a explicar la práctica desaparición de una literatura autóctona de divulgación científica. Pero para la autora, la causa inmediata del desinterés de autores, editores y público por el anterior esfuerzo divulgador fue la debilidad estructural de la comunidad científica italiana. Aquí es donde, en nuestra opinión, debería comenzar la verdadera discusión, una vez que la autora ha puesto sobre el tapete un panorama tan rico, complejo, plural y problemático; sobre todo, insistimos, porque lo ha hecho de una forma clara, inteligente y sólidamente cimentada en las fuentes. Pero si, como ella misma afirma, es en el seno de la propia comunidad científica donde primero aparecen los medios, las estrategias y los espacios más oportunos para comunicar la ciencia (p. 40), el primer público receptor de esa comunicación son, desde luego, los propios científicos. Por eso il fallimento del sueño divulgador de Cattaneo, de Lessona o de Mantegazza es, desde luego, inapelable desde el punto de vista del resultado de la comparación entre sus objetivos explícitos y el panorama que dejaron tras de sí; pero quizá no lo es tanto desde el punto de vista de las posiciones ganadas por una comunidad científica italiana que -por débil y llena de dificultades estructurales que pueda parecer medida según el patrón británico o francés-estaba llamada a jugar un papel fundamental en la construcción del Estado italiano moderno (entiéndase la expresión en su más estricto significado); el papel de médicos, ingenieros, arquitectos, matemáticos, físicos y químicos italianos en el primer veintenio de historia de ese Estado (y en el segundo, y en el tercero) demuestra que esa comunidad respondió a una llamada que, sin duda, respondía a sus intereses. Por eso una pregunta, de las muchas que inteligentemente Govoni nos deja abiertas a la discusión y a las futuras investigaciones al respecto, es la de por qué esa comunidad científica dejó por el camino su interés por captar la atención y el entusiasmo de un público que, en los primeros años de su aparición en escena, tan bien le había respondido. Al fin se traducen al castellano estos textos de complicada autoría, pues si bien su composición es posterior a la muerte del Estagirita (los últimos son de la mano de miembros más jóvenes de la Academia), éste se interesó por formular cuestiones sin duda similares; y en todo caso, conviene no olvidar que buena parte de la obra biológica de Aristóteles -siempre reordenada por otros-es una colección de datos o de materiales de discusión, carente de una estructura fuerte. En cualquier caso tiene indudablemente de interés -por su gran extensión, por sus relaciones con las Parva naturalia, por sus mil modos de abordar el mundo-para el conocimiento de la ciencia y el saber antiguos, o si se quiere de su «mentalidad helénica general», dado su uso constante por Cicerón, Séneca, Plinio, por un lado, y Plutarco o Galeno, por el lado de expresión griega. Dejando de lado los temas melancólicos, que eran conocidos a través de una bella edición (Aristóteles, El hombre de genio y la melancolía. Problema XXX, 1, Barcelona, Sirmio, 1996), pero que sólo ocupan aquí diez páginas, disponemos ahora, pues, al fin de un conjunto muy variado de escritos sobre la medicina, el sudor, la embriaguez, la sexualidad, la fatiga, las posturas, la voz, los buenos y malos olores, la afición a las letras, la música y ciertas cuestiones matemáticas, así como la alimentación de todo tipo, los aires, el frío, el rostro (muy breves) y todo el cuerpo (incluyendo el color de la piel), con los órganos de los sentidos, tomados uno a uno. Dado el peso naturalista de esos aspectos, el libro se conoció en la Antigüedad como Problemas físicos, pero no fue muy publicado a lo largo de los siglos medievales (aunque estuvieron latentes en discusiones seculares), hasta que el inicio de la modernidad, una vez más, cambia el ritmo de las recuperaciones. Así que destacaron desde el Renacimiento, en cambio, no sólo las citadas referencias a la melancolía (Huarte, Bright, Burton), sino también muchos de los restantes problemas; y hay múltiples aspectos que aparecen a ráfagas en las obras de Cardano o de Porta, así como de médicos españoles del siglo XVI, en sus distintos cuestionarios. Baste con dar una muestra: «¿Por qué las partes de las plantas y de los animales que no son orgánicas son todas redondeadas, en las plantas el tallo y las ramas, y en los animales las piernas, los muslos, los brazos y el tórax? Ni el miembro completo ni una parte de él es triangular o poligonal. ¿Acaso, como decía Arquitas, es porque en el movimiento natural existe una relación de igualdad (pues todo se mueve proporcionalmente), y en esta relación es la única que vuelve sobre sí misma, de modo que produce círculos y curvas, cuando interviene?» La belleza de las preguntas (y de unas respuestas dadas a modo de preguntas asimismo, en su mayoría, como vemos), queda realzada por la bella traducción de Ester Sánchez Millán, y no resulta extraño que fascinaran a muchos autores de ensayos o de «jardines, silvas o florestas», como las de Mexía o Garzoni. Finalmente, los Problemas nos remiten, por un lado, a la fantasiosa Fisionómica desde luego pseudo aristotélica (Gredos, 1999); pero también, por ciertos interrogantes matemáticos (secciones XV y XVI), muy sencillos, a una obra en cambio muy importante,'su' Mecánica (Gredos, 2000), que pesó durante las décadas últimas del siglo XVI, cuando se recuperó para una cultura científica en vías de matematización. Sorprende que no existiera una edición castellana de las citadísimas Tusculanae Disputationes. El inicio de este impresionante escrito nos sitúa en las preocupaciones personales de un maestro, y testigo lejano, de toda nuestra cultura: «Y dado que tanto los razonamientos teóricos como las enseñanzas prácticas de las ciencias relacionadas con la conducta recta están contenidos en el estudio de la sabiduría conocida bajo el nombre de filosofía, he juzgado oportuno darlo a conocer en la lengua latina, no porque no pueda alcanzarse el conocimiento de la filosofía a través de los escritos y de los maestros griegos, sino porque he tenido desde siempre la convicción de que los nuestros o bien han conseguido por su propio esfuerzo superar en sabiduría a los griegos en todos los campos o bien han mejorado los recibidos de ellos cuando han considerado que merecía la pena dedicarles sus esfuerzos». Parece sobresalir ya, con estas palabras, el traductor del saber anterior a la lengua latina en el momento previo a la máxima expansión, la que se llevará a cabo con el Imperio. Sin embargo su biógrafo y especialista de la Roma antigua, Pierre Grimal, señaló que el pensador Cicerón no se revela en estas Conversaciones como un seguidor y estudioso de los griegos (así los estoicos y los epicúreos), que viniera sólo a reproducir dócilmente sus razones, para compararlas o refutarlas, ni tampoco aparece como un simple testimonio de la filosofía de los otros, de los «verdaderos» filósofos, sino que es alguien verdaderamente sabio y, sobre todo, capaz de experimentar en su propio cuerpo un principio capaz de animar la materia. Si ello es así, no es de extrañar que ya Pinel, en el Tratado médico-filosófico de la enajenación del alma, señalara el peso de Cicerón como un mediador entre la sabiduría más antigua sobre las enfermedades anímicas males del alma y la psiquiatría contemporánea, según nos hace ver muy bien el excelente, por original e informado, prólogo de Fernando Colina («Cicerón en la psiquiatría»), que adorna a esta edición. Las cinco partes del libro abordan temas bien elocuentes: situarse ante la muerte; hablar del cuerpo sufriente; abordar el alivio de la aflicción (o tratar el alma enferma); curar las pasiones; rozar la felicidad. Y es que está escrito por un dolorido Cicerón en el 45, dos años antes de su asesinato, en medio de las angustias que reflejan sus impresionantes Cartas a Ático. Así la fechada el 11 de marzo del 45, que es una epístola sobre el dolor (su hija acabada de morir de sobreparto), hasta el punto de que estuvo obsesionado durante meses por construirla un santuario a su hija. La idea no se materializó; en cambio sigue escribiendo la Consolación de la que había hablado tres días antes -«el dolor supera a todo consuelo»-, y entre el verano y el otoño, Cicerón se vuelca en una intensísima actividad literaria («la escritura y la lectura no me alivian pero me aturden»), que incluye esta gran meditación sobre el dolor anímico: las llamadas también Tusculanas. Otro fragmento, del inicio del libro III, nos aclara más su empeño: «si la naturaleza nos hubiera creado de tal índole que pudiéramos verla y contemplarla directamente, y nos fuera posible organizar de manera óptima el curso de nuestra vida, entonces no habría ninguna necesidad ni de aprendizaje ni de razonamientos. Pero nos ha concedido tan sólo débiles destellos que, deteriorados por nuestras malas costumbres y prejuicios, extinguimos tan de prisa que nunca aparece la luz de la naturaleza. Llevamos sin duda sembradas en nosotros, desde nuestro nacimiento, las semillas de las virtudes, y si las dejáramos germinar, la misma naturaleza nos llevaría a una vida feliz. Pero ahora, apenas venimos al mundo y somos aceptados, nos hallamos inmersos en un contexto de depravación continua y de opiniones totalmente absurdas, de suerte que, por así decirlo, mamamos el error ya con la leche de nuestras nodrizas». Desde luego, pese a tanta crítica de sus defectos, destaca en Cicerón su falta de hipocresía, pues él expuso sus vacilaciones, debilidades y dolores con un lenguaje modernísimo y apasionado que resalta en esta versión del texto, debida a Marciano Villanueva. El lector tiene ya dos muestras de su calor y de su inteligencia. Esta es la primera traducción castellana de los libros XI-XIV del famoso trabajo de Estrabón, correspondientes a la geografía de Asia Menor. Para completarse el proyecto total, sólo faltan ya las versiones de los libros XV (India y Partia), XVI (el cercano Oriente) y XVII (Egipto, Etiopía, África del Norte); por tanto, únicamente cabe esperar el remate de una recuperación fundamental para la cultura científica, como es la de su impresionante obra. La Geografía de Estrabón es una decisiva recopilación que llevó a cabo este griego universal -sabio viajero y padre de esta rama del conocimiento-, muerto hacia el 24 de nuestra era, siendo ya nonagenario. La versión de los libros I-II se hizo por Gredos en 1991; correspondían a la maravillosa y ejemplar introducción a los principios de la geografía, disciplina que exige múltiples conocimientos (como dice y enumera su autor). Pero que además son dos libros valiosísimos, como fuentes para conocer a todo el saber geográfico precedente: las teorías del viejo cosmos de Hecatón, las mediciones de Eratóstenes, las experiencias de Hiparco, Polibio y Posidonio, el peso de la geometría de la esfera y el razonado uso de gnomon para la determinación de las distancias relativas. Tras aparecer los libros III-IV (Iberia; Galia, Britania, Italia cisalpina), del año 1992, se detuvo la secuencia. Afortunadamente se ha corregido rápidamente en los dos últimos años; con dos decisivas entregas editoriales de 2001, centrales en su vida como heleno romanizado, pues son las correspondientes a la civilización mediterránea: V-VII (Italia central; Italia del sur y Sicilia; Centroeuropa hasta Macedonia); VIII-X (Grecia con todas sus islas), descripción donde reconoce a menudo el legado de los portulanos, los periplos y todo tipo de itinerarios. Se dispone, pues, ya de dos mil páginas de la única obra realmente conservada de Estrabón; y ello con la ayuda de un palimpsesto descifrado en el siglo XIX, pues su Geografía no fue precisamente una obra en verdad usada en el Medievo (de ahí la pérdida de posibles originales); y sólo se inicia su recuperación en el siglo XIV, a través del sabio matemático Planudes, y reforzada en el siglo XV por otro bizantino como Pletón, de modo que Aldo hizo pudo hacer la primera edición, veneciana, en 1516; fue luego fortalecida por la de Casaubon, a principios del siglo XVII. El territorio que ahora recorre aquí, XI-XIV, Estrabón es el que había delimitado Heródoto inicialmente con dos ejes: Egipto-India, por un lado; Persia y las zonas norteñas de este territorio. Sin embargo la conquista alejandrina había supuesto una considerable variación de escala. Y Estrabón, contemporáneo de Augusto, había viajado a menudo por Asia Menor, que fue su mundo más familiar, en sentido literal, hasta que se desplazó a la capital del Imperio; así que, en este caso, pudo dar cuenta de conocimientos de primera mano. No olvidemos además -antes de abrir sus páginas llenas de detalles variados-que, en general, a sus consideraciones antropológicas y urbanas se unen referencias a la agricultura o la ganadería (destacando la apicultura, tan famosa entonces), así como a la pesca y los minerales, sobre todo a los metales preciosos: es un compendio del saber sobre la humanidad que va desde la geografía matemática hasta la geografía más humana, por así decirlo. En estos últimos años se ha dado un giro a la biografía sobre la filósofa-científica, asesinada por integristas cristianos, que -para muchos-marcaría el fin de la cultura antigua: es decir el final de una lengua (si nos atenemos al latinismo a ultranza de Agustín, preludio de la historia futura europea), de una ciencia matemática y astronómica o también naturalista (dado el alejamiento de la botánica por la cristiandad, tras la prohibición radical de las flores), de una suma de ideas fundamentales sobre la libertad individual y la conducta colectiva desarrolladas durante más de ochocientos años. Prueba de ello es la Hipatia de Alejandría de esta especialista en historia antigua, que trabaja en Cracovia. Maria Dzielska ofrece en efecto una novedosa valoración y una equilibrada visión de los hechos, basándose en sus revisiones de la literatura antigua (con muchas fuentes cristianas) y de los mejores trabajos sobre Hipatia (destaca aún el de Meyer, Hypatia, Heidelberg, 1886). Su libro, por ello, está articulado en una primera exposición sobre la literatura moderna acerca de Hipatia (Toland, Voltaire y Gibbon; pero cabría añadir a los enciclopedistas, a Condorcet), seguidos en el siglo del progreso por Leconte de Lisle, Kingsley, etc., hasta un Russell, que recuerda el linchamiento de Hipatia en una época fanatismo letal para la filosofía y las ciencias. Esta presentación le sirve para adelantar la reiteración de datos y epítetos, así como el uso de clichés históricos, al recordar como fue vista en el futuro esa mujer ejemplar. Dzielska a continuación hace un balance extraordinario sobre el círculo de los estudiantes de la hija de Teón, matemático insigne -comentarista de Euclides y del Almagesto ptolemaico, en buena medida con su hija, gran colaboradora suya-. Nos va mostrando, sobre todo tras las huellas de Sinesio de Cirene, cómo en el núcleo de oyentes de la filósofa hay buen número de cristianos de amplios vuelos, de modo que el esfuerzo mental y la idea contemplativa de esta Hipatia neoplatónica estarían compartidos por diversos tipos de personas, hasta el punto de que la propia Hipatia en cierto sentido se acercaría a determinado ordenamiento espiritual del nuevo ideario, a su vez mezclado con un platonismo especulativo, como se percibe en tantas figuras de transición de los siglos IV-V. Ya que hoy disponemos de los Tratados y de las Cartas de Sinesio (Madrid, Gredos, 1993y 1995), nos resulta fácil cotejar paso a paso lo sugerido por la autora, y poder adivinar mejor los rasgos de Hipatia, que no lo olvidemos, siempre vistió -literalmente-el manto filosófico de los sabios antiguos. Ello nos conduce a la parte final: Dzielska, aguda y excelente escritora, adelanta el nacimiento de Hipatia, de modo que al morir en marzo de 415 tendría sesenta años (y no sería precisamente una joven); pero sobre todo hace una densa y magistral biografía de Hipatia, mostrando muy bien, junto con historiadores de la ciencia escogidos, cuál pudo ser su actividad en la estudiosa y científica Alejandría, cuáles eran sus relaciones con el poder imperial, y cómo se alineó con quienes intentaron oponerse a Cirilo, obispo deseoso de reducir al máximo el campo de acción del poder civil. Significativamente, tras una expulsión global de los judíos alejandrinos, y tras una acusación de magia -bien detallada por Dzielska-a nuestra matemática (dado ese halo esotérico que rodeó a parte de la ciencia de Alejandría), Cirilo, indirecta o directamente, lanzó a un grupo de jóvenes fanáticos de choque (tenían 800 parabolanos), a cazar, mancillar, despiezar y quemar el cuerpo de Hipatia, como modo de exponer su oposición al representante imperial, un cristiano muy civil, Orestes. Por supuesto que resulta inquietante esa imagen imperturbable -hace mil seiscientos años-de intransigencia clerical, de racismo, de fuerza paramilitar, de humillación de la ciencia, y más en una representante tan egregia y depurada. Esto no está dicho por Dzielska, investigadora cabal que se mantiene en una posición interpretativa más bien moderada; pero justamente por ello, aunque bien matizadas todas las grandes oposiciones (paganos / cristianos, ciencia / religión, hermosura corporal / sequedad ascética, filósofos / monjes) que se habían utilizado normalmente para hablar de Hipatia, destaca su visión final del teólogo Cirilo tan reconocido luego como autoritario, ambicioso del poder y despiadado fue. Pues muestra Dzielska, sin resaltarlo nunca, cómo el fanatismo tiende siempre a oponerse a los funcionarios municipales, aunque allí fuesen ya en su mayoría cristianos; en suma, tiende a enfrentarse con los representantes plurales de la ciudad en todos los tiempos. G. DWORKIN, R.G. FREY, y S. BOK, La eutanasia y el auxilio médico al suicidio, Madrid, Cambridge University, 2000, 166 pp. En muchas ocasiones, el debate ético sobre la eutanasia (en nuestro país y en tantos otros) no ha más allá de una lucha sorda de ideas preconcebidas que, lejos de aportar alguna luz, ha oscurecido torpemente los caminos del consenso. Ante esa perspectiva, obras como ésta constituyen siempre un ejemplo alentador para un debate más sereno. Aquí los argumentos se analizan, se sopesan y se diseccionan insistentemente hasta dejarlos desprovistos de cualquier adorno retórico o de cualquier sombra falaz. Dworkin, Frey y Bok han sabido realizar un ejercicio de honestidad reflexiva al revisar tanto la solidez de los propios argumentos como la oportunidad de las posibles objeciones. La eutanasia y el auxilio médico al suicidio es fundamentalmente eso: una surtida panoplia de argumentos, refutaciones y contraargumentos sobre las conveniencias de una despenalización y sus requisitos, siempre a la luz de la dignidad humana y tras la experiencia de algunos países donde ya se han dado pasos legales en este sentido. Los filósofos Dworkin y Frey son partidarios de ofrecer caminos de legalidad a los enfermos que desean morir y solicitan ayuda médica para abandonar este mundo con la dignidad requerida. La especialista en bioética Sissela Bok duda, en cambio, de que la legalización sea el camino que garantice una atención integral y humana a estos pacientes, y advierte de los posibles abusos y errores que, sin duda, pueden darse en su aplicación. El prólogo a la edición española, a cargo del profesor Núñez Paz, de la Universidad de Salamanca, va más allá de la habitual presentación cortés para convertirse en una excelente guía histórica del conflicto entre el derecho del paciente a la autodeterminación y la tradicional protección jurídico-penal que hemos brindado a la vida humana, una panorámica que abarca desde los criterios inspirados en una ética de raíz teológica (judía, cristiana o musulmana) hasta las aportaciones laicas de la Revolución Francesa, los principios que recoge nuestra Constitución o la polémica interpretación del artículo 143.4 del Código Penal, con su paralelismo alemán del llamado «homicidio a petición» (Tötung auf Verlangen). Abre el libro la argumentación de Dworkin, que se centra en el análisis de las objeciones ya clásicas del Dr. Leon Kass, actualmente asesor del presidente Bush en materia de bioética. Gerald Dworkin valora el peso que debe suponer el respeto a la libertad y autonomía del paciente o la natural compasión por situaciones vitales tan llenas de sufrimiento y sinsentido que pueden llegar a ser, al menos para el enfermo, peores incluso que la muerte misma. También para el médico, este tipo de situaciones obligará a un replanteamiento de la propia naturaleza y objetivos de la Medicina, que, más allá del simple acto curativo y preservador de la vida, se vería en la necesidad de asumir también entre sus funciones una cierta gestión de la muerte. La completa argumentación de R. G. Frey, profesor de Filosofía en la Universidad de Bowling Green, intenta demostrar la gran proximidad -si no solapamiento manifiesto-entre los distintos modos de plantear la asistencia médica a los enfermos terminales y lo artificial de las fronteras tradicionalmente asumidas entre la eutanasia voluntaria activa (el médico administra un tratamiento mortal al paciente, a petición de éste), la eutanasia pasiva (el médico deja que la enfermedad siga su curso natural, retirando los mecanismos artificiales de soporte vital), la eutanasia pasiva por efecto colateral (el médico administra medios para aliviar el sufrimiento a sabiendas de que van a acelerar el proceso de la muerte) y el auxilio médico al suicidio (el médico proporciona al paciente un medio eficaz para que éste pueda suicidarse con garantías). Para Frey en todos los casos el médico y el paciente actúan juntos y las distinciones obedecen más a criterios intencionales subjetivos -o a los puramente causales de quién actúa en último lugar-que a planteamientos morales en sentido estricto. Por último, Frey analiza los argumentos denominados «catastrofistas» o slippery-slope-thesis (es decir, las objeciones de la «pendiente resbaladiza» o del «por ahí se empieza») sobre los riesgos sociales de la despenalización, particularmente los que han sostenido John Arras y el movimiento denominado New York State Task Force on Life and the Law, entre los que pueden citarse: la influencia de situaciones depresivas en el paciente que, de ser convenientemente diagnosticadas y tratadas, podrían replantear muchas peticiones formuladas en momentos de decaimiento anímico, la vulnerabilidad de los discapacitados y de los grupos socialmente marginados, la posibilidad de que algunos pacientes interpreten esta puerta de legalidad como una dirección obligatoria o la facilidad con que una norma así pudiera llegar a extenderse también a pacientes no capacitados o no terminales. Sea como fuere, no parece justo, a juicio de Frey, negar el derecho a terminar dignamente con su vida a los pacientes que sí cumplen los requisitos mínimos exigibles (solicitud reiterada por parte de un enfermo terminal irreversible, sufriente, pero capacitado e informado) sólo por proteger de hipotéticos abusos a aquéllos que no los cumplen. Sissela Bok realiza dos aportaciones muy clarificadoras al debate. La primera es de carácter didáctico: una exposición sinóptica muy ilustrativa para analizar los seis posicionamientos éticos posibles ante el problema de asumir o no el suicidio o el homicidio como norma ética. La segunda es una advertencia muy sólida sobre los riesgos de exportar con garantías el modelo legislativo holandés a otras sociedades, especialmente a aquéllas cuyo perfil sociosanitario permita prever razonablemente la realidad de abusos e irregularidades en la aplicación de la ley. Tal sería el caso de países con un precario sistema de atención sanitaria a los ancianos, con manifiesta presión demográfica, con claros antecedentes de control estatal en las decisiones sobre el nacimiento y la muerte, con altos índices de violencia social y/o doméstica, o en donde no exista la figura cercana del médico de cabecera que conoce y actúa terapéuticamente en el ámbito familiar y personal del paciente. De este modo, abrir vías de legalización de la eutanasia en países concretos como China, Colombia, Suráfrica o Rusia constituye una temeridad social de previsibles consecuencias. Tampoco los Estados Unidos, con su sistema de salud elitista y poco igualitario, constituyen, a juicio de Bok, el paradigma para una legalización con garantías. Los enfermos en fase terminal quedarían pronto a merced de los programas de reducción de costes o, en aras de una falsa autodeterminación, se verían presionados a anticipar su muerte para no convertirse en una carga económica familiar. En contraposición a Frey, para Bok el debate ético sobre la eutanasia puede y debe deslindarse muy claramente del auxilio médico al suicidio. Pocas objeciones se pueden hacer a esta obra. Quizá se echa en falta la figura de un moderador o un coordinador del debate, que hubiese evitado a veces cierta reiteración argumental por parte de los tres autores y hubiera proporcionado una mayor coherencia dialogística al conjunto. Respecto a la traducción de Carmen Francí -por lo demás intachable-cabría igualmente proponer la sustitución del término auxilio médico al suicidio, que adolece en español de cierta rima cacofónica, por otro como ayuda médica al suicidio o, más sencillamente, suicidio asistido. Bien es verdad que en la bibliografía internacional no existe todavía un término suficientemente generalizado en el uso y coexisten expresiones como physician-assisted suicide, support for voluntary death, assisted suicide, Beihilfe zur Selbsttötung, Freitodbegleitung, suicidio assistito o aide au suicide. Si bien, desde la publicación de esta obra hasta hoy, algunos países como Bélgica han aprobado ya propuestas de reglamentación jurídica, la controversia ética sobre la eutanasia y el suicidio asistido persiste en la misma complejidad argumental que aquí se expone. No obstante, sí podríamos decir que existe un consenso manifiesto al menos en cuatro cuestiones sobre las que los gobiernos nacionales y las autoridades sanitarias podrían comenzar a desarrollar ya un trabajo efectivo, a saber: la necesidad de tratar el dolor de modo adecuado en estos pacientes, la necesidad de implicar a la familia en las responsabilidades y decisiones que deban tomarse, la conveniencia de un documento que recoja los deseos anticipados del paciente relativos a su modo de morir y, finalmente, la necesidad de estimular el desarrollo de los Cuidados Paliativos como medio de atención en la práctica asistencial y como un objetivo más de la formación médica. En definitiva, la obra de Dworkin, Frey y Bok es la exposición contrapuesta y equilibrada de dos pareceres, de dos actitudes éticas no coincidentes en las conclusiones pero sí en los planteamientos, porque ambas proceden del mismo esfuerzo reflexivo y participan de la misma actitud empática respecto a los enfermos; ambas buscan también una argumentación inteligible para todos y una fundamentación moral exenta de prejuicios ideológicos que nos permita comenzar a adoptar posturas ante un problema tan complejo. En fin, un ejemplo de lo que debería ser un debate ético civilizado, un libro útil para estos tiempos de palabras desenvainadas que muchas veces sólo logran aportar ardor y confusión allí donde todos desearíamos encontrar, precisamente, un poco más de luz. No es la primera vez que ofrezco a la atención de nuestros lectores los resultados del trabajo intelectual de Claude Debru («Historia y filosofía del ser vivo». Como señalé en el texto citado, sus aportaciones son muy valiosas para hacer una historia de la medicina y de las ciencias de la vida realmente abierta, viva -pues nos permiten asomarnos con rigor a lo más reciente-, así como para salvar el hiato, a menudo sólo artificial, entre historia de la ciencia y filosofía de la ciencia. Tal es, una vez más, el caso. Pero, además, el libro objeto de recensión se ocupa también de cuestiones morales -lo que perfectamente podría llamarse bioética-, y sociopsicológicas, si se me permite el uso de tal vocablo. Por ello, y por la manera de tratar los temas, creo que nos encontramos ante un libro muy valioso. La obra se presenta en perspectiva filosófica -no en vano es esa la formación original de su autorcon una extensa reflexión sobre lo posible que aproxima esta noción a la de «lo real», aunque no siempre a la de «lo realizable», pues entre lo que es posible y lo que llega a ser real se sitúan las categorías de necesidad y contingencia; y en el campo de las ciencias de la vida es de sobra sabido que el territorio de lo posible está surcado por el azar y el «caos determinista». Esta amplia introducción teórica tiene que ver con el hecho de que, en el mundo natural, hasta hace poco tiempo sólo se podía hablar de lo posible en términos de «evolución biológica». En cierto sentido, el estudio de los factores condicionantes -huyo de decir «determinantes»-de la evolución planteaba qué era posible, cuál era el horizonte posible de una futura evolución; o dicho con más precisión, del futuro de la evolución. Pero recientemente ha entrado en juego la noción de «evolución tecnológica», pues lo que las biotecnologías mencionadas en el título han hecho factible es, precisamente, una cierta realización dirigida de lo posible. De entrada, Debru plantea como una falacia la concepción excesivamente unilateral del predicado «tecnológica» aplicado a la evolución, pues la tecnología es -nos parece escuchar aquí resonancias del pensamiento de Edgar Morin, aunque quizá se trate del viejo Monodun resultado de la evolución. Por otra parte, como ya puso de relieve François Jacob, el «bricolaje tecnológico» no es sustancialmente diferente del «bricolaje evolutivo» natural. Así, la separación radical entre una evolución «natural» y otra «artificial» constituiría un falso problema -o una falsa solución-. Lo que no significa que no exista un problema, o muchos, y de gran calado, que se van mostrando en capítulos sucesivos en la perspectiva, tan característica de este discípulo de Canguilhem, a la vez filosófica e histórica, de manera que resulta factible considerar Le possible et les biotechnologies como una excelente historia de un capítulo fundamental de las ciencias de la vida hasta comienzos del siglo XXI: el que arranca de la biología molecular, pasa por la ingeniería genética, desemboca -provisionalmente-en la terapia génica (capítulo redactado por Pascal Nouvel) y se abre, por fin, a «la expansión de las biotecnologías» (capítulo quinto y último), donde se tratan, por ejemplo, cuestiones como la clonación de embriones humanos, y se certifica la defunción de los bienintencionados acuerdos surgidos de las famosas conferencias de Asilomartratadas previamente en el capítulo tercero-, que confiaban en la regulación de la ciencia y de sus implicaciones éticas por parte de la propia comunidad investigadora. Esta que podría llamar parte central del libro -los capítulos III, IV y V-resulta especialmente apasionante para el historiador, lo cual, por otra parte, en la perspectiva general del libro, constituye un argumento mayor a favor del análisis histórico también en perspectiva filosófica. Uno de los principales problemas detectados por el autor es la falta de información correcta acerca de estos temas entre el común de los mortales, lo cual es especialmente sensible en una situación como la señalada, en la que los científicos ya no pueden dar respuestas en solitario a los problemas antropológicos y morales suscitados por el uso de las biotecnologías, necesitándose un amplio consenso social que implica -que exige-la adaptación de todos los agentes a un horizonte inédito y cargado de dificultades. En esta perspectiva, obras como la que reseñamos deberían verse complementadas por otro tipo de intervenciones divulgativas; pero esto desborda los márgenes de la recensión y del propio libro. El estudio se cierra filosóficamente -nunca, insisto, ha dejado de ser un libro de filosofíacon una «Conclusión. El porvenir de la naturaleza humana: a partir de Jürgen Habermas», que en esencia es una revisión de los postulados del filósofo alemán contenidos en El futuro de la naturaleza humana. ¿hacia una eugenesia liberal? (2001, trad. esp. 2002). Debru suscribe todas las cautelas y temores de Habermas, pero concluye su reflexión sosteniendo, para lo que se apoya en el Platón de las Leyes, que el futuro debe construirse a la vez desde la confianza y desde el temor. Es decir, solicitando del lector, y sobre todo de los investigadores que puedan tomar en consideración su obra, una actitud alerta: una actitud filosófica. Nacido en 1758, en Huelva, fue José Isidoro Morales un olvidado clérigo que frecuentó instituciones ilustradas, como la Academia de Buenas Letras y la Sociedad Económica de Sevilla, también los Reales Estudios de San Isidro, siendo también ayo de los pajes del rey Carlos IV. Liberal afrancesado, sufrirá el destierro con el rey José, muriendo y siendo sepultado en París. En efecto, su estudio matemático de la elección social, no era útil en la época del temido rey Fernando. Es interesante esta aportación a la contribución de las matemáticas al estudio de la sociedad, en línea con lo que en Francia se estaba haiendo, como es el caso de Condorcet. Las matemáticas se muestran en el XVIII con un gran potencial científico, cultural y técnico. Desde los libros de Tomás Vicente Tosca, estudiado por Víctor Navarro, a los de Juan Justo García, biografiado por Norberto Cuesta, esta ciencia ha salido de los libros mostrando su utilidad y atractivo. Se edita ahora por las universidades de Huelva y Valladolid el libro del preceptor de los pajes, con muy interesantes estudios, que muestran el interés de esta olvidada pieza de la ciencia española de la Ilustración. Tuvo repercusión, así en Francia fue traducido y editado, ahora sigue siendo un texto de gran valor.
El libro editado en 1983 por T.Frangsmyr es hoy un texto necesario para estudiar la figura del célebre naturalista sueco Cari Linneo, y conocer las claves biológicas que la historia natural ofrece durante el siglo XVIII. Los cuatro artículos de Linnaeus, the man and his work componen una obra destacable por su cualidad e interés científico. Una nueva y breve introducción, donde el editor resume la historia conjunta de Suécia y de Linneo, sirve de presentación al análisis que, en su cualidad de hombre y científico, de botánico, de geólogo y de antropólogo, se hace a continuación. En el primer y más extenso artículo, The two faces of Linnaeus, el fallecido Sten Lindroth, tras recordar brevemente el símbolo nacionalista que para Succia tiene el Príncipe de ¡as Flores, dibuja el antagonismo entre ciencia y religión que representa el personaje. Dos idearios enfrentados en su metodología y por su significado: una moderna ciencia ilustrada que conoce por los hechos las leyes que rigen la naturaleza, se opone a un anacrónico sentimiento religioso que convierte al viejo Linneo en el sacerdote de su Nemesis divina. La imagen compuesta por Lindroth es la de un naturalista que busca la verdad observando el medio, pero sus ojos perciben y trasmiten un mundo de sensaciones, de sentimientos, «No one observed nature more sedulously than Linnaeus» (p.3). Su lema, res ipsas nasce, no deja dudas. El sabio sueco sigue y fomenta la tradición empírica de Occidente predicada por Bacon -a quien se refiere en su Fundamenta botanica-, y tiene en Aristóteles un precursor y maestro en historia natural, pero recorre su propio camino. El lacónico estilo linneano -como lo En su conclusión Lindroth aboga por un Linneo deudor de los hechos observados al construir la realidad, un empirismo pleno de sentimientos agazapados tras la mitología y el lirismo de sus descripciones, símbolo de la grandeza y la omnipresencia del Creador, que es el tema central de sus trabajos. Con este esquema, el análisis que Sten Lindroth realiza del ideario linneano sigue, ahora, la pauta marcada por Arthur O.Loveloy en The great chain of being. La idea de orden y armonía de la naturaleza que el concepto de cadena natural expresa tiene en Linneo un valor sistemático, se convierte en una secuencia de seres vivos que reconstruye el plan de la Creación. Su serie natural es un esquema clasificatorio que reconoce un argumento trófico para relacionar los diferentes eslabones, siendo la alimentación un factor de control poblacional por la restricción numérica que los depredadores deben soportar para adecuarse a la supervivencia de las especies que les sirven de alimento. Es la idea de orden entendida como equilibrio natural, como modelo biológico, formulada en su Politia naturae y deudora de la doctrina de Derham, que alcanzará el pensamiento evolucionista de Charles Darwin: «One of the contributory factors in the writing of On the Origin of Species was Linnaeus 's dramatic and grafie interpretation of nature» (p. El modelo sistemático linneano representa una naturaleza que se manifiesta con toda su pureza en la Creación. Su planteamiento fijista responde a la necesidad de un orden natural establecido en un remoto pasado que la constancia de las formas y de los fenómenos naturales garantiza: unitas in omni specie ordine ducit, afimiará. Su doctrina se opone así al pensamiento de científicos como Adanson, Buffon, Bonnet, Jussieu, que no rechazan el cambio, la variación de las formas, como elemento natural, asumiendo, caso de Adanson, por ejemplo, el tiempo como factor determinante de la clasificación natural -véase su Familles des plantes, p.67 y ss-; un camino que el sabio sueco tendrá que recorrer más tarde. Linneo ahora es el Adán en el Paraíso presente en su Fauna Suecica, la naturaleza su particular Jardín del Eden, y como tal se comporta observando las especies y nombrándolas. «Adam was the first Linnaeus; and Linnaeus, a second Adam» (p.26), afirma Lindroth recuperando nuevamente el sentido religioso del personaje y de su ciencia. Describir, clasificar y nombrar, sustentan su reforma sistemática, conformando un Linneo escolástico que pone en práctica la lógica aristotélica tanto para conocer el reino vegetal como el animal. La otra cara de Linneo emerge del anacronismo de la superstición y la fantasía. La credulidad y la especulación se apoderan del pensamiento linneano que ya no pertenece al siglo de las Luces. Esta ciencia del pasado aparece, por ejemplo, en un Systema naturae -«non mi sento gran fatto disposto a credere il restante della sua narrazione», afirmaba un reputado naturalista como L.Spallanzani comentando la descripción del cocodrilo publicada en el t.l-, que en su última edición recoge la fantasía de los mostruos zoológicos; se refleja en la especulativa metodología de sus escritos médicos como Materia medica y Clavis medicinae', y en sus teorías sobre los procesos vitales que tienen cabida en el Systema naturae y en Oeconomia regni ammalia, entre otras obras. Un anacronismo que nos conduce hacia la vertiente religiosa del científico Linneo. Una religiosidad mágica, primitiva, propia de sus reflexiones sobre Dios, el destino y la felicidad, presente en obras como Nemesis divina y Old testament, que dan identidad al Linneo hombre preocupado por la existencia terrenal. La otra cara del naturalista sueco, la desconocida, es la del «preacher and a scholastic, caught op in dogmas and prejudices» afirma Lindroth, subrayando la contradicción entre el científico moderno que representa Linneo, en su papel de sabio ilustrado, y la fe de su práctica religiosa. Una dualidad presente en su vida y en su obra. Eriksson en su artículo. Su investigación busca, y encuentra, el origen del sistema sexual linneano en las enseñanzas recibidas de sus maestros J.Rothman y Kilian Stobaeus, y de la lectura de la obra de Martin Daniel Hodegiis BotanicLís, que le permitirán abandonar el camino señalado por el sistema botánico de Tournefor y participar en el polémico debate sobre la sexualidad de las plantas. En su manuscrito Praeludia sponsalionun plantanun, lechado en 1730, expone por vez primera su convicción de la función sexual que estambres y pistilos tienen en el reino vegetal, y ese mismo año, en una versión del Ortiis uplandicus, utiliza el argumento sexual para clasificar las plantas. Esta metodología será confirmada en una primera redacción de su Fundamenta botanica realizada también el año 30. Linneo conformaba así un ideario botánico contrario a la doctrina del italiano Julius Pondera quien, en su conocida ohm Antliologia sive de floris natura, se oponía a la teoría sexual de las plantas. Eriksson ha elaborado una historia cronológica de los hechos con la visión de una ciencia colectiva. El sistema sexual linneano no es sólo el fruto de un genio, el resultado de una brillante idea, es la consecuencia de un pensamiento global, de una problemática general asumida y desarrollada por los botánicos en las primeras décadas del siglo dieciocho, que ya está presente en las últimas decadas del siglo XVI gracias al desarrollo que la anatomía vegetal experimenta con el uso del microscopio (el naturalista inglés N.Grew, Tlie anatomy of plants, 1682, por ejemplo, reconoció la sexualidad de las plantas, aunque no comprendió la función de los órganos llórales). Como afirma Eriksson, Linneo es ya en 1730 «a mature and, in most respects, fully formed man of science», su futuro botánico será el de sus obras Fundamenta botanica, Genera plantarum, Flora lapponica, Critica botanica, Classes plantarum, publicadas en los años treinta, y su éxito el de una sistemática que emplea los órganos sexuales de las plantas como signos de un lenguaje botánico fácil y asequible para ordenar el reino vegetal. Son elementos morfológicos que definen con precisión y rigor géneros y especies atendiendo a un empirismo sencillo, reduciendo el proceso taxonómico a la determinación de un simple número de estambres y pistilos. Años después, el fijismo creacionista propio del pensamiento botánico linneano será cuestionado duramente por una teoría de la hibridación que Linneo asume en la década de los sesenta. Es el momento de su Disquisitio de sexu plantarum, y Fundamenta fructifictionis, donde la ley de la hibridación reconduce su esquema creacionista; ahora «The Creator, Linnaeus now believed, created in the beginning only one species in each natural order; in other words, a very small number of species» (p.97). Un modelo genético, el híbrido, es la respuesta de Linneo a un universo vegetal mutable, que ha generado desde la Creación las especies que la componen: «they arose as a result of hybridization between species from the same genus» (p.98). Un discurso que se repite en la sexta edición de Genera plantarum de 1764. La última etapa del ideario linneano. Pero la temática botánica linneana se extiende más allá de una exitosa sistemática, de una triunfal nomenclatura binomial. Eriksson nos descubre una biología vegetal interesada por cuestiones como el clima, la temperatura, la motilidad floral o la distribucción geográfica de las plantas, temática propia de un científico que ha superado la linde taxonómica que le dio fama. La imagen de Linneo geólogo es la cuestión que ocupa a Tore Frangsmyr: Linnaeus as a geologist. Durante la centuria de las Luces, siguiendo el testimonio bíblico, dos temas geológicos fueron el centro de atención de los naturalistas: el Paraíso Terrenal y el Diluvio Universal. Determinar la situación geográfica y la apariencia física de aquél, y explicar el proceso de disminución del nivel alcanzado por el agua tras el diluvio, son los interrogantes que deben responder para comprender la orografía terrestre. Un debate lleno de fantasía, en el que Linneo se enfrenta a sus contemporáneos. Frangsmyr nos muestra al naturalista sueco imaginando el descenso de las aguas del Paraíso qn su Oratio de telluris habitabilis incremento, donde «In a poetic vision, Linnaeus Asclepi()-yo\. Es la idílica imagen de la Tierra sumergida en el agua excepto en la pequeña porción que corresponde al Jardín del Eden. Agua que disminuirá hasta dejar al descubierto los actuales continentes. Pero si la imaginación ayuda a Linneo a resolver el problema teológico del origen, más difícil resulta responder la pregunta ¿dónde está el Paraíso? desde el empirismo de la ciencia que practica. También ahora encotramos a un Linneo innovador y disidente: «Linnaeus takes a different view. Supuesto que en la introducción de la Flora zeylanica formulará con total precisión: Ceilán -actual Sri Lanka-, argumentando la diversidad animal y vegetal presente en la isla. La polémica sobre la disminución del nivel del agua tras el diluvio es una singladura no menos bíblica. Frangsmyr centra la cuestión hacia 1740, cuando tiene lugar en Suécia tal controversia. La conlTontación fue protagonizada por Urban Hiãrne, Swedenborg, Anders Celsius y Linneo, atendiendo al ideario de Newton, Boyle y Leibniz, particularmente. El planteamiento que Linneo hace del problema se caracteriza por su dimensión biológica -su propuesta considera la distribución de las plantas como el elemento determinante del fenómeno-, frente a la repercusión astronómica que la cuestión tiene para sus adversarios, «Linnaeus looked at the question of the diminution of waters through the eyes of a biologist» (p. Este marco biológico da lugar a su innovadora teoría sedimentaria de los sargazos incluida en la sexta edición del Systema naturae, 1748, y formulada con mayor detalle en la traducción sueca de Oecononiia naturae, 1750. La teoría expone el papel desempeñado por las algas en los procesos de sedimentación marina y fosilización. Es durante los períodos de calma cuando se produce el depósito de barro y cieno en el fondo marino. Ambos componentes constituyen lechos idóneos para recibir restos orgánicos que gradualmente se transforman en estructuras calizas. La presencia de algas en la superficie del mar contribuye a estabilizar el movimiento del agua, manteniéndolo en calma y favoreciendo los depósitos sedimentarios y la fosilización. La consecuencia de este planteamiento es el lema hijo del tiempo que Linneo esgrime como cualidad de los procesos geológicos, que también aplicará al reino animal y vegetal. Frangsmyr nos ofrece la visión de un heterodoxo Linneo que lee la Biblia como un testimonio del pasado, de la Creación, que hay que interpretar y reescribir en términos científicos. El artículo de Gunnar Broberg, «Linnaeu 's classification of man», cierra el volumen. ¿Cuál es el lugar que corresponde al hombre en la naturaleza considerado en términos biológicos? es la pregunta que Linneo responde en la investigación Broberg. 165), matizada por los argumentos que ofrecen la anatomía comparada y el concepto de especie. Broberg situa el problema en el contexto de la llamada por J.C. Greene, en un libro de homónimo título, la muerte de Adán. Aserto que plantea el desarrollo paulatino de la historia natural hacia el pensamiento evolucionista, en detrimento de la idea creacionista. En este sentido, Linneo se manifiesta como un precursor de Darwin al incluir al hombre dentro del grupo de los simios, orden Anthropomorpha, y considerar diferentes especies para el género Homo. Su peculiar ideario antropológico es una consecuencia de sus trabajos sobre anatomía comparada, y nos remite a la comparación que en L'histoire de la nature des oiseaux, 1555, Pierre Belon realizó entre el esqueleto humano y el de las aves, como antecedente más significativo de la cualidad animal que el hombre libre de su componente ético manifiesta en la naturaleza, tal y como predica Linneo: la semejanza entre el hombre y el mono simboliza la cualidad animal del ser humano des- http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS provisto de su racionalidad. Linneo define esta proximidad zoológica mediante un novedoso criterio sistemático basado en la disposición, situación y número de los dientes, propuesto en 1732 en su Systema naturae para establecer las diferentes especies de homínidos. Broberg resalta la transcendencia que este cambio de mentalidad tuvo para la sistemática zoológica dieciochesca, pues al fijarse un criterio dental con valor taxonómico se produce un distanciamiento del concepto de cuadrúpedo e inicia el camino para sus sustitución por el de mamífero. Mammalia, que ocurre en 1758 en la décima edición del Sistema natural. La novedad del Linneo antropólogo, sin abandonar el orden y la jerarquía de la cadena natural, se refleja en un intenso debate científíco promovido por naturalistas como Albert Haller, Georg Gmelin, Thomas Pennant, J.F.Blumenbach, La Mettrie, Buffon, opuestos a los planteamientos del sabio sueco, cuyo atrevimiento se hace patente con la formulación de nuevas especies del género Homo. Homo caiidatus, demuestran fantasía y confusión, lo inadecuado del siglo XVIII como marco científíco para abordar la fílogenia de las especies; su formulación representa una nueva era para las ciencias naturales, que pertenece a la biología decimonónica. La reflexión final de Gunnar Broberg es considerar a Linneo un antropólogo crítico frente a la civilización, tanto como puede serlo alguien capaz de llamar al hombre Homo sapiens. Nuestra opinión situa a Linneo en la línea de pensamiento que llevó a Voltaire a considerar que «hubiese sido muy triste que, habiendo tantas especies de monos, existiese una sola de hombre» {Relation touchant un maure blanc). El problema para el naturalista es que sus palabras deben ser corroboradas por los hechos.
Nos encontramos en la mídca Colina de los Chopos juanramoniana, en la Residencia de Estudiantes que nos abre generosamente sus puertas esta tarde. Y en este ambiente, ante mí un libro de Elvira Arquiola, La vejez a debate, editado hace pocos días por Dynamis -"La profilaxis de la vejez en la España Contemporánea"-y, ya postumamente, Asclepio -"La medicina española contemporanea en el debate sobre la vejez", cuyo original me había enviado pocos meses antes de su muerte-. No es extraño, pues, que a lo largo de sus últimos años se dispusiese a escribir un libro en el que recogería su experiencia geriátrica, rica en lecturas y en investigación de fuentes. La impagable labor de Luis Montiel, autor también del bello prólogo con que se inicia el libro, "El último testimonio de una historiadora de la medicina", ha permitido compilar debidamente las páginas que Elvira dejó escritas y a las que, ya impreso, antecede un entrañable Proemio de Jose Luis Peset, impedido esta tarde, por fuerza mayor, de estar entre nosotros como por amistad y saber le correspondía y hubiese sido su deseo. Un proemio que críptica y cordialmente titula "Escribir para vivir, leer para esperar". Un libro, pues, que recoge una labor de años y que en 236 páginas nos ofrece, como su título promete, un amplísimo debate sobre la vejez, un "análisis histórico de la situación sociosanitaria de la vejez en la actualidad", como explicita su subtítulo. Los criterios conceptuales, la historia de su conversión en cuestión social a partir del mundo clásico así como de su posible previsión, sus problemas médicos (fisiopatológicos, profilácticos y patológicos), la intervención en su estudio de los factores psicológicos y sociales, su necesaria especialización; y todo ello en el mundo moderno occidental, por supuesto, pero particularmente considerado en España, tema al que se consagra un capítulo entero. Concluye el libro presentando la actual conversión de la vejez de problema en reto, con unas últimas reflexiones acerca de lo personal, lo individual y lo colectivo en ese tránsito de lo que es problemático a lo que es desafío. Este es el libro de Elvira Arquiola, La vejez a debate, aparecido en estos días. Pero yo no me puedo quedar en su superficie. Como su amigo durante más de veinte años, como su confidente a veces en nuestros despachos contiguos cuando todos. Instituto "Arnau de Vilanova" y Cátedra compartíamos nuestro trabajo en el Pabellón 5° de la Facultad de Medicina, en la Ciudad Universitaria, y luego en largas conversaciones telefónicas o en visitas muy esporádicas -coloquialmente, yo para ella "el Jefe"; coloquialmente, ella para mí "D' * Elvira"-, como testigo de tantos momentos de esperanza y de fracaso vitales, y rompiendo las fronteras de la pura objetividad a que al comienzo de mis palabras aludía, quiero entrar en la última entraña de La vejez a debate, tratando de esclarecer su significado. Tres sentidos veo yo en el contenido del libro que nos ocupa: el testimonio de un personal éxodo interior, la magnanimidad, como respuesta a una incógnita, que translucen sus páginas y, por fin, la posibilitación con él de una pervivencia salvadora. Brevemente glosaré mi afirmación. Elvira Arquiola tuvo el privilegio, el triste privilegio, de saber que no llegaría a la vejez. Sus últimos años fueron un peregrinar permanente, una lucha heroica hacia la meta que sabía imposible, un éxodo mosaico plagado a veces de escollos e incomprensiones que le acercaba a la etapa prometedora pero inaccesible. También ella, desde su monte Nebo particular, pudo decirse: veo la vejez pero no la alcanzaré. Y este libro es testimonio de sus afanes inconclusos. Pero entonces surge la incógnita: ¿por qué precisamente en estas circunstancias su decisión de consagrar sus últimos esfuerzos al tema éste de la vejez?. La cual pregunta nos acerca al segundo sentido de la obra. En principio podía pensarse que tal consagración se explicaría por, ella misma lo escribe, la proximidad de la vejez a la muerte. Se trataría de un periodo paralelo a su propia circunstancia biográfica, y escribiendo sobre ella se recreaba en su personal situación. Pero eso hubiera sido en ella puro autosadismo. Antes bien, creo que porque sabía lo inalcanzable de sus pretensiones, dedicando al tema los más difíciles años de su vida, noble y limpiamente, mostraba así su extraordinario temple, la magnanimidad de su ánimo. Frente a los testimonios casi unánimes de escritores de todos los tiempos: recordad a Lope, el genio http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS literario del XVII: "Todo soy enfermedad/porque es la vejez su abismo"; recordad a Caries Churchill, el tan poco edificante satírico del XVIII: "Vejez, una segunda infancia por la naturaleza maldita.../débil, enfermiza, plena de dolores; en cada aliento/maldiciendo a la vida y, pese a todo, temerosa de la muerte" y tantos y tantos más. Pues bien; Elvira, pudiendo haberse apoyado en ellos y en su propio destino para soslayar un tema tabú para ella, sabiendo la realidad de todas estas circunstancias, y conociendo su limitación, tuvo sin embargo la generosidad de ofrecernos una visión ecuánime de lo negativo, apoyando con su saber lo positivo, lo quijotesco de la empresa. No, ella no llegaría a la tierra prometida pero generosa, casi deportivamente, nos legó su visión de la misma, dedicándose al tema sin un atisbo de acritud ni amargura. Y por fin, acabo con ello, este libro nos posibilita la pervivencia de Elvira. Permitidme que en estos momentos exprese mis más Íntimos sentimientos: la angustia de esa imposibilidad terrena de una relación interpersonal con los que nos dejaron, el dolor de no haber llegado a hablar un día o de no haber proseguido una conversación interrumpida otro, interpuesta ya entre nosotros la barrera inexorable del "ya nunca jamás". Una barrera ésta que yo veo como una inmensa pared de cristal impenetrable, en principio totalmente transparente, dejando pasar desde el otro lado imágenes y vivencias bajo forma de recuerdos: no podemos hablar pero, al menos, podemos revivir el pasado y así, en cierto modo, revivir al ausente. Mas la vida prosigue con ritmo azacanado, las exigencias de cada instante obligan a poner la atención en otros asuntos y en otras personas y resulta que cuando en algún momento posterior volvemos a mirar hacia el cristal observamos que su transparencia es ya algo menor, que se va haciendo translucido y que hay recuerdos que se pierden y vivencias inaprehensibles. Hasta que un día esa pared que nos separa de la muerte se trueca en muro opaco. Al otro lado el que se fue, perdida ya toda posibilidad de rescatarlo en la memoria; a este lado de acá yo, viviendo todavía con resignación la impasible realidad de la imposible rememoración. Así una y otra vez, aumentando con los años este drama real de la lucha implacable entre el recuerdo de los que se nos fueron y aquella danza egoista de la vida que sigue. Lo cual parece conducirnos a una visión pesimista del equilibrio entre la vida y la muerte, a favor de aquélla. Pero yo pienso que no, que ello no es cierto, que no es posible perder para siempre el contacto con la amiga que se fue. Y recuerdo viejas lecturas de poetas y acudo a mi experiencia, y en todo ello encuentro el camino de una nueva esperanza, más acá de lo trascendente, en nuestra propia temporalidad. Junto a la evidencia de que la resignación y la cotidianeidad mitigan y ahogan tantas veces ese permanente revivir de los recuerdos y de las vivencias, esta otra evidencia de que la obra llevada a cabo por los que se fueron puede convertirse en puente de unión eterna. Cualquier obra: la pictórica, la sinfónica, la científica, la literaria sobre todo, porque nos permite, en nuestra propia soledad de cada instante, abrir las hojas de un libro y, como escribió Quevedo, "Retirado en la paz de estos desiertos/con pocos doctos libros juntos/vivo en conversación con los difuntos/y escucho con mis ojos a los muertos". Hablar y ecuchar con los propios ojos, al lado de acá del muro ya totalmente opacificado, en cualquier momento, en toda circunstancia. El libro, pues, ocasión de resurrección y herramienta de supervivencia. Y aquí encuentro el último sentido de La vejez a debate. Más allá de su destino, de sus avatares futuros, lo tomo entre mis manos no como lector crítico sino como amigo, como persona. Abro sus páginas, entreleo sus capítulos, me impongo de su contenido y, de repente, siento un estremecimiento extraño. Me acuerdo de don Miguel de Unamuno y voy musitando lentamente sus agónicos octosílabos: "Aquí os dejo mi almalibro,/hombre-mundo verdadero;/cuando vibres todo entero/soy yo, lector que en tí vibro". Éxodo, magnanimidad y pervivencia de Elvira Arquiola. Eso significa para mí, nada más y nada menos, La vejez ci debateque esta tarde estamos presentando.
Hablar de revolución científica conlleva en cualquier ocasión un grado de polémica, que el libro no elude, derivado de la artificiosidad y subjetividad inmanente a tal calificativo. La revolución como cambio drástico, según la propuesta kuhniana, frente a la revolución entendida como necesaria hilación de ideas que promueven el cambio uniendo presente, pasado y futuro. La obra trata de revoluciones científicas siguiendo una pauta histórica, la de la biología, examinando los momentos álgidos de su historia: de Paracelso a la paleontología del siglo XX, con parada y fonda en el mecanicismo cartesiano, en el concepto de circulación, en la teoría de la evolución, en la genética mendeliana, y en la moderna neurología que el galeno Charcot representa, entre otros ejemplos. De las diferentes propuestas que la pregunta ¿qué es una revolución científica? suscita nos quedamos con la afirmación de Giulio Barsanti, con su distanciamiento del modelo de Kuhn, para dar a la revolución cientifica un significado de continuidad y colectividad, y considerarla como un fenómeno de larga duración. De este debate nos hablan los autores del libro. De una revolución fallida, la teoría de la reproducción de Paracelso, trata el trabajo de Giancarlo Zanier {Una rivoluzione mancata: la teoría paracelsiana della ríproduzione). Una propuesta que sirve para considerar los cambios científicos como un proceso continuo en el tiempo. Tomando como elemento de referencia una obra perteneciente a su primera época: Yon der Geberung der enipfindlichen Díngen in der Vernunft, se analiza el ideario embriológico del maestro que ofrece evidentes rasgos preformistas. Paracelso, como tantos otros, pone la imaginación donde no puede llegar la ciencia, y su frustrada revolución simboliza la inferioridad del ser humano ante los fenómenos naturales, su incapacidad para explicar acontecimientos que no están al alcance de sus posibilidades intelectuales. Para Guido Cimino la teoría neurofisiológica de Descartes {Revoluzione come mutamento dei nuclei concettuali dei fondo: l'esempio della neurofisiologia di Descartes) es un ejemplo de una nueva variante del concepto de revolución: catalogar como tal a los cambios en esquema interpretativo, en las ideas motrices que dirigen la investigación, con independencia del éxito o fracaso que tengan los resultados. El hombre-máquina cartesiano, el modelo mecanicista, supone una transformación de la base ideológica precedente, sustituye la fisiología de las facultades y virtudes por un principio mecánico que dirige el estudio de los seres vivos. El relativo fracaso de la teoría no elimina su cualidad revolucionaria. Cimino define la revolución científica no sólo por la elaboración de una nueva teoría, sino a través de los cambios que se producen en el modelo de investigación y en la idea directriz que lo conduce. Storia di una rivoluzione transdisciplinare, de Antonio Di Meo, W. Harvey y su teoría sobre la circulación sanguínea aparecen como ejemplo ya clásico de revolución científica interdisciplinar. Física y química participan de esta explicación mecanicista de la vida animal, que, en definitiva, es sólo una simple circulación de materia. El argumento no tardará en extenderse al reino vegetal, por analogía con los animales, pero también pasará de la economía de la naturaleza a la sociedad, mediante el análisis comparativo con el que la fisiocracia asemeja el organismo animal al cuerpo social. También aquí hay una circulación material necesaria para el funcionamiento de la sociedad: la riqueza. Di Meo presenta el concepto de circulación como una idea triunfadora en biología, en física, en química y en economía, el responsable de una exitosa revolución interdisciplinar. Con la claridad, síntesis, y eficacia de quien se sabe la lección, Giulio Barsanti (Dalla storia naturale alla storia della natura, alla biologia) expone las claves del paso de la historia natural a la biologia. La figura de Lamarck aparece en este tránsito no como el gran creador y sí como el sistematizador de un ideario presente en un amplio colectivo de naturalistas. Barsanti rechaza el modelo kunhniano de revolución, la ruptura que representa. Su interpretación está a favor de la continuidad, de la formulación de la ciencia sin grandes saltos ni egregios científicos, como un reconocimiento del trabajo colectivo. La revolución requiere cambios que se producen por acumulación de saberes, de información, y no por la genialidad de un individuo. Las figuras se encuentran en la cumbre de esta novedad pero su contribución radica en la formulación de una nueva teoría cimentada tanto en su propia investigación como en la síntesis del trabajo de sus coetáneos. Barsanti abre la espita de la polémica. En un breve ensayo Alessandro Dini (Rivoluzioni scientificlie e processi di emergenza: il caso della fisiologia), une revolución científica y fisiología. Desde la segunda mitad del siglo XVIII con la obra de Haller {Elementa physiologiae corporis humani) la fisiología experimentó un progresivo desarrollo que culmina en la primera mitad del siglo XIX. Dini plantea el proceso como un cambio continuo de modelos y programas de investigación. Del mecanicismo del Seiscientos se pasa al vitalismo de Stahl como antecedente del modelo de Haller, que el empirismo experimentalista decimonónico consolidará. La revolución fisiológica sigue los pasos de la historia. Se construye de forma lineal sin que falten argumentos sobresalientes, como sucede con el concepto de fibra aportado por Haller. La revolución darwiniana es el siguiente tema. Dos artículos abordan el interrogante ¿revolución científica? aplicado a la teoría darwinista. Antonello La Vergata en su ¿Che rivoluzione fu la rivoluzione darwiniana? avanza en la dirección de considerar la teoria de Darwin como un hecho individual, minoritario, que tuvo poca aceptación en su época -la polémica no falto incluso entre sus defensores-, para conducirnos hasta la The Non-Darwinian Revolution donde P. Bowler plantea lo irracional que resulta considerar que una teoría que no ha golpeado a los científicos contemporáneos provoque una revolución cultural. La conclusión es que la teoría de Darwin sirvió para introducir un modelo evolucionista, que no darwinista. Un cambio que se traduce en la refutación del esquema creacionista, sin dejar por ello de ser un argumento en favor de la tradicional explicación finalista del mundo. En La teoria darwiniana tra evolucione e rivolucione. Barbara Continenza tamiza la teoría darwiniana y la teoría sintética de la evolución bajo la luz de la ideología de E.Mayr, K.Popper, B.Cohen y T.Kuhn, para analizar las diferentes interpretaciones que resultan de la aplicación de una y otra filosofía al concepto de "revolución" darwiniana. Con Mayr el darwinismo es un fenómeno complejo que alberga varias teorías con diferente repercusión en el universo científico (evolución, descendencia común, gradualismo, selección natural, y multiplicación); para Popper el progreso científico siempre es revolucionario, mientras Cohen considera que las nuevas ideas científicas son transformaciones de ideas precedentes, y Kuhn ofrece su modelo rupturista. El resultado es un paisaje multicolor, pleno de coincidencias y diferencias que mantienen viva la polémica sobre la teoría de la evolución de Darwin y su sucesora la teoría sintética. // mendelismo una rivoluzione anomala e posticipata, es la propuesta de Federico di Trocchio para incluir a Mendel bajo los parámetros de la revolución científica kuhniana. Un cambio científico anómalo, de efecto retardado, que no puede catalogarse como tal hasta su redescubrimiento en 230 XLVlIl-2-1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es 1900, y en particular hasta la formulación de la teoría cromosomica de Morgan en 1913. Mendel no es ya el sabio desconocido y su leyes un saber oculto entre las páginas de una revista menor. Su trabajos sobre la herencia de caracteres fueron conocidos en su época y su fracaso se debió a una falta de comprensión de los principios propuestos. Pero el ideario de Mendel deberán esperar hasta el nuevo siglo convirtiendo la suya en otra revolución fallida. Bernardino Fantini trata el tema de la relación entre medicina y sociedad y el cambio que produce el desarrollo de la microbiología {La rivoluzione pastoriana e le politiche di igiene pubblica). La medicalización social, los nuevos programas de higiene pública, son la consecuencia del nuevo concepto de enfennedad y salud que promueven los progresos bacteriológicos ocurridos en las últimas décadas del siglo XIX. El concepto de microbio establece la unión entre causa y efecto, e implica una politica sanitaria destinada a la erradicación y al control de la enfermedad. La revolución científica asume así una dirección social, cuya consecuencia es la definición de un modelo sanitario que permita al médico una eficaz investigación sobre las causas, y al higienista un eficiente plan de control de la enfermedad. Charcot rivoluzionario a metei, significa la imagen del científico, del médico, a caballo entre pasado y futuro, entre la innovación y el conservadurismo, entre la medicina experimental y el método anatomoclínico. Mauro di Giandomenico traza un prolijo retrato biográfico e ideológico con el que construye esta nueva dimensión del médico Charcot, algo más que un neuropatòlogo, y su contribución al desarrollo de la medicina del siglo XIX. Tres innovaciones señalan su condición revolucionaria como médico del parisino hospital de la Salpêtrière: su novedosa técnica de visita al paciente, la organización de un laboratorio de investigación y el desarrollo de un modelo de enseñanza libre de la medicina. Su revolución es organizativa, metodológica, educativa, y si no sigue la línea positivista de Cl. Bernard, sus planteamientos anatomoclínicos -que no son ajenos a los avances de la biología, psicología y sociología-, están lejos de los principios defendidos por Corvisart durante la primera mitad del siglo. Charcot aparece así no como revolucionario sino como un renovador. Giovanni Federspil y Roberto Vettor son partidarios del esquema kuhniano, ciencia normalciencia revolucionaria, y en este contexto insertan su historia de la endocrinología {L 'origine concettuale dell' endocrinologia e il suo sviluppo in Italia). Una primera etapa acumulativa, de observaciones y recopilación de datos, dará paso al período revolucionario (1889-1905) responsable de la endocrinología moderna. En su discurso abundan los grandes nombres, y su historia de la ciencia lo es de genios y creadores, de ideas felices, todo bajo una perspectiva excesivamente médica -hablaríamos mejor una historia clínica de la endocrinología-, que deja muchas puertas abiertas del largo pasillo recorrido; una de ellas la historia de la endocrinología italiana. Finalmente, Elena Gagliasso en su La paleontologia nella svolta degli anni40: ortogenesi e teoria sintetica dell'evoluzione, traza, desde su óptica filosófica, la historia de la paleontología desde principios de siglo XX hasta los años 40, cuando la paleontología vuelve, de la mano de G.G. Simpson {Tempo and Mode in Evolution, New York, 1944), al seno darwinista con la formulación de la teoria sintética. Hasta entonces se había dejado sentir la influencia del neo-lamarkismo de finales de siglo y particularmente de la teoría ortogenésica de la evolución, o evolución dirigida, a la que Simpson dio respuesta. Pero la suya no será una revolución en toda regla sino una nueva vuelta de tuerca al desarrollo de la paleontología, pues la ortogénesis dio paso a la orloselección. Le revoluzioni nelle scienze della vita reúne dos cualidades que lo hacen recomendable con independencia de la diferente calidad de los trabajos que lo componen, algo habitual en los volúmenes colectivos: es un sucinta historia de la biología que logra explicar con suficiencia algunas etapas sobresalientes de la disciplina; y nos ofrece, habilmente intercalado entre el discurso históri-, 1988). Ambos tienen citas bibliográficas en común (como los trabajos de Paula Demerson, Valentina Fernández Doctor o Antonio Carreras) y en ambas las fuentes de archivo se combinan con las conocidas monografías sobre expósitos de Antonio Bilbao, Ximénez de Uria o I.M. Ruiz de Luzuriaga. Sin embargo, el espacio cronológico objeto de estudio sólo se solapa en parte, puesto que F. y B. Vidal Calache centran su análisis en la primera mitad del siglo XIX utilizando el periodo ilustrado como referente obligado. Una y otra obra forman así un continuo que resulta de un gran interés no sólo para el conocimiento intrínseco de la institución sino también, más allá de ello, ambas obras son un exponente muy importante de actitudes, comportamientos y situaciones políticas y sociales de la España de aquellos tiempos. Con un acercamiento riguroso, los abundantes datos extraídos de las fuentes de archivo (muy en especial del propio Archivo de la Inclusa, inventariado y custodiado por el Centro Regional de Archivos de la Comunidad de Madrid) son ubicados y contrastados con los ofrecidos por fuentes impresas de muy diversa procedencia y contextualizados con los estudios previos existentes sobre beneficencia (por ejemplo los de P. Carasa Soto), demografía (Carmona García) y situación política y social del Madrid del periodo objeto de análisis. La erudición no está reñida, sin embargo, con una redacción ágil que resalta lo fundamental. El hilo conductor del libro es la exposición de las transformaciones producidas por el paso de la caridad a la acción social del Estado que tuvieron su reflejo normativo en la Ley general de Beneficencia de 1822 y su posterior de 1849, que introdujeron un nuevo concepto de beneficencia pública, y su aplicación al problema de los niños expósitos. La obra reconstruye la historia de los tres centros que existieron en Madrid para la protección de estos niños; el principal, la Casa de Expósitos de San José o Inclusa, fué la que dio nombre a todos los establecimientos de este tipo en lengua castellana. Los otros dos fueron el Colegio de Niños Desamparados y el Colegio de Niñas de Nuestra Señora de la Paz que tuvieron una estrecha relación con el anterior. Los sucesivos capítulos nos acercan a los diversos aspectos que son objeto de análisis dentro de los estudios sobre historia institucional: orígenes, grupos sociales dentro de la institución, economía, gobierno y control y, finalmente, la situación sanitaria de los niños acogidos. En lo que hace referencia a este último aspecto, el sanitario, es destacable la riqueza de datos que ofrece la Memoria anual de 1820 sobre la Inclusa y el Colegio de la Paz, que pretendía hacer visibles estas instituciones para llamar la atención de los gobernantes y de los propios ciudadanos. Muy interesante es también la transcripción que hacen las autoras de las causas de mortalidad (pp. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS 103-110) en las que incluyen datos numéricos de 1809. El estudio pormenorizado de las cifras -se recogen las causas de muerte de 889 niños fallecidos a lo largo de dicho año-permite vislumbrar la situación deplorable de la salud de los expósitos, pese a las medidas racionalizadoras y las reformas higiénicas y sanitarias emprendidas por la Junta de Damas. La extenuación aparece como la primera de las causas, seguida del rótulo de nacidos inconservables, fiebre, gangrena y úlceras y transtornos digestivos. Uno de los aspectos más destacables es el papel jugado por la Junta de Damas, mujeres de alto rango social encargadas del gobierno y administración de los establecimientos, así como de los avatares sufridos a lo largo del periodo estudiado con el paso al modelo de beneficiencia pública y a una nueva concepción de justicia social. Las consecuencias reales de los cambios experimentados sobre las condiciones de los expósitos, muestran cómo el historiador debe ser muy cuidadoso en hacer interpretaciones excesivamente simplistas. Como las autoras explican muy adecuadamente, dicho cambio supuso un claro retroceso en la atención a los niños y, a la luz de los datos disponibles, hay que enjuiciar muy positivamente la labor de la Junta de Damas. El volumen se cierra con un apéndice documental, sobrio y bien escogido, y con una útil cronología de acontecimientos políticos en relación con los establecimientos benéficos estudiados. Dpto. de Salud Pública, Universidad de Alicante. JACQUES FERRAND, Melancolía erótica o enfermedad de amor, Madrid, Asociación La Asociación Española de Neuropsiquiatria, fundada en 1924, ha intentado desde 1981 ampliar el horizonte del pensamiento psiquiátrico, con el conjunto de sus publicaciones, prestando atención a la historia de esta disciplina: los volúmenes I al XV, correspondientes a los quince años de existencia de la Revista de la A. E. N. (véase el rf 56, especial, de 1995), son testigos de este esfuerzo prolongado. A partir de los números 47-48, de 1984, hasta el número 60, con el que se cierra el año 1996, ha venido impulsando de otro modo esta orientación, al incorporar, además de los estudios de signo más positivista, otros que abordan temas de intención cultural o de contenido histórico a fin de buscar otros estímulos para una disciplina que hoy aparece de nuevo, y no sólo en nuestro país, muy medicalizada y encerrada en sí misma. En esta misma línea, la A. E. N. inicia con el libro de Ferrand una colección de «Historia», que complementa en sus ediciones a la sección de «Estudios», relativa a los trabajos específicos de salud mental. Y en 1997, empezará a publicarse en esa nueva colección la Anatomía de la melancolía de Robert Burton, un trabajo monumental en todos los sentidos posibles -más amplio y, con justicia, de más resonancia que el de Ferrand-, que se imprimió un poco antes de reeditarse, en 1623, la Melancolía erótica o enfermedad de amor. Este tratado tardogalénico de Jacques Ferrand Agenois es un ejemplo notable de la obsesión por el deseo y por el control de sus excesos a finales del siglo XVI y comienzos del XVH, además de ser un tratado práctico sobre el «mal fantástico» que resalta su título. Como se sabe, la melancolía fue considerada en casi todos los libros de medicina general del momento y mereció monografías notables como las de Bright, A Treatise of Melancholy (1586), y Guibelet, De l'humeur mélancolique (1603). El libro de Ferrand apareció inicialmente en Toulouse en 1610 -donde él Pues bien, la curiosidad, en estos últimos años, por los temas melancólicos es muy evidente. Más allá de las modas, el encierro en el territorio privado, tan ambiguo ideológicamente, es el primer causante de este interés (aunque el signo cultural en el que se localiza quizá sólo pueda comprenderse en el futuro). Sea como fuere, hay ya una sólida tradición en los estudios sobre la melancolía, que ha venido a robustecerse en décadas recientes. Por ejemplo, además de las historias generales sobre los escritos melancólicos hay que recordar el libro colectivo. Un tema de la psiquiatría renacentista» (Archivos de neurobiologia, XVIIl, 4, 1955), de M. Granjel «Tristeza sin causa» (VV. AA., Historia y Medicina en España, Valladolid, J. Castilla y León, 1995); y, específicamente para el médico de Agen: M.-C. Lambotte («Jacques Ferrand. De la maladie d 'amour ou melancholic erotique», L'Evolution Psychiatrique, 54, 4, 1994); que puede complementarse con el texto de M. Fumaroli, «"Nous serons guéris, si nous le voulons". Classicisme français et maladie de l 'âme» (Le Débat, 29, 1984), pues el problema melancólico afectó a la cultura en su conjunto del siglo XVI y principios del XVII: ello se revela, de hecho, en las fuentes mismas de esta Melancolía erótica ahora recuperada. De entrada, el libro de Ferrand se desenvuelve en el humoralismo tradicional (en medio, por tanto, de la teoría humoral de la atrabilis y del estudio de las pasiones) con sus principios opuestos e inmutables, que se hallaban impregnados de valoraciones panpsicológicas, totalizadoras, de un modo tan natural que hoy nos resultan de aliento casi mágico, propio para representar a la vez la manía destructora y el genio más o menos activo. En principio, pues, el médico de Agen, que dominaba las lenguas clásicas, seguía afincado intelectualmente en Hipócrates, en la Antigüedad grecorromana, con Areteo de Capadócia, Sorano de Efeso, Galeno y Oribasio de Pergamo, o en la estela bizantina, con Accio de Amida, Alejandro de Tralles y Pablo de Egina, que aparecen en los márgenes de sus páginas. Además, para comentar los tratados medicinales, Ferrand elige a menudo frases de Aristóteles (y de sus comentaristas antiguos o medievales), de Cicerón o de Séneca. Como sugiere Starobinski, hay en la Antigüedad una «psicoterapia» de los estados depresivos, en forma de exhortaciones morales o de consolationes (Historia del tratamiento de la melancolía, Basilea, Geigy, 1962), de ahí la presencia entre sus líneas de las éticas aristotélicas o de los escritos de los dos grandes romanos citados o los del autor de las Tristes, ese Ovidio tan inlluyente en nuestra cultura desde el Medioevo y utilizado sin duda en el Renacimiento. Del mismo modo están presentes en su tratado Avicena, Averroes y Rhazes, o, por otro lado, Pietro di Abano y, sobre todo, el gran Arnau de Vilanova, quien se había ocupado de este tipo de melancolía. Pues el galenismo tardío, en el que se inscribe Ferrand, se apoya en el pensamiento 234 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS medieval, si bien sus referencias a los clásicos griegos y grecolatinos o a los autores posteriores al siglo X, tienen otro aire cultural, gracias a las obras antiguas bien rescatadas y al auge manifiesto del individuo. Aunque los medievalistas sin duda tienden a acentuar lo primero, esa meditación médico-melancólica que no negamos, sin embargo la recuperación cultural y la inquietud interior renacentistas -sustrato de la melancolía puesta a la luz en la modernidad-no pueden desligarse de la compleja problematización del individuo que atestiguan las «autobiografías» de Cardano o de Montaigne, autores con los que precisamente la Melancolía erótica dialoga. Tampoco debe desdeñarse el fuerte eco, en esta obra, de una importante experiencia «ensimismada» (eso sí, algo lejana ya para Ferrand), como la que supuso el nuevo platonismo, dadas las abundantes referencias de la Melancolía erótica a Ficino {De amore) y a la escuela neoplatónica italiana, así Mario Equicola {Libro de natura de amore) y otros. El cúmulo de referencias, ideas, problemas, que revela las notas de Ferrand es un estímulo para leer y releer este tratado con el menor número de prejuicios culturales posibles. Por otro lado, este libro deja ver cómo al especial sincretismo entre universalismo neoplatónico y naturalismo neoaristotélico, propio del siglo XVI, se añade una relectura de los textos hipocráticos y galénicos que está «impurificada» entonces ya por el estoicismo y el escepticismo modernos. En resumen, Ferrand delata, desde luego, la tendencia fisicista del momento, que se une al afán clasificatorio, codificador, perceptible en su modo de abordar a los tipos melancólicos. Además, por supuesto, Ferrand cita de continuo los libros de medicina modernos: se apoya en Manardi, el defensor de los griegos, en Agrippa o en Cardano, en el gran Fernel o en Felix Plater, en François Valleriola y especialmente en André Du Laurens {Des maladies melancholiques, 1597), con su teoría neurálgica de los espíritus vitales. Y asimismo apela a menudo a grandes figuras españolas, como Monardes, Luis Mercado o los alcalaínos Cristóbal de Vega y F. Valles, entonces proyectados en Europa. Otros médicos, como Lobera de Avila, J. Huarte, Velazquez, Pedro Mercado y Alfonso de Santa Cruz, por cierto, también se ocuparon de la tristeza con mayor o menor intensidad: no habiéndose deslindado el saber psiquiátrico, «melancolía» era el rótulo que afectaba a la mayoría de las perturbaciones mentales. Pero el escrito de Ferrand tiene también otros trazas de calidad, las expresivas, propias del ensayismo que acaba de nacer avanzado el Renacimiento, y que son muestra también del empeño individualista que comienza a perfilarse. Además, la literatura que se originó desde la fecha de nacimiento de Descartes hasta la redacción de las Reglas para la dirección de la niente (1630), revelan el acentuamiento de la crisis en la mentalidad moderna, expresada en la obsesión por la tristitia en estos años o en la descripción continua de la locura. Si ya era evidente la preocupación por el desconsuelo, avanzado el siglo XVI (al que se asocian grandes figuras, como Tasso, Camoens, Cervantes, Shakespeare), en la época barroca proliferan los escritos teóricos o dramáticos sobre la enfermedad del amor o melancolía amorosa, especialmente Y esta barroca Melancolía erótica o enfermedad de amor, es, en efecto, un análisis, y una clasificación, de los desajustes provocados por la falta de mesura en el deseo, a los que Ferrand atiende con viejas armas intelectuales. Por las variedades melancólicas que describe, por las consideraciones éticas que acompaña a sus descripciones, irónicas las más veces, por el universo cultural que pone enjuego (más que por las sólitas recetas para combatir la enfermedad que ofrece), la lectura de la Melancolía erótica facilita la comprensión de un modo de representar la tristeza heredero de la Antigüedad y de las culturas medieval y renacentista, el barroco, ante el que sentimos una distancia racional insalvable. Pues el libro, de trazos bellos, lleno de noticias moralizantes e inmoralistas, de apuntes históricos y de recuerdos de toda nuestra cultura -justo antes de la entrada rigurosa de la ciencia moderna-, Asclepiü-Wo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es lOESENAS nos abre paso a ese mundo intelectual cada vez más lejano. Esta primera edición en nuestro país de un texto dotado, pues, de una evidente calidad expresiva -que resalla en la espléndida traducción de Julián Mateo Ballorca-, merece sin duda la atención no sólo por el historiador de la ciencia sino también por parte del historiador de la cultura o de cualquier lector atento a los textos centrales del pensamiento moderno. Facultad de Ciencias, Universidad de Valladolid, GERALD MESSADIÉ, LOS grandes descubrimientos de la ciencia, Madrid, Alianza Editorial, 1995,262pp. Descubrir e inventar son dos conceptos relativos al universo de lo desconocido. El que descubre certifica la existencia de un hecho ignorado. El inventor construye objetos artificiales pertenecientes al código humano. Parece, pues, evidente, la existencia de una nítida barrera entre ambos comportamientos. Sin embargo, la diferencia no es tal si consideramos que el inventor sólo aplica a su arte las mismas leyes que rigen en la naturaleza. Pero la semejanza puede llegar aiin más lejos. Muchos inventos tiene su origen en estructuras naturales que la tecnología ha mejorado. Es el caso del alambre espinoso usado en los cercados, cuyo origen no es otro que el seto espinoso conocido como boís d'arc empleado primigeniamente, con notable éxito, para el cercado del ganado, y sustituido luego por el alambre. El naturfacto da paso al artefacto y el ejemplo muestra la proximidad que existe entre los objetos realizados por el hombre y aquellos pertenecientes a la naturaleza. Inventos y descubrimientos se recogen en la trilogía elaborada por G. Messadié para construir una historia de la ciencia y de la técnica diferente. La obra tiene una clara intecionalidad enciclopédica, recopiladora, que no va en detrimento de su contenido histórico, que aflora como principio directriz de la información ofrecida en los numerosos artículos. Los dos volúmenes dedicados a los inventos de la humanidad definen una frontera cronológica: inventos realizados hasta y después de 1850, donde, agrupados por materias, se recogen tanto aparatos científicos como utensilios de uso cotidiano. Conocer que la primera agencia de viajes fue establecida por el ingles Thomas Cook en 1841, o que el uso del asfalto, ese inequívoco signo de modernidad y desarrollo, se remonta a la Mesopotamia del primer milenio antes de nuestra era, son una muestra de las múltiples posibilidades que la obra ofrece. Pero quedarnos en mera anécdota sería construir una equívoca imagen. Los datos no faltan pero la explicación va más allá del qué interrogándose por el cómo y porqué de los objetos, y es aquí donde la historia ejerce su protagonimo. Un apropiado índice de inventos e inventores mutiplica geométricamente las posibilidades reales del texto. Sin embargo, hubiera sido de mayor utilidad atender también a un criterio alfabético, y no sólo temático, a la hora de confeccionar el índice de inventos, así como incluir uno relativo a ambos volúmenes en conjunto. El apéndice bibliográfico merecía mejor suerte, en un doble senti- El mismo esquema se repite en el volumen dedicado a los descubrimientos, se ocupa tanto de las teorías científicas como de los procesos biológicos, físicos, químicos y médicos (las referencias matemáticas forman parte de la tecnología). También aquí se padece el mismo problema bibliografico, pero el índice temático sigue ahora un criterio alfabético que facilita la consulta. Los tres volúmenes están encuadernados en tapa llexible, haciendo muy manejable y cómoda su lectura. Asi mismo, los artículos se han estructurado en columnas, incluyendo notas y recuadros marginales con información suplementaria sobre algunos aspectos a destacar del texto. El resultado es una atrayente y práctica obra de consulta, necesaria tanto para el trabajo cotidiano del historiador de la ciencia como para solventar la curiosidad del profano. H" de la Ciencia, CEH, CSIC. La obra que nos ocupa forma parte de una colección de la que han aparecido otros dos trabajos, con igual título, dedicados al Medioevo y al Renacimiento. Asimismo, puede decirse que todas ellas tienen su paralelo en publicaciones similares referidas al hombre editadas por la misma Alianza. Unos y otros muestran una idéntica construcción de los contenidos: se trata de presentar un abanico de personalidades femeninas o masculinas cuyas biografías pueden considerarse, a juicio del coordinador de cada obra, representativas de la diversidad de caracteres humanos que es factible encontrar en una determinada época histórica y que sirven para caracterizarla. En este sentido, y desde un punto de vista estrictamente formal, nos parece que el título de la serie no refleja con exactitud lo que luego el lector va a encontrar a lo largo de sus páginas. El uso del singular genérico -Lci mujer, el hombre-permite esperar algo que no se encuentra: un planteamiento global de la situación de uno u otro sexo en la Edad Media, el Renacimiento o el Barroco, tarea de síntesis harto ardua a la altura que están los estudios al respecto en la actualidad y que tampoco creemos que estuviera en la mente de los distintos coordinadores de las obras el conseguir. Tan sólo una reelaboración personal de la información obtenida durante la lectura permite entresacar, en el caso del volumen que comentamos, algunos de estos rasgos comunes, pero tampoco de una forma generalizada, sino referidos a las integrantes de determinados segmentos sociales. En lugar de esa visión de conjunto, lo que sí se encuentra en los textos, como hemos dicho, son hombres y mujeres diversos, genuinos representantes de la riqueza y multiplicidad que en la realidad existe dentro de cualquier período histórico-cultural, más aún si su duración abarca varios siglos. Por ello, el uso de lo plural en el título resultaría en este caso más acorde con el contenido. La obra que coordina Giulia Calvi incluye la biografía de nueve mujeres cuyas vidas se desarrollan entre 1580 y 1730, extenso período que se engloba acudiendo a un término de la historia cultural, el Barroco, suficientemente múltiple y unificador a un tiempo. En cuanto al marco espacial, todas las biografiadas nacen y viven en estados de la Europa Occidental. La diversidad que podemos observar en cuanto a la procedencia geográfica de las protagonistas se ve sustituida por una mayor homogeneidad respecto a su procedencia social y adscripción religiosa. En el primer caso, todas pertenecen a la aristocracia, alta burguesía o capas medias de las ciudades, lo cual viene en gran medida determinado por el tipo de fuente utilizado para construir las biografías. Todas se basan en los escritos que sus protagonistas han dejado, ya sean nacidos de sus propias manos o a través de las de otros. En cualquier caso, se trata de mujeres que tenían un cierto nivel cultural y, en medio de una Europa mayoritariamente analfabeta y rural, sólo era posible alcanzarlo si se vivía en un medio urbano con suficientes ofertas educativas y se pertenecía a un grupo social económicamente desahogado, con ciertas inquietudes por el cultivo intelectual de sus miembros, o se ingresaba en el clero. Respecto al tema religioso, es curioso anotar cono siete de las nueve mujeres viven en estados católicos, lo cual es debido más al hecho de que cinco de ellas son religiosas que a cualquier otro motivo. Sea como fuere, esta circunstancia sirve para plantearnos una cuestión que, en cierto modo, la coordinadora del volumen deja sobre la mesa en la introducción. Es una idea, bastante generalizada, la ventaja que el mundo protestante lleva sobre el católico en el terreno de la alfabetización a partir de la edad moderna. A que ello sea así contribuyó de forma decisiva la obligatoriedad que tenían todos los creyentes de leer la Biblia, lo que imponía un aprendizaje, al menos, de la lectura. Obligación que afectaba, también, a las mujeres, mientras en el mundo católico se reducía a los miembros del clero. Si tal obligación puede considerarse uno de los agentes que abrieron ciertos horizontes educativos para el sexo femenino, la desaparición, además, de las órdenes religiosas en el mundo reformado se ha visto como otra ventaja más de cara a la formación de sus integrantes. La ausencia de un ámbito tan conservador y decisivo en la educación de las niñas y las jóvenes, facilitó la recepción por parte de éstas de una enseñanza más abierta y, a la larga, su propia concienciación y emancipación. Sin embargo, desde el punto de vista de Giulia Calvi, la ausencia de conventos en los países protestantes supuso, durante el período que abarca el libro, una importante carencia para las mujeres que los habitaban, pues les privaba de un ámbito propiamente femenino, donde se podían alcanzar notables niveles de poder e independencia en la práctica, así como un grado de formación intelectual bastante superior a la media. Cuando menos, eLsaber leer estaba asegurado para todas las religiosas, ya que de otro modo no podrían cumplir con sus devociones. He aquí cómo un mismo hecho admite lecturas bien distintas y ambas tienen parte de razón, aunque no toda la razón. Es cierto que la ausencia de órdenes religiosas femeninas en los países protestantes eliminó una importante fuente de actitudes tradicionales en ellos; pero no logró impedir que existieran, como en los católicos, diferencias entre la educación recibida por IQS jóvenes de uno y otro sexo. Tampoco evitó la presencia de un fuerte antifeminismo y una visión tradicional de las funciones sociales de las mujeres bien arraigada. Las diferencias de actitud que pueden observarse entre reformados y "papistas", en este caso, iban a ser más de grado que de forma y las peticiones de cambio en el mundo femenino se recibirían con la misma oposición, sobre todo cuando este cambio se preconice para todas sus integrantes como sucede a partir del siglo XIX. No obstante lo cual, en el libro que nos ocupa, los escritos más decididos en favor de la mujer y de que se le otorgue una adecuada educación, corresponden a una inglesa: Mary Astell. Respecto a las cotas de poder e independencia que se alcanzan entrando en un convento no cabe duda de que existen, pero no es menos cierto que resultan bastante menguadas si en lugar de fijarnos en las fundadoras o abadesas -caso de las biografías que recoge la obra que comentamos- http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS ponemos nuestra atención en la multitud de monjas anónimas que pasan por los conventos durante estos años y cuya vida se limita a orar, trabajar y obedecer a la superiora. Es más, para que el convento sea un lugar de realización personal e independencia, quien ingresa en él ha de hacerlo por su propia voluntad y es bien sabido que no ocurre así en todos los casos ni incluso con frecuencia. Muchas de las mujeres que acaban profesando lo hacen por imposición de los padres; buscando asegurar su supervivencia, que en la calle sólo tienen garantizada si se casan o poseen propiedades; para cumplir una imposición legal, o esperando contar con un digno retiro de su viudez. Es de suponer que la visión de la vida conventual de estas otras religiosas resultaría algo distinta de la que nos ofrecen en sus escritos la priora Clara Staiger, Angelica Baitelli o las fundadoras Elisabeth Strouven y Juana de Chantal, ésta última creadora de la orden de La Visitación, primera que cambia la clausura, hasta entonces obligatoria, por el cuidado de mujeres débiles y enfermas, viudas o jóvenes que deseen instruirse para vivir santamente. Escritos, por lo demás, que responden en su composición y contenido a los modelos hagiográficos vigentes. Si la controversia está servida en el caso de las religiosas, algo similar ocurre respecto a las dos profetisas cuyas biografías se incluyen: Lucrecia de León y Eleanor Davies. Ambas viven en épocas cruciales para sus respectivos estados: Lucrecia en la corte de Felipe 11; Eleanor en la Inglaterra de la primera revolución y Cronwell. Ambas predicen una serie de desastres para sus pueblos, incluida la muerte del monarca, lo que les otorga notoriedad al tiempo que las convierte en un peligro para la clase política. De ahí que acaben una ante la Inquisición y la otra, ante el Tribunal Superior, haciendo frente a sendos procesos de los que salen condenadas, pero vivas. La diferencia más señalada entre ellas es que Lucrecia siempre afirma haber hecho públicos sus sueños por indicación de sus confesores a quienes se los dicta y que están en contacto con ciertas camarillas políticas de la corte; Eleanor, en cambio, escribe de su propio puño y da a luz sus prediciones por propia voluntad. Para los autores de las respectivas biografías -Keagan y Porter-la presencia de estas mujeres en el mundo de la profecía tiene una significación diferente. Richard Keagan considera que la profecía es un ámbito en el que la presencia de la mujer se ve facilitada por la creencia general en la superioridad espiritual femenina, la cual le permitiría tener un acceso más fácil a lo que podríamos llamar mundo supraterrenal. Ahora bien, esa idea de la superioridad espiritual femenina es algo que no empieza a aparecer expresado en los textos hasta el siglo XVIII; en las obras del s. XVI y XVII lo que encontramos es más bien la idea contraria: la de la mujer como ser inferior al hombre física, intelectual y espiritualmente. ¿ Cómo explicar entonces el eco alcanzado por las profecías de Lucrecia en su momento?. Para Roy S. Porter, en cambio, la profetisa lo que hace es invadir un campo reservado a los hombres. Dadas las repercusiones sociales que el actuar en él poseía, el reconocimiento que generaba, las dotes especiales y superiores que se suponen son necesarias para profetizar, sólo aquellos podían hacer profecías. Las mujeres, en cambio, no pueden ir más allá de «la espiritualidad y la piedad». De ahí que Eleanor resulte acusada de locura e, incluso, internada en un manicomio por un tiempo a fin de no sentar precedentes. Ahora bien, los profetas masculinos de la primera mitad del s. XVII, ¿son tolerados o resultan igualmente perseguidos cuando sus predicciones afectan a la Corona como las de Eleanor?, pues ésta disfrutó de la misma tolerancia que aquéllos durante el período de Cronwell. Por otra parte, ¿hasta qué punto Lucrecia y Eleanor fueron dueñas de su protagonismo o meros instrumentos en aras de otros intereses?, ¿hasta dónde llega su afán de notoriedad, pese a lo que digan en los juicios, y hasta dónde la influencia del mundo que les rodea, de los acontecimientos públicos y privados que les toca vivir?. Estas son algunas de las interrogantes que quedan sin contestar de la lectura de los artículos correspondientes. Bien es verdad que en el caso de Lucrecia, Keagan intenta aproximarse a ellas y en el estudio completo que publicó podemos hallar más pistas; pero respecto a Eleanor hay un silencio absoluto. -Vo\. XLVin-2-1996 239 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Otro de los temas que a lo largo del libro queda puesto en relieve, sobre todo en la biografía de Maria Spada, y que constituye otro punto de debate historiográfico, es el del contraste marcado entre el papel real que en los tiempos modernos jugó la mujer y el modelo que nos pintan los moralistas del período así como una cierta bibliografía posterior. De los citados textos emanaba la imagen de que las mujeres de ese período eran todas sumisas, obedientes, sin voluntad propia, determinadas en todo momento por el padre o el esposo, recluidas siempre en el hogar que sólo se abandona para ir a la iglesia o para ingresar en ella, ocupando un segundo plano, sin capacidad de acción, etc. Por otra parte, esta idea concordaba muy bien con el victimismo que ha caracterizado muchos de los trabajos sobre las mujeres hasta fechas recientes y que aún hoy podemos encontrar en ocasiones. El uso de otras fuentes documentales ha permitido ver que la realidad no siempre, o casi nunca, responde a ese modelo estereotipado en su integridad y que las mujeres tenían en siglos pasados un amplio campo abierto a su acción. Es cierto que éste quedaba lejos de los puestos de mando o de lo que hoy llamamos esfera pública, pero tampoco podemos olvidar que hasta el siglo ilustrado, e incluso después, la línea de separación de lo privado y lo público es sumamente sutil y, en ocasiones, casi inexistente. Como pone de relieve Renata Ago, en la práctica, las cualidades de honestidad y obediencia se le daban por supuestas a la futura esposa, buscándose en su lugar el buen juicio y la capacidad necesaria para gobernar una casa, cuestión nada fácil independientemente del nivel social al que nos referíamos. Además, bajo su competencia quedaba la educación de los hijos en la primera infancia y la de las hijas, siempre: la mediación dentro de la familia, los contactos sociales, etc. En fin, su vida estaba lejos de reducirse a las paredes del hogar, por lo demás, generalmente pequeño y su actividad permite crear redes importantes de solidaridad con otras mujeres de su entorno. Es, pues, en estos temas de debate en los que creo radica la importancia del volumen que coordina Giulia Calvi más que en las biografías seleccionadas. Trabajos que, por otra parte, resultan, salvo excepciones, demasiado tradicionales y se echa en falta una mayor incardinación del personaje con su época, lo que daría profundidad al estudio y resolvería algunas de las interrogantes que surgen durante la lectura de los trabajos. CONSUELO NARANJO y ARMANDO GARCÍA, Medicina y Racismo en Cuba. La ciencia ante la inmigración canaria en el siglo XX, Ayuntamiento de la Laguna/Centro de la Cultura Popular Canaria, La Laguna, 1996, 205 pp. Las razas no existen, el racismo sí. La afirmación puede parecer obvia para muchos -desearía que para todos-lectores de Asclepio, pero coincidirán conmigo en que hay cosas que no, por sabidas y repetidas, podemos permitirnos el lujo de callarlas por evidentes. Por eso, en tiempos como los actuales, de racismos, xenofobias, depuraciones étnicas, nacionalismos más o menos violentos y leyes de extranjería cada vez más duras y restrictivas, debe ser forzosamente bien recibida cualquier aportación que nos ofrezca una visión rigurosa y lúcidamente crítica de tan compleja problemática. El enfoque elegido es, en esta ocasión, el de la Historia Social de América y de la Ciencia; el contexto geohistórico: la Isla de Cuba en su etapa de república neocolonial; sus autores: la ameri- Medicina y Racismo... tiene como objetivo fundamental desvelar contradicciones, errores y falacias en las que las ciencias biomédicas incurrieron para apoyar y justificar las necesidades, en el fondo económicas y políticas, del control de la inmigración: la nueva trata. Es bien conocido que las ciencias positivas (antropología, medicina, criminología, etc.) juegan, durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, un nada desdeñable papel en la elaboración de todo un discurso encaminado a convencer de la amenaza -real o simbólicaque el extraño encarna y de su necesaria persecución. En el caso de los países americanos receptores de inmigración, tales discursos impregnaron normativas y reglamentaciones que, adaptándose a distintas coyunturas económicas, dieron forma a políticas inmigratorias cuyo objetivo prioritario fue definir y diferenciar tipos de inmigrantes "deseados" e "indeseables". Claro que las dinámicas no fueron idénticas en todas partes; en los grandes países de la zonas templadas (Estados Unidos y Argentina), de temprana independencia y con grandes posibilidades de expansión hacia el oeste, las euforias poblacionistas precedieron a la puesta en marcha de mecanismos de control inmigratorio destinado a impedir la entrada de delincuentes o revolucionarios procedentes de Europa. El pequeño tamaño de la Isla de Cuba, pero sobre todo su tardía "independencia" y la inmediata intervención estadounidense, propiciaron que las leyes de inmigración comenzaran siendo un remedo de las americanas, para después ir modificándose en función de las necesidades económicas y los aconteceres políticos de la Isla. El primer capítulo del libro que comentamos nos ofrece un estudio pormenorizado de dicho marco legislativo y su evolución que nos sitúa también en el contexto sociopolítico de la Cuba de la primera mitad del presente siglo y que facilita enormemente la comprensión del proceso analizado en los subsiguientes apartados de la obra. Como acabo de apuntar, conseguir emigrantes "deseables", esto es, sanos, dóciles y trabajadores, e impedir la llegada de los "indeseables", portadores de enfermedades, viciosos y, en definitiva, "anti-sociales" y "anti-sanitarios", fue la razón de ser de las medidas higiénicas -en el más amplio sentido de la palabra-aplicadas a la inmigración. Consuelo Naranjo y Armando García nos explican el fuerte componente racial que tuvo esta selección. Canarios, españoles peninsulares y europeos blancos fueron preferidos frente a jamaicanos, haitianos o chinos. A mi juicio, uno de los principales logros del libro es la habilidad con que sus autores aunan y relacionan las causas de estas preferencias étnicas. Razones económicas, como los intereses de la burguesía criolla, especialmente la occidental, menos pendiente de la agricultura cañera que la oriental, en plena expansión azucarera; razones políticas, como el empeño en "blanquear" la Isla y en mantener una "integridad" nacional; y razones, finalmente, médica-sanitarias, en las que se distinguen, con gran precisión, dos ámbitos. Por un lado, el temor a la propagación de enfermedades infecto-contagiosas (viruela, peste bubónica, paludismo), cuyos portadores, según se afirmaba eran los inmigrantes antillanos y asiáticos. Por otro lado, patologías sociales achacadas también a individuos del mismo origen: corrupción, alcoholismo, consumo de opio, criminalidad, etc. Como es lógico, en ambos ámbitos "sanitarios" el acuerdo no fue siempre unánime. El libro analiza también las discusiones y debates que al respecto se produjeron en la sociedad cubana y, de manera especial, en el seno de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Debates y discusiones en los que estuvieron muy presentes los esfuerzos de los científicos cubanos por "mejorar la raza" a base de medidas eugénicas y los dedicados a la aclimatación de las distintas etnias al trópico. La dialéctica entre lo biológico y lo social vuelve aquí a ser objeto de reflexión cuando se plantea si la mayor o menos adaptación al clima y, llevado al extremo, la mayor o menor mortalidad de los inmigrantes depende de la raza o de las condiciones sociales. No quisiera terminar estas líneas sin destacar que Medicina y Racismo en Cuba es uno de los último resultados de una ya larga colaboración personal e institucional entre investigadores españoles de los Departamentos de Historia de la Ciencia y de Historia de América, al que pertenece Consuelo Naranjo, del Centro de Estudios Históricos del CSIC, e investigadores cubanos del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Tecnología de La Habana, del que es miembro Armando García. Relación ciertamente fecunda que nos ha permitido conocer en profundidad el trabajo realizado por los colegas cubanos, llevar a cabo intercambios y, como es este caso, desarrollar trabajos conjuntos de gran calidad, a pesar de las evidentes y sobradamente conocidas dificultades impuestas porci bloqueo político y económico a Cuba. Tan solo una cosa puede sorprender al lector de Medicina y Racismo en Cuba, la excesiva, al menos aparentemente, alusión a los canarios -inmigrantes deseados-, tanto en el subtítulo del libro: La ciencia ante la inmigración cemada del siglo XX, como en algunos capítulos, sobre todo en el segundo, con referencias directas a la presencia canaria en Cuba. Presencia que, con mucha frecuencia queda difuminada al hablar conjuntamente de "canarios, peninsulares y europeos blancos". La razón parece exclusivamente estratégica, el libro está publicado por el Ayuntamiento de La Laguna y el Centro de la Cultura Popular Canaria, gracias a los buenos oficios de Manuel de Paz, director del Taller de Historia de dicho Centro. No deja de resultar curioso, y por demás significativo, la habilidad de los autores de un trabajo de investigación histórica no especialmente local, para ofertar sus resultados allá donde puede haber cierta sensibilidad hacia la temática abordada y la metodología empleada. ¿Crisis editorial?, ¿avatares de la política científica?, ¿poco interés del mercado por los temas relacionados con Cuba?; cada pregunta tiene, sin duda, su respuesta específica. En cualquier caso, nos encontramos ante un buen libro de Historia cuya lectura es más que recomendable a todos los que se interesen por el pasado de América, de la Medicina, de la Ciencia, de las relaciones de poder, etc., pero también un libro que nos recuerda, a los que vivimos en el presente, que el concepto de "raza" no es sino un constructo inventado para justificar la "superioridad" y la "dominación" de unos grupos humanos sobre otros. W de la Ciencia, CEH, CSIC.
o por autores españoles. En esta ocasión, hemos mantenido la misma presentación que en años anteriores. Así, las referencias aparecen ordenadas por el apellido del autor y siguiendo las normas bibliográficas habituales. Para facilitar la recuperación de la información, se adjunta un índice de materias que se ha confeccionado ordenando alfabéticamente las palabras clave extraídas de cada una de las publicaciones. Las diversas entradas remiten, mediante el número asignado en el repertorio, a los diferentes trabajos. Aunque el repertorio cubre el año 1995, hemos incluido algunos trabajos de otros años que no habían sido recogidos en las anteriores Bibliografías. Como en anteriores ocasiones, queremos agradecer sinceramente la colaboración que nos han ofrecido numerosos investigadores, suministrándonos información sobre sus publicaciones, así como diversas instituciones públicas que nos han facilitado los textos publicados durante el año pasado. También este año hemos contado con la colaboración del La medicina en la época del tratado de Tordesillas, Salamanca, Junta de Castilla y León, 83-100. Instituto de Academias de Andalucía: 238.
El presente fascículo temático de la revista Asclepio suscribe dos argumentos que me han correspondido coordinar: Madrid, ciencia y naturaleza; y Lamarck, dos siglos de evolución. Cometido ciertamente satisfactorio pues, como afirma Diderot, «Jamais le temps qu' on emploie à interroger la Nature, n^est entièrement perdu»'; ni aún cuando las preguntas provienen desde la Historia de la Ciencia, añadimos nosotros. Madrid, ciencia y naturaleza, da sentido y orden a un grupo de trabajos que son una de las consecuencias del proyecto de investigación La Historia Natural en Madrid al final del antiguo régimen^, que como investigador principal he dirigido durante el trienio 1993-95. Desde un principio nuestra investigación tuvo una clara vocación por el documento, y de ello damos testimonio con el catálogo de los fondos sobre el Real Jardín Botánico de Madrid existentes en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que presentamos aquí. Los restantes artículos abordan una amplia temática relativa al conocimiento de la naturaleza. Así, nuestras luces se extienden, tras la novedad de la fauna descrita por Gonzalo Fernández de Oviedo, por el ideario biológico del naturalista Félix de Azara en confrontación con Buffon, analizan el Madrid ilustrado como centro receptor del pensamiento antropológico dieciochesco, iluminan el Jardín Botánico y la Sociedad Económica matritenses con el prisma de la agricultura, recuperan el inmediato pasado del Jardín en su antiguo emplazamiento de Migas Calientes, desvelan su vínculo internacional por su relación con el parisino Jardin des Plantes y descubren al divulgador científico que fue na, Dolores, José Luis, Luis, Marcelo, M"* Angeles, Marisa, Miguel Ángel, Paco, Raquel, Rolando y Susana, mi agradecimiento. El segundo argumento, Lamarck, dos siglos de evolución, es una apuesta de futuro, expresa la vocación internacional de la revista Asclepio. El 250 aniversario del nacimiento de Lamarck, celebrado en 1994, era una ocasión propicia para iniciar la tarea. A nuestra convocatoria respondieron los profesores Giulio Barsanti (Università di Firenze), Antonello La Vergata (Istituto e Museo di Storia della Scienza di Firenze), Goulvent Laurent (Université Catholique del'Ouest), y Faustino Cordon (Fundación para la Investigación sobre Biología Evolutiva), dispuestos a enfrentarse al ideario del naturalista francés desde propuestas menos conocidas: su fallido intento por construir un sistema natural que desbancase al modelo linneano y devolviera a la ciencia francesa la primacía perdida; las claves sociológicas que plantea la relación entre Lamarckismo y solidaridad; un minucioso y esclarecedor análisis de la biología lamarckiana; y la peculiar interpretación evolutiva que surge de las reflexiones de Cordón. Por último, y en primer lugar, sería injusto olvidar el magisterio de Agustín Albarracín en la revisión y corrección de los textos. Con su saber la palabra escrita es símbolo de belleza y significado.
En este trabajo se estudian las descripciones de las aves realizadas por Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de los más tempranos y más agudos observadores de la naturaleza americana. Para valorar de forma adecuada sus descripciones he comparado algunas de ellas con las de otros naturalistas de la época. selvas tropicales de Centroamérica-que era un ser adaptable y receptivo a todo entorno, cualquiera fuera su característica. La vida de Oviedo pasó por diversas situaciones personales gratas e ingratas, como trascurre toda vida humana, viviendo el tipo de avatares que se daban en un siglo XVI dinámico y con grandes novedades. Y más variada fue su vida pues Fernández de Oviedo era una persona que buscaba, con gran ambición, ascender en la escala social a partir de una situación humilda. Pueden consultarse las diversas biografías ya reseñadas para conocer más detales de su interesante vida. Yo sólo quiero señalar dos aspectos más. El primero, que a su regreso a España, después de sus años en Italia, y por estar al servicio del duque de Calabria, estuvo en contacto con la magnífica biblioteca de este culto aristócrata, expulsado de Nápoles por la corona española, la Biblioteca d'Aragona, heredada de Alfonso V de Aragón. En esta biblioteca pudo haber manejado Oviedo a, por ejemplo, su admirado Plinio, que le serviría de guía para organizar sus observaciones de la naturaleza americana. En segundo lugar, decir que, después de la temprana muerte de su primera mujer y del fracaso de la expedición a Italia del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien Oviedo iba a acompañar como Secretario, nuestro personaje decide pasar a las Indias a probar fortuna. En su preparación para el viaje a Italia se había gastado, según dice, sus ahorros, y ya nada le ligaba a España. Consigue un nombramiento de Veedor, controlador del oro de la llamada, justamente por razón del mineral, Castilla del Oro: la Provincia de Cueva, el Darién, Veragua, o sea, tierras de Colombia y de Panamá. Y se embarcó en 1514 con Pedrarias Dávila, que iba a poner orden en la situación creada por Núñez de Balboa en el Darién, que por apoyo popular estaba gobernando en la región, y había organizado un Cabildo popular. Aquí comenzaría la vida americana de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdês. No es este lugar para hacer un repaso de la vida de este personaje, solamente quería que quedara constancia de que cuando se marcha a América contaba ya con un importante bagaje de experiencias y conocimientos sobre Europa y América. En el Nuevo Mundo sufrirá penalidades, pero tendrá también recompensas, y después de muchos avatares y de muchos viajes de ida y vuelta entre ambos continentes -seis, en concreto-pasará muchos años y terminará su vida como gobernador de la fortaleza de Santo Domingo, el 26 de julio de 1557, a los setenta y nueve años de edad. Fernández de Oviedo demostró en sus escritos, como todo el mundo señala, que era un impresionante observador y un excelente narrador, sus ojos, por decirlo de alguna manera, estaban llenos de posibilidades, tenía la capacidad de ver sin imponer rígidos esquemas o firmes conocimientos librescos. En sus obras, pues, encontramos todos los detalles de lo que está sucediendo, el ambiente donde se produce, las características del comportamiento de hombres y demás especies. Quizás es producto de una epoca en que quizás se daba un tipo de unidad de la naturaleza, de relación del hombre con su entorno natural, en que había un cierto (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es equilibrio. El hombre iba adquiriendo una cierta capacidad de distanciamiento, se iba liberando de la opresión creada por una naturaleza rígidamente estructurada por un Dios, pero al mismo tiempo no tenía todavía capacidad de dominio y destrucción sobre esa naturaleza, sobre su entorno. Indudablemente se consideraba que la naturaleza era para que el hombre la utilizara, para eso había sido creada por Dios, pero el hombre todavía no podía hacerlo de forma excesiva, no tenía los medios técnicos. Había una cierta sensación de estar de igual a igual frente a los otros seres, todos creados por Dios, aunque el hombre tuviera su alma superior y su posibilidad de salvación, aunque también de pecado, que el resto de los seres vivientes van perdiendo; los simbolismos positivos y negativos de animales, plantas y monstruos irán desapareciendo poco a poco. La naturaleza todavía inspiraba respeto, placer, emociones. Y todavía no se había racionalizado la relación con ella, como sucederá ya en el siglo XVIII, con el pensamiento ilustrado, ciencia que ya comienza a ser dura, despojada de relación estética y afectiva con el entorno. Nuestra época es la consecuencia de ese camino recorrrido. Oviedo es un representante de una actitud de sentimiento frente a la naturaleza, a pesar de ser un observador agudo y detallista, sin que exista por ello contradicción. Mutis es un ejemplo de pensamiento racionalista que sólo ve géneros y especies en las maravillosas selvas de Colombia. Pero también es diferente la manera de ver la naturaleza de Hernández, y compararemos algunas de las descripciones de ambos observadores, el madrileño y el toledano, para que veamos claramente la diferencia ente un Oviedo no científico y un Hernández científico. Creo que esto permitirá resaltar esa innata capacidad de Fernández de Oviedo para la observación, por encima de cualquiera formación autodidacta que hubiera obtenido. Pienso que Plinio fue simplemente una guía para ordenar sus descripciones, su material acumulado por sus observaciones. Posiblemente Oviedo, consciente del interés que despertaría y que despertaba la descripción de maravillosas nuevas especies de plantas y animales, buscara hacer un apartado, desligando estas descripciones del texto global. Eso fue, seguramente, su actitud al preparar el Sumario, y después la primera parte de la Historia General de las Indias. Y todo lo observa con detalle y lo cuenta de la misma forma. Oviedo no era un estudioso de la naturaleza, ni un médico, ni siquiera un jardinero. Sus observaciones y descripciones no buscaban profundizar en el estudio de la naturaleza de las plantas, animales u hombres. Pero era un hombre inteligente, que respondía a los intereses de su tiempo así como a sus propios intereses. Luchó por ascender socialmente, y creo que lo consiguió, pues aun cuando tuvo una vida azarosa y con problemas de todo tipo, no fue mucho más desgraciada que las de sus congéneres; por el contrario, podría decirse que, a pesar de las circunstancias amargas de la vida, como la muerte de sus sucesivas esposas, consiguió una situación estable, agradable y vivió muchos años en Santo Domingo, sin privarse, por otra parte, de hacer repetidos viajes a la Península. Su puesto de Gobernador de la plaza de Santo Domingo le permitió, ade-]0 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es más, escribir abundantemente y dejarnos unas magníficas crónicas, maravillosamente ambientadas en una sorprendente y deliciosa naturaleza, a la que era, estéticamente, evidentemente muy sensible. Como hombre inteligente, que debía, para situarse y valorarse delante del mundo y de las autoridades que fueran, señalar el interés e importancia de las cosas que describía, indicaba para que podían ser, o eran, útiles. Fernández de Oviedo escribió primero crónicas históricas sobre los reyes, después, obras sobre América, insistiendo siempre en el valor de la observación directa, de que todo era su propia vivencia y «vista de ojo». Y sus obras, como siempre, iban dirigidas, ofrecidas a los reyes. Hombre hábil para relacionarse con príncipes y poderosos, como demostró a lo largo de su vida, de su búsqueda de situación, siendo criado o servidor de muchos, desde el hijo de los Católicos Reyes hasta, casi, de Gonzalo Fernández de Córdoba, demostró saber moverse también en situaciones tan diferentes como la de la ocupación del Nuevo Mundo, con todas sus luchas y problemas, consiguiendo, como he indicado más arriba, instalarse en una buena situación en aquellas tierras. La mayoría de los escritos de Fernández de Oviedo permanecieron inéditos, siendo publicados algunos parcialmente, ya que el único que apareció completo fue lo que él mismo consideraba un resumen de sus observaciones sobre la naturaleza americana, el De la Natural Historia de las Indias, o Sumario de la Natural Historia de las Indias, que redactó y publicó en uno de sus regresos a España -en 1526-para impresionar a Carlos V. Esta obra tuvo muy amplia repercusión en España y en Europa, siendo traducida a varios idiomas e incluída en la obra del veneciano Giovan Battista Ramusio Delle Navigationi et viaggi^, editado por primera vez -y sólo el primer volumen-en 1550, igualmente de gran difusión, pues incluía importantes relatos y noticias de los viajes que se realizaban en la época. Las relaciones entre Oviedo, Fracastoro, Pietro Bembo y Friuli han sido descritas, entre otros, por Antonello Gerbi, Amador de los Ríos, Pérez de Tudela, Ballesteros y Pardo Tomás-^. El Sumario ha sido reeditado varias veces"^, aunque, pienso, nunca como se merece, con una buena edición crítica. Desde el punto de vista de la historia natural, es interesante la publicación realizada por Enrique Alvarez López, de 1942, por sus anotaciones sobre las especies descritas en la obra, y quizás más aún por su manera de valorar, situado en su época, el esfuerzo descriptivo del madrileño. Esta justa valoración pue-2 RAMUSIO, G.B. ( 1550,1556,1560), Navigationi et viaggi, Venezia, 3 vols. 3 PARDO TOMÁS, J., (1991), «Obras españolas sobre historia natural y materia médica americanas en la Italia del siglo XWl», Asclepio, vol. XLIII, 1991, fasci, pp. 62 Sin embargo, es curioso comprobar que las descripciones de las especies animales han sido mucho menos estudiadas que las especies vegetales, siendo que las de los animales son magníficas. Por esta razón decidimos analizar este aspecto, centrándonos, en principio, en un sector de los animales enormemente importante desde todo punto de vista, utilitario o científico, las aves. Las aves son animales antiguos, que aparecieron a finales del Jurásico, descendientes de los reptiles, que habían dominado durante millones de años -entre los 200 a los 65 millones de años, aproximadamente-apareciendo formas en cierto modo intermedias, como el Achaeopteryx lithographica, fósil encontrado en la zona de Baviera. Se diferencian esencialmente de los reptiles por poseer sangre caliente, los que les otorga una gran libertad, tener el cuerpo cubierto de plumas -escamas modificadaslo que contribuye a mantener su temperatura, además de su característica esencial, que es la de volar. La observación permite diferenciarlas por el tamaño y el color del plumaje, y un estudio más cercano permite comprobar las características del pico y las patas, que ofrecen gran información sobre la vida de las aves. También es útil observar las costumbres -alimentación, nidificación, huevos, etc-y el medio donde viven. Sin embargo, hay que señalar que, a menos que sean aves muy llamativas, o que se expongan con claridad a la observación, no es nada fácil poder verlas y describirlas con detalle. Y menos en la época en que no existían prismáticos. Digo esto para llamar la atención sobre la calidad de las descripciones realizadas por Fernández de Oviedo, lo que nos indica, además, paciencia y persistencia. Por otra parte, muchas de las aves, por su valor alimenticio, aporte de proteínas fundamental en la alimentación de los tiempos medievales y renacentistas, eran bien conocidas por los cazadores. Existen muchos libros de caza que describen aspecto y comportamiento, tanto de las aves que se cazaban como de las que se utilizaban para la caza, diversas especies de halcones la mayoría de las veces. Los animales y plantas útiles, fuera desde el punto de vista alimenticio, médico o estético, eran siempre mejor conocidos que los que no tenían algunas de esas características. Las aves, además de alimenticias eran decorativas y bellas por sus plumas y por sus cantos. Pero, insisto, no eran demasiado fáciles de describir si no llegaba, de alguna manera, a las manos del interesado. Fernández de Oviedo, además de su consulta de la gran Historia Natural de Plinio, debía conocer libros de caza y albeitería, y debía haber tenido contacto con la caza, como toda persona de su tiempo, y más habiéndose movido en medios aristocráticos. Aunque él mismo dice, en la Historia GeneraP, que sabe muy poco de cetrería. Pero Oviedo no era un naturalista, y describe vegetales y animales porque le gustan, interesan, le llaman la atención, y porque piensa y sabe que llamarán la atención de los europeos, de los personajes con los que se relacionó en España y en Italia. Su agudeza de observación y su capacidad descriptiva superaron, en muchos casos, a la calidad de la descripción de naturalistas, no de su época, sino de épocas, años, posteriores. Sin embargo, las descripciones de Oviedo no son sistemáticas. En algunos casos hace detalladas y completas descripciones, en otras despacha la especie con cuatro rasgos. Eso le diferencia,-en alguna medida, de los médicos o naturalistas dedicados a la zoología -también pude aplicarse a sus descripciones botánicas-, que intentaban, quizás, hacer descripciones más homogéneas. Pero no siempre era posible, para unos y para otros. Debemos decir desde ahora, sin embargo, que cuando Oviedo describe un ave -y no solamente la nombra o la cita-en la gran mayoría de los casos se puede reconocer por lo menos su género. Vamos a estudiar en este trabajo su forma de describir, e intentaremos valorarla, compararla en algún caso con otras descripciones de su tiempo, e intentar aportar la identificación actual del género y en algún caso de la especie, utilizando también las obras de autores que hiceron en sus trabajos esa determinación, como Enrique Alvarez López o Juan Ignacio de Armas^. La extensión de este trabajo no nos permite aportar la lista de las especies descritas y su identificación taxonómica. La historia natural -e insisto en «historia natural», descripción de la naturaleza como conocimiento de ella-se caracterizó tanto por un humanismo que se va afirmando, como por una neta tendencia a preocuparse, por fin, de la observación directa de los objetos y los seres del universo. Es importante tener en cuenta el desarrollo de la imprenta, que se va convirtiendo en elemento muy importante para la difusión de los conocimientos que se van adquiriendo. Y quiero señalar también, como importante factor posterior en el tiempo, la curiosidad, interés y abundancia de nueva información aportada por el descubrimiento de la naturaleza americana, a la que contribuyó de forma esencial el personaje que aquí tratamos, Gonzalo Fernández de Oviedo, y sus descripciones de animales y plantas nuevas, pero semejantes, en continuidad y no ruptura con las especies europeas. Desde el punto de vista de la zoología, es importante recordar que entre las obras más significativas recuperadas gracias al humanismo renacentista, se encuentran las de Aristóteles, tan influyentes hasta tiempos muy cercanos. Su obra, siempre presente en la ciencia, fue ampliamente difundida en recuperación original muy temprano, por la edición de Théodore Gaza (1483), y después, ya en el siglo XVI, por las ediciones de las obras completas del griego de 1529 y 1539, impresas en Lyon. En muchos casos, los naturalistas serán, fundamentalmente, humanistas eruditos, traductores, comentaristas y editores de obras de recopilación de informaciones antiguas, clásicas, y contemporáneas. «Naturalistas de gabinete», les llaman Petit y Théodoridès^, continuadores de la tradición enciclopedista, sin que ello signifique menosprecio por su obra, como en el caso de Konrad Gesner o de Ulisse Aldrovandi. Pero además, comenzaban a surgir los que, además de lectores de los clásicos, eran, gracias al estímulo de estos mismos y de los nuevos viajes y descubrimientos hacia oriente y occidente, observadores directos de la naturaleza. Fernández de Oviedo, fue, como repetidamente hemos señalado, un gran observador; de los hombres, de sus acciones y hechos, de sus costumbres y de todo otro aspecto del universo, geográfico, animal, vegetal o mineral. Pero no era un individuo especialmente preparado para la observación natural desde un punto de vista académico, como fue el caso de grandes eruditos pero también observadores, como por ejemplo Pierre Belon o Guillaume Rondelet. Gracias a las nuevas observaciones, a los viajes y descubrimientos, durante el siglo XVI comenzarán y se desarrollarán colecciones con especímenes zoológicos. Debemos recordar que, en la mayoría de los casos, las observaciones de la naturaleza suelen tener un interés práctico, médico o alimenticio fundamentalmente. Las descripciones de animales suelen aparecer en libros de materia médica o de medicina, esencialmente anatomía -la anatomía comparada se fue convirtiendo en muy importantante-o en libros de cazadores, criadores o albeítares, o sea veterinarios. Pero irán surgiendo «especialistas», que comienzan a tener interés por la descripción de las especies en sí, sus características y por las relaciones de diversos tipos de animales, «se ravissants sur la contemplation des choses magnifiques», como decía Pierre EIDOS: aspecto, catadura, figura, forma; hermosura; idea, representación, imagen; clase, especie; manera de ser, índole, naturaleza, disposición. Estas acepciones parecen orientar hacia un concepto de grupo, relacionado de alguna manera, de forma familiar, por línea generacional, o de tipo cultural, o de forma «racial», lo que coincide más con un grupo amplio como sería el «género». En el caso de eidos, hay una referencia mucho más individual al aspecto, forma, representación de alguien, lo que coincidiría más con el concepto de «especie». Pero indudablemente hay ciertos aspectos coincidentes, como la cuestión de «clase».'' Aristóteles (1987) La obra de Fernández de Oviedo que tratamos apareció nada menos que en 1526, prácticamente sin más antecedentes que los clásicos, Aristóteles y Plinio, los bestiarios medievales y algunas escasas obras más. Hemos hecho hincapié, repetidamente, en que Oviedo no era un naturalista, simplemente quería describir y sorprender con sus relatos de la naturaleza americana. Pero su gran capacidad de observación y descripción hace que su Sumario sea un trabajo similar al de un naturalista, y pienso que, además, es esencialmente una obra de zoología. El Sumario comprende también interesantes informaciones geográficas sobre el viaje entre España y América, e información botánica sobre plantas importantes y sobre diversas actividades productivas, como las minas de oro, la pesca y las pesquerías de perlas. Pero el grueso de la obra se centra en los animales. De ochenta y seis capítulos, cincuenta y cinco están dedicados a los animales, y además otros dos se refieran a los pescados y pesquerías y a las pesquerías de perlas. Y de ellos, veintiuno se refieren a las aves. En la Historia General, cuyos primeros diecinueve libros -en cuatro de los libros se comprenden las descripciones de animales-fueron publicados en 1535, aunque es evidente que Oviedo tenía un mayor conocimiento de más zonas de la llamada Tierra Firme, no aumenta el número de relatos de aves con relación al Sumario, aunque sí mejora algunas descripciones, pues añade detalles o explica otras características, lo que permite mejorar el conocimiento de la especie, más si se unen ambas descripciones'-. Hay que indicar, por otra parte, que en el resto de los abundantes textos que comprenden la Historia General, dedicados a describir los sucesos y hazañas de la conquista y exploración de los territorios que hoy comprenden zonas de Colombia y Venezuela, de Panamá, Costa Rica y Nicaragua -las zonas que el conocía personalmente-así como los relatos del descubrimiento, exploración y conquista de los territorios lejanos del resto de América, aparecen muy pocas descripciones de animales. Como excepciones, cuando habla de la región de Santa Marta'3, se refiere a di^'ersos animales y entre ellos dice que hay aves de rapiña, pero son sólo unas pocas líneas. Se puede señalar también su descripción de los bisontes'"^. Hay una descripción de los pingüinos cuando relata el viaje de Magallanes, en la que dice: «Hay unas aves tan grandes como ánsares, que no saben ni pueden volar, porque no tienen alas, sino unos alones como de toñina'-^ u otro pescado de aquella manera, y en todo lo restante tienen muy linda plumas, sino en las alas o aletones, que no tienen alguna; de las cuales aves, estos españoles tomaban muchas, e desollábanlas para comerlas»'6. Creo que es importante, desde el punto de vista del estudio de la historia de la zoología, y de las aportaciones que la nueva visión renacentista de la naturaleza ofrecerían, señalar el valor e interés de las tempranas descripciones del madrileño Gonzalo Fernández de Oviedo, que, además, insistía especialmente en indicar la localizais Gonzalo Fernández de Oviedo dedica los libros XII, XIII, XIV y XV de su Historia General a los animales. En el Libro XII trata de los animales terrestres, dice que siguiendo a Plinio j3ero también su propio interés, hablará de los animales que allí se encontraban al llegar Cristóbal Colón. En el Libro XIII trata «de los animales de agua», y en el XIV dice «Comienza el libro décimo cuarto de la Natural y General Historia de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano; el cual tracta de las aves», que comprende diez capítulos, bastantes menos que los que dedica a ellas en el Sumario. En el Libro XV «tracta de los animales insectos».'^ «Séptimo Libro de la segunda parte, que es vigésimosexto de la Natural y General Historia de las Indias islas y Tierra Firme del mar Océano; el cual tracta de la provincia de Sancta Marta».' "* Oviedo, Historia General, Libro XVII de la segunda parte.' •'' En la zona del Río de la Plata se llama todavía «tonina» a cierto tipo de delfines muy abundantes en las costas. 16 Oviedo, Libro XX, Capítulo VIII. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ción geográfica de las especies, de las que hablaba. En muchos casos señala que, según la zona en que se crían, o en que viven las especies, hay diferencias entre unos y otros especímenes. Quiero insistir, también, en la idea, que ya manifesté en La conquista de la naturaleza americana, de la importancia que tuvo el descubrimiento de esa «nueva naturaleza» en el desarrollo de esa visión también nueva que despertaba, tanto por el aporte cuantitativo de especies, como por esa percepción, que siente y manifiesta rápidamente Oviedo, de la semejanza entre las naturalezas europea y americana, aunque con una serie de diferencias que hay que indicar y que exige una gran capacidad para matizar y una gran agudeza para observar. Es el nacimiento de una nueva actitud comparativa -que después veremos expresada con cargas de valoración por grandes naturalistas como Buffon'^-que Oviedo, insisto, representa de forma magnífica, y que habría que resaltar hasta que consiguiera romper la barrera de las lenguas y conocimientos extranjeros, como tiene que suceder también con la obra de Hernández's. Pensemos que en obras tan reputadas como La zoologie au seizième siècle, de Paul Delauney apenas le dedica una línea, y le llama Gonzalo Hernández de Oviedo y Baldy -en lugar de Valdês-, que lo mismo sucede con la historia de la zoología de Petit y Théodorides o con otras obras francesas o anglosajonas dedicadas a la naturaleza. Sólo el italiano Antonello Cerbi ha sabido valorar las aportaciones de Fernández de Oviedo. Este sutil cambio que produce el contacto con la naturaleza americana, que se observa prácticamente en todos los que hablan de ella, se manifiesta también, y es una sensación clarísima, cuando se comparan estas obras con las europeas, en la desaparición, casi completa, de los aspectos monstruosos de la naturaleza. Aunque en las crónicas americanas aún queda algún animal extraño, inexistente, todo manifiesta un carácter poco «amenazante», no aparecen ya esa especie de monstruos nacidos de un tenebroso más allá, peligrosos, más que por sus características de fiereza, por esa amenaza de lo desconocido. Animales cargados de contenido simbólico religioso, imbuidos de esencia diabólica, que aparecían en los bestiarios medievales, se conservaban, y se mantuvieron en muchas de las obras del siglo XVI, incluso en las más famosas. Las obras americanas se despojaron muy rápidamente de esa carga simbólica, como podemos ver en la obra de Fernández de Oviedo. Demostraré, pues, la importancia de las tempranas descripciones de Oviedo, y para ello me serviré del ejemplo de un ave conocida también en Europa, que arrastraba, además, una importante carga simbólica -que después veremos-y que me permiti-' •7 Sobre la ciencia americana en el siglo XVII, consultar la obra de PESET, J.L. ( 1987), Ciencia y libertad, CS.l.C, Madrid.'^ Esperamos contribuir también al conocimiento de este médico y naturalista español, Francisco Hernández, a través de la edición del compendio de su obra, realizado por el médico napolitano Nardo Antonio Recchi en el mismo siglo XVI, que publicará la editorial Doce Calles con el título de El manuscrito de Recco «De materia medica Novae Hispaniae Libri Quatuor». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es rá comparar las descripciones del madrileño con otras, anteriores y posteriores. Veamos, entonces, la descripción de los pelícanos, «alcatraces» según le llamaban los españoles. Oviedo comienza insistiendo en este punto -como lo hará siempre en su obra con los productos naturales-«que llaman alcatraces» o que «están debajo del nombre de alcatraces». Oviedo ofrece una descripción del pelícano en cada una de sus obras, Sumario e Historia, en los que hay unos matices diferenciales que señalaré, para que se vea los progresos de Oviedo en su observación de la naturaleza, y su interés en señalar las pequeñas diferencias entre, en este caso aves, las especies y variedades. En su descripción explica tanto las características anatómicas externas, como el comportamiento de estos animales. Analicemos, pues, la descripción de los pelícanos, como ya he dicho mítico y antiguo animal'^.'' ^ Con respecto a la clasificación de estas aves, podemos decir que Enrique Alvarez López, dice, en sus notas al Sumario, p 211, que esta especie es la que hoy llamaríamos Pelicano Pardo, Pelecanus fuscus L. Sin embargo todas las clasificaciones actuales lo identifican con el pelícano pardo, Pelecanus occidentalis. Juan Ignacio de Armas se refiere en su libro citado, (publicado en 1883) pp 134-135, a las diferentes especies que el considera que han sido citadas por diversos cronistas de indias, y nos dice: «L-PELECÁNIDAS 204-PELECANUS FUSCUS; alcatraz Alcatraz grande-Oviedo. Relata Herrera que en 1514, al salir de Santa Marta para Cartagena la escuadra de Pedrarias, uno de los alcatraces salió de tierra, llegó a la nave capitana, dio luego una vuelta a toda la nota y cayó muerta; lo cual se tuvo como indicio de las desgracias que iban a suceder. Esta especie, abundantísima en las Antillas, en el mar Caribe y en el golfo de México, se encontró también en el Pacífico. Oviedo describe el hermosos espectáculo que ofrecían en la bahía de Panamá cayendo sobre las sardinas, durante la alta marea. Torquemada, con relación a un sacerdote que iba en la expedición enviada por el Conde de Monterey a explorar las costas de California, cuenta que en una isla se halló un alcatraz con un ala rota, y amarrado con una cuerda, y a su alrededor grandes montones de sardinas, traídas al prisionero por los otros alcatraces; no siendo ese hecho, sino el resultado de un ardid de aquellos indios, que acudían allí a proveerse de pescado. 205-PELECANUS ERYTHRORHYNCHUS; en México alcatraz blanco. De esta especie dijo Faber que tiene dientes en el pico, y así lo representa en su grabado, con el título de Onocrotalus mexicanus dentatus, a diferencia del Pelecanus fuscus, a que llama non deníaíus. El mexicano Clavigero, aceptando ese aserto de un hombre que nunca estuvo en México, aseguró que había dos especies de alcatraces, una con el pico liso y la otra dentado. Pero ya Buffon había objetado que si algunos alcatraces presentaban escotaduras en el pico, éstas serían sin duda alguna accidentales. Cortés llevó varios ejemplares a España, en 1528». La Enciclopedia Salvai de las Ciencias, pp 240-243, dice, resumiendo: Orden Pelican i formes Comienza Oviedo con el nombre, concepto que era esencial en el proceso renacentista humanista, que había incluso sido el aspecto esencial de obras sobre la naturaleza y la medicina, que habían dedicado gran parte de sus esfuerzos a exponer los nombres en diversas lenguas de las distintas especies, convirtiéndose en grandes enciclopedias. Y es también en Oviedo, una demostración de su preocupación por la nomenclatura de las especies encontradas en el Nuevo Mundo, aspecto que, en cierta medida, le desesperaba. Oviedo señalaba, por un lado, insistentemente, que los españoles llamaban a los animales por la semejanza con los conocidos. Pero él insistía siempre en las diferencias, y es evidente, en sus descripciones, que las busca, intenta detectarlas. Ve que los animales son parecidos, pero que tienen diferencias, que no son exactamente lo mismo, que la diferencia que a menudo encuentra no entra en la variabilidad normal entre individuos. También le interesa explicar, cuando puede hacerlo, los distintos nombres existentes entre los diferentes territorios americanos, sobre todo, por ejemplo, entre las islas y Tierra Firme. Oviedo insiste siempre en que los españoles llamaban con un nombre a las especies, pero éstas no eran verdaderamente "eso" conocido en Europa. En el caso del pelícano, dice que son llamados corrientemente alcatraces por los españoles, aunque no sean verdaderos alcatraces. A pesar de ser, por propia confesión, seguidor de Plinio en las cosas de la historia natural, no cae Oviedo en el error que comete Francisco Hernández, -el médico toledano enviado por Felipe II a Nueva España, a México, para estudiar los productos medicinales y la naturaleza en general de las nuevas tierras de posesión española-^-en su descripción, que comienza diciendo que el «ATOTOTL» -nombre en náhuatles el animal que los griegos llamaban onokrótalon, cuando el nombre en griego, tal como puede verse en la obra de Aristóteles era «pelekán». Quien le llamaba onocrótalo era Plinio, como puede comprobarse en la propia traducción que hace Hernández de su Historia Natural. Oviedo señala, en la Historia General, que aunque estos «alcatraces» se parecen a los que se ven en las costas de España, no lo son, va un paso más allá de lo que decía Familia Pelicánidos Género Pelecamis Saco con capacidad de 12 litros Magníficos voladores Viven en colonias rígidamente organizadas Organizan grupos de pesca (necesitan unos 2 Kg por día): baten al unísono las alas sobre el agua para hacer que los peces se dirijan a lugares poco profundos. Vuelan en formaciones ordenadas. Nidos sobre el suelo Europa: Pelecanus onocrotalus, pelícano vulgar; P. crispus, P. ceñudo. 2<' Francisco Hernández permaneció en México, estudiando y describiendo las especies americanas, desde 1571 hasta 1577. en SU primer relato del Sumario. Nos dice el madrileño: «pero de los que agora diré, yo no los he visto ni creo que ahí haya, sino en estas partes, ni he oído decir que los haya en otras». Comienza con el tamaño -mayores que ansarones o grandes ansarones, nos dice-y sigue con el aspecto exterior: plumaje en su mayoría pardo, algo en parte avutardado^', indica primero, y después, en la Historia General, que son todos pardos. Y agrega en esta obra una descripción más técnica; «las plumas mayores de sus alas son negras en los cuchillos y maestras». Después dirá, además, que en el pecho tienen el plumaje blanco. Sigue Oviedo con la descripción del pico: Pico de dos palmos--, muy ancho cerca de la cabeza, va disminuyendo hacia la punta, con un grueso y grande papo. En la Historia -recordemos que es diez años después-lo describe con mucho más detalle: «Tiene un pico tan grande como dos palmos de luengo, e a par de la cabeza es tan ancho o más que una mano de hombre, e desde allí se va disminuyendo hasta la punta o fin del pico; pero en el extremo, donde es más delgado, queda más ancho que el dedo pulgar, e de allí declina algo para abajo, de manera de uña. E aquello de la parte superior del pico todo es duro, e la mandíbula baja se abre tanto e hace un papo que le va hasta el pecho». Para demostrar de alguna manera la gran capacidad de esa bolsa o «papo» acude Oviedo a su propia experiencia, diciendo que en 1521 vio en Panamá meter un sayo entero dentro del papo de uno de estos alcatraces. También lo vio hacer posteriormente en Santo Domingo, con una de estas aves -un espécimen joven, nos indica-alcanzada en un ala por un ballestero. Señala muy bien Oviedo la característica del extremo final del pico del pelícano, así como que la parte superior es la que es rígida, no así la inferior, la de la bolsa. Por otra parte Oviedo no dice nada de que el pelícano tenga escotaduras o algo semejante a dientes en el pico, error en el que caerá Hernández y en el que le seguirá Johannes Faber en la edición romana del manuscrito de Recchi, a su vez compendio de la obra de Hernández-^. Whinnom 177, avutarda, abutarda, Otis tarda»; S. p.276, «Orden gruiformes, Familia Otídidos, Avutardas, Otis tarde; plumas blancas, negras, color castaño y nuez, manchadas en distintas formas». Se refiere, seguramente al color castaño. 22 El palmo, medida de longitud, corresponde a un cuarto de vara. Los dos palmos, el largo del pico sería, aproximadamente, de cuarenta a cuarenta y cinco centímetros. 2^ La Historia Natural de Hernández, entregada a Felipe II y al Consejo de Indias no fue publicada tal cual, sino que pasó, por indicación real, a manos de un médico napolitano de la corte. Nardo Antonio Recchi, con el fin de que este hiciera, a partir de la de Hernández, un compendio de productos medicinales americanos. Este compendio tampoco fue publicado, por lo que sabemos hasta ahora, pero pasó a Italia con su redactor. Allí, tras una serie de circunstancias, fue utilizada por algunos de los integrantes de la Accademia dei Lincei, para realizar lo que fue la gran obra colectiva de la Academia, un libro de historia natural que se llamó Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus, que después también de muchos avatares editoriales, fue publicado en Roma, definitivamente, con la fecha de 1651. XLVIII-1-1996 21 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es representación del pelícano que aparece en el Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus, la edición romana citada, muestra la presencia de dientes arriba y abajo. Describe también Oviedo las patas de las aves, diciendo que las tienen como las aves de agua, los ansarones o los alcatraces. Y en la descripción de 1535 dice: «Los pies tienen como de patos; pero tienen esta diferencia: que tienen un garrón en los talones, e desde aquel tienen continuada aquella tela de la pata a los otros dedos». Coincide con cualquier descripción actual de una de las características típicas del orden Pelecaniformes: «patas con los 4 dedos unidos entre sí por una membrana (para lo que incluso el cuarto dedo está desplazado hacia adelante, hacia el anterior interno)»-"^. Hernández, aunque señala que es un ave palmípeda, acuática, y que tiene «uñas negras y pies y piernas blancos», no habla de la diferencia que observa Oviedo, en relación con otras palmípedas, con respecto al quinto dedo. Sí habla el toledano de los ojos, que dice que son «amarillos con rojo». Oviedo agrega a su descripción alguna observación acertada sobre la forma de volar de estas aves, diciendo que cuando vuelan llevan encogido el cuello y el pico pegado, de manera que parece que no tienen cuello. Hace, en ambas obras, un relato de un ave que vio en Flandes, -«hayna» o «haína», dice, ave que no hemos podido identificar-que se parecía mucho a ésta, que tenía los pies semejantes y comía peces vivos, pero, indica en la Historia, que no debía ser el mismo porque no tenía el «papo». Otro aspecto que Oviedo resalta, y que sigue siendo un factor importantísimo en el reconocimiento de las aves, es su comportamiento, alimentación y habitat. En la Historia cuenta como pescaban individualmente para alimentarse: «Los cuales (los «alcatraces» o pelícanos), cuando vuelan, se suben en alto e tienen muy buena vista, e déjanse caer, juntadas las alas en el mar; e vienen hecho un ovillo, y del golpe que da, como es grande, salta mucho el agua para arriba, y él toma el peje e sale luego para suso sentado en el agua, e trágaselo». Y, dice, así lo hacen repetidamente, pescando en las costas y en los ríos. En el Sumario nos hace un relato aún más interesante del comportamiento de los pelícanos en aquella época. Nos dice primero la importancia de las mareas en la zona de Panamá, que es donde observó el comportamiento que va a contarnos. Y dice que cuando sube la marea, «cuando viene la dicha creciente, viene con ella tanta sardina, que es cosa maravillosa y para no poder información se puede consultar, de ALVAREZ PELÁEZ, R. (1995), «La obra de Hernández y su repercusión en las Ciencias Naturales», Asclepio, vol. XLVI, fase. 2, pp. 27-44; RECCHI, N.A., El nianuscrito de Recco "De materia medica Novae Hispaniae Libri Quatuor", traducción de F. Fernández, introducción de R. ALVAREZ, editorial Doce Calles, Aranjuez, en prensa; LÓPEZ PiÑERO, J.M. y PARDO TOMÁS, J. (1994), Nuevos materiales y noticias sobre la Historia de las Plantas de Nueva España, de Francisco Hernández, Universitat de València-C.S.I. C, Valencia; Hernández, F. (1960Hernández, F. ( -1984)) «Tornando a los alcatraces, así como viene la marea, y sardina con ella, ellos también vienen con la marea, volando sobre ella, y tanta multitud de ellos, que parece que cubren el aire, y continuamente no hacen sino caer de alto en el agua y tornan a caer, y se tornan a levantar de la misma manera, sin cesar; y así, cuando la mar se retrae, se van en su seguimiento los alcatraces, continuando su pesquería, como es dicho. Juntamente andan con estas aves otras que se llaman rabihorcados, de que atrás se hizo mención; y así como el alcatraz se levanta con la presa que hace de las sardinas, el dicho rabihorcado le da tantos golpes, y lo persigue hasta que le hace lanzar las sardinas que ha tragado; y así como las hecha, antes que ellas toquen o lleguen al agua, los rabihorcados las toman, y de esta manera es una gran deletación verlo todos los días del mundo»^'^. Todos estos comportamientos están referidos en los libros actuales de aves, la pesca en grupo de los pelícanos, así como el robo de los peces por los rabihorcados: «Organizan grupos de pesca (necesitan unos 2 Kg por día): baten al unísono las alas sobre el agua para hacer que los peces se dirijan a lugares poco profundos». Y una descripción corriente se parece también mucho a ésta de Oviedo. Por ejemplo, «Son de grandes dimensiones, con el cuerpo fuerte, patas cortas y fuertes y alas muy desarrolladas; el pico es muy grande, con la mandíbula superior terminada en ganchohecho que señala Oviedo en la Historia-. Es característica la bolsa subyugular formada entre las dos ramas de la mandíbula y la parte alta anterir del cuello; este saco, muy dilatable, con una capacidad de unos doce litros, sirve para retener la presa capturada bajo el agua como una red»^^. Después de la descripción indicada añade el texto algunas indicaciones más con respecto al comportamiento y el habitat de estas aves, y señala caracteres diferenciales entre las diferentes especies, indicando que el llamado pelícano pardo es el Pelecamis occidentalism de aspecto semejante al pelícano vulgar pero de diferente color: la cabeza y el cuello son blancos, pero el resto del cuerpo es pardo, tal como nos dice claramente Oviedo en su descripción. Todos los autores, desde Aristóteles hasta nuestros días, señalaron el carácter migratorio de los pelícanos. La descripción que hace, unos cuarenta años después, Francisco Hernández, se parece en gran medida a la de Oviedo, pero es mucho menos rica literariamente, y mucho menos viva^"^. La de Plinio, cuya obra había sido, según propia confesión de Cuando se estudia la sucesión de descripciones, desde Aristóteles hasta hoy en día, pasando por los bestiarios medievales-^, las obras árabes etc., se observa que la Aunque no ignoro que el ATÓTOTL, que los griegos llaman onokrótalon y nuestros compatriotas alcatraz, fue descrito por los antiguos y conocido del Viejo Mundo, con todo, como ha sido visto raras veces por los españoles y los autores difieren en su descripción, y por otra parte, aunque visitante, es muy frecuente en el lago mexicano, cuidamos de pintarlo y describirlo brevemente. Es pues un ave acuática, de donde toma el nombre, empenachada, palmípeda, mucho más grande que el cisne y nada comestible; sus plumas son en su mayoría blancas tirando a leonado, aunque las de las alas son en gran parte negras (lo cual sucede principalmente en el macho); tiene uñas negras y pies y piernas blancos, así como el pico, que es de ocho dedos de largo y bordeado de pequeños dientes, encorvado en la punta, y tiene por debajo aquella gran cavidad que es como un amplio almacén de alimentos; los ojos son amarillos con rojo. Se alimenta de los peces que arrebata, y suele por eso encontrarse junto a los lagos y ríos y también en el mar». ^^ Oviedo, Historia General y Natural, Libro 12 de la Primera parte, Proemio. 2' ^ Transcribiré lo que dice en El fisiólogo, uno de los bestiarios medievales más difundidos, para que se vea cual era la tónica descriptiva de estas obras, pues en todas se trata de estas aves de la misma manera. Dice el Capítulo VIH de esta obra: «El pelícano sobresale sobre todas las aves en amor a la prole. La hembra se echa en el nido, custodiando a sus polluelos, les da calor y los abraza y llega a herirles con sus excesivas caricias, hasta el punto de perforar sus costados y morir aquellos. Transcurridos tres días llega el pelícano macho y encuentra muertos a los polluelos; se angustia sobremanera y arrebatado de dolor golpea su propio costado y lo taladra y fluye la sangre que, gota a gota, deja caer sobre la heridas de los polluelos muertos, los cuales, de esta manera, son devueltos a la vida». Después venía la interpretación, lo que demuestra la intención puramente simbólica y religiosa de este tipo de obras. La interpretación reza: «Así Nuestro Señor Jesucristo, cuyo costado atravesó una lanza, y del que brotó al instante sangre y agua, derramó su sangre sobre sus hijos muertos, esto es, sobre Adán y Eva y el resto de los profetas y sobre todos los muertos, e iluminó el universo mundo, y trajo aquéllos a la vida de nuevo mediante los tres días de su sepultura y su resurrección». De ahí que dijera por el Profeta: «Me parezco al pelícano del yermo». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es diferencia más importante no se encuentra en la descripción en sí, sino en gran medida en la concepción taxonómica y en la integración de los diferentes grupos de animales en el conjunto de la naturaleza. Es un punto interesante que espero exponer en otra parte, pero que ya no tiene cabida en este trabajo. Muchísimo habría que decir sobre la importancia de estas nuevas descripciones, tan naturales y directas de Oviedo, así como sobre la publicación y difusión de sus obras sobre historia natural -el Sumario y la Primera parte de la Historia General y natural, que comprendía los primeros diecinueve libros-difusión que fue amplia e importante, tanto directamente como a través de las publicaciones del italiano Gian Battista Ramusio^^, colecciones de viajes y exploraciones de la época. Espero que este breve trabajo contribuya a demostrar la importancia que tuvo para la ciencia natural el descubrimiento de la naturaleza americana, y las descripciones que de ella hicieron muchos de los españoles que allí fueron, con Gonzalo Fernández de Oviedo como figura esencial en la primera mitad del siglo XVI. era el símbolo de Cristo. Ésta, con variaciones, fue una de las leyendas sobre este animal más difundidas en la Edad Media, y parece que la idea de que resucitaba a los polluelos tendría relación con la forma en que les alimenta, a partir de su bolsa llena de pescado.
Estudiar la naturaleza americana fue un reto aceptado por los naturalistas españoles durante la segunda mitad del siglo XVIII, hallando en las expediciones científicas el vehículo adecuado a sus intereses. El presente trabajo analiza la contribucción que Félix de Azara realizó al estudio de la fauna americana durante los años 1781-1801, teniendo como guía la Histoire Naturelle del conde de Buffon. significaba su mayoría de edad en la comunidad occidental; sin ocultar un potencial económico: agricultura, botánica, pesca, minería, que define con exclusividad los intereses de la clase dirigente. En esta aventura científico-política Francia y España caminaron juntas en más de una ocasión: a la sombra de Godin y La Condamine viajan Jorge Juan Santacilia y Antonio de Ulloa en 1735, formando parte de la expedición geodésica al virreinato del Perú; en 1777 Hipólito Ruiz, José Pavón y el naturalista francés Dombey, conforman la expedición botánica al Perú y Chile; y en 1781 Félix de Azara principia en Paraguay su lectura del libro de la naturaleza, imbuido, posteriormente, por la luz y las sombras de la Historia Natural de Georges Lucien Ledere, conde de Buffon. Sin mayor dificultad podríamos ampliar los ejemplos del vínculo franco-español en las ciencias naturales durante la Ilustración. Casimiro Gómez Ortega, José Cavanilles y Pedro Franco Dávila, directores del Real Jardín Botánico, aquéllos, y del Real Gabinete de Historia Natural, éste, son casos relevantes y bien conocidos. Circunstancia propia de una interlocución docente a nivel de maestro y alumno. Francia es, geográfica e intelectualmente, el camino más corto con Europa, espejo de carencias culturales y ejemplo a seguir. El bagaje naturalista de Félix de Azara es una consecuencia de tan peculiar universidad, un exponente más de aprendizaje por la senda que conduce al parisino Jardín des Plantes. Veamos cómo y porqué. NAVEGAR A AMERICA En 1781, expresión del Tratado de San Ildefonso^, parte del puerto de Lisboa rumbo a Rio de Janeiro la Comisión de Límites que ha de resolver el conflicto hegemónico entre España y Portugal allende los mares, estableciendo una nueva frontera hispano-lusitana. El ingeniero militar Félix de Azara formó parte de la comitiva, correspondiéndole el reconocimiento del territorio comprendido al norte de Buenos Aires hasta el Paraguay, región donde permaneció hasta el año 180P. Una explora-ción que le puso en contacto con una naturaleza desconocida, sobre la que atesoró conocimientos anhelados por la ciencia europea. Consecuentemente, su obra Viajes por la América meridional se convierte en fuente obligada de consulta durante la centuria decimonónica, causa de las sucesivas ediciones en francés, alemán, italiano, inglés y castellano, publicadas en la primera mitad del siglo"^. A su llegada al Nuevo Mundo, el interés de Azara por el estudio de la naturaleza es un mero deseo de cognición; sus primeras observaciones se realizan sin otro instrumento, mayor conocimiento, ni rumbo, que el afán intelectual. Sin embargo, navegar por el océano de las ciencias naturales deja de ser un simple pasatiempo para convertirse en un proyecto científico dirigido al estudio de la fauna del Paraguay y río de la Plata, con el único auxilio de la obra buffoniana. En su etapa diletante, la observación de la naturaleza induce en Azara una filosofía sustentada en la diversidad faunistica de un ecosistema inerme aún a la acción del hombre. Un mundo armónico donde la vida se expresa en su forma original, sin la ficción de la sociedad civilizada; un lugar donde «los vivientes están en el paraje que les conviene, cuando comen, anidan y giran según el orden primitivo de su naturaleza, y cuando las especies sin defensa subsisten sin excavar cuevas, sin malicia y sin la menor alteración en su instinto»-'', se argumenta. El problema radica en la actitud agresiva de la cultura occidental frente a una naturaleza indefensa; un comportamiento capaz de destruir el medio enarbolando la bandera del progreso: «Los naturalistas que vengan después, todo lo hallarán lleno de arrugas y berrugas, desfigurado y pervertido por la mano del hombre, y por los influjos del alimento facticio o de cultivo. Las formas y colores habrán variado igualmente, y gran parte de las castas habrán desaparecido»^, concluye. Bajo esta proclama ecológica Azara descubre la utilidad de la taxonomía. De la multiplicidad de organismos observados en este paraíso terrenal, infiere una necesicoronel de ingenieros agregado al cuerpo de Marina. Su estancia americana tuvo una duración de veinte años, regresando a España en 1801, y trasladándose inmediatamente a París. En su estancia visita el Jardín de Plantas y conoce a Cuvier. Regresa a España en 1804 para formar parte de la Junta de Fortificaciones y Defensa de ambas Indias. Fallece el 17 de octubre de 1821, Para la biografía de Félix de Azara véase ALVAREZ, E. (1935), Félix ¿le Azara, Aguilar, Madrid. GONZÁLEZ, J.L., «Apuntes biográficos de don Félix de Azara», en AZARA, F. (1943) dad sistemática, reclama la presencia de un orden que dé sentido al caos informativo de sus numerosas descripciones'^. Reconoce en la clasificación un elemento artificial, necesario para el desarrollo científico; un instrumento imprescindible cuando la pregunta es ¿qué especies conocemos y cuáles no? Su método incurre en el tradicional raciocinio comparativo que sustenta un organigrama natural definido por analogías y diferencias. Una relación de proximidad morfológica y etològica reúne los individuos en especies, cuyas semejanzas determinan los géneros. En la práctica el método no resulta tan eficaz como prescribe la teoría: «Consideraba que si para generalizar adoptaba analogías del tamaño y forma juntaría aves de diversas constumbres: además de que siempre hallaba aves intermedias que no sabía a qué género agregarlas», afirma^. La interrogación recae sobre el criterio sistemático, cuestión aún sin resolver para la zoología. Su duda no descansa en la tergiversación de la realidad producida por el artificio taxonómico, es atribuible a las limitaciones intelectuales del hombre para tal cometido; ni conduce a la refutación de la taxonomía en favor del individuo, que aislado no tendría significado en la naturaleza. Involuntariamente, Linneo triunfa sobre Buffon en la búsqueda del saber. Con este substrato ideológico Félix de Azara recibe en la década de 1790 la Historia Natural de Buffon^. Desde este momento su exploración zoológica sigue la huella del maestro, componiendo un monólogo cuyo fin es corrector, donde no ha lugar la descalificación en una crítica que sólo persigue la verdad para, ignorante del óbito del filósofo francés, suministrarle la información necesaria y reparar sus errores: «no debo ocultar que mi intención por muchos años fue enviar todos mis apuntamientos sin publicarlos al mismo Buffon, para que los ordenase y los corrigiese, y para que se corrigiese a su gusto; y lo habría hecho a no haber sabido que había muerto»^^. Declaración de buenas intenciones que no oculta una valoración negativa de la labor descriptiva realizado por Buffon sobre la fauna del Nuevo Mundo. El yerro se manifiesta en la metodología y en el contenido, las falsas noticias se mezclan "^ Cf. AZARA, F. (1802-5), Apuntamientos para la historia natural de los pájaros del Paraguay y del río de la Plata, Vda. de Ibarra, Madrid, t.I, p.V. « AZARA,F. (1789), t.I, p.2.' ^ La obra de Buffon llegó a las manos de Azara en la década de los noventa, en Buenos Aires. El capitán de ft'agata Martín Boneo le entregó los doce primeros volúmenes correspondientes a la traducción castellana realizada por José Clavijo y Fajardo, y el resto, por no haber más volúmenes traducidos, corresponden al original francés, y fueron entregados por Pedro Cervino. En su obra Apuntamientos para la historia natural de los pájaros del Paraguay y río de la Plata, Madrid, 1802, p.VI, Azara explica que Cervino le entregó la Historia Natural de los Pájaros, escrita en 18 vols, y publicada en París en 1770. Según Sonnini de Manoncour, reponsable de la versión francesa de esta obra, incluida en AZARA, F. (1809), Voyages dans l'Amérique Méridionale, París, t.III y IV, las referencias de Azara a la Histoire naturelle de Buffon corresponden a la edición in-12 de la imprenta real. K^ AZARA, F. (ll02-5), t.I, p.VII-VIII. con el escaso rigor de las magnitudes y proporciones utilizadas al describir las espe-cies^'. El fraude descubre la categoría de naturalista de gabinete representada por Buffon, y las fuentes poco fidedignas donde recopiló la información contenida en su obra; circunstancia reivindicada por Azara para excusar la falta: «Como no he leido otra obra que la de Mr. Buffon, me he visto como forzado a preferirle en mis críticas; pero es bien fácil conocer, que no son tanto contra él, como contra los viajeros y naturalistas, de quienes copió los errores que impugno»'-. La controversia demanda una mínima acotación. El siglo XVIII fue escenario de un debate zoológico cuyo signo de identidad es el inventario faunistico. Tal circunstancia acentúa el problema de la caracterización de las especies. La dificultad en la identificación estriba tanto en la impericia del naturalista al describir, como en la carencia de un lenguaje común, de un código científico que establezca las reglas del juego -los modos y maneras de conocer la fauna-, dotado del rigor necesario para trasmitir los nuevos saberes. El resultado es un clima dubitativo, propicio a los errores de identidad y a la fantasía. Establecida queda la necesidad sistemática que el conocimiento de la fauna demanda en Azara, como método necesario para ordenar la información y progresar en la cuantificación de las especies que pueblan la Tierra. De esta actitud metodológica resultan algunas consecuencias de mayor rango en relación con el ideario buffoniano. Nos referimos al método natural y al concepto de especie. Azara, en su calidad de aficionado, está abocado a diseñar su propio sistema de clasificación, a definir las reglas de agrupación de los individuos. Su ideología fixista interpreta la especie como una unidad de origen; etologia y morfología están reguladas por leyes constantes desde la Creación. En consecuencia, su taxonomía es una relación de semejanzas alejada de cualquier vínculo filogenético por la independencia de las especies en su génesis. Con Buffon el individuo representa la naturaleza. La sistemática se define como ficción no por la irrealidad del planteamineto sino ante las limitaciones del intelecto humano, incapaz de conocer las producciones naturales en toda su extensión. El método natural conlleva el conocimiento del todo y de todos para determinar las relaciones de proximidad entre los miembros del elenco natural que, en su caso, responde al nombre de cadena de los seres, entendida como una secuencia descendente de perfección, presidida y gobernada por el hombre, abierta a la filogenia'"^. La idea resulta quimérica por el desconocimiento imperante sobre el reino animal, ante la imposibilidad de configurar los infinitos peldaños de la escala. Azara y Buffon ofrecen distintas interpretaciones del orden natural: afirmación y negación de la sistemática, en función de un mismo parámetro: la ignorancia. Para aquél, clasificar conduce hacia el saber; para éste, el desconocimiento impide la clasificación. Sin embargo, en uno y otro la taxonomía, incluso utópica, recorre caminos paralelos, resulta de la comparación de todas las partes que componen el individuo, está reglada por el porcentaje de semejanzas y diferencias resultante. La definición del método natural como el resultado de «les raports de toutes leurs parties & qualités, sans excepter une seule», expresada por Adanson en su Familles des plantes^^, procede de Buffon'^ y se vislumbra en Azara'-'. Al ideal sistemático que caracteriza al concepto de especie como soporte teórico une Buffon la prueba empírica de la fecundidad; atributo expresado por la viabilidad reproductora de la descendencia. «Buffon y la mayoría de los naturalistas creían que para probar la identidad de especie basta que de la unión de un macho y una hembra nazcan individuos fecundos. Es verdad que yo no he adoptado esta opinión en mis noticias para servir a la historia natural de los mamíferos de Paraguay»'^, expone Azara. La negativa contempla distintos aspectos. Junto a las pruebas sobre la capacidad reproductiva de los híbridos aportadas por los animales domésticos, la arbitrariedad empleada por Buffon en su Historia Natural, utilizando interesadamente el criterio de interfecundidad'^, justifican una duda razonable. El rechazo es consecuencia de la realidad y de la tergiversación ideológica, no es tanto la refutación de una hipótesis como la negación de un planteamiento especulativo. En su órbita fixista. Azara no necesita propiedades colectivas; conocer con precisión al individuo es requisito suficiente y necesario para definir la especie. La conquista científica de América llevó la controversia a la historia natural. Nuevos hombres, nuevos animales, diferentes ecosistemas. La cuestión a resolver es el porqué de tal diversidad geográfica. Azara, leyendo a Buffon, descubre el otro continente sometido a la ley del clima. América es para el sabio francés una tierra de promisión, un ecosistema joven, ajeno aún a la intervención del hombre, donde la Naturaleza no ha tenido tiempo de ejecutar todos sus planes. Un lugar que da cobijo a un número pequeño de especies, donde los cuadrúpedos son pequefíos, grandes los reptiles e insectos, y los hombres, etològicamente, fríos, por la insalubridad y la falta de calor de la atmósfera-^. La diversidad zoológica está representada por dos grupos faunísticos: animales exclusivos del territorio americano y aquéllos comunes a sendos continentes. La división implica la génesis in situ de una fauna autóctona y la existencia de pretéritos episodios migratorios entre ambas márgenes del océano, a través de un imaginario nexo terrestre situado en el hemisferio norte; sendero para la migración de los moradores de las regiones frías, favorecidos por las condiciones climáticas del Nuevo Mundo. Un grupo zoológico cuya presencia en el continente americano hace plausible el extinto paso intercontinental, y refuerza su teoría climática. La interpretación cosmogónica tiene un mensaje implícito: la idea de cambio. Un transformismo sustentado en la influencia del medio ambiente: el clima y la litosfera, con el concurso del tiempo, son responsable de la especiación de individuos con un origen común^^ ^ A esta cualidad degenerativa se opone Azara, rechazando el clima como factor inductor del cambio. «Parece que Buffon es de parecer, que los climas todo lo alteran, y que el de América disminuye la magnitud a las bestias, siendo incapaz de producir del tamaño que en otras partes. Pero a mi ver en todo se equivoca»^-^. En su lugar elabora un discurso sobre el origen polifilético de las especies, negando cualquier éxodo faunistico entre uno y otro continente, postulando la condición aborigen de unos habitantes comparables en tamaño, fuerza, agilidad, destreza, vigor y belleza, con Europa. El interrogante geográfico ha sido resuelto desde opciones opuestas. La propuesta fixista argumenta un modelo de creación múltiple que distribuye una misma especie 2<' Buffon ( 1761 ), Histoire Namrelle, Paris, t. La ideología transformista explica el fenómeno de la especiación por la influencia que el medio ejerce en los seres vivos. El libreto de esta representación se titula "Historia del Nuevo Mundo". Y en la escenificación el término historia es un valor clásico, una relación del presente y no un recuerdo del ayer. Narración donde el salvaje americano es un componente más de una naturaleza que «Dans cet état d' abandon tout languit, tout se corrompt, tout s 'étouffe»^"^, opina Buffon. Aquí no se manifiesta su liderazgo zoológico, no se hace patente su perfección. Una declaración de inferioridad que Azara rechaza argumentando la superioridad anatómica de unos nativos^^ cuya indolente existencia, al amparo de una naturaleza que los alberga y sustenta, no es un signo de debilidad, sino que expresa la armonía que gobierna las relaciones de los organismos fuera de la sociedad humana. Inferioridad y armonía son, pues, los adjetivos que acompañan al sustantivo indio al valorar su relación con la naturaleza. Sobre él recaen también otras cuestiones antropológicas a debate: ¿Cuál es su origen? ¿Cuál el color primigenio del hombre? La divergencia de las respuestas sintoniza con la pluralidad ideológica. Para Buffon, defensor del origen monofilético de las especies, también el hombre americano es una consecuencia del clima: «Dès que l' homme a commencé à changer de ciel, et qu 'il s' est répandu de climats en climats, sa nature a subi des altérations»^'^. Las razas de América responden a esta experiencia climática capaz de trasformar su morfología 24 Ibidem, pMO. 2-^ Ibidem, \-).\04. y etologia, cuyos antecesores son emigrantes del norte de Europa atraídos por una climatologia más benigna^^. Azara, en sintonía con Voltaire^^, ante la imposibilidad migratoria, proclama el origen poligenésico de la especie. Más provocativa resulta la apuesta antropológica frente al problema de la pigmentación. Si el discurso buffoniano distribuye el color del hombre según regiones más o menos cálidas, el negro sería una consecuencia del calor, Azara acude a la fisiología, y explica las diferencias pigmentarias por una alteración orgánica materna. ¿Cuál fue, pues, el color primitivo del Homo sapiensl La respuesta tiene una dimensión potestativa derivada de la emulación del orden natural que los ilustrados quieren para su sociedad. Si Buffon manifiesta una actitud conservadora diagnosticando que el blanco es «el color primitivo de la naturaleza, que el clima, la alimentación y las constumbres alteran y cambian»-^^, un Azara sedicioso niega la hipótesis climática y contraviene la supremacía de la raza blanca en favor del color negro, que representa al hombre en la Creación y, consecuentemente, simboliza la perfección^'. LA ACADEMIA DE CIENCIAS DE PARÍS En 1801 Lacepède, Cuvier y Richard, informaban a la Academia francesa de la publicación de L'essai sur les quadrupèdes du Paraguay. La memoria aprobada se complace en el mérito del naturalista al estudiar la fauna de una región poco conocida. Resalta su contribución a la zoología, corrigiendo errores y dando a conocer nuevas especies. Polémica que, desde una óptica general y relegando a un segundo plano diferencias ideológicas, fixismo y transformismo, podemos considerar como un enfrentamiento entre la razón y la observación. No se trata de ejemplarizar la fabula baconiana de arañas y hormigas. Ambos contendientes, siguiendo la terminología de Francis Bacon, son abejas más o menos preocupadas por la filosofía y la experimentación. La cuestión es discernir qué materia debe prevalecer en el estudio de las ciencias naturales. Los ojos de la mente con los que Buffon sustituye al experimento y proclama la capacidad intelectual del hombre para conocer a través de la razón, se oponen al celo empirico, a la necesidad de ver para creer, presente en un Félix de Azara displicente con esa dimensión literaria que, como afirma Jacques Roger, permite al lector descubrir en Buffon «un écrivain là où il ne pensait rencontrer qu 'un savant»-^-^. Asistimos al final de un modelo científico, al fin de la historia naturaP"^. Los sabios románticos y positivistas del siglo XIX estudiarán la vida terrestre guiados por el reduccionismo de los procesos vitales y el integrismo filogenético, alejándose del paradigma de la Naturaleza. La critica azariana es un ejemplo de la capacidad individual de los ilustrados españoles para renunciar al papel de comparsas y subir al estrado de la comunidad científica europea. Desafortunadamente, nuestra historiografía, a la búsqueda de mayor fortuna histórica, ha querido ver en su persona un precedente del evolucionismo darwinista^^, circunstancia que no corresponde con el espíritu fixista de su doctrina biológica-"^^, olvidando sus méritos como estudioso de la fauna americana y experiencias intelectuales como la presente. Acontecer merecedor de nuestra atención tanto en el ámbito nacional como para el ideal universal promovido por los sabios de las Luces. 30, Memoria sobre el estado rural del río de la Plata
El conocimiento del hombre en la España del siglo de las Luces estuvo condicionado por prejuicios e intolerancia, fue sometido al dictamen de la ciencia y de la religión. Los estudios anatómicos tuvieron un destacado papel convirtiéndose en un novedoso frente cientifico; sin embargo, a la cita no faltaron eruditos y divulgadores como Feijoo o Hervás y Panduro, quienes dedicaron sus reflexiones al análisis del ser humano. El marco antropológico quedaría definido si consideramos la publicación y difusión que la obra de Buffon tuvo a pesar de la censura inquisitorial. «Y si el hombre no se emplea en conocer lo que es, obra no como hombre, sino como bestia». Ha sido Paul Hazard* uno de los que mejor ha puesto de relieve cómo se van fraguando poco a poco desde finales del XVII los planteamientos que luego se desarrollarán en el XVIII. Por lo pronto hay que tener siempre en cuenta que esa Ilustración está limitada a una minoría de la clase dirigente y, por debajo de ella, todo sigue igual: miseria, ignorancia y superstición, tanto en el medio rural como en el urbano, incluso -aunque en menor medida-en la propia capital, en el mismo Madrid. La España ilustrada sigue siendo pobre, atrasada, en ella reina el hambre y las epidemias hacen estragos. Esa situación de inferioridad cultural mueve a determinadas capas intelectuales a hacer difíciles equilibrios en dos frentes complementarios: la apertura a los aires renovadores del extranjero y la lucha contra la tradición. Con respecto a la primera, se ha insistido mucho en la influencia francesa, hasta el punto de eclipsar otras nada desdeñables, como las que proceden de Inglaterra o Italia. Podemos encontrar sobradamente ejemplos de este influjo galo a lo largo del siglo, como la fundación en Madrid en 1725 del Seminario de Nobles, siguiendo la moda de Francia, o la publicación en nuestra capital del Diario de los Literatos de España (1 de Enero de 1737) siguiendo el modelo del Journal des Savants de Paris. En el mismo proceso de asimilación de la cultura europea se encuentran los ilustrados con el otro factor antes mencionado, el peso de la tradición, representado por los sectores más conservadores de la sociedad y sobre todo por la Iglesia como institución. Los pensadores del Siglo de las Luces opinaban que la Razón debía primar sobre la Religión, en el sentido de que la libertad de conciencia debía anteponerse a la autoridad eclesiástica. A partir de estos supuestos puede verse la época dieciochesca como un período de fuertes contrastes, con tendencia a las contradicciones, en el que nos encontramos una lucha entre lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo revolucionario, la Religión y la Ciencia, lo establecido y lo innovador... Esta fiebre de reformas -pero a la postre reformas fallidas-es particularmente patente en el campo de la ciencia. Los mismos ilustrados españoles se quejaban del atraso científico de nuestro país e intentaban buscar las posibles causas; así, el escritor gaditano afincado en nuestra capital, José Cadalso, en sus Cartas Marruecas, publicadas integramente en el Correo de los Ciegos de Madrid, se lamentaba de las durísimas condiciones en que trabajaban los pocos hombres de ciencia que había dado España y afirmaba que el retraso científico «procede de la falta de protección que hallan sus profesores» y resaltaba el hecho, por todos conocido, de que el estudio de las ciencias no daba de comer^. En un sentido muy parecido se manifestaba el naturalista Félix de Azara al evaluar el conjunto de su obra: «No espero verla estima-da en este país, donde el gusto por Ias ciencias y, sobre todo, por la Historia Natural está absolutamente dado de lado»-^. Desde el extranjero, se enjuiciaba la situación de España en unos términos no menos duros a los que empleaban los propios españoles. Fue un artículo de Nicolás Masson de Morvilliers dedicado a España, e inserto en la Géographie Moderneobra a su vez incluida en la Enciclopédie Méthodique'^-el que desató la polémica y las iras en nuestro país. En realidad Masson no decía nada que no hubiese sido ya dicho por otros críticos, pero sus planteamientos buscaban indisimuladamente la disputa e incluso la provocación^. A pesar de que el propio escritor francés abría al final de su discurso una puerta a la esperanza -España, según él, parecía renacer a todos los niveles, desde el industrial al científico^-, varios autores españoles, unas veces por iniciativa individual, como Cavanilles o Denina, y otras desde sectores oficiales, como J. Pablo Forner por encargo de Floridablanca, dedicaron sus mayores esfuerzos a reivindicar el buen nombre de nuestro país. Otros, en cambio, -un sector más minoritario-encabezados por Luis Cañuelo (desde las páginas del semanario matritense El Censor) reconocían parte de los defectos expuestos por Masson, con el fin explícito, en buena parte político, de luchar contra el lastre de la tradición. Quisiéramos también aludir a otros dos factores que incidieron muy directamente sobre el cultivo de las ciencias en la España ilustrada y que tuvieron un impacto inequívocamente negativo sobre el tímido despegue científico de la Ilustración española: nos referimos a la expulsión de los jesuítas y al problema de la censura. Con respecto al primero, hay que tener en cuenta que esta congregación dominaba y acaparaba puestos claves en la enseñanza, en las Universidades, etc.; en consecuencia su expulsión supuso una peligrosa situación de vacío que otras órdenes no pudieron llenar. El otro factor que contribuyó a retardar el arranque científico español fue, como antes mencionábamos, el ejercicio de la censura por parte de la Inquisición. La consabida cuestión acerca de en qué medida esta actividad inquisitorial pudo afectar a la ciencia española es difícil de contestar. Hay que tener en cuenta que también existió esta censura en los demás paises europeos, incluso en los que se tenían por mas «avanzados»: el famoso Emilio de Rousseau, por ejemplo, fue prohibido en La Haya, ^ Cf. ALVAREZ LÓPEZ, E. (1952), «Comentarios y anotaciones acerca de la obra de D. FÉLIX DE AZARA», Miscelánea Americanista, tomo III, C.S.I.C., Madrid, p.26. ^ Esta inmensa obra tuvo gran repercusión e influencia en nuestra península. PANCKOUKE consiguió autorización para que se publicara en castellano y gracias al impresor español Antonio Sancha comenzó a aparecer en las librerías madrileñas. Pronto la Inquisición se alzó contra ella a raíz del artículo de Nicolás Masson y fueron secuestrados unos 1.600 volúmenes de las tiendas de nuestra capital. •' ^ El artículo de Masson está reproducido en ERNESTO y ENRIQUE GARCÍA CAMARERO (eds) (1970), La polémica de la ciencia española. XLVIII-1-1996 39 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es en Paris^, etc. Pero censura no equivalía exactamente a imposibilidad de que un libro fuera conocido y divulgado, ya que por ejemplo en el caso español, un buen porcentaje de la élite intelectual leía francés y podía adquirir las obras extranjeras de modo directo; aún mas, instituciones piíblicas en Madrid y en otras zonas españolas adquirían obras «peligrosas», a veces incluso con la anuencia de la autoridad eclesiástica, que permitía ciertas excepciones. La otra cara de la moneda estaría constituida por los intentos minoritarios para superar esa situación y poner a España al nivel de los países europeos de su entorno. En este contexto tienen lugar una serie de tentativas de cambio que discurren básicamente por tres vías diferentes: en primer término, se crean nuevas instituciones para que cumplan la misión que las Universidades parecen incapaces de realizar; en segundo lugar, se introducen cambios sustantivos en los programas de estudios, sobre todo a nivel metodológico, promoviéndose la observación y la experimentación; por último, se ensayan diversos estímulos a la investigación, entre los que destaca la promoción del contacto de científicos españoles con extranjeros. En estas facetas tendentes a una reconstrucción científica ocupa un papel fundamental, tal y como hemos apuntado anteriormente con algunos ejemplos, nuestra capital. Efectivamente Madrid, al igual que la mayoría de las metrópolis europeas, se convirtió en receptora de la ciencia ilustrada. Pero para eso fue primero esencial poner las bases necesarias y crear una infraestructura adecuada para poder recoger, analizar y estudiar todo lo que hasta ella llegará de los países limítrofes. Entre las nuevas instituciones que pretenden tomar el relevo de los organismos caducos, destaca sin lugar a dudas la Sociedad Económica Matritense, fundada en 1775 bajo la dirección de don Antonio de la Quadra, aunque en realidad fue Campomanes el alma de este organismo. En su seno se fraguan las más importantes obras de prohombres ilustrados, como Cabarrus y Jovellanos''. Además, su organización y estructura se convirtió en modelo para las demás Sociedades Económicas, que se expandieron rápidamente por toda la península. De menor transcendencia, aunque su importancia no es desdeñable, resulta la fundación de las Academias en nuestra capital. En 1714 se funda la Academia de la Lengua, en 1738 la Academia de la Historia, en 1744 la Academia de Bellas Artes de San Fernando... y un largo etcétera. Además de por las Sociedades Económicas y por las Academias, la importancia de Madrid como centro receptor de las corrientes europeas se ve favorecido por el desarrollo de la prensa que -aunque todavía no era el ^' Podemos ver la noticia de su prohibición en ambos países europeos en el periódico de Madrid Mercurio histórico y político, de Julio y Septiembre de 1762 respectivamente. "^ Una síntesis de la actividad ilustrada en el seno de la Sociedad Económica Matritense, en ABELLÁN, J.L. (1981), Historia crítica del pensamiento español, tomo III: Del Barroco a la ilustración, Madrid, Asclepio-Vo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es termómetro de la sociedad, como en los siglos posteriores-se hizo eco de la preocupación intelectual de la época, reseñando o criticando en lugares preferentes las nuevas obras, o dando cabida a noticias sobre los pensadores y científicos del momento. En efecto, el siglo XVIII conoce una expansión sin precedentes de todo tipo de periódicos; obviamente, la mayoría de ellos se editaban en nuestra capital, que contaba con un gran número de suscriptores. Estos rotativos abarcaban una gran variedad temática, aunque aquí haremos hincapié únicamente en los aspectos específicamente científicos. Así, el Diario de Madrid publicaba entre enero y febrero de 1789 hasta 11 artículos relativos a los adelantos científicos; el Correo de Madrid difundía 22 escritos de Física en un año (de octubre de 1787 al mismo mes del siguiente año); el Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa, periódico bisemanal fundado a mediados de 1787, pretendía responder a su mismo título ofreciendo una síntesis de los principales avances de la ciencia en toda Europa. Todo esto va creando un caldo de cultivo adecuado y Madrid en particular -y el país en general-se va abriendo poco a poco a los aires del exterior, produciéndose un contacto entre científicos españoles y extranjeros desconocido hasta ese momento: viene a la metrópoli el irlandés Bowles invitado por Antonio de Ulloa; el químico francés Proust dirigió en la capital el laboratorio del rey Carlos IV; y el botánico sueco Loeffling fue enviado por Linneo al centro de la península. Aunque entre la élite intelectual no era necesaria la traducción del francés al español para ponerse en contacto con las grandes obras del momento, también se acometieron en las editoriales matritenses las traducciones de obras como la Enciclopédie Méthodique, a la que aludíamos anteriormente, o libros notables como el Spectacle de la Nature del abate Pluche que conoció dos ediciones antes de 1785 (a pesar de ser una obra en 16 tomos), o el Essai sur l'électricité des corps de Noi let. EL CASO DE LA HISTORIA NATURAL Esta renovación o incluso revolución científica se pone muy de manifiesto con respecto a las Ciencias Naturales, tal y como lo expresa el irlandés William Bowles. Este científico afincado en la capital se lamentaba del atraso de esta ciencia en España, a pesar de las posibilidades que ofrecía la tradición viajera y descubridora: «de los viajeros españoles modernos no hablo, porque me sería preciso dudar si han sabido que hubiese Física, según el olvido con que la han tratado»; a continuación prosigue su reflexión nombrando a unos pocos marinos y escritores que son la excepción que confirma la regla y concluye del siguiente modo: «si los que les han sucedido hubiesen seguido su ejemplo, hoy nos hallaríamos con tales progresos en las Ciencias Naturales, que tal vez nos pasmarían»^. Parecidas observaciones efectuaba el entonces vicedirector del Real Gabinete de Historia Natural madrileño, José Clavijo y Fajardo: «no pretendo ofender a mi nación, ni dar armas a sus émulos, dedicados casi por instinto, a censurarla», se justificaba Clavijo, sino solo constatar que respecto a «lo que otras naciones han adelantado en estas materias(...) nos hallamos nosotros atrasados»^ A pesar de todas estas lamentaciones, lo cierto es que durante el siglo XVIII tiene lugar un importante impulso en este terreno, fruto de la curiosidad que produce la Naturaleza en todos sus ámbitos, y Madrid se beneficia de eso. Prueba de ello es la creación en nuestra capital del Real Gabinete de Historia Natural'^ y del Jardín Botánico de Madrid^'. En los planes de estudio de las Universidades no se reflejaba sin embargo el interés por el estudio de la Naturaleza, aunque una rama emparentada en cierta medida con ella, como la Medicina, adquiría nuevos aires con el fomento de las disecciones. Sin embargo, habría que destacar -en el campo de las Ciencias Naturales-la labor de estudiosos como Ignacio Asso y del Río en Zoología; Andrés Manuel del Río en Mineralogía; Quer, Gomez Ortega y Cavanilles desde el Jardín Botánico de la capital; Cuéllar, Pineda, Haenke y Née designados por el gobierno español para formar colecciones -en sus expediciones científicas a América-destinadas a enriquecer el Gabinete de Historia Natural. De la obra de uno de estos investigadoresconcretamente el Nuevo discurso de la generación de plantas, insectos, hombres y animales (1747) de Francisco García-hace Celso Arévalo un desmedido elogio afirmando que este naturalista dieciochesco descubrió la sexualidad de las plantas «antes de que Linneo la hiciese base de sus estudios botánicos» y negó la teoría de la generación espontánea «más de un siglo antes de que Pasteur con nuevos medios la aniquilase»'2. Pese a lo que exageraciones como ésta parecen sugerir, las Ciencias Naturales no estaban en España al mismo nivel de desarrollo que en otros países de la Europa Occidental. Se estaban haciendo grandes esfuerzos, entre los que caben destacar la financiación de la formación en el extranjero de destacados investigadores españoles como Carlos de Gimbernat (nombrado en 1798 vicedirector del Gabinete de Historia Natural de Madrid), mientras que -como antes mencionábamos-se fomentaba el acceso de científicos extranjeros a nuestro país, en concreto a nuestra capital. Uno de los indicadores más interesantes del progreso de las Ciencias Naturales en Madrid, lo constituye el incremento de obras de esta índole en las bibliotecas de la capital y en las colecciones particulares de los intelectuales de la época: el Systema Naturae de Linneo se había hecho absolutamente imprescindible; casi lo mismo podía decirse de la Historia Natural de Buffon en la traducción de Clavijo; Jovellanos tenía también, entre otras, los Études de la Nature de Bernardin de Saint-Pierre, obra prohibida por la Inquisición, pero muy apreciada por el escritor español. Los propios ilustrados, aunque la Historia Natural no estuviera en el centro de sus preocupaciones intelectuales, hicieron algunas reflexiones sobre el particular: así por ejemplo, el jesuíta conquense Lorenzo Hervás y Panduro abordó la cuestión del avance de las Ciencias Naturales y terció en las grandes polémicas biológicas que apasionaban a los estudiosos de su tiempo, como la inmutabilidad de las especiesque él defendía-, la cadena de los seres vivos, el eslabón perdido y el debate sobre la concepción y reproducción de la especie humana, en el que mantenía una postura epigenista'^. Pero entre ellos fue sin duda el P. Feijoo quien, de manera más continuada, reflexionó sobre los problemas que llevaba aparejado el estudio de la Naturaleza; factor nada sorprendente si consideramos su extensísimo campo de preocupación intelectual. Precisamente esa capacidad de disertar sobre los más variados temas buscando siempre el auxilio de la razón en su sentido más puro, hizo de Feijoo un símbolo, reconocido desde entonces como tal por los más diversos autores. Blanco White nos relata en páginas emocionadas lo que supuso para él enfrentarse por primera vez a las obras de Feijoo: «No sin dificultad logré permiso para probar si mi inteligencia, que hasta entonces había permanecido baldía, tenía bastante fuerza para entender y saborear a Feijoo», y continúa diciendo que «el contenido de sus páginas cayó en mi alma como las lluvias primaverales en una tierra sedienta»'"^. Marañen, por su parte, le juzga el creador del lenguaje científico en nuestro país'-"^.' -^ Podemos ver referencias a todas estas discusiones biológicas en los tomos I y V de la Historia de la vida del hombre, Madrid, 1789-1799. «En ninguna materia hay tanta pobreza de escritores juiciosos y fieles, como en la Historia natural», nos dice el benedictino en uno de los discursos dedicados precisamente a esta disciplina y publicados en su Teatro crítico, cuyo primer tomo apareció en Madrid el 3 de Septiembre de 1726, en la imprenta de Lorenzo Francisco Mojados. Según Feijoo los relatos de los naturalistas están repletos de fantasías absolutamente increibles; en este punto el escritor español es muy crítico, censurando incluso las «ligerezas» de Aristóteles en ese aspecto. Los «modernos» por otra parte han incurrido, nos dice, en el error de «trasladar ciegamente las patrañas que dejaron escritas los antiguos». Este discurso al que nos referimos está íntegramente dedicado a combatir los errores más comunes, más extendidos entre el vulgo, en ese terreno del estudio de la Naturaleza. Hagamos, por ser tan revelador, una sucinta relación de algunos de los numerosísimos casos que enumera y rebate Feijoo: los animales venenosos, como la víbora, no producen daño alguno al ser comidos; no hay ningún animal de vista tan penetrante que pueda atravesar los cuerpos opacos (se refería aquí Feijoo a la conocida fábula del lince). Y sigue diciendo: no responde a la verdad la creencia de que las ballenas tengan tan angosta su garganta que por ella sólo puedan penetrar peces del tamaño de la sardina; la rosa de Jericó, escribe, ni es rosa, ni es de Jericó, ni se abre la noche de Navidad; no existen lagos que formen una tempestad al arrojar en ellos una piedra; el diamante, continúa, no se ablanda, como muchos creen, con la sangre caliente del cabrito; las margaritas no se engendran del rocío... A pesar de que en este punto no se atreve a dar una respuesta absolutamente tajante, considera Feijoo «improbable» la existencia de animales fabulosos (desde el famoso unicornio al Ave Fénix...) y en todo caso rebate las propiedades mágicas que por lo general se les atribuye: la incombustibilidad de la salamandra, por ejemplo, o la mirada mortal del basilisco...'^. Feijoo, al igual que la mayoría de los pensadores de su tiempo, se nos muestra como una persona preocupada por el estado cultural de la España de su época, por el bajo nivel de la enseñanza, por el anquilosamiento de las Universidades; en la «Carta sobre las causas del atraso que se padece en España en orden a las Ciencias Naturales»'"^, establece seis motivos para explicar el fenómeno: ignorancia de los profesores, rechazo de las novedades, aversión hacía los modernos planteamientos científicos (que son tildados de curiosidades inútiles), desconocimiento o desprecio de la filosofía de la época, la envidia -tanto a nivel personal como nacional-y en fin, el temor de que las doctrinas nuevas perjudiquen a la Religión. Efectivamente, las ciencias -sobre todo si iban acompañadas del calificativo de «nuevas»-eran con-sideradas peligrosas a priori; si el campo de alguna de ellas ya de por sí despertaba recelos -¿por qué investigar en un terreno en que se impone la verdad incuestionable del dogma?-, sus principios, sus métodos y sus conclusiones podían caer ampliamente en la amplia zona de lo herético. De ahí que con frecuencia, tal y como admite Sarrailh, los cultivadores de las nuevas ciencias insistan en que el campo de la Ciencia y el de la Religión son completamente diversos, y que los principios de esta última son siempre superiores a los científicos'^. Da la impresión de que, si hubieran podido, los ilustrados habrían resucitado la teoría medieval de la doble verdad para salvaguardar los descubrimientos hechos por la vía experimental. Incluso nos encontramos que hasta el propio uso del concepto de Naturaleza puede resultar sospechoso: «es muy común en nuestros filósofos, cuando se habla de los prodigios naturales» -afirma Juan Francisco de Castro-«recurrir admirando a la Naturaleza, como si ésta fuese alguna denominación digna de los elogios de que se le hace objeto». Dicho con otras palabras, lo que resulta inadmisible, según este autor, es el elogio a la Naturaleza en detrimento de su Creador: «Si la Naturaleza es inteligente, razonable, sabia, y poderosa, es el mismo Autor que la produjo, y de quien enteramente pende, que todo lo sabe, y dispone con soberano poder, e inteligencia»'^. Además, es preciso salvaguardar a toda costa el principio de la perfección de todo lo creado, y hacerlo compatible con las imperfecciones que caracterizan el estado actual del reino de la Naturaleza, lo cual da lugar a consideraciones del tipo de la de Bejarano Galavis; este escritor sostiene que Dios en un principio creó a las especies más perfectas y que después «por el poder de las causas naturales se procrearon los imperfectos». Seguidamente nos ilustra su teoría con un ejemplo: «en el principio no tuvieron Adán y Eva piojos, pulgas, chinches, ni otros insectos o animalejos que al presente nos molestan»^^. A pesar de todas estas limitaciones y cortapisas, el balance es desde luego positivo, y, poco a poco, el estudio de la Naturaleza y del hombre adelanta en la España del Siglo de las Luces. Uno de los caminos que favorece este pequeño avance es el interés hacia América y sus habitantes presente a lo largo de toda la centuria, la atracción por la riqueza y el exotismo de aquellas lejanas regiones y, en consecuencia, el deseo de conocer ese «otro» mundo inexplorado para el europeo. Los estados de Europa Occidental -en particular Francia, Inglaterra, además de España, naturalmente-pugnaban por profundizar en el conocimiento de aquellas tierras, base indispensable para desarrollar y consolidar su dominio comercial y político. No obstante, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, el interés de las potencias europeas hacia el continente americano tenía también un componente marcadamente científico, ya que uno de los objetivos esenciales de las expediciones era proporcionar la más completa información zoológica, botánica, mineralógica, geográfica, cartográfica, astronómica, económica y antropológica, ademas de la meramente política. Para poder abarcar todas estas facetas fue necesario que las dotaciones de los buques, planificadas desde Madrid, incluyeran no solo marinos, sino un conjunto de estudiosos o especialistas que garantizaran el eficaz cumplimiento de las tareas de investigación. Uno de los principales estímuhoMde estos viajes hispanos era esa sed de conocimientos propia del siglo, ese afán.qpr estudiar y clasificar los seres vivos, la pasión por observar y analizar lo descontado (tierras fabulosas, nuevas especies vegetales, etc.) y, por último, el deseo de recolectar todo tipo de animales, minerales, plantas, restos de seres vivos... para enviarlos al Real Gabinete de Historia Natural de nuestra capital. Por supuesto, uno de los objetivos de estas navegaciones era entablar contacto con los habitantes del Nuevo Continente, y estudiar sus relaciones, costumbres, religión, en una palabra su forma de vida. Para ello era necesario previamente ganarse su confianza, cosa nada fácil debido al trato inhumano que con frecuencia habían recibido los indígenas de los conquistadores. Pero la actitud de los expedicionarios ilustrados era completamente distinta, tanto en sus fines como en sus métodos, enlazando en cierto modo con los primeros viajeros e historiadores de Indias que, con sus descripciones, se convirtieron en los pioneros de los estudios etnológicos en nuestro país. La información que proporcionaron las expediciones acerca de los naturales de aquellas tierras fue la base de la que se nutrieron los grandes antropólogos del XVIII (Buffon, Blumembach, Hervás y Panduro en España) para elaborar sus teorías sobre la especie humana. En los viajes con carácter más marcadamente antropológico estaba patente, implícita o explícitamente, una denuncia de las difíciles condiciones de subsistencia de los indígenas; indudablemente esta crítica hacia la administración española, de un tono más humanitario que estrictamente político, sería instrumentalizada después por los colonos para favorecer la independencia política de las naciones americanas. Recordemos someramente las principales expediciones organizadas desde Madrid o protagonizadas por españoles durante el siglo XVIII. En 1735, la Academia de Ciencias de Paris nombró una comisión científica, dirigida por La Condamine, para estudiar la forma de la tierra; Luis XV solicitó la autorización y apoyo de Felipe V, quien no solo accedió sino que dispuso que se agregasen a este viaje Jorge Juan y Antonio de Ulloa^'. Entre las comisiones enviadas para la exacta demarcación de los limites hispanoportugueses, habría que destacar la expedición al Rio de la Plata, en 1781, protagonizada por Félix de Azara; este naturalista describió todos los pueblos habitantes de aquellas zonas, ya que opinaba que la faceta antropológica era precisamente la principal y la más interesante de la descripción de un país^^. Se detuvo también Azara en el relato de los medios empleados por los conquistadores en general y por los jesuítas en particular para reducir y someter a los indígenas, siendo muy crítico al respecto. En el último cuarto de siglo se llevaron a cabo tres importantes expediciones botánicas. En 1777 partió una con destino a Perú y Chile, llevando como especialistas en Historia Natural a los españoles Hipólito Ruiz y José Pavón, y al francés Dombey. Nueve años más tarde tuvo lugar la que bajo el mando de José Celestino Mutis se dirigió a Nueva Granada. En 1787 salió la tercera, conducida por Martín Sessé, que llegó hasta los territorios de Nueva España, contando con los naturalistas Vicente Cervantes, José Mariano Moziño y José Maldonado. En estos tres viajes se ocuparon los expedicionarios, aunque no fuera el objetivo principal de los mismos, de la descripción de los naturales. Así Ruiz y Pavón estudiaron las costumbres de los aborígenes de Perú y Chile ^^, y reunieron una amplia colección etnográfica. Del mismo modo Moziño observó a los naturales de Nootka y elaboró un diccionario de su len-gua24. En los últimos quince años del periodo ilustrado tuvieron lugar cinco expediciones transcendentales. En 1785 partió la fragata Santa María de la Cabeza, al mando de Antonio de Córdoba y Lazo, hacia el estrecho de Magallanes. Esta misión, que llevaba como naturalistas a Luis Sánchez y Bartolomé de la Riva, trajo importantes noticias sobre los supuestos gigantes de la Patagonia ^^. Cuatro años después partió una de las más ambiciosas hacia las costas de América, Asia y Oceania. Iba dirigida por el italiano Alejandro Malaspina y contaba con importantes especialistas en el campo de la Historia Natural (el español Antonio de Pineda, el francés Luis Née y el checo Tadeo Haenke). En su largo periplo alrededor del mundo describieron a los 2' Puede verse la labor de estos marinos españoles en sus obras: Relación histórica del viaje a la América meridional, Madrid, 1748, y Noticias secretas de América, Londres, 1826. 22 habitantes de Puerto Deseado (Argentina), archipiélago de Chiloé (Chile)-^, Puerto Mulgrave (Alaska), isla de Nootka (Canadá) e isla de Vavao (Oceanía)^'^, además de realizar una intensísima labor de investigación y estudio en las más variadas facetas de la Historia Natural. En 1795 y 1796 partieron dos nuevas misiones, una dirigida por Cristian y Conrad Heuland para estudiar el reino mineral de Perú y Chile; estos hermanos narraron en su diario^^ noticias curiosas sobre los indígenas y recopilaron además una gran diversidad de objetos de los nativos. La otra, hacia la isla de Cuba comandada por el conde de Mopox se dedicó principalmente a estudiar y recopilar aves, minerales y plantas. Por último, en 1799, tuvo lugar el viaje de Alejandro Humboldt-^ y del botánico francés Aimé Bonpland hacia las regiones equinocciales de América, en el que se hicieron importantes observaciones en el campo de la etnografía. Basta esta pequeña referencia, para poder afirmar sin género de dudas que las expediciones científicas españolas -constituidas por estudiosos o especialistas que garantizaron el eficaz cumplimiento de las tareas de investigación-incentivaron el desarrollo de un gran número de disciplinas científicas, entre las que la Antropología ocupaba, como no podía ser menos, un lugar fundamental. EL INTERÉS POR LA ANTROPOLOGÍA La dicotomía dieciochesca entre Religión y Ciencia, se pone muy de manifiesto en el caso del estudio del hombre. Pero antes de adentrarnos en ese campo deberíamos plantearnos una cuestión importantísima: ¿puede realmente hablarse de Antropología en la España de la Ilustración? No, si seguimos un criterio riguroso; pero, por otro lado, si nos quedáramos en esa negativa sin matices estaríamos distorsionando la realidad casi al mismo nivel que si nos empeñáramos en convertir en antropólogos a todos los ilustrados que dedican un par de páginas a la cuestión del hombre. El conocimiento del hombre real -no el que dicta la Religión-avanza en el Siglo de las Luces en esa España lastrada por los prejuicios y la intolerancia. Uno de los frentes de ese avance vendría dado por el progreso de los estudios anatómicos^^; Feijoo y el estudio del hombre Feijoo se aproxima a los temas antropológicos con el mismo espíritu racionalista y desmitificador que acompaña a toda su obra; en sus Cartas eruditas y curiosas publicadas en Madrid, señala las características diferenciales entre hombres y brutos y entre el cerebro humano y el de los animales-^' con afán de refutar creencias vulgares, fantasías y supersticiones. En su Teatro crítico -editado también en nuestra capital-trata el color negro de los etíopes que atribuye al clima de la región en que viven y combate la hipótesis -muy extendida en determinados ambientes científicos de la época-acerca de una supuesta degradación o deterioro de la especie huma-na^^; en esta misma obra sostiene que el entendimiento de las mujeres no es inferior al de los hombres, y que el llamado sexo débil no es imperfecto ni monstruoso: ya que las menstruaciones femeninas, dice, no tienen la ponzoña que muchos les atribuyen, pues ni esterilizan los campos ni hacen rabiar a los brutos. Precisamente, una parte importante de sus escritos está dedicado a negar que existan o hayan existido seres monstruosos: hombres con cabezas caninas, con ojos en el pecho, con pies descomunales, etc. Incluso en varias partes de su Teatro crítico se niega a aceptar la creencia, todavía más extendida, de que los huesos encontrados en diversas excavaciones en España y América pertenezcan a seres humanos gigantescos. En su afán desmitificador llega a afirmar que las osamentas de algunos santos, considerados popularmente gigantes, caso de ser analizadas científicamente, mostrarían bien a las claras su parecido con las de los hombres del siglo XVIII. El erudito orensano estudió diversos aspectos antropológicos que preocupaban a las mentes más lúcidas de la época como la diversidad mental (cultural) entre los hombres de las diversas naciones del globo^^, que enfocó con realismo y espíritu abierto; en cierto modo también puede inscribirse en ese marco sus consideraciones sobre los españoles y sus relaciones con otros pueblos (por ejemplo, la «antipatía de ^' Puede verse las diferencias entre hombres y brutos en Cartas eruditas y curiosas..., op. cit., lomo V, carta 2^, n° 19 y entre el cerebro del hombre y de los animales en la carta 6'\ n° 3 del mismo volumen. ^2 La referencia al color se encuentra en el Teatro crítico, opus cit., tomo VII, discurso 3° y la degeneración del hombre en el tomo I. ^^ Ibidem, tomo II, discurso 15. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es los españoles a los franceses»), sus reflexiones sobre el sentimiento nacional o sus críticas hacia determinadas tradiciones fuertemente enraizadas en el pueblo español (sobre todo las que se basan en pretendidos hechos milagrosos, como el famoso «Toro de San Marcos» de Almendralejo, en Badajoz). En esto, como en tantas otras cosas, Feijoo no se muestra como un radical que dude de la existencia de milagros, sino como un racionalista moderado que intenta circunscribirlos a unos límites muy precisos. Terció también el escritor español en el debate sobre el poblamiento de Améri-ca^"^, optando por una solución de compromiso entre las diferentes hipótesis acerca de cómo había podido llegar el hombre a tan lejanas tierras; para él «es ocioso buscar en los mapas el rumbo» dado que la superfície del globo debía haber cambiado muchísimo desde entonces-^^. En esta misma obra (tomos II y IV) analiza las cualidades de los indios americanos, sosteniendo que son de nuestra misma especie, e incluso que los criollos son de mayor viveza y agilidad intelectual que los españoles. Estas y otras defensas de la dignidad de los hombres del Nuevo Continente hicieron que Feijoo fuera muy criticado por quienes, como Corneille de Pauw, hicieron de sus obras un sistemático ataque a los americanos como reafirmación de la ya tibiamente cuestionada perspectiva eurocèntrica. A pesar de que el tema del hombre era uno de los que ampliamente abordó Feijoo, no se puede presentar al benedictino español volcado hacia la Antropología como hace Cerra Suárez en su obra Las ideas antropológicas de Feijoo. Este autor basa sus argumentaciones en las ideas del ilustrado sobre la variabilidad de las especies, la generación espontánea, la herencia, reproducción, etc. Desde nuestro punto de vista, todos estos temas eran motivo de controversia en la época, y el clérigo hispano se limitó a exponer sus opiniones al respecto. Como en la época ilustrada se despertó el interés hacia el hombre, Feijoo abordó el tema en algunos de sus escritos, pero sin que ello supusiera -como afirma Cerra Suárez-^^-que el pensador dieciochesco diera primacía a la antropología biológica sobre la filosófica y cultural. En definitiva, consideramos que no puede llamarse antropólogo a Feijoo, por más que se amplíe el concepto; el ilustrado español no pasó de ser un curioso, divulgador de gran cantidad de temas, entre los cuales estaban los relativos a la Naturaleza y al hombre. ^'^ Véase una pequeña aproximación a esta polémica y en general a la visión que tenían los ilustrados españoles de América y sus habitantes en González Montero de Espinosa, M. (1992) Hervcis y Panduro abre el camino a la antropología española Analicemos ahora con profundidad los estudios antropológicos de Lorenzo Hervás y Panduro; este jesuíta conquense escribió acerca de los más variados asuntos, lo mismo reflexionó sobre las Matemáticas que sobre la Filología, Teología, Filosofía, Geografía o Pedagogía. Entre su extensa producción nos interesa destacar aquí los escritos que tienen como protagonista al ser humano: la Historia de la vida del hombre y el Hombre físico que, por supuesto, fueron publicados -en su traducción al castellano, dado que originalmente fueron escritos en italiano-en nuestra capital. En ambas puede verse claramente la importancia que tiene para él el estudio de nuestra especie: «Fábrica admirable del cuerpo humano: su consideración es útil a todo estudio, sea en lo físico, sea en lo moral», titula uno de sus discursos^''. La edición española de la primera de las obras mencionadas consta de 7 tomos, fue publicada en Madrid a lo largo de 10 años, entre 1789 y 1799, y sufrió -sólo una parte de ella-los rigores propios de la censura^^. A pesar de ser poco conocida en la España de su época, constituye el tratado más completo que se escribió sobre el hombre en la Europa ilustrada; estudia al ser humano desde gran número de perspectivas y analiza sus etapas vitales: concepción, nacimiento e infancia -en el primer tomo-, juventud -en el segundo, tercero y cuarto-, madurez -en el quinto y sexto-y, por último, la vejez -en el séptimo-. En el volumen quinto de esta magna obra defiende con calor la tesis de que el hombre es igual en todos los lugares del mundo, siendo las diferencias externas, sólo meros accidentes; esta idea de la igualdad entre los seres humanos era inusual para la época, dada la extendida creencia, incluso entre los científicos, de la inferioridad del aborigen americano respecto al europeo. El abate español muestra una hipervaloración del hombre, con una exaltación reiterada incluso de su naturaleza material. Así, aparecen en su Historia del vida del hombre encabezamientos como «Excelencia del hombre por su perfección coiporal» o «Figura y hermosura corporal del hombre: grandeza, proporción y perfección del cuerpo humano»-^^. Estudió los caracteres distintivos de nuestra especie, o sea, lo que hoy llamamos Antropología Física; esto podemos observarlo, por ejemplo, cuando analiza las diferencias físicas entre hombres y mujeres'o cuando afirma que la pleni-^7 HERVÁS y PANDURO, L. (1800), El hombre físico o anatomía humana física-filosófica, Madrid, tomo I, p.7.'^^ Puede verse en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, sección inquisición, alegaciones fiscales, leg. ^'^ Estos dos tratados están recogidos y reproducidos en González Montero de Espinosa, M. (1994), Lorenzo Hervás y Panduro, el gran olvidado de la Ilustración española, Madrid. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tud del cuerpo humano llega a los 28 años en el varón y un poco antes en el mal llamado sexo débil. Hervás, basándose en los estudios artísticos y en los experimentos anatómicos del momento, estableció una serie de criterios sobre la relación entre las distintas regiones del cuerpo, las proporciones humanas y las medidas de las diferentes partes del hombre"^^. Cuestiones como la estatura, el color de la piel y sus posibles causas, la unidad o diversidad de la especie humana y la constitución anatómica, tampoco pasaron desapercibidas para él, que llegó incluso a plantearse la cuestión de la «simetría maravillosa» del cuerpo, estableciendo el centro de gravedad en función de la postura del individuo. De la minuciosidad de las proporciones a la descripción casi poética del cuerpo humano, nada escapó a la curiosidad del jesuíta español: incluso hizo incursiones en los nacientes estudios de craneología para hallar las causas de mudez y sordera. Cabe considerar sin exageración que los estudios antropológicos de Hervás fueron tan completos como profundos y originales, y desde luego resultan sorprendentes para el medio y la época que le tocó vivir. En la búsqueda de un mejor conocimiento del hombre, analizó la diversidad de temperamentos y las diferentes costumbres de los grupos humanos, esquematizando también sus causas: leyes, espíritu de las religiones y educación civil de cada país. Todos estos planteamientos, para ser valorados en su justa medida, han de ser situados en el contexto de un medio cultural baldío, dominado por la intolerancia religiosa -que miraba con lupa toda disquisición sobre la naturaleza humana-, y en un país con un atraso científico notable en relación con sus vecinos europeos. Por todo ello es más sorprendente que la obra de Hervás resista la comparación con las grandes figuras de la época: ni siquiera Buffon, por ejemplo, examinó con tanta precisión y detenimiento al ser humano, al que dedicó tres tomos de su Historia natural general y particular; en ellos el naturalista galo se ocupó de las edades, los sentidos y las variedades de la especie humana, pero desdeñó otras cuestiones, como el examen de las proporciones, puesto que en definitiva no hay que olvidar que para el científico francés el estudio del hombre era una parte importante, pero secundaria en el conjunto de su obra. En cambio, para Hervás, pese a su dedicación a otras parcelas del saber, el ser humano constituye un punto central de reflexión, como muestra el hecho de que lo estudiara desde todas las perspectivas posibles y que incluso elaborara un diccionario de Anatomía que incluyó al final del segundo tomo del Hombre físico. Sin embargo, en contraposición a Buffon y otras figuras ilustradas, el español ha sido ignorado por propios y extraños"^'; sus escritos antropológicos, por ejemplo, han permanecido prácticamente desconocidos en nuestro país, a pesar de que un examen detenido de los mismos nos lleva a comprender que estamos ante el más importante autor en este campo de la España ilustrada; más aún no sería exagerado darle el título de primer antropólogo español y padre de los estudios antropológicos en nuestro país. La repercusión de Buffon en nuestro país Como la importancia de Buffon en la historia de la Antropología no necesita ser subrayada, nos limitaremos a señalar cuál era el grado de conocimiento que se tenía en Madrid en particular -y en España en general-de su obra, haciendo las referencias indispensables a las novedades metodológicas o de contenido que suponían las investigaciones buffonianas. Obviamente Buffon no puede ser considerado como antropólogo en sentido estricto, dado que sus escritos sobre el hombre son sólo una parte de su magna obra, difícil de deslindar del resto de los discursos sobre el reino animal o sobre la Naturaleza en general. Pero en contrapartida también hay que recordar que Buffon apenas prestó atención a las plantas o animales inferiores; que, al contrario de Linneo, describió al hombre con todo lujo de detalles, que se ocupó de las variedades de la especie humana, que estableció las influencias del medio físico sobre los rasgos característicos de las razas, etc., razones que han llevado a Comas a considerarlo «precursor de la Antropología física»"^^. La obra de Buffon no es, pese a lo que a primera vista parece, homogénea, quizás a causa de su confesada aversión -¿rechazo a Linneo?-, a la sistematización rigurosa. Esta característica, unida a la vastedad de su campo de estudio, propició la aparición de diversas traducciones de parcelas de su obra con los títulos más variados. En 1773 se publicaban en Madrid dos tomos de la Historia Natural del hombre, en traducción castellana de D. Alonso Ruiz de la Peña. Los títulos, como era muy propio de la época, no reflejaban sino muy parcialmente el contenido de la obra: así, en este caso, aparecían en el tomo primero unas amplias consideraciones sobre la formación de animales y vegetales'^'^; pero el hecho mismo de que se publicaran las 41 Una excepción a la norma es el libro de GRANGEL, LUIS S. (1968), Humanismo y medicina. Seminario de H"* de la Medicina Española, Salamanca. investigaciones buffonianas referentes al hombre -y con ese significativo título-es exponente de la importancia que en esta materia se le empezaba a dar en España a los estudios antropológicos de Buffon. Máxime cuando en este campo, más que en ningún otro, se incurría en el riesgo de tropezar con el dogma; de hecho, el propio traductor, según reconocía en el prólogo, se había autocensurado: «nos ha parecido conveniente cercenar en esta traducción tal cual trozo del original, cuya sustancia hemos compendiado no obstante, del modo más decente que nos ha sido posible, y se reduce a unas cinco o seis hojas todo cuanto se ha suprimido»"^"^. Recordemos que en esta obra se adentraba Buffon, por ejemplo, en el resbaladizo terreno de la distinción entre el alma humana y la de los animales: ésta, decía, debe ser única para toda la especie, en contraposición al alma humana individual, específica de cada uno; a su vez, tanto en el hombre como en el animal, Buffon distinguía materia y alma. El principio espiritual, decía el naturalista, aparece y se desarrolla en el ser humano más tarde que el elemento material; afirmaciones como ésta y en general toda la «filosofía de la Naturaleza» de Buffon, rebajaban la supuesta dignidad del hombre como «rey de la creación», puesto que incluso el animal era superior al hombre en determinados aspectos"^-^. Insistía además el científico francés en la gran influencia del medio social y cultural sobre el ser humano: «un hombre criado siempre en una selva nos parecería realmente el animal más singular, más desconocido y más difícil de describir»"^^. De ahí podría deducirse que la única diferencia entre el «salvaje» y el «civilizado» estaba en que este último había podido acceder a las ventajas de la educación. En 1791 comenzaba a publicarse también en nuestra capital la que sería versión clásica de la obra buffoniana: la traducción de Clavijo y Fajardo en 31 volúmenes, respetando la distribución que había hecho de su obra el propio autor, e incluso con las adiciones, notas y correcciones posteriores. El propio traductor -vicedirector del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid-dejó constancia de la satisfacción que le produjo la labor realizada"^^, y otros especialistas se pronunciaron en el mismo sentido"^^, tal era el esmero que puso en la tarea. Curiosamente, esta obra no encontró el más mínimo problema con la censura, como puede verse en la contestación de la consulta que sobre su contenido hizo a Lo cierto es que, pese a todo, la obra de Buffon pasó las barreras establecidas y pudo circular libremente: ya no serían necesarias más ediciones importadas semiclandestinamente de Francia; por otro lado, la versión preparada por Clavijo se impuso como modélica a defensores y detractores-''-. Todo ello propició que los planteamientos buffonianos fuesen ampliamente conocidos en los círculos ilustrados; veamos algunos testimonios acerca de la gran difusión que alcanzó en España la obra del naturalista francés. En 1797 se editaba en Madrid la traducción de la biografía de Buffon que había aparecido en París veinte años antes; contenía este volumen también su Discurso de ingreso en la Academia francesa, y el elogio que a su muerte pronunció su discípulo, el Conde de La Cepéde, entre otros textos^-^, algunos de ellos mutilados en su versión española por ser críticos con la labor realizada por nuestro país en el Nuevo Continente. En las dos primeras páginas del prólogo de La vida del Conde de Buffon aludía el traductor a «la general aceptación, que con tanta justicia, ha merecido en España» la Historia Natural de Buffon, hasta el punto de que esos volúmenes «andan en manos de todos, sin exceptuar el bello sexo que los maneja con gusto y deleite». Por las mismas fechas, D. Tiburcio Maquietra traducía la obra francesa Génie de Mr, Buffon con el título de Espíritu del Conde de Buffon. Por su parte, el traductor de la "^'^ Véase «Gabinete», Caja grande n° 2, Carpeta n" 3, Copiador de cartas n° 18, Museo de Ciencias Naturales de Madrid. 10. ^'^ Véase por ejemplo el prólogo que escribe el traductor al español de las Conversaciones de un padre con sus hijos sobre la Historia Natural de Dubroca, Madrid, 1802-1803 (pág. XI). Muchos años después, el propio Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos españoles (Madrid, 1965, tomo V, pág. 298) se refería a la traducción de Clavijo en términos elogiosos: «la tradujo con gran pureza de lengua, de tal modo, que aún hoy sirve de modelo». XLVIIl-1-1996 g^ (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es obra de J. F. Dubroca Conversaciones de un padre con sus hijos sobre la Historia Natural citaba profusamente a Buffon en el prólogo recomendando a los lectores la Historia Natural en versión de Clavijo^"^. Las obras de Buffon desplazaron en España a las de Pluche y Nollet; se prepararon extractos de sus escritos para que sirvieran de manuales en los más avanzados centros de estudios, como el Seminario de Vergara. La huella de Buffon es reconocible en los estudios de algunos ilustrados de finales del XVIIL Buffon se convirtió para muchos en la autoridad suprema en el campo de la Historia Natural; decía por ejemplo Clavijo: «puede aplicarse al Conde de Buffon lo mismo que él dice de Plinio, esto es, que no solamente sabe lo que se puede saber, sino que posee aquella facilidad y modo de pensar que multiplica la ciencia»^'^. Muchos compartían esta caracterización del sabio francés, pero no todos. Para comprender adecuadamente lo que significaban las aportaciones buffonianas en el pobre panorama intelectual español, hasta qué punto sus concepciones, su planteamiento, su enfoque, su metodología, chocaba a muchos estudiosos hispanos, nada mejor que exponer los presupuestos de una de las obras sobre la Historia Natural más importantes a finales del siglo XVIII, la de Juan Francisco de Castro. La Naturaleza, dice el autor, es una máquina perfecta; con esta premisa como punto de partida examina Castro las aparentes imperfecciones de algunos animales descritos por Buffon, como el «ahí» y el «unau»; para aquél las descripciones del francés son erradas y absurdas: «si sobre estos animales, que llamamos perezosos, hacemos las convenientes reflexiones, encontraremos que su condición es no menos natural y cómoda a ellos mismos, como es la suya a otras especies»-'^^. A pesar de las resistencias conservadoras, Buffon terminó imponiéndose en los círculos ilustrados madrileños, como no podía ser menos; se seguían editando parte de sus obras con títulos diversos y a menudo pintorescos: así, a finales del XIX (París, 1872), aparecía El Buffon de las familias, en traducción de F. Corona Bustamante, según una selección de Augusto Dubois-' ^' ^; o El pequeño Buffon (Barcelona, 1893), un compendio de Historia Natural para niños que era la traducción de una obra francesa preparada por el célebre literato Jacob-''^. •' ^^ Véase págs. VI-IX, y siguientes. ^"^ Buffon (1791-1805), Prólogo, tomo I, pp.LVII-LVIll. ^(' Ç/:CASTRO, J.F. (1780), tomo I, pp.72-106. •'' ^ Advertía el traductor en el prólogo que la Historia natural de los animales que se incluía en esa edición había sido traducida al catellano tantas veces -realizándose extractos varios-que se había desfigurado el texto original de Buffon. ^^ El elogio que en el Prólogo se hace de Buffon -un siglo después de su muerte-viene a ser prácticamente idéntico a los homenajes que, como hemos visto, se le tributan en las postrimerías del XVIII: «Dotado de una penetración nobilísima, animado de un entusiasmo ferviente por la poesía de la Ya ha quedado claro que con Buffon se inicia el conocimiento del hombre como especie, pero, dentro de esta preocupación por el ser humano, ocupa un papel importante el estudio de las razas. Es en este punto donde aparece la vinculación entre la obra buffoniana y los viajes científicos, y ello en un doble sentido: por un lado, Buffon fue sin duda el hombre de su siglo que mejor supo nutrirse de las observaciones antropológicas de los viajeros; por otra parte, el prestigio de la obra buffoniana era en España tan grande que los viajeros de algunas expediciones tuvieron buen cuidado de estudiar y copiar, antes del viaje, la parte de la obra de Buffon referente al hom-bre^^. Y todo ello sin olvidar, como apunta Sánchez Blanco^^, que la repercusión en España de la obra buffoniana no se limitó al ámbito estrictamente científico, sino que afectó también a la divulgación, es decir, estaba «al alcance del gran público». En definitiva, como hemos podido ver a lo largo de estas pocas páginas, todo el pensamiento ilustrado está atravesado por el conflicto entre Ciencia y Religión; esta lucha afecta, como no podía ser menos, al estudio del hombre. Sin embargo, el conocimiento del ser humano atrae a estudiosos muy diversos, que abarca desde los simples curiosos a lo que hoy llamaríamos auténticos científicos, pasando por clérigos, escritores y viajeros que consiguieron poner las bases para el desarrollo de una auténtica Antropología Biológica. En todo este puzzle tiene un gran protagonismo Madrid, que recibe las benefactoras influencias de Europa y acoge a todos aquellos ilustrados que pretenden llevar a nuestro país al nivel cultural que le corresponde. Natura, empleó su estilo literario fácil, claro y elegante en dar á conocer las maravillas que Dios ha creado(...)». ^'^ En el Museo de Ciencias Naturales de Madrid («Expediciones», Caja Grande, n° 3, carpeta n° 13), hemos hallado una copia de las Variedades de la especie luunana de Buffon, que puede ser atribuido a Antonio de Pineda, que iba como naturalista en el viaje alrededor del mundo dirigido por Alejandro Malaspina. SÁNCHEZ BLANCO, F. (1987), «La repercusión en España de la Historia Natural del Hombre del Conde de Buffon», Asclepio, vol. XXXIX, Madrid, p.89. XLVIlI-1-1996 57 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es
El madrileño Jardín Botánico fue creado en 1755 con el fin de estudiar y cultivar las plantas medicinales. Su ulterior evolución se caracteriza por su relación con el parisino Jardín de Plantas, circunstancia que retrasó la aplicación del sistema linneano en favor del modelo de Tournefort. Con el traslado en 1774 del Jardín a su actual emplazamiento del Paseo del Prado, el vínculo francés aumenta. El primer catedrático Casimiro Gómez Ortega viaja a París donde contacta con André Thouin, Duhamel de Monceau y Buffon, cuyas directrices botánicas trata de implantar a su regreso. Pero será con la posterior dirección de Claudio Boutelou, durante el reinado de José I, cuando la presencia francesa en el Jardín alcanza su máxima cuota. Influencia y colaboración entre las dos instituciones que llegará hasta hoy. El Jardín Botánico de Madrid fue creado en 1755 bajo el influjo de los médicos reales, con el intento de reunir en él el conocimiento y el cultivo de las principales plantas medicinales. A la misma época -reinado de Fernando VI-se remontan los orígenes del Gabinete de Historia Natural, encaminado al estudio y aprovechamiento de la naturaleza y a guardar las ricas colecciones reales. Aunque ambas instituciones no se unirán nunca -si bien en el siglo XIX pasarán a formar parte de la Universidad de Madrid-tenían en su origen motivaciones semejantes. Creadas en las diversas naciones por las principales casas reinantes europeas, suponían una brillante imagen de la riqueza y el poder del príncipe, ante el que se colocaban muestras valiosas de sus posesiones. Por su cercanía al rey valoraban a éste y, además, permitían a la corona la mejor utilización de sus riquezas en beneficio propio y de sus vasallos. Por ello, si el viejo coleccionismo de la casa Austria se dirigía a los pintores -así Velazquez-, la nueva de la casa Borbón, a imitación de sus parientes franceses, se consagrará a la reunión de materias útiles o raras y al apoyo de la ciencia, el comercio, la agricultura y la industria. «La historia natural -escribía Pedro Rodríguez de Campomanes-ha de recorrer las selvas y las cavernas de la tierra para encontrar los específicos con que socorrer cualquier desorden que padezca el cuerpo humano y todos los demás simples que entran en todas las artes y usos. La minería y la química encaminan al mismo centro sus tareas». Estos museos entraban en un complejo juego entre lo público y lo privado, que hacía referencia por un lado a su pertenencia a los dominios del monarca y por otro a su dedicación al bien de la nación. También compartían el doble carácter de ser un lugar secreto en el que se escondían los tesoros de la monarquía española y no menos una institución política de la que salían obsequios y acuerdos con las cabezas de otras naciones. De sus estantes, en donde figuraban las colecciones que glorificaban a sus descubridores, podían surgir regalos reales, pactos políticos e intercambios científicos. Así, es posible ver pasar al Jardín español de una pequeña dependencia creada para el servicio real por sus médicos de cámara a una gran institución encargada de mantener relaciones con los más importantes personajes científicos, e incluso políticos, del momento, y centro del conocimiento y el control del inmenso imperio español de la segunda mitad del siglo XVIII. En sus comienzos se dedicó al estudio de la ñora española, rechazando el sistema linneano, pues el sabio sueco había criticado nuestra botánica y a sus cultivadores. Actitud muy frecuente en la ciencia española ilustrada, que veía menospreciados sus conocimientos, no muy abundantes, llegará a retardar muchos años la entrada de la clasificación linneana, en beneficio del sistema de Tournefort. Este sistema, que nos unía como los pactos de Familia, a la aliada Francia, permitía hacer una botánica más médica y más cercana a la naturaleza, que lo que consentía la más científica y artificial de Linneo. Pero pronto el Jardín se hizo pequeño y fue necesaria su ampliación científica e institucional. En 1774 se creaba el nuevo Jardín del Prado, dentro de la remodelación urbanística de Carlos III, y se comisionaba a su primer catedrático Casimiro Gómez Ortega para recorrer Europa con objeto de preparar la nueva institución. En 1775 es autorizado a abandonar el Jardín y marchar a París, en donde es ayudado por Eugenio Izquierdo -que se prepara para una misión semejante respecto al Gabinete de Historia Natural-y por el Conde de Aranda, embajador ante la corte francesa. Asistió a las clases de Jussieu en el Jardín, donde oiría hablar de las propuestas botánicas de la ilustre familia, y entra en contacto con André Thouin, con quien al principio mantuvo excelentes relaciones, lo que permitió una estrecha colaboración entre las dos instituciones. Conoció a Buffon, si bien nunca gozó de su amistad, y más tarde entrará en relación con Duhamel de Monceau, de quien traduce varias obras de silvicultura. A Buffon y a Milly les regala algunos fragmentos de platina, de donde se origina el interés científico y económico de Francia por este metal. A su vuelta, tras visitar los jardines botánicos más afamados de Inglaterra y Holanda, comienzan las reformas en el madrileño. Fue Juan de Villanueva -el constructor del Museo del Prado, que debía encerrar el Gabinete de Historia Natural, si bien más tarde se consagró a Museo de Bellas Artes-el constructor del Jardín Botánico, que es inaugurado en 1781. A partir de las clases de los dos profesores, Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau y Verdera, con sus lecciones, traducciones y escritos, entra de manera definitiva Linneo en España. Se quiere también redactar unas nuevas constituciones para el Real Jardín Botánico, para lo que se escribe a Buffon solicitando las francesas. La jerarquía del jardín español respondía bien a esa creación de carácter médico, por lo que quedaba en manos de las instituciones sanitarias y reales. El director o intendente era el del Protomedicato, el subdirector el de la Real Botica. Había dos catedráticos y varios jardineros. Gómez Ortega, a su regreso a Madrid, quiere conseguir para el jardín la misma independencia que gozaba el parisino, es decir autoridad de sus profesores, independencia de su papel sanitario, conversión en una institución científica y control de las expediciones americanas. El secretario de Estado conde de Floridablanca y el de Indias José Gálvez lo apoyarán. Pero fracasará en aumentar su autoridad sobre la institución, tal como Buffon había conseguido en París, pues éste contesta que el Jardin des Plantes no tenía reglamento impreso. Pretende Gómez Ortega, por medio de una falsedad, conseguir el apoyo de París para incrementar su poder, pero no tiene éxito. Envía un borrador de estatutos a Thouin, para que los firmara él mismo, e incluso le sugiere conseguir la firma de Buffon y de Jussieu. Naturalmente, éstos se negaron; tan sólo el jardinero rubricará el proyecto, sin duda para mantener buenas relaciones con el profesor y con el jardín de Madrid. Pero este escrito, que hubiera aumentado su poder, no fue atendido y un reglamento nuevo es aprobado en 1783. En él se mantiene la figura del intendente (distinto de los científicos), dos profesores y varios jardineros. Los científicos quedaban limitados a las tareas de enseñanza; tanto Gómez Ortega como Palau se dedicaron a este trabajo, introduciendo de forma definitiva a Linneo en sus obras. Pero quedaban en manos del primero las relaciones internacionales, actividad que supo aprovechar muy bien, continuando la colaboración con Francia. En efecto, las colaboraciones botánicas entre España y Francia se remontaban al viaje de La Condamine a tierras peruanas, en el que se llevó a dos jóvenes marinos españoles y a un joven botánico de la familia Jussieu. La expedición fue un gran éxito científico, pues sirvió -junto a la de Laponia-para medir el grado del meridiano, tal como quería la Academia de París, y con ello intentar terminar las discu- siones sobre la forma de la tierra. También hubo importantes descubrimientos médicos y botánicos, que mostraron la necesidad de la colaboración de las dos naciones, entonces abrazadas en los Pactos de Familia. Pero la expedición también había dejado en herencia algunas sombras. Los jóvenes españoles habían aprendido rápido, convirtiéndose en dos excelentes marinos y físicos y pronto la rivalidad había surgido entre las dos potencias. Así, a la hora de escribir unas inscripciones en unas pirámides conmemorativas surgieron disputas por defender el honor de cada nación, y a la hora de publicar las conclusiones, ambas naciones quisieron mostrar mayor rapidez y rigor. Y si en estos temas todos los expedicionarios habían sacado su utilidad, y más las naciones, en los aspectos botánicos las conclusiones no habían sido tan óptimas. En efecto, Joseph de Jussieu permaneció en América muchos años más, a veces en malas condiciones, y cuando volvió llegó a París con las manos vacías y la salud deteriorada. Todos estos recuerdos estaban frescos en los profesores del Jardin y así tras la vuelta de Joseph Jussieu se plantea de nuevo el enviar un botánico a Perú, cuya rica flora sin duda habían elogiado los expedicionarios. Por ello, se aprovechó la presencia de los científicos españoles Izquierdo y Gómez Ortega y del conde de Aranda para plantear nuevas colaboraciones, que la Academia y el Jardin franceses veían con buenos ojos y los políticos, en especial Turgot, aceptaban con agrado. Era una buena ocasión para describir nuevas plantas, recuperar los manuscritos de Jussieu y conocer el estado de las colonias españolas. El acercamiento al Jardin de un joven, bien formado, Joseph Dombey, dio la ocasión de esta nueva empresa. Dombey recordará siempre las luces y las sombras de la expedición La Condamine y partirá, a la vez con ilusión y con recelo, hacia Madrid en 1776 y luego hacia Perú y Chile en 1777. Su misión serviría tanto para encontrar nuevos géneros, como para hallar plantas útiles que poder llevar a Francia y a sus colonias. Su principal encargo era conocer la vegetación americana, pero a él se unirán otros muchos. Así, desde el principio se quiere que colabore con la corona española en enriquecer su Gabinete y su Jardín, para lo que deberá formar dos colecciones idénticas, para ambos monarcas. Para ello lo acompañaron -como en la expedición La Condamine-dos jóvenes españoles para ser formados en botánica y preparar las colecciones y dibujos destinados al rey de España. Se trataba de dos jóvenes botánicos, sin gran experiencia, llamados Hipólito Ruiz y José Pavón. Tanto ilustres botánicos españoles como franceses les proporcionaron interesantes instrucciones. En ellas se les indica los temas científicos más importantes, pero también que se preocupen de algunos temas útiles, tales como serán las producciones de quina y canela, que a los españoles importaban económicamente mucho y, sin duda, no menos a los franceses. Pero también, a lo largo del viaje se le recomendarán otras misiones, tales como actuaciones médicas, en especial en epidemias, reconocimientos de minas, e incluso tendrá que hacer frente, más o menos, a una insurrección contra la corona española. Y no menos interesante será que se dedica a confeccionar una descripción de los territorios que visita, que quiere dedicar al rey. Era muy frecuente, en las expediciones, escribir comentarios sobre los países que se visitaban, con noticias políticas, económicas y sociales, que luego eran considerados materiales secretos y de gran utilidad. El afirmará que con sus materiales publicados, podrá alinearse en la tradición de los Feuillée, los UUoa, los Raynal y los Robertson. Pero el camino estuvo lleno de penalidades y sufrimientos de todo tipo. Muchos fueron económicos: él dejaba atrás deudas y su pensión era inferior a la de los españoles. Queriendo que la misión se desarrollara de forma conjunta, siempre se alojó y gastó como éstos, con lo que sus elevados gastos fueron siempre para él un sufrimiento. Los países americanos eran muy caros, quizá por la riqueza en metales preciosos, y la gente que no gastaba era mal vista. Por ello, no era posible andar a pie o vestir fuera de la moda, ni tampoco ejercer oficios mecánicos, por el miedo al «qu' en dira-t-on». La dificultad de conseguir provisiones o materiales fue siempre un problema, así la falta de papel de calidad hizo muchas veces peligrar el rumbo de la aventura. Además, aunque la corona española, o sus oficiales, le encargaron diversas comisiones, nunca quiso cobrar nada de los españoles, ni siquiera cuando ejerció su profesión de médico, para no sentirse comprometido con ellos. Además, el ambiente en que vivió nunca le resultó grato. Según él los franceses eran mirados como ateos, libertinos y enemigos de la patria, y siempre tuvo que cuidar su comportamiento y conseguir muchos certificados para que las autoridades o la Inquisición no la tomaran en su contra. Sus compañeros de viaje no fueron extremadamente gratos, aunque nunca se enemistó con ellos, y con Pavón le unió siempre y hasta su muerte una buena amistad. La clase culta era muy escasa y en especial las damas, que frecuentó poco, carecían de una conversación interesante. Las enfermedades venéreas eran frecuentes y los cuidados sanitarios deficientes. Declinó algunas ofertas de empleo como médico y de matrimonio con acaudalada doncella, que años más tarde lamentó no haber aceptado. Otros problemas, como enfrentamientos con forajidos y rebeldes, o enfermedades leves y graves, no faltaron al grupo expedicionario. Sin duda, en Dombey encontramos un perspicaz observador y, también sin duda, la experiencia de colaboración en materia científica entre Francia y España había sido larga en las dos expediciones. Por ello, no debe extrañarnos que nos plantee en su correspondencia con Thouin sus inteligentes conclusiones sobre el trabajo en común. Afirma con Rousseau que todos los hombres tienen las mismas pasiones, pero que es virtuoso quien permanece como su maestro. Las recompensas, los honores, los descubrimientos... todo excita los celos de los científicos. El expresarse en distinta lengua y no conocer los matices de la extraña es una barrera. El proceder de una nación culta, protectora de las ciencias, es peligroso en otra que se ve como inculta, tiranizada y fanática, carente de opinión pública que pudiera proteger a los honestos y sabios, que peligraban ante la Inquisición. Encuentra en los españoles una común enemistad a los franceses, llega a afirmar que «ils sont ennemis nés de tous les François». Los placeres, el juego, el baile, las mujeres y las peleas se mezclarán, afirma recordando la muerte de Seniergues en la anterior expedición. No ha frecuentado los mismos lugares que los españoles, les ha adulado en sus cartas y apoyado con dinero y favores, no ha admitido recompensa ni pago alguno por sus trabajos a favor de los necesitados o los pudientes, tan sólo algunos certificados que pudieran avalarlo ante las dos coronas. Pero las recompensas y los elogios que recibía hacían recelar a sus compañeros. Se siente envidiado y espiado y, al fin, robado y en peligro de muerte. Así, si la estancia en América fue dura, como en el caso de Joseph Jussieu, la vuelta lo fue mucho más. Un primer envío a Europa es capturado por los ingleses y vendido en Lisboa, en donde la corona española lo compra. Aunque ésta lo repartió, algunas de las joyas más preciosas para él, como «la robe o tunique de Tinca», quedaron en España. El había buscado piezas arqueológicas y etnológicas y, como para muchos científicos, el que fueran presentadas al rey y pasaran a engrosar sus colecciones era un motivo de gloria. Fue por tanto un gran disgusto para el expedicionario, que fuese llevada la túnica a presencia del rey español y no del francés. Pero todavía fue mucho más dolorosa su llegada a Cádiz en 1785, en donde fue retenido y se le exigió tanto la mitad de su herbario y colección, como la promesa de no publicar nada hasta la vuelta de los españoles. Si bien éstos tenían su herbario completo, su envío se había perdido en el mar y los españoles quedaban faltos de muchos ejemplares. Si habían sido tan poco generosos de negarle dibujos de las plantas -pues los pintores eran españoles-ahora le exigían dividir de nuevo sus materiales y, además, la dura promesa de permanecer expectante ante la vuelta de Ruiz y Pavón. Estos habían quedado allá para completar su recolección y conseguir reemplazar sus pérdidas. Dombey creyó que quedaban castigados, para que Gómez Ortega pudiera publicar sus hallazgos a su nombre. Lo mismo pensó José Celestino Mutis quien siempre se negó a enviar los materiales de la expedición a Nueva Granada, con el mismo miedo. Pero por fortuna Dombey se equivocó y la Flora de Perú y Chile fue parcialmente publicada por los dos españoles, reconociendo de forma rápida que los materiales del compañero francés habían sido utilizados. Por el contrario, los materiales de las expediciones de Nueva Granada y Nueva España, que llegaron ya en plena crisis del imperio español, no salieron de momento a la luz. Tras una penosa estancia en Cádiz, Dombey volvió a Francia donde sus penalidades ya le impidieron ocuparse de la publicación de sus materiales. Las buenas rela- ciones de Francia y España hicieron que se diera a un particular sus materiales para que los trabajara y editara. Charles Louis l'Héritier de Brutelle secuestró los materiales del expedicionario, llevándolos a Inglaterra, ante la insistencia del Jardin des Plantes para su devolución, presionado por la corona española. Estudió y publicó algunas de las plantas, consiguiendo una notable reivindicación del trabajo de Dombey, quien veía con gozo y miedo la aparición de sus materiales. Esta posibilidad había sido pensada por Dombey antes de su vuelta, pero su realización le asustó, pues cayó en un gran temor ante las posibles represalias españolas, del que tan sólo salió al enterarse de la muerte del ministro de Indias José de Gálvez. Parcialmente publicadas sus plantas, su herbario fue devuelto al Muséum en 1801, tras la muerte de l'Héritier de Brutelle. Sus libros y dibujos fueron adquiridos por De Candolle y se hallan en el Conservatoire de Botanique de Ginebra. Sin duda, su mérito fue reconocido en su día por la corona, la Academia y el Jardin, así como por los botánicos españoles -Ruiz, Pavón y Cavanilles-y franceses. Su nombre ha quedado en la historia como un importante científico y expedicionario. El deseo de descubrir, el afán de gloria y el apoyo a su nación lo mantuvieron hasta su vuelta a París. Sin duda, en estas tristes peleas se mezclan muy diversas motivaciones. Algunas de tipo científico, así la prioridad por publicar los nuevos géneros encontrados en América. Dombey se refiere con frecuencia a su deseo de publicar una nueva Flora y el miedo español a que se adelantase la corona francesa fue grande. Pero, por otro lado, no dejó de haber motivos de carácter político. Era evidente que el imperio español se tambaleaba y que esta «nation très susceptible», como él la llama, veía con recelo cualquier información que traspasase sus fronteras. Hasta el viaje de Humboldt a América ningún científico fue recibido con entera generosidad, tal como ocurría en otros imperios, por miedo a que se aprovechasen los recursos económicos de las tierras americanas o a que se apoyasen peligrosos movimientos independentistas. En la época de la visita de Dombey empiezan a aparecer por parte de los indígenas violentas revueltas y por los criollos ideas contra la metrópoli. No es extraño que el francés testifique la debilidad española y que, en su enfado final, se arrepienta del apoyo prestado a los españoles y añore sus perdidas fuerzas para levantar aquellos países contra España. El solo, con quince años menos, habría podido levantar Chile o Perú, nos dice. Esta exageración no deja de ocultar que escribía una cuidadosa descripción de aquellas tierras para el rey francés y que cuando le permiten que acepte no publicar nada es «avec la condition que vous aurez la faculté de rendre compte de votre voyage au Roi et à l 'Académie». Eran papeles que poco podían agradar a una nación tan débil y tan susceptible como la española. En el mismo año en que Dombey abandonaba España rumbo a Peru, llegaba a París, como preceptor de los hijos del duque del Infantado el clérigo valenciano Antonio José de Cavanilles. Formado en lógica y ciencia, estudioso de la teología ilustrada, pronto entrará en contacto con el grupo del Jardin de Plantes y visitará muchos jardines de Francia y Bélgica. Defensor de la ciencia española en contra de la Enciclopedia, pronto se aficionará a la moderna botánica, convirtiéndose en un apasionado linneano. Tendrá siempre buenas relaciones con Antoine-Laurent Jussieu, con Thouin y con Lamarck y, en un primer momento, con los botánicos del Jardín de Madrid. En efecto, fue un aliado de éstos, intercambiando plantas y semillas, por lo que Gómez Ortega le confía en 1785 su disgusto con Dombey, mientras éste recomienda discreción a Thouin respecto a Cavanilles, temiendo -generosamente-que una imprudencia pueda perjudicar a sus compañeros de expedición, a los que siempre consideró víctimas del botánico de Madrid. Pero Cavanilles siempre fue ecuánime, dedicando géneros a los tres expedicionarios, Dombey, Ruiz y Pavón, y reconociendo lo que a ellos se debía. Así, Gómez Ortega, en la misma carta se lamenta de que el clérigo reconozca descubrimientos a Dombey, que pudieran ser más tarde reclamados por sus compañeros españoles. Pero cuando el año de la revolución Cavanilles vuelve a Madrid, se encuentra con dificultades para trabajar en el Jardín botánico, dificultades que tan sólo una real orden pudo solucionar. Su trabajo se desarrolló también en otros huertos; así siempre disfrutó de los que poseía el duque del Infantado y del de la Priora, o bien en herborizaciones por España, así en Valencia y Madrid. Empieza así una pelea a muerterespaldada internacionalmente, en especial desde París-con Gómez Ortega y sus discípulos. Los problemas son en parte científicos, así sobre el modo de definir géneros y especies nuevos o sobre el empleo de herbarios para las descripciones de las plantas. También su forma de trabajar era distinta al grupo madrileño: él no procedía de la medicina como Jussieu, ni de la farmacia como Ortega, él era un buen conocedor de la lógica y la ciencia moderna y era el primer español que se puede considerar botánico científico. Había estudiado seriamente en París, asistiendo a las grandes clases del Jardin, y sus estudios comenzaron por la delimitación de algunos grupos de plantas antes que por el estudio de regiones geográficas. Cuando hizo esto, se preocupó más por la fìora española que por la americana, aunque en sus Icones et descriptiones plantarwn (1791-1801) utilizó los materiales de Neé conseguidos en la expedición Malaspina y los de Boldo en la de Mopox. Pero nunca olvidó la botánica peninsular, en especial en sus Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia (1795Valencia ( -1797)). Pero se trata más bien de una polémica profesional, en la que Gómez Ortega hacía valer sus puestos de trabajo y sus relaciones políticas, mientras que Cavanilles había conseguido en París un reconocimiento científico claro a partir de sus trabajos sobre la clase Monadelphia (1785-1790). Caídos los apoyos de Gómez Ortega, Ca- vanilles gozará cada vez de mayor respaldo político, hasta que en 1801 es nombrado director del Jardín Botánico. Con ello conseguía eliminar a su enemigo y gozar de todo el poder sobre la institución, que su predecesor siempre ambicionó. Empezó una magnífica tarea en que agrandó la institución, dio magistrales clases y preparó un buen grupo de discípulos con los que se inicia la botánica científica en España. Con él empiezan a enseñarse en Madrid temas tan importantes de fisiología vegetal como el movimiento y la sexualidad de las plantas. También empieza con él un debate sobre la modernización del método linneano, que quiso simplificar y perfeccionar, como muchos otros autores de la época. Así debía entrar, por tanto, en una disputa, o mejor en un monólogo, en que plantea el valor del nuevo método natural iniciado por Magnol y Adanson y que en el momento encabezaban los Jussieu. Una brillante frase del botánico español, en que se pregunta sobre los procedimientos de clasificación de los vegetales, nos muestra su posición: «¿Por ventura, la inserción de los estambres respecto al pistilo, la situación de la corola y el números de cotiledones en el embrión, son más naturales que el número de estambres y de estilos? Y si la naturaleza los produce todos, según las leyes que quiso dar a cada individuo, ¿dejará de ser artificio humano el abstraer unos de otros y el combinar los abstraídos para formar un carácter compuesto, una clase, un orden, un género, una especie?» Las dudas de Cavanilles proceden, por un lado, de cuestionarse si una mayor complejidad en la descripción permite identificar mejor las especies y los géneros. Así, la importancia concedida a los cotiledones de la semilla era puesta en duda por muchos autores. Por otro lado, considera que las clasificaciones naturales no eran sino un sistema artificial más, pues piensa que todos los sistemas son artificiales. Para él la naturaleza tan sólo produce individuos y no hay separaciones estrictas impuestas por la naturaleza entre ellos. En este punto podía haber citado a Buffon, pero se refiere a su amigo Lamarck, quien también hablaba de la artificiosidad de los sistemas, si bien Cavanilles se detiene en la escala paulatina de los seres naturales y no entra -morirá prematuramente en 1804-en las futuras nociones de evolución. Sin embargo, este diálogo con París le valió sin duda tanto el necesario mérito para el puesto en Madrid, como la revalidación de su gran talla como científico. El sabía bien que la naturaleza tiene sus leyes y que la intuición del botánico le permite adivinarlas. Por ello, en sus descripciones fue muy detallado, estudiando, incluso con microscopio, todas las posibilidades que los diversos órganos de las plantas -los de fructificación y germinación-le proporcionaban. Y también señaló cómo a primera vista eran reconocibles muchas familias de vegetales. Así, pone el ejemplo de las gramas, que aunque difieren en el número de estambres, forman una misma «familia o tribu». Era un camino claro de aceptación del método natural, que entrará muy poco después de la mano de su discípulo Mariano Lagasca, quien lo retomará de De Candolle. Poco después, con la dirección por Claudio Boutelou del Jardín de Madrid
en el actual jardín Botánico de Madrid, añadiendo, en todos los casos posibles, la idendficación de las obras que se mencionan. Las Memorias de la Academia Médica Matritense nos muestran que fue en el seno de esta institución, creada en 1734, donde se fraguaron «los ventajosos designios de los Establecimientos del Jardín Botánico y Laboratorio Chimico, y el plantel de todos sus catedráticos...»•. Concretamente en relación con la fundación del Real Jardín Botánico de Migas Calientes, destaca la intervención de José Ortega, Boticario Mayor de los Reales Ejércitos y Secretario Perpetuo del citado centro, quien hizo patente a su Presidente, José Suñol, la necesidad de establecer un jardín botánico que cubriera los requerimientos de la ciencia médica situándola a nivel europeo. De este modo, el 17 de octubre de 1755, Ricardo Well firmaba la Real Resolución de Fernando VI para la erección del nuevo jardín, dejando la intendencia en manos de José Suñol y la subdirección a José Ortega y José Toledano, este último Boticario Real y miembro también de la Academia Médica. El puesto de primer profesor lo cubriría José Quer y el de segundo Juan Minuart, Cirujano Consultor y Boticario del Ejército respectivamente, ambos miembros académicos^. CONSTITUCIÓN FÍSICA DEL JARDÍN DE MIGAS CALIENTES Creado para la enseñanza de la botánica tanto en su vertiente teórica como en la práctica, el Jardín Botánico de Migas Calientes fue fundado en 1755 en la Huerta del mismo nombre, situada frente al Soto de Migas Calientes, a la derecha del camino de El Pardo. Aunque su emplazamiento se encuentra más o menos precisado, lo cierto es que el jardín existía ya desde el siglo XVI como heredad de un noble personaje, pasando a manos del boticario de cámara Luis Riqueur en mayo de 1713^, bajo las funciones de huerto frutal y cultivo de plantas medicinales, quien lo cedió al rey el 8 de junio de 1724, época a la que pertenecen los dos planos conocidos del jardín^. Para su establecimiento, en 1747 se ordenó arrancar todas las plantas medicinales y trasladarlas al jardín de la Priora, dando así comienzo a las obras sobre el antiguo trazado. Se construyó un nuevo invernáculo en 1766; se arrancaron más de 800 árboles, formándose 12 cuadros grandes y cuatro parterres; se cercó de cañas y estacas de pino todo el jardín y se cerraron los parterres con llave. Hileras de boj se plantaron a las márgenes de las calles y se sustituyeron muchas de las plantas precedentes por aquéllas que Quer llevó de su jardín y las que se encontraban cerca de los Aflijidos''. La siembra del jardín, en la que intervino Quer con las plantas traídas de sus excursiones por la Península, se dio por terminada en 1778. En el índice impreso en 1772 aparecen unas 650 especies, más de la mitad españolas, cuyo número fue en 2 Sobre la fundación y constitución del Jardín véase igualmente: COLMEIRO, M. (1875) Bosquejo histórico y estadístico del Jardín Botánico de Madrid. La situación del Jardín Botánico de Migas Calientes podría haber sido la siguiente. Visto desde Madrid quedaría emplazado a la derecha del camino de El Pardo, teniendo clara la localización del Soto y Prado de Migas Calientes a su izquierda, colindantes con la Huerta del Marqués de Guerra, futuro Palacio de la Moncloa. Zona que probablemente corresponda a la que en el Dibujo del camino desde el puente de Segovia hasta la primera encina del Monte de El Pardo, de Francisco Pérez Cano (1743)^, aparece como «Jardín del Boticario», frente a la esquina del Soto y con salida directa al río según el mismo plano. Conforme a las medidas del jardín que figuran en el título de propiedad^, las observaciones sobre la toma de aguas del arroyo por la parte alta del mismo y el hecho de existir una cascada, obviamente, situada en dirección aguas abajo, emplazan al jardín de la forma siguiente: «la fachada principal del mencionado Jardín que está al Camino del Real Sitio de El Pardo mirando al Soto de Migas Calientes, tenía doscientos ochenta y dos pies, a cuya distancia formanba un ángulo saliente y seguía la línea con doscientos once pies» que corresponde en el plano al lado más estrecho, opuesto a la casa, con una puerta en la esquina izquierda; «por el costado de mano derecha a mediodía seguía toda la línea recta con ochocientos pies», lado mayor que deja la casa del jardinero en el ángulo superior derecho; «por la siniestra que miraba al Norte cuatro cientos cuarenta y tres pies, a cuya distancia formaba un ángulo entrante y seguía la línea con trescientos seis pies», uno de los lados más largos que deja el cenador y estanque en la esquina superior izquierda y la salida de aguas en la esquina inferior del mismo lado; «y por el testero que miraba a Oriente, toda su linea recta quinientos sesenta pies, con lo que quedaba cerrado el sitio y dentro de él se hallaba una casa con sólo una crujía y alzado de cuarto principal, y a la derecha de ésta otra de cuartos pequeños de teja vana, un Ivernáculo en el ángulo del testero, a la izquierda un cenador con cubiertas a cuatro aguas con dos entradas y Arcos que arrancaban de una columna de piedra berroqueña con asientos de la misma...»; todos los objetos ornamentales aparecen en la posición que se describen, casas e invernáculo en la esquina superior derecha, mientras en la esquina opuesta estaría el cenador. Teniendo presente la remodelación del jardín sobre la planta de 1724, veamos ahora a grandes rasgos la constitución floristica de los distintos parterres y cuadros del jardín y de los elementos decorativos que permanecieron tras su fundación, gracias a la información inédita conservada en la Biblioteca del Palacio de Santa Cruz de Valladolid (S.C.M.)^ A la derecha de la calle principal que aparece en los documentos como «calle de enmedio» o «de los álamos», subiendo desde el río se encontraban los doce cuadros principales de las clases de Tournefort, compartiendo, por lo general, un par de clases por cuadro. En medio de los cuadros se hallaba un estanquillo rodeado de plantas de muy diverso tipo entre las que destacan el drago, la Bignonia y la Indigofera tinctoria. En el lado oeste, cercano al río, tiestos de diversos tamaños y continentes entre los que se cuentan varios aloes, opuntias, yucas, Cereus, etc. Al resguardo de la hoya formada con la tapia del jardín: Bryonia africana, Potentilla, Anagyris, Lysimachia, Aconitwn, etc. En el lado izquierdo o norte del jardín se hallaban: un cuadro de patrones para injertar, otro de Hederá terrestris, dos de Viola, un bancal de Corona imperialis, 3 de Hyacinthus, cuatro cuadros de repuesto con bulbosas y anuales. Junto al cenador, en la esquina superior izquierda del plano, Petasite y en el cuadro cercano otras plantas de flor como Lilium martagón, prímulas, verónicas y ranúnculos, además de un cuadro dedicado al cultivo de fresas, una pila de agua que aparece en el plano junto al cenador, en la esquina superior izquierda, que contenían Menyanthes paliistris y un depósito de general plantas. Le seguían 42 eras enfocadas al cultivo de plantas medicinales, una platabanda y 17 eras de plantas «sospechosas»: mandragora, belladona, datura, beleño, cicuta, tejo, acónito, ricino y otras de carácter no tan venenoso. Tras la descripción del contenido de los cuadros y eras, aparece la relación de los árboles y arbustos que bordean los caminos, destacando principalmente los olmos, robinias, jazmines, clemátides, granados, acacias, laureles, pistachos, acebos, castaños, avellanos, juniperus, etc. En los bordes de los cruceros de la cara norte hasta el estanque grande se hallaban plantadas diversas vides. Otros elementos decorativos a los que se hace mención en el documento son la puerta de hierro que aparece en el plano en la cara opuesta a la del camino de El Pardo, el cenador a la izquierda y las casas del jardinero e invernáculo a la derecha (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es del mismo lado, el estanque, la pila de agua junto al cenador, el estanquillo de las clases y el del emparrado. ENSEÑANZA DE LA BOTÁNICA La enseñanza de la botánica en el jardín de Migas Calientes dio comienzo en 1757 bajo la dirección de sus profesores, José Quer y Minuart: «Las Lecciones Botánicas, que todos los años publicamente se celebran por la Primavera; en cuya Estación manifiestan aquellos sabios Professores la perfección de la Botanica: enseñanza demostrativa, como lo acredita la concurrencia tan copiosa de Alumnos y estudiosos Discípulos, que en este tiempo de todas partes concurren»'^. Al ser Quer su principal profesor se puso gran énfasis en la importancia de la botánica aplicada, principalmente en su vertiente medicinal, eligiendo para su enseñanza el sistema tourneforti ano por ser el de mayor calidad pedagógica. En 1764, tras el fallecimiento de Quer, le sucedía Miguel Barnades, educado en Montpellier e iniciado en los principios reformadores de Linneo, quien comenzó la introducción del método linneano sin alejarse en demasía de las antiguas prácticas^'. Durante los primeros años de enseñanza no se contó con ningún libro de texto. Quer intentó publicar sus Lecciones de Botánica, dictadas a uno de sus discípulos en 1762, pero quedaron manuscritas y tras haberse depositado por un tiempo en la Casa de Geografía, se trasladaron al Real Jardín Botánico de Madrid donde se conservan actualmente'-. Dichas lecciones están dispuestas según el método de Tournefort: cada una de las 22 clases, constituidas según la forma de la corola, está dividida en varias secciones, normalmente según las características del fruto, y éstas, a su vez, se escinden en diversos géneros de los que se mencionan sus usos medicinales. Obra donde «se reduce á dar una Sencilla relación de quanto he visto, y observado en mis viages, y peregrinacio- nes por el Reyno en las Plantas»'^ y en la cual las plantas aparecen ordenadas alfabéticamente para su uso como índice. Cada género se halla acompañado de la descripción dada por sus autores y de otra completa de su mano, más su correspondiente lámina; le sigue la descripción de la especie presente en España y la relación de sus principios químicos y usos medicinales. El primer tomo incluye igualmente una traducción comentada de la Isagoge (1700) de Tournefort, una relación histórica de los métodos aparecidos hasta el momento y la comparación de los sistemas tournefortiano y linneano. No hay que negar que en el texto se aprecia el resentimiento de Quer por las críticas que lanzó Linneo acerca de la botánica española, pero las principales causas por las que rechaza su método son: 1) el «querer fundar el nervio, ó punto fundamental del dicho Méthodo por los estambres», demasiado pequeños a veces, despreciando el resto de los caracteres; 2) por las excepciones que Linneo debe realizar saltándose sus propios principios, lo que «manifiesta, que se ve las más veces forzado á seguir, y asi tacitamente á aprobar la sabia advertencia de Tournefort, que es: Que quales quiera Plantas, que convienen entre sí en la mayor parte de sus signos han de reducirse estos á un mismo género; aunque discrepen en algún signo leve», acusándole en otra parte de plagiar a Toumefort; 3) por la variabilidad del número de estambres; 4) por el uso del microscopio, que según Quer estaba prohibido por el Jardín Botánico de Padua, «no obstante, para hacer una exacta, y perfecta anatomia de algunas Plantas, connesso, y tengo por conveniente el uso de estos ópticos auxilios, sin los cuales sería impracticable»; 5) por el excesivo cambio de nombres, sin respeto a los autores antiguos; y 6) porque considera igualmente necesario introducir en la descripción el lugar de origen de cada planta, no simplemente para reconocer las mejores condiciones de su cultivo, sino porque «las especies de algunas Plantas, se conoce claramente, que son más que unas casuales diferencias, y bastardas variedades, que ocasionan la qualidad de los terrenos y climas. Assi, estas mismas especies que supone, colocadas en los terrenos más propios de tales plantas, con el tiempo degeneran de tales variedades, y diferencias volviéndose á la antigua naturaleza de las especies conocidas... Así, podemos conjeturar que se irán encontrando cada dia innumerables nuevas variedades de Plantas, que por expureas con el tiempo se desvanecerán; y podemos también juzgar ser esta la causa de que muchas Plantas, referidas por los antiguos hoy día no se encuentren»'"^. Menos prolijo, el segundo profesor, Juan Minuart, publicó únicamente un par de disertaciones antes de ocupar su puesto en el jardín; en ellas se describen las plantas Cerviana y Cotyledon hispánica (1739). Por SU parte, el sucesor de Quer, Miguel Barnades, publico en 1767 Principios de Botánica, obra de la que había proyectado un segundo volumen destinado a exponer «todo lo que concierne al método de conocer clara, y distintamente las plantas, y nombrarlas con propiedad: propondré el Systema de su distribución en clases, ó familias, y ordenes, que creo el más fácil, y adaptado al común de los principiantes»'^ Desgraciadamente este texto se quedó en el tintero, dejándonos sin saber cuáles fueron sus preferencias reales. Queda clara la fabulosa labor que realizó Linneo entre los reformadores de la botánica, principalmente en materia nomenclatural, pero las reformas no pararon allí, otros muchos habían contribuido a «mejorar la ordenación de las plantas, dejando la artificial o Systematica, y tanteando la más conforme á la Naturaleza, que también trazó Linneo en los que intituló Fragmentos del método natural»'^, destacando, por ser los más recientes y dignos del mayor aprecio, Michel Adanson (1727-1806) y el botánico y médico alemán Oeder (1728-1791). Al primero y a su obra, Familles des plantes (1763), dirige su reconocimiento: «La ingenuidad sobre los defectos que reconoce este autor hasta en su proprio plan metodico, la exactitud con que cumple lo que promete, y la claridad en sus expresiones, pueden servir de modelo á los mas clasicos escritores de Botanica y la execucion de sus consejos podría encaminar esta ciencia á un grado de certeza de que dista mucho por ahora»''^. Por todo ello, quizá habría que matizar la catalogación de Barnades como estricto linneano, ya que claramente se muestra favorable a la adopción de un método natural del que puedan inferirse la cualidades medicinales de las plantas, razón de ser de la botánica: «Mas la botánica enseña el conocimiento de las virtudes á lo menos generales de las plantas por medio del estudio de las afinidades naturales...Sabiéndose por la Botanica la familia ó genero natural á que pertenece, se podrá asegurar las virtudes más principales que se saben por la experiencia de las demás de su clase ó género natural»'^. Sobre el resto de su obra, Colmeiro nos dice que su Muestra de la Flora Española (Specimen Floroe hispanicoe), manuscrito acompañado de dibujos que fue aumentado por su hijo, quedó también inédito conservándose únicamente la parte iconográfica'^.'' ^ Tal vez se corresponda con la obra iconográfica en 6 volúmenes, que se conserva en el Real Jardín Botánico, bajo el título de Herbarium pictum, atribuido por Lagasca a Miguel Barnades en una carta que acompaña a esta colección de láminas. Indiscutiblemente, el cambio de metodología en la concepción del jardín vino de la mano de Gómez Ortega, sucesor de Barnades a su muerte en 1771. A sus primeras obras. Comentario o Tratado de la Cicuta (1763), descripciones de Cotyledon Mucizonia y Pistorinia {Mil), le seguirían: Tabuloe botanicoe tournefortianoe (1113), Catálogo de las plantas que se crian en el sitio de los baños de Trillo (1778); Instrucción sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas (1779); Historia natural de Malagueta (1780). Se ha señalado que la adhesión de Ortega al método linneano se debió a motivos pragmáticos más que filosóficos; transición lenta que durante los primeros años condujo a la traducción del sistema de Tournefort, puente con la tradición del antiguo jardín^o. El traslado del jardín botánico desde el Huerto de Migas Calientes hasta su actual emplazamiento en el Prado de Atocha, marcó el arranque del nuevo sistema teórico en la enseñanza de la botánica, para lo cual Antonio Palau y Verdera publicó Explicación de la Filosofía y Fundamentos botánicos de Linneo (1778)^'. ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LOS BOTÁNICOS DEL JARDÍN «Los botánicos, aquí en Madrid, son hombres interesantes, aunque casi demasiado fieles a Tournefort»^-, así describía Fehr Lofling (1729-1756), discípulo de Linneo que llegó a España en 1751, a la plantilla de botánicos que constituirían el nuevo Jardín de Migas Calientes. Minuart, educado en Francia y discípulo del botánico Jaime Salvador, seguía el método del francés y aunque sintiera cierto interés por conocer el linneano, por estar basado en caracteres a veces difícilmente observables como los estambres, le imposibilitaba su utilización por su menguada visión; el joven Cristóbal Vélez se mostraba más inclinado a su uso por la nitidez de los rasgos; a pesar de ello su obra Flora Matritensis fue escrita según el método de Tournefort. Sin duda el más recalcitrante al cambio fue Quer. En su ciudad natal cursó los primeros estudios de medicina; pronto obtuvo el puesto de cirujano en el Regimiento de Soria, por entonces de guarnición en Gerona, junto al que recorrió y herborizó en 1729 las provincias de Cataluña, Aragón y Valencia. En 1732 pasó a Oran con el deseo de explorar las costas atYicanas. A su vuelta a España residiría algún tiempo en Alicante, colectando en Valencia y la provincia de Murcia. En 1733 viajó a Italia junto a su regimiento, estancia que aprovechó para herborizar y mantener frecuentes contactos con el Jardín Botánico de Pisa. En 1737 vuelve a Barcelona y de ahí a Madrid donde instala un pequeño jardín botánico para el cultivo de aquellas plantas recogidas en los alrededores en compañía de Minuart y Vélez. En 1741 fue nombrado Cirujano Consultor de la Armada, embarcándose ese mismo año de nuevo hacia Italia. En Bolonia siguiría las lecciones de Monti y con Minuart exploró los alrededores de Nápoles y Roma. En 1745 regresa a España vía Montpellier, donde entra en contacto con Sauvages y en Barcelona visita Montserrrat. Desde 1746 se dedica al cultivo de especies alimenticias en el jardín del duc d'Atrisco. Tras la creación del Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes, Quer es nombrado primer profesor. En 1762 salían a la luz los tres primeros volúmenes de Flora de España, a los que siguió un cuarto en 1764. Veinte años después de la muerte del autor, y gracias a la colaboración de Gómez Ortega, se publicaban los volúmenes quinto y sexto. Su obra es un compendio de sus primeras herborizaciones por la Península, continuadas en la primavera de 1761 por las montañas de Burgos, León, Asturias y Galicia^"^, a las que unió los materiales del herbario de Vélez y el manuscrito Flora matritensis de este mismo botánico, inédito desde 1753. Durante su dirección, el jardín entró en relaciones con Bolonia, París, Leiden y Amsterdam, enriqueciendo su herbario con plantas de esos países y de España a través de los correspondientes del jardín, así como de la América española y las colonias inglesas, llegando a contar con un total aproximado de 2.000 especies dispuestas según el sistema tournefortiano. En relación a la biblioteca del jardín, en 1781 tenía unos 250 volúmenes, sobrepasando pocos años después los 1.000 ejemplares al incorporarse a ella los 849 títulos sobre materia médica, historia natural y botánica que Quer tenía en propiedad^-''. Con una imagen un tanto desprestigiada, se le ha achacado el desconocimiento de las corrientes botánicas de su tiempo, idea que parece contraria a quien posee 166 volúmenes únicamente de botánica, entre los que se cuentan no sólo la mayoría de los autores antiguos, sino también los clásicos en su época como son Ray, Morison, Magnol, por supuesto Tournefort y 12 de las obras de Linneo: Bibliotheca botanica (1736), Hortus Clijfortianus (1737), Flora Lapponica (Ì131), Classes plantarum (1738), Oratio de necessitate peregrinationum (1743), Flora Suecica (1745), Flora Zeylanica {MAI), Hortus Upsaliensis (1748), Materia medica I (1749), Amoenitates academicae ( 1751 ). El inventario de los volúmenes dedicados a la botánica que pertenecieron a la biblioteca de Quer aparece como apéndice documental a este artículo^^^. A la indicación dada en el documento de cesión le sigue la identificación del volumen -a veces de una forma aproximada-, en términos de autor, nombre de la obra, localidad y fecha. El resto de los volúmenes de medicina y otras materias fueron trasladados al Colegio de Cirugía y a la Secretaría de Indias, véase: R.J.B., Div. 2, doc. 2., (1781, agosto, 20) Inventario de los libros de botánica, de química y de historia natural existentes en la librería del Real Jardín Botánico; R.J.B., Div. Real orden para que se pasen al Colegio de Cirugía los libro de J. Quer referentes a medicina, cirugía y anatomía, firmada por A. Gimbernat; R.J.B., Div. Lista de los libros restantes de la biblioteca de J. Quer, después de haberse separado los de botánica para el uso del Real Jardín Botánico y los que se han entregado al Colegio de Cirujanos; R.J.B., Div. Catálogo de los libros que fueron de J. Quer y se han separado de los de botánica e historia natural y se han entregado en la Secretaría de Indias; R.J.B., Div. Lista de los libros restantes de la biblioteca de J. Quer después de haberse separado los de botánica y química. Libros de botánica y ciencias afines SUSANA PINAR Y MIGUEL ÁNGEL PUIG-SAMPER 159) Huerto malaberico impresos en Asterdan año de 1778 en seis tomos y otro tomo de
Bernabé García (1673-1752), boticario, agricultor, arrendador de diezmos, etc., fue un hombre que, aún viviendo en la sociedad rural, no dio la espalda a las novedades culturales de su tiempo. Su modesta pero interesante biblioteca, de unos cien volúmenes, es quien mejor lo radiografía. Era una persona profundamente religiosa, con pretensiones nobles, forma de vida burguesa, inquietudes preilustradas y cualidades de proyectista. padre, cirujano latino, le transmitió la curiosidad intelectual y los deseos por la cultura. De la familia de la madre, hidalgos empobrecidos, recibió lo más conservador de su mentalidad, así como la obsesión por las genealogías. Todo ello se refleja en su más que estimable biblioteca. Bernabé García fue un hombre de su tiempo, y participó en él más de lo que cabía esperar. Visto desde nuestros días, es una figura atractiva que nos sorprende por su rica personalidad. Dejó la farmacia porque le condenaba a una existencia estrecha, de limitados horizontes, y él pretendía alcanzar esferas sociales y políticas más altas. En su vida se encierra mucho de la historia de España de aquellos años. En el plano cultural encontramos las nuevas ideas que tratan de introducir los preilustrados o novadores. En lo político, la Guerra de Sucesión, las iniciativas regalistas, la preocupación por el ejército. En lo económico, el aumento de tributos, la ruina progresiva del campo, los censos. Y en lo social, la contestación cada vez mayor del pueblo llano hacia el estamento eclesiástico, por la evasión de impuestos, por sus privilegios en general, por las capellanías. Con Bernabé García, la gestión del ayuntamiento gana en orden, rigor y racionalidad. Se toman medidas acordes con los tiempos que corren: aseo de calles, arreglos de caminos, vigilancia de la higiene de tiendas y de carnicería, mejoras en el abastecimiento de agua potable, construcción de fuentes públicas, etc. Podríamos decir que aplica a la villa el reformismo y la modernización que los borbones llevan a cabo en España. El trabajo que presentamos comienza con la vida de Bernabé García, la parte más extensa. Es una existencia larga, de casi 80 años, muy documentada, que hemos dividido en cinco etapas: La siguiente etapa finaliza con la información de 1726. Hasta la cesión de bienes a su hija y yerno en 1743. Últimos años de su vida. El segundo punto del trabajo examina su biblioteca, hecha a su imagen y semejanza, de la que se sentía muy orgulloso. Gracias a ella se instruyó, se formó intelectualmente, se hizo mejor ciudadano y una persona más libre. Es una biblioteca barroca, de casi cien volúmenes, en la que prima la materia religiosa y la historia, pero en la que caben también las obras de ciencia y los textos preilustrados. A través de ella descubrimos a un Bernabé García tradicional, arraigado en el pasado, pero en absoluto cerrado al futuro y a las novedades del presente. La biblioteca se la dejará en herencia a su nieto con la intención, nos dice, de que «sea un hombre», un hombre preparado, independiente. En la Conclusión, punto siguiente, insistimos en los aspectos que nos han parecido más relevantes de todo lo anterior, con el propósito de perfilar y definir mejor la figura de Bernabé García. El Apéndice reproduce la biblioteca de Bernabé García tal como aparece en la escritura de 1743. Las notas correspondientes a las obras procuran identificarlas, proporcionan las ediciones más adecuadas y destacan la importancia cultural de aquellas que lo merecen. El Apéndice también contiene los libros que Bernabé García hereda de su padre. No es fácil encontrar hombres como Bernabé García en el ámbito rural. Quizá fueron más comunes en poblaciones mayores y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la Ilustración triunfa y se multiplican las Instituciones culturales, las Sociedades Económicas de Amigos del País, los periódicos, etc. Resulta complicado enjuiciar su labor cultural por falta de datos. Desconocemos si su biblioteca fue celosamente cerrada al público o su generosidad permitió que accedieran a ella aquellos que sabían leer y tenían interés por aprender. Sabemos que prestaba libros a su sobrino, por lo que podemos imaginar que lo hiciera también con otras personas. De igual forma podemos pensar que se reuniera en tertulias con el médico, algún clérigo y otras personas de la villa o de la comarca. Estamos seguros de que Bernabé García gustaba de la conversación y de la polémica. Menos incierta resulta su aportación al gobierno municipal y su mecenazgo artístico en la iglesia. En cuanto a lo primero, ya se ha ido señalando su aportación en distintos lugares del trabajo. Con respecto a lo segundo, todavía hoy podemos contemplar el retablo mayor de la iglesia, con las imágenes que lo adornan, que él financió; y la capilla de San Antonio de Padua de la que fue su principal impulsor, y en la que también contribuyó con su dinero y sus propiedades. En un mundo tan cerrado y tan atrasado como entonces era el rural, personas como Bernabé García deben ser reconocidas y recordadas, por lo que suponen de apertura y progreso. VIDA DE BERNABÉ GARCÍA. Bernabé García Bermúdez Cabeza de Vaca nació en Domingo Pérez (Toledo) el 24 de abril de 1673 1. Sus padres fueron Eusebio García, cirujano de ----la villa 2, y doña Josefa Bermúdez, naturales de Toledo 3. Queda huérfano de madre en 1679, cuando aún no ha cumplido los seis años. El padre, que sepamos, no se volvió a casar, hecho muy habitual entonces. Dos meses antes de cumplir los quince años, muere el padre. Un tutor se ocupó, durante su minoría de edad, de solucionar los asuntos pendientes del padre y de velar por los bienes muebles, ningún bien raíz, que dejó a sus hijos 4. No sabemos dónde estuvo y con quién desde la muerte del padre en 1688. Quizá vivió con los ---- 2 Eusebio García fue cirujano de Domingo Pérez desde 1665 hasta el año de su muerte en 1688. Debía de ser cirujano latino a juzgar por el salario que percibía (2.700, 3.000 reales anuales) y los libros en latín que poseía y después heredó su hijo (véase el Apéndice). Durante los años en que ejerció la cirugía en la villa, tampoco encontramos contratos con médicos, por lo que él debió de desempeñar las dos funciones. El primer salario del médico que conocemos por estos años son los 3.000 reales anuales de 1694 (Archivo Municipal de Domingo Pérez (AMDP), Libro de acuerdos). En 1664, el cirujano que precedió a Eusebio García llega al siguiente acuerdo con la villa: curará todos los «carbuncos y apostemas y demás enfermedades de naciencias, como no sea heridas con parte»; «ha de tener piedra para que los labradores puedan acudir a amolar podaderas, hachas y otras herramientas»; «se le ha de dar cabalgadura para que traiga piedra de amolar a donde se hallare»; no faltará más de dos días de la villa, y si así no fuere la justicia pondrá una persona apropiada a su costa para que visite y cure a los enfermos; se le dará casa gratuita y estará libre de padrones y derramas; recibirá 1.800 reales por un año de trabajo (AMDP, Libro de acuerdos). Disponemos de dos contratos de Eusebio García, pero sin los detalles del anterior. El otro es del 13 de julio de 1671, por tres años, 3.000 reales anuales y casa también gratuita; en éste se dice que es cirujano de la villa desde 1665 (AMDP, Libro de acuerdos). El cirujano de 1697 solicita al concejo un aumento de salario, porque con los 1.750 reales del actual no puede sustentarse, al tener que «pagar dos soldadas a dos mozos que le asisten para sangrar y quitar barbas». Se le conceden 550 reales más (AMDP, Libro de acuerdos). Veamos, finalmente, las obligaciones del cirujano en un contrato de 1678, hecho en un pueblo de la zona, y por el que cobrará 600 reales: «quitar barbas, [hacer] sangrías, ventosas, postemas, carbuncos y nacencias, de cualquier manera que sean» (Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPT), protocolo 5.783). LÓPEZ, Ma L. (2002), «Médicos, cirujanos, boticarios y albéitares», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. MARTÍNEZ, J. (2002), «La anatomía y los colegios de cirugía», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. Los abuelos paternos son Bernabé García y doña Inés Suárez, y los maternos don Cristóbal Bermúdez y doña María de Rojas y Hoyos (los apellidos de esta última no están claros), naturales de Toledo. abuelos o los tíos en Toledo o con otros familiares en algún lugar de la provincia. En Domingo Pérez no tenía ningún pariente, hasta el padrino que lo tuvo en la pila bautismal había muerto en 1684. Pero en 1696 ya lo vemos, casado y de boticario, avecindado en la mencionada villa. Bernabé García no cursó, pensamos, estudios universitarios, y si los hizo no obtuvo ningún grado porque nunca los alegó5. Además de las primeras letras, recibiría estudios de gramática, como conocemos de testimonios de otros boticarios de su tiempo6. F. Javier Puerto Sarmiento asegura que durante el Barroco para «ser recibidos a examen, los boticarios debían presentar fe de bautismo, información de limpieza de sangre y certificado de haber trabajado cuatro años con un maestro aprobado, quien debía emitir un informe sobre su capacidad»7. El periodo de aprendizaje de 4 años junto a un maestro boticario lo pudo realizar con su suegro o con su cuñado 8. Tampoco creemos que supiera latín con el nivel y la profundidad de su padre, porque en su biblioteca aparecen pocos libros en esa lengua. Además, el uso del latín por los boticarios durante el siglo XVII no fue tan exigente como en el siglo XVI; a medida que pasan los años la obligatoriedad del latín es menor, y poco a poco se va imponiendo el romance 9. Sus conocimientos y cultura los adquiriría principalmente de las abundantes y variadas lecturas, de los frecuentes viajes a Ma-----drid y Toledo y de las distintas y diversas gentes con las que trataba y se relacionaba. Obligado por sus propios negocios, pero también movido por los poderes que le otorgaba la villa para solucionar diferentes asuntos, Bernabé García se desplazaba a esas ciudades, y en ellas permanecía varios días, tratando con consejeros, abogados, procuradores, visitadores eclesiásticos, nobles, jueces, escribanos, corregidores, intendentes, etc. Como era un hombre inteligente, despierto e interesado por las novedades del momento, sacaría provecho de esos habituales viajes y, a veces, estancias prolongadas de hasta 15 días 10. A principios de 1696, Bernabé García y su mujer, doña Francisca de Rojas y Balmaseda, se debieron trasladar a vivir a Domingo Pérez, donde establecieron la botica. La profesión farmacéutica en España por estos años y los primeros del siglo XVIII, según F. Javier Puerto, se caracteriza por su descentralización, falta de uniformidad e ineficacia institucional. Los Borbones tratarán de corregir todo esto, pero la enseñanza de la farmacia no cambiará sustancialmente hasta la segunda mitad del siglo XVIII, y continuará en poder de los gremios 11. Doña Francisca era natural y vecina de La Puebla de Montalbán, y allí se desposaron «por palabras de presente» el 29 de septiembre de 1694, según certifica el párroco de Domingo Pérez cuando los vela el 23 de febrero de 1696 12. El capital que lleva Bernabé García al matrimonio es de 5.766 reales, en lo que se aprecia los bienes muebles y las deudas de diferentes vecinos con el padre 13; no tenemos noticias de la dote ----10 Toledo menos, pero Madrid se convirtió en el mayor foco cultural de España. También, PUERTO, F.J. (2002), «Empirismo, arte y creencia, en la época de la razón: la terapéutica farmacológica ilustrada», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. Por su parte, Sagrario Muñoz Calvo afirma que la primera mitad del siglo XVIII «es una de las épocas más anárquicas e irregulares de los estudios y titulaciones de Farmacia» (MUÑOZ (1994), p. 12 APDP, Libro de matrimonios. 13 La mitad de los 5.766 reales son de doña María García, su hermana monja, que se los dona. De ellos, casi 3.000 reales son deudas que le dejaron a deber al padre por su oficio de cirujano. Los instrumentos de cirugía que quedaron del padre y que recoge la escritura son los siguientes: una sierra de cirugía (24 reales), tres hierros palmares (12 r.), tres botonales (6 r.), un espetoncillo (2 r.), unas tenacillas para sacar sedales (4 r.), unas tenacillas para sacar sanguijuelas (6 r.), un fontanero (15 r.) unas tenazas para quitar sanguijuelas (8 r.), un hierro para labrar la ciática (12 r.), un trépano con su mano (15 r.), cuatro cauterios (20 r.) un badal (6 r.), un hierro de cirugía que se llama 'especulum matricis' (50 r.), tres legras (15 r.), un verduguillo postemero, cuatro lancetas y unas tijeras, todo muy usado (20 r.). El capital de Bernabé García no registra ningún bien raíz: ni tierras de labor, ni viñas, ni olivos, ni casas; tampoco, ganados mayores ni menores (AHPT, protocolo 5.880). El 12 de diciembre de 1696, por motivo de una real cédula que trataba de restablecer las milicias del diezmo de vecindades de Felipe II, se registran todas las casas de la villa de Domingo Pérez. Aparece en la lista Bernabé García, boticario, que «no quiso declarar cosa alguna por decir que tenía privilegio de su majestad, en que quedaba por libre y exento de esta orden, y que la presentaría a su tiempo.» Lo más seguro es que Bernabé García pensaba en el despacho real del 13 de marzo de 1650, por el que Felipe IV declara la farmacia Arte científica, y concede a los boticarios «todas las honras, preeminencias y prerrogativas que os competen, tocan y pertenecen» 15. Aunque entre las concesiones no figura quedar libre de las milicias, los interesados siempre que les convenía las alegaban. En la misma real cédula de 1696 quedan exentos nobles e hijosdalgos 16, un estudiante o universitario por cada cien vecinos, cargos de número de la Inquisición si no exceden de cuatro, los que padezcan graves heridas o sean cojos o mancos, el maestro de gramática donde no hubiera colegio de ella, etc. Sólo le sobrevive una hija, Josefa Gabriela, que casó en torno a 1739 con Manuel Alonso Ciruelos 18. Pronto descubrimos a un Bernabé García inquieto, muy activo, preocupado por formar un patrimonio raíz del que carecía. Hasta 1710 19, año en que vende la botica, realiza once escrituras de compra 20, una de cesión y traspa----- 14 En el AHPT no encontramos escrituras de protocolo de La Puebla de Montalbán de esos años. 16 Varias pistas en la vida de Bernabé García nos conducen a sus deseos por pertenecer a la nobleza. El origen de ello y principal fundamento parece estar en el apellido de su madre 'Cabeza de Vaca'. Además de otros libros de esta materia, en su biblioteca cuenta con la Genealogía de Bonifacio Tobar (o Tovar) que estudia «la noble y antigua casa de Cabeza de Vaca». Felipe V fue pródigo en la concesión de títulos de nobleza, pero no lo fue tanto con las hidalguías. En 1703 se pide a las chancillerías que sean más rigurosas con las probanzas de hidalguías (GONZÁLEZ, A.(2003), Felipe V: La renovación de España. Sociedad y Economía en el reinado del primer borbón, Pamplona, Eunsa, p. Para la real cédula de 1696, AMDP, Libro de acuerdos. 17 APDP, Libro de Bautismos. 18 En el Catastro de Ensenada (1752) se registran dos nietos de Bernabé García: Manuel de dos años y Vicenta de un mes (AHPT, Hacienda, Domingo Pérez con las signaturas 239 y 240). Faltan el protocolo y el libro de acuerdos de ese año. Es regidor de la villa en 1700 y alcalde ordinario en 1703; además, recibe los primeros poderes del concejo para gestionar cuestiones de tributos reales, que será otra de las constantes en su vida. Su objetivo fundamental en estos años -que luego prorrogará en los siguientes-, es ir adquiriendo bienes raíces para formar un amplio patrimonio. Se interesa sobre todo por comprar viñas, y concentrarlas en un mismo distrito para crear una gran hacienda; más tarde se interesará también por los olivos. El mismo criterio de concentración le guía en la compra de casas o de terrenos aledaños a su vivienda. Después de 14 años con la botica, comprobó que no le reportaba los beneficios que precisaba, y la vendió. Esta actividad estuvo muy presente en su vida, y fue la causante principal de muchas de sus deudas. Escribe A. Domínguez Ortiz que los arrendadores de diezmos eran un «grupo social del que casi nada sabemos, a pesar de que movía caudales de importancia y era un posible cauce de ascensión social; una vía difícil, sin embargo, en la que los más se extraviaban porque los preceptores de diezmos hilaban muy fino» (DOMÍNGUEZ, A. (1992), «Estudio Preliminar», Manifiesto universal de los males envejecidos que España padece, Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana [etc.], p. En los números 274-277 del Manifiesto, obra publicada en 1730, Francisco M. de Moya, su autor, expone sus opiniones sobre este tema. Comienza así el no 274: «en cada uno de los Pueblos de estos Reynos es raro el año en que no se pierden cinco o seis Vasallos con los arrendamientos de los diezmos» p. Se pueden consultar también, aunque son testimonios de finales del siglo XVIII, FERNÁNDEZ, Ma del C. y GARCÍA, M. (1996), «Memoria sobre el problema de la exacción de los diezmos», Los ilustrados toledanos y la agricultura (1748-1820). Recopilación de textos agrario, Toledo, Diputación Provincial, 195-201. ANES, G. (1999), «De diezmos y tazmías» y «Las subastas de los diezmos y otras rentas en la España de finales del Antiguo Régimen», Cultivos, cosechas y pastoreo en la España Moderna, Madrid, Real Academia de la Historia, 165-200 y 201-240, respectivamente. vas ocupaciones, le retenía demasiado en la villa y le impedía moverse con libertad en sus negocios. En España existían leyes que prohibían a los boticarios descuidar la asistencia de sus farmacias. La Real Cédula de 13 de marzo de 1650, dirigida a los boticarios madrileños pero después vigente en toda España, ordenaba que las autoridades prohibieran a los boticarios negocios, comercios y ocupaciones que les apartaran de la atención a sus boticas. Pero ante todo fueron los proyectos sociales, económicos y políticos ambiciosos que tenía en mente, y que superaban ampliamente el estricto marco de su profesión, los que le animaron a desprenderse de la botica. La escritura de venta es del 23 de marzo de 1710; el comprador, Felipe Dávila, vecino de Domingo Pérez aunque natural de Mañosa. En la escritura leemos: «una botica surtida de botes, redomas, cajas, cacetas, alambiques, almireces y sus compuestos y simples, todo ello apreciado en 13.000 reales» 30. El procurador general de la villa, quizá por temor de que el nuevo boticario se llevara la botica a otra población, se obliga a pagarle, durante seis años, 250 reales anuales por su asistencia. La botica debía estar bien surtida de todo lo necesario para la curación de las enfermedades 31. La siguiente fecha que nos parece clave en la biografía de Bernabé García es 1726 32, cuando decide hacer una «información» sobre su persona y su vida 33. Las razones que le llevan a ello son, nos dice, las «diferentes pretensiones que tengo intentadas con su majestad,... para su real servicio». Bernabé García atraviesa un mal momento económico, y por sus cualidades y virtudes personales, su vida civil y religiosa ejemplares, siempre al servicio de Dios, del rey y de sus convecinos, cree merecer un cargo político en la administración real. Hasta dicho año de 1726, los poderes que recibe Bernabé García de la villa se hacen habituales; casi parece un profesional especializado en asuntos mu----- 30 3.000 reales los percibiría Bernabé García en el acto, y el resto en nueve plazos y pagas iguales de 1.111 reales y 3 maravedís y medio ( AHPT, protocolo 5.882). No tenemos noticias de que Bernabé García percibiera como boticario algún tipo de compensación del ayuntamiento de la villa. Muchos años después, en la sesión del ayuntamiento del 24 de febrero de 1733, se decide suspender el salario del boticario; pero luego, se cambia de opinión en la misma sesión, y se mantiene. Entonces el salario del boticario se había rebajado, desconocemos desde qué año, a 120 reales anuales (AMDP, Libro de acuerdos). El diccionario de la Real Academia Española define «Información» como las «Pruebas que se hacen de la calidad y circunstancias necesarias en un sujeto para un empleo u honor». El ayuntamiento siempre confía en él para negociar en Toledo o en Madrid la administración o el encabezamiento de la villa; para conseguir moratorias y rebajas de los impuestos reales por la injuria de los tiempos; para justificar los arbitrios acordados en el concejo; para defender a la villa de cualquier cargo que se le haga, ante el Honrado Concejo de la Mesta; para velar por los intereses de los vecinos en asuntos en que están involucrados eclesiásticos, etc. También los vecinos le confían sus asuntos particulares. La compra de viñas, tierras y casas continúa 34; igualmente, los remates en el abasto de la carne 35 y en las rentas decimales 36. Aparecen los arrendamientos (y subarrendamientos 37 ) de superficies de mayores proporciones 38, pero también las primeras deudas y dificultades en sintonía con la villa. Ya en 1706, la villa acude a los tribunales de justicia para exponer que el estado eclesiástico, además de poseer las mejores haciendas, no contribuye al encabezamiento por sus negocios particulares, lo que perjudica gravemente a los vecinos 39. Desde entonces, este asunto es debatido repetidamente en las sesiones del concejo, y en todas adquiere un protagonismo relevante Bernabé García, en el que recae, como dijimos, la representatividad de la villa. En 1725 se vuelve a la carga con los mismos argumentos. El estado secular, se alega ahora, soporta enteramente las contribuciones reales, y hay eclesiásticos «que adeudan por sus comercios, tratos y granjerías crecidas cantidades». La escritura relata cómo es muy perjudicado «el común por semejantes tratos [de eclesiásticos],..., por el corto término de esta villa y hacer falta a los seculares los arrendamientos de tierras y labranza, viñas y otros heredamientos». Este año de 1725, Bernabé García ha tenido que salir fuera del término a arrendar la dehesa y labranza de Bernuy 40. En 1721 Bernabé García tiene 3 pares de bueyes (AMDP, Libro de acuerdos). Quizá la villa quería aprovecharse del regalismo de Melchor de Macanaz, Fiscal General, que persiguió los privilegios de los eclesiásticos; cayó en desgracia en 1714. Pero el regalismo fue una constante en los borbones y estuvo presente en el ánimo de los españoles. De la misma forma, encontramos en los ayuntamientos referencia a malos años de cosecha y a la situación miserable de los vecinos. En 1718, se quiere bajar el encabezamiento, y ajustarlo a la «proporción de la vecindad y cortas haciendas que poseen y gozan los vecinos, las muchas cargas y gravámenes de censos, tributos y memorias a que están afectos e hipotecados, lo calamitoso de los tiempos, los cortos valores de los frutos...» 41. En 1722, la villa comparece ante el corregidor e intendente de Toledo y su provincia, y describe «el mísero estado en que los vecinos se hallan... Y cómo no puede esta villa pagar el encabezamiento si no es logrando una considerable, como necesaria, baja y moderación de su importe» 42. El ayuntamiento manda que se reconozca el término y se aren y se den las labores necesarias en las tierras con langosta. Se acuerda que para coger la langosta se organicen grupos de vecinos, con ropas adecuadas, al frente de los cuales haya personas que los dirijan con orden para evitar daños mayores. El concejo decide, para «aplacar la ira de Dios», y para que les conceda agua y les libre de la plaga de langostas, hacer un novenario y rogativa; ponen por intercesores y abogados al Santísimo Cristo de la Misericordia, al Patriarca San José y a San Antonio de Padua 43. A toda esta situación hay que añadir el pleito que originó la capellanía fundada en 1718, que destapó un malestar latente entre los vecinos contra estas fundaciones. Durante siglos se habían ido fundando memorias, fiestas, vínculos, capellanías, etc, que favorecían a la iglesia (y a sus miembros) y perjudicaban al común de los vecinos. Hasta donde sabemos, a partir de la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII, las capellanías colativas aumentan en Domingo Pérez. Estas capellanías segregaban importantes bienes raíces, que se convertían en espirituales; es decir, no contribuían a la Real Hacienda. Sus rentas se destinaban al sustento de un capellán, que se obligaba a celebrar misas u otras cargas litúrgicas por el fundador y su familia 44. Se entiende, por tanto, que la villa proteste esta capellanía ante ----41 AHPT, protocolo 5.884. Quizá Bernabé García conociera la Carta al Rey de España del Cardenal Belluga, de 1721. En ella, Belluga pide la paz para un país que vive en una situación límite y mísera (GIL, A. (1984), «Política y Sociedad», Historia de España, t. 43 AMDP, Libro de acuerdos. Observamos que cada vez hay una mayor identificación entre Bernabé García y la villa. Los problemas de la villa suelen coincidir con los de Bernabé García; o viceversa, los problemas de Bernabé García son los mismos que importan a la villa. Este día, Bernabé García comparece ante el alcalde mayor de Domingo Pérez, por cuanto tiene «diferentes pretensiones» solicitadas a su majestad. De su puño y letra escribe ocho preguntas que irán respondiendo seis testigos. Cuatro de los testigos son labradores (uno de ellos hidalgo), otro un maestro albañil y el sexto el médico de la villa. Las noticias que nos transmiten sobre la vida y la personalidad de Bernabé García son del mayor interés, pero debemos tomarlas con cautela porque los testigos han sido seleccionados por el propio protagonista. En todos estos años, Bernabé García ha administrado justicia con igualdad, conforme a derecho, sin falta ni exceso, mirando al servicio de Dios, del Rey y a la paz de los vecinos 48. La segunda pregunta informa de que por las propuestas, máximas políticas y económicas y agencias de Bernabé García, ocupara cargo municipal o siendo repúblico, la villa ha mejorado en calidad de vida y en convivencia pacífica de sus vecinos. En los repartimientos de los impuestos reales y municipales, Bernabé García ha buscado beneficiar a los pobres y evitar las disensiones entre los ricos, implantando el sistema «sueldo a libra» 49. Se podría pensar que Bernabé García aplicó en la villa un «reformismo» equiparable al de los borbones en ----España: mejor organización del municipio, mayor equilibrio y justicia en los repartimientos de tributos y dosis de regalismo en la medida en que se quiere que los eclesiásticos pierdan sus privilegios y que contribuyan en los impuestos reales. De lo que no tenemos dudas es de que Bernabé García aportó rigor, firmeza y orden en los asuntos municipales. La tercera pregunta descubre el lado religioso de Bernabé García 50: -Para la veneración del culto divino mandó hacer a su costa el retablo del altar mayor de la iglesia, y para su adorno mandó ejecutar la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, la imagen de San Bernabé y contribuyó con la cuarta parte de la imagen de San José 51. También corrió por su cuenta la colocación de las tres imágenes en el altar mayor, las fiestas y los predicadores que trajo para la celebración. -Propuso en un cabildo de la cofradía del Santísimo Sacramento que se sacasen cuatro hachas para celebrar el renuevo todos los jueves del año. Con ello pretendía mayor reverencia de los fieles y moverlos a más devoción. -En otro cabildo de la misma cofradía, planteó que la procesión de Minerva se celebrase todos los terceros domingos del mes por dentro de la iglesia, para que los devotos «ardiesen más en su devoción» y gozasen de las indulgencias. -Consiguió que los capitulares de la villa asistiesen a las procesiones «votivas y comunes, como son letanías y otras generales». Con ello, las procesiones ganaron en solemnidad. ---- 50 Durante el reinado de Felipe V la mentalidad religiosa de los españoles no experimenta ningún cambio sustancial. Ofrecemos la opinión de un extranjero, del tiempo de nuestro protagonista, sobre la fe de los españoles: «Pero aunque alabo su templanza [de los españoles], nunca se me ocurrirá aprobar su fanatismo. Si existiera en el terreno religioso algo parecido a la embriaguez, me temo que la suya excedería cualquier medida. So pretexto de devoción, he visto entre ellos a las gentes, incluso a personas por otra parte razonables, cometer los mayores disparates. No es raro ver a sus hidalgos, tanto a los de mayor alcurnia como a los de los rangos inferiores, arrodillarse si se encuentran con un sacerdote en plena calle, tomar el bajo de su sotana y saludarle alzando la vista, como si viesen en él la garantía de su salvación.» (DEFOE (2002), Memorias de guerra del capitán George Carleton. Los españoles vistos por un oficial inglés durante la Guerra de Sucesión, Universidad de Alicante, p. 51 No sabemos lo que supuso el retablo del altar mayor. La imagen de Nuestra Señora de la Concepción costó 4.040 reales, y ya la tenía en su casa en junio de 1720; en la imagen de San Bernabé gastó 397 reales y en la cuarta parte de la de San José, 300. Retablo e imágenes se pueden contemplar hoy en la iglesia de Domingo Pérez. -Ha servido varias veces como mayordomo en todas las cofradías de la iglesia. -Con sus limosnas ha contribuido a que la iglesia adquiriera un terno blanco de damasco, un estandarte, una capa de coro, un palio y a que la Custodia del Santísimo Sacramento se dorara. Además de lo dicho, Bernabé García fue el principal impulsor en la erección de la capilla de San Antonio de Padua en la iglesia 52. Por todos estos méritos, el arzobispo de Toledo le concede dos sepulturas en propiedad, en lugar privilegiado de la parroquia, el 7 de diciembre de 1724 53. Las dos siguientes preguntas desvelan el comportamiento de Bernabé García en los años de la Guerra de Sucesión54: -En 1703, al principio de la guerra55, siendo alcalde, exhortó a los vecinos y, particularmente a los mozos solteros, para que sirvieran en los ejércitos de su majestad; incluso se ofreció servir él mismo. -Trabajó todo lo que estuvo en su mano por las quintas de soldados 56. -Contribuyó en los donativos voluntarios, que durante la guerra se pidieron, con mayor porción que otros vecinos57. -Dificultó el tránsito de las tropas enemigas, exponiendo su vida a varios peligros 58. -----En 1706, con mucha gente de Domingo Pérez y de otros pueblos trató de impedir el paso al conde de San Juan, que bajaba a Portugal con su tropa 59. -En 1703, ante las urgencias de la guerra, sacó, con la prontitud que las circunstancias requerían a los vecinos más acomodados, el dinero que la villa debía pagar a su majestad; y después cumplió con esos vecinos. Con la sexta pregunta se quiere saber si Bernabé García es merecedor de un cargo político o económico que le concediese su majestad; y si lo desempeñará con el celo que siempre ha manifestado a su real servicio 60. La séptima pregunta se interesa por la situación económica de Bernabé, su deteriorado caudal y sus grandes empeños; si las deudas tienen su origen en el poco fruto que ha cogido y en las muchas obligaciones de su cargo 61. ---- 58 El tercer testigo relata de forma pormenorizada un lance en que peligró la vida del protagonista: «... siendo el testigo alcalde el año 1708, habiéndose interpuesto el dicho Bernabé García con unos oficiales de un regimiento que transitaba y querían alojarle, sin tocar aquí [en Domingo Pérez], y no queriendo pasar si no es dándoles un doblón de a ocho, porque no le aprontaba [Bernabé García] con la brevedad que querían, le ajaron y puso uno una pistola a los pechos, dándole un gran golpe, que milagrosamente le pareció al testigo no disparase y le quitase la vida. Sin otros males términos que usaron precisando a que se les diese injustamente [el doblón], lo que no pudieron resistir por el peligro en que se ponían, y porque el pueblo no padeciese dicha invasión» 59 En 1706 Felipe V se encuentra en una situación difícil porque es atacado por el este (Zaragoza se une al Archiduque) y por el oeste (Portugal). Los aliados avanzan desde Portugal hacia Madrid. 60 Todos están de acuerdo en que es apto para el cargo y que lo desempeñará con extraordinario celo público. El médico de la villa parece ir más allá y nos presenta a Bernabé García con cualidades de arbitrista o proyectista -término preferido en el siglo XVIII-, por cuanto le ha escuchado remedios provechosos para solucionar los problemas de España: «Cree que el susodicho, por sus operaciones, es benemérito para obtener cualquier empleo o cargo que su majestad fuese servido conferirle, en lo político y económico, mediante ser hábil, capaz, de buena intención, práctico y de economía; y muy celoso del servicio del rey y utilidad común a la monarquía, por haber visto y tocado lo que ha hecho en esta villa, todo cuanto ha cabido en su alivio. Y le ha oído muchas proposiciones en utilidad de la monarquía, dignas de ser observadas». Por otro lado, desde la primera pregunta, los testigos reiteran el excesivo celo de Bernabé García en los asuntos reales y públicos. Nos recuerda los juicios de San Felipe sobre don Francisco Ronquillo, conde de Granedo y presidente del Consejo de Castilla: «hombre de singular fidelidad y amor al Rey, tanto que se propasaba su celo y por eso adquirió fama de demasiado rígido» (cito por DEFOE (2002), n. 61 Todos confirman la mala situación económica de Bernabé García. El interrogatorio se cierra preguntando por la vida y las costumbres de Bernabé García 62. La Información acaba con las palabras del alcalde mayor acreditando a los testigos, coincidiendo con ellos y aprobando toda la declaración 63. Para nada nuestro protagonista ha recordado ni una sola vez su labor primera de boticario. Una profesión irrelevante para Bernabé García, con escasa proyección social, que poco o nada podía añadir a sus méritos políticos y económicos. En la siguiente etapa que vamos a examinar de su vida, hasta 1743 64, encontramos a un Bernabé García agobiado por deudas y censos. Atravesó momentos muy críticos, hasta el punto de que, tal vez, estas dificultades fueran una de las causas que le llevaron a otorgar poder para testar en marzo de 1739 65. Dos años después, cuando parece recuperado, enferma, y no puede asistir al ayuntamiento para tomar posesión de la vara de alcalde 66. En abril de 1743, con 70 años, nos habla de sus abundantes deudas, de su edad avanzada, de sus escasas fuerzas, razones que le obligan a ceder todos sus bienes a la hija y al yerno 67. Vuelve a estar enfermo en mayo de este mismo año, y hace testamento. Sin embargo, Bernabé García, descargado de responsabilidades y alejado del ajetreo de los negocios, vivirá todavía algunos años más. Bernabé García no consiguió el cargo de funcionario que pretendía con la información de 1726. Continuó representando a la villa aunque más moderadamente. Su actividad frenética anterior experimenta un considerable frenazo. En este periodo realiza una única compra 68, dos ventas 69 y un arrendamiento 70. Pero no tenemos noticias de escrituras de arrendamientos de diezmos 71, ---- 62 También coinciden todos los testigos en las buenas costumbres y en la vida ejemplar del protagonista. 67 Esta escritura de convenio y traspaso de bienes entre Bernabé García y su yerno e hija se hace el 5 de abril de 1743 (AHPT, protocolo 5.887). 71 Sin embargo, a través de escrituras de obligación sabemos que al menos administraba la porción del diezmo que tocaba, como partícipes, a distintos curas de Domingo Pérez durante los años 1726-1735. También conocemos, por el libro de acuerdos de 1730, que Bernabé García hace llegar al ayuntamiento una cédula real que manda que en los repartimientos de de abasto de la carne, del arrendamiento de la hacienda de doña Mariana del Prado, de otros arrendamientos y subarrendamientos. En este tiempo está preocupado por conservar y afianzar sus propiedades, y se dedica a plantar olivos y vides, y a protegerlos de los ganados 72. Si Bernabé García no alcanzó el puesto en la administración real, sí ascendió en el rango municipal, lo que en algo compensaría su orgullo y vanidad personal. Este cargo era de designación directa del Conde de Orgaz, el señor de la villa, que nombra a Bernabé García alcalde mayor el 30 de noviembre de 1733, y lo destituye el 20 de octubre de 1737. Como vemos, estuvo en el cargo más de tres años, y quizá hubiese podido continuar más tiempo, pero sus dificultades económicas y sus diferencias con algunos vecinos y la justicia de esos años lo impidieron. En 1735, dos vecinos hablan mal de Bernabé García al Conde de Orgaz y éste le desposee del título de alcalde mayor. El asunto se aclara y el conde le restituye en el cargo 73. Los conflictos entre los vecinos no acaban ahí. Era normal que el equipo municipal que entraba pidiera cuentas al del año anterior, pero las malas cosechas acumuladas y el empobrecimiento general tenían enrarecido el ambiente de la villa, y favorecía el enfrentamiento entre los vecinos. ---alcabalas no se tenga en cuenta la cantidad en que se remata las rentas decimales, sino sólo aquello que se venda de esas rentas. 72 En Domingo Pérez, como en los pueblos de la zona, se produce a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII una crisis cerealista. Esto hace que muchos agricultores se decidan por el cultivo de olivos y viñas como más seguros y rentables. El vino y el aceite eran productos cada vez más demandados por Madrid, un mercado gigantesco, próximo y bien comunicado. Pero la crisis cerealista también provocó que otros agricultores (y ganaderos) buscaran soluciones en el ganado lanar y porcino, con lo que su número creció. Con estos elementos en escena, los conflictos no se hacen esperar (MARTÍN, F. (2001), «A propósito de las Ordenanzas de Santa Olalla de 1623 y de un litigio entre ganaderos y hacendados del siglo XVIII», Anales Toledanos, XXXVIII, Diputación Provincial, 83-112). 73 AMDP, Libro de acuerdos. 74 AMDP, Libro de acuerdos. En 1737 Bernabé García sigue siendo alcalde mayor, pero un incidente con la justicia de ese año va a provocar su salida del cargo. Del ayuntamiento del 30 de junio, Bernabé García sale muy molesto porque alcaldes, regidores, procurador general y demás capitulares presentes, no han consentido que figure en el Padrón General solicitado por la Chancillería de Valladolid con el 'don' delante de su nombre, como aparece en el título de alcalde mayor que le concedió el Conde de Orgaz 75. A raíz de este suceso el procurador general de la villa escribe varias cartas al conde pidiéndole el cese de Bernabé García como alcalde mayor. En octubre, el escribano de la villa le comunica el decreto del Conde de Orgaz, por el cual debe dejar la vara de alcalde mayor 76. Las dificultades económicas de Bernabé García durante este periodo de su vida parece que le superan y le obligan a ceder sus propiedades a su yerno e hija. Es verdad que cuando decide dar el paso tiene 70 años y se encuentra debilitado por las enfermedades; pero igualmente es cierto que todavía vivió casi diez años más, por lo que podemos pensar que lo que más necesitaba era paz y alejarse de la agitada vida que hasta entonces había llevado. Si realizamos un recorrido por estos años, veremos los distintos obstáculos a los que Bernabé García tuvo que enfrentarse, cómo los supera y en qué condiciones alcanza el año 1743. En noviembre de 1728 firma una escritura de obligación por la que se compromete a devolver al pósito de la villa cien fanegas de trigo. Sin embargo, una anotación en la misma escritura, del 18 de septiembre de 1730, avisa de que se anuló la partida «por no haber sacado del pósito las cien fanegas de trigo..., y no está obligado a pagarlas» 77. Desconocemos qué pudo pasar, pero ----75 AMDP, Libro de acuerdos. Nos cuenta el capitán Carleton que «quienes reciben el don» son los nobles (DEFOE (2002), p. Y José de Cañizares, dramaturgo contemporáneo a Bernabé García, en su comedia El picarillo en España, pone en boca de uno de los personajes: «Es doña Inés/ No la quite usté el dictado/ Del don, que ya empieza a andar/ Entre arneros y estropajos» (Dramáticos posteriores a Lope de Vega, Tomo segundo, Atlas, 1951, p. 76 AMDP, Libro de acuerdos. La función principal del pósito era prestar trigo a los labradores para que pudieran sembrar cada año. Los labradores y aquellos otros vecinos que recibían el préstamo hacían escrituras de obligación. En ellas se comprometían a devolver el trigo recibido más las creces (medio celemín por fanega), para el día de Santiago, 25 de julio. En los años de carestía, el trigo del pósito se destinaba a paliar el hambre de los vecinos. Pero en muchas ocasiones el pósito se convertía en un recurso muy socorrido por las autoridades municipales. Se acudía a él para vender su trigo y solucionar las distintas necesidades que surgían, como proporcionar los préstamos al obligado de la carne o pagar cualquier deuda urgente de la villa. Con demasiada frecuencia, los pósitos eran dominados por las oligarquías rurales estas fanegas de trigo sí podían ser útiles a Bernabé García por cuanto desde 1727 tiene arrendada la labranza de Rojas por 8 años y cien fanegas de pan por mitad cada año 78. Además, como obligado de la carne que cumplía en 1728, recibió del ayuntamiento un préstamo de 2.500 reales que debía devolver en doscientas fanegas de trigo; aunque luego, al parecer, los alcaldes prefirieron el dinero 79. A pesar de todo, el pósito llevaba un control riguroso por parte de los Condes de Orgaz y de las autoridades de la villa, y resultaba muy difícil realizar desfalcos de esas características. También, el 18 de octubre de ese año, como alcalde que fue en 1728, se compromete a devolver cincuenta fanegas de trigo al pósito, con las creces correspondientes, para Santa María de Agosto de 1730 82. En la sesión de ayuntamiento del 3 de noviembre de 1733, presenta un traslado autorizado por el que se le exonera del pago del 6 por ciento a las reales alcabalas, de los 9.800 reales que sobre su hacienda impuso en censos los años 1729 y 1730. El concejo se opone a ello, y piensa recurrirlo 84. Los embrollos con los censos de Bernabé García no terminan, y en marzo de 1736 no se entiende con la justicia de la villa en la cantidad que debe desembolsar en concepto de alcabalas de heredades por un censo que impuso. ---que los utilizaban en su servicio. Para evitar esto se creó en 1751 la Superintendencia General de Pósitos. A partir de entonces creció el número de pósitos y mejoró su administración. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, por motivos de las guerras y los gastos militares, el estado recurrió a las reservas de los pósitos, lo que les causó mucho daño (DOMÍNGUEZ (1984), pp. 418-419). 83 Bernabé García explica que si no ha «dado cuenta a los señores justicias de esta villa ha sido por hacer muy corto tiempo que ha que impuso dicho censo, y no hacer casi medio año del que va corriendo». Quiere que no se vea mala intención en ello porque siempre ha sido una persona honrada que ha buscado el bien del común (AMDP, Libro de acuerdos). 84 AMDP, Libro de acuerdos. Escribe A. Domínguez Ortiz: «La fuerte presión fiscal aguzaba el ingenio para sustraerse a ella, al menos en parte;... El abuso llegó a tal punto que se hizo necesario revocar muchas de estas concesiones [de cargos en la administración]» (DO-MÍNGUEZ (1984), p. Media el Conde de Orgaz, y determina que pague a la villa 300 reales en seis plazos de 50 reales cada uno 85. Si él muriera, la obligación continuará en su hija 88. En agosto de 1737, los alcaldes de Domingo Pérez quieren cobrar a Bernabé García el dinero que debe a la villa y el trigo que adeuda al pósito. No lo pueden llevar a cabo por la esterilidad del año y, por tanto, hallarse imposibilitado. Bernabé García no ha cumplido con alguno de los plazos acordados en 1736. Para evitar procedimientos ejecutivos contra su hacienda y otros daños mayores, su consuegro, el 14 de julio de 1740, firma una escritura de obligación; por ella se responsabiliza de la deuda de Bernabé García 90. Del 22 de agosto de 1741 es el testamento de un trabajador de Bernabé García. En él declara que su amo le debe «diversa cantidad de maravedíes del mucho tiempo que ha asistido en su casa, trabajando diariamente en lo que ella ocurría» 91. En 1743, la situación económica de Bernabé García es más que comprometida 92. 88 Para la seguridad de la escritura, Bernabé García hipoteca la casa de la plaza de la villa, la heredad de cepas y olivas del Cerro del Mono y los majuelos de las Tapias y de los Dos Caminos (AHPT, protocolo 5.886). 89 AMDP, Libro de acuerdos. 92 Estos datos están sacados de la escritura de convenio y traspaso de bienes, del 5 de abril de 1743, entre Bernabé García y Manuel Alonso Ciruelos y Josefa García Bermúdez, su mujer (AHPT, protocolo 5.887). Por los censos comprobamos que prácticamente todos los bienes raíces y las mejores haciendas están hipotecadas. Las deudas nos explican, en cierta medida, los modos de actuar, a veces desesperados, de Bernabé García; cómo sus apuros económicos vienen de atrás, cómo se van acumulando y cómo para saldar unas deudas se contraen otras nuevas 93. También quedan reflejadas las deudas contraídas como arrendador de rentas decimales y las deudas como arrendador de tierras de labor, viñas y olivos 94. Por último, hay una cantidad importante de 21.710 reales que debe a su consuegro, de distintas retribuciones que éste ha hecho en nombre de Bernabé García 95. A partir de 1743, Bernabé García se retira de los negocios y de la intensa vida que hasta entonces había llevado 96. Desde ahora, su hija y su yerno están obligados a mantenerle y vestirle diariamente hasta que muera, «con la decencia correspondiente a su persona y carácter» 97. Nada quiere saber de su vida anterior, y menos de los acreedores que «en ningún tiempo ni en manera alguna... le han de molestar ni pedir nada»; de ellos se ocuparán el yerno y el consuegro 98. ---- 93 De 1741, cuando fue alcalde ordinario, son 6.200 reales que dejó a deber al administrador de tributos reales, 300 reales del resto del censo de villazgo que tampoco terminó de pagar, 500 reales del pósito, etc. Todo este dinero, que no era suyo pero que como alcalde disponía de él, le sirvió en su momento para saldar las deudas más acuciantes y para calmar a los acreedores más impacientes; pero, claro, originó nuevas deudas y nuevos acreedores. 95 Quizá el matrimonio de su hija con Manuel Alonso Ciruelos fuera el mejor negocio de su vida; al menos, gracias a él, salvó su casa de mayor ruina. Al final de la escritura de cesión y traspaso de bienes, entre las condiciones, una de ellas establecía que sobre las deudas de 48.069 reales de Bernabé García, 37.810 reales corresponde pagar a Gabriel Ciruelos y 10.259 reales a su hijo. 96 Asegura A. Domínguez Ortiz que «el ideal de todo negociante afortunado seguía siendo abandonar los negocios, comprar bienes raíces, fundar mayorazgos, entroncar con familia hidalga y hacerse perdonar el origen de su fortuna» (cito por CASTRO, A. (1974), Cervantes y los casticismos españoles, Madrid, Alianza, p. Pero, como sabemos, Bernabé García no fue un «negociante afortunado». 97 Primera de las condiciones que Bernabé García pone en la citada escritura de convenio y traspaso de bienes a su hija y yerno. 98 Segunda condición de la citada escritura de convenio y traspaso de bienes. La documentación que nos llega en estos años de Bernabé García es casi más de testamentos y de codicilos que de otro tipo99. Sin embargo, los vecinos afectados en el juicio de residencia, todavía confían en él en 1745 para que les defienda de los posibles cargos que el juez les haga100. También el concejo confía en él en 1746, y le nombra comisionado para que negocie con los eclesiásticos de la villa. En virtud del nuevo concordato, los eclesiásticos debían pechar como los legos, una reivindicación de la villa desde los primeros años del siglo101. En 1748 es llamado al ayuntamiento para que, como vecino que mejor conoce el asunto que se debate, asesore a la justicia en el pleito que tiene contra el Consejo de la Gobernación del Arzobispado de Toledo. No obstante, desde 1745 el pulso le tiembla, y así se refleja en las escrituras que firma. En él encontramos un Bernabé García sincero, que manifiesta su amor y afecto por su hija, nieto y sobrino; pero también expresa un amargo reproche hacia su yerno. A su nieto le manda tal vez lo que más amaba: un cristo de marfil y cien libros firmados con su nombre y apellidos. Con respecto a los libros, el abuelo desea que los estudie cuando sea mayor «para que sea hombre». Bernabé García sabía del poder de la lectura, de su eficacia para liberarse de ataduras como la tradición y la cultura oral. El estudio, la lectura hace hombres libres, independientes, instruidos, mejor preparados para desenvolverse en la sociedad, y todo ello es lo que ----quería para su nieto 107. Con su sobrino Manuel Ruiz de Ahijado tuvo una sana y prolongada relación. Se entendieron bien y solucionaron sus asuntos sin recurrir a pleitos. Quizá representó para Bernabé García el hijo varón que le hubiese gustado tener. Le manda unos libros, el espadín, el bastón con puño de plata y la peluca «si le hiciese al caso». Para su yerno es la desaprobación. Le echa en cara que no haya cumplido con lo acordado en 1743 en lo tocante a su manutención y vestido: «Declara que dicho año de 1743, sus bienes libres los cedió y donó a su yerno e hija, con el cargo de que le vistiesen y mantuviesen. Lo que su yerno no ha cumplido en la forma que se obligó y como correspondía a la persona del otorgante. Lo cual, para los efectos que haya lugar y descargo de su conciencia, hace esta declaración» 108. A pesar de todo, Bernabé García parece que tiene en cuenta los difíciles años que se están viviendo cuando modifica, en el codicilo de 1751, algunos puntos del testamento de 1743. También suprime las misas de cabo de año y de función de honras, tal como las dispuso en 1743 110. La voluntad de Bernabé García es que su cuerpo «se amortaje en hábito de San Francisco» 111, y se introduzca en un ----ataúd «con tapa», forrado «con bayeta negra y guarnecido con cinta blanca». Quiere que se exponga «en el portal principal de su casa con cuatro hachas del Santísimo Sacramento en los blandones de la iglesia». De su casa a la iglesia le llevarán cuatro personas pobres que le hayan servido, y se realizarán las tres posas acostumbradas. Los debe cobrar el cura de Domingo Pérez, «para el fin de que evacuase lo que a su merced tenía comunicado, sin que su yerno ni hija tuviesen intervención ni lo impidiesen en modo alguno; pues para todo da y confiere amplias facultades a dicho señor cura.» Este codicilo ya no lo puede firmar. Tres días después, el 29 de noviembre de 1752, Bernabé García muere, y es enterrado el 30 de noviembre en la iglesia parroquial de Domingo Pérez 114. LA BIBLIOTECA DE BERNABÉ GARCÍA 115 En una época de España donde apenas se lee y escasamente se edita 116, llama la atención que una persona que vive en un medio rural cuente con una biblioteca tan sugestiva. La sociedad rural, por lo general, era una sociedad ignorante, encerrada en su mundo y estabilizada en su atraso. En las escrituras de dotes y capitales de los campesinos, como en las de inventarios, particiones de bienes y otras escrituras, los libros brillan por su ausencia. Fuera de eclesiásticos, médicos, escribanos y otras profesiones liberales, que si cuentan con libros entre sus bienes no suelen individualizarlos, nombrarlos uno a uno ----112 AHPT, protocolo 5.888. Se remite al folio 147 de su libro de caja. Bernabé García ha estado repasando el libro hasta en los últimos días de su vida, a la búsqueda de un dinero que necesita para lo que tiene dispuesto y comunicado al cura. 114 La partida de defunción en APDP, Libro de difuntos VII. 115 El fondo de la biblioteca se puede ver en el Apéndice. Si M. Sánchez Mariana piensa que el siglo XVIII trae más bibliotecas y que sus propietarios pertenecen a otras clases sociales que no son las habituales, R. Fernández Durán cree que en el Madrid de Felipe V y Fernando VI, salvo algunos nobles, secretarios, consejeros y profesionales liberales, eran pocos los que poseían bibliotecas (cito por ENCISO, L.M. (2002), Barroco e Ilustración en las bibliotecas privadas españolas del siglo XVIII, Madrid, Real Academia de la Historia, p. En el siglo XVIII se formarían más bibliotecas que en los siglos anteriores, pero todavía eran pocas. como lo hace Bernabé García, los campesinos, excepcionalmente, reflejan algún Flos Santorum. En un único caso, en la dote de la hija de un rico labrador de 1700, hemos encontrado «un libro de Quevedo en prosa» y otro De la diferencia entre lo temporal y eterno de Juan Eusebio de Nieremberg 117. Maxime Chevalier asegura que prácticamente todos los aldeanos están «al margen de la civilización de la escritura... Su cultura -pues no carecen de ella-es cultura fundamentalmente oral, a base de refranes, de cuentos tradicionales, de romances y canciones. No entran en el circuito del libro, no forman un público para los libreros -ni siquiera para los buhoneros. A este respecto viven lo mismo los labradores adinerados que los más humildes braceros, y muchos artesanos igual que los más pobres obreros: tendrán en sus arcas unos vestidos preciosos, unas joyas antiguas o alguna vajilla de plata, pero no compran libros» 118. Otros obstáculos, además del analfabetismo y la falta de instructores, dificultan el acceso de los campesinos al libro: su deficiente circulación, el desinterés por la cultura que encierra y su precio. Los libros son caros y sólo están al alcance de personas con suficientes recursos económicos 119. De aquí que se recurra al préstamo, como sabemos que Bernabé García lo practicaba con uno de sus sobrinos 120. 118 CHEVALIER, M. (1976), Lectura y lectores en la España de los siglos XVI y XVII, Madrid, Turner, p. Un capítulo dedica R. Chartier a los lectores campesinos franceses del siglo XVIIII, CHARTIER, R. (1994), Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza Editorial, pp. 177-199. 120 «Manda a Manuel Ruiz de Ahijado Bazán, su sobrino, los libros que tiene en su poder, excepto la primera parte de Mariana y la Curia Filipica» (Codicilo de Bernabé García, 16 de marzo de 1751, AHPT, protocolo 5.888). Sería interesante conocer mejor con qué intensidad se producía el intercambio de libros entre los habitantes del campo. No nos parece aventurado pensar que Bernabé García prestara sus obras de medicina al médico de la villa, como las vidas de santos o los tratados ascéticos a los clérigos que vivían en ella. De la misma forma que él recibiera préstamos de otras personas. Trevor J. Dadson asegura que el préstamo estaba muy extendido en España durante el Siglo de Oro, no sólo entre eruditos y gente poderosa, sino que entre la población más baja «se prestaba y pedía prestados libros con una frecuencia que podemos encontrar desconcertante... « (DADSON, T.J. (1998), Libros, Lectores y Lecturas. Estudios sobre bibliotecas particulares españolas del Siglo de Oro, Madrid, Arco/Libros, p. Conocemos, por ejemplo, el caso del cura de un pueblo cántabro que en el siglo XVII prestaba los libros de su biblioteca a sus fieles (M. Vaquerizo Gil, «La biblioteca de un sacerdote rural en el siglo XVII», en Altamira, I, 1975, cito por ENCISO, L.M. (2002), p. R. Chartier recoge testimonios de párrocos franceses favorables a que los campesinos lean y también testimonios en contra (CHARTIER, R. (1994), pp. 177-195). Según el inventario de 1743, la biblioteca de Bernabé García se compone de 78 títulos y 94 volúmenes. Los libros están escritos en castellano en el 93 por ciento, y en latín, en casi el 6'5 por ciento; hay algunas traducciones al castellano del francés y del italiano, y de algún otro libro resulta complicado conocer con certeza su lengua por la escasez de datos proporcionados. Predominan los editados en el siglo XVII (46 por ciento, aproximadamente), a continuación vendrían los del siglo XVIII (23 por ciento) y los del siglo XVI (15 por ciento); alrededor del 15 por ciento son de difícil localización. Bernabé García continuó comprando libros después de 1743 porque en el codicilo de 1751 manda a su nieto 100 libros «firmados con su nombre», y unos cuantos más, no se precisa el número, a su sobrino. Lamentablemente desconocemos la identidad de las nuevas adquisiciones de Bernabé García; mientras con otros gastos que realizó en esos años sí dejó constancia de ellos, no fue así con los libros 121. Si nos fijamos en el contenido de los volúmenes de la biblioteca, la materia que predomina es la religiosa. Los libros religiosos fueron los más editados en España durante toda la Edad Moderna 122. La biblioteca de Bernabé García reúne en torno al 42 ́3 por ciento de libros de asuntos religiosos, si entre ellos también incluimos las Vidas de Santos y de Vírgenes y la Historia eclesiástica. Si sólo tenemos en cuenta los libros de devoción y libros pastorales, las obras apologéticas, la literatura ascética, la teología moral y dogmática, sermonarios, etc., el porcentaje baja al 26'92 por ciento. A los religiosos le siguen los libros de Historia. Estos suponen el 29'48 por ciento si consideramos la Historia civil y la Historia eclesiástica, Hagiografías y Vidas de vírgenes. A la Historia civil pertenece el 14'1 por ciento; hemos incluido aquí un Atlas geográfico. Bernabé García contaba con alguna historia de características universales, historias de España, historias locales, etc. Poseía la Historia de España del padre Mariana, historiador revalorizado y estimado en el siglo XVIII, pero también algún que otro cronicón, textos denigrados por falsos en el mismo siglo 123. 123 Por ejemplo, entre las ideas historiográficas de Gregorio Mayans y Siscar estaban las de «reprobar con desdeñoso silencio los chronicones falsos, cuyo estudio fue introducir una chica se aprecia en las dos partes de la Historia de Toledo del Conde de Mora y en la Historia de Toledo de Francisco de Pisa. A continuación, con el 25'64 por ciento, vienen las obras de Literatura. La literatura barroca es la mejor representada, seguida, a la par, de la renacentista y de la dieciochesca. La literatura clásica griega (Aristóteles), la literatura clásica latina (Boecio) y los padres de la iglesia (San Agustín), están representados, respectivamente, con una obra; y en el caso de las dos primeras son exégesis de segundas personas. Junto a importantes escritores barrocos (Quevedo, Mateo Alemán, Gracián, Saavedra Fajardo 124 ), encontramos destacados escritores renacentistas (Hernando del Pulgar, Santa Teresa, Diego de Estella) y del siglo XVIII (Feijoo, Torres Villarroel, Gerardo Lobo). Nos atrevemos a afirmar que el género literario preferido por Bernabé García es el poético, seguido del narrativo. En cambio, carece de obras dramáticas, a no ser que entre los seis tomos de las obras de Quevedo se incluya algún entremés, o alguna comedia en las de Gerardo Lobo; pero siempre sería teatro menor, y no piezas de los grandes dramaturgos españoles del Siglo de Oro (Lope de Vega, Calderón, Tirso) o extranjeros (Shakespeare y Molière, por ejemplo) 125. También llama la atención la ausencia de obras de Cervantes, y especialmente de El Quijote. ---fabulosa historia llena de prodigiosas monstruosidades y vanissimamente ensalzadora de la gloria de España» (cito por STIFFONI, G. (1985), «Intelectuales, Sociedad y Estado», Historia de España, t. También Mayans consiguió que José Emanuel Miñana publicara en La Haya, en 1733, la continuación de la Historia de España de Juan de Mariana; y Feijoo tenía en alta estima la labor como historiador de Mariana (véase «Amor de la patria y pasión nacional», en Teatro crítico universal, II, Clásicos Castellanos, 1973, pp. 57 y 58). 124 Al igual que Mariana, Saavedra Fajardo fue un escritor recuperado en la primera mitad del siglo XVIII. En el rescate también participaron Mayans y Feijoo. El primero escribió en 1725 Oración en alabanza de las eloquentissimas Obras de Don Diego Saavedra Fajardo y el segundo se sirve de concepciones políticas de Saavedra Fajardo para alguno de sus discursos (STIFFO- NI (1985), pp. 86 y 87). Comentando la Oración de Mayans, el doctor don Tomás Navarro, examinador de las facultades de filosofía y teología de la Universidad de Valencia, en carta a don Andrés de Orbe y Larreátegui del 24 de febrero de 1725, arzobispo de Valencia, expresa los juicios siguientes sobre Saavedra Fajardo: «Celébrase en esta Oración el político más elocuente que ha tenido España... Si hubo algún Alejandro en la lengua castellana, ese fue don Diego; grande en el juicio, grande en la erudición, grande y casi inimitable en el decir... Hasta hoy se tuvo don Diego por elocuente entre muchos. Hoy se empieza a venerar por uno de los clásicos maestros de la elocuencia española» (Epistolario español. Colección de cartas de españoles ilustres antiguos y modernos. Recogida y ordenada con notas y aclaraciones históricas, críticas y biográficas por D. Eugenio de Ochoa, tomo segundo, Atlas, 1965, p. 125 Esta ausencia se puede explicar por el descrédito y decadencia en que cayó el teatro en la primera mitad del siglo XVIII, sin dramaturgos importantes ni obras geniales. También Percibimos, igualmente, un predominio de la literatura de carácter didácticomoralizante sobre la de puro entretenimiento, aunque de esto último encontramos autores festivos como Quevedo y Torres Villarroel, y textos amenos y divertidos como las Florestas de Melchor de Santa Cruz y de Francisco Asensio. Al grupo de la Ciencia pertenece el 17'94 por ciento. Sobresalen los libros de medicina y farmacia, pero también encontramos de aritmética, astronomía o divulgación científica. Por lo que suponen para el progreso de la ciencia y de la cultura de la España de entonces, destacamos el Curso químico de Lémery y la Filosofía escéptica del doctor Martínez. Menos trascendentes son el Tyrocinio pharmacopeo de Fuente Pierola, calificado de tratado ecléctico por López Piñero 126 y de galenista por Puerto Sarmiento 127; y El monstruo horrible de Grecia de Bustos de Olmedilla, que, aunque criticado por los defensores de las doctrinas más tradicionales, no es considerado un novador pleno. Sin embargo, se echa en falta la obra de Félix Palacios, Palestra Pharmacéutica chímico-galénica, para Puerto Sarmiento «texto de obligatoria tenencia en las boticas españolas» 128. Plenamente preilustradas, dentro de la órbita intelectual de los novadores, son: el Curso chymico de Nicolas Lémery, la Philosophia Scéptica del doctor Martínez, el Teatro crítico universal de Feijoo y las Memorias de Trevoux. Sorprende que la biblioteca no contenga ningún libro de agricultura, materia que necesariamente debía interesar a Bernabé García. Quizá fueran estas obras de las más comunes en el campo, y las recibiera en préstamo. ---pudo influir en Bernabé García la opinión de la iglesia, que consideraba el teatro un foco de inmoralidades y una ruina espiritual. 126 LÓPEZ, J. Ma (2002), «La Medicina», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. 129 En relación con los porcentajes indicados, debemos tener presente que varias de las obras se han contabilizado en más de una materia. Por ejemplo, los libros de Santa Teresa y Diego de Estella están incluidos en los religiosos y en la literatura renacentista; las Empresas políticas de Saavedra Fajardo, en la literatura barroca y en la política; el Teatro crítico de Feijoo, en la literatura del siglo XVIII, en la divulgación científica y en los enciclopédicos, etc. Son casi siempre los libros de literatura, pero también los de divulgación científica coinciden con los de características enciclopédicas. Hemos comparado la biblioteca de Bernabé García con la de don Francisco Corral, su coetáneo, también boticario y toledano, aunque vivía en Madrid como ayudante del boticario mayor del rey. Establecemos las siguientes consideraciones 130: -La biblioteca de don Francisco Corral se compone de 140 títulos y 182 volúmenes, prácticamente dobla a la de Bernabé García. -Está muy condicionada por la profesión de su dueño. Las obras de medicina y farmacia son las más abundantes. Entre las primeras cuenta con obras de Hipócrates, D. Sennert, J. Baglivi, R. Morton, P. de Rotundis, I. Catalán, L. de Capua, G. Bustos de Olmedilla, etc. Entre las segundas posee varias Farmacopeas como la de Fuente, la Valentina, la de Palacios, la Batecina, la Triunfante, la Extemporánea, la Pharmacopea Matritensis; también el Curso chymico de N. Lémery, el Tratado de botica de L. de Oviedo, el Tyrocinium pharmaceuticum theórico práctico de J. de Loeches, el Tyrocinium chymicum e naturae de J. Beguin, libros de flebotomía, etc. -Los libros de asunto religioso siguen en número a los de medicina y farmacia, pero no tienen el peso que en la biblioteca de Bernabé García. -La materia histórica y literaria se encuentran en menor proporción que en la Biblioteca de Bernabé García. En cambio, hay mucha mayor presencia de literatura clásica latina. -Contiene obras de teatro de Calderón y de Molière. -Posee libros en lengua francesa e italiana. Destacan los franceses, donde además de obras literarias hay gramáticas, libros de viajes por Francia, etc. La influencia de la Corte de los Borbones es evidente. -Coinciden en algunas obras (Tyrocinio pharmacopeo de Fuente Pierola, Curso Químico de Lémery, Historia de España de Mariana, El monstruo horrible de Grecia de Bustos de Olmedilla, Excelencias de la misa), y en algunos autores (Mesué, Gerardo Lobo, Quevedo, Gracián, Santa Teresa). Ninguno cuenta con obras de Cervantes. -La biblioteca de don Francisco Corral no nos parece mucho más rica en contenidos y en diversidad que la de Bernabé García. Cuenta con libros ----130 Debemos advertir que es un cotejo somero, orientativo, entre otras razones porque no todas las obras de la librería de don Francisco Corral se han identificado (BARRIO, J.L. (2001), «La Biblioteca de don Francisco Corral, ayuda de Boticario Mayor de Felipe V y Fernando VI (1748)», Anales Toledanos, XXXVIII, Diputación Provincial, 131-144). de asuntos y materias distintas que no tiene Bernabé García, como éste posee otros de los que aquél carece. -Tampoco nos parece que sea mucho más novadora que la de Bernabé García. Sin embargo, la de Bernabé García es más representativa del modelo barroco de biblioteca (abundancia de obras religiosas, históricas, literarias, y predominio del castellano y del latín); la de don Francisco Corral está más cerca del modelo ilustrado (descenso de libros religiosos y aumento de los científicos, mayor presencia de literatura clásica griega y latina, inclusión de obras de teatro, libros de viajes, gramáticas y diccionarios, además del castellano y del latín, obras en francés, italiano, etc.) 131. Pensamos que la biblioteca de Bernabé García es producto de sus gustos, de sus intereses, de su idiosincrasia, y por ello nos ayuda a conocer mejor a su dueño. Era una persona muy religiosa. Vivía su fe día a día como demuestran el Breviario dominicano y el Día lleno que poseía. Ferviente devoto de la Virgen, para la que mandó ejecutar el retablo mayor de la parroquia y la imagen que lo preside, y también de los santos. Debía ser un hombre de moral muy estricta, inclinado a la polémica, sin despreciar el lado placentero y divertido de la vida, el gusto por la burla y el chiste 132. Su convencimiento de pertenecer al estado noble y su obsesión por demostrarlo explican los libros de genealogía. Como su profesión de boticario explica los de medicina y farmacia, y sus negocios y los cargos municipales que ocupó (como otros de mayores vuelos a los que aspiró), están detrás de las obras de derecho y política. El resto responde a su curiosidad intelectual, a sus deseos de cultura y a su afición por la lectura. La biblioteca, en suma, nos presenta una personalidad de Bernabé García tradicional, conservadora, arraigada en el siglo XVII, fundamentalmente marcada por el peso de la religión; pero también nos descubre una personalidad que se abre a las novedades intelectuales, que mira hacia el futuro. Quizá hiciera suyas estas palabras de Feijoo: «Es menester huir de dos extremos, que igualmente estorban el hallazgo de la verdad. El uno es la tenaz adherencia a las máximas antiguas; el otro la indiscreta inclinación a las doctrinas nuevas. El verdadero philósofo no debe ser parcial ni de este ni de aquel siglo. En las Naciones extranjeras pecan mucho en el segundo extremo; en España casi todos en el primero» 133. 132 Sospechamos, por algunos de los libros, ideas antisemitas y misóginas en Bernabé García. La trayectoria vital de Bernabé García coincide con las distintas etapas del periodo preilustrado. Es un adolescente cuando surgen los primeros síntomas de cambio, un joven maduro cuando comienza la polémica entre novadores y tradicionalistas, un adulto cuando sale a la luz el primer tomo del Teatro crítico de Feijoo y la polémica novadores/tradicionalistas se aviva, y un anciano a punto de morir cuando el movimiento ilustrado inicia su triunfo. Bernabé García no fue ajeno a todos estos momentos. Tomó parte en ellos con la conciencia e intensidad que sus ocupaciones se lo permitían, pero su genio despierto y atento a todo lo que pasaba a su alrededor no consentía la indiferencia. Desde muy pronto toma partido por los borbones y participa activamente en la Guerra de Sucesión. Con el rigor que le caracteriza reúne los impuestos que la monarquía necesita para la contienda y trabaja con empeño en crear las quintas y sortear los soldados que las milicias demandan 134. Manifiesta ideas regalistas cuando combate en las sesiones del ayuntamiento los privilegios de los eclesiásticos y sus fraudes a la Hacienda Real. Sufre la rivalidad de presbíteros que compiten con él en los mismos negocios. A ningún vecino se le escapa que cada año ellos son más pobres, mientras los clérigos se hacen con las mejores haciendas, no pagan impuestos y disfrutan de saneadas economías; sin censos que les agobien. Esta situación crea un malestar creciente, y acaso odio, hacia unos eclesiásticos insensibles y nada solidarios. No sabemos cómo hubiese procedido Bernabé García con el otro estamento privilegiado de darse una situación similar. Pero hacía muchos años que no vivían hidalgos en la villa 135 y él, por otra parte, aspiraba a pertenecer a dicho estamento 136. Bernabé Gar-----134 Indica A. Domínguez Ortiz que «la masa de la población no tenía ningún deseo de participar en una guerra dinástica, pero los ministros franceses que acompañaban a don Felipe eran mucho más enérgicos que los funcionarios de Carlos II; con amenazas y promesas consiguieron movilizar aquella masa inerte. Se hizo responsables a las autoridades municipales de la movilización, prometiendo la hidalguía a los que sirvieran como oficiales; se exigieron tributos sin contemplaciones,...» (DOMÍNGUEZ, A. (2000), España, tres milenios de historia, Madrid, Marcial Pons, p. Algún testigo de la información de 1726 relata cómo Bernabé García estaba dispuesto a alistarse en el ejército «para lograr las preeminencias que su majestad ofrecía». Quizá viera aquí otro medio para acceder a la hidalguía. 135 Había un hidalgo que sepamos, Juan de Celis y Dosal, testigo en la información de Bernabé García en 1726, que por problemas económicos no puede llevar a cabo las probanzas de hidalguía (véase su testamento, del 3 de septiembre de 1741, AHPT, protocolo 5.887). 136 Varios motivos nos llevan a pensar así: 1/ El apellido 'Cabeza de Vaca' por parte de su madre y el 'don' que aparece delante de los nombres de los abuelos maternos y de la abuela cía no abusó del poder como era común entre los oligarcas locales. En la información de 1726, con los reparos que se quieran alegar, es presentado como una persona íntegra, honrada, justa, eficaz, transparente, que busca el beneficio de toda la comunidad. Se propuso no perjudicar a los pobres y arreglar las disputas y disensiones que se originaban entre los ricos a la hora de repartir impuestos. Su rigor, firmeza y orden en la gestión municipal pretendía acabar con la arbitrariedad y la anarquía anterior. Bernabé García padeció dificultades económicas, unas más apremiantes que otras, durante toda su existencia. No se vio favorecido por los momentos históricos que vivió, con guerras, aumento de tributos, etc. Dejó su profesión de boticario porque aspiraba a cotas sociales, económicas y políticas superiores. Tampoco tuvo suerte con las cosechas, y sufrió malos años que le castigaron duramente. No entendemos cómo no abandonó algunas actividades y negocios, como los arrendamientos de diezmos, que tanto le endeudaron. Por otro lado, fue un hombre generoso, desprendido, que mantuvo un nivel de vida que, en muchos momentos, no podía sostener. Bernabé García ofrece una personalidad compleja, rica en interesantes facetas. Por su espíritu emprendedor, inquieto, sus diferentes negocios y el volumen de ellos, sus deseos de crear un capital que le permitiese vivir de forma desahogada y confortable 137, etc., es casi un burgués 138. No un burgués gen----paterna, en la partida de matrimonio de sus padres. 2/ Los libros de genealogía de su biblioteca, uno de ellos referido a la casa Cabeza de Vaca. 3/ El privilegio del rey que alega para no declarar en el padrón de 1696. 4/ Su insistente ocupación en los arrendamientos de diezmos, actividad, según Domínguez Ortiz, con la que se conseguía ascender socialmente. 5/ La información de 1726, con la que quería demostrar sus méritos y virtudes personales, su vida modélica, enteramente entregada a Dios, al rey y a su comunidad (la nobleza por méritos más que por herencia se impone en el siglo XVIII). 6/ Actuaciones propias de la nobleza, como financiar obras en la iglesia y ganar sepulturas en lugares privilegiados. 137 La escritura de convenio y traspaso de bienes a su hija y yerno de 1743 y el codicilo de 1751 nos ayudan a entender el nivel de vida de Bernabé García. En ella abundaban los cuadros de tema religioso, pero también se pueden contemplar paisajes, ciudades, estampas, mapas y conclusiones. Destacaban las pinturas de un Eccehomo, en marco de talla dorado, de Antonio Palomino; y un San Ambrosio, en marco negro, del Greco. Entre las esculturas sobresalía la imagen de la Virgen de la Concepción que después donó a la iglesia, el Cristo de marfil con cruz y peana de ébano y un Niño Jesús, más modesto, con peana encarnada. Poseía objetos de plata y oro, piedras preciosas y joyas. Con respecto a los vestidos femeninos y masculinos son apropiadas estas palabras de A. Domínguez Ortiz: «las clases medias y pudientes manifestaba su poder económico y de clase a través del vestido» (DOMÍNGUEZ (1984), p. En los vestidos femeninos sobresale la seda en tilhombre a la manera de como lo retrata Molière en su conocida comedia del mismo nombre. Con Jourdain coincide en las ganas por emparentar con la nobleza. Pero mientras el protagonista de Moliere es ignorante, ridículo, sobrado de dinero; Bernabé García es culto y con dificultades económicas. Ya hemos indicado cómo Bernabé García está atento a las novedades intelectuales que poco a poco van introduciendo los preilustrados. Algunas obras de su biblioteca como las Memorias de Trévoux o la Filosofía escéptica del doctor Martínez respaldan lo que decimos. Pero también ciertos temas queridos por los novadores: la preocupación por lo público, el conocimiento de la historia nacional, la organización del ejército, el respeto por la justicia, etc. En los años que ocupó cargo municipal, o como repúblico, desde el ayuntamiento se tomaron iniciativas para limpiar calles, arreglar caminos, vigilar la higiene de las carnicerías, mejorar la provisión de agua potable, edificar fuentes públicas, etc.; medidas todas más racionales, propias de los nuevos aires que corren. Pero también nos encontramos el lado tradicional de Bernabé García. Como hombre de su tiempo estuvo condicionado por el enorme peso que ejercía la iglesia en la sociedad de entonces. La materia religiosa es la predominante, y con mucha diferencia sobre las demás, en su biblioteca. Bernabé García fue un hombre de fe y de creencias sinceras, que practicaba su religiosidad día a día. También aquí se mostró una persona muy activa, haciendo todo lo que ---pañuelos, cordones, puntillas, medias, cotillas, trajes y basquiñas. Abundan las últimas: basquiñas de felpa, de damasco, de teletón, de camelote; pero se dispone también de mantos, mantillas, guantes bordados, volantes de puntilla de plata, plumajes para el sombrero, adornos para el pecho, abanicos, almillas de princesa, etc. Bernabé García, además de diferentes casacas y otras prendas de vestir, contaba con espadín, bastón con puño de plata, peluca, un vestido de carro de oro con botonadura de plata y marfil, una chupa de gorgorán de Florencia y una capa de grana. Entre el vidriado y la loza hay fuentes, platos, vasos, tazas, cuencos, etc. Varios de ellos se denominan «finos» y llevan el nombre y los apellidos de su dueño. El mobiliario está compuesto de sillas, bancos, sillones, escabeles, mesas, arcas; un bufete, un escritorio y un escaparate, todo de nogal. El brasero y el calentador de bronce. Ropa para camas, mantelerías, cortinas. La cocina dispone de todo los útiles, hasta dos chocolateras de azófar y una garapiñera con su corcha. Finalmente, Bernabé García contaba con una calesa para sus desplazamientos. 138 Tenemos en cuenta las precisiones de Vicens Vives cuando sólo admite como verdaderos burgueses, en la España del siglo XVIII, a los comerciantes gaditanos y a los fabricantes catalanes; y no sin objeciones, pues eran muy conservadores en asuntos religiosos, políticos y sociales. El resto, que ni era comerciante gaditano ni fabricante catalán, formaba parte de las «clases medias influyentes» (cito por DOMÍNGUEZ (2000), p. No obstante, también debemos considerar la Real Cédula del 13 de marzo de 1650, por la que «los farmacéuticos dejan de ser considerados miembros de los gremios artesanales menores y pasan a pertenecer a la burguesía consolidada ya durante el Barroco.» La farmacia deja de ser un Arte manual y se convierte en un Arte científica (PUERTO (1997), p. Ejerció de mecenas artístico en la iglesia, mejoró ritos, introdujo novedades en algunas ceremonias, siempre en beneficio de la veneración del culto divino y el fomento de la devoción de los fieles. No sabemos con qué grado de escepticismo o de entusiasmo participaba en las rogativas y romerías que se aprobaban en los concejos municipales por motivo de sequías, langosta y otras calamidades. Un año antes de que saliera el primer tomo del Teatro crítico de Feijoo, asiste a lo que el escribano titula «Testimonio del prodigio de haber criado la majestad divina en un tejado un macollón de trigo, y granadole[sic]139, este año de 1725»140. El suceso nos recuerda a los muchos milagros y prodigios que denunció Feijoo como falsos, y que no eran sino fenómenos naturales141. La lectura de Feijoo y de otros textos similares le ayudarían a superar las supersticiones, a razonar y a pensar por sí mismo. Por último, podríamos ver un Bernabé García con ciertas cualidades que le acercan a los proyectistas o arbitristas del siglo XVIII 142. Es decir, una perso-----na preparada, con los conocimientos suficientes para responder a los problemas políticos y económicos de España. De esta forma lo describieron los testigos de la información de 1726 y ya hemos mencionado las medidas que se tomaron en el ayuntamiento promovidas por él. Claro está que no podemos comparar una villa con todo un país. No obstante, encontramos algunos puntos en común entre Bernabé García y Francisco Máximo de Moya Torres, autor del Manifiesto universal de los males envejecidos que España padece, publicado en 1730 143. Bernabé García no estuvo al margen de su tiempo, a pesar de residir en un ámbito rural, alejado de la corte y de centros urbanos. Vivió la primera mitad del siglo XVIII, cuando todavía la iniciativa de cada español prevalece sobre cualquier tutela que se imponga desde arriba. Kant definía la ilustración como la «manifestación del espíritu que osa pensar por sí mismo». La lectura le liberalizó de dependencias y de ataduras, le hizo ser un hombre independiente, libre. Aquí creo que reside el mérito de Bernabé García, en la capacidad de vivir su época con autonomía a pesar de las desventajas con las que contaba 144. Por educación y cultura, por las virtudes que aplica Fontanelle a los ilustrados145, por su concepción de la monarquía146, entre otras razones, creemos que Bernabé García hubiese sido un ilustrado convencido de haber vivido la segunda mitad del siglo. ---tos», que «mira más hacia el futuro, propugna cambios en el modo de hacer las cosas, incluso en el modo de ser de las mismas». Después escribe: «Modernización, proyectismo, reformismo, coinciden en el siglo XVIII no sólo en la búsqueda de una mayor eficacia, sino en la búsqueda de lo nuevo, en el rechazo de lo antiguo, de los modos que han sido derrotados.» Para la identificación de los títulos, además de obras de referencia y monografías, se ha utilizado el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español y el Catálogo Bibliográfico Ariadna de la Biblioteca Nacional, Libros Antiguos anteriores a 1831 (los dos se pueden consultar en www.bne.es). Siempre hemos preferido, cuando ello era posible, las ediciones de Madrid y Toledo (las ciudades más visitadas por Bernabé García), las ediciones del siglo XVIII, sin dejar de mencionar las primeras u otras ediciones, y las que no superaran el año 1743, año del inventario. Hemos respetado la ortografía, la puntuación y la acentuación de los títulos de las obras originales. «La edición del Dioscórides más célebre es la del médico italiano Pier Andrea Mattioli (1501-77); no es la suya la primera efectuada en Italia, pero sí la más influyente en su país y en el resto de Europa... Su extraordinario éxito se atribuye a las anotaciones y los grabados. Las dos primeras ediciones aparecieron sin dibujos, luego con unos pequeños e imperfectos y, a partir de la de Praga de 1562, con unos grabados bellos, grandes y de tendencia naturalista; además, Mattioli superó el excesivo respeto de los traductores anteriores para con el autor original y mejoró sus sucesivas ediciones mediante su propia experiencia terapéutica y herborizadora.»( PUERTO (1997), p. 777-857), conocido en latín como Mesué senior, «es un nestoriano, hijo de un practicante de Farmacia del Hospital de Yundisapur a [5].-Un Mesue nuevo añadido de folio ---90 r. 153 ---quien en el año 806 se le encarga de la traducción de textos griegos y escritos hipocráticogalénicos. Este Mesué, de gran fama en la Europa Medieval, será traducido al latín y conocido como Mesué Ioannis Damascenni.»(MUÑOZ (1994), p. Consúltese, también, HIRSCH, A. (1962), Biographisches Lexicon, t. Hemos interpretado el adjetivo «antiguo»(como «nuevo» en la nota siguiente) aplicado a la persona del autor; es decir, como si se tratara de distinguir un Mesué 'viejo','senior', de otro 'joven','junior'. Pero también el adjetivo «antiguo»(como después «nuevo») podría referirse a la obra 'vieja','estropeada','deteriorada', o cronológicamente anterior, de un mismo autor. 152 Se refiere a Mesué junior o Joannes Mesue, así conocido en latín, «cuyas obras sobre medicinas simples y compuestas (Canones y Antidotaria) sólo se conservan en la versión latina y desempeñaron un importante papel en la terapéutica medicamentosa (médicos y boticarios) bajomedieval.» (GARCÍA, L. (2002), «La actividad intelectual médica de las minorías judía y mudéjar», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. Las obras de Mesué junior se organizan «al modo del Canon de Avicena, que constaba de un tratado de materia médica -citado habitualmente como Canones-, seguido de un antidotario más amplio que el de Nicolás, al que se añadía un libro de terapéutica con los remedios ordenados según la estructura de la patología que hizo canónica el galenismo bajomedieval: remedios para las enfermedades particulares, ordenados de la cabeza a los pies; remedios contra las afecciones de carácter universal, como las fiebres, los apostemas, los venenos; por último, las medicinas destinadas al ornato con el amplio e interesante capítulo sobre la cosmética» (GARCÍA, L. (2002), «La 'Çiençia y el ofiçio de la boticaría' «, Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. Para Francisco Javier Puerto Sarmiento el Antidotarium sive Grabaddin medicamentorum compositum, conocido como los Cánones de Mesué, «es el texto de mayor incidencia en la farmacia renacentista e incluso barroca e ilustrada.» 153 Es la obra de Jerónimo de la Fuente Pierola titulada Tyrocinio pharmacopeo: methodo medico y chimico en el qual se contienen los canones de Ioanes Mesue Damasceno, y su explicacion...: ponese assimismo el Proemio de Dioscorides, traducido en castellano Tyronibus y vn antidotario medico y chimico, que comprehende todos los compuestos que oy están en vso en este Reyno de Castilla, compuesto por Geronimo de la Fuente Pierola... boticario, y vezino de esta villa de Madrid..., Madrid, 1683. Según José María López Piñero la obra de Fuente es un tratado farmacéutico ecléctico que, a partir de 1660, se editó en seis ocasiones (LÓPEZ, J. Ma (2002), «La Medicina», Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla. Para Francisco Javier Puerto el mérito mayor de la obra «es haberse atrevido a incluir el término Chimico en el título, pero el libro es fundamentalmente galenista... La claridad expositiva del texto, la elegancia en la relación y, seguramente, la posición institucional del boticario [fue Boticario Mayor del Hospital General y de la Pasión de Madrid y oficial de la Real Botica] hicieron que su libro fuera muy consultado y reeditado.» 223 [79].-Cinco tomos de las memorias de Trebeus de Francia por las ciencias de París ---25 r. Francisco García, autor del Día lleno (véase nota 214), es autor de Gloria y excelencias de San José. 221 Melchor de Santa Cruz Dueñas, Floresta española de apotegmas o sentencias, sabias y graciosamente dichas, de algunos españoles, Toledo, 1574. Obtuvo un considerable éxito editorial y se tradujo al francés, inglés, italiano y alemán. 223 Pensamos que puede referirse a una de estas obras: Andrés Martí, Proyecto que D. Andres Marti... pone a los... pies de Vuestra Magestad, Sobre la limpieza de las calles de Madrid, construcciones de Jardines, Huertas, y Arbolados en sus cercanias, y considerables utilidades que de todo resultan à favor de la Real hacienda de V. Mag. Villa, y Corte, Arzobispado de Toledo, bien comun, y particular; y se satisface à algunos reparos puestos à este Proyecto..., Madrid, 1738; o Vicente Alonso Torralva, Empeño español que hace patente el modo de limpiar las calles de Madrid con modo no practicado en España: propone algunos reparos acerca de la limpieza, à el proyecto de D. Andrés Martí, y hace patente el modo practico de la condución del Rio Xarama / escrito por D. Vicente Alonso Torralva..., Madrid, 1738. De la imprenta surgieron, a partir de 1701, el Journal de Trévoux, dirigido por los jesuitas, y el Dictionnaire. El Journal tenía por objeto informar a Europa de los avances que se producían en las Artes y en las Ciencias. En España, asegura J. L. Alborg, las «clases educadas, al no poder hallar en su país los libros que exigían su afán de ilustración, acudían cada vez más a las publicaciones extranjeras, particularmente a las francesas, que les ponían en contacto con todo el movimiento intelectual de Europa.» Por otro lado, A. Domínguez Ortiz escribe: «En el discurso [de Feijoo] titulado 'Nueva precaución contra los artificios de los alquimistas' dice que podría haber en España diez personas que tuviesen las Memorias de Trévoux, pero que no cree las hubiesen leído más de tres o cuatro» (DOMÍNGUEZ (1980), p. El Diario de los literatos de España (1737-1742), quizá la publicación periódica más importante del siglo XVIII, confiesa, en la Introducción al tomo I, tener como modelo las Memorias de Trévoux, «que comenzaron con el siglo presente, empleándose en ellas con manifiestas ventajas a todos los demás Journalistas, los Padres de la Compañía de Jesús, como se demuestra en lo selecto de las Obras que extractan, en la exactitud y extensión de los Extractos, en la equidad con que critican los Libros, y en el urbano artificio con que dan a conocer los defectos [80].-Atlas abreviado de todo el mundo, con estampas de todo él impresas ---66 r. En 1742, don José de la Torre inicia la traducción al castellano de las Memorias de Trévoux bajo el título Memorias para la Historia de las Ciencias y Artes, que se empezaron a imprimir en el año 1701 en Trévoux. Todavía Francisco Mariano Nipho, en 1763, con el Diario Estrangero, publicación semanal que duró 22 números, tenía entre sus modelos a las Memorias de Trévoux (además de la obra citada de Alborg, ENCISO, L. M. (1985), «Prensa y Opinión pública», Historia de España, t. 225 Hay ediciones de finales del siglo XVII y del siglo XVIII, casi siempre en ciudades extranjeras. Indico ésta de Madrid de 1709: Francisco de Aefferden (1653-1709), El atlas abreviado o compendiosa geografia del mundo nuevo antiguo y nuevo...: ilustrada con quarenta y quatro mapas... Hay otro atlas de Ginés Campillo, pero ya de 1746, Compendio curioso del atlas abreviado: el que con mucha claridad da noticia de todo el Mundo, y curas inventadas, Sevilla. 226 Aunque el título no ofrece dudas del contenido de la obra, no hemos encontrado ninguna que reúna la historia de los papas y de los reyes. 227 Los breviarios son libros que recogen los rezos eclesiásticos de todo el año. El común a todas las iglesias de occidente es el Breviario Romano. El Breviario Dominicano fue redactado por Humberto, general de la orden de París, en 1253. Se diferencia del Romano en algunas particularidades de las iglesias de París del siglo XIII, en la inclusión de todos los santos de la orden de Santo Domingo, en que la Salve Regina es la antífona final en la lectura del Martirologio, etc. 228 No hemos localizado una obra con tal título. Nace en Teruel y muere en Toledo. Fue maestro de humanidades, filosofía y teología, y rector del Colegio de Salamanca. Se distinguió como orador sagrado. Su principal obra es el Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana, Toledo, 1618, cuyas ediciones se han sucedido a lo largo de los siglos y ha estado en uso en las escuelas hasta el siglo XX. Es autor también de Suave coloquio del pecador con Dios, la Versión del latín al español del libro de Contemptus Mundi, de Kempis, y de libros panegíricos y de exhortaciones espirituales. Menos probable, creemos, es que se trate de Juan Martínez de Ripalda (1594-1648), teólogo nacido en Pamplona y muerto en Madrid. Fue catedrático de teología escolástica en Salamanca y de moral en Madrid, y en ambas materias se le reconocieron sus méritos. Sus opiniones se calificaron a veces de ingeniosas y audaces. Disputationes theologicae de ente supernaturale, Burdeos, 1634, pasa por ser su principal obra. -LIBROS QUE HEREDA BERNABÉ GARCÍA: • Un libro grande titulado Guido, 20 r. 230 • Otro libro grande titulado Anatomía, 18 r. • Otro libro grande titulado Fabricio, 24 r. 232 -LIBROS QUE HEREDA DOÑA MARÍA GARCÍA: • Un libro de cirugía titulado Dionisio Daza, 33 r.
La enseñanza agrícola en España durante el primer tercio del siglo XIX estuvo vinculada a la labor de Antonio Sandalio de Arias. La Real Sociedad Económica Matritense fue el escenario donde desde 1809 difunde sus enseñanzas. Arias encontró en esta sociedad ilustrada el vehículo idóneo para su propósitos docentes, debido a la influencia que ejercía sobre las restantes sociedades de Amigos del País y a su buena relación gubernamental. cente, debido a la relativa influencia centralizadora que poseía sobre las restantes sociedades de Amigos del País y a su relación con el gobierno. De hecho, compartió los criterios que conservaban reformistas moderados como Esteban y Claudio Boutelou con respecto a la estructura y a la legislación agrarias. Esos criterios debieron predominar en la Matritense en el período que estudiamos', concediéndole a esta institución un papel activo en la educación agrícola de los labradores propietarios. A ese interés de Arias por la promoción de la enseñanza agrícola desde el contexto de la Real Sociedad Económica Matritense le prestaremos atención, agradeciendo el apoyo recibido en esa venerable institución en la consulta de sus fondos documentales. El afrancesamiento de la Real Sociedad Económica Matritense: su apoyo a José Bonaparte A pesar de la presencia del ejército francés, la Real Sociedad Económica Matritense mantuvo en gran medida la continuidad de sus tareas durante el mando militar de Murat y el reinado de José I. El período que se inicia con la reinstalación del rey Bonaparte en Madrid, en octubre de 1809, debió ser mucho más estable para la Sociedad debido al apoyo directo de los funcionarios del nuevo monarca. A instancia del entonces Ministro del Interior, Manuel Romero, el rey manifestó el 7 de octubre su deseo de que se reorganizara la Sociedad, gestión que llevaron a efecto el marqués de Almenara y Carlos Montargis sin que ostentaran el título de director. De hecho, los españoles afrancesados asumieron las funciones más importantes dentro de la Sociedad: la dirección fue, en definitiva, ocupada el 27 de noviembre de 1810 por el marqués de Almenara, Ministro del Interior desde principios de enero de 1810; le siguió en ese puesto, el 14 de diciembre de 1811, Manuel María Cambronero quien desempeñaba la Secretaría de Estado con el rey francés y, por último, el 16 de enero de 1813, se hizo cargo de esa responsabilidad Claudio Boutelou -director del Real Luego del discurso del Secretario Antonio Siles y de la entrega al rey de seis tomos de las Memorias de la Sociedad, José I señaló que «le eran muy gratas las ocupaciones de la Sociedad en medio de los desastres de la guerra y la revolución (...) que tenía a bien se inscribiera su nombre al frente del Catálogo de los individuos de este cuerpo patriótico...»"^. Hasta ese momento -octubre de 1812-los afrancesados habían confiado en la viabilidad de una monarquía bonapartista para establecer reformas de carácter moderado en la estructura agraria de España. Dentro de las posibilidades que le brindó la guerra al gobierno de José I, gran interés debió despertar en los integrantes de la Sociedad Económica algunas medidas encaminadas a beneficiar a los campesinos: en noviembre de 1809 los corregidores e intendentes recibieron circulares del gobierno para que vigilaran de cerca las labores agrícolas con vista a garantizar la subsistencia. Sin embargo, mayor alcance debieron tener los Decretos de 23 de mayo y de 1 de septiembre de 1809 que adjudicaban en arriendo las tierras sobrantes de los Sitios Reales de Aranjuez y de San Fernando. En ese contexto. también fue de gran importancia el Real Decreto de 17 de abril de 1810 que revitalizaba el asentamiento poblacional en Sierra Morena y en AndaluciV. Sin embargo, las primeras reformas de José I encaminadas a solucionar la situación agraria de las regiones que se hallaban bajo su jurisdicción debían ser complementadas con la extensión de la enseñanza agrícola a esos territorios ya que, hasta entonces, esa actividad docente había recaído en el Real Jardín Botánico de Madrid a través de la cátedra que regentaba Esteban Boutelou desde 1807. De hecho, el rey bonapartista había mostrado su interés en propiciar el desarrollo de esa enseñanza en el Jardín Botánico^, y por tanto, debía estar inclinado a favorecer su extensión hacia otras regiones de la península aunque no se adoptara ese modelo de institución docente. De esa forma, se creaban las condiciones para que Antonio Sandalio de Arias se preocupara, en septiembre de 1809, por presentar su proyecto de Escuelas de Agricultura. Antonio Sandalio de Arias y su «Discurso para la formación de un plan de Escuelas de Agricultura »(I809) Imbuido de la esperanza que le proporcionaba el gobierno de José I, Arias presentó en Junta de la Sociedad Económica Matritense del 9 de septiembre de 1809 su «Discurso para la formación de un plan de Escuelas de Agricultura»'^. Estructura del Estado Español Bonapartista, CSIC, Madrid,. ^^ Como reflejo de ese interés, José I decretó el 18 de febrero de 1809 la inmediata distribución de los terrenos, que procedentes de la huerta del Convento de los Jerónimos y de la corta porción que mediaba entre aquélla y el Observatorio del Retiro, debían ser utilizados para el establecimiento «de las escuelas prácticas y de observación indispensables para enseñar por el libro de la Naturaleza, la agricultura y la economía rural, dando luego principio al de las plantas». El traslado del botánico -de origen colombiano-Francisco A. Zea como jefe de división del Ministerio del Interior no significó una actitud indiferente del gobierno hacia la institución botánica ya que en su puesto de director del Jardín lo sustituyó el segundo profesor y jardinero mayor, Claudio Boutelou, mientras que su hermano Esteban pasó a ser el nuevo segundo profesor desde su plaza de catedrático de Agricultura y Economía rural. A pesar de las dificultades financieras del gobierno y de algunos excesos de los soldados franceses, los hermanos Boutelou mantuvieron las lecciones públicas de Botánica y de Agricultura en el Jardín como lo indicaba la Gaceta de Madrid al anunciar el comienzo de las mismas el 11 de abril de 1812 y el 12 de mayo de 1813. Véase MERCADER RIBA, J. (1983), pp.543-544. "^ En el Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense no se encuentra depositado el «Discurso» de Arias, al quedar en poder del auutor (leg.206, expte.l9). El ejemplar que hemos consultado se localiza en el archivo del Real Jardín Botánico de Madrid, donde fue depositado por Arias, e indica erróneamente la fecha de su presentación en la Sociedad Matritense (I, 23, 2, 16). Aunque Arias no lo menciona suponemos que el recuerdo de las Escuelas de Agricultura que surgieron en diversos lugares de la península a finales del siglo XVIII debieron servirle de base para su proyecto. En dos de las poblaciones españolas más importantes, Zaragoza y Valladolid, las Sociedades Económicas habían fundado escuelas de enseñanza agrícola. La de Zaragoza se supone que fue inaugurada entre los primeros años de la década de 1780 y el año 1789. Por su parte, la Escuela de Agricultura del reino de Aragón ya era una realidad en diciembre de 1780 cuando un activo miembro de su Sociedad, Ramón Amat y Mauleón de Osório, presentó el «Diálogo de Agricultura para la Escuela de este arte en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País». La actividad de esta Escuela fue de gran interés para la época^. También surgieron Escuelas en poblaciones de menor categoría, como la de Pedreguer que pertenecía entonces a Valencia y que fue promovida por un grupo de prominentes vecinos con la mediación de la Sociedad Económica Valenciana^ Estas circunstancias demostraban que las Sociedades Económicas podían ser los mecanismos ideales para llevar a efecto el proceso de institucionalización de la enseñanza agrícola en la península. De hecho, se reconocía la necesidad de que ese tipo de enseñanza adquiriera personalidad propia adoptando un modelo de institución que no dependiera de la existencia de jardines botánicos. Esto no significaba que se negara la relación estrecha de trabajo que debía existir con la Cátedra de Agricultura que dirigía Esteban Boutelou en el Real Jardín Botánico de Madrid. En su «Discurso», Arias asignaba a las Sociedades Económicas de las provincias la importante función de dirigir las cátedras de Agricultura que se establecieran en sus respectivos territorios a través de una Junta de Dirección nombrada a ese efecto. ^ Así lo indicaba el secretario del Consejo de Castilla, Pedro Escolano de Arrieta, el 12 de febrero de 1783 cuando alentaba a la Sociedad a que mantuviera la Escuela Rústica de Agricultura. También en la Gaceta cíe Madrid se informaba sobre los premios concedidos a los alumnos o la relación de los exámenes realizados. A partir de 1795, aparece mencionada como escuela o cátedra y en las Actas de la Sociedad Aragonesa del 10 de noviembre de 1797 se señala el nombramiento del doctor en medicina, Serapio Sinués, para que fuera su catedrático. Mallol Ferrándiz, J. (1991), «Un caso de irradiación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia: La Escuela de Agricultura de Pedreguer», en Molas Ribalta, P. (ed) (1991), La España de Carlos IV, Actas de la I Reunión Científica de la Asociación de Historia Moderna, Madrid. Durante la ocupación napoleónica esa escuela no existía: el 30 de marzo de 1809 se le comunicaba a José I que la Real Huerta y Ribera de Valladolid, concedida para experimentos de agricultura a la Real Sociedad Económica, se hallaba en estado deplorable y próximo a su total ruina (Mercader Riba, J. (1983), pp.443-444).'^ Esta Escuela comenzó a funcionar en noviembre de 1792 luego que los ilustrados lugareños le hicieran llegar el 14 de de septiembre de 1791 a los Amigos del País de Valencia la «Instrucción para el establecimiento de una Academia de Agricultura práctica en este lugar de Pedreguer». Al parecer, la escuela se mantuvo viva hasta 1796 sin lograr el reconocimiento del rey por los trámites burocráticos {ibidem, pp.234-238). Convencido de que una parte de la realización de ese plan dependía de la gestión que efectuara la mencionada Junta, Arias le concedía las siguientes atribuciones: -Sería la encargada de administrar los gastos y los ingresos de los fondos destinados a la Escuela que se hallarían depositados en la Tesorería de la Sociedad (entre esos gastos se encontraban los salarios del Jardinero Mayor o profesor de Agricultura quien sería además el director, el del ayudante del profesor, el del maestro de dibujo quien fungiría también como administrador, el del mozo de labranza, el del portero y el de los jornaleros. Otros gastos estarían dirigidos a adquirir las herramientas necesarias. Los alumnos no pagarían su matrícula ni percibirían salario pero debían costearse su sustento. En definitiva, los ingresos de la escuela dependerían de la venta de sus cosechas). -A ella tendría que acudir, en su función de director, el Jardinero Mayor o profesor de Agricultura para atender los gastos de la Escuela. Este tendría que compartir su labor docente con las tareas de dirección (las operaciones de cultivo, venta de las cosechas, etc.). -Estaría obligada a dar cuenta a la Sociedad del estado en que se encuentren los fondos de la Escuela depositados en la Tesorería. -Sería la responsable de atender las solicitudes de matrícula y de admitir a aquellos jóvenes que supieran leer, escribir y contar, además de una buena conducta social. Asimismo, se ocuparía de la disciplina de los alumnos ya que decidiría los casos de expulsión propuestos por el profesor y los castigos «puramente correctivos» que debían ser aplicados atendiendo que el «maestro debe hacerse respetar por solo el amor y dulzura». Igual intervención tendría en caso de que algún jornalero fuera despedido por el profesor'^. De hecho, la Junta de Dirección nombrada por la Sociedad Económica llevaría el peso fundamental para velar desde el punto de vista administrativo y disciplinario por la buena marcha de la institución docente. A ella se subordinarían en esas gestiones el profesor de Agricultura y el administrador del establecimiento -el maestro de dibujo-quien estaría bajo la dependencia del profesor y de la Junta. El profesor o Jardinero Mayor sería el enlace directo entre la Escuela y la Junta. La actividad docente en cada Escuela de Agricultura estaría fundamentalmente en manos del Jardinero Mayor, tratando de que existiera una uniformidad en cuanto al método y al contenido de las lecciones. Arias recomendaba la confección de una obra que fuera útil para todas las Escuelas para de esa forma evitar «la arbitrariedad é interpretaciones de los maestros» sin llegar a obviar la necesidad de que las Sociedades Económicas le hicieran las variaciones pertinentes para «subvenir á las dificultades qe. precisamente ocurrirán por razón de los diversos climas y tempera-"^ Archivo Real Jardín Botánico de Madrid,I,23,2,16. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es mentos de las provincias en qe. se establezcan las escuelas». De acuerdo con ese criterio, Arias mencionaba el contenido temático que en su opinión debería ser contemplado por cada profesor de Agricultura, destacando en el mismo el estudio de las tierras por la clasificación adoptada por Cadet-Devaux, que fuera extractada por Simón de Rojas Clemente en el Semanario de Agricultura, y el estudio de las plantas cultivadas de acuerdo al orden que proporcionaba el sistema de Linneo. La identificación de cada planta debía hacerla el profesor de una manera didáctica: «(...)se pondrán targetas con el nombre bulgar y el latino; y si el nombre bulgar no fuere arreglado se añadirá un tercero qe. será el mismo nombre botanico traducido á nuestro castellano»". Dada su condición de profesor, el Jardinero Mayor impartiría las lecciones o curso de Agricultura apoyándose en una parte teórica y otra práctica íntimamente relacionadas entre sí de acuerdo con el siguiente método de enseñanza: La labor docente del Jardinero Mayor también sería compartida por otros tres empleados: -El ayudante del Jardinero Mayor quien sería el encargado de seguir las orientaciones de éste en cuanto a la instrucción cotidiana de los alumnos en las operaciones prácticas y en el manejo de las herramientas. Sustituiría al profesor en caso de ausencia o de enfermedad; por eso también debía asistir a las lecciones teóricas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es bien vigilaría el trabajo de los peones y pasaría lista a los alumnos y jornaleros que asistieran a las jornadas de la mañana y de la tarde. Sería el responsable de las herramientas y utensilios de la escuela. -El maestro de dibujo quien asumiría el propósito de enseñar, como parte de las lecciones teóricas, la geometría y planimetría con relación a la agricultura, esmerándose en la copia de máquinas, plantas, ñores, etc. -El mozo de labor, empleado en la enseñanza práctica del arado y de cualquier otro que se adopte bajo la indicación del profesor. Sin embargo, ese no sería el principal obstáculo para que las Escuelas tuvieran un desempeño satisfactorio en sus tareas docentes. En la parte introductoria de ese plan. Arias señalaba haber dedicado algunos ratos de ocio al análisis de cómo favorecer el interés del labrador por las tareas agrícolas, y por ende, en la adquisición de los conocimientos agronómicos. En su opinión no bastaba la presencia de sabios para fomentar la agricultura: «Sus escritos dirán como deben hacerse las maniobras del cultibo: enseñaran á conocer por sus caracteres las tierras buenas, las medianas y las inferiores; propagaran luces para variar de semillas prefiriendo estas á las otras: hablaran de los vicios de la labor, de los estorbos qe. impiden su adelantamiento, y de los medios qe. podian adoptarse para mejorarla; pero todo es poco, y así lo acredita la experiencia pues en el día después de tantos escritores antiguos, y de nuestra edad, la Agricultura va decayendo»'"*. Arias criticaba la legislación del Antiguo Régimen que justificaba los gravámenes onerosos que soportaban los labradores. Sustentaba su crítica en el principio liberal de que debía garantizarse el interés individual de los labradores con la concesión de una «justa libertad»: «Yo entiendo por justa libertad-decía Arias-aquella protección qe. es debida al vasallo y á sus propiedades por la qual queda en su arbitrio disponer de sí y de sus cosas como le acomode no siendo en perjuicio del orden público y por interés la ganancia no prohivida dependiente de la justa libertad. Estas nociones convencen que dejar en justa libertad el interés del Labrador no es sino tratarle con la consideración qe. se merecen los individuos de todas las clases y conserbarle los derechos del hombre constituido en sociedad»'''. Para Arias era de vital importancia el respeto a la propiedad agraria; por eso consideraba necesaria la abolición de determinadas leyes y ordenanzas que habían sido impuestas por el Estado Absolutista. Ese era el deseo de un sector de los labradores propietarios. Así lo expresaba uno de ellos a través de Arias: «Yo soy un miembro de la sociedad y prescindiendo de si mi profesión es el alma de aquella me contento con la protección debida á todo vasallo y sus cosas. El Estado tiene cargas ordinarias y extraordinarias. En las unas y las otras mi sudor y mi vigor están prontos, pero pereceré y conmigo la Monarquía si no tiene en consideración mis fuerzas para cargarme»'^\ No obstante. Arias no se consideraba capaz de presentar un plan detallado que satisfaciera esa necesidad a pesar de que sugiere un censo de la población rural -propietarios y colonos-para la determinación de los arbitrios que debían ser legitimizados en cada provincia. La solución de este problema facilitaría mucho más el propósito señalado por Arias de establecer Escuelas de Agricultura en cada capital de provincia o en «qualquiera otro pueblo de ella si por su situación, localidad y conveniencia fuese mas aproposito qe. la capital»'^. Cada Escuela debía tener una extensión de 50 fanegas, o sea de 2 millones de pies superficiales de tierra, de las cuales 9 fanegas (las dedicadas al huerto-jardín y al vivero de árboles) debían ser de regadío. Ese total de 50 fanegas debía dividirse en las siguientes porciones de tierra: P porción: Es el terreno de regadío de 5 fanegas destinado a la huerta-jardín que se distribuiría en 20 cuadros menores de 100 estadales cada uno, subdividido también en 10 canteros (cada cantero en 10 eras). Alrededor de cada cuadro debían plantarse árboles frutales de toda especie sin que perjudiquen a las restantes plantas. En ese terreno se cultivarían las hortalizas, las legumbres, los frutos comestibles y las plantas ornamentales que existían en los jardines de recreo. En opinión de Arias esta sería la porción de tierra que «presenta muchas ventajas para dirigir las lecciones prácticas, hermanadas con las de la teorica», además de que la misma tendría un propósito utilitario: la de vender sus hortalizas. De esa manera, a los discípulos se les enseñaría a aprender «el secreto del arte reducido á endulzar la fatiga con la recompensa». T porción: Sería el vivero o almáciga de árboles de toda especie con 4 fanegas de tierras de regadío. Estaría ubicado a un costado de la huerta-jardín y se dividiría a su vez en 16 cuadros de a 100 estadales. Cada cuadro tendría 10 canteros y cada cantero en 10 eras. 3"" porción: De 5 fanegas de tierra de secano que debían estar destinadas al plantío de olivos poniéndolos entre sí a la distancia de 40 pies para que se pueda cultivar entre ellos cereales y leguminosas. De esa manera, el labrador podía sacarle más ventajas al espacio que media entre las líneas de árboles. 4"" porción: Debía de ser de 3 fanegas de tierra de secano dedicadas a olivos y viñedos, estableciendo una sola línea de cepas de viñedos entre cada dos de olivos que debía indicársele a los alumnos para «su instrucción é inteligencia». La distribución de esas fanegas debía ser similar al del caso anterior. S"" porción: En 3 fanegas de tierra debían plantarse viñedos «graduando las distancias pa. su plantación por la calidad y asiento del terreno; por el clima y por las consideraciones arriba expresados». 6^ porción: Se trata de las restantes 30 fanegas de tierra de secano que se subdividirían «en varios pedazos menores y se destinarán para el cultivo de las plantas cereales y leguminosas, y para qualesquiera otra qe. convenga criar en ella, con arreglo al clima, situación y calidad de la tierra». Arias consideraba que la distribución que había hecho de las tierras en su plan podía cambiar «quando la situación y calidad del terreno lo pidiesen». Igualmente podía sufrir variación las plantas que se cultivaran en las Escuelas de acuerdo a las condiciones climáticas de cada provincia. Por esa razón señalaba lo siguiente: «Bien sé qe. en algunas partes no se podran criar olivos por qe. el temperamento demasiadamente frio lo impida, pero en su lugar y bajo las mismas reglas se criaran Perales, Camuesos, Manzanos, Membrillos, Ciruelos, Nogales, Castaños, etc, todos los quales serán siempre de utilidad conocida y servirán al intento de la enseñanza. Las mismas advertencias se aplicaran á la vid, y respectivamente á todos los vegetales, dirigiéndose por las reglas qe. darán después»'^. Las discusiones en torno al «discurso» de Antonio Sandalio de Arias (octubre de 1809 -agosto de 1811) La presentación del «Discurso para la formación de un plan de Escuelas de Agricultura» en Junta de la Sociedad Económica Matritense del 9 de octubre de 1809 motivó que en la misma se acordara crear una Comisión evaluadora compuesta por cuatro personas: Ramón Risei y Josef Garriga, quienes no asistieron a la reunión, además de Josef Miguel de Alea y Josef María Celas y Muñoz que sí estaban entre los pocos asistentes. Esta Comisión preparó un informe, en el que no aparece la firma de Alea, con fecha de 23 de octubre de 1809, que fue escuchado en la Sociedad en Junta de 20 de enero de 1810'^ ^^ Ibidem. El informe de Risei, Garriga y Celas pretendía criticar con pocas palabras el proyecto presentado por Arias a pesar de la importancia tan relevante que tenía el mismo. Si bien es cierto que recomendaban formalmente el pensamiento de Arias por su utilidad, las críticas señaladas le restaban credibilidad al mismo. Fundamentalmente estuvieron dirigidas a cuatro aspectos: -Consideraban que el plan de Arias contemplaba «demasiadas Escuelas de Agricultura las qe. resultarían si se estableciese una en cada Provincia, y aun sería mayor el número si las actuales Provincias se dividen en otras menores...» -Tampoco consideraban necesario la enseñanza del dibujo y de aquellas partes de la matemática que proponía Arias porque esos conocimientos debían ser adquiridos por los alumnos en otros establecimientos antes de que ingresaran en las Escuelas de Agricultura. -También sugerían como más ventajosa la participación que tuvieran los empleados en la venta de los productos agrícolas para no tener que pagarles un salario. -Por último, calificaban de bueno el método de enseñanza y las lecciones propuestas por Arias aunque creían conveniente que se sujetaran las lecciones a un nuevo examen con el propósito de que hicieran un mayor hincapié en el «modo de repoblar los montes de arboles y de extender el cultivo de estos vegetales, sin hacer establecimiento qe. ni remotamente coartaje la propiedad». En definitiva, los comisionados concluían su informe indicando que si se llevaba a efecto tan apreciable proyecto sería necesario hacerle «otras observaciones qe. a su juicio le harían mas ventajoso»-^. Dado el interés de los reunidos en la citada Junta del 20 de enero de 1810 por presentar al gobierno de José I el «Discurso» de Arias, se acordó que en la mayor brevedad posible los comisionados ampliarían sus observaciones al proyecto escuchando la opinión de su autor. El único de los comisionados asistente a la Junta, Ramón Risei, recogió de nuevo el informe y el proyecto de Arias^'. A despecho del apuro de la Sociedad, transcurrió un año sin que la Comisión reelaborara un nuevo informe y sin que le diera una explicación a Arias por su demora. Por acuerdo de la Junta de la Sociedad del 9 de febrero de 1811 -que actuaba a instancia de las reclamaciones de Arias-Ramón Risei se veía obligado a declarar en la próxima reunión el estado de ese proyecto. Ya para entonces Arias debió tener en cuenta que su proyecto podía ser de utilidad a la Junta Consultiva de Instrucción Pública y Educación, creada en el Ministerio del Interior por Real Decreto de 28 de enero de 1811, ya que la misma estaba encargada de formar un Plan General de Edu- «Los establecimientos rurales para promover esta enseñanza son indispensables en el dia, en que la Agricultura ha dexado de considerarse como oficio, y en que se han empezado á reunir sus principios y elementos para formar un cuerpo de doctrina fundamental que sirva de base á este estudio. Nos ha parecido que en lo general son apreciables y fundadas las ideas del autor, á pesar de que algunas de sus proporciones pueden ser tal vez equivocadas y que otras necesitan un maduro examen para poderse admitir. La Comisión está persuadida de que las dos bases principales para la prosperidad y adelantamiento de nuestra agricultura son la protección de la propiedad y la enseñanza rural. Estas mismas ideas que ha adoptado en épocas anteriores nuestra Real Sociedad, los vuelve á reproducir el Sor Arias con nueva fuerza é interés. (...) el plan de esta Memoria comprende muchos puntos indispensables para los progresos de nuestra Agricultura, y el autor habla con conocimientos y exactitud en todas las operaciones practicas del campo...»2^. Una voz autorizada como la de Claudio Boutelou le otorgaba al proyecto de Arias los méritos suficientes que justificaban su puesta en marcha a pesar de que ese no era el momento más oportuno para llevarlo a feliz término-^. Así lo parece indicar el propio Boutelou cuando proponía que el proyecto de Arias se debía: 2^ Archivo Sociedad Económica Matritense, leg.206, expte. 2^ En esos momentos, urgía solucionar la hambruna que padecía el pueblo de Madrid como resultado de la guerra. A solicitud de la Sociedad Económica, el catedrático de Agricultura del Jardín Botánico, Esteban Boutelou, realizó investigaciones que le permitieron confeccionar una Memoria titulada «Sobre las plantas alimenticias que puedan reemplazar a la semilla del trigo en la elaboración del pan». Esta Memoria, acompañada de una tabla sinóptica o resumen, fue presentada a la Junta del 14 de diciembre de 1811 (Demerson, G. (1969) Ese criterio de Boutelou recibió el respaldo de la Sociedad Economica en las Juntas del 27 de julio y del 5 de agosto de 1811. Esa decisión le había sido comunicada oficialmente a Arias el 3 de agosto-^. De esa forma, no se menciona más el proyecto de Escuelas de Agricultura de Arias hasta el 22 de mayo de 1812 en que se le notifica públicamente a José I el estado del mismo. El citado proyecto continuó archivado dada la grave situación en que se encontraba la monarquía bonapartista como consecuencia de las derrotas sufridas por el ejército francés. Esa situación provocó la evacuación definitiva de Madrid el 10 de agosto de 1812 y la penosa marcha de José I y su séquito hacia Valencia. SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS DEL PROYECTO DE ARIAS CON EL DECRETO SOBRE ESCUELAS DE AGRICULTURA DEL RÉGIMEN CONSTITUCIONAL (1813-1814) El propósito de Arias de extender la enseñanza agrícola a toda la península coincidió con las aspiraciones de los liberales españoles que se enfrentaban a la intromisión francesa. Así lo indica la decisión tomada por las Cortes de Cádiz el 8 de junio de 1813 de crear en los pueblos principales, o por lo menos en todas las capitales de provincia, las Escuelas Prácticas de Agricultura. Esta enseñanza no se acondicionaba a la existencia de Jardines Botánicos en cada territorio. A pesar de que ese decreto establecía igualmente la necesidad de que funcionaran las Sociedades Económicas ya existentes o las que hubiese que crear, en realidad no se les concedía el papel que con respecto a las Escuelas de Agricultura había previsto Arias en su proyecto de 1809. La disposición de las Cortes era muy explícita al señalar que «no ejercerán especie alguna de autoridad» con lo cual las excluía de toda gestión administrativa sobre la enseñanza agrícola provincial. Las funciones de las Sociedades Económicas se limitarían a: «...la formación de cartillas rústicas, acomodadas á la inteligencia de los labradores y á las circunstancias de los paises: á la producción de memorias y otros escritos oportunos para promover y mejorar la agricultura y cria de ganados, y las artes y oficios útiles: á la publicación y explicación de los secretos y máquinas que puedan ser convenientes: á la distribución gratuita de semillas y plantas que puedan aclimatarse: á proponer y distribuir públicamente algunos premios para excitar la aplicación y la circulación de luces(...)». En Otras palabras, las Sociedades Económicas estarían dedicadas a «ilustrar á las Diputaciones provinciales y ayuntamientos con sus observaciones en beneficio de Uno de los primeros intentos de la Sociedad Económica por ponerse al nivel de las funciones que le atribuían las Cortes en la enseñanza agrícola se manifestó el 22 de noviembre de 1813 cuando su secretario, Antonio Siles, pidió a Claudio Boutelou que de acuerdo a lo tratado en la Junta del 20 de noviembre se hacía necesario que la Clase de Agricultura expresara «á la mayor brevedad posible la exposición oportuna relativa á cátedras de Agricultura»-^. La Sociedad Económica Matritense podía aprovechar la tarea de asesoramiento que le había sido encomendada por el decreto del 8 de junio de 1813 para reclamar a su correspondiente Diputación Provincial la restitución de la cátedra de Agricultura del Real Jardín Botánico de Madrid, dada la ausencia del profesor Esteban Boutelou desde que se produjo la retirada de las fuerzas francesas^^. Atendiendo la importancia que a nivel nacional tenía la mencionada cátedra, la Matritense (denominada entonces Real Sociedad Patriótica), envió una Representación el 11 de diciembre de 1813 a la Diputación Provincial con vista a que se dieran las órdenes oportunas para que «cuanto antes se abra la cátedra de Agricultura en el Jardín Botánico de esta Corte». No obstante, el silencio de la Diputación hacia una cátedra que se salía de su acción administrativa y del modelo de institución docente que estaba prescrito por la ley provocó que el 21 de abril de 1814 se tuviera que efectuar una petición similar a la Regencia del Reino^^. Sobre su biografía véase López Pinero, J.M'' et al. (1983) Un acercamiento al tema: la propuesta de Regas Poco después del golpe de Estado de Fernando VII, la Real Sociedad Económica Matritense trataba de revitalizar las gestiones sobre la docencia agrícola. El 21 de mayo de 1814 se le pedía al Rey que volvieran a funcionar algunas de las instituciones docentes como la Cátedra de Agricultura del Jardín Botánico y que instalara asimismo otra cátedra de Enseñanza Agrícola en Alcalá de Henares. Todo parece indicar de que había la intención de que la primera -ubicada en el Jardín Botánico de la capital del Reino-, debía continuar impartiendo una docencia especializada al reunir material botánico procedente del resto de España y de Ultramar mientras que la segunda estaría en función de los intereses agrícolas de la provincia donde se asentaba Madrid. Su autor, el catalán Antonio Regás, señalaba lo siguiente: «(...)la Sociedad que ha visto en 1807 establecerse en Madrid una cátedra de Agricultura teorica y practica no puede callar al ber suspensa esta enseñanza, mas al mismo tpo. que conoce la importancia y necesidad que hay de que V.M. la restablezca, no deve omitir que cree también de su obligación se ponga otra en Alcalá de Henares; ambos puntos el de esta Corte y el de aquella ciudad son mui aproposito pa. esta enseñanza; si en el 1° el Jardin botanico establecido ya y enriquecido con un tesoro de plantas indígenas y exóticas proporciona la enseñanza mas completa en el centro de la capital; en el 2° llama la atención de la Sociedad los deliciosos terrenos de aquella campiña, sus frutos, sus aguas abundantes y desaprovechadas, todo pide instrucción en el cultibo, todo clama pr. enseñanza. Deja pues esta Provincia a V.M. este beneficio y empiece por aqui la grande obra de hacer a la nación agricultora enseñándola tan interesante ciencia pa. q. saque de este fértilísimo y embidiado suelo la abundancia y riquezas que le están consignadas»^^. El esfuerzo de la Sociedad Matritense por la Cátedra de Agricultura del Jardín Botánico se vio compensado de alguna manera con la Real Orden de 7 de junio de ese mismo año que satisfacía la Representación enviada a la Regencia al aprobar el establecimiento de la citada Cátedra a pesar de que no podía hacerse efectiva hasta que tuvieran fondos. Esta decisión real le fue comunicada a Claudio Boutelou el 20 de junio para su divulgación en la Clase de Agricultura^'. Por su parte, la propuesta de Regás de crear otra Cátedra de Agricultura, o mejor dicho, Escuela Provincial de Agricultura en Alcalá de Henares^no obtuvo una respuesta del gobierno porque había alcanzado mayor preminencia el plan que habían presentado a la Secretaría de Estado los hermanos Vicente y Josef Espert para establecer una Escuela Práctica de Agricultura en la Real Casa de Campo. El Duque de San Carlos, Primer Secretario de Estado, pidió a Antonio Siles que le informara «á la mayor brevedad que le sea posible» sobre ese plan. Esa tarea le fue asignada a la Clase de Agricultura el 26 de julio por medio de Claudio Boutelou-^^. Informe de la Clase de Agricultura sobre el plan de Escuela Agrícola de los hermanos Espert El informe de la Clase de Agricultura no se hizo esperar. El 9 de agosto de 1814 terminaron su evaluación las nueve personas que intervinieron en el mismo: Antonio Sandalio de Arias, Francisco López de Olavarrieta, Josef de la Serna Lastra, Antonio Regás, Joaquín de la Croix y Vidal, José Pavón, Pedro Regalado de Soto, Agustín Pascual y Claudio Boutelou, quien fungía como Secretario de la Clase. Además de Arias, las figuras de Pavón, Pascual y Boutelou eran reconocidas en el ámbito de la botánica sin restar mérito a López de Olavarrieta. Dada la calidad de los informantes se garantizó una valoración rigurosa del plan de los Espert. En efecto, la Clase criticó fuertemente ese proyecto a pesar de que era para las autoridades «el mas apropósito». La simpatía que existía entre algunos funcionarios por la propuesta de los Espert se debía al carácter obligatorio de su enseñanza, ya que se basaba en la recogida de los niños pobres que vagabundeaban por las calles de Madrid. Precisamente, la Clase criticaba esos supuestos «altos fines». Desde el punto de vista pedagógico la coerción era una cuestión inaceptable para la Clase. Apoyándose en la experiencia de otros establecimientos docentes en Italia, Francia e Inglaterra rechazaba el método que recomendaban los Espert: «En aquellos [establecimientos extranjeros] se encuentran honor y libertad en fabor de los discípulos qe. voluntariamente quieran aprender tan útil ciencia, en este solo se ve coacción y violencia hacia ellos, pues recogidos los discipulos de la hez del pueblo, lleba consigo el establecimiento la idea que este mismo hecho produce»^^. En opinión de la Clase, tampoco la coerción era favorable para propiciar en los niños vagabundos una vocación por la Agricultura a la que no estaban habituados ya que por su procedencia social debían estar más interesados por las Artes. En todo caso, el destino de esos niños debía hallarse en la milicia y en la marina «como se ha echo en otras ocasiones». Asimismo, consideraba que la mayor de las contradicciones que tenía el plan estaba en la pretensión de mezclar a los hijos de «padres honrados y prudentes» con los jóvenes «mas viciosos y corrompidos de toda la Nación». En definitiva, se muestra partidaria de una docencia agrícola que fuera ciencia y arte y no un mero «oficio» como el que proponían los Espert al dedicar su proyecto a quienes debían desempeñarse como jornaleros; la Clase tenía la seguridad de que era imposible instruir «al que ara ó caba, pues para estos la agricultura no es mas que un oficio de rutina». Por eso, indicaban que la única manera de mejorar la agricultura dependía de la instrucción teórica y práctica que tuvieran «los hacendados y labradores pudientes» dada la obligación que tenían ellos de convertirse en «los verdaderos maestros prácticos de sus criados» si querían atender eficientemente sus propiedades sin necesidad de que estuvieran al cuidado de «sus ignorantes y rústicos domésticos». Por último, la Clase señalaba que el plan de los Espert carecía de la más mínima condición moral para ser llevada a efecto no solo por su falta de originalidad en cuanto al lugar elegido para establecer la Escuela sino también por otras dos cuestiones: -Los hermanos Espert no eran los más capaces para desempeñar «dignamente la enseñanza agraria según corresponde» ya que en su función de jardineros solo tenían el mérito de exceder a los demás en el cultivo de los claveles. -El plan tomaba como pretexto el «beneficio público» de esa enseñanza agrícola cuando los gastos excesivos en su mantenimiento demostraban que el verdadero propósito era el de la especulación particular. De acuerdo con los señalamientos expresados, la Clase recomendó al Rey que suspendiera cualquier plan -como el de los Espert-con respecto a la Casa de Campo hasta que no se definiera el plan general de enseñanza agraria que se adoptaría para toda la nación atendiendo que el modelo de cátedra adjunta a los jardines botánicos era permisible si se pudiera llevar a efecto la Real Orden firmada por Carlos IV el 18 de diciembre de 1805 que establecía veinticuatro establecimientos botánicos en toda la península. No obstante, el estado caótico en que quedó el país después de la guerra le permitió a la Clase sugerir -reajustando el criterio expresado por Arias en 1809-la creación de al menos seis Escuelas de Agricultura donde se diera gratuitamente la enseñanza teórica y práctica. Esas Escuelas debían establecerse en las capitales de Andalucía, Extremadura, Galicia, León, La Mancha y las Castillas para atender las necesidades agrícolas de cada territorio. Este informe de la Clase de Agricultura fue aprobado por la Junta de la Sociedad el 13 de agosto de 1814, enviándose una copia al Ministerio del Estado el 19 de ese propio mes 34 La varrieta contrapropuesta al plan de los Espert: el proyecto de escuelas de Arias y Olaia Esa sugerencia de la Clase de Agricultura de crear seis Escuelas de Agricultura en España como plan alternativo al de los Espert llevaba implícito el compromiso de presentarlo de manera más detallada. Así lo llevó a efecto la comisión integrada por Arias y Francisco López de Olavarrieta al exponer el 21 de octubre de 1814 en la mencionada Clase su informe «sobre la importancia y necesidad de fomentar por todos los medios la enseñanza de Agricultura en varias Provincias del Reyno»^^. Ese informe fue discutido en Junta General de la Sociedad del 22 de octubre, recomendándose su reelaboración de acuerdo con las observaciones realizadas. La versión definitiva se terminó el 27 de octubre con el título «Exposición que hace la clase de Agricultura a la Rl. Sociedad Economica de Amigos del País de Madrid sobre cátedras y escuelas de Agricultura extendida en virtud de comisión» que fue aprobada en Junta General de la Sociedad del día 29 para su remisión al Duque de San Carlos, en su condición de Primer Secretario de Estado-^^. Los arreglos efectuados al informe estuvieron en función de la parte más importante: la dedicada a los arbitrios que requerirían esos centros docentes. De la comparación entre el borrador del 21 de octubre y el documento definitivo del día 27 se pueden detectar algunas diferencias con respecto a los medios más adecuados para obtener ese financiamiento. " Gran parte del texto del primero de esos medios aparece íntegramente en ambos documentos: «Los propios y arbitrios de todos los pueblos de la Provincia en que se estableciese la Escuela, deben contribuir pa. plantificarla y sostenerla; pues como ellos han de disfrutar mas inmediatamente de los beneficios q. resulten de la Enseñanza, parece justo qe. entre todos suministren los fondos necesarios». De esa forma, se aprecia una plena coincidencia entre ambos documentos por mantener ese punto como la principal fuente de ingresos de las Escuelas salvo unas En segundo lugar, se hace mención en el documento definitivo del día 27 al fondo de los «espólios y vacantes» del Estado que podía ser destinado para las Escuelas, redactándolo en unos términos donde apenas se aprecian variaciones con respecto al original. La única diferencia con el primer escrito estaba dada en el orden de prioridades que ocupaba entonces que era el tercero. La tercera fuente de ingresos que se menciona en el informe final del 27 aparecía en el documento inicial del 21 redactado en el margen del texto y ocupando un cuarto lugar. Se trataba de los diezmos de la Iglesia: «La masa total de diezmos, es en concepto de la Clase el recurso mas seguro y el fondo mas análogo pa. el objeto de que se trata y del qual debería sacarse lo necesario para estas Escuelas, pues es bien cierto, qe. á proporción que se adelante y perfeccione la agricultura, será mayor el ingreso de este fondo, y el estado Ecleciastico lejos de disminuir sus rentas por esta exacción las aumentará considerablemente. También podrían dotarse estos establecimientos con algunas pensiones sobre Mitras vacantes, ó con la reunion de algunos beneficios simples». Estas fueron las vías de financiamiento que más se destacaban en el documento definitivo del día 27, al dejar como nota final la parte dedicada a los terrenos baldíos que había sido incluida en la cuarta posición del originaP'^. En definitiva, la diferencia más notable entre ambos escritos estaba en la total omisión de un impuesto que aparecía como el segundo más importante del informe del día 21, el cual afectaba a aquellas provincias que se dedicaban a la actividad comercial marítima al establecer la imposición de «un pequeño recargo á los derechos que pagan los frutos y géneros de importación». A excepción de las enmiendas y omisiones realizadas sobre el financiamiento de las escuelas, el resto del texto en ambos documentos se mantuvo inalterable. Otra parte del informe de Arias y Olavarrieta estuvo dedicado a destacar la necesidad de priorizar la recuperación de la Cátedra de Agricultura que había funcionado en el Real Jardín Botánico de Madrid desde 1807, atendiendo al renacimiento de las lecciones públicas de botánica a cargo de Mariano Lagasca. La Cátedra de Agricultura debía desempeñar, de acuerdo con su nivel científico, un papel activo en la crea-37 En ese sentido, los terrenos baldíos eran considerados como un «fondo de riqueza existente en todas partes» debido a que «arrendados en cantidad suficiente, ó enagenados en enfiteusis y aplicando todos sus productos inclusos los diezmos como novales, podran ser parte de la dotación o rendir lo necesario pa. dotar las escuelas de que se trata». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ción de las seis Escuelas agrícolas que había previsto la Clase de Agricultura al evaluar el plan de los Espert el 9 de agosto^^. Uno de los aspectos más interesantes en el mencionado informe sobre el establecimiento de las Escuelas de Agricultura estaba íntimamente relacionado con el proyecto que había presentado Arias en 1809. Se trataba de la labor que aún se le concedía a: «(...) las Sociedades Económicas de los Pueblos en qe. se establezcan, y qe. estas mismas corporaciones al paso que auxilien con sus luces al Catedrático y contribuyan con sus premios é influencia al mayor lustre del Establecimiento, y á la instrucción gl. del labrador (...) reciban y administren los fondos destinados á las Escuelas». Sin embargo, se aprecia que en 1814 había una mayor comprensión para evitar que las cargas administrativas afectaran la labor docente «pues los profesores no deben jamas tener á su cargo la recaudación ni el manejo de los caudales (...) deberán estar enteramente aislados al objeto esclusivo de la ensefíanza»-^^. El esfuerzo de Arias y de Olavarrieta en nombre de la Clase de Agricultura obtuvo el resultado apetecible a pesar del cambio de actitud que asumiera Fernando VII el 3 de noviembre de 1814 al dar a conocer su decisión de borrar de las listas de la Sociedad Matritense a «todos los que han seguido al partido afrancesado»"^^. Ese resultado se apreció el 6 de febrero de 1815, cuando el Secretario de la Clase de Agricultura Claudio Boutelou recibió del Secretario de la Sociedad la Real Orden de 31 de enero de ese mismo año donde se señalaba que, de acuerdo con las «sabias y juiciosas reflexiones» de los Amigos del País se había determinado que el plan de los hermanos Espert no se llevara a efecto y que, en su lugar, había aprobado el establecimiento de seis cátedras de Agricultura en las provincias de Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Andalucía, Extremadura, Galicia y León, asignándole a cada una 20 mil reales de vellón que debía pagarse de «los Propios y arbitrios de las respectivas Provincias». De esa cifra el catedrático debía disfrutar de 12 mil reales de vellón mientras que los restantes 8 mil serían para los gastos de enseñanza y labores del terreno, En esa decisión real se incluía una solicitud a la Matritense para que se en-^^ Esa aspiración se haría realidad el 8 de abril de 1815 cuando el propio Arias inaugure esa enseñanza como catedrático de la misma. Sandalio de Arias, A. (1818), «Discurso pronunciado en la Cátedra de Agricultura al abrir el curso de estas Lecciones, el día 8 de Abril de 1815, á presencia del Rey Nuestro Señor y de los Serenísimos Señores Infantes Don Carlos y Don Antonio», en Sandalio de Arias, A., Lecciones de Agricultura esplicadas en la cátedra del Real Jardín Botánico de Madrid el año de 1815, Imp. de Fuentenebro, Madrid, T" ed. corregida y aumentada por el autor, 1.1, pp.XXVII-XXHI. No fue hasta el 2 de octubre cuando Antonio Sandalio de Arias recibió, como Secretario interino de la Clase de Agricultura, la Real Orden de 27 de septiembre donde se confirmaba la aprobación del Reglamento de las Escuelas y se le pedía a la Sociedad la confección y publicación de la convocatoria para las oposiciones a las plazas de profesor. También se señalaba que los miembros de la Clase de Agricultura serían los jueces en esas oposiciones bajo la presidencia del Director de la Sociedad. La Sociedad Económica trató el 18 de octubre de que el Rey aprobara rápidamente la minuta del anuncio que convocaba las oposiciones para el primero de enero de 1816; sin embargo, en esa fecha aún no se había recibido una respuesta autorizándolo. Unos meses después, el 24 de junio de 1816, el impaciente Arias logró que la Matritense elevara una representación para que se tuviera en cuenta esa situación"^^. Hubo que esperar hasta la Real Orden del 26 de noviembre de 1818 para recibir el encargo de publicar la convocatoria a las oposiciones. La Clase de Agriculturapresidida por Arias-dio a conocer como fecha de realización de esos ejercicios el primero de marzo de 1819. Sin embargo, hubo que posponerla nuevamente por gestiones en la prestación de una sala para la realización de los ejercicios orales y en la autorización de la Junta de Protección del Museo de Historia Natural para efectuar los ejercicios prácticos en el Jardín Botánico"^-. En definitiva, las oposiciones se realizaron entre el 9 de marzo y el 2 de abril de 1819 en una sala del Real Colegio de Sordomudos y en el Jardín Botánico. De las doce personas que se presentaron, le correspondieron a Francisco Martínez Robles, a José Lucio Pérez, a Pascual Asencio, a José Alonso Quintanilla, a Julián de Luna y a Francisco Gil Rodríguez las cátedras de Toledo, Sevilla, Burgos, León, Badajoz y Valencia, respectivamente'^^. Todo parece indicar que estas cátedras empezaron a sistematizar su labor docente en el segundo trimestre de 1820. Sin embargo, dejaron de funcionar con la restauración de la legislación vigente en el anterior período liberal. Existía el ánimo de reajustar la organización de esas cátedras al contenido del decreto de las Cortes del 8 de junio de 1813.
En este trabajo nos ocuparemos de Francisco Antonio Zea en su faceta de periodista. Su primera publicación la realizó en Papel Periódico con el artículo «Avisos de Hebephilo». En éste criticaba el deplorable estado en que se encontraba la enseñanza superior en la capital del Virreinato. No deja de ser importante su vinculación con los periódicos y revistas parisienses durante su época de estudiante en el Instituto Nacional de Francia. Pero donde demuestra su capacidad de organización y dirección periodística fue, precisamente, en El Mercurio y en la Gaceta de Madrid. Posteriormente, y siendo director del Real Jardín Botánico de Madrid, comparte la dirección del Semanario de Agricultura y Ascíepio-Wol XLVni-l-1996 ]23 c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es DIANA E. SOTO ARANGO' ZEA, F.A. (1791), «Avisos de Hebephilo... o discurso previo a la juventud», Artes con los profesores del Jardín Botánico. En la época de su actividad política, de luchador por la independencia americana, tiene la oportunidad de fundar y dirigir el Correo del Orinoco en la ciudad de Angosturas, Venezuela. AVISOS DE HEBEPHILO ARTÍCULO CRÍTICO DE LA EDUCACIÓN NEOGRANADINA «Yo por lo menos siento los ardores de una llama que me incita a exponer a vuestros ojos el cuadro filosófico de nuestra ignorancia y de nuestras miserias, originadas por la mayor parte de esos estudios abstractos y científicas boberas, que sólo sirven para formar ciudadanos inútiles que la Sociedad mantiene a su pesar y para conservar como un depósito preciosos la barbarie y la rusticidad»'. Hacia finales del Siglo XVIII el ambiente estudiantil de los colegios de Santa Fe tomó un rumbo diferente. Los estudiantes, antes sumisos, ahora reclamaban y protestaban; se quejaban de los estudios que se les impartían y, especialmente, de la filosofía peripatética que, como decía el fiscal Moreno en los años anteriores, antes que ilustrarlos «los embrutecía»^. Quizá el año de 1791 sea de mayor número de polémicas en los claustros colegiales. En este año, Francisco Antonio Zea-^ sale a la palestra periodística con el Artículo «Avisos de Hebephilo» que editó en Papel Periódico y que correspondía a la dinámica de discusión que, en ese momento, se estaba dando en los Colegios Mayores del Rosario y de San Bartolomé. En el Colegio Mayor del Rosario, el joven profesor Manuel Santiago Vallecilla"^, educado bajo el método del fiscal Moreno y Escandón, se enfrentaba al rector de su colegio centrando la discusión en la importancia del estudio de las matemáticas basadas en el método ecléctico, en las teorías de Newton y en las heliocéntricas. Valleci-11a, de esta manera, se contraponía al espíritu de partido y al «método pernicioso de la escolástica»-''. Por su parte, los estudiantes del Colegio de San Bartolomé, dirigieron un escrito al Virrey solicitando que se les concediese poner a sus expensas un catedrático que les enseñara física, matemáticas, botánica e historia natural^. Los estudiantes bartolinos señalaban los dos objetivos que defendía el profesor Zea en sus escritos de «Avisos de Hebephilo»'^. Estos eran: la enseñanza de la buena filosofía, basada en Newton, y que les hiciesen conocer el suelo que habitaban con las riquezas que les rodeaban. En cuanto a las teorías de Newton, éstas se habían enseñado en el Colegio de San Bartolomé desde la época de los jesuítas y, luego, José Celestino Mutis las había introducido en su clases de matemáticas en el Colegio del Rosario^. Es decir, las teorías newtonianas no eran una novedad en el ambiente académico de Santa Fe. Sin embargo, no se habían podido institucionalizar por la contrarreforma del Plan de 1779 y la oposición de los sectores más tradicionales. De ahí que Zea, Vallecilla, y los estudiantes bartolinos abogaran por esta enseñanza en concreto. La forma de solicitar la nueva enseñanza era diferente entre los estudiantes bartolinos y rosaristas. Así lo manifestaban los alumnos del Colegio de San Bartolomé cuando exponen que ellos utilizaban los medios que sugerían «la prudencia y la honestidad», en tanto que sus compañeros rosaristas «llegaban a zaherir y burlar a su rector a quien juzgaban celoso partidario de la filosofía peripatética»'^. Estas discusiones debían seguirse entre la intelectualidad criolla santafereña. Zea, en su escrito, demuestra un gran conocimiento de la intelectualidad del momento. "^ Véase un completo análisis de la polémica de Vallecilla en SOTO ARANGO, D. (1993), Polémicas universitarias en Santa Fe de Bogotá. Siglo XVIII, Colciencias, Bogotá, • " ^ Archivo Histórico Nacional de Colombia, (en adelante AHNC), sección Colonia, fondo miscelánea, t.31, f.54 v. 7 Un análisis completo de este documento se localiza en ARBOLEDA, L.C. (1990), «La ciencia y el ideal de ascenso social de los criollos en el virreinato de la Nueva Granada», en Ciencia, Técnica y Estado en la España Ilustrada, Ministerio de Educación y Ciencia, Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Zaragoza, ^ Véase un análisis de estos estudios en ARBOLEDA, L.C. y SOTO ARANGO, D. ( 1991 ), «Las teorías de Copérnico y Newton en los estudios superiores del virreinato de la Nueva Granada y en la Audiencia de Caracas. Destaca a los maestros Restrepo, Valenzuela, Mutis y Moreno como los abanderados en el virreinato de la nueva filosofía ilustrada. Advertía, que se encontraban en una época «en que todo conspira a la ilustración de la juventud». Sin embargo, el ejemplo estaba dado y debía fomentarse «la ciencia del Newton y del divino Malebranche»'^. Utilizando el lenguaje moderado de los bartolinos y sabiendo que el virrey Ezpeleta no apoyaba al profesor Vallecilla, en su polémica contra el rector escolástico del Colegio del Rosario, pasa por alto esta actitud porque, según él, era «un Virrey superior a las preocupaciones escolásticas, lleno de las luces del inmortal Buffon, amante y cultivador de las bellas artes;... cuyos proyectos solo van dirigidos a conservar a la República de las letras, lo que el furor del peripato ha perdonado»". Es posible que Zea, en esas circunstancias, compartiera la actitud de moderación de Mutis ante las «revueltas» del Colegio del Rosario y entendiera la postura de su virrey de no apoyar al catedrático Vallecilla'^. Se imponía en aquel momento el miedo a la «subversión», si se originaba desde los claustros universitarios. Pero, en cambio, fuera de éstos, el virrey apoyaba a la Expedición Botánica y a Zea mismo, al nombrarle unos meses después, a petición de Mutis, «Segundo Agregado de la Expedición Botánica de Santa Fe»'-^. En su primer documento público. Zea insitió en criticar los estudios inútiles basados en la filosofía escolástica, que no solo formaba «orgullosos ignorantes», sino que, también, y lo más grave, que «deshonraba la humanidad, sometiendo los entendimientos a una ignominiosa esclavitud y servidumbre filosófica»'"^. Los objetivos de «sustituir las útiles ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas»'-"^ y «hacer gustar los conocimientos útiles aunque sea de un modo elemental y diminuto»'^, se venían planteando desde los primeros documentos de Mutis y siguieron señalándose como objetivos en la educación colonial y, posteriormente, en la naciente República de la Gran Colombia. Debemos resaltar una constante en los escritos de Zea, que se manifestó desde este primer artículo: no sólo criticar, en este caso «la filosofía escolástica» y los «estudios inútiles», sino también caracterizar la situación del Virreinato y dar respuesta a los problemas planteados. Para el profesor Zea su Virreinato «estaba sumergido en la última barbarie y, a pesar de su vasta extensión territorial, habitado solamente de un millón y medio de hombres miserables, sin ciencias, ni artes, ni agricultura, ni comercio en medio de su miseria, era el favorito de la naturaleza»'^. Las soluciones las planteó desde el diagnóstico de la realidad del Virreinato y teniendo en cuenta los recursos naturales que existían en el reino. Por otra parte, teniendo como punto de partida los recursos humanos, señalaba que se contaba con un «crecido número de genios» y se debía formar en éstos «el espíritu patriótico fundamentado en una educación literaria, política y civil»'^, tomando conciencia de los intereses de la República. LA GACETA Y EL MERCURIO, MEDIOS DE EXPRESIÓN DEL GRUPO AFRANCESADO «Por fortuna ha tenido Francia un Bonaparte, sin el qual los partidos y la irreligión habrían devorado el fruto de tantas victorias: no habría conseguido la paz ni llegado al alto punto de engrandecimiento en que se halla»''^. Zea quedó marcado, en lo científico y en lo político, por su estancia en París. En la capital gala establece relación con los directores de los periódicos y realiza pequeñas reseñas sobre los botánicos españoles donde él también se incluiV^. También en Soto, D. (1995), «Cavanilles y Zea: una amistad político-científica», Asclepio, vol. XLVII, fasci. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tor de La Gazeta y El Mercurio-^ de Madrid, refleja su tendencia francesa en las informaciones políticas y científicas que difunde desde estos dos diarios. El Mercurio, periódico estatal, se componía de dos apartados: el político y el literario. En la sección política, Zea expresó sin reparo su apoyo y admiración hacia el gobierno y científicos franceses. Es significativo que desde el primer número, se declaró admirador de Napoleón y le llegó a considerar el salvador de Francia. En cuanto a su análisis sobre la política española, centra sus elogios en el Príncipe de la Paz( 1767-1847). En Godoy reconoce al gran ministro que ha organizado el ejército, los cosmógrafos del Estado, apoya los progresos de las ciencias y la instrucción pública. El Ministro era, para el criollo, el que impulsaba las ideas liberales y a su alreedor se encontraba el grupo "avanzado" de los afrancesados. No es extraño, por tanto, que tomara la posición de defender el trabajo de Godoy que en concreto en los planes educativos se veían entorpecidos por el grupo tradicional^^. Años más tarde se manifestaría en los motivos del cierre del Instituto Pestalozziano. Resulta fundamental insistir que Zea, desde esta palestra, se hace portavoz de la política real y de la que lleva a cabo el ministro Godoy. Su mensaje en los citados periódicos es triunfalista. Manifiesta que se está en un país en camino de conseguir el bienestar general y se trabaja por el progreso de las ciencias. Afirma que: «En efecto, nuestro comercio se va restableciendo.... y todo anuncia que se nos acerca una grande época de esplendor y prosperidad»-^. El director del periódico no deja de destacar la importancia que tenía América para el desarrollo de la moderna España. El país que vislumbra Zea tiene sus cimientos en una relación apoyada en los intereses de las colonias con los de la metrópoli. La clave estaba en la organización y en el comercio. Según él se debían organizar todos los ramos de rentas y comercio, la justicia y las ciencias, las artes y la agricultura. Por otra parte, el comercio permitía combinar los intereses de «las colonias esencialmente agrícolas con los de la metrópoli esencialmente industriosa»-'*. En las ciencias, tampoco se quedaba España en la retaguardia. Trató de demostrar que el desarrollo español podía llegar, en un futuro cercano, a compararse con el francés y el alemán. Tal vez por eso procuró dar especial relevancia a la política que impulsaba Godoy. Ya hemos indicado que a este ministro lo señaló con frecuencia, en sus escritos, como el principal impulsor de las ciencias en España. Editorial Ariel, Barcelona, 6° edición, p.92 indicó que el príncipe de la Paz apoyaba las publicaciones y los trabajos que contribuían a los progresos de la navegación y de las ciencias. Del mismo modo procuró mostrar que América estaba presente en el desarrollo científico de España. Así, anuncia que: «no tardaría Europa en admirar los grandes e importantes descubrimientos de Mutis, cuyas obras impondrán silencio á los detractores del Ministerio»^^. Por los escritos que exponía en El Mercurio da la impresión de que sus proyectos hacia América obedecían a las políticas que señalaba el ministro Godoy. Estos planes se apoyaban en el adelanto de las ciencias, la educación, la agricultura y en el desarrollo del comercio con las plantas americanas. La clave de todo el progreso residía en: «realizar un plan combinado para descubrir las producciones útiles... en América... aclimatarlas en España y, luego, estas plantas ya mejoradas y enriquecidas acá y allá en la agricultura se podría comerciar con ellas»^^. Otro aspecto que ocupó un lugar destacado, durante el año que dirijió Zea los periódicos de la Gaceta y El Mercurio, fue el de editar mayor información sobre las actividades académicas del Instituto Nacional de Francia. A esta institución estuvo vinculado como alumno en 1801 cuando viajó en comisión oficial por parte del gobierno españoP^. En este período la temática de los citados periódicos se caracteriza por las noticias científicas de tendencia francesa; una mayor descripción de los libros científicos; una relación de nuevos métodos de enseñanza; la creación de escuelas y actividades de las Sociedades Económicas de Amigos del País. Además, menciona todas las actividades académicas y publicaciones de su protector Cavanilles y da a conocer cuanto libro aparece relacionado con el comercio y la agricultura. Dentro de los proyectos que anunció el director de El Mercurio está el de la creación de 24 establecimientos botánicos-^. Una de las finalidades de estos Jardines era el de la aclimatación agrícola de las plantas americanas en España para luego desarrollar su comercio. El objetivo en este caso era formar profesionales en el ramo de la agricultura y en el comercio. Es decir, su antiguo proyecto de formar el «botánico ecónomo». El proyecto se justificó dentro de la política ilustrada de unir «lo útil con la formación científica». Consideramos que el trabajo en estos periódicos le aportó a Zea, sin lugar a dudas, una gran experiencia que, luego, reflejaría en la dirección de EL Correo del Orinoco. ZEA DIVULGADOR DEL PENSAMIENTO BOTÁNICO Y AGRÍCOLA EN LA PRENSA ES-PAÑOLA «Por fin ha prevalecido la voz del bien contra los clamores de la vanidad, y en todas partes se va dichosamente estableciendo la alianza natural de la botánica con la agricultura»2'^. Francisco Antonio Zea deja la dirección de los periódicos La Gaceta y El Mercurio cuando pasa a ocupar la dirección del Real Jardín Botánico. En su nuevo cargo pudo desarrollar gran parte de las iniciativas que venía planteando en los citados periódicos, sobre la botánica y la agricultura. En estos planes contó siempre con el apoyo del grupo francófilo y en especial con la aprobación del ministro Godoy y del Secretario de Estado Pedro Cevallos. Es necesario valorar, en su justa medida, la labor que realizó Zea desde el Semanario de Agricultura y Artes, en la divulgación de la botánica y las experiencias agrícolas nacionales y extranjeras. Este periódico lo crea Juan Antonio Melón y lo cede, desde 1804, al Real Jardín Botánico de Madrid. El objetivo del Semanario de Agricultura y Artes, que iba dirigido a los párrocos, era «el fomento del desarrollo agrícola y el de aquellas artes y manufacturas próximas al quehacer del agricultor»^^. Desde la creación de este Semanario, en 1797, hasta el número de 1808, cuando deja de editarse, se publica un gran número de artículos que propugnan por la creación de instituciones, cátedras, planes de enseñanza para escuelas agrícolas de primeras letras y utilización de nuevos métodos de enseñanza aplicados al ramo de la agricultura. La dirección del Semanario la asumen Zea y los profesores del Jardín a partir del 4 de julio de 1805 y publicaron 45 números de los cuales el director del Jardín participó directamente con sus escritos en 38, AJB, ref. I,22,1,15. Cuando el periodico pasa al Jardín Botánico^• se asume en dirección colectiva por parte del director del Jardín y de los profesores del mismo y nuevamente se re-glamenta^^. Es evidente que el director desarrolla paralelamente una fecunda labor por institucionalizar la enseñanza agrícola en el Jardín y una labor periodística de divulgación de informes, memorias, discursos, cartas, decretos, métodos y traducciones. Como era de esperar permaneció fiel al ideario político-académico francés que había defendido en la Gaceta y El Mercurio, Ahora, El Semanario servía igualmente para difundir la política del ministro Godoy. La impresión que da Zea es la de una habilidad política puesta al servicio del ministro Godoy y del secretario de Estado Pedro Cevallos. Le concedió especial relevancia a toda la actividad que apoyaron estos funcionarios reales. Ello explica la citación continua que realiza de sus actividades en el campo de la agricultura, la botánica y el desarrollo económico del país. Y, como era de esperar, se presenta un silencio político cuando es apresado Godoy. En el Semanario, como hemos señalado, el hito importante que le caracterizó fue el de ser un divulgador de la botánica. Sus artículos los hemos clasificado en: discursos; análisis de obras; análisis de experiencias botánicas; y en traducciones de discursos, memorias e informes de extranjeros. En el apartado de los discursos procuró mostrar su pensamiento de la botánica práctica a través de su aplicación a la agricultura y el comercio. Publicó los discursos que pronunció en la inauguración de las clases del Jardín Botánico de Madrid^-^. Además, editó las Reales Ordeñes donde se aprobó sus proyectos bandera que realizó en el Jardín Botánico de Madrid. Estos planes contaron con el beneplácito del ministro Godoy y el secretario Pedro Cevallos. Los proyectos principales fueron: «los 24 establecimientos botánicos con la Escuela Particular»; el Plan de la cátedra de agricultura y el destino de los alumnos de la Escuela de Agricultura^"^. El fue consciente de la importancia que suponía dar a conocer los escritos botánicos en un órgano de difusión como era el Semanario. Sus palabras son muy claras en el análisis de obras botánicas cuando dice que: «una de las grandes utilidades de los papeles periódicos es dar a conocer obras dignas de la atención pública, analizarlas y hacer formar concepto de su mérito e importancia»-^''. Este objetivo fue el que se Como era de esperar, en cada presentación no pierde la oportunidad de dar a conocer su pensamiento sobre la importancia de la agricultura para el desarrollo de un país. No es por tanto extraño encontrar en «Advertencia»^^ sobre el escrito Ensayo sobre las variedades de la vid común de Simón de Roxas Clemente, y sobre el cultivo de esta planta por Esteban Boutelou, una especial justificación que años atrás había expuesto en El Mercurio de España sobre el desarrollo agrícola. Resulta interesante destacar en su análisis de las experiencias botánicas la vinculación que establece entre ciencia y política. Vuelve a insistir por tanto en el apoyo que el ministro Godoy le da a estas actividades. Es significativo el título que le da a «Reflexiones sobre los adelantamientos.. de la Real Sociedad Patriótica de San Líícar, desde que nombró por su director al Señor Príncipe de la Paz»-^^. En este artículo además de resaltar el apoyo del Príncipe de la Paz a la institución desarrolla sus argumentos sobre los beneficios que trae a la sociedad el hacer populares los conocimientos útiles de las artes y la agricultura. Igualmente trata de explicar la importancia de los estudios sobre los recursos del país que analizan el estado de la industria rural. No deja de ser curioso que en este escrito reclame para sí el honor de haber introducido en EspaTla la vacuna que descubrió Jenner^^. Al año siguiente, vuelve a insistir en el análisis sobre el Jardín de San Lúcar con el motivo de la celebración del aniversario de la Real Sociedad Económica de San Lúcar de Barrameda. Como era de esperar repite los criterios que sobre esta experiencia ya había señalado en relación al ministro y a la importancia de la agricultura para el desarrollo del país^^. El mérito de la idea de la fiesta se lo concede a Francisco Amorós. ^(^ Véase xf 522 del 1 de enero de 1807. ^"^ Véase el número 471 del 9 de enero de 1806. ^^ Dice Zea: «Aunque en casi todas las Gazetas de Europa se anunció á su tiempo que un amigo mio y yo la habíamos introducido en España, creo necesario manifestarlo como lo haré en otro número. Ni uno ni otro hemos solicitado por tan importante servicio recompensa ni premio alguno; lo hicimos por amor a la humanidad, tuvimos mucho que trabajar porque era entonces problemática su utilidad, y semejantes descubrimientos no han de propagarse á la buena suerte; y por lo mismo no queremos que se nos defì 'aude de la gloria á que tenemos derecho». ^'^ En esta ocasión reseñó la «Noticia de la fiesta primera con que la Real Sociedad Económica de San Lúcar de Barrameda celebró en el 1 de enero de este año la fundación del Real Jardín experimental y de aclimatación y el nombre de su ilustre protector el Serenísimo Sr. Príncipe Generalísimo Almirant». Dentro de la misma perpectiva de establecer la relación entre el desarrollo agrícola y la prosperidad de las fabricas reseña la «Noticia del arte de amoldar las maderas finas para copiar todo género de decoraciones, obras de talla y aun estatuas»'^^. Resulta fundamental insistir en cómo vinculó su habilidad política en los escritos científicos. En el articulo «Noticia de la expedición encargada de propagar la vacuna en ambas Indias, y del aprecio que ha hecho a Europa de la filantropía de nuestro gobierno», refleja el cambio político que se estaba viviendo en 1808 en España^'. En este año crítico de 1808, la posición del periódico fue la de no mencionar al Príncipe de la Paz y su alabanza se inclinó hacia el Rey de España y Napoleón. Es bien conocido que Zea no fue partidario de Fernando VIL Por el contrario eran pilblicas sus manifestaciones de afecto hacia Napoleón. En esta época el criollo no pregonó la independencia de las colonias americanas. Su pensamiento político ya era conocido cuando había expresado en la Gaceta y El Mercurio la necesidad de un trato de igualdad entre las colonias y la metrópoli. Este objetivo estaba acompañado de su creencia en un Napoleón que era capaz de conseguir el progreso del paiV^. Las notas e introducciones que realizó a las 27 tracliicciones'^^ que hemos registrado, son interesantes. Su hilo conductor fue invariable. Con gran frecuencia unió en sus escritos a los personajes de la política y de la ciencia. No es extraño, por tanto, encontrar en la traducción sobre el «Discurso de Mr. Parmentier»44 la alabanza que realiza el científico al Príncipe de la Paz por haber establecido en Madrid la Escuela de Veterinaria. Es evidente que enfoca siempre sus análisis a destacar al grupo afrancesado y a reseñar la importancia de la agricultura en su preocupación de hacerla «apreciar» por el público'*^. Dentro de este panorama tradujo el discurso de M. Chassiron, en la Junta pública de la Sociedad de Agricultura de París. Es necesario valorar su aporte en las traducciones de Memorias por la variedad de temas que da a conocer. La mayoría de éstos se relacionan con la agricultura, la alimentación, creación de escuelas, otras sobre la industria y la veterinaria. El 17 de marzo se le destituye; el 29 de marzo se le embargan los bienes; el 2 de mayo, en el levantamiento de Madrid, se le saquea la casa. Príncipe de la Paz, Memorias (edición y estudio preliminar de Carlos Seco Serrano), Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1965. Semanario, xf 580 del 11 de febrero de 1808. "^^ Estos escritos los hemos clasificado en: discursos, memorias, informes y cartas. "^4 «Discurso que Mr. Parmentier pronunció en la Junta de la Escuela Imperial de Veterinaria de Alfort en el Departamento del Sena para la distribución de premios». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es escritos establecen conexión entre el desarrollo económico de Inglaterra y de Francia. En este trabajo sólo relacionaremos algunas traduciones que tienen vínculo con la agricultura. Fue manifiesto su interés por publicar las experiencias educativas que tuviesen que ver con la enseñanza agrícola. En esta línea dio a conocer la traducción que realizó Claudio Boutelou sobre «el establecimiento de una escuela de árboles frutales en el Jardín Botánico de París»"^^. La más importante novedad en esta «Adición» es la crítica que realiza a los Jardines Botánicos. Sus palabras son muy claras al señalar que «No se puede negar que los Jardines Botánicos han sido hasta ahora establecimientos de luxo: que lo era la ciencia misma, y que el público tenía razón en preguntar constantemente para que servía, no viéndola producir ningún efecto manifiestamente ventajoso»'^'^. En este caso, en su esfuerzo por ser práctico, considera que en estos Jardines se deben introducir plantas útiles y destinarlos a la enseñanza como un medio para restablecer la alianza natural de la Botánica con la agricultura. Del mismo modo trató de dar a conocer memorias sobre el estado agrícola en España y experiencias concretas de este ramo. Podemos destacar la que Tessier^^ había presentado en la Academia de Ciencias de París sobre «el estado de la agricultura en las Islas Canarias»"^^. En el mismo número del Semanario traduce el «Extracto de una memoria de Mr. Giobert sobre los abonos» que estaba inserta en el quinto volumen de la obra intitulada Memoria della R. Società agraria, en 1790^^. Hemos comentado que el referente, casi habitual en Zea, son las publicaciones científicas francesas. Quizá una de las más nombradas sea los Annales des Arts et Manufactures. De estos Annales traduce el «Extracto de una memoria sobre las causas de la prosperidad de las manufacturas inglesas en contraposición de las francesas»^^. No deja de ser curiosa la traducción que realiza de Mr. Toulongeon sobre el «Influxo del régimen dietético de una nación en su estado político» que leyó en el Instituto de las Ciencias de PanV^. En la nota habitual de sus traducciones, señala "^^^ «La Escuela de árboles frutales que estableció en París Monsieur Thouin». Thouin era el jardinero mayor de París y fue uno de las personas que contacto Zea en París por intermedio de Cavanilles. 4*^ De Tessier también traduce «Memoria sobre los abusos de los rompimientos», que había leído en el Instituto de Ciencia. En este mismo número, 469 del 26 de diciembre de 1805, traduce Zea la «Memoria sobre las lanas de Chachemira, cria y cuidado de carneros y fábricas de los chales», de Mr. Legoux de Flaix, oficial retirado del Cuerpo de Ingenieros. -'' 2 Este artículo se publicó en el Semanario número 475 del 6 de febrero de 1806. aquí «que la memoria es digna de la mayor atención» y que en otro lugar manifestará el objeto del porqué la ha traducido y las consecuencias que deduce de ella. En las introducciones que realiza para los informes, ocupa un lugar destacado la medicina botánica que contribuye a la veterinaria y a la perfección de la agricultura. Tal vez por eso, orientó sus traducciones a escritos como el «Extracto de un informe a la Sociedad de Agricultura del departamento del Sena y del Oisa, dado por Mr. Voisen á nombre de una comisión especial acerca de la vacunación y de las viruelas del ganado lanar»^^. Este escrito es otro de los tantos que iban dirigidos por los autores al Príncipe de la Paz. En la introducción que realiza a este artículo vuelve a recordar el honor que le corresponde por haber introducido la vacuna en España. ZEA DIVULGADOR DEL MÉTODO DE PESTALOZZI EN ESPAÑA «Mi ideal de la educación de esos niños comprendía la agricultura, la industria y el comercio. Yo poseía en esos tres ramos un elevado y seguro tacto para el todo y lo esencial de ese plan, y aún hoy mismo no veo ningún error en los fundamentos de él»-''^. Por ser de especial interés la aplicación del método pestalozziano en España dedicamos un apartado al análisis del mismo. Además, hasta ahora no se ha valorado la participación que tuvo Francisco Antonio Zea, desde la dirección del Real Jardín Botánico, en la divulgación de este método. Resulta interesante encontrar cómo el criollo desde su regreso de París, en 1802, se une al equipo de Godoy a través de Cavanilles. Este grupo consideró prioritario la enseñanza del pueblo para conseguir la prosperidad del país. De hecho, en esta época se despertó la curiosidad por los nuevos métodos de enseñanza que se practicaban en el extranjero. Ello explica su compromiso desde la Gaceta y El Mercurio de dar a conocer los nuevos métodos que se experimentaban en otros países. De todas formas es importante apuntar que la aplicación y la cancelación de la experiencia metodológica pestalozziana está íntimamente ligada al ministro Godoy. En su momento la aplicación de este método se convirtió en una de las prioridades del Príncipe de la Paz. Se trabajaba en libros para enseñar «la religión, la historia, la ^•^ Semanario de Agricultura y Artes, números 478, 479 y 481. ^"^ Johann Heinrich Pestalozzi nació en 1746 en Zurich, Suiza, y murió en Brugg en 1827. Entre sus obras más divulgadas en España están: Cómo Gertrudis enseña a sus hijos (1801) y El manual de madres. La primera obra la tradujo Juan O. Monasterios, LEIPZIG, P.A. Brookaus, 1808, 278 págs. Nosotros hemos consultado la traducción de José Tadeo Sepúlveda, con prólogo y notas de Ricardo Nervi, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, S. A., 1967, p.42. XLVIII-1-1996 ^35 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es moral, las leyes patrias, la economía política, los preceptos higiénicos»^^. El impacto del Instituto Pestalozziano trajo consigo la división de opiniones. El sector opositor a Godoy combatió esta institución por identificarla como un ataque a la religión y al dogma cristiano. Como puede verse el director del Real Jardín Botánico de Madrid, a través del Semanario de Agricultura y Artes, se unió al grupo que divulgó el método pestalozziano por petición expresa de Pedro Cevallos^^. A los pocos días edita el primer artículo titulado «Idea del nuevo método de enseñanza de Henrique Pestalozzi». Este escrito lo realiza el clérigo Juan Andújar^^, secretario del Duque de Frías y redactor de la Gaceta de Madrid, quien tradujo en España varias obras de Pestalozzi. Los manuscritos que Andújar hizo traducir a su costa y redactó la traducción fueron Cómo Gertrudis enseña a sus hijos, El libro de las madres. En realidad el escrito que se publica en el Semanario, como artículo elaborado por Andújar, es un resumen de la traducción de Alex Chañes de 1807''^. El escrito de Andújar lo consultó Rufino Blanco Sánchez en el Archivo General Central de Alcalá, en 1909. Los documentos ya no existen porque se quemaron en el incendio del Palacio Arzobispal, en 1939, que era el sitio donde funcionaba el citado Archivo. No ^^ Señala Godoy en la p. 135 de sus Memorias que el presbítero don Juan de Andújar, uno de los literatos de la comisión que fue nombrada, había ya traducido cinco obras elementales de Enrique Pestalozzi, e hizo presente de ellas por mi mano al Instituto. ^'^ El artículo que publicó Zea se editó al año siguiente en Noticia de las Providencias tomadas por el gobierno para observar el nuevo método de enseñanza primaria de Enricpie Pestalozzi, y de los progresos que ha hecho el establecimiento formado en Madrid con este objeto, desde su origen hasta principio del año 1807, Imp. Este documento bajo el título «Idea del nuevo método de enseñanza de Henrique Pestalozzi» lo consultó Rufino Blanco en el Archivo de Alcalá, quien señala que también se publicó en la Habana, en 1807. BLANCO SÁNCHEZ, R. (1909), Vida y obra de Pestalozzi Pestalozzi en España, Imp. Revista de Archivos, Madrid. Morf, H. (1928), Pestalozzi en España, Museo Pedagógico, Madrid. En 1887 se publicaron estos trabajos en español. Sureda García, B. (1985), «Los inicios de la difusión del método de Pestalozzi en España. El papel de los diplomáticos españoles en Suiza y de la prensa periódica». Revista de Historia de la Educación. Revista Interuniversitaria, ïf 4, enero-diciembre, pp.35-62. ^^ CHAVANNES, A. ( 1807), Exposición del método elemental de Henrique Pestalozzi, con una noticia de este célebre hombre, de su establecimiento de educación y de sus principales cooperadores. Traducida al castellano por Don..., Gómez Fuentenebro, Madrid. En este mismo año publica BLANCO CRESPO, J.M. (1807), Discurso sobre ¿si el método de enseñanza de Enrique Pestalozzi puede apagar el genio, y especialmente el que se requiere para las artes de imitación?, Gómez Fuentenebro, Madrid. sabemos si estas obras-^^ se llegaron a publicar porque el mismo Godoy comenta que «No estoy bien cierto si se llegó a imprimir aquella obra Cómo Gertrudis enseña a sus hijos, pero el manuscrito fué enviado a la Imprenta Real, mandándose darla a luz pública con preferencia a otras muchas que estaban encomendadas»^^. En el citado artículo del Semanario puede verse cómo Zea insiste en las dos ideas que marcan sus comentarios. La primera en torno al apoyo e impulso que da a la enseñanza agrícola en las escuelas, y la segunda en el reconocimiento público a la actividad que realizaba el ministro Godoy. Por las razones ya argumentadas apoya el método pestalozziano porque considera que se aplica «con mucho acierto a la enseñanza agrícola»^'. Por otra parte, y más exactamente en la tercera entrega, de los artículos señalados, escribe sobre las ideas liberales ponderando al Príncipe de la Paz por tener este pensamiento^-. Paralelamente a las publicaciones, se fue organizando el reglamento para el gobierno de la escuela pestalozziana de Madrid^^. Resulta fundamental insistir que el Príncipe de la Paz impulsó personalmente la creación de esta escuela y subvencionó parte de sus gastos, porque «no alcanzaban los medios del Estado destinados a este objeto»^"^. La «Escuela Central y Normal del Instituto Real Pestalozziano fue abierta con gran solemnidad, en las Casas Consistoriales de Madrid, el 4 de noviembre de 1806». Esta noticia fue ampliamente comentada en los periódicos madrileños^-^. Esta institución funcionó hasta el 13 de enero de 1808 cuando el ministro Godoy, su protector, ordena la clausura del Instituto Pestalozziano y en la misma fecha se cierra también el de Cantabria. En la carta que Godoy le envía a Pestalozzi le comu-^"-^ Parece que de Andújar lo que se publicó oficialmente fue el escrito que se editó en el Semanario (1806) y en la Imprenta Real (1807). Juan Andújar en 1807 publicó El ABC de la visión intuitiva o principios de la visión relativamente a los tamaños. Según Rufino Blanco estas obras de Pestalozzi que hizo traducir Andújar no se llegaron a publicar en la Imprenta Real porque el Príncipe de la Paz dio la Orden de suspender estas ediciones el 13 de enero de 1808, BLANCO SÁNCHEZ R. ( 1909), p.471. ^^' Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos por el Real Jardín Botánico de Madrid, t.XX, Imp. de Villalpando, n° 505, pp. 145-153. ^' 2 Zea publica bajo el título «Concluye el nuevo método de enseñanza de Henrique Pestalozzi. La crónica que aparece en este periódico es similar a la de La Gaceta aunque un poco más extensa. Godoy, en las citadas Memorias, describe la inauguración así: «la Escuela comenzó con un gran número de niños, con unos treinta seis maestros de primeras letras y con los cien discípulos observadores, cuyo modesto título eligieron las personas recibidas de Madrid y las Provincias», p.l38. | on (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es nica que ha tenido que cerrar el Instituto por «la ingratitud de unos y la ignorancia de otros». Se disculpa por su decisión tomada a pesar de estar de acuerdo con el método y como prueba le comenta a Pestalozzi que «educará por el sistema pestalozziano a 12 huérfanos militares»^^. Pero «no todo pereció en la borrasca de 1808», porque el secretario de la Institución, Francisco Amorós, retoma la experiencia española y, en Francia, organiza el Gimnasio Normal parisiense. Amorós, además, fue «inspector general de los demás Gimnasios militares» de Francia. Godoy comenta: «¿Quien me habría dicho a mí, cuando se comenzaba en España esta grande obra, que otra nación más dichosa sería la que sacaría fruto de ella, y que la misma tierra que era el centro de las luces y que tenía sobrado de su propio fondo para repartir y dar en todas partes, aceptaría y se haría propia suya, no tan sólo una parte de esta obra, sino también el mismo obrero»^"^. En síntesis, la aplicación del método se acompañó de una amplia difusión de los adelantos de los estudiantes y de una síntesis de los principios de la enseñanza pestalozzianos. La relación de Zea con el método pestalozziano se da a través de la importancia que le da a este método para la enseñanza de la agricultura en las escuelas. En este contexto, y por su incondicional apoyo a las actividades del Príncipe de la Paz, divulga el método de enseñanza agrícola en el Semanario de Agricultura y Artes. EL CORREO DEL ORINOCO: UNA EXPERIENCIA POLÍTICO-PERIODÍSTICA PARA ZEA «Yo creré haber hecho un servicio a mi patria y a la humanidad, si presentando al público estos apuntamientos, logro que algún sabio filántropo se levante indignado contra la tiranía, tome a su cargo la defensa de los pueblos oprimidos y haga ver a los gabinetes ilustrados la justicia y la necesidad de contener el furor de un gobierno antropófago, dos veces desolador de un continente inmenso»^^^. Resulta interesante encontrar, unos años después, al criollo Francisco Antonio Zea en su papel de dirigente político revolucionario. El centro de operaciones políticas fue la ciudad de Angostura. Desde esta población fundó y orientó el Correo del Orinoco^^. El editor del periódico fue Andrés Roderick, quien se intitulo «Impresor del Supremo Gobierno». La imprenta se instaló en la casa n" 83, de la Calle de La Muralla, en la ciudad Al movimiento revolucionario de la independencia se vincula por medio de Miranda. Parece ser que el grupo de la masonería francesa a la que pertenecían Bolívar y Miranda'^o, y posiblemente también Zea, apoyará la gesta libertaria de las colonias americanas. Para entender la posición política de Zea, desde la dirección del periódico Correo del Orinoco, se debe recordar que el criollo no fue partidario de Fernando VIL Por el contrario, por su comportamiento de apoyo a Godoy y posteriormente a José I de España fue condenado a muerte. La base de esta condena, en 1813, fue el de ser traidor a la causa de Fernando VIL Esta situación le llevó a refugiarse primero en París y luego en Londres con su mujer y su hija'^'. Conviene destacar que el impacto que estaba cobrando el movimiento de la independencia americana en Europa y su amistad con Miranda no fue lo único que le llevó a trasladarse a América. Consideramos que mediaban intereses más fuertes, como eran posiblemente los de la masonería que en su relación más o menos directa'^2, le conducen a viajar, en la primavera de 1815, a la isla de Santo Domingo donde conoce a Bolívar. Es importante apuntar que desde esta fecha se establece una estrecha amistad con el «libertador». De hecho, se convertiría más adelante en uno de sus más fieles consejeros en la elaboración del perfil que se le daría a la Constitución de la denominada Gran Colombia y como vice-presidente de esta naciente República. Tampoco hay que olvidar la claridad del pensamiento político que el criollo fue elaborando en su tendencia francófila desde las tertulias de Santa Fe con Narifío. Como puede verse, para esta época su objetivo era trabajar por la independencia americana. Esto explica su rechazo a la dirección del ramo de la Agricultura que le hizo el presidente de la República de Haíti'^-^. Lo imporante era vincularse al grupo de Angostura, Venezuela. Se consultó la reproducción facsimilar que se publicó en conmemoración del Cincuentenario de la Academia Nacional de Historia, Desclée de Brouwer, &. A., Paris, 1939. "^^^ La vinculación masónica de Bolívar y Miranda ha sido puesta en tela de Juicio por varios historiadores. En especial, el caso de Bolívar por su decreto del 8 de noviembre de 1828 que condena la masonería. Por el contrario, Americo Carnicelli defiende la vinculación masónica de estos dirigentes revolucionarios. Este historiador publica la inscripción de Bolívar en la Masonería «San Andrés de Escocia», de París. El mismo autor afirma que Zea era masón pero no aporta la respectiva documentación. Véase Carnicelli, A. (1970), La masonería en la independencia de América, Cooperativa Nacional de Artes Gráficas, Bogotá, t. También, Navarro, N.E. (1928), La masonería y la independencia a propósito de unos "reparillos". Ofrenda a la memoria de Bolívar en el año centésimo de su inmortal decreto de 8 de noviembre de 1828 condenatorio de la masonería. Sudamericana, Caracas; Junco, A. (1952), «La masonería condenada por los prohombres de la independencia». 71 Botero (1945) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es de dirección del movimiento de la independencia y por este motivo se traslada a Venezuela. Una vez instalado en la ciudad de Angostura su pasión periodística le lleva a fundar, como ya hemos señalado, el Correo del Orinoco. Este medio se convirtió en el órgano oficial del nuevo gobierno que aún luchaba por la independencia de su territorio. El periódico salía el sábado de cada semana y se organizó en cuatro apartados. Decretos y Actas del Gobierno; 2. Noticias de periódicos extranjeros; 4. El carácter de esta publicación fue eminentemente político; por lo tanto, el apartado de información científica que había cultivado Zea en el Semanario de Agricultura y Artes, la Gaceta y El Mercurio de Madrid, se vio relegado sólo a noticias ocasionales. La pluma sarcástica del criollo vuelve a la palestra contra sus oponentes, bajo la única prioridad de la independencia de América, donde se puede analizar su pensamiento político. El trabajo político de Zea no fue en el campo de batalla. Su habilidad política, facilidad de expresión y en especial el posible vínculo masónico le llevan a ocupar el lugar de consejero de Bolívar'^'^ y a desempeñar cargos en la dirección política del nuevo gobierno. El Correo del Orinoco estaba destinado a la élite criolla neogranadina. Se escribían algunas referencias en francés y se llegó a publicar algún artículo en inglés'^^'. En sus escritos pronto identificó al principal enemigo que se tenía en tierras americanas procedente de España. Su ironía la enfiló contra este personaje que se autodenominaba «el pacificador Morillo». En su sentimiento nacionalista y de respeto a la ciencia no le perdonó a Morillo el haber sacrificado a los hombres sabios de su tierra"^^.'^'^ Se debe recordar que en esta época Bolívar era masón. El rompimiento con los masones se da posiblemente a partir de septiembre de 1827.'^^ Véase «Entrance and navigation of the Orinoco», publicado en el n° 7, del sábado 8 de agosto de 1818. Dentro de la general relevancia que concedemos a sus escritos políticos en este periódico, ocupa un lugar destacado «La Mediación entre España y América»'^'^. Este texto se lo encomendó Bolívar para que se debatiera la solicitud de intervención de las cortes europeas en los destinos de América. Un hito importante del artículo es la diferencia que estableció entre el gobierno de Fernando VII y los que le precedieron, como el de Carlos IV, donde él participó en la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid. Sus palabras son claras cuando señala que: «Mucho antes que la América se resolviese a esta declaración augusta, no faltaron españoles sabios y celosos, que se esforzaron vanamente en apartar del precipicio a su demente gobierno»'^^. Como es de suponer no faltó en este artículo sus menciones a la libertad de comercio, el desarrollo agrícola y, en especial, el recuerdo a los científicos europeos como Jussieu, Cuvier, Vauquelin, entre otros. El impacto del documento no se dio sólo por la lectura que se hizo a través del Correo del Orinoco. La especial repercusión se da en la lectura que se hizo del «Manifiesto» en el Congreso, el 20 de enero de 1820, y en el trámite oficial del mismo en Europa. Aunque el momento era de intrigas políticas en la cilpula del gobierno revolucionario, a Zea se le reconoce su habilidad de diplomático y se le envía a Europa con el cargo de «Vicepresidente de la República de Colombia y Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante los gobiernos de E.U. de América y varias cortes europeas»'^^. En esta misión podría firmar empréstitos, llegar a acuerdos políticos y contratar personas que viniesen a servir al país. Es dentro de este cometido donde su documento la «Mediación» va a tener las repercusiones políticas esperadas. En esta ocasión el escrito extenso lo reduciría a términos más diplomáticos, en la nueva versión que pasó oficialmente por carta al Duque de Frías^^ en octubre de 1820. 7^ El escrito «La Mediación» se publica en varias entregas. 79 El 24 de diciembre de 1819, Zea es nombrado por Bolívar vicepresidente de la República de Colombia y Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante los gobiernos de E.U. de América y varias cortes europeas. En la época de la misión diplomática de Zea la República de Colombia la conformaban Venezuela, Ecuador y Nueva Granada. A Zea se le limita su función diplomática sólo a España y se le pide que vuelva al país el 15 de octubre de 1821. Carta del Duque de Frias a Zea acusando recibo del Plan de reconciliación, Londres, 9 de octubre de 1820, AHN, leg.5471, 2 folios. Es necesario, también, valorar otros artículos de carácter político que publicó en el citado periódico. Es evidente que el tema fundamental es la gesta revolucionaria. No es extraño, por tanto, que haga llamadas a la población, y en especial a las mujeres, para que se unan al movimiento, como puede verse en el «Manifiesto» que leyó en el Congreso el día 15 de enero de 1820. Al final de él, realiza una llamada a las mujeres de Colombia. En este texto recuerda a la «inmortal Zalabarrieta» en su liderazgo de heroína americana y señala también otros rumbos a las mujeres en sus misiones de donar «sus joyas a la patria» o en la de «armar a sus hijos contra los españoles»^'. Resulta interesante su escrito sobre las «Relaciones de la América del Norte con la del Sur». En este artículo pone de manifiesto el interés de Estados Unidos por la independencia de América del Sur. Es evidente que la posición bolivariana se refleja en este texto. Dentro de esta perspectiva justifica su análisis de la unidad política con Norteamérica. El documento gira en torno a dos ideas: analiza las misiones diplomáticas que había nombrado Estados Unidos hacia los gobiernos independientes del Sur, y manifiesta que América del Norte es republicana y cristiana: por lo tanto apoya la independencia americana. Su pensamiento es claro al expresar que: «son Republicanos, y desean el establecimiento de Repúblicas sobre las ruinas del despotismo, y por que son filántropos y verdaderos cristianos que anhelan la felicidad y la regeneración del hombre oprimido y degradado»^^. Termina su artículo haciendo una llamada revolucionaria para «arrojar a los Godos» del territorio americano. Por último queremos destacar que Zea, una vez más, compartió posiciones académicas y políticas con su actividad de redactor en periódicos. Como puede verse, en esta época ejerció el periodismo y a su vez cargos de alta responsabilidad política. No es extraño, por lo tanto, que paralelamente ocupara el cargo de vicepresidente de la República y continuara colaborando en el Correo del Orinoco aunque oficialmente anunció su retirada de la dirección de éste en el número 12. Hay que añadir que este periódico marcó el final de su faceta de periodista y reseñó el final de su vida política en Europa. Quizá sea la actividad de periodista la que mejor refleje el pensamiento político de Zea y su actividad como divulgador de la botánica. A través de la prensa, se inició como crítico del sistema educativo imperante en la América colonial y a través de este medio se puso al servicio del grupo revolucionario americano. El primer contacto con las ideas políticas de Francia lo tuvo a través de la tertulia el «Arcano de la Filantropia» que dirigía Antonio Marino en Santa Fé. Su participación en la citada tertulia le costó su expatriación que le llevaría a conocer la amada Francia, para él «centro de las ciencias y la libertad». La estancia en la capital del país galo le sirvió no sólo para su formación académica sino también para la política. Como era de esperar las amistades que estableció en París incidieron en su concepción americanista y científica sobre la botánica. El criollo pronto se declaró francófilo y así lo manifestó en la dirección de los periódicos de la Gaceta y El Mercurio en Madrid. Por lo tanto, no puede extrañar su firma en la Constitución de Bayona y sus cargos políticos que ocupó durante el corto reinado de José I en España. En la dirección colectiva del Semanario de Agricultura y Artes desarrolló un intensa actividad en la divulgación de la botánica en España. Su labor más fecunda se centró en el apartado de las traducciones. En este periódico escribió en 35 números y publicó 27 artículos franceses. El Correo del Orinoco puede considerarse como la culminación de su profesión de periodista. En este órgano escribió uno de los principales documentos políticos sobre la relación que debería darse entre América y España. Este escrito lo tituló «Mediación entre España y América». La entrega oficial del citado documento a España, le llevó a un nuevo encuentro con la denominada «madre patria», a la que amó y atacó con su pluma ágil e irónica de periodista americano.
Como parte sustancial del proyecto de investigación La Historia Natural en Madrid al final del Antiguo Régimen (CAM, n° 180/92), se ha realizado el estudio de los fondos manuscritos e impresos existentes en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (MNCN), pertenecientes o relativos al Real Jardín Botánico de Madrid (RJB). Los materiales se han indizado, ordenado y clasificado, con el resultado que presentamos a continuación. Finalmente, dentro de estos fondos referentes al RJB, hemos apartado la documentación referente a las Cátedras de Botánica Médica, Agrícola y General, agrupándola en cajas con numeración independiente, por tratarse de un tema específico y separado del resto de la documentación de la institución botánica. Las cajas con su contenido han quedado agrupadas de la forma siguiente: * Caja n°l. Matrícula y listado de alumnos, con el contenido y años siguientes: -Botánica médica, matrícula de alumnos procedentes de los ramos de medicina, farmacia y cirugía, así como otros aficionados a esta disciplina científica. Además, del año 1789 existe una lista de profesionales sanitarios que han dado lecciones desde el 3 de abril hasta el 18 de julio y otra lista de discípulos de botánica que se presentaron a oposiciones en ese mismo año. De 1794, hay una lista de alumnos de veterinaria que asistieron a clases de botánica. En el catálogo que se ha confeccionado se indican la fecha y localidad de emisión de los principales documentos, así como de aquellos que complementan cada expediente, y el tipo documental de cada uno. Además, se hace una descripción del contenido, se señala el rf de hojas, y su formato. Incluye documentos relativos a cuestiones generales de las tres cátedras, y otros sobre materias específicas de las cátedras de Botánica Médica y la de Organografia y Fisiología Vegetal. Contiene la documentación íntegra de la Cátedra de Botánica General o Sistemática. Finalmente, hemos de advertir que estas dos últimas cajas han quedado pendientes de su catalogación. Tarea que esperamos acometer más adelante, siguiendo los criterios utilizados ahora para la catalogación de la caja n" 2, y completar así el catálogo del fondo documental relativos al RJB existente en el archivo del MNCN. A continuación presentamos el catálogo correspondiente a la Cátedra de Botánica Agrícola referido'.' Agradezco a Manuel Parejo la ayuda prestada en la localización del material documental y en la mecanografía del propio catálogo. -1834, octubre 11, Madrid. Oficio de Donato García al Secretario de Estado señalándole su incapacidad para juzgar custiones de agricultura en relación a su nombramiento como censor de la oposición. Acompaña un oficio de J. M"* Moscoso de Altamira sobre el mismo asunto. Oficio de Pascual Asensio sobre las circunstancias de Mariano López del Pozo, Ardíante, García y él mismo con respecto a la oposición. Borrador de oficio dirigido a Donato García sobre determinar junto a A. Sandalio y J.D. Rodríguez, lo que sea más conveniente respecto a su incapacidad como censor de la oposición.
La reforma política y administrativa defendida por la dinastía borbónica en España durante el siglo XVIII, semejante a la establecida por el modelo ilustrado francés, se concretó en el ámbito científico en una serie de proyectos de centralización, modernización y creación de nuevas estructuras. Los sucesivos gobiernos de los monarcas borbones, conscientes de la necesidad de introducir los conocimientos científicos y tecnológicos en su política ilustrada, diseñaron un programa, de clara influencia francesa, basado fundamentalmente en los siguientes puntos: DOLORES PARRA Y FRANCISCO PELAVO -la creación de instituciones científicas para organizar la ciencia, tales como Academias científicas, Gabinetes de Historia Natural, Jardines botánicos..., espacios en los que se discutirían las nuevas ideas, se realizarían experiencias y ensayos científicos, se impartiría la enseñanza de disciplinas científicas y en donde se conservarían, identificarían y estudiarían las especies recogidas y enviadas por los colectores. -la contratación de técnicos y especialistas extranjeros, para que fueran introduciendo los nuevos conocimientos en ciencia y tecnología europeas. -la dotación de pensiones para viajes de ampliación de estudios a Europa. Si las instituciones científicas de París fueron los establecimientos más visitados por los alumnos españoles deseosos de profundizar en los fundamentos teóricos y empíricos de las ciencias naturales, los centros mineros alemanes y suecos coparon el interés de los pensionados interesados en la adquisición de conocimientos tecnológicos en las ciencias de la Tierra'. -la financiación de expediciones científicas a América, con el objeto de recopilar, inventariar y evaluar la posible explotación económica de los recursos naturales de los dominios coloniales. En el marco de este proyecto ilustrado estaba previsto que el cumplimiento de estas premisas confluyera en una estructura científica centralizada en la Corte, de modo que una vez creadas las instituciones y encomendada a los especialistas extran-' La intervención estatal en el envío de pensionados españoles a Europa tuvo lugar desde mediados del siglo XVIII. Artífice de esta política fue Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada (1702-Í781), Secretario encargado de los Despachos de Guerra, Marina, Hacienda e Indias con Fernando VI. En los primeros años de la década de los cincuenta. Ensenada envió a diversos comisionados, entre ellos a Jorge Juan y a Antonio de Ulloa, para que tomaran nota de los modernos conocimientos tecnológicos (Cf. LAFUENTE, A. y PESET, J.L. (1981), «Política científica y espionaje industrial en los viajes de Jorge Juan y Antonio de Ulloa», en Mélanges de la Casa de Velazquez, Madrid, XVII,. En realidad, más que realizar un aprendizaje lo que pretendió Ensenada fue que efectuaran misiones de espionaje industrial (Sobre este tema puede verse Helguera Quijada, J. (1988), «Las misiones de espionaje industrial en la época del Marqués de la Ensenada, y su contribución al conocimiento de las nuevas técnicas metalúrgicas y artilleras, a mediados del siglo XVIII» en M. Esteban Pineiro et al. (Coordinadores), Estudios sobre historia de la ciencia y de la técnica. Junta de Castilla y León, Valladolid, vol.II,. El envío de pensionados a Europa fue máximo durante el reinado de Carlos III. Desde finales de los años sesenta, y a lo largo de las dos décadas siguientes, familias de nobles y Sociedades ilustradas imitaron el proceder del Estado y financiaron el envío de pensionados, que fueron generalmente a París, Centroeuropa y Escandinávia a completar estudios, constituyendo a su vuelta el núcleo de ilustrados a través del cual se desarrolló una parte del programa de renovación científica en España y en sus posesiones americanas {Cf. PELAVO, F. (1990), «La adquisición de las técnicas mineras en la España de la Ilustración (1770-1800)», en FERNÁNDEZ PÉREZ, J. & GONZÁLEZ TASCÓN, I., Ciencia, Técnica y Estado en la España Ilustrada, M.E.C., Zaragoza,. jeros la difusión de las nuevas disciplinas, fueran los pensionados quienes a su vuelta asumieran estas funciones^. El caso de la mineralogía puede considerarse como un buen ejemplo de la politica científica ilustrada. En el desarrollo de la minería y la mineralogía en España durante los últimos años del Antiguo Régimen aparecen todas las características antes citadas: pensionados, creación de instituciones de investigación y enseñanza, formación de colecciones españolas, expediciones mineralógicas al Nuevo Mundo y contratación de expertos extranjeros encargados de la enseñanza de la disciplina. Los PROYECTOS ILUSTRADOS DE INSTITUCIONALIZACIÓN CIENTÍFICA Puede decirse que durante las primeras décadas de la centuria, en un período de tiempo que coincide, poco más o menos, con el reinado de Felipe V, se pusieron las bases de la política científica ilustrada, que se desarrolló posteriormente en la segunda mitad del siglo. Para el pensamiento reformista ilustrado estaba claro que el necesario fomento de la Agricultura, el Comercio, la Navegación y las Manufacturas pasaba por el «adelantamiento de las Ciencias y las Artes». Para conseguir esto era necesario disponer de unas instituciones científicas centralizadas en la corte, siguiendo el modelo de la Académie Royale des Sciences y del Jardin du Roi de París, en donde sus miembros pudiesen realizar experiencias, discutir problemas y acopiar información y materiales científicos enviados por corresponsales periféricos, tanto continentales como coloniales. Ya en las primeros años del siglo XVIII se propusieron proyectos para crear instituciones científicas ubicadas en la corte. El propio Felipe V emitió una Real Orden en la" que anunciaba el establecimiento de una Biblioteca cercana a Palacio. Para contribuir al desarrollo de las investigaciones físicas y médicas tendrían cabida en la mencionada Biblioteca Real «las cosas singulares, raras y extraordinarias que se hallan en las Indias y partes remotas», por lo que se ordenaba a todas las autoridades políticas, desde virreyes hasta gobernadores y corregidores, y a toda persona, civil o eclesiástica, que recogieran y enviaran a la Corte ejemplares botánicos, zoológicos y mineralógicos^. 2 Un magnífico estudio del proceso de institucionalización científica en España durante el siglo XVÍÍI es el de LAFUENTE, A. y PESET, J.L. (1988), «Las actividades e instituciones científicas en la España ilustrada», en Sellés, M., PESET, J.L. y LAFUENTE, A. (compiladores), Carlos III y la ciencia de la Ilustración, Alianza Editorial, Madrid. ^ Archivo General de Indias (A.G.I.), Indiferente General, leg. n'' 614. Esta Biblioteca Real fue la base del proyecto del benedictino Martín Sarmiento (1695-1772), para difundir los nuevos conocimientos mediante un proceso de institucionalización científica. Sarmiento, en sus «Reflexiones literarias para una Biblioteca Real (1743)»"^, sugería que los cuatro baluartes del edificio destinado a la Biblioteca Real estuviesen reservados a un Observatorio astronómico y a las Reales Academias de la Lengua, Historia y Medicina, respectivamente. En ésta última proponía la realización de observaciones y de experiencias de física, botánica, farmacia, química, etc. El Observatorio astronómico estaría dedicado al estudio de la cosmografía, las matemáticas, la mecánica... A las restantes Academias se podían agregar la arquitectura, la pintura y demás Bellas Artes. De esta forma, todo el edificio se convertiría en el «Palacio de la Sabiduría», como el templo de Santa Sofía en Constantinopla o el Colegio de la Sapiencia en Roma, pudiendo denominársele, según Sarmiento, el «Real Palacio de Palas o Minerva», en honor de esta diosa, la Atenea de los griegos, símbolo del progreso intelectual. También en estas primeras décadas del siglo XVIII hubo diversas propuestas, como las del marqués de Villena, Melchor de Macanaz-^ o Jerónimo Ustáriz^, para intentar crear una Academia de Ciencias y Artes en Madrid. A lo largo de la segunda mitad del siglo, principalmente durante el reinado de Carlos III, la política científica ilustrada se desarrollaría con la intervención del Estado en los apartados citados al principio. Así, a comienzos de la década de los cincuenta, se proyectaron la creación de dos Academias de Ciencias, una vinculada a José de Carvajal (1698-1754), Secretario de Estado, encargado de Asuntos Exteriores, en la que intervino el poeta Ignacio de Luzán (1702-1754)'^, y otra, propuesta originariamente desde la Academia Médica Matritense, cuyas ordenanzas fueron redactadas como Sociedad Real de Ciencias de Madrid, por un grupo de profesores y cirujanos de la Armada, como Jorge Juan, 4 Este folleto se publicó en el Semanario Erudito, t. XXI, 1789, pp.99-273. ^ Melchor de Macanaz (1670-1760), Fiscal General del Reino, recomienda el establecimiento de una Academia de Ciencias y Artes en su obra redactada en 1722 «Auxilios para bien gobernar una Monarquía católica», publicada años después en el Semanario Erudito, \1S1, t. Tras el descubrimiento de la platina por Ulloa en el virreinato de Nueva Granada (actual Colombia), y la fuerte demanda europea que acompaña a este hallazgo, España era el único dueño de las minas conocidas de este metal. Por otro lado, la arquitectura social e institucional española, pacata en la potenciación de nuevas estructuras productivas y socioeconómicas, se manifiestaba incapaz de potenciar la explotación del metal noble. No había política gubernamental para la platina que verá así reducido su papel al de mero elemento de intercambio, dentro de la alianza científica establecida con Francia^, utilizada principalmente para atender peticiones de embajadores extranjeros, científicos, gabinetes de Ciencias Naturales o particulares. Si nos remontamos a los primeros intentos de potenciar la producción rentable y eficiente de la platina, hay que referirse a Ulloa y al conde de Peñañorida, como los actores sociales que propiciaron desde sus comienzos este desarrollo. El primero de ellos fundó en Madrid, en el año 1752, el Laboratorio Metalúrgico llamado «Real Casa de la Geografía y Gabinete de Historia Natural», conocido popularmente como «Casa del platino», primera institución española en su género. Ulloa organizó este establecimiento con la ayuda de especialistas europeos, como el irlandés William Bowles (1705-1780), los alemanes A. J. Keteiiin y el francés A. de La Planche, éstos últimos encargados de efectuar ensayos y experimentos químicos y metalúrgicos'o. El proyecto finalizó cuatro años después de su apertura, fecha en que la platina ya era objeto de análisis científico por los químicos más de célebres de Europa. Habrán de trancurrir desde entonces diez años hasta que se dispusiera la apertura del Real Seminario Patriótico de Vergara. De hecho, la cátedra desaparecería en el año 1784 y no reaparecería hasta pasados nueve años y esta vez sólo con un año de duración, debido ahora a la invasión del País Vasco por las tropas francesas. Dávila, que en esos momentos se encontraba en París, ya había tenido noticias en 1753 que el rey de España, influido por Ensenada, estaba interesado en formar una colección de objetos de Historia Natural y antigüedades. Por ello, hizo un inventario de los ejemplares de su colección, por si Ensenada estaba interesado en adquirirla. De todas formas, Dávi-" Véase SARRAILH, J. (1957), La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, Fondo de Cultura Económica, México, pp.230-251.'2 Acerca del viaje de Ramón María Munibe puede verse Urquijo, J. ( 1929), Los amigos del País, Imp. Diputación de Guipúzcoa, San Sebastián, pp.42-89; «Cartas de don Ramón M'' Munibe a su padre don Xavier y a la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País», en Colección de documentos para la historia de Guipúzcoa, n° 6, San Sebastián, 1965, pp.39-77. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es la hubo de esperar varios años hasta que en 1771 Carlos III adoptó la resolución de comprar su gabinete'-^. Tras la compra de la colección de Dávila, éste fue nombrado director del Real Gabinete de Historia Natural, que se creó en 1776, y se dispuso que se instalase en el mismo edificio donde se encontraba la Real Academia de las Tres Nobles Artes. La inauguración al público tuvo lugar el 4 de noviembre de 1777. El organigrama del Gabinete en su origen estaba encabezado por Dávila, que ejercía las funciones de director; Eugenio Izquierdo, en ese momento pensionado en París para ampliar conocimientos en Ciencias Naturales, era el vicedirector; José Clavijo y Fajardo (1726-1806), el formador de índices; y Francisco de Eguía el disecador, cargo que pasó a Juan Bautista Bru (1740-1799)''^. Dávila, cuyos ejemplares constituyeron el núcleo de las colecciones mineralógicas del nuevo Gabinete'-^ murió a comienzos de 1786. Se nombró para sustituirle a Eugenio Izquierdo, mientras que a Clavijo se le ascendió a Vicedirector. Pero como Izquierdo, por las relaciones y contactos que había establecido durante su estancia en Francia, solía estar muy ocupado en asuntos diplomáticos, prácticamente era Clavijo quien dirigía el Gabinete. A él le corresponde el mérito de haber impulsado, desde la administración del Gabinete, la formación de colecciones mineralógicas y la enseñanza de la mineralogía. El desarrollo de la mineralogía en el Gabinete durante sus primeras décadas estuvo vinculado al interés que mostró por el fomento de esta disciplina Clavijo y Fajardo. Este naturalista canario había entrado en el Gabinete gracias a sus anteriores puestos en la Administración estatal, primero como Oficial de Archivo de la Primera Secretaría de Estado (1763) y luego como director de los teatros de los Reales Sitios (1770) y encargado de la publicación del Mercurio Histórico y Político de Madrid (1773). Por último, en 1777 fue nombrado para el citado cargo de Formador de índices en el Real Gabinete'^.'^ Véase CALATAYUD, M' A. (1988) Pedro Franco Dávila y el Real Gabinete de Historia Natural, CSIC, Madrid.'4 Una buena historia del Real Gabinete de Historia Natural, actualmente Museo de Ciencias Naturales de Madrid, se puede encontrar en Barreiro, A. (1992), El Museo Nacional de Ciencias Naturales, Doce Calles, Aranjuez.'' ^ Cf. AMORÓS, J.L. ( 1963), «Notas sobre la historia de la cristalografía y mineralogía III. Las colecciones del caballero Franco Dávila y el origen del Real Gabinete de Historia Natural», Boletín de la Real Sociedad de Historia Natural, (G.), 61, pp.9-37.'^' Sobre la biografía de J. Clavijo y Fajardo puede consultarse, entre otras obras, a Millares Cario, A. (1932), Ensayo de una bio-bibliografía de escritores naturales de las Islas Canarias (Siglos XVI, XVII y XVIII), Madrid, Biblioteca Nacional, pp. 176-186;y ESPINOSA, A. (1970), Don José Clavijo y Fajardo, Cabildo Insular de Gran Canaria. Las colecciones del Real Gabinete fueron incrementándose poco a poco gracias, por un lado, a los envíos que llegaban desde todos los rincones de los dominios geográficos españoles y, por otro, a las actividades de los colectores vinculados a la institución. En este sentido, hay que señalar la labor llevada a cabo por los colectores Francisco Xavier Molina y Juan Palafox Rovira, a quienes se comisionó para que realizaran varias excursiones por la península, a fin de que reunieran colecciones zoológicas y mineralógicas que completaran las existentes en el Gabinete. Ambos preparararon materiales zoológicos, petrificaciones y minerales de Madrid, Granada, Almería, las minas de Almadén y Córdoba'"^. Un ejemplo del interés existente en la dirección del Gabinete por conseguir unas buenas colecciones mineralógicas fue la comisión que se le encargó en 1791 a Molina, para que pasara a Conil y asistiera a la extracción del azufre cristalino^^. En este yacimiento ya se habían extraído muestras de azufre cristalizado en 1772 y 1773, pero, trasladadas a Madrid, habían llegado en mal estado. Se encargó entonces a Molina que recogiera ocho o diez cajones de muestras de azufre, por ser éste un mineral muy apreciado por los gabinetes europeos. A pesar de las dificultades que le puso a Molina el duque de Alba, dueño de los terrenos donde se encontraba el yacimiento, que se negó a que los costos de la extracción fueran a su costa, Molina remitió al final siete cajas de ejemplares al Gabinete. El Reí Gabinete, uno de los mejores de Europa en su género, continuó aumentando sus colecciones mediante la recogida de ejemplares mineralógicos raros, a poder ser duplicados, que a su vez permitía el intercambio con otros gabinetes. Esto exigía que los colectores tuviesen unos mínimos conocimientos y una formación en mineralogía que les permitiera seleccionar las muestras que tenían interés y desechar las más comunes. Para cubrir esta parcela se recurrió a colectores alemanes, dada la tradición que existía en este país por el estudio teórico y práctico de la mineralogía y minería. Así, en 1793 los hermanos Enrique y Guillermo Thalaker fueron contratados como colectores de minerales'^. Los Thalaker realizaron una primera excursión en la sierra de Guadarrama y otras localidades de la comunidad madrileña, como Aranjuez, Cercedilla y Navacerrada. Posteriormente, Guillermo Thalacker, que sería colector del Gabinete entre 1799 y 1802, realizó un viaje por Guadalajara, recogiendo muestras de titanio en Horcajuelo. Unos años después, Clavijo comisionó a Guillermo Thalaker con el objeto de que recorriera España y recogiera muestras de minerales para el Gabinete. Uno de estos viajes lo llevó a cabo entre Madrid y Teruel, pasando por Alcalá, Guadalajara, Torija, Algora, Alcolea, Luzon, Asella, Molina de Aragón, Rodenas, Celia y Teruel-^. La posibilidad de mejorar las colecciones mineralógicas se planteó a través del proyecto presentado por Molina, a comienzos de 1793, para pasar a América y formar colecciones zoológicas para el Gabinete. A Clavijo le pareció una buena idea y añadió que era necesario disponer también de una colección de minerales americanos, ya que se habían enviado muchos ejemplares de aquel continente sin hacer una selección de los que eran más estimados e interesantes para el Gabinete. Clavijo, por tanto, sugirió que se aprovechara la expedición para enviar a algunos especialistas en mineralogía. Los mineralogistas designados para esta expedición fueron dos colectores alemanes: los hermanos Christian y Conrad Heuland. Habían entrado en contacto con la institución en 1792, ofreciendo la venta de la colección mineralógica de su tío Jacob Foster. Christian Heuland presentó un escrito indicando la pobreza del Gabinete en cuanto ejemplares de minerales americanos que, sin embargo, podían encontrarse tanto en otros gabinetes como en manos de particulares. La propuesta de los Heuland para pasar a América e intentar paliar la escasez de material mineralógico del Gabinete, que coincidía con la de Molina, le pareció muy oportuna a Clavijo. Afirmaba que con los minerales que recogiese Heuland en América el Gabinete estaría tan bien dotado que superaría en existencias a cualquier otro. Así, en lugar de tener que «mendigar» ejemplares en los gabinetes extranjeros, éstos tendrían que ofrecer al Real Gabinete los suyos más raros para intercambiar con los de esta institución. Clavijo puso una limitación y era que los Heuland se debían ceñir a una «Instrucción» redactada por él, en la que se describiría cuál debía ser concretamente su actividad mineralógica en las colonias americanas. En la «Instrucción» se señalaba que el objetivo final de los comisionados al pasar a América era, evidentemente, recolectar minerales, cristalizaciones, fósiles y conchas para el Real Gabinete de Historia Natural. Pero se detallaban también una serie de cuestiones, en algunos casos obligaciones, a las que se tenían que ajustar. La primera de ellas era la de redactar una «Historia Físico Mineralógica de aquellos Reynos». En otros artículos de la «Instrucción» se designaba a Christian como primer comisionado, mientras que Conrad iba en calidad de asociado para ayudarle y sustituirle en el caso de fallecimiento. Tenían que trabajar reconociendo el terreno donde se hallasen, estudiando su geografía física, describiendo su situación, tipo de terreno. clima, etc. También incidirían en el estudio de las minas registradas, el método utilizado para su beneficio, su estado actual, cantidad que producía en el presente (si aumentaba o disminuía su producción), su rendimiento, etc., ocupándose asimismo de las minas abandonadas y de las causas que habían llevado a tal estado. Debían recoger los fósiles, petrificaciones y cristalizaciones que se encontraran tanto en los afloramientos superficiales como los hallados en los yacimientos excavados. Tenían que fijarse también en los aspectos geológicos, como «la dirección de las montañas y la materia y colocación de sus diferentes capas», observando estas últimas en los márgenes de los ríos, en los barrancos, minas y excavaciones, ocupándose en general de todos los accidente geográficos. La formación de colecciones era una de las labores más importantes que los Heuland tenían que realizar. De las muestras más raras recogerían varios ejemplares, y si descubrían algún tipo de ejemplar desconocido debían reunir un elevado número de muestras que sirvieran para intercambiar con los gabinetes de otros países. Aunque en la «Instrucción» se insistía en que los comisionados tenían que recoger aquellos ejemplares singulares que faltaban en el Gabinete de todos los lugares por los que pasasen, se señalaban algunas localidades y determinados minerales, en los que especialmente debían de centrarse. Los últimos artículos de la «Instrucción» se referían a la denominación indígena, ajustada a la nueva nomenclatura química de los ejemplares recogidos y haciendo referencia a donde se hubieran encontrado; la formación de un diario y de un catálogo que enviarían periódicamente al Gabinete en distintos barcos, etc.^' LA REAL ESCUELA DE MINERALOGÍA • El aislamiento de la platina en Vergara le valió a Chavaneau el inmediato traslado a Madrid, donde en el año 1789 se fundó la Real Escuela de Mineralogía de Indias-^, financiada por el Ministerio de Hacienda, de la que el científico francés sería catedrático. El objetivo de esta nuevo establecimiento era instruir a los jóvenes españoles Hispânia,n° 39,p.311 (nota 33). Chabaneau expidió en Madrid un certificado de estudio al alumno Francisco Carbonell en su condición de «catedrático de la Real Escuela de Mineralogía de Indias establecida en esta corte», con fecha de 1 de agosto de 1790. en los secretos de la platina, para que una vez formados pasaran a gestionar la explotación de nuestros recursos en América. Debido al escaso interés de la juventud por cruzar el océano, la Escuela cambió su nombre por el de Real Escuela de Mineralo-gía^^. Estuvo ubicada inicialmente en el local conocido como «Casa del platino» en la calle Hortaleza y a los dos años cambió su establecimiento a la calle del Turco (actual Marqués de Cubas), a un local que comprara el Estado para instalar la sucursal de la Real Fábrica de Cristales de San Ildefonso^"^. En un piso vacante anejo al Real Almacén de Cristales, se instaló la Real Escuela de Mineralogía a cargo de Chavaneau^''. Dentro de la misma institución se encuadraba el Laboratorio Químico-Metalúrgico, o Laboratorio del Platino, establecimiento dedicado a los experimentos para la purificación del platino, con la que coordinaba sus actividades y donde los alumnos de la Escuela de Mineralogía podían realizar sus prácticas. Un profesorado competente y una dotación especial, garantizaban una prolija actividad científica, paralela a una actividad docente que incluía en dos cursos de duración disciplinas tales como Mineralogía (identificación, clasificación y distribución de minerales), Geognosia (formación e historia de rocas y minerales). Metalúrgica y Geometría subterránea. La producción de la platina, se vio acompañada por el descubrimiento de la magnesita de Vallecas y de la Venturina de San Fernando y la aparición de los Elementos de Ciencias Naturales^^ de Chavaneau. En torno a 1791 se amplió la plantilla ante el eminente crecimiento de la institución. Entró a formar parte de ella el alemán Christian Herrgen (1760-1816)-^, para hacerse cargo del Laboratorio del Platino, dado que entre sus méritos contaba con una sólida formación de química^^. Clavijo conoció a Herrgen y su trato le convenció de sus conocimientos en mineralogía. Propuso entonces en 1796 a Herrgen como sucesor de Juan Palafox Rovira en su cargo de Colector del Real Gabinete de Historia Natural-^. En las mismas fechas, el Ministerio de Hacienda y la Junta general de Comercio y Moneda instalaron, también en la calle del Turco, un Laboratorio de Química. Estaba dirigido por Domingo García Fernández y en él se realizaban el tipo de análisis, relacionados generalmente con la ley de las monedas, requeridos por dichas instituciones. Además se atendía la docencia de la química y su aplicación a la industria.'^^ Chavaneau había tenido hasta entonces un ayudante, Joaquín Cabezas, profesor interino y magnífico fundidor.'^^' CHABENAU, F. ( 1790 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es una gran incidencia, ya que la estrecha relación entre ambos contribuyó a la institucionalización de la mineralogía, principal afán de Herrgen a lo largo de su vida. Además, este cargo significaba un apoyo sólido a sus anhelos por parte de una institución capaz de canalizar sus interés por afines, en un momento en el que el floreciente desarollo de la mineralogía veía amenazada su continuidad. Así, en 1797 Chavaneau solicitaba al gobierno su segunda licencia para ausentarse de España temporalmente, ocasión que aprovechó para no volver al desempeño de sus funciones^^. Proust acordó entonces en Madrid con Herrgen y Clavijo que resultaría más eficaz aunar en una sola las diversas escuelas químicas que había en Madrid, ubicándola en la calle del Turco bajo su dirección, tras abandonar su cargo en el Real Laboratorio Químico de Segovia. Clavijo sería el personaje encargado de llevar adelante esta idea, que se aprobaría en 1799^'. EL REAL ESTUDIO DE MINERALOGÍA DE MADRID En este mismo plan de actuaciones, Herrgen y Clavijo aprovecharon para impulsar la mineralogía, proponiendo la creación de una Escuela de Mineralogía. Se trataba esta vez de institucionalizar de manera definitiva en España la enseñanza mineralógica, al igual que la botánica o la química. Así, en la nueva etapa que se había iniciado en el Gabinete en 1786, se había pretendido por parte de la Secretaría de Estado que la institución no sólo se dedicara a recoger y exponer objetos singulares de historia natural, sino que además se convirtiera en un centro dedicado a la enseñanza de las ciencias naturales. Así, junto con el nombramiento de director, a Izquierdo se le comunicaba que debía impartir clases de historia natural, mientras que Francisco Angulo lo haría de química. Clavijo propuso en un memorial de 1798 dirigido a la Secretaría de Estado que, al igual que se había hecho para la historia natural y la química, se impartieran clases de mineralogía. Pero para ello era necesaria la contratación de un profesor que se encargara de impartir esta materia-^-. En este memorial Clavijo sostenía que el Gabinete poseía en ese momento el suficiente número de ejemplares para que se pudiese considerar como uno de los más completos de Europa. Sin embargo, esta riqueza sólo servía en ese momento para?<' RUMEU DE ARMAS, A. ( 1979), pp.320. ^' Acerca de la institucionalización de la química en España puede verse GAGO, R. ( 1984), «La enseñanza de la química en Madrid a finales del siglo XVIH» Dynamis, 4, 1984, pp. 277-300. ^2 AMNCN, Oficio de Josef Clavijo Fajardo dirigido al Secretario de Estado Francisco Saavedra, fechado en Aranjuez el 3 de junio de 1798: «Medios de hacer util para la prosperidad de la Nación Espa-]74 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es «entretener la ociosidad o la curiosidad de mujeres, niños y hombres que no saben en que emplear el tiempo». Clavijo se quejaba de que existiesen profesores y laboratorios de química en Madrid y Segovia -le parecía sumamente doloroso que hubiera un laboratorio en la localidad castellana donde poca o ninguna utilidad podían dar a la Nación-, y sin embargo en más de veinte años no se hubiese pensado en tener un profesor de mineralogía. Y más porque, como consideraba Clavijo, el estudio de esta ciencia debía preceder al de la química, ya que era tan importante como esta disciplina para la economía. Clavijo y Herrgen contaban con un programa de actividades que justificaban este fin y que registraron exhaustivamente en el reglamento de régimen interno que redactaron conjuntamente y por el que debería regirse el funcionamiento de la Escuela^^. Entre ellas figuraba la creación de una colección mineralógica sistemática que acompañara la impresión y la traducción de la Orictognosia escrita en alemán por D. Juan Federico Guillermo Widenmann (Madrid, 1797-1798)^'^, aportación científica de carácter teórico que gozó de gran aceptación pero que estaba por sí sola falta del soporte experimental. La traducción de la obra de Johann Friedrich Wilhelm Widenmann (1764-1798), miembro del Consejo de Minas del ducado de Wurtemberg, había sido realizada por el propio Herrgen. En el «Aviso del traductor» de Herrgen, se justificaba la traducción porque se consideraba la obra más moderna, clásica y completa en su género, y la más adecuada para conocer los minerales y los fósiles. Además, proporcionaba a los españoles «un idioma científico, fijo, uniforme y análogo al que los sabios extranjeros han establecido desde que se introdujo en las escuelas de Hungría y Alemania». En la introducción se dividía a la mineralogía, siguiendo a A. G. Werner (1749-1817), en varias disciplinas: orictognosia -a más importante, ya que se encargaba de la determinación y nomenclatura de los minerales atendiendo a sus propiedades físicas y a su análisis químico-, química mineralógica, geognosia, geografía mineralógica y mineralogía económica. Además, viajes mineralógicos, recolección y descubrimiento de nuevas producciones de nuestro suelo, clases, traducción de publicaciones sobre el tema que se producían en Europa, descripciones, catálogos, inventario, etc., formaban parte de ^^ AMNCN, «Cátedra de Mineralogía», Leg. 1, carp.2, año 1798. •^4 Sobre la publicación en España de obras cientíñcas de influencia werneriana, LAFUENTE, A.; PUIG-SAMPER, M.A.; HIDALGO, E.; PESET, J.L.; PELAVO, P.; Y SELLÉS, M., «Producción científica española durante el siglo XVHI: nuevos paradigmas y demanda profesional. Literatura werneriana» en AGUILAR PIÑAL, F. (Coord.) Historia Literaria de España: el Siglo de la ilustración, CSIC -Ed. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es este proyecto de Clavijo y Herrgen que comenzó a ser llevado a la práctica hasta convertirse en una realidad, casi en su totalidad. El proyecto comenzó a concretarse apenas transcurrido un año desde que Chavaneau abandonara sus funciones, al aprobarse el establecimiento de la Escuela de Mineralogía, prueba de la eficacia y profesionalidad de sus impulsores. La nueva institución se llamó Real Estudio de Mineralogía y para su establecimiento se habilitó la antigua casa que habitara Chavaneau en la calle del Turco, junto a la Fábrica de Cristales, por estar al lado del Laboratorio de Química. Conseguido este objetivo, faltaba materializar el deseo de Clavijo de hacer la Escuela dependiente del Real Gabinete de Historia Natural. Esto se lograría tras superar algunos inconvenientes logísticos y burocráticos, tales como la falta en las dependencias del Real Gabinete de Historia Natural de un laboratorio donde se pudieran realizar experimentos, o la dependencia de la nueva Escuela del Ministerio del Estado, que imposibilitaba a Herrgen para trabajar en dicho laboratorio, por estar éste adscrito al Ministerio de Hacienda. El primero quedaba solventado con la resolución de abrir un único laboratorio de química en Madrid, en el que fuera el Laboratorio Químico-Metalúrgico de Chavaneau. Ese mismo año, Clavijo anunciaba la publicación de un revista periódica titulada Anales de Historia Natural, en virtud de la gran cantidad de material que había pre-parado^^^. Pero el interés de la publicación se centraba en fomentar el estudio de la historia naturaP^ e incluirían temas mineralógicos, químicos y botánicos. El comité de redacción de esta obra lo formaron Herrgen, Proust, Domingo García Fernández y A. J. Cavanilles. En 1799 se publicó el primer número de la revista. Esta cambió de nombre al segundo año de su publicación por el de Anales de Ciencias Naturales^^. Además de la publicación de la que era primera revista científica en España, el Real Estudio fue provisto de una copiosa dotación de libros, instrumental, productos químicos, mapas, barómetro y goniómetro. Como soporte teórico a la práctica experimental contaba con una rica biblioteca actualizada, en la que figuraban los últimos títulos publicados en Europa de mineralogía, geología y paleontología. El 24 de marzo de 1800 Herrgen inauguró el curso de orictognosia en el establecimiento de la calle del Turco, junto a la Fábrica de Cristales, anunciándose en la Gaceta de Madrid con una semana de antelación. Abrió el curso con una lección inaugural que remitió al Secretario de Estado Mariano Luis de Urquijo.'^^ AMNCN, «Cátedra de Mineralogía», Leg. 2, año 1798. ^^^ Ibidem. ^"^ Sobre la creación y la historia de esta primera revista científica española puede verse Fernández PÉREZ, J. (ed.) (1993), Anales de Historia Natural ¡799-1804, CICYT, t.I, «Estudio preliminar», pp. Herrgen, a quien desde el principio se le había dado absoluta libertad para organizar sus enseñanzas, y reiterado la confianza de las autoridades con su aprobación en numerosas ocasiones, tenía un inteligentísimo programa encaminado a hacer la cátedra útil a la nación. El desarrollo de este programa comenzaba con instruir a sus discípulos en los conocimientos básicos «del ramo del terreno», la orictognosia y la geognosia. Para ello se había dedicado a lecciones con gran empeño y había traducido obras básicas como la Nueva teoría sobre la formación de las vetas de Werner. Con esta obra maestra y una porción de discursos que manda elaborar para este fin, quedaban organizados los materiales para la enseñanza de esa parte de la geognosia. En 1802, Herrgen daba su segundo curso de mineralogía en el Real Estudio de Mineralogía de Madrid^^. La materia del curso comprendía una primera parte teórica de la orictognosia en la que se explicaban las distintas clases del reino mineral: «tierras y piedras», «sales», «combustibles» y «metales» acompañadas de ejercicios prácticos que consistían en descripciones mineralógicas según el método de Werner. A estas lecciones de orictognosia, y como aplicación práctica, seguía el estudio de la descripción geognóstica de las rocas, «ciencia jamás estudiada en España»-^^. El método de enseñanza seguido en este curso y un análisis del mismo fue presentado por Herrgen en un informe de mediados de 1803 al por entonces Secretario de Estado Pedro Cevallos"^^. Durante el curso, Herrgen explicó desde su comienzo en febrero de 1802 hasta el mes de junio la parte teórica de la orictognosia, comenzando con las clases de los minerales que comprendían las tierras, piedras y sales. Durante parte de junio se realizaron ejercicios prácticos, que consistían en descripciones mineralógicas según el sistema de Werner. En octubre explicó las dos restantes clases de los minerales, los combustibles y los metales, hasta terminar en diciembre la orictognosia. Posteriormente, entre mediados de abril y finales de mayo de 1803, explicó veinte lecciones de geognosia al reducido grupo de 5 ó 6 alumnos que habían estudiado la orictognosia y podían seguirle en su exposición de aquella disciplina. La metodología didáctica empleada por Herrgen en sus cursos era muy dinámica y daba importancia a la participación activa de los alumnos en las clases. Así tenemos que, en 1803, los alumnos más aventajados pasaron pruebas como la exposición al público de algunos temas monográficos, que atestiguaban los progresos de esta enseñanza. Así, por ejemplo, Andrés Alcón dio una conferencia sobre las variedades de cuarzos y sus caracteres distintivos; Donato García lo hizo sobre el feldespato y sus variedades, la obsidiana y la «piedra perlada» centrando el tema en los nuevos yacimientos encontrados en España y México, y Francisco Escolar y Serrano habló ^^ HERRGEN, CH. ( 1802), «Discurso leido por D. Christiano Herrgen... en la apertura de sus lecciones mineralógicas en 1 de Vobvtxo», Anales de Ciencias Naturales, V, pp.3-18. ^' ^ AMNCN, «Cátedra de Mineralogía», leg. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es sobre los distintos tipos de carbonatos, incluído el de bario y sus caracteres diferenciales. Herrgen citaba a los alumnos que asistían a sus clase. Pocos parece que fueron los discípulos cercanos a Herrgen durante sus años de enseñanza. Se conocen alrededor de una docena. Entre los alumnos mencionados se encontraba Ramón de Gil la Quadra, del que decía Herrgen en el informe que había estudiado botánica con Cavanilles y química y mineralogía con Proust. Ese mismo año, 1803, Quadra publicaría un artículo en los Anales de Ciencias Naturales'^^. Posteriormente se dedicaría a la política siendo nombrado sucesivamente vocal de la Junta de Protección del Real Gabinete de Historia Natural (1815), consejero honorario de Estado, ministro de la Gobernación de Ultramar (1820-1821), ministro de la Gobernación del Reino, Marina y Comercio (1836-1837)42. El discípulo más cercano de Herrgen fue Martín de Párraga, a quien el geólogo alemán le preparó como su sucesor en la enseñanza de la mineralogía. Estuvo pensionado, en torno a 1803, en Freiberg y Dresde. Fue nombrado en octubre de 1806 profesor de dicha asignatura en Gabinete"^^. Publicó dos artículos y dos traducciones en los Anales^^. Herrgen comentaba de Bernardo Canga Arguelles que era bibliotecario y archivero del Departamento de Fomento y Balanza y que había publicado un artículo en 1802^5. En su informe Herrgen citaba también a un tal D. Gregorio, que era ayudante de Proust en la cátedra de Química; a Leonardo Vidal, empleado en las fundiciones de artillería; a José M"" García Rodrigo, que junto con el anterior iban a la escuela de Proust; a Ramón Espiñeyra, protegido de Cevallos y pensionado con 6.000 reales anuales, quien realizaba las labores de ayudante de Herrgen. Espiñeyra fue autor de'^^ GIL DE LA QUADRA, R. ( 1803), «Introducción a las tablas comparativas de todas las sustancias metálicas...». También se le debe «Notas al Ensayo de mineralogía de D. Josef Brunner»,ibidem, VII, 42 MAFFEI, E. y RUA FIGUEROA, R. (1871-2), vol. II, p.74. ^'^ Los artículos fueron: «Piedra caliza folicular de las cercanías de Madrid», Anales de Historia Natural, II, 1800, pp. 175-176; y «Noticia del descubrimiento de una mina de grafito en el reyno de Aragón», ibidem, V, 1802, pp.22-25, mientras que las traducciones: «Descripción de un gravímetro o instrumento a propósito para medir la gravedad específica de los sólidos y los fìuidos, por el ciudadano Guitón», ibidem, II, pp.317-335 y «Carta del barón A. HUMBOLDT al ciudadano Delambre...», ibidem, IV, 1801, pp. 199-206. ^-"^ Herrgen, Ch. (1803), «Descripción mineralógica de la Blenda carbonosa del Puerto de Pajares», Anales de Ciencias Naturales, VI, Asclepìo-Vo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es dos pequeños artículos en los Anales y de una memoria sobre los compuestos y criaderos metálicos"^^. El último que citaba Herrgen en su informe era Alejandro Vicente Espeleta, a quien le encargó, junto con Juan Modesto Peringuer, el estudio de los minerales de Chile y la traducción de la nomenclatura química de la obra de L. Brugnatelli'^'^. Además de estos alumnos, los más aplicados al estudio de la mineralogía, Herrgen comentaba que también habían asistido de manera muy regular a sus clases un cierto número de aficionados, entre los que se encontraban algunos personajes de clase social acomodada, como el marqués de Zilleruelo, Matías Collado o Gaspar de Montagut, de quienes decía que le habían honrado con su asistencia continua. Finalmente también asistieron los curiosos dispuestos a pasar el rato en cualquier lección pública de cualquier cátedra de la corte, aunque no muy agradable para los catedráticos. El alumnado era siempre muy numeroso a principio de curso quedando las promociones finalmente reducidas a treinta o treinta y cinco personas, otros que carecían de talento y de una mínima preparación científica, además de algunos curiosos que sólo asistían a las lecciones públicas para pasar el rato, lo cual era muy común, decía, entre las cátedras que se impartían en la Corte. Otro discípulo de Herrgen fue Enrique Umana, natural de Santafé de Bogotá y relacionado con la expedición botánica organizada por José Celestino Mutis (1732-1808)"^^. Umana, tras estudiar con Herrgen en el curso del año 1800, había pasado a París para ampliar estudios en Historia Natural. Allí se dirigió a la École des Mines y con el apoyo de Rene-Just Haüy (1743-1822), profesor de mineralogía en esta institución y anteriormente en el Muséum National d'Histoire Naturelle (1802) y en la Sorbonne (1809), y de varios profesores de las instituciones científicas parisinas, solicitó ayuda económica del gobierno español para la compra en la capital francesa, a un precio que rondaba los 6.000-8.000 reales, de "una colección sistemática de minerales conocidos, y de los modelos de sus cristalizaciones", con el objeto de iniciar la enseñanza de la mineralogía en Nueva Granada"^^. Tras ser consultado Herrgen para que diera su opinión autorizada sobre esta compra, respondió desaconsejándola, ya que, decía, una buena colección de minerales. Hay que mencionar también entre los discípulos de Herrgen a Juan Sánchez Cisneros. Fue un militar que perteneció a la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, a la Sociedad Patriótica de Sanklcar de Barrameda y a la Sociedad Económica de Valencia. Sánchez Cisneros solicitó su entrada en la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona en 1799, presentando ese mismo año una memoria titulada «Discurso físico-natural sobre la formación de las montañas calizas y su origen y el descubrimiento en la de Gibraltar de una petrificación animal que se conserva en el Real Gabinete del Laboratorio Chimico de Madrid». En ella expuso las opiniones del químico Richard Kirwan (1733-1812) sobre el origen y formación de las montañas. Una obra suya, los Elementos de Mineralogía, sería traducida al castellano en 1789 por Francisco Campuzano, comisario de Provincia de Marina. En las actas de la Real Sociedad Económica de Valencia, en donde desempeñó la vicesecretaría, publicó algunas memorias mineralógicas entre 1803 y 1805: sobre las piedras del gabinete de dicha institución, sobre los minerales de Valencia y sobre los caracteres del carbón mineral, en donde adopta la clasificación de Werner'^'. Sánchez Cisneros publicó en 1803 en los Anales^^ un artículo que envió a Herrgen sobre la cueva de la Berquilla en Murcia. Parece que fue una respuesta al comentario de Herrgen en su Descripción geognóstica de las rocas... (1802), sobre la ausencia en España de descripciones de cuevas, algo muy común entre los románticos alemanes. Sánchez Cisneros sería autor en 1819 de los Elementos sublimes de ge o g rafia física. Herrgen logró elevar la enseñanza de la mineralogía en España a una altura superior a la que gozaba en París, y esto no sólo lo reconocía él sino también los naturalistas franceses en sus publicaciones acerca de su atraso en la mineralogía, y sobre la necesidad de incorporarse al sistema de los alemanes-'^-^. Entre los objetivos de la cátedra de Herrgen se encontraron la defensa del cambio en el aprovechamiento de los recursos minerales mediante la investigación y la enseñanza, según la línea seguida en Sajonia. Efectivamente, faltaban por integrarse las enseñanzas de minería práctica y minerometalurgia -la minería práctica comprendía los estudios de geometría subterránea y de mecánica aplicados al laboreo de minas, así como todo lo relativo a los procesos mecánicos a que se deben someter los minerales extraídos de la tierra antes de estar preparados para el comercio-, que completaban el abanico de ramas de la mineralogiV"*. Estas dos materias que restaban eran, ajuicio de Herrgen, las más interesantes, por ser, en definitiva, las que permitirían el aprovechamiento de los recursos naturales y la utilización primaria del suelo, como fuente de materias primas capaces de utilizar y o transformar las actividades de la población en beneficio propio. Herrgen pretendía para ello la colaboración de la Escuela de Minas de Almadén, donde la creación de una cátedra de Minería Práctica y Metalurgia y la capacidad de acogida del territorio para dichas actividades asegurarían la resolución de los aspectos prácticos de estos discípulos conectados y coordinados directamente con las impartidas en Madrid. Así los cadetes de la Escuela de Minas de Almadén podían acudir a Madrid a recibir clases teóricas. Era necesario pues, contar con la colaboración del Ministerio de Hacienda y el compromiso de no asignar cargos que exigieran este tipo de conocimientos más que al personal acreditado mediante exámenes públicos, lo que haría de la mineralogía una carrera perceptiva para el desempeño de cualquier puesto técnico en la explotación de minas. Con la invasión napoleónica, el local que ocupaba la Escuela de Mineralogía fue vendido por los franceses. Herrgen trasladó todo el material al Real Gabinete de Historia Natural donde quedó almacenado en cajas en las buhardillas y sótanos. Desapareció así la Casa de la platina y todo el metal que allí se almacenaba. Tras marcharse los franceses de Madrid, Herrgen recibió una Real Orden para que continuara sus lecciones. El 1 de octubre de 1815 se estableció por Real Orden el «Plan para la Enseñanza de Ciencias Naturales», por el que se creaba un unico establecimiento para la enseñanza de las ciencias naturales, que se llamaría Real Museo de Ciencias Naturales. Esta nueva institución unía el Real Gabinete de Historia Natural, el Jardín Botánico, el Museo, el Laboratorio Químico y el Estudio de Mineralogía. El Plan establecía la creación de cinco cátedras, correspondientes a las disciplinas de «Botánica», «Mineralogía», «Química», «Cuadrúpedos, Aves y Peces» y «Reptiles, Insectos y Conchas», que contarían con un profesor, además de un asociado como ayudante-' ^-' ^. En 1816 murió Herrgen y la enseñanza de la mineralogía fue encargada al viceprofesor Donato García, que dos años después fue nombrado profesor en propiedad. Desde entonces, y hasta su jubilación en 1854, sería el encargado de la enseñanza de la mineralogía en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII se constituyó en torno al actual Paseo del Prado un importante núcleo de instituciones científicas (Real Jardín Botánico, Academia de Ciencias, Observatorio Astronómico, Hospital General,...). El desarrollo de este foco científico sufrió las vicisitudes y limitaciones que afectaron a la política científica ilustrada. En el siglo XIX el establecimiento de nuevos centros docentes en esta zona fue escaso y carente de una idea directriz; los diversos proyectos para edificar una Facultad de Ciencias o la Escuela de Artes y Oficios limitaron considerablemente la extensión del Real Jardín. En el primer tercio del siglo XX la actividad constructora se limitaría a las obras en el Insdtuto Cajal (plagadas de malentendidos y desajustes) y unas constantes obras de remodelación en el Museo Velasco y el Jardín Botánico. labor regia coinciden éste es, sin duda, la intersección de los Paseos del Prado y de Atocha. En éste área confluyen simultáneamente los esfuerzos por embellecer el entorno urbano de la capital y por establecer los centros en los que la actividad científica debía desarrollarse (baste citar, a modo de ejemplo, la instalación del Real Jardín Botánico). El desarrollo de éste núcleo de instituciones científicas entre los siglos XVIII y XX es un perfecto ejemplo del irregular devenir de la ciencia en la España contemporánea; ilustrando por igual la grandeza y altitud de miras de algunos de nuestros gestores científicos, con la incoherencia y la falta de iniciativa de otros. LAS INSTITUCIONES CIENTÍFICAS EN TORNO AL PASEO DEL PRADO EN EL SIGLO XVIII A lo largo del siglo XVIII, pero especialmente durante el reinado de Carlos III, la ciudad fue mejorando su aspecto gracias al cumplimiento de las ordenanzas de alumbrado, limpieza y pavimentación, pero no se acometieron reformas urbanísticas de entidad en su primitivo núcleo; hubo, sí, nuevas construcciones (por ejemplo el Hospicio, la Casa del Correo o de la Aduana) pero no significaron un replanteamiento urbanístico del trazado del Madrid de los Austrias'. La actuación urbanística bajo Carlos III se orientó fundamentalmente hacia la periferia; la creación o remodelación de paseos (constituyéndose un primer cinturón alrededor del recinto) y el establecimiento de puertas de entrada (la Puerta de Alcalá será el ejemplo más notable) fueron las aportaciones más significativas-. La construcción del nuevo Palacio Real, y el forzoso traslado del Rey al Palacio del Buen Retiro, contribuyeron a desplazar el centro de gravedad de la ciudad hacia al este, dando al Paseo del Prado una mayor relevancia^.' El Paseo del Prado, o Salón del Prado como era llamado a finales del XVIII, es el trazado urbano más ambicioso y paradigmático de los diseñados en este período. La delimitación del Salón fue proyectada por José de Hermosilla en 1767, comenzando las obras en 1775 y finalizando en 1782; las fuentes ornamentales fueron diseñadas por Ventura Rodríguez en 1777 y su finalización coincidió con la del Salón"^. Como ha señalado Fernández Alba, el Salón se concebía como un parque cortesano, interrumpido por una secuencia de plazas circulares, en el cual arbolado y elementos naturales se integraban con grandes edificios públicos adyacentes; además, el Salón confirió al Madrid del futuro una nueva linealidad, norte-sur, frente a la antigua concentración alrededor de un núcleo central, típica del Madrid de los Austrias-^. Elemento urbanístico de principal importancia en el diseño del Salón del Prado era el carácter monumental de los edificios próximos; aparecen así, en la vertiente este del paseo dos grandes construcciones, auténticas joyas de la arquitectura dieciochesca: el Real Jardín Botánico y el futuro Museo del Prado. Significativamente, como prueba de la importancia que en el período ilustrado alcanza la ciencia, ambos edificios estuvieron destinados originariamente a albergar instituciones científicas. El traslado del Real Jardín Botánico al Paseo del Prado, desde su antiguo emplazamiento de Migas Calientes junto a la ribera del Manzanares, se inició tras una Real Orden dada el 25 de julio de 1774 por Carlos III. La construcción del nuevo recinto, como ha mostrado Carmen Anón, fue encomendada al arquitecto italiano Francisco Sabatini. Sabatini organizó el Jardín en dos áreas, una ajardinada o cuerpo principal (que todavía se conserva) y otra complementaria dedicada a huerto y viveros, que se extendía hasta el Paseo de Atocha (actual Paseo de la Infanta Isabel); y fue responsable, asimismo, del cerramiento del recinto y de la estructuración de la porción ajardinada en tres bancales para salvar el desnivel del solar^. También propondría una distribución interior de las parcelas ajardinadas, que Anón valora muy negativamente, que fue desestimada, no pudiendo responsabilizarse del diseño definitivo ni a Sabatini ni a Villanueva, a quién tradicionalmente se ha atribuido*^. De forma simultánea se realizaría el traslado de las plantas desde el antiguo jardín (iniciado en 1777), inaugurándose el nuevo recinto en 1781, coincidiendo prácticamente con el fin de las obras en el Salón del Prado. En años sucesivos se acometerían obras de acondicionamiento y mejora en el Jardín: la construcción de los Invernáculos de Poniente, conocido actualmente como Pabellón Villanueva (1781), construcción de la Puerta de Mudilo (1785), de los emparrados de los paseos laterales (1786) y de la " * Véase VVAA (1987), Guía de Arquitectura y Urbanismo de Madrid, Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Madrid, t.I, pp. 161-162. ^ Véase FERNÁNDEZ ALBA, A. ( 983), «El Pabellón de Invernáculos, noticia de una restitución histórica», en Anón, C; CASTROVIEJO, S.; FERNÁNDEZ DE ALBA, A.; Real Jardín Botánico de Madrid, Pabellón de Invernáculos. (' Véase ANÓN, C. (1987), Real Jardín Botánico de Madrid. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es A finales del siglo XVIII, por tanto, el Jardín tenía la estructura, extensión y, excepción hecha de las estufas, los edificios principales con los que contó hasta finales del siglo XIX y que suponían el límite sud-oriental del Paseo del Prado y el centro del área científica aquí estudiada. El acondicionamiento del Salón del Prado y la presencia del Real Jardín Botánico fueron factores determinantes para decidir la instalación de la Academia de Ciencias (el actual Museo del Prado). El proyecto de constitución de una asamblea de hombres de ciencia y letras se remontaba al reinado del primer Borbón, Felipe V, y tuvo continuidad, también fallida, durante el reinado de Fernando VI. Sería bajo el reinado de Carlos III, potenciado por el Conde de Floridablanca, a la sazón Ministro de Estado, cuando el proyecto de Academia de Ciencias tomase definitiva entidad. Entre 1779 y 1780 Bernardo y Tomás Iriarte realizaron diversos informes sobre la estructura de la Academia, proponiendo una institución de carácter generalista, que englobaba en un sólo organismo los diversos ramos del conocimiento. Frente a este modelo, Floridablanca se inclinaba por una institución dedicada exclusivamente al desarrollo de la actividad científica. La propuesta del ministro fue la que prosperó finalmente y en 1785 se encargó a Juan de Villanueva la construcción de un edificio sede de la institución, presentándose a valoración real dos proyectos. El proyecto definitivo estaba constituido por tres cuerpos unidos mediante dos galerías; considerando el proyecto de Academia de Ciencias como una institución de investigación, docencia y exhibición, y a pesar de la falta de Memoria descriptiva del edificio, cabe pensar que el cuerpo central, formado por un grandioso paraninfo académico, estaba destinado a las reuniones plenárias de la Academia, mientras que las galerías estarían dedicadas a la exposición de objetos científicos y naturales (fundamentalmente las colecciones del Gabinete de Historia Natural), y los palacios laterales, concebidos como construcciones anejas y casi independientes, a laboratorios y aulas^., El proceso de construcción del edificio sufrió diversos avatares y se constituyó en un elemento de la lucha política y la campaña de desprestigio contra Floridablanca, que terminó con la destitución del ministro en 1792. Durante el corto ministerio del Conde de Aranda, poco se avanzó en el edificio de la Academia, y la situación empeoró bajo Godoy, quién prodigó las obstrucciones al desarrollo de la institución. Rumeu cita un documento firmado por Godoy en 1796, ante un intento de revitalizar el desarrollo de la Academia, que dice: «Póngase todo con el expediente. Pero ciertamente que en mi tiempo no se verá concluido el establecimiento. Los abusos en él y los excesos de cada particular son consiguientes quando se amplía la facultad de lucir el talento, la energía, elegancia, etc.»''> No obstante, a pesar de las dificultades que enfrentó la non-nata Academia, el edificio que debía ser su sede si fue completado. Varios testimonios indican que a finales del siglo XVIII el edificio estaba muy avanzado y con casi total seguridad estaba finalizado en 1808. Los acontecimientos bélicos y el abandono determinaron su ruina parcial; al restaurarse la dinastía borbónica tras la guerra se rehabilitó el edificio y, retomando antiguas propuestas dieciochescas y de la monarquía Josefina, se destinó a Museo de Pinturas. Otra dependencia científica de este núcleo fue el Observatorio Astronómico. Sugerido su establecimiento por Jorge Juan al rey Carlos III, éste encargo su erección a Juan de Villanueva. La construcción se inició en 1790, bajo el reinado de Carlos IV, en el Cerro de San Blas, cercano al límite este del Real Jardín Botánico. Aunque el edificio no estaba terminado todavía en 1799, ya era utilizado para actividades docentes; la instalación de material científico para investigación se realizó a lo largo de la primera década del siglo XIX. Desgraciadamente cuando el Observatorio estaba a punto de ser finalizado, el estallido de la Guerra de la Independencia determinó su abandono y saqueo''. Otra institución científica próxima a este área fue el Real Gabinete de Máquinas. En abril de 1788 el embajador español en Francia, Fernán Nuñez, propuso la creación de un 'gabinete de máquinas' en que depositar la colección de planos y maquetas que habían formado un grupo de pensionados españoles en París. En diciembre de ese mismo año se nombraba a Agustín de Betancourt, responsable del grupo de pensionados, director del Real Gabinete de Máquinas. Los primeros planos y maquetas llegaron a Madrid en 1791, instalándose en el ala sur del palacio del Buen Retiro, abriéndose el Gabinete al público el 1 de abril de 1792. Posteriormente, al hacerse cargo Betancourt de la Inspección General de Caminos y Canales (1801), uno de sus primeros objetivos fue el establecimiento de un centro docente para su disciplina, utilizando las dependencias del Real Gabinete de Máquinas. El Gabinete se vinculó orgánicamente, para ello, a la Inspección (1802), naciendo así los Estudios de la Inspección, que en 1803 pasarían a denominarse Escuela de Caminos y Canales'^. Otro centro significativo en el área estudiada es el Hospital General. Establecido a finales del siglo XVI, en 1748 Fernando VI ordenó la construcción de un nuevo edificio para la institución. La Junta de Hospitales de Madrid encargó (1754) su construcción a Ventura Rodríguez; pero el proyecto de éste fue desestimado por la Junta, encargándose uno nuevo a José de Hermosilla. El proyecto de Hermosilla fue aceptado en 1756, comenzando la construcción en 1758; pero los trabajos se vieron dificultados por la falta de libramientos por parte del Consejo de Castilla, hasta que la utilización de los recursos originados por la expulsión de los jesuítas dio un nuevo impulso a la obra. A la muerte de Hermosilla la construcción se encargó a Sabatini, quién modificó el proyecto de forma considerable. El arquitecto italiano planteó un gigantesco edificio cuadrangular, de 165 metros de fachada por 221 de fondo, con unas charnelas que unían los pabellones independientes diseñados por Hermosilla. Aunque el edificio no llegó a completarse (Mesonero Romanos afirmaba que en 1781 sólo se había finalizado el patio central'-^) el proyecto planteaba el establecimiento de un cierto número de elementos secundarios no hospitalarios (iglesia, botica, biblioteca, escuela de cirugía,... etc.), difuminando el carácter estrictamente sanitario del centro, para englobarlo en la política de construcciones civiles y fomento de la actividad científica de Carlos III en Madrid'"^. Paralelamente al proceso de construcción del edificio del Hospital General, el Duque de Losada, sumiller de corps de Carlos III, realizó en 1776 un informe señalando la necesidad de un colegio de cirugía. Antonio Gimbernat y Mariano Ribas, cirujanos pensionados en Francia y Gran Bretaña, fueron los asesores del proyecto de Colegio de Cirugía de Madrid; a instancias suyas se creó el establecimiento docente en 1787, pero a pesar de sus intenciones el nuevo centro de enseñanza no se instaló en un edificio independiente, sino que lo hizo en el Hospital General, cuyo proyecto, como hemos indicado, contemplaba la existencia de dependencias para enseñanza de lamedicina'-\ En conjunto, a finales del siglo XVIII en la confluencia de los Paseos del Prado y de Atocha había surgido un núcleo importante de edificios de carácter docente e investigador (algunos inacabados y otros completados con éxito) que constituía un digno marco físico para las instituciones y anunciaba una cierta continuidad en el proceso de desarrollo de la actividad científica. Los acontecimientos posteriores (sustitución de Floridablanca, interrupción de la línea reformista ilustrada en la última década del siglo y, sobre todo, la cruenta y devastadora Guerra de la Independencia) frustraron el posible desarrollo institucional y científico. LA EVOLUCIÓN DE LAS INSTITUCIONES CIENTÍFICAS DEL PRADO-ATOCHA EN EL SIGLO XIX Tras el desastre que para los organismos científicos españoles supuso la guerra (ya comentamos que el Observatorio Astronómico y el edificio de la Academia habían sido saqueados, y otro tanto sucedió con los fondos del Real Gabinete de Máquinas), el reinado de Fernando VII no contribuyó a la recuperación de las instituciones científicas. El magno edificio de la Academia de Ciencias se reconvirtió en Museo de Pinturas, las obras de recuperación del Observatorio no se realizaron y las dependencias del Hospital General (pro-yecto inacabado) iban sufriendo un constante y no evitado deterioro. En uno de esos cortos períodos reformistas que caracterizan la historia del siglo XIX, durante el Trienio Liberal, se plantearon diversos proyectos para dotar al Colegio de Cirugía de un edificio propio. El aceptado finalmente suponía su traslado al convento de San Juan de Dios, pero no llegó a ser efectivo al revocarse la orden de traslado en 1823'^. Posteriormente, en los últimos años del reinado de Fernando VII, la Junta Superior del Colegio soHcitó (en 1830) y obtuvo autorización para trasladarse al Hospital de la Pasión y para la construcción de un edificio de nueva planta para el Colegio. El nuevo edificio comenzó a construirse en 1831, instalándose en él los primeros servicios docentes en 1835^'^. Fernández de los Ríos, junto algunas ironías sobre la notable capacidad pulmonar que a los profesores exigía el enorme anfiteatro central para 1.300 alumnos, no ahorraba críticas sobre la nueva construcción: «no fue ciertamente afortunado en la construcción del edificio que para él se levantó. Es la fachada pesada y de mal gusto, sin grandeza y poco adecuada al instituto para que ha sido Diversas obras se acometieron, también, en el Real Jardín Botánico al iniciarse el reinado de Isabel IL Tras un largo período de decadencia entre 1819 y 1827, que había culminado con el traslado de libros y herbarios a los desvanes del Museo del Prado, en 1834 se construyeron dos edificios anejos a la Cátedra, detrás del Pabellón de Invernáculos, con destino a Biblioteca y Herbario y se levantó la estufa de Mediodía o estufa grande'^. El balance en la construcción y remodelación de edificios científicos en el área estudiada a lo largo del siglo XIX es, por tanto, bastante pobre. Habría que esperar la llegada de la Restauración para una cierta recuperación de la iniciativa constructora en la zona, si bien se aprecia una diferencia fundamental respecto del proyecto dieciochesco: en éste se desarrolla un ambicioso plan urbanístico y de promoción integral de las instituciones científicas, mientras que en las últimas décadas del siglo pasado las actuaciones oficiales son de carácter puntual, limitándose a la erección aislada de edificios (algunos notables, eso sí) pero sin que exista un proyecto global para la zona. Además, el establecimiento de la Universidad Central en el Noviciado de los Jesuitas en San Bernardo, en los años cuarenta del siglo XIX, rompió el monopolio que como núcleo docente había alcanzado el área del Prado. El aprovechamiento de los bienes desamortizados a la Iglesia y las dificultades presupuestarias inherentes a todo gran proyecto urbanístico-docente impidieron la constitución de una auténtica 'ciudad universitaria' en la zona. La utilización de una importante porción del terreno adyacente en la construcción de los viales e instalaciones ferroviarias de la línea Madrid-Aranjuez, que andando el tiempo se transformaría en la Estación de Atochado, centro ferroviario de la ciudad, limitó de forma casi definitiva toda posibilidad de expansión de este núcleo científico-docente en los siglos XIX y XX. Hay que tener en cuenta, además, que ante la falta de suelo edificable (debida al crecimiento de la estación ferroviaria y la creciente presencia de casas de vecindad) el establecimiento de nuevos edificios se hará a costa de los terrenos del Real Jardín Botánico, que verá recortada de forma considerable su extensión. El primer recorte sobre la superficie del Jardín se realizó para posibilitar la construcción de la Escuela de Artes y Oficios (actual Ministerio de Agricultura). En octu- Pero en una decisión súbita e inopinada, una Real Orden de 20 de julio de 1885 informaba al Rector de la Universidad y al Decano de la Facultad de Ciencias que el edificio en construcción pasaba a ser destinado a Facultad de Ciencias y Gabinete de Historia Natural. Posteriormente una Real Orden de 25 de agosto de 1885 reconvirtió la Junta de Obras del edificio y designaba a Saavedra arquitecto en sustitución de Belmás; en octubre la Junta de Obras, a la vista de una petición de la Academia de Ciencias, ordenaba al Arquitecto Saavedra las reformas necesarias para albergar ésta en el edificio en construcción. Finalmente, en una decisión igual de inesperada que la del 20 de julio, un Real Decreto de 17 de diciembre de 1885 establecía: «Artículo 1° Se procederá inmediatamente a la construcción de un edificio destinado a Facultad de Ciencias en los terrenos del Jardín Botánico de esta Capital contiguos a los paseos del Prado y Atocha dándose desde luego principio a las obras por administración. Artículo 2° Se continuarán con toda la actividad posible para obtener su terminación en breve plazo las obras del edificio que ha de servir de Escuela Central de Artes y Oficios y de Comercio, con arreglo al proyecto que está en ejecución y aprobó a^i. mismo aquel Ministerio, quedando en su consecuencia derogada la Real Orden de 20 de Julio último que dispuso la modificación del expresado proyecto para destinar el edificio a Facultad de Ciencias»^-^. A pesar de la reversión al proyecto original de Escuela de Artes y Oficios, una Real Orden de 4 de febrero de 1886 aprobaba las modificaciones presentadas por Saavedra para el edificio, afirmando que el arquitecto consideraba que éstas eran necesarias fuese cual fuese su destino último. El respeto a las modificaciones planteadas por Saavedra fue seriamente cuestionado por la Real Academia de Bellas 21 Véase la Minuta del Ministerio de Fomento a Eduardo Saavedra, fechada el 26 de octubre de 1881. En lo sucesivo AGA, Educación. 22 Véase el Proyecto de Conservatorio de Artes, Escuela de Artes, Oficios y Comercio, 1881. 2^ Véase el Expediente de obras de construcción de un edificio para Facultad de Ciencias aprovechando las ejecutadas para Escuela Central de Artes y Oficios. También la Minuta del Director General de Obras Públicas al Ministerio de Fomento, fechada el 18 de diciembre de 1885. Artes de San Fernando y origino un conflicto de intereses entre el contratista de las obras y el Ministerio de Fomento-"^. Las obras en la Escuela se continuaron hasta 1891, fecha en que el destino del edificio se reconsideró, decidiendo reconvertirlo en sede del Ministerio de Fomento. Las obras para tal fin, que aprovecharon lo ya edificado como Escuela, se encomendaron a Ricardo Velazquez Bosco, quién las acometió a partir de 1893, finalizándolas en 1897^-''. El azaroso avatar de este edifício, que fue destinado originalmente a Escuela de Artes y Ofícios, en segundo lugar a Facultad, Museo y Academia de Ciencias, nuevamente Escuela de Artes y Oficios, para finalizar siendo sede de un Ministerio, es una prueba de la improvisación de las autoridades educativas de la Restauración, y supone un magnífico ejemplo (trasladado esta vez al marco físico de las instituciones científicas) del constante cambio que las disposiciones educativas (especialmente los planes de estudio) vivieron a lo largo del siglo XIX. A pesar de todo el edificio de la Escuela de Artes y Oficios, aunque fuese como sede del Ministerio de Fomento, se completó. Peor suerte corrieron diversos proyectos para levantar un edificio destinado a Facultad de Ciencias. Como hemos indicado al estudiar el proyecto de Escuela de Artes y Oficios, en 1881 se planteó un proyecto conjunto de Escuela de Artes y Oficios y Facultad de Ciencias, que Eduardo Saavedra transformó en un proyecto para Facultad de Ciencias en 1882. Dicho proyecto justificaba la utilización de terrenos del Jardín Botánico, aún reconociendo las limitaciones de espacio de éste, por la falta de solares disponibles, y retomando la idea de un «campus universitario» en la zona, señalaba las ventajas que la vecindad con la Facultad de Medicina, el Jardín, el Observatorio Astronómico, el Museo Velasco y la Escuela de Ingenieros de Caminos representaba. Al considerar la ubicación del edifício señalaba el arquitecto su oposición a situarlo en la esquina superior de la calle Granada (cercano a la esquina de las actuales Alfonso XII y Claudio Moyano), emplazamiento primeramente pensado para la Escuela de Artes y Ofícios y la Facultad; proponía, en cambio, el solar inferior situado al hilo del Paseo de Atocha (en el espacio ocupado por el actual Ministerio de Agricultura), con la fachada principal orientada no hacia el Paseo, sino perpendicular a éste, considerando que esta localización y orientación permitiría una entrada meridional digna para el Jardín. El edifício proyectado comprendía tres plantas (sótano, bajo y principal), distribuidas en torno a dos patios centrales; las fachadas contarían con un zócalo de sillería siendo el resto de la fábrica de ladrillo visto. Un aspecto signifícativo son las consideraciones que la Memoria explicativa del proyecto incluye acerca de la posibi- http://asclepio.revistas.csic.es lidad de construir una segunda planta adicional en la que dar cabida a las colecciones del Gabinete de Historia Natural. El proyecto no se llevaría a término en la localización propuesta por Saavedra, ya que en el solar indicado por éste se iniciaron, como ya hemos visto, las obras de la Escuela de Artes y Oficios. No obstante el proyecto de Saavedra siguió su tramitación administrativa, pasando en enero de 1883 a la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos, órgano encargado de examinar las especificaciones técnicas y económicas de los proyectos de obras del Estado. La Junta dictaminó que el proyecto de Facultad de Ciencias presentado por Saavedra podía ser aprobado, pero encomendaba diversas modificaciones de orden técnico y estético (aumento de la altura del sótano, mayores dimensiones en el cuerpo semicircular posterior y entrada mediante una puerta de tres arcos), afirmando, además, que: «la construcción de un piso más para establecimiento del Museo de Ciencias Naturales, es indispensable, si la Escuela de Ciencias ha de satisfacer cumplidamente todos los fines de su Instituto»27. Recomendaba, también, la Junta Consultiva el mecanismo más adecuado para la realización de las obras (contrata y subasta pública para las obras de movimiento de tierras, fábrica y carpintería, y ejecución directa, o por administración, para los trabajos de decoración y otros menores), encargando en consecuencia ligeras correcciones sobre el presupuesto; éstas fueron presentadas por Saavedra el 5 de junio de 1884, y con fecha 30 de junio se solicitó autorización para convocar la subasta de las obras a contratar. La subasta se anunció el 15 de septiembre de 1884, sin que se presentaran licitaciones, celebrándose una segunda subasta, el 5 de noviembre, con idéntico resultado negativo. Finalmente, a la vista del infructuoso resultado de las subastas, y teniendo en cuenta la necesidad de proporcionar trabajo a la clase obrera madrileña, se ordenó la ejecución de la obra por administración con un presupuesto material de 1.221.986,47 pesetas28. Pero la ejecución del proyecto sufrió una brusca alteración, como ya vimos, al dictarse una Real Orden el 20 de julio de 1885 que destinaba el edificio en construc- Las obras debieron iniciarse de forma casi inmediata, aunque probablemente eran continuación de las ejecutadas sobre el proyecto de 1882. El expediente incluye diversas gestiones para subcontratar el desmonte de los solares y una nota de la Dirección General de Instrucción Pública, fechada el 12 de febrero de 1886, afirma que las obras habían dado comienzo-^. El edificio en construcción estaba radicado, como indicaba el Real Decreto de 17 de diciembre, entre la Escuela de Artes y Oficios (en construcción) y el Jardín Botánico, en el área que actualmente ocupa la estatua de Claudio Moyano y la zona ajardinada adyacente, con su fachada hacia la plaza formada por la confluencia de los dos paseos^^. Pero las modificaciones no se hicieron esperar y una Real Orden de 25 de febrero de 1886 ordenaba variaciones para que el edifício albergase a la Real Academia de Ciencias. También, de nuevo, aparecen la inconstancia y los cam-bios súbitos en las disposiciones administrativas, y sólo dos días después, el 27 de febrero se revocaba la orden dictada el 25. Además, la ejecución de las obras parece haber tenido serias dificultades en la necesaria canalización de una alcantarilla. El proyecto de alcantarilla fue presentado por Saavedra en abril de 1886; tras el informe de los cuerpos técnicos de la Real Academia de San Fernando, el proyecto sufrió notables modificaciones técnicas, iniciándose las obras en julio de 1886 y finalizándose en febrero de 1887, no formalizándose el acta de recepción de la obra hasta octubre de 1887^'. 29 Ibidem. ^^^ El plano de la ciudad publicado en 1886 por Benito Martínez y José Méndez, y realizado a lo largo de 1885, incluye el trazado de un edificio en la zona citada, entre el Jardín Botánico y el Ministerio de Fomento, que corresponde sin duda a la Facultad de Ciencias. La fecha de la elaboración del plano nos induce a pensar que algunas obras debían haberse realizado en el solar antes de 1885 y, en todo caso, el proyecto debía estar suficientemente avanzado como para que los autores del plano pudiesen conocer su forma y estructura general. Véase VV A A (1979), Cartografía básica de la Ciudad de Madrid. Planos históricos, topográficos y parcelarios de los siglos XVII-XVIII-XIX y XX, Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Madrid. Paralelamente a la construcción de la alcantarilla, que retrasó las obras ya comenzadas de la Facultad, Saavedra presentó un nuevo proyecto de edificio para la Facultad de Ciencias en 1887. El proyecto no era totalmente nuevo, si no una reinterpretación del proyecto de 1882: se mantenía la forma general del edificio, la distribución en torno a dos patios interiores, la existencia de un segundo piso destinado al Gabinete de Historia Natural, y se introducían las modificaciones propuestas por la Junta Consultiva de Obras Públicas al proyecto de 1882. En la Memoria de este nuevo proyecto Saavedra informa de las dos principales modificaciones: «El primer motivo de variación tiene origen en la necesidad de ampliar el local, correspondiente a las repetidas instancias de los Profesores de la Facultad de Ciencias sobre todo los de la Sección de Historia Natural. Para proceder con acierto el Arquitecto ha conferenciado con la Comisión del claustro nombrada al efecto, ha sometido al examen del claustro mismo varios borradores de extensión y distribución de las plantas y ha procedido con arreglo a sus instrucciones dentro de lo posible. El otro objeto de la reforma es el aumento de precios. Sacada la obra a subasta, no hubo para ella postor alguno, diciéndose de público que los precios de unidad eran excesivamente bajos, y esto movió al Gobierno a ordenar que se hiciera un nuevo cuadro para intentar nuevamente la subasta»'^2 Finalmente, informa el arquitecto de las nuevas dimensiones del edificio (72,60 metros de largo por 60,85 de ancho, lo que rinde un total de 4.421,44 metros cuadrados construidos), estima la duración de las obras en un mínimo de cuatro años y establece el presupuesto total de 2.543.070,11 pesetas^^. En diciembre de 1887 el proyecto fue remitido a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que lo devolvió en abril de 1888, proponiendo modificaciones en los cálculos de resistencia del edificio, en los planos de la fachada principal y diversas correcciones en las condiciones facultativas y los cálculos presupuestarios (lo que podría explicar las adiciones al presupuesto original). Proponían los informantes de la Real Academia, además, que se consultase la distribución interior de aulas y dependencias con el Director del Museo de Ciencias y el Decano de la Facultad. Las correcciones fueron realizadas por Saavedra, quién sometió de nuevo su proyecto al ^2 Cfr. la Memoria del Proyecto para la construcción de una Facultad de Ciencias en 1887. ^^ Sobre del presupuesto de la edificación hay varias correcciones manuscritas y que no especifican las razones últimas de los cambios. Véase: Presupuesto del Proyecto para la construcción de una Facultad de Ciencias en 1887. Ibidem. dictamen de la Academia en enero de 1889. La Academia dictaminó positivamente las correcciones, devolviendo el proyecto de inmediato, pero la aprobación definitiva de éste se retrasó, sin motivo conocido, hasta agosto de 1889, con un presupuesto de 2.925.576,98 pesetas, pero: «no se cumplimentó esta orden por haberlo dispuesto así S. E. [el Ministro de Fomento] y por tanto no se mandó el expediente como debía al Consejo de Ministros para su aprobación definitiva»^'^. El edificio de la Facultad de Ciencias, por tanto, a pesar de haberse ejecutado sus primeras obras fue dejado en suspenso, y las dos versiones del proyecto realizado por Eduardo Saavedra no llegaron a plasmarse en realidad. Aún existiría un tercer proyecto, también fallido, de Facultad de Ciencias. En agosto de 1893 el arquitecto Velazquez señaló el terreno colindante con la calle Alfonso XII como adecuado para la edificación. A instancias de Miguel Colmeiro, Director del Jardín, se desestimó dicho emplazamiento, que presentaba un muy fuerte desnivel y se optó por construir en: «el que queda a la izquierda de la nueva calle trazando esta todo lo mas paralelamente a edificios destinados a Ministerio de Fomento, de forma que aquella desembocaría en la puerta de Atocha entre los dos edificios; y adoptando esta solución habría que tomar una nueva parcela del Jardín Botánico, la que fue marcada por el citado Director y comprende desde el sitio en que se empezó a levantar el edificio para la Facultad de Ciencias y la primera Calle del Jardín normal al Paseo de Atocha. Esto obligaría a cortar bastantes árboles pero no tenían importancia alguna según ha manifestado el Sr. Colmeiro. Ajuicio del Arquitecto Sr. Velazquez este emplazamiento ofrece grandes ventajas como son la economía en la cimentación y que la entrada de la nueva calle por la Puerta de Atocha con los dos edificios flanqueándola sería desde luego uno de los mejores puntos de Madrid, formando una entrada digna de esta corte»^-'^. El edificio proyectado por Velazquez suponía una construcción de 95 por 45 metros, con una superficie total de 4.275 metros cuadrados. La última referencia encontrada sobre este proyecto ordena a Velazquez la redacción del proyecto completo (memoria, planos, presupuesto,...etc.) teniendo en cuenta los proyectos anteriores diseñados por Saavedra. Una revisión general del expediente de construcción realizada por el Negociado de Construcciones Civiles del Ministerio de Fomento, firmada en 1898, afirma que Velazquez no realizó el encargo y ante una exposición del Rector de la Universidad de Madrid, insistiendo en la necesidad del edificio, recomienda que se encarezca al arquitecto la urgente realización del proyecto^^. Aunque el expediente citado parece acusar a Velazquez de negligencia, y a pesar de no existir más documentación sobre este tercer proyecto, nos inclinamos a pensar que su realización fue totalmente desestimada entre 1894 y 1895 cuando se trazó la calle Claudio Moyano, que determinó la separación de dos parcelas en el Jardín Botánico: una situada sobre el Paseo del Prado, que comprendía la zona ajardinada y es el recinto actual de la institución, y otra que dio lugar a la manzana ocupada por el Ministerio de Fomento y la zona ajardinada aneja^''. En todo caso, la construcción de un edificio sede de la Facultad de Ciencias se abandonó definitivamente, y no se contaría con locales propios y dignos para la enseñanza universitaria de las ciencias en Madrid hasta entrado el siglo XX, cuando las obras de la Ciudad Universitaria plantearon la construcción de un conjunto de edificios para tal fin, pero ya fuera del ámbito de los paseos de Atocha y del Prado. La inexistencia de proyectos para la construcción de un edificio de Facultad de Ciencias hasta bien entrado el siglo XX, no debe inducir a pensar que los profesores e investigadores vinculados a la Universidad de Madrid no realizaron peticiones en tal sentido. En febrero de 1898, los integrantes del claustro de la Facultad de Ciencias elevaron un informe sobre «Principales datos que deben tenerse presentes para la construcción de un edificio destinado a Facultad de Ciencias y Museo de Ciencias naturales» que constituye un detallado examen de las condiciones en las que se impartía la enseñanza científica a finales del siglo XIX y una relación de propuestas y características técnicas que debe presentar el nuevo e imprescindible edificio. Comentaban los profesores que una de las dificultades más graves que afrontaba la actividad docente de la Facultad era la dispersión de los edificios: las clases se impartían en la sede central de la Universidad en San Bernardo, otras en el Instituto de San Isidro, otras en el Museo (radicado ya en el edificio de la Biblioteca Nacional) o en el Jardín Botánico; afirmando además que «las circunstancias y condiciones relativas a los locales destinados a cátedras y laboratorios son extremadamente deplorables», aspecto que redundaba sobre la calidad de la enseñanza, que: «tiene que quedar reducida a explicaciones orales, que si son suficientes en las ciencias especulativas a condición sin embargo de quedar el Profesor a disposición del alumno para aclarar las dudas que a este le puedan ocurrir, distan mucho de lo necesario en las ciencias •^^' Ibidem. 37 Véase: Expediente relativo a las obras de cerramiento con verja del Jardín Botánico de esta Corte por la nueva calle del Ángel Caído y la de Alfonso XII. Se manifestaba el Claustro, en consecuencia, a favor de la construcción de un edificio para la Facultad de Ciencias y Museo de Ciencias Naturales y, siguiendo la línea de los diversos proyectos planteados durante la Restauración, propugnaba su erección en terrenos del Jardín Botánico, en la zona colindante con la calle Claudio Moyano. Esta propuesta, que hubiera alterado considerablemente al Jardín, afectando incluso la porción ajardinada limítrofe con el Paseo del Prado, no alcanzó mayor repercusión. Incluía, además, la Memoria del Claustro de la Facultad un apéndice en el cual se detallaban las características del futuro edificio: su carácter mixto Facultad-Museo, la existencia de cuatro plantas (sótano, principal, primera y segunda) y las dimensiones, orientación y condiciones de todas las dependencias docentes e investigadoras^^. El informe del Claustro y su apéndice son una prueba excelente del profundo conocimiento entre los profesores de Ciencias de la época de las necesidades institucionales de sus disciplinas y, al tiempo, suponen una valoración positiva de los proyectos fracasados presentados por Saavedra en la década de los ochenta, ya que éstos presentan la misma estructura general que el edificio solicitado por los universitarios. En cualquier caso el edificio solicitado por los profesores no llegó a alcanzar más relevancia oficial. Cabe recordar que la propuesta se realizó en una época turbulenta ( en 1898 se desarrollaba la guerra contra los independentistas cubanos y los Estados Unidos); pero en una etapa posterior, a partir de 1900, cuando la creación del Ministerio de Instrucción Pública inauguró una política reformista que afectó a la estructura docente y organizativa de la Facultad de Ciencias y del Museo de Ciencias Naturales no tenemos constancia de proyectos para construir un nuevo edificio de la Facultadlo. ^^ Véase: Memoria del Claustro de la Facultad de Ciencias, fechada el 25 de febrero de 1898. 4" Véase BARATAS DÍAZ, L.A. y FERNÁNDEZ PÉREZ, J. (1992), «La enseñanza universitaria de las Ciencias Naturales durante la Restauración y su reforma en los primeros años del siglo XX», Llull, vol. 15, n° 28, pp.7-34. Sólo hemos encontrado una muy vaga información de un proyecto de edificio a construir en terrenos del Jardín Botánico en 1912. En un informe de noviembre de ese año sobre una obra de importancia menor, la Junta Facultativa de Construcciones Civiles dice: «Como esta instalación se proyecta en la parte del Jardín Botánico, en la que se trata de establecer un edificio para la Facultad de Ciencias, sería conveniente tener presente la instalación probable de este edificio, para no producir gastos en obras de corta existencia». Esta imprecisa mención y la ausencia de información más detallada, nos hace pensar que el supuesto edificio era más una mera intención que un proyecto formal. Informe de El resultado final de esta larga serie de propuestas y proyectos frustrados fue la utilización de terrenos del Jardín Botánico para dependencias administrativas o viadas, pero no para edificios de interés científico o académico, y la carencia de una institución universitaria bien dotada en la que desarrollar las actividades docentes y científicas inherentes a la Facultad de Ciencias. Una pequeña institución científica establecida en el área estudiada a finales del siglo XIX fue el Museo Antropológico o Museo Velasco. Pedro González de Velasco era un notable anatomista y cirujano, que había obtenido, gracias al ejercicio profesional, cierta fortuna; también había reunido a lo largo de su vida una notable colección de preparaciones de anatomía humana, de anatomía comparada y de objetos histórico naturales y antropológicos"^^. A principios de 1873 González de Velasco adquirió un solar en la esquina del Paseo de Atocha y Calle Granada (actual Alfonso XII), con la pretensión de levantar un edificio que albergase su colección científica. El arquitecto Francisco de Cubas diseñó un cuerpo central destinado a área de exposición, al que se adosaban dos alas laterales, en las que tendrían cabida la vivienda del Doctor y diversas salas de trabajo y estudio. Las obras comenzaron en abril de 1873 y dos años después, en abril de 1875, se inauguraba oficialmente el Museo. Las obras tuvieron un coste elevadísimo y condujeron a la ruina económica del Doctor^-. Tras su muerte el edificio y las colecciones fueron adquiridos por el Estado pasando a constituir la Sección Antropológica del Museo Nacional de Ciencias Naturales"^-^ y, como veremos más adelante, en el siglo XX alojó importantes laboratorios de investigación biológica. El terreno ocupado por el Real Jardín Botánico sufrió a lo largo de la Restauración, como hemos visto, diversos recortes que lo redujeron a su extensión actual. Hay que señalar, también, que durante el siglo XIX no se habían realizado en él obras de relevancia, limitándose la actividad a reparaciones, nuevos cerramientos y obras de conservación"^"^. En los primeros años del siglo XX, a pesar de la política de reformas desarrollada por el Ministerio de Instrucción Pública, el Jardín no mejoró sus instalaciones de forma apreciable; incluso hubo de hacer frente a la pretensión de convertir uno de las alas del Pabellón Villanueva en aula de pintura del paisaje de la Escuela de Pintura, Escultura y Grabado'^-''. Posteriormente, en febrero de 1905, en respuesta a un requerimiento cursado por el Ministerio de Instrucción Pública sobre las mejoras a realizar en edificios públicos, el Director del Jardín solicitaba la «construcción de un pabellón para trabajos de Fisiología vegetal adosado en la parte opuesta y simétrica con el de Histología vegetal, aprobado el año pasado este último y todavía no construido»"^^ y otras obras menores (instalación de bocas de riego, pintado de la verja o construcción de una garita para el vigilante). Tras la preceptiva visita de inspección, el arquitecto Enrique Jort remitió, en septiembre de 1905, un presupuesto que sólo consideraba el pintado de la verja. En enero de 1906 Jort enviaba al Negociado de Construcciones Civiles del Ministerio el proyecto y presupuesto de las restantes obras solicitadas. Tras el informe positivo de la Junta de Construcciones, una nota del Negociado de marzo de 1906 proponía la ejecución de las obras; pero la obra de más trascendencia (el pabellón de Fisiología Vegetal) no se ejecutó, sufriendo además el proyecto una modificación por parte de otro arquitecto, y una nota del Negociado de 44 Existe documentación sobre obras en el Real Jardín Botánico de Madrid a lo largo del siglo XIX en el Archivo General de la Administración, Sección de Educación, que comprende información sobre obras de cerramiento (cajas n° 8103, legajo 8875-1, y n" 8109, legajo 8878-7), remodelaciones y obras de consolidación de las estufas (cajas n" 8105, legajos 8876-4 y 8876-10, y caja n° 8109, legajo 8878-6), y obras de acondicionamiento para la exposición de objetos de la Expedición al Pacífico (caja n° 8109, legajo 8878-3). 4' ^ Véase: Proyecto de reforma de parte de la estufa para instalación de clase de pintura del paisaje, fechada el 24 de octubre de 1901. 4<'' Véase: Minuta del Negociado de Construcciones Civiles, fechada el 23 de febrero de 1905. Contabilidad del Ministerio detenía su ejecución por «estar acabada y sobrepasada la partida de Conservación y reparación de establecimientos»"^^. No hay más información de obras de relevancia en el seno del Jardín hasta 1917, cuando el Director comunicó «la necesidad de llevar a efecto reparaciones urgentes en alguno de los Pabellones y también la ampliación de estos en orden a las necesidades de la enseñanza, para poder adaptarlos a las Cátedras y Laboratorios de Fisiología Vegetal»"^^. Ante esta petición se autorizó (en junio de 1917) al arquitecto Enrique Repulías a realizar un proyecto detallado de las obras, que éste presentó en noviembre. El proyecto suponía la ampliación de un piso sobre la antigua estufa (conocida como pabellón Villanueva), y contaba con un presupuesto de ejecución por contrata de 152.142,29 ptas. Este proyecto fue remitido a la Junta de Construcciones Civiles, que cuestionó seriamente su validez estética y técnica: «la Junta tiene la honra de informar a V.I., la conveniencia de desistir de la obra de elevación de un piso en la estufa del Jardín Botánico; en caso de no aceptarse esa solución la conveniencia de devolver el proyecto estudiado a su autor con el cuidado de dejar al edificio resultante con un aspecto digno del Jardín en que está implantado; y si las dos proposiciones anteriores no fuesen admitidas por V.I. que pueden aprobarse el Presupuesto y el Pliego de condiciones consignando en ellas que ha de regir también el Reglamento de Construcciones Civiles de 4 de Septiembre de 1908»49. Finalmente, aunque una nota manuscrita del expediente afirma que el proyecto no se ejecutó por fallecimiento del arquitecto, parece razonable que el duro informe negativo de la Junta Consultiva determinase su abandono. Hay que considerar, además, que las obras de reforma en el Jardín Botánico debieron verse dificultadas gravemente por el enfrentamiento mantenido por su dirección con la Junta para la Ampliación de Estudios, organismo ministerial del que dependía el Jardín''^. La llegada de Ignacio Bolívar a la Dirección del Jardín y la renovación institucional subsiguiente se tradujo en el desarrollo de una serie de mejoras en las dependencias del Jardín. En 1920, ya se habían planteado y realizado diversas reparaciones de importancia en el Jardín (refor-mas en las estufas, consolidación de muros, obras de alcantarillado,... etc.); pero sería a partir 1921, con Bolívar como "^^ Véase: Minuta del Negociado de Construcciones Civiles, fechada el 18 de julio de 1907. Ibidem,' ^^ Cfiw Minuta del Director del Jardín Botánico, fechada el 17 de abril de 1917. Informe de la Junta Consultiva de Construcciones Civiles, fechado el 12 de diciembre de 1917. •' ^<' Véase: GONZÁLEZ BUENO, A. y GALLARDO, T. ( 1988), «Los estudios botánicos en la Junta para la Ampliación de Estudios», en J.M. Sánchez Ron (ed.), 1907-1987. La Director, cuando se afrontase, de nuevo, la construcción de Laboratorios para el Jardín. En diciembre de 1921 el arquitecto Pedro Muguruza presentó un proyecto para la instalación de nuevos laboratorios en el Jardín, retomando la idea de erigirlos sobre la antigua estufa (Pabellón Villanueva), levantando las cubiertas de la zona central y cerrando con forjado metálico y fabrica de ladrillo una nave con ventanales en la que se dispondrían mesas de trabajo y armarios para material de investigación, comunicando con el vestíbulo del piso inferior mediante una escalera de caracol. El proyecto fue informado por la Junta Consultiva de Construcciones Civiles del Ministerio que desaconsejaba la obra, pero no mostraba una total oposición a ella: «Ha sido idea constante de la Dirección del Jardín Botánico la ampliación del Herbario o antigua estufa para la instalación de una u otras dependencias. Ya en el año 1917 fue examinado por la Junta un proyecto según el cual se aumentaba un piso en toda la extensión del herbario y el trazado entonces propuesto destruía por completo el aspecto y carácter del actual cuerpo del edifico al punto que no pareció aceptable, ante la consideración del daño que con ello se causaba a una construcción sencilla en su conjunto, de elegante forma y correcto dibujo. Alterados resultan también el conjunto y el aspecto del Herbario con la reforma que ahora se propone; no se infiere, sin embargo, tan grave quebranto al carácter del edificio como en aquella otra de 1917. Por esto cree la Junta que sería siempre preferible dedicar alguna superficie del Jardín a la construcción de un pabellón especial para el servicio de que se trata. Pero si V.I. tiene conocimiento de que sea realmente imposible disponer de terreno para el destino indicado, puede aprobar el proyecto examinado, que está debidamente formulado y ofrece una solución económica, siendo procedente, en este caso, que la obra se ejecute por administración y por su expresado presupuesto de veinte mil quinientas noventa y cuatro pesetas y cuarenta y dos céntimos»-'''. Finalmente, aunque una nota del Negociado de septiembre de 1922 proponía la ejecución de la obra, y esta contó con el visto bueno ministerial, una nota manuscrita del expediente nos informa lacónicamente que: «No tuvo efecto el presente acuerdo». Paralelamente presentó Muguruza, en abril de 1922, una segunda fase de la construcción de laboratorios sobre el Pabellón Villanueva, por un importe de 25.000 pesetas, que siendo aprobado por la Junta Facultativa de Construcciones Civiles, obtuvo el visto bueno del negociado y del Ministerio en enero de 1924. Pero una nota del Negociado de abril de 1924 afirmaba: -' ^' Cfr.: Informe de la Junta Consultiva de Construcciones Civiles de 26 de febrero de 1922. AGA, Educación, caja n" 5412, legajo 13616-2. «resultando que por la carencia de crédito en la consignación destinada a esta clase de atenciones dentro del correspondiente presupuesto, no pudo acordarse el libramiento de la expresada cifra, no pudo, por tanto, llevarse a cabo las citadas obras»^^. Ante este situación, el proyecto de construcción de una segunda planta para laboratorios debió ser desestimada, y las obras en el Jardín reconducidas hacia la reparación y reforma de los edificios ya existentes; en julio de 1924 remitió Muguruza al Negociado tres proyecto relativos al "primer grupo de obras de reparación en el Pabellón del Laboratorio". De los informes de la Junta Consultiva de Construcciones Civiles se deduce que estas obras eran de reparaciones interiores y exteriores en la estufa o Pabellón Villanueva, y no incluían obras tendentes a levantar un nuevo local para los laboratorios. El primer de los tres proyectos sería aceptado por el Ministerio y ejecutado antes del final de 1924, mientras los otros dos proyectos serían aprobados oficialmente en febrero de 1927-^-^. No hay documentación que explique, más allá de las sempiternas dificultades económicas, la falta de ejecución de obras en el piso alto del Pabellón Villanueva. Teniendo en cuenta las dificultades surgidas entre las autoridades educativas y la Junta para la Ampliación de Estudios en los primeros años de la Dictadura de Primo de Rivera^"^, parece razonable pensar que el Ministerio presentase oposición a obras de nueva planta desarrolladas por la Junta, pero encontrase más difícil justificación para no llevar a término obras de reacondicionamiento. La mejora de las relaciones entre la Junta y el Directorio con el transcurso del tiempo, permitiría que en 1927 se reactivase el programa de mejoras en el Jardín, aprobándose los dos proyectos planteados en julio de 1924, remodelándose la estufa del jardinillo (con un presupuesto de 43.259,79 pesetas) y la presentación, de nuevo, del proyecto de laboratorios sobre el Pabellón Villanueva, esta vez como sede de la Cátedra de Microbiografía (sic) e Histología, sobre el que a pesar de ser favorablemente informado por la Junta Consultiva de Construcciones Civiles (en agosto de 1827) no hubo resolución ministe-rial^'^. Pese a todo, este nuevo piso debió empezar a construirse, ya que en diciembre de 1930 el arquitecto Muguruza presentó un proyecto de ampliación de obra, que fue examinado por la Junta consultiva de construcciones civiles, que afirmaba: -' ^2 Cfr.: Nota del Negociado de Construcciones Civiles fechada el 28 de abril de 1924. Ibidem. ^^ Véase: Nota del Negociado de Construcciones Civiles, fechada el 21 de febrero de 1907. ibidem. ^"^ Véase: LAPORTA, F. et al. (1987), «Los orígenes culturales de la Junta para la Ampliación de Estudios», Ar/7r;r, t.l27. n°499, juiio-agosto, pp.68-73. «Una de las más interesantes de estas reformas se empezó a realizar en el pabellón de laboratorios, levantando una planta sobre la existente, operación que se ha venido ejecutando por tramos. El proyecto de obras de ampliación que ha presentado actualmente el Arquitecto Sr. Muguruza /.../ propone la continuación de esta parte de la total reforma, interrumpida durante años por la necesidad de atender con urgencia a otros servicios y comprende la porción de laboratorios correspondientes a tres intercolumnios de la fachada principal, en una línea de once metros»'^^'. Por tanto, la construcción de laboratorios sobre el Pabellón Villanueva se iniciaría en los últimos años de la década de los veinte-^^, pero su desarrollo se supeditaría a la ejecución de imprescindibles obras de reparación y mejora en éste (pavimentación y mobiliario, arreglo general de la cátedra de Botánica), enlucido de las fachadas de las antiguas aulas y archivo (el edificio localizado tras el Pabellón Villanueva), reparaciones globales en las estufas, pavimentación de paseos y reparaciones en los andenes de piedra que delimitaban los tres bancales del Jardín, realizadas entre 1928 y 193058. A principios de 1931 se retomaría la construcción de laboratorios sobre el pabellón Villanueva, dando el Negociado de Construcciones Civiles el visto bueno a la obra y presupuestando para su ejecución 44.389,64 ptas. En los meses siguientes se presentarían y aprobarían nuevos proyectos parciales para la continuación de las obras en el piso alto del Pabellón (noviembre de 1932, febrero de 1933, diciembre de 1933) y no se abandonarían las obras en las estufas y la mejora de la zona ajardinada. Finalmente, tras la práctica suspensión de obras durante el bieno cedista (1934)(1935) el ritmo de las obras se recuperó en 1936 cuando Manuel Sánchez Arcas, nuevo arquitecto director de obras en el Jardín, presentó un proyecto para completar unas obras inacabadas en el piso alto del Pabellón^^; el estallido de la guerra civil en julio de 1936 impidió, con toda probabilidad, el desarrollo de la obra y supuso el punto final a un programa de mejora en los edificios del Jardín Botánico. Otra institución con intensa actividad en el primer tercio del siglo XX fue el Museo Antropológico. Como ya indicamos al tratar las instituciones de la zona en el siglo XIX, el Estado se había hecho cargo de ésta a la muerte de Pedro González de ^^ Cfr.: Informe de la Junta Facultativa de Construcciones Civiles, fechado el 9 de diciembre de 1930. ^'^ La pequeña obra de Ignacio Bolívar sobre el Jardín Botánico publicada en 1930, incluye algunas fotos en las que se ve el Pabellón Villanueva y los laboratorios construidos sobre él, demostrándose, por tanto, que la obra se realizó antes de esa fecha. En los últimos años del siglo pasado no se realizaron obras de entidad en el Museo, limitándose a pequeñas obras de reparación y construcción de mobiliario; cabe citar, no obstante, que las obras de reparación se justificaban por la escasa capacidad de sufrimiento del material, lo que mueve a considerarlo como de mala calidad y parece anunciar los graves problemas que a lo largo del siglo XX afectaron al edificio^^. No tenemos constancia de obras a lo largo de la primera década del siglo XX en el Museo, pero la instalación en él del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, dirigido por Santiago Ramón y Cajal (en 1900-1901)^', debió dar lugar a pequeñas obras de acondicionamiento. Las primeras obras de entidad de las que tenemos noticia se iniciaron en 1912, con motivo de los desperfectos causados por unas lluvias torrenciales. Esta obra inauguró una larga serie de reparaciones en las cubiertas, que se complicaría, además, con la aparición de filtraciones de humedad desde el subsuelo (véase Tabla II). Diversos informes nos muestran al edificio en un estado deplorable; así un informe de la Junta Facultativa de Construcciones Civiles reconocía que el arquitecto encargado de las obras había encontrado «en una cuarta parte del área de la sala los maderos de pino podridos y acometidos de gran humedad, pudiendo asegurar que se halla en estado de ruina inminente»^^, y otro de 1919 afirmaba que: cátedra homónima de la Facultad de Ciencias, proyecto que se aprobó y ejecutó a lo largo de 191664. Las condiciones del edificio, a pesar de las obras de reparación en los tejados, fueron degradándose poco a poco, y en los años treinta el edificio precisaba ya una profundísima reforma. A finales de 1932 los locales utilizados por la cátedra de Análisis Químico fueron cedidos a la Junta para la Ampliación de Estudios, y en los primeros meses de 1933 se pretendió establecer en ellos un Laboratorio de Paleontología, proyecto del arquitecto Javier de Luque. El análisis que la Junta Facultativa de Construcciones Civiles hace de dicho proyecto reconoce la existencia de un grave deterioro en el edificio y la necesidad de reformas estructurales profundas: «Consigna la Memoria que ya en el piso primero fue anteriormente instalado un laboratorio de Química, que fue preciso abandonar por los trastornos debidos a descensos de dicho relleno y a fugas de agua que produjeron grietas y bombeos en algunas fábricas que presentan aspecto ruinoso, y que será necesario consolidar ahora y recalzar los muros para evitar la repetición del daño. Las obras que la realización del proyecto requiere son, vaciado de escombros, recalzo de cimientos, apertura de huecos en fachada, construcción de tabiques de distribución y de un piso de viguería metálica con forjado de bovedilla, pavimentación de baldosín, instalación de retretes y de las conducciones de los servicios de agua y luz, mas las complementarias de pintura, vidriería, etc. El suelo se saneará con gruesa capa de hormigón»^'^. Posteriormente, en noviembre de 1933 la dirección del Museo solicitó la cesión del piso segundo del mismo, que había sido utilizado por el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y la verificación de obras en el mismo, en consonancia con el proyecto anterior. El Comité de Patronato de los Museos Nacional de Ciencias Naturales, Antropológico y Jardín Botánico hizo una valoración muy negativa del proyecto, e insistió en el mal estado del edificio, recomendando que el Arquitecto del Ministerio de Instrucción realizase una visita de inspección y presentase un proyecto global de reparación^^. Siguiendo este consejo se cursó la orden a Manuel Sánchez Arcas, el 13 de diciembre de 1933, pero nada se ejecutó, y a lo largo de 1935 diversas minutas ministeriales recordarían a Sánchez Arcas la instrucción dada, sin resultado alguno. El posterior estallido de la Guerra Civil paralizó toda posible obra en el Museo y no sería hasta 1943, cuando se iniciase la reforma del edificio. La Última gran institución científica construida en el área del Paseo del Prado y de Atocha fue el Instituto Cajal. El Instituto se creó mediante un Real Decreto de 20 de febrero de 1920^"^, e inmediatamente se planteó la construcción de un edificio^^ de nueva planta como sede para la institución, superando la pequenez y falta de condiciones del laboratorio instalado en el Museo Antropológico. Hasta 1921 no se dispuso de presupuesto para adquirir el solar, pero previamente se habían establecido contactos con la Casa Real, propietaria de los terrenos del Cerro de San Blas y finalmente, una Real Orden de 10 de febrero de 1921 autorizaba la compra de los solares. La realización del proyecto empezó de forma inmediata: el 27 de febrero una minuta del vicepresidente de la Junta, Ignacio Bolívar, al Ministerio de Instrucción informaba que el anteproyecto del edificio^^ planteaba la construcción de dos pabellones, el primero de los cuales había sido encomendado al arquitecto Javier de Luque; postergando hasta su finalización la construcción del segundo. El edificio proyectado estaba destinado, en principio, a Laboratorio de fisiología humana y era de planta rectangular, con tres alturas más un semisótano y con la fachada principal orientada hacia el sur, presupuestándose en 489.393,10 pesetas"^^. Sometido a examen de la Junta Facultativa de Construcción Civiles, ésta dictaminó que el proyecto era técnicamente aceptable pero aconsejó modificaciones de orden estético en el diseño de las fachadas. Aceptado el informe por el Negociado de Construcciones Civiles y el Ministerio de Instrucción a finales de marzo de 1921, la orden de modificaciones en las fachadas se transmitió a Luque en enero de 1922. En febrero, realizadas las correcciones, se solicitaba y obtenía permiso para iniciar las obras de explanación y cimentación, que se realizarían en cuatro fases, con un presupuesto total de 99.258,32 pesetas. Desgraciadamente, en junio de 1922 el proyecto de construcción del Instituto Cajal se vería seriamente alterado y se iniciaría un largo proceso de edificación, con resultados no totalmente óptimos. El 8 de junio de ese año la Junta de Construcciones Civiles informaba al Subsecretario de Instrucción Pública de la presentación de No hemos encontrado documentación que explique la razón del abandono del proyecto primitivo en favor de otro nuevo de mayor entidad y de presupuesto más elevado; no obstante, teniendo en cuenta el amplio movimiento de homenaje a Ramón y Cajal con motivo de su jubilación en 1922, parece razonable pensar que se pretendió dotar al Instituto Cajal de un edificio grande y vistoso en lugar de otro modesto, pero de rápida construcción y eficaz diseño. No en vano José Castillejo, secretario de la Junta para la Ampliación de Estudios, decía en respuesta a Gustavo Pittaluga (miembro de la Junta Nacional para Homenaje a Cajal): «Me dicen que en proyectos de presupuestos se consigna suma mayor, pero nadie sabe si habrá presupuestos ni cuando. Contentémonos con fórmulas modestas y eficaces. Que nos den ahora las 500.000 pesetas y Cajal estará el invierno próximo en su nuevo laboratorio aunque haya que completarlo después con algún otro pequeño crédito. /.../ Si Uds. fían en un proyecto de luz especial, creo que se equivocan y que, con el mejor deseo y queriendo lo más, nos quedaremos sin lo más y sin lo menos)»'^-. En los años subsiguientes las obras en el Instituto Cajal continuarían su curso y tras efectuarse el cuarto libramiento parcial en 1925, en 1926 se establecieron dos Posteriormente, en noviembre de 1927, el arquitecto informaba de la realización de modificaciones en el proyecto original (algunas de notable importancia, como la construcción de un sub-sótano no previsto inicialmente) y la necesidad de obras complementarias con un presupuesto «que no bajará de 500.000 a 600.000 pesetas»"^"^. Habría que esperar hasta febrero de 1929, para que el arquitecto remitiera un presupuesto detallado que fue transmitido a la Junta Facultativa de Construcciones Civiles. La Junta informaba, con notable frialdad rayana en la indignación, que gran parte de las obras incluidas en el presupuesto ya habían sido ejecutadas (necesariamente habrían de serlo el sub-sótano, las modificaciones en las conducciones de agua, gas o electricidad), y que el documento era más una rendición de cuentas que el presupuesto previo de una obra por realizar'^-''. Hay que coincidir con la Junta Facultativa de Construcciones Civiles que el proceso de edificación presentaba serias anomalías y que no son aceptables modificaciones de tal entidad respecto del proyecto original que signifiquen la aparición de una nueva altura en la construcción o el replanteamiento de las redes de suministro. Igualmente anómalas parecen las peticiones del arquitecto para realizar una escalinata de entrada al edificio desde el Paseo de Atocha, para salvar el fuerte desnivel existente; si la escalinata debía realizarse debería haber sido incluida en el proyecto original o en caso contrario haber variado la localización u orientación del edificio. El coste total del edificio según la documentación utilizada ascendió, por tanto, a 2.272.302,14 pesetas; Gonzalo Rodríguez Lafora en un vehemente artículo titulado «EMnstituto Cajal no se acaba de construir», apunta una cantidad superior: 2.421.102 pesetas hasta 1930. No sólo critica Lafora el elevado gasto que supuso la construcción; más amargas son las críticas al arquitecto por no haber respetado el anteproyecto redactado por Juan Negrín (de acuerdo con Cajal y sus discípulos) sobre las especificaciones del edificio y por haber introducido modificaciones sustanciales en el «El nuevo edificio del Instituto Cajal era de grandes dimensiones: cuatro plantas y un subsótano -«un magnífico palacio», como decía don Santiago-, aunque fuese horrendo por fuera, desproporcionado en su conjunto y con grandes espacios perdidos en su interior. En cada planta había numerosas habitaciones o cuartos de trabajo, amplísimos -muchos de ellos tenían una superficie que oscilaba entre los 70 y los 100 metros cuadrados-y con gran altura de techo -unos 5 metros-, destinados a los ayudantes y becarios. Además disponía de un espléndido salón, con grandes ventanales, dedicados a la biblioteca, /.../ En fin una cátedra, para conferencias y cursos, y una sala de juntas, ambas magníficas, completaban el Instituto»"^^. En los años siguientes el Instituto Cajal estaba destinado a convertirse en un gran centro de investigación sobre los más variados aspectos de las Neurociencias y contaría con laboratorios de neurofisiologia, neurohistología normal y patológica, una clínica neurológica, servicios de neurocirugía,... etc"^^. Desgraciadamente este ambicioso proyecto quedo frustrado por el estallido de la Guerra Civil en el verano de 1936. En la segunda mitad del siglo XVIII el desarrollo urbano de Madrid supuso la superación del antiguo recinto de la ciudad y determinó el establecimiento de nuevas vías con un patrón urbanístico novedoso. El Paseo del Prado es el ejemplo más notable del desarrollo dieciochesco de la ciudad. Muy significativamente en torno a este eje se establecieron las más notables instituciones científicas del período ilustrado: Real Jardín Botánico, Academia de Ciencias, Observatorio Astronómico, etc., consti-tuyendo el núcleo docente e investigador más importante de la ciudad hasta entrado el siglo XX. Las construcciones científicas de esta área enfrentaron iguales vicisitudes que el desarrollo científico español del siglo XVIII. El retraimiento de la política reformista en la última década del siglo determinó una deceleración en el ritmo de las obras (en el caso de la Academia o el Observatorio Astronómico) o su suspensión definitiva (por ejemplo, el Hospital General). El estallido de la Guerra de la Independencia en 1808 determinó la total interrupción de la política de construcciones, completando así la trágica ruptura del desarrollo intelectual y científico vivido en la segunda mitad del siglo XVIII. Durante gran parte del siglo XIX la construcción de instituciones científicas en el área del Paseo del Prado y de Atocha fue muy escasa (sólo cabe reseñar la Facultad de Medicina y unas obras de ampliación en el Jardín Botánico). No hubo, por tanto, un programa de edificación científica similar al del siglo XVIII. Hay que considerar, también, que el establecimiento y desarrollo de la Estación de Atocha en el cuadrante sud-oriental significó una restricción definitiva a toda posible extensión del núcleo docente-investigador y que el establecimiento de la Universidad Central en San Bernardo supuso el fin del monopolio docente investigador que el núcleo del Prado-Atocha había venido ejerciendo. Cuando durante la Restauración se retomó la iniciativa constructora en la zona, las nuevas construcciones se proyectaron sobre el terreno del Jardín Botánico, que sufrió una merma importante de su extensión. Desgraciadamente los recortes sobre la superficie del Jardín no se compensaron con el establecimiento de institutos científicos: la proyectada Escuela de Artes y Oficios se transformó en sede del Ministerio de Fomento y los diversos proyectos para la construcción de una Facultad de Ciencias y Museo de Ciencias Naturales no llegaron a realizarse. En el primer tercio del siglo XX las obras se limitarían a actuaciones puntuales sobre el Jardín Botánico o el Museo Antropológico, importantes para la institución afectada, pero poco relevantes para el conjunto. El único gran proyecto constructivo fue el Instituto Cajal, cuya edificación presentó graves irregularidades, que dificultaron la consolidación de la escuela neuro-histológica española y retrasaron la extensión de su actividad a otros aspectos de las neurociencias. Finalmente el estallido de la Guerra Civil en 1936 puso punto final al desarrollo de las instituciones científicas que, mal que bien, se venía produciendo desde finales del siglo XIX. Puerta superior del Jardín. Obras de con-solidación de las estu-fas. Reparaciones en techumbres y cornisas. Reparaciones en las estufas. Reparaciones en la Cátedra. Transformación ala del Pabellón Villanueva aulas de pintura. Obras varias de mantenimiento. Construcción de servicios públicos. Mobiliario y entarimado de Biblioteca. Pintado de verja exterior.
El presente trabajo versa sobre un proyecto concebido por Lamarck alrededor de 1793 (año de la fundación del Muséum d'Histoire Naturelle) y presentado al Comité d'Instruction Publique en 1794^. Estamos ante un proyecto muy ambicioso y de gran importancia científica, que hasta hoy ha pasado desapercibido^ y que he localizado entre los documentos conservados en los Archives Nationales. El proyecto consistía en la elaboración un gran Système de la nature alternativo al Systema naturae de Linneo, dirigido a recuperar el predominio que, en el campo de la historia natural, la cultura francesa corría el riesgo de perder por la consolidación del modelo linneano, que Buffon había combatido eficazmente desde el punto de vista científico pero no así desde el institucional -la doctrina linneana se había difundido por todo el continente (incluso París tenía su Société linnéene) y los aposto-Íes"^ linneanos, particularmente activos, la extendían también por Rusia y América.' Este artículo es la traducción española de la comunicación presentada al «Colloque du Bicentenaire du Muséum National d 'Histoire Naturelle» (Paris, 10-14 junio 1993), publicado con la autorización de los organizadores. Finalmente, reproducimos el documento al objeto de corregir los errores de transcripción existentes en la edición de Landrieu. 4 Este término es empleado por Linneo para referirse a sus alumnos. El propio hecho de que Lamarck proyectase un sistema puede sorprender. El era buffoniano, y muchos estudiosos están todavía convencidos de que Buffon era un enemigo de los sistemas^. Pero, como he tratado de documentar en otras ocasiones^, él no rechazaba la clasificación por definición, sólo la linneana"^. Al formular un Système de la nature Lamarck no contradecía la obra del maestro, incluso podemos afirmar que la complementaba. Por otra parte, en 1801 publicará su Système des animaux sans vertèbres. Muchos son los que han dedicado largos artículos, o libros enteros, a la biología lamarckiana, y algunos de ellos, al menos, convendrán que hubiera sido de esperar que Lamarck concibiese un gran Système de la naturesobre todo R. Burkhardt, quien, opino, ha dado a su libro, desde este punto de vista, el título más certero: Lamarck, the spirit of system^. Naturalmente, el sistema ideado por Lamarck era sólo «analogue» al linneano, y, como rápidamente precisó, pretendía elaborar un «tableau complet, concis et méthodique de toutes les productions naturelles», inspirado en principios radicalmente diversos -si no opuestos. Lamarck lo presenta como una gran contribucción «aux progrès de l 'histoire naturelle» y como un proyecto «que la Convention nationale devroit sans doute ordonner», porque se trata «d' un travail bien important, plus pressant peut-être» que todos los demás. Lamarck, hábilmente, subraya varias veces que es «plus pressant», tanto desde punto de vista científico como para el prestigio nacional. Lamarck prosigue haciendo referencia no sólo a «l' importance [du] projet» y a «l 'utilité de son exécution», sino también al «devoir qu 'en prescrit l' honneur national», argumentando que su Système de la nature sería una obra nueva -y no «une simple et deshonorante compilation de ce que les étrangers ont écrit». Sobre el método a seguir en la realización del proyecto, es interesante observar que Lamarck, en un primer momento, pensaba implicar a otros especialistas: «j 'avois d' abord pensé que l 'ouvrage dont il s' agit devoit être exécuté par une société de naturalistes» (ignoro si Lamarck realizó algún contacto con tal fin). Esta última causa era una preocupación práctica fundada. Las otras razones tienen un carácter teórico, pero eran las decisivas para un buffoniano. Se podría argumentar que la obra esta desequilibrada, pues contempla un único volumen para todo el reino mineral^, y dos volúmenes dedicados a los vegetales, contra los cinco consagrados a los animales (circunstancia que puede sorprender por la formación botánica de Lamarck)'o, y dos únicos volúmenes destinados a los vertebrados, frente a los cinco destinados a los invertebrados (hecho que sorprende igualmente, pues el interés de Lamarck por este grupo de animales era reciente y, en consecuencia, forzado)''. Pero más'interesante aun es analizar la información que, sobre el planteamiento teórico de la obra, podemos obtener de las cuatro páginas del proyecto. La inspiración buffoniana del Système de la nature es evidente. Circunstancia que se deduce de la propia extensión de la obra. Se trata de un cuadro «concis», afirma Lamarck, pero ocho volúmenes en 8° son el doble de los empleados para la duodécima edición del Systema naturae. Evidentemente, Lamarck pensaba redactarlos no solo con la definitio de la especie (como quería Linneo) sino también con la descrip-' ^ Lamarck no se había ocupado de forma sistemática de esta materia, a pesar de que Buffon la trató difusamente -cf. "^ Por otra parte, podría explicarse como un homenaje al maestro que valorizaba particularmente la zoología. " En 1794 Lamarck inaugura el primer curso de la nueva cátedra de Zoologìe des Insectes, des Vers et des Animaux microscopiques que él regenta. tio (como pretendía Buffon), e incluso con su historia, pues también Lamarck la consideraba esencial para la clasificación, admitiendo que ésta no podía limitarse a la descripción anatómico-morfológica, sino que debía incluir la fisiológica y -como había surayado Buffon repetidamente-, aquellos aspectos relativos al ambiente y al comportamiento. Criticar duramente la decimotercera edición del Systema naturae equivale a censurar la totalidad de la obra linneana. Y hacerlo de esta manera (condenándola, incluso, con mayor dureza que a las ediciones precedentes) significa una puntual continuación de la crítica de Buffon. Prescidiendo de los aspectos generales (existencia de «fautes», «lacunes», «erreurs»), quisiera llamar la atención sobre tres censuras en particular: los «caractères génériques imperceptibles», las «séries mal divisées», y los «genres trop nombreux en espèces». El Système de la nature hubiera sido, pues, un producto francés no sólo por el idioma, también y -sobre todo-, por los principios que lo inspiraban, el planteamiento y su finalidad. ¿Linneo los había olvidado? Así parece, observa Buffon, pero la realidad es todavía más desilusionante pues estaban incluidos en tres clases que, por ello, resultaban demasiado extensas, y camuflaban la naturaleza. ¿Quién habría jamás imaginado «que les serpens soient des amphibies, les crustacées des insectes, & les coquillages des vers?», {ibidem, pp. 37-38). Sin embargo, dejando a un lado el drama personal de Lamarck, quisiera aventurar como conclusión que tal vez la quiebra del proyecto no tuvo una incidencia negativa para el avance del conocimiento. La historia no se hace con los si, se hace, ciertamente, con una visión retrospectiva. Esto me lleva a considerar que si Lamarck hubiese dedicado siete años a la realización del Système de la nature, hubiera ralentizado enormemente su trabajo de investigación. Admitiendo que con posterioridad hubiese retomado todas las indagaciones suspendidas, y que las desarrollase en idéntica secuencia, acaso hubiera logrado, de seguido, publicar el Système des animaux sans vertèbres, e incluso la Hydrogéologie y las Recherches sur l'organisation des corps vivans, pero con serio retraso. Y por ultimo, tal vez hubiera logrado transformar las Recherches en la Philosophie zoologique, pero tiendo a pensar que no hubiese realizado la Histoire naturelle des animaux sans vertèbres, su verdadera obra maestra, que tiene un importancia científica, y tuvo una influencia, incomparablemente superior a la de la Philosophie zoologique por ejemplo desde el punto de vista taxonómico, materia que no elijo al azar para subrayar, polémicamente, lo infundada que es la convicción de que ciertas aportaciones solo pudieron venir de la escuela linneana. Merece la pena recordar que antes de Lamarck todos los invertebrados se dividían en dos únicas clases: Insectos y Gusanos. Aún para el postrero Linneo la medusa es un gusano'^, y para el gran Cuvier el cangrejo es un insecto'^. Pues bien, Lamarck, desarrollando la tesis buffoniana sobre la necesidad que tiene el «sistema» de contar con porciones homogéneas, y, por consiguiente, el obligado aumento del número de •' ^ El documento de compra de la Collection de Coquilles et Madrépores, por 5.000 libras, con fecha «13 prairial, l 'an V» (1 de junio, 1797), firmado por el Ministro de Finanzas (de Ramel), se conserva en \os Archives Nationales. En 1824 Lamarck se vio obligado a vender el herbario, y a su muerte los hijos cedieron la biblioteca. Por tanto, de una parte me veo obligado a admitir que el Système de la nature de Lamarck fue un gran ocasión perdida, porque hubiera retomado la partida entre linneanos y buffonianos, hubiese sido la más eficaz tarjeta de visita del Muséum, que, revisado y corrregido, podría haberlo acompañado durante el primer siglo de su historia. Por otra parte, me veo obligado a reconocer que, a pesar de todo, hubiera sido una obra de recopilación, y los profesores del Muséum no se enfadarán, si me declaro contento de que la Revolución no quisiera estampar aquella tarjeta de visita. He conservado la grafía y la puntuación del original.
Desde mi punto de vista de biólogo interesado en el planteamiento actual de la evolución, no de historiador de la ciencia, se me impone que para enjuiciar con conocimiento de causa el punto de partida y el progreso que supone la obra de Lamarck -que vive de 1744 a 1829-hay que hacer una recapitulación, por sucinta que sea, del orden de conceptos y de problemas con que se enfrenta la ciencia de su época y, en particular, las ciencias naturales, que se ocupan de cómo se ofrece directamente la Naturaleza al hombre. Es obvio que la Naturaleza es captada por los hombres mediante sus órganos de los sentidos, modelados, en todas y cada una de las especies animales, para distinguir y actuar frente a los animales y plantas que constituyan el objeto principal de la actividad de los individuos de cada una, y para desplazarse por el entorno -estructurado por la interferencia de ámbitos de la materia en sus tres estados-que constituye el escenario, asimismo específico, de la vida de todo animal. De este modo, por la índole animal del hombre (el animal racional), se entiende que la ciencia, desde su fase empírica, diferenciara "los tres reinos de la Naturaleza", por características que le parecen inequívocas. Por una parte, los reinos animal y vegetal parecen tener en común el constar de individuos (unidades) que se reproducen a lo largo de las generaciones en hijos iguales a los padres con lo que, en uno y otro reino, se distinguen netamente especies, cuyos ejemplares se caracterizan por una configuración, un tamaño y un comportamiento específicos; individuos que existen durante un tiempo (el transcurso de su vida durante la que crecen, cambian de un modo y con un tempo asimismo específicos) y que muriendo se reducen a lo inorgánico. Se entiende que a los naturalistas del siglo XVIII el reino mineral se les presentara con características que parecían las contrarias a las que les ofrecían en común los animales y las plantas; a saber: el reino mineral parece constar de substancias, de algo continuo (las diversas materias sólidas, el agua, el aire) donde no se distinguen individuos (unidades), ni transcurso definidor de existencia, pero sí, en cambio, se definidor de existencia, pero sí, en cambio, se conocen transformaciones (en ocasiones reversibles por la actividad humana) de unas substancias en otras. Conforme a ese contraste de características entre, por una parte, los dos reinos animal y vegetal y, por otra, el reino mineral, se entiende que los científicos ocupados en el estudio de los dos primeros reinos (los zoólogos y los botánicos) hubieron de plantearse en dicho siglo un orden de tareas basado en unos conceptos y siguiendo unos métodos radicalmente distintos que el orden de temas, conceptos y métodos de los estudiosos del reino mineral (los geólogos y los químicos). Paradójicamente, los resultados obtenidos por unos y por otros condujeron a resultados, en cierto modo, confluentes. Se entiende que los zoólogos y los botánicos, en posesión del concepto objetivo, verdadero, de especie (todo animal o planta pertenece a una especie que no cambia a escala de la memoria histórica humana' ) y enfrentados con la riqueza de las especies que fue mostrada en su amplitud potencial por los grandes viajes geográficos, se vieran incitados a la difícil tarea (que ocupó a gran número de naturalistas del siglo XVIII, que pueden personificarse en Linneo (1707-1778), en los botánicos franceses De Jussieu y, en fin, en Lamarck mismo) de dominar empíricamente esta gran diversidad, mediante una difícil clasificación adecuada por criterios que parecía que habían de ser artificiales y aceptados o rechazados por su valor pragmático (dado que las especies se suponía tradicionalmente resultados de actos de creación independiente). Por ejemplo, teniendo en cuenta que en el reino vegetal -como en el animal-todas las especies se reproducen y que la flor y el fruto que de ella deriva son órganos de la reproducción, los caracteres florales constituyeron para Linneo un importante criterio de clasificación para un gran conjunto de especies de plantas, etc. Pero el hecho notable que hay que destacar aquí es que las analogías y las diferencias entre las especies animales impusieron a los zoólogos una única clasificación viable de ellas, el sistema natural, en el que los caracteres utilizados para incluir una especie en una categoría dada no son sólo los propios de esta categoría, sino, como regla general, la suma de los privativos de la categoría y de los de cada una de las categorías superiores; por ejemplo, el lobo necesariamente suma a sus caracteres específicos los caracteres de la familia Canídae a la que pertenece su especie, los del orden Carnívora al que pertenece tal familia, los de la clase Mammalia al que pertenece el orden y en fln los átXfilum Chordata al que pertenece la clase Mammalia. De este modo, la clasificación de las especies (cada una constituida por individuos iguales entre sí, que se suponía procedentes de una pareja originaria resultado de un acto de creación independiente) demostró la conclusión inesperada -contradictoria con el supuesto del origen independiente de cada especie animal-de que el con-junto de ellas mostraba una unitariedad antes impensable, a saber, se dejaba clasificar en un sistema objetivo -sin otro alternativo imaginable-en el que cada especie que se descubría encontraba su lugar inequívoco por las analogías y diferencias que mostraba con todas y cada una de las restantes; capacidad de ser clasificados que sólo puede convenir a seres (en este caso los animales de todas las especies) que tengan comunidad de origen y que se hayan diferenciado en un proceso conjunto de evolución gradual. Consideremos ahora el proceso que, a lo largo del siglo XVIII, mostró la ciencia de lo inorgánico, en concreto la química. En contraste con los zoólogos, los químicos comenzaron enfrentándose no con unidades definidas, sino con substancias que no mostraban existencia ni tamaño específicos, ni se reproducían, sino que se mezclaban y se transformaban unas en otras, de un modo, que, a veces, aprendía a realizar o a revertir el hombre. Sobre la base de la tradición empírica humana ganada, con resultados prácticos, en la transformación de lo inorgánico y de la suma de conocimientos obtenida por los alquimistas, los químicos emprendieron tareas científicas como son: resolver lina mezcla de substancias en las substancias que la componen (un ejemplo destacado, el aire en sus componentes); transformar unas substancias en otras; procurar interpretar procesos como la combustión, el efecto del agua sobre algunas substancias, el desarrollo de las primeras industrias químicas, etc. Aquí hemos de limitarnos a señalar que los esfuerzos tanteantes de los químicos de los siglos XVII y XVIII sientan la base del trabajo de Lavoisier (1743-1794) que establece la teoría de la química moderna: explica la combustión, establece la composición del agua, el papel del agua y del oxígeno del aire en la formación de ácidos y de bases, distingue entre substancias simples (de las que conoce 23) y compuestas, establece, con el ejemplo de experimentos sencillos e impecables, el método experimental propio de esta ciencia y culmina con el descubrimiento de la ley de la conservación de la materia (1785). En nuestro contexto hay que destacar que Lavoisier desencadenó un proceso de acelerado desarrollo de la química cuyo esencial despliegue se produce a lo largo del siglo XIX y que, ya en 1804 -a sólo diez años de la muerte de Lavoisier-, conduce a la enunciación por Dalton de la teoría atómica, esto es, de que las substancias, tanto simples como compuestas, constan de unidades (los átomos) supuestas eternas y que, de hecho, son intransformables en las reacciones químicas. Como es de conocimiento general, estas unidades se caracterizan (aparte de sus relaciones en las substancias tanto simples como compuestas) por el peso relativo -primero establecidodel átomo de cada especie con respecto al de uno de ellos tomado como unidad y, luego, al peso absoluto mismo, determinado por muy diversos métodos con resultados concordantes cuya ínfima magnitud se expresa por el número de Avogadro. Sin entrar en la interpretación moderna de la estructura, compuesta, del átomo, recordemos que, en 1861, los químicos admitieron, como verdad confirmada, la existencia de unidades materiales del nivel de integración directamente supratómico, las moléculas. A unidades de este nivel está elevada toda la materia inorgánica de las capas externas de la Tierra, y los mismos seres vivos constan ponderalmente de moléculas. La diferenciación de las moléculas como unidades de nivel directamente supratómico concretó a los químicos el objetivo de su estudio, a saber, la estructura, en átomos, de las moléculas, las propiedades de cada especie de moléculas, las leyes que se descubren en las transformaciones de unas en otras (i.e., las reacciones químicas), etc.. Lo que aquí interesa destacar es que, en tiempos de Lamarck, se produjeron sendas inflexiones, en cierto modo de signo contrario, en la consideración científica de los animales en la de lo inorgánico. La zoología cuya ocupación principal venía siendo la clasificación, por criterios supuestamente artificiales, de las especies de animales, cuya neta diferenciación y cuya estabilidad tienen una base objetiva que se impone a nuestros sentidos y que justificaba el aserto de proceder de remotos actos de creación independiente, terminó estableciendo el sistema natural de las especies que acogía sin distorsión las que se iban descubriendo y que relacionaba cada una con el conjunto de todas, de modo tan coordinado que imponía la existencia de algún tipo de relaciones entre ellas, cuyo intento de interpretación había de irse planteando a los zoólogos. En cambio, la química recorre un camino, en cierto sentido, inverso; parte de substancias que encubren su carácter discontinuo a los sentidos a los que, en cambio, les muestran la comunidad de naturaleza que las permite mezclarse y transformarse unas en otras; y, a partir del estudio empírico de esta conducta recíproca, la química llega a la conclusión -inicialmente impredecible pero que le es impuesta por leyes generales que reveló el análisis comparado de las transformaciones-de que todas las substancias constan de un centenar de especies distintas pero ponderables, los llamados átomos, a las que se comienza considerando simples y eternas -de hecho, son inmutables en todas las reacciones químicas, que transforman unas substancias en otras^-de cuyas combinaciones resultan unidades de nivel directamente supratómico, las moléculas, cuyas propiedades remiten a los átomos que las constituyen y al modo recíproco de estar situados en ellas; los químicos han estudiado gran número de especies de moléculas naturales (tanto inorgánicas como, en mucho mayor número, moléculas carbonadas producidas en el metabolismo intracelular) y sintetizado y analizado en número aún mucho mayor de moléculas artificiales. Pero, además, entre el despliegue de la zoología y el de la química que hubo de vivir Lamarck, se observa una diferencia en la índole de conceptos, problemas y métodos que dominan en una otra ciencia. La zoología parte de un orden de conceptos, problemas y métodos empíricos (la ciencia empírica exige describir, clasificar y reproducir, lo que se ve); como tarea principal, esta ciencia se ocupó, desde 1750, en (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es describir, clasificar las especies de animales conforme a sus caracteres visibles y llegó, como se ha señalado, a una unitariedad del conjunto de ellas, cuya interpretación plantea un problema real, objetivo, pero irresoluble para la época por la ausencia total de datos experimentales concernientes. En tanto que la química parte de una base corta de datos empíricos y se eleva rápidamente con Lavoisier a ciencia experimental que va induciendo leyes que permiten predecir reacciones entre moléculas con la ayuda de un pensamiento teórico cada vez más coherente. Este desarrollo experimental, que permite predecir el resultado de procesos invisibles, confirió a la química, como a otras ciencias de lo inorgánico, un prestigio que hizo que el saber científico se confundiera con entender en términos de lo inorgánico^ lo que ejerció sobre el desarrollo posterior de la biología la frecuente tendencia extraviada a intentar explicar los seres vivos en términos de sus moléculas. Así Lamarck remite la explicación de los seres vivos a procesos mecánicos en defensa de la recusación del dualismo entre espíritu y materia, leit inotív del vigoroso enciclopedismo francés del siglo XVIII. LA APORTACIÓN DE LAMARCK A LA BIOLOGÍA. 1) El mérito principal de Lamarck es su recusación de la idea dominante de que las especies de animales deban su origen a sendas creaciones de parejas de animales de cada especie que, desde entonces, vienen reproduciéndose con ligeras variaciones individuales que se mantienen de generación en generación y que sólo son imputables a la imperfección relativa de la reproducción; según esta interpretación tradicional, toda especie se ha mantenido invariable desde el acto originario de su creación; el creacionismo de las especies se ha mantenido por pruebas, al parecer firmes, como son: la existencia real de especies animales; su aparente estabilidad a escala no ya de las vidas humanas, sino de la memoria social; y, en fin, las diferencias cualitativas que, frente a lo inorgánico, caracterizan a los seres vivos, a saber, su • ^ De hecho, todas las ciencias de lo inorgánico (las distintas ramas de la mecánica, el estudio de los fenómenos térmicos, luminosos, electromagnéticos, etc.) como las ciencias biológicas, por la naturaleza molecular a que se ha elevado la realidad en todo el ámbito terrestre que alberga la vida, han modelado los órganos de los sentidos animales y los sistemas musculares adecuándolos a la percepción y manejo de substratos de nivel molecular, de modo que el hombre, como los demás animales, opera, siempre, por mediación de la realidad elevada a nivel molecular y configurada natural o artificialmente por ella en estado sólido. Ahora bien, las moléculas son unidades directamente supratómicas (y directamente infrabasibiónicas -infraproteínicas-) esencialmente homogéneas entre ellas mismas, pero esencialmente heterogéneas con las unidades de los niveles gradualmente inferiores (átomos, partículas nucleares, electrones, fotones) y con las de los superiores (basibiones, células, animales) para las que rigen leyes distintas, privativas para las de cada nivel. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es capacidad de tomar noticia, la de actuar tras fines individuales, la de reproducirse, la complejidad interna de los cuerpos orgánicos y el perfecto coajuste de sus partes; características que hacían difícil, en el nivel empírico del conocimiento, reducir a una comunidad de origen lo vivo y lo inorgánico ni sospechar la posibilidad de un proceso inteligible ancestral del que, a partir de lo inorgánico, resultaran los primeros seres vivos. En tal estado de la opinión dominante, útil para los taxonomistas, el creacionismo se iba conmoviendo por el despliegue de la ciencia experimental en diversos campos del conocimiento y por la crítica de los enciclopedistas, una y otros reacios a recurrir a lo suprasensible para explicar los seres, fenómenos y procesos reales, de lo que constituyen testimonios diversas reacciones anticreacionistas contemporáneas de Lamarck"^. Como recusación frontal al creacionismo de las especies animales, Lamarck emite su teoría innovadora de que los animales más sencillos (él dice, infusorios o pólipos) surgen continuamente de lo inorgánico por generación espontánea, de modo que cada surgimiento inicia una línea de descendencia en la que, a través de cambios insensibles y a lo largo del tiempo, se van sucediendo, sin solución de continuidad, especies cada vez más perfeccionadas hasta culminar en el hombre (despliegue evolutivo de la scala naturae). Lamarck remite la causa de la evolución progresiva de los animales a su tendencia a realizar cada vez mejor su conducta instintiva, lo que influye sobre la configuración somática ("la función crea el órgano") y postulando que los caracteres adquiridos se heredan (la capacidad de reproducirse es una cualidad distintiva entre los seres vivos y lo inorgánico, con la que cuenta certeramente Lamarck). Lamarck no descarta influencias secundarias del ambiente inorgánico sobre la evolución de algunas especies. Tal es la teoría de la evolución de Lamarck que, en lo esencial, sustituye el creacionismo teológico por un primer planteamiento científico de la diversidad de los animales, avance que podemos puntualizar así: considerar la diversidad de los animales como objeto potencial de conocimiento científico, en cuanto resultado de una evolución determinada; considerar el animal como agente de la propia evolución; considerar los cambios somáticos como efecto de la actividad de los seres vivos y que los caracteres adquiridos se heredan, lo que básicamente, de un modo u otro, parece verdad ya que todo animal en sus fases embrionaria y fetal adquiere caracteres heredados (que en fase correspondiente adquirió cada uno de los padres) y es dado a luz con la capacidad congénita de ir adquiriendo los que le impone su conducta específica sumamente determinada (salvo fen el caso del hombre). Pasando por alto sus errores y sus limitaciones de época, en lo dicho hemos procurado destacar el aspecto positivo de la concepción evolucionista de Lamarck. Hay que señalar que Lamarck, aparte de su mérito principal, de haberse planteado y abordado por primera vez el proceso indudable de la evolución biológica, y de haber trabajado con aplicación y originalidad en taxonomía de los vegetales, a lo que debió su status académico, fue un taxonomista zoológico eminente al que se deben aportaciones certeras y cruciales como las siguientes: 2) Lamarck desarrolló la clasificación de los animales inferiores (de los por él denominados invertebrados) descuidada por Linneo y continuadores; intuyó certeramente (por asociación de ideas con su pensamiento evolucionista) que en los animales inferiores se dan criterios de agrupación y de diferenciación taxonómicos principales, más básicos, aunque también más recónditos (más difíciles de definir e interpretar), que los que se dan en las categorías subordinadas de ellos y en los animales superiores. 3) Se plantea conscientemente la necesidad de ir estableciendo una clasificación natural, frente al mare magnum de clasificaciones artificiales, sugeridas por criterios parciales y pragmáticos de los naturalistas; esto es, Lamarck persigue explícitamente una clasificación que procure reflejar el proceso por el que "la Naturaleza fue diferenciando los animales", esto es, la evolución misma; para conseguirlo recomienda atender en lo posible a caracteres estructurales internos, en vez de a diferencias externas, más fácilmente perceptibles pero menos básicas que las estructurales. 4) Opina Lamarck, lúcidamente, que una clasificación racional de los animales, para ser conforme con la marcha de la evolución, ha de proceder de abajo arriba, esto es, comenzar con los animales inferiores -infusorios o pólipos, según él-y terminar con el hombre, conforme al orden ascendente de su scala naturae y no a la historia T^ajena a ellas-de haberlas ido conociendo y describiendo el hombre; conforme a esta inducción emprendió, con continuidad y clarividencia, la clasificación de los invertebrados, hasta entonces descuidada, en los que estableció categorías taxonómicas principales que siguen intangibles. 5) Lamarck prestó mucha atención a los fósiles de invertebrados, buscando las analogías entre formas muy antiguas y las actuales con el propósito no de datar el origen de éstas -su antigüedad filogénica, fuera de su orden de ideas-, sino, ante todo, de inquirir las transformaciones geológicas de océanos y de continentes que él considera determinantes de caracteres secundarios de la evolución biológica. 6) Enuncia claramente la ascendencia animal del hombre, al que, anticipándose más de sesenta años a Darwin -aunque del modo, más impreciso, que corresponde a la diferencia de sus respectivas interpretaciones de la evolución-, considera procedente de un mono superior por obvias razones de anatomía comparada. Parece inobjetable la aseveración de Lamarck de que entre toda especie y la anterior de la que ella directamente procede no puede, en ningún momento previo a la diferenciación, haberse establecido una solución de continuidad que las distinga {Natura nofacit saltus)^. Y, sin embargo, es un hecho inobjetable que entre todo par de especies actuales, por próximas que sean, hay netas soluciones de continuidad. Son dos asertos ambos verdaderos por lo que para un científico -por decirlo así, para un profesional del monismo-no pueden ser sino aparentemente antitéticas y ello incitarle a buscar una interpretación que dé cuenta de la una por la otra y viceversa; claro que la interpretación capaz de resolver la antinomia estaba fuera del alcance de la época de Lamarck, lo que le llevó a dar por resuelta la antinomia por el modo expeditivo de desmentir el término de ella que le pareció que guardaba un sabor creacionista, a saber, la discontinuidad entre especies, esto es, la existencia objetiva, real, de las especies, que había merecido la confirmación de más de medio siglo de trabajo de imnumerables naturalistas, y a cuya clasificación, paradójicamente, él había contribuido de modo importante. En cambio, Darwin dio un gran paso hacia la interpretación de la evolución de los animales sin sacrificar ninguno de los términos de la aparente antinomia con sus dos aportaciones esenciales: a) con su teoría, con la firme base experimental de las razas domésticas, de que toda especie evoluciona progresivamente por la selección natural como progenitores de los individuos más aptos; y b) al postular que la evolución así cumplida de toda especie culmina en la diferenciación de ella en dos. Es cierto que Darwin no explicó cómo se verifica este proceso de la especiación, lo que no puede hacerse sin entender en qué consiste el medio selector de cada especie y cómo él. ^ Entre todo individuo de toda especie animal y los padres hay siempre diferencias pequeñas (la reproducción animal es imperfecta), pero diferencias que no afectan en el mismo sentido a los individuos de toda la especie cuyo valor promedio de todos sus caracteres y capacidades permanece sensiblemente constante de generación en generación. Esto es lo que se significa, en este contexto, por Natura non facit saltus, que para Linneo constituía un argumento en favor de la naturaleza inmutable de cada una de las especies creadas. Ahora bien, se entiende que un cambio dirigido, común, producido en el ambiente de un conjunto de seres vivos de una especie y que se prolongase a lo largo de muchas generaciones es lo que pudo terminar diferenciando el grupo en una especie nueva, distinta del resto de los enfrentados con el ambiente ancestral. En términos concretos, el problema es cómo pueda producirse esto y cómo de ello resulten no dos razas o variedades, sino dos especies. Contestar este problema (que plantea, sin abordarlo, Darwin) significaría explicar cómo se verifica el proceso de la bifurcación de una especie, la especiación. Digamos de pasada que Darwin no se enfrentó con un caso real de especiación en la diferenciación entre el pinzón continental y el que fue llevado a las Islas Galápagos (caso pertinente a la diferenciación de faunas), sino en las diferenciaciones simpátridas de estos pájaros desde su asentamiento en las Islas Galápagos. como condición previa de la especiación, ha de bifurcarse previamente en dos medios selectores; cuestiones que plantea tácitamente Darwin, pero que no enuncia ni, menos, aborda. Pasemos a otro grave extravío de la concepción lamarckiana de la evolución de los animales que, al parecer sin hacerse cuestión de ella, rectifica también Darwin. En su apasionada recusación del creacionismo, Lamarck, sin datos pertinentes, remite la evolución de los animales a lo inorgánico y considera que la naturaleza animal es explicable directamente en términos de lo inorgánico. Parece que se inclina a concebir la evolución de los animales, como constituida por un vasto conjunto de líneas evolutivas que todas siguen un curso común (la scala naturae) y que todas se han originado por generación espontánea (sin intervención de Dios) a partir de lo inorgánico de lo que surge el animal más inferior -según él un pólipo o un infusorio-y que todas, en el curso de largo tiempo, van ascendiendo, a través de formas cada vez más perfeccionadas, hasta culminar en el hombre. De este modo, Lamarck rechaza, ciertamente, el recurso anticientífico a la creación de las especies, pero lo sustituye por una doble justificación teleológica, no sólo inexplicable al modo científico, en términos de otros procesos reales, inteligibles, sino que él enuncia como un dogma que parece impedir avances paulatinos hacia la solución del esencial problema de la evolución biológica. Interesa analizar los dos recursos teleológicos de Lamarck inadmisibles para toda conclusión correcta (conforme asevera Kant en la Crítica del juicio). La primera justificación teleológica es el recurso a la generación espontánea -proceso imaginado por Buffon y su colaborador Needham y pronto desmentido experimentalmente con ayuda del microscopio, en 1765, por Lazaro Spallanzani-. Ello no obsta para que constituya una verdad inobjetable que en un remoto tiempo pasadotodo indica que hace más de mil millones de años-en las capas superiores de la Tierra no existieran sino moléculas y, por tanto, que necesariamente sobre esa remota base molecular tuvo que producirse el surgimiento de esa leve proliferación superficial que son los seres vivos, y, en último término, los animales; pero este extraordinario resultado ha tenido que producirse en virtud de un proceso, todo indica que escalonado, que cabría explicar en términos de procesos reales concomitantes, en lugar, tiempo y condiciones determinados en los que inicialmente hubieron de intervenir exclusivamente moléculas, procesos potencialmente más o menos inteligibles si -como me inclino a creer-quedan de ellos datos concernientes conservados, por su carácter básico de lo posterior, en el interior de todos los seres vivos actuales. En la enunciación de la generación espontánea como resultado general inherente a lo inorgánico implica conceder a lo inorgánico una tendencia intrínseca inimaginable a constituirse en algo tan cualitativamente distinto como es un determinado primer animal. Teleología que es tan antievolucionista como anticreacionista. La segunda justificación teleológica de Lamarck es atribuir el caracter progresivo de la evolución animal -en la que las formas superiores proceden de las inferiores-al instinto propio de los animales de cada estadio evolutivo de su scala naturae de afinar su hábito de conducta de modo que -con la "ayuda" de un tiempo ilimitado-transmute su instinto -sin solución de continuidad y con un cambio minimo pero dirigido consiguiente de estructuras corporales (la función crea el órgano)-en un instinto progresivo superior de los animales que los lleva a realizarse en el afinamiento de un nuevo hábito, un punto superior, etc. El monismo científico no se hace cuestión de Dios, sino de ir entendiendo los seres, fenómenos y procesos reales en términos de otros ya esclarecidos; en consecuencia, sustituir la justificación creacionista de la diversidad de formas animales por asertos sin base objetiva, entre ellos justificaciones teleológicas, no es propio del monismo básico de la ciencia. No se puede avanzar en el conocimiento de la Naturaleza sino explicando los procesos reales en términos de otros previamente justificados de este mismo modo, y dilatando así, paso a paso, la comprensión de la coherencia de la realidad, única base de la conquista lenta y paulatina de la verdad científica. De este modo, hay que buscar las soluciones a los problemas científicos planteándolos en términos de otros procesos de la realidad ya mejor o peor entendidos en el sistema de la ciencia. Pues bien, Darwin, procediendo con esa prudencia científica, consigue una interpretación de la evolución que supone un gran avance sobre la de Lamarck, de la que recoge todo lo positivo, a saber: a) el hecho de la evolución animal misma; b) el hecho de que la evolución de cada especie animal se produzca por cambios dirigidos pero ínfimos (Lamarck insiste en que el tiempo es un factor esencial de la evolución animal^;) y c) el aserto de que en ella corresponda un papel importante a lo que evoluciona, los animales mismos. Pero corrigiendo su interpretación teleológica y buscando indicios objetivos. En efecto, Darwin, por una parte, indujo que toda especie ha tenido que surgir de la bifurcación de otra ancestral (como culminación del progreso de ésta, cumplido por selección natural); esta inducción se ^^ Claro que considerar el tiempo, como uno de los factores de la evolución de las especies es un modo impreciso de hablar. El evolucionista tiene que descubrir la naturaleza de los procesos ambientales concretos, coherentes con los individuos de cada especie, que determinan su cambio evolutivo dirigido, fijo. Como la causa de cualquier otro proceso, la causa de la evolución de cada especie opera en un marco espacio-temporal, marco cuyo conocimiento puede ayudar al investigador a establecer la naturaleza concreta de esta causa. Aquí sólo cabe señalar que desde la especiación de que surge una especie hasta la culminación de su evolución en la diferenciación de ella en las dos filiales suelen mediar cientos de miles y hasta millones de generaciones. Ahora bien, en este sentido circunstancial del tempo de cambio de una especie, Lamarck se adapta a los hechos y no los genetistas que busquen en variaciones de los genomas individuales de pequeñas poblaciones de una especie la causa del surgimiento de una nueva especie, lo que constituye una recaída implícita en el creacionismo que culminó en la definición de una especie como "un monstruo lleno de porvenir", definición -desnuda de toda reserva-que es la correspondiente a la aseveración igualmente creacionista de que en el genoma de su cigoto está el programa del despliegue ontogenético del animal. basa en la diferenciación de razas en todas las especies domésticas. De su teoría de la especiación, Darwin sacó la conclusión correcta de que la evolución animal es un proceso que afecta simultáneamente a los animales de todas las especies y en el que, de tiempo en tiempo, los de algunas se diferencian en dos con lo que, con el curso del tiempo -y aún desquitando las que se han extinguido-, ha ido aumentando aceleradamente el número de especies existentes; esta conclusión (que especifica la diferenciación de las especies como resultado de un proceso potencialmente inteligible) es confirmada por, da cuenta de, los datos de anatomía y embriología comparadas y, sobre todo, permite diseñar el árbol filogénico de las especies sobre la base objetiva del sistema natural de las especies, en el que los criterios de clasificación se subordinan y que se fue estableciendo como resultado de la labor de muy numerosos zoólogos a lo largo de un siglo; a Darwin, además, proyectando su conclusión hacia el pasado, se le impuso que, al remontarse en él, el número de especies ha tenido que ser cada vez menor, lo que le lleva a postular que "todas las especies animales proceden de contado número de especies, tal vez de una sola", esto es, el origen monofilético de todos los animales. Se entiende, por otra parte, que la poderosa imaginación creadora de Darwin, disciplinada a basarse siempre en datos coherentes que permitan soluciones objetivas, se limitara a enunciar el origen monofilético de los animales, pero sin plantearse siquiera cómo pudiera producirse, para lo que carecía de datos concernientes. Hay que tener en cuenta que la definición por Virchow de la célula como unidad de ser vivo es rigurosamente coetánea de la publicación de El origen de las especies (1859) y hoy parece inobjetable que el origen del primer animal ha tenido que ser un resultado culminante de toda una etapa previa de la evolución biológica, la de la evolución celular, cuyo desentrañamiento exige, a su vez, entender la naturaleza de la célula por el proceso de origen de las células, en gran verosimilitud también monofilético, problemas todos con los que está en trance de enfrentarse la biología al siglo y medio de aparecer la obra señera de Darwin. Y, todavía, habrá de hacerlo con la ayuda de su selección natural. (Permítaseme señalar que la gran riqueza de datos empíricos sin interpretar nos ha permitido, en un intenso trabajo de ocho años, desarrollar un primer modelo científico (esto es, conforme con todos los datos disponibles y sin otro modelo alternativo) del proceso de origen de la primera célula, a partir de una determinada asociación de proteínas globulares, proceso en el que ésta fue elevándose a grados crecientes de unitariedad -por una sucesión inteligible de ventajas selectivas-hasta culminar en la primera célula (en el primer foco de acción y experiencia de los seres vivos del segundo nivel de integración); este modelo ha permitido: a) definir la célula por lo que todas las células tienen en común, a saber, los campos físicos unitarios que explican su realización en acción y experiencia sobre los ambientes celulares^; y b), tras otros cinco años de trabajo, entender la función del metabolismo celular en la acción y experiencia celular propia de lo que consideramos el primer tipo de célula, dar un modelo verosímil de cómo esta célula gobierna su metabolismo, y el de cómo se produjo el despliegue del metabolismo celular inicial^. Claro que estos resultados no hubieran sido posibles si, antes, mediante un trabajo continuado de varios años^, no se hubiera abierto el acceso evolutivo indispensable hacia el nivel celular, a saber, puntualizando la existencia de seres vivos del primer nivel, su naturaleza y una noción de su proceso evolutivo desde su origen hasta la asociación de ellos ancestral de la primera célula; de estos seres vivos -constituyentes del soma de todas y cada una de las célulashay numerosísimos datos concretos bien establecidos por la llamada biología molecular (designación que ya constituye una contradictío in adjecto), de valor inestimable para entender ab origine la célula pero que se consideran con un reduccionismo a lo molecular generalmente aceptado, muy extraviado y que fue necesario superar; entre la molécula y la célula hay una diferencia abismal de orden de estructura y de tamaño que fueron determinadas por las dos primeras etapas de evolución biológica (la molecular, la basibiónica) sin cuya consideración objetiva no caben sin justificaciones teleológicas de la ontogénesis y filogénesis celular y, a mayor abundamiento, de las del animal cuya explicación se remite a una secuencia de moléculas (los ácidos nucleicos) que se consideran como el programa per se que se cumple -sin saber por quien ni cómo-en cada desarrollo embrionario.) LAMARCK Y KANT VISTOS POR HAECKEL. El pensamiento evolucionista expuesto por Lamarck, en 1809, en su Filosofía zoológica (que hoy probablemente habría titulado teoría zoológica) no se difunde entre sus contemporáneos y permanece prácticamente desconocido al producirse su muerte en 1829. Ahora bien, Darwin, en El origen de las especies (1859), lo considera precursor de su obra y adopta los conceptos lamarckianos positivos, si bien, como se ha señalado, el naturalista inglés eleva la teoría de la evolución de los animales a un nivel superior al de la teoría de Lamarck, cuyas diferencias con su interpretación Darwin no se detiene a analizar. Darwin, como es de conocimiento general, consid-'^ CORDÓN, F. (1990), Tratado evolucionista de biología. Parte Segunda, «Origen, naturaleza y evolución de la célula», Madrid, Aguilar, vol.I. ^ Ibidem, parte segunda, vol. II' ^ CORDÓN, F. (1978), Tratado evolucionista de biología. Parte Primera «Origen, naturaleza y evolución del basibión y sus asociaciones» (1978), Primera edición, bajo el título La aTunentación base de la biología evolucionista, agotada), T" edición en prensa. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es era que el motor de la evolución de toda especie es la selección natural, como progenitores, ejercida por el "medio-ambiente", de los individuos más aptos; inteipretación aún imprecisa pero no teleológica. Por otra parte, considera que toda especie se origina de la bifurcación de otra y evolutivamente culmina en su propia bifurcación, lo que le sugiere que el número de especies ha crecido con el tiempo, y por tanto, ha disminuido al remontarnos en el pasado, lo que le sugiere el posible origen monofilético de los animales; todo lo cual nos lleva a vislumbrar la evolución animal como un proceso de evolución conjunta de sus especies y, además, a plantear, en términos concretos, el origen de cada especie (cuya resolución permitiría entender por su origen la especie correspondiente) y el origen del primer animal (cuya evolución permitiría entender por su origen la naturaleza común de los animales). Alertado por Darwin, Ernst Haeckel (1834-1919), uno de los primeros darwinistas destacados, en su monumental Historia de la creación de los seres organizados (1867)^0 hizo una detenida exposición, que constituye un encendido panegírico del pensamiento de Lamarck, al que considera un hito memorable de la historia de la biología. Ello contribuye a rescatar del olvido, justamente, las grandes intuiciones evolucionistas de Lamarck que, hasta 1900, pasan a tener predicamento. Destaca Haeckel, con razón, las aportaciones positivas de Lamarck que recoge Darwin en el suyo, pero no sólo pasa por alto la superación cualitativa de éste sobre la de Lamarck (en este contexto se limita a señalar que Darwin aporta el concepto de la selección natural), sino que no percibe dos graves errores de la interpretación lamarckiana a los que Haeckel mismo se adscribe y a los que conviene insistir porque constituyen prejuicios arraigados que rebrotan, hasta hoy, inspirando las más diversas interpretaciones biológicas. Se trata, por una parte, del recurso a la teleología, y, por la otra, del reduccionismo de la interpretación de seres, fenómenos y procesos de un nivel a lo que se conoce de un nivel de integración inferior (Haeckel, en concreto todo lo reduce a mecanismos). Con respecto a la teleología la posición de Haeckel es notablemente ambigua. Por ejemplo, al ocuparse de Kant, en la Historia de la creación de los seres organizados, pondera, desde una perspectiva evolucionista, el alcance de la cosmología kantiana a la que considera una teoría admirable que no sólo concuerda con los datos observados, sino que se adelanta cuarenta años a la de Laplace y constituye "en geología e inorganología la vertiente que corresponde a lo que, en biología y antropología, significa la teoría de Lamarck". Ahora bien Haeckel, aunque conviene en que la gran fuerza del kantismo reside en su enfoque monista de la realidad y admite que en la Crítica del juicio Kant parece formular el gran principio de la doctrina ge-' *' En esta obra, Haeckel expone, por primera vez, su teoría de la recapitulación de la filogénesis de todo animal en su ontogénesis, ley con un fondo básico de verdad pero que exige una revisión profunda, desde la comprensión ab origine del primer animal. -Wo\. XLVin-1-1996 243 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es nealógica'', en cambio, le reprocha que renuncie al mecanicismo al estudiar los seres vivos, en beneficio de la teleología. Según cita de Haeckel, Kant declara en la Crítica del juicio: "Es absurdo esperar que un nuevo Newton venga a explicarnos la producción de una brizna de yerba a la que no haya presidido ningún designio; pues es una visión que hay que negar a los hombres". Curiosamente, comenta con escándalo Haeckel, la Crítica niega, en suma, a la razón humana el poder de explicar mecánicamente los fenómenos de la naturaleza orgánica, no dándole esa competencia sino sobre el terreno de la naturaleza inorgánica. Pero basta acercarse un poco a Kant para entender lo riguroso, lo justiçado de su postura. Considera que el problema de los cuerpos orgánicos, cuyas partes son recíprocamente medio y fin unas de otras, no puede resolverse en términos meramente mecánicos porque implicaría una excesiva coincidencia suponer que se hayan podido producir por el juego ordinario de fuerzas mecánicas. Ahora bien, si recusamos, como su origen, el mecanismo y recurrimos al de la Naturzweck (propósito de la Naturaleza) implicamos que haya cosas a las que deba considerarse resultado de un designio sobrenatural y, así, pasar de lo sensible a lo suprasensible de un modo explícitamente prohibido por la Crítica de la razón pura. Ante esta dificultad Kant recurre, de nuevo, al juicio reflexivo. Piensa que no podemos evitar el juicio teleológico para dar cuenta de los seres vivos pero tomándolo como una solución transitoria. Debemos, dice, considerar los organismos como si fueran resultado de un designio, que no es lo mismo que decir que son producidos deliberadamente. En contra del materialismo-vulgar de Haeckel, el monismo ha de intentar, al modo científico, introducir el "espíritu" (los contenidos de conciencia en que se realizan los seres vivos) en el Universo: procurar dar cuenta del "espíritu" en téiminos del proceso de toda la realidad. El monismo-mecanicista (otra buena contradictio in adjecto) procura expulsar fuera de la realidad las manifestaciones del "espíritu" como si, contra toda evidencia, no existieran'-. De hecho, por expulsarlas fuera, estas manifestaciones no dejan de arraigar en una u otra forma de creacionismo. Parece que el monismo mecanicista, el materialismo vulgar, es un monismo sin convicción, temeroso. Para Lamarck (1809) el instinto, al que considera el agente de la evolución, radica en el interior de cada animal impulsándolo, como vector de la causa final, teleológicamente, a ascender en la scala naturae. Ciertamente el "espíritu" aparece operando pero es considerado, ininteligiblemente, como resultado'' Al considerar la semejanza entre las formas orgánicas revelada por la anatomía comparada, Kant se encaminaba hacia un prototipo común del que ellas derivan. (Raíz kantiana del pensamiento biológico de Goethe, de von Baer y de Geoffroy Saint-Hilaire.)' 2 Con igual razón, no sujetarse al mecanicismo manejado por el hombre, haría recusar como inexistentes todas las manifestaciones de las reacciones químicas, de los procesos intratómicos, etc. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es y como agente de fuerzas mecánicas, a las que se remite también la reproducción de los animales, supuestamente gobernada por sólo leyes mecánicas. Darwin (1859) remite el proceso de la evolución al ser vivo al resto de la realidad, a saber, a un medio-ambiente que, implícitamente, ha de operar de modo correspondiente a cómo lo hace el hombre en su selección de razas domésticas (en la que, como en todo lo que realiza, éste aplica su capacidad de tomar noticia y de decisión que nos son propias). Asimismo para Darwin lo que se selecciona, como progenitores, son animales con la conveniente aptitud de adaptarse a las condiciones impuestas por el medio-ambiente selector. Darwin, sin duda, atiende a los datos reales que le competen con una mirada directa, no impedida por gazmoñería mecanicista; ve a los animales vivir, aunque esté fuera del alcance de su época plantearse qué sea vivir en términos del proceso conjunto de lo real. Sin embargo, el entusiasta darwinista Haeckel, considera, en 1867, como ciencia la reducción de todos los procesos reales a monismo-mecanicismo, al menos, a profesión de fe monistamecanicista. Habría de admitir, contra toda evidencia, que la misma toma de noticia de su propia circunstancia o no existe o es una mera manifestación de fuerzas mecánicas (las que operan en las máquinas que hace el hombre), sin que le mereciese la pena explicar cómo se produzca ello. Por último Kant -al que culpa Haeckel de infidelidad al monismo-mecanicismo-, al considerar, hacia 1790, los seres vivos, parece mantenerse como un monista riguroso al aseverar que los animales no pueden ser resultado de meras fuerzas mecánicas (inteligibles por el hombre en cuanto productor de mecanismos que se basan en leyes mecánicas por él descubiertas), sino que "parece que fueran resultado de un designio", ya que es inconcebible que se realice por azar el complejo y perfecto coajuste que se da entre las partes -los órganos-de los animales y de las plantas de todas las especies. Explícitamente a Kant no le satisface este "como sí" para justificar lo que él tiende ya a sospechar resultado de un proceso evolutivo'-^, y lo considera un recurso propedeutico, que espera solución, de cómo esa perfecta coordinación organísmica se produjo (y sigue produciéndose) en términos del proceso de la realidad. Tengo la convicción de que la capacidad de acción y experiencia (ésta con su cuánto de conciencia y libertad) sobre sus ambientes específicos que caracteriza a los seres vivos, debidamente enfocada puede permitir la ideación de modelos científi-' •^ Los datos de anatomía comparada ya hacen intuir a Kant la comunidad de estructuras de las distintas especies, comunidad que Geoffroy Saint-Hilaire (en 1830) intentó inútilmente concretar, con descrédito para su certera sospecha, frente al anatomista comparado creacionista Cuvier. cos""^, gracias a la gran riqueza de datos acumulada por la biologia experimental, capaces de dar cuenta de la naturaleza física de la acción y experiencia (ésta, insistimos, con su cuánto de conciencia y libertad) de los animales remitiéndola a la comprensión del proceso conjunto de la evolución de células y de asociaciones de células, comprensión que, a su vez, exige el conocimiento, ab origine, de la primera célula, y, a partir de él, la comprensión de la naturaleza de la célula. Asimismo, el conocimiento monista de la célula, lejos de todo mecanicismo, remite al conocimiento de la naturaleza física de la acción y experiencia de seres vivos del nivel directamente supramolecular y subcelular, conocimiento ya perfectamente inteligible, que, a su vez, remite a procesos del nivel molecular, esto es, por fin, a lo "inorgánico". En definitiva, conforme con un monismo riguroso, se va adquiriendo una primera interpretación de cómo, a partir del nivel superior de lo inorgánico, se pudo producir (conforme a lo que atestiguan datos comunes del interior de las células actuales) el origen monofilético de los seres vivos en la Tierra, con lo que se salva la barrera que parecía irrebasable entre lo inorgánico y lo orgánico, y cómo se inició y se ha ido desplegando la evolución biológica, en la que se suceden etapas (la molecular, la basibiónica'^, la celular, la animal), cada una de las cuales culmina en el surgimiento de seres vivos de un nivel más de integración de cuyo estudio -hecho posible por el logro de la ciencia experimental de deslindar los niveles de entidades homogéneas-, en cada uno de los cuales (átomos, moléculas, basibiones, células, animales) a la biología evolucionista le corresponde esclarecer un tipo de problemas de naturaleza distinta, a saber, cómo se relacionan entre sí entidades heterogéneas, en concreto, las unidades de cada dos niveles biológicos sucesivos: basibiones y moléculas subordinadas, células y basibiones subordinados y animales y células subordinadas. Estudio en el que, por una parte, en cada etapa evolutiva rigen leyes distintas, lo que veta toda extrapolación viciosa (toda integración pseudomonista) y, por otra parte, no puede abordarse con fruto la evolución de una etapa sin el conocimiento indispensable de la etapa inmediata anterior, como básica que es de la considerada. Para terminar señalemos dos consecuencias monistas deducidas del enfoque actual de la evolución biológica. La primera es que el proceso de la evolución'4 Consideramos que un modelo merece la calificación de científico en tanto que a) satisfaga todos los datos concernientes y b) no exista otro modelo alternativo.' •' ^ Entendemos por basibión -ser vivo básico-el ser vivo del primer nivel de integración, el directamente supramolecular e infracelular, dotado de un modo de acción y experiencia bien establecido propio de su nivel y de una estructura netamente supramolelcular (la propia de las proteínas globulares). Véase CORDÓN, F. (1994), «Las proteínas globulares, su estructura y función supramoleculares», Mundo Científico, it 143 y 144. biológica es complementario del despliegue de la capacidad de tomar noticia del ser vivo que evoluciona (capacidad, insistamos, potencialmente inteligible, al modo monista, en términos del proceso del nivel de la realidad que corresponda): la conciencia es resultado de la evolución y, a la inversa, la evolución lo es de la conciencia de los seres vivos de las etapas de evolución correspondientes. Y parece verosímil que esta aseveración pueda extrapolarse a la evolución de los niveles de lo inorgánico, como explicación de que la materia universal no sea ni absolutamente determinada ni desordenada, sino -eterna y sin límites-experimentable en cuanto experimentante y viceversa. En segundo lugar, las microestructuras comunes a los seres vivos de cada nivel (que preocuparon a Kant, a Goethe, a von Baer y, en particular, a Geoffroy Saint-Hilaire) creo que existen y son rastreables; opino que han de estar constituidas por conjuntos de series elementales de seres vivos somáticos del nivel inmediato inferior, series cada una de las cuales consta de un número fijo de tales seres vivos, cada uno especializado en cooperar en la producción de uno de los campos físicos unitarios en cuya coordinación el ser vivo de nuevo nivel se realiza en pulsaciones de acción y experiencia. Este resultado, en cuanto definidor del nuevo ser vivo, ha de conservarse como condición básica de toda la evolución (de toda su diferenciación progresiva en órganos) de los seres vivos de dicho nivel.'^
XLVIIl-1-1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es lequel la vie réside".
Es bien conocido el carácter de último acto en su campaña en favor del copernicanismo que tiene el Diálogo de Galileo. Animados por la subida al trono papal en 1623 del cardenal Maffeo Barberini, que gozaba de una reputación de hombre culto, amante de las letras y las artes, los copernicanos creen llegado el momento de pasar a la ofensiva contra el decreto anticopernicano de 1616 que había situado en el índice el De revoíutionibiis de Copérnico. En 1624, Galileo viaja a Roma donde el Papa le recibe en numerosas ocasiones y le colma de atenciones. No consigue que se revoque el decreto, pero cree llegado el momento de volver a la carga con la cuestión del copernicanismo. El producto de este afán es precisamente el Diciíogo sopra i due massimi sistemi del mondo, que se publica en 1632. A lo largo de las cuatro partes que constituyen la obra, tres personajes, Simplicio, Sagredo y Salviati, el aristotélico recalcitrante, el espíritu libre de prejuicios y el portavoz de Galileo, respectivamente, se reúnen durante cuatro jornadas en el palacio veneciano de Sagredo para discutir y ponderar los méritos respectivos de lo que entonces eran sistemas cosmológicos rivales, el aristotélico-ptolemaico y el copernicano. Después de una Primera Jornada en la que Salvani-Galileo lleva a cabo el necesario trabajo preliminar de análisis filosófico que permita poner al mismo nivel la cosmología aristotélica y la copernicana, trabajo tanto más necesario cuanto que esta última es considerada «necia y absurda en filosofía», en las siguientes se aborda directamente el problema del movimiento de rotación de la Tierra sobre su eje y el del movimiento de revolución de la Tierra en torno al Sol. A lo largo de la discusión, Salviati, utilizando los principios fundamentales de la nueva física que Galileo ha estado construyendo en su estancia en Padua de 1592 a 1610: el principio de conservación del movimiento, el principio de relatividad mecánica y el principio de composición de movimientos, refuta uno tras otro los argumentos tradicionales contra el movimiento de la Tierra que el tenaz Simplicio venía poniendo sobre la mesa. En la Cuarta Jornada parece llegada la hora de resarcirse, y Salviati formula el argumento que podrá demostrar de forma concluyente el movimiento de la Tierra, un argumento cuyo núcleo está forniado por una explicación de las mareas observables en la superficie terrestre. Los estudiosos de la Revolución Científica del siglo XVII en general, y de la obra de Galileo en particular, están de enhorabuena con la presente edición del Diálogo de Galileo. Hasta la fecha, en castellano, contábamos con una traducción de la obra en cuatro volúmenes, pero el cuarto, que contenía la traducción de la Cuarta Jornada, era prácticamente imposible de encontrar. Hoy podemos felicitarnos de poder contar con una edición digna de este nombre. La traducción vierte fielmente al castellano la lengua del original, lo cual merece resaltarse, pues si la prosa italiana de Galileo ha sido unánimemente alabada, no es menos cierto que su traducción presenta dificultades considerables, que aquí han sido felizmente superadas, como no dejará de apreciar todo el que se haya acercado al texto original. Asimismo, la presente edición respeta los ladillos que había introducido Galileo en los márgenes del texto, y que facilitaban considerablemente la lectura del texto, a diferencia de lo que ocurría con la traducción castellana anterior, en la que, sin explicación alguna, habían sido suprimidos. El texto traducido va acompañado de abundantes notas a pie de página, que no sólo iluminan los pasajes problemáticos del texto, sino que además proporcionan abundante información sobre la física y astronomía vigentes en la época, lo cual contribuye considerablemente a la inteligencia del texto. Todos los lectores, y en particular los estudiosos de la obra galileana, sabrán apreciar la utilidad de los exhaustivos índices, onomástico y analítico, que incluye la presente edición, índices que merecen mención destacada al no tener parangón en ninguna otra edición del Diálogo -cf., por ejemplo, el sumario índice, combinación de onomástico y analítico, que contiene la muy conocida edición inglesa que publicara Stillman Drake en 1953. La traducción del Diálogo viene precedida por una larga introducción que se constituye por derecho propio en un ensayo de máximo interés sobre el pensamiento galileano. En ella se comienza proporcionando un minucioso análisis de la situación de la Iglesia que se rearma ideológicamente en el Concilio de Trento, y de su actitud frente al copernicanismo, dos cuestiones claves para comprender la génesis de la tragedia que vivió Galileo a raíz de la publicación de su Diálogo. Posteriormente, la introducción aborda el problema del copernicanismo de Galileo y el desarrollo de su pensamiento sobre física y cosmología, desde la redacción del De motu, que Galileo llevó a cabo cuando era un joven profesor en Pisa, hasta la publicación del Diálogo. Se analizan luego algunos puntos fundamentales de la obra, proporcionando claves nuevas para la interpretación del pensamiento de Galileo, sobre las que volveré más abajo. El ensayo termina con unas reflexiones interesantes y pertinentes sobre las «rehabilitaciones» que Galileo ha tenido que sufrir, algunas muy recientes, a manos de la Iglesia, en las que se muestra que el espíritu inquisidor de Bellarmino sigue vivo, anque, de momento, con su poder limitado. El Diálogo es algo más que un manifiesto copernicano. Puede considerarse también, como señalará Alexandre Koyré, el gran estudioso de la obra de Galileo, en su Études galiléennes de 1939, como la historia del pensamiento de Galileo. En la introducción que precede a su traducción de la obra, Antonio Beltrán, aceptando la sugerencia de Koyré, afronta el problema de reconstruir esa historia en toda su complejidad, y al hacerlo, nos ofrece una nueva interpretación de la física galileana. Beltrán se ha tomado el Diálogo, todo el Diálogo, muy en serio y ello le ha llevado a rechazar de plano la idea del Galileo casi-newtoniano que otras interpretaciones, por ejemplo la del propio Koyré, pero también la de Maurice Clavelin -en su brillante trabajo La philosophie naturelle de Galilée, publicado en 1968-han puesto en circulación. Tomemos, por ejemplo, el penetrante análisis que Beltrán nos ofrece de la discusión que llevan a cabo los tres amigos de una de las objeciones tradicionales contra el movimiento de rotación de la ). Si nuestro planeta estuviera animado de un tal movimientoafirma la objeción, que puede leerse ya en el Almagesto-deberíamos ver cómo los pájaros, una vez perdido el contacto con la superficie terrestre al emprender su vuelo, desaparecen a velocidad de vértigo por el oeste, incapaces de acompañar a la Tierra en su veloz movimiento de rotación hacia el este. Otro tanto debería ocurrir con las nubes. Llevados por el entusiasmo de la lectura de las páginas anteriores, en las que hemos asistido a la magistral utilización que hace Salviati de los principios de la nueva física gallicana en la refutación de otras objeciones, nos frotamos las manos esperando verle dejar con la boca abierta una vez más al aristotélico Simplicio. El análisis de Galileo no puede satisfacer a ningún postnewtoniano. Salviati vacilará entre dos explicaciones que no tienen nada que ver con la nuestra y que ni siquiera concuerdan entre sí. En principio, parece recurrir a la naturaleza térrea de los pájaros, la cual asegura su movimiento natural de rotación junto con todos los objetos de idéntica composición. Esto bastaría para sobresaltarnos, porque muestra que el Galileo del Diálogo cree en una estructura elemental de la región sublunar -concepción que retiene del De motii-en la que cada elemento tiene propiedades dinámicas diferenciadas. El globo terrestre rota alrededor de su eje porque tal es el movimiento natural del elemento tierra que lo compone. Pero ese no es el caso del aire o del agua. Ahora bien, las vacilaciones de Galileo no se explican simplemente apelando a esta creencia, como nos lo muestra sus dificultades con la consideración de la conducta del aire. Más adelante en la discusión se insinúa que si los pájaros no quedan retrasados es porque el aire, que sigue naturalmente el movimiento terrestre, los arrastra consigo. El problema es que anteriormente se había afirmado que si el aire era capaz de seguir la rotación terrestre se debía a que su porción más próxima a la superficie terrestre era arrastrada por las montañas que lo aprisionaban. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS veces no puede evitar pensar la atmósfera, o mejor lo que nosotros llamamos atmósfera, como «viento»» (ibid., p. Los problemas que Galileo tiene con respecto del aire nos revelan que en el Diálogo está razonando sobre lo que ocurre en una Tierra en movimiento pero que sigue ubicada en una región sublunar, sin que pueda recurrir a la esfera que la transportaba en la cosmología de Copérnico. Galileo razona desde una física que es «la física de una Tierra móvil, pero aun no es la física del nuevo universo newtoniano. Es la física de un mundo sublunar de esferas elementales» (ibid. p.LXI). Lo cual nos lleva a aceptar que el Diálogo nos presenta un pensamiento complejo en el que coexisten marcos teóricos que a nosotros nos parecen incompatibles. La consecuencia historiográfica capital es que «uno puede experimentar o protagonizar una ruptura epistemológica, un cambio paradigmático y, sin embargo, en algunos puntos o cuestiones teóricas, fluctuar entre dos esquemas conceptuales y seguir pensando alternativamente con o desde las categorías del anterior paradigma o esquema conceptual, sin conflicto aparente o, al menos, sin tener conciencia de la contradicción o ambigüedad» (ibid., p.LVII). El análisis de las vacilaciones de Galileo en su respuesta a las objeciones contra el movimiento diurno de la Tierra repercute sobre la consideración de lo que se suele conocer como «principio de inercia circular» galileano: conservación del movimiento en un plano equidistante de la superfície terrestre, principio que Galileo afirma con toda claridad en el Diálogo. Su análisis de páginas precedentes permite a Beltrán introducir una iluminadora clasificación de tres tipos de movimientos circulares presentes en la física galileana, y argumentar convincentemente que sólo uno de ellos constituye una ilustración del principio galileano (ibid., pp. LXVIII-LIX). Ni los de revolución y rotación de los cuerpos celestes -que derivan del concepto de orden del cosmos-, ni el natural de rotación de los cuerpos de naturaleza térrea -un movimiento claramente determinado ontologicamente-lo serían. Sólo el que dene lugar en un plano equidistante de la superficie terrestre evidencia un claro progreso conceptual con respecto a las concepciones tradicionales. Es suficientemente conocido que la formulación de un argumento que consiga el anhelado objetivo de probar el movimiento de la Tierra constituye el núcleo de la Cuarta Jornada del Diálogo; también lo es que dicho argumento resulta un completo fiasco: supone una clara violación de la idea que se ha repetido al testarudo Simplicio una y otra vez en las jornadas anteriores, según la cual ningún fenómeno que tenga lugar en la superficie de la Tierra puede manifestar su movimiento, pues lo que se afirma es ni más ni menos que el familiar fenómeno de las mareas revela el movimiento de la Tierra. Puestos en esta tesitura, podemos limitarnos a denunciar y lamentar el error de Galileo, o intentar la coherencia de su argumento con la compleja física del Diálogo. Pero ni siquiera en este úlümo caso la cuestión fiene una solución fácil porque, como nos advierte Beltrán, incluso admitiendo la coherencia del argumento de las mareas con su física, todavía permanece como un desafío el absoluto desprecio que Galileo muestra por los hechos que contradicen claramente su teoría de las mareas (ibid., p. En su introducción y en las notas que acompañan a su traducción, Beltrán nos presenta un Diálogo ambiguo y contradictorio, una obra escrita por alguien que no es un Oresme pisano, pero tampoco un Newton a falta de algunos retoques, por cruciales que estos puedan ser. Un Diálogo que «se presenta, precisamente debido a estas limitaciones, «errores» y callejones sin salida, como una obra viva que permite no sólo conocer las conclusiones del pensamiento de Galileo, sino además penetrar en su gestación y génesis» (ibid., p.LXVI). La edición de Beltrán nos enseña a leer el Diálogo con toda su complejidad, devolviéndole así el carácter de elemento fundamental dentro de la obra de Galileo, y nos propone nuevas claves para la interpretación del pensamiento galileano y la Revolución Científica del siglo XVII.
El objetivo del presente artículo es analizar el programa sanitario desplegado en Cataluña para erradicar el paludismo utilizando el cultivo del arroz de secano. Siguiendo una concepción miasmática de la enfermedad, las fiebres palúdicas se vinculaban a los humedales arroceros y eliminándolos se erradicaba el foco de una enfermedad desconocida en su origen y transmisión. A finales del siglo XVIII y durante gran parte del siglo XIX, la medicina, la química y la agronomía confluyeron en la problemática higiénico sanitaria generada en las regiones pantanosas y donde la práctica agrícola promovía la estanqueidad de las aguas 1. El paradigma miasmático reinaba en la ciencia de ----la época. La causa de las fiebres intermitentes, tercianas y cuartanas, se relacionaba con los miasmas, efluvios o exhalaciones, emanados de aquellos lugares a causa de la putrefacción de las aguas por contener restos orgánicos. La medicina, mediante la quina, había hallado un tratamiento eficaz, pero su empleo no podía generalizarse debido a su limitado suministro. La mayor precisión de las técnicas pneumáticas permitió que la química investigara la probable relación entre la composición atmosférica de ciertos parajes y las epidemias palúdicas. La agronomía moderna, como disciplina científica naciente, planteó una mejora de las técnicas de cultivo con el fin de eliminar el hipotético mefitismo 2 palúdico. En Cataluña hubo dos tentativas para solucionar el problema. La más importante fue el conjunto de ensayos realizados con el denominado arroz de secano, en los que se sustituía el riego permanente por riegos periódicos; la segunda fue hallar un proceso diferente al enriamiento del cáñamo. Todas estas tentativas tuvieron una motivación exclusivamente sanitaria, ya que desde un principio se presumía una disminución de los rendimientos agrícolas. Las experiencias agronómicas partían de la hipótesis de que existía una clase de arroz adaptable a las condiciones del suelo y el clima del país, sin necesidad de riego permanente; el conjunto de relaciones complejas (plantasuelo-clima) sometidas a factores aleatorios hizo difícil comprenderlo, pero constituye un ejemplo temprano de cuáles debían ser los objetivos de la agronomía 3. Los inicios de estas experiencias en Europa fueron posteriores a 1720, fecha considerada como punto de partida en el establecimiento de una política de la salud 4. En nuestro país hubo voluntad de los gobernantes para que el pueblo conociera las medidas higiénicas, pues la salubridad de las ciudades fue una de sus preocupaciones. En aquel estado se desarrollaba una fermentación que facilitaba la separación de las fibras por la acción de los medios mecánicos empleados después de la maceración. 2 Mefistismo se refería a un vicio de la atmósfera que la hacía irrespirable y derivaba de mofeta, término antiguo que significaba todo gas no adecuado para la respiración. Las topografías médicas y el estudio del medio ambiente en el siglo XIX», Cuadernos críticos de Geografía Humana, año V, no 29, Barcelona. ORIGEN DE LAS FIEBRES INTERMITENTES A finales del siglo XVIII se está aún lejos de conocer la causa del paludismo 5. Hasta 1880 no se describió el agente patógeno, un protozoo descubierto por Laveran quien supuso que los mosquitos pueden infectarse con la sangre chupada al enfermo 6. Gracias a las investigaciones de Manson, Ross, Grassi, Bignami y Bastianelli (1898), se descubrió el ciclo sexual de los plasmodios en el mosquito del género Anopheles y el mecanismo de transmisión a la especie humana 7. Desde tiempos remotos se relacionaban los terrenos pantanosos con el paludismo, atribuyéndose la causa a los aires pestilentes 8, sobre todo nocturnos, motivo por el cual los habitantes cercanos se consideraban a salvo si cerraban puertas y ventanas para impedir que entraran en su casa. Las poblaciones afectadas habían reunido una serie de observaciones para las que carecían de explicación: se sabía que los niños lactantes y las mujeres que permanecían más tiempo en sus casas tenían una incidencia menor de paludismo; que en sitios elevados próximos a los pantanos no se experimentaban los efectos de la enfermedad, deduciéndose que el vapor de ----5 Paludismo, del latín palus, que significa laguna y que a su vez deriva del griego palaios (viejo o antiguo) y de palos (lodo). La denominación de malaria, del italiano mal'aria (mal aire), era muy reciente, fue el botánico italiano Torti quien, en 1753, utilizó por primera vez este vocablo. En Inglaterra no se utilizó hasta 1837, y en los textos españoles que hemos consultado, anteriores a la mitad del siglo XIX, no se la nombra nunca así. La denominación más usual es la de tercianas y fiebres intermitentes. 7 La primera especie de esporozoario estudiada por Laveran fue el Plasmodium malariae causante de la fiebre cuartana, completando su ciclo en el hombre en unas 72 horas. El Plasmodium vivax fue observado por primera vez en 1880, también por Laveran, es causa del paludismo terciano o terciana benigna y el ciclo esquizogónico dura 48 horas. La tercera especie de plasmodio, es el P. falciparum productor del paludismo subterciano, terciano maligno, tropical o estivo-otoñal, y del que también Laveran describió sus gametocitos falciformes (las medias lunas de Laveran). El P. vivax es la especie dominante en las zonas templadas. El P. malariae tiene una zona restringida de distribución y es poco común, excepto en la parte occidental y central de Africa. El P. falciparum es la especie dominante de las regiones tropicales, y no suele encontrarse en las regiones cuya temperatura media en el verano es inferior a 21,1oC, o la del invierno desciende de 8,8oC; era la especie más común en el sur de Europa y norte de Africa, causando aquí una infección sintomática en el verano y comienzo del otoño, por lo que se le llamó paludismo estivo-otoñal. CRAIG, C. F.; FAUST, E. C. (1951), Parasitología clínica, México, Unión Tipográfica Edit. 8 Lo común era considerar que los efluvios tenían su origen en la putrefacción de la materia orgánica, pero hubo opiniones que atribuían los efluvios a emanaciones especiales de ciertas plantas que crecían en las regiones pantanosas, conocidas como vegetación palúdica. agua era el vehículo del agente pernicioso. La interposición de un obstáculo natural, como una colina o un bosque, podía ser un buen medio para preservar a una población cercana a un foco palúdico. Con la creencia de que los efluvios no podían elevarse mucho, las personas más acomodadas escogían para su vivienda los pisos altos de las casas. Se afirmaba que el mefitismo era mucho mayor en sitios bajos, o rodeados de montañas, por su menor ventilación natural, saturándose fácilmente la atmósfera de efluvios. También se sabía que la fuerza del mefitismo palúdico guardaba relación con las temperaturas del día, de la estación anual y del país; con la dirección de los vientos, la altura del lugar y su situación geográfica. Las horas de más peligro eran la madrugada y el anochecer, circunstancia que incidía en la creencia de que el vapor acuoso servía de vehículo de los efluvios. Casuística que se explicaba suponiendo que en las horas de más calor desaparecía la humedad y por lo tanto el soporte de los efluvios, sin embargo el calor del medio día favorecía la putrefacción de las aguas, por ello al atardecer y aumentar la humedad el mefitismo era muy intenso. La estación del año más temida era el otoño, puesto que los pantanos contenían menos agua y abundaban los restos vegetales al terminar las plantas anuales su ciclo. Respecto a los países más susceptibles de padecer el paludismo se consideraba que eran los más cercanos al Ecuador, por su mayor temperatura media anual y el crecimiento más vigoroso de la vegetación. Los griegos identificaron el miasma palúdico con seres monstruosos. Hipócrates estudió la enfermedad en Asia menor, donde en el siglo V antes de Cristo ya predominaba. Tanto Hipócrates como los médicos griegos reconocían en el aire las causas de las enfermedades. Los tratados hipocráticos indicaban la importancia que para la enfermedad tenía la calidad del aire, subrayando diferentes aspectos: la situación de los lugares, las cualidades del suelo, sus diferentes exposiciones y la variedad de sustancias que encierra. La tradición hipocrática dio lugar a la creencia de que las fiebres9 tenían su origen en las exhalaciones generadas en las aguas estancadas siendo generalmente admitido por los autores del siglo XVIII, como Sigaud de la Fond en su ensayo sobre los diferentes tipos de air-fixe10. ----En el siglo II a.C., el romano Marco Terencio Varrón aconsejaba evitar los pantanos «porque se crían ciertas criaturas diminutas que no se pueden distinguir a simple vista, que vuelan por los aires y entran al cuerpo por la boca y la nariz, y que pueden causar graves enfermedades»11. Frente a la teoría de los miasmas, la afirmación de Varrón apunta a un origen microbiano de la enfermedad. Paladio y Vitruvio sostuvieron esta idea, y el jesuíta alemán Atanasius Kircher la defendió alcanzado el siglo XVII12. Paracelso y su escuela atribuyeron la insalubridad de los sitios pantanosos a la conjunción de los astros, en especial a las posiciones de Saturno. Los humoristas consideraron la putrefacción de la sangre ocasionada por el calor y la humedad. Federico Hoffman, por ejemplo, creía que el aire saturado de vapor perdía su elasticidad y, por lo tanto, la propiedad de comunicar fuerza expansiva a la sangre, languideciendo la circulación y acumulándose humores impuros. En la literatura de la época, y no sólo en la higiénico sanitaria, son numerosas las referencias a una explicación miasmática, telúrica o atmosférica de las enfermedades. El viajero irlandés Guillermo Bowles explicaba la escasa incidencia de tercianas en el norte de España por la presencia de corrientes de aire, capaces de arrastrar consigo los efluvios pestilentes13. En su Tratado de Calenturas, publicado en Valencia en 1751 y traducido al francés en 1768, Andrés Piquer y Arrufat concluye que los síntomas de las calenturas epidémicas variaban según los años, imputando estas diferencias al estado de la atmósfera. Según el catedrático de anatomía de la universidad de Valencia la enfermedad relacionaba los diferentes agentes que alteraban el aire variando sus modos y manera: «Yo congeturo que nacen principalmente de la Atmosfera, como esta sea diversa cada año, y puedan todas las causas que concurren con ella combinarse de infinitas maneras, pueden variar de muchos modos estas enfermedades. Es deseable que los Médicos se apliquen a formar las historias de semejantes calenturas»14. ----En general, hasta finales del siglo XIX se ignoraron los mosquítos al describir el paludismo15. La enfermedad se relacionaba exclusivamente con la putrefacción de la materia orgánica, tanto en el suelo como en las aguas estancadas, y la contaminación de su atmósfera adyacente 16. La corrupción pasaba al aire y de allí al hombre. Hasta época avanzada, se creyó que la infección procedía del suelo y que no se transmitía de unos individuos a otros17, la teoría de los miasmas no necesitaba de otro vector que el aire, tal y como afirma Jaccoud en su Tratado de patología interna: «El veneno de la malaria (infeccion palúdica) agota sus efectos en el individuo que le ha absorbido, no se regenera, y por lo tanto no es transmisible; los otros venenos son reproducidos por el enfermo, y de consiguiente pueden transmitirse del hombre enfermo al sano, de donde es fácil deducir que todo veneno reproductible es transmisible... La infeccion palúdica es producida por un veneno telúrico, llamado miasma palúdico ó simplemente malaria. Las formas clínicas del envenenamiento palúdico son múltiples; se manifiesta por fiebres intermitentes, normales o anormales, por fiebres remitentes, por una caquexia especial. La fiebre intermitente es la forma mas comun»18. Se ignoraba la verdadera causa de la enfermedad, pero nadie dudaba de que su origen estaba en la descomposición de la materia orgánica en las aguas estancadas. Sobre este hecho había observaciones que relacionaban el descenso de los afectados con una disminución de la temperatura del ambiente, con una desecación de las zonas pantanosas, o un alejamiento de esas zonas, y una ----atenuación de los efectos cuando soplaban fuertes vientos. Lo cual tenía fácil explicación desde la teoría de los miasmas, y permitía establecer, como se ha dicho, que las barreras físicas establecidas por los bosques, las montañas, y los edificios, podían detener el avance de la epidemia. REMEDIOS CONTRA LAS FIEBRES INTERMITENTES Finalizando el siglo XVIII los estudios de la química pneumática habían demostrado las propiedades del aire vital u oxígeno, y la salubridad del aire atmosférico se relacionó con su proporción. Defendiendo esta premisa, Pedro Gutiérrez Bueno, en su Prontuario de química, respondía la pregunta ¿qué aire atmosférico es más puro?, afirmando: «El que mejor contribuya á la salubridad, ó que tenga mas oxigeno» 19. Similar principio guiaba la desecación y puesta en cultivo de terrenos pantanosos, interpretándose como una prueba de la infección del aire y del poder que tenían los vegetales para volverlos salubres aumentando el porcentaje de oxígeno. Sigaud de la Fond citaba como ejemplo a los primeros colonos de Jamaica, quienes, antes de desecar y cultivar los pantanos, tenían una supervivencia inferior a diez años, y posteriormente vivían casi tanto como en Europa. La demostración de la producción de oxígeno por los vegetales promovió la plantación de árboles de crecimiento rápido, como el plátano y el chopo lombardo 20, en los alrededores de los terrenos pantanosos, las inmediaciones de los cementerios y el entorno de los hospitales para oxigenar el ambiente. El eucalipto fue otro árbol utilizado en la cruzada miásmica, por las propiedades balsámicas de sus hojas y su gran capacidad para desecar el suelo 21. ----19 GUTIÉRREZ BUENO, P. (1815), Prontuario de química, farmacia y materia médica, Madrid, Imp. de Villalpando,p. 20 Hacia el año 1650, del cruce entre Platanus occidentalis y Platanus orientalis, se obtuvo un híbrido al que se ha llamado plátano híbrido español y también plátano de Londres (P. Este árbol presenta un vigor excepcional y se ha convertido en el árbol de las calles en Europa y América. En la generalización de su plantación intervino la sugerencia de Sigaud de la Fond. El chopo lombardo, también aconsejado por Sigaud, es la variedad Italica del Populus nigra. 21 Para sanear el valle de Méjico por disminución del exceso de humedad, en 1882 el Dr. De Bellina consideró necesario plantar 52.650.000 eucaliptos; además la inhalación de los efluvios balsámicos debía neutralizar los efectos nocivos sobre la circulación sanguínea de los olores fétidos. «Memoria del Dr. De Bellina sobre la enfermedad del paludismo en México», Gaceta Médica de México, t. También se tomaron medidas urbanísticas para evitar que el aire se impregnara de miasmas, como situar los cementerios en las afueras de los pueblos y prohibir los enterramientos en las iglesias. Una real orden de 1775 abolía en España los cementerios de las iglesias parroquiales con el propósito de transformarlos en plazas, pero aún existían algunos durante el siglo XIX. La Academia Médico-Práctica de Barcelona consideró perniciosos para la salud pública los cementerios de las iglesias y los olores y humos provinientes de las fábricas, atribuyéndoles la causa de muchas muertes súbitas y ataques de apoplejía 22. Se promovió también la plantación de arbolado en esos lugares, para que los productos de la descomposición fueran absorbidos por las hojas. Las publicaciones periódicas iban aportando noticias del constante traslado de los cementerios hacia las afueras de las poblaciones. La justificación era el peligro de las fiebres y el deseo de disponer de un aire más puro. Una técnica destacable para eliminar los efluvios perniciosos, o al menos agitar artificialmente el aire, fue el uso de ventiladores. Su inventor fue Stephen Hales y pretendía eliminar el aire fétido de prisiones, hospitales, minas, barcos y lugares cerrados. Aunque se dudaba de que la agitación artificial eliminara los miasmas, al menos los difundía en un mayor volumen atmosférico y, así, perdían sus propiedades nocivas. En la búsqueda de soluciones hay que destacar el cambio de actitud de parte del clero para la erradicación de las epidemias. Ahora, junto a las oraciones se buscaron y aplicaron remedios terrenales. Es el caso de Jaime Cesat, párroco del pueblo de Valls y socio de la Real Sociedad Económica de Tarragona. Cesat mantuvo correspondencia con el hacendado y científico Antonio Martí y Franqués pidiéndole información sobre los avances técnicos aplicados para combatir el contagio. La carta está fechada el 19 de julio de 1804: «Muy Sor. mio de todo mi aprecio: En el tomo 8 de la obra del Abate Andres Lib. 2 de la Física particular, he leído lo siguiente: "Las lagrimas batavicas hicieron pasmar á los Filosofos hasta qe. pensaron reducir sus prodigios â esta elasticidad (habla de la del ayre). En beneficio de la respiracion de la salud, y de la humanidad ha deducido Desaguliers estas poderosisimas propiedades del ayre, y con el auxilio de los conocimientos fisicos sobre el mismo ha inventado los ventiladores, y otras maquinas qe. han librado de la infeccion del ayre â los hospitales, y otros lugares donde la concurrencia de muchas personas lo hacia peligroso. ----milla, aquella siempre renacerá»28. Hasta entonces muchas de las prácticas fumigatorias trataban de aromatizar la atmósfera viciada29, es cierto que el ambiente era más agradable, pero el mal, de existir, continuaba: «Los Nervios del olfato perciben una sensacion diferente, no hay duda; pero el mal queda en toda su fuerza, y ahora en la misma actividad. Es lo mismo que si en un vaso de Veneno se echase azucar, el gusto seria diferente, pero el efecto el mismo»30. El verdadero desinfectante debía tener la propiedad de destruir los elementos extraños que hacían nociva la atmósfera, y no conformarse con enmascarar los olores o difuminarlos. El plantamiento difundido por el arzobispado irá tomando fuerza con los años 31. Por ejemplo, cuando Antonio Martí y Franqués analizó la composición atmosférica sobre las balsas de enriar el cáñamo no reparó en el fuerte olor que generaban las fermentaciones producidas, él se limitó a demostrar que no había pruebas de alteraciones en la proporción de los gases atmosféricos 32. En esta línea olfativa los textos recogen indicaciones comparativas: el ----mefitismo de las fiebres intermitentes se parecía al olor de los ratones, el de las viruelas al pan cocido y el de la fiebre puerperal tenía carácter ácido; sin embargo, las calenturas malignas no se asociaban con ningún olor. Había lugares donde las emanaciones pútridas eran evidentes: salas de disección, mataderos, cementerios, letrinas, cloacas, estercoleros... Pero no todos los higienistas creían que dichas emanaciones, aunque desagradables, fueran nocivas, a excepción de los gases tóxicos o de las que producían contagio. Curiosamente, según creencia muy antigua, había quien pensaba que las emanaciones pútridas eran un recurso profiláctico contra las pestes Como desinfectante Guyton de Morveau aconsejaba las fumigaciones de ácido muriático 33 (clorhídrico), conocidas como fumigaciones clóricas o guytonianas, cuya presencia en los tratados sobre desinfección fue muy duradera 34. Los vapores se producían haciendo reaccionar aceite de vitriolo (ácido sulfúrico) con sal caliente 35, y su efecto se explicaba porque el ácido muriático neutralizaba y destruía los miasmas pútridos. Desde el arzobispado tarraconense, los párrocos fueron instruidos para aplicar los reactivos en las proporciones adecuadas según el tipo de estancias. También la ropa de los enfermos se exponía a las fumigaciones, y se siguió aconsejando el uso del vinagre: «Es muy conveniente tambien que los Confesores y asistentes lleven consigo un frasquito de vinagre radical, que es un antiputrido poderoso, aplicándole á las narices de quando en quando, ya sea inmediatamente, ya sea echando unas gotas en el pañuelo» 36. El vinagre era valorado uno de los agentes más poderosos para evitar el contagio de las fiebres pútridas, los médicos respiraban a través de un tampón impregnado y los monarcas europeos hacían gran acopio de él para proveer a sus súbditos 37. La desinfección del aire de las estancias se realizaba hirviendo vinagre en un recipiente hasta que se desprendían los vapores acéticos. 34 Estas fumigaciones rindieron un inmenso servicio a la salud pública mediante la desinfección de las salas de los hospitales y las celdas de las prisiones. Guyton de Morveau (1737-1816) realizó en 1773 un descubrimiento importante: el de las propiedades desinfectantes del ácido muriático y más tarde del cloro. Este miembro de la Academia de Dijon partía de una teoría falsa sobre la difusión de los miasmas, creía que las emanaciones de álcali volátil (amoníaco) los arrastraban fuera de la materia orgánica en descomposición; al destruir el amoníaco pensaba que desaparecían los miasmas y con esta finalidad utilizó un ácido gaseoso y fuerte. A finales del siglo XVIII se popularizaron remedios derivados de la quina para curar las fiebres intermitentes. En Cataluña, ante las epidemias producidas en el Urgel, y con el encargo del rey para atajarlas, el médico José Masdevall 38 diseñó una bebida para su pronta curación, que el propio facultativo llevó, en 1785, a las tierras vecinas de Aragón para poner remedio a las fiebres que, desde principios de 1784, las afligían: «Así como el Sr. Masdevall no es un empírico, su remedio no es un secreto; este se reduce en sustancia á una simple bebida antipútrida compuesta de tártaro emético, de sal amoniaco, de ajenjos, y de quina» 39. En 1787, el primer director de la Real Sociedad Económica de Tárrega, el conde del Carpio, envió al alcalde mayor de la ciudad, y miembro destacado de la Sociedad, Josef Manuel Picado, dos escritos de Santiago Puig, médico de la Santa Hermandad del Refugio y del Hospital de la Latina, donde se proponía el mejor método para curar las tercianas y cuartanas 40. En esos escritos se debía aconsejar el uso de la quina, pues es el mismo Picado quien se hace traer de la Real Botica, y a sus expensas «una crecida porción de selecta quina», que mediante recetas de los médicos reparte gratis a los afectados por las fiebres. De todos modos son escasas las referencias al empleo del polvo de los jesuítas en los documentos de la época, lo cual parece indicar un empleo limitado y extraordinario. Entre los autores que investigaban sobre pneumática hallamos algunos remedios derivados de la química de los gases. Sigaud de la Fond aconsejaba a los enfermos de fiebres pútridas un régimen alimenticio abundante en vegetales ricos en aire fijo (dióxido de carbono) 41, preconiza el empleo del aire deflogisticado (oxígeno) por los enfermos de fiebres, y, siguiendo las experiencias de Priestley, recomendaba incorporar dióxido de carbono en la bebida como antipirético 42. ----38 MASDEVALL, J. (1786), Relación de las calenturas pútridas, y malignas, que en estos últimos años se han padecido en el principado de Cataluña, y principalmente de la que se descubrió el año pasado de 1783 en la ciudad de Lérida, llano de Urgel, y otros muchos corregimientos y Partidos, con el método feliz y seguro de curar semejantes enfermedades, Madrid, Imp. (2a edición) 39 TORRES AMAT, F. ( 1836), Memorias para ayudar a formar un diccionario crítico de los escritores catalanes, Barcelona, Imp. de J. Verdaguer, p. 40 Archivo Histórico Comarcal de Tárrega (AHCT). Real Sociedad Económica de Tárrega. 41 Alimentos con alto porcentaje de glúcidos. Excepcionalmente, en la bibliografía técnica se relacionan las fiebres tercianas con la ingestión de ciertos alimentos, por ejemplo el pepino: «Los Egypcios los comen despues de estar muy maduros, pero ignoramos si advertirán en su uso los mismos efectos y peligro de tercianas que nosotros» 43. Hipócrates señalaba la dieta como un factor involucrado en las epidemias. Pero el mundo vegetal fue también remedio contra la infección del aire, como el famoso azafrán de la Mancha 44. En sus Cartas marruecas José Cadalso recogía ambos extremos, recordaba que comer melones daba tercianas 45 sin olvidar el uso que hacía la medicina moderna de la quina para remediarlas 46. LOS PROBLEMAS SANITARIOS DEL CULTIVO DEL ARROZ El problema sanitario del cultivo del arroz generó una gran polémica en Cataluña. Existían en Cataluña zonas pantanosas naturales como el llano del Llobregat donde el paludismo era endémico. Las zonas templadas mediterráneas eran las más castigadas, pero también la Cataluña interior padeció las epidemias y la agricultura parecía implicada. Para remediarlo, mediante real orden del 25 de enero de 1721, Felipe V prohibía el cultivo del arroz en el Ampurdán. La prohibición pretendía erradicar la enfermedad pero llevó el hambre a las familias humildes. Por ello, el 1 de febrero del siguiente año una representación del marqués de Castel Rodrigo exponía al rey la necesidad imperiosa del cultivo del arroz para la gente pobre y de tropa, así como la inaptitud de aquellas tierras para el desarrollo de otras especies vegetales, y el monarca resolvía suspender la prohibición. La polémica continuó, promoviéndose en 1739 varios recursos para prohibir de nuevo el cultivo del arroz en el Ampurdán que finalmente, por una disposición del doce de abril de 1742, tuvo una aplicación muy restringida considerándose que la siembra del arroz era más beneficiosa que perjudicial para la salud pública. Sin embargo, los estragos del paludismo en años venideros constriñeron las voluntades. ----43 BOUTELOU, C.; BOUTELOU, E. ( 1801), Tratado de la huerta o método de cultivar toda clase de hortalizas, Madrid, Imp. de Villalpando, p. 45 También Joseph Townsend, viajando por la costa mediterránea, considera como causa de las fiebres intermitentes el comer melones y sandías antes que las aguas pantanosas. La descripción de su viaje se halla en TOWNSEND, J. ( 1791 Donde el paludismo se hacía endémico reinaba la desazón, y era opinión general que cultivar arroz multiplicaba las desdichas: «Hay tales enfermedades que comprehendiendo â casi todos los individuos no pueden asistirse unos â otros; que fallecen muchisimos; que las Mugeres preñadas abortan todas; que traszumandose las aguas arrozales en los pozos, y fuentes, las infectan; que muriendo varias savandijas, y reptiles en los que llaman enxugones, corrompidos a la fuerza del sol inficionan los ayres de suerte que de muy lexos se perciben sus perniciosos vapores; excediendo los años de arroz con tan increible aumento los muertos y enfermos que a continuarse la siembra acabarán las familias y los Pueblos» 47. Para los partidarios de esta práctica agrícola las causas de la alta incidencia de enfermedades eran ciertas costumbres, como el alcoholismo; incluso se afirmaba que, por el contrario, el movimiento de las aguas en los arrozales purificaba la atmósfera. Pero la razón de mayor peso era práctica, pues casi todos los arrozales estaban en tierras salinas donde no se podían cultivar otras especies 48. La confrontación hizo necesaria la intervención de la Junta de Comercio de Barcelona, dictaminando que la perniciosidad del cultivo provenía de las aguas empantanadas. La solución era dotar los campos de acequias de drenaje para el desagüe de las aguas estancadas. La Junta quiso asegurarse de las medidas a tomar encargando a Francisco de Prats, regidor de Gerona, que estudiara el tema in situ. El resultado fue un informe 49 presentado al marqués de la Mina que éste remitió a la Real Audiencia. En dicho documento se constataba el carácter pantanoso de la comarca, con cenagales y zanjas que contenían aguas corrompidas, y recogía el carácter partidista que movía a unos y a otros alrededor del cultivo del arroz. Las conclusiones de Prats se plasmaron en la Ordenanza de 1767. Por dicha Ordenanza sabemos que los arrozales del Ampurdán estaban demarcados por mojones de piedra, situados a 250 canas de los pueblos, unos 390 metros. La zona dedicada al cultivo del arroz estaba dividida en cinco partidas y, anualmente, se sembraba sólo una de ellas, si-----47 Archivo Junta de Comercio (AJC), leg. «Informe de lo practicado en la Comisión que trata, para arreglar la siembra de Arrozes, a fin de que su noticia sirva de Instrucción para la que tiene pedida sobre el propio asumpto la Corte». También se refiere a este problema, IGLE-SIES, J. (1969), Síntesi de la Junta de Comerç de Catalunya (1760-1847), Barcelona, Rafael Dalmau, p. 56. guiendo una estricta rotación que se justificaba desde el punto de vista sanitario: «Las demás tierras Arrozales exteriores á los citados mojones se distribuirán en cinco Divisiones, las quales turnarán entre si de suerte, que sola una de ellas se pueda sembrar en cada un año, y en cada quinquenio se verifique haberse executado la siembra en todas: Con cuya providencia no hallandose sembrado el Arroz todos los años, sino en la quinta parte del Territorio, quedarán siempre las otras quatro, y la salud de sus habitantes, libres de aquellas impresiones que les pudieran ocasionar las aguas y plantas Arrozales» 50. Planificación completada con la realización de acequias y zanjas de drenaje. Con esta rotación quinquenal también se buscaba controlar la mala hierba llamada vulgarmente cogula (Avena fatua), gramínea que era muy perniciosa para el agricultor gerundense. También el fiscal de la Real Audiencia de Barcelona, Manuel Sisternes y Feliu, dictaminó en la controversia 51. En su opinión las tierras pantanosas deberían dedicarse a la plantación de arroz, pues la experiencia dictaba que si no se sembraban las aguas estancadas se corrompían más fácilmente. Según la concepción de los efluvios pestilentes, el propio cultivo del arroz los disminuía con el movimiento de las aguas. Evitando, mediante el riego, que esas zonas se secaran en verano no había mortalidad de organismos y, por consiguiente, corrupción, origen de las exhalaciones. Pero Sisternes también aconsejaba prohibir el cultivo del arroz en tierras que no fueran de naturaleza pantanosa. Con esta medida se evitaría trasladar a los suelos normales las características indeseables de los pantanos. El arroz se consideró una planta regeneradora para los terrenos pantanosas pero desechable en los demás casos. Una opinión más drástica se hallaba presente entre quienes consideraban el arroz un cultivo dañino para la salud. Cultivar arroz era más perjudicial que dejar el terreno pantanoso con su vegetación autóctona, pues al eliminar malas hierbas el agricultor promovía la putrefacción, foco del mefitismo palúdico. ----50 Ordenanza o reglamento general que hasta nueva resolución de S. Magestad o de su Real Consejo se deberá observar para el cultivo de los arroces en los pueblos del Ampurdán, Barcelona, Thomás Piferrer, 1767, p.4. 51 SISTERNES, M. ( 1786), Idea de la ley agraria española, Valencia, Benito Monfort, p. Sisternes que nació en Castellón en 1728 y se doctoró en derecho en la Universidad de Valencia, abandonó Barcelona en 1779, yendo a Madrid promovido al cargo de Alcalde de la Real Casa y Corte. En junio de 1779 es admitido como socio en la Real Sociedad Económica de Madrid. El manuscrito sobre la Idea de la Ley Agraria Española, redactado a principios de 1785, fue leído en la Junta de Agricultura de la Sociedad durante los meses de octubre y noviembre. En su estancia en Cataluña se interesó por la agricultura, como afirma en su libro. Como vemos, aún las opiniones más favorables restringían el cultivo del arroz y la agronomía anhelaba hallar una solución. Los rendimientos económicos del arroz eran importantes pero, por su insalubridad, se quería relegar como cultivo marginal. Los labradores interesados en cultivarlo debían pedir permiso a las autoridades municipales, siéndoles a menudo denegadas, cuando no era expresamente prohibido. El cultivo del arroz tiene así una larga historia de tolerancia y prohibición, sobre todo en tierras valencianas donde en 1483 se prohibió bajo pena de muerte para quienes contravinieran el mandato regio. Durante los siglos XVIII y XIX la región valenciana estuvo muy sensibilizada ante los gases mefíticos, debiendo intervenir el monarca reiteradamente 52. Esta sensibilización frente a los perniciosos efluvios abocó a los valencianos a mantener las calles de la ciudad limpias y, en compensación, consiguieron un abono estimado por los agricultores. La materia orgánica en descomposición acumulada en las calles y cerca de las viviendas era retirada por los agricultores, lográndose con aquella práctica un doble beneficio: fertilizar los campos y alejar la corrupción -origen de enfermedades-del entorno ciudadano. Agricultura e higiene pública se complementaban admirablemente 53. La relación entre la salud y enfermedad de las tierras pantanosas fue una constante para los intereses agrícolas valencianos 54. El cultivo del arroz desataba pasiones encontradas, y cuando un autor exponía su opinión sobre el particular rápidamente merecía las críticas del bando contrario impugnándole. Esto ocurrió con el reputado naturalista Antonio J. Cavanilles, a quien se le criticó por su postura restrictiva expuesta en su conocida obra sobre el reino valenciano 55, expresando su parecer de que sólo en terrenos pantanosos debía consentirse cultivar arroz, y ni tan siquiera en éstos si estuviesen cercanos a ----52 RAMÍREZ, B. A. (1865), Diccionario de Bibliografía Agronómica, Madrid, Rivadeneyra, p. 53 TORRE, Marqués de la (1788), Discurso sobre lo útil, y aún necesario que se cree ser a los campos de la huerta de esta Ciudad el estiercol y polvo que se saca de sus calles, y perjudicial a la salud pública que permanezca en ellas, Valencia, Oficina de D. Benito Monfort, pp. 49-52. CHAIX, E. ( 1801), «Memoria premiada, que contiene una noticia de las lagunas y terrenos pantanosos de este reino (Valencia), y los medios para su desecación, con reflexiones sobre las ventajas que resultarán a la salud pública, ganados y Agricultura; operaciones prácticas para desaguar las lagunas de Ayora y de Salinas», Junta pública de la Real Sociedad de Valencia, Valencia, Benito Monfort. 55 CAVANILLES, A. J. (1795-1797), Observaciones sobre la historia natural, geografía y agricultura, poblaciones y frutos del reyno de Valencia, Madrid, dos vol., Imprenta Real, (reimpresión de 1958). alguna población. No sería la única vez que Cavanilles tratase el tema del arroz. En 1797 presentó en la Real Academia Médica de Madrid la memoria titulada Observaciones sobre el cultivo del arroz en el reino de Valencia 56, analizando el problema bajo el punto de vista sanitario. Las consecuencias a las que llegó Cavanilles eran: 1. El cultivo del arroz dañaba extraordinariamente la salud pública, por lo que procedía prohibirlo. El arroz consumía cantidades de agua superiores a las empleadas en otros cultivos de huerta, e, incluso, en tierras no pantanosas no resultaba el cultivo más rentable, desaconsejándose para aquellos parajes desde un estricto punto de vista económico. En las tierras de naturaleza pantanosa, que mejoraban con la circulación del agua, podía darse el cultivo del arroz siempre que se impidiera el crecimiento de plantas adventicias para evitar su corrupción, y de acuerdo con la experiencia local que no probase lo contrario. Demostrado que el cultivo del arroz dañaba la salud, no se debía autorizar esta práctica cerca de los pueblos, aunque las tierras fueran pantanosas 57. El principio defendido por Sisternes sobre la bondad del cultivo de arroz para mejorar la salubridad de las zonas pantanosas al provocar la circulación del agua seguía siendo válido, y lo sería transcurrido un siglo. Una real orden de 1860 establecía que las autorizaciones para este cultivo se expedirían sólo para los terrenos de naturaleza pantanosa, que no podían producir otras cosechas y donde el estancamiento de las aguas ocasionara daños a la salud pública 58. Pero ni la ley, pues hubo constantes denuncias por cultivarlo en tierras no pantanosas, ni las víctimas del paludismo vinculadas a su cultivo frenaron su expansión en Valencia 59. Hubo defensores del cultivo clásico del arroz que no hallaron perjuicio sanitario alguno en esta práctica, como el presbítero Simón Buforu que en el tránsito secular dirige al Rey sendos escritos reclamando el beneficio y necesidad de los arrozales: Discurso sobre la necesidad de la siembra del arroz, y sobre que ésta no es perjudicial a la salud pública; y Fundamentos sólidos relativos a la necesidad de la cosecha del arroz, no ser ésta perjudicial a la ----56 CAVANILLES, A. J. ( 1797 salud pública y deberse proveer de remedio absoluto su ejecución para poner fin a los perjuicios causados a los pueblos contenidos en las dos riberas del reino de Valencia, llamadas alta y baja 60. Pero el cultivo del arroz no logró deshacerse de su mala fama 61. EL CULTIVO DEL ARROZ DE SECANO Anteriormente hemos analizado la teoría miasmática y repasado los remedios aplicados para combatir el paludismo, y la ineficacia de los remedios llevaron a un intento agronómico casi desesperado. Un principio importante de la agricultura ilustrada era no dejar ociosa la tierra, sin importar los factores limitantes pues, aplicando un peligroso criterio de suficiencia, se pensaba que siempre se hallarían cultivos o técnicas adecuadas para el caso. La respuesta agronómica a la polémica sanitaria de los arrozales fue el, equívocamente, denominado arroz de secano. Realmente era un cultivo de regadío, y la denominación de «arroz en seco» que mereció corresponde al cultivo sin riego, dependiente sólo del agua de lluvia. Como las experiencias europeas con el cultivo sin riego fracasaron, se adecuó la denominación de arroz de secano para el cultivo con riegos periódicos. La diferencia con el cultivo clásico era significativa, se realizaban riegos regulares que evitaban el estancamiento y suponía un ahorro significativo y menor dependencia del agua. El objetivo era sanitario: evitar las hipotéticas emanaciones nocivas, causa de las fiebres intermitentes derivadas de las zonas pantanosas. En Valencia, Josef Antonio Valcárcel publicaba en 1768 una Instrucción para el cultivo del arroz, al modo de otros granos, con riego a días determinados y sin riego artificial. Era una ampliación de lo tratado en el tercer tomo de su Agricultura general 62, dedicado al cultivo de granos, legumbres, raíces ----60 Estos y otros documentos sobre las ventajas y perjuicios del cultivo del arroz en Valencia, se hallaban en el Archivo del ministerio de Fomento, legajo no 4 de Agricultura, años 1785 a 1804, y son citados por RAMÍREZ (1865), p.792 y p.817. 61 Un ejemplo lo tenemos en el informe redactado en 1787 por el duque de Crillón y Mahón, enviado al Consejo: Informe y otros documentos sobre los perjuicios de la siembra abusiva de los arroces en la provincia de Valencia. Para su redacción, Valcárcel se basó en El noble agricultor del francés Dupuy Damportes, traducción del Cuerpo completo de agricultura del inglés Hall. El agrónomo español dejó de banda, conscientemente, la obra tradicional de Alonso de Herrera por su constante referencia a las fases lunares. y plantas forrajeras. Algunos años antes, en 1765, y con una finalidad sanitaria, en Valencia se habían iniciado ensayos para cultivar el arroz sin riego continuo. Nuevamente se pedía permiso al Rey para proseguir estas experiencias y Valcárcel solicitaba al Conde de Aranda que, en vista de los esperanzadores resultados obtenidos, los ensayos se extendiesen a otras partes de España: «Como el Arroz compone en Agricultura un parrafo mui importante por su gran provecho; siendo uno de los mas saludables alimentos, y de los singulares en ser un gustoso suplemento de varios manjares para multitud de gentes; por eso se hace acreedor à que en todas las Provincias de nuestra Peninsula se plantifique su cultivo, de ninguna suerte dañoso en esta forma à la salud publica: porque en todas, ò en casi todas ellas hai territorios, que gozan de riego, ò con facilidad se les podrá dar à corta costa: beneficio que aseguraria lo que tantos cuidados trae en su escasez; y asimismo habrá otros terrenos propios en secano, donde sin duda se criaria mui bueno, y mas sabroso» 63. A partir de los ensayos realizados en Valencia debían promoverse otros, como así fue, para comprobar la viabilidad de aquel sistema de cultivo en diversas regiones españolas. Las experiencias presentadas por Valcárcel eran positivas desde el punto de vista sanitario y económico, pues, en su estudio comparado, el arroz de secano rendía más que el cultivado según el método tradicional y era más rentable que otros cultivos como maíz y alubias 64. El agrónomo valenciano dio por sentada la viabilidad técnica del arroz de secano y no duda de sus efectos positivos para la salud atendiendo a la teoría de los miasmas, rechazando la idea de que la malignidad recayese en la propia planta de arroz. Pero el arroz de secano tenía problemas agronómicos. Manuel Sisternes, conocedor de la agricultura valenciana y catalana, en el texto del año 1786 daba por zanjada esta tentativa y consideraba un fracaso todo cultivo de arroz que no dispusiera de agua permanente. Sus argumentos se basaban en los ensayos realizados en Valencia a instancias del Conde de Aranda siendo presidente del Consejo de Castilla 65. No era de la misma opinión el articulista del Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos que en 1805 daba noticia de los ensayos con arroz de secano realizados en Puzol: ----63 VALCARCEL, J. A. ( 1768), Instrucción para el cultivo del arroz al modo de otros granos con riego a días determinados, y sin riego artificial en secano, Valencia, Fco. «Observacion 1a: En el Jardin Botánico de Puzol que erigió el Excelentísimo Señor Don Francisco Fabian y Fuero, el que conserva nuestro dignísimo Prelado el Excelentísimo señor Fr. D. Joaquin Company, se cultiva mas hace de 20 años una variedad ó sea especie de arroz extrangero á riegos, y el que fructifica con fuerza y lozanía, en términos de haberle contado á una panoja mas de 400 granos. Observacion 2a: El arroz forastero criado con agua continua y fresca, rinde casi un tercio mas que el del pais, y no lleva arista su corola criado á riegos, y sí cuando se cultiva con agua continua» 66. En Cataluña la primera experiencia que conocemos fue realizada el año 1778 por Josef Lomaña, tesorero y miembro de la comisión de agricultura de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tárrega. Las actas de la Sociedad no recogen ninguna justificación de este proyecto, lo cierto es que detrás no hay ningún premio promovido por la Sociedad. La zona no era pródiga en tierras pantanosas y el problema era más bien la escasez de agua, se trataría, pues, de maximizar los escasos recursos hídricos buscando la alta rentabilidad del arroz mediante el cultivo de secano 67; o, quizás, existió sólo una motivación personal derivada de los escritos que llegaban a la Sociedad alentando a sus miembros a realizar experiencias en favor del progreso de la agricultura. No muy lejos de Tárrega, en la ribera del río Segre, se cultivaba el arroz mediante inundación continua y, unos años después de la experiencia que comentamos, sobre todo en 1785, una desastrosa epidemia palúdica afectó al Urgel. Varios pueblos solicitaron a la Real Audiencia la prohibición de cultivar arroz en su circunscripción a causa de la elevada mortalidad que las fiebres causaron en el Ampurdán, y en 1795 el gobierno anunciaba severísimas penas para quienes cultivasen arroz mediante agua permanente. En Tárrega durante la junta general de la Sociedad de Amigos del País, celebrada el 26 de octubre de 1778, Lomaña presentaba a los socios un manojo del cereal resultado de su novedosa experiencia considerando que el arroz «puede llegar a perfecta sazón, con otra segunda experiencia, en que se en-----66 D.V.A.L. ( 1805), «Del arroz», Semanario de Agricultura y artes dirigido a los párrocos, t. 67 La falta de humedad superficial era precisamente causa de frecuentes epidemias palúdicas, ya que las poblaciones del denominado campo del Urgel, que en 1786 contenía 186 poblaciones y 96 términos despoblados, debían recoger y embalsar el agua de lluvia necesaria en grandes balsas. Estas aguas estancadas causaban daños porque frecuentemente se «corrompían», de tal forma que a veces los campos quedaban sin cultivo «por hallarse la mayor parte de los habitadores de dicho campo postrados con calenturas epidémicas» (AHCT, Real Sociedad Económica de Tárrega, legajo 1, fol.109). mienden algunas cosas que no se han tenido antes en la primera» 68. Hubo, pues, voluntad de hacer un seguimiento agronómico, pero la segunda experiencia no consta que se realizase nunca y los documentos muestran que el arroz no llegó a buen puerto en el primer ensayo, seguramente las espigas no llegaron a madurar. El cultivo del arroz de secano también interesó a otras sociedades como la Real Sociedad Económica de los Amigos del País de Zaragoza, que, habiéndolo ensayado con éxito, el año 1781 promovía un premio para la clase de agricultura de «40 pesos al que en el propio año con riegos regulares solamente, como se practica con los demás frutos, ó en suelos húmedos sin riego alguno cogiere de propia cosecha mas cantidad de arroz y de mejor especie, que no baxe de dos cahices; y en caso de igualdad se preferirá la cosecha de secano: la Sociedad ha ensayado este método en el presente año con feliz suceso» 69. (El arroz de secano también llegó de Asia). En 1795 la Sociedad Económica valenciana y la Junta de Comercio de Barcelona, que hacía las veces de sociedad económica, recibían desde Madrid el documento manuscrito Noticia de las especies de arroz que se cultivan en los montes de la Provincia de Iloilo de las Islas Filipinas, firmado por Alessandro Malaspina 70. La Junta de Comercio, al menos, recibió parte de las 104 muestras de arroz descritas en el texto, guardadas en canutillos de caña, y, probablemente, el resto de semillas se enviaron a Valencia 71. Auspiciado por el monarca Carlos III, el oficial de la armada española Alessandro Malaspina había dirigido un viaje exploratorio de cinco años de duración por los mares de América, Ásia y Oceanía 72. En septiembre de 1794 atracaban las corbetas expedicionarias de regreso a España. El propio Malaspina encargó a su amigo José Francisco Vila, lo hacía el 21 de marzo de 1795, que remitiera a la Junta de Comercio de Barcelona varias muestras de arroz ----68 AHCT, Real Sociedad Económica, legajo 1, fol. 30. 70 Archivo Junta de Comercio de Barcelona (AJC), legajo XXXIII, caja 46. 71 Sobre este documento sólo hemos hallado una referencia en el Diccionario de bibliografía agronómica (1865), de Braulio Antón Ramírez, afirmando que se hallaba en el archivo de la Sociedad Económica de Valencia. 72 Sobre las ciencias naturales en la expedición Malaspina cf. GALERA, A. (1988), La ilustración española y el conocimiento del nuevo mundo. Sobre la copiosa bibliografía generada por el tema malaspiniano cf. Saiz, B. (1992), Bibliografía Alejandro malaspina y acerca de la expedición Malaspina y de los marinos y científicos que en ella participaron, Madrid, El Museo Universal. de Filipinas, donde se cultivaba de manera diferente al sistema clásico de inundación permanente. El sistema era arriesgado pues dependía, exclusivamente, de las precipitaciones, motivo por el cual se le denominaba cosecha aventurera. Para probar las semillas y la metodología foráneas las pruebas debeían de hacerse en tierras de secano sin ningún riego, tal como se lee en la carta de Vila 73. Pensamos que el documento y las semillas correspondientes se enviaron sólo a Valencia y a Cataluña, principales regiones donde los problemas del paludismo se relacionaban con el cultivo del arroz. En agosto de 1795 la Junta de Comercio encargó los ensayos a Antonio Martí y Franqués que resultaron negativos. El científico catalán escribió a la Junta en agosto de 1796 reportando el informe de su frustrada experiencia: «Muy Señor mío: en consequencia del encargo que Vmd. en su Carta del 22 de Agosto de 1795 por parte de la Real Junta de Comercio de este Principado se sirvió hacerme acerca el cultivo de las especies de Arroz de Filipinas, remitidas por disposicion del Gobierno: procedi â mis ensayos, luego que lo permitió la estacion; y habiendose continuado por varios sujetos de mi satisfaccion en diferentes Poblaciones, y tierras de distinta Calidad, asi en los llanos como en la montaña, las repetidas pruebas practicadas en todas las muestras, que he recibido, han sido infructuosas; pues que no ha salido planta alguna de un crecido numero de semillas que se han sembrado. Serian seguramente pasadas por ser cogidas desde algunos años, como lo indica el haberse hallado podridas las que se registron debaxo de tierra; y no quedando ya esperanza alguna de lograr el exito que se deseaba, me parece deber dar este aviso á Vmd. paraque se sirva comunicarlo á la Real Junta» 74. Iniciado el siglo XIX las perspectivas para el arroz de secano eran buenas si atendemos a las noticias del madrileño Real Jardín Botánico. Su director, Francisco Antonio Zea, ensalzaba los beneficios de un cultivo que eliminaría los perjuicios para la salud derivados del agua estancada y lo extendería por toda la península aclimatándose bien al frío: «Entre muchas producciones, ya nuevas, ya raras ó preciosas que ha adquirido el Real Jardin Botánico de Madrid en el presente año, se cuenta la del arroz de secano de que seguramente resultarán grandes ventajas á nuestra Agricultura. Por todas partes lo solicitabamos, hasta que por fin conseguimos tres únicos granos que sin embargo de ser cultivados en maceta han producido hermosos y abundante fruto. No nos proponiamos sacar otra ventaja de substituir este arroz, al que se cultiva inundando el terreno, que el evitar el daño mas ó menos grave que siempre causan ----73 AJC, legajo XXXIII, caja 46. XXXIII, caja 46. á la salud las aguas estancadas, y hemos hallado tambien la de ser mas temprano, y acomodarse perfectamente á los climas frios, de suerte, que en toda ó casi toda la península se podrá cultivar. Jamas se habia logrado en el Real Jardin Botánico que el arroz de Valencia llegase siquiera á florecer, y por consiguiente no habia esperanza de que pudiese cultivarse en lo interior de España; pero el de secano ha fructificado tan perfectamente que no dudamos propagarlo dentro de dos años en todas las provincias» 75. Pero los buenos augurios no se confirmaron y, transcurrido más de medio siglo, Braulio Ramírez relata el elogioso afán de Zea, y otros agrónomos contemporáneos, por propagar el arroz de secano y el fracaso del intento 76. En Cataluña no pasaron desapercibidos los ensayos arroceros realizados dentro y fuera de España, y acrecentaron las experiencias propias. En este contexto se situa Juan Francisco Bahí, director del Jardín Botánico barcelonés, quién en 1815 inauguraba el periódico mensual Memorias de Agricultura y Artes con el artículo titulado «Del cultivo del arroz en España sin alterar la sanidad de los pueblos». Bahí, conocedor de trabajos precedentes dentro y fuera de la Península no perdía la esperanza de que alguna variedad precoz, como el arroz imperial utilizado en el norte de China, pudiera cultivarse a riegos intermitentes simulando las condiciones climáticas asiáticas 77. Justificaba las ventajas sanitarias del arroz de secano repitiendo anteriores argumentos, el objetivo era evitar las aguas estancadas aplicando riegos periódicos, eliminando así el factor pútrido del proceso. En 1816 realizó los primeros ensayos cuyos resultados no fueron alentadores, pero no faltó el optimismo: «Hablaré del ensayo del cultivo del arroz con el riego periódico como las plantas de nuestros huertos; y aunque en este ensayo no he sido tan feliz como con los precedentes, tengo ya arroz en flor y fruto, como ven en el Jardín, y sino ha prosperado igualmente, creo conocer ya las causas de esto, y dejando a parte la crudeza del verano, espero poder remediarlas en el año que viene para así adelantar en este cultivo; y no dudando que esto será luego un axioma, el Ampurdán verá en sus campos el gran cultivo del arroz sin perjudicar a la sanidad de los pueblos, lo que fue objeto de mi primer escrito en las memorias de agricultura; y lo mismo podrá ----75 ZEA, F. A. ( 1805), «Noticia de la adquisición del arroz de secano que acaba de hacer nuestra Agricultura», Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos, t. 77 BAHÍ, J. F. (1815), «Del cultivo del arroz en España sin alterar la sanidad de los pueblos», Memorias de Agricultura y Artes, Barcelona, t. I, pp. 1-3. practicarse en el Urgel, luego de verificado el gran canal, que con la generosidad del Monarca y zelo de la Junta de Comercio de Cataluña» 78. En adelante, este tipo de ensayos no se citarán como tarea del Jardín barcelonés pero, gracias a las noticias referidas en una memoria inédita leída en 1838 en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, sabemos que este admirable agrónomo, pocos años antes de su fallecimiento, ocurrido en 1841, y retirado de su actividad académica, aún perseveraba en sus ensayos con el arroz de secano 79. Los agricultores y las principales entidades catalanas estaban siempre dispuestos a realizar nuevos ensayos, aun valorando los fracasos precedentes. La aclimatación del arroz en seco fue uno de los proyectos agronómicos más duraderos y esforzados de los que tuvieron lugar en Cataluña. Una y otra vez, cuando se tienen noticias de ensayos con el arroz de secano, se generan renovadas tentativas para conseguirlo en Cataluña. Así sucedió en 1831, cuando la Real Junta de Aranceles envió a la Junta de Comercio 80 el opúsculo redactado por Claudio Boutelou sobre el arroz de secano titulado Ensayos que para la aclimatación y cultivo del arroz nombrado de secano, se han practicado en el Vergel de las Delicias de Sevilla, publicado en la capital hispalense ese mismo año y traducido al catalán como Instrucció per cultivar l'arrós de secà 81. La Junta decidió hacer los ensayos utilizando la traducción como guía para los agricultores y la de Aranceles aportó las semillas, que en esta ocasión procedían de América 82. El texto de Boutelou era fruto de las positivas experiencias realizadas, hacia el año 1828, en el Vergel de las Delicias, atribuyendo a un erróneo sistema de cultivo el fracaso que el arroz de secano padecía ----78 BAHÍ, J. F. (1816),«Discurso leído a los discípulos de la escuela de Botánica al empezar sus lecciones, en el cual se da noticia de los felices ensayos de agricultura practicados en el Jardín con el cultivo invernal de plantas que dan aceite, y de la curación de una hidropesía universal y muy graduada a beneficio de la preciosa planta la digital purpúrea», Memorias de Agricultura y Artes, Barcelona, t. 79 Archivo Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (ARAC), caja 22, ms. Noticia sobre el arroz de secano. Memoria leída por Alberto Pujol. 81 No hemos hallado este opúsculo en catalán, pero sí otro en castellano editado en Barcelona, con una extensión de 20 páginas: BOUTELOU, C. (1836), Instrucción para el cultivo de arroz de monte llamado comunmente de secano, conforme al método practicado en el Vergel de las Delicias de Sevilla, Barcelona, Imp. Boutelou aconsejaba sembrar el arroz en mayo o junio, según fueran las tierras más meridionales o más frías, tarea que podía realizarse, incluso, a principios de julio si diese tiempo a granar y madurar antes de la llegada de los fríos y lluvias otoñales. También se aconsejaba realizar una continua escarda de las malas hierbas y repetir los riegos cada seis u ocho días, según las necesidades, calculándose un rendimiento del ciento por uno. En algunas provincias podría sembrarse una segunda cosecha, tras el trigo y la cebada, supuesto un ciclo vegetativo, desde la siembra hasta la recolección, de tres meses, el mismo que en los climas de origen. El interés que hubo en Cataluña por indagar la viabilidad del arroz de secano como remedio al problema sanitario del paludismo, está reflejado en sendas memorias presentadas en las sesiones académicas de la RAC en el marco de las lecciones de agricultura auspiciadas por su dirección de Botánica y Agricultura. Corresponden a dos memorias leídas en 1838, la que lleva por título «Noticias sobre el arroz de secano», de Alberto Pujol, es inédita; mientras que la correspondiente a José Faura, «Ensayos que sobre el cultivo del arroz llamado impropiamente de secano se han practicado en el llano de Llobregat», se publicó en el Boletín de la Academia de Ciencias Naturales y Artes 84. Pujol investigó los libros de óbitos de muchas parroquias del Ampurdán y afirma haberse «llenado de horror al ver el sin número de victimas que lo fueron por haber prevalecido el interes particular á las quejas de los pueblos». Era evidente que el cultivo del arroz con aguas estancadas desde abril, mes de la siembra, hasta primeros de noviembre, cuando se cortaba el suministro de agua, estaba en el origen de la mortandad. Pujol atribuyó el origen de las epidemias a la putrefacción orgánica y al hedor de las aguas estancadas: «Esta union de circunstancias que todas contribuyen á viciar la admosfera, cuya pureza es necesaria á la vida del hombre produjeron las horribles enfermedades del año 1836, cuyos recuerdos llenan de amargura al hombre sensible, cuyos estragos no reparará el Ampurdan en largos años de perfecta salud» 85. Opinión compartida, unánimemente, por todos los académicos. El objetivo de ----83 BOUTELOU, C. ( 1831), Ensayos que, para la aclimatación y cultivo del arroz nombrado de secano, se han practicado en el Vergel de las Delicias de esta ciudad, Sevilla, Diario de Comercio, p. 84 FAURA, J. ( 1841), «Ensayos que sobre el cultivo del arroz llamado impropiamente de secano se han practicado en el llano de Llobregat», Boletín de la Academia de Ciencias Naturales y Artes, no. 10, Barcelona, pp. 157-159. 85 ARAC, caja 22, ms. Noticia sobre el arroz de secano. Memoria leída por el socio D. Alberto Pujol en el 2do. turno de 1838 correspondiente a la Lección de Agricultura de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona. la memoria de Alberto Pujol era «indagar los medios de substituir á una siembra que da la muerte otra que produce y vivifica» 86. A tal efecto, su exposición recoge los éxitos con el cultivo del arroz de secano en la casa del Barón de Segur. Durante los años 1830 y 1831, la Real Junta de Comercio de Cataluña promovió esta práctica pero los ensayos fueron negativos al no aplicarse una metodología adecuada. Posteriormente, la Sociedad Económica de Barcelona repartió semillas con la obligación de notificar los resultados del cultivo, y fueron estos resultados los presentados por Pujol en su memoria como provechoso ejemplo 87, incluyendo las reglas para cultivar con éxito el arroz de secano. Se aconsejaba sembrar a últimos de mayo, o primeros de junio, y segar a finales de agosto, ya que el ciclo vegetativo duraba unos dos meses y medio; la tierra debía ser de buena calidad, preparada y abonada como la del cáñamo; antes de la siembre el grano debía remojarse durante treinta horas; el mejor método de siembra era a surcos y, mejor aún, a hoyos, enterrando en cada uno ocho o diez granos con estiércol líquido cubierto con tierra; tras la siembra debía darse un riego repetido antes de nacer la planta, si fuese necesario. Por su parte, la memoria elaborada por José Faura recoge las experiencias realizadas en el llano del Llobregat en el trienio 1836-1839, prestando especial atención a los microclimas de las parcelas. Faura dedujo una menor sensibilidad al frío de las plantas jóvenes, motivo por el cual aconseja anticipar la siembra a finales de abril o primeros de mayo para que el arroz fructificase antes de mediado el mes de septiembre 88, señalando como principales ventajas de este cultivo: «1a La cosecha del arroz en cuestion es la mas lucrativa con referencia á los demas frutos, por la cantidad y calidad de su producto. 2a Su cultivo no trae los inconvenientes de perjudicar la salud pública, ni es tan penoso como el del arroz comun ó acuático. 3a Está exenta esta planta de padecer las enfermedades comunes á los demas cereales, esto es la del añublo y las producidas por el pulgon o gallinsectos, las cuales con mucha frecuencia dejan burladas las mas halagüeñas esperanzas. 4a No resulta perjudicada su vejetacion por la proximidad o ascenso de las aguas subterráneas, y por lo mismo las tierras bajas, que á buen seguro componen ----86 Ibidem. Sobre los ensayos realizados en el llano del Llobregat, expuestos por José Faura, hemos hallado otro documento en el Archivo de la Junta de Comercio que los explica un poco más detalladamente. Véase «Ensayos que sobre el cultivo del arroz llamado de secano se han practicado en el llano de Llobregat», AJC. Caja 95, doc. 9. una tercera parte de esta llanura, y que hasta el presente se han considerado estériles e improductivas, son muy aptas para el mencionado cultivo, lográndose con este mejorar la condicion de aquellas, desvirtuando la perniciosa accion de las sales que las viican, y levantando o anivelando el terreno, con la doble ventaja de quedar abonado con beneficiosos mantillos o capas de tierra vejetal, si para el riego de dicha planta se aprovechan las frecuentes avenidas cargadas de aquella o lodosas, de las cuales se ha observado ser muy ávida» 89. Faura concluyó satisfecho de sus investigaciones y todo indica que si hubo fracasos en el cultivo del arroz de secano fueron debidos a las temperaturas bajas en el período de fructificación, y no hay duda que quienes se acercaban al problema sanitario y agronómico generado por el arroz estaban convencidos de su benignidad cultivado con riegos esporádicos 90. El arroz de secano dejó de ensayarse en Cataluña, y en España, mediado el siglo XIX. En la RAC, la última noticia hallada al respecto se refiere al ilustre botánico Mariano La Gasca quien, como académico correspondiente que era, el 3 de enero de 1838 remitió varias muestras de arroz de secano y una instrucción para su cultivo, con el objeto de que la Real Academia hiciera los pertinentes ensayos. Y una década más tarde, en la misma institución, el académico Ramón de Casanova volvía a recalcar la importancia del arroz de secano por sus beneficios sanitarios 91. A finales el siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX, el cultivo del arroz de secano fue la tentativa agronómica que acaparó mayor interés en Cataluña para erradicar las temidas fiebres palúdicas, vinculadas al método clásico de cultivo por inmersión continua. La agronomía buscaba así una solución a las fiebres intermitentes que la medicina no lograba, desarraigar. Las pruebas documentales no dejan duda sobre el carácter sanitario de estos ensayos. Las múltiples experiencias ponen de relieve que la agricultura catalana estaba abierta al método experimental promovido por la agricultura razonada. Desafortunadamente, las pruebas realizadas por instituciones, como la Junta ----89 FAURA (1841), p. 91 ARAC, caja 23, ms. Juicio crítico del manual de agricultura de D. Alejandro Oliván, leído en la sesión literaria de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, de 29 de Mayo de 1850, por el socio D. Ramón de Casanova y de Mir. de Comercio de Barcelona y las sociedades económicas, y particulares, como Juan Francisco Bahí, no obtuvieron resultados satisfactorios pero mantuvieron la esperanza de éxito. En éste, como en tantos otros aspectos agronómicos, los catalanes seguían el camino iniciado por la agricultura valenciana, trazado por José Antonio Valcárcel en su Instrucción para el cultivo del arroz al modo de otros granos con riego a días determinados, y sin riego artificial en secano. A partir de este momento se suceden numerosas experiencias, informes y reales ordenes que, hasta mediados de la centuria decimonónica, implican a la agricultura catalana en esta innovadora tarea. Quehacer definido por una constante: la necesidad de una motivación externa.
J.M.LÓPEZ PINERO y J.PARDO TOMÁS, Nuevos materiales y noticias sobre la "Historia de las plantas de Nueva España", de Francisco Hernández, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, Universitat de València-C.S.I.C, Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia XLIV, 1994.387 pp. Lo primero que quiero señalar, antes de entrar en el contenido de estos dos libros, es la gran importancia que tienen ambos para la historia de la ciencia española, americana y mundial. Es imprescindible contar con publicaciones documentales serias, bien estudiadas y valoradas, si se quiere llenar el tremendo vacío que existe con respecto a los avances que en el conocimiento de la historia natural se realizaron en el siglo XVI gracias, fundamentalmente, a los españoles que llegaron y conquistaron el continente americano. Y eso es lo que sucede con estos libros que vamos a comentar. El primero de ellos está organizado, en realidad, en tres partes. Una primera dedicada a recoger las referencias de plantas americanas en los escritos -cartas, crónicas, libros etc.-del período de la conquista, pero comentando y situando esas referencias en el contexto geográfico e histórico en que fueron obtenidas y, a su vez, relatadas, y la visión de la naturaleza que reflejan. Esta primera parte está, a su vez, dividida también en tres partes, tres capítulos, que señalan realmente tres momentos en la forma de observar la nueva naturaleza. En primer lugar, las observaciones realizadas en el primer período de la conquista, hasta las «Cartas de Relación» de Hernán Cortés. Corresponden, fundamentalmente, a las islas del Caribe, y algunas zonas de América Central y México. En segundo lugar, los autores estudian, como debe ser por su enorme importancia, las obras de Gonzalo Fernández de Oviedo de gran contenido naturalista, su Sumario de la natural Historia de las Indias y su Historia natural y General de las Indias. Los contenidos de Fernández de Oviedo corresponden, geográficamente, también a las islas del Caribe, sobre todo la Española -Santo Domingo y Haití-y zonas de Venezuela y Colombia, Panamá, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua. El tercer capítulo está dedicado a las crónicas y escritos varios posteriores a la obra de Fernández de Oviedo, con distribuciones geográficas más amplias, del propio México y siguiendo lo que fue el ritmo de la conquistas, que avanzaban hacia el sur -Ecuador, Perú etc.-y hacia el norte -Estados Unidos, Canadá-. La segunda parte del libro se centra en las plantas en sí desde el punto de vista de sus utilidades, alimenticia, médica, industrial, intentando agruparias y valorarlas ordenadamente, viendo, brevemente, la historia, el uso y la importancia de cada producto. La que nosotros consideramos tercera parte, aunque así no está individualizada en la obra, corresponde al Repertorio de plantas, indicando su clasificación aproximada, la obra en que se cita, y si se con-Asclepio-Wo\. XLVin-1-1996 RESENAS sidera necesario un pequeño comentario, y a los índices, de nombre y de géneros y especies botánicas, todo lo cual hace al libro enormemente útil desde un punto de vista práctico. El segundo libro que comentamos está dedicado también al conocimiento de la naturaleza americana en el siglo XVI, pero en este caso se centra en un estudioso de la naturaleza, un médico enviado especialmente por Felipe II, en 1570-77, a América a recopilar toda la información posible sobre esa naturaleza, y, más que nada, sobre los productos medicinales. La obra de Francisco Hernández es enormemente importante desde el punto de vista de la historia de la ciencia, y aunque existe una gran recopilación de su trabajo y un estudio sobre el personaje, faltaba una nueva puesta al día, ordenación y valoración, de la documentación conocida, así como el sacar a la luz los documentos que existen desde hace pocos años en la Biblioteca Nacional de Madrid, muy importantes si se quiere avanzar en el conocimiento, tanto de Hernández como de la situación de la historia natural en esos momentos en España y en Europa. Eso es lo que hacen los autores en este libro: por una parte, ordenar y jerarquizar la documentación existente, extrayendo de ella las conclusiones más adecuadas, haciéndolas manifiestas y rompiendo con una serie de ideas no contrastadas que se han ido repitiendo de un historiador a otro; por otra, presentar nueva documentación, que además estudian e integran en el contexto histórico, y analizan detenidamente. El documento más interesante que ofrecen es el Index de la Historia natural americana de Hernández, obra que aportaba más de tres mil nuevas especies vegetales y animales, recopiladas y estudiadas en México durante siete años de estancia. Los volúmenes que el autor entregó a Felipe II, de los que seleccionó especies para realizar un manual de plantas medicinales el napolitano Nardo Antonio Recchi, se quemaron en el incendio de 1671 del Monasterio de El Escorial, donde estaban depositados. Por esta razón, toda aportación documental original de la obra de Hernández es interesante de por sí. Más, si esta aportación viene acompañada de un estudio serio y preciso, no sólo de sus características formales, sino de su contenido y estructura, y de lo que esta puede reflejar desde un punto de vista de la sistemática. El contenido del libro nos ofrece un estudio crítico de todas las aportaciones documentales sobre Hernández, poniéndolas al día y estableciendo conclusiones, temas en los que no podemos entrar aquí por su extensión, pero enormemente interesantes, y el Index Alphabeticus Plantaram Novae Hispaniae, de la historia natural de Francisco Hernández. El propósito de los autores de ambas obras no sólo es claro -incluso está explícito en el propio texto-sino que se cumple sobradamente. Aportar nueva información sobre la historia natural americana, valorándola adecuadamente y estudiando la documentación con gran detalle y exactitud. Desde el punto de vista formal, hay que señalar que, a pesar de ser una serie modesta en sus características, está perfectamente impresa y se lee con toda comodidad. Ambos libros, de la misma colección, poseen notas a pie de página correctamente situadas y precisas y cuentan con una muy útil bibliografía, así como con excelentes índices. Ambos son altamente recomendables, incluso diría imprescindibles, para quienes quieran estar al día en el conocimiento de la historia natural americana y europea durante el Renacimiento. Conocer el futuro ha sido un anhelo de la sociedad humana a lo largo de su historia. Adivinar y predecir el mañana representan métodos y etapas históricas diferentes, el ayer y el hoy de una humanidad que ha puesto su destino en manos de los científicos. Explorar el futuro es un tarea sometida al rigor empírico desde que la ciencia ha sido capaz de formular leyes que explican los fenómenos naturales. Hoy, por ejemplo, podemos imaginar viajes espaciales a la velocidad de la luz, y la física predice los resultados del imaginario experimento. La religión no ha faltado a la cita con el destino de la humanidad. Aún más, el mañana es su razón de ser. Así, al interpretar nuestro futuro, el valor probabilistico de la ciencia se enfrenta a la infalibilidad del dogma religioso en las múltiples opciones que el hombre practica. Si para los científicos el Jardín del Eden puede esperar mientras se descubre la realidad del universo, la religión contempla nuestro tránsito por la Tierra como un incierto camino hacia la reencarnación, el infierno, el paraíso, etc. El conjunto de artículos que componen el libro atienden a esta dualidad temática: el futuro según la ciencia y según los dioses. La primera parte se ocupa del universo, de los modelos matemáticos de predicción, de los cometas y su valor profético en la historia de la humanidad, de la economía, y de la medicina, y finaliza analizando conceptos como la divina providencia, el juicio final, y la idea de futuro en la doctrina budista. Stephen Hawking, «El futuro del universo», no cubre las espectativas que su fama genera. Su análisis no supera el conocido modelo expansion-implosion, big bang y big crunch, generalmente aceptado por los físicos como principio y final del universo, y señala la capacidad de predicción de la física en un contexto general y lejano en el tiempo, frente a las dificultades del predecir el futuro a medio plazo. Es un texto divulgativo de interés para quienes desconozcan lo que es un agujero negro pero poco atractivo para aquéllos que deseen utilizarlo como medio de transporte. De los modelos de predicción matemáticos se ocupa lan Stewart en su artículo «Caos». Cuando las ecuaciones matemáticas dan identidad numérica a los fenómenos naturales deben de representar una multitud de variables que hacen difícil o imposible la cuantificación del proceso: es el caos. La ecuación que lo representa resulta irresoluble y su solución requiere un enfoque distinto. El antecedente histórico de este novedoso planteamiento sobre el caos nos lleva hasta el matemático Henri Poincaré (1854Poincaré ( -1912)), quien a principios de siglo xx realizó las primeras aportaciones que hoy conocemos como topología. La solución al problema se obtiene mediante una interpretación geométrica del tipo causa-efecto que simplifica las numerosas variables que afectan al sistema. La conclusión es que el modelo determinista que predicaba un reputado matemático como Laplace (1749-1827) está lejos de la realidad, y debemos conformarnos, por ahora, con aproximaciones generales para estudiar anticipadamente el desarrollo de un sistema. El trabajo de Simon Schaffer «Los cometas y el fin del mundo», recoge el significado histórico de estos astros como elemento profético hasta su cualificación como fenómeno astronómico. A lo largo de la historia de la humanidad los cometas han sido responsables de plagas y enfermedades, han anunciado el fin del mundo, castigos divinos, victorias y derrotas bélicas y todo tipo de desgracias y venturas, haciéndose en algún caso, como el cometa Halley, merecedores de bulas papales. Hoy los contemplamos como un hecho ocasional, objeto de curiosidad cada vez que acuden a su cita tras decenios de viaje espacial, y sólo predecimos su regreso. En los capítulos 4 y 5, Frank Habn «Predecir la situación económica», y lan Kennedy, «La frontera médica», abordan dos temas de actualidad. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS nomía de mercado, requiere predicciones que anticipen el balance positivo o negativo de la cuenta de resultados, pero, como nos expone Habn, la economía no es menos caótica que el resto de sistemas y por ello incierto su futuro. La frontera médica de Kennedy es la del marco legal y social que la relación médico-paciente exige hoy día. Su visión de futuro es la formulación de un marco ético acorde a los avances terapéuticos y a los cambios sociales de la humanidad. La cuestión a decidir es ¿Cuál debe ser el papel de la medicina en la sociedad del siglo XXI? ¿Puede seguir actuando con total impunidad bajo el lema del progreso?. Tras el bloque materialista el espíritu reemplaza al cuerpo. Averli Cameron «La divina providencia en la antigüedad tardía», Richard Gombrich «La predicción en el budismo: ¿está abierto el futuro?», Don Cupitt «El juicio final», se interrogan por la idea de futuro en la religión. Frente al orden científico, incapaz de armonizar todas las variables del sistema, resignado a un probable pero incierto futuro, el orden religioso se presenta como una ideología determinista sometida al dictamen riguroso del reglamento escrito. Nada está en manos del individuo, todo responde a los designios de dios que controla la vida terrenal hacia la felicidad o el castigo eterno del cristiano, o bien se sumerge en el infinito ciclo de reencarnaciones del budismo. Para aquéllos el juicio final es el fin del universo, para éstos el mundo tiene una duración infinita. En uno y otro caso todo esta determinado, pues el dogma religioso construye un modelo creacionista cuyo final es bien conocido. Predecir el futuro es un interesante y aconsejable recorrido por diferentes facetas predictivas de esa moderna religión que es la ciencia, sin olvidar el contrapunto de la verdad revelada. Su pecado el tono excesivamente general, divulgador y poco novedoso, de algunos de los trabajos. H" de la Ciencia, CEH, CSIC. B. SAINZ (ed.), Alejandro Malaspina. La figura del Brigadier de la Real Armada Alejandro Malaspina esta encontrando, afortunadamente, en el mundo científico el puesto que por derecho le corresponde y que por tanto tiempo le ha sido negado. Este libro surge después de una larga serie de estudios, convenios, exposiciones y otras publicaciones, bien italianas bien españolas, que desde hace más de diez años, junto a las actividades del Centro Studi Malaspiniani de Mulazzo, han dado a conocer e ilustrado la que puede considerarse como la más importante expedición científica del siglo XVIII. El texto está bien dividido, dando espacio a los distintos temas (tratados por diversos autores); temas que partiendo de un Prólogo, siguen a Alejandro Malaspina desde su nacimiento hasta su muerte, la expedición, el regreso a España, el encarcelamiento, el proceso, la detención, el exilio. A todo esto se une una parte del rico e interesantísimo epistolario de Malaspina durante y después de su expedición. ¿Qué fue y qué significó en realidad el viaje de las fragatas Atrevida y Descubierta, iniciado en 1789 y terminado cinco años más tarde? Fue en primer lugar, sin duda, un viaje de reconocimiento científico, por casi todo el mundo colonial hispanohablante (quedan excluidas sólo las Antillas, el Caribe y la zona septentrional de América del Sur), que cuadra perfectamente con la renovación ilustrada, personificada en el mismo rey de España de la época, Carios III, que ya había actuado en 296 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS este sentido como rey de Nápoles y que hacía lo propio en España. Pero sobre todo, el viaje de Malaspina es un intento de avisar de todo aquello que se sabía podría ocurrir, debido incluso a las ideas del momento, al gran imperio colonial americano, visto no sólo como fuente de riquezas para España sino como de las singularidades de la entidad nacional que trabajosamente intentaban ser autónomas, económicamente autosuficientes, con características propias heredadas de la tradición indígena y española, unidas y conjugadas, no subditos de la madre patria, también a nivel científico, sino con la fuerza para desarrollar la propia inteligencia y singularidad. Los ocho capítulos de la biografía de Alejandro Malaspina han sido encargados al más importante estudioso del momento, Dario Manfredi, que recorre con minuciosidad y amor las etapas de la vida del oficial, desde los años de formación académica, intelectual y como marino, entre Roma y Cádiz, el primer viaje en la fragata Astrea, hacia Filipinas, y más tarde los años que precedieron la gran expedición, para llegar al momento culminante de su realización. Resulta de particular interés seguir la trayectoria de quienes junto a él formaron parte de la expedición, pero también la riqueza de textos que, por su orden, fueron embarcados en las fragatas y que testimonian ampliamente la apertura mental, los estudios de economía política, el americanismo incipiente (basta pensar en las Cartas americanas de Gian Rinaldo Carlo y en la Scienzia della Legislazione de Filangieri). Siguen los tres capítulos relativos al viaje propiamente: de Cádiz a Acapulco, la navegación del Noroeste y el periplo final de Filipinas a Cádiz. Aquí se puede invitar a los lectores a acompañar la navegación con los ojos abiertos, descubriendo, poco a poco, el mundo que se presenta a la tripulación con todas sus peculiaridades físicas, faunísticas, botánicas, antropológicas y etnológicas, con las ciudades encontradas, cada una descrita con sus características que afortunadamente aún hoy sobreviven. Los últimos tres capítulos, dedicados a la vida de Malaspina, son indudablemente los más tristes, repasan el período correspondiente al retorno, al encarcelamiento y al exilio, sus estudios y las esperanzas irrealizadas. Un escrito autógrafo, Axiomas políticos sobre la América, muestra abiertamente el espíritu de Malaspina y su posición crítica frente a la situación de la política colonial de España y el modo de proceder de los españoles y criollos de América. De su lectura se comprende por qué un reaccionario como el ministro Godoy lo hizo arrestar por sus ideas "revolucionarias". La parte final del libro reproduce un gran número de cartas autógrafas dirigidas a su hermano y a su amigo el Conde Greppi, y una larga selección de textos relativos al viaje científico y político a América Meridional, a las costas del Pacífico y a las islas Marianas y Filipinas. Es de destacar, finalmente, la claridad de la impresión y la categoría editorial del libro, enriquecido por un buen número de ilustraciones y mapas provenientes, en su mayor parte, de las siguientes instituciones españolas: Archivo Nacional, Museo Naval, Observatorio Astronómico Nacional y Servicio Geográfico del Ejército. De un tema básico en el campo de la psiquiatría, la psicología cognitiva, la psicología fisiológica y en íntima relación con la filosofía, se ocupa este libro: el problema de la relación cerebromente. La elección de una determinada línea de pensamiento y de trabajo en una especialidad como la psicopatologia, es evidente que se encuentra en estrecha relación con las ideas que tenemos acerca del problema cerebro-mente. Gran parte de la psiquiatría y la psicología continúan hoy inmersas en el viejo dilema del dualismo antropológico cartesiano, todavía no superado. Como bien afirmó H. Tellenbach, la práctica clínica actual se basa en ese dualismo empírico, que hace dicotòmica la concepción de estas especialidades. Y hasta que este grandioso problema de la relación cerebromente, como afirma Antonio Colodrón en «El trastorno esquizofrénico de la acción humana», no se resuelva, persistirá la incógnita de los procesos psicóticos que son el reto principal que nos plantea la medicina mental. El problema de la naturaleza de la mente, una de las cuestiones más viejas y fascinantes de la filosofía, es abordado por diferentes autores y desde muy distintas posturas, en las estimulantes páginas de este libro dedicado al recuerdo del profesor Mariano Yela, fallecido poco antes de la edición del texto. El recorrido se inicia con el ensayo de Pedro Lain. A partir de los dos modos de concebir la realidad humana desde una metafísica dualista: el hilemorfismo de Aristóteles y el más evidente dualismo de la antropología cartesiana. Lain nos presenta un intento de superación del binomio materia-espíritu, con lo que él llama enigma: "la realidad de aquello que personal, situacional o humanamente no es posible comprender." Las ideas desarrolladas a continuación por Mariano Yela se encuentran cercanas a la posición filosófica de Lain. "Yo soy mi cuerpo, una unidad, no una dualidad disyuntiva"; es la idea principal de Yela. Mario Bunge se ocupa de la relación Psicología-Filosofía, por supuesto, con especial referencia a la Psicología Fisiológica. El filósofo argentino se pregunta: "¿qué es la mente: un ente material, una colección de programas, o una colección de procesos cerebrales, o acaso ninguno de éstos?". De los aportes de la Psicología Cognitiva al tema se ocupa Ángel Rivière. Del interés de la Inteligencia Artificial por la relación cerebro-mente trata el artículo de Enric Trillas. Ramón Pascual aborda la cuestión desde el terreno de la Física. El trabajo de Pascual brinda información destacada para valorar y reubicar las propuestas formuladas por el premio Nobel John Eccles acerca de la posibilidad de utilizar la Física, en particular la Mecánica Cuántica, para entender el funcionamiento de los procesos cerebrales. El trabajo de Lluis Barraquer aporta la visión de la Neuropsicología. Apoyado por una importante bibliografía Barraquer nos presenta la intima relación que existe entre las alteraciones del cerebro y los déficits mentales consecuentes, sean trastornos intelectuales, emocionales, de la memoria o del esquema corporal. Cierra el libro el trabajo de Francisco Mora con un enfoque desde la Neurobiologia; para él es necesario "un cambio drástico y revolucionario en las Neurociencias si se quiere atacar con éxito la lógica de los procesos cerebrales que subyacen a los procesos mentales." La independencia de contenido de cada artículo, permite una lectura guiada por el interés de cada lector; lo que no supone una falta de ordenamiento, ya que el comienzo del libro está de la mano del enfoque histórico de Lain, para continuar luego con perpectivas filosóficas, de la psicología y concluir finalmente con las ciencias del cerebro. Como afirma Francisco Mora, "el cerebro es una maquinaria exquisitamente compleja (...) resultado de millones de años de constantes pruebas de azar y reajuste (...) y una aspiración utópica pero insaciable del hombre es la de llegar a conocer su propio cerebro. Cómo 'destila' la mente". Quienes se ocupan desde la psiquiatría y la psicología de unos "particulares productos de la destilación" de la mente, como quienes trabajan en las neurociencias o gustan de la reflexión filosófica acerca de la naturaleza del hombre, deben acercarse a este libro y recorrer con detenimiento sus páginas. Platón nos recuerda en el Fedro que "no resulta posible comprender racionalmente la naturaleza del alma sin comprender la naturaleza del todo". Una aproximación seria al problema mentecerebro exige hoy el conocimiento de los aportes de las neurociencias y de la psicología fisiológica, así como conceptos provenientes de la filosofía. Al lector interesado le aguardan en este libro excelentes aportaciones a uno de los "enigmas" de nuestra naturaleza humana. Eduardo Balbo instituto Psiquiátrico 'José Germain' # ¿Qué es y qué representa un museo de la ciencia? ¿Qué significa en cuanto orden de signos visibles? ¿Para qué y cómo está hecho? ¿Cuáles son las condiciones de interacción entre el museo y el público? ¿Y entre el museo y la producción científica? Estos son algunos de los problemas que Ana Luisa Janeira, coordinadora del Centro Interdisciplinar de História e Filosofia das Ciências da Universidad de Lisboa, aborda en este libro. Esta reflexión se inscribe en el marco de los estudios históricos, sociológicos y filosóficos que en los úlfimos años han enfaüzado el carácter comunicafivo y lingüísdco del conocimiento científico tomando como objeto de estudio el lugar del público en la producción de la ciencia así como sus medios de difusión y popularización. La presente obra es un trabajo integrado en el proyecto de invesdgación sobre la identidad epistemológica de la ciencia moderna en Portugal, centrado en la relación entre la organización del espacio y la producción del discurso. El libro ofrece una visión panorámica sobre problemas de diferente naturaleza disciplinar -filosóficos, semióücos, históricos, etc.-en torno a los museos de la ciencia. Aunque los temas desarrollados pertenecen a áreas geográficas y épocas históricas distintas, el libro no se apoya sobre un cuerpo bibliográfico e iconográfico exhaustivo. La propuesta de la autora es más bien, en torno a los museos de la ciencia, trabajar sobre las conexiones entre las teorías científicas, los enunciados experimentales, las estructuras arquitectónicas y las prácücas culturales a parfir de la relación entre el saber científico y el público, su "otro incierto y cómplice" (Barthes). La perspectiva panorámica y fragmentaria con la que, de forma análoga a lo que ocurre en un museo, propone al lector completar el sentido de la información, está presente incluso en la presentación gráfica del texto, dividido en varios pequeños capítulos. Es posible, sin embargo, atendiendo a sus contenidos temádcos, dividir la obra en dos partes. -Vo\. XLVllI-1-1996 299 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es La primera trata del lugar que ocupan las colecciones tanto en el sentido espacial como conceptual, histórico, geográfico y cultural. De cómo la construcción de un determinado espacio, el museo de la ciencia, se conecta a diferentes formas simbólicas, generando nuevos discursos y prácticas sociales. La creación de los museos de la ciencia estaría vinculada al proceso de mundialización de la ciencia moderna propuesto desde Europa a partir del siglo XVII. Esto tendría una doble implicación. Por una parte la historia de los museos sería la historia de los diversos tipos de colonialismo "pilhagem e roubo motivados por modas de colecionismo e monopólios civilizadores poderosos em prejuízo de espécies, culturas e povos, aniquilados ou subjugados"(p.41). Por otra, la historia de la formación de una nueva tradición de ver y narrar así como de una nueva categoría del conocimiento: el público. Tratando de identificar la relación entre ciencia y público y la génesis, siempre renovada, de esta tradición comunicativa, la autora analiza espacios museológicos surgidos en diferentes contextos históricos, culturales y geográficos: Ontario Science Center, Experimentarium (Copenhage), Museum d'Histoire Naturelle (Paris), Museu da Ajuda y Museu de História Natural (Lisboa), Acciona (Alcobendas), así como los escenarios de las exposiciones universales. Aunque reconozca que las reformas y programas educativos son factores movilizadores y determinantes para quienes diseñan los museos. Janeira subraya que, desde la perspectiva del público, el deseo de saber no se constituye en el principal elemento motivador de las visitas a estos espacios. El éxito de estas estrategias tendría que ver con la forma con que el público se relaciona con ellas. La vista recorre el espacio; los objetos funcionan como señas que guían la mirada, promoviendo la curiosidad: el ojo siempre quiere más de los que se le dá a ver. En esta situación el público es seducido por el escenario-espectáculo movido por una serie de nostalgias transformadas en espectativas: "do todo (ontologia), do geral (gnosiología), da síntese (metodologia), da harmonia (estética), da aventura (ética)"(p.42). Yendo más allá de la reflexión y de la crítica, la autora dedica la segunda parte del libro a proponer modos de exponer a partir de dos materiales concretos. En el primer caso, hace una sugerencia para una exposición en un museo de historia natural a partir del texto de Jean_Jacques Rousseau Les rêveries du promeneur solitaire, con el objetivo de hacer que los visitantes reflexionen sobre la complejidad de los fenómenos implicados en la constitución del concepto de vegetal. En el segundo caso, ejemplifica el tratamiento que debería recibir en un museo de história natural una secuencia de fotografías del Laboratorio de Química de la Universidad de Lisboa sacadas entre 1887 y 1891. A partir de la visualización de los cambios en la organización espacial, esta exposición permitiría al público una mayor inteligibilidad de las relaciones entre la cultura y la historia de la química en Portugal en el período tratado. Este libro es una contribución importante para los que se interesan en los problemas relativos a los museos de la ciencia y a la relación entre la ciencia y el público. Aporta, asimismo, puntos de vista producidos y discutidos en el contexto portugués, en general poco conocido por los historiadores y estudiosos de la ciencia que actúan fuera de Portugal. La falta de datos y descripciones minuciosas es compensada por el espacio dedicado a pensar las prácticas científicas. Es un texto donde se presentan, junto a la información, temas sobre los que reflexionar y debatir. Llega este texto en un momento de reflexión y, como no, invitando también a la misma, en un tema -el de las migraciones poblacionales-del que es más frecuente hablar que escribir en nuestra práctica cotidiana de la atención en salud mental. Si bien como afirman los autores: "en nuestro país, ya desde el siglo pasado eran conocidos los cuadros psico(pato)lógicos del indiano, la morriña del emigrante gallego, la anyorança del catalán"; hoy es necesario advertir un fenómeno en ciernes: el relacionado con la salud mental de los inmigrantes provenientes del norte de Africa y del este de Europa. Los autores del libro dejan constancia de que: "para que los inmigrantes puedan llegar a asentarse en las sociedades que los acogen se necesitan una serie de condiciones (...) es necesario que con anterioridad se hayan realizado una serie de inversiones productivas o se utilicen recursos productivos nuevos o renovados: es lo que hace posible la incorporación al trabajo de los desplazados (...) la historia de las migraciones "voluntarias" del siglo XIX y XX sigue de cerca a la de los movimientos de capital". Hoy no es posible considerar que estas condiciones estén presentes en España, ni en el resto de Europa. Las migraciones masivas son hechos psicosociales que deben ser considerados como factores de riesgo tanto a nivel somático como, especialmente, a nivel "psicosomàtico" y psicopatológico. Y es necesario no olvidar que el conflicto de la migración se expresa y puede observarse tanto en los migrantes como en los habitantes del lugar de recepción. El estudio realizado se centra en el análisis de las relaciones entre las migraciones y la salud mental en el caso de las migraciones de asalariados y, más concretamente de las migraciones a Cataluña durante el siglo XX. La razón fundamental esgrimida en la elección del tema reside en el hecho de que todos los participantes en la elaboración de la investigación viven en Cataluña y trabajan en el campo de la salud mental y la asistencia psiquiátrica. No puede dejar de mencionarse que varios de los miembros del grupo son a su vez inmigrantes asalariados a Cataluña. Los autores recuerdan que han optado por esa inmigración y no en la más reciente desde Africa por razones de accesibilidad al tipo de cuestiones planteado, centrado en temas de salud y salud mental. El problema de la accesibilidad a los grupos de inmigrantes aparece hoy como uno de los escollos fundamentales que debemos superar para poder ocuparnos de su estado de salud y poder brindarles los cuidados a que desde la medicina pública tienen derecho. En un primer momento el problema de la ilegalidad, hoy en parte superado con la regularización de un gran número de trabajadores hasta ahora "ocultos"; sus dificultades con el idioma y sus diferencia culturales, en una sociedad que en ocasiones ha mostrado un cierto componente de racismo, es evidente que han sido parte de las causas que han llevado a un importante grado de aislamiento social, lo que de por sí es un factor de riesgo más que se añade a estas poblaciones inmigrantes para su salud en general. Destacan entre los capítulos del texto el dirigido a estudiar "la expresión compleja del conflicto migratorio", el de las "hipótesis explicativas de las relaciones entre migraciones y salud o insania mental", y el centrado en los "momentos psicodinámicos de la migración". Una pregunta me ha sobrevenido en forma continua durante mi recorrido por el trabajo: ¿Qué conocimientos deben tener quienes trabajando en dispositivos de salud o salud mental se encuentren ante la responsabilidad de tener que asistir a la demanda de un inmigrante proveniente de una cultura muy diferente y con un difícil manejo de nuestro idioma? La antropología cultural tiene mucho que decir en este terreno, y a ella deberán acercarse los profesionales de la salud. Trabajos como el presente son de una gran ayuda para la comunidad científica y la sociedad. Desde aquí hacemos votos para que los autores prosigan con su interés y en el futuro se decidan a abordar el tema de las migraciones africanas y de los países del Este. Este libro merece una cálida acogida y, por supuesto, una detenida lectura. Eduardo Balbo Instituto Psiquiátrico''José RAFAEL HUERTAS GARCÍA-ALEJO, Organización sanitaria y crisis social en España. La discusión sobre el modelo de servicios sanitarios públicos en el primer tercio del siglo XX. Esta podría ser, parafraseando a Gabriel Celaya, la forma que tiene Rafael Huertas de entender su trabajo diario. Por esto, no es casual que una obra de carácter histórico, como la que aquí reseñamos, se haya publicado dentro de la coleción "Salud" de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) como tampoco es casual que se renuncie a los derechos de edición a cambio de que se cite la procedencia de los contenidos. Una historia militante y por tanto realizada desde los problemas que se plantean en el presente dentro de la más clara tradición de escuela de Annales. Y es que el autor reseñado, a la manera de Sigerist está plenamente convencido del carácter histórico de la biología humana y por tanto de la sólida relación que une a la Salud Pública y a la Historia Social. Fruto de esta unión surgen conceptos como "deuda sanitaria histórica" -que justificaría por si misma un aumento del presupuesto sanitario público-o la caracterización de los distintos modelos de servicios sanitarios públicos incardinados en el sistema social que los sustenta, temas que ha tratado en obras anteriores y que retoma en ésta que reseñamos. En la obra de Rafael Huertas encontramos un proyecto social que defiende explícitamente la multidimensionalidad del ser humano, la historicidad de los conocimientos médicos y de la estructura sanitaria así como el papel de los profesionales de la medicina como agentes sociales críticos y solidarios en favor de la salud de la comunidad. Al mismo tiempo, no acepta la pretendida neutralidad ideológica con la que se quieren investir muchos autores y escuelas en los años noventa que proclaman la ausencia en su discurso de creencias sociales o de ideales políticos o, sencillamente, omiten cualquier tipo de comentarios sobre las "políticas" que subyacen en sus trabajos. Junto a estos supuestos metodológicos, ampliamente expuestos en la introducción del libro, el autor nos propone utilizar el "estado de salud de la población" como categoría de análisis en el que influirían tanto el "modo de vida" de las personas como el modelo de sistema sanitario adoptado para su protección. El estudio de la dependencia administrativa de este último, de sus prestaciones y cobertura así como del tipo de actividad predominante -preventiva o curativa-nos daría las claves para entender su verdadera función social: velar por la salud de la comunidad de una forma desinteresada y solidaria o, por el contrario, convertirse en amortiguador de la lucha de clases, legitimador de regímenes políticos o sustentador del "mercado de compra y venta" de la salud. Fiel a estas premisas, el autor nos ofrece en este libro un acercamiento certero al modelo sanitario público español limitado cronológicamente al primer tercio de nuestro siglo. Para este menester ha elegido cuatro temas, desarrollados en otros tantos capítulos. Los dos primeros, de índole general, tratan del discurso ideológico y de las iniciativas políticas que se desarrollaron en torno a dos cuestiones de índole político-administrativa fundamentales de la historia de la salud pública En estos primeros capítulos, se puede observar claramente la lucha de los profesionales de la medicina por aumentar su cota de poder dentro del Estado con la prolongada reivindicación de un órgano autónomo de gobierno para los asuntos sanitarios. La creación de un Ministerio de Sanidad que gobernaría por encima de los intereses políticos siguiendo unos postulados técnicos y "científicos" junto con la adopción de los principios de la Medicina Social se presentaría como la única solución por parte del Estado de intervenir en la llamada "cuestión social", amortiguando el peligro de un cambio violento del orden social establecido. Complemento ideal para cumplir estos objetivos sería la socialización forzosa del riesgo que suponía caer enfermo entre el proletariado, es decir, el establecimiento del seguro obligatorio de enfermedad. Todos estos elementos unidos contribuirían además a la "producción y conservación de los organismos generadores de esfuerzo". El tercer capítulo se centra en el caso concreto de los intentos frustrados de modernización de la higiene mental y la asistencia psiquiátrica. En este apartado se muestra con claridad el desinterés por parte del Estado hacia un tipo de enfermos de los que no se espera su recuperación para el trabajo. No debemos olvidar, por ejemplo, que la construcción de sanatorios antituberculosos públicos de forma masiva (o al menos de forma prioritaria sobre otras enfermedades) se inició cuando, a finales del siglo pasado y después de la experiencia alemana, se llegó al convencimiento de la eficacia de estos centros para devolver a la sociedad a personas aptas para el trabajo además de reeducadas moral y políticamente y no sólo para el aislamiento de los enfermos como se ha repetido con frecuencia. Por esto no es casual, y así se nos muestra en este capítulo, que los centros psiquiátricos fueran de las últimas instituciones en "medicalizarse" y tampoco que fracasaran todos los intentos de equiparar la profilaxis de las enfermedades mentales a los supuestos que guiaban las actuaciones de la medicina a los supuestos que guiaban las actuaciones de la medicina social hacia patologías "evitables" como las venéreas o el paludismo. En el cuarto y último capítulo, el autor nos ofrece un aspecto que nos puede parecer sorprendente en la historia de la sanidad española: la movilización de un amplio sector del colectivo de médicos titulares a favor de una "nacionalización de la medicina". Pero, como muy certeramente nos aclara el autor, este fenómeno no se desarrolló como una alternativa política al sistema sanitario sino como una "estrategia de incorporación de todo un grupo profesional a las nuevas exigencias de una sociedad en crisis". En definitiva, encontramos en este libro una historia de la salud pública en España que nos da una visión global de lo que representó el modelo sanitario público no como un fenómeno aislado sino incardinado en la sociedad y en el modelo económico que lo sostuvo. La obra incluye, además, la bibliografía que sobre el tema se ha publicado en España, lo que le da un valor añadido de síntesis e introducción general a la historia de la salud pública española. En este sentido, la inclusión de índices, al menos el onomástico, hubiera sido aconsejable dada la abundante información que se nos ofrece. La segunda ausencia que se deja notar es una mayor utilización de fuentes de origen popular como la prensa obrera, o la diaria. Su inclusión, además de contrarrestar la abundante presencia de fuentes de origen médico y oficial, nos hubiera brindado la oportunidad de conocer el papel que jugó la clase obrera en debates que le concernían especialmente. Sobre todo, teniendo en cuenta la tradicional oposición de este amplio grupo de población a todo tipo de asistencia benéfica, especialmente la regentada por órdenes religiosas. Para terminar me gustaría resaltar que en esta obra se ha sabido armonizar e integrar las aportaciones que desde diferentes sectores y disciplinas se han acercado a la materia que nos ocupa. Este fenómeno nos habla tanto de la capacidad de su autor para este menester como de la gran cualidad que tiene la historia de la medicina de integrar conocimientos procedentes de otras áreas. También nos anima a pensar en el importante papel que debe jugar esta disciplina en la construcción de una "teoría de lo social" que, retomando las propuestas metodológicas de Rafael Huertas, nos ayude a entender los fenómenos de salud-enfermedad de las colectividades humanas al margen del positivismo biologicista que impregna hoy día el estudio de la salud humana. Con este proyecto entre las manos en la línea de trabajo de Rafael Huertas podemos concluir que, efectivamente, ¡a historia es un arma cargada de futuro. Jorge Molerò Dpto. de Ciencias Morfológicas, Unidad de H" de la Medicina, Facultad de Medicina, Zaragoza.
un plan de expediciones que cubrirían importantes áreas florísticas coloniales. Se quería conocer las riquezas de aquellas tierras con el intento de conseguir especímenes que fueran titiles a la alimentación, al textil y a la sanidad. Hubo una tipología muy variada de expediciones, unas fueron viajes maritimos y otras asentamientos coloniales; unas veces la iniciativa vino de la peninsula y otras desde las tierras americanas. La botánica fue actividad de moda durante la Ilustración, pues reunía una metodología científica, una utilidad innegable y una belleza clara. A ella se dedicaban desocupados personajes, útiles médicos y farmacéuticos y muy variadas instituciones, como jardines, academias, sociedades y cátedras. En especial, la creación del Real Jardín Botánico de Madrid^ fue acontecimiento destacado. Fundado en 1755 bajo el influjo de los médicos reales, se intentaba reunir en él el conocimiento, la enseñanza y el cultivo de las principales plantas medicinales. Creados en las diversas naciones por las principales casas reinantes -si bien en España contaba con antigua tradición renacentista-suponían una brillante imagen de la riqueza y el poder del príncipe, ante el que se colocaban muestras valiosas de sus posesiones. Por su cercanía al rey valoraban éste y, además, permitían a la corona la mejor utilización de sus riquezas en beneficio propio y de sus vasallos. Por ello, si el viejo coleccionismo de los Austria se dirigía a los pintores, el nuevo de la casa de Borbón, a imitación de sus parientes franceses, se consagrará a la reunión de materias útiles o raras y al apoyo de la ciencia, el comercio, la agricultura y la industria. La botánica y otras ramas de las ciencias naturales -que disfrutarán de su palacio en el Real Gabinete de Historia Natural-tendrán un destacado papel. «La historia natural -escribía Pedro Rodríguez de Campomanes-ha de recorrer las selvas y las cavernas de la tierra para encontrar los específicos con que socorrer cualquier desorden que padezca el cuerpo humano y todos los demás simples que entran en todas las artes y usos. La minería y la química encaminan al mismo centro sus tareas»^. LA BOTÁNICA EN LAS EXPEDICIONES CIENTÍFICAS ESPAÑOLAS En el mismo sentido, en el prólogo de los Anales de Historia Natural se insistía, quizá por mano de Antonio José de Cavanilles, en la utilidad pública de las ciencias naturales, así como en «el empeño en fin que los Gobiernos muestran en promover esta ciencia no menos útil que agradable. El nuestro ocupado siempre en contribuir á la perfección de esta inmensa obra ha enviado sugetos instruidos á registrar las dilatadas regiones de sus dominios; ha destinado á otros á viajar por la Europa, y á tratar con los primeros sabios de las ciencias naturales; ha establecido depósitos y establecimientos análogos a cada una; y ha costeado la publicación de nuestros descubrimientos». No es extraño que el Jardín Botánico -con su doble papel al servicio de la Corona y de sus vasallos-pase de ser una pequeña dependencia creada para el real servicio por sus médicos de Cámara a ser una gran institución encargada de mantener relaciones con los más importantes personajes científicos, e incluso políticos del momento, y centro del conocimiento y del control del inmenso imperio español de la segunda mitad del siglo XVIII^. En la botánica confluyen tres tradiciones, que suelen considerarse encabezadas por tres científicos clásicos, Plinio, Teoñ'asto y Dioscórides. La primera supondría un ejercicio de esta disciplina por el amor al conocimiento, que se extasía ante la maravilla de la naturaleza y tiende a reunir todo lo nuevo, que se amontona junto a lo heredado. «Es verdad, la mirahilia, los grandes milagros del mundo fueron en todo momento, desde los chismes de la Odisea hasta la naturalis historia de Plinio, una fuente del conocimiento del mundo y una invitación a la investigación de lo extraño»"*. Se trata de una actividad que tiene su origen, tanto en la pagana curiositas como en la cristiana contemplatio, si bien no deja de quedar patente la oposición agustiniana entre ambos impulsos. Esta ten-^ En cualquier caso, debemos recordar que la mayor parte de las producciones de estas instituciones y de las expediciones quedaron'inéditas, por cinco razones: a) dificultad de comunicación de nuestra ciencia con la europea; b) precios altos de la imprenta; c) marginación del castellano como lengua científica; d) interés de la Corona por mantener secretos muchos descubrimientos de importancia y e) crisis del Imperio español, tanto económica como cultural y pérdida del interés por América. ^ GADAMER, Hans-Georg (1993), Elogio de la teoría, Barcelona, p. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es dencia se muestra bien tanto en los naturalistas de Indias como Gonzalo Fernández de Oviedo, como en Francisco Hernández, estando ambos claramente influenciados por la obra de Plinio^. En el XVIII quizá pueda señalarse esta actitud en el aragonés Ignacio Jordán de Asso y en el valenciano Cavanilles. Se trataría, pues, esta primera, de una tradición naturalista. La segunda sería una tradición médica, en la que se busca sobre todo la utilidad terapéutica de la planta. En Dioscórides se puede iniciar esta corriente y en España contaría con una fuerte pujanza en médicos y farmacéuticos. Podemos señalar la obra más médica de Hernández y de Laguna, así como las familias Salvador y Ortega. En fin, la tradición agrícola de Teofrasto tuvo una gran importancia en la ciencia árabe y no menos en la cristiana con la labor de Herrera. Cavanilles y Gómez Ortega también se ocupan de ella en el siglo XVIII y no menos las Sociedades Económicas de Amigos del País, con gran influencia de la fisiocracia ilustrada^. En fin, todas estas corrientes confluyen en la botánica ilustrada, tal como puede verse en las páginas de la citada gran revista científica española. Cavanilles parece ser el alma de los Anales de Historía Natural, a los que confiere sus caracteres, rigor científico, utilidad pública, servicio a la Corona y creencias católicas. Y aparece allí Cavanilles en todas sus vertientes, en primer lugar el botánico descriptor de nuevos especímenes, que toma tanto de la península como de los dominios ultramarinos, tanto del Jardín Botánico como de los materiales de algunas expediciones, en especial los proporcionados por Neé. Así, es muy interesante su aportación al estudio de la flora de Bahía Botánica, en donde en menos de un mes el herborizador francés recogió más de mil especies. Describe las plantas, ya que él consideraba dos fases en el trabajo botánico, el de recolector y el de estudioso de gabinete. Cita largos textos de diarios de Neé, en los que encuentra descripciones agrícolas, geográficas, geológicas, antropológicas, zoológicas y botánicas. E incluso añade propios ^ LÓPEZ PINERO, J.M. (1979), Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglo XVI y XVII, Barcelona, Labor, p. No hay que olvidar el componente católico de estos autores: en especial se puede recordar el caso de Cavanilles. ALVAREZ, R. (1993), La conquista de la Naturaleza americana, Madrid, C.S.LC. ^ En la polémica de Cervantes con Álzate puede verse el conflicto entre estas tradiciones, pues los naturalistas españoles todavía no podían responder a la tradicionales cuestiones médicas y agrícolas del criollo, lo que no se conseguirá hasta que la fisiología y la agronomía se desarrollen. PESET, J.L. (1987) Encontramos también allí al Cavanilles filósofo, tanto al escolástico, como al natural. Así, parece concluir en el prólogo acerca de la perfección de la naturaleza: la riqueza y maravilla del reino vegetal «sorprehende y llama la atención de un filósofo, excitando en él ideas sublimes del Criador supremo». Reparte éste las plantas en lugares adecuados para su vegetación y por ello son diferentes en Europa y América -y en el Cabo de Buena Esperanza-, así como son semejantes en las costas próximas de Africa y España^. También encontramos al futuro director de expediciones, cuando nos narra la llegada inglesa y española a Australia. Cook examinó el este de la Nueva Holanda, en especial Bahía Botánica. «Exaltada su imaginación con los nuevos objetos que por todas partes descubría, y por la bondad del puerto, dio á aquel recinto elogios exagerados: creyó ver deliciosos prados, que nadie ha podido verificar después; y suministró á su Gobierno ideas lisonjeras de fundar allí una colonia ventajosa á su comercio y prosperidad». Tras la llegada de los ingleses en 1788 llegaron los españoles en 1793, realizando estudios de mareas, posición, cartografía, antropología, zoología, botánica, geología, agricultura... No encuentran el suelo tan fértil, ni a los habitantes tan atractivos como los ingleses afirmaban y dibujaban. Toma del diario de Neé largos fragmentos que muestran un enérgico ímpetu colonizador, inesperado en población de baja extracción. «¡Oxalá que felices aquellos colonos se multipliquen tanto que extiendan el cultivo hasta las breñas: que desfiguren el suelo, allanando colinas' Smith publica el herbario de Banks tomado de puerto Jackson por David Burton. CAVANILLES, A.J. (1799-1800), «Descripción de cinco géneros nuevos y de otras plantas con cinco láminas». Anales de Historia Natural, 1, 33-45; «De los géneros Gooedenia y Scaevola» y «Diez especies nuevas del género Acrostichum», 89-115; Casimiro Gómez Ortega le presta de Smith A Specimen of the Botany of New Holland que antes no pudo ver por la guerra, ver «Observaciones botánicas», p. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) y arrancando hasta las raíces de los árboles y arbustos, titiles solamente para cubrir la tierra con su sombra!». Se admiraba el francés de ver cómo transportaban tierra fértil hasta las peñas peladas para hacer pequeños huertos. «¡Qué no se puede esperar de unos hombres que imitan la conducta de los más industriosos de la Europa! ¡que para aumentar las subsistencias fuerza, por decirlo así, la naturaleza!» Han llevado frutales de Europa, traerán de India y América plantas, así canelos de Mindanao y cocos y musas de Filipinas. Recomienda abejas, viñas, granos, olivos, y la extensión de la zarzaparrilla, las gomas y otras ^. Y no sólo con la naturaleza se muestran agresivos descriptor y editor, no lo son menos con los naturales. «¡Oxalá que su conducta y exemplo pueda elevar á la dignidad del hombre á los naturales salvages de aquel suelo, que la degradan por su rusticidad, ignorancia y costumbres!». Hasta su fealdad aseguran, tanto en sus palabras, como en los dibujos que los españoles hicieron, que se diferenciaban de los más bondadosos hechos por los ingleses, tales como Philip y Hunter. «En parte alguna de mis viages he visto más degradada nuestra naturaleza, ni individuos más feos ni silvestres que en la Nueva Holanda: parecen ocupar el último grado de los hombres para pasar á la familia de los monos por el más perfecto de esta que es el Orangutang»^". ^ CAVANILLES, A. J. (1799-1800), «Observaciones sobre el suelo, naturales y plantas del puerto Jackson y Bahía-botánica», Anales de Historia Natural, 1, 181-239, p. PiMENTEL, J. (1992) Si bien de inmediato afirma el viajero que se diferencian de los monos tanto por su forma exterior, como por su anatomía, repite que están más cerca de ellos que los cafres, hotentotes y habitantes de la Tierra de Fuego. Sin embargo, este aspecto de Cavanilles, tan interesado en el control de la naturaleza difiere del que nos muestra Luis Urteaga, también en los Anales, saliendo en apoyo de la protección de los bosques^^ Sin duda hay que relacionarlo con su viaje a Valencia y sus Observaciones, pero no deja de ser evidente que hay dos Cavanilles, uno que escribe para sus conciudadanos y otro que escribe sobre las colonias. ¿Hay dos pensamientos distintos, o bien se deja guiar por las palabras de Neé? En cualquier caso, habrá que comparar el discurso ilustrado cuando se refiere a la península y cuando habla de América. También es interesante su papel de teórico de la botánica, que adopta desde el punto de vista de la historia de la ciencia que entonces está sur-giendo^^. Es de gran interés su escrito «Materiales para la historia de la Botánica» que publica en junio de 1800, un año antes de ser nombrado director del Jardín, donde desarrolló un notable papel en la mejora docente y científica de la institución. Adopta en este artículo en papel distanciado, tanto señalando para qué sirve la botánica, como eligiendo entre métodos botánicos. Se trata la botánica de una ocupación de filósofos, insiste. «Hallaron unos en las plantas remedio para muchas dolencias'^; otros alimento sano y substancioso; otros en fin dulce recreo, ya examinando la constitución íntima de los vegetales, ya los órganos con que se reproducen, ya las bellezas y usos de cada una de sus partes».'' CAVANILLES, A. J. (1802), «Discurso que... leyó en el Real Jardín Botánico en 1802 sobre la utilidad, multiplicación y germinación de las plantas, importancia de los bosques, etc.», Anales de Historia Natural, 5, 119 págs. Véase URTEAGA, L. (1984), «Explotación y conservación de la naturaleza en el pensamiento ilustrado», Geocrítica 50, 1-49, p. También URTEAGA, L. (1987), La tierra esquilmada, Barcelona, Serbal.'^ PESET, J. L., LAFUENTE, A. (1981), «Ciencia e historia de la ciencia en la España ilustrada», Boletín de la Real Academia de la Historia 178, 267-300.'^ No desdeña la tradición médica de la botánica; además tomando remedios populares de su viaje a Valencia, donde los cazadores luchaban con polvos vegetales contra la picadura de víbora, pide «que los facultativos después de repetir las experiencias en irracionales, hagan de él el uso que les parezca conveniente», algunos lo aprueban con hombres y cuadrúpedos, CAVANILLES, A.J. ( 1800 Se declara admirador, pero distanciándose, pues desde su nominalismo no le parece posible reproducir la naturaleza, del método natural que atribuye sobre todo a la familia Jussieu. Antoine Laurent lo aprendió de su tío Bernard, «apoyado principalmente en los caracteres primarios que fíxó en la inserción de los estambres, disposición mutua de estos y del pistilo, situación de la corola stamnífera y número de cotiledones seminales»^'^. Es evidente que en sus palabras se encuentran las principales disputas de la lógica moderna, así la posibilidad de descripción de lo real y el papel de la inducción y la deducción en su conoci-miento^^. «¿Por ventura, la inserción de los estambres respecto al pistilo, la situación de la corola y el número de cotiledones en el embrión, son más naturales que el número de estambres y de estilos? Y si la naturaleza los produce todos, según las leyes que quiso dar a cada individuo, ¿dejará de ser artificio humano el abstraer unos de otros y el combinar los abstraídos para formar un carácter compuesto, una clase, una orden, un género, una especie?»'^. Y no menos aparece el nuevo mecanicismo científico, la creencia de una leyes mecánicas que la naturaleza proporciona, en este caso como resultas de la perfección divina. La apropiación de la naturaleza americana También adopta un tono muy generoso con todos los expedicionarios, lo que extraña en el caso de la expedición de Ruiz y Pavón. Tras lamentar la pérdida de las ilustraciones de Hernández y hacer una críti-^^ CAVANILLES, A.J. (1800), Anales de Historia Natural, 2, 3-57; citas en p. 3 y 9, sobre Linneo 14 ss, sobre los Jussieu 8 ss.'^ No hay que olvidar que para Cuvier la inducción y la deducción serán dos métodos de estudio de la historia natural, en especial el primero para la investigación y el segundo para la enseñanza. XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ca a la forma de publicar resultados que se usa en Europa, ediciones caras y lujosas, elogia el papel jugado por los españoles y el mérito de su trabajo. Tras reconocer que las mejores ediciones de descubrimientos son las de Smith y algunas dirigidas por Banks, exclama: «Mas séame permitido decir en obsequio de la verdad, que no son estas obras el medio más fácil de propagarlos. El excesivo luxo con que se publican, y el alto precio a que se venden, son incompatibles con la pobreza, ñel compañera de los literatos; y por lo mismo rara vez llegará á las manos de los que sacrifican su talento y fuerzas para extender los límites de la Botánica. Bástales á estos una medianía entre el luxo y la mezquindad; unas láminas que representen con fidelidad las plantas sin omitir el sistema de la fructificación». Por ello, tras elogiar los penosos trabajos de Ruiz y Pavón, afirma que tras algunos errores en el Pródromo van corrigiendo errores en los dos primeros volúmenes de la Flora. «Esta será sin duda la obra que sirva de modelo á las demás de su naturaleza. Commerson, Forster y Banks hicieron colecciones asombrosas; mas no publicaron aun las descripciones ni menos las estampas de todas sus plantas. Nuestros españoles son los primeros que disponiendo las suyas sistemáticamente las publican con estampas y descripciones completas, comunicando así al mundo el fruto de sus viages»'^. Estas palabras nos llevan a la consideración de la apropiación científica del continente americano y de la naturaleza que se descubre. Cavanilles, nada más tomar posesión del puesto de Director del Botánico, querrá centralizar el herbario -y a la larga otros materiales, como las láminas-de las cuatro grandes expediciones. Es evidente que en estos procesos se producen una serie de intercambios, tanto en el'^ También es generoso con Joseph Dombey, CAVANILLES (1800), «Materiales...», 48-49. Son elogiosas las páginas que dedica a su amigo Mutis y permite que Francisco Antonio Zea defienda su quinología, véase ZEA, F. A. (1800), «Memoria sobre la quina según los principios del Sr. Mutis», Anales de Historia Natural, 2, 196-235. Se ha ocupado Félix Muñoz Garmendia de la forma de trabajo de Neé y nos habla de que escribía disertaciones, con poco interés, cuadernos de campo, perdidos, y cuadernos de descripciones. En éstas se adopta el orden linneano, indicando con frecuencia clase y orden y menos género, faltando casi siempre especie. Si existe se hace referencia al dibujo y si se conoce a la publicación del taxon. También se colecciona tanto los exsiccata, de plantas secas y prensadas que forman el herbario, como semillas que pueden reproducirse en otros lugares. El caso de Neé serie el de un herborizador o recolector, empleando sus ^^ Es el caso de Dombey y de Lamarck, véase HAMY, E. T. (1905) materiales o bien el Jardín, o bien Cavanilles, incluso llegando envíos y copias a otros muchos botánicos e instituciones^^. Más autonomía gozaron otros expedicionarios, como los de Nueva España, quienes se preocuparon de aspectos más relacionados con la ciencia botánica. Si en realidad todos ellos iban a realizar floras regionales, haciendo hincapié en aspectos utilitarios, es evidente que algunos estuvieron pendientes de cuanto se iba describiendo en otros lugares^ ^ Así Luis Maldonado nos señala el Prefacio de las Plantas de Nueva España escrito por Sessé y Moziño en 1791: «Un estudio que se ha hecho entre las penalidades de la marcha y sin contar con el auxilio de las obras de los viajeros que nos han precedido debe ofrecer, naturalmente, la poca elegancia en la dicción y escasa exactitud en las clasificaciones. Decididos, sin embargo, a procurar esta última por todos los medios que estén a nuestro alcance, tan sólo admitiremos como congéneres las especies que nos parecieron bien determinadas, reservando muchas otras para un examen más detenido, cuando no hallábamos mencionado por algún autor el género a que pertenecían. Un estudio más atento y una experiencia aunque tardía, nos mostraron que muchas plantas consideradas como nuevas habían ya sido examinadas y descritas por algún botánico; y guiados por esta idea, cuidamos de no establecer ningún género nuevo, presentando solamente las especies ya caracterizadas y algunas que sospechábamos no haber sido conocidas antes de nosotros, pues comparándolas con todas sus congéneres, las hallábamos completamente diversas. Mas como a veces hallábamos en las plantas la faciès particular que les imprime el clima, fenómeno observado ya por los antiguos botánicos, hemos insistido en el carácter genérico para que, comparándolo con el antiguo, se establezca con más firmeza la teoría de los géneros. ^° MUÑOZ GARMEDIA, E (1992), Diarios y trabajos botánicos de Luis Neé, Madrid, Ministerio de Defensa, Museo Naval, Lunwerg Editores, p. ^' Son muy abundantes las floras nacionales y regionales: Lamarck edita la francesa en París en 1778, en España trabaja Asso en Aragón, Palau en Cataluña, Pedro Abad en Sevilla, Cavanilles en Valencia, Sánchez y Arjona en Cádiz, Vacas en Cartagena, Villalobos en Extremadura, Barnades en Mallorca y otras provincias, Neé en la península... Jardines hay en Madrid, México, Cartagena, Valencia, Sevilla, Cádiz, Lima, Canarias..., CAVANILLES, «Materiales...», p. Dombey habla de que su flora «est deja plus considerable que VHortus malabaricus et l 'amboinensis», que al parecer toma como modelos, enHAMY (1905), p. Muchas plantas que actualmente se tienen como raras, pues no germinan ni prosperan sino en aquellas regiones de la Nueva España, las más cálidas, donde la tierra es más feraz y el tiempo menos sujeto a repentinas variaciones, han sido dibujadas con especial esmero; a muchas se las ha conservado secas y procuramos describirlas sin omitir los caracteres más significantes en la apariencia. Siempre que los caracteres diferenciales que asignaron a las especies nuestros antecesores en la botánica, correspondían exactamente a los caracteres que hallábamos nosotros, los hemos trascrito sin modificación alguna, así como las citas de los hombres ilustres que aparecen en la obra de Linneo...»^^. Encontramos en Ruiz defensa de las descripciones hechas sobre el terreno «con la fatiga, y peligro que conoce qualquiera Botánico experimentado, que sabe apreciar y distinguir estos trabajos de los que se hacen á la sombra y comodidad de un Gabinete: los quales se diferencian tanto de los primeros, como las Plantas que se describen y dibuxan en sus lugares nativos, de las que se cultivan para otros fines en los Jardines, ó se observan secas en los Herbarios, y se publican, aunque desnudas de parte tan principal como son las noticias de sus usos, y virtudes, anticipándose á la publicación de las Obras de sus descubridores»^^. Desde luego, los expedicionarios llevaban instrucciones de cómo realizar su tarea. Eran muy diversas, tanto en origen como en calidad, así podemos señalar la que Spallanzani proporcionó a la expedición Malaspina citada por Andrés Galera^^. Pero me voy a centrar en dos que se refieren a la expedición a Perú y Chile de 1777. Así las dadas por Séguier ese mismo año a Dombey. Se trata de las instrucciones de un científico a otro, en las que se le pide que estudie todos los reinos de la naturale-^^ MALDONADO, Luis (1994) «Je passe à la partie qui concerne les plantes, qui est votre principal objet. Para ello debe secar las flores y recoger semillas, frutos, bayas, huesos, gomas, resinas y jugos. No olvidar los grandes árboles, sobre todo los útiles a la naturaleza, la medicina, la construcción, los muebles, tintes y manufacturas, intentando conocer su uso entre los indígenas. «Car ils ont une medicine et c 'est d' eux que nous avons appris les vertus de plusieurs simples» Pero no olvida los intereses botánicos, recordándole qué debe observar para luego poder hacer las clasificaciones. Mucho más limitada es la Instrucción sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas por mar y tierra a los países más distantes publicada por Gómez Ortega en 1779 en la imprenta de Joaquín Ibarra. Inspirada en John Ellis y en Duhamel de Monceau, consiste en unas sencillas indicaciones sobre cómo actuar sobre las plantas. Es muy 25 HAMY (1905) Esta ordenación lleva al empleo de un lenguaje y de unas imágenes ordenados. En parte trasunto del orden social, pues como Lépenles ha señalado, en las clasificaciones de los naturalistas de la época se encuentran referencias al orden social, así a la nobleza de ciertos animales o plantas, así a las genealogías nobiliarias^^. No se puede olvidar cómo detrás de esas descripciones están referencias a la patria, a la ciencia o a Dios, y no menos a la utilidad, con las consecuencias del expansionismo económico y político que todo ello conllevaba. Hay continuas relaciones entre el orden de la naturaleza y los órdenes político y moral. Detrás está Rousseau, quien empezó haciendo botánica por su carácter útil, continuó con interés científico y estético y terminó con una defensa del orden divino^^. También se encuentran referencias al nuevo estilo neoclásico, con su obsesión por la medida y la proporción canónica, por los modelos de belleza. Sin embargo, también se podrá sin duda encontrar relaciones con el futuro romanticismo, bien sea directamente, como el caso de los 2^ GÓMEZ ORTEGA (1779), p. PUERTO SARMIENTO, J. (1992), Ciencia de cámara. Casimiro Gómez Ortega (1741-1818) ^^ Recordemos cómo Luis Proust, al inaugurar en 1792 la cátedra de Química, hacía analogías entre los procesos químicos y las batallas. Fácil de interpretar en una academia militar, se trata sin embargo de una metáfora con orígenes clásicos (tanto humoralistas como atomistas ven peleas en la naturaleza) y que también anuncia las posibilidades de la química (conocimiento y dominio de sus procesos) e introducción del cambio y la novedad en la naturaleza, que conducirá al darwinismo social. http://asclepio.revistas.csic.es paisajistas de la expedición de Malaspina, o bien los consejos y lecturas de la de Humboldt, que inspiraron el viaje de Bellermann. Pero lo interesante es la ordenación de la forma de descripción de las plantas, en especial las flores, bien patente en la escuela de dibujo de Mutis y en la tabla de colores de la naturaleza de Haenke. Se trata ésta de una reducción de colores a números, buscando simplificar los colores naturales y permitir así el trabajo de quienes coloreaban las siluetas. Sin duda, es una interesantísima novedad^^. El romanticismo marcará tanto una notable intervención del artista en la obra, como una recuperación de la totalidad, por ejemplo, referida al conjunto del paisaje. Una nueva época comenzaba. ^^ IBÁÑEZ MONTO YA, M. V. (1992), Trabajos científicos y correspondencia de Tadeo Haenke, Madrid, Ministerio de Defensa, Museo Naval, Lunwerg Editores, p. Véase la interesante tesis de Antonio de Pedro sobre la labor iconográfica de las expediciones españolas ilustradas.
realizó a partir de la selección y compendio elaborado por el médico napolitano Nardo Antonio Recchi. A partir de su manuscrito se editaron el Rerum Medicarum Novae Hispaniae Thesaurus (Roma 1651), obra preparada por la Accademia dei Lincei, y los Cuatro Libros de la naturaleza (México, 1615), realizado por Fray Francisco Ximénez con la intención -intención que también tenía Recchi-de tener un manual práctico de medicina utilizando los productos americanos. De estas obras trata, esencialmente, este trabajo. Es por todos conocida, si no la obra de Hernández, sí por lo menos todas las circunstancias que rodearon su designación como enviado de Felipe II a las Indias Occidentales para estudiar, en primer lugar, las plantas medicinales, y además la flora en general, la fauna y todas las cosas interesantes que allí se hallaren^ También son conocidos sus problemas' La Orden personal para Francisco Hernández es del 11 de enero de 1570: «La orden que vos el doctor Francisco Hernández, nuestro médico, habéis de tener y guardar en el oficio de nuestro protomédico general de las nuestras Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano en que os hemos proveído, y en las otras cosas que se os competen tocantes a la historia de las cosas naturales que habéis de hacer en aquellas partes, es la siguiente: «Primeramente, que en la primera flota que destos reinos partiese para la Nueva España os embarquéis y vais aquella tierra primero... porque se tiene relación que en ella hay más cantidad de plantas y yerbas y otras semillas medicinales conoscidas que en otra parte. ítem, os habéis de informar... de todos los médicos, cirujanos, herbolarios e indios y otras personas curiosas en esta facultad y que os pareciere podrán entender y saber algo, y tomar relación generalmente de ellos de todas las yerbas, árboles y plantas medicinales que hobiese en la provincia donde os halláredes. Otrosí, os informaréis qué experiencia se tiene de las cosas susodichas y del uso y facultad y cantidad de las dichas medicinas se da y de los lugares adonde nascen y cómo se cultivan, y si nascen en lugares secos o húmedos, o acerca de otros árboles y plantas y si hay especies diferentes de ellas; y escribir las notas y señales. ítem, de todas las cosas susodichas que pudiéredes hacer experiencia y prueba la haréis, y de las que no procuraréis de informaros de las personas susodichas, para que sabiendo y estando certificado de la verdad, las escribiréis de manera que sean bien conoscidas por el uso, facultad y temperamento délias. De todas las medicinas o yerbas o sus simientes que viéredes por aquellas partes y os parecieran notables, las haréis enviar acá, entendiendo que de las que ansí enviáredes nos las hay en estos reinos. En lo que toca a la escriptura... de la dicha Historia (historia natural), porque tenemos entendido que lo haréis como convenga, os lo remitimos a vos...» Sigue diciendo que después deberá pasar a Perú. Especifica también cómo debe ejercer su oficio de Protomédico, aconsejándole prudencia, que examine a los que se pre- A5c/epío-Vol.XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es para publicar su obra, no demasiado bien aceptada por el rey, que quería una materia médica americana y no una gran obra de historia natural, así como los avatares y las críticas que esa obra sufrió desde un principio, lo que dio por resultado que no friera publicada^. En primer lugar, fríe entregada para que realizara un compendio, casi seguramente en 1580, con gran dolor de Hernández -como él mismo señala en su poema a Arias Montano-a alguien que no había tenido ningún contacto directo con la naturaleza americana, el médico napolitano Nardo Antonio Recchi. En segundo lugar, y ya pasado un siglo, pereció quemada en el incendio de El Escorial de 1671. Debo señalar que esta obra incluía, además de descripciones y láminas, herbarios. Posteriormente, como también es sabido, los manuscritos originales de Hernández, su copia o borrador, frieron encontrados y editados en Madrid en 1790 por Casimiro Gómez Ortega, en tres volúmenes sin ilustraciones. No voy, pues, a repetir toda esta información ya publicada, sino a intentar agregar algunos detalles menos conocidos, y a centrarme en la repercusión de la obra de Hernández en la historia natural a través, especialmente, del compendio realizado por Recchi. Como demuestra la documentación, la tarea de selección y recopilación de los libros de Hernández fríe encomendada muy rápidamente a Recchi-' en 1580, y en 1582 éste la había ya terminado, y pedía al rey senten voluntarios para ser examinados pero que no se meta con los que ya tienen licencia para ejercer. Transcribimos esta orden porque demuestra de forma evidente que el interés esencial de Felipe II al enviar al Dr. Hernández a las tierras americanas residía en la detección y estudio detenido, y «experimentado» de las plantas medicinales. El rey encargará por esa razón a Nardo Antonio Recchi la realización de un manual de plantas medicinales. Aunque pudiera valorar la gran obra de historia natural americana, su interés estaba en los aspectos prácticos de esa naturaleza. ^ SOMOLiNOS D'ARDOIS, G. (1960), «Vida y obra de Francisco Hernández», en Obras completas. Tomo I, Vida y obra de Francisco Hernández, UNAM, México, pp. 97-459: LÓPEZ PINERO, J. M. (1994), Nuevos materiales y noticias sobre la Historia de las Plantas de Nueva España, de Francisco Hernández, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, Univ. de, Valencia-CSIC; RECCHI, Nardo Antonio y Francisco HER-NÁNDEZ (1995, en prensa), El manuscrito de Recco «De materia medica Novae Hispaniae... libri quatour». Traducción y transcripción de Florentino Fernández González. Estudio introductorio de Raquel Alvarez Peláez. ^ Juan Manuel Jiménez Muñoz en Médicos y cirujanos en «Quitaciones de Corte»: Nardo (Antonio) Título de médico de la Casa Real de S. M. del Dr Nardo, napolitano, con 60. 000 mrs de salario al año, «contando que aya de usar y exercer el oficio de simplicista teniendo cuidado de hacer plantar y cultivar yerbas medicinales en nuestros jardines u otras partes conbinientes y ver lo que truxo escripto de la Asclepio-Vo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es una recompensa para poder retirarse con tranquilidad a su tierra napolitana de origen, Montecorvino. Juan de Herrera, su valedor, se preocupó también de que el compendio realizado por Recchi se ilustrara, y envía a Felipe II muestras de las ilustraciones, indicándole que, como puede verse en las pruebas gráficas, tiene buenos artífices para hacerlas'*. Parecía, pues, que realmente Felipe II estuviera decidido a editar el Nueva España el Dr. Francisco HERNÁNDEZ y concertarlo y ponerlo en orden para que se siga utilidad y provecho dello y adbirtir y enseñar a los otros médicos de nuestra casa en lo que tocare a esta facultad para la necesidad que ay dello y conque asimismo tenga cargo y cuidado de ver lo que toca a las distilaciones buscando yerbas y cosas que sean a propósito. En el margen del documento se dice: «Ojo que no fue en la nómina del año 1592 por haber mucho que no reside».' * En la carta de Juan de Herrera a Mateo Vázquez, secretario del rey, fechada el veinticuatro de marzo de 1582, dice el ingeniero: «Muy ilustre Señor, Mostré al doctor Nardo Antonio lo que V. md respondió a su carta, de que ha quedado satisfecho, con todo se anda buscando algunos que en el entretanto que su majestad viene se empleen en sacar de los libros del doctor Francisco Hernández las plantas y animales que se han de poner en el libro que ha hecho el doctor Nardo Antonio, y con esto se buscará alguno que talle las figuras en madera...». Y en carta de mayo de 1582, dos meses después, dice nuevamente Herrera: «Después que a V. md escribió Nardo Antonio cómo había acabado aquel libro y recopilación que por orden de su majestad le fue mandado hiciese, de los simples más útiles que se hallasen en los libros que el doctor Francisco HERNÁNDEZ tuvo hechos de la Nueva España, he procurado para que la obra saliese a luz que se buscaran aquí algunas personas que tallasen e hiciesen las estampas de los dichos simples y yerbas de la forma y tamaño que están en los dichos libros, y he hecho hacer la muestra que ahí envío de una de las yerbas, y va una colorida y otra tan solamente estampada, la una por la otra agradan y dan muestra de que este se hará muy bien si se quisiere hacer. Su majestad, por hacer un gran beneficio a todo el mundo tomó esta empresa de mandar hacer un tan grande hecho, y con tanta costa suya y trabajo de los que en ello han entendido, y todo ello no saliendo a luz queda perdido y el intento y fin de su majestad no conseguido. V. md diga a su Majestad que pues la cosa está en tan buen punto espera justo que se mande se prosiga y pase adelante, porque no falten esas yerbas y se hagan las estampas, que entiendo que el designarlas o contrahacerlas de los otros libros quedando ellos con la misma limpieza que ahora están es como deben quedar pues son originales, y después tomarlos a designar en las tablas donde se han de tallar y tallarlos y poner los moldes en toda perfección, que no pasará todo esto de 1. 500 ducados, las cuales sumas podrán sacar de alguna cosa que por ahí guarda repre-30 Asclepio-Vol XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es libro de plantas americanas, y así lo indican y anuncian algunos italianos, naturalistas, especialmente interesados en el asunto. Eminentes estudiosos fueron quienes primero avisaron de la existencia de una obra sada de algún oficial; y no hallo, cierto, cosa en que más bien sea empleada tal cantidad de dinero. Vuesa merced, por lo que debe ayudar a las cosas buenas, lo trate con su Majestad y de lo que se estableciera se me mande avisar para que yo dé orden en que luego se ponga la mano en ello, o se deje para cuando su Majestad sea servido, que cierto el dejarlo ahora de las manos, parece que se descomponería para mucho tiempo, porque no se hallaran oficiales de este ministerio tan a la mano. Las yerbas que se han de cortar son 400. V. md. avisará de todo y mandará lo que más sea servido». Otro documento que se refiere al mismo proceso de elaboración del compendio de RECCHI tiene fecha de 8 de agosto de 1583, y se titula «Sobre el particular del Dr. Nardo Antonio Reco medico de V. Md.»: «Dice que ha servido por orden de S. Md. en reformar y concertar lo que el Dn Francisco Hernández trajo escrito de la Nueva España, en que ha hecho un servicio tan notable a S. Md. y a toda la República, como se ha entendido por relación del oidor D. Diego de Zúñiga, demás de lo cual ha tenido también cuenta de hacer sembrar en los jardines de su Majestad muchas hierbas medicinales, trayendo las simientes de ellas de Italia y otras partes a su costa, en lo cual y en entretenerse aquí ha gastado más de dos millones de su hacienda, porque los 60.000 maravedises que se le da de quitación los ha gastado en posada, por no se la haber dado jamás, y suplica, porque se halla trabajado de un mal grande de pecho para el cual es muy contrario el cielo de Madrid, sea su Md. servido de darle licencia que se vaya a curar a Sabias, dos leguas de Ñápeles, lugar muy apropiado para esto, con hacerle merced de una honesta pensión, y que se le pague su salario de 60.000 maravedises. Y advierte que, si se manda imprimir en latín y en romance la obra que con su cuidado se ha puesto en perfección, se sacarán de ella mas de 20.000 ducados». En una columna a la izquierda del mismo documento se lee: «El Consejo dice que es muy docto Nardo Antonio, y persona de muy buenas cualidades y que ha servido con mucho cuidado y diligencia en lo que ha tenido a su cargo, y que pues por ocasión de la enfermedad que le ha sobrevenido del pecho, de que él se halla congojado, desea volverse a su casa, será justo que su Majestad le haga alguna merced, la cual podría ser de 200 ducados de renta en Ñapóles en lugar de los 60.000 maravedises que tiene de gages, y de mil ducados de ayuda de costa de los 20.000 que él supone que se sacarán de la impresión del libro, cuando él se imprimiere». Y se dice en el mismo documento: «Está bien en lo que parece en lo uno y lo otro, y el ayuda de costa sea sobre lo obtenido de la impresión como aquí se apunta. / De Madrid 7 de septiembre 1583/». XLVII-2-1995 31 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tan enormemente interesante para todos. Sabemos que Ulisse Aldrovan-di^ y Gian Battista della Porta intercambiaron varias cartas hablando de su existencia y de la posible aparición de la edición del compendio de Recchi, que por esos años, los años noventa, se encontraba ya en Ñapóles. Aldrovandi, gran entusiasta de los conocimientos sobre la naturaleza que podía aportar el Nuevo Mundo, se enteró en 1586 de la existencia de la obra de Francisco Hernández, depositada en El Escorial, por monseñor Sega, que había regresado de Madrid. Y, cuando Recchi regresa a Ñapóles, en 1589, pide Aldrovandi a della Porta que se entere del compendio que éste había redactado. Para Porta, según dice en su carta de respuesta, el envío de Hernández a América, y sus escritos, eran muy importantes, porque ya no serían, como los de Monardes «simplici relationi di mercadanti». «El Rey hizo examinar el libro por su Consejo de Madrid, y le hie dicho que el coste era demasiado [que eran demasiado 80.000 ducados (m/80)l y de útil, poco, ya que que las hierbas de la India no podían utilizarse en España, y que además el libro no tenía orden, por todo lo cual el pobre médico se moría de pena. Diéronle el encargo de esto al Doctor Marco Antonio de Montecorvino, que en ese momento estaba en España, y así él ha ordenado el libro y lo ha hecho en latín, y ha elegido más de 600 hierbas y animales, y el Rey ahora lo está haciendo grabar»^. Nardo Antonio se llevó a Ñapóles una copia de su manuscrito, y un tomo con las ilustraciones, obra que a su muerte pasó a manos de su sobrino Marco Antonio Petilio. Durante su vida, aunque permitió ver algunas veces las ilustraciones. Nardo Antonio, que había recibido dinero del rey, no permitió un estudio más cercano de su obra, esperando que apareciera impresa tal como, parece, había prometido Felipe II. Todavía ^ Aldrovandi había tenido siempre gran interés por la naturaleza americana, intentando incluso organizar una expedición para estudiar la naturaleza del Nuevo Orbe. En sus obras incluye especies americanas, tanto botánicas como zoológicas, como el tan famoso tucán. ^ Carta de Gian Battista della Porta a Ulisse Aldrovandi, de 7 de junio de 1590: Mss. 53, en la Biblioteca Universitaria di Bologna. XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es en 1598 hay cartas de esperanza^, que indican que la obra está a punto de aparecer. Pero no hay ningún indicio de que tal deseo se hiciera realidad. Aunque, como antes dijimos, los originales pasaron a manos de su sobrino, que sería quien, después de unos años, permitiría a los Lincei utilizar el manuscrito y ver las láminas para realizar lo que después se llamó «edición romana» de la obra de Hernández, é incluso «el Hernández». Lo cierto es que la mayor repercusión de la obra de Francisco Hernández, tanto sobre la historia natural como sobre la materia médica, se produjo a través del compendio de Recchi, que no sólo fue el núcleo de origen del Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus seu Plantarum Animalium Mineralium Mexicanorum Historia ex Franciscí Hemandi etc., sino de los Quatro Libros de la Naturaleza, publicados en 1615 en México por el dominico Francisco Ximénez. Esta obra, a diferencia de la publicada por la Accademia del Lincei y a la que después nos referiremos, tenía como función servir de manual de medicina para quienes residían en zonas donde no existían médicos. Francisco Ximénez modificó algunos aspectos y agregó algunas plantas que no aparecían en el compendio de Recchi, que, por otra parte, recordemos que era inevitable que contuviera errores de nombres, puesto que el texto de Hernández tenía los nombres de las especies en náhuatl. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Comenzaremos, pues, señalando algunas de las características del manuscrito de Recchi, y más que eso, indicando la importancia que posiblemente tuvo el estudio de las plantas americanas realizado por Hernández, en la concepción que sobre nomenclatura y clasificación se fue elaborando, lentamente, durante el siglo XVII. Trabajo que no culminaría realmente, como sabemos, hasta el siglo XVIII, quizás, en gran medida, por el celo de los botánicos, que querían tener un sistema de clasificación demasiado apegado a la realidad para lo que la variabilidad de la biología puede permitir. Recchi, consciente de que debía elaborar, a partir de los cuatro volúmenes de Hernández, un manual útil y aceptable por los médicos, comenzó realizando una selección basándose, según él mismo, en criterios de la medicina clásica. Criterios, por una parte de «veracidad», en cuanto a los efectos, y criterios de clasificación y agrupamiento de los productos medicinales según la medicina ortodoxa. Como él mismo explica -y debo agradecer al profesor Florentino Fernández el esfuerzo de fijación del texto en latín y su posterior traducción al castellano, que ha realizado-utiliza para ello los criterios de agrupamiento por «sabores», lo que de hecho quiere decir por cualidades efectivas, poderes de cada producto medicinal, planta, animal o mineral, para actuar frente la alteración de humores causa de la enfermedad de que se tratase. La obra de Hernández depositada en El Escorial constaba, según los diversos testimonios de quienes vieron la obra en el monasterio, y de acuerdo al documento de recepción firmado por Recchi^, de cuatro volú-^ Documento de recepción de volúmenes de HERNÁNDEZ recibidos por Nardo Antonio RECCHI de manos del Consejo de Indias: «Inventario de los libros de las hierbas, de lo que vino de las Indias que por mandado de los señores del Consejo se entregan al doctor Nardo médico de su Majestad: Primeramente dieciséis libros encuadernados y cubiertos de cordobán con manecillas de plata, que son de las plantas y hierbas y pinturas de aves y otros -animales -que los diez son de plantas y uno de animales y uno de historias de las dichas plantas. -Tres legajos de pinturas de hierbas. -Un libro encuadernado en pergamino intitulado, Adminiculatibus. -Otro libro encuadernado en pergamino intitulado del Orden de la Nueva España. -Otros dos legajos de pinturas de hierbas. http://asclepio.revistas.csic.es menés en latin, tres dedicados a las plantas, divididos en veinticuatro libros y un volumen, en seis tratados, dedicado a animales y plantas. Se agregaban once volúmenes de láminas en colores, varios volúmenes de herbarios y un Indice, Indicae pîantae glutine affixae, que se encuentra entre los manuscritos de Hernández de la Biblioteca Nacional de Madrid^. Por los comentarios en general de quienes vieron u oyeron hablar de esta voluminosa producción, e incluso por las reticencias de Hernández a la hora de entregar su trabajo al rey, da la impresión de que el médico no había tenido tiempo aún de elaborar su trabajo, y una de las grandes ofensas recibidas fue que ese trabajo de elaboración se lo encargaran a un médico que en su vida había estado en América, ni conocía realmente las plantas americanas, y no a él mismo, que había luchado durante siete años para obtener tantos conocimientos, viajando, preguntando y comprobando en la clínica las virtudes de las plantas, además de escribiendo. Es claramente comprensible su desesperación, ya que, por otra parte, Hernández era plenamente consciente del interés que iba a despertar su obra, como lo testifica su correspondencia. Y es verdad que se despertó una gran expectativa en todos los medios científicos de la época, ya que todo estudioso de la naturaleza estaba, en cierta medida, pendiente de que apareciera por lo menos el compendio. Quienes podían pasar por El Escorial intentaban contemplar la historia natural americana, e incluso copiar partes de ella^°. El compendio de Recchi se realizó, pues, a partir de los citados libros de Hernández, que contenían en total más de tres mil capítulos -3.335, desglosados en 2.911 de plantas, 410 de animales y 14 de mine--rales^ representando, en general, cada capítulo un ejemplar diferente de vegetal, animal o mineral, aunque en algunos casos un capítulo se refería a un grupo de plantas, como sucede, por ejemplo con los ayotes ^ Biblioteca Nacional de Madrid, Manuscritos 22436 a 22439. Ecchio, el viejo amigo de Cesi, que se había marchado a España, le escribe a Setelluti en 1608 que ha decidido ir a visitar la biblioteca real de El Escorial, «donde -dicen-el rey guarda, pegadas con cola, todas las plantas de las Indias». Terrenzio escribirá a Faber desde la China, en 1622, diciendo: «Siento con dolor que en el Libro Mexicano falten tantas cosas que se ven en la Biblioteca del Escorial, e igualmente que no haya podido yo añadirle cosas mejores». Cassiano Dal pozo, como es bien sabido, se hizo copiar, por el bibliotecario del monasterio el libro VIII de la obra de HERNÁNDEZ, correspondiente a los animales y las plantas. O calabazas *^ Un cierto número de plantas tenían el mismo nombre o similar y ciertas diferencias tanto de aspecto en cualquiera de las partes, como de efectos o de lugar de nacimiento. Estos capítulos o ejemplares pasaron a ser, en el manuscrito de Recchi, quinientos dieciséis (516), agrupados en cuatro libros, cada uno de ellos dividido a su vez en dos o tres secciones. El trabajo de Recchi cuenta, además de con índices, con un amplio prólogo en el que explica sus criterios de selección, los problemas de nomenclatura, las dificultades que existen en Europa para aceptar las plantas venidas de América y las causas por las cuáles sí deben ser aceptadas, por lo menos las que él propone, ya que se ha guiado por un estricto criterio de selección. Es un prólogo realmente interesante que merece la pena ser leído, aunque en algunas partes sea ampliamente deudor de Teofrasto, como el mismo Recchi reconoce, citando incluso la obra y el libro de donde ha tomado la información que utiliza. Como he dicho antes, este manuscrito fue la forma más fácil de aproximación a la obra de Hernández con que contaron los estudiosos de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Ampliamente conocida su existencia a finales de siglo, ya que lo comentaban, como hemos dicho, muchos de los naturalistas europeos, desde los citados Delia Porta y Aldrovandi, hasta Clusio o el propio José de Acosta, que cita la obra en su libro de los años noventa, pasando por los fundadores y primeros miembros de la Accademia dei Lincei, grandes científicos poco reconocidos hasta ahora, quizás porque el mundo anglosajón les ha hecho poco caso. El impulsor y fundador Federico Cesi, fue uno de los iniciadores de la sistemática botánica, cuya esencia publicó, justamente, en el mismo volumen en que se incluía el manuscrito de Recchi y la Historia de los Animales de Hernández, como «Tablas Phytosóficas». El inquieto médico holandés Johannes Eck, o Ecchio para los italianos, que hacia 1608, ^^ HERNÁNDEZ, Francisco, Historia Natural, Libro IL Capítulo VIH: «Ayotli, O DE LA NATURALEZA Y GÉNEROS DE "CALABAZAS INDÍGENAS"». Este capítulo dice al comienzo: «Entre los géneros de calabazas que los indios llaman Ayotli, omitiendo aquellas que son conocidas en el Viejo Continente, se encuentran muchas diferencias. Todas tienen hojas grandes semejantes entre sí, algunas parecidas a las de la parra, y algunas un poco más grandes. Las flores son oblongas, amarillas, y en forma de copas grandes; el fruto y su forma, así como su nombre, son tan variados, que daremos a conocer algunos de un modo claro y con la brevedad posible». Y continúa describiendo con gran detalle las diferentes variedades de fruto que conocía. Asclepio-Vol XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es en uno de sus largos viajes europeos, intenta -y no sabemos si lo consigue-visitar El Escorial y estudiar la obra de Francisco Hernández, así como Francesco Stelluti, gran matemático y sostenedor de la Academia incluso después de la muerte de Cesi en 1530. Y, por sobre todo, hay que tener en cuenta a quienes participaron, y contribuyeron, de manera esencial, con sus estudios de las especies americanas, a la preparación del volumen llamado Rerum Medicarum Novae Hispaniae Thesaurus, «Tesoro de las cosas medicinales de Nueva España», que indudablemente fue la obra que difundió el nombre del médico toledano a lo largo del tiempo entre los estudiosos de la naturaleza, pues es a este libro al que se llamaba «el Hernández», el libro que buscaba Loffling antes de irse a América, como dice en carta a Linné. Y libro que suele encontrarse en las bibliotecas más importantes del mundo. Estos estudiosos fueron Johannes Schreck, llamado el Terrenzio, médico germano nacido en Constanza, con una amplia formación en la química y la botánica, y en todas las doctrinas de la naturaleza, que después de terminar su trabajo en la preparación y glosas de todos los libros del manuscrito de Recchi, incluyendo varios intentos de agrupación de especies, agrega un capítulo, libro o apartado de comentarios a una parte de la iconografía del manuscrito que no tenía textos. El Terrenzio se marcharía, poco después de terminado su trabajo a Oriente, como jesuíta, donde seguiría realizando un interesante trabajo como naturalista. Antes de pasar a oriente, Terrenzio sí visitó El Escorial, pues escribirá a sus amigos Lincei diciendo que ha visto la obra original de Hernández y lamentando lo poco que se ha hecho si se compara con la riqueza de especies que ha contemplado en ella. Uno de los grandes colaboradores de la edición fue Johannes Faber, médico y naturalista nacido en Bamberg, que sería Director del Jardín Pontificio de Simples y del Huerto Botánico, así como profesor en la Sapienza. Faber, además de preparar la edición de la parte del manuscrito correspondiente a los animales y minerales, redactó un amplio estudio zoológico basándose en las especies americanas, estudio que integra también el Thesaurus, o Tesoro Messicano, como le llamaban y llaman los italianos. Estudio que, aunque con la paginación que llevaría en la obra completa, se editó por separado en 1628^^. Debemos agregar, como conocedores tempranos de la obra ame- La composición del Thesaurus es muy interesante, y nos da idea de la importancia que tuvo el descubrimiento de la naturaleza americana para dar impulso a los estudios naturalistas del siglo XVII. Estudios y trabajos trascendentales para la elaboración de los principios básicos que después conducirían a las botánicas y zoologías posteriores, así como también a los estudios anatómicos, histológicos, embriológicos y fisiológicos de finales del XVII y del siglo XVIII, y por lo tanto, al comienzo de la investigación científica de la naturaleza. Veamos someramente los aspectos más interesantes del libro que editó en Roma la Accademia dei Lincei, y que salió definitivamente a la luz, para ser distribuido, en 1651. Primero decir que la Accademia, una agrupación reglamentada de una serie de personas interesadas por la ciencia, se constituyó en 1603 por el impulso del Principe Cesi, que se unió a otros tres amigos, el citado Ecchio o Eeck, de Finis y Stelluti. Se interesaron por el manuscrito de Recchi, que como indicamos antes era ampliamente conocido en el ambiente de los estudiosos, y se sabía que lo tenía el sobrino del médico napolitano. De alguna manera le solicitaron el uso del texto para editarlo, así como el uso de las láminas -que sólo les dejaba ver en su casa, para que pudieran reproducirlas, según cuentan-aunque los Lincei, además, se preocuparían por leer otros libros de plantas americanas -Oviedo, Gomara, Acosta etc. -y, además, aprovechando el año santo, se dedicarían a buscar y encontrar fi^ailes venidos de América que les pudieran dar noticia y ayudarles en la identificación o en los usos y propiedades de las diversas especies^^.'^ Se conocen algunos nombres de estos informadores, como el de el franciscano Gregorio de Bolívar, y los dominicos Pedro de Aloaysa y Bartolomé de Ygarza, en gene- Como ya dijimos, se distribuyeron los trabajos, pero parece claro que para rnediados de la década de los años veinte del siglo XVII estaban terminados, así como concedidos los permisos para la edición, como consta en los documentos. La primera edición impresa del Tesoro Messicano que se conoce, o por lo menos que ha sido citada, lleva la fecha de 1628. Pero es difícil, en realidad, saber de verdad la fecha de las ediciones, pues en los años cincuenta, cuando se organizaron los textos, en algunos casos parece que se utilizaron portadas antiguas, de 1628, para los volúmenes, y no las actualizadas de 1651. Lo cierto es que la obra estaba casi completa en 1628, pero no se culminó y no se hizo la tirada correspondiente. La edición quedó de alguna manera bloqueada, y varias circunstancias pueden haber contribuido a ello. Por un lado la enfermedad y retiro de Federico Cesi, que murió en 1630. Por otro lado el clima de inquietud creado por los problemas de la iglesia con Galileo, también integrante en esos años de la Accademia dei Lincei. El Dialogo sopra due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copemicano apareció en 1632. Lo cierto es que como decía, la obra no se continuó editando, la Accadem.ia languideció, y no fue hasta finales de la década de los años cuarenta cuando renació el interés porque apareciera el libro. Por lo que consta en las ediciones de esos últimos años, fue gracias a un español, Alfonso de las Torres o Turriano y al apoyo de Rodrigo de Mendoza, duque del Infantado y embajador español en Roma, por lo que se pudo financiar la aparición definitiva del Thesaurus. La composición de la obra, no exactamente igual en todas las ediciones, es sumamente interesante. En primer lugar nos referiremos a las portadas, que aunque tienen un mismo esquema general presentan algunas diferencias. Se trata de un gran arco de triunfo cuyo vano está ocupado por la larga inscripción, el título completo de la obra, y un mapa de México. En el frente de las dos columnas aparecen dos personajes, posiral frailes de diferentes órdenes que vinieron a Roma en 1625 a ganar el jubileo. Estos nos son conocidos porque aparecen citados en el texto del Tesoro Messicano por sus contribuciones a las descripciones, fundamentalmente de animales. Fue seguramente Johannes Faber quien más se preocupó de utilizar la información de estos venidos de América, ya que aparecen en su texto sobre animales americanos. El «León Americano», por ejemplo, aparece como descripción de Fray Gregorio de Bolívar, viajero y observador de las cosas naturales, como dice de él el propio Faber en la página 506 del Tesoro Messicano. XLVII-2-1995 39 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es blemente representando caciques indígenas; y otros dos, de perfil, en los laterales, asomando un lince por detrás del personaje lateral de la izquierda. En la parte superior hay otros dos personajes, en este caso sentados, portando uno el cuerno de la abundancia y el otro un globo terráqueo. En el centro y parte superior, un escudo y por encima la inscripción ET PLUS ULTRA. Las diferencias entre la edición de 1628 y las de 1648 a 1651 se centran en el dibujo de las figuras, e incluso de los detalles decorativos, que cambian de diseño, en detalles del escudo y en la inscripción y el mapa que, aunque también parecido no es exactamente el mismo. La inscripción contiene siempre el mismo título de la obra Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus, etc. citando a Francisco Hernández, Nardo Antonio Recchi, Felipe II y loanne Terrentio Lynceo. Por otra parte, el editor sería hasta 1648 Jacobo Mascardi, siendo sustituido en la de 1651 por Vitalis Mascardi. Como dije más arriba, también hay diferencias en el contenido entre las diversas ediciones. He utilizado las obras existentes en la Biblioteca Nacional de Madrid y he visto, también, la edición que pertenece al Museo de Ciencias naturales de Madrid y los volúmenes existentes en la biblioteca de la Accademia dei Lincei en Roma, así como los existentes en la Library of Congress en Washington. Las únicas ediciones que mantienen constancia en contenido y en portada son las preparadas por los libreros Deversini y Masotti, que contienen, además de la portada de Greuter de 1651, la portada específica de los libreros, con los dos medallones. Sin embargo en mi relación de los contenidos me referiré sólo a las obras existentes en la Biblioteca Nacional de Madrid ^' ^. La edición más completa de las existentes en esta Biblioteca, con más contenido, es la de 1628. Contiene seis partes bien diferenciadas y cuatro grandes índices. Las partes en su orden son las siguientes: el Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus de Nardo Antonio Recchi, o sea el Tesoro de las cosas medicinales de Nueva España recopilado por Recchi a partir de la obra de Hernández. En este caso, los italianos, manteniendo una enorme fidelidad al texto, organizaron el texo de Recchi en diez libros, de manera que el primero es la introducción del de Montecorvino, y los siguientes corresponden a las secciones contenidas en los'' * Existe una edición italiana del Rerum medicarum, con una excelente introducción de G.B. Marini Bettolo (1992) La tercera parte es algo semejante, pero en este caso con imágenes y nombres de animales, y por esta razón lo redacta Johannes Faber, haciendo un larguísimo estudio de diversos animales e incluso de algunas monstruosidades como animales con dos cabezas. El Aliorum Novae Hispaniae Animalium Nardo Antonio Recchi Imagines et Nomina es un tratado de unas doscientas páginas, en las que se trata incluso de personajes de la época relacionados con la ciencia. La cuarta parte son anotaciones correcciones y añadidos a las especies animales y vegetales citadas en las tres partes anteriores, Annotationes, et Additiones redactadas por Fabio Colonna, gran naturalista de la época. Colonna, del grupo napolitano, revisa con gran detalle todas las descripciones y comentarios, y hace añadidos y observaciones siempre que lo considera conveniente. La quinta parte contiene las veinte tablas fitosóficas de Federico Cesi, con su índice correspondiente. Se ha señalado, y así lo indica el comentario de Stellutti que aparece en las mismas tablas, que la edición de 1628 no se había seguido publicando porque las Phytosophicae Tabularum no estaban completas. Fue el propio Stellutti quien las completó utilizando las notas y borradores de Federico Cesi, que debía tenerlas ya muy ultimadas. Estas tablas merecen un más amplio comentario que no haremos aquí, sólo señalar la importancia que tienen para la ordenación del estudio de la naturaleza en el siglo XVII. La sexta y última parte de la obra es nada más ni nada menos que el libro sobre animales y minerales redactado por Francisco Hernández, y hecho copiar en El Escorial por Cassiano Dal Pozzo, como relatamos más arriba. La Historiae Animalium et Mineralium Novae Hispaniae contiene los seis tratados ya conocidos, con las imágenes correspondientes, A5c/ep¿o-Vol. XLVII-2-1995 41 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es y un índice alfabético propio. No incluye, sin embargo, las descripciones de los animales que se han citado previamente, aunque conserva el nombre e indica la página en que se encuentra. Los cuatro índices generales con los que culmina el tratado son muy valiosos. Hay un primer índice de medicamentos, índice ordenado como era corriente en la época, según las enfermedades de cada una de las partes del cuerpo humano, comenzando en la cabeza y terminando por las extremidades. El cuarto índice es también un Index medicamentorum, semejante al primero, pero mejor organizado y mejor impreso, con más claridad,, por Francesco Setelluti. El segundo índice es un índice general, útilísimo en una obra como ésta, de especies, que curiosamente no aparece en la edición de 1651 de la Biblioteca Nacional de Madrid, -en la cual el ejemplar más completo lleva la portada de 1628-aunque sí en otros volúmenes con la misma fecha de otras bibliotecas, como la del Congreso de Washington. El Index plantarum, animalium et mineralium, es una gran ayuda para el estudio de la obra. El tercer índice tampoco aparece en la última edición de la Nacional de Madrid, un índice de autores citados o utilizados por los redactores de los capítulos. Como se comprende el Index authorum virorumque illustrium. et insignum, índice de varones ilustres e insignes es así mismo muy interesante. La edición que apareció en Roma en 1651 que existe en la Biblioteca Nacional de Madrid contiene: El manuscrito de Recchi, o sea la materia médica americana que da nombre al libro; el comentario de Terrenzio sobre las imágenes y nombres de las plantas; el texto de Faber sobre los animales; las anotaciones y adiciones de Fabio Colonna; las tablas fítosóficas de Cesi con su índice, y acompañadas de la dedicatoria a don Rodrigo de Mendoza, patrocinador de la obra. Aparece inmediatamente después el índice de los medicamentos al que nos referimos más arriba, organizados por las enfermedades de cada zona del cuerpo humano. Y como final, el libro de los animales y minerales de Hernández, con su índice. Se eliminan en esta edición, pues, como habíamos dicho antes, los índices generales de las especies y de los autores utilizados. Esta gran obra, magnífica obra en la que no sólo hay descripciones de especies medicinales, o descripciones de especies desde el punto de vista botánico y zoológico, sino grandes capítulos teóricos, fue consultada, como sabemos, por los naturalistas del siglo XVII, y citada en sus obras cuando se refieren a especies americanas. Como ejemplo, -interesante ejemplo, que puedo traer aquí gracias a nuestro colega Francisco Pelayo, que me llamó la atención sobre ello y me ofreció las fotocopias-voy a referirme a las citas que aparecen en la Omithologiae Libri Tres, los Tres libros de Ornitología, obra editada en Londres, en 1676, por el naturalista inglés John Ray, basada en los trabajos de Francis Willughby. En el prefacio habla Ray de algunos de los autores que ha consultado para elaborar el tratado de ornitología, y entre ellos coloca a Nieremberg. Además de las numerosas citas que se refieren a sus escritos -así como también aparecen citas de los de Oviedo, Antonio de Herrera o Gomara-la obra de Ray lleva un apéndice, tomado del libro décimo de la Historiae Naturae Maxima Peregrinae de Nieremberg, el libro dedicado a las aves, con la descripción de aves cuya identificación no estaba muy clara. De las ilustraciones que aparecen en la obra de Ray, algunas son exactas a las imágenes que aparecen en el volumen de Nieremberg, que por otra parte, son iguales a las que aparecen en la edición romana de Recchi, en el Thesaurus. Estudiaré estas relaciones con más detalle, pero, además, es muy curiosa la observación colateral, la nota que introduce Ray en el prefacio al citar a Nieremberg. En ella indica que éste último tomó su texto del famoso Thesaurus en su edición de 1651. En el Prefacio de la Omithologiae dice Ray «Nadie echará de menos en esta Ornitología la presencia de aquellas aves que aunque no vimos con nuestros propios ojos, tomamos sus descripciones de historias procedentes de Gesner, Aldrovando, Margravio, Pisón, Clusio, Nieremberg*, Bontio y otros, situando a cada una de ellas en sus respectivos lugares según nuestro método». Y en el margen, en la llamada del asterisco que precede al nombre de Nieremberg, se agrega: «Quien, sin embargo, copió todas sus afirmaciones de otros, principalmente de "La Historia de las aves de Nueva España", de Francisco Hernández de Roma, impresa en el año de 1651 en un gran volumen, cuyo título es Rerum medicarum Novae Hispaniae Thesaurus. En la que se encuentran las descripciones de todas las otras aves, que son en su mayor parte muy breves y generales, de modo que resulta difícilísimo conocer las aves a través de ellas, por lo que las omitimos en nuestra Omithologia» En Francisai Como conclusión, quiero señalar que los trabajos de Francisco Hernández, y su magnífica obra de descripción de especies, así como su valoración de los productos medicinales, tuvo quizás bastante más influencia en la historia natural europea de lo que hasta ahora nos ha parecido. En primer lugar, creo que ya es importante y digno de análisis -que dentro de lo posible introduciremos en la citada edición del manuscrito de Recchi-el impulso que ese conocimiento de la naturaleza americana, concretamente el conocimiento obtenido por Hernández -ya vimos al comienzo el poco valor que daban sin embargo los estudiosos italianos a los escritos de Monardes-dio a un grupo de naturalistas para estudiar en detalle las especies americanas y lo que ellas aportaban al conocimiento de la naturaleza. Y a partir de aquí, el interés que esta obra, única por su amplitud y originalidad durante mucho tiempo, despertó en los naturalistas europeos, pues era una de las pocas fuentes de historia natural americana en la que podían beber Desgraciadamente la gran labor de elaboración de toda esa información, que realizaron en gran parte los italianos, no fue realizada en España. Esperamos que la continuación de estos trabajos nos den una idea aún más clara y nítida, y también más profunda y certera, del panorama de la ciencia natural europea en la primera mitad del siglo XVII, y del papel que jugaron en ella los libros españoles de autores tan fundamentales en este campo como Gonzalo Fernández de Oviedo, José de Acosta o Francisco Hernández.
La comisión científica a Centroamérica se originó como una continuación de las tres grandes expediciones botánicas españolas realizadas durante el reinado de Carlos III por los territorios americanos. La presencia de los naturalistas José Longinos Martínez y José Mociño, y el pintor Vicente de la Cerda en la capital de Guatemala fue motivo de gran interés en la Capitanía General, y causó gran impacto en las instituciones ilustradas de la época. La Sociedad Económica de Amigos del País y el Consulado de Comercio apoyaron los trabajos de los expedicionarios contribuyendo a la institucionalización de la historia natural en América Central. En el mes de junio de 1794 finalizaban los seis años de la Expedición Botánica de Nueva España, de acuerdo con lo prefijado en las Instrucciones, habiendo recorrido los naturalistas más de tres mil leguas (sin incluir el viaje a Nutka), pero por diversas causas (enfermedades, muerte de Juan del Castillo, problemas burocráticos de Mociño...), aún no se había podido llevar a cabo el reconocimiento previsto de los territorios de la franja sur del Virreinato -la raya de Guatemala-de sumo interés para sus investigaciones por ser éstos de los más fértiles de Nueva España. La Capitanía General de Guatemala, vasto territorio centroamericano conocido desde los tiempos de la conquista como Reino de Guatemala, comprendía las actuales Repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, además del actual estado mexicano de Chiapas^ parte del de Tabasco y Belice. Dependía administrativamente del Virreinato de Nueva España pero en la práctica era una colonia relativamente autónoma pues se relacionaba directamente con la metrópoli. Esta estrecha franja de tierra llena de contrastes, toma la dirección noroeste-sureste y se encuentra atravesada por una gran cordillera volcánica central que divide en dos vertientes el territorio, una hacia el pacífico y otra hacia el atlántico. Esta disposición orográfica hace que la vertiente sur sea muy accidentada, por la escasa distancia a la costa, pues las montañas que la delimitan -con alturas de más de 3.000 metros-forman pronunciadas pendientes, depresiones y pequeñas mesetas escalonadas que descienden suavemente hacia el mar La otra vertiente forma espaciosos valles, pero tiene en cambio el inconveniente de que su clima, favorecido por los vientos alisios, sea bastante insalubre, permitiendo la formación de grandes manglares, pantanos y ciénagas. Se encuentra recorrida por numerosos ríos, el Motagua, Polochic y Usumacinta en Guatemala, el Camalecón, Ulúa, el de los Leones y Patuca en Honduras, el Lempa en El 46 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Salvador y el Coco y Segovia, entre Honduras y Nicaragua. Casi todos perpendiculares a las costas y escasamente navegables, exceptuando el San Juan entre Nicaragua y Costa Rica^ La naturaleza peculiar y agreste, los grandiosos volcanes, Tanaca, Tajumulco, Lacandón, Zunil, Atitlán, Izalco, San Miguel, Mazaya, etc., los impresionantes cataclismos, hicieron que desde los tiempos precolombinos la población se concentrara en los altiplanos del interior y en las laderas del litoral pacífico principalmente por razones de mayor salubridad, pese a un mayor riesgo de continuos fenómenos sísmicos, aunque en esta disposición influyeron notablemente, a lo largo de la colonización, los sucesivos ataques y depredaciones de piratas y filibusteros que asolaban la costa. Desde 1542, en que se estableció la Audiencia de Guatemala para la administración del Itsmo centroamericano, los cambios se sucedieron de manera paulatina, hasta que a finales del siglo XVIII la estructura política adquirió un modelo no regular. Con la implantación del régimen de Intendencias, entre 1785 y 1787, la Capitanía General de Guatemala reorganizó totalmente las jurisdicciones existentes, quedando de la siguiente forma: se componía de 15 provincias, de las cuales 8 eran Alcaldías Mayores (Totonicapán, Solóla, Chimaltenango, Scatapequez, Sonsonate, Verapaz, Escuintla y Suchitepequez), dos Corregimientos (Quetzaltenango y Chiquimula) y cuatro Intendencias de provincia (León de Nicaragua, Ciudad Real de Chiapas, Comayagua y San Salvador), además del gobierno de Costa Rica; el resto de las demás alcaldías mayores y corregimientos existentes anteriormente quedaron bajo la autoridad inmediata del capitán general en la ciudad de Guatemala. Situada en un hermoso valle, rodeada de los rotundos conos volcánicos como el Pacaya, el Acatenango, el del Agua y el del Fuego, era la capital del Reino denominada desde su traslado en' Para tener una visión de la geografía y de la historia de América Central, en esta época que estamos considerando, nos hemos servido de las obras de SORRE, Max y FILAT-Ti, Rosa (1930), México. XVIII de la Geografía Universal de Vidal la Blanche y Gallois. VILLACORTA, José Antonio (1942), Historia General de Guatemala. GARCÍA PELÁEZ, Francisco de Paula (1973), Memorias para la Historia del Antiguo Reino de Guatemala, t. JUARROS, Domingo (1981), Compendio de la historia del reino de Guatemala. PÉREZ BRIGNOLI, Héctor (1985), Breve historia de Centroamérica. XLVII-2-1995 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es 1773, desde su anterior ubicación en la actual ciudad de Antigua, Nueva Guatemala de la Asunción. Esta reforma político-administrativa, establecida por Carlos III en pos de un modelo más centralista, impuso la figura del intendente que creó recelos y tensiones entre las autoridades que veían recortadas sus atribuciones y prerrogativas. El intendente designado por el rey tenía facultades en lo económico y administrativo, quedando supeditado por un lado al virrey, en el caso guatemalteco al capitán general, y por otro lado al intendente general. Estos reformadores se ocuparon de muchas tareas, aparte de las propias de su cargo, tratando de poner un orden más racional en sus jurisdicciones mediante el conocimiento detallado de la realidad de sus territorios. Son de destacar los numerosos informes, noticias y novedades que hicieron de sus provincias, como el caso de José Salvador, intendente y comandante general de León de Nicaragua, quien confeccionó una erudita descripción de esta región, proporcionando datos modernos de ella sobre su situación geográfica, climatología, demografía, recursos naturales y económicos, así como referencias de su situación estratégica y defensiva, lamentándose, pese a sus riquezas, de su miserable modo de vida, haciendo responsable de esta circunstancia a la falta de comercio ultramarino^. La organización eclesiástica consistía en un arzobispado situado en la capital, a la sazón el centro intelectual de Centroamérica como tendremos ocasión de ver, erigido en 1743 y dependiendo de él tres obispados en Chiapas, Honduras y Nicaragua. Las órdenes religiosas más extendidas en este tiempo, desde siempre fueron los dominicos, mercedarios, franciscanos y betlemitas, que se encargaban de las misiones en las zonas fronterizas y de la administración de instituciones académicas, hospitalarias y benéficas. La población, excepto en los escasos núcleos urbanos, vivía dispersa y aislada regionalmente, adaptándose a los escasos recursos existentes en sus respectivas áreas, pues la separación entre comunidades de indios y españoles fue un hecho secular que se mantuvo a través de los años. Se puede estimar la población de la Capitanía General en 1778, en que se formó por real orden un padrón, en 797.214 habitantes, siendo los partidos de San Salvador, León de Nicaragua, Valle de Guatemala y Chiqui-^ Relación sobre la provincia de Nicaragua. Archivo General de Simancas, Guerra Moderna, leg. Asclepio-Vol XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es muía los más densamente poblados. Los habitantes del itsmo centroamericano, en este período de finales del siglo XVIII, eran en su inmensa mayoría indios, los cuales vivían segregados del resto, ladinos, mestizos, mulatos e incluso negros, que convivían con la pequeña comunidad de españoles, que era la clase social dominante. Los pueblos de indios tenían su base económica fimdamentalmente en la actividad agrícola del cultivo del maíz en la milpa, también en la crianza de aves, cerdos y en menor proporción en la pesca de aguas interiores, pues la marítima era escasa debido en gran medida a lo desierto y despoblado de las costas. Además abastecían al resto de población del Reino y pagaban sus tributos. La economía del Reino se sustentaba también en otros recursos agrícolas, especialmente en el cultivo e industria del añil, en las regiones de la costa del pacífico; el cacao que había sido en tiempos pretéritos una de las mayores fiaentes de riqueza en esa época estaba en fi:-anca regresión, aunque tenía su importancia el de Soconusco que seguía siendo el más apreciado. Otros productos agrícolas de los que dependía el abastecimiento eran, aparte del preponderante maíz, los fi^ijoles, el trigo, el arroz, las especias y condimentos propios de las diferentes regiones, raíces comestibles, sobre todo la yuca, y una gran gama de frutas, de las que destacaba el plátano. La frágil economía centroamericana de tiempo en tiempo se veía fuertémemente afectada por las numerosas plagas que se sucedían sin remedio; afectando a los diversos productos y en distintas zonas sucesivamente. El chapulín o saltón era el mayor enemigo de los cultivos. Este insecto acabó con la mitad de la cosecha de maíz y con la de frijoles en la juridicción de Zacatecoluca en 1802; en ese mismo año arruinó la cosecha de maíz y el resto de los cultivos en Mazatenango y Sonsonate, provocando el hambre y las penurias entre sus habitantes'*. La ganadería tenía relativa importancia, sobre todo la cría de ganado vacuno, en las localidades de Chiquimula, Suchitepequez y San Salvador, pero sobre todo en Honduras y Nicaragua, que surtían fundamental-^ Censo de población en 1778. Certificado de José Cecilio del Valle sobre el censo de población en 1810, según un impreso del Real Consulado. Archivo General de Indias. "* «Estado de las siembras y precios en este reyno». XLVII-2-1995 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es mente a la capital a través de ferias, como la establecida en 1779 en la localidad de Chalchuapa, trasladada posteriormente a Amatillo, Esquipulas y Chiquimula. El tránsito de ganado vacuno desde las regiones productoras hasta las zonas de compra-venta diezmaba la producción, por lo que en 1800 se expidió una orden liberalizando el comercio de ganados, rompiendo de esta manera el monopolio de los compradores empeñados en acercar las reses a la capital, con el consiguiente beneficio de los bajos precios que obtenían^. En contraste con estas limitaciones económicas y características sociopolíticas, el Reino de Guatemala tenía y tiene una enorme trascendencia por sus grandes recursos naturales, debido a su posición geográfica en la zona tropical: su topografía, sus fértiles tierras, enormes bosques y espesas selvas hacen que se encuentren en ella diferentes ecosistemas y biotopos. Existen diversas regiones florísticas debido al cambio de la vegetación, según los distintos ambientes, pudiendo establecer la siguiente diferenciación: I. Bosques húmedos de las tierras calientes de la zona atlántica y del pacífico, en la que predominan los bejucos y las epífitas como las orquídeas y los heléchos. Sabanas y bosques húmedos en las zonas templadas de la bocacosta del pacífico. Bosque húmedos de tierras frías, en las zonas altas, hasta casi los 3.800 metros, donde se encuentran las coniferas, los alisos y los robledales. Sabanas de tierras frías en las cumbres de los volcanes de más altitud, como el Tajumulco, Tacana y en los Cuchumatanes, donde no existen árboles. V. Sabanas y chaparrales, en las zonas llanas del litoral de clima seco donde predominan las cactáceas. Sobre la historia económica de Centroamérica, fundamentalmente la agraria, con datos interesantes de la demografía, las estructuras oligopólicas de la propiedad, técnicas comerciales y grado de industrialización de las explotaciones agrarias, véanse los trabajos de GARCÍA, Miguel Ángel (1945), Diccionario histórico-enciclopédico déla República de El Salvador, t. SOLANO, Francisco (1977), Tierra y sociedad en el reino de Guatemala, Guatemala. Antología de lecturas y materiales, Guatemala. MOLINA ARGUELLO, Carlos (1989), Historia general de España y América, Madrid. Ante esta diversidad no resulta nada extraña la necesidad de exploración y estudio de los recursos naturales de esta región geográfica tan extensa y tan variada (abarcaba aproximadamente 1.200 kms. de longitud), pues desde que se establecieron los españoles en esta parte de América se sabía de sus preciosas producciones naturales y a lo largo de todo el período colonial fue una región suministradora de numerosos recursos naturales. Era rica en maderas preciosas como el cedro, caoba, granadillo, palo Brasil, palo morado, guayacán, mangle, etc; en frutas y yerbas medicinales como el palo de la vida, copalchi, contrayerba, canchalagua, calaguala, etc.; gomas y bálsamos muy apreciados como la trementina, leche de María, sangre de drago, liquidámbar, etc., -gracias a su abundancia en algunas regiones éstas recibieron el nombre de «Costa del Bálsamo»-y un sinnúmero de otros productos útiles como la grana, el achiote, vainilla, cacao, añil, etc. El reino animal estaba representado por multitud de especies como el tapir, caimán, iguana, loro, guacamayo, quetzal, etc.; los minerales abundaban en menor cantidad que en otras regiones del Nuevo Mundo aunque también existían minas de oro, plata, hierro, plomo, talco..., sobre todo en Honduras (Tegucigalpa y Opoteca). Estos productos eran obtenidos y comercializados de forma poco rentable debido al confusionismo que producía la gran cantidad de nombres con que se les conocía y el escaso conocimiento que se tenía sobre su verdadera naturaleza, sus virtudes y usos. En el último tercio del siglo XVIII, el interés que tenía la Corona en esta región y la necesidad de organizar sistemáticamente el desajustado esquema productivo, se pone de manifiesto por la gran cantidad de órdenes sobre fomento de especies vegetales, formación de plantíos con objeto de propagar determinadas especies, envíos de productos naturales al Real Jardín Botánico, Gabinete de Historia Natural y Real Botica de Madrid, instrucciones para hacer éstos correctamente, evitando el deterioro y la pérdida de muchos productos, sobre todo en los largos y dificultosos transportes, etc. En este sentido, la Real Orden de 22 de abril de 1783 establecía que todas las provincias del Reino de Guatemala enviaran muestras de las maderas preciosas que se conocieran en ellas y mediante otras de 27 de agosto de 1788 y de 20 de julio del 89, se daban las reglas de cómo se debían recoger y remitir los productos de historia natural, lo que el presidente de Guatemala, José de Estachería, transmitiría a los gobernadores, intendentes, alcaldes y demás autoridades locales de su jurisdicción. Este mismo, envió al marqués de Sonora el 12 de julio de 1784 una colección de maderas que había formado, acompañadas de una relación explicativa, con tres botellas de bálsamo, 234 libras de aceite de María y 53 libras de goma copal. Le indicaba que procedían de las provincias de Chiquimula, Tegucigalpa, Verapaz y Nicaragua y también le comentaba los usos y virtudes del copal y del bálsamo que los indios llaman «Cativo Mangle». Una extensa remesa le fue enviada el 25 de julio de 1786 desde Guatemala por este presidente, cumpliendo la petición que José de Gálvez había hecho para que le remitieran de esas provincias, las preciosidades y producciones que en ellas hubiese, para que pasaran a formar parte de las colecciones que éste tenía en su propio gabinete de historia natural. La petición, que fue difundida ampliamente por las distintas provincias del Reino de Guatemala, se cumplió cabalmente, pero fueron tantas las muestras que se acopiaron, muchas de las cuales sin especificar procedencia ni característica descriptiva alguna, que el propio Estachería hizo una selección de las que consideró más curiosas. En el mismo envío le remitió las seis exhaustivas relaciones de sus contenidos: «Relación de las muestras de Maderas que contienen los cajones números 1 y 2...», en total 44 muestras descritas entre las que se encontraban numerosos tipos de «Palos» (Brasil, Mulato, Cortes, etc.), ébanos, caobas, cacao, nísperos, etc. 2. «Noticia y Relación que yo Dn. Xabier de Aguirre, Alcalde mayor de Verapaz formo de varios Arboles, Raíces y Yerbas medicinales que produce dicha provincia con expresión de sus cualidades y circunstancias...». En total 85 muestras con sus correspondientes dibujos. «Relación de los Bálsamos y resinas..». Describe 15 especies entre los que están los del liquidambar, sangre de drago, copal, hule, etc., comentando sus procedencias y métodos extractivos. «Relación de Raíces y Yervas medicinales..». En total envía 12 especies. «Relación de varias especies de que los Yndios de Verapaz usan para pinturas; y varias Piedras particulares...». Las 10 muestras contienen tintes extraídos de gusanos y otros de diferentes tipos de tierra. «Relación de los pájaros disecados...». Son 10 especies y 14 ejemplares entre los que había un carpintero y dos quetzales. En otra carta -de 10 de de diciembre de 1786-le comunicaba el envío de dos cajones con plantas vivas de «Achiote» e «Yngerto», que habían preparado José Antonio Goicoechea, correspondiente del Real Jardín Botánico de Madrid y el Catedrático de medicina José Flores. Ambos también habían incluido un extracto de la Instrucción que Casimiro Gómez Ortega confeccionó sobre el método correcto de trasporte y cuidados de las plantas^, para entregárselo al Maestre de la fragata Santísima Trinidad, que era el encargado de llevarlos a Cádiz. En este envío se mandaban también dos relaciones de José Antonio Goicoechea con la descripción de los árboles, sus virtudes, propiedades curativas, modo de preparación para su uso, etc...^. La necesidad de conocer con mayor rigor los diferentes productos naturales americanos produjo una sensibilización en los sectores responsables de la política económica y cultural de la administración colonial. Las autoridades locales, el clero y las personas con inquietudes culturales mostraron gran interés por las renovadoras medidas y colaboraron de manera desinteresada en estas iniciativas. El fenómeno también tuvo sus efectos, como se acaba de señalar, en el antiguo Reino de Guatemala. Una muestra de este efecto fue el hecho de que los más sensibles miembros del ayuntamiento y otras personalidades de la capital colaboraron económicamente para la publicación de las Floras Americanas, de acuerdo a la orden dada por el rey en este sentido. El 5 de septiembre de 1793, la comisión encargada por el gobierno para este cometido, habían recolectado 492 pesos de los cuales 300 correspondían al ayuntamiento y el resto a individuos particulares^. Parece que este territorio no podía quedar al margen del reconocimiento por parte de los miembros de la Expedición de Nueva España, pues éstos no eran ajenos al importante y desconocido acervo de historia natural que encerraban estas provincias y por otro lado, después de haber recorrido de norte a sur y de este a oeste la mayor parte del Virrei-^ Recientemente ha aparecido publicada una edición facsimilar de la Instrucción sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas, de Casimiro Gómez Ortega, a cargo de Javier Puerto Sarmiento (1992), con un estudio introductorio de este mismo profesor en la Biblioteca de Clásicos de la Farmacia Española. Madrid. http://asclepio.revistas.csic.es nato, la exploración y estudio de esta parte de Nueva España, completaría la gran empresa. La intención de Sessé era que el viaje al Reino de Guatemala se efectuara en la primavera de 1794, unos meses antes de que expirara el plazo fijado para la finalización de la Expedición Botánica, que tendría que acabar en el mes de junio, pero los inconvenientes y trabas que sufrieron sus miembros habían retrasado los trabajos de los tres últimos años, que era necesario terminar, e impidieron la exploración de este territorio. Las enfermedades padecidas por los expedicionarios, la muerte de Castillo y la separación de Mociño con los consiguientes trámites para su reincorporación fueron los inconvenientes que influyeron en la imposibilidad de completar las previsiones exploratorias que se habían marcado. El ordenar las descripciones, preparar los envíos a Madrid, concluir los dibujos botánicos y faunísticos era imprescindible para que las observaciones realizadas en ese tiempo no se perdieran para la ciencia, después de que se habían recorrido más de 3.500 leguas (sin contar lo andado en la Comisión de Nutka). El director no solamente contaba con recorrer la zona centroamericana sino que sus objetivos eran aún más amplios, pues tenía la intención de extender su zona de estudio también a las Islas de Barlovento, para lo cual creyó que el tiempo de dos años sería suficiente para que las dos comisiones llevaran a buen fin su cometido. Mientras tanto Cervantes en la capital de Nueva España dirigía las plantaciones del proyectado Jardín Botánico de Chapultepec, que todavía se encontraba pendiente de la confirmación real, que como es conocido nunca se produjo^. Esto es lo que en los primeros meses de ese año de 1794 se estaba realizando en la capital de México, pero al ir avanzando inexorablemente la estación invernal y ver que podía quedar sin efecto el proyecto del viaje a Guatemala e Islas del Caribe, Sessé -en una representación dirigida a Pedro de Acuña el 28 de marzo de ese año-comentaba de nuevo las vicisitudes por las que había pasado la Expedición y proponía la ampliación de ésta, en los siguientes términos: «puedo asegurar a V. E. que los materiales acopiados formaran una Flora tan rica como la de cualquier otro Reyno, y sin embargo de no ser Otra petición, en idénticos términos, fue enviada por Sessé a Eugenio de Llaguno, indicándole que si su propuesta le parecía conveniente se la trasladase al monarca para que diese su conformidad y se les expidieran las Órdenes correspondientes para comenzar esta nueva aventura científica. El trámite de esta solicitud lo efectuó el virrey Revillagigedo, el cual aprobó el proyecto pero insistiendo en que a la vez se finalizasen los trabajos de la Flora Mexicana. Se mostró favorable también a la iniciativa de traslado del Jardín Botánico a Chapultepec, lo que indica que la negativa para que esto se llevara a cabo procedió de la Corte, donde seguramente tendría para este enclave un destino bien distinto^ ^. Las reiteradas peticiones que se tramitaron desde México hacia Madrid dieron sus frutos más adelante, ampliándose incluso los objetivos iniciales al ser aprobada, por Carlos IV -el 15 de septiembre de ese mismo año-, la prórroga de la Expedición Botánica a Nueva España, para recorrer en el término de dos años el Reino de Guatemala y la Islas de Barlovento. Estas últimas eran igualmente ricas en bálsamos y otros productos naturales de mucho interés para el comercio y la medicina.'° Museo Nacional de Ciencias Naturales (M.N.C.N.), Flora Mexicana., leg. 9.'• Carta de Sessé a Eugenio de Llaguno. Archivo General de la Nación. México (A.G.N.), Historia-460, y carta de Revillagigedo a Pedro de Acuña. «Haviendo dado cuenta al Rey de la carta de V. E. n.° 732 fecha 31 de marzo próximo pasado y de la representación que la acompaña, en que el Director de la expedición Botánica de ese Reyno Dn. Martín de Sessé, pretende dos años de lizencia para reconocer las Costas de Goatemala y las Yslas de Barlovento, con el fin hacer más completa, y útil su obra. Enterado S. M. de esta solicitud y de lo que sobre su tenor expone V. E. se ha dignado conceder a ella, con la calidad de que se ponga en execución en la Primavera del año próximo de noventa y cinco sin admitir V. E. pretextos, ni disculpas que demoren la salida, ni el tiempo de los dos años que pretende el Director, sobre lo qual, y suma economía con que se han de conducir en Dn. Martín Sessé y demás individuos, que pasen a los expresados reconocimientos, tomará V. E. quantas providencias estime oportunas a la conclusión de tan costoso Expediente»'^. La noticia fue trasmitida a Sessé y al fiscal de lo civil por el nuevo virrey, Miguel de la Grúa y Talamanca, marqués de Branciforte, el cual les mandó que agilizasen los trámites correspondientes para una pronta salida. Sessé solicitó, sin conseguirlo, un aumento de 1.000 a 2.000 pesos del presupuesto que tenía asignado para gastos de la Expedición, «con respecto a dividirse en dos trozos por parages distantes entre si...», y por esta misma razón también pedía un criado más que se agregara a los tres que tenía su dotación, así como algún adelanto para los compañeros que iban a emprender los dos viajes. El fiscal rechazó estas peticiones pero aceptó el que los gastos del viaje a las Islas del Caribe corrieran a cargo de la Real Hacienda, haciendo la salvedad de que el sueldo que cobrasen los expedicionarios fuera de 1.000 pesos y no el doble como correspondía cuando salían de la capital. A tal fin se formaron dos grupos expedicionarios: al Reino de Guatemala irían Mociño, Longinos y De la Cerda, en tanto que a las Islas de'^ Real Resolución de 15 de septiembre de 1794. La casa de Sessé era el lugar de trabajo en estas fechas anteriores a la salida para las Islas de Barlovento y el Reino de Guatemala, y en ella era donde efectuaban sus labores los naturalistas, no sólo por la mayor eficacia que el trabajo conjunto requería sino también porque en ese lugar se encontraba reunida la biblioteca de la Expedición, a la que los naturalistas podían tener acceso para consultar las obras de historia natural, imprescindibles para las descripciones que se estaban realizando y de las que en muchos casos sólo se disponía de un único ejemplar. El que seguía manteniendo una actividad independiente del grupo era el incorformista Longinos, al cual ordenó el director, a propósito de requerirle las producciones naturales que tuviera ya preparadas, después de su regreso del pacífico, que se presentara en su casa desde el día 19 de mayo en adelante desde las 8 a las 12 de la mañana y de 3 a 6 de la tarde, como el resto del grupo, para coordinar los trabajos y describir las producciones naturales que estuvieran pendientes e intercambiar opiniones sobre las dudas que pudieran surgir al respecto. El naturalista hizo caso omiso de la orden y fue amenazado por el virrey con recluirle en un castillo si se negaba a colaborar con sus compañeros. Tampoco sirvió esta medida intimidatoria para que cambiara de actitud hasta que, finalmente, se le obligó a entregar al virrey un parte diario de su asistencia al domicilio del director en el que especificara los pormenores de sus trabajos cotidianos. La orden se expidió el 3 de junio de 1794 y aunque era extensiva para todos los miembros del equipo tenía como finalidad el control de las ocupaciones del grupo expedicionario y a la vez serviría como medida correctora a la intransigencia del naturalista. La asistencia de éste se produjo en un clima nada favorable para que la armonía hiciera más agradable y eficaz la meticulosa tarea, por lo que el naturalista siguió realizando aisladamente su cometido, planificándose el trabajo de la siguiente manera: Longinos se dedicó a la descripción de los peces que colectó en sus viajes, Sessé, Senseve y Del Villar lo hicie-'^ Oficio de Sessé al Exmo. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ron en la coordinación del herbario y el pintor De la Cerda en la conclusión de los dibujos más urgentes^"*. Longinos protestó enérgicamente ante la autoridad virreinal, exponiendo su parecer de lo que consideraba una pérdida de tiempo en la casa del director: «Allí no se hacen observaciones ni se consulta punto alguno, pues lo único en que puedo ocupar el tiempo es en executar mis descripciones incorrectamente, por que es inevitable la continua distracción con las futiles conversaciones que se promueven y ninguna sobre dichas observaciones», y agrega «que sólo por cumplir lo mandado por V. E. he asistido como si fuese un oficinista de oficina y sin útiles a casa de Sessé...»'^. Pidió que le librara de esa concurrencia para lo cual le envió una larga representación, con fecha 27 de junio de 1794, en términos aún más duros que las remitidas en agosto de 1790 a Revillagigedo y al marqués de Bajarnar en mayo de 1791, en la que expuso sus argumentos acusando al director de despotismo, autoritarismo e ineptitud en sus obligaciones como director facultativo del Jardín Botánico y de la Expedición. En sus 37 puntos, Longinos señalaba que él fue elegido como naturalista de la Expedición por el rey debido a sus méritos en el campo de la historia natural, después de negarse reiteradas veces a esa incorporación, pues en aquellas fechas había sido nombrado «Anatómico del Real Colegio de Cirugía de Madrid» y que no obstante aceptó el nombramiento de naturalista por gratitud al monarca. Acusa a Sessé de no cumplir las Instrucciones, las cuales no conoció hasta después de haber llegado a la capital mexicana a finales de 1787 y que pudieron incluso ser tergiversadas por el mismo director, pues no conocía el idioma mexicano, ni tampoco la ciencia natural ni la botánica como señalaban aquellas. El por su parte creía que ese nombramiento como director se refería solamente a los aspectos guber-''' Carta de Sessé a Longinos y nota del primero. Carta de Sessé a Revillagigedo. A.G.N., Historia-460.'^ Carta de Longinos a Revillagigedo. Asclepio-Vol XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es nativos, de manera similar a las atribuciones que el Intendente del Real Jardín Botánico de Madrid y no como director facultativo, cuyo cargo en la institución madrileña correspondía al Catedrático de Botánica. Además señalaba que esa función podría ser incluso conveniente para la dirección del Jardín mexicano, pero no para la de la Expedición ya que no conocía los aspectos científicos que esa tarea exigía. La elección de parajes, sitios y tiempos para realizar las exploraciones no habían sido las adecuadas e insistía en que en la Expedición del Perú cada individuo que la componía realizaba sus trabajos de campo individualmente y asociado a un discípulo y con un rumbo distinto, dependiendo de su ramo en la historia natural, señalando que para un botánico los lugares y estaciones son diferentes a los elegidos por un zoólogo o un geólogo. A este respecto señalaba la poca rentabilidad investigadora que su trabajo aportó a la Expedición durante el período de los 5 meses de estancia del grupo naturalista en Mazatlán teniendo que dedicarse a la botánica y no a su propio ramo. También mostraba su desacuerdo por la iniciativa que Sessé tomó en la exploración de las costas de Veracruz, ya que él mismo junto a Cervantes habían investigado aquellas latitudes durante su viaje hacia la capital del Virreinato, además de considerar que nuevamente serían estudiadas al regreso de la Expedición a la Península, una vez finalizada su comisión. La representación continuaba con los puntos referentes a la responsabilidad y competencias que su título como naturalista le confería, pues según el capítulo 4.° de este nombramiento, el naturalista (entiéndase zoólogo y mineralogista) era único responsable científico de su ramo. Además en los capítulos 1.° y 6.° de las Instrucciones de la Expedición se preveía que las decisiones gubernativas se tomaran colectivamente, en juntas generales por acuerdo común, y no unilateralmente como hasta el momento había hecho el director sin contar con el resto del grupo, enfatizando que las de tipo científico eran única y exclusivamente competencia de cada facultativo. Longinos se incorporó a la Expedición con la condición de no estar sujeto en su ramo a persona alguna y proceder con entera libertad en la realización de su actividad científica. Recriminaba al director, en un tono altivo y arrogante, el no haber convocado una junta para la selección de los individuos más aptos para ayudar al grupo expedicionario, como fue el caso de la incorporación de Mociño y Maldonado, sobre todo por que el primero de ellos continuaba en ésta «en excursiones de poca monta» desde hacía más de dos años, pese a que-el rey había desaprobado dicha incorporación. Hacía de nue- VO alusión a la Expedición de Ruiz y Pavón en relación con el sueldo que se pagaba a Mociño, evidentemente sin una razón objetiva y con malsana intención, acusándole de cobrar una cantidad muy superior de la que tenían asignada los asociados del Perú, lo que evidentemente era falso a todas luces. En el aspecto referente a la administración económica de la Expedición, también arremetía con dureza contra Sessé haciéndole responsable de una mala gestión y acusándole de malversación de fondos. De los 6.000 pesos asignados para gastos de la Expedición, le acusaba de que había dispuesto de este dinero a su antojo y mientras él no cobraba lo que le correspondía de sus últimos cinco años de trabajo, porque entre otras consideraciones Sessé creía que sus demandas no se correspondían con la realidad. El naturalista parece que hacía unos cálculos incorrectos, como en lo referente a lo devengado por su viaje a las Californias, en que según el director parece que habría dos Longinos, uno que viajó hasta San Francisco y otro hasta el río Colorado, siendo inciertas las distancias que en uno y otro caso se reclamaban a la hacienda real. También indicaba que el director gastó innecesariamente de dos a tres mil pesos en la adecuación del jardín del Potrero de Atlampa, construyendo una empalizada y comprando innumerables macetas. Acusaciones malintencionadas, pues no se ajustaban a la realidad, ya que de la cantidad inicial se pagaron los sueldos de Maldonado en los años en que formó parte de la Expedición y se pagaban en ese momento los de Julián del Villar y los del taxidermista indio que Sessé incorporó como ayudante por la escasa colaboración que Longinos le prestaba. En otro orden de cosas, criticaba el total rechazo de Sessé hacia la instalación de su Gabinete de Historia Natural, oponiéndose sistemáticamente a su mejoramiento, lo que se había traducido en que su ubicación tuviese que estar en su domicilio particular, negándole permisos para su ampliación con los ejemplares y objetos naturales sobrantes y defectuosos de sus colectas, que no se enviaban al Gabinete de la corte. La apropiación de los trabajos de todos los expedicionarios, así como de los libros, instrumentos y materiales de los expedicionarios también eran objeto de monopolio por parte del director, quien los tenía depositados en su casa apolillándose, como ocurrió con los cajones de aves procedentes de Cuernavaca y de Acapulco, independientemente de las actuaciones punitivas que realizó para apropiarse de los ojos de cristal que Longinos había traído de la Península para sus trabajos taxidérmicos. Estas cuestiones eran denunciadas por Longinos, como también lo fueron el que Sessé descalificase su trabajo y encargase a personas poco eficientes de las tareas que él debería hacer, como el caso de la taxidermia y preparación de diferentes ejemplares que realizó defectuosamente Senseve. Evidentemente Sessé reaccionó contra el informe ante el virrey con otra representación, el 2 de junio de 1794, respondiendo punto por punto a los 37 que Longinos había desarrollado calumniosamente, intentando dominar la indisciplina de Longinos y reafirmando su autoridad. Cuestión esta última que no ennoblece nada al director al que se le percibe una cierta ideología retrógada y clasista cuando comenta sarcásticamente «Sírvase V. E. por Dios enviarle a la Conbención de París, ya que es tan amante de la igualdad» en clara alusión al peligro de los acontecimientos políticos que se derivaban de ese tipo de ideas de la Francia revolucionaria. En la «Recapitulación» pedía a su irreductible contrincante comprobación documental de todo cuanto afirmaba y demandaba al virrey que «se le castigue con el rigor que mandan las Leyes: que se le despoje de su Gavinete, no como dádiva ó admisión de su fraudulenta oferta, sino como alhaja que legítimamente corresponde al Soberano».. Además solicitaba mediadores cualificados para que realizasen una valoración comparativa de su respectivos trabajos en la Expedición, «Para calificar nuestras colecciones y trabajos, y si son útiles y están arreglados á lo que mandan las instrucciones; Sírvase V. E. (si es de su superior agrado) que pasen a reconocerlos el Señor D. Ciríaco Carvajal, el Director de Minería D. Fausto Elhuyar, el Mineralogista D. Federico Sonesmich, y D. Vicente Cervantes, quienes por su Estudio, aplicación y conocimiento de los Sistemas que cada uno tiene en los diferentes ramos de Historia Natural y la analogía de todos, podrán muy bien discernir quien ha colectado con precisión en lo raro, y lo común: quien ha sabido clasificar, denominar y describir metódicamente todos los objetos; y quien no ha procurado más que llenar caxones á troche y moche para alborotar al Mundo y aparentar mucho servicio para con los ignorantes... y así suplico á V. E. que se proceda al examen de nuestra conducta» ^^. •'^ Representación de Longinos a Revillagigedo y al marqués de Bajamar México, 2 de agosto de 1790 y 25 de mayo de 1791. Resumen de la Representación. Representación de Longinos y de Sessé a Revillagigedo. Asclepio-Wol XLVII-2-1995 61 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Pese al severo tratamiento que ambos manifestaban en sus alegaciones y la peligrosa polémica en la que se habían metido, los ánimos no se calmaron y su contencioso prosiguió sin solución a lo largo de todo el año de 1794 y buena parte del siguiente. En esta ocasión, con motivo de la petición que Sessé hizo al naturalista de dos libros de historia natural, el «Sistema Natural» y el «Luter», que necesitaba para clasificar unos caracoles (Testáceos) recolectados y determinados por Mociño y enviar los dibujos de éstos a Ramón Posadas. Longinos se negó a dárselos y le manifestó que era él y no otra persona quien debía denominarlos, lo cual realizó entregándole una lista con su denominación genérica y específica. Los 7 ejemplares clasificados por Longinos, erróneamente según Sessé, eran: Boccinum ponium, dos ejemplares de Strombus sulcatus (especie nueva). Nerita glaucina, Voluta mitra (especie nueva). Voluta oliva y Ciprea arpus. Respecto a dos cajones de animales que Longinos había enviado desde Tepic en febrero de 1793, con destino a la corte y que aún permanecían en los almacenes de las cajas reales de la ciudad de México, a la espera de su traslado a Veracruz y de esta a Madrid, también fueron tema de discusión y controversia. Sessé ordenó a Longinos que se presentara en el Jardín Botánico para su reconocimiento y posible envío si aún permanecían en buenas condiciones. El naturalista se negó a tal visita en el citado establecimiento y los reconoció en su propia casa, no sin prohibir que los abriera Sessé, como efectivamente hizo. Como el modo de envío no era el adecuado, según el director, pues éste debía pasar previamente bajo su supervisión, parece evidente que el retraso sufrido por éste fue causado por la poca diligencia que el director mostró con la iniciativa de su hostil compañero^^. En relación a la prórroga de dos años para explorar los nuevos territorios, Longinos inicialmente mostró su oposición, probablemente por tratarse de una iniciativa del director sin haber contado en la toma de esta decisión con su parecer ni con el del resto de los compañeros, a pesar de lo cual él no pretendió excluirse de participar en ella como tampoco eludir sus obligaciones para completar sus trabajos.'' Correspondencia cruzada entre Sessé y Longinos y lista de los «Testáceos reunidos y determinados por D. Josef Mociño y ahora denominados por el Naturalista de la Expedición». Oficio de Longinos a los Oficiales Reales. Comunicación de Juan de Aranda a Revillagigedo. Por el contrario lo que si que entraba en sus planes era romper definitivamente de raíz toda comunicación y dependencia directa o indirecta con el director. Parece claro que esto debió ser así puesto que Longinos, trabajador infatigable, había propuesto como sabemos hacer una excursión a la costa de Guatemala con el fin de enriquecer su Gabinete de México y el de Madrid y nuevamente dejo de asistir a casa del director, transmitiéndole sus decisiones únicamente por escrito^^. El 11 de abril de 1795 el director comunicó al resto de sus compañeros la resolución del monarca de explorar la región centroamericana y las Islas de barlovento pero el empecinamiento de los dos naturalistas siguió retrasando los preparativos para poner en práctica el nuevo viaje. La relación entre ambos se agravó aún más ya que, según Sessé, la conducta de Longinos «cada día más insubordinado responde que dará su voto por escrito en todo lo que ocurra, como si el arreglo de trabajos, el cotejo de observaciones, formación de catálogos, y otras conferencias precisas para que cada uno de los ramos de la Expedición tenga noticia de todo lo que ya esta colectado, descrito, dibujado, y remitido, pudiera hacerse sin la concurrencia de todos, y presencia de los Manuscritos de cada uno». Esta relación epistolar evidentemente resultaba poco operativa y en vista de que Longinos no modificaba su actitud, de nuevo Sessé encontró indispensable separarle de la Expedición y enviarle a España, no sin antes instarle para que dejase una copia de todo lo que hubiera recolectado y escrito como resultado de sus viajes y estudios, para no repetir esos trabajos nuevamente, ya que en los dos meses en que asistió a su casa solamente dejó constancia por escrito de las descripciones de 25 peces. Esta propuesta se complementaba con la incorporación en su lugar de Antonio Cal y Julián del Villar, repartiéndose entre ambos los 2.000 pesos que cobraba el naturalista en sus viajes^^. Ante este hecho, Longinos debió montar en cólera y se presentó en el domicilio del director pidiéndole las directrices de la nueva expedición proyectada, sin que pudiera obtener más información que la ya remitida a través de las órdenes escritas que él ya conocía, pero la visita sirvió no obstante para aumentar más si cabe la enemistad entre ambos. Sessé que le tenía retenidos 1.442 pesos correspondientes a sus viajes anteriores y que Longinos reclamaba insistentemente, se.los denegó mientras no le entregara los trabajos y las colecciones de producciones naturales resultantes de su exploraciones por los territorios de la Alta y Baja California. Longinos no se prestó a lo que consideraba una coacción y argumentó que respecto a sus estudios no se los podía dar por el momento ya que necesitaba mayor detenimiento para finalizar las descripciones específicas y en cuanto a los productos naturales que poseía, aunque eran imperecederos, se los proporcionaría cuando lo considerara conveniente. Ninguna de las dos cosas se verificaron en esos momentos y así se lo expuso el director al virrey desde la ciudad de Puebla, donde se encontraba el 24 de abril camino de Veracruz para embarcarse hacia Cuba^^. Mientras tanto, Mociño estaba dispuesto para el viaje pero al enterarse de que uno de sus compañeros en la nueva misión era el polémico Longinos, intentó ser relevado de la Comisión por los problemas que preveía que podían originarse con éste, y así se lo indicó al virrey el 15 de abril de 1795: «me veo en la precisión de suplicar a la bondad de V. E. se digne redimirme de esta desgracia, si puede llamarse así la sociedad de un hombre, con quien ninguno de la Expedición ha podido ni quiere subsistir». El botánico mexicano no había coincidido hasta el momento con el conflictivo naturalista, pero conocía perfectamente sus antecedentes, sabía del mal trato que debió sufrir el paciente Senseve en su viaje junto a él a California, de donde tuvo que regresar sólo y más adelante en su petición ante Branciforte señalaba en cuanto a su relación con Longinos: «No cabe la menor duda de que mi ingreso a este cuerpo es uno de los más fuertes estímulos para la injusta aversión que este sujeto, a quien jamas he ofendido me tiene personalmente pues habiéndomele presentado para ofrecerle en calidad de su nuevo compañero mis inútiles oficios no sólo me recibió con sumo despego, sino que hasta el día no ha tenido la urbanidad de volverme una carta. Se desdeña de que yo sea un verdadero profesor y en las cartas insultantes que ha escrito al ^° Cartas de Longinos y Sessé a Branciforte. A.G.N., Historia-464. director, no me ha dado otro título, que el de Discípulo con el mayor desprecio, no pudiendo lisongearse de haberme dado una sola lección ni siquiera hablado de materias científicas en mi presencia». Pero la noble actitud de Mociño y su entera dedicación a la buena marcha de la Expedición, hizo que ésta no sufriera más retrasos por su previsora actitud y finalmente aceptó el cometido que se le había encar-gado^ ^ La sección de la Expedición Botánica, que debería partir hacia Centroamérica el día 24 de mayo de 1795, necesitaba los mismos auxilios con los que contaron la totalidad de los expedicionarios cuando comenzaron a realizar sus primeras exploraciones y trabajos de campo. Para lo cual se necesitaban los 1.000 pesos para viajes y equipamientos, así como dos criados que realizarían tareas de mantenimiento doméstico, requerimientos con los que también estaba de acuerdo el propio Longinos y que también solicitó al virrey. La tramitación de estos requisitos, que el director pidió a-Branciforte, incluía también el incremento de 300 pesos para Julián del Villar en el caso de que éste no fuera incorporado a esta sección junto a Antonio Cal y un adelanto de 4 ó 6 pagas a los expedicionarios para que no sufrieran, como era previsible, inconvenientes y trabas por los retrasos que las órdenes al respecto iban a sufrir al tramitarse desde la capital mexicana a las distintas administraciones de rentas y cajas reales de las provincias por donde pasaran. Las medidas fueron rechazadas en su totalidad por el virrey según la opinión que le dio el fiscal de real hacienda teniendo que estudiarse detenidamente la sustitución de Longinos por los dos posibles colaboradores propuestos por Sessé. Se tramitaron las ordenes al capitán general de Guatemala y a los gobernadores de las provincias por donde transitarían los expedicionarios para que en esas demarcaciones les fueran prestados los apoyos necesarios^^. La fecha de salida prevista, señalada anteriormente, no pudo tener efecto, pero no obstante Sessé desde La Habana seguía el curso de los acontecimientos y buscando la mayor eficacia de los trabajos que la 21 A.G.N., Historia-464. 22 Carta de Sessé a Branciforte. Informe del fiscal y resolución del virrey. Comunicación de Branciforte a Longinos. «Para evitar disputas que pudieran originarse sobre la preferencia de dibujos, quando a un mismo tiempo se presenten Plantas y Animales dignos de delinearse, se preferirán aquellos cuyos Caracteres no pueden conservarse en el herbario como los de los Animales disecados y procurando dibujar estos en los primeros ratos desocupados^^». Mientras se resolvían estas engorrosas cuestiones el tiempo transcurría inexorablemente y la impaciencia de Mociño por salir cuánto antes de la capital de Nueva España, para aprovechar el verano entre Puebla y Oaxaca, se iba incrementando paulatinamente hasta el punto que propuso al virrey su salida junto a De la Cerda sin esperar la resolución que el caso de Longinos necesitaba y sin contar todavía con los pasaportes los cuales recibiría en esas localidades. Así se lo manifestó a Branciforte en sendas instancias, en una de las cuales además le expresaba lo siguiente: «Respecto a que las lluvias cada vez continúan más y que en el Reyno de Guatemala tengo que viajar por unos paramos desmedidos, en que no encontraré un miserable aloxamiento, suplico a V. E. que si fuere de su superior agrado se sirva mandarme franquear una de las tiendas de Campaña que el Exmo. Sr. Conde de Calvez dexó hechas para la Expedición, que proyectaba a las Provincias Yntemas pues con este auxilio no sólo resguardaré mi persona de las injurias de una Aymosfera mal sana, sino que defenderé también los libros y herbarios que pertenecen a V. M.»^"*. En fin, así se desarrollaron los prolegómenos previos a la partida de los comisionados a Centroamérica, los cuales saldrían de la capital mexicana al poco tiempo sin los pertrechos necesarios y sin las suficientes garantías oficiales para llevar a buen fin la ardua tarea que les esperaba.
La formación de un Jardín Botánico en La Habana, a principios del siglo XIX, se debió a las esfuerzos de la Real Sociedad Patriótica de La Habana y conjuntamente con los de Martín Sessé en 1795, miembro de la Expedición Botánica a Nueva España, que fue comisionado para el reconocimiento de las producciones naturales y la organización de estudios botánicos y jardines en las colonias. La llegada de Sessé despertó el interés de algunos miembros de la Real Sociedad Patriótica con respecto a la proposición hecha en 1793. Años más tarde, el jardín habanero fue una realidad. El Jardín Botánico de La Habana, fue una de las principales instituciones científicas creadas en Cuba en el siglo XIX, como resultado de una serie de iniciativas que expresaban en gran medida la política reformista hispánica encaminada al fortalecimiento económico y político de la metrópoli. En el amplio programa aplicado por España, dado su carácter ilustrado, ocupó la ciencia un importante papel; muestra de ello, fue la organización de expediciones a las posesiones coloniales, que no sólo pretendían la búsqueda y explotación de los recursos naturales, sino que a su vez estimulaban el estudio de algunas ramas de las ciencias, como la botánica y la química, por su utilidad para el fomento de esenciales actividades económicas, como es el caso de la agricultura y la medicina. En Cuba, este movimiento, dirigido al logro de transformaciones económico-sociales, se hizo sentir a través de dos instituciones: la Sociedad Patriótica de La Habana y el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio de La Habana, las cuales promovieron desde el propio momento de su creación interesantes ideas encaminadas en este sentido, siendo una de ellas la organización de un Jardín Botánico con su correspondiente Cátedra, por lo que al estudiar los antecedentes de la creación del Jardín Botánico se hace necesario centrar la atención en la labor desarrollada por ambas instituciones, así como la participación que tuvo en la conformación de este proyecto la Sección dependiente de la Expedición Botánica a Nueva España, presente en la Isla entre 1795 y 1798. Los objetivos bien definidos en su solicitud, se orientaban al inventario y descripción de las producciones naturales de este virreinato, así como la formación de un Jardín Botánico que constituyera centro de las actividades desarrolladas por los expedicionarios y contara con una Cátedra de Botánica para el ejercicio de la enseñanza de esta disciplina, como complemento de los estudios médicos y farmacéuticos, facilitando la aplicación de las reformas de estas profesiones. Este proyecto fue aprobado por Real Orden en octubre de 1786^ y en el mismo tuvieron una importante influencia las gestiones del director del Real Jardín Botánico de Madrid, Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), quien al frente de esta institución desarrolló una brillante labor como promotor del plan de exploración de las colonias españolas. Fue precisamente a él, a quien se debió la elaboración de los documentos legales que regirían el desarrollo de la expedición, entre ellos la redacción de las instrucciones para la remisión de los materiales recolectados a la península, así como la preparación del personal que lo ejecutaría, dada su condición de primer catedrático del Jardín Botánico. En este sentido, fue designado el grupo expedicionario con sus correspondientes títulos acreditativos e indicaciones pertinentes, compuesto por Martín de Sessé como director de la expedición y el Jardín; Vicente Cervantes como catedrático de botánica; José Longinos Martínez, naturalista; Juan del Castillo y Jaime Senseve como botánicos, a los que posteriormente se les unirían los dibujantes mexicanos Vicente de la Cerda y Atanasio Echevarría^. En 1787 fueron iniciadas las actividades por parte de esta comisión en el territorio rriexicano, las que permitieron en un período de un año que fuera inaugurado el Jardín y la Cátedra, de la que se hizo cargo, como ya se ha indicado, Vicente Cervantes, mientras, que por su parte el resto del equipo se consagraba al trabajo de campo en medio de innumerables dificultades, para la recolección de especies de los tres reinos de la naturaleza e inventario y clasificación con vistas a su envío a la Al parecer, el objetivo fundamental de este grupo expedicionario por el momento se centraba en el reconocimiento y exploración del territorio cubano. A pesar de no presentar Cuba el nivel de desarrollo que tenían otras posesiones coloniales, como por ejemplo México, esta Comisión a su llegada encontró que ya existía en la isla un determinado interés por parte de un sector de la naciente clase burguesa hacia el desarrollo de algunas ciencias, como la botánica y la química por su importante aplicación a la medicina y la agricultura y especialmente en el proceso de elaboración del azúcar. Este sector originado como resultado del incremento acelerado de la economía de plantación en la Isla, se encontraba nucleado en la Sociedad Patriótica de la Habana, institución que constituyó centro de activa promoción para el desarrollo de la educación pública, la industria y la agricultura creando toda una serie de mecanismos orientados a elevar el comercio; todo ello explica que estuviera dicha Sociedad «siempre abierta a las ventajas que se pudieran obtener en bien del país»^. Al conocer esta Institución la presencia en la Isla de Sessé y sus compañeros, se dio a la tarea de contactar con el director de la expedición a través de Nicolás Calvo de la Puerta y O'Farrill -profesor universitario y censor de la institución-a fin de que éste solicitara asesoramiento en relación con algunas plantas para enriquecer un Diccionario' * MALDONADO POLO, J. L. (1987), «El Jardín Botánico de México y la Cátedra de Botánica». Madrid, pp. 165-168. de voces provinciales que estaba elaborando el mercedario y miembro de la sociedad Fray José María Peñalver; asimismo procuró obtener de Sessé instrucciones para la creación de un Jardín Botánico que se pretendía establecer en la Habana^. En efecto, desde 1793 se había analizado en la Sociedad Patriótica, por parte de Nicolás Calvo de la Puerta la necesidad de crear establecimientos de química y botánica, así como una escuela de agricultura donde además de estudiar las producciones naturales, poder mostrar a los extranjeros los ejemplares de la flora del país y contribuir a su vez al ornato de la ciudad. En el mes de mayo de ese propio año el botánico francés Pedro Le Compte y Veré, comisionado por el Real Jardín Botánico de Madrid, presentó ante esta Sociedad una memoria relativa al establecimiento de un Jardín Botánico y una escuela; idea que fue acogida con satisfacción, según lo expresado por el doctor Tomás Romay: Y nos presenta un Profesor de Botánica correspondiente del Real Jardín Botánico de Madrid, como el más apto para establecer otro en esta ciudad, y descubrirnos las virtudes de los vegetales indígenas, concedidos con tanta profusión que de ningún exótico necesitamos^. Le Compte venía trabajando hacía algún tiempo, junto a Mariano Espinosa, cirujano del Regimiento de Caballería de la Habana y corresponsal también del Real Jardín Botánico de Madrid. Los conocimientos del primero y el entusiasmo del segundo se conjugaron para lograr este propósito, salvando así circunstanciales diferencias entre ellos; no obstante Espinosa tuvo que hacerse cargo del «proyecto botánico» por la inesperada muerte del francés el 13 de julio de 1793^. Durante los meses de noviembre y diciembre Espinosa insistió ante la Sociedad Patriótica para que fuera valorado su nuevo proyecto, pro-' ^ ESTÉVEZ, J. ( 1951 En realidad, a pesar de que Espinosa pudo contar en algún que otro momento con el apoyo de Casimiro Gómez de Ortega, su anhelado sueño no se pudo concretar; sin embargo esto no impidió que él mismo continuara con la remisión de semillas y plantas al Jardín madrileño en su carácter de corresponsal. La presencia de la Comisión expedicionaria en la Isla despertó nuevamente el interés por el asunto, al ponerse en consideración de Sessé el proyecto de Mariano Espinosa. Sessé accedió con beneplácito a facilitar su experiencia, precisamente porque coincidía esta solicitud con uno de los objetivos trazados por la Expedición, ofreciéndose para enseñar botánica a la persona que designase la Sociedad, y que además le acompañaría en el recorrido planificado por el grupo expedicionario. Al reconocer la Sociedad la oportunidad que se le brindaba de iniciar con ello el estudio de esta disciplina, comisionó a Joaquín Herrera y Tomás Romay, para que realizaran la más conveniente selección e informaran al Cuerpo Patriótico^^ A través de este informe se presentaba al joven José Estévez y Cantal, distinguido discípulo de Romay, quien poseía conocimientos de medicina y farmacia, así como predisposición para la botánica, condiciones indispensables para este estudio ya que según se indicaba: No se trata de aprender únicamente las virtudes de las plantas conocidas, sino también de enriquecer, experimentar, clasificar y hacer la nomenclatura de otras muchas ignoradas por Toumefort, y desconocidas al inmortal Linneo. Ibidem. ^' Archivo Nacional de Cuba (ANC). Asimismo, en este propio informe fue expuesto que el terreno propuesto por Espinosa, después de un análisis realizado por Sessé se había considerado no apropiado para establecer el Jardín, no sólo por la resequedad de sus suelos sino por estar muy alejado de la ciudad, lo que dificultaba la concurrencia a las clases de botánica^^. De esta forma se desaprobaba parcialmente el proyecto de Espinosa lo que prácticamente, obligaba a la formulación de un nuevo plan y por ende a la localización de un nuevo terreno para este fin. Al parecer Sessé incorporó esta tarea entre sus gestiones, pronunciándose al efecto posteriormente, pero por el momento se dedicaba a los preparativos del viaje y a la definición en cuanto al financiamiento de Estévez para su incorporación a la expedición. Al no contar la Sociedad con los fondos necesarios para apoyar la participación de Estévez, solicita el concurso del Real Consulado, el cual en Junta de Gobierno de 7 de diciembre de 1795 acordó:... considerando la utilidad y sugerencia de la propuesta que se ha hecho por la Real Sociedad, se admite en todas sus partes, destinando de sus fondos la cantidad de mil pesos para que Don José Estévez acompañe a Martín Sessé y aprenda con él la Botánica^'*. Ello muestra que el Real Consulado, al colaborar en la formación de Estévez con la Real Sociedad, también estaba interesado en la institucionalización de la enseñanza de la botánica en el país, mediante la creación de un jardín. Sessé, por su parte, ultimó los detalles del costo de los estudios de Estévez con esta corporación, comunicando además los pormenores del recorrido que pretendían realizar en compañía de este joven criollo, que incluía las islas de Puerto Rico, Santo Domingo, Trinidad y de ser posible Jamaica^^. Por su parte, el grupo expedicionario realizaba algunas actividades de investigación ictiológica en las afueras de la ciudad de La Habana, y alguna que otra recolección de especies botánicas^^. A principios de marzo de 1797 partió el pequeño grupo hacia Puerto Rico, en la Fragata Gloria, efectuando una vez allí el reconocimiento de la Isla, obstaculizándose la continuidad hacia Santo Domingo con la sublevación de los negros y el estallido de la guerra contra Inglaterra, razones por las que deciden regresar a Cuba, logrando al fin después de algunos inconvenientes arribar a La Habana el 1 de junio de ese propio año. Una vez en La Habana, Sessé se reúne con la Comisión dirigida por el Conde de Mopox que había llegado a la Isla el 3 de febrero de 1797 con el objetivo de desarrollar un amplio proyecto de diversas actividades, entre ellas las científicas. Esta Comisión pretendía la recolección e inventario de especies botánicas, lo que explica que entre sus participantes se encontrara el botánico Manuel Baltasar Boldo y el dibujante y disecador José Guío^^. Del encuentro entre ambos grupos y debido a la afinidad de intereses, surge la idea de un trabajo conjunto. De inmediato Sessé informa a la Junta del Real Consulado su decisión de que Estévez participe en este nuevo proyecto, argumentando que: Su buen talento y aplicación le han granjeado los conocimientos necesarios por sí mismo, y a costa de algún ejercicio poder formar un perfecto profesor capaz de cualquier observación, y de enseñar la ciencia sobre los mismos principios. Acabaría de disponerse por este Estado de Perfección si me acompañase en el viaje que voy a emprender por la parte occidental de esta Isla, asociado a don Baltasar Boldo primer botánico de la expedición científica de el Señor Conde de Santa Cruz de Mopox, á que no será difícil, y convendría agregarle con satisfacción de los que componen, y en que sin duda acreditará haber correspondido por su parte a las loables intenciones de V. E. y V. S. S.'^. La Real Expedición a Nueva España (1787-1803)... formar un curso de Botánica, adaptable a las plantas del país, que hayan de demostrarse por exemplo en las lecciones para la más fácil inteligencia de los discípulos'^. Para el desarrollo de este curso sugirió también Sessé la formación de herbarios, con su correspondiente clasificación y denominación, para lo cual podría auxiliarse del profesor Boldo, proponiéndole para este fin:... anotará Ud. en el curso de Botánica que sirve para la enseñanza del Real Jardín Botánico de Madrid las plantas que se pueden adquirir en estas inmediaciones en lugar de las que se citan, hasta que formada la Flora de la Isla resuelva la Junta sacar de ella, e imprimir el curso elemental para esta escuela^°. El interés por la conformación de la Flora del país se manifestó constantemente en sus sugerencias: Pondrá VM el mayor empeño en inquirir los nombres con que se conoce cada planta en este país y lugar en que se cría, para poderlas adquirir con facilidad, siempre que se necesite alguna. No olvidará Vm expresar al fin de las descripciones los usos que hicieren los naturales de ellas, tanto en la medicina como en la economía, y siempre que las virtudes que se les atribuyan estén confirmadas con competente número de Observaciones, y fundadas en los principios del Arte, convendrá anotar qué puede usarse en lugar de ésta u otra Planta oficinal Europea, que se escasea en nuestras Boticas, o suele hallarse tan deteriorada, que se puede dudar de su eficacia. De manera que si por este medio se lograse formar una Materia vegetal de las plantas de esta Isla sería un'9 Ibidem, fol. 54-60. ^° Ibidem. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es servicio que nunca agradecería a Vm bastante la Junta y el público lograría el beneficio que se ha propuesto con el fomento de la botánica^ ^ Sin duda, estas valiosas indicaciones constituirían un importante instrumento para la Junta y Estévez a fin de llevar a feliz término los objetivos propuestos, en especial la enseñanza de la botánica, priorizándose para ello la recolección de las plantas del país. Para facilitar el trabajo del botánico cubano, Sessé comunicó entre otras cuestiones, en estas propias instrucciones, la propuesta de Estévez como miembro correspondiente de los Jardines de México y de Madrid. A juzgar por todo ello, tanto por parte de la Sección dirigida por Sessé, así como del Real Consulado -que como se ha dejado claro, era el que tenía el potencial económico-, la Cátedra y el Jardín no tardarían en ponerse en práctica, sobre todo por el interés de la Junta en instruir a la juventud en la medicina y cultivar tanto plantas indígenas como exóticas; sin embargo, en parte de estas propias instrucciones se aclaraba: Aunque por ahora no esté la Junta en proporción de principiar la obra del Jardín, no estará de más colectar toda especie de semilla, y grangearse en las Poblaciones y Haciendas correspondientes a quien pedirlas, siempre que se hubiesen de menester para el fomento del Jar-dín22. Estos inconvenientes no incidieron de ninguna manera en que se continuará trabajando con vistas a crear más adelante dicho centro, lo cual se evidencia en la comunicación de la Junta dirigida a Sessé donde se expresa: 4... queda este cuerpo en viva expectación de las últimas propuestas que V. M. le ofrece sobre el plan de un jardín en esta ciudad y demás medios de propagar la ciencia Botánica en el país^^. En efecto, entre esas nuevas propuestas, se encontraba el envío a la Junta a principios de 1798 de la copia del Reglamento del Jardín Botánico de México y el Plan de Enseñanza, sugiriendo se le hicieran las modificaciones pertinentes, además de algunas interesantes observaciones que constituyeron algunos años más tarde un valioso recurso para aquéllos a quienes correspondió la construcción y fundación del Jardín habanero, entre las que se encontraba la propuesta que había hecho Sessé del terreno en que se debía ubicar el Jardín y que consistía en: Sólo resta prevenir en contestación al oficio del 27 de octubre que para facilitar la instrucción a los jóvenes dedicados a las tres ramas de la medicina, recreo a los vecinos de esta capital y adorno a la misma ciudad que son los tres fines que se deben proponer en el establecimiento de un Jardín Botánico, ningún terreno me parece más acomodado que el que media entre el Arsenal y el Barrio de Jesús Maria y Camino de Puerta de Tierra, tanto por su inmediación a la ciudad y paseo, como por la posición y solidez del terreno y la circunstancia de ser el más abrigado de los nortes, especialmente si corre de Oriente a Occidente el edificio que ha de servir de casa para el catedrático, aulas y cuartos para los jardineros; y si se continúa una tapia que cierre el jardín por la parte del norte bastando una decente estaca para asegurarle por los otros tres cos-tados^"*. Precisó además alguna de las orientaciones ofrecidas a Estévez en cuanto a la organización de las plantas en el Jardín, situación de los árboles que debían dar sombra, construcción de una fuente para facilitar el riego y que además sirviera para adornar el establecimiento, así como detalló cuales eran las piezas más necesarias, lamentando no haber podido reflejar todo ello en un plano, que pretendía trabajar a imitación del aprobado para México. Así se puede decir que concluía Sessé sus actividades en la Isla, donde compartió su trabajo de investigación con una interesante labor de asesoramiento y orientación, dada su experiencia como Director del Jardín mexicano. Antes de su partida a México manifestó su disposición de continuar colaborando con este proyecto, expresándose en los siguientes términos: Si desde Madrid, a donde me llama S. M. para dar a luz los trabajos de mis expediciones pudiese contribuir en algo para la realización de este importantísimo proyecto, la R. Junta podrá contar con mis débiles influjos, en inteligencia de que toda ocupación en este particular, lejos de serme molesto, llenará los deseos de mi natural inclinación a la Botánica, y al bien que dicho estudio puede resultar a la humani-dad25. Una vez incorporado Estévez a la Comisión Real de Guantánamo, además del dibujante mexicano Atanasio Echaverría, Sessé y Jaime Senseve se dispusieron a regresar a México, quedando en manos del botánico cubano la responsabilidad de la conformación de la Flora de Cuba y en particular de Estévez al ocurrir en 1799 la muerte de Boldo. A partir de este momento el Conde de Mopox comisionó a Estévez para viajar a Madrid, con la misión de llevar los resultados de la expedición, ocasión que aprovechó el Real Consulado para autorizarlo a iniciar sus estudios de Mineralogía y Química en esta ciudad. A pesar de estos esfuerzos no sería hasta 1824 cuando en realidad se dio comienzo a la enseñanza de la botánica en el Jardín Botánico de la Habana. Es importante reconocer que la presencia en Cuba de esta Sección de la Expedición Botánica a Nueva España, y en particular de su Director Martín de Sessé, contribuyó a que en un futuro pudiera contar Cuba con un Jardín Botánico, que se caracterizó no sólo por la labor de clasificación y aclimatización de especies, sino también que en cierta medida contribuyó a la institucionalización en el país de la enseñanza de la botánica y su correspondiente aplicación a la medicina, la agricultura y las artes.
El nuevo modelo político-económico ideado por los ilustrados españoles propiciaría la ejecución de un ambicioso, utópico y, en cierto modo, original plan de reconocimiento y explotación de los recursos coloniales americanos con claros tintes monopolistas. El desarrollo de esta idea exigía el conocimiento y el inventario de los recursos naturales como etapa previa al proceso de comercialización. El desarrollo institucional de este proyecto es hoy bien conocido; finiquitado desde los comienzos del siglo XIX, la pesada máquina burocrática, ralentizada aún más con la entrada de las tropas francesas en España, permitirá que el desenlace final se retrase hasta 1831. En tomo al concepto de Botánica en la España ilustrada La modernización del Estado, propiciada con el cambio dinástico de comienzos del XVIII, condujo a la postergación de viejos modelos en aras a la consecución de un nuevo orden político, social y científico; en el ámbito sanitario, las nuevas directrices propugnadas desde la Corte tratarán de fomentar el desarrollo de profesionales formados en ciencias positivas, en un intento de sustituir el anquilosado modelo escolástico ^ La Química y la Botánica se convierten en las disciplinas utilizadas para la renovación de la profesión farmacéutica; los conocimientos de estas disciplinas serán argüidos por los boticarios ilustrados como baluartes de su afán renovador frente a las actitudes defendidas por los boticarios conservadores^. La práctica de estas disciplinas por destacados profesionales farmacéuticos debe entenderse más como una actitud favorable a la reforma propiciada por los Borbones que como la capacidad teórica de abordar las disciplinas implicadas en el proceso renovador. Esta aceptación coyuntural de las nuevas ciencias dificultará su desarrollo al realizarse sin la necesaria reflexión teórica^, de modo que la evolución de estas disciplinas queda desligada del proceso de renova-^ LAFUENTE, A.; PUERTO, F. J. y CALLEJA, M. C. (1988): «Los profesionales de la sanidad tras su identidad en la ilustración española.» Ciencia y Sociedad en España: de la Ilustración a la Guerra Civil, pp. 71-92. LA UTILIDAD DE LA FLORA AMERICANA EN EL PROYECTO EXPEDICIONARIO ción institucional y sólo cuando la reforma quede superada se producirán aportaciones científicas de interés intrínseco. Así entendida, la actitud de los ilustrados españoles hacia la Botánica debe considerarse, en sus inicios, más como una actitud política que científica; el apoyo que la Corona española oft:-ece a la disciplina se realiza siguiendo las directrices que habrán de ser comunes a la reforma ilustrada: centralización, militarización, creación de instituciones de nuevo cuño, nuevos procesos de profesionalización e institucionalización, etc. Esto es, el desarrollo institucional de la Botánica en la España ilustrada aparece ligado a una coyuntura política concreta, no es el resultado del acrecentamiento de una escuela preexistente. Como en tantas otras situaciones creadas en el período ilustrado, la introducción de las nuevas teorías botánicas en España se produce sin la necesaria crítica intracientífica; importa el uso de la ciencia más que ésta en sí misma; las preocupaciones de índole filosófica y metodológica están bien alejadas de esta recepción de saberes nuevos"*. La Botánica, la ciencia utilizada como instrumento de la reforma sanitaria ilustrada, se incorpora, como herramienta política, al ambicioso proyecto de inventario y comercialización de las riquezas coloniales coordinado por C. Gómez Ortega; para él, y para sus discípulos, la Botánica tiene una clara concepción pragmática, es, ante todo, una ciencia de la cual se pueden y deben obtener beneficios económicos y sanitarios; en sus propias palabras: «De aquí se infiere la utilidad e importancia del estudio de la Naturaleza, en cuyos tres Reinos no existe producción alguna que no pague o esté pronta a pagar tributo al hombre siempre que éste se dedique a aclarar sus derechos por medio de su aplicación y diligencia (...) Pero así como el reyno Vegetal excede notablemente en el número de objetos a los otros dos, lleva a ambos muchas ventajas en la multiplicidad y calidad de los beneficios que presta a la especie humana. La Botánica, que es la Ciencia que enseña a conocer y distinguir los vegetales, abraza también la noticia de sus usos.»^. C. Gómez Ortega asume los planteamientos utilitarios enunciados por J. Quer, M. Barnades y otros botánicos ilustrados, a quienes interesa el inventariado y, sobre todo, la explotación de los recursos naturales, plasmándolos en un proyecto desde donde los profesionales de la ciencia de las plantas lograrán mostrarse útiles en sí mismos y en su disciplina frente a las necesidades de renovación de la España borbónica^. Su postura entrará en claro enfrentamiento con la mantenida por A. J. Cavanilles, su sucesor al frente del Real Jardín madrileño; los estudiosos de la figura del clérigo valenciano han centrado la polémica mantenida frente a C. Gómez Ortega y su escuela en la adscripción estricta de éstos a los principios linneanos para la determinación de los caracteres genéricos frente a la postura, más ecléctica, defendida por A. J. Cavanilles'^; tras esta discrepancia teórica se esconde otra más profunda, relativa al concepto mismo de la disciplina: «La Botánica tiene límites como las demás ciencias y artes; que si presta auxilios a la medicina, economía y artes, no debe entrar en el santuario de ellas, ni atribuirse lo que á estas pertenece.»^. Las palabras del valenciano contrastan con las escritas por H. Ruiz en apoyo de la visión utilitarista defendida por los partícipes en el proyecto expedicionario: «... y esto sin hacer la crítica de lo que falta á la Historia de cada planta en que siempre se ciñe nuestro Impugnador [A.J. Cavanilles] al discernimiento del género y de la Especie sin dar la menor noticia de los usos y virtudes, como si este conocimiento no fuera el resorte del Botánico, á quien de poco serviría la estéril habilidad de distinguir todas las Plantas del Universo, ignorando sus propiedades y usos que pueda hacerse con ellas. »^. Para los botánicos integrantes de este proyecto de reconocimiento y explotación del mundo vegetal americano la anotación de las virtudes y usos de las plantas es algo más que el sólo complemento a la descripción, es la razón motivadora del esfuerzo realizado; los expedicionarios americanos no son taxónomos en sentido estricto, aunque tal sea su aportación hoy más valorada; su Botánica es farmacéutica y se separa conceptualmente de la practicada por A. J. Cavanilles y su escuela^°; para los primeros lo esencial es el vires et usus, para los segundos el nomen. Una polémica que trasciende la delimitación conceptual de la propia disciplina y que habrá de afectar seriamente al desenlace del proyecto de expediciones botánicas coordinado por C. Gómez Ortega. El proyecto ilustrado de las expediciones botánicas: génesis y desarrollo Mas abandonemos el concepto de Botánica para adentramos en la génesis y desarrollo del propio proyecto de las expediciones botánicas; en él confluyen intereses de variada índole: relaciones internacionales, reforma sanitaria colonial, introducción de nuevas ciencias, remodelación del mercado colonial, afianzamiento cultural de la presencia metropolitana, etc.; todos le definen y colaboran a darle forma^^ Un proyecto ^ Ruiz, H. ( 1796 remodelado progresivamente en el tiempo, a medida que se integran en él nuevos objetivos distorsionantes de sus metas prístinas, pero subyacente a todos permanece el deseo expreso de aclimatar plantas americanas en el territorio metropolitano: «Si en cada Paquebot del Correo marítimo de Canarias, Habana, Cartagena, y Buenos-Ayres se traxera un caxon (...) con algunas plantas de las más apreciables de aquellas regiones, nos haríamos dueños en pocos años de la mayor parte de las riquezas vegetables de la América Española, que tienen sobre las minerales la ventaja de poderse propagar y multiplicar al infinito una vez poseídas y connaturalizadas.»^^ El texto, procedente de la Instrucción... publicada por C. Gómez Ortega en 1779, es buena prueba del interés despertado en la Corte hacia esta nueva vía de obtener riquezas; muy distinta es esta Instrucción... de la publicada años antes, en 1776, por P. Franco Dávila: mientras en la del director del Real Gabinete se solicitan «las propiedades curiosas de la Naturaleza»^^ en ésta el pragmatismo es explícito, y los deseos de romper la primacía comercial de otros Estados europeos está patente. Un análisis de los materiales solicitados en la Instrucción... pone de manifiesto que, en lo que a lo medicinal respecta, lo requerido con más énfasis son las plantas febrífugas (muy en especial las quinas) y antivenéreas; las virtudes más comunes atribuidas a las plantas americanas desde los conocimientos disponibles por los gestores del proyecto. Lo no medicinal, y esto es lo más original de la aventura expedicionaria española, tiene menos representación en las solicitudes formuladas; a las plantas con virtudes terapéuticas siguen, muy de lejos, las de valor alimenticio, sin hacerse de las comestibles apenas mención. En definitiva.'^ GÓMEZ ORTEGA, C. ( 1779 Ante la propuesta del fisiócrata A. R. Turgot, encuadrable dentro de la política de aclimatación diseñada por el gobierno galo, de enviar una expedición dedicada a estudiar el mítico territorio del Perú, la Corte española responderá con la creación de una Expedición propia, a la que podría incorporarse el enviado francés^^; la premura con que fue diseñada esta misión queda explicitada en la propia Instrucción a que deberán arreglarse los sugetos destinados por S. M. para pasar a la América meri-dional^^, construida a fines de 1776, y en la que la visión utilitarista de C. Gómez Ortega frente a la Naturaleza americana está ya presente; de la lectura de esta Instrucción se desprende una cierta incapacidad de los organizadores españoles para hacerse cargo de la empresa, no hay normas precisas y J. Dombey, el botánico francés, es reconocido en ellas como la única autoridad competente en temas científicos^^, pero sí están claros los fines del viaje: «Siendo el objetivo principal de este viage, no tanto la pura nothicia theorica de nuevos vegetales útiles como su adquisición para que se introduxca, y propague su uso en España, y aun en los demás paises con aumento de las ciencias, del Comercio, y en beneficio de la Humanidad, no deberán contentarse nuestros Botánicos con examinar las plantas, describirlas, y conservar sus esqueletos en los Herbarios. Cuidarán también diligentemente de hacer remesas de cebollas, Céspedes,'"' Un análisis de detalle, con una cuantificación de datos que sustenta lo aquí enunciado, en GONZÁLEZ BUENO, A. (1992): «Virtudes y usos de la Flora Americana: una aproximación al carácter utilitario de las Expediciones Botánicas en la España ilustrada.» En: LAFUENTE, A. y SALA CÁTALA, J. (eds.). Madrid.' http://asclepio.revistas.csic.es mugrones, y plantas vivas siempre que haya oportunidad (...) y en el mismo Jardín se cuidarán de multiplicarlas, y de hacer las experiencias convenientes para familiarizarlas, con el clima, y suelo de algún territorio de España...»'^. Del análisis simultáneo de envíos de semillas a la Corte, siembras en el Real Jardín y acciones asignadas a los vegetales herborizados, puede discernirse un primer período, entre 1782 y 1794, donde la originalidad medicinal propugnada por C. Gómez Ortega queda preterida a favor del fisiocratismo francés; la influencia de J. Dombey se hace manifiesta en los primeros logros del proyecto: en el Real Jardín de Madrid se aclimatan, con preferencia, especies comestibles americanas; las chirimoyas, zapotes, fríjoles y nueces condimentarlas se sembrarán con profusión durante estos años y prosperarán durante los siguientes. En 1794 ocurren cambios importantes en el acontecer histórico del proyecto americano; es el último en que el nombre de C. Gómez Ortega se recoge en los «diarios» de la Oficina de la Flora Americana y los «libros de siembra» del Real Jardín comienzan a abandonar la nomenclatura propuesta por los expedicionarios americanos para recoger la de A.J. Cavani-Ues. No parecen meras coincidencias; estas situaciones deben ser directamente correlacionadas con la exoneración sufrida por Floridablanca, su reclusión en Pamplona y la posterior llegada al Gobierno, en 1792, del Conde de Aranda. La segregación de C. Gómez Ortega del proyecto americano no supone el abandono de la búsqueda de virtudes medicinales en la flora del Nuevo Mundo; en el Real Jardín madrileño, la siembra de medicinales americanas cobrará su mayor auge entre 1794 y 1802, sobre todo purgantes (casia, simpatich) y la ratanhia, una de las innovaciones terapéuticas incorporadas por H. Ruiz a la farmacología europea, sobre la que habremos de volver luego; los expedicionarios en México, también incluidos en este mismo programa, estudiarán, entre 1799 y 1802, la aplicación terapéutica de vegetales indígenas en el Hospital General de Naturales. En definitiva, creemos poder entrever, entre 1795 y 1802, una maduración del primer proyecto americano, donde sin perder el interés medicinal del mismo, antes bien acentuando esta línea investigadora, se pro-'^ Art. Asclepio-Vol XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es fundiza en el valor medicinal de los materiales americanos, pero ya no bajo directrices de búsqueda concretas. Asistimos al redescubrimiento de la Naturaleza medicinal indígena, queda superada una etapa de batida del territorio americano a la búsqueda de febríñigos y antivenéreos, con los que paliar los problemas de salud europeos, tal y como se propugna en las diferentes instrucciones dirigidas a los expedicionarios desde la Corte. El año de 1802 es otra de las fechas cruciales en el proyecto expedicionario; el nombramiento de A. J. Cavanilles como director único de las expediciones botánicas, al poco de obtener la dirección del Real Jardín, traspasa a manos del clérigo valenciano unos poderes nunca ostentados por el propio C. G. Ortega. Los expedicionarios peruanos se retiran del Real Jardín madrileño, no vuelven a utilizar sus semilleros; los destinados en México, que inician este año su vuelta a la Península, depositarán sus semillas en el Real Jardín pero no participarán en sus siembras. Es el año de la agonía de este proyecto americano, que lanza sus últimos estertores con la aparición del tercer volumen de la Flora Peruviana..., el último salido de las prensas de G. Sancha; no hay fondos para proseguir la empre-sai9. Los equipos americanos, los creados a la sombra de las expediciones a los Virreinatos de Perú y Nueva España, mantienen sus relaciones con la metrópoli hasta la declaración de independencia formulada por los nuevos gobiernos en sus respectivos territorios^^, pero el grueso de su actividad seguirá vinculada con la de los expedicionarios en España a través de la Oficina Botánica. Una labor marginal por cuanto se realiza con tal carencia de medios económicos que impide la dedicación de los expedicionarios al proyecto.'^ La publicación de la Flora Peruviana... y los trabajos realizados en la Oficina Botánica han sido estudiados por RODRÍGUEZ NOZAL, R. (1993): La «Casa de la Flora Americana» (1788-1835) y la marginación del proyecto de las Expediciones botánicas ilustradas. Véase también su colaboración en este volumen. ^•^ Resulta de interés comprobar la procedencia geográfica de las siembras de semillas americanas efectuadas en el Real Jardín (cf. GONZÁLEZ BUENO, A. y MUÑOZ GAR-MENDÍA, F. (1993): «Las semillas de la América hispana en el Real Jardín Botánico de Madrid: una aproximación a través de los Libros de Siembra (1777-1822).» XLVII-2-1995 87 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Una valoración de los resultados Así las cosas ¿cabe hablar de un proyecto fracasado? Desde luego no en su totalidad si se prescinde del carácter nacionalista de la empresa. El programa colaboró a la reforma de la estructura colonial, introdujo el estudio de la Botánica en nuestros territorios americanos y logró la preparación de buenos continuadores de la actividad científica bosquejada por los expedicionarios; se formaron botánicos, pero botánicos americanos, baluartes del movimiento libertador, algo bien distinto de lo deseado por las mentes centralistas del equipo gestor metropolitano^ ^ En lo concerniente al ámbito científico nos encontramos con una situación similar; no nos fue posible publicar una «Flora Americana» con la magnificencia deseada por la Corona española; no pudimos mostrar al resto de Europa las bellezas y utilidades de la Naturaleza de nuestro Imperio; no hubo ocasión de pregonar la grandiosidad de las posesiones españolas; pero sí estuvieron disponibles los materiales para que otros científicos se ocuparan de describir la flora americana, y los índices de semillas del Real Jardín, los posteriores a 1804, recogen las denominaciones que G. Bentham, C. S. Kunth, E. G. von Steudel y, sobre todo, las que A.P. De CandoUe divulgara en su Prodromus Systematicis Naturalis Regni Vegetabilis... Los manuscritos de los expedicionarios españoles quedaron inéditos, pero su labor no fue baldía, permitió que otros científicos europeos dieran a conocer la exhuberancia de la flora americana. Claro que ésta tampoco era la forma que los ilustrados españoles idearon para divulgar sus resultados; piénsese en http://asclepio.revistas.csic.es la polémica suscitada en torno a la publicación de la obra de Ch. L'Héritier con materiales de J. Dombey^^. Con todo, en una tercera vía sí podemos hablar, aunque también con ciertas reticencias, de éxito en este programa expedicionario: en la incorporación de nuevos remedios terapéuticos a la Farmacopea española; los estudios de los expedicionarios tienen su impacto en la edición de 1817; sólo se introducirá una planta, Kraemeria triandra Ruiz & Pav., la ratanhia, pero, y esto es lo más significativo, en algunas quinas {Cinchona lanceolata Ruiz & Pav., Cinchona nitida Ruiz & Pav.) se sigue la descripción botánica de los viajeros, y en algunos bálsamos se hace expresa mención de los estudios de éstos, asignándoles la autoría «Flor. Peruv.»; es en esta edición de 1817 donde los Códigos españoles logran la primera aproximación al arsenal terapéutico americano, eliminando este calificativo geográfico de las plantas sólo índicas y puntualizando, con mayor precisión, la utilidad terapéutica de las drogas del Nuevo Mundo. Tras la incorporación de los trabajos de los expedicionarios españoles al Perú (1777-1788), pues otros apenas ftieron considerados^^, se logra disponer de una mejor caracterización de la materia médica americana, limando y corrigiendo el arsenal conocido, mas la aportación de novedades es parca, como vemos. Quedaron fiaera el yalhoy, el bejuco de la estrella, el caucho, la violeta estrellada, la polígala mejicana y otros muchos remedios de acción comprobada; éstos irán siendo incorporados a nuestras Farmacopeas a lo largo del siglo XIX; entonces tomaremos como referencia otros Códigos europeos, fundamentalmente franceses, olvidándonos que las mismas observaciones yacían inéditas en los archivos de la misma Real Academia de Medicina que editaba nuestras Farmacopeas; ^^ Un comentario a la utilización de los materiales procedentes de las expediciones ilustradas por los botánicos europeos decimonónicos en el estudio introductorio de GON- http://asclepio.revistas.csic.es algunos serán desempolvados, con cien años de retraso, y sus datos incorporados entonces a nuestros textos oficiales^"*. España no supo encontrar en América la panacea soñada por los políticos ilustrados, pero América dispuso, gracias al programa expedicionario que venimos tratando, de centros de formación botánica y los estudiosos europeos tuvieron acceso a los materiales con los que describir la rica y desconocida flora americana y de estudiar sus propiedades terapéuticas. El proyecto ilustrado de las expediciones botánicas americanas, entendido como instrumento de colonialismo, debe ser considerado un fi^acaso, pero los objetivos científicos, quizás nunca perseguidos, se cubrieron, si bien indirectamente, con cierto esplendor.
En este trabajo me propongo ilustrar el papel central que juegan las representaciones visuales en la exploración botánica. Me baso para ello en documentos (gráficos y escritos) tanto de la escuela de pintura de José Celestino Mutis en Santa Fe de Bogotá, los cuales nos informan sobre el entrenamiento de artistas y ei proceso de elaboración de láminas, al igual que en los diarios de Ruiz y Pavón durante la publicación de la Flora Peruviana. Se destaca la función activa del artista en el proceso de clasificación (fabricación) de nuevas especies. botánicas del siglo XVIII, pero sus análisis se han concentrado en aspectos de carácter estético relacionados con la historia del arte.-^ Sin desconocer la importancia de dichos trabajos y sus valiosas contribuciones, la presente investigación tiene otros intereses. En lo que sigue, me propongo explorar la participación activa del ilustrador de plantas en la clasificación y apropiación de objetos naturales. Como punto de partida, debemos tener en mente que para los naturalistas linneanos del siglo XVIII, las láminas que veremos más adelante, representan especies vegetales. Es decir, objetos naturales y reales, las unidades inmutables de la obra del Creador Por otra parte, las plantas del Nuevo Mundo se presentaron en Europa como descubrimientos. Y como veremos adquirieron el carácter de posesiones, convirtiéndose, muchas veces, en artículos de enorme valor comercial. Nuestro propósito será entonces exponer los procesos y negociaciones que hicieron posible promulgar dichos «descubrimientos», como también hacer explícita la relación entre los conceptos de descubrimiento científico y apropiación. Veamos entonces a los naturalistas en acción y examinemos sus técnicas y habilidades. En oposición a las obras de arte, imaginarias y fantasiosas, las ilustraciones botánicas presuponían un fiel retrato de objetos existentes tal y como ellos son. Un extracto de las Instrucciones que deben seguir los artistas..., redactadas por el entonces director del Real Jardín Botánico de Madrid, Casimiro Gómez Ortega, dice así: eyes and hands». En el caso concreto de las ilustraciones de las expediciones españolas ver: SOTO SERRANO, C. (1992), «Aspectos artísticos de la Real Expedición Botánica de Nueva Granada», Mutis y la Real Expedición..., Bogotá, Villegas Editores. XLVII-2-1995 93 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es... [los] artistas se han de ceñir a copiar exactamente la naturaleza en sus producciones, especialmente vegetales, sin pretender adornarlas, ni añadir cosa alguna de su imaginacion"*. A pesar de la insistencia de los botánicos en el realismo de sus ilustraciones, veremos cómo los resultados finales deben ser entendidos como formas ideales, producto de una minuciosa fabricación. En el mismo texto, Gómez Ortega explica: [los artistas] no sólo se han de limitar a lo que precisamente determinen los botánicos por digno de ser dibujado; sino que lo han de hacer bajo su dirección, oyendo con docilidad las prevenciones que les hagan, ya sea para que se esmeren en el dibujo de esta, o la otra parte, que los botánicos tienen por más importante para el conocimiento y distinción de las plantas; y ya también para que en caso necesario la representen con separación y a veces de magnitud abultada^. Es importante recordar que los dibujos no eran elaborados en el campo. Generalmente, el artista tenía como modelo un fragmento de la planta ya desposeído de su habitat natural. Habiendo sido éste recolectado por otra persona, el dibujante tenía poca o ninguna familiaridad con la planta en su estado natural. Por otra parte, el elevado niimero de ejemplares no permitía la conclusión de las láminas durante los viajes, de manera que el artista se limitaba a elaborar un bosquejo de las plantas concentrándose en las características que, en opinión de los botánicos, serían necesarias para una apropiada clasificación Linneana. Una vez en el jardín botánico o en la imprenta una versión más elaborada de la ilustración era entonces concluida. La selección y entrenamiento de los artistas es un tema de central interés que por motivos de espacio no discutiremos aquí con el debido cuidado. Sin embargo, vale la pena mencionar que José Celestino Mutis'^ GÓMEZ ORTEGA, C, «Instrucciones que deberán observar los dibujantes que pasan al Perú de orden de S. M. para servir con el ejercicio de su profesión en la expedición botánica», abril de 1777, art. 1. en: JARAMILLO ARANGO, J. (1952) Los pintores, vale la pena anotar, eran entrenados en el copiado de láminas y dibujos antes de trabajar sobre las plantas. Entre los papeles de Mutis hallamos bosquejos que presumiblemente constituyeron parte del entrenamiento de jóvenes pintores. En ellos encontramos repetidas anotaciones y correcciones sobre los dibujos en proceso de elaboración. La figura 1 corresponde a la serie «Sinanterologías», anatomías de la familia «Compositae». En la parte superior encontramos la siguiente observación: «El vilano un poco más largo, lo demás bueno». En la figura 2 vemos un diseño con doce diferentes tipos de vilanos que servirían de modelo de las posibles formas específicas de dicha estructura. En la figura 3 vemos otro ejemplo de la misma serie de la familia de las compuestas que, al igual que las anteriores, presumiblemente sirvieron de guía para el apropiado reconocimiento de las distintas estructuras florales y formas de las hojas. La anotación en la margen izquierda explica que los filamentos que representan anteras no son anteras sino unos filamentos comunes en muchas plantas de esta clase^. Algunos de las ilustraciones inconclusas, que hoy se conservan en el Real Jardín Botánico de Madrid, nos permiten apreciar importantes elementos de su confección al igual que la sistemática selección de caracteres. En las figuras 4 y 5 podemos ver cómo ciertos elementos, la forma de las hojas, la estructura de la flor, el fruto y algunos colores, tienen prioridad. ^ SOTO SERRANO, C. (1992) Este tipo de ejemplos, al igual que una considerable colección de anatomías y disecciones, constituyen el único registro gráfico del proceso de elaboración de las láminas y formación de artistas. Estos y muchos otros ejemplos nos sugieren que en el proceso de aprendizaje el artista debe ser entrenado para reconocer formas y estructuras específicas y determinadas por la botánica del siglo XVIII y que el botánico visualiza las estructuras esenciales de la planta una vez ha dejado de observar la naturaleza y examina detenidamente esquemas y diagramas. Tanto El Diario de la Expedición de Eloy Valenzuela como El Diario de observaciones de Mutis, contienen valiosa información sobre las tareas en que día a día se ocuparon Mutis y sus colaboradores. El viernes 30 de abril, 1784, Mutis escribe: «Hoy gasté al principio de la mañana no poco tiempo en reconocer con mucha atención las flores y frutas de la Boymia acuática, haciéndome traer por los herbolarios muchas plantas con sus flores...»^. Casi dos semanas más tarde, el jueves 13 de mayo, leemos en el diario de Mutis: «Rizo concluyó a las tres de la tarde la Boymia. En esta lámina falta la división de la corola, que no se hizo por estar las flores casi cerradas...»'°. Numerosos ejemplos como éste nos indican cómo el terminado de una lámina se podría tomar semanas y en algunas ocasiones años de retoques y adiciones basados en nuevos y más completos ejemplares. «Cada lámina me cuesta mil suspiros», escribiría el botánico español, «... la lámina que saliese de mis manos no necesitará nuevos retoques de mis sucesores, y cualquier botánico en Europa hallará representados los finísimos caracteres de la fructificación sin necesidad de venir a reconocerlos en su estado nativo» ^^ ^ MUTIS, J. C. (1958) La publicación de la Flora del Nuevo Reino de Granada no se iniciaría hasta 1954 cuando los gobiernos de España y Colombia decidieron hacer públicos los trabajos de Mutis y sus colaboradores. De tal manera que para estudiar la producción de grabados y publicación de las ilustraciones debemos ocupamos de los trabajos de Hipólito Ruiz y José Pavón durante la composición de los primeros volúmenes de la Flora Peruvianae et Chilensis. Las láminas elaboradas en la escuela de Mutis y los dibujos de la Flora Peruviana presentan marcadas diferencias técnicas y dos estilos notoriamente disímiles. Sin embargo, para el propósito del presente análisis me limitaré a señalar algunos elementos comunes en el proceso de elaboración y terminado de las ilustraciones. Particularmente interesantes, son las anotaciones diarias de los botánicos españoles durante la publicación del primer volumen de la Flora desde 1793^^. El documento revela una laboriosa y prolongada serie de correcciones, retocado y perfeccionamiento de las distintas láminas. En dicho diario encontramos repetidas anotaciones tales como, «Los botánicos continuaron con el arreglo de las partes de fructificación y con la corrección de ellas»^^. «El dibujante aumentó algunas partes que se habían omitido...»^"*. «Los botánicos continuaron asistiendo a los dibujantes para la reducción y descargar los dibujos»^^. Las anotaciones de Ruiz y Pavón durante la elaboración de la Flora del Perú, al igual que El Diario de Observaciones de José Celestino Mutis^^, nos permiten concluir que la labor de los pintores, bajo la supervisión de botánicos, consistía en un continuo mejoramiento, acabado y rectificación de las láminas utilizando nuevos ejemplares o partes florales recogidas con posterioridad. Algunos de los órganos para una apropiada diagnosis de la planta aparecen únicamente durante cortos períodos y no siempre simultáneamente en un único ejemplar. De manera que en una idealización gráfica de la planta el botánico acumula tiempo y espacio.'^ «Diario de los trabajos que van haciendo los botánicos y dibujantes de la expedición del Perú a fín de publicar la flora peruana y chilense desde el día 21 de febrero de 1793». Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid, Div. Para llevar acabo los debidos ajustes se requerían no sólo los bosquejos hechos en América sino también ejemplares disecados y de una completa colección de literatura botánica y Floras recientemente publicadas en otras naciones europeas. En una carta fechada el 26 de julio de 1792, firmada por Ruiz y Pavón, en la cual los botánicos solicitan los auxilios necesarios para formalizar sus borradores y disponerlos para la luz pública, manifiestan la necesidad de consultar otras publicaciones para comparar sus propios trabajos. «... que tengamos a la mano descripciones, dibujos y autores botánicos», explican Ruiz y Pavón, «para poder a un mismo tiempo que se revisan los borradores, consultar los autores y cotejar las láminas y descripciones de estas con las nuestras y con los herbarios»^^. Mutis, Ruiz y Pavón, o cualquier naturalista del siglo XVIII, al igual que muchos historiadores y comentaristas modernos, parecen estar de acuerdo en que las ilustraciones botánicas, son, o deben ser, fieles réplicas de objetos naturales y que dicho naturalismo era el resultado de una experiencia inmediata y directa de los dibujantes y botánicos con sus objetos de estudio. Sin embargo, tanto en la producción de las láminas de la Expedición al Nuevo Reino de Granada, como en la preparación de los grabados para la publicación de la Flora Peruvianae et Chilensis es claro que la confección de las láminas implicaba un prolongado proceso de ensamble estrechamente relacionado con un sistema de normas pre-establecidas comunes entre la mayoría de los naturalistas europeos, a saber, la filosofía linneana. No debemos olvidar que en el sistema linneano las plantas son descritas no de acuerdo con sus rasgos particulares sino de acuerdo con sus características comunes a un grupo. En otras palabras, el éxito de la identificación de un nuevo espécimen no depende de su exhaustiva descripción sino de la verificación en éste de propiedades reconocibles y familiares en un sistema determinado de clasificación. Veamos un conocido ejemplo de la Flora de Mutis y la versión final de una planta de quina. En la figura 6 vemos la ilustración de la especie Cinchona cordifolia, la cual no representa nada semejante a un árbol de Cinchona sino la parte terminal de una de sus ramas extraordinariamente cargada de flores y frutos cuidadosamente dispuestos para destacar sus características esenciales de acuerdo con la taxonomía contemporánea. •' «Solicitud de libros de Hipólito Ruiz y Josef Pavón». Archivo Real Jardín Botánico de Madrid, Div. La lámina, además de hacer evidente las habilidades del artista, es visiblemente esquemática y casi geométrica en su composición. En ella podemos observar sus flores y frutos en diferentes estadios de desarrollo, el cáliz, y el número de pétalos. Sin embargo el rasgo más evidente de la lámina son las hojas, cuya forma, en el sistema Linneano, es esencial para una adecuada diagnosis de la especie. Las hojas, nos diría Linneo, «contienen la más natural y la más elegante diferencia...»^^. Fiel a Linneo, Mutis, en su clasificación del género Cinchona, estableció cuatro diferentes especies, las cuales, como podemos observar en fíg. 7 fueron clasificadas de acuerdo con la forma de sus hojas: Cinchona lanceifolia (forma de lanza), C. oblongifoUa (forma oblonga), C. ovalifolia (elíptica) y C. cordifoUa (acorazonada)^^. Es interesante notar que estas cuatro especies, en la opinión de Mutis, correspondían a los colores naranja, amarillo, rojo y blanco de las cortezas de las distintas variedades de quina en el comercio, y que dicho criterio, al igual que estas cuatro categorías, eran comunes entre recolectores en América. La clasificación del genero Cinchona de Mutis la podemos entender entonces como la traducción de un criterio local a un lenguaje linneano propio de los naturalistas europeos de la ilustración. Un lenguaje, cuya proclamada universalidad sirvió de herramienta para hacer público el descubrimiento y apropiación de nuevas especies. Otro elemento particularmente importante de las ilustraciones botánicas, son las disecciones comúnmente localizadas en la parte inferior del dibujo. En ellas encontramos las claves esenciales para una completa clasificación de la planta, que para Linneo y sus contemporáneos, representan rasgos esenciales, «La expresión de las ideas del Creador» El cáliz, la flor, los pétalos visibles en su totalidad y una disección de la flor con sus órganos reproductores. En este caso particular encontramos cinco estambres y un único pistilo, enmarcando la planta en la clase Pentandria y al orden Monogynia. Los naturalistas del siglo XVIII, podríamos concluir, se ocuparon de la movilización, recopilación, codificación, y exhibición de los objetos de la naturaleza. El mundo vegetal, no es fácilmente transportable. Las plantas son objetos delicados que difícilmente sobreviven largas jornadas'^ LINNAEUS, C. (1938), The Critica Botánica of Linnaeus, London: Ray Society, art. 277.'^ Ver MUTIS, J. C. (1808), «El arcano de la quina», en Semanario del Reyno de la Nueva Granada, Wellcome Library, American Room. XLVII-2-1995 99 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es marinas, y cuya aclimatación presenta innumerables obstáculos. Las láminas, por el contrario, una vez terminadas, -utilizando la terminología del sociólogo fi:-ancés Bruno Latour -se convierten en «móviles inmutables»^^; los dibujos, una vez elaborados permanecen inalterados, se hacen transportables, fácilmente estudiados, comparados, almacenados, reproducidos y presentados al público en forma idéntica. Aún más significativo es el hecho de que una vez se ha nombrado la especie y se ha encasillado ésta en un sistema de clasificación, los dibujos, cumplen la función de tipos taxonómicos. Formas ideales que no sólo parecen corroborar la idea de «especies inmutables» sino que adquieren el estatus de descubrimiento científico. La noción tradicional de «descubrimiento», nos sugiere un individuo, quien, mientras recorre los bosques americanos y en un momento de suerte o astucia encuentra por primera vez objetos cuya existencia es independiente y precede a su descubridor. Como hemos visto, el «descubrimiento» de un nuevo genero o especie, lejos de ser un evento que tiene lugar en un momento determinado en algún lugar remoto, debe ser entendido como un proceso prolongado de elaboración en el cual lo inconmensurable se hace conmensurable, lo ajeno se domestica, lo extraño se hace familiar y se conquista^ ^ Los objetos naturales y las culturas extrañas representaron una amenaza para las aspiraciones europeas de control global. Sin embargo, la historia natural y su carácter clasificador permitió fragmentar la naturaleza en unidades fácilmente incorporadas en un sistema, que como el linneano corroboraba un orden social y religioso propio de la Europa de la Ilustración. El artista, al seleccionar o destacar ciertos elementos y no otros, cumple una función central en este proceso. Sólo entonces, la especie o el género pueden ser movilizados, archivados, publicados y reconocidos como descubrimientos y posesiones.,
La presente comunicación pretende significar la utilización de los recursos propios del lenguaje iconográfico en la estructuración y difiasión de los elementos retóricos del lenguaje científico, con especial atención a los siglos XVII y XVIII, como momentos históricos destacados en la configuración de la denominada ciencia moderna. alcanzó, bajo la activación de un proceder taxonómico y combinatorio sin precedentes, el nivel pleno del lenguaje. Esta situación configuró un nuevo marco histórico de asociación intertextual entre las palabras y las imágenes que, bajo preceptos de significación retórica, supuso el abandono definitivo de las semejanzas como recurso desciñ:'ador de la realidades naturales. El «todo es posible», expresión simbólica del proceder renacentista, quedo diluido en una totalidad cribada en la que las palabras y las imágenes responderían a intenciones propias del discernir: dé «lo que se sabe» se pasa a hablar sólo de «lo que se ve». En definitiva, surge entonces, un nuevo concepto de historia aplicado al conocimiento de la Naturaleza: «Los documentos de esta nueva historia no son palabras, textos o archivos, sino espacios claros en los que las cosas se yuxtaponen: herbarios, colecciones, jardines; el lugar de esta historia es un rectángulo intemporal en el que los seres, despojados de todo comentario, de todo lenguaje circundante, se presentan unos al lado de los otros, con sus superficies visibles, aproximados de acuerdo con sus rasgos comunes y, con ello, virtualmente analizados y portadores de un solo nombre»^. Ahora bien, esta acción en el «orden de lo visible», emprendida desde la tradición de la botánica taxonómica, propició el ascenso de una determinada iconografía^ que tenía un cometido muy especifico: la de convertirse en un instrumento de visibilidad de los planteamientos sígnicos del nuevo lenguaje científico. En momentos en que la Historia Natural alcanzaba las cotas más altas de su difiasión impresa, a través de obras costosamente editadas y plagadas de numerosas ilustraciones, estas imágenes propiciaban un control de los recursos retóricos. Así, la iconografía naturalista alcanzó un nivel de concreción y de tecnifícación nunca visto hasta ahora; tanto el dibujo como el grabado de las láminas botánicas y zoológicas adquirieron una condición de especialidad artística que las proyectaba como instrumentos «veraces» para el conocimiento y la diñisión científica; alejándose de tradicionales interpretaciones sobre su auxiliar actividad ornamental. ^ A esta iconografía responderían imágenes como las que se encuentran, por ejemplo, en obras de naturalistas como Tournefort, Linneo, Adanson, Buffon, etc. Esta situación venía amparada en una práctica artística que había consensuado la identidad científica del objeto con un minucioso tratamiento artístico de su estructura visible'*. Para la Historia Natural del Dieciocho, las imágenes debían mostrar una precisa y concisa manera de ver, describiendo aquello expresamente imprescindible para la consecución de los fines del método^. La figura, como signo más relevante de esta visualidad, se convierte en el protagonista. En su constitución como forma retórica, a la vez que como resultado de lo que se ha observado en la realidad, adquiere una condición jerarquizante en la configuración estructural de las imágenes. Y para ello se remite a un proceder artístico heredado, consecuencia de un proceso de «afinamiento gráfico» que se remonta a los primeros herbarios renacentistas^. De este modo, el silueteado o contorno se afirma como elemento prioritario en la construcción de las figuras, mientras el sombreado por claro-oscuro contendrá, como declara el propio Linneo: «... toda la historia de la planta como sus nombres, sus estructuras, su conjunto exterior, su naturaleza, su uso»^. Las figuras, con sus formas y volúmenes, instrumentan la representación de un lenguaje botánico que sistematiza el nombrar en un tipo: en un icon. Formulaciones fundamentales para esta botánica como la de los cuatro valores propuestos por el sueco Cari Linneo: figura, número, situación y proporción, encuentran reafirmación visual en estas imágenes: el lenguaje clasificatorio sistemático es ante todo y sobre todo pura iconicidad. Como afirma el profesor François Jacob: «No debe así pues, compararse tal planta con tal otra, sino el número de sus estambres, la forma de sus cálices, la situación de sus anteras, la ^ Sobre la estructura visible como aspecto predominante en el que la Historia Natural ha fijado su atención para el desarrollo de los distintos sistemas clasificatorios, véase: JACOB, F. ( 1973 La botánica, como ciencia del nombrar lo natural, es viable como combinatoria de posibilidades casi ilimitadas, rastreables y confirmables en la lectura de los icones. A mi modo de ver, de esta situación se pueden extraer dos consecuencias relevantes en relación con la significación teórica de una iconografía con estas características. La primera se refiere a la confirmación del desplazamiento de la «opción paisajista» como instrumento de visualidad científica. Si a lo largo de la tradición iconográfica botánica esta opción nunca encontró un reconocimiento como «reflejo» de «la clasificatoria», en el siglo XVIII, tras el triunfo de la sistemática, este desinterés obtuvo mayor reforza-miento^. La naturaleza que observa y describe la botánica sistemática del XVIII, es una naturzaleza atomizada en figuras (icones) que constituyen una determinada manera de apropiación de las condiciones empiricistas en las que ésta se muestra. La idea paisajista de «variedad diseminada» no tiene cavida en una teorización como la anterior, en la que la naturaleza se reduce a géneros, ordenes y clases (Linneo). Pero tampoco en la combinatoria de individuos que configuran el «todo universal» preconizado por Adanson; ni en la más radical individualidad de la propuesta de Buffon. En todas ellas subyace una actitud aislacionista que permite reconocer la realidad natural en tipos. En este sentido, la representación en tipos o icones es una actitud apriorística de acercamiento ^ JACOB, F., op. cit., p. 56. ^ Al final de este siglo, en los albores de la ciencia naturalista romántica, una nueva noción de paisajismo al servicio de la Historia Natural hizo su aparición. Sin duda, fue Alexander von Humboldt quien impulsó la idea de un «paisajismo de las taxonomías». La sustitución del icón por el cuadro en el que quedaran representadas unas determinadas especies como definidoras de una «geografía de las plantas» (de una determinada comarca, una región), parecía una realidad científicamente útil. (Para un estudio comparativo entre la tradición del icón y este «paisajismo humboltiano», véase: DE PEDRO, A. E., «Las imágenes de los hechos naturales del icón a los cuadros de la naturaleza», en: DÍEZ TORRE, A. R y otros (coordinadores) (1995), De la Ciencia Ilustrada a la Ciencia Romántica. Aranjuez (Madrid),Editorial Doce Calles,. del naturalista a esa realidad natural más que la consecuencia de la aplicación de un método de observación. La segunda de las consecuencias a la que me interesa referirme es el hecho de la conceptualización del icón como un doble natural. Las figuras esbeltas y preciosistas de las láminas botánicas, encuadradas en un marco de metafórica atemporalidad como emblema de su condición fijista, aspiran a ser un otro. Pero no ese otro réplica o duplicidad imposible del objeto natural, sino otro en su condición de lenguaje: de lenguaje científico de veracidad. De una veracidad a la que la presencia de este doble nos remite en una ampliación del precepto mimético: «esto es aquello». ¿Cuál es entonces ese «aquello» que es proclive a su suplantación por el doble: el de la reproductividad de las condiciones de la apariencia sensible del objeto o, por el contrario, el del plano retórico de la acción significa del lenguaje como «traducción» de lo viviente? La respuesta parece evidente a razón de lo expuesto: el plano retórico de la acción sígnica. En la época barroca de la ciencia naturalista (siglo XVII), en el «juego de las representaciones» que la caracteriza, el artificio adquirió la condición de vía real de conocimiento: las cosas del mundo había que mirarlas al revés para encontrar su verdadera significación. Esta apreciación, lejos de ignorarse o rechazarse, se convirtió en un referente residual para la iconografía naturalista del Dieciocho. Así, el icón, en su condición de doble, es el artificio por excelencia de los métodos de clasificación empleados por Tournefort o Linneo. En él descansa la naturalización del lenguaje con el que identificar lo observado, la fragmentación del objeto y su articulación; en definitiva, su constitución como una «estructura viviente». De esta manera, la naturaleza es, tan sólo, un «todo sensitivo» del que naturalista extrae {recolecta) aquella información necesaria para la configuración del doble: la aparición de un nuevo tipo será producto de una comparación entre los datos obtenidos en la recolección y la realidad iconográfica del icón; a mayor diferencia, mayor posibilidad de considerar un nuevo tipo; a menos diferencia, entonces más posibilidades de identificar una variante o un espécimen de una.clase. En resumen, estamos frente a una iconografía que no admite una simplista clasificación como «instrumento auxiliar». Su involucración en el proceso científico de la Historia Natural reclama una atención a modo de texto, que entra en asociaciones particulares, en cada caso, con los textos escritos. Una iconografía del «puro nombrar» científico que reconoce en sus imágenes el conocimiento de los individuos en sus universa-A5c/ep¿o-Vol. XLVII-2-1995 113 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es les diferencias: las plantas son lo que son como productos de un lenguaje científico, en la medida que los medios del lenguaje utilizados, así lo revelen. No es cierto que la artificialidad se haya apoderado del «lenguaje naturalista», es que en ella descansa su grandeza, los límites de su proceder científico: el lenguaje es artificial por necesidad representativa en la confección de sus discursos, tanto escritos como icónicos. Y allí, en la realidad creada por la aventura taxonómica, se refleja, clara y de manera verosímil, el orden oculto de la Naturaleza.
el primer plan ilustrado de enseñanza que propuso la cátedra de Botánica fue el del virrey Caballero y Góngora (1787). Posteriormente, en los albores del Siglo XIX y ya en la etapa de represión política e ideológica en las universidades, se presentaron los planes del Barón de Carondelet (1800), que El virreinato de la Nueva Granada presentó durante el gobierno de los Borbones una serie de reformas como parte de la nueva política educativa del despotismo ilustrado. El sector civil trató de reformar y controlar la educación pero en la práctica estos intentos fueron sometidos por el poder económico y político de los eclesiásticos, concretamente la orden de los dominicos, y por la burocracia administrativa. El primer plan Ilustrado que propuso una cátedra de Botánica en este virreinato, fue el del virrey Caballero y Góngora (1787). Posteriormente, en los albores del Siglo XIX, durante la etapa de represión política e ideológica en las universidades, también incorporaron esta cátedra el plan de estudios del Barón de Carondelet para la Universidad quiteña (1800), y el que propuso el criollo Eloy Valenzuela para la enseñanza de la Filosofía en el Colegio Universidad de Mompox en 1806. Fue precisamente Valenzuela quien incluiría, en las Constituciones del mismo Colegio, un modelo de Expedición Botánica con la idea de crear en la Villa de Mompox una casa de la Expedición como la de Mutis en Santa Fe. En 1803 también se encuentra la propuesta de enseñanza de la botánica como parte del Plan de estudios de filosofía que propuso el criollo Luis Quijano y Carvajal para el Colegio de San Femando de Quito. Ninguno de estos planes se aprobó, bien porque se ahogaron en los trámites administrativos o porque sucumbieron a las polémicas de los contradictores. El de Valenzuela fue motivo de discusión en Santa Fe. A los Planes de Carondelet y Caballero y Góngora se les suspendió el trámite al quedar sin vigencia por efecto de las nuevas normas adoptadas por la Corona. Sin embargo, es posible que este plan haya estimulado al 118 A5c/ei5¿o-Vol.XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es catedrático de Filosofía, Mejía Lequerica, para enseñar la Botánica en el Seminario de San Luis de Quito. La represión de la cual fue víctima Mejía le significó la pérdida de la cátedra. El Plan de filosofía de Quijano fue el único que probablemente se aplicó por orden del presidente de la Audiencia de Quito, y en los planes de Valenzuela y el Barón de Carondelet se dieron aplicaciones parciales. Por esta época la institucionalización de las ciencias útiles en los centros universitarios no podía contar con el apoyo de la Corona, pues en las nuevas realidades de sus colonias americanas ya era evidente que la prefíguración del proyecto nacionalista se apoyaba en la nueva filosofía ilustrada. Ello explica la represión de que fueron objeto los catedráticos criollos que enseñaban las nuevas ciencias. No obstante, hay que aclarar que fuera de los claustros universitarios la administración virreinal apoyó el desarrollo de las ciencias útiles, como en el caso de la Expedición Botánica de Mutis en Santafé, y las expediciones científícas que se desarrollaron en la Audiencia de Quito. En esta comunicación nos centraremos, pues, en el estudio de las características de las dos propuestas de creación de cátedras de botánica por parte de dos funcionarios de la metrópoli en el virreinato de la Nueva Granada, el Barón Carondelet y el arzobispo-virrey Caballero y Góngora. Igualmente analizaremos los estudios de botánica dentro de la cátedra de filosofía que propusieron los criollos ilustrados el sacerdote Valenzuela y el profesor Quijano. Mostraremos que, por encima de sus singularidades, estos cuatro casos tenían un propósito común: promover a través de la Botánica la enseñanza de las ciencias útiles en el virreinato. Las ciencias útiles y un nuevo método fundamentan la cátedra de botánica La cátedra de Botánica, como tal, se instauró en la metrópoli española en el Real Jardín Botánico de Madrid^ desde 1757. En las colo-LUIS CARLOS ARBOLEDA Y DL\NA SOTO ARANGO nias americanas esta cátedra apareció ligada a las Expediciones científicas que impulsaron la enseñanza de la Botánica con el modelo de Linneo. En el virreinato de la Nueva Granada durante el gobierno del Virrey Caballero y Góngora^ se presenta el primer Plan de Estudios que contempla la cátedra de Botánica^. Con anterioridad a esta iniciativa, en su Plan de estudios aplicado en los colegios de Santa Fe entre los años 1774 y 1779, el fiscal Moreno y Escandón había señalado la importancia de «la geografía, la historia natural, las observaciones metereológicas, el ramo de la agricultura y el conocimiento de los minerales»"*. Pero Moreno no desarrolló una propuesta sistemática para los estudios de botánica dentro del citado Plan de Estudios. Un segundo plan de estudios entre los que hemos localizado que plantea la inclusión de una cátedra de Botánica, es el propuesto para la ^ Antonio Caballero y Góngora nació en Córdoba el 24 de mayo de 1723 y muere el 24 de marzo de 1796 en la misma ciudad. Viajó a América como obispo de Mérida (Yucatán) en 1775. Antes de regresar a España en,1789, para ocupar, el cargo de arzobispo de Córdoba, donó su biblioteca al arzobispado de Santa Fe. Entre los libros que obsequió se encontraban los de Newton, Locke, Buffon, Fleury, Montaigne, Montesquieu y Blaise Pascal. 200. ^ El virrey Caballero y Góngora retomó la bandera del fiscal Moreno y Escandón al plantear un proyecto de erección de una Universidad Pública para la ciudad de Santa Fe. «Plan de Universidad y estudios generales, presentado por el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora». Archivo General de Indias (en adelante, AGI), Sección Quinta, Audiencia de Santa Fe, Legajo 759. Archivo Histórico Nacional de Colombia fen adelante, AHNC), Sección Colonia, Fondo Instrucción Pública, Tomo 2, fls. HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1983), Documentos para la Historia de la educación en Colombia. «Plan de estudios y método provisional para los colegios de Santa Fe, por ahora y hasta tanto que se exige Universidad Pública, o su Majestad dispone otra cosa, propuesto por el Fiscal Francisco Moreno y Escandón». AGI Sección Quinta, Audiencia de Santa Fe, Legajo 759. Archivo Jardín Botánico fen adelante, AJB), Sección Mutis, Legajo 25. AHNC Sección Colonia, Fondo conventos. Tomo 32, Fondo Colegios, Tomo II, A5c/epio-Vol.XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Universidad Pública de Quito^, por el presidente de la Audiencia de Quito, Barón de Carondelet^. También tendremos en cuenta, el plan de filosofía presentado a petición de Carondelet por Luis Quijano'^ en el Colegio de San Fernando de esta misma ciudad^, el cual incluía en el tercer año los estudios de botánica. El Barón Carondelet se preocupó por reformar la Universidad para «evitar los desórdenes y mejorar la administración de ésta». Una de sus primeras acciones gubernamentales consistió en comisionar a Ramón de Yepes^ para elaborar un informe sobre el estado de las cátedras de ^ En Quito funcionó, en la época colonial, el Colegio de San Luis de los jesuítas que se creó en 1594. Posteriormente se fundó en esta institución la universidad Gregoriana en 1622 que se clausuró por Carlos III, para dar origen a la Universidad Pública de Santo Tomás y luego a la Universidad Central en el período de la República. Era belga por su familia pero ciudadano español por pertenecer a España los países Bajos en aquel tiempo. Con una brillante hoja militar fue nombrado Intendente y gobernador de la Provincia de San Salvador en 1788 y después pasó de 1791 a 1797 a gobernar el territorio de Luisiana y la Florida. Estuvo en la presidencia hasta el 10 de agosto de 1807, fecha en que murió en Quito. Instituto Salazar y Castro, C. S. I. C, Editorial Hidalguía, Madrid, pp. 3-5. XXIXpresidente de la Real Audiencia de Quito. Corporación de Estudios y Publicaciones, Editorial «Fray Jodoco Ricke, Quito, pp. 32-41.' Luis Quijano y Carvajal, nació en Popayán. Estudió en Quito y se graduó en la Universidad de Santo Tomás. Fue abogado de la Real Audiencia en 1799 y catedrático de derecho del Colegio de San Femando. En 1802 por Orden del presidente Carondelet presentó «El Plan de Estudios del Curso ecléctico de filosofía moderna para el Colegio Real de San Fernando, el 27 de agosto de 1803». Durante el proceso revolucionario se vínculo activamente y ocupó el cargo, en la nueva Junta, de Senador Decano de la Sala de lo Criminal. QUIJANO, L. (1923), «El Plan de Estudios del Curso ecléctico de filosofía moderna para el Colegio Real de San Fernando, Quito, 27 de agosto de 1803», en Boletín de la Academia Nacional de Historia, Imprenta de la Universidad Central, vol. VI,n.°s. 15,16,y 17, Quito, ^ El Real Colegio de San Fernando se estableció en 1693 bajo la regencia de los dominicos. Este fue el primer colegio que funcionó para seglares. ^ Señalaba Carondelet que «me he empeñado a trabajar en la reforma de los estatutos provisionales que rigen en el día, como también a proponer un plan de estudios fijo y adaptado a las proporciones y circunstancias de esta Universidad valiéndome de la profunda erudición de Dn. Ramón de Yepez», en «Carta al Excmo. José Antonio Caballero, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia. Remite un Plan de refor-'° «Adición a los estatutos de la Universidad de Santo Tomás de la ciudad de Quito, formada por el señor Presidente, Vice-patrono Real, Barón de Carondelet», Quito, 21 de mayo de 1800, AGI, Audiencia de Quito, Legajo 253. Es curioso que los historiadores de la ilustración ecuatoriana no analicen este Plan de estudios, sólo su biógrafo Larrea lo comenta brevemente. El historiador Manuel Lucena en su trabajo titulado «La educación elemental y superior en Quito a fines del período colonial», es el único que hasta el momento dedica un mayor análisis, a algunas partes de este plan. Parte de este Plan se ha transcrito en el libro de SOTO ARANGO, D. (1994), La Ilustración en las Universidades y Colegios Mayores de Santa Fe, Quito y Caracas. Estudio bibliográfico y de fuentes. Bogotá, 1994. ^' Señala el investigador Jorge Núñez que Carondelet perteneció a la logia militar española y que en la Audiencia de Quito entabló relaciones con los líderes de la élite quiteña, entre otros con Juan Pío Montufar, segundo marqués de Selva Alegre, José Mejía, Juan de Dios Morales,, Manuel Rodríguez de Quiroga, Francisco Xavier Salazar, Ramón Yepes y el francés Bernardo Darquea. Al respecto dice que «una variedad de razones demuestran que Carondelet constituyó con todos ellos una fraternidad masónica». Esta afirmación no la nemos podido comprobar porque el autor no presenta fuentes documentales. Además, consultados los textos del historiador Ferrer, no hemos localizado el nombre de Carondelet. Señala el historiador Pedro ALVAREZ, especialista en la masonería española, que «en esta época no se dieron en América colonial organizaciones masónicas sino otro tipo de asociaciones como las tertulias y grupos revolucionarios independentistas». En este mismo sentido escribe Ferrer cuando plantea que «Durante el último tercio del Siglo XVIII las noticias masónicas españolas son igualmente escasas, a excepción de las logias de Gibraltar». NÚÑEZ, J. (1991) ^^ Manuel Rodríguez de Quiroga (1771-1810), fue profesor, secretario y vieerector de la Universidad, profesor de derecho del Colegio de San Fernando y Ministro de Gobierno de la Primera Junta de América en Quito.' "^ Juan de Dios Morales (1767-1810), fue profesor de Derecho en el Colegio de San Fernando, secretario de la Superintendencia y Real Audiencia, y participó en el complot del 9 de agosto de 1808. Fue defensor de Eugenio Espejo cuando se le procesó en 1795.'^ Pedro Quiñonez y Cienfuegos defendió conclusiones públicas sobre el sistema copernicano con su profesor Miguel Antonio RODRÍGUEZ y en 1802 inicia una polémica en la universidad por la enseñanza de la filosofía ilustrada y firma el documento del claustro contra los dominicos por la defensa de la universidad pública y la nueva filosofía. TATE LANNING, J. (1944), «La oposición a la ilustración en Quito», en Revista Bimestre Cubana, vol. LUI,n.° 3, La Habana,'^ Juan Eloy Valenzuela, nace en Girón en 1756 y muere asesinado el 31 de octubre en la ciudad de Bucaramanga. Estudió y fue catedrático en el Colegio del Rosario. Una de sus primeras obras botánicas la escribe este ilustrado en su viaje a Mariquita en 1783. En Bucaramanga escribió su obra «Flora de la Parroquia». Además de escribir en el Semanario, su escrito «Planas sobre el curato de Bucaramanga» le ha merecido el título de precursor sobre los estudios estadísticos en Colombia. Mutis, posiblemente por la dedicación de Valenzuela a la botánica, le consagra con el título de «el Genus Valenzuelia» un género nuevo dentro de la flora bogotana. En 1786 se retira definitivamente al curato de Bucaramanga. En esta población y desde su investidura de sacerdote se propuso tareas que realizaría un administrador ilustrado de la Corona, entre otras, «la erección de un nuevo templo, la construcción de caminos, el incremento de la agricultura, mejorando la calidad de los pastos y de las especies de caña dulce». Su convicción de una nueva política para el desarrollo del reino le llevó a costear el camino de Bucaramanga a la aldea de Chita para traer la sal.'^ Valenzuela llega de la mano de Mutis en 1770 al Colegio Mayor del Rosario del que se hace catedrático de Filosofía en 1777 para explicar bajo la Reforma de Moreno y Escandón la nueva filosofía Ilustrada. Caballero y Góngora le ordena de sacerdote y trabaja con éste en el cargo de secretario y familiar. ^^ En carta del 10 de abril de 1803, el virrey Mendinueta solicita se cree el Colegio de Mompox. El 27 de julio de 1804 aprobó el Consejo de Indias las Constituciones y el 10 de noviembre de 1804 salió la aprobación Real por medio de la Real Cédula de Carlos IV que decía «mando erigir Real Universidad al referido Colegio de San Pedro Apóstol con las mismas facultades y prerrogativas que disfruta Santa Fe, vistiendo sus colegiales igual beca, con escudo de su titular San Pedro y facultad de conferirse en ella los grados en las facultades que se cursen en la misma universidad... gobernándose con el método y plan de estudios y por las mismas reglas y estados que rigen la universidad de Santa Fe». HER-NÁNDEZ DE ALBA, G. ( 1926 Un rasgo característico común a Carondelet, Caballero y Góngora y Valenzuela, es el de compartir estos tres ilustrados la política borbónica de reconocimiento científico y de explotación de las riquezas naturales del territorio americano. Al menos los dos primeros lo hicieron además con el firme convencimiento de estar apoyando así el engrandecimiento del imperio colonial. En sus diferentes actividades de reforma de la enseñanza, el estudio de las plantas constituía un elemento importante de formación cultural en la nueva racionalidad. Pero también estos estudios tenían alta relevancia social y económica, pues favorecían la mejor comprensión y aprovechamiento de los recursos naturales de este reino en la medicina, la agricultura y la industria. Carondelet y Caballero y Góngora son funcionarios ilustrados de la administración. Valenzuela, quien al comienzo de su carrera de sacerdote-ilustrado fue secretario del arzobispo-virrey, después de estar vinculado a los inicios de las actividades de la Expedición de Mutis, dedica el resto de su vida a las tareas religiosas en Bucaramanga, al cultivo de su vocación por el estudio de las plantas y a favorecer el progreso y el desarrollo económico de su región. Nuestros personajes se identifican con la política del despotismo ilustrado y el movimiento cultural global de la ilustración: para ellos es importante conocer las riquezas naturales de este reino. La filosofía utilitaria y economicista de la ilustración les lleva a plantear proyectos educativos para el conocimiento y difusión de las Ciencias Naturales. Pero es necesario destacar que, a diferencia de los dos funcionarios de la Corona, para Valenzuela conocer, estudiar y explotar los recursos naturales se convierte en un propósito profesional y en una disciplina intelectual que cultivará con un apreciable nivel de competencia dentro de los estándares de la época en las ciencias naturales. Por su parte, para Carondelet y Caballero y Góngora la preocupación por la rentabilidad económica de la Audiencia y del virreinato, es uno de los factores que mayormente los induce a apoyar las expediciones científicas y a plantear y desarrollar propuestas institucionales para el estudio y aplicación de los conocimientos útiles. En cuanto al criollo Luis Quijano compartió con los anteriores ilustrados el pensamiento científico-filosófico más no rios, estudios prácticos de anatomía vegetal, utilización del dibujo como medio indispensable, formación de catálogos, estudio de usos prácticos de las plantas y descripción de nombres vulgares». PUIG-SAMPER, M. A. (1993), «Difusión e institucionalización del sistema Linneano en España y América», Mundialización de la ciencia y la cultura nacional, pp. 351-352. Asc/ep¿o-Vol.XLVII-2-1995 125 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es los propósitos políticos por que llegó a ser uno de los gestores de la independencia, en la Audiencia de Quito, en 1810. Los cuatro planes de estudio, que analizamos en este trabajo, presentan un objetivo común: «substituir las útiles ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas»^^. Para Caballero y Góngora y Valenzuela era indispensable «hacer gustar los conocimientos útiles aunque sea de un modo elemental y diminuto»^^ El presidente Carondelet por su parte señalaba la necesidad de que «de la Corte se le enviará un matemático, un médico y un cirujano; [...] preceptores de la lengua sabia, ciencias exactas y de cirugía, que no se conoce en Quito, siendo tan necesarias, cuales para ciudad tan opulosa y Rèyno tan vasto»^^. Otro común denominador de los planes de estudio de estos ilustrados es la crítica al método tradicional con que se impartían los conocimientos en los Colegios y Universidades de Santa Fe y Quito. Caballero y Góngora señala que los estudios impartidos «en los que hasta ahora lastimosamente se ha perdido el tiempo»^-^, no sirven para las necesidades del Reino. Por lo tanto, era prioritario impartir una educación para formar «sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la Regla, de quienes [se pueda confiar que] entiendan y crean [en] el ente de razón, la primera materia y la forma sustancial». Eloy Valenzuela por su parte, en un tono más radical, como en su momento lo hiciera Moreno y Escandón, critica la enseñanza escolástica porque «ha ofuscado y enmarañado los entendimientos». En las Constituciones se reafirmaba en su posición al plantear que la filosofía de Goudin «atolondra, enmaraña y confunde y así no conviene mucho esmero ^^ Véase en el informe de mando del virrey Caballero y Góngora, en el Capítulo III, de la Instrucción Pública. PÉREZ AYALÀ, J. M. (1951) El presidente Carondelet, en su propuesta de Plan de Estudios realizó un cambio radical en la orientación académica de la época, al contraponer la enseñanza de Jacquier a la de Goudin^^. Se preocupó por la calidad en la educación, empezando por exigir a los rectores como titulación académica mínima el título de Bachiller en Teología o Jurisprudencia o el de Licenciado. Siguiendo las normativas reales impuso un mayor control en la enseñanza y en los catedráticos por parte del rec-tor^^. No obstante el celo con el que procedió en esta materia, no existen evidencias de que llegara a aplicar las Reales Ordenes sobre la «prohibición de los libros de física»^^. En su plan de estudios recomendaba al P. ^"^ Valenzuela señalaba que la escolástica «ha ofuscado y enmarañado los entendimientos para que no conociendo su propia ignorancia dejen de aspirar la ciencia y sabiduría por las sendas de la lectura escogida y variada; y tal la que ha mantenido sus literatos en una inacción y adormecimiento reprensibles para que nada hagan, nada emprendan y ni aún siquiera aconsejen en beneficio de su país». «Plan de estudios de Filosofía, para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox, elaborado por Eloy Valenzuela», 2 de septiembre de 1806, en HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1986), p. 84, en «Constituciones para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox, 13 de abril de 1806, Mompox. Las firma Pedro Martínez de Pinillos, fundador del Colegio, pero fueron elaboradas por el presbítero Eloy Valenzuela», Archivo Histórico Nacional de Colombia. (AHNC), Sección Colonia, Fondo Conventos, Tomo 22, fl. ^^ Nosotros disentimos del investigador John Tate Laning cuando afirma que Carondelet «modifica aún más los estudios en favor de los monjes». Consideramos que si bien es cierto que le correspondió devolver a los dominicos las cátedras en la Universidad en 1802, este hecho no significa que el Presidente apoyara la filosofía de Santo Tomás. Por el contrario en su Plan de estudios y en el de Filosofía que mandó aplicar en el Colegio de San Fernando se introducía a libros de texto de autores ilustrados. TATE LANNING, J. (1944), «La oposición a la ilustración en Quito», en Revista Bimestre Cubana, vol. LUI, n.° 3, mayo-junio. ^^ Señalaba que a «la elección del rector precediese examen riguroso, el mismo que actúan los opositores a cátedra en prueba de su literatura». Una de las preocupaciones de Carondelet fue la de que se cumpliera en la universidad quiteña la Real Orden del 4 de abril de 1786 que estableció el nombramiento de rectores alternos, entre seculares y eclesiásticos. Antes, la Real Cédula del 7 de octubre de 1784 ya había establecido la misma norma para la universidad de Caracas. ^' Se establecía en el Plan «un libro en el que se asiente semana por semana las faltas de los catedráticos». En relación a los textos señalaba «que se ha de seguir al autor literalmente, mientras la potestad pública no sugiere otro». Jacquier, de quien decía que «el autor saben todos cuan benemérito es de la República literaria, cuando no fuese más de porque su física general y particular está cimentada en los más aplaudidos y sólidos principios de Newton expuestos en lo posible al sentido común según las ideas y proyectos de Malebranche»^^. Anotemos, en fin, que el control de Carondelet se centraba en la asistencia a clases, en seguir literalmente los libros que proponía y en cumplir el horario y el método de enseñanza. Por ejemplo, en la cátedra de filosofía, rechazaba el dictado y la memoria y proponía a cambio la com-prensión^^. La enseñanza teórico-práctica en los huertos y jardines botánicos: fundamento de la nueva cátedra Al valorar la nueva orientación de la cátedra de Botánica que propuso el arzobispo-virrey, se debe recordar que detrás de este proyecto y de las reformas de estudio que impulsó Caballero y Góngora estaba el gaditano José Celestino Mutis. Los contenidos de esta cátedra que tituló de «Botánica perpetua», estaban unidos a las lecciones de Historia Natural. Dentro de las modernas concepciones educativas. Caballero entendía que estos estudios no se podrían impartir si no se tenía un Jardín Botánico y e\. Museo de Historia Natural. Los alumnos para ser admitidos en esta cátedra debían presentar un examen sobre «la naturaleza y atributos de los cuerpos que componen los tres reinos mineral, vegetal y animal»^^. 2^ Entre 1780 y 1800 se dieron algunas medidas contra la publicación y circulación de libros que se catalogaban sediciosos. ALVAREZ MORALES, A. (1985), La Ilustración y la reforma de la Universidad en la España del Siglo XVIII. Ediciones Pegaso, Madrid, p. ^^ Señalaba en el Plan que «lo que debe asentarse es que el dictado de las aulas está prohibido apretadamente a las universidades de España por el Auto 3, Título 7, Libro 1, y sobre lo que este perjuicio ha escrito doctamente el ministro Feijóo y otros eruditos. Que así mismo en ninguna de las Universidades de España e Indias se repiten de memoria los cursos dictados por el maestro de artes y que a la universidad deben ser palpables los inconvenientes de uno y de otro». ^^ «Plan de Universidad y estudios generales, presentado por el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora». Turbaco, 13 de julio de 1787, en HERNÁNDEZ DE ALBA, G. Por SU parte, Eloy Valenzuela incluyó en el Plan de Filosofía los estudios útiles como la biología, la química, la zoología y la historia natural. El objeto central de los contenidos de la botánica era estudiar «a los vivientes vegetales, explicando sus partes, su nacimiento y nutrición». Consideraba que la enseñanza de los principios de la botánica estaba íntimamente unida al aprovechamiento de las plantas en la medicina. De ahí que Valenzuela asegurara en su Plan de estudios que «era indispensable el huerto» porque «con el tiempo habrá enfermería en el colegio y se cultivarán muchas yerbas útiles con que se provea la casa y se suplan los vecinos»^^ El huerto que describe nuestro autor debía tener «dos patios o cuadros, uno para yerbas y otro para arbustos». En el cuadro de las yerbas se cultivarían «algunas medicinales, raras, preciosas». El propósito del huerto era el de desarrollar el talento de los alumnos o por lo menos la afición por el cultivo de las plantas que les serviría más adelante para el manejo y cultivo de una hacienda. Eloy Valenzuela recomendaba impartir los conocimientos botánicos a través de la experiencia, por medio del método de «los calendarios hortenses» que detalló minuciosamente en el plan de estudios. Estos calendarios consistían en distribuir entre los alumnos diferentes semillas y estacas germinantes que sembraban en el huerto del Colegio. Los estudiantes anotaban en un cuaderno «el día y hora de la siembra, la calidad de la tierra y así sucesivamente todas las variaciones que se fueren observando en los cotiledones, germen o yemas en el término de las tres visitas diarias que se harán después del desayuno, de la comida y a las cinco de la tarde». Además del aprendizaje en el huerto del colegio, se indica en el Plan que para hacer «más práctica la enseñanza» se debían realizar descripciones «en el huerto de la casa y en el campo en los domingos de rusticación». Un elemento novedoso en el Plan de Valenzuela es la inclusión de la cátedra de Dibujo como complemento a la clase de botánica. Este estudio debía impartirse en los tres años del curso de filosofía. En el primer año se tenía una dedicación de seis meses, con una clase diaria de tres a cuatro de la tarde, para dibujar las plantas pero prefiriendo «las úti-^' «Constituciones para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox. Las firma Pedro Martínez de Pinillos, fundador del Colegio, pero fueron elaboradas por el presbítero Eloy Valenzuela». Archivo Histórico Nacional de http://asclepio.revistas.csic.es les y raras»^^. En el segundo año, los primeros seis meses de la cátedra de dibujo, los alumnos se ocupaban de «perfeccionar el diseño, sombreado y colorido de las plantas descendiendo hasta las partes mínimas de la fructificación y exponiéndolas con exactitud y claridad». Consideraba que, de esta manera, se «podría suplir las colecciones botánicas tan raras como costosas y sin las cuales no se puede adelantar en esta ciencia»^-^. Además de lo señalado, Valenzuela propone en las Constituciones para el Colegio de Mompox un Plan que consistía en un estudio detallado de la población, el comercio, la flora y los animales. En relación con la Flora de la Villa señalaba que se debían «coleccionar todas las plantas espontáneas de su suelo y comarca, dibujadas y coloridas al natural con hojas, flores y frutos y la anatomía sexual y característica»^"*. La estricta evaluación del aprendizaje y la interacción personal con los alumnos: exámenes y tertulias diarios Caballero y Góngora no establece una metodología específica de exámenes para la cátedra de Botánica. Se limita de manera general a recomendar que estos actos debían ser «rigurosos y anuales», teniendo al final de cada curso «tres actos mayores en forma de certámenes a que sólo podrán aspirar los discípulos de aplicación y genio extraordinario». Durante el año se realizarían «los actos públicos de conclusiones», en los que se elegirían «tres discípulos de los más sobresalientes para dar testimonio al público, que es el objeto de la institución»^^. ^^ Durante este mes debían «dibujar plantas copiándolas al natural primero por los ejemplares vivos que se les presenten y después por las estampas buenas que puedan haberse, sueltas, o en colecciones prefiriendo las útiles y raras, a las de mera curiosidad o de beneficio desconocido». «Plan de estudios de Filosofía, para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox, elaboradas por Eloy Valenzuela». 2 de septiembre de 1806, en HER- Eloy Valenzuela, por el contrario, en su Plan para los estudios de Botánica señala con detalle cómo deben ser los exámenes parciales y el rigor del aprendizaje que debe ser comprobado día a día. El examen se presenta al final de la jornada tomando la modalidad de una tertulia entre profesor y estudiante^^. En las constituciones que Valenzuela presenta para el Colegio de Mompox señala, en el capítulo sexto, veinticuatro características de los exámenes escolares, incluidos los de oposición a cátedra. En general, plantea que, los exámenes son públicos y privados. Los públicos son anuales «para el estímulo y lucimiento de los alumnos». Para este examen o conclusión pública se escoge un alumno y ocho días antes se «convidará a los replicantes con un resumen de las principales proposiciones». Los privados se refieren a los que se realizan cada mes y se llaman «sabatinas», consistiendo en «una especie de examen a manera de pequeñas conclusiones que se tiene los sábados a las dos de la tarde». Otro tipo de examen es el anual, que se realiza del dos al cinco de enero, sobre lo que se ha estudiado en los once meses. A quien repruebe este examen «se le devolverá al trienio de filosofía, a que repare su flojera y desaprovechamiento»-'^. Por su parte, Luis Quijano, en Quito, da una serie de recomendaciones para no atemorizar a los alumnos en los exámenes^^. Estos exámenes consistían en hacerle preguntas al alumno sobre «los principios fundamentales, definiciones y diferencias de los puntos más importantes, proponiendo los reparos y argumentos que más conduzcan a ilus-^^ Eloy Valenzuela señala los exámenes en el apartado de los «calendarios hortenses». Al respecto dice: «Día por día y hora por hora, aquéllos en cabeza de renglones atravesados y éstas al frente de los verticales, se anotará lo que sea digno de observación y cada día de paso se presentarán para su examen que seguramente se convertirá en una tertulia muy curiosa en que un maestro instruido y celoso podrá infundirles muchas noticias de la fisiología vegetal y lo que es más es la afición al culto metódico y raciocinado». «Plan de estudios de Filosofía, para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox, elaboradas por Eloy Valenzuela», 2 de septiembre de 1806. en HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1986), p. ^^ «Constituciones para el Colegio de San Pedro Apóstol de Mompox, 13 de abril de 1806». AHNC, Sección Colonia, Fondo Conventos, Tomo 22, fls. ^^ Dice Luis Quijano en el apartado de los exámenes, que «cuidarán los examinadores de prevenir los ánimos de los niños con toda discreción y afabilidad, para evitar de este modo que se desluzcan o yerren por la sorpresa, el temor, y el encogimiento que de ordinario ocupan a la tierna edad en semejantes actos». El examen del tercer año, donde se explica la botánica, era el más riguroso pero nunca tenía una duración de más de una hora. Un sistema de recompensas y premios para promover la enseñanza de los principios de Linneo en la cátedra de botánica Como es bien sabido, en España el modelo Linneano se abrió paso frente al de Tournefort a través de Pehr Lofling^^. Sin embargo, quien introdujo el sistema Linneano en la cátedra de botánica fue el catedrático Miguel Bamades"*^. Con el traslado del Real Jardín Botánico al Prado, en 1781, se aprobó una nueva reglamentación. Entre otros aspectos se valoraron, especialmente en las oposiciones a la cátedra de botánica, los conocimientos de las obras de Linneo. Tres años más tarde, con la aprobación del «Plan de enseñanza de la Botánica»> se adoptó oficialmente el sistema Linneano"* ^ Este Plan debió tener repercusiones en la América colonial ^^ Señala Miguel Ángel Puig-Samper que «La introducción del sistema Linneano a España, conocido superficialmente desde unos años antes, se produjo en 1751 con la llegada a Madrid de uno de los discípulos predilectos de Linneo, Pehr Loefling». ^^ Miguel Barnades reemplazó en la cátedra de Botánica a Quer, en 1764. Quer utilizaba el método de Tournefort porque según él «era más fácil, claro y comprehensible de todos». Por su parte, BARNADES en su libro Principios de Botánica {\161) reconoce a Linneo como «el maestro por excelencia de la ciencia de las plantas». A la muerte de BARNADES en 1771 le reemplaza Casimiro Gómez Ortega (1772) y Antonio Palau Verdera (1773), ambos seguidores del sistema de Linneo. PUIG-SAMPER, M. A. (1993), pp. 351-352. "*' El Plan firmado por Floridablanca en El Pardo, 1 de febrero de 1784, se tituló «Plan de enseñanza botánica con señalamiento de las obligaciones de los catedráticos, formado en execución de los capítulos 16 y 25 del reglamento del Real Jardín Botánico, que manda S. M. Guardar por aora, y entretanto que toma otra resolución con mayor formalidad». PUIG-SAMPER, Miguel Ángel: «Difusión e institucionalización del sistema Linneano en España y América», Art. cit., p. PUIG-SAMPER, M. A. (1987), «La enseñanza de la Botánica en la España Ilustrada. El Jardín Botánico de Madrid», en La Real Expedición Botánica a Nueva España. Real Jardín Botánico, CSIC. 132 Asclepio porque el método y los textos de Linneo fueron los que se recomendaron en México'*^, Perú"*^ y en el Virreinato de la Nueva Granada"^"^. Los textos básicos que recomendaba el virrey Caballero y Góngora para la enseñanza de la botánica, eran los de Carlos Linneo en la traducción castellana de Antonio Palau, segundo catedrático del Jardín Botánico. La historia Natural se enseñaría por las obras de Vallmonte Bonaré y del Conde de Buffon"*^ al igual que mediante las obras de Linneo. Recordemos a este propósito que a comienzos del Siglo XIX, de acuerdo con el testimonio del sabio Caldas, sólo se disponía en las bibliotecas de Popayán de las Instituciones de Tournefort. Sin embargo, eruditos como Caldas ya conocían el sistema de Linneo y lo preferían pues, como dice Caldas, era éste el que «le había hecho progresar en la ciencia de los vegetales». En particular Caldas debía este progreso al ^^ En Nueva España Sessé dirigió desde 1786 la Real Expedición Botánica y en 1788 se inauguró el Jardín Botánico y la cátedra de Botánica. En México se dio una polémica por el sistema de Linneo. A Cervantes le correspondió realizar esta defensa contra las acusaciones de Álzate «en un largo pleito que duraría dos años». ^^ La Expedición Botánica del Perú se aprobó en 1777. Integraron esta expedición, que llegó a Callao en abril de 1778, los discípulos de Gómez Ortega, Hipólito Ruiz y Joseph Pavón, que ocuparon los puestos de botánicos en la expedición, correspondiendo el mando al primero de ellos. Joseph Brúñete e Isidro Gálvez fueron los dibujantes. Completaba el grupo el naturalista francés Joseph Dombey quien acompañó al contingente español en sus exploraciones durante seis años. En 1788 los trabajos de la Expedición quedaron bajo la dirección del botánico José Tafalla; años más tarde se vinculó Juan Agustín Manzanilla y el peruano José Rivera como pintor La cátedra de Botánica la crea en la Universidad de Lima Juan Tafalla en 1797 y en 1808 la organiza en el Colegio de Cirugía de San Fernando de Lima. ACEVEDES PASTRANA, P. (1993), «Las políticas botánicas metropolitanas en los virreinatos de la Nueva España y del Perú», en Mundialización de la ciencia y cultura nacional. Actas del Congreso Internacional «Ciencia, descubrimiento y mundo colonial», Doce Calles, Madrid, pp. 287-296. PUIG-SAMPER, M. A. (1991), Las expediciones científicas durante el siglo XVIIL. Ediciones Akal, Madrid, pp. 34-38.'^'^ Los Planes de Estudio de Caballero y Góngora y Eloy Valenzuela recomiendan como texto básico el de Linneo según la traducción que realizó Ortega. Mutis, por su parte, además de mantener correspondencia científica con Linneo, recomendó y regaló las obras de Linneo a algunos miembros de la Expedición Botánica. Publicó 36 volúmenes de Historia Natural. Véase en Dictionary of Scientific Biography. A5c/ep¿o-Vol.XLVII-2-1995 133 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es regalo de la Filosofía Botánica^^ que le hiciera Mutis, y al conocimiento del libro sobre la Parte Práctica de Linneo traducida por Palau, que un amigo le había prestado. En Quito, en el Colegio de San Femando, con el plan de estudios de Filosofía que elaboró Luis Quijano, y que le correspondió enseñar al profesor Manuel María Rodríguez, debió impartirse en el tercer año «el reino vegetal por los textos de Linneo y de Para-du-Phanjas»"*^. Es una vez más Valenzuela quien señala con mayor detalle en su plan la aplicación del sistema de Linneo. Al respecto indica que cada dibujo se acompañaría de «el nombre vulgar y el latino según el sistema de Linneo». Por otra parte, en relación a las flores y frutos señalaba que se enseñarían «los rudimentos del sistema sexual de Linneo»"^^. Valenzuela, al igual que en la enseñanza que se impartía en el Real Jardín Botánico de Madrid, indica que la clase de Botánica debía concluir «con un índice o catálogo de las plantas exóticas que más concurren en el comercio como lino, cáñamo, canela, clavo, malagüera, sen, ruibarbo, etc., definidas y especificadas según los principios del ya citado Linneo »^^. Para estimular este aprendizaje, Valenzuela instaura en su Plan de estudios un sistema de «recompensas y premios, a imitación de los que hacían en España las sociedades patrióticas». Además, propone costear "^^ Carta de Caldas a Mutis. Señala Caldas que recibió de Mutis el 3 de agosto de 1801 el libro Filosofía Botánica. HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1983), Archivo Epistolar del sabio naturalista don José Celestino Mutis. Editorial Presencia Ltda., Tomo III, Bogotá, pp. 88-89.''^ El tercer año de la «física particular y ética» se dedicaba al sistema del mundo donde se enseñaba el sistema copemicano y en la física la «clasificación científica de los tres reinos: mineral, vegetal y animal». Al respecto decía: «Desde luego un conocimiento proftindo de todos los cuerpos que lo componen es propio de los grandes naturalistas; pero no es decente a un joven bien educado ignorarlo todo. Por lo cual y estar el Jacquier muy diminuto en esta materia, deberá el catedrático explanarla medianamente con el auxilio del Sistema Nature del Caballero Linneo, cuya versión castellana con las adiciones de Gmelin, se ha publicado en Madrid pocos años ha. A lo menos se dará a los discípulos la explicación de los términos del Arte, y de las órdenes de Linneo, apuntando juntamente las mejores cuestiones del citado Para-du Phanjas». Este último, autor en meteorología de la «teoría de los seres sensibles». QUIJANO, L. ( 1923 por parte del colegio dos viajes a Europa para los alumnos de filosofía y medicina. El objetivo del viaje era el de «introducirlos con los sabios, entablar correspondencia, frecuentar los observatorios astronómicos, laboratorios químicos, bibliotecas públicas, huertos botánicos y en todas partes observar, imponerse, hacer apuntes y procurarse copias, láminas, mapas y dibujos de lo más escogido y conducente»^^. Además, deberían traer para el colegio libros, instrumentos, máquinas, aparatos para la física, la astronomía, la química y la anatomía. El miedo a la subversión impide la aprobación de los nuevos estudios Si bien es cierto que el equipo ilustrado de Carlos III promovió, a nivel jurídico e institucional, una política de reforma de estudios en las Universidades y Colegios Mayores, en la práctica esta situación fue diferente. Por una parte, estos ilustrados mostraron interés en promover las reformas universitarias pero, por otra, no demostraron estar siempre en condiciones de contener los embates que libraron contra ellas determinadas comunidades religiosas y sectores conservadores. Esta situación se volvió asunto normal en el gobierno de Carlos IV y Femando VII, cuando el poder religioso e inquisitorial pasó a tener mayor fuerza como un mecanismo para reprimir los brotes de la «subversión», en especial en las colonias americanas. Fue sobre todo a partir de la revolución francesa cuando los funcionarios americanos de la corona española desarrollaron un control más estricto del tipo de enseñanza y aplicaron medidas de represión ideológicas en los claustros universitarios. No obstante, la realidad americana no era similar en todos los virreinatos. Si en el virreinato de la Nueva Granada no se establece la cátedra de botánica, ello sí ocurre en el Virreinato de Nueva España desde 1788, como parte de las actividades del Real Jardín Botánico de México. También se instauran cátedras de botánica en el virreinato del Perú en la Universidad de Lima, en 1797, y en el Colegio de Cirugía de San Fernando en 1808. Como se sabe, la apertura de estas cátedras se efectuó en http://asclepio.revistas.csic.es medio de conflictos. En México el criollo José Antonio Álzate y Ramírez fue uno de los contradictores de esta medida; en Lima la Universidad y el Protomedicato igualmente «protestaron por las violaciones a sus estatutos» que significaba su apertura^ ^ En nuestro virreinato los estudios superiores tomaron rumbos diferentes a partir de la expulsión de los jesuítas. En Santa Fe, por ejemplo, hacia finales de siglo, la comunidad de Santo Domingo había vuelto a monopolizar los grados académicos en la Universidad de Santo Tomás^^. Por otra parte, la Expedición Botánica de este virreinato giró siempre en torno al sabio gaditano siendo éste el único que impartió clases no regladas al grupo de ilustrados criollos «que lograron cierta autonomía respecto a la metrópoli madrileña»^^. Posteriormente Mutis logra una relación más directa con Cavanilles, quien influyó en el nombramiento de Francisco Antonio Zea^"* como director del Real Jardín Botánico de Madrid. 5^ A los dominicos se les devuelve los privilegios que habían perdido con la reforma del Fiscal Moreno y Escandón, por la orden oficial de Jovellanos, el 15 de diciembre de 1797. En Quito ganan el pleito, por la restitución de las cátedras, el 20 de octubre de 1802. Véase un amplio estudio sobre este tema en SOTO ARANGO, D. (1993), Las polémicas universitarias en Santa Fe de Bogotá. Colciencias, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, p. Estudia en Popayán y luego en el Colegio de San Bartolomé en Santa Fe. En 1791 publica «Avisos de Hebephilo» en Papel Periódico de Santa Fe. En 1792 por Real Orden y a petición de Mutis se le nombra sub-director de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Luego viaja a París y en 1802 elabora el proyecto que tituló «Luminoso plan de reorganización de la Real Expedición Botánica». El 13 de enero de 1803 se le nombra segundo profesor de Botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid y segundo redactor de La Gaceta y el Mercurio. El 11 de mayo de 1804 se le nombra director del Real Jardín Botánico de Madrid. En 1805 logra por Real Orden que le devuelvan los sueldos que dejó de percibir durante el tiempo que estuvo preso. En 1812 se le nombra Jefe de Segunda División del Ministerio del Interior y más tarde Prefecto de Málaga. En 1819 se le nombra vicepresidente de la Gran Colombia. ARBOLEDA, L. C. (1990), «La ciencia y el ideal de ascenso social de los criollos en el Virreinato de la Nueva Granada», en Ciencia, Técnica y Estado en la España Ilustrada, Sociedad española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Zaragoza, pp. 193-226. Imprenta Municipal, Ediciones del Consejo, Bogotá. ORTIZ, S. E. Ninguno de los cuatro planes que hemos estudiado se ejecutó oficialmente por Real Orden. Sin embargo, en Quito por orden del presidente Carondelet se aplicó en el Colegio de San Femando el Plan de estudios de Quijano donde se planteaba la enseñanza de la botánica. También es posible que estas propuestas hayan influido sobre las orientaciones reformistas de los profesores criollos en las instituciones educativas. En el Real Seminario de San Luis, y desde la misma cátedra de filosofía, Mejía Lequerica^^ enseñó botánica y durante su curso presentó conclusiones públicas en honor de Mutis^^. Posteriormente, se le privó de la cátedra porque «había hecho perder el tiempo a los jóvenes enseñándoles a conocer la col, el apio, el orégano, etc.^^. Mejía Lequerica, sin lugar (1966), Colección de documentos para la Historia de Colombia. Época de la Independencia. (Expediente de Zea sobre sus salarios que dejó de percibir cuando estuvo preso). SOTO ARANGO, D. (1995), «Francisco Antonio Zea un criollo ilustrado director del Real Jardín Botánico de Madrid», De la Ciencia Ilustrada a la Ciencia Romántica. SOTO ARANGO, D. (1995), Cavanilles y Zea: una amistad político-científica. En 1804 es despojado de la cátedra por enseñar la botánica y un año más tarde se le negó el título de cánones y derecho civil por ser hijo natural. En 1807 se trasladó a España y encabezó en 1810 el grupo de diputados americanos en las Cortes de Cádiz donde desarrolló el concepto de representatividad. Se casó con la hermana de Espejo, fue amigo de Caldas y mantuvo con Mutis correspondencia científica a partir de 1803. Escribió el trabajo Plantas quiteñas. PALADINES, C. (1981), Pensamiento Ilustrado ecuatoriano. (estudio introductorio de...). Banco Central del Ecuador, Biblioteca Básica del Pensamiento ecuatoriano, Quito, pp. 53-54. ^^ A Mejía Lequerica se le ha dado el título de «primer botánico ecuatoriano». Desde su cátedra rindió homenaje al sabio Mutis con las conclusiones públicas que expuso con su alumno Manuel Espinosa y Ponce, en junio de 1803, y que tituló: «Al señor doctor don José Celestino Mutis. Ilustre patriarca de los botánicos». Mejía llegó a admirar a Mutis a través de los comentarios que le había hecho Espejo y posteriormente entró en contacto directo con él utilizando en algunos casos a Caldas. Véase la primera carta que le envío Lequerica a Mutis, el 21 de agosto de 1803, donde manifiesta que conocía la obra de Linneo y que el Dr. Caldas le había concedido licencia para otorgarle los asertos. En la carta de Caldas a Mutis, de juUo 6 de 1806, le manifiesta que Mejía le había consultado «acerca de una dedicación que quería hacer a vuesamerced de un acto de conclusiones de física y botánica». HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1983) No deja de ser curioso que Carondelet no manifestase nada en contra, al menos que nosotros sepamos, cuando se le depuso de la cátedra de Filosofía a Mejía Lequerica por incluir en ella la enseñanza de la botánica^^. Mejía era una persona a quien el Presidente tenía en alta estima por sus merecimientos académicos. Es más, en su enseñanza estaba poniendo en práctica los principios expuestos por Carondolet en el Plan de estudios de 1800. La indolencia del Presidente ante esta reacción antirreformista del medio local, se expresa igualmente en el hecho de haberse limitado a pasar a un trámite rutinario el juicio que Mejía entabló «por no habérsele permitido presentarse a exámenes para optar el grado de doctor». Esta posición del Presidente nos recuerda las asumidas por el Virrey Ezpeleta en los conflictos alrededor de la enseñanza de Newton y Copérnico en Santafé, cuando el virrey, por miedo a los movimientos revolucionarios, apoya a los rectores escolásticos en contra de los catedráticos ilustrados^^. No se puede desconocer que la gestión del Presidente miseria». En esta misma carta le solicita Caldas a Mutis que agregue a Mejía en la Expedición Botánica. Sin embargo Caldas, celoso del afecto de Mutis hacia Mejía, añade que él no «tiene interés en la agregación de Mejía, y sólo lo propongo porque se lo ofrecí y porque conozco que nos puede ser muy útil». Agrega en la R D. que «Mejía es casado con una vieja, de quien no tiene hijos». La esposa de Mejía era hermana del Dr. Espejo. En la carta que envía Caldas a Mutis desde Quito, el 21 de marzo de 1805, señala que ha retenido la carta que Mutis le había enviado a Mejía sobre «su agregación» en la Expedición Botánica. Sin embargo, para el 28 de febrero de 1806, cuando Mejía le escribe a Agustín Bustamante le dice que Mutis quiere que él trabaje en la expedición y agrega que «honrándome con mil expresiones de amor y celebridad, y remitiéndome, no solamente los libros prometidos, antes, sino otros muchos muy exquisitos». HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1983) Carondelet como presidente de la Real Audiencia reúne todas las características de un funcionario ilustrado a quien le tocó gobernar en la época de la antesala de la revolución; de ahí el miedo a cualquier teoría que pudiese, en los claustros universitarios, prender el fuego a un movimiento estudiantil o de profesores. En Santa Fe, el Plan de Caballero y Góngora no se aplicó. Al respecto señaló el arzobispo-virrey en su informe de relación de mando que «no se pudo realizar el pensamiento por la falta de fondos... perpetuándose el nombre de la universidad en la comunidad de Santo Domingo y el mal método de estudios en los colegios»^^ Escribe además en el citado informe que su plan no se aprobó porque se le había informado que «se trabajaba en un Plan metódico de Estudios para la instrucción de la Juventud americana». Sin embargo, solicita una vez más en esta relación de mando que para este reino «convendría no se escusaren las cátedras de Botánica, química y metalurgia, necesarias en el país de los metales y preciosidades»^^. En relación al Colegio de Mompox^^ le correspondió a José María Gutiérrez Caviedes ser el primer catedrático de filosofía porque Valenzuela no viajó a esta ciudad^"*. El Colegio funcionó inicialmente en las instalaciones del segundo piso del antiguo colegio de los jesuítas que Pinillos había comprado para la casa-hospicio. El Colegio se creó con las cátedras de latinidad, filosofía, teología, medicina, dibujo, leyes y cánones. El presupuesto de 5.030 pesos incluía premios, 6 becas, un médico, un boticario y un capellán. En la realidad cuando el colegio inició labores lo hizo sólo con tres cátedras: latinidad, filosofía y teología. El Colegio funcionó, en esta primera etapa, hasta 1811 como consecuencia de la revolución de la independencia y sólo se reabrió en 1823. ^* Es significativo que Valenzuela no viajara a Mompox a ocupar el cargo de rector y de catedrático de filosofía porque en 1808, desde su curato de Bucaramanga, solicita al juzgado eclesiástico la dispensa de su residencia para ir a ejercer de rector del Colegio de Mompox. La Villa de Mompox debía ser atrayente para un ilustrado como Valenzuela, al ser un centro comercial de importancia con sus 10.000 habitantes, y en el que Mutis había estado haciendo unos estudios para el cambio de lugar del cementerio. La única hipótesis que podemos señalar para justificar el hecho de que Valenzuela no viajara a Mompox es el de sus frecuentes enfermedades. Se debe tener en cuenta que el Plan de Filosofía de Valenzuela se sometió, por parte del Fiscal Director de Estudios, al concepto de los rectores de los Colegios de Santa Fe y al de los catedráticos de Filosofía. El único catedrático que dio el apoyo incondicional al Plan de estudios de Valenzuela fue Custodio García, profesor del Colegio de San Bar-tolomé^^. Los otros catedráticos de los colegios del Rosario y Universidad de Santo Tomás le dieron la aprobación al Plan pero introduciéndole reformas a los estudios con la inclusión de la metafísica y la ética^^. Pero si los catedráticos de filosofía de los Colegios de Santa Fe opinaban que se podía aplicar el Plan agregándole la metafísica y la ética, diferente fue el concepto del rector del Colegio de San Bartolomé, quien se siente aludido por las críticas a la escolástica y arremete contra el Plan califícándolo de «inútil e inconducente» y por lo tanto señalando que se debía hacer otro nuevo. El doctor Vicente de la Rocha, rector del Colegio del Rosario, sigue la línea de pensamiento de Duquesne y aunque plantea que el Plan se puede ejecutar, sin embargo por las reformas que insinúa se convierte en un plan completamente diferente^^. Es posible que Gutiérrez haya dado algunos conocimientos de botánica en su cátedra porque, a petición de Eloy Valenzuela, Mutis le cola-^^ Custodio GARCÍA, se manifiesta de acuerdo con el Plan porque considera que «las materias son en sí tan deleitables, tan útiles y aún tan necesarias». El inconveniente que señala GARCÍA es el del «poco tiempo para la enseñanza y la dificultad que pueda tener en el aprendizaje en los alumnos». Al respecto señalaba que «Por tanto mi parecer es que el Plan se adopte en todo, que si al reducirlo a la práctica se halla la dificultad que presenta es de arbitrio del rector, o del mismo autor mandar que se omitan aquellas partes, que se puedan aprender con más facilidad fuera del aula o del Colegio... Mas si esta dificultad no se encuentra, se deberá practicar en todas sus partes». «Informe del profesor Custodio García del 20 de octubre de 1806», en HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1987), pp. 104-107. ^^ El catedrático del Colegio Mayor del Rosario, Ramón Bustamante, se mostraba de acuerdo en la aplicación del Plan pero se debía introducir metafísica y reducir las materias del tercer año. Casi en el mismo sentido que Bustamante, fundamenta su informe el Lector y vicerector de la Universidad de Santo Tomás al señalar que se agregue al Plan los estudios de Metafísica y de Etica. «Informe de Fr José de Jesús Saavedra de la Universidad de Santo Tomás, 27 de octubre de 1806». «Informe del canónico doctor Domingo Duquesne, rector del Colegio de San Bartolomé, del 20 de junio de 1807». Ibidem., pp. 133-146. ^' Los contenidos que señala son: «lógica, metafísica, ética, aritmética, geometría, trigonometría y álgebra»; el tercer año se destinaba para un recuento de lo enseñado en el curso. XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es boro en la preparación de lo que sería su enseñanza en el Colegio-Universidad de Mompox^^. Además, en la lección inaugural de la cátedra de filosofía, Gutiérrez de Caviedes se inclinó por las sugerencias de sus colegas de Santa Fe al incluir la enseñanza de la metafísica el tercer año pero sin dejar de impartir en este mismo año «las ciencias naturales»^^. La nota característica común a Carondelet, Caballero y Góngora y Valenzuela es la de ser ilustrados fieles a la política borbónica apoyando el engrandecimiento del imperio colonial con la explotación de las riquezas naturales. De ahí la importancia que se le dio al estudio de las plantas útiles en la medicina, la agricultura y la industria. La filosófica utilitaria y economicista de la ilustración les llevó a plantear proyectos educativos para el conocimiento y difusión de las Ciencias Naturales. De estos tres planes, quizá el más didáctico sea el de Eloy Valenzuela. Este Plan, además de señalar contenidos y textos, reseña un sistema metódico de enseñanza diaria y un plan de Expedición Botánica que incluía premios y viajes al extranjero para promover el talento entre los jóvenes y velar por la continuidad de su capacitación. Los cuatro planes analizados se apoyan en los libros de'Linneo para desarrollar la enseñanza de la Botánica y, en general, los exámenes son ^^ «Carta de Valenzuela a Mutis, donde le comenta que tiene el título de rector y catedrático para el Colegio de Mompox», 6 de septiembre de 1806, Bucaramanga. Señala en esta carta que da buena acogida a la pretensión del señor Gutiérrez de impartir la cátedra de filosofía para lo cual le pide a Mutis que auxilie a Gutiérrez en libros, instrumentos materiales, etc.» para que desempeñe el Plan de Filosofía tal como se ha trazado, con el vasto y útilísimo proyecto de fíjar esta enseñanza en los términos de un curso de erudición elemental, preparatoria y trascendental, a todos los estados, destinos y estudios que quieran continuarse después, o que precise y compela la suerte particular de los estudiantes y no como en Santa Fe, cuya filosofía no facilita sino el ergotismo y vale menos que el azadón de la capuchina que a lo menos produce bledos, y estercola lechugas». Jardín Botánico de Madrid, Sección Mutis, Serie AA, n. http://asclepio.revistas.csic.es rigurosos pero con las variantes de la especificidad diaria que les da Valenzuela y la de evitar los temores que señala Quijano. La aplicación de estos planes sufrió un proceso contradictorio en el cual intervinieron factores ideológicos, administrativos, institucionales y la falta de recursos para la dotación de las cátedras. La enseñanza de la botánica no escapa así a los avatares característicos de la introducción de la nueva cultura científica en nuestros países en las matemáticas, la física o la medicina. El Plan de Carondelet contribuyó fundamentalmente a la reorganización de las instituciones educativas en Quito, si bien nunca se aprobó formalmente. Sería con posterioridad, en el Plan de Quijano, aprobado por Carondelet en tanto presidente de la Audiencia pero sin Orden Real, cuando se oficializaría realmente la enseñanza de la botánica, dentro de la cátedra de filosofía, en el Colegio de San Femando de Quito. A partir de aquí la cátedra se ejecutaría por ilustrados como Manuel Rodríguez. Este caso pone de presente que las dinámicas renovadoras, una vez adquirían alguna fuerza, no siempre esperaban para desarrollarse la cobertura legal. Por su parte, el Plan de Valenzuela fue boicoteado por los rectores de los Colegios Mayores de Santa Fe. Sin embargo, fue aplicado parcialmente, en su filosofía renovadora de la botánica en Mompox, como queda demostrado en la enseñanza de Gutiérrez dentro del tercer año de la cátedra de Filosofía. Y en cuanto al Plan de Caballero y Góngora, éste hace parte de las actividades oficiales del virreinato para asumir legalmente y casi autónomamente el inicio de la empresa de la Expedición Botánica dentro de un programa educativo y exploratorio de la naturaleza y el territorio neogranadino. Pero como tal el Plan no se aprobó ni se ejecutó en los Colegios Mayores de Santa Fe. Se debe tener en cuenta que, a finales del Siglo XVIII, la institucionalización de las ciencias útiles en los centros universitarios no contaba con el apoyo de la Corona. El nuevo gobierno había detectado en las nuevas realidades de sus colonias americanas la prefiguración de un proyecto nacionalista que se apoyaba en la filosofía ilustrada.
Se analiza aquí la recepción del evolucionismo por parte de los naturalistas españoles vinculados al krausismo, un evolucionismo que está más cerca de la naturphilosophie alemana que del darwinismo. Este análisis se hace sobre las aportaciones realizadas en la década de 1870 por Augusto González de Linares y Alfredo Calderón y una aportación posterior, más cercana al darwinismo, de Ignacio Bolívar y Salvador Calderón. El 30 de abril de 1882, el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza dedicaba toda su primera página a un artículo necrológico sobre Darwin, fallecido diez días antes y que había sido nombrado profesor honorario de la Institución en 1878. En el número siguiente, del 16 de mayo, aparece un artículo de Gumersindo de Azcárate titulado Darwin juzgado por un canónigo, en el que se daba cuenta de la oración fúnebre pronunciada por el obispo Liddon en la catedral de Londres. Sin apenas comentario por su parte, Azcárate quería mostrar el contraste entre la actitud tolerante y el tipo de relación que existía entre la ciencia y la religión en Gran Bretaña, tal y como demostraban las palabras de Liddon, y la fuerte oposición que la Iglesia española había mantenido hacia la teoría de la evolución. Pero la acogida entusiasta que los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza dispensaron a Darwin y a su obra, no procede sólo, ni siquiera principalmente, de la capacidad explicativa de la teoría de la evolución por medio de la selección natural para dar cuenta de los procesos naturales. Antes bien, en el terreno experimental, para estos filósofos y naturalistas de la tradición krausista, resulta difícil, e incluso imposible, demostrar la veracidad de la teoría de Darwin. Si la han asumido, si han batallado públicamente por ella, es sobre todo por dos razones. Una, por el carácter enteramente progresista que la teoría tiene a los ojos de estos liberales que ponen sus mayores empeños en superar los obstáculos impuestos por la tradición al desarrollo de las fuerzas productivas y en liberar a la ciencia del peso de la tutela impuesta por la escolástica. Otra, porque, en palabras de Augusto González de Linares, «la nueva idea era en sí misma mucho más unitaria, más racional, más adecuada a las exigencias de nuestra razón, más conforme, por lo tanto, a la Naturaleza misma, que el antiguo dogma, incapaz de satisfacer, con su variedad primitiva e irreductible de formas orgánicas, la aspiración a la unidad ingénita en el espíritu humano, obligado a reflejar en sí mismo el organismo universal que forma la complexión entera de las cosas» 1. Vemos de esta forma que, independientemente de que algunos de los naturalistas de esta escuela llevaran a cabo un trabajo de investigación científica positiva 2 de acuerdo a los principios básicos de la teoría de la evolución, la recepción del evolucionismo tuvo un carácter apriorístico, encaminado a construir una nueva metafísica, como algunos de los miembros de la escuela declararon explícitamente, al menos en sus primeros escritos 3. 2 Acerca de las relaciones entre krausismo y positivismo cfr. Núñez Ruiz, D. (1975), La mentalidad positiva en España: desarrollo y crisis. También sobre las diferentes corrientes entre el krausismo y el positivismo, cfr. La difusión de un paradigma. 3 A este respecto, Santos Casado ha señalado cómo, si bien los krausistas fueron incorporando los principales presupuestos del positivismo científico, «nunca perdieron, sin embargo, un particular modo de aproximarse a las grandes cuestiones científicas, lo que les llevó, entre otras cosas, a desarrollar una serie de versiones particulares de un, valga la expresión, evolucionismo trascendente». CASADO DE OTAOLA, S. (2001), La escritura de la naturaleza. Caja Madrid, Madrid, pág. 32. De acuerdo con esto, nos proponemos caracterizar aquí la Filosofía de la Naturaleza del krausismo español y estudiar la forma en que una serie de científicos y pensadores vinculados a la tradición krausista recogen la teoría de la evolución y la peculiaridad que presenta su interpretación. Para ello, nos vamos a fijar principalmente en quienes consideramos como los principales codificadores de la Filosofía de la Naturaleza de tradición krausista en los años setenta del siglo XIX, Augusto González de Linares y Alfredo Calderón y Arana, para dedicar nuestra atención más tarde a la forma en que, ya a principios del siglo XX, la teoría aparece en la obra de dos científicos vinculados en un principio a esta tradición, pero que representaron una «desviación experimentalista» dentro de ella, Ignacio Bolívar y Salvador Calderón. EVOLUCIONISMO Y FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA EN EL KRAUSISMO ESPAÑOL Es, sin duda, sobradamente conocido por cualquiera que esté familiarizado con las circunstancias de la introducción del krausismo en España, que una cosa es la filosofía de Krause y otra la versión que de esa filosofía se introdujo en España de la mano de Julián Sanz del Río, distinción que ha sido señalada repetidas veces por distintos autores. Baste citar a este respecto entre las más recientes la opinión, aunque matizada, de Luis Montiel, quien, tras reconocer esa diferencia entre filosofía de Krause y krausismo español, considera, con todo, que no es exacta la opinión de algunos krausistas, como Giner, de que El ideal de la humanidad para la vida de Julián Sanz del Río era una obra original y no una mera traducción de Krause. Para Montiel, el libro de Sanz del Río es «el resultado de un esfuerzo de quien, valorando altamente el texto que vierte al castellano, en parte renuncia a la esforzada labor de la traducción y en parte pretende exponer, con fidelidad pero también tomándose amplias libertades, la doctrina en él contenida»4. Por su parte Elías Díaz expresó esa diferencia entre filosofía de Krause y krausismo español, o mejor, entre momentos distintos de la introducción del krausismo en España, identificando dos etapas en el desarrollo y difusión de la filosofía krausista en España. Una primera, centrada en Krause y Sanz del Río, desde 1854 hasta 1869 ó 1875, y una segunda, centrada en Giner y la ----Institución Libre de Enseñanza que abarca desde 1875 hasta 1915 (muerte de Giner) ó 1917 (muerte de Azcárate), etapa esta también llamada por diversos autores «krausismo abierto», en la que la tradición krausista española se ve influida por tendencias hegelianas, positivistas o neokantianas (también schelingianas en nuestra opinión) y en la que, en palabras de Joaquín Xirau citadas por Elías Díaz, «el krausismo español no es un sistema filosófico completo y acabado (...). Es más bien una disciplina moral (...) (que) detesta tan sólo la opaca y anquilosada osamenta de la escolástica decadente», palabras que llevan a Elías Díaz a concluir que «lo fundamental del krausismo (...) será la libertad de investigación, la afirmación de la libertad de conciencia» 5. Sin compartir plenamente estas afirmaciones pues pensamos que sí existe cierta voluntad de sistema incluso en esta segunda etapa del krausismo español, creemos que sirven para describir la pluralidad de influencias y una cierta ambigüedad de la filosofía krausista tal y como aparece expuesta a partir de la década de 1870. Para el asunto que aquí nos ocupa, es decir la formulación de una Filosofía de la Naturaleza de la tradición krausista española, esto nos plantea el problema de saber qué krausismo es del que estamos tratando y cuál es la influencia principal que experimenta esa filosofía natural. Según expondremos a continuación, en nuestra opinión, la tarea de los principales codificadores de esta Filosofía de la Naturaleza krausista de la década de 1870 se acerca a la corriente del idealismo alemán que arranca con Schelling 6, por lo que nos atrevemos a caracterizar a esa Filosofía de la Naturaleza de la tradición krausista española 7 como una versión, peculiar eso sí, de la Naturp-----5 DÍAZ, E. (1989), La filosofía social del krausismo español. Debate, Madrid, pág. 48. (primera edición de 1972) 6 Esta influencia de Schelling coincide además con una extensión del romanticismo filosófico en nuestro entorno cultural más cercano. Como indicó en su día Manuel Sacristán, «en Francia no parece que la noción (de romanticismo filosófico) se haya abierto paso hasta finales de ese siglo (el XIX), casi cincuenta años después de la muerte de Schelling (1854) y veintiuno después de morir el más frenético, y acaso el más mediocre, de todos los filósofos románticos, Immanuel Hermann Fichte, hijo de Fichte el de verdad (1879)». SACRISTÁN, M. (1984), «Al pie del Sinaí romántico. Sugestiones para leer Filosofía Romántica», en SACRIS-TÁN, M., Papeles de Filosofía. Panfletos y Materiales II. Icaria, Barcelona, págs. 338-339. (primera edición en la revista Destino, 1967) 7 Por todo lo dicho anteriormente sobre filosofía de Krause y krausismo español, preferimos prudentemente hablar en general de tradición krausista española para referirnos a la corriente que representan una serie de personajes vinculados a la Institución Libre de Enseñanza y cuyos trabajos tienen un componente idealista que remite al idealismo alemán. Con todas las prevenciones expuestas, preferimos este término al de institucionismo, que engloba tal vez corrientes y propuestas más diversas. hilosophie, siguiendo en esto la distinción que hace Félix Duque entre Naturphilosophie y Philosophie der Natur, cuando indica que «Aunque la sutil distinción entre Naturphilosophie y Philosophie der Natur escapa a toda traducción en castellano, adviértase que el primer término -propio de Schelling y Baader y de la cohorte de sus seguidores-mienta algo así como una «inmersión» simpatética en el desarrollo de una Naturaleza entendida como un Organismo autoproductor, en el que el hombre descubre una analogía con el desarrollo de sus gradaciones psíquicas, gnoseológicas y prácticas. Philosophie der Natur, en cambio, apunta más bien a una «aplicación» de esquemas lógicos sobre los distintos niveles científicos, a fin de entresacar retroductivamente de éstos sus presupuestos metafísicos. La diferencia terminológica delata pues una diferencia radical de enfoque, tal como encontramos, por un lado, en Schelling, y por otro en Kant y Hegel»8. Esa relación de la Filosofía de la Naturaleza del krausismo español con la corriente de la Naturphilosophie que arranca con Schelling viene determinada a nuestro entender por varios aspectos. En primer lugar, la recusación del atomismo y el empirismo, que tiene una vinculación estrecha con la crítica de Schelling a algunos autores representativos de estas corrientes. Así, acerca del empirismo del XVII, Schelling dirá que «Con la Naturphilosophie comienza, después de esa especie de investigación ciega y carente de ideas sobre la naturaleza que, desde la ruina causada a la filosofía por Bacon y a la física por Boyle y Newton se ha venido realizando por todas partes, un más elevado conocimiento de la Naturaleza» 9. Una recusación que los naturalistas vinculados a la ILE extienden también al materialismo. En segundo lugar, la identidad de espíritu y naturaleza, característica de la filosofía schelingiana de la Naturaleza y fundamento de su Identitätslehre. En tercer lugar, la idea de la profunda unidad de la naturaleza, que un autor como Augusto González de Linares extiende también al mundo inorgánico estableciendo con ello las bases de un programa epistemológico que será asumido plenamente por científicos como Salvador Calderón o Francisco Quiroga. En cuarto lugar, la referencia explícita de la herencia que del idealismo alemán habían recibido personas como Augusto González de Linares y Alfredo Calderón y Arana, una referencia que se concreta sobre todo en Schelling, Oken y Carus. Así, mientras que Alfredo Calderón señala, como veremos más adelante, el prece-----dente de la «novísima filosofía natural española» en «la tradición científica de una escuela representada por tan ilustres pensadores como Schelling, Oken y Carus»10, Augusto González de Linares lamenta el maltrato que injustamente ha recibido la «tendencia idealista» de la Historia Natural por parte de «naturalistas empíricos, y en especial por su ilustre jefe, Jorge Cuvier» y cita entre los representantes de ese idealismo a Oken, Burdach y Carus, «cuyos nombres, dice, como de naturalistas que han profundizado verdaderamente en el estudio de los hechos son bien conocidos»11. Pero si estos elementos dan cuenta de la filiación existente entre la Naturphilosophie y la Filosofía de la Naturaleza que exponen los naturalistas de la tradición krausista española, creemos que existe otro más de fondo que, además de mostrar esa relación, sirve de punto de partida para el desarrollo de una forma de evolucionismo que, aunque diferente al desarrollado por autores como, por ejemplo, Oken, hunde sus raíces en la Naturphilosophie iniciada por Schelling. Nos referimos a la idea de la naturaleza como «historia», una idea que, según intentaremos demostrar a lo largo de este trabajo se halla presente en los naturalistas vinculados a la Institución Libre de Enseñanza y que ha sido resaltada por distintos estudiosos de la filosofía del romanticismo alemán y, más concretamente, de la obra de Schelling como una de sus características 12. Así, Arturo Leyte al referirse a la influencia de Herder sobre Schelling indica que «Schelling parece continuar la concepción de Herder según la cual la naturaleza es un organismo articulado producido permanentemente como resultado de fuerzas vivas y opuestas, que en realidad no es algo opuesto a la historia (...). Con Herder, y tras él Schelling, por «razón» habrá que entender en mayor medida no un ser, sino un devenir o proceso que se puede llamar naturaleza o historia, pero que en definitiva no es una instancia que funcione al modo de máquina, sino una vida» 13. También Félix Duque, citando a Schelling, destaca la importancia que en la filosofía de éste ----tiene la idea de naturaleza como «un producto que está siempre en devenir» 14, mientras que por lo que hace a la versión de la Naturphilosophie que surge con Oken, Luis Montiel ha resaltado también la importancia de la idea de devenir, añadiendo que «Una Filosofía de la Naturaleza (la de Oken) entendida como «historia de la generación del mundo» (...) pone el acento en la concepción de dicha naturaleza como physis al modo presocrático, es decir, como generadora, y en consecuencia, es una physiolgía en el más amplio sentido del término» 15, influencia de la filosofía presocrática que ha sido señalada igualmente para el conjunto de los naturphilosophen por Rafael Argullol 16. FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA E HISTORIA NATURAL EN AUGUSTO GONZÁ-LEZ DE LINARES En la formulación de la Filosofía de la Naturaleza de la tradición krausista española tiene una importancia capital Augusto González de Linares. Linares, que era catedrático de Historia Natural en la Universidad de Santiago en 1875 cuando se promulga el decreto Orovio y junto con Laureano Calderón y Arana sería el primer profesor expulsado de la Universidad por la aplicación de este decreto es uno de los personajes de mayor relieve del grupo de naturalistas vinculados a la Institución Libre de Enseñanza y el que podemos considerar que sirve de enlace entre los miembros de la generación anterior, la de Giner, y la de los jóvenes que aprenden en la tradición krausista. Anfitrión de sus colegas de estas dos generaciones en su casa natal del Valle de Cabuérniga, tras la expulsión de unos y otros de sus puestos en la Universidad o en los Institutos, atrae con su fuerte personalidad a los estudiantes en las tertulias y debates del Ateneo de Madrid y en las que tenían lugar en la casa que Antonio Machado y Álvarez y Manuel Poley tenían en la calle del Olivo de la capital. Salvador Calderón reflejaría esa influencia al indicar que «fue siempre Linares para mí, hermano, maestro y modelo digno de imitación» 17. L. (1999), «Una Summa de la Filosofía de la Naturaleza del romanticismo alemán: El Lehrbuch der Naturphilosophie de Lorenz Oken (II), Asclepio, vol. LI-2, pág. 217. Fundación César Manrique, Lanzarote, pág. 16 Director de la Estación de Biología Marítima de Santander desde su creación en 1887 hasta la muerte del naturalista en 1904, Linares escribió entre 1874 y 1879 algunos trabajos que le convierten en el principal sistematizador, junto con Alfredo Calderón y Arana, de la Filosofía de la Naturaleza del krausismo español 18. En 1879, Augusto González de Linares publica una serie de artículos en la Revista de España bajo el título común de «La geometría y la morfología de la Naturaleza» 19. En ellos, el naturalista de la Institución Libre de Enseñanza se propone denunciar el «perversor influjo del sentido atomista» que estaba contenido tanto en la moderna Geometría, como en la teoría darwiniana de la pangénesis. Recordemos que esta teoría surge en el contexto de las investigaciones que realiza Darwin en la década de 1860 sobre la herencia, como elemento indispensable para la explicación y el desarrollo de la teoría evolucionista. Darwin presentó esta teoría como una «hipótesis provisional» y a través de ella señalaba cómo cada parte del cuerpo procedía de partículas que denominó «gémulas», que circulaban por el cuerpo reuniéndose en los órganos sexuales. La reproducción tendría lugar cuando las gémulas de ambos padres se mezclaban en el óvulo fecundado y el embrión se desarrollaba mediante la fuerza de crecimiento propia de estas gémulas. Se ha señalado 20 que la pangénesis debe mucho a una teoría similar propuesta por Herbert Spencer a partir de las ideas de Richard Owen sobre la «partenogénesis» y que con esta teoría Darwin pretendía explicar muchos de los fenómenos de la herencia. Primero, que las diferencias individuales normales son aleatorias. Segundo, sugiere la herencia de los caracteres adquiridos. Tercero, los caracteres que se mezclan dependen de la dotación de gémulas procedente de cada progenitor. Cuarto, y a esto se refiere González de Linares como origen de los estudios que dieron lugar a la teoría de la pangénesis, permite explicar los rasgos atávicos que aparecen cuando un carácter presente en una generación, y luego oculto en las generaciones sucesivas, reaparece de nuevo en una generación posterior. ----18 Acerca de Augusto González de Linares cfr. Madariaga de la Campa, B. (1984), Augusto González de Linares. 19 Estos artículos empiezan a aparecer en el no 222 de la Revista de España. Los dos a que nos vamos a referir aquí aparecen en el t. González de Linares señala que la teoría de Darwin contiene un error que la penetra y vicia en absoluto y que ese error, oculto en El origen de las especies, por lo que había podido pasar desapercibido, queda explícito en las teorías sobre la herencia y en la formulación de la hipótesis de la pangénesis. Para Linares, la contradicción inherente a la teoría de Darwin está en que el científico británico no ha advertido que toda ella está encaminada a «explicar merced a una lentísima cooperación de dos factores, la adaptación y la herencia, aquello mismo que se muestra ya realizado sin el concurso de tales circunstancias en la última de estas funciones», en no reparar que «en el fenómeno de la reproducción de los organismos superiores, la del hombre, por ejemplo, una célula, la forma orgánica más sencilla, se convierte en un cuerpo humano adulto, la forma de organización más complicada, sin que medien para este cambio supremo ni la muchedumbre de siglos, ni la serie de influjos climáticos diversos, ni la cadena dilatada de generaciones en que hubieran debido irse acumulando estos por ley de fijación hereditaria»21. La crítica de González de Linares a la teoría de Darwin no tiene, en nuestra opinión, nada que ver con la teoría de la recapitulación, con la llamada ley de Meckel-Serres, convertida luego, en la versión que le dio Haeckel, en la «ley biogenética fundamental», en el sentido de la relación existente entre ontogenia y filogenia y cómo el desarrollo del embrión contenía los sucesivos momentos de la evolución. Cuando el profesor de la Institución Libre de Enseñanza habla de que el desarrollo de la célula a través de la fecundación del óvulo da lugar, mediante un proceso evolutivo, a la formación de una forma superior, se está refiriendo a otra cosa. La célula contiene una energía interna que se despliega «al amparo de las sustancias y fuerzas que le ofrece el organismo progenitor, que es ahora su verdadero clima inmediato, el medio ambiente de su vida». No puede aceptar Linares que la íntima unidad de la naturaleza, que tanto había valorado como principal virtud de la teoría evolucionista, acabara siendo pervertida por un mecanismo evolutivo que actuaba a través de pequeñas variaciones producidas al azar que otorgaban alguna ventaja a sus poseedores y eran transmitidas a la descendencia en virtud de un procedimiento de exasperante lentitud en el que se acababa difuminando la unidad esencial de la naturaleza. La evolución es así, según la versión del científico krausista, un elemento contenido en la naturaleza, una fuerza vital, que estaría más en relación con la idea de Bergson del impulso vital 22 y la posterior teoría de la ortogénesis que con el darwinismo. Es, en defini-----tiva, una forma de entender la evolución en la naturaleza muy cercana a la idea schellingiana de impulso configurador (Bildungstrieb) 23. De esta forma, la pangénesis vino a completar la teoría darwinista al mecanizar y someter de lleno al proceso atomista la reproducción, despojándola del carácter orgánico, evolutivo, que ofrecía y que había pasado desapercibido al propio Darwin. Linares rechaza además la pangénesis porque ve en ella la revitalización del dogma de la Creación al suponer la presencia de formas preexistentes en las gémulas de Darwin, supuesta preformación, dice, «contradicha por la experiencia y opuesta a la idea, la cual repugna concebir el mundo como grandioso mecanismo fabricado todo él de una vez por las manos del Supremo Hacedor» 24. A pesar de las críticas que la hipótesis de la pangénesis había recibido, Linares le augura un próspero futuro debido a la coherencia que proporciona al evolucionismo darwinista. Sin embargo, el predominio del atomismo acabará provocando una crisis en la biología que permitirá una vuelta hacia una concepción verdaderamente orgánica y unitaria del mundo natural, concepción que había iniciado la Naturphilosophie y que se había visto alterada por el predominio del atomismo del que la teoría darwinista era una representación. No obstante, no parece que la predicción de González de Linares en cuanto al éxito de la pangénesis se cumpliera. La teoría obtuvo pocos adeptos y pronto sería descartada por los desarrollos de la teoría celular 25. El propio Darwin nunca la incluyó en las sucesivas ediciones de El origen de las especies, mientras que sus seguidores quedaron un tanto decepcionados con la formulación de esta «hipótesis provisional» 26. En la crítica de González de Linares a Darwin vuelven a presentarse los elementos que habían quedado antes de manifiesto en su crítica a Haeckel, expuesta en un curso sobre la Morfología de Haeckel impartido en la Institución Libre de Enseñanza entre marzo y junio de 1877 27. De nuevo, González ---intuiciones vivaces de Schelling y, a través de Ravaisson, Bergson pudo descubrir por instinto el devenir y el sentido schellingiano de la duración». TILLIETTE, X. (1977) de Linares valora la aportación al estudio de la naturaleza que había hecho la Filosofía de la Naturaleza alemana y contrasta esta aportación, en la que queda resaltada la unidad orgánica del mundo físico, con la de Lamarck y Darwin, donde esta unidad tiene un carácter mecánico y el desarrollo de las formas naturales a partir de su unidad de origen viene determinada, no por una necesidad interna, sino por meros accidentes exteriores. En la crítica que hace González de Linares a Haeckel la acusación principal que se lanza contra el profesor de Jena es la de materialismo. El error de Haeckel, dice Linares, «procede de concebir abstractamente la Materia como fondo general donde se informan los cuerpos, en vez de reportarla inherente al ser, al organismo de la Naturaleza, que la engendra de sí propio al determinarse mediante su actividad, desplegada luego en fuerzas y procesos, no de la Materia, sino de la Naturaleza misma»28. De este error principal surgen otros en la construcción enciclopédica de Haeckel. «Los principales, sigue Linares, son los siguientes: 1) Confunde en círculo vicioso la Fuerza con el movimiento, pues estima aquélla resultado de éste, y a éste engendrado por aquélla; 2) Limita la Morfología de la Naturaleza a la de la Materia, esto es a la ciencia del espacio material olvidando que el tiempo y el movimiento son, como el espacio, formas naturales y sus ciencias respectivas entran en la Morfología natural; 3) Entiende la Química unas veces como la ciencia natural en su total integridad, y la reputa otras término mediador entre la Morfología y la Feronomía (la Física); 4) Hace de la vida un atributo peculiar de una esfera de la Naturaleza, afirmando una supuesta «Abiología» contradicha por las ideas y los hechos; 5) Divide también la ciencia natural en dos partes, telúrica y uránica, como Humboldt, desconociendo la subordinación de la Tierra al reino sidéreo; 6) Desconoce la identidad de la Geometría y la Morfología natural, pues no hay espacio vacío abstracto, sino lleno siempre de materia, y por lo tanto, sólo una ciencia debe tratarlo; 7) Niega a la Morfología descriptiva carácter de ciencia siguiendo la opinión de todo el idealismo respecto de la Historia, sin atender a que la ciencia exige sólo enlace sistemático orgánico, sea de ideas, sea de hechos» 29. Hemos considerado importante reproducir la lista completa de los «errores» de Haeckel porque de esta crítica va a surgir una especie de programa científico para los naturalistas surgidos en las filas del krausismo. La crítica de Haeckel formulada por González de Linares ejerce una poderosa influen-----cia en científicos como Salvador Calderón o Francisco Quiroga. Pero también hay que señalar que el sistema conceptual que se elabora de esta forma resulta claramente insuficiente para el desarrollo de la investigación científica y tanto Salvador Calderón como incluso el propio Linares serían conscientes de ello. Por eso, el sistema así constituido se convierte en una especie de superestructura ideológica, apriorística, pero situada prácticamente al margen del desarrollo concreto de la investigación, en la que científicos como Salvador Calderón se valen de un instrumental teórico más cercano al positivismo. El estudio de González de Linares que más influencia va a ejercer, con todo, sobre los científicos de su entorno es su Ensayo de una introducción al estudio de la Historia Natural, publicado en 1874. Resulta significativo que tras la muerte de Augusto González de Linares, el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza reprodujera este trabajo elaborado treinta años antes y que podemos considerar como verdadero documento fundacional de la Filosofía de la Naturaleza del krausismo español30 y ello por varios motivos. Primero, porque por su fecha precede a los demás escritos sobre filosofía natural que surgen en el entorno de los integrantes de la tradición krausista. Segundo, debido al sentido que González de Linares da al término Introducción, como veremos más adelante. En tercer lugar, por el carácter sistemático que tiene este escrito de Linares. En cuarto lugar, por la influencia que este texto ejerce sobre algunos naturalistas del entorno krausista e incluso sobre otros no tan directamente relacionados con ese entorno. Tal vez, también, el propio título nos deje un cierto recuerdo a la Introducción al Proyecto de un sistema de filosofía de la naturaleza (Ersten Entwurf eines System der Naturphilosophie) de 1799 en el que Schelling utiliza por primera vez el término Naturphilosophie y no el de Philosophie der Natur como había hecho en sus escritos anteriores. González de Linares protesta aquí, en nombre de la unidad de la ciencia y la de la naturaleza, del carácter descriptivo y la «idolátrica adoración del pormenor atomístico» 31 a que quedaban reducidas, en la mayoría de los casos, las ciencias. Este estado de cosas suponía además una incapacidad para proporcionar una visión adecuada de una realidad marcadamente unitaria y en la que el interés exclusivo por el detalle era muestra de la impotencia para desentrañar los elementos comunes y la unidad de origen de la naturaleza. Si este error es común a diversas ciencias, más proclive es a él la Historia Natural, ya que, por su carácter descriptivo, tiende a olvidar la unidad, el sis-----tema, cuyos progresos en el estudio del detalle han sido tales que es difícil abarcar todos sus especiales asuntos a la vez, perdiéndose de vista también la unidad del conocimiento científico. Para acabar con esta situación es preciso una propedéutica, una Introducción, y este es el sentido del título del trabajo de González de Linares, que sea capaz de responder a dos preguntas. ¿Qué asunto tiene la Historia Natural? es la primera. ¿Cómo ha llegado a tener noticia de este objeto el indagador y cómo puede llegar a aplicarla en lo sucesivo?, la segunda 32 De cada uno de estos asuntos se desprenden otras cuestiones subordinadas que constituyen el plan de trabajo de González de Linares. Con respecto al objeto de la Historia Natural, el profesor de la Universidad de Santiago aprecia tres aspectos: la formación del concepto de esta ciencia, las relaciones que unen a la Historia Natural con otras ciencias y la exposición del plan del contenido de la Historia Natural. Por lo que hace a la forma en que el investigador llega a tener conocimiento de este objeto distingue a su vez dos asuntos: los medios que permiten el acceso del objeto a la conciencia reflexiva del indagador, y el método que debe utilizar en el uso y dirección de estos medios para llegar a conocer en realidad y verdad el objeto. En el estudio de la ciencia de la naturaleza, González de Linares establece dos niveles de conocimiento que es necesario no confundir, aunque sean complementarios y avancen a través de influencias recíprocas. Por un lado, la Historia de la Naturaleza, a la que incumbe tanto «trazar el cuadro que en la actualidad ofrecen a nuestra observación los diversos seres naturales como estudiar las transformaciones que hayan podido experimentar, v. gr., la Fauna o la Flora terrestre, desde su primera aparición hasta nuestros días». De este segundo punto de vista, al que llama genético, valora Linares el que «comienza hoy a alcanzar merecida estima, ya respecto de la Tierra, ya respecto de los seres que alternativamente la han poblado». Por otro lado, los conocimientos que se ocupan de lo que son los seres naturales en sí mismos, sin relación alguna al tiempo. A este género de conocimientos llama filosóficos y Filosofía a la ciencia donde se enlazan de un mo----- 32 No podemos evitar encontrar cierta semejanza en esta pregunta que se hace González de Linares y en cómo la resuelve con la que se formula en un artículo anónimo titulado Über die Medizin. Arkesilas an Ekdemos, aparecido en 1795 en el periódico alemán Der Teutsche Merkur y que fue atribuido al médico J. B. Erhard, corresponsal de Kant y colaborador de Röschlaub, como señalan Elvira Arquiola y Luis Montiel y en la que se dice «¿Puede prometer gran certidumbre una ciencia que nunca ha ofrecido un concepto de su objeto». De esta forma las preguntas ¿qué es un animal, qué es una planta? Tienen este carácter y sólo pueden ser contestadas en la Filosofía de la Naturaleza, y sigue diciendo que «la unidad de las fuerzas, en la Física; las cuestiones sobre el origen y evolución de los organismos terrestres, en la Historia Natural, pueden reputarse como las dos señales culminantes de una tendencia marcadamente filosófica en las Ciencias de la Naturaleza, aunque, por desgracia todavía harto vaga e incompleta, y desatendida por los más». Ese doble nivel cognoscitivo necesario para la cabal comprensión de la naturaleza tiene una base concreta en la realidad compleja de los seres naturales. En este punto, la necesidad de compatibilizar una explicación puramente naturalista de la existencia y las relaciones entre los seres con la creencia en un plan providencial de la naturaleza, hace tambalearse la versión unitaria y monista que de la Historia Natural tenía González de Linares, llevándole hacia una contradicción que ejercerá su influjo sobre todo el naturalismo de la tradición krausista y que está en el origen también de esa ambigüedad metodológica que hemos apuntado antes. Así, el naturalista que poco después iba a ser expulsado de su cátedra por defender la libertad de la Ciencia frente a las exigencias del decreto y circular de Orovio, afirma que es necesario establecer, dentro de la inmensa variedad de seres que ofrece la naturaleza, cuál es la primera y más radical distinción que entre esos seres se observa y, empezando por atender a la propia naturaleza humana, encuadra que ésta «no es simple, sino compleja: que está formada por la composición de dos elementos, cuya oposición, armoniosamente unida en el que lleva por excelencia el nombre de ser racional, se despliega luego en el Universo, constituyendo los dos polos fundamentales de la Creación». Uno de esos elementos, el Espíritu, nos es inmediatamente presente y conocido en su esencia y vive «en sí y por sí, en medio de las influencias de todas clases que le rodean, a las cuales puede y debe sobreponerse, si son contrarias al cumplimiento de su destino», y el otro, el Cuerpo, sólo nos es conocido después de una larga y laboriosa experiencia y tiene fuerza de sí y en los otros seres su centro vital, de donde recibe los impulsos fundamentales a que obedece, en un red de influencias recíprocas que tiene por fundamento y principio inmediato a la Naturaleza que «con infinita virtud engendra y produce todas las criaturas, desde el cuerpo celeste al infusorio, según el plan providencial que cumple también ella en el Universo bajo el gobierno de Dios» 33. No obstante, la íntima interacción existente en todos los procesos naturales contribuye a restaurar en parte, a través de una última síntesis, la unidad perdida en virtud de esa dualidad entre la experiencia y la idea, convertida en ----relación dialéctica entre lo esencial y lo mudable. Fruto de esa síntesis, que supera la división del estudio de la naturaleza entre la Filosofía y la Historia, nace la Filosofía de la Historia de la Naturaleza. El Ensayo de Linares acaba con el diseño del plan a que debe ajustarse el estudio de la Historia Natural, que abarca a todos los seres, tanto sidéreos como epitelúricos. Este plan será la base a la que se ajustarán más tarde los manuales que salgan de la pluma de los científicos del entorno de la Institución Libre de Enseñanza. En ellos se establece una sucesión entre el estudio de la Uranología, la Geología, la Fitología o Botánica, la Zoología y, reconociendo la existencia del reino hominal de que hablaba Quatrefages, la Antropología. A todo ello deben preceder algunas consideraciones generales destinadas a poner en claro la idea que se tiene de la Historia Natural, si bien estas cuestiones preliminares afectan más bien a la Filosofía de la Naturaleza. LA «NOVÍSIMA» FILOSOFÍA NATURAL ESPAÑOLA Junto a Augusto González de Linares, Alfredo Calderón y Arana (1850-1907) puede ser considerado el principal sistematizador de la Filosofía de la Naturaleza de tradición krausista en la España de los años setenta del siglo XIX. Al contrario que sus hermanos Laureano y Salvador (químico y cristalógrafo el uno, mineralogista y geólogo el otro), Alfredo Calderón no orientó sus estudios hacia las ciencias físico-naturales y permaneció alejado de la enseñanza oficial pese a haber aspirado en varias ocasiones a una cátedra de Derecho Natural en distintas Universidades españolas. Todo ello no fue obstáculo para que ejerciera una importante influencia pedagógica a través de su participación en la Institución Libre de Enseñanza y de sus artículos periodísticos sobre asuntos relacionados con la enseñanza y que estuviera especialmente atento al movimiento científico, fruto de lo cual es su obra Movimiento novísimo de la filosofía natural en España (1879) en la que da cuenta de la existencia de una nueva dirección de los estudios sobre la naturaleza en España y de la tarea de sus principales representantes, al tiempo que contribuye a fijar las bases teóricas de la Filosofía de la Naturaleza de tradición krausista 34. El trabajo de Alfredo Calderón se inicia con una exposición de los principios a que se debe ajustar la filosofía natural y los elementos que han rodeado ----la aparición de ese nuevo movimiento de la filosofía natural en España a que se refiere el título y sigue luego con el análisis crítico de los trabajos llevados a cabo por Augusto González de Linares en el campo de la Biología y en la exposición doctrinal de la nueva filosofía natural, por Enrique Serrano y Fatigati en el de la Física, por José Macpherson, Francisco Quiroga y Salvador Calderón en el de la Uranología y por el último de los ahora citados en cuanto a la Botánica y a las afinidades entre la vida animal y la vegetal, a través de sus estudios sobre nutrición vegetal. En el planteamiento que hace Alfredo Calderón acerca de los principios que deben inspirar a esa nueva filosofía natural, vemos repetidos algunos elementos que ya hemos señalado a propósito de los trabajos de Augusto González de Linares, por lo que nos limitamos aquí a hacer un breve catálogo de ellos, sin volver sobre los argumentos ofrecidos. Se trata de la idea de la unidad existente en la naturaleza, completada con la que debe regir en la ciencia, en la medida en que ésta aspira a acercarse a la realidad, la crítica de la aspiración universalista que caracterizaba al naturalismo contemporáneo y su intromisión en esferas del conocimiento que le eran ajenas, la recusación del atomismo, el empirismo, el mecanicismo y el materialismo, que habían viciado la investigación científica promoviendo, bien una dispersión de los estudios científicos y una diversificación de la naturaleza incompatible con esa idea de unidad a que nos referíamos, bien un dualismo que presenta falsas oposiciones en la naturaleza, niega la autenticidad de ésta y lleva, en último término, a la necesidad de recurrir a fuerzas misteriosas y desconocidas, cuando no sobrenaturales, para explicar la actividad de una naturaleza sometida a la imagen del caos, o, en fin, la defensa de la unidad de todos los seres naturales, negando con ello la división artificial y común que se establece entre los inorgánicos y los orgánicos. En esta campaña que inicia Alfredo Calderón, se sitúan decididamente en el otro lado los representantes, tanto de los prejuicios de la tradición como de las tendencias científicas modernas que pervertían esa profunda unidad de la naturaleza, y entre ellos también los evolucionistas, y señaladamente Haeckel, de los que, al igual que hacía González de Linares, valora su concepción unitaria de los procesos naturales, pero rechaza su materialismo, que falsea esa unidad. Al mismo tiempo, reaparece en el ensayo de Alfredo Calderón la idea de los procesos naturales como despliegue de fuerzas internas contenidas en la naturaleza, a través de la expresión de una «vitalidad sin límites que se ostenta y desborda por todas partes» 35. ----La novísima filosofía natural española tendría sus precedentes en «la tradición científica de una escuela representada por tan ilustres pensadores como Schelling, Oken y Carus, y que ha encarnado la más alta expresión del sentido orgánico en la Naturaleza», pero al mismo tiempo ofrece un carácter verdaderamente original y nacional, que conjuga tradición y progreso, al tiempo que ofrece una metodología en la que se armonizan la especulación y la experiencia. Así, si González de Linares representa una tendencia en la que, partiendo del puro racional concepto de la naturaleza, llega a determinar con toda precisión la doctrina verdaderamente orgánica, otros como Serrano y Fatigati forman parte de una corriente que, desde la observación experimental se eleva, a través de «tenaces y reiterados esfuerzos» a la concepción de más alta unidad, llegando al fin al mismo resultado. Esta nueva dirección idealista de la ciencia natural se debe también «al general movimiento de los estudios filosóficos, recientemente iniciado en nuestra patria», y entre los hombres que han contribuido a ese despertar de los estudios filosóficos y científicos, cita Alfredo Calderón como especialmente relevante al «eminente ex-profesor de la Universidad de Madrid D. Francisco Giner de los Ríos», al que «son deudoras de algunas de sus más preciadas conquistas muchas ramas de la ciencia patria, y al cual, en lecciones dadas en cursos privados, y valiéndose del método socrático de la enseñanza íntima (...), ha iniciado el movimiento que nos proponemos exponer, arrojando en espíritus jóvenes y entusiastas la semilla profunda que ha producido después como fruto las nuevas concepciones de los naturalistas»36. Como final de la parte filosófica o doctrinal de su trabajo, Alfredo Calderón expone el objetivo de ésta que es «Exponer meramente las principales conclusiones que este sentido novísimo ha formulado, intentando mostrar toda su trascendencia en el estado actual del desarrollo de las ciencias de la Naturaleza». En cuanto a los motivos que le han llevado a emprender esta tarea, el profesor de la Institución Libre de Enseñanza apunta al «estado de relativa incultura y de desnivel intelectual en que nos hallamos todavía con respecto de las naciones más adelantadas (que hacía preciso) dar a conocer a propios y a extraños los generosos esfuerzos, muchas veces coronados por el éxito feliz, con que algunas personalidades intentan, no ya sólo elevar el nivel de la cultura nacional, sino servir a los intereses generales de la ciencia, conquistándonos de esta suerte un lugar distinguido en el movimiento general del pensamiento contemporáneo»37. ----Se ocupa a continuación Alfredo Calderón de la nueva dirección de los trabajos en el campo de la Biología natural que responde a esta tendencia. Recogiendo la crítica antes mencionada a la aspiración universalista del naturalismo y volviendo sobre un asunto que antes hemos visto en González de Linares, Alfredo Calderón afirma que la Biología natural no es toda la Biología, ya que hay una vida fuera de la naturaleza, y añade que «no basta para conocer las leyes que rigen la vida espiritual, el mero estudio y aplicación como desde fuera, de las reconocidas con más o menos detenimiento en la de los seres naturales; aplicación que constituye actualmente una especie de neoescolasticismo o neo-dogmatismo naturalista, de que importa hacer cuanto antes pronta y debida justicia». Reconociendo la existencia de un dualismo entre Espíritu y Naturaleza, señala, sin embargo, que el que este dualismo no constituye «un verdadero antagonismo, ni una insoluble contradicción, es una verdad manifiesta: que las leyes que rigen uno y otro orden de seres son, no ya semejantes sino idénticas en el fondo, no es posible dudarlo; pero que la naturaleza propia de cada orden modifica profunda y radicalmente la manifestación en ellos de aquellas leyes comunes de la realidad, constituyendo una opuesta polarización, base de su íntima, indisoluble unión en la vida, es un principio no menos cierto, contra cuya evidencia se estrellarían eternamente todos los sofismas»38. Para Alfredo Calderón, el objetivo principal de la Biología natural es establecer y desarrollar el concepto de vida y en este sentido la noción aportada por el novísimo naturalismo español viene determinada en la esfera natural por el carácter de encadenamiento, de enlace de todo con todo, en la que la unión en el ser mismo de los elementos de permanencia, sucesión y propia causalidad de sus estados son los caracteres necesarios y suficientes para que se pueda reconocer en él la vida. Alfredo Calderón proporciona la versión más completa y acabada para la visión ortogenética del proceso evolutivo característica de la tradición krausista y que hemos visto formulada por Augusto González de Linares. El desenvolvimiento del ser «por propia e interna virtud» implica que este ser interno, potencial, virtual, dinámico, precede a su concreción exterior, positiva, material, sensible, de forma que el organismo material no es sino la manifestación determinada del organismo dinámico que «en relación con el medio le engendra, le desarrolla y le mata». Acercando el evolucionismo lamarckiano a su propia visión, Alfredo Calderón recoge el aforismo que se deriva de la teoría de Lamarck en cuanto a que «la función hace al órgano» para comple-----tar su argumentación señalando que «no emana, por tanto, la vida del organismo, sino el organismo de la vida (...) es el ser mismo real, preexistente, esencial, el que de su propio fondo, si bien en necesaria relación y en cierto modo subordinación al medio (...) se encarna en ese medio natural, toma cuerpo y forma sensible en su seno, y en colaboración con él preside el desarrollo de ese organismo material y visible, imagen de su propio interno organismo dinámico, condición indispensable y adecuado teatro para la obligada relación entre aquellas dos vitalidades, -la del ser y la del medio natural en cuyo seno se desarrolla-puestas en necesario contacto y en perpetua y recíproca condicionalidad»39. Como se desprende de lo anterior, el medio no constituye una realidad externa y ajena al ser, por lo que la perspectiva del proceso evolutivo como despliegue de las potencialidades contenidas en el ser no aparece perturbada por la necesidad de adaptación a un medio exterior, sino que, en palabras de Alfredo Calderón, «esto que abstractamente denominamos medio, no es en suma otra cosa que el ser natural mismo en cuyo interior y en cierta subordinación a las condiciones que impone su propia vitalidad, se desarrolla otro ser, que puede a su vez servir de medio para otro, constituyéndose de esta suerte los seres naturales en una serie infinita de posible subordinada mediatividad». Calderón destaca también la contribución realizada por González de Linares en su conferencia en la Institución Libre de Enseñanza sobre La vida de los astros a la idea de los individuos sidéreos como verdaderos seres naturales en los cuales la vida se manifiesta plenamente a través de su desenvolvimiento interior. De la afirmación de la vida como propiedad de los astros se derivan además consecuencias trascendentales, entre las que señala el plantear en otros términos el problema del origen de la vida, asunto que queda reducido al de la forma en que la vida se produce en seres individuales y concretos, dentro de otro ser concreto que se halla dotado de esa propiedad y deja de ser la cuestión a plantear la del origen de la vida para convertirse en la de la «aparición de la vida epitelúrica» 40. Tras hacer un recorrido por las contribuciones que han realizado a esa novísima filosofía natural española Enrique Serrano y Fatigati en el campo de la Física, José Macpherson, Francisco Quiroga y Salvador Calderón y Arana en el de la Geología, y este último en el de la Botánica, Alfredo Calderón se ocupa explícitamente de la repercusión del transformismo en España al hilo de su descripción de los nuevos estudios de Zoología, ciencia que lamenta no ----haya sido objeto de una atención semejante por parte de los naturalistas españoles. Esta carencia resulta tanto más notable cuanto que los estudios zoológicos estaban teniendo consecuencias trascendentales para la ciencia moderna y, a propósito del transformismo, añade que «cualquiera que sea el juicio que semejante teoría deba merecernos no puede menos de aplaudirse la conducta leal de aquellos pocos naturalistas que se han declarado francamente sus partidarios arrostrando la enemiga, tan terrible aún entre nosotros, de los vulgares prejuicios». En nota a pie de página, Alfredo Calderón señala entre los naturalistas que han defendido abiertamente la doctrina transformista a don Antonio Machado y Núñez y a don Rafael García Álvarez y las indicaciones más o menos explícitas contenidas en trabajos monográficos realizados por Eduardo Boscá y por Ignacio Bolívar y refiriéndose a las repercusiones que habían tenido las declaraciones realizadas por Machado y García Álvarez en ocasiones solemnes señala que «aquellas profesiones de fe científicas, apenas han servido entre nosotros de tema a ligeras y frívolas discusiones; más frecuentemente han sido origen de anatemas, tan ridículos como impíos, fulminados contra sus autores por una ciega, ignorante superstición»41. Concluye su artículo Alfredo Calderón con una reflexión sobre la forma que había adoptado la polémica evolucionista en España, en la que señala la necesidad de formar un juicio serio y científico sobre el darwinismo que sirviera al menos para «remediar los males que acarrea el que semejantes cuestiones queden abandonadas al ligero y superficial examen del peor de los vulgos, de ese vulgo semiculto lleno juntamente de absurdas preocupaciones y de vana presunción, y cuya soberbia le incita a lanzar a cada paso excomuniones desautorizadas y huecas declaraciones contra doctrinas que radical y absolutamente desconoce, y esto no en conversaciones privadas ni en el seno de la intimidad, -única esfera en que son tolerables ciertas inepcias-sino en oraciones académicas, y a veces en discursos parlamentarios, que es verdadera afrenta hayan de ser conocidos y juzgados más allá de nuestras fronteras». EL EVOLUCIONISMO ESPAÑOL EN UNA FASE MADURA DE SU DESARROLLO Hasta aquí hemos visto las formulaciones del pensamiento evolucionista de tradición krausista en sus orígenes, tal y como aparecía formulado en las versiones más autorizadas y ortodoxas de la escuela por parte de Augusto González de ----Linares y Alfredo Calderón y Arana. Dando un salto en el tiempo de más de veinte años, vamos a comentar hora la expresión del pensamiento evolucionista por parte de unos científicos que, recién comenzada su actividad en los años setenta del siglo XIX, se encontraban ya en plena madurez en el período del cambio de siglo. Se trata del manual redactado por Ignacio Bolívar y Salvador Calderón con el título de Nuevos elementos de Historia Natural 42. Antes de analizar la idea de evolución que aparece contenida en este trabajo, es conveniente precisar que a Ignacio Bolívar (1850Bolívar ( -1944)), aunque cercano siempre al entorno de los científicos de la Institución Libre de Enseñanza, no se le puede considerar como integrante de la misma escuela de pensamiento que el núcleo central de ella. Discípulo de Laureano Pérez Arcas, Bolívar se orientó sobre todo hacia los estudios de entomología y durante su época de estudiante realizó numerosas expediciones en compañía de otros jóvenes naturalistas como Salvador Calderón, de lo que resultaría una amistad entre ambos que no se interrumpiría a lo largo de sus vidas 43. En 1871 participó en la fundación de la Sociedad Española de Historia Natural, que al celebrar en 1946 los setenta y cinco años de su existencia, convirtió este acontecimiento en un homenaje a Bolívar, muerto dos años antes en el exilio en México y silenciado por la cultura oficial en esos momentos. Ese mismo año de 1871 participa junto a Salvador Calderón, Eduardo Boscá, Francisco Quiroga y otros amigos en la creación del Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales. Desde muy pronto, Bolívar muestra su proximidad al evolucionismo y ya en 1876, con motivo de su presentación a las oposiciones para la cátedra de Entomología de la Universidad Central, al referirse a la división hecha por Cuvier del reino animal en cuatro grupos (Vertebrados, Moluscos, Articulados y Zoófitos) que corresponderían a planes distintos de la Creación, indica que «La adopción de esta teoría nunca fue completa y en vida del mismo Cuvier, Lamarck y Geoffroy defendieron opuestas ideas (...) pretendiendo (...) que las especies no son fijas, ni los grupos tienen otro valor que el que le asigna el espíritu sistemático del hombre explicando la diversificación de los organismos por una modificación gradual e insensible de las especies, opinión que fue en parte la de algunos filósofos de la naturaleza y que en su esencia no se ----42 BOLÍVAR Y URRUTIA, I; CALDERÓN Y ARANA, S. (1900), Nuevos elementos de Historia Natural, Madrid. Este manual es una nueva edición del publicado diez años antes por los autores en colaboración con Francisco Quiroga, fallecido en 1894. 43 Acerca de Ignacio Bolívar, cfr. Alberto Gomis (pr.) (1988), Ignacio Bolívar y las ciencias naturales en España. Presentación y Apéndice de Alberto Gomis Blanco. Se trata de una edición facsímil de la realizada en 1921 con motivo de la jubilación de Bolivar. distingue realmente de la doctrina de Darwin si bien este último naturalista hace jugar en ella elementos como la selección natural y la lucha por la existencia que no se mencionan en los sistemas anteriores», añadiendo que la Ciencia no podía seguir aceptando el grupo de los articulados tal y como lo había presentado Cuvier44. Por su parte, Salvador Calderón y Arana, aunque sí pertenecía a la tradición krausista, fue depurando considerablemente sus primitivas concepciones a medida que avanzaba su experiencia investigadora. Tercero de los hijos del matrimonio formado por el periodista Antonio María Calderón y María Ignacia Arana, Salvador Calderón se licenció en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, sección de Naturales en 1872, obteniendo el grado de Doctor en la misma Facultad y sección ese mismo año45.El 24 de mayo de 1874 era nombrado por oposición catedrático de Historia Natural del Instituto de Las Palmas, puesto en el que se encontraba cuando el 26 de febrero de 1875 se publicó el decreto y circular de Orovio, ante el que protestaría, lo que llevaría a su suspensión de empleo y sueldo el 16 de junio de 1875, iniciándose así un período de alejamiento de la enseñanza oficial durante el que participaría en la fundación de la Institución Libre de Enseñanza y luego realizaría un periplo por varias capitales europeas y Nicaragua, donde participó en la fundación del Instituto de Occidente. Al regresar de Nicaragua en 1881, habiéndose producido el cambio de gobierno que permitió la reincorporación de los profesores expulsados por el decreto Orovio, Calderón fue nombrado catedrático de Historia Natural del Instituto de Segovia, logrando más tarde (1884) la cátedra de la misma materia en la Universidad de Sevilla, donde sustituyó a Antonio Machado y Núñez, hasta que en 1895 obtuvo la de Mineralogía y Botánica de la Universidad Central. Salvador Calderón es, sobre todo, mineralogista y geólogo, pero de su producción científica merecen destacarse también, en relación con el evolucionismo, sus estudios sobre nutrición vegetal a finales de la década de 1870, que son contemporáneos de los que sobre el mismo asunto realizaba Darwin como desarrollo de su teoría de la evolución 46. ----Este breve esbozo biográfico sobre Ignacio Bolívar y Salvador Calderón nos puede servir para comprender más adecuadamente las semejanzas que puedan existir con los planteamientos de Augusto González de Linares y Alfredo Calderón y Arana analizados anteriormente y para que resulten menos extrañas las divergencias. Bolívar y Calderón empiezan por definir la especie como el conjunto de «todos los individuos nacidos unos de otros por cualquiera de los medios reproductores, individuos que convienen entre sí en presentar los mismos caracteres» 47. Advierten, no obstante, de la dificultad de fijar el concepto científico de la especie y consideran imprecisa e insuficiente la definición dada por Cuvier. Inmediatamente explican los imprecisos límites entre variedades y especies y los efectos de la selección natural a la hora de fijar las variedades y especies y los de la selección artificial en cuanto a las variedades, al tiempo que ilustran con algunos ejemplos la forma en que actúa la selección natural, deteniéndose, como un caso especial de adaptación, en la explicación del mimetismo cromático, del que Salvador Calderón se había ocupado en algunos estudios 48. Aunque no se explica con precisión la forma en que actúa la selección natural, del tratamiento que se da a los ejemplos presentados y de lo que se dice más adelante se deduce la completa aceptación del proceso de selección natural de variaciones producidas al azar que se transmiten a la descendencia y se perpetúan en la medida en que proporcionan una ventaja. Los autores sí explican detenidamente el concepto de lucha por la existencia, señalando que «los individuos más débiles o menos fecundos en unos casos, o los que menos se adaptan al medio en otros, sucumben en esa lucha por la existencia entablada por los organismos unos con otros y todos con el medio en que viven» 49 y desvelan el origen malthusiano del mecanismo propuesto por Darwin al señalar que los organismos se esfuerzan por «multiplicar su especie engendrando un número de descendientes mucho mayor de los que llegarán a su completo desarrollo; pero a medida que esta fecundidad es mayor, crecen los riesgos de destrucción, sin lo cual sus individuos, ---- multiplicándose en proporción geométrica, no hallarían comarca en el globo capaz de bastar a su alimentación». Con respecto a la herencia, estos Nuevos elementos de Historia Natural reflejan las incertidumbres en que se movía la teoría evolucionista con respecto a este asunto, que no se empezaría a resolver hasta que el desarrollo de la genética mendeliana permitiera una síntesis entre ésta y la teoría de la selección natural, base de la moderna teoría de la evolución, al menos desde un determinada perspectiva. Bolívar y Calderón admiten la herencia de los caracteres adquiridos y aclaran que para que estos se perpetúen es necesario «que sigan obrando sobre los descendientes las mismas causas que ocasionaron la desviación, por que en el caso contrario, aquel carácter, adquirido accidentalmente, volvería de nuevo a desaparecer por regresión al tipo primero». Todo ello les lleva a defender una teoría de la evolución que entiende que «la variedad de formas vegetales y animales que hoy conocemos (...) son debidas a desviaciones y modificaciones de formas primitivas elementales que, evolucionando en el transcurso del tiempo y obedeciendo a las variadísimas condiciones a que pueden haberse hallado sometidas, siempre bajo el imperio de las leyes biológicas, hayan venido a producir el infinito número de formas vivas diversas que hoy conocemos, así como el de otras muchas que ni siquiera habrían dejado su huella en los estratos terrestres»50. El carácter didáctico del manual les lleva a referirse a otras teorías propuestas para explicar la sucesión de las formas, la de las creaciones sucesivas y la de las emigraciones de las faunas, teorías que rechazan. La primera, por no estar de acuerdo con los hechos y por no tener en cuenta ni explicar «las profundas modificaciones que se realizan gradualmente ante nuestros ojos en los animales domésticos y en las plantas cultivadas y que gradualmente se producen en los seres en libertad», y la segunda, porque si las faunas y floras hubiesen emigrado, podría seguirse la pista de su recorrido y el parecido que muestra la fauna y flora de algunas regiones del planeta con las de anteriores períodos geológicos sería sólo por algunos rasgos generales de ellas y el predominio de ciertos grupos de animales y plantas, pero no por constar de las mismas especies. Estas afirmaciones suponen una cierta contradicción con la idea antes expuesta del origen común a partir de unas cuantas formas primordiales, contradicción derivada de las dificultades existentes a la hora de establecer los términos de la distribución geográfica de las especies que ya se habían dejado notar en la obra de Darwin. ----El paralelismo haeckeliano entre filogenia y ontogenia aparece también planteado en la obra de Calderón y Bolívar, paralelismo que llevaba en su desarrollo lógico a la formulación de la teoría de la recapitulación, que aparece expresada en estos términos: «se ha comprobado que entre la ontogenia y la filogenia, o sea, el desarrollo de las especies en el transcurso del tiempo, existe cierta relación constante y directa que pudiera expresarse diciendo que ambas son paralelas, siendo la ontogenia a modo de una reproducción o repetición abreviada de la filogenia, o en otros términos, que todo ser al desarrollarse sigue una marcha paralela a la que recorrió en el tiempo la rama genealógica a que pertenece, pero más reducida, esto es, sin presentar todas las fases correspondientes a aquella rama, que es lo que se trata de expresar con el calificativo de «abreviada»«. La aceptación de este planteamiento tal y como había sido formulado por Haeckel no implicaba, sin embargo, aceptar al mismo tiempo el de la «escala del ser» en la forma en que había sido desarrollada por el profesor de Jena, como un elemento coherente con la lógica de la recapitulación. Por el contrario, los naturalistas españoles se muestran más de acuerdo con un modelo de divergencia que muestra una clara similitud con el célebre esquema presentado por Darwin en El origen de las especies en el que la evolución era concebida de una forma no lineal, sino con ramificaciones irregulares, lo que le servía para establecer su metáfora sobre «el árbol de la vida», o más bien «el coral de la vida». De acuerdo con esto, Bolívar y Calderón señalan que las formas vivientes son como «los extremos floridos de las infinitas ramas del árbol de la vida, del que muchas han muerto en épocas anteriores sin dejar sucesión, así es que la relación entre las especies vivas es como la existente entre las mismas provincias de una misma nación, no siendo, por tanto posible, colocarlas todas en una serie lineal (escala animal o vegetal) como se pretendía no hace muchos años»51. Como conclusión de la teoría de la evolución que habían expuesto en su obra, los dos naturalistas, que pretendían con ella dar una formación inicial, preparatoria, a los estudiantes de Ciencias de la Universidad española, indican que «cualquiera que sea el valor que se concede a la teoría de la descendencia, del transformismo o de la evolución, que con todos estos calificativos se conoce la teoría que tan a grandes rasgos hemos expuesto y de la que ha sido fundador el naturalista inglés Carlos Darwin, en su famosa obra sobre El origen de las especies, siquiera no le corresponde el mérito de la completa originalidad de ella, puesto que fue entrevista o presentida por otros naturalistas ----anteriores a él, es innegable para dar un impulso grande a las ciencias biológicas, al que se debe el considerable desarrollo que hoy alcanzan» 52. Todo ello muestra la forma en que era recibida la teoría de Darwin en España cuatro décadas después de la aparición de El origen de las especies y cerca de treinta años más tarde de que aparecieran las construcciones teóricas, procedentes del entorno krausista, de una Filosofía de la Naturaleza que recogía del darwinismo lo que tenía de concepción unitaria de la naturaleza, pero que rechazaba su materialismo. Al mismo tiempo, el manual de Ignacio Bolívar y Salvador Calderón nos permite observar cómo era expuesta la teoría de la evolución en una obra destinada a la formación inicial de jóvenes científicos, cuando además la explicación del darwinismo estaba lejos de ser aceptada por el bloque de poder dominante, como el conflicto suscitado a raíz de la inclusión en el Índice de los manuales de Odón de Buen se había encargado de demostrar poco antes 53. De este trabajo podemos destacar la desaparición de la idea de la evolución como desenvolvimiento del ser y de la apelación a un impulso interior de orden metafísico como causa de ese despliegue y, por el contrario, el sometimiento de todo el proceso a las leyes biológicas. Hay también, con todo, una influencia de la versión haeckeliana de la evolución, ya que había sido esa versión la más difundida en España por encima de la del propio Darwin. Pero al mismo tiempo, el planteamiento del autor de la Morfología de los organismos aparece despojado de su carácter finalista, mientras que hay, como ya se ha indicado, una interpretación mucho más ajustada del proceso de divergencia descrito por Darwin. En definitiva, los continuadores de la Filosofía de la Naturaleza de la tradición krausista a la altura de los años del cambio de siglo van despojándose, siquiera sea de manera limitada, de parte del equipaje metafísico con que esta escuela había incorporado el evolucionismo a su sistema filosófico durante la década de 1870 a partir de las contribuciones realizadas principalmente por Augusto González de Linares y Alfredo Calderón y Arana. 53 Sobre el conflicto surgido a propósito de la prohibición de los manuales de Odón de Buen cfr. de BUEN, O. (2003), Mis memorias (Zuera, 1863-Toulouse, 1939), Institución Fernando el Católico, Zaragoza, págs. 62-65; ARQUÉS, J. (1984), «Els veritables fets sobre la suspensió del científic darwinista Odón de Buen de la seva cátedra de la Universitat de Barcelona el 1895», Actas II Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, vol. I, págs. 285-303, Zaragoza;y SIMÓ RUESCAS, J. (1999), «Ciencia, ideología y conflicto político. La polémica evolucionista en España a través del diario republicano La Justicia (1888-1897)», Cuadernos de Historia Contemporánea, número 21, págs. 213-225, Universidad Complutense de Madrid.
Nuestro objetivo es estudiar la labor realizada por el naturalista cubano Antonio Parra entre 1790 y 1792, que no se limitó a la confección de herbarios y al envío de plantas y semillas a la metrópoli con el fín de aclimatarlas a la península, sino que profundizó en la redacción de un catálogo y un discurso sobre los medios de connaturalizar en España los árboles de la Habana. la cual tuvo varios hijos^, todos nacidos en Cuba. Viudo de su primera esposa, contrajo nuevas nupcias en 1784 con María Biaza del Río. Las aficiones naturalistas de Parra se estimularon, desde su llegada, ante la hermosura de la isla y su gran variedad de plantas y animales, de manera que dedicaba los ratos libres que le permitían sus obligaciones como militar a conformar una colección de «producciones marinas». Comenzó primero por éstas, recolectando conchas, estrellas de mar, etcétera, y a partir de 1776 se dedicó además a disecar peces, mediante un método -que él llamó de su invención-de vaciarlos totalmente, aplicar alguna sustancia que los endurecía y darles color, a fin de hacerlos más «reales» y atractivos. Parra no sólo colectó y preparó peces, crustáceos, reptiles, equinodermos, celenterados y espongiarios, sino que tuvo asimismo animales vivos, como caimanes, cocodrilos y monos. Este gabinete, que formó en su casa de La Habana intramuros (Tejadillo n.° 8), estuvo abierto al público y constituyó uno de los acontecimientos culturales más llamativos de su época en dicha capital. Le visitaron figuras nacionales y extranjeras, reflejándose su interés en la prensa citadina de entonces. A modo de una especie de catálogo con que presentar sus colecciones. Parra preparó y dio a la imprenta, lo que hoy se considera el primer libro científico publicado en Cuba, Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, que vio la luz en 1787, y contaba con setenta y cinco láminas grabadas en cobre por su hijo Manuel Antonio cuando sólo tenía dieciséis años. El propio Manuel Antonio iluminó, es decir, dio color a los grabados del libro, que al parecer se editó dos veces-'; La labor de Parra estuvo precedida hasta cierto punto por las reales órdenes que llegaban a las colonias para que acopiasen animales, minerales, plantas y objetos curiosos que pudieran ser incorporados a los Reales Gabinete de Historia Natural y Jardín Botánico de Madrid. En ese sentido, mantuvo correspondencia con figuras relacionadas con estas instituciones y en general con el gobierno metropolitano. Toda su colección la vendió al Gabinete en 1788 ó 1789 y se la entregó, enriquecida, cuatro años después. Obtuvo por ello cuatro mil pesos como pago de sus gastos, y además una pensión de otros dos mil, pagaderos por las reales Cajas de La Habana. Durante esos años en que preparaba sus colecciones. Parra se interesó además por la botánica. Era imposible escapar a todo el movimiento que en torno a esa disciplina se producía en diversos países civilizados, entre ellos España. Las ideas linneanas comenzaban su empuje para desplazar las de Toumefort y otros botánicos que habían primado por entonces. La recolección de plantas, su herborización y clasificación motivaba desde años atrás a muchos investigadores, médicos y sabios, no sólo por ansia de saber, sino también preocupados por conocer las múltiples aplicaciones de los vegetales, desde puntos de vista comerciales, industriales, medicinales y ornamentales. El descubrimiento de América había mostrado a los europeos un mundo animal y vegetal hasta entonces desconocido, pero exhuberante y hermoso, donde podían hacerse, como en efecto se hicieron, importantes descubrimientos. En el siglo XVIII, la mayor parte de ese mundo biológico aún permanecía en gran medida desconocido para Europa. Hasta esa fecha la historia natural de Cuba se difundió fundamentalmente a través de visitas foráneas o de los propios colonizadores españoles. Estos últimos recogieron desde sus inicios, en crónicas y diarios de viaje, las primeras noticias acerca de la flora y fauna cubanas, ampliamente divulgadas en los siglos siguientes, mediante compendios, casi siempre geográficos y botánicos, que publicaron los exploradores que recorrieron la isla, y entre los que se encontraban alemanes, franceses, ingleses, suecos, húngaros y de otras nacionalidades. Uno de ellos, Federico W. Nascher, escribió la primera obra sobre la flora de Cuba, Flora cubana, exhibens generum especierum circa Havana crescentium, publicada en Leipzig en 1758. Coincidiendo con Parra, arribó en el propio año de 1763 el naturalista C. A. Wallerton para recolectar ejemplares y escribir un Traite explicatif d' un herbier, que se publicó entre 1767 y 1770, y contenía nombres de plantas medicinales de Cuba. Por otra parte, desde 1777 hasta fines del siglo XVIII se organizan y envían desde España varias expediciones científicas, de las que podemos mencionar las efectuadas a los reinos del Perú y Chile (1777-1787), al Nuevo Reino de Granada (1783), a Nueva España (1787) y la de Alejandro Malaspina alrededor del mundo (1789). Estas expediciones tenían entre otras misiones las de estudiar la flora y fauna de los distintos países visitados, recolectando semillas y plantas (vivas o herborizadas) y animales. En el caso de las primeras consignaban sus usos industriales, eco- http://asclepio.revistas.csic.es nómicos, medicinales, artísticos u ornamentales. Ello conllevaba, por supuesto, la posibilidad de aclimatarlas en la península, política seguida por los reyes Carlos III y Carlos IV, al encomendar dicha tarea al Real Jardín Botánico de Madrid, desde su fundación en 1781. También se crearon jardines de aclimatación en distintas regiones de España, como en Aranjuez, Valencia y Cartagena, donde se prepararon condiciones para recibir, sembrar temporalmente y trasladar a su destino definitivo aquellas plántulas y semillas importantes, de acuerdo con los usos y utilidades mencionados. Como recibiera Parra en Madrid encargo de que remitiese a España todos las plantas que creyese conveniente, decidió realizar esta labor en relación con los árboles que se cultivaban en Cuba, a fin de que se hiciese otro tanto en el Jardín Botánico de Madrid y en los jardines de aclimatación de Aranjuez. En efecto, en 1790 el portugués envió en la fragata Rosario y en las urcas Polonia y Redentora, ocho cajones con plantas sembradas en canutos de barro"^, de mameyes colorados (Calocarpon) y de Santo Domingo (Mammea), zapotes (Achras, Pouteria, Dyospiros), anones (Annona), cedros (Cedrela), ceibas (Ceiba) en arbolitos y semillas, almacigos (Bursera), guayabos del Pinar y del Perú (Psidium) y palmas reales (Roystonea). Acompañaba su envío con noticias acerca de las utilidades y descripciones de dichas plantas, así como algunas instrucciones de cómo sacarlas de los cajones y el modo de conservarlas. Al respecto de esto último decía, por ejemplo: «Cada cajón lleva ocho arbolitos, cada uno de ellos plantado en un caño de barro de media vara de largo y seis pulgadas de diámetro, abierto por uno y otro lado para que las raíces que más crecieren, salgan por abaxo y puedan extenderse en un suelo de tierra en que van sentados dichos caños. Este método me ha parecido el más seguro para transportar los arbolitos para que al tiempo que se trasplanten no se lastimen sus raíces. El modo de sacar los arbolitos es romperle un frente, y se descubran los caños, luego con facilidad se tira para fuera teniendo la precaución de ponerles la mano debaxo o una tablita para sostener la tierra y de ese modo se colocan en el ^ Estos envíos motivaron una determinada correspondencia, algunas de cuyas misivas reproduce Barras de Aragón, de quien tomamos varios de estos datos. Ese mismo año despachó con parecidas indicaciones doce cajones más en los buques Asia y Castilla, conteniendo esta vez cedros, cocos {Cocos), palmas reales, guacamayas (Poinciana, Cassia), guásimas (Guasuma), anones, güiras (Crescentia), mameyes, atejes (Cordia), caimitos (Chrysophylum), mamoncillos, guanábanas {Annona), guayabos del Pinar y del Perú, tamarindos (Tamarindus), zapotes y aguacates (Persea). En 1791 y 1792 hizo Parra nuevos envíos, añadiendo además de estas plantas otras de piñones (Jatropha, Erythrina), uveros (Coccoloba), lirio francés o castaños (Pristimera), cerillos (Exostema), cañas bravas (Bambusa) y papayas (Carica). También aquí informaba acerca de la utilidad comercial, medicinal e industrial que brindaba cada una de ellas, la descripción de sus flores y frutos y otros detalles que consideró de interés. Si bien las descripciones de Parra ofrecen poco interés desde el punto de vista botánico, no resultan tan así desde el utilitario; único objetivo que tiene en mente el portugués al hacer sus envíos. Así, al hablar de las utilidades alimenticias y medicinales de algunas plantas dice, por ejemplo, que el coco da un agua medicinal, fresca y agradable para beber, y su masa también sirve de alimento: tanto de una como de la otra «se hace un gran consumo, sacan leche y manteca para cocinar empleando gran cantidad en dulces en almíbar, seco, tortas y otros usos»^. Las palmas reales tienen diversos usos, y producen además un fruto o palmiche, del cual se extrae una masa blanca, insípida, compacta y muy recia, que contiene mucho aceite. El fruto del tamarindo es comestible (en refrescos y dulces) y de uso bien conocido en medicina; el de los piñones es un admirable purgante y el del guayabo del Perú es dulce, de olor agradable y buen gusto; la raíz es utilizada por la gente de campo como astringente. Las hojas, flores y frutos de la güira chica son medicinales; también lo son las hojas del almacigo, etcétera. En relación con los usos industriales, expresa que la madera de esta última planta, como la de la güira grande, es blanca y de larga duración y resistencia, empleándose en ejes de carrozas y otros usos. La del manzanillo, fuerte y de color pajizo, se utiliza para confeccionar distintos utensilios en el campo. Lo mismo ocurre con la del zapote culebra y la del mamoncillo. La del aguacate es blanca y floja utilizándose en la construcción de cajas para el azúcar, y la de la guásima, también blanca y suave, en hormas de zapatos. Por su parte, la del cerillo, amarilla, sólida y de buen lustre, se emplea en enchapados y obras de tornería. Igualmente hace referencia a frutos que son utilizados para pastos de animales, maderas empleadas en la confección de cercas, y arbustos que podían servir de ornamentación en jardines. Algunos datos tienen particular interés pues muestran cómo se consumían por la población distintos alimentos y frutos, hábitos alimentarios prácticamente desaparecidos en la actualidad. Por ejemplo, al referirse al mamey de Santo Domingo, dice que se comía en tajadas y cubiertas de vino y canela, como postres. De la médula de la semilla del aguacate, cocida y desaguada, se confeccionaban turrones y otros; La introducción de nuevos alimentos, incluso de otras culturas alimentarias, pero también los estudios posteriores sobre la toxicidad y en general trastornos en el organismo de ciertos componentes utilizados en la alimentación debieron ser algunos de los factores que determinaron estos cambios. En 1791 Parra mandó doce cajones más de plantas vivas en los buques Asia y Castilla. Las mismas llegaron bien, trasladándose a los jardines del Puerto de Santa María, hasta que pudieran remitirse luego a Aranjuez. El 11 de agosto de 1792 envía cuatro cajones en la fragata Santa Balbina y la urca Santa Rita, y el 19 de mismo mes otras cuatro en las naves Espaciosa y Anunciación^, todas con el mismo destino. La actividad recolectora del portugués, más los largos años que había vivido en la isla, le permitieron adquirir conocimientos que en cierta medida reflejó en sus remisiones. En 1799 publicó en Madrid un Discurso sobre los medios de connaturalizar en España, los cedros de la Havana, y otros árboles, así como de construcción, como de maderas curiosas y frutales. En este folleto -que además permite conocer la suerte corrida por algunas de las plantas que envió-se abordaron las recomendaciones http://asclepio.revistas.csic.es para trasplantar y connaturalizar en la península los diferentes árboles mencionados, aprovechables en la agricultura, las fábricas y la cría del ganado. Su idea básica consistía en crear parajes adecuados para el depósito de arbolitos hasta que pudieran trasplantarse a un terreno apropiado. Por eso recomendaba que en las inmediaciones del puerto de Cádiz -el más frecuentado por las embarcaciones que llegaban de América-se construyeran «criaderos de plantas» y semilleros, sirviendo este lugar además como depósito de las que venían con destino a los reales jardines botánicos, pues en ocasiones llegaban maltratadas por el descuido o la larga travesía. En ese lugar se repondrían hasta que estuvieran en disposición de ser remitidas a su destino. En Andalucía y otras tierras las personas aficionadas y amantes del progreso, así como diferentes personalidades (curas, párrocos, alcaldes) e instituciones (Sociedades Económicas, etcétera) podían encargarse de recoger, transportar y sembrar plántulas, según fueran llegando las remesas. Todo ello bajo el control de un Comisionado que mantendría correspondencia con el Jardín Botánico de Madrid para conocer la marcha de estos trabajos. Parra insistió en la importancia de los árboles maderables y sobre todo de los cedros, pues estimaba que prevalecerían en España, ya que prosperaban en todos los terrenos de Cuba, y además porque de los cuarenta y cinco que había enviado entre 1790 y 1792, y se hallaban en el Real Jardín de Aranjuez, algunos habían «prendido» bajo determinadas condiciones (en estufas), aunque podían darse bien al aire libre. En ese sentido especificó todos los cuidados que debían tenerse en cuenta para lograrlos. Los envíos de plantas efectuados por Parra desde La Habana arribaron al Puerto de Santa María, atendido por Pedro Gutiérrez, y desde allí se trasladaron a los jardines de Aranjuez, al cuidado del Jardinero Mayor Pablo Bortelou. Estos envíos no sólo parecen encontrarse entre los primeros que en gran escala se mandaron a la península durante el siglo XVIII, sino también un factor importante es el hecho de que algunas plantas remitidas por Parra pudieron ser introducidas por vez primera en España -o al menos no tenemos referencias anteriores-, como son el ateje (Cordia cocolloca), el mamoncillo (MeUicoca bijuga), el cedro (Cedrela mexicana), el piñón espinoso (Erithrina cubensis), el almacigo (Bursera simaruba), la palma real (Roystonea regia), el abrojo de la Florida (Peireskia cubensis), el anón (Annona squamosa) y otras. Algunas de las plan- Aunque el folleto de Parra no constituye un trabajo netamente científico, pues sólo consigna los nombres vulgares de las plantas cubanas (más de trescientas) y no los científicos, sino que más bien tiene como finalidad una utilidad práctica, la labor de este naturalista puede considerarse dentro de los antecedentes significativos de la botánica en Cuba. A su partida, en el propio año de 1793, se funda en la isla la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, la cual proclamó entre sus primeras tareas la creación de un Jardín Botánico, así como de una escuela de química con su laboratorio. Todo ello, a fin de facilitar la instrucción, pues le interesaba el desarrollo de esas ciencias por su directa aplicación a la producción azucarera, objetivo fundamental de los hacendados criollos. Pero, como se sabe, no sería hasta el siglo XIX cuando se verían cristalizados esos deseos. Entre los promotores que abogaron por el avance de la botánica se encontraban, además, Mariano Espinosa y Pedro Le Compte, dos figuras que pertenecieron a dicha Sociedad y que, como Parra, enviaron a España muchas muestras de plantas cubanas para ser allí aclimatadas y connaturalizadas.
En su apartado político el viaje perseguía la reforma del obsoleto modelo colonial español y en su faceta científica se desarrolló un proyecto de investigación acorde a los intereses de Europa. Nuestro objetivo es definir los estudios botánicos realizados por los naturalistas de la expedición Malaspina en relación con la política científica que desde el Real Jardin Botánico de Madrid la corona españoia proyectaba para sus territorios de ultramar. El continente bibliográfico y actos conmemorativos que en las últimas décadas de nuestro siglo han monopolizado la figura de Alessandro Malaspina y su Viaje científico y político alrededor del mundo, resarce con generosidad el ostracismo padecido por la expedición a su regreso en septiembre de 1794. Bajo la sombra de tan ñi^ondoso árbol, hablar de botánica y hacerlo con el referente de la expedición Malaspina puede parecer un ejercicio reiterativo y nada novedoso. Cantar y contar las excelencias recolectoras de Louis Neé y Tadeo Haenke durante el viajen y la posterior utilización de sus herbarios por naturalistas como Cavanilles, Lagasca, Candolle, y Presl para describir nuevos géneros y especies, en calidad de garantes de los trabajos botánicos malaspinianos, sería repetitivo y frustrante. Aplicando las enseñanzas del propio José Cavanilles, aquéllos tienen «la parte de la gloria que merecieron viajando y secando esqueletos», a éstos les corresponde «la que resulta del examen y trabajos científicos». Ciertamente, como afirma el naturalista valenciano, «no es lo mismo ser viajante que botánico; ni ver plantas y ser juez competente para determinar la fructificación, género y especie»^. Cavanilles se interroga sobre el oficio de botánico, señala las diferencias entre quien circunscribe su labor al gabinete y quien la realiza inmerso en la naturaleza buscando sus secretos. La disputa se acentúa al legitimar el reconocimiento intelectual, al distribuir los honores correspondientes a uno y otro papel. Pero la cuestión merece un punto y aparte al que no podemos atender en esta ocasión. El ejemplo malaspiniano conlleva ambas facetas de la taxonomía vegetal, revela la categoría de Haenke, responsable de la octava edición del Genera Plantarum linneano^, que poco o nada debe demostrar, frente a un Louis Neé que a sus 54 años tiene todavía mucho camino por recorrer. Nos interesa, sin embargo, alejamos de la individualida'd y analizar el significado colectivo a las luces, pocas o muchas, de la comunidad botánica española durante los reinados del tercer y cuarto Carlos. Un referente obligado en esta búsqueda de identidad es el Real Jardín Botánico matritense, institución donde Casimiro Gómez Ortega estableció ^ Las cerca de 16.000 plantas recolectadas por Neé (véase la relación botánica elaborada a este respecto por Neé bajo la denominación de «Plantas colectadas en la expedición alrededor del Mundo», Archivo Museo Naval, doc. Exp. 81), y los aproximadamente 15.000 ejemplares, fruto de la herborización de Haenke. El jardín de Casimiro En 1803 el naturalista José Comide calificaba el Real Jardín Botánico de Madrid como «el plantel o semillero de tantos jóvenes como se han dedicado a la botánica, y que recorriendo los países más distantes le han enriquecido con numerosas y exquisitas plantas aún no conocidas en Europa»"*. El aserto testimonia la realidad de la institución matritense desde su fundación en 1755, como lugar de enseñanza botánica y centro de investigación sobre la flora americana. Ambos objetivos responden tanto a la finalidad docente con la que ftie creado, como al exclusivo carácter utilitarista de la ciencia asumido por la Casa de Borbón durante la segunda mitad del siglo; diseño que tuvo en Casimiro Gómez Ortega, primer catedrático del Jardín durante el período 1771-1801, un significado baluarte. Pero hagamos un breve paréntesis. Al interpretar la naturaleza, Diderot establece dos categorías de filósofos: «unos tienen, me parece, muchos instrumentos y pocas ideas; los otros tienen muchas ideas y no tienen ningún instrumento»^. Se trata de la clásica entelequia baconiana entre experimentación y raciocinio, entre observación y reflexión, que aconseja equilibrar uno y otro bando. Junto a tal dicotomía, no parece desdeñable considerar en nuestro balance histórico una nueva clase de científicos: aquéllos que no tienen ni ideas ni instrumentos, pero sí prestigio; donde Gómez Ortega se mueve como pez en el agua. El boticario Casimiro ejemplariza el adagio sobre la veJía científica en relación con la capacidad política del individuo y no por «es cierto que muchas plantas o árboles trasladados de un país a otro podrán perder mucho de su actividad o, acaso, adquirirla igual o mayor. Lo que será siempre seguro es que el conocimiento de estos vegetales se extenderá, y hará familiar a los Curiosos y Profesores que acudan al Jardín Botánico. Los holandeses hicieron a toda costa dibujar las plantas de su Colonia de Suriñán en la América. Fácil cosa es el convencer la mayor importancia de dar a conocer en España estos países mucho más fértiles y recomendables»^. Mensaje que Ortega llevó a la práctica concibiendo el jardín botánico como una institución dedicada a una sistemática vegetal acorde con los parámetros linneanos, y a la propagación de plantas útiles^°; cuyo brazo ejecutor fueron las expediciones botánicas. Siguiendo esta doctrina y los auspicios de la Corona, Hipólito Ruiz, José Pavón y el naturalista francés Dombey reconocen los territorios de Perú y Chile en el período 1771-1788; José Celestino Mutis dirige la Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada en «Dar una idea más completa del globo en general y del hombre que lo habita» ^^ es la máxima del viaje alrededor del mundo emprendido por las corbetas Descubierta y Atrevida en julio de 1789. Con Alessandro Malaspina nos alumbra la luz del modelo diderotiano pergeñado en el Suplemento al viaje de Bougainville, luz que, junto a la búsqueda de una mayor seguridad en la navegación y precisión cartográfica, compone un discurso náutico presente también en los bordos del marino italiano por los mares del Nuevo Mundo. Si «filosofía, coraje, veracidad; un golpe de vista rápido que capta las cosas y abrevia el tiempo de la observación; circunspección, paciencia, deseo de ver, de esclarecer e instruirse; la ciencia del cálculo, de la mecánica, geometría, astronomía y un barniz suficiente de historia natural»^^, eran cualidades propias del navegante Bougainville en su circunvalación del globo, no faltan en Malaspina, y se multiplica el aporte científico gracias al desarrollo de la Europa ilustrada. Así, finalizando el siglo el estudio de la naturaleza, el barniz de historia natural, es un cuadro multicolor donde fi'sica, química, geología, zoología y botánica, colaboran en una investigación «que puede producir ventajas considerables a la monarquía, y a el progreso de las ciencias»^^, sin olvidar la glo-'' Estado general de los aprestos para la expedición, que de orden de S. M. ha de trabajar las costas de la América. ^^ DIDEROT (1992), Suplemento al viaje de Bougainville, ed. de M. Jalón, Madrid, Debate/CSIC, p. 62.'^ Carta de A. Malaspina a Tadeo Haenke comunicándole las instrucciones para su viaje hasta Buenos Aires, Lima 13 de septiembre 1793. 96v. ria particular del científico. Utilitarismo, universalidad y fama, son los argumentos de estos mercaderes de luz que construyen la ciencia tanto en la expedición Malaspiña como en la utópica Sinapia legada por Campomanes, en un continuo peregrinar «por todas partes adquiriendo libros, noticias, materiales y modelos para el adelantamiento de la ciencia y artes»^'^l cimientos sobre los que descansa la fábula de la sociedad moderna. «Todo lo que presente la superficie en los diferentes parajes que visitemos»^^. En este infinito saber que define los intereses de la expedición Malaspiña sobre historia natural, la botánica ocupa un lugar secundario. La flora representa un conocimiento tradicional en la exploración del nuevo mundo, herborizar es una práctica incluso rutinaria con el paso de los siglos, vinculada a esa presencia terrenal aludida por Alessandro Malaspiña. Inventariar el reino vegetal es un hecho consustancial a cualquier viaje terrestre, un cometido recolector identificado por el herbario y la sistemática, que a finales del siglo XVIII, en el marco de un proyecto científico multidisciplinar, es superado por ámbitos más novedosos y controvertidos promovidos desde la Ilustración. Es el caso que nos ocupa. Además, en 1789 ni siquiera la ficción fisiocrática, el oro vegetal americano, puede ofrecer a la Corona la rentabilidad económica necesaria a sus dispendios. Ya no es suficiente andar «con ojos botánicos» los dominios de la monarquía, y las pesquisas oficiales dirigen su atención hacia la mineralogía, capaz de ofertar mayor e inmediata liquidez: «pues es el objeto único del viaje [recuerda Malaspiña a Haenke para su tránsito por la cordillera andina], el aumentar los conocimientos de la historia natural en todos sus ramos, y facilitar los progresos del beneficio de minas»^^. La monarquía acudía a la ciencia, no tanto para construir un modelo de sociedad sustentado en la proliferación de la cultura, como para remediar el desastre económico. La botánica poco o nada puede contribuir, pues la falta de una política agraria adecuada a las producciones naturales de la América espa-^^ AVILES, M. (ed.) (1976), Sinapia. Una utopía española del siglo de las Luces, Madrid, Editora Nacional, Biblioteca de Visionarios Heterodoxos y Marginados, p. Si bien no se puede atribuir a Campomanes la autoría del manuscrito, este ha llegado a nuestros días gracias a su legado bibliográfico.'5 Carta de A. Malaspiña a Antonio Pineda, Cádiz 26 de diciembre 1788. ^* Instrucciones de A. Malaspiña a T. Haenke para su viaje por la cordillera de los Andes, realizado durante la estancia de la expedición en el pueblo de la Magdalena, Lima, Magdalena, 14 de abril 1790. 40v-41. http://asclepio.revistas.csic.es ñola, asegura su precariedad y la inviabilidad de cualquier experiencia agrícola, imposibilitando toda exigencia económica y demandando inversiones para su desarrollo. «Estas, sin embargo, serán siempre las resultas que deben esperarse de una dependencia directa del gobierno, en los asuntos mercantiles, pues por lo común no alcanzando a sus deseos la robustez del erario, y no siendo posible, sin una infracción de las leyes, el disponer arbitrariamente del caudal de un particular a favor de otro, últimamente desvanecen las promesas, y la sola falta del techo causa la ruina de todo el edificio» ^' ^, afirma Malaspina valorando la precaria situación del plantío de canela de la hacienda de Calaván, en Manila. En 1791, escribía Gómez Ortega al ministro de marina Valdés comunicándole que «tendré que trabajar coadyuvando a la coordinación y corrección de los manuscritos de mis discípulos Don Antonio Pineda y Don Luis Neé, empleados por V. E. en calidad de botánicos y naturalistas en el viaje más útil y glorioso que se haya hecho alrededor del mundo» ^^. Los discípulos ya se habían emancipado y la anunciada colaboración era imaginaria. Mal podía coordinar Casimiro los trabajos zoológicos de Antonio Pineda, y difi'cilmente Louis Neé aceptaría la autoridad del maestro que le había postergado. La falsedad es sintomática del declinar político y científico de Ortega. Déficit presente ya en la fase organizativa de la expedición, con significado tanto en la persona del catedrático como en el jardín botánico regentado. Su participación en el proyecto científico malaspiniano es puramente consultiva. La ausencia de otro norte botánico que la realización de herbarios otorga a la disciplina un carácter meramente recolector, viendo desplazado su liderazgo científico en favor de la zoología; materia fuente de una novedosa investigación sobre anatomía, fisiología y sistemática animal; amplitud de miras que contrasta con la linde taxonómica propia del reino vegetal. El final de la aventura confirma el " Carta de A. Malaspina a J. Cuellar. Archivo General de la Marina, El Viso del Marqués, sec. Indiferente. Cit. en GALÁN DE AHUMADA, La farmacia y la botánica en el Hospital Real de Marina de Cádiz, Granada, tesis doctoral inédita, pp. 338-340. También en PUERTO, F. J. (1992), Ciencia de cámara. Habiendo fallecido en el transcurso del viaje Antonio Pineda, responsable de los estudios zoológicos, la organización de sus trabajos se encomendó a José Comide; Neé rescató sus herbarios con la intención de publicar la flora de las, aproximadamente, 16.000 plantas recolectadas. La participación de Ortega quedó reducida a elaborar un informe favorable a la contratación del pintor José Guío como encargado de las láminas botánicas de una obra que no vio la luz. Simultáneamente la expedición rauestra el valor en alza del Gabinete frente al Jardín Botánico. Si en 1776 la instrucción elaborada por Gómez Ortega para la excursión botánica de Ruiz y Pavón por la América meridional, ya contemplaba el Real Gabinete de Historia Natural como el Gabinete del rey, escaparate de las riquezas animales, minerales y vegetales existentes en sus dominios, y por consiguiente las colecciones «de semillas, y frutos secos, de gomas, resinas, bálsamos, y demás productos o partes de las plantas, que tuvieren algún uso, o merecieren tenerle»^^, tienen cabida en dicha institución, una década más tarde el hecho es una realidad, y el objetivo de la exploración malaspiniana «será el acopio de las cosas nuevas para el Real Gabinete de Historia Natural», dejando sólo el envío «de plantas vivas para el Real Jardín Botánico»^°. Se definen dos niveles botánicos diferenciados, el coleccionismo concebido para el Gabinete, y el cultivo de plantas en manos del Jardín. ¿Cuál es la causa de este reparto de funciones? La expedición Malaspina es una aventura científica diferente a las empresas promovidas por la monarquía en ocasiones precedentes. Situada en el marco de los viajes protagonizados por Bougainville, Cook y La Perouse, su ciencia gira sobre dos premisas: la grandiosidad de la Corona y la universalidad del saber. Los nuevos conocimientos contribuyen al progreso de la ciencia europea, y el empirismo, los objetos recolectados, manifiestan el poder de la Corona. En consecuencia, el patriotismo mal^spiniano convierte al Gabinete en la institución que debe acoger el patrimonio nacional. «Y el gabinete es el libro donde lees / Quien eres y lo mucho que posees», explican los versos del poeta Iriarte^^ El antecedente protagonismo botánico pasa a formar parte de una quimera nacional, «único juez a quien debemos tributar nuestros esfuerzos» afirma Malaspina^^, cuyo interlocutor no es ya la institución que estudia los herbarios, sino quien los exhibe: «Los ejemplares secos de que se sacasen los dibujos serán conservados y colocados con los demás en el herbario que se debe formar para el Real Gabinete, como monumento eterno de un viaje que es el primero que se ha hecho por la Corte de España», afirmaba Neé a Cosme Churruca al exponer el plan de publicación de sus trabajos botánicos durante la expedición^^. En 1805 escribiría Humboldt a Bompland, respecto a la relación de su viaje, sobre el halago fácil y necesario con los botánicos españoles: «haga una lista de las gentes que hay que alabar perpetuamente, y alabe a la vez a Neé, Zea, Mutis, Cavanilles, Sessé, Pavón y Ruiz y Tafalla y Olmedo. Yo he actuado así en mis manuscritos y es preciso que los suyos estén acordes con los míos, ya que formamos un solo equipo y quiero que se sepa que no tomamos ningún partido. Le conjuro a responder a Pavón lleno de amistad, sería desagradable tener problemas con ellos y podemos evitarlo» 2''. Las facciones aludidas estaban representadas por Casimiro Gómez Ortega y José Cavanilles, y quien no pudo evitar los problemas fue Louis Neé. El botánico francés hacía tiempo que había respondido a Ruiz y Pavón, con bastante menos cordialidad de la reclamada por Humboldt. La solicitud por los botánicos de la expedición al Perú y Chile de los materiales recolectados por Neé, al objeto de incorporarlos a su ñora Peruviana et Chilensis, originó la polémica: ^' Epístola escrita por T. Iriarte a J. Cadalso, donde se describe en forma de poema la Academia de las Tres Nobles Artes y el Real Gabinete de Historia Natural; 28 de noviembre de 1776. Reproducida en BARREIRO, A. (1992) «tardaron en su viaje once años, han tomado los agregados que juzgaron necesarios para ayudarlos, han tenido todos los auxilios necesarios y estuvieron todo el tiempo que quisieron estar en cada país. Creo que su colección ha sido de 6.000 plantas, ¿si en el tiempo de once años, entre tantas personas, han colectado sólo este número digo yo que no deben haber sudado mucho?»^^. Fue la airada respuesta a tan arrogante petición. La cuestión de fondo es el disfrute de una heredad que se veía seriamente amenazada con la intromisión de Ruiz y Pavón. «Sería desacreditarme, quitarme mi hacienda»^^, explica Neé, renunciar no tanto a la gloria botánica como al beneficio económico que representaba su herbario; caudales con los que asegurar su vejez. Fue éste un episodio más del enJErentamiento entre Ortega y Cavanilles, característico de una disciplina y de una institución, el Jardín Botánico, que si no tiene estímulos cognoscitivos es la tribuna idónea para la proyección personal. Polémica que la expedición Malaspina significa en la figura de Neé, quien formó en las filas de Cavanilles. La expedición Malaspina testimonia un ñ"acaso botánico. Revés así en la explotación de recursos naturales, como en la evolución de la disciplina hacia temas de investigación impropios de la descripción y clasificación. Una tendencia propia de una ciencia botánica regida por el utilitarismo farmacológico, nacido de considerar al reino vegetal como mero instrumento médico. Interrogado en 1790 por el estado de la botánica española respondía Cavanilles: «Poco menos que nada. Si Vm. exceptúa a Palau, que está casi decrépito e inútil ya para trabajar, todos los demás son poco menos que aprendices»^^. Considerar aprendices a los botánicos españoles en el umbral de la centuria decimonónica resulta excesivo, pero no lo sería definirlos como nominalistas sin otro rumbo que la taxonomía.
En este trabajo pretendemos analizar las causas del fracaso de la política científica ilustrada, utilizando como ejemplo el estudio, desde sus orígenes hasta el final de su existencia, de un establecimiento científico, la Oficina Botánica, creado en pleno proceso de decadencia del modelo político y económico ilustrado, capaz de realizar un gran esfiierzo económico y organizativo en las expediciones botánicas a la América hispana, pero al que le faltó acometer, de forma efectiva, el siguiente paso, aquel que le llevase a mostrar al mundo las riquezas naturales de nuestras posesiones a América. El ambicioso proyecto de las Expediciones botánicas ilustradas El proyecto de las expediciones botánicas a la América hispana durante el último tercio del siglo XVIII estaba impregnado de un indudable carácter utilitario, muy en consonancia con las tendencias ilustradas imperantes en Europa a lo largo de este período^. La principal diferencia del plan español, con respecto a los móviles de las principales potencias europeas en materia de Ciencia, radicaba en la singularidad de los objetivos perseguidos; el conocimiento y la explotación de aquellas producciones naturales presentes en suelo americano de interés terapéutico se convirtió en una importante meta para los gestores de este proyecto^. La relevancia de la quina en el tratamiento de las enfermedades febriles, y su repercusión comercial, hizo pensar a las autoridades españolas en las posibilidades económicas que ofrecía, no sólo una correcta identificación y valoración de las distintas especies de cinchonas existentes en los territorios de la América hispana, sino también la investigación de nuevos remedios contra las fiebres y las principales enfermedades de esta época. La pretensión era ambiciosa, convertir a España en una gran potencia ^ La génesis del proyecto de las expediciones botánicas ilustradas en PUERTO SAR-MIENTO, F. J. y GONZÁLEZ BUENO, A. (1993), «Política científica y expediciones botánicas en el programa colonial español ilustrado», en: A. Lafuente, A. Elena y M. L. Ortega (eds.) Mundialización de la ciencia y cultura nacional, pp. 331-339, Madrid; PUERTO SAR-MIENTO, F. J. (1987), «Casimiro Gómez Ortega y la organización de las expediciones botánicas ultramarinas», en: B. Sánchez, M. A. Puig-Sámper y J. Sota (eds.) La Real Expedición Botánica a Nueva España, 1787-1803, pp. 79-94, Madrid. ^ La direccionalidad utilitaria de las expediciones botánicas ilustradas ha sido puesta de manifiesto por GONZÁLEZ BUENO, A. (1992), «Virtudes y usos de la Flora Americana: una aproximación al carácter utilitario de las Expediciones Botánicas en la España ilustrada», en: A. Lafuente y J. Sala Cátala (eds.) Ciencia colonial en América, Asclepto-Vo\. XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es europea en materia farmacológica capaz de dominar el mercado internacional de medicamentos de origen vegetal'^. Este gran proyecto pasaba por una labor de inventariado de los recursos naturales de los territorios españoles en Ultramar que, con posterioridad, permitiese un estudio más exhaustivo, principalmente, de aquellas especies cuya utilidad terapéutica pudiera ser aprovechada en beneficio de los intereses nacionales. Con la tarea desempeñada por los expedicionarios españoles en tierras americanas se cumplía la primera parte del plan; ahora su trabajo debería ser complementado por una labor de gabinete que permitiese la identificación rigurosa de todas las especies vegetales presentes en suelo colonial, por lo que el primer paso sería la publicación de una gigantesca obra que mostrase al Mundo la diversidad vegetal de las posesiones españolas en América y Filipinas; una monumental empresa al menos tan ambiciosa, si no más, que la propia exploración de los territorios americanos, la cual requería de una sólida formación taxonómica que no poseían los expedicionarios españoles tras su vuelta a la Península^. No obstante, éstas no fueron las principales dificultades; la muerte del Ministro de Indias, José de Gálvez, y la caída del Conde de Floridablanca dejaban al proyecto expedicionario sin sus dos principales valedores; C. Gómez Ortega, la tercera figura en este proyecto y principal responsable del carácter farmacológico de la empresa, se quedaba sin los apoyos institucionales necesarios para iniciar la publicación de las Floras americanas, un plan que, de esta forma, estaba prácticamente muerto en el mis-"* La utilización de la Botánica en beneficio de los intereses comerciales españoles ha sido analizada por RODRÍGUEZ NOZAL, R. (1992), «Ciencia y Comercio: las drogas americanas en la obra de Hipólito Ruiz», en: H. Ruiz [F. J. Puerto (dir.)] Disertaciones sobre la raíz de la ratánhia de la calaguala y de la china y acerca de la yerba llamada canchalagua, pp. Burgos; PUERTO SARMIENTO, F. J. y GONZÁLEZ BUENO, A. (1988), «Renovación sanitaria y utilidad comercial: las expediciones científicas en la España ilustrada». Revista de Indias,47(180), ^ Una formación científica no recibida con anterioridad a su partida a tierras aniericanas debido al carácter de «agencia gubernamental» que poseían los principales Centros científicos encargados de coordinar las expediciones, donde la práctica científica, en su concepción más estricta, no existía, quedando sus competencias centradas en la elección de los expedicionarios y en su capacitación científico-técnica, en la elaboración de las instrucciones de trabajo para éstos y en la dotación del material necesario para llevar a cabo las labores científicas en las colonias españolas (cf. LAFUENTE, A. (1992), «Institucionalización metropolitana de la Ciencia española en el siglo XVIII», en: A. Lafuente y J. Sala Cátala (eds.) Ciencia colonial en América, Madrid). XLVII-2-1995 171 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es mo momento de su nacimiento^. Por lo tanto, lo que años atrás constituyó una parte importante de la política científica borbónica pasaba ahora a ocupar un lugar marginal dentro de las pretensiones y de los planes de la nueva cúpula gobernante española. Con la subida al poder de A. Porlier se acababan los años dorados del americanismo, auspiciados por J. Gálvez. El Ministerio de Indias desaparecería para formar parte de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias; la llegada, primero, del Conde de Aranda y, después, de M. Godoy a la Primera Secretaría de Estado trajeron consigo un cambio notable en el apoyo institucional hacia la Botánica española; los aspectos fármacoterapéuticos perseguidos por el grupo de C. Gómez Ortega, y apoyados por el Conde de Floridablanca, ya no serían defendidos por M. Godoy, mucho más proclive a la Escuela botánica encabezada por A.J. Cavani-lles^. Este importante cambio político acaecido entre los años 1787-1791, coincidente en el tiempo con la llegada a España de los expedicionarios por tierras peruanas^ y con la puesta en marcha de la segunda fase del proyecto, la publicación de los resultados obtenidos en las exploraciones botánicas, sería determinante en el devenir del plan trazado por C. Gómez Ortega, hasta el punto de poder diferenciar un antes y un después de la caída de Floridablanca en el proyecto de dar a la luz las Floras Americanas. ^ La política científica ilustrada, principalmente en lo relacionado con la Sanidad y la Botánica, y la influencia que tuvieron en ella sus principales cabezas rectoras, en PUER-TO SARMIENTO, F. J. (1988), La Ilusión Quebrada. Botánica, Sanidad y Política Científica en la España Ilustrada, Barcelona; PUERTO SARMIENTO, F. J. (1992), Ciencia de Cámara. Casimiro Gómez Ortega (1741-1818) El espectacular y ambicioso plan de grabado propuesto por J. Rubio y defendido por C. Gómez Ortega constituye la manifestación más contundente del período de declive de Floridablanca en la Primera Secretaria de Estado. La creación de una Escuela de grabadores e iluminadores especializados en temas botánicos, capaz de abordar los trabajos iconográficos consustanciales a todo trabajo taxonómico, que funcionaría de forma paralela a la institución oficial, la Real Calcografía, y que dejaría fuera a los burilistas profesionales formados en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, aunque daría paso a un nuevo profesional del grabado, especializado en temas de Historia Natural, se planteaba como el siguiente paso necesario en la carrera por explotar los recursos ultramarinos y con una amplitud de miras muy en consonancia con todo el proyecto expedicionario ilustrado^. La centralización e institucionalización del grabado botánico ilustrado no pudo ser, finalmente, llevada a cabo debido al ya mencionado cambio en la cúpula gobernante española durante la última década del siglo XVTII, lo que provocó el primer revés de importancia para las Floras americanas; su publicación dejaba de ser un objetivo prioritario dentro de la política científica española para pasar a convertirse en un gran lastre a soportar por los nuevos gobernantes españoles. El fracaso del proyecto de grabado no hay que interpretarlo únicamente como una valoración negativa fundamentada en razones técnicas o de viabilidad del plan, que indudablemente existían y podían ser suficientes para desaconsejarlo, sino como una clara manifestación de rechazo a la continuidad de las expectativas de C. Gómez Ortega por ver publicadas las Floras americanas. La confirmación de este desinterés por parte del nuevo gobierno ilustrado vendría dada por la negativa para financiar el proyecto; una situación grave que obligaría a C. Gómez Ortega a buscar otra fuente de ingresos con la que sufragar los numerosos gastos que, previsiblemente, tendría que soportar esta ambiciosa empresa. La solución se buscaría en ^ Los proyectos de grabado para las «Floras Americanas» pueden consultarse en RODRÍGUEZ NOZAL, R. y GONZÁLEZ BUENO, A. (1995), «La formación de grabadores para la "Floras Americanas": un proyecto frustrado», en. A. R. Diez et ais. http://asclepio.revistas.csic.es las propias posesiones españolas en Ultramar, en un intento por hacer ver a estas colonias que la publicación de sus Floras debería ser sufragada por ellas mismas. A pesar de que la petición de ayudas económicas se generalizó a todos los territorios y a todos los estamentos americanos y filipinos, la respuesta de las colonias fue muy dispar, pudiéndose observar una mayoritaria aportación del Virreinato del Perú y de algunos estratos sociales, principalmente de la burguesía criolla. Es indudable que las autoridades americanas y filipinas conocían la difícil situación de partida de la empresa editorial, un utópico proyecto carente de apoyo institucional y a merced de los donativos que viniesen de las posesiones españolas en Ultramar. Con este planteamiento, es lógico que la respuesta recaudatoria no fuese todo lo abundante que sería de desear, principalmente en aquellos territorios que tenían muy pocas posibilidades de ver publicado su inventario vegetal; por contra, la contribución peruana fue notable, en un claro intento por autofinanciarse la única Flora americana con unas ciertas garantías de llevarse a cabo^*^. Sin la infraestructura necesaria para abordar en toda su magnitud la compleja y exigente empresa de grabar las láminas de las especies que tendrían que formar parte de esta monumental obra botánica y sin la financiación necesaria para ello, el proyecto americano comenzaba su fase editorial con un futuro muy poco halagüeño. La primitiva idea de dar a la luz una o varias obras botánicas que mostrasen al Mundo la diversidad natural de las posesiones españolas en Ultramar ya no podía llevarse a cabo, habría que buscar una nueva meta más acorde con las posibilidades económicas del proyecto; el nuevo objetivo aún sería muy ambicioso, aunque también incierto: la publicación de la Flora Peruana y Chilense. La necesidad de dar cobijo a la gran cantidad de materiales, principalmente botánicos, acumulados tras los once años que permanecieron los expedicionarios en tierras peruanas y chilenas y de disponer de un lugar de trabajo para los científicos encargados de dar a la luz la Flora Peruana, hizo posible la búsqueda de un local destinado a tales fines; únicamente existía un inconveniente, aunque ya estaba en vías de resolverse.'° La documentación relativa a la petición de fondos con objeto de publicar las floras americanas y las diferentes respuestas de los territorios españoles en Ultramar ante esta iniciativa de la Metrópoli se conserva en el Archivo M.N.C.N., serie Expediciones, expedientes 774-820. Cabe pensar en la posibilidad de que podría haber sido el Real Jardín Botánico el Centro que acogiese a los expedicionarios y sus colecciones americanas; esta situación quizás se hubiera producido si C. Gómez Ortega hubiese mantenido el poder que tenía en esta Institución tan claramente como en los años en los que el mandato de Floridablanca en la Primera Secretaria de Estado era un hecho incuestionable; ante esta pérdida de influencia, es muy probable que el Primer Catedrático del Real Jardín intentase crear un nuevo establecimiento botánico, desde donde reestablecer su ya renqueante primacía sobre la Botánica española, y en en el que refugiarse cuando tuviese que abandonar la institución madrileña. Como vemos, el proyecto de publicar las Floras americanas se constituyó, desde sus orígenes, en un cúmulo de situaciones y hechos absolutamente marginales; al singular plan de grabado propuesto por C. Gómez Ortega y a la peculiar forma de entender la financiación, se unió después la creación de un nuevo Centro botánico que funcionaría paralelamente al Real Jardín Botánico de Madrid y que se convertiría en el estandarte, y prácticamente único reducto, de lo que años antes constituyó uno de los objetivos prioritarios de la política científica borbónica. Su ubicación no siguió las pautas características del Madrid científico de la segunda mitad del siglo XVIII; su emplazamiento en la zona suroeste es una prueba más de su falta de planificación como nuevo establecimiento científico por parte de las autoridades españolas, quienes disponían de un espacio especialmente reservado para estas actividades, el flamante Paseo del Prado, el nuevo salón de la Ciencia^ ^'^ La primera sede que tuvo la Oficina Botánica estaba situada en la Calle Don Pedro o Puerta de Moros, 10 (manzana 120); allí estuvo ubicada desde agosto de 1792 hasta diciembre de_ 18.00. Durante los años posteriores a 1800 disfrutaría de otras cinco sedes, antes de su definitiva incorporación al Real Jardín Botánico. Esta hipotética situación se puso de manifiesto en la institución objeto de nuestro estudio, la Oficina Botánica, las primeras decisiones importantes en el devenir de este establecimiento estuvieron supeditadas a los intereses del círculo humano en el que estaba integrado C. Gómez Ortega ^' ^. La elección de la primera sede que gozó la Oficina Botánica o la del impresor encargado de publicar la Flora Peruana son dos ejemplos representativos; en el primer caso, F. Cerda, supervisor de la Junta de la Flora y Oficial Mayor de la Secretaría de Gracia y Justicia, logró que la Oficina Botánica gozase de una sede en la misma casa donde éste residía; en el segundo caso, G. Sancha^^, heredero de la prestigiosa imprenta de su padre Antonio, consiguió hacerse con los derechos de impresión de esta obra en detrimento de la tipografía estatal, la Imprenta Real, la cual gozaba de un gran auge durante los primeros años de la década de 1790 y con experiencia en temas de carácter científico ^' ^. A pesar de todos estos aspectos marginales, indicadores importantes de un porvenir muy poco optimista para los intereses de C. Gómez Ortega y su grupo, la Oficina Botánica gozó en esta época (1790-1794) de su'^ Nombres estrechamente vinculados con el proyecto de publicación de la Flora Peruana, como Francisco Cerda y Rico (encargado del proyecto durante el período 1792-1795), Eugenio de Llaguno y Amirola (Secretario de Estado y del Despacho Universal de Gracia y Justicia durante 1794-1797) o el propio C. Gómez Ortega, eran habituales de las tertulias que tenían lugar en la «Fonda de San Sebastián» o en casa del impresor Antonio de Sancha (cf. GONZÁLEZ FALENCIA, A. (1925) A partir de 1794, el gobierno encamado en M. Godoy iniciaría su ataque directo contra el proyecto americano que comenzaría con la elaboración de un nuevo plan de trabajo^^, mucho más modesto que el inicial de ver editada la obra en doce tomos y con un gran derroche de material iconográfico, y que tendría su continuidad con la pretensión, finalmente fallida, de agrupar a todos los establecimientos de carácter científico bajo la supervisión de la Primera Secretaría de Estado^^. A partir de este momento el declive de la Oficina Botánica adquiriría una dinámica imparable; los acontecimientos posteriores a 1794: abandono del apoyo de C. Gómez Ortega a los integrantes de esta institución^^, disminución alarmante de los fondos americanos destinados a esta empresa e incorporación de este capital a la Caja de Amortización, en 1797^^, acabarían por'^ La labor desempeñada por los botánicos, dibujantes y grabadores de la Flora Peruana en el seno de la Oficina Botánica ha quedado, en su mayor parte, reflejada en los Diarios de trabajo conservados en el Museo Británico de Historia Natural de Londres [forma parte del volumen III (pp. 903-940) de manuscritos encuadernados, bajo la referencia MSS Rui 26 g 1-3, titulado: «Original manuscript descriptions of plants collected during their expedition to Peru and Chili, with round»], en el Archivo R. J. B. M., division IV, legajos 7, 4, 11; 7, 4, 12; 9, 1, 5; 9, 3, 6; 12, 3, 5; 13, 1; 13, 2; y 14, 2, 9 y en el Archivo M.N.C.N, (serie Expediciones, expedientes 155 y 195). La Flora Peruana estaba programada en doce tomos, de los cuales tan sólo se publicaron los tres primeros en vida de sus autores, H. Ruiz y J. PAVÓN; los volúmenes cuarto y quinto vieron la luz entre 1957-1959, merced a las labores de edición de E. Alvarez López.'^ Junta de la Flora, 5-VI-1794. Archivo M.N.C.N., serie Expediciones, expediente 195. ^^ Duque de la Alcudia a Llaguno. Archivo M.N.C.N., serie Expediciones, expediente 216.'^ Las últimas noticias que tenemos de las reuniones de trabajo entre el Primer Catedrático y los botánicos del Perú datan del 30-V-1794, seis días antes de la última Junta de la Flora en la que se anunciaba el recorte presupuestario para la Flora Peruana (cf. nota 15).'^ A pesar de ser una decisión del Ministro de Gracia y Justicia, G. M. Jovellanos, siguiendo las pautas marcadas por el Secretario de Hacienda, F. Saavedra, no hay que olvidar la influencia de M. Godoy en este asunto, como así lo reconoce el propio hijo de Asclepio-Vol XLVII-2-1995 177 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es defenestrar el sueño de ver publicada la Flora Peruana. Años antes de iniciarse la Guerra de la Independencia, las arcas estaban vacías hasta el extremo de no poder hacer frente a los gastos derivados del grabado e impresión de la obra; la invasión Napoleónica acabaría con las pocas esperanzas que le quedaban a esta empresa^^. Sería injusto culpar, únicamente, a las autoridades españolas y a los impulsores y administradores de la Oficina Botánica del fracaso postexpedicionario ilustrado, al menos en lo que a la Botánica se refiere. Los propios integrantes del Centro científico también contribuyeron en este descalabro; los constantes enft:-entamientos personales y científicos entre los integrantes de esta institución, en muchas ocasiones en momentos claves para el devenir proyecto^ ^ y la escasa dedicación temporal a las labores propias de la Flora Peruana serían factores determinantes de este fracaso. H. Ruiz: «... ya estaría del todo publicada esta preciosísima obra, fruto de tantos años de sudores, si don Manuel Godoy, por cuyo influyo se agregó este dinero á la caja de consolidación, no hubiera tenido por conveniente darle otro particular destino...» (cf. Ruiz, A. ( 1821), «Elogio histórico de D. Hipólito Ruiz López», en: H. Ruiz [A. Ruiz (ed.)] Memorias sobre las virtudes y usos de la raíz de purhampuy, pp. 7-37. Madrid; la cita en pág. 36). ^^ Durante los últimos años del siglo XVIII y los inmediatamente anteriores a la Guerra de la Independencia, las estructuras socioeconómicas, la política y la mentalidad que posibilitaron el impulso de la Ciencia durante el reinado de Carlos III cayeron en una profunda crisis, que se agravaría tras la Guerra de la Independencia, hasta dar lugar a la práctica paralización de todos los proyectos científicos durante el período 1808-1833 [cf. GONZÁLEZ BLASCO, R; JIMÉNEZ BLANCO, J. y LÓPEZ PINERO, J. M. ( 1979), Historia y Sociología de la Ciencia en España, Madrid; en particular el capítulo 3: «La Marginación de la Ciencia en la España contemporánea». También es interesante el texto de LÓPEZ PINERO, J. M. (1992), «Introducción», en: J. M. López Pinero (ed.) La Ciencia en la España del siglo XIX. El cambio de mentalidad de los gobernantes españoles hacia la Ciencia, tras la Guerra de la Independencia, fue puesto de manifiesto por una de las principales cabezas rectoras de la Botánica española del siglo XIX, Mariano Lagasca: «¡Tales son los efectos del descuido y poca ilustración de un Gobierno, malograr el fruto de infinitas expediciones, después de haber gastado en ellas más caudales acaso que todas las Naciones juntas!» (cf. LAGASCA, M. ( 1811), Amenidades Naturales de las Españas..., 1(1), pp. VIII. ^^ La lucha entre las dos principales escuelas botánicas de finales del siglo XVIII, encabezadas por C. Gómez Ortega y A.J. Cavanilles, en la cual H. Ruiz se convirtió en el principal brazo ejecutor de las críticas dirigidas hacia el abate Cavanilles; las alianzas familiares, H. Ruiz y C. Gómez Ortega, por un lado, y J. Pavón e I. Gálvez, por otro, determinantes de una de las crisis más importantes de la Oficina Botánica, en plena épo- La agonía de un utópico plan Con la llegada al trono de Femando VII, en 1814, la Oficina Botánica salió del letargo provocado por los difíciles años de la invasión francesa y la breve experiencia constitucional, si bien la dotación económica que se asignó a este establecimiento fue tan escasa que apenas se podía hacer frente con ella a los gastos de alquiler, por cuanto, mucho menos, a los costosos gastos derivados del grabado y de la impresión de futuros tomos, máxime cuando aún faltaban por pagar los correspondientes a los volúmenes IV y V^^. Con semejante panorama, a lo único que podían aspirar H. Ruiz y J. Pavón era a percibir regularmente sus sueldos durante el mayor tiempo posible ya que su incorporación a otros centros era una posibilidad francamente improbable debido al veto de A.J. Cavanilles para todos aquellos botánicos que no hubiesen sido alumnos suyos^^. Es bastante lógico pensar que, ante este desalentador porvenir profesional, ca de apogeo de este establecimiento; el enfrentamiento permanente de C. Gómez Ortega, H. Ruiz, J. Pavón e I. Gálvez con el segundo dibujante y grabador de la Flora Peruana, J. Rubio; el conflicto entre I. Gálvez y J. Pavón, quienes a priori mantenían unas óptimas relaciones personales y profesionales, ocasionado por la precariedad económica por la que pasaba la Oficina Botánica y por los celos profesionales de ambos; e incluso las crisis surgidas entre J. Pavón y el personal auxiliar del Centro botánico, son parámetros muy significativos para valorar las dificultades que entrañaba el trabajo en una condiciones humanamente desfavorables. ^^ En marzo de 1805 dejaron de pagarse las láminas grabadas correspondientes a los volúmenes IV y V de la Flora Peruana; tras la Guerra de la Independencia se librarían estas cantidades, aunque tarde y muy lentamente. Desde marzo de 1814 se destinaron quinientos ducados (cinco mil quinientos reales) para los gastos de alquiler, enseres para la oficina y material de trabajo, aunque el retraso en el pago era frecuente (cf. ALVAREZ GUERRA al Secretario Interino del Despacho de Hacienda. Archivo M.N.C.N., serie Expediciones, expediente 335); una cifra irrisoria para hacer frente a los costosos gastos de grabado e impresión que tendrían lugar si se reanudasen las labores de edición de la Flora Peruana. ^^ Un Real Decreto de 19-VII-1803 impedía el acceso a las Cátedras del Real Jardín para aquellos que no hubiesen sido alumnos de A.J. Cavanilles. La medida iba claramente en contra de los botánicos pertenecientes al grupo de C. Gómez Ortega, su antecesor en el cargo y acérrimo enemigo. Las protestas de H. Ruiz y J. Pavón, ante el ministro J. A. Caballero, dieron su fruto, consiguiendo que se les diese la opción de poder presentarse a las Cátedras vacantes que hubiese en la institución botánica. No disfrutarían de esta posibilidad ya que conseguir una plaza en el Real Jardín Botánico de Madrid, por delante de los pupilos del clérigo valenciano era, cuando menos, una utopía (cf. Archivo M.N.C.N., serie Expediciones, expediente 304). XLVII-2-1995 179 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es quisiesen alargar la vida del establecimiento botánico aún a sabiendas que nunca se lograría la ansiada meta para la que fue creado; tan sólo tendrían que hacer ver a las autoridades que continuaban trabajando en la Flora Peruana, aunque sus actividades caminasen por otros derroteros. Si la situación por la que atravesaba la Oficina Botánica tras la Restauración monárquica de 1814 era bastante crítica, prácticamente una institución fantasma; aún tendría que padecer nuevos reveses que agravarían todavía más su maltrecha salud. De un lado, la continua trashumancia de la sede de esta institución (en total gozó de 7 ubicaciones diferentes), siempre por motivos meramente coyunturales, lo que prueba el poco aprecio que tenían las autoridades españolas hacia el establecimiento de la Flora Peruana. Por otro, la confusión administrativa a la que estaba sometida la Oficina Botánica derivada, en gran medida, de su consideración como centro americano y no como establecimiento científico, lo que provocó una supeditación de la Oficina Botánica, desde su creación, a los organismos ministeriales de Indias correspondientes (Secretarías de Indias, Gracia y Justicia de Indias y Gracia y Justicia) en claro contraste con el resto de las instituciones científicas similares, como el Real Jardín Botánico o el Real Gabinete de Historia Natural, que dependían jerárquicamente de la Primera Secretaría de Estado. La confusión se acentuaría tras el Trienio Liberal; durante este período la Oficina Botánica fue, por vez primera, catalogada como un Centro científico más, dependiente de la Junta de Protección del Museo de Ciencias Naturales, aunque nunca llegó a producirse la incorporación fisica de los fondos y de sus integrantes al Real Jardín Botánico o al Real Gabinete de Historia Natural, provocando, de esta forma, una situación compleja donde, por un lado, era oficial su pertenencia al Ministerio de la Gobernación de la Península y, por otro, era evidente que la tradición indiana pesaba sobre las conciencias de los integrantes de la Oficina Botánica, quienes ya no tenían muy clara su vinculación administrativa, a la vez que eran conscientes que la documentación referente a este establecimiento estaba repartida entre varios Ministerios, al menos entre tres: Gracia y Justicia, Ultramar y Gobernación de la Península. Con este caos administrativo incluso los asuntos más cotidianos, como el pago de los alquileres de la, a menudo, cambiante sede de la Oficina Botánica, y la remuneración de los integrantes de esta institución, se hacían inviables^"^. Lo expuesto hasta ahora no es más que el relato de un proyecto fracasado; lamentablemente su alcance e importancia superó, con creces, esta consideración. ^^ Los datos sobre los envíos de plantas de Pavón a Lambert están recogidos en el volumen de manuscritos encuadernado titulado «Autograph list of American and Spanish Plants forwarderd to A. B. Lambert», escrito por J. Pavón entre [1816] 1817 y 1824, y conservado en el Museo Británico de Historia Natural de Londres, con la signatura 2b e 14. Este volumen de 121 hojas, escritas a doble cara, recoge la relación comercial que mantuvieron estos dos botánicos, su contenido se complementa con la información extraída de las cartas del botánico español a su colega inglés, conservadas en el Real Jardín Botánico de Kew (Inglaterra) bajo la indicación «Lambert Letters». La subasta de las colecciones Lambert, llevada a cabo tras su muerte, ha sido estudiada por MILLER, H. S. (1970), «The Herbarium of Tylmer Bourke Lambert. Notes of its acquisition, dispersal and present whereabouts», Taxon,19, ^^ La relación científico-comercial establecida entre J. Pavón y P. B. Webb ha podido ser estudiada gracias a la correspondencia mantenida entre ambos botánicos, conservada en la Biblioteca del Museo Botánico de la Universidad de Florencia. Un primer análisis de la venta de las colecciones peruanas, chilenas y mejicanas depositadas en la Oficina Botánica a P. B. Webb en PICHI-SERMOLLI, R. (1950), «Le coUezioni cedute da J. Pavón a F. B. Webb e consérvate nell' Herbarium Webbianum», Nuovo Giomale Botánico Italiano,56, ^^ El intercambio científico-comercial llevado a cabo entre J. Pavón y A. P. de Candolle queda reflejado en la correspondencia mantenida entre ambos botánicos conservada en el Archivo del Jardín Botánico de Ginebra y en el Archivo del Herbario Gray de la Universidad norteamericana de Harvard, en Cambridge («Jane Gray' s Autograph Collection vol. 4, pág. 75»). ^^ No sabemos con seguridad cómo pudieron llegar materiales de H. Ruiz y J. Pavón a manos de K. L. Willdenow (cf. HIEPKO, P. ( 1972 que tendría su continuación tras la muerte de J. Pavón, en 1840, con la salida de nuevos materiales americanos merced a la intervención de algunas personalidades de prestigio en la Historia Natural de la segunda mitad del siglo XIX, como M. Colmeiro^^, y a la venta de las colecciones particulares de H. Ruiz y J. Pavón por parte de sus herederos-''^. ^^ M. Colmeiro actuó como mediador en la venta del Herbario particular de J. Pavón, por parte de sus herederos, a E. Boissier, a través de G. F. Renter; en total de seis a ocho mil pliegos, de los que una cuarta parte eran de procedencia portuguesa, extremeña y madrileña y el resto procedían de las Expediciones a Perú y Chile y Nueva España. El precio quedó fijado en tres mil reales (cf. Quizás también fueron los herederos del botánico cacereño quienes pusieron en manos de M. Colmeiro una copia de la inédita Nueva Quinología de J. Pavón, la misma que utilizó J. E. Howard en su obra Illustrations of the Nueva Quinología of Pavón.... publicada en 1862; este manuscrito, junto con cincuenta y cuatro especímenes de cortezas de quina, fueron adquiridos por el científico inglés, en 1858, muy posiblemente debido a la intervención de M. Colmeiro, quien en aquella época tenía en su poder este ejemplar (cf. ESTRELLA, E. (1987), «Contribución al estudio de la obra quinológica de José Pavón», Asclepio, 39, pp. 27-52; GONZÁLEZ BUENO, A. y BERMEJO, P. (1989), «Una colección de quinas perteneciente a José Pavón (1754-1840)», Acta Botánica Malacitana, 14, pp. 195-197; COLMEIRO, M. (1858), La Botánica y los botánicos de la península hispano-lusitana, Madrid). ^° Los manuscritos de H. Ruiz conservados en el Museo Británico de Historia Natural de Londres, Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, Museo Arqueológico Nacional y los que, presumiblemente, deberían encontrarse en el Archivo de la Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de Madrid, muy posiblemente formaron parte de la colección particular de este botánico (cf. JIMÉNEZ DE LA ESPA-DA, M. ( 1872 Las colecciones procedentes de las expediciones a Perú y Nueva España se encuentran, en la actualidad, repartidas por todo el Mundo, principalmente en Europa y EE. UU^^; su consulta ha sido fundamental para elaborar las Floras de las actuales repúblicas sudamericanas. Precisamente, este propósito fue el perseguido por el equipo científico de la Oficina Botánica; desgraciadamente fueron otros países los que realizaron esta labor, pero lo más grave vendría después con la salida de las colecciones americanas de España. Un triste episodio para nuestra historia que convierte lo que, únicamente, era un fracaso científico en una dilapidación de nuestro patrimonio nacional. Coleccionismo americano indígena en la España del siglo XVIII, Madrid). Al respecto de la venta de las colecciones particulares de J. Pavón por parte de sus herederos cf. nota 29; una parte importante de la documentación personal de este botánico fue vendida, en 1936, por Antonio Gómez Pavón a la Real Academia de Medicina de Madrid, probablemente por una cantidad cercana a las mil pesetas, donde actualmente se conserva (cf. la documentación conservada en el Archivo de la Real Academia de Medicina de Madrid, carpeta [41], documento 2247 (mecanografiado) y carpeta 5c, documento 18). ^' Una relación completa de todas las vías de dispersión de las colecciones americanas procedentes de las expediciones botánicas a Perú y Nueva España depositadas en la «Oficina Botánica o en poder de sus integrantes, así como su ubicación actual, en RODRÍ-GUEZ NOZAL, R. (1994); «Las colecciones americanas generadas por las Expediciones botánicas de la España ilustrada: un análisis de su dispersión», Llull, 17, pp. 403-435. XLVII-2-1995 183 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es
Los herbarios confeccionados por las expediciones botánicas españolas al Nuevo Mundo durante el siglo XVTII constituyen uno de los tesoros más importantes del Real Jardín Botánico de Madrid. Estas colecciones de plantas secas documentan la existencia de las especies en el tiempo y en el espacio, son recursos esenciales para la investigación botánica. Los ejemplares tipo y de referencia de estas colecciones son fundamentales para la exacta identificación de cada especie y sus variedades. Sirven para dar validez a la investigación botánica asegurando que se pueda repetir o comparar con investigaciones futuras. Siempre que hablamos del Real Jardín Botánico de Madrid destacamos sus colecciones de plantas secas, sus herbarios, y todos los documentos en donde sé hacen referencia a dichas plantas. Entre los tesoros más valiosos se encuentran las plantas traídas del Nuevo Mundo gracias a las expediciones científicas, motivadas por la política ilustrada del siglo XVIII. Estas colecciones de plantas secas o «herbarios» forman parte del Patrimonio Histórico Español que como se dice en el Preámbulo de la Ley 16/1985, de 25 de junio, sobre dicho Patrimonio «son el principal testigo de la contribución histórica de los españoles a la civilización universal y de su capacidad creativa contemporánea». Hoy día se tiende a valorar estas colecciones cuantificando lo que se haya publicado sobre ellas. En relación a los herbarios se valora el número de «tipos» que contiene la colección; estos son los ejemplares originales utilizados por los botánicos para dar nombre a las distintas especies. El nombre que se debe utilizar para nombrarlas es el que primero se publicó correctamente. Cuanto mayor sea el número de tipos y mayor el área recolectada, más rica es la colección. En este sentido, los resultados de nuestras expediciones del siglo XVIII al Nuevo Mundo no son tan buenos como hubieran podido sen Gran parte del material allí recolectado, original entonces si se hubiera publicado, quedó inédito o se publicó a destiempo aumentando la lista de sinonimias; parte de este material fue publicado por botánicos extranjeros, muchas veces sin indicar su procedencia. Por otro lado, los botánicos tendían a acrecentar la colección y el estudio de ella con la mayor variedad posible de especies, pero tenían poco interés en recolectar de nuevo las mismas especies en distintas localidades; además, al estar aquellos territorios poco poblados, los expedicionarios a menudo no sabían exactamente donde estaban, pocos ejemplares incluyen etiquetas con información completa y concreta de la localidad donde fueron colectados. Pero aún así es un éxito qiie, a pesar de tantos contratiempos, podamos hoy disponer de unas colecciones en muy buen estado de conserva-186 A5c/epío-Vol.XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ción. Junto a los datos asociados a ellas, dibujos, descripciones, cartas, etc. documentan la existencia de especies en aquel tiempo y en aquellas extensas tierras, y posibilitan nuevos estudios y descubrimientos a través de proyectos de educación e investigación. Un poco de historia sobre el origen de estos herbarios En 1492 Cristóbal Colón hizo su primer viaje de descubrimiento y exploración y volvió de América cargado con productos nativos de las nuevas tierras. Lo que allí se encontró, revolucionó el saber, causando una profunda crisis en la filosofía y ciencia del Renacimiento europeo. A partir de entonces la observación y la experiencia como fundamento de la razón fueron las bases del pensamiento científico de los nuevos exploradores en América. Este Descubrimiento se ha considerado como el inicio de un fuerte vínculo entre las culturas del Viejo y Nuevo Mundo, pero también como el primer viaje de recolección para un museo^ En el último tercio del siguiente siglo, 1570-1577, es cuando Felipe II envía una Expedición botánica al Virreinato de Nueva España bajo la dirección de su médico Francisco Hernández, nacido en 1517. Distinguido por sus conocimientos botánicos, Hernández, fue el encargado de hacer un inventario de los productos naturales de aquellas tierras. Allí colectó plantas y acumuló diversa información sobre la medicina azteca desarrollada en aquella época. Su obra, el estudio metódico de los recursos naturales de aquel país, se agrupó en diez y siete (16?) tomos en folio entre texto y láminas, que se enviaron a España junto con las plantas secas y colecciones de semillas mexicanas para cultivar en los jardines de Aranjuez (primer jardín botánico creado en España por consejo de Andrés Laguna a Felipe II). La muerte de Hernández en 1578, impidió que su obra se llegara a publicar entonces, quedando depositada en el biblioteca de El Escorial. El primer herbario magnífico con el que hubiéramos podido contar era el de Hernández, pero un desgraciado fuego en 1671 en El Escorial, fue la causa de su desaparición. Aún así parte de su obra fue publicada posteriormente gracias a Ximenez (1615) en Méjico, Reccho (1651) en Roma y Gómez Ortega (1790) en Madrid; lo que sin duda repercutió entre los naturalistas europeos en los siguientes siglos^. Dos siglos más tarde, a mitad del siglo XVIII, gracias a que Linneo (1707-1778) desarrolló un sistema de nomenclatura binario, los seres vivos pudieron ser nombrados y ordenados con mayor facilidad que antes. A partir de entonces muchas personas se interesaron en acumular colecciones y clasificar los organismos. Esto supuso en la Ciencia un avance importantísimo, al pasar los Museos y Jardines Botánicos de ser meras colecciones de curiosidades a centros más prácticos de desarrollo del conocimiento científico. Este momento coincidió en la Península con un claro apoyo a las actividades científicas y técnicas por parte del poder real en pro de la Ilus-tración^. Aunque Linneo había criticado duramente a los botánicos españoles. Femando VI le propuso aceptar un puesto digno en España o la designación de un discípulo instruido en las nuevas doctrinas y con dominio del conocimiento de las plantas. Pehr Lofling fue el naturalista elegido por Linneo, que vino a la Península en 1751, llegando a Madrid procedente de Oporto en donde había desembarcado'*. Aprovechando la venida de Lofling a la Península, Femando VI dispuso que en la Expedición de Límites al Oñnoco (1753Oñnoco ( -1761)), comandada por José de Iturriaga, que tenía como objetivos fijar los límites en el norte de Venezuela, luchar contra el contrabando y contener a los holandeses, se añadiese el estudiar la naturaleza de aquellos territorios, tanto por su interés estratégico y comercial (quina, cacao y canela), como el estrictamente científico; a Lofling le encargó este estudio. Desgraciadamente la muerte en 1756 del sueco, a los dos años de su llegada a América, frustró los planes. Los papeles, láminas y herbarios a la muerte de Lofling fueron enviados por José Iturriaga a Madrid, donde pasaron por diversas manos. El herbario se perdió, así como la mayoría de los originales de las láminas botánicas. Linneo intentó conseguir copia Esp. 188 A5c/ep¿o-Vol.XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es de los manuscritos nada más conocer la muerte de su discípulo y lo consiguió gracias al capellán de la legación sueca en Madrid, aunque no tuvo la misma suerte con los duplicados del herbario recolectado. A pesar de todo, con la correspondencia que de Lofling tenía, formó el Iter Hispanicum, escrito en sueco y en donde están descritas unas mil trescientas plantas españolas, aunque pocas de las americanas^. Un año después de haberse embarcado Lofling para América al servicio de España, Femando VI, por Real Orden de 21 de octubre de 1755, dispuso que en su huerta del Soto Migascalientes se hiciera un jardín botánico para cultivar las plantas del jardín de José Quer (1695-1764). Este, nombrado primer profesor en 1757, fue el que restauró y enseñó la Botánica en Madrid, aunque su fidelidad a Toumefort le impidió progresar con los principios de Linneo^. Más tarde, Miguel Bamades, sucesor de Quer, publicó en 1767 unos Principios de Botánica, obra elemental para la enseñanza de esta ciencia con la que intentó facilitar y generalizar su conocimiento, único medio de aumentar el número de buenos cooperadores con el objeto de reunir materiales para escribir una Flora Española. Las plantas americanas que al principio llamaron tanto la atención de los españoles estuvieron mucho tiempo olvidadas. Al mostrar interés por ellas los botánicos extranjeros, despertaron las inquietudes de los botánicos españoles entonces preocupados por estudiar las de la Península, pues pensaron que tan españoles debían ser los que estudiasen unas como las otras. Estas ideas también fueron las del Gobierno comenzando así una nueva era para la botánica española. El apoyo del poder real, plasmado con la creación de Gabinetes, Museos y Jardines Botánicos por España y sus colonias, unido a los esfuerzos de los científicos de entonces, posibilitó la organización de varias expediciones de investigación de la naturaleza, para examinar los territorios de los dominios españoles, y cuales de sus recursos eran aprovechables. Ensayo histórico sobre los progresos de la Botánica desde su origen hasta el día, considerados más especialmente con relación a España, 1-7L Barcelona, p. La influencia que ejerció en pro de la Botánica cabe ser destacada en la historia de la Botánica^. En 1781 se trasladó el Jardín de Migascalientes al Prado, en donde nada se escatimó para «dar a la ciencia toda la ostentación de que es digna y con el objeto de que no desmereciese en ninguna otra cosa de los demás jardines de Europa». Gracias a Gómez Ortega se formaron muchos botánicos en esta época, que luego fueron los que ocuparon cátedras y dirigieron distintos jardines botánicos tanto en la Península como en los territorios españoles de ultramar, a donde habían llegado por distintos motivos; algunos de ellos fueron posteriormente reconocidos como miembros de las distintas expediciones científicas españolas. Uno de los frutos de estas expediciones botánicas son los herbarios que trataremos a continuación. La Expedición al Perú y Chile Al aceptar el gobierno español la propuesta francesa de exploración del virreinato del Perú, se originó la Expedición Botánica al Virreinato de Perú y Chile (1777-1788), pero con la condición de que la dirección estuviera a cargo de los españoles, medida adoptada tras la experiencia anterior con la expedición de La Condamine, y con la idea de aprovechar la mayor formación de los científicos franceses.'° ALVAREZ LÓPEZ, E. (1956), pp. 127-129. En la partición de las colecciones traídas por Dombey a su regreso a Cádiz, al final hubo cumplimiento de lo establecido antes de la partida de la expedición y consignado en las «Instrucciones» que la regían. El compromiso prohibía a Dombey la publicación de sus manuscritos antes del retomo de los expedicionarios españoles y también le comprometía a entregar a su vuelta para el Rey de España una colección igual a la que se enviase a Francia. Aunque fue admitido de facto y de jure, en el envío de plantas que se trajeron en el navio El Buen Consejo, que salió en abril de 1779 del Puerto del Callao al de Cádiz, el reparto que hizo de las plantas fue notoriamente desigual y desfavorable para las que se quedaron en España, por lo que fue amonestado. Aún así Dombey intentó al terminar su estancia en Perú llevarse entera su colección, justificándose al haber intercambiado plantas con Ruiz y Pavón mientras se encontraba en el Perú. Aunque no tuvieron ningún éxito sus pretensiones, los franceses convirtieron su obligación en un obsequio hacia España. " ESTRELLA, E. (1989), «Introducción histórica: La Expedición de Juan Tafalla a la Real Audiencia de Quito (1799-1808)» en La Flora Huayaquilensis, vol. I, XII-CVT, Madrid. XLVII-2-1995 191 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Perú y Chile, cultivando sus semillas y observando las plantas que crecían junto a las que seguía enviando Tafalla. Es la expedición que tuvo mejor suerte, ya que volvieron a la Península cuando todavía Gómez Ortega tenía posibilidades de publicar sus resultados. Sabiendo lo complejo que era editar una obra de las características de la Flora del Perú y Chile, quisieron previamente dar a conocer sus novedades en Prodromus Florae Peruvianae et Chilense Previo (1794), y en Systema vegetabilium Florae Peruvianae et Chilensis (1798). Estas obras son punto de referencia obligado para todos los estudios taxonómicos de aquella flora; en ella llegaron a descubrir 1.612 nuevas especies, lo que hizo que inmediatamente dieran valor a su colección de plantas secas, sus herbarios, pues contienen los patrones para la aplicación de esos nombres. Hacia el año 1814 ya no había financiación para la Flora. Pavón sin ayuda del gobierno y desesperado por la falta de dinero, ofreció plantas de su herbario a J. E. Smith. Este le puso en relación con Aylmer Bourke Lambert, botánico británico y colector de considerable prestigio^^ en 1814 comenzaron las negociaciones al recibir Pavón una carta, el 28 de mayo, de éste que pedía duplicados de herbario, insectos, y otros ejemplares de historia natural para comprar. La correspondencia entre Pavón y Lambert que duró los siguientes 11 años, «Letters A. B. Lambert Esq.», se encuentra en la biblioteca del Real Jardín Botánico de Kew. Parece ser que este primer envío no se llegó a realizar hasta 1816. Lambert las recibió con entusiasmo en julio. Durante los años siguientes el comercio continuó. Pavón enviaba ejemplares de herbario, muestras de madera, cortezas y conchas de mar. Lambert correspondía con dinero y con las publicaciones botánicas necesitadas por Pavón, que se encontraba aislado de la comunidad botánica internacional. Las cartas de Pavón no siempre aclaraban de que envío se trataba y cuantas Afortunadamente para Pavón, también pudo establecer un sospechoso negocio con otro rico colector británico, Philip Barker Webb (1793-1854). Ello está documentado en una serie de cartas, «la correspondencia de Webb», del Instituto Botánico de Florencia^^. Los envíos de Pavón no sólo a Webb sino a Lambert, a menudo incluían uno o varios ejemplares de la misma colección. Muchas de estas plantas que Pavón vendió a Webb permanecen en Florencia todavía sin ser estudiadas. Aunque los ejemplares que Pavón vendió habían sido colectados durante las expediciones patrocinadas por el gobierno español, y claramente pertenecían al Estado y no a Pavón, nadie se preocupó bastante de ello y al estar este material en manos de Pavón y no seguros bajo el control del Jardín Botánico, como estuvo la colección de Mutis, pudieron salir fuera de España sin posibilidades de recuperación. Gracias a ello, botánicos de otros países pronto empezaron a saber de su existencia.'^ PICHI-SERMOLLI, R. (1949), «Le coUezioni cedute da J. Pavón a F. B. Webb e consérvate neU 'Herbarium Webbianum», Nuovo Giomale Botánico Italiano, 56 (4), pp. 699-701.''' XLVII-2-1995 193 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Los ejemplares de la colección de Moricand y especialmente los que Pavón vendió a Lambert, tuvieron un considerable impacto en la botánica del siglo XIX. Más de trescientos taxa se basaron en estos duplicados. Los botánicos implicados en esta actividad fueron los botánicos eminentes de la época: Bâillon, Bentham, Boissier, Brongniart, A. de Candolle, Cassini, Choisy, David Don, George Don, Decaisne, Duchartre, Dunal, A. de Jussieu, Lindley, Nees, Müller Argoviensis, Reichenbach filius. Con el herbario de Lambert hubo unos cuantos problemas, pues se vendió en 1842 en una subasta pública, en muchos lotes separados. Las partidas más grandes fueron revendidas por comerciantes a colectores. Pocos botánicos estaban entre los compradores; la única notable excepción fue Robert Brown, quien compró para el British Museum un lote grande que, según parece, incluye 665 especímenes de plantas mexicanas entre otras cosas vendidas por Pavón a Lambert^^. Una larga serie del herbario de H.B. Fielding, originalmente de Lambert, está en la Universidad de Oxford (OXF). En el herbario de Berlin-Dahlem hay pliegos de Ruiz y Pavón que llegaron en diferentes años por diferentes conductos, uno de estos lotes es de 1.620 especies de las adquiridas por Lambert y que llegaron a Berlín gracias a Klotzsch en 1893; parte se envió a la Smithsonian Institution (US). Según Miller, op. cit., p. 540, si la distribución entre 1893-95 desde Berlín fue una distribución general, se debe considerar la existencia de pliegos duplicados de estos de Ruiz y Pavón en Ginebra; también tienen, de 1950 y 1952 procedentes del British Museum (BM), en Saint Louis-Missouri (MO) y Nueva York (NY), así como en París (P) además de las de Dombey en las colecciones de Jussieu y Lamarck, Leningrado (LE) y Viena (W). Según W. Lack^^, hay ejemplares en Berlín de esta expedición al Perú y Chile procedentes de Dombey que llegaron de París por mediación de Kunth en 1850 y de Humbert (1944?). También tienen en Berlín fragmentos y fotografías de los pliegos de Ruiz y Pavón prestados del (MA) Madrid después de 1929 por intermediación de Werdermann, para la realización de la Flora de Perú^^. En 1875, en tiempos de Colmeiro, el número de especies distintas que se encontraban en el herbario de esta colección eran 2.980. Hoy día está guardado en 165 cajas de cartón y 29 paquetes que aproximadamente contienen unos 8.000 pliegos, se supone que el número de tipos es alrededor de 1.800. Entre estas plantas hay ejemplares recogidos por Dombey que hizo intercambio con sus compañeros de expedición, por tanto en el herbario que llegó a París hay también plantas de las recogidas por Ruiz y Pavón. La Expedición del Reino de Nueva Granada La segunda expedición botánica organizada por Carlos III, la Real Expedición Botánica del Virreinato de Nueva Granada (1783-1808) fue gestada, gestionada y ejecutada por el sabio gaditano José Celestino Mutis (1732-1808) y continuada por su sobrino Sinforoso Mutis Consuegra hasta 1816. Es sin duda la de Mutis, la figura más sobresaliente entre la de los botánicos españoles que fueron a América en esta época. A los 25 años de edad obtuvo el título de Médico. Durante los años 1757-1760, compaginó la medicina con el estudio de la botánica en el Jardín Botánico de Migas Calientes, como discípulo de Miguel Bamades. Además se interesó por la astronomía, geografía y matemáticas, conocimientos que utilizó desempeñando distintas profesiones a partir de 1760 que desembarcó en América acompañando como médico al virrey de Nueva Granada, Messía de la Cerda, marqués de la Vega de Armijo. Atraído por la naturaleza, observó y estudió la vegetación que le rodeaba. Así empezó a reunir materiales con los que producir una Flora de allí, a cuyo estudio se dedicó al ser nombrado en 1783, por Carlos III, primer botánico y astrónomo de la Expedición, tomando bajo su responsabilidad el estudio completo de los recursos naturales de aquel país, la promoción de su aprovechamiento y la educación de una juventud destinada a perpetuar esos intereses. Labor que cumplió sobradamente. Mutis murió el 11 de septiembre de 1808 y aunque su sobrino Sinforoso se hizo cargo de la Expedición, las actividades decayeron poco a poco por las revoluciones independentistas del país. La casa donde guar-A5c/e/7¿o-Vol. XLVII-2-1995 195 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es daban los materiales de la Expedición fue saqueada durante esas luchas y parte de las muestras vegetales fueron destrozadas o robadas. El general Morillo envió, en 1816, el herbario, los manuscritos y los dibujos de las plantas a Madrid. En total 104 cajas: 48 de herbario con unos 20.000 ejemplares aproximadamente, 14 de dibujos, una de manuscritos y el resto de semillas, muestras de maderas, minerales y dibujos de animales. Al llegar a España se abrieron en presencia del Rey Femando VII; los materiales de interés geológico y zoológico se trasladaron al Museo de Ciencias Naturales y el herbario, los manuscritos y las ilustraciones fueron depositados en el Real Jardín Botánico. Aunque Lagasca en 1817 fue encargado de la publicación de la Flora de Bogotá así como los manuscritos de Mutis sobre la quina, no le dieron ningún tipo de apoyo económico y no llegó a realizarse nada. Otras plantas de Nueva Granada ya habían viajado a Europa en vida de Mutis, antes de ser oficial la Expedición. Sus receptores fueron Linneo y su hijo, en Suecia. Sobre ellas describieron y publicaron nuevos géneros y especies, cuyos nombres se incluyeron en Mantissa Plantarum (1771) y en Supplementum Plantarum (1781 [1782]). Muchas de estas plantas se encuentran en el herbario de Linneo (LINN) de la Sociedad Linneana de Londres. También en la visita que realizaron a Bogotá, Humboldt y Bonpland, en 1801, Mutis les cedió numerosas plantas que llevaron a Europa y que hoy forman parte del herbario histórico de Humboldt & Bonpland (P-Bonpl) de París. Estas fueron descritas y publicadas en Plantae Aequinoctiales (1809), una obra dedicada por estos sabios a Mutis, y también en Nova Genera et Species Plantarum (1817Plantarum ( -1825)). Mutis publicó muy poco. Sólo vieron la luz en 1769 algunos trabajos suyos en la Academia de Ciencias de Estocolmo; en 1784 describió su Pera arbórea. En 1793 y 1794 empezó a publicar en el Papel Periódico de Santa Fe, una quinología, con el título El Arcano de la Quina. Más tarde se vio que las novedades que encerraban aquellos papeles eran sinonimias de otras especies publicadas por Linneo y Vahl. Su Memoria sobre Caryocar Amygdaliferum se publicó gracias a Cavanilles, que la incluyó en el tomo IV de sus Icones, en 1797. Los 22 años que tardó la Expedición en aprobarse oficialmente, unido a su perfeccionismo o quizá inseguridad, que le hizo comunicar sus descubrimientos a otros botánicos europeos, hicieron que su gran empresa, por falta de publicación oportuna, no fuera valorada debidamente desde el punto de vista científico y aunque recibió honores en vida, su obra quedó como una gran recolección de plantas en una zona de Nueva Gra- nada, que es el herbario de la Expedición, una magnífica colección de láminas de esas plantas, y un archivo compuesto por cartas, diarios, y descripciones botánicas. Aunque en 1881 el botánico colombiano José Triana ñie autorizado por el Gobierno español para clasificar, determinar y publicar los dibujos y pinturas de la flora y fauna de Colombia, sólo pudo ordenar los dibujos y hacer un índice; no tuvo tiempo de asociar las ilustraciones con los numerosos ejemplares de herbario que permanecieron en las cajas originales sin tocarse hasta la primavera de 1932. Ellsworth Payne Killip, eminente botánico norteamericano y gran especialista en flora neotropical, visitó el Jardín Botánico de Madrid para examinar las primitivas colecciones de Ruiz y Pavón, Neé, Sessé y Mociño y los manuscritos de las exploraciones en América del Sur, así como las pinturas y dibujos de plantas de la Nueva Granada, hechas bajo la dirección de Mutis. García Várela, entonces director del Real Jardín Botánico, le sugirió que se encargara del arreglo de la colección de Mutis, pactando un acuerdo con la Institución Smithsoniana para realizar una clasificación sistemática de los ejemplares, y posteriormente, la posible publicación de una Flora de Colombia, de acuerdo con los planes presentados por Mutis al Rey de España en 1783. Killip fue pues, quien inició el estudio de las plantas mutisianas, que se guardaban intactas en este Jardín desde 1817. En Estados Unidos, Killip, con la colaboración de los botánicos del Instituto Smithsoniano y de otros centros americanos, C. V. Morton, C. Epling, N. L. Britton, W. Trelease, H. A. Gleason, S. F. Blake, B. L. Robinson, A. S. Hitchcock, L. B. Smith y otros, determinó el género o especie de buena parte de los 4.055 duplicados que habían llevado a Washington así como de los ejemplares únicos enviados en préstamo, que después devolvieron montados y determinados, y sobre los que se describieron novedades taxonómicas. Su papel fue muy importante para la flora mutisiana, al hacer asequibles a los monógrafos del siglo XX las plantas de su herbario, avanzando mucho en el conocimiento y valoración de ellas; incluso hoy día se siguen describiendo nuevas especies sobre este material^^. El herbario de Mutis en MA En tiempos de Colmeiro el número de especies distintas que se encontraban en el herbario de Nueva Granada eran alrededor de 6.000. Hoy la colección de Mutis tiene distintas numeraciones; la actualmente utilizada se inició en 1932 y hoy llega a la cifra de 6.490; en algunos casos hay números seguidos de letras, a, b, resultado de haberse mezclado distintas especies en un mismo pliego. Los duplicados se separaron y se intercambiaron con otros centros botánicos. Bajo la misma numeración se encuentran las plantas herborizadas por Mutis y los demás miembros de la Expedición, Eloy Valenzuela, Caldas, Sinforoso Mutis, Fray Diego García y Mejía. La localidad de muchas de las plantas es de los alrededores de Bogotá, y un número más reducido, de las cercanías de Mariquita. También hay ejemplares del Chocó, y de las montañas ecuatorianas. La mayor serie de estas plantas se encuentra en el herbario MA. Como parte de estos ejemplares se enviaron en canje a Washington y se volvieron a separar a su vez para enviarlos a distintos especialistas, hoy existen también duplicados de Mutis en BM, COL, F, G, K, LINN, MEDEL, NY, P, S, SBT, ST, UPS, US. En esta colección de unos 20.000 ejemplares se pueden destacar 2.738 táxones diferentes, identificados por más de ciento cincuenta botánicos de todo el mundo; 306 de ellos corresponden a nombres basados en plantas mutisianas^^. La Expedición al Reino de Nueva España Al coincidir la búsqueda de los manuscritos de Francisco Hernández, por parte de los eruditos Muñoz, Álzate y Bartoloche, con la propuesta del médico aragonés Martín de Sessé, desde Méjico, para inventariar la flora novohispana, en busca de sus aplicaciones terapéuticas para intentar reformar la sanidad, se aceleraron los trámites de la aprobación de una expedición a los territorios de Nueva España. Esta fue la Real Expedición de Nueva España (1787-1803) Además del grueso del herbario que llegó en 1803-1804, entre 1791 y 1816 se estuvieron recibiendo en el Jardín Botánico de Madrid semillas y propágulos, que crecieron y dieron lugar a plantas, que se pensó podían ser nuevas especies. Alrededor de 250 nuevos nombres se basaron en estas plantas crecidas en cultivo. Muchos de los nombres publicados por los botánicos españoles especialmente Cavanilles, son los primeros que se dieron a estas plantas, pero no fueron conocidos o aceptados por los botánicos europeos, quienes se afanaban en describir y nominar lo que ellos creían novedades. Según McVaugh^^, el principal objetivo que se percibe en Sessé y Mociño es la preparación y publicación de la Flora Mexicana. Para acompañarla con buenas ilustraciones los dibujantes de la expedición prepararon aproximadamente 1.800 dibujos botánicos. Por varios motivos, la mayor parte de ellos políticos, la ilustrada flora mexicana nunca se completó, ni siquiera el manuscrito; los dibujos originales se perdieron en Barcelona en 1820 y no aparecieron hasta 1979. Los distintos botánicos de la expedición murieron sin haber terminado su trabajo. Parte de los resultados fueron posteriormente publicados en Méjico. No hay duda de que trabajaron juntos en el proyecto por lo menos durante los siguientes cuatro años a su regreso, tanto como pudo Sessé hasta su muerte en octubre de 1808. Después, durante la ocupación francesa (1808-1812) Mociño vivió en la pobreza y con muchos otros problemas. Luego de haber estado exilado algún tiempo, desgraciadamente murió en 1820 en Barcelona. Los dibujos, como antes dijimos, se perdieron a la muerte de Mociño, pero cerca de 255 duplicados realizados por los artistas originales y más de mil copias adicionales realizadas por otros artistas en Ginebra fueron estudiadas por botánicos europeos. La.actividad botánica estuvo de capa caída durante la dominación napoleónica, y esto pudo ser la causa por la cual el Herbario de la Expedición Botánica fuera descuidado durante varios años. Una «serie» de duplicados de estos ejemplares se sacaron entre 1814-1842 y fueron vendidos a colectores privados, que los distribuyeron por un gran número de herbarios europeos. LOS HERBARIOS DE LAS EXPEDICIONES CIENTÍHCAS ESPAÑOLAS AL NUEVO MUNDO David Don manifestó en 1824, que el herbario de Lambert incluía cerca de 2.000 plantas mexicanas (Lambert «A description of the genus Pinus, pág. 32-39). Probablemente la mayor selección de plantas mexicanas del herbario de Lambert se encuentre hoy en Ginebra (G), en el herbario Delessert y en el de Boissier Ya hemos dicho que en el herbario del Instituto Botánico de Florencia, dentro de la colección que Webb recibió de Pavón entre 1826-1827, hay unas 2.345 plantas de Nueva España. Muchos botánicos europeos estudiaron y publicaron sobre estos «duplicados», por lo que se convirtieron en material muy valioso, sirviendo desde 1820-1880 como tipo de los nombres de más de 500 nuevas especies, que se pueden añadir a aquellos nombres basados en los dibujos de Ginebra. Con el resurgir de la actividad botánica en Méjico desde 1870, más de la mitad de los manuscritos originales fueron publicados en aquel país entre 1887-1894, con el resultado de casi 1.500 nuevos nombres. Muchos de estos nombres fueron nuevos solamente desde el punto de vista de nomenclatura científica, pero pasados de fecha un siglo. La mayoría de las especies descritas en las floras postumas habían sido ya publicadas mientras tanto por otros botánicos. Por todo esto, la publicación de Plantae Novae Hispaniae y Flora Mexicanae (1887-97) fue desafortunada desde el punto de vista botánico. Aunque parte de los ejemplares fueron a parar a manos extrañas, el grueso se conservó en el Jardín Botánico de Madrid. También Mariano Lagasca, en los tiempos que estuvo en activo en el Real Jardín Botánico, tuvo acceso al herbario, y su letra aparece en bastantes etiquetas. Después de Lagasca, y quizá después de 1828, cuando la entresaca de duplicados que hizo Pavón pareció disminuir, el herbario estuvo sin tocarse alrededor de un siglo. Luego la colección entera fue temporalmente sacada del almacenaje y enviada a Chicago para ser estudiada e identificada por Paul C. Standley. Este botánico americano se encargó de que los ejemplares fueran montados y luego devueltos en 1964. Mientras las plantas estuvieron en el Field Museum (entonces conocido como The Chicago Natural History Museum), todas fueron fotografiadas. Aunque Standley se comprometió a estudiar y a publicar todo el contenido de este herbario, esto no llegó a realizarse, pero en 1958, otro botánico norteamericano, Roger McVaugh, se dedicó a la valoración de esta colección. Con la ayuda de más de cien especialistas en las familias de plantas tropicales, se identificó en términos modernos. Desde el punto de vista botánico el material es de gran valor, porque muchas veces no existe otra prueba directa de la identidad de una especie descrita en cualquiera de las dos floras postumas de Sessé y Mociño. Las plantas de Sessé y Mociño recibidas mientras la expedición tenía lugar, se incluyeron en el Herbario General de entonces, junto con las de Cavanilles, Neé y Lagasca. El lote que perdura hoy día en Madrid (MA) es la mitad; después de la entresaca de muchos duplicados que hizo Pavón, el número estimado es 6.000 o más^^; también se extrajo un lote de 100 especímenes y 4.162 «fragmentos y unos pocos pliegos completos» para el Field Museum como intercambio por las identificaciones de P. C. Standley y por el montaje de la colección entera. La Expedición que dio la vuelta al mundo en 1789-1794, al mando del Capitán de Fragata Alejandro Malaespina, junto con el naturalista Antonio Pineda y los botánicos Luis Neé y Tadeo Haenke, intentó rivalizar con las grandes expediciones marítimas francesas e inglesas. Lo que nos interesa de ella, el herbario, se debe a los trabajos del botánico Neé. Zarpó de Cádiz el 30 de julio de 1789 en la corbeta Atrevida al mando del Capitán de Fragata José Bustamante; con él iba José Guío, dibujante y disecador. Su compañero y jefe Pineda y el otro naturalista, Haenke, que los alcanzó en Valparaíso, iban en la Descubierta al mando de Mala-espina^^. «Neé compartiría todo el viaje de la Atrevida menos su escala en Acapulco, donde junto con Pineda y otros quedó en tierra para viajar a Méjico capital y recorrer el centro del Virreinato desde el 12 de abril hasta el 20 de diciembre de 1791, mientras las corbetas hacían viaje a Nutka y Monterrey; también se quedó en puerto en Sorsogón (Filipinas) el 3 de marzo de 1792 para ir por tierra hasta Manila, a donde llegó el 21 de junio; y en Talcahuano (Chile), el 3 de diciembre de 1793, para ir a Santiago de Chile y de ahí por Mendoza atravesando las Pampas, a Buenos Aires y Montevideo, donde se reincorporó a las corbetas el 4 de junio de 1794, regresando a Cádiz el 21 de septiembre de 1794. En el transcurso de la expedición, Neé se dedicó fundamentalmente a la recolección de plantas, en general sólo o en compañía de Pineda. Con Haenke no intentaron formar equipo ni sumar sus esfuerzos; cada uno herborizó por su lado e hizo las descripciones de las plantas por su cuenta sin apariencia alguna de cooperación; los herbarios marchaban separados en remesas hacia Cádiz. Las plantas recolectadas por Neé durante la Expedición fueron acumulándose en la Real Aduana del puerto de Cádiz; parte fueron llevadas al Gabinete de Historia Natural de Madrid, a donde Neé las fue a recuperar a su vuelta. Entre los distintos paquetes, en una relación de «plantas colectadas en la expedición alrededor del mundo» dice haber un total de 15.990 y algunas otras más que no están en la lista. Igual que hicieron los botánicos en las expediciones anteriores, Neé fue enviando semillas y otros materiales a la Península en el transcurso de su viaje. Las semillas que llegaron a Madrid en diferentes remesas, se entregaron al Real Jardín Botánico para su siembra. El primer dato correspondiente a los envíos de esta expedición al Jardín Botánico de Madrid, es acerca de la Ipomea pentaphyla (convolvulácea), que floreció en el Jardín en 1794. Entre los volúmenes 4-6 de los Icones de Cavanilles (1797-1801) y en sus Descripciones (1801-1802), hay un montón de nuevas descripciones con referencias a semillas traídas por Neé y luego cultivadas en el Jardín Botánico. En cuanto a los trabajos escritos por Neé, parece ser que se perdieron; existen descripciones formalmente correctas aunque sin nombre científico, pero son pocas en relación con el número de las plantas herborizadas. Neé desconfiaba de Haenke, el otro botánico que formó un herbario paralelo al que oficialmente se iba remitiendo a Cádiz; el herbario que Haenke enviaba a la misma ciudad peninsular, por medio de filiales americanas, se guardaba en los almacenes de una empresa gaditana y allí estuvo hasta que fue a parar, tras algunas vicisitudes, al Museo Nacional de Praga, donde aún se encuentra^^. Llegó a Praga en siete cajas que contenían 84 paquetes de plantas, maderas, raíces y resinas El herbario de Neé en MA De acuerdo con Colmeiro (1875), estaba incluido en el Herbario General, junto con el de Cavanilles, parte del de Sessé y Mociño, Lagasca, Rodríguez y Salcedo, etc.; en total 14.000 especies, de las cuales una tercera parte eran nuevas-^^ «Formó un herbario copioso alrededor de 12.000 números, con plantas de medio mundo, muy variadas y de sitios recién descubiertos como Nueva Holanda y Vaovao. La importancia de este herbario radica en que cayó en manos de Cavanilles, que lo ordenó adecuadamente; luego en las de Lagasca, con resultados menores pero no desdeñables y pronto salió al extranjero con los múltiples intercambios que mantenían los botánicos hispánicos, cayendo sus duplicados en manos de J.E. Smith, O.P. Swartz, C. L. Willdenow, C. S. Kunth y A. P. De Candolle por citar algunos pocos de los que publicaron nuevas especies fundadas sobre material de Neé. La importancia de estos envíos y de semillas es grande ya que fue la manera de distribuir nuevas plantas en Europa». La Expedición a Cuba del conde de Mopox Otra expedición con resultados para los herbarios del Real Jardín Botánico de Madrid fue la de la Real Comisión de Guantánamo, en Cuba, dirigida por el Conde de Mopox, entre 1796-1802; llevaba a Baltasar Manuel Boldo, como encargado del estudio de la vegetación de la isla. Boldo, médico del Real Jardín, fue nombrado botánico de esta expedición, cuyo objetivo principal era militar y donde la botánica fue un apéndice de un «proyecto de ordenación ambiental». Tras herborizar la parte occidental de la isla se le agregó a la expedición José Estévez, quien a su muerte, en 1799, se encargaría de ordenar y terminar las descripciones. En total un manuscrito de 742 folios, con descripciones de plantas de La Habana y sus alrededores, clasificadas según las 24 clases de Linneo, excepto la séptima. Los manuscritos, junto con las 66 láminas de plantas dibujadas por José Guío, son la primera aportación importante de la botánica cubana. Él herbario de Boldo en MA Llegó a España a principios del siglo XIX con José Estévez; constaba de cuatro cajones de plantas secas, alrededor de 2.000 ejemplares, que venían junto con las descripciones. Según Cavanilles, muchas de estas plantas se encontraban en tan buenas condiciones de conservación, que pasaron a formar parte inmediatamente del Herbario General del Real Jardín Botánico. Las fanerógamas se guardaron en el herbario general antiguo, hoy incluido en el herbario general; los ejemplares que Cavanilles utilizó para describir nuevas especies se encuentran en el herbario de tipos de Cavanilles; las criptógamas se guardaron en su lugar correspondiente del herbario de Criptogamia. En el herbario de Boldo existen especies no cubanas, procedentes del viaje que realizó a América del Norte, durante el desarrollo de la Comisión o producto de intercambios. Las localidades citadas son Virginia, Marylandia, Baltimore, Nueva Orleans, Panamá, Jardines botánicos de Washington y Hamilton y otras cubanas que no figuran en el manuscrito del Real Jardín Botánico^^. Además del ya mencionado Neé, podemos destacar otros botánicos españoles que recolectaron en Filipinas en el siglo XIX, aunque no con motivo de expediciones científicas organizadas como las anteriores. El agustino, explorador y botánico Francisco Manuel Blanco (1778-1845), se dedicó en Filipinas al estudio de las plantas y llegó a publicar en Manila la Flora de Filipinas según el sistema sexual de Linneo (1.^ ed. 1837, 2. =^ ed. 1845, 3.^ ed. 1877-1883), esta última edición aumentada con El viaje de Juan de Cuellar a Filipinas (1785-1806?) ha recibido poca atención por parte de los historiadores de las expediciones científicas del siglo XVIlP"*. Juan de Cuellar, botánico y farmacéutico, fue contratado por la Real Compañía de Filipinas para fomentar y dirigir el cultivo de plantas útiles para el desarrollo agrícola y comercial, principalmente el cultivo y cuidado de las plantaciones de canelos. Por Real Orden del 19 de noviembre de 1785 se le otorgó el título de «Botánico Real sin sueldo..., para que lleve adelante la formación de herbarios, y colecciones de productos naturales, describiendo y delineando puntualmente las plantas que se encuentren en aquellos mis fértiles dominios, para enriquecer mi Gavinete de Historia Natural y Jardín Botánico de la Corte...». Esta Real Orden la acometió ampliamente con la creación de dibujos de plantas y animales de la isla. Las láminas de las plantas han sido encontradas recientemente por la investigadora Belén Bañas, en el Archivo de Real Jardín Botánico de Madrid; del herbario aún no hay noticias de su paradero. En 1789 escribió la Descripción del árbol que produce la canela de Manila, según se ve en el Memorial literario de Madrid correspondiente a julio de 1793^5. Además de sus múltiples publicaciones sobre la Flora Forestal Filipina, donde describe un buen número de especies nuevas, se con-" COLMEIRO, M. ( 1858 La última y verdadera expedición española a América fue la Comisión Científica al Pacífico (1862-1866), que llevaba como botánico a Juan Isern. Los objetivos básicos de la misión eran: para los oficiales de marina de la Escuadra, «recoger datos sobre observaciones astronómicas y geográficas», y para los científicos civiles, «recoger seres y plantas de la naturaleza para enriquecer con nuevas especies las colecciones existentes y fomentar la propagación y aclimatación de otros útiles a la vida del hombre y provechosos para la aplicación de la Ciencia»^^. El botánico Juan Isern, fue el más diligente; su herbario cuantioso y sus descripciones se hallan en el Real Jardín Botánico de Madrid. Al crearse la sección de Flora Tropical del Jardín Botánico de Madrid, en 1932, esta colección se incorporó a esa sección y su estudio fue una de las tareas que se impuso Don José Cuatrecasas Arumi. En 1935 publicó las especies recogidas en Ecuador, Bolivia y Perú correspondientes a las familias de las compuestas, gesneriáceas, gramíneas, cariofiláceas, berberidáceas y pocas más, constituyendo una primera serie Plantae Isemianae, que desgraciadamente no se continuó. En esta primera se describen 58 especies, variedades, formas y combinaciones nuevas. El herbario de Isern en MA Las excursiones de Isern por Brasil, Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Ecuador y un descenso por el Amazonas, se reflejan en más de 8.600 distintos números de ejemplares que envió a España, cuidadosamente preparados y etiquetados con todo tipo de detalles. Aunque la mayor parte de los expedicionarios a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, tenían la idea de publicar sus distintas floras al terminar el período expedicionario y a ello se dedicaron al volver definitivamente de sus viajes, no tuvieron mucha suerte por los cambios políticos que ocurrieron al comenzar el XIX. Sin embargo, antes de su vuelta a la Península, las plantas procedentes de las semillas que enviaron desde sus distintos países de expedición, Perú y Chile, Nueva España y la de la vuelta al mundo, se cultivaron, crecieron y fiaeron estudiadas en Madrid por los botánicos que se encontraban entonces en el Real Jardín, Gómez Ortega, Cavanilles, y más tarde, Lagasca. Entre ellas se encontraron muchos géneros y especies nuevas. Estas plantas remitidas desde América se replicaron a su vez en Madrid para enviarlas como intercambio a los distintos centros de Europa. Este material vivo distribuido desde el Real Jardín Botánico ftie una importante contribución a la horticultura y al conocimiento de las flores tropicales americanas. También hay que recordar las especies que viajaron desde América a otros países de Europa como las de Mutis a Suecia y a Francia, las de Dombey a Francia, las de Haenke a Praga, sin olvidar la gran cantidad de ellas que salieron de España distribuidas por José Pavón y que también dieron lugar a nombres nuevos. En el siglo XX, destacaremos la figura de Don Ignacio Bolívar que desde 1921 hasta 1930, se hizo cargo de la dirección del Real Jardín Botánico. Aunque era entomólogo, fue el que influyó en la Junta para Ampliación de Estudios para que se revitalizara el estudio de las floras americanas a base de las antiguas colecciones, creando en el Jardín la sección de Flora Tropical. Por ello, el 14 de marzo de 1933, fue nombrado jefe de esa sección el Dr. José Cuatrecasas Arumi, con encargo de conservar, organizar y estudiar las colecciones tropicales del herbario, pues los otros conservadores del Jardín dedicados a la flora española y norteafricana, se encargaban del Herbario General. Luego director del Jardín Botánico hasta 1938, es uno de los científicos españoles que más ha contribuido a revalorizar la labor de nuestros botánicos de finales de los siglos XVTII y XIX. Trató desde el primer momento de establecer contacto con otras Instituciones botánicas y gracias a ello se pudieron enviar estas colecciones a Berlín, Ginebra, Washington, Chicago..., donde fueron estudiadas y actualizadas por los botánicos especialistas. Debido a este intercambio con otros centros botánicos, duplicados de plantas de Mutis, de Ruiz y Pavón, de Sessé y Mociño, de Isern y de Cuatrecasas también salieron de España en el presente siglo y hoy se encuentran en diversos herbarios de Europa y América. Todas estas plantas y los datos que hay sobre ellas documentan la existencia de las especies en el tiempo y en el espacio. Muchas plantas no podrán recolectarse de nuevo debido a la destrucción actual del medio ambiente. Con su estudio se podrán establecer estrategias para el reconocimiento y entendimiento de la crisis de la biodiversidad, esencial para la conservación, gestión y uso de nuestros ecosistemas.' 2
por el naturalista expedicionario Baltasar Boldo, favoreció la descripción que Mariano Lagasca realizó más tarde en el Real Jardín Botánico de Madrid. El esfuerzo de los botánicos españoles ha servido para identificar el trigo que continuó cultivándose en la región de Villa Clara en el siglo XIX, y para recomendar a las instituciones agrícolas cubanas el cultivo de un tipo de trigo cercano al que encontró Boldo en las cercanías de La Habana. Una evidencia de antiguo tñgo cubano en el Real Jardín Botánico de Madrid Una de las mayores dificultades para estudiar los antiguos cultivos de trigo en Cuba venía dada por la obtención de datos que permitieran descifrar, con el mayor rigor científico posible, la especie de trigo que se diseminó con éxito por determinadas regiones de esa isla antillana. El desconocimiento que existía hacia la exploración botánica de Baltasar Manuel Boldo, como primer botánico de la expedición del conde de Mopox, no contribuía a esclarecer esa incógnita. Esa dificultad fue superada gracias a la información suministrada por el libro Los trigos de la Ceres Hispánica de Lagasca y Clemente, publicado en Madrid en 1952^ Sus autores, los ingenieros agrónomos Ricardo Téllez y Manuel Alonso, tuvieron el mérito de engrandecer, luego de haber revisado los herbarios y descripciones de trigos del Real Jardín Botánico de Madrid, el esfuerzo mancomunado que, en distintos momentos de sus vidas, realizaron los botánicos españoles Baltasar Manuel Boldo y Mariano Lagasca en función de un ejemplar de trigo cubano que se cultivó en esos años de dominio español en la isla. Como resultado de la labor de Boldo y Lagasca, Téllez y Alonso pudieron ofrecer, por primera vez, la única valoración científica de un antiguo Triticum cubano que haya sido realizado por dos reconocidas autoridades de la sistemática botánica de la época. El ejemplar de trigo recolectado por Boldo en La Habana entre 1797 y 1799 dio por sí mismo una importancia extraordinaria a sus herborizaciones en Cuba ya que facilitó la posterior motivación de Lagasca hacia la descripción y clasificación de ese raro ejemplar de trigo. A pesar de que el trigo cubano fue un objeto de estudio de personalidades científicas como Boldo y Lagasca, el hecho de que Lagasca definiera ese ejemplar como una nueva especie justifica las dudas que expre-TRASCENDENCIA DEL TRIGO RECOLECTADO POR LA EXPEDICIÓN DE MOPOX EN CUBA sarán Téllez y Alonso con respecto ai origen y a la cantidad de trigo recolectado por Boldo en Cuba: Boldo, efectivamente, herborizó en la isla de Cuba, pero es raro que sólo hiese este el único ejemplar hallado y, más raro aún, no habiéndose citado América como origen de ninguna especie de trigo^. Las circunstancias en que Boldo realizó la colecta de trigo en La Habana y no en Villa Clara En los momentos en que el zaragozano Baltasar Manuel Boldo, primer botánico de la expedición del conde de Mopox, herborizaba en los alrededores de la capital cubana entre julio de 1797^ y el día de su fallecimiento, el 31 de julio de 1799, el cultivo del trigo había desaparecido prácticamente en esa zona. La competencia de la harina extranjera y del pan confeccionado con yuca amarga habían afectado el desarrollo del cultivo de ese cereal en La Habana. Por consiguiente, Boldo debió aceptar el ejemplar de trigo que le obsequiara un tal Balth porque lo consideró una rareza de la flora habanera'*. Sin embargo, en su recorrido desde Santiago de Cuba hasta La Habana, Boldo debió observar que en la región de Villa Clara el trigo se cultivaba como caso excepcional en la isla. A pesar de que ese trigo contribuía a la subsistencia de las familias campesinas de esa región, Boldo no recolectó ningún ejemplar de esa gramínea villaclareña. Durante ese recorrido, el conde de Mopox dirigió los trabajos científicos de la expedición de acuerdo con los intereses de los hacendados habaneros reunidos en la Real Sociedad Patriótica de La Habana y en el Real Consulado de Agricultura y Comercio desde que surgieron estas instituciones en 1793 y 1795. En ese sentido, el afán de riqueza que 2 MISAS JIMÉNEZ, R. E. (1991) De acuerdo con esos planes agrocomerciales se excluían aquellos cultivos que debían satisfacer las necesidades alimenticias de la población, con lo cual se restringía la curiosidad botánica de Boldo por el trigo de Villa Clara. En gran medida, ese desinterés de Mopox por el trigo se debía a que había obtenido de Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, el monopolio de las harinas provenientes de los Estados Unidos de América. A ese lucrativo negocio se hallaba vinculado Francisco de Arango y Parreño, «la más preclara figura antimonopolista de la colonia», añadiéndose a la lista el mencionado Godoy y Carlos Martínez de Irujo, embajador de España en Norteamérica^. El antimonopolismo de los hacendados habaneros contra los comerciantes españoles, por ser éstos los representantes de la nueva política imperial de la monarquía española, fue olvidado cuando tuvieron la oportunidad de arrebatarles el negocio harinero con la complicidad de algunos altos funcionarios del gobierno español. El espíritu de lucro pudo más que la previsión por alcanzar un desarrollo pleno e independiente que permitiera a la economía cubana sustituir las importaciones. De esta forma, la harina norteamericana se convirtió en el más importante renglón alimenticio de La Habana debido al notable aumento de la población esclava, al abandono parcial de los cultivos de mantenimiento y la gran masa de circulante provocada por el azúcar, que aseguraba la venta de esa harina a cualquier precio. Dado este éxito, Mopox estaba más interesado porque la harina monopolizada llegara a todas las regiones de la isla; por lo tanto, no podía apoyar el desarrollo triguero de Villa Clara ni tampoco podía permitir que Boldo divulgara la existencia de una variedad de trigo aclimatada. Luego de la fiscalización efectuada por Mopox a las colectas de material botánico en Villa Clara, Boldo debió disfrutar de una mayor libertad de acción en La Habana. El conde de Mopox tenía entonces motivos suficientes para no atender frecuentemente los trabajos de la expedición: Se había producido un cambio notable en la actitud de los hacendados hacia el propósito agrobotánico del proyecto de expedición de Mopox. Dejaron de pensar en que Boldo y el joven habanero José Estévez contribuyeran a la instalación de una cátedra de botánica y de un vivero de plantas agrícolas que fungieran como Escuela Práctica de Agricultura para los campesinos^. En su lugar, le concedieron más importancia al estudio de la naturaleza química de los organismos vegetales ya que preveían la incesante importación de tecnologías manufactureras dedicadas a la extracción de sustancias orgánicas procedentes de productos agrícolas cubanos. En ese sentido, la creación de la Escuela de Química y Botánica, promovida por Nicolás Calvo de la Puerta desde 1793, alcanzó la mayor preferencia^. El propio Mopox había asumido, en coordinación con los ensayos de instalación de una máquina de vapor inglesa que iniciara el 11 de enero de 1797 en su ingenio Seibabo, la tarea de traducir la obra de tecnología azucarera de Dutrone de la Couture aprovechando su dominio del idioma francés y sus «notorios conocimientos en química»^. El inicio de la guerra entre España e Inglaterra el 18 de agosto de 1796 llevó a que Mopox y sus socios temieran un bloqueo comercial marítimo que afectara el disfrute del monopolio harinero. Introdujeron rápidamente, entre el 28 de julio de 1797, fecha en que se sabe con certeza que Boldo se encontraba en La Habana, y el 16 de agosto de 1798, los 47.389 barriles de harina que abarrotaron el mercado habanero produciendo una grave crisis con la harina en mal estado. El Intendente I^ablo José Valiente tuvo que emplear el ejército para reprimir las protestas. En definitiva, hubo que tirar al mar 3. 680 barriles de harina inser-^ Desde que el hacendado Juan Manuel O'Farrill presentara en 1793 su proyecto de Escuela de Agricultura (véase: ANÓNIMO (1793) «Asuntos que se han tratado en las Juntas ordinarias de la Sociedad», Memorias de la Sociedad Patriótica de La Havana, t. 33), se había hecho necesario realizar una enseñanza práctica de la botánica agrícola en los sembrados del futuro vivero, combinándola con descripciones morfológicas sencillas y el conocimiento de los nombres vulgares de los ejemplares sembrados o recolectados.'' BACHILLER Y MORALES, A. (1965), Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba, La Habana, t. Boldo no estaba profesionalmente habituado a realizar la actividad botánica con el sentido de utilidad práctica que demandaban los intereses habaneros. Tampoco parecía estar capacitado para formar a José Estévez en los conocimientos fitoquímicos. Todo lo contrario, la solidez de sus conocimientos teóricos respondían al desarrollo que había alcanzado la botánica taxonómica y sistemática durante el siglo XVIII. En esa dirección instruyó a Estévez, para garantizar los resultados provenientes del inventario de los vegetales colectados para su remisión a los herbarios del Real Jardín Botánico matritense, ya que las propias inconsecuencias de los hacendados contribuyeron a que no se priorizara el surgimiento de un vivero de plantas en la isla que estuviera en hinción de su desarrollo agrícola. Estas realidades dieron lugar a que Mopox no se ocupara totalmente de la expedición desde su llegada a La Habana. Más bien se dedicó a glorificar la labor teórica o sistemática que habían estado desempeñando Boldo y Estévez para hacerla equiparable o superior a los éxitos obtenidos por la metrópoli con el envío de expediciones a sus dominios ultramarinos como la que había efectuado Martín de Sessé a Nueva España. El cambio de mentalidad de Mopox al apoyar los trabajos científicos de índole teórico, y no sólo los de utilidad práctica, debió favorecer las iniciativas de Boldo con respecto a la recogida de material botánico. En ese contexto, Boldo adquirió el raro ejemplar de trigo habanero aunque lo más probable es que el jefe de la expedición nunca se enteró de su existencia. La descripción y clasificación del trigo recolectado por Boldo en La Habana: el aporte de Mariano Lagasca Boldo incorporó a su herbario el trigo de La Habana consciente de que se trataba de un Triticum. La colecta de ese ejemplar tuvo para Bol- do un mérito indiscutible que fue compartido por José Estévez luego de que éste organizara el herbario de la expedición al ocurrir la muerte de su maestro el 31 de julio de 1799. Estévez conservó ese ejemplar de trigo como parte del material botánico que trasladó a España en 1802 para entregarlo al nuevo director del Real Jardín Botánico de Madrid, José Antonio Cavanilles. Sin embargo, en uno de los trabajos más importantes de la expedición, la Cuhensis Prima Flora de Boldo y Estévez no aparece ningún Triticum. Así lo hacen constar los índices de nombres vulgares y de especies de la primera edición de esa monumental obra en 1990^°, lo cual confirma que no todas las plantas colectadas por Boldo aparecen incluidas en la Flora. Debido a esa omisión, el único ejemplar de trigo que había sido recolectado por Boldo en Cuba corrió el riesgo de haber pasado desapercibido entre las numerosas plantas del herbario de la expedición, de no haber efectuado Cavanilles la distribución de esas plantas en diversas secciones del Jardín^ ^ Esto propició que su antiguo alumno Mariano Lagasca tuviera acceso a ese ejemplar de trigo de La Habana. Los estudios de experimentación en fisiología vegetal de Lagasca estuvieron muy marcados por la sólida formación taxonómica y sistemática que recibiera de su maestro Cavanilles. En unión de Simón de Rojas Clemente, Lagasca pretendió estudiar diferentes variedades cultivadas para obtener de ellas dos tipos de ventajas: -las agronómicas (conocimiento de variedades existentes, posibilidad de seleccionar las más adecuadas a cada condición o las más productivas). -las sistemáticas (estudio del origen de la variabilidad). A esa doble ventaja se adscribía el programa agrobotánico que esperaban ofrecer Lagasca y Clemente en relación con la «Ceres Española» y «Ceres Europea». Además de garantizar la recolección de todas las variedades de cereales cultivadas en España y en Europa con la creación de una extensa red de corresponsales y suministradores, el programa de investigación cerealero contemplaba, en opinión de Joaquín Fernández, lo siguiente:... clasificación sistemática dando nombres a las distintas variedades o razas encontradas; siembras sistemáticas de los granos (primero en el Real Jardín Botánico de Madrid y más tarde en diversos jardines de Londres y de la isla de Jersey), que se recibían en los envíos y análisis de su capacidad germinativa; tiempo de germinación y detalles de su crecimiento; formación de un herbario completo de dichas variedades y redacción de una obra descriptiva y sistemática donde se incluirían los experimentos realizados y las características particulares de cada variedad^^. En el contexto de investigación cerealera que realizaba Lagasca en el Real Jardín Botánico de Madrid encontró el ejemplar de trigo que había depositado Cavanilles como parte de la distribución del herbario de Boldo. A pesar de que prestaba una atención preferencial a las variedades de trigo de España y de Europa, no dejó de despertar su curiosidad científica la presencia del trigo habanero. Lagasca lo adscribió al género Triticum y lo situó, con decisión y seguridad, junto a Polonicum. Sin embargo, como difería en algo de esta especie por presentar un tallo frutescente o perenne y una espiga semejante a la forma que él denominaba T. aestivum, Lagasca decidió incluir el ejemplar de Boldo en una nueva especie T. spinulosum, que describió en los siguientes términos: Espiguillas 4-5 flores, flores interiores hermafroditas, aristadas: glumas aristadas. Triticum Boldo Herb, Tallo frutescente, envuelto inferiormente por las vainas de las hojas dísticas. Hojas algo rígidas, planas, acuminadas, subpungentes, denticulado-espinosas, las superiores eminentes. Espiga semejante al T. aestivum, casi de dos pulgadas, Hab. en Habana y D. Balth la recolectó para Boldo^^. El hecho de que Lagasca definiera ese ejemplar como una nueva especie demuestra que debió sorprenderse ante la colecta realizada por Boldo en Cuba. Debió considerarlo algo excepcional dada la circunstancia de ser un ejemplar único que había crecido en un medio natural supuesta-'^ FERNÁNDEZ PÉREZ, J. (S. a.)»Ciencia y Técnica en la Agricultura Ilustrada. Instrumentos y experiencias Agronómicas», en: FERNÁNDEZ PÉREZ, J.; GONZÁLEZ TASCÓN, I. Ciencia, Técnica y Estado en la España Ilustrada. Al parecer, Lagasca fiíe el último botánico que vio personalmente ese ejemplar de trigo. En la revisión que realizaron en 1952 los ingenieros agrónomos Ricardo Téllez y Manuel Alonso de los herbarios y descripciones de trigo que fueron utilizados por Lagasca para su malogrado Ceres, dedicaron unaj)articular atención a la búsqueda de ese trigo y de otros datos referentes al mismo, lo cual dio el siguiente resultado: Ni en el herbario de trigos, ni en el general del Jardín Botánico, ni en los particulares que se conservan en dicho centro madrileño, hemos encontrado tan curioso ejemplar de trigo. Tampoco volvemos a encontrar citada la curiosa especie T. spinulosum en ninguna obra ni manuscrito de Clemente o de Lagasca (...) El Index londinensis, tomándola de Lagasca, cita esta especie, pero no da ninguna otra sinonimia, indicación o referencia. No podemos dar nuestra opinión sobre T. spinulosum, y, no figurando en el herbario, lo omitimos en esta revisión^^. La vigencia en Cuba del aporte de Boldo y Lagasca La falta de ese ejemplar de trigo fue hasta cierto punto compensada con la descripción y clasificación que le hiciera Lagasca. Sin embargo, ese aporte científico de Lagasca no parece haber sido conocido en Cuba ^^ AGOSTA, Joseph de (1894) Historia Natural y Moral de las Indias exrita por el P. Joseph de Acosta de la compañía de Jesús. A pesar de lo útil que hubiera sido disponer de esa información para que el trigo se cultivara de manera definitiva en la isla, en realidad la carencia de un serio esfuerzo de indagación histórica hacia los problemas de la tecnología agrícola conspiró contra esa necesidad. Aún no se había profesionalizado ese tipo de investigación histórica. Estudios actuales han permitido que la descripción y clasificación que hiciera Lagasca del trigo encontrado por Boldo en La Habana sirviera para confirmar la sospecha que tenía en 1848 el humanista cubano Antonio Bachiller y Morales de que la variedad de trigo de La Habana era la misma que la variedad «barbada» de Villa Clara. Independientemente de las diferencias que habían entre el conocimiento científico de Lagasca sobre el trigo de La Habana y las sencillas observaciones morfológicas realizadas por Bachiller con el trigo de Villa Clara, ambas personalidades coincidieron en otorgarle a sus respectivos trigos rasgos semejantes a la especie Polonicum^^. En definitiva, las contribuciones de Boldo, Lagasca y Bachiller han demostrado la vigencia que tiene en Cuba esos lejanos esfuerzos al vincularse a las actuales instituciones agronómicas dedicadas a los experimentos en trigo.
El descubrimiento de nuevas posibilidades agroalimentarias fue uno de los más importantes motivos de las numerosas expediciones científicas enviadas a América durante el siglo XVIII. Algunos científicos galos (naturalistas, médicos, botánicos, etc.,) emprendieron, en la segunda mitad del siglo de las Luces, una activa campaña en favor del consumo de la patata por los hombres. El más conocido fue el farmacéutico Parmentier, que asentó su propaganda sobre argumentos políticos (la patata da de comer a toda la población), económicos (es una planta fácil de cultivar y de buen rendimiento), y científicos (excelentes cualidades nutritivas). Cuando se observa la sociedad del Antiguo Régimen, en Europa y aún más en América, se ve que la miseria fue uno de sus rasgos dominantes. Desde los mendigos y otros picaros del Siglo de Oro español hasta los trabajadores indios forzados de los obrajes americanos pasando por los mujicos rusos, los braceros franceses del campo o los obreros ingleses de la industria textil, la inmensa mayoría de la población vivía en condiciones difíciles, a veces muy difíciles. El alimento, sobre todo, era lo que faltaba muy a menudo. Era tanto menos abundante cuanto que el crecimiento demográfico era considerable, en particular durante el siglo XVIII: entre 1700 y 1789, Europa pasó de 118 a 180 millones de habitantes, o sea una progresión de más del 52%. La agricultura tradicional, rutinaria, no lograba satisfacer plenamente las necesidades de esta población en fuerte aumento; se entiende, pues, la voluntad de reforma de los ilustrados españoles (Informe sobre la ley agraria, de Jovellanos, por ejemplo), la aparición de numerosos progresos técnicos (como el arado de dos rejas en Francia) y las tentativas de difusión de tales avances (por las Sociedades Económicas de Amigos del País en España, o por las academias y las sociedades sabias en Inglaterra y en Francia).. La falta de alimento y el interés por la Botánica Aquel mismo siglo XVIII había comenzado con una crisis, «la penuria horrible de 1709», como la llama Voltaire^ que venía tras un bajón en la producción agrícola (y por lo tanto en la alimenticia) y que había alcanzado a toda Europa de 1670 a 1695. De un modo general, en aquellos tiempos, en cuanto se descomponía algo el clima -demasiada lluvia hacía pudrir el grano en su tallo o una fuerte sequía impedía su desarrollo-, la producción se reducía en proporciones que podían resultar catastróficas y provocar la desaparición de un 10, y hasta un 20%, de la población en algunas provincias francesas. Estas crisis provocaban, además de la muerte de un sinnúmero de míseros, graves disturbios: ataques a depósitos de granos, pillajes de JEAN-PIERRE CLEMENT Es uno de los mejores bienes que se puedan hacer ante Dios y de los más satisfactorios para la conciencia el introducir y multiplicar así en un país producciones y cultivos nuevos''. Esta ambición teórica encontró su concreción en el envío, en 1777, del botánico Joseph Dombey al Perú; iba acompañado por Hipólito Ruiz y José Pavón, pero la idea primera fue del gobierno francés, acorralado por las hambres repetidas: Su Majestad, en vista a concurrir al progreso de los descubrimientos interesantes para la historia natural, ha aprobado que el señor Dombey, médico por la facultad de Montpellier, hiciese un viaje por la América meridional a expensas del gobierno, para buscar plantas y árboles que se podrían traer a Francia y a nuestras colonias^. De lo que se trataba era de sustentar a los hombres: el botánico André Thouin precisaba a su amigo Dombey cuál podría ser, a su parecer, la misión que se le iba a confiar: Este ministro Turgot le destina. Señor, a una comisión secreta; por lo que puedo juzgar, es para un viaje de muy largo curso, y para ir a buscar producciones que se quisieran naturalizar en nuestros climas. Lo que me deja creer esto, es que el señor Turgot me ha pedido una memoria detallada de las plantas y árboles extraños útiles a las artes y a la alimentación de los hombres que se podrían cultivar en Córcega o en Provenza^. Las tentativas de aclimatación de las plantas exóticas no eran recientes, porque tenemos ejemplos precisos de ellas en el siglo XVII: a partir de 1636, se naturalizaron en el Jardín de las Plantas de París naranjos, limoneros, acacias de Egipto, palmeras, cañas de azúcar y, más tarde, árboles de té, cafetales, cacaos; y sabemos que Fagon, intendente de dicho establecimiento, curó el paludismo de Luis XIV con quina de su producción^. Sin embargo, en el siglo XVIII se sistematizó la prospección, se impuso el depósito de las novedades y se previeron lugares de recepción, como el jardín de los boticarios de Nantes, colocado bajo la dependencia del de París, para las que vinieran del Atlántico^, o el de Hyères, propuesto por Condorcet para las que procedieran del Mediterráneo^. Esta perspectiva llevó a proyectar la implantación en Francia de plantas no europeas, como la quinua^*^ o a tratar de aclimatar otras, como la batata (en La Rochelle)^^ o el arroz (en Auvernia)^^. Cabe decir que tales intentos fracasaron; en cambio, otra planta americana, conocida desde hace decenios, acabó por tener gran éxito en Europa en aquella época: la patata. La difusión de la patata en Europa Los españoles descubrieron este tubérculo durante la conquista del Perú; es, pues, bastante lógico que las primeras menciones se encuentren en los escritos de los primeros cronistas de la América del sur: Agustín de Zarate (Historia del descubrimiento y conquista de la provincia del Perú),' LAISSUS, Yves (1964) Según el irlandés, residente en España, William Bowles (Introducción a la historia natural y a la geografía física de España, 1775J, las primeras patatas fueron cultivadas en Galicia. ¿Porque algunos navios, de vuelta del Nuevo Mundo, abordaron allí, como se dice a veces? ¿Porque el clima de dicha provincia le conviene mejor? Es más probable, si observamos que, para Francia, fue en Bretaña, de clima bastante parecido, donde se naturalizó primero. De España, donde casi no tuvo difusión, pasó a Italia, en los petates de los soldados españoles que, después de participar en la conquista de América, iban a defender, contra los franceses, los territorios del Milanés o de Ñapóles. En la segunda mitad del siglo XVI, parece bastante bien implantada en la península italiana, donde ya la conocían varios botánicos, como Girolamo Cárdano, de Pavía^^. Al comenzar el siglo siguiente. Charles de l'Écluse (Clusius en botánica) decía que «estos tubérculos se habían vuelto tan comunes en algunas comarcas de Italia que ya se solían comer con carne de carnero y que con ellos se engordaban los puercos^'^. Este botánico, que realizó la primera descripción científica de la planta, en su Rariorum plantarum historia (1601) y le dio el nombre latín de papa peruvianorum, señalaba que vulgarmente se llamaban las patatas «trufas de tierra», taratuffoli, en Ita-lia^^ (donde, por otra parte, la palabra tartuffi se sigue utilizando hoy día). De la península italiana la patata pasó a Alemania, como lo confirma el nombre que tomó en aquel país, Kartoffel, que es una deformación del nombre italiano anteriormente adoptado. Mientras tanto, a finales del siglo XVI, otros soldados españoles la habían llevado a las posesiones noreuropeas de Su Majestad Católica: Países Bajos, Franco Condado, Borgoña. Notemos, de paso, que la introducción de este tubérculo en Europa por los ingleses, muy frecuentemente aludida como anterior a las demás vías de penetración, es muy discutible. Es verdad que las islas Británicas obtuvieron esta planta de su colonia de Virginia: las primeras han sido efectivamente traídas de allí por Francis Drake en 1590 (quien las había tomado, él mismo, en Nueva Granada, probablemente con ocasión de una de sus expediciones de los años 1570-1572); en 1597, el botánico Gerard recibía a su vez algunas de aquel territorio, de donde Walter Raleigh importó también otras (pero parece que en mayor cantidad), en 1623^^. Se notará, sin embargo, que el cultivo de las patatas no se difundió hasta el siglo XVII, primero en Irlanda (que pasaba graves hambrunas, porque Londres confiscaba en su provecho toda la producción de cereales de la gran isla), luego en Inglaterra, donde Lancashire parece haber sido la primera región en recibirla^^. Finalmente, toda la Europa occidental del siglo XVII se aprovechaba de sus virtudes, como Suiza «donde se ha multiplicado tanto que ha pasado a ser el alimento de las dos terceras partes del pueblo^^. Ya en la primera mitad del siglo XVIII, se instauraba la tradición de la patata frita belga: Los flamencos no toman comida en que no entren patatas, hasta en casa de las personas más acomodadas; es una delicia para ellos'^. Curiosamente, Francia y España estaban ausentes. Fue preciso esperar la segunda parte del siglo ilustrado para que los dos países se lanzasen verdaderamente a la práctica de este cultivo y, sobre todo, para que éste se volviese un componente importante de la alimentación de los ciudadanos de ambos países. 16 ViREY, J. J. ( 1818 Para ello, fue necesario emprender una verdadera campaña «publicitaria» en favor de nuestro tubérculo; fue dirigida por algunos especialistas (médicos, farmacéuticos, higienistas, botánicos, etc.). Primero, fue menester fijar las cosas: en 1762, el botánico Duhamel de Monceau daba por fin a esta planta, que se llamaba a veces truffe (trufa), a veces morelle (morela), su nombre definitivo en francés de pomme de terre. En 1769, la academia de Besançon ofreció un premio a la memoria que propusiese el producto vegetal más capaz para sustituir provisionalmente al pan. Antoine Parmentier, un tiempo farmacéutico auxiliar en el ejército de Hannover ( 1756), había conocido la patata en Alemania; hizo de ella el tema de su disertación y ganó el primer premio, en 1771, con su Examen químico de la patata (publicado en París en \111). De Francia, donde su cultivo se extendió, los efectos repercutieron en España que, a su vez, acabó por quedar convencida del interés de su producción para los hombres. Ya se había entrado en el siglo XIX. Esta campaña era tanto más necesaria cuanto que los obstáculos eran numerosos al cultivo de esta planta. En el siglo XVII, por ejemplo, el Parlamento de Besançon lo había prohibido, alegando que la patata era perniciosa y podía dar la lepra^^. En el siguiente, no hubo tanta exageración; sin embargo, se consideraba que era un mal alimento, apenas bueno para los cerdos y que aun era «la peor de todas las legumbres», como lo afirmaba un libro de cocina de 1748 titulado la Escuela de las sopas. Y Le Grand d'Aussy explicaba, algunos decenios después, lo que había que entender con esto: El gusto pastoso, la insipidez natural, la cualidad malsana de este alimento, que es flatuloso e indigesto, lo han hecho desechar de las casas delicadas y ofrecer al pueblo, cuyo paladar más grosero y estómago más vigoroso se contentan con cuanto es capaz de apagar su hambre^ •. Es obvio que la patata estaba muy lejos, en aquella época, de tener la cualidades gustativas de las especies actualmente comercializadas, como las Apollo, las Spunta o también las más antiguas, con nombres muy conocidos de las amas de casa, como la Bintje, la BF 15 o la Roseval. Sin embargo, a fines de la época de las Luces, grandes progresos habían sido realizados en esta materia, gracias a un mejor conocimiento del cultivo (el aporcamiento, por ejemplo) de este tubérculo, que acabó así por ser cada vez menos amargo, más grueso y con tegumento progresivamente menos espeso. En realidad, el gran obstáculo a su consumo por el pueblo parece haber sido de orden sicológico: la patata se consideraba entonces como un alimento para ganados y no para hombres. Esto animó a algunos personajes a tratar de hacerle perder esta imagen de cebo para animales para darle la de un alimento para humanos; por ejemplo, imponiéndola a sus servidores, como la señora de Fortmanoir, en el departamento de la Somme, de la que habla un documento de 176822. Pero esto quedaba todavía insuficiente, porque, aun así, seguía apreciándose la patata como un alimento socialmente inferior, como la comida de los pobres y de los míseros, o de los criados en el mejor de los casos. Otros, por consiguiente, iban a ir más lejos e intentar difundir su uso entre las clases más acomodadas de la sociedad. Fue el caso de Turgot quien, después de introducir su cultivo en su intendencia de Lemosin, y considerándola como una posible solución a la penuria que padecía esta pobre provincia, quedó pronto decepcionado por la postura de rechazo popular que le fue opuesta, porque la gente sencilla no veía en esta legumbre sino «un alimento por debajo de la dignidad de la especie humana» 23. La solución consistió entonces, para él, en mandarla servir en su mesa cuando recibía a personas principales de la región, dando así «el gusto de ellas a las primeras clases de ciudadanos», según la fórmula de Condorcet2'^. Los partidarios de la patata trataron, pues, de hacer que se considerase como un alimento «noble». Esta perspectiva es la que permite entender la actitud de Luis XIV paseándose todo el día 25 de agosto de 1768, con una flor de patata en la solapa de su traje de corte^^. Al mismo tiempo, los propagandistas de este tubérculo demostraron que su cultivo era, a la vez, fácil, rentable y, obviamente, útil: El cultivo de esta planta es sencillo y muy fácil, cualquier tipo de tierra le conviene, hasta la arena [... 1 Su producción, con tal que sea algo cuidada, es incalculable^^. Y el mismo autor añadía que Geoffroy Saint-Hilaire decía haber obtenido 986 patatas con un solo tubérculo, y que él mismo había recogido algunas que pesaban ¡hasta 6 y 7 libras!^^ Cifras muy sorprendentes, cuando se conoce un poco el rendimiento de esta planta, pero pienso que no hay que tomar estas afirmaciones como artículo de fe: sólo son declaraciones provocativas. La gran ventaja que presenta este tubérculo es que, contrariamente a los cereales que suelen constituir el pilar principal de la alimentación bajo el Antiguo Régimen, está protegido del hielo y otras intemperies, ya que es una «míes subterránea preservada por la naturaleza contra las tempestades y las calamidades del cielo»^^. La consecuencia mayor es que la misma superficie sembrada con patatas da de comer a dos veces más personas que si fuera cultivada con ^5 Por un guiño de la Historia y la gracia de los organizadores de este simposio, la presente ponencia fue leída el 25 de agosto de 1993, ¡exactamente 225 años después de este día famoso! ^^ GouBÉ (1794), Instruction abrégée sur l'usage de la pomme de terre, sa panification, ses propriétés et sa culture, proposée aux citoyens de la campagne par le citoyen... président du district de Goumay, département de la Sétne-Inlérieure. Tal era el fin principal de esta campaña propagandística: era imprescindible, para las autoridades, compensar las rupturas alimenticias y evitar las hambres que asolaban regularmente el país. Los partidarios de este cultivo recordaban, además, que presentaba otras ventajas. Y ante todo un interés industrial; en efecto, «su almidón lava y quita la grasa mejor que el jabón»^^ y, por si esto fuera poco, «conserva los colores de los tejidos»^^. La planta pasaba, a sus ojos, por favorecer también la cría del ganado, porque era un excelente cebo para la mayor parte de los animales; se dice en efecto en este texto que ella «alimenta perfectamente los caballos, los bueyes, los pavos, los pollos, los cameros, los cerdos, y los engorda en muy poco tiempo»^^. Además de la rentabilidad mejorada por la mayor brevedad del tiempo de cría, los efectos sobre los animales debían de ser muy positivos, puesto que, gracias a este rico alimento, «su grasa es blanca y delicada; [la patata] proporciona mucha y excelente leche a las vacas y a las cabras »^^. Como se puede observar aquí, se vuelve siempre a los hombres: el mismo autor ya explicaba, en la página anterior, que la patata da una leche de muy buena calidad a las nodrizas. Y, claro. los niños a quienes se la da [la patata] como alimento se tornan fuertes y vigorosos, lo que prueba cuan amiga es del hombre^"^. Pero no podemos contentamos con esta descripción; en efecto, la propaganda en favor de la patata tomó rápidamente una orientación social. Uno de los protagonistas, llamado Mustel, insistió, por ejemplo, sobre el hecho de que allende el Rin, donde se había difundido desde hacía mucho He visto servir de ellas en Alemania, sazonadas de diversas maneras, en la mesa de los Príncipes, en la que se habría menospreciado servir habas y otras legumbres semejantes^^. Es decir, que la alta sociedad germánica parece colocar la patata por encima de las legumbres ordinariamente comidas por los franceses. He aquí un argumento de peso en un país en el que está despuntando el nacionalismo. Pero no era suficiente, y se añadieron, en la mayor parte de los textos que trataron de la cuestión, incentivos gastronómicos: Un poco de mantequilla, de grasa, de tocino o de aceite, nata, leche, miel bastan para hacer de ella un excelente comestible^^. Los higienistas fueron a veces más precisos en sus indicaciones, al aconsejar múltiples preparaciones posibles, sencillas en su realización y agradables de comer: estofadas, con salsa de harina o blanca, fritas, como relleno en las aves, etc.^^, o también preconizaron que se las hicieran cocer en agua o en la ceniza caliente^^. ¡Cuántas precisiones muy propias para excitar el gusto y agudizar el apetito! Para que se pudiera consumir en todo tiempo, Parmentier propuso un procedimiento de conservación de esta legumbre; es interesante, porque lo completa con una presentación de las diversas posibilidades de utilización: primero, dice, hay que sancochar las patatas haciéndolas hervir en agua salada, luego se las corta en rebanadas que se ponen a secar sobre un homo de panadero; se endurecen y se pueden conservar así un tiempo indefinido. Cuando se las quiere utilizar, basta con echarlas al agua a Empero, no se puede olvidar que, en aquel entonces, en Francia quizás más que en otras partes, el alimento básico, era el pan. Era, por consiguiente lógico que los especialistas llegasen a proponer el empleo de la patata en la fabricación de esta comida esencial. El higienista Mustel explicaba así que el cura del pueblo de Arton, en Bretaña, había elaborado pan, mezclando dos terceras partes de pulpa de patata con una tercera parte de harina de centeno. Él mismo ofrecía una receta que mezclaba harina de trigo y patata reducida a polvo'*^. Este pan, dice Mustel, es de buena calidad: es blanco y ligero, como pan candeal, tiene buen sabor y se conserva bien'*^ Parmentier, por su parte, propuso también un pan a base de patatas, según un principio parecido. Más tarde, logró poner a punto una fórmula que ahorraba totalmente el gasto de harina de trigo y se reveló, por consiguiente, mucho más interesante en aquellos momentos en que las malas cosechas de cereales eran bastante frecuéntese^: el pan se compone de mitad almidón mitad pulpa [de patata]; añadió una quinta parte de agua para amasarlo y obtuvo una libra de pan con tres libras de patatas'*^. Pese a las cualidades anunciadas de este «pan», hemos de observar que el éxito de la receta resultó bastante tibio y que no sobrevivió a su autor. Queda, sin embargo, ante el tribunal de la Historia la voluntad del sabio para sacar a sus hermanos humanos de la miseria. Más sorprendente todavía, en esta misma campaña, fue la receta para elaborar queso con patatas. No se debe a Parmentier, sino a un curioso, alemán de nación; había anunciado éste, en algunos periódicos de la época, que comunicaría el secreto de la fórmula «contra una razonable recompensa». Samuel Engel explica, en la Enciclopedia que ha mandado 39 PARMENTIER (1818), p. 124.' *^ Ver su memoria de 1779 sobre la Manière de faire le pain de pomme de terre, sans mélanger de farine. http://asclepio.revistas.csic.es la cantidad deseada al inventor y que, a su vez (pero gratis), ofrece la receta a los lectores del (famoso) diccionario'*'*. Esta consiste en mezclar patatas hervidas, cuidadosamente trituradas, con leche preparada para el queso, en una proporción de 2/3-1/3. Los quesos así elaborados son, según dice, muy ricos, y, añade, «cuantos más viejos son, más calidad y delicadeza adquieren»'*^. Se observará que, como en el caso del pan, se insiste en el placer gustativo de la preparación realizada. El combate que llevaron Parmentier y algunos más fue un combate en favor de la calidad: no se trataba sólo de hacer comer patatas a todos, sino también de incitar a la gente de las clases consideradas como superiores a consumirlas. Por lo tanto, resultaba primordial el argumento de la calidad gustativa del producto. La cocción al vapor se justifica con los mismos argumentos'*^. Parmentier observa que, al hacer hervir las patatas en agua -según la usanza habitual-, pierden todo su sabor, que «todas se vuelven sosas». Añade: «Es, pues, necesario cambiar de método»'*^, y propone un procedimiento nuevo que llama ollas americanas. Es una práctica muy superior, a nivel alimenticio, al cocimiento en el agua, la única conocida de los Europeos hasta entonces, explica el mexicano Álzate: Esta práctica es útilísima-y de mucho aprecio por lo que mira a la salud y uso de alimentos; porque los vegetales sumergidos en agua, que-'^^ ENGEL, Samuel (1778), «Truffe», Encyclopédie. 376b.''^ Ignoro cuando Parmentier ha descrito por primera vez este procedimiento: existe primero un análisis técnico en un informe presentado por La Rochefoucauld-Liancourt, Cadet de Vaux y Saintlean de Crèvecoeur, titulado «Rapport sur la marmite américaine de Parmentier» y publicado en las Mémoires de la Société Royale d'Agriculture (Paris, trimestre de primavera de 1786, p. El mismo Parmentier ha publicado una descripción de este sistema de cocción en su Bihliothèque physico-économique (Paris, 1788, t. I, pp. 216 sq.) y en el artículo «Pomme de terre» que escribió para el Nouveau dictionnare d'histoire naturelle appliquée aux Arts, à l'Agriculture, à l'Economie rurale et domestique, à la Médecine, etc. por una Sociedad de Naturalistas y Agricultores (París: Déterville, 1818, nueva éd., t. XXVII, pp. 544 sq.). http://asclepio.revistas.csic.es dan privados de sus partículas nutritivas y útiles; y como esta agua por lo regular se arroja por inútil, el hombre tan solamente devora el esqueleto de la planta"*^. En cuanto a Parmentier, describe así el sistema: Cualquier olla de hierro colado, cualquier caldera de cobre es útil para esta operación: poco importa la vasija de la que se sirva, con tal que se encuentren en ella tres o cuatro pulgadas de agua, que las patatas puestas ahí estén también alejadas de ésta de algunas pulgadas, y que venga provista de una tapa que cierre con bastante precisión para oponerse al escape del vapor del agua hirviente. Una alambrera o un sencillo encañizado de mimbre que cabría en una olla, a alguna distancia del fondo y de las paredes, bastaría, con la precaución de cerrar con precisión la olla. Acabando el agua por reducirse con el hervor, viene empujada hacia las raíces^^, las baña, las calienta de modo a determinar el cocimiento en su propia humedad. [...] El ligero desperdicio que experimentan al cocer así, se vuelve en provecho de su sabor^°. Una vez más, se ponía en evidencia el argumento del gusto, confirmando así que la sociedad irancesa (y probablemente la de toda la Europa occidental) vivía, en aquella época, un progreso cualitativo: ya no se trataba solamente de alimentar, sino de alimentar mejor, es decir de tomar placer en comer. Se iba acercando, en Francia, la tormenta revolucionaria; una de sus consecuencias fue que los grandes cocineros de las familias aristócratas, que veían a sus amos morir en la guillotina o expatriarse, se encontraron de repente desempleados y abrieron los primeros grandes restaurantes parisinos o se pusieron al servicio de las ricas casas burguesas, difundiendo así en un círculo más amplio la comida refina-daSi. "^^ ÁLZATE Y RAMÍREZ, José Antonio (1792), «Del chayóte». Gaceta de Literatura de México, 31 de enero.' ^^ Se equivoca Parmentier cuando considera que las patatas son raíces; se trata, en realidad, de tubérculos que crecen sobre estolones, tallos subterráneos procedentes de la patata madre. Venían expuestos ahí varios argumentos destinados a incitar a la gente a emplear este «nuevo» modo de cocción, insistiendo en la mejor calidad gustativa de las legumbres así preparadas, porque conservan su sabor y toda su agua naturaP^. Para mostrar el interés de este tratamiento, se indicaba que otras legumbres podían, también aprovecharse de él: Los espárragos cocidos al vapor no se parecen en nada a los que se cuecen en agua, porque salen [...] con todo su sabor y con el color muy subido^"*. Se notará que al interés nutritivo se añade el placer del paladar y el de los ojos, ya que este procedimiento aviva los colores de las legumbres, poniéndolas más atractivas. Es evidente que hay aquí un salto cualitativo en la alimentación: la gente de la época comienza a interesarse por la presentación de los platos y no sólo por la cantidad o el volumen de alimento. Hasta entonces, cuando se trataba de comer, se hablaba sobre todo de «capones gordos», de «hermosos faisanes», de «pellas de mantequilla», de «montones de frutas muy variadas», de la abundancia de una alimentación rica en grasa y en número de platos; de ahí en adelante, parece que se recomienden los alimentos bien preparados y presentados de modo a abrir el apetito. El propósito de los higienistas, pues, es doble: por una parte, alimentar a una gran masa de gente que suele pasar hambre en crisis alimenticias regulares, y, por otra parte, incitar a los que tienen generalmente de que comer, a nutrirse mejor, es decir a tener una alimentación de calidad superior a la que tenían hasta ahí. Este modo de preparación de las ollas americanas presenta también la ventaja de permitir un ahorro de combustible. El mismo autor explica que, gracias a él, se pueden cocer muchas legumbres a un tiempo. El conde Rumford, célebre filántropo americano-inglés de la época, precisa que el sistema antiguo de cocimiento en agua hacía perder las 7/8 partes del calor suministrado, cuando las ollas americanas permiten ahorrar las 9/10 partes de la energía dada^^. Y el químico Cadet de Vaux repite los dos últimos argumentos: de un lado, este procedimiento «nuevo» da alimentos gustosos (lo que seduce a la gente acomodada) y, por otro lado, el ahorro de energía realizado es muy benéfico para las familias pobres: Esto de conservar mejor sabor es un punto importante para los ricos, que no reparan en gastar leña y carbón ¡cuántas pobres madres calentaran los helados miembros de sus hijos con lo que se quema superfluamente en las cocinas de los ricos! Así todos nos propusiésemos economizar en esta parte cuanto sea posible, para evitar la total devastación de nuestros montes, y conservar a nuestros nietos un artículo tan indispensable de que les priva nuestra prodigalidad^^. Como se puede observar, todo acaba por un discurso ecológico eminentemente moderno. Pero la historia no acaba aquí. Porque la invención de Parmentier no es verdaderamente su invención. En efecto, el periodista y vulgarizador científico mexicano, José Antonio Álzate y Ramírez, recuerda, en su Gaceta de Literatura de México, que el procedimiento de las ollas americanas es, en realidad, una práctica habitual de los indios de su país. El célebre Parmentier, químico útil, por cuanto no se ocupa en operaciones curiosas, sino en las que se dirigen al sustento de los hombres, parece que ha introducido la práctica de los mexicanos de cocer los alimentos al vapor del agua, y las máquinas que ideó con este motivo (segu-^^ RUMFORD, Conde (1800), «Ensayo sexto político-económico [...] sobre la economía del combustible», Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos. Y hace del procedimiento la siguiente descripción, que es interesante comparar con la del francés: En una olla, como a cuatro dedos de distancia del fondo, [los indios mexicanos] colocan dos maderos delgados, que forman una cruz: sobre éstos extienden una poca de paja o yerbas secas, y sobre este apoyo o cama que los indios llaman tlapestle, van colocando chayotes, camotes u otras muchísimas frutas; llenan con agua el espacio comprendido entre el fondo de la olla o vasija y los maderos; la colocan sobre el fuego, tapan la boca con una cazuela, y el hervor del agua cuece los frutos en virtud del vapor que circula en el interior de la vasija^^. Se nota que las dos descripciones están bastante cercanas una a otra, y se puede concluir que Álzate se equivoca cuando escribe: El indio con vasijas de poco valor efectúa lo que Parmentier propone se ejecute con maquinarias costosas^^. Parmentier, en efecto, no propone aquí ningún material complicado, ningún objeto caro, sino los utensilios corrientes en una cocina. Gracias a muchos esfuerzos supo compartir con todos su entusiasmo hacia esta legumbre que tenía por excelente y consideraba como un verdadero don del cielo: Por fin, es cierto que es, entre todas las producciones de las dos Indias, aquélla cuya adquisición debe bendecir más Europa, porque no ha costado ni crímenes ni lágrimas a la humanidad^°. Es una visión obviamente muy idealizada de las cosas, porque el francés se olvida, en su ímpetu, de que los Europeos conocieron la patata a consecuencia de la conquista del Perú que no fue, ni mucho menos, una empresa dulce y humana. En realidad, parece que el gran higienista considere esta planta como externa a la Conquista, probablemente porque su difusión en su país y en el vecino intervino mucho tiempo después de la empresa americana. Existe, en efecto, un distanciamiento, y si no se está muy atento a los acontecimientos, la patata puede, por lo tanto, pasar por un resultado benéfico de las expediciones científicas del siglo XVIII. Es cierto que dichas empresas han aportado a Europa miles y miles de plantas nuevas, y que uno de sus fines principales era mejorar la alimentación de los europeos. A pesar de la relativa antigüedad de su descubrimiento (unos dos siglos), la patata, prácticamente ignorada de los franceses y de los españoles hasta las Luces, se sintió como algo recién descubierto; cumplió además con el objetivo arriba enunciado -y que había sido asignado a las expediciones científicas-: dar de comer a los hambrientos. Es decir que la asimilación, más o menos inconsciente, con las expediciones científicas de siglo XVIII era algo lógico y comprensible. En efecto, a lo largo de su campaña «promocional», Parmentier y los que comparten su opinión sobre el asunto observan que esta legumbre da muy bien de comer a los hombres en los países en que ha sido implantada (Irlanda, por ejemplo, o Alemania) y que, gracias a ella, ya no se producen las hambres. En el contexto de crisis social permanente de la época, es un aporte esencial. Se entiende su entusiasmo, aunque sea algo ciego. En la misma vena, escribe Joseph Julien Virey: ¿Quién, pues, ha apartado gran parte de estas plagas [las hambres]? la patata [...] Así, multiplicar las subsistencias es multiplicar la materia viva, los hombres, los ganados; es duplicar en fuerza cada Estado; al hacer su suelo más productivo es evidente que en pocos siglos, Europa acrecentada por estos medios, se volverá mucho más populosa que jamás lo ha sido, y que, sola entonces, estará pronto dispuesta, sea a resistir al resto del universo, sea a conquistarlo. Será, pues, forzosamente preciso que la industria y la civilización se acrecienten hasta un estado desconocido hasta ahora en los anales del mundo, y desborden sobre el globo entero únicamente por la propagación de este tubérculo substancioso^ ^ Se observa aquí una característica muy conocida de cuantos se interesan por las expediciones botánicas: el nacionalismo de la ciencia. Las intenciones de los higienistas y de las autoridades no fueron tan filantrópicas como parece. Y el general De Gaulle erraba, cuando escribía, en 1932, en su libro El filo de la espada, que la grandeza y potencia de una nación procede de la fuerza popular de su ejército y de sus jefes, y que Napoleón, en el concurso de los grandes hombres, está siempre delante de Parmentier.
bajos de la especialidad publicados en España o por autores españoles. Las referencias siguen presentándose ordenadas alfabéticamente por el apellido del autor y siguiendo las normas bibliográficas habituales. Para facilitar la recuperación de las referencias, se adjunta un índice de materias, que se ha confeccionado ordenado alfabéticamente las palabras clave extraídas de cada una de las publicaciones y las entradas remiten, mediante el número asignado en el repertorio, a los diferentes trabajos. Vale la pena advertir que todas las referencias cronológicas aparecen bajo la entrada siglos. Como en anteriores ocasiones, queremos agradecer sinceramente la colaboración que nos han ofrecido numerosos investigadores y departa- BIBLIOGRAFÍA HISTÓRICA SOBRE LA CIENCIA Y LA TÉCNICA EN ESPAÑA. 1994 mentos, suministrándonos información sobre sus publicaciones. Asimismo, reiteramos nuestro reconocimiento al Centro de Documentación de Historia de la Medicina de la Fundación J. Uriach, por haber puesto a nuestra disposición, gracias a la amabilidad del profesor Josep Danon, la rica información de la que dispone dicho centro. Esperamos seguir contando con estas valiosas aportaciones, sin las cuales la Bibliografía no sería posible y reiteramos la llamada hecha en otras ocasiones a los directores de colecciones dedicadas a la historia de la ciencia, para que nos remitan información sobre ellas, ya que a menudo resulta difícil recuperar sus títulos para incorporarlos a nuestro inventario. XLVII-2-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es INDICE DE MATERIAS Independencia americana 888. Indicador de solsticios 79. Instituto Nacional de Física y Química 810. Instituto Provincial de Higiene, Alicante 681. Introducción a la ingeniería química 187. Junta Municipal de Sanidad, Tarragona 721. COLABORAN EN ESTE VOLUMEN DEASCLEPIO
Llegando a su medio siglo de publicación, la revista Asclepio inicia una nueva etapa. Desde su origen, sus páginas estuvieron abiertas a todas las aportaciones de calidad que se ocupaban de la historia de la medicina y de las ciencias afines. Más tarde, se amplió también su contenido a la historia de la ciencia, entendida en un amplio sentido, con una orientación especialmente social. Los ámbitos más estudiados hieron los referentes a la ciencia española y americana, así como el mundo moderno. Fue así capaz de unificar las tensiones existentes entre la historia de las ideas y la historia social, entre los autores más interesados por la evolución interna de la ciencia y aquéllos más preocupados por sus repercusiones externas, por su producción y aplicación. Su difiisión ñie amplia, en especial entre los cultivadores de la historia de la ciencia en lengua española, estando también representada en las principales instituciones y publicaciones mundiales. Su Consejo de Redacción ha sido consciente, sin embargo, de la necesidad de enfrentarse a sus cincuenta años con una profunda renovación, tanto de su índice como de sus contenidos. Aunque es una revista abierta a la historia de la ciencia y de la medicina, pensamos que se debe hacer hincapié en aquellos terrenos en que tanto la institución que la mantiene como este país son fuertes. Por tanto, creemos que se deben apoyar los estudios sobre biología y medicina, así como aquéllos que se ocupen del pasado de la ciencia con las nuevas orientaciones de la historia social. Aproximación entendida de una forma amplia, en el sentido de relación de la ciencia con la cultura de una sociedad determinada. Por tanto, interesarán y serán necesarios los aspectos de institucionalización (creación, difusión, aplicación y popularización) de la ciencia, así como de relación con la cultura humana (con el arte, la imagen, la lengua, el pensamiento y la cultura material). En cuanto a sus secciones, junto a las tradicionales, pensamos añadir (o más bien, recuperar y renovar) la de reseñas, necesaria hoy en día para cualquier revista científica. Permitirá estar presente en las más actuales investigaciones, en especial al completarse con secciones de debates y noticias. La primera, podrá presentarse en forma de número monográfico, ya tradicional en nuestras páginas, pero también como dossier, en que se tratarán los prin- cipales temas de actualidad. En este sentido, abrimos este fascículo con el primero acerca del científico valenciano Cavanilles. No sólo cumplimos con un importante aniversario, sino que pensamos que su personalidad científica está siendo últimamente resaltada y valorada en sus justos términos. Respecto a la segunda, las noticias, estamos abiertos a los comentarios de la actualidad científica que los lectores juzguen convenientes. En fin, para terminar, queremos señalar la importancia de ampliar nuestros temas de trabajo. Por un lado, junto a la tradicional preocupación por España y América, es necesario interesarse más por las publicaciones referentes a los territorios de la Unión Europea; en este sentido extendemos a todas sus lenguas la posibilidad de publicación. Por otro, debemos señalar que estamos a las puertas del siglo XXI y que, por tanto, el que dejamos atrás es ya labor de historiadores. La preocupación por las últimas décadas, por la época que vivimos, debe ser objeto de nuestra atención. De todas formas, repetimos, las páginas de Asclepio deben seguir abiertas a cualquier tema bien trabajado de historia de la ciencia y de la medicina de interés para el público de hoy.
^STùfDfOS El envejecimiento en la Medicina Española Contemporánea ELVIRA ARQUIOLA RESUMEN La autora analiza la posición de la medicina española en el debate contemporáneo sobre la vejez, apoyándose para ello en los testimonios escritos de los médicos desde finales del siglo XIX hasta las décadas centrales de nuestra centuria, que muestran su coincidencia con la literatura médica occidental de la época. Desde mediados del siglo XIX los médicos occidentales pretendieron dar respuesta a una serie de cuestiones relativas a la vejez: en primer lugar intentaron esclarecer el proceso de envejecimiento de acuerdo con el nivel de conocimientos que el desarrollo de las ciencias básicas y la medicina científiconatural permitía; se esforzaron en determinar el propio comienzo de la vejez y la etiología del envejecimiento, interrogándose acerca del carácter normal o patológico de este proceso; nos legaron obras recogiendo su experiencia clínica con sujetos longevos, comenzando así a ocuparse minuciosamente de las «enfermedades de los viejos»; se decantaron hacia la necesidad de desarrollar una nueva especialidad médica -la Geriatría-que se ocupase de los problemas médicos que planteaba la población longeva, y, por supuesto, se ocuparon de la lucha contra la vejez. Este interés creciente por la vejez permitió que a comienzos de nuestra centuria se acuñasen los términos de Gerontología y Geriatría y se fuese señalando la necesidad de recurrir a los abordajes multidisciplinares para lograr un mejor conocimiento de los problemas planteados por aquella. Vamos a ocuparnos en esta ocasión de analizar la posición de la medicina española en el debate contemporáneo sobre la vejez^ La delimitación de la vejez Los textos de los médicos españoles, desde finales del siglo XIX hasta las décadas centrales de esta centuria, difieren a la hora de establecer el comienzo de la vejez, coincidiendo con los puntos de vista evidenciados en la literatura médica del resto de los países occidentales. Entre los diversos rríédicos españoles que tratan de esta cuestión nos ocuparemos en primer lugar de Monlau, representante de los médicos-higienistas que eran los que prioritariamente se ocupaban de la vejez. Para este médico esta etapa de la vida se iniciaría a los 60 ó los 63 años y finalizaría con la muerte. Siguiendo a Hallé, la subdivide en tres etapas: Vejez incipiente o vejez verde, de los 60 a los 70 años en el varón y de los 50 a los 60 en la mujer; vejez confirmada o caduquez que hace durar hasta los 85 años y decrepitud o edad de los centenarios^.' El análisis del debate social y médico sobre la vejez en los países occidentales lo he analizado en ARQUIOLA, E. (en prensa), La vejez a debate: Análisis histórico de la situación sociosanitaria de la vejez en la actualidad. Siguiendo las pautas establecidas en los estudios antropométricos que se estaban efectuando en Europa, Olóriz lleva a cabo un análisis sobre «La longevidad extrema en España»: OLORIZ, F. (1898), «Lai longevidad extrema en España», Gaceta Médica de Granada, XVI, n.° 10, pp. 1-8. En él señala las características sociológicas fiínda-6 • A5cfepío-Vol.XLVII-l-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es A comienzos de nuestra centuria, en 1910, Amallo Gimeno Cabanas alude a la diversidad de opiniones mantenidas por los distintos autores para establecer la edad en que comienza la vejez: Hipócrates a los 56, Daubenton a los 63, Flourens a los 70, Littré como la mayoría de los autores a los 60, Durand-Fardel dice que cuando se pierde el poder generador, Quételet a los 40 para el hombre y a los 50 para la mujer, coincidiendo en ambos momentos con el peso máximo, mientras que Grasset opinará que el criterio cronológico no es determinante: «No hay que tener a un hombre por viejo en razón de su edad, sino en la del estado de sus órganos y, sobre todo, de su iHincionamiento», punto de vista que compartirá Gimeno^. Marañón hace coincidir el comienzo del período de decadencia con el climaterio e insiste en la necesidad de que sea entonces cuando se inicie la tarea preventiva, para evitar la aparición de achaques una vez instaurada la vejez. A mediados de nuestra centuria los textos médicos siguen debatiendo acerca de la delimitación cronológica de la vejez. Beltrán Báguena diferencia un período presenil de 45-60 años; un período de baja senilidad de 61 a 75, y otro de alta senilidad a partir de los 76 años. Advierte que se trata sólo de una media y no de una tabla fija de valores, y considera que hay que distinguir: una «senilidad global» de celeridad variable, y una «senilidad parcial anticipada» que acontecería en un sector del organismo. Esta última se produce: por el uso excesivo de un órgano por la actividad profesional desarrollada, por el abuso forzado de alguna de nuestras funciones o por graves enfermedades, y a ella debe orientarse principalmente la acción preventiva, que se debe desarrollar en los años precedentes a la senectud'*. Piédrola Gil, en un breve folleto publicado en 1955, vuelve a retomar el tema distinguiendo cuatro etapas en la vida: evolucional o de crecimiento (O a 22), maduración o adultez, senescencia o presenium (40-68) e involución o decrepitud (62 a 100). Insiste también en la variabilidad de las fechas para determinar el comienzo de la vejez y señala que algunos autores distinguen dentro de ella a su vez diferentes etapas: presenium (40-60), senilidad baja (60-70) y alta senilidad a partir de los 70. Junto al criterio cronológico no olvida señalar Piédrola que la consideración social del anciano varía mentales de los sujetos longevos en nuestro país, y concluye que, a finales del siglo XIX, era evidente la existencia de un número superior de sujetos centenarios respecto de otras naciones. ^ GIMENO, A. (1946), La lucha contra la vejez, 2." ed. Discurso leído en 1910 en la Real Academia de Medicina, Madrid, p. León Cardenal al ocuparse de nuevo del tema señalará que las primeras manifestaciones de la vejez se producen entre los 45 y 50 años.'^ BELTRÁN BAGUENA, (1949), Prevención de la vejez achacosa y cuidados de los ancianos, Barcelona, Ed. Asclepio-Vol XLVII-1-1995 7 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es en las distintas culturas y a lo largo de la historia, evidenciando así la valoración de los aspectos sociales y culturales en los escritos médicos españoles^. El proceso de envejecimiento Otra cuestión sobre la que se interesaron vivamente los médicos del siglo XIX y comienzos del XX fue el esclarecimiento del proceso de envejecimiento a la luz de los avances de las ciencias biomédicas, centrando el debate fundamentalmente sobre sus posibles causas y sobre la necesidad de establecer su carácter «normal» o «patológico». Todo ello fue conocido por la medicina española, cuyos representantes se decantaron por unos u otros puntos de vista. El primero de los autores españoles al que vamos a referirnos va a ser de nuevo el higienista Monlau para quien, desde el punto de vista físico, la vejez se identifica con atrofia y decadencia y, desde el punto de vista moral, la imagen es absolutamente negativa, concluyendo que: «La vejez es ya de por sí una enfermedad»^. Por contra, en el Tratado práctico de las enfermedades de los viejos aparecido en 1890, Lozano y Caparros mantendrá que hay que considerar a los viejos como desgastados y no como enfermos. Aunque no considera al viejo como a un enfermo, sin embargo señalará que: «El estar sano de un viejo es tan diferente al estar fisiológico de otra edad, como diferente es la noche del día»^, aceptando un concepto de salud suficiente o relativa. Vemos, pues, en estos dos testimonios de médicos españoles de finales del siglo XIX, evidenciadas ya las dos posturas existentes acerca la normalidad o anormalidad del proceso de envejecimiento. El análisis de las principales teorías sobre este proceso es abordado también a finales de la centuria por diferentes autores. En Estudios sobre las enfermedades de los viejos, aparecido en Barcelona en 1895 y del que es autor Soler Roig, se recogen algunas de las teorías existentes acerca del proceso de envejecimiento y el valor que este médico catalán les concede. Recuerda que para algunos autores las células llevan en sí los elementos de la vitalidad y de su propia destrucción, afirmando al respecto: «Esto es una verdad palmaria, teniendo en cuenta empero, que si fuera dable encontrar medios que retardaran esa destrucción, retardaríase también ^ PiEDROLA GIL, G. (1955, a) http://asclepio.revistas.csic.es el proceso evolutivo decadente y, al propio tiempo, ha de saberse que innumerables agentes exteriores juegan un papel importantísimo en la senilidad de las células, y si el protoplasma de las mismas, fuese, de un modo absoluto, asiento, lo mismo de la vida que de la muerte, sería inútil la intervención del médico en el organismo viejo y decadente; puesto que, según dicho principio, necesariamente había de morir, por más que se pretendiera lo contrario». La lectura de este fragmento nos demuestra la importancia que concedía a la influencia de los factores externos, sobre los cuales era posible que el médico interviniese enseñando a regularlos, tal como hasta entonces venían haciendo los médico-higienistas. Pese a ello también se hace evidente en este autor la valoración de los factores internos, tal como manifiesta al definir la vejez, ocasión en que concluye: «En una palabra, la vejez es un proceso retrógrado, en el que la célula se atrofia y el elemento conjuntivo se hipertrofia». Para este médico el viejo está constantemente bajo el peso de una auto-infección sostenida constantemente por la destrucción de las células viejas, incapaces por su vejez de procrear células jóvenes^. Una de las revisiones más completas sobre estas cuestiones es la que, a comienzos de la centuria, nos ofrece Amallo Gimeno Cabanas en el Discurso leido en 1910 con motivo de su ingreso en la Real Academia de Medicina, que llevaba por título: La lucha contra la vejez. En este discurso, analiza el controvertido tema del proceso de envejecimiento tal como se planteaba en la medicina finisecular. Comienza Gimeno manifestando que, para él, la vejez no es una enfermedad, es una fase necesaria de la existencia. Está de acuerdo con Roesser al decir que «La vida, la vejez y la muerte no son más que formas de adaptación de la materia al medio». Respecto del proceso de envejecimiento recuerda que Dastre, en La vie et la mort, defiende que el envejecimiento no tiene carácter definitivo ni intrínseco, en contra de la opinión de Conheim, J. MüUer y Minot para los que la senectud es una fatalidad inscrita en la organización de la célula, consecuencia rigurosa de su misma vida. Por su parte confiesa: «Yo estoy inclinado a creer que la vejez y la muerte empiezan al nacer, quizá antes, en el momento de la fecundación, resultando verdad que la una y la otra no son más que el término obligado de toda evolución», convencido de que «vivir es evolucionar»^. ^ SOLER Y ROIG, J. (1895), Estudios sobre las enfermedades de los viejos, Barcelona, Establecimiento Tipográfíco-de Francisco Altes, pp. 4, 5. XLVII-l-1995 9 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Se opone a la opinión generalizada de que «no tenemos más edad que nuestras arterias», è'igualmente se opone a las tesis de Metchnikoff que todo lo reduce a los fenómenos de fagocitosis. Considera que el papel concedido a las glándulas endocrinas es equívoco, siendo en su opinión necesario establecer qué es la causa y qué es el efecto; igualmente plantea reparos a las explicaciones histológicas que ven en los procesos de reproducción celular la explicación del proceso de vejez^^. Apoyándose en la opinión que Ramón y Cajal expone en su Manual de Anatomía Patológica, para quien: «La vejez, total o parcial, del organismo, puede considerarse como un proceso fisiológico de atrofia y la edad excesiva se traduce en todos los tejidos no sólo por un achicamiento del tamaño de las células, sino por un aminoramiento notable en el proceso fisiológico de la regeneración»'^ creerá que la senectud empieza siempre por un retardo de la nutrición celular, hecho que puede acontecer en cualquier parte del cuerpo, cuya elección dependerá de: «Las circunstancias individuales, el género de vida, algo heredado de los mayores, ciertas enfermedades padecidas, determinados vicios, son las causas íntimas que enfocan la senectud sobre tal o cual órgano, aparato o siste-Este deseo de conciliar el papel de la herencia con el de los factores externos, le lleva a inclinarse por la clásica imagen de la lámpara, insistiendo en la importancia de la «norma de vida»: «Nuestra vida se gasta en virtud de una energía que tomó en el huevo fecundado, capital que se hereda y que no podemos acrecentar, y en la de otras energías que el medio exterior nos proporciona, y cuya sabia administración está al cuidado de nuestra voluntad; si vertemos imprudentemente el aceite, entregamos locamente la mecha a las aventuras o a los peligros de la imprudencia, si derrochamos lo que nos dieron, ¿qué vejez querremos tener y de qué vida larga gozar? De acuerdo con esta imagen clásica, insistirá en recomendar la «moderación» como clave para lograr una vida larga y saludable^^.' O Ibid.,[37][38][39][40][41] A partir de ese momento podemos decir que los autores españoles se inclinarán por considerar la vejez como una etapa de la vida, insistiendo en defender su normalidad; así hará entre otros Martín Salazar al señalar que la vejez es un caso fisiológico, aunque siempre va acompañada de los trastornos consiguientes^^. Con mayor detenimiento se ocupará de la cuestión Nóvoa Santos en su Manual de Patología General, aparecido en 1922. El médico gallego, aunque reconoce la existencia de un cuadro de «senectud precoz» que entra de lleno en el terreno de la patología -al igual que la «progeria» y la enfermedad de Alzheimer o demencia senil prematura-, cree que existe una senescencia fisiológica que no representa una enfermedad crónica, sino una fase obligada del ciclo normal de la vida, coincidiendo con la opinión de Amalio Gimeno para quien la vejez y la muerte comienzan al nacer y no son mas que término obligado de la evolución^^. Para Nóvoa la involución senil fisiológica se traduce por el desarrollo de procesos atrofíeos y, en parte, también degenerativos extendidos a todos los órganos del cuerpo. La atrofia endocrina, que gozaba entonces de gran predicamento, no sería para él más que una manifestación de la involución senil que afecta a todos los órganos. Entre los autores españoles, la figura que más extensamente se ocupó de la hipótesis endocrinológica fue Marañón, si bien su postura evolucionó a lo largo del tiempo. En 1915, en La doctrina de las secreciones internas, se declara defensor de las doctrinas pluriglandulares sobre el envejecimiento, llegando a defender la «autoopoterapia testicular» para lograr el rejuvenecimiento apoyando, primero con ciertas reservas, luego más decididamente, los ensayos que estaban llevando a cabo en este sentido Steinach y Voronoff^^. Menor entusiasmo manifiesta en 1930 en el prólogo que hizo a la traducción de la obra de Lorand. En 1949, en su conferencia sobre «El aspecto endocrino del envejecimiento», declara estas doctrinas superadas, salvo en el aspecto concreto de la pérdida de la capacidad sexual que sigue identificando con la vejez. Se inclinará por compartir la opinión mantenida anteriormente por Cajal, según la cual, la supuesta eficacia de los tratamientos opoterápicos'^ MARTÍN SALAZAR, (1918) También para Marañón resulta incuestionable el carácter normal de la vejez, reiterando la necesidad de que la atención médica se inicie en el período de comienzo de la involución, ya que es entonces cuando mayor eficacia se puede lograr. Marañón, lejos de identificar esta etapa con decadencia total, señala que, desde el punto de vista antropológico, se puede afirmar que es entonces cuando, intelectual y emocionalmente, se alcanza la plenitud, insistiendo vivamente en esta idea^^. En 1949 Beltrán Báguena, en el prólogo de su obra Prevención de la vejez achacosa y cuidados de los ancianos, señala: «envejecer no es una desgracia, sino una gran fortuna que no está reservada a todos los que nacen». La vejez no sería más que una etapa del ciclo biológico del ser viviente que comprende: período de desarrollo o evolución, período de estado y el tercer período sería el de involución. Reconociendo la dificultad de definir la vejez, la considera: «como un proceso de pérdida gradual de la capacidad fisiológica de cada uno de los distintos órganos y sistemas orgánicos; disminución de actividades originada por la atrofia lenta y progresiva de aquellos tejidos que integran las partes anatómicas cuyo conjunto constituye el ser humano. Dicho en términos más sencillos: Desgaste de las distintas ruedas de la máquina humana y, consecuentemente, disminución de su rendimiento»'^. Pese a que la mayor parte de los médicos se inclinan por destacar el carácter «normal» de la vejez, no obstante, el propio Beltrán Báguena, en su intervención en la Semana Geriátrica celebrada en Madrid en 1949, afirma que «el nudo gordiano» seguía siendo «determinar si la vejez es una enfermedad». Admite que hay que aceptar la existencia de un estado normal en algunos órganos del anciano y aun en la totalidad del organismo senil; por ello propone crear una rama de la ciencia médica llamada «Gerontofisiología, Gerofisiología o más simplemente Fisiología senil». Sugiere recurrir a un neologismo, «normosenilidad», para referirse al contenido de esta nueva rama a la que, cree, deben colaborar geriatras y gerontólogos^^. Grande Covián, en la conferencia que pronuncia con motivo de este mismo ciclo de conferencias, alude a la tendencia existente en determinados ambientes médicos a considerar a la vejez como un proceso morboso, criterio que entre otros había defendido Metschnikoff, para quien: «Considerar la vejez como un fenómeno fisiológico es, ciertamente erróneo». Por contra, cree que el conocimiento del envejecimiento fisiológico, ha de ponernos en camino para poder prevenir de modo eficaz el desarrollo de las enfermedades que dan a la vejez humana su aspecto patológico. Desde el punto de vista fisiológico el envejecimiento debe ser considerado como: «la suma de alteraciones irreversibles experimentadas por los seres vivos como consecuencia única y exclusiva del transcurso del tiempo y que se traduce en una disminución general de la capacidad funcional del organismo». Para este autor el proceso fisiológico del envejecimiento comienza con la vida, la edad biológica no coincide con la edad cronológica y lo que caracteriza a la vejez es la disminución de la capacidad de adaptación. Insiste en la necesidad de que se efectúe un estudio biológico del problema y cree que, de acuerdo con Mac Níder, la gran tarea en el campo de la gerontología es averiguar la causa química de la degeneración tisular, añadiendo: «cuando poseamos esta información quizá podamos ser capaces de proteger los tejidos frente a las influencias de la vejez». Junto a estos factores intrínsecos, vuelve a señalar la importancia de los factores externos que pueden influir en el proceso de envejecimiento, valorando entre ellos especialmente el factor nutritivo. En esta misma conferencia hace referencia a que, en el caso del hombre, el envejecimiento no se considera habitualmente como un puro proceso biológico, sino en estrecha relación con su significación sociológica, volviendo a aparecer señalada la dimensión social de la vejez^^. También resulta interesante la detallada revisión que de las teorías existentes sobre el proceso de envejecimiento, efectúa Rodríguez Lafora en esa misma ocasión. Rodríguez Lafora se detiene a comentar especialmente la postura mantenida por H. Driesch -autor que desde el terreno de la embriología pasó a la filosofía, y que cambió su visión mecanicista de la Biología ^^ GRANDE COVIÁN, E (1950) «El envejecimiento, problema fisiológico» en Siete Conferencias sobre Geriatría, Madrid, Escelicer, pp. 29-59. XLVII-1-1995 13 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es por un vitalismo entusiasta-, que interpreta el envejecimiento como desgaste, consecuencia del trabajo constante de la máquina humana. El desgaste es en realidad una propiedad de la materia viva al constituirse en organismo complejo. Las hipótesis sobre este desgaste son diferentes: para J. Loeb cada individuo recibe al nacer un quantum vital o cantidad de energía, bajo la forma de una hipotética sustancia química llamada X, que mediante el metabolismo va consumiéndose a lo largo de la vida; como factor externo influye el calor acelerando el consumo y el frío disminuyéndolo; otros biólogos, entre los que se encuentra Driesch, se oponen a esta interpretación señalando que la sustancia viva se caracteriza por su ilimitada capacidad de reproducción. Pearl, apoyándose en los experimentos de Carrel, considera que lo que acorta la vida de las células es su reunión con las demás células del organismo por acción de los productos metabólicos de desecho y la alteración del medio nutritivo intersticial; defiende el desgaste pero no a causa de la propia célula sino por un factor extrínseco a ella. Resalta Rodríguez Lafora la opinión de Driesch que mantiene que la mayoría de las manifestaciones de la vida son regidas por un dinamismo teleológico y por una armonía equipotencial o general, por lo que no puede reducirse a estructuras meramente materia-les2i. A tenor de lo expuesto, podemos decir que a mediados de la centuria parecía que no había dudas acerca del carácter «normal» de la vejez, oponiéndose los médicos a la consideración de la vejez como enfermedad mantenida por algunos autores. Igualmente aparece evidente la idea de que, junto a los factores biológicos, era necesario abordar los factores antropológicos -como insistirá Marañón-y los sociales, tal como nos dice de nuevo Piédrola Gil al ocuparse de esta cuestión: «Si la Medicina es en la actualidad ciencia médica y Social, a la vez que Arte, en el momento presente ha de prestar gran atención a la vejez, que no es enfermedad, sino fenómeno natural, inevitable y biológico, en el que se presentan numerosos problemas de tipo médico, sanitario, sociológico, económico y cultural»^^. En resumen, en los escritos de los autores españoles, quedan reflejadas las más importantes cuestiones concernientes al proceso de envejecimiento: las dificultades para establecer unánimemente la etapa a la que se llama ^^ RODRÍGUEZ LAFORA, G. ( 1950 http://asclepio.revistas.csic.es vejez; la dificultad de establecer el carácter normal o patológico del proceso; la gran diversidad de teorías e interpretaciones acerca de lo que la vejez es. Podemos apreciar en estos escritos médicos otros elementos: la valoración de los factores exógenos junto a los factores biológicos endógenos, haciendo especial énfasis en el factor alimentación; y por fin, la consideración de la dimensión antropológica y sociológica junto a la puramente médico-biológi-ca^^. Enfermedades de los viejos Desde mediados de la centuria pasada, los médicos españoles estaban familiarizados con las obras médicas europeas dedicadas al tema de las enfermedades de los viejos; así lo demuestra el hecho de que circulasen entre nosotros y se citasen las principales obras existentes sobre el tema, especialmente las pertenecientes a autores franceses, y en lugar muy destacado la obra de Charcot. No obstante, es de destacar que, aunque seguidores de los franceses, a veces hicieron pequeñas aportaciones no despreciables: tal es el caso de Lozano Caparros que en su Tratado práctico de las enfermedades en los viejos y de las enfermedades crónicas dice seguir el camino señalado por Pinel e iniciado por Landré-Beauvais, Rostan, etc. No obstante, no pierde la ocasión el médico español de afirmar que estas enfermedades no son «de» los viejos, y por tanto no requieren tratamiento especial alguno. Más que especialistas en enfermedades «de» los viejos, cree este autor que se debe hablar de especialistas en enfermedades «en» los viejos^"*. Un lustro después Soler Roig, considerando incompleto este tratado, elaborará otro en el que pretende ocuparse de todas las enfermedades de la vejez, queriendo así cultivar una «especialidad digna de tanta atención y estudio como puedan tenerlo el sinnúmero de especialidades con que cada día va enriqueciéndose la medicina». Cree que, como proponía Turck, habría que fundar una sociedad que tuviese como finalidad el estudio de la vejez y los medios de combatirla, que estuviese mantenida económicamente por las aportaciones de los viejos ricos^^. ^^ La incorporación de los factores psicológicos y sociales en los estudios sobre la vejez efectuados allende nuestras fronteras la he estudiado en ARQUIOLA, E. (en prensa), La vejez a debate. Las repercusiones de estas teorías en la toma de medidas para luchar contra la vejez en el caso español la he analizado en ARQUIOLA, E. (1994) «La profilaxis de la vejez en España en las primeras décadas del siglo XX», Dynamis. Para Marañón, las enfermedades presentadas en este período de la vida estarían en relación directa con la patología del climaterio, proceso que cree depende de la «crisis glandular» que se desarrolla por insuficiencia ovárica o testicular, y en la que también intervienen las demás glándulas de secreción, tal como expone en La edad crítica en 1919. Tras los años cincuenta es evidente un cambio de opinión que se manifiesta restando importancia a la teoría hormonal, tal como se evidencia en «Sobre el climaterio masculino» (1954), opinión que reiterará dos años más tarde en el «Estado actual del problema del climaterio»^^. Entre la patología relacionada con el climaterio tratará el senilismo climatérico o involución senil adelantada, una especie de vejez prematura debida a un cuadro de insuficiencia pluriglandular, la menopausia tardía, hiperemotividad, melancolía climatérica y psicosis arteriosclerótica, diabetes, hipertensión, aumento del colesterol, arteriosclerosis e hipertiroidismo senil. Junto a ellas, estarían los reumatismos crónicos, cuya mayor parte se relacionaría también con el proceso climatérico, la cistitis climatérica y vejiga senil, las cataratas y las alteraciones auditivas secundarias al cuadro de esclerosis generalizada^^. Beltrán Báguena, abundando en el carácter preventivo que debe tener la lucha contra la vejez, insiste en la necesidad de llevar a cabo revisiones periódicas para lograr diagnósticos precoces, como se hace en Estados Unidos de América a instancias de las compañías de seguros. El cuidado del anciano enfermo demuestra la alta frecuencia de procesos como: arteriosclerosis, enfermedades cardiacas, bronquitis, bronconeumonías, enfermedades febriles, enfermedades de las vías digestivas, enfermedades del sistema nerviosose refiere a la apoplejía como enfermedad nerviosa senil por excelencia-, enfermedades del aparato urinario y enfermedades del aparato locomotor Especial atención le merecen las alteraciones que se producen en el psiquismo senil caracterizadas fundamentalmente por pérdida de memoria y alteraciones de la afectividad^^. José L. Arteta, al disertar sobre la «morfología patológica del anciano», propone considerar la patología del viejo, no como una patología propia del mismo, sino como una «patología modificada por la senectud», es decir «en el viejo», tal como años antes insistía Lozano Caparrós^^. El desarrollo de la Geriatría La atención médica a las enfermedades «de» o «en» los viejos había llevado, a comienzos de la centuria, a que se empezase a hablar de «Geriatría» en los Estados Unidos de América. La Geriatría surgía como la rama de la medicina que debía abordar los problemas médicos de la vejez. Progresivamente se fueron constituyendo sociedades geriátricas en distintos países, desempeñando en este proceso Gran Bretaña y Estados Unidos un papel pionero. Veamos cual fue la postura que adoptaron los médicos españoles respecto de este desarrollo. La institucionalización de la Geriatría tiene lugar entre nosotros a mediados de la centuria, años en los que se producen una serie de acontecimientos: en 1947 Beltrán Báguena crea en la Facultad de Medicina de Valencia la primera cátedra de Geriatría que impartirá docencia de doctorado; ese mismo año se crea el servicio de Geriatría en el Hospital de Nuestra Señora de la Esperanza en Barcelona bajo la dirección de Panella Casas, y se inician, desde Madrid, los trámites para la constitución de la Sociedad Española de Geriatría, que se funda el 17 de mayo de 1948 bajo la presidencia honorífica de Gregorio Marañón y Teófilo Hernando, cuya presidencia y secretaría ocuparon Beltrán Báguena y Vega Díaz respectivamente. Coincidiendo con este creciente interés por la Geriatría se crea en 1949 el Departamento de Geriatría del Instituto de Patología Médica del Hospital General de Madrid que dirigía Gregorio Marañón, cuya inauguración coincide con la celebración de la «Semana Geriátrica», a la que ya hemos hecho referencia, y en la que intervinieron: Arteta, Beltrán Báguena, Grande Covián, Teófilo Hernando, Gregorio Marañón, Rodríguez Candela y Rodríguez Lafora con diferentes conferencias, posteriormente publicadas en 1950 con el título Siete Conferencias sobre la vejez, precedidas de una introducción de Vega Díaz. En esa introducción, nos dice Vega Díaz, que la paternidad de esta Semana se debe a Marañón. A la clausura de este ciclo asiste Palanca, Director General de Sanidad que estuvo ligado a las principales iniciativas desarrolladas en torno a la vejez durante aquellos años. En 1950 tuvo lugar la celebración del Primer Congreso Nacional de Geriatría^^. La iniciativa de los médicos españoles a favor del desarrollo de la Geriatría, y las dimensiones que los problemas relacionados con la asistencia y cuidado de la población anciana iban alcanzando allende nuestras fronteras ^^ De la escasa bibliografía que existe sobre esta cuestión véase: JIMÉNEZ HERRERO, F. (1976) «1926-1976: cincuenta años de la geriatría en España», Gaceta Médica Española, 8, 377-532;(1977, b) «La aportación hispánica al desarrollo de la geriatría y la gerontología», R.E.G.G., 4, 381-388. La institucionalización de los estudios sobre la vejez en los países occidentales la he analizado en ARQUIOLA, E. (en prensa), La vejez a debate. XLVII-1-1995 17 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es -con cierto retraso en nuestro propio país-, llevó a la creación de la Sección de Gerocultura y Geriatría de la Dirección General de Sanidad en 1955, siendo Palanca Director General de Sanidad. Tras estos años decisivos en el desarrollo de la Geriatría española hay que anotar que, en 1966, se funda la Revista de la Sociedad Española de Gerontología y Geriatría como órgano de expresión oficial de la Sociedad y de los médicos preocupados por las cuestiones geriátricas, entre los que destacaron, ya en esta segunda mitad de la centuria. Calvo Melendro en el Hospital Provincial de Soria, Jiménez Herrero en el Hospital de la Cruz Roja de La Coruña y Salgado Alba en el Hospital de la Cruz Roja de Madrid, por citar sólo a los más representativos. En 1978, como resultado del esfiíerzo de estas instituciones y de las personas a ellas vinculadas, se reconoce oficialmente la Geriatría como especialidad en nuestro país. Gran parte de las primeras acciones emprendidas durante los años centrales del siglo XX por institucionalizar la Geriatría en España estuvieron impulsadas por Gregorio Marañón, por lo que no es extraño que algunos de los autores se declaren seguidores de sus puntos de vista o de su magisterio; sin querer decir con esto que todas las opiniones encontradas sean unánimes, sí podemos afirmar que existen coincidencias en los puntos ñindamentales. Marañón consideraba incuestionable que si la atención médica sobre los temas de la vejez no había sido hasta entonces suficientemente rigurosa, había llegado el momento en que la Geriatría se constituyese en una «ciencia verdadera», como era la Pediatría, siendo su objetivo: «el estudio de la fisiología de una edad y de sus peligros específicos; para tratar de evitar estos peligros y hacer a aquélla y a la etapa fisiológica, más larga y más útil»^^ Aunque en la conferencia de clausura del I Congreso Nacional de Geriatría Marañón manifiesta su convicción de que... «la geriatría (sería) en breve una de las ramas más importantes de la medicina»^^, no obstante, tal como afirma Jiménez Herrero, ésta no sería para él una «especialidad» en sentido 31 MARAÑÓN, G. (1950), «Climaterio y Senilidad», Obras Completas, (1975) T. III, 697-709. El ejemplo de la Pediatría había servido de modelo a Nascher para acuñar en 1909 el término de Geriatría, manteniendo que la Gerontología se ocuparía del estudio básico de la vejez, mientras que la Geriatría lo haría del aspecto médico. Lá mayoría de los autores europeos tardaron en incorporar el nuevo término puesto que creían que el de Gerontología, que había sido propuesto por Metchnikoff con anterioridad, era más amplio y lo comprendía. 3^ MARAÑÓN, G. (1950), «Climaterio y Senilidad», Actas del I Congreso Nacional de Geriatría, Zaragoza, 1950, luego recogido en Obras Completas, (1975) «Nos inculcó que el ser especialidad la geriatría era cuestión secundaria, no fundamental para su practicante, porque, según él, si algún médico puede tener el orgullo de no ser etiquetado de especialista es el geriatra, que tiene que conocer y tratar la suma total de la vida humana, que llega a sus manos en el período final, con una patología imbricada de problemas sociales, psicológicos y morales»^"*. Esa visión integradora de la «medicina geriátrica» se correspondería plenamente con la visión globalizadora e integradora que de la medicina tenía Marañón. De acuerdo con sus puntos de vista esta rama de la medicina iba a desempeñar un importante papel en el futuro, pero le parecía indispensable que la medicina geriátrica fuese de carácter integrador Igualmente insistía en señalar la necesidad de que ampliase su campo de responsabilidad que debía abarcar desde el inicio del proceso de involución, es decir la etapa que va de la madurez a la vejez propiamente dicha, hasta la vejez extrema, la decrepitud y la muerte, ya que para él, el declinar era un largo proceso que se inicia entre los veinte y treinta años, y el comienzo de la vejez se podía establecer coincidiendo con el climaterio^^. Estas son las palabras del propio Marañón sobre esta cuestión: «El campo de estudio de la geriatría debe ser, ante todo, la involución. Debe comprender, claro está, la vejez y la vejez extrema, la decrepitud, sumando los progresos de la técnica al santo y empírico ejercicio de la caridad. Pero su objeto verdadero, el rigurosamente científico, ha de ser la involución»-'^. Tal como a continuación veremos, esas ideas serán mantenidas por la mayoría de los autores reunidos en la famosa «Semana Geriátrica», si bien ninguno de ellos insistirá tanto en la patología del climaterio que era una de las parcelas más importantes de la obra de Marañón. 35 JIMÉNEZ HERRERO, F. (1977, a) En la introducción a las Siete Conferencias sobre la vejez, Vega Díaz expone su opinión acerca de la constitución de la Geriatría en especialidad; para él ya que «en la Geriatría se abarca toda la medicina, no debe considerarse una especialidad como puedan ser otras», señalando: «Actitud y criterio de englobamiento conceptual que es lo que da sustancia a la Medicina geriátrica». Para Vega Díaz, la Geriatría es el sector de la medicina que se cuida del anciano y se ocupa del estudio del estado de salud o enfermedad del que envejece y del viejo. La Geriatría estaría a su vez englobada dentro de la Gerontología que comprendería: la biología de la senescencia, la geriatría y la sociología del envejecimiento, que hace también equivalente a la expresión orteguiana «humanidades del envejecimiento»^^. Considera que se encuentran en la fase que Stieglitz llamó «geriatría constructiva» tendente no sólo a curar o prevenir las enfermedades degenerativas sino a contribuir a la elaboración de una salud mejor^^. Con ocasión de esas mismas conferencias Beltrán Báguena se ocupa de «Problemas Generales de la Geriatría y la Gerontología» comenzando su exposición por revisar los problemas terminológicos. Gerontología sería la «ciencia biológica que estudia los fenómenos específicos que caracterizan el envejecimiento en las distintas especies de las escalas animal y vegetal, incluso en el hombre»; mientras que la Geriatría es la parte de la medicina que trata exclusivamente de las enfermedades «de» y «en» la senectud. Comparte la opinión de Piersol y Bortz para los que la Geriatría es una ciencia, no solamente para añadir años a la vida, sino, lo que es más importante, para añadir vida a los años, señalando así la dimensión social de esta rama de la medicina-^^. Respecto de la conversión de la Geriatría en especialidad médica no difiere mucho Beltrán Báguena de las opiniones expuestas, tal como pone de manifiesto en la siguiente aseveración: «no podemos admitir que, por hoy, la especialización en este aspecto de la ciencia sea un medio de hacerla progresar». Cree que debe ser «labor de patólogos generales casi más todavía que de clínicos de medicina interna», no de especialistas de los distintos aparatos, y señala que el geriatra debe tener envidiables condiciones psicológicas'*^. Piédrola Gil, en 1955, abogará por crear la especialidad de Geriatría en el Seguro de Enfermedad y reclamará la participación activa de los geriatras en ^' ^ VEGA DÍAZ (1950), op. cit., p. x. ^^ Ibid., xii. ^^ BELTRÁN BÁGUENA (1950), op. cit., pp. 3-26. 20 A5c/epio-Vol.XLVII-l-1995 Para este autor también parece inexcusable aclarar términos con los que la sociedad española todavía no se encontraba familiarizada: por ello se ocupa de precisar el significado de «Gerontología» que él entendería como ciencia biológica que se ocupa de la vejez y que estudia las modificaciones fisiológicas de la senectud; «Geriatría» o «Gerontiatría» que sería la medicina de la vejez, es decir la parte de la medicina que trata los trastornos y enfermedades peculiares de la edad avanzada, la patología del anciano, las variaciones clínicas que presenta ante los procesos comunes y la terapéutica que precisa; «Gerocultura», «Geroprofilaxis» o «Gerontocomía» sería el arte de cuidar de los viejos y de los que van a serlo, para conseguir una vejez saludable, e incluye factores sociológicos y económicos. Personalmente este autor concede gran importancia a los aspectos concernientes a la prevención, intentando evitar la vejez prematura y retrasar el proceso de senescencia, y a la medicina de adaptación con gran atención al campo psicosomático. Esos aspectos de la medicina debían ser desarrollados por el médico práctico y por el Servicio Nacional de Sanidad, reclamando así un papel para las instituciones"* ^ La necesidad de incorporar distintas disciplinas en el estudio de la vejez y de coordinar la labor médica dentro de una estructura más amplia que englobase el cuidado y la atención del anciano, era evidente ya en los textos médicos de mediados de la centuria, en los que se manifiesta igualmente la influencia de aquellos países donde con cierta anticipación respecto de nosotros se estaban desarrollando programas e instituciones de protección a la vejez"*^. Años después, y de acuerdo con esta convicción, la Comisión Nacional de la Especialidad de Geriatría la definía como una «rama de la medicina que se ocupa de los aspectos clínicos, terapéuticos y sociales de la salud y enfermedad de los ancianos», abarcando de manera integral la problemática relativa a la ancianidad, superando la visión más restringida que hacía de ella exclusivamente la «medicina interna de los ancianos»^-'.' ^í Pi EDROLA GIL, G. (1955, a), op. cit., p. 81.'^•^ Véase ARQUIOLA, E. (en prensa), La vejez a debate. ^^ SALGADO ALBA, A., «La mayoría de edad de la Geriatría», Medicine, 86, Geriatría I, 3313-3318. Cuando llegaban a nuestra Redacción las primeras pruebas de este trabajo, su autora, Elvira Arquiola, fallecía en Madrid tras una larguísima enfermedad que supo sobrellevar con un temple, una fortaleza y un valor que serán siempre ejemplo admirable para cuantos la conocimos, respetamos y quisimos. Colaboradora habitual de Asclepio, a cuyo Consejo de Redacción perteneció a lo largo de trece años, propuesta recientemente para formar parte de su nuevo Consejo Asesor, queremos que estas apresuradas líneas sean expresión del permanente recuerdo de lo que para nosotros significaron su vida y su obra, y de gratitud eterna por el testimonio de entereza que nos legó con su actitud ante la muerte.
JOSÉ BARCIA GOYANES RESUMEN El A. glosa varios términos técnicos persas que aparecen en escritos anatómicos árabes. Su interés radica en que, aparte de ser muy poco conocidos, constituyen un testimonio fehaciente de la influencia de la cultura persa en el comienzo de la medicina cientifica árabe, y, por ello, un estímulo para ulteriores trabajos sobre el tema. Como es bien sabido, los árabes, a causa de sus ideas religiosas, no realizaron disecciones en cadáveres humanos, y sus conocimientos anatómicos proceden, por ello, de otras culturas, principalmente de la griega, y sus citas de Aristóteles y Galeno salpican sus escritos de medicina. Sin embargo, y salvo rarísimas excepciones, no transcribieron los nombres originales sino que los tradujeron, con mayor o menor fortuna. A juzgar por los nombres que aplicaron a los accidentes anatómicos que describen sería difícil descubrir la fuente original. No ocurrió, según creo, lo mismo, con los conocimientos que tomaron de la cultura persa, mucho más adelantada en el terreno médico en el momento de la invasión del imperio de los Sasánidas, en el siglo primero de la Hégira. arba 'a' uruq fi al-safatayn, itnayn min fawk wa itnayn min asfal»^, «las yaharrak, cuatro venas en los labios, dos en el superior y dos en el inferior». Como se ve, el persa Razés se limitó a transliterar un nombre que debía de haberle sido familiar. Su existencia en el pahlavi nos demuestra un elevado grado de conocimiento de la anatomía de las venas debido sin duda a la práctica de la sangría terapéutica que gozó de gran predicamento entre los árabes, quienes debieron de haberlo tomado de los persas, ya que no hay noticia de su práctica entre ellos antes de la invasión del imperio de los Sasánidas. Como hemos dicho, tal práctica hubo de fundarse en un conocimiento grande de las venas superficiales, y, a la vez, determinó el aumento de tal conocimiento, de suerte que, en este terreno, superaron considerablemente a los griegos, y los nombres que dieron a las venas, han pasado en gran parte a nosotros, que todavía los seguimos empleando. De ellos proceden los nombres de las venas cefálica, basílica y safena, además de otros que se usaron durante un período de tiempo más o menos largo y que luego han caído en desuso. El traductor latino del Libro a Almanzor -Gerardo de Cremona-no se creyó en el caso de intentar la traducción del término al-yaharrak y se limitó a hacer una transliteración y en un primer lugar dice: «et aliae quae sunt in utrisque lahiisy> y, más tarde, hablando del lugar que ocupa cada vena: «Et earum quae dicuntur algeherich, est in labiis». Por su parte, Sem Tobb, el traductor hebreo escribe primeramente: Así pues, en tanto que en la primera transliteración utilizó el kaf, en la segunda emplea el ghimel. Aparte de Razés aparece el nombre de yaharrak solamente en Albucasis, en el libro 30 de su Tashriff conocido generalmente como «La Cirugía». En el Tratado 2.° y al hablar de las venas que pueden ser sangradas cita las que nos ocupan entre 16 de la cabeza. Llama la atención que no la cite ningún persa, aparte de Razés, puesto que no aparece ni en Haly Abbas, ni en Avicena, ni en Ibn al-Quff, ni en Esmail al-Jurjani, y tampoco en los tratados de autores persas Tashrih i-Mansuri y Dastür al-Fasd, obra esta última que trata monográficamente de la san- gría. Y en cambio la cita Albucasis, español, como es bien sabido. No obstante, y aparte de que parece que éste amplió sus estudios en Damasco, debió de haber conocido las obras de Razés y otros predecesores orientales. Aparece este extraño nombre, cuya índole persa es afirmada por el propio autor que lo cita, que no es otro que el famoso Haly Abbas, como es generalmente conocido en Europa, aunque su nombre completo es Ali b.al-Abbas al-Mayusi. El término que nos ocupa aparece en el c.° XIV del Libro Segundo, de la Parte Teórica del Lihrum Regale, o Kitab al-Maliki en su nombre árabe. Dice así: «La carne que se encuentra por dentro y por fuera de la columna vertebral, llamada en persa kustamazc^»-Se trata de una carne perteneciente al tipo que el autor llama «simple» al que pertenece también la carne de las encías. El nombre kustamazc^ aparece escrito con kaf en uno de los manuscritos utilizados por De Koning, en otro con qafy en un tercero con ha. En el Ms. Or 55a del Wellcome Institute of the History of Medicine, cuyo microfilme he manejado, aparece con kaP. De los traductores del Lihrum Regale al latín, Esteban de Antioquía utiliza la extraña transliteración de hestemarega, que a pesar de su escasa concordancia con el original, hace pensar en que el término por él encontrado estaba escribo con ha. El otro traductor, Constantinus Affer, cuya traducción lleva el título de De Locis in Hominis, traduce por «Caro dorsalis exterior et interior». El nombre de que tratamos desapareció de los textos anatómicos sin dejar huella. En la obra de Fonahn"^ aparece una transliteración de este nombre bajo la forma de Deilizi Medreb. Está tomado del Qanun de Avicena, L. III, F. I, c.° 1.°, que en la edición de 1556 aparece bajo la forma dhelizi. La glosa que de tal expresión da Gerardo de Cremona, su traductor, reza así: «Sicut spatium intermedians in quo frequens sit itinerario, seu insitus inter eos ambos». Se trata, pues, de un corredor o pasillo y se refiere al tercer ventrículo del cerebro, que es, como vemos, para Avicena, una comunicación entre el anteriorque, como sabemos, es en realidad, doble-, y el posterior La palabra de referencia no aparece en ninguna otra obra anatómica, que yo sepa. La recoge HyrtP, quien la da como persa apoyándose en la autoridad de su asesor en lenguas orientales. Prof. Friedrich Mullen El nombre figura, tanto en los Diccionarios persas como en los árabes, con el mismo significado de corredor, pasillo, o vestíbulo. Steingass^, lo da como dudoso en cuanto a su pertenencia original a una u otra lengua. En la traducción latina del Libro a Almanzor, de Razés, aparece el término Zephin, en el capítulo segundo, en el que se dice que la mandíbula inferior se articula con el cráneo en el lugar asi llamado. HyrtF al ocuparse de este nombre, se lamenta de no poder consultar el original árabe, con lo que no era posible intuir el auténtico significado, aunque por el contexto quedaba claro que se trata de la articulación temporo-maxilar. Más afortunados nosotros, sí conocemos ese texto y vemos en él que el nombre empleado por Razés es el de zirjin. No es un término árabe, sino persa, y significa el anillo en que gira la barra de una cerradura. En los diccionarios aparecen las variantes zarfin y zurfin. Steingass lo da como árabe. Pero como persa aparece en el Diccionario perso-latino de Vullers^. Por otra parte no aparece en ningún otro tratado de anatomía y no hay que olvidar que Razés, el único autor que usa esa expresión para designar la articulación de la mandíbula, era persa. En el Tasrif de Albucasis, Libro XXX, conocido generalmente como «La Cirugía» magala 2.^, c.° 95, en que trata de la sangría, se señala, entre las 16 venas de la cabeza que pueden ser objeto de la misma, las venas jasisayn en dual. En los manuscritos utilizados por Spink & Lewis en su traducción 5 HYRTL, J. ( 1879 Por otra parte Leclerc, que tradujo al francés la «Cirugía»'^^ da para el término que nos ocupa la transliteración khachichan siendo kh el signo que utiliza constantemente para tansliterar el jim árabe. También Ibn al-Quff^^ da jashishain. Y, por último, la misma expresión aparece en el Dastur al-Fasd^^. Nos inclinamos por todo ello por esta lectura, lo cual tiene mucha importancia para nuestro objeto porque tal término es persa y tiene el significado de «ruido», aparte de otros que aquí no interesan. Tal significado es muy apropiado para designarla arteria auricular posterior, por atribuírsele el ruido que se percibe en la jaqueca y otros estados patológicos. No hay en árabe, que yo sepa, ningún término con esa grafía, en tanto que jasis significa, «bajo, común, mezquino», lo que no tiene ningún sentido en este caso. Un nombre muy popular de la vena sublingual ha sido, y aun lo es a pesar de que no lo sancionó la Nomina Anatómica, el de vena ranina. HyrtP^, que se ocupó de la misma en su obra ya citada atribuyó la invención del nombre a Da Carpi^"^, quien dejó escrito: Sub linguae sunt duo notabiles venae, quae flebotomantur in synanche, quae sunt rubrae, interdum. nigrae, et interdum virides, et vocantur ad aliquibus raninae». O sea: «Bajo la lengua se encuentran dos importantes venas, que son sangradas en las anginas, las cuales son rojizas, a veces negras, y a veces verdes, y que algunos llaman raninas». Tal atribución es inexacta ya que el nombre aparece por vez primera en la traducción del Qanün de Avicena por Gerardo de Cremona en el Libro III, Fen VI, en el Hyrtl se extrañó de que pudiesen haber sido llamadas «verdes» unas venas; pero, pensándolo mejor se dio cuenta de que en individuos en que la mucosa lingual aparece amarillenta, lo cual es bien sabido que ocurre a veces, el color azul de la vena aparece verde al ser visto a través de dicha mucosa. Y como las ranas son verdes encontró lógico el nombre que algunos le atribuyeron, como dice el texto de Da Carpi. Sin embargo se trataba de un curioso error del traductor del Qanun. Lo que Avicena había escrito es: «y debajo de la lengua hay dos venas grandes verdes, de las cuales brotan numerosas venas y que se llaman las venas surad». Esta última palabra aparece escrita con sad y es el nombre que se da a ciertas aves de verde plumaje. No me ha sido posible determinar a qué ave se refiere Avicena. El nombre surad se aplica según Ghaleb^^ a numerosas especies del género Lanius, o carniceros, de los cuales el más conocido entre nosotros es el alcaudón, que, como es sabido, clava en espinas o ramas puntiagudas los cadáveres de lagartijas u otras presas de las que se alimenta. Pero ocurre que ninguna de las especies conocidas de este género tiene un ft:'anco color verde. Me inclino a pensar en el picoverde (Picus Viridis) de la familia de los piccídos, que, como su nombre lo indica tiene un plumaje de ese color. A él se aplicó también el nombre de surad según nos dice Lane. En todo caso está claro que Avicena comparó el color de la vena sublingual con el plumaje verde de un ave. ¿De dónde, pues, viene el calificativo de ranina dado a esa vena? Como hemos dicho más arriba, lo encontramos por vez primera en la traducción latina del Qanun, realizada por Gerardo de Cremona. Este no tradujo libremente, ni se permitió incluir en su traducción opiniones personales. Por ello el cambio del ave por la rana no se debe, como pudiera pensarse, a que creyera que la segunda era un mejor término de la comparación. Lo que ocurrió, en mi opinión, es que confundió, en el manuscrito que utilizó en su traducción, la palabra suradayn en dual -dos aves surad-con dafda'ayn -dos ranas-. Ello podrá parecemos impensable a la vista de nuestras transliteraciones. Pero en un árabe sin signos diacríticos la cosa es muy verosímil. Tengo a la vista el ms. Or 83 del Wellcome Institute en el que el sad puede ser leído como dad y la ra por fa. El error estuvo favorecido por el hecho de que los tumores benignos de la base de la boca se llamaban en tiempos de Gerardo, como hoy todavía, ránula lo que hacía verosímil que la vena vecina llevase el mismo nombre. Lo que no se puede dudar es de que se trata de un error de traducción, que acabó imponiéndose de suerte que nadie'^ GHALEB, E. (s.f.), Dictionnaire des Sciences de la Nature, 2. Beirut. http://asclepio.revistas.csic.es volvió a hablar del ave surad, a la que sustituyó el batracio, el que fue a su vez expulsado por la Nomina Anatómica. Los traductores hebreos del Qanun hablan también de dos ranas sni hasafarda'ayn, lo que hace probable que hayan consultado la traducción latina ante un nombre desusado. El que se trate de una coincidencia habría sido mucha casualidad. Bajo el número 271 de su obra escribe Fonahn: <•<Almadian-vena mediana, the median vein». Consagra con ello un viejo error que creo haber aclarado^^. Los griegos conocían una |iéari (pA,é\|/, vena media, que ya aparece en Areteo de Capadocia y, por supuesto, en Galeno. Tal vena fue conocida en latín como vena media o mediana. Eh nombre que le dieron los árabes fue el de «vena negra», al-írq al-akhal aunque alguna vez la hayan llamado media -alust-y otras «vena común» -al-'amm-. Al propio tiempo, dos de los grandes persas que escribieron textos de medicina, Avicena y Haly Abbas, consignaron la existencia, en el brazo, de una vena que llamaron madiyân. El parecido con mediana dio lugar al error de Fonahn. No incurrió en el mismo Hyrtl, quien se ocupó de esta vena en el §LXXVI de su obra Das Arabische und Hebraische in der Anatomie, distinguiéndola de la vena media, pero dando de ella una etimología inaceptable. Dice que tal nombre le habría sido dado en honor de Madyan ibn Abderrahman, un comentarista del Cántico de la Medicina de Avicena. Desgraciadamente para su hipótesis el nombre de la vena aparece ya en el Librum Regale de Haly Abbas, muy anterior al Cántico, aparte de que también aparece en éste, y no podríamos explicarnos que aparezca en él un nombre dedicado a rendir homenaje a un futuro y todavía desconocido comentarista. El error de Hyrtl fue debido a que no tuvo acceso al original del Cántico. No puedo ser muy severo al enjuiciar al Maestro de Viena, del que soy ferviente admirador, porque por mi parte incurrí en un lapso en uno de los artículos que a esa vena dediqué en mi Onomatologia. Decía allí que el nombre de vena al-madiyan aparece en la literatura anatómica como el bíblico Rey de Salem, sin antepasados conocidos y saliendo de la escena tan silenciosamente como se presentó en ella. Creía, al decir eso, que el nombre que comentamos había desaparecido de la literatura médica con el Qanun de Avicena. En cuanto al significado de madiyan, yo entiendo que se trata de un adjetivo persa. Me fundo para ello, no solamente en que no hay ningún término árabe con esa grafía, sino por el hecho de ser persas los autores en que se encuentra. Sin embargo, se me podría argüir que tampoco aparece en los diccionarios de persa moderno. Pero vayamos por partes. Inicialmente pensé en la posibilidad de que la palabra procediese del sánscrito y así lo consulté al Prof. D. N. Mackenzie, Director del Seminar für Iranistik und Veorderasiatische Archaologie de la Georg-August Universitát de Gottingen, quien lo consideró poco probable, ya que la palabra madyana, que es la que podría entrar en consideración perdió pronto la d y se convirtió en mayan en el persa medio y miyan en el moderno. Piensa que, de ser persa, debería ser transcrita como madayan, con el significado de «importante, principal», adjetivos que bien pudieron ser atribuidos a esta vena. Sin mengua del respeto que me merece la gran autoridad en estas cuestiones del Prof. McKenzie, a quien agradezco su benévola atención a mi sugerencia, pienso que el paso del nombre de la vena del sánscrito al persa, pudo muy bien haberse realizado antes de la pérdida de la d, habiendo quedado como un préstamo a esta última lengua, en la que su evolución no habría sido la misma que en la lengua de origen. Por otra parte, en el Altiranisches Worterbuch de Christian Bartholomae'^ encontramos en la columna 1116 el término maidyana con el significado de «la parte media del cuerpo», que en este caso sería la parte media del brazo y conduciendo al latín medianus.
estudian las respuestas médicas generadas a finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX en relación con el problema venéreo en tanto regularon y definieron conductas y roles sexuales, analizando los discursos y las prácticas de los médicos sobre las enfermedades venéreas. Se exploran las legislaciones antivenéreas, las variaciones del modelo epidemiológico y las estrategias preventivas. Para la historiografía médica, como ha señalado Bertrand Taithe, «la historia de las enfermedades venéreas ha contribuido a configurar de manera duradera el marco intelectual de la historia de la medicina», ejerciendo «una permanente fascinación como enfermedades en la historia y como enfermedades con una historia» 2. El significado de las enfermedades venéreas para reflejar y compartir percepciones de la sexualidad y la respuesta del estado a los modelos de conducta sexual ha sido objeto de investigación en los diferentes trabajos realizados en los últimos años sobre la prostitución y la sexualidad en la España contemporánea 3. Sin embargo estos trabajos no se han centrado de manera específica en las enfermedades venéreas ni en las respuestas médicas a estas enfermedades 4. Para una revisión sobre la situación historiográfica en torno a la prostitución, véase, GUEREÑA, J.-L. (1997), «De historia prostitutionis. La prostitución en la España contemporánea», Ayer,25, Ese mismo año se publicó un monográfico sobre la prostitución en la España contemporánea, «Prostitución y sociedad en España. También GUEREÑA, J.-L. (1999), «La policía sanitaria de las mujeres públicas (Zaragoza, 1845). Los orígenes del reglamentarismo en la España contemporánea», Revista de Historia Jerónimo Zurita, 74, 7-25. Sobre la historia de la sexualidad en España destacar los trabajos de VAZQUEZ, F. (1996), «Historia de la sexualidad en España: problemas metodológicos y estado de la cuestión», Hispania, LVI/3, 1007-1035 y VÁZQUEZ, F.; MORENO, A. (1997), Sexo y razón. Una genealogía de la moral sexual en España (Siglos XVI-XX), Madrid, Akal. 4 Sobre el significado de las enfermedades venéreas y las respuestas sociales y médicas generadas en el siglo XIX y XX, véase especialmente: BRANDT, A.M. (1987), No Magic Bullet. Utilizando como materiales los discursos que los médicos y los higienistas elaboraron sobre las enfermedades venéreas, así como sus realizaciones prácticas tanto desde la perspectiva de la salud pública como desde la especialidad de dermato-venereología, este trabajo pretende acercarse a las respuestas médicas generadas en torno al problema venéreo en tanto regularon y definieron la sexualidad y los roles sexuales, centrándose en las diferentes legislaciones antivenéreas, en las variaciones en el modelo epidemiológico que sustentaba las intervenciones médicas y en las estrategias preventivas desarrolladas para enfrentar el «peligro venéreo». EL MARCO REGLAMENTARISTA Y LAS LEGISLACIONES ANTIVENÉREAS Una de las principales claves de las políticas antivenéreas en la España contemporánea es la existencia de un sistema de reglamentación de la prostitución que se prolonga a lo largo de buena parte del siglo XIX y del siglo XX. La creciente preocupación que desde finales del siglo XVIII se detecta en muchas naciones europeas por las enfermedades venéreas se enmarcaba en el contexto del interés de las naciones por la salud de sus poblaciones, por la salud de sus jóvenes y de sus ejércitos 5. A estas preocupaciones no eran ajenas la presión por parte de las autoridades militares que abogaban por controlar sanitariamente a las prostitutas mediante la reglamentación. En España, conforme discurría el último tercio del siglo XIX, el discurso médico-higienista sobre la morbi-mortalidad de los infectados y sus consecuencias económicas y demográficas (con especial énfasis sobre las «generaciones venideras») fue adquiriendo tonos más dramáticos y alarmistas. Las cifras de incidencia y prevalencia de las enfermedades venéreas iban en aumento, aunque su fiabilidad fuera escasa y en casi todos los casos se utilizaran fuentes de otros países dada la inexistencia en el nuestro de registros fiables hasta ya entrado el siglo XX. Así, un higienista consideraba en 1886 que «... la sífilis causaba por sí sola más estragos que todas las enfermedades contagiosa juntas» 6. Este discurso de los ---- 6 GELABERT, E. (1886), De la prostitución, en sus relaciones con la Higiene, en el doble concepto de la profilaxis de la sífilis y de la reglamentación. Discurso leído en la sesión inaugu-médicos-higienistas incluía otras preocupaciones y ansiedades sociales. Las informaciones recogidas por la Comisión de Reformas Sociales en su respuesta a la pregunta 97 del cuestionario y publicadas en 1889 coincidían en denunciar, como pernicioso para la moralidad de la mujer, el trabajo en fábricas y talleres. Igualmente, el concubinato aparecía investigado en la pregunta 57 de la Comisión y los datos resultantes mostraban la gravedad de esta desviación respecto a la moral católica, dominante en la sociedad española. Ante esta situación, la Santa Sede pidió al nuncio que hiciera un amplio informe sobre concubinatos 7. La extensión de las enfermedades venéreas se convirtió, pues, en un indicador de la ruptura de la norma sexual, de los ataques que sufría la familia y el matrimonio: «Y no es solo la medicina la que está demandando la pronta desaparición de las enfermedades sifilíticas: lo exige también la moral, guardadora de la paz de las familias» 8. Estas preocupaciones alentaron el programa moral como parte de las estrategias antivenéreas. La mayoría de los higienistas españoles, imbuidos de su vocación intervencionista, sustentaron la estrategia reglamentarista como la más adecuada para hacer frente al creciente problema de las enfermedades venéreas. Basados en el modelo epidemiológico que consideraba a la prostitución como el reservorio de la enfermedad basaron sus intervenciones en el control médico de la prostitución. Esta identificación de las enfermedades venéreas con la prostitución ha sido considerada por el historiador Bertrand Taithe como «retórica moralista aplicada a la epidemiología» 9. Además, la creciente industrialización y urbanización acontecida en España a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, alentaba la percepción de que la prostitución y su correlato de enfermedades venéreas se extendían por la nación lo que les llevó a situar estos problemas dentro de la «cuestión social» y proponer medidas de control y moralización de las clases trabajadoras 10. ---- Desde los primeros reglamentos, el de Zaragoza de 1845 y el de Madrid de 1847 11, el problema de la prostitución es abordado desde una perspectiva de orden público y sanitaria basada en la inscripción de las prostitutas en un registro, su inspección médica obligatoria con una periodicidad que variaba según los reglamentos y la hospitalización forzosa en caso de enfermedad contagiosa. El modelo reglamentarista fue extendiéndose por todo el territorio español mediante iniciativas de los gobiernos civiles y de los ayuntamientos. En general el dispositivo reglamentarista dependía de los gobiernos civiles si exceptuamos el periodo entre 1889 y 1892 en que dependió de los ayuntamientos. La prostituta, pues, se convertía en objeto de vigilancia e intervención por parte de policías y médicos. Considerada como el reservorio de la enfermedad venérea, la discriminación legal que suponían los reglamentos era justificada por un higienista encargado de los reconocimientos médicos porque «... presentándose al descubierto y sin restricción, ofende la moralidad y el pudor público, ataca a la conciencia por el mal ejemplo, infringe la ley del trabajo, que no solo alcanza al hombre sino también a la mujer, y compromete la salud pública propagando enfermedades contagiosas» 12. La asociación entre prostituta y enfermedad venérea quedaba manifiesta, por ejemplo, en un proyecto de reglamentación publicado en 1882 donde se consideraba circunstancia decisiva, para que una prostituta «clandestina» detenida fuera inscrita a la fuerza, el haber padecido enfermedad venérea 13. 12 MIGUEL Y VIGURI, I. (1877), Medidas de policía médica en relación con la sífilis. Discurso leído en la Academia Médico Quirúrgica española, Madrid, Imp. De Enrique Teodoro, p. 13 SEREÑANA PARTAGÁS, P. (1882), La prostitución en la ciudad de Barcelona, estudiada como enfermedad social y considerada como origen de otras enfermedades dinámicas, orgánicas y morales de la población barcelonesa, Barcelona, Imp. de los Sucesores de Ramírez y Cía, p. Esta obra se encuentra disponible en Internet a texto completo en la Colección Geo-Crítica, textos electrónicos, no 2, diciembre 2000, Universidad de Barcelona, WWW. ub.es/geocrit/pspoprt.htm. Por otra parte, el discurso abolicionista -con su protesta contra la discriminación de los reglamentos, de aplicación exclusiva a la mujer-no penetró apenas en el siglo XIX entre los médicos, y su repercusión fue también escasa en otros medios, incluidas las esferas políticas. No sería hasta los años 20 del siglo XX, con la fundación en Madrid en 1922, por los médicos Hernández-Sampelayo y César Juarros, de la Sociedad Española de Abolicionismo, así como con la propagación de la doctrina abolicionista entre sindicatos y partidos de izquierda y el peso creciente de las organizaciones feministas, cuando comience a producirse en nuestro país la difusión masiva del credo que defendía el desmantelamiento del dispositivo reglamentarista 14. Terminando la segunda década del siglo XX, las Bases para la reglamentación de la profilaxis pública de las enfermedades venéreo-sifilíticas, publicadas en 1918, marcan una inflexión en las estrategias de lucha antivenérea. Constituyen el marco legal en la que ésta se va a desarrollar hasta los años 30 y pueden ser definidas como neorreglamentaristas, con un marcado control de todo el dispositivo por parte de los médicos higienistas, los inspectores provinciales y municipales de sanidad, y los clínicos venereólogos. Aunque los aspectos policiales y de vigilancia estarán presentes en estas Bases, hay una voluntad explícita de centrarse en los aspectos sanitarios de la prostitución. Desde el punto de vista asistencial, la legislación de 1918 ofreció el marco legal para el desarrollo del programa de dispensarios antivenéreos accesibles y gratuitos. Sin embargo, este programa al igual que el resto de proyectos sanitarios se encontraba limitado por la dimensión económica de los mismos. A finales de los años de la década de 1920, la educación y la prevención individual como estrategias antivenéreas ocuparon un lugar central en el debate sobre las políticas antivenéreas. Al desarrollo del programa asistencial había que añadir la difusión de medios de profilaxis individual, los medios de propaganda antivenérea y la educación sexual antivenérea. El Comité Ejecutivo Antivenéreo declaraba en 1928: «Bien claramente hemos procurado decir que la extinción de la sífilis no es sólo un problema de ciencia, sino también de cultura [...] A la profilaxis por el tratamiento debe acompañar el empleo de la propaganda sanitaria por todo género de medios, consejos, cine, carteles, conferencias de radiotelefonía, folletos, dibujos, etc»15. Finalmente, cuando las recomendaciones morales y las estrategias educativas no daban los frutos esperados, siendo su eficacia cuestionada, y además las víc-----timas inocentes no quedaban protegidas, la mayoría de dermato-venereólogos e higienistas apoyaron las estrategias coercitivas mediante el reconocimiento y el tratamiento obligatorios, así como el delito de contagio venéreo 16. Las Bases para la reorganización de la profilaxis pública de las enfermedades venéreosifilíticas, aprobadas por R.O. de 27 de mayo de 1930, durante el gobierno intermedio de Berenguer a la caída de la Dictadura, fueron el marco legislativo para la aplicación de las medidas coercitivas. Estas Bases establecían la obligatoriedad del tratamiento, bien de manera privada o en un establecimiento público, a toda persona afecta de enfermedad venérea. Los padres o tutores de los menores quedaban obligados a asegurar el tratamiento de éstos. Los médicos debían comunicar a los enfermos en periodo de contagio que si éstos abandonaban al tratamiento, lo pondrían en conocimiento de las autoridades sanitarias a menos que tuvieran constancia de que, en un plazo de cuarenta y ocho horas, lo continuaban con otro facultativo. Aquellos enfermos contagiosos que no se sometieran a tratamiento con regularidad o aquellos cuyo tratamiento extrahospitalario durante la fase de máxima contagiosidad constituyera un peligro social podrían ser hospitalizados forzosamente por las autoridades sanitarias. Aquellos enfermos que no cumplieran con el tratamiento forzoso podrían ser obligados a reconocerse por un médico de la «Lucha Oficial Antivenérea», y en su caso a la hospitalización forzosa. Todos los enfermos venéreos quedaban obligados, si el caso lo requería, a un examen médico periódico. No recogían, sin embargo, estas Bases la declaración obligatoria de enfermedad sino que el médico debía informarse de las fuentes de contagio y transmitir a las autoridades sanitarias la información que el paciente le quisiera comunicar, lo que se denominaba «declaración condicional». Estas estrategias coercitivas respondían a la presión ejercida por los higienistas o médicos sociales y los clínicos venereólogos: «El Estado tiene el deber de dar facilidades para el tratamiento, y debe por lo tanto exigir mediante leyes apropiadas, que todo ciudadano enfermo, hombre o mujer, deje de ser lo antes posible peligroso para la sociedad, mediante un tratamiento apropiado. De estas medidas legales como es natural estará libre todo aquel que tenga conciencia de su responsabilidad; por el contrario serán aplicables a todo ---- 16 Sobre la figura del delito de contagio venéreo, véase, CASTEJON BOLEA, R. (1997), «El delito de contagio venéreo: la penalización como instrumento jurídico de la lucha antivenérea», en: MONTIEL, L.; PORRAS, I., De la responsabilidad individual a la culpabilización de la víctima, Aranjuez, Doce Calles, pp. 203-218. el que no se preocupe de su enfermedad y quede encargado de propagarla; a éstos es necesario tratarlos y llegar, si es preciso, hasta la hospitalización forzosa» 17. Esta asunción mayoritaria de las estrategias coercitivas por parte de los higienistas y clínicos venereólogos significaba la aceptación implícita de que el reglamentarismo no había sido capaz de contener la incidencia de las enfermedades venéreas, con lo que el modelo entraba en crisis y se abrían las puertas al abolicionismo. Existen pruebas de que al menos tres razones indujeron la crisis. La primera, el reglamentarismo no era capaz de controlar a las prostitutas «clandestinas», principal fuente de contagio en la construcción epidemiológica de muchos higienistas y venereólogos: «No está en nuestro propósito hacer aquí una crítica [...], de la reglamentación; pero es necesario decir, para que sirva de norte, que el temor a los reglamentos, a la hospitalización forzosa y a la policía, es en la gran ciudad un incremento de la prostitución clandestina y aleja a muchas mujeres sospechosas o declaradamente enfermas, del trato asiduo con las instituciones sanitarias» 18. Además, desde la segunda década del siglo se estaba generalizando la idea de que la reglamentación, como estaba siendo aplicada, no estaba respondiendo a lo que se percibía como nuevas formas de difusión de la enfermedad desde la prostitución clandestina hacia las clases medias: A estas dos razones se añadía la demostrada ineficacia del sistema reglamentarista, desde el punto de vista del «valor médico» de los reconocimientos, para ----17 GREGORIO GARCIA-SERRANO, E. ( 1930), Profilaxis médico-social de la sífilis. Discurso leído en la Real Academia de Medicina de Zaragoza en la recepción pública del Dr..., Zaragoza, Industrias Gráficas Alfredo Uriarte, p. 18 detectar a las prostitutas capaces de transmitir las enfermedades venéreas 20. Para principios de la década de los 30, el modelo reglamentarista había entrado, pues, en crisis y tenía sus días contados. En 1932, se frustra un proyecto de Ley abolicionista en el que participaron destacados venereólogos y el prestigioso jurista Luis Jiménez de Asúa. El proyecto generó debates en el seno del Consejo Nacional de Sanidad en torno al tratamiento obligatorio y a la declaración obligatoria de enfermedad. La presión sobre el reglamentarismo seguía aumentando. En mayo de 1932, las abolicionistas de Madrid, con el apoyo del psiquiatra César Juarros, dedicaban una semana a la propaganda de sus ideas ante la lentitud del Ministerio de la Gobernación para decretar la abolición del reglamentarismo. La mayoría de los médicos de la Lucha Oficial Antivenérea, al menos en Madrid y las grandes ciudades, se mostraban abiertamente abolicionistas 21. El 28 de junio de 1935 vio la luz el decreto que suprimía la reglamentación en España, cerrando un periodo que se había iniciado a mediados del siglo XIX. Este nuevo marco legislativo mantenía la posibilidad de reconocimiento médico periódico cuando las autoridades sanitarias lo consideraran y la hospitalización forzosa si era necesario 22. EL MODELO EPIDEMIOLÓGICO Y LAS ESTRATEGIAS COERCITIVAS A pesar de la existencia de posiciones diferentes a lo largo del último tercio del siglo XIX frente al problema de la prostitución, lo que era lugar común en todos los higienistas era la construcción epidemiológica que situaba el foco de las enfermedades venéreas en la prostitución, en las prostitutas: «Todos o en su mayor parte están de conformes en que el verdadero germen y criadero de la sífilis reside en la prostitución» 23. Esta idea que enlazaba las enfermedades venéreas a la prostitución y por tanto planteaba las respuestas médicas a estas enfermedades ligadas al control policial y sanitario de las prostitutas perma-----20 FERNANDEZ DE LA PORTILLA (1934), pp. 37-38. 22 «No sería ocioso, sin embargo, recabar la ayuda de la ley para investigar las fuentes de contagio que abran el camino, sin distinción de sexos ni categorías, al tratamiento, incluso forzoso, cuando de grado y por convencimiento no se logre poderlo realizar». 23 ROSELLÓ y OLIVE, R. ( 1883), «La sífilis y la prostitución; sus relaciones; medios de prevenir sus perniciosos efectos», en: Actas de la sesión inaugural que la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona celebró en 30 de enero de 1883, Barcelona, Imprenta de Jaime Jepús, p. 48. necerá vigente con el cambio de siglo y se adentrará durante el primer tercio del siglo XX. Como exponía el jefe de policía de la Sección de Higiene en Madrid en 1900: «El contagio inmoral de la prostitución, y el contagio infectante de las enfermedades venéreas, son dos fenómenos patológicos correlativos que exigen medidas comunes de preservación y saneamiento. No es posible desligar la profilaxis médica de la profilaxis social. El vehículo humano de las enfermedades venéreas es la prostitución, y el verdadero peligro de esta dolencia moral, radica en la progresión de estas enfermedades»24. Las preocupaciones sobre el orden moral y sexual alentaban, pues, el programa moral como parte de las estrategias médicas y entroncaban el discurso moral de la lucha antivenérea con el discurso moral de la salud pública 25. La asociación entre la salud de la nación con la disciplina sexual o con la sexualidad normalizada por la religión católica, consistente con la ideología médico-moral de la higiene pública, hacía que los médicos higienistas y dermatovenereólogos vieran a las enfermedades venéreas no sólo como una patología física sino como el estigma de la transgresión de la norma sexual: «Este afecto, que en la nosología social se denomina «prostitución», es de carácter maligno, por entrañar en sí el germen de enfermedades que, como el venéreo y la sífilis en el orden material y el libertinaje más desenfrenado en el orden moral, propenden a desgastar las fuerzas físicas e intelectuales del individuo, turban la armonía de las familias, relajan los vínculos de la amistad, aflojan los lazos del amor y destruyen los cimientos de toda sociedad civilizada»26. Sin embargo, el modelo epidemiológico en el que se basaba el reglamentarismo iba a incluir progresivamente otros vectores para explicar la difusión de la enfermedad. La existencia de los hombres casados infectados y de la prostitución clandestina iba a explicar la incapacidad para resolver el «problema venéreo», es decir para disminuir las tasas de infectados. La higiene pública suscribía entonces una etiología que incorporaba una taxonomía explícita de culpa y pecado, diferenciando claramente entre pacientes de acuerdo a la culpabilidad moral de su condición 27. A un lado del espectro, los pacientes ino-----centes, mujeres casadas y niños; en el otro lado del espectro, los pacientes culpables, hombres casados infectados y las mujeres prostitutas, reglamentadas o clandestinas: «[...] que las enfermedades venéreas, y ya hemos dicho que entre ellas es la sífilis la más caracterizada, no se contraen exclusivamente por el mecanismo más conocido, y que pudiera hacerlas más repugnantes, sino que modalidad, al fin, de enfermedades infecciosas, afectan a un conjunto numeroso de seres inocentes que merecen de la colectividad social moderna, humana y justa, el mismo amparo, igual defensa, idénticos cuidados, cuando menos la misma compasión que los enfermos resultantes de otra infección cualquiera» 28. En términos de la ideología médico-moral de los médicos higienistas y clínicos venereólogos, este grupo de pacientes (hombres casados infectados y prostitutas clandestinas) eran doblemente culpables. No solamente habían contraído las enfermedades venéreas voluntariamente y por medio de relaciones sexuales promiscuas e ilícitas sino que también permanecían como los vectores más importantes de la enfermedad dentro de sus propias familias y de su comunidad, por su abandono del tratamiento antes de ser curados y su negativa a modificar su conducta sexual. Fue esta categoría de pacientes los que dominaron el debate sobre las políticas antivenéreas y los que fundamentaron las estrategias antivenéreas coercitivas, incluyendo el reconocimiento y el tratamientos obligatorios, una vez que el modelo epidemiológico en el que se basaba el reglamentarismo se demostró ineficaz para reducir las tasas de infectados y era objeto de críticas por su discriminación hacia la mujer: «Y contra la prostitución clandestina nos vemos a menudo desarmados. Los medios de que disponemos son de dos clases: o bien podemos tratar, por medidas sociales, de disminuir la frecuencia, o bien empleamos medidas coercitivas. En lo que se refiere al primer método, la verdad que gran número de mujeres, mejor dirigidas, cambiadas de medio, con un salario suficientemente remunerador, podrían evitar esta caída, con gran bien de la moral y de la higiene pública. Pero preciso es decir también que hay muchas en las cuales estas medidas nada podrán, y conti-----28 FERNANDEZ DE LA PORTILLA (1934), P. 98. «Cuando la reacción Wassermann y el análisis del gonococo han demostrado [...] centenares de casos de víctimas inocentes, en que tampoco se podía poner en tela de juicio su castidad, han variado por completo las condiciones de la cuestión, y se ha planteado [...] como un problema social que afecta por igual al hombre que a la mujer, al padre que a la madre, al religioso y al seglar [...]». NAVARRO FER-NANDEZ, A. (1931), Presérvate del amor impuro (enfermedades venéreas), Madrid, Agencia Española de Librería, p. 170. nuarán, hágase lo que se quiera, prostitutas. Contra éstas no tenemos más que las medidas coercitivas» 29. Sobre estos pacientes recaía la responsabilidad de la culpa por la continua incidencia de enfermedades venéreas, a pesar de la introducción de las nuevas terapias médicas y del programa asistencial puesto en marcha desde 1918. Como ha señalado Roger Davidson, su identificación y condena por clínicos e higienistas fue un potente ejemplo de los procesos de estereotipación en la construcción social de las «sexualidades peligrosas» 30. Las jóvenes solteras infectadas eran consideradas como vectores principales de las enfermedades venéreas a través de su promiscuidad sexual y el frecuente recurso a la prostitución amateur y clandestina. Estas mujeres sustentaban el modelo epidemiológico en el que se les consideraba como el origen de la infección contaminando la masculinidad y la eficiencia de la raza. En su preocupación por las mujeres solteras infectadas los médicos estaban también perpetuando la idea de que eran las prostitutas clandestinas, con su abandono de las precauciones y/o del tratamiento efectivo, con su mayor número y su mayor morbilidad, el foco real de las enfermedades venéreas, mucho más que las prostitutas reglamentadas 31. Estas mujeres jóvenes que ya desde finales del siglo XIX eran consideradas como un reservorio importante de las enfermedades venéreas aparecían como jóvenes trabajadoras que de una manera «amateur» recurrían a la prostitución: «También en Barcelona las prostitutas públicas clandestinas ascienden á un gran número y se dividen en dos categorías: unas que son la escoria de la prostitución inscrita, de la cual han sido arrojadas por no poder pagar la «visita médica», pues ni para comer tenían [...] La otra categoría, mucho más decente -estéticamente hablando-la componen algunas jóvenes costureras, sombrereras, corseteras, dependientes ocupadas en el despacho de perfumerías, guanterías y otros comercios, sirvientas, vendedoras de cigarrillos, libritos de fumar y periódicos, amén de las que viven exclusivamente de su cuerpo [...] estas mujeres, como es natural, no sujetas á la visita sanitaria propagan el venéreo y la sífilis de una manera espantosa» 32. Algunos médicos sostenían que ciertas profesiones estaban predestinadas: «Las clandestinas pertenecen a las profesiones más variadas; pero algunos oficios tienen predestinación: tales son domésticas, costureras, modistas, planchadoras, etc». La R.O. de 1930, en la que colaboraron destacados miembros de la Academia Española de Dermatología y Sifiliografía (AEDS), suponía la ampliación a toda la población de las medidas coercitivas para asegurar el control y el tratamiento de los enfermos. Estas estrategias suponían la aceptación del hombre como «vector de contagio» entre los «reservorios» constituidos por las prostitutas, reglamentadas y sobre todo clandestinas y el resto de la sociedad, principalmente las «víctimas inocentes» (mujeres casadas y niños) 33: El papel del hombre casado como transmisor de la enfermedad y responsable de su difusión en el mundo familiar (las víctimas inocentes) era puesto de manifiesto a principios del siglo XX por aquellos dermato-venereólogos más sensibles a las críticas abolicionistas 34. A partir de la tercera década del siglo XX, el impacto de la promiscuidad masculina sobre la familia y la salud racial va a ir ocupando un lugar importante en las preocupaciones y en las estrategias de la lucha antivenérea. Julio Bejarano, que había sido director general de Sanidad y ejercía como director en el dispensario Azúa de Madrid, exponía en 1935 en el I Congreso Nacional de Sanidad lo que consideraba las claves de la lucha antivenérea: I) tratamiento obligatorio; II) implantación del delito de contagio venéreo; III) declaración obligatoria o condicionada; IV) certificado o reconocimiento médico prenupcial; V) supresión de la reglamentación de la prostitución 35. Otra de las estrategias enunciadas por la legislación coercitiva de 1930 fue la del descubrimiento de las fuentes de contagio, o en términos de la epidemiología actual, la búsqueda de contactos a partir de los casos. En efecto, la base tercera denominada «Investigación de las fuentes de contagio» exponía la conveniencia de crear un cuerpo de enfermeras visitadoras como auxiliar imprescindible en la tarea de detectar los contactos y aportar información sanitaria a las mujeres. A tal efecto, en la base cuarta se manifestaba: «El médico deberá informarse de las fuentes de contagio y transmitirá las noticias que quiera comunicarle el enfermo a las autoridades sanitarias». Por lo tanto, los médicos oficiales del servicio antivenéreo y las autoridades sanitarias, conocedores de las ----33 «La sífilis y la blenorragia matrimoniales é infantiles son, puede decirse 'siempre', importadas por el marido, sea cual fuere la clase social á que pertenezca el matrimonio [...] para hacer una profilaxis buena, es preciso actuar bien sobre el elemento enfermo, varón ó hembra indistintamente». 35 BEJARANO, J. (1935), «Datos acerca de la organización de la lucha antivenérea», en: I Congreso Nacional de Sanidad. Libro de Actas, tomo II, Madrid, p. 66. posibles fuentes de contagio, lo comunicaban a las enfermeras visitadoras. Estas enfermeras, a partir de los registros y de los datos de los clínicos, incluyeron entre sus funciones el seguimiento de contactos y probablemente el seguimiento de los pacientes que abandonaban el tratamiento. Sin embargo, como parece deducirse de la base tercera el seguimiento era específico de género. Los hombres probablemente no eran sometidos normalmente a visitas domiciliarias ni eran objeto de la misma vigilancia e investigación sociomédica. De hecho, algunos dermato-venereólogos vieron en esta estrategia de investigación de fuentes de contagio la posibilidad de mantener la vigilancia sanitaria de las prostitutas en el medio rural o en ciudades de poca entidad poblacional 36. A pesar de la afirmación de algunas autoridades sanitarias y clínicos venereólogos de que las enfermedades venéreas debían ser tratadas como un tema puramente médico, la provisión de un sistema público de medios de diagnóstico y tratamiento no significó el fin de un programa moral o la desmitificación de las enfermedades. Por el contrario, los asuntos morales y las taxonomías continuaron moldeando la etiología, la epidemiología y el seguimiento de la enfermedad venérea. Para las autoridades sanitarias, inspiradas por la ideología de la higiene social, el tratamiento médico y la instrucción moral eran soluciones mutuamente interdependientes al peligro venéreo: «Evidentemente la lucha antivenérea es producto de muchos factores; pero es más evidente aún, que a los médicos nos compete la parte fundamental [...]. Los médicos todos [...] deben realizar la más interesante labor en la materia, que se concreta en estas aspiraciones: divulgación moral y sanitaria, diagnóstico precoz y tratamiento oportuno y suficiente»37 ESTRATEGIAS PREVENTIVAS: «LA SALUD NO ES SÓLO TUYA: TE DEBES A LOS TUYOS, A LA SOCIEDAD Y A LA RAZA» Como se ha señalado anteriormente, las estrategias basadas en la prevención ocuparon un lugar importante dentro de las políticas médicas antivenéreas. Se podrían estructurar en la difusión de los medios de profilaxis individual (física y química), en los medios de propaganda antivenérea y en la educación sexual antivenérea, esta última incluida en un concepto más amplio de educación en higiene sexual. ----Si bien la experiencia de los ejércitos en la I Guerra Mundial alentó la idea de la eficacia de los métodos químicos en la prevención de las enfermedades venéreas y de hecho en nuestro país fueron prácticas obligatorias en el medio militar a partir de 1914 en la Armada, gozando durante la segunda década del siglo XX del apoyo y credibilidad de los médicos militares, su eficacia fue cuestionada posteriormente y los médicos no las vieron como medios útiles de prevención: « [...] Pero en cambio, preciso considerar que la profilaxis individual por la terapéutica va pisando cada vez terreno menos firme. Las pomadas de profilácticas tipo Metchnikoff han caído en franco desuso [...] pero tanto este método como el tratamiento general preventivo (tandas cortas de salvarsán o bismuto a los presuntos infectados), ha demostrado en la práctica que muchas veces no consiguen sino enmascarar el comienzo de la infección [...] ni el stovarsol de Levaditi, ni los productos similares lanzados con fines de profilaxia por vía digestiva, han dejado de tener detractores, ni han logrado, en definitiva, arraigo en la práctica, [...] 38. La nueva profilaxis química oral que permitía la medicación autoadministrada con un mínimo de contacto con los dispensarios, las nuevas formulaciones de salvarsán oral, quedaban pues desacreditadas como la habían sido los métodos tópicos de profilaxis para la sífilis y la blenorragia. La falta de apoyo médico a la estrategia de difusión de la profilaxis individual tanto física (preservativo) como química refleja tanto los miedos de la profesión médica a la pérdida de su rol establecido como el miedo a evitar las naturales consecuencias de la promiscuidad. Posición que contrasta con la insistencia en la consideración de la abstención sexual como el mejor método de prevención individual, reafirmando el binomio: prevención=castidad 39. El hecho de difundir estos conocimientos entre la población general significaba reconocer y sancionar las prácticas sexuales ilegítimas, es más, para algunos médicos incluso estos conocimientos incitaban a la realización de estas prácticas en la medida en que se difundían técnicas para evitar lo que se consideraba justo castigo por la falta cometida. 39 «... la única forma de prevención que se recomienda es la continencia sexual hasta el matrimonio, y evitar cualquier contacto sexual con «mujeres fáciles» ya que la más elemental prudencia imponía la abstención». LÓPEZ RODRÍGUEZ, J.L. (1926), Lo que debe saber...» 200. campaña de abstención sexual que, siguiendo las recomendaciones de la 2a Conferencia Internacional para la profilaxis de la sífilis y demás enfermedades venéreas, se proponía como el mejor método para evitar el contagio. Sin embargo, en España, a mediados de los años treinta y dentro de los sectores médicos más implicados en la lucha antivenérea esta orientación empieza a ser cuestionada y considerada como un error 40. La difusión de conocimientos para la prevención individual estuvo limitada por las consideraciones sexuales y morales de la época. El posicionamiento más apoyado en la moral, firme defensor de la regeneración moral y de la abstención sexual como estrategia preventiva individual, se impuso así sobre las posiciones más seculares que se basaban en muchos casos en hallazgos científicos. A partir de la inauguración del dispensario antivenéreo Azúa en 1924 y, sobre todo, desde la apertura en 1928 del dispensario Martínez Anido -ambos en Madrid-, se inician las actividades de propaganda antivenérea de manera organizada. En este dispensario y, bajo la dirección de Julio Bravo, se centralizaron todos los asuntos referentes a la propaganda de la lucha antivenérea 41. Para 1929, la oficina había editado y repartido 18.000 carteles y había realizado una exposición con carteles de otros países. Los carteles, repartidos al menos desde 1927, planteaban los peligros para el varón que se ocultaban tras las relaciones con prostitutas o mujeres de «conducta ligera». Pero, además, otras temáticas fueron ocupando su espacio dentro de los carteles de propaganda antivenérea: la responsabilidad del hombre y la obligación de cuidar de la familia, la sociedad y la raza. El autocontrol, las diversiones puras y honestas y la educación física eran las bases en las que descansaba la abstención sexual. Los carteles insistían en la cuestión del autocontrol y de la abstención sexual del varón, nuevos valores que rompían la doble moral sexual que permitía una moral sexual diferente para cada sexo: «El cerebro y el corazón del hombre han de ser dominadores y no dominados, y es por tanto preciso explotar en los hombres de mañana su vanidad de tales, enseñándoles el verdadero concepto de masculinidad, que consiste en triunfar valientemente de los instintos» 42. Se planteaba, pues, un cambio que introdujera tanto la idea de la capacidad que tenía el varón para controlar y refrenar sus impulsos sexuales como la idea de la abstinencia sexual como fuente de salud. 41 En última instancia, la propaganda antivenérea se articulaba, por una parte, sobre la idea del peligro que suponía para el varón las relaciones con el mundo de la prostitución clandestina o de las mujeres de «conducta ligera» y, por otra, sobre las nuevas concepciones de la masculinidad que, basadas en el autocontrol y en la responsabilidad, se estaban difundiendo. Estos nuevos valores masculinos, que los abolicionistas defendían ardientemente, recibían el apoyo de los sectores feministas. Igualmente los dermatovenereólogos entendían que las mujeres debían participar en la lucha antivenérea tanto como madres como futuras esposas 43. Al igual que en otras de las más importantes campañas médico-sociales de la época, las campañas contra la tuberculosis y contra la mortalidad infantil, la campaña antivenérea empleó un nuevo espacio médico, llámese consultorio, dispensario o centro de higiene, que se introdujo en el tejido urbano con una agresividad desconocida y perdurable. Desde este espacio médico, la educación se convirtió en arma decisiva para la extensión de las prácticas higiénicas, para el cambio de los comportamientos populares 44. Una parte importante de la propaganda antivenérea así como la acción de vigilancia y control de enfermeras visitadoras e instructoras sociales se realizará desde el dispensario antivenéreo. Igualmente, los dispensarios eran espacios para la educación en higiene sexual, para la educación sexual antivenérea: «El verdadero núcleo de la acción social contra el peligro venéreo, en las clases proletarias y populares, es el dispensario antivenéreo [... ] Debe ser, por tanto, el Dispensario centro de diagnóstico, de previsión, de tratamiento, de educación, y de asistencia, en el cual la acción mancomunada de la ciencia para curar, el Estado para legislar y sufragar y la acción social, por la educación higiénica, completarán la obra de redención humana que consiste en librarse de estas enfermedades tan destructoras para ti, para ella y para vuestra prole. Para nosotros, el primordial interés del Dispensario consiste en la difusión de doctrinas de educación higiénica» 45. Los médicos higienistas y los clínicos venereólogos, no solo entendieron el dispensario como espacio físico para la educación sexual antivenérea sino como faro del que irradiaba esta educación a la sociedad. 44 RODRIGUEZ OCAÑA, E. y MOLERO MESA, J. (1993), «La cruzada por la salud. Las campañas sanitarias del primer tercio del siglo XX en la construcción de la cultura de la salud», en: MONTIEL, L. (coord.), La salud en el estado del bienestar. ciales de Sanidad publicaban cartillas, folletos y material de propaganda que escribían médicos de los dispensarios y éstos se entregaron a una campaña de conferencias y mítines 46, 47, en los que la presencia de la mujer era importante 48. En estos escritos y conferencias se pueden observar los contenidos de esta educación sexual antivenérea que iba dirigida a hombres y mujeres. Para los hombres, el contenido fundamental es alertar sobre los peligros inherentes al sexo y sobre los peligros que suponía mantener relaciones sexuales ilícitas. Para las mujeres los contenidos se centran en su papel como madres y esposas. La definición, pues, de los roles sexuales y la regeneración moral se percibía como parte del funcionamiento de los dispensarios antivenéreos: «Esta obra de propaganda y de educación social ha de permitir que, sin desdoro ----46 LOPEZ MARTINEZ, J. (1930), Los males venéreos en niñeras y nodrizas y mujer embarazada (Vulgarizaciones científicas), La Coruña, Publicaciones de la Junta Provincial de Sanidad de La Coruña. «La intervención de la mujer (madre, esposa y maestra) en la Lucha antivenérea», conferencia celebrada en la Reunión Recreativa e Instructiva de Artesanos de la Coruña en 1928. 47 Mención aparte merece la propaganda sanitaria llevada a cabo por el médico Navarro Fernández en Madrid: «Merced a nuestros esfuerzos y a los diez años consecutivos de mítines dominicales, y a las múltiples conferencias en gran escala, a los soldados y a los marineros, en el Real Cinema y Argüelles, y al público en general en todos los demás teatros, y la difusión de nuestra gran revista Higiene Social, han dado el resultado apetecido». Esta afirmación de Navarro Fernández acerca de la eficacia y resultados de las conferencias y mítines populares ha de ser cuestionada a la luz de otros documentos. En una carta de Charles Bailey, el enviado de la Fundación Rockefeller en España, en 1925, sobre las sesiones públicas de propaganda sanitarias realizadas por Navarro y sus colegas se relata: «Estuve allí sentado durante tres horas escuchando a los cuatro primeros de los diez que iban a hacer uso de la palabra, cada uno de los cuales empleó la mayor parte de su tiempo en alabar al Dr. Navarro Fernández, a los que le habían precedido y a los que hablarían después, mientras que los temas objeto de su charla apenas fueron sino esbozados, sin que propusieran solución alguna o manera de enfrentarse a los problemas, de modo que no podía evitar pensar, como ya me habían advertido, que eran escasísimos sus frutos, salvo que los médicos conseguían mucha publicidad, que les reportaría muchos pacientes. » Carta de Charles A. Bailey a Florence M. Read, 19-02-1925, Rockefeller Archives Center, Rockefeller Foundation Archives, Record Group 5, Series 1.2, Box 238, Fólder 3060. Agradezco a Esteban Rodríguez Ocaña la utilización de este documento y su apreciación crítica. Reflexiones sobre la moral social en la Segunda República, en: RAMOS, M.D. (coord.), Nuevas perspectivas sobre la Segunda República en Málaga, Málaga, Universidad de Málaga,p. 127. para nadie, pueda llegar la necesaria colaboración de las mujeres a tan interesante cruzada de misericordia, de fortaleza y de cultura [...]»49. Los testimonios sugieren que la articulación de las enfermedades venéreas como un problema de salud pública en la España contemporánea ofreció una legitimación poderosa para la regulación y construcción social de las «sexualidades peligrosas». Las implicaciones del mundo privado de la sexualidad para la salud social y la eficiencia sancionaban nuevas formas de vigilancia y control. Los dispensarios antivenéreos formaban parte de la nueva higiene del dispensario en el cual los focos de preocupación y control en la salud pública se desplazaban de cuestiones de saneamiento y medio ambiente a modelos de contacto social y transmisión. Como ha señalado David Armstrong: «El camino de la enfermedad venérea a través de la comunidad trazaba los hilos que unían una persona íntimamente con otra» 50. El tratamiento y la propaganda fueron usados para articular esencialmente valores de las clases medias de moderación, auto-control, abstinencia e higiene como una manera de moralizar a las clases más pobres que acudían a las clínicas. «Misioneros de tal doctrina han de ser los médicos encargados de los servicios oficiales antivenéreos, cuya actuación, repetimos, que no ha de concretarse al tratamiento de los enfermos que se les presenten, sino que debe comprender la enseñanza de tales enfermos en materia de profilaxis individual, ante nuevos riesgos personales y de profilaxis social, en cuanto al peligro que representan entre sus semejantes»51.
Este artículo presenta un breve estudio sobre los trabajos geodésicos emprendidos por la Armada Española en el siglo XIX, y los instrumentos utilizados por el Observatorio de San Fernando y por las comisiones hidrográficas, especialmente la Comisión Hidrográfica de la Península, encargada del levantamiento cartográfico de las costas españolas. El Observatorio de la Marina y la Hidrografía La recuperación naval de la España de la Ilustración, caracterizada, entre otras cosas, por el fomento de la navegación y de la hidrografía, trajo como consecuencia el aumento de los trabajos cartográficos emprendidos por oficiales de la Armada, tanto en las costas de la Península como en América y otros territorios de ultramar En todos ellos, la colaboración del Real Observatorio de Cádiz, fiíndado por Jorge Juan en 1753, fue esencial y se produjo en dos vertientes. Por un lado, mediante la participación en dichos trabajos de su propio personal o de oficiales con preparación científica adquirida en el llamado curso de estudios mayores o sublimes, que en él se impartía. Por otro lado, mediante el préstamo de instrumentos de la institución a las expediciones hidrográficas o la supervisión de la adquisición de los aparatos necesarios no disponibles en el propio Observatorio ^ Expediciones como las de Tofiño (1783-1789) para el levantamiento de las costas españolas, Antonio de Córdoba (1785) y Cosme de Churruca (1788) al estrecho de Magallanes, Alejandro Malaspina alrededor del mundo (1789-1794), Cosme de Churruca a Trinidad y las Antillas (1792) o Joaquín Francisco Fidalgo a las Costas de Colombia y Venezuela (1796) contaron con el apoyo del observatorio gaditano, tanto en los aspectos relacionados con el personal como en la dotación de instrumentos científicos^. Además, desde 1770, el Depósito Hidrográfico de Madrid, estuvo encargado de grabar y publicar las cartas marítimas, de redactar los derroteros y de coordinar las comisiones hidrográficas organizadas por la Armada. Más adelante, la necesidad de conservar, reproducir y publicar los importantes trabajos desarrollados por la generación de marinos científicos encabezada por Tofiño, que realizaron numerosos y precisos levantamientos hidrográficos de las costas españolas y americanas, trajo consigo la creación, en 1797, de la Dirección de Hidrografía, entre cuyos objetivos estaban, además de los que antes habían ocupado al Depósito, la formación de personal especializado en el grabado de cartas, la centralización de todo lo relacionado con la hidrografía y el fomento del estudio de las técnicas hidrográficas entre el personal de la Armada. A principios del siglo XIX, mientras el Observatorio intentaba organizar sus trabajos en su nuevo emplazamiento de la Isla de León, el fructífero período vivido por la hidrografía española sufrió los bruscos cambios que afectaron a la Marina, para la que Trafalgar no hizo más que confirmar la existencia de una profunda crisis iniciada algunos años atrás. A la precaria situación de la Armada habría que añadir, sin duda, los efectos desastrosos de la guerra contra los franceses. La Dirección de Hidrografía, dependiente del Gobierno y ubicada en la capital del Reino, hubo de sufrir constantes vicisitudes, tanto en la guerra como en los años de confusión política que la siguieron. Sus trabajos fueron paralizados en diversas ocasiones y gran parte de su personal tuvo que optar por el exilio. Todo ello afectó directamente al trabajo científico organizado por la institución y a la continuidad de sus publicaciones. No obstante, a pesar de la catastrófica situación de la Marina en los primeros años del XIX, la actividad de la Dirección de Hidrografía no cesó, siendo muchos los proyectos e iniciativas presentados a las autoridades por su director, Felipe Bauza. La figura de Bauza está detrás de asuntos tan diversos e interesantes como el proyecto de creación de un Cuerpo de Ingenieros Hidrógrafos (1816), el proyecto para la elaboración de una Carta Geográfica General de España (1820), la publicación del Derrotero de las Antillas (1820) o los trabajos para la terminación de los Atlas de América del Sur y del Norte (terminados en 1828 y 1830, respectivamente)"*. Su sucesor fue Martín Fernández de Navarrete que estuvo al frente de la institución hasta 1844. Prolífico escritor e historiador de los hechos relacionados con la Marina, Fernández Navarrete dirigió los trabajos hidrográficos en un período de profunda decadencia. La Marina atravesaba uno de sus peores momentos y el país, sumido en las convulsiones políticas y en la guerra carlista, no estaba mucho mejor. De todas formas, en una época en la que era normal el alquiler de barcos y tripulaciones a otros países para determinadas campañas, consiguió mantener la actividad de comisiones hidrográficas en Filipinas y las Antillas, aunque en la Península había que seguir utilizando las cartas levantadas por Tofiño en el siglo XVIII, pues desde entonces no había funcionado en nuestras costas ninguna comisión hidrográfica^. ^ El proceso de creación de las instituciones cartográficas de la Armada ha sido estudiado por MARTÍN-MERÁS, L. y RIVERA, B. ( 1990 La adquisición, por parte de la Marina, de los instrumentos necesarios para la ejecución de los trabajos hidrográficos encomendados a las comisiones destinadas al efecto empezó a ser habitual durante la segunda mitad del siglo XVIII. Estos instrumentos, antes de pasar a su destino, debían ser inspeccionados en el Observatorio, donde se procedía a su anotación en el inven-tario^. Sin embargo, la crisis de los primeros años del siglo XIX dejó notar pronto sus efectos. Como consecuencia, la adquisición oficial de instrumentos cesó durante un largo período de tiempo y los oficiales de la Armada, que tenían serias dificultades para cobrar sus sueldos, no quedaron precisamente en una situación muy favorable para la adquisición de sus propios instrumentos. Este estado de cosas se prolongó durante bastante tiempo, dando lugar a la paradójica situación de que, hacia 1830, los escasos buques operativos de la Armada contasen con una peor dotación instrumental que la que había sido normal treinta años antes^. En 1844, fue ordenada la creación de un depósito de instrumentos en el Observatorio de San Fernando. Unos años después, el nuevo reglamento de la institución, aprobado en 1859, recogió de forma explícita la misión del Observatorio como depósito de instrumentos de la Marina. A partir de entonces, este establecimiento contaría con una sección dedicada especialmente a los instrumentos de la marina militar. Según el mencionado reglamento^, las funciones de la nueva sección, conocida como Sección de Geografía, serían las siguientes: «En la quinta sección, que se denominará «de geografia», radicarán todos los asuntos relativos a las aplicaciones de la fisica y de la astronomía, a la geografia y navegación; y en tal concepto en ella se custodiarán, conservarán y arreglarán los cronómetros de la marina militar, los instrumentos de fisica, de astronomía náutica y de geodesia, destinados al servicio de la Armada, y las colecciones de atlas, cartas, portulanos, derroteros e instrucciones que hayan de emplearse en las necesidades del servicio; se cuidará que las existencias de cronómetros, instrumentos de todas clases, atlas, portulanos, derroteros, etc., sean proporcionadas a las necesidades probables del mismo; se sostendrá y conservará archivada la correspondencia a que den lugar las adquisiciones y entregas de cronómetros, instrumentos, etc.» ^ El primero de estos inventarios, que actualmente se conserva en la Biblioteca de Real Observatorio de la Armada (San Femando) se titula Inventario de los instrumentos pertenecientes al Observatorio Real de Cádiz, y sus anotaciones comienzan el 11-2-1789. ^ La instrumentación científica de la Armada durante los siglos XVIII y XDC ha sido objeto de estudio en un proyecto de investigación, auspiciado por el Instituto de Historia y Cultura Naval y desarrollado por los autores de este artículo durante los años 1992 y 1993. Los resultados de este trabajo están actualmente en prensa. ^ Reglamento para el régimen, dirección y gobierno del Observatorio de Marina de San Femando (1959), Madrid. La entrada en vigor del reglamento de 1859 vino acompañada de una nueva disposición oficial, en la que se regulaba todo lo relativo a la adquisición y arreglo de instrumentos por particulares o instituciones que no fiíesen el Observatorio de San Fernando. Quedó establecido entonces que todos los instrumentos y cronómetros de la Marina tendrían que ser adquiridos por la dirección del Observatorio de San Fernando, exceptuando aquellos casos que requiriesen una especial urgencia o que contasen con autorización expresa del Gobierno^. A partir de entonces, la relación entre el Observatorio y la hidrografía quedaría reflejada en sucesivas disposiciones oficiales. En 1873, un nuevo reglamento incluyó entre los trabajos asignados al Observatorio de San Fernando la ejecución de las observaciones astronómicas conducentes a la rectificación de las posiciones hidrográficas de las costas de la Península y posesiones de ultramar, que debían ser realizadas en combinación con la comisiones hidrográficas"^. Unos años más tarde, la reorganización de la Armada, llevada a cabo en 1908, suprimió la Dirección de Hidrografía, organismo que había regido la hidrografía en la Armada durante más de un siglo. La misma disposición oficial que la hizo desaparecer estableció que el Estado Mayor Central debía encargarse de planificar los trabajos de la Comisión Hidrográfica, que la Dirección General de Navegación y Pesca tendría a su cargo el grabado y publicación de los planos levantados por la citada comisión y que del Observatorio de San Femando saldrían las instrucciones referentes a los métodos que se debían utilizar en los cálculos astronómicos, geodésicos y magnéticos'^ Desde 1924 el Observatorio se regiría por un nuevo reglamento que, entre las misiones encomendadas a la institución, estipuladas en el primero de sus artículos, incluía la práctica y reducción de todas las observaciones y experiencias físicas que pudiesen contribuir a los adelantos de la navegación y de la hidrografía y el establecimiento de fórmulas y métodos para la parte científica en los trabajos hidrográficos que se ejecutasen. Poco después, en 1927, fue creado el Servicio Hidrográfico de la Armada, que comenzaría su andadura como una sección del Observatorio de San Fernando. De esta forma, el director del Observatorio pasó a ser también director de Hidrografía, iniciándose así un período de actividad hidrográfíca en el Observatorio que se prolongó hasta 1944, fecha de creación del actual Instituto Hidrográfico de la Marina en Cádiz'^. http://asclepio.revistas.csic.es Geodesia y cartografía en la España del siglo XIX Las necesidades cartográficas demandadas por la sociedad de los siglos XVIII y XIX, tanto a nivel militar (topografía) como a nivel civil (catastro, obras públicas) provocaron un importante desarrollo de una nueva ciencia, la geodesia. Como consecuencia, en el siglo XIX la cartografí'a se convirtió en una herramienta fundamental para el desarrollo teórico y práctico de la geodesia, influyendo decisivamente en un avance espectacular en cuanto a instrumentación y exactitud de los resultados cartográficos. Si bien inicialmente las diferencias entre geodesia y cartografía eran prácticamente nulas, con el paso del tiempo se fue consolidando la geodesia como una ciencia dotada de mayores precisiones y exactitudes en las mediciones efectuadas, mientras que la cartografía fue adquiriendo una utilidad práctica que no requería de tal grado de precisión^^. Para alcanzar unos óptimos resultados, fue imprescindible una mejora en la construcción de los instrumentos de medida, tanto de las bases geodésicas (reglas) como de las direcciones angulares (teodolitos). El perfeccionamiento en la construcción de teodolitos se materializó en la aplicación de varios microscopios para realizar las lecturas en los círculos graduados y en la obtención de la lectura media de todos ellos. Además, se utilizó el método de la inversión de círculos (derecha, izquierda) para la obtención de cada medida. Las complicaciones en la construcción de aparatos para medir bases fueron bastante más numerosas, pues no sólo había que tener en cuenta las características especiales de precisión en la lectura de las medidas. Cuestiones como el manejo del aparato o la rentabilidad económica de la distancia medida en función del potencial humano necesario y del tiempo empleado tuvieron también su importancia^'*. En el aspecto técnico, la construcción de una regla de medir bases fue acompañada de la búsqueda de materiales sobre los que las variaciones termométricas e higrométricas fuesen mínimas. Las principales diferencias entre estas reglas, diseñadas usualmente en varios cuerpos (de aproximadamente cuatro metros cada uno), radicaban en los ingeniosos métodos utilizados para disminuir o controlar la dilatación de los distintos materiales entre cuerpo y cuerpo.'^ Sobre la evolución de la geodesia a partir del siglo XVIII, véase LAFUENTE, A. y DELGADO, A. J. (1984): La geometrización de la Tierra (1735-1744), Madrid. ^^ Véase BERROCOSO, M. y GONZÁLEZ, F.J. (1991): «La geodesia en el Observatorio de San Femando durante la segunda mitad de siglo XIX», Actas del V Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, tomo II, Murcia. Aunque el hundimiento general del movimiento ilustrado paralizaría la mayoría de las actividades científicas en nuestro país, todavía quedaba un ambiente favorable a los trabajos geográficos a principios del siglo XIX. Sin embargo, la Guerra de la Independencia acabaría con todas las posibilidades de desarrollar un programa cartográfico parecido a los que se llevaron a cabo en otros países europeos. De ahí que, entre 1808 y 1814, tanto franceses como ingleses tuviesen que desarrollar importantes trabajos cartográficos y topográficos, ante la inexistencia de unos mapas fiables de los territorios por los que se llevaban a cabo las campañas de la guerra^^. Tras la muerte de Fernando VII se produjo un cierto resurgir de los estudios geográficos con los trabajos de Madoz y Coello. En 1836 fue creado definitivamente el Cuerpo de Estado Mayor, cuyos oficiales recibían una buena formación en topografía y geodesia, y dos años más tarde fue establecido el Depósito de la Guerra, encargado de las secciones cartográficas del Estado Mayor. Después del intento frustrado de crear una Escuela de Ingenieros Geógrafos bajo la inspección del Observatorio de Madrid (1835), fue planteada en 1840 la necesidad de llevar a cabo un proyecto de Mapa de España. Por primera vez desde 1820, año en que las Cortes y Felipe Bauza habían recomendado algo parecido, se producía un intento oficial de impulsar la elaboración de un mapa general del territorio nacional. Fue creada una Comisión Facultativa encargada de los trabajos y regulada la adquisición de los instrumentos; sin embargo, tras varias reorganizaciones, la citada comisión no fue capaz de llevar adelante el trabajo encomendado y la situación volvió a ser la misma que al principio. Conforme pasaban los años, la necesidad de abordar la triangulación geodésica y elaborar un mapa se fue haciendo más importante. En 1853 fue creada, dependiente del Ministerio de Fomento, la Dirección de la Carta Geográfica de España. Unos meses más tarde, se estableció la formación del mapa por personal del Ministerio de la Guerra. De esta forma, en 1854, una comisión formada por jefes y oficiales del Ejército (cuerpos de Artillería, Ingenieros y Estado Mayor) emprendería los trabajos para el establecimiento de una red geodésica de carácter nacional. Fueron éstos los años del diseño y construcción del llamado aparato de Ibáñez. Este aparato estaba dotado de micrómetros de hilos móviles y otras disposiciones análogas a las de los anteojos de los instrumentos de astronomía. Su utilización por la Comisión del Mapa de España supuso una verdadera revolución dentro del campo de la geodesia, debido a las grandes precisiones que con él se conseguían^^. El volumen adquirido por los datos obtenidos y la importancia específica de proyecto, influyeron decisivamente en la creación de una institución cartográfica, el Instituto Geográfico, y en el nombramiento del Coronel Ibáñez e Ibáñez de Ibero, como primer director. A partir de entonces, la nueva institución civil sustituiría al Depósito de la Guerra en todo lo relacionado con los trabajos sobre la determinación de la forma y dimensiones de la Tierra, las triangulaciones geodésicas y topográficas, las nivelaciones de precisión y los asuntos de catastro, pesas y medidas. No obstante, esto no significó una ruptura en la continuidad de los trabajos geodésicos, realizados hasta entonces por los militares y por el Depósito de la Guerra, pues no hay que olvidar que hasta finales del siglo XIX los militares ocuparon importantes cargos directivos en el nuevo Instituto Geográfico^^. La tarea primordial del Instituto dirigido por Ibáñez, sería la elaboración del Mapa Topográfico Nacional a escala 1/50.000, cuya primera hoja salió publicada en 1875 (Madrid-559). No obstante, para su realización era necesario completar la red geodésica iniciada en 1858, de ahí que la mayor parte de los trabajos del Instituto durante sus primeros tiempos fueran de carácter geodésico, alcanzándose pronto un nivel destacado respecto a Europa. A la precisa medida de la base central de la tringulación en Madridejos, habría que añadir las iniciativas de Ibáñez en lo que se refiere a la construción de una regla de gran precisión y sencillez, el ya citado aparato de Ibáñez, usada tanto en España como en la medida de diversas bases geodésicas extranjeras. Entre los trabajos más importantes llevados a cabo por Ibáñez, una de las figuras científicas más destacadas de la España del XIX, no podemos olvidar el enlace de la red geodésica española con la de Argelia, llevado a cabo en colaboración con Francia en 1878. La Comisión Hidrográfica de la Península Mientras tanto, la Armada no quedó atrás en lo que se refiere al impulso de los trabajos geodésicos y cartográficos. A mediados del XIX, el jefe de la Dirección de Hidrografi'a, Joaquín Gutiérrez de Rubalcaba, promovió una reorganización de los trabajos hidrográficos, que culminaría unos años después con la creación de tres comisiones hidrográficas, las correspondientes a la Península, las Antillas y las Filipinas^^. Por otro lado, en 1856 dio comien- zo en el Observatorio de San Fernando el primer Curso de Estudios Superiores. Este curso estaba orientado hacia la formación de una serie de oficiales de Marina que, sin abandonar totalmente su profesión, debían dedicarse a adquirir los conocimientos teóricos (matemáticas, física, idiomas) y prácticos (astronomía, geodesia) considerados necesarios por la Armada para acceder a ciertos destinos cualificados (Observatorio, Depósito Hidrográfico, tareas docentes del Colegio Naval y comisiones científicas e hidrográficas)^^. A finales de 1860, el vapor Piles fue designado como buque encargado de los trabajos hidrográficos desarrollados por la Marina en las costas peninsulares. A este buque fueron destinados los oficiales procedentes de la primera promoción del Curso de Estudios Superiores, citado anteriormente. Además del comandante de la Comisión, teniente de navio Manuel Fernández Coria, embarcaron en el Piles como oficiales José Montojo, Agustín Serrano, Cecilio Pujazón y Simón Manzano. Unos meses más tarde, por Real Orden de 12 de octubre de 1861, fue aprobado el «Proyecto de instrucciones generales para el levantamiento de las costas de la Península e islas adyacentes», que había sido elaborado por la Dirección de Hidrografía, con la intención de que pudiesen enlazar tanto con los trabajos de la Comisión de la Carta de España como con las redes geodésicas de Portugal y Francia^^. Este proyecto marcaba los siguientes objetivos a la comisión hidrográfica embarcada en el vapor Piles: -Medir una base con exactitud para apoyar sobre ella una cadena de triángulos geodésicos de primer orden, extensiva a Portugal y Francia. -Establecer, a partir de esta red, triángulos de 2.° y 3.^^^ orden como base para los trabajos topográficos e hidrográficos de detalle. -Determinar las alturas de los vértices sobre el nivel del mar (tomando distancias cenitales recíprocas). -Determinar las posiciones geográficas de los vértices de los triángulos principales que correspondiesen a puntos principales de la costa. -Llevar un diario meteorológico completo, observar las mareas y estudiar la declinación y la inclinación magnéticas. -Levantar hidrográficamente la costa a escala 1/100.000 (1/50.000 cuando lo exigiese la abundancia de detalles). -Levantar con detalle los planos de los puertos y de los ríos navegables. ^^ Véase el «Extracto de la memoria redactada por el capitán de fragata don Rafael Pardo de Figueroa, jefe de la Comisión Hidrográfica de la Península, acerca de los trabajos verificados por ésta desde 1876 a 1887», Anuario de la Dirección de Hidrografía (1888), Madrid. -Elaborar memorias descriptivas con vistas de la costa e informes de las operaciones de cálculo y observación realizadas, con descripción de los instrumentos utilizados. Durante los primeros años de funcionamiento de la Comisión, aquellos en los que estuvo al mando de la misma el teniente de navio Fernández Coria (1860-1864), los trabajos se fueron desarrollando con lentitud, debido principalmente a la inexperiencia del personal y a la escasa dotación instrumental embarcada en el vapor Piles. Durante estos años, el desarrollo de los trabajos hidrográficos se vio afectado por la inestabilidad política del momento (pronunciamiento de 1868, guerra carlista, insurrección cantonalista de 1873). No obstante, la llegada de algunos de los instrumentos encargados a la casa Brunner en París, de los que trataremos con detenimiento más adelante, y la asignación de dos buques auxiliares a las tareas hidrográficas (el falucho Caimán y el vapor auxiliar Relámpago), consiguieron influir decisivamente en la obtención de resultados bastante positivos (Véase el Apéndice I). Tras esta primera etapa, fue nombrado jefe de la Comisión Hidrográfica Rafael Pardo de Figueroa, que estuvo al frente de la misma hasta 1887. Durante estos años, además de ser finalizados los trabajos en la costa mediterránea hasta la frontera con Francia, se iniciaron los cálculos y correcciones de todo lo realizado hasta entonces. Fueron once años en los que la Comisión mejoró ostensiblemente la calidad y la fiabilidad de los resultados, gracias a la adquisición de nuevos instrumentos, a la aplicación de las fórmulas esféricas de Hansen para determinar posiciones geográficas y a la adición de una segunda corrección a los resultados obtenidos (Véase el Apéndice 11). En 1887, el capitán de fragata José Gómez Imaz sustituyó a Pardo de Figueroa al frente de la Comisión. Nada más empezar los trabajos pendientes en la costa norte de Cataluña, el vapor Piles tuvo que ser sustituido por un nuevo buque, el Vulcano, con el que se terminarían los trabajos en la costa mediterránea durante los años 1888 y 1889. El siguiente objetivo de la Comsión Hidrográfica fue el archipiélago balear, en el que los trabajos avanzarían a buen ritmo gracias al sistema empleado, consistente en que dos equipos trabajasen simultáneamente, uno haciendo el levantamiento de la costa y otro el de los puertos. La hidrografía de las islas Baleares no se terminaría hasta unos años después, siendo comandante de la Comisión Emilio Luanco y Gaviot. Durante su período al frente de la misma, la Comisión se trasladó al Cantábrico, una vez terminados todos los Las colecciones de instrumentos geodésicos de la Marina Unos meses antes de la organización de la Comisión Hidrográfica de la Península, en 1859, había sido ordenada la adquisición de unas colecciones de instrumentos geodésicos, destinadas a los trabajos de levantamientos cartográficos que debían llevar a cabo las comisiones hidrográficas^^. El director del Observatorio, comisionado entonces para proceder a la adquisición de los mencionados instrumentos, recabó de la casa irancesa Brunner información sobre el importe y características de los aparatos que debían componer las citadas colecciones. Con esta información, las autoridades de Marina dispusieron definitivamente la adquisición de un aparato de medir bases y tres colecciones de instrumentos geodésicos. El teniente de navio Antonio de Tomaseti fue designado por la Marina para viajar a París, con objeto de activar los trabajos de Brunner y auxiliar al artista en los trabajos necesarios para comparar la regla del aparato de medir bases con el metro patrón, conservado en el Observatorio de París^^. Desde entonces, estuvo comisionado en la capital francesa donde, bajo la supervisión del director del Observatorio, procedió al encargo y adquisición de numerosos instrumentos a la conocida casa constructora de instrumental científico Brunner. Durante estos años tuvo lugar la adquisición de dos colecciones completas de instrumentos geodésicos, destinadas a las comisiones hidrográficas de la Península y de las Antillas (la Comisión de Filipinas iniciaría sus trabajos unos años más tarde), y de los instrumentos magistrales que serían instalados en el Observatorio de San Fernando^"*. 277. ^^ La dotación instrumental de la Comisión Hidrográfica de la Península ha sido tratada recientemente por BERROCOSO, M. y GONZÁLEZ, F.J. en «Los instrumentos científicos de la Marina española: El Real Observatorio de la Armada y la dotación instrumental de las expediciones ilustradas y de las comisiones hidrográficas», comunicación presentada en el XIXth International Congress of History of Science, celebrado en Zaragoza (1993). ^•^ El proceso de adquisición de estos instrumentos puede ser estudiado en el expediente titulado.«Colecciones completas de instrumentos geodésicos para el levantamiento de planos (1859-1862)», que se conserva en el Archivo-Museo Don Alvaro de Bazán (Viso del Marqués, Cuidad Real), serie Depósito Hidrográfico, Asuntos Particulares, Leg, 4929. ^"^ Para obtener la información referida al uso de instrumentos para las comisiones hidrográficas pueden ser utilizados los inventarios que actualmente se conservan en la Biblioteca del Real Observatorio de la Armada, especialmente los titulados: Inventario de instrumentos de geografía geométrica (1859-1864), Inventario de instrumentos y cronómetros destinados a las comisiones geodésicas e hidrográficas (1865-1867) y, por ultimo, algunos volúmenes del Historial de los instrumentos y cronómetros que posee el Estado para el Servicio del Según el contrato firmado en París por Brunner, este se comprometió a construir para la Marina española una colección magistral de instrumentos geodésicos compuesta por un aparato magistral de medir bases, similar al que ya había construido para la Comisión de la Carta de España (aparato de Ibáñez), un teodolito de primer orden, un nivel stadia con círculo horizontal y polímetro, un examinador de niveles, y una pantómetra con anteojo y nivel. Además, Brunner debía entregar a la Marina otras dos colecciones formadas cada una por un aparato secundario de medir bases, un teodolito con círculo repetidor horizontal y círculo vertical, con un anteojo de 35 cm. de distancia focal, un nivel stadia con círculo horizontal y polímetro, una pantómetra con anteojo y nivel, una plancheta, un anteojo para medir distancias y una escala de cobre de 40 cm. de longitud^^. En agosto de 1862 llegaron a Cádiz el aparato magistral de medir bases y el comparador construidos en París por la casa Brunner Aunque la adquisición de estos instrumentos había sido propuesta por la Dirección de Hidrografía de Madrid, empeñada en elevar la cartografía marítima española a un nivel semejante al de los trabajos geodésicos realizados por la Comisión encargada del Mapa de España, los responsables de la Armada se decidieron por su instalación en los locales del Observatorio de San Femando. Esta institución que, como ya hemos visto, había estado intimamente ligada a los trabajos cartográficos de la Marina desde su creación en el siglo XVIII, disponía de unos salones de observaciones, de reciente construcción, que aparecían como la ubicación idónea para estos aparatos de precisión que, para asegurar la invariabilidad de su posición una vez instalados, necesitaban unas especiales condiciones de aislamiento y cimentación. El mismo oficial que había supervisado en París la construcción de los aparatos, el teniente de navio Tomaseti, fue encargado de la dirección de las obras necesarias para su instalación en el salón occidental de observaciones. Concluiremos este capítulo, dedicado a los aparatos geodésicos de la Armada en el siglo XIX, con la descripción de los instrumentos geodésicos magistrales, que fueron instalados en el Observatorio de San Fernando, y los aparatos secundarios de medir bases, destinados a los trabajos de las comisiones hidrográficas^^. Instituto, buque de guerra, comisiones hidrográficas y demás establecimientos oficiales de la Marina (1874Marina ( -1910) ). 2^ El contrato firmado entre Tomaseti y Brunner se encuentra en el ya citado expediente «Colecciones completas de instrumentos geodésicos para el levantamiento de planos (1859-1862)», Archivo-Museo Don Alvaro de Bazán (Viso del Marqués, Cuidad Real), serie Depósito Hidrográfico, Asuntos Particulares, Leg, 4929. 2^ Para la descripción de estos instrumentos hemos utilizado el trabajo de BERROCOSO, M. y GONZÁLEZ, F. J. (1991): «La geodesia en el Observatorio de San Femando durante la segunda mitad del siglo XIX». A grandes rasgos, el aparato magistral para medir bases estaba compuesto por la regla bimetálica, los soportes, los microscopios y anteojos y los instrumentos accesorios. El núcleo del aparato era la regla bimetálica, formada por una regla de platino de 411 cm. de largo, 2,25 cm. de ancho y 0,5 cm. de espesor, unida a otra regla de latón mediante dos piezas de platino que encajaban en dos aberturas existentes cerca de los extremos. Gracias a este dispositivo, las dos reglas se podían dilatar libremente y la posición relativa de la pieza de platino unida a la regla de platino y a la regla de latón indicaba las diferencias de dilatación de ambas reglas. Las dos reglas estaban colocadas sobre una barra de hierro en forma de T invertida. Para que las dilataciones de esta barra de hierro no influyesen en la regla bimetálica, ésta llevaba en su parte superior 14 piezas de latón fijadas a la barra por dos tornillos cada una de ellas. Asimismo, disponía de un conjunto de niveles fijos para garantizar la horizontalidad de la barra de hierro y otro de niveles móviles para lograr la horizontalidad de las reglas de platino y de latón, una vez establecida la primera. El aparato principal de medir bases contaba, además, con cuatro soportes. Dos de ellos para el apoyo de la regla. Los otros dos sólo se utilizan en el campo para preparar la medida del tramo siguiente. Para la lectura de las divisiones de la regla, el aparato magistral de medir bases estaba provisto de dos microscopios de 60 aumentos, que se colocaban sobre la escala de la regla. A ello habría que añadir dos anteojos, uno para observar las referencias colocadas en el suelo y otro para alinear los soportes donde se colocan los microscopios. Para marcar las referencias en el campo se utilizaba un aparato con una cruz grabada en metal, que es la que se visaba con uno de los anteojos anteriormente citados. También se utilizaban unos pies de madera para colocar a la altura conveniente los soportes descritos más arriba. El comparador Brunner estaba formado por un muro de piedra que soportaba cuatro microscopios y que se prolongaba por debajo del piso de madera del salón donde fue instalado, de forma que el movimiento de los observadores no afectaba a las medidas efectuadas. Este dispositivo fue ideado para comparar los aparatos secundarios con el aparato principal, antes y después de cada utilización práctica. El comparador Brunner disponía de una serie de aparatos de apoyo para verificar con toda precisión los mencionados análisis: cuatro microscopios micrométricos, un nivel con círculo gra- Al igual que en el caso del aparato magistral, el metro estaba compuesto por dos reglas, una de platino y otra de latón, de 1 m. de largo, 2,25 cm. de ancho y 0,5 de espesor En los extremos de la regla de latón existían dos grapas, una de latón y otra de platino. En la segunda de ellas, iba grabada una escala compuesta por 100 divisiones separadas 2,5 decimilimetros. En los extremos de la regla de platino dos trazos señalaban la distancia de un metro a una determinada temperatura. A continuación de estos trazos, hacia el centro de la regla, estaba grabada una escala, que formaba nonio con la escala grabada en la grapa de platino. El soporte del metro bimetálico era análogo al del aparato magistral y se componía de una barra de hierro en forma de T invertida, en cuyo canto superior estaban afirmadas con tornillos seis piezas de latón sobre las que iba apoyada la regla. Aparatos secundarios de medir bases Con una disposición exactamente igual a la del aparato magistral, fueron construidos otros dos formados únicamente por una regla de cobre sustentada en madera. Su objeto más importante, era proteger al aparato principal del abuso en su utilización, con el consiguiente riesgo de producir alguna avería grave en tan sofisticado aparato. Cuando se pensó en la adquisición de los aparatos secundarios de medir bases, existía entre los expertos un acuerdo general sobre la buena resistencia de la madera bien preparada, impregnada de aceite y barnizada, a las alteraciones higrométricas. Como consecuencia, la casa Brunner de París recibió el encargo de construir en este material las reglas de los mencionados aparatos. Sin embargo, cuando Antonio Tomaseti procedió a estudiar los resultados obtenidos en una serie de observaciones, realizadas en septiembre de 1860, con objeto de comprobar la fiabilidad de los nuevos instrumentos, llegó a la conclusión de que era totalmente imposible preservar a la.madera de las influencias ejercidas por los cambios de temperatura y de humedad. Este convencimiento le llevó a solicitar a sus superiores una autorización, que le.fue concedida, para encargar a Brunner la construcción de unas reglas adicionales de cobre que, colocadas convenientemente junto a las de madera, pudiesen dilatar independientemente. Con ello se consiguió dotar a los aparatos secundarios de una gran exactitud, que permitiría utilizarlos en toda clase de operaciones geodésicas e hidrográficas de precisión^^. La principal conclusión que podemos extraer de este pequeño trabajo es que la Marina, a pesar de la critica situación de la primera mitad del siglo XIX, mantuvo en funcionamiento dos de las escasas instituciones científicas existentes en nuestro país durante aquellos años. Tanto el Observatorio como la Dirección de Hidrografía consiguieron superar la difícil crisis sufrida por la Marina como consecuencia de la batalla de Trafalgar y de la pérdida de la mayor parte de los territorios de ultramar. Es cierto que no fue éste un período de grandes iniciativas y que ambas instituciones se dedicaron principalmente a intentar sobrevivir Sin embargo, el simple hecho de haber mantenido una cierta actividad, situó a la Dirección de Hidrografía y al Observatorio en una buena posición para aprovechar el resurgir de las actividades científícas que comenzó a detectarse durante los últimos años del reinado de Isabel II. De esta forma, las iniciativas ofíciales para llevar a cabo en España la triangulación geodésica de primer orden y la elaboración del Mapa Topográfíco Nacional, pudieron contar con el apoyo de una Comisión Hidrográfica de la Península, organizada por la Armada, que sería la encargada de completar los trabajos citados anteriormente con el levantamiento de la cartografía de las costas españolas, y cuya labor sería completada, a su vez, por las comisiones hidrográfícas de las Antillas y de las Filipinas, cuyo objetivo fue el levantamiento cartográfíco de las costas de los últimos enclaves coloniales. Los trabajos de estas comisiones tuvieron una alta calidad científica y se vieron plasmados en una innumerable cantidad de cartas y planos de las costas, fondeaderos y puertos de todo el territorio nacional. Como hemos podido comprobar, para ello fueron utilizados instrumentos científicos adquiridos al efecto, entre los que cabría destacar un aparato magistral de medir bases, instalado en el Observatorio de San Fernando, que fue construido en París por la casa Brunner, a semejanza del fabricado para la Comisión del Mapa de España. Se midió, como ensayo, una base geodésica de 900 m. en Huelva, utilizada en el levantamiento de los planos de los ríos Tinto y Odiel. Se estudió el terreno en que debía ser medida la base definitiva para ligarla al lado de la cadena Vigía de Sanlúcar-Trebujena, y se proyectó ésta hasta el vértice Meca (Cabo de Trafalgar). Se terminaron los proyectos de medición de primer y segundo orden desde Portugal hasta el Cabo de Trafalgar y el plano hidrográfico de Huelva (Tinto y Odiel). Comenzaron los ensayos de la medición de primer orden, conforme fueron terminados los heliotropos encargados a Torres, instrumentarlo del Observatorio. Se midió la triangulación proyectada desde Portugal a Trafalgar Se hizo el levantamiento de la costa comprendida entre Rota y la desembocadura del Guadalquivir. Se midió la base de Alventus con el aparato de tres reglas de la colección n.° 1 de Brunner (que ya había sido probado en Huelva). Se midieron también los ángulos de los cuadriláteros para ligarla al lado Vigía de Sanlúcar-Trebujena. Se redujo la medición de la base de Alventus, en la hipótesis de ser 4 m. justos la distancia que separaba los puntos de referencia del comparador Brunner instalado en el Observatorio, con el que se habían verificado las observaciones de dilatación de las reglas. Se llevó a cabo, además, la observación y cálculo del azimut astronómico del vértice Puerto desde el vértice Observatorio de San Fernando. Se levantaron varios planos de puerto y de costa. Se proyectó la triangulación hasta Tarifa. Se midió la triangulación hasta Tarifa y se proyectó hasta Málaga. Se midió la cadena de primer orden hasta el lado Pizarra-Mijas. Se eligió el sitio para medir la base de Roquetas y se estableció el teodolito astronómico en la Alcazaba de Almería. Se midió dos veces la base de Roquetas y se redujeron ambas mediciones. Se llevaron a cabo observaciones de latitud y longitud astronómicas en la Alcazaba de Almería. Se observó el azimut astronómico del vértice Punta del Río (Almería). Se proyectó y midió la cadena desde Motril a Almería. Se proyectó la cadena desde Pizarra-Mijas hasta Motril> midiéndose una parte de ella. También se proyectó y midió la triangulación entre Almería y Monte Cope. Se iniciaron las observaciones de comparación de las reglas geodésicas de Brunner, utilizadas para medir las bases; con la regla bimetálica magistral instalada en el Observatorio. Fueron terminadas la medición de la cadena entre Pizarra-Mijas y Motril, las observaciones de comparación de las reglas y el cálculo de su reducción. Una vez conocidos los valores absolutos de aquellas; se hallaron los correspondientes a las bases de Alventus y Roquetas. Debido a las diferencias constatadas entre la longitud de Almería deducida geodésicamente y la calculada directamente por métodos astronómicos; se llevó a cabo una nueva observación de la misma, además de situar astronómicamente la isla de Alborán. Se midió la cadena entre Monte Cope hasta el Cabo de San Antonio. Se inició la triangulación desde el Cabo de San Antonio hasta el puerto de los Alfaques. -Plantillas de medición de ángulos horizontales y verticales (triangulación de 1.° y 2.° orden, de Peñíscola a Francia). -Plantillas originales de medición de 3.^^ orden (de El Fangar a Francia). -Extracción de ángulos horizontales y verticales de las plantillas de 1.° y 2.° orden. -Plantillas originales de medición de ángulos horizontales y verticales (triangulación de 1.° y 2° orden, de Almería a Los Alfaques). -Plantillas originales de mediciones auxiliares de 3.^^ orden (de Cartagena a Los Alfaques). -Cálculo de las triangulaciones de 1.°, 2.° y 3.^^ orden. -Cálculo de las elevaciones de vértices de 1.° y 2.° orden (de Almería a Los Alfaques). -Cálculo de las elevaciones de vértices de 1.° y 2.° orden (de Vista Hermosa a Francia). -Cálculo de las elevaciones de algunos puntos de 3.*^^ orden (de Almería a Los Alfaques). -Cálculos dé la elevaciones tomadas en los trabajos parcelarios (de Cartagena a Francia). -Elevaciones de montes tomadas desde el mar -Resumen general de elevaciones (de Almería a Francia). -Cálculo de las posiciones geográficas (de Portugal a Francia). -Medición de la base geodésica de Ampolla. -Determinación de latitud y azimut en Valencia (1878). -Determinación de la diferencia de longitud entre Valencia y San Fernando (1881).
Casi un siglo y medio separa la formulación de las leyes de los gases ideales enunciadas por R. Boyle y J. L. Gay-Lussac. De hecho, las leyes de Gay-Lussac fueron anticipadas, para el caso del aire, por F. Haubskee y G. Amontons en la primera década del setecientos. En el artículo se examinan los resultados de Amontons en el contexto de las indagaciones sobre el aire llevadas a cabo en la Academia de Ciencias de París. En 1661, Robert Boyle halló la primera ley de la física del aire: encontró que (siendo constante la temperatura) su fuerza de resorte es proporcional a su densidad. Por «fuerza de resorte» del aire se entendía entonces la resistencia de éste a la compresión (la propiedad que hoy se denomina elasticidad)^. La ley de Boyle, posiblemente redescubierta algunos años después por el francés Edme Mariotte, ha pasado triunfalmente a la historia y a los manuales de física^. Junto con la ley que publicaría Gay-Lussac a principios del ochocientos, casi siglo y medio más tarde, se emplea en estos manuales para la deducción de la ecuación de estado de los gases ideales. Gay-Lussac estableció la proporcionalidad entre las variaciones de volumen y de temperatura, para una muestra dada, a presión constante, y determinó el coeficiente de dilatación; a esta ley se le conoce a veces como ley de Charles pues, tal como menciona en su trabajo el mismo Gay-Lussac, la ley fue descubierta, aunque no hecha pública, por Jacques-Alexander-César Charles alrededor de 1787^. Parece un tanto sorprente que más de un siglo separe la formulación de dos leyes básicas del comportamiento de los gases perfectos, que el aire cumple en condiciones ordinarias de presión y temperatura. La ley de Charles y Gay-Lussac tuvo su precedente para el aire en 1708; Francis Haubskee, en las Philosophical Transactions de la Royal Society, exponía un experimento que mostraba para el aire la proporcionalidad directa entre volumen y temperatura^. Como este precedente lo pasó por alto Gay-Lussac, ^ Las investigaciones de Boyle se pueden ver en SoLfs, C. (1985), Robert Boyle^ Física, química y filosofía mecánica, Madrid: Alianza. Los acontecimientos que condujeron a la formulación de la ley se encuentran detallados en WEBSTER, C. (1965), «The Discovery of Boyle 's Law and the Concept of Elasticity of Air in the Seventeenth Century», Arch. Sci.,2, ^ En verdad, un tanto alterada. Hoy en día se enuncia diciendo que, a temperatura constante, el volumen de una muestra de gas es inversamente proporcional a la presión. Lo que formuló Boyle para el aire es una proporcionalidad directa entre la presión y la densidad.' ^ GAY-LUSSAC, J. L. ( 1802), «Recherches sur la dilatation des gaz et des vapeurs, lues à l'Institut national, le 11 pluviôse an 10», Annales de Chimie, (1) 43, 137-175. ^ Haubskee empleó un tubo de vidrio doblado en L, en el que introdujo una porción de mercurio, cerrando su extremo horizontal. Sumergió esta parte horizontal del tubo en agua caliente y luego, mientras se iba enfriando, observó el descenso de la porción de mercurio en la rama vertical del tubo a medida que se contraía el aire que la sustentaba. Halló que, por cada diez grados de descenso de la escala de su termómetro, el mercurio descendía regularmente 0,1 pulgadas. Durante todo el experimento la presión atmosférica se mantuvo constante. XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es no se menciona en ninguna parte. Casi igualmente desconocido es el descubrimiento que publicaría en las Mémoires de la Academia de Ciencias francesa en 1702 el francés Guillaume Amontons: descubrió que, cuanto mayor es el peso de que está cargado el aire, a igualdad de volumen, más aumenta su resorte por un mismo grado de calor. O, dicho en términos más actuales, que dado un incremento de temperatura, el correspondiente aumento de presión, a volumen constante, es directamente proporcional a la densidad^. Aunque la contribución de Amontons no ha pasado desapercibida a los historiadores^, suele aparecer en los manuales de física como «segunda ley de Gay-Lussac» o, cuanto más, como «una tercera ley que no tiene ningún nombre especial»^. Es sabida la escasa vocación histórica de los manuales de física, cuyo objetivo, muy otro, es la presentación sistemática del cuerpo central de conocimientos de una disciplina. El baconianismo imperante en la Royal Society puede ayudar a explicar que la ley descubierta por Haubskee, expuesta en tres escuetas páginas, no tuviese repercusiones. Aparte de que Haubskee no alcanzó la fama de Boyle y de que, en esa época, no parecía haber nadie en la Royal Society particularmente interesado en los estudios sobre el aire. Sin embargo en Francia, donde todavía se sigue vinculando el nombre de Mariotte a la ley de Boyle, el descubrimiento de Amontons se saludó como una nueva propiedad del aire, y la comparabilidad de sus termómetros de aire basados en tal propiedad fue objeto de amplios debates. El mismo Gay-Lussac, quien menciona a Charles en su trabajo tan sólo de pasada, dedica varias páginas a comentar los resultados de Amontons. En tales circunstancias puede resultar un tanto extraño que su descubrimiento no pasase, como en el caso de Mariotte, a recibir la consideración de ley. Los motivos de esta postergación son, sin duda, muy diversos. Pero, a mi parecer, ninguno fue tan decisivo como la misma condición de las investigaciones francesas sobre el aire en los años inmediatamente posteriores al des-^ Como se ha dicho el aire, en condiciones más o menos normales de presión y temperatura, cumple la ecuación de estado de los gases ideales o perfectos, que sé puede escribir como P=pR^T, en donde P es la presión, p la densidad, T la temperatura absoluta, y R^ una constante particular del gas referida a la unidad de masa del mismo. Cuando r=cte., se ve que APocAp, que es la ley de Boyle; siendo P=cte., se ve que pr=cte., esto es, que T°^V, siendo V el volumen de una masa dada de gas, que es la ley de Haubskee (la de Gay Lussac lo generaliza a todos los gases, cualquiera que sea su densidad y la cantidad de agua que tienen en disolución, y a todos los vapores). Finalmente, siendo p=cte., se ve que àP<^AT y que, dado un AT, APocp, que es la ley descubierta por Amontons. ^ Se la conoce sobre todo gracias a los comentarios de Middleton. ^ Como ejemplo de lo primero, véase AGUILAR PEMS, J. (1970), Termodinámica y mecánica estadística. Valencia, (3^ edición), p. Como ejemplo de lo segundo, FERNÁNDEZ RANADA, A. (ed) (1993), Física básica, vol. 1, Madrid: Ahanza, p. XLVII-1 -1995 55 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es cubrimiento de Amontons. En las páginas que siguen expongo las circunstancias que condujeron a Amontons a la formulación de su ley en el contexto de estas indagaciones publicadas por la Academia de Ciencias de París entre 1699 y 1710. Estas, aparentemente abocadas a un callejón sin salida, no sólo empañaron los resultados de Amontons, sino que también pusieron en entredicho la ley de Boyle-Mariotte; y si bien, por otro lado, condujeron a la comprensión cabal de la gran influencia de la temperatura y de la humedad sobre la fuerza elástica del aire, fueron abandonadas, un tanto inexplicablemente, en el momento en que parecía haberse salvado el escollo principal. Cuando Otto von Guericke puso de manifiesto el gran poder de la presión atmosférica con el famoso experimento de los hemisferios de Magdeburgo y otros por el estilo, se propusieron algunas máquinas basadas en este fenómeno. La idea, básicamente, consistía en lograr el vacío en el interior de un cilindro cerrado por un pistón, de modo que la presión de la atmósfera proporcionase una fuerza motriz al empujarlo hasta el fondo del cilindro^. En la línea de estas tentativas, Guillaume Amontons sugirió, en una memoria presentada a la Academia de Ciencias de París en 1699, una máquina cuya fuerza motriz venía suministrada por la presión de aire fuertemente dilatado por el calor^°. Con el fin de mostrar la viabilidad de la máquina, en la memoria se presentaba una experiencia sobre el aumento de la fuerza de resorte del aire cuando se elevaba su temperatura desde la del ambiente hasta la de ebullición del agua^^ En el experimento, Amontons dispuso tres tubos de vidrio, de la misma longitud y de un diámetro interior de alrededor de media línea, curvados en U; los ^ En 1680, Cristiaan Huygens propuso emplear la combustión de la pólvora para la fase de expansión; el exceso de los residuos de la combustión y el aire caliente salían por unas válvulas, y al enfriarse el cilindro se creaba en éste un vacío parcial. Diez años después, su ayudante Denis Papin sugirió el uso de agua: al ser calentada ésta en el fondo del cilindro, y evaporarse, empujaba al pistón, lográndose el vacío al condensarse el vapor por enfriamiento. El primer diseño utilizable de este tipo, el «amigo del minero» de Thomas Savery, se patentó en 1698. Se trata de «máquinas de aire» y no «de vapor», pues esta última denominación se reserva para aquéllas que emplean como fuerza motriz, no la presión atmosférica, sino la fuerza expansiva del vapor generado a altas temperaturas. Figura 1 tubos, como muestra la fíg. 1, estaban abiertos por el extremo más largo, hallándose rematados en el otro por bolas huecas de vidrio cuyas capacidades estaban entre sí como los números 1, 2 y 3^^. Llenó los tubos con mercurio, de modo que su nivel en las ramas cortas quedase en la entrada E de las bolas, y en los tubos abiertos en B, tres pulgadas más arriba. Así que el aire encerrado en las bolas, respecto del ambiente, estaba sometido a una sobrepresión de tres pulgadas de mercurio. A continuación introdujo las tres bolas en un recipiente con agua y puso éste a calentar. Observó que, a medida que el aire de las bolas se calentaba, dilatándose, el mercurio ascendía a la vez en los tres tubos, haciéndolo a la misma tasa. Cuando el agua del recipiente llegó a la ebullición, el mercurio, que había subido en los tubos 9 pulg. y 10 lín., cesó de ascender. Amontons extrajo de aquí cinco consecuencias: Que el agua en ebullición mantiene constante su temperatura; se trata de un descubrimiento que aprovechará un poco más adelante para proponer esta temperatura como punto fijo en el calibrado de termómetros. ^^ Las unidades de longitud empleadas en la Francia de la época eran como sigue: toesa=6 pies; 1 pie=12 pulgadas; 1 pulgada=12 líneas; 1 línea=12 puntos. Que masas desiguales de aire aumentan igualmente la fuerza de su resorte (su presión) por grados de calor iguales (por el mismo incremento de temperatura). Que el calor del agua hirviendo no aumenta este resorte más que hasta hacer sostener al aire un sobrepeso sobre el atmosférico de alrededor de 10 pulg. de mercurio. 10 lín. de subida obtenidas en el experimento, añade aquí otras 2 lín. para compensar aproximadamente la pérdida de resorte por la dilatación del aire de las bolas, que se ha extendido hasta ocupar el volumen que ha dejado libre el mercurio al ascender por el tubo. Aplica ahora la ley de Mariotte para concluir que, sometido a una elevación de temperatura desde la del ambiente hasta la del agua hirviendo, y actuando sólo la presión de la atmósfera, el aumento de volumen que sufriría el aire correspondería al de un tercio de su volumen inicial. Que, si el aire no puede dilatarse hasta aumentar su volumen en la tercera parte, para distintos volúmenes de aire las presiones correspondientes serán a la atmosférica como la razón inversa de dichos volúmenes. Habiendo estudiado así el aumento del resorte del aire con la elevación de la temperatura, pasa a estudiar el efecto contrario, sumergiendo las bolas en lo que denomina agua fría, a una temperatura más o menos la del ambiente^ ^. Observó que el mercurio descendió 1 lín. en la bola mayor, 2 en la mediana y 3 en la menor De esto concluyó que el aire disminuye su resorte por el frío en proporción inversa a su volumen. Luego sacó los tubos del agua, y mientras ésta se evaporaba del exterior de las bolas, observó que el mercurio seguía descendiendo: llegó a 1 lín. menos en la bola menor, 2 en la mediana y 3 en la mayor, recuperando luego poco a poco su nivel inicial en B a medida que las bolas se secaban. La conclusión que extrajo fue que «el agua que está a punto de evaporarse» disminuye más la fuerza de resorte del aire que cuando este agua se encuentra en cantidad lo bastante grande como para rodearlo por todas partes, y que esta segunda disminución de la fuerza de resorte se produce también en proporción al volumen^^. La nueva propiedad del aire Amontons, en su memoria de 1699, se mostraba interesado únicamente por la cuantía del aumento del resorte del aire con el calor, que halló, en los'^ La temperatura del «agua del grifo», como diríamos hoy.' "^ Expone también una experiencia similar con espíritu de vino. Estos experimentos anticipan de alguna manera las investigaciones de Joseph Black a mediados del siglo; pero Amontons, que evidentemente no estaba interesado en el fenómeno, se limita aquí a constatarlo de pasada. XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es márgenes de temperatura vistos, de unas modestas 10 pulg. de mercurio. Tres años después, en 1702, presentó una nueva memoria en la que, ya olvidado el «molino de fuego», proclamaba el hallazgo de una nueva propiedad del aire^^. Amontons, extendiendo sus experimentos, había encontrado que ese aumento de presión de 10 pulg. de mercurio podía crecer en proporción directa a la densidad de la masa de aire. Dicho en sus propios términos: «un mismo grado de calor, por pequeño que sea, puede aumentar siempre cada vez más la fuerza de resorte del aire, si este aire está siempre cargado con un peso cada vez más grande». Y como ya encontró que masas desiguales de aire aumentan igualmente su fuerza de resorte por grados de calor iguales, concluyó también que «una porción de aire muy pequeña, por pequeña que sea, puede adquirir una fuerza de resorte cada vez más y más grande por un grado de calor muy pequeño, si esta pequeña porción está siempre cada vez más cargada» ^^. Lo que, en términos más actuales, quiere decir que el incremento de presión producido por un incremento de temperatura en una masa de aire es directamente proporcional a su densidad'^. Tal como anunciará este resultado Fontenelle, el Secretario Perpetuo de la Academia, Amontons «ha encontrado una propiedad del aire nueva, singular, y que a primera vista puede parecer sorprendente»^^. La justificación teórica que da Amontons de este resultado responde al marco mecanicista imperante. Según dice, las partes del fuego se hallan en un movimiento continuo y violento, y sólo se puede concebir el calentamiento que imprimen a las partes de los cuerpos más sólidos suponiendo que, por el esfuerzo que hacen para penetrarlas, les comunican parte de este movimiento; ésta era la teoría del calor aceptad^ mayoritariamente en la época. El resultado del experimento se explica porque las partes del aire que contiene cada una de las bolas se encuentran a la misma distancia entre sí (es decir, las tres bolas contienen aire con la misma densidad), y las partes del fuego que las ponen en movimiento «son las mismas paralelamente» (las tres bolas sufren la misma elevación de temperatura): de modo que no pueden comunicar más movimiento a unas que a otras, y por ello tendrán que adquirir la misma fuerza de resorte. 107, lleva más lejos esta «traducción» a términos actuales. Según dice, el resultado es que la forma de la relación entre la temperatura y la presión es independiente de la presión inicial. Una conclusión que ya presentó Gay-Lussac. GAY-LUSSAC (1802) Si, ahora, las masas están más cargadas, hay más partes de aire en el mismo espacio, y las partes del fuego no pueden insinuarse entre ellas sin separarlas; pero como estas masas no pueden aumentar su volumen, aumentan su fuerza de resorte. Amontons no recurre aquí al entonces ya clásico modelo que compara a las partes del aire con una especie de laminillas elásticas enrolladas, pero sí lo hace Fontenelle en el resumen que redacta para la Histoire^^. Dado que las partes del fuego (infinidad de pequeñas partículas muy agitadas) se alojan en los intersticios de estas laminillas, y sobre todo que se mueven con gran violencia, las desenrollan en lo posible cuando la masa de aire puede aumentar su volumen, pero si esto no es posible, como tienden a abrir las espiras, aumentan la fuerza de resorte^^. El modelo servía igualmente bien para explicar por qué se mantiene constante la temperatura del agua hirviendo^ ^ Según W. Homberg, destacado químico mecanicista y miembro de la Academia, un cuerpo está caliente porque se halla penetrado en todos los sentidos por la materia de la llama o de la luz, una infinidad de pequeños dardos «très-picans» que comunican las impresiones del calor a los cuerpos a los que golpean. Cuando se pone a calentar un recipiente con agua, la llama, empujada de abajo hacia arriba por el peso del aire, tiende a abrirse camino en el agua según esta dirección. Al principio encuentra dificultades, pues los caminos no están abiertos, pero cuando los abre, y el agua hierve todo lo que puede hervir, la materia de la llama ha alcanzado su máximo efecto: ni puede abrir más los caminos, ni abrirlos en mayor cantidad^^. Todo parecía estar bastante claro. Aunque, de mucha mayor trascendencia que todas estas especulaciones, incluso cabe decir que por encima del mismo descubrimiento de esa «nueva propiedad del aire» que le servía de fundamento, estaba su aplicación a la 1^ Ibid. Un modelo que se difundió desde que J. Pecquet lo expusiera en sus Experimenta nova anatómica, (París, 1661). ^° La explicación de la ley de Boyle, con este modelo, es trivial. Si, siguiendo a Fontenelle y a otros muchos, el aire se concibe «compuesto de una infinidad de pequeñas láminas de resorte, bien espirales, bien de cualquier otra figura que se juzgue más conveniente», estas láminas se cierran, y sus extremidades se aproximan tanto más cuanto mayor es la carga que sufi-e el aire; en tal situación, las láminas no sólo ocupan menos espacio, sino que su tensión elástica es mayor. Véase SoLís (1985) http://asclepio.revistas.csic.es termometria. En 1695, Amontons había propuesto un modelo de termómetro de aire que empleaba tres líquidos^^. Ahora sugería un solo líquido, el mercurio, en un termómetro de construcción semejante a uno de los tubos de la fig. Su idea era usar la temperatura de ebullición del agua como punto fijo, de modo que hallándose sumergido el bulbo en agua hirviendo, el aire que contenía estuviese sometido a una sobrepresión de 45 pulg. de mercurio, cuando el barómetro indicase una presión atmosférica de 28 pulg^"*. De ese modo podría disponerse de un termómetro «universal» que permitiese la comparabilidad de las lecturas efectuadas en distintos lugares (posiblemente empleándolo como patrón para calibrar los entonces comunes termómetros de espíritu de vino). Anticipando acontecimientos, cabe decir que las aspiraciones termométricas de Amontons se verían frustradas desde dos frentes distintos: por una parte, como descubriría Fahrenheit años después, la temperatura de ebullición del agua no es constante, sino que varía con la presión (llegando a proponer un modelo de barómetro basado en esto)^^. Por otra, y como se verá más adelante, se descubriría que el grado de humedad presente en el aire contenido en el bulbo iba a destruir las pretensiones de comparabilidad entre termómetros de aire fabricados en distintos momentos o lugares; pero antes conviene atender a algunos problemas que se suscitaron en torno a la ley de Boyle-Mariotte. Los límites de las leyes Desde que se formulara la imagen de la atmósfera como un «mar de aire», se planteó la cuestión de cuál era su límite superior. La ley de Boyle, al relacionar las presiones con las densidades, proveía de un medio teórico de extrapolar la variación de la presión con la altura, y Robert Hooke, Edme Mariotte y Edmond Halley dedujeron las primeras reglas para hacerlo, buscando determinar asimismo dónde terminaba la atmósfera. Tal límite, de acuerdo con la forma matemática de la ley, no existía: el aire debía rarificarse cada vez más, extendiéndose infinitamente hacia los abismos del espacio. Así que, si se quería obtener una cifra para la altura de la atmósfera, había que dejar de lado los estratos superiores, más tenues, a partir de alguno determinado. Edmond Halley, en 1686, percibiendo la analogía de la forma de la ley de Boyle con una hipérbola, propuso una fórmula hipsométrica que, salvando la ^^ AMONTONS, G. ( 1695), Remarques et expéñences physiques sur la construction d'une nouvelle clepsidre, sur les baromètres, termometres et higrometres, Paris, pp. 146-57. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es corrección por los efectos de la temperatura, que Halley no introdujo, no ha perdido actualidad. Halley calculó las expansiones del aire a distintas alturas, hallando que, a 41 millas, el aire ocupa un volumen 3. Pero no creía que la fuerza de resorte del aire pudiese actuar a estas expansiones, y fijó la altura de la atmósfera en 45 millas, un valor que le coincidía muy bien con el determinado por el método de los crepiísculos^^. La razón con que apoyaba la existencia de un límite a la expansión era que, fuese cual fuere la textura de las partes del aire, éstas deberían, como en el caso de la lana y otros cuerpos compresibles cuando se hallan libres de toda carga, poseer una magnitud determinada propia de ese estado natural, en el que están libres de todo tipo de presión. La analogía con la lana o cuerpos similares era ya vieja, y el argumento ya se había esgrimido antes. El límite inferior parecía algo más fácil de establecer. Se suponía que, puesto que las partes del aire debían tener algún tamaño, el límite de la compresión se alcanzaría cuando dichas partes llegasen a entrar en contacto (caso en el cual el aire se tornaría incompresible y se comportaría como un líquido)^^. Halley aludía a las experiencias realizadas en la Academia del Cimento que pusieron de manifiesto la incompresibilidad del agua y, dado que había adoptado para la gravedad específica del agua un valor 800 veces mayor que el del aire en la superficie terrestre, consideraba que dicho aire, comprimido hasta un volumen 800 veces menor, perdería su propiedad elástica^^. Por su parte Amontons, en desacuerdo con Halley, no creía que existiese fuerza alguna capaz de extraer por completo las partículas ígneas que penetran el aire y cuyo movimiento consideraba responsable de su fuerza de resorte^.^. O, lo que es lo mismo, pensaba que prácticamente no había límite ^^ El crepúsculo es la iluminación de la atmósfera por los rayos del Sol cuando éste se encuentra por debajo del horizonte. Este termina cuando el Sol se encuentra a 18° por debajo, lo que, unido al conocimiento del semidiámetro terrestre y los efectos de la refracción atmosférica, permite determinar la altura buscada. Esta altura es aquélla a la cual no existe aire capaz de reflejar apreciablemente hacia la superficie terrestre los rayos del Sol. ^^ Si se adopta el modelo que concibe a las partes del aire como laminillas con resorte, el límite superior se alcanzaría cuando estas laminillas se hallasen conpletamente extendidas (por lo que su fuerza de resorte sería nula), y el inferior cuando las dos extremidades de las láminas llegasen a tocarse (por lo que su fuerza de resorte sería máxima). En términos anacrónicos, lo que está considerando Halley es que el aire no es un gas del todo «ideal», habida cuenta del tamaño finito de sus partículas. 110, esta línea de razonamiento (proporcionalidad de la elasticidad a la cantidad de calor en el aire), que más tarde compartiría Johann Heinrich Lambert, conduciría a este último a una escala «absoluta» de temperatu- Asc/epio-Vol.XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es a su capacidad de condensación, pues éste resultaba inalcanzable. Efectuó cálculos sobre las densidades que podría alcanzar el aire dentro de la corteza terrestre y obtuvo unas cifras enormes (a 43. 528 toesas de profundidad, que representaba sólo 1/74 parte del radio terrestre, tendría la densidad del oro), que suponían aumentos casi increíbles de la fuerza de resorte del aire al elevarse sólo un poco la temperatura. Sin embargo, cuanto mayor fuese la densidad del aire, menos espacio libre quedaría entre sus partes, para las partículas ígneas, y menos calor podría penetrar en el interior de la Tierra desde los orbes superiores. La idea de un fuego central quedaría, según esto, en entredicho^^. Estas limitaciones en la compresión y rarefacción del aire, por evidentes que pudiesen parecer, venían a empañar la exactitud de la ley en todo el rango de presiones, una exactitud a la que seguramente muchos, más influidos por Descartes que por Bacon, hubiesen deseado que se plegase de buen grado la naturaleza. Así se manifestó el Secretario Perpetuo de la Academia, en sus comentarios en la Histoire para 1716 sobre un trabajo de Varignon en el que se deducía una fórmula hipsométrica general que englobaba todos los casos posibles de variación del peso del aire con la altura^'. Las dos hipótesis empleadas a la hora de determinar la variación de la densidad del aire habían sido la ley de Boyle-Mariotte y la suposición de que su peso era constante con la altura; y con ello se concluía que la altura de la atmósfera era infinita. Sin embargo, manifestaba Fontenelle, si se concibe la densidad infinita «es decir, todas las partes propias del aire tan próximas las unas de las otras como jamás lo pueden estar», ningún aumento del peso compresor seguirá teniendo efecto, y por ello mismo se ve que la densidad del aire no puede ser siempre proporcional al peso de que está cargado. Asimismo, proras con un «cero absoluto» de calor obtenido por extrapolación a una presión nula. Middleton afirma que esta línea de razonamiento conlleva «la suposición totalmente metafísica de una relación lineal entre presión y cantidad de calor». Pero habría que hacer notar que esta relación «metafísica» había sido puesta de manifiesto por Amontons, para un cierto intervalo de temperaturas, en su memoria de 1699: concluía allí, como se ha visto, que masas desiguales de aire (pero con la misma densidad) aumentan igualmente la fuerza de su resorte por grados de calor iguales. Pero, además, ahora Amontons está afirmando que a muy bajas temperaturas esa relación no es lineal. ScL, 107-136. http://asclepio.revistas.csic.es sigue, Varignon «encuentra que la Geometría aplicada a esta hipótesis se opone en cierto modo, y que uno se ve detenido por inconvenientes geométricos que hacen sentir que no se está en una buena vía»^^. Puede pensarse que Fontenelle está hilando muy fino, pero lo cierto es al parecer que nadie estaba dispuesto a aceptar una atmósfera ilimitada. Brook Taylor, en su Methodus incrementorum directa et inversa (Londres, 1715), obtuvo la fórmula de la variación de la densidad con la altura desde el supuesto newtoniano del decrecimiento de la fuerza de gravedad con la distancia al centro de la Tierra. Enfrentado a la consecuencia de que la ley de Boyle conduce inevitablemente a una densidad finita a todas las alturas, sugiere que las fuerzas naturales no se extienden al infinito, y que resulta más probable que la fuerza elástica del aire, a partir de un determinado grado de rarefacción, disminuya continuamente^^. Todo esto, en fin, no eran sino especulaciones, pues el conocimiento empírico sólo se había obtenido a alturas muy pequeñas y a compresiones poco elevadas, y dentro de ese margen parecía demostrado que la ley de Boyle-Mariotte se cumplía con una notable aproximación. Sin embargo, la variación de la densidad o la fuerza de resorte del aire con la altura y el límite de la atmósfera no eran sólo cuestiones cuya resolución se buscase para satisfacer la curiosidad del filósofo natural. En la época, tenían una incidencia crucial en la astronomía y en la cartografía. En la primera, porque la precisión de las observaciones de posición de los astros se había visto notablemente mejorada con la adopción de miras telescópicas, hasta el punto de que la corrección de la refracción había pasado a constituir ahora la limitación más importante a la exactitud que se buscaba en las medidas astronómicas. En la segunda, porque el desarrollo de la hipsometría barométrica prometía un medio de determinación de cotas más preciso que el antiguo método tri-^2 FONTENELLE, B. B. ( 1716), «Sur les rapports des densités de l 'air». Introducción del Editor a Leonhardi Euleri Opera Omnia, II 12, Lausana, p. Según Truesdell, tras estas frases se esconde una defensa de Newton «característicamente inglesa», pues si la atmósfera de la Tierra se extiende hasta los cuerpos celestes, se pone en entredicho el sistema del mundo calculado a partir de la teoría de movimientos en el vacío. Piénsese, sin embargo, que si la atmósfera se extendiese hasta la esfera de influencia de la Luna, sufriría su atracción gravitatoria, y formaría allí una atmósfera, cuyos efectos refractivos, de ser un tanto notables, se hubiesen puesto de manifiesto en la época, por ejemplo, en las observaciones de ocultaciones de estrellas. Tampoco hay que perder de vista el hecho obvio de que, si bien la atmósfera pudiese resultar ilimitada, la cantidad de aire contenida en ella era finita, y determinada; por ejemplo, Halley señalaba que, si se imagina al aire incompresible, con la misma densidad del agua, la altura de la atmósfera no superaría las 5,1 millas (HALLEY (1686), p. No parece, pues, que esto pudiese suponer un rozamiento lo suficientemente notable como para constituir una grave amenaza al sistema del mundo newtoniano. gonométrico (cuya mayor fuente de incertidumbre, por otra parte, se hallaba en la corrección de la refracción), precisión que, sobre todo, se hacía necesaria a la hora de proceder a la nivelación de las cadenas de triángulos que, surcando un territorio, constituían la urdimbre de su levantamiento geográfico^"*. Desde ambos contextos, pero especialmente desde el segundo, las observaciones parecerán hallarse en desacuerdo con la ley de Boyle-Mariotte. El aire de las montañas y el aire del laboratorio Durante la mayor parte del siglo XVII, los astrónomos, a falta de cosa mejor, aceptaron el modelo de la refracción de Kepler, que suponía que el rayo de luz sufría una única refracción en una atmósfera de altura muy reducida. El modelo desarrollado por G. D. Cassini a mediados de siglo, descubierta ya la ley de Snell, se mantenía en la misma línea, pues suponía una sola refracción en una atmósfera de densidad uniforme. Pronto, no obstante, se consideró necesaria la obtención de una nueva regla para la corrección de la refracción que reconciliase el valor de la altura de la atmósfera que surgía de este modelo con el obtenido por el método de los crepúsculos^^, y que atendiese al decremento de la densidad del aire desde la superficie de la Tierra (lo que tornaba en curva la trayectoria de la luz, que en el modelo de una sola refracción resultaba recta). Flamsteed, el astrónomo real inglés, era consciente de ello, y habiendo encontrado serias discordancias en el valor de la refracción cerca del horizonte obtenido por varios astrónomos y por él ^'^ Un vistazo a la obra de LAFUENTE, A. y DELGADO, A. J. (1984), La geometrización de la Tierra (1735-1744), Madrid: CSIC, aclarará perfectamente la no pequeña índole de los problemas que planteaba una operación de este tipo. ^^ Si se supone que la densidad del aire no varía con la altura, el límite superior que se obtiene para la atmósfera es muy bajo. Así, el modelo de G. D. Cassini supone una atmósfera de 2. 000 toesas (unos 4 kms., en números redondos), lo que le hace pensar que no es el aire el responsable del fenómeno, sino una «materia refractiva» que se encuentra en la parte baja de la atmósfera, y cuyo límite superior se halla bien definido. El método de los crepúsculos daba resultados que rondaban en torno a los 70 kms. (Como se vio, Halley estimó la altura de la atmósfera en 44,4 millas -unos 71,5 kms.-, mientras que La Hire la estimó en 34. Un tercer método se basaba en las observaciones de ciertos meteoros ígneos (lo que hoy llamamos bólidos), que entonces se suponían originados por exhalaciones sulfurosas cuya levedad relativa las haría ascender por la atmósfera hasta su parte superior, donde se inflamarían. Montanari, en Bolonia, observó uno de tales meteoros en 1676, y comparando la suya con otras observaciones concluyó, por el método de la paralaje, una altura de 15 leguas francesas (lo que, a 2.200 toesas por legua, da unos 64,5 kms.), en un acuerdo sorprendente con los valores anteriores. Newton aceptó el desafío y, en un primer intento, trató de obtener la trayectoria del rayo suponiendo la existencia de una «fíierza refíractiva» entre dos estratos contiguos de aire de diferente densidad, fíierza de magnitud proporcional a tal diferencia; esta magnitud resultaba constante en todos los puntos de la atmósfera al suponer que la densidad variaba linealmente con la altura. Esta hipótesis era evidentemente artificial, pues se hallaba en flagrante contradicción con la ley de Boyle, que el mismo Newton había aplicado a la atmósfera terrestre en la Prop. XXII del Libro II de los Principia^^. De modo que, en un segundo intento, partió de esta constitución de la atmósfera expuesta en los Principia. Esto le condujo a una segunda tabla de refracciones, que Newton envió a Flamsteed en marzo de 1695, y que no sería difundida hasta que fuese publicada por Halley en las Philosophical Transactions de 172P'^. De hecho, los resultados no fueron muy lucidos. Pero lo que aquí nos interesa destacar no es la mayor o menor calidad de las tablas de refracción al uso, sino la percepción de las causas de las disparidades encontradas entre la teoría y la observación. En este sentido, ya Picard, en 1669, había señalado la necesidad de obtener una tabla de refracciones para París atendiendo a las distintas estaciones del año y, en definitiva, al estado del tiempo atmosférico^^. Newton, asimismo, es bien consciente del importante papel que juega la distribución de temperatura en la atmósfera. En este sentido, considera que el efecto se acumula fundamentalmente en la región más baja de ésta, sometida a las alternancias de calor y frío, mientras que en las regiones superiores, donde predomina el frío, los cambios son menos sensi-bles^^. Igualmente Halley, en su memoria de 1686, advirtió acerca de la influencia del calor y del frío, los cuales podían producir desviaciones de su ^^ Que enunció así: «Sea la densidad de un fluido cualquiera proporcional a la compresión y sus partes sean atraídas hacia abajo por una gravedad inversamente proporcional a los cuadrados de sus distancias al centro; digo que si las distancias se toman en proporción armónica, las densidades del fluido a esas distancias estarán en progresión geométrica». NEW-TON, I. (1687), Principios matemáticos de la filosofía natural. 491 http://asclepio.revistas.csic.es regla; sin embargo, creía que éstas se verían compensadas por los vapores que, elevándose en mayor cantidad cuando el aire estaba rarificado por el calor, contribuirían con su peso a mantener más o menos constante la presión"**^. También Fontenelle, en 1706, subrayó la gran incertidumbre que las condiciones atmosféricas introducían en la corrección de la refracción"*^ De modo que, en definitiva, por los años que nos ocupan los astrónomos parecían ser bien conscientes de que el estado del tiempo atmosférico, y en especial la temperatura, influyen de una manera significativa en la refracción atmosférica, aun cuando todavía no fuesen capaces de cuantificar dicha influencia. Pero, entonces, ¿por qué esos mismos astrónomos, cuando ascendían a las montañas barómetro en mano, parecían reticentes a considerar estos mismos efectos de la temperatura en la presión atmosférica? Como ya se anticipó, las mediciones hipsométricas arrojaron serias dudas sobre la validez de la ley de Boyle-Mariotte"*^. El problema se planteó a partir de las observaciones efectuadas por J. Cassini y sus colaboradores durante las operaciones de prolongación del meridiano de París en el sur de Francia. Dichas observaciones mostraban que, a medida que aumentaba la altura, la dilatación del aire era mayor que la predicha por la teoría. Así que J. Cassini y G. F. Maraldi confeccionaron una nueva tabla, que se publicó en las Mémoires de la Academia para 1705"*^. Naturalmente, la validez de la ley no se podía descartar sin más, y esto condujo a contrastarla de nuevo. Así, J. Cassini por un lado, y Amontons por otro, repitieron las experiencias de Mariotte. El procedimiento consistía en emplear un tubo de vidrio cerrado por un extremo (un tubo de barómetro) que se llenaba con mercurio hasta una determinada altura, tras lo cual el tubo se invertía en la cubeta de mercurio, y se veía cuánto se elevaba este mercurio por la presión atmosférica. Según la ley, los volúmenes inicial (a la presión atmosférica) y final ocupados por la porción de aire que se había dejado en el tubo debían estar en la misma proporción que los pesos, esto es, que la altura del mercurio con el tubo vacío de aire (que señalaba la presión atmosférica) y la diferencia entre ésta y la altura del mercurio cuando el tubo contenía el aire dilatado. Y esto se repetía dejando distintos volúmenes de aire en el tubo. Pero no se encontraron desviaciones significativas de la ley; según comprobó Amontons, ésta todavía se cumplía en una dilatación del aire de más de doscientas veces la del ambiente"*"*. En esa ocasión, Gabriel-Philippe de la Hire recordó que, años atrás, su padre había presentado una regla a la Academia que estaba «completamente de acuerdo» con la de Mariotte. Había tomado un resorte en un estado medio de extensión, y al cargarlo con diferentes pesos halló que se extendía en razón directa a los mismos; y al estudiar las compresiones, vio que se hallaban en razón inversa (lo que, dicho sea de paso, justificaba el modelo de aire como «laminillas de resorte»)"*^. En fin, tal y como se afirma en la Histoire para ese mismo año de 1705, el tema de la rarefacción y condensación del aire «ha ocupado bastante a la Academia»'*^. Los resultados eran sorprendentes, puesto que, como se ha dicho, las observaciones ponían de manifiesto que la rarefacción del aire en la cima de las montañas era muy inferior. En la Histoire, Fontenelle expresaba el sentir de muchos: si el aire libre no es diferente del aire encerrado en un tubo de vidrio, entonces el aire de la superficie del suelo debe ser distinto al aire de las montañas"*^. La Academia todavía tendría una nueva confirmación de esto. Habiendo solicitado a G. Scheuchzer que realizase una prueba en Suiza, éste, en 1710, contrastó la ley de Boyle-Mariotte en siete estaciones situadas a distintas alturas. Las cantidades de aire que introdujo sucesivamente en el tubo iban de 3 a 30 pulg., aumentando 3 pulg. cada vez. El resultado sólo concordó con la teoría en las dilataciones correspondientes a las primeras 3 pulg. de aire. En cantidades de aire superiores, hasta las 18 pulg., la dilatación se acercaba a 1 ó 2 lín. de la calculada. Y desde ahí hasta las 30 pulg., la dilatación obtenida era siempre mayor que la predicha por la ley. La conclusión definitiva fue que las dilataciones seguían una regla distinta'*^. Lo que aquí resulta notable es el aparente olvido de los efectos de la temperatura sobre la fuerza de resorte del aire, tanto más cuanto que éstos habían sido puestos muy de manifiesto por Amontons. El mismo Fontenelle, en 1705, parecía haber olvidado por completo la «nueva propiedad del aire» que había anunciado en la Histoire para 1703. Se preguntaba si «el aire que se encuentra desde la superficie de la Tierra hasta lo alto de las montañas no debería ser considerado como una materia heterogénea y desigualmente susceptible de dilatación en diferentes partes, de modo que en sus distintas dilataciones intervendría algún principio diferente que la desigualdad de los pesos, mientras que el aire de la superficie de la Tierra sería perfectamente homogéneo, y no se dilataría ni se condensaría más que según los pesos»'*^. El aire septentrional y el aire meridional Pero, además, tampoco la atmósfera parecía tener la misma constitución en todas las latitudes. Se sabía que el rango de variación del barómetro era mayor en los países septentrionales que en los meridionales, y que en estos últimos, al nivel del mar, el mercurio del barómetro siempre se encontraba más bajo que en Europa^*^. También se había constatado que la refracción horizontal tenía un valor inferior al hallado en latitudes medias^ ^ Esto hizo pensar que la altura de la atmósfera era mayor en los polos que en el ecua-dor^^. Pero, además de esto, parecía que también era distinta la capacidad de resorte del aire; según relataba Maraldi en 1709, el jesuíta P. Beze repitió años atrás en Malaca las experiencias de Mariotte, hallando que el aire de allí era menos susceptible de dilatación que el aire europeo^^. Naturalmente, la diferente temperatura entre estas regiones de la Tierra no entraba en consideración. El R Beze observó en dos días diferentes, uno con cielo despejado y otro con el cielo muy cubierto de nubes. En el primero, con una presión atmosférica de 26 pulg. 6 lín., y el termómetro a 69° (no se especifica la escala), dejó 3 pulg., y luego 7 Para asegurarse de que este resultado no podía deberse a que, hallándose el aire de Malaca más rarificado por el calor del clima, ñiese así menos susceptible de dilatación, Maraldi realizó un experimento^'*. Tomó un tubo con mercurio en el que dejó 3 pulg. de aire, al cual «rarificó» sumergiendo todo el tubo en agua hirviendo, y a continuación lo invirtió en la cubeta de mercurio. Al principio, el mercurio se sostenía a pocas líneas del nivel predicho por la ley de Mariotte en el caso de que el aire no se hubiese rarificado (de modo que la influencia de la temperatura no había resultado muy significativa). Pero fije subiendo a medida que se enfi-iaba y, cuando se enfidó del todo, la columna de mercurio había subido 1 pulg. 2 lín. más de lo exigido por la ley de Mariotte o, lo que es lo mismo, que con este aire «rarificado», el volumen final resultaba menor de lo predicho por la regla, siendo la diferencia con ésta de aproximadamente la mitad de la diferencia hallada en Malaca; al mismo resultado llegó con 6 y con 9 pulgs. de aire. Maraldi concluyó que el aire de Malaca era menos propenso a dilatarse que el de París. Este resultado, unido a las desviaciones halladas en las montañas, le llevó a concluir «que el aire es heterogéneo en estas diferentes partes, de modo que hay que ser circunspecto a la hora de fundar un sistema general sobre experiencias particulares»^^. De modo que no en todas las latitudes, ni en todas las alturas, parecía cumplirse la ley de Mariotte, cuya validez parecía confinada al aire del laboratorio. Pero las cosas todavía podrían ir peor si, en ese mismo laboratorio, los barómetros comenzasen a mostrarse disconformes entre sí. Como efectivamente sucedió. pulg. 6 lín. de aire en el tubo; en el primer caso, el aire se dilató a 7 pulg. 7 lín.; en el segundo, se dilató a 12 pulg. 5 lín., descendiendo el mercurio a 16 pulg. Maraldi notó que, en la primera observación, había una diferencia con la regla de Mariotte entre los volumes dilatados calculado y observado de 2 pulg. 8 lín. en la segunda. Sin embargo, no he podido deducir estas cifras, obteniendo 5 pulg. La misma dificultad encuentro con las diferencias calculadas para las observaciones del segundo día. En todo caso, las dilataciones que presenta resultan inferiores a las predichas por la teoría. ^' * Aunque Maraldi no dice nada al respecto, pudiera ser que lo que tenía en mente es que, puesto que existe un límite a la dilatación del aire (es decir, a la validez de la ley de Mariotte) a grandes dilataciones, y como cabría pensar que este límite no se alcanza bruscamente, a medida que aumentase la dilatación del aire los resultados debían desviarse cada vez más de lo predicho por la ley. Nótese que Maraldi se está refiriendo a una susceptibilidad a la dilatación producida por una disminución en la presión (lograda a través del experimento con el tubo barométrico), no por un aumento en la temperatura. Finaliza señalando que en Cayena, en un paralelo próximo a Malaca, las refracciones astronómicas se han encontrado menores que en Europa, y apunta la necesidad de examinar si existe alguna relación entre la manera en que el aire se dilata en diversos climas, y las diferencias encontradas en las refracciones. El extraño caso del barómetro del canciller^^ Todo comenzó con un barómetro estropeado perteneciente a un canciller (posiblemente Pontchartrain) que W. Romberg se encargó de reparar. Tras ello, el canciller comprobó asombrado que todas las oscilaciones del nivel del mercurio en el tubo se producían en la porción de las platinas correspondiente al mal tiempo. Consultado Amontons, se cercioró de que el tubo no contenía aire, y de que tampoco era responsable el mercurio, que sustituyó por otro. Pero el barómetro se mostró terco en marcar 18 lín. por debajo de otros barómetros puestos junto a éP^. En palabras de Fontenelle, el fenómeno «sorprendió mucho a toda la Academia»^^. Inmediatamente se formularon varias hipótesis. Una era que el tubo podía tener alguna «humedad grasa», la cual podía contener aire que se dilataba al producirse el vacío, ocupando entonces la parte superior del tubo. Otra, que el vidrio podría ser de una naturaleza tal que el mercurio corroyese su sustancia, liberando al aire encerrado entre sus intersticios (y, en efecto, quienes sostenían tal idea, examinando el tubo al microscopio, hallaron en el vidrio pequeñas burbujas). Otra más, en fin, que podía existir una materia intermedia entre el éter y el aire, cuyas partículas fuesen de un grosor tal que pudiesen atravesar los poros del vidrio del tubo que, en este caso, serían mayores de lo ordinario; éste era el parecer de Amontons. Pronto se vio que no se trataba de un caso aislado. Gabriel-Philippe de la Hire, quien había optado por pensar que el efecto se debía al aire común disuelto en el mercurio, hizo notar que la altura del mercurio era distinta en cada uno de los tres barómetros que se empleaban en el Observatorio (la mayor diferencia era de 3,5 lín.). En uno de ellos se había observado que, tras llenar el tubo con mercurio dejando salir todo el aire, y haberlo invertido sumergiendo su extremo en la cubeta, cuando comenzaba a aparecer el vacío en lo alto se veían pequeñas burbujas, casi imperceptibles, de aire, que engrosaban repentinamente e invadían el vacío. Unas estaban entre el mercurio y el tubo, y otras surgían del mercurio mismo. Y si el tubo se volvía a inclinar de modo que lo ocupase de nuevo el mercurio, las burbujas desaparecían en ^^ Este apartado recoge, con algunos cambios menores, los acontecimientos relatados en una publicación anterior: SELLÉS, M. A. (1993), «El extraño caso del barómetro del canciller», en E. Bustos, J. Echeverría, E. Pérez Sedeño, y M. I. Sánchez Balsameda (eds). Actas del I Congreso de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España, Madrid: UNED, 526-529. El barómetro no era, pues, un instrumento tan exacto como se hubiese querido creer. Amontons prosiguió las experiencias. Homberg, y con él algunos miembros de la Academia, pensaban que la causa del comportamiento del barómetro del canciller residía en que, al haber lavado Homberg el tubo con espíritu de vino, pudo quedar algo del mismo entre los poros del vidrio, de donde habría surgido, muy rarificado, al producirse el vacío. Los resultados obtenidos por Amontons ftieron ambiguos pues, si bien comprobó que al recargar de mercurio el barómetro la diferencia de altura con los otros había disminuido un tanto, al recargar de nuevo el tubo tras haberlo lavado y secado muy bien, volvió a encontrar 19 lín. de diferencia. Según Homberg, no había eliminado todo el espíritu de vino, lo cual sólo se podría conseguir secando el tubo al fuego. Pero, por otra parte, en tubos que nunca habían sido lavados el nivel del mercurio estaba asimismo más bajo, si bien la diferencia disminuía a medida que se los descargaba y recargaba de mercurio. Y, aunque se debiese al espíritu de vino, a Amontons le parecía inverosímil que éste se redujese a aire (hoy diríamos que se evaporase) en tal cantidad como para producir una fuerza de resorte de 19 lín. de mercurio. Pues al inclinar el tubo para que el mercurio invadiese el vacío, este aire debería ocupar un espacio en el tubo de más de 5 lín., mientras que no se percibía nada^°. De modo que siguió sosteniendo la idea de la porosidad del vidrio. Y es más, lo comprobó. Empleando un cañón de fusil en vez de un tubo de vidrio, encontró que en él el mercurio se sostenía 52 lín. más bajo, muestra de que sus poros debían ser mayores^ ^ En cuanto al ascenso del nivel al descargar y recargar el tubo del barómetro, encontró una explicación en una botellita con mercurio que solía llevar en el bolsillo: con el movimiento, el vidrio se había ensuciado y una parte del mercurio se había reducido a una especie de polvo negro. Así, los poros del tubo del barómetro, con las descargas y recargas, podían haberse ido obs-^^ LA HIRE, G. -P. Observó asimismo en los tres barómetros que, cuanto más largo era el tubo (y quedaba por tanto mayor porción de vacío en lo alto), más bajo era el nivel del mercurio, lo que le hizo pensar que el efecto se debía al aire purgado de la porción de mercurio que, antes de invertir el tubo, ocupaba en éste el lugar que después ocuparía el vacío; en consecuencia, sugirió que se adoptase en los tubos de los barómetros una longitud proporcionada al lugar en donde se fuesen a situar, de modo que la porción de vacío fuese siempre de 1 pulg. ^^ La idea de que el vapor se condensase al inclinar el tubo no se les podía ocurrir entonces. 157, sospecha que el efecto se debió a la liberación del gas adsorbido en el tubo de hierro. A5c/epíO-Vol.XLVII-l-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es truyendo con esta «grasa y parte plúmbea del mercurio», tornándose cada vez más impermeables a las partes menores del aire. El lavado del tubo con espíritu de vino eliminaría esta obstrucción. Opinión que acabaría por compartir G. P. de la Hire^^ El fallecimiento de Amontons en octubre de 1705 interrumpió sus experiencias. Poco después, Maraldi presentó otras nuevas en apoyo de las ideas de Homberg. Comprobó que la altura del mercurio descendía después de haber lavado un tubo con espíritu de vino y que, cuanto más tiempo se dejase secar, menor era el descenso, hasta desaparecer por completo si el tubo se dejaba secar durante varios días. También probó a lavarlos con «agua de vida» y agua común. Con «agua de vida», el descenso del mercurio era menor que con espíritu de vino, y con agua común era todavía más pequeño. Como estos descensos no seguían la proporción de los pesos específicos, sino todo lo contrario, concluyó que el efecto no se debía a que estos líquidos se rarificasen en el vacío, sino al desprendimiento del aire disuelto en ellos (nótese la influencia del modelo hidrostático, según el cual el resorte aumenta con el peso). De todas formas, y tal como se apuntaba en la misma Histoire de la Academia en que se relataban estos resultados, el problema todavía no se podía dar por resuelto^^. (Tan sólo desaparecería cuando, a partir del primer cuarto de siglo, la práctica de hervir el mercurio en el tubo del barómetro produjese su secado y desprendiese las burbujas de aire contenidas en el mercurio). La ley de Amontons y el aire húmedo Si la ley de Mariette, la fiabilidad de los barómetros y la misma homogeneidad del aire estaban en entredicho, la nueva propiedad descubierta por Amontons no podía escapar indemne. En 1708, G. P. de la Hire le reprochaba haber extendido al aire a la presión atmosférica usual su resultado sobre la dilatación por el calor del agua hirviendo, que había obtenido con aire por encima de su compresión natural, «pues en todas estas conclusiones hay que servirse necesariamente de varias suposiciones sobre la naturaleza del aire, del cual no podemos asegurar que tengamos un conocimiento muy perfec-*^ AMONTONS, G. ( 1705 Para ello empleó un tubo curvado como el de la fig. 2, en que el mercurio se sostenía a la misma altura en las dos ramas (el pequeño tubo EF servía para dejar salir el aire a medida que se vertía el mercurio por A, y se sellaba cuando se terminaba de verter). Lo metió en agua hirviendo, y registró la elevación del mercurio en el tubo AB. Esto lo verificó en dos ocasiones, una con la presión atmosférica a 27 pulg. 5 lín., en que ascendió a 8 pulg. En ambos casos el ascenso resultaba menor que la tercera parte de la presión atmosférica. Es más, en la segunda experiencia hacía más frío, el aire estaba más pesado, y por tanto el recipiente contenía más de sus «partículas a resorte» en un mismo volumen, y con todo la elevación del nivel del mercurio era menor, cuando cabría esperar lo contrario. Pasó a continuación a comprobar que el volumen del aire encerrado en el recipiente no tenía ninguna influencia. Para ello tomó un tubo como el de la fig. 4, en que el aire estaba cargado con la altura de mercurio EK Si ahora se cortaba la comunicación en B, la altura del mercurio no variaba. Las sospechas recayeron, no en la calidad de los resultados experimentales de Amontons, sino en la de la ley de Mariotte, de la que se había servido aquél. Argumentaba que, como se sabía que los resortes no tienen una compresión ni una extensión infinitas, y que ambas debían tener sus límites, en rigor estos resortes no debían seguir la razón de las cargas que los comprimen, incluso para un cambio de carga pequeño. Además, todavía cabía sospechar en el aire alguna propiedad particular desconocida. Y para tratar de averiguar algo realizó un nuevo experimento. Tomó un tubo curvado como el de la fig. 3, con una de sus ramas rematada por un capilar CF. El diámetro interior del tubo era de 3 lín., y por tanto su capacidad era muy inferior a la del recipiente D de la experiencia anterior, que tenía 2 pulgs. de diámetro. Vertió el mercurio, dejó 3 pulg. de aire desde C hasta D, selló el extremo F e introdujo el tubo en agua hirviendo. Siendo la presión atmosférica de 28 pulg. 3 lín., encontró una diferencia en el nivel del mercurio de 3 pulg. Dado que aquí la dilatación había cambiado sensiblemente el volumen del aire encerrado, aplicó la ley de Mariotte y encontró que, para reducirlo a su volumen inicial, se habrían tenido que añadir más de 21 pulg. de mercurio. De aquí se seguía que una pequeña cantidad de aire dilatado por el agua hirviendo realiza más esfuerzo que una mayor. Otros también habían realizado experiencias que refutaban los resultados de Amontons. En las Mémoires de Trévoux de octubre de 1705, L. Nuguet publicó tres experimentos cuyo resultado arrojaba una relación entre el aire dilatado y el natural de 16 a 1. La Hire, comentando estas experiencias, hizo notar que Nuguet había llenado de agua el recipiente para determinar su volumen antes de meterlo en agua hirviendo para dilatar el aire. La Hire piensa que el poco de agua que pudo quedar, «elevándose entonces en partículas que se ponen en muy gran movimiento por el calor, [éstas] hubiesen podido extender no solamente los resortes del aire, sino incluso, ocupando un volumen muy grande, habrían arrastrado y empujado al salir fuera del frasquito casi todo el aire que allí estaba contenido», al modo en que sucede en las eolipilas, de modo que en el recipiente de Nuguet habría quedado muy poco aire natural. Estos efectos de la humedad podían explicar la disparidad de los resultados. Amontons había realizado su experiencia al mismo tiempo con distintos recipientes, es decir, con el mismo aire; mas si las pruebas se efectúan en días distintos, con aire de distinto grado de humedad, esto afectará a los resultados. Esto lo confirma repitiendo el experimento con un recipiente seco, y luego con el mismo conteniendo un poco de agua. La dilatación, en el segundo caso, resultó ocho veces mayor que en el primero. A este misma conclusión había llegado también Stancari, un matemático de Bolonia correspondiente de Cassini en la Academia^^. Usó un tubo similar a los 65 FONTENELLE, B. B. (1708), «Sur la dilatation de l 'air», Hist. Asdepio-Vol XLVlI-l-1995 75 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es empleados por Amontons (fig. 1), que sumergió en agua hirviendo para rarificar el aire que contenía. Hecho esto, cerraba el tubo y lo sumergía en agua fi"ía, dejando entrar al agua, reduciéndose el aire anteriormente dilatado a un pequeño volumen que quedaba encerrado en la bola. Stancari encontró siempre que, cuando el tubo había estado húmedo en su interior antes de realizar la experiencia, el volumen de aire que quedaba finalmente en la bola era menor; o, lo que es lo mismo, que el aire húmedo se había rarificado por el calor más que el seco. «El efecto de la humedad es tan grande, que apenas es creíble», concluía Fontenelle tras relatar estos experimentos. Stancari había soplado en un tubo y comprobado que la sola humedad de su aliento había hecho sostener al aire 6 pulg. de mercurio más que hallándose seco. Un resultado que favorecía la hipótesis de Homberg sobre lo acaecido con el barómetro del canciller, y que mostraba que el termómetro de Amontons no podía ser universal. Retomando lo que dijo en la Histoire de 1705, Fontenelle encuentra ahora en la humedad la causa de las disparidades con la ley de Mariotte que se habían encontrado en lo alto de las montañas. Opina que la fuente de heterogeneidad del aire libre se halla en el desigual reparto de los vapores acuosos, más abundantes en lo alto de las montañas, donde se reúnen para formar las lluvias. Allí se encuentra que posee una mayor fuerza elástica. En el laboratorio, donde las pruebas se efectúan con el mismo aire, igualmente húmedo en toda su extensión, se observan los resultados de Mariotte. Eso mismo había comprobado Parent, hallando que, aunque la ley se cumplía con suficiente aproximación, estba sometida a ciertas variaciones. Estas variaciones, según Parent, serían como las ordenadas de una curva que irían disminuyendo al principio, en seguida se tomarían iguales, aumentarían, se volverían a tornar iguales, y terminarían por volver a disminuir. Cuando la elasticidad del aire parece desviarse del comportamiento de los resortes, hay que dudar de la existencia de los mismos. Para Parent, las partes del aire «no son ni láminas plegadas que se abren, ni espiras que se desenrrollan, ni nada equivalente»^^. Se trata de simples moléculas flotando en el éter sutil y siempre muy agitado. Están tanto más separadas entre sí, y tienden tanto más a separarse, cuanto más abundante es y con mayor rapidez se mueve la materia etérea que llena sus intervalos. Así, cuando la dilatación del aire es pequeña, su proporción es menor que la de los pesos, porque el poco de materia etérea que ha entrado entre sus intervalos no puede ejercer todo su efecto, cosa que va logrando a mayores dilataciones, llegando a una proporción mayor que la de los pesos. Pero cuando la dilatación es grande, está materia se halla en tan gran cantidad que puede tomar a las partículas de aire capaces de penetrar la superficie del mercurio, reduciendo así su capacidad 66 Ibid., p. Asclepio-Vol XLVII-1 -1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es de comprimirla. Para comprobarlo, tomó una serie de pequeñas redomas, puso en cada una una pequeña cantidad de distintos líquidos, extrajo el aire, y las selló. Dispuso una serie análoga en la que no se había extraído el aire, sellándolas asimismo. Y las puso sobre carbones encendidos. El resultado fue sorprendente. Aquéllas que contenían aire, que al calentarse hubiese debido hacerlas estallar por la fuerza de su resorte, sólo se fundieron por la parte en contacto con las brasas, escapando el aire por la abertura producida. Las otras, las que no contenían aire, estallaron con fuerte detonación. Parece que la materia etérea introducida por el fuego en las redomas no podía hacer contra sus paredes un esfuerzo tan grande por medio de las «sutiles y delicadas» partículas de aire como mediante las partículas más masivas de los distintos líquidos. De ahí que la humedad aumentase en tan alto grado la fuerza elástica del aire. Como es de suponer, el experimento de Parent también fue repetido. Carré, poco después, obtuvo un resultado dispar, y esto despejó un tanto las dudas sobre el resorte del aire^^. Pero parece que a esas alturas el esfuerzo experimental se había agotado. Según escribiría Carré, «las menores experiencias pueden embarazar a menudo al espíritu de un físico, que no admite otra fuerza ni otra virtud en los cuerpos que aquélla que procede del movimiento y figura de sus partes. Pero aunque a menudo no se haga otra cosa que adivinar, queriendo explicar algunos efectos o algunas experiencias particulares, no se deja de reconocer que es un sentimiento verdaderamente ridículo el de pretender establecer un pirronismo absoluto en la Física, y que en esta ciencia, al igual que en varias otras, se está reducido a la siguiente proposición, que se ha llegado a conocer que nada se puede saber»^^. Así, no obstante, debió parecerles a los físicos experimentales franceses de principios del setecientos. Desde un punto de vista histórico, la lección que finalmente se extrajo de todo este cúmulo de observaciones y experiencias fue positiva, pues se puso de manifiesto la gran influencia de la temperatura y la humedad sobre la elasticidad del aire. Por su parte, la hipsometría barométrica adquirió consciencia de que para tratar con la atmósfera no se podía trasladar a ésta un modelo puramente hidrostático, y que los factores antes mencionados (en suma, las condiciones meteorológicas) podían influir notablemente en el resultado de sus mediciones. Sabido esto, el paso siguiente -^visto retrospectivamente-hubiese debido ser la búsqueda de resultados cuantitativos: la determinación precisa de los efectos de la temperatura y la humedad sobre la presión del aire y de la atmósfera. Más qué a la falta de una buena práctica experimental, creo que su ausencia se debió, por un lado, a las carencias teóricas; por otro, a la incapacidad en la época de desarrollar instrumentos de medida apropiados; y, finalmente, a la índole de los objetivos buscados. Como es sabido, el corpuscularismo mecanicista del momento proveía de un marco explicativo a posteriori; no daba lugar a la formulación de modelos matematizados que fuesen predictivos y, por consiguiente, cuantitativamente contrastables. Para empezar, la formulación de tales modelos -si es que se quería ir más allá del puro ejercicio matemático-demandaba, si no un cierto conocimiento, sí cuando menos una toma de decisiones respecto de la naturaleza que habría que atribuir a sus componentes físicos. Y esto no parecía sencillo. En el caso del aire, considerado en un inalcanzable estado de pureza, estaba en suspenso la cuestión de si sus partes eran todas iguales, o tenían distinto tamaño (con la posibilidad de que se escurriese por los poros de los recipientes, cuya constitución y tamaño resultaban igualmente desconocidos). En el caso de la atmósfera, ésta se creía constituida, tradicionalmente, por aire, vapores y exhalaciones, y quedaba abierto el interrogante de cuál era la constitución de los mismos, y si a ellos se podía sumar algún fluido sutil de propiedades ignoradas. Además, en conjunto, se convenía en la heterogeneidad de tal constitución en función de la altura, de la posición geográfica, o del tiempo atmosférico. De modo que los hechos positivos encontrados (ley de Boyle-Mariotte, ley de Amontons, incremento del resorte del aire con la humedad) sólo se podían suponer válidos a escala local (en el espacio y en el tiempo), como se veía cada vez que se obtenían resultados dispares al repetir una experiencia. Sin embargo, existía un modelo. Junto a este marco de explicación mecanicista coexistía (pero no se vertebraba con él) otro marco teórico que, procedente de la tradición matemática clásica, tenía unas características muy distintas: la hidrostática^^. La experiencia de Torricelli y la idea del «mar de aire» tuvieron como consecuencia inmediata la adopción para la atmósfera del modelo hidrostático, así como la conceptualización de un instrumento, el ^^ Recuérdese en este punto la distinción que señaló Kuhn en 1976 entre «ciencias clásicas» y «ciencias baconianas», con su afirmación de que la relación entre ambos tipos de ciencia fue escasa en el siglo XVIII y que, cuando se dio, estuvo erizada de dificultades. Este es uno de tales casos. KUHN, T. S. ( 1976 http://asclepio.revistas.csic.es barómetro, cuyo principio de funcionamiento se explicaba por las leyes del equilibrio y la balanza^*^. Este maridaje entre dos tradiciones científicas distintas constituyó, al principio, todo un éxito, como lo muestran la experiencia del Puy-de-Dôme y la obra de Pascal, la ley de Boyle y la derivación por Halley de la ley hiperbólica del decrecimiento de la presión con la altura, que abrieron el camino a la hipsometría barométrica. Pero los problemas, como se ha visto, no tardaron en presentarse. Por un lado, la compresibilidad del aire lo situaba en una categoría completamente distinta a la del agua incompresible (así por ejemplo, como se ha visto, si un «mar de agua» posee una superficie definida, parecía que tal cosa no podía suceder con el «mar de aire»). Por otro lado, si el agua resultaba un elemento bastante puro, y por consiguiente constante en sus propiedades, no sucedía así con el aire atmosférico: como se ha dicho, de acuerdo con las viejas enseñanzas aristotélicas todavía imperantes, tal aire estaba mezclado con vapores y exhalaciones en diversa proporción según las circunstancias, y que podían modificar diversamente tanto su peso como la fuerza de su resorte; este es el caso del aire húmedo. A esto deben añadirse los efectos de la temperatura, cuyas primeras regularidades fueron puestas de manifiesto por Amontons. Finalmente, sé trataba de acomodar por la fuerza un sistema físico notoriamente dinámico, como lo es la atmósfera, a un modelo estático que se sabía impropio (nadie, por ejemplo, podía negar la existencia de vientos). Por otra parte, los resultados dispares pueden achacarse a la desigual pericia de los experimentadores, a las escasamente controladas condiciones del experimento y a la poca fiabilidad de los instrumentos, pero esta afirmación parece un tanto anacrónica si se toma en consideración que el mecanicismo no podía constituir un marco que suministrase una teoría deL instrumento y apuntase las condiciones que debían ser controladas. Sin embargo, gracias a Amontons y al barómetro del canciller se impuso la necesidad de registrar no sólo la presión, sino también la temperatura y la humedad, cada vez que se realizaba una prueba. Aunque ni los termómetros eran comparables (dejemos de lado la cuestión de su precisión), ni se había dado con un medio viable para cuantificar el grado de humedad del aire. De modo que no parecía haber forma de cuantificar la influencia de esas condiciones que se anotaban. Resta la índole de los objetivos. A la hipsometría barométrica no le interesaba por sí misma la diversidad de constitución de la atmósfera con la altura: buscaba una regla práctica que funcionase a la hora de medir alturas de montañas para reducir una triangulación geodésica al nivel del mar, algo que ^° Cabe señalar aquí que esto, en más de un estudioso, originó una confusión entre el peso del aire y su fuerza de resori;e. no pudo lograr hasta que se introdujeron en las fórmulas las correcciones adecuadas para la temperatura^^ Amontons, en su primera memoria, no se mostraba interesado en investigar los efectos de la temperatura sobre el resorte del aire, sólo en demostrar que su «molino de fuego» podía funcionar. En la segunda, buscaba un termómetro «universal» respecto del cual se pudiesen calibrar termómetros comparables; no era su objetivo el descubrir «una nueva propiedad del aire». El aire atmosférico, por sí mismo, no parecía constituir un foco de especial interés; ni tan siquiera para esos meteorólogos que registraban pacientemente día tras día las condiciones atmosféricas, pues más que la causa de los fenómenos, lo que buscaban -desesperando cada vez más de hallarlas-eran sus regularidades. A ello habría que unir, finalmente, ese baconianismo escéptico que parecía dominar por entonces las investigaciones de los académicos franceses. Se valoraban las invenciones útiles y el hallazgo de regularidades muy por encima de la formación de sistemas. Se pensaba que la curiosidad intelectual debía quedar saciada casi con cualquier configuración de las formas y movimiento de las partículas, y que dicha curiosidad no debía conducir todavía a la formación de sistemas (el caso de Haubskee parece señalar que, al otro lado del Canal, ni tan siquiera se consideraba esa posibilidad). Como escribía Fontenelle, «para las verdades de Física hay una cierta madurez, que sólo el tiempo les puede dar»^^. Sin embargo, se desesperaba de que la colección de datos reunida por medio de la observación y el experimento pudiese ser sistematizada alguna vez; se desesperaba, en el fondo, de que la naturaleza o, cuando menos, algunas de sus partes, llegasen a ser asequibles a la filosofía naturaF^. Tal fuerza debió cobrar esta convicción, que se renunció a la inducción de las mismas leyes obtenidas por la observación y el experimento, en este caso las de Mariotte y Amontons. No se trataba tanto de la falta de pericia experimental o de la ausencia de una teoría de errores, como del exagerado respeto a unos resultados de la observación que nadie parecía estar dispuesto a poner en duda para intentar salvar las leyes que se inducían de los mismos.
Se trata de trazar un bosquejo de la historia del pensamiento psiquiátrico, así como de las instituciones que se fueron creando, analizando sus relaciones ideológicas y político-sociales, esenciales para el desarrollo de unas u otras corrientes de una disciplina médica que tiene unas importantes implicaciones sociales. Korn no habla de la Ichspaltung freudiana, como tampoco de la represión, como piedra angular del edificio analítico, pero qué cerca rondaba de estos conceptos, en tiempos contemporáneos a Freud, desde otras vertientes del pensamiento. El presunto desinterés u omisión de Alejandro Korn por la obra de Freud trasladaría la cuestión del psicoanálisis en la Argentina a varias décadas más tarde. Esta carencia en el pensamiento no sería ocupada por ninguna persona, seriamente, hasta la década de los cuarenta. Existen algunas adhesiones que no fueron suficientes para la constitución de una institución psicoanalítica, o para organizar un pensamiento psicoanalítico sin institución^. En 1910, tuvo lugar en Buenos Aires el Congreso Médico Internacional, donde G. Grève, un médico alemán, presentó la ponencia titulada: Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos^. El apego argentino hacia cuestiones neuropatológicas, como también hacia el alienismo y la psiquiatría forense abrieron una brecha entre las ideas freudianas y la práctica de neurólogos y psiquiatras de la época. La ponencia de Grève, en la Sección de Neurología, Psiquiatría, Antropología y Medicina Legal del Congreso, pasó inadvertida. No sería así en EE.UU. donde la introducción del psicoanálisis fue realizada de un modo particularmente notable. Quizá la revolución rusa de 1917 tuvo cierto impacto en el pensamiento psiquiátrico argentino, lo que no facilitó el surgimiento del psicoanálisis. Fue más benevolente con el pensamiento freudiano el mismo Trotsky -cuando declinaba su posición política frente a Stalin-que los psiquiatras argentinos. Ingenieros, como tantos intelectuales de la época, realizaba comentarios admirativos acerca de «los tiempos nuevos». En tanto Ingenieros extendía una suerte de «cheque en blanco» a la Revolución y a su producción, de la cual devendría Pavlov como arquetipo científico en psicología, el revolucionario escribía: «el intento de declarar al Psicoanálisis incompatible con el marxismo, volviéndole la espalda sin ceremonia al freudismo es demasiado simplista (...) en ningún caso estamos obligados a adoptar el freudismo. Se trata de una hipótesis de trabajo que puede dar •.-y que está dando, indiscutiblemente-hipótesis y conclusiones que se inscriben en la línea de la psicología materialista. La vía experimental lleva, en su momento, a la prueba. Pero aunque fuese menos segura, no tenemos ni derecho a prohibir otra vía que se esfuerza por anticipar conclusiones a las que conduce la vía experimental mucho más len-^ Un ejemplo es la tesis de doctorado de Agrelo, del año 1908, Psicoterapia y reeducación psíquica. El padrino de tesis fue Ingenieros. En el trabajo existen conceptos cercanos al psicoanálisis, si bien no figura el nombre de Freud. ^ Freud destacó esta participación en su Historia del Movimiento Psicoanalítico. XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tamente (...) si ya resulta que en la edificación económica no pueden resolverse los problemas con simples órdenes, hay que aprender a comerciar, en las ciencias el método de ordeno y mando sólo puede llevar al prejuicio y a la vergüenza. En este campo, hay que aprender a aprender»'. Los escritos de Trotsky fueron realizados en plena guerra interna con Stalin. Por lo que se desprende de la lectura del texto, existe una semejanza al «prohibido prohibir» de mayo del 68 de París, y una invitación a la defensa del pluralismo científico para acrecentamiento cultural del proletariado. Contemporáneamente a los pensamientos de Trotsky, en Buenos Aires, el neuropsiquiatra español Gonzalo R. Lafora dictaba, en el año 1923, una serie de conferencias sobre el psicoanálisis. Hasta 1923, Freud había sido presentado en ámbitos científicos desde un lugar de desacreditación absoluta, a excepción del alemán Grève, del cual no se conoce trayectoria después del Congreso de 1910. También en 1923, Aníbal Ponce, con el seudónimo de «Luis Campos Aguirre», publicaba en la Revista de Filosofía el trabajo: «La divertida estética de Freud», ácido análisis, de espíritu bromista, en el cual subyace de nuevo el positivismo^. Escribía Ponce en el artículo: «Pero debí esperar a que apareciese la Introducción al Psicoanálisis para que pudiera comprender el significado profundamente cómico de la obra magna del gran médico humorista (...) el pansexualismo es la idea fija del freudismo. Así la nutrición -que para la biología entera es el acto primordial-, aparece aquí como un fenómeno secundario del Deseo universal»^. A pesar suyo Ponce planteaba el fenómeno de la succión como una humorada deseante. Ponce, al igual que Lafora, criticaba las relaciones entre la estética y el psicoanálisis. Es sabido que al propio Freud no le satisfacían demasiado sus propias conclusiones sobre el fenómeno de la sublimación. Freud jamás fue tan lineal en lo que denominó «psicoanálisis aplicado» (Vgr. Moisés y el monoteísmo). Jamás renegó del cuerpo, de la biologíahecho que Trotsky advirtió-, expuso su teoría acerca de las series complementarias, y se dedicó a construir su teoría como una metapsicología, como' Tomado de Cuaderno del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) (1970): «Apuntes de Estética y Política». Fundador de la revista Dialéctica, de orientación marxista. Se exilió en México durante la década infame de gobiernos conservadores. ^ Revista de Filosofía, Año IX, N.° 1, p. 101. http://asclepio.revistas.csic.es otra forma de entender la clínica, como una forma de psicoterapia causal y un método de investigación. En 1930, el médico argentino Jorge Thénon envió un libro de su autoría a Freud: Psicoterapia comparada y psicogénesis. Aquí se malogra otra oportunidad para el advenimiento del pensamiento freudiano, ya que a pesar de que Freud responderá el 25 de agosto del mismo año en forma positiva, Thénon se apartará del camino que él mismo había buscado para consagrarse a la Psicología Dialéctica, en especial desde 1935^°. Creo que el joven Thénon no se arriesgó a seguir mostrando su producción a Freud, más allá de su viraje ideológico, en momentos en que en Alemania y Austria todavía existían nutridos grupos de intelectuales que pugnaban por acercar el marxismo al psicoanálisis y viceversa. En los años treinta, buena parte de la información psicoanalítica llegaba a Buenos Aires a través de la obra de divulgadores. Los libros de «vulgarizació,n>> constituían una fuente de conocimiento mal transmitido, debido a los innumerables errores de autor y de la casa editorial. De todos modos, las publicaciones de un autor de la época, Gómez Nerea, que transcribía párrafos enteros de la traducción de Freud realizada por López Ballesteros, junto a otros, producto de su pluma e imaginación, fue una presencia infaltable en las bibliotecas familiares de la clase media urbana argentina, hasta entrados los años cincuenta^ ^ Cabe una reflexión por la sincronía en la que se producían estos textos aclaratorios de la «vasta obra de Freud»... ¿Cómo habría sido confeccionada la versión que le pareció -irresponsablemente divertida-ridicula a Aníbal Ponce, en 1923? En América Latina el psicoanálisis no sólo debió confrontarse con los adhérentes a la reflexología, sino también con profesionales simpatizantes de la fenomenología y de un psicoanálisis no freudiano, vale decir, junguiano. La introducción de dos autores con los que Freud había roto lazos, Adler y Jung, se debe a la obra de los peruanos Honorio Delgado y Mariano Ibérico, quienes realizaron un excelente trabajo en Lima, Perú, en 1933 y 1936, fecha de dos ediciones sucesivas de su libro Psicología, de gran difusión en Buenos Aires. Hasta ese momento, fines de la década de los treinta, vemos cómo el psicoanálisis se había expandido territorialmente, en especial en los países de "^ La carta de Freud a Thénon se encuentra publicada en la revista La Semana Médica (1933), Buenos Aires.'' La obra de Freud fue autorizada para su publicación en castellano en 1923, en Biblioteca Nueva en 17 volúmenes. Esta edición, como también sus sucesivas reediciones fueron fundamentales para algunos colegas franceses. Esta observación me la hizo conocer un instructor de residentes en París, en el Hospital Henri-Rousselle, del complejo hospitalario Saint-Anne, en enero de 1987. Todavía la edición de López Ballesteros es fuente de consulta en ese lugar 86 Asclepio-Vol XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es habla inglesa, con tendencias a la retracción y/o desaparición en los países que luego conformarían el Eje, con zonas de exclusión en la Unión Soviética y áreas de influencia en América del Sur El Psicoanálisis en Argentina Para el Departamento de Historia del Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina, coordinado en 1982 por los Dres. Jorge Mom, Gilda Foks y Juan Carlos Suárez, la década de los treinta se caracteriza por la extensión y difusión del psicoanálisis en los círculos intelectuales y científicos'2. En 1938 llega el español Ángel Garma a Buenos Aires, que sería el factor determinante, por ser quien poseía la formación más sólida, para la constitución de la Asociación Psicoanalítica Argentina. En enero de 1940, Arnaldo Rascovsky empieza su análisis con Garma y ocho meses después lo hace Pichón Riviere. Poco después se reúnen Garma, Cárcamo, Rascovsky, Pichón Riviere, Thénon, Székeli, Perrari Hardoy y algunos más y deciden fundar un grupo analítico cuando hubiese suficientes personas analizadas. En 1942, Celes Cárcamo escribe a Ernest Jones, presidente de la International Psychoanalitical Association (IPA), a fin de que se acepte al grupo de estudios de Buenos Aires como componente de esta asociación. En 1943, llega a Buenos Aires María Glas de Langer, procedente de Austria. Escribió Langer acerca de su propia experiencia previa: «en los años treinta, en Viena, la juventud intelectual era atraída apasionadamente por el psicoanálisis y el marxismo. Hoy en día, en Buenos Aires, la juventud que conozco discute y se dedica con igual interés a estos dos grandes temas»'''. La Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) fue fundada el 15 de diciembre de 1942. Sus fundadores fueron Cárcamo, Garma, Ferrari Hardoy, Pichón Riviere y Rascovsky. La estrategia del pequeño grupo radicado en Buenos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Algunos comentarios: Argentina era una semi-colonia económica británica. El desafío alcanzaba al terreno intelectual. ¿El pequeño grupo de Buenos Aires podía prescindir de un Gran Otro o fimcionaría como un apéndice semicolonial? Dentro de los factores de poder, las fuerzas estaban ya divididas antes del golpe militar del 4 de junio de 1943, que dio por tierra con el gobierno conservador fraudulento. En efecto, echando una mirada retrospectiva a aquellos años en los cuales se originó la APA, podemos colegir que parte del ejército simpatizaba con el Eje, más específicamente el denominado «sector nacionalista» de éste, protagonista principal del golpe militar antes mencionado. La fuerza aérea era por entonces poco significativa. La Marina tenía como referente principal a la Real Marina Británica. La Sociedad Rural comerciaba libremente con el Reino Unido. Los frigoríficos y la red ferroviaria levantada por los ingleses llevaban las mercancías al puerto de Buenos Aires. Ciudades enteras, como Ensenada y Berisso, en la provincia de Buenos Aires, sustentaban su esquema laboral-económico en los frigoríficos Swift y Armour que llegaron a tener cerca de 20.000 operarios. En algún sector industrial y en ciertos clubes alemanes de «beneficencia» existían adhesiones al nacionalsocialismo alemán, si bien eran minoritarios en el conjunto de la población. Las palabras del Presidente de la IPA no eran inocentes, no sólo se trataba de la adhesión a la teoría freudiana, sino también de la cuestión de la colaboración política entre la potencia imperial británica y la semi-colonia y su puñado de adhérentes. No obstante, no debe hacerse excesivo hincapié en este intercambio epistolar, ya que el grupo argentino debió esperar el reconocimiento internacional hasta 1949. Las primeras reuniones de la APA se llevaron a cabo en la casa de Celes Cárcamo. Más adelante, la Sociedad Científica Argentina ofreció su sede y, pocos meses después, la APA pudo alquilar su primer local en Juncal 655, 1.° B. Los fundadores se comprometieron a presentar un trabajo científico antes de un año, condición ésta que los habilitaría para su propia promoción. En efecto, los fundadores ingresaban en la naciente institución como adhérentes «reconocidos de facto» por Jones, vale decir, por la Asociación Psicoanalítica Internacional, IPA. Al poco tiempo, trabajo mediante, eran ascendidos a miembros titulares. ¿Quiénes podían ser los miembros adhérentes, desde diciembre de 1942? Según texto de la APA: «los miembros adhérentes, se convino, serían las personas que tuvieran una formación psicoanalítica consistente en un psicoanálisis didáctico terminado, en varios psicoanálisis controlados y en alguna contribución científica psicoanalítica presentada a la Asociación»^^. Estas cuestiones, que conciernen a adhérentes, candidatos.'^ Fundación de la APA, op. cit., cap. IV, p. 19. titulares, tomarán progresivamente importancia con el desarrollo de la institución, hasta el advenimiento de crisis institucionales desde mediados de los sesenta hasta 1971. El centro de la cuestión, desde mí punto de vista, pasaba por una cuestión incipiente acerca de las nupcias entre el saber y el poder, tanto dentro de la institución como en las relaciones con el exterior, en especial con los británicos -Jones-y los psicoanalistas norteamericanos. Al comienzo de 1943, la APA contaba con 11 integrantes: 4 miembros didácticos, 3 titulares y 4 candidatos, todos de primer año. Durante la primera década, la actividad científica, puede considerarse dividida en dos ámbitos: En el interior de la APA, los cursos y seminarios de formación. En el exterior de la APA, tanto a nivel internacional como nacional, en que predominan temas de medicina psicosomática. Desde los años cincuenta de este período comienza a ser notoria la influencia de la obra de Melanie Klein, algunos de cuyos textos figuran en los primeros números de la Revista de Psicoanálisis. Los contactos directos con Ángel Garma, Pichón Riviere y Arminda Aberastury, y la estadía de Hanna Segal en Buenos Aires contribuyeron a ello. Un tema central es la producción intelectual de la APA, entre los años 1942-1953, debido a que -con excepción del psicoanálisis brasileño-la APA constituyó una revolución cultural en toda América Latina, con influencias en España, hasta bien entrada la década de los setenta^^. Durante 1943-44, se publicó el primer volumen de la Revista de Psicoanálisis. La publicación de algún trabajo de E. Jones o de Anna Freud, aparentemente vitales para la función de sostén del grupo fundador, no aparecerán en el primer volumen. Contrasta esta actitud con la inmediata publicación de un trabajo de M. Klein, autora que se convertirá en el Gran Otro de la institución desde la década de los cincuenta hasta su escisión, en 1971. A comienzos de 1944, la APA publicó el Asesinato desconocido, de Theodor Reik. El gesto no deja de ser hidalgo. Reik, perseguido por el nazifascismo austríaco, tuvo que trasladarse a Berlín, para poder ejercer el análisis sin la obligatoriedad del título de médico. Garma tendía una mano al viejo maestro, que habiendo sido jaqueado en Alemania, tuvo que escapar a Holanda y de allí a EE.UU. La APA, en 1944, participó en el primer congreso de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría de Buenos Aires. Este hecho constituye su entra-'^ Es de destacar que la primera comunicación en la historia del psicoanálisis argentino, fue el trabajo de Ángel Garma: «La génesis del juicio de la realidad», presentado el 5 de marzo de 1943, en una reunión llevada a cabo en la casa de Celes Cárcamo. Durante el Congreso Pichón Riviere entabló amistad con Lacan^^. En 1954 se produce un hecho de importancia: varios miembros de la APA asistieron al V Congreso de Higiene Mental y I Congreso Internacional sobre Psicoterapia de Grupo, realizado en Toronto, Canadá. En 1955, Jorge Mom, J.J. Morgan, Raúl Usandivaras, León Grinberg, Marie Langer, J.L. Muratorio, Salomón Resnik, Emilio Rodrigué, G. Royer, J. Puget y Madelaine Baranger, fundaron la Asociación Argentina de Psicología de Grupo que organizó al año siguiente el Primer Congreso Latinoamericano de Psicoterapia de Grupo^^ A través de este acto inaugural de apertura hacia la terapia grupal analítica, tuvo ésta un desarrollo singular en la Argentina, en especial en la década siguiente y en parte de los setenta, hasta el advenimiento de la dictadura militar dirigida por el General Videla. Esta forma de terapia, como otras derivadas del psicoanálisis, fueron barridas de la escena institucional (hospitales. Universidad, etc.) desde 1976, especialmente, hasta la recuperación de la democracia a fines de 1983. Durante este tiempo aparece lo que he denominado Discurso único hegemónico (y en la actualidad, post-lacaniano). Ese mismo año, en diciembre, Willy y Madelaine Baranger^^, se trasladaron a Montevideo, como enviados de la APA para formar al incipiente grupo psicoanalítico uruguayo. Hacia mediados de la década de los cincuenta se producían diversos sucesos que impactaron al psicoanálisis argentino, alrededor del hecho político de la caída del gobierno de Juan Domingo Perón. Se habilitaron nuevas carreras universitarias: Arquitectura y Psicología fueron las más importantes. La carrera de Psicología, primero en la Universidad Nacional de Buenos Aires y luego en el interior -^vrg. La Plata-se nutrió de profesores a menudo surgidos de la APA. La Universidad de Buenos Aires, a través de los sectores que apoyaban al rector Risieri Frondizi promovieron un acercamiento entre la APA y la Facultad de Medicina. Así, dictaron clases en la Universidad, entre 1957 y 1960, profesores del APA tales como Marie Langer, Luis Rascovsky y Ángel Garma entre otros. ^^ «Creo que Lacan me sintió «lacaniano», así como yo le sentí «pichoniano». No somos ni lo uno ni lo otro, pero Freud, el surrealismo y la cultura francesa fueron las claves de una amistad que permanece inalterable con el tiempo». Entrevista a Enrique Pichón Riviere. 22 Willy Baranger, de origen tunecino-francés, integrará hacia fines de los sesenta el rVème Groupe, en París. El grupo se separó de Lacan cuestionándolo más como persona que como teórico. Comenzados los sesenta, surgirán, dentro del APA, distintos grupos que se encolumnarán detrás de distintos maestros. Uno de ellos será el de Marie Langer, quien a fines de 1971 participará del grupo denominado «Plataforma», cuyos integrantes «determinaron una ruptura institucional» por la que dejaron la APA unos 30 miembros y unos 20 candidatos del Instituto^^. Amenazada de muerte por la triple A (Alianza Anticomunista Argentina) Langer partirá a mediados de los setenta hacia México, desarrollando una intensa actividad en distintos países de América Latina. Como ya he afirmado, desde la década de los cincuenta Melanie Klein se constituye, para la mayor parte de los analistas argentinos, en el punto de referencia obligado, teórico y práctico, durante dos décadas. Klein fue, quizás a pesar de sí misma, un Gran Otro para distintas generaciones de psicoanalistas, hasta cerca de 1970. Lacan, su sucesor en nuestro país en el lugar imaginario de Gran Otro, probablemente buscase ex-profeso ese lugar, paraíso soñado en el cual se entremezclan incesantemente (para el análisis argentino) saber, poder y... dinero. Las obras de Klein se constituyeron rápidamente en una suerte de «Biblia» para todo aquél que se preciara de buen analista. No se podía pensar el psicoanálisis sin tener en cuenta la revolución kleiniana. A pesar de ello, la publicación de sus obras completas, en 1974, fue tardía. Analistas de la talla de Pichón Riviere y su esposa, Arminda Aberastury, pionera del psicoanálisis de niños en nuestro país, controlaron su tarea con Melanie Klein. Emilio Rodrigué trabajó a su lado. Por el contrario, el escaso entusiasmo de la obra de Anna Freud no dejaba de ser extraño en contraposición a la actitud de los psicoanalistas en relación a los colegas norteamericanos, fuertemente influenciados por aquélla. Esta situación paradójica fue puesta al descubierto en julio de 1966. En efecto, algunos pensadores como Heinz Kohut -centroeuropeo, emigrado a los EE.UU.constituyeron el centro de atención del II Congreso Panamericano de recepción, en julio de 1966, en la ciudad de Buenos Aires, a pocos días del golpe militar que derrocó al presidente radical Arturo Illía. Kohut fue la estrella del Congreso. Los argentinos eran todos kleinianos, pero admiraban a los colegas del Norte, «hijos» o «nietos» de Anna Freud, dejada de lado en Buenos Aires. El comentario sobre la situación de la obra de Anna Freud me ha llevado a relatar la posición de los psicoanalistas de la APA, desde fines de la década ^^ LANGER, Marie (comp.) (1971): Cuestionamos. Buenos Aires. http://asclepio.revistas.csic.es de los cuarenta a julio de 1966. Lo precedente tiene como objeto poner de relieve el deslizamiento teórico producido durante esos años, desde la obra de Sigmund Freud, en los pioneros, hasta la adopción del kleinismo como dogma. Sobre este terreno, ideal para la búsqueda de «Hermanos mayores», en el sentido orwelliano del término, se asentarán en años venideros -y aún contemporáneos-Karl Marx y Jacques Lacan. «Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista», reza una de las veinte verdades de la doctrina nacional-justicialista. Esta ley del todo o nada en el terreno de las ideas políticas y de su praxis tenía y tiene correlato en el campo psicoanalítico, a pesar de su asepsia política hasta los sucesos nacionales que se fueron desarrollando a partir de mayo de 1969 con el Cordobazo. «Para un kleiniano no hay nada mejor que otro kleiniano», podía haber sido el slogan psicoanalítico entre la década del cincuenta y la del sesenta... «Para un marxista...etc», en los primeros setenta. «Para un lacaniano...etc», desde mediados de los setenta hasta la actualidad. La ley del todo o nada, que atravesó a la sociedad argentina a lo largo de su historia, también penetró en la institución psicoanalítica. La necesidad de un Big Brother, de un Peter Patrum, de un líder, ha sido una constante en la historia argentina contemporánea, historia de la que no ha podido escapar el psicoanálisis ni los psicoanalistas. Este tema, el tema del Big Brother es -desde mi punto de vista-una zona de entrecruzamientos entre aspectos de la historia argentina (Vgr. las historias de Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, mas allá de sus trayectorias políticas y anhelos) y la historia del psicoanálisis argentino. Parafraseando al político Moisés Lebenshon en su cuestionamiento a la reforma constitucional argentina de 1949, podría decir: «Qué de distinto ocurre en nuestro país?». Respecto a la concepción del mundo a través de la óptica psicoanalítica, entre los precursores europeos y los psicoanalistas argentinos «desde» la posición kleiniana, o bien «desde la posición lacaniana y neolacaniana entre los años 1951-52 al setenta, Lebenshon, a través de su profunda y punzante interrogación, quería demostrar que la constitución que iba a imponerse estaba en minoría en las cámaras parlamentarias y su discurso tenía el acento ético de quien se arriesgaba por una idea aun a sabiendas de que en la votación saldrá perdedor. Más de cuarenta años después, los que nos podíamos denominar independientes en el psicoanálisis estamos en minoría. Nos queda como tarea levantar las banderas antiautoritarias en el terreno del psicoanálisis y tener, al mismo tiempo, la osadía anarquista -sin la connotación violenta-de oponemos a cualquier discurso que pretenda erigirse en único... Estos serían algunos puntos mínimos para la constitución de un psicoanálisis independiente y vivo, capaz de intercambios internacionales. No debería haber lugar para más colonización mental (colonización gustosa por parte de los propios colonizados), tampoco para autoritarismos desplazados del terreno del pensamiento, situación ésta que origina marginamientos y exilios en jornadas, congresos, etc. Quien no era kleiniano en 1965 no era psicoanalista. Quien no es lacaniano desde los ochenta no es analista. O se adhiere al discurso oficial o no se es analista, o bien, si el independiente es «molesto» se transforma en adversario. La ley del «todo o nada», ya descrita, y la búsqueda permanente del Big Brother constituyen una novedosa y a la vez antigua práctica autolimitante. En la Argentina no existe consciencia histórica. Es un país orwelliano, en el sentido de la novela 1984. La falta de consciencia histórica trae riesgos que denunciaré de inmediato: -El borramiento histórico (ya desarrollado) produce severas perturbaciones en la producción del pensamiento, ya sea este individual, familiar, grupal o comunitario. El borramiento histórico impide el desarrollo de tareas sensatas, tales como la construcción de una República democrática. La falta de «metabolización» de datos elementales por parte del «gran pueblo argentino» -no estoy hablando aquí de su oligarquía-produce un estado de ignorancia mal disimulada a través de la soberbia y las fantasías megalómanas. Los transmisores del conocimiento son expertos en el fenómeno del borramiento histórico. La falta de metabolización de datos elementales produce fenómenos de ensayo y error sin aprendizaje a nivel masivo, provocando por lo tanto historias circulares, cuando no una decadencia generalizada en todos los estamentos sociales. El psicoanálisis no puede escapar de los trastornos culturales que atraviesan a la sociedad en su conjunto. -La necesidad de dependencia de un Gran Otro, ya sea éste una Nación (Inglaterra, durante el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial; EE.UU., desde entonces), un ideal político (Stalin para el PC pre-perestroika, Hitler-Mussolini-Franco para el nazi-fascismo criollo), un líder psicoanalítico (Klein, Lacan) que enfrente a bandos opuestos. En la Argentina no se debate nada: Puede haber rebeldías violentas. Se malgasta el tiempo, las riquezas humanas y materiales. Se dilapida el poder hacer. -No se fomenta la multiplicidad de modelos creativos. Hay carencias de modelos positivos. Hay competidores vernáculos, que desde el interior de una oficina pública hasta un consultorio, o desde grandes despachos alfombrados, con sables o sin ellos, repiten slogans que vienen de territorios alejados. Los slogans provienen de Grandes Otros que a veces ni siquiera conocen la Argentina o no les interesa ocupar el lugar de un Big Brother (pienso en Melanie Klein, o más recientemente en Piera Aulagnier). Von Hayek, Milton Friedman, en economía, dan su perfil de neoliberalismo económico para uno de los países más frecuentemente endeudados. Lacan para los llamados intelectuales... y no le pidamos más a esta Argentina que alguna vez pudo ser uno de los países importantes del orbe y ahora está confrontada, como Dorian Gray, con su propio retrato. «El lacanismo ha llenado espacios y ha promovido un tipo muy particular de personaje en nuestro medio: el que garantiza la teoría. Ese personaje solo existe en la Argentina. Es un señor que no es psicoanalista, ni se psicoanalizó nunca, que nunca "pudo jugarse sobre el diván", que puede ser muy inteligente, muy estudioso y que se transforma en garante de una teoría porque, como en la práctica, por definición, no hay garantías, hay que acudir a alguien que garantice saber. En Francia, además, se discuten ideas, aquí no, aquí es el dogma, aquello que yo digo transforma al otro instantáneamente, en perjuro o en adepto. No se puede discutir ideas. Esto en psicoanálisis parece que lo hubiésemos heredado de esa burguesía que manejó nuestro país»^'*. Hubo una desaparición casi completa del amplio abanico teórico y práctico del psicoanálisis argentino de los sesenta y parte de los setenta, sincrónica con la aparición de la parapolicial triple A (1975) y con el golpe militar de Videla en marzo de 1976. A partir de estas fechas, no sólo desaparecerían personas, sino también lugares, facultades, universidades, enseñanzas. Cuando comparo estos dos fenómenos, a saber: desaparición de personas, instituciones, teorías y prácticas, por el activismo de las bandas parapoliciales y paramilitares (1975) y luego por el sistemático terrorismo de Estado a partir de marzo de 1976; con el crecimiento y desarrollo de decenas y hoy ^' * Revista Territorios (1986): «Reportaje a Diego García Reynoso», N.° 3, Buenos Aires. Hago un punto en la larga lista de exiliados, muertos, desaparecidos... Existió una proñinda diferencia entre el antes y el después de los hechos que acabo de describir. La Universidad, tanto en la Capital como en el interior, estaba en manos de fascistas desde 1974. La carrera de Psicología fue cerrada en la Universidad de La Plata por «difusión de ideas disolventes ajenas al ser nacional», y muy limitada su actividad en otras universidades. Pasó a enseñarse Psicología predominantemente en Universidades católicas, que incluían Teología durante cinco años. Freud pasó a ser cuestionado, como también Piaget. Pero el centro de la persecución pasaba por el activismo político de la víctima, o por su supuesto activismo. En medio de la devastación nazifascista proviniente de los militares argentinos y de sus socios conservadores, los psicoanalistas nos replegamos de los espacios políticos y públicos hasta 1983. En innumerables grupos de estudio, que muchas veces sustituían a la cátedra universitaria, se instauró lo que alguien denominó «cultura de las catacumbas». Y, desde diversos lugares, en todo el país pero en especial en las ciudades de Buenos Aires, La Plata, Rosario y otras, comenzó a circular la críptica obra de Lacan. Lo que no pudieron lograr ni Maud Mannoni ni Serge Laclaire, desde el comienzo de los setenta, como tampoco Osear Masotta^^, hacia fines de los sesenta, pudieron hacerlo decenas y luego centenas de «didactas» que no tenían -en su mayoría-contacto con la APA. El lacanismo, una corriente más entre todas las teorías y prácticas que estaban presentes en la Argentina en los primeros setenta, quedó en una posición privilegiada ante la desaparición de instituciones y personas. En 1975 y también 1976 era leído como texto básico La comunicación en terapéutica psicoanalítica, y su superación: Lingüística, interacción comunicativa y proceso psicoanalüico, de David Liberman^^. Un proceso de «olvido» ^^ Osacar Masotta, un ensayista que no era psicoanalista, es el introductor de la obra de Lacan en Argentina. ^^ LiBERMAN, David (1962): La comunicación en terapéutica psicoanalítica. Buenos Aires; y (1972) Lingüistica, interacción comunicativa y proceso psicoanalüico. Asc/epío-Vol.XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es produjo el borramiento histórico de Liberman, el acrecentamiento de la figura de Masotta, y la hipertrofia de la enseñanza de Lacan, que seguía siendo una suerte de jeroglífico alejado del campo de la Salud Mental. Porque las traducciones que siguieran a sus Ecrits tardarían años en aparecer. Alrededor de la muerte de Lacan, la disolución de la Escuela Freudiana de París y la creación de la Causa Freudiana, casi como emblema de batalla de la Fundación del Campo Freudiano, han sucedido demasiadas cosas, en París y en Buenos Aires, sobre todo en lo que se refiere a la comercialización de la producción intelectual de Jacques Lacan. La profiisión de bataholas, juicios penales, escisiones de los lacanianos durante toda la década del ochenta y lo que del noventa ha transcurrido, me hicieron sentir más cómodo por otros territorios, que eran próximos al concepto de salud mental y no renegaban de la palabra psicoterapia^^. El psicoanálisis en la Argentina surgió durante la Segunda Guerra Mundial, con el acto inaugural de su fiíndación hacia fines de 1942, año de la creación de la Asociación Psicoanalítica Argentina. La obra de los pioneros puso en fimcionamiento al movimiento quizás más extenso de habla hispana en la actualidad. El psicoanálisis argentino tuvo un comienzo freudiano, con simpatía hacia lo que Sigmund Freud denominaba «Psicoanálisis Aplicado», como también ligámenes con la Medicina Psicosomática. El primer gran referente de los pioneros era el propio Freud. En los años cincuenta comienzan los debates acerca de cuestiones técnicas, al mismo tiempo que se fue acrecentando la importancia de Melanie Klein. La tendencia kleiniana tuvo su pico máximo en los sesenta. El proceso de politización aguda que tuvo el país hacia fines de esos años permitió una variedad de técnicas y teorías: terapias de pareja, grupo, familia. Lo interdisciplinario se tornó una exigencia. No todos los fenómenos podían explicarse desde la problemática edípica. Se experimentaron distintas variantes terapéuticas: la coterapia, la psicoterapia breve, la asociación farmacológica, la comunidad terapéutica, etc. Jaques Lacan apenas figuraba en los intereses de pequeños grupos. ^^ Remito al lector a la obra de Piera Aulagnier, una de las primeras disidentes de Lacan. Su muerte, en marzo de 1990 está demasiado próxima y a pesar de que hagamos homenajes a su pérdida es irreemplazable, tanto en lo humano como en lo teórico. En los setenta, con el aumento de la represión política y sus consecuencias sobre toda la comunidad -aquí psicoanalítica-, existió un fenómeno pro to típico de la historia argentina: el fenómeno de borramiento histórico. El psicoanálisis ya era una práctica masiva, no sólo desarrollada por médicos, sino por psicólogos, a los que hacia fines de los ochenta habrían de sumárseles licenciados en sociología, en lingüística, literatos y otros. La doctrina lacaniana se convirtió en un discurso único y hegemónico, reemplazando en un ciento por ciento a la figura de Melanie Klein de los sesenta. La necesidad de buscar un garante de la verdad «tesoro de significantes», un Gran Otro sin castraciones, un Hermano Mayor que aplaque las incertidumbres en la labor de pensar, es una necesidad hondamente arraigada en la comunidad argentina, nativa e inmigrante. El «fenómeno Lacan» como reemplazo del «fenómeno Klein», se da en el seno de una comunidad psicoanalítica pasiva, que «quema» a sus propios creadores intelectuales en aras de lo ajeno y superior en búsqueda de una cosmovisión individualista, que busca certezas inmutables. El fenómeno del subdesarrollo y la dependencia no son sólo reflejos de situaciones económicas o resultado de pérfidas maniobras oligárquicas. El argentino medio necesita vivir bien, con seguridad. El psicoanalista medio necesita otro tanto. Quien tiene necesidades de satisfacer sus demandas de manera más o menos inmediata no hace lugar al deseo de saber -epistemofilia-, que según Freud tanto honraba, como asimismo el trabajo de pensar La palabra alemana Arbeit figura incontables veces en las obras completas de Freud. En el psicoanalista argentino falta Arbeit y deseos de independencia, como en el argentino medio. Abunda la necesidad de sobresalir rápido y sin mayores esfuerzos. Como no polemiza, es terreno fértil para dogmas, locales o exteriores. El dogma cierra el trabajo de pensar. Facilita el dogma, la consigna fácil, erigiéndose Grandes Otros. Hay una clara identidad de situaciones entre sucesos de la historia nacional y la búsqueda de caudillos, con la historia del psicoanálisis argentino y su afán por los pensamientos que devienen totalitarios. Este movimiento se realiza simultánea o sucesivamente con el borramiento de toda historia anterior. El borramiento histórico se convierte en una suerte de mecanismo de defensa colectivo que «cierra los ojos» y deforma la realidad. Cada ciudadano, psicoanalista o no, sabe más de lo que dice. Simplemente se cuida, callándose la boca y guardando secretos por las dudas. Las nuevas generaciones, como quizás ocurra en otros lugares del mundo, no cultivan el gusto por la historia y se ven expuestas a repetir errores. Dependencia, sumisión a un Gran Otro omnipotente, borramiento y falsificación de la historia caracterizan a una comunidad muy perturbada. El psicoanálisis argentino, que alguna vez se denominó Escuela Argentina, corre el peligro de extinción por la pasión de parecerse a...
Exhaustivo estudio de las Stirpium differentiae de Benedictus Textor (1534), obra que intenta en su época que los hituros médicos conozcan de una forma sistemática las propiedades galénicas de las plantas, recuperando de modo científico el significado exacto de la obra de Dioscórides. Limitados por datos tan escuetos, podemos acotar la época de actividad de Textor entre 1530 y 1556. El análisis interno de la obra escrita permite adentrarnos algo más en su perfil. Discípulo de Jacques Dubois (Silvio), poseía una sólida formación humanística y echó su cuarto a espadas en uno de los temas redundantes de mediados del siglo XVI, la peste. Por lo que a la historia de la botánica concierne, su Stirpium differentiae rubrica la consagración escolar de la Materia medica del anazarbeo en la Facultad de Medicina de París en los primeros años treinta y ahorma o encarrila las descripciones de las floras y comentarios que irán apareciendo hasta el nuevo rumbo que marca la publicación del De plantis libri XVI de Andrea Cesalpino, en los ochenta. La adscripción galenista de Silvio pesó en la elección del tema. Del corpus del pergameno se venía haciendo amplio uso el tratado sobre la dieta. De alimentorum quidem facultatibus per locos communes, cuya semejanza en el propio título con el escrito de Textor es más que llamativa. Pero éste va más allá. Su librito no se queda en lo «médico», sino que busca un apuntalamiento en la «grammatica» y la «philosophia naturalis». Atiende, pues, a la identificación de las plantas, a su naturaleza y accidentes, a las diferencias específicas. El opúsculo ocupa, del libro de Bock, las páginas 1129 a la 1200, ambas inclusive, antecedidas por el título Stirpium differentiae / ex Dioscoride secundum locos / communes, opus ad ipsarum plantarum / cognitionem admodum conducibile. La primera referenda escrita sobre Textor, en la que se basan las alusiones posteriores, la hallamos en el prefacio de Gessner incluido en el De stirpium de Tragus, donde recuerda que es un médico erudito que publicó años atrás nuestro opúsculo y donde pondera la pulcritud y utilidad del método empleado en la síntesis de la Materia medica de Dioscórides. El «libellus» consta de un prólogo («Benedictus Textor Segusianus candido lectori salutem dicit») y del cuerpo de la obra («Ex Marcelli Vergilii Commentariis in ipsum Dioscoridem, ad eorum quae hic tractantur dilucidiorem intelligentiam»). Indica, pues, que se sirve de la traducción de Dioscórides al latín, realizada y comentada por Marcello Vergilio, aunque el uso por Textor de las glosas propiamente dichas será mínimo. La versión del Dioscórides que firmó Marcello Vergilio Adriani (1464-1521) apareció en Florencia en 1518, y contenía, amén de la traducción del texto, comentarios personales y «correciones» a la versión de Hermolao Bárbaro, aparecida dos años antes. Textor manejaría tal vez la edición de Vergilio publicada en Basilea en 1532. Posterior a esas traducciones de Hermolao y Vergilio es la divulgadísima de Joannes Ruellius, quien toma buena nota de la labor desarrollada por ambos, aunque tampoco la suya está exenta de problemas, como se encargan de poner de manifiesto los botánicos subsiguientes (Brassavola, Matthioli y otros). Giovanni Manardo, por su lado, «corregirá» en sus famosas Cartas la de Marce- Uo y vindicará la de Hermolao"*. Textor da por buena la traducción latina que emplea. Según venía siendo muletilla corriente entre los humanistas, lamenta en el prólogo, con trazos duros, la ignorancia y el abandono en que habían caído, a lo largo de los siglos obscuros del Medievo, la medicina en general y la materia médica en particular, en las que brillaron los médicos y gobernantes de la antigüedad clásica^. Situación que puede invertirse volviendo a Galeno y a Dioscórides. Es decir, siguiendo el camino señalado por su maestro Silvio. Textor debió de ser uno de los primeros discípulos de Jacques Dubois (1478-1555), cuando éste empieza a enseñar medicina en París al iniciarse la década de los treinta. Silvio, quien le encarga la redacción del opúsculo^, conocedor de la materia médica clásica y arabizada, defendía en su empeño restaurador de la anatomía, una vuelta cuasi literal al galenismo depurado, recuperación en la que ejercía un papel decisivo el conocimiento de las lenguas clásicas. La impronta de Silvio se refleja desde el comienzo. Textor ha de acometer un trabajo anatómico de los organismos vegetales, que resultará de la máxima utilidad: «ex illo authore (Dioscoride) historia per partes plantarum digesta, rursus singula membra dissecarem per locos communes, ille magno usui id fore affirmans» (Del prefacio; las cursivas son mías). No menos importante que la vía anatómica es el criterio de agrupamiento. El quicio sobre el que descansa la partición son los «loci», un concepto básico del Organon aristotélico, cuerpo lógico que estaba sufriendo una profunda transformación desde el último tercio del siglo XV en buena parte de Europa y, desde principios del XVI, en París. Coinciden esos años con los del paso de Textor por la facultad de artes, antes de iniciar el estudio de la medicina. En esos años adolescentes, los futuros médicos, teólogos y hombres de leyes se familiarizaban con la filosofía y la ciencia aristotélicas. Estudiábanse en el París de Textor compendios lógicos menores, como las Súmulas de John Mair, prototipo de las parva logicalia, que exponían sobre todo los términos y su inclusión en las proposiciones. Se recomendaba la lectura directa de los tratados origi-^ VALDERAS, J.M., 1995. «Aproximación a las Epístolas de Giovanni Manardo». Collectanea Botánica (Barcelona): 23, en prensa. Asclepio-Vol XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es nales del estagirita: Analíticos, Categorías, Sobre la interpretación y los Tópicos, así como los Físicos para la filosofía natural. Aristóteles dedica todo un libro, los Tópicos, a la cuestión de los lugares, es decir, a las fuentes de donde deben tomarse los argumentos para la demostración y discusión de los problemas científicos y filosóficos. Las categorías, desde Quintiliano, se venían considerando lugares y constituían la base idónea para las clasificaciones y ordenación del saber de cualquier disciplina. En particular, la doctrina de los loci communes ñieron objeto de estudio en las «dialécticas» del humanismo parisiense, influidas sobre todo por la obra de Rodolfo Agricola (1444-1485) De inventione dialéctica libri omnes et integrf. Los listados de hierbas, sin más trabazón interna que la seriación alfabética, venían constituyendo el núcleo de la farmacopea medieval. Se fueron incrementando con nuevas especies que aportaba la recuperación de los manuscritos y traducciones grecolatinas. Las versiones latinas de Dioscórides en la segunda década del XVI acabaron por entronizar a éste en el centro de la terapia. Pero, ¿cómo sacarle el mayor partido? ¿Cómo sistematizarlo y memorizarlo? Por eso, insiste en su juventud y en la dificultad del empeño, a modo de excusa para rechazar la invitación que termina por aceptar viniendo de quien viene^. No era la primera vez que en el Renacimiento se acudía a las categorías de Aristóteles para establecer criterios de identificación y ordenación de especies. Leoniceno y Poliziano habían roturado ya ese terreno^. Silvio, no mucho después, generalizó ese tipo de trabajos para la enseñanza y para la práctica médica, y él mismo publicará cinco años más tarde sobre dicho método su Ordo, et ordinis ratio in legendis Hippocratis et Galeni librís^^. Antes de entrar de plano en el cuerpo del opúsculo. Textor introduce la definición de una serie de nociones para mejor interpretar la parte posológica y ^ Colonia, 1523. Textor se apresta, sin embargo, a perfilar el significado exacto del término fruto y sus formas (pomo, legumbre), al tiempo que refleja el sentido finalista de la naturaleza, de raíz aristotélica: el fruto es para propagar las semillas^^. Le interesa, por encima de todo, delimitar la equivalencia exacta de los términos griegos empleados por el escritor (Dioscórides). Dentro de ese afán esclarecedor debe entenderse la inclusión del epifilo de la vid, «concebido en último lugar, inútil y despreciado casi siempre en la vendimia»^^. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es nés espúreas^^. Persiste en la confusión en tomo al perianto^^. La relación entre flor y fruto en la rosa le conduce a aclarar otra asociación llamativa, que presenta en Dioscórides una denominación propia: los citinos^^. A propósito de la flor, cree necesario exponer el origen y morfología de la umbela y dar ejemplos de umbeláceas^^; a propósito del fruto, atribuye al pericarpio, que es lo que envuelve al karpós y difiere de unas plantas a otras, una función protectora contra la inclemencia del tiempo o la agresión de los animales^^. Tras explicar al lector el significado genuino de algunas partes de la planta para Dioscórides, aborda otras que el anazarbeo describe por comparación («De iis quae hic fit coUatio»). Textor se limita, en su opúsculo, a ordenar lo que se lee en la Materia medica. En la comparación, se da por descontado que las especies son inamovibles y de igual rango. Las diferencias y las semejanzas (la distancia o la proximidad) remiten a notas que se predican de unas especies con las que se supone que el lector se halla más familiarizado, sin que denuncien, en ningún momento, una relación de subordinación o preeminencia, de jerarquía. Conviene, sin embargo, conocer bien los términos de la comparación. Así ocurre, por ejemplo, con la hoja del llantén mayor (Plantago major L.) que se parece a la de las hortalizas, pero no a todas -pues no existe una hoja común característica-, sino a las de hoja más ancha, como la de la acelga (Beta vulgaris L.y^. Esta acotación de Textor se mantendrá en los comentarios y apostillas que irán apareciendo en las reimpresiones de la traducción del ^' * «Cachrys pilula est, quam arbores aliquot praeter proprium fructum proferunt. Dioscórides (en la de Ruelle, por ejemplo, y nuestro Laguna). Otra hoja singular de no inmediata intelección en Dioscórides es la de lámina larga y limbo redondeado, a modo de sombrero, petasatus^^; a veces se aplicaba también esa expresión a la forma de ciertos hongos. Traído por la semejanza de forma, del sombrerillo al ombligo de Venus (Umbilicus pendulinus DC), Textor introduce dicha planta, cotiledón^^, aprovechando la oportunidad para desarrollar la evolución histórica, basada en Plinio, de la medida de volumen del mismo nombre. Al hilo de la traslación histórica de significado de otros términos, muestra el origen de la denominación de ciertas plantas. El acanto^^ {Acanthus spinosus L.), el ricino^^ (Ricinus communis L.) y el fruto del castaño^"* (Castanea sativa Miller). Concluido ese apartado introductorio. Textor acomoda el Dioscórides al cuadro de las categorías aristotélicas para establecer las diferencias entre las plantas, primero en razón de su naturaleza y después en razón de sus partes integrantes, de acuerdo con los lugares comunes. Para Aristóteles, las categorías designan las maneras múltiples que tiene el ser de significar. Las categorías son determinaciones del ser. Frente a la decena acostumbrada, Textor emplea las siete siguientes: sustancia, cantidad, cualidad, sitio (dónde), tiempo (cuán- http://asclepio.revistas.csic.es do), acción y uso. Aunque Aristóteles no habla de la categoría «uso», sabido es que tampoco da por cerrado el número de categorías; además, podemos asociar el «uso» con la categoría «pasión». En las plantas, las categorías tienen sus propias determinaciones. Para Textor, hablando del vegetal entero o de sus partes, la cantidad se expresa a través del número y del tamaño; la cualidad, a través del aspecto visible (brillo, color), del olor, del sabor, sensibilidad al tacto, figura y semejanza (con otro o con varios más); el sitio, a través del lugar donde medra; el tiempo, a través de su nacimiento, muerte y maduración; la acción, a través de su eficacia médica; el uso, a través de su destino (médico, ornamental, etcétera)^^. Textor concede particular atención a la categoría «semejanza», que podemos asociar a la aristotélica relación-'^. La consideración de las plantas en razón de su naturaleza vegetal, es decir, en razón de las distintas notas con las que Dioscórides va determinándola a lo largo de su descripción («plantarum discrimen a toto acceptum»), abarca de la página 1134 a la 1136. El principal rasgo discriminante es el porte o la talla. Textor entiende que Dioscórides dobla el número de los tres primeros grupos teoft:-asteos (árboles, arbustos y matas): «arbores», «arbusculi», «fi-utices», «plantae arborescentes», «herbae finticosae» y «herbae similiores arboribus». Las tres primeras más próximas a la naturaleza de árbol o arbusto y las segundas a las de arbustos también o matas. Textor se limita, en efecto, a ordenar lo que dispersarnente escribe Dioscórides. Pero lo que en éste no tenía más que un mero carácter descriptivo, en Textor adquiere categoría de grupo, donde debe insertarse la especie en cuestión. En la descripción de cada uno de los distintos ejemplos extraídos, Dioscórides, en la versión de Marcello Vergilio, señala verbatim el carácter del porte (arbóreo, arbustivo, etcétera); Textor lo hipostatiza. ^^ Los términos empleados por Textor son Substantia; Quantitas {numerus, magnitudo); Qualitas, qualitas visilis {fulgor, color), odor, sapor, tactilis qualitas, figura, similitudo {unius, duorum aut plurium); situs; tempus (prtus, occasus, matuñtas): actio; usus. ^^ «Se dicen respecto a algo todas aquellas cosas tales que, lo que son exactamente ellas mismas, se dice que lo son de otras cosas o respecto a otra cosa de cualquier otra manera; v.g.: lo mayor, aquello que es exactamente, se dice que lo es comparado con otro, pues se.dice doble de alguna cosa; de la misma manera también todas las demás cosas de este tipo. También son de lo respecto a algo cosas como éstas: estado, disposición, sensación, conocimiento, posición; en efecto, todas las cosas mencionadas, lo que son exactamente ellas mismas, se dice que lo son de otras, y nada más; en efecto, el estado se llama estado de algo, y el conocimiento, conocimiento de algo, y la posición, posición de algo; y de la misma manera el resto. Así, pues, son respecto a algo todas aquellas cosas que, lo que son exactamente ellas mismas, se dice que lo son de otras, o respecto a otra de cualquier otra manera; v.g.: una montaña se llama grande respecto a otra cosa -en efecto, la montaña se llama grande respecto a algo-, y lo semejante se dice semejante a algo, y las demás cosas de este tipo se dicen de igual manera.» {Categorías 7 6a-6b). Ejemplos de los «arbores» extraídos de la Materia medica son: «Ricinus» (Ricinus communis L.), «Smilax quae Latinis Taxus dicitur» (Taxus baccata L.), «Cornus» {Cornus mas L.), «Oxycantha» (Cotoneaster pyracantha Spach.), «Sabina» (Juniperus sabina L.), «Tilia» (Phillyrea angustifolia L.), «Lycium» {Rhamnus infectoria L.), «Arbutus» {Arbutus unedo L.), «Sycomorus» {Ficus sycomorus L.)-De entre las «arbusculae» dioscorideas señala el «Rhü» {Rhus coriaria L.), el zumaque que Laguna prefiere denominar mata, y la «Sabina altera» {Sabina cupressus L.). Por último, «Fruticosa arbór. Erica» {Erica arbórea L.), un árbol ramoso, así como el tamarisco, aunque harto menor, en palabras de Laguna^^. Lo que Dioscórides, Vergilio mediante, llama «Arborescentes plantae» suelen ser arbustos o matas que miden por lo común entre casi dos y tres metros. Textor selecciona los siguientes: «Cynosbatos, id est. Sentis canina {Rosa canina L.) «Agnos Latinis vitex» {Vitex agnus castus L.), «Sambucus» {Sambucus ebulus L.), «Abrotonum foemina» {Santolina chamaecyparissus L.), «Anagyris» {Anagyris foetida L.), «Oenagra» {Epilopium angustifolium L.), Sonchi, id est, Cicerbitae tertium genus (ignoro a qué tipo de cerraja alude Dioscórides que, como traduce Laguna, crece en altura de árbol, salvo que, guiados por la significación del tercer tipo de calabacín designe la colquíntida, Citrullus colocynthis Schrad.), «Tithymalus sextus, unde Dendrodes, id est, arborescens cognominatur» {Euphorbia dendroides L.)^^. Rastrea numerosos ejemplos de plantas que componen el grupo dioscorídeo de las «Herbae fi: iiticosae», aquellas que a duras penas arriban al metro de altura y suelen presentar el tallo ramoso: «Sion» (Sion latifolium L.), «Seriphium sive Absinthium marinum» (pese a la denominación, la descripción dioscorídea no respalda que se trate, como suele creerse, de la Artemisia maritima L.), «Sticas» {Lavandula stoechas L.), «Marón» {Teucrium marum L.), «Acinus» {Ocimumpilosum Willd.), «Baccharis» {Helichrysum sanguineum Boiss.), «Sefeli Creticum seu Tordy\on>y {Tordylium maximum L.), «Myagron» {Chamaelina sativa Crantz), «Artemisia» {Artemisia maritima L.), «Capnos, id est, fiímus, seu filmarla herba» {Fumaria officinalis L.), «Botrys» {Chaenopodium botrys L.), «Chrysanthemon» {Helichrysum orientale L.), «Chamaepitys secunda» {Aiuga sp.), «Eupatorium» {Agrimonia eupatoria L.), «Chritmon Romanis Batis vocatur» {Chritmum maritimum L.)^^ En el último extremo, las hierbas con pujos de árbol. Si el saúco es un arbolillo, el yezgo es hierba vivaz que quiere también Hasta aquí, los principales grupos que pueden espigarse de la lectura de la Materia medica. Pero Dioscórides atribuye otras características distintivas a las especies que va desgranando. La ordenación de las mismas permite a Textor crear unas agrupaciones secundarias. Esos criterios de ordenación son la superficie espinosa o tomentosa, el contenido en fluidos, la densidad, el color, el olor, el sabor, la textura, la belleza y la leñosidad. Dentro de cada criterio existe una gama de posibilidades, hacia arriba y hacia abajo desde un término medio. A propósito del revestimiento superficial, por ejemplo, habrá especies aculeadas (por citar uno de los muchos ejemplos aducidos, el «acanthus sylvestris», o Acanthus spinosus L.), de espinas cortas («Rubus Idaeus», o Rubus idaeus L.), hirsutas («Marrubium», Marrubium vulgare L.), con escamitas («Polypodium», Polypodium. vulgare L.), lanuginosas («Ranunculi alterum genus». Ranunculus lanuginosus L.), con mucha y fina lana («Poterion», Astragalus poteñum Labill.), con pelos («Muscus marinus», Ulva lactuca L. y otras algas), musgosa («Phyllon Thelygonon», Mercurialis tomentosa L.). Son plantas que no tienen ninguna relación entre sí. Y resulta muy discutible, en algunos casos, la propiedad de ciertas inclusiones en una misma secuencia. Pero a Textor lo único que parece interesarle al establecer esa jerarquía es el indicar una pista de reconocimiento a quien se encuentre por vez primera con ellas. También le facilita al alumno la memorización a la hora de tener que describirla en los ejercicios escolares. Dejó sentada antes la distinción entre «liquor» y «succus». Ahora, agrupará las plantas en razón de la jugosidad; si poseen algún tipo de fluido, graduará los vegetales según el testimonio de Dioscórides. «Lathyris» (Euphorbia lathyris L.) es planta que toda ella mana leche, como «Peplos» (Eurphorbia peplus L.), otras euforbiáceas y el sicómoro. De color anarajando es el humor que se extrae de la «Hirundinaria maior» (Chelidonium majus L.); amarillento, el de «Glaucium» {Galucium comiculatum Curtis.). Lógicamente, estas agrupaciones secundarias no subdividen la clasificación principal, o por el porte. Una misma planta puede entrar aquí en varias agrupaciones. El criterio, aunque no es taxonómico, incide en la definición de la planta. Son rasgos distintivos que Dioscórides ha introducido en la reseña del vegetal, y para Textor encierran un valor diacrítico. De ahí el interés que pone en jerarquizar las notas características de la planta. El abanico a veces es estrecho, como en lo que Dioscórídes llama densidad. Desde las especies espesas, que crecen en todos los sentidos, como «Lappula minor» {Euphorbia acanthothamnos Heldr et Sart.), hasta las que se abren en anchura, como la «Sabina Distintos son los grados del olor que despiden las plantas. Textor recoge la expresión matizada por Dioscórides y reúne en tomo a la misma las especies que participan de ese mismo grado. Por recordar un ejemplo significativo de cada subgrupo: de un suave olor, como debe entenderse aquí las «odoratae», es «Coris» (Hypericum coris L.); de un olor suavísimo, «odoratissima», «Sampsuchum» (Majorana hortensis Moench.); de un olor intenso, «tetri odoris», la matricaria o «Parthenium» (Chrysanthemum, parthenium Bemhardi); de un olor muy grave, «Chelidonium maius» (Chelidonium majus L.); un tanto ingrato es el olor de «Abrotonum foemina» (Santolina chamaecyparissus L.); hediondo, «gravissime olens», es la «Anagyris» (Anagyris foetida L.); por último produce un suavísimo olor al mascarse, «aromatice olens», el «Daucus secundae speciei» (Athamanta cretensis L.). Por su relación con la terapéutica, Textor se muestra particularmente detallista a la hora de amontonar sucesivos grupos homogéneos que tengan que ver con el sabor, con la astringencia, que «aprietan» como castizamente traslada Laguna. En este apartado, vincula las especies, siempre de acuerdo con el calificativo que le merecen a Dioscórides, en «adstringentes», «egregie astringit», «acerba», grato sapore», «dulce», «salsae», «amarae», «amaritudine quadam», «amari amarius», «acres et fervidae», «efficacissimae acrimoniae», «amara et subacris» y «acri et subamaro sueco». Por traer a colación algunas muestras: entre las «adstringentes», la «Hemionitis» (Scolopendrium hemionitis Lag.); de grato sabor, o sabrosa, la «Coris» (Hypericum crispum L.); salada, el «Empetron» (Frankenia hirsuta L.), etcétera. No le importa repetir ejemplos que han ^^ Stirpium differentiae, p. La textura es otra propiedad que sirve para definir la naturaleza de la planta. En virtud de la misma, según la versión de Marcello Vergilio, Dioscórides habla de plantas «molles», «tenerae», «egregiae teneritudinis», «pingues», «durae», «fortes», «cum livore», «inaequales», «scabrae», «cum asperitate aliqua» y «cum tenaci nexu». Blanda como el llantén es «Rumex agrestis» (Rumex aquaticus L.); tierna el «Chrysanthemon» {Anthémis tinctoria L.); muy tierna, «Capnos» {Fumaria officinalis L.); pingüe o grasa, «Sion» {Nasturtium officinale R. Br.); dura, «Paliurus» {Paliurus spina Christi Mill.); fuerte o muy dura, «Cornus» {Cornus mas L.); fuerte o «cum livore», «Dictamnus» {Origanus dictamnus L.); muy desigual, «Rhodia radix» {Sedum roseum Scop.); áspera, «Daucus secundus» {Daucus carota L. var sylvestris); un tanto áspera, «Alyson» {Biscutella sp.y, con ramos muy juntos, «Aparina» {Gallium aparine L.). Dioscórides destaca a veces la hermosura como un rasgo peculiar Textor enumera sus grados. Hay plantas delicadas, como la «Artemisia altera» {Artemisia campestris L.), de notable elegancia, como el «Tragoriganum» {Thymus tragoriganum L.), aptos para confeccionar guirnaldas, como el «Serpyllum hortense» {Thymus serpyllum L.), y aguzados como el «Acuminatus luncus» {luncus acutus L.). Por fin, en las descripciones dioscorídeas se alude también a una nota discriminante muy útil para el reconocimiento de una planta, la textura o leñosidad. Enteramente surculoso es el «Symphytum petraeum» {Symphytum tuberosum L.); con cabellera el equiseto {Equisetum pratense L.), y retuércese como un sarmiento el «Amomum» {Amomum cardamomum L.). A modo de recursos mnemotécnicos, que permitan retener mejor el contenido de la Materia medica, y ayuden a asociar unas plantas con otras, o a distinguirlas, introduce un apartado que se diría sobrante si no fuera porque los destinatarios empezaban ya a manejar listados de plantas que se añadían al final de las traducciones y arribaban, desde Italia, las enmiendas («castigationes») del significado de ciertos términos. En ese contexto hay que entender el epígrafe dedicado a la relación de semejanza y disparidad entre las plantas de acuerdo con el orden que se dan en su secuencia griega'*^. Junto a la palabra griega agrega la traducción latina cuando difieren, casi siempre, en su raíz. No es un diccionario exhaustivo, ni mucho menos: «Abrotoni», «Agrósteos. Rubi», Con el apartado sobre la comparación binaria de plantas termina la sección consagrada a las diferencias de las plantas consideradas globalmente"^^. Aquí los parágrafos, indicados por letra capital en negritas, llevan los encabezamientos siguientes: «Candidius est...», «Plantae apricis locis...», «Veré prodeunt...» y «Coronariae herbae». En el primer caso, amén de comparar la blancura de dos especies, se toman otros parámetros que, en el Dioscórides, vinculan una planta con otra o con varias más: semejanzas, diferencias. En el segundo caso, el nexo descansa en el lugar donde medran: plantas que aparecen en lugares asoleados («apricis locis»), principalmente, umbríos, edificados, castigados por el viento, nivosos, clivosos, en los collados, montes, cumbres, promontorios, sobre pedregales, en campos agrestes, en sembrados, en suelos jugosos y estériles, en arenales, arboledas, en cenagales, en sitios encharcados, en riberas y litorales, en las islas, plantas ruderales, en paredes y tejados, y en otros muchos asimilados o variantes. Textor selecciona de la Materia medica plantas que germinan en una misma estación, vale decir, en primavera o verano. Con la misma falta de ilación que media entre el primero y los dos casos cen-^^ «Ad binas plantas collatio». Se prolonga hasta la página 1144. traies, el cuarto agrupa las especies «coronarias», es decir, aquellas que en tiempos de Dioscórides servían para tejer guirnaldas. Terminada la ordenación de la Materia medica en lo concerniente a las plantas consideradas en sí mismas, en su naturaleza específica. Textor aplicará el mismo patrón general, el mismo criterio de lugares comunes, a las partes componentes del vegetal. Más arriba había introducido algunas partes que no eran principales; en lo que sigue ajustará la plantilla de las categorías aristotélicas a las partes principales. Estas partes «praecipuae» son las que repasa Dioscórides en la mayoría de las descripciones de los vegetales, a saber: la raíz, el tallo, la corteza, las ramas, las hojas, la flor, el fruto y las semillas"^"^. Tomemos como ejemplo de esa pauta aludida el primer órgano considerado, la raíz. Se trata de poner de relieve las diferencias entre las plantas en razón de ese órgano («parte principal»). De acuerdo con las descripciones de Dioscórides: si atendemos a su superficie, hay raíces adnascentes, desnudas y pilosas; si a la forma, en tubérculo, con extrusiones, fistulosas o cóncavas; si al líquido o jugo que segregan: musgosa, jugosa y rebosante. Dentro del mismo cuadro, viene un apartado notable, el del número: raíces numerosas, únicas, dobles, triples, quintuples o sextuples, únicas por la zona distal y múltiples por la proximal. Número que con la talla pertenecen a la categoría de cantidad. Por el tamaño las raíces son grandes, bastante grandes, exiguas, supernumerarias, contraídas, gruesas, del grosor de un dedo o casi, de un pulgar, de un meñique, de un bastón, de corteza ancha, gráciles, de líber (que abarca también el cambium) tenue o grueso, largas, oblongas, larguísimas, de tres dedos, de cuatro, dodrantales o más, de un codo o de un múltiplo de codo, anchas. Por lo que se refiere a plantas que pueden asimilarse entre sí por razón de la categoría cualidad aplicada a la raíz. Textor confecciona varios conjuntos de especies, por supuesto no disjuntos, que tienen en común el color, el sabor y demás percepciones de los sentidos. Así, agrupa plantas sin ningún lazo taxonómico que poseen blanca la raíz, las que segregan un fluido lechoso o son blanquecinas. Hace lo propio con las de raíz rubia, azafranada, amarilla, rubescente, verdosa, negra, roja, roja sólo la corteza, negra por fuera, etcétera. Espiga luego las plantas que, de acuerdo con Dioscórides, emiten un olor. Y junta, en grupos consecutivos, las especies de olor agradable^^, las olorosas, de olor fuerte, intenso, intensísimo, fresco, con olor a tierra o a vino. Acomete parejas agrupaciones de plantas en razón del sabor, de desarrollo mucho más detallado por la importancia mencionada en la terapia humoral. De acuerdo con ese rasgo, enumera plantas de raíz astringente, amarga, sosa, insípida, sua-' *' * «Stirpium partes praecipuae. El desarrollo de las mismas abarcará hasta el final de la obra. 116 Asclepio-Vol XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ve al gusto, dulce, salada, picante, acerba, con variantes y compuestos"*^. Pertenecen a la categoría «cualidad», aplicada a la raíz de una planta, cuanto se diga sobre sobre su blandura o dureza, lo que Textor resume diciendo «tactilis qualitas». En razón de ese criterio, crea diversos grupos de especies: los de raíz blanda, los de raíz tierna, grasicnta, glutinosa, dura, tenaz, áspera, pesada, con variantes y compuestos. Por lo que se refiere a la figura, distingue a partir de Dioscórides plantas con raíz firme, redonda, tubular, terminada en punta, nudosa, en tubérculo, multífida (esta última figura le da pie para incluir grupos de las que poseen pelos y cirros), testiculares, en cola de escorpión, capiliforme, juncosa, en pomo, en manzana, amembrillada, piriforme, en aceituna, en bellota, etcétera. Termina con algunos grupos de escasa relación con la figura: las de gomarresina, del olor del incienso, con brillo de alabastro y otras'*^. Lo mismo que en la clasificación de las plantas atendiendo a su naturaleza entera, en la consideración de las partes principales también dedica un apartado a la ordenación de las raíces en razón de su comparación con la denominación griega^*. Aquí, sin embargo, parece más evidente el afán sistemático, porque atiende a distintos tipos morfológicos de raíz, en los cuales pueden englobarse los demás. Más dos que no guardan relación con lo anterior: «radice idem principium sortita» e «inutili radice». Bajo cada epígrafe enumera una serie de grupos de plantas que, de acuerdo con Dioscórides, tienen la raíz similar a la prototípica: mayor, menor, emuladora, etcétera. Por ejemplo, bajo el paraguas de los bulbos cobija tres grupos de plantas, las especies de raíz bulbosa, las especies de raíz a modo de un bulbo grande y las especies de bulbo pequeño. Ha empezado la descripción de las diferencias dioscorídeas entre las especies del modo habitual, por la raíz. Sigue el tallo o tronco"*^. El primer criterio de comparación, la superficie al tacto del vastago, admite aquí también cierta liberalidad. Incluye la presencia o ausencia (en todo o en parte) de hojas, espinas, lanas, pelos, humores y alguno más sin mayor relación aparente. En cuanto al número, el alumno debe saber que Dioscórides habla de plantas que carecen (siempre o en determinadas circunstancias) de tallo, de plantas con muchos vastagos, de plantas unicaules. En cuanto al tamaño, trae a colación tallos grandes, gruesos, de un dedo de diámetro, finos, largos (con pormenorización de las medidas de longitud), cortos. En cuanto al color, la gama habitual (blancos, lechosos. En el apartado que dedica a la memorización de las semejanzas y disimilaridades por razón de la ordenación griega^^. Textor selecciona con bastante acierto un manojo de prototipos de plantas cuyos tallos sirven de punto de referencia para entender la morfología de otras, de acuerdo con Dioscórides. Indica el nombre griego, añadido de la traducción latina cuando procede; por ejemplo, «Andrachnes. Selecciona, por último, otra gavilla de plantas cuyo tallo guardan por una u otra razón parecido, aunque no siempre la comparación sea dos a dos, pese al epígrafe: «Ad binos caules comparatio»^^ Tras la raíz y el tallo, los ramos. Superficie (lisos o hirsutos, humores, etcétera), número, tamaño, color, sabor, dureza. Sigue la comparación, a partir de la denominación griega, aunque no lo diga expresamente en el título del epígrafe^^, de plantas representativas para Dioscórides en razón de los ramos. De acuerdo con el patrón, continúa con el cotejo binario. Pero antes de entrar en el apartado de las hojas introduce una sección que nos revela que Textor asimila la anatomía de la rama a la del tallo, y ambas a estructuras propias de una u otro: «virgae, viticulae, pediculi, culmi, surculi, adnata, germinationes quaedam, festucae, cirri, capreoli». A cada estructura le aplica, en desigual medida, los criterios habituales (superficie, número, talla, etc.)^^. El apartado consagrado a las semejanzas y diferencias de las plantas en razón de las hojas es, con mucho, el más extenso. Empieza, como siempre, con lo que atiende a la superficie foliar (espinosas, aculeadas, hirsutas, tomentosas, etcétera, terminando una vez más con el fluido que exudan), para continuar con el número (especies carentes de hojas y su extremo, estirpes densamente foliadas, adventicias, en los nudos, variables o de cierta cantidad fija), tamaño (grandes, exiguas, gruesas, finas, largas, anchas, oblongas, angostas, con asimiladas y variantes), color, sabor, geometría o forma sensu lato (redonda, acorazonada, angulosa, mucronada, acuminada, nervada, gibosa, cóncava, fisurada, incisa, serrada, dividida, etcétera), figura (en luna, delfín, escolopendra, lengua, pennada, lanceta, cuchillo, acetábulo, huella humana, etcétera). Completa ese elenco con un sumario alfabético, griego también, de dieciseis grupos donde se comparan las hojas de una planta con referencia a las de otras. Por ejemplo, bajo el encabezamiento «Sisymbrii» (Nasturtium officinale R. Br.) del epígrafe anterior. Textor asociaba a las hojas de éste las del «Dictamnus altera» (Ballota pseudodictamnus Benth). Ahora, en la «particula decimasexta», recuerda del Dioscórides de Marcello Vergilio que el olor de las hojas del «Dictamnus altera» es suavísimo, medio entre las del sisimbrio y la salvia^^. Cierra, por fin este capítulo, con tres puntos de interés vario: lugar de inserción de las hojas, tiempo de germinación y carácter urente y escarificante de algunas. La flor dioscorídea no distingue ninguna función en androceo y gineceo (a esa percepción se llegará a finales del siglo XVII). Se refiere, sobre todo, a la corola. Cuando Textor extraiga de la Materia medica las diferencias entre especies, aludirá a determinadas discrepancias en el perianto. Empezará, de acuerdo con el patrón, con los apéndices espinosos y los humores que despiden. Proseguirá con el número, continuará con el tamaño, color, olor, sabor, dureza, forma y figura. Los prototipos florales, en seriación greco-alfabética, a tenor de los cuales dos plantas se aproximan o distancian (difieren), son: «Anagallidis», «Anemones», «Anethi», «Bolbi. Sin solución de continuidad, es decir, sin introducir el epígrafe donde procede a comparar dos o más especies con otra en razón de la flor, recoge la semejanza entre la flor de «Cacalia» con la del «Muicus» y «Olea». De acuerdo con Dioscórides retiene que la flor puede brotar en distintas partes de la planta: arrancar en la misma base, al final del vastago, en ramas. Confunde la estructura de soporte de la flor. Por último, señala el tiempo de floración de algunas plantas y el carácter urticante y ulcerante de todos los ranúnculos. Entre las escasas anotaciones personales de Textor, no extraídas directamente de la Materia medica, sobresale la que aparece en este apartado de la flor. Dice allí que el fruto, la semilla, las «umbellae» y los «pericarpia» siguen necesariamente a la flor. Por eso, agrega, deben hallarse cerca de la misma. No siempre ocurre así con los «capitula»^^. Distingue entre fruto y semilla, como si se tratara de dos elementos separables, aunque relacionados. Puede haber frutos sin endocarpo que encierren las semillas, como en el caso del madroño^^. Las diferencias entre especies en razón del fruto empiezan por los detalles extemos o superficiales, con algún rasgo más sin vinculación con ese criterio (jugo que rezuma). Pasa luego al número, desde las que carecen de fruto («stériles») hasta los que los poseen en abundancia, el tamaño, color, olor, sabor, textura, forma geométrica y figura. Los tipos de frutos, es decir, las especies que portan frutos que sirven, en Dioscórides, de referencia para otros son: «Anethi», «Amygdalae», «Balani. dandis», «Botryos et Staphyles. Por último, una observación sobre el boj («péndulo fructu») y frecuencia de fructificación. La clasificación de base dioscorídea que Textor realiza de las plantas en razón de la semilla se extiende desde la página 1191 hasta la 1197. De acuerdo con el patrón, arranca de la superficie al tacto (tomentosidad por ejemplo), con mezcla de otras peculiaridades, aquí de particular interés, como la ambrosía, que produce semillas sin flor previa, o la parietaria, cuasi dotada de semillas, amén del acostumbrado fluido exudante. Y, a continuación, las notas accidentales de rigor: número, tamaño, color, olor, sabor, textura, forma geométrica, figura. Las plantas cuyas semillas sirven de referencia en Dioscórides, ya sea por semejanza o disparidad^^, son las siguientes: «Anchusae», «Altheae, «Ammi», «Anethi», «Anisi», «Apii. Fabae», «Cymini», «Lini», «Marathri. http://asclepio.revistas.csic.es minar con algunas variaciones sobre el fruto donde se encierran las semillas («in calyculis», «in pomis», «membrana incluso», otra sobre la estación de maduración y una última sobre la planta de semillas vanas^^. Resume, por fin, en ocho apartados otras estructuras anatómicas ligadas a la flor, el fi-uto y la semilla, en razón de las cuales las especies se asemejan o discrepan. Esas estructuras no se corresponden forzosamente con las designadas actualmente por esos mismos nombres: cáliz, verticilo, espiga, umbela, capítulos y vasos, silicuas, papos y espinas^^. Se trata de destacar aquellas plantas que portan de una manera llamativa ese rasgo, según Dioscórides. Del cáliz, por ejemplo, registra el de la barba de chivo (Tragopogón porrifolius L.); de las espigas, la del raigrás (Lolium perenne L.), entre otras; de las portadoras de umbela, la de la cicuta {Conium maculatum L.), entre varias; del vilano, «Typha» (Typha angustifolia L. y Z latifolia L.); de la espina, el cardo (Cynara cardunculus L.) y algunas más. Por lo que respecto a capítulos y vasos, entendiendo por tales formaciones foliares en copa, más que estructuras de disposición de la flor, remeda el patrón habitual seguido en raíces, tallos, etcétera: presencia o ausencia y sensibilidad al tacto, número, color, olor, sabor, forma geométrica y figura que imita. A ello añade la comparación, binaria o no, entre plantas partiendo de la denominación griega, para continuar con el punto de aparición o inserción del «caput». También se aplica el patrón general a las silicuas. La intención de Silvio, de Textor, es que los futuros médicos, los «tyrones», conozcan de una forma sistemática las propiedades galénicas de las plantas, de las principales al menos, en lo que se refiere al sabor, olor, textura de las partes y otras indicaciones necesarias^'^. Puesto que en esos años del primer tercio del XVI el esfuerzo de los naturalistas se centraba en recuperar el significado exacto de las plantas descritas por Dioscórides, y apenas si había empezado a incrementarse su elenco, nada mejor que disponer de una guía que permitiera memorizar y extraer el mayor aprovechamiento del nuevo canon. Y hacerlo, además, científicamente, aplicando para su sistematización las herramientas de la lógica aristotélica. Otras obras, con propósito similar, le seguirán, impulsadas por el propio Silvio. Pero eso nos aparta de los límites de nuestro ensayo.
En el contexto de un estudio sobre política asistencial y sanitaria en el Peni, durante los siglos XVI a XIX, el autor ha investigado documentalmente los avatares del Hospital del Espíritu Santo, especialmente los concernientes a su proyectado traslado, en 1750, desde Lima a Bellavista. as, en previsión de cataclismos, y otras importantes medidas; en dicha Memoria se observa la preocupación constante del Virrey por normalizar la vida de la ciudad, en particular la reedificación de los locales públicos afectados, sobre todo los hospitales de Santa Anta de los Naturales, San Andrés, San Juan de Dios y otros más. Sin embargo, no encontramos referencia alguna a la situación del hospital del Espíritu Santo de los Mareantes, a cargo del Gremio de Navieros, Capitanes y Pilotos. Es verdad que se hace mención a la situación de este hospital, derruido en el seísmo de 1746, al igual que el de 1687, pero por contar con financiación de la gente de mar, se dejó a su responsabilidad la forma y modo de solucionar la contingencia; volcándose la ayuda de la Corona a los servicios y establecimientos que con urgencia la requerían. Dentro de nuestras investigaciones sobre Política Asistencial y Sanitaria de los siglos XVI a XIX, hemos dedicado especial atención a uno de los servicios de salud, que a diferencia de los restantes -como se ha mencionado-, contaba sólo con recursos provenientes de los propietarios de las naves y de los marinos (capitanes, pilotos, maestres, marineros, grumetes, etc.), mas estas informaciones estaban dispersas y no suficientemente coordinadas ni contrastadas; por ello hemos procurado ordenarlas para contar así con una visión integral de su funcionamiento, rentas, sistema de protección y demás desde su inicio en 1575 hasta su cierre en 1821 y su posterior desaparición en 1822. En el curso de la investigación encontramos referencias en el Archivo del Real Tribunal del Consulado^ sobre un expediente iniciado por el Virrey Conde de Superunda en el año 1750 ante el Gremio de Navieros, sobre el traslado del Hospital del Espíritu Santo (ubicado desde su fundación en 1575 en la calle del mismo nombré, hoy Sa de Jirón Callao, esquina con la calle hoy Avenida Tacna), al pueblo de Bellavista. Merced a la constante búsqueda fue posible localizar documentos de gran calidad histórica y plena autenticidad^ vinculado este hecho con otros relacionados con la visita de hospitales que realizara el Regente de la Audiencia del Cuzco, don Manuel Pardo Rivadeneyra en 1815'*, que incluye el proyecto de nuevas Constituciones y normas de funcionamiento para este hospital. Así, por etapas se ha podido organizar la vida de este servicio sanitario desde 1575 hasta 1821, para la atención de los mareantes y sus familiares. Si bien son dignos de resaltar el empeño del fundador don Miguel de Acosta y un grupo de navieros para iniciar la obra en 1571 y su funcionamiento desde el día 23 de mayo de 1575, con autorización del Arzobispo de los Reyes, don Jerónimo de Loaisa, y la aprobación del Virrey don Francisco de Toledo, también debe destacarse el gran esfuerzo de reconstrucción del hospital y su iglesia efectuado en 1687 (luego del terremoto que asolara Lima) por don Juan de Garay y Otañez y su Albacea, don Domingo Cueto; y años después el de don Raymundo Marres y otros navieros en la reconstrucción subsecuente al terremoto de 1746; y por último la penosa y abnegada labor de don José Rodulfo, entre los años de 1815 a 1822, a quien como último Mayordomo le correspondió efectuar el traslado de los restos del hospital al pueblo de Bellavista, junto con la entrega de otros bienes de dicho hospital a otros servicios de la ciudad, en cumplimiento de las disposiciones del Gobierno del Perú Independiente. Durante la República, el local que dejara el hospital del Espíritu Santo tuvo numerosos destinos entre los años 1822 a 1945: Colegio de la Independencia, Escuela de Mujeres de Mme. Nussard, Escuela Militar, Comisaría, Sociedad de Auxilios Mutuos, Escuela de Construcciones,y Minas que se transformó en la Escuela Nacional de Ingenieros. No obstante no haber sido nunca propiedad del Estado ni haber sido declarado bien supreso ni vacante o libre, como ocurrió con otros establecimientos, el Estado dispuso de este bien como propio, diríamos como consecuencia de los acontecimientos históricos de cambio de política del Virreinato a la Independencia y de las modalidades de relación socio-económica surgidas. Mediante diversos decretos el local fue siendo adjudicado en uso, concluyendo su existencia en 1944 con la venta que realizara, autorizada por la ley expresa, la Escuela Nacional de Ingenieros al Ajointamiento de la ciudad de Lima, para la ampliación del Jr. Tacna hoy Avenida del mismo nombre, y su demolición consiguiente. Después de esta reseña antecedente, dediquemos nuestra atención al tema central de este estudio: el traslado del hospital del Espíritu Santo al pueblo de Bellavista. Debe mencionarse que en 1750 la Ciudad de los Reyes se encontraba en pleno proceso de reconstrucción, gracias a la tesonera labor mencionada del Virrey Conde de Superunda, medidas dictadas, autorizaciones reales, etc.^. En los instrumentos hallados^ y de su correspondiente análisis, podemos señalar los pasos formales que se siguieron por el Superior Gobierno, la intervención del Prior y Cónsules del Tribunal del Consulado, la del Gremio de Navieros, Capitanes y Pilotos, sin dejar de mencionar el escrito muy especial 5 MORENO CEBRIÁN, A. (1983), op. cit., pp. 259 contar con ayuda de fondos para la nueva fábrica y con venta del local del hospital de Lima, b) Veinte votaron en contra, por no ser expedible ni practicable la traslación, por carencia de recursos de la Hermandad para edificar un nuevo hospital, pues las cuotas que se pagaban sólo cubrían el mantenimiento y la curación de los enfermos y la paga del personal mínimo; opinaban que era mejor reconstruir el hospital en su local y «sentían poderosos inconvenientes muy difíciles de vencer para efectuarse esta traslación», situación que se complicaría de ubicarse el hospital de Bellavista, al no disponer de médico y cirujano que por los salarios que se pagaban^ no abandonarían la Ciudad de los Reyes. Asimismo la Junta declaró que en la próxima Pascua del Espíritu Santo, cuando se renovara la Mayordomía, «providenciarían medios y arbitrios con que reparar en el mejor modo posible las Salas en que habitan los enfermos». Se advierte así que pese a la buena y cristiana intención del Virrey y del Consulado pesaron las razones expuestas por la mayor parte de los navieros, lo que así fue comunicado al Virrey con oficio de 21 de abril de 1750, acompañando copia certificada de la Junta. El Virrey, con fecha 27 de abril de 1750, decretó la devolución de la consulta al Consulado, acompañando el escrito del capellán don Cayetano Salvatierra, acumulando los actuados y pidiendo que se oiga a los navieros «sentando con individualidad el dictamen de cada uno y los fundamentos con que lo apoyaren. Cayetano Salvatierra, en su calidad de capellán del hospital, muy bien enterado de la reunión celebrada el día 15 de abril, presentó escrito al Virrey sobre la conveniencia de que el nuevo hospital se edifique en el pueblo de Bellavista, alegando las siguientes razones: a) Que un hospital de náuticos no puede estar distante tres leguas del puerto. b) Varias muertes se ocasionaron por el traslado de los enfermos del Callao a Lima. De esta reseña se deduce que el capellán estaba al corriente de todo lo ocurrido y, más aún, levantaba cargos contra el Gremio, teniendo como finalidad lograr el traslado del hospital a Bellavista; pero, antes veamos la respuesta. El Prior y Cónsules del Tribunal del Consulado, al día siguiente, 28 de abril de 1750, convocaron de urgencia a Junta para el día 30 del mismo mes, a la que concurrieron 48 Hermanos de la Cofi"adía, y cuyo resultado es el siguiente: ^ El hospital de Bellavista fue autorizado y edificado por la Real Junta de Aplicaciones de las Temporalidades de los Jesuítas por acuerdo de 7 de julio de 1770 y su administración se encargó a los Padres Betlemitas; atendía a los marineros de las naves de guerra y a las tropas del Presidio del Callao; contaba con las rentas provenientes de bienes de los Jesuítas en el Puerto del Callao. Posteriormente, por Decreto del Virrey don Gil de Taboada y Lemus, de 16 de julio de 1790, se suprimió el hospital (no se indican las causas) y los enfermos fueron trasladados a una sala que se habilitó en el Castillo del Real Felipe del Callao. Sin embargo, cinco años después, por decreto de 2 de enero de 1795, se dispuso la reapertura del hospital, habilitándose una sala con 100 camas, encomendándose a la Comandada de Marina designar el personal necesario (médico, cirujano, boticario, contralor, capellán, auxiliares, etc.); parece ser que los pacientes se atendían en los hospitales de Santa Ana y San Andrés de Lima entre 1790 y 1795, lo que ocasionaba mortificaciones por su traslado a Lima, por lo que se reabrió el hospital [Cf. D. ARRIGO, Cosme (1921), «El Callao en el Centenario», Historia Social del Callao, Lima, p. Sin embargo fue corta la existencia de este servicio, pues dependía de las operaciones bélicas (tropa y marineros de las naves de guerra), por lo que fue cerrado hacia 1815 aproximadamente. A este local se trasladó en 1822 el hospital del Espíritu Santo, reabriéndose desde entonces y funcionando como hospital naval, hasta el año de 1955 en que fue clausurado definitivamente, por haberse edificado el moderno complejo hospitalario de la Marina, en la Avda. Venezuela, Callao. http://asclepio.revistas.csic.es a) Diecinueve convenían en el traslado del hospital a Bellavista, siempre que hubiera fondos y sin nuevo gravamen a los navieros, manteniéndose la contribución vigente de 5 por ciento y 4 pesos, respectivamente. b) Catorce personas estaban conformes con el traslado, a condición que los enfermos gozaran del mismo nivel de asistencia que tenían en la ciudad de Lima, porque «la Medicina ha de buscar al enfermo y no los enfermos a la Medicina». c) Cinco votaron por el traslado sin condiciones ni examen de rentas; posteriormente se arbitrarían los medios. d) Dos opinaron que el hospital se entregue a los padres Betlemitas y se mantenga la contribución de navieros y mareantes. e) Tres votaron por la propuesta mencionada en el inciso a) pero sin entregar el hospital a los P. Betlemitas, conservando la Hermandad todos sus derechos de origen. En cuanto al escrito de don Cayetano Salvatierra, el acuerdo unánime fue contestar «por separado» para «levantar la falsedad de sus capítulos sin dejar de mencionar el derecho de la Hermandad para remover al capellán cuando lo considere conveniente». En esta forma concluyó la reunión que con los escritos acumulados y copias certificadas el Consulado elevó el día 6 de mayo de 1750 al Virrey, y éste el día 9 decretó «para que se ponga en ejecución esta obra... se arbitren los medios con que se haya de conseguir y que se dé principio a ella, y también para que en el ínterin que se libren, tengan los enfermos donde curarse», requiriendo al Consulado el mayor celo de la Hermandad para promover la obra sin restricción de medios... Consideramos muy importante analizar la respuesta que la Hermandad del Espíritu Santo elevó al Virrey en contestación al escrito del Lie. Cayetano Salvatierra, como se aprecia a continuación: a) Se quejan del maltrato y descortesía del capellán con la Hermandad y con sus integrantes, «personas del primer crédito de esta ciudad». b) Replican que don Cayetano cometía excesos al cobrar derechos injustos e indebidos a los enfermos, omitir asistencia a los moribundos; por lo que se le reconvino repetidamente, llegando a disponer su expulsión, dándose cuenta al Virrey Marqués de Villa García^^.'" D. José Antonio de Mendoza, Caamaño y Sotomayor, Marqués de Villa García, Señor de Vista Alegre, Rubianes, Lamas y Villanueva, Caballero de la Orden de Santiago, fue virrey del Perú desde 1735 hasta el 12 de julio de 1745, fecha en la que entregó el mando al general don José Antonio Manso de Velasco. vilegios apostólicos para enterrar a los que mueran en el hospital, sin derechos por Cruz Parroquial y otros, que fueron otorgados al hospital y a su Hermandad, mas no al capellán. j) El Gremio de Navieros pagaba el 5 por ciento del valor del tonelaje transportado, y sólo durante cuatro años lo había elevado en otro 5 por ciento adicional, destinado a habilitar el hospital y su iglesia, no siendo en ningún caso de 20.000 pesos como se decía, sino entre 10 u 11 mil pesos por año, pues la renta normal anual era entre 5 y 6 mil pesos, sin considerar los pagos que se hacen por enfermos ingresados en hospitales de Acapulco, Panamá, Guayaquil, Arica y otros puertos. k) La Hermandad afirmaba cumplir con las disposiciones señaladas por los fundadores en las Constituciones de 1575, y en muchos casos los Mayordomos habían puesto sus caudales personales para mantener el nivel de asistencia de los enfermos. " Don Vicente Lee Flores fue Mayordomo de este hospital durante los años 1739 y 1740; pertenecía al comercio de la ciudad. http://asclepio.revistas.csic.es 1) Por consiguiente, la Hermandad no podía permitir los abusos y excesos de don Cayetano, ni que denigre a sus benefactores, por lo que reivindicaba el buen nombre y crédito del Gremio y la honestidad de sus actividades. m) Concluye solicitando se deje de lado («se desprecie») el escrito presentado; se rechace de autos; y que se tachen los términos ofensivos para la Hermandad. De esta reseña se advierte que el Gremio de Navieros y la Hermandad del Espíritu Santo tenía fundadas razones para contestar el escrito de don Cayetano y para no permitir los conceptos ofensivos vertidos. Lo cierto es que el Virrey decretó con fecha 9 de mayo de 1750 reservar providencia sobre este escrito, en tanto se hiciera la convocatoria que con la misma fecha había dispuesto. Ahora bien, por el expediente original que hemos analizado, podemos afirmar que no se llevó a efecto el traslado del hospital, no se arbitraron los medios necesarios ni se hizo nueva convocatoria al Gremio ni a la Hermandad; antes bien, se decidió reconstruir el hospital en el mismo predio mediante erogaciones extraordinarias; y así por etapas las salas fueron reconstruidas con mayor amplitud y ventilación, empleándose materiales más sólidos y seguros, labor que llevó tres o cuatro años, sin dejar de brindar servicio de asistencia a los enfermos. Este local reconstruido es el que subsistió, pese a los cambios y destinos sufridos, hasta 1945. Actualmente, ampliada la Avenida Tacna, y unida al área remanente del hospital con el nuevo Templo del Santuario de Santa. Rosa, forman un solo conjunto en esta manzana, quedando únicamente en el recuerdo el nombre de la calle del «Espíritu Santo» donde funcionó este benéfico centro asistencial de la gente de mar. Como se ha expresado, el traslado no se efectuó en el año de 1750, y el hospital fue reconstruido, calculando que hacia 1760 había normalizado sus servicios; pero con algunas variantes, como fue el caso de la asistencia a personas ajenas al Gremio de Marinos, como particulares, jornaleros, criados, etc., lo que representó una fuente adicional de ingresos tanto en metálico como en especie (ladrillos, cal, maderas, etc.), medidas que permitieron que el hospital recuperara su nivel de calidad y servicio, junto con la apertura de salas especiales para Oficiales de Mar, sala de baños, pabellón de éticos, ampliación del cementerio, restauración de la iglesia, etc., continuándose el culto merced a las especiales bulas y prerrogativas de que gozaba^^.'^ Bula otorgada por el Papa Clemente VIII, de fecha 27 de agosto de 1604; pese a que no se había otorgado el pase del Consejo Supremo de Indias, como ordenaba la Ley 55 Tit. 7 Libro I de la Recopilación. También debe mencionarse que en este hospital se estableció una forma de Academia Náutica para la preparación de pilotos en el año de 1657, junto con la Cátedra de Matemáticas^^ que fundara el Virrey Conde de Alba de Liste, siendo su primer director el célebre matemático peruano don Francisco Ruiz Lozano, nombrado luego Cosmógrafo Mayor del \^rreinato, y al que siguieron otros personajes como el R Juan Ramón Koening, don Pedro de Peralta Bamuevo, etc. A ella se vino a agregar la Escuela Práctica de Medicina hacia 1780, precursora del Colegio de Medicina de San Femando ^^ y donde se formaron preclaros profesionales, como el célebre don José Manuel Valdés^^ y los profesionales médicos Fausto, Castañeta, Reynoso, Iturrizara^^ y muchos más, según nos relatan historiógrafos de la Medicina Peruana^^. Pues en el curso de nuestras investigaciones, hemos encontrado numerosas referencias a pruebas y exámenes prácticos realizados en este hospital, como requisitos formales para el otorgamiento de la autorización de ejercicio profesional por médicos y cirujanos, en conformidad con las rigurosas normas de control que ejercía el Real Protomedicato desde 1570 en el Virreinato del Perú^^. De otro lado, cabe mencionar que don Manuel Pardo Rivadeneyra, con motivo de la visita de Hospitales que efectuara en 1815, formuló nuevas Constituciones y reglas de funcionamiento, con arreglo a la misión que le encomendara el Virrey don Femando de Abascal y Sousa^^, las que merecieron aprobación por Decreto VirreinaF^, correspondiendo al período de declinación del hospital como consecuencia del bloqueo marítimo y comercial, de puertos (Chile, México, Guatemala, etc.), la reducción de naves por capturas, hundimientos, etc., lo cual afectó sensiblemente los ingresos del hospital del Espíritu Santo, llegando así a su cierre en 1821, al establecerse el Gobierno de Perú Independiente, a pesar de los denodados esñierzos de uno de sus colaboradores, don Sebastián de Ugarriza^^ quien de su renta personal aportó las sumas necesarias para continuar durante un año la asistencia de los enfermos. Es precisamente el Despacho de Guerra y Marina a cargo de don Tomás Guido (1821-1822) el que convoca a la Hermandad para efectuar el traslado del Hospital a Bellavista, dando comisión especial a don José Rodulfo, en su calidad de último Mayordomo del hospital para que ejecute esta medida, que luego de vencer todos los obstáculos y dificultades propios del momento histórico, se realizó el día 22 de julio de 1822^^, no sin antes entregar parte de sus bienes a los hospitales de Santa Ana y de San Andrés^^. Sabemos que el hospital de Bellavista estaba a cargo de los Hermanos de San Juan de Dios, y años después al declararse supresa la Orden, en 1868, se transfirió a la Sociedad de Beneficencia del Callao, la que administró el hospital hasta su clausura definitiva en 1966, por haberse edificado nuevos y modernos servicios de salud en el puerto del Callao. En esta forma concluyó la existencia del hospital del Espíritu Santo de los Mareantes, que durante casi 250 años brindó eficaz protección y cuidado de la salud a la gente de mar y a sus familiares, y fue ejemplo de organización con financiación propia; en cierta forma, precursora de los sistemas de seguridad social. Ha quedado así en el recuerdo de la Historia Virreinal la vida de este hospital, que ahora en estas líneas hemos querido reseñar, y también para su adecuada ubicación dentro de los numerosos servicios sanitarios de la Ciudad de los Reyes de Lima.
A. GONZÁLEZ BUENO «... le somos deudores con particularidad los q^. vivimos en este delicioso suelo, y estamos obligados á contribuir á una obra q^. acredita la nación española, y manifiesta el carácter valenciano, q^. (...) debía ser imitado para la prosperidad de n"^°. península.» ¿Cuántos informes sobre la Historia Natural de su Reino necesita este monarca? Desde luego A.J. Cavanilles es una persona incómoda para algunas camarillas de la Corte; tiene pretensiones sobre la dirección del Real Jardín^, y su antagonista, Casimiro Gómez Ortega, está dispuesto a desplegar toda sus fuerzas cortesanas, que no son pocas, para evitarlo. Nuestro protagonista acaba de llegar a España y, aunque ducho en intrigas y polémicas, y bien informado de los asuntos de la Corte, aún es neófito en la política de los cafés y las tertulias, donde C. Gómez Ortega sabe desenvolverse con una habilidad pasmosa^. A.J. Cavanilles acaba de llegar de París, lo ha hecho a finales del otoño de 1789, porque la situación social que se vive en Francia, tras los incidentes de ese verano, hacía incómoda su presencia y la de sus valedores, los Duques del Infantado, de cuya Casa es capellán y preceptor de sus hijos: «Las persecuciones que experimenta todo hombre, mayormente los ricos, y sobre todo los clérigos, me obligó a zafarme, oculto y disfrazado, y forzó a los Señores a abandonar aquella ciudad.»"* escribirá a su entrañable amigo José Viera y Clavijo, quizás su más fiel rodrigón. El comunicado de tal decisión al Conde de Floridablanca, de quien ya ha recibido apoyo en otras ocasiones, parece menos dramático: «... para evitar el imbierno, saldré quanto antes de aquí, y apenas llegue, procuraré tener el honor de presentarme á V.E.»^ y es que nuestro protagonista tiene un excelente disposición para la carrera política, sabe distribuir los elogios y Cuidar las formas, el atildamiento de su aspecto externo es fiel reflejo de su carácter; A.J. Cavanilles ha escrito a Floridablanca el 29 de septiembre: hacía sólo ocho días (21-IX) que Floridablanca había encargado a la Inquisición la defensa ideológica frente a la Revolución francesa; nuestro protagonista aún no lo sabe, por eso justifica su vuelta a España «para evitar el imbierno». go se digne hacerlo (...) Quando no hubiese vacante podría V.E. nombrarlo supernumerario de alguna Audiencia...»^. Antes de que transcurriera un mes Josef Tomás Cavanilles engrosaría el cuerpo de los funcionarios al servicio de la Corona^^. A. J. Cavanilles no parece querer permitirse un solo desliz en su carrera, su más seguro valedor, su único apoyo seguro, son sus escritos; él lo sabe, y los cuida y los mima hasta el exceso, prepara él mismo los dibujos, controla a los grabadores, elige los mejores impresores, y nos ofrece unos textos botánicos con un latín cuajado de hipérbaton y, a la vez, de una precisión científica envidiable. El lo sabe, sus escritos son las armas de su triunfo: «V.E. sabe conocer el mérito y recompensarme si en mis obras ya publicadas y en lo que he recogido para esta historia natural hubiera alguno. Espero que V.E. querrá se me concedan los honores a los que aspiro.»'^ escribía al Duque de la Alcudia en el verano de 1793, y no es mero saludo protocolario, como hemos visto. Mas volvamos al objeto de nuestro interés principal; líneas arriba comentaba la feliz coincidencia de dos viajes próximos en el tiempo, el de G.M. Jovellahos y éste que nos ocupa. Los escritos que nos han llegado de ambos tienen un común sistema de trabajo, en palabras de Jovellanos: «Mi método se ha reducido hasta aquí a observar cuanto puedo, según la rapidez de mis correrías, y a exponer a usted mi modo de pensar (...) y si alguna vez alabo o vitupero, es solo cuando la vista del bien o el mal hacen que el corazón gobierne la pluma y le dicte sus sentimientos.»^^ Y es que esta capacidad tan clara para discernir entre el bien y el mal es innata al hombre ilustrado, que sabe encontrar, a través de la descripción exacta de los rasgos físicos y psíquicos de un pueblo, las necesarias consecuencias de índole social o económico. A.J. Cavanilles se expresará en términos muy parecidos: ^ Carta de A.J. Cavanilles al Príncipe de la Paz. ^^ El texto en la «Carta novena» de G.M. Jovellanos a Antonio Ponz (cf. vol. 2, p. 47 de las Cartas del Viaje por Asturias, en la edición de J.M. Caso González. «El único termómetro para graduar las licencias ó las prescripciones ha de ser el bien ó el mal de la especie humana.»^^ La descripción del viaje de A.J. Cavanilles, como las Cartas del viaje de Jove-Uanos, son sendos programas reformistas, muy próximos en algunas de sus formulaciones; programas que ofrecen soluciones, distintas según la idiosincrasia local, pero centradas ambas en esa mítica búsqueda de «la felicidad del pueblo». Y a establecer las medidas que deben adoptarse, en las distintas tierras de Valencia, para lograr ese mayor «estado de felicidad», dedicará A.J. Cavanilles sus esfuerzos. Sus «Observaciones sobre el Reino de Valencia», el resultado de esos tres años de peregrinar por estas tierras, son ejemplo paradigmático de lo que, un ilustrado de la España de finales del XVIII, ve y siente al atravesar los terrenos que le son queridos. Su viaje, como el de G.M. Jovellanos, no reúne las características de un periplo expedicionario, aun cuando tenga algo en común con ellos, no recorrerá los caminos solo, irá acompañado de sus amigos, o los hará nuevos entre aquellos que mantengan sus mismos ideales acerca del fomento de la agricultura y la felicidad pública. Luego habremos de adentrarnos en el itinerario en sí, al menos de los viajes que se conservan en sus cuadernos de campo^"*; hagámoslo ahora en el pensamiento del viajero, en lo que a sus preocupaciones sociales respecta, un campo éste en que A.J. Cavanilles, aún sin llegar a la vehemencia de Cabarrus, a quien, por cierto, no parece tener en mucha estima, sabrá expresarse con meridiana claridad. La organización social y económica del Antiguo Régimen es cuestionada a lo largo de todo su viaje; como el G.M. Jovellanos del «Informe en el expediente de la Ley Agraria», A.J. Cavanilles mantendrá que la reforma debe empezar por aumentar la «felicidad» del campesino, su crítica contra los terratenientes e intermediarios es feroz, y de ella no están exentas las comunidades religiosas, pese al estado a que se acoge nuestro personaje. Pero no es a los campesinos a los que A.J. Cavanilles dirigirá sus enseñanzas, sino a aquellos propietarios que procuran las mejoras necesarias en sus tierras. Y en sus «Observaciones...» irá desgranando el nombre de estos hacendados, con-'^ A.J. CAVANILLES (1795), Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia. 173).' "* Utilizamos los manuscritos depositados en el Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid (A.R.J.B.): Diario de las excursiones del viaje a Valencia, 20-III-1792 / 17-VIII-1792 (leg: XIII,7,1); Diario de las excursiones del viaje a Valencia, 16-IV-1793 / 3-X-1793 (leg: XIII,7,2); además de las notas, apuntes e informes anejos a los volúmenes publicados de las «Observaciones...» (legs: XIII,7,3 / XIII,7,6). Conste aquí mi agradecimiento a R San Pío Aladren y R Collar por las facilidades dadas para la consulta del material custodiado en el archivo del Real Jardín de Madrid. formando una lista de personas ejemplares, de modelos a imitar, por toda la geografía valenciana; no habremos de detenernos en rehacer la nómina, pero fijémonos en la caracterización de «ciudadanos instruidos» con que suele definirles, porque ésta será una de las opciones finales por las que aboga A.J. Cavanilles, hasta el extremo de plantearse la utilidad de su periplo como solución imperfecta ante esta carencia: «El que viaja con instrucción y cuidado, puede descubrir algunas cosas, pero los que están establecidos en los pueblos, son los únicos que pueden completar los conocimientos útiles á las ciencias y al estado.»'^ Y como maestro obra, dando instrucciones sobre el modo de podar los olivos o los algarrobos, de injertar los frutales, de construir presas, de potenciar el comercio, o sobre la necesidad de reformar un camino.... Es un misionero de la ilustración, y como buen evangelista se esfuerza en que su doctrina llegue a quienes están en posición de llevarla a la práctica: «Algunos ricos propietarios salieron conmigo al campo, oyeron al pie del árbol estas reflexiones, y me prometieron ponerlas en práctica, y animar á los otros con su exemplo.»'^ A.J. Cavanilles cuenta con pocos medios materiales para elaborar las «Observaciones...» de sus viajes por tierras valencianas; le acompaña la «Historia del reyno de Valencia» que escribiera Gaspar Escolano, a ella hará alusión repetidas veces a lo largo del texto, en especial cuando se ocupe de las producciones o de la población de estas tierras; conoce, y en ocasiones critica, las explicaciones del «Viage por los Alpes» de Horacio Benito de Saussure, a quien tiene presente en sus opiniones sobre la configuración de los terrenos y el origen de las fuentes de agua, ya quien sigue en el modelo a utilizar para dibujar los relieves (los cerros de perfil y sombreados de poniente); para las interpretaciones orogenéticas y la presencia de fósiles sigue al abate Olivi que, en estos momentos, publica su «Zoología Adriática...» (Bassano, 1792); por supuesto conoce a los escritores fisiócratas franceses, a los que cita y sigue en sus consideraciones, los textos del abate Rozier, los métodos de molienda de Sieuve, o los del abate Tessier para mejorar la sementera son comentados en sus escritos; también conoce la «Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España» que había publicado'^ A.J. CAVANILLES (1795), Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia. 4).'^ A.J. CAVANILLES (1795), Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia. Guillermo Bowles (Madrid, 1775), pero su opinión sobre esta obra no es positiva. Para la construcción de mapas dice valerse sólo de una brújula; conoce el mapa levantado por Tomás López de Vargas, «López» sin más en las menciones que de él hace en sus diarios manuscritos, siempre con ánimo de corregirlo; su crítica hacia esta obra es feroz: «... ya nos responde el en su advertencia al lector, en donde confiesa que nada ha visto y q' ^. trazó las distancias, los montes y los ríos, por las relaciones que le han comunicado. Tales serán también las noticias que recibió por lo perteneciente a las distancias (...), C 'est une excellente maniere de tromper le public en lui tirant l' argent de la poche!.»^^; por supuesto esta opinión nunca fue llevada a imprenta. Para las costas emplea la carta marítima de Tofiño, al que menciona y corrige en alguna ocasión. El resto del instrumental necesario lo suple con ingenio, véase un ejemplo: «... aunque privado de instrumentos recurrí al medio de dexar caer un fuerte canto, contando las pulsaciones que empleaba en llegar al primer descanso. Ocho veces batió mi. arteria mientras que el canto baxaba hasta dicho sitio sin desviarse de la perpendicular; y si se regula la pulsación por un minuto segundo, tendremos, según las leyes, que los cuerpos observan en su descenso libre, 960 pies de altura perpendicular desde lo mas alto hasta el primer descanso; y siendo esta la mitad solamente, resultarían 1920 pies de altura total en aquel sitio.»'^ La medición no parece del todo certera, pero el método es harto ingenioso. Nuestro protagonista camina a pie o a lomos de caballería, rara vez solo aun cuando sus «Observaciones...» impresas parezcan indicar lo contrario; su equipaje lo carga a lomos de una muía que, no pocas veces, le hizo sufrir alguna mala pasada. Mas dejamos a A.J. Cavanilles en las puertas de Moneada: hora es que volvamos a encontrarnos con él; allí se había hospedado en casa de Francisco Espinosa, médico del lugar, que le acompañará en la primera expedición de la que nos queda noticia en sus diarios, la realizada el 20 de marzo de 1792 al jardín de Puçol; allí se entrevistó con el Padre Constantino, un capuchino al que previamente había puesto sobre aviso de la visita el Arzo-'^ A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones.. «Aquí empecé a sentir con vehemencia el dolor que ocho días hace experimenté por primera vez y que los facultativos graduaron de flato: me incomodó sobremanera hasta que después de dos horas y haber llegado à la posada, con el socorro de beber agua caliente empezó a disminuyr y cesó en fin: por esto (...) mude de dictamen para ver lo que los facultativos de Valencia me dirían para prevenir. »^^ Abandona sus primitivas intenciones y vuelve sobre sus pasos camino a Valencia; el día 24 atraviesa Museros, donde tiene noticia de su antiguo amigo, el P Joseph Muñoz «à quien 32 años de ausencia borraron la fisonomía que conservaba.» Entró en Valencia esa misma noche, mas pronto habría de recuperarse y emprender de nuevo viaje, esta vez en compañía de ése, su antiguo amigo, con quien visita los conventos próximos a Museros entre el 31 de marzo y el 2 de abril; desde aquí se dirigirá a las canteras de donde se extrajo el mármol para construir el altar de San Vicente de Valencia, ahora en compañía del dominico fray Joseph Romero; al día siguiente, y con el propósito de conocer la zona de origen del alabastro con que está construida la puerta del palacio del Marqués de Dos Aguas, emprende viaje hacia Picassent, analizará el material, ajoidado por Tomás Villanova, pero también tendrá ojos para observar la dura situación laboral de quienes trabajan: «Me contaron que suceden desgracias, por caer sobre los trabajadores trozos que les estropean o matan; y esto porque el propietario ó arrendador para ganar mas, difiere mas de lo que debe el desmontar de la espesa capa de tierra el trozo que se debe barrenan En esto debía velar la justicia y contener con penas la codicia de los que atropellan la humanidad. »^° La ira debió agudizar el dolor del viajero: 19 A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones... «Al volver ese día á casa me atacó de nuevo el dolor de hijada, molestándome por espacio de 15 horas: me causó vómitos por tres veces de lo que había comido diez y doce horas antes, ni quiso ceder a varias lavativas, mucho aceyte y diez grandes tazas de agua caliente. Pasé malísima la noche del 3 al 4 y no me tranquilicé hasta las once horas de la mañana de este ultimo día. Me quede en cama y á dieta rigurosa dos días y el Viernes Santo salí de casa, aunque débil.»^' Así acaba la primera excursión, pero pronto habría de reiniciar sus andanzas; el 9 de abril emprende una segunda expedición que habría de resultar especialmente fructífera; principia por las tierras de la Baronía de Alberíc, donde se detiene a analizar los depósitos de yeso del puerto de Career, pasará luego a Llosa de Ranes, herborizará El Puig, cuya flora estudia con especial cuidado, y dirige sus pasos hacia la «tan ponderada» fuente de Bellús. Desde aquí torna hacia la Valí d'Albaida: «Un terreno tan hermoso y fértil no puede menos de influir en el carácter de los naturales, los que hallé sumamente atentos, de trato amable y dispuestos siempre a comunicar quantas noticias convenían...»^^. En el examen de este valle y sus gentes se ocupa el 15 y 16 de abril; el siguiente día, en compañía de un grupo de amigos (Vicente Navarro, Jaime Ferrandis, José Plá y José Gandía «boticario del lugar muy instruido en farmacia y botánica») se encamina hacia Adzaneta de Albaida: «Pocos lugares habrá en España que hayan declarado al ocio mayor guerra, y pocos también en donde logren mejor suerte los vecinos (...) Que aumento de riquezas para una población corta! (...)»^^ y ante el entusiasmo producido en su corazón de ilustrado, no duda en generalizar: «Agricultura, y fabricas son los dos exes de la felicidad y de la virtud cívica.»^'* Apenas come, extasiado ante la fertilidad de las tierras de este Marquesado, ni siquiera la lluvia le disuade de ascender al monte de Santa Ana: 21 A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones... [ «En fin era tal la delicia del sitio por la abundancia de plantas, que solamente la noche que amenazaba me pudo arrancar de allí para bajar.»^^ Gran parte del día siguiente, el 18 de abril, hubo de ser dedicada a arreglar plantas y a dibujar las novedades observadas; tras esta necesaria reordenación de sus materiales, retoma su ruta hacia Ontinyent, un terreno que le asombra aún más que las tierras ya visitadas de la Valí d'Albaida. «En ninguna parte del Reyno si exceptuamos la capital hay tanta nobleza, cuyo trato llano y sin ceremonia hace agradable la mansión que allí hace el que viaja. »^^ Nuestro clérigo se encuentra a gusto en estas tierras, ese trato con la nobleza siempre le ha gustado, y en Ontinyent se siente como en casa; en la versión definitiva, la que enviará a la imprenta, se mostrará más comedido en sus apreciaciones, pero en sus diarios son todo parabienes, una adulación excesiva que el propio abate sabrá corregir Explorará el resto del valle de Biar, prestando una atención extremada a sus mármoles, quizás por deseo expreso de la Duquesa del Infantado, muy interesada en estas producciones^^; visitará Bocairent, del que nos ha legado una idílica vista y una minuciosa descripción del trabajo de los alfareros de la zona; Bañeres, con otra visión no menos idílica y un detallado estudio sobre el modo de injertar los pinos y alguna alusión a las fiestas de moros y cristianos, por cierto no muy de su agrado; el centro de todas estas excursiones será Ontinyent: no parece que A.J. Cavanilles tuviera prisa por alejarse de la villa. No hay duda que el viajero se encuentra a su gusto, ha conocido a los propietarios de las grandes heredades del valle, y con ellos visita sus haciendas; Bartolomé García, Francisco Sirera o José Castelló, son nombres que habrán de perdurar en su memoria y en sus escritos. Mas el periplo debe continuar; pese a la insistencia de la lluvia, emprende camino a Castalia; allí trabará contacto con Tomás Rico, «hombre que sabe juntar una fortuna considerable con un cuidado muy particular á la agricultura (...) me suministró noticias interesantes, pasamos así la tarde y gran parte de la noche, y en esta experimenté de nuevo el dolor Las inclemencias del tiempo, que continuaron durante algunos días, y la buena conversación con Tomás Rico y sus amigos, le hacen pasar un par de días en Castalia; no está inactivo, recorre las proximidades de la villa, pero dedica a la charla instructiva más tiempo del que nos tiene acostumbrados. Aún con lluvia, se decidirá a proseguir el viaje hacia Onil e Ibi; el cuidado con que es trabajada esta vega, en especial el cultivo del almendro, causan su admiración: «... salí á pisar lo que de lejos admiraba, y redobló el gusto y el deleyte mientras duraba el camino desde Castalia hasta Onil (...) y aunque el viento soplaba con violencia hasta incomodar al mas duro, lo hice con satisfacción (...) el terreno de Onil y aun de toda la hoya es superior á todos ó los que lo cultivan merecen el primer titulo en la agricultura.»^^ El término de Ibi le parece menos cuidado, el camino al pantano de Tibi le produce espanto: «El terreno, por espacio de dos horas es el mas á propósito para que los malvados practiquen sus ideas: barrancos á cada paso y en estos, canales capaces de ocultar centenares de hombres. Aun se ve junto al camino la mano del asesino que mató a un infeliz...»^°; la presa le asoinbra, «... obra digna de un pueblo rico é industrioso...»: de ella nos legará un dibujo interpretativo. La excursión prosigue hacia tierras de Xixona. Allí, eri contraste con las de Ibi y Tibi, encuentra tierras incultas, en demasía para su espíritu de fisiócrata, que le inducen a calificar a los habitantes de Xixona «... son mas cultivadores de jardines, que grandes labradores...»^^ Herboriza la Serra de Cabesó d'Or y realiza sus acostumbradas observaciones geográficas, esta vez en compañía de Francisco Ignacio Soler, en cuya casa se hospeda durante su estancia en Xixona. El cuatro de mayo retorna a Ibi. En su camino estudia la vegetación de la Serra de la Carrasqueta; en Ibi descansa y dialoga con José Alcaraz sobre el modo de injertar las encinas y las parras; al día siguiente vuelve a ponerse en http://asclepio.revistas.csic.es camino, ahora con destino a Alcoi. Las tierras de Alcoi, bien trabajadas, vuelven a ser de su agrado, recorre los cursos de los ríos que confluyen en Alcoi, en compañía de José Chisbert y José Deseáis, sus contertulios durante las noches pasadas en esta localidad, con ellos examina las canteras de mármol blanco; con todo, los terrenos no producen cuanto debieran: «Falta no obstante á los de Alcoy y ellos lo conocen, ver el acopio de maquinas que tiene los ingleses y franceses: (...) para esto convendría infinito que algunos de los mas instruidos viajaran y se establecieran por algún tiempo en Londres y otras partes; del mismo modo que se han pensionado á tantos para que se instruyan en matemáticas, medicina, arte veterinaria, reloxería y ciencias naturales. Quan provecho sacaría el Reyno y la nación si se practicase esta diligencia. »^^ Desde Alcoi se dirige a Planes: «es intolerable el abuso de autoridad que se observa en este partido» advertirá al serle explicado el sistema de corta de matorral que se observaba en esta Baronía. Durante los días siguientes se ocupará de la morfología de los montes que rodean esta villa y de sus producciones minerales; los mármoles vuelven a cautivar su atención. Continúa por el Valí de Gallinera, dedicando su tiempo a la herborización; el día 11 de mayo amaneció con amenaza de lluvia, A.J. Cavanilles emprende viaje a Pego; allí le aguarda Pedro Pascual Sala: «Empezó a llober con mucha fuerza continuando esta noche, todo el día 12, y hasta las once de la mañana del 13 (...) En este tiempo procuré instruirme de quanto necesitaba, auxiliándome Salvador Mengua!, labrador inteligente (...). Quando lo permitió el tiempo subí a algunas alturas y visité después aquellos sitios mas interesantes...»^^ En compañía de Salvador Mengual se encamina a Orba, luego, atravesando Jalón y Lliber, alcanza Benissa, allí se hospedará en casa de José Felíu; el 16 de mayo emprende el estudio botánico del Peñón de Ifach. En el camino de vuelta a Benissa encuentra unas ruinas que habrían de llamarle la atención: Estas excavaciones, en un terreno próximo a Calp, atrajeron vivamente a A.J. Cavanilles, hasta el extremo de considerarlas uno de los mayores logros de su viaje por Valencia; tras visitar otras ruinas, los Baños de la Reina, emprende camino hacia La Granadella, visita la cueva del Cap de Sant Martí, de la que hizo un breve apunte, y continuó viaje hacia Xàbia, allí: «Hallé los dos mesones tan mal aviados que no encontré quarto alguno y me fríe preciso pasar a casa de mi amigo y condiscípulo Dn. Jayme Cruañes...»^^ Con él, y aunque poco propenso a realizar viajes por mar, se embarca para recorrer esta costa, en especial se interesa por las cuevas del litoral. El 23 de mayo de este 1792 sale para Denia, por el camino de la montaña, bordeando la Serra del Montgó; en Denia visita a Carlos Valles, cura de la ciudad y antiguo condiscípulo, prosigue camino hacia Gandía, atravesando el valle de Oliva, del que le admira el particular modo de regar los marjales. De Gandía le sorprende la población, siempre ocupada en los más diversos oficios, y los cultivos de moreras y caña dulce. Estudia, con cierto detenimiento, las huertas de los pueblos de su occidente (Rotova, Marchuquera), le acompañan Carlos Sisear y Joaquín Maldonado, a todos les mueve el mismo interés por las producciones minerales y por la calidad de los suelos de estas tierras. «Aquí si que podría asegurar el Sr. Bowles que la tierra es negra; pero decir que la tierra de la huerta de Gandía era de ese color es confesar que no la pisó o nunca reparó en su color verdadero.»^^ La crítica al texto del viajero irlandés es continua; en la edición impresa de sus «Observaciones...» escribirá: «Este autor dio solamente un bosquejo y nociones superficiales (...), excitando la curiosidad de sus lectores sin instruirlos á fondo en un objeto que le llenó de admiración: él tiró las primeras lineas del quadro; procuraré concluirle como pueda...»^' ^"^ A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones.. «Continue el camino hasta Valencia y me tomé algunos días ya para descansar de mis fatigas ya también para poner en orden mis dibujos, plantas y manuscritos, y en fin para dar cuenta al Excmo. Conde de Aranda de lo descubierto en 18 y 19 entre Calp é Hifac como lo execute con fecha de 5 de Junio de 1792.»^s Escribió y lo hizo con la presteza acostumbrada; el 26 de junio de este mismo año, Guevara Vasconcelos notifica a Miguel de Otandi: «Amigo mío: se corrigió la noticia de los descubrimientos que ha remitido Cavanilles; pero ha costado algún travajo, pues era día de Gazeta, y hasta las quatro y quarto de la tarde estuve sin comer en la Imprenta. En otra ocasión convendría tomar algún tiempo para evitar los inconvenientes, y descuidos que puede causar la precipitación con que se travajan estas cosas... »-^^ A la carta, hoy conservada en el Archivo Histórico Nacional, acompaña un manuscrito de A.J. Cavanilles: «Noticia del descubrimiento en la Marina de Valencia por el comisionado de S.M. p^. el viaje científico de España...» La tercera de las expediciones realizada por A.J. Cavanilles este año de 1792, la más extensa y de mayor duración, le aparta de Valencia el 13 de junio. Emplea este día en alcanzar Rotglá, atravesando L'Alcúdia y Alberic; asentado en este territorio, se interna en el valle de Career, gira visita a las poblaciones del valle (Cotes, Career, Alcántera de Xúquer y Beneixida), interesándose por la procedencia del agua que riega estas tierras, inspecciona la Azequia del Rey, y construye un mapa con la delimitación de las tierras del valle; describe la geología y flora de los monte de Sumacárcer y procura una diagnosis detallada de las acequias de Carcaixent y Castelló. Asciende por el cauce del Júcar hacia Millares, un camino áspero, falto de arbolado y de habitantes, poco grato: «Así continuamos sufriendo un calor fuerte y pisando el camino peor que se puede imaginar. «"^^ Millares se anuncia con el olor «jfuerte é insufrible» del esparto puesto a remojo para la fabricación de alpargatas; prosigue por un camino de «desiertos y montes desmoronados (...) [que] obligan a pasar con recelo sino con miedo al que se ve precisado á entrar en Cortés (...) con todo tiene mucho atractivo para el que estudia la naturaleza. En parte alguna la he visto mas rica en vegetales...»"*' Descansa en Cortés de Pallas, y desde aquí decide bajar hacia Enguera; atraviesa Bicorp, interesándose por sus minas, los mecanismos de extracción del yeso y los defectos que observa en sus molinos de aceite; pasa por Quesa, un terreno que, recorrido ya el año anterior, apenas despierta su interés; sigue hacia Navarrés, describe sus fuentes, con cierta minuciosidad, y los lugares de Chella y Anna que salen a su paso, también se interesa por algunos ingenios construidos para aprovechar la fuerza producida por la caída de las aguas. Antes de examinar Enguera, se dirige hacia Montesa, describe su situación y las ruinas de su castillo; volviendo a su camino entra en Enguera, una villa industriosa, dedicada a la fabricación de paños y telas, para la que reclama la instauración de un montepío con el que «se acabaría de una vez con los traficantes del sudor del pobre»; inspecciona sus montes, ricos en vistas pintorescas. Dedica el 25 de junio a ordenar sus manuscritos, luego retorna hacia La Muela de Bicorp; esa noche descansa en una «pobre choza». Al amanecer del día 26 prepara lo necesario para herborizar el Caroch; le acompañan los hijos de Fuster y Verger, propietarios de buena parte de aquellos montes. El Caroch no es de los picos más altos, pero en su opinión, «es el mejor balcón del Reyno»; de él, extrañamente, no hizo imprimir ninguno de los bocetos dibujados. La expedición continúa hacia Cofrentes, allí le espera al viajero una extraña visita; se oculta en el pueblo un fugado de la justicia quien, temeroso de la presencia del visitante, envía a su mujer para cerciorarse de su identidad. «Vio esta que ni mi carácter ni mi equipaje era de perseguidor de desertores y se fue contenta; dexándome à mi con deseos de salir de un pueblo Abandona la villa de Cofrentes pero no su valle; visita Jalance y Jarafuel, donde se interesa por el sistema de cultivo de almeces y álamos; prosigue por Teresa y Zarra, ponderando sus cuidadas huertas, para concluir su viaje en Ayora; aquí se detiene para anotar la extensión de las tierras, el encadenamiento de los montes y, en particular, el del Meca, tan encomiado por Esco-lan©, «Mereció este monte una descripción pomposa de nuestros historiadores valencianos, y otros sin ser historiadores lo recomendaban por mil títulos; por lo qual y para separar lo verdadero de lo falso destiné los días 1 y 2 de Julio para examinarle.»'*^ Tras la detenida descripción del monte, sus fuentes y sus vistas, pasa revista a los restos arqueológicos conservados, muy parcos para lo esperado; emprende desde aquí una visita al territorio limítrofe entre Murcia y Valencia, explora el monte Palomeras, interesándose por su composición mineral y realizando elementales pruebas de calcinación: estos materiales, como tantos otros, fueron numerados y remitidos a Madrid «donde se harán las experiencias»; luego habremos de enterarnos que, en Madrid, Domingo García Fernández realizaría pruebas analíticas sobre materiales acopiados por A.J. Cavanilles'*^. Desde Ayora, murcianos en otro tiempo y que «nada han adoptado de los del Reyno ó Valencianos», sale, en compañía de José Maldonado y los varones de la familia de José Ruiz, con dirección a Ibi; interesado durante todo el camino por el origen de las fuentes, descansa en Biar: «Aquí comí en casa de mi amigo Santoncha, renové el conocíTM'", de los que me favorecieron en mi viage, y seguí por el puerto a la hoya de Casta-Ha. »45 El viaje, emprendido junto a Bartolomé Rico, sigue el canal de Alcoi; atraviesa Benifallim y Penáguila, interesado siempre en el origen de las aguas y en las producciones minerales del subsuelo. Acomete luego una visita al valle de Guadalest y sus montes, interesándose especialmente por el Altana, «renombrado por la abundancia de fuentes y de plantas como también por competir con los mas elevados quando no sea el mas del Reyno...»; inicia su periplo el 12 de julio, con las plantas ya agostadas, lo que hace que sus impresiones se centren más en la calidad de las tierras y en la ubicación del valle; visita Callosa d'En Sarria: de nuevo las fuentes y las canteras de mármol retienen su atención; aquí se hospeda en casa de Andrés Ronda, continúa hacia Benissa, atravesando el collado de Bernia. «En Benisa descansé un día para ver y tratar de nuevo los que me favorecieron en el viaje antecedente y supe que nadie a continuado los trabajos que empezamos entre Calp é Hifac.»'*^ Amarga decepción que pronto habrá de verse compensada al recorrer las huertas de Altea; allí descubre un cultivo nuevo, el algodón, un sistema diferente para fertilizar los campos, valiéndose de Zoostera, y unas preciosas vistas, las del castillo de Altea. «En Altea estuve en casa del Sr. Cura dn. Sebastián Aracil, quien no contento con suministrarme cuanto necesitaba para mi instrucción me acompaño hasta Benidorm y me facilitó el conocimiento de los Señores Dn. Manuel Orts.»'*^ El término de Benidorm le parece «admirable progreso en población y agricultura»; le fastidia el sabor salobre del agua, y dedica algún espacio a describir la pesca del atún con almadrabas. De Benidorm a Vila Joiosa sigue el camino de la playa; aquí se detiene a comentar la estructura del pantano y las mejoras que pueden introducirse en las condiciones del riego. Y de Vila Joiosa a Alacant: «Gastaron mucho; trabajaron y trabajaron aun infinito los de Alicante, pero tienen la satisfacción de coger abundantes cosechas del mejor vino de España, de aceyte, algarrobas, seda, granos y frutas.»"*^'^^ A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones... Las huertas de Alacant, a cuyo estudio dedica buen espacio en sus diarios, las recorre en compañía de Lorenzo Belón. De Alacant pasa a Santa Pola, donde «se experimentan algunas tercianas por el descuido que reyna en macerar el esparto (...) y coromper la atmosfera»; prosigue por Elx, cuyas tierras ya había visitado el año anterior, por lo que sólo se detiene para pasar la noche. Los saladares y las tierras pobladas por el cardenal Belluga atrajeron su atención en el viaje de 1791; en esta ocasión se dirige hacia los montes de Crevillente. Atraviesa Albatera, cuyo descuido en la agricultura atribuye a «la inacción del dueño territorial», el Marqués de Dos Aguas; continúa hacia Callosa de Segura, examina la sierra homónima a la población y prosigue camino hacia Orihuela; llega al término el 25 de julio y al siguiente día, en compañía de Joaquín Barrera, se dirige a casa del «famoso Estevan de quien nos contó embuestes el gazetero; y las salinas que no pude visitar el año pasado». El tal Esteban, Esteban Casteló e Yborra, es un caso de masoquismo que ha derivado en demencia con visos de asceta, y las salinas son las de Torrevieja. A éstas dedica una detenida descripción en sus diarios: su situación, extensión y calidad del suelo, el modo de cristalización, los posibles perjuicios para la salud, el sistema de extracción y algunas ideas para mejorar su rendimiento, ocupan varias páginas en la apretada letra de A.J. Cavanilles. Prosigue viaje hacia Guardamar del Segura, parajes de tierras cultivadas, aunque con descuido, donde el regaliz crece como mala hierba: «En Francia, en donde todo se mete á contribucción para aumentar la masa de riquezas y comercio hacen uso de la regalicia (...) se distribuye en pastillas ó en granitos como confites (...) Si nuestros boticarios supiesen esto y mayormente si se asociase la virtud de la regalicia y se practicase en España, aun podrían sacar partido á las rayces.»"*^ De vuelta, atraviesa Rojales, las inmediaciones de Almoradí, y alcanza Benejúzar; un recorrido que debió ser muy similar al realizado el año anterior, y con el que obtiene suficientes datos para dar una visión general sobre las huertas de Orihuela, sus problemas y las posibles soluciones; aplaude los intentos de aclimatación de los naranjos chinos, aunque pone en tela de juicio la elección de los pies, recomendando el uso de injertos; alaba las nuevas fundaciones, mostrándose partidario de fomentar la práctica poblacional con el deseo de ampliar el cultivo en terrenos hasta entonces estériles. Acabado el examen de las huertas, pasa a estudiar la naturaleza de los montes; recorre la Sierra de Orihuela, se detiene en describir su composición http://asclepio.revistas.csic.es geológica y en glosar el paisaje: «La vista que se descubre es de las mas graciosas del Reyno.» Destina los últimos días de julio «a poner algún orden en los apuntamientos, piedras y dibuxos», se despide de sus amigos «y principalmente del que me hospedó dn. Bruno Andreu» y al día siguiente, sale para Crevillente. Allí, acompañado de Paulino Cortés, el cura párroco, recorre las fuentes, minas y tierras del término; alaba la industriosidad de sus gentes, volcada en las fábricas de esteras de juncos, pleitas de esparto y en trabajos de arriería; el cuidado de las huertas le entusiasma, pero sobre todo llama su atención sus esfuerzos por obtener y canalizar las aguas, la construcción de minas subterráneas para este fin le encandila: «Quando nuestros sobrinos lleguen á ver siquiera algunos rastros de esta obra, dirán con justicia lo que nosotros al ver los monumentos de Roma en las artes...«^^^ El día 2 de agosto llega a Elx, aprovecha el tiempo en preparar sus plantas y ordenar sus apuntes; al día siguiente pasa a visitar su pantano, apenas hay descripción de este terreno, ya comentado en un viaje anterior, cuyo diario no conservamos. De Elx se dirige a Alacant «por el mismo camino que traxe el año pasado», con la única intención de describir el Raspeig. El 4 de agosto vuelve a Alacant para pasar la noche e iniciar camino hacia Monforte y Novelda. Tras examinar estas tierras se dirige hacia Agost, interesándose por el sistema de encañonado para el desagüe de las huertas; sigue hacia Aspe, desde donde manifiesta sus críticas contra el abuso de tala cometido en el término, y sobre todo admira los mármoles de la iglesia local, sus canteras son descritas en el diario con prolija minuciosidad, acaso porque no estuvieran contempladas en sus escritos del año anterior, donde debió ocuparse ya de las aguas y producciones de estas tierras. Continúa el viaje por Monóvar, se asombra ante el cerro del Pinazo, de sal virgen, al que apenas dedica comentario; sigue a Elda, herborizada ya en 1791, y de la que ahora ofrece un estudio de sus fuentes; su visión sobre la industria del esparto le apartan de la tesis defendida por el Conde de Cabarrus, recientemente confinado por Floridablanca en el castillo de Batres; A.J. Cavanilles no duda en atacar al depuesto director del Banco de San Carlos, calificando sus intentos de reorganizar los caminos entre las tierras de Águilas y Elda como «operación antinacional»^^; obviamente estos comentarios no aparecerían en la edición A. GONZALEZ BUENO publicada de sus «Observaciones...»: tras la rehabilitación política de Frcincisco Cabarrus hubieran sido imperdonables para la carrera de A.J. Cavanilles. Desde Elda se dirige a Petrer, sigue por Sax, a cuyos habitantes dirige un sonoro elogio, en letra de A.J. Cavanilles («Los de Sax aunque Murcianos cultivan sus tierras como los Valencianos») para pasar la noche del doce de agosto en Villena, donde da por terminado éste, su tercer periplo del verano de 1792, no sin antes dejamos una síntesis del viaje, en unas instrucciones sobre el modo de recuperar los recursos de leña de los montes de Valencia, ciertamente interesantes, además de un parco comentario biográfico: «33 años que no havía yo visto las inmediaciones de este lugar á donde varios niños solíamos concurrir para correr y divertirnos»^^. El 22 de agosto inicia A.J. Cavanilles la cuarta expedición de las efectuadas en 1792; sus intereses vuelven a decantarse por las producciones de mármoles. Tan entrado el verano parece insensato plantearse una campaña de herborización, pero sí podrán fijarse lugares a los que volver en años posteriores. Inicia su periplo en Moneada para alcanzar pronto las tierras de Naquera, famosa por sus canteras de mármoles, a las que dedica especial atención; sigue camino hacia Serra, de nuevo interesado en sus huertas, fuentes y minerales. Esta vez atrae su interés una mina de plomo; en su búsqueda de vetas marmóreas se dirige hacia el convento de Porta-Coeli, le atrae su magnífica iglesia, rica en mármoles, de la que nos ofrece una detallada descripción del pavimento y paredes, pero ni una sola letra acerca de la iconografía o la liturgia del Centro; no hay duda de que el viajero se interesa más por las producciones naturales que por la vida religiosa. «En general todo es magnifico en esta Cartuxa y anuncia que tienen poder y gusto sus dueños, los cuales se reserban para si la mortificación en todo genero, y se distinguen en cortexar á quantos allí llegan. »^^ Tras dormir en la cartuja emprende camino hacia Olocau, para proseguir luego hacia Llíria y, por Pedralba y Bugarra, alcanzará las tierras de la Baronía de Chulilla. Un recorrido con el que pretende formarse una idea global de las huertas regadas por las aguas del Turia. Una inesperada lluvia de verano le retiene en Chulilla durante dos días; en cuanto las condiciones climáticas se lo permiten, inicia el estudio de los montes de la zona, con el objeto de fijar los límites de las propiedades en el territorio que ha recorrido, a la vez que preparar la continuación de su viaje. Se encamina hacia Chelva. Antes atravesará Domeño, rico en yesares, y Calles, «lugar mal sano y expuesto a tercianas por la corrupción de las plantas y (...) aguas»; Chelva es villa industriosa, rica en huertas, admira «el genio amable de sus moradores» y anota su enfermiza pasión por el picante; no se olvida de su acueducto romano, del que nos legó una extensa descripción y su dibujo. En las proximidades de Chelva, camino a Tuéjar, encuentra un pequeño terreno utilizado como eremitorio; el hecho nos permite disponer de una revelación personal sobre su carácter: «No hay duda de que el sitio es sumamente solitario y fragoso mas propio para habitación de fieras que de racionales; pero hay hombres que se condenan voluntaria"^'^. a esta pena que para mi seria insoportable.»^'* Un duro comentario para quien, a los pocos años, recibiría el nombramiento de prior de las ermitas de Sevilla^^, ciertamente honorífico, como siempre habíamos supuesto; mas sigamos con nuestra reconstrucción del viaje. El camino de Chelva a Tuéjar lo realiza en compañía de Salvador Sagarriga, «cuyos padres me honraron sobremanera en Chelva». Sus observaciones versan ahora sobre el vestido y el lenguaje de las gentes, un tema apenas abordado en los diarios de este año; desde Tuéjar, «sufriendo un sol ardiente», se dirigen a Titaguas, el camino es difícil, el sol agotador y, para colmo, los mesones de estos pueblos «se reducen a simple cubierto sin cuartos ni camas, de modo que es preciso recurrir al favor del cura o de otra persona para alojarse». Su atención queda centrada en los recursos minerales del terreno; pocos datos puede obtener de la vegetación, toda agostada; la excursión continúa por el Rincón de Ademuz. Además de fijar bien sus límites, corrigiendo «el mapa de López», se ocupa de los aspectos ya tradicionales: las fuentes, el curso de los ríos, la calidad de los suelos, la vegetación y las producciones agrícolas de los pueblos que componen esta comarca; de ella nos dejó un mapa, impreso en sus «Observaciones...». Prosigue su viaje por Alpuente, La Yesa, Andilla y Alcubla, visita La Cueva Santa; siempre ocupándose del origen de las aguas de riego y de las producciones agrícolas, y corrigiendo el mapa de T. López de Vargas, cuyos «hierros» son señalados de manera profusa, hasta el extremo de parecer un tema obsesivo: al pasar por Andilla admira las pinturas de Ribalta conservadas en SU iglesia parroquial, una de las pocas alusiones a este arte que hemos encontrado en sus diarios. Desde el santuario de La Cueva Santa se dirige hacia Segorbe, analiza los cultivos de olivo, que encuentra defectuosos, y discute la posibilidad de plantar algarrobos, con apreciaciones que encajarían hoy, conceptualmente, en el ámbito de la ecología. Dispuesto a conocer los términos que riega el río Palancia, baja hasta Petrés, para ascender el cauce del río por Albalat y Estivella, se detiene en los parajes de la Baronía de Torres-Torres; continúa el examen del río hacia el origen, esto es, por los términos de Algar, Sot y Soneja, para retornar a Segorbe. Siguiendo en las riberas del Palancia, prosigue su viaje por tierras de Altura y Navajas, donde deja anotado que ha de volver por mayo para herborizar, se acerca luego a los bancos marmóreos de Jérica y Candiel, para alcanzar, por último. La Peña Escabia, un volcán apagado, donde sitúa el nacimiento del Palancia. Esta excursión, en la que ha ocupado la segunda semana de septiembre, le sirve para pronunciarse sobre el modo en que deben ser cultivados los ribazos, mediante un sistema de emparrados, similar al empleado en Xixona y Chelva. Sin apartarse de las márgenes del Palancia, recorre Viver, Bejís y Teresa, dirigiéndose a los pueblos de la raya de Aragón; visita Pina, Villanueva de Viver (a la que denomina Villanueva de la Reyna) y Montan, se detiene en las aguas termales de Montanejos, cuyo análisis no puede realizar «por faltarme los instrumentos», y continúa por el curso del río Millares. Viaja acompañado de Juan Bautista Noguera, quien le informa sobre las producciones y caminos de éstos y otros pueblos de la Baronía de Ayodar, en las proximidades de la Serra d'Espadà. Siguiendo el curso del Millares, alcanza Fanzara y Ribesalbes, ambos en la margen izquierda, tierras de arcillas y alfares, desde donde continúa a Onda: allí le espera Francisco de Miralles, cura párroco de la villa, con quien visita la ermita y el castillo, interesándose por las canteras de mármol y su explotación. Desde Onda vuelve a internarse en la Serra d'Espadà, para recorrer, de nuevo, tierras de la Baronía de Ayodar, unas tierras a las que la tradición considera muy ricas en metales, afirmación que A.J. Cavanilles desmiente en el curso de sus «Observaciones...». Vuelve sobre sus pasos para retornar a Ribesalbes, donde le espera José Faustino Alcedo, canónigo de Valencia, con quien le une cierta amistad; prosigue por Villafamés, para atravesar el Desert de les Palmes, un terreno ya conocido de excursiones anteriores pero que le permite acercarse al arco romano de Cabanes, cuya descripción y dibujo se conservan; prosigue por las tierras del Señorío de l'Alcalatén, con ánimo de completar el viaje del pasado año, describe en éste Costur y Alcora, visita la fábrica de porcelana del Conde de Aranda, para quien no omite elogios, y retorna a su camino para internarse en la Serra d'En Galcerán, ya herborizada en un viaje anterior y de la que ahora hace algunas anotaciones geográficas; visita las Cuevas de Vinromá (sub Cuevas d'Aben Roma) y Salsadella, para alcanzar Sant Mateu; no son de su agrado las gentes que habitan estos valles: «En una palabra hay poca aplicación y degeneran del genio laborioso del valenciano»^^. Desde aquí alcanzará Cervera del Maestre, interesándose por sus canteras de mármoles y explicando la poca población de estos términos por la parca disponibilidad de aguas, algo que llegará a generalizar para todo el septentrión valenciano y que, en su opinión, será la causa de la pobreza de estas tierras. De Cervera, siempre interesado por la vegetación de los margales, baja hacia la hoya de Alcalá de Chivert, visita Vilanova d'Alcolea y continúa, por las canteras de Cabanes, hasta Villafamés, por un territorio ya recorrido durante el año anterior y del que apenas escribe sus impresiones. La última anotación en su diario de viaje del año 1792 lleva fecha de 3 de octubre; se corresponde con el final de la cuarta excursión realizada ese año, cuyo itinerario acabamos de reconstruir, y acaba con un canto al trabajo del pueblo valenciano: «Nada desprecia el valenciano; si halla obstáculos los vence con tesón; si el suelo es ingrato lo mejora; si es feraz exige de el continuas cosechas; y así dominado el suelo que le cupo, varía las producciones corrige el estado, y vive alegre y feliz en la abundancia que criaron sus manos, su industria, su constancia, su talento...»^^ Los siguientes datos de que disponemos corresponden al 16 de abril de 1793. A.J. Cavanilles se encuentra en Silla, y dedica estos días a recorrer las tierras próximas a l'Albufera y el cauce del Xúcar, visitará Sueca y Cullera, para continuar por Algemesí y Guardamar; se interesa esta vez por las tierras regadas con la Real Acequia de Alcira y, en particular, por un conducto subterráneo, el caño de Algemesí. Es todo un cultivar de arroz, y sus críticas hacia este cultivo son bien conocidas; «Si es laudable y aun justo el que se destinen dichas tierras [las de l'Albufera] a este cultivo; es reprehendible e injusto el abuso que se hace en la ribera alta, en donde se convierten en arroz los excelentes campos de huerta... »5^ No perderá ocasión de manifestarse contra esta «pasión del arroz» que se ha apoderado de los habitantes de las cercanías de Valencia; continúa su via-56 A.J. CAVANILLES, Diario de excursiones... http://asclepio.revistas.csic.es je por Alzira, en compañía de Francisco Andrés, y aún obsesionado por los arrozales y su influencia en la salud; llegará al Monasterio de la Murta, y aquí su pasión de florista vence a la del fisiócrata que lleva dentro, conversa con fi^ay Andrés Martí, cirujano del Monasterio, e incluso anota las propiedades medicinales del símfito, algo poco fi"ecuente en la obra de A.J. Cavanilles: el interesarse por el empleo medicinal de las plantas. Desde la Murta, atravesando Llaurí y Rióla, retorna a L'Albufera, hacia Sueca; los marjales de estas zonas sí le parecen terrenos adecuados para el cultivo de arroz: «Así pues lejos de prohibir el cultivo de arroz en los sitios donde hoy se practica, debía concederse libertad absoluta para reducir a dichos cultivos los marjales que existen incultos y anegados.«^^ Así lo practican en Tavernes, hacia donde ahora se dirige: «... determinaron introducir el cultivo del arroz, haciendo con una acción sola dos grandes beneficios que hieron mejorar la condición de la atmosfera y aumentar la masa de las riquezas nacionales.»^° Ya en Tavernes, atravesará el valle de Valldigna, deteniéndose en el monasterio inmediato a Simat; todo son elogios para el cuidado con que los monjes trabajan la tierra, «si hay algo que reprehender en su conducta en el exceso de beneficiencia, es la costumbre antigua de dar al medio día y a la noche la sopa y pan a quantos llegan; porque esta seguridad hace indolentes a muchos de sus vecinos...»^^ Desde Valldigna se encamina hacia el valle de Aguas Vivas, visita Carcaixent, admirando sus soberbias moreras y los cultivares de naranjos chinos y granados, a la vez que se ratifica en la conveniencia de destinar los marjales de los ríos al cultivo del arroz, pero no otras zonas que bien pudieran dedicarse a huertas; alcanza Manuel, un «lugar malsano» por el cultivo extensivo de arrozales; la sal de sus salinas sí le parece explotable; pasa luego a San Felipe, «con animo de examinar la mina de carbón de piedra que tanto me celebraron el año pasado», sigue por Canals, donde se interesa por el uso de la pita, sus fábricas de cerámica y por la construcción del nuevo acueducto; «... la razón, la humanidad y la justicia debían pronunciar el decreto irrevocable de proscripción [de este cultivo] en donde la experiencia enseña que disminuye y aun perece nuestra especie. »^^ Prosigue su recorrido por Villanueva de Castellón {sub Castelló de Xátiva), sitiada por los arrozales, sigue hacia el norte, hasta Alberic, donde el paisaje ya verdea con las moreras, para salir al Camino Real; por él llega a Masalabés, siempre preocupado por los problemas de salud que plantean los arrozales. Deseoso de salir de estas «tierras del arroz» se dirige hacia L'Alcudia, en dirección al Condado de Carlet: aquí vuelve a manifestar su interés por el agua de riego, llegando a proponer algunas medidas para aumentar su rendimiento; a la sazón se habían manifestado en el pueblo algunos casos de viruela que el médico local no supo controlar: «Que lastima que el medico de la villa viva aun preocupado contra la inoculación!»^^ Desde Carlet se dirige al Marquesado de Llombay, describe el territorio desde el campanario de Alfarp, y relata las producciones del término de Alginet; cruza el Camino Real para dirigirse a Benifaió, y desde allí, de nuevo, hacia los arrozales de L'Albufera, atravesando Sollana y Silla, ya de vuelta a la ciudad de Valencia. Debió permanecer en Valencia entre el 2 y el 5 de mayo; al amanecer del 6 sale por la Puerta del Real con destino a Manises; es la segunda expedición de este año, muy breve, de tan sólo nueve días. Manises es tierra reconquistada para la huerta: en ella se prohibió el cultivo y, desde entonces, de creer a A.J. Cavanilles, «se vio renacer la felicidad». Anota sus impresiones sobre las fábricas de loza y continúa viaje a Paterna, allí describe, a más de sus huertas, las fábricas de cordel de esparto; come en Bétera, y pasa al Monasterio de Porta-Coeli para cumplir uno de los objetivos de este viaje, herborizar estos montes y contrastar sus observaciones florísticas con las de su viaje del año anterior. De Porta-Coeli se dirige a Benaguasil y Vilamarxant, analizando el curso de las acequias en estos terrenos, la mayoría incultos pese a la disponibilidad de aguas; con estas visitas, y una última al término de Riba-roja de Turia, da por concluido el examen de los pueblos en que, hasta 1769, se cultivaron arrozales; éste es el eje central de esta segunda excursión de 1793, http://asclepio.revistas.csic.es complementaria a la realizada durante las semanas anteriores a los pueblos donde aún se practica este cultivo. El asunto requiere una recapitulación que queda explicitada en sus diarios: «... son menos peligrosos las habitaciones de Silla, Solían, Sueca y CuUera, que las de Alcira, Guardamar, Castelló, Señera, lugares de Cueva y valle de Career. [En las primeras] no se padecen tercianas rebeldes; lo que se debe atribuir á que los vientos reynan con bastante hierza del levante y barren sin cesar los vapores, renovando la atmosfera. [Las últimas] reciben los vapores que los vientos traben de levante, añadiéndose a ellos los muchos que se levantan de los arroces de sus términos. Esta masa de infección halla dificultad en circular por tropezar en cerros y montes. De modo que el cultivo del arroz es sumamente perjudicial en estos últimos lugares, como queda dicho, a^' * Desde Riba-roja pasa a Cheste, dedicado a la doble industria de la arriería y el esparto, continúa por Chiva, de amplio término para una baja población y, tras una pequeña incursión por las tierras y canteras de mármol del Condado de Buñol (Yátova, Macastre y Alborache), se dirige hacia el oriente, hasta alcanzar Turís; de esta villa le sorprende su iglesia «espaciosa y como tapizada de mármoles», procedentes de las canteras locales que, por supuesto, pasa a visitar. Continúa su camino por el espacio creado entre la Serra Perentxissa y el Marquesado de Llombay, para llegar a las tierras del Marquesado de Dos Aguas, en Picassent y, desde aquí, hacer su entrada en la ciudad de Valencia. Sale por el Puig, atraviesa las huertas de Puçol y alcanza el Morvedre, un camino que ya ha sido explorado en viajes anteriores y al que apenas dedica atención; sí se detiene algo más en sus comentarios sobre Canet y Almenara, para anotar los fallidos intentos de aclimatar en estas tierras el arroz; continúa por La Llosa y Chilches, para entrar en el Marquesado de Nules, lugares ya descritos en viajes anteriores y a los que apenas presta atención en éste, salvo en lo que afecta a los daños producidos por el arroz, una obsesión que arranca de las primeras expediciones realizadas este año y que ha pasado a convertirse, prácticamente, en el monotema de sus diarios. Continúa viaje por Mascarell, Burriana y Almanssora, atraviesa el puente construido por Ribelles (al que dedica cierta atención) y, siguiendo el Camino Real, se dirige a Castelló de la Plana; es todo un territorio ya conocido por viajes anteriores: ahora perfila sus observaciones, añade algunos detalles y, sobre todo, aporta una informa- Continúa su viaje por Benicàssim, donde visita el jardín de Francisco Pérez Bayer: allí describe un pie de aloe; prosigue por Orpesa, haciendo observaciones sobre la dirección de los vientos que soplan del mar y su influencia sobre el problema epidémico; vuelve a Benicàssim y, desde aquí, se dirige al Desert de les Palmes: ya había escrito sobre él con ocasión del viaje efectuado durante el año anterior, pero deseaba verlo en primavera; allí herboriza durante los últimos días de mayo. De aquí pasa a Villafamés, continúa por Les Useres, Figueroles y Lucena, dejando consignados los datos sobre sus herborizaciones en estos lugares. No menudean las plantas nuevas que verán la luz publicadas en sus «Icones...»^^, pero pocas apreciaciones más en un terreno ya descrito en las páginas anteriores de sus diarios. Prosigue este itinerario por Ludiente, Zucayna, Cortes de Arenoso y Villahermosa del Río, preparando el ánimo, y el cuerpo, para la ascensión a Penyagolosa; la botánica sigue copando su atención, herboriza en compañía de Juan Antonio Barrera, boticario de Vistabella del Maestrazgo, «que es ciertamente el mas instruido en Botánica de todo el Reyno»; estas recolecciones convertirán a Penyagolosa en el loco classico valenciano por excelencia^^. Continúa viaje por Villafranca del Cid y Ares del Maestre, en una perpetua queja sobre la dificultad para pernoctar que encuentra en todo el Alt Maestral; son tierras de pastos y ganados, poco gratas para el gusto de A.J. Cavanilles, quien sólo encuentra gratificaciones en su afición botánica; pasa a Castellfort, descuidado en las labores de cultivo, piensa continuar hacia Cinctorres pero, siguiendo las indicaciones del cura de la villa, se desvía hacia Portell de Morella para examinar unas minas de hierro y desencamina lo andado para acercarse a Cinctorres, en particular hacia el monte de Bobalar, tan prolijo en ejemplares para su herbario. El día 13 de junio, el de su onomástica, dice misa en Cinctorres, muy de mañana, para dirigirse hacia Forcall: aquí se interesa por los ríos y canales que confluyen en el término muy próximo a los límites del antiguo reino; desde Forcall se encamina a La Mata de Morella, por un camino «tan igual y tan ancho (...) que a poca costa podrían rodar coches»; es éste de La Mata uno de esos términos que A.J. Cavanilles califica de «infeliz» por la poca riqueza que les proporciona la agricultura; peores calificativos aplica a Todolella: él dedi-^5 Un listado de las plantas descritas por A.J. Cavanilles en J. FERNÁNDEZ CASAS y R. GARILLETI ALVAREZ (1989), «Nomina plantarum in bibliographia cavanillesiana provenientia». ^^ Así lo calificó S. RiVAS GODAY (1946), «Dos plantas cavanillesianas». (1974), «Cavanilles, precursor en la Geografía Botánica». Asclepio-Vol XLVÍl-l-1995 163 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ca SU tiempo a herborizar en estas tierras abandonadas por sus propietarios y aún por los encargados de la cura de almas: «He visto por estas tierras una injusticia autorizada por la costumbre y es que cobra la primicia quien no alimenta espiritualmente al pueblo»^'. Un comentario algo difícil de compaginar con su propia situación; mientras recorre el viejo Reino de Valencia, él mismo está cobrando los diezmos de la mitra de Córdoba^^, una tierra que, como él confiesa, jamás había pisado. Con centro en Forcall, herboriza por las márgenes del río Bergantes hasta alcanzar Morella; desde aquí visita Castell de Cabres: el paisaje es ahora un bosque de pinares que, camino a El Boixar, se transformará en un paisaje dominado por el boj. Abandona el terreno montano en su viaje hacia la Puebla de Benifasar, continuará por El Bellestar hasta alcanzar el Convent de Benifassá, «en otras partes son perjudiciales al estado [las] limosnas por contribuir a la holgazanería, pero aquí son necesarias para que se conserve la población»^^; en este monasterio bernardo conoce a dom Mauro Sospedrá, un monje «no menos curioso que instruido» con quien recorrerá las Muntanyes de Benifassá, estudiará los manuscritos del Monasterio en busca de datos sobre la explotación de estas tierras, y recorrerá los montes al acecho de minas de carbón fósil; de él se despedirá cuando emprenda camino a Rossell. La pobreza de las tierras de Morella le conmueven, cree que parte del problema se podría solucionar si el control sobre los montes no fuera tan caciquil; la actitud del comisario regio, encargado de proteger la producción de estos montes para el uso de la Real Armada, le parece digna de reproche, y no ahorra críticas a su labor. Los términos de Rossell, Vallibona y Vallivana, por donde continúa su viaje, le producen la misma impresión que las tierras de Morella: «todo es pobreza» escribe en cada página; algo mejoran las condiciones para los habitantes de Catí y Chert, ubicados en suelos «mas templados»; Canet lo Roig le parece lugar más habitable, «a excepción del naranjo todo se cría en el termino de Canet»; ya con un paisaje más de su agrado, recorre La Jana, Traiguera, Cervera y Cálig, continúa por Vinaros, allí descansa en casa del cura, donde tam-REFLEXIONES EN TORNO A LOS VMJES DE A.J. GAVANILLES bien se hospedaba el de Cervera: los tres en unión pasan a las tierras de Benicarló con destino a Peñíscola; nuestro viajero prosigue el camino hacia Alcalá de Chivert, cuyos mármoles ocuparon ya su atención años atrás, allí reside en casa de su amigo Jaime Rodrigo, con quien visita las Cuevas de Vinromá, pasa luego a Pobla Tornesa, con el único interés declarado de ver a sus amigos. Al día siguiente continuará viaje hacia el sur, hacia Borriol y Onda, para adentrarse en la Plana Baixa en dirección a La Valí d'Uixó, atravesando Villavieja y Nules, en un camino ya recorrido en el viaje de 1791. A los tres días, el 16 de julio, escribirá, desde Valencia, al Duque de la Alcudia: «Desde que tuve el honor de tomar las ordenes de V.E. he examinado con cuidado los pueblos de este reyno en donde se cultivan los arroces, y he visto que el cultivo de esta planta es útil (...) [en las] inmediaciones al lago, pero sumamente perjudicial a la salud en los otros. En muchos de estos se prohibió ya por Real Orden y desde entonces renació la salud y la felicidad. He recorrido también mas de cincuenta pueblos de los montes que confinan con Aragón y Cataluña, y vi que esta porción del reyno es sumamente pobre por verse reducida casi únicamente á granos; pero mas aun por no serles permitido cultivar mas terreno porque lo prohibe el Comisario de More-Ua. Si la piedad del Rey les permitiese romper y cultivar los eriales en donde ni nacieron ni prosperan las encinas y pinos seria menor la miseria de esta gente laboriosa. Desean emplear sus brazos pero hayan a cada paso celadores y multas que les arruynan. He visto extensiones inmensas sin un árbol, pobladas solamente de humildes coscoxas, en donde no pueden entrar ni á cortar leña para beneficiar los campos, ni menos reducir á cultivo sin repetidas visitas y licencias...»^° La exposición de A.J. Cavanilles pudo parecer demasiado larga al Príncipe de la Paz, que debió contentarse con leer sólo el primer párrafo del informe; al margen de la carta anotó: «... hace tiempo solicitan lo de los Arroces, y no me parece lo consigan, pásese no obstante á hacienda aunq^. creo de la consulta se able en el Consejo para q^. aga lo q^. paresca.» El día 5 de agosto, A.J. Cavanilles inicia la que habría de ser su última expedición por las tierras de Valencia; atraviesa el Xúcar, alarmado por el incremento de las tierras dedicadas a arrozales en las proximidades de Manuel; se dirige a Benigánim y prefiere hacerlo por Genovés, sigue hacia el ^" Carta de A.J. Cavanilles al Duque de la Alcudia. Valencia, 16-VII-1793 (A.H.N., Estado, leg: 3022,7 Más le complacen las tierras de la hoya de Castalia, a la que dirige sus pasos; visita Ibi, Xixona y Tibi, donde vuelve a encontrase con sus amigos, para los que dedica, en su diario, palabras de agradecimiento; volverá sobre sus pasos hacia Ibi para alcanzar, desde aquí, la villa de Alcoi y, desde ella, el valle de Agres, más atento a la vista de la Serra de Mariola que a las propias producciones de un terreno que no acaba de ser de su agrado; camina hacia poniente, hasta encontrar Bañeres, luego gira hacia el norte, atraviesa Ontinyent, camino de Aielo de Malferit, una tierra fértil pero sometida a un sistema de impuestos insoportable para sus vecinos, lo que lleva a A.J. Cavanilles a poner en duda el derecho con el que se cobran estas recaudaciones, un tema que roza en su diario y en el que no entra en profundidad. Desde aquí emprenderá el regreso a Valencia. Entonces volverá a la Corte y se dedicará a ordenar sus papeles, herbarios, dibujos y producciones minerales; del resultado de sus estudios informaría a J.C. Mutis en la primavera de 1795: «La obra que me ocupa todos los momentos es «Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del reino de Valencia». Fui a recorrer aquel país hermoso, aunque lleno de montes, en los años 1791, 92, 93, por orden de Su Magestad, y a sus expensas se imprime ya la obra que saldrá en dos tomos de la misma forma que el de Icones. Tengo ya hecho y grabado el mapa general del Reino, como también otros particulares; seis láminas que representan lo que descubrí en la Marina de Calp, esto es, monumentos ocultos de una casa romana con pavimentos mosaicos; otras tres que representan las antigüedades de Cortur, el Arco romano de Cabanes y el aqueducto romano de Chelva; 28 vistas de los pueblos situados en parajes pintorescos, y otras cosillas.
La amistad que se estableció entre Francisco Antonio Zea y Antonio José Cavanilles se analizara en este articulo utilizando la correspondencia inédita de Zea. También se reconstruye este vínculo con cartas de José Celestino Mutis, Ignacio Pombo, Francisco José de Caldas, José María Cabal y del mismo Cavanilles. Las cartas de Zea a Cavanilles se han conservado casi en su totalidad. Pero, en cambio, no hemos localizado las que Cavanilles le envío al neogranadino, aunque nos ha sido posible rehacer las impresiones que tenían los dos sobre el grupo de botánicos de la metrópoli y americanos. La importancia de los documentos señalados radica en el conocimiento que se puede tener sobre la vida privada de Zea, sus estudios, trabajos científicos y en especial el ambiente y la participación del antioqueño en la polémica entre Cavanilles y Ortega. El primer contacto académico se inicia en 1798, cuando Zea estaba preso en Cádiz, y se convirtió pronto en una amistad de protección por parte de Cavanilles. Esta actitud se mantiene hasta 1804, cuando muere Cavanilles y Zea pasa a ocupar su lugar en la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid. Zea de sub-director de la Expedición Botánica a presidiario en Cádiz Francisco Antonio Zea (1766-1822) nació en la villa de Medellin^ y por ser hijo de nobles pudo inscribirse como estudiante del Colegio de Popayán donde fue discípulo del ilustrado José Félix Restrepo (1760-1832)^. Además, el haber ingresado como colegial en el Mayor de San Bartolomé de Santa Fe le permitió pertenecer a lo más selecto de sociedad neogranadina; es decir, a la élite ilustrada de la época. En Popayán tuvo como condiscípulos a Francisco José de Caldas (1768-1816) y a Camilo Torres (1766-1816) y en Santa Fe se vinculó con la nueva generación que debatía las modernas concepciones filosóficas y políticas. En el Colegio de San Bartolomé, finalizados sus estudios, inició su vida profesional como catedrático de gramática en 1788. Este joven profesor, dedicado totalmente a su magisterio^, pronto empezó a impartir clases de latín, francés, matemáticas y ciencias naturales. Su prestigio profesional llegó a oídos del virrey José de Ezpeleta quien, en 1791, le encargó la educación de sus hijos, nombrándole, más tarde, sub-director de la Expedición Botánica de Santa Fe. Zea inició sus actividades botánicas al lado del gaditano José Celestino Mutis (1732-1808), trabajando como Segundo Agregado de la Expedición Botánica de Santa Fe. Años después, en la inauguración del curso de Botánica en el Real Jardín Botánico de Madrid señalaba: «Debo a Mutis infinito agradecimiento, no solo por haber sido su discípulo más querido, haber vivido en su casa sin separarme de su lado y haber recibido de su mano continuos beneficios, sino también por los servicios inmortales que ha hecho a todo el Nuevo reino de Granada»"*. Zea comentaría en sus escritos europeos siempre la época de su formación al lado de Mutis, y no olvidó la vegetación y la fauna de la zona de Fusagasugá, donde desarrolló sus observaciones como miembro de la Expedición. La cercanía de la pequeña población a Santa Fe le permitía viajar constantemente a la capital e integrarse plenamente en las actividades culturales de la ciudad santafereña, participando en la tertulia El Arcano de la Filantropía, que coordinaba Antonio Nariño y Alvarez (1765-1823)^. Luego, éste sería el motivo principal para ser catalogado como subversivo ante la corona, provocando su detención. Zea estuvo preso en Cádiz^, desde 1795 a 1799, aunque al año de llegar se le dio la ciudad por prisión. Durante su estancia en Cádiz se alojó primero en la calle Portal de Paños y luego en la calle del Fideo n.° 18; actualmente llamada calle Enrique de las Marinas, ubicada en el centro de la ciudad. Si algo caracterizó la personalidad de Zea fue su espíritu optimista, práctico y su capacidad para relacionarse con el poder. Esta última actitud la denominó José Ignacio de Pombo (1761-1815)^ de «carácter intrigante y cortesano». Mientras su compañeros de presidio se quejaban de su situación económica. Zea se dolía de su enfermedad, que se agravaba en la época de invierno. La descripción más detallada del cautiverio de Zea la hemos encontrado en las cartas que su amigo José María Cabal (1769-1816)^ envió a su familia. Cabal describe a su amigo como una persona que lleva la prisión con paciencia y conformidad^. ^ A esta tertulia asistieron Nariño, su organizador, José María Lozano, José Antonio Ricaurte, José Luis Anzola, Juan Esteban Ricaurte, Francisco Zea, Francisco Tovar, Joaquín Camacho, Andrés José de triarte. ANTOLÍNEZ CAMARGO, R. (1991) El Papel Periódico de Santafé de Bogotá. El 3 de noviembre sale de Santa Fe y el 24 del mismo mes le embarcan desde Cartagena hacia la Habana adonde llega el 12 de diciembre. En junio de 1799 el Consejo dictaminó que podía regresar a su tierra natal. ^ José Ignacio de Pombo nació en Popayán en 1761, estudió filosofía y derecho en el Colegio del Rosario de Santa Fe y se estableció como comerciante en Cartagena hacia 1780 ó 1784 donde ocupó diverso cargos públicos. Fue uno de los comerciantes más poderosos por el volumen de sus importaciones. Apoyó a Caldas y logró el establecimiento del Jardín Botánico de Cartagena y una escuela de dibujo y pilotaje. Comercio y contrabando en Cartagena de Indias. Bogotá, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Procultura. ^ José María Cabal nace en 1769 en la ciudad de Buga. Cabal ingresa en 1785 al Colegio Real y Seminario de, Popayán, precisamente en el último año de estudios de Zea en esta Institución. En 1791 pasa a Santa Fe a estudiar en el Colegio de San Bartolomé donde Zea ya era profesor y toma a Cabal bajo su tutoría. En las cartas de.Cabal a su padre le manifestaba que él no hacía cosa alguna sin consultarlo con su amigo Zea. TASCÓN, T. E. (1930), pp. 32-49. ^ Decía Cabal: «Zea desde la Habana ha tenido calenturas hasta ahora poco que se le han quitado. Los dos no nos hemos separado nunca y cada día nos amamos más». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Zea manifestó siempre que su cárcel se debía a las calumnias de sus ene-migóse^. Pero durante su cautiverio recibió manifestaciones de apoyo, entre otras las de José Celestino Mutis y Antonio Cavanilles y, también, actitudes disonantes y oportunistas como la de Francisco José de Caldas. Caldas, cuando se expatrió a Zea, le atacó tratándolo despectivamente por pertenecer al grupo de los pasquines^^, y a su vez intrigó para obtener el cargo que tenía Zea en la Expedición^^. Pero luego, no tuvo inconveniente en cambiar su posi-ción^^ y ofrecerse a trabajar bajo la dirección de Zea cuando se le informa que éste regresaría a Santa Fe. Finalmente, cuando se confirma que Zea se queda trabajando en España, Caldas, otra vez, moviliza a sus amigos para obtener el cargo que aquel ocupaba en la Expedición Botánica de Santa Fe^'*. Pero no consiguió su objetivo^^, porque Caldas no logró de Mutis el mismo apoyo que el sabio le había dado a Zea^^. El criollo Zea le escribe a Antonio José Cavanilles (1745-1804) en su condición de aficionado a la botánica que desea formarse con el amigo de su maestro Mutis. La correspondencia epistolar con el sabio Cavanilles se inicia el 20 de junio de 1798, desde la ciudad de Cádiz, cuando aun no se había definido su situación de preso político. Para Zea era importante demostrarle a Cavanilles que él era protegido de Mutis y que fue éste quien le indujo al estudio de la botánica y lo llevó a trabajar en la Subdirección de la Expedición Botánica de Santa Fe. Su deseo era reincorporarse a los estudios y tareas al lado de su maestro. A pesar de la crí-^° Primera carta de Zea a Cavanilles del 20 de junio de 1798 desde Cádiz. Zea le envía desde Cádiz a Cavanilles 18 cartas. Archivo de Antonio Cavanilles (AAC), Legajo 24, carpeta 4, Archivo Jardín Botánico (AJB). La carta del anexo y las notas de las mismas se transcriben con la ortografía original de los documentos. Sólo hemos cambiado la escritura de los nombres propios cuando hemos identificado al personaje y su denominación no era correcta. Estas cartas de ahora en adelante aparecerán según numeración nuestra de la primera a la 31.'' Carta de Caldas a Santiago Jagua de diciembre de 1796. CALDAS, F. (1978).'^ Zea le comenta a Cavanilles: «Estudiaba leyes en aquella universidad en la cual era catedrático de Humanidades, cuando Mutis fue a solicitarme, ó como dice él mismo en su informe al Rey á, conquistarme para la Botánica. En efecto fui por su solicitud agregado a su expedición con el destino a sucederle en la dirección de ella y continuar sus obras. Dos años estuve en su casa instruyéndome en la Facultad, y otro pasé en una montaña solitaria haciendo excursiones botánicas». Carta n.° 1, «numeración nuestra». En las cartas enviadas, desde Cádiz, se reflejan varios aspectos: descripción de plantas americanas; informes sobre las actividades de Mutis en el virreinato de la Nueva Granada; demostraciones de la gran amistad que tiene con Mutis y la admiración que profesa a su maestro; informes sobre los botánicos y personas sobresalientes de Santa Fe; ataca a Hipólito Ruiz López (1752-1816), a José Antonio Pavón Jiménez (1754-1840) y expone conceptos negativos sobre el curso de botánica de Casimiro Gómez Ortega (1740-1818) y sobre la obra que publicó en 1799; promete a Cavanilles que si el regresa a América, será un fiel informante y, en especial, le garantiza el envío de las codiciadas plantas americanas. También puede deducirse de estas cartas que, posiblemente, Mutis le hubiera informado sobre las divergencias entre los científicos botánicos de la metrópoli. Ademas, el criollo conocía el Pródromo de la Flora Peruana «y la colección de papeles sobre la controversia» que se los había remitido a Mutis desde Cádiz. La amistad entre ambos botánicos se remontaba a 1786, cuando Mutis le comenta que le dedicará una planta en su próxima publicación de la Flora de Santa Fe^^. Esta correspondencia entre Mutis y Cavanilles se caracteriza por los comentarios políticos y académicos. Cavanilles alertó a Mutis de las actuaciones que Ortega realizaba en su contra y el gaditano tomó posición al lado de su amigo Cavanilles^*. Además, en esta relación epistolar se piden favores mutuos. Mutis le solicita que le remita libros^^ y Cavanilles que le envíe semillas y plantas para el Jardín Botánico de Madrid. Por su parte, Zea pronto asumió el papel que consideró le correspondía en su relación con Cavanilles. El botánico metropolitano, en su polémica con Ortega, necesitaba una pluma ágil, que tuviera el conocimiento de las plantas americanas. Zea reunía estas condiciones y se puso al servicio de los intereses de Cavanilles dirigiendo en primer plano sus escritos contra Ortega y los ^^ «Primera carta que le envía Mutis a Cavanilles donde le comunica que le dedicará una planta en su próxima publicación de la Flora de Santa Fe. Dice Mutis: «Sería muy culpable mi silencio si ahora, que por primera vez se me presenta la ocasión de saludar a Vuesamerced, lo dejara más tiempo». HERNÁNDEZ DE ALBA, G. (1983) El antioqueño, como escritor, se había formado bajo los acontecimientos políticos de un virreinato en el que su élite criolla clamaba por transformaciones económicas y culturales. El primer artículo lo publicó bajo el titulo de «Avisos de Hebephilo»^*^ que editó en Papel Periódico. Este primer escrito correspondió a la dinámica de la discusión sobre la enseñanza que en ese momento se estaba realizando en los Colegios Mayores del Rosario y de San Bartolomé. Mientras tanto, desde Cádiz, Zea había reiniciado su vida académica, primero con un curso de botánica en el Hospital y luego con el intercambio científico que realizó con Cavanilles. Un hecho que resalta en esta correspondencia es que la situación de alumno-maestro se comenzó a modificar rápidamente al convertirse el antioqueño en informante científico y político. En efecto, Cavanilles hizo constar en sus escritos cada una de las informaciones botánicas^* que recibía de Zea y también el hecho de haberle vinculado al grupo de sus amistades científicas. El antioqueño, en su condición de informante, le fue detallando en su correspondencia las personalidades científicas y académicas del Virreinato de la Nueva Granada. Además, le solicitó que le dedicara a estas personalidades algunas de las plantas, porque habían sido «propagadoras de la botánica en ese territorio y perseguidos por el obscurantismo, que también hostigó a Mutis. Mutis llego a llamar a Valenzuela el Newton americano por haber dictado una sobresaliente cátedra de matemáticas'^^ en el Colegio del Rosario. En palabras de Zea, «Valenzuela era discípulo de Mutis y el primer compañero de su Expedición, agregando que en la flora de Bogotá hay muchos descubrimientos suyos y que el Sr. Mutis le había dedicado un precioso género»^^. Para Tomás Quixano y José Félix de Restrepo, solicita que se honre sus nombres con alguna planta. En estos casos, no porque fueran grandes botánicos, sino porque eran los precursores de la enseñanza de esta ciencia en Popayán. Considera Zea que si Cavanilles los menciona en alguna de sus En este contexto de la relación que se había establecido entre Zea y Cavanilles, resultaba evidente que el criollo le realizaría una minuciosa descripción de los trabajos que Mutis venía llevando a cabo para la publicación de la Flora de Bogotá^^. Lo primero que destaca el antioqueño de la Flora de Santa Fe es su gran extensión, que alcanzaba a los 40 volúmenes con más de seis mil láminas en negro y en color. Como aspecto curioso comenta que los colores con los cuales se han dibujado las láminas son tomados de las mismas plantas. Además, le explicaba que Mutis venía trabajando en un curso de botánica americana para el Jardín de Santafé. Otra obra que reseña Zea es la Quinología de Bogotá en la cual, según Mutis, había invertido 37 años de observaciones. La obra contenía dos partes: la primera, se refería a la descripción de siete especies de Chinchona; la segunda, a la parte medica. En general, señalaba que la obra de Mutis era la más completa debido a que comprendía observaciones sobre toda la naturaleza americana. Se incluían láminas y descripciones de aves, insectos, cuadrúpedos, mareas atmosféricas, teorías sobre la formación de los montes y ríos, minerales, el movimiento de la tierra, agricultura del país, exportaciones de sus frutos, caminos que deberían abrirse, fomento de la población, enfermedades del Reino. Zea, seguro de su pronta libertad, no dudo en regresar inmediatamente a su país para vincularse al trabajo de la Real Expedición Botánica al lado de su profesor y protector José Celestino Mutis, quien en carta a Cavanilles afir-^' * Posteriormente, el 26 de agosto del mismo año, recomienda a Sinforoso Mutis, quien según Zea tiene talento pero es indisciplinado y le vuelve a recordar los nombre de Félix de Restrepo y de Tomás Quixano. Dice: «Quanto me complacería las Restrepea y Quixana que Vm. me tiene prometido para dos hombres de mérito». ^^ Zea y Rizo mantenían amistad desde la época en que el criollo ocupó la sub-dirección de la expedición Botánica. Posteriormente fue su interlocutor más directo para el envío de plantas a Europa. Zea le comentaba a Cavanilles: «A él he hecho el encargo de las plantas que Vm. quiere y algunas otras». ^^ Le señala Mutis a Zea: «Tengo muchas especies, y conviene reservar la noticia para que no se adelante la Señora Flora Peruana á anticiparlo con alguna otra especie». XLVII-l-1995 175 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ma la inocencia de Zea y le da las gracias por el apoyo que le ha prestado a José Maria Cabal y a su sobrino Sinforoso Mutis^^. Ante el inminente regreso a Santa Fe, Zea le garantiza a Cavanilles que viajará para conocerle, asegurándole que podía confiar en él para el envío de las plantas americanas. Al respecto le señala que: «Puede ser que Vm. no pierda del todo su trabajo, y que si logro volver a mi país, al que Mutis llama la capital de la Flora, tenga Vm. un corresponsal formado de su mano, que seguramente se esmerará en manifestar su reconocimiento». Zea lo tenía todo planificado para el envío de su mercancía. En Cartagena de Indias era amigo del administrador de las Aduanas y a Cádiz le haría llegar los cajones por intermedio del Sr. Francisco Nueve Iglesias quien, a su vez, se encargaría de hacerle llegar todos los encargos que fiíeran para él a América^^. Pero, también, le promete el envío de plantas del Perú, donde tiene un amigo que se las mandará a cambio de papel y el pago de los costes del transporten^. El 21 de julio de 1799 se expide la Real Orden que declara la libertad de Zea, con derecho a la restitución en sus estudios y profesión^^. Una vez obtenida la resolución de libertad, el criollo inicia de inmediato su reclamación por los salarios que dejó de percibir como Segundo Agregado de la Expedición Botánica de Santa Fe. Esta reclamación duraría hasta 1805, cuando se aclaró el tiempo que se le debería pagar^^ Al obtener su libertad se da a la tarea de organizar su viaje de regreso, dejando previamente organizados sus contactos en la metrópoli. Mutis le marcaría su derrotero académico al ofrecerle que le costearía sus estudios por dos años en Madrid, al lado de su amigo Cavanilles^^. Archivo de Cavanilles, Carpeta 3, Leg. 2^ Dice Zea que su amigo «tiene intima amistad con muchos misioneros de los que más han penetrado en aquella inmensa montaña, y están continuamente navegando el Marañón». ^^ Oficio de Mariano Luis Urquijo a Joséf Antonio Caballero, Aranjuez, 10 de julio de 1800. En este oficio se señala que a Francisco Antonio Zea, «de quien trata el oficio de V. E. de 31 de mayo último, fue remitido en partida de registro a estos Reinos por la Audiencia de Santafé, no tanto por lo que resultaba contra él en la causa sobre supuesta sublevación de Santafé, como, porque, siendo muy hábil y travieso creyó la Audiencia no convenía su residencia allí». Archivo General de Indias (AGI), Secretíiría de Cámara, Legajo 158. Pombo a su vez le comenta en carta a Mutis que «celebra el acto de justicia de nuestro gobierno con Zea y su sobrino Sinforoso. Aunque desde mayo de 1804 se ha había dado la orden al Virrey de Nueva Granada para que se le abonarán los citados salarios a Zea. Asclepio-Vol XLVII-1 -1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es La Corneja desplumará a Ortega y a los peruanos Zea al iniciar su relación epistolar con Cavanilles dejó entrever el vasto conocimiento práctico que tenía de las plantas americanas. Por lo tanto, se atreve a criticar no solo la obra del Pródromo, sino también a realizar descripciones detalladas como la de la Hiraca, la Polygala Senega y el Guaco, entre otras^^. Parece que las diferencias entre Ortega y Cavanilles databan de 1784. En esta fecha, Cavanilles le manifestaba a José Viera y Clavijo (1731-1813) sus reservas sobre el botánico Ortega del que «jamás ha tenido grandes esperanzas»^"^. Pero la polémica pública comenzó con una carta anónima publicada en el Memorial Literario Instructivo y Curioso de la Villa y Corte de Madrid, en septiembre de 1788. «El autor de la carta atacaba a Cavanilles por crear demasiados géneros nuevos». Ademas, porque era un botánico de gabinete y que se había alejado de las tesis de Linneo. Cavanilles regresa a España, en 1790, con la intención de tomar la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid, según se lo había prometido el Intendente José Pérez Caballero. Pero la realidad fue diferente porque Ortega y su grupo se opusieron abiertamente a Cavanilles. Este le comentó a Mutis que, cuando lo quisieron hacer director del Jardín, «Ortega comenzó a esparcir voces contra mis obras y publicando dos anónimos para desacreditarlas y hasta llegó a ganar a nuestro amigo Zenón»^^. Cavanilles, por su parte, atacó públicamente el Pródromo de los expedicionarios peruanos y ellos, a su vez, en la publicación de la Florae Peruvianae et Chilensis Prodomus, publicada en 1794, rechazaban los numerosos géneros de Cavanilles. Esta obra de Ruiz y Pavón tuvo como objetivo presentar 136 géneros nuevos y «establecer prioridad de las descripciones de primera mano frente a las publicadas de Cavanilles sobre la base de ejemplares desecados o datos de segunda mano»^^. Cavanilles contestó estas críticas en su tercer volu-^^ Dice Zea en relación al Guaco que como «carece de sus apuntes y herbario, no podré dar una descripción exacta y completa de las plantas, pero diré lo bastante para que un botánico no la desconozca.... Dejando a Mutis, como descubridor, intacto en derecho de dar nombre botánico a la planta, me contentaré con manifestar que es de género nuevo». En la carta del día 23 de enero de 1799 Zea le realiza una descripción detallada, en latín, de esta planta del Guaco. ^^ Igualmente le censura a Ortega que él «estimaba más al botánico que a la botánica». PELAYO, Francisco y GARILLETI, Ricardo. «La formación y actividades botánicas de A. Zea participó en esta polémica, inicialmente, a través de su correspondencia y luego públicamente con el artículo de las quinas. En relación a la primera versión del Prodromus argumentó las equivocaciones de los peruanos en las descripciones y clasificaciones de los géneros. Sin embargo, siguió con interés el trabajo de Pavón en el herbario y biblioteca de Cavanilles y la publicación del primer tomo de la Flora peruviana et chilensis. Para Zea existían diferencias entre Pavón y Ruiz según lo había podido constatar en las disertaciones que ambos habían realizado en la Academia de Medicina. Al primero le consideraba con cualidades científicas mientras de Ruiz conceptuaba que «era incapaz de escribir en su vida dos renglones con acierto». También puso al descubierto las intrigas de Ortega contra Cavanilles cuando le comenta que: «No se me ocultan los manejos de Ortega para incomodar a Vm. Hace casi dos años que un pedante, que a primera vístame deslumhró, estuvo importunándome para que le diese por escrito noticias de los yerros que Vm. hubiese cometido en sus descripciones de las plantas que yo conocía»^^. La controversia en el fondo radicaba en quién obtenía el mayor prestigio en la comunidad científica de los botánicos europeos, con el aporte de nuevas especies y géneros botánicos. Zea había tomado partido desde Nueva Granada por Cavanilles y así se lo hacía saber a su amigo botánico que en diferentes ocasiones había comentado con su maestro Mutis «las claras y acertadas descripciones de Cavanilles»-'^. En este contexto anima a Cavanilles para que publique la segunda parte de la Corneja sin plumas^^ que desenmascararía los plagios de Ortega. Esta obra, parece que correspondería a la continuación de la Colección de papeles sobre controversias botánicas que publicó Cavanilles en 1796. Esta segunda parte tenía la característica de ser un escrito de divulgación científica y por lo tanto no iba dirigida a los botánicos a quienes consideraba Zea «que jamás et chilensis entre 1798 a 1802. Del quinto tomo sólo se editaron las láminas. También publicaron, en 1798, la obra Systema vegetabilium Florae peruvianae et chilenses. Incluye 712 especies, muchas de ellas nuevas, con láminas que elaboró el mismo Cavanilles. 39 Carta de Zea a Cavanilles, Cádiz, 20.de junio de 1798, n.° 1. ^^ La Corneja tenía como objeto desprestigiar científicamente a Ortega; demostrar sus errores en las descripciones botánicas; el incorrecto método que utilizaba en el curso de botánica que impartía en el Real Jardín Botánico de Madrid y poner en evidencia los daños que sufi-ía el país al ocupar los principales cargos botánicos el señor Ortega. http://asclepio.revistas.csic.es podría deslumhrar», y por lo tanto le parecía necesario hacerlo en términos «que todo el mundo entienda y juzgue la causa»'*^ Zea se muestra dispuesto a realizar el escrito de \a Corneja pero le expone a su amigo que debe hacerlo él para: «asegurar el golpe, y disipar de una vez este fantasma»"*^. Finalmente, Zea se encargó de escribir la Corneja, que comentó asiduamente en casi todas sus cartas. El criollo, en el transcurso de las cartas, va realizando comentarios concretos sobre la Corneja. Expone que: «Siempre había determinado quitar á la Corneja las plumas sin la carne; pero por más cuidado que ponga, ha de sentirlo ese hombre presuntuoso. Procuraré hacerlo de modo que él no pueda quejarse, ni el público dexar de abrir los.ojos». Las cartas de Zea no tienen la retórica de la época. Por el contrario, se caracterizan por su nitidez y por las certeras burlas, irreverentes, que ponían en tela de juicio la formación botánica de Ortega. Consideraba que Ortega era un hombre que quería parecer lo que no era/porque: «no ha querido estudiar para ser botánico, ó más bien, no lo hizo Dios para ello, y de hecho lo quiere parecer. Demasiado tiempo nos ha tenido en este error, y aunque su Delectus Fl. Hisp. habrá desengañado a muchos como a mí, es justo que se disipe enteramente la ilusion»"*^. El antioqueño, cumpliendo con lo encomendado por Cavanilles, incluye en la Corneja el análisis del curso de botánica que impartía Ortega en el Real Jardín Botánico de Madrid. Para este análisis, se apoya en los conceptos que le había dado Mutis sobre este curso al considerarlo «un monumento de vergüenza»^"^. Zea diseñó para el estudio del curso de Ortega un esquema que comprendía los planes gubernamentales de apoyo a la investigación y fomento del estudio de esta ciencia y, por otra parte, pretendía demostrar los daños que sufría la botánica al tener un profesor tan inepto como Ortega. El plan incluía establecer un paralelo entre lo que haría un profesor ilustrado y lo que estaba realizando Ortega en el Real Jardín Botánico de Madrid. Finaliza el plan puntualizando el atraso que experimentaba esta enseñanza por estar a cargo del señor Ortega que, por lo tanto, se debería disipar la ilusión de este nombre «funesto a la Botánica española». Zea, a medida que avanza en el examen del curso de Casimiro Gómez Ortega"*^, va planteando sus inquietudes porque no conocía todas las plantas. El hecho es que, con un mes de diferencia, cambia su lenguaje radical y despectivo, a uno más moderado. En un comienzo consideraba que la obra no creía que le sirviera ni a las artes ni al comercio"*^; e, irónicamente, no deja de señalar que: «Deseo engañarme en mi concepto, no solo por el bien de la ciencia, sino también por el honor de la Nación, en cuya gloria botánica me intereso mucho»"*^. Una vez que Zea termina el análisis de la obra de Ortega, admite ante Cavanilles que debido al desprecio que sentía por este botánico no le había leido con atención y que ahora no puede decir que el autor sea tan irracional aunque la obra sea detestable'*^. En su análisis continúa señalando las descripciones incorrectas"*^ y manifiesta sus dudas sobre la importancia botánica que podía tener Ortega. También resultaba evidente el cambio de Zea en relación al análisis de la Flora Peruana. Primero, en relación a la primera publicación del Prodromus, había manifestado que no sabían describir las plantas ni en el propio suelo^*', y ahora aceptaba que los caracteres habían sido bien escogidos y toda la obra había sido escrita por un maestro. Centró su crítica en demostrar el poco rigor científico de la expedición peruana, indicando la poca extensión y las escasas descripciones de plantas para la flora de «tan vasto imperio», siendo'^^ Señalaba Zea: «Sentiré mucho que la obra no corresponda, como me lo temo con fundamento, á los gastos que se han hecho y á la idea que nos han hecho concebir de las utilidades que reportarán las Artes y el Comercio» Carta de Zea a Cavanilles, n.° 1. ^^ Carta de Zea a Cavanilles, n.° 1.' ** Decía Zea: «Cosas prodigiosas he encontrado en el curso de Ortega. A la verdad jamas había leído dos páginas con atención, por lo mismo que le miraba con desprecio, como que esta fue mi primera lección de Botánica. No juzgo tan irracional al autor que á vista de las razones tan convincentes con que le arguyo, dexe de confesar que su obra es detestable». ^^ Por ejemplo, la que da sobre el arroz. ^° Su ataque es demoledor contra Ruiz al comentar que ni siquiera sabe describir las plantas en su propio suelo. Dice: «Ruiz que tanto ha declamado contra las descripciones hechas por plantas secas ó degeneradas en los jardines i que dirá quando se les haga ver que él mismo las describe degeneradas en su propio suelo?» A pesar de la diplomacia que caracterizó a Zea en el ataque público de sus oponentes, en este caso no demuestra miedo al enfrentamiento con Ruiz y Pavón porque: «ellos habían declarado la guerra y él abriría la campaña»^^. Además, no podía permitir que quedaran en el ambiente académico y comercial las afirmaciones de la Flora Peruana sobre «la quina de Santa Fe» y que se desconociera el descubrimiento de Mutis sobre las variedades de esta planta. Estas afirmaciones afectaban el honor de su maestro y el comercio de la quina santafereña en Europa. Finalmente, Zea terminó la Corneja, en noviembre de 1798, y le comentó a su protector que lo único que le faltaba era «corregir el estilo y pasarla a limpio». Después de la fecha señalada prometía continuamente el envío de la obra y pasado un año, cuando iba a partir para Madrid, se disculpa por haber suspendido la copia de la Corneja por que en ese momento no podía chocar de frente con Ortega. El miedo seguramente, radicaba en el perjuicio que le podía hacer Ortega con los establecimientos botánicos que posiblemente le apoyarían en su plan de la Expedición Botánica para Santa Fe de Bogotá^'*. Sin embargo, le avanza a Cavanilles que el curso elemental de Ortega es: «absurdo en el plan, inconexo en las ideas, difuso en lo que no importa, falso en lomas necesario, acribado de errores y casi enteramente compuesto de exemplos sin doctrinas, con tantas estrellas que parecen constelaciones»^^. Si bien es cierto que Zea no publicó la Corneja, sin embargo, en el escrito de las quinas y ya en París, utilizó la intriga y su pluma en la defensa de la obra científica de Cavanilles y de su maestro Mutis. Zea llega de estudiante a París y regresa a España con reconocido prestigio de difusor de la botánica El criollo no llegó a imaginarse que aquella tímida carta que le envió a Cavanilles en el mes de junio de 1798 le iba a cambiar su vida y destino en Europa. Cuando tenía ya todo organizado para el tan anhelado regreso a la patria le llega una carta de Mutis para costearle a él y a su sobrino Sinforoso los ^^ Carta de Zea a Cavanilles, Cádiz, 26 de abril de 1799, n.° 14. ^^ Carta de Zea a Cavanilles, Cádiz, agosto de 1799, n.° 16. ^^ Carta de Zea a Cavanilles, Cádiz, 2 de enero de 1800, n.° 18. ^' * Carta de Zea a Cavanilles, n.° 18. ^^ Carta de Zea a Cavanilles, n.° 18. Para Zea los dos años de estudio que le proponían eran demasiado tiempo. Sin embargo, complacería a su maestro y se detendría en Madrid el tiempo justo para «llenar sus principales ideas». Pero su protector Cavanilles, luego de tenerlo casi un año en Madrid, lo convenció y le consiguió una comisión para que continuara sus estudios en París. Cavanilles así se lo manifiesta en carta a Mutis, cuando le dice que: «también traté a la larga a su discípulo Zea, contribuí a que le destinasen a París para que se perfeccionase»^^. El antioqueño partió a París con una Real Comisión que le otorgó la Secretaría de Estado para «recoger algunos libros e instrumentos, y de instruirse en el último estado de las ciencias naturales». Esta comisión no incluyó soporte económico^^: el apoyo lo recibió de su maestro José Celestino Mutis^^. El medio que utilizó Mutis ñie el de la quina. Cuando Zea viajó a París llevó consigo un gran cargamento de quina para vender en Francia. A través de José Ignacio Pombo^^, José Celestino Mutis enviaba la quina a la ciudad de Cádiz. Una parte del valor de estos cargamentos era para sostenimiento de los dos criollos y el resto para la compra de libros e instrumentos que solicitaba Mutis.. Siendo la quina el principal medio de financiación, esta planta se convirtió en una de las inquietudes centrales del criollo en París. Para él era prioritario que se reconociera la eficacia medicinal de la quina de Santa Fe, en relación a la peruana^^ En este sentido se debe entender su preocupación por demostrar en Francia la mayor eficacia curativa de la quina santafereña en relación con la peruana. Para demostrar sus afirmaciones mandó realizar ^^ Carta de Zea a Cavanilles, n.° 18. ^^ Cavanilles lo comenta a Mutis en carta del 18 de agosto de 1801, n.° 26. ^^ Mutis inicialmente le propone a Zea costearle sus estudios con Sinforoso Mutis en el-Real Jardín Botánico de Madrid al lado de Cavanilles. ^' En este escrito sobre la quina señala: «creyendo que la química es quien nos puede suministrar las luces necesarias en tan importante materia, he solicitado que se hagan los análisis de todas quatro especies por algunos de los químicos más célebres de Europa». Recordemos que, antes de su viaje a París, había publicado un controvertido artículo sobre la quina en los Anales de Historia Natural^^. Zea en esta ocasión reivindicó para su maestro Mutis la gloria de ser el descubridor de las cualidades medicinales de este árbol. Señalaba que: «siete son las especies legítimas de Chinchona descubiertas por el Sr. Mutis (son las únicas que hasta ahora se conocen en Santa Fe, pues las que se dicen descubiertas por D. Sebastián López son las mismas oficiales por el sr Mutis)... A los trabajos felices del Sr. Mutis debemos el descubrimiento de sus eminentes virtudes, confirmadas por el Sr. Lambert»^^. Por supuesto no deja de referirse a los conceptos de Ruiz y de Pavón y por lo tanto manifiesta que: «le es indispensable indicar sus equivocaciones, porque llevan la recomendación de observaciones hechas en el suelo nativo de la quina por botánicos distinguidos por su carácter público»^^. El escrito de Zea es comentado por Cavanilles quien le expone a Mutis que su discípulo realizó una excelente defensa de su maestro y de las quinas^^. Cavanilles toma partido públicamente por el artículo de Zea sobre las quinas y pone de manifiesto que los expedicionarios Ruiz y Pavón trabajaban bajo las órdenes del Sr. Ortega para refutar la memoria del Sr. Zea^^. Es más, espera que «el sabio Mutis y su discípulo Zea respondan con la moderación que brilla en sus escritos»^^, como también lo harán Vahl, Jussieu y otros científicos europeos. Posiblemente escribe este artículo de las quinas entre Cádiz y Madrid. En septiembre se publica el polémico artículo sobre «Memorias sobre la quina, según los principios del señor Mutis», por D. Francisco Antonio Zea, botánico de la Expedición de Santa Fe, y discípulo del mismo Sr. Mutis, Director de ella», en Anales de Historia Natural, n.° 5, T. II, Madrid, en la Imprenta Real, septiembre de 1800. pp. 196 a 235. Publicadas en FERNÁNDEZ PÉREZ, Joaquín (1993) La polémica sobre la quina, según comenta Zea, se daba en toda Europa. En el Instituto se hicieron las pruebas^^ además de las que él realizó con la colaboración de Cels y el apoyo de su profesor Ventemant. Era consciente de que la campaña que él estaba realizando a favor de la quina santafereña, en un momento llegó a equipararse a las «intrigas» ya conocidas de Ortega^^ Finalmente, varios científicos franceses se pronunciaron a favor de la eficacia curativa de la quina de Santa Fe. Por ejemplo, la obra de Alibert adopta la doctrina de Mutis y da el crédito a la quina de Santa Fe^^. Igualmente, le informa Zea a Cavanilles que el director de la Escuela médica va a publicar una obra donde adopta la doctrina de Mutis y el Sr. Vahl, en su obra, también dará a conocer su informe sobre los análisis de la quina. Con el veredicto de los profesores del Instituto Nacional de Francia sobre la quina de Santa Fe, Zea logró, por una parte, prestigio para su maestro Mutis y, por otra, garantizó el comercio de la quina santafereña en Europa. En tales circunstancias, logró vender a buen precio las más de 60 cargas de quina que Mutis le había enviado para su sostenimiento y para la compra de libros y del laboratorio de química que tanto anheló el sabio gaditano para Santa Fe^^. La polémica sobre la quina y el viaje de Zea a Francia se comentaba igualmente en los círculos botánicos del Virreinato. Pombo la seguía con interés y le comentaba a Mutis: «Lo que he visto en ese miserable papel publicado en Madrid, de ese don Sebastián López, contra vuesamerced. Zea y Rieux en respuesta a la memoria de aquél sobre la quina»^"*. Zea en el articulo de las quinas, establece una especial clasificación sobre las variedades de esta planta que habían publicado los peruanos. Este hecho tampoco pasa inadvertido a Pombo, quien de inmediato se lo consultó al maestro Mutis^^. Aunque el criollo en este trabajo señala que para Mutis «las especulaciones mercantiles» no incidían en el gaditano por ser éste «un verdadero sabio» 70 Carta n.° 22. ^^ Decía Zea: «dirá Vm. que me he vuelto tan intrigante como el sr. Ortega». Zea llevó personalmente la quina de Cádiz a París y la vendió en esta ciudad, según lo comentaría posteriormente Rizo en su oficio del 26 de julio de 1809 de Santa Fe. 7^* «Carta de Pombo a Mutis donde le comenta la polémica que existe en España sobre la quina», 20 de junio 1803. «Carta de Pombo a Mutis donde le comenta la polémica de la quina. En la carta del 3 de abril de 1802 se alegra del viaje de Zea a París. 7^ «Carta de Pombo a Mutis donde le comenta el escrito de Zea sobre las quinas». Dice: «Como creo lo sea todavía Zea, quien en su memoria sobre las quinas redujo todas las de los peruanos a las cuatro especies de vuesamerced. A./.R III, 1,1. http://asclepio.revistas.csic.es y no un «profesor mercenario», lo cierto es que en la realidad tanto para Mutis como para Zea era muy importante el hacer reconocer la superioridad de la quina santafereña sobre la peruana para garantizar el comercio de ésta en Europa. No hay duda de las cualidades comerciales de Zea quien demostró un amplio conocimiento sobre los valores mercantiles de la quina^^. Cuando Zea llega a París, en el mes de diciembre de 1800, lo primero que hace es ponerse en contacto con las personalidades académicas que le había recomendado Cavanilles. Así se lo manifiesta el criollo a Cavanilles cuando le comenta que: «los profesores a quienes Vm. tuvo la bondad de recomendarme, me han recibido con todo el aprecio que Vm. sabe inspirar a los que le tratan»^^. El rasgo más sobresaliente de Zea fue su poder de asimilación y adaptación a los círculos científicos y políticos. El hecho es que el primer grupo de contacto de Zea fue el de los antiguos amigos que Cavanilles había dejado durante su estancia en París. Cavanilles durante su estancia en París realizó sus prácticas botánicas en los Jardines de Aremberg de Cels. Por su parte, Ventemant publicó una obra sobre las plantas cultivadas en el Jardín de Cels que Cavanilles comentó en los Anales de Ciencias Naturales^^ y ampliamente difundido en el Magazin Encyclopédique ou Journal des sciences, des lettres et des arts de París^^. Para Zea era Ventemant el botánico del «que se podría esperar más». Ventemant se había interesado en la obra de Cavanilles para publicarla en Ale-mania^^ y había tomado partido por él en su polémica con Ortega. Así lo exponía Zea al señalar que Ventemant «publicará una planta mal descrita por Ortega». La confianza con Ventemant es tal que, al final de su estancia en París, Zea le solicita a Cavanilles que le escriba «bajo cubierta de Ventemant». La realidad era que Zea se había convertido en la persona de confianza del científico a quien, al no hablar el español, el criollo le hacia las ñinciones de traductor. Este hecho se lo pone de manifiesto Zea a Cavanilles cuando le comenta: «Me alegro que la dificultad del idioma no permita a Ventemant encargarse del anuncio, porque lo retardarían sus ocupaciones. Ha condescendido que yo lo haga y corregidas las faltas del lenguaje, lo publique en su nombre »^^. En la capital fi^ancesa. Zea se relaciona igualmente con otros amigos de Cavanilles y con políticos americanos y españoles^^. Con todos ellos establece una relación de intermediario de las plantas que les enviaba Cavanilles y poco a poco fue construyendo su imagen de experto en el conocimiento de las plantas americanas que tanto interesaban a los botánicos europeos. Además, realizó experiencias botánicas en el jardín de la casa del célebre químico Nicolás Louis Vauquelin (1763-1829)^"*. Zea se vanagloriaba de tener amistad con los profesores más célebres de Europa. Otro papel fundamental que realizó Zea en París fue el de divulgador de la obra de Cavanilles y de Mutis. Se convierte casi en agente editorial del primero. Entre otras gestiones editoriales contacta e identifica a un traductor de alemán y de italiano con el objeto de publicar «algunas memorias de Cavanilles en Berlín y otras en italiano»^^. Luego contrata a su cargo un traductor que aunque considera que le «cuesta mucho dinero pero es superior a los dos ^' Decía Zea «Ventemant ha remitido a Alemania las descripciones de Vm. para que se publiquen». 8^ Zea en París establece amistad con los científicos y políticos de esta metrópoli. Frecuentaba la casa de Francisco Miranda, quien en ese momento era general del ejército de la Revolución francesa. BOTERO SALDARRIAGA, R. ( 1945 Es posible que su vinculación con Aubin Louis Millin (1759-1818), director del Magazin Encyclopédique ou Journal des sciences, des lettres et des arts^^ de París, contribuyera a que Zea se aficionara a la labor periodística que luego iba a desarrollar como profesional en España. En el citado periódico colaboró con algunas noticias sobre las actividades botánicas de Cavanilles y Mutis. Además, insertó «una carta de contestación contra los señores peruanos» y se publicó una reseña sobre los botánicos españoles en donde él se incluía^^. Zea exponía que la mayor parte de los «diaristas» eran sus amigos y comentaba que a ellos no había más que avisar para «lo que se ofrezca». Por supuesto, el criollo garantizaba la publicidad de los escritos de Cavanilles así que esperaba la llegada del tomo n.° 6 de los Icones para realizar, según él, «un soberbio anuncio»^^. En la controversia con Ortega era imprescindible dar a conocer las publicaciones de Cavanilles para contrarrestar la imagen de la obra de la Flora Peruana. El articulo que se publica en el Monitor de Historia Natural de París, del 12 de septiembre de 1801, sobre el estado de las ciencias naturales de España, se reseña la actividad de los diferentes botánicos españoles. Se destaca el nombramiento de Cavanilles en la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid y las transformaciones que estaba realizando en la institución con la colaboración del ministro de Estado, Pedro Cevallos. ^^ Carta n.° 22. ^' Señala Zea que «si logro empeñar a un librero en la empresa, publicaré Quinología, suplemento y cuanto haya parecido por una y otra parte con notas como lo hizo Vm. y tal ves su misma colección de papeles, bien que por separado». ^^ Millin publicó la obra Eléments d'historié naturelle. En el citado Magazin comenta Zea que publicaba permanente diferentes noticias. Nosotros hemos revisado esta publicación y no hemos localizado todas las informaciones que señalaba Zea en sus cartas. Zea comentaba a Cavanilles que «notifico a Vm. con esta relación, todo esta se publicará en el Magazin como de costumbre». En este mismo articulo se daba noticia sobre Cavanilles, Mutis, Ortega, Ruiz y Pavón. T. 36, pp. 112 a 114. ^^ Zea manifestaba que «las circunstancias hacen indispensable anunciar el tomo 6 de sus Icones de modo que haga una viva impresión». Igualmente, en ese mismo año se da conocer en el citado periódico que la Sociedad médica de París inscribió en su última sesión como miembros honorarios a don Zenón Alonso, Oficial primero de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias en Madrid; a don Antonio José Cavanilles, director del Real Jardín Botánico de la misma Corte, y a don José Celestino Mutis, botánico y astrónomo de S. M. y director de la Expedición Botánica en el Reyno de Santa Fe de Bogotá. Otro hecho que se resalta es la labor desarrollada por Castillo y Zea en la introducción de la vacuna en España. En París, el criollo además de escribir en los Anales de Historia Natural de Madrid se convierte en el divulgador de esta publicación en la capital gala, que según Zea tenían gran acogida y por lo tanto lamentaba no haber «traído una docena de ejemplares»^^ Aunque sólo estuvo dos años en París, no por esto dejó de aprovechar al máximo la experiencia académica que le ofreció Francia. Resultó evidente que amplió el circulo de amistades y recogió la práctica administrativa de las instituciones científicas que funcionaban en el país galo. En efecto, el criollo le demuestra a Cavanilles las ventajas de construir una estufa en el Jardín de Madrid de forma similar a la de París^^. Igualmente, le propone que se organice en Madrid una casa de fieras y él se compromete a llevarle el diseño de la que se iba a construir en París. Pero lo que más deseaba Zea era la organización de un «gabinete de maderas, frutos, bálsamos, resinas», prometiéndole a Cavanilles que estaba dispuesto a cooperar en esta empresa^^. El objetivo era situar en primer plano el Real Jardín Botánico de Madrid «convirtiéndolo en la capital de la Flora de Europa»^"*. El último período de su estancia en París lo dedica Zea a visitar gabinetes y escuelas y a solicitar de sus amistades libros e instrumentos que llevaría para Santa Fe. Finalmente, desde la capital francesa elabora en 1802 un plan para una nueva Expedición Botánica en Santa Fe de Bogotá^^. Este proyecto lo venia concibiendo desde su estancia en Cádiz en 1799, cuando pensó dedicar una expedición a su tierra natal de la región antioqueña. El nuevo diseño lo estructuró bajo la dirección de Mutis porque en Santa Fe se le esperaba en el cargo de sub-director y continuaba siendo el sucesor de Mutis. Carta n.° 20. ^^ Zea le comenta a Cavanilles que la estufa de París ha costado cincuenta mil escudos. 95 «Luminoso plan reorgánico de la Real Expedición Botánica propuesto desde la ciudad de París por don Francisco Antonio Zea, miembro titular de la misma. Documentos para la Historia de la educación en Colombia. Bogotá, Editorial Kelly, A5c/epio-Vol. XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ambicioso y optimista y reflejaba la experiencia europea que aspiraba a desarrollar en el Virreinato. El criollo Zea director del Real Jardín Botánico de Madrid A partir de los conocimientos adquiridos en París, y por su estrecha relación con Cavanilles y con el grupo de los afrancesados del círculo de Godoy y de Pedro Cevallos, su carrera académica va en ascenso vertiginoso. Pero si bien es cierto que su deseo era regresar a su tierra nataP^, siempre encontraba una negativa gubernamental a sus solicitudes de regreso, y por el contrario le ofrecían nuevas opciones que le obligaban a permanecer en Europa. En esta ocasión, su matrimonio con la gaditana Felipa Meilhon^^ y el nombramiento de segundo profesor en la cátedra de botánica del Real Jardín y de segundo redactor de la Gaceta y el Mercurio de Madrid^^, lo comprometían nuevamente a quedarse en la Metrópoli. Ignacio Pombo^^ y Cavanilles ^°° le comunican a Mutis que a Zea se le había nombrado segundo profesor en el Real Jardín Botánico de Madrid y que se había casado en Cádiz. Por su parte Mutis le responde a Cavanilles, el 9 de junio de 1803, manifestándole que se alegraba por el cargo que le habían otorgado a Zea como segundo profesor del Jardín Botánico pero no veía con agrado su cargo en El Mercurio y la Gaceta de Madrid por que le quitaría ^^ El regreso a su tierra natal siempre estuvo en su mente y lo manifestó por escrito desde el mismo momento que salió en libertad en 1799, en la ciudad de Cádiz. Situación que vuelve a plantear nuevamente desde Cádiz en 1803, cuando regresa de París. ^' En Cádiz se casa en el invierno de 1803 con Felipa Melihon, hija de padres franceses, con quien tuvo dos hijas; una murió y la otra fue la vizcondesa de Rigny. BOTERO SALDARRIA-GA, R. (1945), pp. 3-84. ^^ Se le nombra Segundo profesor de botánica por oposición y Segundo redactor de La Gaceta y El Mercurio de Madrid, 13 de enero de 1803. El salario que se le asignó fue de 24. A.G.L, Sección Quinta, Audiencia de Santa Fe, legajo 667. ^^ Carta de Pombo a Mutis donde le comenta que Zea ya no viajará a Nueva Granada porque le ha sido ofrecido un empleo en el Real Jardín Botánico de Madrid. 100 Cavanilles le comenta a Mutis que se ha nombrado a Zea segundo profesor del Jardín Botánico y segundo redactor de El Mercurio y La Gaceta de Madrid y que Ortega ataca en sus escritos a Mutis, Zea, Cavanilles, Vahl, Ventenat, De Jussieu. Dice: «El empleo de Zea es el de segundo redactor del Mercurio y de la Gaceta, empleo de 21 mil reales a cuyo suelo se le han añadido tres mil con el título de segundo profesor. Es cierto que para desempeñar estos cargos será preciso el que trabaje mucho, la nueva obligación de casado, que acaba de contraer en Cádiz, le estimulará de nuevo». Tomo III, pp. 214-215. http://asclepio.revistas.csic.es tiempo para la botánica^^^ Pombo, que siempre comentaba con Mutis la actividad académica de Zea, en esta ocasión no deja de manifestar que su alumno tiene «más afición a la política que a la botánica»^°^. El criollo quedó marcado en lo académico-político por su estancia en París. A su regreso a Madrid, ya como segundo profesor del Jardín Botánico y en especial como director de la Gazeta y El Mercurio de Madrid, refleja su tendencia francesa en las informaciones político-científico-académicas y en la reseña de libros^^^. En estos periódicos se informa a los lectores sobre las actividades del Instituto Nacional de Francia, donde había estado vinculado como alumno. En la reseña de las publicaciones repite el libro Historia natural de Buffon y menciona todas las acciones académicas y de publicaciones de su protector Cavanilles. Además, da a conocer cuanto libro aparece relacionado con el comercio y la agricultura. En general, podríamos decir que Zea deja marcada la redacción de la Gazeta de Madrid durante su dirección con las noticias científicas de tendencia francesa, una mayor descripción de los libros científicos, relación de nuevos métodos de enseñanza, creación de escuelas y actividades de las Sociedades Económicas de Amigos del País. En El Mercurio continúa la misma línea de pensamiento pero con mayor análisis en las informaciones políticas. A Zea no se le puede acusar de no haber dado noticias sobre sus oponentes académicos. Por el contrario, Zea relaciona la obra de Hipólito Ruiz sobre la quina de 1792 pero sutilmente no deja de mencionar la quina anaranjada de Santa Fe que había descubierto Mutis con mayor efecto medici-nali04. En este contexto, desde sus primeras clases en el Real Jardín Botánico, señala a los estudiantes que «el encargo de su enseñanza es la de demostrar la utilidad de esta ciencia» ^°^. Esta posición académica la reafirma en el discurso de apertura de curso que realiza en esta institución en 1805. ^°' Carta de Mutis a Cavanilles, Santa Fe 9 de junio de 1803. A. J. B. III, 1,1. ^^^ En el primer número de El Mercurio, de enero de 1803, en el apartado de «Política» elabora un artículo sobre «Idea del estado de la Europa en el año pasado de 1802». En este artículo elogia a Napoleón, lo trata como héroe. El Mercurio de España. Madrid, Tomo I, en la Imprenta Real, p. ^^^ Al respecto señala: «Esta obrita que es continuación de aquella primera original en su clase, es sumamente importante a todos los hombres en general, y con especialidad a los profesores de medicina en sus tres ramos; comerciantes y drogueros...». 1"^ «Borrador de un manuscrito de una clase de Zea en el Real Jardín Botánico de Madrid sobre lo que el denominó «El estudio de la Historia Natural y la botánica». 190 Asc/epio-Vol.XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es Su designación para la dirección del Real Jardín Botánico^^^ de Madrid causó gran desconcierto y críticas que él mismo y Mutis comentarían en diferentes documentos. Porque no era en esa época común que un criollo y expresidiario ocupara la dirección de uno de los principales centro científicos de la Metrópoli. Pombo comenta positivamente el nombramiento de Zea por lo útil que podía ser a Mutis y a la Expedición de Santa Fe^*^^. Para entender el apoyo que recibió Zea en su nombramiento y en los proyectos que le aprobaron desde la dirección del Jardín Botánico, se debe analizar el circulo de afrancesados que se había formado en España alrededor del Principe de la Paz. A este grupo pertenecían Cavanilles, Zenón Alonso^^^ y Pedro Cevallos^*^^, Primer Secretario de Estado y cuñado de Godoy. Además, el antioqueño Zea no perdía oportunidad en sus escritos para valorar el pensamiento liberal y de progreso del Príncipe de la Paz^'°. Pensamiento que suponemos también compartía Pedro Cevallos, como lo demostró posteriormente al participar con el grupo de los afrancesados en la firma de la Constitución de Bayona. Zea desarrolló con Cevallos una extensa relación epistolar oficial y sus proyectos fueron tramitados por éste teniendo por respuesta manifestaciones de complacencia por parte de Godoy. Sin perder de vista que en su empeño pudieron colaborar las dotes políticas que poseía Zea; su brillante carrera académica, avalada por Mutis; su aptitud para planificar; su capacidad oratoria y su talento para convencer sobre la utilidad práctica de sus proyectos. En este trabajo se destaca, por primera vez, la relación entre Francisco Antonio Zea y Antonio José Cavanilles. El análisis se fundamenta, principalmente, en la correspondencia inédita de Zea donde se pudo establecer la amistad que les unió en los aspectos políticos y académicos. Zea ocupo un lugar importante en la polémica que tenía entablada Cavanilles con Ortega y el grupo de los peruanos. El criollo se puso al servicio del botánico Cavanilles aportando sus conocimientos sobre las plantas americanas y, en especial, utilizando su pluma y desarrollando una la labor de «intrigante» en los medios científicos franceses. El escrito inédito de la Corneja es quizá uno de los elementos que mejor demuestra hasta que punto Zea se comprometió con Cavanilles en la polémica contra Ortega. Este escrito, que posiblemente era la segunda parte de los ya conocidos documentos de la controversia, no se llegó a publicar porque a Zea le dio miedo las represalias de Ortega contra sus proyectos americanos. Pero a pesar de tales circunstancias el criollo no dejó de impugnar en sus escritos y de combatir este grupo especialmente durante su estancia en el país galo. Por su parte Cavanilles orientó la vida académica de Zea. Primero, en su ingreso como estudiante al Instituto Nacional de Francia y luego cuando lo compromete con el nombramiento de segundo profesor en la cátedra de botánica del Real Jardín y de segundo redactor de La Gaceta y El Mercurio de Madrid. También puede detectarse una influencia notable del grupo de amistades de Cavanilles a las que se integró con gran facilidad Zea. Si se preguntase cuál fue el motivo que unió a Cavanilles con Zea resulta evidente que prevaleció la relación política que se mira en las controversias botánicas de la época frente al grupo de Ortega. Finalmente, aunque no deja de ser paradójico. Zea, a la muerte de su amigo y protector Antonio José Cavanilles, le sustituye en la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid. «Cádiz, 20 de junio de 1798 Muy señor mío: mi afición a la Botánica y la circunstancia de ser discípulo de Dn. Joseph Celestino Mutis, grande amigo y corresponsal de Vm., disculparán mi atrevimiento en solicitar sus luces y consejos para adelantar mis conocimientos Botánicos. Desde mi arrivo á España (hace dos años) quise manifestar a Vm. la veneración y aprecio con que siempre hé mirado sus escritos y persona, y el deseo de aprovecharme de su experiencia é instrucción. El abatimiento de mi suerte y la esperanza de mejorarla de un día á otro me han retenido tanto tiempo, hasta que cansado de luchar con mi destino, me he abandonado á él y solo pienso en adelantar mis conocimientos á pesar de las angustias de mi situación. Con ese objeto escribo á Vm. suplicándole no se desdeñe de guiarme en una carrera que Vm. ha corrido tan gloriosamente. El Dr. Mutis que no cesa de exhortarme á continuarla creyendo por la predilección con que siempre me ha mirado, que pueda en ella, valer alguna cosa, tendrá increíble gusto cuando sepa que lo hago baxo la dirección y consejos de su ilustre amigo. Puede ser que Vm. no pierda de el todo su trabajo, y que si logro volver a mi país, á quien Mutis llama la capital de la Flora, tenga Vm. un corresponsal formado de su mano, que seguramente se esmerará en manifestar su reconocimiento He visto el Pródromo de la Flora Peruana y la colección de papeles sobre las controversias que han suscitado á Vm. la embidia y la ignorancia. Remití á Mutis ambas obras y espero con impaciencia su contestación. Ya me figuro la impresión que le habrá hecho la idea extravagante de dedicar un genero á dos sujetos distintos, formando un nombre hermafrodita que no lo • pusiera mejor el mismo Fr. gerundio. No son menos ridículos los nombres compuestos de nombre y apellido, expuestos por otra parte á confundir las ideas de los formados de dos apellidos, como el Juan-Ulloa que parece compuesto de nombre y apellido, y es capaz él solo de deslucir un Pródromo bien hecho. Este por cualquier parte que se le mire, es una producción informe, que á la verdad no da honor á la Botánica española ni acredita un gusto literario. Yo querría que Vm. les hubiere tratado con menos indulgencia, no cierto por desearles mal, sino porque más escarmentados escribieren la Flora con tiento y reflexión. Por que sentiré mucho que la obra no corresponda, como' Esta carta la responde Cavanilles el día 3 de julio de 1798. En la transcripción de la carta hemos mantenido la ortografía de la época. Mientras no se escriba una obra fundamental sobre la Botánica Americana, ó se publique para modelo la Flora de Bogotá, serán inevitables los yerros en la determinación de especies y variedades y aun en la de los géneros algunas veces, por más hábil que sea el observador Es necesario mucho conocimiento de los diversos temperamentos de la América, de su varía fecundidad y otras circunstancias locales que influyen en las plantas más de lo que se cree, para no multiplicar especies que muchas veces no son más que variedades. Como no tengo algún libro de Botánica para refrescar las ideas, no puedo hablar con exactitud; pero entre muchos ejemplos que pudiera citar me acuerdo de una Hiraca de Sacquin, que en unos temperamentos aparece triphylla, diphylla en otros y en muchos con hojas sencillas y dos estipulas en el peciolo, que si mal no me recuerdo, es como la observó su descubridor. Ya se deja ver que la figura, superficie, pubescencia, ángulos de las hojas variarán notablemente en estos tres temperamentos, siendo muy natural que en las hojas de tres en rama se halle la hoja central angostada por uno y otro lado hacia la base y los laterales por el lado interior: que las hojas sencillas serán mucho más grandes, más bien proporcionadas y guarden la disposición y figura á que naturalmente propenden, y que las de tres o dos en rama pierden por vivir en sociedad. Al pasar de un temperamento á otro se ve distintamente el efecto de esta variación, insensible al observador, va produciendo en esta y otras muchas plantas de modo que de esta sola Hiraca haría qualquiera cinco ó seis especies, de los quales tres á penas serían variedades y las otras no merecen la atención de el Botánico, sino en quanto es observación. He puesto a Vm. un ejemplo de que me acuerdo, aunque no tan claramente como sería preciso para formar ideas exactas sobre las fréquentes variaciones de las plantas Americanas. En general se nota que la pubescencia varía a cada paso: que las hojas degeneran en las figuras afines y aun en otras muy diversas: que su magnitud, composición, proporciones de estar sujetas a mil alternativas: que los receptáculos, de tanto uso en la Singenesia, exponen á muchos yerros en la determinación de los géneros, siendo fréquente volverse converso el plano, aovado ó cónico el converso & & &. Todo lo cual añadido al razio porte ó cuerpo de las plantas, siendo aquí débil y pequeño arbusto el que más allá es un árbol corpulento y robusto, nos induce al error He desconocido cien veces la Polygala Senega, que es una de las primeras plantas que conocí y con quien estaba familiarizado, por ser tan común en Santafé, que apenas se da un paso sin encontrarla. Ruiz que tanto ha declamado contra las descripciones hechas por plantas secas ó degeneradas en los jardines i que dirá quando se les haga ver que él mismo las describe degeneradas en su propio suelo?. Por que nada hace el caso que las plantas degenere por cultura ó por la extraordinaria fecundidad del terreno. Es cierto que no habiendo publicado aun el primer tomo de las especies, no podemos asegurar que no haya tenido presentes estas observaciones y, guiándose por ellas; pero no encontrándose en sus escritos ni en el Prodro- mo mismo alguna expresión que lo indique y habiéndole ya visto en la quimología dar por especies variedades y describir el Minoxylon Perniferum en términos de poderse dudar que lo haya visto, no es temeridad pensar que habrá lindas cosas en la Flora. Deseo engañarme en mi concepto, no solo por el bien de la ciencia, sino también por el honor de la Nación, en cuya gloria botánica me intereso mucho. Me admira que trabajando en una obra de tanta importancia y en la que fundan seguramente el crédito, no se hayan provisto de los libros necesarios y carezcan de las noticias más conducentes á su objeto. Prescindo de la poca demora en sacar los caracteres que llaman diferenciales y que en los géneros que conosco están generalmente formados de notas despreciables, y me paro solamente en la reflexión de que á estos hombres todo les coge de nuevo. No solamente ignoran los géneros recientemente establecidos con el nombre de algunos Botánicos á quienes dedican los suyos, sino que aun el dedicado hace doce ó más años á su maestro Ortega, reproduciéndolo con el nombre de Nentería, lo han desconocido. Es cierto que Linné se equivocó estampando Gomozia en lugar de Gomezia, como Betaria en lugar de Bejaría en el dedicado á Bejar, Botánico de Cádiz; pero esta ligera alteración del nombre no creo que les disculpe. Bien claramente se conoce ha de ser tomado de algún Botánico el nombre que no siendo griego ni latino, fue puesto ó aprobado por el mismo que estableció no se admitiesen otros en Botánica. Ademas de que al publicar el genero es muy regular que Linné haya advertido á quien se dedicaba. Los efugios que Ruiz ha buscado para sostener que sus géneros Acunna y Stereoxylon no son especies de Befuria y Escallonia, son pruebas contra su propio dictamen. Precisamente se encuentran en la B. vesinosa y creo que también con la B. vrenu, los que llama poros en las antenas. No es este un carácter, como en el Solamun; es una nota despreciable que ni en el carácter natural hay necesidad de expresarla. Las antenas se abren obliquamente por el ápice, y esta abertura es más ó menos extensa según la cantidad del pollen y el vigor de la vegetación. A veces se rompe o abre toda la antena. Por lo que hace al fruto es el mismo puntualmente que describe Ruiz, con la diferencia de que por no haber un termino preciso para este pericarpio. Mutis lo llama baya seca y él, si bien me acuerdo, caxita. En efecto es un pericarpio que solo difiere de capsula en no tener ventallas, que es la razón por que Mutis lo ha llamado baya seca. Lo mismo a la letra sucede en el genero Escallonia, con la diferencia de ser Herible y suave, y no árido como en la Betaria; pero ambos carecen de pulpa. Las figuras del Pródromo representan la fructificación en su magnitud natural y tan exactamente que por ellas las reconocí, antes de ver la descripción. Por lo que hace a los géneros de Vm. y a sus descripciones, contra las quales veo conjurados a casi todos los Botánicos de España, puede Vm. tener la satisfacción de ser acaso el que más ha acertado en las plantas Americanas. Hemos encontrado muchas de las que Vm. ha ilustrado en sus escritos (Frichilias, Guareas, Malpighias, Banisterías, & & &) y muchas veces no hemos tenido que añadir ni corregir una palabra, dexando intacta la descripción, lo que apenas hay escritor de aquellas plantas a quien le suceda. No me acuerdo jamas de haber encontrado un error positivo, como en todos los que han DIANA SOTO ARANGO hablado de ellas. El genero Ferrapteris, que ha dado tanto que hablar, me parece tan necesario que sin el sería una confusión la que resultaría en las Banisterías, no habiendo más razón para suprimir a este que a otros nuevos establecidos por el numero de alas hasta concluir en el Polj^teris. Yo no se lo que hará Mutis en este particular; pero me parece deben establecer estos géneros y creo haberle oído alguna cosa. Mucho más bien atendiendo a las muchas Banisterías que se han descubierto allí. Entre ellas hay no pocas que carecen de los estigmas foliosos con que Vm. dice se podrían distinguirse de las Malpighias, en caso de convenir este carácter a todas las especies. Ni verdaderamente son foliosos los estigmas, en las que aparecen tales, sino los estilos; pero esta observación no podía hacerse sino en las plantas vivas. En otra ocasión daré a Vm. por mayor una idea de las producciones vegetales de aquel país, tan rico en estas preciosidades, y de la Flora que ha de inmortalizarlo. Es natural que Vm. quiera saber quien soy yo que tanto admiro sus escritos y que le he dado tan mal rato. Yo he nacido en la Provincia de Antioquía en el Reino de Santafé. Estudiaba Leyes en aquella Universidad, en la qual era catedrático de Humanidades, quando Mutis fue a solicitarme, o como dice el mismo en su informe al Rey, a conquistarme para la Botánica. En efecto fui por su solicitud agregado á su Expedición con el destino de sucederle en la Dirección de ella y continuar sus obras. Dos años estuve en su casa instruyéndome en la Facultad, y otro pasé en una montaña solitaria haciendo excursiones botánicas. De allí fue a sacarme la calumnia de algunos enemigos, que algunas distinciones obtenidas en la Universidad y la que debí a Mutis en competencia de muchos pretendientes, me habrán conciliado. Hace dos años que estoy en Cádiz esperando a que se acuerden de hacerme justicia y restituirme a mis estudios y tarea. Entre tanto tengo la satisfacción de que las tramas de mis enemigos no me hayan privado de la amistad del D. Mutis, por más que lo intentaron. Deseo a Vm. toda felicidad y soy su más apasionado servidor.
Las relaciones hispano-fi:-ancesas durante la segunda mitad del siglo XVIII estuvieron marcadas en el campo científico por una doble línea. De un lado, y en consonancia con la situación política, hubo una confluencia de intereses frente a la política de Inglaterra. Por otro, se mantuvo una cierta desconfianza desde el lado español hacia los franceses especialmente desde los responsables de la política española en temas científicos. El secular interés de Francia por el continente americano había dado lugar a una situación de mutuo recelo entre españoles y franceses. Del lado español, la desconfianza alcanzó niveles muy altos a raíz del desvío de materiales botánicos que realizó hacia París Joseph Dombey (1742-1794) -el botánico francés de la expedición hispanofrancesa al Virreinato del Perú y Chiley que dio lugar posteriormente a lo que se ha conocido como el «affaire l 'Héritier» ^ Pero al mismo tiempo, Francia era un centro clave para la ciencia, donde se vivía con apasionamiento el debate sobre las nuevas concepciones relacionadas con las ciencias de la vida. En esta línea, París aparece como lugar pri-Trabajo realizado en el marco del Proyecto de la DGICYT PB 91-0068. FRANCISCO PELAYO Y MARCELO FRL\S vilegiado de encuentro y difusión de las nuevas incorporaciones en el campo del saber científico. No es de extrañar, por tanto, que los naturalistas -o aspirantes a serlo-de toda Europa tuvieran una especial predilección por escoger la capital francesa como destino para completar su formación. España tomó parte en esa dinámica de movilidad científica. La política ilustrada de fomentar los viajes al extranjero de pensionados pudo servir, en gran medida, de referencia en la decisión del duque del Infantado de establecerse en París. Pero la cuestión que nos interesa tiene más que ver con la dinámica científica entre dos comunidades. En este sentido nos parece interesante acercarnos a las actividades de Antonio José Cavanilles (1745-1804) relacionadas con su etapa francesa. Sus intereses científicos, su formación y su postura final frente a las enseñanzas recibidas van a ser las líneas que nos van a servir de apoyo en un posterior intento de establecer un estudio comparativo entre dos maneras de entender la botánica. Cavanilles, por sus contribuciones al conocimiento de la taxonomía botánica, puede ser considerado como el más importante naturalista sistemático español del período ilustrado^. Su labor en el campo de la botánica ha sido resaltado en prácticamente todas sus biografías^, destacando especialmente los estudios realizados por E. Alvarez López"^. Recientemente, con motivo de la publicación de su Hortus Regius Matritensis, obra manuscrita que había quedado inédita, se ha incidido en este aspecto^. El presente trabajo pretende continuar esta línea, atendiendo una parcela poco estudiada como es la de las relaciones de Cavanilles con los botánicos franceses, particularmente con Antoine-Laurent de Jussieu, haciendo un primer acercamiento a su correspondencia epistolar. En este sentido resulta bastante llamativo el hecho de que Cavanilles, que se inició en el estudio de la botánica en Paris en un ambiente muy crítico con la sistemática linneana, no siguiera en sus trabajos botánicos el método natural propuesto por Jussieu, utilizado para la enseñanza de la botánica en el Jardin des Plantes, y prefiriera, aunque realizando algunas modificaciones, el sistema artificial de Linné. Sin embargo, y en contra de lo que pudiera desprenderse de esta postura, la aparente contradicción no supuso un distanciamiento personal o profesional entre Cavanilles y A.-L. de Jussieu, quienes prolongaron su relación epistolar a lo largo de casi veinte años. Los cursos de Cavanilles en París El 24 de junio de 1777 salieron de Madrid rumbo a la capital fi:-ancesa la familia y comitiva de los Duques del Infantado y del Marqués del Viso, acompañados de A. J. Cavanilles y de José Viera y Clavijo (1731-1813), quienes iban en calidad de preceptores de los jóvenes nobles. El diario e itinerario del viaje hasta París, localidad a la que llegaron el 13 de agosto, y la estancia en esta ciudad del grupo durante 1777 y parte de 1778, fue recogida por Viera en su Bibliotheca Isleña. En París, Cavanilles, Viera y Clavijo y sus discípulos empezaron a asistir desde mediados de noviembre de 1777 a los diferentes cursos de ciencias naturales y a las demostraciones experimentales, muy populares entre las clases sociales más elevadas, que se impartían en la capital francesa^. El primer curso, que comenzó el 17 de noviembre, fue el de «Física experimental», impartido por Joseph-Aignan Sigaud de La Fond (1730-1810) en su gabinete de máquinas de la rue de Saint Jacques, al que asistieron cinco españoles: el duque del Infantado, el marqués del Viso, el conde Carlet de Valencia, Cavanilles y Viera^. Posteriormente, el 1 de diciembre, se abría el curso de «Química y Mineralogía» de Balthasar Georges Sage (1740-1824), al que asistía tanta gente que Viera comenta que se llenaban tres habitaciones con nobles de ambos sexos, obispos, abades, militares y religiosos^. El siguiente curso al que asistieron fue el de «Historia Natural», que con carácter privado impartía Jacques Christophe Valmont de Bomare (1731-1807) en su casa de la rue de la Verrerie. Jacques Valmont de Bomare había estudiado farmacia en Rouen, su localidad natal, desde donde pasó a París en tomo a 1750. Fue comisionado por el gobierno para visitar gabinetes, minas y talleres metalúrgicos de distintos países europeos. A su vuelta a la capital francesa comenzó sus cursos de historia natural. Su más importante contribución a esta última disciplina fueron los volúmenes de su Dictionnaire raisonné universel d'histoire naturelle (Paris, 1764), que alcanzó varias ediciones durante el siglo XVIII. En la biblioteca de Cavanilles se encuentra la edición de 1775, que comprende 9 volúmenes. Se puede destacar también su obra Traité de Minéralogie (Paris, 1762). Anuncios de la apertura de los primeros cursos de Valmont de Bomare se publicaron en julio y diciembre de 1757 en las Observations périodiques sur la Physique, l'Histoire Naturelle et les Arts ou Journal des Sciences et Arts, revista editada por Jacques Gautier Dagoty (1717Dagoty ( -1785)). En ellos se hacía especial mención al carácter aplicado que Bomare daba a su curso. Así, al referirse al apartado dedicado a la botánica, se mencionaba «el estudio de maderas empleadas en ebanistería y carpintería, de plantas tintóreas, de especies empleadas para barnices, además de modo y tiempo de recolección, del comercio y de las alteraciones a las que eran sometidas las plantas para poder extraer de ellas alguna utilidad»^. Los cursos de Historia Natural tuvieron mucho éxito de público, impartiéndolos Bomare en su gabinete durante más de tres décadas^^. Eran los más concurridos en el campo de las ciencias naturales, por lo que parecía ser el más recomendable para iniciarse en una formación básica en biología y mineralogía. De todas formas, se encuentran juicios críticos acerca de la validez científica del programa de Bomare. Tal fue el caso de Eugenio Izquierdo (?-1813), pensionado español en París que fue director del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. En una carta de 1773 dirigida a Pedro Franco Dávila, tras describir en tonos elogiosos del curso química impartido por Rouelle, le comentaba en relación al curso de Bomare: «Del curso de Historia Natural no puedo contar tantas ventajas. M. Bomare, que lo comenzó el 4 de diciembre, da tres lecciones por semana los lunes, miércoles y viernes, desde las diez y media hasta medio día. Lee muy pocas veces y nadie escribe en su curso, por la rapidez con la que habla. No tiene método propio en sus lecciones; de la Mineralogía de WaUerius, que ha traducido en francés y de su Diccionario de Historia Natural ha sacado todos los materiales para el Reino Mineral. El Vegetal ha comprendido 9 lecciones, en la í.^ ha tratado de raíces y cortezas; en la 2.^ de troncos y maderas; en la 3.^ de árboles y hierbas; en la 4.^ de ramas y hojas; en la 5.^ de flores; en la 6.^ de frutos; en la 7.^ de simientes; en la 8.^ de jugos y bálsamos y en la 9.° de resinas, gomas y azúcares. En todas ha dado mas de curioso que de instructivo y hemos visto un poseedor de cosas singulares, pero escaso de ideas científicas. En fin, su curso no me servirá más que para familiarizarme con los objetos, como Vd. me lo previno.»'' El curso de «Historia Natural» de J. Valmont de Bomare La apertura del curso al que asistió el grupo de Cavanilles tuvo lugar el 6 de diciembre de 1777 y la finalización del mismo, cuatro meses después: el 11 de abril de 1778. En total asistieron a cerca de medio centenar de clases. Gracias a la descripción de Viera podemos reconstruir el escenario que Cavanilles encontró en este curso. Las lecciones tenían lugar en el propio gabinete de Valmont de Bomare, que comprendía dos salas «muy bien iluminadas» y en las que se tenía acceso a distintas materiales y objetos representativos de Historia Natural.El ambiente que se recreaba en tomo a estas lecciones sobre el conocimiento de la naturaleza debía recordar una atmósfera similar a la originada en una secta religiosa, ya que como decía Viera: «...el aparato del gabinete, el concurso, la larga mesa que se veía en el centro cubierta con muestras de las producciones mas exquisitas de la Historia Natural; el orador a la cabeza del concurso, ya sentado y ya de pie en una especie de nicho que hacía la pared de la sala; y sobre todo lo patético de su sermón, todo infundía no se qué género de entusiasmo o idea religiosa y sublime de la naturaleza, que se miraba allí, con templo, culto, panegirista, fieles etc.»'^ La presentación del curso puede servirnos como orientativa en la comprensión de la rápida adscripción que Cavanilles -formado especialmente en " Archivo del Museo Nacional de Ciencia Naturales de Madrid (AMNCN) Leg. n.° 1, Carp. Véase CALATAYUD, M. A. (1987), Catálogo de documentos del Real gabinete de Historia Natural (1752-1786) En estos comienzos del curso no encontramos también con referencias a los autores que habían tratado del estudio de la naturaleza, desde Aristóteles hasta Buffon. El curso quedó estructurado durante los siguientes meses en tres bloques definidos: uno dedicado a la geología y mineralogía, otro al mundo vegetal y un tercero a la zoología. Con la exposición de su ideas geológicas y mineralógicas Bomare inició las sesiones que impartió a lo largo del mes de diciembre de 1777 y que se alargaron durante el mes de enero y primeros días de febrero de 1788. «Método y claridad», como recordaba Viera, en un curso que se iniciaba con una primera clase dedicada a los cuatro elementos de los antiguos, y que en las semanas posteriores se centraron eh abordar un completo abanico de materiales, fenómenos y disposiciones en relación al globo terráqueo. Así, nos encontramos con comentarios sobre la estructura de la tierra y sobre los materiales terrestres que se encontraban dispuestos en estratos; alusiones a los fósiles marinos, lacustres y terrestres que se encontraban en ellos y a los fenómenos geológicos que habían actuado sobre el relieve terrestre. Tema que se completaba con comentarios sobre las etapas orogénicas antidiluviana, primitiva y actual, los volcanes y los distintos accidentes geográficos: ríos, valles, islas, cabos, istmos. Seguidamente, Bomare analizaba diferentes tipos de aguas dispuestas en su mesa de demostraciones: de fuente, de río, de pozo, de lluvia, del océano, del Mediterráneo, del Mar Muerto, de lago, de termas minerales, acidas, sulfurosas, destilada en un alambique, etc. Por último, la discusión se centraba sobre componentes inorgánicos: tierra, arcilla, greda, arenas, piedras (arcillosas, cretosas, yesosas, calcáreas, silex, cuarzo, piedras volcánicas, lavas, piedras preciosas, pórfido, granito etc.). Una vez concluido este apartado dedicado a la Litología, Bomare pasaba a explicar las sales (simples y compuestas o neutras), metales, semimetales, para terminar con los fósiles y las petrificaciones^^. Estas lecciones debieron de ser completadas con el estudio de los propios materiales, pues en aquellas mismas semanas le compraron a Bomare una colección de muestras del reino mineral. El 12 de febrero Valmont de Bomare dio comienzo sus lecciones sobre el reino vegetal, tratando primeramente sobre las diferentes clases de raíces: http://asclepio.revistas.csic.es contrayerba, hipecacuana, jalapa, gengibre, zarzaparrilla... Dividía a las plantas por su tamaño en arbustillos, arbustos, árboles, hablando del tronco, de las maderas preciosas, de las plantas parásitas. Abordaba a continuación los órganos, los injertos, la poda, algunas cuestiones de fisiología vegetal relacionadas con el movimiento y el sueño de las plantas, dedicando una clase a los fi: iitos. En relación a las flores, comentaba su organización, sexos, propagación, «adulterios» y «bastardías» y explicaba los sistemas botánicos de Linné y Tournefort. Continuaba sus lecciones sobre los vegetales describiendo las semillas y los granos de las plantas, los bálsamos, gomas y resinas, para terminar hablando de las plantas venenosas, féculas y criptógamas^"*. A comienzos de marzo de 1778, un «bello discurso» le sirvió a Valmont de Bomare de introducción a la zoología. Algunas plantas marinas, decía, se encontraban en el límite que dividía los reinos vegetal y animal: algas, «litophitos», esponjas, madreporas, corales... Describía animales que, comentaba Viera, tenían la capacidad de reproducirse cuando se les cortaba en pedacitos, los animales microscópicos y espermáticos, así como los sistemas ideados por los naturalistas para explicar su generación. A continuación describía los equinodermos, moluscos, crustáceos e insectos, para dedicar las siguientes tres clases a las aves la primera, a los cetáceos, reptiles y anfibios la segunda y a los cuadrúpedos y cuadrúmanos (los monos) la ter-cera^^. Estas lecciones de gabinete fueron completadas, además, con el contacto con la naturaleza, incluyendo en la parte final del curso una salida al campo. Tras dedicar una clase a repasar nociones de mineralogía, el grupo de asistentes realizó dicha salida capitaneados por el maestro. Se dirigieron para estudiar los minerales «in situ» al cerro de Montmartre, en donde, según la narración de Viera, Bomare se debía sentir como el apóstol de la Naturaleza: «Valmont de Bomare se colocó en una peña y desde allí como predicador y en ademán de misionero poseído de entusiasmo y de elocuencia natural, teniendo una vara larga en la mano, iba señalando el orden de los materiales y la calidad de ellos.»'^ El 11 de abril de 1778 Valmont de Bomare culminó sus lecciones con una última recopilación de los temas tratados anteriormente sobre el reino mineral. Con ello se daba por finalizado el curso de Historia Natural, que terminó con las correspondientes despedida y pago de una cantidad por cada asistente. La presentación de los cursos de Bomare nos permite apreciar un panorama lo suficientemente completo del mundo natural que, sin duda, clarificó las inquietudes de Cavanilles. Unas precisas pero al mismo tiempo amplias lecciones que abordaban las principales cuestiones de los tres grandes bloques en que estaban divididos los estudios naturales: animal, mineral y vegetal. La asistencia al curso de Bomare tuvo que proporcionar, por tanto, a Cavanilles al menos unas mínimas nociones básicas de historia natural. A pesar de ello, y aunque Bomare hacía referencia a los sistemas de Tournefort y Linné, los conocimientos botánicos, tal como asegura en sus cartas y notas manuscritas el naturalista valenciano, los fue adquiriendo de forma autodidacta. La formación de un botánico Una vez establecido el papel de inductor que debió jugar el curso de Valmont de Bomare, es preciso que nos acerquemos a otras referencias que puedan arrojarnos más luz sobre la formación botánica de Cavanilles. Cavanilles, en su correspondencia con Viera, señala que el abate de Chaligny, amigo de la familia del duque del Infantado, influyó de alguna manera en su interés por el estudio de la botánica^^. Fue en torno a 1780 cuando Cavanilles empezó a manifestar un claro interés por esta disciplina. Esta inclinación se vio favorecida por los continuos viajes realizados junto a los duques del Infantado. En ellos, Cavanilles aprovechaba para recolectar plantas de caminos y veredas, para visitar jardines botánicos públicos, como el de Lovaina, y privados, como el del vizconde de Walckiers en Bruselas, y para herborizar en los alrededores de la casa de campo de La Chevrette, lugar de veraneo de los duques. Dato especialmente significativo este último, pues nos permite constatar cómo, en una fecha en la que prácticamente era'^ CAVANILLES, [A.] Introducción y notas de Alejandro Cioranescu, A.C.T., Santa Cruz de Tenerife, pp. 10 y 52.'^ Ambas obras se encuentran en la biblioteca de Cavanilles. Véase Archivo del Real Jardín Botánico, Madrid (ARJB) I, 12, 4, 1. un recién llegado a la botánica, Cavanilles ya sentía especial interés hacia la obra del botánico sueco. Su herbario se vio incrementado en pocos años con las visitas a los jardines de Aremberg, de Cels, de Saint Germain en París, de Triannon, de Versalles, y sus recolecciones en el estanque de Montmorency, al norte de París, y en los alrededores de La Chevrette. La reputación botánica de Cavanilles se vio favorecida, en gran medida, por las buenas relaciones que supo mantener con los botánicos franceses. Ellos le ayudaron en las identificaciones de sus recolecciones, facilitándole el acceso al rico herbario del jardín botánico de París. Además, bien por la comunicación que mantuvo con alguno de ellos -el caso de A. L. de Jussieu-, o por las críticas que les dedicó -caso de Lamarck-constituyen referentes obligados para comprender su evolución como botánico. El Jardin des Plantes de París en el período pre-revolucionario. A la llegada de Cavanilles a París el organigrama del Jardin des Plantes estaba encabezado por G. L. Leclerc conde de Buffon (1707-1788), que ejercía desde 1739 las funciones de Intendente. En cuanto a la plantilla dedicada a los trabajos botánicos, el profesor titular de esta disciplina era Louis-Guillaume Lemmonier (1717-1799), el Démonstrateur o encargado de demostrar las plantas era Bernard de Jussieu (1699-1777), el director de los cultivos o jefe de las plantaciones del jardín era André Thouin (1747-1824). Desde los primeros años de la década de los setenta y hasta 1786, fecha en que René Desfontaines (1750-1833) fue nombrado profesor de botánica, Antoine-Laurent Jussieu (1747-1836) fue el suplente dé Lemmonier en la enseñanza y de su tío Bernard en las demostraciones. Por las mismas fechas, comienzos de la década de los setenta, Jean Baptiste de Monet, caballero de Lamarck (1744-1829), se había instalado en París. Comenzó unos inacabados estudios de medicina, para dedicarse en un principio con más éxito a la botánica^°. Parece que siguió las demostraciones botánicas de Bernard de Jussieu en el jardín botánico^ ^ Gracias a la intervención de Buffon, se le nombró en 1781 corresponsal del jardín botánico y luego botánico del Cabinet Royal encargado de los herbarios, logrando ser admitido en la Académie Royales des Sciences de París como botánico adjunto. Este largo título aclara cual eran las intenciones de Lamarck al elaborar su obra: la descripción de la flora fi"ancesa siguiendo un método analítico, teniendo en cuenta además las propiedades medicinales de las plantas, así como sus otras posibles utilidades. En esta obra, que alcanzó varias ediciones entre finales del XVIII y principios del XIX, Lamarck siguió una clasificación artificial, empleando un sistema dicotómico de claves que facilitaba las determinaciones^^. A partir de 1783, Lamarck se encargó de redactar el apartado dedicado al Dictionnaire de Botanique en la Encyclopédie Méthodique. Lamarck, tal vez presionado por el editor C.J. Panckoucke (1736-1798), seguirá en esta obra el sistema sexual de Linné^^. Esto no va a significar su aceptación incondicional de la ortodoxia linneana, puesto que en artículos posteriores se mostrará crítico con el sistema del naturalista sueco, al que reprocha su excesiva preocupación por cuestiones nomenclaturales y limitarse a componer clasificaciones arbitrarias^"^.. Posteriormente, en 1789, también gracias a Buffon, se creó para él el cargo de Botaniste du Roi attaché au Cabinet d'Histoire Naturelle^^. La entrada de Antoine-Laurent de Jussieu en el Jardin des Plantes se produjo en torno a 1770^^. Había llegado de Lyon pocos años antes, doctorándose en medicina en la Facultad de París con una tesis en la que comparaba la ^^ Acerca de la obra botánica de Lamarck véanse DAUDIN, H. (1926DAUDIN, H. ( -1927)), De Linné à Lamarck. Méthodes de la classification et idée de série en botanique et en zoologie http://asclepio.revistas.csic.es estructura y funciones de los órganos vegetales con los fenómenos de la vida animaF^. Su tío Bernard, en un caso claro de nepotismo, aprovechó la circunstancia de que Lemmonier, médico ordinario de Louis XV, se vio obligado a residir en Versalles y dedicarle más tiempo y atención al cuidado de la salud del rey, para colocar a su sobrino y que supliera la ausencia en la capital de Lemmonier • Durante los primeros cuatro años Antoine-Laurent realizó las demostraciones de las plantas siguiendo la antigua disposición de las escuelas botánicas del jardín, que se remontaba a los tiempos de J. P. de Tournefort. Pero solicitó, y consiguió, de Buffon los fondos necesarios para llevar a cabo trabajos de reorganización, replantación y mejoras, a fin de poder disponer de una nueva escuela. Aprovechó esta circunstancia para establecer lo que él denominaba un método nuevo para la enseñanza de la botánica^^. El método, fundado en los caracteres más esenciales de los vegetales, estaba basado en las familias de plantas que había establecido desde el año 1758 su tío Bernard en el jardín de Trianon. A, partir de 1774, las demostraciones de plantas en el jardín botánico de París se realizaron según el nuevo plan. A.-L. Jussieu tuvo además el mérito de sustituir la vieja nomenclatura tournefortiana por la de Linné. Antoine-Laurent expuso el método natural que había estado empleando su tío Bernard en dos memorias presentadas en la Académie Royale des Sciences de París: el «Examen de la famille des Renoncules»^^, leída en 1773 y que fue determinante en su admisión como botánico adjunto en la Academia de Ciencias de París, y la «Exposition d 'un nouvel ordre de plantes adopté dans les démonstrations du Jardin Royal»-^°, que leyó al año siguiente. Si en la primera de ellas Jussieu desarrolló los principios que se debían seguir para establecer un método natural, que aplicó a la familia de las ranunculáceas, en la segunda, más importante, enunciaba los principios fundamentales de dicho método, la subordinación de los caracteres, aplicado para demostrar las plantas del Jardin du Roi. En esta segunda memoria Jussieu dividía el reino vegetal en tres grupos: acotiledones, monocotiledones y dicotiledones, según la ausencia o el número de cotiledones,, que consideraba el carácter más esencial. La diferente ^^ El título de su tesis defendida en 1770 fue An oeconomiam animalem inter et végétaient analogiae. •^^ JUSSIEU, A. L. ( 1805 Jussieu, en una clara referencia a la «escala de los seres», comentaba que las plantas se extendían por el globo terráqueo y parecían formar una cadena continua, cuyos extremos eran la hierba más pequeña y el árbol más elevado. Por una gradación insensible se elevaban desde aquella hasta éste, disponiéndose en serie las plantas cuya afinidad estaba marcada por un mayor número de relaciones. Este orden de la Naturaleza, decía Jussieu, presentaba una utilidad muy real, ya que el razonamiento, apoyado siempre en la experiencia, demostraba que aquellas plantas cuyos caracteres coincidían, gozaban también de las mismas propiedades, de manera que a partir del orden natural podría determinarse, a través de los signos extemos, sus respectivas virtu-des^ ^ Según Jussieu, la Naturaleza dejaba entrever los principios sobre los que descansaba el orden natural, ya que entre todos los caracteres que se encontraban en cada planta, algunos, como las partes de la fructificación, eran esenciales, generales e invariables y constituían la base de dicho orden. Por tanto, los pistilos y los estambres eran tales partes esenciales y principales, ya que concurrían a formar un nuevo individuo^^. En su primera exposición de su método de clasificación, A. L. de Jussieu consideró un total de catorce clases: En una obra posterior más elaborada. Genera Plantarum secundum ordines naturales disposita (París, 1789), Jussieu profundizaba en la clasificación, de manera que cada una de estas clases (añadía una decimoquinta clase dentro de las Dicotiledóneas apétalas) estaban subdivididas en cien órdenes o familias, en las cuales incluyó 1.754 géneros^'*. Cuando Cavanilles llegó a París, se encontró que las plantas del Jardin du Roi estaban clasificadas según este método natural propuesto por los Jussieu. Su acceso a este jardín botánico se vio facilitado por A. Thouin^^, jefe de jardinería en dicha institución científica, quien permitió que Cavanilles pudiera entrar en el jardín a recoger y comprobar los materiales botánicos que le hacían falta para identificar sus ejemplares. Además, Thouin respondía a sus observaciones botánicas y le enviaba las plantas y semillas que Cavanilles le solicitaba. A Cavanilles, además de permitirle utilizar los herbarios del Jardin des Plantes, le pusieron a su disposición los que se conservaban en el gabinete real, donde, a iniciativa de Buffon, se guardaban las colecciones traídas por Adanson del Senegal y las que contenían plantas exóticas de Oceania, recogidas en los viajes de circumnavegación por Philibert Commerson (1727-1773) y Pierre Sonnerat (1748Sonnerat ( -1814)). En París, Cavanilles no sólo se relacionó con los botánicos vinculados al Jardin du Roi, sino también con Michel Adanson (1727-1806). Adanson se había iniciado en el estudio de la botánica con Bernard de Jussieu en el Jardin des Plantes. Su falta de recursos económicos le llevó a aceptar un empleo " ídem., pág. 188. ^' * Cf. CAVANILLES, A. J. ( 1800 Pues bien, gracias a sus excursiones, relaciones con los botánicos, visitas a jardines, estudio de los herbarios de botánicos y viajeros franceses a tierras de ultramar y con las semillas enviadas desde España por Viera, Antonio Palau (1734-1793), profesor en el jardín botánico de Madrid, y Cándido M.^ Trigueros (1736-1798), Cavanilles empezó en 1784 a trabajar en su primera monografía botánica, en concreto, sobre la clase Monadelphia. Es en este momento, finales de 1784, cuando comienza su relación epistolar con Antoine-Laurent de Jussieu. La relación de Cavanilles con A. L. de Jussieu El volumen que se conserva del intercambio epistolar entre los dos naturalistas alcanza un total de setenta cartas, custodiadas en el Laboratoire de Phanerogamic del Museum National d'Histoire Naturelle (París) y. en el Archivo del Real Jardín Botánico (Madrid), que abarcan un período de 18 años, tiempo que duró esta relación^^. La correspondencia se inicia en novierhbre de 1784, con una carta desde Yssy, en la que Cavanilles comentaba a Jussieu su trabajo sobre el género Sida, con materiales del jardín botánico parisino, bajo el beneplácito de Thouin, y le solicitaba permiso para consultar su herbario. A partir de este primer contacto se inició la relación entre ambos naturalistas. Una de las primeras actuaciones de Jussieu en favor de Cavanilles fue su apoyo, junto con Lamarck y A.D. Fougeroux de Bondaroy (1732-1789), en el nombramiento del naturalista valenciano como miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de París. Podemos establecer dos grandes periodos en las relaciones epistolares entre ambos botánicos. Una primera etapa, comprendida entre finales de 1784 y 1789, fecha en que Cavanilles vuelve definitivamente a España, y una segunda que se alargaría desde la vuelta a España en 1789 hasta 1802. El grueso de la correspondencia de la primera etapa versará sobre los trabajos botánicos del abate, que iniciaba sus estudios sobre la clase Monadelphia. La determinación tomada respecto a este trabajo quedaba señalada en el envío que Cavanilles hizo a José Celestino Mutis en mayo de 1786: «Vuesamerced verá en el prólogo de mi segunda disertación el vasto objeto que me he propuesto, que es de examinar a fondo la Monadelphia». Objetivo al que acompañaba una relación precisa sobre las tareas a realizar: «rectificar los caracteres defectuosos de los géneros, crear otros y aumentar el número de especies, grabándolas todas sobre los dibujos que yo mismo hago»^^. En estos primeros años Cavanilles había recibido de Jussieu ayuda en las dudas que se le presentaban en la determinación de diversos géneros. El botánico francés le había dado su opinión y proporcionado documentación bibliográfica botánica^*^. Además, Cavanilles había hecho partícipes de su trabajo a otra serie de científicos a los que mencionaba como «amigos»: los también franceses Lamarck y Thouin, el inglés Joseph Banks (1740-1820) y el sueco Cari Peter Thunberg (1743-1828)^1. La publicación de la Monadelphia, cuyos dos primeros tomos fueron presentados en la Académie Royale des Sciences de París por Adanson, Jussieu, Lamarck y A. D. Fougeroux de Bondaroy, fue muy bien recibida por los botánicos europeos. La figura de Linné apareció también a menudo en las relaciones de Cavanilles con Jussieu. Aún reconociendo la importancia de la obra de Linné, Cavanilles comentaba a su correspondiente francés algunos de los errores que ^^ Carta de Antonio José Cavanilles a José Celestino Mutis, París, 1 de mayo de 1786; HERNÁNDEZ DE ALBA, Guillermo (Comp.) (1983), Archivo epistolar del sabio naturalista don José Celestino Mutis, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá, tomo III, n.° 123. Cavanilles mantuvo unas relaciones especialmente cordiales con José Celestino Mutis. Ambos, junto con Antonio José Zea, femaron un frente crítico contra el grupo de Casimiro Gómez Ortega; FRÍAS NÚÑEZ, Marcelo (1994) La influencia decisiva de esta etapa en la definición profesional de Cavanilles quedó de manifiesto cuando a finales de 1787 regresó durante unos meses a España. Estancia que aprovechó para comentarle a Jussieu el estado en que se encontraba la botánica en nuestro país, centrándose en la situación del Real Jardín Botánico y en los trabajos en que estaban inmersos los botánicos españoles. Su definitiva conversión a la botánica queda reflejada en las palabras escritas a Jussieu: «Vous pouvez croire avec quel empressement j' ai visité ce jardin -[el Botánico madrileño)-». Situación que Cavanilles encontraba compensada por el hallazgo de algunas plantas distintas de las de París, así como por el número de plantas nuevas que habían llegado del Perú enviadas por los componentes de la expedición hispanofrancesa"*^. Durante su estancia en Madrid, Cavanilles reunió una colección de cerca de un millar de plantas, proporcionadas por botánicos españoles. Uno de ellos fue Miguel Bamades hijo, médico como su padre, que unos años después, en 1793, sustituiría a Antonio Palau como segundo catedrático del Jardín Botánico de Madrid. Cavanilles comunicaba a Jussieu que Bamades hijo había determinado, sin contar las criptógamas, 2.300 plantas, especialmente gramíneas, entre las que se encontraban un gran número de especies nuevas. La intención de Bamades era terminar y publicar la «Flora Hispánica», que había comenzado su padre, que esperaba completar con más de cien grabados que ya tenía dibujados"*"*. Esta era la principal novedad que comentaba Cavanilles, en cuanto a trabajos botánicos. Por supuesto, Jussieu valoró como' *^ Carta de Cavanilles a Jussieu, París, 22 de septiembre de 1787; Laboratoire de Phanérogamie (MNHN).'*^ Carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 29 de noviembre de 1787; Laboratoire de Phanérogamie (MNHN).'''* Carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 25 de febrero de 1788; Laboratoire de Phanérogamie (MNHN). En esta ocasión, su estancia en la capital se vio limitada prácticamente a un año, debido a la inestabilidad política provocada por la revolución. Durante este lapso de tiempo, salieron de las imprentas parisinas sus penúltimas disertaciones sobra la Monadelphia. El regreso definitivo a España En octubre de 1789, Cavanilles envía a Jussieu su última carta desde París, despidiéndose, puesto que pensaba partir hacia España al día siguiente. El nivel de relación que habían alcanzado quedaba de manifiesto en su disculpa por no haberle hecho una última visita. La revolución y la rotura de su «calotin» [bonete] -decía un tanto jocosamente-le habían retenido «prisionero» en su casa, ya que no había querido exponerse a los sarcasmos del pueblo"*^. Cavanilles, disfrazado y ocultándose, abandonó definitivamente París. La distancia física y las diferencias científicas y políticas que se abrieron entre ambos naturalistas, no fue obstáculo para que se continuara manteniendo una relación epistolar hasta comienzos del siglo XIX. Una de las mayores limitaciones en la continuidad de la correspondencia fue ocasionada por las ocupaciones políticas, originadas a raíz de la nueva situación política creada en Francia. Tras la Revolución, Jussieu intervino activamente en la política de su país, siendo encargado de organizar los hospitales y hospicios de su departamento, lo que le impedía dedicarle más tiempo a los estudios botánicos. Mas adelante, en 1793, con la reorganización del jardín y el establecimiento del Muséum National d'Histoire Naturelle formó parte del consejo administrativo y fue nombrado director de esta institución científica. Cavanilles por su parte, desde su regreso definitivo a España, se dedicó intensamente al estudio de la historia natural, particularmente de la botáni-^^ Carta de Jussieu a Cavanilles, París, 23 de marzo de 1788; ARJB, XIII, 3, 32, 9.'^^ Carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 3 de marzo de 1788; Laboratoire de Phanérogamie (MNHN). "•^ Carta de Cavanilles a Jussieu, París, 10 de octubre de 1789; Laboratoire de Phanérogamie (MNHN). La relación epistolar de Cavanilles con Jussieu perteneciente a este segundo período -1789 a 1802-se caracteriza por una continua solicitud del valenciano para que el botánico francés comprobara todas aquellas plantas que quería publicar en sus Icones sobre las que tenía dudas. En marzo de 1790 Cavanilles escribía a Jussieu comunicándole que acababa de terminar las dos últimas disertaciones de su Monadelphia y el prólogo general a toda la obra, que saldría en la segunda edición ese mismo año. En este trabajo, aunque citaba con elogio el método natural, justificaba su elección del sistema sexual de Linné, por el que se había sentido inclinado desde sus comienzos en la disciplina. Por esta fechas -principios de 1790-Cavanilles ya se encontraba bastante distanciado de Lamarck. Su relación con este naturalista había sido anterior a la mantenida con A. L. de Jussieu"*^. Aunque en los primeros tiempos de su estancia en París sus relaciones debieron de ser afectuosas, con el paso del tiempo las diferencias profesionales y el carácter de Lamarck fueron provocando un alejamiento entre ambos naturalistas. Cavanilles criticaba a Lamarck en su 9.^ disertación botánica, a propósito del género Banisteria, en donde había salido en defensa de Linné. Cavanilles se sentía indignado por la actitud de Lamarck, que había copiado sus manuscritos sin comunicárselo y redactado con ellos sus artículos sobre la Hugonia y la Hermannia. Peor debía ser la opinión sobre Lamarck que tenía el botánico inglés James Edward Smith, quien, según Cavanilles, había tildado al naturalista francés de crítico miserable con todos los que valían rriás que él"*^. Jussieu, mientras tanto, tenía otras preocupaciones, muy alejadas de la botánica. Contestaba a Cavanilles, quien, como hemos señalado, le había solicitado su opinión acerca de diversas plantas y que se manifestaba contrariado por la falta de respuesta, describiéndole el agitado ambiente político que se respiraba en la Francia revolucionaria: La respuesta de Cavanilles ante estas sugerencias no se hizo esperar. La contundencia de la misma dejaba muy en claro su posición sobre la cuestión planteada. Cavanilles replicaba al botánico francés, anunciándole en primer lugar que desde su llegada a España trabajaba en dos obras, los Icones plantarum... y una «Flora Matritensis». Sin embargo, debido al volumen de plantas de que constaba ya su herbario -más de mil ejemplares de toda la península-estaba planteándose la posibilidad de trabajar en la descripción de una flora de España, lo más completa posible. El problema es que se partía prácticamente de cero, sin el auxilio de ninguna obra que recogiera el estudio de floras parciales, puesto que la obra de José Quer, continuada por Casimiro Gómez Ortega, le parecía lamentable y consideraba que no servía para nada^^. Además, Barnades hijo no había podido publicar su trabajo debido a problemas económicos y por otras diversas dificultades. En cuanto al tema que Jussieu le había planteado, sobre la forma de clasificar las plantas, Cavanilles le recordaba que él ya se había pronunciado muy claro en su obra sobre las Monadelphia. Pensaba que tanto para los que se iniciaban en el estudio de la botánica como para otros muchos con conocimientos en esta disciplina, la sistemática linneana era preferible al método natural, y más sobre todo siendo éste último aún muy defectuoso. Dudaba incluso que el método natural proporcionara alguna ventaja para los naturalistas expertos en botánica. En el caso de sus compatriotas, señalaba que el ^° Carta de Jussieu a Cavanilles, París, 9 de septiembre de 1790; ARJB, XIII, 3, 32, 16. ^' ídem. ^^ Carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 26 de septiembre de 1790; Laboratoire de Phanerogamic (MNHN). Al mismo tiempo, Cavanilles siguió mostrando su enojo contra Lamarck. Críticas que fue señalando durante toda la década de los años 90 en su correspondencia con Jussieu. Pero al mismo tiempo, seguía reconociendo el valor de sus trabajos y quizás fruto de su antigua amistad fuera el que manifestara su enfado hacia Smith. Este, como señalamos anteriormente, se había mostrado muy crítico con Lamarck. Cavanilles, aún entendiendo las razones de Smith, no compartía la forma en que atacaba a Lamarck^'*. Con todo, la actitud de Cavanilles quedó definida en el hecho de que Lamarck quedara excluido del grupo de franceses a los que enviaba sus materiales^^. De 1802 es la última referencia que conservamos del intercambio de Cavanilles con Jussieu. Para entonces, el botánico español ya se encontraba al frente de la dirección del Real Jardín Botánico madrileño. En un corto período de tiempo reorganizó esta institución, proponiendo entre otros objetivos centralizar los materiales botánicos de las diferentes expediciones científicas y modificar la orientación linneana ortodoxa de la enseñanza. La formación de Cavanilles en Francia y su relación con el mundo de la Historia Natural del país vecino le acercó a naturalistas críticos con Linné y su sistema artificial -Lamarck, Jussieu-. Sin embargo, Cavanilles se había ido decantando por el botánico sueco, aunque reduciendo el número de sus clases. Respecto a Jussieu, y a pesar de la distancia profesional, mantuvo una relación personal que se alargó casi durante una veintena de años. En cambio, con Lamarck el distanciamiento fue tanto profesional como personal. El paso de Cavanilles por Francia y las relaciones con los científicos del país vecino nos permite avanzar en la comprensión de las ideas que aplicó a su concepción del trabajo botánico. Una labor que no se fundamenta en la identidad del método adoptado, es decir, las familias naturales propuestas por los botánicos franceses, sino en la crítica abierta y constructiva de dicho método. ^^ ídem. ^^ Ver, por ejemplo, carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 26 de septiembre de 1790; Laboratoire de Phanerogamic (MNHN). 55 Carta de Cavanilles a Jussieu, Madrid, 21 de febrero de 1791; Laboratoire de Phanerogamic (MNHN): «a todos, menos a Lamarck».
Antonio José Cavanilles (Valencia 1745-Madrid 1804), probablemente el mejor botánico español de todas las épocas, ha sido objeto de estudio por diversos biógrafos^ No se pretende en este artículo mejorar las biografías anteriores, ni hacer una glosa detallada de su vida, sino hacer algunas consideraciones y destacar los aspectos que ayuden a comprender la constitución y organización de su archivo personal, incorporado a los fondos del Real Jardín Botánico en noviembre de 1992. Por lo que a su formación académica se refiere, llama poderosamente la atención el hecho de que Cavanilles no fuera instruido en la ciencia Botánica en su juventud. La enseñanza institucional que recibió, al menos la que está documentada, fue como hombre de Letras. Sobre ella él mismo llegó, en su madurez, a construir el científico ilustrado, que será incluso introductor de la nueva Ciencia y de las ideas renovadoras en la España de fines del siglo XVIII. ^ Las biografías consultadas son: LAGASCA, M. (1804), Cursó sus primeros estudios de Humanidades en el Colegio de los Jesuítas de Valencia, posteriormente los de Filosofía en la Universidad de esa misma ciudad^, y más tarde, en 1765, se doctoró en Teología por la Universidad de Gandía^. Simultaneó éstos con cierta dedicación a las Matemáticas y la Física, materias que le atraían especialmente. Se conoce su primera ocupación en la enseñanza de la Filosofía y de las Matemáticas entre 1767 y 1770, así como sus intentos infructuosos por conseguir alguna cátedra. En 1770 entró a trabajar como preceptor del hijo del Oidor de la Real Audiencia de Valencia, Teodomiro Caro de Briones. Cuando éste fíie designado Regente en Oviedo, se trasladó con él a dicha ciudad, donde se ordenaría sacerdote en 1772. Más tarde, al recibir Caro el nombramiento de Ministro del Real Consejo de Indias, Cavanilles pasó a Madrid acompañando a esta familia. Gracias a estos viajes, pudo mejorar sus conocimientos geográficos y entablar numerosas relaciones con diversos intelectuales del momento. A la muerte de Caro, el Obispo de Murcia le contrató como profesor de Lógica en la Cátedra de Filosofía del Colegio de San Fulgencio. Debido a la gran calidad y modernidad de sus clases, adquirió un gran renombre que le valió el ser requerido como preceptor de los hijos del Duque del Infantado, Pedro y Manuel de Toledo; lo que le trajo de nuevo a Madrid en 1776. Como se verá a continuación, este empleo habría de determinar, de forma insospechada, su inesperada dedicación a la Botánica. En efecto, en junio del año siguiente Cavanilles se trasladó en compañía del Duque y su familia a París, ciudad que experimentaba un auge importantísimo en todas las ramas de las ciencias y lugar ideal para que Cavanilles pudiera tener encuentros trascendentales con destacadas personalidades de la época. Allí se multiplicaban los gabinetes de Historia Natural, tanto de protección Real como particulares, y se mostraban nuevos descubrimientos y técnicas de laboratorio con verdadero carácter científico. Acompañado de sus pupilos, Cavanilles asistió a la Universidad, entrando en contacto con los naturalistas ilustrados más relevantes del momento. Así habría de adquirir su primera formación en Ciencias Naturales. La predilección por la Botánica se desarrolló a partir de 1780, gracias, fundamentalmente, a su relación con el abate Chaligny y los botánicos Antoine Laurent Jussieu, André Thouin, el Caballero de Lamarck, René Desfontaines, y otros. Bajo estas influencias descubrió su verdadera vocación y.empezó una brillante carrera botánica que pudo llevar a cabo en gran parte con el patrocinio del Duque, quien le enviaría a diversos viajes por Europa, permitiéndole ampliar sus herbarios y mejorar sus conocimientos sobre las plantas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es tadas en América y en la Península, incluyendo 600 dibujos. Figuran 59 géneros nuevos, y muchas especies nuevas de géneros conocidos. Su trabajo no se limitó a las meras descripciones, está Heno de observaciones sobre Historia Natural, Agricultura y Geografía Humana. En 1791, recibió la comisión, por Real Orden, de publicar la flora del país; trabajo que no llegó a realizar en su totalidad. Sin embargo, sí dejó un buen ejemplo en sus Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reino de Valencia (1795-1797). En ellas Cavanilles se reveló no sólo como gran botánico, sino también como brillante escritor, geógrafo y dibujante; por lo que se puede considerar este trabajo modelo en su género. Fruto también de esta comisión sería el estudio sobre el cultivo del arroz, publicado en las Memorias de la Academia de Medicina de Madrid, en 1797, tras ser nombrado miembro honorario de la misma. En octubre de 1799, el Real Decreto que creaba los Anales de Historia Natural, primera publicación española dedicada exclusivamente a temas de Ciencias Naturales, le nombraba redactor, tarea que compartiría con otros tres grandes científicos: Christiano Herrgen, Louis Proust y Domingo Fernández. En los Anales llegó el botánico a publicar hasta 48 artículos, dando difusión a numerosas descripciones de géneros y especies nuevas y exóticas. Por fin, en junio de 1801, recibió el nombramiento de Director del Real Jardín Botánico y de la Cátedra de Botánica de la misma Institución, cargos que no abandonaría hasta su muerte en 1804. En el período de su dirección, emprendió una profunda reorganización del Centro. Estableció una escuela práctica para la enseñanza de la Botánica, y mejoró notablemente las instalaciones con las obras de la estufa para cultivo de plantas exóticas y el estanque. Según Lagasca, Cavanilles aumentó el número de plantas vivas hasta 4.500^, y formó y arregló el Herbario del Centro, reuniendo hasta 12.000 pliegos; enriquecido con las plantas recogidas por Luis Née, en España y alrededor del mundo, y con su propio herbario, llegando a hacerlo «respetable», según palabras que Cavanilles escribió en una carta a José Celestino Mutis. Igualmente potenció la política de culminar las investigaciones botánicas mediante su publicación con fondos extraordinarios que le concedían, y consiguió que el resto de los jardines botánicos que existían en España dependiesen de éste. De esta forma llegó a ser, de algún modo, gestor de ellos, decidiendo sobre sus publicaciones y obligándoles a notificar la relación de actividades que realizaban.^ Corresponde a su etapa de Director la publicación en 1802 de la Descripción de las plantas que.... demostró en las lecciones públicas del año 1801 y 1802, precedida de los principios elementales de la Botánica, obra que, en palabras de Lagasca, «enseña la Filosofía de la Ciencia, en que pesa con conocimiento y crítica imparcial los varios pareceres de los autores, y que presenta con brevedad y concisión los fundamentos que tiene para no seguirlos algunas veces»^^. Desgraciadamente, la muerte no le permitió ver publicado el Hortus Regius Matritensis^^, cuyo manuscrito y dibujos se conservan en el archivo del Real Jardín Botánico. Sin embargo, el proceso de publicación estaba ya empezado en vida del abate^^ y, como prueba de ello existen 78 estampas grabadas y 45 planchas de cobre en la Calcografía Nacional, realizadas por un equipo de grabadores dirigidos por T. López Enguidanos. Fuentes documentales sobre Cavanilles en el archivo del Jardín Botánico Este resumen de su biografía pone de manifiesto la celebridad y el prestigio que tuvo Cavanilles ya en su tiempo, e induce a pensar en el interés que su archivo personal puede tener para muchos campos de la Ciencia. Los temas de estudio que pueden derivarse de la lectura e investigación del «Archivo Cavanilles» son muy abundantes: desde conocer más fielmente la biografía y descubrir aspectos desconocidos de la personalidad de Cavanilles hasta ampliar el entendimiento de la propia historia del Jardín Botánico; desde enriquecer nuestras ideas sobre el Movimiento Ilustrado francés hasta afianzar las que teníamos sobre la llegada y el desarrollo en España del mismo; y desde mejorar nuestro conocimiento de ciertas cuestiones relativas a la Historia de la Ciencia hasta ayudarnos a comprender en profundidad una importante etapa de la historia de la Botánica española. En efecto, el archivo refleja la mayor parte de sus relaciones con los botánicos más notables del momento, pero en él también es posible estudiar otras disciplinas como Educación, Pedagogía, Geología, Geografía Humana y otras más. Igualmente, muestra la manera que tuvo de organizar sus estudios y su excelente y sistemático método de trabajo. Antes de la incorporación de los papeles de Cavanilles al archivo del Real Jardín Botánico, tenía éste un número poco importante de documentos del ilustre botánico, que formaban parte de la documentación histórica de la Institución -o División I-, fechados básicamente entre 1801 y 1804. Entre ellos se reconocen tres grupos: el primero está compuesto por aproximadamente ciento 10 LAGASCA(1804), p. •^ Veáse la Real Orden para la publicación en ARJB, I, 13, 1, 21. http://asclepio.revistas.csic.es treinta documentos oficiales -Reales Ordenes y Oficios-que recogen su gestión en el Jardín y dan fiel cuenta de asuntos puntuales, de personal, de obras de mantenimiento y mejoras del Jardín, de publicaciones, etc.; el segundo grupo es más reducido y recoge los documentos sobre las clases de Botánica que se impartían; y el tercero comprende una treintena de cartas en las que unas veces es Cavanilles el remitente, otras el destinatario y otras el tema principal junto a otros asuntos relacionados con el Jardín. En dicha correspondencia los botánicos intercambiaban información referente á los nuevos descubrimientos de plantas que se estaban realizando tanto en España como en América Central y del Sur. Además se encontraba el manuscrito incompleto con las descripciones del Hortus Regius Matritensis^^, y la Orden Real de 20 de mayo de 1803 por la que se aprobaba que se hiciese la impresión de esta obra en la Imprenta Real. Entre los materiales gráficos de esa misma División I también se conservaban obras importantes de Cavanilles. Quizá la más notable -aunque sólo fuera por su extensión-serían los tres volúmenes encuadernados en pasta española, que contienen los 296 dibujos botánicos, a tinta, para la Monadelphiae. Al dorso de la mayoría de ellos figura la firma o rúbrica del autor, el lugar donde los dibujó -Hôtel del Infantado, rue St. Florentin, place de Louis XVy la fecha de cada lámina; la primera realizada el 2 de febrero de 1786 y la última el 24 de agosto de 1789. La ordenación de los dibujos dentro de los volúmenes parece atenerse a las fechas, aunque sin demasiado rigor También es de reseñar que en la contra-cubierta de cada volumen aparece, en el ángulo superior izquierdo, una etiqueta que indica su procedencia y dice: «Casa del S. Corazón/ Chamartín/ Bibl. de Estudios», hecho que demuestra que esta obra formó parte de otra biblioteca. También queda ésto patente al abrir cada tomo y ver las notas manuscritas que aparecen en la portada: «Obsequio/ de las religiosas del Sagrado Corazón/ a la señora/ D.'' Antonia Cavanilles/ Condesa viuda de Cerragería/ sobrina-nieta del autor./ 1er Viernes, 6 de Febrero de 1920» y a continuación: «La donó al Rl. Jardín Botánico de esta/ Corte como homenaje a la memoria/ del sabio Sacerdote Dn. /\jitonio José Cavanilles,/ su autor/ Antonia Cavanüles y Federici/ Cda. Dentro de esta misma División I se encontraba también la colección de dibujos originales para el Hortus Regius Matritensis, constituida por 100 dibu-'^ Este manuscrito se encuentra en ARJB, I, 13, 5 y una copia incompleta de las descripciones del Hortus de varias letras está en ARJB, I, 14, 1, 3. http://asclepio.revistas.csic.es jos botánicos a tinta, encuadernados en un tomo, con cubiertas y puntas de papel de guardas y lomo de piel. Fueron éstos realizados en su mayoría por el dibujante del Real Jardín Botánico José Guío con la colaboración de otro artista, Antonio Delgado Meneses, y ambos bajo la dirección de Cavanilles, quien también hizo algún dibujo. En general son representaciones de plantas nuevas que nacieron de semillas traídas por las expediciones americanas, sembradas en las estufas del Jardín, donde se cultivaban y estudiaban para ser clasificadas y descritas. Por último, el Real Jardín Botánico también poseía una colección de grabados de época de la gran obra de Cavanilles sobre el Reino de Valencia y otra más, de los Icones. La incorporación del «Archivo Cavanilles» y su acondicionamiento Sin embargo, hasta fines de 1992, la mayor parte de los documentos de Cavanilles se encontraba en su archivo personal y éste había quedado en manos de sus descendientes, quienes lo iban custodiando celosamente, pasando de generación en generación. El «Archivo Cavanilles» entró en el Real Jardín Botánico gracias a las acertadas gestiones y al tesón del Dr. D. Santiago Castroviejo, y a la buena voluntad y generosidad de la familia propietaria. El hecho es destacable porque supuso la incorporación al archivo de esta institución de un fondo completo de muy alto interés para la misma y de gran calidad científica. Por ello, el Real Jardín Botánico acogió el fondo Cavanilles con especial satisfacción. El depósito del «Archivo Cavanilles» en el Real Jardín Botánico se realizó de la manera siguiente: el 6 de noviembre de 1992 las hermanas Doña Marta, Doña Concepción y Doña Carmen Valdés Arroyo, así como Don Alfonso Muñoz Valdés, todos ellos herederos directos del ilustre botánico, lo entregaron en la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas a su Presidente el Dr. D. José María Mato de la Paz y al Dr Castroviejo, entonces Director del Real Jardín Botánico. El acto se celebró ante el notario D. José Ignacio Fuentes López quien levantó un Acta de entrega por la que la familia cede por tiempo indefinido el uso de dicho archivo, señalando como únicas condiciones las siguientes: 1. que el Real Jardín Botánico editara un catálogo, 2. que la familia Cavanilles tuviese el derecho a consultar libremente dicho fondo, respetando las condiciones generales que el archivo establece para la buena conservación del mismo, 3. que dicha entidad les enviara una copia de todo lo que se publicase como resultado de las investigaciones en dichos papeles. La ordenación que el archivo tenía se debía al General Luis Valdés Cavanilles, que organizó los documentos en 12 grupos temáticos e instaló cada uno en una caja-archivadora, que denominó «carpeta», de lomo de piel con nervios y cubiertas enteladas, proporcionada a la extensión de su contenido. Dentro de ellas reunió los documentos en unas «carpetillas» -hoy carpetas-, hechas también ex profeso e impresas con la imagen de Cavanilles y el nombre del archivo, que rotuló y numeró para dar uniformidad al conjunto. Cada caja correspondía a una serie documental y, dependiendo de la documentación que albergara, llevaba más o menos carpetas. Al integrarse al archivo del Jardín, se respetó esta ordenación y, aunque en el legado venían varias obras impresas, que podían haber pasado a la biblioteca del Centro, éste no se dividió y la colección íntegra se incluyó en el esquema general de los fondos del archivo en la Sección de Colecciones Particulares, como División XIIL Actualmente, la signatura que identifica cada documento está compuesta por el número XIII de la división, seguido del número de la caja -o serie-, el de la carpeta correspondiente, y el propio de cada documento. Se decidió respetar en todo lo posible el orden original, tanto por motivos archivísticos, como por la difusión que pudiera haber tenido el catálogo publicado por el General Valdés en 1946. El paso siguiente fue proceder a una inspección general de los documentos recibidos, comparándolos con el inventario publicado, para levantar un informe exhaustivo del estado de conservación, acometer las tareas de restauración más urgentes y frenar en lo posible cualquier proceso de deterioro. Si bien cabe decir que en líneas generales los fondos estaban bien conservados, los dibujos originales del Reino de Valencia^"* así como el tomo de documentos de José Thomas Cavanilles^^ tenían daños causados por humedad. En todo el fondo se realizó un primer acondicionamiento y limpieza, sustituyendo provisionalmente cada carpetilla por otra de papel neutro, con el fin de, una vez terminado todo el proceso de restauración, cambiarlas definitivamente por camisas de papel barrera con reserva alcalina, e instalarlas de modo permanente en cajas-archivadoras de conservación. Una vez signada y foliada, la colección fue microfilmada para facilitar la consulta inmediata a los investigadores, sin perjudicarla con el uso muy continuado. Esta microfilmación se integró en el proyecto general realizado con todos los manuscritos del archivo, microfilmados en el marco de un convenio firmado con la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura a través del Servicio de Reproducción de Documentos de la Subdirección de Archivos Estatales. Dado el trabajo extraordinario que suponía para el Jardín Botánico restaurar y catalogar el «Archivo Cavanilles», se decidió elaborar un proyecto Como se ha mencionado más arriba, los primeros pasos en conservación preventiva ya han sido dados. La restauración que se pretende acometer en el desarrollo del citado proyecto implicará procesos de limpieza de documentos, y tratamientos que aseguren la perdurabilidad de los mismos. El proceso de catalogación está en su inicio, y le queda aún un largo recorrido. Los instrumentos de descripción que existen actualmente no son todavía los idóneos. Se pretende crear un catálogo muy detallado, para lo que se va a aplicar la siguiente metodología: tras la lectura completa de cada documento, se redactará un resumen o extracto absolutamente riguroso del contenido, y se hará el vaciado de nombres de personas, lugares e instituciones que aparezcan en la totalidad del documento. Por supuesto, se dará la fecha, lengua en que está escrito, descripción física, notas, etc.., así como las materias de que tratan. A continuación, se informatizarán las fichas elaboradas creando con ellas una base de datos, que servirá tanto para gestionar el fondo, revisarlo, y modificar su catalogación si procede, como para hacer las búsquedas que requieran los investigadores. Todo este proceso culminará con la edición de un catálogo impreso, para mejor difundir los trabajos del insigne botánico, y así unir el deseo de la familia y el del propio Real Jardín Botánico. En la actualidad la única fuente de información sobre el «Archivo Cavanilles» es el catálogo de 1946, publicado con motivo de la exposición conmemorativa del II Centenario de su nacimiento con el título Archivo del Ilustre Botánico D. Antonio José Cavanilles del que son poseedores los Sres. hermanos Valdés Cavanilles y sus primos, los Sres. hermanos Vigil Cavanilles. En él aparece descrito el contenido de las carpetas de las doce cajas de que consta el fondo, pero se ha advertido que figuraban varias confusiones en fechas y nombres, e imprecisiones en cuanto al número real de documentos. Para subsanar estos errores, el presente artículo presenta una primera síntesis revisada y comentada de esta documentación, anticipo de la catalogación que se va a efectuar y colaboración a la celebración de este doscientos cincuenta aniversario. A simple vista, se observa que los documentos son en general de muy fácil lectura: por una parte, muchos corresponden a la clara letra del abate y, por otra, son en su mayoría documentos ya elaborados y no borradores, ni copias. En las numerosas cartas que Cavanilles recibía, a menudo escribía en una http://asclepio.revistas.csic.es esquina del papel una nota con la fecha en que contestaba e incluso los pequeños gastos de envío; datos que facilitan la tarea de cruzar su correspondencia y dan muestra de su mente clara y ordenada. En cuanto a los tipos documentales representados, se advierte un número aproximado de 1.300 cartas que Cavanilles recibió por los más diversos motivos: unas de ilustres botánicos de toda Europa, otras relacionadas con la publicación de sus obras, muchas de ellas desde París y escritas en francés (idioma que Cavanilles debía conocer perfectamente), otras de sus familiares más allegados -de las que se conservan también las que él envió a su sobrino Pepe (José Cavanilles)^, y un último gran grupo con la correspondencia que fue recibiendo para la redacción de las Observaciones sobre la Historia Natural del Reino de Valencia. Además de la correspondencia se debe subrayar el importante número de dibujos que incluía el archivo. Todos ellos vinieron encuadernados: tanto los 600 dibujos de los Icones -^representaciones de plantas que incluían a veces también sus anatomías-, como los 51 originales para la obra del Reino de Valencia. Estos últimos, de temática muy diferente a los anteriores, son fundamentalmente paisajes valencianos, pero también tocan temas arqueológicos y otros sobre obras hidráulicas. Todos están realizados con la misma técnica. Llama la atención el hecho de que Cavanilles nunca usara colores en sus dibujos fuera de la gama de los grises, como los emplearon muchos dibujantes botánicos de la época. Sin duda, sus dibujos fueron creados expresamente para que, posteriorrriente, los grabadores realizaran la cuidadosa tarea de abrir las planchas -o láminas-de cobre. Emplearon éstos la técnica llamada a la talla dulce y de las láminas así grabadas se estamparon las imágenes para incorporarlas a las obras impresas. Entre los grabadores que Cavanilles empleó para realizar sus trabajos se distinguen dos grupos diferentes: el primero compuesto por grabadores franceses, cuyo representante más sobresaliente es EN. Sellier, quien grabó un número importante de las obras publicadas en París, y el segundo grupo relacionado con los grabadores de la Real Calcografía, siendo Vicente López Enguidanos el representante más destacado con quien colaboraron su hermano Tomás, M. Gamborino, J. Fonseca y A. Blanco. Descripción del «Archivo Cavanilles» La relación de los contenidos de las cajas -o series-de documentos, llamadas carpetas en el catálogo de 1946, es la siguiente: La primera caja está constituida por la serie nombrada BIOGRAFÍA. Su documentación refleja la trayectoria de la formación de Cavanilles, de su brillante historial académico y del notable reconocimiento internacional. a) Títulos y Honores: compuesta por 24 carpetas con nombramientos de sociedades y academias europeas estudiosas de Medicina e Historia Natural, acompañados en muchos casos del oficio de remisión, y los títulos de sus estudios universitarios. Cabe destacar los Títulos de la Sociedad Linneana de Londres y de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Cinco carpetas contienen otros documentos puntuales sobre su vida, escritos por terceras personas. b) Testamentaría: comprende 5 carpetas con documentos sobre la testamentaría del abate y sobre la compra de su biblioteca de Historia Natural, después de su muerte, por parte del Real Jardín Botáni-co^^, y una que explica los pasos de Cavanilles para poder conseguir la Abadía de Ampurias y poder ser llamado así abate. c) Administración: es la última subserie. Tiene sólo 2 carpetas con recibos de los gastos de las cocheras y coches que poseía en Madrid, y dos letras de cambio. La segunda serie se titula TRABAJOS CIENTÍFICOS Y LITERARIOS. Está compuesta por 21 carpetas. En ellas se encuentran diversos tipos de documentos: desde el manuscrito original de las «Ligeras observaciones sobre los insultos que Mr. Masson de Morvilliers...», a otro copiado titulado «Reflexiones para mejorar la enseñanza de las Ciencias Naturales»; desde oficios del Príncipe de la Paz -con el pasaporte emitido a Cavanilles por Godoy en Aranjuez a 24 de marzo de 1793 para recorrer la geografia de España con el fin de poder herborizar-, hasta el reglamento del Real Gabinete de Historia Natural o un certificado del Instituto Nacional de París acerca del artículo de Cavanilles «Polvos contra la Rabia»; y desde estudios botánicos o de mineralogía (por Herrgen), a oficios y minutas, y otros escritos relacionados con el Jardín Botánico, la entrega de plantas, la publicación de los anales, incluyendo así mismo discursos y cartas a su familia. Cuatro carpetas, con fecha de 1820, corresponden a su sobrino José Cavanilles y también versan sobre Botánica. La serie séptima está llamada OBRAS «REYNO DE VALENCIA». En esta caja además de toda la documentación del «Reyno de Valencia», se incluían los dibujos originales para los Icones plantarum. Cavanilles fue designado para realizar un estudio completo de la flora del país y, aunque no llegó a abarcar todo el territorio nacional, sí lo llevó a cabo en el Reino de Valencia con gran calidad y profundidad. Los documentos que se conservan de las Observaciones sobre la Historia Natural... del Reino de Valencia son muy valiosos porque explican su modo de trabajar Afortunadamente, hay materiales de las tres etapas de creación: los primeros borradores realizados in situ, los resultados de su elaboración posterior y el producto final, los libros impresos. La primera etapa del trabajo se refleja en el Diario, conjunto de cuadernillos de papel verjurado, tamaño folio, con un total de 218 hojas entre las dos partes que lo componen -144 y 74 hojas cada una de ellas respectivamente. El documento está ordenado cronológicamente, en función de la programación de sus excursiones. Reseña día a día lo más interesante sobre las plantas silvestres y la formación geológica del terreno, valorando, en ocasiones, la calidad de la tierra para el cultivo. También apunta lo que le llamaba la atención sobre las características de las producciones de cada lugar, los métodos artesanales de transformación de las materias primas, como la pita o el esparto, y sobre los cultivos de todo tipo: arroz, árboles frutales y otros. Termina con unas observaciones detalladas sobre las medidas de longitud que se usaban en el momento: la vara valenciana, la media legua municipal y la milla romana; estas medidas las utilizará en la escala de los dibujos para dar con exactitud las distancias reales entre los lugares. En las carpetas donde estaba el Diario se ha alterado el orden original de la documentación. Cuando llegó al archivo del Jardín Botánico, el Diario tenía intercalados 379 documentos, procedentes de diversos lugares de la geografía valenciana por los que Cavanilles había pasado y donde había encargado que le dieran noticia de las producciones -tanto agrícolas como manufacturadas-, de los censos de población y otros datos que no hubiera podido recoger. Para conseguir su propósito se apoyó en las autoridades eclesiásticas y en la élite de personajes ilustrados, médicos y otros cargos relevantes de las localidades. Las cifras que consiguió sobre las producciones son muy fiables, no sólo porque el clero cobraba impuestos sobre los cultivos, sino porque eran vecinos y conocían la realidad de lo que pasaba en sus pueblos mucho mejor que la administración central. Encargó los censos de población a los archivos parroquiales que eran, en ese momento, unas fuentes estadísticas perfectas para lo que él requería, aunque también los consultó personalmente. En el prólogo de su obra expone esta metodología de trabajo. Sin duda, el propio Cavanilles fue colocando estos papeles entre las hojas del Diario, en el lugar correspondiente, de donde procedía la nueva información, y fue agrandando la extensión original del Diario. Esto perjudicaba su buena conservación y ha sido necesario separar dichos documentos suplementarios, creando con ellos dos nuevas carpetas. Se ha anotado la página del Diario donde se ha hallado cada papel, y se han organizado siguiendo el orden de aparición de cada localidad en la obra impresa, distinto del que tienen en las excursiones que narra el Diario. Entre los papeles agregados, figuraba así mismo una serie de bocetos realizados por el propio Cavanilles de los lugares que visitó. Tienen un gran encanto y cierta ingenuidad por su sencillez y, aunque son esquemáticos, no olvidan pequeños detalles que les dan calidad humana. Los temas de los dibujos varían: desde los que representan paisajes montañosos o marítimos, hasta los que copian el esquema de la construcción de una acequia para el regadío, o los que recogen detalles arqueológicos, copiando las inscripciones de columnas y lápidas. Están realizados sobre papel verjurado, a lápiz y tinta sepia como el resto del Diario. En algunas ocasiones tienen tamaño superior al folio y en otras formas irregulares. La segunda fase de la realización de la obra del Reino de Valencia está representada por dos volúmenes manuscritos en tinta sepia, autógrafos y rubricados por Cavanilles, y un tercero con los dibujos originales. Todos ellos muy terminados y preparados para la imprenta. Son de tamaño folio, papel verjurado y encuadernados con cubiertas de cabra verde, gofradas con orla dorada y guardas serigrafiadas. Contiene el primer volumen 285 hojas, más 8 que recogen el prólogo; el segundo volumen está compuesto por 303 hojas, más 31 que forman los diferentes índices de lugares y plantas. El tercero contiene 52 dibujos en folio y un mapa de grandes dimensiones, preparados para que los grabadores abriesen las planchas de cobre. Veintisiete de estas planchas se encuentran en la Calcografía Nacional^^. El dibujo de éstas es de más calidad que el de los bocetos y la técnica, tinta y aguadas; los temas son paisajes valencianos y algunos de tema arqueológico que hizo sobre los Baños de la Reina próximos a Calpe. La elaboración es posterior a las excursiones, siendo realizados seguramente en Madrid, teniendo como único recuerdo de los lugares los bocetos que realizó en el viaje. Los dibujos no sufrieron apenas modificaciones al ser grabados, salvo en algunos de ellos donde aparece una figura humana incorporada al paisaje y formando parte de él. No se puede dejar de resaltar el importante «Mapa del Reino de Valencia por D. Antonio Josef Cavanilles. Madrid, 1795», donde figura al pie: «Se concluyó este mapa en 3 de Diciembre de 1794» y firmado A. J. Cavanilles. Lo rea-^^ Véase el Catálogo General de la Calcografía Nacional (1987), Madrid, p. 157-159. http://asclepio.revistas.csic.es lizó igualmente a tinta y lápiz, sobre papel verjurado; por sus grandes dimensiones -79 X 47 cm-debía ser insertado plegado al final de la publicación. Está orientado, tiene representación orográfica y reseña multitud de núcleos de población. Hizo unas listas externas con las poblaciones y los accidentes geográficos más relevantes'^. La última fase de la creación de su trabajo es la obra impresa, compuesta por dos volúmenes. En esta caja llegaron dos de ellos, encuadernados en pasta española, en folio mayor, con guardas pintadas al agua y cortes dorados, que tal vez pertenecieran al propio autor, aunque no hay vestigios de ello. El primer volumen fue publicado en Madrid, en la Imprenta Real, en 1795. El segundo está publicado en el mismo lugar, siendo regente D. Pedro Julián Pereyra, impresor de Cámara de S. M., y en 1797. Contiene además esta caja del Reino de Valencia una lista de 331 muestras de piedras recogidas por Cavanilles, donde describe su aspecto, color, dureza y el lugar donde las recogió. Estas muestras las mandó pulir al maestro cantero, Florentino Cubillas, que elaboró otra relación con los resultados del proceso de pulimentación. En esta caja se encontraban también los dibujos originales para los Icones et descriptiones plantarum..., obra comenzada por Real Orden de 14 de septiembre de 1790 y la más extensa por estar compuesta por seis volúmenes. Los dibujos, en número de 600, están encuadernados -también en 6 volúmenes como la obra impresa-en pasta española con orla dorada, lomo liso con tejuelos, las guardas pintadas al agua, los cortes pintados y con cintas indicadoras de seda rosa. Son de tamaño folio y papel verjurado, su técnica es también lápiz y aguadas de tinta dentro de la gama de los grises. Todos los dibujos están firmados por A. J. Cavanilles con la abreviatura del. [delineavit] a continuación del nombre en el margen inferior izquierdo, dejando el derecho libre para la firma del grabador. Contienen información de dónde fue dibujada cada planta viva, los diez primeras en París y el resto en España, principalmente en el Jardín Botánico de Madrid. Anota la fecha y en algunas ocasiones observaciones sobre la planta, su procedencia, período de floración, habitat, etc.. Aunque en origen todos debieron de tener estos datos, al ser encuadernados, los dibujos fueron guillotinados y algunos perdieron esta información. La obra fue publicada por cuadernos de diez estampas y cada diez de éstos formaron un volumen de 100 estampas. Las láminas grabadas, de las que se conservan 172 en la Calcografía Nacional, son obra de F.N. Sellier, M. Gamborino, T. y V. López Enguidanos, J. Fonseca y A. Blanco. La caja octava lleva por título POLÉMICA SOBRE EL CULTIVO DEL ARROZ. A pesar de que su extensión es muy pequeña, el tema que trata es muy polémico y enfrenta intereses muy encontrados. Por un lado, presenta el beneficio económico que producía el cultivo del arroz y, por otro, las duras condiciones de vida que este cultivo imponía a los trabajadores, así como la insalubridad de las poblaciones que rodeaban a los lugares de cultivo. Los temas de estudio tratados en esta serie son muy interesantes y coinciden con el interés actual por preservar las zonas húmedas como lugares donde la vida animal y vegetal se multiplica muy rápida y abundantemente. Consta de diez carpetas, en su mayoría cartas que tratan sobre el cultivo del arroz en tierras valencianas. Sigue una relación añadiendo su número y las fechas en que fueron remitidas. adquiría tratando con los Sres. de Jussieu, Thouin, Lamarck, Desfontaines, Beauprés, etc., viendo los Jardines de Trianon y M. Monnier en Versalles; de Bellevue, Real de París, y los de Cels y Saint Germain en la misma capital; otros famosos de Sèvres; muchos de Bruxellas, y las plantas espontáneas de los sitios por donde iba viajando. Revolví Herbarios y autores; rectifiqué mis ideas y notando yerros y faltas en autores empezé a preparar mis obras publicando la primera en 1785. Contiene 197 hojas, en cuarto mayor, encuadernado en badana verde con cintas, lomo liso con hierros y tejuelo, cortes pintados y guardas lisas. Escrito en tinta sepia. También le acompañan dos apéndices independientes con listas de plantas, una de ellas de su herbario entre 1781 y 1783. Las descripciones están realizadas por varias letras diferentes. Al final, aparece una certificación de Francisco Antonio Zea, fechada en Madrid a 14 de noviembre de 1804, diciendo que es una copia del original que le entregó, escrito de su mano Antonio José Cavanilles salvo las descripciones de la «atriplex verticillata», escrita por Mariano de Lagasca, y la «Mimosa Leptophylla», con letra de Emeterio Rodríguez, y que él mismo certifica esta copia rubricando cada hoja. Contiene una lista de los dibujos que ha realizado José Guío, dibujante del Real Jardín Botánico. Volumen en cuarto, encuadernado en cabra verde, tapas gofradas con orla dorada, lomo liso con hierros, cantos dorados, guardas serigrafiadas. Un ejemplar de la obra Descripción de las plantas que D. Antonio Josef Cavanilles demostró en las Lecciones Públicas del año 1801, precedida de los Principios Elementales de la Botánica. En cuarto, encuademación en pasta española, lomo con cinco nervios, tejuelo y hierros, cortes salpicados, guardas pintadas al agua y cinta señaladora de seda. En una de las últimas páginas hay una pequeña anotación de Cavanilles sobre la Randia y la Gardenia. El primero es la obra completa, en cuarto, encuadernada en pasta española, orla dorada, lomo liso con hierros y tejuelos, guardas pintadas al agua y cantos dorados. El segundo está encuadernado en rústica y todavía sin abrir. El tercero, también impreso, lleva insertadas unas hojas en blanco, donde el autor realizó alguna corrección manuscrita para la imprenta.
Análisis del origen, causas, desarrollo y consecuencias de la ordenanza del Protomedicato de 1591, destinada a regular aspectos fundamentales del arte de boticarios tales como el sistema de pesas y medidas, la elaboración de aguas destiladas y la correcta preparación de compuestos habituales. grandes pragmáticas que habrían de gobernar los designios del Protomedicato durante todo el siglo XVII. Lo que pudiera parecer un simple asunto local, circunscrito a la villa y corte madrileña y centrado en la práctica diaria de un colectivo científico tan poco considerado como el de los boticarios, constituye un ejemplo singular que permite analizar el proceso evolutivo de la legislación sanitaria renacentista, desde simple auto del Protomedicato hasta Real Ordenanza, a la vez que demuestra el escaso margen de actuación de una institución como el Real Tribunal del Protomedicato quien, pese a las amplias atribuciones conferidas por la Corona, veía limitadas sus actuaciones a la corte y cinco leguas alrededor. La Real Ordenanza de 1591, más conocida como la ordenanza de Valles relativa a aguas destiladas, pesas y medidas de botica, venía a reglamentar un universo concreto, el de los preparadores de medicamentos, desprovisto de un protocolo de actuación y marginado de las aulas universitarias pero con una marcada evolución a lo largo de más de un siglo, merced a la publicación de los primeros tratados específicos sobre técnica farmacéutica, que venían a cubrir los vacíos legales existentes en la materia, y a la culminación de una simbiosis largamente gestada, la aplicación de prácticas alquímicas a la elaboración de medicamentos. Ambas circunstancias aparecen reflejadas en la ordenanza de 1591, que bien puede considerarse en la línea de las Instituciones que Luis Mercado (1520-1606), sucesor de Francisco Valles a la cabeza del Protomedicato, diseñó para médicos, cirujanos y algebristas en los últimos años del siglo2. La Real Ordenanza de 1591 regulaba, por vez primera, qué método de ejercicio habían de seguir los boticarios en el ejercicio práctico de su arte. Esta labor legislativa habría culminado de haberse hecho realidad la Real Pragmática de 1593, uno de cuyos puntos establecía la elaboración de una farmacopea general, que se habría transformado en la más destacada de su tiempo, al unificar la preparación de medicamentos en un área tan amplia como los reinos de Castilla, extendidos por buena parte del continente europeo y toda la zona americana. ----EL PREPARADOR DE MEDICAMENTOS EN LA LEGISLACIÓN RENACENTISTA Desde la Baja Edad Media la elaboración de medicamentos quedó encomendada a un grupo de profesionales, los boticarios, caracterizados por una formación empírica donde la tradición oral y el aprendizaje artesanal fueron determinantes. La falta de una instrucción institucionalizada, que suministrase personas formadas en el oficio para cubrir las necesidades de la población, se vio parcialmente subsanada por la publicación, desde mediados del siglo XV, de una literatura técnica especializada, encaminada a explicar los diversos aspectos de la profesión: las características que había de tener un boticario, las lecturas que debían nutrir sus años de ejercicio así como las técnicas dedicadas a una correcta preparación de medicamentos. Esta literatura, surgida en Italia, pronto fue traducida al castellano, a la par que comenzaban a publicarse en Castilla y Aragón textos escritos por boticarios afincados en ambos reinos 3. Desde los siglos XIV y, especialmente, XV el poder político comenzó a dictar una serie de medidas destinadas al control social de la práctica de herbolarios, especieros y boticarios. Se trata de oficios que debían ser vigilados por los llamados alcaldes y examinadores de médicos y cirujanos, tanto en el ámbito real como en el municipal. Los Reyes Católicos, a finales del siglo XV, ya intentaron controlar el mercado del medicamento, pretendiendo que girara en torno a los boticarios examinados, atajando la venta ambulante en ferias por parte de drogueros 4. Para ello se necesitaban dos medidas inmedia-----3 El primer libro específico conocido escrito para boticarios fue el Compendium Aromatariorum del médico salernitano Saladino de Ascolo, publicado por vez primera en Bolonia en 1488 y que sería adaptado al castellano por Alonso Rodríguez de Tudela (Valladolid, 1515). En la Península, el primer tratado farmacéutico conocido escrito por un boticario será el Examen apothecariorum (1521) de Pere Benet Mateu, seguido del Manipulus medicinarum (Salamanca, 1523) de Fernando Fernández de Sepúlveda y el Modus faciendi cum ordine medicandi de Bernardino de Laredo (Sevilla, 1527). Para entender la práctica farmacéutica durante la Baja Edad Media y los inicios del Renacimiento resulta imprescindible la consulta de GARCÍA BALLESTER, L. ( 2001), La búsqueda de la salud. Sanadores y enfermos en la España Medieval, Barcelona, Península-CSIC, pp. 561-644. 4 «Las cosas en que Sus Altezas han de mandar proveer que tocan cerca los fysycos y voticarios de sus reynos para que en lo uno y en lo otro se eviten muchas faltas y errores por donde muchos basallos de sus reybos pereçen». Memorial conservado en el Archivo General de Simancas (AGS), Diversos de Castilla, leg. I, doc. 55 y 56 y que fue estudiado por VILLA, I. (1939), Los médicos y la medicina en la época de los Reyes Católicos. Comentarios a unas ordenanzas del siglo XV, reproducidas del Archivo de Simancas, Valladolid, pp. 43-46. Se desconoce el autor de estas propuestas, así como las consultas que provocó, si bien merecen tas: el examen de boticarios, como requisito imprescindible para poder ejercer su arte; y la visita regulada de boticas establecidas, esencial para controlar la buena elaboración de medicamentos. Ambas circunstancias aparecen contempladas en las Cortes de Valladolid de 1523, primeras que modifican sustancialmente la organización del Protomedicato, y cuya consecuencia más importante es el acuerdo establecido entre el monarca y los representantes de las ciudades para admitir una doble jurisdicción en cuanto al control de las profesiones sanitarias: por un lado, los protomédicos, cuyo ámbito de acción se circunscribía a la corte y cinco leguas alrededor; por otro, la justicia municipal, encargada de hacer cumplir las normas emanadas del monarca en materia sanitaria 5. Es en esta fecha cuando se establece la forma de visitar las boticas y quienes son los encargados de llevarlo a cabo: los protomédicos, en la corte y cinco leguas alrededor; los corregidores o justicias ordinarios, con dos regidores y un físico aprobado, en el resto de la corona 6. Cuarenta años después, serán las Cortes de Madrid las encargadas de corregir los desórdenes y excesos observados por todos aquellos que se han dedicado a curar sin estar examinados. Para ello, se estipulan las características a presentar por médicos, cirujanos y boticarios que pretendan examinarse. En el caso concreto de estos últimos «Mandamos (...) que no sean admitidos a examen, si no supieren latin, y no truxeren Testimonio autentico de cómo han practicado quatro años cumplidos con Boticarios examinados» 7. ---ser destacadas, tal y como ha hecho García Ballester en su estudio anteriormente mencionado. 5 El nacimiento y desarrollo del Tribunal del Protomedicato, así como la evolución legislativa a lo largo de su historia ha sido objeto de estudio de IBORRA IBORRA, Pascual (1885), «Memoria sobre la institución del Real Proto-medicato premiada en el concurso de 1884», Anales de la Real Academia de Medicina, 6, pp. 183-307, 387-418 y 496-532 [reeditado, con introducción e índice de Juan Riera y Juan Granda-Juesas, por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid (Valladolid, 1987) Las mismas cortes madrileñas serán las encargadas, en 1576, de ampliar los requisitos solicitados a los boticarios que se presenten a examen, ampliando la práctica en botica a seis años y fijando la edad mínima para poder examinarse en 25 años. Asimismo, establece como prerrogativa que los boticarios asistentes al examen no queden sujetos a visita de sus boticas por los protomédicos, sino por el Consejo Real8. Será la pragmática de 11 de noviembre de 1588 la que aborde, con propósito renovador, la organización y actuación del Protomedicato, a fin de revestir con mayores y más eficaces garantías la institución. En cuanto a los exámenes de profesionales sanitarios, vuelve a establecer los requisitos previos que se habían ido engrosando a lo largo del siglo. En el caso particular de los boticarios, se estipula que los protomédicos y examinadores no admitan a examen a ningún boticario que no sepa latín, que no presente acreditación de su práctica durante, al menos, cuatro años con boticario examinado y que no tenga 25 años cumplidos. Se trataba de un examen eminentemente práctico, realizado en la botica del Hospital General o del de la Corte, en presencia de dos examinadores y un boticario examinado. La prueba consistía en el examen de los simples y compuestos según los Cánones de Mesué, así como el modus faciendi9. En esta pragmática también se estipulaba la forma de realizar las visitas de botica, recogiendo lo ya aprobado por las Cortes de Valladolid en 152310. LA VISITA DE BOTICAS DE 1589 Uno de los artífices de la pragmática de 1588, primera de las dos grandes medidas legislativas del Protomedicato durante el gobierno de los Austrias, fue Francisco Valles, entonces protomédico de Felipe II y uno de los médicos más influyentes en la práctica sanitaria de la segunda mitad del XVI. Burgalés de nacimiento, Francisco Valles se formó como médico en Alcalá, donde llegó a ser catedrático de Prima de la Facultad de Medicina. Entró al servicio real en 1572, como médico de cámara de Felipe II, y en 1584, por fallecimiento de Diego Santiago Olivares, fue nombrado protomédico de Castilla, dignidad que detentó hasta el año de su muerte (1592). En los años previos a su llegada a la corte escribió numerosos tratados médicos, centrados en comentarios a las obras de Galeno e Hipócrates, que alcanzaron gran difusión e influencia gracias a las setenta y dos reediciones que se hicieron en diversos ----países europeos. Fue una de las máximas figuras del llamado galenismo hipocratista, caracterizado por una observación clínica objetiva como base de la medicina. Su gran reputación como intelectual hizo que fuese elegido por Felipe II, junto a Arias Montano y Ambrosio Morales, para formar la Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial 11. Las numerosas normas que, en materia sanitaria, vieron la luz durante el mandato de Valles al frente del Protomedicato demuestran el interés manifiesto del médico por regular las profesiones vinculadas al arte de curar. Dispuesto a cumplir la nueva pragmática, organizó la visita de las boticas situadas en su radio de acción como protomédico, visita que sería problemática desde sus inicios y cuyos resultados finales nadie habría sido capaz de vislumbrar. Se desconoce la fecha exacta en que dio comienzo la visita de las boticas madrileñas por parte del protomédico Francisco Valles y los examinadores de su tribunal, doctores Martín de Azpeytia y Andrés Bermejo y licenciado Lázaro de Soto. Las fechas en las que comenzaron a aparecer las primeras medidas emanadas de la mencionada visita permiten suponer que ésta se inició en los primeros meses del año 1589. Lo que había empezado como una visita rutinaria fue transformándose, con el paso de los meses, en un enfrentamiento abierto entre protomédico y boticarios. Así parecía vislumbrarse por diversos documentos aparecidos en años posteriores. La confirmación de esta disputa aparece en un memorial, desconocido hasta la fecha actual, redactado por los boticarios madrileños a comienzos del año 1590 y que permite seguir, paso a paso, las diversas actuaciones del Protomedicato. Bajo el título Memorial y apuntamientos de las causas y razones que se dan por la parte de la congregacion de los Boticarios de la corte del Rey nuestro Señor, para que no se de lugar a hazer novedad en lo que siempre se ha acostumbrado 12, se recogen las opiniones que suscitaron entre los botica-----11 LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1983), «Francisco Valles», en: Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, 2 vols., 2, pp. 391-394. También resulta interesante la abundante bibliografía que, sobre el autor y su obra, se recopila en LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1994), «Las ediciones de Controversiarum Medicarum et Philosophicarum libri decem de Francisco Valles», en: Historia y medicina en España. Homenaje al Profesor L. S. Granjel, Valladolid, Consejería de Cultura y Turismo, pp. 77-89. 12 Memorial y apuntamientos de las causas y razones que se dan por la parte de la congregacion de los Boticarios de la Corte del Rey nuestro Señor, para que no se de lugar a hazer novedad en lo que siempre se ha acostumbrado: ni se devan guardar los ocho capítulos y proveymientos que nuevamente pretenden introduzir, el Doctor Francisco de Valles Protomedico, y el licenciado Lazaro de Soto, el Doctor Martin de Azpeytia, y el Doctor Andres Bermejo, examinadores por el Rey nuestro Señor; sobre que se muden las pesas y medidas que se usan en las boticas, y aguas destiladas, y la trituracion de los medicamentos expurgantes y estomaticos, rios madrileños las diversas medidas emprendidas por Francisco Valles a lo largo de tres autos del Protomedicato. El primero de ellos, fechado en Madrid en 4 de mayo de 1589, se refería exclusivamente a la forma de destilar las aguas medicinales de dispensación en boticas: «[El protomédico y los examinadores] mandaron que se notifique a todos los Boticarios desta Corte que de aquí adelante las aguas que en sus boticas se recepten, y vendieren, que ayan de ser para tomadas por la boca no sean distiladas por alquitaras de cobre, y las saquen, y distillen por alambiques de vidrio in valneo Marie; y que mientras se proveen de las dichas aguas, o no pudieren tener cantidad dellas, se den por las que en el entretanto se receptaren cozimiento de las mismas cosas: y que en caso que se pidan con tanta priessa que no aya lugar de sacarlas del dicho cozimiento se eche agua comun, o lo den sin agua para que en casa del enfermo se la echen. Y se manda, que quando dieren el xarave solo, o con agua comun, lo baxen del precio y lo cumplan assi, so pena de seys mil maravedis a cada uno que lo contrario hiziere» 13. Más completo es el segundo auto emanado del Protomedicato, fechado en 14 de septiembre de 1589 14. Comienza indicando los motivos de su aparición: «Por quanto aviendo por nra. persona [Francisco Valles], y de los dichos Examinadores, visitado todas las Boticas desta Corte, y las de los lugares de su jurisdiccion este presente año de mil y quinientos y ochenta y nueve, y aviendo de la dicha visita resultado muchos inconvenientes acerca de los pesos y medidas, y del modo de triturar los compuestos, assi para hazer pildoras como otros medicamentos expurgantes, y otras cosas, que de la dicha visita resultaron de que se siguian grandes daños e inconvenientes» 15. ---que Galia se a de hechar en el electuario rosado de Mesue, si en el Philonio Persico de Mesue se a de echar Piper o Papaver, que Turbit se a de gastar, que recepta de Benedicta se a de hazer, si la Esula usual es verdadera. Los quales capitulos y proveymientos son los que yran a lo ultimo despues de los apuntamientos: a cerca de los quales y cada uno dellos se advierte lo siguiente: por lo qual se entendera claramente que no conviene dar lugar a que se haga la dicha novedad, porque della resultarian muchos daños e inconvenientes, variedad y confusion en perjuyzio de la salud universal de la republica, s.a.; s.i.; s.f. [c. Se trata de un documento formado por 29 folios. Los 23 primeros se dedican a exponer las razones que tienen los boticarios contra los autos dictados por Francisco de Valles y el Protomedicato que él representaba. Los seis últimos recogen los autos originales del Protomedicato. La única copia conocida, hasta el momento actual, se encuentra en Burgos: AMB, SH, S.J.-4/1. para pasar a describir los inconvenientes señalados y la necesidad de promulgar decretos que los remediasen, normas que serían de obligado cumplimiento por parte de los boticarios madrileños desde comienzos del año 1590. ¿Cuáles eran esos inconvenientes? Se van describiendo a lo largo de ocho puntos. El primero de ellos se refiere a los pesos utilizados en botica, que habrán de ajustarse al marco castellano Los últimos cuatro puntos se dedican a diversas preparaciones habituales en el quehacer diario del boticario, como el electuario rosado de Mesué, el filonio pérsico, el turbit o la benedicta, que deben ser elaboradas siguiendo las nuevas indicaciones del protomédico. Termina el auto señalando que todos los capítulos en él contenidos son de obligado cumplimiento para los boticarios de la corte y fuera de ella: «y para que dello no puedan pretender ignorancia, les mandamos tengan un traslado dellos signado de nuestro secretario, para que assi ellos, como los officiales, que en sus boticas tuvieren, lo usen, sepan guardar y entiendan» 19. Ante la petición de los boticarios madrileños, el auto será confirmado en 13 de noviembre de 1589 20 y pregonado en 4 de diciembre del mismo año. LA RESPUESTA DE LOS BOTICARIOS MADRILEÑOS AL AUTO DEL PROTOMEDICATO Las nuevas disposiciones del Protomedicato en materia farmacéutica no fueron del agrado de sus principales implicados, los boticarios madrileños. Podría pensarse que este gremio, nacido a la sombra de la todopoderosa institución sanitaria y carente de los privilegios que tenían otras congregaciones farmacéuticas españolas, se mostraría sumiso ante las cuantiosas modificaciones impuestas tras la visita de boticas de 1589 21. Nada más lejos de la realidad. Desde los primeros momentos demostraron una fuerte cohesión y con----de boticarios. Al respecto, y dada la contemporaneidad con los acontecimientos relatados, consultar OVIEDO, Luis de (1595), Methodo de la colección y reposicion de las medicinas simples, y de su correccion y preparacion. Va añadido el tercer libro: en el qual se trata de los letuarios, Xaraves, Pildoras, Trociscos, y Azeytes que estan en uso, Madrid, Luis Sánchez. En concreto, los capítulos XXV a XXXI del libro segundo (pp. 81vo-92), dedicados a esta temática. 21 Frente a los poderosos gremios de boticarios característicos del Reino de Aragón, que autorregulaban su actividad profesional, científica y comercial, e incluso influían en la gobernación de las ciudades, el gremio de boticarios de Madrid era una institución débil, especialmente, tras las ordenanzas de 1552, promovidas por el ayuntamiento de la villa, que sometían absolutamente el ejercicio farmacéutico a un control exhaustivo y casi despectivo de los médicos, circunstancia ésta que situaba a los boticarios madrileños en el mismo nivel de preparación intelectual y técnica que especieros o tenderos de diversa índole. FOLCH JOU, G. y PUERTO SARMIENTO, F. J. (1984), «Origen y evolución de las corporaciones farmacéuticas españolas», Atti e Memorie della Accademia Italiana di Storia della Farmacia, 1(2), pp. 1-19. ciencia de grupo que les hizo replicar, punto por punto, lo dispuesto por Valles en un extenso memorial22 que comenzaba señalando «la variedad y confusion que han tenido en proveer y luego reponer algunos de los dichos capitulos» 23. y que fue presentado ante las Cortes de Castilla reunidas en Madrid en 1590 para evitar, en la medida de los posible, que el Consejo Real tramitase una nueva ordenanza con la que no se sentían de acuerdo «En 10 de Enero de 1590 [...] Leyóse una petición en nombre de los boticarios desta Corte en que dicen, que el doctor Valles proveyó ciertos capítulos cerca del mudar las pesas y medidas que ha de haver en las boticas y mandado que se guarden, de los quales hacen presentación y también la respuesta que hacen a ellos, y que dello resultará notable daño a la república y a la salud de los naturales destos Reynos, y suplican que se salga a este negocio en nombre del Reyno por estar pendiente en el Consejo Real. Y haviendo votado sobre lo que se hará, salió por mayor parte que Francisco Diaz, don Francisco Guil, don Ladron de Guebara y don Diego de Orozco, vean estos papeles y se informen de las causas que hay en pro y en contra del negocio, de personas doctas y experimentadas, y se entienda del doctor Valles que le ha movido a hacer esto, y si fuere menester lo comuniquen con los letrados del Reyno, y hechas estas diligencias y las que mas les pareciere para entender lo que mas conviene, den quenta dello en el Reyno para proveer lo que se hubiere de hacer»24. Los primeros aspectos a tratar se refieren, concretamente, a las modificaciones que tuvo que hacer el Protomedicato de sus primeras disposiciones, frente a las quejas y explicaciones presentadas por los boticarios25, para proseguir con los demás puntos objeto de debate, a saber, las pesas y medidas a emplear en botica, la forma de elaborar las aguas destiladas, la correcta trituración de los simples y la preparación de la galia y el filonio pérsico. Todos ellos, excepción hecha del tema destilatorio, tienen un trasfondo común: la integridad y pureza de las fuentes antiguas frente al barbarismo y error de las traducciones medievales. No se puede olvidar que Francisco Valles es uno de los autores que mejor representa el espíritu de su época, asentado en el conocimiento filológico de las fuentes clásicas. Además de utilizar el recurso renacentista de la experiencia y la observación, Valles acude a los originales ----griegos, a los códices, para depurar los textos y ver lo que en realidad quería decir el autor 26. Esta actitud se observa en todas las explicaciones utilizadas por el protomédico para aclarar el porqué de sus modificaciones, encaminadas a reestablecer la pureza que, para él, tienen las fuentes clásicas frente a las alteraciones incorporadas por árabes y salernitanos a lo largo de la Edad Media. Esta posición queda de manifiesto en el primero de los puntos tratados, el relativo a pesas de botica. Frente a las razones esgrimidas por el protomédico para adoptar el marco castellano, acusando a los médicos salernitanos de introducir la onza de nueve dragmas en lugar de la tradicional de ocho, la respuesta de los boticarios parece de una lógica aplastante: «que las pesas del marco Castellano no se puede dezir, que son aquellas de que usaron todos los autores de los medicamentos Griegos, Romanos, Latinos, y Arabes, porque no todos usaron de unas mismas pesas y medidas, autes por razon de ser de regiones diferentes tuvieron diferentes pesas y medidas» 27. De hecho, frente a los ataques de Valles a la modificación salernitana, los boticarios madrileños abogan por la Escuela Salernitana como la verdadera unificadora de las pesas farmacéuticas, adaptación que fue aceptada «de todas las provincias de Italia, Francia, Alemania, España, y las demás que se tiene noticia, y se han usado despues aca, de mas de trecientos años a esta parte, con mucha aprovacion y buen sucesso, sin contradicion alguna» 28. para terminar señalando el perjuicio que, a su modo de ver, significaría la adopción del nuevo sistema: «si agora se les mudassen las pesas, no se puede negar, sino que se harian grandes errores muy en daño de la salud de los hombres, porque ellos yvan con su costumbre (que es mala de perder) usando de sus Doses, que tienen practicadas y experimentadas, y darseles medicinas muy diferentes de su intento y proposito. Avria otro inconveniente, que se saca de lo de arria, que sise mudassen las pesas los medicos muy antiguos avrian menester tornar a practicar de nuevo, y esperimentar las medicinas hechas con nuevas pesas» 29. ---- Resulta curioso que ni protomédico ni boticarios hagan alusión a la medida tomada en 1513, según la cual, se ordenaba hacer las pesas de botica según las empleadas en Salerno, medida motivada por la gran diversidad de pesos detectada por los protomédicos de la época y que conducía a «grand confusion e diversydad en las pesas de los boticarios con que pesan las medecinas y los compuestos dellas porque las hasen ellos mismos cada uno para sy e haziendolas como las hasen por granos de trigo, en unas partes son mayores e en otras menores, de lo qual se ha seguido e sygue muy grand daño»30. Esta normativa se ratificó en 1543 por Carlos V quien, en un despacho dado al marcador real Juan de Ayala, ordenaba hacer las pesas de botica arregladas a las de Salerno31. El tema de las aguas destiladas también es objeto de polémica, al no coincidir los argumentos esgrimidos por los boticarios con los ordenados en el auto del Protomedicato. Frente a la obligación de destilar en alquitaras de vidrio mediante baño María, los boticarios argumentan la fragilidad de esos vasos y la imposibilidad de destilar muchos de los simples empleados en botica, pues las temperaturas alcanzadas en el baño María son insuficientes para extraer las virtudes de muchos simples resinosos o leñosos: «La distilacion del Valneo Mariae, seria buena para distilar algunas cosas de sustancia tenue y delicada, como las violetas y sus semejantes, que quieren un calor templado, como lo es el del baño, o para apartar por distilacion de la sustancia de alguna medicina alguna virtud solutiba, o superficiaria: pero no es bastante para sacar toda la virtud de las yervas, por ser el calor tan floxo, que no puede sacar mas que la humidad superflua de las yervas y alguna virtud superficiaria, dexandose la substancial, que es la de mas importancia para su conservacion y virtud de las aguas»32. Respecto a la trituración de los medicamentos, los boticarios se muestran inflexibles: para ellos, se trata de un mandato superfluo y que atenta contra el buen hacer y la profesionalidad del sector farmacéutico 33. Termina el memorial de los boticarios madrileños con las divergencias en cuanto a la preparación del electuario rosado de Mesué y el filonio pérsico, aspectos en los que, una vez más, vuelve a hacerse manifiesta la defensa de la ----pureza de las fuentes de Valles frente al recurso de los boticarios de quienes, para ellos, son autoridades. En realidad, los boticarios no hacían, ni más ni menos, que seguir las indicaciones reflejadas en los textos que les servían en su práctica diaria 34 y que, a falta de una legislación oficial, eran el único recurso para el ejercicio correcto de su arte. LA ORDENANZA SOBRE PESOS, MEDIDAS Y AGUAS DESTILADAS Pese a toda la actividad desplegada por el gremio de boticarios madrileños, el poder del Protomedicato era mayor y la cercanía de Francisco Valles a los círculos de poder cortesanos favorecieron que, tan sólo un año después, el Consejo Real aprobara la nueva ordenanza donde se recogían todos los puntos del auto pregonado a finales de 1589. Bajo el título de Memoria de los que esta ordenado por el doctor Valles... cerca del orden que han de guardar los boticarios... en los pesos y medidas y aguas destiladas y otras cosas 35, la norma fue recogida en la Recopilación de 1640 36 y, posteriormente, incluida en la recopilación de leyes exclusivas del Protomedicato, realizada por Miguel Eugenio Muñoz en 1751 37. La reproducción se incorpora en el capítulo XIV, titulado «De las obligaciones de los Boticarios», y consta de cuatro títulos. El título V, dedicado a las aguas destiladas, obligaba a elaborar las aguas medicinales en alambique de vidrio y mediante baño María. El título VI, relativo a pesas y medidas, instituía el marco castellano como patrón obligatorio en todas las boticas. El título VII, por su parte, describíd el correcto modo de moler los medicamentos, mientras que el título VIII se dedicaba al filonio pérsico, la benedicta y el lectuario rosado. Lo que había nacido como una visita de boticas terminaba como una Real ----34 Los Canones universales de Mesué, el Antidotarium Nicolai, el Liber servitoris de Albucasis, el De simplicibus medicinis de Serapión o el Liber pandectarum de Matteo Silvático, libros todos ellos recomendados por los principales autores médicos y farmacéuticos de la época y que, en el proyecto de ordenanzas de los Reyes Católicos comentadas en apartados anteriores, eran los textos explícitamente recomendados para el correcto ejercicio de la práctica farmacéutica. 35 Un ejemplar de la misma puede consultarse en la Biblioteca Zabálburu (signatura 33-116 bis). Otra copia se encuentra en el Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela, citada por CLEMENTE SAN ROMÁN, Y. (1992), Impresos madrileños de 1566 a 1625, Madrid, Universidad Complutense de Madrid. 36 Recopilacion de las leyes destos reynos hecha por mandado de la Magestad Catolica del rey D. Felipe Segundo... con las leyes que despues de la ultima impresión se han publicado por... don Felipe Quarto..., Madrid, Catalina de Barrio y Angulo y Diego Díaz de la Carrera, 1640, 3 vols. Existe una reproducción facsimilar (Valladolid, Lex Nova, 1982). Ordenanza de obligado cumplimiento no sólo por boticarios madrileños, sino por todo el colectivo farmacéutico que ejercía su labor en los reinos de Castilla. Un año después de aprobarse tan polémica normativa, aparecía la última obra escrita por Valles, el Tratado de las aguas destiladas, pesos y medidas 38, destinada a explicar los motivos y razones que llevaron al protomédico a seguir adelante pese al enfrentamiento manifiesto de todos los preparadores de medicamentos: «porque en las averiguaciones que para estos dos puntos se hicieron huvo alguna dificultad, y diversidad de pareceres, me ha parecido conveniente cosa, recoger en un breve comentario, los fundamentos y razones que para hacer tal mudança huvo, y de camino responder a las dificultades» 39. recordando a sus potenciales lectores que no era un capricho suyo, sino que la normativa venía avalada por los catedráticos de las principales universidades castellanas: «Y quiero traer muchos autores en esto, aunque no es de mi costumbre, por ver si con confessar que es de otros muchos antes de mi, podria escusar la embidia, que contra mi se concitaria si yo dixesse que era invencion mia: lo qual no puedo dezir, pues han concurrido en este parecer, la mayor parte de las universidades de cuenta, y todos los [médicos] de Camara, y seis examinadores, y otros muchos muy doctos (...) Yo no soy tan mal acondicionado que pida, que el que no le entiende assi sea de mi parecer: mas pido, que el que no lo fuese no se tome conmigo, pues ay tantos con quien averlo que son del mismo parecer» 40. Pese a que la nueva norma constaba de cuatro puntos, son sólo dos los tratados por Valles en su obra, quizás los más polémicos, relativos a la forma de destilar aguas medicinales y el sistema ponderal a usar en las boticas. Ambos ----38 VALLES, F. (1592), Tratado de las aguas destiladas, pesos y medidas de que los boticarios deben usar por Nueva Ordenanza y Mandato de Su Majestad y Su Real Consejo, Madrid, Luis Sánchez. En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un manuscrito, el 6184, anónimo y sin fecha pero cuyo contenido es muy similar al observado en esta última obra de Valles. Nos podríamos encontrar ante un borrador de la misma. Encuadernado con otros documentos de finales del siglo XVI, consta de tres partes: «Respuesta a lo que se dice contra lo proveydo açerca de las pesas de que se a de usar en la botica» (ff. 266-271); «Respuesta a lo que se dice contra las medidas que se mandan tener en las boticas» (ff. 271-273) y «Respuesta a la relacion que se nos dio de las razones que por su parte dizen los que contradicen nuestra determinacion en lo tocante a las aguas destiladas y pesos y medidas» (ff. aspectos iban a tener consecuencias inmediatas en el devenir de la profesión farmacéutica: por una parte, la acreditación de los boticarios como únicos expertos en la práctica destilatoria; por otra, la creación de una nueva institución sanitaria de indudable trascendencia en el presente y futuro de la profesión, la Real Botica, cuya aparición era consecuencia indirecta del enfrentamiento entre los boticarios madrileños y el protomédico Valles por el tema de las pesas y medidas 41. DESTILACIÓN Y FARMACIA Las prácticas destilatorias, desarrolladas a lo largo de los siglos XIII y XIV, se incorporaron al elenco de actividades técnicas propias de un boticario español desde comienzos del Renacimiento. Sirva como ejemplo lo comentado por Pere Benet Mateu cuando dice que «destillatio sive sublimatio est per quam extrallitur virtus subtilis medicinarum» 42. De hecho, la inclusión de medicamentos elaborados por destilación, las famosas aguas destiladas, era moneda corriente en los recetarios bajomedievales que han llegado hasta nuestros días 43. Pese a ser conocida desde la antigüedad, la destilación farmacológica sufrió una difusión espectacular durante los siglos XVI y XVII debido, en gran parte, a la publicación de obras dedicadas específicamente a la materia. Se consideraba una novedad en tanto en cuanto su práctica había quedado circunscrita al ámbito de la alquimia y a la preparación de medicamentos muy específicos. Así lo manifiesta Conrad Gesner, autor de uno de los tratados más difundidos sobre arte destilatoria, el Tesoro de los remedios secretos de Evónimo Filiatro, cuando dice: ----41 Para una mayor información respecto a esta segunda consecuencia, consultar REY BUENO, M. ( 2002), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias, Madrid, Corona Borealis, pp. 91-115. 43 Entre otros, el Recetario de Alba, colección de recetas de la Casa de Alba, o el Recetario de Enrique IV, amplia colección de recetas prescritas por los médicos reales al monarca Enrique IV, su familia y casa real, fechada en 1462. Ambos recetarios, junto al empleo de prácticas destilatorias en la España del siglo XV, son interesante objeto de estudio en GARCÍA BALLESTER (2001), pp. 561-644. «Hay algunos que atribuyen el origen de extraer las aguas (como ellos las llaman), los licores y los aceites de los medicamentos simples, por la fuerza del fuego, a Hieronymus de Brunschwig que, hace unos setenta años, ejercía la medicina en Estrasburgo. Pero, en esto, se engañan completamente. Tal arte no fue inventado por él, sino que fue el primero que escribió sobre el tema en nuestra lengua alemana y lo divulgó» 44. La elaboración de medicinas por técnicas destilatorias partía de la extracción de los principios activos en medios alcohólicos. Para ello se dejaban macerar durante días los simples medicinales en espíritu de vino o aguardiente. A continuación se sometía al proceso destilatorio propiamente dicho: el resultado de la maceración se calentaba, las esencias extraídas por disolución en alcohol se volatilizaban y ascendían por el serpentín para acabar licuándose en el refrigerante y cayendo en forma de líquido sutil. Las sustancias así obtenidas recibían el nombre de aguas por su aspecto acuoso y podían ser, a grandes rasgos, simples, cuando se destilaba un único simple, o compuestas, cuando se destilaban dos o más simples. Todo este proceso requería la intervención de horno, elemento indispensable en cualquier laboratorio, y de diferentes vasos de vidrio, por ser éste el material más adecuado para retener los espíritus sutiles y, fundamentalmente, porque evitaban la contaminación de la muestra que se producía al emplear recipientes de estaño, plomo o cobre. Esta contaminación era, precisamente, la que pretendía evitar el protomédico Valles, uno de los médicos españoles más avanzados en el conocimiento de la práctica destilatoria, no en vano actuaba como autoridad máxima de la sanidad regia filipina, caracterizada por la difusión de laboratorios de destilación y el empleo habitual de medicamentos químicos obtenidos por medios destilatorios 45. Las ideas defendidas por Valles en materia destilatoria ocupan la parte primera de su Tratado, que no es una obra de destilación al uso, sino una suerte de réplicas y contrarréplicas sobre las razones y fundamentos que llevaron al protomédico a modificar el tipo de destilación observada en las farmacias madrileñas. Los aspectos tratados por Valles son dos: la mayor eficacia de la destilación en baño y la malignidad de las aguas obtenidas en recipientes de estaño y plomo. Como punto de partida, Valles manifiesta su opinión al respecto: Existe una traducción española, publicada en 1996: MANRIQUE, Andrés y FERNÁNDEZ, Agustín, Tesoro de los Remedios Secretos de Evónimo Filiatro, San Lorenzo de El Escorial, EDES, de donde se ha extractado la cita (pp. 143-144). «ningunas [aguas] son buenas, sino las hechas en vidrio por baño (...) las de Alquitaras, ni huelen, ni saben a las cosas de que son, sino todas de una manera a humo: de tal manera, que esta agua comunes, como de borraxa, chicoria, llanten, hinojo, apio, y cosas semejantes, los mismos Boticarios no las distinguieran si las mudan los retulos: las quales todas siendo de baño se distinguen muy bien, de qualquiera que conozca las cosas de que son sacadas, y son claras, y sin humo» 46. para pasar, a continuación, a exponer los puntos de divergencia entre su forma de entender la destilación y la que tienen los boticarios madrileños. Frente al empleo de baño María como único método destilatorio, propuesto por Valles, los boticarios replican la poca fuerza de este sistema, incapaz de extraer la virtud de otros simples que no sean tenues hierbas, además de la poca duración observada en las aguas así destiladas, circunstancias a las que responde Valles «Este dicho nace de poca esperiencia, por que vemos sacar por baño azeites gruessos, y las que llaman quintas essencias de maderos densissimos (...) si quisieren, en Madrid pueden aver visto las de baño, y de calabaça (...) de dos años sin corrupcion ninguna: y a lo menos passarlas de año en año es facilissimo, sabiendo las conservar en vaso y lugar idoneo, y trassegandolas en haziendo algun assiento, como hazen al vino: y es mas razon q. sino saben hazerlo, lo deprendan, pues es de su arte, q. no que porque no lo saben, lo vituperen» 47. El empleo de vasos exclusivamente de vidrio suscita, una vez más, la controversia de los boticarios, quienes consideran que se trata de un material demasiado costoso, circunstancia que elevará el precio de las aguas, haciéndolas muy caras, o provocará todo tipo de fraudes, posiciones ambas que son replicadas por Valles, quien informa de la aparición de un nuevo destilatorio de vapor «tanto mas barato y facil, que lo sera tanto como las mas ruines alquitaras» 48. Parece evidente que Valles se está refiriendo al aparato ideado por Diego de Santiago, destilador que trabajó en el montaje del soberbio laboratorio escurialense a finales de la década de los ochenta, labor que fue recompensada por Felipe II concediéndole una patente de invención y una exclusiva por diez años de un destilatorio por él ideado 49. Las razones argumentadas por Francisco Valles ya habían sido señaladas por otros autores contemporáneos. 50 Formado en la Facultad de Medicina de Salamanca, se trasladó tras su graduación a Guadalupe, con la intención de adquirir experiencia en sus renombrados hospitales. Fue en ellos raba, hablando de las aguas destiladas, que cualquier malignidad observada en su consumo procedía no de ellas mismas, sino de su incorrecta elaboración: «de donde claramente se colige, quan dañoso es el plomo, y como del resulta alguna ponçoñosa qualidad la qual assi a el agua, como aun todos los otros, q. dentro de vasos de plomo, o de estaño mezclado con plomo, se conservan, comunica. De aquí entenderan, quan engañados estan los Boticarios todos, y aun todos los vulgares, que en todas sus alquitaras de cobre tienen el chapitel de plomo, y destillan por el todas las aguas cordiales, y no cordiales (...) y si algunos daños resultan alguna vez, de la bebida de algunas aguas destilladas, mas se ha de attribuyr, a la maligna qualidad que del plomo conçiben, que a otra qualquier cosa. Por tanto, yo tendria por mejor, que el chapitel fuesse de cobre, bien estañado, sino del mismo estaño, que no de plomo, o sino que fuessen todos los vasos, do se destillaria de vidrio, o a lo menos, dar decoctos con los xaraves y no aguas destilladas» 51. Lo cierto es que no existía un método común de destilación que fuese utilizado como patrón entre los boticarios. Así lo manifiesta Alonso de Jubera en su tratado sobre preparación de medicamentos «Y assi la comun practica y orden en los desta profession es distilar todas las aguas por sus alembiques: aunque unos lo hazen (como mas curiosos que otros) procurando para lo hazer con mas perfecion y menos daño de lo que se ha de distilar, alembiques de vidrio, otros de tierra, otros de cobre muy estañados: unos con muy moderada brasa de carbon, otros con leña» 52. ---donde conoció a Francisco Hernández, entonces médico del monasterio extremeño, con quien realizó numerosas disecciones de cadáveres humanos además de acompañarle en sus excursiones botánicas. Al terminar su formación en Guadalupe fijó su residencia en Barcelona, donde dedicó el resto de su vida al ejercicio de la medicina así como el cultivo de la botánica, labor que le llevaría a estudiar la flora de las montañas catalanas y mantener una estrecha relación con el médico y naturalista francés Jacques Dalechamps. 51 MICON, F. ( 1576), Alivio de los sedientos, en el qual se trata la necesidad que tenemos de bever, frío, y refrescado con nieve, y las condiciones que para esto son menester, y quales cuerpos lo pueden libremente suportar, Barcelona, Casa de Diego Galván, p. 52 JUBERA, A. ( 1578), Dechado y reformacion de todas las medicinas compuestas usuales, con declaracion de todas las dudas en ellas contenidas, assi de los simples que en ellos entran y succedaneos que por los dudosos se hayan de poner, como en el modo de las hazer, Valladolid, Diego Fernández de Córdoba, p. Pese a dedicar un capítulo a las aguas destiladas (Cap. En el qual succintamente se trata de las aguas, pp. 62-62vo) no se muestra Jubera muy partidario de las mismas, pues ha observado en ellas cierto olor, color y sabor que nada tiene que ver con el agua pura. LA INFLUENCIA INMEDIATA DEL INFORME VALLES La polémica abierta entre el protomédico Valles y los boticarios madrileños no quedó circunscrita a la villa y corte. La nueva ordenanza de 1591 había de ser cumplida en todos los reinos de Castilla y tal era el celo del protomédico que, desde 1590, había habilitado a visitadores encargados de vigilar el cumplimiento de la ordenanza. Las quejas no tardaron en llegar a la corte, pues el protomédico no tenía potestad para realizar tales nombramientos, correspondiendo a los justicias de cada ciudad vigilar por el correcto cumplimiento de la ley. Fue necesaria una resolución real, fechada en 10 de mayo de 1594, encargada de anular las potestades de esos visitadores y destinada a mandar «a los corregidores del reino que cada uno de su distrito haga guardar lo acordado en lo de los pesos, medidas y destilaciones de aguas; y el consejo repela la pretension de los boticarios, que suplican de lo que sobre esto está mandado, pues no conviene se haga pleito ordinario» 53. La problemática sobre pesas y medidas no era exclusiva de Madrid. Cada ciudad, incluso cada villa española, tenía sus propios ponderales y mensurales. En materia farmacéutica, éste era un problema planteado ya en las primeras obras publicadas por y para boticarios, y que seguía vigente en el período aquí estudiado. Sirva como ejemplo la obra Theorica y practica de boticarios 54, del fraile boticario Fray Antonio Castell, benedictino del monasterio de Nuestra Señora de Montserrat. Publicada el mismo año que el Tratado de Valles, dedicaba un apartado final al tema de los pesos y medidas 55, circunstancia muy habitual en las obras específicas de técnica farmacéutica. Aunque no menciona la polémica que se estaba llevando a cabo en el Reino de Castilla, si refleja la confusión observada entre las medidas romanas y salernitanas: «Yo se que la mayor parte destas provincias tienen opinion fundada con la autoridad de los dichos Salern. Saladino y Praepos. de componer el crupulo de veynte granos, y no de veynte y quatro según la doctrina de los mas estimados Griegos de los quales havemos aprendido todo lo que tenemos de bueno de la medecina, a los quales con muchos otros doctores modernos, yo me arrimo antes que a tales autores, y algunos ignorantes y obstinados boticarios, que no tienen gana de salir del ----53 IBORRA (1884), pp. 42-43. 54 CASTELL, A. (1592), Theorica y practica de boticarios en que se trata de la arte y forma como se han de componer las confectiones ansi interiores como exteriores, Barcelona, Sebastián de Cormellas. 55 «Sumario y tratado de los pesos y medidas que aquí se ha hecho mencion», pp. 335vo-342. lazo de la ignorancia. Por que si ellos los siguen en el scrupulo y dragma porque no los siguen en la onça? Y la componen de nueve dragmas como ellos enseñan con sus mesmos metros?(aunque en esta provincia de Xathaluña bien se guarda la onça de nueve dragmas)»56. proponiendo, a continuación, la necesidad de que se unifique el sistema ponderal a utilizar en las boticas, medida que debe ser llevada a cabo desde el Protomedicato, para evitar la gran confusión observada porque «ay casi tanta diversidad dellas [de pesos y medidas] como ay Villas y si en ello no se pone alguna orden (como dizen que se ha començado) cierto es impossible poder atinar a ello» 57. en lo que parece una clara alusión a la ordenanza propuesta por Valles. Si importante era la unificación de pesas y medidas, de esencial podría calificarse la necesidad de uniformar las múltiples recetas que sobre una misma preparación circulaban en las boticas. La falta de una farmacopea oficial, propuesta por la pragmática de 1593 pero que no fue una realidad hasta el siglo XVIII, deja a los boticarios en manos de los numerosos recetarios, antidotarios y tratados de técnica farmacéutica que existían desde la Baja Edad Media, así como las modificaciones y adiciones que se fueron publicando a lo largo de todo el siglo XVI. De ahí que en la ordenanza de 1591 también se hiciese referencia a la correcta forma de preparar, según Valles, algunos de los compuestos más habituales de las boticas. Tal es el caso del filonio pérsico, uno de los compuestos presentes en los Cánones de Mesué. La nueva ordenanza mandaba prepararlo con pimienta, frente a la adormidera reseñada en la receta tradicional. Las quejas de los boticarios madrileños se encaminaban hacia una supuesta equivocación de los protomédicos con el filonio de los griegos, elaborado con pimienta, diferente del filonio pérsico, de invención árabe, y que siempre se había elaborado con adormidera. Luis de Oviedo, uno de los boticarios madrileños más destacados de su época, incluyó esta disputa en la segunda edición de su Methodo de la colección y reposicion de las medicinas simples. Oviedo, tras comentar las diversas opiniones sobre la materia, concluye que uno de los problemas básicos reside en la confusión existente en los manuscritos conservados de Mesué, pues no queda claro si escribe papaver o piperis. Aparece, una vez más, el problema filológico anteriormente comentado. Pese a que Oviedo considera que el medicamento se había de preparar con adormideras, recoge la ordenanza de Valles: ----«de todo lo que tenemos dicho parece, que el Philonio Persico se tiene de componer con dormideras blancas, y no con pimienta blanca. Pero en onze dias del mes de Mayo del año noventa y uno, entre otras cosas que el Dotor Francisco de Valles medico de la camara del Rey don Felipe Segundo, nuestro Señor, y su Protomedico, ordeno, que guardassen los boticarios de este Reyno, fue una, que quien quisiesse tener compuesto el Philonio Persico, le compusiesse con pimienta blanca, y no con dormideras blancas. Por lo qual despues aca se compone con pimienta blanca, puesto que muchos medicos doctos tienen lo contrario, y las razones que tenemos dicho, a mi parecer lo pruevan bastantemente» 58. RÉPLICA A VALLES: EL MANUSCRITO DE CASTRO MEDINILLA La respuesta más contundente a las ideas destilatorias de Francisco Valles se encuentran en el manuscrito inédito de Juan de Castro Medinilla, boticario cordobés de principios del siglo XVII. Falto de la portada, la licencia inserta al final del manuscrito lo denomina Discursos de la vía particular y verdadero modo de destilar compuestos 59, título que ha tomado la Biblioteca Nacional de Madrid, donde está depositado, para su catalogación. Fechado en 1619, se trata de un tomo en 4o, encuadernado en pergamino y dispuesto para ser impreso, aunque se desconoce la razón por la que quedó inédito. El único estudioso que le ha dedicado un monográfico, Sergio Caballero Villaldea 60, tiene su propia teoría al respecto «sospecho que debió ser por algún motivo de índole política, toda vez que, en el texto del libro, hace algunos ataques atrevidos a la labor del célebre doctor Francisco Valles, protomédico de Felipe II, y observo que casi todos ellos van señalados, al margen de la página, con rayas de tinta que indican atención, cuando menos» 61. teoría un tanto endeble, pues ya había transcurrido más de un cuarto de siglo desde que fuera publicado el Tratado de Valles y no vivía ninguno de los protagonistas de tal acontecimiento. La obra está dividida en dos discursos, primero y segundo, subdivididos, respectivamente, en ocho y seis artículos o puntos. En el discurso primero se trata de la destilación en general, de la destilación de aguas y hierbas, de los ----58 OVIEDO (1595), p. 60 CABALLERO VILLALDEA, S. (1948), Juan de Castro Medinilla y Pabón (Ilustre boticario cordobés del siglo XVII). aparatos de destilación, de los materiales con que se construyen estos aparatos, de la forma de destilar y de recetas diversas. El discurso segundo se ocupa de la recolección, reposición y conservación de las hierbas y productos que han de destilarse y, además, de la conservación de las aguas destiladas. Se trata del primer escrito de Castro Medinilla, realizado a la edad de veinticinco años, tal y como lo manifiesta al final de la obra 62. Pese a su juventud, disfrutaba de gran influencia en el Tribunal de la Suprema Inquisición, siendo oficial de ella en Córdoba y relacionándose amistosamente con algunos destacados miembros de la misma que, por razones diversas, siempre aparecen mencionados en sus obras 63. Las referencias de Castro Medinilla a la obra de Valles se encuentran en el discurso primero, en concreto, en los puntos tercero y cuarto, dedicados a probar la benignidad del estaño en los alambiques de destilación 64 y la antigüedad del uso de recipientes de vidrio en prácticas destilatorias 65. La ordenanza de Valles prohibía el empleo de recipientes estañados en la elaboración de aguas destiladas, objeto de réplica de Castro Medinilla. Casi todos los argumentos del boticario cordobés van en una misma línea: la falta de conocimientos prácticos del protomédico «Bien entiendo que si el Doctor Valles hubiera distilado i cocido, usando de la practica i personalmente i por vista de sus ojos conociera que cosa sea sacar la virtud de las ierbas, dixera mui en contrario de lo que escribio por theorica i por oidas de los que no supieron como debian saber la transmutacion de la virtud de la substancia de la planta en el licor (...) Bien es verdad que en el modo que hiço los discursos ni vasos vidriados ni otros algunos puedan ser de provecho» 66. 63 Castro de Medinilla escribió cuatro obras en seis años. La primera fue el ya mencionado tratado de destilación, terminado en 1619. Un año después veía la luz la Historia de las virtudes i propiedades del tabaco, i de los modos de tomarle para las partes intrinsecas i de aplicarle a las extrinsecas (Córdoba, Salvador de Cea Tesa, 1620). En 1623 escribió un Tratado sobre confectiones Alkermes, que debió quedar manuscrito. En 1625 publicaba una Censura general en la celebre composición del Ungüento de la condesa de Guillermo de Varignana (Córdoba). 64 Punto tercero: «Si el estaño es conveniente para la distilacion de cocimientos i que sea estaño» (BN, mss. 4250, ff. 65 Punto cuarto: «Razones i authoridades, donde se declara el ierro de los que han usado i usan vasos de vidrio de qualquiera modo para distilar las ierbas, i de la mala intelligencia de los lugares de donde fueron inventados» (BN, mss. 4250, ff. Castro Medinilla se muestra contrario al empleo de alquitaras de plomo, si bien no comparte ese enfrentamiento con respecto a las de estaño. De cualquier forma, demuestra cómo el uso de alquitaras de plomo sigue estando plenamente vigente, un cuarto de siglo después de promulgada la ordenanza de Valles: Al igual que hizo Diego de Santiago veinte años antes, cuando publicaba el primer tratado de destilación escrito en castellano 69, Castro Medinilla presenta los destilatorios por él diseñados, en los cuales «se distilassen licores tales, quales convenian a lo que los Medicos pretenden, i en modo facil, para que los pobres gocen perfectas aguas distiladas i con menos costa» 70. Descritos y dibujados en el manuscrito 71, son dos: un alambique grande, formado por olla con cuello, cabeza o capitel y refrigerante, destinado a la extracción de todo tipo de licores; y un alambique pequeño, formado por una olla con cuello y una cabeza o capitel. Su utilidad, también descrita por Castro, es evidente: mientras que el alambique grande se ha de utilizar en destilaciones de gran magnitud, el alambique pequeño es para uso diario o para destilaciones en poca cantidad. INFLUENCIA DE VALLES A LO LARGO DEL SIGLO XVII La ordenanza de Francisco Valles fue objeto de comentario en algunos de los principales autores farmacéuticos del siglo XVII. Entre otros, destacan Juan del Castillo, Fray Esteban de Villa, Pedro Gutiérrez de Arévalo o Jerónimo Pardo. Juan del Castillo, destilador gaditano de origen francés, formado en la botica de San Lorenzo de El Escorial, es el autor de una destacada farmacopea que, sin ser oficial, ofrece una interesante visión del estado de la práctica farmacéutica en las primeras décadas del siglo XVII 72. Como era habitual en este tipo de textos, dedicó un capítulo final a pesas y medidas 73 donde, sin mencionar a Valles ni su ordenanza, resaltaba el error de aquellos que seguían el sistema salernitano insistiendo, una vez más, en la problemática de que cada provincia y comarca tuviera su propio sistema de medidas. ----69 SANTIAGO, D. ( 1598), Arte Separatoria y modo de apartar todos los licores, que se sacan por via de destilacion: para que las medicinas obren con mayor virtud y presteza, Sevilla, Francisco Pérez. Más influyente, sin duda alguna, es el Examen de Boticarios 74 de Fray Esteban Villa, benedictino regente de la botica del Hospital de San Juan de Burgos. En el capítulo primero recogía todos los tratados que, por su importancia, eran indispensables para el boticario, desde la antigüedad hasta el mismo siglo XVII, dedicando dos puntos a los autores que escribieron sobre destilación 75 y sobre pesas y medidas 76. A este último tema dedica un capítulo completo al final de la obra 77, donde se muestra de acuerdo con la ordenanza de Valles. Por su parte, el boticario madrileño Pedro Gutiérrez de Arévalo, en su Práctica de boticarios 78, trata el tema de la destilación, aunque sin referirse explícitamente a la obra de Valles: «Pues querer dezir, que en el baño no se consume nada de la humedad de lo que se cuece, sino el agua del baño, es falso, como lo vera quien con la experiencia quisiere provarlo, y sino responda. Todas las veces que destilamos en baño qualquier cosa, no sale el vapor arriba de la cosa que queremos destilar, claro está, y sino estuviese puesta la cabeça del alambique, que haze que el vapor se convierta en licor que se destila (y no todo) todo lo que subiesse arriba, no seria resoluble? Claro esta, que esso es ser elixable, luego provado esta, que solo con el baño se resuelve, quanto y mas con una hora de cocimiento, que ha de ser de muchos grados mas de calor que el baño» 79. La malignidad de los metales como materia prima para la elaboración de recipientes domésticos quedó de manifiesto en numerosos tratados dedicados a la forma más correcta de beber el agua, que tanta fama alcanzarán desde mediados del siglo XVI. En ellos se mencionan los problemas derivados de una incorrecta utilización de los recipientes metálicos, no sólo en la destila-----74 Burgos, Pedro de Huydobro, 1632. 75 «De destilaciones muchos, pero los mas conocidos, Evonimo, Philipo Ulstadio, Ulvekherio, y en Romance Diego de Santiago el Arte Separatoria», VILLA (1632), p. Se trata de una de las escasas referencias al destilador Diego de Santiago en la bibliografía española del XVII. 76 «Galeno, Medico de Neron, en la quarta y quinta clase de sus obras de Simples (...) Lib. (...) ción de aguas artificiales, sino como receptáculos de líquidos y alimentos. La reprobación del uso de recipientes metálicos para las bebidas se repite a lo largo de todo el siglo XVII. Así, el médico Fernando Cardoso condena el uso de aguas que hayan pasado por «minerales de hierro, de alumbre, de salitre, de açufre, y lo que mas es, las que passan por venas de plata, o de oro; porque vea su castigo la ambiciosa sed de aquellos, que con vana ostentacion trasladan el adorno del habito a la delicia del gusto, pareciendoles, que como luce en lo esterior de sus galas, aprovechara en lo interior de sus venas» 80. Este aspecto, destacado en la ordenanza de Valles, será el reseñado en la obra del catedrático de método de Valladolid Jerónimo Pardo: «con justissima causa esta establecida ley en la Nueva Recopilacion, en que se manda a los Boticarios, no den, ni vendan aguas destiladas, de las que fueren para tomar por la boca, sino que sean destiladas por alambique de vidrio. La qual ley juzgo se ordenó, y promulgó a instancia del insigne Dotor Valles, Protomedico General en aquellos tiempos, el qual hizo empeño en probar que las aguas que se toman por la boca, no devian destilarse por alambique de cobre, ni de otro metal, por temer que se les comunica la malignidad que los metales tienen» 81. Las numerosas polémicas y disputas suscitadas por una norma que, publicada en 1591, sigue siendo objeto de debate medio siglo después nacen, en gran medida, de la falta de un corpus documental y legislativo que estableciese, claramente, los límites de una profesión de indudable importancia dentro del arte de curar: la del preparador de medicamentos. Las medidas legislativas, limitadas a regular la forma de examen y la visita a boticas, tenían un carácter inequívocamente económico, primaba la cobranza de penas e impuestos sobre la correcta formación del boticario. De esta forma, la adquisición de conocimientos novedosos, la lectura de las últimas publicaciones en materia terapéutica quedaban reducidas a aquellos profesionales verdaderamente interesados, una pequeña elite que alzará la voz en numerosas ocasiones, a lo largo de todo el siglo XVII, con la intención de buscar una mayor preparación entre el colectivo farmacéutico. ----80 CARDOSO, F. (1637), Utilidades del agua i de la nieve, del bever frio i caliente, Madrid, Viuda de Alonso Martin, p.
Observaciones sobre algunos vegetales que producen resina elástica. Descripción del género Bonplandia y de otras plantas. Polvos contra la rabia. Remedio contra la rabia. Del cultivo de las chufas. Sobre el cultivo de algunas especies de malvas y uso económico que se puede hacer de sus fibras. Resumen de una memoria leída en la Académie de Sciences, de París, el 1 de febrero de 1786, y publicada ese mismo año en París (5). De las plantas que el ciudadano Augusto Broussonet colectó en las costas septentrionales de la África y en las Islas Canarias, Anales de Ciencias Naturales, 3 (1801), 5-78. Enfermedad y muerte de otro rabioso.
En ese marco se realizaron una serie de exposiciones temporalessobre «el dolor» y el personal de un hospital-, de conferencias y de encuentros entre científicos y público para debatir los problemas de la salud humana. Dentro de ese plan de trabajo los días 13 y 20 de febrero de 1993 se realizaron sendas jornadas sobre «La historia de la divulgación médica», dedicadas respectivamente al estudio de las vías de la difusión del saber médico y al análisis del desarrollo de una medicina para el pueblo. Los medios de difusión del saber médico ha cuestión de las vías de la difusión del saber médico fue abordada en la sesión del 13 de febrero desde las cuatro perspectivas que se presentan a continuación: En primer lugar Jacques Poirier, profesor del Servicio de Histología en el Hospital Henri-Mondor de Créteil, y fundador del GREHM (Groupe de LEONCIO LOPEZ-OCON Esos divulgadores de los saberes médicos aspiraron a comunicar saberes y técnicas sanitarias a los no-profesionales para que fuesen usados en la mejora de su salud. Ese trabajo de divulgación, encaminado a ofrecer conocimientos y destruir prejuicios, comenzaba por la definición de un proyecto que frecuentemente era el de instruir distrayendo y proseguía con el desarrollo de un proceso basado fundamentalmente en las operaciones de reducción/seducción de los conocimientos médicos. Con la reducción, los divulgadores médicos, que transmiten sus conocimientos verticalmente, intentan hacer una ciencia sencilla, evitando el uso de tecnicismos. Usan entonces para facilitar la comprensión y para simplificar los datos expuestos numerosos medios retóricos que afectan al estilo, a la presentación, y a los procedimientos didácticos, entre los que se encuentran la simplificación explicativa, la explicitación, la esquematización de propósitos, y las repeticiones. Entre ese conjunto de medios Poirier consideró particularmente interesantes dos de ellos: la elección del vocabulario y el sistema del reenvío o de llamadas adoptado -del término científico al popular, o a la inversa-, que revelan diferenciadas opciones pedagógicas como se aprecia en diversos diccionarios médicos del siglo XIX. La operación de seducción puede implicar el uso de procedimientos retóricos diversos y eventualmente contradictorios como la caricatura, la polémica, el uso de proverbios, y/o el recurso a pequeñas historias entretenidas, agradables o conmovedoras, a la anécdota, a los valores seguros... Y así, para captar la confianza del lector y retener su atención, halagar sus gustos, atender a sus deseos de ser curado, combatir sus prejuicios y temores se recurre a múltiples medios: al uso repetitivo de ejemplos o de testimonios y de citas, al estilo vivo y fluido, al tono familiar, intimista, o se le interpela mediante recursos sensibleros o grandilocuentes. Es decir, para seducir, los vulgarizadores médicos han de elegir entre dos polos estilísticos opuestos: o tranquilizar o aterrorizar al público al que se dirige. Como bisagra de la reducción y de la seducción actúa la imagen, cuyo lugar es importante y a veces fundamental en este género literario. La función de la iconografía es doble. Por un lado las imágenes tienen un rol pedagógico: ayudan a comprender mejor gracias a representaciones simplificadas y a esquemas explicativos. En este caso la ilustración es reductora, economiza el discurso y beneficia la lectura. Por otra parte cautiva, fascina tanto por lo que muestra y por la manera en cómo lo muestra como por lo que esconde y por la manera en cómo lo esconde, sea la enfermedad, el dolor, la sangre, el sexo o la muerte. La explicación de Poirier fue ilustrada con una serie de imágenes extraídas de libros y diccionarios del período 1870-1914 correspondientes a diversos libros y diccionarios médicos en las que se mostraron ejemplos de esquematizaciones, por ejemplo, de la sección de un dedo, y de simplificaciones, como BALANCE DE UNAS JORNADAS PARISINAS el recurso a las ventanas pedagógicas en las representaciones de diversas partes del cuerpo humano. En segundo lugar el integrante del GREHM Daniel Teysseire en su disertación «Le corps montré dans les Enciclopedies des Lumières» analizó cómo se mostró el cuerpo humano en los dos grandes proyectos enciclopédicos de la Ilustración francesa: la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, y la Enciclopedia metódica. Para ello expuso una serie de imágenes alusivas a representaciones del cuerpo masculino y femenino, de seres hermafroditas y de instrumentos quirúrgicos para destacar y subrayar los esfuerzos que se hicieron durante la Ilustración para hacer un inventario del cuerpo humano y para avanzar en el dominio del cuerpo humano por la ciencia. Pero se centró sobre todo en un estudio comparativo, quizás algo simple, de la representación de tres cuerpos esqueléticos: los dos esqueletos aparecidos respectivamente en el primer tomo de la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert de 1772 y en el «Recueil des planches du système anatomique» de la Enciclopedia metódica de 1825, y la imagen que fue la fuente de la primera de las mencionadas representaciones, aparecida en la primera edición de la magna obra del gran anatomista flamenco del siglo XVI Andrés Vesalio (1514-1564) De Humani corporis fabrica (1543)^ En tercer lugar Michel Lemire, del Muséum National d'Histoire naturelle de París, realizó una interesantísima exposición, apoyada en magníficas ilustraciones y en una selecta bibliografía^, acerca de «Le corps en representation: Les modèles anatomiques en cire colorée des XVIIIe et XlXe siècles», en la que explicó el papel desempeñado por la ceroplastia en la investigación y enseñanza médica de Francia trazando su desenvolvimiento histórico y analizando las diversas funciones que desempeñó. Para superar los problemas planteados por la disección humana y los promovidos por la conservación de los cadáveres se crearon una serie de sus-* Esta imagen ha sido reproducida por R HUARD Y M. J. IMBAULT-HUART (1980) LEONCIO LOPEZ-OCON titutos de manera que los modelos anatómicos artificiales -hechos con materiales diversos-tuvieron un gran desarrollo a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Fue la cera coloreada con el tinte hecho directamente en la masa la que permitió las creaciones más elaboradas de ese conjunto de modelos. Este esplendor de la ceroplastia fue la última derivación de los magníficos tratados de la edad de oro de la anatomía, iniciada en el siglo XVI, y cuya evolución estuvo muy influenciada por el perfeccionamiento de las técnicas de impresión, de manera que los artistas desempeñaron un papel muy notable en la expresión gráfica de la obra de los anatomistas. De este mismo diálogo entre el arte y la ciencia surgieron las representaciones anatómicas en cera. Destinadas a la enseñanza de la anatomía, de la cirujía, de la obstetricia, permitían obtener en un único modelo en tres dimensiones -superiores en esto, como en sus posibilidades táctiles al dibujo y a la pintura-una demostración precisa y duradera, incluso para las estructuras más complejas. Mitigaban además las enormes dificultades existentes para procurarse la materia prima necesaria para la enseñanza médica. El apogeo de la ceroplastia anatómica coincidió en Francia con una renovación de la enseñanza de la cirugía y de la medicina durante el período revolucionario, en el que no sólo se crearon las Escuelas de Salud, sino que también produjo la unión, a través de la implantación de estudios comunes, de la medicina y la cirugía, hasta entonces rivales en el arte de curar. No ha de extrañar, por tanto, según subrayó Michel Lemire, que los modelos en cera fuesen considerados durante la Revolución como uno de los instrumentos esenciales de la enseñanza práctica de la medicina. Por ello la Convención adjuntó a cada una de las tres nuevas Escuelas de Salud un gabinete de anatomía en el cual «las piezas de anatomía artificial, hechas en cera, las más útiles de todas», tenían la primacía y les asoció modeladores en cera encargados de continuar y completar la elaboración de esas piezas. Años después, en 1806, se creó en Rouen, por decreto imperial, una escuela de ceriscultura bajo la dirección del cirujano Jean-Baptiste Laumonier. Esta escuela funcionó por poco tiempo, pero tuvo la oportunidad de formar a un grupo de alumnos -como Madame Laumonier, Achille-Cléophas Flaubert (el padre del novelista), los hermanos Hippolj^e y Jules Cloquet, Vasseur, Delmas-cuyas preparaciones están aún presentes en varios museos franceses de anatomía. De estas colecciones cabe destacar la del Muséum National d'Histoire naturelle de París, heredera de las confiscaciones revolucionarias, particularmente del gabinete de anatomía del duque de Orleans del Palais-Royal, y cuya restauración reciente ha permitido hacerla salir de un profundo olvido. Si bien esos modelos anatómicos en cera no cambiaron verdaderamente entre los siglos XVIII y XIX, su función sin embargo si se modificó pues las relaciones de la anatomía y de la medicina variaron. En el siglo XVIII los modelos anatómicos fueron ante todo objetos de contemplación. Tenían su lugar al lado de las preparaciones naturales en los gabinetes de curiosidades. Mostraban ante todo un cuerpo idealizado, asociando intimamente arte, ciencia y escenografía. Eran la pertenericia de una elite deseosa de mostrar su buen gusto y su prestigio personal. Las colecciones de La Specola en Florencia, y del Josephinum Museum en Viena son las más perfectas pruebas de esos gustos aristocráticos del Antiguo Régimen. En el siglo XIX, sin embargo, el modelo anatómico se convirtió en útil de conocimiento, en intermediario operativo entre la realidad física del cuerpo, percibido con todos sus desarreglos, y la acción salvadora del futuro cirujano. Se invistió de su pleno valor de medio de comprensión y de control del proceso vital. De ahí su necesaria intervención en una enseñanza anatómica-médica práctica. Pero por esa misma razón perdía su seducción, puesto que a partir de entonces quedaba relegado al plano de la estricta copia de manifestaciones patológicas, de una «belleza plástica» relativa à ojos del profano. Las colecciones del museo Dupuytrell, o las del Hospital de San Luis son ejemplos significativos, consideradas por el público como un «asunto de especialistas», o se convierten en exhibiciones de feria, como el «Gran museo del doctor Spitzner». Estos modelos en cera del siglo XVIII, herederos de las representaciones más antiguas de la vida y de la muerte, se sitúan así en el centro de los problemas suscitados por la ciencia anatómica. Verdadera revelación de lo escondido, al convocar a una exploración previa del cuerpo humano, a una manipulación de la carne viva o muerta, obligaron en mucha mayor medida que la iconografía de los tratados de anatomía a franquear fronteras, a transgredir prohibiciones metafísicas o religiosas. Porque mostraban el cuerpo como una construcción material, las ceras anatómicas destruían la imagen poética, idealizada que el hombre se hacía de sí mismo, proyectándolo violentamente frente a su realidad física, frágil y fugitiva. Contribuyeron por tanto al avance de la ciencia anatómica, sustituyendo la lectura de textos por la observación, la doctrina de escuela por la mano y la mirada del investigador. Los artistas que de esta manera prolongaron la visión a veces fugaz de la disección fueron por tanto vectores esenciales en ese progreso de los conocimientos anatómicos que se produjo en el siglo XIX. En cuarto lugar la ilustradora Angele Travadel, miembro del Departamento de Pedagogía de las Ciencias de la salud de la UFR de Medicina de Bobigny, apoyada en complejos y sofisticados medios de expresión informáticos presentó una sugerente comunicación sobre el tema «Dessiner le corps aujourd 'hui» en la que abordó los siguientes aspectos y problemas del trabajo actual del ilustrador médico. Este ilustrador médico tiene ilustres predecesores. El primero fue Leonardo da Vinci, quien, tras liberarse como muchos de sus contemporáneos de la Asc/epio-Vol.XLVII-1-1995 265 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es época renacentista de las prohibiciones religiosas medievales sobre la práctica de las autopsias, pudo elaborar 750 planchas de anatomía y definir las proporciones del «hombre ideal» tras haber disecado treinta'cadáveres humanos. El segundo, Andrés Vesalio que pidió al alumno de Tiziano el artista Juan de Calcar que dibujase las ilustraciones de su obra De humani corporis fabrica, publicada en 1543. Este libro es considerado como la fuente de la imagen anatómica moderna al restituir las expresiones y la movilidad de los seres vivos a los cadáveres. Esta innovación, que aunó el arte, la ciencia y la medicina, dio nacimiento a suntuosas planchas de anatomía, en seguida reproducibles en calcografía. Hoy en día el papel del ilustrador médico es el de presentar de manera clara y atractiva conocimientos destinados a la enseñanza y la información usando diversos códigos en función de su soporte de difusión (edición tradicional, video, ordenador). Así colabora tanto en la enseñanza de la anatomía descriptiva (morfología de los diferentes órganos y aparatos) como de la anatomía de superficie (estudio de las formas y relieves del cuerpo humano). Y es convocado para concebir no solo dibujos destinados a clarificar nuevas intervenciones quirúrgicas, sino también ilustraciones publicitarias o maquetas de cubiertas de obras. Esas ilustraciones son diseñadas en función de su soporte de difusión y del público al que se dirige. Por ejemplo para una campaña de prevención y de información sobre reglas de higiene el ilustrador puede usar el comic o el affiche como modo de comunicación. El comic, sobre todo humorístico, desdramatiza los problemas graves, permite dirigirse a todos los públicos, facilita la asimilación de mensajes científicamente complejos traduciéndolos en lenguaje sencillo y simpático. Si en la edición clásica la imagen y lo escrito se equilibran generalmente, la ilustración en color domina ampliamente en el campo audiovisual donde el texto no hace más que comentar la imagen. Angele Travadel subrayó además cómo las ilustraciones médicas de lo macroscópico y de lo microscópico evolucionan: la alta tecnología desarrolla la imagen científica y hace retroceder los límites de lo observable. Ha sido preciso esperar a la invención del microscopio electrónico en 1933 para haber accedido verdaderamente a lo infinitamente pequeño. El conjunto de imágenes-médicas (radiografía, scanner, ecografía...), orientando nuestra mirada hacia el interior del cuerpo, ofrece perspectivas interesantes al ilustrador y al infografista, e incluso esta anatomía «verdadera» llega a ser una fuente de inspiración del arte abstracto. Estas posibilidades de vemos «transparentes» se conjugan con el interés creciente que damos a nuestra apariencia. Los cambios tecnológicos repercuten sobre toda la cadena de la imagen (fabricación, visualización, transmisión). La infografía permite la visualización de dibujos a diferentes escalas, el cambio de instrumento y de soporte sin rehacer el dibujo de base. El infogra- Así pues, a cuatro siglos de sus inicios con Juan de Calcar y Vesalio el dibujo del cuerpo evoluciona hacia una imagen construida, modulable, e incluso virtual, potencialmente interactiva y en tres dimensiones. En el alba del siglo XXI, el dibujo del cuerpo está llamado a «navegar» del libro tradicional, «estático», al libro electrónico, «dinámico». Este complemento valioso de la edición clásica -el dibujo-se convierte de esta manera en su soporte de salvaguardia y promoción. Una medicina para el pueblo El análisis de los instrumentos usados para crear una medicina que llegase al pueblo fue a su vez abordado en la sesión del 20 de febrero desde cuatro perspectivas destinadas a ofrecer un amplio panorama de la literatura médica consagrada a la educación de la salud desde la época del Renacimiento hasta la actualidad. En primer lugar Jean Ceard, miembro del GREHM, apoyado en obras relativas a la medicina del siglo XVI y en la literatura y cultura popular del Rena-cimiento^, disertó sobre «Erreurs populaires et regimes de santé» para analizar parte de la producción de la literatura médica que se elaboró en Francia durante el siglo XVI con el objetivo de enseñar los medios que debían utilizarse para conservar la salud y mostrar cómo en esa literatura hubo una deriva desde el género de los «regímenes de salud» hasta el de los «errores populares». Esta medicina, llamada «conservadora», que tenía sus raíces en la tradición hipocrática, experimentó cambios significativos durante él siglo XVI según deduce Jean Ceard del examen de la producción editorial. En un principio se multiplican las ediciones francesas de obras clásicas como el Régime de santé de la escuela de Salerno y aparecen diversos «regímenes de salud» que son trabajos originales. Estas obras tienen un carácter «popular» por las siguientes razones: a) están escritas en francés, en una épo- http://asclepio.revistas.csic.es ca en la que la medicina hablaba en latín; b) son frecuentemente anónimas o, si están firmadas, son el fruto de médicos poco conocidos, o incluso de autores que no son médicos, como el célebre Cornaro; c) son de pequeño formato, frecuentemente editadas con poco cuidado y escritas explícitamente a veces con un estilo descuidado; d) en fin llegan a decir abiertamente que se dirigen «a toda persona que quiere tener su salud corporal» y no solo a los especialistas. Algunos incluso precisan que se dirigen a lectores que no tienen medios para recurrir a los servicios de los profesionales, como lo harán sistemáticamente en los siglos siguientes las obras tituladas Le médecin des pauvres. En cuanto a la organización de sus contenidos cubren todo el campo de la dietética, tal como era entendida entonces: el aire, el beber y el comer, el movimiento y el reposo, el sueño y la vigilia, la evacuación de los sobrantes del cuerpo, el equilibrio de las pasiones del alma. Prefieren mayoritariamente el plan de Avicena al más complejo de Galeno, signo de que sus destinatarios no eran especialistas. Más adelante, y a medida que el siglo avanza, se ve a médicos conocidos interesarse cada vez más en la dietética hasta el punto de escribir «regímenes de salud» muy detallados como es el caso del famoso Nicolas Abraham de La Framboisière que añadió a un tratado general de dietética seis tratados particulares. Tal empresa ofrecía ciertamente los medios de conservar la salud humana. Pero muestra también la voluntad del cuerpo médico de dirigir autoritariamente la vida cotidiana de los individuos. La importancia concedida por la tradición hipocrática al hábito y al placer, reflejada por ejemplo en el último capítulo de los Ensayos de Montaigne donde hay una defensa del placer de comer retrocede ante esta medicalización creciente que somete a reglas imperativas cada acto de la vida del cuerpo e incluso del espíritu. En este mismo esfuerzo se inscribe el nacimiento del género de los «errores populares» llamado a tener una larga historia. Inaugurado en 1578 por el famoso médico Laurent Joubert este género corresponde ciertamente a una intención pedagógica en tanto en cuanto quiere combatir «los errores populares a propósito de la Medicina y el régimen de salud», es decir desembarazar al lector de sus numerosas supersticiones y creencias absurdas debidas a la ignorancia. Y sin embargo la obra de Joubert -que junto a un inmenso éxito se encontró asimismo con resistencias importantes pues su autor fue acusado de divulgar el saber de los médicos-, también tenía otro objetivo: conseguir que el profano, más respetuoso ante el saber médico al haber percibido los límites y los errores de sus prejuicios, se convirtiese en un auxiliar eficaz y dócil del médico. Pedir a los no especialistas que supiesen cuidarse ellos mismos de su salud, era también invitarles a que no se demorasen, cada vez que fuese necesario, en recurrir a la competencia irremplazable del médico. Será este objetivo el que persigan los tratados de errores populares que verán los siglos siguientes. El último de ellos, el que publica a principios del siglo XIX A. Richerand, profesor de la Facultad de Medicina de Paris, comienza con esta significativa advertencia: «Abrir este libro para encontrar una receta contra el mal que a uno le afecta, sería cometer un error; muchos escritores han querido persuadir al pueblo que la medicina es un arte doméstico, en el que cada uno puede acomodar los preceptos a su uso particular. El fin de esta obra es diametralmente opuesto». En segundo lugar, Daniel Teysseire, del GREHM, y Corinne Verry-Joliyet, del Institut Pasteur, presentaron una comunicación sobre «L 'Avis au peuple sur sa santé de Tissot» en la que expusieron las características de la obra que con el mismo título publicó el médico suizo Tissot por primera vez en Lausana en 1761, y de la que preparan una reedición. Si por un lado Teysseire y Verry-Jolivet inscriben esa obra de Tissot (1728-1797) en la larga tradición de literatura médica ad usum populi, «al servicio del pueblo», de los siglos XVI y XVII, denominada también «medicina de los pobres» pues según diccionarios del siglo XVIII se consideraba pobre a aquel que no tenía «casi ninguna renta más que su trabajo», por otra parte destacarán las siguientes cinco características de esa «medicina de los pobres» del siglo XVIII, y por ende del «Avis au peuple sur sa santé» de Tissot, representativo de la medicina de las Luces, utilitarista e higienista, que constituye al poder médico en instrumento de encuadramiento social del pueblo. 1.^) Esa literatura médica tiene por objeto la no-enfermedad, el mantenimiento de la salud de los trabajadores, ante todo del campo, y accesoriamente, los de las ciudades. 2.^) Esa finalidad popular excluye cualquier participación del pueblo en ese proceso de medicina preventiva, cuyo dominio pertenece exclusiva y únicamente a los médicos, rechazándose tanto la medicina llamada popular -por ser charlatanesca-, como la medicina sabia tradicional -por ser dura o muy ofensiva-en beneficio de una medicina coadyuvante de la buena naturaleza, mediante la higiene y los regímenes correctos. De esa manera se unen el neohipocratismo y el optimismo de las Luces. 3.^) Esta valoración del poder médico -más específica en Tissot y en los médicos de las Luces que en la medicina de los pobres en general-no excluye, sino que más bien exige, el concurso de intermediarios socioculturales como los notables rurales y particularmente las mujeres. 4.^) La finalidad útil de esa literatura se refuerza y se manifiesta por la forma práctica y muy pedagógica de las obras. Así el Avis contiene el análisis etiológico (17% del texto aproximadamente en la edición de 1782), el análisis sintomatológico detallado de las afecciones más A5c/ep¿o-Vol.XLVII-l-1995 269 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es comunes de la población rural (77% aproximadamente), un índice alfabético de las afecciones mencionadas y sobre todo una tabla de los remedios correspondientes (6%) con el precio de cada uno de ellos. Una concreta ilustración del carácter práctico de este libro es su último capítulo -el 36-titulado: «Cuestiones que hay que saber necesariamente responder cuando se va a consultar un médico». 5.^) Esta literatura médica al servicio del pueblo tuvo un gran éxito, que puede proceder a la vez de su afán pedagógico práctico y de la medicina «dulce» y sencilla que preconiza. Así el Avis tiene al menos dieciocho ediciones entre 1761 y 1792 en lengua francesa autorizadas por el autor y publicadas solo en Lausana, París y Lyon, lo que significa una edición cada veinte meses. Teysseire y Verry-Jolivet sólo dieron cuenta del éxito de Tissot en el ámbito cultural francófono, pero su fama trascendió las fronteras francesas y llegó por ejemplo a recónditos rincones de la América del Sur, como por ejemplo a Popayán, una de las ciudades andinas del virreinato de Nueva Granada, en la actual Colombia, como pudo constatar Humboldt cuando la visitó en 1801"*. En tercer lugar el investigador del CNRS Claude Langlois, apoyado en una variada bibliografía^ disertó sobre «L 'Eglise au chevet des malades» para explicar las actitudes de la Iglesia francesa respecto a la enfermedad y los enfermos durante el siglo XIX. La relación de la Iglesia católica con la enfermedad es compleja. En el plano dogmático, la Iglesia afirma que la humanidad ha conocido el sufrimiento y la muerte a causa del pecado del primer hombre, pero también que puede ser salvada por el sacrificio de Cristo. De este dogma central se desprenden diversas actitudes respecto a la enfermedad. Durante largo tiempo prevaleció la idea de que la enfermedad debía de ser aceptada con resigna-"* En carta dirigida a Mutis desde Popayan el 20 de noviembre de 1801 Humboldt tras describir la belleza y grandiosidad del emplazamiento de la ciudad dice lo siguiente: «...Los habitantes de esta Ciudad tienen una cultura mucho mayor de lo que se podía esperar; pero mucho menor de lo que ellos se imaginan. http://asclepio.revistas.csic.es ción, lo que no excluyó sin embargo el hecho de que cuidar a los enfermos fuese una de las principales obras de misericordia que se impusiesen a los creyentes, y que sacerdotes, monjes y laicos tomasen iniciativas para crear instituciones hospitalarias y corporaciones caritativas encargadas de aliviar a los enfermos. A lo largo de los siglos además el cristianismo aceptó que los fieles recurriesen directamente a intercesores celestes, frecuentemente especializados, para solicitar la curación de sus males. Este contexto fue modificado durante el siglo XIX por dos acontecimientos: la descristianización y la medicalización de la población. Por una parte la descristianización, ya perceptible desde el siglo XVIII, provocada entre otras razones por la política religiosa de la Revolución, se hizo sensible desde los años 1830-1840, en los que se acentuaron fenómenos como la urbanización y proletarización que influyeron en la pérdida de control social de la Iglesia católica; por otro lado, la medicalización de las diversas poblaciones progresó de manera cierta, aunque no sea posible vincular el crecimiento del encuadramiento médico con el de la demanda de salud. Simultáneamente se observan dos cambios importantes en la relación del catolicismo con la enfermedad. El primero se manifiesta en la voluntad de la Iglesia católica de intervenir más directamente sobre los cuerpos enfermos por intermedio del clero, pero sobre todo de los laicos y de las «buenas hermanas». Sacerdotes o religiosos, que son a su vez antiguos médicos, se valen de su doble función para dar consejos que son a la vez médicos y morales. Los laicos, por su parte, se preocupan de la salud de la población. El segundo es la masiva presencia de diligentes «Hijas de la caridad» o «buenas hermanas» que se multiplican a lo largo del siglo. Independientemente del hecho de que el Estado no tenga voluntad de intervenir mucho en este terreno deben su éxito a su triple función: como mujeres, conocen frecuentemente las medicaciones tradicionales y disponen con facilidad de la confianza de otras mujeres; como cuidadoras se especializan para actuar con más eficacia (son enfermeras en los hospitales públicos o en los establecimientos privados o en los domicilios particulares, más excepcionalmente intervienen como comadronas); como religiosas, subordinan el cuidado del cuerpo a la salvación del alma: los manuales que se dirigen a ellas muestran cómo son consideradas a la vez auxiliares del médico y del sacerdote. Esta movilización activa de los laicos y sobre todo de las «hermanas de la caridad» no impide sin embargo la existencia de un importante movimiento de automedicación entre diversos sectores de la población, que sé traduce particularmente en el mantenimiento y la renovación de terapias de tipo religioso. Los ex-votos de Provenza testimonian estas prácticas multiseculares, que por otra parte se transforman lentamente: la convicción de haber escapado a un accidente o de haber sobrevivido a una enfermedad gracias a la intercesión de un santo y sobre todo de la Virgen llevó al beneficiario de esa gracia a mostrar su reconocimiento con el depósito en el santuario invocado de un ex-voto, pequeño cuadro en madera en el que se representa una escena relacionada con la curación. Este tipo de recurso se encuentra bajo formas diversas en todas las regiones de Francia en las que existen numerosos santuarios especializados en la curación de diversas dolencias, deficiencias o enfermedades. Este ámbito de la medicina religiosa tradicional también se renovó profundamente. Aparecieron terapeutas nuevos, como esos «santos azules y blancos» -cuyas tumbas surgieron sobre los lugares de las guerras civiles que tuvieron lugar en el Oeste de Francia durante la Revolución-los cuales se revelaron como especialmente aptos para cuidar diversas enfermedades. Pero el siglo XIX vio sobre todo nacer diversas prácticas, nuevas sobre todo por su amplitud, que tuvieron un carácter nacional de inmediato y luego internacional. Así el cólera parisino de 1831 fue la ocasión para que se difundiese una medalla «milagrosa» de la Virgen -ligada a una aparición de la Virgen a una novicia de las Hijas de la caridad de París-que produjo inmediatamente sobre las inquietas poblaciones numerosas curaciones y cuyos beneficios se extendieron en los años siguientes por Francia y Europa. A su vez Lourdes (1858) asoció prácticas tradicionales (fuente milagrosa, peregrinación) y modernas (aparición de la Virgen a una vidente, mensaje religioso difundido públicamente). A partir de los años 1870, en el momento en el que el cientificismo se afirma, la peregrinación a Lourdes arrastra cada vez más enfermos de Francia y del extranjero que llegan buscando en el santuario la curación de sus enfermedades o al menos la fuerza para soportarlas mejor. En cuarto y último lugar Jean-Pierre Deschamps, profesor de la Universidad de Nancy y ex-responsable del Servicio de Sanidad Pública de Francia, presentó un texto sobre «Vulgarisation médicale et éducation pour la santé» en el que, basándose en su experiencia personal y en diversas publicaciones propias o de otros colegas^, presentó un atractivo panorama general de la significación, las peculiaridades, y los retos de la divulgación médica en los tiempos actuales. La divulgación médica difiere considerablemente en sus objetivos de la divulgación efectuada por otras ciencias. 310-31;D. KRUTH (1992) O el biólogo hacen de la divulgación un medio para compartir con el público su saber y los resultados de sus investigaciones y para hacerle comprender las apuestas sociales que implican esos resultados. El médico comparte esos dos objetivos, pero añade con ñ^ecuencia explícita o implícitamente un tercero: persuadir al público para que modifique sus comportamientos con el fin de que consiga mejorar su estado de salud. La apuesta mencionada no es solo social, sino también individual. Por esta causa el médico, más que ningún otro científico, percibe la misión que tiene de divulgar su saber como un deber, a veces como una cruzada o una «campaña». Percibe también las demandas expresadas por el público. No es pues un azar que la medicina y la salud ocupen el mayor espacio de las emisiones o de las páginas científicas de los grandes medios de comunicación. La finalidad económica puede orientar también la conducta del médico divulgador: dado que cada cual se siente afectado por la medicina y sus progresos científicos, la comunicación de estos al gran público puede permitir al investigador médico solicitar una contribución financiera para sus investigaciones. Esta movilización de la generosidad del público es más difícil de realizar por parte del astrofísico o el paleontólogo: su divulgación tiene un carácter más «gratuito», aunque beneficie realmente a una parte de sus destinatarios. La diñisión del saber médico con fií^ecuencia también tiene como objetivo motivar cambios en la política de salud: se dirige pues también a quienes toman las decisiones, en unos términos diferentes de los destinados al gran público. Así pues la divulgación médica no es meramente «educativa» porque permita el acceso a un saber mayor. Es educativa porque busca suscitar en el público comportamientos nuevos y actuar sobre la vida cotidiana, de manera directa o por intermedio de políticas y reglamentos. Existen por tanto de manera incontestable vínculos estrechos entre divulgación médica y educación para la salud. La exploración de estos vínculos obliga a considerar las actividades actuales de la educación para la salud: ya no se hace solo una mera información, sino que se establece una nueva relación entre los profesionales de la salud y de la investigación y el público formado por una ciudadanía responsable que desea asumir una apropiada gestión social e individual de la salud. De esta manera la educación para la salud tiene como finalidad no tanto dictar comportamientos como ayudar al público a hacer bien sus elecciones y a ser críticos con las informaciones recibidas. Ahora bien, la divulgación médica ¿se efectúa conforme a esos principios y con las exigencias éticas que presuponen? ¿No ha desarrollado frecuentemente un celo excesivo sobre la base de un saber científico no siempre rigurosamente establecido? ¿No ha insistido en repartir culpabilidades, «no ha sido versátil e incluso encubridora, llevando al público a adoptar comportamientos y prácticas cuya legitimidad puede ser cuestionada poco después? ¿No habría que disociar totalmente dos procesos cuya firecuente confusión parece discutible: de una parte la comunicación científica y técnica desarrollada por el médico, el biólogo, el investigador sin la segunda intención de modificar los comportamientos, y por otro lado la educación para la salud, usando métodos y objetivos muy diferentes, y en la que el investigador no puede ocupar más que un lugar modesto? En esta perspectiva puede quizás ser más legítimo para el investigador solicitar el consejo del pueblo sobre su salud que no dar consejos al pueblo...
Estas líneas quieren ser un reconocimiento del bello y amplio libro de Raquel Alvarez Peláez, La conquista de la naturaleza americana (Madrid, CSIC, 1993, 607 pp.), sin olvidar el eco que su obra en general suscita. De antemano, los objetos de investigación elegidos por ella le han obligado siempre a poner en juego dispares recursos de análisis historiográfico. Así, ha publicado Sir Francis Galton, padre de la eugenesia (Madrid, CSIC, 1985) y algunos textos sobre autores contemporáneos también preocupados por la heredopatología {¿Criminales o locos?, Madrid, CSIC, 1987, con R. Huertas; o el trabajo introductorio a su traducción, con E. Balbo, de Maudsley, Las causas de la locura, Madrid, Dorsa; 1991), donde la medicina y la práctica social se interfieren entre sí, se solapan y a veces se perturban. Pero también, en paralelo, la autora ha venido prestando una continuada atención al estado de la ciencia natural en los comienzos de la época moderna, tan dependiente de la trama social en su integridad. A su librito más divulgador. La historia natural de los siglos XVI y XVII (Madrid, Akal, 1991), una síntesis general de los conocimientos naturalistas europeos, o al resumen homónimo, centrado en España, «La historia natural de los siglos XVI y XVII» {La ciencia española de Ultramar, Madrid, Doce calles, 1991, pp. 89-96) se suman una cadena de trabajos que hoy, a la luz de La conquista de la naturaleza americana, podemos ver como estudios preparatorios de este plural, tenso, cálido y valioso escrito. En primer término, ya su «El doc- tados artículos «Etnografía e Historia Natural en los Cuestionarios oficiales del siglo XVI» (Asclepio, XLI, 2, 1989, pp. 103-126) y «Visión de nueva España a través de las relaciones geográficas del siglo XVI» {Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, Madrid, CSIC, 1989, pp. 269-297, coord, por J.L. Peset) no hacen sino avanzar las líneas maestras de La conquista. En efecto, este libro se centra en la expansión programada de los saberes naturalistas que propició Felipe II; concretamente en lo que revelan las contestaciones a los famosos Cuestionarios de Indias, que supusieron un modo de ordenar y de clasificar la realidad de parte de la América española desde muy diversas perspectivas. En tal instrumento inquisitivo se funden, desde luego, poder y conocimiento: fue un modo notable de conocer y dominar lo más inmediato (las riquezas y las fuerzas de trabajo), pero también un examen, directo e indirecto, de los hábitos propios y ajenos. La conquista tiene que ver, en principio, con la tradición oral, aunque no juegue con la ambigüedad textual (sí con la ideológica) de un cuestionario. R. Alvarez, entonces, prosigue con esta obra una corriente de estudios particulares sobre el fondo, quizá algo diseminado pero muy rico, que dejan ver las Relaciones (o respuestas dadas a aquellas preguntas en serie, 1579-1585), la apoyada en las recopilaciones de M. Jiménez de la Espada {Relaciones geográficas de Indias, 1965) o F. Solano {Cuestionarios para la formación de las Relaciones geográficas de Indias, 1988) y, sobre todo, en las de R. Acuña {Relaciones geográficas del siglo XVI): una vez más, la productiva, e insólita, Universidad Nacional Autónoma de México ha realizado, con estas últimas, una tarea extraordinaria de recuperación, entre los años 1982-1988, y el libro de R. Alvarez, que le rinde homenaje, podría ayudar algo a difundirla por España. Pues bien, las Relaciones permiten captar, entre otras muchas cosas, todo tipo de usos de la desmembrada sociedad americana -sobre todo, de México-, en particular, las costumbres ganaderas o alimenticias; los aspectos prácticos de la medicina, incluyendo el grado de atención sanitaria; y, también, una forma directa, casi inmediata, de describir la naturaleza. Pese a todo, la labor interpretativa de tales documentos ha de dar todavía grandes pasos. Así, R. Alvarez renueva la mirada con su perpectiva inédita -hasta el presente libro, no se habían estudiado sistemáticamente los contenidos científicos de las Relaciones-y con un modo de sopesar los datos muy personal. La suya es una metodología histórica de apariencia tenue, que se ve siempre buscada sin grandes alardes: pensada y reformulada en la práctica, le sirve para su actualización del saber global sobre América. La investigadora, por tanto, no usa fórmulas, y sus construcciones, elaboradas con cautela, se articulan, de hecho, pausadamente. Pero no quiere dar respiro a su curiosidad, y consigue que la nuestra tampoco descanse. No es de extrañar, pues, que su texto amplíe progresivamente su órbita, y se convierta en una revisión general sobre el estado de los conocimientos naturalistas americanos y también en una reflexión de conjunto, al hilo de otros libros generosamente saludados en sus páginas. De hecho, más de un tercio de La conquista de la naturaleza americana supone algo así como un antes y un después de lo que cabría esperar, en principio, de un trabajo sobre la descripción de la naturaleza según se rastrea en las Relaciones. Dividido en trece capítulos y un epílogo, el libro sigue varios trayectos, recorre de formas distintas el espacio natural -y también el tiempo-americano. De entrada, y al hilo de la experiencia colombina y de la potente mirada de Fernández de Oviedo, comienza a comparar los años veinte del siglo XVI, con los setenta, según se manifiesta ya en los saberes de un gran naturalista como Francisco Hernández. Una comparación que será recurrente, puesto que es la figura que reaparece tras recordar el Códice Cruz-Badiano, de mediados de ese A5c/ep¿o-Vol.XLVII-l-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS siglo, y, sobre todo, tras revisar los planteamientos del pionero de la antropología cultural mejicana, Bernardino de Sahagún. La Historia general de las cosas de Nueva España, esta «red barredera» de los vocablos mesoamericanos elaborada en la década de los sesenta, no deja de ser un patrón para comprender el valor de los otros Cuestionarios, paralelos o complementarios a los que elaboró esta otra figura excepcional, aunque, claro es, de distinto rango científico. Los apartados siguientes, III y IV, nos sitiian ante la política científica de Felipe II, tan notable organizador de los estudios geográficos, físicos y humanos (con López de Velasco, quien inspiró las cuestiones programadas), e impulsor de la primera expedición científica moderna, la efectuada en tierras mexicanas entre 1571 y 1577, por el nuevo Plinio, Hernández. A través de La conquista se percibe mucho mejor la trayectoria de este médico sobresaliente, este erasmista sólido y en comunicación con grandes figuras de nuestro XVI, que fue comisionado para estudiar los productos naturales de las Indias, realizó varios recorridos por Nueva España y se dedicó a describir las plantas recolectadas y a elaborar las consiguientes láminas en México capital, comprobando por añadidura las calidades de los productos medicinales de ellas extraídas. El trabajo enorme de Hernández (unido a su versión de la Historia natural pliniana) habría proporcionado ya un territorio amplio y en verdad trabado de conocimientos naturales, si no se hubiera perdido en buena parte, como se sabe: quiso hacer una enciclopedia total que abarcase «todos los aspectos de la naturaleza, una obra tan grande o más que la de Plinio, pero además moderna y con nuevas plantas o animales». El resumen que de él pudo aún realizar Recchi evidencia la complejidad de su trabajo dados los más de tres mil vegetales a estudiar y las dificultades del azteca. Precisamente la versión del manuscrito de Recchi está a punto de aparecer (Aranjuez, Doce calles, en prensa) cuidado filológicamente por Florentino Fernández y prologado por la propia Raquel Alvarez. Pero La conquista no se conforma con este largo prólogo: quiere dar con cierta figura cultural novoespañola, despejando un camino de investigación insuficientemente frecuentado hasta hacerlo transitable. De ahí que vuelva hacia atrás en el tiempo, y, en el capítulo V se nos indique cómo había ido «surgiendo», a jirones, la naturaleza americana entre las líneas de los testimonios oficiales, «cartas, órdenes, provisiones, cédulas, relaciones». Desde los primeros documentos (notas de Colón; resultados de la delegación de Jerónimos de 1516; instrucción a Cortés de 1526), hasta el fértil y meticuloso Memorial de Santa Cruz de 1557, pasando por todo lo que late en otras informaciones -cuestionarios y memorias surgidas en las décadas consecutivas de la primera mitad del siglo XVI (1528, 1533 ó 1544)-, se percibe un incremento de la sistematización y una mayor complejidad en la técnica documental, según lo evidencia R. Alvarez. Pues nada hay de improvisado en su escrito; todo se piensa de nuevo ahí, y se valora en pequeños pasos, con una gran discreción, cuidadosa, pulcra, amablemente modesta. Pese a lo afirmado por A. Gerbi en La naturaleza de las Indias Nuevas (México, FCE, 1978, or. 1975), La conquista comprueba que sus fuentes no hacen sino evidenciar la manifiesta curiosidad, en todos los momentos, de los españoles (aunque la cultura de los italianos fuese más poderosa en general). Por otro lado, las cuestiones-tipo, que van perfilándose sucesivamente y que son el embrión del cuestionario de 1577, «son preguntas insertas en una forma de considerar la realidad y la naturaleza, muchas veces con gran influencia clásica». Por ello, la autora, que evoca a menudo las fuentes grecolatinas en medicina, historia natural y botánica medicinal, tiene en cuenta expresamente, y reproduce, la clasificación aristotélica de los animales (nótese que sólo desde hace poco son accesibles ediciones españolas fiables de obras naturalistas clásicas de Ase Vo-Vol.XLVII-1-1995 277 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS consulta obligada, como las de Aristóteles y de Teofrasto; falta, en cambio, una edición de Plinio paralela, en lo posible, a la que concluyó en Francia, hace dos décadas. Ahora bien, ya todos los capítulos restantes, del VI al XIH, se vuelcan con exclusividad en el prometido análisis de las Relaciones. De antemano, R. Alvarez reconstruye el primer Cuestionario que se elaboró, hacia 1570, a través de cuatro respuestas por él inspiradas (cfr. pp. 189-192), dando especial relieve, por su cuenta, a los asuntos botánicos y zoológicos, o quizá agrícola-ganaderos, como sugiere la autora de acuerdo con la preeminencia de los conocimientos prácticos en esos interrogatorios frontales. EUo le permite ya poner en claro la reordenación y condensación efectuada en el de 1577: la cuadrícula definitiva condensó cincuenta preguntas, mientras que el boceto cuadruplicaba este número. Claro es que la información recibida con tal programa -lo que constituyen las Relaciones-, llegaron al Consejo de Indias, entre 1578 y 1586, desde muy dispares zonas; pero en este libro se eligen las relativas a Nueva España y Guatemala (que son, no obstante, la mayoría). Por lo demás, tales descripciones programadaseste espejo americano-, fueron a la par de ciertas introspecciones en la metrópoli, pues una encuesta análoga empezó a efectuarse en Castilla, desde 1574. En el recién traducido La colonización de lo imaginario (México, FCE, 1993; or def. 1991), S. Gruzinski -autor cuyas obras ensalza calurosamente R. Alvarez-, tras indicar que el material inagotable de las Relaciones no ha sido, por el momento, más que rozado, pormenoriza la secuencia asombrosa de los aspectos a tratar: la significación del nombre del pueblo; las circunstancias de su descubrimiento o de su conquista; los caracteres físicos de su comarca; el número de habitantes y de sus modificaciones; el habitat; las formas de vida (inclinaciones o modos de comportarse); las distancias y los caminos; las circunstancias y fechas de la fundación del pueblo; el número de sus ocupantes iniciales y su situación; su estatuto y régimen político en la época prehispánica; el tributo que le correspondía; sus ritos, costumbres y adoraciones; sus formas de gobierno y sus guerras; su comercio; las modificaciones del vestido, de la alimentación y del estado físico; la salubridad de la región, las enfermedades que hacían estragos, los remedios usados para combatirlas; la geografía, la fauna y la flora; las minas y canteras, etcétera. La conquista (cfr. pp. 218-227) desglosa y armoniza excelentemente estos y otros aspectos de ese cuadro analítico que quiso ser un tamiz implacable, casi obsesivo, de la realidad americana: pone muy bien de relieve la jerarquización de los estratos con los que se pretendió retratarla y, además, da cuenta de los valores puestos en juego por esta empresa realizada con éxito pero luego no aprovechada. La autora busca sus posibles articulaciones y las expone con llaneza, complicando siempre su argumentación pero diluyendo, mediante su trabajo aclarador, las dificultades: muchas de las categorias usadas por la encuesta eran ajenas a los informantes; y hay que tener en cuenta, dice, la falta de sinceridad o repetición esquemática en las respuestas, o las copias unas de las otras. Y, por añadidura, muestra su buen oído para captar la precisión tanto psicológica como científica del interrogatorio: a la secuencia antes dada (y subdividida por ella), por ejemplo, añade que se piden la lengua o lenguas de la provincia; las características mentales de los indígenas (sus «entendimientos») y físicas (»si han vivido más o menos sanos» antes); la localización exacta del lugar mediante «la altura o elevación del polo» o mediante un plano o «pintura». La retícula de cuestiones que nos presenta es, pues, fiel trasunto de esa cuadrícula oficial con la que se quiso fijar, «palmo a palmo», todos los nombres -sitios, cosas, formas e ideas-de un espacio en vías de explotación. Asc/epío-Vol.XLVII-1-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS Puesto a la luz todo lo relativo al protocolo, R. Alvarez dedica tres capítulos a las circunstancias sanitarias, y tres más todavía a la observación natural: las miradas sobre el cuerpo humano y sobre los seres vivos llegan, entonces, a solaparse. Pues, por un lado, describe la medicina tal y como se dibuja en las Relaciones: los médicos y sus vínculos con la tradición curativa indígena, las devastadoras pestilencias (y los grandes grupos nosográficos), así como dos aspectos sanitarios singulares como son los partos, con sus rituales, y el, tan dominante y creciente, alcoholismo, tildado de grave en las Relaciones. Prosigue con las plantas medicinales y el estudio de otros remedios (baños y sangrías), mostrando cómo los españoles buscaron, para usarlos, los productos curativos de allí, y capta las concepciones teóricas del arte de curar -los avatares de un humoralismo algo mezclado-, así como el problema hospitalario (cuyas cantidades, exiguas, especifica en pp. 353 y ss.) para, como conclusión, dar cuenta del «aterrador y doloroso» decaimiento de las condiciones de salubridad en la población indígena. Por otro lado, La conquista presenta una naturaleza que se verá sometida al control, a la dominación -y a la ciencia-, europeos tras su paso por España. Y como cada descripción está supeditada a los conocimientos de los indígenas (aunque poco se sepa de su cosmovision) esta imagen será la primera a la hora de captar las especies vegetales y las animales, pues suelen aparecer en náhuatl, aunque también en castellano: la precisa nomenclatura autóctona se sustituyó por otra confusa que aún perdura, señala la autora. Las clasificaciones, mínimas, delatan el carácter utilitario de los interrogantes. Se atiende a los caracteres generales de cada zona de asiento (orográficos e hidrográficos); con especial interés por las canteras (para la construcción) y la sal. Los recursos alimenticios y la posibilidad de mantenimiento de las tierras se hallan en las Relaciones muy por encima de lo raro o lo curioso: se pregunta por el trigo y la cebada, por viñas u olivos, por la seda y la grana. Se plantea, en paralelo, el problema de los animales de transporte o de alimentación, cuya aparición y brutal aumento quebró las formas de subsistencia inveteradas. Pero también aparecen en las encuestas otras descripciones de especies de ambos tipos que este libro desmenuza clara y ampliamente, y a las que hay que remitirse en su conjunto (pp. 400-515) al no poder enumerarlas ahora. En su balance general, sugiere R. Alvarez que si bien, con relación a los animales y las plantas, los relatos carecen de la precisión lingüística de Sahagún o de Hernández, en última instancia revelan que esos retratos zoológicos a menudo no difieren demasiado de los de Bernardino, mientras que los datos botánicos -tamaño, color y longitud de sus partes; apariencia de la flor; sabor y usos; lugar donde crece-, no son comparables a los extraordinarios análisis del segundo, habida cuenta su habilidad como sistematizador. En ambos casos, no existen indicios de cuantificación, y muchas veces la descripción es ambigua, impidiendo su identificación. Asimismo, superaría los límites de estas notas la pormenorización de la bibliografía evocada por La conquista. Pero sí merece una rápido, e insuficiente pues, comentario. A pesar de múltiples publicaciones más cercanas, siguen siendo de referencia (como se ve en éste y en otros libros de última hora) los trabajos documentados, aunque lejanos, de E. Alvarez López, como «La historia natural de Fernández de Oviedo» (Revista de Indias, XVII, 1957, pp. 541-601) o, sobre todo, «Las plantas de América en la botánica europea del siglo XVI» (Revista de Indias, VI, 1945, pp.221-288). Por supuesto que, desde entonces, habían aparecido libros generales que consideran los saberes sobre la naturaleza, así la Cultura virreinal (Barcelona, Salvat, 1965, c. IX) de F. Esteve Barba, cuya historiografía indiana, de 1964, por cierto, se ha visto aumentada en 1992. Además, muchas monografías sobre grandes figuras han visto la luz (la autora destaca, http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS entre otras muchas, las relativas a los intercambios de plantas de consumo), aunque no una síntesis centrada en el terreno naturalista. Por lo demás, también surgieron otros trabajos específicos de relieve: siguiendo con el material rastreado en La conquista, tanto L. López Austin como, aquí, J. M. López Pinero, desde los setenta hasta los noventa, han contribuido con escritos de variada extensión a esclarecer aspectos especialmente ligados a la aplicación médica de determinadas plantas. Ejemplo, entre otros, del impulso investigador y editorial producido aquí en tomo a la reciente efemérides del descubrimiento, sería el volumen colectivo Medicinas, drogas y alimentos vegetales del Nuevo Mundo (Madrid, M. de Sanidad, 1992) que incluye textos del segundo o de J. L. Fresquet, así como de J. Pardo Tomás y M. L. López Terrada, quienes han emprendido el estudio de la botánica del Dieciséis. Los dos últimos, por citar un trabajo modélico, acaban de dar Las primeras noticias sobre plantas americanas en la relaciones de viajes y crónicas de Indias (Valencia, lEDHC -CSIC, 1993), que incluye un valioso repertorio de las «plantas nuevas»: su libro de síntesis salió a la par que esta Conquista, y cabría decir que también se suma a ella. Ambos trabajos ocuparían una posición sobresaliente si se tratase de hacer un balance sobre la reciente historiografía científica relativa a una parte de nuestro intrincado siglo XVI: la relativa a los naturalistas, tan necesitada de revisión. La crucial síntesis de J. M. López Pinero, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII (Barcelona, Labor, 1979), debería verse renovada, afortunadamente, con un balance de lo escrito en el último cuarto de este siglo. Al repetir, en nuestro encabezamiento, parte del título de R. Alvarez, aunque escribiéndolo en plural -las conquistas-, queremos subrayar, de antemano, el carácter sintetizador que define, entre otros atributos innegables, a su texto. Además, dados su mérito evidente y su notable apasionamiento, parece obligado agruparlo con algunas monografías que, en los últimos años, están poco a poco configurando una nueva imagen de la «conquista», natural o cultural, del antiguo mundo americano, cuyas raíces ha estudiado, entre nosotros, J. Alcina. Pero si La conquista se transforma, incluso, en una curiosa caja de resonancia de los trabajos sobre la naturaleza en dicha centuria, los resultados de sus análisis, sin embargo, nunca se ven proyectados sobre un fondo neutro. De entrada, está muy por encima de todo lo que, en los estudios de los cuarenta, se percibe hoy como ideología difusa pero evidente: en la botánica del siglo XVI, por ejemplo, y para ensalzar el valor de los españoles (así Laguna o Monardes), éstos elevaban el papel de los descriptores europeos muy por encima de los sistematizadores. Las circunstancias, teóricas o no, de tal saber se ven, en cambio, bien matizadas por R. Alvarez; quien recuerda, al mismo tiempo, la escasa repercusión que este particular descubrimiento de la naturaleza tuvo en la ciencia y en la cultura españolas. Por otra parte, la investigadora hace acopio de otra gama de experiencias, sin ocultar el carácter ferozmente depredador de ciertos intereses materiales o de ciertas «prácticas espirituales» -se trató de presas, trofeos y botines, propios de una expugnación-, lejos de las manipulaciones historiográficas, de acuerdo con la más incisiva bibliografía de las últimas décadas. Parece innecesario recalcar la ironía del rótulo elegido por R. Alvarez, La conquista de la naturaleza americana. Aun así, estas poco «conquistadoras», estas insociables conquistas, remiten a la ambigüedad de una invasión: a la ganancia de conocimientos, por un lado, y al sentimiento actual de pérdida cruel, por otro, dado el desgaste de la mirada colonialista. Sin embargo, la autora no parece escéptica ante el relativismo cultural. Tampoco apela a la retórica antropológica (habla del «provocativo y discutible» M. Harris) ni a las abstracciones culturales. Su texto, mínimamente dramatizado pero cercano a la experiencia que describe, apunta siempre a lo concreto -el ENSAYOS mundo natural-pero buscando su imbricación general con esa civilización con la que simpatiza. Pues en esta trayectoria bien narrada, ella trata de entender, encajar y asimilar los productos culturales siempre en coherencia con el contexto en el que fueron apareciendo. De ahí que en todo su escrito planee la cuestión lacerante del proceso de aculturación y desculturación, de la desintegración o desagregación social americana (como dicen, entre tantos, Pitt-Rivers o Gruzinski): fue la transformación violenta, «la ruptura total de una forma de vida acompañada de la enfermedad y el miedo», que supuso una profunda desestructuración, recuerda la autora utilizando el giro que N. Wachtel creó en La vision des vaincus (París, Gallimard, 1971). Y no casualmente, R. Álvarez retoma la perspectiva global de este libro influyente para las reflexiones, llenas de prudencia, que cierran su labor repitiendo en el epílogo un título feliz y ya familiar, «La conquista de la naturaleza americana»: pero ella ya había percibido bien ese proceso desestructurador por sí misma, no olvidando «quién aportaba la información y quién controlaba y redactaba» cada documento analizado. Con todo, al mantener abierta su curiosidad por los cambios en los hábitos intelectuales y considerar siempre los giros en las disciplinas históricas, su texto se ve, sin duda, conducido por ese nuevo problema que era ya protagonista del panorama ofrecido por Le Goff y Nora en Faire de l'histoire {¡.Nouveaux problèmes, París, Gallimard, 1974), precisamente de la mano del propio Wachtel: éste nos recordaba cómo «L 'acculturation» es un fenómeno de doble filo, de disolución y recomposición de una cultura en declive. La aculturación, estudiada en los Estados Unidos, fue tratada con agudeza, desde muy pronto, por la otra América: los textos de A. M. Garibay (1940Garibay (, 1964) ) o G. Aguirre Beltrán (1957, quien repetirá esa voz en dos títulos), así como los de J. M. Arguedas o M. León-Portilla (ambos, en 1959, o en 1964) son buenos ejemplos de ello. Las páginas de R. Álvarez evocan el encuentro y choque entre intereses muy dispares -los de colonizadores y colonizados-y entre formas culturales opuestas, con especial reconocimiento de trabajos como el de G. Baudot (Utopía e historia en México, or. Pues el comparatismo lleva siempre consigo un proceso valorativo, como avanzó ya, para este espacio, L. Hanke en 1935. Ello tiene un peso crucial en la construcción de la imagen del otro, tal y como se dio en el siglo de las Luces, y que se ha convertido hoy en piedra de toque de nuestro pensamiento: a los escritos de 8. Zavala (1949), A. Gerbi (1955), M. Bataillon (1966, en su homenaje a Sarrailh), o el más general, y con una notable carga anticolonialista, de M. Duchet sobre la antropología e historia en esa centuria (1971), hay que añadir una serie de libros de los setenta que tienen también análogo cariz, por ejemplo, los de S. Landucci (I filosofi e i selvaggi, 1971) y U. Bitterli {Los «salvajes» y los «civilizados», or. 1976) o el gigantesco de G. Gliozzi {Adamo e il Nuovo Mondo, 1977), sin contar numerosos escritos americanos, cuyos autores mayores se han citado. La crisis ideológica de los ochenta, que comienza ya a captarse en La caída del hombre natural de A. Pagden (or. 1982), no dejará de tener su reflejo en el afán actual por revisar de arriba a abajo todo el material histórico antes de producir nuevas síntesis. Todo lo cual, a nuestro juicio, está latiendo en la «antropología» del libro que ahora saludamos. En el inicio de La conquista de la naturaleza americana se reproduce, casi como lema, una frase de Montaigne referente a los espíritus cultivados que, «si bien observan con mayor curiosidad y mayor número de cosas, jamás muestran lo que ven al natural, siempre lo retruecan y desfiguran». Pero no hay que engañarse: nuestro Montaigne -que A5c/epíO-Vol. XLVII-l-1995 281 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es
Aunque las obras capitales de Santiago Ramón y Cajal {Histologie du Système Nerveux y Degeneration and Regeneration of the Nervous System) se publicaion en lenguas extranjeras, el conjunto de su obra se presentó ante la comunidad científica fundamentalmente en castellano y, en menor medida, en francés. Esta limitación a lenguas latinas (francés y español) supuso sin duda un freno a la difusión y profundo conocimiento de la obra cajaliana en el seno de una comunidad científica que iba adoptando el inglés como vehículo universal de comunicación. Un buen ejemplo del sesgado conocimiento que la comunidad angloparlante ha tenido de la obra del histólogo español fue la publicación de la traducción inglesa del capítulo de técnica histológica de la Histologie, aparecido en 1971, que ignoraba totalmente la existencia de un manual específico sobre esta cuestión publicado en castellano por Cajal y Femando de Castro en 1933. En vida de Ramón y Cajal cuando el inglés empezaba a cobrar auge como lengua científica, pero no gozaba de la práctica exclusividad con la que hoy cuenta, sólo cuatro de sus obras fueron publicadas en este idioma: un pequeño artículo en 1895, la conferencia dictada en la Clark University en 1899, y las traducciones de dos manuales, la ENSAYOS la de Femán-Nuñez del Manual de Histología Normal y de Técnica Micrográfica para Uso de Estudiantes aparecida en 1933. Tras la muerte de Cajal la primera obra vertida al inglés fue su autobiografía; posteriormente, acabada la Segunda Guerra Mundial y siendo ya efectivo el dominio del inglés como lengua científica, habría que esperar hasta 1954 para que viera la luz la traducción de ¿Neuronismo o Reticularismo? En años posteriores aparecerían: Studies on the Cerebral Cortex (Chicago, Year Book Publisher, 1955), que incluía cuatro artículos aparecidos en castellano; Studies on Vertebrate Neurogenesis (Sprínfield, Illinois, Charles C. Thomas Publisher, 1960) traducción de la obra de recopilación que sobre este tema publicó Cajal en 1929; The Structure of the Amnions Horn (Sprínfield, Illinois, Charles C. Thomas Publisher, 1968), publicado oríginariamente en los Anales de la Real Sociedad Española de Historía Natural en 1893; The Structure of the Retina (Sprínfield, Illinois, Charles C. Thomas Publisher, 1972), que recogió la versión inglesa del trabajo que sobre la retina publicó Cajal en francés en la revista La Cellule, y finalmente en 1977 la traducción de un breve texto A New Concepts of the Histology of the Central Nervous System, en una obra de recopilación de textos clásicos de Neurología (ROTTENBERG, D.A.;HOCHBERG, F. H. (Ed.) Por tanto, desde mediados de los años 50 y hasta finales de los 70, considerando las traducciones y las reimpresiones {Recollections of my life se reeditó en 1966 y Degeneration... tuvo dos tiradas en 1959 y 1968) la obra cajaliana tuvo una presencia notable en el mundo editorial anglosajón, lo que da una prueba de su vigencia y calidad científica. A partir de 1988 la bibliografía cajaliana en lengua inglesa ha vivido un nuevo resurgir con la reedición de su autobiogiafía, la aparición de dos obras en la serie History of Neuroscience de la Oxford University Press y la publicación por el Massachussets Institute of Technology de un pequeño manual de 1894. La obra Cajal on the Cerebral Cortex (Oxford, Oxford University Press, 1988) inauguró una serie de textos sobre historia de la neurociencia de la editorial universitaria británica. Javier de Felipe y Edward G. Jones, destacados especialistas en neuro-histología y responsables de la edición, recopilaron y tradujeron artículos o capítulos de libros en los que Ramón y Cajal estudió la corteza cerebral. La selección de trabajos es amplia y acertada, y es especialmente notable la recuperación que supone para el acerbo científico internacional la traducción de textos cajalianos aparecidos en español en revistas de muy escasa difusión. Los trabajos seleccionados se organizan en cinco etapas: de 1890 a 1894, estudios sobre pequeños mamíferos; de 1896 a 1897, estudios utilizando azul de metileno; de 1899 a 1902, años de los grandes estudios sobre la corteza cerebral humana; de 1904 a 1911, los años de consolidación en los que Cajal sintetizó sus conocimientos corticales en los manuales Textura e Histologie; y los años finales, de 1921 a 1935, en los que el objeto.de estudio fue la corteza cerebral del gato y roedores y se retomó la cuestión de la independencia neuronal. Si bien esta periodización de la obra cajaliana sobre corteza cerebral es útil, las breves introducciones realizadas a cada apartado, en las que en ocasiones se abusa de la reproducción de textos de la autobiografía (indicando que no fueron reproducidos en la versión inglesa de esta obra), no logran dar al historiador una visión integrada de los estudios corticales en el conjunto de la obra de Cajal; no dándose, por ejemplo, explicación a la ausencia de trabajos corticales en el periodo 1911-1921. Esta pequeña objeción puede ser disculpable, no obstante, teniendo en cuenta la formación (histológica, no histórica) de los responsables de la edición. A5c/epio-Vol.XLVII-l-1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es ENSAYOS La última parte de esta obra incluye un capítulo en el que a la luz del moderno conocimiento histológico se valora la aportación y vigencia de los estudios corticales cajalianos y finalmente se presenta un amplio y útil listado bibliográfico que normaliza la literatura citada por Cajal y proporciona modernas referencias científicas. En 1989 el MIT reeditó la autobiografía cajaliana Recollections of my life, en una reproducción facsímil de la primera versión inglesa de esta obra, aparecida en 1937. No está en nuestro ánimo analizar esta obra que tan ilustres comentaristas a tenido (SHE-RRINGTON, Charles S. Scientific Endeavour and Inferiority Complex. Nature, 1937, pp. 617-619) pero no podemos menos que felicitarnos por su renovada presencia en el mundo editorial anglosajón. Es esta una obra excepcional en su vertiente histórica, que presenta la obra cajaliana en el conjunto de la naciente neuro-histología y la sumerge en la vida social y cultural española de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero no menos útil es la autobiografía cajaliana como manual de iniciación para jóvenes estudiantes de licenciatura en Biología y Medicina, ya que Cajal resume de forma clara y concisa lo fundamental de una obra científica que sentó las bases anatómicas de la neurociencias modernas. C. Reinwald, 1894), a su vez traducción ampliada de El nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos (Barcelona. Esta obra es especialmente útil para el estudioso cajaliano ya que permite fechar la evolución del pensamiento neurológico de Cajal y sus esfuerzos por hacer trabajos de síntesis. La edición de este libro en 1894 significó un peldaño, una etapa más, en el proceso intelectual que condujo al histólogo español desde los trabajos específicos sobre la anatomía de algunas regiones nerviosas (médula, cerebelo, retina,... etc.) a la redacción de breves trabajos sintéticos en castellano y francés: El nuevo concepto... o la Croonian Lecture leída ante la Royal Society; para dar paso a trabajos de más calado: el libro que estamos valorando y la monumental Textura del Sistema Nervioso del Hombre y los Vertebrados. La reedición de este pequeño volumen, de unas doscientas páginas y que reproduce integramente los magníficos dibujos de la primera edición, es importante no sólo para los estudiosos de la historia de la neurohistologia; al igual que la autobiografía cajaliana citada anteriormente, esta obra tiene un componente pedagógico, casi divulgativo, fundamental; la utilización de un texto que explique con sencillez y rigor los fundamentos anatómicos del Sistema Nervioso, y esta obra cajaliana lo hace maravillosamente, no puede menos que asentar y cimentar sólidamente todo conocimiento neurológico posterior entre los jóvenes estudiosos. Un sólo lunar empaña, en muy pequeña medida, la edición. La ficha catalográfica del libro que los editores incluyen (costumbre esta que debería extenderse en el mundo editorial en aras de una normalización catalográfica), presenta entre corchetes, inmediatamente debajo del nombre del autor, el texto: «Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados». La posterior mención del título en inglés, indicando que es traducción de la obra francesa, a su vez traducción del español, induce a confusión ya que hace pensar que el precursor en castellano de New Ideas es la Textura, que fue publicada con posterioridad. Es sin duda un error mínimo, pero debía ser corregido en futuras ediciones para evitar ambigüedades y equivocaciones en los catálogos bibliográficos. En 1991 apareció Cajal's Degeneration and Regeneration of the Nervous System (Oxford, Oxford University Press, 1991), reproducción facsímil de la edición inglesa de Aunque la utilización del genitivo sajón en el nombre del autor seguido del título es una práctica relativamente habitual para designar en inglés manuales clásicos, creemos que en este caso por tratarse de una reproducción facsímil hubiera sido más adecuado mantener el encabezamiento de la edición de origen. El libro está dividido en dos partes, la primera de carácter introductorio y la segunda, que representa cuatro quintas partes de la obra, reproduce la edición de 1928. La primera parte, presenta un breve comentario de los editores (páginas 5-19) sobre Cajal y su obra neurogenética en el que a pesar de algunos aspectos positivos (las informaciones sobre Raoul M. May) aparecen algunas lagunas destacables. En primer lugar, De Felipe y Jones estructuran la obra cajaliana en tres periodos (trabajos generales de histología, obra neuro-histológica con la impregnación de Golgi y obra sobre la regeneración del tejido nervioso con la técnica del nitrato argéntico) ignorando una más precisa y acertada de Femando de Castro, aceptada y respetada por la historiografía hispana sobre Cajal. Los responsables de la edición no hacen referencia, además, a los aspectos neuroembriológicos presentes en los estudios neurohistológicos de Cajal entre 1888 y 1892, aspecto éste fundamental para una cabal comprensión de los estudios de regeneración en el conjuto de la obra cajaliana. Finalmente, se echa en falta una valoración de la influencia posterior de Ramón y Cajal, y especialmente de su hipótesis neurotrópica, sobre las investigaciones neurogenéticas a lo largo del siglo XX; la breve referencia en el prólogo de Viktor Hamburger no hace sino evidenciar el descuido de un aspecto tan significativo. Una gran extensión de esta primera parte del libro reproduce bajo el epígrafe «Cajal in his own Words» una selección de textos cajalianos. Las páginas 27-90 son una traducción de los capítulos sobre regeneración de la obra Recuerdos de mi labor científica, en su edición de 1917, que no fueron incluidos en traducción inglesa de 1937. Aunque meritoria, su reproducción aquí supone una reiteración de ilustraciones y argumentos que se repetirán en el cuerpo principal del libro. Otros textos reproducidos son dos artículos (uno en español y otro en francés) aparecidos en los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas y parte de ¿Neuronismo o reticularismo?, publicado en inglés en 1954 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas; la aceptable difusión de ambas publicaciones en bibliotecas especializadas nacionales e internacionales no parece justificar su inclusión aquí como una aportación novedosa. Nos encontramos, por tanto, ante un modesto trabajo por parte de los editores, que han preferido realizar un trabajo de traductor-recopilador, más que el estudio históricocientífico que la obra Degeneration and Regeneration of the Nervous System, un clásico de su especialidad, precisaba. La bibliografía cajaliana en inglés, como hemos apuntado, ha vivido en estos liltimos años un periodo de auge que llegará a su culminación con una próxima edición en inglés de la Histologie du Système Nerveux, cuya ficha catalográfica ya está integrada en la base de datos de la Biblioteca del Congreso de Washington. Sólo cabe esperar que esta edición se encuentre precedida de la documentada introducción y el sólido estudio histórico-científico que la obra, pieza fundamental del conocimiento histológico del sistema nervioso del siglo XX, merece.
http://asclepio.revistas.csic.es RESEÑAS Y estas tareas culturales conllevan otras de simbolización o interpretación. Por ello, José Sala se ocupa del mito de la Nueva Roma, tan frecuente en la historia de México. Una antigua tradición -presente, por ejemplo, en Nebrija-suponía que el poder de los imperios se trasladaba con el sentido del sol. Ahora correspondería la herencia de Roma, por lo tanto, a la Nueva España. Otros símbolos son también analizados, así cuando se compara a México con la paloma del arca de Noé, imágenes de la tradición mariana mexicana, así como de la salvación de la nave urbana sobre la laguna sagrada. Y lo mismo se puede decir de algunos símbolos utilizados en Lima, por ejemplo cuando en la beatificación de Santo Toribio se habla del paraíso peruano -símil también encontrado con fi-ecuencia en México-, o de la comparación de la ciudad con las estrellas o el sol, donde hay resonancias de creencias astrológicas y herencia de viejas culturas andinas. En este libro, tal como escribía recientemente Carlos Fuentes (El País, 16 junio de 1994), se está hablando de la ciudad como lugar de creación, aquí concretamente como lugar de creación de la ciencia y la modernidad. Sin duda, el autor concebía la ciencia como una actividad humana que busca conocer y controlar la naturaleza para mejorar la vida humana y su entorno. En este caso, se trata de una ciencia muy peculiar, la ciencia de los primeros europeos que llegaron a América, teniendo por tanto algunas peculiaridades muy significadas. Es una ciencia que se da en una circunstancia de crisis, de encuentro con mundos y civilizaciones distintas, por tanto con un difícil proceso de adaptación. Es una ciencia que busca adueñarse de lo propio, dado que el conquistador o descubridor se encuentra ante una tierra nueva y una cultura diferente. Tierras, plantas y animales distintos eran poseídos por civilizaciones extrañas, a las que ahora se disputa la posesión. Es una actividad, en fin, de mejora y, por lo tanto, a los aspectos puramente técnicos se acompañan, tal como vimos, otros que pretenden el elogio y la interpretación. Es también la ciencia de las primeras ciudades americanas y, por ello, es un quehacer que debe integrar los componentes esenciales de la vida ciudadana. Tal como continúa Carlos Fuentes, la ciudad es el espacio en que se reúnen el mundo material, el yo subjetivo y la vida social. La ciencia que los españoles y los criollos -con componentes indígenas con el tiempo-hicieron allá, debía integrar todos estos elementos que se hacen propios de su tradición. Una tradición que alcanza su máxima belleza en el Barroco, pero que sin solución de continuidad llega a la cultura que allá llevaron los exiliados españoles que huyeron de la guerra civil. Por tanto, el libro que comento pertenece a esa tradición. Tradición que no sorprendentemente llega a José Sala, un admirador del exilio español, así de la filósofa María Zambrano; un enamorado del mundo americano que, a su manera (más utópica que profética), quiso mejorar; un historiador generoso que, con su peculiar generosidad, ha escrito un último e importante libro, dictado por su cultura y por su sentimiento. Nos encontramos, sin duda alguna, ante un libro que debe ser calificado de sorprendente. A quien por primera vez lo vea, le sorprenderá la extraordinaria calidad de la edición. Se trata de una joya bibliográfica, en la que tanto los editores (C.S.I.C. y Editorial Doce Calles), como quienes han participado en su edición final, deben ser felicitados por su tarea. Y no menos las instituciones y personas que han contribuido a que esta edición sea posible. Encuademación, papel, ilustaciones, caracteres de letras... todo se conjuga para hacer de este libro una pieza digna de figurar en cualquier biblioteca. También sorprende el libro, por tratarse de una obra de José Sala Cátala que adopta un estilo realmente nuevo y original. Su autor hasta ahora había destacado por una doble capacitación, pues por una parte era un biólogo de laboratorio y por otra persona muy culta, bien formada en literatura, historia, filosofía y religión. Dos de sus libros fueron buenos ejemplos de su doble interés. Por un lado, el publicado por el C.S.I.C. en 1987 sobre Ideología y ciencia biológica en España entre 1860 y 1889, por otro el editado junto a Jaime Vilchis y publicado por la Universidad Autónoma del Estado de México en 1990 acerca del Pensamiento utópico y prof ético hispanoamericano. Su acercamiento a México, a América en general, con sus lecturas y viajes permiten completar la personalidad del autor Nos presenta ahora de forma postuma José Sala un excelente trabajo sobre la metropolización de algunas ciudades americanas y el papel que la ciencia y la técnica jugaron en su nacimiento y desarrollo. Nos muestra una rica panoplia de temas, que enriquecen de forma notable el sentido que la ciudad pueda tener para nosotros. Así, algunos son tradicionales, tales como los de sanidad urbana (en México y Huancavélica), los de seguridad de las ciudades (construcciones, como puentes, edificios o puertos, y protección, ante terremotos, corsarios o revueltas indígenas), los de técnicas hidráulicas (como puentes, agua potable, abastecimiento y riego, defensa ante inundaciones) y los económicos (así la minería y el comercio). Pero hay otros temas más nuevos y poco frecuentes en la historia de la técnica e incluso en la historia urbana. Me refiero, por un lado, a los culturales. Estudia, por ejemplo, el autor las cátedras de matemáticas de México y Lima, en que sus curiosos autores lo mismo se preocupan de fijar la posición astronómica de las ciudades, que de escribir calendarios y pronósticos. Lo mismo se defiende en este ambiente de renovación a Copérnico o Galileo, que se preguntan sobre el influjo de los cometas o el papel de los astros y constelaciones sobre la vida humana. Eran temas frecuentes en América y en Europa de esa época e incluso de todo el período moderno, por ello se discutirá si la ascendencia de Venus sobre la ciudad determinaba el carácter de los mexicanos, o si la conquista en 1519 había sido propiciada por la conjunción de Saturno y Marte en Capricornio. O también se ocupa de la construcción de un jardín botánico o de la aparición de una pintura paisajística, con caracteres propios, en las colonias holandesas en América. XLVII-1-1995 287 RESENAS para reavivar un pasado histórico que, como dice el autor, nos llegó como recuerdo y no como tradición. La forma adoptada para resucitar ese pasado, la biografía, constituye un género de estudio al que la historiografía demuestra poco aprecio, pero que se resiste a abandonar. El principal defecto de las biografías suele ser esa especie de vínculo de simpatía que al parecer resulta inevitable entre el biógrafo y el biografiado, algo que obviamente va en detrimento de la pretendida objetividad de toda investigación de índole histórica. Su principal ventaja, que permite aislar y dar unidad a una parcela concreta de la historia a través del punto focal constituido por las actividades de un científico aislado. Ventaja considerable en un caso como el de la ciencia española del siglo XX en donde, a pesar del reciente interés por su.estudio, subsisten todavía amplias lagunas, y donde el aún no superado estadio de la recogida de datos espera verse seguido por reconstrucciones históricas de mayor alcance. En este trabajo se ha buscado tanto una presentación objetiva como el aprovechamiento de los conocimientos que el autor ha ido recogiendo desde hace algunos años sobre esta etapa de la ciencia española. De todos es sabido que, de la Revolución Científica acá, este panorama de la ciencia española se muestra terco en presentar el logro seguido de la frustración, y a este respecto Miguel Catalán no escapó a la norma. Licenciado en Ciencias, sección de Químicas, en la Universidad de Zaragoza, pasó a doctorarse a Madrid, vinculándose al Laboratorio de Investigaciones Físicas para la Junta de Ampliación de Estudios. Realizó allí, bajo la dirección de A. del Campo, una tesis sobre la espectroquímica del magnesio. A. del Campo, gracias a la misma JAE, se había puesto al día en París en las técnicas espectrográficas, pasando a dirigir desde 1911 la sección de espectrografía del Laboratorio. Se trataba de un área de investigación prometedora. Al margen de su papel auxiliar de la química como método de análisis cuantitativo, además de su función determinante en el nacimiento y desarrollo de la astrofísica, la espectroscopia constituía, por esos años, la clave y piedra de toque para el conocimiento de la estructura del átomo. En 1911, E. Rutherford había presentado un modelo de átomo constituido por un pequeño núcleo de carga positiva rodeado por partículas cargadas de signo negativo. Mas parecía que tales partículas no podían describir órbitas en tomo al núcleo, pues su pérdida de energía por radiación las tomaría inestables. En 1913, N. Bohr superaba la dificultad presentando un modelo en el que el radio de tales órbitas estaba cuantificado, e identificando algunos de los grupos de líneas espectrales encontrados con la emisión o absorción de un cuanto de energía a causa de los saltos del electrón entre las distintas órbitas. Así, los resultados espectroscópicos pasaron a constituir la clave empírica que, debidamente organizada, podía desvelar la estructura atómica, a la vez que suponía el elemento de contrastación indispensable de todo intento teórico. Como es natural, y como subraya el autor, analizar un espectro buscando regularidades no era algo tan sencillo como este esquemático resumen podría dar a entender. Por un lado estaban las dificultades técnicas y, por otro, la misma índole de los espectros (el espectro del hierro, nos recalca, posee más de tres mil líneas). Las primeras series de líneas se descubrieron manejando números. Pero los logros se limitaban a los espectros sencillos. Tal era, en líneas muy generales, la situación cuando a finales del curso 1919-20 Miguel Catalán fue pensionado en Londres por la JAE. Allí, en el laboratorio de A. Fowler en el Royal College of Science, descubrió nuevas regularidades en las líneas del espectro del manganeso, grupos a los que llamó multipletes y que abrieron el camino a la interpretación de los espectros complejos. El reconocimiento internacional no se hizo esperar, y a su regreso a Madrid fue calurosamente acogido. Sin embargo, el Laboratorio de la JAE no disponía de medios técnicos para que Catalán pudiese proseguir las investigaciones. Mas todo fue bien: la Fundación Rockefeller aportó fondos y se erigió un moderno Instituto Nacional de Física y Química (se inauguró en 1932). Entretanto Catalán, cuyos resultados apoyaban el trabajo teórico de Sommerfeld, había establecido una sólida vinculación con el Instituto de éste en Munich, y se había orientado hacia la vertiente «física» de la espectroscopia. En 1934 obtenía una cátedra de nueva creación (Estructura atómico-molecular y espectroscopia) en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid. Hablaba antes de logros y frustraciones. En este caso fue la Guerra Civil. Catalán, aislado en Segovia durante la contienda, se vio tras ésta, como otros muchos, postergado. Entre 1940 y 1946 tuvo que buscar ocupación como químico asesor de empresas y autor de textos de bachillerato. Sólo este último año pudo regresar a su cátedra de la Universidad. En 1950 pasó a dirigir la sección de espectros atómicos del nuevo Instituto de Optica del CSIC. Pero la ocasión para Catalán y la espectroscopia atómica española, la ocasión inmediatamente derivada del descubrimiento de los multipletes, había pasado, y la orientación utilitarista de la investigación en los años de la posguerra ahogaría la práctica de la ciencia menos aplicada. Ya en otro momento histórico. Catalán retornaría al trabajo espectroscópico; pero por pocos años, pues fallecía el 11 de noviembre de 1957. La reconstrucción que hace el autor de la vida científica de Catalán se ha intentado exhaustiva, consultándose todas las fuentes de documentación posibles, nacionales y extranjeras. Asimismo, y dentro de lo que se conoce sobre la ciencia y las instituciones científicas de la época, se ha buscado contextualizar cada aspecto relevante, y en este sentido las 394 páginas dedicadas a la biografía de Catalán recogen también las actividades y situación de la JAE y de su Laboratorio, así como la creación y desarrollo del Instituto Nacional de Física y Química. También se repasa la situación de los laboratorios universitarios y la fundación y primeros pasos del CSIC. Tampoco faltan indicaciones sobre las distintas instituciones o científicos con los que Catalán estuvo vinculado en el extranjero. La misma iconografía procura contextualizar oportunamente siempre que es posible. En este sentido, pues, se ha buscado realizar una biografía científica lo más completa posible, que se presenta acompañada de una lista de las publicaciones de Catalán, de su tesis doctoral, de una carta a A. del Campo en la que le hace saber de su descubrimiento, y del trabajo final en que dio a conocer los multipletes. No se debe considerar como un reproche a la labor del historiador el que, tras la lectura del libro, quede quizás la impresión de que el científico ha enmascarado al hombre, al que se atisba de vez en cuando a través de una vieja foto de familia. O de que ese mismo científico parezca un tanto aséptico. No hay trazas de su participación en polémicas, y apenas de la adopción de posturas críticas frente a la situación de la ciencia en general y de la ciencia española en particular Bien es cierto que la historia sólo se puede construir sobre las fuentes que se han conservado. Y esta imagen está basada en la correspondencia científica de Catalán a la que ha tenido acceso el autor que es, como dice al principio de la obra, la que ha sobrevivido, o quizás la única que él quiso conservar. Fuese ésta o no la imagen que Catalán quiso dejar tras de sí, con esta obra su figura ha trascendido el simple recuerdo para ocupar su lugar en la historia de nuestro pasado científico. A escassez do número de avaliadores -os referees-para una proposta de Ciencia associada à fraca objetividade das regras que antes descrevemos é, como facümente se deduz, susceptivel de apresentar grande «ruido». Raramente, todavía, sao catalogadas de descoberta. A práctica límpida do pragmatismo científico é, talvez, desumana. En su ampliamente documentado libro Dora B. Weiner analiza de forma minuciosa el cambio operado en la asistencia a los enfermos, los inválidos, los expósitos y los indigentes durante la Revolución y el Imperio (1789-1815), considerando ambos períodos como una unidad, ya que el golpe de estado napoleónico de 1799 no supuso, en opinión de la autora, ningún cambio sustancial en el proceso de reformas del cuidado de la salud, de la asistencia al enfermo o al impedido y de la formación médica puesto en marcha con la Revolución. A través de la meticulosa investigación de los cuidados prestados en veinte hospitales parisinos, Weiner nos muestra los esfuerzos que se produjeron en aquellas etapas históricas para reformar la asistencia sanitaria. Dichos afanes buscaban hacer realidad la doctrina ilustrada de los derechos naturales del hombre, uno de los cuales era el derecho a la salud, entendida ésta, según la definió en 1790 y 1791 el Comité pour l'extinction du paupérisme, como la capacidad del hombre para trabajar. En tales reformas se abandonó además el principio de la caridad, el cual había inspirado la atención al pobre y al enfermo durante el Antiguo Régimen, para pasar a hacer uso del de la igualdad. No se trataba ya de cuidar a los enfermos y a los pobres para hacer una obra de caridad, sino de sanarlos y atenderlos para hacerlos iguales al resto de los ciudadanos, esto es, capaces de ganarse su propio sustento. Weiner parte en su libro del examen de la gestación, los logros y las consecuencias de dos tipos de programas de reforma sanitaria en gran medida enfrentados: el del Comité pour l'extinction du paupérisme y el del Comité de salubrité. El primero abarcaba no sólo la terapia médica sino también los aspectos de mantenimiento de la salud y de prevención de la enfermedad. Su objetivo fundamental era el trabajador enfermo agudo, pero contemplaba asimismo a los mutilados pobres y a los viejos sin recursos. Tenía planeada una auténtica red nacional de médicos, farmacéuticos, comadronas y enfermeras sustentada por una organización de carácter piramidal que partía de una serie de hospitales generales provinciales situados en la base y se extendía hasta instituciones localizadas en la capital dedicadas de forma especializada a la investigación. El segundo, el del Comité de salubrité, estaba dedicado más específicamente a la enseñanza médica. Tuvo considerable influencia en la configuración del curriculum de las nuevas Escuelas de Salud de París, Montpellier y Strasburgo y también contribuyó decisivamente al establecimiento de un sistema de formación de dos niveles: uno de mayor cualificación dedicado a los médicos y otro de menor entidad dirigido a los llamados oficiales de salud, que estaban orientados, según Weiner, hacia el cuidado de los más menesterosos. Los programas reformadores originaron toda una reorganización, modernización y multiplicación de las instituciones donde los ciudadanos podían recibir cuidados sanitarios. Todas estas renovaciones no se dieron aisladamente, sino que corrieron paralelas a las otras modificaciones políticas, sociales, legales y educacionales. Y, de la misma manera que el Código civil o la implantación del sistema métrico decimal, fueron un signo más de la ruptura con la formas de vida propias del Antiguo Régimen. Las reformas, en especial aquellas preconizadas por el Comité pour l'extinction du paupérisme, se acompañaron, como señala la autora, de un cambio en la forma de considerar al paciente, que pasó a ser visto como alguien que tenía no sólo derecho a la asistencia sanitaria, sino también una serie de deberes. Estas obligaciones abarcaban Asclepio-Wo\. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESENAS desde la colaboración para la elaboración de historias clínicas cuidadosas, la tolerancia con las repetidas exploraciones físicas efectuadas tanto por médicos y cirujanos como por farmacéuticos, comadronas y estudiantes, el seguimiento de las órdenes del médico y el uso moderado de los recursos sanitarios, hasta su disposición para servir en los trabajos de investigación y experimentación, así como la donación de su cuerpo para la realización de las autopsias. Los deberes del paciente no se limitaban a las tareas en relación con el tratamiento, también se extendían, en el caso de que se recuperara, a las prácticas higiénicas, pues del otrora paciente se esperaba que preservara y protegiera los recursos naturales, llevara a cabo medidas como la de la vacunación y colaborara con la autoridades sanitarias informando de las posibles infracciones en relación con la salud pública. Por lo demás, estos aspectos en relación con la prevención fueron tomando cada vez más importancia a medida que las reformas sanitarias planeadas toparon con dificultades financieras. Los cambios sanitarios posibilitaron, así, la aparición de una nueva consideración de los pacientes pobres como auténticos ciudadanos, es decir, pacientes razonables e instruidos que participaban responsablemente en el cuidado de la salud propia y de la pública. A este tipo de paciente es al que Weiner denomina con el término de «paciente-ciudadano». Partiendo de estas ideas genéricas, el libro consta de cinco grandes apartados: El capítulo I está dedicado a plasmar la realidad del Antiguo Régimen en relación con la asistencia. Se pasa aquí revista, primero, a las innovaciones introducidas con la Ilustración, tanto en el orden de pensamiento como en el práctico, para, a continuación, abordar desde la óptica de los reformadores la cruel realidad de los hospitales parisinos. El capítulo II se aplica a confrontar las reformas introducidas (y la consiguiente creación de las figuras del paciente-ciudadano y del médico-ciudadano) con las resistencias por ellas suscitadas, fundamentalmente en tres estratos: el de la mano de obra (en especial la oposición de los médicos a convertirse en empleados civiles en una medicina nacionalizada), el del dinero y el de la religión. El capítulo III se centra, primero, en hacer ver cuál era la experiencia de los enfermos internos y extemos (siempre en tanto pacientes-ciudadanos) en su trato con la institución hospitalaria reformada. A continuación, estudia el surgimiento de la especialización asistencial, sobre todo en lo referente a los niños (con la aparición del primer hospital infantil). El capítulo TV considera los logros de los reformadores revolucionarios en el cuidado a los minusválidos (en particular, la lucha por la escolarización y la mejora de la salud de los sordos y los ciegos) y a los enfermos mentales. Por último, en el capítulo V, consagrado a los aspectos en relación con la higiene, la autora vuelve a la cuestión de los deberes del paciente-ciudadano sobre el medio ambiente y la prevención de la enfermedad. Francia, merced a las experiencias de las numerosas campañas de guerra, la creación en París en 1802 de un inquieto Consejo de Salud Pública y el establecimiento de cátedras de higiene en las escuelas médicas desde 1795, se convirtió a partir de 1815 en el líder europeo en salud pública. Este auge de la higiene posibilitó un verdadero caudal de nuevos conocimientos que redundó en provecho de la ciudadanía y del estado y posibilitó la configuración de esa figura perfilada por Weiner del paciente-ciuadano. El libro se completa con unas conclusiones sobre la política sanitaria del período estudiado, una serie de apéndices sobre propuestas legislativas, la concordancia entre el Merece una mención especial el apartado del estudio bibliográfico, que proporciona una información mucho más funcional que la de la mera lista de títulos ordenada alfabéticamente por autores. Este apartado se divide en dos partes: la primera reúne y comenta la documentación de archivo utilizada, las fuentes impresas primarias, las obras de referencia, las principales publicaciones periódicas y la bibliografía secundaria sobre la Revolución y el Imperio; la segunda aporta una prolija bibliografía secundaria de cada una de las principales cuestiones investigadas dentro de cada capítulo del libro, la cual es significativamente mayor de la citada previamente en las notas de cada apartado. Weiner nos ofrece una imagen radicalmente distinta de la más crítica con la medicina y los médicos del período elaborada por Castel, Foucault o ScuU. Desde la visión de Weiner, para la que la orientación foucaltiana resulta incompleta y sesgada, el médico tiende a ser visto sobre todo como un clínico filántropo, como un terapeuta que se desvive por la formación de los minusválidos, como un administrador que hace lo posible por extender el proceder de la vacuna o que intenta que se dedique parte de la cosecha anual de harina para el cuidado de los niños abandonados. Corresponde en último término al lector calibrar cuál de las dos miradas se acerca más a la realidad y en qué medida es necesario coordinarlas. Ángel González de Pablo Unidad de Historia de la Medicina, Universidad Complutense de Madrid. JOSÉ LUIS PESET, Las heridas de la ciencia, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1994, 183 pp. Una característica esencial de la sociedad moderna es el papel central que en ella representa la ciencia. Y, a su vez, el papel esencial que el desarrollo científico tuvo para que se realizaran cambios profundos y determinantes en la medicina, y por lo tanto en el estado de salud y enfermedad de los seres humanos. Uno de los primeros pensadores que advirtió, que sintió que este tipo de proceso estaba penetrando la sociedad, fue Jean Jacques Rousseau. En sus escritos de mediados del siglo XVIII señala cómo los nuevos saberes están reestructurando la sociedad y acabando con las antiguas formas. José Luis Peset analiza en su libro las posiciones de filósofos, políticos y científicos, fundamentalmente de las de Jean Jacques Rousseau, sus actitudes frente a la nueva situación social que se va creando, el apoyo del amigo pero también opositor y gran polemista Voltaire, así como la seria contestación de un estudioso tan importante como Maupertuis. Pero la ciencia adquiere, por sus propias característcas del momento, por la fuerza que le da su aproximación cada vez más «científica» y tecnológica a la realidad, gran poder de penetración en la filosofía y en las concepciones sociales. Todo ello nos lo va demostrando este libro, a través de las apelaciones a las figuras del momento, a sus ideas y escritos. Cita por ejemplo Peset las importantes e influyentes ideas de Diderot y Condorcet, muy significativas del cambio que se va produciendo. Y este término, el cambio, es el que nos dará la pauta de un elemento esencial que resalta el autor a lo largo de toda la obra, la idea de cambio, la idea, por tanto, de tiempo, que se hace, a su Asdepio-Vol.XLVII-1-1995 295 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESEÑAS vez, en esos momentos, y gracias justamente a la ciencia en desarrollo, idea de progreso. El mundo comenzaba a adquirir un movimiento que no había tenido hasta esos momentos, y la variación se va introduciendo tanto en la sociedad como en el cosmos. El concepto de tiempo cambia, y de un tiempo pendular, cíclico, se pasa a un tiempo creador; de un tiempo universal newtoniano se pasa a una nueva percepción transformadora que Leibniz había contribuido a crear, como nos explica José Luis Peset. Y sigue el autor analizando cómo con el desarrollo de la ciencia y la técnica crecen las ciudades, y una vieja sociedad apoyada en militares, clérigos y campesinos, contempla como la nueva movilidad va creando una oposición entre campesinos y ciudadanos, que a su vez serán, de alguna manera, humildes frente a poderosos. Entre éstos aparecen nuevos personajes, les gens d'esprit, sustitutos de los antiguos sabios clericales, pero que siguen ejerciendo el papel de asesores de los poderosos. Todos estos cambios profundos que se producen en la rígida estructura social, cambios, además, que trastornan la percepción temporal de la realidad, determinan unos primeros niveles de patologización de la sociedad. Nos demuestra Peset cómo se traduce esa sensación que surge en la época analizando los textos de los filósofos y médicos más significativos. Y, nos dice el autor, «La principal causa de enfermedad será la rotura de una vida equilibrada, así como para los hombres de letras será el exceso de trabajo la primera causa de sus males». Se producen grandes alteraciones en las formas de vida, tanto espaciales como temporales, una ruptura del ritmo, que hace enfermar a una amplia capa de la población. Eso quiere decir que el «orden» se altera, y no sólo el orden científico y filosófico, sino también el social -lo que de alguna manera significa que se altera la moral-algo que psiquiatras e higienistas perciben y señalan. Estas disciplinas, cargadas en ese momento de fuerte hipocratismo -enfermedad por ruptura del orden natural, búsqueda de su recuperación para volver a la salud-nacen, justamente, para buscar y volver a encontrar ese orden perdido que sólo se conservaba en el reducto campesino. Las disciplinas médicas estudian la influencia del tiempo en las enfermedades, su origen y cronificación, su evolución y término; buscan una intelección científica de esas nuevas enfermedades, intentando encontrar un modelo estable que permita una mejor comprensión y dominio de ellas. Y se busca la curación intentando recuperar, como se ha dicho antes, el orden natural, con lo que se volvería a la salud. Esta será la tarea que intentarán desarrollar personajes tan significativos como Tissot y Pinel. Pero además, nos señala José Luis Peset, el tiempo, la concepción temporal de la enfermedad, da lugar a la consideración de la cronificación de la enfermedad. Los psiquiatras que nacen con la Revolución Francesa son conscientes de la existencia de la enfermedad sin esperanza, de la enfermedad crónica, a pesar de que, por otro lado, son optimistas respecto a la esperanza de curación de la enfermedad mental. Peset, por lo tanto, no está totalmente de acuerdo, y así lo manifiesta, con la afirmación de Lanteri-Laura de que es en la segunda mitad del siglo XDÍ cuando se comienza a considerar la existencia e importancia de la enfermedad crónica. Mucho antes, como nos indica el autor, se había tenido en cuenta que la herencia y las alteraciones morfológicas condicionaban el destino fatal de las enfermedades mentales. El tiempo se identifica con lesión, que en un primer momento se busca en los órganos, después en los tejidos y más tarde en las células. Las enfermedades en las que primero se encontrarán las lesiones serán el cretinismo, la epilepsia y la demencia. La búsqueda de la alteración morfológica se hará dentro de un marco científico esencial, que Peset nos transmite con riqueza y claridad, el marco del cartesianismo y del mecanicismo, primera gran ruptura que permitirá el estudio anató- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://asclepio.revistas.csic.es RESEÑAS mico, e incluso funcional del organismo humano, libre de concepciones teológicas. De la concepción del ser humano como máquina animada se desprendía con facilidad que las alteraciones de sus engranajes producían la enfermedad. Durante el período que transcurre entre el predominio de Pinel y el auge de Esquirol, se desarrolla el pensamiento que hace que la clínica psiquiátrica se apoye cada vez más en la lesión anatómica. Por otra parte, también es importante el desenvolvimiento del tratamiento moral, que viene ligado estrechamente con la concepción de la importancia de la recuperación del orden y los ritmos tradicionales de vida, lo que en definitiva quiere decir la recuperación de una moral que se quiere conservar El libro de José Luis Peset analiza, de forma cuidada y erudita, esta notable variación en la forma de entender la vida humana enferma que se produce en el mundo moderno. Si bien se centra en el estudio de la Francia de 1750-1850, es un notable análisis de imprescindible lectura para quienes deseen entender bien el nacimiento de la medicina moderna. Dpto H'^de la Ciencia, CEH, CSIC. Quiero señalar, en primer lugar, la importancia del tema tratado en esta obra. Debe recordarse que el chocolate, como el café y el té, y algunos otros productos, aunque no parecen artículos alimenticios de primera línea, han invadido nuestra vida diaria, se han hecho casi imprescindibles, y, además, han generado tanto empresas agrícolas como grandes industrias de elaboración del producto, así como imaginativos despliegues comerciales. Hoy en día se mueven, en tomo al chocolate en sus diversas formas, grandes masas de dinero. Todo esto y mucho más nos es explicado, realtado y transmitido por el autor del libro, que, además de emplear un lenguaje claro y elegante, aporta abundante documentación y demuestra un profundo conocimiento del tema, y una gran cercanía a muchos de sus aspectos. Desplegada desde un punto de vista cronológico, la obra comienza en los albores del árbol del cacao, nos explica sus primeros traslados y cultivos, sus diversos usos, incluido el de moneda de cambio -analizando su posible valor real y su cotización-así como las características del cultivo, la fragilidad de la especie, las variedades que se han ido señalando en las diferentes épocas, más o menos reales en cuanto a la botánica, pero ciertas en cuanto al comercio; Nos relata el autor las peripecias precolombinas del cacao, así como las primeras menciones que se hacen sobre su existencia, aunque no señala las que aparecen en las Relaciones Geográficas de Nueva España, amplias y ricas. Pero es sólo un detalle ante la abundante bibliografía que utiliza, incluyendo tanto obras más o menos especializadas, como la referencia a obras diversas, literarias o artísticas, en las que se refleja la importancia e interés del chocolate. Quiero señalar una de las características que considero fundamental en este trabajo, la capacidad para transmitir una concepción global del cacao y del producto chocolate: se nos habla de él como especie botánica explotable agrícolamente, como producto comercial que es parte de la economía nacional o internacional, como objeto de consumo y parte de la vida social, y también como producto con características medicinales, asimilables en muchos casos a los efectos de las drogas, que fue punto de controversia en cuanto a sus efectos negativos o positivos, así como lo fue en cuanto a Asclepio-Vo\. Es ésta una peculiar y amena historia de la física del siglo XX. Peculiar porque Bernstein construye su libro reuniendo catorce artículos publicados en la revista norteamericana The New Yorker, donde habitualmente desarrolla una sección de divulgación científica dedicada a los perfiles biográficos. Amena porque la sencillez de su lenguaje contrasta con la grandilocuencia de los principios físicos expuestos, elaborando una historia de la ciencia que, en sentido positivo, podemos denominar divertida. La causa del éxito radica en el enfoque del autor: «escribir acerca de ciencia como una experiencia». Bernstein no es ajeno a los hechos que refiere en su historia, participa de ellos dando autenticidad a sus personajes: Einstein, Ernst Mach, Niels Bohr, Max Planck, Ludwing Boltzmann, Erwin Schodinger, Stephen Hawking, por citar los más conocidos, componen el áureo club de chiflados que Bernstein regenta desde las páginas de The New Yorker. Un criterio fónico, propio del marketing, debe ser el responsable de que los quarks precedan a los chiflados en la edición castellana del libro. Cranks, Quarks and the Cosmos en versión original. La anécdota no es trivial, y la lectura de la obra nos descubre la intencionalidad de la nominación inglesa. Es una cuestión de orden. Los físicos, chiflados o no, estudian la materia, quarks, para explicar el mundo. En una versión libre pero más académica y, sin duda, más comprensible al profano, el título sería: Los físicos y las leyes del universo. Tal predominancia del hombre sobre el objeto no se traduce, necesariamente, en un argumento biográfico. Los personajes son vehículo para las ideas, cauce de expresión del intelecto humano, y no justifican una cronología de acontecimientos más o menos transcendentes, que se presentan sin notoriedad. La serie de artículos conforman dos partes temáticas diferentes. Una relativa a la historia de la física, compuesta por los ocho primeros capítulos, donde la propuesta de Bernstein es múltiple. Su historia de la física del siglo XX supera la barrera de los hechos y se introduce en los vericuetos de la génesis científica, la mecánica de E. Mach, la teoría de la relatividad, la teoría cuántica, la cosmología de S. Hawking, por ejemplo; es el retrato de un saber patrimonio de la comunidad científica como los son las miserias que los equiparan al resto de los mortales. Y a pesar de todo, ¿Como estar seguro de que Einstein no era un charlatán? Detrás de tan provocador título, primero de los 14. RESEÑAS capítulos del libro, un buen cebo para besugos, revolotea la cuestión metodológica de definir el umbral de la ciencia, de establecer criterios que determinen cuándo el conocimiento es o no científico. La realidad es otra, pues, en definitiva, sólo el tiempo y la experiencia podrán validar a un futuro Einstein. La segunda parte del libro testimonia la cualidad sociológica de la Historia de la Ciencia. Tras reflexionar sobre los límites personales exigibles a una biografía científica, Bernstein pasea por El jardín infantil de la ciencia analizando las etapas de la producción del científico; vergel donde sopla un calido aire feminista sobre El lugar de una mujer en el universo del saber. El debate está protagonizado por la desconocida Sophia Kovalevsy, reconocida como la primera gran matemática del siglo XIX. No falta una llamada de atención sobre el peligro del determinismo científico como oráculo de la sociedad moderna. Stephen Jay Gould y su libro The mismeasure of man, son el argumente. La historia se utiliza aquí como prueba de la falibilidad de la ciencia, y Gould rescata de un inmediato e innominioso pasado los estudios sobre inteligencia humana desarrollados y ejecutados en Norteamérica en las décadas de los años 20 a los 70 para el control de la población. Acertada es, por ello, la propuesta final del libro: una escuela de Educación científica para no científicos. Sale a escena la polémica de las dos culturas, la interacción entre el saber científico y el humanístico. Como afirma Bernstein, el ciudadano está necesitado de unos conocimientos que le permitan resolver los problemas de una sociedad tecnológicamente avanzada, y mejorar el nivel de comprensión de los fenómenos físicos responsables del funcionamiento de los aparatos que debemos manejar, contribuiría a una mayor calidad de vida. Pero no debemos perder de vista las letras. Quarks, chiflados y el cosmos, es un libro recomendable por razones diversas, pero en especial porque, como se afírma en él, algo «Para ser bueno, debe provenir de alguien que realmente esté en la cima de lo que explica». Dpto W de la Ciencia, CEH, CSIC.
Este año 1998 la revista Asclepio cumple cincuenta años de existencia. Cincuenta años en una biografía personal es una fecha muy importante, en la que los recuerdos comienzan a predominar sobre los proyectos. En la vida de una publicación periódica es casi un milagro, máxime cuando, como en este caso, esos proyectos no se pagan y el viejo Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica, fundado en 1948 por Aníbal Ruiz Moreno y Pedro Lain Entralgo, mantiene viva una esperanza de continuidad, de sostenimiento de una línea que siempre ha pretendido ser recta, en su cumplimiento de prestar un servicio a la comunidad científica, a través del conocimiento de la historia. Antaño el Archivo, cultivando temáticamente la historia de la medicina y la antropología filosófica. Hoy Asclepio, ampliando esos objetivos con la historia de la ciencia. Y olvidando etapas que fueron penosas en su devenir, que casi abocaron en una proyectada desaparición, que por fortuna no se llevó a cabo, quiere remozarse, cara al nuevo siglo que casi tenemos ya en nuestras manos, ofreciendo con su continuidad un afán de superación, en manos ya de colaboradores que, cuando la revista nació, todavía no habían nacido. Algo más es de justicia señalar al celebrar este acontecimiento: la gozosa presencia entre nosotros de su fundador español. La dirección de Asclepio piensa que la vida y la obra de Pedro Lain Entralgo, en su fecunda senectud, debe ser guía de su futuro, acicate de sus empeños y permanente ejemplo de honestidad intelectual. Por eso, este cincuentenario es algo más que la celebración de cincuenta volúmenes de nuestra publicación; es, además, ocasión de rendir homenaje a quien fue su creador, su director muchos años y mentor siempre de cuantos formamos parte de la dirección, redacción y realización de Asclepio.
Interpretaciones que en muchos campos han tomado la forma de clasificaciones sistemáticas, herramientas de apoyo muy útiles para el trabajo intelectual, de las que no habría que olvidar nunca que son abstracciones siempre artificiales, con categorías creadas por el hombre en momentos históricos concretos y que nada impide romperlas, si así lo requieren los nuevos descubrimientos, salvo el propio inmovilismo y el miedo al vértigo que produce los obligados "giros" que cualquier cambio de paradigma conlleva. Es precisamente el inmovilismo que se impone tras el establecimiento de cualquier teoría como "verdad absoluta", el que provoca en parte esa sensación de que la ciencia avanza a través de discontinuidades a las que siguen grandes revoluciones, en apariencia violentas por el gran estancamiento de la fase anterior.' Lamarck y los mensajeros. SUSANA PINAR Y RAFAEL HUERTAS Por ello, en Ciencia, como en todos los campos de la actividad humana, sería deseable mantener la mente abierta y no caer en el dogma, pues como dejó dicho Claude Bernard''Los hombres que poseen una fe excesiva en sus teorías o en sus ideas no sólo se encuentran en mala situación para realizar descubrimientos, sino que además efectúan observaciones muy deficientes; [...] [no se debe] nunca realizar experiencias para confirmar unas ideas, sino simplemente para controlarlas"^. Esta preocupación por los "prejuicios de la Ciencia" fue el hilo conductor de las jomadas que con el título "Sobre los prejuicios de la sistemática. Teoría y práctica de los sistemas de clasificación de la naturaleza'', se celebraron los días 7 y 8 de noviembre de 1995, en el Departamento de Historia de la Ciencia del Centro de Estudios Históricos-CSIC, dentro del marco del proyecto de investigación: "La Biodiversidad ante la Ciencia Europea. Nuestro objetivo fue mostrar desde los puntos de vista de la antropología, la medicina, la botánica, la zoología y la geología, algunos de los diferentes sistemas de clasificación utilizados por dichas ciencias, como síntesis de ciertas concepciones o ideologías mantenidas en cada momento sobre la historia de la formación del mundo, los reinos animal y vegetal, la enfermedad y el comportamiento humano; mostrando, al mismo tiempo, los prejuicios de carácter social, étnico o religioso que hallaban ligados a ellas ejerciendo un freno para el cambio de mentalidad. El actual dossier monográfico contiene parte de las contribuciones a dichas jornadas, en las que se contó con la colaboración de especialistas de diversas disciplinas. Desde mundo de las ciencias naturales, Francisco Pelayo (CEH-CSIC) contribuyó con una historia de la tierra y de la vida sobre ella, Susana Pinar (CEH-CSIC), con algunos aspectos de la polémica entre sistemas artificiales y naturales en las clasificaciones botánicas y el profesor de etnología José Luis Viejo (UAM), sobre el antropocentrismo en la zoología. En un segundo bloque, centrado en la historia de la medicina, Luis Montici (UCM) se ocupó de la nosología en la escuela histórico-natural alemana, José Martínez (UCM) analizó el cambio de significado de determinadas conductas delictivas, etiquetadas como enfermedades, a la luz del concepto de monomanía y, finalmente, Rafael Huertas y Mercedes del Cura (CEH-CSIC) trataron de la "inteligencia" como artefacto clasificatorio en la elaboración de taxonomías sociales. A todos ellos, tanto como a José Luis Peset (CEH-CSIC), Filiberto Fuentenebro (UCM) y Rafael Peris Bonet (U. de Valencia), cuyas interesantes aportaciones, por motivos diversos, no han podido ver la luz en este dossier, queremos agradecerles su esfuerzo y desinteresada colaboración en nuestro proyecto.
El primer trabajo que se presenta es el del Dr. José Luis Peset titulado La Botánica en las expediciones científicas españolas, en el que se hace una reflexión sobre la contradicción existente entre el gran esfuerzo expedicionario de los borbones españoles -empeñados en la reforma del comercio, la industria, la medicina y la enseñanza-y la falta de publicación de resultados científicos, muchas veces guardados celosamente en secreto, lo que no impidió que en algunos casos se hicieran grandes aportaciones a la botánica. Como antecedente a la ingente labor expedicionaria desarrollada en el siglo XVIII y muchas veces referencia obligada de los naturalistas ilustrados, se presenta un artículo dedicado a la obra del protomédico de Felipe II, Francisco Hernández. Su autora, Raquel Alvarez, dedica su atención a La obra de Hernández y su repercusión en las Ciencias Naturales, sobre todo a través del resumen realizado por el napolitano Nardo MIGUEL ANGEL PUIG-SAMPER Y FRANCISCO PELAYO El segundo grupo de trabajos del Simposio está dedicado preferentemente al estudio y discusión de la Real Expedición Botánica a Nueva España, en sus recorridos por México, Guatemala y Cuba, en ponencias de J. Luis Maldonado y Mercedes Valero. Además de los rasgos descriptivos de estas exploraciones, los autores centran sus trabajos en el impacto de la Real Expedición sobre el mundo ilustrado criollo y su repercusión en la institucionalización de la botánica y la historia natural, con la creación de jardines botánicos en México y La Habana y de Gabinetes de Historia Natural en México y Guatemala. Asimismo, Antonio González Bueno con el artículo La utilidad de la flora americana en el proyecto expedicionario de la España ilustrada, se plantea los objetivos del programa de expediciones, especialmente en los casos de Perú, Chile y México, su originalidad, los intereses de los gestores y participantes, así como su evolución temporal. En un tercer bloque se abordan dos temas: el primero, el de las imágenes y las representaciones artísticas del mundo natural en las expediciones. Mauricio Nieto presenta un artículo sobre Representación gráfica, desplazamiento y apropiación de la naturaleza en las expediciones botánicas del siglo XVIII, destacando la función activa del artista-botánico en el proceso de clasificación, en tanto que Antonio de Pedro con su trabajo Retórica y significación de las imágenes naturalistas en el siglo XVIII, hace hincapié en la importancia de la utilización de los recursos del lenguaje iconográfico en la estructuración y difusión de los elementos retóricos del lenguaje científico. Un segundo tema aborda el estudio de la botánica en Nueva Granada con un trabajo firmado por Luis Carlos Arboleda y Diana Soto, que se centra en Los estudios de botánica en los planes ilustrados del Virreinato de la Nueva Granada, con especial énfasis en las reformas y proyectos del virrey Caballero, el barón de Carondelet y el criollo Eloy Valenzuela. El cuarto apartado está dedicado a casos concretos de botánicos participantes en viajes y expediciones, que se inicia con un artículo de Armando García sobre La obra botánica de Antonio Parra, desarrollada en una Comisión a la isla de Cuba por el autor del primer gabinete de historia natural y de la primera obra científica impresa en Cuba. A continuación se presenta un trabajo sobre la expedición de Alejandro Malaspina, el de Andrés Galera titulado El proyecto botánico de la expedición Malaspina, que repasa los antecedentes de esta empresa científica para centrarse después en la obra de los naturalistas Antonio Pineda y Luis Née. Finaliza este bloque con el trabajo de Raúl Rodríguez Nozal sobre La Oficina Botánica (1788-1835): una institución dedicada al estudio de la flora americana, muy interesante para comprender la debilidad del sistema científico español y el ñ:'acaso de la difusión de los resultados científicos de las expediciones al Nuevo Mundo. El quinto apartado comienza con el estudio de un aspecto muy importante en la recuperación histórica de las expediciones, el de los herbarios históricos, con el artículo de Paloma Blanco Los herbarios de las expediciones científicas españolas al Nuevo Mundo. Los dos siguientes trabajos tratan sobre botánica aplicada, más en concreto, sobre cuestiones agroalimenticias. En el primero de ellos. Rolando Misas presenta los resultados de la expedición del conde de Mopox a Cuba, destacando su importancia en relación a la aclimatación del trigo, en tanto que Jean Pierre Clément discute la introducción del consumo de la patata en Europa en Parmentier, las patatas y las ollas americanas.