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Introducción La violencia y la injusticia despiertan sentimientos de rabia, rencor, retaliación ( en adelante
las 3Rs) las cuales pueden dejar bien sea, marcas temporales y solamente individuales o por
el contrario, generar efectos comportamentales colectivos de larga duración, que dificultan
la comprensión de
la complejidad de
las causas de
la violencia y
la atribución de
responsabilidades individuales y colectivas en ella. Esta reflexión propone la siguiente tesis: una de las raíces más profundas de la violencia en
Colombia ( y en el mundo) está en la cultura de la venganza (inconscientemente adoptada
por las bases sociales) y la economía política del odio (promovida por las diversas elites del
país). Se argumenta que estos elementos irracionales de las decisiones humanas – o sea, las
3Rs- han tenido y tienen aún, impacto tan nocivo en el desarrollo de Colombia que, adaptando
el vocabulario de Amartya Sen, ha generado una privación del potencial (capability
deprivation) de los colombianos para la paz. Comprender estas dinámicas irracionales en la
cultura política de los pueblos es prioritario para facilitar el diseño de propuestas de
pedagogía político-cultural que permita superarlas. El último informe Desarrollo del Banco Mundial ha querido darle urgencia e importancia a
la
transformación de
estas motivaciones político-culturales porque pueden generar
transformaciones de alto impacto y costo-beneficio. Este texto propone que será necesario
transformar estas actitudes adquiridas e inveteradas (las 3Rs) y por lo mismo, sutiles y casi
imperceptibles para lograr cambios y desarrollo significativos. Es verdad que –en muchos casos- la pobreza produce violencia pero es igualmente cierto,
que
la violencia produce aún más pobreza.
Esas 3Rs paralizan el ser, el pensar
(establecimiento de relaciones complejas en la explicación del fenómeno), y el hacer de las
personas. Para referirnos aquí a una economía política del odio tratamos de establecer un campo de
análisis acerca de
la producción, distribución,
intercambio y consumo de narrativas,
soportadas emocionalmente por la rabia, el rencor y la retaliación, que son producidas,
empaquetadas y distribuidas como insumos ideológicos-emocionales para la promoción de
interpretaciones acerca del conflicto, sus causas y las formas de solución. ¿Quién produce
estos insumos-narrativos? ¿Cómo son distribuidos? ¿Cómo se genera la demanda? ¿Qué tipo
de acumulación permite a los productores y distribuidores? ¿Qué necesidad satisface en los
consumidores? La historiografía de Colombia cuenta con valiosas aproximaciones al tema,
sin embargo, no se ha definido como objeto de estudio de la economía política. Esta propuesta se presenta en tres cuerpos: primero, la interpretación de algunos historiadores
acerca de las narrativas que soportan el odio en Colombia; segundo, la sustentación de la
hipótesis que plantea el odio como un
insumo para
la producción
ideológica en
la
acumulación de poder político; y para finalizar, se propone un modelo de pedagogía cultural
que facilita el desarrollo de una economía del perdón y la reconciliación. La aproximación
histórica busca evidencias sobre las formas en que historiadores y especialistas se han
aproximado al tema. La hipótesis, se adentra en el tema de la cultura de la venganza y la
economía política del odio, que si bien es germinal, cuenta hoy con desarrollos significativos. 3 Al terminar, se sugiere la pedagogía política del perdón y la reconciliación como respuesta
a la demanda de satisfacción de las necesidades subjetivas, indispensable para la paz
sostenible de los pueblos. Hasta ahora estas 3Rs no ocupan un lugar destacado en la interpretación de las causas de la
violencia social y política, no solo en Colombia, sino que también la coyuntura mundial lo
sugiere.
La rabia, el rencor y la urgencia de venganza a fuerza de repetirse niegan su posible
superación. Los juiciosos estudios reunidos en el último aporte de la Comisión Histórica del Conflicto y
sus víctimas, publicado en Febrero 2015, destaca en el análisis de los factores (nudos o
múltiples desciframientos, en palabras de Daniel Pecaut) tradicionalmente explicativos de la
violencia en Colombia, los siguientes: el problema agrario, la ausencia del Estado y las
economías campesinas abandonadas a su suerte, el bipartidismo sectario, el gamonalismo
regional, el narco-cultivo y el narcotráfico, el paramilitarismo, el sistema político clientelista,
la influencia de la revolución Cubana, la colonización, entre otros. El historiador Malcom Deas, después de décadas de análisis del conflicto colombiano,
concluye: cabe
insistir en
la naturaleza esencialmente política de estos conflictos
caracterizados por intensa rivalidad partidista que ha dejado numerosas víctimas. Insiste
Deas en que los historiadores son propensos a negar lo estrictamente “político” o al menos
(son propensos) a empotrarlo en otros marcos: conflicto regional, agrario y de clase. William Ospina resume esta misma perspectiva en su libro "Pa´que se acabe la vaina",
afirmando que tarde o temprano lo que era guerra aprenderá a ser diálogo…. El historiador Fernán González, ha resaltado extensamente el maridaje fatal entre violencia,
partidos y la construcción del Estado. Describe a Colombia como “una comunidad política escindida en partidos políticos contrapuestos, cuyos partidarios excluyen a los distintos
como enemigos absolutos por fuera de la patria, a la vez que incluyen a los grupos
subordinados dentro de sus partidos mediante relaciones clientelistas”5. Javier Giraldo lo define así: “El peor contraste en esa colección de contrastes que definen a
Colombia quizás sea la incapacidad de nuestras instituciones liberales de garantizar
universalmente un mínimo de civilización política. Mientras continúe la vinculación entre
las armas y
la política esa brutal anomalía continuará. Una
tarea central de
las
generaciones futuras de colombianos será desmontarla sistemáticamente” 6. Esta costumbre arcaica de resolverlo todo con las armas, la resume Gonzalo España con los
títulos de sus dos últimos libros: Un país que se hizo a tiros (historia de las incontables
guerras civiles hasta el fin del siglo XIX donde cada prócer resolvía los conflictos montando
ejércitos y dependiendo en todo del poder de las armas) y Odios Fríos, o la novela del
presidente Miguel Antonio Caro en el poder, que lo describe como católico furibundo,
ultraconservador, maquinador y rencoroso, que legó a la historia de Colombia la triste
herencia de la Guerra de los Mil Días, la separación de Panamá y el resentimiento enconado
entre los partidos liberal y conservador7. El reclamo del derecho a la disidencia política y la rebelión, la exigencia de legitimidad y de
inclusión por parte de los grupos subversivos por un lado, y por otro, la exigencia del Estado
a su legitimidad y a la defensa de la democracia, hizo que ambos adoptaran el concepto de
enemigo interno y justificaran el incremento de la violencia, dejando sin contenido de
significado a las reivindicaciones legítimas que cada uno reclamaba. El concepto de enemigo interno, originado en la famosa Escuela de las Américas, legalizó la
creacion de grupos paramilitares (grupos de civiles con armas oficiales y coordinación del
ejército) que segun Javier Giraldo, tuvieron origen oficial en la visita de la “Misión
Yarborough” –de la Escuela de Guerra Especial de Fort Bragg (Carolina del Norte), realizada
a Bogotá en 1962 y oficializada en 1965 por el Presidente Guillermo León Valencia. Grupos que con el transcurrir de los años se fueron deteriorando hasta los extremos
impensados de la violencia de la década 1995-2005, cuando los índices de homicidios
tuvieron sus más altos picos. Hay indicios fuertes que esta estrategia aún persiste velada en
las Bandas criminales denominadas Bacrim. El Paramilitarismo actual y las Bacrim –más
allá de los meros intereses económicos- siguen siendo expresiones escondidas de la economía
política del odio y de la cultura de venganza fuertemente motivadas por la filosofía del
enemigo interno. Es la filosofía del enemigo - el opositor o el diferente político - que debe ser eliminado. Este
ha sido un común denominador importante de la historia de Colombia y de la lucha por el
poder político. Se comenta que Jacobo Arenas, cofundador de las FARC, en alguna ocasión,
afirmó que si el Gobierno Colombiano no hubiera respondido con armas al nacimiento de las
repúblicas independientes, “quizás no habrían nacido las FARC”. Tanto para los grupos subversivos como para el Gobierno de turno, fue normal aplicar el
principio de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Posiblemente Colombia sería otra, si esta economía política del odio y cultura de la venganza
hubiera sido percibida por los líderes del Gobierno Colombiano, cuando en 1973, después
de la Operación Anorí, el ELN se encontraba en estado de extinción, y en 1974, cuando las
FARC tenían solo 4 frentes y estaban seriamente debilitadas. Haberles ofrecido una salida
digna a través de la negociación y del diálogo, que no implicara necesariamente su
desaparición violenta, hubiera legado, en la historia de las lecciones sobre la solución
negociada de conflictos políticos, una enseñanza que permitiría hoy concluir, que las armas
y los ejércitos, no son la solución a la violencia. Otra vez: las armas son el fracaso de la
palabra. En la mitad de la década de 1970, un factor atroz de la violencia, estaba ya posicionado por
doquier: el narcotráfico. Como nadie antes, se convirtió en un multiplicador de la venganza.
Quien conoce las entrañas del narcotráfico, puede afirmar con propiedad, que la venganza es
una de las estrategias más exitosas para el posicionamiento de los carteles de la droga. Con
ellos, los colombianos experimentamos como nunca los niveles más crueles e inhumanos de
la violencia y la barbarie. Carlos Mario Perea, remite a temas que están en la misma perspectiva de la hipótesis de las
3Rs, cuando describe los siguientes contenidos recurrentes en las narrativas que se ofrecen
públicamente para la comprensión del conflicto en Colombia: la sacralización de la guerra,
los códigos de honor, el inconsciente arcaico, el llamado de la sangre y en general el nexo
entre símbolos y política. Perea describe la cultura política como el ejercicio de desentrañar
esos hilos, a los que he denominado cultura de la retaliación. El nudo del problema Perea lo
resume diciendo que para mediados del s. XX, la colectividades políticas no tuvieron otro
modo de tramitar sus diferencias y sus odios heredados, más que a través de la violencia.
La antropóloga María Teresa Uribe explica diversas formas de distribución del odio: no solo
a través de la guerra misma, sino y sobre todo, a través de la palabra y de las narrativas que
sobre los acontecimientos históricos se generan. Particularmente importantes son la retórica
(ejercicio de lenguaje dirigido a la razón para convencerla) y la poética (ejercicio dirigido al
corazón para inspirar emociones e ideales nuevos), que gracias a una acción de prefiguración,
configuración y
re-figuración, genera cambios
importantes en el pensamiento de
las
personas, de las masas y de la sociedad. Siempre habrá razones retóricas para justificar la guerra: proteger la ciudadanía en peligro,
recuperar el Estado arrodillado a las guerrillas, el peligro del Castro-chavismo, el gobierno
de los malos y excusas por el estilo. Es una retórica político-bélica, que al decir de María
Teresa Uribe, llega incluso a justificar aún más, la necesidad de ejércitos fortalecidos para
continuar la guerra. Pero la guerra, conlleva también razones poéticas, inteligentemente
diseñadas para conmover al público con metáforas, antinomias y dramaturgias: evocación
de los héroes de la patria, frases catastróficas y premonitorias como: vender el país a la
subversión, matar el imperio de la ley, sometimiento de la justicia, de la majestad de la
constitución, de la democracia y de las instituciones más sublimes de la nación, y así, ad
infinitum.
Con la excusa de persecución política, se le apunta a un líder malo para ensalzar veladamente
un líder bueno, que se sacrifica por esta patria nueva y justa: “estos lenguajes poéticos con
los cuales se alimentó la dramaturgia de las guerras civiles operaron como recursos 6 narrativos para declarar las guerras y también para continuarlas… La historiografía, los
ha llamado los odios heredados, lo cual permitió
que pervivieran, reproduciéndose,
ampliándose y re-significándose relatos y memorias cuyas huellas llegan hasta el presente”
12. Los mejores representantes de esta retórica y de esta poética de la economía del odio, han
sabido revestirla con pieles de ovejas tranquilas y mansas, ofreciendo programas de paz y
desarrollo – casi siempre de gran calado asistencialista y partidista. Estas pocas referencias a esta interpretación de las causas de la violencia en Colombia,
sugieren que en la raíz más profunda de la violencia está la venganza, resultado final de
rabias y de rencores colectivos acumulados, distribuidos y sostenidos política y culturalmente
de la forma más ciega y atávica. Es la ira-rabia la primera palabra con la que Homero comienza su famosa epopeya de la
Ilíada: La ira canta, oh Diosa, del Pélida Aquiles/ que causó a los aqueos incontables
dolores. Según Peter Sloterdijk es aquella ira-rabia con la que empezó toda la historia de
Occidente. Es la rabia traducida en guerra e inmediatamente vestida del significado de
felicidad o placer. Los griegos lo definieron como thimos o sea la cocina pasional, sobre
todo de la ira-rabia que brota de la ambicion del éxito, prestigio y autoestima y de su fracaso.
Subraya Sloterdijk: “son los grupos políticos, los conjuntos que de modo endógeno están
bajo tensión thimótica. (Allí) las acciones políticas se ponen en marcha a partir del
diferencial de tensión existente entre los centros de ambición…La retórica en cuanto arte
teórico de la conducción del afecto en conjuntos políticos, es thimótica aplicada”… . Todo esto, de la forma más curiosa, se esconde en ese modelo de economía prevalente que
fundamenta su acción en la deuda, en el pasado y por lo mismo en la culpa. La economía del
futuro será siempre la economía que no genere ni culpable, ni deudor o sea, la economía que
tiene como patrón moral, el gesto de la bondad, del donar y sobretodo de.... perdonar. Rush Dozier hablando del odio dice: “la más terrible de las armas de destrucción masiva
vaga dentro de nuestros mismos cerebros primitivos y debemos encontrar formas de
desactivarla”. El odio es particularmente peligroso – repetimos- por su capacidad de generar
significado. El más perverso de todos es el significado de enemigo porque el thimos es capaz
entonces de justificar la violencia y el uso de las armas para eliminarlo. Ante estas referencias a las rabias, los odios y las venganzas en la historiografía de Colombia
es pertinente preguntar: ¿Qué explica que en las soluciones a las múltiples causas de la
violencia se haya perpetuado un denominador común: el uso de las armas y la eliminación
del otro? 2. El árbol de la paz sostenible y la hipótesis Tres R 7 La hipótesis que plantea este artículo asume como analogía explicativa un modelo
proveniente del mundo de la botánica. Un árbol consta básicamente de 3 partes: tallo, ramas
y raíz. Así también, el árbol de la paz sostenible debe satisfacer tres condiciones básicas:
contar con un tallo sólido, o sea responder a las necesidades objetivas: salud, empleo,
educación, vivienda, tierra. Poseer ramas con hojas, flores y frutos saludables que satisfagan
las necesidades ecológicas de la paz: verdad, justicia, reparación, buen gobierno. Y unas
raíces vigorosas, satisfacción de las necesidades subjetivas, para nuestro caso, la necesidad
de superar las rabias, rencores y urgencias de venganza generadas por la violencia, aspecto
crucial para garantizar la salud de todo el árbol. Cuando se habla de las causas de la violencia, sin duda es necesario revisar esas tres partes
planteadas en la metáfora del árbol. De las tres, la más olvidada es la raíz, los factores
subjetivos de la violencia, profundos e invisibles, y sin embargo, detonadores constantes de
la violencia. Siguiendo la metáfora del árbol de la paz, el historiador Fernán González se aproxima a las
dos primeras partes del mismo, y concluye que los elementos estructurales (el tallo y las
ramas) de la violencia son: la configuración social de las regiones, su poblamiento y cohesión
interna, ligados a un problema agrario nunca resuelto; la integración territorial y política
de las regiones y sus pobladores mediante el sistema político bipartidista; las tensiones y
contradicciones sociales que se derivan de
los dos procesos anteriores,
frente a
la
incapacidad del régimen para tratarlas adecuada y pacíficamente...
Hasta ahí no hay nada nuevo. Termina González planteando acerca de los factores subjetivos
(las raíces) lo siguiente: “Los factores subjetivos serían las interpretaciones que las personas
y grupos sociales hacen de las tensiones, su valoración de las mismas tiene que ver con sus
hábitos de pensamiento, su preconcepciones y marcos ideológicos que finalmente arrojan
opciones y decisiones frente a la situación así diagnosticada 16”. Esta propuesta analítica- agrega González-, llevaría en conclusión, a explicar la violencia
colombiana como un resultado no planeado previamente de forma voluntaria sino algo
impremeditado, producto de las combinaciones de esas contradicciones estructurales de 8 larga duración…
Sugerencia que Edgardo España considera que por tratarse de factores
impremeditados e involuntarios, se hace necesario develarlos ampliamente para superarlos. 2.1 - La venganza y las furias “La ofensa de alguien nos genera rabia y esa rabia fácilmente se convierte en odio”.
(Darwin, La expresión de emociones en los humanos y animales.) “La violencia en Colombia tiene origines antiguos que no podemos tocar con nuestras manos. Nuestra
cultura de violencia es una intoxicación que navega dentro de nuestra sangre nacional”.
(Arturo Guerrero, Una rosa violenta, Ensayo para El Espectador, 3 Mayo 2015). Después de Homero (siglo VIII. A.C), la historia de Grecia y el mito se ocupan de este tema.
Esquilo (siglo V, A.C), en la clásica obra Oresteia, refiriéndose a las rabias-rencores de ese
mundo arcaico, habla de las furias –diosas de la venganza- para posicionar la transición del
odio y la venganza a la justicia y la paz en la antigua Grecia. Subraya Esquilo, dos
transformaciones importantes. Primero, la Diosa Atenas establece instituciones legales
(cortes independientes, audiencias, jueces) para superar el ciclo interminable de violencia:
la retaliación (a tal ofensa, tal venganza). Segundo, la Diosa Atenea logra convencer a los
Furias que ellas son importantes, que deben permanecer en la ciudad, pero ocultas y por
debajo de la tierra, en un lugar de honor. Comenta Martha Nussbaum, que de este modo se
reconoce que el sistema legal debe incorporar y honrar estas oscuras pasiones vengativas.
Esquilo describe las Furias como perros de cacería rabiosos, con la boca atafagada de
coágulos de sangre de sus víctimas (apenas digerida a medias), vomitándola por doquier,
emitiendo ruidos y quejidos típicos de su clase. Esquilo, se preocupa en mostrar cómo la rabia desbordada es obsesiva, destructiva e
impulsada solo a causar dolor y maldad. Ahora, en un ambiente de democracia y de ley, la
Diosa Atenea invita a las Furies a reposar en calma su oleada de negra rabia . Ahora, ya
incorporadas a la ciudad, y comprometidas con adoptar sentimientos benévolos, han ganado
porte erguido y su lenguaje es articulado. Las rabias se han transformado en indignación
respetuosa y no violenta, realizando en su interior una profunda re-orientación de su
personalidad. No son ya perros, sino mujeres bellas que de Furias se han convertido en
Euménides, en Bondadosas. La justicia política –agrega Nussbaum- en Esquilo, no pone en jaula a las Furias, sino que las
transforma
totalmente, haciéndolas mover del pasado que no se puede cambiar, a
la
construcción de un futuro posible de prosperidad y paz. Así, una profunda transformación
ha sucedido en el mundo: la rabia vengativa ha asumido la justicia bondadosa y ahora mira
más al futuro, que al pasado. 2.2 Cultura de venganza: Rabia-Rencor-Retaliación (3R) Del modo más elemental, rabia y miedo son la respuesta instintiva que los humanos
manifestamos ante una amenaza, o ante una agresión. Si no se logra superar esa rabia, en
breve, el recuerdo de la ofensa se convierte en odio/rencor/resentimiento. Cuando no se logra 9 curvar el odio y la memoria repetida de la ofensa, muy pronto se cae en la urgencia de
retaliación/venganza, momento detonante para el escalamiento la violencia.
Reacciones ante la ofensa:
Figura 2 Retaliación o
Venganza Rencor-odio Rabia Ofensa La
rápida secuencia
rabia-
rencor-retaliación
habla
de
las
emociones
que
soportan las economías del odio y las invitaciones que históricamente líderes y grupos de
liderazgo político han realizado a las gentes de una nación para destruir a otras gentes y
naciones. Rush Dozier en un reciente libro, "Por qué odiamos", afirma que el arma de
destrucción masiva más terrible, acecha dentro de nuestras psiques primitivas y tenemos que
encontrar la forma de desactivarla21. La rabia-odio es una reacción física natural. También, una construcción de significados
individual y colectiva. Los seres humanos reaccionamos químicamente mediante emociones
a lo que creemos que es bueno o malo, sin embargo, la reacción química que genera la rabia
puede detenerse o exacerbarse, en función de la explicación/justificación que le demos a la
ofensa (Nussbaum, 2016). Al respecto, del significado cultural que se le da a las emociones Martha Nusssbaum plantea
en el libro “Paisajes de Pensamiento” (2008,22) lo siguiente: “En lugar de concebir la moralidad como un sistema de principios que el intelecto
imparcial ha de captar y las emociones como motivaciones que apoyan o bien socavan
nuestra elección de actuar según esos principios, tendremos que considerar las
emociones como parte esencial del razonamiento ético. No podemos obviarlas
razonablemente una vez que reconocemos que las emociones contienen juicios que
pueden ser verdaderos o falsos y pautas buenas o malas para las elecciones éticas". Este razonamiento ético al que se refiere Nussbaum, interpretado como sentimiento moral,
adquiere sentido y legitimidad a partir de las narrativas de soporte que se les da en las
versiones difundidas por instituciones como las iglesias, los partidos políticos, las academias
y las escuelas de pensamiento, dentro de otras. Los humanos, equipados como estamos para prever y planear, crear símbolos, y uso del
lenguaje complejo, somos capaces también de odiar sistemáticamente, e inscribir el odio
dentro de los insumos de producción de rentabilidad en términos de acumulación de poder
político, sin escrúpulos, sobre la violencia que genera de manera residual. En este sentido, la
violencia en sí misma y desde esta perspectiva, es un residuo que genera gran contaminación 10 ambiental, como en el caso estricto de los residuos industriales tóxicos y otros similares,
aproximación que sugiere establecer la variable violencia como un insumo más en la
sostenibilidad de ciertos tipos de statu quo. 2.3 La economía política del odio y la cultivo de venganza “Siempre que los cúmulos de ira, guardados colectivamente, adquieran la forma de reservas, tesoros o
crédito,…se puede utilizar como capitales aptos para la inversión” (Sloterdijk Peter, Ira y Tiempo,2010) Entre las múltiples causas de la violencia en Colombia hemos aventurado la hipótesis de que
en las raíces profundas de la violencia está lo que aquí hemos resumido como economía
política del odio o sea la producción, distribución e intercambio de narrativas de rabia,
rencor y retaliación (las 3Rs) que aupadas por élites son adoptadas socialmente y llegan a
constituir lo que aquí llamo, cultivo de la venganza. Desentrañar esta dinámica, preguntar cómo nace, quién las crea, por qué se multiplican tan
fácilmente? Por qué todos estamos infectados de ellas? Y ¿Por qué no nos damos cuenta? es
un trabajo de urgencia que los colombianos debemos realizar. Esta es una invitación al giro
narrativo, al salto evolucionario que nos permita reclamar derechos y obtener respuesta a las
satisfacción de necesidades objetivas y ecológicas, sin recurrir a las armas y a la violencia. Precisamos entender que la historia de la evolución humana ha tenido sus momentos de
mayor crecimiento cuando ha sido cooperativa, y por lo mismo, cuando ha tenido el diálogo
como su herramienta principal. Tomar conciencia de este hecho, evitará la ceguera colectiva
que hemos tenido en al menos estos dos últimos siglos de historia. Aunque los diálogos de la
Habana certifican ya la importancia del diálogo, quedan todavía residuos de rabia-rencor y
urgencias de venganza –en grandes sectores de la sociedad colombiana. La academia y diversos estrategas políticos han estudiado cómo las campañas publicitarias,
la imagen y las estrategias de movilización social otorgan beneficios políticos. Sin embargo,
poco han estudiado el odio como una estrategia para ganar votos y maximizar y/o imponer
intereses políticos. Al respecto, Edward Glaeser es uno de los primeros académicos en
considerar que los discursos son capaces de generar odio entre diversos grupos sociales,
permitiendo que algunos actores sociales incrementen su capital político. La economía política del odio deberá establecer el peso de estos factores en la producción de
la cultura política de los colombianos, evaluando desde una perspectiva crítica –inevitable y
necesaria-, la contribución de estos factores, a la argumentación de la necesidad de la guerra,
y a la constitución imaginaria y emocional del significado del enemigo interno. En especial,
a contribución a la analítica del riesgo que implica para el establecimiento de un régimen de
libertades democráticas como condición de la paz en Colombia, la difusión de narrativas del
odio afianzadas en análisis sesgados de los orígenes del conflicto político. Este último planteamiento
implica elaborar una
serie de preguntas y de
líneas de
investigación para el dominio de la economía política del odio ¿Cuál es, entonces, la historia,
y las narrativas que deben acompañar el proceso de paz? ¿Cuál la versión a difundir y a través 11 de qué medios se debe promover? Posiblemente, estas dos preguntas, tan solo ellas, generen
desde ya, la necesidad de revisar creencias; de volver a construir los relatos que hasta ahora
muchos colombianos dan por ciertos; de revisar tendencias ideológicas y partidistas que se
promueven
como
versiones
ciertas
(algunas
sin manipulación
estratégica
y
otras
necesariamente instrumentalizadas para la consecución de logros de acumulación de poder
político); de evaluar el alto contenido emocional y moral de esos relatos y de sopesar hasta
dónde contribuyen a sostener odios y rencores entre colombianos de distintas orillas. ¿De qué manera es ofertado y demandado el odio en diferentes contextos socio-políticos? El
odio es producto del mercado político (Glaeser, 2002), en donde los actores políticos son
quienes lo ofertan y la ciudadanía quienes lo demandan. Los actores políticos ofertan odio
básicamente a través de sus discursos. Saben bien que así, incrementan su capital político.
Para evitar referencias a personajes actuales de la vida política colombiana, citamos a Donald
Trump y al Presidente Maduro, ejemplos de la economía política del odio. En el discurso de
lanzamiento de su campaña, Trump mencionó que México envía lo peor de su país a Estados
Unidos, que los migrantes de esta nacionalidad llenan al país de problemas porque traen
drogas, son violadores y criminales, y agregó, que los musulmanes son importadores de
terrorismo (Lee, 2015). Vender odio para ganar votos y poder político, es una estrategia hábil para cautivar masas,
que informadas superficialmente sobre los orígenes de los conflictos por un tipo de memoria
histórica distorsionada, son susceptibles de manipulación emocional e ideológica mediante
la atribución de las crisis sociales a chivos expiatorios, que en la historia de los conflictos
sociales, políticos, étnicos, económicos, religiosos, han llegado a constituir hitos históricos
de violación de los derechos y de la dignidad, en la versión que los manipuladores del odio
realizan. La memoria distorsionada, y la emocionalidad que ella suscita en los consumidores del odio,
aparecen entonces como
insumos necesarios para el condicionamiento de
respuestas
violentas en la historia de la movilización de pueblos hacia las confrontaciones bélicas y, en
la justificación de la violencia discriminatoria. La teoría del chivo expiatorio de René Girard (2007) ofrece una profunda explicación de este
hecho. Explica Girard, la necesidad de culpar a otros de las causas de problemas actuales.
Donald Trump, provee a través de sus discursos, un chivo expiatorio (los mexicanos y los
musulmanes) a
la sociedad norteamericana, constituye, erige, a ese alguien en quién
descargar la rabia y la urgencia de generar políticas anti-migratorias como parte de la
solución a las crisis de la sociedad estadounidense. De ahí queda poco para el escalamiento
de la violencia y del miedo. Y la memoria del holocausto promovido por el nacional
socialismo en Alemania contra los judíos, advierte sobre los peligros de la movilización
política de una nación, cuando encuentra chivos expiatorios en la interpretación de su
malestar. Para los analistas de las economías del odio, la demanda de odio, en un sistema social se
reducirá, si se logra motivar una interacción positiva entre los grupos sociales que son parte
del proceso de generación del odio. Aunque Glaeser no argumenta profundamente esta idea,
ni expresa cómo hacerlo, nosotros argüimos que la cultura ciudadana del perdón y de la 12 reconciliación constituye una salida sabia a la estrategia sagaz de los políticos empresarios
del odio. La siguiente gráfica trata de ilustrarlo. Figura 3. Modelo de la Economía Política del Odio de Edward Glaeser. Agregar dos cuadros
más sobre DISTRIBUCION Y CONSUMO. Elaboración propia con la información de
Glaeser, Edward (2002) “The Political Economy of Hatred”. Fuente: Una vez
la economía política del odio generada desde
las elites (políticas, sociales,
económicas, religiosas) se fortalece, se fortalece también la cultura de la venganza, que
apropian fácilmente las bases sociales y lo peor… lo multiplican en sus ambientes. Así, se ha
constituido el caldo de cultivo ideal para la multiplicación de las violencias y la justificación
de ejércitos, cárceles y otras formas de violencia. Así, se llega a lo peor: “la más oscura de las emociones, el odio, bloquea las relaciones,
destruye comunidades, arruina vidas y se traga la salud de muchos que no logran superarla.
Unido todo eso a nuestro extraordinario talento para crear armas de la más grande
precisión e impacto, el odio se convierte en el único poder más destructivo de la tierra”. Transformar esta cultura de la rabia-odio-retaliación es la enorme tarea evolucionaria de los
pueblos. Cuando el Global Peace Index ranquea los países con más capital de Paz Positiva,
introduce la capacidad de resiliencia, la capacidad que tienen las personas y los pueblos para
absorber los golpes y los traumas, que como el amortiguador de los carros, absorbe los golpes
del camino y vuelve a su estado normal. A más capacidad de absorción, mayor paz
positiva(ver gráfico)25. Esta capacidad de absorción describe en gran parte, una de las
funciones centrales de la cultura ciudadana del perdón que es la misma capacidad de
tolerancia y expresión de civilidad, que se subraya con frecuencia, como necesaria, cuando
las personas y las comunidades quieren vivir en paz. Gráfica: Resiliencia y paz (al diseñador por favor re-hacer esta gráfica.. en español). Sobre las causas de la violencia venimos diciendo que históricamente los colombianos,
aupados por las elites, se han dejado atrapar por las 3Rs. Para comprender mejor la dinámica del odio en Colombia, dentro de otras formas de la
producción y distribución de las economías del odio, es necesario establecer comparaciones
–economía del odio comparada-. Los mensajes del odio, por ejemplo, en la Alemania nazi,
fueron auspiciados y subvencionados. En Colombia, los grupos armados al margen de la ley
por su parte, desarrollaron formas de inversión social en maquilas, puestos de salud e incluso
infraestructura social para facilitar el posicionamiento ideológico de las propuestas del odio
y la venganza, e invitar a sus beneficiarios a confrontar y aniquilar a otros. Balancear la economía natural del trío rabia-rencor-retaliación y su utilización estratégica
para generar movilizaciones humanas en torno a intereses electorales, colonialistas, raciales,
geopolíticos, son dentro de otros, temas de trabajo para la analítica de la economía política
del odio. Urge develar y evaluar cómo se distorsionan verdades, cómo se miente, o cómo
verdades irrefutables aún, son manejadas instrumentalmente por agentes y agencias para
satisfacer acumulación de poder -el bien más tangible para los empresarios del odio-. Habrá quienes desarrollen el estudio de las economías políticas del odio para evitar la
manipulación de las masas, habrá quienes la comprendan para instrumentar guerras y formas
de acceder a poder de la manera menos digna posible, a través del exterminio de humanos
por humanos.
Los manipuladores del odio como estrategia de acumulación
leen y magnifican
los
sentimientos morales y
las condiciones emocionales de sus destinatarios. Son cínicos
expertos extractores de
la plusvalía del odio que comprendiendo perfectamente
la
complejidad de factores que concurren en la hermenéutica del conflicto, sin embargo,
aprovechan la base emocional para soportar su discurso acerca de la ilegitimidad del otro, o
para desconocer las razones que podrían justificar las reivindicaciones y la dignidad de sus
enemigos. El resultado trágico es la construcción de la imagen del enemigo, del bloqueo al
dialogo, y la posible eliminación del otro. Quienes trabajamos en la otra orilla de los promotores y generadores del odio en la
acumulación de poder, proponemos en cambio, la producción, distribución, intercambio y
consumo de economías políticas del perdón y la reconciliación, aprovechándonos de esa otra
faceta de la condición humana: la bondad, el perdón, la reconciliación y la resolución pacífica
de conflictos a través de la conversación y de la palabra amable, y de la pedagogía de la re-
significación e interpretación de las causas de los conflictos, a partir de una argumentación
más compleja, que necesariamente pasa por el sistema de educación y por el contraste de
escuelas de interpretación, dentro de lo que se puede denominar, la promoción de una cultura
política, que deberá acompañar el postconflicto en Colombia. Y, por extensión, a cualquier
otro proceso de reconciliación intra-nacional, inter-étnico e internacional, de la misma
manera que
la
reconciliación
interpersonal demanda
la construcción entre
las partes
separadas por la ofensa, de una narrativa más compleja acerca de las causas que suscitaron
la ofensa y de las consecuencias que para cada una de las partes generó la agresión, incluso
para aquellos otros no directamente asociados con el hecho. Esta última aproximación proviene de
los planteamientos generales de
la
Justicia
Restaurativa, otra disciplina que en el campo del derecho complementa a
la
justicia
transicional, y de la que, es la oportunidad en Colombia, se deberá asimilar sus contenidos
filosóficos, sociológicos y antropológicos, entre otros, como condición de promoción de una
cultura política de la ciudadanía, la reconciliación, y la solución negociada de conflictos. Deberemos repetir continuamente – como lo gritan los indígenas Nasa Kiwe del sur de
Colombia: las armas son el fracaso de la palabra. Con razón el historiador Fernán Gonzales
insiste en que “haría falta un proceso profundo de re-educación política… que permita ir
pasando de la política como confrontación amigo-enemigo a la política como diálogo y
discusión entre adversarios” 26. Creer que la violencia no es un destino fatal o como sugiere la historiadora Diana Uribe,
superar el complejo de fatalidad colectiva y mejor, generar una narrativa cultural totalmente
nueva, es la gran transformación cultural y política que nos espera. Es el parto socio-cultural-
político por el que comienzan ya a transitar un creciente número de colombianos. Pasar de la
negociación del conflicto a la construcción de la paz en el sentido pleno de Galtung. La propuesta de la cultura política del perdón y la reconciliación, ofrece narrativas nuevas
que transforman los modelos mentales de las 3Rs, mediante mecanismos nuevos
de
socialización. Estos mecanismos nuevos gradualmente
transitan del
imperativo de
las
emociones manipuladas, a la humanización de la vida y de las formas de solucionar los
conflictos mediante la compasión y la bondad como expresiones de un gran trabajo en
educación para la paz, que se construya sobre el eje de las cátedras de historia, formales y no
formales, cátedras comprometidas con una misión crítica: facilitar la reconstrucción de las
narrativas que sobre las causas del conflicto en Colombia fueron amañadas en los nidos del
odio, el resentimiento y la venganza por grupos de las élites políticas. Narrativas que les
permitieron grandes réditos en la acumulación de poder político y el usufructo inequitativo
de bienes terrenales, como la justicia, la tierra y la cultura universal, y de tantos más, que la
extensa lista de causas de la violencia comenzó a llamarse ”deuda histórica”. Dentro de esa “deuda”, también es posible contabilizar el hecho de que a grandes mayorías
en Colombia se les ha expropiado del derecho a una narrativa de la génesis del estado y de
las causas de la violencia, libre de contaminación ideológica y emocional. Y, se les ha
limitado el acceso a las versiones que desde diferentes aproximaciones -historiográficas,
sociológicas, antropológicas, económicas, psicológicas y otras- narran las causas de la
violencia. Es hora de saldar esta otra deuda histórica, saldo cultural que deberá cubrirse como
una de las formas de satisfacer las necesidades subjetivas del árbol de la paz, en una nación
que “empieza a presentir de la epopeya el fin”. Además, de explicitar mejor el concepto de economía política del odio nos queda por
establecer diseños de medida propios de una econometría que establezca las categorías y
variables ideales para un proceso de constatación de la hipótesis, en el sentido de la economía
política. Falta aún, argumentar las hipótesis que consideran que las narrativas elaboradas
acerca de las causas de la violencia, contienen relatos de fuerte arraigamiento emocional
(celular), y que, comprender la dinámica de este en-cuerpar (embodiment), es un reto para la
analítica de los sentimientos morales y del rol que desempeñan, en la toma de decisiones
políticas.
A partir de estas sugerencias, se cuenta con una hipótesis, que aún sin investigación
suficiente, se atreve a proponer campos de trabajo para la hermenéutica de la cultura política,
en el área específica de la explicación de las causas de la violencia en Colombia.
Veamos a continuación, los componentes principales de esta narrativa nueva propuesta
como Cultura Política del Perdón y Reconciliación. 3. La cultura política del perdón y de la reconciliación El perdón se presenta aquí como virtud política y como ejercicio exquisito de democracia
(quien no perdona, excluye). Es el perdón asepsia personal, liberación del pasado y del eterno
retorno de lo mismo. Se habla aquí del perdón como esfuerzo heroico y por lo mismo, de
práctica de lo más elemental de los derechos humanos: la dignidad. Es el perdón, en otras
palabras, como estrategia eficaz para reconstruir el contrato social, vulnerado por la ofensa.
Es superar lo que Arendt llama la irreversibilidad del pasado y la impredictibilidad del
futuro. El Premio Nobel de Paz, Desmond Tutu lo expresará maravillosamente diciendo: sin
perdón no hay futuro. La víctima que perdona no cambia su pasado pero si su futuro. Con
el perdón la víctima deja de ser víctima y se convierte en victorioso. Si uno debiera resumir
el ejercicio del perdón debería decir que el perdón es el salto evolucionario que hace una
victima para superar las 3Rs y en lugar de la venganza, practicar la compasión, la bondad, la
misericordia. Quien perdona, evoluciona! Es, en pocas palabras un giro narrativo, cultural,
social y político de impactos incalculables. Para un país como Colombia con cerca de 8 millones de víctimas, cómo lograr construir una
narrativa nueva capaz de superar la fatalidad colectiva que pesa después de dos y más siglos
de violencia? ¿Cómo se hace realidad este giro narrativo? Una de las formas más efectivos
para ese logro es precisamente el ejercicio de narrar la ofensa ante un pequeño grupo de
personas que antes de hacer este ejercicio de catarsis se comprometen a hacerlo en total
confidencialidad.29 Quince años de experiencia de la Fundación para la Reconciliación con
las ESPERE –escuelas de perdón y reconciliación- demuestran que esos pequeños grupos lo hacen realidad y se convierten en islas de creatividad, de transformación y superación de las
más crueles ofensas y traumas, en liberación y paz. Este ejercicio de contar la ofensa tiene un profundo valor político porque logra colocar en
público el dolor de las víctimas. Su dolor se posiciona no solo como protesta sino también
como promesa de que jamás se volverá a repetir. Así, el giro narrativo deja de ser un acto
intimista para convertirse en un valeroso acto de protesta y profecía que anuncia que a la
violencia no se responde con violencia y que las armas, vengan de donde vengan, seguirán
siendo siempre expresión primitiva para solucionar los conflictos inherentes a la existencia
humana. Facilitar diversidad de espacios para posicionar el dolor de las víctimas, deberá ser estrategia
privilegiada en un país que como Colombia, ha decidido lucidamente, que las víctimas están
en el centro de la negociación del conflicto y de la construcción de la paz. Así entendido,
el perdón se constituye en un componente indispensable para la cohesión social y para la
reconstrucción del tejido social de grupos humanos lacerados por años de violencia. El ejercicio de reparar el tejido roto, normalmente es empezado por la victima quien es el
propietario de las llaves del perdón. Paradójicamente es el perdón mostrado o a veces
ofrecido por la víctima, lo que garantiza el ambiente seguro para que el victimario pueda
pedir perdón. Es muy difícil que un ofensor solicite perdón u ofrezca disculpas si está
expuesto al peligro de ser condenado. Los jefes de las FARC empezaron a pedir perdón a
los colombianos solamente después de que sentían seguridad jurídica gracias a los acuerdos
ya logrados. 3.1 Cinco errores sobre el perdón Por las potentes razones anteriores es necesario superar tres errores. El primero: el perdón
aunque es una decisión personal por ningún motivo es simplemente un acto intimista. Por el
contrario, debe enarbolarse como un acto de cultura política de los más excelsos. Una razón
fuerte por la que el perdón es un deber moral, ético y político, es porque como decíamos
arriba, el perdón es un acto de democracia, de respeto a
los derechos humanos, de
elevamiento de la suprema dignidad de la víctima y del ofensor. Adicionalmente, el perdón es en un gigantesco aporte a la salud y a la seguridad pública de
un pueblo, sencillamente, porque las rabias-rencores y deseos de venganza son infecciosos y
se multiplican en grupos humanos enteros por siglos y siglos. En una extensa encuesta
realizada con 89.000 personas de 53 países sobre la venganza, Naci Mokan concluye que
la venganza es condicionada no solo por factores personales, sino también por factores
culturales. Quiere decir que las 3Rs al igual que el perdón son decisiones privadas-personales
pero enraizadas fuertemente en factores socio-culturales. La historia de Colombia –se ha
dicho ya arriba- es la historia de odios heredados e infectados de generación en generación.
Malcom Deas lo resume diciendo que “Este ingrediente de la rivalidad es un componente
crucial para entender la historia de la violencia política en Colombia” Pero más allá de estas consideraciones, el perdón es un imperativo categórico para la plena
salud y bienestar individual. Otra vez, la experiencia de la Fundación para la Reconciliación
trabajando en tecnologías del perdón, ha enseñado que mientras es bueno que las personas
por un cierto tiempo hagan duelo y sientan rabia por las ofensas, sin embargo, esas mismas
personas agradecen cuando alguien –al igual que el buen médico- son estimuladas a
someterse a tratamientos incómodos pero necesarios para su salud completa. El segundo error es condicionar el perdón a las disculpas del ofensor. El perdón es un acto
de bondad (o de don) que no depende de la generosidad del otro. Es un regalo para uno
mismo.
El tercer error es creer que exigir el perdón a una víctima es imponerle todavía más carga y
dolor. Por el contrario, el perdón libera, oxigena, aligera, sana. Es este ejercicio de liberación
que hace que la víctima deje de ser víctima y se vuelve victorioso. Sin el perdón las víctimas
se quedan eternamente víctimas.
Un cuarto error, muy popular, es creer que perdón es olvidar, o negar la justicia. Por el
contrario, el perdón es recordar con otros ojos y es hacer que la justicia siga su rumbo. Un último error es confundir el proceso de perdón con la reconciliación. El perdón –dijimos-
es el giro narrativo de la retaliación a la compasión. La reconciliación es tránsito de la
desconfianza a la confianza. Puede haber perdón sin reconciliación pero no viceversa. Los países que más
recientemente salieron de conflictos y violencias
(Sud África,
Mozambique, Ruanda, Salvador, Honduras, Nicaragua) siguen registrando altos niveles de
violencia. Ello se debe a que adicional a que no han respondido a las necesidades objetivas y
ecológicas de las víctimas, descritas en la metáfora del Árbol de la Paz (ver arriba), tampoco
han logrado responder con propuestas prácticas a las necesidad subjetivas de la paz o sea la
superación de las 3Rs. Si Colombia no desea encontrarse en la misma o peor situación dentro
de 15-20 años deberá resolver este tema que aún es poco valorado en las ciencias sociales y
políticas. Muchas víctimas, algunas ya organizadas en grupos paramilitares y/o Bandas
Criminales (y en este momento, la guerrilla del Ejercito de Liberación Nacional, ELN) son
expresiones claras de la ceguera atávica causada por la rabia/rencor/venganza, y expresada
mediante narrativas ideológicas que sostienen la pertinencia de la guerra y su continuidad. 3.2 El Cristianismo y la gran tarea de la paz En
las décadas de 1930-1950, a
la ya exacerbada
tensión sectaria entre
liberales y
conservadores, ayudó la fuerte corriente antiliberal de la Iglesia Católica que contribuyó
decididamente al camino de la violencia en Colombia. Ambos partidos se señalaban
recíprocamente como culpables de tanto mal. En 1946 con el triunfo del Partido Conservador
se desató en Colombia un sectarismo ciego que generó un período violento como pocos que
culminó en el asesinato de Gaitán y el famoso Bogotazo. Los Cristianos y en especial, los
Católicos, no tuvieron la actitud profética de anunciar que el odio y la venganza por sí mismos
constituían una auto-expulsión de la fe cristiana. La religión del chivo expiatorio (culpa-castigo) –como arquetipo cultural milenario- la han
apropiado todas las culturas en sus construcciones míticas. La cultura cristiana no ha sido 18 ajena a esa tendencia. Sin embargo, el reciente acuerdo de paz firmado entre las FARC y el
Gobierno Colombiano (26 Septiembre 2016) representa una superación importante de esa
tendencia cultural: en lugar de buscar un chivo expiatorio, han aceptado un ejercicio valeroso
de reconocimiento de la corresponsabilidad de las dos partes y de muchas otras, por la
violencia en Colombia: Gobierno, Ejército, Guerrilla, Empresarios, Académicos…y muchos
más. Al Cristianismo en Colombia – aunque fuera nada más como fenómeno cultural más que
religioso- le queda pendiente todavía la gran tarea de promover el amor a los enemigos y el
perdón, como su inspiración fundacional. La cultura de sacrificar al otro como chivo
expiatorio (violencia contra el otro) tendrá que ser reemplazada por la cultura del perdón-
misericordia (violencia contra mi mismo para frenar la venganza), como acto político
supremo y como logro del significado más profundo de la existencia.
El reciente plebiscito del 2 de Octubre 2016, para refrendar los Acuerdos de la Habana,
demostró cómo
los Cristianos en Colombia estaban profundamente divididos entre el
paradigma de la justicia restaurativa y la justicia punitiva, o en otras palabras, entre optar
por el perdón-misericordia o por el castigo-infierno. El mandato de Jesús de buscar primero
el Reino de Dios y su justicia-misericordia seguirá siendo por algunos años, el desafío crucial
del Cristianismo en Colombia. Así, este país, paradójicamente seguirá siendo uno de los
países más desiguales, más violentos y más cristianos del Continente Conclusión Una cosa queda clara de estos años de historia colombiana: el uso de las armas para superar
la violencia no ha logrado más que profundizar la exclusión (política, social, económica),
destruir el contrato social y negar la sagrada dignidad de sí mismo y del otro-a. Buena parte de los analistas (Daniel Pecaut, Malcom Deas, Javier Giraldo) para concluir sus
análisis sobre
las causas de
la violencia
terminan afirmando que “se
impone una
democratización que ponga fin a las redes de poder clientelistas o armadas de las últimas
décadas” (Pecaut 33), que se recupere “el elemento de rivalidad, crucial para entender la
historia de la violencia política en Colombia (que) brilla por su ausencia”34, que “mientras
continúe la vinculación entre las armas y la política esa brutal anomalía se mantendrá y que
es tarea central de las generaciones futuras de colombianos desmontarla sistemáticamente”. 35 En un reciente libro titulado “El arte de construir la paz grupal”, George Halvonson (NNN),
hace un símil con el Arte de la Guerra de Sun Tzu y afirma que si el arte de la guerra consiste
en hacer mal al otro para que pierda, el Arte de construir la paz, busca fortalecer a la
contraparte para que ambos ganen. Mientras que con la guerra se ejercita violencia contra el
otro, con la paz se ejercita la violencia contra uno mismo y claramente, contra el instinto más
primitivo de la rabia/rencon/retaliacion.
Para lograr la paz, es necesario tener líderes que sepan manejar sus instintos, y en particular,
el instinto básico que engendra enemigos y divide el mundo entre nosotros y ellos. Cuando
el otro es también nosotros, todo cambia. Este es el concepto del Ubuntu, tan practicado por
Mandela: yo también soy tú. Cuando El otro es nosotros, nos revestimos de protección, aceptación y cuidado. Si el otro es ellos, entonces generamos desconfianza, rabia, rencor y
venganza. Los colombianos estamos ad portas de fortalecernos en la domesticación de nuestras 3Rs
haciendo que esas energías
invasivas, subterráneas como
las
furias se conviertan en
Euminides o hacedoras de generosidad y de bondad. No es una tarea meramente sicológica
sino profundamente cultural y política. Todo lo que subyace a la base de esta propuesta es el discernimiento ontológico sobre la
última finalidad del ser o sea el ser para la libertad: la libertad que da la capacidad de ser
don y en lo más hiperbólico de todo, la capacidad del perdón. Es aquí donde se construye
por un lado, la robustez del contrato social y por otro, lo más refinado de la dignidad del ser
humano. En ambos casos, es la causalidad por la libertad, una causa que no la precede
ninguna otra. El alfa y el omega de la existencia.