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Un barco desaparece en el Triángulo de las Bermudas. Un prestigioso científico cuyos descubrimientos interesan a las grandes potencias va en él.
Agentes secretos de Francia, EE.UU. y Rusia se movilizan para localizar al científico, pero pronto su problema principal va a ser otro: sobrevivir...
Eric Sorenssen
Crucero al infinito
Bolsilibros: Héroes del Espacio - 62
ePub r1.1
Titivillus 03.08.2020
Título original: Desconocido
Eric Sorenssen, 1981
Traducción: Desconocido
Cubierta: Antonio Bernal Romero
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
PRÓLOGO
El 7 de julio de 1997, Port Everglades era una fiesta.
Numerosos barcos de pasajeros, engalanados con banderitas multicolores, hablaban de felices y despreocupados cruceros a las doradas playas y verdes aguas del Caribe.
Uno de ellos, no el más nuevo por cierto, era el Morning Star.
Había sido construido cuarenta años antes, por un armador griego que apostó por el turismo «a lo grande».
Ganó su apuesta, desde luego, y por veinte años el barco navegó el Mediterráneo con su bandera. Después, el armador murió y sus descendientes lo vendieron a una empresa de Miami, especializada en la realización de cruceros para que los disfrutaran los que no podían disfrutar otros mejores.
El Morning Star —su propietario, naturalmente— inventó los «Cruceros a la Alegre Nostalgia», que consistían en un viaje de ida y vuelta a los más próximos puertos europeos.
Se suponía que irían en ellos las parejas que muchos años atrás pasaran su luna de miel en el Viejo Continente, y hasta algunos de los muchos que desembarcaron en Normandía el 6 de junio de 1944.
Había descuentos especiales para las parejas que cumplían las bodas de plata, descuentos especiales para los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, y descuentos muy especiales para las parejas que cumplieran las bodas de oro y para los veteranos que ostentaran la Medalla del Congreso por su actuación bélica.
De hecho, había descuentos para casi todos, porque la avanzada edad del Morning Star era ya inocultable.
Pero sus camarotes eran el doble de espaciosos que los de los barcos atómicos, su cocina y su bodega abrían el apetito y la sed a los más reacios y todo el barco exhalaba un delicado aroma de otras épocas, muy del gusto de sus maduros pasajeros.
Aunque no toda era madurez o senectud en el navío. Los bajos precios también eran irresistible acicate para los grupos de estudiantes emprendedores o para las jóvenes parejas, más llenas de romanticismo que de dólares.
Por todo lo dicho, no es de extrañar que, en esa radiante mañana, el barco tuviera ocupadas hasta la última de las 554 plazas de que disponía.
Ya no quedaban visitantes a bordo, cuando un toque de sirena mucho más prolongado que los anteriores, anunció la salida.
Decenas de coloridos confetti fueron arrojados a los parientes y amigos que, mientras se agrandaba la brecha de agua entre puerto y barco, miraban con envidia a los felices cruceristas.
La orquesta —una de las dos orquestas— del barco, pasaba ininterrumpidamente de las marchas militares a las rumbas y los calipsos, en un intento no siempre exitoso de hacerse oír por sobre los gritos.
Media hora después los altavoces llamaron a comer, cuando ya la costa era una línea con edificios y trozos de verde.
La empresa cuidaba todos los detalles. Ellos cobraban bastante menos que los competidores pero, como el barco salía siempre lleno, acababan por ganar más.
Por eso había que estar en todo. Para que los «señores cruceristas» volvieran a sus mediocridades rutinarias llevando del viaje algo así como el sol de la vida y la luna de los sueños, prendidos como pegatinas en sus pechos. Y contaron a sus parientes, amigos y vecinos lo bien que lo habían pasado.
El cuidado de los detalles incluía en primer término la variedad y cantidad de las comidas. Y un fino detalle, su adecuación al itinerario.
Como esta vez iban al Caribe —era la primera vez que el Morning Star cambiaba la «nostalgia» europea, por el ritmo y las palmeras—, esta comida inaugural fue un canto a la cocina «criolla».
Abundaron los pollos aderezados con exótica salsas, las carnes guisadas con desconocidas especias y, naturalmente, toda una explosión de frutos tropicales.
A media tarde, tras un imprescindible descanso y mientras los más jóvenes chapoteaban en las dos piscinas, los más viejos comenzaban a felicitarse mutuamente por la excelente idea que habían tenido al contratar el viaje.
Pero nada había sido lo pasado, en comparación con lo que iba a venir.
«A las 17.30 horas, saludo y cóctel de bienvenida del capitán y su plana mayor, a los señores cruceristas, en el salón Dorado. A continuación, cena de gala. Se ruega ropa de etiqueta».
Así rezaba la tarjeta colocada en cada una de las 554 mesillas de noche, apoyadas todas en pequeñas pero elegantes cestas llenas a rebosar de frutas del trópico.
Pero lo que más emocionaba a los jubilados, a los empleados y hasta a los estudiantes, no eran las frutas, ni tan siquiera los exquisitos manjares que se adivinaban tras esa «Cena de Gala», sino la amable exigencia, disfrazada de ruego, de vestir «ropa de etiqueta».
El smoking alquilado y el vestido largo con olor a desván eran como el detonante que hacía explosionar el mundo de los sueños.
Ya no eran «el señor Smith, jubilado de Correos», o «la viuda Spencer, que come espaguetis hervidos, para poder presumir viajando», o «los chicos del Instituto, haciendo su viaje de fin de curso»...
Con smoking y vestido largo, eran príncipes y princesas, prestos a vivir las más fascinantes aventuras...
Cuando uno está sobre un barco que marcha a veinte nudos por hora hacia el Caribe y viste un smoking o un vestido de fiesta y tiene en su mano un vaso de whisky o un Cointreau con hielo, todo puede sucederle. Lo más fantástico, lo más imprevisto, lo más excitante...
Con puntualidad que no tenían para ir a sus trabajos o a sus estudios, los 554 se alinearon a las 17.30 horas en punto, para saludar a su capitán.
Después de los tragos, largos, bien mezclados y generosos, se pasó al ahora más engalanado comedor.
Esta vez se prescindió de exotismos tropicales, para estar a tono con el negro y rojo de los trajes.
Langosta, caviar, pavo y champaña...
«Una cena como tiene que ser», comentaban los jubilados a sus compañeros de mesa, intentando cubrir su azoramiento con una capa de frialdad, que consideraban de buen tono.
Y sus oyentes se apresuraban a asentir con displicentes gestos, para ocultar sus propios azoramientos.
Después, el baile.
Las dos orquestas del barco, rivalizando en «ponerse a tono» con el heterogéneo auditorio.
Había que complacer las ansias melódicas de la madura vejez, que parecía ser casi mayoría, pero sin descuidar a los estudiantes y a las jóvenes parejas en viaje de bodas.
Todos tenían que volver contentos a sus casas.
Por eso el repertorio iba desde el recentísimo jalilai, que hacía furor entre la adolescencia americana, hasta los apolillados valses de un siglo atrás.
Los viejos giraban, incansables, y los jóvenes se contorsionaban sin cesar.
«¿Podré aguantar catorce noches de este "trote"?», se preguntaba con cierta angustia un viejo, mientras dos chicas de instituto cuchicheaban entre ellas «Si de ésta no ligamos...».
Todo puede suceder en un crucero al Caribe.
Lo más fantástico, lo más imprevisto, lo más excitante.
Y sucedió.
CAPÍTULO PRIMERO
El 9 de julio de 1997, Tom Kendall se despertó de buen humor.
A sus 31 años y pertinaz soltería, no encontraba motivos suficientes para declararse «harto de todo», como muchos de sus congéneres.
Por rutina, conectó el total visor, mientras se lavaba.
«... Sin noticias. Por tratarse de la zona conocida como "el Triángulo de las Bermudas"...».
Se apresuró a oprimir el botón que oscurecía la pantalla mural y hacía desaparecer la voz del locutor. Estaba harto del «Triángulo de las Bermudas». Desde que tuvo uso de razón barcos y aviones desaparecían en él, con frecuencia cada vez mayor.
Pero los más grandes expertos habían barajado todas las posibilidades habidas y por haber, sin encontrar causas valederas a tan extraño fenómeno. «Y yo —concluyó muy sonriente ante el espejo— en los únicos triángulos en los que soy experto es en los... pubianos».
Una hora más tarde, tras combatir con éxito el calor de las calles de Washington gracias al aire acondicionado de su vehículo, se enfrentaba a su jefe inmediato, y director de la American Farms Inc.[1], John Smith.
Como es sabido, nadie puede llamarse realmente John Smith, así que éste era un nombre clave para esconder la verdadera personalidad de tan importante personaje.
Y a quien pueda sorprender que un simple granjero necesite ocultar su identidad, habrá que explicar que la American Farms Inc. no era más que una de las muchísimas tapaderas que la Agencia Central de Inteligencia, la archiconocida CIA, tenía instaladas a lo largo y lo ancho del globo terráqueo.
Tom Kendall era, claro está, uno de los «granjeros». Y no de los peores, por cierto...
—¿Qué sabe del Morning Star!? —exigió el jefe, sin preámbulos.
—Pues... nada. Pero si es un dato seguro estoy dispuesto a apostar por él...
—¡Acabe con sus estúpidas bromas! —estalló Smith—. La situación es muy grave...
Tom hizo un expresivo gesto de ignorancia.
—¿Quiere decirme que no sabe nada del Morning Star...!? —dudó el otro.
—¿No se trata de un caballo de carreras?
—¡No, imbécil! ¡Se trata de un barco! ¡De un barco que ha desaparecido!
Por la mente de Tom cruzó, fugaz pero deslumbrante, la voz del locutor hablando del Triángulo de las Bermudas.
—¿El que desapareció en el «Triángulo»? —se atrevió a aventurar.
—¡Sí! —siguió estallando el jefe, mientras agregaba—: Si lo sabía, ¿por qué tuvo que hacerme perder el tiempo hablando sobre caballos de carreras?
Tom tampoco tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo, por lo que se contentó con esbozar un gesto de disculpa.
Más calmado, Smith movió su mano en lo que podía interpretarse como una invitación a su subalterno para ocupar una silla. Entendiéndolo así, Tom se sentó.
—¿Qué sabe del asunto? —inquirió el jefe.
—Na... nada... Es decir, lo que oí en las noticias...
—¡Pues sabe tanto como yo! —hizo un gesto indescifrable—. Casi tanto como yo —concluyó enigmáticamente.
Tom, que ni sabía ni entendía nada, se limitó a permanecer en aparentemente respetuoso silencio.
Pero las siguientes palabras de Smith le hicieron dar un salto nada «aparente» en su silla.
—Tendrá que ocuparse del caso, Kendall —había dicho el jefe.
Tom comenzó a protestar, no bien pudo controlar su mente lo suficiente como para ordenar sus pensamientos y traducirlos en palabras.
—Pero... ¿por qué yo? Quiero decir... ¿por qué nosotros? Me refiero a...
Smith permanecía en silencio, esperando que la calma volviera a su subordinado.
—Señor... lo que quiero decir es por qué se ha encomendado a la CIA un problema que compete a la ciencia y no a los servicios de inteligencia... —la calma había vuelto.
El otro encendió un cigarrillo antes de contestar. Después lo hizo con voz tranquila y grave. Sabía que ahora Tom le estaba escuchando atentamente.
—Repasemos los hechos conocidos —comenzó—. El Morning Star , un barco de pasaje construido en 1954 y que desplaza 18.000 toneladas, salió de Port Everglades anteayer por la mañana, para iniciar un crucero de quince días por varias islas del Caribe. Llevaba a bordo 554 cruceristas, más una tripulación de 415 hombres y mujeres. Mantuvo comunicación radial normal con la estación costera de Miami, informando sobre cuestiones de rutina y recibiendo, a la vez, información meteorológica y cables para algunos pasajeros. La última comunicación se mantuvo a las 11.25 horas de la noche, después...
—¿De qué trataba esa comunicación? —interrumpió Tom.
—Hum... —el gruñido era una especie de homenaje a la sagacidad del muchacho—. Se trataba de un cable enviado por... —consultó un papel sobre su mesa— la señora Margaret Williams, a su hijo George, crucerista del Morning Star. El cable decía: «Feliz cumpleaños, hijo. Cuídate mucho. Mamá y papá».
—Podía tratarse...
Esta vez la interrupción no fue bien recibida.
—No me enseñes el oficio, Tom —el tuteo era mal signo en Smith—. El mensaje, así como el joven George, la señora Margaret y el señor Albert Williams, jefe de familia, fueron «pasados» por tres computadoras de acción independiente.
—¿Nada...?
—Absolutamente nada. Al día siguiente, es decir ayer, el bueno de George cumplía 18 años. Es hijo único y sus padres se preocupan en exceso por él. Es el primer viaje más o menos importante que realiza solo. Y no es comunista ni revolucionario —se apresuró a agregar, antes que Tom le interrumpiera. Siguió muy tranquilo—: Sus padres nunca se interesaron por la política, aunque votan regularmente a los demócratas...
Desechó con un amplio movimiento de manos el irónico gesto de Tom.
—¡No, Tom! El que voten a los demócratas no les hace obligadamente revolucionarios...
El muchacho rió para sus adentros. Smith era republicano. Y, aunque dijese lo contrario, desconfiaba de los demócratas.
—En fin —concluyó—, nada por el lado de los Williams. En cuanto a las condiciones meteorológicas, no podían ser mejores. Soplaba un NE de fuerza uno y la visibilidad era todo lo buena que puede ser en una noche iluminada por la inmensa luna del Caribe...
Tom miró sorprendido a su jefe. No estaba acostumbrado a sus expansiones románticas.
—Mi... nuestro viaje de bodas fue un crucero al Caribe... —se excusó el otro, apresurándose a regresar a terreno más firme—: Hemos «pasado» por la computadora a todos los pasajeros y, por supuesto, también a todos los tripulantes. Nada.
—Señor... —ahora era Tom quien «estallaba»—. Muchos barcos y muchos aviones han desaparecido en el bendito Triángulo... Se han barajado decenas de hipótesis, desde la acción de vientos encontrados, hasta la intervención de extraterrestres, sin que nada en concreto se sepa hasta el momento... Se ha hecho de todo, menos enviar a un agente de la CIA a investigar... Un agente que, por supuesto, no es un científico, sino todo lo contrario... ¿Por qué ahora...? —y se quedó en silencio.
—Porque esta vez hay un factor distinto. Algo que nos incumbe directamente. ¿Ha oído hablar de Edward Thorpe?
—¿El científico que, según se dice, trabaja en la construcción de una bomba solar?
—Él mismo. Su bomba tendría un efecto mil veces más devastador que la más potente de las nucleares conocidas...
Tom emitió un admirativo silbido.
—¿Qué pasa con Thorpe? —quiso saber.
El otro hizo un gesto evasivo.
—Se dijeron algunas cosas... El FBI vino hasta nosotros con una historia poco creíble acerca de encuentros «casuales» entre Thorpe y personas de las que se desconfiaba... En fin, ordené que se le vigilara con absoluta discreción...
—¿Y...?
—Nada. Thorpe recibe a mucha gente, se «encuentra» con mucha más, es conocido en todos los círculos científicos y aun en los mundanos, porque sabe vivir bien, pero no hemos podido descubrir nada condenable, ni aun sospechoso en todo eso...
—¿Entonces...?
—Edward Thorpe era uno de los cruceristas del Morning Star.
—Pase Alexis. Le aguardaba con impaciencia.
—Lo siento, señor. Estaba fuera de Moscú. Como aún me quedan nueve días de vacaciones...
—Ya no, Alexis. Me he visto obligado a cancelárselas.
El alto y rubio joven ahogó un gesto de disgusto. El servicio era lo primero... Cuando se ofreció voluntario como agente del servicio secreto se lo habían advertido.
—De acuerdo, señor —se limitó a decir.
—Bien, Alexis —sonrió el otro—. La misión que voy a encomendarle puede que sea monótona, pero al menos se desarrollará en un marco muy agradable...
—¿Berlín capitalista, señor?
El apenas contenido gesto de disgusto en la cara del jefe de inmediato hizo saber a Alexis que, otra vez, había «metido la pata». Su implícita admiración por los goces y disfrutes del Berlín «capitalista» ya le habían traído anteriores complicaciones.
—No, Grorievno —contestó secamente el jefe—. Irá mucho más lejos que a Berlín... —suavizó el tono—. ¿Ha oído hablar del Morning Star?
—Pues... verá usted... Estaba en una playa del mar Negro y allí... —de pronto se le ocurrió una posibilidad de demostrar listeza—. ¿Se trata de un nuevo satélite espía de los yanquis, señor?
El jefe tuvo un estallido idéntico al que horas antes tuviera el señor Smith ante una situación muy similar.
—¡No, maldita sea! —explotó—. ¡Todo el mundo, comunista, capitalista y no alineado está pendiente de las noticias o de la falta de noticias sobre el Morning Star , y mi mejor agente... mi ex mejor agente —se corrigió—, me pregunta si se trata de un satélite!
—Cómo le dije, señor... Estaba en una playa...
—¡Y cuando hace el amor le molestan los transistores, ¿no es eso?!
—No había transistores...
—No había transistores junto a la cama en la que debe haberse pasado todas sus excesivamente largas vacaciones —hizo una pausa, imprescindible para evitar la apoplejía, y continuó, más calmado—: El Morning Star es un barco... un barco americano.
Alexis quiso congraciarse.
—¿Un barco espía...? —aventuró.
Pero el intento resultó lamentablemente fallido.
—¡Pues si es espía está tan bien disimulado que aún no lo hemos descubierto! —volvió a estallar el jefe.
En el nuevo silencio que siguió, Alexis quedó comprometido ante sí mismo a no volver a abrir la boca, si no se le pedía que lo hiciese. A su mente había vuelto el recuerdo de los días pasados junto a la dulce Katiuska.
En algo había acertado el jefe. No hubo transistores junto a la cama.
—... crucero al Caribe —la voz hizo regresar al muchacho a su presente—. Que desapareciera en el triángulo ese no nos preocuparía demasiado... ¿Qué sabe usted del Triángulo de las Bermudas?
—Sólo lo que he leído en los periódicos, lo que nos informa la total visión en los programas científicos y lo que dicen los libros de ciencia ficción...
El jefe hizo un gesto como de barrer papeles inservibles.
—O sea... ¡Nada!
Alexis pensó qué más podría saber el otro del maldito triángulo, pero se abstuvo de traducir sus pensamientos en palabras. Permaneció en silencio.
—Nadie sabe más de lo que dicen los periódicos y la total visión —dijo el jefe, con el tono de un católico occidental confesando un pecado mortal.
—Pero no es eso lo que a nosotros hoy nos preocupa —siguió, con voz de nuevo firme.
Alexis lo miró, interrogante.
—En el Morning Star viajaban medio millar de pasajeros —explicó el jefe—. Personas de lo que allá se denomina clase media... Empleados, jubilados y estudiantes en viaje de fin de curso...
Alexis se aburría. El recuerdo de los brazos —y de todo lo demás— de la dulce Katiuska se hacía en él obsesivo, casi asfixiante. ¿Para qué demonios le habían arrancado de ellos? ¿Qué diablos tenía que ver la desaparición de un inocente mercante con las preocupaciones del Soviet Supremo?
Como leyendo sus pensamientos, el jefe contestó de inmediato a su pregunta.
—En el barco viajaba el científico americano Edward Thorpe, inventor de la bomba solar, un ingenio que asegurará al gobierno que lo posea el dominio absoluto de la Tierra... Pues bien, en la escala que el Morning Star tenía prevista en Jamaica, Thorpe iba a «pasarse» a nosotros...
CAPÍTULO II
Nassau era muy bonito, muy exótico —turísticamente hablando— y muy colorido, pero Tom no estaba de humor para apreciarlo.
Su jefe había elegido esta ciudad para que él iniciara sus investigaciones por el exclusivo motivo de que a ella se dirigía el Morning Star cuando desapareció.
Nassau iba a ser la primera escala del alegre crucero. Ahora la ciudad parecía estar llena de oficiales de la marina y la aviación estadounidense que, junto con las autoridades de la isla, dirigían las tareas de búsqueda del transatlántico esfumado.
Desde el avión, él mismo había podido contemplar numerosas unidades de la flota de los EE.UU., Inglaterra y Canadá, buscando infructuosamente en las inmensas aguas algún resto tangible de lo que —cada vez cabían menos dudas de ello— tuvo que ser un naufragio.
¿Pero un naufragio que no deja el menor rastro?
Siempre había ocurrido así en las desapariciones acaecidas en el Triángulo de las Bermudas.
Mientras se duchaba en la habitación de su lujoso hotel, sintiendo sobre su cabeza el ronronear de los motores de aviones que aterrizaban y decolaban casi constantemente en el aeropuerto de la isla, también ellos animosos aunque inútiles participantes en la búsqueda, Tom pasó somera revista a esas desapariciones.
En las horas que siguieron a su entrevista con Smith, dos expertos de la organización le habían endilgado un cursillo intensivo sobre el tema.
Todo había comenzado, para los americanos, el 5 de diciembre de 1945, apenas concluida la Segunda Guerra Mundial y primera atómica. Una escuadrilla de cinco aviones bombarderos de las fuerzas aéreas decolaron de su base en Fort Lauderdale, Florida, para un vuelo de instrucción rutinario.
Las condiciones meteorológicas eran excelentes, el mar estaba en calma y la visibilidad era perfecta. Una hora y media después de la partida, cuando ya debían estar camino de regreso a la base, la torre de control recibió del jefe de la escuadrilla un mensaje desconcertante: «¡No vemos la tierra, no sabemos dónde estamos!», fue la frase.
Después, los controladores pudieron escuchar un diálogo entre los tripulantes de los aviones, pero las frases eran totalmente incoherentes y su sentido escapó a los oyentes.
Cuarenta minutos después, otra conexión: «No sabemos dónde estamos, el mar está embravecido... creemos estar a 225 millas al noreste de la base...». Esta posición situaba a los aviones entre Miami y las Bermudas.
Tras la palabra «base» la comunicación se corta abruptamente y ya no habrá más señales de vida de los cinco bombarderos.
De inmediato, un gran hidroavión Martin, tripulado por trece especialistas en rescates marinos, es enviado a la zona noreste.
Diez minutos después de su partida, toda comunicación se pierde para siempre con el hidroavión.
Todas las bases de Florida y de la costa este son puestas en estado de alerta general. Un portaaviones que navegaba la zona destaca sus aparatos en la dirección que se le indica y así da comienzo la más gigantesca operación de búsqueda marina jamás realizada.
Decenas —muchas decenas— de aviones y más de doscientos barcos de todo tipo, desde yates de recreo hasta portaaviones, «rastrillan» el mar durante horas, que se hacen días.
Las aguas están absolutamente tranquilas, el viento es normal y la visibilidad óptima.
Pero ni el más mínimo resto o indicio de los seis aviones perdidos puede hallarse.
Y, después, comienzan las preguntas: ¿cómo experimentados pilotos que habían cumplido esos vuelos de rutina docenas de veces pueden haberse desviado tanto de su ruta? ¿Por qué hablaban frases sin sentido? ¿Por qué no efectuaron las maniobras indicadas para casos de emergencia? ¿Por qué no enviaron un SOS?
Demasiadas preguntas para ninguna respuesta.
El inevitable recuerdo del Marie-Celeste , encontrado a finales del siglo pasado próximo a las Azores —en el mismo Paralelo 35 en el que se perdieron los aviones— volvió a muchas mentes. Aquel barco fue hallado intacto, pero sin la menor señal de vida en él. Lo que fuera de su tripulación, nunca pudo saberse. El mar estaba en calma...
Tom salió de la ducha. Enfundado en una camisa y un par de ligerísimos pantalones y calzando frescas sandalias, decidió beberse un trago de la bien surtida nevera que había en el cuarto.
Mezcló gin con ginger ale, una bebida de su agrado y que encontró oportuna para el lugar y la ocasión.
Por discreción, Albert Ruhlman, el «residente» de la CIA en Nassau, no le había ido a esperar al aeropuerto. Pero Tom sabía que se encontraría «casualmente» con él en el bar del hotel, exactamente treinta y cinco minutos más tarde.
Pasó brevísima revista mental a las muchas otras desapariciones acaecidas en el triángulo.
No las recordaba con la exactitud de la primera, pero sí tenía presente a un avión comercial proveniente de Londres que desapareció a comienzos de 1948, con cuarenta personas a bordo.
Ese mismo año, otro avión comercial que, desde Puerto Rico, se dirigía a Miami. Pocos meses más tarde, un avión de transporte que volaba de las Bermudas a Jamaica, con una tripulación y pasaje de diecisiete personas.
La lista era muy larga y Tom había terminado su bebida. Quedaban varios barcos desaparecidos sin dejar el menor rastro, varias embarcaciones de recreo y muchos aviones, pero el muchacho prefirió dejar las estadísticas y el cuarto y marchar hacia el bar.
—Ayer ha llegado un agente ruso... —le informó Albert Ruhlman con acento preocupado, tras los brevísimos saludos de rigor.
—No creo que eso deba extrañarnos —razonó Tom—. También he venido yo. Al fin y al cabo, la desaparición del Morning Star es un asunto suficientemente grave como para...
El otro le interrumpió con un decidido gesto.
—No han venido para investigar sobre el Morning Star , eso no les interesa...
—¿Edward Thorpe?
El residente asintió varias veces con la cabeza, antes de responder.
—Edward Thorpe —repitió—. El hecho de que Alexis Grorievno, un as del espionaje soviético, esté aquí confirma nuestros temores: Thorpe se iba a «pasar» a ellos...
Hubo un instante de silencio, roto por Tom.
—Ponme al tanto de lo que sepas —pidió.
El otro hizo un gesto de impotencia, mientras, con instintiva prudencia echaba una ojeada a su alrededor. Nadie podía oírles; a excepción del barman y un lejano camarero, enfrascado en la lectura de un periódico, el bar estaba vacío.
—Lo que sé con relación al Morning Star es cero...
—Ya me lo temía.
—Nadie sabe nada. El barco no envió ninguna señal de socorro, ni lanzó una bengala ni, por lo visto, echó al agua uno solo de sus botes... En fin, te imagino al tanto de todo esto...
—Sí, lo estoy. La cosa debió ocurrir por aquí cerca, ¿verdad?
—Los expertos y la compañía armadora estiman que el barco no estaría a más de veinte millas de Nassau. Se le esperaba un par de horas después...
—Habrán rastreado la zona, supongo...
Albert le dirigió una mirada entre irónica y conmiserativa.
—¿ Rastreado , dices? ¡ Peinado , sería más exacto decir! Y con un peine muy fino... Barcos de superficie, todo tipo de objetos voladores y los nuevos inframarinos, capaces de descender hasta mil metros de profundidad...
—No cabe duda que nada podré hacer yo que no se haya hecho ya y con infinitamente mejores medios. De todos modos, me gustaría echar una ojeada al lugar probable de la desaparición...
—Cómo se supone que eres un joven millonario en vacaciones, he alquilado a tu nombre una lancha de pesca. Tiene la ventaja de ser superrápida y estar equipada con hipersonar y todo lo necesario. Se llama Lulú Bell y aquí tienes las llaves y la documentación —entregó a Tom un manojo de llaves y papeles que sacó de una pequeña cartera—. Amarradero 114, del Puerto Deportivo —completó.
—Me preocupa la llegada de ese ruso —reflexionó Tom en voz alta, agregando—: ¿Cómo has dicho que se llama?
—Alexis Grorievno. Un nombre que te aconsejo no olvidar...
—¿Kendall?
—Sí, Tom Kendall. Joven, alto, rubio, aspecto atlético y despistado. Pero no te dejes engañar por las apariencias. Tras su aspecto de yanqui deportista y bruto, se esconde una mente sagaz y una inteligencia siempre activa...
—¿Cómo le conoces tanto?
—Coincidimos... o debiera decir, nos enfrentamos... hace un par de años, en Tokio. Ellos y nosotros nos disputábamos a Toshio Mukifuma...
—¿El que logró producir trigo sin tierra y sin agua?
—Sí... No necesito decirte que fue Tom Kendall quien se llevó el japonés...
—¿Qué significa el hecho de que le hayan enviado aquí?
—Que los americanos están al tanto o, al menos, tienen fundadas sospechas, sobre el asunto Thorpe.
—Sí, desde luego. Y ahora dime, querido Ivan, ¿qué se espera que haga yo?
El otro sonrió abiertamente, por primera vez en toda la entrevista.
—Tras haber sido vencido por Tom Kendall en Tokio —contestó—, a mí me rebajaron a la categoría de simple residente aquí, en Nassau, donde nunca pasa nada... ¿Qué puedo aconsejar yo a Alexis Grorievno, as del servicio soviético?
—Pero, señorita, le he dicho ya que no hay una sola habitación libre en el hotel. Estamos en el mes de julio y, además, con esto de la desaparición del Morning Star , han venido muchos...
—Corte el rollo, buen hombre. Esto siempre ocurre en las series de la total visión, pero la chica siempre acaba por conseguir una suite especial.
—Señorita... Ni suite ni modesta habitación... Claro está que hay otros hoteles en la isla...
—Pero yo siempre soñé con alojarme en el Caribbean. Desde niña, ¿sabe?
—No hará muchos años de eso...
—Gracias. Entonces, ¿me alojará en el hotel?
—¡Ya le he dicho que eso es imposible! ¡No hay una sola habitación libre!
—¡Oh, no se preocupe! Dormiré aquí mismo... ¡En aquel sofá!
Y uniendo la acción a la palabra, la hermosa morena se encaminó hacia el lugar indicado.
Algunos de los muchos huéspedes que circulaban por la inmensa recepción, comenzaban a seguir el incidente con ojos divertidos. Quien no se divertía era el conserje. Con gesto de total derrota, oprimió el botón de un timbre.
—¡Acompaña a la... señorita... a la habitación 1.215... y que el diablo me lleve!
Cuando la sonriente morena llegaba al ascensor, el conserje apareció tras ella.
—Su nombre y su identidad —exigió, con voz de trueno.
La chica entregó su documento, mientras decía con voz muy dulce:
—Rennaudeau... Me llamo Elianne Rennaudeau.
CAPÍTULO III
Que el Caribbean estuviera habitualmente con sus habitaciones ocupadas a pleno, no era una coincidencia. Al confort, que casi era lujo, de sus instalaciones, unía un servicio pensado hasta en sus más mínimos detalles para agradar a los huéspedes.
En todo esto pensaba Tom, mientras despachaba un suculento desayuno tropical, sentado en la terraza de su habitación que, en el piso 21, dominaba la ciudad, el puerto, la bahía y hasta el verdeazulino océano.
Como parte del desayuno, habían dejado sobre la mesa un total visor mini. Lo conectó.
El locutor de noticias parecía nervioso. Tom prestó atención.
En la pequeña pantalla, apareció la conocida figura del dictador cubano, a quien todos llamaban El Gran Viejo.
«Quiero denunciar ante el mundo —estaba diciendo— una nueva y falaz agresión del imperialismo yanqui... El hundimiento del Morning Star. Puede parecer sorprendente y hasta imposible que un gobierno ordene destruir un barco que lleva su bandera, matando a casi mil personas, la mayoría de las cuales son sus compatriotas... Pero esto sólo sorprenderá a quienes no conozcan los deleznables métodos de los señores de la guerra... ¿Y por qué lo han hecho?, se preguntarán ustedes. Yo tengo la respuesta. Porque a bordo del Morning Star viajaba un hombre excepcional. Un americano auténticamente democrático y pacifista, que estaba decidido a entregar su invento de destrucción a la humanidad, para garantizarnos a todos los seres humanos la paz por...».
Tom desconectó el aparato. Ya había oído bastante. Demasiado.
Porque éste era un lío adicional. ¿Estas palabras habrían sido dictadas por el Kremlin? No parecía posible. Nunca Moscú había hablado públicamente de temas tan delicados.
Claro que cabía otra posibilidad. Que lo que Moscú estuviera buscando fuera la guerra...
Volvió a encender el total visor. Ahora hablaba el siempre nervioso locutor:
—«... en Washington. El presidente, en improvisada rueda de prensa, ha anunciado que acababa de exigir a los dirigentes soviéticos una inmediata explicación por las gravísimas acusaciones lanzadas contra el gobierno estadounidense desde La Habana. De no producirse éstas en las próximas veinticuatro horas, Estados Unidos considerará el hecho como una agresión directa y obrarán en consecuencia».
«Las cosas se complican», pensó Tom, mientras se incorporaba velozmente, abandonando el apenas comenzado desayuno.
Decidió que la inocente Lulú Bell , pese a su hipersonar y a su alta velocidad, estaba totalmente superada por las circunstancias.
De nada valdría jugar a los espías en una lanchita de pesca, mientras el planeta estaba a punto de estallar por los cuatro costados.
En un taxi, se dirigió a la pequeña base naval que los americanos tenían en la isla.
—Comprenderá que lo que usted me pide es a todas luces improcedente, señor Kendall —estaba diciendo el formal y casi indignado capitán de navío Roger Ainswell.
—El mundo está al borde de una guerra que, sin la menor duda, será la última. Me temo que ya no haya tiempo de procedencias o improcedencias.
—De todos modos, señor Kendall, sus poderes no llegan hasta...
—¿Conoce el número especial de la Casa Blanca para... cuestiones del servicio? —Tom sonrió para sus adentros. «Cuestiones del servicio» era el eufemismo utilizado por «asuntos de espionaje».
—Sí, lo conozco —asintió a regañadientes el otro.
—¡Pues márquelo! —casi gritó Tom, señalando los varios aparatos telefónicos que aguardaban sobre la mesa.
Como todas las cosas realmente importantes, la conversación fue muy breve.
Tras haber explicado Ainswell a su alto interlocutor el motivo de la llamada, todo se redujo a dos «Sí, señor», un «De acuerdo, señor» y la respetuosa despedida.
Después el jefe de la base se volvió hacia Tom.
—Estoy autorizado a permitir que usted utilice el único inframarino que posee la base.
—Gracias.
—¿Se ha sumergido usted alguna vez en uno de ellos?
—Nunca.
—Se requiere un período previo de adaptación...
—No hay tiempo para ello, capitán. Me adaptaré sobre la marcha.
—Naturalmente, declino toda responsabilidad por lo que pudiera ocurrirle...
Tom sonrió, por no lanzar una carcajada. —Capitán —respondió—, no creo que a nadie le preocupe mayormente lo que pueda ocurrirle a un humilde agente del servicio... —y, cambiando de tono—: ¿Está ahora el inframarino en la base?
—Sí.
—Desearía hacer una inmersión de prueba. Aquí mismo, en la bahía...
—Daré las órdenes necesarias —dijo Ainswell, cogiendo ahora otro teléfono.
El nuevo juguete era más aplastado que los submarinos convencionales y, desde luego, más pequeño. En conjunto, recordaba a los platillos volantes, aunque más alargado que ellos.
Su exquisito grado de sofisticación le permitía ser maniobrado por sólo dos tripulantes, aunque podía llevar hasta ocho personas en su perfectamente aprovechado interior.
Estaba equipado con todo tipo de material exploratorio, incluidas, por supuesto, cámaras de filmación, hipersonar, visión total, no sólo en sentido horizontal, sino también vertical, ultrapotentes reflectores y hasta un pequeño cañón que, en caso de necesidad, podía disparar pequeñas pero muy efectivas bombas neutrónicas.
Su autonomía era casi ilimitada, ya que su fuente de energía era nuclear. Podía sumergirse hasta los 2.000 metros de profundidad, aunque nunca había sobrepasado los 1.300.
El teniente de navío Elliot y el teniente de corbeta Volutti, sus tripulantes, explicaron a Tom que la bahía no ofrecía profundidad suficiente para efectuar un descenso idóneo, por lo que éste les pidió que actuaran de acuerdo a sus conocimientos.
Sentado en un confortable, aunque algo estrecho asiento, se dedicó a contemplar las claras aguas, mientras el inframarino salía a mar abierto, navegando a una profundidad de quince metros, y a una velocidad de treinta nudos.
Quince minutos después de haber iniciado la marcha, el teniente Elliot comunicó a Tom por el intercom que habían llegado al lugar elegido. Le pidió que comunicara de inmediato cualquier alteración respiratoria, cardíaca o de cualquier índole que sintiera, «aunque», agregó riendo, «nuestra presurización es perfecta».
El pasajero pronto se convenció de ello. Con creciente sorpresa, escuchó a Elliot informarle que habían descendido a «Cien metros», «Doscientos», «Trescientos» y hasta seiscientos metros de profundidad.
Al alcanzar esta marca, y pese a las protestas de Tom que se encontraba perfectamente, Elliot anunció que «ya era suficiente, por ser la primera vez, y que iniciaban el regreso».
Una hora más tarde, al abandonar la base en un coche provisto por el ahora más amable Ainswell, descubrió, no sin cierta satisfacción, ya que esto era lo suyo, que otro coche, ocupado por dos hombres, le seguía.
Pudo haber ordenado al chófer que les diera esquinazo, pero lo juzgó desde todo punto de vista innecesario. Al fin y al cabo, regresaba a su hotel y era imposible que sus seguidores no supieran donde se alojaba...
Pero no dejaba de ser fastidioso el hecho de que sus pasos fueran seguidos. Su estancia en la base naval les habría servido a esos señores para sumar dos más dos y, Tom estaba seguro de ello, a estas alturas sabrían lo del inframarino.
El coche se detuvo ante la inmensa entrada del Caribbean; mientras descendía, el americano pudo constatar que sus seguidores también se habían detenido, aunque, claro está, a prudente distancia.
Con un mental encogimiento de hombros, encaminó sus pasos al comedor, dispuesto a regalarse con un opíparo almuerzo.
La inmersión «en serio» tendría lugar a la mañana siguiente y le habían aconsejado que esa noche cenara muy ligeramente.
Él almuerzo fue realmente opíparo, tanto que Tom sintió lo que más era necesidad que deseo de descabezar un sueñecito. Pero desdeñó el aire acondicionado de su habitación, prefiriendo la suave brisa que corría entre los copudos árboles que rodeaban la grande y sinuosa piscina del hotel.
Llevó una mullida tumbona hasta el más oscuro y fresco lugar que pudo encontrar, se tumbó sobre ella y se quedó dormido.
CAPÍTULO IV
El despertar fue inesperado.
Una hermosísima morena, en casi inexistente bikini, le miraba con gesto de preocupación, con sus ojos a no más de un palmo de los suyos.
—¡Ah, estaba dormido! —exclamó la morena, al verle reaccionar.
—¿Y qué creía que estaba? —contestó el otro, con un malhumor que le hacía ser irrespetuoso.
En realidad, había soñado con persecuciones automovilísticas que terminaban en vuelco, incendio y muerte, algo que le había ocurrido realmente en Singapur, que había costado la vida a Lester Harrington, su mejor amigo, y que no podía borrar de su subconsciente.
Al ver, todavía entre las brumas del sueño, la cara de la desconocida casi pegada a la suya, creyó revivir el instante en que recuperó la conciencia, tras el accidente, en una cama del Hospital General de Singapur, y contemplando la atenta cara de una enfermera nativa.
Todo eso justificó su irritada reacción.
Es decir, pudo justificarla ante sus propios ojos, pero no ante los ahora furiosos de la chica.
—¡Oiga! —se indignó, con marcado acento francés—. ¿Dónde aprenden, si es que aprenden, educación los americanos?
Tom, ya despierto totalmente, evaluó en un segundo la situación. Lo primero que le habían enseñado en el servicio había sido no creer en las coincidencias. Aunque no sin dolor, descartó sus encantos personales como motivo para el acercamiento de la chica.
«De acuerdo —accedió—, es una espía. Francesa, rusa, ecuatoriana, ¡qué más da! Pero es una real belleza... y no creo que pueda sacarme nada que yo no quiera darle...».
Recordó que le habían recomendado cenar ligeramente. Decidió que nada malo le ocurriría por hacer el amor también ligeramente...
—Algunos americanos aprenden educación en los salones de Boston; otros, como yo, en los salones de Harlem...
Ella sonrió apenas y se incorporó, gesto que fue ágilmente imitado por Tom.
—Le vi a usted tan inmóvil y, a la vez, respirando tan agitadamente, que temí...
—Le agradezco su interés, pero a mi edad el infarto sólo puede afectar a los millonarios...
—¿Y usted no lo es? Yo creía que todos los americanos lo eran...
Tenía sentido del humor la chica. Mejor, pensó, así no se aburriría después...
Decidió pagarle con la misma moneda y, con rápido movimiento, le pellizcó el trasero.
Auténticamente atónita, la chica dio un salto atrás, gritando:
—¡Eh, oiga! ¿Pero qué se ha creído?
Tom puso cara de sorpresa.
—¿Cómo, no le ha gustado? ¡Pues yo creía que a todas las francesas le gustaba!
La cara de la chica pasó de atónita a sorprendida, de sorprendida a tranquilizada y de tranquilizada a sonriente.
Cuando llegó a este punto, Tom creyó oportuno presentarse.
—Me llamo Tom Kendall, ¿y tú?
—Elianne Rennaudeau.
—Bonito nombre... Supongo que habrás venido a Nassau para practicar el surf y bailar jalilai, ¿verdad?
Ella puso cara de ingenua.
—Para todo eso... y para encontrar al hombre de mis sueños...
Tom lanzó una carcajada. Empezaba a gustarle la chica.
—¡Pues ya lo has encontrado! —gritó. Y, tomándola del brazo—: Ven... Comencemos nuestra vida en común bebiendo un buen trago...
Mientras bebían el trago en el bar ubicado junto a la piscina, fueron fotografiados repetidas veces por una simpática pareja que aparentaba estar jugando con un gran balón.
Media hora después, las fotografías de revelado instantáneo era pasadas por un ordenador visual, ante la atenta mirada de Alexis Grorievno.
El perfeccionado ingenio sólo tardó treinta segundos en dar la respuesta: Renée Bertier; 25 años; 1.67 metros; pelo negro; señas particulares ninguna; nacida en París; licenciada en Psicología; experta en artes marciales; idiomas: francés, inglés, alemán, ruso —aquí un silbido de admiración emitido por los tres hombres presentes—; reclutada como psicóloga por el ejército francés en 1995; actualmente, agente especial del Deuxième Bureau...
Los tres se miraron muy satisfechos. El residente comentó:
—Una representante de la dulce Francia... Ya se puede decir que estamos todos.
Alexis sonrió, pero sin abrir la boca. La belleza de Renée Bertier, que para la ocasión se hacía llamar Elianne Rennaudeau, le había dejado sin habla.
Como la tarde anterior, Tom volvió a tener un inesperado despertar. Esta vez con el desagradable agregado de una fría y no desconocida presión en su sien izquierda.
Abrió los ojos con fastidio, pero sin temor. Aún medio dormido imaginaba claramente lo que estaba ocurriendo.
Con los ojos del todo abiertos y enfocando el lugar adecuado, pudo comprobar la certeza de lo que imaginara.
Elianne, ahora completamente vestida, apoyaba en su sien el cañón de una pequeña pistola láser.
Tom se limitó a hacer un aburrido gesto con sus manos, mientras la chica decía, con tono que el oyente juzgó melodramático:
—No te muevas... ¡o te desintegro!
—Pero si ya te dije que no soy millonario... —se quejó Tom.
Estaba seguro que su identidad era perfectamente conocida por Elianne, pero no tenía por qué darle ventaja.
Tampoco ella estaba dispuesta a dársela. O a perder tiempo.
—Sé perfectamente quién eres —explicó, con voz paciente—. Lo que has venido a hacer aquí y cuándo vas a sumergirte en el inframarino...
—¿ Inframarino...? ¿Qué cosa puede ser algo con tan horrible nombre?
—Deja de hacer el payaso, porque me pones nerviosa y puedo hacer un movimiento involuntario con el dedo que aprieta el gatillo...
Tom puso cara y gesto de «buen chico».
Sus expresiones y el hecho de estar desnudo sobre el lecho, convertían en casi ridícula una escena que habría debido ser dramática.
—Tom —siguió Elianne, ahora con voz más amable—, tú y yo estamos del mismo lado...
—Tú estás a mí izquierda... —murmuró él y ella tuvo que sonreír.
—Eso es enteramente casual —dijo—. Lo cierto es que estamos del mismo lado. Además... —hizo una significativa pausa—. Hemos pasado una buena noche juntos...
—Y ahora has decidido matarme para conservar por todo el resto de tu vida el recuerdo intacto de esa noche perfecta...
El cañón presionó más la piel.
—Basta, Tom. No tenemos tiempo. Dentro de cuarenta minutos te esperan para iniciar la inmersión...
El americano imaginó que la chica tendría algún informante dentro de la base, para estar tan al tanto de los detalles. Eso tendría que averiguarlo después; de momento, tenía que librarse de ella, cosa que imaginaba muy fácil, ya que ella tendría que permitirle vestirse, lo que le llenaría de magníficas oportunidades.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, para abreviar.
—Acompañarte en la inmersión.
—Sabes que eso es imposible... —no podía ceder a la primera. Ella sospecharía—. Tendrás que arreglártelas para que sea posible.
—No depende de mí...
—¡Me importa un cuerno de quién dependa! —estalló ella y el cañón apretó aún más—. ¡También me importa un cuerno que se dé una alerta general cuando el inframarino ya esté en las profundidades! ¡Pero si no voy yo en él será porque he tenido que matarte y tampoco tú estarás allí!
—De acuerdo —simuló él rendirse—. ¿Voy desnudo o permitirás que me vista?
Ella se alejó de un salto, sin dejar de apuntarle.
—Vístete —dijo.
Tom se incorporó y marchó hacia el cuarto de baño, pero no pudo cerrar su puerta, como era su intención.
—¡Deja la puerta abierta! —le gritó ella—. ¡Nunca de lo que hagas puede asustarme!
Él hizo todo lo que tenía que hacer, siempre al alcance del cañón de la pistola, y regresó a la habitación para vestirse.
Buscaba el momento más adecuado, no sólo para que la pistola no lo desintegrara a él, sino también para que no le ocasionara ningún daño a ella.
Porque, aunque no era ése el mejor momento para recordarlo, lo había pasado muy bien con la chica.
Y, al fin y al cabo, Elianne tenía razón. Estaban del mismo lado, ya que no tenía duda alguna de que la chica pertenecía a los servicios secretos franceses, o de algún otro país de Europa occidental, ya que los el Este casi nunca enviaban mujeres y mucho menos con tan auténtico acento francés...
Pero, fuera como fuera y viniera la chica de donde viniera, no podía llevarla en el viaje que estaba a punto de emprender.
El momento llegó al agacharse para buscar los zapatos bajo la cama. Ella estaba a dos metros de él, Tom se dejó caer al suelo y rodó hasta ella, todo en un solo movimiento.
Por la fuerza del impacto en sus piernas, Elianne cayó al suelo, sobre él. En ese instante la pistola pudo haberse disparado, pero no lo hizo.
Un minuto más tarde, la pobre chica estaba fuertemente atada de pies y manos con trozos de sábana. Antes que Tom le cerrara la boca con esparadrapo, alcanzó a decir, con voz casi llorosa:
—Pude haber disparado, pero... pero no lo hice...
Él le dio un beso en la mejilla.
—Sabía que podías hacerlo —le susurró al oído—. Pero también sabía que no lo harías.
Desde la puerta, la consoló enviándole un beso y diciendo:
—La camarera vendrá a arreglar la habitación antes de una hora.
Desde la cama, donde cuidadosamente él la había depositado, la chica se contorsionó en un doble intento de demostrarle su furia y aflojar sus ligaduras.
Una hora en tan incómoda e irritante situación puede ser mucho tiempo, pero Elianne no iba a esperar tanto.
Alexis Grorievno vio salir del hotel al americano. No le siguió de inmediato porque no quería ser descubierto por la francesa que, de esto estaba convencido, saldría enseguida tras la presa común.
Pero, después de dos interminables minutos de espera, una idea notablemente exacta de lo que podría haber ocurrido en la habitación del hotel se formó en su cerebro.
Y penetró en el establecimiento, en lugar de ir tras Tom, porque su rápida mente le indicó que la nueva situación podía serle muy conveniente.
CAPÍTULO V
En un gesto de buena voluntad hacia la prisionera, Tom se había abstenido de echar llave a la puerta, por lo que Alexis pudo entrar a la habitación sin problemas.
No liberó a Elianne, se limitó a mirarla con sorna, mientras la chica volvía a sus furiosas contorsiones, para hacerle entender al extraño visitante que no era ésa su forma de descansar preferida.
El soviético se sentó al borde de la cama.
—Señorita Renée, alias Elianne Rennaudeau, según consta en el registro del hotel, yo soy... hum... un amigo de Tom Kendall y, espero, también lo seré de usted...
Hablaba un correctísimo francés, pero con el acento suficiente como para que la chica pudiera identificar su país de origen e imaginar todo lo demás. Permaneció en atenta escucha e interrumpió sus contorsiones.
—Bien, preciosa —urgió el visitante—, ni tú ni yo tenemos tiempo que perder. Sé que Tom Kendall ha ido a la Base Naval americana, para sumergirse en uno de los nuevos juguetes imperialistas. Imagino que tú quisiste acompañarlo y que él, demostrando lo reaccionario y ciego que un hombre puede llegar a ser, digamos que declinó aceptar tu compañía...
Ella mantuvo su impersonal actitud, pero él sabía que las cosas habían sucedido como las imaginara. Adelantó su mano y quitó de un tirón el esparadrapo.
Cuando Elianne empezó a proferir «¡Oiga, usted...!», con voz de furia, la contuvo con un gesto.
—Evitemos las comedias —dijo—, porque no hay tiempo para ellas. Yo voy a descender en el juguete y tú vas a ayudarme a conseguirlo.
La chica le miró, ahora sí auténticamente sorprendida.
—Pero si yo... —comenzó a protestar.
—¡Sí, ya sé! —le interrumpió él—. Vas a decirme que tú lo intentaste con el éxito que está a la vista... Pero ahora somos dos. ¿No fueron los franceses los inventores de la frase «La unión hace la fuerza»?
—¿Por qué imagina que yo voy a colaborar con usted?
Alexis sonrió.
—Creo que, dadas las circunstancias, podríamos tutearnos... —se burló.
—De acuerdo, «rusky», nos tutearemos. Repito la pregunta «en tuteo»: ¿Por qué diablos se te ocurre pensar que yo voy a colaborar en tus locos planes?
—Elianne, me decepcionas. ¿Qué clase de superagente eres tú? ¿Es que tan mal anda Occidente que yo no consigue ni agentes capaces para sus estúpidas batallitas...? —su cara volvió a endurecerse—. Cooperarás conmigo por dos razones. Primera: Es tu única oportunidad de participar en la excursión a las profundidades. Segunda: Te mataré en cuanto imagine que intentas traicionarme. Y ahora, en marcha.
No perdió el tiempo en deshacer los nudos, los cortó con un cuchillo de mango corto pero larga y afilada hoja, que sacó de una vaina cuidadosamente adherida a su pierna derecha.
—Un tanto melodramático, ¿no? —comentó Elianne. Pero Alexis no pareció apreciar la ironía.
No tenía tiempo para bromas.
La base que los americanos mantenían en Nassau desde los lejanos días de la Segunda Guerra Mundial era vieja, pequeña y no cumplía ningún objetivo estratégico.
El hecho de que por esos días dispusiera de un inframarino se debía a motivos científicos y no militares. Por motivos de buenos fondos y notable riqueza animal y vegetal en las profundidades, un equipo de especialistas estaba destinado con carácter permanente en la base y ellos habían conseguido en «préstamo» el aparato. Y sólo por un mes.
Una base que cuenta con poco personal, que se dedica a trabajos científicos y no militares y que sus instalaciones cuentan con casi cincuenta años de antigüedad, va de suyo que no posee un sistema de seguridad perfecto.
Con ello contaba Alexis Grorievno para alcanzar el éxito con su arriesgado plan, mientras oprimía contra el flanco de su dueña la pistola láser que Tom no se había preocupado por llevar.
Estaban en el coche del ruso, pero era la francesa la que conducía a la velocidad de vértigo a la que la obligaba su captor.
«¡Que el americano demore su salida lo más posible!», rogaba éste mentalmente al dios de los comunistas.
Tom hubiera querido partir no bien llegar a la base, pero el capitán Ainswell le informó que los rusos estaban a punto de hacer pública su respuesta al «ultimátum» americano, por lo que accedió a acompañar a su anfitrión hasta la sala de oficiales.
En un recinto amplio, pero con cierto aspecto de «lugar de paso», una docena de marinos, entre los que se contaban Elliot y Volutti, permanecían sentados en sillones y atentos a la pantalla mural del total visor en el que, a la sazón, el «hombre del tiempo» pasaba el parte meteorológico.
Pero dos minutos después se conoció la respuesta rusa.
Moscú soslayaba hábilmente la acusación lanzada contra Washington de haber hundido el Morning Star , pero apoyaba las invectivas del «Gran Viejo» sobre las intenciones belicistas de los americanos y anunciaba el estado de alerta «defensiva» de todas sus fuerzas, incluidas las del Pacto de Varsovia.
Como era de prever, sobre Edward Thorpe ni una palabra.
Tras beber de pie y con prisas una taza de café, Tom, junto con Elliot y Volutti y acompañado por Ainswell, marchó hacia los muelles. Diez minutos más tarde, el inframarino iniciaba la inmersión.
Cómodamente instalado en su asiento, Tom consultó maquinalmente su reloj. Hacía una hora y veinte minutos que dejara a Elianne en posición mucho más incómoda que la que él disfrutaba en esos momentos; Se preguntó si ya habría sido liberada y deseó que así fuera.
Alexis distendió su rostro en una sonrisa de triunfo. Había acertado. Una sombra confusa, navegando a unos quince metros de profundidad le anunciaba la llegada del inframarino.
Desde su llegada a Nassau se había dedicado a estudiar concienzudamente la base naval americana. Por eso sabía que la salida de la dársena a mar abierto era relativamente estrecha y de no mucha profundidad, debido a las masas de arena que las corrientes marinas agolpaban contra ella.
Decidió que ése sería el mejor —en realidad, el único— lugar en el que podría «abordar» con alguna probabilidad de éxito a la nave submarina y había acertado.
Se lanzó hacia ella con un movimiento ascendente de las aletas colocadas en sus pies, porque calculó que el inframarino estaría unos cinco metros por encima de sus cabezas.
La de él mismo y la de la francesa, «unida» a él por las esposas que el ruso había tenido buen cuidado de colocarle y colocarse a sí mismo. La muñeca izquierda de él, unida a la muñeca derecha de ella...
Tuvo el tiempo justo para adherir en el fondo trasparente de la nave la bomba magnética que llevaba en su mano derecha. Después, el inframarino les arrastró tras de sí, pero ya no había peligro de perderlo. La bomba estaba perfectamente adherida al casco y la mano de Alexis perfectamente introducida en su cómoda agarradera.
¡Y ninguno de los tripulantes de la nave había visto nada!
Con gran esfuerzo, por tener que utilizar para la maniobra la mano izquierda unida a la derecha de Elianne, consiguió adherir en el casco, muy cerca de la bomba, el pequeñísimo y ultrasensible micrófono del intercom portátil incorporado a su traje de submarinista.
—Buenos días, amigos —dijo con alegre voz.
Entonces sí los tripulantes les vieron.
Pasaron varios segundos hasta que la mente de los tres aceptó como auténtica la imagen que sus ojos le trasmitían. Cuando eso ocurrió, Elliot detuvo la marcha de la nave. Fuera éste un movimiento instintivo o calculado, sirvió estupendamente bien a los planes de Alexis, ya que le permitió soltar la agarradera de la bomba, aprovechar la mano liberada para abrir la anilla que esposaba su muñeca izquierda con la llave que llevaba colgando de una cadena en su pecho, y pasar la anilla por la agarradera de la bomba, volviendo a cerrarla. Todo ejecutado en menos tiempo del que necesitaron los americanos para salir de su estupor.
—La cosa está clara —dijo Alexis, ya terminada su tarea—. O me dejáis participar de la excursión, o voláis por los aires, junto con esta hermosa francesa, dentro de... —consultó su reloj—. ¡Un minuto y veinte segundos! Momento en el que yo estaré ya muy lejos —concluyó, con voz burlona.
Los americanos consultaban entre sí, haciendo nerviosos gestos que aumentaban la diversión del ruso. En cuanto a Elianne, deseaba que Alexis se saliera con la suya... No sólo para no morir, que ya era suficiente motivo, sino para participar en la inmersión y, de paso, vengarse de Tom Kendall que tan mal la había tratado.
Alexis volvió a consultar su reloj.
—Faltan cincuenta segundos —dijo.
Tom se separó de los otros y le miró, preguntando en voz lo suficientemente alta como para hacerse oír:
—¿Cuáles son sus condiciones?
El otro manipuló brevemente en la bomba, antes de responder.
—Como veo que estáis dispuestos a dialogar —explicó—, he retrasado la explosión hasta dentro de dos minutos exactos. No perdamos tiempo, mis «condiciones» son muy modestas: que me dejéis participar de la pesca. Eso es todo.
—¡Ni hablar! —se enfureció Tom. Alexis hizo un irónico gesto de despedida con el brazo y comenzó a alejarse del hipermarino. Por precaución, miró el reloj. Faltaba un minuto y veinticinco segundos para que venciera el nuevo plazo. No tenían tiempo de emerger y quitar la bomba.
A tres o cuatro metros de distancia, se volvió. Elianne le miraba aterrada y eso conmovió su sensible corazón eslavo.
Los tres de a bordo también le miraban razonablemente asustados y eso no le conmovió en lo más mínimo. Por el contrario, le resultó divertido.
Con dos brazadas volvió junto a Elianne y miró el reloj. «Cuarenta y cinco segundos», anunció.
No hubo más cabildeos en el interior de la nave.
—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó Elliot, con voz sorda.
Alexis volvió a manipular en la bomba, mientras sonreía amablemente a Elianne y se cogía de la agarradera.
—Aléjense un par de millas más de la costa, para que no nos vean...
—La Base ha oído todo lo que usted y nosotros hemos dicho —le interrumpió Elliot.
—Eso no me importa —contestó el otro—. La Base no posee más inframarinos... No podrán seguirnos adónde vamos. Cuando estén dos millas mar adentro, emerjan lentamente. De momento, he desconectado la bomba, pero, naturalmente, la volveré a conectar al primer movimiento sospechoso...
El inframarino volvió a ponerse en marcha.
Diez minutos más tarde, Elianne caía en brazos de Tom y Volutti apuntaba con su pistola a Alexis.
—No sea tonto, teniente —le reconvino éste, mostrándole la bomba, que ahora llevaba en su mano—. Conviene que nos llevemos bien. Nunca como en estos instantes se podrá decir que «estamos todos en el mismo barco»... —se volvió hacia el hierático Elliot—. Usted manda, capitán. Cuando lo desee, puede poner rumbo a lo desconocido.
El americano puso en marcha los complejos mecanismos de la nave, que inició con creciente velocidad el descenso a las desconocidas profundidades.
La aventura iba a comenzar.
CAPÍTULO VI
—Estamos navegando a mil metros de profundidad. Por encima de nuestras cabezas está el llamado Mar de los Sargazos —informó Elliot.
Elianne, ya mucho antes liberada de las esposas, estaba sentada junto a Tom. El capitán y su ayudante se ubicaban tras los mandos. Y, tras los cuatro, Alexis, con su bomba al alcance de la mano, los vigilaba a todos, sin dejar de echar ávidas ojeadas al exterior.
—¿A qué profundidad se encuentra aquí el fondo? —quiso saber Tom.
Elliot echó una ojeada a la pantalla del sofisticado sonar.
—Dos mil cuatrocientos quince metros —informó.
—Es decir que nunca podremos llegar hasta ella... —se desalentó el americano.
—Los hipermarinos soviéticos pueden descender hasta los tres mil metros —terció Alexis.
— Podrán descender hasta los tres mil metros, cuando los fabriquen —contraatacó Tom—. De momento, sólo pueden descender en los papeles...
—El fondo asciende mucho unas millas más adelante —intervino Elliot, agregando—: He pensado que nos convendría recorrer el dorsal atlántico...
—¿El dorsal atlántico...?
—¿Qué es eso del dorsal atlántico? —preguntaron, casi a la vez, Tom y Alexis.
—Una inmensa línea de fractura submarina que va desde Islandia hasta la Antártida —dijo Elliot, agregando—: Una zona fascinante, que sólo desde hace un par de décadas se está estudiando y de la que casi nada se sabe...
—Una línea de fractura que podría funcionar como una monstruosa aspiradora —reflexionó Alexis, en voz alta.
—Ese dorsal atlántico —quiso saber Tom—, ¿sigue aproximadamente la línea que une las azores con las Bahamas?
—Sí —la respuesta de Elliot llevaba implícita una interrogación, pero fue Elianne quien la enunció.
—¿Por qué lo preguntas?
Tom evadió la respuesta con un gesto.
—Por nada especial —dijo—. Simplemente recordaba viejas historias... leyendas oídas en la infancia...
—¡Mirad allí! —gritó Volutti, señalando un punto situado frente a él.
Los tres «pasajeros» dejaron sus asientos y se apiñaron tras el joven teniente, forzando su vista para descubrir, a la luz de los potentes faros, el motivo de su sorpresa.
No tardaron en descubrirlo. No delante, sino bajo ellos el fondo marino, a no más de cien metros bajo sus pies, parecía hervir en un eterno fuego, que arrojaba a las alturas millones de burbujas, como manifestación visible de una terrible actividad. —El dorsal atlántico, ¿verdad?— preguntó Elianne.
Los dos marinos, absortos ante el espectáculo, se limitaron a asentir con la cabeza.
—Un espectáculo impresionante, sin duda —comentó Tom—, pero no la «aspiradora» a que nuestro huésped hizo referencia...
Este también respondió sólo con gestos de sorpresa e ignorancia.
Siguieron la línea de fractura. El movimiento de las aguas, aun a la altura a la que ellos se encontraban, era tremendo. Pero los reactores nucleares de la nave estaban en condiciones de aportar toda la energía necesaria para asegurar una navegación estable, aun en esas condiciones.
Confusamente, a causa de la oscuridad que los focos no alcanzaban a disolver, pero, más aún, de la tremenda actividad que se desarrollaba en su interior, los atónitos navegantes alcanzaron a determinar la existencia de dos como labios, uno avanzando hacia el África y otro hacia América, constantemente en movimiento.
La planetaria boca que entre los dos formaban quedaba casi cerrada, un instante, para abrirse desmesuradamente al instante siguiente, como en siniestra carcajada de desdentada boca.
—No quisiera ser tragado por ella —dijo Tom, resumiendo lo que todos sentían.
—¿Estará allí dentro el Morning Star? —preguntó Elliot a continuación, sin obtener respuesta.
Parecía posible que así fuera. El vacío que debía generar esa monumental fuerza de succión podía ser causa de la desaparición de ese y de los otros barcos, aun cuando no afectara al inframarino, pero ¿y los aviones desaparecidos?
Imposible suponer que la fuerza de atracción llegara hasta varios miles de metros sobre el nivel del mar. No, el espectáculo podía ser todo lo sorprendente y aterrador que fuese, pero no era la solución del enigma que les había llevado hasta esas profundidades.
Elliot, minutos más tarde, explicó todo esto, agregando:
—Creo que debiéramos regresar...
—¿Regresar? —se inquietó Alexis.
—Me refiero —aclaró el comandante— no a un regreso a la base, sino a la proximidad de las Bahamas... O adonde a ustedes se les ocurra —concluyó inesperadamente.
Sin habérselo propuesto, Tom y Alexis se miraron, como pidiéndose mutuamente opinión.
Los dos se apresuraron a desviar ojos y cabeza y poner gestos de fastidio, pero Elianne se echó a reír, diciendo:
—¡Ya sospechaba yo que terminaríais siendo buenos amigos! Lo malo es que ninguno de los dos tiene un itinerario para proponer, ¿verdad?
Obtuvo silencio por respuesta.
—Navegaremos bajo las islas —decidió Elliot, haciendo dar un diestro viraje a la nave.
Llevaban casi una hora en viaje de regreso. Seguían una ruta paralela al dorsal, aunque éste hacía ya tiempo que había desaparecido de la vista, al hundirse el fondo a profundidades superiores a los 2.000 metros, inaccesibles para ellos.
De pronto, Elianne oprimió con histérica fuerza el brazo de Tom, todavía de pie a su lado. El americano, cogido de sorpresa, la miró entre el desconcierto y el enojo.
Pero la chica no le miraba a él, con expresión casi hipnótica, sus ojos estaban fijos en un punto situado fuera y a babor de la nave. Tom siguió la dirección de su mirada... Y también quedó como hipnotizado.
Porque lo que estaba viendo, ¡a 1.500 metros de profundidad bajo el Atlántico!, era una construcción en forma piramidal, que de inmediato recordaba a las pirámides de Egipto...
CAPÍTULO VII
—¡Construcciones...! ¡Construcciones humanas! —Tom fue el primero en hablar.
—Humanas... Terráqueas, quiero decir, no nos consta que lo sean... Pero sí que se trata de obras realizadas por seres racionales y con un nivel de inteligencia, al menos, similar al nuestro —puntualizó Alexis.
—¿Al nuestro? —se indignó Elianne—. ¿Cuándo nosotros, los seres humanos, hemos sido capaces de construir pirámides o... lo que sea, a más de mil metros de profundidad bajo el nivel del mar?
El ruso no respondió, pero eso no preocupó a los tres. Todos miraban fascinados el increíble espectáculo que la ahora reducida marcha de la nave les ofrecía.
Debía tratarse de una ciudad, porque las construcciones eran numerosas y parecían guardar cierto orden y simetría. Casi todas era piramidales, pero un par de ellas tenían forma cilíndrica y su altura era muy superior a las otras. De unos veinte metros de altura las pirámides y entre cuarenta y cincuenta, los cilindros.
—¿Habrá seres vivos ahí dentro? —preguntó Elianne.
Las respuestas fueron varias, pero todas silenciosas: encogimientos de hombros y gestos de ignorancia.
En realidad, los navegantes no habían superado el estadio del estupor. Sus mentes, aunque receptivas y en estado de máxima alerta, aún no podían «digerir» lo que las células nerviosas les trasmitían desde los ojos.
Tenían la vista fija en las construcciones, situadas a más de un centenar de metros de la nave las más próximas, y por eso no advirtieron que se estaban desviando de la ruta que se había programado en el ordenador. Segundo a segundo, derivaban a estribor, es decir, alejándose de la «ciudad».
Cuando Elliot volvió la vista hacia los mandos, ya era tarde. Alcanzó a ver algo oscuro que le pareció una inmensa boca abierta para engullirlos, también alcanzó a proferir un inútil grito de alerta.
Pero nada más.
Los otros escucharon el grito y, por un movimiento maquinal, se volvieron hacia al comandante.
Sólo alcanzaron a ver una oscuridad mucho más profunda que la de esas oscuras profundidades.
Entonces comprendieron que, por alguna misteriosa causa, la energía nuclear que movía e iluminaba al inframarino había desaparecido.
Con un irracional temor a lo desconocido, paralizados en sus lugares, los cinco comprendieron que estaban descendiendo muy suavemente por el negro «esófago» de esa boca que los había tragado.
No más de un minuto duró el descenso. Después, la nave se detuvo. Tras unos instantes de inmovilidad y negrura absolutas, todo cambió.
Heridos por una luz potente, los cinco cerraron sus ojos y los protegieron con instintivos movimientos de sus brazos.
Todavía con sus facultades alteradas por el cúmulo de inéditas circunstancias, los mecanismos de reacción de Tom comenzaron a funcionar. Siempre protegiéndose con su brazo, entreabrió los ojos.
La luz no era tan exagerada como le pareciera, tras la total oscuridad que acababan de dejar. Poco a poco, pudo acomodar sus conos y bastoncillos a ella, y liberarse de la protección que entorpecía su vista.
Lo primero que le llamó la atención fue la absoluta falta de agua fuera de la nave. Decidió que, en algún momento durante el descenso, un sistema de esclusas había actuado.
Mientras Elliot y Alexis abrían sus ojos a la irrealidad que les rodeaba, Tom prosiguió con sus comprobaciones.
La nave estaba posada sobre una inmensa plataforma de algún material firme pero, a la vez, muelle. El recinto en el que se hallaban era circular y podía tener cien metros de diámetro. En todo lo que su vista alcanzaba, estaba vacío, excepto por la plataforma sobre la que estaban.
Las paredes no eran perpendiculares al suelo, sino que formaban un ángulo agudo con él. Elevó su vista. El techo estaba a unos treinta metros sobre sus cabezas. Ahora estaba cerrado, pero era visible que dos puertas podían abrirse en su centro. El diámetro del techo no tendría más de cincuenta metros. El americano recordó que el inframarino tenía una eslora de treinta metros y una manga de veinte. «Casi a medida», pensó, mirando esa puerta ahora cerrada, por la que acababan de pasar.
Alexis retrocedió hasta la zona de asientos para los pasajeros. Todos salieron de su abstracción, para mirarle.
—Creo que mi bomba podrá sernos útil —explicó el ruso, mientras asía la agarradera del explosivo, que había yacido durante mucho tiempo en el piso de la nave, sin que nadie la recordara.
Las palabras y la acción de Alexis pusieron a todos los otros en febril movimiento.
—Alexis tiene razón —apoyó Elianne—. Tenemos que armarnos lo mejor posible.
—¡Yo me encargaré del cañón! —se apresuró Volutti, encaminándose hacia popa.
Pero un decidido gesto de Tom le detuvo, e hizo que los otros le miraran, sorprendidos.
—No seamos ingenuos —comenzó el americano—. Si estos... seres, sean quienes sean —una sospecha cruzó por su mente y se volvió hacia Alexis—. ¡Oiga! —le espetó—. ¿No será esto una base rusa?
Alexis sonrió.
—Por un momento me pregunté si no sería una base americana —dijo—. Pero de inmediato me convencí que eso era imposible —hizo una pausa, ante la muda interrogación de los otros. Después, dijo—: Vuestra inteligencia no alcanza para construir cosas como éstas...
Elianne rió abiertamente, acompañado por Volutti, que recibió una reprobatoria mirada de su superior. Pero las risas y las palabras que las provocaran actuaron como muy necesarios estabilizadores emocionales.
Había palabras irónicas y había risas, luego había seres humanos que seguían viviendo, aun cuando fuese en una pesadilla...
Con su cara también distendida, Tom prosiguió:
—Decía que es ingenuo pretender atacar con muestro cañoncito y la bomba del rusky a seres que han sido capaces de «engullirnos» y de paralizar nuestra energía nuclear. Deja tu bomba, Alexis —dijo, tuteando y llamando por su nombre al ruso, lo que era toda una novedad y una toma de posición—, pero nada malo veo en que nos llevemos una pistola láser en el bolsillo.
—Pues tendréis que proveernos a Alexis y a mí de ellas —declaró Elianne.
Volutti les estaba entregando las armas, cuando una porción de pared comenzó a girar sobre un invisible eje.
Ya los cinco humanos tenían sus pequeñas pero efectivas pistolas en sus bolsillos, incluso Alexis fue provisto de una de ellas, pese a los gestos de desagrado de Elliot. Tanto el ruso como la francesa, vestían los uniformes de la marina estadounidense que les fueran entregados por Volutti al subir a bordo, para sustituir las chorreantes prendas de submarinistas que les cubrían. Por tal motivo, todos los ocupantes de la nave ofrecerían un aspecto homogéneo a sus misteriosos captores.
Y éstos comenzaban a presentarse.
Cinco seres que no parecían humanos, aunque su conformación física era básicamente la misma de los terráqueos, se acercaban lentamente a la nave.
Eran de estatura uniforme, todos alrededor del metro y medio. Tenían brazos, piernas, tronco y cabeza, con tamaños acordes a su altura. También tenían en su cara ojos, nariz y boca. El ajustado casco que cubría sus cabezas no permitía saber si también tenían pelo.
Pese a todas estas semejanzas, Tom y sus compañeros tuvieron, cada uno por su lado la certeza de que se enfrentaban a seres de otras galaxias.
—No son humanos —susurró Elianne—. No caminan como nosotros...
Era una observación cierta. Daban la sensación de avanzar sin levantar las piernas, como si arrastraran sus pies. Pero no era ésta la única ni la mayor diferenciación.
—¡Sus caras no tienen expresión! —se asombró Alexis. También era cierto. Sus caras no expresaban odio ni afecto ni nada. Incluso sus ojos permanecían fijos.
Pese a sus ropas, que recordaban los uniformes de los viajeros espaciales y que podían pertenecer a la Tierra, se hacía evidente para los observadores que esos seres no eran sus congéneres. Al menos, no del mismo planeta.
Tom oyó claramente la palabra «¡Bajen!», dicha en su idioma y con un tono de mando tan convincente, que de inmediato marchó hacia la puerta de salida. Los otros cuatro estaban haciendo lo mismo y el teniente Volutti se apresuró a accionar los botones que la abrían.
Todos bajaron. «¡Sígannos!», escuchó Tom, mientras dos de sus captores les precedían en la marcha hacia la abertura en la pared del recinto. Los prisioneros les siguieron, escoltados por los tres restantes «anfitriones».
Pronto se enfrentaron a un ascensor, cuyas puertas abiertas indicaban que les estaba aguardando. «¡Entren!», se les ordenó, y así lo hicieron. Uno de los guardias puso en marcha el mecanismo y la caja comenzó un descenso que duraría el tiempo suficiente para que los prisioneros se preguntaran si se les llevaba al centro de la Tierra.
Por fin el ascensor se detuvo y se abrieron sus blindadas puertas. «¡Salgan!». Se enfrentaron a una puerta también maciza y cerrada. Uno de los guardianes hizo como un breve acorde pianístico en la pared y la puerta se abrió. «¡Entren!». Entraron y la puerta volvió a cerrarse tras ellos, sin que los otros la hubieran traspasado.
Con sensaciones encontradas que iban del optimismo al terror, los humanos descubrieron que les habían dejado solos. Un pasillo largo y bien iluminado; al fondo, otra puerta.
—Veamos qué hay tras esa puerta —dijo Tom, y todos le siguieron en su marcha.
No hubo necesidad de acorde pianístico esta vez. La puerta cedió dócilmente al impulso que el americano le imprimió con la palma de su mano.
Lo que vieron tras ella fue otro de los espectáculos increíbles de esa increíble jornada.
Era una especie de jardín, bajo techo, naturalmente. Pero un techo muy alto. Y con un potentísimo foco haciendo las veces de sol y calentando el ambiente. Había césped, algunas flores y numerosos árboles de hasta cinco o seis metros de altura.
Pero eso no era todo. Paseando lentamente por un par de senderos, o descansando bajo los árboles, se encontraban decenas, muchas decenas, de seres humanos.
Varios de ellos se acercaron corriendo a los recién llegados.
—¿De qué país sois?
—¿Ibas en barco o en avión?
Tom se encargó de dar las explicaciones, aunque éstas fueron muy imprecisas. Dijo que navegaban en un yate y, de repente, se vieron en una negra oscuridad, apareciendo en ese extraño lugar.
—Y ahora —pidió—, decidme vosotros cómo estáis aquí y qué es esto.
Un hombre joven tomó la palabra.
—Soy James Willborne —se presentó—. Capitán del ejército de Estados Unidos. Junto con mi esposa y dos hijos, viajaba en el Morning Star...
—¿Qué le ocurrió al barco? —no pudo contenerse Elliot.
El otro hizo un gesto de impotencia. —No lo sé— dijo—. Nadie lo sabe. Muchos estaban bailando en los salones; otros, como mi familia y yo, estábamos en nuestros camarotes... De improviso, sentimos una sensación de vacío en el estómago, como cuando se inicia la marcha descendente en un ascensor demasiado veloz... De inmediato se apagaron todas las luces y un instante más tarde, entre gritos de terror y golpes sin fin, desapareció la sensación de vacío y volvieron las luces. Todos corrimos a cubierta... pera descubrir, con horrorizados e incrédulos ojos, que el barco flotaba sobre agua en un recinto cerrado. Después aparecieron unos seres pequeños y nos trajeron aquí...
—¿Dónde está Edward Thorpe? —preguntó Alexis, motivando un gesto de impaciencia en Tom.
El interrogado volvió su mirada hacia él.
—¿Thorpe...? No le conozco.
—¿Todos los que viajaban en el Morning Star se encuentran aquí? —quiso saber Tom.
—Todos los que quedamos...
—¿Qué quiere decir?
—Se han llevado a muchos... Entre ellos, a mi mujer y a mis hijos. Ninguno de los que se llevaron han regresado.
—¿Sabe para qué se los llevan?
Willborne pareció estar a punto de hablar, pero se contuvo.
—Será mejor que hablen con otra persona —dijo finalmente.
Tras los árboles, aparecieron ante la vista de los recién llegados un grupo de construcciones que, aunque de formas nada convencionales, era evidente que habían sido hechas para servir de residencia a los que allí estaban. El guía penetró en una de ellas, invitándoles a seguirle.
Sentado sobre un jergón, se hallaba un hombre que aparentaba tener unos setenta años. No se levantó al verles, limitándose a hacer un gesto de saludo con la mano.
—Son americanos como nosotros, Walter —presentó el capitán Willmore—. Navegaban en un yate, cuando fueron succionados...
Los cinco se sentaron junto a Walter, sobre el jergón, o en el suelo, que parecía ser de una sustancia plástica.
Tras la conmoción inicial, una sensación de urgencia, una necesidad de acción inmediata se iba apoderando de Tom.
—Díganos muy brevemente todo lo que sabe de este lugar y de estas gentes, por favor —urgió al anciano.
—Soy el más antiguo aquí —comenzó éste—. Me succionaron, junto a mi mujer y a cuatro amigos, hace ya cinco años. Pescábamos con una pequeña lancha en las proximidades de la isla Bimini...
—¿Por qué emplean ustedes el término «succionar»? —interrumpió Tom.
—Porque no conocemos otro más exacto. Poseen un Centro Generador de energía electromagnética capaz de atraer a estas profundidades... porque sabrán que estamos en el fondo del mar... —Tom asintió con la cabeza, porque no quería perder tiempo en explicaciones adicionales—. Tanto a pequeñas lanchas como la mía, como a barcos tan grandes como el Morning Star. Y aviones, desde luego...
—¿Quiénes son? ¿De dónde vienen?
—Vienen de otra galaxia —rio, con risa triste—. Son los tripulantes de los platillos volantes, que durante tantos años desconcertaron al mundo... ¡Y nos tocaría a nosotros descubrir la verdad!
—¿Por qué viven aquí, a tantos metros bajo la superficie de la Tierra? Walter volvió a sonreír sin alegría.
—¿Encontraría usted escondite mejor?
Tom hizo un amplio gesto, que abarcaba la cabaña, los árboles y hasta el Centro Generador.
—¿Pero por qué tomarse la molestia de construir todo esto aquí?
—No lo construyeron ellos —fue la sorprendente respuestas, que tensó las caras de los cinco navegantes del inframarino.
—¿Quién lo construyó, entonces? —era Alexis el que hacía la pregunta.
El viejo se volvió hacia él.
—¿Oyó usted hablar de la Atlántida? —dijo.
CAPÍTULO VIII
Durante casi una hora, Tom y sus compañeros escucharon estupefactos la narración del viejo; cuando acabó, sabían todos lo que necesitaban saber.
En las correrías que los seres de la galaxia Val hacían por la Tierra desde siempre, pero, con muy creciente frecuencia, desde que sus aparatos de detección revelaran que en el planeta se habían realizado explosiones nucleares, descubrieron, seguramente por casualidad, extrañas construcciones en los fondos oceánicos próximos al archipiélago de las Bahamas.
Esto lo supieron por sus avanzados sistemas de fotoscopia, que les permitían fotografiar fondos de hasta 2.000 metros, con total perfección de detalles.
Comenzaron a enviar platillos anfibios, con los que exploraron las extrañas construcciones, ruinas de lo que un día fuera la Atlántida, hundida, según los expertos, siete u ocho mil años antes, a raíz de un tremendo cataclismo.
La ciudad en la que se hallaban era la mejor conservada de todas, seguramente por haber sido la más importante en su día. Entraron en los grandes edificios, exploraron, escudriñaron y encontraron algo que cambiaría sus vidas y, por diabólica consecuencia, las vidas de los habitantes de la Tierra.
Los válicos era una raza de inteligencia superior, pero de cuerpos muy poco desarrollados, lo que creaba una incapacidad insalvable para el ejercicio de los deportes y todo lo que significaba desarrollo físico.
Esta incapacidad funcional, unida a un constante y fatigoso trabajo mental, segaba la vida de los válicos a muy temprana edad. Sus mejores cerebros raramente superaban los treinta años.
En uno de los grandes edificios de los atlantes, seguramente un templo destinado a realizar sacrificios a los dioses, encontraron varios frascos herméticamente cerrados que, una vez abiertos en Val, mostraron contener un líquido rojo en su interior.
El líquido fue analizado, Encontrándose que contenía una serie de componentes químicos, algunos de los cuales podía servir de alimento a los seres vivos.
Uno de los más famosos científicos de Val, que contaba ya 31 años y se sabía próximo a la muerte, decidió inyectarse un preparado de la roja sustancia.
A las veinticuatro horas de la primera inoculación, se sintió más fuerte de lo que nunca hubiera estado. Una semana y seis inyecciones más tarde, podía realizar esfuerzos físicos que asombraban a los más fuertes de sus congéneres.
Desde ese lejano día, la sangre humana fue el más preciado alimento de los válicos.
Pero la de los atlantes muy pronto acabó. Llegó a hablarse de conquistar la Tierra por la fuerza, ya que los habitantes del planeta del universo solar tenían un grado de desarrollo muy inferior al válico, pero este plan inicial se descartó por motivos estratégicos.
La sangre de los humanos, que tan fuertes hacía a los válicos, también haría fuertes a los seres de Gnu, la galaxia rival. Una conquista abierta de la Tierra por Val sería de inmediato conocida por ellos, que disputarían a muerte tal posesión. Y las fuerzas estaban lo suficientemente equilibradas como para no correr riesgos inútiles.
Por otra parte, los científicos válicos lograron preparar concentrados de sangre humana, con lo que se consiguió reducir de cinco litros a 300 miligramos de cantidad estándar para un tratamiento completo, por lo que las exigencias de materia prima se redujeron considerablemente.
Los jefes galáxicos decidieron hacerse con el preciado líquido mediante «golpes de mano» que no llamaran excesivamente la atención de los terrestres y, por supuesto, que no alertaran en lo más mínimo a los siempre alerta habitantes de Gnu.
Acondicionaron convenientemente la principal ciudad de la hundida Atlántida y la convirtieron, no sólo en una base idónea para sus platillos volantes, sino también en un lugar apto para la vida humana.
La tarea fue ciclópea, ya que tuvieron que comenzar por «techar» todas las partes de la ciudad que querían conservar, expulsar el agua, reconstruir y adaptar.
Pero las mentes válicas y su poderosa tecnología eran capaces de hacer todo esto y mucho más.
El punto culminante de la obra fue la instalación de lo que Walter llamara el «Centro Generador».
La fuerza de succión que él generaba era capaz de atraer cualquier objeto metálico —previamente seleccionado— que se encontrara hasta a seis mil metros por encima de la fuente energética.
Esta era la explicación al misterio del Triángulo de las Bermudas...
Tras acabar el relato, Walter se incorporó con esfuerzo y marchó al extremo más alejado de la estancia. Cuando regresó, traía en sus manos una especie de botella y un par de vasos.
—Por razones obvias —sonrió—, nos quieren sanos y fuertes. Este es un sucedáneo del vino terrestre que ellos preparan y que no es del todo malo...
Los vasos vaciados y vueltos a llenar, pasaron de mano en mano. El líquido sabía a vino del tipo llamado moscatel. Un compuesto azucarado, con cierta graduación alcohólica y de agradable sabor.
Cuando acabaron de beber, Tom volvió a la carga.
—¿Cuántos válicos hay aquí?
—No muchos. Veinticinco o, tal vez, treinta.
El americano se revolvió, molesto.
—Y siendo ellos tan pocos, ¿por qué nunca ustedes intentaron escapar?
Walter apeló una vez más a su sonrisa, entre triste y sarcástica.
—¿Escapar...? ¿Adónde?
Por un instante, Tom había olvidado que se encontraban a mil quinientos metros de profundidad. Se mordió el labio, pero no cejó en su ataque.
—Los válicos tienen sus platillos volantes... Podríais haber utilizado alguno de ellos.
Pero la respuesta fue contundente.
—Los platillos volantes están aquí sólo el tiempo imprescindible para descargar lo que traen y cargar lo que van a llevarse... Nuestra sangre, en primer lugar. Por otra parte, a nosotros se nos encierra y vigila estrechamente durante esos breves momentos. Sin olvidar —concluyó— que ninguno de nosotros tiene la menor idea de cómo se manejan esos aparatos...
—¿Qué armamento poseen los válicos?
Walter hizo un desanimado gesto.
—De todo tipo. Pero, en especial, las cápsulas...
—¿Las «cápsulas»...?
—Así las llamamos nosotros. Son como unas canicas de unos diez centímetros de diámetro. Tienen de distintos tipos. Unas sirven para paralizar al enemigo, otras para matar... Simplemente las arrojan con la mano y estallan al primer contacto con cualquier cosa más o menos sólida —agregó, al ver las caras interrogantes de sus oyentes También tienen pistolas y fusiles desintegradores, cañones...
Tom le detuvo con un gesto. Intuía el desánimo en las contenidas facciones de sus compañeros y él los necesitaba decididos a todo.
—También nosotros tenemos armas —susurró al oído del viejo, agregando—: ¿Las medidas de seguridad con ustedes son muy estrictas?
Walter se puso de pie.
—Acompáñenme —dijo.
Todos le siguieron hasta la puerta interior. Cortó una rama del árbol más próximo, abrió sin problemas la puerta y arrojó la rama al pasillo que conducía a la puerta exterior.
—Desintegrada... —musitó Alexis, sin acabar de creer en lo que había visto.
—En efecto. Desintegrada —corroboró Walter—. Y eso sin contar con que la puerta exterior sólo se abre por fuera...
—¿Es la única salida? —Tom no se daba por vencido.
—Yo no conozco otra.
—No importa —el americano aparentaba un optimismo que estaba lejos de sentir—, buscaremos y encontraremos una forma de escapar... ¿Cuántos humanos hay encerrados aquí?
—Ahora, con la llegada de los del Morning Star , somos muchos. Doscientos o trescientos, probablemente...
—Pero en el barco viajaban casi mil personas... —se sorprendió Elianne.
El viejo la miró fugazmente y desvió sus ojos hacia los árboles y el césped.
—Por error de cálculo, por exceso de consumo o por lo que demonios fuera —dijo con voz sorda—, necesitaban mucha sangre...
Nadie osó pedir más explicaciones.
Volvieron a la cabaña y el anfitrión llenó los vasos una vez más. Todos bebieron ávidamente. Necesitaban un poco de alcohol.
—Necesitaremos algún tiempo para conocer perfectamente la topografía del lugar, las rutinas de los carceleros, las...
—Les aconsejo que actúen de inmediato —interrumpió sorpresivamente Walter y los cinco se le quedaron mirando—. A más tardar mañana a primera hora, les aplicarán las inyecciones...
—¿Las inyecciones...?
El viejo hizo un gesto vago.
—Ellos dicen que es un compuesto que enriquece nuestra sangre, pero hace tiempo que yo comprendí que su finalidad es bien distinta...
Todos le miraron con gesto interrogante.
—Destruir la voluntad. Atontar. Anular completamente la voluntad, para desterrar toda posibilidad de resistencia... He visto hombres fuertes como toros, que a la tercera inyección se convertían en corderos, llorando de miedo a la sola vista de los carceleros...
—Pero usted...
Walter volvió a sonreír.
—Yo soy un caso único. Descubrieron que mi sangre posee un factor que la hace cien veces más útil para sus fines que la del resto de mis congéneres. Por tal motivo, me tratan con especial deferencia. Sólo el día de mi llegada me inyectaron. Pero ¿qué edad creen que tengo?
No hubo respuesta. Walter hizo una mueca.
—No lo quieren decir, porque comienzan a sospechar la verdad... Pues lo diré yo. Seguramente me asignan setenta o setenta y cinco años... Tengo cuarenta y dos.
No hubo comentarios. Durante un largo par de minutos, todos respetaron un silencio que Tom se encargó de romper.
—Imagino que el dispositivo desintegrador del pasillo será desconectado para permitir el paso de los carceleros, ¿verdad?
—Así es.
—¿Cuándo realizarán su próxima visita?
Walter consultó un reloj terrestre, que llevaba en su muñeca.
—Dentro de una hora y media vendrán a distribuirnos algo parecido a la merienda —dijo.
Tom se incorporó y dio varios pasos por la estancia, antes de decidirse a hablar.
—Lo que voy a decir es duro —comenzó—, pero creo que es mi obligación decirlo y... hacerlo.
Todos le miraron atentamente. Los rostros de sus cuatro compañeros estaban tensos, pero los terrores de los primeros momentos habían pasado. La situación era más que grave, sus posibilidades de supervivencia menos que mínimas, pero ahora sabían que se enfrentaban a seres tan mortales como ellos, aunque estuviesen mejor armados. Tom no necesitaba hacer preguntas para saber que todos estaban dispuestos a luchar.
—Me refiero —continuó— al Centro Generador. Debemos destruirlo. —Hubo gestos de asentimiento, que detuvo con su mano—. En eso no hay duda que todos estaremos de acuerdo. Pero no pensaba en ello, cuando hablé de decir cosas duras...
Hizo una pausa y siguió con voz más ronca:
—Me estoy refiriendo a la muerte segura... casi debiera decir provocada por nosotros... de los seres humanos que aquí se encuentran. Ahora sus cinco oyentes le miraron con ojos de incredulidad y asombro.
—¿A qué te refieres? —preguntó Elianne, en alarmado tono.
—Debemos intentar la huida antes de que se nos aplique la primera inyección... Después... sería nunca. Eso nos deja poco más de una hora, para obrar con absoluta seguridad, ya que podrían inyectarnos al repartir la merienda —hubo gestos de asentimiento—. ¿Qué plan creéis vosotros que se puede elaborar en una hora, máxime desconociendo totalmente el terreno en que tendremos que actuar y las fuerzas exactas del enemigo?
—Pero tú has dicho que mataremos a nuestros congéneres... —protestó Elianne.
—No he dicho que les mataremos... dije que, casi con seguridad, provocaremos su muerte...
—¿Por qué? —intervino Alexis.
—Les utilizaremos como barrera humana, para protegernos a nosotros mismos. Y me adelanto a vuestras lógicas objeciones acerca de por qué tenemos que ser nosotros y no ellos los que intentemos la salvación. Porque ellos han sido destrozados por las inyecciones y las constantes extracciones de sangre. No están en condiciones de oponerse a las exigencias de los válicos y, mucho menos, a intentar la destrucción del Centro Generador. Nosotros, en cambio, podemos hacerlo y lo haremos...
—Pero no conocen el lugar de su emplazamiento, ni... —interpuso Walter.
Tom se volvió hacia él.
—Usted nos acompañará y nos servirá de guía —dijo, agregando—: Me repugna tanto o más que a vosotros condenar a una muerte rápida a todos estos hombres, mujeres y niños. Pero no sé si será peor que la muerte lenta a que están destinados. Y, de todos modos —concluyó—, su sacrificio no va a ser ahora inútil, como lo hubiera sido antes.
Se puso de pie y sus compañeros, casi instintivamente, le imitaron.
—No podemos perder ni un minuto más —declaró—. Vamos.
Durante casi una hora, hablaron con casi todos los seres humanos que allí se encontraban.
Obtuvieron muy pocas respuestas. Incluso el capitán Willborne, que les había recibido y conducido hasta Walter, parecía estar desanimado y como ausente.
—Le habían inyectado por segunda vez una hora antes de la llegada de ustedes —explicó Walter—. Es un hombre extraordinariamente fuerte y resistió muy bien la primera aplicación. Pero ahora comienza el irreversible proceso de su derrumbamiento...
Con halagos y pequeños regalos, tratándolos como se trata a niños muy pequeños o muy tontos, Tom y los suyos consiguieron atraer a casi dos centenares de humanos hasta las proximidades de la puerta.
Tom sabía, porque Walter así se lo había dicho, que cinco guardias entrarían en el recinto, con los carros de la comida. En el pasillo se instalarían cuatro más y él ignoraba si otros custodiarían el espacio libre entre la puerta exterior y el ascensor.
Los cinco, con la silenciosa presencia de Walter, comenzaron a deliberar sobre el reparto de funciones.
—Yo me encargaré de los guardias de... —comenzó Tom, pero fue abruptamente interrumpido por Walter, que le señalaba la puerta.
Empujando un carro, el primero de los guardias acababa de atravesarla.
CAPÍTULO IX
Otros cuatro le seguían. El primero se detuvo un instante, sorprendido, al ver tantos humanos en las cercanías de la puerta, pero después siguió avanzando. Si se hubiera echado atrás y dado la voz de alarma, todo el endeble plan de Tom y sus compañeros se hubiera venido abajo.
Dejaron que los cinco hubieran pasado la puerta y entonces empujaron a los humanos hacia ellos.
En un principio, hombres y mujeres avanzaron lentamente, sin que nada anormal ocurriera, pero pronto la presión de los más rezagados, constantemente acicateados por los conjurados, produjo el efecto buscado.
Uno de los carros de comida fue volcado y su conductor arrollado por la masa. Los otros tuvieron un segundo de vacilación y eso fue suficiente. Bordeando el tumulto, Tom y los suyos se abrieron paso hasta el corredor, donde cuatro guardias se acercaban a la carrera, llevándose sus manos a los bolsillos, prestos a hacerse con sus cápsulas.
Pero no tuvieron oportunidad de utilizarlas. Las pistolas de Tom, Alexis y Volutti, dieron cuenta de ellos.
El camino estaba expedito hasta la abierta puerta exterior.
Pero ésta podía ser cerrada de inmediato, por lo que Volutti avanzó a la carrera, sin buscar protección ni cuidarse de los enemigos que podían estar esperándole más allá del corredor.
Tras él corrían también los otros. Tom, Alexis y Elliot en primera fila y, algo retrasada, Elianne ayudando a Walter.
Cuando Volutti casi llegaba a la puerta, apareció un guardia en el vano. Tom fue el primero en verlo, pero no se atrevió a disparar, porque el joven marino casi le ocultaba el blanco.
A menos de un metro de distancia, Volutti disparó, pero una milésima de segundo antes el válico le arrojó una cápsula a la cara.
El láser desintegró al guardia, pero la terrible arma del extraterrestre acabó instantáneamente con la vida del muchacho.
Como un símbolo de la utilidad de su sacrificio, el cuerpo quedó atravesado de modo que la puerta no podía cerrarse si no se le quitaba.
Tom llegó hasta ella, pero ahora tomando grandes precauciones. Por primera vez, reparó en los gritos y muerte que llegaban desde la prisión de los humanos. Los guardias estarían arrojando cápsulas para abrir brechas en la marea que los asfixiaba. Y muchos congéneres estarían muriendo.
Pero, de no ser por ellos, nunca Tom y los otros hubieran podido llegar a la puerta exterior.
Tom se asomó lo imprescindible para poder ver. Un par de cápsulas estallaron a menos de un palmo de su cara, obligándole a protegerse, pero ya había visto lo suficiente.
Había cuatro guardias en el espacio vacío entre las abiertas puertas del ascensor y el comienzo del pasillo. Uno estaba hablando hacia un punto no visible de la pared, evidentemente dando la alarma. Dos apuntaban hacia ellos una especie de bolígrafos gruesos, seguramente disparadores de cápsulas. El quinto montaba apresuradamente una especie de pequeño mortero. A ése eligió Tom como su primer blanco.
En realidad, la posición era ampliamente favorable a los humanos. Excepto escapar en el ascensor, los guardias no tenían escondite ni siquiera protección posible, en tanto los humanos se protegían tras las paredes del pasillo.
Pero Tom comprendió que el mortero sería capaz de disparar algo que podría llegar hasta ellos. Y por eso disparó primero y desintegró a su sirviente.
En una acción individual y demasiado arriesgada, Alexis sacó medio cuerpo fuera de la protección de la pared y disparó dos veces. Uno de los guardias que disparaba cápsulas murió.
Después fue Tom nuevamente. Él también disparó dos veces y las dos hizo blanco. Ya no quedaban enemigos entre ellos y el ascensor.
Pero —y esto era muy grave— el americano sabía que la alarma había sido dada.
Los cinco penetraron a la carrera en el ascensor. Walter se apresuró a oprimir un botón y el aparato se puso en marcha.
De inmediato los otros se sorprendieron al descubrir que no subían, sino que bajaban.
—¿Adónde vamos? —preguntó Tom.
—Al Centro Generador —respondió Walter—. ¿No es ahí adónde querían ir?
—Sí.
Pero los cuatro no pudieron dejar de pensar con nostalgia en su inframarino que, si los válicos no se habían ensañado con él, estaría esperándoles para llevarlos a casa unas pocas decenas de metros más arriba.
No era tiempo de nostalgias.
—¿Ha estado usted alguna vez en el Centro? —preguntó Alexis a Walter.
—Nunca —respondió éste—. Pero me han hablado de él algunos guardias.
—¿Hablado...?
—Los válicos tienen un sistema de comunicación de tipo telepático... —se interrumpió abruptamente. El ascensor acababa de detenerse. Las puertas automáticas comenzaban a abrirse.
Todos, menos Walter a quien cubrían, empuñaban sus pistolas, apuntando al frente, a previsibles enemigos.
Pero, pese a la magnífica iluminación del lugar, no había enemigos a la vista.
—Esto no me gusta —murmuró Tom—. La alarma ha sido dada...
—Supongo que tendrán sistemas de vigilancia tipo total visión integral o algo mejor... —afirmó Alexis, aunque mirando a Walter en busca de confirmación o negación a sus palabras.
Este asintió con un lento movimiento de cabeza.
—¿Entonces...? —se inquietó Elianne.
—Debemos suponer que se nos ha preparado o se nos está preparando una trampa y no podemos saber dónde ni cómo será ella. Pero tenemos que seguir adelante mientras estemos vivos... Walter, ¿dónde cree usted que está el Centro?
—En esta planta, de eso estoy seguro. Pero no sé exactamente dónde. Tendremos que buscarlo...
—¡Pues manos a la obra!
Los cinco abandonaron el ascensor, cuyas puertas se cerraron lentamente tras ellos.
Estaban en un inmenso espacio, que parecía tener casi cien metros de lado, en el que el lugar central era ocupado por un reactor nuclear, o algo que se le semejaba mucho.
—Es la fuente energética de todo el complejo —informó Walter.
—¿Un reactor nuclear? —quiso saber Alexis.
—No. Algo mucho más perfeccionado. No sé de qué se trata exactamente. Ellos le llaman célula catalítica...
—No es ése nuestro objetivo —cortó Tom—. Sigamos adelante.
El piso era metálico, al igual que el techo. Las paredes, curiosamente, parecían ser de roca viva. Lo serían, sin duda, porque la humedad rezumaba de ellas. Alexis las señaló a Walter, con mirada interrogante.
El otro se encogió de hombros.
—No sé por qué han dejado de metalizar las paredes. Este es el piso inferior de toda la ciudad. Supongo que han aprovechado una inmensa caverna descubierta por los atlantes...
Mientras Alexis, Walter y Elianne se demoraban junto a la célula catalítica y Tom se dedicaba a estudiar el terreno, en busca de enemigos y del Centro Generador, Elliot seguía avanzando por el camino central en el que todos estaban.
De pronto, un grito de horror infrahumano galvanizó a los rezagados.
Tom, el más próximo a Elliot, vio y comprendió todo en un instante. El piso se había abierto y el comandante de la nave había caído al vacío. Se acercó a la carrera.
Lo que vio no podría olvidarlo los minutos o años que le quedaban de vida.
El infortunado Elliot se deshacía , unas decenas de metros más abajo, en una magma fluorescente, que tanto podía ser agua en ebullición, como lava líquida.
Tras casi un minuto, la trampa se cerró por sí sola. «Sabía» que no lograría más víctimas.
Con el semblante demudado, Tom se volvió a los otros, que le contemplaban con ojos desorientados.
—Elliot ha... muerto —era la forma más piadosa de decirlo—. Esto sirve para confirmarnos que nos han descubierto... que nos ven, que siguen nuestros pasos...
Instintivamente, todos miraron a su alrededor. Pero nada había que delatara la presencia de «chivatos», fueran de la clase que fuesen.
—Tenemos que descubrir y destruir su sistema de vigilancia —murmuró Alexis—. Si no lo hacemos, nunca podremos acabar con el Centro Generador...
—Lo que es evidente —agregó Elianne— es que nunca lograremos salir con vida de aquí...
Esa inesperada demostración de debilidad tuvo el paradojal efecto de animar a los otros que, de pronto, se sintieron protectores.
Alexis le pellizcó cariñosamente la mejilla y Tom le sonrió, mientras decía:
—Tú y yo aún tenemos muchas cosas que hacer...
Alexis le interrumpió.
—Saldremos, francesa... Verás cuánto te gustará Moscú en verano...
Walter se limitó a sonreír. Él, depauperado por las constantes extracciones, estaba más allá de la vida y de la muerte...
El ruso y el americano pidieron a los otros dos que les esperaran en el lugar en el que estaban, y partieron, cada uno por su lado, a reconocer el terreno, en busca de los ingenios que les delataban.
Tom pronto descartó la posibilidad de que éstos se encontraran en las paredes, ya que la roca era visiblemente «virgen» de todo agregado humano. El piso... o el techo.
El techo estaba a unos seis metros de altura, por lo que decidió comenzar su búsqueda por el piso. Ahora avanzaba con extremada precaución, adelantando un pie sólo cuando tenía bien afirmado el otro y manteniéndose muy junto a la irregular pared de la célula catalítica, que podía servirle de sostén, caso de dar con otra trampa como la que se engullera a Elliot.
El no ver nada anormal en el piso ni en el techo, por más que forzara la vista, pero, especialmente, el mantenerse tan próximo a la pared de la célula, le dio una nueva idea.
¿Y si los detectores estaban en la misma pared del centro energético?
Aunque era consciente de ser atentamente observado hasta en sus menores movimientos, desde alguna recóndita Sala de Control, paseó sus febriles ojos y hasta sus manos por la lisa superficie de bruñido metal.
Avanzó por ella, cada vez más convencido de estar en la buena pista. Sus manos no encontraban protuberancias ni fisuras en la lisa superficie, pero él estaba seguro que era cuestión de tiempo el encontrarlas.
Entonces el piso se abrió bajo sus pies.
Tan absorto en su tarea estaba, que demoró una milésima de segundo su cerebro el ordenar el stress a todo su cuerpo. Pero cuando éste se produjo, el entrenamiento a que Tom había sido sometido, sirvió para algo.
Ya estaba con casi medio cuerpo bajo el nivel del piso, cuando, con un esfuerzo sobrehumano, logró asirse con una de las manos a una saliente de la pared de la célula. El resto, izarse y salir de la trampa, fue fácil.
Ya a salvo, echó una mirada al destino del que acababa de escapar. Esta vez, todo su entrenamiento no fue suficiente para impedirle echarse a temblar cono un azogado.
Pero esta reacción no duró mucho. De inmediato, el americano volvió a la búsqueda de los controles. Y su insistencia dio frutos. Una protuberancia en la pared sobre la que golpeó repetidas veces con la culata de su pistola.
Al tercer golpe algo pareció astillarse; al cuarto, se quebró la superficie pintada del mismo color que el resto de la pared y los restos de un «ojo visor» aparecieron ante Tom.
Contento con su éxito, siguió adelante. Pero entonces un nuevo pensamiento, altamente alarmante, se cruzó en su cerebro.
¿Y si alguna de las «protuberancias» en lugar de ser «ojos visores» eran bocas de mortífero fuego?
Al localizar la segunda —esta vez con la vista, sin necesidad de utilizar las manos— arrojó sobre ella la pistola, sin ponerse al alcance de su posible campo de fuego.
No ocurrió nada, por lo que se aplicó a destruirla tan concienzudamente y con el mismo instrumento que antes hiciera con la primera.
Repitió el juego al detectar la siguiente y esta vez sí, su precaución le salvó la vida.
Al recibir el impacto de la pistola, la protuberancia se abrió, apareciendo una cilíndrica boca que escupió tres cápsulas en rapidísima sucesión.
Los proyectiles fueron a dar con gran violencia contra la frontera pared rocosa, donde explosionaron sin causar daño alguno.
Pero a Tom le hubieran matado.
Quince minutos más tarde, el americano —desde bastante antes ayudado por Alexis— dio por terminada la tarea. Entre los dos habían destruido seis «chivatos» y se habían librado de la mortífera acción de dos trampas y tres disimuladas bocas de fuego.
—Ya podemos ir en busca del Centro Generador —decidieron.
CAPÍTULO X
Encontrarlo fue muy fácil, ya que sólo había una cerrada puerta en todo el inmenso perímetro, ubicada en el extremo opuesto al ascensor que, misteriosamente, aún permanecía tal como ellos le dejaran.
Tom y Alexis, seguidos a prudente distancia por Elianne y Walter, se encaminaron hacia la puerta.
Imaginaron que abrirla sería punto menos que imposible, ya que era blindada, sin cerraduras, picaportes o, incluso, fisuras de ningún tipo a la vista.
Pero abrirla resultó de una facilidad sorprendente. Tom paseó sus manos por los bordes de la pared, como viera hacer al válico en la puerta de la prisión, y, tras muy poca búsqueda, la pesada puerta giró obedientemente sobre sus goznes.
—¡Qué suerte hemos tenido! —se alegró Elianne.
Pero la mirada que le echó el americano frenó su entusiasmo.
— Demasiada suerte —comentó.
A la vista de los cuatro estaba el inmenso generador, de no menos de quince metros de ancho, por unos diez de alto. No se veían seres vivos.
—Y demasiada «soledad»... —comentó Alexis.
Pero tenían que decidirse a entrar.
—Entraré yo —comentó Tom, como al descuido.
Pero el ruso le detuvo asiéndole por el codo.
—¿Y permitir yo que el imperialismo sea el primero? ¡Nunca! —bromeó.
Los dos se miraban y Elianne los miraba a ellos. Ninguno de los tres reparó en Walter.
Echado cuerpo a tierra, para liberarse de previsibles rayos láser protegiendo la entrada a una altura superior, el «viejo» comenzó a arrastrarse hacia el interior.
Cuando Alexis le descubrió, ya está adentro.
Los otros se limitaron a seguirle de la misma forma.
El generador —su parte más próxima— se alzaba a unos seis metros de la puerta. Walter se volvió hacia Alexis, que era el más cercano a él.
—Deme su pistola —susurró, siendo inmediatamente obedecido.
—¿Qué va a hacer? —preguntó Elianne al oído de Tom.
—No lo sé —respondió éste—. Imagino que conocerá... o imaginará... alguna forma de destruir el generador. Algún punto especialmente vulnerable...
Walter se acercaba, siempre arrastrándose, a la inmensa mole en funcionamiento. Los otros tres, detenidos a un par de metros, le contemplaban inmóviles, casi conteniendo hasta la respiración.
Era evidente que el «viejo» sabía adónde quería llegar. Era evidente que tenía un plan para la destrucción del generador, seguramente meditado durante los cinco terribles años de su cautiverio.
—¿Crees que lo conseguirá? —susurró Elianne a Tom, que estaba en el centro del pequeño grupo de tres.
—No lo sé —respondió el americano, agregando—: Pero sí sé que debemos dejar que lo intente...
—No parece un reactor nuclear... —comentó Alexis.
—No creo que sea energía nuclear la que mueva a ese generador.
La frase de Tom hizo que los dos volvieran hacia él sus sorprendidas cabezas.
—¿Qué tipo de energía puede ser entonces? —preguntó el ruso, pero el otro soslayó la respuesta con un vago ademán.
Estaba pensando —pero no era el momento de decidirlo— en ese magma hirviente que estuviera a punto de engullirlo.
Estaba pensando en algo mucho más poderoso que la energía nuclear.
En la energía geotérmica.
Lentamente, Walter comenzaba a izarse sobre sí mismo. Ahora sí, los tres espectadores contuvieron la respiración.
El «viejo» alzaba la pistola hasta un punto situado por encima de su cabeza, como si no se atreviese a seguir incorporándose.
—Sabe o intuye que alguna trampa le espera junto a su objetivo —musitó Alexis.
La escena parecía rodeada por una cámara cuya fuente de energía se estuviese agotando. Los movimientos de Walter eran cada vez más lentos, creando la sensación de que llegarían a inmovilizarse por completo.
Pero no ocurrió eso, sino todo lo contrario.
Ahora las escenas — la escena— fue brevísima, pero se desarrolló a velocidad de vértigo.
Walter alzó más la pistola y se elevó unos centímetros con todo su cuerpo. Con los músculos de su cara en una tensión que hasta sus compañeros podían percibir, oprimió el disparador de la pequeña arma, del que escapó una delgada serpiente de azul gas. Pero simultáneamente cinco, diez, veinte serpientes rojas convergieron hacia él, convirtiéndole en una pira humana, que se deshacía ante los aterrizados ojos de los otros.
Tom fue el primero en arrastrarse hasta él. Alcanzó a oír un «¡Huid!» y algo así como «... terminado», antes que la boca y todo el resto de la cara de Walter se deshiciera.
El calor generado por los chorros quemantes era insoportable, Tom se apresuró a volver junto a Elianne y Alexis, repitiendo a gritos la consigna que el pobre «viejo» le trasmitiera: «¡Huid, huid!».
Apoyándose en codos y rodillas los tres iniciaron una precipitada retirada hacia la puerta, con dos ideas martillando sus cerebros: ¿Habría Walter destruido realmente el Centro Generador? Y ¿se cerraría la blindada puerta antes que pudieran atravesarla?
Pero la puerta no se cerró y el ascensor seguía con sus abiertas puertas ante ellos, cuando llegaron junto a él.
—Es evidente —razonó Tom— que este ascensor nos espera para conducirnos a una nueva trampa...
—Pero también es evidente que es la única forma de salir de aquí —contestó Elianne, mientras Alexis la apoyaba con un movimiento de cabeza.
Era cierto. No había más salidas —al menos, visibles— ni en el recinto interior del generador, ni en el exterior al que acababan de regresar. El ascensor sería, tenía que ser, una trampa, pero mucho peor sería perder tiempo buscando una segunda y casi seguramente inexistente salida.
Pero Tom no acababa de decidirse.
—Entrar en ese ascensor es ponernos la soga al cuello...
—¡Escuchad! —la alarma contenida en la voz de Elianne silenció abruptamente a Tom. Miró a la chica que, a su vez, miraba hacia el generador.
Nada de anormal se veía en él, pero sí se oía un como lejano y creciente trueno, que de allí provenía.
—¡Walter tuvo éxito! —se exaltó Alexis.
Ante la sorpresa de los otros, Tom penetró en el ascensor.
—Si se trata de lo que imagino —dijo—, prefiero enfrentarme a la muerte que los válicos nos hayan preparado...
CAPÍTULO XI
Tal como imaginaran y temieran, el ascensor cerró sus puertas tras ellos y se elevó, sin que hubieran oprimido ningún botón.
De inmediato Tom descubrió el ojo visor y lo destruyó con la culata de su pistola, pero los tres sabían que con eso no se solucionaba nada.
Sin hablar, Elianne entregó su pistola a Alexis, que la agradeció con el esqueleto de una sonrisa. El gesto de la chica sirvió para recordar a los tres que sólo disponían de dos pistolas para enfrentarse a los diez o quince o más válicos que les esperaban con sus armas, sus trampas y la inmensa ventaja de tenerlos a su merced en el interior de ese ascensor que ellos no podían controlar.
Pese a los reiterados esfuerzos de Tom, el aparato seguía su lenta pero inexorable marcha hacia la planta que sus propietarios habían elegido para tumba de los tres.
—No podemos detener su marcha, ni gobernarlo de ninguna manera... —se rindió.
—Y cuando las puertas se abran... —musitó Elianne, sin completar la frase, porque no era necesario que lo hiciera.
—Tiene que haber algún medio de escapar a esa muerte segura que nos espera... —razonó el ruso, pero él también dejó la frase sin terminar, en ese caso porque nada podía agregar.
Una vez más, Tom miró al techo. Era liso y sin fisuras, al igual que el piso y las paredes.
—No hay salidas de emergencia... —murmuró con desaliento.
Esto equivalía a perder la última esperanza de salvación.
—Al menos, no pueden vernos llegar... —murmuró Elianne, mirando el destrozado ojo visor.
Tom la contempló con la nueva y creciente luz iluminando sus ojos.
—¿Sabes que acabas de decir algo importantísimo? —le preguntó retóricamente.
Ella se le quedó mirando. Y él explicó lo que se le acababa de ocurrir.
Unos segundos más tarde, el ascensor se detuvo.
Y, con la rapidez de siempre, las puertas interiores y exteriores se abrieron.
Cinco guardias válicos les estaban esperando, apuntando hacia ellos con sus «bolígrafos» lanza-cápsulas.
Pero fueron Alexis y Tom los que dispararon primero.
Echados cuerpo a tierra, protegiendo a Elianne, aplastada contra el piso, tras ellos, hicieron un blanco fácil en los desprevenidos cazadores.
Fue cuestión de centésimas de segundo, entre los disparos humanos y los disparos válicos, pero fue suficiente.
Tom y Alexis acabaron con la vida de los cinco. Los «barrieron» con láser, literalmente hablando, mientras que los disparos de los válicos fueron a explosionar contra la pared posterior del ascensor, aproximadamente a la altura en que debieron estar los pechos de los tres. Las pequeñas ondas explosivas generadas por las «cápsulas» llegaron a conmocionar a Elianne, la más próxima a la pared posterior, pero en breves instantes, y con la ayuda de los otros dos, se repuso totalmente.
Abandonaron la caja —que debió ser su ser su ataúd— y pasaron entre los cadáveres de los guardias.
Se encontraban en un inmenso espacio en el que nada había. Los tres miraron el desolado panorama, con sorprendida expresión.
Adelantándose varios pasos, sin tomar ninguna precaución, Tom se concentró en el estudio del piso, construido con un material de la solidez y el aspecto del antiguo «macadam» terrestre.
Sobre su color claro destacaban, a la intensa luz reinante, numerosas manchas oscuras.
—¿A qué os hace acordar todo esto? —preguntó el americano, con un gesto que incluía las manchas y el entorno.
—A un garaje vacío —se apresuró a responder Elianne.
El otro hizo un burlón gesto de felicitación.
—¡Diez puntos! —proclamó, agregando—: Es un garaje.
Ante las miradas interrogativas de los otros, aclaró:
—Un «garaje» para platillos volantes...
Pero eso no era, al menos de momento, importante.
No lo era por varias razones, la principal de las cuales consistía en el sordo tronar que comenzaba a oírse aun a esas alturas y proveniente de las profundidades.
«De las entrañas de la Tierra», se dijo Tom a sí mismo, sin poder evitar un estremecimiento.
—¡Vámonos de aquí! —urgió—. Encontremos el inframarino y huyamos...
Comenzó a encaminarse hacia el ascensor, pero Alexis le detuvo.
—El ascensor puede convertirse en una trampa mortal —dijo, señalando con significativo ademán hacia abajo.
—Tienes razón —concedió Tom—. Si se trata de lo que imagino...
—Energía geotérmica, ¿verdad? —terció Elianne.
Tom asintió con la cabeza.
—Vámonos de aquí —repitió—. Dentro de horas, minutos o segundos, la erupción del Krakatoa será una sacudida de jalilai, comparada que la que se va a armar aquí...
—¿Pero el inframarino estará más arriba o más abajo de donde nos encontramos? —preguntó Elianne.
Tom la miró, confundido.
—Pues no sé... —comenzó, siendo interrumpido por Alexis, que proclamó, con voz triunfante:
—¡Pues yo sí! —los otros le miraron con sorpresa—. Mientras Tom organizaba la defensa en el ascensor —explicó— yo consultaba constantemente mi reloj. Lo mismo había hecho al descender, tanto cuando nos apresaron, como cuando escapamos de la prisión. Sumando y restando —concluyó— acabo de determinar que nuestro inframarino tiene que estar en el nivel superior al que nos encontramos... o un par de niveles más. Pero siempre hacia arriba.
—Concedámonos un par de minutos para encontrar otra vía de escape —decidió Tom—. Si no la encontramos, nos arriesgaremos con el ascensor.
Abriéndose en abanico, los tres avanzaron por tácito acuerdo hacia la lejana pared opuesta al ascensor.
«En cuanto hallemos la vía de entrada de los platillos volantes...», se repetía Tom, hurgando con sus ojos en el elevado techo.
Y tuvo razón. Casi a la vez, los tres descubrieron una inmensa escotilla, ahora cerrada, en el techo. Y, al llegar a la pared final, un panel de instrumentos, obviamente para manejar el mecanismo que permitía entrar y salir a las naves espaciales.
No había indicación alguna en el panel, por lo que Tom se aplicó a oprimir botones al azar.
Con el tercero, las grandes hojas de la escotilla comenzaron a abrirse. Esperó.
Totalmente abiertas, las hojas quedaban a poco más de un metro del suelo. Pero la cara que ahora estaba ante la vista de los humanos era tan lisa como la otra. No servían para ascender por ellas.
Siguió oprimiendo botones.
Al octavo, el piso comenzó a abrirse a un par de metros de donde ellos se hallaban y algo parecido a una antigua torre de extracción de petróleo emergió de las profundidades. Tenía un entramado que podía servir perfectamente como escalera.
—¿Qué será esto? —preguntó Elianne.
—Una torre para aplicar junto a las naves —explicó Alexis—. Sirve tanto para el ascenso y descenso, como para la provisión de combustible...
Pero se detuvo, porque Elianne y Tom ya estaban ascendiendo por ella.
Alcanzar el nivel superior fue para los tres juego de niños.
El primero en asomar la cabeza fue Tom y, con ese simple movimiento, comprendió de inmediato varias cosas:
Que habían estado en lo cierto. Allí se encontraba el inframarino.
Que no era ilógica la total ausencia de válicos, tras los cinco que mataran ante el ascensor.
Porque allí estaban varios de ellos esperándoles.
La rapidez de sus reflejos le permitió escurrir el bulto antes que la primera de las cápsulas encontrara su cabeza. Pero, una vez más, se encontraban en una situación difícil. ¿Cómo atravesar esa barrera de fuego y llegar hasta la nave?
Comenzaron a proponer planes más o menos descabellados, cuando la torre inició un cada vez más fuerte movimiento pendular.
Ya no les quedaba más opción que la de enfrentarse a los enemigos.
Porque ahora los tres sabían que lo que estaba ocurriendo en las profundidades, fuera lo que fuese, no iba a demorar más que minutos... muy pocos... en atraparlos.
Los tres se agazaparon, listos para saltar al piso del nivel superior. Sin levantar la cabeza, es decir, sin apuntar, Tom envió una descarga de láser hacia donde presumía se encontrarían los válicos.
Tras ella, sin dar tiempo a la menor reacción, los tres saltaron de la torre al piso y avanzaron en zigzagueante carrera, disparando las dos pistolas al frente.
Tres válicos cayeron y el cadáver de otro señalaba el éxito del disparo a ciegas de Tom, pero, tras unas defensas improvisadas con módulos metálicos, varios más comenzaron a disparar.
Tom y Elianne se echaron a tierra, pero Alexis, por el contrario, aceleró al máximo su carrera.
Poco más de un metro antes de llegar a las barricadas, se echó al suelo y, rodando sobre sí mismo, sin disminuir la velocidad de su marcha, arrolló las defensas.
Por la precariedad de su construcción y, más todavía, por el ímpetu con que el ruso arremetió contra ellas, los módulos cedieron, quedando bajo ellos los válicos.
En la confusión en la que se encontraban, rematarlos fue, para Alexis, cosa fácil. De todos modos, no eran más que cuatro.
—¿Quedarán más válicos? —preguntó Elianne, tras la victoria.
Pero la pregunta quedó sin respuesta, porque ahora era el mismo suelo el que comenzaba a temblar.
—¡A la nave, deprisa! —gritó Tom, pero Alexis le hizo volver a la realidad.
—Vosotros dos a la nave... Yo tengo que encontrar la forma de abrir las compuertas para poder salir...
Dándose una cómica palmada en la frente, dijo Tom:
—¡Vaya, tienes razón! Había olvidado ese pequeño detalle... —pero, de inmediato, agregó—: ¿Por qué tú y no yo...?
—¡Porque yo no sé conducir ese chisme, cabezota! —le interrumpió el otro.
Tom podría haber argumentado que él sólo tenía una vaga idea, pero optó por callar y marchar hacia la nave, acompañado por Elianne.
Alexis corrió hacia una especie de cabina situada tras la nave y que, al llegar, no habían visto.
Como lo imaginara, era el lugar de control de las compuertas. Comenzó a accionar botones. Tras varios intentos fallidos, tuvo que sostenerse contra la pared, porque las sacudidas ya le impedían mantenerse en pie sin apoyo. Entonces vio, en el panel de mando, un botón de forma y tamaño diferente a los otros. Decidió no seguir el orden descendente que había elegido y oprimió ése.
Las compuertas comenzaron a abrirse sobre el techo del inframarino.
Ahora sólo le restaba entrar en él. Pero la cosa no era tan sencilla.
Ya el suelo bailoteaba abiertamente. Tropezó y cayó, pero volvió a incorporarse de inmediato. Pero, cuando estaba a un metro de la abierta portezuela que le esperaba, volvió a caer y esta vez dio con la cabeza contra el duro suelo, quedando momentáneamente sin sentido.
Pero Elianne y el mismo Tom estaban alertas. El americano abandonó los mandos y, ayudado por la chica, bajaron a la carrera, asiendo como mejor pudieron al ruso e izándolo hasta la nave.
Cuando llegaban a ella, la cabina de control comenzaba a resquebrajarse por las sacudidas. Cerrando de un golpe la portezuela, Tom corrió al puesto de mando y apretó el botón de «arranque». Y se encomendó a Dios.
Como respuesta a sus plegarias, la nave comenzó a vibrar, no ya por las sacudidas exteriores, sino por la potencia de sus motores puestos al máximo. Entonces una fuerza exterior comenzó a elevarla, introduciéndola en el tubo negro que las abiertas compuertas prolongaban.
Tras la nave, las compuertas se cerraron y el espacio comenzó a llenarse de agua. En ese instante, una violentísima sacudida arrojó al suelo a Tom y a Elianne, mientras Alexis, increíblemente, volvía en sí.
El ruso miró, todavía algo atontado, a su alrededor y, al ver a los otros dos rodando por el suelo siempre oscilante, se hizo cargo de la situación.
Apoyándose en pies y manos, llegó como pudo hasta los mandos y se sentó en el asiento del comandante.
—Divertíos, chicos —dijo a los otros, que seguían rodando—. Yo me haré cargo de este chisme...
—¿Pero cómo? —se quejó Tom—. ¿No habías dicho que no tenías ni idea de su manejo?
Mientras la nave salía a las profundidades marinas, expulsada por la fuerza del sistema eyector válico, Alexis se volvió a los otros y dijo, riendo:
—Qué pobre idea tenéis de los servicios secretos soviéticos, muchachos...
CAPÍTULO XII
La explosión submarina fue terrible. Alcanzó al inframarino cuando éste se hallaba a unos tres kilómetros de la base y le proyectó hacia delante como una pelota de ping-pong lanzada por un forzudo jugador.
Después vino el bailoteo y los desesperados esfuerzos de Alexis por mantener el equilibrio. Por fin, todo pasó.
Pero en la superficie las cosas fueron más difíciles. Los movimientos marinos ocasionaron el hundimiento de una treintena de embarcaciones pequeñas y de dos cargueros, con un balance final de doce muertos o desaparecidos.
La ola generada por la explosión alcanzó las costas de varias islas de las Bahamas, ocasionando destrozos propios de los grandes tifones del Caribe.
Pero, cuando el inframarino llegó a Nassau, la calma había vuelto a la ciudad, aunque los destrozos eran visibles por doquier.
Como era previsible, tanto John Smith como el jefe de Alexis, estaban esperando a sus subordinados en la capital de las Bahamas. Más concretamente, en el Caribbean Hotel.
Por contra, nadie esperaba a Elianne, cosa que la chica atribuyó a la clásica desorganización de los latinos.
John Smith escuchó sin interrumpir ni una vez el largo relato de Tom, cuando éste hubo terminado, se limitó a decir:
—Ha hecho un buen trabajo, Kendall. Y debo admitir que ese... er... hum... rusky, tampoco lo ha hecho del todo mal. Aunque, claro está —se apresuró a agregar—, no sería yo quien le aconsejara el mantenimiento de tal amistad...
Tom rió para sus adentros, imaginando que lo mismo le estarían diciendo a Alexis. John Smith estaba dispuesto a dar por terminada la conversación, pero el muchacho estaba decidido a no dejarlo ir sin aclarar, al menos, dos extremos.
Comenzó por el que más directamente le atañía.
—Creo... es decir, espero, que me concederá usted un mes de vacaciones...
El otro le favoreció con una feroz mirada.
—Supongo —dijo— que su improcedente pedido tendrá mucho que ver con esa... señorita Rennaudeau...
Tom le mantuvo la mirada, sin hacer comentarios.
—Quince días —transigió Smith—. Ni uno más.
Era la cantidad de días a la que el muchacho aspiraba. El otro se levantó, pero le retuvo con un gesto.
—Una última pregunta, señor. ¿Cómo es que no ha hecho usted ningún comentario sobre nuestro fracaso en encornar a Edward Thorpe?
John Smith se permitió algo parecido a una sonrisa.
—¿Qué...? ¡Ah, sí, Edward Thorpe! Será mejor que se olvide de todo eso...
Pero el muchacho no estaba dispuesto a admitir tan flaca explicación. Especialmente porque una sospecha monstruosa comenzaba a tomar cuerpo en su mente. Una sospecha nacida de la falta de interés de su jefe por tan importante personaje.
No vaciló en poner su sospecha en palabras.
—¿Estaba Edward Thorpe en el Morning Star?
El otro le lanzó una rápida mirada, vaciló y, por fin, tomó una decisión.
—No, no estaba —dijo.
Tom le hizo un gesto que igual podía tomarse por una invitación a proseguir el relato, como por un insulto.
Smith volvió a sentarse.
—Comprendo su molestia, Kendall —comenzó—; pero actuamos de la mejor manera posible. Thorpe nunca pensó en pasarse a los rusos. Ellos sí tenían interés en él y nosotros le sugerimos que se dejara «trabajar». Siempre es útil poder poner en evidencia al enemigo... Después vino lo de la desaparición del Morning Star y entonces nos inventamos todo el asunto, porque él había dicho a los de Moscú que viajaría en el barco para pasarse a ellos en Jamaica...
—¿Qué perseguíamos nosotros con ese cuento?
—¿Lo de su presencia en el barco desaparecido? ¡Pues perseguíamos lo que hemos conseguido! Movilizar a todos los agentes del Kremlin en el Caribe y, en consecuencia, identificarlos y anular la efectividad de todas sus redes...
Tom estalló.
—¿Y no se les ocurrió pensar que también ellos nos identificarían y «anularían» a todos nosotros?
John Smith se mostró francamente sorprendido.
—Pues, no —dijo finalmente—, no se nos ocurrió pensarlo.
Cuarenta y ocho horas después de esta entrevista, Elianne, Tom y Alexis bebían y charlaban en una cafetería del aeropuerto Charles de Gaulle, de París.
Cuarenta minutos más tarde, partiría el avión que iba a devolver a Alexis a los brazos de Katiuska, vía Moscú.
Sólo veinte minutos más tarde, partiría el avión qué iba a llevar a Elianne y Tom hasta las doradas arenas de Grecia.
—¿A ti también te contó tu jefe la verdadera historia de Edward Thorpe? —preguntó Tom a Alexis.
—¡Por supuesto que sí! —rió éste.
—¿Y qué has sacado en limpio de ella?
—Pues... dos cosas: Que gracias a ella destruimos la base extraterrestre y acabamos con la maldición del Triángulo de las Bermudas...
—¿Y...? —le instó Elianne, ante el enmudecimiento del ruso.
—¡Y que nuestra profesión es un asco! —terminó éste, entre las risas de todos.
Minutos más tarde, cuando se despedían con grandes abrazos, para dirigirse a sus respectivas puertas de salida, Tom reflexionó en voz alta:
—Aunque puede que sea un asco necesario...
Alexis meneó la cabeza, no muy convencido.
Mientras los parlantes decían: «Último aviso para los pasajeros del vuelo Air France, número 207, con destino a Atenas», Elianne dijo, imprevistamente:
—Yo creo que la nuestra es una profesión muy necesaria.
Los otros la miraron interrogantes.
—Bueno... —se excusó ella—. Gracias a nuestra profesión nos hemos conocido, ¿no?
Y se apretó contra el brazo de Tom Kendall que, como haría ella en París y Alexis en Moscú, se aprestaba a cambiar de profesión, no bien acabaran sus vacaciones y regresara a Washington.
F I N
ERIC SORENSSEN es uno de los seudónimos utilizados por Juan Manuel González Cremona, (1934) Mar del Plata (Argentina). Que es un guionista de cómic, novelista y ensayista, de origen argentino radicado en España, y que ha usado seudónimos como Roy Callaghan, Pablo de Montalbán, Folco Guarneri, Anthony Legan, Ronald Mortimer, Eric Sorenssen y Ana Velasco.
Tras abandonar unos estudios de Medicina que debían conducirlo a la psiquiatría, trabajó como redactor publicitario y más tarde, se dedicó al periodismo llegando a ser subdirector de un periódico de la misma provincia en la que después ocuparía el cargo de director de Prensa. Desde hace años instalado con su familia en España, trabajó para diversas, editoriales y también para TVE como guionista del programa «300 millones». Apasionado por la historia, se dedica desde hace tiempo a contarla, y lo hace con amenidad pero, también, con el máximo rigor. Ha publicado, entre otros libros, Bastardos reales, El trono amargo, La cara oculta de los grandes de la Historia, El azar y la Historia, Juan de Austria, héroe de leyenda, Teodora de Bizancio. El poder del sexo, Amantes de los reyes de España y Amantes de los reyes de Francia.
Notas
1] American Farms significa Granjas Americanas. (N. del T.) [<<
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