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A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 1: LA CASA DEL ESPEJO
Desde luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el gatito blanco no tuvo absolutamente nada que ver con todo este enredo... fue enteramente culpa del gatito negro. En efecto, durante el último cuarto de hora, la vieja gata hab ía sometido al minino blanco a una operación de aseo bien rigurosa (y hay que reconocer que la estuvo aguantando bastante bien); así que está bien claro que no pudo éste ocasionar el percance. La manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos suced ía de la siguiente manera: primero sujetaba firmemente a la víctima con una pata y luego le pasaba la otra por toda la cara, s ólo que a contrapelo, empezando por la nariz: y en este preciso momento, como antes dec ía, estaba dedicada a fondo al gatito blanco, que se dejaba hacer casi sin moverse y a ún intentando ronronear... sin duda porque pensaba que todo aquello se lo estarían haciendo por su bien. Pero el gatito negro ya lo hab ía despachado Dina antes aquella tarde y as í fue como ocurri ó que, mientras Alicia estaba acurrucada en el rincón de una gran butacona, hablando consigo misma entre dormida y despierta, aquel minino se hab ía estado desquitando de los sinsabores sufridos, con las delicias de una gran partida de pelota a costa del ovillo de lana que Alicia había estado intentando devanar y que ahora había rodado tanto de un lado para otro que se hab ía deshecho todo y corría, revuelto en nudos y mara ñas, por toda la alfombra de la chimenea, con el gatito en medio dando carreras tras su propio rabo. –¡Ay, pero qu é malísima que es esta criatura! –exclamó Alicia agarrando al gatito y d ándole un besito para que comprendiera que había caído en desgracia. – ¡Lo que pasa es que Dina debiera de ense ñarles mejores modales! ¡S í señora, debieras haberlos educado mejor, Dina! ¡Y adem ás creo que lo sabes! a ñadió dirigiendo una mirada llena de reproches a la vieja gata y hablándole tan sev eramente como pod ía... y entonces se encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo del hilo de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no avanzaba demasiado de prisa ya que no hacía más que hablar, a veces con el minino y otras consigo misma. El gatito se acomodó, muy comedido, sobre su regazo pretendiendo seguir con atención el progreso del devanado, extendiendo de vez en cuando una patita para tocar muy delicadamente el ovillo; como si quisiera echarle una mano a Alicia en su trabajo. –¿Sabes qu é día ser á mañana? –empezó a decirle Al icia–. Lo sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo... s ólo que como Dina te estaba lavando no pudiste hacerlo. Estuve viendo cómo los chicos reun ían leña para la fogata... ¡ y no sabes la de leña que hace falta, minino! Pero hacía tanto frío y nevaba de tal manera que tuvieron que dejarlo. No te preocupes, gatito, que ya veremos la hoguera mañana! Al llegar a este punto, a Alicia se le ocurrió darle dos o tres vueltas de lana alrededor del cuello al minino, para ver cómo le quedaba, y esto produjo tal enredo que el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el suelo dejando tras de sí metros y metros desenrollados. –¿Sabes que estoy muy enojada contigo, gatito? –continuó Alicia cuando pudo acomodarse de nuevo en la butacona –, cuando vi todas las picardías que habías estado haciendo estuve a punto de abrir la ventana y ponerte fuera de patitas en la nieve! ¡Y bien merecido que te lo tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver, ¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! – le ataj ó en seguida Alicia, amenaz ándole con el dedo –: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera: chillaste dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta ma ñana; no pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te o í! ¿Qu é es eso que est ás diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si te metió la pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa, por no cerrar bien el ojo... si no t e hubieses empeñado en tenerlo abierto no te habr ía pasado nada, ¡ea! ¡Y basta ya de excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a Copito de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que no pudiera beb érsela. ¿C ómo?, ¿que ten ías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no? ¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no estaba mirando! –¡Van ya tres faltas y todav ía no te han castigado por ninguna! Bien sabes que te estoy reservando todos los castigo s para el miércoles de la pr óxima semana... ¿Y qu é pasaría si me acumularan a mi todos mis castigos, –continuó diciendo, hablando m ás consigo misma que con el minino, –qué no me harían a fin de año? No tendrían más remedio que mandarme a la cárcel supongo, el d ía que me tocaran todos juntos. O si no, veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a quedarme sin cenar; entonces cuando llegara el terrible d ía en que me tocara cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar sin cenar cincuenta comidas! Bueno, no creo que eso me importe tantísimo. ¡Lo prefiero a tener que comérmelas todas de una vez! –¿Oyes la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito? ¡Qu é sonido m ás agradable y m ás suave! Es como si estuvieran dándole besos al cristal por fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente a los árboles y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta que vuelva de nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten todos de verde y danzan lig eros... siempre al vaiv én del viento. ¡Ay, qu é cosas más bonitas estoy diciendo! –exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir palmas, –¡Y cómo me gustar ía que fuese as í de verdad! ¡Estoy segura de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño, cuando las hojas se les ponen doradas! –Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy preguntando en serio! Porque cuando est ábamos jugando hace un ratito nos estabas mirando como si de verdad comprendieras el j uego; y cuando yo dije «jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, despu és de todo aquel jaque me sali ó bien bonito... y hasta creo que habr ía ganado si no hubiera sido por ese perverso alfil que descendi ó cimbreándose por entre mis piezas. Minino, querid o, juguemos a que t ú eres... y al llegar a este punto me gustar ía contaros aunque sólo fuera la mitad de todas las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo discutiendo durante largo rato con su hermana s ólo porque Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y reinas»; y su hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que c ómo iban a hacerlo si entre ambas s ólo podían jugar a ser dos , has ta que finalmente Alicia tuvo que zanjar la cuesti ón diciendo –Bueno, pues tu puedes ser una de las reinas, y yo seré todas las demás–. Y otra vez, le pegó un susto tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído –¡Aya! ¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso! Pero todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito: – ¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te sentaras y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga, vamos a intentarlo! Así me gusta... –Y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el modelo que había de imitar; sin embargo, la cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo Alicia, el gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De manera que, para castigarlo, lo levant ó para que se viera en el espejo y se espantara de la cara tan fea que estaba poniendo... –y si no empiezas a portarte bien desde ahor a mismo –añadió– te pasaré a trav és del cristal y te pondr é en la casa del espejo! ¿Cómo te gustaría eso? –Ahora que, si me prestas atenci ón, en lugar de hablar tanto, gatito, te contar é todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro sal ón, sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo del otro lado de la chimenea. ¡Ay, c ómo me gustar ía ver ese rincón! Tengo tantas ganas de saber si tambi én ahí encienden el fuego en el invierno... en realidad, nosotros, desde aqu í, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a humear, porque entonces tambi én sale humo del otro lado, en ese cuarto... pero eso puede ser s ólo un enga ño para hacernos creer que tambi én ellos ti enen un fuego encendido ah í. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos. –¿Te gustaría vivir en la casa del esp ejo, gatito? Me pregunto si te darían leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero ¡ay, gatito, ah í está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquito del corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece que se está empañando ahora mismo y convirti éndose en una especie de niebla!! ¡Apuesto a que ahora me ser ía muy fácil pasar a través! –Mientras dec ía esto, Alicia se encontr ó con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no pod ía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante. Un instante m ás y Alicia hab ía pasado a trav és del cristal y saltaba con ligereza dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si hab ía un fuego encendido en su chimenea y con gran satisfacción comprobó que, efectivamente, hab ía allí uno, ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí – De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto – pensó Alicia– más caliente a ún, en realidad, porque aqu í no habrá quien me regañe por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me vean a trav és del espejo y no puedan alcanzarme! Entonces empez ó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo que pod ía verse desde el antiguo sal ón era bastante corriente y de poco interés, pero que todo lo demás era sumamente distinto. As í, por ejemplo, los cuadros que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo s ólo se le puede ver la parte de atr ás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la miraba sonriendo con picardía. –Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro – pensó Alicia, al ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar; pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban paseando por ahí de dos en dos! –Ahí están el Rey negro y la Reina negra –dijo Alicia muy bajito por miedo de asustarlos, –y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia– y estoy casi segura de que no me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo invisible. En ese momento algo que estaba sobre la mesa detr ás de Alicia empezó a dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo observ ó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego. –¡Es la voz de mi ni ña! –gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde estaba su criatura, d ándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas. –¡Mi precio so lirio! ¡Mi imperial minina! –y empez ó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea. –¡Necedades imperiales! –bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al caer y, desde luego, ten ía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza. Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre peque ña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresur ó a auxiliar a la Reina; cog iéndola con la mano y levant ándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita. La Reina se qued ó pasmada del susto: la s úbita trayectoria por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le grit ó al Rey, que segu ía sentado, muy enfurru ñado, entre las cenizas – ¡Cuidado con el volcán! –¿Qué volcán? –preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno. –Me... lanzó... por... los aires –jadeó la Reina, que aún no había recobrado del todo el aliento. –Procura subir aquí arriba... por el camino de costumbre... ten cuidado... ¡No dejes que una explosión te haga volar por los aires! Alicia observ ó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo –¡Hombre! A ese paso vas a tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No ser ía mejor que te ayudase un poco? –pero el Rey sigui ó adelante sin prestarle la menor atención: era evidente que no podía ni oírla ni verla. Así pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire llev ándolo hacia la mesa mucho m ás despacio de lo que había hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto de cenizas. Más tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontr ó suspendido en el aire por una mano invisible que adem ás le estaba quitando el polvo: estaba demasiado at ónito para emitir sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban poniendo cada vez m ás redondos mientras la boca se le abr ía más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba entrando de verlo as í y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo. –¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! –exclamó olvidándose por completo de que el Rey no podía oírla. –¡Me est ás haciendo re ír de tal ma nera que apenas si puedo sostenerte con la mano! ¡Y no abras tanto la boca que s e te va a llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya parece que est á bastante limpio – añadió mientras le alisaba los cabellos y lo depositaba al lado de la Reina. El Rey se dej ó caer inmediatamente de espaldas y se qued ó tan quieto como pudo; Alicia se alarm ó entonces un poco al ver las consecuencias de lo que había hecho y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si encontraba un poco de agua para rociársela. Lo único que pudo encontrar, sin embargo, fue una botella de tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró con que ya se hab ía recobrado y estaba hablando con la Reina; ambos susurraban atemorizados y tan quedamente que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían. El Rey estaba entonces diciéndole a la Reina: –¡Te aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los bigotes! A lo que la Reina le replicó: –¡Pero si no tienes ningún bigote! –¡No me olvidaré jamás, jamás –continuó el Rey– del horror de aquel momento espantoso! –Ya verás como s í lo olvidas –convino la Reina – si no redactas pronto un memorándum del suceso. Alicia observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme cuaderno de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió entonces una idea irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el extremo del l ápiz, que se extendía bastante más allá por encima del hombro del Rey, y empez ó a obligarle a escribir lo que ella quería. El pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y contrariedad, intentó luchar con el l ápiz durante alg ún tiempo sin decir nada; pero Alicia era demasiado fuerte para él y al final jadeó: –¡Querida! Me parece que no voy a tener m ás remedio que conseguir un lápiz menos grueso. No acabo de arreglármelas con este, que se pone a escribir toda clase de cosas que no responden a mi intención... –¿Qué clase de cosas! –interrumpió la Reina, examinando por encima el cuaderno (en el que Alicia hab ía anotado el caballo blanco se est á deslizando por el hierro de la chimenea. Su equilibrio deja mucho que desear) –. ¡Eso no responde en absoluto a tus sentimientos! Un libro yac ía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y mientras ésta seguía observando de cerca al Rey (pues aún estaba un poco preocupada por él y ten ía la tinta bien a mano para echársela encima caso de que volviera a darle o tro soponcio) comenzó a hojearlo para ver si encontraba alg ún párrafo que pudiera leer, –...pues en realidad parece estar escrito en un idioma que no conozco– se dijo a sí misma. Y en efecto, decía así: Durante alg ún tiempo estuvo intentando desci frar este pasaje, hasta que al final se le ocurrió una idea luminosa: –¡Claro! ¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco delante del espejo las palabras se pondrán del derecho. Y este fue el poema que Alicia leyó entonces: GALIMATAZO Brillaba, brumeando negro, el sol; agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las váparas lejanas; mimosos se fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. ¡Cuidate del Galimatazo, hijo mío! ¡Guárdate de los dientes que trituran Y de las zarpas gue desgarran! ¡Cuidate del pájaro Jubo-Jubo y que no te agarre el frumioso Zamarrajo! Valiente empuñó el gladio vorpal; a la hueste manzona acometió sin descanso; luego, reposóse bajo el árbol del Tántamo y quedóse sesudo contemplando... Y asi, mientras cabilaba firsuto. ¡¡Hete al Galimatazo, fuego en los ojos, que surge hedoroso del bosque turgal y se acerca raudo y borguejeando!! ¡Zis, zas y zas! Una y otra vez zarandeó tijereteando el gladio vorpal! Bien muerto dejó al monstruo, y con su testa ¡volvióse triunfante galompando! ¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?! ¡Ven a mis brazos, mancebo sonrisor! ¡Qué fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay! Carcajeó, anegado de alegria. Pero brumeaba ya negro el sol agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las váparas lejanas, mimosos se fruncian los borogobios mientras el momio rantas necrofaba... –Me parece muy bonito –dijo Alicia cuando lo hubo terminado– , sólo que es algo dif ícil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza de ideas, ¡s ólo que no sabr ía decir cuáles son! En todo caso, lo que s í está claro es que alguien ha matado a algo... –Pero ¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el espejo antes de haber podido ver c ómo es el resto de esta casa! ¡Vayamos primero a ver el jardín! Salió del cuarto como una exhalaci ón y corrió escaleras abajo... aunque, pensándolo bien, no es que corriera, sino que parec ía como si hubiese inventado una nueva manera de descender veloz y r ápidamente por la escalera, como se dijo Alicia a s í misma: le bastaba con apenas apoyar la punta de los dedos sobre la barandilla para flotar suavemente hacia abajo sin que sus pies siquiera tocaran los escalones. Luego, flot ó por el vest íbulo y habría continuado, saliendo despedida por la puerta del jard ín, si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto flotar la estaba mareando, un poco, así que comprobó con satisfacción que había comenzado a andar de una manera natural.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 2: EL JARDIN DE LAS FLORES VIVAS
–Veré mucho mejor c ómo es el jard ín –se dijo Alicia – si puedo subir a la cumbre de aquella colina; y aqu í veo un sendero que conduce derecho all á arriba...; bueno, lo que es derecho, desde luego no va... –aseguró cuando al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas– ...pero supongo que llegará allá arriba al final. Pero ¡qu é de vueltas no dará este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos por esta curva parece que se va en dirección a la colina. Pero no, no es as í. ¡P or aqu í vuelvo derecho a la c asa! Bueno, probar é entonces por el otro lado. Y así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y luego por otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que hiciese. Incluso una vez, al doblar una esquina con mayor rapidez que las otras, se dio contra la pared antes de que pudiera detenerse. –De nada le valdr á insistir –dijo Alicia, mirando a la casa como si ésta estuviese discutiendo con ella –. Desde luego que no pienso volver all á dentro ahora, porque s é que si lo hiciera tendría que cruzar el espejo... volver de nuevo al cuarto y... ¡ah í se acabarían mis aventuras! De forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la casa e intent ó nuevamente alejarse por el sendero, decidida a continuar en e sa direcci ón hasta llegar a la colina. Durante algunos minutos todo parec ía estar sali éndole bien y estaba precisamente diciéndose –esta vez s í que lo logro – cuando de pronto el camino torció repentinamente, con una sacudida, como lo describió Alicia más tarde, y al momento se encontró otra vez andando derecho hacia la puerta. –Pero ¡qué lata! –exclamó–. ¡Nunca he visto en toda mi vida una casa que estuviese tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo! Y sin embargo, ah í estaba la colina, a plena vista de Alicia; de forma que no le cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, el camino la llev ó hacia un gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un guayabo plantado en medio. –¡Oh, lirio irisado! –dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se mec ía dulcemente con la brisa –. ¡C ómo me gustaría que pudieses hablar! –¡Pues claro que podemos hablar! –rompió a decir el lirio–, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo. Alicia se qued ó tan at ónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio s ólo continuaba meci éndose suavemen te, se decidi ó a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro: –¿Y pueden hablar también las demás flores? Tan bien como t ú –replicó el iris–, y desde luego bastante m ás alto que tú. –Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? – dijo la rosa –. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa. –A mí me trae sin cuidado el color que tenga –observó el lirio–. Lo que es una l ástima es que no tenga los p étalos un poco m ás ondulados, pues estaría mucho mejor. A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles cosas: –¿A vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os cuide? –Para eso est á ahí en medio e l árbol –señaló la rosa–. ¿De qué serviría si no? –Pero ¿qué podría hacer en un momento de peligro? –continuó preguntando Alicia. –Podría ladrar –contestó la rosa. ¡Ladra «guau, guau»! –exclamó una margarita–, por eso lo llaman «guayabo». –¡¿No sabías eso?! –exclamó otra margarita, y empezaron todas a vociferar a la vez, arm ándose u n guirigay ensordecedor de vocecitas agudas. –¡A callar todas vosotras! –les gritó el lirio irisado, dando cabezadas apasionadamente de un lado para otro y temblando de vehemencia–. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! –jadeó muy excitado, inclinado su cabeza hacia Alicia, que si no ya verían lo que es bueno! –No te importe –le dij o Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo. E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez a vociferar, les susurró: –Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas! En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron lívidas. –¡Así me gusta! –aprobó el lirio–. ¡Esas margaritas son las peores! ¡Cuando uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una forma tal que es como para marchitarse! –¿Y c ómo es que pod éis hablar todas tan bonitamente? – preguntó Alicia, esperando poner al lirio de buen humor con el halago–. He estado en muchos jardines antes de este, pero en ninguno en que las flores pudiesen hablar. –Coloca la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo, –le ordenó el lirio– y entonces comprenderás por qué. Así lo hizo Alicia. –Está muy dura la tierra de este lecho –comentó–, pero a ún así no veo qué tiene que ver eso. –En la mayor parte de los jardines –explicó el lirio– los lechos de tierra son tan muelles... que se amodorran las flores. Eso le pareci ó a Alicia una raz ón excelente y se qued ó muy complacida de conocerla. ¡Nunca lo habría pensado! –comentó admirada. En mi opinión, tú nunca has pensado en nada –sentenció la rosa con alguna severidad. –Nunca vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido –dijo una violeta de una manera tan s úbita que Alicia dio un respingo, pues hasta ese momento no había dicho ni una palabra. –¡A callar! –le gritó el lirio irisado–. ¡Como si tú vieras alguna vez a alguien! Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, ¡estás siempre roncando y te enteras de lo que pasa en el mundo menos que un capullo! –¿Por casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? –preguntó Alicia, prefiriendo no darse por enterada del comentario de la rosa. –Pues hay otra flor que se mueve por el jard ín como t ú –le contestó ésta–. Me pregunto ¿cómo os la arregláis? –Siempre te est ás preg untando algo –rezongó el lirio iris ado. Continuó la violeta: –Pero tiene una corola más tupida que la tuya. –¿Se parece a m í? –preguntó Alicia con mucha viveza, pues le pasaba por la mente la idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña como ella en aquel jardín! Bueno, la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo – explicó la rosa–, pero es más encarnada... y con pétalos algo más cortos, me parece... –Los tiene bien recogidos, como los de una dalia –añadió el lirio irisado–, no cayendo desordenadamente, como los tuyos. –Pero ya sabemos que no es por culpa tuya –interpuso generosamente la rosa–. Ya vemos que te estás empezando a ajar y cuando eso pasa, ya se sabe, no se puede evitar que se le desordenen a una un poco los pétalos. A Alicia no le gustaba nada esa idea, de forma que para cambiar el tema de la conversación continuó preguntando: –¿Y viene por aquí alguna vez? –Estoy segura de que la verás dentro de poco –le aseguró la rosa– . Es de esa clase que lleva nueve puntas, ya sabes. –Y ¿dónde las lleva! –preguntó Alicia con alguna curiosidad. –Pues alrededor de la cabeza, naturalmente –replicó la rosa–. Me estaba preguntando precisamente por qué será que no tienes tú unas cuantas también. Creía que así es como debía ser por regla general. -¡Ahí viene! –gritó una espuela de caballero –. Oigo sus pa sos, pum, pum, avanzando por la gramilla del sendero. Alicia miró ansiosamente a su alrededor y se encontr ó con que era la Reina roja. –¡Pues sí que ha crecido! –fue su primera observación; pues, en efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no tendría más de tres pulgadas de altura... y ahora, ¡hétela aquí con media cabeza más que la misma Alicia! –Eso se lo debe al aire fresco –explicó la rosa –, a este aire maravilloso que tenemos aquí afuera. –Creo que ir é a su encuentro –dijo Alicia, porque, aunque l as flores ten ían ciertamente su inter és, le p areció que le traer ía mucha más cuenta conversar con una auténtica reina. –Así no lo lograrás nunca –le señaló la rosa– Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria. Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se dirigi ó al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontr ó caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa. Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina por todas partes (acab ó vislumbrándola a buena distancia de ella) pens ó que esta vez intentar ía seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección contraria. Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa de un minuto, se encontr ó cara a cara con la Reina roja y además a plena vista de la colina que tanto había deseado alcanzar. –¿De d ónde vienes? –le pregunt ó la Reina – y ¿ adónde vas? Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos. Alicia observ ó estas tres advertencias y explic ó lo mejor que pudo que había perdido su camino. –No comprendo qu é puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina –, porque todos los caminos de por aqu í me pertenecen a m í...; pero, en todo caso - -añadió con tono m ás amable–, ¿qu é es lo que te ha tra ído aqu í? Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar. Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía. –Probaré ese sistema cuando vuelva a casa –pensó–, a ver qu é resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar. –Es tiempo de que contestes a mi pregunta –declaró la Reina roja mirando su reloj–. Abre bien la boca cuando hables y dir ígete a mí diciendo siempre «Su Majestad». –Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad... –¡Así me gusta! –declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada– aunque cuando te oigo llamar a esto «jard ín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial! Alicia no se atrevi ó a discutir esta afirmaci ón, sino que sigui ó explicando: –...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de aquella colina... –Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podr ía enseñarte montes a cuyo lado, esa sólo parecería un valle! –Eso sí que no lo creo –dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina–. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy peque ña que sea; eso ser ía un disparate... La Reina roja negó con la cabeza: –Puedes considerarlo un disparate, si quieres –dijo–, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario! Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que hab ía dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y as í caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo. Durante algunos minutos Alicia permaneci ó allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones... ¡Y qu é campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla. –¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez –dijo Alicia al fin–. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado... y ¡ahí están! –añadió alborozada, y el coraz ón empezó a latirle con fuerza a medida q ue iba percatándose de todo –. ¡Est án jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me importar ía ser un pe ón c on tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una reina. Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su compañera sólo sonrió amablemente y dijo: –Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina... – pero precisamente en este momento, sin saber muy bien c ómo, empezaron a correr desaladas. Alicia nunca pudo explicarse, pens ándolo luego, cómo fue que empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corr ían cogidas de la mano y de que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; y a ún así la Reina no hac ía más que jalearla grit ándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podía correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo. Lo m ás curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de ellas nunca variaban de lugar: por m ás rápido que corrieran nunca lograban pasar un solo objeto. «–¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?» –se preguntó la desconcertada Alicia. Y la Reina pareci ó leerle el pensamiento, pues le grit ó: –¡Más rápido! ¡No trates de hablar! Y no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a poder hablar n unca m ás en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la Reina continuaba jaleándola: –¡Más! ¡M ás rápido! –y la arrastraba en volandas. –¿Estamos llegando ya? –se las arregl ó al fin Alicia para preguntar. –¿Llegando ya? –repitió la Rein a–. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más rápido! –y continuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los o ídos y parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia. –¡Ahora, ahora! –gritó la Reina–. ¡Más rápido, más rápido! Y fueron tan r ápido que al final parec ía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya cre ía que no iba a poder más, pararon y se encontr ó sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar. La Reina la apoy ó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: –Ahora puedes descansar un poco. Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. –Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes! –¡Pues claro que sí! –convino la Reina–. Y ¿cómo si no? –Bueno, lo que es en mi pa ís –aclaró Alicia, jadeando a ún bastante– cuando se corre tan r ápido como lo hemos estado haciendo y dura nte algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte... –¡Un país bastante lento! –replicó la Reina–. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido. –No, gracias; no me gustaría intentarlo –rogó Alicia–; estoy muy a gusto aquí... sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed... –¡Ya s é lo que t ú necesitas! –declaró la Reina de buen grado , sacándose una cajita del bolsillo–. ¿Te apetece una galleta? A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento. Así que aceptó el ofrecimiento y se comi ó la galleta tan bien como pud o, ¡y qué seca estaba! ¡No cre ía haber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida! –Bueno, mientras te refrescas –continuó la Reina–, me dedicaré a señalar algunas distancias. Y sacando una cinta de medir del bolsillo empez ó a jalonar el terreno, colocando unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y por allá. –Cuando haya avanzado dos metros –dijo, colocando un piquete para marcar esa distancia – te daré las instrucciones que habr ás de seguir... ¿Quieres otra galleta? –¡Ay, no, gracias! –contestó Alicia–. Con una tengo m ás que suficiente. –Se te ha quitado la sed, entonces, ¿eh? –comentó la Reina. Alicia no supo qu é contestar a esto, pero afortunadamente no parecía que la Reina esperase una respuesta, pues continu ó diciendo: –Cuando haya avanzado tres metros, te las repetir é, no vaya a ser que se te olviden. Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y cuando haya pasado el quinto, ¡me marcharé! Para entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en su sitio; Alicia siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y empezaba a caminar cuidadosamente por la hilera marcada. Al llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo: –Un peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, ya sabes. De forma que ir ás muy de prisa trav és de la tercera casilla... supongo que lo har ás en tren... y te encontrar ás en la cuarta antes de muy poco tiempo. Bueno, esa casilla es de Tweedledum y Tweedledee... En la quinta casilla casi no hay más que agua... La sexta pertenece a Humpty Dumpty... pero ¿no dices nada? –Yo... yo no sab ía que tuviese que decir nada... por ahora... – vaciló intimidada Alicia. –Pues debías haber dicho - regañó la Reina con tono bien severo– «Pero ¡qu é amable es usted en decirme todas estas cosas»... Bueno, supondremos que lo has dicho... La s éptima casilla es toda ella un bosque... pero uno de los caballos te indicar á el camino... y en la octava ¡seremos reinas todas juntas y todo serán fiestas y ferias! Alicia se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de nuevo. Al llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta vez le dijo: –Habla en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en castellano... acuérdate bien de andar con las puntas de los pies hacia afuera... y ¡no te olvides nunca de quién eres! Esta vez no esper ó a que Alicia le hiciera otra revere ncia, sino que caminó ligera hacia el próximo piquete, donde se volvió un momento para decirle «adiós» y se apresuró a continuar hacia el último. Alicia nunca supo c ómo sucedi ó, pero la cosa es que precisamente cuando la Reina lleg ó al último piquete, desapareció. Sea porque se hab ía desvaneci do en el aire, sea porque había corrido rápidamente dentro del bosque ( –Y vaya que si puede correr –pensó Alicia) no hab ía maner a de adivinarlo; pero el hecho es que hab ía desaparecido y Alicia se acordó de que ahora era un pe ón y que pronto le llegar ía el momento de avanzar.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 3: INSECTOS DEL ESPEJO
Naturalmente, lo primero que ten ía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el que iba a viajar. –Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geograf ía –pensó Alicia mientras se pon ía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo m ás lejos–. R íos principales... no hay ninguno. Monta ñas principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que están haciendo miel all á abajo? No pueden ser abejas... porque nadie ha o ído decir que se pueda ver una abeja a una milla de distancia... –Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas, – Como si fuera una abeja común y corriente –pensó Alicia. Sin embargo, aquello era todo menos una abeja com ún y corriente: en realidad, era un elefante... As í lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, qued ándose pasmada del asombro. –¡Y qué enorme tama ño el de esas flores! –fue lo siguiente que se le ocurrió. –Han de ser algo asi como caba ñas sin techo, colocadas sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendr án dentro! Creo que voy a bajar all á y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo... – continuó, reteni éndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus s úbitos temores. –No sería prudente apar ecer así entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a re ír cuando me pregunten que si me gust ó el paseo y les conteste «Ay, s í, lo pas é muy bien... (y aqu í hizo ese moh ín favorito que siempre hacia con la cabeza)... s ólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!» –Será mejor que baje por el otro lado –dijo después de pensarlo un rato– que a los elefantes ya tendr é tiempo de visitarlos m ás tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla! Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos. –¡Billetes, por favor! –pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhi biendo: tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón. –¡Vamos, ni ña! ¡Ens éñame tu billete! –insistió el ins pector mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (–Como si fuera el estribillo de una canción –pensó Alicia) – ¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por minuto! –Siento decirle que no llevo billete –se excusó Alicia con la voz alterada por el temor–: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo. Y otra vez se reanudó el coro de voces: –No había sitio para una oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la pulgada! –¡No me vengas con esas excusas! –dijo el ins pector– Debieras haber comprado uno al conductor. Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: –El conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada! Alicia se dijo a sí misma –Pues en ese caso no vale la p ena decir nada–. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entend áis lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo s é). –Tanto mejor no decir nada. ¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra! –A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar so ñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! –pensó Alicia. El inspector la hab ía estado contemplando t odo este tiempo, primero a trav és de un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo – Estás viajando en dirección contraria –y fuese, cerrando sin más la ventanilla. –Una ni ña tan peque ña –sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)– debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre! Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y dictaminó con voz altisonante, –Debiera conocer el camino a la oficina de billetes, ¡aunque no sepa su abecé! Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de que hablasen todos por turno, ahora a éste le toc ó continuar diciendo, –¡Tendrá que volver de aqu í facturada como equipaje! Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero s í pudo o ír c ómo una voz enronquecida la emprend ía diciendo también algo: –¡Cambio de máquina...! –fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz. –Por la manera que tiene de hablar no s é si decir que es un caballo bronco o un gallo –pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al o ído –Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le ha salido un gallo». Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía –Ya sabéis, habrá que ponerle una etiqueta que diga «Fr ágil, ni ña dentro; con cuidado». Después de esto, otras voces tambi én intervinieron ( –¡Cuánta gente parece haber en este vag ón! –pensó Alicia) diciendo – Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje estampado... habrá que mandarla por tel égrafo... que arrastre ella mi sma el tren en lo que queda de camino... –y así hasta la saciedad). Pero el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oído –No hagas caso de lo que están diciendo, querida: te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el tren se detenga. –¡Eso s í que no! –respondió Alicia con bastante impaci encia–. Nunca tuve la menor intenci ón de ha cer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento estaba tan tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo! –Podrías hacer un chiste con eso –volvió a insinuar esa vocecilla que parecía tener tan cerca suyo –; algo as í como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese», ya sabes. –¡Deja ya de fastidiar! –dijo Alicia, mirando en derredor para ver de d ónde provenía la vocecilla –. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué no lo haces tú misma! La peque ña vocecilla dio un hondo suspiro. Es taba muy disgustada, evidentemente, y a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla –Si s ólo suspirara como todo el mundo... –pensó. Pero no, aquel hab ía sido un suspiro tan maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera tan cerca de su oído. Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas y esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta criatura. –Yo ya s é que eres una persona amiga –continuó diciendo la vocecilla–: una buena amiga m ía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño, aunque sea un insecto. –¿Qué clase de insecto? –preguntó Alicia con cierta ansiedad. En realidad, lo que le preocupaba era si pod ía o no darle un pinchazo, s ólo que le pareci ó que no ser ía de muy buena educación preguntárselo así directamente. –¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no...? –empezó a decir la vocecilla, pero cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de la locomo tora; todo el mundo salt ó alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás. El caballo, que hab ía asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a meter tranquilamente y dijo –No es más que un arroyo que tenemos que saltar. –Todo el mundo par eció quedar satisfecho con esta explicaci ón, pero Alicia no las ten ía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. – Aunque si as í llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdr ía la pena probarlo! –concluyó para sus adentros. Al m omento siguiente sintió cómo el vag ón se elevaba por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra. Pero la barba pareci ó disolverse en el aire al tocarla y Ali cia se encontró sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra cosa el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama encima de su cabeza y la abanicaba con sus alas. Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. –Tendrá el tamaño de una gallina –pensó Alicia. De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, despu és de que hab ía estado charlando con él durante tanto rato como si nada. –¿... entonces, a ti no te gustan todos los i nsectos? –continuó su pregunta el mosquito, como si no hubiera pasado nada. –Me gustan cuando pueden hablar –respondió Alicia–. En el lugar de donde yo vengo no hay ninguno que hable. –¿Cuáles son los insectos que te encantan –le pregunt ó el mosquito– en el país de donde vienes? –A mí no me encanta ningún insecto –explicó Alicia–, porque me dan algo de miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de algunos. –Por supuesto que responder án por sus nombres –observó descuidadamente el mosquito. –Nunca me lo ha parecido. –Entonces, ¿de qu é sirve que tengan nombres, si no responden cuando los llaman? –A ellos no les sirve de nada –explicó Alicia–, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qu é tienen nombres las cosas? –¡Vaya uno a saber! –replicó el mosquito–. Es más, te diré que en ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, adelante con esa lista de insectos, que estamos perdiendo el tiempo. –Bueno, pu es primero est án los t ábanos, que est án siempre molestando a los caballos –reanudó Alicia, llevando la cuenta con los dedos. –¡Vale! –le interrumpió el mosquito–: Pues all í, encaramado en medio de ese arbusto, ver ás a un t ábano-de-caballitos-de- madera. También él está todo hecho de madera y se mueve por ahí balanceándose de rama en rama. –¿De qué vive? –preguntó Alicia, con gran curiosidad. - Pues de savia y serrín –respondió el mosquito–. ¡Sigue con esa lista! Alicia contempl ó al t ábano-de-aballitos-de-madera con gran interés y decidi ó que seguramente lo acababan de repintar porque ten ía un aspec to tan brillante y pegajoso; y entonces continuó: –Luego, está la luciérnaga. –Mira ah í, sobre esa ram a enc ima de tu cabeza –señaló el mosquito– y verás una hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo está hecho de bud ín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su cabeza es una gran pasa flameando al coñac. –¿Y de qué vive? –preguntó Alicia, igual que antes. –Pues de turrones y mazapán –respondió el mosquito -, y anida dentro de una caja de aguinaldos. –Luego, tenemos a la mariposa –continuó Alicia, despu és de haber echado un buen vistazo al insecto de la flameante cabe za y de haberse preguntado –¿Y no será por eso que a los insectos les gusta tanto volar hacia la llama de las velas...?, ¿por qué todos quieren convertirse en luciérnagas de postre? –Pues arrastrándose a tus pies –dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con cierta alarma) podr ás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azúcar. –Y ésta ¿de qué vive? –De té muy clarito con crema. A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad: –Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? –insinuó. –Pues que se moriría, naturalmente. –Pero eso ha de sucederles muy a menudo –dijo Alicia pensativa. –Siempre les pasa –afirmó el mosquito. Con esto, Alicia se qued ó callada durante un minuto o dos, considerándolo todo. Mientras tanto, el mosquito se entreten ía zumbando y dando vueltas y m ás vueltas alrededor de su cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó: –¿Supongo que no te querrías quedar sin nombre? –De ninguna manera –se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta ansiedad. –Y sin embargo, ¿qui én sabe? –continuó diciendo el mosquito, así como quien no le da importancia a la cosa –. ¡Imag ínate lo conveniente que te ser ía volver a casa sin nombre! Entonces si, por ejemplo, tu ni ñera te quisiese llamar para que estudiaras la lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se quedaría cortada, porque no tendr ía ningún nombre con que llamarte , y entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso. –¡Estoy segura de que eso no daría ningún resultado! –respondió Alicia–. ¡Mi ni ñera nunca me perdonar ía una lección sólo por eso! Si no pudiese acordarse de mi nombre me llamar ía «seriorita», como hacen los sirvientes. –Bueno, pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías decir que hab ías oído que «te la quita» y quedarte tambi én sin lección. ¡Es un chiste! Me hubiese gustado que lo hubieses hecho tú. –No sé por qué dices que te habr ía gustado que se me hubiera ocurrido a mí – replicó Alicia–; es un chiste muy malo. Pero el mosquito s ólo suspir ó profundamente, mientras dos lagrimones le surcaban las mejillas. –No debieras de hacer esos chistes –le dijo Alicia– si te ponen tan triste. Otra vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles suspiros melanc ólicos y esta vez s í que pareci ó haberse consumido de tanto suspirar, pues cuando Alicia mir ó hacia arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empez ó a andar. Muy pronto lleg ó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más oscuro y es peso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de adentrarse en él. Pero, despu és de pensarlo, se sobrepuso y decidi ó continuar adelante: –Porque desde luego no voy a volverme atr ás –decidió mentalmente; y además era la única manera de llegar a la octava casilla. –Este debe ser el bosque –se dijo, preocupada– en el que las cosas carecen de nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustaría perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy segura de que ser ía uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido ser á buscar a la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de los peri ódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo. Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un aspecto muy fresco y sombreado. –Bueno, al menos vale la pena –dijo mientras se adentraba bajo los árboles–, después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este... en este... ¿en este qué? –repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de c ómo se llamaba aquello –. Quiero decir, entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! – afirmó al fin, apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol–. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera! Se qued ó parada ah í pensando en silencio y continu ó súbitamente sus cavilaciones: –Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y ahora, ¿qui én soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! – Pero de nada le val ía toda su determinaci ón y todo lo que pudo decir, despu és de mucho hurgarse la memoria, fue –L. ¡Estoy segura de que empieza por L! En ese preciso momento se acerc ó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. – iVen! ¡Ven aqu í! –le llam ó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando. –¿Cómo te llamas t ú? –le dijo al f in, y ¡qu é voz más dulce que tenía! –¡Cómo me gustar ía saberlo! –pensó la pobre Alicia; pero tuvo que confesar, algo tristemente: –No me llamo nada, por ahora. –¡Piensa de nuevo! –insistió el cervato, porque así no vale. Alicia pensó, pero no se le ocurría nada. –Por favor, ¿me querrías decir cómo te llamas t ú? –rogó tímidamente–. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar. –Te lo dir é si vienes conmigo un poco m ás allá –le contestó el cervato porque aquí no me puedo acordar. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello suave del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir del bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudi ó del brazo de Alicia. – ¡Soy un cervato! –gritó jubilosamente -, y t ú... ¡Ay de m í! ¡Si eres una criatura humana! –Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y al instante salió de estampía. Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal e ra la pena que le hab ía causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan amoroso –En todo caso –dijo– al menos ya me acuerdo de c ómo me llamo, y eso me consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he de olvidar. Y ahora, vamos a ver cu ál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de ir? No era una cuesti ón demasiado dif ícil de resolver, pues s ólo había un camino por el bosque y los dos postes se ñalaban, con los índices de sus dos manos indicadoras, en la misma dirección. –Lo decidir é –se dijo Alicia – cuando el camino s e bifurque y señalen en direcciones contrarias. Pero aquello no ten ía trazas de suceder. Sigui ó adelante, andando y andando, durante un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcab a, siempre se encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos apuntando en la misma direcci ón. Uno dec ía: A CASA DE TWEEDLEDUM y el otro: A CASA DE TWEEDLEDEE. –Estoy empezando a creer –dijo Alicia al fin – ¡que viven en la misma casa! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo tiempo para entretenerme; me pasar é por ah í un momento, el tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen el camino para salir del bosque. ¡Si s ólo pudiera llegar a la octava casilla antes de que anochezca! –Y de esta guisa, continu ó hablando consigo misma, hasta que al doblar un fuerte recodo del camino, se topó con dos hombrecillos regordetes, pero tan de sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa; pero se recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían ser más que...
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 4: TWEEDDLEDUM Y TWEEDLEDEE
Ambos estaban parados bajo un árbol, con el brazo por encima del cuello del otro y Alicia pudo percatarse inmediatamente de cuál era qui én porque uno de ellos llevaba bordado sobre el cuello «DUM» y el otro «DEE». –Supongo que ambos llevar án bordado «TWEEDLE» por la parte de atrás –se dijo Alicia. Estaban ahí tan quietecitos que Alicia se olvidó de que estuviesen vivos y ya iba a darles la vuelta para ver si llevaban las letras «TWEEDLE» bordadas por la parte de atr ás del cuello, cuando se sobresaltó al oír una voz que provenía del marcado «DUM». –Si crees que somos unas figuras de cera –dijo– deberías de pagar la entrada, ya lo sabes. Las figuras de cera no están ahí por nada. ¡De ninguna manera! –¡Por el contrario! –intervino el marcado «D EE»–. Si crees que estamos vivos, ¡deberías hablarnos! –Os aseguro que estoy apenadísima –fue todo lo que pudo decir Alicia, pues la letra de una vieja canci ón se le insinuaba en la mente con la insistencia del tic- tac de un reloj, de tal forma que no pudo evitar el repetirla en voz alta. Tweedledum y Tweedledee decidieron batirse en duelo; pues Teweedledum dijo que Tweedledee le hab ía estropeado su bonito sonajero nuevo. Bajó entonces volando un mo nstruoso cuervo, m ás negro qu e todo un barril de alquitrán; ¡y tanto se asustaron nuestros héroes que se olvidaron de todos sus duelos! –Ya s é lo que est ás pensando –dijo Tweedledum–; pero no es como tú crees. ¡De ninguna manera! –¡Por el contrario! –continuó Tweedledee–. Si hubiese sido as í, entonces lo sería; y siéndolo, quizá lo fuera; pero como no fue así tampoco lo es asá. ¡Es lógico! –Estaba pensando –dijo Alicia muy cortésmente– en cuál sería la mejor manera de salir de este bosque: se est á poniendo muy oscuro. ¿Querríais vosotros indicarme cuál es el camino! Pero los dos gordezuelos tan sólo se miraron, sonriendo ladinos. Tanto se parec ían a dos colegiales grandullones que Alicia se encontró de golpe se ñalando con el dedo a Tweedledum y llamándole -¡Alumno número uno! –¡De ninguna manera! –se apresur ó a gritar Tweedledum cerrando la boca luego con la misma brusquedad. –¡Alumno número dos! –continuó Alicia, señalando esta vez a Tweedledee, segura de que iba a responderle en seguida gritando «¡Por el contrario!» como en efecto sucedió. –¡Lo has empezado todo muy mal! –exclamó Tweedledum–. Lo primero que se hace en una visita es saludarse con un «hola, ¿que tal?» y luego ¡un buen apret ón de manos! –Y diciendo esto los dos hermanos se dier on un fuerte abrazo y extendieron luego sendas manos para que Alicia se las estrechara. Alicia no se atrevía a empezar dándole la mano a ninguno de los dos, por miedo de herir los sentimientos del otro; de forma que pensando salir así lo mejor que podía del mal paso, tomó ambas manos a la vez con las dos suyas: al momento se encontraron los tres bailando en corro. Esto le pareció entonces a Alicia de lo más natural (según recordaría más tarde) e incluso no le sorprendi ó nada oír un poco de música; parecía que provenía de algún lugar dentro del árbol bajo el cual estaban danzando y (por lo que pudo entrever) parec ía que la estaban tocando sus mismas ramas, frotándose las unas contra las otras como si fueran arcos y violines. –¡Sí que tenía gracia aquello –solía decir Alicia cuando le contaba luego a su hermana toda esta historia – encontrarme de pronto cantando en corrillo «que llueva, que llueva, la vieja est á en la cueva»! La cosa es que no s é exactamente cu ándo empec é a hacerlo, pero entonces ¡sentía como si lo hubiese estado cantando durante mucho, mucho tiempo! Como los otros dos bailarines eran gordos, pronto se quedaron sin aliento. – Cuatro vueltas son suficientes para esta danza – jadeó trabajosamente Tweedledum; y dejaron de bailar tan súbitamente como habían empezado; también se interrumpió la música al mismo tiempo. Ambos soltaron entonces las manos de Alicia y se la quedaron contemplando durante un minuto: se produjo una pausa un tanto azarante, pues Alicia no sab ía cómo iniciar una conversación con unas personas con las que acababa de estar bailando. –Este sí que no es el momento de decir «hola, ¿como estás?» – se dijo a s i misma. Me parece que ya hemos supera do esta etapa. –Espero que no estéis demasiado cansados –dijo Alicia al fin. –¡De ninguna manera! Pero mil gracias por tu inter és –contestó Tweedledum. –¡Muy agradecido! –añadió Tweedledee. –Te gusta la poesía? –Pues... si, bastante... algunos poemas –dijo Alicia sin mucha convicción– ¿Querríais decirme qu é camino he de tomar para salir del bosque? –¿Qué te parece qu e le recite? –preguntó Tweedledee volviéndose hacia Tweedledum con una cara muy seria y sin hacer el menor caso a la pregunta de Alicia. –«La morsa y el carpintero», que es lo m ás largo que te sabes – replicó Tweedledum, dando a su hermano un tierno abrazo. Tweedledee comenzó en el acto: ¡Brillaba el sol...! Pero Alicia se atrevi ó a interrumpirle: –Si va a ser muy largo – dijo tan cortésmente como pudo –¿no querríais decirme primero por qué camino...? Tweedledee sonrió amablemente y empezó de nuevo: ¡Brillaba el sol sobre la mar! Con el fulgor implacable de sus rayos se esforzaba, denodado, por aplanar y alisar las henchidas ondas; y sin embargo, aquello era bien extraño pues era ya más de media noche. La luna reinaba con desgana pues pensaba que el sol no tenía por qué estar ahí después de acabar el día... ¡Qué grosero! –decía con un moh ín, –¡venir ahora a fastidiarlo todo! La mar no podía estar más mojada ni más secas las arenas de la playa; no se ve ía ni una nube en el firmamento porque, de hecho, no hab ía ninguna; tampoco surcaba el cielo un solo pájaro pues, en efecto, no quedaba ninguno. La morsa y el carpintero se paseaban cogidos de la mano: lloraban, inconsolables, de la pena de ver tanta y tanta arena. ¡Si sólo la aclararan un poco, qué maravillosa sería la playa! –Si siete fregonas con siete escobas la barrieran durante medio año, ¿te parece –indagó la morsa atenta – que lo dejar ían todo bien lustrado? –Lo dudo– confesó el carpintero y llor ó una amarga lágrima. ¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros! requirió tan amable, la morsa. –Un agradable paseo, una pausada c harla por esta playa salitrosa: mas no veng áis m ás de cuatro que más de la mano no podríamos. Una venerable ostra le ech ó una mirada pero no dijo ni una palabra. Aquella ostra principal le gui ñó un ojo y sacudi ó su pesada cabeza... Es gue quer ía decir que prefer ía n o dejar tan pronto su ostracismo. Pero otras cuatro ostrillas infantes se adelantaron ansiosas de regalarse: limpios los jubones y las caras bien lavadas los zapatos pulidos y brillantes; y esto era bien extra ño pues ya sabéis que no tenían pies. Cuatro ostras más las siguieron y aún otras cuatro más; por fin vinieron todas a una más y más y más... brincando por entre la espuma de la rompiente se apresuraban a ganar la playa. La morsa y el carpintero caminaron una milla, m ás o menos, y luego reposaron sobr e una roca de conveniente altura; mientras, las otras las aguardaban formando, expectantes, en fila. –Ha llegado la hora –dijo la morsa– de que hablemos de muchas cosas: de barcos... lacres... y zapatos; de reyes... y repollos... y de por qu é hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos. –Pero ¡esperad un poco!– gritaron las ostras y antes de charla tan sabrosa dejadnos recobrar un poco el aliento ¡que estamos todas muy gorditas! –¡No hay prisa!– concedió el carpintero y mucho le agradecieron el respiro. –Una hogaza de pan –dijo la morsa –, es lo que principalmente necesitamos: pimienta y vinagre, adem ás, tampoco nos vendrán del todo mal... y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!, que vamos ya a alimentarnos. –Pero, ¡no con nosotras!– gritaron las ostras poniéndose un poco moradas; –¡que despu és de tanta amabilidad eso sería cosa bien ruin! –La noche es bella –admiró la morsa – ¿no te i mpresiona el paisaje? –¡Qué amables habéis sido en venir! ¡Y qué ricas que sois todas! Poco decía el carpintero, salvo –¡Córtame otra rebanada de pan!, Y ojal á no es tuvieses tan sordo que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces! –¡Qué pena me da –exclamó la morsa – haberles jugado esta faena! ¡Las hemos tra ído tan lejos y trotaron tanto las pobres! Mas el carpintero no decía nada, salvo –¡Demasiada manteca has untado! –¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa. –¡Cuánta pena me dais!– seguía lamentando y entre lágrimas y sollozos escogía las de tama ño más apetecible; resta ñaba con generoso pa ñuelo esa riada de sentidos lagrimones. –¡Oh, ostras! – dijo al fin el carpintero. –¡Qué buen paseo os hemos dado!, ¿os parece ahora que volvamos a casita? – Pero nadie le respondía... y esto s í que no ten ía nada de extraño, pues se las hab ían zampado todas. De los dos el que m ás me gusta es la morsa –comentó Alicia– porque al menos a esa le daban un poco de pena las pobres ostras. –Sí, pero en cambio, comió más ostras que el carpintero –corrigió Tweedledee– resulta que tap ándose con el pa ñuelo se las iba zampando sin que el carpintero pudiera contarlas sino, ¡por el contrario! –¡Eso si que est á mal! –exclamó Alicia indignada–. En ese caso, me gusta más el carpintero... siempre qu e no haya comido m ás ostras que la morsa. –Pero en cambio se trag ó todas las que pudo –terció Tweedledum. El dilema la dej ó muy desconcertada. Despu és de una pausa, Alicia concluyó: – ¡Bueno! ¡Pues ambos eran unos tipos de muy mala catadura...!– Pero al decir esto se contuvo, algo alarmada al oír algo que sonaba como el jadear de una gran locomotora en el interior del bosque que los rodeaba, aunque lo que Alicia verdaderamente temía es que se tratase de alguna bestia feroz. – Por casualidad, ¿hay l eones o tigres por aqu í cerca? –preguntó tímidamente. –No es m ás que el Rey rojo que est á roncando –explicó Tweedledee. –¡Ven, vamos a verlo! –exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia la condujeron a donde estaba el Rey. –¿No te parece que está precioso? –dijo Tweedledum. Alicia no pod ía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto un gran gorro de dormir con una borla en la punta, y estaba enroscado, formando como un bulto desordenado; roncaba tan sonoramente que Tweedledum observó: –Como si se le fuera a volar la cabeza a cada ronquido. –Me parece que se va a resfriar si sigue ah í tumbado sobre la hierba húmeda – dijo Alicia, que era una ni ña muy prudente y considerada. –Ahora está soñando –señaló Tweedledee– ¿y a que no sabes lo que está soñando? –¡Vaya uno a saber! –replicó Alicia– ¡Eso no po dría adivinarlo nadie! –¡Anda! ¡Pues si te est á soñando a ti! –exclamó Tweedledee batiendo palmas en aplauso de su triunfo –. Y si dejara de so ñar contigo, ¿qué crees que te pasaría? –Pues que seguiría aquí tan tranquila, por supuesto –respondió Alicia. –¡Ya! ¡Eso es lo que t ú quisieras –replicó Tweedledee con gran suficiencia– ¡No estarías en ninguna parte! ¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo que está soñando! –Si este Rey aquí se nos despertara –añadió Tweedledum– tu te apagarías... ¡zas! ¡Como una vela! –¡No es verdad –exclamó Alicia indignada– Además, si yo no fuera más que algo con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros! –¡Eso, eso! –dijo Tweedledum. –¡Tú lo has dicho! –exclamó Tweedledee. Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo: – ¡Callad! Que lo vais a despertar como sig áis haciendo tanto ruido. –Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo – dijo Tweedledum – cuando no eres m ás que un objeto de su sue ño. Sabes perfectamente que no tienes ninguna realidad. –¡Que sí soy real! –insistió Alicia y empezó a llorar. –Por mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca m ás real – observó Tweedledee– y además no hay nada de qué llorar. –Si yo no fuera real continu ó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues todo le parecía tan ridículo– no podría llorar como lo estoy haciendo. –¡Anda! Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? – interrumpió Tweedledum con el mayor desprecio. –Sé que no están diciendo más que tonterías –razonó Alicia para si misma– así que es una bobada que me ponga a llorar. De forma que se sec ó las lágrimas y continu ó hablando con el tono m ás alegre y despreocupado que le fue posible: – En todo caso ser á mejor que vaya saliendo del bosque, pues se está poniendo muy oscuro; ¿creéis que va a llover? Tweedledum abrió un gran paraguas y se meti ó debajo, con su hermano; mirando hacia arriba respondi ó: –No lo creo... al menos, no parece que vaya a llover aqu í dentro. ¡De ninguna manera! –Pero, ¿puede que llueva aquí fuera? –Pues... si as í se le antoja... - dijo Tweedledee– Por lo que a nosotros nos toca, no hay reparo... ¡Por el contrario! –¡Qué tipos más egoístas! –pensó Alicia y estaba ya a punto de darles unas «buenas noches» muy secas y volverles la espalda para marcharse cuando Tweedledum saltó de donde estaba bajo el paraguas y la agarró violentamente por la muñeca. –¡¿Ves eso?! –le preguntó con una voz ahogada por la ira y con unos ojos que se le pon ían m ás grandes y m ás amarillos por momentos, mientras señalaba con un dedo tembloroso hacia un pequeño objeto blanco que yacía bajo un árbol. –No es más que un cascabel –dijo Alicia después de examinarlo cuidadosamente– ¡pero no vayas a cree que es una serpiente de cascabel! – añadió apresuradamente, pensando que a lo mejor era eso lo que le excitaba tanto: no es más que un viejo sonajero... bastante viejo y roto. –¡Lo sabía! ¡Lo sabía! –gritó Tweedledum y empezó a dar unas pataletas tremendas y a arrancarse el pelo a p uñados–. ¡Est á estropeado, por supuesto! –y al decir esto mir ó hacia donde estaba Tweedledee, quien inmediatamente se sentó en el suelo e intentó esconderse bajo el enorme paraguas. Alicia tomó a Tweedledum del brazo y trat ó de tranquilizarlo diciéndole –No debes de enojarte tanto por un viejo sonajero. –¡Es que no es viejo! –gritó Tweedledum más furioso todavía–. ¡¡Es nuevo, te digo que es nuevo!! Lo compr é ayer..., ¡mi bonito SONAJERO NUEVO! –Y su tono de voz subió hasta convertirse en un auténtico alarido. Durante todo este tiempo, Tweedledee hab ía estado intentando plegar su paraguas, lo mejor que pod ía, consigo dentro: lo cual representaba una ejecuci ón tan extraordinaria que logr ó que Alicia se distrajera y olvidara por un momento a su airado hermano. Pero no lo logró del todo y acabó rodando por el suelo, enrollado en el paraguas, del que sólo le asomaba la cabeza: y ahí quedó, abriendo y cerrando la boca, con los ojos muy abiertos... –Pareciéndose m ás a un pez q ue a cualqu ier otra cosa –pensó Alicia. –¡Naturalmente que estar ás de acuerdo en que nos batamos en duelo! –dijo Tweedledum con un tono un poco más tranquilo. –Supongo que s í –dijo malhumorado el otro mientras salía del paraguas– sólo que, ya sabes, ella tendrá que ayudarnos a vestir. Así que los dos hermanos se adelantaron mano a mano en el bosque y volvieron de allí al minuto con los brazos cargados de toda clase de cosas... tales como cojines, mantas, esteras, manteles, ollas, tapaderas y cubos de carbón... –Espero que tengas buena mano para sujetar con alfileres y atar con cordeles – advirtió Tweedledee– porque hemos de ponernos todas y cada una de estas cosas de la manera que sea. Más tarde, Alicia solía comentar que nunca había visto un jaleo mayor que el que armaron aquellos dos por tan poca cosa... y la cantidad de objetos que hubieron de ponerse encima... y el trabajo que le dieron haciéndole atar cordeles y sujetar botones... –La verdad es que cuando terminen se van a parecer m ás a dos montones de ropa vieja que a cualquier otra cosa– se dijo Alicia, mientras se afanaba por enrollar un cojín alrededor del cuello de Tweedledee, –para que no puedan cortarme la cabeza –según dijo aquél. –Ya sabes –añadió con mucha gravedad– que es una de las cosas más malas que le pueden ocurrir a uno en un combate... que le corten a uno la cabeza. Alicia ri ó con gusto, pero se las arregl ó para disimular las carcajadas con una tosecita por miedo a herir sus sentimientos. –¿Estoy algo pálido? –preguntó Tweedledum, acercándose para que le ci ñera el yelmo (yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera más bien una cacerola...) –Bueno... si... un poco –le aseguró Alicia con amabilidad. –La verdad es que generalmente soy una persona de mucho valor –continuó Tweedledum en voz baja–: lo que ocurre es que hoy tengo un dolor de cabeza... –Y yo, ¡un dolor de muelas! –dijo Tweedledee que había oído el comentario–. Me encuentro mucho peor que tú. –En ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy –les dijo Alicia, pensando que se le presentaba una buena oportunidad para reconciliarlos. –No tenemos m ás remedio que batirnos hoy; pero no me importaría que no fuese por mucho tiempo –dijo Tweedledum–. ¿Qué hora es? Tweedledee consult ó su reloj y respondi ó: –Son las cuatro y media. –Pues entonces, combatamos hasta las seis y luego, ¡a cenar! – propuso Tweedledum. –Muy bien –convino el otro, aunque algo taciturno – y ella, que presencie el duelo... s ólo que no se acerque demasiado a m í – añadió– porque cuando a mí se me sube la sangre a la cabeza..., ¡vamos, que le doy a todo lo que veo! –¡Y yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance, lo vea o no lo vea! –gritó Tweedledee. –Pues si es así –rió Alicia– apuesto que habréis estado dándole a todos estos árboles con mucha frecuencia. Tweedledum miró alrededor con gran satisfacción. –Supongo – se jactó– que cuando hayamos terminado, ¡no quedará ni un sólo árbol sano a la redonda! –¡Y todo por un sonajero! –exclamó Alicia que a ún tenía esperanzas de que se avergonzaran un poco de pelearse por tan poca cosa. –No me habr ía importado t anto –se excusó Tweedledee– si no hubiera sido uno nuevo. –¡Cómo me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! –pensó Alicia. –No tenemos más que una espada, ya sabes –le dijo Tweedledum a su hermano así que tú puedes usar el paraguas..., pincha igual de bien; sólo que más vale que empecemos pronto porque se está poniendo todo muy negro. –¡Y tan negro! –convino Tweedledee. Estaba oscureciendo tan velozmente que Alicia pens ó que se estaría acercando alguna tormenta. –¡Qué nube tan negra y tan espesa! –dijo– Y qué rápidamente se est á encapotando el cielo! Pero..., ¿qué veo? ¡Si me parece que esa nube tiene alas! –¡Es el cuervo! –gritó Tweedledum con un chillido de alarma y en el acto los dos hermanos salieron de estamp ía y desaparecieron en el bosque. Alicia corrió un poco tambi én y se detuv o bajo un corpulento árbol. –No creo que pueda dar conmigo aqu í –pensó– es demasiado grande como para poder penetrar entre estos árboles; pero ya me gustar ía que no aletease de esa manera... est á levantando un huracán en el bosque... ¡allí va un mantón que se le habrá volado a alguien!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 5: AGUA Y LANA
Y mientras decía esto cogió el mantón al vuelo; mir ó alrededor suyo para ver si encontraba a su due ña: al momento apareció la Reina blanca, corriendo desalada por el bosque, con los brazos abiertos en cruz, como si viniera volando; y Alicia se acercó muy cortésmente a su encuentro para devolverle el mantón. –Me alegro mucho de haberle podido echar una mano –dijo Alicia mientras le ayudaba a ponérselo de nuevo. La Reina blanca parecía no poder responderle más que con una extraña expresión, como si se sintiera asustada y desamparada, y repitiendo en voz baja algo que sonaba as í como «pan y mantequilla, pan y mantequilla...», de forma que Alicia decidi ó que si no empezaba ella a decir algo no lograr ía nunca entablar conversación. La inició pues, tímidamente, preguntándole: –¿Tengo la honra de dirigirme a la Reina blanca? –Bueno, si llamas a eso «dirigirse»... –respondió la Reina blanca– no es en absoluto lo que yo entiendo por esa palabra. Alicia pensó que no tendr ía ningún sentido ponerse a discutir precisamente cuando estaban empezando a hablar, de forma que sonrió y le dijo: –Si Su Majestad q uisiera decirme c ómo debo empezar, lo intentaré lo mejor que pueda. –Pero si es que no quiero que lo hagas en absoluto! –gimió la pobre Reina–. ¡Me he estado dirigiendo todo el tiempo durante las dos últimas horas! –Más le valiera –pensó Alicia– tener a alguien que la «dirigiera» un poco – pues estaba tan desarreglada. –Todo lo lleva mal puesto –consideró Alicia– y le sobran alfileres por todas partes. ¿Me permite ponerle bien el mant ón? –añadió en voz alta. –¡No sé qué es lo que le pasa! –suspiró, melancólica, la Reina –. Creo que debe de estar del mal humor. Lo he puesto con un alfiler por aqu í y otro por all á, ¡pero no hay manera de que se esté quieto! –No puede quedar bien, por supuesto, si lo sujeta s ólo por un lado –le dijo Alicia mientras se lo iba colocando bien con mucho cuidado– y, ¡Dios mío!, ¡en qué estado lleva ese pelo! –Es que se me ha enredado con el cepillo –explicó la Reina suspirando– y el peine se me perdió ayer. Alicia desenredó cuidadosamente el cepillo e hizo lo que pudo por arreglarle un poco el pelo. –¡Vaya, ya tiene mucho mejor aspecto! –le dijo después de haberle cambiado de sitio la mayor parte de los alfileres –. ¡Lo que de verdad le hace falta es tener una doncella! –Estoy segura de que te contratar ía a ti con mucho gusto – aseguró la Reina–. A dos reales la semana y mermelada un día sí y otro no. Alicia no pudo evitar la risa al oír esto, y le contestó: –No quisiera verme empleada... y no me gusta tanto la mermelada. –¡Ah! Pues es una mermelada excelente –insistió la Reina. – Bueno, en todo caso, lo que es hoy no me apetece nada. –Hoy es cuando no podrías tenerla ni aunque te apeteciera –atajó la Reina–. La regla es: mermelada ma ñana y ayer... pero nunca hoy. –Alguna vez tendrá que tocar «mermelada hoy» –objetó Alicia. –No, no puede ser –refutó la Reina–. Ha de ser mermelada un día sí y otro no: y hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto? –No, no comprendo nada –dijo Alicia–. ¡Qué lío me he hecho con todo eso! –Eso es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atr ás' –le explicó la Reina amable mente–: al principio se marea siempre una un poco... –¡Viviendo marcha atr ás! –repitió Alicia con gran asombro –. ¡Nunca he oído una cosa semejante! –... Pero tiene una gran ventaja y es que así la memoria funciona en ambos sentidos. –Estoy segura de que la m ía no funciona m ás que en uno – observó Alicia–. No puedo acordarme de nada q ue no haya sucedido antes. –Mala memoria, la que s ólo funciona hacia atr ás –censuró la Reina. –¿De qu é clase de cosas se acuerda usted mejor? –se atrevió a preguntarle Alicia. –¡Oh! De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas – replicó la Reina con la mayor naturalidad –. Por ejemplo, – añadió, vend ándose un dedo con un bu en trozo de gasa – ahí tienes al mensajero del Rey. Est á encerrado ahora en la c árcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezar á hasta el próximo miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final. –¿Y suponiendo que nunca cometa el crimen? –preguntó Alicia. –Eso sería tanto mejor, ¿no te parece? –dijo la Reina sujetando con una cinta la venda que se había puesto en el dedo. A Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro que sería mejor –dijo– pero entonces, el haber cumplido condena no sería tanto mejor para él. –Ahí es donde te equivocas de todas –le aseguró la Reina–. ¿Te han castigado a ti alguna vez? –Sólo por travesuras –se excusó Alicia. –¡Y estoy segura de que te sent ó muy bien el castigo! –concluyó triunfante la Reina. –Sí, pero es que yo s í que había cometido las cosas por las que me castigaron – insistió Alicia– y en eso estriba la diferencia. –Pero si no las hubieses cometido –replicó la Reina– eso te habría sentado mucho mejor a ún. ¡Mucho mejor, much ísimo mejo r! Pero es que, ¡muchísimo mejor! –Con cada «mejor» iba elevando más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un gritito muy agudo. Alicia iba precisamente a replicarle que: –Debe de haber alg ún error en todo eso...– cuando la Reina empezó a dar unos alaridos tan fuertes que tuvo que dejar la frase sin terminar. –¡Ay, ay, ay! –aullaba la Reina sacudiéndose la mano como si quisiera que se le soltara. –¡Me está sangrando el dedo! ¡Ay, ay, ay, ay! Sus alaridos se parec ían tanto al silbato de una locomotora que Alicia tuvo que taparse los oídos con ambas manos. –Pero, ¿qu é es lo le pasa? –le pregunt ó cuando enco ntró una ocasión para hacerse oír. –¿Es que se ha pinchado un dedo? –¡No me lo he pinchado a ún –gritó la Reina– pero me l o voy a pinchar muy pronto... ay, ay, ay! –¿Y cuando cree que ocurrirá eso? –le preguntó Alicia sintiendo muchas ganas de reírse a carcajadas. –Cuando me sujete el mantón de nuevo –gimió la pobre Reina. –El broche se me va a desprender de un momento a otro, ¡ay, ay! –y no acababa de decirlo cuando el broche se le abrió de golpe y la Reina lo agarró frenéticamente para abrocharlo de nuevo. –¡Cuidado! –le gritó Alicia– ¡que lo est á agarrando por el lado que no es! –y quiso ponérselo bien; pero era ya demasiado tarde: se había abierto el gancho y la Reina se pinchaba el dedo con la aguja. –Eso explica que sangrara antes –le dijo a Alicia con una sonrisa. –Ahora ya sabes cómo suceden las cosas por aquí. –Pero, ¿y por qu é no grita de dolor ahora? –le preguntó Alicia, preparándose para llevarse las manos otra vez a los oídos. –¿Para qué?, si ya me estuve quejando antes todo lo que quería – contestó la Reina, –¿de qué me serviría hace rlo ahora todo de nuevo? Para entonces comenzaba a clarear. –Me parece que el cuervo debe haberse marchado volando a otra parte –dijo Alicia. – ¡Cuánto me alegro de que se haya ido! Pens é que se estaba haciendo de noche. –¡Cómo me gustar ía a m í poder alegrarme as í! –comentó la Reina. –Lo que pasa es que nunca me acuerdo de las reglas para conseguirlo. ¡Has de ser muy feliz, viviendo aquí en este bosque y poniéndote alegre siempre que quieres! –¡Ay, si no estuviera una tan sola aqu í! –se quejó Alicia con voz melancólica; y al pensar en lo sola que estaba dos lagrimones rodaron por sus mejillas. –¡Hala, no te pongas asi! –le gritó la pobre Reina, retorciéndose las manos de desesperaci ón. –¡Considera qu é niña m ás excepcional eres! ¡Consider a lo muy lejos que has llegado hoy! ¡Considera la hora que es! ¡Considera cualquier cosa, pero no llores! Alicia no pudo evitar la risa al o ír esto, a pesar de sus l ágrimas. –¿Puede Usted dejar de llorar considerando cosas? –le preguntó. –Esa es la ma nera de hacerlo –aseguró la Reina con mucha decisión: –nadie puede hacer dos cosas a la vez, con qu e... Empecemos por considerar tu edad..., ¿cuántos años tiene? –Tengo siete años y medio, exactamente. –No es necesario que digas «exactamente» –observó la Reina: te creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un años, cinco meses y un día. –¡Eso sí que no lo puedo creer! –exclamó Alicia. –¿Qué no lo puedes creer? –repitió la Reina con mucha pena; – prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos. Alicia rio de buena gana: –No vale la pena intentarlo–dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles. –Me parece evidente que no tienes mucha pr áctica –replicó la Reina. –Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno! ¡All á va mi mant ón de nuevo! Se le hab ía abierto el broche mientras hablaba y una s úbita bocanada de viento le voló el mantón y se lo llevó más allá de un pequeño arroyo. La Reina volvió a abrir los brazos en cruz y salió volando tras el y esta vez logr ó recobrarlo ella misma.– ¡Ya lo tengo! –exclamó triunfalmente. –¡Ahora verás cómo me lo pongo y me lo sujeto otra vez, yo solita! –Entonces espero que se le haya curado el dedo aquel –contestó Alicia muy cortésmente mientras cruzaba ella también el arroyo en pos de la Reina. –¡Ay, est á mucho mejor! –gritó la Reina y la voz se le iba elevando hasta convertirse en un gritito muy agudo, mientras continuaba diciendo: –¡Mucho mee -ejor! ¡Mee -jor! ¡Mee -ee-jor! ¡Mee...eeh! –Esto último terminó en un auténtico balido, tan de oveja que Alicia se quedó de una pieza. Miró a la Reina y le pareció como si se hubiera envuelto de golpe en lana. Alicia se frot ó los ojos y mir ó de nuevo. No pod ía explicarse lo que hab ía sucedido. ¿Se encontraba acaso en una tienda? ¿Y era aquello verdaderamente... y estaba ahí, de verdad, una o veja sentada al otro lado del mostrador? Por m ás que se frotara los ojos esa era la única explicación que podía dar a lo que estaba viendo: estaba en el interior de una peque ña tienda, bastante oscura, apoyando los codos sobre el mostrador y contemplando enfrente suyo a una vieja oveja sentada en una butaca, tejiendo y levantando la vista de vez en cuando para mirarla a través de un par de grandes anteojos. –¡Qué es lo que quieres comprar? –le preguntó al fin la oveja, levantando la vista de su labor. –Aún no estoy de l todo segura –le contest ó Alicia muy cortésmente. –Si me lo permite querr ía mirar antes todo alrededor mío para ver lo que hay. –Puedes mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas –replicó la oveja, –pero no podrás mirar todo alrededor tuyo... a no ser que tengas un par de ojos en la nuca. Y en efecto, como ocurr ía que Alicia no tenia ninguno por ah í, tuvo que contentarse con dar unas vueltas, mirando lo que había en los anaqueles a medida que se acercaba a ellos. La tienda parec ía estar repleta de toda clase de curiosidades... pero lo m ás raro de todo es que cuando intentaba examinar detenidamente lo que había en algún estante para ver de qué se trataba, resultaba que estaba siempre vac ío a pesar de que los que estaban a su alrededor parec ían est ar atestados y desbordando de objetos. –¡Las cosas flotan aqu í de un modo!... –se quejo al fin, despu és de haber intentado en vano perseguir durante un minuto a un objeto brillante y grande que p arecía unas veces una mu ñeca y otras un costurero, pero que en todo caso tenía la virtud de estar siempre en un estante m ás arriba del que estaba examinando. – Y esta es desde luego la que peor de todas se porta..., pero, ¡vas a ver! –añadió al ocurr írsele s úbitamente una idea: –Voy a seguirla con la mirada hasta que llegue al último estante y luego, ¡vaya sorpresa que se va a llevar cuando tenga que pasar a través del techo! Pero incluso esta estratagema le fall ó: la «cosa» pas ó tranquilamente a trav és del techo, como si estuviera muy habituada a hacerlo. –¿Eres una niña o una peonza? –dijo la oveja mientras se armaba con otro par de agujas. –Vas a marearme si sigues dando tantas vueltas por ah í. –Pero ya antes de ter minar de hablar estaba tejiendo con catorce pares de agujas a la vez y Alicia no pudo controlar su curiosidad y su asombro. –¡¿Cómo podr á tejer al tiempo con tantas agujas?! –se preguntaba la niña, desconcertada. –Y a cada minuto saca más y más..., ¡ni que fuera un puercoespín! –¿Sabes remar? –le preguntó la oveja, pasándole un par de agujas de tejer mientras le hablaba. –Sí, un poco... pero no en tierra... y tampoco con agujas de tejer... –empezó a excusarse Alicia cuando de pronto las que tenía en las manos empezaron a convertirse en remos y se encontró con que estaban las dos abordo de un bote, deslizándose suavemente por la orilla del r ío: de forma que no le quedaba m ás remedio que intentarlo lo mejor que podía. –¡Plumea! –le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas. Esta indicaci ón no le pareci ó a Alicia que requiriera ninguna contestación, de forma que no dijo nada y empu ñó los remos. Algo muy raro le sucedía al agua, pensó, pues de vez en cuando los re mos se le quedaban agarrados en ella y a duras penas lograba zafarlos. –¡Plumea, plumea! –volvió a gritarle la oveja, tomando aún más agujas. –Que si no vas a pescar pronto un cangrejo. –¡Una monada de cangrejito! –pensó Alicia, ilusionada. –Eso sí que me gustaría. –Pero, ¿es que no me oyes decir que «plumees»? –gritó enojada la oveja empuñando todo un manojo de agujas. –Desde luego que sí –repuso Alicia. –Lo ha dicho usted muchas veces... y además levantando mucho la voz. Me querría decir, por favor, ¿dónde están los cangrejos? –¡En el agua, naturalmente! –contestó la oveja, metiéndose unas cuantas agujas en el pelo, pues ya no le cab ían en las manos. – ¡Plumea, te digo! –Pero, ¿Por qué me dice que «plumee» tantas veces? –preguntó Alicia, al fin, algo exasperada. –¡No soy ningún pájaro! –¡Sí lo eres! –le aseguró la oveja: –Eres un gansito. Esto ofendió un tanto a Alicia, de forma que no respondi ó nada durante un minuto a dos, mientras la barca seguía deslizándose suavemente por el agua, pasando a veces por entre bancos de algas (que hacían que los remos se le quedaran agarrotados en el agua más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los árboles de la ribera, pero siempre vigiladas desde arriba por las altas crestas de la ribera. –¡Ay, por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! –exclamó Alicia en un s úbito arrebato de gozo: –¡De veras que lo son... y qu é bonitos que están! –No hace falta que me los pidas a mi «por favor» –respondió la oveja sin tan siquiera levantar la vista de su labor: –no he sido yo quien los ha puesto ahí y no seré yo quien se los vaya a llevar. –No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudi éramos detenernos a recoger unos pocos –rogó Alicia– si no le importa parar la barca durante un minuto. –¿Y c ómo la voy a parar yo? –replicó la oveja. –Si dejases de remar se pararía ella sola. Dicho y hecho, la barca continu ó flotando río abajo, arrastrada por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meci éndose sobr e el agua. Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta el codo, para recoger los juncos lo m ás abajo posible antes de arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos olorosos. –¡Ojalá que no vuelque la barca! –se dijo a s í misma. –¡Ay, qué bonito que es aqu él! Si s ólo lo hubiera podido alcanzar... –y desde luego que era como para enfadarse ( –Porque casi parece que me lo est án haciendo adrede... –pensó) el que, aunque lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el bote se deslizaba entre ellos, siempre parecía que había uno más hermoso más allá de su alcance. –¡Los más preciosos están siempre más lejos! –dijo al fin, dando un suspiro, ante la obstinación de aquellos juncos, empeñados en ir a crecer tan apartados; e incorpor ándose de nuevo sobre su banqueta, con las mejillas encendidas y el agua gote ándole del pelo y de las manos, empez ó a ordenar los tesoros que acababa de reunir. ¿Qué le importa ba a ella que lo s olorosos juncos hubieran comenzado a marchitarse y a perder su perfume y su belleza desde el momento mismo en que los recogiera? Si hasta los juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran m ás que un poco... y estos que yac ían a manojos a sus pies, si endo juncos soñados, iban fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de nieve... pero Alicia apenas si se dio cuenta de esto, pues estaban pasando tantas otras cosas curiosas sobre las que ten ía que pensar... No hab ían ido mucho m ás lejos cuando la pala de uno de los remos se quedó agarrada en algo bajo el agua y no quiso soltarse por nada (o as í al menos lo explicaba Alicia m ás tarde) y por consiguiente, el pu ño del remo acab ó metiéndosele bajo el mentón y a pesar de una serie de entrecortados y agudos «ayes», Alicia se vio arrastrada inevitablemente fuera de su banqueta y arrojada al fondo, entre sus manojos de juncos. Sin embargo, no se hizo ning ún daño y pronto recobró su sitio; la oveja hab ía continuado haciendo punto to do este tiempo, como si no hubiera pasado nada. – ¡Bonito cangrejo pescaste!, ¿eh? –observó, mientras Alicia volvía a sentarse en su banqueta, muy aliviada de ver que continuaba dentro del bote. –¿De veras?, pues yo no lo vi –dijo Alicia, atisbando con cautela las aguas oscuras por encima de la borda. –Ojalá no se hubiese soltado... ¡Me hubiera gustado tanto llevarme un cangrejito a casa! –Pero la oveja s ólo s e ri ó desdeñosamente y continu ó haciendo calceta. –¿Hay muchos cangrejos por aquí? –le preguntó Alicia. –Hay cangrejos y toda clase de cosas –replicó la oveja. –Hay un buen surtido; no tienes más que escoger. ¡Vamos, decídete!, ¿qué es lo que quieres comprar? –¡¿Comprar?! –repitió Alicia con un tono de voz e ntre asombrado y asustado... pues los remos, la barca y el r ío se habían esfumado en un instante y se encontraba de nuevo en la pequeña y oscura cacharrería de antes. –Querría comprarle un huevo, por favor –dijo al cabo con timidez. –¿A cuánto los vende? –A cinco reales y un ochavo el huevo... y a dos reales la pareja. –¿Entonces dos cuestan m ás barato que uno? –preguntó Alicia, asombrada, sacando su monedero. –Es que si compras dos huevos tienes que comerte los dos – explicó la oveja. –En ese caso, me llevar é sólo uno, por favor –concluyó Alicia, colocando el dinero sobre el mostrador; pues estuvo pensando que –Vaya una a saber si están todos buenos. La oveja tom ó el dinero y lo meti ó en una caja. Dijo luego: – Nunca le doy a mis clientes nada con la mano... eso no estar ía bien... has de cogerlo tu misma –. Y con esto se fue hacia el otro extremo de la tienda y colocó el huevo de pie sobre un estante. Me, pregunto por qu é no estaría bien que me lo entregara ella misma –pensó Alicia, a medida que avanzaba a tientas entre mesas y sillas, pues el fondo de la tienda estaba muy oscuro. – Ese huevo parece estar alej ándose cuanto m ás camino hacia él y..., ¿qué es esto?, ¿será una silla?, pero..., ¿cómo?, ¡si tiene ramas! ¡Que raro es esto de encontrarse un árbol creciendo aquí dentro! ¡Pero si tambi én veo allí un peque ño riachuelo! Bueno, desde luego esta es la tienda más extraña que haya visto jamás... Alicia continuó de este modo, cada vez más asombrada a medida que todo a lo que se acercaba se iba convirtiendo en un árbol; y casi esperaba que le sucediera lo mismo al huevo.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 6: HUMPTY DUMPTY
Sin embargo, lo único que le ocurri ó al huevo es que se iba haciendo cada vez mayor y m ás y más humano: cuando Alicia llegó a unos metros de donde estaba pudo observar que ten ía ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty Dumpty. – ¡No puede ser nadie m ás que él! –pensó Alicia. – ¡Estoy tan segura c omo si llevara el nombre escrito por toda la cara! Tan enorme era aquella cara, que con facilidad habr ía podido llevar su nombre escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty Dumpty estaba sentado con las piernas cruzadas, como si fuera un turco, en lo alto de una pared... pero era tan estrecha que Alicia se asombr ó de que pudiese mantener el equilibrio sobre ella... y como los ojos los ten ía fijos, mirando en la direcci ón contraria a Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor caso, pen só que, despu és de todo, no pod ía ser m ás que un pelele. –¡Es la mismísima imagen de un huevo; –dijo Alicia en voz alta, de pie delante de él y con los brazos preparados para cogerlo en el aire, tan segura estaba de que se i ba a caer de un momento a otro! –¡No te fastidia...! –dijo Humpty Dumpty despu és de un largo silencio y cuidando de mirar hacia otro lado mientras hablaba; – ¡qué lo llamen a uno un huevo...!, ¡es el colmo! –Sólo dije, se ñor mío, que usted se parece a un huevo –explicó Alicia muy amablemente – y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos –añadió esperando que la inconveniencia que había dicho pudiera pasar incluso por un cumplido. –¡Hay gente – sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro lado, como de costumbre –que no tiene m ás sentido que una criatura! Alicia no supo qu é contestar a esto: no se parec ía en absoluto a una conversación, pensó, pues no le estaba diciendo nada a ella; de hecho, este último comentario iba evidentemente dirigido a un árbol... así que quedándose donde estaba, recitó suavemente para sí: Tronaba Humpty Dumpty desde su alto muro; mas cay óse un d ía, ¡y sufri ó un gran apuro! Todos los caballos del Rey, todos los hombres del Rey, ¡ya nunca m ás pudieron a Humpty Dumpty sobre su alto muro tronando ponerle otra ver! –Esa última estrofa es demasiado larga para la rima –añadió, casi en voz alta, olvidándose de que Humpty Dumpty podía oírla. –No te quedes ah í charloteando contigo misma –recriminó Humpty Dumpty, mirándola por primera vez– dime más bien tu nombre y profesión. –Mi nombre es Alicia, pero... –¡Vaya nombre m ás est úpido! –interrumpió Humpty Dumpty con impaciencia. –¿Qué es lo que quiere decir? –¿Es que acaso un nombre tiene que significar necesariamente algo? –preguntó Alicia, nada convencida. –¡Pues claro que s í! –replicó Humpty Dumpty solt ando una risotada: –El mío significa la forma que tengo... y una forma bien hermosa que se es. Pero co n ese nombre que tienes, ¡podr ías tener prácticamente cualquier forma! –¿Por qué está usted sentado aquí fuera tan solo? –dijo Alicia que no quería meterse en discusiones. –¡Hombre! Pues por que no hay nadie que est é conmigo – exclamó Humpty Dumpty. –¿Te creíste acaso que no iba a saber responder a eso? Pregunta otra cosa. –¿No cree usted que estar ía más seguro aquí abajo, con los pies sobre la tierra? –continuó Alicia, no por inventar otra adivinanza sino simplemente porque estaba de verdad preocupada por la extraña criatura. –¡Ese muro es tan estrecho! –¡Pero qué adivinanzas tan tremendamente fáciles que me estás proponiendo! – gruñó Humpty Dumpty. –¡Pues claro que no lo creo! Has de saber que si alguna vez me llegara a caer... lo que no podría en modo alguno suceder... pero caso de que ocurriese... –y al llegar a este punto frunci ó la boca en un gesto tan solemne y fatuo que Alicia casi no podía contener la risa. –Pues suponiendo que yo llegara a caer – continuó– el Rey me ha prometido..., ¡ah! ¡Puedes palidecer si te pasma! ¡a que no esperabas que fuera a decir una cosa así!, ¿eh? Pues el Rey me ha prometido..., por su propia boca..., que..., que... –Que enviar á a todos sus caballos y a todos sus hombres – interrumpió Alicia, muy poco oportuna. –¡Vaya! ¡No me faltaba m ás que esto! –gritó Humpty Dumpty súbitamente muy enfadad o. –¡Has estado escuchando tras las puertas..., escondida detrás de los árboles..., por las chimeneas..., o no lo podrías haber sabido! –¡Desde luego que no! –protestó Alicia, con suavidad. –Es que está escrito en un libro. –¡Ah, bueno! Es muy posible que estas cosas est én escritas e n algún libro – concedió Humpty Dumpty, ya bastante sosegado. –Eso es lo que se llama una Historia de Inglaterra, m ás bien. Ahora, ¡mírame bien! Contempla a quien ha hablado con un Rey: yo mismo. Bien pudiera ocurrir que nunca vieras a otro como yo; y para que veas que a pesar de eso no se me ha subido a la cabeza, ¡te permito que me estreches la mano! Y en efecto, se inclin ó hacia adelante (y por poco no se cae del muro al hacerlo) y le ofreci ó a Alicia su mano, mientras la boca se le ensanchaba en una amplia sonrisa que le recorría la cara de oreja a oreja. Alicia le tomó la mano, pero observándolo todo con mucho cuidado: –Si sonriera un poco m ás pudiera ocurrir que los lados de la boca acabasen uni éndose por detr ás –pensó– y entonces, ¡qué no le sucedería a la cabeza! ¡Mucho me temo que se le desprendería! –Pues sí señor, todos sus caballos y todos sus hombres –continuó impertérrito Humpty Dumpty –me recogerían en un periquete y me volver ían aqu í de n uevo, ¡as í no m ás! Pero..., esta conversación está discurriendo con excesiva rapidez: volvam os a lo penúltimo que dijimos. –Me temo que ya no recuerdo exactamente de qu é se trataba – señaló Alicia, muy cortésmente. –En ese caso, cortemos por lo sano y a empezar de nuevo –zanjó la cuestión Humpty Dumpty – y ahora me toca a m í escoger el tema... (–Habla como si se tratase de un juego –pensó Alicia)... así que he aquí una pregunta para ti: ¿qu é edad me dijiste que tenías? Alicia hizo un peque ño cálculo y contest ó: –Siete a ños y seis meses. –¡Te equivocaste! –exclamó Humpty Dum pty, muy ufano. – ¡Nunca me dijiste nada semejante! –Pensé que lo que usted quería preguntarme era más bien «¿qué edad tiene?» – explicó Alicia. –Si hubiera querido decir eso, lo habr ía dicho, ¡ea! –replicó Humpty Dumpty. Alicia no quiso ponerse a disc utir de nuevo, de forma que no respondió nada. –Siete años y seis meses... –repetía Humpty Dumpty, cavilando. –Una edad bien incómoda. Si quisieras seguir mi consejo te diría «deja de crecer a los siete»..., pero ya es demasiado tarde. –Nunca se me ha ocurrido pedir consejos sobre la manera de crecer –respondió Alicia, indignada. –¿Demasiado orgullosa, eh? –se interes ó el otro. Alicia se sintió aún más ofendida por esta insinuación. –Quiero decir –replicó– que una no puede evitar el ir haciéndose más vieja. –Puede que una no pueda –le respondió Humpty Dumpty –pero dos, ya podr án. Con los auxilios necesarios podr ías haberte quedado para siempre en los siete años. –¡Qué hermoso cintur ón tiene usted! –observo Alicia súbitamente (pues pensó que ya hab ían hablado m ás que suficientemente del tema de la edad; y además, si de verdad iban a turnarse escogiendo temas, ahora le tocaba a ella). –Digo más bien... –se corrigió pensándolo mejor– qué hermosa corbata, eso es lo que quise dec ir...no, un cintur ón, me parece... ¡Ay, mil perdones: no sé lo que estoy diciendo! –añadió muy apurada al ver que a Humpty Dumpty le estaba dando un ataque irremediable de indignaci ón, y empez ó a desear que nunca hubiese escogido ese tema. –¡Si solamente supiera –concluyó para sí misma– cual es su cuello y cuál su cintura! Evidentemente, Humpty Dumpty estaba enfadadísimo, aunque no dijo nada durante un minuto o dos. Pero cuando volvió a abrir la boca fue para lanzar un bronco gruñido. –¡Es... el colmo... del fastidio –pudo decir al fin – esto de que la gente no sepa distinguir una corbata de un cinturón! –Sé que revela una gran ignorancia por mi parte –confesó Alicia con un tono de voz tan humilde que Humpty Dumpty se apiadó. Es una corbata, ni ña; y bien bonita que es, como tu bien has dicho. Es un regalo del Rey y de la Reina. ¿Qué te parece eso? –¿De veras? –dijo Alicia encantada de ver que hab ía escogido después de todo un buen tema. –Me la dieron –continuó diciendo Humpty Dumpty con mucha prosopopeya, cruzando una pierna sobre la otra y luego ambas manos por encima de una rodilla– me la dieron... como regalo de incumpleaños. –¿Perdón? –le preguntó Alicia con un aire muy intrigado. –No estoy ofendido –le aseguró Humpty Dumpty. –Quiero decir que, ¿qué es un regalo de incumpleaños? –Pues un regalo que se hace en un día que no es de cumpleaños, naturalmente. Alicia se quedó considerando la idea un poco, pero al fin dijo: – Prefiero los regalos de cumpleaños. –¡No sabes lo que est ás diciendo! –gritó Humpty Dumpty–. –A ver: ¿cuántos días tiene el año? –Trescientos sesenta y cinco –respondió Alicia. –¿Y cuántos días de cumpleaños tienes tú? –Uno. –Bueno, pues si le restas uno a esos trescientos ses enta y cinco días, ¿cuántos te quedan? –Trescientos sesenta y cuatro, naturalmente. Humpty Dumpty no parec ía estar muy convencido de este cálculo. –Me gustaría ver eso por escrito –dijo. Alicia no pudo menos de sonreír mientras sacaba su cuaderno de notas y escribía en él la operación aritmética en cuestión: Humpty Dumpty tomó el cuaderno y lo consideró con atención. –Sí, me parece que está bien... –empezó a decir. –Pero, ¡si lo está leyendo al revés! –interrumpió Alicia. –¡Anda! P ues es verdad, ¿qui én lo habr ía dicho? –admitió Humpty Dumpty con jovial ligereza mientras Alicia le daba la vuelta al cuaderno. –Ya decía yo que me parec ía que tenía un aspecto algo rarillo. Pero en fin, como estaba diciendo, me parece que está bien hecha la resta... aunque, por supuesto no he tenido tiempo de examinarla debidamente... pero, en todo caso, lo que demuestra es que hay trescientos sesenta y cuatro d ías para recibir regalos de incumpleaños... –Desde luego –asintió Alicia. –¡Y s ólo uno para regalos de cumplea ños! Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria! –No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» –observó Alicia. Humpty Dumpty sonrió despectivamente. –Pues claro que no... y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ah í te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada». –Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» –objetó Alicia. Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz m ás bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. –La cuesti ón –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. –La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda..., eso es todo. Alicia se qued ó demasiado desconcertada con todo esto para decir nada; de forma que tras un minuto Humpty Dumpty empezó a hablar de nuevo: – Algunas palabras tienen su genio... particularmente los verbos ..., son los m ás creídos..., con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos..., sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenérselas tiesas a todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo. –¿Querría decirme, por favor –rogó Alicia– qué es lo que quiere decir eso? –Ahora s í que est ás hablando como una ni ña sensata –aprobó Humpty Dumpty, muy orondo. –Por «impenetrabilidad» quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que m ás te va ldría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida. –¡Pues no es poco significado para una sola palabra! –comentó pensativamente Alicia. Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa expl icó Humpty Dumpty– siempre le doy una paga extraordinaria. –¡Oh! Dijo Alicia. Estaba demasiado desconcertada con todo esto como para hacer otro comentario. –¡Ah, deber ías de verlas cuando vienen a mi alrededor los sábados por la noche! –continuó Humpty Dumpty. –A por su paga, ya sabes... (Alicia no se atrevió a preguntarle con qué las pagaba, de forma que menos podría decíroslo yo a vosotros.) –Parece usted muy ducho en esto de explicar lo que quieren decir las palabras, se ñor m ío –dijo Alicia – así que, ¿querr ía ser tan amable de explicarme el significado del poema titulado «Galimatazo»? –A ver, oig ámoslo –aceptó Humpty Dumpty – soy capaz de explicar el significado de cuantos poemas se hayan inventado y también el de otros muchos que aún no se han inventado. Esta declaración parecía ciertamente prometedora, de forma que Alicia recitó la primera estrofa: Brillaba, brumeando negro, el sol, agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las v áparas lejanas, mimosos se fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. –Con eso basta para empezar – interrumpió Humpty Dumpty– que ya tenemos ahí un buen montón de palabras difíciles: eso de que «brumeaba negro el sol» quiere decir que eran ya las cuatro de la tarde..., porque es cuando se encienden las brasas para asar la cena. –Eso me parece muy bien –aprobó Alicia– pero, ¿y lo de los «agilisco- sos»? –Bueno, ver ás: «agiliscosos» quiere decir « ágil y viscos o», ¿comprendes? es como si se tratara de un sobretodo..., so n dos significados que envuelven a la misma palabra. –Ahora lo comprendo –asintió Alicia, pensativamente. –Y, ¿qué son los «limazones»? - Bueno, los «limazones» son un poco como los tejones..., pero también se parecen un poco a los lagartos..., y también tienen un poco el aspecto de un sacacorchos... –Han de ser unas criaturas de apariencia muy curiosa. –Eso sí, desde luego –concedió Humpty Dumpty– también hay que señalar que suelen hacer sus madrigueras bajo los relojes de sol..., y también que se alimentan de queso. Y, ¿qué es «giroscar» y «banerrar»? –Pues «giroscar» es dar vueltas y m ás vueltas, como un giroscopio; y «banerrar» es andar h aciendo agujeros como un barreno. –Y la «vápara», ¿será el césped que siempre hay alrededor de los relojes de sol, supongo? –dijo Alicia, sorprendida de su propio ingenio. –¡Pues claro que s í! Como sabes, se llama «v ápara» porque el césped ese va para adelante en una dirección y va para a trás en la otra. –Y va para cada lado un buen trecho también –añadió Alicia. –Exactamente, así es. Bueno, los «borogobios» son una especie de p ájaros desali ñados con las plumas erizadas por todas partes..., una especie de estropajo viviente. Y en cuanto a que se «fruncian mimosos», tambi én puede decirse que estaban «fruncimosos», ya ves, otra palabra con sobretodo. –¿Y el «momio» ese que «murgiflaba rantas»? –preguntó Alicia. –Me parece que le estoy ocasionando muchas molestias con tanta pregunta. –Bueno, las «rantas» son una especie de cerdo verde; pero respecto a los «momios» no estoy seguro de lo que son: me parece que la palabra viene de «monseñor con insomnio», en fin, un verdadero momio. –Y entonces, ¿qué quiere decir eso de que «murgiflaban»? –Bueno, «murgiflar» es algo as í como un aullar y un silbar a la vez, con una especie de estornudo en medio; quizás llegues a oír como lo hacen alguna vez en aquella floresta..., y cuando te haya tocado oírlo por fin, te bastar á ciertamente con esa vez. ¿Qui én te ha estado recitando esas cosas tan dificiles? –Lo he leído en un libro –explicó Alicia. –Pero también me han recitado otros poemas mucho m ás fáciles que ese; creo que fue Tweedledee..., si no me equivoco. –¡Ah! En cuanto a poemas –dijo Humpty Dumpty, extendiendo elocuentemente una de sus grandes manos– yo puedo recitar tan bien como cualquiera, si es que se trata de eso... –¡Oh, no es necesario que se trate de eso! –se apresuró a atajarle Alicia, con la vana esperanza de impedir que empezara. –El poema que voy a recitar –continuó sin hacerle el menor caso– fue escrito especialmente para entretenerte. A Alicia le pareci ó que en tal caso no ten ía más remedio que escuchar; de forma que se sentó y le dio unas «gracias» más bien resignadas. En invierno, cuando los campos están blancos, canto esta canción en tu loor. –Sólo que no la canto –añadió a modo de explicaci ón. –Ya veo que no –dijo Alicia. –Si tu puedes ver si la estoy cantando o no, tienes más vista que la mayor parte de la gente –observó severamente Humpty Dumpty. Alicia se quedó callada. En primavera, cuando verdean los bosques, me esforzaré por decirte lo que pienso Muchísimas gracias –dijo Alicia. En verano, cuando los días son largos a lo mejor llegues a comprenderla. En otoño, cuando las frondas lucen castañas, tomarás pluma y papel para anotarla. –Lo haré si aún me acuerdo de la letra después de tanto tiempo –prometió Alicia. –No es necesa rio que hagas esos comentarios a cada cosa que digo –recriminó Humpty Dumpty– no tienen ningún sentido y me hacen perder el hilo... Mándeles a los peces un recado: «¡Qu é lo hicieran ya de una vez!» Los pequeños pescaditos de la mar mand áronme una respuesta a la par. Los pequeños pescaditos me decían: «No podemos hacerlo, señor nuestro, porque...» –Me temo que no estoy comprendiendo nada –interrumpió Alicia. –Se hace más fácil más adelante –aseguró Humpty Dumpty. Otra vez les mandé decir: «¡Será mejor que obedezcáis!» Los pescaditos se sonrieron solapados. «Vaya genio tienes hoy», me contestaron. Se lo dije una vez y se lo dije otra vez. Pero nada, no atendían a ninguna de mis razones. Tomé una caldera gran de y nuev a, que era justo lo que necesitaba. La llené de agua junto al pozo y mi corazón latía de gozo. Entonces, acerc ándoseme me dijo alguien: «Ya est án los pescaditos en la cama». Le respondí con voz bien clara: «¡Pues a despertarlos dicho sea!» Se lo dije bien fuerte y alto; fui y se lo grité al oído... Humpty Dumpty elev ó la voz hasta aullar casi y Alicia pens ó con un ligero estremecimiento: –¡No habr ía querido ser ese mensajero por nada del mundo! Pero, ¡qué tipo más vano y engolado! Me dijo: «¡No hace falta hablar tan alto!» ¡Si que era necio el badulaque! «Iré a despertarlos» dijo «siempre que...» Con un sacacorchos que tomé del estante fui a despertarlos yo mismo al instante. Cuando me encontr é con la puerta atrancada, tir é y empujé, a patadas y a puñadas. Pero al ver que la puerta estaba cerrada intent é luego probar la aldaba... A esto siguió una larga pausa. –¿Eso es todo? –preguntó tímidamente Alicia. –Eso es todo – dijo Humpty Dumpty. –¡Adiós! Esto le pareci ó a A licia un tanto brusco; pero despu és de una indirecta tan directa, concluyó que no sería de buena educación quedarse ahí por más tiempo. De forma qu e se puso en pie y le dio la mano: –¡Adiós y hasta que nos volvamos a ver! –le dijo de la manera más jovial que pudo. –No creo que te reconozca ya más, ni aunque nos volviéramos a ver –replicó Humpty Dumpty con tono malhumorado, concediéndole un dedo para que se lo estrechara de despedida. –Eres tan exactamente igual a todos los demás... –Por lo ge neral, se distingue una por la cara –señaló Alicia pensativa. –De eso es precisamente de lo que me quejo –rezongó Humpty Dumpty. –Tu cara es idéntica a la de los demás..., ahí, un par de ojos... (señalando su lugar en el aire con el pulgar), la nariz, en el medio, la boca debajo. Siempre igual. En cambio, si tuvieras los dos ojos del mismo lado de la cara, por ejemplo..., o la boca en la frente..., eso sí que sería diferente. –Eso no quedaría bien –objetó Alicia. Pero Humpty Dumpty sólo cerró los ojos y respondió: –Pruébalo antes de juzgar. Alicia esperó un minuto para ver si iba a hablar de nuevo; pero como no volviera a abrir los ojos ni le prestara la menor atención, le dijo un nuevo «adiós» y no recibiendo ninguna contestación se marchó de ahí sin decir m ás; pero no pudo evitar el mascullar mientras se alejaba: –¡De todos los insoportables...! –y repitió esto en voz alta, pues le consolaba mucho poder pronunciar una palabra tan larga –¡de todos los insoportables que he conocido, éste es desde luego el peor! Y... –pero nunca pudo terminar la frase, porque en aquel momento algo que cay ó pesadamente al suelo sacudió con su estrépito a todo el bosque.
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Capítulo 7: EL LEON Y EL UNICORNIO
Al momento comenzaron a acudir soldados c orriendo desde todas partes del bosque, primero de a dos y de a tres, luego en grupos de diez y veinte, y finalmente en cohortes tan numerosas que parec ían llenar el bosque entero. Alicia se refugi ó tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo as í viéndolos pasar. Pensó que nunca había visto en toda su vida soldados de píe tan poco firme: constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera m ás torpe, y cada vez que uno de ellos daba un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros más caían detrás sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba cubierto de soldados apisados en pequeños montones. Entonces aparecieron los caballos. Como ten ían cuatro patas, se las arreglaban mejor que los soldados; pero incluso aquellos tropezaban de vez en cuando y a juzgar por el resultado, parecía ser una regla bien establecida la de que cada vez que tropezaba un caballo, su jinete deb ía de caer al suelo en el acto. De esta manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alicia se alegró mucho de poder salir del bosque, por un lugar abierto en donde se encontr ó con el Rey blanco sentado en el suelo, muy atareado escribiendo en su cuaderno de notas. –¡Los he mandado a todos! –exclamó regocijado el Rey al ver a Alicia. –¿Por casualidad no hab rás visto a unos soldados, querida, mientras venías por el bosque? –Desde luego que sí –dijo Alicia– y a lo que me pareció, no habría menos de varios miles. –Cuatro mil doscientos siete, para ser exactos –aclaró el Re y consultando sus notas – y no pude enviar a todos los caballos, como comprenderás, porque dos de ellos han de permanecer al menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los dos mensajeros. Ambos se han marchado a la ciudad. Mira por el camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos? –No..., a nadie –declaró Alicia. –¡Cómo me gustar ía a m í tener tanta vista! –exclamó quejumbroso el Rey –. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya hago bastante viendo a alguien! Pero Alicia no se enter ó de nada de todo esto pues segu ía mirando con atención a lo lejos por el camino, protegiéndose los ojos con la mano. –¿Ahora sí que veo a alguien! –exclamó por fin– pero viene muy despacio..., ¡qu é posturas más raras! –pues el mensajero no hacía más que dar botes de un lado a otro y se retorcía como una anguila a medida que avanzaba, extendiendo sus manazas a ambos lados como si fuesen abanicos. –Nada de raras –explicó el Rey. –Es que es un mensajero anglosajón..., y lo que pasa es que adopta actitudes anglosajonas. Eso s ólo le ocurre cuando est á contento. Se llama Haigha – nombre que pronunciaba como si se escribiera Je-ja. Al o ír esto, Alicia no pudo contenerse y empez ó a jugar a las letras: –Viene un barco cargado de H; amo a mi amor con H porque es hermoso; lo odio con H porque es horroroso. Lo alimento de..., de..., de habas y heno. Su nombre es Haigha y vive... –Vive en la higuera –suplió el Rey con toda naturalidad, sin tener la menor idea de que estaba participando en u n juego, mientras Alicia se devanaba los sesos por encontrar el nombre de una ciudad que empezase por H. –El otro mensajero se llama Hatta. Tengo que tener a dos, ¿comprendes?, para ir y venir: uno para ir y el otro para venir. –Le ruego que me repita es o –dijo Alicia sorprendida. –¡Niña: a Dios rogando y con el mazo dando! –amonestó el Rey. –Sólo quise decir que no había comprendido –se excusó Alicia. – ¿Por qué uno para venir y otro para ir? –¿Pero no te lo estoy diciendo? –dijo el Rey con cierta impaciencia– necesito tener a dos..., para llevar y traer..., uno para llevar y otro para traer. En ese momento lleg ó el mensajero: pero estaba demasiado extenuado y s ólo podía jadear, incapaz de pronunc iar una sola palabra, agitando desordenadamente las manos y haciéndole al Rey las muecas más pavorosas. –Esta jovencita te ama con H –dijo el Rey presentándole a Alicia, con la esperanza de distraer hacia ella la atención tan alarmante del mensajero..., pero en vano..., las actitudes anglosajonas s e hacían m ás extraord inarias por momentos, mientras que sus grandes ojazos giraban violentamente en sus órbitas. –¡Me est ás asustando! –se que jó el Rey – siento un desmayo... ¡Dame unas habas! Al oír esto, el mensajero, ante el regocijo de Alicia, abrió una saca que llevaba colgada al cuello y extrajo unas cuantas, que le dio al Rey y que este devoró con ahínco. –¡Más habas! –ordenó el Rey. –Ya no queda más que heno –contestó el mensajero examinando el interior de su saca. –Pues heno, entonces –murmuró el Rey con un hilo de voz. Alicia se tranquiliz ó al ver que esta vitualla parec ía reanimarlo considerablemente. –No hay como comer heno cuando se siente uno desmayar! –comentó el Rey mientras mascaba con gusto. –Estoy segura de que una rociada de agua fría le sentaría mucho mejor –sugirió Alicia– o quizá unas sales volátiles... –Yo no dije que hubiese algo mejor –replicó el Rey. –Sólo dije que no había nada como comer –afirmación que desde luego Alicia no se atrevió a contradecir. –¿Te encontraste con alguien por el camino? –continuó el Rey extendiendo la mano para que el mensajero le diera más heno. –A nadie –reveló el mensajero. –Eso cuadra perfectamente –asintió el Rey– pues esta jove ncita también vio a Nadie. Asi que, naturalmente, Nadie puede andar más despacio que tú. –¡Hago lo que puedo! –se defendió el mensajero malhumorado. –¡Estoy seguro de que nadie anda más rápido que yo! –Eso no puede ser –contradijo el Rey– pues de lo contrario habría llegado aquí antes que tú. No obstante, ahora que has recobrado el aliento, puedes decirnos lo que ha pasado en la ciudad. –Lo diré en voz baja –dijo el mensajero, llevándose las manos a la boca a modo d e trompetilla, e inclin ándose para hablar en la misma oreja del Rey. Alicia lo sinti ó porque también ella quería enterarse de las noticias. Sin embargo, en vez de cuchichear, el mensajero gritó a todo pulmón: –¡¡Ya están armándola otra vez!! –¡¿A eso le llamas hablar en voz baja?! –gritó el Rey dando brincos y sacudi éndose como pod ía. –¡Si vuelves a hacer una cosa así haré que te unten de mantequilla! ¡Me ha atravesado de un lado a otro de la cabeza como si hubiese tenido un terremoto dentro! –Pues habrá tenido que ser un terremoto muy chiquito –pensó Alicia. – ¿Quiénes la est án arm ando otra vez? –se atrevi ó a preguntar. –¿Quién va a ser? –dijo el Rey – el le ón y el unicornio, por supuesto. –¿Estarán luchando por la corona? –¿Pues y por qué si no? –respondió el Rey. Y lo más gracioso del asunto es que la corona no es ni del uno ni del otro, ¡sino que es la m ía! ¡Co rramos all á a verlos! –Y em prendieron la carrera, mientras, Alicia se acordaba de la letra de una vieja canción: El león y el unicornio por una corona siempre sin tregua se batían. El león al unicornio por toda la ciudad una buena paliza le ha dado. Unos les dieron pan y otros borona. Unos les dieron pastel y otros a tortas, redoblando tambores, de la ciudad los echaron. –¿Acaso..., el que..., gana..., se lleva la corona! –preguntó Alicia como pudo, pues de tanto correr estaba perdiendo el aliento. –¡De ninguna manera! –exclamó el Rey. –¡Dios nos libre! –Querría ser..., tan amable..., –jadeó Alicia después de correr un rato más– de parar un minuto..., sólo para..., recobrar el aliento? –Tan amable, sí soy –contestó el Rey– sólo que fuerte no lo soy tanto. Ya sabes lo veloz que corre un minuto. ¡Intentar pararlo sería como querer alcanzar a un zamarrajo! A Alicia no le quedaba ya aliento para seguir hablando de forma que continuaron corriendo en silencio, hasta que llegaron a un lugar donde se veía a una gran muchedumbre reunida en torno al le ón y al unicornio mientras luchaban. Ambos hab ían levantado u na polvareda tal que al principio Alicia no pudo distinguir cu ál era cuál; aunque pronto identific ó al unicornio por el cuerno que le asomaba. Se colocaron cerca de donde estaba Hatta, el otro mensajero, que también estaba ahí contemplando la pelea, con una taza de té en una mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra. –Acaba de salir de la cárcel y aún no había acabado de tomar el té cuando lo encerraron –susurró Haigha al oído de Alicia– y allá dentro sólo les dan conchas de ostra para comer..., de forma que está el pobre muy hambriento y sediento. ¿Cómo estás, mi hijito continuó dirigiéndose al sombrerero y pas ándole el brazo afectuosamente por el cuello. El sombrerero se volvi ó y asintió con la cabeza, pero sigui ó ocupado con su té y su pan con mantequilla. –¿Lo pasaste bien en la c árcel, viejito querido? –le pregunt ó Haigha. El sombrerero se volvió de nuevo, pero esta vez unos lagrimones le rodaron por la mejilla; pero de hablar, nada. –¡A ver si hablas de una vez! –le espetó impacientado Haigha. Pero el sombrerero continu ó mascando tan campante y sorbiendo su te. –¡A ver si hablas de una vez! –le gritó el Rey. –¿Cómo va esa pelea? El sombrerero hizo un esfuerzo desesperado y logr ó tragar un trozo bien grande de pan y mantequilla que tenía aún en la boca. –Se las est án arreglando muy bien los dos –respondió, atragantándose–. Ambos han mordido el polvo u nas ochenta y siete veces. –Entonces, supongo que esta rán a punto de traer el pan y la borona –se atrevió a observar Alicia. Ahí está esperando a que acaben –dijo el sombrerero –; yo me estoy comiendo un trocito. Se produjo entonces una pausa en la pelea y el león y el unicornio se sentaron en el suelo, jadeando, lo que aprovechó el Rey para darles una tregua, proclamando a voces: –¡Diez minutos de refresco! Haigha y Hatta se pusieron inmediatamente a trabajar pasando bandejas de pan negro y blanco. Alicia se sirvi ó un poco para probar, pero estaba muy seco. –No creo que luchen ya más por hoy –le dijo el Rey a Hatta–, así que ve y ordena que empiecen a doblar los tambores. Y el sombrerero salió dando botes como un saltamontes. Durante un minuto o dos Alicia se qued ó en silencio, contemplando cómo se alejaba. Pero de pronto se llenó de gozo: –¡Mirad! –exclamó, señalando apresuradamente en aquella dirección–: ¡Por ah í va la Reina blanca corriendo por el campo! Acaba de salir volando del bosque por allá lejos... ¡Vaya lo rápido que pueden volar estas Reinas! –La perseguirá algún enemigo, sin duda –comentó el Rey sin tan siquiera volverse–. Ese bosque está infestado de ellos. –Pero... ¿no va a ir corriendo a ayudarla? –preguntó Alicia muy sorprendida de que lo tomara con tanta calma. –No vale la pena; no servir ía de nada –se excusó el Rey–. Corre tan velozmente que sería como intentar agarrar a un zamarrajo. Pero escribiré un memorándum sobre el caso, si quieres... ¡Es tan buena persona! –comentó en voz baja consigo mismo, mientr as abría su cuaderno de notas–. Oye, ¿«buena» se escribe con «b» o con «v»? En este momento el unicornio se pase ó contoneándose cerca de ellos, con las manos en los bolsillos. –He salido ganando esta vez, ¿no? –le dijo al Rey apenas mirándolo por encima cuando pasaba a su lado. –Un poco..., un poco... –concedió el Rey algo nerviosamente–. No debiste haberlo atravesado de esa cornada, ¿no te parece? –No le hizo el menor da ño –aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y se qued ó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia. –¿Qué es... esto? –dijo al fin. –Esto es una ni ña –explicó Haigha de muy bue na gana, poniéndose entre ambos para presentarla, para lo que extendió ambas manos en su direcci ón, en caracter ística actitud anglosajona–. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tama ño natural y ¡el doble de espontánea! –¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! –exclamó el unicornio– ¿Está viva? –Al menos puede hablar –declaró solemnemente Haigha. El unicornio contempl ó a Alicia con una mirada so ñadora y le dijo: –Habla, niña. Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo: –¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los u nicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad! –Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro – repuso el unicornio – si tu crees en mi, yo creer é en ti, ¿trato hecho? –Sí, como guste –contestó Alicia. –¡Ala! ¡A ver si aparece ese pastel de frutas, viejo! –continuó diciendo el unicornio, volvi éndose hacia el Rey –. ¡A m í que no me vengan con ese pan negro! –¡Desde luego..., desde luego! –se apresuró a balbucear el Rey, e hizo una se ña a Haigha–: Abre el saco –susurró–. ¡Rápido! ¡Ese no... no tiene más que heno! Haigha extrajo un gran pastel del sa co y se lo dio a Alicia para que se lo tuviera mientras él se ocupaba de sacar una fuente y un cuchillo de trinchar. Alicia no pod ía comprender c ómo sal ían tantas cosas del saco. –Es como si fuera un truco de magia – pensó. Mientras sucedía todo esto, el león se reunió con ellos: tenía un aspecto muy cansado y somnoliento y hasta se le cerraban un poco los ojos. –¿Qué es esto? –preguntó, parpadeando indolentemente en dirección a Alicia y hablando en un tono de voz huero y cavernoso que sonaba c omo si fuese el doblar de una gran campana. –¡A ver, a ver! ¿A ti qué te parece que es? –exclamó ansiosamente el unicornio- -. ¡A que no lo adivinas! ¡Yo desde luego no pude hacerlo! El le ón contempló a Al icia cansinamente. –¿Eres animal..., vegetal..., o mineral...?– preguntó, bostezando a cada palabra. –¡Es un monstruo fabuloso! –gritó el unicornio antes de que Alicia pudiera contestar nada. –Entonces, pasa ese pastel de frutas, monstruo –repuso el león, tendiéndose en el suelo y apoyando el mentón sobre las patas–. Y sentaos vosotros dos también (al Rey y al unicornio), ¡a ver si no hacemos trampas con el pastel! El Rey se sent ía evidentemente muy inc ómodo de tener que sentarse entre las dos grandes bestias; pero no podía sentarse en ningún otro lugar. –¡Qué pelea podr íamos tener ahora por la corona!, ¿eh? – comentó el unicornio mirando de soslayo a la corona, que comenzaba a sacudirse violentamente sobre la cabeza del Rey, de tanto que estaba temblando. –Ganaría fácilmente –declaró el león. –¡No estés tan seguro! –replicó el unicornio. –¡Cómo! ¡Pero si te he corrido por todo el pueblo! ¡So gallina! – replicó el león furiosamente, casi poniéndose en pie mientras lo increpaba así. Al llegar a este punto, el Rey los interr umpió para impedir que reanudaran la pelea; estaba muy nervioso y desde luego le temblaba la voz. –¿Por todo el pueblo? –preguntó– pues no es poca distancia. ¿Fuisteis por el puente viejo o por el mercado? Por el puente viejo es por donde queda la mejor vista. –Yo s í que no sabr ía decir por donde fuimos –gruñó el le ón, echándose otra vez por el suelo –. Hacía demasiado polvo para ver nada. ¡Cuánto tarda el monstruo cortando ese pastel! Alicia se hab ía sentado al borde de un peque ño arroyo con la gran fuente sobre las rodillas y trabajaba diligentemente con el cuchillo. –¡Pero qu é fastidio! – dijo, dirigi éndose al le ón (se estaba acostumbrando bastante a que la llamaran «monstruo»)–. Ya he cortado varios trozos, pero ¡todos se vuelven a unir otra vez! –Es que no sabes cómo hacerlo con pasteles del espejo –observó el unicornio–. Reparte los trozos primero y córtalos después. Aunque esto le parec ía una tonter ía, Alicia se puso d e pie, obedientemente, y pas ó la fuente a unos y otros; el pastel se dividió solo en tres partes mientras lo pasaba. –Ahora, córtalo en trozos –indicó el león cuando hubo vuelto a su sitio con la fuente vacía. –¡Esto sí que no vale! –exclamó el unicornio mientras Alicia se sentaba con el cuchillo en una mano, muy desconcertada sin saber cómo empezar–. ¡El monstruo l e ha dado al le ón el doble que a mí! –Pero en cambio se ha quedado ella sin nada –señaló el león–. ¿No te gusta el pastel de frutas, monstruo? Pero antes de que Alicia pudiera contestar comenzaron los tambores a redoblar. Alicia no acertaba a discernir de d ónde proced ía tanto ruido, pero el aire parec ía henchido de redobles de tambor cuyo estrépito estallaba dentro de su cab eza hasta que empez ó a ensordecerla del todo. Se puso en pie de un salto y acosada de temor saltó al otro lado del arroyuelo; tuvo justo el tiempo de ver... ... antes de caer de rodillas y de taparse los o ídos tratando en vano de aislarse del tremendo ruido, cómo el león y el unicornio se ponían súbitamente en pie, mirando furiosos en derredor al ver interrumpida su fiesta. –¡Si eso no los echa a tamborilazos del pueblo –pensó para s í misma– ya nada lo logrará!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 8: "ES MI PROPIA INVENCION"
Después de un rato, el estr épito fue amainando gradualmente hasta quedar todo en el mayor silencio, por lo que Alicia levantó la cabeza, un poco alarmada. No se veía a nadie por ningún lado, de forma que lo primero que pensó fue que debía de haber estado soñando con el le ón y el unicornio y esos curiosos mensajeros anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba aún a sus pies la gran fuente sobre la que había estado intentando cortar el pastel. Así que, despu és de todo, no he estado so ñando –se dijo a s í misma...– a no ser que fu ésemos todos parte del mismo sue ño. Sólo que si así fuera, ¿ojalá que el sueño sea el mío propio y no el del Rey rojo! No me gusta nada pertenecer al sue ño de otras personas –continuó diciendo con voz m ás bi en quejumbrosa como que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa! En este momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces muy fuertes, unos gritos de –¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! – que profería un caballero, bien armado de acer o púrpura, que venía galopando hacia ella blandiendo una gran maza. Justo cuando lleg ó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo súbitamente–: ¡Eres mi prisionera! –gritó el caballero, mientras se desplomaba pesadamente del caballo. A pesar del sus to que se hab ía llevado, Alicia estaba en aquel momento m ás preocupada por él que por s í misma y estuvo observando con no poca ansiedad c ómo montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado cómodamente en su silla, empez ó otra vez a proclamar: –¡Eres mi...! – pero en ese preciso instante otra voz le ataj ó con nuevos gritos de –: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! –y Alicia se volvi ó, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo. Esta vez era el caballero blanco. Cabalg ó hasta donde estaba Alicia y al detenerse su montura se desplom ó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera hecho el caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante alg ún rato. Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada. –¡Bien claro est á que la prisionera es m ía! –reclamó al fin el caballero rojo. –¡Sí, pero luego vine yo y la rescaté! –replicó el caballero blanco. –¡Pues entonces hemos de batirnos por ella! –declaró el caballero rojo, mientras recog ía su yelmo (que tra ía colgado de su silla y tenía una forma así como la cabeza de un caballo) y se lo calaba. –Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? –observó el caballero blanco mientras se calaba él también su yelmo. –Siempre lo hago –aseguró el caballero rojo y empezaron ambos a golpearse a mazazos con tanta furia que Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los porrazos. –¿Me pregunto cu áles ser án esas reglas del combate? –se dijo mientras contemplaba la contienda, asomando t ímidamente la cabeza desde su escondrijo. Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cad a vez que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los títeres del gui ñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas. Otra de las reglas del combate , de la que Alicia no se percat ó, parecía ser la de que siempre hab ían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda termin ó al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando. –¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? –le dijo el caballero blanco a Alicia mientras se acercaba jadeando. –Pues no sé qué decirle –le contestó Alicia con algunas dudas–. No me gustaría ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina. –Y lo serás: cuando hayas cruzado el siguiente arroyo –le aseguró el caballero blanco –. Te acompa ñaré, para que llegues segura, hasta la linde del bosque; pero ya sabes que al llegar all á tendré que volverme, pues ahí se acaba mi movimiento. –Pues muchísimas gracias –dijo Alicia–. ¿Quiere que le ayude a quitarse el yelmo? –evidentemente no parec ía que el caballero pudiera arreglárselas él solo; pero Alicia lo logró al fin, tirando y librándolo a sacudidas. –¡Ahora s í que pued e uno respirar! –exclamó el caballero alisándose con ambas manos los pelos largos y desordenados de su cabeza y volviendo la cara amable para mirar a Alicia con sus grandes ojos bondadosos. Alicia pens ó que nunca en toda su vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto. Iba revestido de una armadura de lat ón que le sentaba bastante mal y llevaba sujeta a la espalda una caja de madera sin pintar de extraña forma, al revés y con la tapa colgando abierta. Alicia la examinó con mucha curiosidad. –Veo que te admira mi peque ña caja –observó el caballero con afable tono–. Es de mi propia invenci ón..., para guardar ropa y bocadillos. La llevo boca abajo, como ves, para que no le entre la lluvia dentro. –Pero es que se le va a cae r todo fuera –señaló Alicia con solicitud–. ¿No se ha dado cuenta de que lleva la tapa abierta? –No lo sab ía –respondió el caballero, mientras una sombra de contrariedad le cruzaba la cara–. En ese caso, ¡todas las cosas se deben haber caído fuera! Y ya de nada sirve la caja sin ellas. –Se zafó la caja mientras hablaba y estaba a punto de tirarla entre la maleza cuando se le ocurri ó, al parecer, una nueva idea y la colgó, en vez, cuidadosamente de un árbol–. ¿Adivinas por qué lo hago? –le preguntó a Alicia. Alicia negó con la cabeza. –Con la esperanza de que unas abejas decidan establecer su colmena ahí dentro..., así conseguiría un poco de miel. –Pero si ya tiene una colmena..., o algo que se le parece mucho..., colgada ahí de la silla de su caballo –señaló Alicia. –- Si, es una colmena excelente –explicó el caballero, con voz en la que se reflejaba su descontento– es de la mejor calidad, pero ni una sola abeja se ha acercado a ella. Y la otra cosa que llevo ah í es una trampa para ratones. Supongo que lo que pasa es que los ratones espantan a las abejas..., o que las abejas espantan a los ratones..., no sé muy bien cuál de los dos tiene la culpa. –Me estaba precisamente preguntando para qu é serviría la trampa para ratones - -dijo Alicia–. No es muy probable que haya ratones por el lomo del caballo. –No ser á probable, quiz á –contestó el caballer o– pero, ¿y si viniera alguno?, no me gustar ía que anduviera correteando por ahí. –Verás continuó diciendo despu és de una pausa – lo mejor es estar preparado para todo. Esa es también la razón por la que el caballo lleva esos brazaletes en las patas. –Pero, ¿para qu é sirven? –preguntó Alicia con tono de viva curiosidad. –Pues para protegerlo contra los mordiscos de tibur ón –replicó el caballero–. Es un sistema de mi propia invenci ón. Y ahora, ayúdame a montar: iré contigo hasta la linde del bosque..., ¿para qué es esa fuente que está ahí? –Es la fuente del pastel –explicó Alicia. –Será mejor que la llevemos con nos otros –dijo el caballero: nos vendrá de perillas si nos topamos con alguna tarta. Ay údame a meterla en este saco. Esta labor los entretuvo bastante tiempo, a pesar de que Alicia mantuvo muy abierta la boca del saco, pues el caballero intentaba introducir la fuente tan torpemente: las dos o tres primeras veces que lo intent ó se cayó él mismo dentro del saco en vez. –Es que está muy ajustado, como ves– se explicó cuando la consiguieron meter al fin– y hay tantos candelabros dentro ... –y diciendo esto la colg ó de la montura, que estaba ya cargada de manojos de zanahorias, hierros de chimenea y otras muchas cosas más. –Espero que lleves el pelo bien asegurado –continuó diciendo una vez que empezaron a marchar. –Pues asi así, como todos los días –respondió Alicia sonriendo. –Eso no basta –dijo con ansiedad el caballero. –Es que verás: el viento sopla tan fuertemente por aquí... Es tan espeso que parece sopa. –¿Y no ha inventado un sistema para impedir que el viento se le lleve el pelo? – inquirió Alicia., –Aún no –replicó el caballero–. Pero si que tengo un sistema para impedir que se me caiga. –¡Ah! Pues me interesaría mucho conocerlo. –Verás: primero se toma un palo bien recto –explicó el caballero– luego haces que el pelo vaya subiendo por el palo, como se hace con los frutales. Ahora bien, la razón por la que el pelo se cae es porque cuelga hacia abajo..., y ya sabes que nada se puede caer hacia arriba, conque... Es un sistema de mi propia invenci ón. Puedes probarlo si quieres. No sonaba demasiado c ómodo el sistema, pens ó Alicia, y durante algunos minutos caminó en silencio, sopesando la ide a y deteniéndose cada dos por tres para auxiliar al pobre caballero, que ciertamente no era un buen jinete. Cada vez que se deten ía el caballo (lo que suced ía muy a menudo) se caía por delante; y cada vez que el caballo arrancaba de nuevo (lo que generalmente hacía de manera bastante súbita) se caía por la grupa. Por lo demás, se las arreglaba bastante bien, salvo por el vicio que ten ía de caerse por uno u otro lado del caballo de vez en cuando; y como le daba por hacerlo generalmente por el lado por el que Alicia iba caminando, muy pronto esta se dio cuenta de que lo mejor era no ir andando demasiado cerca del caballero. –Me temo que no ha tenido usted ocasi ón de ejerci tarse montando a caballo –se aventuró a decir, mientras le auxiliaba después de su quinta y aparatosa caída. Al oír esto, el caballero puso una cara de considerable sorpresa y quedó un tanto ofendido. –¿Y por qué se te ocurre decirme eso ahora? –preguntó mientras se encaramaba nuevamente sobre su montura, agarrándose de los pelos de Alicia con una mano para no desplomarse por el otro lado. –Porque la gente no se cae con tanta frecuencia del caballo cuando tiene práctica. –Pues yo tengo pr áctica más que suficiente declaró gravemente el caballero – ¡más que suficiente! A Alicia no se le ocurri ó otra cosa mejor que decir a esto que – ¿de veras?–, bien es verdad que lo dijo tan cordialmente como pudo. Despu és de esto, continuaron avanzando en silencio durante alg ún rato, el caballero con los ojos cerrados mascullando cosas ininteligibles y Alicia esperando la siguiente caída. –El gran arte de la equitaci ón –empezó a declamar de golpe el caballero, con resonante voz y gesticulando con el brazo derecho mientras hablaba– estriba en mantenerse... –pero aquí la frase se detuvo tan inopinadamente como hab ía comenzado, pues el caballero cayó pesadamente de cabeza precisamente en medio del sendero por el que iba caminando Alicia. Esta vez se asust ó de veras y por ello, mientras lo levantaba, le dijo con voz inquieta: –Espero que no se haya roto ningún hueso. –Ninguno que valga la pena de mencionar –repuso el caballero, como si no le importara quebrarse dos o tres–. El gran arte de la equitación, como estaba diciendo..., estriba en mantenerse adecuadamente en equilibrio . De esta manera en que voy a demostrar... Dejó caer las riendas y extendi ó ambos brazos para mostrarle a Alicia lo que quería decir, y esta vez se cayó cuán largo era y de espaldas bajo las patas del caballo. –¡Práctica m ás que suficiente! –continuaba repitiendo todo el tiempo, mientras Alicia le ayudaba a ponerse en pie –. ¡Práctica más que suficiente! –¡Esto ya pasa de la raya! –gritó Alicia perdiendo esta vez toda su paciencia–. ¡Lo que usted debiera de tener es un caballo de madera con ruedas! ¡Eso es lo que necesita usted! –¿Es que ese género equino cabalga con suavidad? –le preguntó el caballero con un tono que revelaba su gran interés; y se agarró firmemente al cuello d e su caballo justo a tiempo para salvarse de una nueva y ridícula caída. –¡Mucho m ás suavemente que un caballo de carne y hueso! exclamó Alicia dando un pequeño chillido de la risa que le estaba dando todo ello, a pesar de los esfuerzos que hacia por contenerla. –Voy a conseguirme uno –se dijo pensativo el caballero – uno o dos..., ¡varios! Después de esto, se produjo un corto silencio y luego el caballero rompió de nuevo a hablar. –Tengo un considerable talento para inventar cosas. Y no s é si habrás observado que la última vez que me levantaste del suelo estaba así como algo preocupado... –Desde luego, me pareci ó que había puesto una cara bastante seria –aseguró Alicia. –Bueno, es que precisamente entonces estaba inventando una nueva manera para pasar por encima de una cerca..., ¿te gustaría saber cómo? –Me gustaría muchísimo –asintió cortésmente Alicia. –Te diré cómo se me ocurrió la idea –dijo el caballero. –Verás: me dije a mi mismo: «la única dificultad est á en los pies, pues la cabeza ya está de por sí por encima». Así pues, primero coloco la cabeza por encima de la cerca ..., y as í queda asegurada ésta a suficiente altura…, y luego me pongo cabeza abajo..., y entonces son los pies los que quedan a suficiente altura, como verás..., y de esta forma, ¡paso la cerca! ¿Comprendes? –Sí, supongo que lograr ía pasar la cerca despu és de esa operación – asintió Alicia pensativamente– pero, ¿no cree usted que resulta algo difícil de ejecutar? –No lo he probado a ún –declaró con gravedad el caballero– así que no puedo asegurarlo..., pero me temo que algo difícil sí sería. El darse cuenta de esto pareci ó molestarle tanto que Alicia se decidió a cambiar apresuradamente de tema. –¡Qué curioso yelmo el suyo! –dijo, prodigando alegr ía–. ¿Es también de su invención? El caballero pos ó orgullosamente la vista sobre su yelmo, que llevaba colgado de la silla. –Si –asintió– pero he inventado otro mejor aún que este..., uno en forma de un pan de az úcar. Con aquel yel mo puesto, si me suced ía caer del caballo, daba inmediatamente con el suelo puesto que en realidad caía una distancia muy corta, ¿comprendes?... Claro que siempre exist ía el peligro de caer dentro de él, desde luego... Eso me sucedió una vez..., y lo peor del caso fue que antes de que pudiera salir de nuevo, llegó el otro caballero blanco y se lo puso creyendo que era el suyo. El caballero describ ía esta escena con tanta seriedad que Alicia no se atrevió a reír. –Me temo que le habr á usted hecho daño – comentó con voz que le temblaba de la risa contenida – estando usted con todo su peso encima de su cabeza. –Tuve que darle de patadas, por supuesto –explicó el caballero con la misma seriedad –. Y entonces se quit ó el yelmo... , pero pasaron horas y horas antes de que pudiera salir de ah í dentro. ¡Estaba yo tan apremiado que no había quien me sacara de ahí! –Me parece que lo que usted quiere decir es que estaba muy «apretado» –objetó Alicia. –Mira, ¡apremiado por todas partes! –insistía el caballero–. ¡Te lo aseguro! – Levantó las manos, sacudiendo la cabeza, al decir esto, bastante excitado, y al instante rod ó por tierra, acabando de cabeza en una profunda zanja Alicia corrió al borde de la cuneta para ver de ayudarle. La caída la hab ía tomado por sorpresa pues aquella vez el caballero parecía haberse mantenido bastante bien sobre su caballo durante algún tiempo, y además temía que esta vez sí se hubiese hecho daño de verdad. Sin embargo, y aunque s ólo podía verle la planta de los pies, se quedó muy aliviada al o ír que decía en su tono usual de voz: – Apremiado por todas partes – repetía– pero fue un descuido por su parte ponerse el yelmo de otro..., ¡y con el otro dentro además!... –¿Cómo puede usted estar ah í hablando tan tranquilo con la cabeza abajo como si nada? –preguntó Alicia mientras lo arrastraba por los pies y amontonaba sus enlatados miembros al borde de la zanja. El caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. – Y, ¿qué más da donde est é mi cuerpo? –dijo–. Mi cabeza sigue trabajando todo el tiempo. De hecho, he comprobado que cuanto más baja tenga la cabeza, más invenciones se me van ocurriendo. –Ahora, que la vez que mejor lo hice –continuó después de una pausa– fue cuando invent é un bu dín mientras com íamos la entrada de carne. –¿Con tiempo suficiente para que se lo sirvieran al siguiente plato? –supuso Alicia–. ¡Eso sí que se llama pensar rápido! –Bueno, no fue el siguiente plato –dijo el ca ballero lentamente, con voz un tanto retenida –. No, desde luego no lo sirvieron después del otro. Entonces, ¿lo servirían al día siguiente, porque supongo que no iban a comer dos budines en la misma cena? –Bueno, tampoco apareci ó al día siguiente –repitió el caballero igual que antes- -. Tampoco al otro d ía. En realidad –continuó agachando la cabeza y bajando cada vez m ás la voz– no creo que ese bud ín haya sido cocinado nunca. En realidad, ¡no creo que ese bud ín sea cocinado jam ás! Y, sin emb argo, como bud ín, ¡qué invento más extraordinario! –A ver, ¿de qu é estaba hecho ese bud ín, seg ún su invento? – preguntó Alicia, con la esperanza de animarlo un poco, pues al pobre caballero parec ía que aquello le estaba deprimiendo bastante. –Para empezar, de papel secante –contestó el caballero dando un gemido. –Me temo que eso no quedaría demasiado bien... –No quedaría bien así solo –interrumpió con bastante ansiedad– pero, ¡no tienes idea de c ómo cambia al mezclarlo con otras cosas!... T ales como p ólvora y pasta de lacrar. Pero tengo que dejarte aqu í –terminó, pues acababan de llegar al lindero del bosque. A Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de pensar con ese budín. –Estás triste –dijo el caballero con v oz inquieta– déjame que te cante una canción que te alegre. –¿Es muy larga? –preguntó Alicia, pues hab ía oído demasiada poesía aquel día. –Es larga –confesó el caballero– ¡pero es tan, tan hermosa! Todo el que me la ha oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si no... ¿O si no qué? –insistió Alicia pues el caballero se habla quedado cortado de golpe. - O si no se les ha saltado nada, esa es la verdad. La ca nción la llaman «Ojos de bacalao». –¡Ah! ¿Conque ese es el nombre de la canci ón, eh? –dijo Alicia, intentando dar la impresión de que estaba interesada. –No, no comprendes –corrigió el caballero, con no poca contrariedad–. Asi es como la llaman, pero su nombre en realidad es «Un anciano viejo viejo». –Entonces, ¿debo decir que as í es como se llama la canci ón? –se corrigió a su vez Alicia. –No, tampoco. ¡Eso ya es otra cosa! La canción se llama «De esto y de aquello», pero es sólo como se llama, ya sabes... –Bueno, pues entonces cu ál es esa canci ón, –pidió Alicia que estaba ya completamente desconcertada. –A eso iba –respondió el caballero. En realidad, la canción no es otra que «Posado sobre una cerca», y la m úsica es de mi propia invención. Y hablando de esta guisa, detuvo su caballo y dej ó que las riendas cayeran sueltas por su cuello: luego empezó a cantar, marcando el tiempo lentamente con una mano, una débil sonrisa iluminando la cara bobalicona, como si estuviera gozando con la m úsica de su propia canción. De todas las cosas extra ñas que Alicia vio durante su viaje a través del espejo, esta fue la q ue recordaba luego con mayor claridad. Años más tarde podía aún revivir toda aquella escena de nuevo, como si hubiera sucedido s ólo el d ía anterior..., los suaves ojos azules y la cara bondadosa del caballero..., los rayos del sol poniente brillando por entre sus pelos venerables y destellando sobre su armadura, con un fulgor que llegaba a deslumbrarla..., el caballo movi éndose tranquilo de aqu í para allá, las riendas colgando del cuello, paciendo la hierba a sus pies..., y las sombras oscuras del bosque al fondo..., todo ello se le grabó a Alicia en la mente como si fuera un cuadro, mientras se recostaba contra un árbol protegiéndose con la mano los ojos del sol y observaba a aquella extra ña pareja, oyendo medio en sueños la melancólica música de esa canción. –Sólo que la música no es uno de sus inventos –se dijo Alicia– es «Te doy cuanto poseo que ya m ás no puedo». Se qued ó callada oyendo con la mayor atenci ón, pero no se le asomaba ninguna lágrima a los ojos. Te contaré todo cuanto pueda: Poco me queda por narrar. Una vez vi a un anciano viejo viejo asoleándose sobre una cerca. –¿Quién eres, anciano? –díjele–, y, ¿qué haces para vivir? Su respuesta se coló por mi mente como el agua por un tamiz. Díjome: –Cazo las mariposas que duermen por el trigo trigo. Con ellas me cocino unos buenos pastelillos de cordero que luego vendo por las calles. Me los compran esos hombres –continuó– que navegan por los procelosos mares. Y así consigo el pan de cada día. Y ahora, tenga la bondad, la voluntad... Pero yo estaba meditando un plan para teñirme de verde los bigotes, empleando luego un abanico tan grande que ya nadie me los pudiera ver Así pues y no sabiendo qué replicar a lo que el viejo me decía gritéle: –¡Vamos! ¡Dime de qué vives! con un buen golpe a la cabeza. Con su bondadosa voz, reanudó la narración. Díjome: –Me paseo por ahí y cuando topo con un arroyo lo echo a arder en la montaña. Con eso fabrican aquel espléndido producto que llaman aceite de Macasar... Sin embargo, dos reales y una perra es todo lo que me dan por mi labor. Pero yo estaba meditando la manera de alimentarme a base de manteca para ir así engordando un poco cada día. Entonces, le di un fuerte vapuleo, hasta que se le puso la cara bien morada. –¡Vamos! ¡Dime cómo vives! –le grité–. ¡Y a qué profesión te dedicas! Díjome: –Cazo ojos de bacalao por entre las zarzas y las jaras. Con ellos labro, en el silencio de la noche hermosos botones de chaleco. Y cata que a estos no los vendo ni por oro ni por plata; sino tan sólo por una perra ¡Y por una te llevas diez! A veces cavo bollos de mantecón o pesco cangrejos con vareta de gorrión. A veces busco por los riscos a ver si encuentro alguna rueda de simón. Y de esta manera –concluyó pícaro dando un guiño– es como amaso mi fortuna... Ahora me sentiría muy honrado bebiendo un trago a la salud de vuesa merced. Entonces sí que lo oí, pues en mi mente maduraba mi gran proyecto de cómo salvar del óxido al puente del Menai recociéndolo bien en buen vino. Así que mucho le agradecí la bondad de contarme el método de su fortuna, pero mayormente, por su noble deseo de beber a la salud de mi ilustre persona. Y así, cuando ahora por casualidad se me pegan los dedos en la cola; o me empeño en calzarme salvajemente el pie derecho en el zapato izquierdo o cuando sobre los deditos del pie me cae algún objeto bien pesado, lloro porque me acuerdo tanto, de aquel anciano que otrora conociera... De mirada bondadosa y pausado hablar... Los cabellos más canos que la nieve... La cara muy como la de un cuervo, los ojos encendidos como carbones. Aquel que parecía anonadado por su desgracia y mec ía su cuerpo consol ándose... Susurrando murmullos y bisbiseos, como si tuviera la boca llena de pastas, y que resoplaba como un b úfalo..., aquella tarde apacible de anta ño..., asoleándose sentado sobre una cerca. Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas y volvi ó la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido. –Sólo te quedan unos metros m ás –dijo– bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aqu él: entonces serás una reina..., pero antes te quedar ás un poco aqu í para decirme adiós, ¿no? –añadió al ver que Alicia volv ía la cabeza muy ansiosa en la dirección que le indicaba–. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y agitar el pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un poco. –Pues claro que esperar é –le aseguró Alicia– y muchas gracias por venir conmigo hasta aquí, tan lejos..., y por la canción..., me gustó mucho... –Espero que sí –dijo el caballero con algunas dudas–: no lloraste tanto como había supuesto. Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alej ó pausadamente por el bosque. –No t ardaré mucho en verlo despedido, supongo –se dijo Alicia mientras le segu ía con la vista–. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que vuelve a montar con bastante facilidad..., eso gana con colgar tantas cosas de la silla... –y así continuó hablando consigo misma mientras contemplaba c ómo iba cayendo ya de un lado ya del otro a medida que el caballo segu ía cómodamente al paso. Después de la cuarta o quinta ca ída llegó a la curva y entonces Alicia agitó el pañuelo en el ai re y esperó hasta que se perdiera de vista. –Ojalá que eso lo animara –dijo, al mismo tiempo que se volv ía y empezaba a correr cuesta abajo–. Y ahora, ¡a por ese arroyo y a convertirme en Reina! ¡Qu é bien suena eso! –y unos cuantos pasos más la llevaron a la linde del bosque. –¡La octava casilla al fin! –exclamó dando un salto para salvar el arroyo y cayendo de bruces... ... sobre una pradera tan suave como si fuese de musgo, con pequeños macizos de flores disemin ados por aqu í y por allá. – ¡Ay! ¡Y qué contenta estoy de estar aquí! Pero, ¿qué es esto que tengo sobre la cabeza? –exclamó con gran desconsuelo cuando palp ándose la cabeza con las manos se encontró con algo muy pesado que le ce ñía estrechamente toda la testa. –Pero, ¿cómo se me ha puesto esto encima sin que yo me haya enterado! –se dijo mientras se quitaba el pesado objeto y lo posaba sobre su regazo para averiguar de qué se trataba. Era una corona de oro.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 9: ALICIA REINA
–¡Vaya! ¡Esto s í que es bueno! –exclamó Alicia–. Nunca s upuse que llegaría a ser una reina tan pronto..., y ahora le dir é lo que pasa, Majestad –continuó con severo tono (siempre le hab ía gustado bastante regañarse a sí misma)–. Simplemente, ¡qué no puede ser esto de andar rodando por la hierba as í no más! ¡Las reinas, ya se sabe, han de guardar su dignidad! Se puso en pie y se paseó un poco..., algo tiesa al principio, pues tenía miedo de que se le fuera a caer la corona; pero pronto se animó pensando que despu és de todo no hab ía nadie que la viera. –Y si de verdad soy una reina –dijo mientras se sentaba de nuevo– ya me iré acostumbrando con el tiempo. Todo estaba sucediendo de manera tan poco usual que no se sintió nada sorprendida al encontrarse con que la Reina roja y la Reina blanca estaban ambas sentadas, una a cada lado, junto a ella; tenía muchas ganas de preguntarles cómo habían llegado hasta ahí, pero tenía miedo de que eso no fuese lo más correcto. –Pero, en cambio –pensó– no veo nada malo en preguntarles si se ha acabado ya la partida. Por favor, ¿querr ía decirme si... – empezó en voz alta, mirando algo cohibida a la Reina roja. –¡No hables hasta que alguien te dirija la palabra! –la interrumpió bruscamente la Reina. –Pero si todo el mundo siguiera esa regla –objetó Alicia que estaba siempre dispuesta a discutir un poco – y si uste d s ólo hablara cuando alguien le hablase, y si la otra persona estuviera siempre esperando a que usted empezara a hablar primero, ya ve: nadie diría nunca nada, de forma que... –¡Ridículo! –gritó la Reina–. ¡Niña! ¡Es que no ves que...? –pero dejó de hablar, frunciendo las cejas y después de cavilar un poco, cambió súbitamente el tema de la conversaci ón–. ¿Qu é has querido decir con eso de que «si de verdad eres una Reina»? ¿Con qué derecho te atribuyes ese t ítulo? ¿Es que no sabes que hasta que no pases el consabido examen no puedes ser Reina? Y cuanto antes empecemos, ¡mejor para todos! –Pero si yo s ólo dije que «si fuera»... –se excus ó Alicia lastimeramente. Las dos reinas se miraron, y la roja observ ó con un respingo: – Dice que sólo dijo que «si fuera»... –¡Pero si ha dicho mucho m ás que eso! –gimió la Reina blanca, retorciéndose las manos–. ¡Ay! ¡Tanto, tanto más que eso! –Así es; ya lo sabes –le dijo la Reina roja a Alicia–. Di siempre la verdad..., piensa antes de hablar..., no dejes de anotarlo todo siempre después. –Estoy convencida de que nunca quise darle un sentido... – empezó a responder Alicia; pero la Reina roja la interrumpi ó impacientemente. –¡Eso es precisame nte de lo que me estoy quejando! ¡Debiste haberle dado alg ún sentido! ¿De qu é sirve una criatura que no tiene sentido? Si hasta los chistes tienen su sentido..., y una niña es más importante que un chiste, supongo, ¿no? Eso s í que no podrás negarlo, ni aunque lo intentes con ambas manos. –Nunca niego nada con las manos –protestó molesta Alicia. Nadie ha dicho que lo hicieras –replicó la Reina roja–. Dije que no podrías hacerlo ni aunque quisieras. –Parece que le ha dado por ahí –comentó la Reina blanca–. Le ha dado por ponerse a negarlo todo..., s ólo que no sabe por dónde empezar. –¡Un carácter desagradable y desabrido! –observó la Reina roja; y se quedaron las tres durante un minuto o dos sumidas en incómodo silencio. La Reina roja rompió el silencio diciéndole a la blanca: Te invito al banquete que dará Alicia esta tarde. La Reina blanca le devolvió una sonrisa desvalida y le contestó: –Y yo te invito a ti. –Es la primera noticia que tengo de que vaya yo a dar una fiesta –intercaló Alicia– pero si va a haber una me parece que soy yo la que debe de invitar a la gente. –Ya te dimos la oportunidad de hacerlo –observó la Reina roja– pero mucho me temo que no te han dado aún bastantes lecciones de buenos modales. –Los buenos modal es no se aprenden en las lecciones –corrigió Alicia–. Lo que se enseña en las lecciones es a sumar y cosas por el estilo. –¿Sabes sumar? –le preguntó la Reina blanca–. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno? –No sé –dijo Alicia– he perdido la cuenta. –No sabe sumar –interrumpió la Rei na roja –. ¿Sabes restar? ¿Cuánto es ocho menos nueve? –Restarle nueve a ocho no puede ser, ya sabe –replicó Alicia vivamente– pero, en cambio... –Tampoco sabe restar –concluyó la Reina blanca–. ¿Sabes dividir? Divide un pan con un cuchillo..., ¡a ver si sabes contestar a eso! –Supongo que... –estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina roja contestó por ella–: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba hacer otra resta: quítale un hueso a un perro y, ¿qué queda? Alicia consider ó el problema: –Desde luego el hueso no va a quedar si se lo quito al perro..., pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito; vendr ía a morderme..., y en ese ca so, ¡estoy segura de que yo tampoco me quedaría! –Entonces, según tú, ¡no quedaría nada? –insistió la Reina roja. –Creo que esa es la contestación. –Equivocada, como de costumbre –concluyó la Reina roja –. Quedaría la paciencia del perro. –Pero no veo cómo... –¿Qué cómo? ¡Pues así! –gritó la Reina negra -. El perro perdería la paciencia, ¿no es verdad? –Puede que sí –replicó Alicia con cautela. –Entonces si el perro se va, ¡tendr ía que quedar ahí la paciencia que perdió! – exclamó triunfalmente la Reina roja. Alicia objetó con la mayor seriedad que pudo: –Pudiera ocurrir que ambos fueran por caminos distintos–. Sin embargo, no pudo remediar el pensar para sus adentros –: Pero, ¡qu é sarta de tonterías que estamos diciendo! –¡No tiene ni idea de matem áticas! –sentenciaron enfáticamente ambas reinas a la vez. –¿Sabe usted sumar acaso? –dijo Alicia, volviéndose súbitamente hacia la Reina blanca, pues no le gustaba nada tanta crítica. A la Reina se le cortó la respiración y cerró los ojos: –Sé sumar – aclaró– si me d as el tiempo suficiente... Pero no s é restar de ninguna manera. –¿Supongo que sabrás tu A B C? –intimó la Reina roja. –¡Pues no faltaba más! –respondió Alicia. Yo también –le susurró la Reina blanca al oído–: lo repasaremos juntas, querida; y te diré un secreto... ¡S é leer palabras de una letra! ¿No te parece estupendo? Pero en todo caso, no te desanimes, que también llegarás tú a hacerlo con el tiempo. Al llegar a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: –¿Sabes responder a preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan? –¡Eso sí que lo sé! –gritó Alicia muy excitada–. Se toma un poco de harina... –¡Qué barbaridad! ¡C ómo vas a beber harina! –se horrorizó la Reina blanca. –Bueno, no quise decir que se beba sino que se toma así con la mano, después de haber molido el grano... –¡No sé por qué va a ser un gramo y no una tonelada! –siguió objetando la Reina blanca –. No debieras dejar tantas cosas sin aclarar. –¡Abanícale la cabeza! –interrumpió muy apurada la Reina roja– . Debe de tener ya una buena calentura de tanto pensar. –Y las dos se pusieron manos a la obra abanic ándola con manojos de hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que dejaran de hacerlo pues le estaban volando los pelos de tal manera. Ya se encuentra mejor –diagnosticó la Reina roja –. ¡Has aprendido idiomas? ¿Cómo se dice tururú en francés? –Tururú no es una palabra castellana –replicó Alicia con un mohín de seriedad. –¿Y quién dijo que lo fuera? –replicó la Reina roja. Alicia pensó que esta vez sí que se iba a salir con la suya–. Si me dice a qué idioma pertenece eso de tururú, ¡le diré lo que quiere decir en francés! –exclamó triunfante. Pero la Reina roja se irgui ó con cierta dignidad y le contest ó: – Las reinas nunca hacen tratos. –¡Ojalá tampoco hicieran preguntas! –pensó Alicia para sus adentros. –¡No nos peleemos! –intercedió la Reina blanca un tanto apurada–. ¿Cuál es la causa del relámpago? –Lo que causa al rel ámpago –pronunció Alicia muy decidida, porque esta ve z s í que estaba convencida de que sab ía la contestación–, es el trueno..., ¡ay, no, no! –se corrigi ó apresuradamente–. ¡Quise decir al revés! –¡Demasiado tarde para corregirlo! –sentenció la Reina roja –. Una vez que se dice algo, ¡dicho est á! Y a c argar con las consecuencias... –Lo que me recuerda... –dijo la Reina blanca mirando hacia el suelo y juntando y separando las manos nerviosamente–. ¡La de truenos y relámpagos que hubo durante la tormenta del último martes...! Bueno, de la última tanda de martes que tuvimos, se comprende. Esto desconcert ó a Alicia. –En nuestro pa ís –observó– no hay más que un día a la vez. La Reina roja di jo: –¡Pues vaya manera m ás mezquina y ramplona de hacer las cosas! En cambio aqu í, casi siempre acumulamos los d ías y las noches; y a veces en invierno nos echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podr ás imaginar que para aprovechar mejor el calor. –¿Es que cinco noches son más templadas que una? –se atrevió a preguntar Alicia. –Cinco veces más templadas, pues claro. –Pero, por la misma raz ón, debieran de ser cinco veces m ás frías... –¡Así es! ¡Tú lo has dicho! –gritó la Reina roja–.Cinco veces más templadas y cinco veces más frías..., de la misma manera que yo soy cinco veces más rica que tú y cinco veces más lista! Alicia se dio por vencida, suspirando. –Es igual que una adivinanza sin solución –pensó. –Humpty Dumpty también la vio continuó la Reina blanca con voz grave, m ás como si hablara consigo misma que otra cosa –. Se acercó a la puerta con un sacacorchos en la mano. –Y, ¿qué es lo que quería? –preguntó la Reina roja. –Dijo que iba a entrar como fuera –explicó la Reina blanca – porque estaba buscando a un hipop ótamo. Ahora que lo que ocurrió es que aquella mañana no había nada que se le pareciese por la casa. –Y, ¿es que s í suele haberlos, por lo general? –preguntó Alicia muy asombrada. –Bueno, sólo los jueves –replicó la Reina. –Yo sí sé a lo que iba Humpty Dumpty –afirmó Alicia–. Lo que quería era castigar a los peces, porque... Pero la Reina blanca reanud ó en ese momento su narraci ón. – ¡Qué de truenos y de rel ámpagos! ¡Es que no sabéis lo que fue aquello! (–Ella es la que nunca sabe nada, por supuesto –intercaló la Reina roja.) Y se desprendi ó parte del techo y por ah í ¡se colaron una de truenos...! ¡Y se pusieron a rodar por todas partes como piedras de molino..., tumbando me sas y revolvi éndolo todo..., hasta que me asust é tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre! Alicia se dijo a si misma: –¡A mi desde luego no se me habr ía ocurrido ni siquiera intentar recordar mi nombre en medio de un accidente tal! ¿De qu é me habría servido lograrlo! –pero no lo dijo en voz alta por no herir los sentimientos de la pobre reina. –Su Majestad ha de excusarla –le dijo la Reina roja a Alicia, tomando una de las manos de la Reina blanca entre las suyas y acariciándosela suavemente–. Tiene buena intención, pero por lo general no puede evitar que se le escapen algunas tonterías. La Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía que decirle algo amable; pero la verdad es que en aquel momento no se le ocurría nada. –Lo que pasa es que nunca la educaron como es debido – continuó la Reina roja- -. Pero el buen carácter que tiene es algo que asombra. ¡Dale palmaditas en la cabeza y ver ás cómo le gusta! –Pero esto era algo más de lo que Alicia se habría atrevido. –Un poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo que está pidiendo. La Reina blanca dio un profundo suspiro y recost ó la cabeza sobre el hombro de Alicia. –Tengo tanto sueño –gimió. –¡Está cansada, pobrecita ella! –Se compadeci ó la Reina roja –. Alísale el pelo..., pr éstale tu gorro de dormir..., y ar rúllala con una buena canción de cuna. –No llevo gorro de dormir que prestarle –dijo Alicia intentando obedecer la primera de sus indicaciones– y tampoco sé ninguna buena canción de cuna con qué arrullarla. –Lo tendré que hacer yo, entonces –dijo la Reina roja y empezó: Duérmete mi Reina sobre el regazo de tu Alicia. Has que esté lista la merienda tendremos tiempo para una siesta. Y cuando se acabe la fiesta nos iremos todas a bailar: La Reina blanca, y la Reina roja, Alicia y todas las demás. –Y ahora que ya sabes la letra –añadió recostando la cabeza sobre el otro hombro de Alicia– no tienes más que cantármela a mí; que también me est á entrando el sue ño–. Un momento despu és, ambas reinas se quedaron completamente dormidas, roncando sonoramente. –Y ahora, ¿qu é hago? –exclamó Alicia, mirando a uno y a otro lado, llena de perplejidad a medida que primero una redonda cabeza y luego la otra rodaban desde su hombro y caían sobre su regazo como un pesado bulto. –¡No creo que nunca haya sucedido antes que una tuviera que ocuparse de dos reinas dormidas a la vez! ¡No, no, de ninguna manera, nunca en toda la historia de Inglaterra! ... Bueno, eso ya sé que nunca ha podido ser porque nunca ha habido dos rein as a la vez. ¡A despertar pesadas! –continuó diciendo con franca impaciencia; pero por toda respuesta no recibi ó más que unos amables ronquidos. Los ronquidos se fueron haciendo cada minuto m ás distintos y empezaron a sonar más bien como una canción: por último Alicia creyó incluso que pod ía percibir hasta la letra y se puso a escuchar con tanta atención que cuando las dos grandes cabezas se desvanecieron s úbitamente de su regazo apenas si se dio cuenta. Se encontr ó frente al arco de una puerta sobre la que estaba escrito «REINA ALICIA», en grandes caracteres; y a cada lado del arco se ve ía el pu ño d e una campanilla: bajo una de ellas estaba escrito «Campanilla de visitas» y bajo el otro «Campanilla de servicio». –Esperaré a que termine la canción –pensó Alicia– y luego sonaré la campanilla de..., de..., ¿pero cual de las dos? –continuó muy desconcertada por ambos carteles -. No soy una visita y tampoco soy del servicio. En realidad lo que pasa es que debiera de haber otro que dijera «Campanilla de la reina»... Justo entonces la puerta se entreabrió un poco y una criatura con un largo pico asomó la cabeza un instante, sólo para decir: –¡No se admite a nadie hasta la semana despu és de l a pr óxima! –y desapareció luego dando un portazo. Durante largo rato Alicia estuvo aporreando la puerta y sonando ambas campanillas, pero en vano. Por último, una vieja rana que estaba sentada bajo un árbol, se pu so en pie y se acerc ó lentamente, renqueando, hacia donde estaba. Llevaba un traje de brillante amarillo y se había calzado unas botas enormes. –Y ahora, ¿qué pasa? –le preguntó la rana con voz aguardentosa. Alicia se volvió dispuesta a quejarse de todo el mundo. –¿Dónde está el criado que debe responder a la puerta? –empezó a rezongar enojada. –¿Qué puerta? –preguntó lentamente la rana. Alicia dio una patada de rabia en el suelo: le irritaba la manera en que la rana arrastraba las palabras. –¡Esta puerta, pues claro! La rana contempló la puerta durante un minuto con sus grandes e inexpresivos ojos; luego se acercó y la estuvo frotando un poco con el pulgar como para ver si se le estaba desprendiendo la pintura; entonces miró a Alicia. –¿Responder a la puerta? –dijo–. ¿Y qu é es lo que la ha estado preguntando? – Estaba tan ronca que Alicia apenas si pod ía oír lo que decía. No sé qué es lo que quiere decir –dijo. –,Ahí va! ¿y no le e'toy halando en cri'tiano? –replicó la rana– ¿o e' que se ha quedao sorda? ¿Q ué e' lo que la ha e'tao preguntando? –¡Nada! –respondió Alicia impacientemente –. ¡La he estado aporreando! –Ezo e't á muy mal..., ezo e't á muy ma l... –masculló la rana –. Ahora se no' ha enfadao. –Entonces se acerc ó a la pue rta y le propinó una fuerte patada con uno de sus gr andes pies-. U't é, ándele y déjela en paz –jadeó mientras cojeaba de vuelta hacia su árbol– y ya verá como ella la deja en paz a u'té. En este momento, la puerta se abri ó de par en par y se oy ó una voz que cantaba estridentemente: Al mundo del espejo Alicia le decía: ¡En la mano llevo el cetro y sobre la cabeza la corona! ¡Vengan a m í las criaturas del espejo, sean ellas las que fueren! ¡Vengan y coman todas conmigo, con la Reina roja y la Reina blanca! Y cientos de voces se unieron entonces coreando: ¡llenad las copas hasta rebosar! ¡Adornad las mesas de botones y salvado! ¡Poned, gatos en el café y ratones en el t é! ¡Y libemos por la Reina Alicia, no menos de treinta veces tres! Siguió luego un confuso barullo de «vivas» y de brindis y Alicia pensó: – Treinta veces tres son noventa, ¿me pregunto si alguien estará contando? –Al minuto siguiente volvió a reinar el mayor silencio y la misma estridente voz de antes empezó a cantar una estrofa más: ¡Oh criaturas del espejo, clamó Alicia. Venid y acercaros a mí! ¡Os honro con mi presencia y os regalo con mi voz! ¡Qué alto privilegio os concedo de cenar y merendar conmigo, con la Reina roja y con la Reina blanca! Otra vez corearon las voces: ¡llenemos las copas hasta rebosar, con melazas y con tintas, o con cualquier otro brebaje igualmente agradable de beber! ¡Mezclad la arena con la sidra y la lana con el vino! iY brindemos por la Reina Alicia no menos de noventa veces nueve! –¡Noventa veces nueve! –repitió Alicia con desesperación–. ¡Así no acabarán nunca! Será mejor que entre ahora mismo de una vez –y en efecto entr ó; mas en el momento en que apareci ó se produjo un silencio mortal. Alicia miró nerviosamente a uno y otro lado de la mesa mientras avanzaba andando por la gran sala; pudo ver que hab ía como unos cincuenta comensales, de todas clases: algunos eran animales, otros pájaros y hasta se podían ver algunas flores. –Me alegro de que hayan venido sin esperar a que los hubiera invitado –pensó– pues desde luego yo no habría sabido nunca a qué personas había que invitar. Tres sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la Reina blanca habían ocupado ya dos de ellas, pero la del centro permanecía vacía. En esa se fue a sentar Alicia, un poco azarada por el silencio y deseando que alguien rompiese a hablar. Por fin empez ó la Reina roj a: –Te has perdido la sopa y el pescado –dijo–. ¡Qué traigan el asado! –Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de Alicia, que se la quedó mirando un tanto asustada porque nunca se hab ía visto en la necesidad de trinchar un asado en su vida. –Pareces un tanto cohibida: perm íteme qu e te presente a la pierna de cordero – le dijo la Reina roja –: Alicia..., Cordero; Cordero..., Alicia. –La pierna de cordero se levantó en su fuente y se inclin ó ligeramente ante Alicia; y Alicia le devolvi ó la reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida por todo esto. –¿Me permiten que les ofrezca una tajada? –dijo tomando el cuchillo y el tenedor y mirando a una y a otra reina. –¡De ning ún modo! –replicó la Reina roja muy firmemente –: Sería una falta de etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser presentado. ¡Qu é se lleven el asado! –Y los camareros se lo llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un gran budín de ciruelas. –Por favor, que no me presenten al budín –se apresuró a indicar Alicia– o nos quedaremos sin cenar. ¿Querr ían que les sirviese un poquito? Pero la Reina roja frunci ó el entrecejo y se limit ó a gru ñir severamente: – Budín..., Alicia; Alicia..., Budín. ¡Que se lleven el budín! –Y los camareros se lo llevaron con tanta rapidez que Alicia no tuvo tiempo ni de devolverle la reverencia. De todas formas, no veía por qué tenía que ser siempre la Reina roja la única en dar órdenes; así que, a modo de experimento, dijo en voz bien alta: –¡Camarero! ¡Que traigan de nuevo ese bud ín! –y ahí reapareció al momento, como por arte de magia. Era tan enorme que Alicia no pudo evitar el sentirse un poco cohibida, lo mismo que le pas ó con la pierna de cordero. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo, logr ó sobreponerse, cortó un buen trozo y se lo ofreció a la Reina roja. –¡¡Qué impertinencia!! –exclamó el bud ín–. Me gustar ía saber, ¿cómo te gustaría a ti que te cortaran una tajada del costado! ¡Qué bruta! Hablaba con una voz espesa y grasienta y Alicia se qued ó sin respiración, mirándolo toda pasmada. –Dile algo, –recomendó la Reina roja–. Es ridículo dejar toda la conversación a cargo del budín. –¿Sabe usted? En el d ía de hoy me han recitado una gran cantidad de poemas – empezó diciendo Alicia, un poco asustada al ver que en el momento en que abría los labios se producía un silencio de muerte y que todos los ojos se fijaban en ella – y me parece que hay algo muy curioso..., que todos ellos tuvieron algo que ver con pescados. ¿Puede usted decirme por qu é gustan tanto los peces a todo el mundo de por aquí? Le decía esto a la Reina roja, cuya respuesta se alejó un tanto del tema. – Respecto al pescado –dijo muy lenta y solemnemente, acercando mucho la boca al o ído de Alicia– Su Blanca Majestad sabe una adivinanza..., toda en rima..., y toda sobre peces... ¿Quieres que te la recite? –Su Roja Majestad es muy amable de sacarlo a colaci ón – murmuró la Reina blanca al otro oído de Alicia, arrullando como una paloma–. Me gustaría tanto hacerlo..., ¿no te importa? –No faltaba más –concedió Alicia, con mucha educación. La Reina blanca sonrió alegremente de lo contenta que se puso y acarició a Alicia en la mejilla. Empezó entonces: Primero, hay que pescar al pez; Cosa fácil es: hasta un niño recién nacido sabría hacerlo. Luego, hay que comprar al pez; Cosa fácil es: hasta con un penique podría lograrlo. Ahora, cocíname a ese pez; Cosa f ácil es: no nos llevar á ni tan siquiera un minuto. Arréglamelo bien en una fuente: pues vaya cosa: si ya está metido en una. Tráemelo acá, que voy a cenar; Nada más fácil que ponerla sobre la mesa ¡Destápame la fuente! ¡Ay! Esto sí que es difícil: no puedo yo con ella. Porque se pega como si fuera con cola, Porque sujeta la tapa de la fuente mientras se recuesta en ella. ¿Qué es m ás f ácil, pues, descubrir la fuente o destapar la adivinanza? –Tómate un minuto para pensarlo y adivina luego –le dijo la Reina roja –. Mientras tanto, brindaremos a tu salud. ¡Viva la Reina Alicia! –chilló a todo pulm ón y todos los i nvitados se pusieron inmediatamente a beber..., pero, ¡de qu é manera más extraña! Unos se colocaban las copas sobre sus cabezas, como si se tratara del cono de un apagador, bebiendo lo que les chorreaba por la cara... Otros voltearon las jarras y se beb ían el vino que corría por los ángulos de la mesa..., y tres de ellos (que parecían más bien canguros) saltaron sobre la fuente del cordero asado y empezaron a tomarse la salsa a lametones: –¡Como si fueran cerdos en su pocilga! –pensó Alicia. –Deberías dar ahora las gracias con un discursito bien arreglado –dijo la Reina roja dirigi éndose a Alicia con el entrecejo severamente fruncido. –A nosotras nos toca apoyarte bien, ya sabes –le aseguró muy por lo bajo la Reina blanca a Alicia, mientras ésta se levantaba para hacerlo, muy obedientemente, pero algo asustada. –Muchas gracias –susurró Alicia respondiéndole– pero me las puedo arreglar muy bien sola. –¡Eso sí que no puede ser ! –pronunció la Reina roja con mucha determinación: así que Alicia intentó someterse a sus esfuerzos del mejor grado posible. (–¡Y lo que me apretujaban! –diría Alicia m ás tarde, cuan do contaba a su hermana c ómo hab ía transcurrido la fiesta –. ¡Cualquiera hubiera dicho que querían aplanarme del todo entre las dos!) La verdad es que le fue bastante dif ícil mantenerse en su sitio mientras pronunciaba su discurso: las dos reinas la empujaban de tal manera, una de cada lado, que casi la levantaban en volandas con sus empellones. –Me levanto para expresaros mi agradecimiento... –empezó a decir Alicia; y de hecho se estaba levantando en el aire algunas pulgadas, mientras hablaba. Pero se agarró bien del borde de la mesa y consiguió volver a su sitio a fuerza de tirones. –¡Cuidado! ¡Ag árrate bien! –chilló de pronto la Reina bl anca, sujetando a Alicia por el pelo con ambas manos –. ¡Que va a suceder algo! Y entonces (como lo describir ía Alicia más tarde) toda clase de cosas empezaron a suceder en un instante: las velas crecieron hasta llegar al techo..., parec ían un banco de juncos con fuegos de artificio en la cabeza. En cuanto a las botellas, cada una se hizo con un par de platos que se ajustaron apresuradamente al costado, a modo de alas, y de esta guisa, con unos tenedores haciéndoles las veces de patas, comenzaron a revolotear en todas direcciones. –¡Si hasta parecen p ájaros! –logró pensar Alicia a pesar de la increíble confusión que empezaba a invadirlo todo. En este momento, Alicia oy ó que alguien soltaba una carcajada aguardentosa a su lado y se volvi ó para ver qué le podía estar sucediendo a la Reina blanca; pero en vez de la Reina lo que estaba sentado a su lado era la pierna de cordero. –¡Aquí estoy! – gritó una voz desde la marmita de la sopa y Alicia se volvi ó justo a tiempo para ver la cara ancha y bon achona de la Reina blanca sonri éndole por un momento antes de desaparecer del todo dentro de la sopa. No había ni un momento que perder. Ya varios de los comensales se hab ían acomodado en platos y fuentes, y el cuchar ón de la sopa avanzaba amenazadoramente por encima de la mesa, hacia donde estaba Alicia, haci éndole gestos impacientes para que se apartara de su camino. –¡Esto no hay quien lo aguante! –gritó Alicia poniéndose en pie de un salto y agarrando el mantel con ambas manos: un buen tirón y platos, fuentes, velas y comensales se derrumbaron por el suelo, cayendo con estrépito y todos juntos en montón. –¡Y en cuanto a ti! –continuó volviéndose furiosa hacia la Reina roja, a la que consideraba culpable de todo este enredo... Pero la Rein a ya no estaba a su lado..., hab ía menguado súbitamente hasta convertirse en una peque ña muñeca que estaba ahora sobre la mesa, correteando alegremente y dando vueltas y más vueltas en pos de su propio mant ón que volaba a sus espaldas. En cualquier otro momento, Alicia se habr ía sorprendido al ver este cambio, pero estaba demasiado excitada para que nada le sorprendiese ahora. –¡En cuanto a ti! –repitió agarrando a la figurilla justo cuando ésta estaba saltand o por encima de una botella que hab ía aterrizado sobre la mesa –. ¡Te voy a sacudir hasta que te conviertas en un gatito! ¡Vaya que si lo voy a hacer!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 10: SACUDIENDO
Mientras hablaba, Alicia la retiró de la mesa y empezó a sacudirla hacia atrás y hacia adelante con todas sus fuerzas. La Reina roja no ofreció la menor resistencia: tan sólo ocurrió que su cara se fue empeque ñeciendo mientras que los ojos se le agrandaban y se le iban poniendo verdes; y mientras Alicia continuaba sacudi éndola, seguía haciéndose m ás peque ña..., y más gorda..., y más suave..., y más redonda..., y ...
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 11: DESPERTANDO
..., y..., ¡en realidad era un gatito, después de todo!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 12: ¿QUIEN LO SOÑÓ?
–Su Roja Majestad no debiera de ronronear tan fuertemente –dijo Alicia, f rotándose los ojos y dirigi éndose al gatito, respetuosamente pero con alguna severidad –. Me has despertado y, ¡ay, lo que estaba so ñando era tan bonito! Y has estado conmigo, gatito, todo este tiempo, en el mundo del espejo, ¿lo sabías, querido? Los gatitos tienen la costumbre, muy inconveniente (había dicho Alicia en alguna ocasi ón) de ponerse siempre a ronronear les digas lo que les digas. –Si tan sólo ronronearan cuando dicen «sí» y maullaran cuando dicen «no», o cualquier otra regla por el estilo –había dicho– lo que sea para poder conversar. ¡Pero no! ¿Cómo puede una hablar con una persona que se empe ña en decir siempre la misma cosa? En esta ocasi ón el gatito sólo ronroneó y era imposible saber si estaba diciendo que «sí» o que «no». Así que Alicia se puso a rebuscar por entre las figuras del ajedrez hasta que encontró a la Reina roja; entonces se arrodilló sobre la alfombra delante de la chimenea y coloc ó al gatito y a la Reina uno frente a la otra: –¡Ahora dime, minino! –exclamó batiendo palmas –. ¡Confiesa que te convertiste en ésta! (–Pero no quería ni mirar a la figurilla –decía luego Alicia cuando se lo estaba contando todo a su hermana. –Volvía la cabeza y pretendía que no la ve ía; pero parec ía que estaba algo avergonzado de sí mismo, así que creo que tuvo que ser él quien se convirtió en la Reina roja.) –¡Siéntate un poco m ás derecho! –le grit ó Alicia riendo alegremente–. ¡A v er si haces una reverencia mientras piensas qué es lo que vas a..., lo que vas a ronronear! Ya sabes que así se gana tiempo. –Y lo levant ó en brazos para darle un besito. –En honor de quien ha sido una Reina roja. –¡Copito de nieve! ¡Mi favorito! conti nuó mirando por encima del hombro y viendo al gatito blanco, que se somet ía aún con paciencia al meticuloso acicalamiento de su madre–. ¿Y cuándo, me pregunto, acabará Dina con su Blanca Majestad? Por eso será que estabas tan desgre ñada en mi sue ño... ¡Pero Dina! ¿Te das cuenta de que est ás fregoteando nada menos que a una Reina Blanca? ¡Francamente, qué falta de respeto! –¿Y en qu é se habr á convertido Dina, me gustar ía saber? – continuó parloteando Alicia mientras se acostaba sobre el suelo, poniéndose cómoda, con un codo apoyado sobre la alfombra y la barbilla descansando sobre una mano, para observar a los gatitos. –Dime, Dina: ¿te transformaste en Humpty Dumpty? Pues yo creo que s í... Sin embargo, ser á mejor que no se lo digas a tus amigos por ahora porque aún no estoy segura. –A propósito, gatito; si de verdad estuviste conmigo en mi sueño, hay algo con lo que desde luego lo habr ías pasado muy bien..., toda esa cantidad de poemas que me recitaron y, ¡todos sobre peces! Mañana por la mañana te daré algo que te guste mucho: mientras te comes el desayuno te recitar é La morsa y el carpintero, ¡para que puedas imaginarte que te est ás zampando unas ostras! Ahora, veamos, gatito: pensemos bien qui én fue el que ha soñado todo esto. Te estoy preguntando algo muy serio, querido mío, así que no debieras de seguir ah í lamiéndote una patita de esa manera... ¡Como si Dina no te hubiera dado ya un buen lavado esta mañana! ¿Comprendes, gatito? Tuve que ser yo o tuvo que ser el Rey rojo, a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!..., pero también es verdad que yo fui parte del suyo. ¿Fue de veras el Rey rojo, gatito? Tú eras su esposa, querido, de forma que t ú debieras de saberlo... ¡Ay gatito! ¡Ay údame a decidirlo! Esto y segura de que tu patita puede esperar a m ás tarde. Pero, el exasperante minino se hizo el sordo y empez ó a lamerse la otra. ¿Quién creéis vosotros que fue? Bajo un soleado cielo, una barca se desliza calladamente en el sueño de una tarde de verano... Tres ni ñas se acurrucan muy cerca, los ojos brillantes, el o ído atento quisieran oír un sencillo cuento... Mucho ha ya de aquel soleado cielo, se apagan sus ecos y su recuerdo... El gélido otoño ha muerto aquel julio estival. Mas su espíritu..., aún inquieta mi ánimo: Alicia deambulando bajo cielos que nunca ojos mortales vieron. Aún querrán niños un cuento, los ojos brillantes, el oído atento acurrucándose amorosos a mi lado. Penetran en un pa ís de maravillas. So ñando mientras pasan los días, soñando mientras mueren los estíos. Siempre deslizándose con la corriente..., siempre flotando en ese rayo dorado..., la vida, acaso, ¿no es más que un sueño? Material autorizado sólo para consulta con fines educativos, culturales y no lucrativos, con la obligación de citar invariablemente como fuente de la información la expresión “Edición digital. Derechos Reservados. Biblioteca Digital © Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE”.
A Margarita Debayle - Rubén Dar Río
A Margarita Debayle
Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar: tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes. Un kiosco de malaquita, un gran manto de tisú, y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan bonita, como tú. Una tarde, la princesa vio una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a coger. La quería para hacerla 2 decorar un prendedor, con un verso y una perla y una pluma y una flor. Las princesas primorosas se parecen mucho a ti: Cortan lirios, cortan rosas, cortan astros. Son así. Pues se fue la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que la hacía suspirar. Y siguió camino arriba, por la luna y más allá; más lo malo es que ella iba sin permiso del papá. Cuando estuvo ya de vuelta de los parques del Señor, se miraba toda envuelta en un dulce resplandor. Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho? Te he buscado y no te hallé; y ¿qué tienes en el pecho que encendido se te ve?” La princesa no mentía. Y así, dijo la verdad: “Fui a cortar la estrella mía a la azul inmensidad”. 3 Y el rey clama: “¿No te he dicho que el azul no hay que tocar? ¡Qué locura! ¡Qué capricho! El Señor se va a enojar”. Y ella dice: “No hubo intento; yo me fui no sé por qué; por las olas y en el viento fui a la estrella y la corté”. Y el papá dice enojado: “Un castigo has de tener: Vuelve al cielo y lo robado vas ahora a devolver”. La princesa se entristece por su dulce flor de luz, cuando entonces aparece sonriendo el Buen Jesús. Y así dice: “En mis campiñas esa rosa yo ofrecí a las dulces lindas niñas que al soñar piensan en mí”. Viste el rey ropas brillantes, y luego hace desfilar cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar. La princesita está bella, pues ya tiene el prendedor 4 en que lucen, con la estrella, verso, perla, pluma y flor. Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar: tu aliento. Ya que lejos de mí vas a estar, guarda, niña, un gentil pensamiento al que un día te quiso contar un cuento. Material autorizado sólo para consulta con fines educativos, culturales y no lucrativos, con la obligación de citar invariablemente como fuente de la información la expresión “Edición digital. Derechos Reservados. Biblioteca Digital © Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE”.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 1 - EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO
Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia. Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados. No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto. Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir. Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo. O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto, que estaba vacío. No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo. «¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.) Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer? — Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya —dijo en voz alta. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad... Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso. — Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado. Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar. — ¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia? Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible? — ¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte. Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez. — ¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos? Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cuál de las dos se formulara. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado. Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo: — ¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo! Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo. Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de allí. De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo. No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien. Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde empezar.» Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible. De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BÉBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres. Está muy bien eso de decir «BÉBEME», pero la pequeña Alicia era muy prudente y no iba a beber aquello por las buenas. «No, primero voy a mirar», se dijo, «para ver si lleva o no la indicación de veneno.» Porque Alicia había leído preciosos cuentos de niños que se habían quemado, o habían sido devorados por bestias feroces, u otras cosas desagradables, sólo por no haber querido recordar las sencillas normas que las personas que buscaban su bien les habían inculcado: como que un hierro al rojo te quema si no lo sueltas en seguida, o que si te cortas muy hondo en un dedo con un cuchillo suele salir sangre. Y Alicia no olvidaba nunca que, si bebes mucho de una botella que lleva la indicación «veneno», terminará, a la corta o a la larga, por hacerte daño. Sin embargo, aquella botella no llevaba la indicación «veneno», así que Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy agradable (tenía, de hecho, una mezcla de sabores a tarta de cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes con mantequilla), se lo acabó en un santiamén. — ¡Qué sensación más extraña! —dijo Alicia—. Me debo estar encogiendo como un telescopio. Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín. Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa. «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó imaginar qué ocurría con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así. Después de un rato, viendo que no pasaba nada más, decidió salir en seguida al jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, se encontró con que había olvidado la llavecita de oro, y, cuando volvió a la mesa para recogerla, descubrió que no le era posible alcanzarla. Podía verla claramente a través del cristal, e intentó con ahínco trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó de intentarlo, la pobre niña se sentó en el suelo y se echó a llorar. «¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esta manera!», se dijo Alicia a sí misma, con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de llorar ahora mismo!» Alicia se daba por lo general muy buenos consejos a sí misma (aunque rara vez los seguía), y algunas veces se reñía con tanta dureza que se le saltaban las lágrimas. Se acordaba incluso de haber intentado una vez tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en un partido de croquet que jugaba consigo misma, pues a esta curiosa criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si fuera dos personas!», pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!» Poco después, su mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa. La abrió y encontró dentro un diminuto pastelillo, en que se leía la palabra «CÓMEME», deliciosamente escrita con grosella. «Bueno, me lo comeré», se dijo Alicia, «y si me hace crecer, podré coger la llave, y, si me hace todavía más pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.» Dio un mordisquito y se preguntó nerviosísima a sí misma: «¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a la cabeza para notar en qué dirección se iniciaba el cambio, y quedó muy sorprendida al advertir que seguía con el mismo tamaño. En realidad, esto es lo que sucede normalmente cuando se da un mordisco a un pastel, pero Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo lo que le sucedía fuera extraordinario, que le pareció muy aburrido y muy tonto que la vida discurriese por cauces normales. Así pues pasó a la acción, y en un santiamén dio buena cuenta del pastelito.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 2 - EL CHARCO DE LÁGRIMAS
— ¡Curiorífico y curiorífico! —exclamó Alicia (estaba tan sorprendida, que por un momento se olvidó hasta de hablar correctamente)—. ¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más largo que haya existido jamás! ¡Adiós, pies! —gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que sus pies quedaban ya tan lejos que parecía fuera a perderlos de vista—. ¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y vuestros calcetines! ¡Seguro que yo no podré hacerlo! Voy a estar demasiado lejos para ocuparme personalmente de vosotros: tendréis que arreglároslas como podáis... Pero voy a tener que ser amable con ellos —pensó Alicia—, ¡o a lo mejor no querrán llevarme en la dirección en que yo quiera ir! Veamos: les regalaré un par de zapatos nuevos todas las Navidades. Y siguió planeando cómo iba a llevarlo a cabo: — Tendrán que ir por correo. ¡Y qué gracioso será esto de mandarse regalos a los propios pies! ¡Y qué chocante va a resultar la dirección! Al Sr. Pie Derecho de Alicia Alfombra de la Chimenea, junto al Guardafuegos (con un a brazo de Alicia). ¡Dios mío, qué tonterías tan grandes estoy diciendo! Justo en este momento, su cabeza chocó con el techo de la sala: en efecto, ahora medía más de dos metros. Cogió rápidamente la llavecita de oro y corrió hacia la puerta del jardín. ¡Pobre Alicia! Lo máximo que podía hacer era echarse de lado en el suelo y mirar el jardín con un solo ojo; entrar en él era ahora más difícil que nunca. Se sentó en el suelo y volvió a llorar. — ¡Debería darte vergüenza! —dijo Alicia—. ¡Una niña tan grande como tú (ahora sí que podía decirlo) y ponerse a llorar de este modo! ¡Para inmediatamente! Pero siguió llorando como si tal cosa, vertiendo litros de lágrimas, hasta que se formó un verdadero charco a su alrededor, de unos diez centímetros de profundidad y que cubría la mitad del suelo de la sala. Al poco rato oyó un ruidito de pisadas a lo lejos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién llegaba. Era el Conejo Blanco que volvía, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Se acercaba trotando a toda prisa, mientras rezongaba para sí: — ¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Cómo se pondrá si la hago esperar! Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir socorro a cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca de ella, empezó a decirle tímidamente y en voz baja: — Por favor, señor... El Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad. Alicia recogió el abanico y los guantes, Y, como en el vestíbulo hacía mucho calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras se decía: — ¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma! Y se puso a pensar en todas las niñas que conocía y que tenían su misma edad, para ver si podía haberse transformado en una de ellas. — Estoy segura de no ser Ada —dijo—, porque su pelo cae en grandes rizos, y el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé muchísimas cosas, y ella, oh, ¡ella sabe Poquísimas! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡Dios mío, qué rompecabezas! Voy a ver si sé todas las cosas que antes sabía. Veamos: cuatro por cinco doce, y cuatro por seis trece, y cuatro por siete... ¡Dios mío! ¡Así no llegaré nunca a veinte! De todos modos, la tabla de multiplicar no significa nada. Probemos con la geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma... No, lo he dicho todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber convertido en Mabel! Probaré, por ejemplo el de la industriosa abeja." Cruzó las manos sobre el regazo y notó que la voz le salía ronca y extraña y las palabras no eran las que deberían ser: ¡Ves como el industrioso cocodrilo Aprovecha su lustrosa cola Y derrama las aguas del Nilo Por sobre sus escamas de oro! ¡Con que alegría muestra sus dientes Con que cuidado dispone sus uñas Y se dedica a invitar a los pececillos Para que entren en sus sonrientes mandíbulas! ¡Estoy segura que esas no son las palabras! Y a la pobre Alicia se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas. — ¡Seguro que soy Mabel! Y tendré que ir a vivir a aquella casucha horrible, y casi no tendré juguetes para jugar, y ¡tantas lecciones que aprender!. No, estoy completamente decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí!. De nada servirá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan: «¡Vuelve a salir, cariño!» Me limitaré a mirar hacia arriba y a decir: «¿Quién soy ahora, veamos? Decidme esto primero, y después, si me gusta ser esa persona, volveré a subir. Si no me gusta, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto...» Pero, Dios mío —exclamó Alicia, hecha un mar de lágrimas—, ¡cómo me gustaría que asomaran de veras sus cabezas por el pozo! ¡Estoy tan cansada de estar sola aquí abajo! Al decir estas palabras, su mirada se fijó en sus manos, y vio con sorpresa que mientras hablaba se había puesto uno de los pequeños guantes blancos de cabritilla del Conejo. — ¿Cómo he podido hacerlo? —se preguntó—. Tengo que haberme encogido otra vez. Se levantó y se acercó a la mesa para comprobar su medida. Y descubrió que, según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta centímetros, y seguía achicándose rápidamente. Se dio cuenta en seguida de que la causa de todo era el abanico que tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para no llegar a desaparecer del todo. — ¡De buena me he librado! —dijo Alicia, bastante asustada por aquel cambio inesperado, pero muy contenta de verse sana y salva—. ¡Y ahora al jardín! Y echó a correr hacia la puertecilla. Pero, ¡ay!, la puertecita volvía a estar cerrada y la llave de oro seguía como antes sobre la mesa de cristal. «¡Las cosas están peor que nunca!», pensó la pobre Alicia. «¡Porque nunca había sido tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y declaro que la situación se está poniendo imposible!» Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se había caído de alguna manera en el mar. «Y en este caso podré volver a casa en tren», se dijo para sí. (Alicia había ido a la playa una sola vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, fuera uno a donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena de casetas de baño, niños jugando con palas en la arena, después una hilera de casas y detrás una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura. — ¡Ojalá no hubiera llorado tanto! —dijo Alicia, mientras nadaba a su alrededor, intentando encontrar la salida—. ¡Supongo que ahora recibiré el castigo y moriré ahogada en mis propias lágrimas! ¡Será de veras una cosa extraña! Pero todo es extraño hoy. En este momento oyó que alguien chapoteaba en el charco, no muy lejos de ella, y nadó hacia allí para ver quién era. Al Principio creyó que se trataba de una morsa o un hipopótamo, pero después se acordó de lo pequeña que era ahora, y comprendió que sólo era un ratón que había caído en el charco como ella. — ¿Servirá de algo ahora —se preguntó Alicia— dirigir la palabra a este ratón? Todo es tan extraordinario aquí abajo, que no me sorprendería nada que pudiera hablar. De todos modos, nada se pierde por intentarlo. —Así pues, Alicia empezó a decirle: —Oh, Ratón, ¿sabe usted cómo salir de este charco? ¡Estoy muy cansada de andar nadando de un lado a otro, oh, Ratón! Alicia pensó que éste sería el modo correcto de dirigirse a un ratón; nunca se había visto antes en una situación parecida, pero recordó haber leído en la Gramática Latina de su hermano «el ratón — del ratón — al ratón — para el ratón — ¡oh, ratón!» El Ratón la miró atentamente, y a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojillos, pero no dijo nada. «Quizá no sepa hablar inglés», pensó Alicia. «Puede ser un ratón francés, que llegó hasta aquí con Guillermo el Conquistador.» (Porque a pesar de todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo atrás habían tenido lugar algunas cosas.) Siguió pues: — Où est ma chatte? Era la primera frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto inesperado fuera del agua y empezó a temblar de pies a cabeza. — ¡Oh, le ruego que me perdone! —gritó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal—. Olvidé que a usted no le gustan los gatos. — ¡No me gustan los gatos! —exclamó el Ratón en voz aguda y apasionada—. ¿Te gustarían a ti los gatos si tú fueses yo? — Bueno, puede que no —dijo Alicia en tono conciliador—. No se enfade por esto. Y, sin embargo, me gustaría poder enseñarle a nuestra gata Dina. Bastaría que usted la viera para que empezaran a gustarle los gatos. Es tan bonita y tan suave —siguió Alicia, hablando casi para sí misma, mientras nadaba perezosa por el charco—, y ronronea tan dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara... y es tan agradable tenerla en brazos... y es tan hábil cazando ratones... ¡Oh, perdóneme, por favor! —gritó de nuevo Alicia, porque esta vez al Ratón se le habían puesto todos los pelos de punta y tenía que estar enfadado de veras—. No hablaremos más de Dina, si usted no quiere. — ¡Hablaremos dices! chilló el Rat6n, que estaba temblando hasta la mismísima punta de la cola. — ¡Como si yo fuera a hablar de semejante tema! Nuestra familia ha odiado siempre a los gatos: ¡bichos asquerosos, despreciables, vulgares! ¡Que no vuelva a oír yo esta palabra! — ¡No la volveré a pronunciar! —dijo Alicia, apresurándose a cambiar el tema de la conversación—. ¿Es usted... es usted amigo... de... de los perros? El Ratón no dijo nada y Alicia siguió diciendo atropelladamente: Hay cerca de casa un perrito tan mono que me gustaría que lo conociera! Un pequeño terrier de ojillos brillantes, sabe, con el pelo largo, rizado, castaño. Y si le tiras un palo, va y lo trae, y se sienta sobre dos patas para pedir la comida, y muchas cosas más... no me acuerdo ni de la mitad... Y es de un granjero, sabe, y el granjero dice que es un perro tan útil que no lo vendería ni por cien libras. Dice que mata todas las ratas y... ¡Dios mío! —exclamó Alicia trastornada—. ¡Temo que lo he ofendido otra vez! Porque el Ratón se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas, y organizaba una auténtica tempestad en la charca con su violento chapoteo. Alicia lo llamó dulcemente mientras nadaba tras él: — ¡Ratoncito querido! ¡vuelve atrás, y no hablaremos más de gatos ni de perros, puesto que no te gustan! Cuando el Ratón oyó estas palabras, dio media vuelta y nadó lentamente hacia ella: tenía la cara pálida (de emoción, pensó Alicia) y dijo con vocecita temblorosa: — Vamos a la orilla, y allí te contaré mi historia, y entonces comprenderás por qué odio a los gatos y a los perros. Ya era hora de salir de allí, pues la charca se iba llenando más y más de los pájaros y animales que habían caído en ella: había un pato y un dodo, un loro y un aguilucho y otras curiosas criaturas. Alicia abrió la marcha y todo el grupo nadó hacia la orilla.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 3 - UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA
HISTORIA El grupo que se reunió en la orilla tenía un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos. Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que «soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación. Por fin el Ratón, que parecía gozar de cierta autoridad dentro del grupo, les gritó: — ¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Os aseguro que voy a dejaros secos en un santiamén! Todos se sentaron pues, formando un amplio círculo, con el Ratón en medio. Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en él, porque estaba segura de que iba a pescar un resfriado de aúpa si no se secaba en seguida. — ¡Ejem! —carraspeó el Ratón con aires de importancia—, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca que conozco. ¡Silencio todos, por favor! «Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban un jefe y estaban ha tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría...» — ¡Uf!— graznó el Loro, con un escalofrío. — Con perdón —dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía—. — ¿Decía usted algo? — ¡Yo no!— se apresuró a responder el Loro. — Pues me lo había parecido —dijo el Ratón—. Continúo. «Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente... » ¿Encontró qué? —preguntó el Pato. — Encontrólo —repuso el Ratón un poco enfadado—. Desde luego, usted sabe lo que lo quiere decir. — ¡Claro que sé lo que quiere decir! —refunfuñó el Pato—. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber es qué fue lo que encontró el arzobispo. El Ratón hizo como si no hubiera oído esta pregunta y se apresuró a continuar con su historia: — «Lo encontró conveniente y decidió ir con Edgardo Athelingo al encuentro de Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo actuó al principio con moderación. Pero la insolencia de sus normandos...» ¿Cómo te sientes ahora, querida? continuó, dirigiéndose a Alicia. — Tan mojada como al principio —dijo Alicia en tono melancólico—. Esta historia es muy seca, pero parece que a mi no me seca nada. — En este caso —dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie—, propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la adopción inmediata de remedios más radicales... — ¡Habla en cristiano! —protestó el Aguilucho—. No sé lo que quieren decir ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es más, ¡creo que tampoco tú sabes lo que significan! Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una sonrisa; algunos de los otros pájaros rieron sin disimulo. — Lo que yo iba a decir —siguió el Dodo en tono ofendido— es que el mejor modo para secarnos sería una Carrera Loca. — ¿Qué es una Carrera Loca? —preguntó Alicia—, y no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como esperando que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada. — Bueno, la mejor manera de explicarlo es hacerlo. (Y por si alguno de vosotros quiere hacer también una Carrera Loca cualquier día de invierno, voy a contaros cómo la organizó el Dodo.) Primero trazó una pista para la Carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no tiene importancia», dijo) y después todo el grupo se fue colocando aquí y allá a lo largo de la pista. No hubo el «A la una, a las dos, a las tres, ya», sino que todos empezaron a correr cuando quisieron, y cada uno paró cuando quiso, de modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora, y volvían a estar ya secos, el Dodo gritó súbitamente: — ¡La carrera ha terminado! Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando: — ¿Pero quién ha ganado? El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo apoyado en la frente (la postura en que aparecen casi siempre retratados los pensadores), mientras los demás esperaban en silencio. Por fin el Dodo dijo: — Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio. — ¿Pero quién dará los premios? —preguntó un coro de voces. — Pues ella, naturalmente —dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo—. Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos: — ¡Premios! ¡Premios! Alicia no sabía qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no había entrado dentro), y los repartió como premios. Había exactamente un confite para cada uno de ellos. — Pero ella también debe tener un premio —dijo el Ratón—. — Claro que sí —aprobó el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó: —¿Qué más tienes en el bolsillo? — Sólo un dedal —dijo Alicia. — Venga el dedal —dijo el Dodo. Y entonces todos la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras: — Os rogamos que aceptéis este elegante dedal. Y después de este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo. Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría nada que decir, se limitó a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más solemne que pudo. Había llegado el momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a poco, y los pájaros pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de nuevo se sentaron en círculo, y pidieron al Ratón que les contara otra historia. — Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? —dijo Alicia—. Y por qué odias a los... G. y a los P. —añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo. — ¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! —exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro. — Desde luego, arrastras una cola larguísima —dijo Alicia, mientras echaba una mirada admirativa a la cola del Ratón—, pero ¿por qué dices que es triste? Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación de Alicia una forma así: «Cierta Furia dijo a un Ratón al que se encontró en su casa: «Vamos a ir juntos ante la Ley: Yo te acusaré, y tú te defenderás. ¡Vamos! No admitiré más discusiones hemos de tener un proceso, porque esta mañana no he tenido ninguna otra cosa que hacer». El Ratón respondió a la Furia: «Ese pleito, señora no servirá si no tenemos juez y jurado, y no servirá más que para que nos gritemos uno a otro como una pareja de tontos» Yreplicó la Furia: «Yo seré al mismo tiempo el juez y el jurado.» Lo dijo taimadamente la vieja Furia. «Yo seré la que diga todo lo que haya que decir, y también quien a muerte condene.» — ¡No me estás escuchando! —protestó el Ratón, dirigiéndose a Alicia—.¿Dónde tienes la cabeza? —Por favor, no te enfades —dijo Alicia con suavidad—. Si no me equivoco, ibas ya por la quinta vuelta. — ¡Nada de eso! —chilló el Ratón—. ¿De qué vueltas hablas? ¡Te estás burlando de mí y sólo dices tonterías!. Y el Ratón se levantó y se fue muy enfadado. — ¡Ha sido sin querer! exclamó la pobre Alicia—. ¡Pero tú te enfadas con tanta facilidad! El Ratón sólo respondió con un gruñido, mientras seguía alejándose. — ¡Vuelve, por favor, y termina tu historia! —gritó Alicia tras él—. Y los otros animales se unieron a ella y gritaron a coro: — ¡Sí, vuelve, por favor! Pero el Ratón movió impaciente la cabeza y apresuró el paso. — ¡Qué lástima que no se haya querido quedar! —suspiró el Loro, cuando el Ratón se hubo perdido de vista. Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija: — ¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu mal genio! — ¡Calla esa boca, mamá! —protestó con aspereza la Cangrejita—. ¡Eres capaz de acabar con la paciencia de una ostra! — ¡Ojalá estuviera aquí Dina con nosotros! —dijo Alicia en voz alta, pero sin dirigirse a nadie en particular—. ¡Ella sí que nos traería al Ratón en un santiamén! — ¡Y quién es Dina, si se me permite la pregunta? —quiso saber el Loro. Alicia contestó con entusiasmo, porque siempre estaba dispuesta a hablar de su amiga favorita: — Dina es nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo lista que es para cazar ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais correr tras los pájaros! ¡Se zampa un pajarito en un abrir y cerrar de ojos! Estas palabras causaron una impresión terrible entre los animales que la rodeaban. Algunos pájaros se apresuraron a levantar el vuelo. Una vieja urraca se acurrucó bien entre sus plumas, mientras murmuraba: «No tengo más remedio que irme a casa; el frío de la noche no le sienta bien a mi garganta». Y un canario reunió a todos sus pequeños, mientras les decía con una vocecilla temblorosa: «¡Vamos, queridos! ¡Es hora de que estéis todos en la cama!» Y así, con distintos pretextos, todos se fueron de allí, y en unos segundos Alicia se encontró completamente sola. — ¡Ojalá no hubiera hablado de Dina! —se dijo en tono melancólico—. ¡Aquí abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin embargo estoy bien segura de que es la mejor gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez! Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un ruidito de pisadas a lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 4 - LA CASA DEL CONEJO
Era el Conejo Blanco, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba: — ¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas patitas! ¡Oh, mi piel y mis bigotes ! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los grillos son grillos ! ¿Dónde demonios puedo haberlos dejado caer? ¿Dónde? ¿Dónde? Alicia comprendió al instante que estaba buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y llena de buena voluntad se puso también ella a buscar por todos lados, pero no encontró ni rastro de ellos. En realidad, todo parecía haber cambiado desde que ella cayó en el charco, y el vestíbulo con la mesa de cristal y la puertecilla habían desaparecido completamente. A los pocos instantes el Conejo descubrió la presencia de Alicia, que andaba buscando los guantes y el abanico de un lado a otro, y le gritó muy enfadado: — ¡Cómo, Mary Ann, qué demonios estás haciendo aquí! Corre inmediatamente a casa y tráeme un par de guantes y un abanico! ¡Aprisa! Alicia se llevó tal susto que salió corriendo en la dirección que el Conejo le señalaba, sin intentar explicarle que estaba equivocándose de persona. — ¡Me ha confundido con su criada! —se dijo mientras corría—. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy! Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes... Bueno, si logro encontrarlos. Mientras decía estas palabras, llegó ante una linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C. BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba, con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico. — ¡Qué raro parece —se dijo Alicia eso de andar haciendo recados para un conejo! ¡Supongo que después de esto Dina también me mandará a hacer sus recados! —Y empezó a imaginar lo que ocurriría en este caso: «¡Señorita Alicia, venga aquí inmediatamente y prepárese para salir de paseo!», diría la niñera, y ella tendría que contestar: «¡Voy en seguida! Ahora no puedo, porque tengo que vigilar esta ratonera hasta que vuelva Dina y cuidar de que no se escape ningún ratón»—. Claro que —siguió diciéndose Alicia—, si a Dina le daba por empezar a darnos órdenes, no creo que parara mucho tiempo en nuestra casa. A todo esto, había conseguido llegar hasta un pequeño dormitorio, muy ordenado, con una mesa junto a la ventana, y sobre la mesa (como esperaba) un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla. Cogió el abanico y un par de guantes, y, estaba a punto de salir de la habitación, cuando su mirada cayó en una botellita que estaba al lado del espejo del tocador. Esta vez no había letrerito con la palabra «BEBEME», pero de todos modos Alicia lo destapó y se lo llevó a los labios. — Estoy segura de que, si como o bebo algo, ocurrirá algo interesante —se dijo—. Y voy a ver qué pasa con esta botella. Espero que vuelva a hacerme crecer, porque en realidad, estoy bastante harta de ser una cosilla tan pequeñeja. ¡Y vaya si la hizo crecer! ¡Mucho más aprisa de lo que imaginaba! Antes de que hubiera bebido la mitad del frasco, se encontró con que la cabeza le tocaba contra el techo y tuvo que doblarla para que no se le rompiera el cuello. Se apresuró a soltar la botella, mientras se decía: — ¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo... De todos modos, no paso ya por la puerta... ¡Ojalá no hubiera bebido tan aprisa! ¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello. Pero no paraba de crecer, y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la chimenea, mientras se decía: — Ahora no puedo hacer nada más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí? Por suerte la botellita mágica había producido ya todo su efecto, y Alicia dejó de crecer. De todos modos, se sentía incómoda y, como no parecía haber posibilidad alguna de volver a salir nunca de aquella habitación, no es de extrañar que se sintiera también muy desgraciada. — Era mucho más agradable estar en mi casa —pensó la pobre Alicia—. Allí, al menos, no me pasaba el tiempo creciendo y disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo... Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante! ¡Yo misma me pregunto qué puede haberme sucedido! Cuando leía cuentos de hadas, nunca creí que estas cosas pudieran ocurrir en la realidad, ¡y aquí me tenéis metida hasta el cuello en una aventura de éstas! Creo que debiera escribirse un libro sobre mí, sí señor. Y cuando sea mayor, yo misma lo escribiré... Pero ya no puedo ser mayor de lo que soy ahora —añadió con voz lúgubre—. Al menos, no me queda sitio para hacerme mayor mientras esté metida aquí dentro. Pero entonces, ¿es que nunca me haré mayor de lo que soy ahora? Por una parte, esto sería una ventaja, no llegaría nunca a ser una vieja, pero por otra parte ¡tener siempre lecciones que aprender! ¡Vaya lata! ¡Eso sí que no me gustaría nada! ¡Pero qué tonta eres, Alicia! —se rebatió a sí misma—. ¿Cómo vas a poder estudiar lecciones metida aquí dentro? Apenas si hay sitio para ti, ¡Y desde luego no queda ni un rinconcito para libros de texto! Y así siguió discurseando un buen rato, unas veces en un sentido y otras llevándose a sí misma la contraria, manteniendo en definitiva una conversación muy seria, como si se tratara de dos personas. Hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para escuchar. — ¡Mary Ann! ¡Mary Ann! —decía la voz—. ¡Tráeme inmediatamente mis guantes! Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para tenerle miedo. Ahora el Conejo había llegado ante la puerta, e intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó que se decía para sí: — Pues entonces daré la vuelta y entraré por la ventana. — Eso sí que no —pensó Alicia. Y, después de esperar hasta que creyó oír al Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo. Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo: — ¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Y otra voz, que Alicia no había oído hasta entonces: — ¡Aquí estoy, señor! ¡Cavando en busca de manzanas, con permiso del señor! — ¡Tenías que estar precisamente cavando en busca de manzanas! —replicó el Conejo muy irritado—. ¡Ven aquí inmediatamente! ¡Y ayúdame a salir de esto! Hubo más ruido de cristales rotos. —Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana? — Seguro que es un brazo, señor — (y pronunciaba «brasso»). — ¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana! — Seguro que la llena, señor. ¡Y sin embargo es un brazo! — Bueno, sea lo que sea no tiene por qué estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí! Siguió un largo silencio, y Alicia sólo pudo oír breves cuchicheos de vez en cuando, como «¡Seguro que esto no me gusta nada, señor, lo que se dice nada!» y «¡Haz de una vez lo que te digo, cobarde!» Por último, Alicia volvió a abrir la mano y a moverla en el aire como si quisiera atrapar algo. Esta vez hubo dos grititos entrecortados y más ruido de cristales rotos. «¡Cuántos invernaderos de cristal debe de haber ahí abajo!», pensó Alicia. «¡Me pregunto qué harán ahora! Si se trata de sacarme por la ventana, ojalá pudieran lograrlo. No tengo ningunas ganas de seguir mucho rato encerrada aquí dentro.»Esperó unos minutos sin oír nada más. Por fin escuchó el rechinar de las ruedas de una carretilla y el sonido de muchas voces que hablaban todas a la vez. Pudo entender algunas palabras: «¿Dónde está la otra escalera?... A mí sólo me dijeron que trajera una; la otra la tendrá Bill... ¡Bill! ¡Trae la escalera aquí, muchacho!... Aquí, ponedlas en esta esquina... No, primero átalas la una a la otra... Así no llegarán ni a la mitad... Claro que llegarán, no seas pesado... ¡Ven aquí, Bill, agárrate a esta cuerda!... ¿Aguantará este peso el tejado?... ¡Cuidado con esta teja suelta!... ¡Eh, que se cae! ¡Cuidado con la cabeza!» Aquí se oyó una fuerte caída. «Vaya, ¿quién ha sido?... Creo que ha sido Bill... ¿Quién va a bajar por la chimenea?... ¿Yo? Nanay. ¡Baja tú!... ¡Ni hablar! Tiene que bajar Bill... ¡Ven aquí, Bill! ¡El amo dice que tienes que bajar por la chimenea!» — ¡Vaya! ¿Conque es Bill el que tiene que bajar por la chimenea? se dijo Alicia—. ¡Parece que todo se lo cargan a Bill! No me gustaría estar en su pellejo: desde luego esta chimenea es estrecha, pero me parece que podré dar algún puntapié por ella. Alicia hundió el pie todo lo que pudo dentro de la chimenea, y esperó hasta oír que la bestezuela (no podía saber de qué tipo de animal se trataba) escarbaba y arañaba dentro de la chimenea, justo encima de ella. Entonces, mientras se decía a sí misma: «¡Aquí está Bill!», dio una fuerte patada, y esperó a ver qué pasaba a continuación. Lo primero que oyó fue un coro de voces que gritaban a una: «¡Ahí va Bill!», y después la voz del Conejo sola: «¡Cogedlo! ¡Eh! ¡Los que estáis junto a la valla!» Siguió un silencio y una nueva avalancha de voces: «Levantadle la cabeza... Venga un trago... Sin que se ahogue... ¿Qué ha pasado, amigo? ¡Cuéntanoslo todo!» Por fin se oyó una vocecita débil y aguda, que Alicia supuso sería la voz de Bill: — Bueno, casi no sé nada... No quiero más coñac, gracias, ya me siento mejor... Estoy tan aturdido que no sé qué decir... Lo único que recuerdo es que algo me golpeó rudamente, ¡y salí por los aires como el muñeco de una caja de sorpresas! — ¡Desde luego, amigo! ¡Eso ya lo hemos visto! —dijeron los otros. — ¡Tenemos que quemar la casa! —dijo la voz del Conejo. Y Alicia gritó con todas sus fuerzas: — ¡Si lo hacéis, lanzaré a Dina contra vosotros! Se hizo inmediatamente un silencio de muerte, y Alicia pensó para sí: — Me pregunto qué van a hacer ahora. Si tuvieran una pizca de sentido común, levantarían el tejado. Después de uno o dos minutos se pusieron una vez más todos en movimiento, y Alicia oyó que el Conejo decía: — Con una carretada tendremos bastante para empezar. — ¿Una carretada de qué? —pensó Alicia. Y no tuvo que esperar mucho para averiguarlo, pues un instante después una granizada de piedrecillas entró disparada por la ventana, y algunas le dieron en plena cara. — Ahora mismo voy a acabar con esto —se dijo Alicia para sus adentros, y añadió en alta voz—: ¡Será mejor que no lo repitáis! Estas palabras produjeron otro silencio de muerte. Alicia advirtió, con cierta sorpresa, que las piedrecillas se estaban transformando en pastas de té, allí en el suelo, y una brillante idea acudió de inmediato a su cabeza. «Si como una de estas pastas», pensó, «seguro que producirá algún cambio en mi estatura. Y, como no existe posibilidad alguna de que me haga todavía mayor, supongo que tendré que hacerme forzosamente más pequeña». Se comió, pues, una de las pastas, y vio con alegría que empezaba a disminuir inmediatamente de tamaño. En cuanto fue lo bastante pequeña para pasar por la puerta, corrió fuera de la casa, y se encontró con un grupo bastante numeroso de animalillos y pájaros que la esperaban. Una lagartija, Bill, estaba en el centro, sostenido por dos conejillos de indias, que le daban a beber algo de una botella. En el momento en que apareció Alicia, todos se abalanzaron sobre ella. Pero Alicia echó a correr con todas sus fuerzas, y pronto se encontró a salvo en un espeso bosque. — Lo primero que ahora tengo que hacer —se dijo Alicia, mientras vagaba por el bosque —es crecer hasta volver a recuperar mi estatura. Y lo segundo es encontrar la manera de entrar en aquel precioso jardín. Me parece que éste es el mejor plan de acción. Parecía, desde luego, un plan excelente, y expuesto de un modo muy claro y muy simple. La única dificultad radicaba en que no tenía la menor idea de cómo llevarlo a cabo. Y, mientras miraba ansiosamente por entre los árboles, un pequeño ladrido que sonó justo encima de su cabeza la hizo mirar hacia arriba sobresaltada. Un enorme perrito la miraba desde arriba con sus grandes ojos muy abiertos y alargaba tímidamente una patita para tocarla. — ¡Qué cosa tan bonita! —dijo Alicia, en tono muy cariñoso, e intentó sin éxito dedicarle un silbido, pero estaba también terriblemente asustada, porque pensaba que el cachorro podía estar hambriento, y, en este caso, lo más probable era que la devorara de un solo bocado, a pesar de todos sus mimos. Casi sin saber lo que hacía, cogió del suelo una ramita seca y la levantó hacia el perrito, y el perrito dio un salto con las cuatro patas en el aire, soltó un ladrido de satisfacción y se abalanzó sobre el palo en gesto de ataque. Entonces Alicia se escabulló rápidamente tras un gran cardo, para no ser arrollada, y, en cuanto apareció por el otro lado, el cachorro volvió a precipitarse contra el palo, con tanto entusiasmo que perdió el equilibrio y dio una voltereta. Entonces Alicia, pensando que aquello se parecía mucho a estar jugando con un caballo percherón y temiendo ser pisoteada en cualquier momento por sus patazas, volvió a refugiarse detrás del cardo. Entonces el cachorro inició una serie de ataques relámpago contra el palo, corriendo cada vez un poquito hacia adelante y un mucho hacia atrás, y ladrando roncamente todo el rato, hasta que por fin se sentó a cierta distancia, jadeante, la lengua colgándole fuera de la boca y los grandes ojos medio cerrados. Esto le pareció a Alicia una buena oportunidad para escapar. Así que se lanzó a correr, y corrió hasta el límite de sus fuerzas y hasta quedar sin aliento, y hasta que las ladridos del cachorro sonaron muy débiles en la distancia. — Y, a pesar de todo, ¡qué cachorrito tan mono era! —dijo Alicia, mientras se apoyaba contra una campanilla para descansar y se abanicaba con una de sus hojas—. ¡Lo que me hubiera gustado enseñarle juegos, si... si hubiera tenido yo el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Dios mío! ¡Casi se me había olvidado que tengo que crecer de nuevo! Veamos: ¿qué tengo que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa, pero ¿qué? Éste es el gran dilema. Realmente el gran dilema era ¿qué? Alicia miró a su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas circunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima. Se puso de puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 5 - CONSEJOS DE UNA ORUGA
La Oruga y Alicia se estuvieron mirando un rato en silencio: por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca, y se dirigió a la niña en voz lánguida y adormilada. — ¿Quién eres tú? —dijo la Oruga. No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada: — Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces. — ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó la Oruga con severidad—. ¡A ver si te aclaras contigo misma! — Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora —dijo Alicia—, porque yo no soy yo misma, ya lo ve. — No veo nada —protestó la Oruga. —Temo que no podré explicarlo con más claridad —insistió Alicia con voz amable—, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante. — No resulta nada —replicó la Oruga. — Bueno, quizás usted no haya sentido hasta ahora nada parecido —dijo Alicia—, pero cuando se convierta en crisálida, cosa que ocurrirá cualquier día, y después en mariposa, me parece que todo le parecerá un poco raro, ¿no cree? — Ni pizca —declaró la Oruga. — Bueno, quizá los sentimientos de usted sean distintos a los míos, porque le aseguro que a mi me parecería muy raro. — ¡A ti! —dijo la Oruga con desprecio—. ¿Quién eres tú? Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad: — Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es. — ¿Por qué? —inquirió la Oruga. Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse. — ¡Ven aquí! —la llamó la Oruga a sus espaldas—. ¡Tengo algo importante que decirte! Estas palabras sonaban prometedoras, y Alicia dio otra media vuelta y volvió atrás. — ¡Vigila este mal genio! —sentenció la Oruga. — ¿Es eso todo? —preguntó Alicia, tragándose la rabia lo mejor que pudo. — No —dijo la Oruga. Alicia decidió que sería mejor esperar, ya que no tenía otra cosa que hacer, y ver si la Oruga decía por fin algo que mereciera la pena. Durante unos minutos la Oruga siguió fumando sin decir palabra, pero después abrió los brazos, volvió a sacarse la pipa de la boca y dijo: — Así que tú crees haber cambiado, ¿no? — Mucho me temo que sí, señora. No me acuerdo de cosas que antes sabía muy bien, y no pasan diez minutos sin que cambie de tamaño. — ¿No te acuerdas ¿de qué cosas? — Bueno, intenté recitar los versos de "Ved cómo la industriosa abeja... pero todo me salió distinto, completamente distinto y seguí hablando de cocodrilos". — Pues bien, haremos una cosa. — ¿Qué? — Recítame eso de "Ha envejecido, Padre Guillermo..." —Ordenó la Oruga. Alicia cruzó los brazos y empezó a recitar el poema: Ha envejecido, Padre Guillermo, dijo el chico, Y su pelo está lleno de canas; Sin embargo siempre hace el pino— ¿Con sus años aún tiene las ganas? Cuando joven; dijo Padre Guillermo a su hijo, No quería dañarme el coco; Pero ya no me da ningún miedo, Que de mis sesos me queda muy poco. Ha envejecido; dijo el muchacho, Como ya se ha dicho; Sin embargo entró capotando— ¿Cómo aún puede andar como un bicho? Cuando joven; dijo el sabio, meneando su pelo blanco, Me mantenía el cuerpo muy ágil Con ayuda medicinal y, si puedo ser franco, Debes probarlo para no acabar débil. Ha envejecido, dijo el chico, y tiene los dientes inútiles para más que agua y vino; Pero zampó el ganso hasta los huesos frágiles— A ver, señor, ¿qué es el tino? Cuando joven, dijo su padre, me empeñé en ser abogado, Y discutía la ley con mi esposa; Y por eso, toda mi vida me ha durado Una mandíbula muy fuerte y musculosa. Ha envejecido y sería muy raro, dijo el chico, Si aún tuviera la vista perfecta; ¿Pues cómo hizo bailar en su pico Esta anguila de forma tan recta? Tres preguntas ya has posado, Y a ninguna más contestaré. Si no te vas ahora mismo, ¡Vaya golpe que te pegaré! — Eso no está bien —dijo la Oruga. — No, me temo que no está del todo bien —reconoció Alicia con timidez. Algunas palabras tal vez me han salido revueltas. — Está mal de cabo a rabo— sentenció la Oruga en tono implacable, y siguió un silencio de varios minutos. La Oruga fue la primera en hablar. ¿Qué tamaño te gustaría tener? —le preguntó. — No soy difícil en asunto de tamaños —se apresuró a contestar Alicia—. Sólo que no es agradable estar cambiando tan a menudo, sabe. — No sé nada —dijo la Oruga—. Alicia no contestó. Nunca en toda su vida le habían llevado tanto la contraria, y sintió que se le estaba acabando la paciencia. — ¿Estás contenta con tu tamaño actual? —preguntó la Oruga. — Bueno, me gustaría ser un poco más alta, si a usted no le importa. ¡Siete centímetros es una estatura tan insignificante! ¡Es una estatura perfecta! —dijo la Oruga muy enfadada, irguiéndose cuan larga era (medía exactamente siete centímetros). — ¡Pero yo no estoy acostumbrada a medir siete centímetros! se lamentó la pobre Alicia con voz lastimera, mientras pensaba para sus adentros: «¡Ojalá estas criaturas no se ofendieran tan fácilmente!» — Ya te irás acostumbrando —dijo la Oruga—, y volvió a meterse la pipa en la boca y empezó otra vez a fumar. Esta vez Alicia esperó pacientemente a que se decidiera a hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos la Oruga se sacó la pipa de la boca, dio unos bostezos y se desperezó. Después bajó de la seta y empezó a deslizarse por la hierba, al tiempo que decía: — Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará disminuir. — Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de qué? —se dijo Alicia para sus adentros. — De la seta —dijo la Oruga, como si la niña se lo hubiera preguntado en voz alta. Y al cabo de unos instantes se perdió de vista. Alicia se quedó un rato contemplando pensativa la seta, en un intento de descubrir cuáles serían sus dos lados, y, como era perfectamente redonda, el problema no resultaba nada fácil. Así pues, extendió los brazos todo lo que pudo alrededor de la seta y arrancó con cada mano un pedacito. — Y ahora —se dijo—, ¿cuál será cuál? Dio un mordisquito al pedazo de la mano derecha para ver el efecto y al instante sintió un rudo golpe en la barbilla. ¡La barbilla le había chocado con los pies!. Se asustó mucho con este cambio tan repentino, pero comprendió que estaba disminuyendo rápidamente de tamaño, que no había por tanto tiempo que perder y que debía apresurarse a morder el otro pedazo. Tenía la mandíbula tan apretada contra los pies que resultaba difícil abrir la boca, pero lo consiguió al fin, y pudo tragar un trocito del pedazo de seta que tenía en la mano izquierda. «¡Vaya, por fin tengo libre la cabeza!», se dijo Alicia con alivio, pero el alivio se transformó inmediatamente en alarma, al advertir que había perdido de vista sus propios hombros: todo lo que podía ver, al mirar hacia abajo, era un larguísimo pedazo de cuello, que parecía brotar como un tallo del mar de hojas verdes que se extendía muy por debajo de ella. — ¿Qué puede ser todo este verde? —dijo Alicia—. ¿Y dónde se habrán marchado mis hombros? Y, oh mis pobres manos, ¿cómo es que no puedo veros? Mientras hablaba movía las manos, pero no pareció conseguir ningún resultado, salvo un ligero estremecimiento que agitó aquella verde hojarasca distante. Como no había modo de que sus manos subieran hasta su cabeza, decidió bajar la cabeza hasta las manos, y descubrió con entusiasmo que su cuello se doblaba con mucha facilidad en cualquier dirección, como una serpiente. Acababa de lograr que su cabeza descendiera por el aire en un gracioso zigzag y se disponía a introducirla entre las hojas, que descubrió no eran más que las copas de los árboles bajo los que antes había estado paseando, cuando un agudo silbido la hizo retroceder a toda prisa. Una gran paloma se precipitaba contra su cabeza y la golpeaba violentamente con las alas. — ¡Serpiente! —chilló la paloma. — ¡Yo no soy una serpiente! —protestó Alicia muy indignada—. ¡Y déjame en paz! —¡Serpiente, más que serpiente! —siguió la Paloma, aunque en un tono menos convencido, y añadió en una especie de sollozo—: ¡Lo he intentado todo, y nada ha dado resultado! — No tengo la menor idea de lo que usted está diciendo! —dijo Alicia. — Lo he intentado en las raíces de los árboles, y lo he intentado en las riberas, y lo he intentado en los setos —siguió la Paloma, sin escuchar lo que Alicia le decía—. ¡Pero siempre estas serpientes! ¡No hay modo de librarse de ellas! Alicia se sentía cada vez más confusa, pero pensó que de nada serviría todo lo que ella pudiera decir ahora y que era mejor esperar a que la Paloma terminara su discurso. — ¡Como si no fuera ya bastante engorro empollar los huevos! —dijo la Paloma—. ¡Encima hay que guardarlos día y noche contra las serpientes! ¡No he podido pegar ojo durante tres semanas! — Siento mucho que sufra usted tantas molestias —dijo Alicia, que empezaba a comprender el significado de las palabras de la Paloma. —¡Y justo cuando elijo el árbol más alto del bosque,—continuó la Paloma, levantando la voz en un chillido—, y justo cuando me creía por fin libre de ellas, tienen que empezar a bajar culebreando desde el cielo! ¡Qué asco de serpientes! — Pero le digo que yo no soy una serpiente. Yo soy una... Yo soy una... — Bueno, qué eres, pues? —dijo la Paloma—. ¡Veamos qué demonios inventas ahora! — Soy... soy una niñita —dijo Alicia, llena de dudas, pues tenía muy presentes todos los cambios que había sufrido a lo largo del día. — ¡A otro con este cuento! —respondió la Paloma, en tono del más profundo desprecio—. He visto montones de niñitas a lo largo de mi vida, ¡pero ninguna que tuviera un cuello como el tuyo! ¡No, no! Eres una serpiente, y de nada sirve negarlo. ¡Supongo que ahora me dirás que en tu vida te has zampado un huevo! — Bueno, huevos si he comido —reconoció Alicia, que siempre decía la verdad—. Pero es que las niñas también comen huevos, igual que las serpientes, sabe. — No lo creo —dijo la Paloma—, pero, si es verdad que comen huevos, entonces no son más que una variedad de serpientes, y eso es todo. Era una idea tan nueva para Alicia, que quedó muda durante uno o dos minutos, lo que dio oportunidad a la Paloma de añadir: — ¡Estás buscando huevos! ¡Si lo sabré yo! ¡Y qué más me da a mí que seas una niña o una serpiente? — ¡Pues a mí sí me da! —se apresuró a declarar Alicia—. Y además da la casualidad de que no estoy buscando huevos. Y aunque estuviera buscando huevos, no querría los tuyos: no me gustan crudos. —Bueno, pues entonces, lárgate —gruño la Paloma, mientras se volvía a colocar en el nido. Alicia se sumergió trabajosamente entre los árboles. El cuello se le enredaba entre las ramas y tenía que pararse a cada momento para liberarlo. Al cabo de un rato, recordó que todavía tenía los pedazos de seta, y puso cuidadosamente manos a la obra, mordisqueando primero uno y luego el otro, y creciendo unas veces y decreciendo otras, hasta que consiguió recuperar su estatura normal. Hacía tanto tiempo que no había tenido un tamaño ni siquiera aproximado al suyo, que al principio se le hizo un poco extraño. Pero no le costó mucho acostumbrarse y empezó a hablar consigo misma como solía. — ¡Vaya, he realizado la mitad de mi plan! ¡Qué desconcertantes son estos cambios! ¡No puede estar una segura de lo que va a ser al minuto siguiente! Lo cierto es que he recobrado mi estatura normal. El próximo objetivo es entrar en aquel precioso jardín... Me pregunto cómo me las arreglaré para lograrlo. Mientras decía estas palabras, llegó a un claro del bosque, donde se alzaba una casita de poco más de un metro de altura. — Sea quien sea el que viva allí —pensó Alicia—, no puedo presentarme con este tamaño. ¡Se morirían del susto! Así pues, empezó a mordisquear una vez más el pedacito de la mano derecha, Y no se atrevió a acercarse a la casita hasta haber reducido su propio tamaño a unos veinte centímetros.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 6 - CERDO Y PIMIENTA
Alicia se quedó mirando la casa uno o dos minutos, y preguntándose lo que iba a hacer, cuando de repente salió corriendo del bosque un lacayo con librea (a Alicia le pareció un lacayo porque iba con librea; de no ser así, y juzgando sólo por su cara, habría dicho que era un pez) y golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos. Abrió la puerta otro lacayo de librea, con una cara redonda y grandes ojos de rana. Y los dos lacayos, observó Alicia, llevaban el pelo empolvado y rizado. Le entró una gran curiosidad por saber lo que estaba pasando y salió cautelosamente del bosque para oír lo que decían. El lacayo-pez empezó por sacarse de debajo del brazo una gran carta, casi tan grande como él, y se la entregó al otro lacayo, mientras decía en tono solemne: — Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al croquet. El lacayo-rana lo repitió, en el mismo tono solemne, pero cambiando un poco el orden de las palabras: — De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al croquet. Después los dos hicieron una profunda reverencia, y los empolvados rizos entrechocaron y se enredaron. A Alicia le dio tal ataque de risa que tuvo que correr a esconderse en el bosque por miedo a que la oyeran. Y, cuando volvió a asomarse, el lacayo-pez se había marchado y el otro estaba sentado en el suelo junto a la puerta, mirando estúpidamente el cielo. Alicia se acercó tímidamente y llamó a la puerta. — No sirve de nada llamar —dijo el lacayo—, y esto por dos razones. Primero, porque yo estoy en el mismo lado de la puerta que tú; segundo, porque están armando tal ruido dentro de la casa, que es imposible que te oigan. Y efectivamente del interior de la casa salía un ruido espantoso: aullidos, estornudos y de vez en cuando un estrepitoso golpe, como si un plato o una olla se hubiera roto en mil pedazos. — Dígame entonces, por favor —preguntó Alicia—, qué tengo que hacer para entrar. — Llamar a la puerta serviría de algo —siguió el lacayo sin escucharla—, si tuviéramos la puerta entre nosotros dos. Por ejemplo, si tú estuvieras dentro, podrías llamar, y yo podría abrir para que salieras, sabes. Había estado mirando todo el rato hacia el cielo, mientras hablaba, y esto le pareció a Alicia decididamente una grosería. «Pero a lo mejor no puede evitarlo», se dijo para sus adentros. «¡Tiene los ojos tan arriba de la cabeza! Aunque por lo menos podría responder cuando se le pregunta algo». — ¿Qué tengo que hacer para entrar? —repitió ahora en voz alta. — Yo estaré sentado aquí —observó el lacayo— hasta mañana... En este momento la puerta de la casa se abrió, y un gran plato salió zumbando por los aires, en dirección a la cabeza del lacayo: le rozó la nariz y fue a estrellarse contra uno de los árboles que había detrás. — ... o pasado mañana, quizás —continuó el lacayo en el mismo tono de voz, como si no hubiese pasado absolutamente nada. — ¿Qué tengo que hacer para entrar? —volvió a preguntar Alicia alzando la voz. —Pero ¿tienes realmente que entrar? —dijo el lacayo—. Esto es lo primero que hay que aclarar, sabes. Era la pura verdad, pero a Alicia no le gustó nada que se lo dijeran. — ¡Qué pesadez! —masculló para sí—. ¡Qué manera de razonar tienen todas estas criaturas! ¡Hay para volverse loco! Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad para repetir su observación, con variaciones: —Estaré sentado aquí —dijo— días y días. — Pero ¿qué tengo que hacer yo? —insistió Alicia. — Lo que se te antoje —dijo el criado, y empezó a silbar. — ¡Oh, no sirve para nada hablar con él! —murmuró Alicia desesperada—. ¡Es un perfecto idiota! Abrió la puerta y entró en la casa. La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba completamente llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada sobre un taburete de tres patas y con un bebé en los brazos. La cocinera se inclinaba sobre el fogón y revolvía el interior de un enorme puchero que parecía estar lleno de sopa. — ¡Esta sopa tiene por descontado demasiada pimienta! —se dijo Alicia para sus adentros, mientras soltaba el primer estornudo. Donde sí había demasiada pimienta era en el aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y aullaba alternativamente, sin un momento de respiro. Los únicos seres que en aquella cocina no estornudaban eran la cocinera y un rollizo gatazo que yacía cerca del fuego, con una sonrisa de oreja a oreja. — ¿Por favor, podría usted decirme —preguntó Alicia con timidez, pues no estaba demasiado segura de que fuera correcto por su parte empezar ella la conversación— por qué sonríe su gato de esa manera? — Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—, por eso sonríe. ¡Cochino! Gritó esta última palabra con una violencia tan repentina, que Alicia estuvo a punto de dar un salto, pero en seguida se dio cuenta de que iba dirigida al bebé, y no a ella, de modo que recobró el valor y siguió hablando. — No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo. En realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír. — Todos pueden —dijo la Duquesa—, y muchos lo hacen. — No sabía de ninguno que lo hiciera —dijo Alicia muy amablemente, contenta de haber iniciado una conversación. — No sabes casi nada de nada —dijo la Duquesa—. Eso es lo que ocurre. A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la observación, y decidió que sería oportuno cambiar de tema. Mientras estaba pensando qué tema elegir, la cocinera apartó la olla de sopa del fuego, y comenzó a lanzar todo lo que caía en sus manos contra la Duquesa y el bebé: primero los hierros del hogar, después una lluvia de cacharros, platos y fuentes. La Duquesa no dio señales de enterarse, ni siquiera cuando los proyectiles la alcanzaban, y el bebé berreaba ya con tanta fuerza que era imposible saber si los golpes le dolían o no. — ¡Oh, por favor, tenga usted cuidado con lo que hace! —gritó Alicia, mientras saltaba asustadísima para esquivar los proyectiles—. ¡Le va a arrancar su preciosa nariz! —añadió, al ver que un caldero extraordinariamente grande volaba muy cerca de la cara de la Duquesa. — Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos —dijo la Duquesa en un gruñido—, el mundo giraría mucho mejor y con menos pérdida de tiempo. — Lo cual no supondría ninguna ventaja —intervino Alicia, muy contenta de que se presentara una oportunidad de hacer gala de sus conocimientos—. Si la tierra girase más aprisa, ¡imagine usted el lío que se armaría con el día y la noche! Ya sabe que la tierra tarda veinticuatro horas en ejecutar un giro completo sobre su propio eje... — Hablando de ejecutar —interrumpió la Duquesa—, ¡que le corten la cabeza! Alicia miró a la cocinera con ansiedad, para ver si se disponía a hacer algo parecido, pero la cocinera estaba muy ocupada revolviendo la sopa y no parecía prestar oídos a la conversación, de modo que Alicia se animó a proseguir su lección: — Veinticuatro horas, creo, ¿o son doce? Yo... — Tú vas a dejar de fastidiarme —dijo la Duquesa—. ¡Nunca he soportado los cálculos! Y empezó a mecer nuevamente al niño, mientras le cantaba una especie de nana, y al final de cada verso propinaba al pequeño una fuerte sacudida. Grítale y zurra al niñito si se pone a estornudar, porque lo hace el bendito sólo para fastidiar. CORO (Con participación de la cocinera y el bebé) ¡Gua! ¡Gua! ¡Gua! Cuando comenzó la segunda estrofa, la Duquesa lanzó al niño al aire, recogiéndolo luego al caer, con tal violencia que la criatura gritaba a voz en cuello. Alicia apenas podía distinguir las palabras: A mi hijo le grito,y si estornuda, ¡menuda paliza! Porque, ¿es que acaso no le gusta la pimienta cuando le da la gana? CORO ¡Gua! ¡Gua! ¡Gua! — ¡Ea! ¡Ahora puedes mecerlo un poco tú, si quieres! —dijo la Duquesa al concluir la canción, mientras le arrojaba el bebé por el aire—. Yo tengo que ir a arreglarme para jugar al croquet con la Reina. Y la Duquesa salió apresuradamente de la habitación. La cocinera le tiró una sartén en el último instante, pero no la alcanzó. Alicia cogió al niño en brazos con cierta dificultad, pues se trataba de una criaturita de forma extraña y que forcejeaba con brazos y piernas en todas direcciones, «como una estrella de mar», pensó Alicia. El pobre pequeño resoplaba como una máquina de vapor cuando ella lo cogió, y se encogía y se estiraba con tal furia que durante los primeros minutos Alicia se las vio y deseó para evitar que se le escabullera de los brazos. En cuanto encontró el modo de tener el niño en brazos (modo que consistió en retorcerlo en una especie de nudo, la oreja izquierda y el pie derecho bien sujetos para impedir que se deshiciera), Alicia lo sacó al aire libre. «Si no me llevo a este niño conmigo», pensó, «seguro que lo matan en un día o dos. ¿Acaso no sería un crimen dejarlo en esta casa?» Dijo estas últimas palabras en alta voz, y el pequeño le respondió con un gruñido (para entonces había dejado ya de estornudar). — No gruñas —le riñó Alicia—. Ésa no es forma de expresarse. El bebé volvió a gruñir, y Alicia le miró la cara con ansiedad, para ver si le pasaba algo. No había duda de que tenía una nariz muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una verdadera nariz. Además los ojos se le estaban poniendo demasiado pequeños para ser ojos de bebé. A Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando aquello. «A lo mejor es porque ha estado llorando», pensó, y le miró de nuevo los ojos, para ver si había alguna lágrima. No, no había lágrimas. — Si piensas convertirte en un cerdito, cariño —dijo Alicia muy seria—, yo no querré saber nada contigo. ¡Conque ándate con cuidado! La pobre criaturita volvió a soltar un quejido (¿o un gruñido? era imposible asegurarlo), y los dos anduvieron en silencio durante un rato. Alicia estaba empezando a preguntarse a sí misma: «Y ahora, ¿qué voy a hacer yo con este chiquillo al volver a mi casa?», cuando el bebé soltó otro gruñido, con tanta violencia que volvió a mirarlo alarmada. Esta vez no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un cerdito, y a Alicia le pareció que sería absurdo seguir llevándolo en brazos. Así pues, lo dejó en el suelo, y sintió un gran alivio al ver que echaba a trotar y se adentraba en el bosque. «Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso». Y empezó a pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy bien convertirse en cerditos. «¡Si supiéramos la manera de transformarlos!», se estaba diciendo, cuando tuvo un ligero sobresalto al ver que el Gato de Cheshire estaba sentado en la rama de un árbol muy próximo a ella. El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír. Parecía tener buen carácter, pero también tenía unas uñas muy largas Y muchísimos dientes, de modo que sería mejor tratarlo con respeto. — Minino de Cheshire —empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí? — Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar —dijo el Gato. — No me importa mucho el sitio... —dijo Alicia. — Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes —dijo el Gato. —... siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia como explicación. — ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte —aseguró el Gato— si caminas lo suficiente! A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta: — ¿Qué clase de gente vive por aquí? — En esta dirección —dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha— vive un Sombrerero. Y en esta dirección —e hizo un gesto con la otra pata— vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos. — Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca —protestó Alicia. — Oh, eso no lo puedes evitar —repuso el Gato—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca. — ¿Cómo sabes que yo estoy loca? —preguntó Alicia. — Tienes que estarlo —afirmó el Gato—, o no habrías venido aquí. Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas: — ¿Y cómo sabes que tú estás loco? — Para empezar —repuso el Gato—, los perros no están locos. ¿De acuerdo? — Supongo que sí —concedió Alicia. — Muy bien. Pues en tal caso —siguió su razonamiento el Gato—, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco. — A eso yo le llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia. — Llámalo como quieras —dijo el Gato—. ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina? — Me gustaría mucho —dijo Alicia—, pero por ahora no me han invitado. — Allí nos volveremos a ver —aseguró el Gato, y se desvaneció. A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste reapareció de golpe. — A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? —preguntó—. Me olvidaba de preguntarlo. — Se convirtió en un cerdito —contestó Alicia sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto de la forma más natural del mundo. — Ya sabía que acabaría así —dijo el Gato, y desapareció de nuevo. Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo. — Sombrereros ya he visto algunos —se dijo para sí—. La Liebre de Marzo será mucho más interesante. Y además, como estamos en mayo, quizá ya no esté loca... o al menos quizá no esté tan loca como en marzo. Mientras decía estas palabras, miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado en la rama de un árbol. — ¿Dijiste cerdito o cardito? —preguntó el Gato. — Dije cerdito —contestó Alicia—. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo! — De acuerdo —dijo el Gato. Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había desaparecido. — ¡Vaya! —se dijo Alicia—. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida! No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre de Marzo. Pensó que tenía que ser forzosamente aquella casa, porque las chimeneas tenían forma de largas orejas y el techo estaba recubierto de piel. Era una casa tan grande, que no se atrevió a acercarse sin dar antes un mordisquito al pedazo de seta de la mano izquierda, con lo que creció hasta una altura de unos dos palmos. Aun así, se acercó con cierto recelo, mientras se decía a sí misma: — ¿Y si estuviera loca de verdad? ¡Empiezo a pensar que tal vez hubiera sido mejor ir a ver al Sombrerero!
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 7 - UNA MERIENDA DE LOCOS
Habían puesto la mesa debajo de un árbol, delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como está dormido, supongo que no le importa». La mesa era muy grande, pero los tres se apretujaban muy juntos en uno de los extremos. — ¡No hay sitio! —se pusieron a gritar, cuando vieron que se acercaba Alicia. — ¡Hay un montón de sitio! —protestó Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa. — Toma un poco de vino —la animó la Liebre de Marzo. Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo había té. —No veo ni rastro de vino —observó. — Claro. No lo hay —dijo la Liebre de Marzo. — En tal caso, no es muy correcto por su parte andar ofreciéndolo —dijo Alicia enfadada. — Tampoco es muy correcto por tu parte sentarte con nosotros sin haber sido invitada —dijo la Liebre de Marzo. — No sabía que la mesa era suya —dijo Alicia—. Está puesta para muchas más de tres personas. — Necesitas un buen corte de pelo —dijo el Sombrerero. Había estado observando a Alicia con mucha curiosidad, y estas eran sus primeras palabras. — Debería aprender usted a no hacer observaciones tan personales —dijo Alicia con acritud—. «Es de muy mala educación». Al oír esto, el Sombrerero abrió unos ojos como naranjas, pero lo único que dijo fue: — ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? «¡Vaya, parece que nos vamos a divertir!», —pensó Alicia—. «Me encanta que hayan empezado a jugar a las adivinanzas.» Y añadió en voz alta: — Creo que sé la solución. — ¿Quieres decir que crees que puedes encontrar la solución? —preguntó la Liebre de Marzo. — Exactamente —contestó Alicia. — Entonces debes decir lo que piensas —siguió la Liebre de Marzo. — Ya lo hago —se apresuró a replicar Alicia—. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no? —¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! —dijo el Sombrerero—. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo que veo»! — ¡Y sería lo mismo decir —añadió la Liebre de Marzo— «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»! — ¡Y sería lo mismo decir —añadió el Lirón, que parecía hablar en medio de sus sueños— «respiro cuando duermo» que «duermo cuando respiro»! — Es lo mismo en tu caso —dijo el Sombrerero. Y aquí la conversación se interrumpió, y el pequeño grupo se mantuvo en silencio unos instantes, mientras Alicia intentaba recordar todo lo que sabía de cuervos y de escritorios, que no era demasiado. El Sombrerero fue el primero en romper el silencio. — ¿Qué día del mes es hoy? —preguntó, dirigiéndose a Alicia. Se había sacado el reloj del bolsillo, y lo miraba con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra vez al oído. Alicia reflexionó unos instantes. — Es día cuatro dijo por fin. — ¡Dos días de error! —se lamentó el Sombrerero, y, dirigiéndose amargamente a la Liebre de Marzo, añadió—: ¡Ya te dije que la mantequilla no le sentaría bien a la maquinaria! — Era mantequilla de la mejor —replicó la Liebre muy compungida. — Sí, pero se habrán metido también algunas migajas —gruñó el Sombrerero—. No debiste utilizar el cuchillo del pan. La Liebre de Marzo cogió el reloj y lo miró con aire melancólico: después lo sumergió en su taza de té, y lo miró de nuevo. Pero no se le ocurrió nada mejor que decir y repitió su primera observación: — Era mantequilla de la mejor, sabes. Alicia había estado mirando por encima del hombro de la Liebre con bastante curiosidad. — ¡Qué reloj más raro! —exclamó—. ¡Señala el día del mes, y no señala la hora que es! — ¿Y por qué habría de hacerlo? —rezongó el Sombrerero—. ¿Señala tu reloj el año en que estamos? — Claro que no —reconoció Alicia con prontitud—. Pero esto es porque está tanto tiempo dentro del mismo año. — Que es precisamente lo que le pasa al mío —dijo el Sombrerero. Alicia quedó completamente desconcertada. Las palabras del Sombrerero no parecían tener el menor sentido. — No acabo de comprender —dijo, tan amablemente como pudo. — El Lirón se ha vuelto a dormir —dijo el Sombrerero, y le echó un poco de té caliente en el hocico. El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia, y dijo, sin abrir los ojos: — Claro que sí, claro que sí. Es justamente lo que yo iba a decir. — ¿Has encontrado la solución a la adivinanza? —preguntó el Sombrerero, dirigiéndose de nuevo a Alicia. — No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución? — No tengo la menor idea —dijo el Sombrerero. — Ni yo —dijo la Liebre de Marzo. Alicia suspiró fastidiada. — Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo —dijo— que ir proponiendo adivinanzas sin solución. — Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje! — No sé lo que usted quiere decir —protestó Alicia. — ¡Claro que no lo sabes! —dijo el Sombrerero, arrugando la nariz en un gesto de desprecio. — . ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo! — Creo que no —respondió Alicia con cautela—. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas. — ¡Ah, eso lo explica todo! —dijo el Sombrerero—. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer! («¡Cómo me gustaría que lo fuera ahora!», se dijo la Liebre de Marzo para sí en un susurro). — Sería estupendo, desde luego —admitió Alicia, pensativa—. Pero entonces todavía no tendría hambre, ¿no le parece? — Quizá no tuvieras hambre al principio —dijo el Sombrerero—. Pero es que podrías hacer que siguiera siendo la una y media todo el rato que tú quisieras. — ¿Es esto lo que ustedes hacen con el Tiempo? —preguntó Alicia—. El Sombrerero movió la cabeza con pesar. — ¡Yo no! —contestó—. Nos peleamos el pasado marzo, justo antes de que ésta se volviera loca, sabes (y señaló con la cucharilla hacia la Liebre de Marzo). — ¿Ah, sí? —preguntó Alicia interesada. — Sí. Sucedió durante el gran concierto que ofreció la Reina de Corazones, y en el que me tocó cantar a mí. — ¿Y qué cantaste? —preguntó Alicia. — Pues canté: "Brilla, brilla, ratita alada, ¿En qué estás tan atareada"? — Porque esa canción la conocerás, ¿no? — Quizá me suene de algo, pero no estoy segura, —dijo Alicia—. — Tiene más estrofas —siguió el Sombrerero—. Por ejemplo: "Por sobre el Universo vas volando, con una bandeja de teteras llevando. Brilla, brilla..." Al llegar a este punto, el Lirón se estremeció y empezó a canturrear en sueños: «brilla, brilla, brilla, brilla... », y estuvo así tanto rato que tuvieron que darle un buen pellizco para que se callara. — Bueno —siguió contando su historia el Sombrerero—. Lo cierto es que apenas había terminado yo la primera estrofa, cuando la Reina se puso a gritar: «¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!» — ¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! —exclamó Alicia. — Y desde entonces —añadió el Sombrerero con una voz tristísima—, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde. Alicia comprendió de repente todo lo que allí ocurría. — ¿Es ésta la razón de que haya tantos servicios de té encima de la mesa? —preguntó. —Sí, ésta es la razón —dijo el Sombrerero con un suspiro—. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té. — ¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? —preguntó Alicia. — Exactamente —admitió el Sombrerero—, a medida que vamos ensuciando las tazas. — Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al principio de la mesa? —se atrevió a preguntar Alicia. — ¿Y si cambiáramos de conversación? —los interrumpió la Liebre de Marzo con un bostezo—. Estoy harta de todo este asunto. Propongo que esta señorita nos cuente un cuento. — Mucho me temo que no sé ninguno —se apresuró a decir Alicia, muy alarmada ante esta proposición. — ¡Pues que lo haga el Lirón! —exclamaron el Sombrerero y la Liebre de Marzo—.¡Despierta, Lirón! Y empezaron a darle pellizcos uno por cada lado. El Lirón abrió lentamente los ojos. — No estaba dormido —aseguró con voz ronca y débil—. He estado escuchando todo lo que decíais, amigos. — ¡Cuéntanos un cuento! —dijo la Liebre de Marzo. — ¡Sí, por favor! —imploró Alicia. — Y date prisa —añadió el Sombrerero—. No vayas a dormirte otra vez antes de terminar. — Había una vez tres hermanitas empezó apresuradamente el Lirón—, y se llamaban Elsie, Lacie y Tilie, y vivían en el fondo de un pozo... — ¿Y de qué se alimentaban? —preguntó Alicia, que siempre se interesaba mucho por todo lo que fuera comer y beber. — Se alimentaban de melaza —contestó el Lirón, después de reflexionar unos segundos. — No pueden haberse alimentado de melaza, sabe —observó Alicia con amabilidad—. Se habrían puesto enfermísimas. — Y así fue —dijo el Lirón—. Se pusieron de lo más enfermísimas. Alicia hizo un esfuerzo por imaginar lo que sería vivir de una forma tan extraordinaria, pero no lo veía ni pizca claro, de modo que siguió preguntando: — Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo? — Toma un poco más de té —ofreció solícita la Liebre de Marzo. — Hasta ahora no he tomado nada —protestó Alicia en tono ofendido—, de modo que no puedo tomar más. — Quieres decir que no puedes tomar menos —puntualizó el Sombrerero—. Es mucho más fácil tomar más que nada. — Nadie le pedía su opinión —dijo Alicia. — ¿Quién está haciendo ahora observaciones personales? —preguntó el Sombrerero en tono triunfal. Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues, optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. Y después, se volvió hacia el Lirón y le repitió la misma pregunta: —¿Por qué vivían en el fondo de un pozo? El Lirón se puso a cavilar de nuevo durante uno o dos minutos, y entonces dijo: —Era un pozo de melaza. — ¡No existe tal cosa! Alicia había hablado con energía, pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo la hicieron callar con sus «¡Chst! ¡Chst!», mientras el Lirón rezongaba indignado: — Si no sabes comportarte con educación, mejor será que termines tú el cuento. — No, por favor, ¡continúe! —dijo Alicia en tono humilde—. No volveré a interrumpirle. Puede que en efecto exista uno de estos pozos. — ¡Claro que existe uno! —exclamó el Lirón indignado. Pero, sin embargo, estuvo dispuesto a seguir con el cuento—. Así pues, nuestras tres hermanitas... estaban aprendiendo a dibujar, sacando... — ¿Qué sacaban? —preguntó Alicia, que ya había olvidado su promesa. — Melaza —contestó el Lirón, sin tomarse esta vez tiempo para reflexionar. — Quiero una taza limpia —les interrumpió el Sombrerero—. Corrámonos todos un sitio. Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes, porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato. Alicia no quería ofender otra vez al Lirón, de modo que empezó a hablar con mucha prudencia: — Pero es que no lo entiendo. ¿De dónde sacaban la melaza? — Uno puede sacar agua de un pozo de agua —dijo el Sombrerero—, ¿por qué no va a poder sacar melaza de un pozo de melaza? ¡No seas estúpida! — Pero es que ellas estaban dentro, bien adentro —le dijo Alicia al Lirón, no queriéndose dar por enterada de las últimas palabras del Sombrerero. — Claro que lo estaban —dijo el Lirón—. Estaban de lo más requetebién. Alicia quedó tan confundida al ver que el Lirón había entendido algo distinto a lo que ella quería decir, que no volvió a interrumpirle durante un ratito. — Nuestras tres hermanitas estaban aprendiendo, pues, a dibujar —siguió el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, porque le estaba entrando un sueño terrible—, y dibujaban todo tipo de cosas... todo lo que empieza con la letra M... — ¿Por qué con la M? —preguntó Alicia. — ¿Y por qué no? —preguntó la Liebre de Marzo—. Alicia guardó silencio. Para entonces, el Lirón había cerrado los ojos y empezaba a cabecear. Pero, con los pellizcos del Sombrerero, se despertó de nuevo, soltó un gritito y siguió la narración: —... lo que empieza con la letra M, como matarratas, mundo, memoria y mucho... muy, en fin todas esas cosas. Mucho, digo, porque ya sabes, como cuando se dice "un mucho más que un menos". ¿Habéis visto alguna vez el dibujo de un «mucho»? — Ahora que usted me lo pregunta —dijo Alicia, que se sentía terriblemente confusa—, debo reconocer que yo no pienso... — ¡Pues si no piensas, cállate! —la interrumpió el Sombrerero. Esta última grosería era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter al Lirón dentro de la tetera. — ¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! —se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque—. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida! Mientras decía estas palabras, descubrió que uno de los árboles tenía una puerta en el tronco. — ¡Qué extraño! —pensó—. Pero todo es extraño hoy. Creo que lo mejor será que entre en seguida. Y entró en el árbol. Una vez más se encontró en el gran vestíbulo, muy cerca de la mesita de cristal. «Esta vez haré las cosas mucho mejor», se dijo a sí misma. Y empezó por coger la llavecita de oro y abrir la puerta que daba al jardín. Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo. Entonces se adentró por el estrecho pasadizo. Y entonces... entonces estuvo por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 8 - EL CROQUET DE LA REINA
Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del jardín: sus rosas eran blancas, pero había allí tres jardineros ocupados en pintarlas de rojo. A Alicia le pareció muy extraño, y se acercó para averiguar lo que pasaba, y al acercarse a ellos oyó que uno de los jardineros decía: — ¡Ten cuidado, Cinco! ¡No me salpiques así de pintura! — No es culpa mía —dijo Cinco, en tono dolido—. Siete me ha dado un golpe en el codo. Ante lo cual, Siete levantó los ojos dijo: — ¡Muy bonito, Cinco! ¡Échale siempre la culpa a los demás! — ¡Mejor será que calles esa boca! —dijo Cinco—. ¡Ayer mismo oí decir a la Reina que debían cortarte la cabeza! — ¿Por qué? —preguntó el que había hablado en primer lugar. — ¡Eso no es asunto tuyo, Dos! —dijo Siete. — ¡Sí es asunto suyo! —protestó Cinco—. Y voy a decírselo: fue por llevarle a la cocinera bulbos de tulipán en vez de cebollas. Siete tiró la brocha al suelo y estaba empezando a decir: «¡Vaya! De todas las injusticias...», cuando sus ojos se fijaron casualmente en Alicia, que estaba allí observándolos, y se calló en el acto. Los otros dos se volvieron también hacia ella, y los tres hicieron una profunda reverencia. — ¿Querrían hacer el favor de decirme —empezó Alicia con cierta timidez— por qué están pintando estas rosas? Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos. Dos empezó en una vocecita temblorosa: — Pues, verá usted, señorita, el hecho es que esto tenía que haber sido un rosal rojo, y nosotros plantamos uno blanco por equivocación, y, si la Reina lo descubre, nos cortarán a todos la cabeza, sabe. Así que, ya ve, señorita, estamos haciendo lo posible, antes de que ella llegue, para... En este momento, Cinco, que había estado mirando ansiosamente por el jardín, gritó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y los tres jardineros se arrojaron inmediatamente de bruces en el suelo. Se oía un ruido de muchos pasos, y Alicia miró a su alrededor, ansiosa por ver a la Reina. Primero aparecieron diez soldados, enarbolando tréboles. Tenían la misma forma que los tres jardineros, oblonga y plana, con las manos y los pies en las esquinas. Después seguían diez cortesanos, adornados enteramente con diamantes, y formados, como los soldados, de dos en dos. A continuación venían los infantes reales; eran también diez, y avanzaban saltando, cogidos de la mano de dos en dos, adornados con corazones. Después seguían los invitados, casi todos reyes y reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco: hablaba atropelladamente, muy nervioso, sonriendo sin ton ni son, y no advirtió la presencia de la niña. A continuación venía el Valet de Corazones, que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí. Y al final de este espléndido cortejo avanzaban EL REY Y LA REINA DE CORAZONES. Alicia estaba dudando si debería o no echarse de bruces como los tres jardineros, pero no recordaba haber oído nunca que tuviera uno que hacer algo así cuando pasaba un desfile. «Y además», pensó, «¿de qué serviría un desfile, si todo el mundo tuviera que echarse de bruces, de modo que no pudiera ver nada?» Así pues, se quedó quieta donde estaba, y esperó. Cuando el cortejo llegó a la altura de Alicia, todos se detuvieron y la miraron, y la Reina preguntó severamente: —¿Quién es ésta? La pregunta iba dirigida al Valet de Corazones, pero el Valet no hizo más que inclinarse y sonreír por toda respuesta. —¡Idiota! —dijo la Reina, agitando la cabeza con impaciencia, y, volviéndose hacia Alicia, le preguntó—: ¿Cómo te llamas, niña? — Me llamo Alicia, para servir a Su Majestad —contestó Alicia en un tono de lo más cortés, pero añadió para sus adentros: «Bueno, a fin de cuentas, no son más que una baraja de cartas. ¡No tengo por qué sentirme asustada!» — ¿Y quiénes son éstos? —siguió preguntando la Reina, mientras señalaba a los tres jardineros que yacían en torno al rosal. Porque, claro, al estar de bruces sólo se les veía la parte de atrás, que era igual en todas las cartas de la baraja, y la Reina no podía saber si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de sus propios hijos. — ¿Cómo voy a saberlo yo? —replicó Alicia, asombrada de su propia audacia—.¡No es asunto mío! La Reina se puso roja de furia, y, tras dirigirle una mirada fulminante y feroz, empezó a gritar: — ¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten...! — ¡Tonterías! —exclamó Alicia, en voz muy alta y decidida—. Y la Reina se calló. El Rey le puso la mano en el brazo, y dijo con timidez: Considera, cariño, que sólo se trata de una niña! La Reina se desprendió furiosa de él, y dijo al Valet: — ¡Dales la vuelta a éstos! Y así lo hizo el Valet, muy cuidadosamente, con un pie. — ¡Arriba! —gritó la Reina, en voz fuerte y detonante. Y los tres jardineros se pusieron en pie de un salto, y empezaron a hacer profundas reverencias al Rey, a la Reina, a los infantes reales, al Valet y a todo el mundo. — ¡Basta ya! —gritó la Reina—. ¡Me estáis poniendo nerviosa! — Y después, volviéndose hacia el rosal, continuó: ¿Qué diablos habéis estado haciendo aquí? — Con la venia de Su Majestad —empezó a explicar Dos, en tono muy humilde, e hincando en el suelo una rodilla mientras hablaba—, estábamos intentando... — ¡Ya lo veo! —estalló la Reina, que había estado examinando las rosas ¡Que les corten la cabeza! Y el cortejo se puso de nuevo en marcha, aunque tres soldados se quedaron allí para ejecutar a los desgraciados jardineros, que corrieron a refugiarse junto a Alicia. — ¡No os cortarán la cabeza! —dijo Alicia, y los metió en una gran maceta que había allí cerca. Los tres soldados estuvieron algunos minutos dando vueltas por allí, buscando a los jardineros, y después se marcharon tranquilamente tras el cortejo. — ¿Han perdido sus cabezas? —gritó la Reina. — Sí, sus cabezas se han perdido, con la venia de Su Majestad —gritaron los soldados como respuesta. — ¡Muy bien! —gritó la Reina—. ¿Sabes jugar al croquet? Los soldados guardaron silencio, y volvieron la mirada hacia Alicia, porque era evidente que la pregunta iba dirigida a ella. — ¡Sí! —gritó Alicia. — ¡Pues andando! —vociferó la Reina. Y Alicia se unió al cortejo, preguntándose con gran curiosidad qué iba a suceder a continuación. — Hace... ¡hace un día espléndido! —murmuró a su lado una tímida vocecilla. Alicia estaba andando al lado del Conejo Blanco, que la miraba con ansiedad. — Mucho —dijo Alicia—. ¿Dónde está la Duquesa? — ¡Chitón! ¡Chit6n! —dijo el Conejo en voz baja y apremiante. Miraba ansiosamente a sus espaldas mientras hablaba, y después se puso de puntillas, acercó el hocico a la oreja de Alicia y susurró—: Ha sido condenada a muerte. — ¿Por qué motivo? —quiso saber Alicia. — ¿Has dicho «pobrecilla»? —preguntó el Conejo. — No, no he dicho eso. No creo que sea ninguna «pobrecilla». He dicho: ¿Por qué motivo?» — Le dio un sopapo a la Reina... —empezó a decir el Conejo, y a Alicia le dio un ataque de risa—. ¡Chitón! ¡Chitón! —suplicó el Conejo con una vocecilla aterrada—. ¡Va a oírte la Reina! Lo ocurrido fue que la Duquesa llegó bastante tarde, y la Reina dijo... — ¡Todos a sus sitios! —Gritó la Reina con voz de trueno. Y todos se pusieron a correr en todas direcciones, tropezando unos con otros. Sin embargo, unos minutos después ocupaban sus sitios, y empezó el partido. Alicia pensó que no había visto un campo de croquet tan raro como aquél en toda su vida. Estaba lleno de montículos y de surcos. Las bolas eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos, y los soldados tenían que doblarse y ponerse a cuatro patas para formar los aros. La dificultad más grave con que Alicia se encontró al principio fue manejar a su flamenco. Logró dominar al pajarraco metiéndoselo debajo del brazo, con las patas colgando detrás, pero casi siempre, cuando había logrado enderezarle el largo cuello y estaba a punto de darle un buen golpe al erizo con la cabeza del flamenco, éste torcía el cuello y la miraba derechamente a los ojos con tanta extrañeza, que Alicia no podía contener la risa. Y cuando le había vuelto a bajar la cabeza y estaba dispuesta a empezar de nuevo, era muy irritante descubrir que el erizo se había desenroscado y se alejaba arrastrándose. Por si todo esto no bastara, siempre había un montículo o un surco en la dirección en que ella quería lanzar al erizo, y, como además los soldados doblados en forma de aro no paraban de incorporarse y largarse a otros puntos del campo, Alicia llegó pronto a la conclusión de que se trataba de una partida realmente difícil. Los jugadores jugaban todos a la vez, sin esperar su turno, discutiendo sin cesar y disputándose los erizos. Y al poco rato la Reina había caído en un paroxismo de furor y andaba de un lado a otro dando patadas en el suelo y gritando a cada momento «¡Que le corten a éste la cabeza!» o «¡Que le corten a ésta la cabeza!». Alicia empezó a sentirse incómoda: a decir verdad ella no había tenido todavía ninguna disputa con la Reina, pero sabía que podía suceder en cualquier instante. «Y entonces», pensaba, «¿qué será de mí? Aquí todo lo arreglan cortando cabezas. Lo extraño es que quede todavía alguien con vida!» Estaba buscando pues alguna forma de escapar, Y preguntándose si podría irse de allí sin que la vieran, cuando advirtió una extraña aparición en el aire. Al principio quedó muy desconcertada, pero, después de observarla unos minutos, descubrió que se trataba de una sonrisa, y se dijo: — Es el Gato de Cheshire. Ahora tendré alguien con quien poder hablar. — ¿Qué tal estás? —le dijo el Gato, en cuanto tuvo hocico suficiente para poder hablar—. Alicia esperó hasta que aparecieron los ojos, y entonces le saludó con un gesto. «De nada servirá que le hable», pensó, «hasta que tenga orejas, o al menos una de ellas». Un minuto después había aparecido toda la cabeza, Y entonces Alicia dejó en el suelo su flamenco y empezó a contar lo que, ocurría en el juego, muy contenta de tener a alguien que la escuchara. El Gato creía sin duda que su parte visible era ya suficiente, y no apareció nada más. — Me parece que no juegan ni un poco limpio —empezó Alicia en tono quejumbroso—, y se pelean de un modo tan terrible que no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas... Y, si las hay, nadie hace caso de ellas... Y no puedes imaginar qué lío es el que las cosas estén vivas. Por ejemplo, allí va el aro que me tocaba jugar ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mío! — ¿Qué te parece la Reina? —dijo el Gato en voz baja. — No me gusta nada —dijo Alicia—. Es tan exagerada... En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo detrás de ella, escuchando lo que decía, de modo que siguió—: —... tan exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida. La Reina sonrió y reanudó su camino. — ¿Con quién estás hablando? —preguntó el Rey, acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad. — Es un amigo mío... un Gato de Cheshire —dijo Alicia—. Permita que se lo presente. — No me gusta ni pizca su aspecto —aseguró el Rey—. Sin embargo, puede besar mi mano si así lo desea. — Prefiero no hacerlo —confesó el Gato. — No seas impertinente —dijo el Rey—, ¡Y no me mires de esta manera! Y se refugió detrás de Alicia mientras hablaba. — Un gato puede mirar cara a cara a un rey —sentenció Alicia—. Lo he leído en un libro, pero no recuerdo cuál. — Bueno, pues hay que eliminarlo —dijo el Rey con decisión, y llamó a la Reina, que precisamente pasaba por allí—. ¡Querida! ¡Me gustaría que eliminaras a este gato! Para la Reina sólo existía un modo de resolver los problemas, fueran grandes o pequeños. — ¡Que le corten la cabeza! —ordenó, sin molestarse siquiera en echarles una ojeada. — Yo mismo iré a buscar al verdugo —dijo el Rey apresuradamente—. Y se alejó corriendo de allí. Alicia pensó que sería mejor que ella volviese al juego y averiguase cómo iba la partida, pues oyó a lo lejos la voz de la Reina, que aullaba de furor. Acababa de dictar sentencia de muerte contra tres de los jugadores, por no haber jugado cuando les tocaba su turno. Y a Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando todo aquello, porque la partida había llegado a tal punto de confusión que le era imposible saber cuándo le tocaba jugar y cuándo no. Así pues, se puso a buscar su erizo. El erizo se había enzarzado en una pelea con otro erizo, y esto le pareció a Alicia una excelente ocasión para hacer una carambola: la única dificultad era que su flamenco se había largado al otro extremo del jardín, y Alicia podía verlo allí, aleteando torpemente en un intento de volar hasta las ramas de un árbol. Cuando hubo recuperado a su flamenco y volvió con el, la pelea había terminado, y no se veía rastro de ninguno de los erizos. «Pero esto no tiene demasiada importancia», pensó. Alicia, «ya que todos los aros se han marchado de esta parte del campo». Así pues, sujetó bien al flamenco debajo del brazo, para que no volviera a escaparse, y se fue a charlar un poco más con su amigo. Cuando volvió junto al Gato de Cheshire, quedó sorprendida al ver que un gran grupo de gente se había congregado a su alrededor. El verdugo, el Rey y la Reina discutían acaloradamente, hablando los tres a la vez, mientras los demás guardaban silencio y parecían sentirse muy incómodos. En cuanto Alicia entró en escena, los tres se dirigieron a ella para que decidiera la cuestión, y le dieron sus argumentos. Pero, como hablaban todos a la vez, se le hizo muy difícil entender exactamente lo que le decían. La teoría del verdugo era que resultaba imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla; decía que nunca había tenido que hacer una cosa parecida en el pasado y que no iba a empezar a hacerla a estas alturas de su vida. La teoría del Rey era que todo lo que tenía una cabeza podía ser decapitado, y que se dejara de decir tonterías. La teoría de la Reina era que si no solucionaban el problema inmediatamente, haría cortar la cabeza a cuantos la rodeaban. (Era esta última amenaza la que hacía que todos tuvieran un aspecto grave y asustado). A Alicia sólo se le ocurrió decir: — El Gato es de la Duquesa. Lo mejor será preguntarle a ella lo que debe hacerse con él. — La Duquesa está en la cárcel —dijo la Reina al verdugo—. Ve a buscarla. Y el verdugo partió como una flecha. La cabeza del Gato empezó a desvanecerse a partir del momento en que el verdugo se fue, y, cuando éste volvió con la Duquesa, había desaparecido totalmente. Así pues, el Rey y el verdugo empezaron a corretear de un lado a otro en busca del Gato, mientras el resto del grupo volvía a la partida de croquet.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 9 - LA HISTORIA DE LA FALSA TORTUGA
— ¡No sabes lo contenta que estoy de volver a verte, querida mía! —dijo la Duquesa, mientras cogía a Alicia cariñosamente del brazo y se la llevaba a pasear con ella. Alicia se alegró de encontrarla de tan buen humor, y pensó para sus adentros que quizá fuera sólo la pimienta lo que la tenía hecha una furia cuando se conocieron en la cocina. «Cuando yo sea Duquesa», se dijo (aunque no con demasiadas esperanzas de llegar a serlo), «no tendré ni una pizca de pimienta en mi cocina. La sopa está muy bien sin pimienta... A lo mejor es la pimienta lo que pone a la gente de mal humor», siguió pensando, muy contenta de haber hecho un nuevo descubrimiento, «y el vinagre lo que hace a las personas agrias.,. y la manzanilla lo que las hace amargas... y... el regaliz y las golosinas lo que hace que los niños sean dulces. ¡Ojalá la gente lo supiera! Entonces no serían tan tacaños con los dulces...» Entretanto, Alicia casi se había olvidado de la Duquesa, y tuvo un pequeño sobresalto cuando oyó su voz muy cerca de su oído. — Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar. No puedo decirte en este instante la moraleja de esto, pero la recordaré en seguida. — Quizá no tenga moraleja —se atrevió a observar Alicia. — ¡Calla, calla, criatura! —dijo la Duquesa—. Todo tiene una moraleja, sólo falta saber encontrarla. Y se apretujó más estrechamente contra Alicia mientras hablaba. A Alicia no le gustaba mucho tenerla tan cerca: primero, porque la Duquesa era muy fea; y, segundo, porque tenía exactamente la estatura precisa para apoyar la barbilla en el hombro de Alicia, y era una barbilla puntiaguda de lo más desagradable. Sin embargo, como no le gustaba ser grosera, lo soportó lo mejor que pudo. — La partida va ahora un poco mejor —dijo, en un intento de reanudar la conversación. — Así es —afirmó la Duquesa—, y la moraleja de esto es... «Oh, el amor, el amor. El amor hace girar el mundo.» — Cierta persona dijo —rezongó Alicia— que el mundo giraría mejor si cada uno se ocupara de sus propios asuntos. — Bueno, bueno. En el fondo viene a ser lo mismo —dijo la Duquesa, y hundió un poco más la puntiaguda barbilla en el hombro de Alicia al añadir—: Y la moraleja de esto es... «¡Qué manía en buscarle a todo una moraleja!», pensó Alicia. — Me parece que estás sorprendida de que no te pase el brazo por la cintura —dijo la Duquesa tras unos instantes de silencio—. La razón es que tengo mis dudas sobre el carácter de tu flamenco. ¿Quieres que intente el experimento? — A lo mejor le da un picotazo —replicó prudentemente Alicia, que no tenía las menores ganas de que se intentara el experimento. — Es verdad —reconoció la Duquesa—. Los flamencos y la mostaza pican. Y la moraleja de esto es: «Pájaros de igual plumaje hacen buen maridaje». — Sólo que la mostaza no es un pájaro —observó Alicia. — Tienes toda la razón —dijo la Duquesa—. ¡Con qué claridad planteas las cuestiones! — Es un mineral, creo —dijo Alicia. — Claro que lo es —asintió la Duquesa, que parecía dispuesta a estar de acuerdo con todo lo que decía Alicia—. Hay una gran mina de mostaza cerca de aquí. Y la moraleja de esto es... — ¡Ah, ya me acuerdo! —exclamó Alicia, que no había prestado atención a este último comentario—. Es un vegetal. No tiene aspecto de serlo, pero lo es. — Enteramente de acuerdo —dijo la Duquesa—, y la moraleja de esto es: «Sé lo que quieres parecer» o, si quieres que lo diga de un modo más simple: «Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás pudieras parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses lo que eres». — Me parece que esto lo entendería mejor —dijo Alicia amablemente— si lo viera escrito, pero tal como usted lo dice no puedo seguir el hilo. — ¡Esto no es nada comparado con lo que yo podría decir si quisiera! —afirmó la Duquesa con orgullo. — ¡Por favor, no se moleste en decirlo de una manera más larga! —imploró Alicia. — ¡Oh, no hables de molestias! —dijo la Duquesa—. Te regalo con gusto todas las cosas que he dicho hasta este momento. «¡Vaya regalito!», pensó Alicia. «¡Menos mal que no existen regalos de cumpleaños de este tipo!» Pero no se atrevió a decirlo en voz alta. — ¿Otra vez pensativa? —preguntó la Duquesa, hundiendo un poco más la afilada barbilla en el hombro de Alicia. — Tengo derecho a pensar, ¿no? —replicó Alicia con acritud, porque empezaba a estar harta de la Duquesa. — Exactamente el mismo derecho dijo la Duquesa— que el que tienen los cerdos a volar, y la mora... Pero en este punto, con gran sorpresa de Alicia, la voz de la Duquesa se perdió en un susurro, precisamente en medio de su palabra favorita, «moraleja», y el brazo con que tenía cogida a Alicia empezó a temblar. Alicia levantó los ojos, y vio que la Reina estaba delante de ellas, con los brazos cruzados y el ceño tempestuoso. — ¡Hermoso día, Majestad! —empezó a decir la Duquesa en voz baja y temblorosa. — Ahora vamos a dejar las cosas bien claras rugió la Reina, dando una patada en el suelo mientras hablaba— ¡O tú o tu cabeza tenéis que desaparecer del mapa! ¡Y en menos que canta un gallo! ¡Elige! La Duquesa eligió, y desapareció a toda prisa. — Y ahora volvamos al juego —le dijo la Reina a Alicia—. Alicia estaba demasiado asustada para decir esta boca es mía, pero siguió dócilmente a la Reina hacia el campo de croquet. Los otros invitados habían aprovechado la ausencia de la Reina, y se habían tumbado a la sombra, pero, en cuanto la vieron, se apresuraron a volver al juego, mientras la Reina se limitaba a señalar que un segundo de retraso les costaría la vida. Todo el tiempo que estuvieron jugando, la Reina no dejó de pelearse con los otros jugadores, ni dejó de gritar «¡Que le corten a éste la cabeza!» o «¡Que le corten a ésta la cabeza!» Aquellos a los que condenaba eran puestos bajo la vigilancia de soldados, que naturalmente tenían que dejar de hacer de aros, de modo que al cabo de una media hora no quedaba ni un solo aro, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban arrestados y bajo sentencia de muerte. Entonces la Reina abandonó la partida, casi sin aliento, y le preguntó a Alicia: — ¿Has visto ya a la Falsa Tortuga? — No —dijo Alicia—. Ni siquiera sé lo que es una Falsa Tortuga. — ¿Nunca has comido sopa de tortuga? —preguntó la Reina—. Pues hay otra sopa que parece de tortuga pero no es de auténtica tortuga. La Falsa Tortuga sirve para hacer esta sopa. — Nunca he visto ninguna, ni he oído hablar de ella —dijo Alicia. — ¡Andando, pues! —ordenó la Reina—. Y la Falsa Tortuga te contará su historia. Mientras se alejaban juntas, Alicia oyó que el Rey decía en voz baja a todo el grupo: «Quedáis todos perdonados.» «¡Vaya, eso sí que está bien!», se dijo Alicia, que se sentía muy inquieta por el gran número de ejecuciones que la Reina había ordenado. Al poco rato llegaron junto a un Grifo, que yacía profundamente dormido al sol. (Si no sabéis lo que es un grifo, mirad el dibujo). — ¡Arriba, perezoso! —ordenó la Reina—. Y acompaña a esta señorita a ver a la Falsa Tortuga y a que oiga su historia. Yo tengo que volver para vigilar unas cuantas ejecuciones que he ordenado. Y se alejó de allí, dejando a Alicia sola con el Grifo. A Alicia no le gustaba nada el aspecto de aquel bicho, pero pensó que, a fin de cuentas, quizás estuviera más segura si se quedaba con él que si volvía atrás con el basilisco de la Reina. Así pues, esperó. El Grifo se incorporó y se frotó los ojos; después estuvo mirando a la Reina hasta que se perdió de vista; después soltó una carcajada burlona. — ¡Tiene gracia! —dijo el Grifo, medio para sí, medio dirigiéndose a Alicia. — ¿Qué es lo que tiene gracia? —preguntó Alicia. — Ella —contestó el Grifo—. Todo son fantasías suyas. Nunca ejecutan a nadie, sabes. ¡Vamos!, «Aquí todo el mundo da órdenes», pensó Alicia, mientras lo seguía con desgana. «¡No había recibido tantas órdenes en toda mi vida! ¡Jamás!» No habían andado mucho cuando vieron a la Falsa Tortuga a lo lejos, sentada triste y solitaria sobre una roca, y, al acercarse, Alicia pudo oír que suspiraba como si se le partiera el corazón. Le dio mucha pena. — ¿Qué desgracia le ha ocurrido? —preguntó al Grifo. Y el Grifo contestó, casi con las mismas palabras de antes: — Todo son fantasías suyas. No le ha ocurrido ninguna desgracia, sabes. ¡Vamos! Así pues, llegaron junto a la Falsa Tortuga, que los miró con sus grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada. — Aquí esta señorita —explicó el Grifo— quiere conocer tu historia. — Voy a contársela —dijo la Falsa Tortuga en voz grave y quejumbrosa—. Sentaos los dos, y no digáis ni una sola palabra hasta que yo haya terminado. Se sentaron pues, y durante unos minutos nadie habló. Alicia se dijo para sus adentros: «No entiendo cómo va a poder terminar su historia, si no se decide a empezarla». Pero esperó pacientemente. — Hubo un tiempo —dijo por fin la Falsa Tortuga, con un profundo suspiro— en que yo era una tortuga de verdad. Estas palabras fueron seguidas por un silencio muy largo, roto sólo por uno que otro graznido del Grifo y por los constantes sollozos de la Falsa Tortuga. Alicia estaba a punto de levantarse y de decir: «Muchas gracias, señora, por su interesante historia», pero no podía dejar de pensar que tenía forzosamente que seguir algo más, conque siguió sentada y no dijo nada. — Cuando éramos pequeñas —siguió por fin la Falsa Tortuga, un poco más tranquila, pero sin poder todavía contener algún sollozo—, íbamos a la escuela del mar. El maestro era una vieja tortuga a la que llamábamos Galápago. — ¿Por qué lo llamaban Galápago, si no era un galápago? —preguntó Alicia. — Lo llamábamos Galápago porque siempre estaba diciendo que tenía a «gala» enseñar en una escuela de «pago» —explicó la Falsa Tortuga de mal humor—. — ¡Realmente eres una niña bastante tonta! — Tendrías que avergonzarte de ti misma por preguntar cosas tan evidentes —añadió el Grifo. Y el Grifo y la Falsa Tortuga permanecieron sentados en silencio, mirando a la pobre Alicia, que hubiera querido que se la tragara la tierra. Por fin el Grifo le dijo a la Falsa Tortuga: — Sigue con tu historia, querida. ¡No vamos a pasarnos el día en esto! Y la Falsa Tortuga siguió con estas palabras: — Sí, íbamos a la escuela del mar, aunque tú no lo creas... — ¡Yo nunca dije que no lo creyera! —la interrumpió Alicia. — Sí lo hiciste —dijo la Falsa Tortuga. — ¡Cállate esa boca! —añadió el Grifo, antes de que Alicia pudiera volver a hablar. La Falsa Tortuga siguió: — Recibíamos una educación perfecta... En realidad, íbamos a la escuela todos los días... — También yo voy a la escuela todos los días —dijo Alicia—. No hay motivo para presumir tanto. — ¿Una escuela con clases especiales? —preguntó la Falsa Tortuga con cierta ansiedad. — Sí —contestó Alicia. Tenemos clases especiales de francés y de música. — ¿Y lavado? —preguntó la Falsa Tortuga. — ¡Claro que no! —protestó Alicia indignada. — ¡Ah! En tal caso no vas en realidad a una buena escuela —dijo la Falsa Tortuga en tono de alivio—. En nuestra escuela había clases especiales de francés, música y lavado. — No han debido servirle de gran cosa —observó Alicia—, viviendo en el fondo del mar. — Yo no tuve ocasión de aprender —dijo la Falsa Tortuga con un suspiro—. Sólo asistí a las clases normales. — ¿Y cuáles eran esos? —preguntó Alicia interesada. — Nos enseñaban a beber y a escupir, naturalmente. Y luego, las diversas materias de la aritmética: a saber, fumar, reptar, feificar y sobre todo la dimisión. — Jamás oí hablar de feificar —respondió Alicia. El Grifo se alzó sobre dos patas, muy asombrado: — ¡Cómo! ¿Nunca aprendiste a feificar? Por lo menos sabrás lo que significa "embellecer". — Pues... eso sí, quiere decir hacer algo más bello de lo que es. — Pues —respondió el Grifo triunfalmente—, si no sabes ahora lo que quiere decir feificar es que estás completamente tonta. Con lo cual cerró la boca a Alicia, la que ya no se atrevió a seguir preguntando lo que significaban las cosas. Dijo a la Falsa Tortuga: — ¿Qué otras cosas aprendías allí? — Pues aprendía Histeria, histeria antigua y moderna. También Mareografía, y dibujo. El profesor era un congrio que venía a darnos clase una vez por semana y que nos enseñó eso, más otras cosas, como la tintura al boleo. — ¿Y eso qué es? —preguntó Alicia. — No puedo hacerte una demostración, ya que ahora estoy muy baja de forma —respondió la Falsa Tortuga—. Y el Grifo, como él mismo podrá decirte, nunca aprendió a tintar al boleo. — Nunca tuve tiempo suficiente —se excusó el Grifo. — Pero sí que iba a las clases de Letras. Y teníamos un maestro que era un gran maestro, un viejo cangrejo. — Nunca fui a sus clases —dijo la Falsa Tortuga lloriqueando—, dicen que enseñaba patín y riego. — Sí, sí que lo hacía —respondió el Grifo—. Y las dos se taparon la cabeza con las patas, muy soliviantadas. — ¿Cuantas horas al día duraban esas lecciones? —preguntó Alicia interesada, aunque no lograba entender mucho qué eran aquellas asignaturas tan raras, o si es que no sabían pronunciar. Tintura al bóleo debería ser pintura al óleo, y patín y riego serían latín y griego, pero lo que es las otras, se le escapaban. — Teníamos diez horas al día el primer día. Luego, el segundo día, nueve y así sucesivamente. — Pues me resulta un horario muy extraño —observó la niña. — Por eso se llamaban cursos, no entiendes nada. Se llamaban cursos porque se acortaban de día en día. Eso resultaba nuevo para Alicia y antes de hacer una nueva pregunta le dio unas cuantas vueltas al asunto. Por fin preguntó: — Entonces, el día once, sería fiesta, claro. — Naturalmente que sí —respondió la Falsa Tortuga—. — ¿Y el doceavo? — Basta de cursos ya —ordenó el Grifo autoritariamente. — Cuéntale ahora algo sobre los juegos.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 10 - EL BAILE DE LA LANGOSTA
La Falsa Tortuga suspiró profundamente y se enjugó una lágrima con la aleta. Antes de hablar, miró a Alicia durante bastante tiempo, mientras los sollozos casi la ahogaban. — Se te ha atragantado un hueso, parece —dijo el Grifo poco respetuoso—. Y se puso a darle golpes en la concha por la parte de la espalda. Por fin la Tortuga recobró la voz y reanudó su narración, solo que las lágrimas resbalaban por su vieja cara arrugada. — Tú acaso no hayas vivido mucho tiempo en el fondo del mar... — Desde luego que no, —dijo Alicia. — Y quizá no hayas entrado nunca en contacto con una langosta. Alicia empezó a decir: «Una vez comí...», pero se interrumpió a toda prisa por si alguien se sentía ofendido. — No, nunca —respondió. Pues entonces, ¡no puedes tener ni idea de lo agradable que resulta el Baile de la Langosta. — No —reconoció Alicia—. ¿Qué clase de baile es éste? —Verás —dijo el Grifo—, primero se forma una línea a lo largo de la playa... — ¡Dos líneas! —gritó la Falsa Tortuga—. Focas, tortugas y demás. Entonces, cuando se han quitado todas las medusas de en medio... — Cosa que por lo general lleva bastante tiempo —interrumpió el Grifo. —... se dan dos pasos al frente... — ¡Cada uno con una langosta de pareja! —gritó el Grifo—. — Por supuesto —dijo la Falsa Tortuga—. Se dan dos pasos al frente, se forman parejas... —... se cambia de langosta, y se retrocede en el mismo orden —siguió el Grifo. — Entonces —siguió la Falsa Tortuga— se lanzan las... — ¡Las langostas! —exclamó el Grifo con entusiasmo, dando un salto en el aire. —...lo más lejos que se pueda en el mar... — ¡Y a nadar tras ellas! —chilló el Grifo. — ¡Se da un salto mortal en el mar! —gritó la Falsa Tortuga, dando palmadas de entusiasmo. — ¡Se cambia otra vez de langosta! —aulló el Grifo. — Se vuelve a la playa, y... aquí termina la primera figura —dijo la Falsa Tortuga, mientras bajaba repentinamente la voz. Y las dos criaturas, que habían estado dando saltos y haciendo cabriolas durante toda la explicación, se volvieron a sentar muy tristes y tranquilas, y miraron a Alicia. — Debe de ser un baile precioso —dijo Alicia con timidez. — ¿Te gustaría ver un poquito cómo se baila? —propuso la Falsa Tortuga. —Claro, me gustaría muchísimo—dijo Alicia. — ¡Ea, vamos a intentar la primera figura! —le dijo la Falsa Tortuga al Grifo—. Podemos hacerlo sin langostas, sabes. ¿Quién va a cantar? — Cantarás tú —dijo el Grifo—. Yo he olvidado la letra. Empezaron pues a bailar solemnemente alrededor de Alicia, dándole un pisotón cada vez que se acercaban demasiado y llevando el compás con las patas delanteras, mientras la Falsa Tortuga entonaba lentamente y con melancolía: "¿Por qué no te mueves más aprisa? le pregunto una pescadilla a un caracol. — Porque tengo tras mí un delfín pisoteándome el talón. — ¡Mira lo contentas que se ponen las langostas y tortugas al andar! Nos esperan en la playa —¡Venga! ¡Baila y déjate llevar! ¡Venga, baila, venga, baila, venga, baila y déjate llevar! ¡Baila, venga, baila, venga, baila, venga y déjate llevar!" "¡No te puedes imaginar qué agradable es el baile cuando nos arrojan con las langostas hacia el mar! Pero el caracol respondía siempre: "¡Demasiado lejos, demasiado lejos!" y ni siquiera se preocupaba de mirar. "No quería bailar, no quería bailar, no quería bailar..." — Muchas gracias. Es un baile muy interesante —dijo Alicia, cuando vio con alivio que el baile había terminado—. ¡Y me ha gustado mucho esta canción de la pescadilla! — Oh, respecto a la pescadilla... —dijo la Falsa Tortuga—. Las pescadillas son... Bueno, supongo que tú ya habrás visto alguna. — Sí —respondió Alicia—, las he visto a menudo en la cen... Pero se contuvo a tiempo y guardó silencio. — No sé qué es eso de cen —dijo la Falsa Tortuga—, pero, si las has visto tan a menudo, sabrás naturalmente cómo son. — Creo que sí —respondió Alicia pensativa—. —Llevan la cola dentro de la boca y van cubiertas de pan rallado. —Te equivocas en lo del pan —dijo la Falsa Tortuga—. En el mar el pan rallado desaparecería en seguida. Pero es verdad que llevan la cola dentro de la boca, y la razón es... —Al llegar a este punto la Falsa Tortuga bostezó y cerró los ojos—. Cuéntale tú la razón de todo esto —añadió, dirigiéndose al Grifo. — La razón es —dijo el Grifo— que las pescadillas quieren participar con las langostas en el baile. Y por lo tanto las arrojan al mar. Y por lo tanto tienen que ir a caer lo más lejos posible. Y por lo tanto se cogen bien las colas con la boca. Y por lo tanto no pueden después volver a sacarlas. Eso es todo. — Gracias —dijo Alicia—. Es muy interesante. Nunca había sabido tantas cosas sobre las pescadillas. — Pues aún puedo contarte más cosas sobre ellas —dijo el Grifo—. ¿A que no sabes por qué las pescadillas son blancas? — No, y jamás me lo he preguntado, la verdad ¿Por qué son blancas? — Pues porque sirven para darle brillo a los zapatos y las botas, por eso, por lo blancas que son —respondió el Grifo muy satisfecho. Alicia permaneció asombrada, con la boca abierta. — Para sacar brillo —repetía estupefacta—. No me lo explico. — Pero, claro. ¿A ver? ¿Cómo se limpian los zapatos? Vamos, ¿cómo se les saca brillo? Alicia se miró los pies, pensativa, y vaciló antes de dar una explicación lógica. — Con betún negro, creo. — Pues bajo el mar, a los zapatos se les da blanco de pescadilla —respondió el Grifo sentenciosamente—. Ahora ya lo sabes. — ¿Y de que están hechos? — De mero y otros peces, vamos hombre, si cualquier gamba sabría responder a esa pregunta —respondió el Grifo con impaciencia. — Si yo hubiera sido una pescadilla, le hubiera dicho al delfín: "Haga el favor de marcharse, porque no deseamos estar con usted" —dijo Alicia pensando en una estrofa de la canción—. — No —respondió la Falsa Tortuga—. No tenían más remedio que estar con él, ya que no hay ningún pez que se respete que no quiera ir acompañado de un delfín. — ¿Eso es así? —preguntó Alicia muy sorprendida. — ¡Claro que no! —replicó la Falsa Tortuga—. Si a mí se me acercase un pez y me dijera que marchaba de viaje, le preguntaría primeramente: "¿Y con qué delfín vas? Alicia se quedó pensativa. Luego aventuró: — No sería en realidad lo que le dijera ¿con que fin? — ¡Digo lo que digo! —aseguró la Tortuga ofendida. — Y ahora —dijo el Grifo, dirigiéndose a Alicia—, cuéntanos tú alguna de tus aventuras. — Puedo contaros mis aventuras... a partir de esta mañana —dijo Alicia con cierta timidez—. Pero no serviría de nada retroceder hasta ayer, porque ayer yo era otra persona. — ¡Es un galimatías! Explica todo esto —dijo la Falsa Tortuga. — ¡No, no! Las aventuras primero —exclamó el Grifo con impaciencia—, las explicaciones ocupan demasiado tiempo. Así pues, Alicia empezó a contar sus aventuras a partir del momento en que vio por primera vez al Conejo Blanco. Al principio estaba un poco nerviosa, porque las dos criaturas se pegaron a ella, una a cada lado, con ojos y bocas abiertos como naranjas, pero fue cobrando valor a medida que avanzaba en su relato. Sus oyentes guardaron un silencio completo hasta que llegó el momento en que le había recitado a la Oruga el poema aquél de "Has envejecido, Padre Guillermo..." que en realidad le había salido muy distinto de lo que era. Al llegar a este punto, la Falsa Tortuga dio un profundo suspiro y dijo: — Todo eso me parece muy curioso. — No puede ser más curioso —remachó el Grifo. — Te salió tan diferente... —repitió la Tortuga—, que me gustaría que nos recitases algo ahora. Se volvió al Grifo. — Dile que empiece. El Grifo indicó: — Ponte en pie y recita eso de "Es la voz del perezoso..." — Pero, ¡cuántas órdenes me dan estas criaturas! —dijo Alicia en voz baja—. Parece como si me estuvieran haciendo repetir las lecciones. Para esto lo mismo me daría estar en la escuela. Pero se puso en pie y comenzó obedientemente a recitar el poema. Mientras tanto, no dejaba de darle vueltas en su cabeza a la danza de las langostas y en realidad apenas sabía lo que estaba diciendo. Y así le resultó lo que recitaba: La voz de la Langosta he oído declarar: Me han tostado demasiado y ahora tendré que ponerme azúcar. Lo mismo que el pato hace con los párpados hace la langosta con su nariz: ajustarse el cinturón y abotonarse mientras tuerce los tobillos. Cuando la arena está seca Está feliz, tanto como una perdiz, y habla con desprecio del tiburón. Pero cuando la marea sube y los tiburones la cercan, se le quiebra la voz Y sólo sabe balbucear. El Grifo dijo: — No lo oía así yo cuando era niño. Resulta distinto. — Puede ser, aunque lo cierto es que yo jamás he oído ese poema —dijo la Falsa Tortuga—, pero el caso es que me suena a disparates. Alicia no contestó. Se cubrió la cara con las manos, tras de sentarse de nuevo y se preguntó si sería posible que nada pudiera suceder allí de una manera natural. — Veamos, me gustaría escuchar una explicación lógica— dijo la Falsa Tortuga. — No sabe explicarlo —intervino el Grifo—. Pero, bueno, prosigue con la siguiente estrofa. — Pero —insistió la Tortuga—, ¿qué hay de los tobillos! ¿Cómo podía torcérselos con la nariz? — Se trata de la primera posición de todo el baile —aclaró Alicia—, que, sin embargo, no comprendía nada de lo que estaba sucediendo, y deseaba cambiar el tema de la conversación. — ¡Prosigue con la siguiente estrofa! —reclamó el Grifo—. Si no me equivoco es la que comienza diciendo: "Pasé por su jardín...". Alicia obedeció, aunque estaba segura de que todo iba a seguir saliendo tergiversado. Con voz temblorosa dijo: Pasé por su jardín y con un solo ojo pude observar muy bien cómo el búho y la pantera estaban repartiéndose un pastel. La pantera se llevó la pasta, la carne y el relleno, mientras que al búho le tocaba sólo la fuente que contenía el pastel. Cuando terminaron de comérselo, al búho le tocaba sólo la fuente que contenía el pastel. Cuando terminaron de comérselo, el búho como regalo, se llevó en el bolsillo la cucharilla, en tanto la pantera, con el cuchillo y el tenedor, terminaba el singular banquete. — Lo que digo yo —dijo la Tortuga—, es ¿de qué nos sirve tanto recitar y recitar? ¿Si no explicas el significado de los que estás diciendo! ¡Bueno! ¡Esto es lo más confuso que he oído en mi vida! — Desde luego —asintió el Grifo—. Creo que lo mejor será que lo dejes. Y Alicia se alegró muchísimo. —¿Intentamos otra figura del Baile de la Langosta? —siguió el Grifo—. ¿O te gustaría que la Falsa Tortuga te cantara otra canción? — ¡Otra canción, por favor, si la Falsa Tortuga fuese tan amable! —exclamó Alicia, con tantas prisas que el Grifo se sintió ofendido. — ¡Vaya! —murmuró en tono dolido—. ¡Sobre gustos no hay nada escrito! ¿Quieres cantarle Sopa de Tortuga, amiga mía? La Falsa Tortuga dio un profundo suspiro y empezó a cantar con voz ahogada por los sollozos: Hermosa sopa, en la sopera, tan verde y rica, nos espera. Es exquisita, es deliciosa. ¡Sopa de noche, hermosa sopa! ¡Hermoooo-sa soooo-pa! ¡Hermooo~-sa soooo-pa! ¡Soooo-pa de la noooo-che! ¡Hermosa, hermosa sopa! — ¡Canta la segunda estrofa! —exclamó el Grifo. Y la Falsa Tortuga acababa de empezarla, cuando se oyó a lo lejos un grito de «¡Se abre el juicio!» — ¡Vamos! —gritó el Grifo. Y, cogiendo a Alicia de la mano, echó a correr, sin esperar el final de la canción. — ¿Qué juicio es éste? —jadeó Alicia mientras corrían. Pero el Grifo se limitó a contestar: «¡Vamos! », y se puso a correr aún más aprisa, mientras, cada vez más débiles, arrastradas por la brisa que les seguía, les llegaban las melancólicas palabras: ¡Soooo-pa de la noooo-che! ¡Hermosa, hermosa sopa!
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 11 - ¿QUIEN ROBO LAS TARTAS?
Cuando llegaron, el Rey y la Reina de Corazones estaban sentados en sus tronos, y había una gran multitud congregada a su alrededor: toda clase de pajarillos y animalitos, así como la baraja de cartas completa. El Valet estaba de pie ante ellos, encadenado, con un soldado a cada lado para vigilarlo. Y cerca del Rey estaba el Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la otra. Justo en el centro de la sala había una mesa y encima de ella una gran bandeja de tartas: tenían tan buen aspecto que a Alicia se le hizo la boca agua al verlas. «¡Ojalá el juicio termine pronto», pensó, «y repartan la merienda!» Pero no parecía haber muchas posibilidades de que así fuera, y Alicia se puso a mirar lo que ocurría a su alrededor, para matar el tiempo. No había estado nunca en una corte de justicia, pero había leído cosas sobre ellas en los libros, y se sintió muy satisfecha al ver que sabía el nombre de casi todo lo que allí había. — Aquél es el juez —se dijo a sí misma—, porque lleva esa gran peluca. El Juez, por cierto, era el Rey; y como llevaba la corona encima de la peluca, no parecía sentirse muy cómodo, y desde luego no tenía buen aspecto. — Y aquello es el estrado del jurado —pensó Alicia—, y esas doce criaturas (se vio obligada a decir «criaturas», sabéis, porque algunos eran animales de pelo y otros eran pájaros) supongo que son los miembros del jurado. Repitió esta última palabra dos o tres veces para sí, sintiéndose orgullosa de ella: Alicia pensaba, y con razón, que muy pocas niñas de su edad podían saber su significado. Los doce jurados estaban escribiendo afanosamente en unas pizarras. — ¿Qué están haciendo? —le susurró Alicia al Grifo—. No pueden tener nada que anotar ahora, antes de que el juicio haya empezado. — Están anotando sus nombres —susurró el Grifo como respuesta—, no vaya a ser que se les olviden antes de que termine el juicio. — ¡Bichejos estúpidos! —empezó a decir Alicia en voz alta e indignada. Pero se detuvo rápidamente al oír que el Conejo Blanco gritaba: «¡Silencio en la sala!», y al ver que el Rey se calaba los anteojos y miraba severamente a su alrededor para descubrir quién era el que había hablado. Alicia pudo ver, tan bien como si estuviera mirando por encima de sus hombros, que todos los miembros del jurado estaban escribiendo «¡bichejos estúpidos!» en sus pizarras, e incluso pudo darse cuenta de que uno de ellos no sabía cómo se escribía «bichejo» y tuvo que preguntarlo a su vecino. «¡Menudo lío habrán armado en sus pizarras antes de que el juicio termine!», pensó Alicia. Uno de los miembros del jurado tenía una tiza que chirriaba. Naturalmente esto era algo que Alicia no podía soportar, así pues dio la vuelta a la sala, se colocó a sus espaldas, y encontró muy pronto oportunidad de arrebatarle la tiza. Lo hizo con tanta habilidad que el pobrecillo jurado (era Bill, la Lagartija) no se dio cuenta en absoluto de lo que había sucedido con su tiza; y así, después de buscarla por todas partes, se vio obligado a escribir con un dedo el resto de la jornada; y esto no servía de gran cosa, pues no dejaba marca alguna en la pizarra. — ¡Heraldo, lee la acusación! —dijo el Rey. Y entonces el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta, y desenrolló el pergamino, y leyó lo que sigue: La Reina cocinó varias tartas un día de verano azul, el Valet se apoderó de esas tartas Y se las llevó a Estambul. — ¡Considerad vuestro veredicto! —dijo el Rey al jurado. — ¡Todavía no! ¡Todavía no! —le interrumpió apresuradamente el Conejo—. ¡Hay muchas otras cosas antes de esto! — Llama al primer testigo —dijo el Rey. Y el Conejo dio tres toques de trompeta y gritó: — ¡Primer testigo! El primer testigo era el Sombrerero. Compareció con una taza de té en una mano y un pedazo de pan con mantequilla en la otra. — Os ruego me perdonéis, Majestad —empezó—, por traer aquí estas cosas, pero no había terminado de tomar el té, cuando fui convocado a este juicio. — Debías haber terminado —dijo el Rey—. ¿Cuándo empezaste? El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que, del brazo del Lirón, lo había seguido hasta allí. — Me parece que fue el catorce de marzo. — El quince —dijo la Liebre de Marzo. — El dieciséis —dijo el Lirón. — Anotad todo esto —ordenó el Rey al jurado. Y los miembros del jurado se apresuraron a escribir las tres fechas en sus pizarras, y después sumaron las tres cifras y redujeron el resultado a chelines y peniques. — Quítate tu sombrero —ordenó el Rey al Sombrerero. — No es mío, Majestad —dijo el Sombrero—. — ¡Sombrero robado! —exclamó el Rey, volviéndose hacia los miembros del jurado, que inmediatamente tomaron nota del hecho. — Los tengo para vender —añadió el Sombrerero como explicación—. Ninguno es mío. Soy sombrerero. Al llegar a este punto, la Reina se caló los anteojos y empezó a examinar severamente al Sombrerero, que se puso pálido y se echó a temblar. — Di lo que tengas que declarar —exigió el Rey—, y no te pongas nervioso, o te hago ejecutar en el acto. Esto no pareció animar al testigo en absoluto: se apoyaba ora sobre un pie ora sobre el otro, miraba inquieto a la Reina, y era tal su confusión que dio un tremendo mordisco a la taza de té creyendo que se trataba del pan con mantequilla. En este preciso momento Alicia experimentó una sensación muy extraña, que la desconcertó terriblemente hasta que comprendió lo que era: había vuelto a empezar a crecer. Al principio pensó que debía levantarse y abandonar la sala, pero lo pensó mejor y decidió quedarse donde estaba mientras su tamaño se lo permitiera. — Haz el favor de no empujar tanto —dijo el Lirón, que estaba sentado a su lado—. Apenas puedo respirar. — No puedo evitarlo —contestó humildemente Alicia—. Estoy creciendo. — No tienes ningún derecho a crecer aquí —dijo el Lirón. — No digas tonterías —replicó Alicia con más brío—. De sobra sabes que también tú creces. — Sí, pero yo crezco a un ritmo razonable —dijo el Lirón—, y no de esta manera grotesca. Se levantó con aire digno y fue a situarse al otro extremo de la sala. Durante todo este tiempo, la Reina no le había quitado los ojos de encima al Sombrerero, y, justo en el momento en que el Lirón cruzaba la sala, ordenó a uno de los ujieres de la corte: — ¡Tráeme la lista de los cantantes del último concierto! Lo que produjo en el Sombrerero tal ataque de temblor que las botas se le salieron de los pies. — Di lo que tengas que declarar —repitió el Rey muy enfadado—, o te hago ejecutar ahora mismo, estés nervioso o no lo estés. — Soy un pobre hombre, Majestad —empezó a decir el Sombrerero en voz temblorosa—... y no había empezado aún a tomar el té... no debe hacer siquiera una semana... y las rebanadas de pan con mantequilla se hacían cada vez más delgadas... y el titileo del té... — ¿El titileo de qué? —preguntó el Rey. — El titileo empezó con el té —contestó el Sombrerero. — ¡Querrás decir que titileo empieza con la T! —replicó el Rey con aspereza—. ¿Crees que no sé ortografía? ¡Sigue! — Soy un pobre hombre —siguió el Sombrerero—... y otras cosas empezaron a titilear después de aquello... pero la Liebre de Marzo dijo... — ¡Yo no dije eso! —se apresuró a interrumpirle la Liebre de Marzo. — ¡Lo dijiste! —gritó el Sombrerero. — ¡Lo niego! —dijo la Liebre de Marzo. — Ella lo niega —dijo el Rey—. Tachad esta parte. — Bueno, en cualquier caso, —el Lirón dijo—... siguió el Sombrerero, y miró ansioso a su alrededor, para ver si el Lirón también lo negaba, pero el Lirón no negó nada, porque estaba profundamente dormido. Después de esto —continuó el Sombrerero—, cogí un poco más de pan con mantequilla... — ¿Pero qué fue lo que dijo el Lirón? —preguntó uno de los miembros del jurado. — De esto no puedo acordarme —dijo el Sombrerero. — Tienes que acordarte —subrayó el Rey—, o haré que te ejecuten. El desgraciado Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla, y cayó de rodillas. — Soy un pobre hombre, Majestad —empezó. — Lo que eres es un pobre orador —dijo sarcástico el Rey. Al llegar a este punto uno de los conejillos de indias empezó a aplaudir, y fue inmediatamente reprimido por los ujieres de la corte. (Como eso de «reprimir» puede resultar difícil de entender, voy a explicar con exactitud lo que pasó. Los ujieres tenían un gran saco de lona, cuya boca se cerraba con una cuerda: dentro de este saco metieron al conejillo de indias, la cabeza por delante, y después se sentaron encima). — Me alegro muchísimo de haber visto esto —se dijo Alicia—. Estoy harta de leer en los periódicos que, al final de un juicio, «estalló una salva de aplausos, que fue inmediatamente reprimida por los ujieres de la sala», y nunca comprendí hasta ahora lo que querían decir. — Si esto es todo lo que sabes del caso, ya puedes bajar del estrado —siguió diciendo el Rey. — No puedo bajar más abajo —dijo el Sombrerero—, porque ya estoy en el mismísimo suelo. — Entonces puedes sentarte —replicó el Rey. Al llegar a este punto el otro conejillo de indias empezó a aplaudir, y fue también reprimido. — ¡Vaya, con eso acaban los conejillos de indias! —se dijo Alicia—. Me parece que todo irá mejor sin ellos. — Preferiría terminar de tomar el té —dijo el Sombrerero—, lanzando una mirada inquieta hacia la Reina, que estaba leyendo la lista de cantantes. — Puedes irte —dijo el Rey. Y el Sombrerero salió volando de la sala, sin esperar siquiera el tiempo suficiente para ponerse los zapatos. — Y al salir que le corten la cabeza —añadió la Reina, dirigiéndose a uno de los ujieres. Pero el Sombrerero se había perdido de vista, antes de que el ujier pudiera llegar a la puerta de la sala. — ¡Llama al siguiente testigo! —dijo el Rey. El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Llevaba el pote de pimienta en la mano, y Alicia supo que era ella, incluso antes de que entrara en la sala, por el modo en que la gente que estaba cerca de la puerta empezó a estornudar. — Di lo que tengas que declarar —ordenó el Rey. — De eso nada —dijo la cocinera. El Rey miró con ansiedad al Conejo Blanco, y el Conejo Blanco dijo en voz baja: — Su Majestad debe examinar detenidamente a este testigo. — Bueno, si debo hacerlo, lo haré —dijo el Rey con resignación, y, tras cruzarse de brazos y mirar de hito en hito a la cocinera con aire amenazador, preguntó en voz profunda—: ¿De qué se hacen las tartas? — Sobre todo de pimienta —respondió la cocinera. — Melaza —dijo a sus espaldas una voz soñolienta. — Prended a ese Lirón —chilló la Reina—. ¡Decapitad a ese Lirón! ¡Arrojad a ese Lirón de la sala! ¡Reprimidle! ¡Pellizcadle! ¡Dejadle sin bigotes! Durante unos minutos reinó gran confusión en la sala, para arrojar de ella al Lirón, y, cuando todos volvieron a ocupar sus puestos, la cocinera había desaparecido. — ¡No importa! —dijo el Rey, con aire de alivio—. Llama al siguiente testigo. —Y añadió a media voz dirigiéndose a la Reina— Realmente, cariño, debieras interrogar tú al próximo testigo. ¡Estas cosas me dan dolor de cabeza! Alicia observó al Conejo Blanco, que examinaba la lista, y se preguntó con curiosidad quién sería el próximo testigo. «Porque hasta ahora poco ha sido lo que han sacado en limpio», se dijo para sí. Imaginad su sorpresa cuando el Conejo Blanco, elevando al máximo volumen su vocecilla, leyó el nombre de: — ¡Alicia!
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Capítulo 12 - LA DECLARACION DE ALICIA
— ¡Estoy aquí! —gritó Alicia. Y olvidando, en la emoción del momento, lo mucho que había crecido en los últimos minutos, se puso en pie con tal precipitación que golpeó con el borde de su falda el estrado de los jurados, y todos los miembros del jurado cayeron de cabeza encima de la gente que había debajo, y quedaron allí pataleando y agitándose, y esto le recordó a Alicia intensamente la pecera de peces de colores que ella había volcado sin querer la semana pasada. — ¡Oh, les ruego me perdonen! —exclamó Alicia en tono consternado. Y empezó a levantarlos a toda prisa, pues no podía apartar de su mente el accidente de la pecera, y tenía la vaga sensación de que era preciso recogerlas cuanto antes y devolverlos al estrado, o de lo contrario morirían. — El juicio no puede seguir —dijo el Rey con voz muy grave— hasta que todos los miembros del jurado hayan ocupado debidamente sus puestos... todos los miembros del jurado—, repitió con mucho énfasis, mirando severamente a Alicia mientras decía estas palabras. Alicia miró hacia el estrado del jurado, y vio que, con las prisas, había colocado a la Lagartija cabeza abajo, y el pobre animalito, incapaz de incorporarse, no podía hacer otra cosa que agitar melancólicamente la cola. Alicia lo cogió inmediatamente y lo colocó en la postura adecuada. «Aunque no creo que sirva de gran cosa», se dijo para sí. «Me parece que el juicio no va a cambiar en nada por el hecho de que este animalito esté de pies o de cabeza». Tan pronto como el jurado se hubo recobrado un poco del shock que había sufrido, y hubo encontrado y enarbolado de nuevo sus tizas y pizarras, se pusieron todos a escribir con gran diligencia para consignar la historia del accidente. Todos menos la Lagartija, que parecía haber quedado demasiado impresionada para hacer otra cosa que estar sentada allí, con la boca abierta, los ojos fijos en el techo de la sala. — ¿Qué sabes tú de este asunto? —le dijo el Rey a Alicia. — Nada —dijo Alicia. — ¿Nada de nada? —insistió el Rey. — Nada de nada —dijo Alicia. — Esto es algo realmente trascendente —dijo el Rey, dirigiéndose al jurado. Y los miembros del jurado estaban empezando a anotar esto en sus pizarras, cuando intervino a toda prisa el Conejo Blanco: — Naturalmente, Su Majestad ha querido decir intrascendente —dijo en tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y haciéndole signos de inteligencia al Rey mientras hablaba. Intrascendente es lo que he querido decir, naturalmente —se apresuró a decir el Rey. Y empezó a mascullar para sí: «Trascendente... intrascendente... trascendente... intrascendente...», como si estuviera intentando decidir qué palabra sonaba mejor. Parte del jurado escribió «trascendente», y otra parte escribió «intrascendente». Alicia pudo verlo, pues estaba lo suficiente cerca de los miembros del jurado para leer sus pizarras. «Pero esto no tiene la menor importancia», se dijo para sí. En este momento el Rey, que había estado muy ocupado escribiendo algo en su libreta de notas, gritó: «¡Silencio!», y leyó en su libreta: — Artículo Cuarenta y Dos. Toda persona que mida más de un kilómetro tendrá que abandonar la sala. Todos miraron a Alicia. — Yo no mido un kilómetro —protestó Alicia. — Sí lo mides —dijo el Rey. — Mides casi dos kilómetros añadió la Reina. — Bueno, pues no pienso moverme de aquí, de todos modos —aseguró Alicia—. Y además este artículo no vale: usted lo acaba de inventar. — Es el artículo más viejo de todo el libro —dijo el Rey. — En tal caso, debería llevar el Número Uno —dijo Alicia. El Rey palideció, y cerró a toda prisa su libro de notas. — ¡Considerad vuestro veredicto! —ordenó al jurado, en voz débil y temblorosa. — Faltan todavía muchas pruebas, con la venia de Su Majestad —dijo el Conejo Blanco, poniéndose apresuradamente de pie—. Acaba de encontrarse este papel. — ¿Qué dice este papel? —preguntó la Reina. — Todavía no lo he abierto —contestó el Conejo Blanco—, pero parece ser una carta, escrita por el prisionero a... a alguien. — Así debe ser —asintió el Rey—, porque de lo contrario hubiera sido escrita a nadie, lo cual es poco frecuente. — ¿A quién va dirigida? —preguntó uno de los miembros del jurado. — No va dirigida a nadie —dijo el Conejo Blanco—. No lleva nada escrito en la parte exterior. —Desdobló el papel, mientras hablaba, y añadió—: Bueno, en realidad no es una carta: es una serie de versos. — ¿Están en la letra del acusado? —preguntó otro de los miembros del jurado. — No, no lo están —dijo el Conejo Blanco—, y esto es lo más extraño de todo este asunto. (Todos los miembros del jurado quedaron perplejos). — Debe de haber imitado la letra de otra persona —dijo el Rey. (Todos los miembros del jurado respiraron con alivio). — Con la venia de Su Majestad —dijo el Valet—, yo no he escrito este papel, y nadie puede probar que lo haya hecho, porque no hay ninguna firma al final del escrito. — Si no lo has firmado —dijo el Rey—, eso no hace más que agravar tu culpa. Lo tienes que haber escrito con mala intención, o de lo contrario habrías firmado con tu nombre como cualquier persona honrada. Un unánime aplauso siguió a estas palabras: en realidad, era la primera cosa sensata que el Rey había dicho en todo el día. — Esto prueba su culpabilidad, naturalmente —exclamó la Reina—. Por lo tanto, que le corten... — ¡Esto no prueba nada de nada! —protestó Alicia—. ¡Si ni siquiera sabemos lo que hay escrito en el papel! — Léelo —ordenó el Rey al Conejo Blanco. El Conejo Blanco se puso las gafas. —¡Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad?— preguntó. — Empieza por el principio —dijo el Rey con gravedad— y sigue hasta llegar al final; allí te paras. Se hizo un silencio de muerte en la sala, mientras el Conejo Blanco leía los siguientes versos: Dijeron que fuiste a verla y que a él le hablaste de mí: ella aprobó mi carácter yo a nadar no aprendí. Él dijo que yo no era (bien sabemos que es verdad): pero si ella insistiera ¿qué te podría pasar? Yo di una, ellos dos, tú nos diste tres o más, todas volvieron a ti, y eran mías tiempo atrás. Si ella o yo tal vez nos vemos mezclados en este lío, él espera tú los libres y sean como al principio. Me parece que tú fuiste (antes del ataque de ella), entre él, y yo y aquello un motivo de querella. No dejes que él sepa nunca que ella los quería más, pues debe ser un secreto y entre tú y yo ha de quedar. — ¡Ésta es la prueba más importante que hemos obtenido hasta ahora! —dijo el Rey, frotándose las manos—. Así pues, que el jurado proceda a... — Si alguno de vosotros es capaz de explicarme este galimatías —dijo Alicia (había crecido tanto en los últimos minutos que no le daba ningún miedo interrumpir al Rey)—, le doy seis peniques. Yo estoy convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza. Todos los miembros del jurado escribieron en sus pizarras: «Ella está convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza», pero ninguno de ellos se atrevió a explicar el contenido del escrito. — Si el poema no tiene sentido —dijo el Rey—, eso nos evitará muchas complicaciones, porque no tendremos que buscárselo. Y, sin embargo —siguió, apoyando el papel sobre sus rodillas y mirándolo con ojos entornados—, me parece que yo veo algún significado... Y yo a nadar no aprendí... Tú no sabes nadar, ¿o sí sabes? —añadió, dirigiéndose al Valet. El Valet sacudió tristemente la cabeza. — ¿Tengo yo aspecto de saber nadar? —dijo. (Desde luego no lo tenía, ya que estaba hecho enteramente de cartón.) — Hasta aquí todo encaja —observó el Rey, y siguió murmurando para sí mientras examinaba los versos—: Bien sabemos que es verdad... Evidentemente se refiere al jurado... Pero si ella insistiera... Tiene que ser la Reina... ¿Qué te podría pasar?... ¿Qué, en efecto? Yo di una, ellos dos... Vaya, esto debe ser lo que él hizo con las tartas... — Pero después sigue todas volvieron a ti —observó Alicia. — ¡Claro, y aquí están! —exclamó triunfalmente el Rey, señalando las tartas que había sobre la mesa—. Está más claro que el agua. Y más adelante... Antes del ataque de ella... ¿Tú nunca tienes ataques, verdad, querida? —le dijo a la Reina. — ¡Nunca! —rugió la Reina furiosa, arrojando un tintero contra la pobre Lagartija. (La infeliz Lagartija había renunciado ya a escribir en su pizarra con el dedo, porque se dio cuenta de que no dejaba marca, pero ahora se apresuró a empezar de nuevo, aprovechando la tinta que le caía chorreando por la cara, todo el rato que pudo). — Entonces las palabras del verso no pueden atacarte a ti —dijo el Rey, mirando a su alrededor con una sonrisa. Había un silencio de muerte. — ¡Es un juego de palabras! —tuvo que explicar el Rey con acritud. Y ahora todos rieron. — ¡Que el jurado considere su veredicto! —ordenó el Rey, por centésima vez aquel día. — ¡No! ¡No! —protestó la Reina: Primero la sentencia... El veredicto después. — ¡Valiente idiotez! —exclamó Alicia alzando la voz—. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero! — ¡Cállate la boca! —gritó la Reina, poniéndose color púrpura. — ¡No quiero! —dijo Alicia. — ¡Que le corten la cabeza! —chilló la Reina a grito pelado. Nadie se movió. — ¡Quién le va a hacer caso? —dijo Alicia (al llegar a este momento ya había crecido hasta su estatura normal)—. ¡No sois todos más que una baraja de cartas! Al oír esto la baraja se elevó por los aires y se precipitó en picada contra ella. Alicia dio un pequeño grito, mitad de miedo y mitad de enfado, e intentó sacárselos de encima... Y se encontró tumbada en la ribera, con la cabeza apoyada en la falda de su hermana, que le estaba quitando cariñosamente de la cara unas hojas secas que habían caído desde los árboles. — ¡Despierta ya, Alicia! —le dijo su hermana—. ¡Cuánto rato has dormido! — ¡Oh, he tenido un sueño tan extraño! —dijo Alicia. Y le contó a su hermana, tan bien como sus recuerdos lo permitían, todas las sorprendentes aventuras que hemos estado leyendo. Y, cuando hubo terminado, su hermana le dio un beso y le dijo: — Realmente, ha sido un sueño extraño, cariño. Pero ahora corre a merendar. Se está haciendo tarde. Así pues, Alicia se levantó y se alejó corriendo de allí, y mientras corría no dejó de pensar en el maravilloso sueño que había tenido. Pero su hermana siguió sentada allí, tal como Alicia la había dejado, la cabeza apoyada en una mano, viendo cómo se ponía el sol y pensando en la pequeña Alicia y en sus maravillosas aventuras. Hasta que también ella empezó a soñar a su vez, y éste fue su sueño: Primero, soñó en la propia Alicia, y le pareció sentir de nuevo las manos de la niña apoyadas en sus rodillas y ver sus ojos brillantes y curiosos fijos en ella. Oía todos los tonos de su voz y veía el gesto con que apartaba los cabellos que siempre le caían delante de los ojos. Y mientras los oía, o imaginaba que los oía, el espacio que la rodeaba cobró vida y se pobló con los extraños personajes del sueño de su hermana. La alta hierba se agitó a sus pies cuando pasó corriendo el Conejo Blanco; el asustado Ratón chapoteó en un estanque cercano; pudo oír el tintineo de las tazas de porcelana mientras la Liebre de Marzo y sus amigos proseguían aquella merienda interminable, y la penetrante voz de la Reina ordenando que se cortara la cabeza a sus invitados; de nuevo el bebé-cerdito estornudó en brazos de la Duquesa, mientras platos y fuentes se estrellaban a su alrededor; de nuevo se llenó el aire con los graznidos del Grifo, el chirriar de la tiza de la Lagartija y los aplausos de los «reprimidos» conejillos de indias, mezclado todo con el distante sollozar de la Falsa Tortuga. La hermana de Alicia estaba sentada allí, con los ojos cerrados, y casi creyó encontrarse ella también en el País de las Maravillas. Pero sabía que le bastaba volver a abrir los ojos para encontrarse de golpe en la aburrida realidad. La hierba sería sólo agitada por el viento, y el chapoteo del estanque se debería al temblor de las cañas que crecían en él. El tintineo de las tazas de té se transformaría en el resonar de unos cencerros, y la penetrante voz de la Reina en los gritos de un pastor. Y los estornudos del bebé, los graznidos del Grifo, y todos los otros ruidos misteriosos, se transformarían (ella lo sabía) en el confuso rumor que llegaba desde una granja vecina, mientras el lejano balar de los rebaños sustituía los sollozos de la Falsa Tortuga. Por último, imaginó cómo sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reuniría a su alrededor a otros chiquillos, y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizás este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices días del verano. FIN Material autorizado sólo para co nsulta con fines educativos, culturales y no lucrativos, con la obligación de citar invariablemente como fuente de la información la expresión “Edición digital. Derechos Reservados. Biblioteca Digital © Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE”.
Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll
Intro
A través de la tarde color de oro el agua nos lleva sin esfuerzo por nuestra parte, pues los que empujan los remos son unos brazos infantiles que intentan, con sus manitas guiar el curso de nuestra barca. Pero, ¡las tres son muy crueles! ya que sin fijarse en el apacible tiempo ni en el ensueño de la hora presente, ¡exigen una historia de una voz que apenas tiene aliento, tanto que ni a una pluma podría soplar! Mas, ¿qué podría una voz tan débil contra la voluntad de las tres? La primera, imperiosamente, dicta su decreto: "¡Comience el cuento!" La segunda, un poco más amable, pide que el cuento no sea tonto, mientras que la tercera interrumpe la historia nada más que una vez por minuto.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO III
De vuelta Maese Gepeto en su casa, comienza sin dilación a hacer el muñeco, y le pone por nombre Pinocho. Primeras monerías del muñeco. La casa de Gepeto era una planta baja, que recibía luz por una claraboya. El mobiliario no podía ser más sencillo: una mala silla, una mala cama y una mesita maltrecha. En la pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; pero el fuego estaba pintado, y junto al fuego había también una olla que hervía alegremente y despedía una nube de humo que parecía de verdad. Apenas entrando en s u casa, Gepeto fuese a buscar sin perder un instante los útiles de trabajo, poniéndose a tallar y fabricar su muñeco. —¿Qué nombre le pondré? —preguntándose a sí mismo—. Le llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una familia de Pinochos. Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinocho los chiquillos, y todos lo pasaban muy bien. El más rico de todos ellos pedía limosna. Una vez elegido el nombre de su muñeco, comenzó a trabajar de firme, haciéndole primero los cabellos, después la frente y luego los ojos. Ya se imaginarán su maravilla cuando hechos los ojos, advirtió que se movían y que le miraban fijamente. Gepeto, viéndose observado por aquel par de ojos de madera, sintiéndose casi molesto y dijo con acento resentido: —Ojitos de madera, ¿por qué me miran? Nadie contestó. Entonces, después de los ojos, le hizo la nariz; pero, así que estuvo lista, empezó a crecer; y crecer convirtiéndose en pocos minutos en una narizota que no se acababa nunca. El pobre Gepeto se esforzaba en recortársela, pero cuando más la acortaba y recortaba, más larga era la impertinente nariz. Después de la nariz hizo la boca. No había terminado de construir la boca cuando de súbito ésta empezó a reírse y a burlarse de él. —¡Deja de reír! —dijo Gepeto enfadado; pero fue como si se lo hubiera dicho a la pared. —¡Para de reír, te repito! —gritó con amenazadora voz. Entonces la boca paró de reír, pero le sacó toda la lengua. Gepeto, para no desbaratar su obra, fingió no darse cuenta y continuó trabajando. Después de la boca, le hizo la barba; luego el cuello, la espalda, la barriguita, los brazos y las manos. Recién acabadas las manos, Gepeto sintió que le quitaban la peluca de la cabeza. Levantó la vista y, ¿qu é es lo que vio? Vio su peluca amarilla en manos del muñeco. —¡Pinocho!... ¡Devuélveme en seguida mi peluca! Pero Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la puso en su propia cabeza, quedándose medio ahogado metido en ella. Ante aquellas demostraciones de insolencia y de poco respeto, Gepeto se puso t riste y pensativo como no lo había estado en su vida; y dirigiéndose a Pinocho, le dijo: —¡Diablo de chico! ¡No estás todavía acabado de hacer y ya empiezas a faltarle el respeto a tu padre! ¡Mal hijo mío, muy mal! Y se secó una lágrima. Quedaban todavía por modelar las piernas y los pies. Cuando Gepeto terminó de hacerle los pies, recibió una patada en la punta de la nariz. —¡Bien merecido lo tengo! —dijo para sí —. ¡He debido pensarlo antes; ahora ya es tarde! Después tomó el muñeco por las axilas, y lo puso en el suelo para enseñarle a andar. Pinocho tenía las piernas agarrotadas y no sabía moverse, por lo cual Gepeto le llevaba de la mano, enseñándole a echar un pie tras otro. Cuando ya las piernas se fueron soltando, Pinocho empezó primero a andar solo, y después a correr par la habitación, hasta que al legar frente a la puerta se puso de un salto en la calle y escapó como una centella. El pobre Gepeto corría detrás sin poder alcanzarle, porque aquel diablejo de Pinocho corría a saltos como una li ebre, haciendo sus pies de madera más ruido en el empedrado de la calle que veinte pares de zuecos de aldeanos. —¡Atrápenlo, atrápenlo! —gritaba Gepeto; pero las personas que en aquel momento andaban por la calle, al ver aquel muñeco de madera corriendo a todo correr, se paraban a contemplarle encantadas de admiración, y reían, reían, reían como ya te puedes imaginar. Afortunadamente un guardia de orden público acertó pasar por allí, y al oír aquel escándalo creyó que se trataría de algún aprendiz travies o que habría levantado la mano a su maestro, y con ánimo esforzado se plantó en medio de la calle con las piernas abiertas, decidido a impedir el paso y evitar que ocurrieran más desgracias. Cuando Pinocho vio desde lejos aquel obstáculo que se ofrecía a s u carrera vertiginosa, intentó pasar por sorpresa, escurriéndose entre las piernas del guardia; pero se llevó chasco. El guardia ni tuvo que moverse. La nariz de Pinocho era tan enorme que se le vino a las manos ella solita. Le atrapo, y le puso en manos de Gepeto, quien quiso propinar a Pinocho, en castigo de su travesura, un buen tirón de orejas. Pero figuraos qué cara pondría cuando, al buscarle las orejas, vio que no se las encuentra. ¿Sabéis por qué? Porque, en su afán de acabar el muñeco, se había olvidado de hacérselas. Entonces le agarró por el cuello, y mientras lo llevaba de este modo, le decía mirándole furioso: —¡Vamos a casa! ¡Ya te cobraré allí las cuentas! Al oír estas palabras se tiró Pinocho al suelo y se negó a seguir andando. Mientras tanto iba formándose alrededor un grupo de curiosos y de papanatas. Cada uno de ellos decían una cosa. —¡Pobre muñeco! —decían unos —. Tiene razón en no querer ir a su casa. ¡Quién sabe lo que hará con él ese bárbaro de Gepeto! Otros murmuraban con mala intención: —Ese Gepeto parece un buen hombre; pero es muy cruel con los muchachos. Si le dejan a ese pobre muñeco en sus manos, es capaz de hacerle pedazos. En suma, tanto dijeron y tanto murmuraron, que el guardia, dejando en libertad al muñeco, se llevó preso al pobre Gepeto, el cual, no sabiendo qué decir para defenderse, lloraba como un becerro; cuando iba camino de la cárcel, balbuceaba entre sollozos: —¡Hijo ingrato! ¡Y pensar que me ha costado tanto trabajo hacerlo! ¡Me está muy bien empleado! ¡He debido pensarlo antes! Lo que sucedió después de esto es un caso tan extraño, que cuesta trabajo creerlo, y os lo contaré en el capítulo siguiente.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO IV
De lo que sucedió a Pinocho con el grillo-parlante, en lo cual se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien sabe más que ellos. Pues, señor, sucedió que mientras el pobre Gepeto era conducido a la cárcel sin culpa alguna, el muñeco de Pinocho, libre ya de las garras del guardia, escapó a campo traviesa; corría como un automóvil, y en el entusiasmo de la carrera saltaba altísimos matorrales, setos, piedras y fosos llenos de agua, como una liebre perseguida por galgos. Cuando llegó a su casa encontró la puerta entrecerrada. Abrió, entró en la habitación, y después de correr el cerrojo se sentó en el suelo, lanzando un gran suspiro de satisfacción. Pero la satisfacción le duró poco, porque oyó que alguien decía dentro del cuarto: —¡Cri, cri, cri! —¿Quién me llama? —gritó Pinocho lleno de miedo. —Soy yo. Volvió Pinocho la cabeza, y vio qu e era un grillo que subía poco a poco por la pared. —Dime, grillo: ¿y tú quién eres? —Yo soy el grillo -parlante que vive en esta habitación hace más de cien años. —Bueno—contestó el muñeco —; pero hoy esta habitación es mía; si quieres hacerme un gran favor márchate prontito y sin volver siquiera la cabeza. —No me marcharé sin decirte antes una verdad como un templo. —Pues dila, y despacha pronto. —¡Ay de los niños que se rebelan contra su padre y abandonan caprichosamente la casa paterna! Nada bueno p uede sucederles en el mundo, y pronto o tarde acabarán por arrepentirse amargamente. —Como quieras, señor grillo; pero yo sé que mañana al amanecer me marcho de aquí, porque si me quedo, me sucederá lo que a todos los niños: me llevarán a la escuela y ten dré que estudiar quiera o no quiera. Y yo te digo en confianza que no me gusta estudiar, y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y en subir a los árboles a coger nidos de pájaros. —¡Pobre tonto! Pero, ¿no comprendes que de ese modo cuando seas mayor estarás hecho un completo burro y que todo el mundo se burlará de ti? —¡Cállate, grillucho de mal agüero! —gritó Pinocho. Pero el grillo, que era paciente y filósofo, no se incomodó al oír esta impertinencia, y continuó diciendo con el mismo tono: —Y ya que no te gusta ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un oficio que te sirva para ganar honradamente un pedazo de pan? —¿Quieres que te lo diga?—contestó Pinocho, que empezaba ya a perder la paciencia —. Entre todos los oficios del mundo no hay más que uno que me guste. —¿Y qué oficio es ese? —El de comer, beber, dormir, divertirme y hacer desde la mañana a la noche vida de paseante en corte. —Te advierto —replicó el grillo -parlante con su acostumbrada calma — que todos los que siguen ese oficio acaban casi siempre en el hospital o en la cárcel. —¡Mira, grillucho de mal agüero, si se me acaba la paciencia, pobre de ti! —¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Me das verdadera lástima! —¿Por qué te doy lástima? —Porque eres un muñeco, y, lo que es peor aún, porque tienes la cabeza de madera. Al oír estas palabras saltó del suelo Pinocho muy enfurecido, y cogiendo un mazo de madera que había sobre el banco, se lo tiró al grillo-parlante. Quizás no creía que iba a darle; pero, por desgracia, le dio en la misma cabeza, y el pobre grillo apenas si pudo decir cri, cri quedó aplastado en la pared.
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CAPÍTULO V
Pinocho tiene hambre, y buscando encontró un huevo el cual pensaba preparar; pero cuando menos los pensaba se encontró con que salió volando por la ventana. Mientras tanto se iba haciendo de noche. Pinocho se acordó de que no había comido nada, Y empezó a sentir en el estómago un cosquilleo que se parecía muchísimo al apetito. Pero el apetito en los muchachos camina muy de prisa. A los pocos minutos el apeti to de Pinocho se convirtió en hambre, y en un abrir y cerrar de ojos el hambre se hizo canina y rabiosa. El pobre Pinocho se acercó al fuego donde estaba aquella olla que hervía, y quiso destaparla para ver lo que había dentro; pero ya se acordarán que estaba pintada en la pared. Imaginen la cara que puso. La nariz, que ya era bien larga, le creció lo menos una cuarta. Entonces empezó a recorrer la habitación buscando por todos los cajones y por todos los rincones un poco de pan, aunque fuera muy duro y muy seco; un hueso que se hubiera dejado para los perros, un pedazo de pescado: cualquier cosa, en fin, que se pudiera llevar a la boca; pero no encontró nada, ¡nada! ¡Absolutamente nada! Y mientras tanto el hambre crecía y crecía. El pobre Pinocho no tení a más consuelo ni más alivio que bostezar; y eran tan grandes los bostezos, que algunas veces abría la boca hasta las orejas. Pero a pesar de los bostezos, el estómago seguía dando tirones. Entonces empezó a llorar y a desesperarse, mientras decía: —¡Qué razón tenía el grillo -parlante! ¡Qué mal he hecho en rebelarme contra mi papá y en escaparme de casa! Dios me castiga. ¡Si mi papá estuviera aquí, no me vería expuesto a morir bostezando! ¡Oh! ¡Qué enfermedad tan mala es el hambre! De pronto le pareció ver en el montón de serrín una cosa redonda y blanca, semejante a un huevo de gallina. Inmediatamente di o un salto y lo tomo: era un huevo de verdad. No es posible describir la alegría del muñeco; poneos en su caso. Temía estar soñando; acariciaba el huevo, le daba vueltas mirándole por todos lados, y lo besaba diciendo: —¿Y ahora cómo lo guisaré? ¿ Lo haré revuelto ? ¡No; estará mejor cocido! ¿Y no estará más sabroso frito? ¡No; lo mejor que puedo hacer es cocerlo en una cacerola! Esto es lo más rápido, y el hambre que tengo no es para esperar mucho. Dicho y hecho; puso una cacerola en una estufita que tenía algunas brasas; echó un poco de agua en vez de aceite o de manteca, y cuando empezó a hervir, ¡tac!, rompió el cascarón del huevo para echarlo dentro. Pero en lugar de clara y yema salió un pollito muy alegre y muy ceremonioso, que después de hacerle una linda reverencia, dijo: —Muchísimas gracias, señor Pinocho, por haberme evitado la molestia de romper el cascarón. ¡Vaya, hasta la vista! ¡Me alegro muc ho de verle bueno, y recuerdos a la familia! Después de decir esto extendió sus alitas, y salió volando por la ventana hasta que se perdió de vista. El pobre muñeco se quedó estupefacto, con los ojos fijos, la boca abierta y las cáscaras del huevo en las manos. Cuando volvió de su asombro comenzó a llorar, a gritar y a dar patadas en el suelo con desesperación, diciendo: —¡Cuánta razón tenía el grillo -parlante! ¡Si yo no me hubiera escapado de casa y si mi papá estuviera aquí, no me moriría de hambre! Y como el estómago le gritaba cada vez más y no sabía cómo hacerle callar, se le ocurrió salir de la casa y dar una vuelta, con la esperanza de encontrar alguna persona caritativa que le socorriera con un pedazo de pan.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO VI
Pinocho se duerme junto al brasero, y al despertarse a la mañana siguiente se encuentra con los pies carbonizados. Hacía una noche infernal: tronaba horriblemente y relampagueaba como si todo el cielo fuera de fuego; un ventarrón frío y huracanado silbaba sin cesar, levantando nubes de polvo y zar andeando todos los árboles del campo. Pinocho tenía mucho miedo de los truenos y de los relámpagos; pero era más fuerte el hambre que el miedo. Salió a la puerta de la casa sin vacilar, y turnando carrera, llegó en un centenar de salto s a las casas vecinas, sin aliento y con la lengua fuera como un perro de caza. Pero lo encontró todo desierto y en la más profunda oscuridad. Las tiendas estaban ya cerradas; las puertas y ventanas, también, y por las calles ni siquiera andaban perros. A quello parecía el país de los muertos. Entonces Pinocho, desesperado y hambriento, se colgó de la campanilla de una casa y empezó a tocar a rebato, diciéndose: —¡Alguien se asomará! En efecto: se asomó un viejo, cubierta la cabeza con un gorro de dormir y gritando muy enfadado: —¿Quién llama a estas horas? —¿Quisiera usted hacer el favor de darme un pedazo de pan? —¡Espérate ahí que vuelvo en seguida! — respondió el viejo, creyendo que se trataba de alguno de esos muchachos traviesos que se divierten llamando a deshora en las casas para no dejar en paz a la gente que está durmiendo tranquilamente. Medio minuto después se abrió la ventana de nuevo, y se asom ó el mismo viejo, que dijo a Pinocho: —¡Acércate y pon la gorra! Pinocho, no podía poner gorra alguna, porque no la tenía: se acercó a la pared, y sintió que en aquel momento le caía encima un gran cubo de agua, que le puso hecho una sopa de pies a cabeza. Volvió a su casa mojado como un pollo y abatido por el cansancio y el hambre, y como no tenía fuerzas para estar de pie, se sentó y apoyó los pies mojados y llenos de barro en el brasero, que por cierto tenía una buena lumbre. Quedándose dormido, y sin darse cuenta metió en la lumbre ambos pies, que, como eran de madera, empezaron a quemarse, hast a que se convirtieron en ceniza. Mientras tanto Pinocho seguía durmiendo y roncando como si aquellos pies no fueran suyos. Por último, se despertó al ser de día, porque habían llamado a la puerta. —¿Quién es?—preguntó b ostezando y restregándose los ojos. —¡Soy yo!— respondió una voz. Aquella voz era la de Gepeto.
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CAPÍTULO VII
Gepeto vuelve a su casa, y le da al muñeco el desayuno que el buen hombre tenía para sí. El pobre Pinocho, que aún tenía los ojos hinchados del sueño, no había notado que sus pies estaban hechos; carbón, por lo cual apenas oyó la voz de su padre, quiso levantarse en seguida para quitarle la llave a la puerta ; pero al ponerse en pie se tambaleó dos o tres veces, hasta que al fin dio con su cuerpo en tierra cuan largo era, haciéndose un ruido, tremendo. —¡Ábreme!— gritaban mientras tanto desde la calle. —¡No puedo, pap á, no puedo! — respondía el muñeco llorando y revolcándose en el suelo. —¿Por qué no puedes? —¡Porque me han comido los pies! —¿Quién te los ha comido? —¡El gato! — dijo Pinocho, viendo que el animal se entretenía en jugar con un pedazo de madera. —¡Ábreme, te digo! —repitió, Gepeto —. ¡Si no, vas a ver cu ándo entre yo en casa como te voy a dar el gato! —¡Oh, papá; créeme! ¡No puedo ponerme en pie! ¡Pobre de mí! ¡Pobr e de mí, que tendré que andar de rodillas toda mi vida! Creyendo Gepeto que todas estas lamentaciones no eran otra cosa que una nueva gracia del muñeco, decidió acabar de una vez, y escalando el muro, penetró en la casa por la ventana. Al principio querí a hacer y acontecer; pero cuando vio que su Pinocho estaba en tierra y que era verdad que le faltaban los pies, se enterneció, y levantándole por el cuello, comenzó a besarle y a acariciarle. —¡Pinochito mío!— decía sollozando—. ¿Cómo te has quemado los pies? —¡No lo s é, papá; pero créeme que esta noche ha sido infernal, y que me acordaré de ella toda mi vida! Tronaba, relampagueaba, y yo tenía mucha hambre. Entonces me dijo el grillo -parlante: "Has sido malo y lo mereces". Y yo le dije: "¡Ten cuidado, gr illo!" Y él me contestó: "Tú eres un muñeco, y tienes la cabeza de madera." Y yo entonces le tiré un mazo y le maté. Pero la culpa fue suya, y la prueba es que puse en la lumbre una cacerola para cocer un huevo que me encontré; pero el pollito me dijo: "¡M e alegro de verte bueno; recuerdos a la familia!" Y yo tenía cada vez más hambre, y por eso aquel viejo del gorro de dormir, asomándose a la ventana, me dijo: "¡Acércate y pon la gorra!; y yo entonces me encontré con un cubo de agua en la cabeza porque pe dir un poco de pan no es vergüenza, ¡verdad! Me vine a casa en seguida, y como seguía teniendo mucha hambre, puse los pies en el brasero, y cuando usted ha vuelto me los he encontrado quemados. ¡Y yo tengo, como antes, hambre; pero ya no tengo pies! ¡Hi!.. . ¡hi!... ¡hi!.. Y el pobre Pinocho comenzó a llorar y a berrear tan fuerte, que se le podía oír en cinco kilómetros a la redonda. De todo este discurso incoherente y lleno de líos, sólo comprendió Gepeto una cosa: que el muñeco estaba muerto de hambre. Sacó entonces tres peras del bolsillo, y enseñándoselas a Pinocho le dijo: —Estas tres peras eran mi desayuno, pero te las regalo. Cómetelas, y que te hagan buen provecho. —Pues si quieres que las coma, tienes que pelármelas. —¿Pelarlas? —replicó asombr ado Gepeto —. ¡Nunca hubiera creído, chiquillo, que fueras tan delicado de paladar! ¡Malo, malo, y muy malo! En este mundo hijo mío hay que acostumbrarse a comer de todo, porque no se sabe lo que puede suceder. ¡Da el mundo tantas vueltas!... —Usted dirá todo lo que quiera —refunfuñó Pinocho—; pero yo no me comeré nunca una fruta sin pelar. ¡No puedo resistir las cáscaras! Y el bueno de Gepeto, armándose de santa paciencia, tomó un cuchillo, peló las tres peras, y puso las cáscaras en una esquina de la mesa. Después de haber comido en dos bocados la primera pera, iba Pinocho a tirar por la ventana el corazón de la fruta; pero Gepeto le detuvo el brazo, diciendo: —¡No lo tires! ¡Todo puede servir en este mundo! —¡Pero yo no voy a comer también el corazón! — contestó el muñeco con muy malos modos. —¡Quién sabe! ¡Da el mundo tantas vueltas!... —repitió Gepeto con su acostumbrada calma. Dicho se está que después de comidas las peras los tres corazones fueron a hacer compañía a las cascaras en la esquina de la mesa. Cuando hubo terminado Pinocho de comer, o mejor dicho, de devorar las tres peras, dio un prolongado bostezo y dijo con voz llorosa: —¡Tengo más hambre! —Pues yo, hijo mío, no tengo nada más que darte. —¿Nada, absolutamente nada? —Aquí ten emos estas cáscaras y estos corazones de pera. —¡Paciencia!—dijo Pinocho—Si no hay otra cosa, comeré una cáscara. Al principio hizo un gesto torciendo la boca; pero después, una tras otra, se comió en un momento todas las cáscaras, y luego la emprendió t ambién con los corazones, hasta que d io fin de todo. Entonces Pinocho se pasó las manos por el estómago, y dijo con satisfacción: —¡Ahora sí que me siento bien! —Ya ves —contestó Gepeto— cuánta razón tenía yo al decirte que no hay que acostumbrarse a ser demasiado delicados de paladar. No se sabe nunca, querido mío, lo que puede suceder en este mundo. ¡Da tantas vueltas!...
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CAPÍTULO VIII
Gepeto arregla los pies a Pinocho, y vende su chaqueta para comprarle una cartilla. Apenas el muñeco se sintió satisfecho, empezó a llorar y a lamentarse, porque quería que le hiciesen un par de pies nuevos. Para castigarle por sus travesuras, Gepeto le d ejó llorar y desesperarse hasta mediodía. Después le dijo: —¿Y para qué quieres que te haga otros pies? ¿Para escaparte otra vez de casa? ¡Le prometo a usted —dijo el muñeco sollozando— que desde hoy voy a ser bueno! —Todos los niños —replico Gepeto —dicen lo mismo cuando quieren conseguir algo. —¡Le prometo ir a la escuela, estudiar mucho y hacerme un hombre de provecho! —Todos los niños repiten la misma canción cuando quieren conseguir alguna cosa. —¡Pero yo no soy como los demás niños! ¡Yo soy mejor que todos y digo siempre la verdad! Le prometo, papá, aprender un oficio para poder ser el consuelo y el apoyo de su vejez. Aunque Gepeto estaba haciendo esfuerzos para poner cara de fiera, tenía los ojos llenos de lágrimas y el corazón en un puño por ver en aquel estado tan lamentable a su pobre Pinocho. Y sin decir nada, tomó sus herramientas y dos pedacitos de madera y se puso a trabajar con gran entusiasmo. En menos de una hora había hecho los pies; un par d e pies esbeltos, finos y nerviosos, como si hubieran sido modelados por un artista genial. Entonces dijo al muñeco: —Cierra los ojos y duérmete. Pinocho cerró los ojos y s e hizo el dormido. Y mientras fingía dormir, Gepeto, con un poco de cola que echó en una cáscara de huevo, le colocó los pies en su sitio; y tan perfectamente los colocó, que ni siquiera se notaba la juntura. Apenas el muñeco se encontró con que tenía unos pies nuevos, se tiró de la mesa en que estaba tendido y comenzó a dar saltos y saltos como si se hubiera vuelto loco de alegría. —Para poder pagar a usted lo que ha hecho por mí—dijo Pinocho a su papá —, desde este momento quiero ir a la escuela. —¡Muy bien, hijo mío! —Sólo que para ir a la escuela necesito un traje. Gepeto, que era pobre y no tenía nada, le hizo un trajecillo de papel raído, un par de zapatos de corteza de árbol y un gorrito de miga de pan. Pinocho corrió inmediatamente a contemplarse en una jofaina llena de agua, y tan contento quedó, que dijo pavoneándose: —¡Anda! ¡Parezco enteramente un señorito! —Es verdad—replicó Gepeto—; pero ten presente que los verdaderos señores se conocen más por el traje limpio que por el traje hermoso. —¡A propó sito!—interrumpió el muñeco —. Todavía me falta algo para poder ir a la escuela: me falta lo más necesario. —¿Qué es? —Me falta una cartilla. —Tienes razón. Pero, ¿dónde la sacamos? —Pues sencillamente: se va a una librería y se compra. —¿Y el dinero? —Yo no lo tengo. —Ni yo tampoco—dijo el buen viejo con tristeza. Y aunque Pinocho era un muchacho muy alegre, se puso también triste; porque cuando la miseria es grande y verda dera, hasta los mismos niños la comprenden y la sienten. —¡Paciencia! —gritó Gepeto a l cabo de un rato, poniéndose en pie; y tomando su vieja chamarra, llena de remiendos y zurcidos, salió rápidamente de la casa. Poco tardó en volver, trayendo en la mano la cartilla para su hijito; pero ya no tenía chaqueta. Venía con solo una delgada cami sa, aunque estaba nevando. —¿Y tu chamarra, papá? —¡La he vendido! —¿Por qué? —¡Porque me daba calor! Pinocho comprendió lo que había sucedido, y conmovido y con los ojos llenos de lágrimas, se abrazó al cuello de Gepeto y empezó a darle besos, muchos besos.
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CAPÍTULO IX
Pinocho vende su cartilla para ver una función en el teatro de muñecos. Cuando ya cesó de nevar, tomó Pinocho el camino de la escuela, llevando bajo el brazo su magnífica cartilla nueva. Por el camino iba haciendo fantásticos proyectos y castillos en el aire, a cuál más espléndidos. Decía para sí mismo: —Hoy mismo quiero aprender a leer; mañana, a escribir, y pasado, las cuentas. En cuanto sepa todo esto ganaré mu cho dinero y con lo primero que tenga le compraré a mi papito una buena chamarra de paño. ¿Qué digo de paño? ¡No; ha de ser una chamarra toda bordada de oro y plata, con botones de brillantes! ¡Bien se lo merece el pobre! ¡Es muy bueno! Tan bueno que para comprarme este libro, y que yo aprenda a leer, ha vendido la única cha queta q ue tenía y se ha quedado en camisa con este frío. ¡La verdad es que sólo los padres son capaces de estos sacrificios! Mientras iba hablando para sí, le pareció sentir a lo lejos una música de pífanos y bombo: ¡Pi -pi-pi, pi-pi-pi, pom-pom, pom-pom! Se detuvo y se puso a escuchar. Aquellos sonid os venían por una larga calle transversal que conducía a un paseo orilla del mar. —¿Qué será esa música? ¡Qué lástima tener que i r a la escuela, porque si no!... Permaneció un instante indeciso, sin saber qué hacer; pero no había más remedio que tomar una resolución: ir a la escuela, o ir a la música. Por fin se decidió, y encogiéndose de hombros, dijo: —¡Bah! ¡Iremos hoy a la música, y mañana a la escuela! ¡Así como así, para ir a la escuela siempre hay tiempo de sobra! Y tomando por la calle transversal, echó a correr. A medida que iba corriendo sentía más cercanos los pífanos y el bombo: ¡Pi -pi-pi, pi -pi-pi; pom - pom, pompom! De pronto desembocó en una plaza llena de gente arremolinada en torno de un gran almacén de madera, cubierto de tela de colores chillones. —¡Qué lugar es ese! —preguntó Pinocho a un muchacho que vio al lado suyo. —Lee el cartel. —Lo leería con mucho gusto, pero es el caso que hoy precisamente no puedo todavía. —Yo te lo leeré. ¿Ves esas letras gra ndes encarnadas? Pues, mira, dicen: GRAN TEATRO DE MUÑECOS —¿Hace mucho que ha empezado la función? —Va a empezar ahora mismo. —¿Cuánto cuesta la entrada? —Veinte céntimos. Pinocho, que ya estaba dominado por la curiosidad, dijo descaradamente al otro muchacho: —¿Quieres prestarme veinte céntimos hasta mañana? —Te los prestaría con mucho gusto —contestó el otro con tono burlón y remedando a Pinocho —; pero es el caso que hoy precisamente no puedo. —Te vendo mi chaqueta por veinte céntimos —dijo entonces el muñeco. —¿Y qué quieres que haga yo con esa chaqueta de papel pintado? Si te llueve encima, no tendrás el trabajo de quitártela, porque se caerá ella sola. —¿Quieres comprarme mis zapatos? —Sólo sirven para encender fuego. —¿Cuánto me das por el gorro? —¡Vaya un negocio! ¡Un gorro de miga de pan! ¡Me lo comerían los ratones en la misma cabeza! Pinocho estaba ya entristecido. Pensaba hacer una última proposición; pero le faltaba valor, dudaba, quería intentarlo, volvía a v acilar. Por último se decidió y dijo: —Quieres darme veinte céntimos por esta cartilla nueva. —Yo soy un niño y no compro nada a los demás niños— contestó el otro, que tenía más juicio que Pinocho. —¡Yo compro la cartilla por veinte céntimos! —dijo entonces un trapero que escuchaba la conversación. Y de esta manera fue vendida aquella cartilla, mientras que el pobre Gepeto estaba sin chamarra y tiritando de frío, por haber vendido la única que tenía para comprar el libro a su hijo.
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CAPÍTULO X
Los muñecos del teatro reconocen a su hermano Pinocho y le reciben con las mayores demostraciones de alegría; pero en lo mejor de la fiesta aparece el amo de los muñecos, Tragalumbre, y Pinocho corre peligro de terminar sus aventuras de mala manera. Cuando entró Pinocho en el teatro de los muñecos, ocurrió algo que produjo casi una revolución. Empecemos por decir que el telón estaba levantado y que había empezado la función. Estaban en escena Arlequín y Polichinela, que disputaban acaloradamente, y que, según costumbre, de un momento a otro acabarían repartiéndose un cargamento de estacazos y bofetadas. El público seguía con gran atención la escena, rompiendo en grandes risas al ver aquellos dos muñecos que gesticulaban y se insultaban con tanta propiedad, que parecían realmente dos seres racionales, dos personas de carne y hueso. Pero de pronto el Arlequín recita su parte y volviéndose frente al público, señala con la mano el fondo de la sala y empieza a vociferar con grandes gestos y tono dramático: —¡Oh! ¡Ah! ¡Qué veo! ¡Cielos! ¿Es ilusión de mi mente acalorada o delirio insano de la fantasía? ¡Sí, es él! ¡Él! ¡Pinocho! —¡Él es! ¡Es él! ¡Pinocho! —dijo Polichinela. —¡Es él, no hay duda! — chilló Colombina, asomando la cabeza entre bastidores. —¡Es Pinocho! ¡Es Pinocho! —gritaron a coro lo s demás muñecos de la compañía, saliendo al escenario—. ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho! ¡Vivaaa...! —¡Pinocho, ven acá! —gritó Arlequín —. ¡Ven a los brazos de tus hermanos de madera! Al oír tan amable invitación, no pudo contenerse Pinocho, y en tr es saltos pasó desde la entrada general a las butacas; de las buta cas a la cabeza del director de orquesta, y de la cabeza del director de orquesta al escenario. ¡Qué de abrazos! ¡Qué de besos! ¡Qué de achuchones, palmaditas y hasta pellizcos de amistad, d e afecto, de alegría! Es impos ible figurarse el escándalo y la locura que produjo la triunfal entrada de Pinoch o en aquella compañía dramática de madera. No hay que decir que el espectáculo era conmovedor; pero el público de la entrada general, viendo que la comedia no s eguía, se impacientó y empezó a gritar: —¡Que siga la comedia! ¡Queremos la comedia! Todo fue inútil, porque los muñecos, en ve z de continuar desempeñando sus papeles en la comedia, redoblaron sus gritos , y tomando a Pinocho en hombros, empe zaron a pasearle triunfalmente por delante de las candilejas. Entonces salió el dueño del teatro, un homb re tremendo, y tan feísimo que sólo verle daba miedo. Tenía unas enormes barbas ne gras y tan largas, que llegaban hasta el suelo. ¡Como que se las pisaba al andar! Su boca era grande como un horno, sus ojos parecían dos faroles rojo s encendidos. Llevaba en las manos unas insignias, hechas de serpientes y rabos de zorros. Ante aquella inesperada aparición, todos los muñecos enmudecieron. Se hubiera oído e l vuelo de una mosca. Los pobres muñecos y muñecas tiritaban de miedo. —¿Por qué has venido a armar este jaleo en mi teatro? —preguntó a Pinocho aquel gigante con vozarrón terrible. —Crea usted, señor, que no ha sido culpa mía. —¡Basta ya! ¡Después ajustar emos nuestras cuentas! —dijo el empresario, metiendo a Pinocho detrás de las bambalinas y colgándole de un clavo. Terminada la función, el dueño del teatro se fue a la cocina, en la cual estaba preparando su cena: un carnero cebón atra vesado en un asador, que giraba lentamente sobre el fuego. Pero como faltaba algo de leña para que el asado estuviera en su punto y bien dorado, llamó a Arlequín y a Polichinela, y les dijo: —Tráiganme en seguida aquel muñeco que dejé colgado de un clavo. Me parece que está hecho de madera bien seca, y estoy seguro de que en cuanto le echemos al f uego dará una buena llama para terminar el asado. Arlequín y Polichinela dudaron al principio; pero, aterrorizados ante una colérica mirada de su dueño, obedecieron. Salieron de la c ocina, y al poco tiempo llevaron en sus brazos al pobre Pinocho, que revolviéndo se como una anguila que se saca del agua, chillaba desesperadamente: —¡Papá, papá, sálvame! ¡Yo no quiero morir! ¡No! ¡No! ¡No quiero! ¡Papá, papá...!
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CAPÍTULO XI
Tragalumbre estornuda y perdona a Pinocho, el cual, después salva la vida de su amigo Arlequín. Tragalumbre (que éste era el nombre del dueño del teatro, parecía a primera vista un hombre terrible, sobre todo por aquellas barbazas negra s que le tapaban el pecho y las piernas; pero en el fondo no era ma lo. La prueba es que cuando vio delante de él al pobre Pinocho, que pataleaba desesperadamente, y que gritaba: ¡No quiero morir! ¡No! ¡No quiero!, empezó a conmoverse y a apiadarse. Al principio quiso mantener sus amenazas; pero por último no pudo contenerse y lanzó un estrepitoso estornudo. El buen Arlequín, que estaba acurrucado en u n rincón, todo compungido y con ojos de carnero moribundo, al oír el es tornudo se puso contentísimo, y acercándose a Pinocho le dijo en voz baja: —¡Buena señal, hermano! Tragalumbre ha estornudado, lo cual indica que se ha compadecido de ti y que estás salvado. Porque habéis de saber que así como todo el mundo cuando se enternece, llora, o por lo menos hace c omo que se limpia las lágrimas, Tragalumbre tenía la ocurrencia de estornudar cada vez que se conmo vía de verdad. Después de todo, es un sistema como otro cualquiera. Luego de haber estornudado, Tragalumbre trató de recobrar su aspecto terrible, y gritó a Pinocho: —¡Basta ya de llorique os! Tus chillidos me han hecho cosquillas en el estómago... algo así como... ¡Vamos, que siento una... ¡aachú!, ¡achú! Y lanzó otros dos formidables estornudos. —¡Jesús!— dijo Pinocho. —¡Gracias! ¿Y tu papá? ¿Y tu mamá? ¿Están bien?—preguntó Tragalumbre. —Mi papá, sí; pero a mi mamá no la he conocido nunca. —¡Qué disgusto tan grande tendría tu pobre padre si yo te arrojara al fuego! ¡Pobre viejo! ¡Tengo lástima de él! ¡Achú!, ¡achú!, ¡achú! Y estornudó otras tres veces. —¡Jesús!— dijo Pinocho. —¡Gracias! En fin, también yo soy digno de compasión, porque ya ves, no tengo leña bastante para terminar ese asado, y la verdad, tú me hubieras sido muy útil. Pero, ¿qué le vamos a hacer? ¡Me has dado lástima! ¡Tendremos paciencia!... En tu lugar echaré al fuego a cua lquiera de mis muñecos. ¡Hola, guardias! Al oír esta llamada aparecieron en el acto dos guardias civiles de madera altos, altos y delgados, delgados, con el tricornio en la cabeza y el sable desenvainado, en la mano. Entonces Tragalumbre les dijo con voz imperiosa: —¡Prended a Arlequín, y después de bien atado arrojadle al fuego! ¡Quiero que mi carnero esté bien dorado! ¡Figuraos el espanto del pobre Arlequín! Se le doblaron las piernas de temor y cayó al suelo. Al presenciar este conmovedor espectáculo se arrojó Pinocho a los pies de Tragalumbre, y llenándole de lágrimas su largu ísima barba, empezó a decir con voz suplicante: —¡Piedad, señor Tragalumbre! —¡Aquí no hay ningún señor! —respondió con dureza Tragalumbre. —¡Piedad, noble caballero! —¡Aquí no hay caballeros! —¡Piedad, Excelencia! El tratamiento de excelencia consiguió suavizar un tanto la terrible expresión del rostro de Tragalumbre, y volviéndose de pront o más humano y tratable, dijo a Pinocho: —Y bien, ¿qué es lo que quieres? —El perdón del pobre Arlequín. —Eso no puede ser, amiguito. Si te he perdonado a ti, tengo que echarle al fuego en tu lugar. No quiero que mi carnero esté poco asado. —¡En ese caso, yo sé cuál es mi deber! —dijo arrogantemente Pinocho, tirando al suelo su gorro de miga de pan —. ¡En marcha, señores guardias! ¡Átenme y arrójenme al fuego! ¡No, no es justo y no puedo consentir que mi buen amigo Arlequín muera por mi causa! Estas palabras, dichas en voz alta y con acento heroico, hicieron llorar a todos los muñecos que presenciaban la escena. Los mismos guardias, a pesar de ser de madera, lloraban como dos borreguillos. Al principio permaneció Tragalumbre insensi ble y frío como un mármol; pero poco a poco comenzó a enternecerse y a estornudar. Y después de lanzar cuatro o cinco tre mendos estornudos, abrió los brazos y dijo afectuosamente a Pinocho: —¡Eres un buen muchacho! ¡Ven a mis brazos y dame un beso! Pinocho acudió corriendo, y trepando c omo una ardilla por la barba de Tragalumbre, le dio un prolongado y sonoro beso en la mism a punta de la nariz. —¿De modo que estoy perdonado? — preguntó el pobre Arlequín con voz que apenas se oía. —¡Estás perdonado!— respondió Tragalumbre. Dicho esto lanzó un profundo suspiro, y bajando la cabeza murmuró: —¡Paciencia! Por esta noche me resignaré a comer el carnero, medio crudo; per o lo que es otra vez, ¡pobre del que le toque! Apenas los muñecos oyeron que Arlequín estaba perdonado, corrieron al escenario, encendieron todas las luces, como en las noches de gala, y empezaron a saltar y a bailar. Cuando amaneció seguían bailando todavía.
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CAPÍTULO XII
Tragalumbre regala a Pinocho cinco monedas de oro para que se las lleve a su padre Gepeto; pero Pinocho se deja engañar por la zorra y el gato y se marcha con ellos. Al día siguiente Tragalumbre llam ó aparte a Pinocho y le preguntó: —¿Cómo se llama tu padre? —Gepeto. —¿Qué oficio tiene? —El de pobre. —¿Gana mucho? —Lo bastante para no tener nunca un céntimo en el bolsillo. Figúrese que para comprarme la cartilla que yo necesitaba para ir a la escuela vendió la única chaqueta que tenía; una chaqueta tan llena de remiendos y de piezas que parecía un mapa. —¡Pobre hombre! ¡Me da lástima! Aquí tiene s cinco monedas de oro. Vete en seguida a llevárselas, y dale muchos recuerdos de mi parte. Como puede supone rse, Pinocho dio miles de gracias a Tragalumbre; abrazó uno por uno a todos los muñecos de la compañía, in cluso a los guardias civiles, y l leno de alegría se puso en camino con dirección a su casa. Pero todavía no había andado medio kilómetro, cuando encon tró una zorra coja y un gato ciego, que iban andando poquito a poc o y ayudándose uno a otro, como buenos amigos. La zorra andaba apoyándose en el gato, que a su vez se dejaba guiar por la zorra. —¡Buenas días, Pinocho! — le dijo la zorra, saludándole gentilmente. —¿Cómo sabes mi nombre? — preguntó el muñeco. —Porque conozco mucho a tu papá. —¿Dónde le has visto? —Le vi ayer en la puerta de su casa. —¿Y qué hacía? —Estaba tiritando de frío. —¡Pobre papito mío! Pero, si Dios quiere, desde hoy ya no tendrá frío. —¿Por qué? —Porque yo me he convertido en un gran señor. —¿Tú, un gran señor?—dijo la zorra comenzando a reír burlona y descaradamente. También se reía el gato, pero trataba de ocultarlo atusándose los bigotes con una de las manos. —¡No es caso de risa! — replicó Pinocho incomodado—. —No es por darles envidia; pero miren esto, si es que ent ienden de dinero. Estas son cinco magníficas monedas de oro. Y enseñó las monedas que le había regalado Tragalumbre. Al oír el simpático ruido del oro, la zorra coja, s in darse cuenta, alargó la pata que parecía coja, y el gato ciego abrió tanto los ojos, que parecían dos faroles verdes; pero volvió a cerrarlos tan rápidamente, que Pinocho no llegó, a notarlo. —¿Y q ué piensas hacer con ese dinero? —preguntó la zorra. —Ante todo —contestó el muñeco —, quiero comprar a mi papá una hermosa chaqueta nueva, toda bordada en oro y plata, y con botones de brillantes, y después m e compraré una cartilla para mí. —¿Para ti? —¡Claro está; como que quiero ir a la escue la y estudiar mucho! —¡Dios te libre! — dijo la zorra —. Mírate en mí. Por mi loca afición al estudio he perdido una pata. —¡Dios te libre!— dijo el gato—. Mírate en mí. Por mi loca afición al estudio he perdido la vista de los dos ojos. En aquel instante u n mirlo blanco que estaba encaramado en un seto a orilla del camino, dejó oír su acostumbrado silbido y dijo: —¡Pinocho, no hagas caso de los consejos de las malas compañías, porque tendrás que arrepentirte! ¡Pobre mirlo; nunca lo hubiera dicho! El gato, dando un gran salto, le cayó encima, y sin dejarle tiempo ni para decir ¡ay!, se lo tragó de un bocado, con plumas y todo. Después de comerlo y de haberse limpiado el hocico, cerró los ojos y volvió a hacerse el ciego nuevamente. —¡Pobre mirlo!— dijo Pinocho al gato—. ¿Por qué has hecho eso? —Para darle una lección. Así aprenderá para otra vez a no meterse en camisa de once varas ni en conversaciones ajenas. Cuando ya estaban a mitad del camino, la zorra se detuvo de pronto y dijo a Pinocho: —¿Quieres aumentar tus monedas de oro? —¿Cómo? —¿Quieres hacer con sólo esas cinco monedas, ciento, mil, dos mil? —¡Ya lo creo! Pero, ¿de qué modo? —De un modo muy sencillo. En vez de ir a tu casa, vente con nosotros. —¿Y a dónde vamos? —Al país de los búhos. Pinocho med itó un instante, pero al fin dijo resueltamente: —No, no quiero. Ya estoy cerca de mi casa, y quiero ir a buscar a mi papá, que me está esperando. ¡Pobre viejo! Estará muy triste. ¡Dios sabe cuánto habrá suspirado desde ayer al no verme volver! He sido un mal hijo, y el grillo parlante tenía razón cuando me decía que a los niños desobedientes les castiga Dios. Yo lo sé por experiencia, porque me he buscado muchas desgracias, y aun anoche mismo me vi en peligro en casa de Tragalumbre. ¡Uf! ¡Sólo el recordar lo me da frío! —¡Ah! ¿Te empeñas en volver a tu casa? Bueno; pues vete; peor para ti. —¡Peor para ti!— repitió el gato. —¡Piénsalo bien, Pinocho, porque pierdes la ocasión de hacer fortuna! —¡De hacer fortuna!— repitió el gato. —De hoy a mañana, tus cinco monedas se hubieran convertido en dos mil. —¡Dos mil!— repitió el gato. —Pero, ¿cómo es posible que se conviertan en tantas?— preguntó Pinocho, quedando con la boca abierta por la sorpresa. —Pues verás — dijo la zorra —. Sabrás que en el país de los búhos hay un campo extraordinario, al cual llaman todos el Campo de los Milagros. Tú haces un agujero en aquel campo y mete s; por ejemplo, una moneda de oro. Tapas después el agujero con tierra, lo riegas con un poco de agua, echas encima un poquito de sal, y ya p uedes irte tranquilamente a dormir en tu cama. Durante la noche la moneda echa raíces y ramas, y cuando vuelvas al campo, a la mañana siguiente, ¿sabes lo que encuentras? Pues un hermoso árbol que está tan cargado de oro como las espigas lo están de granos de trigo en el mes de junio. —Así, pues —dijo Pinocho, que estaba cada vez más asombrado —si yo enterrase en ese campo mis cinco monedas de oro, ¿cuántas encontraría a la mañana siguiente? —Es una cuenta sencillísima —contesto la zorra— una cuenta que pued e echarse con los dedos. Pongamos que cada moneda se convierte en un racimo de quinientas; multiplica quinientas por cinco, y v erás que mañana puedes tener en el bolsillo dos mil quinientas monedas de oro contantes y sonantes. —¡Oh, qué hermosura! —gritó Pinocho saltando de alegría —. En cuando recoja todas esas monedas me quedaré con dos mil para mí, y os daré a vosotros quinientas de regalo. —¿Un regalo a nosotros? —dijo la zorra con acento desdeñoso y ofendido —. ¡Dios te guarde de hacerlo! —¡Dios te guarde de hacerlo!— repitió el gato. —Nosotros no trabajamos por el vil interés —continuó la zorra; trabajamos sólo por enriquecer a los demás. —¡A los demás! —repitió el gato. —¡Qué excelentes personas! —pensó Pinocho; y olvidándose en el acto de su papito, de la chaqueta nueva, de la cartilla y de todos sus buenos propósitos, dijo a la zorra y al gato: —¡Vamos en seguida; os acompaño!
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CAPÍTULO XII
La posada de El Cangrejo Rojo. Andando, andando, llegaron al terminar la ta rde, rendidos de cansancio y de fatiga, a la posada de El Cangrejo Rojo. —Detengámonos aquí un poco —dijo la zo rra—. Tomaremos un bocadillo y descansaremos unas cuantas horas. A media noche nos pondremos de nuevo en camino hacia el Campo de los Milagros. Entraron en la posada, y se sentaron en torno d e una mesa, pero ninguno de los tres tenía apetito. El pobre gato, que tenía el estómago sucio, sólo pudo comer treinta y cinco salmonetes a la mayonesa y cuatro raciones de cal los a la andaluza; pero como le pareció que los callos no estaban muy sustanciosos, hizo que les agregaran así como kilo y medio de longaniza y tres kilos de jamón bien magro. También la zorra hubiera tomado alguna c osilla; pero el médico le había ordenado dieta absoluta, y tuvo que conformars e con una liebre más grande que un borrego, adornada con unas dos docenas de cap ones bien cebados y de pollitos tomateros. Después de la liebre se hizo traer un estofado de perdices, tres platos de langosta, un asado de conejo y dos sartas de c horizos. Por último, pidió para postre unos cuantos kilos de uva moscatel, un me lón y dos sandías, diciendo que no quería nada más, porque estaba tan desganada que no quería ni ver la comida. El que menos comió de los tres fue Pinocho, qu e se contentó con una nuez y un pedazo de pan, y aun dejó algo en el plato. El pobre muchacho tenía el pensamiento fijo en el Campo de los Milagros, y había cogido ya una indigestión de monedas de oro. Cuando acabaron de cenar dijo la zorra al posadero: —Prepárenos dos buenos cuartos, uno para el señor Pino cho y otro para mi compañero y para mí. Antes de marcharnos echaremos un sueñecillo. Pero tenga presente que a media noche queremos estar despiertos para continuar nuestro viaje. —Sí, señores —respondió el posadero guiñando el ojo a la zorra y al gato, co mo queriendo decirles: ¡Ya os he comprendido, compadres! Apenas cayó Pinocho en la cama, se quedó dormido y empezó a soñar. Y así soñando le parecía estar en medio de un camp o, y que este campo estaba todo lleno de arbolillos cargados de racimos formados por monedas de oro, que al ser movidas por el aire hacían tin, tin, tin, como si quisieran decir: ¡Aquí estamos para el que nos quiera llevar! Pero cuando Pinoch o estaba en lo mejor, es decir, cuando ya extendía las manos para coger aquellas monedas y meté rselas en e l bolsillo, fue despertado de pronto por tres fuertes golpes que dieron en la puerta del cuarto. Era el posadero, que venía a decirle que era media noche. —¿Están ya dispuestos mis compañeros? — preguntó el muñeco. —¿Cómo dispuestos? ¡Ya hace dos horas que se fueron! —¿Por qué tenían tanta prisa? —Porque el gato ha recibido un parte telegráfi co diciendo que el mayor de sus gatitos está en peligro de muerte por culpa de los sabañones. —¿Han pagada la cena? —¿Cómo es eso? Son personas muy bie n educadas, y no habían de hacer tamaña ofensa a un caballero como usted. —¡Diantre! ¡Pues es una ofensa que hubiera recibido con mucho gusto! —dijo Pinocho—. Después preguntó: —¿Y dónde han dicho que me esperaban esos buenos amigos? —Mañana al amanecer, en el Campo de los Milagros. Después de haber tenido que soltar una de sus monedas para pagar la cena de los tres, salió Pinocho de la posada. Pero puede decirse que salió a tientas, porque la noche estaba tan oscura, que no se veían los dedos de la mano. Por todo alrededor no se oía moverse una hoja. Únicamente algún que otro pájaro nocturno cruzaba el camino de un lado a otro, tropezando a veces con la nariz de Pinocho, el cua l daba un salto y gritaba lleno de miedo: —¿Quién va?, y ent onces el eco rep etía a lo lejos —¿Quién va? ¿Quién va? ¿Quién va? En tanto seguía Pinocho su camino, y a poco vio en el tronco de un árbol un animalito muy pequeño, que relucía con respl andor pálido y opaco, como luce una mariposa detrás de la porcelana transparente de un a lamparilla de noche. —¿Quién eres?— preguntó Pinocho. —¡Soy la sombra del grillo -parlante!— respondió el animalito con una vocecita débil, débil, que parecía venir del otro mundo. —¿Y qué quieres?—dijo el muñeco. —Quiero darte un consejo. Vuélvete por tu camino y lleva esas cuatro monedas que te quedan a tu pobre papito, que llora y se desespera al no verte. —Mañana mi papito se convertirá en un gran señor, porque en vez de cuatro monedas tendrá dos mil. —¡Hijo mío, no te fíes de los que te ofrecen hacerte rico de la noche a la mañana! Generalmente, o son locos o embusteros que tratan de engañar a los demás. Créeme a mí, que te quiero bien: vuélvete a tu casa. —Pues a pesar de eso, yo sigo adelante. —¡Mira que es muy tarde! —¡Quiero seguir adelante! —¡Mira que la noche está muy oscura! —¡Te digo que quiero seguir adelante! —¡Mira que este camino es muy peligroso! —¡Que lo sea! ¡Yo sigo adelante! —Acuérdate de que a los muchachos que no obedecen más que a su capricho y a su voluntad, les castiga Dios, y pron to o tarde tienen que arrepentirse. —¡Sí, ya lo sé! ¡La misma historia de siempre! ¡Buenas noches! —¡Buenas noches, Pinocho! ¡Que Dios te guarde del relente y de los ladrones! Apenas terminó de hablar la sombra del grillo - parlante, se apagó su lucecita como si la hubieran soplado, y el camino quedó aún más oscuro que antes.
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CAPÍTULO XII
Por no haber hecho caso a los consejos del grillo- parlante, se encuentra Pinocho con unos ladrones —¡Verdaderamente que los niños somos bien desgraciados! —se decía el m uñeco al emprender de nuevo su viaje. —¡Todo el mundo nos grita, todos nos regañan y se meten a darnos consejos! Si les hiciéramos caso, todos harían oficio de padres o maestros, ¡hasta los grillos-parlantes! Por e jemplo por no hacer caso de ese fastidioso grillo; ¿quién sabe cuántas desgracias deberán ocurrirme, según él? —¡Hasta ladrones dice que voy a encontrarme! Menos mal que no creo ni he creído nunca en los ladrones. Para mí los ladrones han sido inventados por los papás a fin de meter miedo a los muchachos que quieren a ndar por las noches fuera de su casa. Además, aunque me los encontrase aquí mismo en el camino, ¿qué me iba a pasar? De seguro que nada, porque les gritaría bien fuerte, en su misma cara: "Señores ladrones, ¿qué quieren de mí? ¡Les advierto que conmigo no se juega; con que ya pueden largarse de aquí, y silencio! ” Cuando les diga todo esto muy en serio, los pobres ladrones escaparán como el vien to. ¡Ya me parece que los estoy viendo correr! Y en último término, si estuvieran tan mal edu cados que no quisieran escapar, entonces me escapaba yo, y asunto concluido. Pero no pudo Pinocho terminar sus razonamientos, porque en aquel instante le pareció oír detrás de él un ligero ruido de hojas. Volviéndose para mirar lo que fuera, y vio en la oscuridad dos enmascarados que, disfrazados con sacos de carbón, corrían tras él dando saltitos de puntillas como dos fantasmas. —¡Aquí están ! —se dijo Pinocho; y no, sab iendo dónde esconder las cuatro monedas de oro, se las metió en la boca debajo de la lengua. Después trató de escapar; pero aún no había dado el primer paso, cuando sintió que le agarraban por los brazos y que dos voces horribles y cavernosas le decían: —¡La bolsa o la vida! No pudiendo Pinocho contestar de palabra, porque se lo impedían las monedas que tenía en la boca, hizo mil gestos y señas para a entender a aquellos dos encapuchados (de los cuales sólo podía verse lo s ojos por unos agujeros hechos en los sacos) que él era un pobre muñeco, y que no tenía en el b olsillo ni siquiera un céntimo partido por la mitad. —¡Ea, vamos! ¡Menos gestos, y venga pronto el dinero!— gritaron bruscamente los dos bandidos. Y el muñeco hizo de nuevo con la cabeza y con las manos un gesto como diciendo: ¡No tengo absolutamente nada! —¡Saca pronto el dinero, o estás muerto! —dijo el más alto de los dos ladrones. —¡Muerto!— repitió el otro. —¡Y después de matarte a ti, mataremos también a tu padre! —¡También a tu padre! —¡No, no, no! ¡A mi pobre papá no! —gritó Pinocho con acento desesperado; pero al gritar le sonaron las monedas en la boca. —¡Ah, bribón! ¿Conque llevabas escondido el dinero en la boca? ¡Escúpelo en seguida! Y Pinocho firme como una roca. —Te haces el sordo, ¿eh? ¡Pues espera, y ya ver ás cómo nosotros hacemos que lo escupas! Uno de ellos cogió el muñeco por la punta de la nariz y el otro por la barba, y comenzaron a tirar cada uno por su lado a fin de o bligarle a que abriera la boca; pero no fue posible: parecía como si estuviera clavada y remachada. Entonces el más bajo de los dos ladro nes sacó un enorme cuchillo, y trató de meterlo por entre los labios de Pinocho para ob ligarle a abrir la boca; mas el muñeco, rápido como un relámpago, le cogió la mano con los dientes y se la cortó en redondo de un mordisco. ¡Figuraos lo asombrado que se quedaría cuando al echarlo de la boca vio que era una zarpa de gato! Envalentonado con esta primera victoria, consiguió librarse de los ladrones a fuerza de arañazos, y saltando por encim a de un matorral escapó a campo traviesa. Los ladrones echaron a correr tras él, como dos perros tras una libre. Después de una carrera de quince kilómetros, el pobre Pinocho no podía ya más: viéndose perdido, se subió por el tronco de un altísimo pino, y cuando llegó a la copa se sentó cómodamente entre dos ramas. T ambién los ladrones trataron de subir al árbol; pero al llegar a la mitad de la al tura resbalaron por el tronco y cayeron a tierra, con los pies y las manos despellejados. Pero no por eso se dieron por vencidos, sino qu e recogiendo un pedazo de leña seca, lo acercaron al pie del árbol y prendieron fuego. En menos tiempo del que se tarda en decirlo empezó a arder el pino. Vie ndo Pinocho que las llamas iban subiendo cada vez más, y no queriendo termi nar asado como un pollo, dio un magnífico salto desde lo alto d el árbol, y se lanzó a correr como un gamo por campos y viñedos. Y los ladrones detrás, siempre detrás, sin cansarse nunca. En tanto empezaba a clarear el día, y de pro nto se encontró Pinocho con que estaba el paso cortado por un foso ancho y muy p rofundo, lleno de agua sucia de color de café con leche. ¿Qué hacer? El muñeco no se detuvo a pensarlo. Tomó carrerilla y gritando: ¡Una, dos, tres!, saltó dentro d el foso, yendo a parar a la otra orilla. También saltaron a su vez lo s ladrones; pero como no hab ían calculado bien la distancia, ¡cataplum!, cayeron de patitas en el agua. Al sentir Pinocho el golpazo de la caída y la s salpicaduras del agua, gritó, burlándose y sin dejar de correr: —¡Qué les siente bien el baño, señores ladrones! Y ya se figuraba que se habrían ahogado en el foso, cuando al volver una vez la cabeza vio que seguían corriendo detrás siempre metidos en los sacos y chorreando agua por todas partes.
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CAPÍTULO XIV
Los ladrones continúan persiguiendo a Pinocho y cuando al fin consiguen darle alcance, le cuelgan del encino grande Entonces el muñeco, habiendo perdido ya toda esperanza de salvación, estuvo tentado de arrojarse al suelo y darse por vencido; pero al dirigir en torno suyo una mirada, vio a lo lejos blanquear una casita entre las verdes copas de los árboles. —¡Si tuviera fuerzas para llegar hasta allí, quizás podría salvarme!— se dijo. Y sin perder un segundo se lanzó nuevamente a todo correr por el bosque en dirección de aquella casita. Y los ladrones siempre detrás. Después de haber corrido desesperadamente durante cerca de dos horas, llegó, por último, sin aliento a la puerta de la casita y llamó. No respondió nadie. Volvió a llamar con más fuerza, porque sentía acercarse el rumor de los pasos y la respiración jadeante de sus perseguidores. El mismo silencio. Viendo que el llamar no le daba resultado, empezó a dar puntapiés y cabezadas en la puerta. Entonces se asomó a la ventana una hermosa niña de cabellos de un color azul precioso y de cara blanca como la nie ve, con l os ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, que sin mover lo s labios dijo, con una vocecita que parecía venir del otro mundo. —¡En esta casa no hay nadie; todos están muertos! —¡Pues, ábreme tú! — gritó Pinocho suplicante y lloroso. —¡Yo también estoy muerta! —¡Muerta! Pues, entonces, ¿qué haces ahí en la ventana? —¡Estoy esperando la caja que ha de servir para enterrarme! Apenas dijo estas palabras desapareció la niña, y se cerró la ventana sin hacer ruido alguno. —¡Oh, hermosa niña de cabe llos azules: abre, por piedad! —gritaba Pinocho — ¡Ten compasión de un pobre niño perseguido por los ladrones! Pero no pudo terminar la palabra, porque sintió que le agarraban por el cuello, y oyó los mismos dos vozarrones, que decían con acento amenazador: —¡Esta vez no te escaparás! Al verse el muñeco tan cerca de la muerte, fue acometido de un temblor tan grande, que le sonaban las junturas de sus pie rnas de madera y las monedas de oro que había escondido debajo de la lengua. —Conque vamos a ver: ¿abr es la boca o no? —le preguntaron los ladrones —. ¡Ah! ¿No quieres responder? ¡Ahora veremos! Y sacando dos cuchillos largos, largos y afilados como navajas de afeitar, ¡zas...zas...!, le dieron dos cuchilladas en la espalda. Pero por fortuna, el muñeco es taba hecho de una madera tan dura, que las hojas de los cuchillos saltaron en mil pedazos, y los ladrones se quedaron con los mangos en las manos y mirándose asombrados. —¡Ah!, ¡ya comprendo! —dijo entonces uno de ellos—. ¡Hay que ahorcarle! ¡Ahorquémosle! —¡Ahorquémosle!— repitió el otro. Dicho esto le amarró las manos a la espalda, y pasándole un nudo corredizo por la garganta, le colgaron de una gruesa rama de un gran encino. Después se sentaron sobre la hierba para esp erar a que el muñeco hiciese la última pirueta; pero tres horas después seguía el m uñeco con los ojos abiertos, la boca cerraba y moviendo los pies cada vez más. Finalmente, cansados de esperar, se levantaro n, y dirigiéndose a Pinocho, le dijeron en tono de burla: —Vaya, hasta mañana! Esperamos que cuando volvamos otra vez, nos habrás hecho el favor de estar bien muerto y con la boca abierta. Dicho esto se marcharon. Entretanto se ha bía levantado un fuerte viento, que silbaba rabiosamente, y que, moviendo de un lado a otro al pobre ah orcado, le hacía oscilar violentamente como badajo de campana en día de fiesta. Este conti nuo movimiento le causaba grandes dolores, y el nudo corredizo le apr etaba cada vez más la garganta, quitándole la respiración. Poco a poco iban apagándose sus ojos; sentía que se acercaba el instante de su muerte, y se encomendaba a Dios, suplicándole que le enviase alguna persona caritativa que le salvara. Sólo cuando después de esperar tanto tiempo vio que no pasaba nadie, balbuceó: —¡Oh, papá mío; si estuvieras aquí! No tuvo fuerzas para decir más. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida, se quedó rígido e inmóvil.
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CAPÍTULO XV
La hermosa niña de los cabellos azules hace recoger el muñeco; le mete en la cama, y manda llamar a tres médicos para saber si está vivo o muerto. En el momento en que el pobre Pinocho, colgado por los ladrones en una rama de la Encina grande, parecía más muerto que vivo, la hermosa niña de los cabellos azules apareció de nuevo en la ventana. Y co mpadecida de aquel infeliz, que colgado por el cuello se columpiaba movido por el viento, dio tres palmaditas con las manos. A los pocos instantes se oyó un rápido batir de alas, y apareció un milano muy grande, que vino a posarse en el antepecho de la ventana. —¿Qué quieres de mí, hermosa Hada? — dijo el milano inclinando el pico en señal de respeto, porque habéis de saber que la niña de los cabellos azules no era, en fin de cuentas, más que una buenísima Hada, que hac ía más de mil años que vivía en aquel bosque. —¿Ves aquel muñeco que está colgado de una rama de la encina grande? —Lo veo. —Pues bien: vete allí en seguida, volando; corta con tu fuerte pico la cuerda que le tiene suspendido en el aire, y con mucho cuidado le colocas tendido en la hierba al pie del encino. Salió volando el milano, y a los dos minutos estaba ya de vuelta, diciendo: —Ya está hecho lo que me has ordenado. —¿Y cómo le has encontrado? ¿Vivo o muerto? —A primera vista parecía muerto; pero no deb e de estar aún muerto del todo, porque apenas he aflojado el nudo corredizo que le apretaba la garganta, ha lanzado un fuerte suspiro y ha dicho en voz baja: ¡Ahora me siento mejor! Entonces el Hada dio otras dos palmadas, y apareció un magnífico perro de lanas, que andaba sobre las patas de atrás completa mente derecho, como si fuera un hombre. Estaba vestido como un cochero, con uniforme de gala. Llevaba en la cabeza un tricornio galoneado de oro; una peluca rubia, con rizos que colgaban hasta el cuello; una casaca de color de chocolate, con botones de brillantes y con dos grandes bolsillos para guardar los huesos que su ama le daba para comer; unos calzones cortos de terciopelo carmesí, medias de s eda y zapatos escotados. Detrás llevaba una especie de funda de paraguas, hecha d e raso azul , que le servía para meter el rabo cuando el tiempo amenazaba lluvia. —Óyeme, mi buen Sultán —dijo el Hada al per ro de lanas —. Haz enganchar en seguida la mejor de mis carrozas, y toma el camino del bosque. Cuando llegues bajo el gran encino , encontrará s tendido sobre la hierba un pobre muñeco medio muerto. Recógele con cuidado, le colocas bien en los almohadones de la carroza y le traes aquí. ¿Has comprendido? El perro de lanas meneó tres o cuatro veces la funda de raso azul, como dando a entender que había comprendido, y salió a escape. Al poco tiempo se vio salir de la cochera una hermosísima carroza azul celeste, almohadillada con plumas de canario y tirada por cien parejas de conejitos de Indias, blancos, con los ojitos encarnados, lle vando sentado en el pescante al perro de lanas, que hacía chasquear el látigo a derecha e izquierda, como los cocheros: cuando temen llegar tarde. No había pasado un cuarto de hora cuando regresó la carroza, y el Hada, que estaba esperando a la puerta de la casa, tomó en brazos al pobre muñeco, y conduciéndole a una habitación pequeñita que te nía las paredes de nácar, mandó llamar a los médicos más famosos de los alrededores. Y llegaron los médicos, uno detrás de otro: un cuervo, un mochuelo y un grillo parlante. —Quisiera saber, señores —dijo el Hada volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho—, si este pobre muñeco está vivo o muerto. ¡Al oír esta pregunta se adelantó primero el cuervo, y le tomó el pulso; después le tocó la nariz y el ded o meñique del pie izquie rdo, y cuando le hubo examinado bien, pronunció solemnemente estas palabras: —Yo opino que el muñeco está completamente muerto; si por fortuna no estuviese muerto, entonces sería señal indudable de que estaba vivo. —Siento mucho no ser de la misma opinión de mi ilustre amigo y colega el cuervo —dijo a su vez el mochuelo—; yo opino que el muñeco está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviese entonces sería señal indudable de que estaba muerto. —¿Y usted qué dice? —preguntó el Hada al grillo-parlante. —Yo creo que el médico prudente, cuando no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es permanecer callado. Por lo demás, es te muñeco no me es desconocido: hace ya tiempo que le conozco. Pinocho que había permanecido hast a aquel momento como un tronco, tuvo un estremecimiento que hizo mover la cama. —¡Este muñeco —continuó diciendo el grillo- parlante— es un granuja incorregible! Pinocho abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos en el acto. —¡Es un galopín, un holgazán, un vagabundo! Pinocho escondió la cara entre las sábanas. —¡Un hijo desobediente, que hará morirse de pena a su pobre padre! En aquel momento se sintió en la habitación rumor de llanto y de sollozos. Levantaron el embozo de la sábana y se encontraron con que era Pinocho el que lloraba. —Cuando el muerto llora, es señal de que está en vías de curación —dijo solemnemente el cuervo. —Siento mucho contradecir a mi ilustre amigo y colega —replicó el mochuelo. Yo creo que cuando el muerto llora es señal de que no le hace gracia morirse.
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CAPÍTULO XVI
Pinocho se come el azúcar sin querer purgarse; pero al ver que llegan los enterradores para llevárselo, bebe toda la purga. Después le crece la nariz por decir mentiras. Apenas salieron los tres médicos de la habitaci ón, se acercó el Hada a Pinocho, y al tocarle la frente notó que tenía una gran fiebre. Entonces disolvió unos polvos blancos en medio vaso de agua y se los presentó al muñeco, diciéndole cariñosamente. —Bebe esto, y dentro de pocos días estarás bueno. Pinocho miró el vaso torciendo el gesto, y preguntó con voz plañidera: —¿Es dulce, o amargo? —Es amargo, pero te sentará bien. —¡Amargo! No lo quiero. —¡Anda, bébelo: hazme caso a mí! —Es que no me gustan las cosas amargas. —Bébelo, y te daré después un terr ón de azúcar para quitarte el mal gusto. —¿Dónde está el terrón de azúcar? —Aquí lo tienes —dijo el Hada, sacándolo de un azucarero de oro. —Primero quiero que me des el terrón de azúcar, y después beberé el agua amarga. —¿Me lo prometes? —Sí. El Hada le dio el terrón, y Pinocho, después de comérselo en menos tiempo que se dice, se relamió los labios, exclamando: —¡Qué lástima que el azúcar no sea medicina! ¡Yo me purgaría entonces todos los días! —Ahora vas a cumplir la promesa que me has hecho, y a beberte este poco de agua que ha de ponerte bueno. De mala gana tomó Pinocho el vaso en la mano, acercando la punta de la nariz y haciendo un gesto; después hizo como que se lo llevaba a la boca; pero se arrepintió y volvió a olerlo, hasta que por último dijo: —¡Es muy amarga! ¡Muy amarga! ¡No puedo beberla! —¿Cómo puedes saberlo, si no lo has probado? —Me lo imagino, conozco en el olor. Quiero otro terrón de azúcar primero, y después la beberé. Con toda la paciencia de una buena madre, el Hada le puso en la boca un poco de azúcar, y después le presentó el vaso otra vez. —Así no puedo beberlo —dijo el muñeco haciendo mil gestos. —¿Por qué? —Porque me fastidia esa almohada que tengo en los, pies. El Hada retiró la almohada. —¡Es inútil!, tampoco puedo beberlo. —¿Qué es lo que ahora te fastidia? —Me fastidia esa puerta del cuarto que está medio abierta. Entonces el Hada cerró la puerta. —¡Es que no quiero! —gritó, Pinocho llor ando y pataleando—. ¡No; no quiero beber ese agua amarga; no quiero; no, no! —¡Hijo mío, mira que luego te arrepentirás! —¡Mejor! —Tu enfermedad es grave. —¡Mejor! —Esa fiebre puede llevarle al otro mundo. —¡Mejor! —¿No tienes miedo de la muerte? —Ninguno. ¡Antes me muero que beber esa medicina tan amarga! En aquel mo mento se abrió de par en par la puerta de la habitación, y entraron cuatro conejos, negros como la tinta, que llevaban sobre los hombros; una caja de muerto. —¿Qué queréis? —gritó, Pinocho despavorido, sentándose en la cama. —Venimos por ti —respondió el conejo más grueso de los cuatro. —¿Por mí? ¡Pero si no me he muerto todavía! —Todavía no; pero te quedan pocos instantes; de vida, por no haber querido beber la medicina, que te hubiera curado la fiebre. —¡Oh, Hada mía! ¡Hada mía! —comenzó entonces a gritar el muñeco—. ¡Dame en seguida el vaso! ¡Anda pronto, por favor, que yo no quiero morir, no quiero morir! Y tomando el vaso con ambas manos, se lo bebió de un sorbo. —¡Paciencia! —dijeron entonces los conejos—. Por esta vez hemos perdido el viaje. Y echándose de nuevo sobre los hombros la caja, que habían dejado en tierra, salieron del cuarto refunfuñando y murmurando entre dientes. Claro es que a los pocos minutos pudo Pinocho saltar de la cama completamente curado; porque ya se sabe que los muñec os de madera tienen la particularidad de ponerse muy enfermos de pronto y de curarse en un santiamén. Cuando el Hada le vio correr y retozar por la habitación, listo, y alegre como un pajarillo escapado de la jaula, le dijo: —¿De modo que mi medicina te ha sentado muy bien? —¡Ya lo creo! ¡Me ha resucitado! —Entonces, ¿por qu é te has resistido tanto para beberla? —Porque los niños somos así. Tenemos, más miedo de las medicinas que de la enfermedad. —¡Pues muy mal hecho! Los niños debierais recordar que una medicina a tiempo puede evitar una grave enfermedad, y aun la misma muerte. —¡Ah! Otra vez no me resistiré tanto. Me acordaré de esos conejos negros con la caja de muerto al hombro, y entonces cogeré en seguida el vaso, y adentro. —¡Muy bien! Ahora vente aquí, a mi lado, y cuéntame cómo caíste en manos de los ladrones. Pues fue que Tragalumbre me dio cinco monedas de oro y me dijo: "Llévaselas a tu pap á", y en el camino me encontré una zorra y un gato, dos personas muy buenas, que me dijeron: ¿Quieres que esas monedas se conviertan en mil o en dos mil? Vente con nosotros y te llevaremos al Campo de los Milagros. Y yo les dije: "Vamos". Y ellos dijeron: "Nos detendremos un rato en la posada de El Cangrej o Rojo, y cuando sea media noche seguiremos nuestro camino." Cuando yo me desperté ya no estaban allí, porque se habían marchado. Entonces yo me marché también. Y hacía una noche tan oscura que apena s se podía andar. Y me encontré con dos ladrones metidos en dos sacos de ca rbón, que me dijeron: ¡Danos el dinero!" y yo les dije: "No tengo ningún dinero" . Porque me había escondido las monedas de oro en la boca. Y uno de los ladrones quiso meterme la mano en la boca, yo se la corté de un mordisco; pero al escu pirla me encontré con que, en vez de un a mano, era la zarpa de un gato. Y los ladrones echaron a correr detrás de mí; y yo corrí y corrí , hasta que me alc anzaron y entonces me colgaron por el cuello en un árbol del bosque, diciendo: "Mañana volveremo s, y estarás bien muerto y con la boca abier ta, y entonces te sacaremos las monedas de oro que tienes escondidas debajo de la lengua". —¿Y dónde tienes las cuatro monedas de oro?—le preguntó el Hada. —¡Las he perdido! —respondió Pinocho; pero era mentira porque las tenía en el bolsillo. Apenas ha bía dicho esta mentira, la nariz de l muñeco, que ya era muy larga, creció más de dos dedos. —¿Dónde las has perdido? —En el bosque. A esta segunda mentira siguió creciendo la nariz. —Si las has perdido en el bosque—dijo el Hada—, las buscaremos, y de s eguro que hemos de encontrarlas, porque todo lo que se pierde en este bosque se encuentra siempre. —Ahora que me acuerdo bien —dijo el muñeco, embrollándose cada vez más—, no las he perdido, sino que me las he tragado sin querer al tomar la medicina. A esta tercera mentira se le alargó, la nariz de un modo tan extraordinario que el pobre Pinocho no podía ya volverse en ninguna dire cción. Si se volvía de un lado, tropezaba con la cama o con los cristales de la vent ana; si se volvía de otro lado, tropezaba con la pared o con la puerta del cuarto, y si levantaba la cabeza, corría el riesgo de meter al Hada por un ojo la punta de aquella nariz fenomenal. El Hada le miraba y se reía. —¿Por qué te ríes?—preguntó el muñeco, confuso y pensativo, al ver cómo crecía su nariz por momentos. —Me río de las mentiras que has dicho. —¿Y cómo sabes que he dicho mentiras? —Las mentiras, hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que ti enen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga. Sintió Pinocho tanta vergüenza, que no sabiendo donde esconderse, trató de salir de la habitación. Pero no le fue posible: tanto le había c recido la nariz, que no podía pasar por la puerta.
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CAPÍTULO XVII
Pinocho vuelve a encontrarse con la zorra y el gato, y se va con ellos a sembrar sus cuatro monedas en el Campo de los Milagros. Como podéis suponer, el Hada dejó que el muñeco llorase y gritase durante más de media hora porque con aquellas nariz otas no podía salir de la habitación. Lo hizo así para darle una lección y para que se corrigiera del vicio de mentir, el vicio más feo que puede tener un niño. Pero cuando ya le vio tan desesperado que se le salían los ojos de las órbitas, tuvo lástima de él y dio unas palmadas. A esta señal entraron en la habitación unos cuantos millares de esos pájaros que se llaman picos o carpinteros, porque pican en la madera de los árboles y posándose todos ellos en la nariz Pinocho, empezaron a picarla de tal mane ra, que en pocos minutos aquella nariz enorme volvió a su tamaño anterior. —¡Qué buena eres, Hada, y cuánto te quiero! — dijo el muñeco, enjuagándose los ojos. —¡Yo también te quiero mucho! — respondió el Hada—; y si quieres quedarte conmigo, serás mi hermanito y yo seré para ti una buena hermanita. —Yo sí quisiera quedarme; pero; ¿y mi pobre papá? —Ya he pensado en eso. He ordenado que le avisen y antes de media noche estará aquí. ¿De veras? —grito Pinocho saltando de alegría —. Entonces, Hada preciosa, si te parece bien, iré a buscarle ¡Tengo muchas ganas de darle un beso al pobre viejecito que tanto ha sufrido por mí! —Bueno; pues vete. Pero cuidado con perderte. Toma el camino del bosque, y así le encontrarás seguramente. Salió Pinocho, y apenas llegó al bo sque empezó a correr como un galgo. Pero al llegar cerca del sitio donde estaba el gran encino se paró de pronto, porque le pareció que había oído ruido de gente entre la maleza. En efecto: vio aparecer... ¿No sabéis a quién? Pues a la zorra y el gato; o s ea a aquellos dos compañeros de viaje con los cuales había cenado en la posada de El Cangrejo Rojo. —¡Pues si es nuestro querido Pinocho! — gritó la zorra, abrazándole y besándole. —¿Qué haces por aquí? —¿Qué haces por aquí?— repitió el gato. —Es largo de contar—dijo el muñeco—. Pero ante todo os diré que la otra noche, cuando me dejaron en la posada , me salieron al camino unos ladrones. ¿Unos ladrones? ¿ Pero es de verdad? ¡Pobre Pinocho! ¿Y qué querían? —Querían robarme las monedas de oro. —¡Qué granujas!—dijo la zorra. —¡Qué grandísimos granujas!— repitió el gato. —Pero yo me e scapé—continuó contando el muñeco—, y ellos siempre detrás, hasta que me alcanzaron y me colgaron en una rama de aquel encino. Y Pinocho señaló el gran árbol , que estaba a dos pasos de distancia. —¡Que atrocidad! — exclamó la zorra —. ¡Qué mundo tan malo! ¡Parece mentira que haya gente así! ¿Dónde podremos vivir tranquilas las personas decentes? Mientras charlaban de este modo observó Pinocho que el gato estaba manco de la mano derecha porque le faltaba toda la zarpa, con uñas y todo. ¿Qué has hecho de tu zarpa?—le preguntó. Quiso contestar el gato pero se hizo un lío, y entonces intervino la zorra con destreza diciendo: —Mi amigo es demasiado modesto, y por eso no se atreve a contarlo. Yo lo contaré. Sabrás cómo hace una hora próximame nte que nos hemos encontrado en el camino un lo bo viejo, casi muerto de hambre que nos ha pedido una limosna. No teniendo nada que darle, ¿sabes lo que ha hecho este amigo mío, que tiene el corazón más grande del mundo? Pues se ha cortado de un mordisco la zarpa derecha, y se la ha echado al pobre lobo para que se desayunara. Y al terminar su relato la zorra se enjugó una lágrima. También Pinocho estaba conmovido. Se acercó al gato y le dijo al oído: —¡Si todos los gatos fueran como tú, qué felices vivirían los ratones! —¿Y qué haces ahora por estos lugares? —preguntó la zorra al muñeco. —Esperando a mi papá, que debe de llegar de un momento a otro. —¿Y tus monedas de oro? —Las tengo en el bolsillo, menos una que gasté en la posada de El Cangrejo Rojo. —¡Y pensar que en vez de cuatro monedas podrían ser mañana mil o dos mil! ¿Por qué no sigues mi consejo? ¿Por qué no va mos a sembrarlas en el Campo de los Milagros? —Hoy es imposible; iremos otro día. —Otro día será tarde—dijo la zorra. —¿Por qué? —Porque ese campo ha sido comprado por un gran señor, que desde mañana no permitirá que nadie siembre dinero. —¿Cuánto hay desde aquí hasta el Campo de los Milagros? —No llega a dos kilómetros. ¿Quieres venir? Tardamos en llegar una media hora; siembras en seguida las cuatro monedas, a los p ocos minutos recoges dos mil, y te vuelves con los bolsillos bien repletos. ¿Qué? ¿Vienes? Pinocho vaciló antes de contestar, porque se acordó de la buena Hada, del v iejo Gepeto y de los consejos del grillo -parlante; pero terminó p or hacer lo mismo que todos los muchachos que no tienen pizca de juicio ni de corazón; acabo por rascarse la cabeza y decir a la zorra y al gato: —¡Bueno; me voy con vosotros! Y marcharon los tres juntos. Después de haber andado durante medio día llegaron a un pueblo que se llamaba "Engañabobos". Apenas entraron, vio Pinocho que en todas las calles abundaban perros flacos y hambrientos que se estiraban ab riendo la boca, ovejas sucias y peladas que temblaban de frío, gallos y gallinas sin cresta y medio desplumados, que pedían de limosna un grano de maíz; grandes mariposas que ya no podían volar por haber vendido sus preciosas alas de brillantes colores, pavo reales avergonzados por el lastimos o estado de su cola y faisanes que lloraban la pérdida de su brillante plumaje de oro y plata. Entre aquella multitud de mendigos pasaba d e vez en cuando alguna soberbia carroza llevando en su interior ya una zorra , ya una urraca ladrona o algún pajarraco de rapiña. —¿Y dónde está el Campo de los Milagros? — preguntó Pinocho. —A dos pasos de aquí. Atravesaron la ciudad, y al salir de ella se metieron por un campo solitario, pero que se parecía como un huevo a otro a todos los demás campos del mundo. —Ya hemos llegado —dijo la zorra al muñeco —; ahora haz con las manos un hoyo en la tierra, y mete en el las cuatro monedas de oro. Pinocho obedeció: hizo el hoyo, colocó d entro las cuatro monedas que le quedaban y las cubrió con tierra. —Ahora —dijo la zorra — vete a ese arroyo cercano y trae un poco de agua para regar la tierra en que has sembrado. Pinocho fue al arroyo; pero como no tenía a m ano ningún cubo se quitó uno de los zapatos y lo llenó de agua, con la cual regó la tierra del hoyo. Después preguntó: —¿Hay que hacer algo más? —Nada más respondió la zorra —; ahora ya podemos irnos. Tú te vas a la ciudad, y cuando hayas estado allí unos veinte minutos, vie nes otra vez, y encontrarás que ya ha nacido el arbolito, con todas las ramas cargadas de monedas de oro. Lleno de gozo, el pobre muñeco dio efusivamente las gracias a la zorra y al gato, ofreciéndoles un magnífico regalo. —No queremos ningún regalo —respondieron aquel par de bribones —; sólo con haberte enseñado el modo de hacerte rico sin trabajo alguno, estamos más contentos que unas Pascuas. Dicho esto saludaron a Pinocho, y deseándole una buena cosecha, se marcharon. CAPITULO XVIII Roban a Pinocho sus monedas de oro, y además le tienen cuatro meses en la cárcel. Cuando Pinocho volvió a la ciudad , empezó a contar los minutos uno a uno y ya que creyó que había pasado el tiempo necesario, se puso de nuevo en marcha hacia el Campo de los Milagros. Andaba con paso rápido, y sentía que su corazón palpitaba con más fuerza que de costumbre, haciendo "ti c-tac, tic-tac", como un reloj en marcha. Mientras tanto, pensaba en su interior: —¡Qué chasco, si me encontrara con que las ramas del árbol tienen dos mil monedas en vez de mil! ¿Y si en vez de dos mil fueran cinco mil? ¿Y si en vez de cinco mil fueran c ien mil? ¡Entonces sí que sería un gran señor! ¡Tendría un magnífico palacio, y mil caballitos de cartón en muchas cuadras, automóviles, aeroplanos, y una despensa llena de mantecadas, de almendras garapiñadas, de bombones, de pasteles y de caramelos de lo s Alpes! Así fantaseando vio de lejos el Campo de los Milagros, y lo primero que hizo fue mirar si había algún arbolito que tuviera las ram as cargadas de monedas; pero no vio ninguno. Anduvo unos cien pasos más, y n ada; entró en el campo, y llegó hasta el mismo sitio donde había hecho el hoyo para enterrar sus monedas de oro; pero, nada, nada y siempre nada. Entonces s e quedó pensativo e inquieto y, olvidando las reglas de urbanidad y de buena crianza, sacó una mano del bolsillo y se rascó largo rato la cabeza. En aquel instante llegó a sus oídos una gran carcajada volviéndose y vio en las ramas de un árbol un viejo papagayo que estaba arreglándose con el pico las escasas plumas que le quedaban. —¿Por qué te ríes? —le preguntó Pinocho encolerizado. —Me r ío, porque al peinarme las plumas me he hecho cosquillas debajo del ala. No respondió el muñeco. Se fue al arroyo, y llenando de agua el mismo zapato de antes regó la tierra que había echado encima de las monedas. Otra carcajada mayor y más impertinente que la anterior se oyó en la soledad de aquel campo. —¡Pero, vamos a ver, papagayo grosero! — gritó exasperado Pinocho—, ¿se puede saber de qué te ríes? —¡Me río de los tontos que creen todas las patrañas que se les cuenta, y que se dejan engañar estúpidamente por el primero que llega! —¿Lo dices por mí? —Sí, lo digo por ti, pobre Pinocho, por ti, que eres tan simple, que has podido creer que el dinero se siembra en el campo y se recoge después, como se hace con las judías y con las patatas. Yo también lo creí una vez, Y por eso estoy hasta sin plumas. Ahora ya sé, aunque tarde, que para tene r honradamente unas pesetas hay que saber ganarlas con el propio trabajo, s ea en un oficio manual o con el esfuerzo de la inteligencia. —No te comprendo — dijo el muñ eco, que empezaba a temblar de miedo. —Me explicaré mejor — continuó el papagayo —. Sabes, pues, que mientras tú estabas en la ciudad, volvieron a este campo la zor ra y el gato, desenterraron las monedas y escaparon después como si los ll evase el viento. ¡L o que es ya, cualquiera les alcanza! Pinocho se quedó como quien ve visiones; ma s, no queriendo creer lo que le había dicho el papagayo, comenzó a cavar co n las manos la tierra que había regado, y cava que cava, abrió un boquete tan grande como una cueva. Pero las monedas no parecían. Lleno de desesperación, volvió corriendo a la ciudad, y se fue derechito a presentarse ante el juez para denunciar a los do s ladrones que le habían robado sus monedas. El juez era un mono de la familia de los gorilas ; un mo no viejo; muy respetable por su aspecto grave, por su barba blanca, y sobr e todo por unos anteojos de oro sin cristales, que usaba desde hacía dos a ños, p orque padecía una enfermedad de la vista. Cuando Pinocho estuvo en presencia del juez, contó el engaño de que había sido víctima; dijo los nombres y apellidos y seña s personales de los ladrones, y terminó por pedir justicia. El juez le escuchó con mucha bondad, poni endo gran atención en lo que el muñeco refería. Notándose claramente que se enternecí a c on aquel relato y que sentía verdadera compasión. Cuando Pinocho hubo t erminado, alargó la mano y tocó una campanilla. A esta llamada aparecieron dos perros mastines, vestidos de guardias. Señalando el juez a Pinocho, les dijo: —A este pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro; así, pues, atrápenlo, y a la cárcel con él. Quedándose Pinocho estupefacto al oír esta sentencia. Quiso protestar; pero no pudo, porque los guardias, para no perder el tiempo inútilmente, le taparon la boca y le llevaron a la cárcel. Allí permaneció cuatro meses, cuatro interminables meses, y aún hubiera estado mucho más tiempo, si no hubiese sido por un acontecimiento afortunado. Pues, señor, sucedió que el joven emperador que reinaba en la ciudad de Engañabobos, para solemnizar una gran victoria que había conseguido: sobre sus enemigos, ordenó que se celebrasen grandes festejos públicos: iluminaciones, fuegos artificiales, carreras de caballos y de bicicletas; y para demostrar su clemencia, dispuso que se abrieran las cárceles y que se pusiera en libertad todos los bribones. Entonces dijo Pinocho al carcelero: —Si salen de la cárcel los demás presos, yo también quiero salir. —Tú no puedes salir, porque no figuras en el número de los... —Discúlpeme usted—interrumpió Pinocho—; yo soy también un bribón. —¡Ah, ya! En ese caso, tiene usted mucha razó n —contestó respetuosamente el carcelero, quitándose la gorra. Y abriendo la puerta de la cárcel, dejó salir a Pinocho, haciéndole una profunda reverencia.
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CAPÍTULO XIX
Libre ya de la prisión, trata de volver a la casa del Hada; pero encuentra en el camino una terrible serpiente y después queda preso en un cepo. Figuraos la alegría de Pinocho al encontrarse en libertad. Sin detenerse un momento salió corriendo de la ciudad , y tomó el camino que debía conducirle a la casita del Hada. Había llovido mucho, y el camino tenía muchísimo fango. Los pies de Pinocho se hundían en barro hasta el tobillo. Pero el muñeco no hacía caso de esto. Con el deseo de volver al lado de su pad re y de su hermanita, la hermosa niña de los cabellos azules, corría a saltos como un galgo, y las salpicaduras del barro le llegaban hasta el gorro. Mientras así corría, iba diciéndose: —Pero, ¡cuántas desgracias me han ocurrido! ¡Y todo me lo tengo mer ecido, porque soy un muñeco testarudo y travieso! ¡Siempre quiero salirme con la mía, sin atender los consejos de los que me quieren bien, y tienen además mil veces más juicio y más experiencia que yo! ¡Pero lo que es ahora sí que me propongo cambiar de vida y ser un niño bueno y obediente! Ya estoy convencido de que los chicos desobedientes acaban siempre mal. ¿Me estará esperando mi papá? ¿Estará en la casita con el Hada? ¡Pobrecillo! ¿Cuánto tiempo hace que no le veo y que no tengo ni siquiera el consu elo de darle un beso? ¿Y mi preciosa hermanita? ¿Me habrá perdonado lo malo que he sido? ¡Y pensar que le debo tantos favores, que me ha cuidado tan bien, y que me salvó la vida!... ¡No; si es imposible que haya niño más ingrato y descastado que yo! Al terminar de decir esto se detuvo asustado y dio unos pasos hacia atrás. ¿Qué había sucedido? Pues que había visto en medio del camino una terrible serpiente de piel verde con los ojos de fuego, y cuya cola, dirigida hacia el cielo, echaba humo como una chime nea imposible describir el terror que sintió el muñeco. Se alejó algo más de medio kilómetro, y se sentó sobre un montón de grava esperando que la serpiente tuviera que marcharse a sus quehaceres o tuviera que ir a algún recado y dejara libre el paso. Esperó una hora, dos horas, tres horas; pero la serpiente, por lo visto, vivía de sus rentas y no tenía nada que hacer en todo el día. El caso es que continuaba allí, y Pinocho veía desde lejos el brillo de sus ojos de fuego y el humo que salía de su cola. Entonces Pinocho, creyendo que tendría valor suficiente, se acerc ó hasta pocos pasos de distancia, saludó a la serpiente con una ceremoniosa reverencia, y con vocecita insinuante y afectuosa le dijo: —Dispense usted, señora serpiente, ¿sería usted tan amab le que se apartara un poquitín para dejarme pasar? ¡Cómo si se lo hubiera dicho a una pared! Pinocho insistió con tono aún más amable: —Usted me perdonará, señora serpiente, pero es que vuelvo a mi casa, donde está esperándome mi papá, y ya ve usted... ¡hace tanto tiempo que no le veo! ¿Me permite usted que pase? La serpiente no sólo no contestó, sino que de pronto quedó inmóvil casi rígida. Sus ojos se cerraron, y la cola cesó de echar humo. —¡Uy! ¡Parece que se ha muerto! ¡Ole! ¡Ole¡ —pensó P inocho contentísimo y, restregándose las manos de alegría, fue a pasar por encima de la serpiente. Pero aún no había terminado de levantar la pierna, cuando la serpiente se erigió de pronto como un muelle que salta. Pinocho, aterrado, dio hacia atrás un s alto tan rápido, que tropezó y dio una voltereta como en el circo, cayendo al suelo de cabeza. Como Pinocho la tenía muy dura, y el camino tenía demasiado fango, se quedó clavado en el suelo con los pies en el aire. Al ver el muñeco en aquella postura tan ridícula, que daba patadas a diestro y siniestro, como si le hubieran dado cuerda, la serpiente empezó a reírse estrepitosamente, a carcajadas enormes. Pero, ¡qué risa! Se ponía mala. En fin, a fuerza de reír, y reír, y reír, se le reventó una vena del pecho, y entonces sí que quedó muerta de verdad. Pinocho se incorporó con gran trabajo, y volvió a emprender la carrera para llegar a la casa del Hada antes de que cayera la noche. Pero por lo largo que iba siendo el camino, no podía ya resistir los pinc hazos que el hambre le daba en el estómago, y saltó a un viñedo lindante para coger algunos racimos de uva moscatel. ¡Nunca lo hubiera hecho! Apenas penetró en el viñedo, crac..., sintió que dos cortantes aros de hierro le aprisionaban las piernas, hacié ndole ver todas las estrellas del cielo. El pobre muñeco había caído en un cepo colocado allí por el dueño del campo con objeto de cazar alguna garduña o cualquiera otra alimaña de las muchas que había, y que eran el azote de todos los gallineros del contorno.
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CAPÍTULO XX
Cae Pinocho en poder de un labrador que le obliga a servir de perro para custodiar un gallinero. ¡Pobre muñeco! Empezó a llorar, a gritar y a lamentarse; pero sus llantos y gritos eran inútiles, porque en todo el contorno no se veía ca sa alguna, y por el camino no pasaba alma viviente. Se hizo de noche. En parte por el daño grandísimo que le hacían aquellos hierros, apretándole las piernas como unas tenazas, y en parte por el miedo fenomenal de estar solo y de noche en aquel campo, el pobre Pinocho estaba a punto de caer desvanecido. En esto vio pasar cerca de su cabeza una luciérnaga de luz, y le llamó diciéndole: —¡Gusanito! ¡Precioso gusanito! ¿Quieres hacer la caridad de librarme de este suplicio? —¡Pobre muchacho ! —exclamó la luc iérnaga, acercándose compasiva para mirarle —. ¿Por qué tienes las piernas entre esos hierros tan cortantes? —¿Porque he entrado en este campo para coger un par de racimos de uva moscatel?... —Pero, ¿esas uvas son tuyas? —No. —¿Y quién te ha enseñado a t omar lo que no es tuyo? —¡Tenía mucha hambre! —¡Hijo mío, el tener hambre no es buena ra zón para apropiarse de lo ajeno! —¡Es verdad, es verdad! — exclamó Pinocho llorando—. ¡Pero ya no lo haré más! En este momento fue interrumpido el diálogo p or el ligerísimo rumor de pasos que se acercaba. Era el dueño del campo, que, andan do de puntillas, venía a ver si había caído en el cepo alguno de aquellas garduña s que le arrebataban los pollos durante la noche. Grande fue su asombro cuando, al sacar una linterna que llevaba debajo del capote, vio que en vez de una garduña había caído un muchacho. —¡Ah, ladronzuelo! —dijo el labrador encolerizado—. ¿Conque eres tú quien me roba las gallinas? —¡Yo, no; yo, no! —gritó Pinocho sollozando —. ¡Yo he entrado en el cam po sólo para tomar dos racimos de uvas! —El que roba uvas es capaz de robar también gallinas. ¡Voy a darte una lección que no olvidarás en toda tu vida! Y abriendo la cepa, agarró al muchacho por el cuello y echó a andar camino de su casa. Al llegar frente a la puerta le dejó caer en una er a que había casi a la entrada y dándole dos azotes, dijo: —Ahora ya es muy tarde, y quiero acostarme: mañana te ajustaré las cuentas. Mientras tanto, como hoy se ha muerto el perro que me hacía la guardia de noche, voy a ponerte en su puesto. Me servirás de perro guardián. Después de decir esto, le puso al cuello un grueso collar de cuero, erizado de púas de hierro, y se lo apretó de modo que no pudie ra quitárselo por la cabeza. El collar estaba sujeto a una larga cad ena de hierro, ésta a la pared por el otro extremo. —Si llueve esta noche — dijo el labrador —, puedes meterte en esa caseta de madera: ahí está la paja que ha servido de cama a mi perro durante cuatro años. ¡Ah! Procura estar bien alerta, y si vienen los ladrones, ladra muy fuerte. Hecha esta última advertencia, entró el labrador en su casa y cerró la puerta con cerrojo, mientras que el desgraciado Pinocho, más muerto que vivo, quedaba solo, tiritando de frío, de hambre y de miedo. De vez en cuando trata ba rabiosamente de meter las manos por entr e aquel collar, que le apretaba horriblemente la garganta. El pobre muñeco decía llorando: —¡Me está muy bien merecido! ¡He querido hacer vida de perdido, vagabundo; he seguido los consejos de las malas compañías; he sido un niño malo y desobediente, y por eso Dios me ca stiga! ¡Si hubiera sido un niño bueno y obediente, como lo son otros muchachos; si me hubiera dedicado al estudio y al trabajo; si hubiera permanecido en casa al lado de mi buen papá, no me vería ahora como me veo en medio del campo, teniendo que servir de perro de guarda a un labrador! ¡Oh, si se pudiera nacer otra vez! ¡Pero ya es tarde, y no hay más remedio que tener paciencia! Después de este pequeño desahogo, que realmente le salía del corazón , se metió en la perrera, y muy poco después se quedó dormido.
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CAPÍTULO XXI
Pinocho descubre a los ladrones, y en recompensa de su fidelidad queda libre. Hacía ya cerca de dos horas que dormía profundamente, y debía de ser poco más o menos la media noc he, cuando le despertó un rumor de voces extrañas que parecían venir de a fuera. Asomó la punta de la nariz a la puerta de la perrera, y vio reunidos en confabulación cuatro bichejos de pelaje oscuro, que semejaban gatos. Pero no eran tales gatos; eran g arduñas, animales carnívoros muy aficionados a las uvas y a los pollos tiernos. Una de las garduñas se separó de sus compañeras, y acercándose a la entrada de la perrera, dijo: —¡Buenas noches, Moro! —¡Yo no me llamo Moro!— contestó el muñeco. —¿Quién eres entonces? —Soy Pinocho. —¿Y qué haces aquí? —Estoy haciendo de perro guardián. —¿Dónde está Moro? ¿Qué ha sido del perro que estaba en esta caseta? —Se ha muerto esta mañana. —¿Se ha muerto? ¡Pobre animal! ¡Tan bueno como era! Pero, a juzgar por tu cara, tú también eres un perro simpático. —Dispénsame: yo no soy perro. —¿Pues, qué eres? —Un muñeco. —¿Y estás de perro guardián? —Desgraciadamente: es un castigo. —Pues bien; voy, a proponerte el mismo pacto que tenía con el difunto Moro, y te a seguro que quedarás contento. —¿Cuál es ese pacto? —Vendremos aquí una vez por semana, como antes hacíamos. Entraremos en el gallinero y nos llevaremos ocho gallinas. De esas ocho gallinas, siete serán para nosotras, la otra te la daremos a ti, con la condición de que te hagas el dormido y no se te ocurra ladrar y despertar al amo. —¿Y Moro lo hacía así? —¡Ya lo creo! Y siempre hemos estado en la mejor armonía. Con que, así, pues, duerme tranquilamente, y ten la seguridad de que antes de marcharnos de a quí dejaremos en la perrera una gallina bien pelada p ara que te la almuerces mañana. ¿Quedamos de acuerdo? —¡Pero, hombre! ¡Pu es ya lo creo! ¡Por completo!—respondió Pinocho —. Y se quedó moviendo la cabeza con un aire de un si es no es amenazador, como que riendo decir: " ¡Dentro de poco se arreglarán las cuentas!" Cuando las cuatro garduñas creyeron que estaba todo arreglado, desfilaron hacia el gallinero, que estaba junto a la perrera, y después de abrir a puerta a fuerza de uñas y dientes la puerta de madera que cerraba la entrada: penetraron silenciosamente una tras otra. Pero apenas habían acabado de entrar, cuando sintieron que se cerraba la puerta con gran violencia. Había sido Pinocho, que no contento con cerrar la puerta, para mayor seguridad puso p or delante una gran piedra para sujetarla a modo de puntal. Después comenzó a ladrar ¡guau!, ¡guau!, ¡guau!, con toda la fuerza que pudo, y con tanta propiedad, que parecía un perro auténtico. Al oír los ladridos saltó el labrador de la cama, tomó una es copeta, y se asomó a la ventana preguntando: —¿Qué ocurre? —¡Que están aquí los ladrones! — respondió Pinocho. —¿Dónde? —¡En el gallinero! —¡Bajo rápido! Y, efectivamente, en un momento bajó el labrador, entró en el gallinero, y después de atrapar y meter en un saco las cuatro garduñas, les dijo con acento de satisfacción: —¡Por fin habéis caído en mis manos! Podría castigaros si quisiera; pero no soy vengativo. Me conformaré con llevaros mañana a casa del vecino posadero, para que los despelleje y los haga estofados como si fueran liebres. Es un honor que no merecen; pero los hombres generosos como yo no guardamos rencor por estas menudencias. Después se acercó a Pinocho, le hizo muchas caricias, y le preguntó: —¿Cómo te has arreglado para descubrir el complot de estas cuatro ladronas? ¡Y pensar que Moro, mi fiel Moro, no pudo conseguirlo! El muñeco podía haber dicho todo lo que sabía: haber contado el vergonzoso convenio que tenía el perro con las garduñas; pero, acordándose de que el perro había m uerto, se dijo en se interior: ¿Para qué acusar a un difunto? Ya no se consigue nada, y es más caritativo no descubrir su infidelidad. —¿Estabas despierto cuando llegaron las garduñas, o dormías? —continuó preguntando el labriego. —Dormía —respondió Pino cho—; pero las garduñas me despertaron con su conversación, y una de ellas vino hasta la caseta y me dijo: "Si prometes no ladrar ni despertar al dueño, te regalaremos una buena gallina bien desplumada". ¡Dios! ¡Tener la desfachatez de hacerme a mí semejante proposición! Porque yo podré ser un muñeco con todos los defectos del mundo, pero no soy capaz de cometer un delito ni de hacerme igual a esa gentuza tan mala. —¡Eres un buen muchacho! —dijo el labriego, dándole un golpecito en el hombro —. Esos sentimientos te honran; y para probarte lo satisfecho que estoy de ti, desde este momento quedas en libertad de volver a tu casa. Y en seguida le quitó el collar del perro.
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CAPÍTULO XXIII
Pinocho llora la muerte de la hermosa niña de los cabellos azules; después encuentra una paloma que los lleva a la orilla del mar, y ahí se arroja al agua para ir a salvar a su papá. Apenas se vio Pinocho libre de aquel collar molestísimo, escapó a todo correr por el campo, y no paró un momento hasta llegar al camino real que había de conducirle hasta la casita del Hada. Apenas llegó al camino, pudo ver a lo lejos el bosque donde, por su desgracia, había encontrado a la zorra y al gato, y vio también entre los demás árboles la elevada copa de aquel gran encino, del cual había sido colgado por el cuello; pero, por más que miraba a uno y otro lado, no pudo descubrir la casita de la hermosa niña de los cabellos azules. Sintió entonces una especie de triste presentimiento, y apretando a correr con todas las fuerzas que sus piernas le permitían, en pocos minutos llegó a la pradera donde antes se levantaba la casita blanca. Pero la casita blanca ya no estaba allí. En su lugar había una lápida de mármol con una cruz, y en la cual estaban escritas las siguientes palabras: AQUI YACE LA NIÑA DE CABELLOS AZULES, QUE MURIO DE DOLOR POR HABERLA ABANDONADO SU HERMANITO PINOCHO. R. I. P. AMEN Podéis pensar cómo se quedaría el muñeco, después de haber deletreado con mucho trabajo esta inscripción. Cayó al suelo de boca, y cubriendo de besos e l mármol funerario, se echó a llorar desconsolado. Así permaneció toda la noche, y a la mañana siguiente seguía llorando, aunque ya sus ojos no tenían lágrimas que derramar. Sus lamentos y gritos eran tan fuertes y estridentes, que el eco los repetía en las colinas cercanas. Y llorando decía: —¡Oh, Hada preciosa! ¡Hermanita mía! ¿Por qué has muerto? ¿Por qué no me he muerto yo en tu lugar?; ¡yo, que soy tan malo, mientras que tú eras tan buena! Y mi papá, ¿dónde estará? ¡Oh, Hada preciosa! ¡Dime dónde pod ré encontrarle, porque ahora quiero estar a su lado y no dejarle nunca, nunca, nunca! ¡Dime que no es verdad que te has muerto! ¡Si es cierto que me quieres, si quieres mucho a tu hermanito, vuelve a mi lado como antes! ¿No te da pena verme solo, abandonad o de todos? ¡Si ahora vienen los ladrones me colgarán de nuevo en el gran encino, y esta vez moriré para siempre! ¿Qué va a ser de mí, solo en el mundo? ¿Quién me dará de comer ahora, que te he perdido a ti y a mi pobre papá? ¿Quién me dará una chaqueta nu eva? ¡Oh, cuánto mejor sería que yo también me muriese! ¡S í! ¡Yo q uiero morir! ¡Hu... hu... hu...! Mientras se lamentaba de este modo, trataba algunas veces de arrancarse los cabellos; pero como eran de madera, ni siquiera t enía el consuelo de despeinarse en desahogo de su desesperación. En aquel instante pasó volando una paloma muy grande, que detenién dose en el aire con las alas extendidas, gritó desde una gran altura: —Dime, muchacho: ¿qué haces ahí, en el suelo? —¡Ya lo ves: estoy llorando! —dijo Pinoch o alzando la cabeza hacia aquella voz y secándose los ojos con la manga de la chaqueta. —Y dime —continuó preguntando la palo ma—, ¿no conoces por casualidad entre tus compañeros a un muñeco que se llama Pinocho? —¿Pinocho? ¿Has dicho Pinocho? —repitió el muñeco, poniéndose instantáneamente de pie — ¡Yo soy Pinocho! Al oír la paloma esta respuesta se dejó caer velozmente y vino a posarse en tierra. Era más grande que un pavo. —Entonces, conocerás también a Gepeto. —¡Qué si le conozco! ¡Pues si es mi papá! ¿ Te ha hablado de mí? ¿Vas a llevarme adonde esté? ¿Vive todavía? ¡Contéstame, por caridad! ¿Vive? —Hace tres días que le dejé en la playa, orilla del mar. —¿Qué hacía? —Estaba construyendo una barquilla para atravesar el Océano. Hace más de cuatro meses que el pobre viejo anda errante por el mundo en busca tuyo; y como no ha podido encontrarte todavía, se le ha metido en tre ceja y ceja ir a buscarte a los lejanos países del Nuevo Mundo. —¿Cuánto hay desde aquí hasta esa playa? —Más de mil kilómetros. —¡Mil kilómetros! ¡Oh, linda paloma! ¡Qué felicidad tan grande si yo tuviera unas alas: como las tuyas! —Si quieres venir, yo te llevaré. —¿Cómo? —A caballo sobre mí. ¿Pesas mucho? —¿Pesar mucho? ¡Q ué va ! ¡Soy ligero como una pluma! Y sin decir más, saltó Pinoc ho sobre la palom a, y poniendo una pierna a cada lado, como los jinetes en los caballos, gritó lleno de alegría: —¡Galopa, caballito, galopa! ¡Tengo ganas de llegar pronto! Levantó el vuelo la paloma, y a los pocos minutos, había subido tanto, que casi tocaban las nubes. Al llegar a tan extraordi naria altura, el muñeco tuvo la curiosidad de mirar hacia abajo y asomó la cabeza; pero sintió tal miedo y tal vértigo, que para no caer tuvo que agarrarse con ambos brazos al cuello de su caballito de plumas. Volaron durante todo el día, y al caer la noche dijo la paloma: —¡Tengo mucha sed! —¡Y yo mucha hambre!—agregó Pinocho. —Vamos a detenernos unos minutos en ese palomar, y después nos pondremos de nuevo en viaje, para estar al amanecer en la playa del mar. Entraron en un palomar que estaba desierto, y en el cual encontraron, por fortuna, una cazuela con agua y un cestito lleno de algarrobas. En toda su vida había podido Pinocho comer algarrobas. Según decía él, le causaban náuseas, le revolvían el estómago. Per o aquella noche comió hasta que no pudo más, y cuando casi había dado fin de ellas, se volvió hacia la paloma, diciendo: —¡No lo hubiera creído nunca que las algarrobas fuesen tan ricas! —Hay que convencerse, muchacho — replicó la paloma—, de que cuando el hambre dice "¡aquí estoy!", y no hay otra cosa que comer, hasta las algarrobas resultan exquisitas. La verdadera hambre no tiene caprichos ni preferencias. Después de terminada esta ligera colación se pusieron de nuevo en viaje, y ¡a volar! A la mañana siguiente llegaron a la playa. La paloma dejó en tierra a Pinocho, y llevando su desinterés hasta no esperar ni a que Pinocho le diera las gracias, echó a volar rápidamente y desapareció. La playa estaba llena de gente, que gritaba y gesticulaba mirando hacia el mar. —¿Qué es lo que sucede? — preguntó Pinocho a una viejecita. —Sucede que un pobre padre que ha perdido a su hijo se ha metido en una barquilla para ir al otro lado del mar en busca suya; pero hoy está tan malo el mar, que la barquilla acabará por irse a pique. —¿Dónde está la barquilla? Mírala allí lejos, frente a mi dedo —dijo la vieja, señalando una barquita en el mar, que vista desde aquella distancia parecía una cáscara de nuez que llevaba dentro un hombre muy pequeñito. Siguió Pinocho con lo s ojos la direcci ón indicada, y después de mirar atentamente lanzó un agudísimo grito, diciendo: —¡Ese es mi papá! ¡Es mi papá! Mientras tanto la barquilla era presa del fu rioso temporal, y tan pronto desaparecía tras una enorme ola como volvía a flo tar. Pinocho, de pie en la cima de una roca más elevada que las demás, no cesaba de llamar a su papá y de hacerle señas con los brazos, con el pañuelo y hasta con el gorro. Pareció que Gepeto, por su parte, a pesar de estar tan lejos de la orilla, reconoció a su hijo, porque levantó su gorro al aire salud ando, y a fuerza de señas dio a comprender que hubiera deseado volver a la pl aya, pero que el mar estaba tan alborotado, que no le permitía hacer uso de los remos para acercarse a tierra. De pronto vino una t errible ola que hizo desaparecer la barca. Esperaron que volviese a flote, pero no se la vio más. —¡Pobre hombre! —dijeron entonces los pescadores que se hallaban reunidos en la playa, los cuales se marchaban tristemente hacia su s casas, cuando oyeron un grito desesperado y al volver la cabeza vieron un muchacho que se arrojaba al mar desde lo alto de una roca, gritando: —¡Quiero salvar a mi papá! Como Pinocho era de madera, flotaba fácilmente y nadaba como un pez. Tan pronto se le veía desaparecer bajo el agua, impulsado por la fuerza de las olas, como reaparecía nuevamente con un brazo o una pierna, siempre alejándose de la playa, hasta que por último se perdió de vista. —¡Pobre muchacho! —dijeron entonces los pescadores que se hallaban en la playa; y volvieron a sus casas tristemente.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXIII
Arriba Pinocho a la Isla de las Abejas industriosas y encuentra al Hada. Animado Pinocho por la esperanza de llegar a tiempo para salvar a su pobre papá , estuvo nadando sin cesar todo el día hasta que se le hizo de noche. ¡Y qué noche tan terrible fue! Diluvió, granizó, tronó, y eran tales los relámpagos, que parecía de día. Al amanecer vio a larga distancia una mancha de tierra. Era una isla en medio del mar. Entonces encaminó todos sus esfuerzos pa ra arribar a aquella playa, pero inútilmente; las olas se precipitaban una tras otra y le arrastraban como si fuera una paja. ¡Al fin !, por fortuna suya, vino una ola enorme, que le lanzó con gran fuerza, haciéndole caer sobre la arena de la playa. Fue el golpe tan fuerte, que al caer en tierra le crujieron todas las costillas y coyunturas; pero se consoló en el acto diciendo: —¡También esta vez me he escapado! Entretanto, poco a poco fue calmándose el cielo apareció el sol en todo su esplendor, y el mar quedó tranquilo como una balsa de aceite. Entonces el muñeco extendió al sol su traje para que se secara, y empezó a mirar si se veía por toda la inmensa sabana de agua alguna barquilla. Pero no pudo ver otra cosa que cielo, mar y alguna que otra vela de barco; pero lejos... —Indaguemos, cuando menos, como se llama esta isla —se dijo después —. Veamos si está habitada por buena gente; es decir, por gente que no tenga el vicio de colgar de los árboles a los niños. Pero ¿a quién voy a preguntárselo, si no hay nadie? La idea de encontrarse solo, completamente solo en aquel país deshabitado, le produjo tal melancolía, que sintió ganas de llorar; pero en aquel momento vio pasar cerca de la orilla un pez muy grande, que nadaba tranquilamente, llevando fuera del agua casi toda la cabeza. No sabiendo cómo llamarle por su nombre, el muñeco gritó con toda la fuerza de sus pulmones, para hacerse oír mejor: —¡Eh, señor pez! ¿Quiere usted escucharme un minuto? —¡Y aunque sean dos! —contestó el pez, que era un delfín mu y cortés y educado, como hay pocos en esos mares del mundo. —¿Haría usted el favor de decirme si en esta isla hay algún país donde se pueda comer sin peligro de ser comido? —Puedes estar tranquilo —respondió el delfín — Cerca de aquí encontrarás uno. —¿Y qué camino debo tomar para llegar hasta ese país? —Tienes que tomar ese sendero que hay a mano izquierda y seguir siempre adelante, en dirección de tu nariz. No tiene pérdida. —Dígame usted otra cosa. Usted que se pasea día y noche por el mar, ¿no ha enc ontrado por casualidad una barquita muy pequeña, en la cual iba mi papá? —¿Y quién es tu papá? —Es el mejor papá del mundo, así como yo soy el hijo más malo que se puede dar. —Con la tormenta de esta noche —respondió el delfín—, seguramente habrá naufragado la barca. —¿Y mi papá? —A estas horas se lo habrá tragado el terrible dragón marino que desde hace unos días ha traído el exterminio y la desolación a estas aguas. —¿Es muy grande ese dragón? —preguntó Pinocho, que ya empezaba a temblar de miedo. —¿Que si es grande? — replicó el delfín —. Para que puedas formarte una idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y con una bocaza tan ancha y tan profunda, que por ella podría fácilmente entrar un tren, con máquina y todo. —¡Qué horror! — gritó asustadísimo el muñeco; y entrándole de pronto gran prisa por marcharse, se quitó el sombrero y haciendo una cumplida reverencia dijo al delfín: —¡Hasta la vista, señor pez; mil perdones por la molestia, y muchísimas gracias por su amabilidad y cortesía! Dicho esto tomó por el sendero que el delfín le había indicado y empezó a caminar con paso ligero; tan ligero, que más que andar corría como un galgo. Apenas sentía el más ligero rumor, volvía la cabeza para mirar hacia atrás, con temor de que le siguiera aquel terrible dragón, grande como una casa de cinco pisos y con una bocaza capaz de tragarse un tren entero, con máquina y todo. Después de haber andado más de media hora llegó a un país que se llamaba el País de las Abejas industriosas. El cami no hormigueaba de personas que corrían de un lado a otro, trabajosamente, para cumplir sus obligaciones: todos trabajaban, todos tenían siempre algo que hacer. Ni con candil se podía encontrar un ocioso ni un vago. —¡Malo! —se dijo el desvergonzado de Pinocho— ¡Este país no se ha hecho para mí! ¡Yo no he nacido para trabajar! Entretanto el hambre empezaba a atormentarle, porque había pasado más de veinticuatro horas sin probar bocado; ni siquiera unas pocas algarrobas. ¿Qué hacer ? Para poder desayunarme no había más que dos medios; pedir trabajo o pedir limosna. Pedir limosna le daba vergüenza, porque su padre le había dicho siempre que sólo tienen derecho a pedir limosna los viejos y los inútiles o enfermos. Los verdaderos pobres que merecen compasión y socorro, sólo son los que por motivo de edad o de salud se encuentran imposibilitados para ganar el pan con el sudor de su rostro. Todos los demás están obligados a trabajar de una o de otra manera, y si no trabajan y tienen hambre, es por culpa suya. En aquel momento pasaba por el camino un hombre fatigado y sudoroso, que arrastraba él solo dos carretas cargadas de carbón. Le pareció a Pinocho que aquel hombre tenía cara de ser muy bueno, y acercándose a él, le dijo: —¿Quiere usted darme por caridad un pequeño pan? Porque me estoy muriendo de hambre. —No sólo un pequeño pan — respondió el carbonero—; te daré cuatro, si me ayudas a llevar hasta mi casa estas dos carretas de carbón. —¡De ningún modo! — respondió el muñeco, ofendido—. ¡Yo no sirvo para hac er de burro; yo no he tirado nunca de una carreta! —Mejor para ti —respondió el carbonero—. Pues, entonces, hijo mío, si tienes hambre, cómete una buena ración de tu orgullo, y ten cuidado de no coger una indigestión. Pocos minutos después pasó por el ca mino un albañil que llevaba al hombro un cesto de cal. —Buen hombre, tendría usted la caridad de dar un pedazo de pan a un pobre muchacho que se muere de hambre. —Con mucho gusto —respondió el albañil —. Vente conmigo, ayúdame a llevar la cal, y en vez de un pan te daré cinco. —Pero la cal pesa mucho, y yo no quiero fatigarme— replicó Pinocho. —Pues si no quieres fatigarte, cómete los codos, y que te haga buen provecho, hijo mío. En menos de media hora pasaron otras veinte personas, y a todas les pidió limosna Pinocho; pero respondieron: —¿No te da vergüenza? ¡En vez de hacer el va go por el camino, valía más que buscaras algún trabajo para ganarte el pan! Por último, pasó una mujercita que llevaba dos cántaros de agua. —¿Haría usted el favor de dejarm e beber un sorbo de agua en el cántaro? — le dijo Pinocho, que estaba abrasado por la sed. —Bebe lo que quieras, hijo mío— dijo la mujercita poniendo los cántaros en tierra. Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, balbuceó, pasándose el dorso de la mano por los labios: —¡Ya me he quitado la sed! ¿Quién pudiera hacer lo mismo con el hambre? Al oír estas palabras, la buena mujercita le dijo en el acto: —Si me ayudas a llevar a mi casa uno de estos cántaros, te daré un buen pedazo de pan. Pinocho miró el cántaro, pero no respondió. Y además del pan te daré un buen plato de coliflor con aceite y vinagre —añadió la buena mujer. Pinocho echó otra mirada al cántaro, pero tampoco contestó. —Y después de la coliflor te daré un pastel relleno de crema. Al oír tan seductora proposición ya no pudo resistir Pinocho su glotonería, y dijo con ánimo resuelto: —¡Paciencia! ¡Llevaré el cántaro hasta la casa! Como el cántaro era muy pesado para llevarlo al brazo, se resignó Pinocho a ponérselo en la cabeza. Cuando llegaron a la casa, la buena mujer hizo sentar a Pinocho ante una mesita cubierta con un mantel muy limpio, y colocó en ella el pan, la coliflor ya condimentada y el pastel de crema. Pinocho no comió, sino que devoró; su est ómago parecía un cuarto vacío y deshabitado desde hacía cinco meses. Cuando ya había calmado la rabiosa hambre que le mordía el estómago, levantó la cabeza para dar las gracias a su bienhechora, pero apenas la hubo mirado, se quedó estupefacto, con los ojos extraordinariamente abiertos, el tenedor en el aire y la boca llena de pan y coliflor. —¿Qué te sucede? — dijo sonriendo la buena mujer. —¡Es que...— contestó Pinocho balbuceando—; es que... me parece que estoy soñando! ¡Usted me recuerda...! ¡Sí, sí; la mis ma voz...los mismos ojos... los mismo cabellos! ¡Sí, sí...; también usted tiene el pelo azul turquí como ella! ¡Oh, Hada preciosa! ¡Oh, hermana mía! ¡Dime que eres tú, tú misma! ¡No me hagas llorar más! ¡Si supieras cuanto he llorado y cuánto he sufrido! Y al decir esto llorab a Pinocho desconsoladamente, y puesto de rodillas abrazaba a la misteriosa mujercita.
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CAPÍTULO XXIV
Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar Al principio la mujercita negaba que fuese el Hada de los cabellos azules; p ero después, viéndose descubier ta y no queriendo c ontinuar más tiempo la comedia, terminó por darse a conocer, y dijo a Pinocho: —¡Bribón de muñeco! ¿Cómo has podido acertar que era yo? —¡Es por lo mucho que te quiero! —¿Te acordabas de mí? Me dejaste siendo niña, y ahora me encuentr as hecha una mujer; tanto, que pudiera servirte de mamá. —Y yo me alegro mucho, porque en vez de hermanita te llamaré mamá. ¡Hace tanto tiempo que deseaba tener una mamá como los demás niños! —La tendrás si sabes merecerlo. —¿De veras? ¿Qué puedo hacer para merecerlo? —Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño bueno. —¿Es que no lo soy? —No, no lo eres. Los niños buenos son obedientes; pero tú... —Yo no obedezco nunca. —Los muchachos buenos tienen amor al estudio y al trabajo; pero tú... —Yo, en cambio, estoy todo el año hecho un holgazán y un vagabundo. —Los niños buenos dicen siempre la verdad. —Y yo digo mentiras. —Los niños buenos van con gusto a la escuela. —Y a mí la escuela me da dolor de cabeza. Pero de hoy en adelante quiero cambiar de vida. —¿Me lo prometes de verdad? —¡Lo prometo! Quiero ser muy bueno y quiero ser el consuelo de mi papá. ¿Dónde estará a estas horas mi pobre papá? —No lo sé. —¿Tendré aún la suerte de volver a verle y de abrazarle? —Creo que sí, pero no estoy segura. Tal contento causó a Pinocho esta respuesta , que tomó las manos del Hada y comenzó a besarla entusiasmado. Después levantó la cabeza, y mirándola cariñosamente preguntó: —Dime, mamita: ¿verdad que no te habías muerto? —Por lo visto...— respondió el Hada sonriendo. —¡Si supieras qué dolor tan grande sentí al leer: "Aquí yace..."! —Ya lo sé, y por eso te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo conocer que tenías buen corazón, y cuando un niño tien e buen corazón se puede esperar algo de é l, aunque sea un poco travieso y revoltoso; es decir, se puede esperar que vuelva al buen camino. Por eso he venido a buscarte hasta aquí. Yo seré tu mamá... —¡Oh, qué bien! — gritó Pinocho saltando de alegría. —Tú me obedecerás, y harás siempre lo que te diga. —¡Todo, todo, todo y muy contento! —Desde mañana irás a la escuela — continuó el Hada. Pinocho se puso un poco menos alegre. —Después escogerás el oficio que te parezca. Pinocho se puso serio. —¿Qué murmuras entre dientes? — preguntó el Hada con acento de disgusto. —Decía... —balbuceó el muñeco a media voz — que ahora ya me parece algo tarde para ir a la escuela. No, señor. Para instruirse y aprender, nunca es tarde. —Pero yo no quiero aprender ningún oficio. —¿Por qué? —Porque el trabajo me cansa mucho. —Hijo mío —dijo el Hada —, los que piensan d e ese modo acaban siempre en la cárcel o en el hospital. Todo hombre, nazca pobre o nazca rico, está obligado en este mundo a hacer algo, a tener una ocupación, a trabajar. ¡Ay del que se deje dominar por la pereza! La pereza es una enfermedad muy grave y muy fea, y hay que curarla siendo niño, porque cuando se llega a ser mayor ya no tiene cura. Estas palabras causaron gran impresión en Pinocho, que levantando vivamente la cabeza, dijo al Hada: —Yo e studiaré, trabajaré y haré todo lo que me digas, porque te quiero mucho, y porque tú tienes que ser siempre mi mamá.
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CAPÍTULO XXV
Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar para ver al terrible dragón Al día siguiente fue Pinocho a la escuela. ¡Figuraos lo que ocurriría entre aquella caterva de muchachos traviesos al ver que entraba en la escuela un muñeco! Aquello fue una de risotadas que no tenía fin. Uno le hacía una mueca, otro le tiraba por detrás de la chaqueta, otro le hacía ca er el gorro de la mano, alguno intentó pintarle con tinta unos bigotes, y no faltó quien quisiera atarle hilos a los pies y a las manos para hacerle bailar. Al principio Pinocho tuvo paciencia; pero cuando ésta se le iba ya acabando, se encaró con los más atrevidos y les dijo con cara de pocos amigos. —¡Mucho cuidado conmigo! ¡Yo no he venido aquí para divertir a nadie! Yo respeto a los demás, y quiero a mi vez ser respetado. —¡Bravo, Tonino; has hablado como un libro! — gritaron aquellos monigotes, aumen tando su algazara, y uno de ellos, más impertinente y atrevido que los demás, trato de agarrar al muñeco por la punta de la nariz. Pero no tuvo tiempo, porque Pinocho levantó la pierna y le dio un puntapié en la espinilla. —¡Ay! ¡Qué pie más duro! —gritó el muchacho, rascándose la parte dolorida. —¡Y qué brazo! ¡Aún más duro que los pies! Dijo otro que se había ganado un codazo en el estómago por haber querido dar a Pinocho otra broma desagradable. Aquel puntapié y aquel codazo, dados tan a tiempo, hicieron adquirir a Pinocho la estimación y la simpatía de todos los muchachos de la escuela; todos ellos quisieron ser amigos suyos, y le hicieron mil protestas de afecto. El maestro también se mostró satisfecho, porque le veía atento, estudioso, intel igente, siempre el primero para entrar en la escuela, y el último para ponerse en pie cuando había terminado la hora. El único defecto que tenía era frecuentar demasiado la compañía de los muchachos más traviesos y menos estudiosos. El maestro se lo adve rtía todos los días, y tampoco el Hada se cansaba de repetirle: —¡Ten mucho cuidado, Pinocho! Tarde o temprano, esos malos compañeros acabarán por hacerte perder la afición al estudio, y acaso también por atraerte alguna desgracia grande. —¡No hay cuidad o! —respondió el muñeco encogiéndose de hombros y tocándose la frente con el dedo índice, como queriendo decir: "Soy yo más listo de lo que parece". Pues, señor, que un día iba Pinocho a la escuela y se encontró con unos cuantos compañeros que se acercaron a él y le dijeron: —¿Sabes la gran noticia? —Pues que ha venido a este mar un dragón grande como una montaña. —¿De veras? Quizás sea el mismo de cuando se ahogó mi pobre papá. —Nosotros vamos a la playa para verle. ¿Quieres venir? —Yo, no; quiero ir a la escuela. —¿Qué te importa la escuela? Iremos mañana. Por una lección más o menos no hemos de ser menos burros. —¿Y qué dirá el maestro? —¡Déjale que diga! ¡Para eso le pagan: para estar ahí todo el día! —¿Y mamá? —Las mamás no saben nunca nada —respondieron aquellos pilletes. —¿Saben lo que voy a hacer? —dijo Pinocho —: Por ciertas razones que ustedes saben, quiero ver el dragón; pero iré después de salir de la escuela. —¡Valiente tonto! —repuso uno de los del grupo—. ¿Se creerá, sin duda, que un pez de ese tamaño va a esperarle para que lo vea a la hora que quiera? En cuanto se aburra de estar en este mar, se marchará a otro, y si te he visto no me acuerdo. —¿Cuánto se tarda en llegar a la playa? —preguntó el muñeco. —En una hora podemos ir y volver. —¡Pues vamos allá, y a ver quién corre más! Gritó Pinocho. Y dicho esto, aquellos monigotes, con los libros bajo el brazo, echaron a correr a través de los campos. Pinocho iba siempre delante de todos : parecía tener alas en los pies. De cuando en cuando volvía la cabeza para mirar hacia atrás, y se, burlaba de sus compañeros, retrasados a una buena distancia. Al verlos jadeantes, fatigados, cubiertos de polvo y con una cuarta de lengua fuera, se reía con toda el alma. ¡El infeliz no podía presumir en aquel momento que aquella carrera le llevaba al encuentro de nuevas calamidades!
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CAPÍTULO XXVI
Gran pelea entre Pinocho y sus compañeros. Uno de estos cae herido, y Pinocho es preso por la guardia civil. Apenas llegaron a la playa, comenzó Pinocho a mirar ansiosamente por toda la extensión del mar, pero no vio ningún dragón. El agua estaba tan tranquila y clara, que parecía un inmenso espejo. —¿Dónde está el dragón? —preguntó el muñeco, dirigiéndose a sus compañeros. —Se habrá ido a merendar —dijo uno de ellos riendo. —O se habrá metido en la cama para dormir la siesta —agregó otro, riendo aún más fuerte. Pinocho comprendió que sus compañeros, para burlarse de él, habían inventado la historia del dragón. Y al verse engañado, se enfa dó mucho, y les dijo con acento de amenaza: —Y ahora, ¿quieren decirme qué ganaron con esta broma tan tonta? —¡Ya lo creo que hemos ganado! — respondieron a coro aquellos pilletes. —Hacerte perder la clase. —¿No te da vergüenza de ser siempre tan puntual y de saberte todos los días las lecciones? ¿No te da vergüenza de tanto romperte la cabeza estudiando? —Y eso, ¿qué les importa a ustedes? —Nos importa mucho, porque por tu culpa hacemos mal papel en la escuela. —¿Por qué? —Porque los muchachos que estudian dejan en mal lugar a los que no quieren estudiar, como nos pasa a nosotros. Y no quer emos que nadie se luzca a costa nuestra. ¡Entiendes! ¡También nosotros tenemos nuestro amor propio! —Bueno. ¿Y qué es, entonces, lo qu e debo hacer para tenerlos contentos? —Hacer que te fastidien, como a nosotros, la escuela, los libros y el maestro, que son nuestros tres mayores enemigos. —¿Y si yo quisiera seguir estudiando? —No te miraríamos más a la cara, y en la primera ocasión que se presentase nos la pagarías. —¡La verdad es que casi me d an risa!— dijo el muñeco rascándose la cabeza. —¡Eh, Pinocho! —gritó entonces el mayor de aquellos muchachos mirándole fijamente a la cara—. ¡No vengas aquí a pintarla d e valiente! ¡No quieras hacerte el gallito, porque si tú no tienes miedo de nosotros , tampoco nosotros lo tenemos de ti! ¡Ten presente que tú est ás solo, y que nosotros somos siete! —¡Siete como los pecados capitales! —dijo Pinocho soltando una carcajada. —¿Vieron eso? ¡Nos ha insultado a todos! ¡Nos ha llamado pecados capitales! —¡Pinocho, ten cuidado con lo que dices, porque si no...! —¡Uy, qué miedo! —contestó el muñeco, sacándoles la lengua y haciéndoles burla. —¡Pinocho, que vamos a acabar mal! —¡Uy, qué miedo! —¡Que vas a volver a casa con la nariz rota! —¡Uy, qué miedo! —¡Sí! ¡Ahora vas a ver! —grito el más atrev ido, dándole un coscorrón en la cabeza—. Toma este capón, para que cenes esta noche. Como es de suponer, la respuesta no se hizo esperar: el muñeco contes tó en el acto con otro coscorrón, y desde este momen to el combate se hizo general y encarnizado. Aunque Pinocho estaba solo, se defendía como un héroe. Sus duros pies de madera trabajaban de tal manera, que sus ene migos se mantenían a respetuosa distancia. Allí donde uno de sus pies conseguía al canzar, dejaba un moretón para recuerdo. Cuando los siete muchachos se convencieron d e que cuerpo a cuerpo no podían meter mano al muñeco, echaron mano de los proy ectiles, y soltando las correas con que llevaban su jetos los libros, empezaron a apedrearle con ellos. Pero Pinocho, que era listo y ágil, esquivaba los golpes dando saltos, y los libros, uno a uno, fueron cayendo al mar sin que ninguno le tocara. ¡Ya se podrán imaginar la revolución que se armó entre los peces! Creyendo que los libros eran cosa de comer, iban disparados a cogerlos; pero apenas daban un bocado se apresuraban a escupir el papel, haciendo una rue da, como si dijeran: "¡Uf! ¡Qué malo está esto! Mi cocinera guisa mucho mejor". Entretanto el co mbate seguía siempre encarnizado; cuando he aquí que un cangrejo muy grande que había salido del agua y que andaba perezosamente por la playa, dijo con voz aguda: —¡Basta ya, locos, que no se les puede llamar de otro modo! “Juego de manos es de villanos”. Estoy viendo que se van a hacer daño. ¡Esas peleas suelen terminar con una desgracia! ¡Predica en desierto! El bueno del cangrejo pud o muy bien ahorrarse saliva. En vez de hacerle caso, el diablejo de Pinocho se volvió, y mirándole con ojos de cólera, le dijo ásperamente: —¡Cállate, mamarracho! ¡Vaya una voz ridí cula! Más te valdría tomar unas pastillas para curarte la garganta. ¡Anda, anda, ve te a la cama y procura sudar el resfriado! Los otros muchachos habían ya dado fin de sus libros; pero en aquel momento vieron el portafolios de Pinocho y se apresuraron a cogerlo. Entre sus libros había uno encuadernado con cartón grueso y con el lomo y las puntas de pergamino. Era un Tratado de Aritméti ca. ¡Se imaginan lo pesado que sería! Uno de los muchachos s e apoderó del libro, y apuntando a la cabeza de Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza que pudo; pero en vez de dar al muñeco, fue a estrellase en la cabeza de otro de los muchachos, que se quedó blanco como la cera y cayó en la arena, diciendo: —¡Madre mía! ¡Yo me... muero! A la vista del presunto cadáver echaron a co rrer los asustados muchachos, y pocos instantes después habían desaparecido. Pinocho no escapó; a pesar de que el dolor y el espanto le tenían más muerto que vivo, fue a mojar su pañuelo en e l agua del mar, y empezó a humedecer las sienes a su desgraciado compañero de escuela . Y en tanto que realizaba esta operación, llorando desesperadamente, llamaba al muerto por su nombre, y decía: —¡Paco! ¡Paquito! ¡ Abre los ojos y mírame ! ¿Por qué no res pondes? ¿No me oyes? No he sido yo, ¡sabes!, el que te ha hecho daño, ¿sabes? ¡Créeme, de verdad que no he sido yo! ¡Abre los ojos, Paquito! ¡Si los tienes así cerrados, harás que yo también me muera! ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podré volver ah ora a mi casa? ¿Co n qué cara me presentaré a mi mamá? ¿Qué va a ser de mí? ¿ Dónde podré esconderme? ¡Cuánto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¿Por qué habré hecho caso de esos compañeros, que son mi perdición? Bien me lo había advertido el maestro, y también mi mamá, que me repetía: ¡Guárdate de las malas compañías! ¡Pero yo soy un testarudo y un desobediente, que oigo como quien oye llover todos los consej os, y hago siempre mi voluntad, sin tener presente que después tengo que pagar las consecuencias! ¡Por eso, y sólo por eso, no he tenido aún una hora de tranquilidad desde que estoy en el mundo! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? Y Pinocho continuaba llorando, lamentándose y llamando al pobre Paquito, cuando sintió de pronto ruido de pasos que se acercaban. Volvió la cabe za, y vio una pareja de la guardia civil. —¿Qué haces ahí en el suelo? — preguntó uno de los guardias. —Estoy auxiliando a este compañero de escuela. —¿Se ha puesto malo? —Parece que sí. —¡Qué malo ni qué ocho cuartos! —dijo el otro guardia, que se habí a inclinado y miraba a Paco atentamente—. Lo que tiene este muchacho es que le han herido en la sien ¿Quién ha sido? —¡Yo no he sido! —balbuceó el muñeco, que se quedó, como suele decirse, sin gota de sangre en el cuerpo. —Pues si no has sido tú, entonce s, ¿quién le ha herido? —¡Yo, no!— repitió Pinocho. —¿Con qué ha sido herido? —Con este libro —dijo el muñeco, recogiendo del suelo y mostrando a los guardias aquel Tratado de Aritmética, encuadernado en cartón y pergamino. —¿De quién es este libro? —Mío. —¡Basta ya; no necesitamos saber más! Ponte en pie y ven con nosotros. —¡Pero si yo...! —¡Ven con nosotros! —¡Pero si soy inocente! —¡Bueno, bueno; ven con nosotros, y a callar! Antes de marchar, llamaron los guardias a unos pescadores que en aqu el momento pasaban en su barca cerca de la orilla, y les dijeron: —Aquí les dejamos este muchacho, que ha sido herido en la cabeza, para que lo lleven a su casa y lo cuiden . Maña na vendremos por aquí para verlo. Después se volvieron hacia Pinocho, y, poniéndole en medio, le dijeron con voz áspera: —¡En marcha, y aprieta el paso! ¡Si no, te haremos andar de otra manera! No se lo hizo repetir el muñeco, y empezó a caminar por el sendero que conducía a la población; pero el pobre diablo no sabía en qué mundo se encontraba. Creía soñar. ¡Mas era un sueño tan horrible !... ¡Apenas veía lo que le rodeaba; le temblaban las piernas y ten ía la boca seca y l a lengua pegada al paladar, que apenas hubiera podido decir una palabra. Y, sin embargo, en medio de aquel atontamiento había una idea fija que le causaba tristeza y dolor: la de que tenía que pasar entre aquellos dos guardias por debajo de la ventana de su buena Hada. —¡Hubiera preferido morir! Estaba ya para entrar en la población, cuando una ráfaga de aire ar rebató el gorro de la cabeza de Pinocho y lo llevó a una distancia de diez o doce pasos. —¿Me permiten ustedes — dijo el muñeco a los guardias— que vaya a recoger mi gorro? —Ve, y apúrate. El muñeco fue a recoger su gorro; pero en vez de ponérselo en la cabeza lo sujetó con los dientes, y echó a correr con todas sus fuerzas en dirección de la playa. Aquello no era un muñeco: era una bala disparada. Juzgando los guardias que les sería difícil alcanzarle, le azuzaron un perro de presa que había ganado el premio en todas las c arreras de perros. Mucho corría Pinocho, pero el perro corría más. La gente se asomaba a las ventanas y se arremolinaba en el camino, ansiosa de ve r el resultado de aquella feroz persecución. Pero no pudieron conseguirlo, porqu e Pinocho y el perro levantaban tal nube de polvo, que a los pocos momentos ya no se les veía.
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CAPÍTULO XXVII
Pinocho corre peligro de ser frito en una sartén como un pez Durante aquella desesperada carrera hubo un momento en que Pinocho se creyó perdido, porque Chato (que así se llamaba el perro de presa) casi le daba alcance; de tal modo, que el muñeco no sólo; sentía la jadeante respiración del animal, sino el mismo calor de su aliento. Por fortuna estaban ya en la playa, y el mar estaba a pocos pasos. Ent onces el muñeco dio un soberbio salto, como no lo hubiera dado mejor una rana, y fue a caer en el agua. Chato quiso detenerse; pero, llevado por el ímpetu de la carrera, fue a parar también en el mar. El desgraciado no sabía nadar; así es que empezó a dar manotazos y patadas para mantenerse a flote; pero cuando más manoteaba, más se iba hundiendo. Haciendo un esfuerzo supremo, consiguió sacar un momento la cabeza del agua, y gritó ladrando: —¡Socorro! ¡Que me ahogo! —¡Revienta de una vez! — respondió a lo lejos Pinocho, libre ya de peligro. —¡Ayúdame, Pinocho mío! ¡Sálvame de la muerte, por caridad! Al oír estos ruegos desgarradores, el muñeco, que tenía un corazón excelente, se conmovió, y volviéndose hacia el perro le dijo: —Pero si te ayudo a salvart e, ¿me prometes no correr más detrás de mí? —¡Te lo prometo, sí, sí! pero ven pronto, por favor; porque sí tardas un minuto, ¡estiro la pata! Aún dudó un momento Pinocho; pero, acordándose de que su papá le había dicho muchas veces que nunca se pierde po r hacer una buena acción, fue nadando hasta reunirse con Chato, y agarrándole por la cola, le condujo sano y salvo hasta la arena de la playa. El pobre perro no podía mantenerse en pie: había bebido tanta agua salada, que estaba hinchado como un globo. Po r otra parte, Pinocho, que no las tenía todas consigo, creyó prudente arrojarse de nuevo al mar, y se alejó de la orilla gritando: —¡Adiós, Chato; que sigas bueno; muchos recuerdos a tu familia! —¡Adiós, Pinocho! — respondió el perro —. ¡Mil gracias por haberme librado de la muerte! ¡Me has prestado un gran servicio, y todo tiene su pago en este mundo! Si se presenta la ocasión, ya hablaremos de esto. Pinocho continuó nadando, manteniéndose siempre cerca de la orilla. Finalmente, le pareció que se hallaba en sitio seguro; miro hacia la playa, y vio entre las rocas una especie de gruta, de la cual salía un largo penacho de humo. —En esa gruta debe de haber fuego —se dijo — ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme. ¿Y después? ¡Después sucederá lo que Dios quiera! Tornada ya su resolución, se acercó a la orilla; pero cuando iba a trepar por las rocas, sintió que salía algo del fondo, algo que le recogía y le hacía salir por el aire. Trató de escapar; pero ya era tarde, porque, con asombro grande, se encontró preso dentro de una fuerte red de pescar, y entre una multitud de pescados de todas clases y tamaños, que coleaban desesperadamente. Al mismo tiempo vio salir de la gruta un pescador tan feo, tan feo, que parecía un monstruo marino. Su cabeza, en vez de pelo, tenía una espesa mata de hierba verde; los ojos eran verdes, verde la piel y verde la barba, tan larga, que casi llegaba hasta el suelo. Parecía un enorme lagarto que andaba derecho sobre las patas traseras. Cuando el pescador sacó la red fuera de l mar, exclamó con gran alegría: —¡Bendita sea la Providencia! ¡También hoy me voy a dar un buen atracón de peces! —¡Menos mal que yo no soy pez! —se dijo Pinocho recobrando un poco de valor. La red, con toda la pesca que contenía, fue llevada al interi or de la gruta, una cueva oscura y ahumada, en el centro de la cual estaba calentándose una gran sartén de aceite, con un olor a sebo que no dejaba respirar. —¡Vamos a ver lo que he pescado! —dijo el pescador verde, metiendo en la red una mano tan grande como una pala de horno y sacando un puñado de salmonetes. —¡Buenos salmonetes! —continuó, mirándolos con gran complacencia, y arrojándolos después en un barreño. Volvió a repetir la operación, y cada vez que sacaba un puñado de peces se le hacía la boca agua y decía: —¡Estupendos lenguados! —¡Magníficos besugos! —¡Hermosas sardinas! —¡Vaya unos calamares! —Pues, ¿y estos boquerones, que habrá que comer con raspa y todo? —¡Oh, qué langostinos tan ricos! Como es de suponer, calamares, langostinos, besugos, sardinas, boquerones y lenguados fueron a parar al barreño, para hacer compañía a los salmonetes. En la red no quedaba ya más que Pinocho. Cuando el pescador le tuvo en la mano, abrió más aún sus verdes ojazos, y gritó con asombro y casi con temor: —¿Qué clase de pescado es éste? ¡Yo no recuerdo haber comido nunca uno semejante! Y volvió a mirarle y remirarle bien por los cuatro costados, diciendo por último: —¡Debe ser un cangrejo de mar! Mortificado Pinocho al oír que le confundían con un cangrejo de mar, dijo con acento resentido: —Pero, ¡qué cangrejo ni qué narices! ¡Pues no faltaba más! Yo no soy un cangrejo: soy un muñeco, para que usted lo sepa. —¡Un muñeco! Confieso que no he visto nunca ningún pez-muñeco. ¡Tanto mejor! ¡Así te comeré con más gusto! —¿Comerme? ¡Pero, hombre, si yo no soy un pez! ¿No está usted viendo que pienso y que hablo como usted? —¡Pues es verdad! —dijo el pescador —. En fin, puesto que eres un pez que tienes la suerte de pensar y de hablar como yo, voy a tener co ntigo algunos miramientos. —¿Cuáles? —En prueba de amistad y de especial consideración, te dejo elegir la forma en que he de guisarte. ¿Quieres que te ponga frito con patatas, o prefieres la salsa mayonesa? —A decir verdad —repuso Pinocho—, si yo he de escoger, prefiero ser puesto en libertad para volver a mi casa. —¡Vamos, tú bromeas! ¿Te parece que voy a perder la ocasión de comer un pescado tan raro como tú? ¡No se pescan todos los días en estos mares peces muñecos! ¡Déjame a mí! ¡Verás! Voy a freírt e en la sartén con todos los demás pescados, y no podrás quejarte. Siempre es un consuelo ser frito en compañía. Al oír esta sentencia tan poco consoladora, el pobre Pinocho empezó a llorar, a gritar y a lamentarse: —¡Cuánto mejor hubiera sido ir a la es cuela! ¡He hecho caso de las malas compañías, y ahora voy a pagarlo! ¡Hu... hu... hu...! Y como se revolvía igual que si fuera una anguila, y hacía esfuerzos extraordinarios para librarse de las manos del pescador, éste cogió un fuerte junco y le ató braz os y piernas, como si fuera una langosta, arrojándole después en el barrero con los demás pescados. Después sacó un bote lleno de harina y empezó a enharinarlos. A medida que iba cubriéndolos de harina por todas partes, los echaba en la sartén. Los primeros que tuvieron que bailar en el aceite hirviendo fueron los pobres besugos; después les tocó la vez a los calamares, siguiendo los salmonetes; luego las sardinas, los lenguados y los boquerones. Llegó el turno de Pinocho, que al verse tan cerca de la mu erte (¡y qué horrible muerte!), sintió ya tal espanto, que no tuvo fuerzas para gritar ni para quejarse. El pobre no podía pedir compasión más que con los ojos; pero el pescador verde, sin mirarle siquiera, le dio cinco o seis vueltas por la harina, cubriéndole perfectamente de pies a cabeza, de tal manera que parecía un muñeco de yeso. Después le agarró por las piernas, y...
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXVIII
Vuelve Pinocho a casa del Hada. Gran merienda de café con leche para solemnizar el éxito de Pinocho en sus exámenes. Cuando el pescador se disponía a echar a Pinocho en la sartén, entró en la gruta un enorme perro, atraído por el olor del pescado frito. —¡Largo de aquí! — gritó el pescador amenazándole, y teniendo siempre en la mano el muñeco. Pero el pobre animal tenía un hambre terrible, y gruñía y meneaba la cola, como queriendo decir: —¡Dame un poco de pescado frito y te dejaré en paz! —¡Largo de aquí, te digo! — repitió el pescador, alargando la pierna como para darle un puntapié. Entonces el perro, que cuand o le apretaba el hambre de verdad no tenía miedo a nada, se volvió furioso contra el pescador, enseñándole los terribles colmillos. Al mismo tiempo se oyó en la gruta una vocecita muy débil, que dijo: —¡Sálvame, Chato, que me van a freír! El perro conoc ió en el acto la voz de Pinocho, y observó con gran asombro que la voz salía de aquel bulto enharinado que el pescador tenía en la mano. ¿Y qué hizo? Pues, dando un salto, tomó delicadamente entre los dientes al muñeco enharinado, y salió de la gruta corr iendo como el viento. Furioso el pescador de que le arrebataran aquel pez que pensaba comer con tanto gusto, trató de alcanzar al perro; pero apenas había dado algunos pasos, le acometió un golpe de tos que le hizo volver atrás. Mientras tanto, Chato hab ía llegado a la senda que conducía a la población, y depositó en tierra a su amigo Pinocho. —¡Cuanto tengo que agradecerte! — dijo el muñeco. —¡Nada absolutamente! —respondió el perro —. Tú me salvaste a mí, y todo tiene su pago en este mundo: hay que ayudarse unos a otros. —Pero, ¿cómo es que me has encontrado en aquella gruta? —Es que seguía tendido en la playa, mas muerto que vivo, cuando el aire me trajo un olorcillo a pescado frito que me abrió el apetito de par en par; así es que: me levanté para ir al sitio de donde venía aquel olor. ¡La verdad es que si llego un minuto más tarde...! —¡No me lo digas! —exclamó Pinocho, que aún temblaba de miedo —. ¡No me lo recuerdes! ¡Si llegas un minuto más tarde, a estas horas estaría yo frito con patatas! ¡Uf! ¡ Sólo de pensarlo me estremezco! Chato no pudo menos de reírse, y tendió su mano derecha al muñeco que la estrechó amistosamente, y después se separaron. El perro tomó el camino de su casa, y Pinocho se dirigió hacía una cabaña que estaba cerca de allí, y preguntó a un viejecito que se hallaba en la puerta calentándose al sol: —Dígame, buen hombre: ¿sabe usted algo de un muchacho que fue herido en la cabeza, y que se llama Paquito? —A ese muchacho le trajeron unos pescadores a esta cabaña; pero ya... —¿Pero ya habrá muerto? — interrumpió Pinocho con gran dolor. —No; ahora ya está bueno, y se ha marchado a su casa. —¿De veras? ¿Es verdad eso? —gritó el muñeco saltando de alegría—. ¿De modo que la herida no era grave? —Pero podía haber resultado gravísima , y aun mortal —respondió el viejecito —, porque le tiraron a la cabeza un grueso libro encuadernado en cartón. —¿Y quién se lo tiró? —Un compañero de escuela, llamado Pinocho. —¿Y quién es ese Pinocho? —preguntó el muñeco, haciéndose el ignorante. —Dicen que es un niño muy malo, un holgazán, un pícaro de tomo y lomo. —¡Calumnias! ¡Todo eso son calumnias! —¿Conoces a Pinocho? —De vista— contestó el muñeco. —¿Y qué concepto tienes formado de él? —Pues a mí me parece que es un excelente muchacho, que tiene gran amor al estudio, obediente, muy amante de su papá y de toda la familia. Mientras el muñeco decía todas estas mentiras con la mayor frescura, se echó mano a la nariz, y observó que había crecido más de un palmo. Entonces empezó a chillar lleno de miedo: —¡No haga usted caso de todo lo que le he dicho, buen hombre, porque conozco perfectamente a Pinocho, y puedo asegurarle también yo que es un muchacho malo, desobediente y holgazán, y que en vez de ir a la escuela se va con los compañeros a vag ar por ahí! Apenas hubo terminado de decir estas palabras, se acortó su nariz, y quedó del tamaño que tenía antes. —¿Y por qu é estás así pintado de blanco? — preguntó poco después el viejecito. —Le diré a usted: sin darme cuenta, me he restregado contra u n muro que estaba recién blanqueado —respondió el muñeco, dándole vergüenza confesar que había sido enharinado como un pescado, para freírle después en olla sartén. —¿Y qué has hecho de la chaqueta, de los calzones y del gorro? —Me he encontrado con unos ladrones que me lo han quitado todo. Dígame, buen hombre: ¿No podría usted darme, por casualidad, algo con que pudiera vestirme para volver a mi casa? —Hijo mío, no tengo ningún traje que poder darte: solo tengo un saco pequeño para guardar chufas. Si lo quieres, mirarlo: aquí está. No se lo hizo decir Pinocho dos veces: tomó en el acto el saco, que estaba vacío, haciéndole, con unas tijeras que pidió una abertura en el fondo y otras dos a los lados, se lo endosó a modo de camisa. Vestido de este modo t an ligero, se dirigió a la población; pero al llegar al camino empezó a titubear, tan pronto avanzando como retrocediendo, y diciéndose para sus adentros: — ¿Cómo me presentaré a mi buena Hada? ¿Qué dirá cuando me vea? ¿Querrá perdonarme esta segunda diablu ra? ¡Me temo que no me la va a perdonar! ¡Oh, de seguro que no! ¡ Y me estará bien merecido , porque soy un muñeco que siempre est á prometiendo corregirse, y nunca lo hace! Entró en la población siendo ya noche cerrada; y como estaba lloviendo a cántaros, d ecidió ir derechito a la casa del Hada y llamar a la puerta hasta que le abrieran. Al llegar frente a la casa sintió que le faltaba el valor, y en vez de llamar se alejó corriendo como unos veinte pasos. Volvió segunda vez, pero también se apartó sin hace r nada. Volvió tercera vez, y lo mismo. Sólo a la cuarta vez se atrevió a levantar, temblando, el llamador de hierro y a dar un golpecito muy suave. Esperó pacientemente, y al cabo de media hora se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro), y vio Pinocho asomarse un caracol muy grande, con una vela encendida en la cabeza, que preguntó: —¿Quién llama a estas horas? —¿Está el Hada en casa? —El Hada está durmiendo, y no quiere que se la despierte. —¿Quién eres tú? —Soy yo. —¿Quién? —Pinocho. —¿Qué Pinocho? —El muñeco que vive en esta casa con el Hada. —¡Ah, ya sé! —dijo el caracol —. Espérame, que ahora bajo y te abriré en seguida. —¡Anda de prisa, por caridad porque estoy muriéndome de frío! —Hijo mío, yo soy un caracol, y los caraco les no tenemos nunca prisa. Pasó una hora, y pasó otra sin que se abriera la puerta, por lo cual Pinocho, que estaba completamente calado de agua y que temblaba de frío y de miedo, cobró ánimo y llamó segunda vez, pero algo más fuerte que la primera. A esta segunda llamada se abrió una ventana del piso de más abajo, o sea del piso tercero, y se asomó el mismo caracol. —¡Buen caracol! —gritó Pinocho desde la ca lle—. Hace dos horas que estoy esperando, y dos horas con esta noche tan mala par ecen dos años. ¡Date prisa, por caridad! —¡Hijo mío! —le respondió desde la venta na aquel animal tan tranquilo y flemático—yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa. Y volvió a cerrarse la ventana. Sonó poco después la media noche, sonó la un a, sonaron las dos, y la puerta siempre cerrada. Entonces perdió Pinocho la paciencia, y agarró con rabia el llamador para dar un golpe que hiciera retemblar toda la casa; pero aqu el llamador, que era de hierro, se convirtió en una anguila viva, que escurriéndose en tre las manos desapareció en el arroyo de agua que corría por el centro de la calle. —Sí, ¿eh? —gritó Pinocho, cada vez más lleno de cólera— ¡Pues si el llamador ha desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas! Y echándose un poco hacia atrás, p egó una furiosa patada en la puerta de la casa. Tan fuerte fue el golpe, que penetró el pie en la madera cerca de la mitad, y cuando el muñeco quiso sacarlo, fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque se había introducido como si fuera un clavo. ¡Ya se imaginaran en qué postura quedó el pobre Pinocho! Tuvo que pasarse toda la noche con un pie en tierra y el otro en el aire. Por último, al ser de día se abrió la puerta. A quel excelente caracol no había tardado en bajar desde el cuarto piso a la calle nada más que nueve horas, y aun así llegó sudando. —¿Qué haces con ese pie metido en la puerta? —preguntó riendo al muñeco. —Ha sido una desgracia que me ha ocurrido. ¿Quieres probar a ver si puedes librarme de este suplicio? —¡Hijo mío, eso es cosa de l carpintero, y yo no soy carpintero! —Díselo al Hada, de mi parte. —El Hada está durmiendo y no quiere que se le despierte. —Pero, ¿qué quieres que haga clavado todo el día en esta puerta? —Entretente en contar las hormigas que pasan por el camino. —¡Tráeme, al menos, algo de comer, porque estoy desfallecido! —¡En seguida! —dijo el caracol. Al cabo de tres horas y media volvió, trayendo en la cabeza una bandeja de plata, en la cual había un pan, un pollo asado y cuatro albaricoques maduros. —¡Ahí t ienes el desayuno que te envía el Hada! —dijo el caracol. Al ver tan excelente comida se tranquilizó algo Pinocho; pero, ¡cuál no sería su desengaño cuando, al tratar de comer, se encontró con que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques de cera, aunque todo tan bien hecho, que parecía de verdad! Se echó a llorar, y lleno de desesperación quiso tirar a lo lejos la bandeja de plata y todo l o que contenía; pero no llegó a hacerlo porq ue, fuese efecto del dolor o de la debilidad de estómago , se desmayó. Cuando recobró el conocimiento se encontró tendido en un sofá y con el Hada a su lado. —También te perdono por esta vez —le dijo el Hada—; pero, ¡pobre de ti si vuelves a hacer otra de las tuyas! Pinocho prometió firmemente estudiar y ser bueno, y cumplió su promesa todo el resto del año. Cuando llegaron los exámenes que se celebraban antes de las vacaciones, tuvo el honor de ganar el primer pre mio: y tan satisfactorio fue en general su comportamiento, que el Hada le dijo muy contenta: —Para celebrar tu triunfo, vamos a convidar a merendar a tus amigos. Pinocho se puso muy contento. Quien no haya presenciado la alegría de Pinocho al oír esta inesperada noticia, no podrá imaginársela. Todos sus amigos y c ompañeros de escuela debían ser invitados para una merienda que había de celebrarse al día siguiente en la casa del Hada, para solemnizar el gran acontecimiento, mandó preparar doscientas tazas de café con leche y cuatrociento s panecillos untados de manteca por dentro y por fuera. Aquella f iesta prometía ser muy alegre y divertida; pero... Por desgracia, siempre había en la vida de a quel muñeco un pero que todo lo echaba a perder.
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CAPÍTULO XXIX
Pinocho, se escapa con su amigo Espárrago al país de los juguetes. Pinocho pidió al Hada que le permitiese dar una vuelta por la población, a fin de invitar a sus compañeros, y el Hada le dijo: —Vete, pues, a invitar a todos tus amigos y compañeros para la merienda de mañana; pero ten cuidado de volver a casa antes de que sea de noche. ¿Has comprendido? —Te prometo que dentro de una hora estaré de vuelta —replicó el muñeco. —¡Ten cuidado, Pinocho! Todos los muchachos prometen en seguida, pero raras veces saben cumplir lo ofrecido. —Pero yo no soy como los demás: cuando yo digo una cosa, la sostengo. —¡Ya lo veremos! Si no obedeces, tanto peor para ti. —¿Por qué? —Porque a los niños desobedientes les pasan muchas desgracias. —¡Ya lo sé, ya! ¡Bien caro me ha costado ser tan travieso! Pero ya he cambiado y siempre seré bueno— dijo Pinocho. Sin decir una palabra más saludó el muñeco a la buena Hada que le servía de mamá, y cantando y bailando salió de la casa. En poco más de una hora quedaron hechas todas las invitaciones. Algunos muchachos aceptaron en seguida y con mucho gusto; otros se hiciero n algo rogar; pero cuando supieron que los panecillos con que se iba a tomar el café con leche no sólo estarían untados de manteca por dentro, sino también por fuera, acabaron por decir: —¡Bueno!; pues iremos también, ¡por complacerte! Ahora conviene sab er que entre los amigos y compañeros de escuela Pinocho había uno a quien quería y distinguía sobre los demás. Ricardo; pero todos le llamaban por el sobrenombre de Espárrago, a causa de su figura seca, enjuta y delgada como un espárrago triguero. Espárrago era el muchacho más travieso y revoltoso de toda la escuela; pero Pinocho le quería entrañablemente; así es que no dejo de ir a su casa para invitarle a la merienda. Como no le encontró, volvió por segunda vez, y tampoco; volvió una tercera, y también perdió el viaje. ¿Dónde encontrarle? Busca por aquí, busca por allí, por fin le halló escondido en el portal de una casa de labradores. —¿Qué haces aquí? —le preguntó Pinocho, acercándose. —Espero a que sea media noche para marcharme. —¿Adónde? —Lejos, lejos; muy lejos. —¡Y yo que he ido a buscarte tres veces a tu casa! —¿Para qué me querías? —Que mañana te espero a merendar en mi casa. —Pero, ¿no te digo que me marcho esta noche? —¿A qué hora? —Dentro de poco. —¿Y dónde vas? —Voy a vivir en un país que es el mejor país del mundo. ¡Una verdadera Jauja! —¿Y cómo se llama? —Se llama El País de los Juguetes . ¿Por qué no vienes tú también? —¿Yo? ¡No por cierto! —Haces mal, Pinocho. Créeme a mí. Si no vienes, te arrepentirás algún día. ¿Dónde vas a encontrar un país más sano para nosotros los muchachos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros. En aquel bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay escuela, y todas las semanas tienen seis jueves y un domingo. ¡Figúrate que las vacaciones de v erano empiezan el primer día de enero y terminan el último de diciembre! ¡Ese es un país como a mí me gusta! ¡Así debieran ser todos los países civilizados! —Pero, entonces, ¿cómo se pasan los días en El País de los Juguetes? —Pues jugando y divirtiéndose desde la mañana hasta la noche. Después se va uno a dormir, y a la mañana siguiente vuelta a empezar. —¿Qué te parece? —¡Hum! —hizo Pinocho moviendo la cabeza, como si quisiera decir: ¡Esa vida también la haría yo con mucho gusto! —¡Vamos, decídete! ¿Quieres venir conmigo, si, o no? —¡No, no y no! He prometido a mi mamá ser bueno, y quiero cumplir mi palabra. Ya se está poniendo el Sol y tengo que irme. ¡ Adiós, y buen viaje! —¿Adónde vas con tanta prisa? —A casa. Mi mamá me ha dicho que vuelva antes de anochecer. —¡Espera dos minutos más! —¡Se va a hacer tarde! —¡Tan sólo dos minutos! —¿Y si el Hada me regaña? —¡Déjala que regañe! Ya se cansará, y acabará por callarse —dijo aquel bribonzuelo de Espárrago. —Y qué, ¿te vas solo o acompañado? —¿Solo? ¡Pues si vamos a ser más de cien muchachos! —¿Harán el viaje a pie? —No. Dentro de poco pasará por aquí el coche que ha de llevarnos a ese delicioso país. —¡Daría cualquier cosa por que pasara ahora ese coche! —¿Para qué? —Para verlos marchar a todos juntos. —Pues quédate un poco más, y podrás verlo. —¡No, no! ¡Me voy a mi casa! —¡Espera otros dos minutos! —He perdido mucho tiempo. El Hada estará ya preocupada. —¡Dichosa Hada! ¿Es que tiene miedo de que te coman los murciélagos? —Pero, dime la verdad — preguntó Pinocho, que parecía estar pensativo —: ¿estás bien seguro de que en aquel país no hay escuelas? —¡Ni sombra de ellas! —¿Ni maestros tampoco? —¡Mucho menos! —¿Y no hay obligación de estudiar? —¡Ni por asomo! —¡Qué país tan hermoso! —dijo Pinocho, haciéndosele la boca agua —. ¡Qué país tan hermoso! Yo no he estado nunca, pero me lo figuro. —¿Por qué no vienes? —Es inútil que quieras convencerme. He prometido a mi mamá ser un muchacho juicioso, y no quiero faltar a mi palabra. —Pues entonces, adiós, y muchos recuerdos a todos los amigos y compañeros de escuela. —Adiós, Espárrago; que tengas buen viaje; diviértete mucho, y que te acuerdes alguna vez de los amigos. Dicho esto se separó el muñeco y anduvo dos pasos, como para marcharse; pero se paró de pronto, y volviéndose hacia su amigo le preguntó. —Pero, ¿estás seguro de que en aquel país todas las semanas tienen seis jueves y un domingo? —¡Segurísimo! —¿Y sabes también de cierto que las vacaciones de veran o empiezan el primer día de enero y terminan el último de diciembre? —¡Claro que lo sé! —¡Qué hermoso país! —repitió Pinocho como para consolarse. Por último, hizo un esfuerzo y dijo apresurada - mente: —¡Vaya, adiós, y buen viaje! —¡Adiós! —¿Cuándo te vas? —Dentro de poco. —¡Qué lástima! ¡Si sólo falt ara una hora, me esperaba para ver cómo se van! —¿Y el Hada? —De todos modos, ya se ha hecho tarde. Lo mismo da que llegue una hora antes que una hora después. —¡Pobre Pinocho! ¡Y si el Hada te regaña! —¡Psch...! Después de todo acabará por cansarse y se callará. Mientras tanto se había hecho completamente de noche. A poco rato vieron moverse a lo lejos una lucecita, y oyeron ruido de cascabeles y el sonido de una bocina; pero tan débil, que parecía un zumbido. —¡Aquí está! —gritó Espárrago, poniéndose de pie. —¿Qué es?—preguntó Pinocho en voz baja. —El coche que viene por mí. ¡Te vienes por fin, o no! —Pero, ¿es de verdad, de verdad —preguntó el muñeco—, que en aquel país no tienen que estudiar los niños? —¡Nunca, nunca, nunca! —¡Qué hermoso país! —repitió Pinocho —, ¡Que hermoso país!
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CAPÍTULO XXX
Después de cinco meses de vagancia, Pinocho nota con gran asombro que le ha salido un magnífico par de orejas de asno, y acaba por convertirse en un burrito, con cola y todo. Poco después llegó la diligencia sin hacer el menor ruido, porque las ruedas llevaban gruesas llantas de goma. Tiraban de ella doce pares de burros, todos de igual alzada, aunque de diferente pelo. Los había rucios, pardos, blancos; otros con pintas blancas y negras, y otros con rayas amarillentas o de color canela. Pero lo más singular es que aquellos doce pares, o sea los veinticuatro burritos, en vez de llevar herraduras como todos los demás animales de tiro o de carga, ll evaban botas de cuero como las que usan los hombres. ¿Y el conductor de la diligencia? Imagínense un hombrecillo más ancho que alto, gordo y reluciente como una bola de sebo, con semblante bonachón, una boquita siempre riendo, y una vocecita fina y acaric iadora, como el maullido de un gato cuando quiere que su ama le haga fiestas. Todos los muchachos que le veían quedaban enamorados de él y deseaban que les permitiera subir al coche para se r conducidos a aquel verdadero edén , conocida en el mapa con el nombre seductor de "El País de los Juguetes". La diligencia venía ya llena de muchachos de ocho a doce años de edad, que iban amontonados unos sobre otros como sardinas en cesto. Estaban apretados e incómodos; pero a ninguno se le ocurría lamentarse ni de cir ¡ay! La esperanza de llegar a un país donde no había escuelas, maestros ni libros, los tenía tan contentos, que no sentían ni los vaivenes y golpes de la marcha, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño. Apenas se detuvo el coche, aquel hombrecillo se volvió hacia Espárrago, y con extremado alago le dijo sonriendo: —Dime, guapo chico, ¿quieres venirte a este afortunado país? —¡Ya lo creo que quiero ir! —Pero te advierto, querido, que ya no hay sitio en el coche. Como ves, está completamente lleno. —¡Paciencia! —dijo Espárrago — Si no puedo ir dentro, iré en el estribo. Y dando un salto, se puso a caballo sobre el estribo. —¿Y tú, hijo mío? —dijo el hombrecillo volviéndose muy cariñoso hacia Pinocho — ¿Qué piensas hacer? ¿Quieres venir también? —No; yo me quedo —respondió Pinocho —. Quiero volver a mi casa; quiero estudiar y ser el primero en la escuela, como deben ser los niños buenos. —¡Pues que te vaya bien! —¡Pinocho! —gritó entonces Espárrago —. ¡Sigue mi consejo: vente con nosotros, y seremos felices! —¡No, no y no! —¡Vente con nosotros, Y seremos felices! —gritaron otras cuantas voces dentro de la diligencia. —¿Y si me voy con v osotros, qué va a decir mi mamá? —exclamó Pinocho, que ya empezaba a dejarse convencer. ¡No te quiebres la cabeza pensando en eso! ¡Mira que vamos a un país donde podremos hacer todo lo que queramos desde la mañana hasta la noche! Pinocho no respondió y lanzó un gran suspiro; después dio otro suspiro; luego dio otro mayor aún, y por fin dijo: —¡Ea, me voy con vosotros! ¡Háganme espacio! —Está todo ocupado —dijo entonces el hombrecillo—; pero, para demostrarte cuánto me alegro de que vengas, te cederé mi puesto en el pescante. —¿Y usted? —Yo haré el camino a pie. ¡No, no lo permito! Prefiero ir montado en uno de estos burritos—contestó Pinocho. Y uniendo la acción a la palabra, se acercó al burro que ocupaba la izquierda de la primera pareja y quiso saltar sobre él; pero el animal, volviendo la grupa, le pegó una patada en el estómago que le hizo volar por el aire. Se imaginarán las impertinentes carcajadas que lanzarían todos los muchachos que presenciaban la escena. El único que no se rio, aparte de Pinocho, fue el hombrecillo, que, bajándose del pescante, se acercó al burro rebelde, y haciendo ademán d e darle un beso, le arrancó de un solo bocado la mitad de la oreja derecha. Mientras tanto Pinocho se levantó del suelo, encolerizado, Y saltó sobre el lomo del pobre animal. El salto fue tan limpio y rápido, que los muchachos, entusiasmados, dejaron de r eír y empezaron a gritar: ¡Viva Pinocho!, a la vez que aplaudían frenéticamente. Pero de pronto levantó el burro las dos patas traseras, y dando una sacudida, lanzó al muñeco sobre un montón de grava a un lado del camino. Entonces comenzaron de nuevo las risas; pero tampoco se rio el hombrecillo, sino que le entró tanto cariño hacia aquel inquieto borriquillo, que, dándole un nuevo beso, le arrancó la mitad de la oreja izquierda. —Monta otra vez a caballo, y no tengas ya miedo. Sin duda este burro tenía alguna mosca que le molestaba; pero ya le he dicho dos palabritas en las orejas, y creo que se habrá vuelto manso y razonable. Montó Pinocho, y la diligencia comenzó a moverse; pero mientras galopaban los burritos y la diligencia rodaba por la carretera, le pareció al muñeco que oía una voz humilde y apenas inteligible, que le decía: —¡Eres un insensato! ¡Has querido hacer tu voluntad, y algún día te pesará! Lleno de miedo, Pinocho miró por todos lados para saber de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie. Los burros galopaban, la diligencia rodaba, los muchachos dormían dentro de ella; Espárrago mismo roncaba como un dormilón, y el hombrecillo, sentado en el pescante, cantaba entre dientes: “¡Todos duermen por la noche, pero no me duermo yo!” Pasado otro medio kilómetro, volvió Pinocho a sentir la misma voz, que decía: —Eres un idiota y un majadero. ¡Los niños que abandonan el estudio, la escuela y el maestro, para no pensar en otra cosa que en jugar y divertirse, acaban siempre mal! Yo pue do decirlo, porque lo s é por experiencia. ¡Llegará un día en que tendrás que llorar, como yo lloro hoy; pero entonces será tarde! Al oír estas palabras, dichas en voz apenas perceptible, saltó el muñeco al suelo lleno de temor, y acercándose al burrito en que iba montado, le agarró por las riendas, observando con asombro que aquel animal lloraba como un chiquillo. —¡Eh, señor cochero! —gritó Pinocho al conductor de la diligencia — ¿Sabe usted que este pollino está llorando? —¡Déjalo que llore; otra vez le dará por reír! —Pero, ¿es que sabe también hablar? —No; sólo aprendió a decir alguna que otra palabra por haber estado durante tres años en una compañía de perros sabios. —¡Pobre animal! —¡Vaya, en marcha! —dijo el hombrecillo —. ¡No perdamos el tiempo en ver llorar a un burro! Monta a caballo y vámonos, que la noche es fresca y el camino es largo. Pinocho montó de nuevo sin contestar. La diligencia se puso en marcha, y a la mañana siguiente llegaron felizmente a El País de los Juguetes. Este país no se parecía a ningún otro del mundo. Toda su población estaba compuesta de muchachos: los más viejos no pasaban de catorce años; los más jóvenes tendrían ocho. En las calles había una alegría, un bullicio, un ruido, capaces de producir dolor de cabeza. Po r todas partes se veían bandadas de chiquillos que jugaban al marro, al chato, a la gallina ciega, a los bolos, al peón; otros andaban en velocípedos o sobre caballitos de cartón; algunos, vestidos de payasos, hacían como si comieran estopa encendida; otro s corrían y daban saltos mortales, o andaban sobre las manos con las piernas por alto; otros recitaban en voz alta, cantaban, reían, daban golpes, jugaban al aro o a los soldados, produciendo tal algarabía, tal estrépito, que era preciso ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo. Por toda la plaza se veían teatros de madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las paredes de las casas abundaban, escritos con carbón, letreros tan salados c omo los siguientes: ¡Biban los g ugetes! (en vez de ¡Vivan los juguetes!), ¡no Queresmoseskuela! (en vez de ¡No queremos escuela!) ¡Habajo Larin Metica! (en vez de ¡Abajo la Aritmética!), y otros por el estilo. Apenas Pinocho, Espárrago y todos los demás muchachos que habían hecho el viaj e con el hombrecillo, pusieron el pie dentro de la c iudad, se lanzaron entre aquel alboroto , y, como es de suponer, pocos minutos después se habían hecho amigos de todos los que allí había. ¿Quién podría considerarse más feliz que ellos? Entre aquella con stante fiesta, llena de tan variadas diversiones, pasaban como relámpagos las horas, los días y las semanas. —¡Oh, qué vida tan buena! –decía Pinocho cada vez que se encontraba con Espárrago. —¿Ves como yo tenía razón? —respondía siempre este último— ¡Y decir que no querías venir y que se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo estudiando! Si ahora estás libre de ese fastidio de libros y de escuela, me lo debes a mí, a mis consejos, ¿no es así? ¡Sólo los verdaderos amigos somos capaces de hacer estos grandes favores! —¡Es verdad! Si ahora estoy tan contento y feliz, a ti te lo debo, sólo a ti. ¿Y sabes, en cambio, lo que me decía el maestro cuando hablaba de ti? Pues me decía siempre: “¡No andes mucho con ese bribó n de Espárrago, porque es un mal compañero que no puede aconsejarte nada bueno! “ —¡Pobre maestro! —replicó el otro moviendo la cabeza—. ¡Demasiado sé que me tenía rabia y que no perdía ocasión de calumniarme; pero yo soy generoso, y le perdono! —¡Qué alma tan grande! —dijo Pinocho, abrazando afectuosamente a su amigo y besándole con el mayor cariño. Cinco meses hacia que habían llegado al país; cinco meses de jugar y divertirse durante todo el día, sin abrir un solo libro, sin ir a la escuela, cuando una mañana tuvo Pinocho, al despertar, na sorpresa tan desagradable que le puso de muy mal humor. CAPTULO XXXI Le nacen a Pinocho orejas de burro, después se convierte en verdadero burrito y empieza a rebuznar. ¿Cuál fue la sorpresa? Voy a decírselos , queridísimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en gana rascarse la cabeza, y al llegarse a ella las manos, se encontró... ¿A que no acertáis lo que se encontró? Pues se encontró, con gran sorpresa de su parte, con que le habían cr ecido las orejas más de una cuarta. Ya sabéis que desde que nació, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le veían. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían dos abanicos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encont rando ninguno, llenó de agua su lavabo, y entonces pudo ver lo que nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico par de orejas de burro. ¡Cómo expresar el dolor, la vergüenza y la desesperación del pobre Pinocho! Empezó a llorar, a gritar y a darse de cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecían, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la punta. A los gritos de Pinocho entró en la habitación una linda marmota que vivía en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con interés: —¿Qué es eso, querido vecino? —¡Que estoy malo, amiga marmota, muy mal o, y con una enfermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso? — Un poco. —¡Mira si tengo fiebre por casualidad! La marmota levantó una de las patas delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando: —¡Amigo mío, siento mucho ten erte que dar una mala noticia! —¿Cuál es? —¡Qué tienes una fiebre muy mala! —¿Y qué clase de fiebre es? —¡Es la fiebre del burro! —No comprendo qué fiebre es esa— respondió el muñeco, que, sin embargo, se iba imaginando lo que era. —Yo te lo explicaré - dijo la marmota —. Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muñeco ni un niño. —Pues, ¿qué seré? —Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero burro; tan verdadero como los que llevan las hortalizas al mercado. —¡Oh! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! —gritó Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas rabiosamente, como si fueran ajenas. —Querido mío —dijo entonces la marmota para consolarle— ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la sabiduría es tá escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en burritos. —Pero, ¿es cierto eso? —preguntó el muñeco sollozando. —Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil que llores. Ya no tiene remedio. —¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo marmotita; la culpa es toda de Espárrago! -¿Y quién es ese Espárrago? —Un compañero mío de escuela. Yo quería volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo: ¿Por qué quieres fastidiarte pensando en estudiar y en ir a la escuela? ¡Vente mejor conmigo a El País de los Juguetes; allí no estudiaremos más, nos divertiremos de sde la mañan a hasta l a noche, y estaremos siempre contentos! —¿Y por qué seguiste el consejo de aquel falso amigo, de aquel mal compañero? —¿Por qué? Porque mira, marmotita mía: yo soy un muñeco sin pizca de juicio y sin corazón. ¡Oh! ¡Si yo hubiera tenido tanto así d e corazón (y señaló con el pulgar sobre el índice), no hubiera abandonado a aquella preciosa Hada, que me quería como una mamá, y que tanto había hecho por mí! ¡Oh! ¡Pero si encuentro a Espárrago pobre de él! ¡Yo le diré lo que no querrá oír! Y quiso sali r de la habitación; pero al llegar a la puerta se acordó de sus orejas de burro, y dándole vergüenza mostra rse en público con aquel adorno, ¿sabes lo que pas ó? Pues se hizo un gran gorro de papel y se lo puso en la cabeza, cubriéndose las orejas por completo. Después salió, y se dedicó a buscar a su amigo por todas partes. Le buscó en la calle, en la plaza, en los teatros, por todas partes, sin poder hallarle. Pidió noticias de a cuantos encontró; pero nadie le había visto. Entonces fue a buscarle a su ca sa y llamó a la puerta. —¿Quién es?— preguntó Espárrago desde dentro. —¡Soy yo!— respondió el muñeco. —Espera un poco, y te abriré. Media hora después se abrió la puerta, y se imaginan cuál sería el asombro de Pinocho cuando, al entrar en la habitación , vio a su amigo con un gran gorro de papel en la cabeza, que le cubría casi hasta los ojos y por detrás bajaba hasta el cuello. A la vista de aquel gorro sintió Pinocho una especie de consuelo, y pensó inmediatamente: —¿Tendrá la misma enfermedad que yo ? ¿Estará también con la fiebre del burro? Y fingiendo no haber notado nada, preguntó sonriendo: —¿Cómo estás, querido? —¡Perfectamente bien; como un ratón dentro de un queso de bola! —¿Lo dices en serio? —¿Y por qué había de mentir? —Discúlpame, ami go. ¿Y por qué tienes puesto ese gorro de papel que te tapa hasta las orejas? —Me lo ha mandado el médico, por haberme hecho daño en una rodilla. Y tú, querido Pinocho, ¿por qué llevas ese gorro de papel que te cubre hasta las orejas? —Me lo ha mandado e l médico, porque me ha picado un mosquito en un pie. —¡Oh, pobre Pinocho! —¡Oh, pobre Espárrago! Siguió a estas frases un largo silencio, durante el cual los dos amigos no hacían más que mirarse burlonamente. Finalmente, el muñeco dijo con voz dulzona a su compañero: —Por curiosidad tan sólo; querido Espárrago, ¿quieres decirme si has tenido alguna enfermedad en las orejas? —¡Nunca! ¿Y tú? —¡Nunca! Pero esta mañana me ha molestado un poco una de ellas. —También a mí me ha sucedido lo mismo. —¿A ti también? ¿Y qué oreja es la que te duele? —Las dos. ¿Y a ti? —Las dos. ¿Será acaso la misma enfermedad? —¡Me temo que sí! —¿Quieres hacerme un favor? —Con mucho gusto. —¿Quieres enseñarme tus orejas? —¿Por qué ?, no. A ntes quiero ver las tuyas, querido Pinocho. —¡No; tú debes ser el primero! —¡No, querido; primero tú y después yo! —Pues bien— dijo entonces el muñeco -; vamos a hacer un trato. —¡Hagamos el trato! —Quitémonos ambos el gorro al mismo tiempo. ¿Aceptado? —¡Aceptado! —¡Pues atención! Y Pinocho comenzó a contar en voz alta: —¡Una, dos, tres! Al decir esta última palabra, los dos muchachos se quitaron los gorros de la cabeza y los arrojaron al aire. Entonces ocurrió una escena que parecía increíble, si no supiéramos que sucedió real mente. Ocurrió que cuando Pinocho y Espárrago vieron que los dos padecían de la misma enfermedad, en vez de sentirse mortificados y llenos de dolor, empezaron a mirarse uno a otro burlonamente las desmesuradas orejas, y acabaron por reírse a carcajadas. Tanto rieron, que ya les dolían las mandíbulas; pero en lo mejor de la risa sucedió que de pronto Espárrago cesó de reír, cambió de color, y bamboleándose dijo a su amigo: —¡Ayúdame, Pinocho, ayúdame! —¿Qué te pasa? —¡Que no puedo sostenerme sobre las piernas! —¡Tampoco puedo yo! —gritó Pinocho temblando y tratando de mantenerse derecho. Cuando esto decían, arquearon uno y otro la espalda, apoyaron las manos en el suelo, y de esta manera, andando a cuatro pies, comenzaron a correr y a dar vueltas por la habitación. Mientras corrían, los brazos se convirtieron en patas, las caras se alargaron convirtiéndose en cabezas de asno, y el cuerpo se les cubrió de un pelaje gris claro con pintas y rayas negras. Pero ¿Saben cuál fue el peor rato que sufrieron aquellos desgraciados? Pues lo peor y más humillante fue cuando notaron que empezaba a salirles la cola por detrás. Llenos de vergüenza y de dolor trataron de llorar y de lamentarse de su suerte. ¡Nunca lo hubieran hecho! En vez de sollozos y de lamentos lanz aban solamente rebuznos, y rebuznando sonoramente, decían a dúo: ¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Hihooó! En el mismo instante llamaron a la puerta, y una voz dijo desde fuera: —¡Abran! ¡Soy el hombrecillo; soy el conductor del coche que los trajo a este país! ¡Ábranme pronto, o si no, pobres de ustedes!
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXXII
Convertido Pinocho en un burrito verdadero, es llevado al mercado de animales y comprado por el director de una compañía de titiriteros para enseñarle a bailar y a saltar por el aro. Viendo que la puerta seguía cerrada, el hombrecillo la abrió de una fuerte patada, y entrando en la habitación, dijo con su eterna sonrisa a Pinocho y a Espárrago: -¡Bravo, muchachos! ¡ Rebuznan perfectamente! Les he reconocido la voz, y por eso he venido. Al oír estas palabras, ambos burritos se quedaron como atontados, con la cabeza caída, las orejas bajas y el rabo entre piernas. Inmediatamente, el hombrecillo los acarició pasándoles la mano por el lomo, y después, sacando un cepillo , empezó a cepillarlos perfectamente, hasta que a fuerza les sacó lustre como si fueran dos espejos. Entonces les puso la cabezada y los condujo al mercado de ganados, con la esperanza de venderlos y obtener una buena ganancia. No tardaron en presentarse compradores. Espárrago fue adqui rido por un labrador, al cual se le había muerto un burrito el día anterior, y Pinocho fue vendido al director de una compañía de titiriteros, que lo compró para amaestrarlo y hacerle saltar y bailar con los demás animales de la compañía. ¿Ya comprendiero n, mis queridos lectores, cuál era el verdadero oficio del hombrecillo? Pues aquel terrible monstruo, que tenía siempre cara de risa, se iba de vez en cuando a correr por el mundo con su coche, y con promesas y halagos recogía a todos los muchachos holgaza nes y traviesos que odiaban a los libros y la escuela, y después de meterlos en su coche los conducía a El País de los Juguetes para que pasaran todo el día en retozar y en divertirse. Cuando, algún tiempo después, aquellos pobres muchachos, a fuerza de no pensar más que en jugar, se convertían en burros, entonces se apoderaba de ellos con gran satisfacción y los llevaba para venderlos en ferias y mercados. Y de este modo había conseguido ganar en pocos años tanto dinero que era millonario. No sé decirles lo que fue de Espárrago; pero les diré, en cambio, que el pobre Pinocho tuvo desde el primer día una vida dura y cruel. El nuevo dueño le llevó a una cuadra y le llenó el pesebre de paja; pero apenas probó un bocado, Pinocho la escupió haciendo gestos de desagrado. Entonces el dueño, aunque refunfuñando, quitó la paja del pesebre y llenó éste de heno, pero tampoco el heno le agradó a Pinocho. —¡Ah! ¿Conque tampoco te gusta el heno? —gritó el dueño lleno de cólera —. ¡No tengas cuidado, que yo te acostumbraré a no ser tan caprichoso! Y le dio en las ancas un tremendo latigazo. El dolor hizo a Pinocho llorar y rebuznar, diciendo: —¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Yo no puedo comer paja! —¡Pues, entonces, come heno!— replicó el dueño, que entendía perfectamente la le ngua de los burros. —¡Hi-hooó! iHi -hooó! ¡El heno me da dolor de barriga! —¡Ya parece que a un burro como tú le voy a dar de comer jamón en dulce y perdices trufadas! — gruñó el dueño, encolerizándose cada vez más y dándole otro latigazo. Al sentir esta segunda caricia se calló Pinocho y no dijo una palabra más. Salió el dueño y le cerró la cuadra, quedándose solo Pinocho; y como hacía ya muchas horas que no había comido nada, comenzó a bostezar de hambre, abriendo tanto la boca que parecía la de un horno. Al fin, viendo que en el pesebre no encontraba otra cosa que heno, se resignó a tomar un poco, y después de masticarlo bien cerró los ojos y lo tragó. —¡No es malo este heno! —pensó en su inter ior, después de haberlo tragado —. Pero, ¡cuánto mejor no hubiera sido haber continuado yendo a la escuela! ¡En vez de heno, estaría comiendo a estas horas un buen pedazo de pan con queso! ¡Paciencia! Cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue buscar un poco de heno en el pesebre; pero no enc ontró nada, porque se lo había comido todo la noche anterior. Entonces tomó un bocado de paja, y mientras la mascaba tuvo que convencerse de que el sabor de la paja no se parecía en nada al del arroz a la valenciana ni al de los pasteles de hojaldre. —¡Paciencia!- repitió mientras seguía masticando—¡Ojalá que mi desgracia sirva cuando menos de lección provechosa a todos los niños desobedientes que no quieren estudiar! ¡Paciencia y paciencia! —¡Qué paciencia ni qué narices! — chilló el dueño entrando en la cuadra—. ¿Te has creído, burro del diablo, que yo te he comprado únicamente para darte de comer y de beber? ¡Te he comprado para que trabajes y me ganes dinero! ¡Con que ya lo sabes; mucho ojo! ¡Ahora mismo vienes conmigo al circo para aprender a saltar por el aro y a bailar el vals y la polka puesto de pie sobre las patas de atrás! Quieras que no quieras, el pobre Pinocho tuvo que aprender todas estas habilidades y otras más; pero le costó tres meses de aprendizaje y una colección de palizas formidables: ¡Pobre Pinocho! Qué arrepentido estaba de su holgazanería! Llegó, por último, el debut de Pinocho-burrito. En todas las esquinas aparecieron grandes cartelones de colores, que decían así: Ya se podrán imaginar cómo se hallaría el circo aquella noche: lleno, de lado a lado, desde una hora antes de empezar el espectáculo. Ni a peso de oro se podía encontrar una butaca, ni un palco, ni siquiera una entrada general. Todas las localidades estaban atestadas de niños y niñas de todas clases y edades, impacie ntes por ver bailar al famoso burro Pinocho. Concluida la primera parte del espectáculo, se presentó el director de la compañía vestido de frac rojo, pantalón blanco y botas de montar con grandes espuelas, y haciendo una gran reverencia, recito, con voz sol emne y campanuda, el siguiente discurso: “Respetable público: Señoras y señores: El humilde orado r que tiene el honor de hablarles , estando de paso en esta capital, no ha podido menos de presentarle s un espectáculo que seguramente le s gustará mucho. Porqu e este inteligente auditorio estoy seguro de que ha de celebrar como merece a mi célebre burrito, quien ha tenido el honor de bailar en todas las principales Cortes de Europa. Por lo cual le doy millones de gracias a cada uno, y espero sus aplausos y su benevolencia. He dicho”. Este discurso fue acogido con grandes aplausos; pero los aplausos se redoblaron y el entusiasmo rayó en delirio, cuando se hizo la presentación del burro Pinocho, vestido de gran gala. Llevaba unas botas de charol, con hebillas y br oches de latón, dos camelias blancas en las orejas, la crin y la cola trenzadas y adornadas con cordones y flecos de seda rosa y lazos de terciopelo azul, y a modo de cincha, una gran faja recamada de oro y plata. En suma, que estaba para enamorar a cualquiera. La presentación fue hecha por el director con las siguientes palabras: “Respetable público: Presento a mi famoso e incomparable burrito Pinocho, el más sabio y artista de todos los burros, cazado a lazo por mí mismo cuando corría salvaje por las llanuras de la Patagonia. Los más célebres bailarines no pueden compararse con mi pollino Pinocho. Lo baila todo, y todo bien. Véanlo, si lo merece, apláudanle. He dicho”. Al terminar este segundo discurso hizo el director otra profundísima reverencia, y vo lviéndose después al burro, le dijo: —¡Animo, Pinocho! ¡Antes de dar principio a tus maravillosos ejercicios, saluda co rtésmente al respetable público! El obediente Pinocho se arrodilló en el acto , y así permaneció hasta que el director, restallando la fusta, gritó: —¡Al paso! Entonces el burrito se enderezó sobre sus cuatro patas, y empezó a dar vuelta al circo con paso lento. Poco después gritó el director: —¡Al trote! —Y Pinocho obedeció la orden, cambiando el paso por el trote. —¡Al galope! —Y P inocho marchó con airoso galope. —¡A la carrera! —Y ya entonces Pinocho salió disparado. Pero en el momento en que llevaba la velocidad de un automóvil de cuarenta caballos, alzó el director el brazo y descargó al aire un tiro de pistola. Al oír el tiro, fingiendo el burro que estaba herido, cayó en la arena y empezó a temblar como si estuviese en las convulsiones de la agonía. Todo el circo estalló en una explosión de aplausos y de gritos, que debieron de oírse en las estrellas. En tanto, Pinocho abr ió un poco los ojos para mirar en torno suyo, y vio en un palco una señora que tenía al cuello una gruesa cadena de oro, y pendiente de ella un medallón con el retrato de un muñeco. —¡Ese retrato es el mío! ¡Esa señora es mi Hada! —se dijo en el acto Pinc ho, y, dominado por la alegría, trató de gritar: —¡Hada mía! ¡Hada mía! Pero en vez de estas palabras sólo salió de su garganta un rebuzno tan formidable, que hizo reír a todos los espectadores, y más especialmente a los muchachos que había en el circo. Entonces el director, para enseñarle que no era de buena educación rebuznar ante el público, le dio un fuerte golpe en las narices con el mango de la fusta. El pobre burro sacó fuera un palmo de lengua y empezó a lamerse las narices, creyendo que de este modo podría calmar el fuerte dolor que el golpe le había producido. Pero, ¡cual no sería su desesperación cuando, al mirar por segunda vez vio que el Hada había desaparecido del palco! Creyó morir. Sus ojos se llenaron de lágrimas , y empezó a llorar desconsoladamente; pero nadie llegó a advertirl o, ni siquiera el director, que haciendo sonar la fusta, dijo: —¡Bravo, Pinocho! Ahora haremos ver a estos señores con cuánta gracia saltas el aro. Pinocho probó dos o tres veces; pero cuando llegaba frente al aro, en vez de saltar pasaba cómodamente por debajo. Por fin intentó el salto; pero al atravesar por el aro se enredó desgraciadamente una de las patas, y cayó a tierra como un costal. Cuando se levantó estaba cojo, y a duras penas pudo volver a la cuadra. —¡Qué salga P inocho! ¡Queremos ver al burro! ¡Que salga otra vez! ¡Que baile! ¡Que baile! — gritaban los muchachos, entusiasmados, sin darse cuenta de que se había hecho daño. Pero el burrito no pudo salir más. El director tuvo que pronunciar otro discurso de los suyos y anunciar que Pinocho bailaría en cuanto se pusiera bien. A la mañana siguiente fue a verle el veterinario, o sea el médico de los animales, y declaró que se quedaría cojo para siempre. Entonces dijo el Director al mozo de cuadra que llevase aquel burro al mercado y lo revendiese, puesto que ya no servía para nada. Apenas llegaron al mercado, se acercó un comprador que dijo al mozo de cuadra: —¿Cuánto quieres por ese burro cojo? —Veinte pesetas. —Yo te doy veinte perras chicas. No cre as que lo compro para servirme de él; lo compro por la piel únicamente. Veo que tiene l a piel muy dura, y quiero hacer con ella un tambor para la banda de música de mi pueblo. Pueden pensar lo que pasaría por la mente de Pinocho cu ando oyó que estaba dest inado a convertirse en tambor. Después que el comprador pagó las veinte perras chicas, condujo a su burro hasta una roca de la orilla del mar, y poniéndole una pi edra al cuello, le ató una pata con el extremo de una soga que llevaba en la m ano. Después, y cuando el burro estaba más descuidado, le dio un empellón para arrojarle al mar, conservando en la mano el otro extremo de la soga. La piedra que llevaba al cuello hizo que Pinoch o descendiese rápidamente hasta el fondo, y el comprador, siempre con la so ga e n la mano, se sentó en la peña, esperando a que pasara tiempo bastante para que el burro se ahogara, y poder arrancarle después la piel para curtirla y hacer un tambor.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXXIII
Pinocho, es arrojado al mar y devorado por los peces. Vuelve a su primitivo estado de muñeco; pero mientras nada para salvarse, se lo traga el terrible dragón marino. Ya llevaba el burro más de cincuenta minutos en el mar, cuando el que lo había comprado dijo para sí: —Ya debe estar ahogado y más que ahogado. ¡Ea! Voy a sacarlo, y aquí mismo le arrancaré la piel para hacer un magnífico tambor. Comenzó a tirar de la soga que había atado a la pata de Pinocho, y tirando, tirando, tirando... Pues, en vez de un burro muerto, se encontró con un muñeco vivo, que se retor cía como una anguila. Al ver aquel muñeco de madera creyó soñar el pobre hombre, y se quedó como atontado, con la boca abierta y los ojos asustados. Cuando se repuso un poco de la primera impresión, dijo balbuceando y hecho un mar de lágrimas: —Pero, ¿y mi burro? ¿Dónde está el burro que he tirado al mar? —¡Ese burro soy yo! —respondió el muñeco riéndose. —¿Tú? —¡Yo! —¡Granuja! ¡No consiento que te burles de mí! —¿Burlarme de usted? Todo lo contrario, querido amo; le hablo completamente en serio. —Pero, ¿cómo es posible que siendo tú hace poc o un burro de carne y hueso, te hayas convertido dentro del mar en un muñeco de madera? —¡Psch!... ¡Cosas del agua del mar! Al mar le gustan estas bromas. —¡Mucho ojo con tomarme el pelo, muñeco; mucho ojo! ¡Cómo se me acabe la paciencia, pobre de ti! —Pues bien, mi amo: ¿quiere usted saber toda la verdadera historia? Pues yo se la contaré; pero antes hágame el favor de soltarme esa soga, que me hace daño. Deseando conocer aquella verdadera historia, que prometía ser maravillosa, el bueno del comprador desató el nudo que sujetaba la pierna d e Pinocho, que quedó libre como un pájaro en el aire, y empezó de este modo su relación: —Sepa usted que yo era antes un muñeco de madera, como lo soy ahora; pero por mi p oca afición al estudio y por seguir los consejos de malas compañías, me escapé de mi casa, y un día me desperté siendo un burrito, con unas orejas así de grandes y una cola así de larga. ¡Qué vergüenza más grande pasé! Una vergüenza como no quiera Dios que la pase usted nun ca, querido amo. Me llevaron al mercado de ganados, y me compró el director de una compañía ecuestre, al cual se le metió en la cabeza hacer de mí un gran bailar ín y gran saltador de aro; pero una noche di una mala caída durante la función, y me quedé cojo de las dos patas. Entonces el director dijo que no quería a su la do un burro cojo, y me envió a vender al mercado, que fue cuando usted me compró. —¡Por mi desgracia! ¡Como que pagué por ti veinte monedas de cobre ! Y ahora, ¡quién va a devolverme mi dinero! —¿Para qué me compró usted? ¡Para hacer un tambor con mi piel! ¡Un tambor! —Dime ahora, muñeco impertinente: ¿has terminado ya tu historia? —No— respondió el muñeco —; faltan pocas palabras para terminarla. Después de haberme comprado me trajo usted a este sitio para matarme; pero, sintiéndose compasivo, prefirió atarme una piedra al cuello y t irarme al mar. Este sentimiento de humanidad le honra a usted mucho y se lo agradeceré eternamente. Pero usted no había contado con el Hada. —¿Y quién es esa Hada? —Es mi mamá, que como todas las mamás buenas que quieren mucho a sus hijos, no les pierden nunca de vista, y cuidan de ellos amorosamente, aunque estén muy lejos, y aunque esos hijos, por su mala conduct a, por sus travesuras y por sus escapatorias, merezcan que se les deje abandonados y no se les vuelva a hacer caso en toda la vida. Decía, pues, que apenas mi buena Hada me vio en peligro de ahogarme, envió alrededor de mí un ejército de peces, que comenzaron a comerme, creyendo que era un burro de verdad . ¡Y qué bocados tiraban! Nunca hubiera creído que los peces fueran aún más glotones que los niños. Unos me comían las orejas, otros el hocico, otros el cuello y la crin, otros las patas; en fin, hasta hubo uno, chiquitín y muy gracioso, que tuvo la bondad de comerme la cola. —¡Desde hoy —dijo horrorizado el comprador - juro no comer ningún pescado! ¡Me desagradaría mucho comer un salmonete o un besugo y encontrarme con un pedazo de cola de burro! —Estamos de acuerdo— dijo riendo el muñeco. Después, cuando ya los peces terminaron de comer toda aquella envoltura de ca rne y de piel de burro que me cubría desde la cabeza hasta los pies, llegaron, co mo es natural, al hueso, o, por mejor decir, a la madera; porque, como usted verá, estoy hecho de una madera muy dura. Pero apenas trataron de tirar algunos bocados, se convencieron, a pesar de su glotonería, de que yo no era plato a propósi to para ellos, y se fueron cada cual por su lado con la barriga llena, sin darme ni siquiera las gracias p or el banquete que les había proporcionado. Y aquí tiene usted explicado por qué, cuando ha tirado de la soga, se ha encontrado u sted con un muñeco vivo, en vez de un burro muerto. -¡Bueno, bueno! ¡Toda esa historia me importa u n rábano! —gritó el comprad or, encolerizado—. Lo que yo sé es que he dado veinte monedas de cobre por ti, y quiero mi dinero. ¿Sabes lo que voy a hacer? Llevarte de nuevo al mercado y venderte como leña para encender la chimenea. —¡Oh, muy bien! ¡N o tengo el menor inconveniente!— dijo Pinocho. Pero al mismo tiempo dio un salto y se zambulló en el agua. Y mientras nadaba alegremente, alejándose de la orilla, gritaba al pobre comprador: —¡Adiós, mi amo; si necesita usted una piel par a hacer un tambor, acuérdese de mí! Y se reía estrepitosamente y seguía nadando, para volverse poco después y gritar con más fuerza: —¡Adiós, mi amo; si necesita usted un poco de leña para encender la chimenea, acuérdese de mí! Poco después se había alejado tanto de la orilla, que ya no se le distinguía más que como un punto negro en la superficie del agua, que de vez en cuando sacaba fuera un brazo o una pierna, o bien daba saltos como un delfín que está de buen humor. Nadando a la aventura, vio Pinocho en medio d el mar un islote que parecía de mármol blanco, y en lo más alto de él una linda c abrita que balaba tiernamente y que le hacía señas de que se acercase. Lo más singular del caso era que el pelo de la cabrita, en vez de ser blanco, o negro, o rojo, como el de las demás cabras, era de color azul turquí; pero tan brillante, que se parecía mucho a los cabellos de la hermosa niña. ¡Figuraos cómo latiría el corazón del pobre Pinocho! Redobló sus esfuerzos para nadar más de prisa en dirección del islote blanco, y ya habría avanzado una mitad de la di stancia, cuando he aquí que vio salir de l agua la horrible cabeza de un monstruo marino con la boca abierta, que parecía una caverna, y tres filas de dientes que hubieran causado miedo con sólo verlos pintados. ¿Sabéis quién era aquel monstruo marino? Pues aquel monstruo marino era nada menos que el gigantesco dragón de que se ha hablado varias veces en esta historia, y que po r su insaciable voracidad venía causando tales estragos por aquellos mares, que se le llamaba el “Atila de los peces y de los pescadores”. ¡Cuál no sería el espanto del pobre Pinocho a la vista del monstruo! Trató de escaparse, de cambiar de dirección, de huir; pero todo era inútil; aquella enorme boca se le ven ía siempre encima con la velocidad de un tren expreso. —¡Date prisa, Pi nocho, por Dios! — gritaba, balando, la linda cabrita. Y Pinocho nadaba desesperadamente con los brazos, con las piernas, con el pecho, con todo el cuerpo. —¡Corre, Pinocho, corre; que se acerca el monstruo! Y Pinocho redoblaba sus esfuerzos para aumentar la velocidad. —¡Más de prisa, Pinocho, que te atrapa! ¡Ya está ahí! ¡Más a prisa o estás perdido! ¡Que te atrapa! ¡Que te atrapa! Y Pinocho nadaba desesperadamente y se deslizaba por el agua como una bala de fusil. Ya se acercaba al arrecife, y ya la linda cabrita se inclinaba sobre la orilla, alargándole las dos patitas delanteras para ayudarle a salir del agua; pero... ¡Pero ya era tarde! Tan cerca estaba el monst ruo, que no hizo más que dar un sorbo, y se tragó al muñeco con el agua que le rodeaba, como quien se sorbe un huevo de gallina. Y se lo tragó con tal ansia y violencia, que Pinocho se d io contra una muela del dragón un golpe tan tremendo , que le hizo estar sin sentido un cuarto de hora. Cuando volvió de su desmayo no sabía en qu é mundo se encontraba. En torno suyo reinaba una gran oscuridad pero tan n egra y profunda, que le parecía hallarse en la bolsa de tinta de un calamar. Quiso escuchar, pero no oyó ruido alguno; únicamente sentía de cuando en cuando una bocanada de aire que le daba en la ca ra. Al principio no podía saber de dónde vendría aquel aire; pero después comprendió que salía de los pulmones del monstruo. Porque hay que advertir que el mo nstruo padecía mucho de asma, y cuando respiraba parecía que se había desatado el huracán. Pronto trató Pinocho de infundirse a sí mi smo algún valor; pero cuando ya tuvo la seguridad de que se encontraba ence rrado en el cuerpo del monstruo marino, empezó a llorar y a gritar, diciendo: —¡Socorro! ¡Socorro! ¡Desgraciado de mí! ¿No hay quien venga a salvarme? —¿Y quién va a salvarte, desgraciado? — contestó en aquella oscuridad una voz cascada, como de guitarra sin templar. —¿Quién me ha hablado? — preguntó Pinocho, sintiendo aún mayor espanto. —¡Soy yo: un mísero bacalao que el dragón ha engullido lo mismo que a ti! ¿Y tú, qué pez eres? —¡Que pez ni qué narices! ¡Yo no soy pez de ninguna clase! ¡Yo soy un muñeco! —Pues si no eres un pez, ¿Por qué te has dejado tragar por el monstruo? —¡Hombre, eso no se le ocurre más que a un bacalao! He hecho todo lo posible para que no me tragara; pero se ha empeñado, y c omo este diablo de dragón corre muy rápido ... Bueno, ¿y qué hacemos en esta oscuridad? —Resignarnos y esperar a que el dragón nos digiera a los dos. —¡Es un lindo porvenir! —dijo Pinocho. Y poniéndose muy triste de repente, empezó a llorar como un becerro. —Hombre, a m í tampoco me hace una gracia extraordinaria —contestó el bacalao —; pero soy filósofo, y me resigno. Bien mirado, hasta me alegro; porque cuando uno nace bacalao, es más honroso morir en el agua que en el aceite frito. —¡Valiente majadería!— dijo Pinocho. —Es una opinión; y como dicen los peces de la política, todas las opiniones deben ser respetadas. —Bueno, yo lo que digo es que quiero salir de aquí, que quiero escaparme. —Prueba, si lo consigues, mejor para ti. —¿Es muy grande es te dragón que nos ha tragado?—preguntó el muñeco. —Figúrate que su cuerpo tiene más de un kilómetro de largo, sin contar la cola. Mientras así conversaba Pinocho en aquella oscuridad, le pareció ver allá lejos, pero muy lejos, una especie de resplandor. —¿Qué será aquella lucecita que se ve allá lejos?—dijo Pinocho. —Será algún compañero nuestro de desgracia, que estará esperando, igual que nosotros, el momento de ser digerido. —Me voy a buscar le. ¡ Quizá sea algún pez viejo que pueda enseñarme la salida! —Te lo deseo con toda mi alma, simpático muñeco. —¡Adiós, amable bacalao! —¡Adiós, muñeco, y buena suerte! —¿Dónde volveremos a vernos? —¡Vete a saber! ¡Vale más no pensarlo!
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXXIV
Pinocho encuentra en el cuerpo del dragón... ¿A quién encuentra? Cuando leas este capítulo y lo sabrás. Apenas hubo dicho adiós a su buen amigo el bacalao, Pinocho se puso en marcha, andando a tientas en aquella oscuridad por el cuerpo del dragón, y dando con cuidado un paso tras otro en dirección de aquel pequeño resplandor que divisaba a lo lejos, muy lejos. Al andar sentía que s us pies se mojaban en un agua grasienta y resbaladiza, y con un olor tan fuerte a pescado frito, como si estuviese en u na cocina un viernes de Cuaresma. Pues, señor, que a medida que andaba, el resplandor iba siendo cada vez más visible, hasta que, andando, andando, llegó al sitio donde estaba. Y al llegar, ¿qué creen que vio? ¿A que no lo adivinan? ¡No lo adivinan! Pues vio una mesita encima de la cual lucía una vela que tenía por candelero una botella de cristal verdoso, y sentado a la mesita, un viejecito todo blanco, blanco, como si fuera de nieve. El viejecito estaba comiendo algunos pececillos vivos; tan vivos, que algunas veces se le escapaban de la misma boca. Pinocho sintió una alegría tan grande y tan inesperada, que le faltó poco para volverse loco. Quería reír, quería llorar, quería decir una porción de cosas; pero no podía, y en su lugar no hacía más que lanz ar sonidos inarticulados o balbucear palabras confusas y sin sentido. Finalmente, consiguió lanzar un grito de alegría, y abriendo los brazos se arrojó al cuello del viejecito gritando: —¡Papito! ¡Papá! ¡Papá! ¡Por fin te he encontrado! ¡Ahora ya no te dejaré nunca, nunca, nunca! —¿Es verdad lo que ven mis ojos? —replicó el viejecito, frotándose los párpados —. ¿Eres tú, realmente, mi querido Pinocho? —¡Sí, sí; soy yo; yo mismo! Me has perdonado, ¿verdad? ¡Oh, papito, qué bueno eres! Y pensar que yo... ¡Oh! ¡Pero no puedes imaginarte cuántas desgracias me han sucedido, cuánto he sufrido, cuánto he llorado! Imagina que el día que tú, pobre papito, vendiste tu chaqueta para comprarme la cartilla, me escapé a ver los muñecos, y el empresario quería echarme al fuego para asar el carnero, y que después me dio cinco monedas de oro para que te las llevase. Pero me encontré a la zorra y al gato, que me llevaron a la posada de El Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y yo salí solo al campo, y me encontré a los l adrones, que empezaron a correr detrás, y yo a correr, y ellos detrás, y yo a correr y ellos detrás, y siempre detrás, y yo siempre a correr... ¡Uf! ¡No quiero acordarme! Bueno; pues por fin me alcanzaron, y me colgaron de una rama de la encina grande, de donde la hermosa niña de los cabellos azules me hizo llevar en una carroza, y los médicos dijeron en seguida: “Si no está muerto, es señal de que está vivo”. Y a mí se me escapó una mentira, y la nariz empezó a crecerme, hasta que no pudo pasar por la p uerta del cuarto, por lo cual me fui con la zorra y el gato a sembrar las cuatro monedas de oro, porque una la había gastado en la posada, y el papagayo empezó a reír, y en vez de dos mil monedas de oro no encontré ninguna. Y cuando el juez supo que me hab ían robado me hizo meter en la cárcel, para dar una satisfacción a los ladrones; y al venir después por el campo vi un racimo de uvas, y quedé cogido en una trampa, y el labrador me puso el collar del perro para que guardase el gallinero; pero reconoció mi inocencia y me dejó ir; y la serpiente que tenía una cola que echaba humo, empezó a reír y se le rompió una vena del pecho, y así volví a la casa de la hermosa niña, que había muerto; y la paloma, viendo que lloraba, me dijo: «He visto a tu papá, que esta ba haciendo una barquita para buscarte»; y yo le dije: “¡Si yo tuvi ese alas! ”; y me dijo entonces: “¿Quieres ir con tu papá? ”; y yo le dije: “¡Ya lo creo! Pero, ¿quién me va a llevar?”; y ella me dijo: “Monta en mí”; y así volamos toda la noche; y por la mañana todos los pescadores miraban al mar, y me dijeron: “Es un pobre hombre en una barquita, que está ahogándose”; y yo desde lejos te reconocí en seguida, porque me lo decía el corazón, y te hice señas para que volvieras a la playa... —Y yo te reconoc í también —interrumpió Gepeto—, y hubiera vuelto a la playa; pero no podía. El mar estaba muy malo, y una furiosa ola me volcó la barquita. Entonces me vio un horrible dragón que estaba cerca, vino hacia mí, y sacando la lengua me tragó como si hubiera sido una píldora. —¿Y cuánto tiempo hace que estás aquí? —Desde aquel día hasta hoy habrán pasado unos dos años. ¡Dos años, Pinocho mío, que me han parecido dos siglos! —¿Y qué has hecho para comer? ¿Y dónde has encontrado la vela? ¿Y de dónde has sacado las cerillas? —Te lo contaré todo. Aquella misma borrasca que hizo volcar mi barquilla echó a pique un buque mercante. Todos los marineros se salvaron; pero el buque se fue al fondo, y el mismo dragón, que sin duda tenía aquel día un excelente apetito, después de tragarme a mí se tragó también el buque. —¿Cómo? ¿Se lo tragó de un solo bocado? — preguntó Pinocho maravillado. —De un solo bocado; y no devolvió más que el palo mayor, porque se le había quedado entre los dientes, como si fuera una espina de pe scado. Por fortuna mía, aquel barco estaba cargado no sólo de carne conservada en latas, sino también de galleta, o sea pan de marineros, y botellas de vino, pasas, café, azúcar, velas y cajas de cerillas. Con todo esto que Dios me envió he podido arreglarme dos años; pero hoy estoy ya en los restos: ya no queda nada que comer, y esta vela es la última. —¿Y después? —¡Oh! Después, hijo mío, estaremos los dos a oscuras. —Entonces no hay tiempo que perder, papá—dijo Pinocho—. Debemos pensar en huir. —¡Huir! ¿Y cómo? —Saliendo por la boca del dragón y echándonos a nado en el mar. —Sí, está muy bien; pero el caso es que yo, querido Pinocho, no sé nadar. —¿Y qué importa? Te pones a caballo sobre mí, y como yo soy buen nadador, te llevaré a la orilla sano y salvo. —¡Ilusiones, hijo mío! —replicó Gepeto moviendo la cabeza y sonriendo melancóli - camente—. ¿Te parece posible que un muñeco que apenas tiene un metro de alto tenga fuerza bastante para llevarme a mí sobre las espaldas? —Haremos la prueba, y ya lo verás. De todos modos, si Dios ha dispuesto que debamos morir, al menos tendremos el consuelo de morir abrazados. Y sin decir más, tomó Pinocho la vela, y adelantándose para alumbrar el camino, dijo a su padre: —¡Sígueme, Y no tengas miedo! Hicieron de este modo una buena caminata, atravesando todo el estómago del dragón. Pero al llegar al sitio donde empezaba la espaciosa garganta del monstruo, se detuvieron para echar una ojeada y escoger el momento más oportuno para la fuga. Pues, señor, como el dra gón, viejo ya y padeciendo de asma y de palpitaciones al corazón, tenía que dormir con la boca abierta, acercándose más y mirando hacia arriba, pudo Pinocho ver por fuera de aquella enorme boca abierta un buen pedazo de cielo estrellado y el resplandor de la Luna. —¡Esta es la gran ocasión para escaparnos! —dijo Pinocho en voz baja a su padre—. El dragón duerme como un lirón: el mar est á tranquilo, y se ve como si fuera de día. ¡Ven, ven, papito, y verás como dentro de poco estamos en salvo! Dicho y hecho. Con mucho cuidado salieron de la garganta del monstruo, y al llegar a su inmensa boca siguieron andando muy despacio, de puntillas, en la lengua, que era tan larga y tan ancha como un paseo. Y ya estaban para dar un salto y arrojarse a nado en el mar, cu ando al dragón se le ocurre estornudar, y en el estornudo dio una sacudida tan violenta, que Pinocho y Gepeto fueron lanzados hacia adentro, y se encontraron otra vez en el estómago del monstruo ¡Claro! ¡La vela se apagó, y padre e hijo se quedaron a oscuras! —¡Esto sí que es bueno! —dijo Pinocho malhumorado. —¿Lo ves, hijo, lo ves? Ahora, ¿qué hacemos? —¿Qué hacemos? ¡Toma! ¡Ya verás! Dame la mano, y procura no escurrirte. —¿Dónde quieres ir? —Pues a empezar de nuevo. Ven conmigo, y no tengas miedo. Pinocho tomó la mano de su padre, y andando siempre sobre la punta de los pies, consiguieron llegar otra vez a la garganta del monstruo. Atravesaron toda la lengua, y salvaron las tres filas de dientes. Antes de saltar al agua dijo a su padre el muñeco. —Monta a caballo sobre mi espalda y agárrate fuerte. ¡Todo lo fuerte que puedas! De lo demás me encargo yo. Así lo hizo Gepeto. Y el gran Pinocho, valiente y seguro de sí mismo, se arrojó al agua y empezó a nadar vigorosamente. El mar e staba tranquilo como un lago; la l una llena esparcía su pálida luz de plata, y el dragón seguía durmiendo con un sueño tan profundo, que no le hubieran despertado cincuenta cañonazos.
Las Aventuras de Pinocho - Carlo Collo
CAPÍTULO XXXV
Por fin Pinocho deja de ser un muñeco y se transforma en un muchacho. Mientras Pinocho nadaba velozmente hacia la playa, notó que su padre, siempre a caballo sobre su espalda y con las piernas dentro del agua, temblaba sin cesar como si estuviese con fiebres tercianas. ¿Temblaba de frío o de miedo? ¡Vaya usted a saber! Quizás de las dos cosas. Pero Pinocho, creyendo que era solo de miedo, le dijo para animarle: —¡Valor, papito! ¡Dentro de pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo! —Pero, ¿dónde está esa dichosa playa? — preguntó el viejecito, cada vez más inquieto y mirando por todas partes —. Yo no veo más que cielo y mar de frente, a derecha y a izquierda. —Pues yo sí la veo — dijo el muñeco —. Te advierto que yo soy como los gatos: veo mejor de noche que de día. El pobre Pinocho fingía buen humor y confianza, pero... pero empezaba a perderla y a desazonarse. Estaba muy cansado, su respiración era cada vez más jadeante; en suma: veía que se le acababan las fuerzas y que la playa aún estaba muy lejos. Siguió nadando, nadando; pero llegó un momento en que no pudo m ás, y volviendo la cabeza hacia su padre, le dijo con voz entrecortada: —¡Papá!... ¡Papá!... ¡No tengo fuerzas!... ¡Me muero!... Ya estaba casi desmayado, y empezaban a hundirse los dos, cuando oyeron una voz de guitarra desafinada que decía: —¿Quién es el que se muere? —¡Soy yo y mi pobre papá! —¡Yo conozco esa voz! ¡Eres Pinocho! —¡El mismo! Y tú, ¿quién eres? — Yo soy el bacalao, tu compañero en la barriga del dragón. —¿Cómo has conseguido escapar? —He imitado tu ejemplo. Tú me has enseñado el camino, y yo no he hecho más que seguirte. —¡Oh, querido bacalao; no has podido llegar más a tiempo! ¡Por nuestra amistad, por la salud de la respetable bacalada, tu mujer, y de tus bacalaítos, te ruego que nos ayudes, porque si no estamos perdidos! —¡Pero, hombre! ¡Pues ya lo creo! ¡Con mil amores! ¡Agárrense a mi cola y déjense llevar! ¡En cuatro minutos los llevaré a la orilla! Ya se imaginarán que padre e hijo se apresuraron a aceptar la amable invitación del buen bacalao; pero en vez de agarrarse a l a cola, creyeron mucho más cómodo sentarse encima de él, pues era un bacalao mucho mayor que los corrientes y con una fuerza tan grande, que era campeón de boxeo en su pueblo. —¿Pesamos mucho?— le preguntó Pinocho. —¡Hombre! ¡Absolutamente nada! ¡Me pare ce llevar encima dos conchas de almeja! — respondió el complaciente bacalao. Al llegar a la orilla saltó Pinocho el primero, y ayudó a su papá a hacer lo mismo. Después dirigiéndose al bacalao, le dijo con voz conmovida: —¡Amigo mío, has salvado a mi pad re, y mi agradecimiento es tan inmenso, que no puede expresarse con palabras! ¡No te olvidaré nunca, porque los ingratos son los más despreciables de los hombres! Ahora permíteme que te de un beso en señal de eterna gratitud. El bacalao sacó la cabeza del agua, y Pinocho se acercó y le dio un cariñoso beso en la boca. Ante esta expresiva muestra de afecto, a la que no estaba acostumbrado, el pobre bacalao se conmovió de tal manera, que, avergonzándose de que se le viera llorar como un chiquillo, metió la cabeza en el agua y desapareció. Mientras tanto se había hecho de día. Entonces Pinocho ofreció el brazo a su padre, que apenas tenía fuerzas para ponerse en pie, y le dijo: —Apóyate en mi brazo, querido papá, y vamos andando muy despacito, como las horm igas, y cuando estemos cansados nos sentaremos junto al camino. —¿Y a dónde vamos? - preguntó. —En busca de una casa o de una cabaña donde nos den por caridad un pedazo de pan y un poco de paja donde dormir. Aún no habían andado cien paso s, cuando vieron sentados en el límite del camino dos tipos muy feos, en actitud de pedir limosna. Eran el gato y la zorra; pero apenas si se podía reconocerlos. El gato, a fuerza de fingirse ciego, había cegado de verdad; y la zorra, envejecida y desastrada, andaba con muletas y estaba sin cola, porque hallándose un día en la mayor miseria, se vio obligada a vender su magnífica cola a un buhonero, que la compró para hacer un limpia tubos. —¡Oh, Pinocho! — gritó la zorra con voz plañidera-. ¡Una limosna p ara dos pobres enfermos que no lo pueden ganar! —¡No lo pueden ganar!— repitió el gato. —¡Ah, bribones! - respondió el muñeco —. Me engañaron una vez, pero ya he escarmentado. ¡Adiós granujas! —¡Créenos, Pinochito; que ahora es verdad que somos muy desgraciados y estamos en la miseria! —¡En la miseria!— repitió el gato. —¡Si son pobres, bien merecido que lo tienen ! “¡Quien mal anda, mal acaba! ” ¡Ahora pagan las maldades que han cometido! ¡Adiós, granujas! —¡Ten lástima de nosotros! —¡De nosotros! —¿La tuvieron antes de mí? ¡Adiós, granujas! Y Pinocho y su papá siguieron su camino tranquilamente. Unos cien pasos más allá vieron a lo lejos una preciosa cabaña de paja, con el techo cubierto de flores azules. —En aquella cabaña debe de vivir alguien — dijo Pinocho—. Vamos allá, y llamaremos. Así lo hicieron. —¿Quién es?— dijo desde dentro una vocecita. —¡Somos un pobre papá y un pobre hijo sin pan ni hogar!— respondió el muñeco. —¡Empuja la puerta y entra !— dijo la misma vocecita. Pinocho abrió la puerta, y entraron ; pero por más que miraron, no vieron a nadie. —¿Dónde está el dueño de esta cabaña? — preguntó Pinocho admirado. —¡Aquí arriba estoy! Padre e hijo se volvieron hacia el techo, y vieron en una viga al grillo parlante... —¡Oh, mi querido grillito! -–exclamó Pinocho saludando graciosamente. —Ahora me llamas «tu querido grillito», ¿no es verdad? Pero, ¿te acuerdas de cuando me tirabas un mazo para arrojarme de tu casa? —¡Tienes razón, grillito! ¡Arrójame también a mí de tu casa, tírame otro mazo, pero ten compasión de mi pobre papá! —Tendré compasión no sólo del pobre padre sino también del hijo; pero te he recordado la mala acción que cometiste conmigo, para enseñarte que en este mundo se debe ser cortés con todos si lo que quieres es que tengan contigo igual cortesía. —¡Tienes razón, grillito; tienes razón que te sobra, y no olvidaré nunca la lección que me has dado! Pero, oye: ¿cómo te has arreglado para comprarte esta cabaña tan bonita? —Esta cabaña me la regaló ayer una linda cabrita que tenía el pelo de hermoso color azul turquí. —¿Y adónde se fue la cabrita? — preguntó Pinocho con grandísimo interés. —No lo sé. —¿Y cuándo volverá? —No volverá nunca. Ayer se marchó muy afligida, y balando parecía decir: “¡Pobre Pino cho; ya no volveré a verle más! A estas horas lo habrá devorado el dragón”. —¿Dijo eso? ¡Entonces e ra ella, mi — queridísima Hada!—gritó Pinocho llorando y sollozando desesperadamente. Después de llorar un buen rato se secó los ojos, y preparando un buen lecho de paja, acostó en él al pobre viejo. Luego preguntó al grillo parlante: —Dime, amable grillo: ¿dónde podría encontrar un poco de leche para mi padre? —Ahí al lado vive el hortelano Juanón, que tiene vacas de leche, ve a su establo y encontrarás lo que buscas. Pinocho fue a casa del hortelano Juanón, pero éste le dijo: —¿Cuánta leche quieres? —Un vaso lleno. —Un vaso lleno cuesta diez céntimos. Dame primero los cuartos. —Pero, ¡si no tengo un céntimo! — respondió Pinocho tristemente. —Pues, hijo —replicó el hortelano —, si tú no tienes un céntimo, yo no tengo ni un dedo de leche. —¡Todo sea por Dios! —dijo Pinocho haciendo ademán de marcharse. —¡Espera un poco! —exclamó entonces Juanón—. Creo que aún podremos arreglarnos. ¿Quieres dar vueltas a la noria? —¿Y qué es la noria? — Pues mira: no es más que ir tirando de ese palo largo que ves ahí, y que sirve para sacar del pozo agua con que regar las hortalizas. —Probaré. —Si me sacas cien cubos de agua, te daré en cambio un vaso de leche. —¡Está bien! Juanón condujo a Pinocho a la huerta, y le enseñó la manera de sacar agua de la noria. Pinocho se puso en el acto al trabajo; pero antes de haber sacado los cien cubos de agua estaba ya bañado en sudor de la cabeza a los pies. Nunca había sentido tanta fatiga. —Hasta ahora venía ha ciendo este trabajo mi burrito—dijo el hortelano—, pero el pobre animal se está muriendo. —¿Podría verle? —dijo Pinocho. —Sin inconveniente. Ven conmigo. Apenas entró Pinocho en la cuadra, vio un lindo burrito extendido sobre la paja. Después de mirar fijamente al burro, se dijo Pinocho: —¡Yo conozco a este burro! ¡Su cara no es nueva para mí! Y arrodillándose al lado del animal, le preguntó en lenguaje asnal. —¿Quién eres? Al oír esta pregunta, abrió el burro los moribundos ojos, y balbuceó en el mi smo lenguaje: —¡Soy Es... pá... rra... go! Y, cerrando los ojos, expiró. —¡Pobre Espárrago! —dijo Pinocho a media voz, y tomando un puñado de paja, se enjugo una lágrima que corría por sus mejillas. —Mucho te conmueve la muerte de un burro que no te ha costado nada —dijo el hortelano—. Pues, ¿qué debía hacer entonces yo que le he comprado con mi dinero contante y sonante? —Le diré a usted. Era amigo mío... —¿Amigo tuyo? —Y compañero de escuela. —¿Cómo? —exclamó Juanón soltando una carcajada—. ¿Has t enido burros por compañeros de escuela? ¡Valientes estudios tendrás! Mortificado por estas palabras, no respondió Pinocho; tomó su vaso de leche, aún caliente, y se fue a la cabaña. Y desde aquel día en adelante, se levantó todas las mañanas antes del al ba para ir a la noria, y ganar de este modo aquel vaso de leche que sentaba tan bien a su pobre padre. No se contentó con esto, sino que andando el tiempo se dedicó a fabricar cestas y canastos de junco, y con el dinero que ganaba atendía cuidadosamente a los gastos necesarios. Fabricó también, entre otras muchas cosas, un elegante carrito para llevar a su papá de paseo cuando hacía buen tiempo, para que tomase el aire y el sol. Durante las primeras horas de la noche se ejercitaba en leer y escribir. Por u nos cuantos céntimos había comprado en la población vecina un libro muy grande, al cual sólo le faltaban unas hojas del principio y el índice, y en este libro hacía su lectura. Para escribir se servía de una paja cortada a guisa de pluma; y como no tenía t inta, ni siquiera de calamares, mojaba su pluma en una jícara en la que había echado jugo de moras o de guindas. Con su constante deseo de trabajar y su incansable actividad, no sólo conseguía atender cumplidamente a todas las necesidades de la vida, y es pecialmente a las de su padre enfermo, sino que había podido ahorrar hasta unas cuarenta perras chicas para comprarse un traje nuevo. Una mañana dijo a su padre: —Me voy al mercado vecino para comprarme una chaqueta, un gorro y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa —agregó sonriendo —, estaré tan elegante, que no me cambiaré por un gran señor. Y en cuanto salió de casa, comenzó a correr alegre y contento. A poco oyó que pronunciaban su nombre, y al volverse vio un caracol que salía de entre un matorral. —¿No te acuerdas de mí? —Por un lado me parece que sí, y por otro que no. —¿No te acuerdas de aquel caracol que estaba al servicio del Hada de cabellos azules? ¿No te acuerdas de aquella noche que bajé a abrirte la puerta y estabas con un pie sujeto entre las tablas? —Me acuerdo de tod o —interrumpió Pinocho—; pero contéstame en seguida, mi buen caracol. ¿Dónde has dejado a mi buena Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha perdonado? ¿Se acuerda de mí? ¿Sigue queriéndome lo mismo? ¿Está muy lejos de aquí? ¿Dónde podría encontrarla? A todas estas preguntas, hechas precipitadamente y sin tomar aliento, contestó el caracol con su acostumbrada calma: —Pinocho mío, la pobre Hada está en el hospital. —¿En el hospital? —Desgraciadamente. Perseguida por las calamidades y gra vemente enferma, hoy no tiene ni para comprar un triste pedazo de pan. —Pero, ¿de veras? ¡Oh, qué pena tan grande! ¡Pobre Hada mía! ¡Si tuviera un millón, correría para entregártelo, pero no tengo más que cuarenta monedas de cobre! ¡Míralas! Era lo justo para comprarme un traje nuevo. ¡Tómal as, caracol, y corre a llevárselos a mi buen Hada! —¿Y tu traje nuevo? —¿Qué importa del traje nuevo? ¡Vendería hasta los harapos que llevo encima para poder ayudarla! ¡Anda, caracol, despacha pronto! Vuelve por aquí dentro de dos días, y espe ro poder darte alguna otra perrilla. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi padre; desde hoy en adelante, trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena mamá. ¡Vete ya, caracol, y hasta dentro de dos días! Contra su costumbre, echó a correr el caracol como una lagartija durante los calores del verano. Cuando Pinocho volvió a la cabaña, le preguntó su papá: —¿Y el vestido nuevo? —No he podido encontrar uno que me sentara bien. ¡Paciencia! ¡Otra vez lo compraré! En vez de velar aquella noche hasta las diez, Pinocho estuvo trabajando hasta después de media noche, y en vez de ocho canastos hizo dieciséis. Después se acostó, y se qued ó dormido. Y mientras dormía, le pareció que veía en sueños a su Hada, bella y ris ueña, que le decía, después de haberle besado cariñosamente. —¡Muy bien, Pinocho! ¡Por el buen corazón que has demostrado tener, te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy! Los muchachos que atienden amorosamente a sus padres en la miseria y en la enfermedad, merecen siempre ser queridos, aunque no se los pueda citar como modelos de obediencia ni de buena conducta. Ten juicio en adelante, y serás feliz. En este momento terminó el sueño y despertó Pinocho. Ahora imagínense cuál sería su sorpresa cuando, al despertar, se dio cuenta que ya no era un muñeco de madera, sino que se había convertido en un chico como todos los demás. Miró en torno suyo, y en vez de las paredes de paja de la cabaña, vio una linda habitación amueblada con elegante sen cillez. Salió de la cama y se encontró con un lindo traje nuevo, una gorra nueva y un par de preciosos zapatos de charol. Apenas se hubo vestido, sintió el natural deseo de registrar los bolsillos; y al meter la mano, encontró un portamonedas de marfil qu e tenía escritas las siguientes palabras: “El Hada de los cabellos azules devuelve a su querido Pinocho los cuarenta monedas de cobre , y le agradece mucho su buena acción”. Cuando abrió el portamonedas, en vez de cuarenta monedas de cobre encontró otras cuarenta relucientes monedas de oro. Luego, fue a mirarse al espejo, y le pareció ser otro. No vio ya reflejada en él la acostumbrada imagen del muñeco de madera, sino la imagen viva e inteligente de un lindo muchacho con los cabellos castaños, los ojos cel estes y con un aire alegre y festivo como la pascua florida. En medio de tan maravillosos sucesos, ya no sabía Pinocho si todo era realidad o estaba soñando con los ojos abiertos. —¿Dónde está mi papá? —gritó poco después; y entrando en una habitación co ntigua, encontró al viejo Gepeto sano, listo y con su antiguo buen humor, que habiendo vuelto a su oficio de tallista, estaba dibujando una preciosa cornisa adornada de hojas, de flores y de cabezas de diversos animales. —¡Papá mío! Dime, por favor, ¿qué quiere decir todo esto? —¿Cómo se explican estos cambios tan imprevistos?—le preguntó Pinocho, saltando a su cuello y cubriéndole el rostro de besos. —Todos estos cambios imprevistos son debidos a tus méritos. —¿Por qué a mis méritos? —Porque cuando los muchachos se convierten de malos a buenos, tienen la virtud de dar otro aspecto nuevo y mejor a su familia y a todo lo que los rodea. —¿Dónde se habrá escondido el viejo Pinocho de madera? —Mírate —contestó Gepeto, y le indicó un gran muñeco apoyado en una silla, con la cabeza inclinada a un lado, los brazos colgando y las piernas cruzadas y dobladas por la mitad, de tal forma que parecía un milagro que se pudiese sostener derecho. Pinocho se volteó a contemplarlo y, cuando ya lo había observado un poc o, dijo para sí con grandísima complacencia: —¡Qué cómico resultaba yo cuando era un muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora de haberme transformado en un chico como es debido!