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A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 1: LA CASA DEL ESPEJO
Desde luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el gatito blanco no tuvo absolutamente nada que ver con todo este enredo... fue enteramente culpa del gatito negro. En efecto, durante el último cuarto de hora, la vieja gata hab ía sometido al minino blanco a una operación de aseo bien rigurosa (y hay que reconocer que la estuvo aguantando bastante bien); así que está bien claro que no pudo éste ocasionar el percance. La manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos suced ía de la siguiente manera: primero sujetaba firmemente a la víctima con una pata y luego le pasaba la otra por toda la cara, s ólo que a contrapelo, empezando por la nariz: y en este preciso momento, como antes dec ía, estaba dedicada a fondo al gatito blanco, que se dejaba hacer casi sin moverse y a ún intentando ronronear... sin duda porque pensaba que todo aquello se lo estarían haciendo por su bien. Pero el gatito negro ya lo hab ía despachado Dina antes aquella tarde y as í fue como ocurri ó que, mientras Alicia estaba acurrucada en el rincón de una gran butacona, hablando consigo misma entre dormida y despierta, aquel minino se hab ía estado desquitando de los sinsabores sufridos, con las delicias de una gran partida de pelota a costa del ovillo de lana que Alicia había estado intentando devanar y que ahora había rodado tanto de un lado para otro que se hab ía deshecho todo y corría, revuelto en nudos y mara ñas, por toda la alfombra de la chimenea, con el gatito en medio dando carreras tras su propio rabo. –¡Ay, pero qu é malísima que es esta criatura! –exclamó Alicia agarrando al gatito y d ándole un besito para que comprendiera que había caído en desgracia. – ¡Lo que pasa es que Dina debiera de ense ñarles mejores modales! ¡S í señora, debieras haberlos educado mejor, Dina! ¡Y adem ás creo que lo sabes! a ñadió dirigiendo una mirada llena de reproches a la vieja gata y hablándole tan sev eramente como pod ía... y entonces se encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo del hilo de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no avanzaba demasiado de prisa ya que no hacía más que hablar, a veces con el minino y otras consigo misma. El gatito se acomodó, muy comedido, sobre su regazo pretendiendo seguir con atención el progreso del devanado, extendiendo de vez en cuando una patita para tocar muy delicadamente el ovillo; como si quisiera echarle una mano a Alicia en su trabajo. –¿Sabes qu é día ser á mañana? –empezó a decirle Al icia–. Lo sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo... s ólo que como Dina te estaba lavando no pudiste hacerlo. Estuve viendo cómo los chicos reun ían leña para la fogata... ¡ y no sabes la de leña que hace falta, minino! Pero hacía tanto frío y nevaba de tal manera que tuvieron que dejarlo. No te preocupes, gatito, que ya veremos la hoguera mañana! Al llegar a este punto, a Alicia se le ocurrió darle dos o tres vueltas de lana alrededor del cuello al minino, para ver cómo le quedaba, y esto produjo tal enredo que el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el suelo dejando tras de sí metros y metros desenrollados. –¿Sabes que estoy muy enojada contigo, gatito? –continuó Alicia cuando pudo acomodarse de nuevo en la butacona –, cuando vi todas las picardías que habías estado haciendo estuve a punto de abrir la ventana y ponerte fuera de patitas en la nieve! ¡Y bien merecido que te lo tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver, ¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! – le ataj ó en seguida Alicia, amenaz ándole con el dedo –: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera: chillaste dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta ma ñana; no pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te o í! ¿Qu é es eso que est ás diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si te metió la pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa, por no cerrar bien el ojo... si no t e hubieses empeñado en tenerlo abierto no te habr ía pasado nada, ¡ea! ¡Y basta ya de excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a Copito de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que no pudiera beb érsela. ¿C ómo?, ¿que ten ías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no? ¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no estaba mirando! –¡Van ya tres faltas y todav ía no te han castigado por ninguna! Bien sabes que te estoy reservando todos los castigo s para el miércoles de la pr óxima semana... ¿Y qu é pasaría si me acumularan a mi todos mis castigos, –continuó diciendo, hablando m ás consigo misma que con el minino, –qué no me harían a fin de año? No tendrían más remedio que mandarme a la cárcel supongo, el d ía que me tocaran todos juntos. O si no, veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a quedarme sin cenar; entonces cuando llegara el terrible d ía en que me tocara cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar sin cenar cincuenta comidas! Bueno, no creo que eso me importe tantísimo. ¡Lo prefiero a tener que comérmelas todas de una vez! –¿Oyes la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito? ¡Qu é sonido m ás agradable y m ás suave! Es como si estuvieran dándole besos al cristal por fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente a los árboles y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta que vuelva de nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten todos de verde y danzan lig eros... siempre al vaiv én del viento. ¡Ay, qu é cosas más bonitas estoy diciendo! –exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir palmas, –¡Y cómo me gustar ía que fuese as í de verdad! ¡Estoy segura de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño, cuando las hojas se les ponen doradas! –Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy preguntando en serio! Porque cuando est ábamos jugando hace un ratito nos estabas mirando como si de verdad comprendieras el j uego; y cuando yo dije «jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, despu és de todo aquel jaque me sali ó bien bonito... y hasta creo que habr ía ganado si no hubiera sido por ese perverso alfil que descendi ó cimbreándose por entre mis piezas. Minino, querid o, juguemos a que t ú eres... y al llegar a este punto me gustar ía contaros aunque sólo fuera la mitad de todas las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo discutiendo durante largo rato con su hermana s ólo porque Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y reinas»; y su hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que c ómo iban a hacerlo si entre ambas s ólo podían jugar a ser dos , has ta que finalmente Alicia tuvo que zanjar la cuesti ón diciendo –Bueno, pues tu puedes ser una de las reinas, y yo seré todas las demás–. Y otra vez, le pegó un susto tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído –¡Aya! ¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso! Pero todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito: – ¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te sentaras y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga, vamos a intentarlo! Así me gusta... –Y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el modelo que había de imitar; sin embargo, la cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo Alicia, el gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De manera que, para castigarlo, lo levant ó para que se viera en el espejo y se espantara de la cara tan fea que estaba poniendo... –y si no empiezas a portarte bien desde ahor a mismo –añadió– te pasaré a trav és del cristal y te pondr é en la casa del espejo! ¿Cómo te gustaría eso? –Ahora que, si me prestas atenci ón, en lugar de hablar tanto, gatito, te contar é todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro sal ón, sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo del otro lado de la chimenea. ¡Ay, c ómo me gustar ía ver ese rincón! Tengo tantas ganas de saber si tambi én ahí encienden el fuego en el invierno... en realidad, nosotros, desde aqu í, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a humear, porque entonces tambi én sale humo del otro lado, en ese cuarto... pero eso puede ser s ólo un enga ño para hacernos creer que tambi én ellos ti enen un fuego encendido ah í. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos. –¿Te gustaría vivir en la casa del esp ejo, gatito? Me pregunto si te darían leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero ¡ay, gatito, ah í está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquito del corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece que se está empañando ahora mismo y convirti éndose en una especie de niebla!! ¡Apuesto a que ahora me ser ía muy fácil pasar a través! –Mientras dec ía esto, Alicia se encontr ó con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no pod ía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante. Un instante m ás y Alicia hab ía pasado a trav és del cristal y saltaba con ligereza dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si hab ía un fuego encendido en su chimenea y con gran satisfacción comprobó que, efectivamente, hab ía allí uno, ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí – De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto – pensó Alicia– más caliente a ún, en realidad, porque aqu í no habrá quien me regañe por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me vean a trav és del espejo y no puedan alcanzarme! Entonces empez ó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo que pod ía verse desde el antiguo sal ón era bastante corriente y de poco interés, pero que todo lo demás era sumamente distinto. As í, por ejemplo, los cuadros que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo s ólo se le puede ver la parte de atr ás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la miraba sonriendo con picardía. –Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro – pensó Alicia, al ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar; pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban paseando por ahí de dos en dos! –Ahí están el Rey negro y la Reina negra –dijo Alicia muy bajito por miedo de asustarlos, –y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia– y estoy casi segura de que no me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo invisible. En ese momento algo que estaba sobre la mesa detr ás de Alicia empezó a dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo observ ó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego. –¡Es la voz de mi ni ña! –gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde estaba su criatura, d ándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas. –¡Mi precio so lirio! ¡Mi imperial minina! –y empez ó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea. –¡Necedades imperiales! –bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al caer y, desde luego, ten ía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza. Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre peque ña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresur ó a auxiliar a la Reina; cog iéndola con la mano y levant ándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita. La Reina se qued ó pasmada del susto: la s úbita trayectoria por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le grit ó al Rey, que segu ía sentado, muy enfurru ñado, entre las cenizas – ¡Cuidado con el volcán! –¿Qué volcán? –preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno. –Me... lanzó... por... los aires –jadeó la Reina, que aún no había recobrado del todo el aliento. –Procura subir aquí arriba... por el camino de costumbre... ten cuidado... ¡No dejes que una explosión te haga volar por los aires! Alicia observ ó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo –¡Hombre! A ese paso vas a tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No ser ía mejor que te ayudase un poco? –pero el Rey sigui ó adelante sin prestarle la menor atención: era evidente que no podía ni oírla ni verla. Así pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire llev ándolo hacia la mesa mucho m ás despacio de lo que había hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto de cenizas. Más tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontr ó suspendido en el aire por una mano invisible que adem ás le estaba quitando el polvo: estaba demasiado at ónito para emitir sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban poniendo cada vez m ás redondos mientras la boca se le abr ía más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba entrando de verlo as í y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo. –¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! –exclamó olvidándose por completo de que el Rey no podía oírla. –¡Me est ás haciendo re ír de tal ma nera que apenas si puedo sostenerte con la mano! ¡Y no abras tanto la boca que s e te va a llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya parece que est á bastante limpio – añadió mientras le alisaba los cabellos y lo depositaba al lado de la Reina. El Rey se dej ó caer inmediatamente de espaldas y se qued ó tan quieto como pudo; Alicia se alarm ó entonces un poco al ver las consecuencias de lo que había hecho y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si encontraba un poco de agua para rociársela. Lo único que pudo encontrar, sin embargo, fue una botella de tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró con que ya se hab ía recobrado y estaba hablando con la Reina; ambos susurraban atemorizados y tan quedamente que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían. El Rey estaba entonces diciéndole a la Reina: –¡Te aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los bigotes! A lo que la Reina le replicó: –¡Pero si no tienes ningún bigote! –¡No me olvidaré jamás, jamás –continuó el Rey– del horror de aquel momento espantoso! –Ya verás como s í lo olvidas –convino la Reina – si no redactas pronto un memorándum del suceso. Alicia observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme cuaderno de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió entonces una idea irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el extremo del l ápiz, que se extendía bastante más allá por encima del hombro del Rey, y empez ó a obligarle a escribir lo que ella quería. El pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y contrariedad, intentó luchar con el l ápiz durante alg ún tiempo sin decir nada; pero Alicia era demasiado fuerte para él y al final jadeó: –¡Querida! Me parece que no voy a tener m ás remedio que conseguir un lápiz menos grueso. No acabo de arreglármelas con este, que se pone a escribir toda clase de cosas que no responden a mi intención... –¿Qué clase de cosas! –interrumpió la Reina, examinando por encima el cuaderno (en el que Alicia hab ía anotado el caballo blanco se est á deslizando por el hierro de la chimenea. Su equilibrio deja mucho que desear) –. ¡Eso no responde en absoluto a tus sentimientos! Un libro yac ía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y mientras ésta seguía observando de cerca al Rey (pues aún estaba un poco preocupada por él y ten ía la tinta bien a mano para echársela encima caso de que volviera a darle o tro soponcio) comenzó a hojearlo para ver si encontraba alg ún párrafo que pudiera leer, –...pues en realidad parece estar escrito en un idioma que no conozco– se dijo a sí misma. Y en efecto, decía así: Durante alg ún tiempo estuvo intentando desci frar este pasaje, hasta que al final se le ocurrió una idea luminosa: –¡Claro! ¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco delante del espejo las palabras se pondrán del derecho. Y este fue el poema que Alicia leyó entonces: GALIMATAZO Brillaba, brumeando negro, el sol; agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las váparas lejanas; mimosos se fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. ¡Cuidate del Galimatazo, hijo mío! ¡Guárdate de los dientes que trituran Y de las zarpas gue desgarran! ¡Cuidate del pájaro Jubo-Jubo y que no te agarre el frumioso Zamarrajo! Valiente empuñó el gladio vorpal; a la hueste manzona acometió sin descanso; luego, reposóse bajo el árbol del Tántamo y quedóse sesudo contemplando... Y asi, mientras cabilaba firsuto. ¡¡Hete al Galimatazo, fuego en los ojos, que surge hedoroso del bosque turgal y se acerca raudo y borguejeando!! ¡Zis, zas y zas! Una y otra vez zarandeó tijereteando el gladio vorpal! Bien muerto dejó al monstruo, y con su testa ¡volvióse triunfante galompando! ¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?! ¡Ven a mis brazos, mancebo sonrisor! ¡Qué fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay! Carcajeó, anegado de alegria. Pero brumeaba ya negro el sol agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las váparas lejanas, mimosos se fruncian los borogobios mientras el momio rantas necrofaba... –Me parece muy bonito –dijo Alicia cuando lo hubo terminado– , sólo que es algo dif ícil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza de ideas, ¡s ólo que no sabr ía decir cuáles son! En todo caso, lo que s í está claro es que alguien ha matado a algo... –Pero ¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el espejo antes de haber podido ver c ómo es el resto de esta casa! ¡Vayamos primero a ver el jardín! Salió del cuarto como una exhalaci ón y corrió escaleras abajo... aunque, pensándolo bien, no es que corriera, sino que parec ía como si hubiese inventado una nueva manera de descender veloz y r ápidamente por la escalera, como se dijo Alicia a s í misma: le bastaba con apenas apoyar la punta de los dedos sobre la barandilla para flotar suavemente hacia abajo sin que sus pies siquiera tocaran los escalones. Luego, flot ó por el vest íbulo y habría continuado, saliendo despedida por la puerta del jard ín, si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto flotar la estaba mareando, un poco, así que comprobó con satisfacción que había comenzado a andar de una manera natural.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 2: EL JARDIN DE LAS FLORES VIVAS
–Veré mucho mejor c ómo es el jard ín –se dijo Alicia – si puedo subir a la cumbre de aquella colina; y aqu í veo un sendero que conduce derecho all á arriba...; bueno, lo que es derecho, desde luego no va... –aseguró cuando al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas– ...pero supongo que llegará allá arriba al final. Pero ¡qu é de vueltas no dará este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos por esta curva parece que se va en dirección a la colina. Pero no, no es as í. ¡P or aqu í vuelvo derecho a la c asa! Bueno, probar é entonces por el otro lado. Y así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y luego por otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que hiciese. Incluso una vez, al doblar una esquina con mayor rapidez que las otras, se dio contra la pared antes de que pudiera detenerse. –De nada le valdr á insistir –dijo Alicia, mirando a la casa como si ésta estuviese discutiendo con ella –. Desde luego que no pienso volver all á dentro ahora, porque s é que si lo hiciera tendría que cruzar el espejo... volver de nuevo al cuarto y... ¡ah í se acabarían mis aventuras! De forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la casa e intent ó nuevamente alejarse por el sendero, decidida a continuar en e sa direcci ón hasta llegar a la colina. Durante algunos minutos todo parec ía estar sali éndole bien y estaba precisamente diciéndose –esta vez s í que lo logro – cuando de pronto el camino torció repentinamente, con una sacudida, como lo describió Alicia más tarde, y al momento se encontró otra vez andando derecho hacia la puerta. –Pero ¡qué lata! –exclamó–. ¡Nunca he visto en toda mi vida una casa que estuviese tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo! Y sin embargo, ah í estaba la colina, a plena vista de Alicia; de forma que no le cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, el camino la llev ó hacia un gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un guayabo plantado en medio. –¡Oh, lirio irisado! –dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se mec ía dulcemente con la brisa –. ¡C ómo me gustaría que pudieses hablar! –¡Pues claro que podemos hablar! –rompió a decir el lirio–, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo. Alicia se qued ó tan at ónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio s ólo continuaba meci éndose suavemen te, se decidi ó a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro: –¿Y pueden hablar también las demás flores? Tan bien como t ú –replicó el iris–, y desde luego bastante m ás alto que tú. –Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? – dijo la rosa –. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa. –A mí me trae sin cuidado el color que tenga –observó el lirio–. Lo que es una l ástima es que no tenga los p étalos un poco m ás ondulados, pues estaría mucho mejor. A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles cosas: –¿A vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os cuide? –Para eso est á ahí en medio e l árbol –señaló la rosa–. ¿De qué serviría si no? –Pero ¿qué podría hacer en un momento de peligro? –continuó preguntando Alicia. –Podría ladrar –contestó la rosa. ¡Ladra «guau, guau»! –exclamó una margarita–, por eso lo llaman «guayabo». –¡¿No sabías eso?! –exclamó otra margarita, y empezaron todas a vociferar a la vez, arm ándose u n guirigay ensordecedor de vocecitas agudas. –¡A callar todas vosotras! –les gritó el lirio irisado, dando cabezadas apasionadamente de un lado para otro y temblando de vehemencia–. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! –jadeó muy excitado, inclinado su cabeza hacia Alicia, que si no ya verían lo que es bueno! –No te importe –le dij o Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo. E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez a vociferar, les susurró: –Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas! En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron lívidas. –¡Así me gusta! –aprobó el lirio–. ¡Esas margaritas son las peores! ¡Cuando uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una forma tal que es como para marchitarse! –¿Y c ómo es que pod éis hablar todas tan bonitamente? – preguntó Alicia, esperando poner al lirio de buen humor con el halago–. He estado en muchos jardines antes de este, pero en ninguno en que las flores pudiesen hablar. –Coloca la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo, –le ordenó el lirio– y entonces comprenderás por qué. Así lo hizo Alicia. –Está muy dura la tierra de este lecho –comentó–, pero a ún así no veo qué tiene que ver eso. –En la mayor parte de los jardines –explicó el lirio– los lechos de tierra son tan muelles... que se amodorran las flores. Eso le pareci ó a Alicia una raz ón excelente y se qued ó muy complacida de conocerla. ¡Nunca lo habría pensado! –comentó admirada. En mi opinión, tú nunca has pensado en nada –sentenció la rosa con alguna severidad. –Nunca vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido –dijo una violeta de una manera tan s úbita que Alicia dio un respingo, pues hasta ese momento no había dicho ni una palabra. –¡A callar! –le gritó el lirio irisado–. ¡Como si tú vieras alguna vez a alguien! Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, ¡estás siempre roncando y te enteras de lo que pasa en el mundo menos que un capullo! –¿Por casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? –preguntó Alicia, prefiriendo no darse por enterada del comentario de la rosa. –Pues hay otra flor que se mueve por el jard ín como t ú –le contestó ésta–. Me pregunto ¿cómo os la arregláis? –Siempre te est ás preg untando algo –rezongó el lirio iris ado. Continuó la violeta: –Pero tiene una corola más tupida que la tuya. –¿Se parece a m í? –preguntó Alicia con mucha viveza, pues le pasaba por la mente la idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña como ella en aquel jardín! Bueno, la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo – explicó la rosa–, pero es más encarnada... y con pétalos algo más cortos, me parece... –Los tiene bien recogidos, como los de una dalia –añadió el lirio irisado–, no cayendo desordenadamente, como los tuyos. –Pero ya sabemos que no es por culpa tuya –interpuso generosamente la rosa–. Ya vemos que te estás empezando a ajar y cuando eso pasa, ya se sabe, no se puede evitar que se le desordenen a una un poco los pétalos. A Alicia no le gustaba nada esa idea, de forma que para cambiar el tema de la conversación continuó preguntando: –¿Y viene por aquí alguna vez? –Estoy segura de que la verás dentro de poco –le aseguró la rosa– . Es de esa clase que lleva nueve puntas, ya sabes. –Y ¿dónde las lleva! –preguntó Alicia con alguna curiosidad. –Pues alrededor de la cabeza, naturalmente –replicó la rosa–. Me estaba preguntando precisamente por qué será que no tienes tú unas cuantas también. Creía que así es como debía ser por regla general. -¡Ahí viene! –gritó una espuela de caballero –. Oigo sus pa sos, pum, pum, avanzando por la gramilla del sendero. Alicia miró ansiosamente a su alrededor y se encontr ó con que era la Reina roja. –¡Pues sí que ha crecido! –fue su primera observación; pues, en efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no tendría más de tres pulgadas de altura... y ahora, ¡hétela aquí con media cabeza más que la misma Alicia! –Eso se lo debe al aire fresco –explicó la rosa –, a este aire maravilloso que tenemos aquí afuera. –Creo que ir é a su encuentro –dijo Alicia, porque, aunque l as flores ten ían ciertamente su inter és, le p areció que le traer ía mucha más cuenta conversar con una auténtica reina. –Así no lo lograrás nunca –le señaló la rosa– Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria. Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se dirigi ó al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontr ó caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa. Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina por todas partes (acab ó vislumbrándola a buena distancia de ella) pens ó que esta vez intentar ía seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección contraria. Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa de un minuto, se encontr ó cara a cara con la Reina roja y además a plena vista de la colina que tanto había deseado alcanzar. –¿De d ónde vienes? –le pregunt ó la Reina – y ¿ adónde vas? Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos. Alicia observ ó estas tres advertencias y explic ó lo mejor que pudo que había perdido su camino. –No comprendo qu é puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina –, porque todos los caminos de por aqu í me pertenecen a m í...; pero, en todo caso - -añadió con tono m ás amable–, ¿qu é es lo que te ha tra ído aqu í? Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar. Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía. –Probaré ese sistema cuando vuelva a casa –pensó–, a ver qu é resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar. –Es tiempo de que contestes a mi pregunta –declaró la Reina roja mirando su reloj–. Abre bien la boca cuando hables y dir ígete a mí diciendo siempre «Su Majestad». –Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad... –¡Así me gusta! –declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada– aunque cuando te oigo llamar a esto «jard ín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial! Alicia no se atrevi ó a discutir esta afirmaci ón, sino que sigui ó explicando: –...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de aquella colina... –Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podr ía enseñarte montes a cuyo lado, esa sólo parecería un valle! –Eso sí que no lo creo –dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina–. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy peque ña que sea; eso ser ía un disparate... La Reina roja negó con la cabeza: –Puedes considerarlo un disparate, si quieres –dijo–, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario! Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que hab ía dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y as í caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo. Durante algunos minutos Alicia permaneci ó allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones... ¡Y qu é campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla. –¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez –dijo Alicia al fin–. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado... y ¡ahí están! –añadió alborozada, y el coraz ón empezó a latirle con fuerza a medida q ue iba percatándose de todo –. ¡Est án jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me importar ía ser un pe ón c on tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una reina. Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su compañera sólo sonrió amablemente y dijo: –Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina... – pero precisamente en este momento, sin saber muy bien c ómo, empezaron a correr desaladas. Alicia nunca pudo explicarse, pens ándolo luego, cómo fue que empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corr ían cogidas de la mano y de que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; y a ún así la Reina no hac ía más que jalearla grit ándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podía correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo. Lo m ás curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de ellas nunca variaban de lugar: por m ás rápido que corrieran nunca lograban pasar un solo objeto. «–¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?» –se preguntó la desconcertada Alicia. Y la Reina pareci ó leerle el pensamiento, pues le grit ó: –¡Más rápido! ¡No trates de hablar! Y no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a poder hablar n unca m ás en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la Reina continuaba jaleándola: –¡Más! ¡M ás rápido! –y la arrastraba en volandas. –¿Estamos llegando ya? –se las arregl ó al fin Alicia para preguntar. –¿Llegando ya? –repitió la Rein a–. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más rápido! –y continuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los o ídos y parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia. –¡Ahora, ahora! –gritó la Reina–. ¡Más rápido, más rápido! Y fueron tan r ápido que al final parec ía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya cre ía que no iba a poder más, pararon y se encontr ó sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar. La Reina la apoy ó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: –Ahora puedes descansar un poco. Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. –Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes! –¡Pues claro que sí! –convino la Reina–. Y ¿cómo si no? –Bueno, lo que es en mi pa ís –aclaró Alicia, jadeando a ún bastante– cuando se corre tan r ápido como lo hemos estado haciendo y dura nte algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte... –¡Un país bastante lento! –replicó la Reina–. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido. –No, gracias; no me gustaría intentarlo –rogó Alicia–; estoy muy a gusto aquí... sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed... –¡Ya s é lo que t ú necesitas! –declaró la Reina de buen grado , sacándose una cajita del bolsillo–. ¿Te apetece una galleta? A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento. Así que aceptó el ofrecimiento y se comi ó la galleta tan bien como pud o, ¡y qué seca estaba! ¡No cre ía haber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida! –Bueno, mientras te refrescas –continuó la Reina–, me dedicaré a señalar algunas distancias. Y sacando una cinta de medir del bolsillo empez ó a jalonar el terreno, colocando unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y por allá. –Cuando haya avanzado dos metros –dijo, colocando un piquete para marcar esa distancia – te daré las instrucciones que habr ás de seguir... ¿Quieres otra galleta? –¡Ay, no, gracias! –contestó Alicia–. Con una tengo m ás que suficiente. –Se te ha quitado la sed, entonces, ¿eh? –comentó la Reina. Alicia no supo qu é contestar a esto, pero afortunadamente no parecía que la Reina esperase una respuesta, pues continu ó diciendo: –Cuando haya avanzado tres metros, te las repetir é, no vaya a ser que se te olviden. Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y cuando haya pasado el quinto, ¡me marcharé! Para entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en su sitio; Alicia siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y empezaba a caminar cuidadosamente por la hilera marcada. Al llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo: –Un peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, ya sabes. De forma que ir ás muy de prisa trav és de la tercera casilla... supongo que lo har ás en tren... y te encontrar ás en la cuarta antes de muy poco tiempo. Bueno, esa casilla es de Tweedledum y Tweedledee... En la quinta casilla casi no hay más que agua... La sexta pertenece a Humpty Dumpty... pero ¿no dices nada? –Yo... yo no sab ía que tuviese que decir nada... por ahora... – vaciló intimidada Alicia. –Pues debías haber dicho - regañó la Reina con tono bien severo– «Pero ¡qu é amable es usted en decirme todas estas cosas»... Bueno, supondremos que lo has dicho... La s éptima casilla es toda ella un bosque... pero uno de los caballos te indicar á el camino... y en la octava ¡seremos reinas todas juntas y todo serán fiestas y ferias! Alicia se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de nuevo. Al llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta vez le dijo: –Habla en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en castellano... acuérdate bien de andar con las puntas de los pies hacia afuera... y ¡no te olvides nunca de quién eres! Esta vez no esper ó a que Alicia le hiciera otra revere ncia, sino que caminó ligera hacia el próximo piquete, donde se volvió un momento para decirle «adiós» y se apresuró a continuar hacia el último. Alicia nunca supo c ómo sucedi ó, pero la cosa es que precisamente cuando la Reina lleg ó al último piquete, desapareció. Sea porque se hab ía desvaneci do en el aire, sea porque había corrido rápidamente dentro del bosque ( –Y vaya que si puede correr –pensó Alicia) no hab ía maner a de adivinarlo; pero el hecho es que hab ía desaparecido y Alicia se acordó de que ahora era un pe ón y que pronto le llegar ía el momento de avanzar.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 3: INSECTOS DEL ESPEJO
Naturalmente, lo primero que ten ía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el que iba a viajar. –Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geograf ía –pensó Alicia mientras se pon ía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo m ás lejos–. R íos principales... no hay ninguno. Monta ñas principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que están haciendo miel all á abajo? No pueden ser abejas... porque nadie ha o ído decir que se pueda ver una abeja a una milla de distancia... –Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas, – Como si fuera una abeja común y corriente –pensó Alicia. Sin embargo, aquello era todo menos una abeja com ún y corriente: en realidad, era un elefante... As í lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, qued ándose pasmada del asombro. –¡Y qué enorme tama ño el de esas flores! –fue lo siguiente que se le ocurrió. –Han de ser algo asi como caba ñas sin techo, colocadas sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendr án dentro! Creo que voy a bajar all á y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo... – continuó, reteni éndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus s úbitos temores. –No sería prudente apar ecer así entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a re ír cuando me pregunten que si me gust ó el paseo y les conteste «Ay, s í, lo pas é muy bien... (y aqu í hizo ese moh ín favorito que siempre hacia con la cabeza)... s ólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!» –Será mejor que baje por el otro lado –dijo después de pensarlo un rato– que a los elefantes ya tendr é tiempo de visitarlos m ás tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla! Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos. –¡Billetes, por favor! –pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhi biendo: tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón. –¡Vamos, ni ña! ¡Ens éñame tu billete! –insistió el ins pector mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (–Como si fuera el estribillo de una canción –pensó Alicia) – ¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por minuto! –Siento decirle que no llevo billete –se excusó Alicia con la voz alterada por el temor–: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo. Y otra vez se reanudó el coro de voces: –No había sitio para una oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la pulgada! –¡No me vengas con esas excusas! –dijo el ins pector– Debieras haber comprado uno al conductor. Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: –El conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada! Alicia se dijo a sí misma –Pues en ese caso no vale la p ena decir nada–. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entend áis lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo s é). –Tanto mejor no decir nada. ¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra! –A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar so ñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! –pensó Alicia. El inspector la hab ía estado contemplando t odo este tiempo, primero a trav és de un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo – Estás viajando en dirección contraria –y fuese, cerrando sin más la ventanilla. –Una ni ña tan peque ña –sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)– debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre! Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y dictaminó con voz altisonante, –Debiera conocer el camino a la oficina de billetes, ¡aunque no sepa su abecé! Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de que hablasen todos por turno, ahora a éste le toc ó continuar diciendo, –¡Tendrá que volver de aqu í facturada como equipaje! Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero s í pudo o ír c ómo una voz enronquecida la emprend ía diciendo también algo: –¡Cambio de máquina...! –fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz. –Por la manera que tiene de hablar no s é si decir que es un caballo bronco o un gallo –pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al o ído –Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le ha salido un gallo». Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía –Ya sabéis, habrá que ponerle una etiqueta que diga «Fr ágil, ni ña dentro; con cuidado». Después de esto, otras voces tambi én intervinieron ( –¡Cuánta gente parece haber en este vag ón! –pensó Alicia) diciendo – Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje estampado... habrá que mandarla por tel égrafo... que arrastre ella mi sma el tren en lo que queda de camino... –y así hasta la saciedad). Pero el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oído –No hagas caso de lo que están diciendo, querida: te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el tren se detenga. –¡Eso s í que no! –respondió Alicia con bastante impaci encia–. Nunca tuve la menor intenci ón de ha cer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento estaba tan tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo! –Podrías hacer un chiste con eso –volvió a insinuar esa vocecilla que parecía tener tan cerca suyo –; algo as í como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese», ya sabes. –¡Deja ya de fastidiar! –dijo Alicia, mirando en derredor para ver de d ónde provenía la vocecilla –. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué no lo haces tú misma! La peque ña vocecilla dio un hondo suspiro. Es taba muy disgustada, evidentemente, y a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla –Si s ólo suspirara como todo el mundo... –pensó. Pero no, aquel hab ía sido un suspiro tan maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera tan cerca de su oído. Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas y esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta criatura. –Yo ya s é que eres una persona amiga –continuó diciendo la vocecilla–: una buena amiga m ía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño, aunque sea un insecto. –¿Qué clase de insecto? –preguntó Alicia con cierta ansiedad. En realidad, lo que le preocupaba era si pod ía o no darle un pinchazo, s ólo que le pareci ó que no ser ía de muy buena educación preguntárselo así directamente. –¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no...? –empezó a decir la vocecilla, pero cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de la locomo tora; todo el mundo salt ó alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás. El caballo, que hab ía asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a meter tranquilamente y dijo –No es más que un arroyo que tenemos que saltar. –Todo el mundo par eció quedar satisfecho con esta explicaci ón, pero Alicia no las ten ía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. – Aunque si as í llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdr ía la pena probarlo! –concluyó para sus adentros. Al m omento siguiente sintió cómo el vag ón se elevaba por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra. Pero la barba pareci ó disolverse en el aire al tocarla y Ali cia se encontró sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra cosa el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama encima de su cabeza y la abanicaba con sus alas. Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. –Tendrá el tamaño de una gallina –pensó Alicia. De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, despu és de que hab ía estado charlando con él durante tanto rato como si nada. –¿... entonces, a ti no te gustan todos los i nsectos? –continuó su pregunta el mosquito, como si no hubiera pasado nada. –Me gustan cuando pueden hablar –respondió Alicia–. En el lugar de donde yo vengo no hay ninguno que hable. –¿Cuáles son los insectos que te encantan –le pregunt ó el mosquito– en el país de donde vienes? –A mí no me encanta ningún insecto –explicó Alicia–, porque me dan algo de miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de algunos. –Por supuesto que responder án por sus nombres –observó descuidadamente el mosquito. –Nunca me lo ha parecido. –Entonces, ¿de qu é sirve que tengan nombres, si no responden cuando los llaman? –A ellos no les sirve de nada –explicó Alicia–, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qu é tienen nombres las cosas? –¡Vaya uno a saber! –replicó el mosquito–. Es más, te diré que en ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, adelante con esa lista de insectos, que estamos perdiendo el tiempo. –Bueno, pu es primero est án los t ábanos, que est án siempre molestando a los caballos –reanudó Alicia, llevando la cuenta con los dedos. –¡Vale! –le interrumpió el mosquito–: Pues all í, encaramado en medio de ese arbusto, ver ás a un t ábano-de-caballitos-de- madera. También él está todo hecho de madera y se mueve por ahí balanceándose de rama en rama. –¿De qué vive? –preguntó Alicia, con gran curiosidad. - Pues de savia y serrín –respondió el mosquito–. ¡Sigue con esa lista! Alicia contempl ó al t ábano-de-aballitos-de-madera con gran interés y decidi ó que seguramente lo acababan de repintar porque ten ía un aspec to tan brillante y pegajoso; y entonces continuó: –Luego, está la luciérnaga. –Mira ah í, sobre esa ram a enc ima de tu cabeza –señaló el mosquito– y verás una hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo está hecho de bud ín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su cabeza es una gran pasa flameando al coñac. –¿Y de qué vive? –preguntó Alicia, igual que antes. –Pues de turrones y mazapán –respondió el mosquito -, y anida dentro de una caja de aguinaldos. –Luego, tenemos a la mariposa –continuó Alicia, despu és de haber echado un buen vistazo al insecto de la flameante cabe za y de haberse preguntado –¿Y no será por eso que a los insectos les gusta tanto volar hacia la llama de las velas...?, ¿por qué todos quieren convertirse en luciérnagas de postre? –Pues arrastrándose a tus pies –dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con cierta alarma) podr ás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azúcar. –Y ésta ¿de qué vive? –De té muy clarito con crema. A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad: –Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? –insinuó. –Pues que se moriría, naturalmente. –Pero eso ha de sucederles muy a menudo –dijo Alicia pensativa. –Siempre les pasa –afirmó el mosquito. Con esto, Alicia se qued ó callada durante un minuto o dos, considerándolo todo. Mientras tanto, el mosquito se entreten ía zumbando y dando vueltas y m ás vueltas alrededor de su cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó: –¿Supongo que no te querrías quedar sin nombre? –De ninguna manera –se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta ansiedad. –Y sin embargo, ¿qui én sabe? –continuó diciendo el mosquito, así como quien no le da importancia a la cosa –. ¡Imag ínate lo conveniente que te ser ía volver a casa sin nombre! Entonces si, por ejemplo, tu ni ñera te quisiese llamar para que estudiaras la lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se quedaría cortada, porque no tendr ía ningún nombre con que llamarte , y entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso. –¡Estoy segura de que eso no daría ningún resultado! –respondió Alicia–. ¡Mi ni ñera nunca me perdonar ía una lección sólo por eso! Si no pudiese acordarse de mi nombre me llamar ía «seriorita», como hacen los sirvientes. –Bueno, pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías decir que hab ías oído que «te la quita» y quedarte tambi én sin lección. ¡Es un chiste! Me hubiese gustado que lo hubieses hecho tú. –No sé por qué dices que te habr ía gustado que se me hubiera ocurrido a mí – replicó Alicia–; es un chiste muy malo. Pero el mosquito s ólo suspir ó profundamente, mientras dos lagrimones le surcaban las mejillas. –No debieras de hacer esos chistes –le dijo Alicia– si te ponen tan triste. Otra vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles suspiros melanc ólicos y esta vez s í que pareci ó haberse consumido de tanto suspirar, pues cuando Alicia mir ó hacia arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empez ó a andar. Muy pronto lleg ó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más oscuro y es peso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de adentrarse en él. Pero, despu és de pensarlo, se sobrepuso y decidi ó continuar adelante: –Porque desde luego no voy a volverme atr ás –decidió mentalmente; y además era la única manera de llegar a la octava casilla. –Este debe ser el bosque –se dijo, preocupada– en el que las cosas carecen de nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustaría perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy segura de que ser ía uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido ser á buscar a la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de los peri ódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo. Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un aspecto muy fresco y sombreado. –Bueno, al menos vale la pena –dijo mientras se adentraba bajo los árboles–, después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este... en este... ¿en este qué? –repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de c ómo se llamaba aquello –. Quiero decir, entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! – afirmó al fin, apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol–. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera! Se qued ó parada ah í pensando en silencio y continu ó súbitamente sus cavilaciones: –Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y ahora, ¿qui én soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! – Pero de nada le val ía toda su determinaci ón y todo lo que pudo decir, despu és de mucho hurgarse la memoria, fue –L. ¡Estoy segura de que empieza por L! En ese preciso momento se acerc ó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. – iVen! ¡Ven aqu í! –le llam ó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando. –¿Cómo te llamas t ú? –le dijo al f in, y ¡qu é voz más dulce que tenía! –¡Cómo me gustar ía saberlo! –pensó la pobre Alicia; pero tuvo que confesar, algo tristemente: –No me llamo nada, por ahora. –¡Piensa de nuevo! –insistió el cervato, porque así no vale. Alicia pensó, pero no se le ocurría nada. –Por favor, ¿me querrías decir cómo te llamas t ú? –rogó tímidamente–. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar. –Te lo dir é si vienes conmigo un poco m ás allá –le contestó el cervato porque aquí no me puedo acordar. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello suave del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir del bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudi ó del brazo de Alicia. – ¡Soy un cervato! –gritó jubilosamente -, y t ú... ¡Ay de m í! ¡Si eres una criatura humana! –Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y al instante salió de estampía. Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal e ra la pena que le hab ía causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan amoroso –En todo caso –dijo– al menos ya me acuerdo de c ómo me llamo, y eso me consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he de olvidar. Y ahora, vamos a ver cu ál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de ir? No era una cuesti ón demasiado dif ícil de resolver, pues s ólo había un camino por el bosque y los dos postes se ñalaban, con los índices de sus dos manos indicadoras, en la misma dirección. –Lo decidir é –se dijo Alicia – cuando el camino s e bifurque y señalen en direcciones contrarias. Pero aquello no ten ía trazas de suceder. Sigui ó adelante, andando y andando, durante un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcab a, siempre se encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos apuntando en la misma direcci ón. Uno dec ía: A CASA DE TWEEDLEDUM y el otro: A CASA DE TWEEDLEDEE. –Estoy empezando a creer –dijo Alicia al fin – ¡que viven en la misma casa! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo tiempo para entretenerme; me pasar é por ah í un momento, el tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen el camino para salir del bosque. ¡Si s ólo pudiera llegar a la octava casilla antes de que anochezca! –Y de esta guisa, continu ó hablando consigo misma, hasta que al doblar un fuerte recodo del camino, se topó con dos hombrecillos regordetes, pero tan de sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa; pero se recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían ser más que...
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 4: TWEEDDLEDUM Y TWEEDLEDEE
Ambos estaban parados bajo un árbol, con el brazo por encima del cuello del otro y Alicia pudo percatarse inmediatamente de cuál era qui én porque uno de ellos llevaba bordado sobre el cuello «DUM» y el otro «DEE». –Supongo que ambos llevar án bordado «TWEEDLE» por la parte de atrás –se dijo Alicia. Estaban ahí tan quietecitos que Alicia se olvidó de que estuviesen vivos y ya iba a darles la vuelta para ver si llevaban las letras «TWEEDLE» bordadas por la parte de atr ás del cuello, cuando se sobresaltó al oír una voz que provenía del marcado «DUM». –Si crees que somos unas figuras de cera –dijo– deberías de pagar la entrada, ya lo sabes. Las figuras de cera no están ahí por nada. ¡De ninguna manera! –¡Por el contrario! –intervino el marcado «D EE»–. Si crees que estamos vivos, ¡deberías hablarnos! –Os aseguro que estoy apenadísima –fue todo lo que pudo decir Alicia, pues la letra de una vieja canci ón se le insinuaba en la mente con la insistencia del tic- tac de un reloj, de tal forma que no pudo evitar el repetirla en voz alta. Tweedledum y Tweedledee decidieron batirse en duelo; pues Teweedledum dijo que Tweedledee le hab ía estropeado su bonito sonajero nuevo. Bajó entonces volando un mo nstruoso cuervo, m ás negro qu e todo un barril de alquitrán; ¡y tanto se asustaron nuestros héroes que se olvidaron de todos sus duelos! –Ya s é lo que est ás pensando –dijo Tweedledum–; pero no es como tú crees. ¡De ninguna manera! –¡Por el contrario! –continuó Tweedledee–. Si hubiese sido as í, entonces lo sería; y siéndolo, quizá lo fuera; pero como no fue así tampoco lo es asá. ¡Es lógico! –Estaba pensando –dijo Alicia muy cortésmente– en cuál sería la mejor manera de salir de este bosque: se est á poniendo muy oscuro. ¿Querríais vosotros indicarme cuál es el camino! Pero los dos gordezuelos tan sólo se miraron, sonriendo ladinos. Tanto se parec ían a dos colegiales grandullones que Alicia se encontró de golpe se ñalando con el dedo a Tweedledum y llamándole -¡Alumno número uno! –¡De ninguna manera! –se apresur ó a gritar Tweedledum cerrando la boca luego con la misma brusquedad. –¡Alumno número dos! –continuó Alicia, señalando esta vez a Tweedledee, segura de que iba a responderle en seguida gritando «¡Por el contrario!» como en efecto sucedió. –¡Lo has empezado todo muy mal! –exclamó Tweedledum–. Lo primero que se hace en una visita es saludarse con un «hola, ¿que tal?» y luego ¡un buen apret ón de manos! –Y diciendo esto los dos hermanos se dier on un fuerte abrazo y extendieron luego sendas manos para que Alicia se las estrechara. Alicia no se atrevía a empezar dándole la mano a ninguno de los dos, por miedo de herir los sentimientos del otro; de forma que pensando salir así lo mejor que podía del mal paso, tomó ambas manos a la vez con las dos suyas: al momento se encontraron los tres bailando en corro. Esto le pareció entonces a Alicia de lo más natural (según recordaría más tarde) e incluso no le sorprendi ó nada oír un poco de música; parecía que provenía de algún lugar dentro del árbol bajo el cual estaban danzando y (por lo que pudo entrever) parec ía que la estaban tocando sus mismas ramas, frotándose las unas contra las otras como si fueran arcos y violines. –¡Sí que tenía gracia aquello –solía decir Alicia cuando le contaba luego a su hermana toda esta historia – encontrarme de pronto cantando en corrillo «que llueva, que llueva, la vieja est á en la cueva»! La cosa es que no s é exactamente cu ándo empec é a hacerlo, pero entonces ¡sentía como si lo hubiese estado cantando durante mucho, mucho tiempo! Como los otros dos bailarines eran gordos, pronto se quedaron sin aliento. – Cuatro vueltas son suficientes para esta danza – jadeó trabajosamente Tweedledum; y dejaron de bailar tan súbitamente como habían empezado; también se interrumpió la música al mismo tiempo. Ambos soltaron entonces las manos de Alicia y se la quedaron contemplando durante un minuto: se produjo una pausa un tanto azarante, pues Alicia no sab ía cómo iniciar una conversación con unas personas con las que acababa de estar bailando. –Este sí que no es el momento de decir «hola, ¿como estás?» – se dijo a s i misma. Me parece que ya hemos supera do esta etapa. –Espero que no estéis demasiado cansados –dijo Alicia al fin. –¡De ninguna manera! Pero mil gracias por tu inter és –contestó Tweedledum. –¡Muy agradecido! –añadió Tweedledee. –Te gusta la poesía? –Pues... si, bastante... algunos poemas –dijo Alicia sin mucha convicción– ¿Querríais decirme qu é camino he de tomar para salir del bosque? –¿Qué te parece qu e le recite? –preguntó Tweedledee volviéndose hacia Tweedledum con una cara muy seria y sin hacer el menor caso a la pregunta de Alicia. –«La morsa y el carpintero», que es lo m ás largo que te sabes – replicó Tweedledum, dando a su hermano un tierno abrazo. Tweedledee comenzó en el acto: ¡Brillaba el sol...! Pero Alicia se atrevi ó a interrumpirle: –Si va a ser muy largo – dijo tan cortésmente como pudo –¿no querríais decirme primero por qué camino...? Tweedledee sonrió amablemente y empezó de nuevo: ¡Brillaba el sol sobre la mar! Con el fulgor implacable de sus rayos se esforzaba, denodado, por aplanar y alisar las henchidas ondas; y sin embargo, aquello era bien extraño pues era ya más de media noche. La luna reinaba con desgana pues pensaba que el sol no tenía por qué estar ahí después de acabar el día... ¡Qué grosero! –decía con un moh ín, –¡venir ahora a fastidiarlo todo! La mar no podía estar más mojada ni más secas las arenas de la playa; no se ve ía ni una nube en el firmamento porque, de hecho, no hab ía ninguna; tampoco surcaba el cielo un solo pájaro pues, en efecto, no quedaba ninguno. La morsa y el carpintero se paseaban cogidos de la mano: lloraban, inconsolables, de la pena de ver tanta y tanta arena. ¡Si sólo la aclararan un poco, qué maravillosa sería la playa! –Si siete fregonas con siete escobas la barrieran durante medio año, ¿te parece –indagó la morsa atenta – que lo dejar ían todo bien lustrado? –Lo dudo– confesó el carpintero y llor ó una amarga lágrima. ¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros! requirió tan amable, la morsa. –Un agradable paseo, una pausada c harla por esta playa salitrosa: mas no veng áis m ás de cuatro que más de la mano no podríamos. Una venerable ostra le ech ó una mirada pero no dijo ni una palabra. Aquella ostra principal le gui ñó un ojo y sacudi ó su pesada cabeza... Es gue quer ía decir que prefer ía n o dejar tan pronto su ostracismo. Pero otras cuatro ostrillas infantes se adelantaron ansiosas de regalarse: limpios los jubones y las caras bien lavadas los zapatos pulidos y brillantes; y esto era bien extra ño pues ya sabéis que no tenían pies. Cuatro ostras más las siguieron y aún otras cuatro más; por fin vinieron todas a una más y más y más... brincando por entre la espuma de la rompiente se apresuraban a ganar la playa. La morsa y el carpintero caminaron una milla, m ás o menos, y luego reposaron sobr e una roca de conveniente altura; mientras, las otras las aguardaban formando, expectantes, en fila. –Ha llegado la hora –dijo la morsa– de que hablemos de muchas cosas: de barcos... lacres... y zapatos; de reyes... y repollos... y de por qu é hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos. –Pero ¡esperad un poco!– gritaron las ostras y antes de charla tan sabrosa dejadnos recobrar un poco el aliento ¡que estamos todas muy gorditas! –¡No hay prisa!– concedió el carpintero y mucho le agradecieron el respiro. –Una hogaza de pan –dijo la morsa –, es lo que principalmente necesitamos: pimienta y vinagre, adem ás, tampoco nos vendrán del todo mal... y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!, que vamos ya a alimentarnos. –Pero, ¡no con nosotras!– gritaron las ostras poniéndose un poco moradas; –¡que despu és de tanta amabilidad eso sería cosa bien ruin! –La noche es bella –admiró la morsa – ¿no te i mpresiona el paisaje? –¡Qué amables habéis sido en venir! ¡Y qué ricas que sois todas! Poco decía el carpintero, salvo –¡Córtame otra rebanada de pan!, Y ojal á no es tuvieses tan sordo que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces! –¡Qué pena me da –exclamó la morsa – haberles jugado esta faena! ¡Las hemos tra ído tan lejos y trotaron tanto las pobres! Mas el carpintero no decía nada, salvo –¡Demasiada manteca has untado! –¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa. –¡Cuánta pena me dais!– seguía lamentando y entre lágrimas y sollozos escogía las de tama ño más apetecible; resta ñaba con generoso pa ñuelo esa riada de sentidos lagrimones. –¡Oh, ostras! – dijo al fin el carpintero. –¡Qué buen paseo os hemos dado!, ¿os parece ahora que volvamos a casita? – Pero nadie le respondía... y esto s í que no ten ía nada de extraño, pues se las hab ían zampado todas. De los dos el que m ás me gusta es la morsa –comentó Alicia– porque al menos a esa le daban un poco de pena las pobres ostras. –Sí, pero en cambio, comió más ostras que el carpintero –corrigió Tweedledee– resulta que tap ándose con el pa ñuelo se las iba zampando sin que el carpintero pudiera contarlas sino, ¡por el contrario! –¡Eso si que est á mal! –exclamó Alicia indignada–. En ese caso, me gusta más el carpintero... siempre qu e no haya comido m ás ostras que la morsa. –Pero en cambio se trag ó todas las que pudo –terció Tweedledum. El dilema la dej ó muy desconcertada. Despu és de una pausa, Alicia concluyó: – ¡Bueno! ¡Pues ambos eran unos tipos de muy mala catadura...!– Pero al decir esto se contuvo, algo alarmada al oír algo que sonaba como el jadear de una gran locomotora en el interior del bosque que los rodeaba, aunque lo que Alicia verdaderamente temía es que se tratase de alguna bestia feroz. – Por casualidad, ¿hay l eones o tigres por aqu í cerca? –preguntó tímidamente. –No es m ás que el Rey rojo que est á roncando –explicó Tweedledee. –¡Ven, vamos a verlo! –exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia la condujeron a donde estaba el Rey. –¿No te parece que está precioso? –dijo Tweedledum. Alicia no pod ía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto un gran gorro de dormir con una borla en la punta, y estaba enroscado, formando como un bulto desordenado; roncaba tan sonoramente que Tweedledum observó: –Como si se le fuera a volar la cabeza a cada ronquido. –Me parece que se va a resfriar si sigue ah í tumbado sobre la hierba húmeda – dijo Alicia, que era una ni ña muy prudente y considerada. –Ahora está soñando –señaló Tweedledee– ¿y a que no sabes lo que está soñando? –¡Vaya uno a saber! –replicó Alicia– ¡Eso no po dría adivinarlo nadie! –¡Anda! ¡Pues si te est á soñando a ti! –exclamó Tweedledee batiendo palmas en aplauso de su triunfo –. Y si dejara de so ñar contigo, ¿qué crees que te pasaría? –Pues que seguiría aquí tan tranquila, por supuesto –respondió Alicia. –¡Ya! ¡Eso es lo que t ú quisieras –replicó Tweedledee con gran suficiencia– ¡No estarías en ninguna parte! ¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo que está soñando! –Si este Rey aquí se nos despertara –añadió Tweedledum– tu te apagarías... ¡zas! ¡Como una vela! –¡No es verdad –exclamó Alicia indignada– Además, si yo no fuera más que algo con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros! –¡Eso, eso! –dijo Tweedledum. –¡Tú lo has dicho! –exclamó Tweedledee. Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo: – ¡Callad! Que lo vais a despertar como sig áis haciendo tanto ruido. –Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo – dijo Tweedledum – cuando no eres m ás que un objeto de su sue ño. Sabes perfectamente que no tienes ninguna realidad. –¡Que sí soy real! –insistió Alicia y empezó a llorar. –Por mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca m ás real – observó Tweedledee– y además no hay nada de qué llorar. –Si yo no fuera real continu ó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues todo le parecía tan ridículo– no podría llorar como lo estoy haciendo. –¡Anda! Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? – interrumpió Tweedledum con el mayor desprecio. –Sé que no están diciendo más que tonterías –razonó Alicia para si misma– así que es una bobada que me ponga a llorar. De forma que se sec ó las lágrimas y continu ó hablando con el tono m ás alegre y despreocupado que le fue posible: – En todo caso ser á mejor que vaya saliendo del bosque, pues se está poniendo muy oscuro; ¿creéis que va a llover? Tweedledum abrió un gran paraguas y se meti ó debajo, con su hermano; mirando hacia arriba respondi ó: –No lo creo... al menos, no parece que vaya a llover aqu í dentro. ¡De ninguna manera! –Pero, ¿puede que llueva aquí fuera? –Pues... si as í se le antoja... - dijo Tweedledee– Por lo que a nosotros nos toca, no hay reparo... ¡Por el contrario! –¡Qué tipos más egoístas! –pensó Alicia y estaba ya a punto de darles unas «buenas noches» muy secas y volverles la espalda para marcharse cuando Tweedledum saltó de donde estaba bajo el paraguas y la agarró violentamente por la muñeca. –¡¿Ves eso?! –le preguntó con una voz ahogada por la ira y con unos ojos que se le pon ían m ás grandes y m ás amarillos por momentos, mientras señalaba con un dedo tembloroso hacia un pequeño objeto blanco que yacía bajo un árbol. –No es más que un cascabel –dijo Alicia después de examinarlo cuidadosamente– ¡pero no vayas a cree que es una serpiente de cascabel! – añadió apresuradamente, pensando que a lo mejor era eso lo que le excitaba tanto: no es más que un viejo sonajero... bastante viejo y roto. –¡Lo sabía! ¡Lo sabía! –gritó Tweedledum y empezó a dar unas pataletas tremendas y a arrancarse el pelo a p uñados–. ¡Est á estropeado, por supuesto! –y al decir esto mir ó hacia donde estaba Tweedledee, quien inmediatamente se sentó en el suelo e intentó esconderse bajo el enorme paraguas. Alicia tomó a Tweedledum del brazo y trat ó de tranquilizarlo diciéndole –No debes de enojarte tanto por un viejo sonajero. –¡Es que no es viejo! –gritó Tweedledum más furioso todavía–. ¡¡Es nuevo, te digo que es nuevo!! Lo compr é ayer..., ¡mi bonito SONAJERO NUEVO! –Y su tono de voz subió hasta convertirse en un auténtico alarido. Durante todo este tiempo, Tweedledee hab ía estado intentando plegar su paraguas, lo mejor que pod ía, consigo dentro: lo cual representaba una ejecuci ón tan extraordinaria que logr ó que Alicia se distrajera y olvidara por un momento a su airado hermano. Pero no lo logró del todo y acabó rodando por el suelo, enrollado en el paraguas, del que sólo le asomaba la cabeza: y ahí quedó, abriendo y cerrando la boca, con los ojos muy abiertos... –Pareciéndose m ás a un pez q ue a cualqu ier otra cosa –pensó Alicia. –¡Naturalmente que estar ás de acuerdo en que nos batamos en duelo! –dijo Tweedledum con un tono un poco más tranquilo. –Supongo que s í –dijo malhumorado el otro mientras salía del paraguas– sólo que, ya sabes, ella tendrá que ayudarnos a vestir. Así que los dos hermanos se adelantaron mano a mano en el bosque y volvieron de allí al minuto con los brazos cargados de toda clase de cosas... tales como cojines, mantas, esteras, manteles, ollas, tapaderas y cubos de carbón... –Espero que tengas buena mano para sujetar con alfileres y atar con cordeles – advirtió Tweedledee– porque hemos de ponernos todas y cada una de estas cosas de la manera que sea. Más tarde, Alicia solía comentar que nunca había visto un jaleo mayor que el que armaron aquellos dos por tan poca cosa... y la cantidad de objetos que hubieron de ponerse encima... y el trabajo que le dieron haciéndole atar cordeles y sujetar botones... –La verdad es que cuando terminen se van a parecer m ás a dos montones de ropa vieja que a cualquier otra cosa– se dijo Alicia, mientras se afanaba por enrollar un cojín alrededor del cuello de Tweedledee, –para que no puedan cortarme la cabeza –según dijo aquél. –Ya sabes –añadió con mucha gravedad– que es una de las cosas más malas que le pueden ocurrir a uno en un combate... que le corten a uno la cabeza. Alicia ri ó con gusto, pero se las arregl ó para disimular las carcajadas con una tosecita por miedo a herir sus sentimientos. –¿Estoy algo pálido? –preguntó Tweedledum, acercándose para que le ci ñera el yelmo (yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera más bien una cacerola...) –Bueno... si... un poco –le aseguró Alicia con amabilidad. –La verdad es que generalmente soy una persona de mucho valor –continuó Tweedledum en voz baja–: lo que ocurre es que hoy tengo un dolor de cabeza... –Y yo, ¡un dolor de muelas! –dijo Tweedledee que había oído el comentario–. Me encuentro mucho peor que tú. –En ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy –les dijo Alicia, pensando que se le presentaba una buena oportunidad para reconciliarlos. –No tenemos m ás remedio que batirnos hoy; pero no me importaría que no fuese por mucho tiempo –dijo Tweedledum–. ¿Qué hora es? Tweedledee consult ó su reloj y respondi ó: –Son las cuatro y media. –Pues entonces, combatamos hasta las seis y luego, ¡a cenar! – propuso Tweedledum. –Muy bien –convino el otro, aunque algo taciturno – y ella, que presencie el duelo... s ólo que no se acerque demasiado a m í – añadió– porque cuando a mí se me sube la sangre a la cabeza..., ¡vamos, que le doy a todo lo que veo! –¡Y yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance, lo vea o no lo vea! –gritó Tweedledee. –Pues si es así –rió Alicia– apuesto que habréis estado dándole a todos estos árboles con mucha frecuencia. Tweedledum miró alrededor con gran satisfacción. –Supongo – se jactó– que cuando hayamos terminado, ¡no quedará ni un sólo árbol sano a la redonda! –¡Y todo por un sonajero! –exclamó Alicia que a ún tenía esperanzas de que se avergonzaran un poco de pelearse por tan poca cosa. –No me habr ía importado t anto –se excusó Tweedledee– si no hubiera sido uno nuevo. –¡Cómo me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! –pensó Alicia. –No tenemos más que una espada, ya sabes –le dijo Tweedledum a su hermano así que tú puedes usar el paraguas..., pincha igual de bien; sólo que más vale que empecemos pronto porque se está poniendo todo muy negro. –¡Y tan negro! –convino Tweedledee. Estaba oscureciendo tan velozmente que Alicia pens ó que se estaría acercando alguna tormenta. –¡Qué nube tan negra y tan espesa! –dijo– Y qué rápidamente se est á encapotando el cielo! Pero..., ¿qué veo? ¡Si me parece que esa nube tiene alas! –¡Es el cuervo! –gritó Tweedledum con un chillido de alarma y en el acto los dos hermanos salieron de estamp ía y desaparecieron en el bosque. Alicia corrió un poco tambi én y se detuv o bajo un corpulento árbol. –No creo que pueda dar conmigo aqu í –pensó– es demasiado grande como para poder penetrar entre estos árboles; pero ya me gustar ía que no aletease de esa manera... est á levantando un huracán en el bosque... ¡allí va un mantón que se le habrá volado a alguien!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 5: AGUA Y LANA
Y mientras decía esto cogió el mantón al vuelo; mir ó alrededor suyo para ver si encontraba a su due ña: al momento apareció la Reina blanca, corriendo desalada por el bosque, con los brazos abiertos en cruz, como si viniera volando; y Alicia se acercó muy cortésmente a su encuentro para devolverle el mantón. –Me alegro mucho de haberle podido echar una mano –dijo Alicia mientras le ayudaba a ponérselo de nuevo. La Reina blanca parecía no poder responderle más que con una extraña expresión, como si se sintiera asustada y desamparada, y repitiendo en voz baja algo que sonaba as í como «pan y mantequilla, pan y mantequilla...», de forma que Alicia decidi ó que si no empezaba ella a decir algo no lograr ía nunca entablar conversación. La inició pues, tímidamente, preguntándole: –¿Tengo la honra de dirigirme a la Reina blanca? –Bueno, si llamas a eso «dirigirse»... –respondió la Reina blanca– no es en absoluto lo que yo entiendo por esa palabra. Alicia pensó que no tendr ía ningún sentido ponerse a discutir precisamente cuando estaban empezando a hablar, de forma que sonrió y le dijo: –Si Su Majestad q uisiera decirme c ómo debo empezar, lo intentaré lo mejor que pueda. –Pero si es que no quiero que lo hagas en absoluto! –gimió la pobre Reina–. ¡Me he estado dirigiendo todo el tiempo durante las dos últimas horas! –Más le valiera –pensó Alicia– tener a alguien que la «dirigiera» un poco – pues estaba tan desarreglada. –Todo lo lleva mal puesto –consideró Alicia– y le sobran alfileres por todas partes. ¿Me permite ponerle bien el mant ón? –añadió en voz alta. –¡No sé qué es lo que le pasa! –suspiró, melancólica, la Reina –. Creo que debe de estar del mal humor. Lo he puesto con un alfiler por aqu í y otro por all á, ¡pero no hay manera de que se esté quieto! –No puede quedar bien, por supuesto, si lo sujeta s ólo por un lado –le dijo Alicia mientras se lo iba colocando bien con mucho cuidado– y, ¡Dios mío!, ¡en qué estado lleva ese pelo! –Es que se me ha enredado con el cepillo –explicó la Reina suspirando– y el peine se me perdió ayer. Alicia desenredó cuidadosamente el cepillo e hizo lo que pudo por arreglarle un poco el pelo. –¡Vaya, ya tiene mucho mejor aspecto! –le dijo después de haberle cambiado de sitio la mayor parte de los alfileres –. ¡Lo que de verdad le hace falta es tener una doncella! –Estoy segura de que te contratar ía a ti con mucho gusto – aseguró la Reina–. A dos reales la semana y mermelada un día sí y otro no. Alicia no pudo evitar la risa al oír esto, y le contestó: –No quisiera verme empleada... y no me gusta tanto la mermelada. –¡Ah! Pues es una mermelada excelente –insistió la Reina. – Bueno, en todo caso, lo que es hoy no me apetece nada. –Hoy es cuando no podrías tenerla ni aunque te apeteciera –atajó la Reina–. La regla es: mermelada ma ñana y ayer... pero nunca hoy. –Alguna vez tendrá que tocar «mermelada hoy» –objetó Alicia. –No, no puede ser –refutó la Reina–. Ha de ser mermelada un día sí y otro no: y hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto? –No, no comprendo nada –dijo Alicia–. ¡Qué lío me he hecho con todo eso! –Eso es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atr ás' –le explicó la Reina amable mente–: al principio se marea siempre una un poco... –¡Viviendo marcha atr ás! –repitió Alicia con gran asombro –. ¡Nunca he oído una cosa semejante! –... Pero tiene una gran ventaja y es que así la memoria funciona en ambos sentidos. –Estoy segura de que la m ía no funciona m ás que en uno – observó Alicia–. No puedo acordarme de nada q ue no haya sucedido antes. –Mala memoria, la que s ólo funciona hacia atr ás –censuró la Reina. –¿De qu é clase de cosas se acuerda usted mejor? –se atrevió a preguntarle Alicia. –¡Oh! De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas – replicó la Reina con la mayor naturalidad –. Por ejemplo, – añadió, vend ándose un dedo con un bu en trozo de gasa – ahí tienes al mensajero del Rey. Est á encerrado ahora en la c árcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezar á hasta el próximo miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final. –¿Y suponiendo que nunca cometa el crimen? –preguntó Alicia. –Eso sería tanto mejor, ¿no te parece? –dijo la Reina sujetando con una cinta la venda que se había puesto en el dedo. A Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro que sería mejor –dijo– pero entonces, el haber cumplido condena no sería tanto mejor para él. –Ahí es donde te equivocas de todas –le aseguró la Reina–. ¿Te han castigado a ti alguna vez? –Sólo por travesuras –se excusó Alicia. –¡Y estoy segura de que te sent ó muy bien el castigo! –concluyó triunfante la Reina. –Sí, pero es que yo s í que había cometido las cosas por las que me castigaron – insistió Alicia– y en eso estriba la diferencia. –Pero si no las hubieses cometido –replicó la Reina– eso te habría sentado mucho mejor a ún. ¡Mucho mejor, much ísimo mejo r! Pero es que, ¡muchísimo mejor! –Con cada «mejor» iba elevando más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un gritito muy agudo. Alicia iba precisamente a replicarle que: –Debe de haber alg ún error en todo eso...– cuando la Reina empezó a dar unos alaridos tan fuertes que tuvo que dejar la frase sin terminar. –¡Ay, ay, ay! –aullaba la Reina sacudiéndose la mano como si quisiera que se le soltara. –¡Me está sangrando el dedo! ¡Ay, ay, ay, ay! Sus alaridos se parec ían tanto al silbato de una locomotora que Alicia tuvo que taparse los oídos con ambas manos. –Pero, ¿qu é es lo le pasa? –le pregunt ó cuando enco ntró una ocasión para hacerse oír. –¿Es que se ha pinchado un dedo? –¡No me lo he pinchado a ún –gritó la Reina– pero me l o voy a pinchar muy pronto... ay, ay, ay! –¿Y cuando cree que ocurrirá eso? –le preguntó Alicia sintiendo muchas ganas de reírse a carcajadas. –Cuando me sujete el mantón de nuevo –gimió la pobre Reina. –El broche se me va a desprender de un momento a otro, ¡ay, ay! –y no acababa de decirlo cuando el broche se le abrió de golpe y la Reina lo agarró frenéticamente para abrocharlo de nuevo. –¡Cuidado! –le gritó Alicia– ¡que lo est á agarrando por el lado que no es! –y quiso ponérselo bien; pero era ya demasiado tarde: se había abierto el gancho y la Reina se pinchaba el dedo con la aguja. –Eso explica que sangrara antes –le dijo a Alicia con una sonrisa. –Ahora ya sabes cómo suceden las cosas por aquí. –Pero, ¿y por qu é no grita de dolor ahora? –le preguntó Alicia, preparándose para llevarse las manos otra vez a los oídos. –¿Para qué?, si ya me estuve quejando antes todo lo que quería – contestó la Reina, –¿de qué me serviría hace rlo ahora todo de nuevo? Para entonces comenzaba a clarear. –Me parece que el cuervo debe haberse marchado volando a otra parte –dijo Alicia. – ¡Cuánto me alegro de que se haya ido! Pens é que se estaba haciendo de noche. –¡Cómo me gustar ía a m í poder alegrarme as í! –comentó la Reina. –Lo que pasa es que nunca me acuerdo de las reglas para conseguirlo. ¡Has de ser muy feliz, viviendo aquí en este bosque y poniéndote alegre siempre que quieres! –¡Ay, si no estuviera una tan sola aqu í! –se quejó Alicia con voz melancólica; y al pensar en lo sola que estaba dos lagrimones rodaron por sus mejillas. –¡Hala, no te pongas asi! –le gritó la pobre Reina, retorciéndose las manos de desesperaci ón. –¡Considera qu é niña m ás excepcional eres! ¡Consider a lo muy lejos que has llegado hoy! ¡Considera la hora que es! ¡Considera cualquier cosa, pero no llores! Alicia no pudo evitar la risa al o ír esto, a pesar de sus l ágrimas. –¿Puede Usted dejar de llorar considerando cosas? –le preguntó. –Esa es la ma nera de hacerlo –aseguró la Reina con mucha decisión: –nadie puede hacer dos cosas a la vez, con qu e... Empecemos por considerar tu edad..., ¿cuántos años tiene? –Tengo siete años y medio, exactamente. –No es necesario que digas «exactamente» –observó la Reina: te creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un años, cinco meses y un día. –¡Eso sí que no lo puedo creer! –exclamó Alicia. –¿Qué no lo puedes creer? –repitió la Reina con mucha pena; – prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos. Alicia rio de buena gana: –No vale la pena intentarlo–dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles. –Me parece evidente que no tienes mucha pr áctica –replicó la Reina. –Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno! ¡All á va mi mant ón de nuevo! Se le hab ía abierto el broche mientras hablaba y una s úbita bocanada de viento le voló el mantón y se lo llevó más allá de un pequeño arroyo. La Reina volvió a abrir los brazos en cruz y salió volando tras el y esta vez logr ó recobrarlo ella misma.– ¡Ya lo tengo! –exclamó triunfalmente. –¡Ahora verás cómo me lo pongo y me lo sujeto otra vez, yo solita! –Entonces espero que se le haya curado el dedo aquel –contestó Alicia muy cortésmente mientras cruzaba ella también el arroyo en pos de la Reina. –¡Ay, est á mucho mejor! –gritó la Reina y la voz se le iba elevando hasta convertirse en un gritito muy agudo, mientras continuaba diciendo: –¡Mucho mee -ejor! ¡Mee -jor! ¡Mee -ee-jor! ¡Mee...eeh! –Esto último terminó en un auténtico balido, tan de oveja que Alicia se quedó de una pieza. Miró a la Reina y le pareció como si se hubiera envuelto de golpe en lana. Alicia se frot ó los ojos y mir ó de nuevo. No pod ía explicarse lo que hab ía sucedido. ¿Se encontraba acaso en una tienda? ¿Y era aquello verdaderamente... y estaba ahí, de verdad, una o veja sentada al otro lado del mostrador? Por m ás que se frotara los ojos esa era la única explicación que podía dar a lo que estaba viendo: estaba en el interior de una peque ña tienda, bastante oscura, apoyando los codos sobre el mostrador y contemplando enfrente suyo a una vieja oveja sentada en una butaca, tejiendo y levantando la vista de vez en cuando para mirarla a través de un par de grandes anteojos. –¡Qué es lo que quieres comprar? –le preguntó al fin la oveja, levantando la vista de su labor. –Aún no estoy de l todo segura –le contest ó Alicia muy cortésmente. –Si me lo permite querr ía mirar antes todo alrededor mío para ver lo que hay. –Puedes mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas –replicó la oveja, –pero no podrás mirar todo alrededor tuyo... a no ser que tengas un par de ojos en la nuca. Y en efecto, como ocurr ía que Alicia no tenia ninguno por ah í, tuvo que contentarse con dar unas vueltas, mirando lo que había en los anaqueles a medida que se acercaba a ellos. La tienda parec ía estar repleta de toda clase de curiosidades... pero lo m ás raro de todo es que cuando intentaba examinar detenidamente lo que había en algún estante para ver de qué se trataba, resultaba que estaba siempre vac ío a pesar de que los que estaban a su alrededor parec ían est ar atestados y desbordando de objetos. –¡Las cosas flotan aqu í de un modo!... –se quejo al fin, despu és de haber intentado en vano perseguir durante un minuto a un objeto brillante y grande que p arecía unas veces una mu ñeca y otras un costurero, pero que en todo caso tenía la virtud de estar siempre en un estante m ás arriba del que estaba examinando. – Y esta es desde luego la que peor de todas se porta..., pero, ¡vas a ver! –añadió al ocurr írsele s úbitamente una idea: –Voy a seguirla con la mirada hasta que llegue al último estante y luego, ¡vaya sorpresa que se va a llevar cuando tenga que pasar a través del techo! Pero incluso esta estratagema le fall ó: la «cosa» pas ó tranquilamente a trav és del techo, como si estuviera muy habituada a hacerlo. –¿Eres una niña o una peonza? –dijo la oveja mientras se armaba con otro par de agujas. –Vas a marearme si sigues dando tantas vueltas por ah í. –Pero ya antes de ter minar de hablar estaba tejiendo con catorce pares de agujas a la vez y Alicia no pudo controlar su curiosidad y su asombro. –¡¿Cómo podr á tejer al tiempo con tantas agujas?! –se preguntaba la niña, desconcertada. –Y a cada minuto saca más y más..., ¡ni que fuera un puercoespín! –¿Sabes remar? –le preguntó la oveja, pasándole un par de agujas de tejer mientras le hablaba. –Sí, un poco... pero no en tierra... y tampoco con agujas de tejer... –empezó a excusarse Alicia cuando de pronto las que tenía en las manos empezaron a convertirse en remos y se encontró con que estaban las dos abordo de un bote, deslizándose suavemente por la orilla del r ío: de forma que no le quedaba m ás remedio que intentarlo lo mejor que podía. –¡Plumea! –le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas. Esta indicaci ón no le pareci ó a Alicia que requiriera ninguna contestación, de forma que no dijo nada y empu ñó los remos. Algo muy raro le sucedía al agua, pensó, pues de vez en cuando los re mos se le quedaban agarrados en ella y a duras penas lograba zafarlos. –¡Plumea, plumea! –volvió a gritarle la oveja, tomando aún más agujas. –Que si no vas a pescar pronto un cangrejo. –¡Una monada de cangrejito! –pensó Alicia, ilusionada. –Eso sí que me gustaría. –Pero, ¿es que no me oyes decir que «plumees»? –gritó enojada la oveja empuñando todo un manojo de agujas. –Desde luego que sí –repuso Alicia. –Lo ha dicho usted muchas veces... y además levantando mucho la voz. Me querría decir, por favor, ¿dónde están los cangrejos? –¡En el agua, naturalmente! –contestó la oveja, metiéndose unas cuantas agujas en el pelo, pues ya no le cab ían en las manos. – ¡Plumea, te digo! –Pero, ¿Por qué me dice que «plumee» tantas veces? –preguntó Alicia, al fin, algo exasperada. –¡No soy ningún pájaro! –¡Sí lo eres! –le aseguró la oveja: –Eres un gansito. Esto ofendió un tanto a Alicia, de forma que no respondi ó nada durante un minuto a dos, mientras la barca seguía deslizándose suavemente por el agua, pasando a veces por entre bancos de algas (que hacían que los remos se le quedaran agarrotados en el agua más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los árboles de la ribera, pero siempre vigiladas desde arriba por las altas crestas de la ribera. –¡Ay, por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! –exclamó Alicia en un s úbito arrebato de gozo: –¡De veras que lo son... y qu é bonitos que están! –No hace falta que me los pidas a mi «por favor» –respondió la oveja sin tan siquiera levantar la vista de su labor: –no he sido yo quien los ha puesto ahí y no seré yo quien se los vaya a llevar. –No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudi éramos detenernos a recoger unos pocos –rogó Alicia– si no le importa parar la barca durante un minuto. –¿Y c ómo la voy a parar yo? –replicó la oveja. –Si dejases de remar se pararía ella sola. Dicho y hecho, la barca continu ó flotando río abajo, arrastrada por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meci éndose sobr e el agua. Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta el codo, para recoger los juncos lo m ás abajo posible antes de arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos olorosos. –¡Ojalá que no vuelque la barca! –se dijo a s í misma. –¡Ay, qué bonito que es aqu él! Si s ólo lo hubiera podido alcanzar... –y desde luego que era como para enfadarse ( –Porque casi parece que me lo est án haciendo adrede... –pensó) el que, aunque lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el bote se deslizaba entre ellos, siempre parecía que había uno más hermoso más allá de su alcance. –¡Los más preciosos están siempre más lejos! –dijo al fin, dando un suspiro, ante la obstinación de aquellos juncos, empeñados en ir a crecer tan apartados; e incorpor ándose de nuevo sobre su banqueta, con las mejillas encendidas y el agua gote ándole del pelo y de las manos, empez ó a ordenar los tesoros que acababa de reunir. ¿Qué le importa ba a ella que lo s olorosos juncos hubieran comenzado a marchitarse y a perder su perfume y su belleza desde el momento mismo en que los recogiera? Si hasta los juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran m ás que un poco... y estos que yac ían a manojos a sus pies, si endo juncos soñados, iban fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de nieve... pero Alicia apenas si se dio cuenta de esto, pues estaban pasando tantas otras cosas curiosas sobre las que ten ía que pensar... No hab ían ido mucho m ás lejos cuando la pala de uno de los remos se quedó agarrada en algo bajo el agua y no quiso soltarse por nada (o as í al menos lo explicaba Alicia m ás tarde) y por consiguiente, el pu ño del remo acab ó metiéndosele bajo el mentón y a pesar de una serie de entrecortados y agudos «ayes», Alicia se vio arrastrada inevitablemente fuera de su banqueta y arrojada al fondo, entre sus manojos de juncos. Sin embargo, no se hizo ning ún daño y pronto recobró su sitio; la oveja hab ía continuado haciendo punto to do este tiempo, como si no hubiera pasado nada. – ¡Bonito cangrejo pescaste!, ¿eh? –observó, mientras Alicia volvía a sentarse en su banqueta, muy aliviada de ver que continuaba dentro del bote. –¿De veras?, pues yo no lo vi –dijo Alicia, atisbando con cautela las aguas oscuras por encima de la borda. –Ojalá no se hubiese soltado... ¡Me hubiera gustado tanto llevarme un cangrejito a casa! –Pero la oveja s ólo s e ri ó desdeñosamente y continu ó haciendo calceta. –¿Hay muchos cangrejos por aquí? –le preguntó Alicia. –Hay cangrejos y toda clase de cosas –replicó la oveja. –Hay un buen surtido; no tienes más que escoger. ¡Vamos, decídete!, ¿qué es lo que quieres comprar? –¡¿Comprar?! –repitió Alicia con un tono de voz e ntre asombrado y asustado... pues los remos, la barca y el r ío se habían esfumado en un instante y se encontraba de nuevo en la pequeña y oscura cacharrería de antes. –Querría comprarle un huevo, por favor –dijo al cabo con timidez. –¿A cuánto los vende? –A cinco reales y un ochavo el huevo... y a dos reales la pareja. –¿Entonces dos cuestan m ás barato que uno? –preguntó Alicia, asombrada, sacando su monedero. –Es que si compras dos huevos tienes que comerte los dos – explicó la oveja. –En ese caso, me llevar é sólo uno, por favor –concluyó Alicia, colocando el dinero sobre el mostrador; pues estuvo pensando que –Vaya una a saber si están todos buenos. La oveja tom ó el dinero y lo meti ó en una caja. Dijo luego: – Nunca le doy a mis clientes nada con la mano... eso no estar ía bien... has de cogerlo tu misma –. Y con esto se fue hacia el otro extremo de la tienda y colocó el huevo de pie sobre un estante. Me, pregunto por qu é no estaría bien que me lo entregara ella misma –pensó Alicia, a medida que avanzaba a tientas entre mesas y sillas, pues el fondo de la tienda estaba muy oscuro. – Ese huevo parece estar alej ándose cuanto m ás camino hacia él y..., ¿qué es esto?, ¿será una silla?, pero..., ¿cómo?, ¡si tiene ramas! ¡Que raro es esto de encontrarse un árbol creciendo aquí dentro! ¡Pero si tambi én veo allí un peque ño riachuelo! Bueno, desde luego esta es la tienda más extraña que haya visto jamás... Alicia continuó de este modo, cada vez más asombrada a medida que todo a lo que se acercaba se iba convirtiendo en un árbol; y casi esperaba que le sucediera lo mismo al huevo.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 6: HUMPTY DUMPTY
Sin embargo, lo único que le ocurri ó al huevo es que se iba haciendo cada vez mayor y m ás y más humano: cuando Alicia llegó a unos metros de donde estaba pudo observar que ten ía ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty Dumpty. – ¡No puede ser nadie m ás que él! –pensó Alicia. – ¡Estoy tan segura c omo si llevara el nombre escrito por toda la cara! Tan enorme era aquella cara, que con facilidad habr ía podido llevar su nombre escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty Dumpty estaba sentado con las piernas cruzadas, como si fuera un turco, en lo alto de una pared... pero era tan estrecha que Alicia se asombr ó de que pudiese mantener el equilibrio sobre ella... y como los ojos los ten ía fijos, mirando en la direcci ón contraria a Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor caso, pen só que, despu és de todo, no pod ía ser m ás que un pelele. –¡Es la mismísima imagen de un huevo; –dijo Alicia en voz alta, de pie delante de él y con los brazos preparados para cogerlo en el aire, tan segura estaba de que se i ba a caer de un momento a otro! –¡No te fastidia...! –dijo Humpty Dumpty despu és de un largo silencio y cuidando de mirar hacia otro lado mientras hablaba; – ¡qué lo llamen a uno un huevo...!, ¡es el colmo! –Sólo dije, se ñor mío, que usted se parece a un huevo –explicó Alicia muy amablemente – y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos –añadió esperando que la inconveniencia que había dicho pudiera pasar incluso por un cumplido. –¡Hay gente – sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro lado, como de costumbre –que no tiene m ás sentido que una criatura! Alicia no supo qu é contestar a esto: no se parec ía en absoluto a una conversación, pensó, pues no le estaba diciendo nada a ella; de hecho, este último comentario iba evidentemente dirigido a un árbol... así que quedándose donde estaba, recitó suavemente para sí: Tronaba Humpty Dumpty desde su alto muro; mas cay óse un d ía, ¡y sufri ó un gran apuro! Todos los caballos del Rey, todos los hombres del Rey, ¡ya nunca m ás pudieron a Humpty Dumpty sobre su alto muro tronando ponerle otra ver! –Esa última estrofa es demasiado larga para la rima –añadió, casi en voz alta, olvidándose de que Humpty Dumpty podía oírla. –No te quedes ah í charloteando contigo misma –recriminó Humpty Dumpty, mirándola por primera vez– dime más bien tu nombre y profesión. –Mi nombre es Alicia, pero... –¡Vaya nombre m ás est úpido! –interrumpió Humpty Dumpty con impaciencia. –¿Qué es lo que quiere decir? –¿Es que acaso un nombre tiene que significar necesariamente algo? –preguntó Alicia, nada convencida. –¡Pues claro que s í! –replicó Humpty Dumpty solt ando una risotada: –El mío significa la forma que tengo... y una forma bien hermosa que se es. Pero co n ese nombre que tienes, ¡podr ías tener prácticamente cualquier forma! –¿Por qué está usted sentado aquí fuera tan solo? –dijo Alicia que no quería meterse en discusiones. –¡Hombre! Pues por que no hay nadie que est é conmigo – exclamó Humpty Dumpty. –¿Te creíste acaso que no iba a saber responder a eso? Pregunta otra cosa. –¿No cree usted que estar ía más seguro aquí abajo, con los pies sobre la tierra? –continuó Alicia, no por inventar otra adivinanza sino simplemente porque estaba de verdad preocupada por la extraña criatura. –¡Ese muro es tan estrecho! –¡Pero qué adivinanzas tan tremendamente fáciles que me estás proponiendo! – gruñó Humpty Dumpty. –¡Pues claro que no lo creo! Has de saber que si alguna vez me llegara a caer... lo que no podría en modo alguno suceder... pero caso de que ocurriese... –y al llegar a este punto frunci ó la boca en un gesto tan solemne y fatuo que Alicia casi no podía contener la risa. –Pues suponiendo que yo llegara a caer – continuó– el Rey me ha prometido..., ¡ah! ¡Puedes palidecer si te pasma! ¡a que no esperabas que fuera a decir una cosa así!, ¿eh? Pues el Rey me ha prometido..., por su propia boca..., que..., que... –Que enviar á a todos sus caballos y a todos sus hombres – interrumpió Alicia, muy poco oportuna. –¡Vaya! ¡No me faltaba m ás que esto! –gritó Humpty Dumpty súbitamente muy enfadad o. –¡Has estado escuchando tras las puertas..., escondida detrás de los árboles..., por las chimeneas..., o no lo podrías haber sabido! –¡Desde luego que no! –protestó Alicia, con suavidad. –Es que está escrito en un libro. –¡Ah, bueno! Es muy posible que estas cosas est én escritas e n algún libro – concedió Humpty Dumpty, ya bastante sosegado. –Eso es lo que se llama una Historia de Inglaterra, m ás bien. Ahora, ¡mírame bien! Contempla a quien ha hablado con un Rey: yo mismo. Bien pudiera ocurrir que nunca vieras a otro como yo; y para que veas que a pesar de eso no se me ha subido a la cabeza, ¡te permito que me estreches la mano! Y en efecto, se inclin ó hacia adelante (y por poco no se cae del muro al hacerlo) y le ofreci ó a Alicia su mano, mientras la boca se le ensanchaba en una amplia sonrisa que le recorría la cara de oreja a oreja. Alicia le tomó la mano, pero observándolo todo con mucho cuidado: –Si sonriera un poco m ás pudiera ocurrir que los lados de la boca acabasen uni éndose por detr ás –pensó– y entonces, ¡qué no le sucedería a la cabeza! ¡Mucho me temo que se le desprendería! –Pues sí señor, todos sus caballos y todos sus hombres –continuó impertérrito Humpty Dumpty –me recogerían en un periquete y me volver ían aqu í de n uevo, ¡as í no m ás! Pero..., esta conversación está discurriendo con excesiva rapidez: volvam os a lo penúltimo que dijimos. –Me temo que ya no recuerdo exactamente de qu é se trataba – señaló Alicia, muy cortésmente. –En ese caso, cortemos por lo sano y a empezar de nuevo –zanjó la cuestión Humpty Dumpty – y ahora me toca a m í escoger el tema... (–Habla como si se tratase de un juego –pensó Alicia)... así que he aquí una pregunta para ti: ¿qu é edad me dijiste que tenías? Alicia hizo un peque ño cálculo y contest ó: –Siete a ños y seis meses. –¡Te equivocaste! –exclamó Humpty Dum pty, muy ufano. – ¡Nunca me dijiste nada semejante! –Pensé que lo que usted quería preguntarme era más bien «¿qué edad tiene?» – explicó Alicia. –Si hubiera querido decir eso, lo habr ía dicho, ¡ea! –replicó Humpty Dumpty. Alicia no quiso ponerse a disc utir de nuevo, de forma que no respondió nada. –Siete años y seis meses... –repetía Humpty Dumpty, cavilando. –Una edad bien incómoda. Si quisieras seguir mi consejo te diría «deja de crecer a los siete»..., pero ya es demasiado tarde. –Nunca se me ha ocurrido pedir consejos sobre la manera de crecer –respondió Alicia, indignada. –¿Demasiado orgullosa, eh? –se interes ó el otro. Alicia se sintió aún más ofendida por esta insinuación. –Quiero decir –replicó– que una no puede evitar el ir haciéndose más vieja. –Puede que una no pueda –le respondió Humpty Dumpty –pero dos, ya podr án. Con los auxilios necesarios podr ías haberte quedado para siempre en los siete años. –¡Qué hermoso cintur ón tiene usted! –observo Alicia súbitamente (pues pensó que ya hab ían hablado m ás que suficientemente del tema de la edad; y además, si de verdad iban a turnarse escogiendo temas, ahora le tocaba a ella). –Digo más bien... –se corrigió pensándolo mejor– qué hermosa corbata, eso es lo que quise dec ir...no, un cintur ón, me parece... ¡Ay, mil perdones: no sé lo que estoy diciendo! –añadió muy apurada al ver que a Humpty Dumpty le estaba dando un ataque irremediable de indignaci ón, y empez ó a desear que nunca hubiese escogido ese tema. –¡Si solamente supiera –concluyó para sí misma– cual es su cuello y cuál su cintura! Evidentemente, Humpty Dumpty estaba enfadadísimo, aunque no dijo nada durante un minuto o dos. Pero cuando volvió a abrir la boca fue para lanzar un bronco gruñido. –¡Es... el colmo... del fastidio –pudo decir al fin – esto de que la gente no sepa distinguir una corbata de un cinturón! –Sé que revela una gran ignorancia por mi parte –confesó Alicia con un tono de voz tan humilde que Humpty Dumpty se apiadó. Es una corbata, ni ña; y bien bonita que es, como tu bien has dicho. Es un regalo del Rey y de la Reina. ¿Qué te parece eso? –¿De veras? –dijo Alicia encantada de ver que hab ía escogido después de todo un buen tema. –Me la dieron –continuó diciendo Humpty Dumpty con mucha prosopopeya, cruzando una pierna sobre la otra y luego ambas manos por encima de una rodilla– me la dieron... como regalo de incumpleaños. –¿Perdón? –le preguntó Alicia con un aire muy intrigado. –No estoy ofendido –le aseguró Humpty Dumpty. –Quiero decir que, ¿qué es un regalo de incumpleaños? –Pues un regalo que se hace en un día que no es de cumpleaños, naturalmente. Alicia se quedó considerando la idea un poco, pero al fin dijo: – Prefiero los regalos de cumpleaños. –¡No sabes lo que est ás diciendo! –gritó Humpty Dumpty–. –A ver: ¿cuántos días tiene el año? –Trescientos sesenta y cinco –respondió Alicia. –¿Y cuántos días de cumpleaños tienes tú? –Uno. –Bueno, pues si le restas uno a esos trescientos ses enta y cinco días, ¿cuántos te quedan? –Trescientos sesenta y cuatro, naturalmente. Humpty Dumpty no parec ía estar muy convencido de este cálculo. –Me gustaría ver eso por escrito –dijo. Alicia no pudo menos de sonreír mientras sacaba su cuaderno de notas y escribía en él la operación aritmética en cuestión: Humpty Dumpty tomó el cuaderno y lo consideró con atención. –Sí, me parece que está bien... –empezó a decir. –Pero, ¡si lo está leyendo al revés! –interrumpió Alicia. –¡Anda! P ues es verdad, ¿qui én lo habr ía dicho? –admitió Humpty Dumpty con jovial ligereza mientras Alicia le daba la vuelta al cuaderno. –Ya decía yo que me parec ía que tenía un aspecto algo rarillo. Pero en fin, como estaba diciendo, me parece que está bien hecha la resta... aunque, por supuesto no he tenido tiempo de examinarla debidamente... pero, en todo caso, lo que demuestra es que hay trescientos sesenta y cuatro d ías para recibir regalos de incumpleaños... –Desde luego –asintió Alicia. –¡Y s ólo uno para regalos de cumplea ños! Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria! –No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» –observó Alicia. Humpty Dumpty sonrió despectivamente. –Pues claro que no... y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ah í te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada». –Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» –objetó Alicia. Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz m ás bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. –La cuesti ón –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. –La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda..., eso es todo. Alicia se qued ó demasiado desconcertada con todo esto para decir nada; de forma que tras un minuto Humpty Dumpty empezó a hablar de nuevo: – Algunas palabras tienen su genio... particularmente los verbos ..., son los m ás creídos..., con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos..., sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenérselas tiesas a todos ellos! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo. –¿Querría decirme, por favor –rogó Alicia– qué es lo que quiere decir eso? –Ahora s í que est ás hablando como una ni ña sensata –aprobó Humpty Dumpty, muy orondo. –Por «impenetrabilidad» quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que m ás te va ldría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida. –¡Pues no es poco significado para una sola palabra! –comentó pensativamente Alicia. Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa expl icó Humpty Dumpty– siempre le doy una paga extraordinaria. –¡Oh! Dijo Alicia. Estaba demasiado desconcertada con todo esto como para hacer otro comentario. –¡Ah, deber ías de verlas cuando vienen a mi alrededor los sábados por la noche! –continuó Humpty Dumpty. –A por su paga, ya sabes... (Alicia no se atrevió a preguntarle con qué las pagaba, de forma que menos podría decíroslo yo a vosotros.) –Parece usted muy ducho en esto de explicar lo que quieren decir las palabras, se ñor m ío –dijo Alicia – así que, ¿querr ía ser tan amable de explicarme el significado del poema titulado «Galimatazo»? –A ver, oig ámoslo –aceptó Humpty Dumpty – soy capaz de explicar el significado de cuantos poemas se hayan inventado y también el de otros muchos que aún no se han inventado. Esta declaración parecía ciertamente prometedora, de forma que Alicia recitó la primera estrofa: Brillaba, brumeando negro, el sol, agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las v áparas lejanas, mimosos se fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba. –Con eso basta para empezar – interrumpió Humpty Dumpty– que ya tenemos ahí un buen montón de palabras difíciles: eso de que «brumeaba negro el sol» quiere decir que eran ya las cuatro de la tarde..., porque es cuando se encienden las brasas para asar la cena. –Eso me parece muy bien –aprobó Alicia– pero, ¿y lo de los «agilisco- sos»? –Bueno, ver ás: «agiliscosos» quiere decir « ágil y viscos o», ¿comprendes? es como si se tratara de un sobretodo..., so n dos significados que envuelven a la misma palabra. –Ahora lo comprendo –asintió Alicia, pensativamente. –Y, ¿qué son los «limazones»? - Bueno, los «limazones» son un poco como los tejones..., pero también se parecen un poco a los lagartos..., y también tienen un poco el aspecto de un sacacorchos... –Han de ser unas criaturas de apariencia muy curiosa. –Eso sí, desde luego –concedió Humpty Dumpty– también hay que señalar que suelen hacer sus madrigueras bajo los relojes de sol..., y también que se alimentan de queso. Y, ¿qué es «giroscar» y «banerrar»? –Pues «giroscar» es dar vueltas y m ás vueltas, como un giroscopio; y «banerrar» es andar h aciendo agujeros como un barreno. –Y la «vápara», ¿será el césped que siempre hay alrededor de los relojes de sol, supongo? –dijo Alicia, sorprendida de su propio ingenio. –¡Pues claro que s í! Como sabes, se llama «v ápara» porque el césped ese va para adelante en una dirección y va para a trás en la otra. –Y va para cada lado un buen trecho también –añadió Alicia. –Exactamente, así es. Bueno, los «borogobios» son una especie de p ájaros desali ñados con las plumas erizadas por todas partes..., una especie de estropajo viviente. Y en cuanto a que se «fruncian mimosos», tambi én puede decirse que estaban «fruncimosos», ya ves, otra palabra con sobretodo. –¿Y el «momio» ese que «murgiflaba rantas»? –preguntó Alicia. –Me parece que le estoy ocasionando muchas molestias con tanta pregunta. –Bueno, las «rantas» son una especie de cerdo verde; pero respecto a los «momios» no estoy seguro de lo que son: me parece que la palabra viene de «monseñor con insomnio», en fin, un verdadero momio. –Y entonces, ¿qué quiere decir eso de que «murgiflaban»? –Bueno, «murgiflar» es algo as í como un aullar y un silbar a la vez, con una especie de estornudo en medio; quizás llegues a oír como lo hacen alguna vez en aquella floresta..., y cuando te haya tocado oírlo por fin, te bastar á ciertamente con esa vez. ¿Qui én te ha estado recitando esas cosas tan dificiles? –Lo he leído en un libro –explicó Alicia. –Pero también me han recitado otros poemas mucho m ás fáciles que ese; creo que fue Tweedledee..., si no me equivoco. –¡Ah! En cuanto a poemas –dijo Humpty Dumpty, extendiendo elocuentemente una de sus grandes manos– yo puedo recitar tan bien como cualquiera, si es que se trata de eso... –¡Oh, no es necesario que se trate de eso! –se apresuró a atajarle Alicia, con la vana esperanza de impedir que empezara. –El poema que voy a recitar –continuó sin hacerle el menor caso– fue escrito especialmente para entretenerte. A Alicia le pareci ó que en tal caso no ten ía más remedio que escuchar; de forma que se sentó y le dio unas «gracias» más bien resignadas. En invierno, cuando los campos están blancos, canto esta canción en tu loor. –Sólo que no la canto –añadió a modo de explicaci ón. –Ya veo que no –dijo Alicia. –Si tu puedes ver si la estoy cantando o no, tienes más vista que la mayor parte de la gente –observó severamente Humpty Dumpty. Alicia se quedó callada. En primavera, cuando verdean los bosques, me esforzaré por decirte lo que pienso Muchísimas gracias –dijo Alicia. En verano, cuando los días son largos a lo mejor llegues a comprenderla. En otoño, cuando las frondas lucen castañas, tomarás pluma y papel para anotarla. –Lo haré si aún me acuerdo de la letra después de tanto tiempo –prometió Alicia. –No es necesa rio que hagas esos comentarios a cada cosa que digo –recriminó Humpty Dumpty– no tienen ningún sentido y me hacen perder el hilo... Mándeles a los peces un recado: «¡Qu é lo hicieran ya de una vez!» Los pequeños pescaditos de la mar mand áronme una respuesta a la par. Los pequeños pescaditos me decían: «No podemos hacerlo, señor nuestro, porque...» –Me temo que no estoy comprendiendo nada –interrumpió Alicia. –Se hace más fácil más adelante –aseguró Humpty Dumpty. Otra vez les mandé decir: «¡Será mejor que obedezcáis!» Los pescaditos se sonrieron solapados. «Vaya genio tienes hoy», me contestaron. Se lo dije una vez y se lo dije otra vez. Pero nada, no atendían a ninguna de mis razones. Tomé una caldera gran de y nuev a, que era justo lo que necesitaba. La llené de agua junto al pozo y mi corazón latía de gozo. Entonces, acerc ándoseme me dijo alguien: «Ya est án los pescaditos en la cama». Le respondí con voz bien clara: «¡Pues a despertarlos dicho sea!» Se lo dije bien fuerte y alto; fui y se lo grité al oído... Humpty Dumpty elev ó la voz hasta aullar casi y Alicia pens ó con un ligero estremecimiento: –¡No habr ía querido ser ese mensajero por nada del mundo! Pero, ¡qué tipo más vano y engolado! Me dijo: «¡No hace falta hablar tan alto!» ¡Si que era necio el badulaque! «Iré a despertarlos» dijo «siempre que...» Con un sacacorchos que tomé del estante fui a despertarlos yo mismo al instante. Cuando me encontr é con la puerta atrancada, tir é y empujé, a patadas y a puñadas. Pero al ver que la puerta estaba cerrada intent é luego probar la aldaba... A esto siguió una larga pausa. –¿Eso es todo? –preguntó tímidamente Alicia. –Eso es todo – dijo Humpty Dumpty. –¡Adiós! Esto le pareci ó a A licia un tanto brusco; pero despu és de una indirecta tan directa, concluyó que no sería de buena educación quedarse ahí por más tiempo. De forma qu e se puso en pie y le dio la mano: –¡Adiós y hasta que nos volvamos a ver! –le dijo de la manera más jovial que pudo. –No creo que te reconozca ya más, ni aunque nos volviéramos a ver –replicó Humpty Dumpty con tono malhumorado, concediéndole un dedo para que se lo estrechara de despedida. –Eres tan exactamente igual a todos los demás... –Por lo ge neral, se distingue una por la cara –señaló Alicia pensativa. –De eso es precisamente de lo que me quejo –rezongó Humpty Dumpty. –Tu cara es idéntica a la de los demás..., ahí, un par de ojos... (señalando su lugar en el aire con el pulgar), la nariz, en el medio, la boca debajo. Siempre igual. En cambio, si tuvieras los dos ojos del mismo lado de la cara, por ejemplo..., o la boca en la frente..., eso sí que sería diferente. –Eso no quedaría bien –objetó Alicia. Pero Humpty Dumpty sólo cerró los ojos y respondió: –Pruébalo antes de juzgar. Alicia esperó un minuto para ver si iba a hablar de nuevo; pero como no volviera a abrir los ojos ni le prestara la menor atención, le dijo un nuevo «adiós» y no recibiendo ninguna contestación se marchó de ahí sin decir m ás; pero no pudo evitar el mascullar mientras se alejaba: –¡De todos los insoportables...! –y repitió esto en voz alta, pues le consolaba mucho poder pronunciar una palabra tan larga –¡de todos los insoportables que he conocido, éste es desde luego el peor! Y... –pero nunca pudo terminar la frase, porque en aquel momento algo que cay ó pesadamente al suelo sacudió con su estrépito a todo el bosque.
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Capítulo 7: EL LEON Y EL UNICORNIO
Al momento comenzaron a acudir soldados c orriendo desde todas partes del bosque, primero de a dos y de a tres, luego en grupos de diez y veinte, y finalmente en cohortes tan numerosas que parec ían llenar el bosque entero. Alicia se refugi ó tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo as í viéndolos pasar. Pensó que nunca había visto en toda su vida soldados de píe tan poco firme: constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera m ás torpe, y cada vez que uno de ellos daba un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros más caían detrás sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba cubierto de soldados apisados en pequeños montones. Entonces aparecieron los caballos. Como ten ían cuatro patas, se las arreglaban mejor que los soldados; pero incluso aquellos tropezaban de vez en cuando y a juzgar por el resultado, parecía ser una regla bien establecida la de que cada vez que tropezaba un caballo, su jinete deb ía de caer al suelo en el acto. De esta manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alicia se alegró mucho de poder salir del bosque, por un lugar abierto en donde se encontr ó con el Rey blanco sentado en el suelo, muy atareado escribiendo en su cuaderno de notas. –¡Los he mandado a todos! –exclamó regocijado el Rey al ver a Alicia. –¿Por casualidad no hab rás visto a unos soldados, querida, mientras venías por el bosque? –Desde luego que sí –dijo Alicia– y a lo que me pareció, no habría menos de varios miles. –Cuatro mil doscientos siete, para ser exactos –aclaró el Re y consultando sus notas – y no pude enviar a todos los caballos, como comprenderás, porque dos de ellos han de permanecer al menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los dos mensajeros. Ambos se han marchado a la ciudad. Mira por el camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos? –No..., a nadie –declaró Alicia. –¡Cómo me gustar ía a m í tener tanta vista! –exclamó quejumbroso el Rey –. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya hago bastante viendo a alguien! Pero Alicia no se enter ó de nada de todo esto pues segu ía mirando con atención a lo lejos por el camino, protegiéndose los ojos con la mano. –¿Ahora sí que veo a alguien! –exclamó por fin– pero viene muy despacio..., ¡qu é posturas más raras! –pues el mensajero no hacía más que dar botes de un lado a otro y se retorcía como una anguila a medida que avanzaba, extendiendo sus manazas a ambos lados como si fuesen abanicos. –Nada de raras –explicó el Rey. –Es que es un mensajero anglosajón..., y lo que pasa es que adopta actitudes anglosajonas. Eso s ólo le ocurre cuando est á contento. Se llama Haigha – nombre que pronunciaba como si se escribiera Je-ja. Al o ír esto, Alicia no pudo contenerse y empez ó a jugar a las letras: –Viene un barco cargado de H; amo a mi amor con H porque es hermoso; lo odio con H porque es horroroso. Lo alimento de..., de..., de habas y heno. Su nombre es Haigha y vive... –Vive en la higuera –suplió el Rey con toda naturalidad, sin tener la menor idea de que estaba participando en u n juego, mientras Alicia se devanaba los sesos por encontrar el nombre de una ciudad que empezase por H. –El otro mensajero se llama Hatta. Tengo que tener a dos, ¿comprendes?, para ir y venir: uno para ir y el otro para venir. –Le ruego que me repita es o –dijo Alicia sorprendida. –¡Niña: a Dios rogando y con el mazo dando! –amonestó el Rey. –Sólo quise decir que no había comprendido –se excusó Alicia. – ¿Por qué uno para venir y otro para ir? –¿Pero no te lo estoy diciendo? –dijo el Rey con cierta impaciencia– necesito tener a dos..., para llevar y traer..., uno para llevar y otro para traer. En ese momento lleg ó el mensajero: pero estaba demasiado extenuado y s ólo podía jadear, incapaz de pronunc iar una sola palabra, agitando desordenadamente las manos y haciéndole al Rey las muecas más pavorosas. –Esta jovencita te ama con H –dijo el Rey presentándole a Alicia, con la esperanza de distraer hacia ella la atención tan alarmante del mensajero..., pero en vano..., las actitudes anglosajonas s e hacían m ás extraord inarias por momentos, mientras que sus grandes ojazos giraban violentamente en sus órbitas. –¡Me est ás asustando! –se que jó el Rey – siento un desmayo... ¡Dame unas habas! Al oír esto, el mensajero, ante el regocijo de Alicia, abrió una saca que llevaba colgada al cuello y extrajo unas cuantas, que le dio al Rey y que este devoró con ahínco. –¡Más habas! –ordenó el Rey. –Ya no queda más que heno –contestó el mensajero examinando el interior de su saca. –Pues heno, entonces –murmuró el Rey con un hilo de voz. Alicia se tranquiliz ó al ver que esta vitualla parec ía reanimarlo considerablemente. –No hay como comer heno cuando se siente uno desmayar! –comentó el Rey mientras mascaba con gusto. –Estoy segura de que una rociada de agua fría le sentaría mucho mejor –sugirió Alicia– o quizá unas sales volátiles... –Yo no dije que hubiese algo mejor –replicó el Rey. –Sólo dije que no había nada como comer –afirmación que desde luego Alicia no se atrevió a contradecir. –¿Te encontraste con alguien por el camino? –continuó el Rey extendiendo la mano para que el mensajero le diera más heno. –A nadie –reveló el mensajero. –Eso cuadra perfectamente –asintió el Rey– pues esta jove ncita también vio a Nadie. Asi que, naturalmente, Nadie puede andar más despacio que tú. –¡Hago lo que puedo! –se defendió el mensajero malhumorado. –¡Estoy seguro de que nadie anda más rápido que yo! –Eso no puede ser –contradijo el Rey– pues de lo contrario habría llegado aquí antes que tú. No obstante, ahora que has recobrado el aliento, puedes decirnos lo que ha pasado en la ciudad. –Lo diré en voz baja –dijo el mensajero, llevándose las manos a la boca a modo d e trompetilla, e inclin ándose para hablar en la misma oreja del Rey. Alicia lo sinti ó porque también ella quería enterarse de las noticias. Sin embargo, en vez de cuchichear, el mensajero gritó a todo pulmón: –¡¡Ya están armándola otra vez!! –¡¿A eso le llamas hablar en voz baja?! –gritó el Rey dando brincos y sacudi éndose como pod ía. –¡Si vuelves a hacer una cosa así haré que te unten de mantequilla! ¡Me ha atravesado de un lado a otro de la cabeza como si hubiese tenido un terremoto dentro! –Pues habrá tenido que ser un terremoto muy chiquito –pensó Alicia. – ¿Quiénes la est án arm ando otra vez? –se atrevi ó a preguntar. –¿Quién va a ser? –dijo el Rey – el le ón y el unicornio, por supuesto. –¿Estarán luchando por la corona? –¿Pues y por qué si no? –respondió el Rey. Y lo más gracioso del asunto es que la corona no es ni del uno ni del otro, ¡sino que es la m ía! ¡Co rramos all á a verlos! –Y em prendieron la carrera, mientras, Alicia se acordaba de la letra de una vieja canción: El león y el unicornio por una corona siempre sin tregua se batían. El león al unicornio por toda la ciudad una buena paliza le ha dado. Unos les dieron pan y otros borona. Unos les dieron pastel y otros a tortas, redoblando tambores, de la ciudad los echaron. –¿Acaso..., el que..., gana..., se lleva la corona! –preguntó Alicia como pudo, pues de tanto correr estaba perdiendo el aliento. –¡De ninguna manera! –exclamó el Rey. –¡Dios nos libre! –Querría ser..., tan amable..., –jadeó Alicia después de correr un rato más– de parar un minuto..., sólo para..., recobrar el aliento? –Tan amable, sí soy –contestó el Rey– sólo que fuerte no lo soy tanto. Ya sabes lo veloz que corre un minuto. ¡Intentar pararlo sería como querer alcanzar a un zamarrajo! A Alicia no le quedaba ya aliento para seguir hablando de forma que continuaron corriendo en silencio, hasta que llegaron a un lugar donde se veía a una gran muchedumbre reunida en torno al le ón y al unicornio mientras luchaban. Ambos hab ían levantado u na polvareda tal que al principio Alicia no pudo distinguir cu ál era cuál; aunque pronto identific ó al unicornio por el cuerno que le asomaba. Se colocaron cerca de donde estaba Hatta, el otro mensajero, que también estaba ahí contemplando la pelea, con una taza de té en una mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra. –Acaba de salir de la cárcel y aún no había acabado de tomar el té cuando lo encerraron –susurró Haigha al oído de Alicia– y allá dentro sólo les dan conchas de ostra para comer..., de forma que está el pobre muy hambriento y sediento. ¿Cómo estás, mi hijito continuó dirigiéndose al sombrerero y pas ándole el brazo afectuosamente por el cuello. El sombrerero se volvi ó y asintió con la cabeza, pero sigui ó ocupado con su té y su pan con mantequilla. –¿Lo pasaste bien en la c árcel, viejito querido? –le pregunt ó Haigha. El sombrerero se volvió de nuevo, pero esta vez unos lagrimones le rodaron por la mejilla; pero de hablar, nada. –¡A ver si hablas de una vez! –le espetó impacientado Haigha. Pero el sombrerero continu ó mascando tan campante y sorbiendo su te. –¡A ver si hablas de una vez! –le gritó el Rey. –¿Cómo va esa pelea? El sombrerero hizo un esfuerzo desesperado y logr ó tragar un trozo bien grande de pan y mantequilla que tenía aún en la boca. –Se las est án arreglando muy bien los dos –respondió, atragantándose–. Ambos han mordido el polvo u nas ochenta y siete veces. –Entonces, supongo que esta rán a punto de traer el pan y la borona –se atrevió a observar Alicia. Ahí está esperando a que acaben –dijo el sombrerero –; yo me estoy comiendo un trocito. Se produjo entonces una pausa en la pelea y el león y el unicornio se sentaron en el suelo, jadeando, lo que aprovechó el Rey para darles una tregua, proclamando a voces: –¡Diez minutos de refresco! Haigha y Hatta se pusieron inmediatamente a trabajar pasando bandejas de pan negro y blanco. Alicia se sirvi ó un poco para probar, pero estaba muy seco. –No creo que luchen ya más por hoy –le dijo el Rey a Hatta–, así que ve y ordena que empiecen a doblar los tambores. Y el sombrerero salió dando botes como un saltamontes. Durante un minuto o dos Alicia se qued ó en silencio, contemplando cómo se alejaba. Pero de pronto se llenó de gozo: –¡Mirad! –exclamó, señalando apresuradamente en aquella dirección–: ¡Por ah í va la Reina blanca corriendo por el campo! Acaba de salir volando del bosque por allá lejos... ¡Vaya lo rápido que pueden volar estas Reinas! –La perseguirá algún enemigo, sin duda –comentó el Rey sin tan siquiera volverse–. Ese bosque está infestado de ellos. –Pero... ¿no va a ir corriendo a ayudarla? –preguntó Alicia muy sorprendida de que lo tomara con tanta calma. –No vale la pena; no servir ía de nada –se excusó el Rey–. Corre tan velozmente que sería como intentar agarrar a un zamarrajo. Pero escribiré un memorándum sobre el caso, si quieres... ¡Es tan buena persona! –comentó en voz baja consigo mismo, mientr as abría su cuaderno de notas–. Oye, ¿«buena» se escribe con «b» o con «v»? En este momento el unicornio se pase ó contoneándose cerca de ellos, con las manos en los bolsillos. –He salido ganando esta vez, ¿no? –le dijo al Rey apenas mirándolo por encima cuando pasaba a su lado. –Un poco..., un poco... –concedió el Rey algo nerviosamente–. No debiste haberlo atravesado de esa cornada, ¿no te parece? –No le hizo el menor da ño –aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y se qued ó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia. –¿Qué es... esto? –dijo al fin. –Esto es una ni ña –explicó Haigha de muy bue na gana, poniéndose entre ambos para presentarla, para lo que extendió ambas manos en su direcci ón, en caracter ística actitud anglosajona–. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tama ño natural y ¡el doble de espontánea! –¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! –exclamó el unicornio– ¿Está viva? –Al menos puede hablar –declaró solemnemente Haigha. El unicornio contempl ó a Alicia con una mirada so ñadora y le dijo: –Habla, niña. Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo: –¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los u nicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad! –Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro – repuso el unicornio – si tu crees en mi, yo creer é en ti, ¿trato hecho? –Sí, como guste –contestó Alicia. –¡Ala! ¡A ver si aparece ese pastel de frutas, viejo! –continuó diciendo el unicornio, volvi éndose hacia el Rey –. ¡A m í que no me vengan con ese pan negro! –¡Desde luego..., desde luego! –se apresuró a balbucear el Rey, e hizo una se ña a Haigha–: Abre el saco –susurró–. ¡Rápido! ¡Ese no... no tiene más que heno! Haigha extrajo un gran pastel del sa co y se lo dio a Alicia para que se lo tuviera mientras él se ocupaba de sacar una fuente y un cuchillo de trinchar. Alicia no pod ía comprender c ómo sal ían tantas cosas del saco. –Es como si fuera un truco de magia – pensó. Mientras sucedía todo esto, el león se reunió con ellos: tenía un aspecto muy cansado y somnoliento y hasta se le cerraban un poco los ojos. –¿Qué es esto? –preguntó, parpadeando indolentemente en dirección a Alicia y hablando en un tono de voz huero y cavernoso que sonaba c omo si fuese el doblar de una gran campana. –¡A ver, a ver! ¿A ti qué te parece que es? –exclamó ansiosamente el unicornio- -. ¡A que no lo adivinas! ¡Yo desde luego no pude hacerlo! El le ón contempló a Al icia cansinamente. –¿Eres animal..., vegetal..., o mineral...?– preguntó, bostezando a cada palabra. –¡Es un monstruo fabuloso! –gritó el unicornio antes de que Alicia pudiera contestar nada. –Entonces, pasa ese pastel de frutas, monstruo –repuso el león, tendiéndose en el suelo y apoyando el mentón sobre las patas–. Y sentaos vosotros dos también (al Rey y al unicornio), ¡a ver si no hacemos trampas con el pastel! El Rey se sent ía evidentemente muy inc ómodo de tener que sentarse entre las dos grandes bestias; pero no podía sentarse en ningún otro lugar. –¡Qué pelea podr íamos tener ahora por la corona!, ¿eh? – comentó el unicornio mirando de soslayo a la corona, que comenzaba a sacudirse violentamente sobre la cabeza del Rey, de tanto que estaba temblando. –Ganaría fácilmente –declaró el león. –¡No estés tan seguro! –replicó el unicornio. –¡Cómo! ¡Pero si te he corrido por todo el pueblo! ¡So gallina! – replicó el león furiosamente, casi poniéndose en pie mientras lo increpaba así. Al llegar a este punto, el Rey los interr umpió para impedir que reanudaran la pelea; estaba muy nervioso y desde luego le temblaba la voz. –¿Por todo el pueblo? –preguntó– pues no es poca distancia. ¿Fuisteis por el puente viejo o por el mercado? Por el puente viejo es por donde queda la mejor vista. –Yo s í que no sabr ía decir por donde fuimos –gruñó el le ón, echándose otra vez por el suelo –. Hacía demasiado polvo para ver nada. ¡Cuánto tarda el monstruo cortando ese pastel! Alicia se hab ía sentado al borde de un peque ño arroyo con la gran fuente sobre las rodillas y trabajaba diligentemente con el cuchillo. –¡Pero qu é fastidio! – dijo, dirigi éndose al le ón (se estaba acostumbrando bastante a que la llamaran «monstruo»)–. Ya he cortado varios trozos, pero ¡todos se vuelven a unir otra vez! –Es que no sabes cómo hacerlo con pasteles del espejo –observó el unicornio–. Reparte los trozos primero y córtalos después. Aunque esto le parec ía una tonter ía, Alicia se puso d e pie, obedientemente, y pas ó la fuente a unos y otros; el pastel se dividió solo en tres partes mientras lo pasaba. –Ahora, córtalo en trozos –indicó el león cuando hubo vuelto a su sitio con la fuente vacía. –¡Esto sí que no vale! –exclamó el unicornio mientras Alicia se sentaba con el cuchillo en una mano, muy desconcertada sin saber cómo empezar–. ¡El monstruo l e ha dado al le ón el doble que a mí! –Pero en cambio se ha quedado ella sin nada –señaló el león–. ¿No te gusta el pastel de frutas, monstruo? Pero antes de que Alicia pudiera contestar comenzaron los tambores a redoblar. Alicia no acertaba a discernir de d ónde proced ía tanto ruido, pero el aire parec ía henchido de redobles de tambor cuyo estrépito estallaba dentro de su cab eza hasta que empez ó a ensordecerla del todo. Se puso en pie de un salto y acosada de temor saltó al otro lado del arroyuelo; tuvo justo el tiempo de ver... ... antes de caer de rodillas y de taparse los o ídos tratando en vano de aislarse del tremendo ruido, cómo el león y el unicornio se ponían súbitamente en pie, mirando furiosos en derredor al ver interrumpida su fiesta. –¡Si eso no los echa a tamborilazos del pueblo –pensó para s í misma– ya nada lo logrará!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 8: "ES MI PROPIA INVENCION"
Después de un rato, el estr épito fue amainando gradualmente hasta quedar todo en el mayor silencio, por lo que Alicia levantó la cabeza, un poco alarmada. No se veía a nadie por ningún lado, de forma que lo primero que pensó fue que debía de haber estado soñando con el le ón y el unicornio y esos curiosos mensajeros anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba aún a sus pies la gran fuente sobre la que había estado intentando cortar el pastel. Así que, despu és de todo, no he estado so ñando –se dijo a s í misma...– a no ser que fu ésemos todos parte del mismo sue ño. Sólo que si así fuera, ¿ojalá que el sueño sea el mío propio y no el del Rey rojo! No me gusta nada pertenecer al sue ño de otras personas –continuó diciendo con voz m ás bi en quejumbrosa como que estoy casi dispuesta a ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa! En este momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces muy fuertes, unos gritos de –¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! – que profería un caballero, bien armado de acer o púrpura, que venía galopando hacia ella blandiendo una gran maza. Justo cuando lleg ó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo súbitamente–: ¡Eres mi prisionera! –gritó el caballero, mientras se desplomaba pesadamente del caballo. A pesar del sus to que se hab ía llevado, Alicia estaba en aquel momento m ás preocupada por él que por s í misma y estuvo observando con no poca ansiedad c ómo montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado cómodamente en su silla, empez ó otra vez a proclamar: –¡Eres mi...! – pero en ese preciso instante otra voz le ataj ó con nuevos gritos de –: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! –y Alicia se volvi ó, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo. Esta vez era el caballero blanco. Cabalg ó hasta donde estaba Alicia y al detenerse su montura se desplom ó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera hecho el caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante alg ún rato. Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada. –¡Bien claro est á que la prisionera es m ía! –reclamó al fin el caballero rojo. –¡Sí, pero luego vine yo y la rescaté! –replicó el caballero blanco. –¡Pues entonces hemos de batirnos por ella! –declaró el caballero rojo, mientras recog ía su yelmo (que tra ía colgado de su silla y tenía una forma así como la cabeza de un caballo) y se lo calaba. –Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? –observó el caballero blanco mientras se calaba él también su yelmo. –Siempre lo hago –aseguró el caballero rojo y empezaron ambos a golpearse a mazazos con tanta furia que Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los porrazos. –¿Me pregunto cu áles ser án esas reglas del combate? –se dijo mientras contemplaba la contienda, asomando t ímidamente la cabeza desde su escondrijo. Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cad a vez que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los títeres del gui ñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas. Otra de las reglas del combate , de la que Alicia no se percat ó, parecía ser la de que siempre hab ían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda termin ó al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando. –¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? –le dijo el caballero blanco a Alicia mientras se acercaba jadeando. –Pues no sé qué decirle –le contestó Alicia con algunas dudas–. No me gustaría ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina. –Y lo serás: cuando hayas cruzado el siguiente arroyo –le aseguró el caballero blanco –. Te acompa ñaré, para que llegues segura, hasta la linde del bosque; pero ya sabes que al llegar all á tendré que volverme, pues ahí se acaba mi movimiento. –Pues muchísimas gracias –dijo Alicia–. ¿Quiere que le ayude a quitarse el yelmo? –evidentemente no parec ía que el caballero pudiera arreglárselas él solo; pero Alicia lo logró al fin, tirando y librándolo a sacudidas. –¡Ahora s í que pued e uno respirar! –exclamó el caballero alisándose con ambas manos los pelos largos y desordenados de su cabeza y volviendo la cara amable para mirar a Alicia con sus grandes ojos bondadosos. Alicia pens ó que nunca en toda su vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto. Iba revestido de una armadura de lat ón que le sentaba bastante mal y llevaba sujeta a la espalda una caja de madera sin pintar de extraña forma, al revés y con la tapa colgando abierta. Alicia la examinó con mucha curiosidad. –Veo que te admira mi peque ña caja –observó el caballero con afable tono–. Es de mi propia invenci ón..., para guardar ropa y bocadillos. La llevo boca abajo, como ves, para que no le entre la lluvia dentro. –Pero es que se le va a cae r todo fuera –señaló Alicia con solicitud–. ¿No se ha dado cuenta de que lleva la tapa abierta? –No lo sab ía –respondió el caballero, mientras una sombra de contrariedad le cruzaba la cara–. En ese caso, ¡todas las cosas se deben haber caído fuera! Y ya de nada sirve la caja sin ellas. –Se zafó la caja mientras hablaba y estaba a punto de tirarla entre la maleza cuando se le ocurri ó, al parecer, una nueva idea y la colgó, en vez, cuidadosamente de un árbol–. ¿Adivinas por qué lo hago? –le preguntó a Alicia. Alicia negó con la cabeza. –Con la esperanza de que unas abejas decidan establecer su colmena ahí dentro..., así conseguiría un poco de miel. –Pero si ya tiene una colmena..., o algo que se le parece mucho..., colgada ahí de la silla de su caballo –señaló Alicia. –- Si, es una colmena excelente –explicó el caballero, con voz en la que se reflejaba su descontento– es de la mejor calidad, pero ni una sola abeja se ha acercado a ella. Y la otra cosa que llevo ah í es una trampa para ratones. Supongo que lo que pasa es que los ratones espantan a las abejas..., o que las abejas espantan a los ratones..., no sé muy bien cuál de los dos tiene la culpa. –Me estaba precisamente preguntando para qu é serviría la trampa para ratones - -dijo Alicia–. No es muy probable que haya ratones por el lomo del caballo. –No ser á probable, quiz á –contestó el caballer o– pero, ¿y si viniera alguno?, no me gustar ía que anduviera correteando por ahí. –Verás continuó diciendo despu és de una pausa – lo mejor es estar preparado para todo. Esa es también la razón por la que el caballo lleva esos brazaletes en las patas. –Pero, ¿para qu é sirven? –preguntó Alicia con tono de viva curiosidad. –Pues para protegerlo contra los mordiscos de tibur ón –replicó el caballero–. Es un sistema de mi propia invenci ón. Y ahora, ayúdame a montar: iré contigo hasta la linde del bosque..., ¿para qué es esa fuente que está ahí? –Es la fuente del pastel –explicó Alicia. –Será mejor que la llevemos con nos otros –dijo el caballero: nos vendrá de perillas si nos topamos con alguna tarta. Ay údame a meterla en este saco. Esta labor los entretuvo bastante tiempo, a pesar de que Alicia mantuvo muy abierta la boca del saco, pues el caballero intentaba introducir la fuente tan torpemente: las dos o tres primeras veces que lo intent ó se cayó él mismo dentro del saco en vez. –Es que está muy ajustado, como ves– se explicó cuando la consiguieron meter al fin– y hay tantos candelabros dentro ... –y diciendo esto la colg ó de la montura, que estaba ya cargada de manojos de zanahorias, hierros de chimenea y otras muchas cosas más. –Espero que lleves el pelo bien asegurado –continuó diciendo una vez que empezaron a marchar. –Pues asi así, como todos los días –respondió Alicia sonriendo. –Eso no basta –dijo con ansiedad el caballero. –Es que verás: el viento sopla tan fuertemente por aquí... Es tan espeso que parece sopa. –¿Y no ha inventado un sistema para impedir que el viento se le lleve el pelo? – inquirió Alicia., –Aún no –replicó el caballero–. Pero si que tengo un sistema para impedir que se me caiga. –¡Ah! Pues me interesaría mucho conocerlo. –Verás: primero se toma un palo bien recto –explicó el caballero– luego haces que el pelo vaya subiendo por el palo, como se hace con los frutales. Ahora bien, la razón por la que el pelo se cae es porque cuelga hacia abajo..., y ya sabes que nada se puede caer hacia arriba, conque... Es un sistema de mi propia invenci ón. Puedes probarlo si quieres. No sonaba demasiado c ómodo el sistema, pens ó Alicia, y durante algunos minutos caminó en silencio, sopesando la ide a y deteniéndose cada dos por tres para auxiliar al pobre caballero, que ciertamente no era un buen jinete. Cada vez que se deten ía el caballo (lo que suced ía muy a menudo) se caía por delante; y cada vez que el caballo arrancaba de nuevo (lo que generalmente hacía de manera bastante súbita) se caía por la grupa. Por lo demás, se las arreglaba bastante bien, salvo por el vicio que ten ía de caerse por uno u otro lado del caballo de vez en cuando; y como le daba por hacerlo generalmente por el lado por el que Alicia iba caminando, muy pronto esta se dio cuenta de que lo mejor era no ir andando demasiado cerca del caballero. –Me temo que no ha tenido usted ocasi ón de ejerci tarse montando a caballo –se aventuró a decir, mientras le auxiliaba después de su quinta y aparatosa caída. Al oír esto, el caballero puso una cara de considerable sorpresa y quedó un tanto ofendido. –¿Y por qué se te ocurre decirme eso ahora? –preguntó mientras se encaramaba nuevamente sobre su montura, agarrándose de los pelos de Alicia con una mano para no desplomarse por el otro lado. –Porque la gente no se cae con tanta frecuencia del caballo cuando tiene práctica. –Pues yo tengo pr áctica más que suficiente declaró gravemente el caballero – ¡más que suficiente! A Alicia no se le ocurri ó otra cosa mejor que decir a esto que – ¿de veras?–, bien es verdad que lo dijo tan cordialmente como pudo. Despu és de esto, continuaron avanzando en silencio durante alg ún rato, el caballero con los ojos cerrados mascullando cosas ininteligibles y Alicia esperando la siguiente caída. –El gran arte de la equitaci ón –empezó a declamar de golpe el caballero, con resonante voz y gesticulando con el brazo derecho mientras hablaba– estriba en mantenerse... –pero aquí la frase se detuvo tan inopinadamente como hab ía comenzado, pues el caballero cayó pesadamente de cabeza precisamente en medio del sendero por el que iba caminando Alicia. Esta vez se asust ó de veras y por ello, mientras lo levantaba, le dijo con voz inquieta: –Espero que no se haya roto ningún hueso. –Ninguno que valga la pena de mencionar –repuso el caballero, como si no le importara quebrarse dos o tres–. El gran arte de la equitación, como estaba diciendo..., estriba en mantenerse adecuadamente en equilibrio . De esta manera en que voy a demostrar... Dejó caer las riendas y extendi ó ambos brazos para mostrarle a Alicia lo que quería decir, y esta vez se cayó cuán largo era y de espaldas bajo las patas del caballo. –¡Práctica m ás que suficiente! –continuaba repitiendo todo el tiempo, mientras Alicia le ayudaba a ponerse en pie –. ¡Práctica más que suficiente! –¡Esto ya pasa de la raya! –gritó Alicia perdiendo esta vez toda su paciencia–. ¡Lo que usted debiera de tener es un caballo de madera con ruedas! ¡Eso es lo que necesita usted! –¿Es que ese género equino cabalga con suavidad? –le preguntó el caballero con un tono que revelaba su gran interés; y se agarró firmemente al cuello d e su caballo justo a tiempo para salvarse de una nueva y ridícula caída. –¡Mucho m ás suavemente que un caballo de carne y hueso! exclamó Alicia dando un pequeño chillido de la risa que le estaba dando todo ello, a pesar de los esfuerzos que hacia por contenerla. –Voy a conseguirme uno –se dijo pensativo el caballero – uno o dos..., ¡varios! Después de esto, se produjo un corto silencio y luego el caballero rompió de nuevo a hablar. –Tengo un considerable talento para inventar cosas. Y no s é si habrás observado que la última vez que me levantaste del suelo estaba así como algo preocupado... –Desde luego, me pareci ó que había puesto una cara bastante seria –aseguró Alicia. –Bueno, es que precisamente entonces estaba inventando una nueva manera para pasar por encima de una cerca..., ¿te gustaría saber cómo? –Me gustaría muchísimo –asintió cortésmente Alicia. –Te diré cómo se me ocurrió la idea –dijo el caballero. –Verás: me dije a mi mismo: «la única dificultad est á en los pies, pues la cabeza ya está de por sí por encima». Así pues, primero coloco la cabeza por encima de la cerca ..., y as í queda asegurada ésta a suficiente altura…, y luego me pongo cabeza abajo..., y entonces son los pies los que quedan a suficiente altura, como verás..., y de esta forma, ¡paso la cerca! ¿Comprendes? –Sí, supongo que lograr ía pasar la cerca despu és de esa operación – asintió Alicia pensativamente– pero, ¿no cree usted que resulta algo difícil de ejecutar? –No lo he probado a ún –declaró con gravedad el caballero– así que no puedo asegurarlo..., pero me temo que algo difícil sí sería. El darse cuenta de esto pareci ó molestarle tanto que Alicia se decidió a cambiar apresuradamente de tema. –¡Qué curioso yelmo el suyo! –dijo, prodigando alegr ía–. ¿Es también de su invención? El caballero pos ó orgullosamente la vista sobre su yelmo, que llevaba colgado de la silla. –Si –asintió– pero he inventado otro mejor aún que este..., uno en forma de un pan de az úcar. Con aquel yel mo puesto, si me suced ía caer del caballo, daba inmediatamente con el suelo puesto que en realidad caía una distancia muy corta, ¿comprendes?... Claro que siempre exist ía el peligro de caer dentro de él, desde luego... Eso me sucedió una vez..., y lo peor del caso fue que antes de que pudiera salir de nuevo, llegó el otro caballero blanco y se lo puso creyendo que era el suyo. El caballero describ ía esta escena con tanta seriedad que Alicia no se atrevió a reír. –Me temo que le habr á usted hecho daño – comentó con voz que le temblaba de la risa contenida – estando usted con todo su peso encima de su cabeza. –Tuve que darle de patadas, por supuesto –explicó el caballero con la misma seriedad –. Y entonces se quit ó el yelmo... , pero pasaron horas y horas antes de que pudiera salir de ah í dentro. ¡Estaba yo tan apremiado que no había quien me sacara de ahí! –Me parece que lo que usted quiere decir es que estaba muy «apretado» –objetó Alicia. –Mira, ¡apremiado por todas partes! –insistía el caballero–. ¡Te lo aseguro! – Levantó las manos, sacudiendo la cabeza, al decir esto, bastante excitado, y al instante rod ó por tierra, acabando de cabeza en una profunda zanja Alicia corrió al borde de la cuneta para ver de ayudarle. La caída la hab ía tomado por sorpresa pues aquella vez el caballero parecía haberse mantenido bastante bien sobre su caballo durante algún tiempo, y además temía que esta vez sí se hubiese hecho daño de verdad. Sin embargo, y aunque s ólo podía verle la planta de los pies, se quedó muy aliviada al o ír que decía en su tono usual de voz: – Apremiado por todas partes – repetía– pero fue un descuido por su parte ponerse el yelmo de otro..., ¡y con el otro dentro además!... –¿Cómo puede usted estar ah í hablando tan tranquilo con la cabeza abajo como si nada? –preguntó Alicia mientras lo arrastraba por los pies y amontonaba sus enlatados miembros al borde de la zanja. El caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. – Y, ¿qué más da donde est é mi cuerpo? –dijo–. Mi cabeza sigue trabajando todo el tiempo. De hecho, he comprobado que cuanto más baja tenga la cabeza, más invenciones se me van ocurriendo. –Ahora, que la vez que mejor lo hice –continuó después de una pausa– fue cuando invent é un bu dín mientras com íamos la entrada de carne. –¿Con tiempo suficiente para que se lo sirvieran al siguiente plato? –supuso Alicia–. ¡Eso sí que se llama pensar rápido! –Bueno, no fue el siguiente plato –dijo el ca ballero lentamente, con voz un tanto retenida –. No, desde luego no lo sirvieron después del otro. Entonces, ¿lo servirían al día siguiente, porque supongo que no iban a comer dos budines en la misma cena? –Bueno, tampoco apareci ó al día siguiente –repitió el caballero igual que antes- -. Tampoco al otro d ía. En realidad –continuó agachando la cabeza y bajando cada vez m ás la voz– no creo que ese bud ín haya sido cocinado nunca. En realidad, ¡no creo que ese bud ín sea cocinado jam ás! Y, sin emb argo, como bud ín, ¡qué invento más extraordinario! –A ver, ¿de qu é estaba hecho ese bud ín, seg ún su invento? – preguntó Alicia, con la esperanza de animarlo un poco, pues al pobre caballero parec ía que aquello le estaba deprimiendo bastante. –Para empezar, de papel secante –contestó el caballero dando un gemido. –Me temo que eso no quedaría demasiado bien... –No quedaría bien así solo –interrumpió con bastante ansiedad– pero, ¡no tienes idea de c ómo cambia al mezclarlo con otras cosas!... T ales como p ólvora y pasta de lacrar. Pero tengo que dejarte aqu í –terminó, pues acababan de llegar al lindero del bosque. A Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de pensar con ese budín. –Estás triste –dijo el caballero con v oz inquieta– déjame que te cante una canción que te alegre. –¿Es muy larga? –preguntó Alicia, pues hab ía oído demasiada poesía aquel día. –Es larga –confesó el caballero– ¡pero es tan, tan hermosa! Todo el que me la ha oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si no... ¿O si no qué? –insistió Alicia pues el caballero se habla quedado cortado de golpe. - O si no se les ha saltado nada, esa es la verdad. La ca nción la llaman «Ojos de bacalao». –¡Ah! ¿Conque ese es el nombre de la canci ón, eh? –dijo Alicia, intentando dar la impresión de que estaba interesada. –No, no comprendes –corrigió el caballero, con no poca contrariedad–. Asi es como la llaman, pero su nombre en realidad es «Un anciano viejo viejo». –Entonces, ¿debo decir que as í es como se llama la canci ón? –se corrigió a su vez Alicia. –No, tampoco. ¡Eso ya es otra cosa! La canción se llama «De esto y de aquello», pero es sólo como se llama, ya sabes... –Bueno, pues entonces cu ál es esa canci ón, –pidió Alicia que estaba ya completamente desconcertada. –A eso iba –respondió el caballero. En realidad, la canción no es otra que «Posado sobre una cerca», y la m úsica es de mi propia invención. Y hablando de esta guisa, detuvo su caballo y dej ó que las riendas cayeran sueltas por su cuello: luego empezó a cantar, marcando el tiempo lentamente con una mano, una débil sonrisa iluminando la cara bobalicona, como si estuviera gozando con la m úsica de su propia canción. De todas las cosas extra ñas que Alicia vio durante su viaje a través del espejo, esta fue la q ue recordaba luego con mayor claridad. Años más tarde podía aún revivir toda aquella escena de nuevo, como si hubiera sucedido s ólo el d ía anterior..., los suaves ojos azules y la cara bondadosa del caballero..., los rayos del sol poniente brillando por entre sus pelos venerables y destellando sobre su armadura, con un fulgor que llegaba a deslumbrarla..., el caballo movi éndose tranquilo de aqu í para allá, las riendas colgando del cuello, paciendo la hierba a sus pies..., y las sombras oscuras del bosque al fondo..., todo ello se le grabó a Alicia en la mente como si fuera un cuadro, mientras se recostaba contra un árbol protegiéndose con la mano los ojos del sol y observaba a aquella extra ña pareja, oyendo medio en sueños la melancólica música de esa canción. –Sólo que la música no es uno de sus inventos –se dijo Alicia– es «Te doy cuanto poseo que ya m ás no puedo». Se qued ó callada oyendo con la mayor atenci ón, pero no se le asomaba ninguna lágrima a los ojos. Te contaré todo cuanto pueda: Poco me queda por narrar. Una vez vi a un anciano viejo viejo asoleándose sobre una cerca. –¿Quién eres, anciano? –díjele–, y, ¿qué haces para vivir? Su respuesta se coló por mi mente como el agua por un tamiz. Díjome: –Cazo las mariposas que duermen por el trigo trigo. Con ellas me cocino unos buenos pastelillos de cordero que luego vendo por las calles. Me los compran esos hombres –continuó– que navegan por los procelosos mares. Y así consigo el pan de cada día. Y ahora, tenga la bondad, la voluntad... Pero yo estaba meditando un plan para teñirme de verde los bigotes, empleando luego un abanico tan grande que ya nadie me los pudiera ver Así pues y no sabiendo qué replicar a lo que el viejo me decía gritéle: –¡Vamos! ¡Dime de qué vives! con un buen golpe a la cabeza. Con su bondadosa voz, reanudó la narración. Díjome: –Me paseo por ahí y cuando topo con un arroyo lo echo a arder en la montaña. Con eso fabrican aquel espléndido producto que llaman aceite de Macasar... Sin embargo, dos reales y una perra es todo lo que me dan por mi labor. Pero yo estaba meditando la manera de alimentarme a base de manteca para ir así engordando un poco cada día. Entonces, le di un fuerte vapuleo, hasta que se le puso la cara bien morada. –¡Vamos! ¡Dime cómo vives! –le grité–. ¡Y a qué profesión te dedicas! Díjome: –Cazo ojos de bacalao por entre las zarzas y las jaras. Con ellos labro, en el silencio de la noche hermosos botones de chaleco. Y cata que a estos no los vendo ni por oro ni por plata; sino tan sólo por una perra ¡Y por una te llevas diez! A veces cavo bollos de mantecón o pesco cangrejos con vareta de gorrión. A veces busco por los riscos a ver si encuentro alguna rueda de simón. Y de esta manera –concluyó pícaro dando un guiño– es como amaso mi fortuna... Ahora me sentiría muy honrado bebiendo un trago a la salud de vuesa merced. Entonces sí que lo oí, pues en mi mente maduraba mi gran proyecto de cómo salvar del óxido al puente del Menai recociéndolo bien en buen vino. Así que mucho le agradecí la bondad de contarme el método de su fortuna, pero mayormente, por su noble deseo de beber a la salud de mi ilustre persona. Y así, cuando ahora por casualidad se me pegan los dedos en la cola; o me empeño en calzarme salvajemente el pie derecho en el zapato izquierdo o cuando sobre los deditos del pie me cae algún objeto bien pesado, lloro porque me acuerdo tanto, de aquel anciano que otrora conociera... De mirada bondadosa y pausado hablar... Los cabellos más canos que la nieve... La cara muy como la de un cuervo, los ojos encendidos como carbones. Aquel que parecía anonadado por su desgracia y mec ía su cuerpo consol ándose... Susurrando murmullos y bisbiseos, como si tuviera la boca llena de pastas, y que resoplaba como un b úfalo..., aquella tarde apacible de anta ño..., asoleándose sentado sobre una cerca. Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas y volvi ó la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido. –Sólo te quedan unos metros m ás –dijo– bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aqu él: entonces serás una reina..., pero antes te quedar ás un poco aqu í para decirme adiós, ¿no? –añadió al ver que Alicia volv ía la cabeza muy ansiosa en la dirección que le indicaba–. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y agitar el pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un poco. –Pues claro que esperar é –le aseguró Alicia– y muchas gracias por venir conmigo hasta aquí, tan lejos..., y por la canción..., me gustó mucho... –Espero que sí –dijo el caballero con algunas dudas–: no lloraste tanto como había supuesto. Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alej ó pausadamente por el bosque. –No t ardaré mucho en verlo despedido, supongo –se dijo Alicia mientras le segu ía con la vista–. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que vuelve a montar con bastante facilidad..., eso gana con colgar tantas cosas de la silla... –y así continuó hablando consigo misma mientras contemplaba c ómo iba cayendo ya de un lado ya del otro a medida que el caballo segu ía cómodamente al paso. Después de la cuarta o quinta ca ída llegó a la curva y entonces Alicia agitó el pañuelo en el ai re y esperó hasta que se perdiera de vista. –Ojalá que eso lo animara –dijo, al mismo tiempo que se volv ía y empezaba a correr cuesta abajo–. Y ahora, ¡a por ese arroyo y a convertirme en Reina! ¡Qu é bien suena eso! –y unos cuantos pasos más la llevaron a la linde del bosque. –¡La octava casilla al fin! –exclamó dando un salto para salvar el arroyo y cayendo de bruces... ... sobre una pradera tan suave como si fuese de musgo, con pequeños macizos de flores disemin ados por aqu í y por allá. – ¡Ay! ¡Y qué contenta estoy de estar aquí! Pero, ¿qué es esto que tengo sobre la cabeza? –exclamó con gran desconsuelo cuando palp ándose la cabeza con las manos se encontró con algo muy pesado que le ce ñía estrechamente toda la testa. –Pero, ¿cómo se me ha puesto esto encima sin que yo me haya enterado! –se dijo mientras se quitaba el pesado objeto y lo posaba sobre su regazo para averiguar de qué se trataba. Era una corona de oro.
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 9: ALICIA REINA
–¡Vaya! ¡Esto s í que es bueno! –exclamó Alicia–. Nunca s upuse que llegaría a ser una reina tan pronto..., y ahora le dir é lo que pasa, Majestad –continuó con severo tono (siempre le hab ía gustado bastante regañarse a sí misma)–. Simplemente, ¡qué no puede ser esto de andar rodando por la hierba as í no más! ¡Las reinas, ya se sabe, han de guardar su dignidad! Se puso en pie y se paseó un poco..., algo tiesa al principio, pues tenía miedo de que se le fuera a caer la corona; pero pronto se animó pensando que despu és de todo no hab ía nadie que la viera. –Y si de verdad soy una reina –dijo mientras se sentaba de nuevo– ya me iré acostumbrando con el tiempo. Todo estaba sucediendo de manera tan poco usual que no se sintió nada sorprendida al encontrarse con que la Reina roja y la Reina blanca estaban ambas sentadas, una a cada lado, junto a ella; tenía muchas ganas de preguntarles cómo habían llegado hasta ahí, pero tenía miedo de que eso no fuese lo más correcto. –Pero, en cambio –pensó– no veo nada malo en preguntarles si se ha acabado ya la partida. Por favor, ¿querr ía decirme si... – empezó en voz alta, mirando algo cohibida a la Reina roja. –¡No hables hasta que alguien te dirija la palabra! –la interrumpió bruscamente la Reina. –Pero si todo el mundo siguiera esa regla –objetó Alicia que estaba siempre dispuesta a discutir un poco – y si uste d s ólo hablara cuando alguien le hablase, y si la otra persona estuviera siempre esperando a que usted empezara a hablar primero, ya ve: nadie diría nunca nada, de forma que... –¡Ridículo! –gritó la Reina–. ¡Niña! ¡Es que no ves que...? –pero dejó de hablar, frunciendo las cejas y después de cavilar un poco, cambió súbitamente el tema de la conversaci ón–. ¿Qu é has querido decir con eso de que «si de verdad eres una Reina»? ¿Con qué derecho te atribuyes ese t ítulo? ¿Es que no sabes que hasta que no pases el consabido examen no puedes ser Reina? Y cuanto antes empecemos, ¡mejor para todos! –Pero si yo s ólo dije que «si fuera»... –se excus ó Alicia lastimeramente. Las dos reinas se miraron, y la roja observ ó con un respingo: – Dice que sólo dijo que «si fuera»... –¡Pero si ha dicho mucho m ás que eso! –gimió la Reina blanca, retorciéndose las manos–. ¡Ay! ¡Tanto, tanto más que eso! –Así es; ya lo sabes –le dijo la Reina roja a Alicia–. Di siempre la verdad..., piensa antes de hablar..., no dejes de anotarlo todo siempre después. –Estoy convencida de que nunca quise darle un sentido... – empezó a responder Alicia; pero la Reina roja la interrumpi ó impacientemente. –¡Eso es precisame nte de lo que me estoy quejando! ¡Debiste haberle dado alg ún sentido! ¿De qu é sirve una criatura que no tiene sentido? Si hasta los chistes tienen su sentido..., y una niña es más importante que un chiste, supongo, ¿no? Eso s í que no podrás negarlo, ni aunque lo intentes con ambas manos. –Nunca niego nada con las manos –protestó molesta Alicia. Nadie ha dicho que lo hicieras –replicó la Reina roja–. Dije que no podrías hacerlo ni aunque quisieras. –Parece que le ha dado por ahí –comentó la Reina blanca–. Le ha dado por ponerse a negarlo todo..., s ólo que no sabe por dónde empezar. –¡Un carácter desagradable y desabrido! –observó la Reina roja; y se quedaron las tres durante un minuto o dos sumidas en incómodo silencio. La Reina roja rompió el silencio diciéndole a la blanca: Te invito al banquete que dará Alicia esta tarde. La Reina blanca le devolvió una sonrisa desvalida y le contestó: –Y yo te invito a ti. –Es la primera noticia que tengo de que vaya yo a dar una fiesta –intercaló Alicia– pero si va a haber una me parece que soy yo la que debe de invitar a la gente. –Ya te dimos la oportunidad de hacerlo –observó la Reina roja– pero mucho me temo que no te han dado aún bastantes lecciones de buenos modales. –Los buenos modal es no se aprenden en las lecciones –corrigió Alicia–. Lo que se enseña en las lecciones es a sumar y cosas por el estilo. –¿Sabes sumar? –le preguntó la Reina blanca–. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno? –No sé –dijo Alicia– he perdido la cuenta. –No sabe sumar –interrumpió la Rei na roja –. ¿Sabes restar? ¿Cuánto es ocho menos nueve? –Restarle nueve a ocho no puede ser, ya sabe –replicó Alicia vivamente– pero, en cambio... –Tampoco sabe restar –concluyó la Reina blanca–. ¿Sabes dividir? Divide un pan con un cuchillo..., ¡a ver si sabes contestar a eso! –Supongo que... –estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina roja contestó por ella–: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba hacer otra resta: quítale un hueso a un perro y, ¿qué queda? Alicia consider ó el problema: –Desde luego el hueso no va a quedar si se lo quito al perro..., pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito; vendr ía a morderme..., y en ese ca so, ¡estoy segura de que yo tampoco me quedaría! –Entonces, según tú, ¡no quedaría nada? –insistió la Reina roja. –Creo que esa es la contestación. –Equivocada, como de costumbre –concluyó la Reina roja –. Quedaría la paciencia del perro. –Pero no veo cómo... –¿Qué cómo? ¡Pues así! –gritó la Reina negra -. El perro perdería la paciencia, ¿no es verdad? –Puede que sí –replicó Alicia con cautela. –Entonces si el perro se va, ¡tendr ía que quedar ahí la paciencia que perdió! – exclamó triunfalmente la Reina roja. Alicia objetó con la mayor seriedad que pudo: –Pudiera ocurrir que ambos fueran por caminos distintos–. Sin embargo, no pudo remediar el pensar para sus adentros –: Pero, ¡qu é sarta de tonterías que estamos diciendo! –¡No tiene ni idea de matem áticas! –sentenciaron enfáticamente ambas reinas a la vez. –¿Sabe usted sumar acaso? –dijo Alicia, volviéndose súbitamente hacia la Reina blanca, pues no le gustaba nada tanta crítica. A la Reina se le cortó la respiración y cerró los ojos: –Sé sumar – aclaró– si me d as el tiempo suficiente... Pero no s é restar de ninguna manera. –¿Supongo que sabrás tu A B C? –intimó la Reina roja. –¡Pues no faltaba más! –respondió Alicia. Yo también –le susurró la Reina blanca al oído–: lo repasaremos juntas, querida; y te diré un secreto... ¡S é leer palabras de una letra! ¿No te parece estupendo? Pero en todo caso, no te desanimes, que también llegarás tú a hacerlo con el tiempo. Al llegar a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: –¿Sabes responder a preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan? –¡Eso sí que lo sé! –gritó Alicia muy excitada–. Se toma un poco de harina... –¡Qué barbaridad! ¡C ómo vas a beber harina! –se horrorizó la Reina blanca. –Bueno, no quise decir que se beba sino que se toma así con la mano, después de haber molido el grano... –¡No sé por qué va a ser un gramo y no una tonelada! –siguió objetando la Reina blanca –. No debieras dejar tantas cosas sin aclarar. –¡Abanícale la cabeza! –interrumpió muy apurada la Reina roja– . Debe de tener ya una buena calentura de tanto pensar. –Y las dos se pusieron manos a la obra abanic ándola con manojos de hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que dejaran de hacerlo pues le estaban volando los pelos de tal manera. Ya se encuentra mejor –diagnosticó la Reina roja –. ¡Has aprendido idiomas? ¿Cómo se dice tururú en francés? –Tururú no es una palabra castellana –replicó Alicia con un mohín de seriedad. –¿Y quién dijo que lo fuera? –replicó la Reina roja. Alicia pensó que esta vez sí que se iba a salir con la suya–. Si me dice a qué idioma pertenece eso de tururú, ¡le diré lo que quiere decir en francés! –exclamó triunfante. Pero la Reina roja se irgui ó con cierta dignidad y le contest ó: – Las reinas nunca hacen tratos. –¡Ojalá tampoco hicieran preguntas! –pensó Alicia para sus adentros. –¡No nos peleemos! –intercedió la Reina blanca un tanto apurada–. ¿Cuál es la causa del relámpago? –Lo que causa al rel ámpago –pronunció Alicia muy decidida, porque esta ve z s í que estaba convencida de que sab ía la contestación–, es el trueno..., ¡ay, no, no! –se corrigi ó apresuradamente–. ¡Quise decir al revés! –¡Demasiado tarde para corregirlo! –sentenció la Reina roja –. Una vez que se dice algo, ¡dicho est á! Y a c argar con las consecuencias... –Lo que me recuerda... –dijo la Reina blanca mirando hacia el suelo y juntando y separando las manos nerviosamente–. ¡La de truenos y relámpagos que hubo durante la tormenta del último martes...! Bueno, de la última tanda de martes que tuvimos, se comprende. Esto desconcert ó a Alicia. –En nuestro pa ís –observó– no hay más que un día a la vez. La Reina roja di jo: –¡Pues vaya manera m ás mezquina y ramplona de hacer las cosas! En cambio aqu í, casi siempre acumulamos los d ías y las noches; y a veces en invierno nos echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podr ás imaginar que para aprovechar mejor el calor. –¿Es que cinco noches son más templadas que una? –se atrevió a preguntar Alicia. –Cinco veces más templadas, pues claro. –Pero, por la misma raz ón, debieran de ser cinco veces m ás frías... –¡Así es! ¡Tú lo has dicho! –gritó la Reina roja–.Cinco veces más templadas y cinco veces más frías..., de la misma manera que yo soy cinco veces más rica que tú y cinco veces más lista! Alicia se dio por vencida, suspirando. –Es igual que una adivinanza sin solución –pensó. –Humpty Dumpty también la vio continuó la Reina blanca con voz grave, m ás como si hablara consigo misma que otra cosa –. Se acercó a la puerta con un sacacorchos en la mano. –Y, ¿qué es lo que quería? –preguntó la Reina roja. –Dijo que iba a entrar como fuera –explicó la Reina blanca – porque estaba buscando a un hipop ótamo. Ahora que lo que ocurrió es que aquella mañana no había nada que se le pareciese por la casa. –Y, ¿es que s í suele haberlos, por lo general? –preguntó Alicia muy asombrada. –Bueno, sólo los jueves –replicó la Reina. –Yo sí sé a lo que iba Humpty Dumpty –afirmó Alicia–. Lo que quería era castigar a los peces, porque... Pero la Reina blanca reanud ó en ese momento su narraci ón. – ¡Qué de truenos y de rel ámpagos! ¡Es que no sabéis lo que fue aquello! (–Ella es la que nunca sabe nada, por supuesto –intercaló la Reina roja.) Y se desprendi ó parte del techo y por ah í ¡se colaron una de truenos...! ¡Y se pusieron a rodar por todas partes como piedras de molino..., tumbando me sas y revolvi éndolo todo..., hasta que me asust é tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre! Alicia se dijo a si misma: –¡A mi desde luego no se me habr ía ocurrido ni siquiera intentar recordar mi nombre en medio de un accidente tal! ¿De qu é me habría servido lograrlo! –pero no lo dijo en voz alta por no herir los sentimientos de la pobre reina. –Su Majestad ha de excusarla –le dijo la Reina roja a Alicia, tomando una de las manos de la Reina blanca entre las suyas y acariciándosela suavemente–. Tiene buena intención, pero por lo general no puede evitar que se le escapen algunas tonterías. La Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía que decirle algo amable; pero la verdad es que en aquel momento no se le ocurría nada. –Lo que pasa es que nunca la educaron como es debido – continuó la Reina roja- -. Pero el buen carácter que tiene es algo que asombra. ¡Dale palmaditas en la cabeza y ver ás cómo le gusta! –Pero esto era algo más de lo que Alicia se habría atrevido. –Un poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo que está pidiendo. La Reina blanca dio un profundo suspiro y recost ó la cabeza sobre el hombro de Alicia. –Tengo tanto sueño –gimió. –¡Está cansada, pobrecita ella! –Se compadeci ó la Reina roja –. Alísale el pelo..., pr éstale tu gorro de dormir..., y ar rúllala con una buena canción de cuna. –No llevo gorro de dormir que prestarle –dijo Alicia intentando obedecer la primera de sus indicaciones– y tampoco sé ninguna buena canción de cuna con qué arrullarla. –Lo tendré que hacer yo, entonces –dijo la Reina roja y empezó: Duérmete mi Reina sobre el regazo de tu Alicia. Has que esté lista la merienda tendremos tiempo para una siesta. Y cuando se acabe la fiesta nos iremos todas a bailar: La Reina blanca, y la Reina roja, Alicia y todas las demás. –Y ahora que ya sabes la letra –añadió recostando la cabeza sobre el otro hombro de Alicia– no tienes más que cantármela a mí; que también me est á entrando el sue ño–. Un momento despu és, ambas reinas se quedaron completamente dormidas, roncando sonoramente. –Y ahora, ¿qu é hago? –exclamó Alicia, mirando a uno y a otro lado, llena de perplejidad a medida que primero una redonda cabeza y luego la otra rodaban desde su hombro y caían sobre su regazo como un pesado bulto. –¡No creo que nunca haya sucedido antes que una tuviera que ocuparse de dos reinas dormidas a la vez! ¡No, no, de ninguna manera, nunca en toda la historia de Inglaterra! ... Bueno, eso ya sé que nunca ha podido ser porque nunca ha habido dos rein as a la vez. ¡A despertar pesadas! –continuó diciendo con franca impaciencia; pero por toda respuesta no recibi ó más que unos amables ronquidos. Los ronquidos se fueron haciendo cada minuto m ás distintos y empezaron a sonar más bien como una canción: por último Alicia creyó incluso que pod ía percibir hasta la letra y se puso a escuchar con tanta atención que cuando las dos grandes cabezas se desvanecieron s úbitamente de su regazo apenas si se dio cuenta. Se encontr ó frente al arco de una puerta sobre la que estaba escrito «REINA ALICIA», en grandes caracteres; y a cada lado del arco se ve ía el pu ño d e una campanilla: bajo una de ellas estaba escrito «Campanilla de visitas» y bajo el otro «Campanilla de servicio». –Esperaré a que termine la canción –pensó Alicia– y luego sonaré la campanilla de..., de..., ¿pero cual de las dos? –continuó muy desconcertada por ambos carteles -. No soy una visita y tampoco soy del servicio. En realidad lo que pasa es que debiera de haber otro que dijera «Campanilla de la reina»... Justo entonces la puerta se entreabrió un poco y una criatura con un largo pico asomó la cabeza un instante, sólo para decir: –¡No se admite a nadie hasta la semana despu és de l a pr óxima! –y desapareció luego dando un portazo. Durante largo rato Alicia estuvo aporreando la puerta y sonando ambas campanillas, pero en vano. Por último, una vieja rana que estaba sentada bajo un árbol, se pu so en pie y se acerc ó lentamente, renqueando, hacia donde estaba. Llevaba un traje de brillante amarillo y se había calzado unas botas enormes. –Y ahora, ¿qué pasa? –le preguntó la rana con voz aguardentosa. Alicia se volvió dispuesta a quejarse de todo el mundo. –¿Dónde está el criado que debe responder a la puerta? –empezó a rezongar enojada. –¿Qué puerta? –preguntó lentamente la rana. Alicia dio una patada de rabia en el suelo: le irritaba la manera en que la rana arrastraba las palabras. –¡Esta puerta, pues claro! La rana contempló la puerta durante un minuto con sus grandes e inexpresivos ojos; luego se acercó y la estuvo frotando un poco con el pulgar como para ver si se le estaba desprendiendo la pintura; entonces miró a Alicia. –¿Responder a la puerta? –dijo–. ¿Y qu é es lo que la ha estado preguntando? – Estaba tan ronca que Alicia apenas si pod ía oír lo que decía. No sé qué es lo que quiere decir –dijo. –,Ahí va! ¿y no le e'toy halando en cri'tiano? –replicó la rana– ¿o e' que se ha quedao sorda? ¿Q ué e' lo que la ha e'tao preguntando? –¡Nada! –respondió Alicia impacientemente –. ¡La he estado aporreando! –Ezo e't á muy mal..., ezo e't á muy ma l... –masculló la rana –. Ahora se no' ha enfadao. –Entonces se acerc ó a la pue rta y le propinó una fuerte patada con uno de sus gr andes pies-. U't é, ándele y déjela en paz –jadeó mientras cojeaba de vuelta hacia su árbol– y ya verá como ella la deja en paz a u'té. En este momento, la puerta se abri ó de par en par y se oy ó una voz que cantaba estridentemente: Al mundo del espejo Alicia le decía: ¡En la mano llevo el cetro y sobre la cabeza la corona! ¡Vengan a m í las criaturas del espejo, sean ellas las que fueren! ¡Vengan y coman todas conmigo, con la Reina roja y la Reina blanca! Y cientos de voces se unieron entonces coreando: ¡llenad las copas hasta rebosar! ¡Adornad las mesas de botones y salvado! ¡Poned, gatos en el café y ratones en el t é! ¡Y libemos por la Reina Alicia, no menos de treinta veces tres! Siguió luego un confuso barullo de «vivas» y de brindis y Alicia pensó: – Treinta veces tres son noventa, ¿me pregunto si alguien estará contando? –Al minuto siguiente volvió a reinar el mayor silencio y la misma estridente voz de antes empezó a cantar una estrofa más: ¡Oh criaturas del espejo, clamó Alicia. Venid y acercaros a mí! ¡Os honro con mi presencia y os regalo con mi voz! ¡Qué alto privilegio os concedo de cenar y merendar conmigo, con la Reina roja y con la Reina blanca! Otra vez corearon las voces: ¡llenemos las copas hasta rebosar, con melazas y con tintas, o con cualquier otro brebaje igualmente agradable de beber! ¡Mezclad la arena con la sidra y la lana con el vino! iY brindemos por la Reina Alicia no menos de noventa veces nueve! –¡Noventa veces nueve! –repitió Alicia con desesperación–. ¡Así no acabarán nunca! Será mejor que entre ahora mismo de una vez –y en efecto entr ó; mas en el momento en que apareci ó se produjo un silencio mortal. Alicia miró nerviosamente a uno y otro lado de la mesa mientras avanzaba andando por la gran sala; pudo ver que hab ía como unos cincuenta comensales, de todas clases: algunos eran animales, otros pájaros y hasta se podían ver algunas flores. –Me alegro de que hayan venido sin esperar a que los hubiera invitado –pensó– pues desde luego yo no habría sabido nunca a qué personas había que invitar. Tres sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la Reina blanca habían ocupado ya dos de ellas, pero la del centro permanecía vacía. En esa se fue a sentar Alicia, un poco azarada por el silencio y deseando que alguien rompiese a hablar. Por fin empez ó la Reina roj a: –Te has perdido la sopa y el pescado –dijo–. ¡Qué traigan el asado! –Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de Alicia, que se la quedó mirando un tanto asustada porque nunca se hab ía visto en la necesidad de trinchar un asado en su vida. –Pareces un tanto cohibida: perm íteme qu e te presente a la pierna de cordero – le dijo la Reina roja –: Alicia..., Cordero; Cordero..., Alicia. –La pierna de cordero se levantó en su fuente y se inclin ó ligeramente ante Alicia; y Alicia le devolvi ó la reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida por todo esto. –¿Me permiten que les ofrezca una tajada? –dijo tomando el cuchillo y el tenedor y mirando a una y a otra reina. –¡De ning ún modo! –replicó la Reina roja muy firmemente –: Sería una falta de etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser presentado. ¡Qu é se lleven el asado! –Y los camareros se lo llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un gran budín de ciruelas. –Por favor, que no me presenten al budín –se apresuró a indicar Alicia– o nos quedaremos sin cenar. ¿Querr ían que les sirviese un poquito? Pero la Reina roja frunci ó el entrecejo y se limit ó a gru ñir severamente: – Budín..., Alicia; Alicia..., Budín. ¡Que se lleven el budín! –Y los camareros se lo llevaron con tanta rapidez que Alicia no tuvo tiempo ni de devolverle la reverencia. De todas formas, no veía por qué tenía que ser siempre la Reina roja la única en dar órdenes; así que, a modo de experimento, dijo en voz bien alta: –¡Camarero! ¡Que traigan de nuevo ese bud ín! –y ahí reapareció al momento, como por arte de magia. Era tan enorme que Alicia no pudo evitar el sentirse un poco cohibida, lo mismo que le pas ó con la pierna de cordero. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo, logr ó sobreponerse, cortó un buen trozo y se lo ofreció a la Reina roja. –¡¡Qué impertinencia!! –exclamó el bud ín–. Me gustar ía saber, ¿cómo te gustaría a ti que te cortaran una tajada del costado! ¡Qué bruta! Hablaba con una voz espesa y grasienta y Alicia se qued ó sin respiración, mirándolo toda pasmada. –Dile algo, –recomendó la Reina roja–. Es ridículo dejar toda la conversación a cargo del budín. –¿Sabe usted? En el d ía de hoy me han recitado una gran cantidad de poemas – empezó diciendo Alicia, un poco asustada al ver que en el momento en que abría los labios se producía un silencio de muerte y que todos los ojos se fijaban en ella – y me parece que hay algo muy curioso..., que todos ellos tuvieron algo que ver con pescados. ¿Puede usted decirme por qu é gustan tanto los peces a todo el mundo de por aquí? Le decía esto a la Reina roja, cuya respuesta se alejó un tanto del tema. – Respecto al pescado –dijo muy lenta y solemnemente, acercando mucho la boca al o ído de Alicia– Su Blanca Majestad sabe una adivinanza..., toda en rima..., y toda sobre peces... ¿Quieres que te la recite? –Su Roja Majestad es muy amable de sacarlo a colaci ón – murmuró la Reina blanca al otro oído de Alicia, arrullando como una paloma–. Me gustaría tanto hacerlo..., ¿no te importa? –No faltaba más –concedió Alicia, con mucha educación. La Reina blanca sonrió alegremente de lo contenta que se puso y acarició a Alicia en la mejilla. Empezó entonces: Primero, hay que pescar al pez; Cosa fácil es: hasta un niño recién nacido sabría hacerlo. Luego, hay que comprar al pez; Cosa fácil es: hasta con un penique podría lograrlo. Ahora, cocíname a ese pez; Cosa f ácil es: no nos llevar á ni tan siquiera un minuto. Arréglamelo bien en una fuente: pues vaya cosa: si ya está metido en una. Tráemelo acá, que voy a cenar; Nada más fácil que ponerla sobre la mesa ¡Destápame la fuente! ¡Ay! Esto sí que es difícil: no puedo yo con ella. Porque se pega como si fuera con cola, Porque sujeta la tapa de la fuente mientras se recuesta en ella. ¿Qué es m ás f ácil, pues, descubrir la fuente o destapar la adivinanza? –Tómate un minuto para pensarlo y adivina luego –le dijo la Reina roja –. Mientras tanto, brindaremos a tu salud. ¡Viva la Reina Alicia! –chilló a todo pulm ón y todos los i nvitados se pusieron inmediatamente a beber..., pero, ¡de qu é manera más extraña! Unos se colocaban las copas sobre sus cabezas, como si se tratara del cono de un apagador, bebiendo lo que les chorreaba por la cara... Otros voltearon las jarras y se beb ían el vino que corría por los ángulos de la mesa..., y tres de ellos (que parecían más bien canguros) saltaron sobre la fuente del cordero asado y empezaron a tomarse la salsa a lametones: –¡Como si fueran cerdos en su pocilga! –pensó Alicia. –Deberías dar ahora las gracias con un discursito bien arreglado –dijo la Reina roja dirigi éndose a Alicia con el entrecejo severamente fruncido. –A nosotras nos toca apoyarte bien, ya sabes –le aseguró muy por lo bajo la Reina blanca a Alicia, mientras ésta se levantaba para hacerlo, muy obedientemente, pero algo asustada. –Muchas gracias –susurró Alicia respondiéndole– pero me las puedo arreglar muy bien sola. –¡Eso sí que no puede ser ! –pronunció la Reina roja con mucha determinación: así que Alicia intentó someterse a sus esfuerzos del mejor grado posible. (–¡Y lo que me apretujaban! –diría Alicia m ás tarde, cuan do contaba a su hermana c ómo hab ía transcurrido la fiesta –. ¡Cualquiera hubiera dicho que querían aplanarme del todo entre las dos!) La verdad es que le fue bastante dif ícil mantenerse en su sitio mientras pronunciaba su discurso: las dos reinas la empujaban de tal manera, una de cada lado, que casi la levantaban en volandas con sus empellones. –Me levanto para expresaros mi agradecimiento... –empezó a decir Alicia; y de hecho se estaba levantando en el aire algunas pulgadas, mientras hablaba. Pero se agarró bien del borde de la mesa y consiguió volver a su sitio a fuerza de tirones. –¡Cuidado! ¡Ag árrate bien! –chilló de pronto la Reina bl anca, sujetando a Alicia por el pelo con ambas manos –. ¡Que va a suceder algo! Y entonces (como lo describir ía Alicia más tarde) toda clase de cosas empezaron a suceder en un instante: las velas crecieron hasta llegar al techo..., parec ían un banco de juncos con fuegos de artificio en la cabeza. En cuanto a las botellas, cada una se hizo con un par de platos que se ajustaron apresuradamente al costado, a modo de alas, y de esta guisa, con unos tenedores haciéndoles las veces de patas, comenzaron a revolotear en todas direcciones. –¡Si hasta parecen p ájaros! –logró pensar Alicia a pesar de la increíble confusión que empezaba a invadirlo todo. En este momento, Alicia oy ó que alguien soltaba una carcajada aguardentosa a su lado y se volvi ó para ver qué le podía estar sucediendo a la Reina blanca; pero en vez de la Reina lo que estaba sentado a su lado era la pierna de cordero. –¡Aquí estoy! – gritó una voz desde la marmita de la sopa y Alicia se volvi ó justo a tiempo para ver la cara ancha y bon achona de la Reina blanca sonri éndole por un momento antes de desaparecer del todo dentro de la sopa. No había ni un momento que perder. Ya varios de los comensales se hab ían acomodado en platos y fuentes, y el cuchar ón de la sopa avanzaba amenazadoramente por encima de la mesa, hacia donde estaba Alicia, haci éndole gestos impacientes para que se apartara de su camino. –¡Esto no hay quien lo aguante! –gritó Alicia poniéndose en pie de un salto y agarrando el mantel con ambas manos: un buen tirón y platos, fuentes, velas y comensales se derrumbaron por el suelo, cayendo con estrépito y todos juntos en montón. –¡Y en cuanto a ti! –continuó volviéndose furiosa hacia la Reina roja, a la que consideraba culpable de todo este enredo... Pero la Rein a ya no estaba a su lado..., hab ía menguado súbitamente hasta convertirse en una peque ña muñeca que estaba ahora sobre la mesa, correteando alegremente y dando vueltas y más vueltas en pos de su propio mant ón que volaba a sus espaldas. En cualquier otro momento, Alicia se habr ía sorprendido al ver este cambio, pero estaba demasiado excitada para que nada le sorprendiese ahora. –¡En cuanto a ti! –repitió agarrando a la figurilla justo cuando ésta estaba saltand o por encima de una botella que hab ía aterrizado sobre la mesa –. ¡Te voy a sacudir hasta que te conviertas en un gatito! ¡Vaya que si lo voy a hacer!
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 10: SACUDIENDO
Mientras hablaba, Alicia la retiró de la mesa y empezó a sacudirla hacia atrás y hacia adelante con todas sus fuerzas. La Reina roja no ofreció la menor resistencia: tan sólo ocurrió que su cara se fue empeque ñeciendo mientras que los ojos se le agrandaban y se le iban poniendo verdes; y mientras Alicia continuaba sacudi éndola, seguía haciéndose m ás peque ña..., y más gorda..., y más suave..., y más redonda..., y ...
A través del espejo - Lewis Carroll
Capítulo 11: DESPERTANDO
..., y..., ¡en realidad era un gatito, después de todo!
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