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Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Cómo asaltar un tren | Cuento | 1
Un día del verano pasado salí de viaje hacia Pittsburg; era en realidad un viaje de negocios.
Mi coche de línea iba provechosamente lleno de la clase de gente que se suele ver en los trenes. La mayoría eran señoras que llevaban vestidos de seda marrón con canesú cuadrado y remate de puntillas, tocadas con velos motea... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Cómo hacer a los hombres hermanos | Cuento | El empleado de la farmacia escruta el pálido rostro semioculto por la solapa del abrigo, que está levantada.
—Preferiría no dárselas —vacila—. Ya le he vendido media docena de sellos de morfina hace media hora.
El cliente sonríe con tristeza.
—La culpa la tienen estas calles intrincadas. No era mi intención molestarlo ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Cómo se hace un neoyorkino | Cuento | El hombre que me relató estos hechos vivió durante muchos años al margen de la ley en el Suroeste y participó en las acciones que describe con tanta franqueza. Su esquema del modus operandi puede resultar interesante, y sus consejos valiosos para el potencial pasajero de un tren asaltado, mientras que su valoración de ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Con alma y vida | Cuento | El ladrón saltó rápidamente la ventana y luego se detuvo, esperando. Un ladrón que respeta su arte siempre se toma tiempo antes de tornar cualquier otra cosa.
La casa era una residencia privada. Mirando su puerta frontera cerrada y la descuidada hiedra bostoniana que la cubría, el ladrón se daba a entender que la dueña... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Corazones y cruces | Cuento | Además de otras muchas cosas, Raggles era poeta. Se le consideraba un vagabundo, modo indirecto de confirmarlo como filósofo, artista, viajero, naturalista y descubridor.
Pero más que nada era un poeta. Aunque no había escrito un verso en su vida, experimentaba personalmente su poesía propia. Su odisea habría sido dign... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Déjeme tomarle el pulso | Cuento | En Denver subieron numerosos pasajeros a los coches del expreso B. & M., que se dirigía al Este. En uno de los coches iba sentada una joven muy bonita, vestida con elegancia y rodeada de todas las comodidades que suelen procurarse las personas acostumbradas a viajar. Entre los pasajeros que subieron al vagón que ocupab... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Desde el pescante del cochero | Cuento | Baldy Woods alargó el brazo y cogió la botella. Siempre que Baldy se proponía algo, acostumbraba a… Pero no se trata ahora de la historia de Baldy. Se sirvió una tercera copa, cuyo contenido excedía en un centímetro al de la primera y al de la segunda. Baldy celebraba una consulta y había de mostrarse a la altura de su... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Después de 20 años | Cuento | Así que fui al médico.
—¿Cuánto tiempo hace que metió usted algo de alcohol en su organismo? —me preguntó.
—Pues hace ya un buen rato —contesté, meneando la cabeza.
Era un médico joven y podía tener cualquier edad entre los veinte y los cuarenta. Llevaba calcetines de color heliotropo, pero se parecía a Napoleón. Me gu... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Dos caballeros el día de Acción de Gracias | Cuento | El cochero tiene su punto de vista. Quizá sea más unilateral que cualquier otro profesional. Desde el alto y oscilante asiento de su cabriolé, con el pescante en la zaga, considera a sus prójimos unas partículas nómadas que carecen de importancia, a menos que las posean deseos migratorios. Él es Jerry y el lector una m... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Dos renegados | Cuento | El policía efectuaba su ronda por la avenida con un aspecto imponente. Esa imponencia no era exhibicionismo, sino lo habitual en él, pues los espectadores escaseaban. Aunque apenas eran las 10 de la noche, las heladas ráfagas de viento, con regusto a lluvia, habían despoblado las calles, o poco menos.
El agente probaba... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El Águila Negra | Cuento | Hay un día que es nuestro. Hay un día en que todos los norteamericanos que no se han hecho por su propio esfuerzo vuelven a su hogar para comer bizcochitos con bicarbonato y se maravillan de cuan cerca parece estar del porche la vieja bomba del agua. Bendito sea ese día. Nos lo da el presidente Roosevelt. Hemos oído ha... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El alegre mes de mayo | Cuento | En la ciudad que es puerta de entrada al Sur iba a celebrarse un encuentro de veteranos del ejército confederado, y yo me paré a verlos desfilar, bajo las ondulantes banderas de la terrible guerra, en dirección al local donde se realizarían la misa y la ceremonia.
Mientras pasaban las columnas irregulares y vacilantes,... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El amigo de Telémaco | Cuento | Durante algunos meses de cierto año un ceñudo bandido infestó la ribera del Río Grande, del departamento de Texas. El célebre merodeador, bautizado con el remoquete de El Águila Negra, fue durante aquel tiempo terror de la ribera. Muchas son las historias horripilantes que recuerdan sus hazañas y las de su cuadrilla. R... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El atavío de la paz | Cuento | Les ruego que le propinen un buen golpe al poeta cuando les cante las alabanzas del mes de mayo. Se trata de un mes que presiden los espíritus de la travesura y la demencia. En los bosques en flor rondan los duendes y los trasgos: Puck y su séquito de gnomos se dedican febrilmente a cometer desaguisados en la ciudad y ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El breve debut de Tildy | Cuento | Al volver de una cacería me encontré esperando el tren del sur, que llegaba con una hora de retraso, en el pequeño pueblo de Los Piños —Nuevo México—. Sentado en el patio del hotel, me entretuve charlando de cosas de la vida con Telémaco Hicks, propietario del establecimiento. Tras un examen de su persona, forzosamente... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El califa, Cúpido y el reloj | Cuento | En las grandes ciudades los misterios se siguen tan de cerca unos a otros, que el público lector y los amigos de Juanito Bellchambers han cesado de maravillarse de su repentina e inexplicable desaparición, hace un año. Este misterio concreto ha sido aclarado, pero la solución resultará tan extraña e increíble para la m... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El código Calloway | Cuento | Si no conoce el “Bogle’s Chop House and Family Restaurant”, usted es el que pierde, pues si es usted uno de los felices mortales que comen en restaurantes caros debiera interesarse en saber cómo consume alimentos la otra mitad de la población. Y, si pertenece usted a la mitad de la población para la cual las fichas del... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El conde y la invitación a la boda | Cuento | El príncipe Michael, del electorado de Valleluna, hallábase sentado en su banco favorito del parque. La frescura de la noche de septiembre animaba la vida en él como un raro vino tónico. Los otros bancos no estaban ocupados, pues los que holgazanean en los parques, con su sangre paralizada, están prontos a descubrir y ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El escondite de Black Bill | Cuento | I
El Enterprise de Nueva York envió a H. B. Calloway como corresponsal al teatro de operaciones de la guerra rusojaponesa.
Durante dos meses Calloway anduvo vagando por Yokohama y Tokio, jugando a los dados con los otros corresponsales por las copas; la verdad es que no se ganaba el salario que le pagaba su diario. Per... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El estreno de Maggie | Cuento | Una noche, cuando Andy Donovan iba a comer a su casa de huéspedes de la Segunda Avenida, la señora Scott le presentó a una nueva inquilina. Se llamaba la señorita Conway y era una mujer bajita, que no llamaba la atención. Llevaba un vestido muy sencillo, color tabaco, y centraba sobre el plato de la comida el poco inte... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El exterminio del octópodo | Cuento | En el andén de la estación de Los Pinos estaba sentado, balanceando las piernas, un hombre larguirucho, fuerte, de cara colorada, napias wellingetonianas y unos fieros ojillos suavizados por blondas pestañas. A su lado se sentaba otro hombre, gordo, melancólico y desaliñado, que parecía ser su amigo. Tenían la aparienc... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El filtro de amor de Ikey Schoenstein | Cuento | Todos los sábados por la noche, el Clover Leaf Social Club ofrecía un baile en la sala de la Give and Take Athletic Association, en East Side. Para concurrir a uno de esos bailes se requería ser miembro de la Give and Take, o, si uno pertenecía a la clase de los que comienzan a bailar el vals con el pie derecho, debía ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El guardia y la antífona | Cuento | —Un monopolio industrial o financiero —dijo sentenciosamente Jefferson Peters— tiene la vitalidad que consiente su punto más débil.
—Esa es una de tantas fórmulas ininteligibles, como la pregunta: “¿en qué se conoce a un policía?”
—No hay relación entre los policías y los monopolios —replicó Jeff—. Mi observación es un... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El impostor | Cuento | La farmacia droguería Luz Azul está situada hacia la parte baja de la ciudad, entre el Bowery y la Primera Avenida, allí donde resulta más corta la distancia entre las dos calles mencionadas. El establecimiento no es de esos que creen que los productos a expender hayan forzosamente de reducirse a unos cuantos potingues... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El ladrón de Tommy | Cuento | Soapy se removió con desasosiego en su banco del Madison Square. Cuando los gansos salvajes graznan en la noche, cuando las mujeres sin abrigo de piel de foca se ponen más cariñosas con sus maridos y cuando Soapy se remueve con desasosiego en su banco del parque, puede decirse que el invierno está a la vuelta de la esq... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El manual de Himeneo | Cuento | I
Todo comenzó en Laredo. La culpa fue del Niño del Llano, quien hasta entonces solo había matado gente mexicana. Y eso resultaba un tanto mezquino y oprobioso en las cercanías de Río Grande. Claro que el Niño solo tenía veinte años.
La cosa ocurrió en la casa de juego de Justo Valdo. Se reñía una partida de póquer en ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El marqués y la señorita Sally | Cuento | A las diez de la noche, Felicia, la doncella, salió por la puerta de servicio para tomar un refresco de frambuesa en el bar de la esquina, acompañada del policía. Felicia detestaba al representante de la autoridad y muy formalmente se opuso en principio a acompañarle. Dijo, y por cierto no sin lógica, que hubiese prefe... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El mundo y la puerta | Cuento | Yo, Sanderson Pratt, que dejo asentado aquí mi testimonio, opino que el sistema educativo de los Estados Unidos debiera estar a cargo de la oficina meteorológica. Me considero en condiciones de ofrecer excelentes razones para demostrarlo, y. usted no podría aclararme por qué no sería preferible que nuestros profesores ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El oro que relucía | Cuento | Sin saberlo, el viejo Bill Bascom tuvo el honor de ser abatido por el destino el mismo día en que le pasó idéntico incidente al marqués de Borodale.
El marqués vivía en Regent Square, Londres, y el viejo Bill en la Quebrada del Corzo Cojo, en la comarca de Hardeman, Texas. El cataclismo que abatió la fortuna del marqué... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El péndulo | Cuento | Un medio muy usado para conseguir que el público lea las narraciones que uno escribe, consiste en asegurarle que son verdaderas, añadiendo que la verdad es más extraña que la novela. Y ahora os diré que no sé si lo que voy a contaros aquí es verdad, pero el sobrecargo español del buque frutero El Carrero me juró por el... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El perfil encantado | Cuento | Un cuento con moraleja final es como una picadura de mosquito. Después de fastidiarle a uno, le inyecta una gota de escozor para irritarle la conciencia. Por consiguiente, empecemos por la moraleja y acabemos por el asunto. No es oro todo lo que reluce, pero juicioso es el muchacho que nunca se olvida de mantener cerra... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El presagio | Cuento | -Calle Ochenta y Uno… Dejen bajar, por favor -gritó el pastor de azul.
Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El que más valía | Cuento | Hay pocas mujeres califas. Las mujeres son Scheherazadas de nacimiento, por predilección, por instinto y por disposición de las cuerdas vocales. A diario, centenares de miles de hijas de visires les narran los mil y un cuentos a sus respectivos sultanes. Perro el arco alcanzará a algunas de ellas si no se cuidan.
Sin e... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El recuerdo | Cuento | Mucho antes de que la primavera haga sentir sus primeros efectos en el obtuso corazón de un rústico, el hombre de la ciudad advierte cuándo la diosa de las verdes hierbas está a punto de sentarse en su trono. Porque al ciudadano, mientras se sienta ante los huevos y las tostadas de su desayuno, le basta abrir un periód... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El regalo de los Reyes Magos | Cuento | Ante nuestros dos platos de espagueti, en el restaurante provenzano, Jeff Peters me explicaba cuáles son las tres maneras ilícitas de ganar dinero.
Todos los inviernos Jeff iba a Nueva York con el fin de comer espagueti, mirar los barcos en el East River desde las profundidades de su gabán de piel de chinchilla, y adqu... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El rescate | Cuento | La señorita Lynnette D’Armande volvió la espalda a Broadway. No era más que una justa compensación, porque Broadway había vuelto a menudo la espalda a la señorita D’Armande. Con todo, parecía que la compensación no era justa, porque mientras la ex primera dama de la compañía Tajando el Viento tenía mucho que pedir a Br... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El romance de un ocupado bolsista | Cuento | Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstina... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El sueño | Cuento | La cosa en principio parecía bien, pero esperen a que se lo cuente todo. Bill Driscoll y yo nos hallábamos en el sur, en Alabama, cuando se nos ocurrió aquella malhadada idea del secuestro. Lo hicimos, como Bill expresó después, «en un momento de transitoria desorientación mental», mas eso no lo descubrimos hasta más t... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El teatro es la vida | Cuento | Pitcher, empleado de confianza en la oficina de Harvey Maxwell, bolsista, permitió que una mirada de suave interés y sorpresa visitara su semblante, generalmente exento de expresión, cuando su empleador entró con presteza, a las 9.30, acompañado por su joven estenógrafa. Con un vivaz “Buen día, Pitcher”, Maxwell se pre... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El tesoro enterrado | Cuento | La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, “gemelo de la muerte”. Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray. Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El tiro por la culata | Cuento | Gracias a mi amistad con un periodista que tenía un par de entradas gratis pude ir a ver, hace dos noches, el espectáculo que daban en una de las salas populares de vaudeville.
Uno de los números era un solo de violín que tocaba un hombre de aspecto impresionante y poco más de cuarenta años, aunque peinaba ya muchas ca... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El toque de clarín | Cuento | Hay muchas clases de tontos. ¿Me harán el favor todos los presentes de permanecer sentados hasta que se les llame por su nombre?
Yo he pertenecido a todas las clases de tontos, excepto a una. He gastado mi patrimonio, intentado casarme, jugado al póquer y al tenis y perdido mi dinero de cualquiera de los modos imaginab... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El triángulo social | Cuento | La primavera le hizo un guiño vítreo al editor Westbrook, del Minerva Magazine, y le desvió de su camino. Había comido en su rincón favorito de un hotel de Broadway; y se disponía a regresar a la oficina cuando sus pies se vieron atrapados por el señuelo de la primavera coqueta. Lo cual viene a significar que torció ha... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El tributo del éxito | Cuento | La mitad de esta historia puede ser hallada en los archivos de la Jefatura de Policía. La otra mitad pertenece a la redacción de un periódico.
Una tarde, dos semanas después de haber sido encontrado muerto el millonario Norcross en su propio apartamento, asesinado por un ladrón, éste, mientras caminaba tranquilamente p... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El último de los trovadores | Cuento | A las seis en punto de la tarde Ikey Snigglefritz dejó su plancha. Ikey trabajaba como aprendiz en una sastrería. ¿Por qué ahora serán aprendices todos los sastres?
En cualquier caso el hecho era que Ikey trabajaba cosiendo, zurciendo, remendando y planchando entre el fétido vapor de un taller de sastre. Pero, conclusa... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El valor de un dólar | Cuento | Hastings Beauchamp Morley iba paseando lenta y apaciblemente por Union Square con una mirada de compasión dirigida a los cientos de personas que se encontraban reclinadas en los bancos del parque. Formaban una colección variopinta: los hombres, con rostro estólido, animal y sin afeitar; las mujeres, inquietas y cohibid... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | El vestido color púrpura | Cuento | Sam Galloway ensilló inexorablemente su potro. Se iba del Rancho Altito después de una permanencia de tres meses. No cabe esperar que un invitado pase en sitio alguno más tiempo que ese cuando la minuta se reduce a café, trigo molido y galletas saladas.
Nick Napoleón, el corpulento negro que servía de cocinero, nunca h... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Entre dos asaltos | Cuento | Una mañana, al pasar revista a su correspondencia, el juez federal del distrito de Río Grande encontró la siguiente carta:
Juez:
Cuando me condenó usted a cuatro años, me endilgó un sermón. Entre otros epítetos, me dedicó el de serpiente de cascabel. Tal vez lo sea, y a eso se debe el que ahora me oiga tintinear. Un añ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Incursión en la amnesia | Cuento | Vamos a examinar las cosas concernientes al matiz conocido como púrpura. Es un color que goza de justo predicamento entre los hijos e hijas de los hombres. Los emperadores lo han considerado por su especial tonalidad. Las gentes joviales procuran hacer que su nariz alcance ese simpático matiz intermedio entre el azul y... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Jimmy Hayes y Muriel | Cuento | La luna de mayo brillaba resplandeciente sobre la casa de pensión de Mrs. Murphy. Consultando el almanaque, se descubrirá una amplia zona sobre la cual sus rayos también caían. La primavera hallábase en su apogeo y la fiebre de heno la seguiría pronto. Los parques estaban verdes, con nuevas hojas y llenos de compradore... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La ciencia exacta del matrimonio | Cuento | Aquella mañana mi esposa y yo nos despedimos ateniéndonos exactamente a nuestras prácticas habituales. Dejó a un lado su segunda taza de té para acompañarme hasta la puerta de entrada. Allí sacó de mi solapa la invisible hebra de hilo (el universal ademán de las mujeres para proclamar su derecho de propiedad) y me reco... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La cuadratura del círculo | Cuento | I
Se había servido la cena y sobre el campamento descendía el silencio que coincide con el momento de enrollar los cigarrillos en sus envolturas de hoja de maíz. Una cercana alberca brillaba en la tierra como un trozo de cielo caído. Aullaban los coyotes. Pesados rumores indicaban que los caballos cambiaban de sitio pa... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La duplicidad de Hargraves | Cuento | —Como te he dicho otras veces —dijo Jeff Peters—, nunca he creído en la perfidia de los mujeres. Como asociadas o cómplices, aun en los más sencillas manifestaciones del timo, merecen que se las haga partícipes de nada.
—Les haces un justo cumplido —repuse—. Creo que deben ser llamadas sexo sincero.
—¿Por qué no han de... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La habitación amueblada | Cuento | A riesgo de fatigar a los jóvenes, hay que prologar este relato de emociones vehementes con una disertación sobre la geometría.
La naturaleza se mueve en círculos; el arte, en líneas rectas. La naturaleza es redondeada; lo artificial está formado por ángulos. Un hombre perdido en la nieve vagabundea, aun contra su volu... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La habitación de la claraboya | Cuento | Cuando el comandante Pendleton Talbot, de Mobile, señor, y su hija la señorita Lydia Talbot se mudaron a Washington, eligieron como lugar de residencia una casa que estaba a cincuenta metros de una de las avenidas más tranquilas. Era un anticuado edificio de ladrillo, con un pórtico sostenido por columnas blancas. El j... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La lámpara maravillosa | Cuento | En el bajo del West Side existe una zona de edificios de ladrillo rojo cuya población incluye un vasto sector de gente inquieta, trashumante y fugaz. La carencia de hogar hace que estos habitantes tengan multitud de hogares y se muevan de un cuarto amueblado a otro, en un incesante peregrinaje que no sólo alcanza a la ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La máxima renuncia | Cuento | Mrs. Parker le mostraba a usted primero las dos salas. Usted no se habría atrevido a interrumpir su descripción de las ventajas y los méritos del caballero que las había ocupado durante ocho años. Luego usted lograba balbucear la confesión de que no era ni médico ni dentista. Mrs. Parker tenía una manera tal de recibir... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La moral en el arte | Cuento | Desde luego, la cuestión que planteamos tiene dos facetas. Empecemos por la segunda. Habéis oído hablar a menudo de las “chicas de tienda”. Pero semejantes chicas no existen. Lo que hay son chicas que trabajan en las tiendas. Lo hacen para ganarse la vida.
Eso es claro. Pero ¿por qué convertir una ocupación en un adjet... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La palma de la mano de Tobin | Cuento | Curly, el vagabundo, se dirigió al mostrador del menú libre. Captó una mirada distraída del tabernero y por un instante se detuvo, intentando adoptar la actitud de un empresario que acaba de comer en el Menger y espera a un amigo que ha prometido pasar a recogerle en su automóvil. La capacidad histriónica de Curly esta... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La princesa y el puma | Cuento | —Jamás pude reducir el espíritu de Andy a los cánones de una legitimidad perfecta en la estafa lisa y llana.
Estas palabras salían de los labios de Jefferson Peters.
Continuando sus confidencias íntimas, dijo:
—Andy tenía una imaginación demasiado fecunda para ser un hombre absolutamente honrado. Sus planes revestían u... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La puerta verde | Cuento | Tobin y yo, fuimos un día a Coney. Entre los dos poseíamos cuatro dólares y él necesitaba distracciones, pues había perdido de vista a Katie Mahorner, su novia, de County Sligo, cuando ella marchó a los Estados Unidos, tres meses antes, con doscientos dólares, sus propios ahorros y cien provenientes de la venta de la f... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La redención de Caliope | Cuento | Por supuesto, aquí han de figurar un rey y una reina. El rey era un viejo terrible, que usaba espuelas y revólveres de seis tiros y hablaba con voz tan tremenda que hasta las serpientes se escondían en sus madrigueras y entre los espinos cuando le oían gritar. Antes de que el hombre llegase a constituir una familia reg... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La reforma recuperada | Cuento | Supongamos que usted va caminando por el centro, después de cenar; ha asignado diez minutos a la consumición de un cigarro y trata de decidir entre divertirse con una tragedia o ver algo serio, tipo comedia musical. De pronto, alguien le apoya una mano en el brazo. Al volverse, usted se encuentra con los ojos inquietan... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La Rosa de Dixie | Cuento | Caliope Catesby estaba otra vez alunado; empezaba a atacarle el tedio. Este bendito promontorio, la tierra, y especialmente esa porción conocida por Quicksand, solo era para él una pestilente congregación de vapores. El filósofo, atacado por la melancolía, suele buscar alivio en el soliloquio; mi señora se solaza con l... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La senda del solitario | Cuento | Un guardián entró en el taller de zapatería de la cárcel, donde Jimmy Valentine estaba remendando laboriosamente unos botines, y lo acompañó a la oficina principal. Allí, el alcaide le entregó a Jimmy su indulto, que había sido firmado esa tarde por el gobernador. Jimmy lo tomó con aire cansado. Había cumplido casi die... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La última hoja | Cuento | Cuando un complejo de accionistas de Toombs City, Georgia, emprendió la publicación de la revista La Rosa de Dixie, fue imposible para los propietarios pensar en otro candidato que el coronel Aquila Telfair para el puesto de director. Tanto la cultura como la familia, la reputación y el respeto a las tradiciones sudist... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La venganza de Cisco Kid | Cuento | Moreno como un grano de café, robusto, provisto de espuelas y pistolas, cauteloso, indomable, vi a mi viejo amigo, Buck Caperton, ayudante del sheriff, caer con un tintineo de espuelas en una silla de la antesala de su superior.
Ya que a esa hora los tribunales estaban casi desiertos, y recordando que a veces Buck solí... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | La voz de la ciudad | Cuento | En un pequeño barrio al oeste de Washington Square las calles, como locas, se han quebrado en pequeñas franjas llamadas “lugares”. Esos “lugares” forman extraños ángulos y curvas. Una calle se cruza a sí misma una o dos veces. Un pintor descubrió en esa calle una valiosa posibilidad. ¡Supongamos que un cobrador, con un... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Las hermanas del Círculo de Oro | Cuento | Cisco Kid había matado a seis hombres en pendencias más o menos honestas, había asesinado a dos mexicanos, y había dejado inútiles a otros muchos, a los cuales, modestamente, no se preocupó en contar. Por consiguiente, una mujer lo amaba.
Cisco Kid tenía veinticinco años y aparentaba veinte; y una compañía de seguros c... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Las hipótesis del fracaso | Cuento | Hace veinticinco años, los colegiales solían recitar la lección con un sonsonete. El estilo con el que pronunciaban aquella salmodia monótona era una mezcla de sermón de obispo y zumbido de aserradero fatigado. No pretendo con ello ofender a nadie. Tiene que haber por fuerza maderos y serrín.
Me acuerdo de una bonita e... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Los altibajos de la vida | Cuento | El coche de excursión estaba listo para marchar. Los alegres viajeros de arriba habían sido ubicados cortésmente en sus asientos por el conductor. La acera estaba bloqueada por curiosos que se habían reunido para mirar a los curiosos, justificando la ley natural de que a toda criatura de la tierra la devora alguna otra... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Los caprichos de la suerte | Cuento | El abogado Gooch dedicaba toda su atención al ejercicio y práctica de su carrera. Pero dejaba a su fantasía errar en determinado sentido. Le gustaba comparar los distintos despachos de su oficina a la estructura interior de un buque. Los despachos eran tres, con puertas que los comunicaban y que podían ser cerradas a d... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Magnetismo personal | Cuento | El juez de paz Benaja Widdup se sentaba a la puerta del juzgado fumando su pipa. Hasta mitad de camino del cenit, la cordillera de Cumberland alzaba sus cumbres grises azulosas en la neblina de la tarde. Una gallina pintada recorría la calle mayor del poblado cacareando como una necia.
Llegaba por la calzada un son de ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Mammon y el arquero | Cuento | Existe una aristocracia de los parques públicos, e incluso de los vagabundos que los emplean como apartamentos privados. Vallance era un novato en la materia, pero cuando emergió de su mundo para internarse en el caos, sus pasos lo llevaron directamente a Madison Square.
Seco y adusto como una colegiala -de las de ante... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Memorias de un perro amarillo | Cuento | Jeff Peters estuvo metido en tantos planes para hacer dinero como recetas para cocinar arroz hay en el pueblo de Charleston.
La mejor de todas ellas, que a mí me gusta oírle contar, es aquella de los días pasados, cuando vendía linimento y remedios contra la tos en las esquinas, conviviendo con la gente, echando suerte... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Mientras el auto espera | Cuento | El viejo Anthony Rockwall, fabricante retirado y propietario del Jabón Eureka de Rockwall, miró por la ventana de la biblioteca de su residencia de la Quinta Avenida y sonrió. Su vecino de la derecha -el aristocrático clubman V. Van Schuylight Suffolk–Jones- salió para subir al automóvil que lo esperaba, frunciendo la ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Milagro al atardecer | Cuento | No creo que ninguno de ustedes vaya a rasgarse las vestiduras por leer un relato puesto en boca de un animal. El señor Kipling y muchos otros buenos escritores han demostrado que los animales son capaces de expresarse en provechoso inglés, y hoy en día ninguna revista pasa a imprenta sin una historia de animales, a exc... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Némesis y el vendedor de caramelos | Cuento | A principios de primavera la joven vestida de gris volvió, como de costumbre, al quieto rincón del pequeño y silencioso parque. Se sentó sobre un banco y comenzó a leer un libro, porque faltaba media hora para lo que ella sabía.
Repitámoslo: vestía de gris. Y tan sencillo que así lograba ocultar su impecabilidad de est... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Ni rastro del fantasma | Cuento | Junto a un puente que, sobre un río internacional, forma la frontera de los Estados Unidos, cuatro hombres armados observaban atentamente, desde dentro de un jacal, a la gente que a intervalos iba llegando del territorio mejicano.
La noche anterior, Bud Dawson, propietario del saloon Top Notch, había expulsado violenta... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Niños en la selva | Cuento | -Zarpamos mañana por la mañana, a las ocho, en el Celtic -dijo Honoria, quitándose una hebra de su manga de encaje.
-Ya me lo han dicho -declaró el joven Ives, lanzando el sombrero al aire sin lograr volver a atraparlo-, y por eso he venido a desearte un feliz viaje.
-Supongo que te lo habrán dicho por ahí -dijo Honori... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Pan de bruja | Cuento | La señora Kinsolving dijo, patética:
—Y llevaba un saco al hombro.
La señora Bellamy Bellmore enarcó, comprensiva, las cejas. Así expresaba condolencia y una generosa cantidad de sorpresa.
La señora Kinsolving recapituló:
—Afirmar, como esa mujer hace, que vio un fantasma vestido con mono, fumando una pipa y con un sac... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Panqueques | Cuento | Montague Silver, el timador más fino del Oeste, me dijo en cierta ocasión en Little Rock: «Si algún día te fallan los reflejos, Billy, y te sientes demasiado viejo para estafar honradamente a las personas mayores, vete a Nueva York. En el Oeste nace un primo cada minuto; pero en Nueva York aparecen en bandadas. ¡No pue... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Pasajeros en Arcadia | Cuento | La señorita Martha Meacham era la propietaria de la pequeña panadería que hay en la esquina (esa que tiene tres escalones en la puerta y suena la campanilla cuando abres la puerta). La señorita Martha tenía cuarenta años, su cartilla del banco mostraba un saldo de dos mil dólares, poseía dos dientes postizos y un buen ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Perdido con traje de desfile | Cuento | Cuando estábamos arreando un hato de ganado del rancho Triángulo Cero en las hondonadas del Río Frío, mi estribo se enganchó en la rama seca de un mezquite; en consecuencia, se me luxó un tobillo y tuve que permanecer inmovilizado en el campamento una semana.
Al tercer día de mi forzado ocio, me arrastré hasta el carre... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Por correo | Cuento | En Broadway hay un hotel que todavía los organizadores de temporadas veraniegas no han descubierto. Tiene un fondo grande, ancho y fresco. Sus cuartos están terminados en roble oscuro. Las brisas hogareñas y el verdor intenso de los árboles brindan un grato panorama, sin las dificultades de los Adirondacks. Se puede as... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Primavera a la carta | Cuento | Mr. Towers Chandler planchaba su traje de etiqueta en su habitación. Una plancha estaba calentándose en un pequeño hornillo de gas; la otra era presionada de arriba abajo, vigorosamente, para obtener la deseada raya, que luego sería exhibida extendiéndose recta desde los zapatos de cuero charolado de Mr. Chandler hasta... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Psique y el rascacielos | Cuento | No era ni la estación ni la hora en que el parque se hallaba frecuentado; era muy posible que la joven que estaba sentada en uno de los bancos, al lado del camino, hubiera obedecido simplemente a un súbito impulso de sentarse un rato y gozar de antemano la llegada de la primavera.
Descansaba allí, pensativa y quieta. C... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Sacrificio de amor | Cuento | Corrían los primeros días de la primavera.
Nunca jamás se debe comenzar un cuento de este modo, cuando se escribe. No hay apertura peor. Es seca, sin relieve, carente de imaginación y, según todas las probabilidades, sólo ha de contener viento. Pero en este caso resulta permisible. Pues el párrafo siguiente, que deberí... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Secuestro de un rehén | Cuento | Si eres un filósofo puedes hacer lo siguiente: subirte a la cumbre de un edificio alto, mirar hacia abajo a tus semejantes, a cien metros de distancia, y despreciarlos como a insectos. Como los irresponsables insectos zapateros negros en las charcas estivales, se arrastran en círculos y se apresuran estúpidamente sin m... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Tragedia en Harlem | Cuento | «Cuando uno ama el arte que practica, ningún sacrificio parece exagerado».
Esta es nuestra premisa. El presente relato extraerá de la misma una conclusión demostrando a la vez que la premisa es falsa. Será un nuevo experimento en lógica y en la ciencia de la narración, algo tan antiguo como la Gran Muralla China.
Joe L... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Ulises y el perrero | Cuento | I
Solo una vez entré en las profundidades de los ámbitos ilegítimos de la vida del fraude. Sí, lo repito; solo una vez contrarié las decisiones de los estatutos establecidos inicié una empresa por la que tendría que disculparme incluso bajo las leyes de fideicomiso de Nueva Jersey.
Yo y Calígula Polk, natural de Muskog... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un amante tacaño | Cuento | Harlem. La señora Fink acaba de entrar en casa de la señora Cassidy, que vive en el piso debajo del suyo.
-¿Has visto qué hermosura? -dijo la señora Cassidy.
Volvió el rostro con orgullo para que su amiga la señora Fink pudiese verlo. Tenía uno de los ojos casi cerrado, rodeado por un enorme moretón de un púrpura verdo... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un caso departamental | Cuento | ¿Sabe usted la hora a que salen los hombres del perro?
Cuando el índice del crepúsculo comienza a difumar los claros contornos de la gran ciudad, se inaugura la hora dedicada a uno de los más melancólicos espectáculos de la vida urbana.
Desde los imponentes edificios de pisos o altas mansiones de departamentos de los i... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un cosmopolita en un café | Cuento | En el Gran Almacén había tres mil chicas. Masie era una de ellas. Tenía dieciocho años y era vendedora en la sección de guantes de caballero. Allí fue donde aprendió a distinguir dos variedades de seres humanos: la de los caballeros que se compran los guantes en almacenes, y la de las mujeres que les compran guantes a ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un error técnico | Cuento | En Texas cabe viajar mil millas en línea recta. Y si la ruta se acrecienta, entra en lo verosímil suponer que la distancia y la velocidad que uno lleva han aumentado proporcionalmente. Allí las nubes flotan serenamente avanzando incluso contra el viento. Los pájaros nocturnos lanzan sus desconsoladas notas con un acent... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un hombre de ciudad | Cuento | A medianoche, el café estaba repleto de gente. Por alguna casualidad, la mesita a la cual estaba yo sentado había escapado a la mirada de los que llegaban, y dos sillas desocupadas, colocadas al lado de ella, extendían sus brazos con mercenaria hospitalidad al influjo de los parroquianos.
En ese momento, un cosmopolita... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un informe municipal | Cuento | I
Nunca me han interesado especialmente las rencillas entre clanes, tal vez porque creo que en nuestro país son productos aún más sobrevalorados que el pomelo, las riñas callejeras y las lunas de miel. A pesar de ello, si ustedes me lo permiten, pasaré a relatarles una disputa ocurrida en el territorio indio, en la cua... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un orden de la naturaleza | Cuento | Dos o tres cosas yo deseaba saber. No me importa del misterio. Por consiguiente, comencé a investigar.
Me llevó dos semanas averiguar qué llevan las mujeres en sus maletas. Y luego comencé a preguntar por qué un colchón se hace de dos piezas. Esta seria pregunta fue, al principio, recibida con sospechas, pues parecía u... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un preso reformado | Cuento | El Este es el Este y el Oeste, según los californianos, es San Francisco. Los californianos no son meros habitantes de un estado; son toda una raza. Son los sureños del Oeste. Es cierto que los de Chicago no se muestran menos fieles a su ciudad; pero cuando uno les pregunta por qué, balbucean y hablan de los peces del ... |
Henry, O. | Estados Unidos | 1862-1910 | Un príncipe del Chaparral | Cuento | El otro día, en una exposición de arte vi una pintura que se había vendido por la suma de cinco mil dólares. El pintor era un joven insignificante, surgido del oeste, de nombre Kraft, que tenía una comida favorita y una mezquina teoría. Su pábulo era una incuestionable creencia en el Infalible Orden Artístico de la Nat... |
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