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corroboran la débil y discontinua presencia de elementos achelenses característicos en este yacimiento, descartando la posibilidad de llegar a reconocer cualquier tipo de secuencia evolutiva en estos materiales. Nuestra principal conclusión es que las interpretaciones que proponen ver en la industria de Galería una secuencia representativa del Achelense europeo con una evolución progresiva, carecen de fundamento. La industria lítica del yacimiento de Galería (complejo de Atapuerca, Burgos), datado en la segunda mitad del Pleistoceno Medio, ha sido interpretada como uno de los más notables conjuntos del tecnocomplejo achelense que se conocen en la península ibérica y en el sur de Europa. Se ha estimado que su prolongada secuencia estratigráfica permitiría observar la evolución del Achelense en la segunda mitad del Pleistoceno Medio. Esta propuesta ha sido objeto por nuestra parte de una revisión reciente, en la que se destaca el carácter discontinuo de la estratigrafía de Galería y se valora negativamente la posibilidad de establecer cualquier tipo de secuencia arqueológica basada en el limitado registro que contiene. A partir del análisis nivel por nivel de la representatividad de la industria lítica publicada, se discutía además en ese trabajo la atribución exclusiva al tecnocomplejo achelense de los conjuntos arqueológicos de Galería. Con objeto de valorar en profundidad la atribución achelense y de contrastar la consistencia de las tendencias evolutivas que han sido propuestas para este tecnocomplejo a través de la estratigrafía de Galería, presentamos aquí un estudio detallado de todos los artefactos interpretados en publicaciones precedentes como LCT (bifaces, hendedores y otros macro-útiles). Este trabajo, complementario de nuestra revisión anterior, se ha efectuado sobre las colecciones obtenidas en las campañas realizadas en Galería en 1982Galería en -1996, actualmente depositadas en el CENIEH y en el Museo de la Evolución Humana (Burgos). In colour in the electronic versión.
Este artículo presenta un enfoque metodológico para el estudio de la organización espacial de los campamentos del Mesolítico europeo recurriendo a tres casos de estudio del registro polaco. Nuestra metodología involucró el análisis espacial y funcional a través del remontaje de elementos de talla y el análisis de las huellas de uso, así como una aproximación espacial a la distribución de dichos elementos. Discutimos también la relevancia científica de estos pequeños campamentos de cazadores-recolectores, donde un detallado análisis espacio-funcional resulta fundamental para com-prender las formas de vida y organización de la producción de estos grupos. Tanto nuestra aproximación como nuestras conclusiones pueden resultar comparativamente útiles al abordar otros yacimientos mesolíticos más grandes y complejos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) En este anexo se incluye información textual y gráfica que complementa el análisis cronológico de las tumbas objeto de estudio de la necrópolis de La Orden-Seminario, consistente en: a) Tabla de la selección de muestras datadas (Anexo-Tab. 1); b) Gráfico de las dataciones calibradas de las tres tumbas (Anexo-Fig. 1); c) Tablas de los modelos bayesianos (Anexo-Tabs. 2 y 3); d) Tabla (Anexo-Tab. 4) y gráficos (Anexo-Figs.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Este estudio tiene por objeto determinar la cronología de la necrópolis de La Orden-Seminario. La investigación ha combinado el análisis estratigráfico con el modelo estadístico bayesiano de 17 dataciones radiocarbónicas efectuadas sobre restos antropológicos de tres tumbas. Los resultados ponen de manifiesto: a) la biografía funeraria de cada tumba; b) las etapas de uso de las sepulturas; c) dos fases de actividad en la necrópolis. Su mayor intensidad de uso se registra entre las centurias 27 y 25 cal BC, concentrándose los enterramientos de una sola generación o de cuatro o cinco en cada nivel funerario. Se corresponde con un peculiar monumentalismo sustentado en la reapropiación de los espacios ancestrales y en la articulación de rituales desiguales. Esta secuencia diacrónica refleja procesos afines a las diversas dinámicas temporales del megalitismo del sur de la península ibérica en el III milenio cal BC. continuos avances en los métodos de datación (Bronk Ramsey 1995; Bayliss y Whittle 2007), el incremento de las fechas radiocarbónicas calibradas sobre muestras de vida corta y especialmente la aplicación de los modelos estadísticos bayesianos sobre restos óseos humanos (Bronk Ramsey 2009) están estableciendo con mayor certidumbre los límites temporales de construcción, transformación y uso de los monumentos funerarios (Scarre 2010). Incluso, se están precisando en décadas los periodos de uso de las tumbas, relacionando los individuos enterrados con generaciones específicas (Whittle et al. 2007(Whittle et al., 2008;;Chambon et al. 2017; Steuri et al. 2019; Meadows et al. 2020). En el caso del sur de la península ibérica el número de dataciones radiocarbónicas ha aumentado a dos o tres por tumba. Sin embargo, son poco los sitios con un alto número de dataciones y modelos bayesianos que exploren la larga y compleja secuencia diacrónica del megalitismo funerario. En el sureste se han realizado extensas series de dataciones sobre restos antropológicos de varias necrópolis, con resultados novedosos de las secuencias de El Barranquete (Aranda Jiménez y Lozano Medina 2014; Aranda Jiménez et al. 2017a), Panoría (Aranda Jiménez et al. 2017b, 2020a), Las Churuletas, La Atalaya y Llano del Jautón (Aranda Jiménez et al. 2017c), y la necrópolis de Los Millares (Aranda Jiménez et al. 2020b; Molina et al. 2020). En el suroeste, por el contrario, los estudios son más reducidos. Destacan los de la secuencia diacrónica del mega-sitio de Valencina de la Concepción, centrados en el análisis sistemático del tholos de Montelirio (Bayliss et al. 2016) y la datación de un conjunto de sepulturas calcolíticas (García Sanjuán et al. 2018), además de varios sepulcros de falsa cúpula del Alentejo: Centirã 2 (Robles et al. 2013), Cardim 6 (Valera et al. 2019) y Perdigões 4 (Valera y Wood 2020). La necrópolis de La Orden-Seminario refuerza las investigaciones en el suroeste peninsular centradas en determinar las temporalidades de las tumbas del III milenio BC, mostrando sus complejas secuencias de uso con espacios colectivos e individuales, múltiples prácticas funerarias y procesos reiterados de transformación de las arquitecturas. El registro arqueológico evidencia dos fases de uso de la necrópolis del III milenio BC. La primera se corresponde con el funcionamiento de las sepulturas colectivas durante la Edad del Cobre, caracterizada por una frecuente actividad funeraria y por la multiplicidad de prácticas mortuorias. En la segunda etapa estas estructuras se reutilizan para la implantación de tumbas individuales durante el Bronce Antiguo. Estas dos fases expresan dos concepciones diferenciadas de la muerte en el III milenio BC: la colectividad versus la individualidad. En este sentido, este trabajo persigue dos objetivos principales. Por una parte, establecer la cronología de la actividad funeraria de la necrópolis de La Orden-Seminario. Por otra parte, contextualizar las temporalidades de la necrópolis en las dinámicas funerarias de las comunidades del suroeste peninsular. Para ello se han realizado 17 dataciones (14 de ellas inéditas) de tres sepulturas. Estas cuentan con dos tipos de espacios funerarios: colectivos, con niveles superpuestos, e individuales, con tumbas insertadas en los rellenos de las cámaras. La metodología de investigación arqueológica ha integrado cuatro elementos: estratigrafía y secuencia arquitectónica, análisis microespacial de los depósitos funerarios, estudio antropológico y tratamiento estadístico bayesiano de las dataciones radiocarbónicas efectuadas sobre restos óseos humanos que cubrieran la diacronía de las tumbas. EL SITIO Y LA NECRÓPOLIS DE LA ORDEN-SEMINARIO El sitio de La Orden-Seminario se localiza en la periferia norte del casco urbano de la ciudad de Huelva (Fig. 1), dentro del sector B3 "Santa Marta-La Orden" de la Zona Arqueológica de Huelva. El poblado de la Prehistoria Reciente ocupaba un área amesetada al norte de la península del paleoestuario formado por las desembocaduras de los ríos Tinto y Odiel. Este medio, entre el 6500-4000 BP, se conformaba como una gran ensenada abierta al mar, cuyo nivel en la costa atlántica estaba a unos 2 m por encima del nivel actual durante el máximo transgresivo flandriense (Cáceres Puro et al. 2018). El retroceso del nivel se produjo a partir del 4000 BP como consecuencia de la colmatación sedimentaria fluvial y la formación de barras de arena en la costa (Carro et al. 2019). Este medio fluvio-marino fue aprovechado por las comunidades que habitaron el entorno para la recolección de moluscos (almejas y navajas). El asentamiento del IV-III milenios BC posee una superficie ocupada de 23 ha. Se han constatado unas 250 estructuras excavadas total o parcialmente en el sustrato, compuesto por sedimentos de Edad Terciaria (Mioceno superior-Plioceno inferior) de la cuenca del Guadalquivir (Baceta y Pendón 1999). El lugar se corresponde con arcillas arenosas de la Formación Arenas de Huelva, materiales de bajos índices de plasticidad, alta consistencia y resistencia media (Camacho et al. 2009), que permiten la excavación y construcción de estructuras subterráneas y semisubterráneas estables de cierta perdurabilidad. El poblado se formó por un proceso de ocupación estacional mediante agrupaciones de estructuras habitacionales de tamaños y formas diversas. Predominan las cabañas, fosas, "silos", pozos, hogares, "basureros", hornos asociados a actividades domésticas, que coexistieron espacialmente con otras destinadas a usos funerarios y rituales-votivos, caso de los depósitos de "ídolos" (González et al. 2008; Vera Rodríguez et al. 2010). Las tumbas durante el IV y III milenios BC se localizaban en el interior del asentamiento, con dos agrupaciones principales: noroeste y sureste (Fig. 1). Las necrópolis ocuparon parte de las zonas más elevadas de las dos lomas del sitio, a una distancia lineal en torno a 485 m. En estos espacios se han documentado tumbas del Neolítico Final, Edad del Cobre y Bronce Antiguo. Durante la Edad del Cobre ambos espacios estuvieron consagrados exclusivamente al dominio de los muertos. Destaca la necrópolis sureste, formada por cuatro tumbas agrupadas en un espacio lineal de 45 m con dirección noroeste-sureste (140o SE). Estas sepulturas colectivas, con accesos orientados hacia el noreste, poseían dispositivos de cierre/apertura que propiciaban la deposición gradual de individuos inhumados en el interior de los espacios sepulcrales (corredor y cámaras), generándose niveles funerarios superpuestos con depósitos colectivos. Los hipogeos se construyeron como arquitecturas subterráneas compuestas por atrios de accesos escalonados y pavimentados, corredores longitudinales segmentados con jambas y cámaras circulares. Los tholoi eran sepulcros semisubterráneos revestidos por lajas de pizarra de pequeño formato, que constaban de un atrio externo escalonado y pavimentado, un corredor segmentado por jambas y una cámara circular con falsa cúpula de mampostería de pizarra trabada con mortero de barro. En la Edad del Bronce Antiguo aparecen tumbas individuales, emplazadas en las sepulturas colectivas calcolíticas, en el entorno de las dos agrupaciones funerarias o en nuevos espacios: la meseta suroccidental y suroriental. Las tumbas eran de diversas formas y técnicas constructivas: covachas subterráneas, fosas, enterramientos bajo tumulación y "cistas", presentando la mayoría cubriciones tumulares. Estas estructuras albergaron inhumaciones primarias de individuos de ambos sexos. Por género había nítidas diferencias respecto a la posición de los cuerpos y la posesión de ajuares, discriminándose hasta cuatro rituales mortuorios en las tumbas integradas en las sepulturas colectivas (Linares-Catela 2020). El establecimiento de la cronología de la necrópolis ha requerido el estudio de la secuencia estratigráfica, un muestreo selectivo para datación radiocarbónica y el desarrollo de modelos estadísticos bayesianos. Registro y estratigrafía de las tumbas Este estudio analiza dos hipogeos y un tholos, bien conservados al permanecer soterrados e inalterados desde la Edad del Bronce. Estas condiciones posibilitaron el desarrollo de una excavación microespacial y la obtención de una detallada investigación de las secuencias estratigráficas, las arquitecturas y los depósitos funerarios. El estudio antropológico fue realizado durante la excavación y en fase de laboratorio conjuntamente con Inmaculada López Flores. Los análisis arqueométricos de los ajuares están siendo abordados en el marco del Proyecto Mega-Lithos, colaborando varios investigadores en la caracterización formal, tecnológica y material de los productos líticos, cerámicos y metálicos. Esta rigurosa documentación arqueológica sustenta la cronología radiocarbónica y la reconstrucción de la temporalidad de la actividad funeraria. En las tumbas colectivas hay depósitos funerarios primarios y secundarios. Los enterramientos primarios corresponden a individuos inhumados que preservan conexiones anatómicas parcialmente manipuladas, asociados a su mobiliario funerario. Los depósitos secundarios comprenden conjuntos óseos desarticulados y mezclados, pertenecientes a inhumaciones primarias previas de uno o varios individuos. Se distinguen dos tipos en función de su composición y formación. Por un lado, están los conjuntos óseos removilizados de varios individuos y algunos objetos muebles fracturados, originados por diversos procesos tafonómicos y operaciones periódicas de acondicionamiento de los espa-cios sepulcrales. En cambio, los paquetes funerarios se formaron por una práctica intencional de reducción y recolocación de partes esqueléticas seleccionadas. Se crean agrupaciones apiladas de varios huesos largos junto a otras partes de uno o dos individuos, dispuestas sobre los suelos o pequeños receptáculos cerámicos fragmentados y/o lajitas de pizarra. Los ajuares pueden o no distribuirse a su alrededor. En los depósitos secundarios parte de los huesos no pueden correlacionarse con el sexo y/o grupo edad de los individuos enterrados, empleándose el término de "no específico" para estos casos. Esa alta fragmentación de los huesos y baja representatividad de las partes esqueléticas y dentarias es común en las sepulturas colectivas. En estos contextos el número mínimo de individuos (NMI) se ha estimado conforme a los métodos estándares de bioarqueología: elementos representativos y dientes, número mínimo de elementos (NME), tamaño y grado de conservación, ausencia de restos por condiciones tafonómicas, densidad, proporción simétrica de partes anatómicas y presencia de huesos pareados con similares rasgos morfológicos y grosores (Buikstra y Ubelaker 1994; Adams y Konigsberg 2004; Osterholtz et al. 2014; Robb 2016). La tumba 1336 es un hipogeo con eje axial 80o E. Tiene un atrio abierto escalonado, corredor longitudinal y cámara circular con banco corrido adosado a la pared. La estratigrafía presenta un nivel funerario (Fig. 2), desarrollado sobre el firme del corredor y la cámara (UE 19), estructurado en cuatro episodios de deposiciones y varios estratos de colmatación ocasionados tras el colapso de la estructura. En la tumba se ha documentado un NMI de 10: nueve formaban parte del depósito funerario colectivo y uno era un enterramiento individual en fosa. Los cuatro episodios colectivos del hipogeo se formaron por una deposición gradual de individuos acompañados de sus objetos muebles y por reiteradas prácticas de organización del espacio sepulcral interno para el mantenimiento del habitáculo interno ante nuevos enterramientos. El análisis conjunto de la secuencia estratigráfica y de los restos antropológicos de los depósitos ha posibilitado identificar los diferentes conjuntos óseos, evaluar su relación con individuos específicos, determinar los ajuares asociados y reconstruir el orden de los enterramientos en cada episodio funerario. Los objetos muebles son cerámicas a mano, en su mayoría alisadas al exterior y algunas con aguadas a la almagra, láminas talladas, puntas de flecha, laminitas de cristal de roca y otros productos de pizarra. Estos objetos son análogos al resto de las sepulturas calcolíticas de la necrópolis. El episodio 1 se caracteriza por tres paquetes funerarios agrupados en la mitad norte de la cámara, comprenden huesos largos fragmentados y otros restos circular de 3 m de diámetro máximo. Durante su uso se acometieron diversas remodelaciones espaciales, disponiéndose una estela de grauvaca en el atrio y un pavimento de tierra apisonada en el corredor. Presentaba dos niveles funerarios superpuestos (Fig. 3), separados por una capa de tierra de regularización, conteniendo depósitos secundarios colectivos reorganizados. El primero (UE 34) tenía un NMI de 4 adultos no específicos y 2 recipientes cerámicos fragmentados de amplio diámetro. El segundo (UE 32) se componía de un NMI de 3 adultos no específicos (2 varones y 1 mujer), 3 cerámicas fragmentadas (un cuenco semiesférico, 1 olla con cuello recto y 1 orza) y 1 punta de flecha de sílex. En el acceso y corredor se depositaron como ofrendas: 7 hachas pulimentadas de diabasa (2 en el acceso, 3 agrupadas tras la jamba izquierda y 2 en el umbral de la cámara), 1 martillo de diabasa y restos fracturados de 2 recipientes cerámicos (fuente y vasija). Tras el colapso estructural de la mitad norte de la cámara la tumba se reconstruyó como un hipogeo mixto, disponiéndose en el sector derrumbado una pared de mampostería de pizarra trabada con barro hasta el encuentro con la parte excavada en el sustrato. Sobre el suelo se documentó un depósito funerario secundario reorganizado (UE 19, nivel 3) con restos óseos de un NMI de 2 adultos (varón y mujer), 5 recipientes cerámicos partidos (3 cuencos hemisféricos, 1 vaso y 1 cazuela), 1 fragmento de piedra pulida de grauvaca y 1 punta de flecha de roca volcánica. Después del derrumbe y la colmatación parcial de la cámara junto a la pared noroeste se excavó hasta la base de la estructura una covacha subterránea, para albergar el enterramiento primario de un varón adulto (UE 37, nivel 4) con un cuenco semiesférico y un vaso troncocónico cerámicos lisos y 1 punta Palmela de cobre. Finalmente, en el nivel superior de colmatación se construyó una estructura cuadrangular de mampostería de pizarra, a modo de "cista" dotada de cubrición tumular. Su interior contenía un depósito secundario formado por restos de un varón adulto maduro (UE 15, nivel 5) con 2 cuencos cerámicos fragmentados y 2 puntas de flecha de sílex (Linares-Catela 2020). La tumba 7055 se erigió como un pequeño tholos semisubterráneo con cámara y estructura tumular, orientado a 65o NE. Estaba compuesto por un atrio abierto pavimentado y una estructura interna de lajas de revesti- El corredor, con cubierta adintelada, de 2,20 m de largo está segmentado por jambas. La cámara, circular, tiene hasta 1,70 m de diámetro por 1,50 m de altura y está provista de falsa cúpula compuesta por una mampostería trabada con arcilla. En la cámara se evidenciaron tres suelos funerarios colectivos superpuestos, separados por pequeños niveles de relleno y regularización de tierra (Fig. 4). El NMI enterrados asciende a un total 18. En el nivel 1 (UE 91) se documentó un depósito secundario formado por restos esqueléticos parciales y fragmentados de un NMI de 4: 1 varón adulto no específico, 1 infantil I (2-3 años) y 2 infantiles II (7-8 años y 10 años), junto a un vaso y un cuenco hemisférico cerámicos partidos, 5 puntas de flecha (3 de roca volcánica y 2 de sílex), 2 láminas (de sílex y roca volcánica), 1 fragmento de microlámina de sílex y 1 hacha de cobre. El NMI en el nivel 2 (UE 83) es de 6: 2 adultos no específicos (varón y mujer), 2 infantiles I (2-4 años) y 2 infantiles II (6-8 años), y materiales fragmentados: 1 olla, 1 cuenco semiesférico y 1 vaso pequeño con carena de cerámica, 2 láminas (de sílex y roca volcánica) y 2 puntas de flecha (de sílex y roca volcánica). El nivel 3 estaba formado por 5 paquetes funerarios sin ajuar asociado, compuestos por restos de un individuo (UE 82: paquete 1, infantil 7-8 años; paquete 3, adulto no específico; paquete 4, varón adulto) o dos (UE 82: paquete 2, restos de dos adultos, un varón y una mujer; UE 81: paquete 5, huesos largos de un varón adulto no específico y cráneo de un infantil de 7-8 años). Tras el colapso, derrumbe y colmatación del sepulcro se reutilizó el espacio de la cámara para construir una covacha subterránea con cubrición tumular. En ella fue enterrado un niño de 7-8 años (UE 87, nivel 4), que portaba cuenco y vaso cerámicos, 1 puñal romboidal de cobre y 1 brazalete de arquero (Linares-Catela 2020). Dataciones radiocarbónicas: muestreo y análisis El número de restos antropológicos seleccionados para dataciones radiocarbónicas ha variado en cada tumba (A-Tab. 1) y se ha atenido a cuatro criterios: a) espacio sepulcral colectivo o individual; b) tipo de depósito funerario; c) NMI registrados en cada nivel; d) identifi- La tumba 1336 ofrece suficientes garantías de asignar cada conjunto osteológico a un individuo concreto, ya fuese por estar en conexión anatómica parcial o agrupado en paquete. Así, se ha seleccionado un resto de cada conjunto para datación radiocarbónica (Fig. 2), repitiéndose las muestras de los depósitos de los individuos 5 y 7 por falta de colágeno en el primer análisis. El individuo 9 carecía de colágeno en la muestra tratada para datación, no pudiendo repetirse el análisis por la escasez y la deficiente conservación de los restos óseos. Por el contrario, en las tumbas 7016 y 7055, la selección de muestras ha estado determinada por sus complejas secuencias estratigráficas y la diversidad de sus contextos funerarios. En estas sepulturas se ha datado un resto óseo por nivel, con el objeto de contar con un evento cronológico que permita analizar la evolución diacrónica y la duración de la actividad, y se han fechado los enterramientos individuales. Por tanto, en la tumba 7016 se han realizado 5 dataciones radiocarbónicas, una por nivel: 3 sobre muestras de los niveles colectivos (2 del hipogeo y 1 del hipogeo mixto) (Fig. 3); 1 datación del individuo de la covacha y 1 del individuo de la "cista". En este se repitió el análisis por falta de colágeno en la primera muestra. En la tumba 7055 se han efectuado 4 dataciones: 3 corresponden a los niveles funerarios colectivos y 1 al individuo de la covacha subterránea (Figs. Las 17 dataciones radiocarbónicas han sido hechas sobre restos antropológicos de pequeño tamaño (ca. 1 gr) en el Centro Nacional de Aceleradores (CNA). Este laboratorio cuenta con rigurosos protocolos de preparación, extracción de colágeno mediante ultrafiltración, tratamiento y medición de las muestras con Espectrometría de Masas con Acelerador (AMS) (Santos et al. 2009(Santos et al., 2015)). Todas las muestras han proporcionado una edad radiocarbónica (Stuiver y Polach 1977) fiable. Las dataciones han sido calibradas con la curva IntCal20 (Reimer et al. 2020) mediante el programa OxCal 4.4 (Bronk Ramsey 2009), empleándose los rangos de fechas con probabilidades al 68,3 % (1σ) y 95,4 % (2 σ) para las edades calendáricas. Siguiendo las directrices de Stuiver y (1977), las dataciones se han redondeado a intervalos de 10 años, dado que la desviación radiocarbónica es superior a 25 años en todas las muestras. La presentación de las datacio-nes (Tab. Para el establecimiento de las secuencias cronológicas se han efectuado dos análisis estadísticos bayesianos en OxCal: modelos por fases y la determinación de la duración de eventos. Los modelos bayesianos permiten obtener interpretaciones precisas sobre las estimaciones de eventos cronológicos (Buck et al. 1996). La estadística bayesiana es la mejor herramienta para establecer la temporalidad de los sitios arqueológicos (Bronk Ramsey 2008, 2009) a pesar de las limitaciones implícitas del propio método. En el caso de las tumbas colectivas, con sucesivos enterramientos y reiteradas prácticas de acondicionamiento de los espacios internos, su uso permite determinar la cronología de los depósitos, los intervalos temporales de principio y fin de cada fase, los hiatos o periodos de desuso y la duración de la actividad funeraria. Sin embargo, su aplicación precisa el cumplimiento de dos parámetros de control para construir modelos robustos. El primero es contar con un registro arqueológico veraz. En la necrópolis de La Orden-Seminario el registro se sustenta en una secuencia estratigráfica rigurosa y una documentación de alta precisión. El segundo parámetro es disponer de modelos cronológicos cuyos altos índices de correlación reduzcan los intervalos probables de distribución cronométrica de las dataciones. Para ello, en cada tumba se ha elaborado un modelo de fases conforme a su estratigrafía, agrupándose las dataciones por episodios o niveles funerarios. En todos los modelos se han obtenido índices de correlación (A model ) por encima del 60 %, como requiere la estadística bayesiana (Bronk Ramsey 1995: 427- Trab. Estos índices estadísticos confirman la correcta correlación de los intervalos y distribución probabilística de las fechas con las secuencias estratigráficas. Ello ha permitido determinar los eventos cronológicos de construcción y uso funerario, estableciendo la temporalidad de las deposiciones y la duración de la actividad funeraria con límites cronológicos acotados de inicio y final de las fases de las tumbas (Anexo-Tab. 2) y de la necrópolis (Tab. Se ha establecido la duración de la actividad funeraria mediante la función Span de OxCal (Bronk Ramsey 2009), obteniéndose unos intervalos cronométricos en años de las fases de uso. De forma complementaria, se han aplicado dos análisis cronológicos específicos. Uno es la suma de probabilidades, que permite evaluar la intensidad de la actividad y detectar los hiatos entre los diferentes episodios o fases de las tumbas (Bronk Ramsey 1995, 2009). El segundo es el test de contemporaneidad (χ 2 test) (Ward y Wilson 1978) aplicado en el hipogeo 1336, combinando las dataciones con el objeto de verificar si entre los enterramientos hay proximidad temporal y si los intervalos entre episodios funerarios fueron de corta duración. La complejidad de los contextos funerarios colectivos, el tipo de muestreo y el limitado número de dataciones realizadas en este trabajo hacen que seamos prudentes en el establecimiento de interpretaciones unívocas sobre las temporalidades de la actividad funeraria. La primera es no haber podido explorar la secuencia cronológica de sucesión de enterramientos y evaluar el grado de contemporaneidad entre los mismos, como en el hipogeo 1336. La segunda es que el reducido número de fechas obtenidas en ambas ha restringido las posibilidades de construir modelos bayesianos más sólidos y definir unos límites temporales de las fases e hiatos mejor acotados. La tercera reside en las propias carencias de los análisis estadísticos, como la suma de probabilidades, para explorar la intensidad y la duración de la actividad RESULTADOS: SECUENCIAS DIACRÓNICAS DE LAS TUMBAS Las dataciones radiocarbónicas del hipogeo 1336 han permitido fechar los depósitos osteológicos y estudiar su evolución diacrónica, determinando el ritmo y la graduación temporal de las inhumaciones, la duración de los episodios y los límites cronológicos de la actividad funeraria (Tab. La suma de las dataciones radiocarbónicas y la modelización bayesiana caracterizan la temporalidad de esta sepultura colectiva por tres variables: a) un uso funerario continuado, sin observarse hiatos de amplio rango temporal; b) la realización de enterramientos graduales en intervalos de décadas, probablemente concentrados en ciclos cronológicos relativamente cortos en cada episodio funerario, como denota el solapamiento de las dataciones; c) la formación de los episodios funerarios como consecuencia de eventos cíclicos de gestión y mantenimiento del espacio sepulcral. El modelo bayesiano acota la actividad funeraria, al 68 % de probabilidad, entre un inicio ca. Con esto, el hipogeo hubo de construirse ca. 2750 cal BC, funcionando hasta una fecha cercana a 2300 cal BC, evento próximo a su abandono por el colapso estructural de la techumbre. Según el modelo bayesiano los enterramientos pudieron concentrarse en décadas concretas en cada episodio funerario. Los test de contemporaneidad presentan índices de correlación consistentes (Anexo-Tab. 2 y 3), ratificando la probable cercanía temporal de los enterramientos efectuados, fundamentalmente en el episodio 2. El análisis estadístico de span muestra que los tres individuos pudieron inhumarse gradualmente durante una escala máxima de 40 (68 %) o 110 años (95 %), es decir, en un intervalo entre cuatro y diez decenios en la transición entre las centurias 28 a 27 cal BC. El test de span permite estimar que este episodio fue de muy corta duración entre las centurias 25 y 26 cal BC, en una escala de 30 (68 %) a 80 años (95 %) como máximo. El x 2 test de las tres dataciones ha arrojado un resultado muy consistente: 2570-2460 cal BC (68 %) y 2580-2460 cal BC (95 %), confirmando la cercanía e incluso probable contemporaneidad entre las tres inhumaciones y la corta duración de este episodio funerario. Los dos episodios pudieron desarrollarse en intervalos cronológicos cortos y cercanos, entre las centurias 25-24 cal BC, enterrándose uno o dos individuos en cada etapa. La secuencia estratigráfica y las dataciones radiocarbónicas revelan que la actividad en la tumba 7016 fue prolongada y estructurada en cuatro fases discontinuas (Tab. Los modelos bayesianos, al 68 % de probabilidad, muestran su uso ca. 3130-1800 cal BC, constatándose varios intervalos temporales de desuso o parada, como denotan las remodelaciones arquitectónicas y los diversos espacios funerarios, destacando el potente hiato entre los niveles colectivos y las tumbas individuales. La fase 1 se corresponde con la actividad del hipogeo, desarrollada ca. La construcción de la tumba subterránea debió producirse a inicios del III milenio cal BC, manteniéndose en actividad hasta mediados del mismo (Fig. 3). Dos elementos complementarios pueden explicarla. El primero es el prolongado funcionamiento del hipogeo que denotaría el relleno de regularización del suelo del segundo nivel funerario. El segundo es el sesgo en el contexto del depósito y en el grado de representatividad de las muestras datadas, sugerido por el NMI de 7 muertos de diferentes generaciones y enterrados, posiblemente, en intervalos temporales distantes. Tras el derrumbe de la cubierta de la tumba subterránea, se reformuló la arquitectura de la estructura como hipogeo mixto (fase 2). La actividad funeraria de esta estructura pudo concentrarse en décadas muy acotadas entre las centurias 26 y 25 cal BC, conforme al modelo bayesiano (Anexo-Tab. 2) y al probable uso sepulcral restringido, como denota la presencia de restos óseos pertenecientes a tan solo dos individuos. Tras un desuso que pudo abarcar la centuria 24 cal BC al completo, la tumba 7016 se reutilizó ca. Primeramente, se construyó la covacha subterránea (fase 3), datándose el individuo inhumado (CNA-327) en un intervalo temporal específico ca. Seguidamente, tras otro hiato de una centuria, se construyó la "cista" con cubrición tumular (fase 4), fechándose el depósito funerario secundario del individuo (CNA-622) ca. El modelo bayesiano, al 68 % de probabilidad, propone una cronología de la tumba ca. En su secuencia se distinguen dos fases separadas por un prolongado hiato de dos o tres centurias (Tab. La fase 1 se corresponde con su uso como sepultura colectiva. Las tres dataciones evidencian una agrupación y un solapamiento cronológico. El tholos hubo de ser construido durante el primer tercio del III milenio BC, posiblemente a inicios de la tercera centuria. Funcionó como espacio funerario colectivo ca. Según estos resultados los individuos debieron ser enterrados al menos durante dos siglos. La actividad funeraria se circunscribe entre las centurias 28 y 26 cal BC con una duración máxima de 110 años (68 %). La composición y datación del paquete funerario 5 del nivel 3 revela que estos depósitos secundarios contuvieron restos óseos de individuos de generaciones y temporalidades distintas, incorporándose en estos suelos partes esqueléticas seleccionadas de antepasados. Sin embargo, ello no excluye que los enterramientos de los sucesivos niveles se concentraran en pocas décadas, correspondiendo a individuos de generaciones específicas, como en el hipogeo 1336. El uso funerario del tholos se prolongó hasta mediados del milenio, ca. Tras ello se constata un hiato desarrollado entre las centurias 25 y 23 cal BC, comprendiendo un desuso de la tumba de en torno a 200-300 años. La actividad se retomó a fines del III milenio (fase 2), llevándose a cabo la construcción de la covacha subterránea. La datación (CNA-330) muestra que el enterramiento del individuo se produjo ca. Los resultados cronológicos de La Orden-Seminario suscitan dos elementos de discusión acerca de las temporalidades de las tumbas del III milenio BC, que son objeto de debate en el megalitismo funerario del suroeste de la península ibérica. El primer tema se centra en la duración y diacronía de la actividad en las sepulturas calcolíticas, analizándose las dinámicas de uso y gestión de los espacios mortuorios colectivos. El segundo se ciñe a la irrupción de las tumbas individuales durante el Bronce Antiguo, abordándose la casuística de la reutilización de las necrópolis calcolíticas para la implantación de estructuras funerarias de uso individual. La secuencia diacrónica de la necrópolis se ha precisado mediante dos análisis estadísticos. Se han calculado los test de suma de probabilidades de las dataciones radiocarbónicas calibradas y modeladas (Fig. 6) y se ha elaborado un modelo bayesiano de fases, estructurado en las dos grandes etapas de la actividad funeraria (Tab. Los resultados estadísticos de este modelo son muy robustos y consistentes, obteniéndose altos índices de correlación (A model = 151,4 / A overall = 151,5). El modelo, al 68 % de probabilidad, muestra que la actividad funeraria de la necrópolis se desarrolló ca. La duración estimada de la primera fase, atribuida a las sepulturas colectivas calcolíticas, ca. La duración máxima de la segunda, correspondiente a las tumbas individuales del Bronce Antiguo, ca. La primera fase se caracteriza por la coexistencia temporal y espacial de hipogeos, hipogeos mixtos y sepulcros de falsa cúpula y por una frecuente y gradual actividad funeraria colectiva. La tumba más antigua pudo ser el hipogeo 7016, construido probablemente a inicios del III milenio cal BC, en un intervalo ca. Mantiene su actividad como hipogeo mixto durante ca. Más tarde pudieron ser edificados el tholos 7055, ca. Estas cronologías son acordes a las secuencias de las sepulturas colectivas del suroeste peninsular. La mayoría de las dataciones de los hipogeos se concentran en la primera mitad y mediados del III milenio cal BC, como evidencian las de las necrópolis de Valencina de la Concepción (García Sanjuán et al. 2018), Paraje de Monte Bajo (Lazarich et al. 2010(Lazarich et al., 2015) ) o Monte de Carrascal 2 (Neves y Silva 2018). La historia arquitectónica, la diacronía y la biografía funeraria de cada tumba de La Orden-Seminario fueron particulares. No obstante, estas sepulturas colectivas comparten patrones análogos de duración, ritmo, graduación de las inhumaciones y uso. Destaca la larga perdurabilidad de la actividad funeraria colectiva de la necrópolis, ca. Ello implicó la transformación de los espacios internos, la superposición de niveles sepulcrales y prácticas periódicas de reorganización de los depósitos funerarios. Los niveles superpuestos se corresponden con eventos de remodelación, caso del hipogeo mixto de la tumba 7016, o con eventos de acondicionamiento de los suelos funerarios, como las tumbas 7016 y 7055, que podrían reflejar pequeñas paradas y/o ciclos de reanudación de la actividad funeraria. Los resultados cronométricos muestran que la mayor concentración e intensidad de la actividad funeraria se produjo en los siglos centrales del III milenio cal BC, entre las centurias 27 y 25 cal BC. Este es el periodo de mayor número y frecuencia de los enterramientos, pudiendo coincidir con la fase de ocupación de mayor densidad demográfica del poblado. Además, la actividad pudo concentrarse en intervalos temporales de relativa corta duración y restringirse a décadas concretas y a generaciones específicas, como testimonian los intervalos probabilísticos de las tumbas 1336 y 7055. La diacronía de los cuatro episodios funerarios del hipogeo 1336 acota la actividad funeraria entre las centurias 28-24 cal BC, registrándose un uso más intenso durante las centurias 26 y 25 cal BC. Los resultados cronométricos indican que los individuos enterrados en el hipogeo 1336 pueden corresponderse con difuntos de generaciones concretas, si asumimos veinticinco años de media para cada generación (Whittle et al. 2007: 131). En el episodio 1, los tres individuos identificados pudieron enterrarse durante un tiempo máximo de 110 años (95 %) o incluso circunscribirse a 40 años (68 %), perteneciendo a una o tres generaciones. En el episodio 2, los tres individuos pudieron ser enterrados de forma escalonada en una temporalidad aún más acotada, a lo largo de 80 años (95 %) o incluso durante tan solo 30 años (68 %), perteneciendo a una o tres generaciones diferentes a lo sumo. Los episodios 3 y 4 pudieron formarse plausiblemente en eventos temporales aún más cortos, acogiendo el primero dos enterramientos y el segundo una inhumación de una o dos generaciones distintas. Los resultados estadísticos del χ 2 test confirman la cercanía y relativa contemporaneidad de los enterramientos efectuados en los episodios del hipogeo 1336, en especial en el segundo. Es plausible que estos individuos pudieran haberse conocido en vida, haber cohabitado o incluso pertenecer a las mismas unidades familiares. A falta de futuros análisis paleogenéticos, la homogeneidad en las prácticas mortuorias y la uniformidad de los ajuares muebles en los episodios 2, 3 y 4 pueden ser argumentos sólidos en este sentido. Se verifica que a cada difunto, con independencia de su género y edad, pertenecen un recipientes cerámico abierto, cuenco o cazuela, y otro cerrado, olla, y una o dos láminas talladas de sílex y/o de riolita. Durante ese tiempo fueron inhumadas un mínimo de 17 personas de diferente género y edad. En cada nivel funerario se registró un NMI diferente: en el nivel 1, cuatro; en el 2, seis; en el 3, siete. A tenor de estos resultados, es plausible proponer que en el tholos se enterrasen personas de cinco a diez generaciones distintas, conteniendo cada nivel restos de generaciones contemporáneas y/o muy cercanas. La composición y datación del paquete funerario 5 (UE 81) del tercer nivel plantea una cuestión relevante. Estaba formado por restos seleccionados de dos individuos de generaciones distintas y de diferente edad: un varón adulto y un niño de 7-8 años. La fecha obtenida sobre un resto óseo del adulto (CNA-328) es la más antigua de la tumba y anterior a la cronología de los dos niveles previos. Cabe proponer que el hombre adulto fuera un antepasado del niño por tener algún grado de afinidad familiar y/o tratarse de un ancestro común del niño y del resto de las personas agrupadas en los cuatro paquetes del nivel. Igualmente, este adulto pudo ser un ancestro presente en el imaginario colectivo del grupo que usó la tumba, que incorporó sus restos a modo de reliquia en este último nivel colectivo. El patrón de formación de depósitos en intervalos temporales de corta duración se ha constatado en otras sepulturas calcolíticas colectivas del sur peninsular, como el tholos de Montelirio (Bayliss et al. 2016; García Sanjuán et al. 2018), las tumbas de Atalaya 6 y Llano del Jautón 1 (Aranda et al. 2017c: 269), la tumba 10 de la necrópolis de Panoría (Aranda Jiménez et al. 2020a) y el sepulcro 4 de Perdigões (Valera y Wood 2020: 37-38). En todas, la temporalidad se circunscribe a pocas décadas y el uso se restringe a episodios que reunieron a miembros de una a cuatro o cinco generaciones. Esta dinámica temporal debe ser contrastada en otras necrópolis y áreas del suroeste peninsular con el objeto de verificar su regularidad y grado de representatividad. El cese de la actividad y el colapso estructural en las sepulturas colectivas de La Orden-Seminario se produjo en un intervalo ca. La interrupción fue diferente en cada agrupación de la necrópolis. Seguidamente, se interrumpió la actividad funeraria. Las dataciones de las tumbas de la necrópolis sureste centran este hiato en las centurias 25 y 24 cal BC. En la tumba 7016 se constata un lapso de al menos un siglo, ca. Estas cronologías coinciden con la crisis de las sociedades calcolíticas del sur de la península ibérica, ca. Desde la centuria 24 cal BC se produjeron grandes transformaciones sociopolíticas (Lull et al. 2015; Valera 2015) y un cambio en las condiciones climáticas con mayor repunte de la aridez, que condujeron a un colapso cultural antes del Bronce Antiguo (Blanco González et al. 2018), confirmado por los modelos cronológicos del mediodía peninsular (Balsera et al. 2015: 149). Además, esta crisis llevó aparejado un cambio en la esfera de la muerte, asistiéndose en la mayoría de las necrópolis de esa región al desuso de las tumbas colectivas y a su progresiva inactividad, como testimonian las secuencias diacrónicas de Valencina de la Concepción (García Sanjuán et al. 2018) o Los Millares (Aranda Jiménez et al. 2020b). La segunda fase, desarrollada entre las centurias 23 y 19 cal BC, se correlaciona con la implantación de diferentes tumbas individuales durante la Edad del Bronce Antiguo en el interior de las cámaras colmatadas de las sepulturas colectivas. Irrumpen nuevas arquitecturas y prácticas funerarias acordes a los esquemas de las sociedades desiguales, que diferenciaban y posicionaban al individuo sobre el colectivo. Así, los difuntos fueron enterrados en estructuras de uso individual con ajuares muebles acordes a los diferentes estatus sociales del difunto. Esta cronología es acorde a la emergencia de las tumbas individuales en el suroeste peninsular, que implicó dos procesos sincrónicos. Otra vía fue la reutilización de las sepulturas colectivas para la implantación de tumbas individuales. Destaca el uso recurrente de dos espacios de los tholoi: las cámaras colmatadas por los niveles de derrumbe y los túmulos. Los enterramientos en las primeras se han documentado en Monte Velha 1, datado ca. Aquí se construyó una cripta tumular que albergó un depósito osteológico fechado post quem en las dos últimas centurias del III milenio BC (Valera 2020; Valera y Wood 2020: 44). Túmulos como los de Las Canteras, presentan cuatro covachas con inhumaciones acompañadas de diferentes ajuares (Hurtado y Amores 1984). En la necrópolis de La Orden-Seminario, en el interior de las cámaras de las sepulturas colectivas se construyeron tumbas individuales con cubriciones tumulares: covachas, fosas, enterramientos bajo tumulación y "cista". Gracias al análisis de las dataciones se vislumbra un cierto proceso de evolución en las arquitecturas y en los rituales funerarios. Los enterramientos más antiguos podrían ser los efectuados en las covachas subterráneas, conforme a las dataciones de las tumbas 7016 y 7055. En ellas, durante las centurias 23 a 21 cal BC, se inhumaron principalmente varones colocados en decúbito lateral izquierdo provistos de ajuares de tradición campaniforme y acompañados de elementos de cobre (punta Palmela o puñal romboidal). La cronología de la "cista" de T7016 es más tardía. Albergó un depósito secundario de un hombre adulto datado entre las centurias 21 y 19 cal BC, con escaso ajuar. No disponemos de fechas de los enterramientos en fosa: inhumaciones de hombres en decúbito izquierdo sin ajuar o de mujeres en decúbito lateral derecho con ajuar cerámico. Tampoco las tenemos de los depósitos secundarios o paquetes funerarios con restos de hombres y mujeres con escasos o nulos ajuares efectuados en suelos nivelados bajo tumulación. De forma general, estas tumbas perpetúan esquemas arquitectónicos megalíticos y el mantenimiento de ciertas prácticas funerarias herederas de los rituales colectivos que convivieron con los nuevos esquemas de la muerte de las sociedades desiguales. Este peculiar monumentalismo funerario del Bronce Antiguo se sustentó en la reapropiación del espacio ancestral y en el desarrollo de cuatro rituales mortuorios diferenciados en función del tipo de tumba, del género de los difuntos y de la posesión de ajuares, pudiendo reproducirse en la esfera de la muerte las diferencias sociales del mundo de los vivos (Linares-Catela 2020). El estudio combinado de la secuencia estratigráfica de tres tumbas con el modelo bayesiano de las dataciones radiocarbónicas ha permitido obtener una cronología de alta resolución de la necrópolis de La Orden-Seminario y plantear diversos elementos de discusión sobre las temporalidades del megalitismo funerario del suroeste de la península ibérica durante el III milenio BC. Los datos cronométricos fechan la necrópolis ca. En las dos fases de actividad funeraria se contraponen arquitecturas y prácticas basadas en dos concepciones distintas: la colectiva versus la individual. Las dos etapas están separadas por un hiato de uno o dos siglos, focalizado en la centuria 24 cal BC, coincidente con el inicio de la crisis y las grandes transformaciones sociales de las comunidades calcolíticas del sur peninsular, reflejadas materialmente en la esfera de la muerte. En la necrópolis se ha evidenciado la sincronía y la asociación espacial entre los hipogeos y los tholoi, que se caracterizan por la similitud arquitectónica en formas, técnicas constructivas, parámetros conceptuales y funcionalidad de los sectores, y por la analogía en las dinámicas de uso. La similitud de sus depósitos funerarios remite a idénticas prácticas mortuorias. El análisis de la cronología en relación con los procesos de formación y composición de los depósitos funerarios permite caracterizar la dinámica de funcionamiento de estas sepulturas colectivas y plantear de-terminadas inferencias sociales de la comunidad calcolítica de La Orden-Seminario en la esfera de la muerte: a) La larga durabilidad del uso de las tumbas (entre cuatro y seis centurias) y la continuidad de los dos espacios reservados al dominio de los muertos: la agrupación noroeste (ca. 2750-2300 cal BC). b) Varias fases de actividad concatenadas con periodos de parada o desuso, que pueden corresponderse con ciclos de inactividad y/o con las diversas operaciones de acondicionamiento de los espacios sepulcrales, como se desprende de la reconstrucción del hipogeo 7016 y de la formación de niveles superpuestos en el tholos 7055. c) La mayor intensidad funeraria entre las centurias 27 y 25 cal BC, probablemente coincidiendo con el periodo de mayor ocupación del poblado. d) La probable concentración de los enterramientos en ciclos temporales de corta duración, acogiendo de uno a siete difuntos de una a tres o cuatro generaciones distintas por episodio o nivel funerario, como se infiere de las tumbas 1336 y 7055. Los resultados de los análisis estadísticos proponen que los depósitos funerarios del hipogeo 1336 se formaron en décadas muy acotadas y con una probable contemporaneidad entre los muertos. Al episodio 1 corresponden tres individuos, enterrados en un intervalo temporal máximo 40 a 110 años. El episodio 2 tiene otras tres inhumaciones, pero su intervalo máximo es de 30 a 80 años. El tholos 7055 pudo registrar una dinámica similar, pues su uso como sepultura colectiva duró de 110 a 270 años, albergando los restos de un NMI de 17 de cinco a diez generaciones distintas. Por otro lado, se ha constatado una homogeneidad en los gestos funerarios y una uniformidad de los ajuares de las tres tumbas estudiadas, en especial en el hipogeo 1336. No se ven grandes diferencias de género y edad respecto a la representación de ambos sexos, prácticas funerarias (posicionamiento de los cuerpos y tratamiento de los restos esqueléticos), ubicación en los espacios sepulcrales y posesión/acumulación de ajuares muebles. A tenor del reducido NMI constatados las tumbas colectivas pudieron estar reservadas, probablemente, a grupos familiares específicos de la comunidad. Esta cohesión intergrupal responde a una memoria colectiva creada en torno a la casa de los muertos, la ritualización de los restos de los ancestros y la aparente inexistencia de disimetrías sociales en la esfera de la muerte. Sin embargo, el acceso pudo limitarse a aquellos difuntos de los distintos linajes familiares con determinadas filiaciones de parentesco o a personas que gozasen en vida de un estatus social privilegiado. Estas pautas son coherentes y comunes con los esquemas de jerarquización comunal de las sociedades tribales de la Edad del Cobre en el sur peninsular. 2300-1900 cal BC, caracterizada por la implantación de tumbas de uso individual en los espacios colmatados de las viejas sepulturas colectivas de la necrópolis, hubo de contar con una duración máxima de 350 años. Durante esta temporalidad se construyeron tumbas que albergaron a difuntos de diferente sexo y edad, inhumados conforme a rituales mortuorios con patrones desiguales, representativos de los diferentes estatus sociales. Al Proyecto de I+D "Tecnología de Materiales de Recursos Abióticos en la Prehistoria Reciente (III-II milenios cal ANE) en el Suroeste de España" (MAT2005-00790), de la Universidad de Sevilla, que sufragó las dataciones radiocarbónicas, incluidas en este estudio y en la tesis doctoral de uno de nosotros (Linares Catela 2017). Diego González Batanero y José Manuel Beltrán Pinzón, directores de las intervenciones donde se localizaron las tumbas, nos permitieron su excavación e investigación. Inmaculada López Flores nos facilitó los datos de su estudio antropológico enmarcado en un Contrato de suscrito entre la Universidad de Huelva y Ánfora GIP, cuyo responsable fue uno de los autores (JCVR). Agradecemos a Berta Morell Rovira (Universidad de Vigo) sus recomendaciones con los modelos bayesianos. A los evaluadores externos, cuyos comentarios y sugerencias han supuesto una mejora del trabajo. En la versión electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en la página web de la revista, se incluye un documento anexo en PDF con información textual y gráfica que complementa el análisis cronológico de las tumbas objeto de estudio de la necrópolis de La Orden-Seminario, consistente en: a) Tablas relativas a la selección de muestras datadas (A-Tab.1). b) Gráfico de las dataciones calibradas de las tres tumbas (A-Fig. 1). c) Tablas de los modelos bayesianos (A-Tabs. 4) y gráficos (A-Figs.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Se presenta una nueva propuesta sobre la dimensión espacial y temporal de los inicios del grupo argárico, a partir de los datos aportados por las actuaciones arqueológicas realizadas en el ámbito del Bajo Segura y Bajo Vinalopó durante esta última década, y de la evaluación de materiales arqueológicos y secuencias estratigráficas obtenidas en yacimientos excavados en la zona entre los años 1980 y 1990. Las dataciones radiocarbónicas y el análisis detenido del registro cerámico correspondiente a los estratos basales de yacimientos como Laderas del Castillo, Tabayá, Cabezo Pardo y Caramoro I nos permiten plantear la conformación de las bases materiales de la sociedad argárica en un territorio más amplio que el hasta ahora considerado como "área nuclear" de El Argar, en la que quedarían incluidas no solo la cuenca de Vera y el valle del Guadalentín, sino también la Vega Baja del Segura y el Bajo Vinalopó. En el caso de la península ibérica, el temprano reconocimiento de la "cultura" de El Argar (Siret y Siret 1890; Tarradell 1946) y su singular registro arqueológico -en especial, sus ajuares funerariosla convirtieron en el centro de atención de un ingente número de investigadores. Décadas de estudios dieron lugar a posturas enfrentadas en cuanto a la explicación de su origen, pero todas asumían y compartían la idea de un "área nuclear" argárica, situada en torno a la cuenca de Vera y del Guadalentín. Desde allí, donde habría surgido lo que reconocemos arqueográficamente como El Argar, lo "argárico" se habría extendido a nuevos espacios geográficos siguiendo un modelo de gradiente cronológico. Esta interpretación tradicional cobraba sentido en el marco conceptual de "área cultural" propuesto por C. Wissler (1927), profusamente empleado por la escuela norteamericana de antropología de F. Boas. En estudios clásicos históricos de principios del siglo XX, el área nuclear -nuclear core-se definió como "el área en la cual o en torno a la cual se origina un Estado" (Whittlesey 1920: 597). Nuestro concepto, más allá del reconocimiento de una nueva materialidad, implica considerar que dicho espacio geográfico constituyó el espacio social de la nueva entidad argárica, como contenido esencial de una nueva sociedad concreta (Bate 1998; Flores 2007) con unas relaciones sociales de producción y reproducción normativizadas. En la actualidad disponemos de más y mejores datos con los que construir un modelo más definido del desarrollo temporal y espacial de la sociedad argárica (Molina González et al. 2004; Lull et al. 2009; López y Jover 2014). En el presente artículo realizamos una propuesta acerca no solo de la cronología, sino del territorio específico donde se fraguó su constitución inicial a partir de la cerámica decorada, un elemento poco reconocido de su materialidad. La cuestión de los orígenes de El Argar ha ocupado siempre un lugar central en la investigación (Siret y Siret 1890). Durante casi un siglo, se confrontaron básicamente dos interpretaciones radicalmente opuestas: la que relacionaba su surgimiento con la llegada de inmigrantes centroeuropeos o del Mediterráneo central u oriental y la que lo creía resultado de un proceso de desarrollo local, generado a partir del 'progreso' autóctono de las poblaciones calcolíticas del sureste (Martínez Navarrete 1989: 340-358). El elemento clave alrededor del cual ha pivotado durante décadas este debate ha sido, por supuesto, la indiscutida personalidad de la fenomenología argárica. Luis Siret pasó de atribuir primero a la originalidad del "pueblo árgaro" todas las innovaciones que evidenciaban sus hallazgos (Siret y Siret 1890: 333), a considerarlas después una consecuencia de la llegada de pueblos celtas (Siret 1907: 93). Esta hipótesis, sin embargo, soslayaba la ausencia de testimonios arqueológicos que permitieran jalonar tal desplazamiento desde el corazón de Europa hasta la península ibérica (Bosch 1932: 169). En esencia, la controversia giraba en torno a una serie de elementos, considerados intrínsecamente argáricos, que artefactualmente presentaban, en apariencia, vinculaciones geográficas contrapuestas: por un lado, las alabardas de metal y los vasos carenados parecían reclamar relaciones con el centro y occidente de Europa y, por otro, los referentes más claros de los enterramientos en urnas y las copas de cerámica se encontraban en el Mediterráneo oriental. A principios del siglo XX, solo unos pocos investigadores defendían aún un origen en la península ibérica, por ejemplo, para las alabardas de metal (Schmidt 1915: 14), mientras que el número de valedores de las tesis opuestas iba claramente en aumento. Sus concomitancias serían resultado del contacto de ambos grupos con las poblaciones del Egeo, al constituir sus territorios puntos neurálgicos en las dos rutas abiertas hacia occidente a comienzos de la Edad del Bronce: a través del interior del continente, el de Aunjetitz, y del Mediterráneo y la costa atlántica, el de El Argar. Para ellos, El Argar habría evolucionado localmente a partir de la llamada Cultura de Almería, en un lugar del sureste que no era posible precisar, y de forma independiente a Los Millares. Los argumentos expuestos por E. Sangmeister (1963) acerca de su célebre "movimiento de reflujo campaniforme", llevaron después a B. Blance (1964) a vincular el origen de El Argar con la aparición en la península de grupos campaniformes tardíos, de origen centroeuropeo, sobre los que actuarían poblaciones mediterráneas llegadas más tarde (Schubart 1976). Con el fin de la dictadura franquista, el relato difusionista fue atemperándose (Schubart y Arteaga 1986) a medida que los procesos de desarrollo locales iban tomando protagonismo en las nuevas hipótesis, planteadas tanto desde el procesualismo (Chapman 1991) como desde diversas posiciones marxistas (Lull 1983; Gilman 1987; Lull y Risch 1996; Arteaga 2000, entre otros). En las últimas décadas, la cuestión del origen ha dejado de estar en el epicentro de la investigación. Se asume de forma mayoritaria un surgimiento y desarrollo autóctono de El Argar, pero no ajeno a la circulación de personas, ideas, materias primas y objetos, en el ámbito del Mediterráneo y Europa, tal y como avalan los últimos estudios (Lull et al. 2014; Aranda et al. 2015; Montero et al. 2019; Knipper et al. 2020, entre otros). Lo cierto es que a lo largo de más de 100 años de investigación las posiciones adoptadas acerca del origen de El Argar giraron en torno a su manifiesto carácter rupturista con respecto al Calcolítico precedente. Los cambios en la morfología de las viviendas, la institucionalización del enterramiento individual (y doble) en el interior de los recintos habitados o la aparición de un repertorio restringido y carente de decoración de formas cerámicas (Schubart 1975), entre otros, han sido considerados generalmente elementos disruptivos, en abierta oposición a las tradiciones calcolíticas de viviendas circulares, del enterramiento colectivo y vajillas decoradas con motivos simbólicos o con barrocas combinaciones de impresiones, incisiones y puntillados (Molina y Cámara 2004; Lull et al. 2009Lull et al., 2015a)). Calibrar el calado y cronología de esta "disrupción argárica" resultaba, por otro lado, muy difícil mientras el grueso del registro estuvo conformado casi exclusivamente por ajuares funerarios o por datos de excavaciones antiguas, con insuficiente o incluso inexistente información estratigráfica (Bosch 1954; Blance 1971; Schubart 1975). Los ensayos más recientes no han logrado resolver por completo el problema pero, al menos, lo han reducido a señalar como escenario más probable una desarticulación de los grupos calcolíticos previa a la conformación de El Argar, sin descartar por completo un breve solapamiento temporal entre una y otra (Lull et al. 2010: 91;2015a: 371, fig. 3). De este modo, el radiocarbono, en combinación con el análisis de la distribución de la materialidad argárica en el territorio, estaba finalmente en condiciones de revelar también los estadios de desarrollo de este modelo expansivo (González Marcén 1994; Castro et al. 1996) que fue perfilándose a lo largo de las décadas siguientes (Ar-teaga 2000; Lull et al. 2009: 228), pero que en todo momento ha mantenido la idea de un "área nuclear" restringida a la cuenca de Vera y al valle del Guadalentín (Lull et al. 2015a: 373, fig. 5). Sin embargo, las investigaciones llevadas a cabo en territorios considerados en principio marginales e, incluso, fronterizos (Tarradell 1963; Hernández 1986; Jover y López 1997) vienen a refutar esta hipótesis y a plantear un nuevo escenario en relación con la formación y desarrollo de lo que reconocemos como sociedad argárica. LAS CERÁMICAS DECORADAS DE EL ARGAR INICIAL EN SU TERRITORIO NORORIENTAL Tres son los yacimientos que han proporcionado información relevante sobre la cronología y caracterización de las primeras evidencias argáricas. Conocido desde principios del siglo XX, las excavaciones llevadas a cabo por la Universidad de Alicante entre 1987 y 1991 confirmaron su amplia secuencia estratigráfica (Hernández 2009). Mediante la evaluación conjunta de los datos estratigráficos y de los contextos de habitación documentados se ha podido reconocer una serie sucesiva de unidades sedimentarias, relacionadas estratigráficamente con conjuntos coherentes de estructuras y materiales, que se corresponden, a su vez, con las cinco fases arqueológicas identificadas. Los niveles 10 y 11 pertenecen a la fase I o inicial, donde se documentan las primeras edificaciones, asentadas directamente sobre la roca. En la base del corte 8, sobre parte de un pavimento asociado a un tramo de muro dispuesto en sentido Ferrer (2010). Con triángulos y en secuencia numérica se señalan los asentamientos localizados a lo largo de la frontera septentrional argárica, y con círculos el resto, correspondiendo el tamaño de los símbolos con la superficie relativa estimada para cada grupo. es un vaso con cuello y borde exvasado, de perfil en S, profusamente decorado (Fig. 2.1). El motivo principal consiste en una franja superior con un zigzag horizontal de dos líneas incisas enmarcadas por otras en puntillado. Más abajo, de la zona que separa el cuello del cuerpo arranca una serie de triángulos invertidos, muy alargados, delimitados por líneas incisas y completamente rellenos de puntillado. El resto son en su mayoría fragmentos de cuencos, en los que se repite el tema de los triángulos incisos rellenos de puntillados o de rayados verticales u oblicuos, a veces combinados con líneas incisas continuas que suelen alternar con líneas de puntillado (Fig. 2.2-5). En algunos aparecen, en cambio, solo líneas de puntos que podrían estar dibujando motivos en zigzag. Un fragmento en particular, con una serie inclusiva de lí-neas curvas incisas alternadas con líneas de puntillado en paralelo (Fig. 2.6), se asemeja enormemente al de uno de los vasos hallados por los Siret en Lugarico Viejo (Fig. 2.7). Laderas del Castillo (Callosa de Segura, Alicante) Los hallazgos que permiten un seguimiento estratigráfico más preciso se concentran en la zona II (Fig. 3). Aquí la secuencia se inicia con el alzado de un gran muro de aterrazamiento, asociado a una construcción de aspecto turriforme de planta subrectangular, casi cuadrada (B2), que por su disposición con respecto al muro-terraza bien pudo hacer también las veces de contrafuerte. Sobre la terraza se construyó un edificio alargado (C), de unos 4 m de anchura, con uno de sus extremos de forma absidal o, al menos, con esquinas redondeadas, levantado con paredes de barro amasado sobre un zócalo de piedras muy bajo. Por su cara exterior, la pared estaba jalonada por una serie equidistante de huecos para calzar postes de madera, de los que se conservaban cinco. Se localizaron sobre el pavimento dos ollas y un pequeño vaso con bellotas carbonizadas, aplastadas contra el suelo. Ambos carecían de decoración, pero en el extremo septentrional de la vivienda, en contacto con la estructura turriforme B2, necesariamente contemporánea, aparecieron varios recipientes con decoración incisa. Uno de ellos corresponde al cuerpo de una vasija, probablemente de perfil en S (Fig. 4.2). Entre los niveles de derrumbe de los edificios C y B2, afectados en parte por otra construcción de tipo turriforme -B1-levantada sobre ellos, se localizaron algunos fragmentos de otro recipiente de similares características, así como parte de un cuenco muy mal conservado, decorado con tres líneas incisas horizontales próximas al borde y una serie de triángulos invertidos rellenos con un rayado oblicuo, con restos de una sustancia blanquecina en su interior (Fig. 4.1). Las dataciones radiocarbónicas permiten fijar la construcción de la terraza en un momento anterior a 2200 cal BC -Beta-397231: 3800 ± 30 BP-a partir de un fragmento de hueso de oveja localizado entre el material de relleno. Por A la última fase arqueológica documentada en el Sector 3 corresponden los restos de un edificio -A-, ya completamente construido con mampostería, con calzos de poste al interior, y un largo banco corrido adosado a la pared occidental (López et al. 2018). Entre el variado repertorio de materiales hallado se cuenta un fragmento de cuenco cuya decoración puntillada repetía el modelo decorativo de los triángulos invertidos junto al borde, pero sin líneas incisas que los delimiten (Fig. 4.7). Las demás cerámicas decoradas (Fig. 4.3-6) muestran un repertorio decorativo similar, pero no cuentan con un contexto arqueológico tan preciso. Del yacimiento se conocía ya un amplio conjunto de cerámicas prehistóricas (Figueras 1934(Figueras, 1950)), algunas de las cuales, según su excavador, habían sido decoradas con incisiones "hechas con un palillo" (Figueras 1934: 19). Una serie de notas mecanografiadas, que se han conservado 1, permiten deducir que la mayor parte de estos recipientes proviene de la recogida de materiales realizada en 1943 durante el desmonte y voladura de una parte del yacimiento (Figueras 1950: 33). El estudio de estos materiales cerámicos a finales del siglo pasado (Simón 1988(Simón, 1997) los situaba en el llamado "Bronce Tardío" del sureste. La presencia de fuentes de carena alta y bordes engrosados, y de fragmentos con decoraciones con la técnica de punto y raya, e incluso de cerámicas excisas, justificaba sobradamente considerar esta atribución, especialmente cuando entre los motivos decorativos de estas cerámicas tardías figuran también los triángulos invertidos rellenos de puntillado, aunque mayoritariamente realizados con la técnica del punto y raya o "boquique" (Molina y Pareja 1975: 49-50; Molina González 1978: 204). Los trabajos arqueológicos realizados entre 2000 y 2001 en el yacimiento (Soler 2006) confirmaron la presencia de materiales tardíos con este tipo de decoraciones (Belmonte y López 2006: 187, fig. 91), aunque no vasijas incisas con la técnica exclusiva del puntillado, del estilo que mostraban las halladas por F. Figueras Pacheco. Ahora, en cambio, estas parecían mucho más cercanas en cuanto a su forma -cuencos globulares o esféricos, de bordes rectos o entrantes-y a técnica decorativa -triángulos invertidos conformados exclusivamente por puntillado-a las vasijas decoradas de los niveles de ocupación iniciales de Tabayá y Laderas del Castillo (Fig. 5). VASIJAS DECORADAS DE LOS INICIOS DE EL ARGAR EN EL SURESTE PENINSULAR Solo P. Bosch Gimpera (1954: 49) apreció en las vasijas de Lugarico Viejo la representación de una fase de "transición" entre la cultura de Los Millares y la de El Argar. Durante décadas, los datos disponibles impidieron abundar en esta cuestión, dado que en su inmensa mayoría procedían de tumbas o carecían de contexto estratigráfico. H. Schubart (1975) estableció la serie evolutiva de la cerámica sepulcral argárica a partir de rasgos exclusivamente morfológicos, como la posición de la carena con relación a la altura total del recipiente, asumiendo una ausencia radical de decoración limitada, en todo caso, a motivos bruñidos en el interior de algunas copas y cuencos. Las firmes convicciones de H. Schubart (1976) en la preeminencia de unas raíces culturales foráneas en el complejo contexto formativo de El Argar convertían la carencia de cualquier tipo de relaciones entre la alfarería argárica y la de finales del Calcolítico en un sólido refuerzo argumental. Además, por entonces comenzó a difundirse la información sobre los hallazgos en Cuesta del Negro (Schubart 1975: 90, n. 57) que más adelante permitieron a F. Molina González (1978) definir y sistematizar el denominado Bronce Tardío del sureste. Su amplio repertorio de cazuelas de carenas altas y bordes exvasados, decoradas con excisiones, puntillados y, especialmente, líneas con la técnica del punto y raya -o boquique-mostraba una ruptura clara con las tradiciones alfareras argáricas precedentes. 56), los vasos decorados de Lugarico Viejo debían corresponder en todo caso a una "etapa precedente de la Edad del Bronce Tardía". Solo algunos investigadores, como V. Lull Santiago (1983: 246), continuarían contemplando la posibilidad de situarlos en un momento "pre-argárico" o "argárico inicial". Ahora, la aparición de estas cerámicas decoradas en los niveles basales de la estratigrafía de Tabayá (Aspe), Laderas del Castillo (Callosa de Segura) e Illeta dels Banyets (El Campello) obliga a reconsiderar esta postura. Además, su presencia en otros yacimientos del sureste evidencia que, lejos de constituir una mera peculiaridad del registro argárico del sur de Alicante, deben considerarse parte del bagaje artefactual de los primeros estadios de desarrollo de El Argar. En el yacimiento de Santa Catalina del Monte, en Verdolay (Ruiz 1998), se documentó una amplia secuencia de ocupación desde el Calcolítico hasta época ibérica. La fase II correspondería, según su excavadora, a un Calcolítico final con cerámica campaniforme incisa de estilo Ciempozuelos, siendo la fase III una "etapa transicional" del Calcolítico a El Argar. Entre los fragmentos decorados publicados destacamos tres. Dos tienen series de triángulos verticales, rellenos por líneas incisas horizontales, similares a los identificados en estratos de nivelación del edificio turriforme B2 de Laderas del Castillo, y, un tercero, líneas incisas oblicuas convergentes, que al parecer formarían un zigzag alrededor del cuello del vaso (Ruiz 1998: 102, fig. 26. M. M. Ros Sala (1986: 41, lám. 1) adscribió al Bronce Tardío una pieza de Las Cabezuelas (Totana) que, tras nuestra revisión, encuadramos ahora, en cambio, en la fase inicial de El Argar (Fig. 6.1). El recipiente, con galbo de curva pronunciada sin llegar a marcar una carena, está decorado con dos series de triángulos invertidos rellenos de puntos. La primera, con los triángulos de mayor tamaño, decora el cuello y la otra la parte más ancha del cuerpo. Su similitud con el gran vaso decorado de Tabayá o con la vasija carenada de Lugarico Viejo resulta evidente. Existe, sin embargo, un problema en cuanto a su contextualización. Los fragmentos forman parte de un depósito realizado en el Museo Arqueológico de Murcia por Jorge Aragoneses en la década de 1970, proveniente de "Las Cabezuelas". No obstante, según las recientes excavaciones, la secuencia de ocupación del yacimiento hoy conocido como Las Cabezuelas no se remonta más allá de finales de la Edad del Bronce (Carricondo et al. 2018). Debemos deducir entonces que, o bien se hallaron en otro punto, hoy desaparecido, o bien -lo que consideramos más probable-la pieza se encontró realmente en otro lugar. En este sentido merece la pena recordar que en Totana también se conoce como "Las Cabezuelas" el paraje donde se ubica el yacimiento argárico de la Cabeza Gorda (Ayala y Tudela 1993). Sin salir del término municipal de Totana, las excavaciones que se vienen efectuando desde 2008 en el yacimiento de La Bastida han permitido documentar, aunque considerablemente afectado por las fases posteriores, un nivel fundacional del asentamiento (Lull et al. 2015a: 377-378, fig. 9). Su repertorio cerámico se compone principalmente de cuencos y ollas con el borde indicado, así como algunas formas carenadas e incluso grandes tinajas de almacenamiento que anticipan el clásico modelo del pithos argárico. Recientemente, se ha reportado también la presencia de algunos fragmentos con decoraciones incisas, con motivos en forma de líneas y zigzags con técnica de puntillado, en los niveles fundacionales de la fortificación (Lull et al. 2018: 321, fig. 7). Las vasijas localizadas en Lugarico Viejo por los Siret se hallaron en el interior de la casa A del poblado, de la que dibujaron un plano detallado (Siret y Siret 1890: 97-98, láms. El cuenco decorado con líneas curvas incisas y puntillado se localizó cerca del extremo suroccidental de la estancia, y aproximadamente en el centro el recipiente carenado con cuello y borde saliente, decorado con dos series de triángulos invertidos encadenados, rellenos de puntillado (Fig. 6.2). Un tercer fragmento perteneciente a otra vasija similar no se señala en el plano (Siret y Siret 1890: lám. 16. o, p y x). Del yacimiento de Gatas solo se han divulgado en detalle hasta ahora los resultados de los sondeos realizados entre 1986 y 1989 (Castro Martínez et al.1999). Un fragmento de galbo, hallado en el subconjunto 7 A1 del Sondeo 1 -G-S1-627-, repite el patrón decorativo, ya conocido, de dos series horizontales de triángulos invertidos encadenados rellenos de decoración puntillada (Fig. 6.3.a). Un fragmento similar al anterior -G-S3-710-conserva la parte central de un triángulo invertido relleno de puntillado, delimitado por líneas incisas (Fig. 6.3.b). Procede del sondeo 3, y fue registrado entre los materiales del subconjunto 18 B1, también incluido en la Fase IV, plenamente argárica. Esta datación resulta claramente inconsistente con la cronología antigua que sugiere este tipo de piezas decoradas, y lo más probable es que se incluyeran como material de relleno proveniente de estratos inferiores. Algo similar debe suceder con el fragmento de vaso carenado decorado adscrito al Horizonte III de Fuente Álamo (Schubart 2004: 73, fig. 10), que el propio autor relacionó con otra vasija de la forma 5 hallada en 1991 en El Argar (Schubart 2014: 75). El fragmento en cuestión (Fig. 6.4) muestra tres filas de pequeños triángulos invertidos, trazados en puntillado, de los que solo los de la parte superior tienen su contorno delimitado por líneas incisas. Durante las excavaciones realizadas en 1991 en el yacimiento de El Argar se localizaron, en el estrato 2a del Sondeo 1, correspondiente con su fase inicial de ocupación, dos fragmentos de un vaso carenado con la característica decoración a base de triángulos invertidos rellenos de puntillado (Fig. 6.5) con un diámetro máximo estimado de 37 cm (Schubart 2014: 73, Abb. La intensidad de la ocupación posterior de época medieval posiblemente explica el resultado de la datación radiocarbónica -UGAMS 16147: 3240 ± 30 BP (1611-1439 cal BC)-obtenida para el estrato basal infrapuesto al estrato 2a, y que se sitúa muy lejos de las fechas que cabría esperar para este momento (Schubart et al. 2014: 104, tab. Atendiendo a estos nuevos datos merece la pena reconsiderar una antigua noticia. Nos referimos al vaso decorado hallado en la sepultura 942 de El Argar, mencionado por los Siret (1890: 153) precisamente para destacar su excepcionalidad entre la vajilla funeraria del yacimiento. Aunque Luis Siret nunca se extendió en detalles, según las notas del cuaderno de campo de Pedro Flores se trataba de "una puchera parecida a la de la casa del Lugarico Viejo". De acuerdo con la documentación conservada, la tumba 942 era una cista de lajas en cuyo interior se depositó un individuo acompañado de un vaso carenado, uno de la forma 8 y un fragmento de cuenco, junto a un cuchillo o puñal y un punzón metálicos y un hueso de animal (Schubart y Ulreich 1991: 173). El croquis que acompaña a la sucinta descripción de P. Flores en su cuaderno nos ofrece datos adicionales, como que el cuenco se encontró dentro del vaso carenado, así como un esbozo de su decoración (Fig. 7). La vasija carenada es la única pieza del ajuar que se ha conservado. Está decorada en su parte superior con cuatro paneles aproximadamente cuadrangulares, de desigual tamaño, realizados con un puntillado grueso, y se identifica entre los materiales conservados en los Musées Royaux d 'Art et d' Histoire de Bruselas incluidos por H. Schubart y H. Ulreich (1991: 293, taf. 130) entre el material de procedencia desconocida. Uno de los rasgos distintivos señalados recurrentemente en relación con la identificación de El Argar ha sido la singularidad y normalización de su cultura material. En la cerámica (Siret y Siret 1890; Cuadrado 1950; Lull 1983; Aranda 2004, entre otros) la total ausencia de decoración constituye uno de los elementos en los que de forma más unánime se ha reconocido "lo argárico", de modo que cualquier atisbo de esta ha sido tradicionalmente atribuido a cronologías posteriores (Molina González 1978; González 1994; Castro et al.1996; Aranda 2004). Sin embargo, como hemos visto, en los niveles arqueológicos iniciales de un número significativo de asentamientos, distribuidos a lo largo y ancho de la fosa intrabética del sureste de la península ibérica, se constatan materiales cerámicos con decoraciones de líneas quebradas, zigzags, líneas paralelas de puntos y rayas y otros motivos incisos, entre los que predominan los triángulos invertidos rellenos de puntillado. Por el momento, su representación en el conjunto de la vajilla de esta fase inicial de El Argar solo puede estimarse a partir de los valores preliminares obtenidos en Laderas del Castillo: entre 0,37 % y 3,33 %. Estos datos invitan a considerar un carácter singular para los recipientes decorados, similar al que se les atribuye en los momentos calcolíticos precedentes, donde sus proporciones son parecidas. La explicación de este aspecto del registro ha de retomar necesariamente la idea, apuntada por P. Bosch Gimpera (1954: 49) y asumida y defendida por otros investigadores (Lull 1983: 246) que suponía estas decoraciones pervivencias de tradiciones alfareras del Calcolítico en una fase formativa de El Argar. Por tanto, como se señaló hace años a propósito de los hallazgos realizados en Tabayá (Hernández 1997: 107), la lógica empuja en principio a rastrear su origen en el Campaniforme inciso tardío. El repertorio campaniforme ofrece multitud de patrones de líneas horizontales incisas, con series de triángulos invertidos rellenos de líneas o reticulados (Harrison 1977). En unas ocasiones aparecen como series horizontales de triángulos con bases y ápices opuestos alternos, formando en conjunto una banda más ancha, a menudo dispuesta alrededor del cuello de las vasijas, definiendo entre los triángulos un motivo en zigzag. En otras, las series de triángulos invertidos, más o menos alargados, arrancan de la zona más amplia del galbo decorando de forma radial la parte inferior del recipiente. Este último patrón es, por ejemplo, común en la vajilla de yacimientos del noreste de la península ibérica del complejo Salamó, y de otros muchos enclaves campaniformes tardíos, como el Promontori del Aigua Dolça i Salada, de Elche (Ramos 1984) o el Peñón de la Zorra, en Villena (Alba y García 2018). En cambio, resultan muy raros los triángulos con el interior del campo relleno de puntillado (Harrison 1977: 131, fig. 56. Este suele limitarse al interior de bandas horizontales con una o, con más frecuencia, dos o tres líneas de puntos en paralelo, y solo a veces forma otros motivos, como líneas en zigzag o círculos. Por el contrario, en la etapa previa al campaniforme los triángulos invertidos con relleno de puntillado son relativamente numerosos. Los hay en cerámicas del asentamiento de Almizaraque (Fernández-Miranda et al. 1993: 79, fig. 16.1) y de necrópolis como Los Millares (Almagro y Arribas 1963: lám. CXIX; Martin y Camalich 1982: 290, fig. 2.a), en la provincia de Almería, pero también en asentamientos y cuevas de enterramiento del noroeste murciano, en la cueva de los Tiestos y en El Prado, en Jumilla (Molina Burguera 2003: 40, fig. 20. Significativamente, también en la vajilla calcolítica precampaniforme encontramos precedentes a la decoración incisa a base de series de líneas curvas cóncavas, en forma de guirnalda (Martin y Camalich 1982), similares a las de los cuencos de Tabayá y Lugarico Viejo, un motivo muy poco frecuente -por no decir inexistente-entre el repertorio decorativo campaniforme. La cuestión relevante en estos momentos es, pues, explicar la presencia de cerámicas campaniformes en la base de las estratigrafías de un significativo número de yacimientos argáricos distribuidos por la fosa intrabética (López 2006; Lull et al. 2010), y de un conjunto Trab. Esto nos enfrenta en realidad con una problemática general de la praxis arqueológica: la identificación del conjunto de los rasgos materiales de los periodos de rápida transformación social, expuestos a quedar vacíos de contenido debido a que sus atributos pueden adscribirse equivocadamente a las fases previas o subsiguientes, si están mejor definidas arqueográficamente. Un primer paso hacia la superación de la lectura disociativa predominante entre la materialidad del bien definido "equipamiento campaniforme", y la no menos bien definida "norma argárica", ha sido la interpretación de los niveles basales de algunos yacimientos en las últimas décadas, una vez confirmado que contenían cerámicas decoradas. En general, los niveles se consideraron expresiones de un "Bronce local", puesto que no parecía razonable situarlos abiertamente en un Campaniforme Tardío o en un contexto argárico. Dos casos paradigmáticos son Tabayá (Aspe, Alicante) y el Cerro de la Virgen (Orce, Granada). Tras identificarse inicialmente como "epicampaniforme" (Simón García 1998: 333), la fase inicial de la secuencia de Tabayá se atribuyó a un "Bronce Antiguo preargárico" (Hernández 2009: 166), optando incluso por términos aún más vagos (Barciela 2016: 577). Por su parte, Molina González y otros (2017: 261) en su reformulación de la periodización del Cerro de la Virgen situaron las fases III.1 y III.2 -que vendrían a corresponder a la fase IIIA de W. Schüle (1980)-dentro de un "Bronce Antiguo Final", siempre inmediatamente previo a los primeros niveles reconociblemente "argáricos". Resulta ahora complicado continuar sosteniendo este tipo de interpretaciones toda vez que, además del caso claro de Tabayá, una parte significativa del registro cerámico de ese "Bronce Antiguo preargárico" es compartido por un considerable número de asentamientos distribuidos, precisamente, por la geografía más antigua de El Argar. Hace ya tiempo se indicaba que la distribución de cerámicas campaniformes a lo largo de las cuencas media y baja del Segura anticipaba el paisaje del poblamiento argárico posterior, evidenciando hasta dónde profundizaban las raíces del proceso que culminaría con la conformación del grupo argárico (López 2006: 230). Estas consideraciones concedían una necesaria antecedencia a las transformaciones y al cambio en las relaciones sociales de producción de una formación social, con respecto a la de la materialidad resultado de dichas transformaciones (Bate 1998; Patterson 2003). Aplicado al caso que aquí nos ocupa, implica que los primeros pasos hacia la configuración de 'lo argárico' debieron preceder al momento en que esta configuración empieza a ser reconocible en los parámetros ar-queográficos establecidos. Pero eso no excluye su temprano reflejo en el registro arqueológico. En nuestra opinión, la ubicación de los asentamientos en el territorio es uno de los aspectos que más rápidamente revela transformaciones profundas en las relaciones sociales de producción. Ello se debe a que las variaciones en cuanto a la disponibilidad de tierra, el objeto de trabajo fundamental, es uno de los factores que exige una respuesta más rápida del grupo social ante cambios en las relaciones de propiedad. Precisamente en ese sentido se ha valorado el cambio de ubicación de ciertos emplazamientos del Bajo Segura en momentos avanzados del III milenio (López 2009: 258; Jover et al. 2019bJover et al.: 1009, fig. 8), fig. 8). El análisis de los mapas de visibilidad de algunos asentamientos campaniformes del Bajo Segura y Bajo Vinalopó -sin continuidad en su ocupación-y su comparación con los de otros fundados en sus proximidades -algunos a escasamente 500 m de distancia-muestra un cambio de estrategia de control visual. El interés claramente volcado sobre el cauce del río de los primeros se orientó a un control más extenso e intensivo de todo el territorio en los segundos. El hecho de que estos últimos sean los enclaves que, convertidos después en núcleos argáricos, prolongarán su ocupación durante la Edad del Bronce, hace pensar que debió responder a un nuevo plan de control y explotación del espacio, coordinado, planificado y dirigido políticamente, que anticipó, a finales del Calcolítico, la exitosa estrategia seguida después, durante más de medio milenio, por el grupo argárico. Los datos proporcionados por las recientes excavaciones en Laderas del Castillo y su valoración conjunta con los de las intervenciones realizadas a finales de los 1980 en Tabayá, permiten una nueva evaluación de este proceso, en el que intuimos tuvo que estar involucrada también una amplia zona oriental del sureste. Una suma de evidencias apunta a que las construcciones de la fase inicial de la secuencia de Laderas del Castillo, en la zona excavada hasta ahora, desmantelaron un asentamiento anterior. En todo caso, la terraza inferior, en el Sector 3 excavado, así como el edificio turriforme B2 asociado, y la vivienda C, levantada directamente sobre ella, presentan materiales y cronologías radiocarbónicas que nos sitúan en momentos finales del Calcolítico. Los materiales documentados sobre los derrumbes de estas estructuras, asociados a la construcción del edificio turriforme B1, incluyen algunos fragmentos de cuencos con decoraciones de triángulos verticales, alargados, que penden de una línea incisa horizontal, rellenos de incisiones verticales unidas en el vértice del triángulo. También aparecen estas decoraciones en los estratos basales de Tabayá y en el nivel más reciente del Promontori de Aïgua Dolça i Salada (Elche, Alicante), en su día atribuido al "Bronce Valenciano" (Ramos 1984: fig. 9). Entre los estratos de derrumbe posteriores documentamos fragmentos decorados con zigzags de líneas incisas o con puntillado, o combinando series horizontales de triángulos o líneas quebradas con vértices opuestos alternos, conformando bandas también en zigzag. Los primeros datos apuntan a una progresiva simplificación de los diseños decorativos a lo largo de la secuencia de Laderas del Castillo y de Tabayá. Los más barrocos aparecen por ahora en los estratos más antiguos. Son series consecutivas de triángulos, líneas perimetrales bien marcadas e incluso trazos verticales a modo de flecos (Fig. 4.3) o que añaden trazos incisos en el vértice de los triángulos (Fig. 2.2). En cambio, en niveles más recientes (Fig. 4.7) se documenta los recipientes con triángulos en puntillado sin contorno definido por líneas incisas. Un aspecto ligado más estrechamente con las tradiciones calcolíticas es la disposición de decoración bajo la línea de carena -Las Cabezuelas (Fig. 6.1)o en el cuerpo de la vasija -Tabayá (Fig. 2.1)-aunque no es posible precisar aún si este rasgo les otorga mayor antigüedad con respecto a los recipientes carenados de Lugarico Viejo, Gatas o El Argar, en los que las series de triángulos invertidos aparecen exclusivamente por arriba de la línea de carena. Los motivos en zigzag situados en el cuello de algunas de las vasijas de Tabayá y Laderas del Castillo se repiten en los niveles fundacionales de la fortificación de La Bastida (Lull et al. 2018: 322, fig. 7) en fechas muy similares (Lull et al. 2015a: 398, Ap. Una escueta versión del mismo motivo se observa en un fragmento hallado entre los rellenos de nivelación de una de las terrazas de Laderas del Castillo (Fig. 8.1). Pertenece a una vasija con cuello y borde ligeramente exvasado con dos líneas paralelas de puntos que describen un zigzag alrededor del cuello. La decoración en zigzag de este fragmento y su cronología parecen alinearse bien con la tendencia a la progresiva imposición de trazos exclusivamente en puntillado, prescindiendo de las líneas incisas, observada en los triángulos invertidos. Por otro lado, sus estrechas analogías con uno de los vasos del Cerro de la Virgen (Schüle 1980: taf. Está incluido entre los materiales del nivel IIIB, pero su excavador ya señalaba que posiblemente proviniera de los estratos inferiores, removidos durante la excavación de las fosas de las sepulturas argáricas. La datación radiocarbónica de Laderas del Castillo aconseja ahora una cronología más bien en el intervalo 2100-2000 cal BC. Según la última propuesta de periodización para el yacimiento granadino vendría a situarse, no obstante, en el denominado "Bronce local" preargárico, desafortunadamente no publicado aún en detalle. Ello impide precisar el significado del hallazgo de estas cerámicas en los extremos oriental y occidental del territorio más antiguo de El Argar, aunque indudablemente constituye un elemento más a considerar en el debate abierto en los últimos años acerca de la cronología del grupo argárico en el Cerro de la Virgen (Delgado-Raack 2013: 17, 121; Molina González et al. 2014: 124; Lull et al. 2015a: 387). Vasijas decoradas con incisión y puntillado con motivos en zig-zag: 1. Laderas de Castillo (Callosa de Segura, Alicante); 2. A partir de la evidencia reunida, creemos incuestionable que las cerámicas con decoración incisa forman parte de la vajilla de la fase inicial de ocupación de un número considerable de asentamientos argáricos. Esta circunstancia, ya apuntada hace tiempo a propósito de los vasos decorados de Lugarico Viejo (Lull 1983: 246), se consolidó a raíz de su datación radiocarbónica (Lull et al. 2015a) y cobra ahora un considerable respaldo empírico. Otra cuestión distinta son las implicaciones que esto tiene en cuanto a la interpretación y explicación del proceso de conformación tanto de la sociedad argárica como del resto de entidades sociales concretas de su periferia. La primera de estas implicaciones es de índole cronológica y se refiere a la probada ausencia de cerámicas con decoraciones similares -o incluso con decoraciones de cualquier otro tipo-en los niveles fundacionales de los yacimientos contemporáneos excavados en esa periferia como El Acequión, Terlinques, Cabezo de la Escoba, Serra Grossa o la Lloma de Betxí, por ejemplo. Tal constatación confiere gran consistencia a la hipótesis de que se trata de un tipo de vajilla expresamente vinculada a las primeras fases de desarrollo de los yacimientos argáricos, y desligada por completo del registro asociado a la formación de otros grupos arqueológicos de su misma cronología. No menos destacable es su ausencia en aquellos enclaves argáricos fundados a partir de inicios del II milenio cal BC, como Cabezo Pardo, Caramoro I o Barranco de la Viuda, por citar solo algunos bien conocidos. Ello establece un intervalo 2200-2000 cal BC para la vigencia de estas formas y decoraciones cerámicas en la secuencia de El Argar. En segundo lugar, cabe considerar la distribución que muestran estas cerámicas en el territorio del sureste de la península ibérica. En contra de lo que se ha venido sugiriendo hasta ahora (Arteaga 2000; Molina y Cámara 2004; Lull et al. 2010;2015a) deberemos suponer que los yacimientos argáricos del Bajo Segura y Bajo Vinalopó, e incluso del Camp d'Alacant -cuyo punto de dispersión más septentrional es la Illeta dels Banyets-participan en la construcción del "área nuclear" argárica al igual que los enclaves del Almanzora, la cuenca de Vera y el valle del Guadalentín. Desde nuestro punto de vista esto vendría, además, a otorgar mayor coherencia a la explicación del proceso de construcción del espacio social inicial argárico tanto desde el punto de vista fisiográfico como sociopolítico. Como muestra el mapa de la figura 9, con la inclusión del Bajo Segura y del Bajo Vinalopó ese espacio corresponde, con gran aproximación, a la denominada "depresión prelitorial murciana", una unidad geográfica bien definida, conformada principalmente por las cuencas del medio y bajo Guadalentín y la cuenca del bajo Segura, al este, y la cuenca de Vera y del bajo Almanzora, al oeste. De este modo, además, el núcleo argárico constituido en torno a las sierras de La Tercia y Espuña, donde se sitúan los enclaves de mayor tamaño, como Lorca y La Bastida de Totana, abandonarían la desconcertante posición excéntrica que guardaban con respecto al supuesto territorio "nuclear argárico" considerado hasta ahora, ocupando una centralidad más acorde con lo que permiten deducir los datos. Los hallazgos descontextualizados de cerámicas campaniformes ya hacían pensar en una vinculación de los grupos de finales del Calcolítico con el origen del poblamiento argárico en el Bajo Segura y Bajo Vinalopó (Hernández 1986; López 2006). La estratigrafía de Laderas del Castillo ha permitido ahora no solo corroborarla, en su caso, sino también proporcionar más y mejores evidencias relacionadas con este proceso. La ocupación inicial del yacimiento puede atribuirse a momentos finales del Calcolítico, pero no es menos cierto que en determinados aspectos anticipa características estrechamente ligadas a El Argar. Entre ellas están la disposición del asentamiento en ladera, con viviendas de planta alargada y extremos curvos, organizadas sobre grandes terrazas en las cuales, adosadas o parcialmente embebidas en su paramento, encontramos edificaciones de aspecto turriforme, de planta aproximadamente cuadrangular. La secuencia del yacimiento no muestra, por otra parte, evidencia ninguna de discontinuidad en la ocupación tras la destrucción de las viviendas de esta primera fase. Entre sus derrumbes y los niveles correspondientes a los edificios que arqueográficamente podríamos ya considerar claramente argáricos localizamos la mayor parte de las cerámicas con decoraciones incisas y con puntillado. Constituyen, no obstante, un porcentaje muy reducido del material cerámico. Junto a estas se documentan otros elementos tan ligados al registro arqueológico calcolítico como ellas, pero de los que, en cambio, nunca se cuestionó su pertenencia a los primeros contextos argáricos, sin duda por su más larga pervivencia en ellos. Es el caso de los botones piramidales de perforación en V, de las puntas lanceoladas de metal, o de las placas líticas perforadas denominadas "brazales de arquero" (Schubart 1975: 91, fig. 6). Hasta donde la secuencia de Laderas del Castillo nos ha permitido registrar, los últimos tipos cerámicos con decoración documentados se datan en torno a 2000 cal BC, y consisten básicamente en cuencos con motivos triangulares, con el vértice invertido, dispuestos en serie a lo largo del borde externo. Estos triángulos carecen ya de contorno definido por líneas incisas, y se realizan exclusivamente con un puntillado más o menos profuso. Algunos tienen relleno de un material de color blanquecino, como muestra algún fragmento hallado en la Illeta dels Banyets, una técnica, por lo demás, ampliamente extendida ya a finales del Calcolítico (Odriozola 2019). Quedan cuestiones que no es posible resolver por el momento, como explicar por qué el repertorio decorativo de estas cerámicas sugiere vínculos más estrechos con la vajilla decorada precampaniforme, de uso extendido por una amplia zona del cuadrante sudoriental de la península ibérica durante la primera mitad del III milenio BC, que con los motivos más típicos del Campaniforme inciso, más cercanos en el tiempo. O también, si el predominio de la decoración en recipientes carenados que se aprecia en el área de la cuenca de Vera y del Almanzora, frente al de cuencos y ollas de borde exvasado en el Bajo Segura y Bajo Vinalopó, se debe a algo más que al mero azar en la composición de un registro que apenas comenzamos a construir. En cualquier caso, el recipiente carenado localizado en la sepultura 942 de El Argar constituye, a nuestro juicio, una pieza fundamental que permite conectar el final de la tradición decorativa de la fase inicial de El Argar con uno de los elementos básicos de la es-tructura identitaria argárica, como es la inhumación individual en el interior del área habitada. La más que sucinta descripción de Flores conservada basta para descartar cualquier atisbo de duda acerca de su argarismo. Actualmente no es posible atribuir una cronología radiocarbónica a la sepultura debido a que no se han conservado restos orgánicos, pero ninguno de los elementos de los que se compone desentona con los de otras tumbas similares en cista de lajas con elevadas dataciones radiocarbónicas, como la T-42 de Gatas (Lull et al. 2015a: 387). Las fechas obtenidas en el edificio A de Laderas del Castillo (López et al. 2018), marcan un horizonte cronológico de 2000-1950 cal BC para la definitiva desaparición de estas decoraciones, que ya no vuelven a registrarse en la estratigrafía del yacimiento. Esta desaparición, coincidente con la imposición de los "cánones" argáricos en la morfología de la vajilla, resulta así mismo contemporánea a la de una serie de profundas transformaciones sociales que afectaron de forma decisiva a todo el territorio de El Argar. Estas son la consolidación un nuevo espacio social con unas nue-Fig. La máxima expansión del grupo argárico (línea continua y tono más claro) y el territorio considerado hasta ahora "nuclear" (línea discontinua y tono más oscuro) (Lull et al. 2015: 373, fig. 5) en el cuadrante sudoriental de la península ibérica. En línea discontinua y color blanco, la ampliación incluida por nosotros. El tamaño de los círculos se corresponde con el número de alabardas de metal (Lull et al. 2017: 149, fig. 2). Desde nuestro punto de vista la supresión de cualquier tipo de ornato en la cerámica y la imposición de un lenguaje único en la producción alfarera pueden ser leídos como consecuencia de la culminación de un proceso de cohesión y consolidación grupal. En el caso del grupo argárico, algunos otros aspectos del registro indican que este proceso conllevó además el surgimiento de una sociedad clasista inicial (Bate 1984; Jover 1999) cuya conformación no se alcanzó al margen de un profundo conflicto social. De acuerdo con los estudios más recientes, la cronología del arma de combate argárica por antonomasia, la alabarda metálica, se remonta precisamente al horizonte cronológico del 2000 cal BC (Lull et al. 2017: 150, fig. 3), y su distribución indica que, si bien acompañó a la sociedad argárica en su expansión hacia occidente, la máxima concentración de efectivos se da, precisamente, en el ámbito de la depresión prelitoral murciana (Lull et al. 2017: 149, fig. 2). Cabe suponer, pues, que este ámbito constituyó el epicentro del cambio social (Fig. 9) y que, desde este momento, deberemos considerarlo en su conjunto como el escenario de la construcción de El Argar como una sociedad histórica concreta. Otra cuestión diferente sería determinar en qué punto concreto de ese espacio social pudo iniciarse dicha construcción que, por otro lado, creemos debió desarrollarse con una mayor rapidez de la que por ahora es posible advertir en el registro. La intensa investigación de las dos últimas décadas ha puesto de relieve la extraordinaria complejidad de los cambios sociales involucrados en la conformación de la sociedad argárica. Su concurrencia en el tiempo con una diversidad de sociedades (Aunjetitz y Wessex, entre otras), con las que se considera "inaugurada" la Edad del Bronce en Europa difícilmente puede explicarse hoy como un hecho meramente azaroso. A nuestro juicio, esta circunstancia viene a reflejar las verdaderas dimensiones y calado de la compleja red de relaciones intersociales entretejida por las comunidades calcolíticas precedentes, cuyo colapso tuvo consecuencias al unísono en una amplísima parte del continente europeo. Los diversos y novedosos análisis -entre ellos, los relativos a la secuenciación del ADN nuclear-que se están llevando a cabo contribuirán, sin duda, a corto y medio plazo, a revelar aspectos que hasta ahora habían pasado inadvertidos. Sin embargo, las condiciones ma-teriales y el modelo de relaciones sociales existentes en las comunidades calcolíticas tuvieron que desempeñar un papel no menos protagonista que el de las sinergias y procesos ligados al derrumbe de la red de relaciones intersociales precedente, en la construcción de las nuevas entidades sociales de la Edad del Bronce que les sucedieron. Agradecemos a los revisores de la revista Trabajos de Prehistoria todas sus sugerencias y aportaciones, que han servido para enriquecer y mejorar el texto.
"A Fernán, que no me dio tiempo a darle las gracias." La evidencia arqueológica en el territorio que se extiende entre el valle del Río Tormes y el del Côa es relativamente amplia y variada. Sin embargo, la investigación ha sido escasa, descompensada y realizada con medios antiguos. De todos los yacimientos correspondientes a la Prehistoria Final y Protohistoria investigados (cerca de 70) hasta la fecha, tan solo cinco de ellos cuentan con dataciones radiocarbónicas a tener en cuenta, en algunos casos con una sola datación y en otros con ciertas anomalías que hacen, cuando menos, que se deban de poner en cuestión. Este trabajo pretende mostrar la realidad de la evidencia disponible y proponer algunas cuestiones de aplicación que deben de ser tenidas en cuenta para el desarrollo de trabajos posteriores. Es proritario conseguir para la zona una buena base de dataciones en estratigrafía de la que, hasta el momento, carecemos. La investigación sigue basándose, por lo tanto, en la datación relativa por tipología que en la mayoría de los casos, por desgracia, no parece ajustarse bien a las secuencias que se intuyen en este área. esta debía de ser integrada en un contexto más amplio, sucesivamente enmarcado en mayores estructuras, compuestas por sociedades formando sistemas regionales y afectadas de forma general por los mismos procesos, delimitando así un área de coherencia geo-histórica suficiente (Fig. 1). La evidencia arqueológica observada desde la Edad del Bronce en esta zona delimita una clara frontera marcada en el curso del Tormes-Duero (López Jiménez e.p.). Esta marca debe ser entendida como un espacio permeable pero bien delimitado en el que se encuentran diferentes estrategias de explotación del territorio que diferencian claramente dos áreas al Este y Oeste del Tormes, con un área permeable intermedia (o buffer). Desde los yacimientos de Cogotas I hasta las formas de fijación al paisaje producidas durante la Edad del Hierro las dos áreas muestran una clara diferencia en la estructura del poblamiento, la forma de explotación del territorio, y por lo tanto en la formación de su estructura social. El área oriental del Tormes se relacionaría más claramente con los procesos de la Meseta Central y ciertas estrategias de explotación de territorios agrícolas fértiles integradas en dinámicas de promoción de relaciones de desigualdad, asimilando elementos de prestigio o formas de representación del estatus (necrópolis como El Raso, Las Cogotas, La Osera, Las Ruedas,...) (Álvarez-Sanchís 1999) que no encontramos en el occidente. Desde el Tormes hacia el Oeste las dinámicas sociales de los grupos prehistóricos han dejado vacías las pocas llanuras de las cuencas sedimentarias del interior de la región para centrarse en los límites de las sierras y los escarpes sobre los ríos encajados hasta los límites de los cortados, las famosas "teclas del piano", que marcan el final de nuestro área de estudio en el occidente del valle del Côa, formando la llamada "Beira Meseteña". El límite está claramente delimitado por estas sierras que marcan el paso llamado de Cova da Beira al Sur, entre Serra da Malcata y Serra da Estrella, y al Norte el puerto de Guarda que da paso a la Beira Litoral. Los límites más claros hacia el Norte y Sur son respectivamente el curso del Duero y las sierras de Malcata, Gata, Francia y Candelario, que son continuación de las impresionantes formaciones del Sistema Central. La falta de trabajos sistemáticos con muestreos y dataciones asociadas es el mayor inconveniente a la hora de producir secuencias que puedan servir para el establecimiento de los procesos históricos en la zona. En este sentido, cuanto mejor se conozcan unos pocos sitios clave para cada periodo, menos necesidad de nuevas excavaciones tendremos para establecer claramente los ritmos históricos de esta zona, y mayor peso podremos depositar en los estudios off site y la arqueología no destructiva (Orejas et al. 2002). Las dataciones absolutas son especialmente interesantes para comprender ciertos problemas muy marcados de la arqueología en este área. • El establecimiento de una Edad del Bronce, de la que no tenemos casi constancia. • Determinar el ritmo de aparición de los procesos de: a) Sedentarización e inicio de la complejidad social; b) Introducción de tecnología (metalurgia del bronce y hierro, torno de alfarero) y c) Inicio de los procesos de intensificación de la explotación (para la Edad del Hierro). • Establecer los ritmos del proceso de romanización y la implantación real de la explotación integral del territorio. DATACIONES PARA LA EDAD DEL BRONCE El yacimiento de La Corvera, en Navalmoral de Béjar, se sitúa en lo alto de una fuerte elevación de 1100 m, dominando el valle del Arroyo de Sangusín en su salida hacia el Arroyo del Castañar. Del valle de este arroyo procede la particular estela de Valdefuentes de Sangusín (Santonja 1998: 108). El espacio de habitación en este lugar es bastante reducido, delimitado por algún muro exterior por lo menos en su parte sur. En este lugar aparece un nivel de habitación datado por Radiocarbono en finales del siglo XV a.C. y por lo tanto dentro de las posibles últimas fases de ese Bronce Inicial tan mal conocido en la zona (Tab. Sobre este nivel hay algunos elementos que indican, aunque no están bien contextualizados, una cierta presencia del mundo de Cogotas I y de Hierro II. Del primero conservamos unos fragmentos de cerámica típica incisa y del segundo una fíbula de caballito de tipo meseteño. El mayor problema de este yacimiento es que sólo se conoce por noticias preliminares (Santonja 1991: 23-25;1998: 106-108), y por tanto, la información no será completa hasta tener las conclusiones de las campañas de trabajo. Si, además, observamos con detenimiento las fechas radiocarbónicas y su calibración (OxCal v3.5 Bronk Ramsey 2000 a 2ó) podemos observar que los rangos de probabilidad parecen admitir igualmente fechas que alcanzarían hasta el siglo XVIII BC. Por tanto, parecen tomar fuerza las propuestas de una mayor cercanía entre los primeros grupos post-calcolíticos y los que pertenecerían al momento representado por La Corvera, perpetuándose los primeros en el tiempo y retrotrayendo los otros a momentos anteriores (Santonja 1998:107). Estas consideraciones se fundamentan en un importante problema para localizar en el occidente de la Meseta Norte una serie de Bronce con tres estadios: Inicial, Medio y Final. Mas bien parece, a la vista de los pocos datos obtenidos, que la división mejor ajustada se puede hacer al hablar de Inicial y Final, como representativo de un cambio en las formas de vida y no sólo material. El Castil de Cabras se encuentra ubicado a una altura de 1046 m en el interior del valle del Río Quilamas, en la sierra del mismo nombre, en el área oriental de la comarca de la Sierra de Francia. Su inaccesibilidad y la construcción de, al menos, dos paramentos de aterrazado, han favorecido la conservación del sitio. Este asentamiento se encuentra sobre una pequeña plataforma en lo alto de una elevación que cae por el sur en un cortado de más de 200 m de desnivel sobre el Arroyo de Quilamas. El espacio de la plataforma cuenta con una superficie habitable inferior a los 500 m2. La especial ubicación del asentamiento está cuidadosamente elegida y reúne una importante cantidad de elementos que tan sólo podían darse, dentro del área interior del valle de Quilamas, en este punto exacto. Los recursos que sostuvieron la economía de este grupo se localizan en un espacio bastante inmediato y el pequeño territorio de explotación planificada (agricultura y pastoreo) se combina con recursos de explotación oportunista (producidos por el bosque y el monte) en un espacio de control directo muy reducido. La primera referencia a este yacimiento se debe a los trabajos del Padre Morán en la zona de la Sierra de Francia (Morán 1946: 51) y más tarde Maluquer (1956: 38). Desde entonces tan sólo se ha vuelto a hacer referencia a este yacimiento por el descubrimiento de algunas pinturas rupestres en la zona Sudoeste del cortado, documentadas por Grande del Brío (1987: 138). El yacimiento fue sondeado en 2001 por el equipo ESTAP del Departamento de Arqueología del CSIC y se recuperaron varias muestras para su datación. El objetivo de los sondeos se centró en dos puntos fundamentales: la definición de la zona de aterrazada exterior y la determinación de sus características (sondeo A) y la localización de niveles muestreables en las zonas interiores del poblado (sondeos B y C). Los análisis de radiocarbono de Castil de Cabras han supuesto una importante reflexión sobre las cuestiones cronológicas en la zona. Pese a que los materiales y la información del hábitat es muy coherente con un momento de transición entre el Bronce Final y la Primera Edad del Hierro, las dataciones, tanto las realizadas por medios convencionales como las de AMS, se concentran en fechas calibradas cercanas al tránsito entre el III y el II milenio AC. Las muestras se tomaron en zonas seleccionadas con presencia de carbón procurando que no estuvieran en contacto con alteraciones producidas por raíces u otros agentes externos. Se separaron varias tomas de cada muestra para poder tener contraste de ellas, pero en algunos casos fue el propio laboratorio el que procedió a unirlas para tener suficiente masa de análisis. Las muestras fueron analizadas por métodos convencionales por el laboratorio del Geocronología del CSIC y, a través de éste, se enviaron también al de Uppsala para su contrastación aquellas que debían ser analizadas mediante AMS (Tab. Curiosamente, las fechas obtenidas mediante datación radiocarbónica suponen un desajuste importante entre la cronología sugerida por el material y la estructura del poblamiento. Esto hace necesario analizar ambas posibilidades, dentro del contexto arqueológico, de que una u otra adscripción sea la más acertada. Existen una serie de datos que deben tenerse en cuenta al analizar el registro y que determinan la posibilidad o no de una coherencia entre las diferentes cronologías. La primera es, como ya se ha dicho, que se cuenta con una sola fase de ocupación que presenta un registro a su vez muy homogéneo. No se documentan fases de habitación o materiales que remitan a fases anteriores, ni en excavación ni durante las prospecciones realizadas. El abandono y destrucción del poblado muestra una fase de relleno bastante rápida y los procesos postdeposicionales parecen ser bastante estables en lo que se conoce del yacimiento. Los datos derivados del análisis del material remiten recurrentemente, aunque hay que tener en cuenta que se está ante un proceso no estandarizado de fuertes rasgos autoctonistas, a elementos que se pueden situar en el contexto del Sudoeste de la Península Ibérica. Estos son principalmente las cazuelas abiertas que remiten a formas propias de los tipos Cabezo de San Pedro II y Las Cumbres T1 (formas en general relacionadas con los tipos Gua-dalquivir II) (Córdoba y Ruiz Mata 2000; Blázquez et al. 1979; Pereira 1989) que se fechan hacia el siglo VIII a.C. Esta cronología viene dada por la aparición de las formas del tipo A3, que contrasta con la desaparición total de los tipos relacionados con formas de Bronce Final de la Meseta. Junto a estos materiales más específicos encontramos otros elementos que indican más difusamente una cronología pero que forman parte de un proceso de instauración de ciertas formas de relación y representatividad social que parecen generalizarse durante el final del Bronce Final y preludian la integración de tipos más mediterráneos relacionados con la presencia fenicia en la costa de poniente. Se trata de un conjunto formado por dos elementos típicos, las formas abiertas que evocan sistemas de ritual asociado a un consumo de alimentos colectivo y la proliferación de vasitos de tamaño pequeño en muchos casos con elementos de suspensión vertical. Estos elementos, de carácter individual, representan en este yacimiento una importante muestra y vienen a completar una serie de hallazgos ya documentada en algunos sitios de Ávila (Fabián 1999), Cáceres (Martín Bravo 1999) o Portugal (Vilaça 1995(Vilaça 2000) ) con las mismas características. Las formas abiertas se relacionan también con la proliferación de elementos pintados provenientes del Sudoeste y que están documentados en la zona desde el siglo IX a.C. en San Pelayo A (Benet 1990). Su cronología es, por tanto, más amplia y difícil de especificar, pero si observamos todo el conjunto puede mantenerse entre las fechas de IX y VIII a.C. con facilidad. En lo concerniente al material más tosco, destinado al almacenaje, existen también indicadores que pueden ayudar a su ubicación cronológica general. Entre ellos destaca la aparición sistemática de los tratamientos de superficie "escobillados" que se documentan en el norte de Extremadura en el Bronce Final-Hierro Antiguo, especialmente en El Risco (Enríquez Navascués 2001) o en los poblados del Bronce Final y Hierro Antiguo de la Comarca de Alcántara y la cuenca extremeña del Tajo (Martín Bravo 1999: 31-45, 69-97). Estos tratamientos, muy presentes entre los materiales de almacenaje del Castil, se asocian sistemáticamente a formas troncocónicas (similares a las del Cerro de San Pelayo "A") todas ellas con fondos planos en ocasiones algo realzados. Por otra parte, las dataciones que se presentan en este caso tienen una muy difícil contextualización para este tipo de poblamiento. Los fechas más cer-canas asimilables al Castil de Cabras son las del anteriormente nombrado yacimiento de La Corvera, con una datación de siglo XV a.C. que calibrada sitúa estas en mediados del XVI BC, cerca de trescientos años posterior a las que arroja el Castil de Cabras. Los datos de ubicación parecen bastante similares en ambos casos, pero el material presente es muy diferente. La Corvera conserva una importante relación con elementos de tipo Cardeñosa (Santonja 1998: 103-105; Fabián 1995), con bastantes ejemplos de incisiones en espina, escasos vasitos abiertos y contenedores con cordones decorativos y profusión de formas cerradas. Para los recipientes del Castil se documenta una falta total de decoraciones que no sean las de ungulaciones en cordones digitados o ungulaciones siempre transversales en los labios, así como alguna estampilla simple en "c". Por lo tanto, además del desajuste que suponen las dataciones de radiocarbono, falta coherencia material con los tipos que se documentan en el Castil de Cabras, no por el valor que estos pudieran tener como identificadores, sino porque muestran dos sociedades diferentes que producen una cultura material diferente. Por lo que hasta ahora sabemos, La Corvera presenta una producción tipológicamente desestructurada y no estandarizada, ni siquiera en las formas más generales, mientras que en el Castil de Cabras los mecanismos sociales que cohesión permiten establecer ya ciertos "tipos" que presentan una incipiente sistematización reflejo de una mayor integración en las dinámicas "mediterraneizantes". Sin embargo, aunque este argumento puede servir para la adopción de una cronología relativa y la desestimación (por ahora) de las fechas radiocarbónicas, es necesario por lo menos reflexionar brevemente sobre las razones de este desajuste. En primer lugar es importante destacar que estas dataciones no están aisladas en su "atonía" en el Bronce Final -Hierro Antiguo del occidente y que, probablemente debido a la sistemática no publicación de estos "errores", no conocemos más ejemplos. Las dos más cercanas en el tiempo y espacio para este caso son las tomadas en los yacimientos de O Castelejo y Fresno de Carballeda. En la zona del occidente el registro del yacimiento del Bronce Final de O Castelejo, excavado por Vilaça (1993Vilaça (, 1995: 123): 123), arrojaba tres fechas que remitían a una secuencia comprendida entre el VIII y V milenio, en estratos claramente identificables del Bronce Final. Después de analizar el pro-blema de la toma de muestras y reconstruir los contextos en que estas fueron extraidas las dataciones quedaron desestimadas, ya que era muy evidente que existía un error en algún punto del proceso de análisis (Tab. Norte, el ambiente sedimentario es tendente a la acidez, lo que significa que son los ácidos húmicos los que pueden atacar a elementos como el carbón, madera o hueso. Como en el caso anterior el tratamiento a un proceso que se entiende como universal es igualmente único en todos los laboratorios y consiste en la limpieza de la muestra con hidróxido sódico. En el caso de la toma de muestras del Castil de Cabras la contaminación individual de las muestras queda funcionalmente descartada, ya que pertenecen a dos sondeos diferentes aunque muy próximos y fueron tomadas en momentos diferentes del proceso de excavación, y sin embargo su agrupación es muy significativa en un margen de fechas muy estrecho. Esto parece señalar una homogeneidad en los procesos sufridos que produce esta coherencia en los resultados. Otra variable a tener en cuenta en las muestras de carbón, como es el caso de las del Castil de Cabras, es la de las "muestras de vida larga" (Castro et al. 1996: 21). En estos casos las fechas obtenidas no tienen por que coincidir con la muerte biológica del individuo ni con su uso antrópico. Para los organismos vegetales con anillos de crecimiento la procedencia de la muestra del tronco puede falsear los datos ya que los anillos internos "mueren" al aparecer otros nuevos exteriores. Por lo tanto dependiendo de cual ha sido el origen de la muestra se puede estar datando un momento u otro de la vida del árbol. Esta posibilidad, más remota al coincidir las dataciones de dos sondeos diferentes, no es descartable, ya que los carbones podrían estar procediendo de unas mismas maderas dado lo cerca que se encuentran éstos. Es posible, incluso (como apuntaba Fernán Alonso mientras discutíamos estas fechas), que exista una toma de muestra de madera "fósil", o sencillamente, madera muy vieja, muy curada y en proceso de fosilización. La Plaza de Toros del Cerro de San Pelayo (Martinamor, Salamanca) El Cerro de San Pelayo se encuentra ubicado en la margen occidental de la llanura aluvial del Tormes donde destaca especialmente por su relevancia en el paisaje. Se trata de un "monte-isla" de una altura total de 958 m, en cuya parte superior, en una plataforma larga y estrecha, se encuentra el yacimiento dominando visualmente toda la vega del Tormes en sus dos orillas, desde el actual embalse Tab. El caso del castro de Fresno de Carballeda, excavado y documentado por Esparza (1986: 158), ofrecía un dilema similar, aunque en este caso con una sola fecha (Tab. La datación proporciona una cronología 2000 años más antigua de lo que presenta el registro material. Se trata de una ocupación de la Edad del Hierro en la que no existe rastro alguno de otro asentamiento anterior. Para su excavador esta datación, en un contexto en el que no contamos con ningún rastro de ocupación calcolítica, puede estar relacionada con la presencia de sedimentos originados en un incendio muy anterior a la ocupación del castro (Esparza 1986: 158). Sin embargo, tratando sobre los problemas de la datación isotópica, parece muy acertada la opinión de Castro y otros (1996: 3) de que independientemente de la pulcritud de la toma de muestras, estos métodos no están exentos de problemas. Los más interesantes en este caso parecen los referidos a la contaminación de las muestras por procesos postdeposicionales que afectan a su estructura química y, sobre todo, a las muestras de "vida larga". Las primeras se producen básicamente en dos ambientes sedimentarios bien diferenciados, al alcalino y el ácido (Castro et al. 1996: 20). En los ambientes alcalinos la precipitación de carbonatos puede alterar este equilibrio y en los laboratorios se compensa con la limpieza de la muestra con ácido clorhídrico. En este caso, el del occidente de la Meseta de Santa Teresa hasta Alba de Tormes y a su espalda el Campo de Salamanca. Iniciadas las investigaciones en el cerro por Santonja durante los trabajos en el dolmen de La Veguilla, la gran cantidad de elementos calcolíticos en superficie y su excepcional calidad decidieron a Nicolás Benet a realizar dos intervenciones en los años 1985 y 1986 (Benet 1990: 78) que revelaron una compleja estratigrafía. En la pequeña plataforma se plantearon siete catas de 4 × 4 m cuya estratigrafía reveló una serie de seis niveles de los cuales tan solo el último (nivel VI) puede ser considerado como yacimiento en posición original. Las investigaciones confirmaron que los elementos superficiales correspondientes a los niveles I a IV habían sido formados por el aporte de tierras provenientes de otro lugar para formar la plataforma de la llamada plaza de toros construida en el siglo XVIII (Benet 1990: 81). Entre ellos debieron de arrastrarse los numerosos fragmentos de campaniforme decorado con incrustación de pasta roja y blanca que parecía indicar un poblamiento calcolítico. El nivel V, que sirvió como suelo a la plaza y posteriores asentamientos, muestra sin embargo un registro en el que existen elementos propios de un arrastre secundario procedente de algún tipo de hábitat que podría estar más próximo a la Segunda Edad del Hierro si nos guiamos por los materiales, ya que tampoco se pudieron tomar muestras fiables. En cierto modo lo mismo pasa con los elementos del nivel VI en las catas B-6 y B-4, donde parecen encontrarse estos mismos elementos. El hallazgo más concluyente se produjo, por tanto, alrededor del nivel VI de la cata B-5, donde se recuperaron numerosos fragmentos de cerámica, objetos de lujo y una importante cantidad de huesos cubiertos por los restos de una considerable acumulación de piedras. La mayoría de estos objetos se pudieron documentar en posición primaria y solo levemente alterados por la acción de agentes postdeposicionales. Este nivel B5-VI, esta bien contextualizado en el interior de lo que podría haber sido un túmulo funerario fechado por radiocarbono en el siglo IX BC. La extensión del túmulo sobrepasa ligeramente por el sector sudoccidental los límites de B5, apareciendo en la base de B6 (igual a B5-VI) donde se encontraron dos importantes acumulaciones de carbón (Benet 1990: 85) de las que se tomaron dos muestras para datar por Radiocarbono. Ambas fueron procesadas en los laboratorios de la Universidad de Gröningen y, calibradas mediante el progra-ma OxCal v3.5, han arrojado para este nivel B5-VI de San Pelayo fechas de mediados del siglo IX BC. Una tercera muestra enviada por Benet (1990: 85), tomada sobre un hueso del nivel inmediatamente superior debe ser tomada con muchas reservas por su gran desviación estándar (± 140 años) (Tab. Estos elementos del poblamiento inferior del Cerro de San Pelayo plantean la primera introducción de estos grupos del occidente en una dinámica que probablemente se encuentre relacionada con la estructuración de redes de relaciones vinculada a grupos de prestigio destacados en su representación social y que se incluyen en los procesos documentados en este momento y fechas posteriores en dos grandes áreas. Por un lado los grupos de cuencos pintados de tipo Menjibar y Medellín, y por otro los de tipo Las Cumbres y Casa del Carpio. DATACIONES PARA LA EDAD DEL HIERRO El Patio de las Catedrales (Salamanca) Éste se encuentra en la parte alta del Teso de las Catedrales, en Salamanca, y fue excavado de ugencia en 1998, mostrando dos niveles prerromanos claramente definidos (Caballero y Retuerce 1998). El más antiguo de los niveles corresponde a lo que sus excavadores identifican con los restos de una cabaña en la que se entremezclan maderas y adobes de planta rectangular. Junto a esta aparecen materiales que se identifican con tipos "celtibéricos" antiguos, es decir, cerámicas a torno oxidantes en algún caso con decoración pintada. Junto a ellas aparecen numerosos fragmentos a mano y algún elemento, cuya vinculación a la estructura de la cabaña no esta clara, a peine. Sobre esta aparece una nueva estructura que corresponde a una ocupación más tardía, realizada íntegramente con adobes, de planta de forma cuadrangular y de la cual se conserva una sola fecha de radiocarbono. La cerámica asociada corrobora en parte las fechas de esta datación y ofrece una secuencia bastante amplia que parece comenzar en los comienzos del II aC. y se prolonga hasta encontrar cerámica romana del siglo I aC. 6). la gran extensión de la plataforma del asentamiento, en la parte más alta del mismo, donde la frecuencia y variedad de los hallazgos en superficie parecía indicar una mayor potencia arqueológica. Se realizaron dos sondeos de forma casi paralela. El primero de ellos (sondeo A), de 2x4 rápidamente reveló una estructura de enlosado de pizarra, bastante bien conservado, que continuaba hacia el este. En ese punto se planteó el siguiente sondeo (B), de 2 x 5 m, que completaba la imagen de esta estructura que parecía formar parte de un exterior. Las muestras de carbón recogidas resultaron todas positivas y forman una serie muy coherente que indica de forma aproximada desde el momento de la fundación del enlosado hasta su abandono, un periodo de utilización de cerca de tres siglos. Principalmente interesantes son las dataciones correspondientes a la fundación del enlosado (Tab. 7), muy significativas para establecer una fecha aproximada para el traslado de las poblaciones desde el vecino castro de La Corona. Desgraciadamente la excavación de estos sondeos es muy reducida y los datos son, por lo tanto, difícilmente contextualizables. Sin embargo, las constantes intervenciones en la ciudad de Salamanca revelan cada vez más una muy compleja secuencia de poblamiento que hasta ahora no ha producido, sin embargo, ninguna serie datada por radiocarbono. Las fechas radiocarbónicas presentan dataciones para la base de fundación del pavimento que la establecen con seguridad en la primera mitad del siglo I aC, coincidiendo las dos procesadas por el CSIC, y con una fecha, que hay que considerar más relativa por su contexto, que haría referencia al posible sellado del enlosado hacia finales del siglo III a. Por otra parte, los tipos cerámicos muestran elementos propios del contacto con el mundo romano, como es la aparición de las acanaladuras en los labios de cerámicas a torno para los encajes de las tapas, del que conservamos un ejemplar. Igualmente, en general, por los tipos asociados a formas que pueden ser de referentes romanos. Sin embargo, puede ser un momento temprano, ya que no tenemos evidencia directa de elementos típicamente romanos como Terra sigillata o elementos de construcción claros. Esto, en un asentamiento de este tipo y tamaño, en un cerro bastante accesible cercano a las vegas de los ríos, parece apoyar un momento cercano al cambio de Era para el traslado de las poblaciones del área para concentrarse en este lugar. La cerámica recogida en prospección en esa zona tiene, en buena parte, elementos que podrían coincidir morfológicamente y por su factura con los tipos toscos a mano recuperados en La Corona. Por otra parte muchos de los elementos recuperados en los sondeos parecen coincidir con formas reconocibles de cerámica común del vecino yacimiento romano de La Fuente de la Mora. CONSIDERACIONES PARA UNA SECUENCIA CRONOLÓGICA Los pocos resultados hasta ahora obtenidos en datación absoluta para esta zona son verdaderamente desalentadores en lo que a la Edad del Bronce se refieren. Contamos con unas fechas de lo que podríamos llamar Bronce Medio (que no deja de ser un unicum) en La Corvera, aisladas y con amplios márgenes de desviación, y las dataciones del Castil de Cabras que, si bien son muy coherentes entre si, no lo son tanto con los elementos materiales recuperados. En cualquier caso, la contrastación de estos podría revelar, si las fechas se confirman y situamos al Castil en el Bronce Inicial, cual es el paso entre el III y el II milenio y una mucho mas pronta fijación al paisaje de lo que podíamos haber intuido para la zona. Mientras, parece mas coherente pensar para este yacimiento, como ya se ha dicho, que estamos en un momento tardío del Bronce Final y que los paralelos más claros podrían ser los del mundo del Bronce Final de la Beira Interior (Vilaça 1995). Se aprecia, igualmente, un vacío absoluto en la Edad del Hierro que, paradójicamente, es el momento más representativo de la arqueología protohistórica de la zona. Esto se debe a la falta de trabajos modernos y sistemáticos en estos lugares, de los que se siguen manejando datos provenientes de investigaciones antiguas, y cuyas estratigrafías, salvo en casos aislados y debidos a la arqueología de urgencia, como el de Salamanca o Ledesma, se desconocen. Donde mayor fortuna hemos tenido, dentro de lo paupérrimo del registro, ha sido en la cuestión de la introducción del mudo romano. Las fechas radiocarbónicas, aunque por ahora tan solo orientativas, podrían indicar, al menos dos ritmos de intervención, uno en zona urbana como Salamanca, y otro en un área mucho más marginal como es la Sierra de Quilamas. Estas fechas de primeras implantaciones vienen a llenar un vacío en el que aun no hay elementos guía para fechar (como por ejemplo la TS) y la cultura material es ambigua. Solo la radical alteración de las formas de explotación del territorio, la reorganización de las formas del hábitat y ciertos elementos de continuidad con lugares habitados en época imperial permiten encajar con precisión este momento. Es necesario, por tanto, combinar las dataciones con una serie de análisis, principalmente paleoambientales, que es lo que parece resolver de forma más completa la cuestión del cambio hacia una explotación integral del territorio. Esta enlazaría, en el caso de La Mata del Castillo, con ciertos elementos que indican una continuidad con asentamientos como La Fuente de la Mora, que parece comenzar en el siglo I dC como lugar de explotación de las vecinas minas de oro romanas (Sánchez-Palencia y Ruiz del Árbol 2000). Este proceso parece producirse en la zona, atendiendo a los análisis, desde finales del siglo II y principios del siglo I aC en los núcleos urbanos, y algo más tarde, asociado a la fundación del pavimento de La Mata del Castillo, en las zonas apartadas de la Sierra. La comprobación de estos datos con muestras de yacimientos de ambas zonas, así como la realización de algunas series radiocarbónicas completas en lugares seleccionados de toda la secuencia protohistórica, es lo que permitirá dar un paso cuantitativo hacia la comprensión de estos procesos y posibilitara la futura investigación. De lo contrario, seguiremos haciendo uso de secuencias desajustadas, "fósiles guía" en desuso y aproximaciones generales que no tienen más remedio que jugar con siglos de margen. Óscar López Jiménez El Castil de Cabras (San Miguel de Valero, Salamanca)
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Para la determinación anatómica y taxonómica de los restos faunísticos se ha consultado la colección de referencia del Laboratori d'Arqueozoologia del Departament de Prehistòria de la Universitat Autònoma de Barcelona. La discriminación entre bovinos y cérvidos se ha guiado por el trabajo de Prummel (1988). La estimación de la edad de muerte de los animales se ha efectuado siguiendo a Barone (1976) y Silver (1980). Estos autores establecen la edad a partir del crecimiento óseo de los elementos del esqueleto apendicular para bovinos, oveja, cabra y cerdo, entre otros. Se ha considerado el estado de fusión de las articulaciones óseas y diferenciado tres categorías: fusionado, no fusionado y en proceso de fusión. La edad estimada con este método solo es precisa cuando el hueso está en proceso de fusión, ya que las restantes dos categorías proporcionan indicaciones en forma de intervalo, por encima o por debajo de un umbral. Se han establecido seis cohortes de edad (neonato, infantil, juvenil, subadulto, adulto y senil), que permiten incluir a fines comparativos aquellos restos sin información concreta según el estado de fusión de las articulaciones. El sexo de los individuos de Ovis aries y Capra hircus se ha identificado a partir de las diferencias morfológicas del astrágalo, conforme a la propuesta de Boessneck (1980). Conviene señalar que la determinación sexual solo ha podido hacerse en 10 casos de La Bastida, debido a que las características de la representación anatómica en los conjuntos funerarios que hemos analizado no suelen incluir los elementos diagnósticos necesarios. Ante esta baja representación, hemos optado por no considerar esta variable. Para la reconstrucción del procesado del animal y la selección de las porciones colocadas como ofrenda, se han examinado mediante lupa binocular las marcas de corte de origen antrópico. El registro de estas marcas ha tenido en cuenta su localización, orientación, profundidad y longitud, informaciones necesarias para inferir la actividad que las causó. En nuestro estudio, todos los restos analizados corresponden a extremidades, cuyas partes anatómicas son las siguientes (Fig. 1): a. Cintura: escapular (escápula) y pélvica (pelvis). b: Estilopodio: "brazo" (húmero) y "muslo" (fémur). c. Zigopodio: "antebrazo" o "brazuelo" (radio y ulna) y "pierna" (tibia y fíbula). d. Autopodio: "mano" (carpos, metacarpos y falanges) y "pie" (tarsos, metatarsos y falanges). La ubicación de los restos faunísticos en relación a las partes anatómicas del esqueleto humano ha sido codificada mediante sectores (Fig. 2). Las figuras 3-6 ilustran algunas de estas posiciones con ejemplos de La Almoloya y La Bastida. En lo que respecta a los restos humanos, el análisis osteológico y la estimación de los marcadores biológicos de sexo y edad sigue la normalización propuesta por Buikstra y Ubelaker (1994). En lo que respecta al sexo, hemos priorizado los marcadores pélvicos sobre los craneales. En la determinación de edad de los individuos infantiles, han prevalecido los estadios de formación y erupción dental sobre la fusión epifisaria y hemos distinguido entre Infans I (de 0 a 3 años) e Infans II (de 3 a 12 años)1. Cabe señalar que, a efectos de la maximización del número de efectivos, cuando usamos "adultos" en las pruebas analíticas incluimos también a los individuos fallecidos en edad anciana. Distribución de las tumbas individuales con y sin restos de fauna, según la edad de fallecimiento de la persona inhumada. El total de tumbas sin fauna en La Almoloya (N = 14) incluye también un individuo juvenil. La Almoloya La Bastida Anexo-Tab. Distribución de las tumbas individuales con determinación de sexo y adscripción de fase, según la presencia o ausencia de restos de fauna (los valores porcentuales hacen referencia a frecuencias relativas por horizonte cronológico). Las ofrendas de fauna en tumbas argáricas: nuevas perspectivas desde La Almoloya y La Bastida (Murcia) S9 LAS OFRENDAS FAUNÍSTICAS EN AJUARES FUNERARIOS Edad sacrificio ofrendas de fauna en tumbas argáricas: nuevas perspectivas desde La Almoloya y La Bastida (Murcia) S21
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Los restos de fauna, escasa o dudosamente documentados en tumbas del Grupo Argárico, han cobrado relevancia en los últimos años al amparo del concepto "comensalidad". El objetivo de este trabajo es revisar su aplicación en las interpretaciones actuales, así como explorar nuevas vías de análisis a partir de los registros de La Almoloya y La Bastida (Murcia). Los resultados indican que la asignación de porciones faunísticas fue una práctica frecuente y socialmente transversal, que solo excluyó de forma significativa a la población infantil y que, con el tiempo, se hizo más restrictiva. Más que indicadoras de distancia socioeconómica, las ofrendas faunísticas tuvieron un sentido político: la donación de "alimento" resultó clave en el reconocimiento social de buena parte de los miembros de las comunidades argáricas. RESTOS DE FAUNA EN AJUARES FUNERARIOS ARGÁRICOS: LOS TÉRMINOS DE UN DEBATE El registro funerario argárico: notas sobre representación y significado La mayor parte del registro funerario argárico se compone de inhumaciones individuales intramuros. En estos conjuntos cerrados, la sociedad canceló el uso de ciertos objetos y, por tanto, renunció para siempre a intervenir físicamente en ellos y con ellos. Los dispuso junto a una persona muerta que, aunque parezca el sujeto del funeral, en realidad era el objeto de una Trab. El sujeto fue la sociedad y, su excusa, un cuerpo inerte. Es pertinente preguntarse: ¿qué expresaba la sociedad en esas tumbas? Su composición revela regularidades, tal vez una sintaxis, de forma que cada sepultura podría ser asimilada a una oración. En el ritual funerario, el sujeto no era el cadáver, sino la sociedad. Ahora bien, sí lo fue cuando centramos el análisis en el interior de la sepultura. Este, transfigurado en objeto clave o "primordial" (Lull 2007: 226-229), atrajo a otros objetos a modo de complementos. En la sociedad argárica, no todos los objetos y los sujetos se consideraron adecuados en la sintaxis funeraria intramuros. Además, entre los objetos potencialmente aptos, solo algunos acababan en una tumba concreta. La reunión de objetos en tumbas componía relaciones sintagmáticas de mayor o menor extensión. Recordemos que, en lingüística, la función sintagmática amplía el significado por adición de nuevos elementos. Complementos o predicados, los objetos depositados en tumbas conciertan lo social de una vida/muerte individual. Su reunión expresa dos recorridos vitales. El primero concierne a los "objetos de pertenencia", aquellos vinculados al cuerpo de ciertos sujetos que siguen acompañándolo en la sepultura. El segundo se refiere a los "objetos de pertinencia", aquellos que la sociedad considera oportuno asociar a ciertos grupos de personas. La frontera entre "pertenencia" y "pertinencia" es difusa, pero se aclara si tenemos en cuenta que lo "pertinente" no subraya lo propio de un individuo, sino un protagonismo social exterior a este. Por otro lado, "pertenencia" enfatiza lo propio-individual evitando expresamente la categoría "propiedad", ya que esta designa una relación que no puede ser certificada únicamente desde los conjuntos funerarios. En los ajuares funerarios argáricos se distinguen tres clases de objetos: vestimenta y adornos, armas e instrumentos metálicos, y ofrendas relacionadas con la alimentación. Las dos primeras incluyen objetos de pertenencia, que vinculan las personas enterradas con la consideración social que se les brindó en vida. La sociedad argárica inhumaba cadáveres vestidos y, con frecuencia, envueltos a modo de fardo, según se desprende de la tafonomía esquelética. Que se inhumaban vestidos lo sabemos gracias a algunos contextos con condiciones de preservación extraordinarias 1, e indirectamente, por restos de tejido, lino preferentemente, adheridos a la superficie de objetos de cobre, o por botones de marfil que, a veces, se teñían de rojo por contacto con la ropa (Siret y Siret 1887: 157, lám. 41, no 202; López Padilla 2006: 98; Jover y López Padilla 1 Nos referimos a la sepultura 121 de Castellón Alto (Molina et al. 2003). Los adornos personales completaban el atuendo. Por su parte, las armas e instrumentos metálicos parecen indicar una "extensión" de las personas según condicionantes sociales relacionados con el sexo y la clase. Son, por tanto, "objetos de pertenencia". Además de ropa, adornos, armas e instrumentos, pudieron depositarse comestibles. Se han recuperado restos y/o los recipientes que presuntamente o, con certeza, los contuvieron2. Este último grupo de materiales responde a motivaciones y protocolos diferentes. Así, mientras que la vestimenta, los adornos y el equipo instrumental podrían haber sido usados en vida hasta ser indicadores para el reconocimiento social de ciertas personas, los alimentos y sus eventuales contenedores se ajustan a la definición de "ofrenda": son donados por la sociedad para fines rituales. Esto explicaría su aparición en solitario en algunas tumbas e, incluso, en cenotafios3. Son, por tanto, "objetos de pertinencia". La fauna en ajuares funerarios argáricos: estado de la cuestión, problemáticas y objetivos La arqueología argárica ha prestado una atención especial a los objetos de pertenencia y de pertinencia documentados en sepulturas, ya sea analizándolos por separado o considerando el ajuar en su conjunto (Lull y Estévez 1986; Cámara 2001; Lull et al. 2005; Aranda y Molina 2006). Se sabía que las porciones faunísticas fueron contempladas en la sintaxis funeraria, pero las dificultades o incertidumbres asociadas a su recogida y correcta documentación las habían relegado a un papel marginal o nulo en la investigación. La primera consecuencia de esta desatención es que ignoramos la función sintagmática de la fauna en la representación funeraria: qué sujetos merecieron este complemento y en qué circunstancias, y cuáles no. Por tanto, está por determinar si las ofrendas alimentarias fueron depositadas al azar o conforme a normas. Uno La segunda consecuencia afecta a la categoría "fauna", en la medida en que acoge una multiplicidad de cualidades según sus dimensiones taxonómica y anatómica. Ambas abren la función paradigmática. En lingüística, la función paradigmática, a diferencia de la sintagmática, procede mediante conmutación al proporcionar respuestas intercambiables. En nuestro caso, opera una vez dada la función sintagmática de "fauna" y la amplía al ofrecer un abanico de posibilidades según la especie seleccionada y la o las partes anatómicas depositadas. La función paradigmática es responsable de una nueva apertura significante. Sobre los datos taxonómicos y anatómicos que la posibilitan, se han realizado los citados estudios recientes, al hilo del interés en los ajuares alimenticios en otros periodos y regiones de la prehistoria reciente peninsular (Garrido et al. 2011; Garrido 2012Garrido -2013;;Costa et al. 2019). En el caso argárico, la muestra analizada hasta el momento procedía de casi 60 tumbas, la mayoría de los yacimientos de Fuente Álamo (Almería), el casco urbano de Lorca y Los Cipreses (Murcia), y los granadinos Cerro de la Encina y Cuesta del Negro (Aranda 2016; Aranda y Montón 2011). Según sus conclusiones, la deposición de porciones cárnicas se efectuó en el marco de ceremonias donde se consumieron alimentos, y en las que la posición social de la persona fallecida influyó en la selección de la especie animal sacrificada. Las porciones de vacuno, animales de alto valor, quedaban reservadas a los miembros de la clase alta y, ocasionalmente, a otros situados por debajo en la escala social aunque deseosos de ascender. En cambio, la colocación de porciones de ovejas y cabras sería característica de los grupos sociales más pobres. En buena parte de los estudios recientes, los restos faunísticos en tumbas suelen entenderse al amparo del concepto "comensalidad". Este es un término desafortunado, no solo porque la Real Academia Española de la Lengua lo ignora, sino por el sesgo de su carga semántica. Se asocia etimológicamente a "comensal", aplicado tanto a eclesiásticos al servicio de prelados como a personal dependiente de la familia real, libre de cargas de tutela y alojamiento. Según el derecho eclesiástico, su uso designa la relación entre el obispo y el ordenado por él y obliga, al primero, a sustentar en su mesa al segundo4. En resumen, un trasunto humanista de corte religioso, cuyo campo semántico se extendió posteriormente a la relación biológica en que una especie se alimenta a expensas de otra ("comensalismo"). Teóricamente, podría prescindirse de esta carga semántica y limitar el significado de "comensalidad" a lo que su raíz latina indica: "personas que comen conjuntamente (cum) en la misma mesa (mensa)" o "personas que comparten mesa", una situación que la Real Academia Española recoge como "comensalía". Ello parece difícil porque "comensalidad" procede de una traducción literal del inglés commensality, arraigada por un hábito que, de manera acrítica, arrastra aquella denotación de corte jerárquico y, también, la biológica de dependencia o parasitismo. Aun así y pese a la popularidad de "comensalidad", hay quien prefiere feasting, un término seguramente más ajustado porque no prejuzga la dependencia de unos (invitados) con respecto a otros (anfitriones jerárquicos)5. Feasting, en su acepción más general, alude a reuniones en las que se consumen bienes en abundancia. Ahora bien, feasting añade una connotación según la cual el acto de consumo no se reduce a lo estrictamente biológico, sino que es la excusa u ocasión para el juego político y sus implicaciones ideológicas. Lo más apropiado para versionar feasting cuando el consumo gira en torno a alimentos y bebidas podría ser "banquete". ¿Hablaríamos entonces de "banquetes funerarios"? En el caso argárico se infiere, a nuestro juicio problemáticamente, la celebración de tales acontecimientos a partir del hallazgo de porciones de fauna en cierto número de sepulturas. Ahora bien, cambiar el signo de lo que se deposita, en sentido estricto porciones faunísticas, quizá raciones de carne, por un indicador inequívoco de lo que se intuye o imagina (residuo o símbolo de un banquete funerario imbuido de sentido político-ideológico), requeriría el apoyo de evidencias independientes, concretamente acumulaciones de restos producto de dicho evento colectivo en los conjuntos funerarios o en depósitos arqueológicos vinculados con estos. Sin embargo, semejante apoyo empírico resulta por ahora nulo, un aspecto subrayado también por distintos autores (Cámara y Molina 2009, 2011). Los estudios recientes sobre fauna en tumbas no aportan datos que documenten esa eventualidad, como tampoco hay rastro de ellos en excavaciones realizadas en los últimos años (La Almoloya, La Bastida). Por tanto, sospechamos que se ha procedido a una doble sobrelectura: la primera, derivada de un principio de autoridad sustentado en casos etnográficos evocados a fines comparativos (pese a saberse que la etnografía brinda ejemplos para casi todo); la segunda, al avalar una interpretación en clave de "comensalidad" prescindiendo de los testimonios arqueológicos que habrían de sustentarla. Estas apuestas hermenéuti-cas descuidan la base empírica, si es que no la obvian por completo. Se trata de lecturas, en ocasiones ricas e imaginativas, que ilustran la manera de historiar que acompaña al capitalismo tardío (en célebre expresión de F. Jameson 1991). Su característica es facilitar "atajos": tras una mirada impaciente sobre ciertas clases de objetos arqueológicos, la inspiración o la evocación sustituyen al seguimiento de un método explícito como guía de la narración. El presente trabajo rechaza la inspiración etnográfica y el salto interpretativo que suele acompañarla en arqueología, y opta por justificar inferencias ancladas en la materialidad de los conjuntos funerarios. Sus objetivos se sitúan en dos dimensiones. Establecer la relación, si la hubo, entre las ofrendas faunísticas y los cuerpos que las merecieron, según las variables de edad, sexo y clase social. Definir las particularidades taxonómicas y anatómicas de estas ofrendas y, en segunda instancia, las eventuales relaciones entre dichas particularidades y las variables de edad, sexo y clase social de los individuos asociados. MATERIALES Y METODOLOGÍA (Anexo) El material que ha de permitir alcanzar estos objetivos procede de La Almoloya (Pliego-Mula) (Anexo-Tab. 1) y La Bastida (Totana) (Anexo-Tab. Ambos cubren toda la diacronía argárica y cuentan con registros funerarios representativos y detallados. Todas las sepulturas datan de las fases 2 (ca. Su adscripción cronológica ha combinado datos cronométricos (series de dataciones de C14, la mayoría realizadas a partir de muestras óseas humanas tomadas de tumbas) y observaciones estratigráficas. Las dos colecciones difieren en varios aspectos. Hemos prescindido de la información dispersa procedente de una cuarentena de tumbas expoliadas en la segunda mitad del siglo XX, cuyos restos hemos documentado. Las intervenciones de los siglos XIX y XX se repasan en Lull et al. (2015a). arqueología argárica, tan solo superado por El Argar y El Oficio. El principal inconveniente se deriva de la desigual calidad de su documentación, ya que la mayoría de las tumbas fueron halladas en diversas excavaciones entre 1869 y 1950. En estas condiciones, la investigación se basará en las sepulturas excavadas por nuestro equipo entre 2009 y 2013, así como en cierto número de restos de fauna descubiertos en campañas previas, gracias al estudio directo de los mismos y de documentos gráficos y textuales de la época (Andúgar 2015(Andúgar: 1401(Andúgar -1469) ) 8. Sin embargo, dado que solo las tumbas excavadas recientemente conforman una muestra completa formada por casos con y sin fauna y, por tanto, apta para un análisis comparativo interno, la mayor parte del trabajo girará en torno a esta, compuesta por 54 tumbas intactas (37 individuales, 9 dobles y 8 cenotafios); es decir, poco más de la mitad que la muestra de La Almoloya (54 frente a 105). Señalamos que, en La Bastida, el análisis de la fauna en conjuntos funerarios se beneficiará de los resultados de la investigación zooarqueológica de los niveles habitacionales (Andúgar 2016). La relevancia cualitativa y cuantitativa de los registros de La Almoloya y La Bastida queda de manifiesto si tenemos en cuenta que, entre los dos, aportan 100 conjuntos funerarios con restos faunísticos. A título comparativo, la investigación más completa sobre el tema (Aranda y Montón 2011, 2016) se realizó sobre los datos de 57 sepulturas correspondientes a 9 yacimientos, entre los cuales el que más aportaba lo hacía con 22 casos (Fuente Álamo). Ahora bien, la importancia de La Almoloya y La Bastida no se mide solo en términos cuantitativos, sino porque permiten comparar conjuntos de tumbas con y sin fauna, de forma que ofrecen la posibilidad de detectar regularidades inadvertidas hasta ahora. Las categorías empleadas para analizar la información zooarqueológica9 son "parte" y "porción". "Parte" es un término estrictamente anatómico y, en este estudio, todas corresponden a extremidades. Las extremidades constan de cuatro partes: cintura, estilopodio, zigopodio y autopodio (Anexo-Fig. Cada parte puede estar formada por un hueso, como fémur y húmero Trab. En cambio, "porción" remite a una selección social: la unidad mínima de asignación faunística. Si bien hay casos en que "porción" es igual a "parte", no sucede lo mismo cuando la porción incluye al menos dos partes en conexión anatómica, como por ejemplo tibia y tarsos (calcáneo, astrágalo, centrotarsal y maleolar) 10. La distinción es relevante, ya que una misma extremidad puede haber dado lugar a dos porciones si se depositaron partes anatómicas inconexas que ingresaron en la tumba por separado (p. ej., escápula por un lado, y radio y ulna por otro). Es decir, dos partes de una misma pata que no están articuladas en la anatomía del animal se contabilizan como dos porciones. A su vez, cuando en una sepultura se documentan al menos dos porciones, cabe la posibilidad de que correspondan a más de un animal. Por consiguiente, "parte", "porción" y "extremidad de un individuo" constituirán las categorías pertinentes para nuestro análisis. Los restos de fauna en el interior de las sepulturas se han localizado en siete sectores que toman como referencia la típica posición de los cuerpos, esto es, extremidades inferiores flexionadas y lateralizadas respecto a un tronco que yacía en decúbito lateral o en supino (Anexo-Fig. El análisis espacial también ha considerado la distancia de los restos faunísticos respecto a recipientes cerámicos, si los hubiere. La clasificación de los ajuares funerarios según su valor social ha seguido los criterios establecidos por Lull y Estévez (1986), con un matiz en la categoría 3. En este caso, las tumbas con un único útil metálico, punzón o puñal, ocupan una categoría a caballo entre la 3 y la 4 (3/4). ANÁLISIS (I): LA PRESENCIA DE FAUNA EN AJUARES FUNERARIOS DE LA ALMOLOYA Y LA BASTIDA El análisis seguirá dos vías. La primera estudiará la relación entre presencia y ausencia de fauna, con el fin de descubrir si esta era un complemento regular de ciertos elementos o atributos o, por el contrario, bajo qué circunstancias quedaba excluida. La segunda considerará únicamente las tumbas con restos faunísticos para explorar, por un lado, las características taxonómicas y anatómicas de las porciones depositadas y, por otro, las eventuales relaciones entre estas y otros elementos. Cotejaremos simultáneamente los datos de La Almoloya y La Bastida en los cinco ámbitos funerarios más relevantes: tipo de enterramiento, cronología, edad, sexo y clase social de los individuos inhumados. Tipo de enterramiento y restos faunísticos La frecuencia de conjuntos funerarios con alguna porción de fauna varía ligeramente: en La Almoloya ronda el 55 %, mientras que en La Bastida alcanza el 46 % (Anexo-Tab. En cambio, los resultados por tipo de enterramiento son semejantes: mayoría de tumbas individuales sin fauna, mayoría de tumbas dobles con fauna y proporciones similares en cenotafios. Las diferencias entre yacimientos parecen deberse a la mayor abundancia de sepulturas dobles con fauna en La Almoloya (N=21), una clase de conjuntos cuya naturaleza duplica, en teoría, la probabilidad de contener ofrendas. La mayor presencia de fauna en tumbas dobles es estadísticamente significativa en La Almoloya 11, pero no en La Bastida 12. En estas circunstancias, si bien el porcentaje de tumbas dobles (22,8 % en La Almoloya; 16,6 % en La Bastida) no es significativamente distinto entre ambos yacimientos 13, la abundancia de tumbas dobles con fauna en La Almoloya (N=21, por 9 en La Bastida) inclina la balanza hacia la presencia de fauna en los conjuntos funerarios del primero. Solo tres de las 24 tumbas dobles no incluían fauna en su ajuar. Retengamos que, aun así, las diferencias entre conjuntos funerarios con o sin fauna son ligeras en términos generales. De hecho, si considerásemos las dos colecciones como una sola, se daría un virtual empate: 83 casos con fauna y 76 sin ella. A continuación, trataremos de identificar qué factores influyen o determinan la presencia de fauna, empezando por un factor genérico, la dimensión temporal. Cronología y restos faunísticos En las tumbas de La Almoloya y de La Bastida se depositaron porciones faunísticas desde las primeras manifestaciones funerarias a comienzos de la Fase 2 y hasta el final de sus ocupaciones a mediados del siglo XVI cal ANE. Ahora bien, las proporciones entre tumbas con y sin fauna variaron a lo largo del tiempo (Anexo-Tab. 4): en la Fase 2 más del 80 % de las sepulturas de La Almoloya y del 75 % de La Bastida incluían fauna, mientras que en la Fase 3 estos porcentajes se redujeron de forma drástica (hasta poco más de la tercera parte del total) y estadísticamente significativa14. Ello revela una tendencia consistente, ya que ambos yacimientos comparten valores porcentuales similares. Edad, sexo y clase social La fauna, en tanto elemento de ajuar, podría estar sujeta a los condicionantes por razón de sexo, edad y clase social en los conjuntos funerarios argáricos (Siret y Siret 1887; Lull y Estévez 1986; Lull et al. 2005). La edad al morir de los sujetos en tumbas individuales, con y sin fauna, ofrece frecuencias muy dispares, diríase que opuestas, entre infantiles y personas de mayor edad (Anexo-Tab. Así, mientras que solo el 9 % (La Bastida) y el 20 % (La Almoloya) de las tumbas infantiles contenían fauna, los porcentajes alcanzan el 80 % (La Bastida) y el 66 % (La Almoloya) cuando se consideran las de adolescentes y sujetos adultos y ancianos. Las diferencias en cada colección son estadísticamente significativas15. Así pues, la mayoría de las tumbas sin fauna corresponden a infantiles y, a la inversa, la fauna en ajuares funerarios se asocia significativamente a individuos que habían superado la masculino o femenino 20 (Anexo-Tab. En La Bastida, pese a que el bajo número de efectivos dificulta un análisis fiable, tampoco se registra ninguna asociación significativa, aunque vale la pena señalar que los únicos tres adultos sin fauna eran mujeres y que todos los varones (cinco) tenían. El análisis de la variable sexual tampoco revela diferencias diacrónicas significativas. En la Fase 2 de La Almoloya (Anexo-Tab. 8) una amplia mayoría de mujeres y hombres mereció ofrendas faunísticas. En la Fase 3 la mayoría de los ajuares femeninos siguieron incluyendo fauna, aunque en una proporción más moderada (8 a 6), mientras que entre los hombres pasaron a ser mayoría los inhumados sin fauna (2 a 4). Así pues, la tendencia ya apuntada hacia la reducción de ofrendas faunísticas en la Fase 3 se hizo a expensas de ambos sexos, aunque afectó más a los hombres en términos relativos. En cualquier caso, ello refuerza la idea de que el sexo biológico no condicionaba por sí solo el derecho a merecer ofrendas faunísticas. El bajo número de efectivos en La Bastida condiciona el análisis. Cabe señalar que las frecuencias absolutas de tumbas con fauna son similares para hombres y mujeres en cada fase, aunque el hecho de que todas las tumbas masculinas incluyan fauna rompe la tónica de igualdad entre sexos. La relación entre la dimensión socioeconómica y las ofrendas faunísticas se ha dilucidado restringiendo el análisis a las tumbas individuales de adultos (Anexo-Tab. 9), es decir, a sujetos con una posición social plenamente reconocida. En La Almoloya, pese a que la fauna es relativamente más frecuente en los ajuares de las categorías intermedia y alta, las diferencias respecto a los de categorías inferiores no resultan significativas 22. En La Bastida hemos maximizado el bajo número de tumbas individuales añadiendo aquellas dobles en las que al menos uno de los sujetos no hubiese fallecido en edad infantil. 21 A fin de determinar posibles relaciones en los datos y dadas las peculiaridades cuantitativas de la muestra, agrupamos los valores de las categorías 1-3 (denotadoras de mayor riqueza) y, por otro lado, los de las 3/4, 4 y 5. Sobre estos dos grupos se realizó el análisis comparativo. Puntualizamos que la presencia de fauna en solitario en una tumba no desacredita su clasificación en la categoría 5 de Lull y Estévez (1986). Aquel análisis estadístico no incluyó las ofrendas faunísticas debido a los problemas de registro que afectaban a los restos faunísticos en excavaciones antiguas. Aun así, es interesante anotar que la presencia de fauna es más frecuente en tumbas de categorías pobres (doce sobre trece) que entre las más ricas (cinco entre nueve). La distribución cronológica según el valor social de los ajuares tampoco revela diferencias significativas (Anexo-Tab. Pese a ello, la lectura de los valores porcentuales sugiere un descenso en la presencia de fauna en la Fase 3 entre los ajuares más pobres. Así, durante la Fase 2 de La Almoloya solo 4 de las 17 tumbas con ajuares pobres carecían de fauna, mientras que en la Fase 3 se duplicaron: 8 entre 17. Puede ser revelador que, pese al escaso número de efectivos de La Bastida, casi todas las tumbas pobres de la Fase 2 contaban con alguna porción de fauna (7 de 8) pero, en la Fase 3, solo una de las tres sepulturas. Hemos dejado para el final el tratamiento de las tumbas dobles y los cenotafios. En La Almoloya las sepulturas dobles son más frecuentes que en La Bastida y muchas de ellas contenían fauna (Anexo-Tab. Las 15 tumbas de la Fase 2 cuentan con esta clase de ofrendas, así como 6 de las 9 de la Fase 3; significativamente, las tres excepciones se asocian a casos con uno o dos infantiles. En La Bastida, las tres tumbas de la Fase 2 contenían fauna. En cambio, en la Fase 3, tres sí y tres no, sin que parezca haber influido en ello factores como la edad de fallecimiento o la riqueza del ajuar. Solo aproximadamente la mitad de las tumbas dobles de adultos duplican la ofrenda faunística cuando sería de esperar una proporción mayor, acorde con su abundancia en tumbas individuales de sujetos adultos. Esta circunstancia plantea de nuevo la remoción de elementos de ajuar con ocasión del segundo sepelio. Los cenotafios suponen menos del 4 % de los conjuntos funerarios de La Almoloya, pero casi el 15 % en La Bastida. Estas frecuencias tan distintas no afectan a las restantes variables, que respetan una sorprendente uniformidad en ambos yacimientos. Todos los casos datan de la Fase 3, se asocian a ajuares escasos (categorías 3/4 y, sobre todo, 4 y 5) y muestran proporciones similares entre presencia y ausencia de restos de fauna. ANÁLISIS (II): LAS OFRENDAS FAUNÍSTICAS EN AJUARES FUNERARIOS DE LA ALMOLOYA Y LA BASTIDA La base de la investigación sobre posibles criterios en la asignación de porciones de fauna es una colección formada por 100 conjuntos funerarios (58 de La Almoloya y 42 de La Bastida) 24. Frecuencia de partes anatómicas y tafonomía Las ofrendas faunísticas siempre corresponden a extremidades. En La Almoloya, lo más habitual es hallar elementos óseos de una (23,28 %), dos (45,20 %) o tres (26,02 %) de las cuatro partes anatómicas que las componen (Anexo-Tab. En La Bastida el panorama varía, dominado ampliamente por dos posibilidades: una parte (30,4 %) o dos (67,4 %). La porción equivalente a una pata entera, compuesta por huesos conectados de las cuatro partes anatómicas, no se ha documentado en La Bastida y solo en cuatro de los 73 individuos de La Almoloya (5,47 %) 27. También cabe señalar que, en general, los carpos y los tarsos son los únicos representantes del autopodio. Falanges y metápodos debieron haber sido desechados al desollar el animal: se han observado marcas de corte resultado de esta acción en cuatro tumbas de La Almoloya. Todo análisis sobre la deposición de elementos faunísticos requiere, en primer lugar, detectar posibles sesgos tafonómicos derivados de una eventual preservación diferencial. La edad de sacrificio es uno de los factores a priori más influyentes, ya que los individuos infantiles, al no haber concluido la osificación, están más expuestos a quedar infrarrepresentados. Esta posibilidad se ha evaluado mediante un análisis de contingencia para cada grupo de frecuencias de partes anatómicas representadas en cada tumba, según la edad de sacrificio (infantil, juvenil y adulta) (Anexo-Tab. En La Almoloya se observan diferencias significativas 28, motivadas por las elevadas frecuencias de animales infantiles en las categorías de dos y cuatro de L. Siret y P. Flores en 1886 y del equipo del Seminario de Historia Primitiva del Hombre en 1944, 1945 y 1950. 25 Como la mayoría de estas 15 tumbas son dobles (N=11), la presencia de porciones de dos animales puede deberse a que cada cadáver mereció partes de uno, sin que los restos faunísticos del primer funeral fueran retirados con ocasión del segundo. Como hemos señalado, a veces se ha deducido la extracción de elementos del ajuar del primer individuo inhumado, durante el funeral del segundo en este tipo de sepulturas. Solo cuatro tumbas individuales tienen restos de dos animales. 26 Algo más de la mitad de las porciones corresponde a tumbas individuales. La frecuencia de tumbas dobles supera ligeramente el 20 %. Sorprende en La Bastida la abundancia relativa de cenotafios. 27 Curiosamente, cuando porción y parte son lo mismo, siempre se acompañan de la porción de otro animal. En La Bastida no se alcanza el nivel de significación y las cifras de porciones de animales infantiles no desentonan respecto a las de los sacrificados a otras edades. En consecuencia, la destacada representación de individuos inmaduros sugiere que la influencia de los factores tafonómicos fue escasa o nula y además, en el caso de La Almoloya, alerta sobre una preferencia que revisaremos más adelante. En La Almoloya hay un predominio neto de ovejas y cabras (~90 %, Anexo-Tab. El ganado ovino, por sí solo, supera el 50 % y es más del doble que el caprino. De hecho, el porcentaje de Ovis aries se aproximaría a los dos tercios del total si le asignásemos la parte proporcional esperable del grupo indiferenciable de ovejas/cabras. En el extremo opuesto, con valores muy bajos en torno al 5 %, hallamos suidos y bovinos. En La Bastida, las tres cuartas partes de las ofrendas correspondían a ovejas y cabras, aunque aquí en igual proporción. En los conjuntos habitacionales de La Bastida, el número y el peso de los restos de ovejas y cabras es parecido a lo largo del tiempo, con un leve predominio de Ovis aries (Andúgar 2016: 315, tab. La frecuencia de Bos taurus, casi el 20 %, supera notablemente la de La Almoloya, mientras que la de Sus domesticus ocupa el último lugar, ligeramente por debajo del 10 %29. El estudio de la fauna en conjuntos habitacionales de La Bastida permite entender algunos pormenores sobre la selección de especies en las ofrendas funerarias. Según el parámetro "número mínimo de individuos" (NMI) (Anexo-Tab. 13), la suma de ovejas y cabras alcanza los valores más altos, tal y como sucedía en el registro funerario. Sin embargo, Ovis aries duplica a Capra hircus, lo cual se ajusta a la tendencia funeraria de La Almoloya, pero no así a la de La Bastida, donde ovejas y cabras presentan valores iguales 30. Las diferencias entre ovejas y cabras en conjuntos habitacionales y funerarios de La Bastida no resultan significativas 31, pero pueden indicar cierta preferencia hacia el Trab. Es interesante en este sentido que el ganado vacuno y el porcino abundan más que el caprino en los contextos habitacionales de La Bastida, mientras que la relación es inversa en el ámbito funerario. Ello también apunta a una preferencia por el ganado caprino o, tal vez mejor, planteándolo a la inversa, a una renuencia al sacrificio de ovinos, bovinos y suidos con ocasión del ritual funerario. El resultado es que aquí la representación de caprinos superó su importancia en la subsistencia cotidiana. Las razones pudieron ser de orden diverso, tal vez de rentabilidad económica en el caso del ganado vacuno y ovino, o de otro orden respecto al porcino. En resumen, las frecuencias de fauna como elemento de ajuar funerario en La Almoloya y La Bastida se asemejan en general a las de la fauna doméstica consumida en La Bastida en lo que respecta al predominio de ovejas y cabras. No obstante, al menos en La Bastida se identifican filtros económicos o ideológicos que evitan que el registro funerario dé una imagen fidedigna de las prácticas cotidianas de sacrificio. Sin alejarnos de la aplicación de filtros sociales, las evidencias de La Almoloya y La Bastida indican sin ninguna duda que la fauna salvaje fue excluida del ritual funerario 32, pese a su relativa importancia en la dieta. Tal vez su condición de recurso eventual condicionado por el éxito de la actividad cinegética la hacía poco apropiada para la asignación funeraria, en comparación con la disponibilidad, posiblemente más inmediata y segura, de los animales domésticos. En términos diacrónicos, en La Almoloya no se aprecian diferencias estadísticamente significativas entre las fases 2 y 3 a propósito de Ovis aries y Capra hircus, las únicas especies con una representación sustancial (Anexo-Tab. Aun así, destacamos una drástica disminución de cabras en la Fase 3 que las sitúan a nivel testimonial incluso por debajo de Bos taurus y Sus domesticus. En La Bastida, el escaso número de efectivos con asignación cronológica segura dificulta extraer conclusiones. Sí cabe señalar que todas las especies se hallan representadas a lo largo de la diacronía, sin que se observen variaciones sustanciales. Edades de sacrificio y partes anatómicas seleccionadas Aproximadamente la mitad de los individuos en La Almoloya eran infantiles, seguidos con casi un 30 % por juveniles/subadultos y solo una quinta parte de 32 En otros yacimientos argáricos la presencia de fauna salvaje como ofrenda funeraria es, a lo sumo, esporádica (Liesau y Schubart 2004; Aranda 2016). Las frecuencias de las especies mayoritarias, ovejas y cabras, son semejantes. En cambio, las minoritarias muestran tendencias opuestas: los ejemplares de vacuno eran adultos y los suidos de muy corta edad. En conjunto, se observa un equilibrio entre el sacrificio de animales de edad temprana y de los que habían alcanzado su óptimo cárnico a edades juvenil y adulta. En La Bastida, al contrario, predominan los animales sacrificados en su óptimo cárnico y la selección de infantiles ronda la tercera parte del total. En La Almoloya, además de la tendencia a depositar porciones de ovejas y cabras infantiles o, en general, de edad subadulta, se identifica un patrón relativo a la parte anatómica. Junto a la exclusividad absoluta de las extremidades hay una preferencia muy acusada por las delanteras: solo 3 de 73 son cuartos traseros. Además, la mayoría son extremidades del lado izquierdo (44 casos, 60,3 % de la muestra) (Fig. 2). La aplicación de estos dos criterios de selección (extremidad delantera y lateralidad izquierda) no incluyó diferencias significativas entre especies. Esta regularidad parece indicar una dimensión simbólica característica de La Almoloya. La Bastida ofrece una situación antagónica, ya que muestra una preferencia marcada por las extremidades posteriores (42 casos de 48, casi el 90 %34 ) y, además, la lateralidad mayoritaria es la derecha (25 casos del lado derecho -55,6 %-, frente a 20 casos del izquierdo -44,4 %-) (Fig. 2). De nuevo, la selección predominante (extremidades posteriores del lado derecho) se aplicó a todas las especies sin variaciones estadísticamente significativas. La frecuencia de partes anatómicas en La Almoloya indica que el zigopodio anterior (antebrazo) es la más representada con diferencia, seguida por la cintura escapular y los carpos (Anexo-Tab. La presencia de marcas de corte en la articulación del codo atestigua el proceso de descuartizamiento y la subsiguiente selección de una o dos porciones como ofrenda. El antebrazo se presenta en solitario o, más comúnmente, asociado a la escápula y/o a restos del autopodio anterior. La escápula solo aparece aislada una vez. Lo más frecuente es su asociación al menos con otra parte anatómica, aunque nunca solamente con autopodio en combinaciones dobles. El autopodio nunca se documenta en solitario. Las bajas frecuencias de húmero35 y fémur revisten especial interés para el tema que nos ocupa, porque son los huesos de las extremidades asociados a una mayor masa cárnica y contenido en médula. Sorprende su escasez si, como se defiende desde las interpretaciones en clave de "comensalidad", uno de los propósitos rituales fue hacer partícipe del banquete funerario a la persona fallecida (Aranda y Esquivel 2007: 115; Aranda 2008: 117). La cantidad de carne asociada a la ulna y al radio de ovejas y cabras es escasa, aunque ligeramente mayor en la escápula36. A la luz de estos datos la hipotética participación de la persona difunta en el banquete sería, podríamos decir, más simbólica que nunca. La ofrenda de una o varias partes de una misma extremidad indica su colocación una vez completado el proceso de despiece, cuando las porciones se hallaban listas para proseguir el proceso culinario pero sin cocinar, ya que faltan marcas de termoalteración. Ello añade otra duda a su consideración como "alimento". Los restos hallados en conjuntos habitacionales de La Bastida muestran con frecuencia alteraciones por ha-Fig. Representación sintética de las partes anatómicas mejor representadas, depositadas en las tumbas argáricas de los asentamientos de La Almoloya y La Bastida (Murcia) (beige: La Almoloya; morado: La Bastida). De izquierda a derecha y de arriba abajo Ovis aries, Capra hircus, Bos taurus y Sus domesticus. En color en la edición electrónica. En cambio, la mayor frecuencia corresponde a partes distales de las extremidades, que se caracterizan por un aporte cárnico muy escaso, aún menor en individuos de corta edad. En resumen, la selección anatómica en La Bastida obedeció a un claro patrón: porciones distales (zigopodio y autopodio) de extremidades posteriores. Las escasas excepciones a esta norma trasladan dicha selección a las extremidades anteriores. La misma preferencia por los cuartos traseros expresada en La Bastida se ve en la mayoría de los yacimientos argáricos estudiados (Fuente Álamo, Cuesta del Negro, Lorca, Los Cipreses) 37. En cambio, el patrón de La Almoloya muestra criterios de selección opuestos. Pudo ser seguido únicamente por la comunidad de Cerro de la Encina, aunque aquí predominan los restos de húmero mientras que en La Almoloya solo hay 10 entre 70 restos de cuartos delanteros. Establecer si la población argárica conceptualizó como "alimento" las porciones de fauna en tumbas no es una cuestión cerrada tras observar que no suelen depositarse las que aportan más nutrientes. Pese a que la cantidad de carne amortizada fuese mínima, cabría argumentar que el proceder simbólico empleó una sinécdoque según la cual una parte, incluso ínfima, pudo igualmente aludir a una totalidad, ya fuese una ración de comida o un animal doméstico entendido como recurso alimenticio. Con el fin de profundizar en esta dimensión simbólica, hemos explorado en primer lugar la relación entre la ubicación de los restos faunísticos y el individuo inhumado y, a continuación, con respecto a los recipientes cerámicos, ya que ambas dimensiones pueden arrojar luz sobre los vínculos simbólicos entre ofrenda faunística y "alimento". En ambos casos, la variable analizada es "porción". Vinculación espacial entre ofrenda e individuo En esta primera aproximación, la clave que reforzaría la idea de ofrenda alimentaria residiría en la colocación de porciones de fauna cerca de la cara o de la boca del individuo; es decir, la parte del cuerpo donde se Trab. Por tanto, la disposición de elementos relacionables con el consumo alimentario es casi nula entre la población de menor edad y, cuando se documenta a partir de los tres años, los restos faunísticos son los más frecuentes. Las dos terceras partes de la población no infantil de La Almoloya, siempre teniendo en cuenta la inhumada en tumbas individuales, mereció algún recipiente cerámico (N=28 frente a N=14), la mayoría de las veces acompañado también de fauna (N=20 con fauna y cerámica frente a N=8 solo con cerámica). Contenían fauna 8 de las 14 tumbas sin cerámica, de forma que solamente 6 personas que habían superado la infancia 40 (la séptima parte de este colectivo con un solo juvenil) carecían de elementos relacionables con la alimentación, ya fuese cerámica y fauna combinadas o una u otra. En resumen, los elementos potencialmente vinculados con el consumo alimentario, fauna y cerámica, aumentan con la edad de fallecimiento hasta ser extraordinariamente frecuentes. La proximidad entre restos óseos y recipientes cerámicos también parece verificarse en La Bastida. En este caso hemos incorporado las tumbas dobles con fauna, y la asociación entre fauna y cerámica casi se triplica (ocho vecindades estrechas frente a tres distanciamientos). Como es posible que las porciones de fauna y vasijas expresen donaciones alimentarias, solo incluimos 3 tumbas con vasijas de las 20 sepulturas ocupadas en exclusiva por infantiles sin fauna. Por tanto, estas serían las únicas que pudieron incluir algún tipo de alimento. En dos fueron inhumados Infans II, mayores de seis años y, por ello, con posibilidad de haber disfrutado de ciertos derechos hereditarios (Lull et al. 2005) 41. Solo hay un Infans II más en nuestra muestra y sin ajuar. Por tanto, en La Bastida solo se registra un caso, a todas luces excepcional, por haber sido enterrado con alimentos o bebidas tras fallecer a una edad muy temprana (12-14 meses). Las tendencias observadas en el acompañamiento cerámico de las tumbas infantiles se consolidan, si tenemos en cuenta que 4 de las 5 tumbas individuales y dobles con adultos y sin fauna contenían 40 Las seis tumbas incluyen ajuares pobres o relativamente pobres (categorías 3/4, 4 y 5); cinco de ellas son mujeres. 41 En la serie de tumbas con registro incompleto halladas en el siglo XX, la BAJ7 (tumba 7 de la campaña de F. Jordá, en 1950; véase Lull et al. 2015a) contenía un Infans II con un cuenco y fauna. Por tanto, de nuevo un infantil relativamente mayor. Además, llama la atención que las dos tumbas infantiles con fauna sean de las sepulturas más antiguas y con un tipo de enterramiento inusual en La Bastida. Puede ser interesante ver en ellas algunas de las primeras tumbas infantiles intramuros que contaron con un atributo funerario habitual (la deposición de fauna), atributo que no perduró posteriormente para la cohorte de edad más temprana. La única tumba infantil de época reciente con fauna y, además, una cerámica exterior, es BA65, una sepultura doble. entre uno y dos recipientes cerámicos y solo una carecía por completo de ajuar42. Es decir, entre la población adulta era muy frecuente depositar cerámica. En resumen, la inclusión en una tumba infantil de La Bastida de algún componente alimenticio, ya sea porción de fauna y/o recipiente, fue una práctica excepcional. La primera pudo haberse dado tan solo en los albores del ritual intramuros infantil, mientras que la de algún alimento o bebida en recipientes cerámicos pudo haberse reservado a ciertos Infans II con derechos heredados. En cambio, la ofrenda de porciones de fauna y/o alimentos/bebidas en contenedores de consumo y, a veces, de cocina o servicio, fue habitual entre la población adulta. Taxones faunísticos con respecto al sexo, edad y clase social de las personas inhumadas Abordar este abanico de relaciones requiere tomar en consideración, en primera instancia, solo las sepulturas individuales43. La exploración de la variable sexo en La Bastida afronta la escasez de determinaciones (ocho tumbas femeninas y cinco masculinas). En un análisis preliminar no se aprecian preferencias concretas; tampoco, si atendemos a la relación entre las variables sexo y lateralidad de la extremidad depositada, que muestra una casi total paridad entre mujeres (4 derechas y 4 izquierdas) y hombres (3 derechas y 2 izquierdas). En La Almoloya la comparación entre las dos especies mayoritarias, Ovis aries y Capra hircus, y el sexo biológico de los humanos asociados (Anexo-Tab. 18) no revela ninguna asociación significativa 44. Ahora bien, la variable sexo no es independiente de la lateralidad en la extremidad seleccionada, porque se manifiesta una asociación significativa entre hombres y porciones faunísticas del lado izquierdo 45. De hecho, la asociación presenta visos de exclusividad, al no haberse documentado ni un solo varón con una porción faunística derecha (Anexo-Tab. Los doce casos 46 que apoyan esta afirmación datan de toda la diacronía y se refieren a ovejas y Trab. Esta constatación tiene especial interés habida cuenta de la disposición mayoritaria de los hombres argáricos sobre el costado izquierdo, o en decúbito supino con las extremidades lateralizadas hacia la izquierda (Lull et al. 2016: 45 y tab. Las mujeres yacían mayoritariamente sobre su costado derecho, o sobre la espalda con las piernas lateralizadas hacia la derecha, pero, en cambio, la lateralidad de las porciones faunísticas es indistinta. No se aprecia ninguna otra preferencia por razón de sexo más allá de esta, lo cual coincide con las conclusiones de otros trabajos (Aranda 2016: 22). Tampoco hay diferencias significativas en la distribución de las dos especies mayoritarias entre tumbas masculinas y femeninas, que es más bien paritaria (Anexo-Tab. La relación entre restos faunísticos y edad de fallecimiento solo es abordable en La Almoloya, por la insuficiencia de efectivos en La Bastida. Como hemos señalado, la principal directriz en lo que respecta a la edad fue la exclusión de porciones de fauna para menores de 3 años. Para los Infans II, las porciones de ganado ovino o caprino nunca son de animales adultos48, una regularidad que el bajo número de casos impide confirmar si resulta significativa. Finalmente, el análisis de la distribución de las categorías de ajuar en tumbas de individuos juveniles y adultos es poco elocuente, porque las frecuencias de algunas combinaciones son bajas o nulas. La situación no mejora lo suficiente incluyendo todas las tumbas de adultos, individuales o dobles49. Hemos agrupado en dos conjuntos las cinco categorías de referencia para maximizar los datos disponibles (Anexo-Tab. De nuevo, la escasez de bovinos y suidos limita el alcance de las conclusiones. Si los dejamos de lado y nos centramos en Ovis aries y Capra hircus, no se observan relaciones significativas51. Sin embargo, y pese a las limitaciones citadas, la distribución de valores en La Almoloya permite extraer conclusiones relevantes. Tras analizar los registros de La Almoloya y La Bastida, es el momento de sintetizar el papel de la fauna en el ritual funerario (Anexo-Tab. Pese a las diferencias cuantitativas en la composición de las dos muestras, las principales conclusiones son: a) La asignación de porciones de fauna data de las primeras manifestaciones del ritual funerario intramuros, a inicios del II milenio cal ANE. b) En una primera aproximación, las tumbas sin fauna son más frecuentes que las que la tienen. Este predominio se debe la abundancia de tumbas infantiles durante la fase argárica final, carentes de fauna salvo contadas excepciones (un Infans I en La Bastida y varios Infans II en La Almoloya). c) La mayoría de los individuos adultos contaron con ofrendas faunísticas. d) En términos diacrónicos, la población adulta de la Fase 3 experimentó una reducción en la asociación a ofrendas faunísticas. Tras estos filtros sociales siguieron otros: e) No todo animal susceptible de aprovechamiento económico fue considerado apto en el plano ritual: la fauna salvaje fue excluida sistemáticamente 53. Además, entre los animales domésticos faltan équidos 54 y cánidos y apenas hay suidos y bovinos. f) Ovejas y cabras, protagonistas del aporte cárnico cotidiano, fueron mayoritarias entre las ofrendas. En La Bastida, los porcentajes de ambas especies son similares; en La Almoloya, predominan las ovejas. g) Se adivina una a sacrificar animales más jóvenes en La Almoloya que en La Bastida. h) No toda parte anatómica fue considerada apta: siempre se seleccionaron extremidades, descartándose por completo cabeza y tronco. Sin embargo, no solían depositarse patas enteras sino solo partes, rara vez las de mayor aporte cárnico y contenido medular. g) Cada asentamiento practicó los mismos criterios generales de selección (extremidades, sin las partes más carnosas), pero los materializó de forma distinta, diríase que opuesta: en La Almoloya, mayoría abrumadora de extremidades delanteras (95,8 %) y predominio de lateralidad izquierda (60,3 %); en La Bastida: mayoría abrumadora de extremidades traseras (87,5 %) y predominio de lateralidad derecha (55,6 %) (Anexo-Figs. 53 Se han registrado dos excepciones: una porción de pata de cérvido en la tumba 9 de Los Cipreses (Martínez Rodríguez et al. 1999; Martínez Rodríguez y Ponce 2005) y otra en la tumba 62 de Fuente Álamo (Liesau y Schubart 2004). 54 La única excepción es una porción de caballo en la tumba 69 de Fuente Álamo (Liesau y Schubart 2004). j) La ubicación de las porciones en relación al cadáver55 pero, sobre todo, a los recipientes cerámicos, sugiere que eran asimiladas conceptualmente a la categoría "alimento", pese a que la fracción comestible asociada fuese exigua. k) Las ofrendas de fauna trascienden categorías de riqueza. El ganado vacuno no era exclusivo de las tumbas más ricas aunque suelen preferirse estos animales, ausentes en los ajuares más pobres. Las ovejas pueden aparecer en cualquier ajuar. En cambio, probablemente, las cabras no se consideraron apropiadas en las ofrendas para la élite. l) La ofrenda de porciones animales era independiente del sexo de la persona inhumada. El único patrón a este respecto es la exclusividad de porciones laterales izquierdas para los varones de La Almoloya. La elevada frecuencia de ofrendas faunísticas en los ajuares funerarios argáricos y la variedad de sus expresiones invitan a ahondar en su sentido social. En rigor, la presencia de restos de fauna en una tumba indica el sacrificio de un animal y la inclusión, al menos, de una porción antes de clausurar la sepultura. Ello no implica necesariamente que se consumiera el resto del animal en una celebración colectiva con una elevada carga simbólica, durante la cual se hiciera partícipe del ágape a la persona fallecida. Suponer que las gentes argáricas celebraban banquetes en los que participaban imaginariamente las personas difuntas es más una asunción que una deducción e inaugura una cadena de inferencias que debería superar varios escollos. a) Las porciones faunísticas depositadas, casi siempre extremidades incompletas, suelen aportar muy poca carne, con las únicas salvedades representadas por fémures, húmeros y las escápulas de mayor tamaño. b) Los restos óseos no muestran indicios de cocinado. c) Los conjuntos funerarios (contenedor, fosa o posibles estructuras) y depósitos arqueológicos asociados no incluyen acumulaciones de restos de consumo interpretables como resultado de celebraciones colectivas. Por tanto, las evidencias arqueológicas no permiten afirmar que las donaciones de fauna estuvieron vinculadas con "banquetes fúnebres". De ahí que los estudios que vindican el concepto "comensalidad" requieren una reformulación de sus premisas de partida y una revisión de sus conclusiones. Ahora bien, uno de los resultados de nuestro análisis apunta a que las gentes argáricas conceptualizaban las ofrendas de fauna como "alimento", estableciendo una especie de sinécdoque de la parte (porción con poca carne) por el todo ("ración de comida" o "animal doméstico" como recurso alimenticio). Los restos de fauna, en tanto indicadores de "alimento", siguen un itinerario distinto al de otros elementos del ajuar funerario. Ropa, adornos, utensilios y armas serían "propios" de la persona enterrada y aludirían a rasgos sociales relevantes en vida ("objetos de pertenencia"), mientras que fauna y recipientes cerámicos (potenciales contenedores de comida y bebida) serían donaciones "pertinentes" según el colectivo a cargo del funeral ("objetos de pertinencia"). Esta diferencia conceptual conlleva una distinción práctica: el grupo amortiza, es decir, "pierde" instrumentos, armas y adornos que podrían haber seguido en uso, pero, en cambio, el sacrificio de una cabeza de ganado supondría una "ganancia", habida cuenta que el consumo de carne no era habitual entre gran parte de la población (Knipper et al. 2020). La asignación de porciones faunísticas fue una práctica muy frecuente y socialmente transversal, es decir, relativamente al margen de las diferencias socioeconómicas, socio-sexuales (del sistema sexo/género) y territoriales. Su elevada frecuencia y asociación indistinta a cualquier combinación de ajuar (presentándose incluso como el único elemento en las tumbas más pobres) permiten inferir que el valor económicosocial de la fauna en conjuntos funerarios fue bajo56. El condicionante socioeconómico se manifestaría en la preferencia hacia el ganado bovino por parte de la clase dominante y, eventualmente, miembros de la intermedia, aun cuando tampoco se seleccionó en exclusiva para sus integrantes. Prevalece, por tanto, la práctica interclasista del sacrificio de una cabeza de ganado y su previsible distribución, hasta el punto de que uno de los aspectos que quedan sin explicar es por qué cierto porcentaje de individuos adultos no mereció ninguna porción faunística al morir y por qué esta circunstancia se hizo más frecuente en la última fase argárica (ca. Con escaso valor socioeconómico, el papel de las ofrendas faunísticas recae en la dimensión sociopolítica. Aproximarse a su significado requiere atender las peculiaridades de su expresión material. Ese significado no se limitaba a conceptos generales como "animal", "alimento" o "carne", sino a otros más concretos y, a la vez, más ricos. Así lo indica la selección casi exclusiva de ciertas porciones de extremidades de determinados animales domésticos, preferentemente ovejas y cabras, con la consiguiente exclusión de otros incluidos en la dieta, como especies salvajes (cérvidos, jabalíes, lagomorfos, caprinos) y otras domésticas (équidos, cánidos), así como la preferencia hacia ovejas y cabras. Sugerimos que las ofrendas faunísticas, más allá de referirse a la idea de "alimento", podrían representar simbólicamente derechos y/u obligaciones sociales de una parte sustancial de la población a partir de cierta edad. Ello sería independiente de la extracción socioeconómica y, en buena medida, del sexo, ya que la única asociación de esta índole se da entre los varones adultos de La Almoloya, cuyos cuerpos eran depositados preferentemente sobre el costado izquierdo (lo habitual entre los hombres argáricos), y donaciones de porciones faunísticas de lateralidad izquierda. La sociedad argárica utilizaba el ritual funerario intramuros para representar dimensiones de sí misma, como sujeto. Recibir sepultura en un asentamiento designaba el mínimo común compartido por un grupo social, tal vez el único que, en propiedad, merecería la etiqueta de "argárico". A partir de esta denotación grupal, se desplegó un abanico de disposiciones rituales que distinguieron colectivos en función de dimensiones diversas. Así, Lull y Estévez (1986) advirtieron preferencias en la elección del contenedor entre las tierras litorales del sureste y las del interior, que experimentaron a su vez cambios diacrónicos (Castro et al. 1993(Castro et al. -1994)). Más allá de la "pertinencia" en la selección del tipo de tumba, la variabilidad en la composición de los ajuares abrió múltiples posibilidades para componer por adición, sintagmáticamente, enunciados que expresaban consideraciones sobre la edad al morir, el sexo y la condición económica. Desde esta perspectiva, el sintagma manifestado por la ofrenda de alimento (mediante cerámica y/o fauna) fue el que designó con más eficacia el adjetivo "argárico", solo superado en generalidad por la típica inhumación intramuros. En otras palabras, las comunidades argáricas reconocían la adscripción de sus miembros mediante el derecho al enterramiento y, a continuación, distinguían mediante la donación de comida una segunda condición de alcance social muy amplio, afín a un imaginario de adhesión colectiva o, cuando menos, mayoritaria. El sintagma "alimento" subrayaba adscripción grupal; además, el significado de la ofrenda faunística se ampliaba mediante variación paradigmática: la selección de la porción (de extremidad delantera o trasera) demarcaba una preferencia o nueva "pertinencia" social, posiblemente del mismo orden territorial que la expresada en la elección del contenedor funerario. Así pues, la adscripción simbólica al grupo siempre procedía por donación social: primero se "donaba" la tumba (el contenedor tampoco era "propio" de la persona fallecida) a modo de acto fundador, de condición de posibilidad de cualquier representación o mensaje y, después de depositar los cadáveres con su ajuar "de pertenencia" (si este fuese el caso), se ofrecía alimento a la mayoría de quienes hubiesen superado cierta edad. Desde esta perspectiva, las tumbas sin fauna ni cerámica en La Almoloya y La Bastida habrían acogido individuos reconocidos como "argáricos", pero carentes de refrendo social pleno. Cabe imaginar que para la mayoría, los de menor edad, la muerte prematura fue el principal factor que impidió un reconocimiento completo. En cambio, para los adultos es difícil encontrar una explicación satisfactoria: unos pocos fueron inhumados sin alimento, algunos merecieron un recipiente cerámico, pero ninguna porción animal. La mayoría, en cualquier caso, data de la Fase 3. El momento de apogeo argárico y, también, de máxima asimetría social, pudo haber conllevado la pérdida de ciertos derechos para parte de la población que los detentaba en la fase anterior. Enunciados los dos grados de pertenencia grupal mediante inhumación intramuros y ofrenda alimentaria, la sociedad argárica codificaba la particularidad más "propia" de la persona fallecida, añadiendo sintagmáticamente complementos en función de edad, sexo y condición socioeconómica. La comunidad reconocía así el componente individualista que, paradójicamente, la negaba como tal. La fauna no se mantuvo al margen, sino que obró paradigmáticamente según un margen propio de variación: exclusión de las personas más pobres del ganado vacuno y asociación de infantiles a ovejas o cabras. En resumen, las ofrendas faunísticas y, por extensión, las incluidas bajo la etiqueta "alimento" han resultado ser relevantes para adentrarnos en lo que podríamos denominar "prácticas de codificación social" argáricas. Su relativa abundancia mengua su valor económico, pero las sitúa como protagonistas del imaginario social. En la edición electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en el sitio web de la revista, se incluye un archivo que contiene los criterios metodológicos para la descripción del material osteológico, así como las tablas y figuras referenciadas en este texto con la mención "Anexo".
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) La investigación arqueológica del I milenio a. n. e. en la meseta norte apenas ha abordado estudios específicos relacionados con el reconocimiento y la caracterización del género o la edad en el pasado. Diversos factores han favorecido un discurso mayoritariamente androcéntrico, en el que los hombres jóvenes dedicados a actividades bélicas han sido los actores sociales más visibilizados desde la investigación. En algunos casos, las causas son de carácter arqueológico, como la escasa representación de la figura femenina en la iconografía de la región, las evidencias de construcciones defensivas prominentes y el protagonismo de las panoplias guerreras en los ajuares. En otros, se debe Trab. Las necrópolis de la meseta cuentan con una tradición investigadora de casi dos siglos de duración, desde los inicios de la Arqueología celtibérica, con la publicación de los resultados de las excavaciones en la necrópolis de Hijes por Francisco de Padua Nicolau Bofarull en 1850 (Lorrio 2005: 15), hasta las más recientes en Las Ruedas (Sanz Mínguez y Coria 2018). Las dos principales etapas de la investigación de estos conjuntos han sido el primer y último tercio del siglo XX, por el elevado número de intervenciones, publicaciones e investigadores involucrados. A inicios de siglo, las excavaciones de Cerralbo, Cabré, Taracena o Morenas de Tejada en las cabeceras del Tajo, el Jalón y el Duero generaron un volumen material sin precedentes, aunque con limitadas posibilidades interpretativas. Las razones son las metodologías arqueológicas del momento que no pretendían definir registros detallados de contextos estratigráficos, dispersiones espaciales o asociaciones de materiales y el hecho de que la mayor parte de los trabajos quedaron inéditos, salvo los de Taracena. No obstante, contribuyeron a la construcción de secuencias crono-tipológicas ligadas a los contextos centroeuropeos (Dechelette 1913) y a las primeras obras de síntesis (Sandars 1913). Tras un periodo de pausa durante la Guerra Civil y la Dictadura Franquista, las excavaciones en las necrópolis meseteñas se reanudaron en la década de 1970 con las intervenciones en Aguilar de Anguita (Argente 1976(Argente, 1977)), Sigüenza (Cerdeño y Pérez de Ynestrosa 1993), Molina de Aragón (Cerdeño 1981(Cerdeño, 1983)), Carratiermes (Argente et al. 2001), Ucero (García Soto 1982) y La Dehesa de Ayllón (Barrio Martín 2006). En décadas posteriores, Teógenes Ortego publicó los materiales de una excavación de urgencia en La Revilla de Calatañazor y se revisaron conjuntos excavados en los años 30 como La Mercadera (Lorrio 1990). LA MESETA E IDENTIDADES DE GÉNERO Y EDAD: UN MARCO CONCEPTUAL Alberto Lorrio (2005: 111), ya desde la primera edición de Celtíberos, advertía del enfoque meramente tipológico generalizado en el estudio de las necrópolis de la Celtiberia, centrado sobre todo en armas, fíbulas o placas de cinturón. Esto se debe fundamentalmente a la pervivencia del paradigma histórico-cultural de finales del siglo XX que ha ocasionado un triple efecto en la investigación: el protagonismo de la tipología y la seriación de armas, fíbulas o placas de cinturón metálicas; la identificación geográfica y espacial de las etnias citadas por los autores grecorromanos; y el interés por los aspectos cosmogónicos y rituales. Esos precedentes han permitido construir sólidas secuencias de materiales (e. g. broches de cinturón, fíbulas, armas, etc.) y un registro cultural extenso que nos da la oportunidad de ir más allá de los tipos y periodización de los materiales. Sin embargo, se han explorado escasamente sus posibilidades sobre cuestiones de identidad en general, y de género en particular, contribuyendo, en ocasiones, a perpetuar asociaciones engañosas de artefactos rebatidas hace décadas. Las Arqueologías de género y feminista surgidas hace más de 30 años han criticado el foco androcéntrico en la interpretación arqueológica (e. g. Conkey y Spector 1984; Arnold 1991; Querol y Triviño 2004; Montón Subías y Lozano Rubio 2012; Díaz Andreu y Montón Subías 2013), evidenciando cómo las mujeres durante la Prehistoria, o bien no están representadas en las narrativas arqueológicas, o bien se identifican con dos estereotipos principales: iconos altamente sexualizados como las "venus" prehistóricas o madres reproductoras y cuidadoras de sus criaturas (Alarcón y Sánchez Romero 2015: 50). Este hecho ha servido para perpetuar la idea de que la mujer es un ser social secundario sin capacidad de acción, quien carece de un papel relevante en la configuración y dinámicas de las sociedades del pasado. Sin embargo, estas arqueologías también ofrecen una batería de herramientas teóricas y metodológicas que permiten rebatir esos paradigmas y realizar lecturas de género del pasado (e. g. Los conceptos de identidad e interseccionalidad han sido esenciales para abordar las construcciones de género en el pasado. Estas son múltiples, mutuamente construidas y están entretejidas y en constante interacción e interrelación. El género o la edad, ejes vertebradores de la esencia del individuo, influyen en como la persona se conceptualiza a sí misma y es percibida por los demás. Al estar dichas identidades íntimamente ligadas y en permanente intersección, se modifican inexorablemente la una a la otra con el paso del tiempo, las experiencias vitales u otros ejes identitarios como el estatus, la clase, la familia o la etnicidad, repercutiendo en la posición social que la persona ocupa en la comunidad (Fig. 2). Al mismo tiempo, las identidades en intersección para ser efectivas han de ser practicadas, actuadas y materializadas a través del cuerpo. La cultura material generada a lo largo de la vida del sujeto está en permanente construcción, reconstrucción y destrucción. Las fluctuaciones en las relaciones y el desarrollo de las biografías de las personas y los objetos transforman los significantes y significados. Además, en el estudio de los contextos funerarios, contamos con los significantes que una persona portaba en su día a día, y también con la capacidad de acción y las narrativas que familiares u otros miembros de la comunidad involucrados en los rituales quisieron exhibir o enfatizar. Desde los orígenes de la arqueología en la meseta norte, ha habido algún intento por tratar de entender la estructuración de las sociedades del I milenio a. n. e. en términos de género y edad. Las interpretaciones, sin embargo, resultaron sesgadas por la falta de recogida sistemática de los restos óseos de las cremaciones, la escasa cantidad en algunas ocasiones de material bioantropológico analizable, la ausencia de análisis antropológicos y los complicados códigos simbólicos que encerraban los ajuares, reproduciendo tanto los cánones mediterráneos transmitidos por los mitos clásicos (ampliado en García Huerta 2013-2014) como los actualismos propios de la época de los investigadores. Desde la década de los 70, gracias a la introducción progresiva de los análisis osteológicos de los restos de cremación de las necrópolis -incluyendo las analíticas de isótopos y los estudios de ADN en otras regiones-, las asociaciones de género, edad y ciertos materiales arqueológicos se han podido abordar desde perspectivas más amplias. Esto ha permitido repensar los cánones interpretativos forjados a inicios del siglo XX con Trab. Las identidades de género ya no se entienden como meros hechos biológicos innatos, sino como parte de un proceso de construcción ideológica e identitaria colectivas (Belar 2017). Asimismo, objetos como las armas, los pectorales, los broches de cinturón, los soportes "de tocado" o las fusayolas podrían estar reflejando tanto aspectos de la personalidad del individuo enterrado como las intencionalidades de sus allegados. La Arqueología de género posibilita así una aproximación crítica a paradigmas tradicionalmente aceptados desde una óptica social contemporánea y occidental. Sin embargo, su impacto en algunas regiones de la península ibérica como la meseta norte ha sido muy reducido. Tan solo destacan algunas interpretaciones en esta línea sobre tumbas muy concretas de los enterramientos femeninos e infantiles de Las Ruedas (Sanz Mínguez y Romero 2010; Sanz Mínguez y Diezhandino 2007; Sanz Mínguez 2015; Sanz Mínguez y Coria 2018) u objetos particulares como las fusayolas (Gar-cía Huerta 2013-2014) o los conocidos como "soportes para tocado" (Chordá y Pérez Dios 2014). Sin embargo, esta región carece de síntesis en clave de género, a pesar de que las necrópolis excavadas desde finales de los 70 cuentan con análisis osteológicos de los restos humanos de los enterramientos. Este es un artículo inicial sobre el significado social de la construcción de las identidades durante la Edad del Hierro a partir de las prácticas sociales y la cultura material, recurriendo a los objetos de los ajuares y a los resultados de los análisis osteológicos efectuados en las últimas décadas. El estudio tendrá en cuenta toda la información disponible en la meseta norte, pero se centrará en las cinco necrópolis con los datos arqueológicos y osteológicos más completos publicados: Carratiermes, El Pradillo, Las Ruedas, La Yunta y Herrería III. Dado que se trata de una primera aportación su base es principalmente bibliográfica. Sin duda, una revisión en profundidad de los fondos museográficos y un análisis global de todo el registro material, incluyendo nuevas analíticas, enriquecerían sustancialmente la visión del tema. DISTRIBUCIÓN DE POBLACIÓN EN LAS NECRÓPOLIS: SEXO Y EDAD Morenas de Tejada (1916aTejada (: 173, 1916b: 608): 608), en sus lecturas tradicionales del contenido de los ajuares de Gormaz u Osma, señalaba que la mayor parte de los individuos allí depositados eran varones, mientras las mujeres y los niños eran una minoría. Este trabajo busca contrastar esa afirmación y observar los patrones de sexo y edad, estudiando la distribución de la población a partir de las cinco necrópolis de la meseta norte con los datos más amplios sobre las características biológicas de los individuos y la atribución cronológica de sus ajuares. Más de un centenar de cementerios y decenas de miles de enterramientos se han excavado en esta región, pero los conjuntos documentados arqueológicamente y publicados son muy pocos. En este trabajo, se han excluido de los cálculos los cementerios con datos de menos de 5 individuos, poco diagnósticos a la hora de extraer conclusiones estadísticas generales, como es el caso de El Pradillo durante la Segunda Edad del Hierro para la que tan solo se analizaron los datos de 3 cremaciones de esta fase (Ruiz Vélez 2010: 151) o Numancia en la que se identificaron solo 2 individuos sin edad determinada, ya que la media de restos óseos por tumba era 5,73 g, insuficiente para determinar sexo y edad en la mayoría de los enterramientos (Jimeno et al. 2004: 439). El total de 490 individuos considerados en este trabajo proceden de La Yunta (Reverte en García Huerta Como se observa en la tabla 1 la distribución de los datos por sexo es similar en todas las necrópolis, incluyendo Carratiermes cuya muestra es la más amplia en ambos periodos. A la luz de estos datos, las afirmaciones sobre el predominio de varones en los cementerios carecen de fundamento. Los datos se han desglosado por criterios de sexo y grupo de edad a partir de los números totales por necrópolis y periodo. Los sujetos adultos con información sobre sexo han sido incluidos en las categorías biológicas identificadas por los antropólogos: varones y mujeres. Los individuos infantiles sin posible determinación de sexo han sido agrupados como infantiles. Al mismo tiempo, el informe osteológico de Herrería III desglosa tres grupos de edad: infantiles, jóvenes y adultos, mientras los informes de los restantes cementerios permiten la agrupación convencional de los adultos en rangos de edad por décadas. Los infantiles han sido desagregados en las categorías de nonatos, 0-1 año, 1-5, 5-10 y 10-15 años que permiten una mayor flexibilidad a la hora de interpretar las curvas de mortalidad (Fig. 3). En los dos periodos de uso de las necrópolis, se observa como los varones presentan edades comprendi-das entre los 20 y los 70 años, llegando a documentarse un varón que pudo haber alcanzado los 80 años en la necrópolis de Carratiermes (tumba 605). No aparece en la figura, ya que su ajuar no permitió una asignación cronológica concreta. También se identifican mujeres con edades entre los 12 (Carratiermes, tumba 237) y los 70 años. Se pueden advertir patrones comunes de mortalidad entre hombres y mujeres, aunque se aprecian diferencias entre necrópolis (Fig. 4). La tendencia y la tasa de mortalidad son muy similares en ambos periodos de la Edad del Hierro. Los rangos de edad en los que están presentes mujeres y hombres son prácticamente iguales y se advierten dos picos de mortalidad fundamentales: durante la infancia entre los 0-5 años de vida y entre los 30-40 años. El primero de los picos de mortandad coincide con uno de los colectivos más invisibilizados ante la muerte, la infancia. La mortalidad en el momento del parto y en los primeros años de vida debió suponer un riesgo significativo como se observa en la curva ascendente desde el nacimiento hasta los 5 años de edad. Una vez superada esa barrera, la curva de mortandad sufre un paulatino descenso hasta alcanzar la edad adulta. Los/as niños/as han sido documentados en tumbas individuales y múltiples. La asociación más común es la de mujer y un infantil, aunque también se registran enterramientos de dos individuos menores (Carratiermes, tumba 573); un infantil y un hombre (Carratiermes, tumba 282; Las Ruedas, tumba 8); un varón, una mujer y un infantil (El Inchidero, tumba C5T9) o varios infantiles y un adulto (El Inchidero, tumba C3T12). En las necrópolis meseteñas, los infantiles suponen el 16 % y el 14 % de los individuos enterrados para la Primera y Segunda Edad del Hierro, respectivamente. Datos similares recoge Isabel Izquierdo (2007) para el área ibérica, recopilando los resultados de necrópolis como Pozo Moro (23,2 % de los individuos depositados), Los Villares de Hoya Gonzalo (10 % del total), Cabezo Lucero (9,5 %) o el Puntal de Salinas o el Corral de Saus, donde correspondían a un 13 % en cada caso. La escasa representatividad de la infancia en los estudios funerarios combina la falta de un interés específico sobre el tema con la dificultad material de su identificación (Chapa 2003), ya que no parecen existir unos marcadores materiales concretos. A esto se une la existencia de un segundo ritual de enterramiento por inhumación bajo los suelos de las casas. Estos se conocen en enclaves de poblamiento coetáneos como El Castillejo de Fuensaúco (Romero y Misiego 1995) o La Coronilla de Chera (Cerdeño y García Huerta 1992). A pesar del debate existente sobre por qué en algunos casos los infantiles eran inhumanos o cremados, o las diferencias rituales entre depositarlos junto a los hogares de la vi- et al. 2015; Moreno Ojeda 2019). Los interrogantes aún son numerosos por el limitado conjunto de datos y la variabilidad regional de las prácticas funerarias. El segundo de los picos de mortalidad corresponde al rango de edad donde se sitúa la estimación de la esperanza de vida en ambos periodos y sexos. La vida media de un hombre eran los 36 años en la Primera Edad del Hierro y la de las mujeres los 29. Estas cifras aumentan ligeramente durante la Segunda Edad del Hierro: hasta 38 años los hombres y 32 las mujeres. Estos datos son similares a los documentados en el área ibérica, donde el promedio de edad de los varones eran los 30-40 años y el de las mujeres los 20-30 años (Izquierdo 2007). El desequilibrio en los años de esperanza de vida entre hombres y mujeres podría estar muy influido por dos elementos principales. El incremento sustancial a partir de los 20 años en la mortalidad de las mujeres puede relacionarse con los peligros relacionados con la gestación, la maternidad y la lactancia (Sánchez Rome-ro 2006). En segundo lugar, en las necrópolis de la meseta, los hombres enterrados menores de 30 años son tan solo 8 de un total de 490 individuos. Este hecho podría asociarse con su defunción durante actividades realizadas a larga distancia de los enclaves de población como podrían ser el comercio o el mercenariado. Ligado a la actividad bélica y mercenaria, se encuentra también el rito funerario de la exposición de cadáveres, reservado a los guerreros caídos en batalla, que podemos suponer afectaría mayormente a este grupo de edad entre los hombres. El número de individuos que superaban los 50 años era muy reducido, lo que puede asociarse a la baja esperanza de vida. En los análisis antropológicos, se detectaron algunas patologías que afectaban a sujetos de ambos sexos en edades avanzadas como la artrosis (tumbas 3 y 27 de Las Ruedas), la osteoporosis (tumbas 42 y 73 de El Pradillo), pérdidas dentarias o piorrea y la abrasión dental relacionada con una dieta alimenticia dominada por el componente vegetal (Sanz Mínguez 1997: 496, 533; Ruiz Vélez 2010: 154). TEJIENDO IDENTIDADES: OBJETOS DE AJUAR Y PRÁCTICAS SOCIALES Además de las características biológicas analizadas en el apartado anterior, las prácticas sociales y la cultura material depositada en los ajuares son dos elementos clave para descifrar cómo se construyeron, manifestaron o negociaron identidades como el género, la edad, el estatus social o la etnicidad en las sociedades del I milenio. Al tratar la dimensión funeraria, los ajuares han sido uno de los factores determinantes para entender las dinámicas y transformaciones sociales de las comunidades del pasado. Los elementos que más han influido en la categorización de los ajuares son tres. El primero es el concepto de riqueza. Esta ha sido asociada a la abundancia de materiales y a su exotismo, al tiempo que los materiales depositados como ajuar eran entendidos como la riqueza real de la persona allí enterrada. Sin embargo, las pertenencias del difunto o difunta podrían haber pasado a sus allegados o herederos, por lo que los elementos que registramos en los ajuares son el testimonio o nivel de "riqueza" que los vivos, actores principales de los rituales funerarios, quisieron atribuir al fallecido (Parker Pearson 1993; Cerdeño y García Huerta 2001; Prados 2011Prados -2012;;Belar 2017). El segundo elemento son los ajuares-tipo engañosos asociados a identidades de género como, p. ej., armas = hombres, ornamentos = mujeres o elementos textiles = mujeres. Por último, el armamento ha influido los ajuarestipo desde los primeros trabajos. Recordemos las afirmaciones de Ricardo Morenas de Tejada citadas Trab. Esta preeminencia de las armas podría atribuirse a dos motivos fundamentales. Además de abundantes en número, son ricas en tipos, formas y decoraciones en la mayor parte de las necrópolis meseteñas excavadas a inicios del siglo XX. Por eso, su presencia/ausencia supuso un significativo sustento para los primeros intentos de clasificación de materiales que han servido como soporte de las tipologías actuales. En segundo lugar, la prominencia de las armas en los discursos arqueológicos de investigación habría estado relacionada con una mayoría masculina en los investigadores que desde los inicios de la arqueología profesional erigieron los cimientos interpretativos de la disciplina, con la excepción de figuras singulares como Encarnación Cabré. Esto favoreció el estudio de la cultura material desde perspectivas en las que el género masculino se veía reflejado como la guerra, la caza o el trabajo de los metales, desplazando a un segundo plano actividades llevadas a cabo por mujeres como las textiles o de mantenimiento (Sánchez Romero 2005b; Hernando 2012; Orozco-Köhler 2016). La relevancia de las armas La asociación de las armas a una actividad guerrera llevada a cabo por hombres ha estado ligada a múltiples referencias de autores clásicos como Polibio (XVI, 7,5), Justino (Ep. Estos remarcaron el gran espíritu guerrero de los pueblos meseteños, imbatibles en los combates, quienes amaban más a sus armas que a sus vidas, llegando a considerar su pérdida en la batalla como la pérdida de sus propias manos. Sin embargo, en las necrópolis de la meseta, las armas aparecen depositadas en tumbas independientemente del sexo o la edad de los individuos allí enterrados. Según la necrópolis, varía el número de enterramientos en los que se registran: desde el 44 % en La Mercadera hasta su ausencia en El Pradillo (Tab. Lo más frecuente en los ajuares con armas entre los siglos VI y IV a. n. e. es combinar más de un ejemplar por tumba. Los tipos mayoritarios son las lanzas (puntas y regatones), los cuchillos curvos y, a veces, espadas, escudos o arreos de caballo. Junto a las armas, se documentan equipos de aseo personal, vasijas cerámicas, canicas, fusayolas u ornamentos como fíbulas. A partir del siglo III a. n. e., de la mano de los cambios sociales derivados del mundo urbano, la preponderancia de las armas se redujo en algunas de las necrópolis, sus tipos cambiaron y su decoración aumentó. En Carratiermes, las lanzas disminuyen en favor de los puñales ornamentados, observándose una tendencia similar en Las Ruedas. Complicadas decoraciones comenzaron a aparecer en lanzas, vainas y empuñaduras de puñales y espadas, siendo quizá los tipos de antenas atrofiadas y Arcóbriga los más ornamentados. Además, surgen elementos defensivos con más vocación de exhibición de poder y prestigio que una utilidad práctica en el combate como los cascos de bronce (tumba 39 de Numancia, Aguilar de Anguita, Alpanseque, Almaluez o los depósitos de La Fuentona y Aranda de Moncayo) o los cardio-torax (Graells 2012). Tal y como se afirmaba antes, las armas fueron depositadas junto a individuos de todas las edades y de ambos sexos, desde tumbas dobles con un feto y una mujer hasta individuos de 70 años (Fig. 5). La relación de infantiles con ajuares con armas se aprecia más intensamente en la necrópolis de Carratiermes, el cementerio con mayor número de menores documentados, aunque la misma tendencia puede advertirse en el resto de cementerios. La distribución de armas en ajuares femeninos y masculinos parece equilibrada en términos generales, aunque se observan diferencias entre necrópolis y periodos. La mayoría de las mujeres enterradas con armas se concentran en el tramo de edad de los 20-30 años, mientras se aglutinan en torno a los 30-50 años en los varones, unas y otros coinciden con los periodos de mayor mortalidad de la etapa adulta. Como viene defendiendo este trabajo, los objetos de los ajuares son polisémicos y sus significados no les son inherentes sino que dependen del contexto en el que fueron depositados. Por ello, dentro del simbolismo social y de prestigio que objetos como las armas representarían, han de ser entendidos los ajuares con es- Los equipos de aseo personal y la clase guerrera La clase es una forma de identidad relacional por la que un individuo se vincula emocionalmente a un grupo sobre el que asienta su sentido de pertenencia. A. Hernando (2012: 68) la caracterizaba como: "grupos humanos que se perciben a sí mismos a través de esta identidad relacional visibilizan esta adscripción a través de la expresión unificada de su apariencia: todos los miembros del grupo visten igual, o se adornan igual o utilizan algún elemento distintivo que los diferencia como grupo". Al mismo tiempo que sus integrantes desarrollan estas prácticas corporativas de identificación, crean una serie de mecanismos segregacionistas que les permite aislarse del grupo1. De este modo, mediante la reiteración visual a través del cuerpo, al vestir o portar determinados objetos, además de la gestualidad que esto conllevaría, se definen como sujetos sociales y se determina su lugar en la comunidad. Desde esta perspectiva, esta clase guerrera aglutinaría a integrantes del género masculino que se podían permitir portar armas, lucir una apariencia determinada y poseer un caballo (Fig. 7A). Sin embargo, a pesar de la fuerte estandarización de este grupo, se aprecian sutiles diferencias de riqueza entre sus integrantes, marcadas por el número de armas, su variedad, decoración y procedencia. Es frecuente documentar la existencia de enterramientos con ajuares con armas, pero sin restos de la cremación del difunto; por ejemplo, en Carratiermes para la Segunda Edad del Hierro el 27,3 % de los ajuares con armas no tenían restos humanos. Esto podría relacionarse con la posibilidad de que dichas tumbas correspondiesen a individuos fallecidos en otros lugares (García Huerta 2013-2014: 301) a los que se les dedica un enterramiento simbólico en su ciudad de origen o residencia. Posiblemente, algunos de esos individuos podrían haber pertenecido a la clase de los guerreros que viajaban por toda la península ibérica y el Mediterráneo recogiendo influencias culturales que posteriormente quedaron reflejadas en los cascos hispano-calcídicos (Graells et al. 2014) o en las cerámicas figuradas de Numancia (Jimeno et al. 2012). Los equipos de aseo personal fueron otro elemento fundamental para construir esta identidad alterando la apariencia mediante el afeitado, el peinado o la depilación. Por lo general, son objetos poco comunes en los contextos domésticos, pero frecuentes en el ámbito funerario. Entre ellos destacan las pinzas de depilar, las navajas de afeitar y las tijeras de pequeño tamaño. Las pinzas son el objeto más recurrente, realizadas en bronce o hierro, con un arete de suspensión en el extremo y con decoraciones únicas y personalizadas. Aparecen frecuentemente en ajuares con armas, pero también en ajuares sin ellas. Ello ha llevado a plantear que estarían relacionadas tanto con tumbas de hombres, como de mujeres. Esta interpretación se fundamenta principalmente en la referencia que hace Estrabón (III, 4, 17) a partir de Artemidoro, según la cual algunas mujeres rapaban la parte delantera de sus cabezas. De ello, se deduce que usarían las pinzas de depilar para arrancar el cabello (Ruiz Zapatero y Lorrio 2000: 285), aunque una opción menos dolorosa como el uso de navajas de afeitar o similar no debiera ser descartable. Las tumbas en las que se registran las pinzas, tijeras o navajas están mayoritariamente asociadas a varones. En Carratiermes, su presencia, al parecer exclusiva de los enterramientos masculinos, llevó a considerarlos marcadores de este género (Argente et al. 2001: 310). En Las Ruedas, también son más frecuentes en tumbas de hombres, incluyendo un enterramiento doble en la tumba 50. En cambio, en la tumba 30 se entierra a un varón y una mujer, y en la tumba 54 a una mujer de 25-30 años que lleva pinzas (Fig. 7B, Tab. Los punzones serían un caso similar al anterior. También están clasificados en Carratiermes como marcadores de género masculino (Argente et al. 2001: 310) por su vinculación principal a enterramientos de varones. Sin embargo, lo contrario se registró en el enterramiento doble de la tumba 582 de Carratiermes, que corresponde a una mujer de 20-30 años y un/a niño/a de 0-1 año acompañados de un punzón biapuntado, fragmentos de espirales, un cuchillo de pequeño tama-ño, una fusayola, dos fíbulas y un posible broche de cinturón (Argente et al. 2001: 304). La funcionalidad concreta de estos objetos se discute por su polivalencia y la falta de contextos directos de empleo. Tres han sido las interpretaciones más recurrentes. Los punzones podrían haber formado parte del equipo de aseo como objetos poco especializados (Jiménez Ávila y Lorrio 2019: 320). En segundo lugar, su posible utilidad como herramienta en la fabricación de textiles. Esta decoración es frecuente en inhumaciones de la cultura de Pazyryk, en torno al siglo V a. n. e. La mayoría de los ajuares, sin armas Entre un 56 y un 100 % de los ajuares de los enterramientos meseteños no tienen armas. En conjunto van desde aquellos que carecen de objetos hasta suntuosos conjuntos de vasijas cerámicas, fusayolas, canicas, sonajas, herramientas y de adornos como fíbulas, pulseras, pectorales, collares y broches de cinturón. En los segundos, no se observa una pauta identitaria clara o generalizada identificable. Solo en Carratiermes se ha podido registrar la ausencia de canicas en las tumbas femeninas y sutiles diferencias en los adornos espiraliformes y los cuchillos curvos. Los primeros son muy comunes en este cementerio. Mientras los grandes pectorales parecen exclusivos de las tumbas masculinas (tumbas 18 y 143), las espirales de bronce, por su menor tamaño, podrían estar relacionadas con elementos decorativos presumiblemente para la ropa o fíbulas. Los cuchillos curvos, que se han relacionado con el banquete, son de menor tamaño en las tumbas femeninas que en las masculinas. Colgantes o collares formados de cuentas de pasta vítrea, bronce o cerámica son también muy frecuentes en los cementerios de toda la región. Incluyen piezas importadas tan significativas como la cuenta de origen fenicio de la tumba 144 de Las Ruedas, encontrada junto a más de un centenar de cuentas de vidrio azul (Sanz Mínguez y Coria 2018: 143-146). En las necrópolis situadas en las cabeceras del Alto Tajo y el Alto Jalón, las cuentas son especialmente destacables por la variedad de su materia prima (pasta vítrea, cerámica e incluso ámbar), su elevado número en algunos enterramientos y las variadas composiciones y formas (e. g. collar de Clares o la tumba 34 de Herrería III). En las tumbas de la necrópolis de Herrería III, llegaron a registrarse hasta en un 51,6 % de los ajuares, independientemente del sexo o la edad de los difuntos (Cerdeño y Sagardoy 2007: 139). Los broches de cinturón, otro adorno de relevancia, faltan en las necrópolis de El Pradillo o La Yunta, pero se documentan en Las Ruedas, Carratiermes, Numancia y Herrería III. En contextos ibéricos y tartésicos han sido entendidos como símbolos de poder, vinculados a mujeres de alto rango y a la legitimación de los linajes (Rísquez y García Luque 2007: 266; Rísquez 2015). En el cementerio de La Ruedas, los broches se han considerado indicadores del movimiento de mujeres por matrimonio de áreas próximas, como la región de los autrigones, a tierras vacceas (Sanz Mínguez 1997: 501; Sanz Mínguez y Romero 2010: 416; Sanz Mínguez y Coria 2018: 141). Sin negar que hubiera movimientos de población por alianzas matrimoniales, materializadas a través de objetos exógenos en los enterramientos. En Las Ruedas, las placas de cinturón aparecen mayoritariamente en las tumbas femeninas (n.o 22, 25, 29, 31, 122), pero también las hay en las de varones (tumba 27). Según las analíticas osteológicas, 4 tumbas de mujeres y 2 de varones (una simple y otra doble) presentaban piezas de cinturón. En Carratiermes, su distribución entre mujeres y hombres parece más equilibrada sin apreciar grandes diferencias entre las tipologías. De los 84 elementos de cinturón recuperados, solo 37 proceden de contextos cerrados (Argente et al. 2001: 100-101), y se pudo determinar el sexo y la edad de los individuos que se enterraron con 18 de estos objetos (11 piezas de engarce, 2 pasadores de la hebilla y 5 refuerzos de cinturón) (Fig. 8). ¿Diademas? ¿elementos de tocado? ¿soportes? Desde las investigaciones del marqués de Cerralbo (Aguilera y Gamboa 1915: 61-62), las llamadas "diademas" o "soportes para tocado" han sido asociadas a las mujeres en la documentación arqueológica del siglo XX. La interpretación de estos objetos procede principalmente de la cita de Artemidoro, recogida por Estrabón (III,4,17), sobre los tocados de las mujeres del norte de la península ibérica donde se las atribuía un tipo de tocado modelado con ganchos de hierro doblado sobre el que colgaba el velo. Con el paso de los años, y por la dudosa funcionalidad de estos artefactos, W. Schüle (1969: 161 y 236) recurrió a una denominación más genérica: "horquillas dobles de hierro". En la meseta, estos objetos son frecuentes en necrópolis de excavaciones antiguas como Arcóbriga, Clares, Aguilar de Anguita, Viñas del Portuguí (Osma) o Las Quintanas (Gormaz) (ampliado en Chordá y Pérez Dios 2014; Cerdeño y Chordá 2017: 53). Sus contextos plantean interrogantes, por lo que su dación ha sido puesta en cuestión. Según las excavaciones de Chera, El Inchidero, Herrería III, Puente de la Sierra (Checa) y La Cerrada de los Santos, se fechan entre los siglos VII y IV a. n. e. para la región del Alto Tajo-Alto Jalón (Arenas 1999: fig. 43; Chordá y Pérez Dios 2014: 407). Al mismo tiempo, en la exhaustiva revisión de los materiales de Arcóbriga (Lorrio y Sánchez de Prado 2009: 361-367), necrópolis que concentra estos artefactos en mayor número, algunos se han fechado entre los siglos III e inicios del II a. n. e. por su asociación con fíbulas zoomorfas (tumbas G y J). Esta última cronología se asemeja a los ejemplares registrados en el Alto Duero (Gormaz y Osma) (Lorrio 2005: 223). Allí, destaca el caso singular de la necrópolis de Numancia, donde aparecieron alambres metálicos que también podrían haber sido utilizados como armazones para elevar el velo, como refleja la iconografía de sus cerámicas (Jimeno et al. 2004: 225-227). Las características biológicas de los individuos enterrados con estos soportes se conocen solo en dos necrópolis. En Herrería III, el sexo de los individuos solo se documentó en 2 tumbas (n.o 30, 47) de las 10 que los tenían (Cerdeño y Sagardoy 2007: tab. Corresponden a dos mujeres jóvenes que completaban sus ajuares con cuentas de collar, pulseras y otros adornos. Las dos últimas tienen cuatro y tres individuos, respectivamente (Arlegui 2012(Arlegui, 2014)). Las dos tumbas de Herrería III ofrecen datos claros sobre la asociación de los soportes con mujeres, no obstante, harán falta más datos para confirmar su utilidad y su asociación con ellas. Los artefactos relacionados con la producción textil doméstica (agujas y fusayolas), agrícola (hoces y zapapicos), ganadera (tijeras de esquilar) y la explotación de los bosques (tijeras de podar) aparecían en los ajuares antes del siglo IV a. n. e. Sin embargo, serán característica a partir de dicho siglo, junto a una significativa reducción del armamento. Los útiles de producción doméstica fueron muy significativos en necrópolis como Numancia, donde las agujas de bronce y hierro aparecieron hasta en el 18 % de los enterramientos (Jimeno et al. 2004: fig. 210a y 210b). Las fusayolas, tradicionalmente y a falta de análisis osteológicos, han sido asociadas a las mujeres (Fernández Gómez 1986: 830; Cuadrado 1987) a las que se atribuyen las actividades domésticas y textiles. Las fusayolas no eran desconocidas durante la Primera Edad del Hierro en los ajuares de la meseta, pero su número se incrementó entre finales del siglo IV y el II a. n. e. La necrópolis de La Yunta con 109 reúne la mayor colección. En Carratiermes, se documentó una fusayola en la tumba 138 de una mujer de 20-30 años y otras tres decoradas en la tumba 175 de un infante de 1-2 años. De nuevo, vemos como las fusayolas tampoco supusieron un marcador de género o edad en la meseta. En todas las tumbas los ajuares incluían armas. En cuatro, destacan las espadas de antenas atrofiadas y en la tumba 6 una hoz reparada con un remache (Fig. 9). Las tijeras, como las agujas, eran muy numerosas en Numancia y distribuidas por todo el cementerio. La tumba 144 contenía en el ajuar una podadera y, de nuevo, numerosas armas, arreos de caballo, una espuela y elementos de aseo personal y de ador-no, como fíbulas o apliques hemiesféricos de bronce (Jimeno et al. 2004: fig. 108a y 108b). Esta asociación de armas y herramientas se repite en las Viñas del Portuguí, donde superando los problemas de asociación de los ajuares (García Merino 2000: 139; Fuentes Mascarell 2004), los asignables a las tumbas 1 y 15 de la colección del Museo Arqueológico Nacional (Madrid) pudieron ser reconstruidos. Constan de herramientas (alcotana y unas tijeras decoradas), sendas espadas de antenas atrofiadas, otras armas y ornamentos (Fig. 10). En El Pradillo (Pinilla de Trasmonte), se registraron tres hoces, una con cierta decoración en el mango y una arandela de suspensión (Abarquero y Palomino 2007: fig. 4-15 y 16; Moreda y Nuño 1990: 174). Las composiciones de los ajuares de la necrópolis de Carratiermes eran similares a las ya presentadas. Se documentaron nueve tijeras en siete tumbas (n.o 6, Trab. Como en el anterior caso de los soportes de tocado, únicamente se ha podido determinar el sexo de dos individuos varones. En este caso, les acompañaban herramientas agrícolas, ganaderas o forestales. Sin embargo, harán falta nuevos datos para precisar el papel como marcador de género asignable a estas piezas. Honrando a los muertos: el banquete funerario y las ofrendas Los restos de fauna, las vasijas cerámicas, las pinzas de carne, las parrillas o los cuchillos curvos han sido vinculados al banquete. Estos artefactos son frecuentes en tumbas de individuos de todas las características y estarían relacionados con dos momentos fundamentales de los rituales funerarios: las exequias fúnebres y las ofrendas a los antepasados. Los huesos de animales son recurrentes en todas las necrópolis. Las taxonomías animales más frecuentes en el Alto Tajo-Jalón fueron los bóvidos, los ovicápridos, los cérvidos y las aves (Cerdeño 2010; Sagardoy y Chordá 2010). En Las Ruedas destacaron el cordero, el conejo y el cerdo (Sanz Mínguez y Romero 2010: 406) y en Numancia, los ovicápridos y los équidos (Jimeno et al. 2004). Las vajillas cerámicas son otro buen testimonio de estas prácticas por su generalizada resistencia al paso del tiempo y la cantidad y variedad de sus tipos. Las vasijas depositadas como parte del ajuar o como ofrenda no fueron exclusivas de la dimensión funeraria. Tampoco fueron realizadas ex profeso para ella, sino que como la mayoría de objetos de ajuar eran de uso cotidiano (Lorrio 2005: 133). Las cerámicas de La Yunta, p. ej., presentan huellas de uso y mellados. Joanna Sofaer (2000: 397-398) se planteaba la necesidad de diferenciar los objetos personales de los difuntos -aquellos con los que habrían convivido y tendrían un significado intrínseco en la construcción de su identidad personal-, y los objetos aportados por otros miembros de la comunidad en los rituales funerarios. Estos tendrían una agenda social y política propia. El ritual de la cremación, empleado en las necrópolis de la meseta, complica mucho la determinación de esas diferencias materiales, pero la identificación de artefactos con huellas de reparación o uso podría sugerir significados de los mismos más allá del uso meramente práctico. Objetos como las parrillas, pinzas de carne y trébedes, hallados en Las Ruedas, y el cazo y colador de bronce en Carratiermes se asocian tradicionalmente a la figura de los guerreros y a la importancia del banquete y al consumo de alcohol en eventos sociales para sellar, reforzar o celebrar relaciones clientelares o de hospitalidad. Pero, una vez más, ese nexo no es unívoco. Esas piezas aparecen en tumbas masculinas, femeninas y de infantiles, de cualquier edad. Destacan en Las Ruedas los enterramientos 127a de una mujer adulta y 127b de una niña de no más de 8 años. Sus abundantes ajuares se componían de pinzas de hierro para carne, parrillas miniaturizadas y unos amplísimos conjuntos cerámicos (Sanz Mínguez y Romero 2010). La generalización de estos objetos en los ajuares estaría relacionada, con el importante papel social que jugaron las prácticas de comensalidad en el ámbito funerario como escenario de la negociación social de identidades colectivas relacionadas con el estatus, la casa y la familia. La Arqueología de la muerte aún afronta el gran reto de entender las estructuras sociales del pasado a través de las Arqueologías del cuerpo y de la identidad. Según los datos analizados en este artículo, a lo largo de la Edad del Hierro se aprecian dos tendencias fundamentales que coinciden con las dos fases principales del periodo. Entre los siglos VI y IV a. n. e., los principales protagonistas de los ajuares son las armas y los ornamentos. La composición y los tipos de objetos que formaron estos ajuares dependieron de las diferencias étnicas y regionales desde una predominancia de las panoplias armamentísticas en el Alto Duero (compuestas por dos lanzas, un cuchillo curvo, escudos y arreos de caballo), a los tahalíes y puñales tipo Monte Bernorio en el valle medio del Duero, y las lanzas y espadas en las cabeceras del Alto Tajo y Alto Jalón. También en los ornamentos se aprecian diferencias regionales como el gusto por los pectorales, fíbulas y elementos decorativos espiraliformes en las necrópolis del Alto Duero en contraposición de los collares de cuentas cerámicas de las cabeceras del Tajo y el Jalón. Por el contrario, a finales del siglo IV a. n. e., las decoraciones se generalizaron en las armas, los equipos de aseo personal y las herramientas. El diseño y los ornamentos debieron dotar a los objetos de propiedades mágicas para proteger a sus portadores, así como de poderes sobrenaturales para intimidar a los enemigos y/o sustentar la preeminencia social de su propietario (González Ruibal et al. 2011). A esto se añade, una reducción generalizada del número de armas en los ajuares, en los que las amplias panoplias de hasta 7-8 objetos se limitan a la presencia de algún puñal, vaina o regatón (bien caracterizado por Lorrio 2005Lorrio: fig. 59, 2016)). Las formas cerámicas comenzaron a protagonizar los ajuares, incluyendo combinaciones de formas, decoraciones y producciones a mano y a torno, aunque primaron las torneadas. En este cambio en la forma de negociación de las identidades ante la muerte, los ideales de la guerra y del guerrero continuaron, pero se vieron matizados por objetos relacionados con la comensalidad y la producción agro-ganadera. En la Europa templada, esta transformación ha sido asociada a un cambio en los valores de la guerra, mezclando el paradigma de violencia con el hombre de negocios (Danielisová 2014: 81). Este controla la producción y/o el flujo de determinados bienes o recursos, en relación con otras fuentes de riqueza como la tierra, los animales o la producción doméstica. Durante toda la Edad del Hierro los cambios en los tipos, formas y decoraciones de los objetos de los ajuares dentro de cada periodo acompañaron indistintamente a varones y a mujeres, independientemente de su edad. Las armas, a las que la investigación prestó tanta atención asociándolas a los enterramientos masculinos, fueron en este contexto bienes de prestigio en una sociedad donde la violencia física y simbólica eran efectivas estrategias de poder. Un poder procedente de múltiples fuentes, interrelacionado con la reputación personal, los linajes familiares, las unidades domésticas, las capacidades productivas, el control de recursos o el conocimiento, entre otros aspectos. Los principios organizadores de las sociedades del pasado son, por lo tanto, complejos de desentrañar desde nuestros marcos conceptuales presentes. Sin embargo, es interesante mencionar el caso del cementerio de Heuneburg (suroeste de Alemania). Allí, a partir de los análisis materiales y osteológicos de los ajuares, se determinó que la edad era la categoría social que actuaba como principio vertebrador del contenido de los ajuares funerarios, mientras que el género debía ser tratado como una variable dependiente, junto al estatus y el papel social (Arnold 2016: 850). Por el contrario, en la meseta, las diferencias en las composiciones de los ajuares entre infantiles y adultos o entre adultos jóvenes y ancianos son imperceptibles, sin materiales determinantes, ya sean tumbas simples o enterramientos colectivos. Lo mismo ocurre con el género. A la luz de los datos, los ejes vertebradores de las comunidades meseteñas parecen estar más relacionados con los desarrollos personales de los difuntos en vida y el estatus personal y familiar que con la edad o el género. Más allá de las diferencias regionales no se han identificado marcadores de edad o género a partir de los datos actuales. No obstante, este estudio es tan solo un punto de partida y será interesante continuar indagando sobre estos conceptos en investigaciones futuras con nuevos marcos teóricos, registros detallados de excavación y analíticas óseas. A Alba Comino y Sergio Quintero por su apoyo y sus comentarios a un borrador de este artículo. Jesús Liceras y Ascensión Garrido prestaron una ayuda indispensable para consultar bibliografía y enviar notas personales a distancia en tiempos de cuarentena y COVID-19. Los/as revisores/as y el equipo editorial aportaron valiosos comentarios que han enriquecido el contenido de este trabajo. Cualquier error es responsabilidad de la autora.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Damos a conocer el hallazgo de un santuario ibero, situado en la Loma de Úbeda (Jaén), en un punto clave de conexión entre los valles del Guadalquivir y del Guadalimar, definido como un espacio al aire libre, al que se asocia un depósito votivo del siglo III a. n. e. El interés de este estudio de caso radica en la aplicación de un protocolo fuertemente interdisciplinar, que parte de excavaciones arqueológicas, microprospecciones magnéticas sistemáticas y análisis combinados (micromorfología de suelos, análisis de polen y fitolitos, dataciones, estudios geo-radar 3D y análisis metalográficos). Este protocolo ha permitido documentar la dinámica ritual que involucra a una pequeña área de paleo-humedal, así como su caracterización general. Este espacio, definido como un punto clave en el itinerario ritual que parte de la ciudad de Baecula (Santo Tomé, Jaén) y se dirige al santuario de la Cueva de la Lobera en Castellar (Jaén), nos sitúa ante la complejidad de los paisajes religiosos en un territorio como el de Cástulo (Linares, Jaén) para los siglos IV-III a. n. e., en los que cobra importancia la incorporación de hitos naturales con significados culturales muy específicos. Esta investigación parte de la formalización de varias denuncias de expolio que localizaban exvotos de bronce ibéricos en la zona denominada como Haza del Rayo (Sabiote, Jaén) del trazado de la nueva autovía A32. Los trabajos previos del impacto arqueológico de esta infraestructura habían ubicado una dispersión de material ibérico, sin indicadores iniciales que permitiesen caracterizarlo como un lugar de culto 1. Precisamente el rastreo del trazado de la autovía en construcción, por parte de los expoliadores, fue el detonante de la denuncia y del inicio de una actividad urgente que paralizase el expolio y permitiese investigar el sitio 2. Esta coyuntura ofrecía una oportunidad para abordar de manera sistemática el estudio y caracterización de este nuevo espacio de culto ibero. APROXIMACIÓN INTERDISCIPLINAR A LA PRÁCTICA RITUAL: EL CASO DE HAZA DEL RAYO El hallazgo de evidencias de un depósito de ofrendas en la divisoria de aguas de la Loma de Úbeda respondía a los patrones de localización de un espacio de culto. Se trata de un punto estratégico de conexión entre los valles del Guadalimar y Guadalquivir, que pone en relación espacios clave para el territorio en esta época, como el del santuario de la Cueva de la Lobera (Castellar) (Nicolini et al. 2004; Rísquez et al. 2018) o Baecula (Úbeda-Villacarrillo) (Bellón et al. 2015) (Fig. 1). Este nuevo espacio era uno de los pocos casos donde era posible un análisis contextual de depósitos con exvotos dado que sus antecedentes conocidos, el citado santuario de Castellar y el de Collado de los Jardines (Santa Elena), fueron sistemáticamente expoliados desde inicios del siglo XX (Rueda 2011). 1 Memoria final de la Prospección Arqueológica Superficial y propuesta de medidas correctoras, bajo la dirección de Juan Luis Herce (2016). Delegación Territorial de la Consejería de Cultura en Jaén. 2 Al mismo tiempo el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil iniciaba las diligencias oportunas para abrir una investigación, destinada al seguimiento de las actividades ilegales producidas. Las actuaciones desarrolladas en Haza del Rayo se han planificado desde la lógica de la dinámica histórica del sitio arqueológico, evolucionando y adaptándose a sus especificidades (Fig. 2). Desde el planteamiento de la intervención el diálogo entre el registro y la propia naturaleza del lugar ha sido constante, dada su novedad respecto a los modelos conocidos. Nuestro posicionamiento metodológico parte de valorar la transcendencia de la materialidad de las prácticas rituales, proponiendo una perspectiva interdisciplinar que nos ayude a superar la mirada convencional (Grau y Rueda 2018: 49) mediante protocolos combinados, que proporcionen lecturas de carácter holístico del registro ritual (Livarda et al. 2018). La primera fase de aproximación estuvo enfocada a la documentación del daño producido y a la definición del sitio. Comenzó por la elaboración de un modelo digital del terreno y una ortofotografía de alta resolución mediante vuelo fotogramétrico con dron. Su objetivo era generar una documentación con una elevada calidad cartográfica, que sirviera de base para las distintas actuaciones y como eje fundamental para la construcción de un Sistema de Información Geográfica específico. El alcance del daño producido en los expolios se estableció mediante georreferenciación con un Sistema de Posicionamiento Global (GPS por su sigla en inglés) de alta precisión (Leica CS 25). El mapa general resultante mostraba que las densidades de las fosas de expolio y de los hallazgos coincidían, pareciendo indiscutible que el sitio estaba desplazado hacia el noreste, es decir, hacia el paso natural que conecta los valles del Guadalimar y Guadalquivir. Además, se desarrolló una prospección magnética en modo gradiente vertical seguida de otra con radar de subsuelo en modalidad 3D para localizar potenciales estructuras, fosas subterráneas o acumulaciones de material metálico (depósitos votivos), como las documentadas en los santuarios de Collado de los Jardines y la Cueva de la Lobera (Lantier 1917; Calvo y Cabré 1919). La superficie muestreada abarcó una hectárea (Fig. 3). Las zonas con ciertas anomalías fueron contrastadas mediante catorce sondeos arqueológicos, localizados donde había material arqueológico en superficie o donde los indicadores geomorfológicos inducían a pensar en la existencia de evidencias estructurales. Los resultados siempre fueron negativos. El resultado común de las prospecciones superficial y geofísica y de la batería de sondeos mencionadas fue la ausencia de estructuras y estratigrafía. Ello apuntaba a una configuración original del sitio como lugar de culto al aire libre donde se realizaron actividades rituales y se depositaron ofrendas. Como el registro era fundamentalmente metálico y no estratificado, ha sido básica una aproximación superficial de carácter integrado. La microprospección arqueológica superficial y el seguimiento de los mo- vimientos de tierra resultaron fundamentales, siempre apoyados por el uso del detector de metales y de GPS de alta precisión para la georreferenciación. Esta metodología de trabajo ya se había mostrado muy eficaz en otros casos, como los escenarios bélicos del Alto Guadalquivir, donde la prospección geomagnética con detector se había usado sistemáticamente. Los lugares de culto al aire libre y estos escenarios serían difícilmente localizables a través de la mera prospección superficial. Por ello el detector de metales debería incluirse como una herramienta más, usado de forma controlada y dentro de una batería metodológica adecuada, siempre bajo control y determinando la afección a la estratigrafía o contextos conservados (Bellón et al. 2020). El sistema de registro, por tanto, ha seguido pautas similares a las de trabajos previos en el desarrollo del método y la documentación de materiales. Se cuenta así con una base analítica importante para la generación de interpretaciones que se sustenta en el uso de cartografía de detalle donde todo el material se ubica con precisión centimétrica. El registro ha sido exhaustivo gracias a la articulación de técnicas diversas y complementarias, como la microprospección magnética y la cartografía específica mediante vuelo con dron equipado con sensores de detección por luz y distancia (LIDAR). Se ha muestreado el 100 % de la superficie, delimitando la dispersión del depósito y rasgos específicos de su distribución. Los resultados documentan un corpus de materiales que definen con contundencia este sitio como un lugar de culto. Destacan un conjunto de exvotos, ofrendas y otros objetos rituales. Por otra parte, el diseño metodológico ha permitido evaluar el impacto del proceso de expolio sufrido y evitar su continuidad con una cobertura sistemática del área afectada (Fig. 3). Asimismo, el seguimiento de la limpieza superficial mecánica de la traza de autovía ha definido un área específica, localizada en la vaguada al suroeste de la dispersión de materiales, caracterizada por la acumulación de arcillas de color oscuro. El inicio de esta unidad coincidía con el límite de la distribución del material arqueológico. Las actuaciones se han orientado a documentar, en su caso, huellas de interés arqueológi- co no perceptibles superficialmente, así como a desarrollar un muestreo estratigráfico de sedimentos para su análisis micromorfológico, geoquímico y arqueobotánico. Un muestreo superficial de cobertura total se combinó con dos trincheras de excavación arqueológica. Pronto se constató que las arcillas con perfil en artesa eran arqueológicamente estériles, lo que situaba la distribución del material votivo siempre al exterior de las mismas. Los resultados obtenidos en ese espacio se consideraron fundamentales. Se consiguieron integrando un estudio geoarqueológico de alta resolución con análisis de fitolitos y polínicos sobre muestras de sedimento y con datación por luminiscencia ópticamente estimulada (OSL por sus siglas en inglés). Estos últimos (OSL) están en curso. La estrategia metodológica multiproxy diseñada combina métodos y técnicas que operan a alta resolución en una escala microscópica de análisis, partiendo de la micromorfología de suelos y sedimentos. Su fin es identificar facies, caracterizar estructuras y componentes sedimentarios y localizar de modo detallado los microrrestos para entender los procesos deposicionales y postdeposicionales que se demuestran indispensables para su interpretación. Esta aproximación interdisciplinar ha contribuido a caracterizar esta zona como un humedal temporal, tal y como detallaremos a continuación. La caracterización del depósito y del humedal temporal La definición de un lugar de culto, fuertemente vinculado al ámbito natural, ha sido un reto. Por un lado, había que comprender el significado cultural de unos hitos en el territorio, sin apenas modificaciones antrópicas, que dejaran una huella fosilizada. De otro, había que trabajar con un registro en horizontal, para definir aspectos relacionados con la distribución de las ofrendas. Estas se entendían como un depósito en abierto y no como un atesoramiento concentrado de las mismas, contenidas en estructuras bien definidas. Es un área al aire libre, que aprovecha un punto de paso en la imponente frontera natural que es la Loma de Úbeda. Topográficamente se puede definir como un collado en la divisoria de aguas de los ríos Guadalimar y Guadalquivir, un ámbito de 1,3 ha donde se combinan hitos de gran relevancia. Esto nos lleva a abordar, de manera específica, cómo se incorporan determinados componentes paisajísticos en la planificación de la ritualidad o en la organización de itinerarios, entre otras cuestiones (Elsner y Ruttherford 2005). En Haza del Rayo el humedal temporal pudo potenciar este lugar como punto de atracción, contribuyendo a ordenar y condi- cionar las formas de tránsito en torno a él. Pudo constituirse como un hito en el territorio inmediato, donde no abundan ecosistemas de este tipo, dotando a este lugar de unos rasgos propios, definitorios, sugerentes para la proyección de esquemas simbólicos. Al tiempo pudo funcionar como un elemento articulador del rito y del depósito de ofrendas, tal y como se aprecia en los modelos de distribución. Este humedal se localiza en la parte más baja del collado, mientras que las ofrendas se distribuyen exclusivamente en el lado noreste, en las vertientes norte, sur y oeste de una pequeña cota. Como se indicó, nunca se hallaron al interior del mismo. La microprospección arqueológica superficial desarrollada de manera sistemática en todo el perímetro de esta unidad tampoco documentó depósito en la vertiente suroeste del humedal. Conserva 2500 m 2, sin que se haya podido precisar su límite sur por estar afectado por la antigua carretera N-322. Se define como una artesa con una estratigrafía bastante homogénea, conformada por el depósito de aportes sedimentarios arcillosos, de tonalidad oscura, con una potencia máxima de aproximadamente 1,50 m, que han sido caracterizados mediante micromorfología (Stoops 2003). El depósito oscuro identificado en Haza del Rayo corresponde a un paleosuelo desarrollado sobre unas margas grises del Mioceno (Fig. 4). Su color se debe a la destacada presencia de materia orgánica humificada y a la movilidad de los cationes de la arcilla por su posición fisiográfica en el paisaje, en una depresión entre dos lomas. Los rasgos de este paleosuelo son compatibles con la presencia de agua y la colonización de plantas con una intensa actividad microbiana, en concreto, con una saturación de agua (¿estacional?) seguida de momentos alternantes de desecación. Los excrementos de mesofauna del suelo indican episodios de exposición subaérea y colonización por parte de esa fauna entre períodos de encharcamiento. Los resultados de los análisis de microrrestos vegetales son Fig. 3. Ortofotografía digital del paleo-humedal de Haza del Rayo y zona de depósito votivo con la situación de los sondeos arqueológicos, la zona prospectada con georradar, los expolios y la distribución de los materiales documentados con GPS. En color en la edición electrónica. con la presencia de un paleo-humedal, contribuyendo a su caracterización. Los fitolitos indican una composición vegetal en cierta manera homogénea durante la secuencia deposicional. Está dominada por gramíneas de la subfamilia Pooideae, que son comunes en medios húmedos. Esas concentraciones de poáceas, así como de hojas de arecáceas (palmáceas), se encuentran especialmente en el paleosuelo. A su vez la aparición de biomicrofósiles silíceos, como diatomeas y espículas de esponja, es característica de ecosistemas acuáticos o de ambientes húmedos (Coil et al. 2003). Los exvotos en bronce Las actuaciones desarrolladas han recuperado un corpus de material homogéneo, vinculable a un uso ritual, salvo elementos, como las tachuelas, asociadas a la utilización de este paso natural a partir de finales del siglo III a. n. e. Predomina la ofrenda metálica. La categoría votiva principal son los exvotos en bronce, única iconografía en este santuario y material fundamental para inferir aspectos relacionados con el ritual (Nicolini 1969; Prados 1992; Prados et al. 2018; Rueda 2008). Resaltamos, de nuevo, el valor de la aproximación a un registro inédito, que nos brinda la posibilidad de mirar a este tipo de ofrendas desde otras perspectivas, como material que se incorpora a contextos tipológicamente diferentes. El propio contexto del hallazgo ha llevado a que, junto al análisis tipológico e iconográfico, se haya planificado otro metalográfico encaminado a determinar aspectos de autenticidad, así como la composición de los bronces3. Hemos documentado más de cincuenta exvotos en bronce. Algunos están completos, pero predominan los fragmentos (Fig. 5). Es interesante que algunas de las piezas están fragmentadas de antiguo mediante doblado o roturas intencionadas con retoques evidentes (Fig. 5: 4 y 105). Esta idea, apenas esbozada porque requiere de una reflexión mayor, apunta a las claves que ofrece este santuario para aproximarnos a los procedimientos rituales. En general, no hay un predominio destacable en los exvotos entre los masculinos y los femeninos. Todos tienden al semi-esquematismo y esquematismo. Los modelos entran dentro de las tipologías más comunes para el territorio de Cástulo y, de manera específica, en la órbita estilística e iconográfica del santuario de Castellar (Nicolini et al. 2004: 169-171). El análisis de las tipologías rituales, en base a la muestra documentada, no permite afirmar que nos encontremos ante un lugar de culto con una dedicación determinada. Sí es interesante indicar que en este corpus faltan categorías asociadas a los ritos de paso o nupciales, así como imágenes de hombres con armas, rituales que debieron sancionarse en los santuarios centrales. El santuario de Haza del Rayo corrobora la idea que ya hemos apuntado (Ruiz y Rueda 2014: 141): existen espacios de culto complementarios, articulados en red y vinculados o no a la ciudad, donde el ritual se relaciona con peticiones enmarcadas en la esfera del reconocimiento social. Un aspecto específico es la producción de imagen figurativa sobre lámina recortada. Un ejemplar excepcional representa parte de una imagen femenina de perfil de finos rasgos faciales, recortada en una fina placa de bronce (Fig. 5: 85). Su rasgo definidor es la presencia de una estilizada tiara apuntada, uno de los atributos característicos del atuendo femenino. En este contexto valoramos el conjunto de plaquitas/láminas en bronce documentadas, algunas decoradas (Fig. 5: 11,99,83,206). Pueden tratarse de ofrendas específicas, así como de partes de exvotos, que también constatamos en bronce, plata y oro en Castellar y Despeñaperros (Rueda 2011: 107-109). Presentes en distintos santuarios peninsulares, destacan por su heterogeneidad en los de Cástulo y, sobre todo, en Despeñaperros (Prados 1991). En el pequeño corpus de Haza del Rayo se adscriben a tres categorías: piernas, falos y brazos-manos, destacando una pieza con dos brazos unidos y manos abiertas. El depósito de ofrendas en el humedal puede vincularse al universo de la protección y la curación, pero también de la propiciación, donde el agua jugaría un papel activo y determinante (Sánchez del Moral 2018). Las fíbulas están representadas en Haza del Rayo por cuatro ejemplares parciales de fíbulas anulares, junto a una fíbula La Tène bien conservada. En su mayoría son de pequeñas dimensiones (Fig. 5: 17, 97), un rasgo común en algunos de los depósitos rituales conocidos en el Alto Guadalquivir (Rueda 2011). La asociación de fíbulas y exvotos de bronce en contextos rituales se conoce, p. ej., en los santuarios de Collado de los Jardines y la Cueva de la Lobera. Allí las fíbulas son los segundos objetos más frecuentes, posiblemente asociados a la ofrenda de prendas, mantos y túnicas (Izquierdo 2001). Otro conjunto variado de ofrendas e instrumental ritual en bronce son los aros (Fig. 5: 89, 133) y elementos metálicos no identificados (EMNI) de difícil interpretación, algunos de los cuales reiteran claros patrones formales (Fig. 5: 15,25,152). También hay alguna miniatura, como una posible punta de lanza (Fig. 5: 127) o una aguja (Fig. 5: 3) que, aunque no son abundantes, aparecen en diferentes contextos rituales y de representación social (López-Bertran y Vives-Ferrándiz 2015). Junto a este corpus votivo se halló un conjunto cerámico, muy escaso y fragmentario, que no ha permitido una ordenación tipológica en profundidad, pero sí orientativa. A priori, las tendencias formales remiten a un horizonte del siglo IV-III a. n. e. Predominan formas abiertas, como platos, en pequeño tamaño, y otras cerradas de borde recto (Fig. 6), así como la cerámica clara decorada. La aparición puntual de algún ejemplar de cerámica gris decorada en rojo es otro indicio de que el santuario de Haza del Rayo se inscribe en la órbita de Cástulo, vinculándose a producciones exclusivas de este territorio4. Un rasgo que caracteriza, de forma global, al conjunto es la predominancia de una cerámica de mesa, de reducido tamaño. Ese condicionante funcional se relaciona posiblemente con producciones de exclusiva utilización ritual. Algunos aspectos espaciales y cronológicos Nos encontramos ante un depósito votivo que es consecuencia de una frecuentación recurrente lo que nos conduce a interpretarlo como un santuario al aire libre, identificado en el territorio circundante a partir de los hitos naturales ya indicados. En el espacio religioso ibero y, en concreto, en el área bastetana (Adroher et al. 2004; Adroher y Caballero 2008), ya se han analiza- do estos santuarios al aire libre, con rasgos espaciales y contextuales concretos. La regularidad del registro y las dinámicas espaciales en Haza del Rayo nos acercan a algunos aspectos distributivos y organizativos del santuario, aunque las alteraciones producidas por el expolio han afectado en parte la composición cualitativa y cuantitativa de sus contextos, condicionando nuestra aproximación a aspectos como la propia escala de participación. Las diferentes categorías votivas siguen patrones espaciales similares sin apreciarse dinámicas específicas, ni complementarias. La interrupción de la distribución de la cerámica en la zona de limos permite pensar que responde a los mismos criterios rituales que el resto de ofrendas. Tampoco las clases de ofrendas o los tipos rituales de la toréutica se concentran de modo perceptible. Los exvotos en bronce se distribuyen en todas las áreas sea cual sea su tipo iconográfico y/o ritual. De manera puntual hemos constatado la disposición de exvotos en las margas arcillosas, probablemente en pequeñas fosas de depósito, sin poder preci-sar que se trate de una dinámica homogénea en todo el depósito (Fig. 7). El culto en este lugar se fecha entre los siglos IV-III a. n. e. y, en concreto, en el siglo III a. n. e., momento de mayor apogeo de los santuarios de Cástulo y de integración de la ciudad de Baecula en su órbita política (Ruiz y Rueda 2014). El uso ritual no va más allá de inicios del siglo II a. n. e. Faltan aquí las evidencias materiales y/o contextuales que sí se aprecian en los santuarios supra-territoriales, como las reestructuraciones espaciales, vinculadas a la presencia de cerámica romana o de iconografía hispano-romana en terracota (Rueda y Ruiz 2017: 171-172). La determinación de la larga diacronía y formación del paleo-humedal aún está en curso 5. De momento planteamos la hipótesis de que abarcó una parte significativa del Holoceno tardío, incluyendo el período ibero, dado que el depósito de ofrendas nunca traspasa los 5 Quizás la datación por luminiscencia ópticamente estimulada (OSL por sus siglas en inglés) nos ayude a precisar mejor estos aspectos. LA MEMORIA RITUAL IMPRESA EN EL PAISAJE Con los datos disponibles hasta el momento, interpretamos el santuario de Haza del Rayo como la sacralización de un paso, una etapa en el itinerario ritual hacia el santuario de Castellar. Su condición de hito y referencia paisajística, indudablemente estaría relacionada con el corredor natural y potenciada por el humedal temporal y el agua, de presencia intermitente. Estos 'rasgos excepcionales' (físicos, visuales, espaciales, etc.) son muy sugerentes para su integración en el culto (Whitehouse 1992). Como en Haza del Rayo, en el territorio de Cástulo es posible analizar cómo la movilidad ritual y determinadas etapas en el paisaje forman parte importante de las dinámicas rituales. El acceso a los santuarios supraterritoriales de Collado de los Jardines y la Cueva de la Lobera, muy distantes de los centros habitados (a más de 40 km de Cástulo), requiere emprender un viaje que supera la escala regional. En este contexto, contraponer estos santuarios centrales con los lugares de culto, intermedios o complementarios como Haza del Rayo, nos aproxima también a la reconstrucción de los paisajes sagrados en este antiguo territorio. En estas lecturas adquieren un rol fundamental los ámbitos definidos como "regiones simbólicas marginales". Situados fuera de los grandes centros religiosos, representan una expresión básica de interacción social (Larsson 2006: 80), que destaca el papel del paisaje como agente activo y funcional (Bradley 2000), fundamental para la comprensión de las dinámicas y de las conexiones que se generan a través del ritual (Palka 2014: 8-9). La complejidad y jerarquización de estos paisajes rituales se acentúan a medida que avanzamos en los métodos de análisis y de documentación de sus huellas, sobre todo si poseen un menor grado de alteración antrópica, como puede ser el caso analizado. En concreto nos referimos a lugares de ubicación selectiva y de visita recurrente, donde cabe determinar la acción de prácticas de carácter cíclico que favorecen una memoria cultural, fundamental para la transmisión de las creencias. Haza del Rayo pone de manifiesto una forma particular, no documentada antes para el Alto Guadalquivir, de la utilización del paisaje a través del depósito de objetos y de su interacción específica con hitos, como el humedal o el corredor natural, que pudieron ser una condición para el ritual. El primero de los aspectos específicos que lo definen es el carácter colectivo y comunitario del ritual documentado, cuyo sentido y coherencia se logra incorporando imágenes y ofrendas que responden a solicitudes diversas y complementarias. En concreto, la iconografía de Haza del Rayo remite a prácticas de agregación, a ritos de protección y salud, así como a rituales de iniciación, que delinean -entre otras cuestiones-formas de acceso al territorio. A través de estas ofrendas, por tanto, los principios de percepción cultural se enmarcan en la concepción de permiso, salud y protección vinculados al propio viaje ritual. Están ligados a las fronteras transicionales, como marcadores rituales de esos espacios liminares donde lo sobrenatural adquiere una dimensión tangible, como se ha advertido por ejemplo en las apachetas andinas (Galdames 1990). El segundo aspecto definitorio de Haza del Rayo es la propia lógica espacial del depósito, que refleja normas que se repiten y respetan. Entre ellas está la exclusión de ofrendas en el humedal o la intención de potenciar el carácter (sobre)natural de este lugar, a través de significarlo y ritualizarlo sin modificaciones antrópicas de impacto. La aproximación desde el territorio político permite, además, contextualizar dinámicas a distintas escalas y desde una perspectiva diacrónica. En este caso se enmarcan en la definición del territorio de Cástulo que, para el siglo III a. n. e., se organiza como una estructura piramidal jerarquizada de oppida (Ruiz et al. 2013). En este proceso y con el fin de la Segunda Guerra Púnica este territorio es objeto de fuertes transformaciones. Sus principales ciudades son abandonadas y/o destruidas, mientras que sus santuarios sobreviven con una estructura ritual diferente (Rueda y Ruiz 2017). La geografía sagrada sucumbe a las fuerzas de los cambios a escala global. Se abandonan lugares como Haza del Rayo, se interrumpe el culto en el humedal y, aunque posiblemente este hito siguió visible, pierde gran parte de su sentido original, al igual que poco a poco lo irán perdiendo otros referentes territoriales, como la propia Cueva de la Lobera. El corredor natural de Haza del Rayo parece que siguió activo puntualmente, ya que la presencia de tachuelas indica ese uso, aunque en una frecuencia muy baja, transformando su función originaria frente a la nueva reorganización del territorio, que se produce fundamentalmente desde mediados del siglo II a. n. e. En el desarrollo de esta actuación ha sido clave la implicación ciudadana, de donde partió la voz de alarma, la diligencia de la Delegación Territorial de Cultura en Jaén, así como la plena cooperación por parte de la empresa encargada de la ejecución de la obra. Destacamos la amplia colaboración de investigadoras e investigadores de diversas instituciones que muestra la gran potencialidad futura de esta investigación: Jorge Delgado, José Luis Pérez y José Miguel Gómez, del Grupo de Investigación Sistemas Fotogramétricos y Topométricos (TEP-213) de la Universidad de Jaén; José A. Peña del Instituto Universitario de Investigación Andaluz de Geofísica-Universidad de Granada; Francisca Alba, del Dpto. de Biología de la Universidad de Granada; Ignacio Montero del Instituto de Historia (CSIC) y Jorge Sanjurjo Sánchez del Instituto Universitario de Xeoloxía Isidro Parga Pondal, Universidade da Coruña. Francisco Guerrero y Fernando Ortega del Dpto. de Biología Animal, Biología Vegetal y Ecología de la Universidad de Jaén nos aportaron sugerencias a la definición de este espacio. Mario Gutiérrez Rodríguez es Honorary Visiting Research Fellow en la School of Archaeology and Ancient History, University of Leicester, donde ha realizado parte de esta investigación gracias a un contrato postdoctoral financiado por el Programa de Perfeccionamiento de Doctores del Plan Propio de Investigación de la Universidad de Granada.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) En este trabajo se presentan los resultados de la intervención realizada en el yacimiento de El Paraje de La Salud (Salamanca), con motivo del descubrimiento de un nuevo panel con grabados de cronología paleolítica. El conjunto ha sido estudiado empleando técnicas de restitución tridimensional con el fin de documentar tanto el soporte como los motivos grabados. Se trata de una muestra más de arte con cronología premagdaleniense realizado al aire libre, cuyas características técnicas y formales permiten ponerlo en relación con representaciones aparecidas en los conjuntos portugueses de Fariseu y Penascosa en el Côa, así como con el recientemente descubierto en Foz do Río Tua. El arte paleolítico del interior es conocido desde los comienzos de la historia de la disciplina en la península ibérica, con los descubrimientos de Penches (Burgos) (Hernández Pacheco 1917), Los Casares y La Hoz (Guadalajara) (Cabré 1934), Maltravieso (Cáceres) (Callejo 1958), El Reguerillo (Madrid) (Hernández Pacheco 1959: 261), Domingo García (Gonzalo Quintanilla 1970; Lucas Pellicer 1973) y La Griega (Almagro Gorbea 1971). Sin embargo, estas manifestaciones artísticas no han adquirido personalidad propia hasta la década de los 80, con el descubrimiento y estudio de los sitios con arte al aire libre de Mazouco (Freixo de Espada à Cinta, Portugal) (Jorge et al. 1981(Jorge et al., 1982)), Piedras Blancas en Almería (Martínez García 1986-1987) y Fornols-Haut en los Pirineos orientales franceses (Sacchi et al. 1988). A partir de los 90 el hallazgo de los conjuntos al aire libre de Domingo García (Segovia) (Ripoll y Municio 1999), Siega Verde (Salamanca) (Balbín et al. 1991; Alcolea y Balbín 2006, 2012) y Foz Côa (Vila Nova de Foz Côa), acaban convirtiendo actualmente la península en un punto de referencia en los estudios sobre arte paleolítico en Europa (Baptista 2009). A este cada vez más dilatado conjunto de representaciones rupestres al aire libre se han sumado a los de Alto Sabor, Ribeira da Sardinha, Zézere y Ocre- * Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación "Aprendizaje y desarrollo de las capacidades artísticas en los Humanos Anatómicamente Modernos; un enfoque multidisciplinar" (HAR2017-87739-P), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. IP: Olivia Rivero a Universidad de Salamanca, Dept. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología (GIR PREHUSAL). C/ Cerrada de Serranos s/n. Por otra parte, destaca el hallazgo de un extenso conjunto de arte mobiliar en el yacimiento de Foz do Medal en el valle del Sabor (Portugal) (Figueiredo et al. 2014). En el año 2018, en el yacimiento de El Paraje de la Salud se han descubierto estas nuevas figuras que nos ocupan. Están próximas a las ya conocidas y vienen a completar y a enriquecer nuestro conocimiento del arte paleolítico de este conjunto, así como a resaltar sus vinculaciones con los sitios portugueses de Foz Côa y Foz do Río Tua. LOCALIZACIÓN DEL YACIMIENTO Y DE LOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS El conjunto de representaciones rupestres al aire libre de La Salud, descubierto en 2013, ha sido estudiado por un equipo de investigación encabezado por D. Garate y M. Santonja (Garate et al. 2016). Se localiza en ambas márgenes del río Tormes, muy cerca de la ciudad de Salamanca y en su mismo término municipal. Ahora se añade un pequeño grupo de grabados, realizados mediante piqueteado e incisión (Figs. Carmen Centeno comunicaron a uno de nosotros (J. B.) la existencia de una figura de caballo en El Paraje de La Salud. Este descubrimiento fue comunicado a la Arqueóloga Territorial, Dña. Esther González Mazariego, y tras la correspondiente autorización, se analizó y documentó el panel que aquí presentamos. Se localiza en un abrigo muy próximo al cauce actual del río en su margen izquierda. El nivel actual del agua, retenida por la presa de El Marín, está a menos de un metro del arranque de la pared que sirve de soporte a los grabados. Está 60 m aguas arriba de la desembocadura de un barranco que delimita por el sureste un promontorio donde se abren los túneles de un antiguo polvorín, y a 260 m en línea recta del conjunto S2, ya publicado (Garate et al. 2016: 22-24). Se accede a él por un corto, estrecho y pendiente barranco y sus coordenadas son 40o 57' 33'' de latitud norte y 05o 42' 38'' de longitud oeste de Greenwich. El abrigo, en líneas generales, está compuesto por una superficie central, dos salientes laterales y una pequeña visera de unos 80 cm que le confieren una relativa protección. La superficie de su parte central mide unos 3 m de ancho, comprendidos entre los dos salientes rocosos. El saliente a su izquierda sobresale unos 2 m en perpendicular a la misma y es más irregular: El situado a su derecha, algo más oblicuo, apenas sobresale 1 m. Esta superficie central es irregular hasta aproximadamente 1 m del suelo, y algo más lisa a partir de este punto, así como bastante vertical (entre 80o y 85°), estando orientada al noreste. Está surcada horizontalmente, en su parte central, por una grieta que se ensancha y abre en Y en el sector derecho. Otras fisuras menores lo cruzan verticalmente. La más ancha y profunda, situada algo a la derecha de la parte inferior de la superficie central, delimita un espacio parcialmente liso de aproximadamente un metro de ancho por 50 cm de alto, en el que se localizan los grabados que nos ocupan. El resto de la superficie central, así como parte de los salientes, presentan espacios lisos similares, o incluso con mejores condiciones para soportar grabados. La presencia de abundantes líquenes nos ha impedido apreciarlos por el momento (Fig. 3). Conjunto de yacimientos de Foz Côa (Vila Nova de Foz Coa). Arroyo de las Almas (Salamanca). Conjunto de Domingo García (Segovia). Fotografía de El Paraje de La Salud, enclave en el que se localizan los nuevos grabados localizados en 2018 (fotografía J. Bécares). En color en la edición electrónica. La roca soporte no difiere de la ya señalada: pizarras grises y negras del Ordovícico, según la hoja 478 del Mapa Geológico 1:50.000 del Instituto Geológico y Minero de España en su edición de 1993 (Garate et al. 2016). La metodología de documentación gráfica empleada ha sido la fotogrametría de objeto cercano, ya que, al tratarse de un único panel decorado, era la más apropiada para documentar tanto el soporte, como los grabados. Se parte de la aplicación de técnicas de restitución tridimensional (fotogrametría digital), combinada con sistemas de tratamiento digital y la restitución gráfica. Esta combinación de técnicas 3D y 2D es hoy en día habitual en el estudio y restitución del arte prehistórico (Domingo et al. 2013; Plisson y Zotkina 2015; Fritz et al. 2016). En los últimos años, el registro 3D del volumen de los sitios con arte paleolítico se ha convertido en la metodología estándar (e. g. En este trabajo se han empleado técnicas de fotogrametría de objeto cercano basadas en tomas fotográficas no ordenadas y herramientas de visión artificial o computer vision, basadas en un algoritmo de transformación de característica en escala invariable (Scale-invariant feature transform o algorimo SIFT por sus siglas en inglés). Así, se han elaborado modelos 3D con iluminación natural y con iluminación rasante lograda mediante el empleo de flashes externos. Estos últimos modelos están destinados a facilitar la identificación del grabado con vistas a su posterior restitución. Esta metodología ha sido implementada para facilitar tanto la reproducción del soporte como la visibilidad del grabado (Rivero et al. 2019). La interpretación de los registros gráficos se ha llevado a cabo directamente sobre los productos derivados de los modelos 3D obtenidos. Los motivos identificados a partir de procedimientos habituales de tratamiento de imagen, usados en los últimos años para la generación de calcos digitales, han sido integrados de modo directo en las restituciones 3D de los paneles estudiados. Dada la resolución de los modelos 3D, la precisión del registro supera la propia de un calco directo. Una vez acopladas las diversas texturas, en la versión final los trazos grabados recuperan su conexión con el soporte, respetando la relación espacial con la superficie para la que se concibieron y sobre la que se ejecutaron, sin distorsiones ni respecto a su ubicación, ni a su relación con el resto de los motivos conservados en el panel. IDENTIFICACIÓN DE LAS NUEVAS EVIDENCIAS Se han identificado tres motivos de équidos (SA.I.1. a 3.), definidos mediante las técnicas de piqueteado y grabado inciso (Tab. Dos de ellos conforman un caballo bicéfalo orientado a la derecha. El tercero es una línea cérvico-dorsal situada a la derecha de la figura completa, probablemente afrontada, aunque no se puede saber con exactitud al tratarse de un motivo incompleto. Las figuras aparecen a una altura de 141 cm sobre el nivel del suelo actual (Fig. 4). La cabeza, orientada hacia abajo, tiene el hocico indicado con el característico "pico de pato", oreja, crinera lineal con escalón, línea cérvico-dorsal con la cruz marcada, cola más larga que las patas traseras, pata trasera, vientre y doble pata delantera en perspectiva frontal, así como línea de pecho (Fig. 5c). La cadena operativa consiste en el piqueteado total del motivo. Además la línea interior de la pata trasera ha sido repasada mediante incisión. La pata delantera derecha ha sido realizada mediante una única hilera de golpes y la izquierda mediante doble hilera de piqueteado efectuado de arriba abajo. No podemos saber con certeza la superposición o infraposición con respecto a la figura SA.I.2., si bien en el caso del caballo SA.I.1. se encuentra piqueteado con más profundidad y probablemente es la primera figura que se realizó. La cabeza está levantada con el hocico indicado en el característico "pico de pato". Tiene crinera doble lineal con escalón, y doble línea de pecho. El resto de la figura corresponde al caballo SA.I.1. Este tipo de representación se relaciona con un probable intento de expresar la animación de la figura por su descomposición en partes, tal y como ha sido definido por M. Azema (1992a y 1992b) y L. Luís (2012). En concreto, según la clasificación de este último, se trataría de una animación por descomposición y superposición segmentaria, que afecta en este caso solo al prótomo del animal (cabeza y pecho). Según la cadena operativa, esta figura está menos profundizada que la SA.I.1. Las dos líneas de la crinera han sido repasadas mediante incisión. Asimismo, posee un despiece interno en el pecho que se interrumpe a la altura de la línea cérvico-dorsal de SA.I.1. Ello nos lleva a considerar que posiblemente se hiciera en segundo lugar (Fig. 6), aunque no podemos establecer con seguridad el orden de ejecución de las figuras. Caballo orientado a la izquierda, grabado mediante piqueteado. Como únicamente se ha representado un fragmento de línea cérvico-dorsal, no se puede saber con certeza si la figura se orienta hacia la derecha o hacia la izquierda. No obstante la incurvación del extremo derecho de la línea sugiere la forma de las nalgas del animal (Fig. 6c). La metodología expuesta más arriba ha permitido documentar con gran fidelidad los motivos descubiertos en el nuevo panel de arte rupestre del conjunto de La Salud. Sus tres representaciones de caballos (Fig. 7) están grabadas mediante piqueteado e incisión ocasional. Sus características permiten relacionarlas por su temática, técnica, soporte y convenciones estilísticas con otros conjuntos de arte paleolítico al aire libre como Domingo García (Segovia) o las representaciones piqueteadas de Foz Côa. Nos fijamos, p. ej., en la representación de las patas delanteras en perspectiva frontal (Guy 2002) y, más en concreto, en las de caba-llos animados mediante descomposición por yuxtaposición segmentaria de las rocas 4 de Penascosa (Baptista 2009; cf. número 07, según la clasificación de Santos 2019) y 1 Fariseu en el Côa (no 45 y 61 según Santos 2019), así como en la roca 1 de Canada do Inferno (figura 11 según Santos 2019). En Foz do Río Tua se trata de dos especies distintas, ciervo y caballo (Teixeira y Sanches 2017). Según los investigadores de este yacimiento, el suelo contemporáneo de los grabados habría desaparecido por un proceso erosivo y se situaría cronológicamente entre la fecha anterior y 19020 ± 80 BP, datación obtenida de una muestra recogida en un sondeo situado a pocos metros de la roca 11. El grabado de esta roca sería por lo tanto anterior a este episodio erosivo (Aubry et al. 2014) y se situaría en los límites del Gravetiense-Solutrense. Este hecho coincide con las características formales de las figuras, en particular con los hocicos en pico de pato, la perspectiva frontal de las patas o las crineras lineales con escalón, que permiten poner en relación estas representaciones con otros conjuntos del arte del interior peninsular como La Griega (Corchón 1997), atribuibles a la fase premagdaleniense (Sauvet y Sauvet 1983; Balbín y Alcolea 1994; Rivero 2010; Corchón et al. 2012). La noticia que publicamos aquí añade tres motivos al corpus de figuras representadas en el yacimiento de La Salud, así como permite aquilatar con mayor precisión su cronología y relación con otros conjuntos de arte paleolítico al aire libre del interior de la península ibérica. Esta serie de descubrimientos puede ponerse en relación con la fase antigua del Côa y son la expresión de un poblamiento premagdaleniense, de probable cronología Gravetiense, en torno al valle del Duero: Possadouro, Sampaio, Ribeira da Sardinha y Fraga Escrevida, en el valle del río Sabor; Mazouco y Fraga do Gato, en el propio valle del Duero; así como Foz do Río Tua). Al sur del Duero pertenecerían a este mismo momento los sitios de Poço do Caldeirão y Costalta (Barroca), situados en valle del Zêzere, así como el caballo del valle del Ocreza (Baptista 2012). Las características técnicas y formales de estas figuras sugieren un fuerte parentesco. Destacan el uso de la animación por descomposición y yuxtaposición segmentaria, la incisión/abrasión en la parte delantera del animal, amén de los paralelos formales ya mencio- nados como la crinera en escalón. El conjunto ha llevado a plantear no solo la contemporaneidad sino incluso una posible autoría compartida para algunas de estas representaciones, según Baptista (2012). Para este investigador estos conjuntos con escaso número de representaciones que se sitúan en el área de influencia del Côa podrían funcionar como marcadores territoriales durante este período. Los yacimientos de cronología Gravetiense conocidos actualmente en el valle del Duero se encuentran exclusivamente en el valle del Côa. Los sitios de Buraca Grande (con una fecha de 23920 ± 300 BP), Buraca Escura (datado en 21820 ± 200 BP) y el yacimiento al aire libre de Vale das Buracas se sitúan en cronología Gravetiense (Aubry et al. 2012), pero están geográficamente alejados del núcleo del Duero. Los otros vestigios arqueológicos corres-pondientes a esta etapa son los del sitio al aire libre del Valle de las Orquídeas (Atapuerca), datado entre el 29000 y el 27000 BP (Díez y Navarro 2005). El poblamiento premagdaleniense de la provincia de Salamanca está documentado de manera indirecta por el aprovisionamiento de las materias primas identificadas en el Valle del Côa durante el Gravetiense (Aubry et al. 2012). Los datos disponibles para los yacimientos de Olga Grande 4 y Cardina I muestran que las rocas silíceas en este período procedían de distintas áreas de la meseta (en torno a la localización actual de la ciudad de Salamanca principalmente) y la Estremadura portuguesa, sugiriendo una red de intercambios con estas dos regiones. Las figuras de La Salud aquí documentadas reforzarían esta hipótesis, puesto que sus fuertes paralelismos con las representaciones de Canada do Inferno y Fariseu son un ejemplo más de los vínculos culturales entre estas dos zonas durante el Gravetiense. Estos datos vienen a completar el supuesto vacío poblacional de la meseta durante el Paleolítico Supe- rior. Muestran que, al contrario, existía un profundo conocimiento del entorno por parte de las poblaciones que lo habitaban, así como redes de intercambio a media y larga distancia que sugieren una continuidad y una mayor homogeneidad cultural de lo que se consideraba hace unas décadas (Corchón 2006). Los recientes hallazgos en el yacimiento de La Salud vienen a enriquecer el conocimiento sobre este conjunto, cuyas características son de gran interés al mostrar una relación más estrecha con los conjuntos portugueses que con el yacimiento de Siega Verde, sitio con el que posee más proximidad geográfica. Este hecho nos muestra que estos yacimientos participan en una red de relaciones a corta y media distancia cuya amplitud probablemente es superior a lo que se consideraba anteriormente, señalando un hábitat continuado en la meseta durante el Paleolítico Superior antiguo.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución "Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional" (CC BY 4.0) Este artículo presenta un nuevo hallazgo de arte levantino en el curso medio del río Guadalope, el abrigo de Barranco Gómez, y revisa una temática particular en esta tradición artística: la recolección de la miel. Entre las novedades destaca la escena de recolección de miel mejor conservada y más compleja de este arte, con un desarrollo en dos planos diferenciados (pared y techo). En ella, un trepador, con rasgos faciales, asciende por una escala conformada por bucles de cuerda. La imagen evidencia un uso avanzado de las técnicas de fabricación y un buen conocimiento de los procedimientos de escalada. De la escena se deduce una instalación previa de la escala en lo alto de los riscos para permitir después ascender desde la base. Esta novedosa escala en estribo, va asociada a un palo que sirve de anclaje intermedio para fijarla firmemente a la roca. El conjunto incluye además arqueros en marcha, una caza de cérvidos y una cierva retrospiciente con una singular representación del hocico. El análisis estilístico y temático de las figuras humanas permite reconocer tres fases de ejecución y establecer vínculos territoriales con otros núcleos del área septentrional del arte levantino. El objetivo de estas líneas es dar a conocer el resultado de los trabajos oficiales de documentación y estudio de esta nueva estación rupestre, vinculada al ya célebre núcleo de arte levantino del Guadalope (Teruel) (Almagro et al. 1956; Ripoll 1961; Beltrán 1968Beltrán, 1993)). D. Ernesto Barreda lo descubrió por casualidad en agosto de 2013. Tras comunicarlo a la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón, técnicos facultativos del Gobierno de Aragón y uno de nosotros (M.B.) visitamos el yacimiento para certificar la autenticidad de las pinturas en marzo de 2014. La documentación del conjunto se realizó por medio de técnicas de documentación gráfica bidimensional y tridimensional que se describen en el apartado de Metodología. Esta información sirve de base para el análisis cualitativo de los motivos y temas conservados y de sus pautas de variación. Su contextualización regional nos permite confirmar una vez más las relaciones con otros núcleos del área septentrional del arte levantino, y también un uso diacrónico del yacimiento, basado en las variantes estilísticas de las figuras humanas representadas (Domingo 2005(Domingo, 2006(Domingo, 2012;;Utrilla y Martínez Bea 2007; Martínez Bea 2009; Villaverde et al. 2012). Esta estación de Barranco Gómez, junto a temas y patrones ya clásicos en el arte levantino, tiene algunas peculiaridades estilísticas y temáticas que permiten hablar de un conjunto singular. Cabe destacar la escena de recolección de miel, la mejor conservada y con más detalle de todo el ciclo levantino. En la representación del trepador se usan diversas convenciones para las diferentes perspectivas que permiten una correcta y más realista lectura de la acción. Llama la atención la plasmación de rasgos faciales que, en algunas fases de este ciclo artístico, expresan la voluntad de individualizar al actor. En el panel 3 encontramos otro recurso técnico formal singular: la boca de la cierva se representa dejando un espacio deliberadamente sin pintar. Para este recurso no contamos con paralelos hasta el momento en el arte levantino. La investigación del interesante núcleo de arte levantino de la cuenca media del Guadalope, donde se enmarca la estación que estudiamos (Fig. 1), se inicia con el descubrimiento y estudio del conjunto del Torico (Ortego 1946). Se le unen algunas décadas después los del Arquero, Friso Abierto del Pudial y La Vacada (Ripoll 1961) y el de Arenal de la Fonseca (González y Merino 1974). Son mucho más recientes los descubrimientos del Barranco Hondo, con sus singulares gra-bados levantinos (Utrilla y Villaverde 2004), y el del Cantalar I (Bea y Domingo 2009), el más meridional de todos. Los yacimientos de este núcleo rupestre han dado lugar a revisiones (Calvo 1993)1 que han actualizado los inventarios de conjuntos conocidos, aportando hipótesis interpretativas novedosas. Algunas se refieren a la pervivencia simbólica de las estaciones en épocas Fig. 1. Localización de la comunidad autónoma de Aragón en la península ibérica y situación del abrigo de Barranco Gómez (Castellote, Teruel). En el centro su posición y la de los conjuntos levantinos citados en el texto en el curso medio del río Guadalope. Abajo detalle de los identificados en la zona del Pudial y Barranco Gómez. Otros trabajos recientes ofrecen una síntesis territorial o un corpus de conjuntos para este territorio (Bea 2012b(Bea, 2018)). En las cercanías están los conjuntos del Maestrazgo turolense y castellonense, una unidad geográfica indisociable (en especial los núcleos de La Valltorta y Gasulla y el de Morella la Vella), y los del Bajo Aragón-Matarranya. Esta zona más septentrional y próxima al curso del Ebro tiene abrigos clásicos, como Val del Charco del Agua Amarga, Plano del Pulido, Roca dels Moros, Els Gascons, los más recientes de Corrales de Poyuelo, Barranco del Muerto o Corral de las Gascas (Utrilla et al. 2014; Bea et al. 2018; Bea y Lanau 2019). El marco de referencia para analizar el nuevo hallazgo será la afinidad entre los elementos temáticos y estilísticos de todos estos núcleos (Domingo 2005(Domingo, 2006(Domingo, 2012;;Bea et al. 2009; Villaverde et al. 2012), extensible a los de los abrigos de la cuenca del río Martín hacia el oeste y aquellos del Maestrazgo castellonense y del sur de Tarragona hacia el este. La singularidad del emplazamiento de la nueva estación rupestre de Barranco Gómez (Castellote, Teruel) suponía todo un reto para la documentación de este enclave. Se trata de un frente casi vertical que hoy apenas conserva una estrecha cornisa que da acceso al conjunto. Esto determinó la aplicación de técnicas de documentación digital adaptadas a la particularidad del conjunto y del paisaje donde se integra. Las describiremos sólo de manera somera, ya que serán tratados con más detalle en otra publicación en proceso de elaboración. Los sistemas de captura de información multi-escala se han empleado en la documentación del propio abrigo y las pinturas y, posteriormente, en la de su entorno inmediato (Anexo AC1). En el primero se han manejado técnicas de fotogrametría de espectro visible (Anexo AC1.1) y sensores multiespectrales, completadas con diferentes tipos de escáneres 3D. El avance de los sistemas de correlación automática de imágenes a través de técnicas fotogramétricas ha mejorado la aplicación de la textura en cada panel. Este factor aporta un mejor detalle frente a los sistemas de escáner 3D. Además, las diferentes variantes de escáneres empleados, tanto láser escáner terrestre (Anexo AC1.3) como de luz blanca estructurada (Anexo AC1.2), permiten obtener una mejor geometría. En este caso, la cantidad de resaltes y escasa distancia al frente rocoso han provocado algunas zonas de sombra y han reducido el campo de visión de los sensores empleados. Por estas circunstancias la combinación de herramientas ha permitido obtener un mejor modelo geométrico que si solo se hubiera utilizado técnicas fotogramétricas. Cada uno de los tres paneles en los que se divide el abrigo fue adquirido de un modo redundante con un escáner de mano Artec MHT de luz estructurada con una resolución de 500 μm y con un láser escáner terrestre Leica RTC con una resolución de 5 mm al frente rocoso. Gracias a este último escáner hemos contextualizado, además, cada panel en el conjunto del abrigo y en parte del barranco. Como este tipo de láser alcanza hasta 130 m se ha podido diseñar una estrategia de estacionamientos cubriendo una amplia zona del barranco. La información contó con datos de un vuelo fotogramétrico mediante un sistema dron de ala fija con sensor GNSS RTK-PPK con una resolución de 3 cm píxel (Anexo AC1.5). Por último, se completó una cuadrícula de 4 km x 4 km hasta la actual cola del embalse de Santolea, como extremo norte de la documentación adquirida con datos LiDAR (Light Detection And Ranging) del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA) con una resolución aproximada de 1,5 m. La obtención de una nube de puntos LiDAR con diferente tipo de resolución, organizada en capas, cubriendo la mayor parte del barranco, iba destinada principalmente a la estrategia de documentación multi-escala realizada en este abrigo (Anexo AC1.6). La documentación fotográfica de los paneles se hizo mediante procedimientos convencionales junto a una pértiga asociada al uso de tableta digital para el control remoto de las cámaras. Esta información se complementó con un barrido fotogramétrico con una cámara multiespectral Parrot Sequoia (RGB por las siglas de rojo, verde y azul en inglés, verde, rojo, borde del rojo e infrarrojo cercano). Su objetivo era generar un ortomosaico diferenciado por bandas para cada uno de los paneles. La información gráfica recogida sirvió para proyectar los calcos sobre la malla mediante la técnica de unwrapping de las coordenadas UV con el software Blender. El mapeo de este tipo de coordenadas consiste en desenvolver la malla para cubrir un objeto 3D con una textura 2D. En este caso, la malla ya contaba con una textura propia. El calco se utilizó para proyectarlo en la textura existente mediante herramientas de El análisis de todos los datos adquiridos permite trazar una estrategia interpretativa multi-escala, desde un motivo pictórico hasta el conjunto de todo el barranco y su relación geoespacial. Además la información ha sido dispuesta en una plataforma web métrica que permite analizar y extraer información on line desde las nubes de puntos distribuidas en varias capas, desde las ortofotos optimizadas en sistemas web mapping, los entornos inmersivos y modelos 3D texturizados con los calcos y desde los diferentes tipos de filtros de decorrelación además de la simulación de cualquier tipo de ángulo de luz proyectada (Anexo AC1.4). DESCRIPCIÓN DEL YACIMIENTO Y DE LOS MOTIVOS El abrigo de Barranco Gómez se localiza al inicio del barranco que da nombre al conjunto y que desagua directamente en el curso del río Guadalope. Este río, desarrollado en formaciones calcáreas, genera profun-Fig. Ortofoto rectificada del frente decorado del abrigo de Barranco Gómez (Castellote, Teruel), localizando los paneles decorados. El Panel 1 es el único donde se reconocen escenas (Fig. 3). Destaca la recolección de la miel, recreada en la pared y techo del soporte rocoso (Fig. 4), y una escena venatoria con arqueros (Anexo AC2). En el Panel 2 no hay formas reconocibles en los restos pictóricos conservados de gran tamaño (Fig. 5A). El Panel 3 se define por la figura de una preciosa cierva retrospiciente a la carrera (Fig. 5B). Los paneles fueron pintados en un frente calcáreo vertical con una visera en la parte superior compuesta por un grueso banco de calizas bioclásticas del Cretácico inferior, con una base sedimentaria que buza unos 7o al SO pero cuyo desarrollo basta para proteger la pared caliza de la cota inferior. Bajo la visera, se aprecia una formación en capas calizas más estrechas de aspecto regularizado en forma de "sillares" muy singular con respecto al entorno. Su origen está en la erosión diferencial de los planos de estratificación horizontales, muy marcados por una disolución preferente siguiendo las diaclasas, así como en la afección por una red de fracturas más densa. Estas características estructurales serían la causa de la erosión diferencial observada entre la pared y la visera y una repisa o estrecha cornisa, más compactas. La pared habría sufrido una mayor alteración mecánica junto a procesos de disolución generados por el agua circulante por la red estructural. La repisa, de unos 80 cm de anchura, es el único suelo conservado, y actúa de enlace entre el propio barranco y la zona del denominado Pudial, donde se localizan otros tres abrigos levantinos. El conjunto estudiado se relaciona con el tránsito entre dos espacios diferenciados, el Pudial y el acceso al propio Barranco Gómez, a su vez, punto de paso a través del denominado "subidor de la calzada". Se conectan así la cuenca media del Guadalope y las áreas orientales del Maestrazgo castellonense (Serra Blanca y Sierra de Manadella). La estación rupestre se encuentra en un frontal calizo de 19,65 m de longitud y 4,5 m de altura. La documentación se ha llevado a cabo en su tramo central de 12,4 m de longitud donde se distribuye el espacio decorado, dividido en tres paneles (Fig. 2). La particularidad del Panel 1 es que desarrolla la escena recreada en dos planos diferentes del soporte rocoso: la pared y el techo. Los restos, mínimos y muy dispersos, de posible pigmento podrían apuntar a una mayor superficie decorada original. Es el panel de mayores dimensiones, el que acumula un mayor número de motivos y el único en el que es posible reconocer escenas. Además permite apreciar una diferenciación estilística de las representaciones humanas que sugiere la existencia de distintas fases decorativas del conjunto (Fig. 3). La escena principal integra la morfología natural del abrigo como elemento conformante de la propia escenificación. Este aspecto se ha documentado en conjuntos cercanos, como en La Vacada, con un orificio natural de la roca a modo de colmena3, o en El Arquero donde una protuberancia de la roca, aprovechada para simular el paisaje, daría sentido a la escena de rastreo (Bea 2012: 62-63). Panel 1.a.: un trepador (1), una escala (2) y una colmena (3) se distribuyen en un espacio de 158 cm de longitud y 57 cm de anchura del saledizo horizontal de una cornisa en altura (Fig. 4), localizándose las pinturas a 2,79 cm del suelo. El trepador (11,7 cm de longitud), sin representación explícita del sexo, tiene bien definidos los rasgos faciales y un cuerpo ligeramente estilizado, aunque de buenas proporciones generales. Incluye detalles anatómicos como extremidades flexionadas, un ligero volumen muscular de las piernas y la representación de los pies. No se aprecian, en cambio, detalles relativos a vestimenta, utensilios o adornos corporales. La cabeza es de tendencia globular. Destacan perfectamente la nariz alargada, la boca (con labios gruesos y abiertos) y el mentón huidizo. Además la expresividad y fidelidad en la representación se aprecia en la disposición de los brazos estirados y de las piernas con las que, literalmente, abraza la escala por la que trepa, evidenciando la mejor técnica para desplazarse por una escala de cuerda (Fig. 4.1). La escala mide 46,4 cm de longitud en el tramo del techo y 4,5 cm en la pared. Está compuesta por "ochos" yuxtapuestos cuyas uniones se emplearían como escalones (Fig. 4.2.a). La escala debía ser vegetal, dada la forma curva de los diferentes tramos y su propio desarrollo sinuoso. En el tercio inferior identificamos un elemento lineal de 3 cm de longitud (Fig. 4.2.b) a modo de palo o tronco transversal insertado para asegurar la escala y evitar su oscilación durante el ascenso/descenso. Panel 1.b.: lienzo calizo de 140 cm de longitud y 75 cm de anchura cuyo extremo inferior se localiza a 1,99 m de altura con respecto al suelo. En el extremo superior izquierdo de la composición, junto a la escala, una serie de trazos lineales cortos conforman un motivo de tendencia globular abierto alrededor del cual se observan hasta tres restos de aspecto puntiforme (Fig. 4.3.). Sin duda es el objetivo del trepador, una posible colmena, interpretada así teniendo en cuenta otras representaciones ya conocidas en el arte levantino, como la célebre escena de recolección de la miel de las cuevas de la Araña (Bicorp, Valencia). No obstante, las características que vemos en este caso son únicas, ya que la colmena se dibuja mediante una serie de trazos concéntricos, que recogen de forma más fidedigna la estructura de las colmenas rústicas (salvajes). El tramo inferior de la escala ocupa parte de la pared, integrando así ambos espacios en la escena. En esta zona (Panel 1.b.) se aprecia una cierta acumulación de motivos. Junto a la escala (Fig. 4.2.) una serie de trazos cortos y gruesos de desarrollo discontinuo y longitudes entre 1,1 cm y 0,6 cm de longitud (Fig. 4.4.) parecen relacionar la escala con los motivos 5 a 8. El motivo 5 está compuesto por dos flechas (hasta 3,7 cm de longitud) con emplumadura de tendencia lanceolada, un arco simple (5,4 cm de longitud) y un cesto globular con asa (3,1 cm de altura x 1,8 cm de anchura) y base ligeramente cóncava en el centro (Fig. 4.5.). Los interpretamos como los pertrechos del trepador. A la izquierda de estos objetos aparece otro antropomorfo (5,4 cm de altura) de estilo afín al del trepador con brazos y piernas cruzados (Fig. 4.6.), en disposición similar a la suya. Como no tiene escala asociada podría interpretarse como un acompañante que espera sentado. Más compleja resulta la lectura de los motivos 7 y 8, aparentemente vinculados también con la panoplia del cazador descrita. Son pequeñas representaciones humanas (2,7 y 3 cm de altura respectivamente) de rasgos muy sintetizados, casi de tendencia al esquematismo, sin apenas detalles (aunque el motivo 8 parece llevar falda). Formalmente están alejados de los anteriores antropomorfos, aunque comparten la misma tonalidad roja oscura. Los motivos 9 y 10 se definen como restos o manchas desvaídas de color rojo más claro. Su morfología es de tendencia rectangular y desarrollo horizontal. Miden 5,7 y 7,1 cm de longitud máxima respectivamente. En la banda horizontal central del Panel 1.b. se desarrolla una interesante escena venatoria (Anexo AC2). Dos cuadrúpedos (motivos 11 y 12) de color rojo y orientados hacia la derecha se desplazan corriendo. Las proporciones de los elementos conservados y detalles como las orejas del 11 o la morfología alargada de la cabeza del 12 permiten definirlos como una cierva y su cría, a pesar del estado fragmentario de los motivos. A la derecha de estos motivos, separados por una ancha grieta en el soporte, se pintó un arquero orientado a la izquierda de 6,5 cm de altura y 17,8 cm de longitud máxima (desde el extremo conservado de la pierna derecha a la punta de la flecha) (Anexo AC2.13). Un desconchado ha afectado a la conservación de la cabeza, hombros y parte del brazo. El resto del cuerpo se conserva relativamente bien, lo que permite definirla como una figura estilizada de cuerpo lineal inclinado hacia delante. Ambas piernas aparecen flexionadas, en actitud dinámica, con un cierto detallismo anatómico en su representación, con muslos muy finos y una ligera volumetría en las pantorrillas. Cuenta con una serie de flecos o cintas que caen a ambos lados de la pierna desde la rodilla. El brazo derecho aparece flexionado en actitud de tensar el arco. Éste es de grandes dimensiones (14,3 cm de desarrollo) y biconvexo, y está realizado mediante un trazo lineal fino. La misma técnica se empleó en la flecha cargada que apunta directamente al cuadrúpedo 12. Inmediatamente a la derecha del arquero se observa un haz de cuatro flechas (Anexo AC2.14) dispuestas horizontalmente en paralelo, sin que resulte factible observar detalle de punta o emplumadura. El trazo lineal fino (Anexo AC2.15) que fue representado cerca del motivo zoomorfo de mayores dimensiones, quizá sea el resto de una flecha. El tercio inferior del panel es el que presenta la lectura más compleja, ya que los motivos pictóricos están tan desvaídos que su visualización es prácticamente imposible. Sólo con tratamiento digital de la imagen es posible documentar, al menos, dos figuras parciales de arqueros. Del primero, orientado a la izquierda, sólo es reconocible parte de la pierna derecha de 14,4 cm de longitud. Se advierte una morfología longilínea con tratamiento volumétrico de la pantorrilla (Anexo AC2.16). A su izquierda se observan restos informes de tonalidad rojiza muy desvaídos, quizá elementos perdidos del mismo antropomorfo o tal vez de otro motivo. En la zona superior interpretamos un trazo lineal fino ligeramente curvo como parte del arco del antropomorfo. A su derecha, en la misma tonalidad y orientación, aparece un segundo arquero mejor conservado de menores dimensiones (18,8 cm de altura máxima) (Anexo AC2.17). Tiene cabeza globular, sin rasgos faciales. En la extremidad superior que está completa porta un arco y una flecha, dispuestos casi en horizontal, acompa-ñando la actitud de marcha del sujeto. El cuerpo tiene forma triangular estrechándose progresivamente hacia una cintura muy estrecha de la que arrancan dos potentes piernas abiertas en ángulo de 55o. La izquierda, la mejor conservada, se puede definir como modelada y con un tratamiento volumétrico de la pantorrilla bastante prominente, aunque sin llegar a poder clasificarse dentro del arquetipo robusto o "tipo Centelles". Esta pierna conecta con la del anterior arquero sin que resulte posible establecer su secuencia de ejecución. Estos arqueros son las figuras de mayores dimensiones del conjunto, ocupando la zona central del Panel 1. Se pueden clasificar dentro del arquetipo longilíneo del ciclo levantino de la zona (Utrilla y Martínez Bea 2007) 4. A 35 cm a la derecha del motivo 13, en la misma cota, se aprecia un pequeño trazo lineal (2,1 cm de longitud), aislado y en disposición vertical (motivo 18), con perfil irregular, ligeramente más ancho en la zona superior. Tiene 95,6 cm de anchura y 52,5 cm de altura y se sitúa en un plano ligeramente inferior al Panel 1, a su derecha, y a 1,4 m de altura con respecto al suelo. La definición de los restos pictóricos es compleja por la falta general de formas, siquiera parciales, reconocibles conservadas (Fig. 5.A). Con todo, destacan sus dimensiones. En la zona izquierda, tres formas de tendencia rectangular paralelas en disposición casi vertical descendente hacia la derecha definen el motivo 19 (24,9 cm de altura máxima). Sus extremos derechos están unidos por otro elemento vertical de grosor similar. Parte del perfil de esas tres formas está bien delimitado lo que, unido a sus proporciones y dimensiones generales, permite pensar que fueran cuerpos de animales orientados a la izquierda. En Labarta (Adahuesca, Huesca) o en La Araña (Bicorp, Valencia) hay ejemplos de yuxtaposición vertical de tres figuraciones de animales. Sin embargo, la ausencia total de cuellos, cabezas y patas, así como los restos verticales de la misma tonalidad que unen a todas estas formas en el Panel 2 nos impide concretar esta posibilidad. La lectura del motivo 20 (20,7 cm de altura máxima) resulta todavía más compleja por estar más desvaído que el anterior y tener una morfología menos definida. Vagamente puede recordar a la cabeza de un zoomorfo o incluso a la pata trasera de un cuadrúpedo (con corvejón señalado), pero su disposición sería extraña para ambas posibilidades y las grandísimas dimensiones que tendría la representación original hacen inviable ir más allá de su consideración como restos indeterminados. Su cota es similar a la del Panel 1, pero en un plano con disposición hacia el interior, por lo que la representación queda algo más oculta que el resto de paneles. En este espacio sólo se documenta una preciosa cierva retrospiciente a la carrera de color rojo oscuro (motivo 21) (Fig. 5.B). La figura de notables dimensiones (24,5 cm de longitud x 16,5 de altura) ocupa la zona alta (2,25 m respecto al suelo) y central de la superficie disponible. Esta posición enfatiza su impor-tancia. Su naturalismo es casi preciosista, con proporciones correctas y detalles anatómicos que destacan una calidad de ejecución reconocible en la seguridad y finura de los trazos. El animal aparece corriendo, con las patas delanteras y traseras extendidas, algo rígidas en su concepción. En ellas, se destacan detalles como los cascos de perfil, el corvejón e incluso el espolón. La actitud de marcada huida se enfatiza mediante un cuello grácil estirado, con la cabeza vuelta hacia atrás (visualizando el peligro) y las orejas enhiestas. En la cabeza se advierten detalles naturalistas como la frente ligeramente cóncava, la quijada y el hocico, en el que se singulariza de forma elegante la boca. La figura se rellena en tinta plana de tonalidad uniforme en toda su superficie. Destaca una convención técnico-formal singular, sin paralelos en el arte levantino, consistente en dejar un pequeño espacio interior sin pintar en la zona del hocico. La cuenca media del Guadalope concentra un cierto número de conjuntos levantinos, pero su mala conservación general impide apreciar la conformación y desarrollo de escenas. No obstante, por los restos conservados y lo que conocemos sobre el arte levantino entendemos que debieron de estar bien representadas escenas venatorias -en La Vacada, Arenal de Fonseca, El Cantalar, El Arquero- o de otra índole (arqueros en marcha, recolección, sociales, simbólicas...) en La Vacada, El Arquero, Friso Abierto o Barranco Hondo. En este contexto de registros parciales, fruto de la mala conservación, el abrigo que nos ocupa presenta el conjunto de escenas mejor conservadas en este territorio. Escena de recolección de la miel Estos estudios suelen aludir a representaciones de recolectores de miel pero, a veces, algunas figuraciones no atestiguan de forma meridiana dicha actividad, representándose tan sólo trepadores (Cingle de Mola Remígia, Mas d'en Salvador, cueva de la Vieja de Alpera) no asociados a la típica forma de "araña", en terminología de Obermaier (citando en Beltrán 1968: 39), que Porcar (1949) interpretará como auténticos panales. Otros ejemplos, de forma intencional o fruto del deterioro de los paneles, muestran insectos y panales sin relación aparente con figuras humanas en Cova Remígia, Cingle de la Mola Remígia o Galería Alta II de Morella la Vella. Trepadores y/o recolectores de miel se documentan en las provincias de Teruel: Covacho Ahumado, Los Trepadores, Los Recolectores y La Higuera en la cuenca del Martín (Beltrán 2005; Baldellou 2010) y La Vacada y el conjunto de Barranco Gómez que nos ocupa, en la del Guadalope (Ripoll 1961; Martínez-Bea 2009); Castellón: Cova Remígia, Cingle de Mola Remígia (también referido como Cingle de la Gasulla), Cingle de l'Ermità, Mas d'en Salvador, Mas d'en Josep, Cova de la Vinya, Galería Alta II y Cova dels Rossegadors (Porcar et al. 1935; Porcar 1949; Ripoll 1963; Viñas 1982; Mateo 1995Mateo -1996;;Domingo et al. 2003; Viñas et al. 2015; Martínez y Guillem 2019); Valencia: Abrigo del Ciervo, Cinto de las Letras, Cueva de la Araña, Abric de la Penya y Los Chorradores (Hernández-Pacheco 1924; Jordá y Alcácer 1951; Ribera et al. 1995; Martinez i Rubio 2009); Tarragona: Mas d 'en Ramón d' en Besó (Dams 1984: 28); Albacete: Cueva de la Vieja y Minateda (Breuil 1920; Alonso y Grimal 1999). El trepador de Arpán L, en Huesca (Baldellou et al. 1993), es la representación más septentrional del arte levantino. Los trepadores, en la mayoría de los conjuntos citados, no van acompañados por figuraciones de abejas o de panales evidentes, describibles como verdaderas escenas de recolección de miel. Blasco (2005: 73) ha apuntado casos donde solo se representaría el enjambre. En el conjunto del arte levantino resultan relativamente escasos los abrigos con figuraciones de recolección de miel integradas por trepadores, colmenas y escalas: Cuevas de la Araña, Mas d'en Salvador, Cingle de l'Ermità, Abrigo V del Abric de la Penya, Los Chorradores, Arpán L y La Higuera (Fig. 6). Se descarta en este último caso su interpretación como escena alegórica de génesis de la Humanidad (Beltrán y Royo 1994: 3). Al margen quedarían los temas aislados interpretados como colmenas (El Cerrao), las colmenas y escala sin trepador (Abrigo del Ciervo), los enjambres (Tío Garroso, Tajo de Morella, Mas d 'en Ramón d' en Besó, Remígia, Cingle de la Mola Remígia...) o incluso las escenas de recolección de miel en las que no observamos la participación de trepadores (La Vacada, Galería Alta II, Cova dels Rossegadors y posiblemente Cingle de la Mola Remígia IV). En la Cova de la Vinya, según Martínez y Guillem (2019), el supuesto panal se situaría en un árbol, lo que singularizaría esta escena respecto a las de la misma temática. La estación de Cingle de l'Ermità es la que más similitudes presenta con la del abrigo de Barranco Gómez que estudiamos. En ambas el trepador se relaciona con bolsas o recipientes, ya sean transportados o representados al pie de la escala, donde se piensa que se guardaría la miel (Galiana, 1985: 78). Asimismo, un grupo de pequeños personajes, realizados según criterios estilísticos convencionales estilizados, parece aguardar al trepador junto a la escala, al menos en la versión documentada por Dams (1984) y asumida por Escoriza (2002). Otros estudios (Viñas 1979(Viñas -1980;;Guillem et al. 2010) no se refieren tan claramente a ellos, aunque apuntan que pudiera haber, en la parte inferior de la escena, una figura humana junto a algún otro resto de pintura de compleja identificación. La asociación con un grupo de antropomorfos esperando al pie de la escala con convenciones estilísticas muy sintéticas y de dimensiones reducidas aparece, no obstante, en dos de los conjuntos referidos (el de Barranco Gómez que centra estas líneas y en el abrigo de La Higuera) por lo que la actividad realizada tendría un componente social evidente. La mayoría de los personajes que participan en este tipo de escenas suelen carecer de sexo explícito. Ello ha llevado a proponer que tanto hombres como mujeres desarrollarían actividades trepadoras. En algunos conjuntos se han identificado como mujeres e incluso se ha apuntado, también sin bases concluyentes, que ellas ejercerían en exclusiva esta actividad económica de recogida de la miel (Olària 2011: 74). En el abrigo de Barranco Gómez el sexo no se representa, lo que impide Trab. Es posible que los autores consideraran intranscendente esta información centrando la atención únicamente en la propia actividad. El motivo 8, a pesar de su marcada estilización y reducidas dimensiones que complican su clasificación, por su vestimenta podría ser identificable como mujer. Todos los motivos humanos asociados a esta temática se caracterizan por sus convenciones estilísticas sintéticas, alejadas de las arquetípicas de los antropomorfos levantinos, ya sean en su variante robusta o estilizada. El trepador de Barranco Gómez sigue esta tendencia, si bien por sus detalles anatómicos y disposición corporal transciende lo visto en los demás trepadores. La temática venatoria es común en el ciclo levantino, aunque los ejemplos documentados en el curso medio del río Guadalope son relativamente escasos. Los únicos seguros están en El Arquero y El Cantalar I (aquí quizá como escena acumulativa) y los posibles en La Vacada y Arenal de Fonseca. En Barranco Gómez los animales corren hacia el arquero, en lo que parece una escena de huida al ser perseguidos o espantados por algún individuo no conservado o no representado. En esa huida los animales se dirigen directamente hacia el cazador que aguarda a las presas en actitud dinámica y con el arco cargado apuntando al animal de mayores dimensiones. Una grieta del soporte parece separar los espacios de los componentes animal y humano, quizá en un intento de integrarla en la propia narración. La combinación de accidentes naturales con la acción representada se constata también en el cercano conjunto de El Arquero (Bea 2012a). Las escenas de caza conservadas en al área cercana de estudio se componen de un reducido número de motivos. En general, es un único cazador que acecha, dispara o cobra la pieza. En Cantalar I las similitudes estilísticas son evidentes. Se comparten las mismas convenciones estilísticas y disposición dinámica del arquero (aspecto estilizado, cuerpo inclinado hacia delante, piernas flexionadas...), si bien detalles como las cintas o flecos en las pantorrillas del cazador de Barranco Gómez les diferencian. El cérvido es el objetivo de la caza en ambos conjuntos, aunque en el Barranco Gómez es una cierva y en Cantalar I un ciervo macho adulto. Aquí se interpreta como una escena acumulativa (Bea y Domingo 2009). La figura humana es acorde con los parámetros de estilización, definidos para el arquetipo grácil: cuerpo alargado y piernas modeladas o Tipo Cingle (Domingo 2006; Utrilla y Martínez-Bea 2007)5. Tiene buenos paralelos en el ya citado conjunto de Cantalar I y en los de La Vacada, Friso Abierto, Val del Charco del Agua Amarga en la cuenca del Guadalope; en los de Tía Mona o El Garroso en la del río Martín y en los de la Cova dels Cavalls (motivos 8, 24, 35b, 50b), el Cingle de la Mola Remígia, Racó de Nando VII o Cova Remígia, en el Maestrazgo castellonense. Se caracteriza, además, por la flexibilidad adoptada en las extremidades (con brazo y piernas flexionadas) y un dinamismo enfatizado por una exagerada disposición inclinada del cuerpo que remarca la sensación de velocidad. La representación de adornos en forma de cintas o flecos que caen alrededor de la pantorrilla es igualmente interesante. Estos aspectos estilísticos se conjugan perfectamente con la aparición ocasional de ornamentos, elementos caracterizadores de este horizonte, en cabeza, cuerpo, tronco y extremidades. Destacan como paralelos diversos arqueros con representación de cintas o flecos de Tía Mona (motivos 11, 14), El Garroso (motivo 7) o El Cerrao (motivos 5, 12) en el marco geográfico occidental. La caza en movimiento afrontando al animal que enviste aparece como una estrategia cinegética de la que participan arqueros de tipo estilizado en batidas donde los animales son empujados hacia puntos donde esperan los cazadores o bien donde los arqueros interceptan la carrera del animal. Encontramos también estas escenas en conjuntos como Cova Remígia, les Coves de la Saltadora, la Cova dels Cavalls, Val del Charco o Racó de Nando, asociados a figuras humanas de diversos estilos, por lo que podría considerarse una táctica con cierta perduración en este ciclo artístico. En el conjunto decorado estudiado las representaciones humanas, generalmente utilizadas en identificación de fases, se concentran en un único panel. Sin embargo, se aprecian hasta tres morfotipos diferentes con convenciones estilísticas definidas y perfectamente asimilables a categorías regionales (Domingo 2005; Utrilla y Martínez-Bea 2007) 6. Los motivos 16 y 17 son clasificables en el arquetipo grácil o longilíneo de la zona; las características de los motivos 1, 6 y 13 son propias del denominado Tipo Lineal en la secuencia aragonesa o Cingle en la valenciana y el aspecto de los motivos 7 y 8 sería de tendencia Filiforme, según una categorización (Utrilla y Martínez-Bea 2007) 7 o Lineal según otra (Domingo 2005(Domingo, 2006)). La seriación que se propone atiende a criterios estrictamente estilísticos, basados en el análisis de los rasgos de variación de las figuras humanas, y sigue los estudios referidos. La primera fase decorativa en el Panel 1 estaría compuesta por los motivos 16 y 17. Son las representaciones más desvaídas y peor conservadas, pero también las de mayores dimensiones y posición central en el panel decorado. Sus convenciones estilísticas de tendencia estilizada se plasman en piernas largas, con ligera representación de la musculatura sin exageraciones, pero encorsetadas en la rigidez de los criterios canónicos del arquetipo grácil, longilíneo o tipo Centelles (Domingo 2005(Domingo, 2006;;Villaverde et al. 2006). La rigidez de estos arqueros contrasta con la libertad expresiva de los motivos 1, 6 y 13, que constituirían la segunda fase decorativa. Ahora el patrón estilizado tiene un mayor dinamismo, realismo y flexibilidad de movimientos y énfasis en la acción. La plasmación de los rasgos faciales (claramente reflejados en el motivo 1) es un aspecto distintivo, cuyos paralelos esenciales están en conjuntos castellonenses como el del Cingle de Mola Remígia o Cavalls. Los motivos 7 y 8 corresponden a la tercera fase. Ambos son de reducidas dimensiones, gran estilización, sin apenas detalles, con un alto grado de simplificación y uso de trazo simple en su confección. Su sencillez técnico-formal no excluye cierto dinamismo e incluso detalles, ya que se singularizan las diferentes partes anatómicas e incluso vestimenta. No podemos concretar si son un añadido posterior o si forman parte sincrónica de la escena de recolección con la que hay una relación directa sin evidencia de superposiciones y compartiendo la misma tonalidad que el resto de elementos figurativos. Con todo, y para esta tipología se ha apuntado "un proceso de atenuado mimetismo con respecto a las representaciones que integran las escenas a las que se adhieren" mediante el que "determinadas soluciones lineales imitan o se acercan a figuras de distintos horizontes" (Domingo et al. 2007: 185). La documentación y estudio de los motivos rupestres conservados en el abrigo de Barranco Gómez nos ha permitido dar a conocer un nuevo conjunto con arte levantino en el núcleo del Guadalope. Se ha determinado el uso recurrente del abrigo a lo largo de diversas fases estilísticas, así como un contenido que combina 7 Véase n. 2. temas clásicos del repertorio levantino con otros más singulares. Una vez más, el análisis de los rasgos de variación de las figuras humanas actúa como principal indicador de un uso de este enclave dilatado en el tiempo sin poder, naturalmente, especificar el lapso temporal. Debemos destacar que, atendiendo a la clasificación estilística de las representaciones humanas, no se aprecian en ellas rasgos que pudieran indicar una clara transición entre los motivos de cada uno de los tres horizontes referidos. Ni las convenciones estilísticas, ni los rasgos morfológicos, ni las temáticas permiten establecer ningún grado de relación inter-fase. Incluso se observa un cierto distanciamiento espacial, ya que las escenas protagonizadas por cada tipo humano se organizan en bandas horizontales a diferente altura. La excepción son los Motivos Filiformes asociados a los Lineales (de Aragón) o Tipo Cingle (de la secuencia valenciana). Esa estanquidad estilística no impide definir el conjunto como un espacio recurrente que habla de una evidente continuidad en el uso diacrónico del mismo. La cierva del Panel 3 aporta la mayor novedad en las representaciones zoomorfas. Su singularidad no se encuentra en el concepto estilístico, que comparte con figuras del ámbito geográfico cercano, como el cérvido de Corral de las Gascas (Bea et al. 2018), las castellonenses de Cova dels Cavalls, Mas d'en Josep, Coves del Civil, Cova Gran del Puntal, Cova de la Taruga, Abric de la Tenalla o en la tarraconense de Cabra Feixet. La novedad se asocia más con la actitud del ejemplar, en clara huida, con la cabeza girada en un escorzo forzado a la vez que elegante. Sin embargo, la mayor novedad del ejemplar de Barranco Gómez es de carácter técnico-configurativo ya que conserva un detalle interior del hocico sin pintar, que no cuenta con paralelos en el arte levantino. La escena de recolección de miel destaca especialmente por la peculiaridad de su temática. El Barranco Gómez se une con ella al reducido número de conjuntos levantinos donde se documenta esta actividad, aportando elementos que la singularizan del resto. La utilización de dos planos diferentes (pared y techo) en el desarrollo de la escena es una novedad notable. La introducción de diferentes perspectivas abunda Trab. Esta circunstancia quizá haya determinado la buena conservación global de los motivos, gracias a la cual es posible apreciar perfectamente los rasgos faciales del trepador. Destacamos también el detalle en la representación de la escala, que transciende ampliamente la plasmación de meros elementos lineales, característicos de otros conjuntos. En Barranco Gómez se puede establecer el uso de escalas de cuerda formando "ochos" y el uso de estacas fijadoras para evitar el balanceo. Esta técnica ha pervivido hasta tiempos recientes en espacios diversos (Salamero y Cuchí 2019; Domingo et al. 2013: 77), y nos permite suponer que la recolección de miel sería una actividad recurrente con sistemas de acceso fijos. Además, el tipo de escala representado subraya la importancia de la tecnología de fibra, cuerda en este caso, cuyo uso debió de ser cotidiano y de aplicación muy diversa por parte de las sociedades prehistóricas. De ello da prueba el conjunto que presentamos. Descubrimientos como el de Barranco Gómez, más allá de la singularidad de alguno de sus contenidos, remarca la necesidad de revisar nuevos y viejos territorios mediante prospecciones sistemáticas, y de tratar de redefinir el arte levantino en función de sus relaciones técnico-estilísticas y territoriales. Jorge Miranda y Joan Cano colaboraron en los trabajos de documentación, José Luis Peña-Monné (Universidad de Zaragoza) aportó su visión geomorfológica y José Ignacio Royo (Gobierno de Aragón) se encargó de la gestión administrativa de los permisos de estudio. Nuestro agradecimiento a los revisores del artículo y editores de la revista por los comentarios y correcciones realizadas sobre el original. En la edición electrónica de este artículo, disponible en libre acceso en el sitio web de la revista, se incluyen los siguientes materiales: AC1: Diferentes sistemas empleados para la documentación del abrigo de Barranco Gómez: 1. Fotografía de espectro visible; 2. Escáner de luz blanca estructurada; 3. Láser escáner 3D terrestre; 4. Aplicación web gráfica y métrica para la gestión de la información; 5. Planificación del vuelo; 6. Resultados del modelo 3D del vuelo realizado con un dron de ala fija eBee X RTK-PPK con sensor visible S.O.D.A. AC2: Abrigo de Barranco Gómez (Castellote, Teruel). Arriba: fotografía original y con tratamiento DStretch y calco de la escena de caza (11 y 12 cervato y cierva, 13 arquero, 14 y 15 flechas); abajo: fotografía original y con tratamiento DStretch con arqueros en marcha (16 y 17, 18 trazo lineal aislado).
El patrimonio cultural español, que había permanecido en una situación de letargo por décadas, comenzó a activarse con el retorno de la democracia y particularmente a partir de la sanción de la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985. Desde entonces una sólida estructura legal y administrativa se fue cimentando a nivel nacional, autonómico y local. En las últimas décadas, el crecimiento exponencial del campo del patrimonio se corresponde con un aumento significativo de normas y de burocracia estatal, así como una ampliación de la oferta académica, la multiplicación de consorcios, fundaciones y asociaciones, la proliferación de grupos y proyectos de investigación y sobre todo de nuevas y renovadas propuestas de interpretación del patrimonio. Mucha agua ha corrido bajo el puente del patrimonio. El otrora concepto unívoco de monumentos históricos y artísticos ha sido paulatinamente reemplazado por patrimonios diversos y dinámicos cuya protección implica no pocos desafíos. Acceder al microcosmo actual del patrimonio cultural no es tarea sencilla para estudiantes, nóveles investigadores y gestores. Se hace necesario disponer de obras que compilen y sistematicen esa información y la vuelvan digerible, como son los manuales. Sin embargo, este en particular es mucho más que una exhaustiva y vasta compilación. A lo largo de toda la obra la autora atiende a múltiples interrogantes y debates, al tiempo que asume posicionamiento y emite juicios de valor. Querol da inicio a la segunda edición actualizada y aumentada de su manual (publicado en 2010, 514 pp.) con varias páginas de preguntas a las que se propone responder. Entre la primera edición y esta se sancionó una nueva generación de normas y se produjeron importantes cambios en la enseñanza universitaria, sobre todo a nivel de posgrado, al tiempo que se profundizaron las visiones críticas tanto como el rol social del patrimonio. Una actualización era necesaria y merecida. La obra se divide en cinco secciones: "Conceptos"; "La gestión del patrimonio cultural y sus mecanismos"; "Los tipos del patrimonio cultural"; "Las instituciones del patrimonio cultural" y "El patrimonio cultural un asunto social". Cada uno de ellos se divide en capítulos (26 en total) que son complementados con recuadros que fueron escritos por 58 personas y dos instituciones invitadas a colaborar. En esta edición aborda cuestiones antes no tratadas tales como la arqueología de la guerra civil, la propiedad intelectual del patrimonio inmaterial, la participación ciudadana y las iniciativas empresariales o de organizaciones del tercer sector. A lo largo de casi 600 páginas se examina la legislación y las administraciones españolas y se efectúa un relevamiento exhaustivo de la bibliografía española especializada, a las que se suma referencias generales al contexto internacional y algunas pocas menciones a Latinoamérica. Sin embargo, la solidez de la parte general y conceptual de la obra será sin duda de interés para todos los lectores de habla hispana. Su edición es cuidada y amena, abundan las ilustraciones, los cuadros de síntesis y se emplea un lenguaje no sexista. Es clara la insistencia de Querol por contribuir a reforzar el campo del patrimonio a través de la especialización académica, cada sección concluye con un apartado sobre "dónde se estudia". Advierte que se habla mucho de patrimonio pero poco de gestión y que se debe diferenciar entre la difusión del patrimonio y la difusión de la gestión del patrimonio, ya que "aunque ambos son necesarios, no son intercambiables". Y destaca que "la razón de ser de los bienes culturales es la posibilidad de que la sociedad disfrute de ellos, los conozca y los valore" (pp. 137 y 138). La autora contrasta el discurso con la práctica. Señala por ejemplo que pese a la amplitud de patrimonios que reconocen las normas, la gestión autonómica promedio dedica el 70 % de sus actividades a los bienes inmuebles, el 25 % a los muebles y lo que queda al inmaterial (p. Aborda temas que han suscitado debate en los últimos años, se pregunta si tiene sentido seguir autorizando excavaciones sin que ello implique un incremente de conocimientos y publicaciones, considerando el aumento significativo que este tipo de arqueología registró en años previos a la última crisis de económica (Castillo Mena 2007: 163). Aboga por una nueva arqueología preventiva moderna que se enfoque en corregir el impacto antes que excavar el yacimiento. Se adhiere a la regla de excavar menos y conservar. Recordemos que la noción de mínimo deterioro y de dar preferencia a los métodos no destructivos sobre la excavación integral ya había sido recomendada en 1990 por la Carta Internacional para la Gestión del Patrimonio Arqueológico de ICOMOS. En este sentido es categórica: "Ya no podemos basarnos en la importancia de un yacimiento para justificar su excavación/destrucción (...), hemos de usar esa importancia para argumentar a favor de su conservación íntegra; si no lo hacemos así, las futuras Sin embargo, advierte que rara vez está presente en nuestras normativas la necesidad de dejar yacimientos sin tocar, en zonas de reserva, como prevé el Convenio Europeo de La Valeta de 1992. Otras tantas cuestiones son igualmente analizadas como la aparente inocencia de los discursos expositivos y el desafío de representar a las sociedades del pasado de las que da cuenta la arqueología, cuando no es posible conocer realmente como eran. Al respecto recomienda representarlas "tal como querríamos que hubiera(n) sido, como pueda ser más beneficiosa para la educación en el presente. Al fin y al cabo, lo que realmente importa es el presente, es decir, cómo se ve y de qué sirve en el momento actual" (p. Todos los debates y tensiones acerca del patrimonio cultural que se mencionan en el libro confluyen en el análisis efectuado en los capítulos finales, donde aborda cuestiones vinculadas con la ética, la investigación, el uso social y el futuro del patrimonio cultural. Luego de comparar el viejo modelo de patrimonio cultural (restringido, elitista, occidental, blanco, judeocristiano y masculino) con el nuevo (múltiple, abierto, generalista, autocrítico), nos recuerda que "es el viejo el que existe, cuando existe" en nuestros sistemas patrimoniales (p. 517), aunque da también pistas de posibles alternativas viables de participación ciudadana. Las reflexiones finales del libro se orientan hacia el futuro de la gestión del patrimonio cultural, en las que retoma su preocupación inicial: "el mayor peligro que corren los bienes patrimoniales que, milagrosamente, han llegado hasta aquí tiene que ver con el desfasaje entre la información que la sociedad recibe y su propia naturaleza" (p. La falta de apoyo social resultante "solo podrá conseguir(se) en el futuro, con un cambio en la educación, en la información y en la consideración política... " (p. Dos cuestiones que no son consideradas en este manual pueden dar una pista sobre las diferentes agendas del patrimonio en España y en Latinoamérica u otras partes del mundo. No se aborda la cuestión de la repatriación de los restos humanos de valor bioantropológico (Fforde et al. 2020), tampoco se analizan los reclamos de bienes culturales que quedan fuera del alcance de las convenciones de tráfico ilícito (e. g. Unesco 1970) pero que han comenzado a ser restituidos por diferentes países, incluidos los europeos, como parte de un proceso de reparación histórica por las apropiaciones efectuadas durante el período colonial. Nada de ello empaña el valor de esta obra que presenta una claridad y madurez que es el resultado de toda una vida académica dedicada a la docencia e investigación del patrimonio por parte de su autora. Este título es mucho más que un volumen destinado al estudiantado, es una obra de consulta y de referencia que, sin duda, servirá de disparador para nuevas reflexiones. congreso de Amiens que nos ocupa). Pese a que esta irregularidad no beneficiaría en principio el reconocimiento de estos congresos como eventos de referencia, lo cierto es que han sabido mantenerse a lo largo de las décadas, sin duda impulsados por el peso y prestigio que la SPF fue adquiriendo a lo largo del siglo XX tanto en el ámbito científico como en el editorial. En este sentido, ha contribuido igualmente a su visibilidad el hecho de que las actas de todos los congresos hayan sido publicadas -a excepción del número XVII celebrado en Rennes en 1961, del que solo se editó una subsección identificada como Colloque Atlantique dentro del congreso principal (Giot 1963)-. Bajo el título de Préhistoire de l'Europe du Nord-Ouest: mobilité, climats et identités culturelles, la publicación del 28o Congrès celebrado en Amiens se organiza en tres volúmenes de desigual extensión. El primero (264 pp.) agrupa la sesión introductoria y la sesión 1 del congreso sobre historiografía y casos de estudio del Pa-Trab. Prehist., 78, N.o 1, enero-junio 2021, pp. 179-189, ISSN: 0082-5638 leolítico inferior y medio, períodos esenciales para el conocimiento de la Prehistoria del valle del Somme y de la antigua región de Picardía (englobada actualmente en la región de Hauts-de-France tras la reforma territorial iniciada en 2014). El segundo volumen (536 pp.; sesiones 2 y 3 del congreso) se centra en el período que va del Paleolítico Superior al Mesolítico, con predominio de comunicaciones sobre los grandes valles fluviales del norte de Francia (Somme, Sena, Loira) y de otras zonas del norte de Europa. El tercer volumen (498 pp.; sesiones 4 y 5) aborda el Neolítico y la Edad del Bronce, con un predominio de casos de estudio del norte de Francia. De esta organización destacamos dos aspectos fundamentales. Uno es la eminente orientación cronológica y cronocultural del congreso y de la publicación, que adolece de una mayor y, a mi entender, necesaria transversalidad. No obstante, es importante señalar, para las lectoras y lectores no familiarizados con la Prehistoria y Arqueología en Francia, que esta característica es inherente y estructural a la organización de la disciplina en el país. Pese a algunos intentos por potenciar dinámicas transversales y temáticas, lo esencial de la investigación prehistórica y arqueológica francesa se sigue rigiendo por criterios cronoculturales. Esto se observa a muy distintos niveles, desde la planificación de congresos como el que nos ocupa a la estructuración de los equipos y unidades de investigación, pasando por los perfiles de las plazas convocadas tanto en las universidades como en el Centre national de la recherche scientifique (CNRS), principal organismo de investigación del país. No es este el contexto para valorar en detalle esta situación, sus implicaciones, ventajas e inconvenientes, pero considero necesaria esta aclaración para quienes vayan a abordar la lectura de estos volúmenes desde una perspectiva de conjunto. El segundo aspecto destacable es que, pese al título del congreso (Préhistoire de l'Europe du Nord-Ouest...), esta publicación recoge fundamentalmente trabajos desarrollados en la Francia continental, tal y como es frecuente en los Congrès préhistoriques de France, en los que suele haber poca representación de otras áreas geográficas y de autores y autoras internacionales. La única excepción verdaderamente destacable a este respecto la tenemos en el volumen 2, en los capítulos correspondientes a la sesión 3 (L'Europe du Nord-Ouest autour de 10000 BP [11600 ca. BP]: quels changements? pp. 301 a 528) que integran una visión internacional y más transversal que la que se ofrece en el resto de la publicación. El hecho de que esta sesión fuese organizada en colaboración con la comisión Upper Palaeolithic of Eurasia de la Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (UISPP, véase p. 301) explica en gran parte esta singularidad. Así, además de los ejemplos franceses, encontramos en esta sección trabajos y síntesis sobre distintas áreas de las Islas Británicas, Bélgica, Holanda, Alemania y Polonia. Centrándonos en el contenido específico de cada volumen, y sin poder entrar a valorar individualmente todos los trabajos, cabe destacar del primero de ellos -por su alcance general y/o comparativo-la discusión de algunos de los yacimientos clásicos del Paleolítico Inferior y Medio del valle del Somme, como Moulin Quignon y la Carrière Carpentier, por medio de la revisión historiográfica, de materiales y de campo recientes (A. Hurel: 19-28; J. J. Bahain y P. Antoine: 41-54); la síntesis sobre el registro fósil humano del Pleistoceno Medio reciente en el noroeste europeo (H. Rougier: 99-104); la síntesis sobre el Pleistoceno Medio reciente en Europa central y del noroeste (R. Rocca y J. Serangeli: 131-147); la del Paleolítico Medio antiguo a ambos lados del Canal de la Mancha (B. Scott et al.: 2015-227) y la reivindicación de la actualidad de las teorías de Lamarck propuesta por M. Otte (105-116). En el segundo volumen sobresalen algunos trabajos de alcance regional y supra-regional que van más allá del análisis de yacimientos concretos, así como las contribuciones a la ya mencionada sesión 3. Por último, en el tercero hay que citar varias síntesis y artículos de ámbito supra-regional (e. g.. Merece un comentario especial, el capítulo de O. Lemercier sobre la noción y cronología del campaniforme en el conjunto de Europa occidental (pp. 239-250), con independencia de que se esté o no de acuerdo con la visión histórico-cultural y la noción de "Civilización campaniforme" que en él se ofrece (p. Un aspecto que llama la atención del conjunto de la obra es la casi total ausencia de trabajos sobre el mundo simbólico y funerario, esenciales para la comprensión de las sociedades de la Prehistoria (Paleolítico y Mesolítico) y Protohistoria (en su acepción francesa, que engloba del Trab. Prehist., 78, N.o 1, enero-junio 2021, pp. 179-189, ISSN: 0082-5638 mica iniciada en 1905 con la celebración del primero de estos congresos en la ciudad de Périgueux, estando muy focalizados en el conocimiento regional de las distintas áreas en las que se celebran y con una cierta apertura a contextos geográficos adyacentes. Marshack, A. 1972 En este trabajo sobre el desarrollo del I milenio a. C. en los territorios de la meseta occidental, el marco geográfico elegido no pretende inicialmente determinar, la identificación étnica que las fuentes proporcionan para los grupos que se consolidaron en la Segunda Edad del Hierro. Sin embargo, dicho marco geográfico, que se concreta en dos áreas separadas por el sistema central, se valora como un factor a tener en cuenta en los procesos que estabilizaron a lo largo de la Edad del Hierro un modelo de poblamiento y su organización social. Se inicia el trabajo con un estado de la cuestión a partir del registro arqueológico de diferentes yacimientos y territorios, así como los datos aportados en el marco de la "arqueología contractual". Todo este volumen de información que se presenta en el anexo con un total de 178 yacimientos constituye la masa crítica que en los últimos 20 años ha producido síntesis generales, memorias de excavación, obras colectivas, tesis doctorales, proyectos de investigación y reuniones científicas tanto nacionales como internacionales. Dedica el autor un amplio apartado al desarrollo de diferentes estrategias de divulgación de este registro arqueológico, destacando las que consideran la necesidad de visiones más integrales del pasado protohistórico, en el que cobren protagonismo, por un lado, sectores de la sociedad nunca citados o infrarrepresentados, mujeres, niños, ancianos, campesinos o creando vínculos entre las gentes del presente y las sociedades del pasado a través del paisaje y no de los ancestros. En la configuración del marco social, temporal, geográfico y paleoambiental del trabajo se propone orientar el análisis del registro arqueológico utilizando como unidad básica el "grupo arqueológico", evitando toda referencia a pueblo o etnia, para abordar como se construye el poder en las sociedades del área occidental de la meseta, caracterizadas por relaciones de desigualdad en lo económico, cultural y simbólico. En los límites temporales propuestos se diferencia el desarrollo cronológico del suroeste de la cuenca del Duero caracterizada por el horizonte Soto, frente al valle medio del Tajo influido por el desarrollo del Orientalizante antes del inicio de la Segunda Edad del Hierro. El ámbito geográfico elegido está integrado por la cuenca sedimentaria del Duero, las penillanuras del occidente salmantino y zamorano, el sistema central, la penillanura cacereña y la cuenca sedimentaria del Tajo. Las principales vías de comunicación entre estos territorios en dirección norte-sur son la falla Alentejo-Plasencia, la Vía de la Plata y la Vía de Córdoba hacía el norte, mientras que las de orientación este-oeste serían las cuencas fluviales del Duero y el Tajo. Como elemento imprescindible para entender las transformaciones del paisaje, se valora la transición climática del Suboreal al Subatlántico, lo que permite presentar a la Edad del Hierro como un periodo de alternancias de clima frío y húmedo con periodos de recuperación térmica frente al periodo más cálido y probablemente más seco que caracteriza la transición a la época romana. La primera fase del proceso se inicia con la transición del Bronce Final a la Primera Edad del Hierro, enmarcada en el análisis de las fechas de C14 calibradas disponibles, para pasar a diferenciar el proceso de transición en los dos principales ámbitos territoriales. En el sudoeste de la cuenca del Duero, donde se revisan los patrones de asentamiento, las estructuras de habitación, la actividad alfarera y metalúrgica y el registro funerario, se señala un profundo cambio cultural, en el que sin descartar el papel que desempeñaron las innovaciones en el cultivo, el utillaje agrícola y las penetraciones de pequeños contingentes poblacionales, destaca que habría que prestar mayor atención a las dinámicas internas de los grupos que protagonizan dicho cambio. Para el valle medio del Tajo, donde se echa de menos un análisis más amplio del fenómeno de las estelas de guerrero que llegan a la treintena en ese territorio, se propone una cierta continuidad entre el Bronce Final y el Hierro I, en un proceso que parte de la concentración de yacimientos en los cauces fluviales a finales del Suboreal, que desembocará en una sedentarización consolidada en el Hierro I. Esta sedentarización que afecta a las dos áreas reseñadas supone una importante inversión de trabajo agrícola para la apropiación de la tierra, el desarrollo de desigualdades en el seno de los asentamientos y la presencia de los grupos humanos en el paisaje mediante sus poblados, los campos de cultivo y de pastos cuyo ciclo anual dominará la percepción del entorno de las comunidades de la Edad del Hierro. Se completa el estudio del Hierro I con la síntesis del fenómeno orien-Trab. Prehist., 78, N.o 1, enero-junio 2021, pp. 179-189, ISSN: 0082-5638 talizante, el análisis de la cultura material y las primeras aproximaciones al cálculo de la demografía y los modelos de organización social en el que se apunta el germen de un poder estructural encarnado en determinados miembros de la comunidad. La siguiente fase que abarca la Segunda Edad del Hierro presenta desde el punto de vista paleoambiental una deforestación progresiva, una creciente actividad ganadera y una agricultura basada en los cereales y las leguminosas. El estudio del modelo de poblamiento se realiza a partir de 30 yacimientos distribuidos en 9 cuencas fluviales principales y secundarias. Dentro de este modelo de poblamiento destaca el surgimiento de los oppida, asentamientos con una superficie superior a las 10 ha que actúan como lugar de referencia, político, religioso, económico, para un amplio territorio. En el estudio de los dos tipos básicos del poblamiento de esta fase, los oppida y los castros, se señala cómo los sistemas defensivos, murallas, fosos y campos de piedras hincadas fueron ganando en volumen y complejidad estructural según fue avanzando el Hierro II. Esta complejidad en los sistemas defensivos discurre en paralelo con el proceso de urbanización que estructura el espacio mediante calles o caminos, proyección espacial de una ideología centralizadora y jerárquica. Se detallan las características de los espacios domésticos de Raso de Candeleda, Mesa de Miranda o las Cogotas, haciendo referencia a las plantas de las casas, su superficie y el grado de privacidad que proporciona su estructura interna, relacionándola con el modelo de familia. En el ámbito de las prácticas ceremoniales destaca en Ulaca la presencia de un espacio sagrado que incluye un santuario y una sauna ritual. Otros elementos estudiados denominados periurbanos serían las áreas o barrios artesanales y los llamados cenizales o escombreras relacionados con remodelaciones del entramado urbano o con actividades temporales como los mercados. Las necrópolis se localizan en el exterior de los asentamientos y a una cierta distancia que asegura la intervisibilidad con el hábitat, próximas a corrientes de agua y con una distribución caracterizada por los espacios libres entre conjuntos de tumbas. Siendo mayoritario el ritual incinerador, se mencionan las evidencias de inhumación, exposición de los cadáveres y la interpretación de algunas estructuras como cenotafios. Como principal novedad en este apartado destaca la presentación de una de las áreas de enterramiento del oppidum de Ulaca, caracterizada por el rito de incineración, la existencia de enterramientos dobles y tumbas en hoyo o encachados tumulares. Concluye la revisión de la Segunda Edad del Hierro, con tres apartados dedicados a manifestaciones artesanales: la producción alfarera y el impacto de la generalización del torno y el uso de determinados tipos cerámicos como marcadores étnicos; la evidencia de instalaciones y artesanos dedicados a las actividades metalúrgicas, tanto en la fabricación de elementos de bronce, como sobre todo en la elaboración de herramientas y armas de hierro; y, en tercer lugar, la cantería con la utilización de herramientas específicas y las zonas de aprovechamiento de la materia prima y sus fases de elaboración. En este último apartado destaca la revisión del tema de los verracos en su proyección diacrónica y funcional, en la que se propone matizar su papel de marcador étnico de la Vettonia, término que se valora como una reorganización poblacional romana, más que como una etnia prerromana. Las distintas propuestas de reconstrucción de la demografía, a partir de los datos de las necrópolis de Las Cogotas y Mesa de Miranda o los oppida de El Raso o Ulaca, sirven para proponer un modelo de estructura social, vinculada al desarrollo de los oppida con una asamblea de hombres libres, un consejo de ancianos y ciertos cargos de poder individual con atribuciones militares y religiosas. Al modelo de los oppida se opone el caso de los castros que no optan por la jerarquía en los que la guerra juega el papel de dar cohesión interna a cada comunidad frente al resto. Las transformaciones que experimentaron las comunidades durante la Edad del Hierro en la meseta occidental se resumen en dos apartados. En primer lugar, que durante la transición del Bronce Final al Hierro y el desarrollo del Hierro Antiguo se consolida el poblamiento con la apropiación efectiva del paisaje, con una monumentalización de los asentamientos, organización interna de los poblados y la individualización del espacio familiar. Se constata el cambio del modelo social igualitario a partir de la aparición de los bienes de prestigio y la competencia social en la monumentalización de la arquitectura doméstica y la exhibición de poder y riqueza en las ceremonias funerarias. En segundo lugar, la concentración del poblamiento del que surgen los oppida, el aumento de la actividad agropecuaria y el desarrollo de ciertas actividades artesanales caracterizarán la Segunda Edad del Hierro. En los oppida destacan los sistemas defensivos y la organización del urbanismo, mientras que, en su periferia, aparecen áreas artesanales, escombreras y extensas necrópolis organizadas por áreas. La estructura social controlada por una élite de guerreros a caballo se verá matizada según se vayan extendiendo los oppida por la posible existencia de asambleas o consejos. Como colofón de este proceso, Roma cambiará el modelo de asentamiento y explotación del territorio, mientras que las élites indígenas como última manifestación de poder en el ámbito funerario, se apropiarán de los símbolos -toros y cerdos-que identificaban a la totalidad de la comunidad. Facultad de Humanidades de Toledo. Correo e.: [EMAIL]; http://orcid.org/0000-0003-1266-5360 La larga historia de la Dama de Elche, resumida de principio a fin (por ahora) La longue histoire de la Dame d'Elche, résumée du début à la fin (pour l'instant) La Dama de Elche sigue siendo el mayor exponente de la calidad que llegó a alcanzar la escultura ibérica. Desde su hallazgo en 1897, han sido muchos los trabajos que se le han dedicado, multiplicados con ocasión del centenario de su aparición y recuperados desde una perspectiva actual en obras recientes (Aranegui 2018). Sin embargo, su historia y su especial interacción con las sociedades contemporáneas permiten multiplicar los enfoques desde los que puede abordarse su estudio. Por eso estos dos libros son muy bien recibidos y aportan cada uno, desde una perspectiva muy diferente, nuevas contribuciones sobre esta singular escultura. Uno de ellos estudia, dentro de un proyecto científico, las canteras que se utilizaron para la extracción de la piedra en la que se labró la Dama (el principio) y otro, los estudios, reacciones e inserción que tuvo esta pieza en la sociedad contemporánea (el final). Empecemos por el final. El libro de Albert Llorca y Rouillard es un trabajo destinado al gran público, o al menos, a un público interesado con carácter general sobre la Antigüedad, sus restos, las circunstancias que han condicionado su estudio y las actitudes que mostramos ante ellos. Estamos ante un texto ameno, de lectura agradable y transmisor eficaz de su contenido. Aunque con guiños al estudio de la escultura ibérica en general, su intención es más bien relatarnos los avatares de la Dama desde su aparición en 1897 hasta la actualidad, una historia que se engrana en la propia definición de la arqueología española y europea de finales de siglo, que incide directamente en la promulgación de la primera Ley de excavaciones y Antigüedades de 1911, y que participa de forma estelar en la política internacional del siglo XX o en la estatal y local del siglo XXI. Además de la introducción y la conclusión, el libro contiene cinco capítulos. En los dos primeros "El descubrimiento del arte ibérico y la Dama" y "A lo largo de un siglo. La Dama en los debates", se aporta documentación muy interesante sobre su adquisición en Elche y su viaje e instalación en el Museo de Louvre. El texto es muy ilustrativo de lo que la Dama significó en la caracterización del arte ibérico según las concepciones de la época, marcadas por la dicotomía entre los estilos griego y próximo-oriental, que marcaban la diferenciación de los grandes circuitos artísticos de la Antigüedad según los criterios académicos, y que a su vez se veían reflejados en la configuración de las salas de los grandes museos. El libro hace un especial hincapié en los autores franceses que tuvieron la curiosidad de conocer y definir el arte ibérico: L. Heuzey, A. Engel y P. Paris sobre todo, aunque sin olvidar al alemán E. Hübner. Se muestra con claridad la dificultad de reconocer un arte específicamente ibérico desde una perspectiva clasicista, y la escultura de la Dama se califica como greco-fenicia, primando este sustrato oriental en su exposición en las salas del Louvre dedicadas a las antigüedades mesopotámicas. Los dos capítulos siguientes "Bajo la mirada de los artistas", "Mujeres de piedra y mujeres de carne" nos introducen en las primeras representaciones de la Dama como recurso artístico para representar a importantes mujeres del antiguo Mediterráneo. El cartel del aniversario de la fundación de Marsella por Dellepiane y la representación de la Salambó de Flaubert por Rochegrosse revelan la inspiración que provocó la Dama y el uso de su iconografía en los márgenes del mundo científico, apenas un par de años después de su descubrimiento y traslado. Pero será un arqueólogo, José Ramón Mélida, el que inicie el proceso de difusión del busto de Elche encargando a un artista de Godella, Ignacio Pinazo, la primera reproducción de la pieza. Sus copias llegarán a diversos centros e instituciones, pasando igualmente a generar modelos artísticos pioneros que van a trasladar la figura de la Dama a la configuración de un modelo de mujer valenciana de gran expansión en el siglo XX. Estableciendo un curioso paralelo con la Venus de Arlés, se relata cómo estos modelos iconográficos se convierten en referentes étnicos de las poblaciones locales, con las que se establece una línea continua de identidad. La Dama de Elche representará a la valenciana intemporal, al igual que, según Azorín, las figuras femeninas del Cerro de los Santos pueden identificarse con las yeclanas contemporáneas. Es curiosa la influencia atribuida a la fotografía de Pepita Samper junto a la Dama, que acercará la imagen de la fallera mayor a la iconografía de la estatua. A partir de ahí, la Dama pasará a ser, en Elche, de carne y hueso, y tendrá un papel más reivindicativo que evocativo, reclamando la vuelta de la escultura al lugar en el que apareció. El último capítulo, "La Dama, entre Elche y Madrid", cuenta con la colaboración de J. Moratalla, que ha investigado sobre la aparición del busto. Recoge brevemente el relato de la vuelta a España de la Dama junto con las restantes piezas objeto del "intercambio" de 1941, señalando cómo la estatua se considera un icono identitario nacional no solo en el régimen franquista, sino también en la Segunda República. Remite para un relato más amplio, al libro de Gruat y Martínez (2015) afortunadamente traducido al castellano y que resulta muy recomendable para conocer los detalles de esta negociación. Se da mayor peso, en todo caso, a la recreación del proceso del hallazgo de la Dama a partir de los años 40, liderado por A. Ramos Folqués, que genera una nueva historia modificando las informaciones originales de P. Ibarra. La nueva versión se convertirá en oficial y solo en los últimos años se cuestionará este relato que enlaza perfectamente con el Trab. El libro en general es, como se ha señalado, fácil de leer y tiene un formato manejable en tapa blanda. Juega con una serie de cuadros, con bibliografía propia, en los que se proporciona información detallada sobre temas específicos: el arqueólogo P. Paris, los primeros moldes de la estatua, los detalles de su vuelta a España, etc. Escritos con un formato más pequeño de letra, permiten ampliar algunos aspectos si los lectores tienen curiosidad por estos temas. Un buen número de ilustraciones, la mayor parte en color, apoyan oportunamente el texto. Si algo lo incomoda es la existencia de notas a lo largo de los capítulos que deben consultarse al final del libro y que obligan a tener un marcador que permita conocer las referencias o aclaraciones correspondientes. Se ha optado por este modelo en lugar de situar las notas al pie, lo que daría un aspecto más "científico" al texto -algo quizás no deseable-, pero lo cierto es que la visualización de las notas en las páginas finales rompe la continuidad del proceso de lectura. En todo caso, este es un libro que debe ser incorporado de inmediato al estudio de la Dama de Elche, a la espera de una deseable traducción. Y del final, al principio. El segundo volumen que vamos a tratar se centra en la localización y estudio de las canteras de las que se extrajo la piedra para tallar el busto de Elche. Por tanto, estamos ante el momento "anterior" a la existencia de la Dama. En el libro que ya hemos comentado se incluye un breve, pero informativo, resumen sobre este tema, que mueve a consultar esta obra, muy novedosa en el contexto de los estudios ibéricos. La investigación sobre la cantería tiene una larga tradición y es una especialidad, sobre todo para la Antigüedad Clásica, pero apenas se ha tratado para la época ibérica (Gutiérrez García-Moreno y Rouillard 2018), y mucho menos con un proyecto sistemático de investigación como el que aquí se nos presenta. El libro tiene tres editores, P. Rouillard, L. Costa y J. Moratalla, y se subdivide en capítulos en los que también figuran otros autores. En cada uno de ellos se integran a su vez epígrafes, cuya redacción puede corresponder solo a algunos de los autores que figuran en el capítulo general, lo que indudablemente complica la citación caso de que, como parece inevitable, se descienda a este nivel de detalle. Otro problema es que no hay una lista que indique la adscripción de los autores a una institución, ni un correo electrónico mediante el cual se les pueda contactar, algo que se echa de menos y que no suele faltar en los trabajos científicos. La primera parte, "Una región de piedra blanda", se centra en la geología de la zona y recoge una larga experiencia desarrollada por C. Montenat desde la década de 1970, cuando junto a C. Échallier estudiaron la secuencia geológica que incluía los estratos a los que podía atribuirse la piedra de las esculturas ibéricas del área de Elche. Falta una referencia a otro estudio de la misma época, de-sarrollado por Canales y Sánchez (1974), que también se centró en el mismo tema, aunque alcanzaría una menor difusión. Este capítulo genera el marco geológico general y define las cuatro facies calizas (A-D) que serán fundamentales para identificar la selección de canteras para realizar las esculturas y las edificaciones de La Alcudia y su entorno. A partir de este momento, son las canteras en sí las que adquieren el protagonismo del libro. Prospectadas inicialmente en las áreas de Peligros, Pedreres y Ferriol, han sido objeto de un estudio detallado mediante análisis cartográfico, fotografía aérea y sensor LIDAR del IGN, lo que ha permitido elaborar excelentes topografías y MDTs, así como organizar toda la información en un SIG que tiene en cuenta las anomalías, sus superficies, orientaciones y pendientes, entre otros rasgos. El hallazgo del esbozo de una escultura, rota y abandonada en las pendientes de Ferriol 2, llevaron al equipo a plantear algunos sondeos y excavaciones en esta zona, encontrando un único fragmento de cerámica pintada. En todo caso, los trabajos llevaron a conocer en detalle el proceso de extracción, los productos buscados -tamaño y forma de los bloques-, las plataformas de salida de las piezas, los caminos de carros, los restos de forjas y cisternas y, desde luego, las herramientas empleadas y el procedimiento y ritmos extractivos. La producción de piedra procedente de las canteras en época ibérica no debió ser muy grande y los límites de su uso en esculturas apenas soprepasan una distancia de 20 km, pero la producción escultórica de la zona fue importante. Desde la Dama de Elche y otras piezas de La Alcudia-Elche, a Monforte del Cid, Agost o ciertos casos de Cabezo Lucero. No todas ellas pertenecen al mismo tipo calizo, sino que se distribuyen en las cuatro facies identificadas por la geología y el aprovisionamiento varía desde el área de Ferriol denominada "facies A", a la inmediata de Altabix para la "facies B", la "facies C" del Tabayá, únicamente para elementos constructivos, o la "facies D", de La Moleta, para algunas esculturas meridionales (Cabezo Lucero o Redován). La lista de identificaciones para el material escultórico y arquitectónico es amplia y no se limita a la etapa ibérica, sino que se aplica también a las épocas romana, musulmana y moderna, con la gran Basílica de Santa María como ejemplo de explotación sistemática y de calidad para un monumento esencial en la ciudad de Elche. El libro termina con un "cuaderno" de fichas técnicas que recopila, una por una, las unidades de explotación, indicándose su localización y características, e identificándose con imágenes en color, como todas las incluidas en esta publicación. Salvo excepciones, investigar las canteras no es fácil ni agradecido, son explotaciones que, al ir profundizando, devoran los niveles más antiguos, situados en la superficie. Además, el oficio de cantero es silencioso, como recuerda P. Rouillard. Apenas quedan registros oficiales y la documentación etnográfica es muy escasa. En Ferriol se recoge la experiencia reciente de escultores, que, bajo la iniciativa de Mariano Ros, tallaron numerosas figuras di-:
Este libro deriva de la sesión homenaje a Antonio Gilman Guillén, celebrada el 6 de septiembre 2018 en Barcelona, en el marco del congreso anual de la European Association of Archaeologist. Un amplio grupo de distinguidos autores abordan a través de sus veintidós capítulos los temas tratados por el prehistoriador e hispanista a lo largo de su carrera, desgranando sus logros y contribuciones como arqueólogo comparativo y de campo, revisando su lógica teórica y sus ideas clave. Esto implica un arco cronológico muy amplio, desde los orígenes de la humanidad hasta la actualidad, con la desigualdad social como protagonista y con reflexiones certeras sobre cuestiones de arqueología del paisaje, arqueometría, bioantropología, etnografía, o cronología absoluta. Queda así de manifiesto el calado de la influencia de Antonio Gilman sobre las distintas generaciones que han recibido su magisterio, así como la vitalidad de su pensamiento a la hora de abordar la economía política de las sociedades del pasado. PDR, KTL e IS Fernández Cacho, Silvia (coord. cient.); Rodrigo Cámara, José María; Fernández Salinas, Víctor; Durán Salado, Isabel, Díaz Iglesias, José Manuel; Cuevas García, Jesús; Salmerón Escobar, Pedro y Santana Falcón, Isabel. Criterios para la elaboración de guías de paisaje cultural. Serie PH Cuadernos 33, Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico, Junta de Andalucía. Silvia Fernández Cacho del IAPH es la coordinadora científica de esta obra estructurada en nueve capítulos que abarcan varias dimensiones relacionadas con la creación de recursos didácticos y turísticos sobre el paisaje cultural. Se vertebra como un documento de criterios, cuyo espíritu es establecer una plantilla para crear materiales de divulgación. El abundante apoyo visual del libro, casi todo propio del IAPH, facilita la comprensión de los contenidos y a veces es bastante inspirador. Su utilidad va mucho más allá de las guías de paisaje cultural que menciona el título. Plasma de manera holística la dimensión social, educativa, cultural y política del paisaje, ofreciendo ideas de gran valor para aspectos tan dispares como la gestión, la ordenación y la valoración del paisaje. Está en línea con la destacada tradición del Instituto andaluz en materia de paisajes culturales, que se advierte en el texto en general, y sobre manera en los capítulos y subcapítulos que tratan el paisaje de manera específica. El último capítulo, sobre la gobernanza del paisaje, está en la vanguardia de las propuestas sobre paisaje realizadas en España, y colocan al IAPH como un referente en paisajes culturales a nivel europeo. Es llamativo que el Convenio de Faro no es mencionado hasta esta última sección, cuando sus principios permean todo el documento. La gran relevancia de esta obra consiste en que aborda los intersticios entre sociedad, investigación y políticas de una manera actualizada, completa y proactiva. GR García Atiénzar, Gabriel y Busquier Corbí, José David (eds.). El poblado calcolítico de Vilches IV (Torre Uchea, Hellín, Albacete), un asentamiento del III milenio a.C. en la Submeseta sur. Serie Arqueología, Universitat d ́Alacant / Universidad de Alicante, Servicio de Publicaciones. Meller, Harald; Risch, Roberto; Alt, Kurt W.; Bertemes, François y Micó, Rafael (eds.). RESEÑAS Y LIBROS RECIBIDOS Díaz-del-Río, Pedro; Lillios, Katina T. y Sastre, Inés (eds.). Bibliotheca Praehistorica Hispana XXXVI, Editorial Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
En la página 275, el pie de la figura 1 se publicó con algunos errores siendo la versión correcta que debía acompañarla la siguiente:
Con gratitud, en memoria de Fernán Alonso El castro de Chao Samartín, en el occidente de Asturias, remonta su condición de asentamiento fortificado a finales de la Edad del Bronce. Durante el siglo VIII a.C. defensas monumentales delimitaban un recinto en el que se alzaba, en posición principal, una cabaña de grandes dimensiones de la que procede un interesante repertorio de materiales metálicos fabricados en bronce. Junto a la puerta de acceso al recinto, al pie de la fortificación, se instaló una pequeña cista que contenía el cráneo de una mujer joven. Este artículo presenta las nuevas dataciones que permiten establecer la antigüedad del depósito y su contextualización crono-arqueológica con el establecimiento del Bronce Final. EL DEPÓSITO FUNERARIO: DESCRIPCIÓN Y CONTEXTO ARQUEOLÓGICO El castro de Chao Samartín se localiza en la población de Castro, concejo de Grandas de Salime, dentro de los límites administrativos de la comunidad autónoma del Principado de Asturias. El primitivo asentamiento se estableció al pie de las estribaciones orientales de la Sierra del Acebo, en un territorio dominado por las penillanuras que disecan la red de ríos y arroyos tributarios del alto Navia en su margen occidental. El yacimiento posee una dilatada secuencia de ocupación que se prolonga desde la Edad del Bronce hasta el siglo II d.C., cuyos rasgos más representativos han sido tratados en artículos de reciente publicación. En septiembre de 2001, durante el avance de los trabajos de excavación en torno a las fortificaciones que protegían el recinto superior del asenta-(*) Director del Plan Arqueológico de la cuenca del Navia. Servicio de Patrimonio Histórico de la Consejería de Cultura, Comunicación y Turismo del Principado de Asturias. Correo electrónico: [EMAIL] (**) Director del Laboratorio de Antropología Forense del Mercyhurst Archaeological Institute, Erie, Pensilvania. Correo electrónico: [EMAIL] Recibido: 17-IX-2003; aceptado: 6-X-2003 miento, se produjo el descubrimiento de una pequeña cista en la que se custodiaba, bajo la losa de cierre, los restos de un cráneo parcialmente conservado. El nicho para su encaje fue excavado en un paleosuelo de tierra apelmazada y superficie regular que se extendía sobre un potente horizonte de cascarilla y pizarra menuda, con el que se había nivelado la pronunciada pendiente original. Finalmente, suelo y depósito resultaron sepultados bajo los escombros procedentes de la ruina de la primitiva defensa: bloques informes y cascote menudo de pizarra comprendidos en una matriz arcillosa de aspecto rubescente, como probable consecuencia de su exposición al fuego. La estructura de la celda se construyó íntegramente con losas ligeras de pizarra local. Sus paredes descansan sobre una base plana, bien asentada, definiendo un hueco de planta rectangular ligeramente más amplio hacia su embocadura y dimensiones aproximadas de 250 × 200 × 330 mm. Una losa de cobertera clausuraba la cista. Depositada sobre el fondo de la misma descansaba, como único contenido, la calota mencionada sobre la cual se apoyaban algunas láminas exfoliadas de las lajas parietales. Los huesos que se conservan del individuo -frontal, temporales, parietales y occipital-están fraccionados, no estando presentes la base del cráneo ni el esqueleto facial. Esta pérdida podría justificarse por diagénesis, aunque llama la atención la total ausencia de elementos dentarios. Vista panorámica desde el mediodía. Sobre la explanada que corona el promontorio se fundo a finales de la Edad del Bronce un establecimiento fortificado. El acceso se practicaba, desde el sur, a través de un vano abierto en las defensas. El área excavada más próxima señala su posición (A. Villa). ma manera, tampoco parece justificable la ausencia de elementos post-craneales debido a procesos diagenéticos, por lo que con toda probabilidad el depósito original sólo comprendía el propio cráneo. Su gracilidad y el escaso grosor de las paredes parecen indicar que se trata de una mujer. No se aprecian traumatismos ni patologías. La sobriedad del depósito, desprovisto de todo ajuar, y la parquedad del registro arqueológico asociado no facilitaron su datación, por lo que la estima cronológica preliminar debió ser establecida a partir de la secuencia estratigráfica (Villa 2002b: 156). En principio, no podía discutirse la vinculación del hallaz-Fig. Plano de la acrópolis en el que, sobre la superficie excavada, aparecen silueteados los tramos de empalizada y muralla descubiertos, la gran cabaña, y el trazado aproximado del foso occidental, donde las flechas señalan las zonas en el que ha sido sondeado. Un punto indica la posición del depósito funerario (A. Villa). Ante la puerta de acceso a la acrópolis, a nivel del suelo que servía de tránsito hacia el recinto, se instaló una cista destinada a custodiar el cráneo de un individuo, probablemente una mujer joven. Éste es el aspecto que presentaba el depósito funerario en el momento de apertura de la cista (A. Villa). El suelo en el que se excavó el nicho funerario es contemporáneo del cierre monumental que delimitaba la acrópolis. Los derrumbes ocasionados tras su primitiva ruina sellaron definitivamente el suelo y la cista. Ambos horizontes estratigráficos poseen fechas carbono 14 (A. Villa). go con el cinturón fortificado que delimitaba el recinto superior del yacimiento, cuya probada antigüedad se remontaba al Bronce Final. El conjunto de piezas que por su tipología y procedencia estratigráfica debían asociarse al establecimiento de la Edad del Bronce son relativamente abundantes. En su mayor parte fueron recuperadas en el interior de la gran cabaña y, aunque sucintamente, han sido descritas en trabajos anteriores (Villa 2002a: 163 y 181). Se trata, por lo general, de materiales metálicos entre los que destacan una pieza discoidal de grandes dimensiones, varillas de bronce con sección poligonal y fragmentos de recipientes remachados que incluyen un par de asas para para sítula (Lám. No obstante, la prolongada vigencia de esta estructura y del primitivo vano de acceso a la acrópolis eran circunstancias que no aconsejaban descartar, mientras la excavación del sector no fuese completada, la adscripción del depósito a épocas más recientes de la historia del asentamiento. En consecuencia, el radiocarbono se constituía así en el procedimiento clave para la datación del primer depósito funerario localizado en un poblado fortificado de la región cantábrica. Los análisis llevados a cabo en el Ångström Laboratory de la Universidad de Upsala mostraron la imposibilidad de datación directa del material óseo, debido a su bajo contenido en materia orgánica. Restaba, por tanto la datación de los carbones recuperados sobre el paleosuelo en el que se había excavado el nicho y los procedentes de los derrubios que definitivamente lo habían sepultado. En esta ocasión, ambas muestras ofrecieron resultados positivos, con cronologías compartidas en torno al siglo VIII BC (1): EL ASENTAMIENTO DE LA EDAD DEL BRONCE: DATACIONES RADIOCARBÓNICAS Las nuevas fechas confirmaban la antigüedad inicialmente supuesta al depósito funerario a partir de su posición estratigráfica y proporcionaban valores de extraordinario interés, por su congruencia estadística con otros ya disponibles, para obtener, mediante su análisis conjunto, una datación más precisa. De manera resumida estas son las muestras y el contexto arqueológico en el que fueron recogidas (Fig. 3): Muestra concentrada de carbón recogida en el exterior de la acrópolis, en el área sobre el que después se levantaría el caserío de la Edad del Hierro. Procede de un paleosuelo que se extiende directamente sobre la roca y sellado por un edificio en uso entre los siglos IV a.C. y II d.C. (2). Los testimonios que, como éste, anuncian una ocupación antigua, tal vez contemporánea del complejo monumental ins-Lám. El repertorio de materiales recuperado en el interior de la cabaña, fundamentalmente metalistería de bronce, muestra una evidente correspondencia con las dataciones obtenidas para el conjunto de la acrópolis. En la imagen una de las asas para recipiente metálico descubierta sobre el suelo de la estancia (A. Villa). (1) Las fechas se presentan con los valores calibrados por el propio laboratorio con el programa OxCal 3.5, INTCAL98, 2 sigma. Croquis con el que se representa la procedencia de las muestras, sobre una sección ideal E.-O. de la acrópolis,: sedimentos en ladera acumulados tras el incendio y ruina de la empalizada (1), pira encendida al pie del crestón que preside el recinto (2), hoyos de anclaje de la empalizada (3), residuos orgánicos acumulados sobre el suelo de la cabaña tras su incendio (4), relleno del foso (5) y suelos residuales conservados en el exterior del recinto, sellados por el poblado de la Edad del Hierro (6) (A. Villa). talado en torno a la acrópolis durante el Bronce Final, aunque fragmentarios, son cada día más numerosos: hoyos, surcos, canalizaciones y pozos cuya lectura conjunta sólo podrá ser completada tras la excavación extensiva de las etapas más recientes del asentamiento. Muestras concentradas de carbón tomadas sobre el suelo de la gran cabaña descubierta en la acrópolis. El horizonte del que proceden se originó como consecuencia del incendio y ruina de la construcción. Su estructura, elevada sobre un esqueleto de grandes postes y probable cubierta vegetal, produjo durante la combustión el depósito de una potente capa de sedimentos ricos en materia orgánica (Lam. V. Una gran cabaña de planta rectangular y esquinas redondeadas fue descubierta en el interior de la acrópolis. Su estructura se sustentaba en postes embutido en paredes de mampostería, según los casos encajadas en una zanja de cimentación excavada en la roca o sobre gruesos bloques de piedra que regularizaban la superficie rocosa. Dos postes en disposición axial soportaban una techumbre que cubría una superficie interna de 12,50 x 4,40 m (A. Menéndez). Fig. 4: Estructura de soporte de la cabaña: rebaje previo de la zanja de cimentación sobre una superficie rocosa irregular, excavación de mortaja para los postes y fijación de éstos entre grandes bloques de pizarra embutidos en un paramento de aparejo irregular (A. Villa). Muestra concentrada de carbón recogida en el foso que protegió el flanco oriental de la acrópolis. Procede de los sedimentos que rellenaron el tramo superior de la trinchera y sobre los que, algunos siglos después, discurriría la vía de acceso al caserío de la Edad del Hierro. Muestra concentrada de madera perteneciente a uno de los postes que soportaban la estructura de la empalizada. Al igual que había sucedido en el sector meridional, el sondeo practicado sobre la línea de acantilados al norte del recinto, reveló la existencia de una doble línea anclajes, excavados en la roca y reforzados con robustas lajas de pizarra, en cuyo interior aún se conservaban restos del primitivo maderamen. Muestra concentrada de carbón recogida en el interior de un cerco de piedras dispuesto sobre la línea de acantilados. La pequeña pira fue instalada al pie del crestón cuarcítico que domina el flanco occidental del promontorio proyectándose ligeramente sobre un frente de ladera roto, en este lugar, por paredes verticales. Muestra concentrada de carbón que procede de un suelo formado en el frente de ladera. Se superpone a varios paleosuelos anteriores. Es muy rico en materia orgánica y podría haberse originado como consecuencia del incendio y ruina definitiva de la empalizada (Lám. Los tests de consistencia (Stuiver y Reimer, 1993) para valorar la equivalencia estadística de las 9 muestras mencionadas indican que: La coherencia de las muestras, particularmente sorprendente si se considera la dispersión del área de procedencia, hace innecesario su redondeo a la década más próxima. OTRAS REFERENCIAS CRONOLÓGICAS DE ÁMBITO REGIONAL Entre el curso del río Nalón hasta la ribera del río Eo tan sólo otros tres emplazamientos castreños disponen, junto al Chao Samartín de dataciones absolutas. Uno de ellos, el de Mohías, carece de resultados que pudieran aproximarse al ámbito cronológico abordado en este artículo. No ocurre así con los otros dos: San Chuis, en Allande, y Os Castros, en Taramundi, donde, además, existen indicios arqueográficos que sugieren una prolongada ocupación hasta época altoimperial. La muestra que proporcionó esta fecha fue obtenida a partir de semillas y carbones recuperados entre los sedimentos subyacentes a las construcciones que coronan la colina. Esta interpretación, elaborada a partir de la observación del perfil estratigráfico de procedencia, contradice abiertamente la ofrecida por los autores de su publicación, que le atribuyen relación de contemporaneidad con uno de aquellos edificios de planta circular (Cuesta et al. 1996: 231). -1654-: 2572 + 31 BP; + 31 BP; Cal BC 814-549. Las excavaciones en este yacimiento se desarrollan con periodicidad desde julio de 2000. Perfil estratigráfico sobre el frente de ladera en el que se identifican los depósitos originados por el incendio de la empalizada. En primer término los hoyos de anclaje para la estructura (A. Villa). explorada, aunque no muy extensa, ha proporcionado una secuencia estratigráfica de gran interés en la que se superponen -desde la Edad del Hierro hasta época romana-varias etapas constructivas sobre un recinto delimitado por defensas cuyo origen parece remontarse al Bronce Final. Ambas fechas proceden de muestras concentradas de carbón recuperadas en horizontes asociados al muro que protegió el área superior del asentamiento en su flanco occidental. El registro de dataciones radiométricas procedentes de castros asturianos se ha visto sensiblemente incrementado en poco más de una década. Ello ha propiciado un debate de extraordinario interés que ha contribuido a un avance inédito en décadas en la comprensión del fenómeno castreño en Asturias (3). Sin embargo, buena parte de estas nuevas fechas corresponden -dentro del ámbito cronológico tratado-al sector centro-oriental de la región, donde el modelo propuesto de formación y desarrollo de los poblados fortificados muestra divergencias de cierta relevancia con el constatado en el área occidental (Camino 2002: 141 y ss). Por esta razón, aún contando en común con más de 20 fechas cuyo intervalo se inicia hacia el año 800 a.C. (Alonso 2002: 340), no se consideró oportuno su examen y valoración conjunta. Por lo que respecta al castro de Chao Samartín un hecho parece probado: la fundación, entre el 801 y 778 a.C., de un establecimiento fortificado de carácter no residencial sobre la explanada que corona el yacimiento. Este intervalo podría corregirse hacia el comprendido entre los años 799-764 si se considerase para la datación fundacional el fuego encendido bajo el crestón (CSIC-1545). Más dificultades ofrece la determinación cronológica, desde un punto de vista estrictamente estadístico, la vigencia del asentamiento. En principio, se dispone de una fecha para los últimos sedimentos depositados sobre la ladera occidental, antes de su definitiva alteración topográfica, que les atribuye una antigüedad comprendida entre el 761-393 a.C. (CSIC-1544). Estos valores, que también son estadísticamente seme-jantes con los obtenidos en la pira (CSIC-1545), permiten su tratamiento conjunto. Los intervalos de confianza resultantes, cruzados con el registro arqueológico obtenido en las unidades estratigráficas afines, indicarían entonces Lám. Sobre la línea de acantilados que hacia poniente limitan el asentamiento destaca un robusto crestón al pie del cual fue instalada, a finales de la Edad del Bronce, una pequeña pira. En su caprichoso perfil y localización topográfica podrían adivinarse ciertos paralelismos con el que sirve de soporte al celebérrimo ídolo de Peña Tú, en el oriente de Asturias (de Blas 2003, 395). (3) Tras una pionera recopilación general para el N.O. peninsular (Carballo y Fábregas 1991), se publica una revisión conjunta de la totalidad de dataciones obtenidas en los castros asturianos (Cuesta et al. 1996) que prontamente habría de ser contestada con el modelo interpretativo desarrollado a partir de las investigaciones ya concluidas en torno a la ría de Villaviciosa (Camino 1999). En fechas más recientes se presenta una periodización renovada de los castros del occidente asturiano sobre nuevas dataciones (Villa 2002a), que sin duda habrá de constituir el modelo más sólido propuesto para la Edad del Hierro en Asturias. la probable amortización del complejo entre el 761 y el 679 a.C. Por tanto, el primitivo recinto construido en torno al año 800 a.C. podría haber pervivido no más allá de un siglo tras su fundación. Con toda seguridad, el depósito en cista de los restos humanos formó parte de aquel paisaje, tal vez de su liturgia fundacional, en modo y manera por ahora desconocidos pero temporalmente inmediatos. El marco cronológico propuesto para estos acontecimientos no es discordante, tal y como se ha probado, con el que las dataciones obtenidas en otros yacimientos próximos -Os Castros, en Taramundi o San Chuis, en Allande-indican tanto para su ocupación más antigua como para la posible clausura del periodo. Son éstos, en definitiva, argumentos que corroboran y precisan un hecho advertido en estudios de ámbito territorial más amplio por los que se concluía, a partir de las dataciones radiocarbónicas disponibles, el origen de los poblados fortificados en el N.O. peninsular durante el siglo IX a.C. (Carballo y Fábregas 1991: 262). Ángel Villa Valdés y Luis Cabo Pérez Tabla general de dataciones utilizadas en el texto.
Se presentan en este trabajo los resultados de una serie de análisis de C-l4 realizados sobre huesos quemados procedentes de siete tumbas a partir de los cuales se pretende fijar el ámbito cronológico y fases de desarrollo de la necrópolis de Palomar de Pintado (Toledo) en el I milenio AC. La necrópolis de Palomar del Pintado se localiza en la provincia de Toledo, en el término de Villafranca de los Caballeros, sobre una pequeña elevación que domina la confluencia del río Amarguillo con el Cigüela (Fig. 1). A pesar de las modificaciones del entorno y del paisaje con respecto al que fue contemporáneo de la necrópolis y el poblado durante la II Edad del Hierro, la actual topografía del terreno y la distribución de las tumbas conservan la morfología de una pequeña elevación que se destacaría de las tierras circundantes de la vega, siendo visible por tanto desde la ubicación del hábitat, del que según la estación le separarían zonas de marisma o tramos de inundación característicos del régimen fluvial de la zona. La fiabilidad de esta primera aproximación al paisaje coetáneo de la necrópolis vendría avalada por la pervivencia en la vega del Amarguillo de amplias zonas de vegetación palustre que delimitan el área de la necrópolis y los testimonios de los vecinos que se refieren a la zona como un paisaje inundado. Estas informaciones se ven refrendadas por el topónimo local para la zona de la necrópolis: Laguna del Rincón. Ya en las primeras noticias sobre esta necrópolis se señalaba como un elemento característico la variada tipología de sus estructuras funerarias, entre las que se destacaba los túmulos de planta rectangular construidos con piedras o adobes, en cuya zona central se localiza el enterramiento junto con el ajuar funerario (Carrobles y Ruiz Zapatero 1990). Dentro de este grupo de estructuras tumulares cabe diferenciar las que presentan el túmulo construido con losas de piedra como en el caso de la tumba documentada en la 1a campaña, y en las de superestructura de adobe documentadas de las campañas recientes con un alzado de 1/3 hileras de adobes que enmarcan un espacio funerario de planta circular enfoscado con yeso y cota de profundidad por debajo de las hiladas de adobes. El sistema de cierre en ambos casos es el habitual en la necrópo-lis mediante losetas de adobe, que presentan un efecto cromático alternando las de color más oscuro con las de color mas claro, y con un de encintado de color avellana claro que rodea todo el perímetro del túmulo. A este tipo de estructuras funerarias se les adjudica paralelos bastante claros en la necrópolis albaceteña de Los Villares (Blánquez 1991), y en las conquenses de El Navazo (Galán 1980), Buenache de Alarcón (Losada 1966), y más recientemente la de Iniesta (Valero 1999). La propuesta de conexión cultural con estos conjuntos funerarios, propone la existencia de un vector de iberización desde el Sureste Peninsular hacia el Valle Medio del Tajo (Carrobles 1995). Aparte de las estructuras tumulares la mayoría las estructuras funerarias no debieron presentar en su fase de construcción y uso una superestructura que las destacara de un modo especial de su entorno Las localizaciones de las tumbas de estructura más sencilla se detectan a partir de la localización del cierre de la misma de planta cuadrada a base de una o varias losetas de adobe que en ocasiones aparecen rodeadas de un encintado similar al de las estructuras tumulares. En otros casos, lo que se detecta en superficie es el perímetro circular/rectangular de la boca de la tumba delimitado por una fina línea blanca que corresponde al enfoscado de yeso interior de la tumba que con frecuencia suele cubrir el borde de la misma y la superficie de alrededor. Junto con las estructuras de deposición funeraria también se han documentado varios "Quemaderos" o "Ustrina". Suelen tener una planta rectangular/ovalada de 1 '50 por 0' 60 mts y aparecen ligeramente excavados en el terreno con una profundidad que no llega a los 10 ctms. Localizados en el sector más externo de la necrópolis, la única evi-dencia documentada en estas estructuras es la presencia de tierra cenizosa de color oscuro, que da pie a distintas interpretaciones. Éstas podrían ir desde las dudas sobre su correcta interpretación como quemaderos, a la consideración de una recogida sistemática y exhaustiva de los restos de la cremación que contrasta con las evidencias documentadas en la necrópolis toledana de Las Esperillas en la que se han documentado estructuras de combustión con una espesa capa de cenizas (García Carrillo y Encinas 1990 a). Una última interpretación apuntaría a la acción de agentes naturales o antrópicos sobre dichos quemaderos una vez utilizados (Mohen y Coffyn 1970: 99). Además de estas estructuras también hemos identificado puntos de combustión de escasa extensión y potencia estratigráfica con restos de fauna cerámica y recipientes de vidrio que hemos denominado "hogueras", similares a otras documentadas en necrópolis ibéricas de la Alta Andalucía (Cabré y Motos 1920: 20). La funcionalidad de estas hogueras estaría relacionada con distintos aspectos del ceremonial funerario antes, durante y después de la cremación y entierro. Un último tipo de estructura funeraria diferente de las tumbas y documentado desde las primeras campañas (Carrobles y Ruiz Zapatero 1990: 240) estaría representado por fosas de planta rectangular, aunque contamos con algún caso de perímetro irregular, y una media de 50 ctms de longitud. En algunas ocasiones presentan forma de artesa en su sección longitudinal. Se destacan y delimitan perfectamente por el color gris/cenizoso de su superficie y suelen ir asociadas a distintos tipos de tumba. La distribución de los materiales en el interior de las estructuras funerarias viene determinada por la morfología y tamaño de la tumba y por el volumen y número de los recipientes cinerarios y los elementos integrantes del ajuar. En el caso de las tumbas más sencillas, en hoyo de planta circular la urna cineraria se coloca en posición central rodeada y en ocasiones entibada por el resto de los recipientes del ajuar. La escasez de espacio en este tipo de estructuras provoca en ocasiones la fractura de los recipientes que son forzados a acomodarse en un espacio restringido. En alguna ocasión ante la falta de espacio uno de los pequeños recipientes que integraba el ajuar fue depositado en el interior de la urna cineraria junto con los restos cremados. En las tumbas que cuentan con mayor espacio, se procura una división del mismo, y se documenta que en la medida de lo posible se tiende a localizar el depósito de los restos cremados en un área concreta, tanto si se guardan en su recipiente como si se colocan directamente sobre el suelo de la tumba que por lo general suele ir revocado de yeso al igual que las paredes. El resto de los elementos que integran el ajuar, sobre todo los recipientes de ofrendas, se distribuyen alrededor ocupando el resto del espacio funerario. Casos especiales en cuanto a la constatación de un patrón específico de organización interna de la tumba y distribución de sus elementos estarían representados por las tumbas 11 y 48, que contarían con paralelos significativos en algunas de las necrópolis clásicas del mundo ibérico como las de la Alta Andalucía (Chapa y Pereira 1986, Pereira y Madrigal 1993). Estas tumbas que presentan una planta rectangular orientadas en el eje Este Oeste, presentan en el lado oriental una zona reservada que conforma un banco en el primero de los casos y una plataforma o caja de adobe localizada en la mitad de la pared oriental en el segundo. En ambos casos la urna que actuaba como contenedor de los restos cremados fue depositada en la zona reservada del lado oriental. El resto de los recipientes y elementos del ajuar se depositó en el suelo de la tumba en una cota más baja. La norma general de la necrópolis es la del enterramiento individual: Una tumba = un individuo. Sin embargo contamos con algunas evidencias que demuestran que al igual que otras necrópolis del mundo ibérico, se practicaron distintas variantes de enterramientos múltiples (Pereira et al. 1998). En algunos casos las evidencias son indirectas como el caso de tumbas de gran tamaño en las que solo se documentó una urna cineraria, quedando un amplio espacio sin ningún tipo de depósito, ni de ajuar ni ofrendas o las cenizas de la cremación. El espacio sobrante parece sugerir que fue concebido para un número mayor de enterramientos que no se llegaron a realizar. En otro caso la excavación de la tumba proporcionó dos niveles de materiales asociados cada uno a un depósito de restos cremados. La disposición estratigráfica, y el mejor estado de conservación de los restos del nivel superior, parecen indicar un deposito sucesivo en dos momentos diferentes, como se ha podido documentar en otras necrópolis ibéricas (Pereira y Madrigal 1994, Chapa et al. 1998: 91). En otro caso se ha podido documentar distintos depósitos de restos cremados o no, en urnas cerámicas, en el suelo de la tumba y en el anillo de cenizas que rodeaba la tumba. El análisis de estos restos antropológicos ha permitido la identificación de dos adultos y un infantil cremados junto con un neonato inhumado, que debieron ser depositados al mismo tiempo y cuyo único paralelo por el momento procede de La Serreta (Llobregat et al. 1992). Idéntica circunstancia de simultaneidad hemos documentado en una de las tumbas de las últimas campañas, en la que se utilizó como contenedor de los restos cremados de dos individuos el mismo recipiente cerámico. En las tumbas donde se ha documentado el uso de recipientes cinerarios cerámicos para el deposito de los restos cremados, éstos se pueden incluir en el repertorio general de la cerámica ibérica. Son urnas a torno de tamaño medio o grande, en las que podemos distinguir dos sistemas de decoración: el clásico de los alfares ibéricos, a base de motivos geométricos sencillos pintados con pincel múltiple como, semicírculos y sectores de círculos concéntricos junto con tejadillos y ondulados paralelos, verticales y horizontales. Estos motivos se distribuyen ocasionalmente sobre el borde y sobre todo por la superficie exterior de los vasos en frisos delimitados por grupos de bandas horizontales y paralelas, y en algunos casos como los kalathos troncocónicos con un motivo estampillado. El segundo sistema decorativo pintado es muy característico de los repertorios cerámicos de la 2a Edad del Hierro de la Meseta Sur a base de una decoración pintada que aplica un engobe en distintos tonos de rojizo y marrón con brochazos irregulares mostrando el fondo arcilloso del recipiente velado más o menos intensamente por franjas irregulares de pintura. Este tipo de decoración, que suele recibir la denominación de "jaspeada", es valorada como uno de los elementos representativos del repertorio cerámico carpetano (Blasco y Sánchez 1999: 130). En cuanto a la morfología, las formas que predominan son las bitroncocónicas, globulares con tendencia esférica, ollas, caliciformes, crateriformes y piezas de cuello acampanado, con algunos ejemplares que recuerdan formas carenadas a mano propias del sustrato de la I Edad del Hierro, que aparecen fabricadas a mano. Junto con los recipientes cinerarios aparecen otra serie de piezas a torno a torno de menor tamaño de perfiles cerrados y tendencia globular o esférica como integrantes de los ajuares. Aparecen también formas abiertas como páteras de barniz rojo, cuencos con o sin decoración y platos que en ocasiones cumplen la función de tapadera de las urnas cinerarias. Como elemento peculiar de los conjuntos funerarios de esta necrópolis, hay que reseñar la aparición sistemática de una serie de recipientes de pequeño tamaño. Están hechos a mano con una pasta de color negruzco o gris oscuro, poco cuidada mal decantada con degrasante muy grueso, siendo su función con toda probabilidad la de vasos de ofrendas. Esta característica de los pequeños vasos de ofrendas a mano permite de alguna manera en un apartado significativo del ritual como es el depósito del ajuar (Rafel 1985: 23) caracterizar esta necrópolis frente a las "coetáneas "del área conquense y toledana (Carrobles 1995: 256). Y así mientras algunos aspectos tipológicos de las cerámicas y las estructuras funerarias se asemejan a los documentados en la necrópolis de Las Madrigueras (Carrascosa del Campo, Cuenca) (Almagro Gorbea 1969) localizada tambien en el valle del rio Cigüela, necrópolis del ámbito territorial más cercano presentan importantes diferencias en cuanto a ajuares y estructuras. En el caso de las toledanas de Las Esperillas (García Carrillo y Encinas 1987) o Casa de Soto (Carrobles 1995) son frecuentes las cerámicas con decoración a peine o los vasos polípodos con abundantes paralelos en la Meseta Norte (García Carrillo y Encinas1990b), mientras que en las del área conquense como el Navazo (Galán 1980) y Buenache (Losada;1966) destaca la práctica ausencia de los pequeños vasos en el ajuar funerario. En el apartado de los objetos metálicos, hay que reseñar en primer lugar la escasa presencia de armas en los ajuares ya que prácticamente en las primeras campañas se reducía su número a dos pequeños cuchillos afalcatados, mientras que en los últimos trabajos de excavación si bien el número de hallazgos no ha aumentado exageradamente, si lo ha hecho el tipo de armamento documentado. Además de nuevos ejemplares de cuchillos afalcatados uno de los cuales conserva parte de las cachas de hueso, contamos con una falcata (Quesada 1990 a y b)de excepcional morfología (1), así como conjuntos de piezas que parecen corresponder a distintos equipos de guerrero y que todavía no podemos identificar con claridad hasta que concluyan los laboriosos procesos de consolidación y limpieza, pero que nos permiten identificar la presen-cia en estos equipos de soliferra y espadas cortas de hoja recta. En el resto de los elementos de ajuar destacan los objetos de adorno y atavío personal que suelen aparecer en el interior de la urna cineraria con los restos cremados. Cabe reseñar en primer lugar los fabricados en bronce destacando los anillos simples, botones, cuentas de collar, colgantes y una fálera decorada con una esvástica que presenta acanaladuras para incrustar algún tipo de material decorativo como hueso o marfil. En cuanto a las fíbulas destacan sobre todo las anulares con una amplia repertorio de todos lo tamaños y tipologías (Cuadrado 1957, Ruiz Delgado 1989), apareciendo hasta cinco ejemplares dentro de la misma urna cineraria, una de las cuales por su pequeño tamaño tiene como paralelo más directo la pequeña fíbula del grupo 10 de Cuadrado que cierra el cuello de la túnica de la Dama de Elche (Vives y Sáez 1997: 9). Se han documentado también numerosas cuentas de collar, anillos y restos de un posible amuleto de pasta vítrea, así como fragmentos de aryballos que suelen a parecer en las estructuras de planta cuadrada rellenas con tierra cenizosa. En hueso o marfil cabe destacar la aparición de fragmentos de plaquitas decoradas con incisiones pertenecientes a cajitas para guardar objetos o productos de uso personal. Las fusayolas, tradicionalmente adscritas al ámbito femenino aparecen por lo general en el interior de las urnas cinerarias, salvo el caso excepcional de una tumba con 15 ejemplares de distinta tipología y cuidada factura, que aparecieron sobre el enfoscado de yeso junto con un alisador de cuarcita. SECUENCIA CRONOLÓGICA Y CULTURAL Todas estas evidencias funerarias se articulan en un espacio concreto cuya primera propuesta de interpretación considera que estuvo en uso sin interrupción durante más de cuatrocientos años, a tenor de las estructuras funerarias utilizadas y la superposición de las mismas (Lám. I) que permiten proponer la siguiente secuencia. Fase I.-Caracterizada por la presencia de tumbas en hoyo simple o fosa cuadrangular, entibadas con piedras así como restos de posibles quemaderos. Estos enterramientos se disponen sobre un nivel que en el sector norte ha proporcionado restos (1) La falcata esta actualmente en proceso de restauración documentación y estudio. Presenta una tipología claramente andaluza y por su tamaño se puede clasificar entre las cinco más grandes documentadas en la Península Ibérica (Comunicación personal de D. Fernando Quesada). Estuvo decorada con un damasquinado en plata localizado en la hoja y la empuñadura. I. Vista general de la necrópolis, con indicación de las tumbas fechadas. de un hábitat de pequeña entidad que a tenor de los materiales documentados se puede fechar en torno al Bronce Final. Las urnas de incineración son a mano con un ajuar escaso, en el que cabe destacar la presencia de objetos de hierro. La cronología de esta fase se centraría entre finales del siglo VII y principios del siglo VI a.d.C, paralelizable con Madrigueras. Fase II.-En la que junto con "quemaderos" predominan las tumbas en hoyo simple sin superestructura, que delimite su perímetro. La superficie de la tumba, las paredes y el fondo pueden presentar en ocasiones un revoco de yeso, que también se utiliza para moldear soportes integrados en el interior de la tumba donde colocar los vasos funerarios. Aparecen también las estructuras de planta rectangular colmatadas con tierra cenizosa y en ocasiones con elementos de ajuar. Esta fase paralelizable con el horizonte de Carrascosa II se puede fechar en el siglo V a.d.C. Fase III.-Aparecen las tumbas de planta cuadrada y rectangular, junto con las que presentan superestructuras o túmulos de 2/3 hileras de adobe con un encintado perimetral más claro. Aparecen también tumbas más sencillas de planta cuadrada oval y circular enfoscadas en yeso. Otro tipo de tumba de mediana entidad, presenta una planta rectangular con estructura internas de adobe que compartimentan el espacio funerario. Es en esta fase donde se han documentado los únicos ejemplares de cerámica griega, en los sectores excavados en las primeras campañas: Dos "kantharoi" áticos de barniz negro de la forma 40 C de Lamboglia con una cronología de la mitad del siglo IV a.C. (Arribas 1987). La incineración es el ritual utilizado al igual que en la fase anterior. La cronología proporcionada por las piezas áticas y los distintos tipos de fíbulas anulares permiten encuadrar esta fase en el siglo IV a.d.C. Fase IV.-Se mantiene el uso de estructuras tumulares de planta rectangular o cuadrada, junto con fosas ovaladas, de planta rectangular y enterramientos en hoyo. Es en esta fase donde hemos documentado la coexistencia del ritual de la incineración con el de la inhumación que se practicó en el caso de un adulto y tres individuos infantiles de muy corta edad, circunstancia poco habitual pero tampoco excepcional en el panorama funerario ibérico (Pereira y Madrigal 1993). La cronología propuesta para esta fase a partir de los restos de armamento y elementos de adorno personal sería la primera mitad del siglo III a.d.C. Fase V.-En la que se han documentado tanto tumbas en hoyo, como un túmulo de planta cuadrada realizada con losas de arenisca local, con el espacio funerario localizado en el centro. Estas tumbas que se localizan en la cota más alta de la elevación natural sobre la que se asienta la necrópolis corresponderían a la última fase de utilización de la misma, que se fecharía en la transición del siglo III al II a.C. En la actualidad los resultados obtenidos dentro del proyecto de investigación programado, van a permitir el estudio y análisis de un total de 140 estructuras o conjuntos funerarios, en los que se incluyen los documentados en las campañas previas al diseño y desarrollo del proyecto de actuación integral sobre el yacimiento (Carrobles et al. 2000). Este volumen de datos hacen de esta necrópolis junto con la de Las Esperillas (Santa Cruz de la Zarza, Toledo) (García Carrillo y Encinas 1987;1990a), los dos referentes básicos para interpretar el desarrollo del mundo funerario carpetano (Blasco y Barrio 1992) desde el Hierro I hasta la romanización. Sin embargo el protagonismo de estas dos necrópolis toledanas no implica que sean las únicas conocidas. En los límites del territorio carpetano que actualmente manejan distintos investigadores (Blasco y Sánchez 1999) se conocen otras manifestaciones y conjuntos funerarios como los de Villanueva de Bogas (Llopis 1950), Illescas, Ocaña, Yepes, Pantoja y Mocejón en Toledo (Mapa), junto con Valmatón (Guadalajara) y El Espartal, La Gavia, Titulcia, Aranjuez y Perales de Tajuña en Madrid (Blasco y Barrio 1992). Sin embargo en los yacimientos reseñados el volumen y la calidad de los materiales documentados no tienen por el momento la suficiente entidad para completar los rasgos que a partir del ritual, estructuras y ajuares documentados en Las Esperillas y Palomar de Pintado se pueden consideran como definidores de la etnogénesis carpetana (Blasco y Sánchez 1999: 129). En los trabajos sobre las etnias prerromanas, consolidados desde la década de los 90 (VV.AA. 1992, Chapa y Pereira 1994), una de las estrategias utilizadas es la contrastación del registro funerario con el de territorios vecinos, para delimitar los rasgos discri-minantes que permiten identificar territorios con elementos de identidad propios, susceptibles de ser adscritos a una etnia. En este tipo de estudios que completan y matizan los datos de las fuentes escritas, el papel de las necrópolis en las que se documentan prolongados períodos de utilización junto con variantes de los rasgos que se consideran significativos, adquiere una valor de referencia indiscutible. En el caso que nos ocupa de la necrópolis del Palomar de Pintado, las características de su registro funerario han propiciado su inclusión e identificación como perteneciente al mundo carpetano dentro del área ibérica de la Meseta Sur (Blasco y Barrio1992, Blasco 1992, Blánquez 1999). Esta adscripción, cobra mayor interés a partir de los paralelos que se pueden establecer con otras necrópolis de la zona occidental de Cuenca, en las cuencas superiores de los ríos Záncara y Cigüela, como la de Las Madrigueras en Carrascosa del Campo (Almagro Gorbea 1969, Lorrio 1999: 118). Este estratégico territorio que ocupa el centro del Oriente de la Meseta Sur, se configura como una vía de paso, un territorio de transición de difícil adscripción étnica, pues mientras algunos autores lo incluirían en los límites de la Carpetania, para otros su vinculación con el área celtibérica es indiscutible (Lorrio 1999: 118). Lo que si parece fuera de toda duda es la vinculación de esta franja de transición a los influjos procedentes del Sureste y el área levantina responsables de la iberización del área carpetana, que explicaría las semejanzas en el registro funerario entre las tierras toledanas y conquenses. Esto se correspondería con una delimitación territorial y étnica fluctuante para el sector oriental de la Carpetania, a lo largo de la II Edad del Hierro (Blasco y Sánchez 1999). La situación geográfica de la necrópolis de Palomar de Pintado en el sector suroriental del área carpetana vinculada a esta franja de transición, así como las características ya reseñadas de su registro funerario, la convierten en un yacimiento idóneo en el que la aplicación un protocolo de fechaciones de C-14 permite avanzar en un doble objetivo. El primero en el de fijar su ámbito temporal y secuencia de uso, hasta ahora basada en criterios estratigráficos y tipológicos. El segundo, avanzar en la precisión de la llegada y desarrollo de los distintos influjos del área ibérica que incidieron en el proceso de etnogénesis de las comunidades prerromanas que las fuentes identifican como carpetanas. Presentamos a continuación como resultado de la aplicación de este protocolo (2) siete fechas radiocarbónicas procedentes de otros tantos conjuntos funerarios representativos de la propuesta de secuencia de utilización de la necrópolis ya reseñada para la necrópolis de Palomar de Pintado. La selección de los restos antropológicos de las incineraciones como el material sobre el que efectuar los análisis radiocarbónicos se basó en los siguientes argumentos. En primer lugar cabe destacar los buenos resultados que el sistema de Carbono 14 AMS está proporcionando para la fechación de las necrópolis de incineración (Chapa 2000: 15).Por otro lado los restos óseos cremados se han documentado en un volumen muy significativo por tumba, más de la mitad de las incineraciones supera los 300 gms., y era fácil obtener muestras en torno a los 20 gms que solicitaba el protocolo del laboratorio. El que todas las muestras fueran del mismo material añadía un factor de homogeneidad para la coherencia de los resultados, así como su contexto, ya que salvo en un caso todas las incineraciones seleccionadas habían sido extraídas de sus respectivos contenedores cerámicos. En otro orden de cosas la fechación de los restos óseos cremados permite precisar la fecha de construcción y utilización de las tumbas, que en esta necrópolis y en su gran mayoría debió ser inmediata o simultánea al ritual de cremación. Contexto arqueológico: La tumba, que corresponde a la última fase de la necrópolis, consistía en un hoyo de boca circular cuyo borde y superficie interna se cubrió de yeso. En el centro y rodeada de otros vasos de menor tamaño se colocó una urna a torno decorada con un motivo de semicírculos concéntricos (Fig. 2) que contenía los restos óseos cremados de los que se extrajo la muestra. Mezclados con los restos óseos se documentaron dos pequeños adornos de oro y un alisador lítico pulimentado. Contexto arqueológico: Estructura tumular de planta rectangular, formada por dos/tres hiladas de adobes. En el centro se localiza la boca circular de un enterramiento en hoyo, en el que se depositó una urna a torno de mediano tamaño con decoración jaspeada, acompañada de un vasito de ofrendas a mano. En el interior de la urna a torno (Fig. 2) se documentó los restos de la incineración de un infantil y un adulto al que corresponde la muestra analizada junto con restos de bronce y una cuenta de pasta vítrea. Esta tumba se correspondería con la reseñada fase IV de la secuencia de la necrópolis. Contexto arqueológico: Estructura tumular de planta cuadrada de varias hiladas de adobes de color oscuro, que se adscribe a la fase IV de utilización de la necrópolis. En el centro de la plataforma superior se localiza la boca circular del enterramiento delimitada por una línea de yeso correspondiente al enfoscado de yeso que cubre la superficie interior del espacio funerario. En el interior de la tumba se depositaron los huesos cremados de los que se extrajo la muestra, sin ningún tipo de contenedor. Sobre el conjunto óseo se encontraron tres pequeños vasos a mano (Fig. 2), uno de los cuales presentaba como tapadera un cuenco a torno. También aparecieron dos cuentas de collar y fragmentos de otras dos. Contexto arqueológico: Tumba de planta rectangular. En el lado menor oriental se construyó una pequeña plataforma de planta cuadrada en el que se colocó una urna a torno de cuello acampanado, decorada con motivos geométricos pintados monócromos (Figs. En el interior de esta urna se encontraron los restos cremados de los que se tomó la muestra para análisis, junto con elementos de adorno personal como fíbulas anulares de bronce. En la misma plataforma de la urna de incineración también se depositaron vasos de ofrendas a mano con tapadera. En el lado menor occidental junto con un vaso mediano a torno, se documentó un gran vaso de perfil cerrado globular, que solo contenía tierra cenizosa y un pequeño arete de oro. Esta tumba se adscribe a la fase III de uso de la necrópolis. Material: Hueso humano quemado Contexto arqueológico: Tumba adscrita a la Fase II de la secuencia de la necrópolis. Esta configurada por un hoyo en el que se depositó, entibada con pequeñas piedras, una olla mano de mediano tamaño, con dos "lañas" o refuerzos de yeso en el borde, y fondo plano. En su interior se encontraba la cremación de la que se extrajo la muestra para análisis, junto con un pendiente de plata, una posible fíbula de bronce y un fragmento de brazal lítico convertido en colgante. Contexto arqueológico: Esta tumba también se adscribe a la fase II de utilización de la necrópolis. Se trata de una tumba en hoyo de planta circular, con la particularidad de presentar una hornacina interna muy cerca de la boca. Toda la superficie interna de la tumba, así como la hornacina están revocadas con una espesa capa de yeso. Con el mismo yeso se han modelado en el fondo de la tumba una especie de soportes semicirculares, sobre los que se depositaron los vasos del ajuar y la urna cineraria de la que se extrajo la muestra para análisis (Figs. En el interior de la urna junto con los restos óseos quemados aparecieron dos fíbulas de bronce muy deterioradas y un cuchillo afalcatado de hierro. Adosada a la boca del enterramiento se documentó una pesa de telar de gran tamaño. Procedencia: Tumba 76 Material: Hueso humano quemado. Contexto arqueológico: Tumba en fosa de planta rectangular, rellena de tierra cenizosa, en la que se incrustó una urna a mano de perfil globular con el fondo plano. El borde aparece ligeramente exvasado y decorado con digitaciones (Figs. En el interior de la urna se depositaron los restos óseos cremados junto con un cuchillo de hierro y un brazalete de bronce. Esta tumba se adscribe a la Fase I de utilización de la necrópolis. Los resultados presentados (Tabla 1), si bien nos permiten matizar las primeras interpretaciones sobre la secuencia de uso y desarrollo de la necrópolis y delimitar con mayor precisión algunas de sus fases, han de correlacionarse necesariamente con los datos estratigráficos y tipológicos, incidiendo en un análisis más crítico de los mismos y en propuestas de interpretación más refinadas. Esta situación se hace más evidente sobre todo para las fechas obtenidas para las fases más recientes de la necrópolis, en las que a pesar de que la desviación estándar de las fechas no es elevada, los resultados obtenidos se solapan, de manera que será su relación estratigráfica la que nos permita una elección más ajustada de la fecha. En este marco, hay que destacar el caso especial de la fecha Beta 178470, correspondiente a la tumba 30 y cuyo resultado no puede tomarse en consideración, no solo por criterios estratigráficos, sino también por el análisis tipológico de la urna cineraria de la que se extrajo la muestra. Ante la discordancia con la fecha posible por su ubicación estratigráfica, una revisión detallada de la documentación planimétrica, y de los datos de la excavación, permitió confirmar la existencia de una alteración estratigráfica a partir de la formación de un basurero en época romana, lo que sin duda debió alterar las condiciones de conservación del enterramiento y que explicaría una fechación a todas luces aberrante. En lo que se refiere al marco cronológico general de la necrópolis (Fig. 2), la primera precisión que nos ofrecen los resultados obtenidos es modificar la primera interpretación de una necrópolis con continuidad de uso desde el primer momento. Desde la primera fase de uso de la necrópolis co-rrespondiente a Beta 176489 hasta la segunda fase representada por Beta 178472 (Tabla 1) hay un claro hiato cronológico que en una selección de fechas a la baja duró al menos más de un siglo y delimita en una perspectiva general dos momentos distintos en la necrópolis que probablemente se corresponden con realidades poblacionales y culturales diferentes. En esta primera fase en la que se inicia la necrópolis, la fecha de Beta 178469, sitúa entre el siglo X y IX a.C. el ritual de incineración para este sector del área manchega. Esta fecha se enmarcaría entre las procedentes de los territorios del Alto Tajo en la Meseta oriental como las de Herrería en la que la incineración aparece vinculada a influencias de los Campos de Urnas entre los siglos XII y X a.C. (Cerdeño et al. 2002) y la procedente de área levantina en la necrópolis de la Peña Negra en la que se reivindica el desarrollo del substrato autóctono y para la que contamos con una fecha (CSIC-360) de mediados del siglo IX a.C. (González Prats 2002). Palomar de Pintado aparece como un jalón más de la distribución de la incineración en la meseta Sur, asociada a otras manifestaciones funerarias como las de Munera (Albacete), Llano de los Ceperos (Lorca, Murcia), Collado y Pinar de Santa Ana (Jumilla) y Tiriez (Albacete) (González Prats 2002). Sin embargo las fechas de estos yacimientos no van más allá de mediados del siglo VIII a.C., lo que hace de Palomar de Pintado con la fecha calibrada a dos sigmas1060-880 A.C. la evidencia más antigua del uso de la incineración para el área manchega de la Meseta Sur. Esta fecha plantea además la disyuntiva de si nos encontramos ante la llegada de influencias de los Campos de Urnas favorecida por el declive del mundo de Cogotas I, o se trata como Tab. I. Resumen de las fechas radiocarbónicas. señala González Prats (2002) de una nueva dirección en el desarrollo de la población autóctona. El que la urna (Fig. 3) donde se depositó la incineración, presente un perfil globular y decoración digitada, más propia del mundo de Cogotas I que de los Campos de Urnas, sería un argumento a considerar en una futura propuesta que deberá contar con un mayor volumen de evidencias. Un caso más complejo es el ajuar metálico de esta incineración, constituido por una brazalete de bronce y un cuchillo de hierro. Este objeto de hierro se convierte en uno de los más antiguos de la Meseta, junto con el escoplo de la Muela de Alarilla (Guadalajara) (Méndez y Velasco 1986: 28) y la pieza de la tumba 32 de Arroyo Culebro (Leganés, Madrid) (Penedo et al. 2001). Tanto en el caso de la Muela, procedente de un contexto con cerámicas de Cogotas I, como en el de Arroyo Culebro que cuenta con una fecha de termoluminiscencia que permite llevar su cronología al siglo IX a.C., se pueden considerar al igual que el cuchillo de Palomar de Pintado como importaciones. La llegada de estas importaciones puede interpretarse bien como resultado del establecimiento de redes indígenas de intercambios comerciales atlánticos-mediterráneos (Ruiz Gálvez 1998: 296-304), o como defienden otros de un secuencia de contactos precoloniales (Almagro Gorbea 1992). En esta discusión científica sobre la temprana presencia de elementos de hierro tanto en la periferia como en los territorios del interior de la península, el cuchillo de hierro de Palomar se une como una evidencia más a los nuevos hallazgos como el de Castelo de Beijós (Viseu, Portugal) en el que se ha documentado un cuchillo de hierro afalcatado con una fecha calibrada entre 1310-1009 A.C. (Senna-Martinez 2000: 56). Es en la segunda fase de utilización de la necrópolis, donde la continuidad de uso aparece de modo claro en los solapamientos de las fechas obtenidas si bien en la fase final se aprecia una distorsión estratigráfica. El posible hiato cronológico apreciable para el final de la ocupación de la necrópolis tendría más que ver con la elección de las tumbas representativas, que con la existencia real del mismo. Como se puede ver en la figura 2 en la que aparece la posición estratigráfica de las tumbas con la representación de su profundidad de boca a fondo, incluyendo con la fecha radiocarbónica calibrada, piezas de la tipología cerámica más representativa, a fin de conseguir la interrelación de datos que antes señalábamos. 1 y 3), que cuentan con paralelos muy claros en las tumbas III, XXXV, y LIV de las Madrigueras (Almagro Gorbea 1969) (Mena 1984) el Navazo (Galán 1980), Villanueva de los Escuderos (Mena 1984)y en la tumba 36 de Las Esperillas (García Carrillo y Encinas1987: 52) representativas de la Fase Carrascosa II con una cronología propuesta de finales del siglo V a.C. En la tumba 25 la posición estratigráfica ha sido el criterio determinante para elegir la fechación más baja calibrada, que no presenta discrepancias con el análisis tipológico de los materiales cerámicos de su ajuar. El siguiente momento de utilización está representado por las tumbas 48 y 3 (Figs. 1 y 4) correspondientes a Beta 178473 y Beta 178474 respectivamente, en las que hemos seleccionado las fechas calibradas más próximas 380 y 370 A.C. respectivamente, que parecen más coherentes con su posición estratigráfica y que en el caso de la tumba 48 tiene una confirmación en una fecha de termoluminiscencia (3) de principios del siglo IV a.C. Estas dos tumbas muestran para esta fase de la necrópolis la convivencia del modelo de tumba en hoyo con otras de diferente y compleja tipología., así como variantes en la deposición de los restos humanos cremados, como su deposito directamente sobre el suelo, sin ningún tipo de contenedor. El mismo panorama de variabilidad encontramos en los ajuares lo que nos permite documentar la consolidación de la influencia del área ibérica en las decoraciones y tipos de los ajuares cerámicos, por un lado y el desarrollo y aceptación de elementos autóctonos como los pequeños vasos a mano de pasta oscura, complemento del ajuar y en ocasiones elemento principal, así como la decoración "jaspeada en recipientes a torno de mediano y gran tamaño. Para la última fase de ocupación de la necrópolis la agrupación de las fechas Beta 178475 y Beta 178476, en torno al primer cuarto del siglo II, si bien desde el punto de vista de la tipología de los ajuares no ofrece inconvenientes, si presenta una cierta falta de correlación en cuanto a la posición estratigráfica de Beta 178475, correspondiente a la tumba 9 con respecto a la tumba 3 de la fase anterior, acentuada por el hiato cronológico existente entre las fechas calibradas de ambas (Fig. 2). Esta circunstancia nos lleva a plantearnos la posibilidad de que conforme avanza el uso de la necrópolis las reiteradas superposiciones que se producen desde el siglo IV van a llevar a la colmatación del espacio funerario, cuyos límites se ampliarían hacia el sector Este en el que se localizó la tumba 9 que presentaría una cierta distorsión estratigráfica. De esta manera en la selección de conjuntos funerarios se descartaron otros de indudable continuidad en las superposiciones de tumbas pero de estructura sencilla como las tumbas en hoyo, a favor de la tumba 9 que presentaba una variante de las estructuras tumulares, pero la fecha que nos ha proporcionado presenta los inconvenientes antes reseñados. Como resumen de las aportaciones del conjun-to de fechas presentadas cabe resaltar para la primera fase de la necrópolis de Palomar de Pintado, la temprana presencia del ritual incinerador y de objetos de hierro en el área manchega, que no deben atribuirse necesariamente a estímulos del mundo de los Campos de Urnas. En cuanto a la segunda fase, hay que destacar un primer momento a finales del siglo V a.C. que muestra interesantes puntos de contacto con necrópolis del Horizonte Carrascosa II, que confirma la interpretación de otros investigadores de lo complejo que resulta en este momento la identificación étnica de este territorio (Fig. 6) surcado por el Záncara y el Ciguela al que llegan las primeras influencias del área ibérica (Almagro Gorbea 1999). A partir de la segunda mitad del siglo IV a.C. parecen consolidarse elementos funerarios que se adscriben a la etnia carpetana (Blasco y Sánchez 1999) (Lorrio 1999) y que se van a mantener hasta los inicios del siglo II a.C., en que deja de estar en uso la necrópolis, coincidiendo con las noticias de las fuentes (Almagro Gorbea 1999) de una fuerte oposición de las comunidades carpetanas a los intereses de Roma.
RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA ALMUDENA HERNANDO: Arqueología de la identidad. Siempre he sentido gran admiración por las personas que dedican una parte de su tiempo y de sus energías a indagar sobre los propios sistemas o modos de indagación, es decir, a razonar sobre el razonamiento. En mi colegio, a esto se le llamaba Filosofía, y de su árido y obligatorio estudio a mí sólo me quedaron en la mente preguntas extrañas que nunca tuvieron respuesta, como el significado de flojisto o del curioso verso barbara-celarem-darii-ferio. Ya en mi madurez, enfrentándome a diario con el duro trauma de la relativización de la Historia que investigo y enseño, mi visión y mi aprecio por la Filosofía ha sufrido una fuerte transformación, y ahora considero un verdadero regalo del destino el encuentro con un texto o con un discurso que me ayude a bajar la difícil escalera de los profundos y subterráneos porqués. El libro de Almudena Hernando es uno de esos textos especiales, ricos, explicativos, regaladores de ideas, abridores de puertas y ventanas, un libro inesperadoaunque no tanto para quien conozca un poco a la autora-sobre todo porque procede del área de conocimiento de "Prehistoria", un campo en el que lo que se suele encontrar son piedras, cerámicas, huesos y, cuando hay suerte, alguna estructura de habitación. La profesora Hernando no parece ser arqueóloga en este libro, al menos en ese sentido asumido de "relatora de objetos" al que nos ha habituado la terrible y pesada coletilla de "restos materiales" que acompaña a cualquier definición de Arqueología. Sin embargo, debo señalar que nunca he leído un libro con más vocación de ser "de Arqueología" (de Arqueología profunda) que éste. Porque veamos: lo que se pretende a través de nuestra vapuleada ciencia -a la que todavía algunas personas llaman "procedimiento técnico" y confunden con la exacta perfección vertical de los perfiles-es el conocimiento de las sociedades humanas del pasado. El pasado, ahí, es un mundo inmenso y perdido sobre el que hacer cábalas; pero esas cábalas, bien lo sabemos, sólo las podemos hacer desde nuestro "presente", es decir, desde nuestro propio y sin duda subjetivo pensamiento/circunstancia. La autora deja esto claro con especial insistencia a lo largo de toda su obra: "Ser humano" es lo que somos, tal como nos definimos, y como esa definición o autorreconocimiento encierra muchos puntos subjetivos y circunstanciales -dónde hemos nacido, cómo nos hemos educado, qué o cuál tendencia nos gusta más, de qué color son nuestras gafas de ver el mundo-, si reconocemos en un grupo del pasado a "seres humanos", les colocamos de inmediato todo o casi todo el paquete de circunstancias y puntos subjetivos que constituyen nuestra propia definición, ya que sin ellos no podríamos comprender lo que definimos como "ser humano". Pero ¿qué ocurriría si los puntos subjetivos y circunstanciales que constituyen la base del autorreconocimiento de gentes del pasado, fueran radical y estructuralmente distintos a los nuestros? ¿Podríamos en ese caso aspirar siquiera a conocerlas o a comprenderlas? Estas son preguntas muy difíciles de las que cualquier persona que se dedique a la investigación histórica suele huir con verdadero pavor. Porque la respuesta positiva es poco creíble, y la negativa es arrasadora. Estas son preguntas de dolor de cabeza garantizado. Almudena Hernando parece tener la cabeza lo suficientemente resistente como para haberse atrevido con ellas incluso después del choque que sufrió con la Antropología, del que ya nos ha dejado bastantes pruebas escritas (ver, sobre todo Hernando 2000). Pero su respuesta final va a estar más cerca del arrasamiento -la negativa-que de la esperanza, por lo que el precioso título de su libro "Arqueología de la identidad", bien podría convertirse en una "Introducción a la noarqueología". La autora también lo dice con claridad desde el principio: "Mi proyecto [que era de Arqueología, claro está] no tenía ningún sentido; no tenía sentido estudiar los ritmos de desplazamiento por el territorio [de aquel grupo] desde mi concepto del territorio, porque [aquel grupo] tiene una percepción del territorio y del espacio, del tiempo y de la realidad, distinta a la mía" (p. A partir de ahí sus ideas fluyen con facilidad, con la misma facilidad con la que la autora salta de la Arqueología a la Antropología y de esta a la Psicología: los dos parámetros que mejor definen la identidad de las personas y de las sociedades son el tiempo y el espacio. Con esos dos parámetros las sociedades seleccionan el fragmento de realidad que usan en su vida, lo ordenan y lo representan. Algunas le dan más peso y más protagonismo al espacio, entonces su concepción del tiempo es estática y su forma de representar la realidad es el mito; otras le dan más peso y más protagonismo al tiempo, entonces su concepción del tiempo es dinámica y su manera de representar la realidad es la ciencia. Aquellos son "los otros", estos somos "nosotros". Y ésta es la rotunda dualidad sobre la que la autora construye su relato/explicación: si queremos conocer otras culturas, hay que investigar cómo esas culturas percibían su realidad, porque de lo contrario no las comprenderemos nunca. Aclarado esto, el público lector, sobre todo el que procede del mundo de la Arqueología, ya ha construido en su mente la gran pregunta: vale, de acuerdo, pero ¿cómo llegar a conocer algo tan profundo como la construcción de la realidad en base a las ideas que se tienen sobre el tiempo y el espacio si lo que yo encuentro, miro y mido son piedras, cerámicas o, en el mejor de los casos, estructuras de habitación? Pues no. La autora no da, ni lo pretende, fórmulas para contestar a esta pregunta (para contestar en definitiva a "¿es posible la Arqueología?"), porque lo que ella hace, lo que ella quiere hacer en este libro es llamar la atención sobre el problema, formularlo, darle entidad de identidad. Luego te deja, en la desazón y en el abandono, en ese regusto amargo que has estado paladeando durante todo el libro y que te ha obligado a pensar una y otra vez "Bien, de acuerdo, es así, pero ¿qué puedo hacer con mis piedras, con mis cerámicas o, en los mejores casos, con mis estructuras de habitación?" Como esta situación pensante es poco operativa, hay que coger un lápiz para señalar y volver a leer el libro con objetivos más concretos y con un mayor nivel de comprensión [esto suele suceder varios días después; mientras tanto el regusto amargo te ha acompañado con cierta constancia]. Ahora ya no buscas las razones porque ya las has entendido, ahora lo que buscas es la Arqueología, es decir, algún lugar en el que la autora relacione la teoría explicativa que está construyendo con los famosos y persistentes "restos materiales" de nuestras vidas. El primer atisbo de solución, sólo un atisbo, aparece, tras anunciarse, en la página 46, al final de su capítulo de introducción -magnífico sin duda; su sola lectura justifica todo el libro-. La autora ya ha dejado claro en el público lector que las distintas formas de contemplar el pasado que se han usado durante el último siglo y medio -porque antes, simplemente ese pasado no importaba-no han sido adecuadas porque partían de la subjetividad más absoluta y, lo que es peor, no eran conscientes de ello. Entonces se centra en el estructuralismo, la corriente que mejor le parece -aunque no dejará de criticarla todo el tiempo-y concluye que lo que ella pretende es algo poco ambicioso: asumir que existe una coherencia -una relaciónentre el control material de los fenómenos de la naturaleza -de la realidad-y el modo de percibir esa realidad; ahí, en ese "control material" puede estar la clave que estamos buscando, ahí puede residir la esperanza para la Arqueología. Más adelante, en el texto, continuamos encontrando alusiones más o menos veladas a esta cuestión: si las pautas tiempo/espacio -las definidoras de realidades-están relacionadas estructuralmente con la complejidad socioeconómica, bastará llegar a medir esa complejidad -ahí nuestras piedras, nuestras cerámicas, nuestras habitaciones-para atisbar lo del tiempo/espacio. En la página 56 esto es ya toda una frase: "Debe existir una relación estructural entre complejidad socioeconómica/ aumento de la división de funciones y especialización del trabajo/ desarrollo de la individualidad/ control material de la naturaleza no humana/ objetivación de los fenómenos de la naturaleza/ uso de los modelos metafóricos (científicos) para explicar las dinámicas de la naturaleza". De toda la interesantísima fila, nos quedamos con lo primero, con la "complejidad socioeconómica", porque esas son palabras que más o menos entendemos: nuestras piedras son (quieren ser) "cada vez más complejas", nuestras cerámicas son (quieren ser) "cada vez más complejas", y etc. Nos hemos educado en el evolucionismo unilineal "progresivo" más estricto y esa es precisamente nuestra manera de ver el mundo. Como si nos quedamos sin ella nos quedamos casi en la nada -y ese vacío no nos gusta-, respiramos con alivio: la autora nos ha convencido de que entre el grado de complejidad socioeconómica y todo lo demás (tiempo, espacio, identidad, representación, todo su discurso, en definitiva) hay una relación. No podemos conocer toda esta segunda parte de forma directa a través de la Arqueología, pero sí podemos -esto es sobre lo que llevamos trabajando todo un siglo; estaría bonito que no pudiéramos-llegar a conocer el grado de complejidad socioeconómica de un grupo humano del pasado estudiando sus restos materiales. Ahora, todo en orden. La autora nos ha dado una ley, en el mejor estilo procesualista... Como nos parece algo dudoso, porque al fin y al cabo ella ha pasado varias páginas criticando a fondo esta tendencia, volvemos a leer despacio y a buscar otras citas que nos corroboren la idea. "Sostengo que puede establecerse una relación estructural entre complejidad socioeconómica y modo de representación de la realidad" (pp. 59-60). "Las sociedades que no tienen un elevado grado de complejidad socioeconómica perciben y ordenan su mundo a través de representaciones metonímicas de tiempo y espacio..." (p. "... ello se relaciona directamente con la estrategia económica practicada y la dependencia o control de la naturaleza... " (p. " Fig. 10 (p.71): Relación estructural entre complejidad socioeconómica, control material de la realidad y aumento de la percepción lineal del tiempo". Citas en el mismo sentido se repiten en distintos contextos en la p. De forma especialmente clara en la p. Pero a la autora esta insistencia que se le escapa a veces hacia la consideración, aunque sea mínima, de los "restos materiales", no le gusta, y lo deja de nuevo claro en la p. 107, en la última frase de su primera parte: "La Arqueología de la identidad no tendría como función ni metodología, como he insistido ya tantas veces, un análisis que afectara a materiales arqueológicos, sino un análisis puramente teórico de las condiciones que tendría que haber revestido la identidad de cada grupo en estudio para que se respetara la ló-gica de la coherencia estructural con las condiciones de vida que nos revelan los restos materiales que de ellos nos quedan". La lectura lenta de esta frase nos coloca en una situación mental circular que se inicia en "no materiales arqueológicos" y que finaliza en "sí restos materiales"... Bien, estamos en lo nuestro incluso aunque no queramos; y aunque nos duela no poder dejar de lado las leyes, las dualidades y las repeticiones -nuestra lógica-somos procesualistas mientras hagamos Arqueología, sin remedio. Incluso aunque lo que hagamos sea esta "Arqueología de la Identidad". Aunque en realidad esta evidencia nos desilusione un poco, resulta del todo comprensible porque quien escribe este libro no es ni más ni menos que un ser humano; a convencernos de que realmente lo es, contribuye la lectura de la segunda parte de su obra, la dedicada a la "Historia", una parte en la que la propia identidad de la autora -su personalidad, sus características-, se deja ver sobre todo en la sección dedicada a la modernidad. Y es interesante seguirle la pista. Para empezar, la profesora Hernando eleva en esta parte de su libro su ley inicial al estatus de verdad o punto de partida, de modo que le resulta fácil dividir la historia en dos grandes partes en las que la oposición entre "modos de vida" y "percepción de la realidad a través de las concepciones del tiempo y del espacio" son claramente distintas. El primer grupo son las sociedades cazadoras/recolectoras -horticultoras y el segundo grupo, las productoras o campesinas. Esta es la división tradicional en la Prehistoria, que para la autora es dual y opuesta, sin aparentes intermedios, y para muchas/ os otras/os autoras/es es triple, por ejemplo, para mí misma (1985 y 1991) porque tenemos en cuenta a las llamadas "sociedades excepcionales", es decir, aquellas que conservando el modelo económico de la cazarecolección, presentan caracteres sociales propios de la producción, como la sedentarización o el almacenamiento. Y tanto para mí misma como para muchas otras investigadoras/es las divisiones duales resultan siempre demasiado extremas y poco reales. Así, por ejemplo, la autora asume que uno de los caracteres definitorios de sus sociedades del primer grupo (las cazadoras-recolectoras u horticultoras) es la ausencia de división de funciones y de especialización del trabajo (p. 117, 119), o el hecho de no tener "ningún dominio sobre los fenómenos del mundo" (p. Sin embargo, los estudios de la Antropología parecen demostrar que no existen sociedades en las que no haya división de funciones y especialización de los trabajos, al menos en grado menor, así como la imposibilidad de que cualquier sociedad sobreviva sin "ningún dominio sobre los fenómenos", sea este dominio real o imaginario (y ojo, porque muchos de nuestros pretendidos y cacareados dominios sobre los fenómenos de la naturaleza son más imaginarios que reales). Respecto sobre todo a lo primero (la inexistencia de sociedades sin división de funciones) podría recordar, sin ir demasiado lejos, los recientes trabajos del equipo de Asunción Vila y Jordi Estévez en el área de investigaciones sobre los Yámana de Tierra del Fuego (Argentina) que comenzaron hace ya más de una década. Este equipo consigue demostrar en más de una ocasión (ver, p.e. Vila 1998:77 o Vila y Ruiz del Olmo 2001:276) que el mantenimiento del sistema en los primeros momentos de la sociedad humana pasa fundamentalmente por unas determinadas relaciones asimétricas entre mujeres y hombres, relaciones que son desfavorables para las mujeres, ya que existe la necesidad de mantener un equilibrio entre la (re)producción de bienes y la (re)reproducción biológica/social; la única forma de controlar esta última es controlar a las mujeres, y "para poder ejercer el control sobre una parte de la sociedad, hay que desvalorizarla" (o.c. p.277). Sus conclusiones señalan también que da igual el tipo de trabajo que las mujeres hagan, lo bueno o malo de sus resultados o el tiempo que dediquen a ellos: lo importante es que realicen lo que realicen, su trabajo será menos valorado socialmente que el de los hombres. Y esto se traduce como desigualdad social. Así, aunque nos hubiera gustado mucho poder seguir soñando con la existencia de sociedades sin división de funciones, sin especialización de los trabajos y sin desvalorización del de las mujeres, parece haber demasiadas pruebas antropológicas en contra (arqueológicas no; la Arqueología es campo de sueños mientras no se le ocurra chocar con la Antropología). Algo parecido ocurre con el tema del dominio sobre los fenómenos, tema este en el que funciona más en todas las sociedades la ilusión que la realidad. Los grupos chimpancés saben (dominan ese fenómeno) encontrar agua y frutos; saben (dominan ese fenómeno) recolectar o pescar termitas; saben (dominan ese fenómeno) parir y educar a las criaturas. Y como esos y pocos más son "los fenómenos" de los chimpancés, pues resulta que esas sociedades "dominan sus fenómenos", aunque a nuestros ojos antropocéntricos y orgullosos, tal vez nos parezca irrisorio tal dominio. Y no hablo de aves, hormigas, abejas, delfines, tortugas... (y no hablo porque no sé, que ya me gustaría, ya). Así las cosas, si hay que plantearse la inexistencia de las sociedades a las que la autora se refiere en su primer extremo (capítulo VIII), a pesar de que ella nos habla de varias -por supuesto, todas etnográficas; aquí, ya lo he dicho, no hay Arqueología-, todo lo que nos relata sobre los caracteres de los grupos cazadores-recolectores podría no ser más que una suposición (uno de sus muchos "creo" o "quiero creer") destinada a prepararnos para el gran cambio. Para Almudena Hernando, el asunto de la desigualdad de las mujeres -me atrevería a decir que el verdadero quid de su libro-se inicia con los grupos agricultores de roza (p.132), y más que explicarla por la clásica maternidad (madres eran también cuando se llevaba la caza-recolección), lo atribuye al sedentarismo, que "marcó una diferencia significativa de vinculación al espacio entre los hombres y las mujeres del grupo social" (p. De ahí, en un razonamiento impecable, la autora nos lleva a la conclusión de que "al haber internalizado las mujeres un modo de identidad más relacional, a medida que la diferencia entre la individualización de ellos y la identidad adscriptiva de ellas era mayor, la sensación de pérdida emocional y de precio identitario y social que habían de pagar las mujeres si pasaban a mayores niveles de individualización aumentaba" (p. El terror a esa "pérdida emocional" va a acompañar a las mujeres hasta el día de hoy -occidente-. Tal pérdida produce "angustia" en cualquier ser humano, aunque especialmente en ellas. Y he colocado "angustia" entre comillas porque me parece curioso el empleo que la autora hace de este término, junto con los de "miedo", "impotencia" y el ya mencionado de "pérdida", todos ellos negativos (profundamente negativos), y todos ellos utilizados de forma cada vez más abundante conforme se va acercando el final del libro, es decir, conforme vamos llegando al momento actual, momento en que tales términos son los protagonistas (y eso que, según ella misma declara, el texto está escrito antes del 11 de septiembre del año de la odisea del espacio). Así, la "incipiente independencia de dios" causa angustia (p. 173), "los monjes y los sacerdotes sienten angustia ante el fin de la vida" (id.), y esa muerte es la que genera "terror" (p. A estas se le añaden muchas otras expresiones también negativas: sólo algún tipo de "desequilibrio personal" podía explicar el alejamiento de las mujeres viajeras de su tradicional función de esposa y madre (p.190); en varias frases, el "descontrol" de algún fragmento de realidad, genera "las más íntimas angustias" (p.193), esos cambios nos van alejando emocionalmente de los fenómenos de la naturaleza, de forma que "nos vamos sintiendo progresivamente solos y con un núcleo interior de emociones confusas que no sabemos manejar" (p.195)... Poco a poco la autora nos va convenciendo así de que "el mecanismo de orientación mítico, que se construye a través del espacio y no del tiempo, es mucho más consolador emocionalmente que el científico, propio de nuestra sociedad" (p.179). Qué nostalgia de un tiempo imposible... Todo eso era para los siglos anteriores al XX. Cuando este llega -es decir, cuando su historia, nuestra historia, termina-, el control que occidente consigue sobre el factor tiempo -con la sincronización del mundo occidental (p. 196)-y por supuesto sobre el factor espacio -cartografías-, hace que nuestra conexión emocional con la realidad sea distinta a la que caracteriza a los grupos humanos que no tienen esos controles; en este punto es en el que, según la autora, las mujeres se diferencian más de los hombres en el proceso de construcción de la identidad individual, y se diferencian sobre todo porque "una mayoría de los hombres no desean que ellas se individualicen" (p.199) y además, porque el coste de esta individualidad, en términos emocionales, es alto, supone siempre una sensación de pérdida y desconexión con el mundo (id.). Así, las angustias interiores pueden llegar a un grado extremo, ya que "el sentimiento de soledad profunda y desesperanza en la posibilidad de establecer vínculos emocionales duraderos puede entonces adueñarse del ser, conduciendo a muy difíciles estados emocio-nales... " (p. [Qué cerca de la autora y de millones de mujeres, qué lejos de la Arqueología]. Y ese es el ambiente contra-arqueológico de toda la última parte de este libro, y por supuesto de sus conclusiones. Es un ambiente de ensayo psicológico social sobre la situación actual de occidente, una situación de extrema fragmentación en la que los "adelantos" como internet sólo contribuyen a aumentarla. Según la autora, parece que caminemos hacia la destrucción emocional del grupo humano y encima no es fácil pensar en una salida para esta situación. La individualidad es una carga muy pesada para muchas personas, y muy en especial para las mujeres occidentales, educadas para no ser individuos independientes sino relacionales, y forzadas por la propia situación occidental a saltar al vacío de la independencia, a la soledad del corredor de fondo [que era un hombre, claro está]. Al final, cuando cierras el libro por tercera o cuarta vez, leyendo de nuevo el último párrafo, te das cuenta, ya de forma definitiva, de que Almudena Hernando no ha querido en realidad escribir un libro de Arqueología ni lo ha querido escribir desde la Arqueología; ella lo ha pensado -tal vez no de forma consciente-como un grito agudo destinado a combatir lo que no le agrada del mundo: el machismo, la fragmentación, la soledad, la desconfianza, la fragilidad de los sentimientos... La autora nos deja, como anuncié al principio, con un regusto amargo, con ganas de gritar ¡No puede ser así!, pero con una voz interior que te repite: lo es, probablemente lo es. Y seguro que era eso lo que ella pretendía. Releyendo a S. J. Gould, mi escritor científico favorito -recientemente desaparecido-, me doy cuenta de la cantidad de veces que en su larga obra nos intenta convencer, de formas distintas, de lo anecdótica que es la vida humana en el conjunto de vida del planeta tierra, así como lo curioso que le resulta comprobar cómo cada ser humano piensa que su momento es "el momento". En realidad, desde el inicio de la construcción de la modernidad -fenómeno occidental y avasallador donde los haya-han existido siempre voces [la inmensa mayoría masculinas] que nos han dejado sus palabras destinadas a combatir lo que no les agrada del mundo que observan o que viven: la explotación industrial, la ausencia de equilibrio en el reparto de la riqueza, la polución medioambiental, la sobreexplotación de los recursos, la xenofobia, el orgullo y la prepotencia, conceptos todos ellos tan "nuestros", tan de "nuestro momento", tienen ya una larga vida histórica, y han sido "nuestros" y "sólo nuestros" al menos en los últimos 300 años. La solución por antonomasia -para la autora, para mí, para varios miles de millones de seres humanos de ahora y de antes-está escrita en este libro de no-arqueología en su última frase: "un futuro que permita la convivencia y el respeto entre los distintos sectores de población... desde la convicción de que las diferencias en la manera de entender el mundo ilustran la asombrosa inteligencia, versatilidad y flexibilidad de todos los seres humanos y no la incapacidad de la mayoría frente a la capacidad de una minoría poderosa, que es, precisamente, la que escribe la Historia" (p. Ahora, cuando esa minoría poderosa parece ser más poderosa que nunca, hay que felicitar con calor a la profesora Hernando por haber unido su voz y la prodigiosa fuerza de su razonamiento a esta incapaz mayoría, demostrando de nuevo que, por lo menos, no siempre es muda. Desde que Carlos Cañal (1893) escribiera una primera revisión historiográfica de lo que por aquel entonces era considerado como una nueva ciencia, la Prehistoria, en los Anales del Instituto de Historia Natural, el interés por conocer la historia de esta disciplina se ha dirigido a reconocer la trayectoria de aquellos personajes que eran más trascendentales para su desarrollo científico plasmado en notas biográficas, necrológicas u homenajes. Desde 1990 esto ya no es así, si durante la década de los años 1980 la arqueología española despertó ante la necesidad de partir de un buen nivel teórico, en la de 1990, y como consecuencia de lo anterior, el conocimiento profundo y analítico de su historia ha sido el objetivo marcado por muchos investigadores. Esto se puede apreciar en la lectura de las primeras tesis sobre el tema, el volumen de artículos de prensa publicados, la celebración de dos congresos centrados en este tema, el primero de ellos en el año 1988 (Arce y Olmos 1991) y el segundo en 1995 (Mora y Díaz-Andreu 1997) y en este mismo año con la publicación de otra obra sobre la relación epis-tolar entre Pere Bosch Gimpera y Luis Pericot en la época de la Dictadura (García et al. 2003). Es en este contexto en el que se debe enmarcar el libro de Margarita Díaz-Andreu. Esta autora es una de las personas que están protagonizando por un lado la realización de análisis historiográficos sobre la arqueología española, que en parte se han recopilado en este libro, y por otro la difusión de la historia de nuestra arqueología a nivel internacional toda vez que ha sido la editora de algunas reuniones sobre historiografía en las que se han incluido trabajos sobre el Estado Español y la Península Ibérica. En ellas se tratan temas como el nacionalismo (Díaz-Andreu y Champion (eds.) 1996), el género (Díaz-Andreu y Stig Sorensen (eds.) 1998) y la historiografía (Díaz-Andreu y Keay (eds.) 1997); siendo reconocido su papel divulgando la arqueología peninsular en el mundo anglosajón (Strauss 1998: 283-284). Como confiesa la propia autora en el prefacio de este libro, su contacto con el panorama internacional nace ya en 1991 cuando recibió una beca post-doctoral que disfrutó en la Universidad de Londres y en los años 1992 y 1993 colaborando en la de Southampton. En 1994 consigue una plaza de profesora asociada en la Universidad Complutense para pasar a la de Durham como Lecturer en 1996, centro en el que permanece hasta la fecha. Durante la década pasada ha publicado diferentes trabajos historiográficos sobre la arqueología española tanto en las reuniones en las que ella misma ha sido editora como en diferentes publicaciones periódicas. El título de la obra, Historia de la Arqueología, Estudios, puede engañarnos al faltar una palabra que define correctamente la información del libro, "española" puesto que dicha Historia se centra en el Estado español y solamente dos capítulos pueden tener una vocación internacional. Sin embargo la segunda parte del título Estudios sí expresa lo que realmente es su contenido, una recopilación de trabajos publicados por la autora durante los años 1990, de tal forma que no llega a tener la configuración coherente y organizada propia de un libro de síntesis sobre el tema. A pesar de tener este problema se presenta información de interés, comenzando por el prólogo de Gonzalo Ruiz Zapatero, que aporta una visión completa de la investigación historiográfica sobre arqueología a nivel nacional e internacional, y la introducción, donde Margarita Díaz-Andreu manifiesta que se pretende superar la mera descripción de diferentes rasgos de la historia de nuestra arqueología ofreciendo un tratamiento crítico de estos temas. Este es un cometido que una vez leída la obra se ve cumplido. Esta recopilación de textos se organiza en dos partes; en la primera se trata la "Historia de la arqueología en España: una mirada varia hacia nuestro pasado disciplinar" y en ella hay varios temas que o no se han tratado o se han comenzado a tratar por investigadores como la autora del libro en el marco de la investigación arqueológica española. Es el caso del Capítulo 2 "Mujeres españolas en un mundo en transformación: antigüedades y estrategias de género" donde se abor-da el papel de las mujeres en la arqueología española reconociendo la influencia que tiene la estructura social tradicional para excluir del mundo profesional y docente al sexo femenino durante décadas. La relación de Vere Gordon Childe con la prehistoria de la Península Ibérica, aunque debemos tener en cuenta que no ha sido tan profunda como la que tuvo con otros ámbitos geográficos, ha sido poco difundida y estudiada, siendo el capítulo 3 basado en un texto presentado en el monográfico sobre el Bronce Atlántico (Jorge ed.,1998) que es pionero en tratar el tema en profundidad. Se dan ha conocer sus visitas a España y Portugal, los contactos con el alumno de Bosch Gimpera, Luis Pericot, y después de la guerra civil con la universidad de Madrid y Santa-Olalla que llega a ser el director de la tesis sobre el Bronce atlántico del alumno de Childe, Eoin MacWhite, a pesar de tener posturas ideológicas opuestas (Moure Romanillo 1996: 48). También es interesante, por otra parte, como se presenta a Childe como un referente de "prestigio académico" para los arqueólogos españoles. En cualquier caso es un tema sobre el que todavía se puede profundizar tanto por el interés de Childe en el Bronce Atlántico como por los posibles contactos con Irlanda desde Madrid en la época de la Dictadura franquista. Los otros tres capítulos de esta parte del libro se pueden enmarcar entre los análisis historiográficos sobre la arqueología española que se han publicado en la década de los años 1990. El capítulo primero "La arqueología en España en los siglo XIX y XX: una visión de síntesis" tiene un buen referente en las tesis doctorales de Ayarzagüena y Jiménez Díez para el siglo XIX y primera parte del XX (Ayarzagüena 1992; Jiménez Díaz 1993) y en la información contenida en los congresos sobre historiografía (Arce y Olmos (ed.) 1991; Mora y Díaz Andreu (ed.) 1997), si bien la idea de síntesis sobre el tema de la que podría partir todo el libro queda reducida a este capítulo. El capítulo 4, "Teoría e ideología en arqueología: la Arqueología española bajo el régimen franquista", se basa en un artículo donde se analizan las implicaciones políticas del mundo institucional de nuestra arqueología durante la dictadura franquista (Díaz-Andreu 1993). Por último, el capítulo 5, "La arqueología imperialista en España: extranjeros vs. españoles en el estudio del arte prehistórico de principios del siglo XX" presenta la relación de personajes extranjeros con nuestra arqueología partiendo de la clasificación realizada por Trigger (1996) definiendo la actuación arqueológica como nacionalista, colonial o imperialista. Así, va un poco más allá de otras aproximaciones a este tema (Moure 1996) englobándolo en un contexto de análisis mundial aunque, sin embrago, en este texto la investigación se ciñe solamente a un campo, el del arte prehistórico. La segunda parte del libro está dedicada al contexto nacionalista de la arqueología en España y en el mundo occidental. En ella se trata de imbricar el análisis de nuestra arqueología en el marco de la arqueología internacional, para ello se incluye un capítulo dedicado a este tema desde una perspectiva general, "Cultura y nación: una mirada historiográfica", basa-do en el texto que presentó la autora en la EuroTAG de 1992 (Jones, Gamble y Graves (eds.) 1996). Aquí se presenta el nacionalismo como concepto y su implicación en las valoraciones obtenidas a partir de la investigación arqueológica en una perspectiva internacional. Otro capítulo a significar en este sentido es el dedicado a la arqueología americana, "Identidades y el derecho al pasado: del nuevo al viejo mundo", constituyendo uno de los pocos análisis que trata este tema en el Estado Español. El texto que sirve de base para esta publicación (Díaz-Andreu 1998) permitió divulgar la problemática entre investigación arqueológica y nativos en Norteamérica, pero en relación con el resto del libro acaba evidenciando la sensación de desconexión entre los diferentes capítulos y rompe la idea de conjunto de la obra. Esta parte del libro se completa con dos capítulos de interés basados en textos publicados en los años 1990 (Díaz-Andreu 1994 y Díaz-Andreu 1996). El primero de ellos, "El pasado en el presente: la búsqueda de las raíces de los nacionalismo culturales en España", explora la influencia del nacionalismo en las valoraciones arqueológicas, ya sea durante periodos como el de la Dictadura franquista o el actual del Estado de las Autonomías donde nos presenta la implicación política de los gobiernos locales y autonómicos. Por último se realiza un análisis sobre la arqueología islámica, expresando como se ha marginado en nuestra historia la perspectiva de la España musulmana frente a la cristiana incluso por aquellas personas dedicadas a su estudio. En suma, esta obra aporta una valiosa información elaborada por una de las personas que conocen bien el panorama de la arqueología a nivel internacional y que ha jugado, junto con otras, un papel clave en el desarrollo de la historiografía arqueológica española. Pero en un momento en el que se tiende a crear obras de síntesis sobre el tema historiográfico como el diccionario de Historiadores Españoles Contemporáneos (Peiró y Pasamar 2002) o la interesante colección Historiadores de Urugoiti Editores dirigida por Ignacio Peiró [URL], no llega a ser un trabajo de síntesis sobre el tema y queda como una recopilación de trabajos ya editados. Tras la publicación en 2000 de An Archaeology of Natural Places (Ed. Routledge), R. Bradley vuelve a la escena internacional con una monografía en la más pura línea de trabajos ya clásicos como The Significance of Monuments (1998a); y es que, sin por supuesto querer desmerecer la importancia de la obra, An Archaeology of Natural Places podría en parte verse como un paréntesis en la dinámica de los trabajos de ficarse entre líneas en el análisis del área Centro-Oeste de Francia. Resulta igualmente interesante comprobar el espacio dedicado a la Prehistoria de la zona francesa en la obra; además de los ejemplos en relación con las reutilizaciones de época romana y medieval en el norte del país (cáp. 5), el interés suscitado por el debate en torno al contexto social en que surge el primer megalitismo en la zona del Golfo de Morbihan, y el hecho de que este debate haya sido recientemente relanzado por A. Whittle (2000), ha permitido la participación de los investigadores anglosajones en la reinterpretación de una secuencia arqueológica que era identificada por primera vez allá por los años 80 del ya pasado siglo XX (J.L'Helgouach 1983). Bradley encuentra un excelente referente para su trabajo en la reutilización de las grandes estelas en algunos de los monumentos de corredor de la región, proponiendo una nueva interpretación basada en la existencia de una especie de "ciclo ritual" en el cual la construcción, destrucción y reempleo de estos elementos formarían parte de una misma secuencia que estaría determinada, en sus puntos fundamentales, desde un principio. Ya sea en la planificación de ciclos cortos, ya en los intentos de influencia sobre generaciones futuras, la idea de una historia finita de los monumentos puede definirse como el verdadero hilo conductor de la obra; como se subraya en algún caso como el del yacimiento de Tomnaverie (Reino Unido) [...] all three monuments seem to have been built according to a plan that may have been laid out from the beginning, so that each succesive structure had its place in the unfolding of a ritual that extended over a finite period of time (pág. 96). Esta afirmación se vería sustentada en otros ejemplos como la bien contrastada sustitución de las estructuras de madera por piedra en la Prehistoria británica, o la ya citada destrucción de las grandes estelas bretonas según la secuencia que Bradley propone. El concepto de reutilización se ve también influenciado en este volumen por una perspectiva recientemente desarrollada por el autor, si bien en un contexto algo diferente (1998b); según esto, la apropiación de un espacio por parte de un individuo o comunidad podría en algunos casos responder a un error en la atribución del carácter original de ese espacio o monumento. En este sentido, nos dice Bradley, puede también ser entendida la presencia de restos de época romana en algunas de las galerías cubiertas del Neolítico Final del norte de Francia, quizás equivocadamente identificadas con estructuras subterráneas de la Edad de Hierro, en ocasiones relacionadas con depósitos votivos ligados a la fertilidad de la tierra (v. pág. 119). Si Rock Art and the Prehistory of Atlantic Europe se nutría de manera especial de la experiencia del autor en su trabajo de campo en Gran Bretaña y en el Noroeste de la Península Ibérica, y The Significance of Monuments era en parte el fruto de una larga serie de trabajos anteriores, en este caso las recientes excavaciones del autor en la provincia de Zamora (El Pedro-so) y en el Reino Unido (a destacar la monografía final sobre el conjunto de Balnuaran of Clava, publicada en 2000), se dejan notar en el elenco de ejemplos seleccionados para el análisis. Con el siempre elegante estilo de Richard Bradley, The Past in prehistoric societies es una obra agradable de leer y que invita al arqueólogo a analizar desde una perspectiva diferente -diacrónica, simbólica y más crítica-el registro material y las mentalidades pretéritas, pero que insta también a la reflexión sobre las actitudes actuales ante conceptos tan esenciales como son el pasado, presente y futuro. Enclosures in Neolithic Europe publica las contribuciones a la reunión Neolithic Causewayed Enclosures in Europe, celebrada en 1999 en Londres. Ésta contó con algunas de las más recientes aportaciones sobre recintos neolíticos europeos, y se diseño para complementar la finalización del proyecto de prospección aérea y documentación planimétrica de los recintos neolíticos ingleses (Oswald et al. 2001). El volumen se estructura en 8 secciones que orga-nizan un total de 14 artículos. Los editores han optado por alternar criterios a la hora de distribuir las contribuciones: geográfico y político (Escandinavia ), seguido por un apartado temático de "Estudios líticos" [1] y 4 breves trabajos sobre recintos ingleses. Se trata de aportaciones muy variables, tanto en cuanto a su contenido descriptivo y analítico, como a las áreas geográficas, marco cronológico y características formales de las evidencias arqueológicas seleccionadas. Todo ello refleja la ambigüedad del título del volumen, aunque enfatiza la variedad de procesos regionales existentes en la Prehistoria reciente europea. Los trabajos presentan recintos construidos mediante fosos, empalizadas o piedras, con cronologías situadas entre el VI (Italia) y II milenios cal AC (Francia). El volumen tiene el mérito de incluir 6 trabajos que, además de abordar algunos recintos en particular, contextualizan temporal y espacialmente las evidencias regionales. El lector puede obtener una razonable visión de conjunto de Escandinavia, tres regiones francesas, Italia e Irlanda. Sin embargo, y a excepción de uno, todos los artículos sobre recintos ingleses son estudios de caso. Los interesados en un estado actual de la cuestión en Inglaterra deben recurrir a Oswald et al. (2001). La variabilidad de los 'recintos neolíticos' queda demostrada a lo largo de todas las aportaciones. El caso de los yacimientos franceses del III milenio BC es ilustrativo. En el Languedoc, el recinto de 0 '2 ha de' La Serre' cuenta con un pequeño foso y una ausencia total de estructuras en su interior, probablemente resultado de la erosión (Vaquer 2002: 32). En el centro-oeste, el recinto de 15-18 ha de 'Le Camp' está formado por un terraplén de más de 5 m de anchura, situado entre dos empalizadas de aproximadamente 28000 postes cada una (Burnez y Louboutin 2002: 21). En Bretaña, el yacimiento de 'La Hersonnais' se compone de cuatro construcciones no contemporáneas de similar planta y distintas dimensiones. Los recintos irlandeses del IV milenio AC presentados por Cooney (2002) confirman que esta variabilidad regional es un fenómeno generalizado que no se limita al final del Neolítico. A la variabilidad de cronologías, dimensiones y localización, se suma la sustancial diversidad de restos estructurales y residuos recuperados. Uno de los debates centrales desde los años 60 ha girado en torno a la interpretación funcional de estos recintos. Evidentemente este volumen no aporta una solución, pero muchos de los trabajos demuestran un especial interés en presentar interpretaciones contrastables y refutables. De todos destaca la contribución de Saville (2002), que aborda la industria lítica tallada de algunos recintos ingleses. Además de tratar un tipo de evidencias generalmente secundarias en las publicaciones, cuestiona muchas asunciones de los investigadores respecto a las posibilidades de este material (y otros) a la hora de valorar la dicotomía doméstico/ritual de los recintos. Durante los últimos años se ha incrementado el número de publicaciones que tratan los recintos europeos del VI-III milenios cal AC (Andersen 1997; Darvill y Thomas eds. Esto es especialmente importante, teniendo en cuenta que la anterior compilación sobre la materia se publicó en la década de los 80 (Burgess et al. 1988). Desde entonces se ha dado un aumento espectacular de evidencias arqueológicas, resultado de la aplicación de técnicas geofísicas, fotografía aérea, prospecciones sistemáticas y excavaciones en extensión. Al margen de sus funciones específicas (ritual, habitacional...), estos recintos son la manifestación arqueológica más significativa del proceso social que denominamos Neolítico: "el primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil" (Rousseau 1923). La colección de artículos fomenta la necesidad de abordar de forma crítica y comparativa este proceso. Para ello, y como bien evidencia el volumen, se requiere de una buena contextualización de los fenómenos regionales. El medio millar de páginas que componen este volumen, redactadas por casi tres decenas de estudiosos, no son las actas de ninguna reunión o congreso sobre el horizonte megalítico en Extremadura, sino una recopilación de artículos con la que sus editores persiguen -al tiempo que rendir homenaje a la memoria de don Elías Diéguez Luengo, infatigable paladín de los dólmenes de Alcántara-paliar la proverbial dispersión de las publicaciones regionales sobre el tema. El resultado es un libro muy oportuno en el que se da cuenta de la importante renovación documental acaecida en los últimos veinte años (¡qué lejos los tiempos en los que el megalitismo extremeño se reducía a Lácara, La Granja de Toniñuelo o los dólmenes de Alcántara!), al tiempo que se chequea la investigación más reciente, todo ello, según se hace constar expresamente en las páginas introductorias, bajo la forma no de una síntesis sino de un compendium de frutos yuxtapuestos. Una suma, pues, de veinte contribuciones de contenido relativamente diverso, que se ofrecen al lector agrupadas de acuerdo con cinco grandes áreas temáticas: Estudios generales, Zonas megalíticas, Arte megalítico, Conservación, y Bibliografía comentada. Como es usual en este tipo de obras, se parte de un recorrido historiográfico en el que J.J. Enríquez Navascués rastrea el pasado más reciente de los dólmenes extremeños (a través de tradiciones y topónimos, de la advocación a determinados santos y, no tan ex-sinnúmero de dólmenes simples que -de acuerdo con Bueno, quien se apoya para afirmarlo en los ajuares evolucionados de algunas pequeñas arquitecturas de Alcántara-serían asimismo tardíos, en contra de la propuesta efectuada hace años por Arnaud para los "protodólmenes" alentejanos. Visión bien distinta de los megalitos aportan Martín Bravo y Galán Domingo, al analizarlos como elementos del paisaje partiendo de la lógica de que, tras concentraciones y emplazamientos tan diversos como los que con frecuencia manifiestan los de Extremadura, necesariamente deben subyacer también motivaciones diferentes. Harán especial hincapié para ello en el reconocimiento de dos patrones de distribución opuestos -el de las grandes concentraciones dolménicas de los sectores más occidentales (muy en la línea de lo que se advierte en el centro de Portugal) y el de los monumentos aislados y de gran porte, más comunes conforme se avanza hacia el este-y acabarán por deducir, muy convincentemente, que estos últimos, sin perder por supuesto su condición de yacimientos funerarios, fueron instalados deliberadamente en puntos clave desde el punto de vista de las comunicaciones (llamativos hitos en zonas de paso), obteniendo así un rendimiento añadido de su carácter monumental. La loable pretensión de J. Jiménez Guijarro, en el cuarto de los Estudios, de despejar el rol desempeñado por el megalitismo en el todavía oscuro proceso de neolitización del interior peninsular, apenas se ve cumplida. El nudo gordiano estriba en saber qué clase de relación existió entre el grupo de las cerámicas impresas tipo La Horca o El Conejar y las comunidades megalíticas, arriesgando el autor la hipótesis de que una y otra realidad arqueológica representan sendos phyla étnicos, simultaneos (habrían coincidido en torno al 4000. A.C.) pero por completo independientes. El planteamiento, que no deja de recordar al que años atrás defendiera Cava en relación con el País Vasco o a la clásica explicación del megalitismo atlántico como respuesta indígena al avance de los colonos agrícolas de la LBK, reivindica una profunda raiz epipaleolítica para los geométricos dolménicos e incluso formas de vida estrictamente depredadoras para las comunidades megalíticas. Es posible, sin embargo, que algunos datos no encajen del todo en esta formulación: de una parte la evidencia de que en la Meseta las más antiguas fechas del Neolítico "de las impresas" superan con mucho las de los más precoces dólmenes; de otra, los testimonios cada vez más frecuentes de cerámicas del llamado Neolítico Interior (por más que deliberadamente se excluya la vajilla del capítulo de las ofrendas) y de indicios de agricultura en los túmulos megalíticos de las tierras centrales de la Península; y, por último, la propia dificultad teórica de que la construcción de monumentos de tanta entidad como los megalitos pudiera haberse gestionado en el seno de comunidades sin excedentes consolidados. Queda pendiente, pues, el problema de la invisibilidad del habitat dolménico, por más que tanto aquí como en otros trabajos de este mismo volumen se apunten posibles soluciones, apelando para ello tanto a la documentación de ciertos habitats portugueses de la zona del Mondego (Ameal VI), como a la conveniencia de abordar la cuestión asumiendo se trata de un fenómeno recurrente entre el Neolítico y el final de la Edad del Bronce que afecta por igual a todo el territorio atlántico peninsular. Aunque, por su magnitud, no sea viable un repaso pormenorizado del contenido de los trabajos que se agrupan bajo el epígrafe Zonas megalíticas, el interés de muchos de ellos nos obliga a un comentario siquiera breve. Por ejemplo, en relación con los dólmenes de Alcántara, que analizan Bueno, Balbín, Barroso, Aldecoa y Casado, no dudamos en subrayar la providencial contextualización en Trincones I, Juan Ron y Maimón de los celebérrimos ídolos-placa, que invita a interpretar estas piezas como complementos simbólicos de las estelas y estatuas megalíticas (lo acredita su relación espacial), además de dar pie a la sospecha de que proceden de talleres locales con circuitos de distribución muy concretos por la Beira, el Alentejo o la Meseta. De la contribución de J. de Oliveira sobre el area de Cedillo destacaríamos la confirmación, gracias a las fechas C14 de Joaniña, de la simultaneidad de los megalitos de pizarra respecto a los graníticos que obliga a preguntarse por qué en algunos casos se opta por estos últimos, mucho más costosos en términos de inversión de energía, y no por aquellos. Y en el caso de las investigaciones de Montehermoso resulta bien visible el atractivo de las hipótesis de Ruíz-Gálvez sobre la movilidad trasterminante de las comunidades megalíticas locales, ubicadas en tan significado cruce de caminos naturales, y de la observación, basada en la particular orientación de los corredores de las tumbas, de que la ocupación del sitio se produjo a partir del otoño, lo que permitiría a sus titulares aprovechar los frutos de un paisaje adehesado que, a juzgar por la información polínica de El Tremedal, ya pudo existir por entonces. El mismo alto nivel encontramos en los estudios regionales referidos al que autores consagrados, como A. Sherratt, no dudan en denominar "segundo megalitismo", esto es a los monumentos funerarios de una época -en nuestro caso prácticamente la Edad del Cobre-en la que el antes elusivo habitat se explicita, en consonancia con el avance de la vida sedentaria, y en la que las tumbas, de estructura ligeramente renovada, dejan de ser elementos autónomos en el paisaje para convertirse en meros complementos de la sede de los vivos. Esta imagen, acreditada desde hace años en el Guadiana y, en general, en la provincia de Badajoz, se enriquece ahora con el avance al estudio del hipogeo no 3 de La Pijotilla (Hurtado, Mondejar y Pecero), que con sus información paleodemográfica, nutricional, de parentesco, de distribución de ajuares, de exposición (no inhumación) de cuerpos, etc., anuncia una visión sensiblemente renovada de los ritos funerarios megalíticos en Extremadura. También contribuye a mejorar el conocimiento de esta etapa un trabajo específico sobre los ídolos-falange (cuyos soportes se limitan a metacarpos de ciervo y caballo) del ya no menos célebre tholos de Huerta Montero (Ortiz y Blasco), a través del cual se insiste en el cosmopolitismo de este tipo de iconos, idénticos a los millarenses y a los del Suroeste. Y en la misma línea hay que valorar el esfuerzo titánico -y, nos atreveríamos a decir, definitivo, porque difícilmente se obtendrá más de este yacimiento en el futuro-de Carrasco Martín por redimir científica y patrimonialmente el tan legendario como desvencijado sepulcro de la Granja de Toniñuelo. Mas si algo ha de llamar la atención del lector mínimamente introducido en estos temas ello será la constatación de que este "segundo megalitismo", que durante muchos años se creyó circunscrito al Guadiana y a las tierras meridionales de la región, se manifiesta con idéntica fuerza en el extremo septentrional de la provincia de Cáceres, cual demuestra el formidable conjunto de poblado (fortificado) y necrópolis (casi medio centenar de tumbas de cúpula) de un yacimiento de la Vera, El Canchal de Jaraíz, en el que nada sorprendentemente menudean ya los elementos de metal (Bueno, Cordero y Rovira). A estas alturas, apenas encontrará fuerzas el lector para abrirse paso en la síntesis sobre arte megalítico extremeño que de nuevo presenta Bueno -ahora acompañada en la firma por R. de Balbín-máxime cuando no poca parte de su información y de sus argumentos ya han aparecido, nada gratuitamente, en contribuciones anteriores. Pero que, como se dice allí, los megalitos que se conocen con arte sean hoy en Extremadura casi veinte frente a los tres inventariados en 1981 por E. Shee; que sus manifestaciones nada tengan que envidiar en técnica (además de los consabidos grabados, hay pintura negra y roja), temática e iconografía a las del afamado grupo de Viseu; que los motivos y composiciones de dichos monumentos reiteren los de otros "fenómenos artísticos" de la prehistoria extremeña (Pintura Esquemática y Grabados del Tajo), actuando en cada caso como marcadores territoriales de áreas específicas; o que las muestras de arte del "segundo megalitismo" revelen absoluta continuidad ideológica respecto a las del momento inicial, son percepciones todas ellas de una notoriedad insoslayable y, desde luego, fruto de un encomiable trabajo de campo. La preocupación pública por la protección y la conservación del exuberante patrimonio megalítico de este sector de la Península -que no podía quedar al margen de una obra como ésta, fruto, no se olvide, de una iniciativa de la Consejería de Cultura del gobierno de Extremadura-se materializa en la contribución de Jiménez Avila y Barroso Expósito. Tal vez el mayor desafío al que se enfrentó la comunidad autónoma al asumir hace veinte años las competencias en materia de cultura fue la protección de un patrimonio arqueológico cuyo volumen y entidad se desconocían, de ahí el enorme esfuerzo de catalogación ("saber qué proteger") efectuado en los tiempos recientes, que en el ámbito del megalitismo se traduce en el inventario actual de nada menos que 350 dólmenes frente a los 113 consignados en 1999. Pero el convencimiento, como señalan los autores, de que la sóla catalogación de los megalitos no basta para protegerlos se ha tra-ducido además en multitud de interesantes iniciativas municipales y autonómicas orientadas a su recuperación y difusión (Alcántara, Barcarrota, Cedillo, Lácara, Montehermoso, Toniñuelo, Valencia del Alcántara), siempre desde la confianza de que el clima de expectación y de respeto surgido en torno a los monumentos habrá de ser en el futuro la más firme herramienta para su salvaguarda. En conclusión, por lo que supone de acopio de información inédita, de recopilación y estado de cuestión, de renovado punto de partida para futuras investigaciones e, inclusive, de herramienta de control patrimonial, la opinión que nos merece este libro sobre El Megalitismo en Extremadura es resueltamente positiva. Otra cosa es que su eficacia como fuente de conocimiento hubiera podido mejorar de haber cuidado los editores ciertos detalles. Y es que la decisión de anteponer en el volumen los estudios generales (las síntesis, se supone) a las zonas megalíticas (por oposición, los datos) no es afortunada; ni tampoco privar a algunos de los trabajos incluidos en éstas últimas, o al ensayo sobre arte megalítico de la tercera parte, de la condición de estudio general. Tal vez otro tipo de estructuración auténticamente temática hubiera resultado más práctica (las arquitecturas, los rituales, los ajuares, el mundo de los vivos, los paisajes...) y, sobre todo, podría haber evitado un sinfín de fatigosas repeticiones como las que se producen entre la síntesis general extremeña y las regionales, o entre el estudio historiográfico y el bibliográfico. Inclusive, puestos en el lugar de los editores, también habríamos sido inflexibles a la hora de prescindir de un trabajo sobre cierto altar rupestre de Lácara, tan interesante como falto de sentido en este tomo, desde el momento en que en el mismo se renuncia por completo a lo que aquí debería haber sido esencialsu relación con el inmediato campo megalítico-para explayarse en la problemática más general de las "peñas sacras. Y, por último, si reconocemos el acierto de incluir una bibliografía comentada, porque constituye un excelente y nada aparatoso vademecum para saber quien es quien (o quien fue quien) en la investigación del megalitismo extremeño, resulta inexplicable que no se haya elaborado al final una única lista bibliográfica, evitando el lógico y reiterado solapamiento de entradas que se produce en las diecinueve (una por cada artículo) particulares. Ese es, también, trabajo de editor y sin duda se echa en falta en un libro de la categoría del que comentamos. Germán Delibes de Castro Dpto. de Prehistoria y Arqueología Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Valladolid Plaza del Campus s/n 47011 Valladolid -----ROSA MARÍA BARROSO BERMEJO: El Bronce Final y los comienzos de la Edad del Hierro en el Tajo superior (Prehistoria I), Universidad de Alcalá y Diputación de Guadalajara, Madrid, 2002, 252 pp., 62 figs., ISBN 84-8138-533-6. En los últimos tiempos la investigación de los momentos finales de la Prehistoria reciente en la Meseta peninsular está experimentando significativos avances de cara a la clarificación de su secuencia, y a la comprensión de la incómoda cuestión de la transición entre las Edades del Bronce y del Hierro. La obra que nos ocupa constituye la versión editorial de la Tesis Doctoral dedicada por Barroso a dicha problemática en un sector del Norte de la Submeseta Sur. La elección de la amplia región estudiada (provincias de Madrid y gran parte de Guadalajara) resulta muy acertada, pues como se muestra en la obra, se trata de un registro arqueológico homogéneo que los distintos investigadores han parcelado excesivamente. Uno de los mayores méritos del trabajo doctoral, y ante la imposibilidad de desarrollar trabajos de campo propios, consiste en la presentación sistematizada de una información heterogénea, dispersa y parcial. Esta tarea recopilatoria le permite ofrecer una visión crítica y sintética sobre una realidad que a pesar de la variabilidad de sus manifestaciones materiales concretas, presenta significativas regularidades que la autora se afana por caracterizar. Las dificultades que tal empresa ha encontrado son considerables, y limitan las conclusiones que se coligen de su investigación. Comenzando por el registro arqueológico con que se enfrenta, éste incluye yacimientos tan espinosos y de interpretación tan poco unívoca como los campos de hoyos de Cogotas I. La base empírica de que dispone se caracteriza por su deficiente estado de elaboración, una exasperante falta de publicaciones de los trabajos arqueológicos emprendidos y el fuerte arraigo del historicismo-cultural como marco metodológico e interpretativo de la problemática abordada en ese sector. A pesar de ello, los objetivos quedan ampliamente cumplidos, a través de una investigación inscrita en los parámetros del historicismo-cultural. La utilización en su discurso de categorías tales como círculos culturales, facies y horizontes, o el interés por el origen o génesis de los grupos arqueológicos así lo indican. Sin embargo su análisis, de corte tradicional, se enriquece con un eminente interés por las cuestiones socioeconómicas y los contextos funcionales de las entidades que estudia. El trabajo desde coordenadas con fuertes resabios tradicionalistas caracteriza las investigaciones centradas en los momentos finales de la Prehistoria reciente del Tajo superior, donde aún es evidente el modelo difusionista moderado asociado al fenómeno de los Campos de Urnas, y a la explicación del cambio cultural entre los grupos autóctonos del Bronce Final y un Primer Hierro repleto de novedades. La falta de contrastación de modelos antropológicos ajustados a estas sociedades y la indefinición de los contextos sociohistóricos en que funcionaron, perpetúan una práctica arqueológica particularista y culturalista, en cuya na-rrativa académica persisten con notable arraigo las cuestiones de etnogénesis basadas en rasgos de la cultura material, bien de raigambre céltica (Valiente 1998) o mediterránea (Arenas 1999). Este volumen ha de valorarse junto a la cada vez más amplia serie de aportaciones que están permitiendo una mejor caracterización de los Bronce Finales regionales a ambos lados del Sistema Central (p.e. Barroso 1993; Quintana y Cruz 1996; Fabián 1999) en la línea de trabajo que Fernández-Posse (1998: 137-140) considera prioritaria para el esclarecimiento de los términos en que ha de comprenderse la articulación de los últimos grupos del Bronce Final y las comunidades del Primer Hierro locales. Dicho lo cual, no puedo dejar de marcar mis discrepancias con el enfoque adoptado por la autora. Creo que los puntos débiles de su argumentación se deben en gran medida al uso poco crítico de los esquemas periodizadores normativistas como marco de la interpretación histórica, lo cual acarrea no pocas contradicciones difíciles de eludir. Ello se constata desde el capítulo dedicado al Bronce Medio como momento previo al que se pretende caracterizar. Bajo esta denominación reconoce dos facies regionales; el horizonte Los Vascos y el Bronce Clásico. Como ya se señaló hace años (Ruiz-Gálvez 1984) el término Bronce Medio resulta totalmente inadecuado al registro arqueológico peninsular, al proceder de esquemas apriorísticos de patrón europeo. Como reconoce la autora a partir de la documentación que sintetiza, la sensación de continuidad entre estas facies y Cogotas I es total, salvo las consabidas modificaciones en el repertorio cerámico. Por tanto no se puede aislar un Bronce Pleno o Medio y las facies ceramológicas no resultan entidades significativas para la explicación del proceso histórico. Más aún; si, como se afirma a lo largo de la obra, se observa una notable continuidad entre los grupos del Bronce Medio y el Bronce Final Cogotas I, tanto en las características de los asentamientos, en las prácticas subsistenciales, en los patrones de poblamiento o en el tratamiento de los muertos... ¿qué diferencia pues al Bronce Final de la etapa anterior? El criterio utilizado es el mismo que permite a la autora definir unos grupos de transición Bronce Final/Primer Hierro o comunidades del Primer Hierro: diferencias poco explícitas en el conjunto de rasgos que definen cada cultura, aun cuando algunas producciones materiales y ciertas prácticas son compartidas por grupos que pertenecen a distintas entidades taxonómicas. La caracterización de los Bronces Finales locales, así como su nebulosa distinción de los grupos del Primer Hierro pone cada vez más en tela de juicio la validez de los argumentos tradicionales para definir unidades de análisis. En el caso de 'Cogotas I', su polisemia y el uso ambiguo que se ha hecho de esta denominación, permiten que en ocasiones no se sepa bien de qué se está hablando. Para la etiqueta 'Bronce Final', no queda clara su definición si acoge tanto a manifestaciones de Cogotas I en fluida continuidad con el supuesto Bronce Medio, así los yacimientos de La Fábrica o Arenero de Soto, junto a poblados excepcionales como La Muela de Alarilla o Ecce Homo y también junto a nuevas facies como las creadas a partir de Pico Buitre y el Cerro de San Antonio. Y bajo las mismas premisas, tampoco se entiende bien qué diferencias hay entre los grupos de la transición Bronce Final/Primer Hierro y los del Primer Hierro sensu stricto, salvo ciertas distinciones de matiz (presencias/ ausencias de técnicas decorativas cerámicas, comparecencia de los primeros hierros, de las primeras cerámicas a torno...). El problema de fondo es la inadecuación de las entidades arqueográficas tradicionales a los procesos históricos de la Prehistoria reciente de la Meseta peninsular, con unas taxonomías centradas en cambios ceramológicos y en esquemas apriorísticos poco operativos. Tal vez resulte más adecuado aplicar otras categorías de análisis social cuyos criterios de definición se establezcan de forma explícita, de forma que cada entidad taxonómica se corresponda con un contenido sociohistórico concreto. En la secuencia cultural con que concluye el estudio, se llega a una solución de compromiso, en la que las continuidades pesan tanto como las rupturas. El reconocimiento de distintos Bronces Finales como protagonistas de los trascendentales cambios acaecidos hacia 800 cal AC es un significativo avance, en la línea argumental de lo que se viene detectando en otros sectores meseteños (Quintana y Cruz 1996). Sin embargo, la indefinición de las características comunes a esa variedad fenoménica, y las dificultades para integrar los esquemas taxonómicos en la interpretación histórica del proceso restan efectividad al modelo propuesto por la autora. En cualquier caso estas puntualizaciones no hacen desmerecer la obra, que constituye una excelente y necesaria visión sintética, en una línea de trabajo que contribuirá a arrojar algo más de luz sobre estas auténticas épocas oscuras del final de la Prehistoria reciente en la Meseta peninsular. En una cuidada edición coordinada por M. A. de Blas y A. Villa se publica de forma casi íntegra el coloquio celebrado en octubre de 2000 en Navia. Como toda publicación de este tipo, el volumen resulta amplio y variado, especialmente en las perspectivas de análisis del registro y las lecturas que de él se proponen. Como señalan los editores, conviene poner en relación este volumen con la reciente revitalización de los trabajos relativos al ámbito castreño del noroeste, en este caso referidos sobre todo a las áreas astur y meseteña. Lo más relevante de esta tendencia, desde mi punto de vista, es que se base no tanto en el incremento cuantitativo del registro disponible (que también, sin duda) como en la incorporación de un registro mejor construido, examinado desde formulaciones analíticas más complejas y ricas. El propio libro es un buen ejemplo, tanto en los trabajos que ofrecen resultados de proyectos de campo (A. Villa para Chao Samartín, J. Celis para el castro de Chano o las notas más bien metodológicas de L. Berrocal et al. acerca de El Llagú) como en la mayor parte de las lecturas interpretativas. Esta homogeneidad de contenidos permite detectar dos grandes áreas de discusión que, por otro lado, cabe hacer extensivas al conjunto de la investigación actual sobre este mundo. La primera se centra en la caracterización de los procesos socio-políticos de la Edad del Hierro y la integración de las comunidades indígenas en la estructura del imperio romano. La segunda se refiere a la dialéctica entre la presunta unidad cultural y la variedad regional del mundo castreño, visible en distintos ámbitos formales de la cultura material. La mayor parte de los trabajos incluidos en el texto permiten detectar cómo la variedad regional de lo que arqueológicamente puede definirse como mundo castreño parece cada vez más definida. El panorama disponible en áreas tan cercanas como el occidente y el oriente asturianos (trabajos de A. Villa y J. Camino), el noroeste de la Meseta (J. Celis), la zona del Bierzo (J. Sánchez-Palencia et al.) o Cantabria (E. Peralta) es, si no divergente, sí diverso. Como señalan por ejemplo M. Almagro o F. Arias, el propio concepto de castro es en parte el "culpable" de una tradición investigadora que ha tendido a unificar amplias áreas de la península con procesos históricos diversos dentro de una misma "cultura arqueológica". Es cierto que en toda esta zona, a diferencia de gran parte de la Edad del Hierro europea, se sucede una única forma básica de poblamiento, el castro, sin formas de asentamiento abiertas que, por más que se pueda suponer que existan (como propone J. Camino para el oriente asturiano), hasta la fecha sólo han sido documentadas en plena ocupación romana. Sin embargo esto no es sino un rasgo más o menos homogéneo de un conjunto de áreas en las que, ya desde inicios de la Edad del Hierro, se detectan procesos históricos y formas de registro diferentes. Ahora bien, estos trabajos son un perfecto ejemplo de cómo los paradigmas interpretativos basados en las ideas de focos y periferias culturales, irradiaciones e influjos, se van superando y reemplazando por un discurso en el que se apela más bien a nociones basadas en diferentes dinámicas históricas (aunque este impulso quizá sea aún incipiente, son sugerentes al respecto algunas de las prevenciones de Ríos y García de Castro 2001). Esto se observa por ejemplo en los inicios del proceso; pienso en la similitud del registro del Bronce Final que J. Celis dibuja para el noroeste de la meseta con el que se conoce para el sur de Galicia y norte de Portugal y que contrasta vivamente con la debilidad del poblamiento de este período en otras áreas. Pero también en sus postrimerías, como se ve en las diferentes formas y ritmos del proceso de transformación en época romana que, como señalan C. Fernández Ochoa y A. Morillo, hacen que, mientras el castro se mantiene como forma básica de asentamiento al menos hasta fines del s. I en zonas como el occidente de Asturias, en el oriente asturiano o el noroeste de la Meseta se produce una sustitución mucho más temprana por formas de asentamiento abiertas. Y se observa también en diferentes ámbitos del registro, como por ejemplo muestra G. Delibes, para quien las particularidades de la orfebrería astur (que propiamente se localiza en el área leonesa y zamorana) no son sólo formales (tipos de piezas, diseños, tecnología o materiales empleados) sino también cuantitativas (mayor escasez de piezas que en el área "galaica") y esto tal vez se pueda poner en relación con contextos de diferente complejidad, en los que la "demanda" social de este tipo de piezas es diferente. En cuanto al estudio de los procesos históricos, se aprecia un énfasis especial en el análisis de lo sucedido a partir de la ocupación romana. El debate sobre la romanización del noroeste es una cuestión con gran espesor que, como enfatizan C. Fernández Ochoa y A. Morillo, ha sido tratada mucho tiempo a partir de formulaciones tópicas basadas en negar o minimizar su existencia. Actualmente, de hecho ya desde hace algu-nos años, se ha ido imponiendo la idea que ambos autores manejan de un proceso romanizador no menor sino diferente, caracterizado según apuntan por tres condicionantes esenciales (la geografía, su mayor retardo cronológico y el importante papel del ejército, que desde otro punto de vista resalta también E. Peralta). Sin anular la relevancia de estos factores, me parece que hay otro que es aún más influyente y que ha sido ampliamente desarrollado por I. Sastre (Sastre 2001): el carácter esencialmente rural de este proceso, basado más en la transformación de las poblaciones locales que en una fuerte implantación urbana o en la aportación de nuevos pobladores. Sin embargo, a pesar de la importancia de esta reformulación, uno tiene la impresión de que en ocasiones la cuestión se limita a debatir la "cantidad" de la romanización del noroeste, a combatir la idea tradicional de que fue poco romanizado, cuando tal vez resultaría más provechoso renunciar a una discusión cuantitativa y centrarse en caracterizar los procesos históricos desarrollados durante lo que tradicionalmente conocemos como romanización y que, de hecho, es un término en sí bastante confuso y equívoco. Ahora bien, buena parte de los trabajos que abordan el tema, también en este libro, tienden a un análisis que puede resultar parcial, al atenderlo desde un punto de vista único: si bien se formula el proceso como una cuestión dialéctica de transformación de unas comunidades y formaciones sociales debida a su integración en una estructura imperial, lo cierto es que los factores manejados para comprenderlo tienden a ser únicamente los del agente "conquistador". Así, las modificaciones presentes y ausentes en el registro se interpretan unívocamente a partir de las estrategias de ocupación y conveniencia del estado romano, que se convierte así no sólo en el principal (que sin duda lo fue) sino en el único agente involucrado en la conformación de la nueva realidad social. Podemos plantear la cuestión de otro modo. Parece indudable que el sistema de ocupación del territorio basado en castros empieza por modificarse y termina por desaparecer, pero que lo hace de forma temporalmente desigual y en muchos casos retardada con respecto al proceso inicial de ocupación y reorganización romana. Luego ésta ha de ser caracterizada, pero también ese retardo, en función de qué circunstancias se produce. Efectivamente el problema parece estar en analizar únicamente los procesos de cambio, que son indudables, a costa de desatender por completo las posibles formas de resistencia al mismo, en forma de continuidades que, por más que sean poco relevantes en términos políticos, pueden tener su sentido en términos, digamos, culturales. En este sentido analizar y reconocer en el registro formas de continuidad no ha de considerarse necesariamente un a priori en el proceso de investigación, no supone negar la existencia de procesos de cambio sino en todo caso contribuir a caracterizarlos y reconocerlos. Un ejemplo es lo que muestra A. Villa en Chao Samartín que, pese a constituirse en un asentamiento amplio y complejo, seguramente funcionando como "lugar central" en época romana, aún en época flavia conserva una estructura de ocupación que mantiene los rasgos fundamentales de la estructura prerromana. La transformación de las dimensiones del poblado marca un cambio notable, sin duda, pero la adecuada comprensión de ese cambio pasa por reconocer que también implica formas de continuidad, las cuales no han de ser comprendidas necesariamente, y esto es importante, como un mantenimiento solapado indefinido sino seguramente como una resistencia que, como el registro muestra sin lugar a dudas, terminará desapareciendo. En este contexto me permito sugerir hasta qué punto la variabilidad regional detectada desde al menos el final de la Edad del Bronce no podría ser un factor a tomar en cuenta a la hora de caracterizar las diferentes materializaciones que se documentan durante el período romano. Insisto en que no se trata de despreciar el papel de las necesidades e intereses del estado romano, ni siquiera de negar que éstos son los mecanismos fundamentales que permiten estudiar el proceso; se trata de reconocer que las comunidades locales también habrían jugado un papel activo, basado en primer lugar en su grado de receptividad a la nueva situación política, especialmente cuando el proceso se fundamenta en la modificación de las estructuras de poblamiento preexistentes. De esta forma llegamos a la necesidad de profundizar en la adecuada caracterización de las comunidades prerromanas, con la necesidad de concebirlas como formaciones sociales no estáticas. El asunto es ciertamente complejo, y al respecto el libro refleja aproximaciones basadas esencialmente en la contraposición de dos modelos; el primero, visible en los trabajos de M. Almagro, F. Arias o J. Celis, propone unas formaciones sociales con cierto grado de complejidad y, especialmente para M. Almagro, un relevante papel de la actividad bélica. El segundo modelo, que se desarrolla sobre todo en el texto de M. D. Fernández-Posse, propone unas formaciones sociales carentes de jerarquización, para las que la guerra no habría jugado un papel relevante. En este juego de lecturas se concede un papel importante a los complejos defensivos. Recientemente se han extendido propuestas que pasan por ampliar su tradicional lectura como meros elementos defensivos (únicamente su sentido "más obvio y superficial", p. 89, Fernández-Posse), y reivindicar su papel como elementos delimitadores, refuerzos de la cohesión comunitaria y símbolos visibles del asentamiento en el espacio (por ejemplo M.D. Fernández-Posse, J. Camino). Se trata, en suma, de enriquecer la visión del castro como monumento, aunque esto no tiene por qué ser contradictoria con la pertinencia de aquellos sentidos más obvios. En efecto, conviene considerar que esas manifestaciones simbólicas se están materializando por medio de un tipo específico de elementos (murallas, fosos, etc.) que además se disponen en asentamientos en cuya construcción se han seguido unas decisiones locacionales guiadas en parte por criterios de inaccesibilidad, que suponen aceptar socialmente unos costes que han de ser tomados como relevantes (sobre los costes sociales de las decisiones locacionales ver Vi-cent 1991). Otra cosa es valorar la relación de este componente defensivo con la estructura social, porque lo que tampoco puede plantearse es una identificación simplista entre factores defensivos en el asentamiento y formaciones sociales en permanente estado de guerra. Pero esto tampoco significa que la guerra, o el conflicto, o la reciprocidad negativa, sean factores irrelevantes a la hora de caracterizar a estas sociedades. Incluso si los consideramos elementos totalmente simbólicos, estarían condicionando dos factores tan concretos y materiales como la selección del emplazamiento y la construcción de las estructuras más amplias y monumentales conocidas para el mundo castreño, por modestas y poco costosas que puedan llegar a ser. Otro aspecto controvertido es el grado de complejidad de las formaciones sociales prerromanas. Frente a las lecturas que proponen formas de jerarquización "incipientes" (emplea este término por ejemplo J. Celis), otros trabajos (como los de M. D. Fernández-Posse o J. Sánchez Palencia et al.) postulan un contexto escasamente desigual, más bien segmentario. Uno de sus puntos de apoyo esenciales es que el registro castreño de época romana, en el que sí hay evidencias claras de acusada desigualdad social, no puede ser empleado para caracterizar los contextos prerromanos, ya que se corresponde con unas formaciones sociales plenamente transformadas por la acción de la ocupación. Sin embargo esta premisa quiere decir que tampoco debería emplearse ese registro para hacer una caracterización en negativo de los contextos prerromanos; el registro de época romana no nos dice cómo son las formaciones sociales prerromanas, pero tampoco nos dice cómo no son. Volvemos así a la nítida oposición entre cambio y continuidad y a la necesidad de valorar ambos extremos de la balanza sin que asumir uno de ellos implique rechazar por completo el otro. Y de nuevo todo ello se relaciona con la necesidad de revisar la concepción más o menos unitaria y homogénea del conjunto del noroeste castreño, pues parece, por ejemplo, que el modelo de poblamiento cambiante definido en el área estudiada por J. Celis, con un largo espesor temporal y el comienzo del asentamiento fortificado a fines de la Edad del Bronce, es diferente del que presenta M. D. Fernández-Posse para la Zona Arqueológica de las Médulas, con un escaso número de castros prerromanos, ninguno de los cuales parece remontarse más allá del Hierro II, o, en áreas diferentes de las abordadas en este libro, de la compleja secuencia de poblamiento que presenta por ejemplo el valle del Cávado en Portugal (Martins 1990). El problema estaría, entonces, en hacer una mejor caracterización del registro prerromano en sus propios términos, y para ello algunas colaboraciones del libro apuntan nuevas condiciones que parece importante remarcar. En concreto me refiero al hecho mostrado por A. Villa en Chao Samartín, donde, a pesar de la larga secuencia de uso documentada, es difícil caracterizar adecuadamente los niveles de ocupación prerromanos debido a las muy habituales reutilizaciones de estructuras ocurridas en la reforma de época romana. Sin pretender plantear propuestas maximalistas, tal vez sería necesario preguntarse hasta qué punto nuestro acceso al registro prerromano está fuertemente condicionado por la forma en la que éste es transformado en época romana. El hecho de que sería posible seguir planteando y discutiendo asuntos a partir de la lectura de los trabajos contenidos en este libro es el indicador más claro de que el debate relativo al mundo de los castros en general, y al área astur-meseteña en particular, parece recuperar una vivacidad perdida por un tiempo. Y si algo destaca en ella es la incorporación de nuevas perspectivas de análisis del registro, que proporcionan un prometedor marco para la discusión cuya validez es indudable. A todo ello hay que unir, además, la introducción o renovación de las propuestas metodológicas (como muestran los muy interesantes trabajos de V. Rozas y L. Cabo referido a la datación dendrocronológica de contextos de este período, o las observaciones globales de L. Berrocal et al.) y, en fin, el crecimiento progresivo en cantidad y, sobre todo, calidad del registro disponible (como muestra el fuerte incremento del número de dataciones de C-14 que ofrece F. Alonso en la que ha sido lamentablemente una de sus últimas publicaciones). tica fenicia oriental a la que pertenecen las representaciones de deidades que presentan influencias de modelos iconográficos egipcios como el Ptah de Cádiz o la Astarté del Carambolo. Con la crisis del mundo colonial asistimos a la presencia de nuevas manufacturas en bronce entre las que destacan las agrupadas bajo el epígrafe de broncística hispano-arcaica como el vaso de Valdegamas o el timaterio de la Qúéjola, con claras influencias griegas y de gran calidad en sus aspectos técnicos, que son valoradas como producciones de talleres peninsulares de probable influencia colonial. Son, sin embargo, las piezas agrupadas en la toreutica fenicia-occidental las que constituyen el corpus principal del trabajo. Atribuídas a un "artesanado colonial fenicio que instala sus talleres en el territorio peninsular" presentan elementos comunes como las técnicas de fabricación entre las que destaca la de la "cera perdida" como principal aportación; sistemas de montaje y unión de carácter mecánico y en menor medida de sobrefundido, junto con el pulido final. En las técnicas decorativas estas piezas presentan novedades como el bulto redondo, el relieve, el calado y la incisión, con una escasa utilización de otras como la impresión, el troquelado y el repujado típicas de los talleres fenicios orientales. Por lo que se refiere a la iconografía destacan de un lado las representaciones antropomorfas de figuras femeninas, utilizadas como elementos ornamentales y con atributos de deidades de influencia egipcia. El otro gran conjunto iconográfico comprende el repertorio de animales que se agrupan en reales y fantásticos, si bien se admite la matización de los trabajos de Chapa (1985) sobre el fluctuante límite entre lo fantástico y lo real para el destinatario indígena, como comprador, usuario o mero observador, en cuya experiencia ocupan el mismo plano de excepcionalidad un león y un grifo. En su análisis iconográfico el autor propone otro tipo de agrupación. Un primer grupo integrado por animales pacíficos (toros, ciervos), asimilables por su carácter autóctono a una interpretación indígena tanto en aspectos ideológicos como prácticos. Se destaca la abundancia de representaciones de ciervo como un posible indicador de regionalización, así como la escasez de caballos y la total ausencia de lobos tan frecuentes en la iconografía ibérica. A los animales que son agrupados bajo el epígrafe de "fieras", procedentes todos ellos de la iconografía oriental se les atri-buyen dos planos semánticos: la idea básica de protección y resaltar el status social del personaje (propietario-usuario) con los que se relacionan. Este análisis iconográfico que se extiende a los motivos vegetales y a las escasas escenas complejas, concluye que frente a los modelos orientales, estos bronces peninsulares presentan un cierto nivel de tosquedad y menor calidad en el tratamiento de los elementos y las técnicas empleadas. Se caracterizan por un tipo de manufactura menos especializada con resultados menos espectaculares que los de los talleres orientales. Estas características se atribuyen a la inferior categoría y preparación de los artesanos que se instalan en las colonias fenicias peninsulares. Sin embargo en el análisis de algunos aspectos iconográficos en los que se parte de un modelo oriental, las pequeñas variaciones documentadas son interpretadas como la asunción de tradiciones locales. Pero, se le puede objetar al autor que el marco interpretativo puede ser más amplio: desde la propia evolución interna de los artesanos fenicios asentados en la península, o como indica Rovira (1995) la capacidad de ciertos talleres indígenas para copiar cualquier nuevo objeto en función de su demanda, o incluso la capacidad de atracción de los talleres coloniales sobre los especialistas indígenas. Estos talleres se concentran principalmente en el área de asentamientos coloniales, desde los que se abastecerían, tres áreas regionales: el Valle del Guadalquivir, el territorio vertebrado por el eje Huelva-Guadiana y una tercera área que englobaría la Alta Extremadura y la Meseta, en la que si bien se admite un posible taller en Extremadura, el considerar como únicos responsables a los artesanos fenicios frente a interpretaciones más abiertas, lleva a rechazar su existencia, y atribuir la especial concentración de representaciones de ciervos en bronce para esta zona a condicionantes de la demanda local. Sin embargo también en este caso cabe cuando menos la discrepancia con la propuesta del autor demasiado cerrada en sus conclusiones, ya que otros autores en base a protocolos analísticos defienden, que al igual que se ha identificado un taller de orfebrería orientalizante en la zona media del Tajo-Guadiana existe una tradición metalúrgica regional, que se ha minusvalorado; y que se detecta en una mayor proporción de estaño en las aleaciones y la fabricación de vasos con bronces ricos (Perea 2000; Montero 2001). Similar discrepancia se plantea en el papel que pudieron desempeñar en el seno de las comunidades indígenas las piezas, tanto las aisladas como las integradas en conjuntos coherentes, que integran la toréutica orientalizante. Su distribución puntuada por el cuadrante Suroeste de la Península se ha interpretado en el marco de un proceso de aculturación con diferentes matices. Para el periodo orientalizante se han planteado hasta el momento las dos opciones básicas de aculturación: la impuesta, en la que los colonizadores establecen un control directo sobre los autóctonos caracterizada por procesos de asimilación, y la espontánea en la que la aceptación e integración de los elementos culturales exteriores obedece a los dinamismos internos de la sociedad autóctona en la que se identifican agentes aculturadores internos (Wagner 1986(Wagner, 1993)). Desde la perspectiva que confiere a estos objetos un papel significativo para explicar las transformaciones de las comunidades peninsulares, el autor interpreta los elementos de la toréutica orientalizante como privativos de las elites locales, pero no solo como un objeto de lujo, sino como un vector de transmisión de una concepción y simbología del poder que en algunos casos confiere un carácter sacro a su propietario. Las poblaciones locales asumirían principios ideológicos, formas de comportamiento y organización social que en un claro proceso de aculturación, ven-drían en unos casos a sumarse y en otros a sustituir los tradicionales modos de vida. Dicho proceso se enmarcaría de manera pausada durante el primer siglo de contacto entre los colonizadores y las poblaciones locales. Se echa en falta cuando menos una referencia aunque sea para la discrepancia sobre la postura de otros investigadores para los que estos bronces no se deberían valorar en el marco de la asunción directa de las implicaciones sociales e ideológicas del mundo colonial. Sus propuestas de interpretación ofrecen un marco más amplio y se orientan hacia el cambio de funcionalidad, en paralelo al surgimiento de nuevas manifestaciones de la jerarquización indígena como las abluciones del banquete aristocrático, o las funerarias (Ruíz de Arbulo 1996). Otra de las interpretaciones de este tipo de objetos sería la de regalos diplomáticos en un intento de integrarlos en el marco de un proyecto comercial que precisa de acuerdos o compromisos con las poblaciones que controlaban pasos y vías de comunicación. Más radical es la sugerencia de que estos objetos, sobre todo los del Valle del Tajo, son ininteligibles, y más que identificar un progreso hacia el mestizaje, solo constatan la existencia de sociedades en conflicto (Moreno 2001). Si la variabilidad caracteriza el que hemos denominado poliédrico fenómeno orientalizante, el autor parece decantarse hacia una visión homogeneizadora. Sin embargo su propuesta de un mismo impulso o proyecto que anima la difusión y comercialización de estas manufacturas no excluye que el resultado sea heterogéneo dada la diversidad territorial poblacional y cronológica sobre la que se actúa. Desde las perspectivas de la investigación futura, el presente trabajo sobre la toreutica orientalizante la configura como un tema abierto sobre el que refinar las interpretaciones en el ámbito regional y local y en el que a partir de ahora contamos con la necesaria y detallada sistematización que supone este excelente y oportuno trabajo. Por una casualidad irrelevante, me encuentro ahora examinando un libro sobre la guerra, justo cuando ésta vuelve a situarse en el centro del debate político y social (1). Un tema al que hacía tiempo que no dedicaba mayor atención, y en el que, a pesar de las amables palabras de los editores de esta revista (obviamente encaminadas a convencerme para que hiciera la faena, y que mi autoestima les agradece), disto mucho de considerarme experto. En este momento, en el que una guerra está ocurriendo de verdad e invade (bien que de lejos) mi cotidianeidad, no sabría como encarar la recensión de un libro con semejante título la guerra en el mundo... si no es constatando la primera obviedad: el título no responde al contenido del libro. La guerra, como tal, no aparece por ninguna parte, o acaso como un muy lejano y pálido reflejo. Para entendernos en plan coloquial el título está bien, pero sería exigible a una monografía científica que su encabezamiento reflejara con exactitud su contenido, y que sacrificara la supuesta claridad de lo literario por la gris pero precisa exactitud de lo descriptivo. Porque no quiero creer que los editores y autores no sean conscientes de la diferencia entre el conjunto de los hechos sociales y bélicos que llamamos guerra y el campo estricto de lo armamentístico y militar, que es el que tratan en sus artículos. La guerra está constituida por una amplia gama de fenómenos sociales, culturales y hasta naturales (si es que éstas pueden distinguirse entre sí), de los que el armamento y la arquitectura militar forman tan sólo una manifestación, y no siempre ligada directamente a la guerra, sino al orden y la estructura internas de la sociedad. Repito, en este libro no se llega a analizar este fenómeno de la guerra en el marco cronológico y espacial que el título delimita, a lo sumo se llega a aseverar que era un fenómeno frecuente entre íberos y celtíberos, a (1) Como la memoria es corta, y los tiempos de publicación algo más largos, me refiero claro está a la invasión americana de Irak, marzo de 2003. modo de presupuesto apriorístico cuasiparadigmático, sin que se sepa muy bien por qué (¿sobredosis de Polibio, quizá?). Cierto es, la guerra no es algo que, a pesar de sus apariencias, deje muchas constancias arqueológicas, con lo que nos vemos, como los autores, constreñidos a analizar epifenómenos, por si fueran ilustrativos de nuestro verdadero interés. Así, los análisis presentados en este libro se centran sólo en tres aspectos: los restos de armamento (Quesada, Lorrio, Sanz), la historiografía clásica (Ciprés) y la arquitectura militar (Romeu, Moret), que de ninguna forma agotan las posibles vías de acercamiento, ni el análisis mismo de las partes aquí presentadas. En resumen, el título me parece excesivo por lo rotundo y lo amplio. Todo recensionador de un volumen colectivo, y no seré yo menos, encaja hacia el comienzo una alusión a la dificultad de encarar en una sola pasada o visión un conjunto tan dispar de aportaciones. En este caso no se debe a la irregularidad en el nivel de las mismas (todas ellas correctas como mínimo, y coherentes en su planteamiento interno como tal), sino a la disparidad inevitable entre campos tan variados como los manifestados. Así, los trabajos de los tres autores que tratan de armamentística son bastante armónicos entre sí, pero poco tienen que ver con el resto de los artículos. Me encuentro pues, como todos, sin una línea argumental posible para esta recensión, salvo el examen sucesivo de cada artículo, lo que afea la narración. Precede al volumen una introducción de los editores que, además de explicar las circunstancias que le dieron origen, su pequeña historia propia y las intenciones que pusieron en marcha el proyecto, trata de presentar una visión coherente del conjunto de los artículos en el marco de las condicionantes propias del campo y del estado actual de su investigación. Es una tarea necesaria, está bien escrita y bien argumentada, pero no consigue su fin de armonizar el todo en una presentación única. He confesado antes que resultaría una misión imposible, con lo que no puede achacárseles más que la buena intención. Sigue el que, para mí, es el artículo más interesante del libro, una presentación de F. Quesada de la problemática de la investigación en el campo de la armamentística protohistórica hispana (Armas y arreos de caballo en la protohistoria peninsular. Problemas de la documentación y líneas de investigación prioritarias, pp. 1-34). El subtítulo lo dice todo, y se ajusta al contenido. Quesada examina los problemas pasados y presentes de la investigación en este campo en un lenguaje claro y bastante bien escrito (algo inusual en arqueología y muy, pero muy, de agradecer). En líneas generales, cualquier conocedor del campo estaría de acuerdo con él, discrepancia más o menos, tampoco importa, y aunque el artículo resulte ser más una declaración de principios y aviso de navegantes que una epistemología ello le hace ser todavía más útil y necesario. Sólo diré que su crítica a la importancia del mercenariado ibérico como camino de intercambio cultural, con el que concuerdo totalmente, debería haber sido tenido más en cuenta por otros de los autores del volumen. Cualquier investigador o curioso que precise de introducción al estudio de armas y arreos peninsulares deberá haber leído este artículo. Éste es seguido por otros tres que examinan la realia de los armamentos en tres áreas geográfico-culturales diferentes: la ibérica (Quesada: 35-64), la celtibérica (Lorrio: 65-86), y la cuenca del Duero (Sanz: 87-134). Son todos ellos trabajos muy parecidos, no necesariamente iguales en enfoque y método (2), pero sí en su estrategia, en cuanto abordan los restos conocidos, los analizan y sacan parecidas conclusiones. A saber: tipología, periodización, y asociaciones; todos ellos más o menos concordantes y considero innecesario entrar en el detalle de la crítica a esta dimensión de su trabajo, aunque no concuerde en todo lo que dicen. Estos tres artículos son síntesis actualizadas de anteriores trabajos de sus autores, y resultan por ello muy de agradecer, como resumen o introducción (según las necesidades de cada lector) de muy extensos trabajos anteriores. Todos ellos tienen, además, el mismo problema: el gran peso del origen de muestra, los ajuares funerarios. Este hecho, el que la mayor parte, con diferencia, de armas y arreos aparezcan depositados en tumbas sesga necesariamente la muestra, y los tres autores confiesan honrada y paladinamente este hecho. Pero no son capaces de superarlo, lo que además resultaría una imposibilidad teórica (3), con lo que al final terminamos sabiendo poco de la guerra en estos ámbitos, poco y no nada, y los tres artículos terminan tratando más de la estructura social de las respectivas sociedades que de su aspecto militar o guerrero. Personalmente concuerdo con la afirmación de Sanz Mínguez de que todavía no estamos en situación de presentar una síntesis comprensiva de la armamentística protohistórica, y que queda mucho trabajo tipológico-clasificatorio-terminológico-pesado por hacer, por lo que tampoco se puede pedir mucho más. Aun así, creo que ninguno de los autores plantea con la suficiente profundidad y claridad cuestiones que considero necesario al menos esbozar, como el porqué en estas tres áreas y no en otras se produce esta importante acumulación de armas, qué conexión tienen los aspectos que examinan con otras vertientes de las sociedades en que se producen, o qué nos aportan estos estudios al conocimiento de la sociedad y cultura protohistóricas en general. Empiezan en lo armamentístico, y en demasiadas ocasiones terminan en ello. Quizá no fuese posible otra cosa, lo reconozco, pero al menos lo podían esbozar. Para mi gusto, todos sus trabajos hubieran ganado en claridad, cientificidad, y utilidad, si hubieran abandonado definitivamente el uso de los etnónimos, adjetivos que nada tienen que ver con el objeto de su estudio, y que sólo sirven para confundir [URL].: el deslinde entre los campos y territorios que tratan Lorrio y Sanz es casi imposible de apreciar). Aclaro que no es que considere que el estudio de la etnicidad sea una (2) Quesada más centrado, Lorrio notablemente conservador, y Sanz bastante más crítico. pérdida de tiempo (bueno, tiendo a ello) sino que entiendo que los etnónimos que nos aportan las fuentes clásicas deben ser el objeto de estudio después del análisis arqueológico, no antes ni superponiéndose a él, y que como categorías definitorias podían haberles sido útiles a Plinio o a Estrabón, pero a nosotros no. Esto nos lleva al artículo con el que menos de acuerdo puedo estar, el de P. Ciprés (Instituciones militares indoeuropeas en la Península Ibérica: 135-152). Ya el título (estoy hablando mucho de títulos en esta recensión) me resulta difícil de aceptar. El adjetivo indoeuropeo, como si una institución tuviera algo que ver con la familia lingüística, ya me empieza a preocupar. Habiendo dicho lo que he dicho de los etnónimos, se comprenderá que no pueda entender la validez de adjetivar con el nombre de un grupo lingüístico (4) a lo que intenta ser un estudio de estructura de instituciones sociales. Digo intenta, porque en el fondo, aunque con gran coherencia interna, se trata simplemente de una vuelta de tuerca más a lo que podemos saber de las culturas y poblaciones de la protohistoria peninsular a partir de las fuentes clásicas. Además, al trabajo de esta autora le veo el problema de que no consigue escapar de la trampa de todos los análisis de fuentes habidos hasta el momento. A saber, las fuentes hablan de los indígenas como elemento extraño comparado a la normalidad del nosotros, y con la terminología de este nosotros; hasta aquí todos, incluidos la autora, de acuerdo. El problema está no en el bárbaro extraño, esa es la parte obvia, sino en el otro término de la comparación, los romanos. No entiendo, o prefiero jugar a que no entiendo, el porqué aún hoy en día asumimos como nuestra propia la postura de los romanos (por mucho que sean el sujeto de los textos que nosotros leemos, nosotros no somos los romanos), ni porqué parecemos creer que sólo porque entendamos el idioma en el que están escritas las fuentes sepamos de qué están hablando. De hecho, no sabemos casi nada, o poco más que nada, del ejército romano anterior a las reformas sucesivas de Mario, Sila y César, y poco más del ejército augusteo. Las fuentes clásicas usan como punto de comparación éste ejército y organización militar y concepto de la guerra, y no otro, para hablar de los extranjeros hispanos, y por mucho que utilicen un idioma y una terminología que creemos comprender realmente desconocemos casi todo de los dos puntos de la comparación. Una sola ecuación con dos variables desconocidas nunca ha sido resoluble, y por tanto, este ejercicio me parece inútil. Y cuando la autora cae en el error, por cierto muy común en la antigua historiografía de pre-y postguerra, en la que se trata a Sertorio como un hispano más en las luchas contra Roma, olvidando que fue un político y general romano, peleando en una guerra civil romana con tropas hispanas peleando a la romana, cuando lo trata como otro cabecilla hispano, la sensación de dejà vu se torna insoportable. Las dos últimas aportaciones tratan aspectos muy parciales de la arquitectura militar ibérica. Romeo plantea un artículo de tesis, en el sentido que sale a la palestra a defender una idea (la indigenidad de las fortificaciones ibéricas de la zona aragonesa y la no necesidad de plantear influjos helenísticos en la poliorcética), la defiende honrada aunque no concluyentemente. Le faltaría, cosa difícil en el espacio de un solo artículo, examinar todos los argumentos a favor y en contra de su tesis para ser más convincente, aunque debo decir que personalmente me ha convencido. Confieso que estaba predispuesto, pues recientemente hemos vuelto a sufrir la moda del ex oriente lux (bien que solapada en palabrería y centros periféricos, es decir, sin honradez), y de vez en cuando conviene que alguien recuerde que en todos lados la gente piensa más o menos igual de inteligente o estúpidamente. Moret por su parte se adentra, con todo tipo de cautelas, en el proceloso mundo de la paleométrica (esta es la aportación de este trabajo al catálogo de neologismos), y plantea, con más cautelas todavía, un anticipo de conclusiones generales que podrían derivarse de este tipo de estudios, y sirve sobre todo como semáforo de una nueva vía de investigación que bien merece la pena seguir. Para terminar, quiero decir que este libro, sin ser una novedad teórica absoluta (cosa que no pretende) es de gran utilidad en cuanto supone un intento de síntesis, o el mejor intento posible en este momento, de un conjunto de problemas difíciles de conocer para un no especialista, al recoger en un solo volumen no excesivamente extenso las principales aportaciones de los últimos años, y por los autores que más, o más recientemente, han trabajado sobre ellos. No quiere decir que todavía estén superados todos los antiguos trabajos (las obras de Cabré y la Meseta-Kulturen de Schüle, especialmente), ni que el tema examinado esté ni de cerca resuelto. Y vuelvo al principio, el título. De la guerra, como tal, en los mundos ibérico y celtibérico, seguimos sin saber nada. Museo Arqueológico de Badajoz Pza. Jose Álvarez y Sáenz de Buruaga s/n 06080 Badajoz -----IGNACIO GRAU: La organización del territorio en el área central de la Contestania Ibérica. Publicaciones de la Universidad de Alicante. Los estudios sobre la Contestania ibérica experimentan en la actualidad una etapa de impulso, si atendemos a la reciente serie de proyectos de investigación, publicaciones y otras iniciativas en curso. Baste como último botón de muestra el encuentro realizado en Alicante a finales de octubre del 2002. Trabajos muy esperados han visto la luz, como es el segundo volu-men de los resultados de las excavaciones en el poblado de El Oral (Abad et al. 2001). También está fresca la publicación de los trabajos realizados en el asentamiento de El Perengil, un yacimiento que aporta nuevas perspectivas para el estudio de los esquemas de poblamiento ibérico en la Vega Baja del Segura. Este último tema ha sido también objeto de atención en la reunión celebrada en la Casa de Velázquez el pasado mes de febrero en torno al problema de las casas fuertes y recintos fortificados de época ibérica tardía y romana. La proyección social de estos esfuerzos pasa también por un buen momento, con la reciente remodelación del Museo Arqueológico de Alicante, o la ejemplar puesta en valor de un yacimiento emblemático pero no menos desatendido como era el Tossal de Manises/ Lucentum. La obra de I. Grau se encuadra dentro de este panorama general como un estimable avance en el conocimiento de los desarrollos regionales particulares de las distintas áreas de la cultura ibérica levantina. Se persevera así en la continuación del proyecto iniciado por Llobregat con su ya clásica Contestania Ibérica (Abad 1996), como ha quedado subrayado en el interesante coloquio celebrado en octubre de 2002. La zona de estudio elegida es el interior montañoso de la provincia de Alicante, abarcando el período que va desde el inicio de las colonizaciones hasta la conquista romana. En cuanto a su estructura, es la acostumbrada en este género de trabajos centrados en una unidad geográfica. Se inicia con un encuadre teórico y una exposición de la metodología empleada. Se pasa luego a analizar el medio geográfico. El tratamiento de la información arqueológica se inicia con una valoración de las cerámicas como indicadores crono-culturales en la zona estudiada. Un amplio capítulo es dedicado a la evolución de las formas de poblamiento. Seguidamente se aborda la cuestión de la economía, tanto desde el punto de vista agropecuario como comercial. Los aspectos estratégicos y defensivos de los asentamientos y su distribución ocupan el apartado siguiente, para concluir este recorrido con una revisión de los datos conocidos sobre espacios funerarios y de culto. El trabajo finaliza con una valoración de síntesis sobre la evolución histórica de la zona de estudio en el contexto de la Contestania y su entorno mediterráneo. Comienza el autor por la saludable premisa de definirse dentro del panorama teórico actual, optando por la práctica de una Arqueología del Paisaje. No obstante, la diversidad del panorama presente englobado bajo dicho epígrafe da lugar más a una revisión de los grupos de trabajo y corrientes existentes que a una penetración en la naturaleza definitoria de este tipo de estudios. La lectura a escala territorial de la interacción entre las comunidades humanas y su medio a lo largo del eje del desarrollo histórico y social, puede ser una definición adecuada, pero capaz de englobar presupuestos teóricos muy dispares. Desde el punto de vista metodológico, es especialmente destacable la creación de un Sistema de Información Geográfica (SIG en lo sucesivo) como soporte para el desarrollo de la investigación. Trabajos como el suyo son la confirmación de una tendencia positiva hacia la implantación de estas herramientas de análisis. Grau representa a una generación de aplicaciones de los SIG en la que la justificación del trabajo no es en sí el empleo de esta tecnología, sino que se valora a ésta como un medio más para estudiar fenómenos históricos desde perspectivas diferentes. La utilización de estos medios debe ser interiorizada e incorporada a nuestros métodos de trabajo del mismo modo que en su momento lo hizo la cartografía tradicional, la arqueometría o el análisis estadístico. Pero es, ante todo, imprescindible que exista una conexión orgánica entre la utilización de estos recursos y los planteamientos teóricos generales que deberían dar sentido al procedimiento a adoptar: ¿Qué pudo ocurrir?, luego... ¿qué quiero saber?. Grau se expresa acertadamente al respecto al afirmar que cabe esperar de estos dispositivos "algo más que mapas bonitos" (pág. 21). Es común, en efecto, una deficiente comprensión de las verdaderas posibilidades de los SIG como herramienta de trabajo, a veces asimilados a sistemas de dibujo asistido por ordenador. Por el contrario, en el trabajo que nos ocupa se demuestra un buen conocimiento de las capacidades analíticas de los SIG. Se echa de menos, no obstante, un mayor aprovechamiento de las mismas por lo que respecta a algunos temas concretos, como el Análisis de Captación Económica (ACE en lo sucesivo). En su formulación clásica definida por Vita-Finzi y Higgs (1970), el ACE es empleado como una técnica para caracterizar la posible orientación económica de los asentamientos, en función de las capacidades de su entorno. Al margen de las implicaciones teóricas que supone la fidelidad a este planteamiento (tema sobre el que volveremos luego), la interpretación ofrecida se basaba en una apreciación de la frecuencia de determinados tipos de coberturas en las áreas de captación de cada caso aislado. Posteriores aplicaciones del ACE por parte de arqueólogos de la escuela procesual (Flannery 1976, Roper 1974y Baumler 1976, citados en Roper 1979) expanden las posibilidades del método cuantificando y aplicando pruebas estadísticas sobre series amplias de casos. Se abrió con ello la puerta a un enfoque experimental del ACE, que desde la perspectiva teórica del materialismo histórico han aplicado Gilman y Thornes (1985) para la prehistoria del sureste penisular, y posteriormente ha concretado Vicent (1991) dentro de una propuesta metodológica para el estudio de los paisajes agrarios. Desde esta óptica, la reconstrucción positiva del significado económico real de calidades y usos de los suelos no es el objeto central, sino la posibilidad de detectar una estructura en las decisiones de localización que no se muestra de un modo directo. La proposición de un significado en términos históricos arranca de esta premisa. Es este nivel supra-descriptivo el que se echa en falta cuando, de entrada, sólo se definen las áreas de muestreo de los oppida, privándonos de la posibilidad de comparar con otro tipo de asentamientos, como por ejemplo, el importante poblamiento en llano detectado en las fases antigua y final. Una vez definidas las áreas de captación, se realiza un comentario caso por caso, estableciendo luego tendencias generales a partir de estadígrafos descriptivos básicos y sus representaciones gráficas. Volviendo sobre el trasfondo teórico de la utilización del ACE, quizás habría sido conveniente una mayor justificación sobre los criterios empleados a la hora de definir sus parámetros. Si se opta por una lectura de los tipos de suelos en términos de susceptibilidad de un determinado uso en el pasado, la delimitación del rango de distancia adquiere un significado socioeconómico que precisa ser explicitado. La asunción del binomio una hora/cinco kilómetros tiene sus raíces en los estudios de Geografía Agraria de Chisholm, a los que recurre Grau (pág. 137) y que tanto influyeron en los defensores de la Nueva Arqueología. No bebe minusvalorarse el hecho de que tales estimaciones cobran sentido dentro de una estrategia económica maximizadora en función de la distancia desde el asentamiento y de la existencia de comunicaciones para la distribución de excedentes. Esto nos conduciría a la asimilación de la estrategia económica de las comunidades agrarias de la Edad del Hierro con la de explotaciones integradas en una sociedad industrializada: la gente aprovechará al máximo las posibilidades del medio en la medida en que se lo permita el nivel de desarrollo tecnológico. La aceptación o no de las tesis formalistas subyace como problema de fondo en esta opción metodológica: ¿que racionalidad económica preside la toma de decisiones sobre dónde situarse?. Es éste, y no el problema de incluir o no como variable la rugosidad del terreno, el núcleo duro de la discusión sobre el uso de esta clase de técnicas. Abundando en la necesidad de modelizar para entender, es novedoso en publicaciones españolas el uso que hace Grau de los SIG para el estudio de las comunicaciones (Un buen ejemplo reciente en la literatura anglosajona sobre SIG puede verse en Bell et al. 2002). Los cálculos sobre accesibilidad y camino óptimo permiten crear itinerarios hipotéticos para conectar elementos del paisaje. Estos recorridos pueden luego ser contrastados con la distribución de asentamientos o materiales, o bien compararse con la red de caminos observada en el presente. En el trabajo que nos ocupa se aprovecha el potencial de tales métodos a todos los niveles, desde el análisis de la relación de los oppida con otros asentamientos de su entorno inmediato, hasta las posibles vías de conexión interregional. El resultado es una propuesta de caracterización de un tipo de entidades prácticamente inaprensibles desde la documentación arqueológica tradicional. La vertiente experimental de los SIG cobra aquí plenamente su sentido. El bloque introductorio de la obra se cierra con una valoración del medio en el que actúan las comunidades ibéricas. Grau hace un uso inteligente de la información geográfica, insistiendo en las variables que han modelado la fisonomía de los espacios agrarios. La perspectiva del autor es amplia, pues no se desdeña, sino al contrario, se explota el potencial de fuentes históricas que permiten reconstruir una secuencia de larga duración. La lectura territorial propuesta por Grau tiene como base una caracterización tipológica de los tipos de asentamientos documentados y su evolución diacrónica. A la hora de analizar la elección de emplazamientos se muestra una atenta selección y un detallado tratamiento de cada una de las variables. Hubiera sido interesante, en todo caso, el estudio combinado de las mismas, quizás recurriendo a análisis estadísticos multivariantes. Es por otra parte de gran interés el uso, ya comentado, de las posibilidades del SIG para proponer el trazado de las principales rutas de comunicación durante la etapa ibérica. La definición de una serie de niveles en la estructura de poblamiento se muestra, a la luz de los datos manejados, como un esquema coherente y que es hábilmente confrontado con los propuestos en otras áreas. Permítasenos únicamente plantear algunas dudas en cuanto a la intensidad de la relación rango-tamaño, por cuanto la jerarquización espacial no debería interpretarse como un reflejo directo de la jerarquización social. Es esta la principal objección que cabe plantear al enfoque de patrones de asentamiento, un planteamiento que asume la distribución observada como directamente interpretable en términos de una organización socio-política extinta. El desarrollo de las actividades económicas es objeto de un apartado independiente, analizándose sucesivamente el papel de la agricultura y el comercio. Respecto a lo primero, ya se ha dicho suficiente al tocar el tema del ACE. Los resultados obtenidos son combinados con un conjunto de evidencias sobre los tipos de cultivos y la capacitación tecnológica de las comnidades ibéricas. Cabría apuntar algunas reflexiones en lo tocante a los protagonistas de todos estos procesos de trabajo. Se alude reiteradamente a estos productores de excedente como campesinos, y se define a la ibérica como una forma de economía campesina. Conviene tener presente que tal categoría se define no tanto por un deteminado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas como por una relación, un vínculo de dependencia respecto a otras clases del sistema social. Grau plantea al respecto que los campesinos necesitan soportar cargas para las clases dirigentes, y la adquisición de bienes de prestigio por parte de estas sería la motivación necesaria para el desarrollo de una economía excedentaria (pp 158-159). El monopolio de las redes de intercambio de los productos foráneos sirve a su vez para reforzar la posición dominante dentro de la comunidad. El cambio tecnológico facilita el aumento de la productividad y extensión de los cultivos, con el consiguiente crecimiento económico del sistema que conlleva una expansión demográfica Ésta actúa como principio activador y retroalimenta esta dinámica de desarrollo pujante. El sentido redistributivo de la actividad comercial es parte esencial de esta visión del funcionamiento de la sociedad ibérica, que tiene como trasfondo un modelo de economía de bienes de prestigio (Frankenstein 1997). Del mismo modo, es consustancial al modelo la consideración de los elementos defensivos de oppida y territorios desde un prisma primordialmente del enemigo exterior. La conflictividad interna no apare-ce como factor a tener en cuenta en el desarrollo de sistemas para el dominio estratégico del espacio. Las manifestaciones externas de poder en los espacios funerarios por parte de los linajes aristocráticos encajan dentro de este esquema como elementos de cohesión social (p. 248), la posible existencia de un mecanismo tributario controlado por santuarios comarcales como el de La Serreta es interpretada como un estímulo para el comercio y el reforzamiento de vínculos entre las comunidades dependientes. Para ir concluyendo, puede verse cómo todo el desarrollo histórico planteado gravita en torno a la cuestión esencial: ¿por qué ocurre lo que se observa? ¿cúal es la explicación global en términos sociales de todo este proceso de cambio? El autor maneja un modelo claro al respecto con dos ejes fundamentales. En primer lugar, una visión del desarrollo de la cultura ibérica como un ente que nace, se desarrolla y finalmente florece/madura en el período pleno (p. 250), para disolverse a partir de la conquista romana. En segundo lugar, una interpretación funcionalista de su estructura social. Los aristócratas del siglo IV a.n.e. se nos muestran como "coordinadores de la actividad económica local y mediadores en las relaciones con los exranjeros" (p. Estado, elites aristocráticas, tecnología, moneda, escritura... aparecen como dispositivos surgidos para la necesaria gestión y regulación de la adaptación humana al medio. Desde este punto de vista, el productor necesita por naturaleza el liderazgo y control por parte de una clase dirigente. No se plantea como problema central los mecanismos de imposición de relaciones asimétricas y de desigualdad social, y se insiste en cambio en la dinámica que facilitaría su refuerzo y reproducción. En síntesis, podemos decir que la obra que nos ocupa es una valiosa contribución para el estudio de la organización territorial del área central de la Contestania ibérica. Pese a las discrepancias que se puedan suscitar sobre el sentido histórico global del proceso analizado, no cabe duda que se aportan las claves de una secuencia de cambios coherente y legible, capaz de dar cuenta de las variaciones apreciadas en el registro arqueológico. Facilita esta labor el recurso a medios técnicos que expanden de manera ilimitada la capacidad de análisis del investigador (aunque nunca deben considerarse, como apunta el autor, sustitutos de esta última). Resulta esperanzador el observar esfuerzos tales en el intento de superar la esquizofrenia entre una aproximación más "cualitativa" e histórica a los problemas que plantea la arqueología de lo ibérico y un mundo técnico y "cuantitativo" como es el de los SIG (McElearney Assemblage 6). Es posible una vía intermedia entre el pesimismo metodológico de los positivistas (sólo la acumulación inductiva conduce a la visión completa), y la aplicación de los modelos teóricos como rodillo sobre el registro material. Dpto. de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense. Correo electrónico: [EMAIL] -----III CONGRESO DE NEOLÍTICO PENINSULAR, Santander, 5 a 8 de octubre de 2003. La celebración del III Congreso de Neolítico Peninsular en la ciudad de Santander se enmarcaba en los actos de conmemoración del "Año de la Prehistoria" en la región de Cantabria con motivo del centenario del descubrimiento de la Cueva del Castillo. Como en ocasiones anteriores, el evento se afrontaba con grandes expectativas que se verían pronto confirmadas por la gran demanda de solicitudes de comunicación; a este respecto, cabe señalar que la centralización de las inscripciones, solicitudes y trámites en una única página web [URL] se ha demostrado como un eficiente instrumento de gestión y, sobre todo, de actualización de la información referente al evento, desde el mismo inicio hasta la entrega de los textos finales para la publicación de las Actas. Del mismo modo, la preparación de la jornada de excursión el día antes del comienzo de las sesiones favoreció la continuidad de las comunicaciones evitando ocupar los días centrales. En el ámbito más puramente científico, cabe destacar el aumento de los trabajos sobre palinología y antracología respecto a las ediciones de Gavà- Bellaterra (1995) y Valencia (1999), ya sea en forma de comunicaciones propiamente dichas, ya como complemento del estudio de yacimientos o áreas concretas. Han sido también novedosas toda una serie de presentaciones sobre estructuras de combustión, algunas de ellas en la más típica línea de las de conjuntos ya conocidos en contextos habitacionales del sur de Francia (fundamentalmente en el ámbito chaséense). Por la contextualización geográfica que suponen, son dignos de mención los trabajos del equipo de la Universidad de Cádiz en la zona norte de África, con la presentación de la excavación de Cabililla del Benzú (Ceuta); como señaló J. Ramos, los procesos de desarrollo de la Prehistoria Reciente norteafricana no son bien conocidos -en gran parte debido a motivaciones de índole político-estratégicas -, y podrían ser piezas clave para la comprensión de las dinámicas de cambio cultural tanto a nivel mediterráneo como atlántico. El interés que despierta la actividad investigadora sobre el Neolítico de la Península Ibérica en zonas aledañas ha quedado plasmado, entre otras cosas, en la asistencia de investigadores foráneos; además de los equipos que trabajan desde hace ya varios años en territorio peninsular, son de destacar las comunicaciones de C. Züchner (Institut für Ur-und Frühgeschichte) y E. Mens (CNRS-Université de Nantes). Estos trabajos, junto con la introducción de dos conferencias invitadas (J. Guilaine y A. Whittle), han permitido contextualizar la problemática peninsular en los ámbitos más generales de la Europa Mediterránea y Atlántica, tanto en lo que se refiere al conocimiento de los datos sobre cultura material como, lo que puede resultar más relevante, al empleo de determinadas metodologías. Al igual que en el caso de Valencia y de otros congresos peninsulares celebrados en España (v.g. V Congreso Peninsular de Arqueometría, Cádiz, 30 de septiembre a 3 de octubre de 2003), hay que lamentar la escasa presencia de los investigadores portugueses; no obstante, se ha podido apreciar en esta ocasión un ligero aumento en el número de ponencias del país vecino en relación, por ejemplo, al Congreso de 1999. Esta aparente falta de comunicación entre los investigadores de uno y otro lado de la frontera -sólo invertida en las áreas geográficas de más directo contacto administrativo entre los dos países-, supone un importante freno a la comprensión de los procesos generales que afectaron a la Prehistoria Reciente peninsular y que tienen en Portugal algunas de sus más destacadas expresiones. En este sentido, se echaron muy especialmente en falta informaciones procedentes de los numerosos trabajos de prospección y salvamento en el contexto de la construcción del embalse del Alqueva, que sólo estuvieron representados por la comunicación de V.S. Gonçalves (Universidade de Lisboa) sobre los conjuntos de hornos de Xarez 12. Los debates generados tras la presentación de las comunicaciones de las distintas sesiones han girado en torno a los temas ya recurrentes del Neolítico peninsular. Quizás la novedad más destacada en este sentido (en relación a ediciones anteriores) haya sido la discusión en torno a la cronología y los métodos de datación; este debate se va visto fomentado, por un lado, por una comunicación sobre el particular por parte de la Dra. A.M. Muñoz (UNED) y, por otro, por el relativamente elevado número de trabajos que presentaban fechas obtenidas por Termoluminiscencia. De este debate se deducen una serie de consideraciones que, al menos desde mi punto de vista particular, son un tanto preocupantes; entre otras, que seguimos en muchas ocasiones sin saber con seguridad lo que estamos datando y, lo que no es menos importante, que no acabamos de tener en cuenta a la hora de valorar las cronologías absolutas la problemática estadística que subyace, por ejemplo, a las fechas radiocarbónicas. El otro polo de debate fundamental en Santander ha venido constituido por la ya clásica discusión sobre el modo de aparición del Neolítico en la Península; las intervenciones, inducidas por un trabajo teórico sobre la tradición del estudio de las sociedades productoras y por los recientes trabajos del equipo de la Universidad de Cádiz, se desarrollaron en un clima más sosegado que en ocasiones anteriores. Otras discusiones giraron en torno a la problemática de yacimientos concretos como el de las minas prehistóricas de Gavà, en alguna ocasión dejándose notar que, por desgracia, el interés de la intervención respondía más a conflictos personales que a un verdadero interés científico. En lo que concierne a la sección de pósters se ha de subrayar la calidad tanto formal como de contenido de la gran mayoría de los mismos. Aunque no sea, evidentemente, la intención de los organizadores, la presentación de pósters continúa siendo un apartado un tanto infravalorado en el contexto de la celebración de los congresos de investigación a escala internacional; este problema tiende no obstante a reducirse, produciéndose una revalorización de estos trabajos en los casos en que, como en el presente, la publicación de los mismos aparece al mismo nivel que el resto de comunicaciones. Desde hace algunos años los Congresos Peninsulares de Neolítico son, sin lugar a dudas, uno de los eventos más señalados de la investigación prehistórica a nivel europeo, tanto por la expectación que despiertan, como por la excelente capacidad de publicación de los resultados que hasta ahora han demostrado. Cabe esperar que dicha dinámica continúe en los años venideros y que siga prevaleciendo el espíritu integrador, cordial y de discusión que ha caracterizado a las convocatorias de Gavà, Valencia y, ahora también, Santander. Elías López-Romero González de la Aleja
TRINIDAD NÁJERA COLINO (*) FERNANDO MOLINA GONZÁLEZ (*) MARGARITA SÁNCHEZ ROMERO (*) GONZALO ARANDA JIMÉNEZ (*) Se presenta el hallazgo de un enterramiento infantil de la Edad del Bronce asociado a un ajuar de especiales características. Presenta varios elementos de muy pequeñas dimensiones realizados en cerámica y arcilla que reproducen formas típicas de los materiales del asentamiento. En el mes de octubre del 2004, durante la campaña de excavaciones arqueológicas en el asentamiento de la Edad del Bronce de la Motilla del Azuer, se localizó un interesante hallazgo consistente en la sepultura de un individuo infantil, en buen estado de conservación, que había sido inhumado en una fosa revestida por lajas de mediano tamaño y adosada al frente de la muralla exterior en la zona occidental de la fortificación (Fig. 1). Esta sepultura ha proporcionado un ajuar de excepcional interés, tanto por el número de sus componentes como por las características de los mismos. Se trata de la reproducción en miniatura de tres vasos cerámicos, un carrete y dos fichas de arcilla, una de ellas con perforación central, un pequeño canto esférico de piedra y un vaso cerámico carenado de pequeñas dimensiones. Todos los elementos cerámicos tienen un grado de cocción a muy baja temperatura. Dada la ausencia de objetos en la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica que hayan podido interpretarse de forma inequívoca como juguetes hemos considerado de interés dar a conocer mediante una breve nota este hallazgo en donde las especiales características de los elementos de ajuar documentados junto a su asociación con un individuo infantil confirmarían su identificación como elementos relacionados con el proceso de socialización y aprendizaje en las comunidades de la Edad del Bronce. El yacimiento se encuentra situado junto al río del mismo nombre en el término municipal de Daimiel (provincia de Ciudad Real). A partir de 1974, un equipo de la Universidad de Granada dirigido por T. Nájera y F. Molina, ha realizado hasta el 2004 en este asentamiento 13 campañas de excavación y dos de restauración, en el marco de un Pro-(*) Dpto. de Prehistoria y Arqueología. Campus Universitario de Cartuja s/n. Las especiales características de la Motilla del Azuer, así como la monumentalidad de sus estructuras de fortificación, con muros de mampostería que conservan más de 7 metros de alzado, confieren al yacimiento un carácter único dentro de la Edad del Bronce de la Península Ibérica, al tiempo que ofrecen unas condiciones idóneas para su restauración y musealización. Las motillas pueden interpretarse como asentamientos fortificados en llanura con una importante función de gestión y control de recursos económicos durante la Edad del Bronce. En el interior de sus recintos fortificados se protegían elementos básicos como el agua, captada del nivel freático mediante un pozo, y se realizaba el almacenamiento y procesado de cereales a gran escala, la estabulación ocasional de ganado y la producción de cerámica y otros productos artesanales. La serie de dataciones de Carbono 14 permite establecer el inicio de la ocu-pación del yacimiento en torno al 2450 cal a.C., durante el Bronce Antiguo, y el de su abandono a comienzos del Bronce Tardío, hacia el 1540 cal a.C. El núcleo central de la fortificación del Azuer está formado por una torre de mampostería de planta cuadrada, a cuyo interior se accede mediante rampas embutidas en estrechos pasillos. Dentro del área fortificada se delimitan otros amplios espacios: un patio y dos grandes recintos separados por una línea de muralla intermedia. En el interior del patio, de planta trapezoidal, los habitantes del Azuer excavaron un pozo, que perforó la terraza aluvial hasta alcanzar el nivel freático para abastecer de agua al asentamiento. El recinto intermedio ocupa la mitad occidental de la fortificación entre la muralla intermedia y el paramento exterior del pasillo que circunda la torre. La funcionalidad de este recinto experimentó variaciones durante las distintas fases de ocupación del yacimiento, siendo su principal uso el de almacén de cereales a gran escala, documentado por la aparición de un elevado número de grandes vasijas de cerámica, silos, capachos llenos de granos de cebada y trigo y grandes depósitos de mampostería. La compleja muralla exterior, con varias líneas adosadas, presenta unas características constructivas de gran interés por el desplome que experimentan sus paramentos hacia el interior de la fortificación, lo que plantea una serie de interrogantes sobre los sistemas constructivos del yacimiento y el comportamiento dinámico de los mismos. En el interior del recinto delimitado entre las murallas exterior e intermedia se construyeron a lo largo de la ocupación del yacimiento numerosos hornos de planta circular con zócalos de mampostería y cubierta abovedada de barro junto con depósitos rectangulares de mampostería para almacenar cereal. Esta línea de fortificación más externa, circular y concéntrica a los sistemas de fortificación interiores, ofrece en su última fase de construcción un paramento ciclópeo de grandes bloques de caliza. El acceso al interior de la fortificación desde el área del poblado se realizaba a través de pasillos exteriores paralelos a las murallas. El hábitat se sitúa fuera de la fortificación en un radio de unos 50 metros. Las viviendas ofrecen planta oval o rectangular. Poseen zócalos de mampostería y alzados de barro con postes embutidos. A veces presentan tabicaciones internas y muros medianeros. Asociadas a las casas se documentan grandes áreas abiertas dedicadas a actividades de almacenamiento y a trabajos de producción, en las que se localizan una alta concentración de fosas de dimensiones diversas, que a menudo perforan las gravas del suelo virgen sobre el que se asienta el yacimiento, y restos de hogares, hornos y otras estructuras de combustión. Adyacentes al área de las viviendas están presentes zonas dedicadas a la recepción de desechos producidos por actividades relacionadas con la matanza de la cabaña ganadera. A partir de los resultados obtenidos en las excavaciones de la Motilla del Azuer, se deduce que estos yacimientos arqueológicos de la Edad del Bronce estuvieron ocupados por un grupo de población reducido, que habitaría en las viviendas situadas en torno a las fortificaciones. La gran inversión de trabajo que implica la construcción y mantenimiento de sus murallas y sobre todo la escala de acumulación de excedentes agrícolas localizados en el interior, que supera ampliamente las necesidades de los grupos que ocupaban este tipo de asentamientos, unido a la regularidad de su implantación en el territorio y a la presencia de otros tipos de asentamientos contemporáneos, como los poblados de altura situados en las sierras vecinas y pequeños núcleos de habitación sin fortificar en llanura, nos ha llevado a plantear la existencia en La Mancha durante la Edad del Bronce de un sistema político con un importante grado de jerarquización territorial y social (Nájera y Molina 2004b). La distribución de las tumbas en la Motilla del Azuer coincide con el área del poblado, siguiendo el patrón corriente en otras culturas contemporáneas de la Edad del Bronce Peninsular. En contadas ocasiones, y siempre datadas en la fase más reciente, se han localizado algunos enterramientos en el interior de la fortificación, aunque siempre en zonas periféricas de la misma, coincidiendo con cambios en las técnicas de construcción y en la utilización del espacio en el asentamiento. Es en estos momentos finales de la ocupación del Azuer cuando se utilizan zonas del interior de la fortificación como residencia de la población. Hasta el momento, tras la campaña del 2004, se han excavado 39 tumbas y recuperado además restos de al menos otros 36 individuos procedentes de sepulturas destruidas durante la ocupación prehistórica del sitio. Los difuntos, tanto adultos como infantiles, se inhumaban de forma individual en posición encogida, dentro de fosas simples o en fosas revestidas por muretes de mampostería o lajas hincadas, que a veces se adosaban a los muros de las casas o a los paramentos exteriores de la fortificación. Sin embargo, algunos niños se enterraron en el interior de vasijas de cerámica, y en el caso de dos sepulturas infantiles, de forma excepcional, se ha documentado la asociación de una estela de piedra con las mismas. Los ajuares son escasos y poco representativos, salvo en casos excepcionales de algunos adultos que fueron enterrados con vasos de cerámica, pequeños puñales de remaches de cobre arsenicado y algún punzón de este mismo metal. No aparecen ajuares asociados a individuos infantiles, salvo una cuenta tubular de hueso en un enterramiento en urna y en el caso del enterramiento no 39, objeto de la presente nota, en el que se depositó un ajuar que tanto por el número de ítems como por las características de los mismos representa un caso excepcional en los patrones funerarios del yacimiento. El estudio de la totalidad de los restos antropológicos de la Motilla del Azuer procedentes de las campañas realizadas hasta 2004 ha sido realizado por I. Al Oumaoui y S. Jiménez Brobeil, ampliando y modificando resultados de un trabajo anterior (1). La muestra analizada asciende a 75 individuos, de los cuales 26 son niños. Entre los adultos están representados los dos sexos, con una proporción aproximada de un 50%, así como todos los segmentos de edad. La población de la Motilla del Azuer responde al modelo propio del antiguo régimen demográfico con índices muy elevados de mortalidad infantil y una baja esperanza media de vida al nacer. Hay que destacar la presencia, entre una población mayoritariamente de tipo mediterráneo grácil, de varios individuos pertenecientes al denominado subtipo mediterráneo robusto. A pesar de lo reducido de la muestra se han podido determinar unas medias de estatura algo superiores a la de las poblaciones argáricas contemporáneas, así como una mayor esperanza de vida de los integrantes del asentamiento manchego si se comparan con la de las poblaciones andaluzas del Sureste de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce (Jiménez et al. e.p.). Los estudios antropológicos han proporcionado numerosos datos sobre las paleopatologías de la población de la Motilla del Azuer, estando presente la periostitis de las tibias, la hipoplasia del esmalte y la hiperostosis porótica, que indican carencias nutricionales durante el periodo de crecimiento y estrés medioambiental, así como diversas artropatías en hombros, rodillas, vértebras y manos en individuos maduros y seniles. Entre los traumatismos detectados debe señalarse la fractura del cúbito bien soldada en algunos varones. Las causas de este tipo de fracturas pueden ser accidentales pero también podrían reflejar manifestaciones de violencia interpersonal. Por los datos obtenidos se puede deducir que los niños y las mujeres estuvieron normalmente lejos de la práctica de actividades de riesgo. Entre los marcadores que reflejan el impacto del medioambiente sobre los individuos infantiles, destaca la hipoplasia del esmalte, que permite conocer los problemas de salud que se produjeron entre los 5 meses y los 6 años de vida. Este proceso es especialmente frecuente durante el periodo del destete, momento en el que los niños cambian la alimentación y son muy sensibles a enfermedades infecciosas y parásitos intestinales (Jiménez et al. e.p.). La sepultura 39 se ha localizado en el área oeste del yacimiento, adosada al frente exterior de la muralla que delimita la fortificación en esos momentos (Lám. Posteriormente, en esta zona se suceden diferentes replanteamientos de la muralla relacionados con cambios en la utilización de los espacios y en los sistemas de acceso; con estas modificaciones la muralla exterior avanza hacia el poblado, construyéndose su cimentación sobre depósitos más antiguos exteriores a la fortificación y en los que se encuentra ubicada la tumba 39. El enterramiento pertenece a la fase estratigráfica 5 de la fortificación, que puede datarse en un momento del Bronce Pleno en torno al 1800 cal a.C. La tumba consiste en una fosa de un metro de longitud por 40 cm. de anchura máxima revestida de lajas de mediano tamaño (Fig. 2; Lám. En su interior se depositó un individuo inhumado en posición flexionada, en decúbito lateral derecho. Ofrece buenas condiciones de conservación (Láms. Según el estudio antropológico se trata de un individuo infantil de 8 a 9 años de edad, con una posibilidad entre el 80-90% de pertenecer al sexo (1) El análisis de los restos antropológicos de las campañas efectuadas entre 1974 y 1986 fue realizado por S. Jimenez Brobeil, M. García Sánchez y L. Ruiz Rodriguez, del Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada. técnica poco depurada, con paredes irregulares y muy baja temperatura de cocción. Consta de los siguientes elementos (Fig. 2): 1. Vaso cerámico carenado de pequeñas dimensiones con 7.5 cm. de diámetro máximo y 4 cm. de altura máxima. Presenta una carena muy baja, fondo plano, cuerpo superior cilíndrico y borde salien-Lám. I. La sepultura 39 adosada a la muralla exterior de la Motilla del Azuer. Vista general de la sepultura 39. masculino. En cuanto a las paleopatologías, el individuo presenta una banda de hipoplasia del esmalte que indica problemas de salud padecidos entre los 2 y los 2,5 años de edad (Jiménez et al. e.p.). El ajuar de este enterramiento (Lám. IV) destaca por las pequeñísimas dimensiones de las piezas cerámicas que lo integran, que también ofrecen una 2. Canto de piedra de forma esférica con un diámetro máximo de 2.4 cm. Vaso cerámico de muy pequeñas dimensiones con 2.4 cm. de diámetro máximo y 1.6 cm. de altura máxima. Formalmente presenta las paredes troncocónicas, fondo plano y el interior poco profundo de tan sólo 0.6 cm. de altura. Vaso cerámico de muy pequeñas dimensiones con 2 cm. de diámetro máximo y 1.6 cm. de altura máxima. Presenta un perfil troncocónico ligeramente convexo, fondo rehundido y el interior de escasa profundidad con 0.4 cm. de altura. El acabado de las superficies es alisado, de color beige y una cocción baja. Al igual que en el vaso no 1 formalmente destaca por su asimetría. Vaso cerámico de pequeñas dimensiones con 2.2 cm. de diámetro máximo y 1.9 cm. de altura máxima. Presenta forma ovoide y paredes de grosor irregular. Ficha de arcilla de pequeñas dimensiones con 1.9 cm. de diámetro máximo y perforación central. Presenta una cocción a baja temperatura. Ficha de arcilla de pequeñas dimensiones con 2.2 cm. de diámetro máximo, superficies ligeramente rehundidas y cocción a baja temperatura. Carrete de arcilla de pequeñas dimensiones con 2.2 cm. de diámetro máximo y 1.7 cm. de altura máxima. Por su escasa cocción sus paredes se deshacen con facilidad, habiendo desaparecido una parte de la pieza. Es cada vez más frecuente en los últimos años la aparición en la literatura arqueológica de publicaciones referidas a los individuos infantiles (Lillehammer 1989; Finlay 1997; Kamp 2001; Sofaer 2000; Baxter 2005; Wileman 2005) en las que se realiza una aproximación al mundo infantil a través de los objetos materiales con los que se relacionan, los espacios en los que se mueven, sus restos antropológicos y las implicaciones sociales y económicas que sus acciones poseen para las sociedades de la Prehistoria. También en la Península Ibérica ha comenzado a desarrollarse un interés concretado en trabajos específicos en donde se analizan a los individuos infantiles en el mundo ibérico (Chapa te. El acabado de las superficies es alisado, de color pardo grisáceo y cocción media. Formalmente destaca su pronunciada asimetría. La escasez de datos relacionados con los niños tiene su origen en varios factores. En primer lugar en la escasa relevancia otorgada al estudio de los individuos infantiles y a su rol social; la principal causa de este desinterés es conceptual y reside en la utilización del concepto de niñez de las sociedades occidentales actuales para medir sus capacidades económicas y sociales en las sociedades prehistóricas (Chapa 2003:116). El segundo factor se refiere a la dificultad de la interpretación del registro arqueológico relacionado con los individuos infantiles. Por un lado, por la amplia diversidad de elementos que han podido ser utilizados por los mismos, por ejemplo entre los posibles juguetes encontramos objetos fabricados por adultos para que sirvan como tales, objetos procedentes del mundo adulto que por desecho o rotura son utilizados por los individuos infantiles y por último, objetos sin transformar (Politis 1998:10). A este conjunto habría que añadir además los objetos manufacturados por los propios individuos infantiles dentro de sus procesos de aprendizaje y socialización (Kamp et al. 1999). Por otro lado, es necesario tener en cuenta que la aparición de miniaturas en la cultura material puede estar relacionada con contextos rituales o votivos que nada tienen que ver con los niños (Baxter 2005; Wileman 2005). Por tanto, la relación entre estos objetos y los niños debe establecerse en base al contexto de aparición de los mismos. La localización en diferentes yacimientos de la Edad del Bronce del Sureste peninsular de vasos cerámicos de pequeñas dimensiones y mala factura en contextos domésticos había llevado a relacionar estas piezas con individuos infantiles y su proceso de aprendizaje. No obstante, ha sido la aparición de este tipo de vasos en ajuares asociados a niños, como es el caso de la sepultura 22 del Cerro de la Encina (Monachil, Granada) en donde se documentó una inhumación infantil doble asociada a un pequeño vaso carenado entre otros elementos de ajuar (Aranda y Molina 2005;2006), la que ha permitido avanzar en la interpretación de estos objetos como posibles juguetes o elementos relacionados con la socialización (Sánchez Romero 2004). En este contexto hay que valorar la documentación de la sepultura 39 de la Motilla del Azuer. Por un lado confirmaría la relación entre individuos infantiles y reproducciones a pequeña escala, fundamentalmente de vasos cerámicos de mala factura, que aparecen con relativa frecuencia en asentamientos de la Edad del Bronce, tanto argáricos como manchegos. La singular aparición de estas piezas en un contexto funerario es un elemento de fundamental importancia ya que indica la utilización de objetos característicos de la vida cotidiana en los procesos de socialización y aprendizaje y los vincula íntimamente a través del ritual funerario a un individuo determinado. La elaboración y uso de estas miniaturas cerámicas, ya sea como un juego o en un contexto de aprendizaje (aspectos a menudo indisociables), expresan la manera en la que los individuos infantiles dan sentido a las actividades que observan a su alrededor. Estos juegos, que imitan el comportamiento de los adultos y que en cierta forma son impulsados y auspiciados por ellos, se enmarcan dentro de los procesos de socialización utilizados por el mundo adulto para asegurar la reproducción de los sistemas sociales y económicos. En lo que se refiere al sistema económico, la relación entre miniaturas cerámicas de tosca factura e individuos infantiles ya ha sido explorada con anterioridad mediante el análisis de las huellas dactilares de una serie de figurillas de arcilla y vasos cerámicos de diferentes tamaños pertenecientes a las poblaciones Sinagua del norte de Arizona. Esta investigación sugiere que se pueden haber estructurado los procesos de aprendizaje usando los juegos y la producción de juguetes para familiarizar a los niños con la arcilla y el proceso de manufactura cerámica. De esta manera, los individuos infantiles entran en el proceso de aprendizaje desde muy pequeños (entre dos y cinco años) y por tanto su incorporación al sistema económico como artesanos competentes se produce a muy temprana edad (Kamp et al. 1999:14). En cuanto a la organización social, destaca la importancia que los individuos infantiles adquieren como grupo con entidad propia. En este sentido junto a su aparición en un ritual perfectamente normalizado habría que añadir su asociación con elementos que le son propios y que definen a un grupo social con escasa visibilidad arqueológica pero que durante la Edad del Bronce adquiere un papel de gran relevancia cuyo análisis se revela fundamental en una dinámica política y social caracterizada por importantes diferencias sociales. Aunque la asociación entre individuos infantiles y determinadas formas de cultura material no puede definirse como una norma por los aún escasos ejemplos con los que contamos, debemos entender que la aparición de estas miniaturas cerámicas junto en un enterramiento infantil en la Motilla del Azuer, junto con otras asociaciones similares en otros yacimientos argáricos, son el reflejo de una tendencia en las relaciones que se establecen entre los individuos infantiles y los adultos dentro de las sociedades de la Edad del Bronce. Relaciones que están marcadas por la necesidad de transmisión de conocimientos y valores que permitan la reproducción de los sistemas productivos, económicos y sociales de estas poblaciones.
Altoaragonés nacido en Sariñena, era sobrio en el vestir y parco en sus gustos y gastos como buen monegrino. Solía llevar pajarita al cuello en los actos públicos y repetir chaqueta durante muchos años, algo que solía recriminarle con cariño Angelines Magallón. Quiso con orgullo a sus tres hijos que siguieron académicamente sus pasos como arqueólogos o juristas, y sufrió con infinita tristeza la muerte de su esposa Trini, una mujer amable que había dedicado toda su vida a hacer la suya más agradable. Fue el último superviviente de una generación de catedráticos de Prehistoria o Arqueología que tuvieron poder y lo usaron sin complejos. Él no rehusó los cargos, pero tampoco eludió las cargas. Fue Secretario General de la Universidad de Zaragoza, miembro de su Junta de Gobierno y decano de Filosofía y Letras durante tantos años que en las Juntas de Facultad una profesora de Literatura solía bromear diciendo "El profesor Beltrán, que ya era decano en época de Augusto...". Fue hábil negociador, supo pactar y resolver los asuntos universitarios, con algún que otro susto en su vida de Decano como cuando un bedel se plantó en su despacho con una bolsa de deporte y le comunicó: "Don Antonio, aquí le traigo esto porque parece una bomba..." Un despacho con tantos libros y papeles acumulados sobre sillas y mesas que su pequeña figura se perdía entre ellos. En 1949 Antonio Beltrán obtuvo la cátedra de Arqueología, Epigrafía y Numismática en la Universidad de Zaragoza, fijó definitivamente allí su residencia y se integró de tal manera en la historia local que fue Concejal de Festejos del Ayuntamiento, Diputado Provincial, Comisario de Excavaciones y hasta formó parte de la Directiva del Club de Fútbol del Real Zaragoza. Se interesó incluso por la gastronomía aragonesa escribiendo un libro de éxito sobre la materia en 1986, afición que culminó con la fundación en 1995 de la Academia Aragonesa de Gastronomía, organismo que presidió hasta su muerte. Organizó también en 1968 unos efímeros Congresos de Artes y Tradiciones Populares con el propósito de estimular los estudios etnológicos, al mismo tiempo que creaba y dirigía el Museo Etnológico de Zaragoza. En su faceta de investigador y docente su primera especialidad fue la Numismática, materia sobre la que era un auténtico experto. Su Curso de Numismática (1950) fue durante años manual de referencia en varias Universidades españolas, aunque su mayor contribución fuera la consideración de las monedas como fuente histórica, para lo cual organizó publicaciones y reuniones científicas a través de la revista Numisma o los Congresos Nacionales de Numismática. Su gusto por la Epigrafía le fue transmitido por su padre, Pío Beltrán, y ambos lo dejaron en herencia a su hijo y nieto Paco, verdadero continuador de la labor pionera del abuelo. Dirigió sobre esta materia Hispania Antiqua Epigraphica (1950Epigraphica ( -1969)), revista que recopilaba anualmente las inscripciones latinas de Hispania. Su labor como arqueólogo se centra no tanto en excavaciones dirigidas personalmente por él (las más importantes las del Cabezo de Monleón de Caspe o la ciudad celtibérica de Botorrita, donde contó con la ayuda a pie de obra de su ayudante Hernández Vera) sino en la creación de los Congresos Nacionales de Arqueología (1949Arqueología ( -2002)). Fundó además en Zaragoza la revista Caesaraugusta, editada por la Institu-ción Fernando el Católico desde 1951 con el propósito de dotar de un medio de expresión a los estudios arqueológicos. Allí escribió el Abate Breuil, en 1954, sus últimas teorías sobre la cronología del Arte Paleolítico aunque hoy la revista languidece al no conseguir una periodicidad anual, a pesar de que Miguel Beltrán, director del Museo de Zaragoza, intenta revitalizarla publicando números monográficos. Sin embargo, fue el arte rupestre prehistórico el tema que mayor atractivo supuso para Antonio Beltrán. Durante muchos años fue " animador " -en palabras de su amigo Jean Clottes -del Comité Internacional de Arte Rupestre (ICOMOS); representó a España en la Unión Internacional de Ciencias Pre y Protohistóricas (UISPP) y presidió en ella, hasta su muerte, la Comisión 9 sobre Arte prehistórico. Su criterio sirvió para autentificar Rouffignac o Peña Rubia de Ceheguin y no dudó en enviarle un video al Ministro de Cultura de Portugal pidiendo personalmente la salvación de los grabados rupestres de Foz Coa. Su libro de síntesis Arte rupestre levantino (1968) ha sido manual para los estudiantes durante muchos años. Nunca tuvo pereza a la hora de viajar a los lugares más lejanos para fotografiar las pinturas más recónditas: a Brasil, a Namibia, o al parque de Kaka-dú en Australia, donde conoció a un nativo que le ayudó a interpretar el significado de las pinturas rupestres a costa de su propia vida. De allí trajo una persistente cantinela que solía poner de música de fondo a los videos que él mismo producía y editaba. Recorrió y fotografió, con la colaboración inestimable de su ayudante Pilar Casado, las cuevas paleolíticas francesas y españolas hasta sus últimos pasadizos; y con tanto éxito que su archivo fotográfico ha sido reclamado por algunas instituciones francesas para documentar pinturas perdidas. Siempre estuvo dispuesto a acercarse a los abrigos levantinos más inaccesibles, como da testimonio la foto en la que, con casi ochenta años, subió encordado por una larga escalera a estudiar las pinturas esquemáticas de Los Estrechos de Albalate (Lám. Una complicada infraestructura fue montada para conseguirlo: desde el transporte a mano de la pesada escalera de madera a través del pantano (ardua labor que debe anotarse en el haber de sus entonces alumnos y hoy profesores Carlos Mazo y Lourdes Montes) o una especie de ruta de escalada que tuvo que abrir Rafael Larma para permitirle el acceso... Tanto le gustó éste lugar que se convirtió en su segundo hogar. Sin duda que el Parque Cultural del Río Martín fue su creación personal y al que dedicó sus últimos años de investigación. Como resultado en el Centro de Interpretación del Arte Rupestre "Antonio Beltrán " de Ariño se fraguaron toda una serie de monografías de los abrigos pintados (Cañada de Marco, Los Estrechos, Los Chaparros, El Garroso, La tía Chula...) entre los que destacan la última revisión de Valdelcharco del Agua Amarga de Alcañiz (Beltrán et al. 2002) y un libro de síntesis sobre el conjunto de las pinturas del río Martín (Beltrán 2005). En todas ellas se puede percibir a un ferviente usuario del vídeo (él grabó y editó personalmente las tomas) y del ordenador (del que pretendía que sustituyera a su memoria en caso de fallarle, algo que nunca llegó a ocurrir) siendo capaz de desplegar una actividad insólita en un octogenario. Él, que publicó mucho a lo largo de su vida pero casi siempre en solitario, aceptó ayuda física en sus últimos años por parte del gerente del Parque, su colaborador Pepe Royo, con quien firmó una decena de monografías. Sobre arte rupestre versó también -no podía ser de otro modo-su último artículo en el Catálogo de la Exposición sobre "Arte Rupestre en Aragón" que coordinó en el paraninfo de la Universidad de Zaragoza junto al Vicerrector Rodanés y que se inauguró en su honor la víspera de su noventa cumplea-T. Su título fue "El arte rupestre: legado de la Humanidad". E inédita ha quedado la coordinación del otro catálogo, el general de todo el arte rupestre de Aragón, cuya edición de lujo prepara la Comunidad Autónoma para conmemorar su declaración como "Patrimonio de la Humanidad". Todos los que en su elaboración hemos participado (Baldellou, Martínez-Bea, Picazo, Rodanés, Royo y Utrilla) queremos hacer de él un homenaje a su figura. Y, en fin, sobre arte rupestre levantino, trató su último acto académico en la Facultad de Filosofía al presidir en Diciembre de 2005 el Tribunal de la Tesis Doctoral de Martinez-Bea, nada menos que sesenta años después de obtener su propio doctora-do sobre "Arqueología, Epigrafía y Numismática de Cartagena". Desde entonces ha escrito tantos artículos científicos, tantos libros, que nos resulta imposible catalogarlos todos. Sólo indicaré que en 1986, fecha en la que la Universidad de Zaragoza le dedicó su segundo homenaje con motivo de su jubilación, eran más de 500. Si la figura de Beltrán como investigador es eminente no lo es menos su faceta de divulgador de la cultura local. Concejal del Ayuntamiento de Zaragoza, Diputado Provincial, Cronista de la Ciudad e incluso miembro de la directiva del Real Zaragoza. Los amigos solían tomarle el pelo diciendo que su gran frustración era no haber ser sido elegido Reina de las Fiestas pero él contestaba con gracejo que no era esa su asignatura pendiente pues había sido elegido "Fallera Mayor Infantil" en un curso de arte rupestre celebrado en Castellón. Fue el dinamizador de la popular Ofrenda de Flores a la Virgen del Pilar en los años cincuenta, siendo concejal de festejos del Ayuntamiento, e incluso estuvo retransmitiendo la ofrenda, año tras año, por Radio Zaragoza durante seis largas horas. Cómo puede una persona mantener el interés del público durante tanto tiempo es algo que muy pocos saben conseguir, aunque él solía echar mano al recurso de comentar los trajes de los oferentes, no siempre de una estricta ortodoxia. Su amenidad le convirtió en asiduo colaborador del Heraldo de Aragón, donde tenía columna propia, y de varios programas locales de radio como "De sus Tierras y de sus Gentes". Siempre recordaré, con una mezcla de horror y admiración, cuando, estando yo hablando con él en su despacho, le llamaron un día por teléfono desde la cadena SER y le pidieron que hablara sobre San Antón. Estuvo unos veinte minutos glosando al santo y yo me preguntaba si al haberle sucedido en la cátedra de Prehistoria de Zaragoza, heredaría también la obligación de su enciclopedismo y amenidad. Hubo un verano en que mientras excavaba con mis alumnos en Graus le escuchamos glosar en la Plaza Mayor las virtudes de la famosa longaniza local y quince días después, en Alcañiz, las excelencias del aceite del Bajo Aragón. Sabía de jotas y de trajes populares, escribía libros de cocina (aunque la que de verdad sabía cocinar era Trini, su mujer), fundaba museos etnológicos, recogía cantares y leyendas aragonesas, pertenecía a sociedades gastronómicas y tenía un público fiel que le seguía en sus charlas de radio y que llenaba las salas cuando impartía sus conferen- T. P., 64, N o 1, Enero-Junio 2007, pp. 9-12, 0082-5638 cias, con alguna que otra entusiasta enamorada. Fue, en suma, el más genuino representante de la cultura popular aragonesa durante medio siglo, tan querido, que público y jugadores guardaron en el estadio de fútbol de La Romareda un emotivo minuto de silencio al día siguiente de su fallecimiento. El último volumen refleja ya el sentimiento de inmensa tristeza que le embargó tras el fallecimiento de Trini, la compañera de toda su vida: se hizo entonces patente que, tal como cuenta su hijo Paco en la emotiva reseña de la revista Palaeohispanica de 2006, "se daba por satisfecho con los años vividos -no en vano tituló Epílogo este último tomo-y empezaba a aguardar la muerte como una liberación de la enfermedad que en sus últimos meses le iba postrando paulatinamente, y que, justo es decirlo, soportó con el mismo temple del que hizo gala a lo largo de toda su vida".
Los objetos nos conducen y enseñan. Todo ellos, ajenos o propios nos hacen. La arqueología es el procedimiento más adecuado para dar cuenta de cómo y por qué constituimos objetos distinguidos de entre las cosas. Útil e instrumento no son lo mismo. Ahondar en la diferencia es una forma de restituir a la ciencia el ambiente ético de su origen y darle satisfacción. La ética de sentirse objeto es la consecuencia necesaria. conclusiones de mi último libro titulado Los objetos distinguidos. La arqueología como excusa (2). En aquella ocasión, disfruté de un auditorio alejado de los pasillos de la Academia, y ello me permitió estimar más ajustadamente el interés que podían suscitar los objetos distinguidos en un público tan abierto. Mi charla comenzó con una reflexión sobre los museos arqueológicos que no he dudado en mantener aquí, porque éstos constituyen, junto a cementerios y basureros, los lugares irremisibles de llegada de todo objeto distinguido, y también la amortización definitiva del vínculo material de la arqueología. La vivencia, en toda su sorpresa, exigió ser fijada por escrito. El resultado obligó reabrir el libro del que procedía y, como atajo oportuno del convivir con objetos, se hizo necesario como epílogo de aquél. Venimos a los museos arqueológicos atraídos por cierto interés en contemplar objetos desconocidos y descubrir sus misterios. También, con la curiosidad por averiguar si contienen algo que nos sea propio, algo que perdimos o algo que nos constituya. Los que somos arqueólogos, también venimos para encontrar la sustancia de lo que hacemos, para entendernos a través de ellos y ver si podemos hacer algo más que comer de ellos. Los museos pretenden ser el arsenal de nuestra memoria. ¿Qué mejor que un museo arqueológico para hablar de objetos? Los museos, como los álbumes de cromos, auspician el coleccionismo y el inventario notarial. Su primera y casi siempre única finalidad (2) Actualmente en prensa. Un objetivo casi imposible que impide su verdadera misión de retener la memoria de la materia social. Ningún objeto, en un museo, suele decir su mundo. Los museos arqueológicos suelen mostrar objetos tristes, rotos por una sintaxis carcelaria. Permanecen atrapados en sacos de vidrio que pretenden ordenarlos en celdillas separadas de tiempo muerto. A lo sumo, evocan una imagen fija que les hurta el sentido íntimo de su particular historia y el porqué de su conservación. En los museos, los objetos, desterrados de su contexto y radicalizados por intereses identitarios. se amoldan a premeditaciones. Los museos, salvo contadas excepciones, enclaustran un barullo impresionante de cosas que dejaron de tener su objeto propio por ilustrar el de alguna voluntad decidida. Los arqueólogos tenemos mucha culpa en todo esto. Contribuimos a crear naturalezas muertas y nos empeñamos en volverlas a poner en circulación bajo un código de sentidos contrapuestos: • Unos pretendemos restituir el sentido que tuvieron los objetos, no olvidar lo que significaron y no perder su memoria. • Otros, en cambio, pretenden ilustrar con ellos nuevos relatos con el fin de abrirlos a nuevos significados en los que la memoria semeja más una carga que un impulso. Los museos le suelen perder el respeto a la historia. Avanzando hacia el futuro, parecen ignorar que en cada instante que pasa avanzamos hacia el pasado. Desde allí, los objetos se mantienen junto a nosotros y nos empujan a emprender nuevas andaduras sin dejar de recordarnos el camino. Los museos arqueológicos, con ese ruido de materias tan característico, intentan responder a un afán de saber qué y cómo fue, o qué y cómo somos, mientras paradójicamente vomitan sin recato que no vale la pena recordar nada. Representan el silencio de la imagen como fetiche perpetuo de la ignorancia. En la sociedad «espectacular» que vivimos, se seleccionan los objetos más adecuados para satisfacer el capricho del mirón. Con ello, la calidad de la información se hace prescindible. Los museos más visitados son aquellos que pueden confeccionar una buena película de intriga en la que la pericia del protagonista, arqueólogo a ser posible, cobre un papel relevante, si no en la investigación, sí en el relato. No importa el interés del guión, mien-tras este contenga aventuras y tesoros recuperados. Los objetos constituyen así medios de consumo y contemplación más que medios de producción de comunicación y conocimientos. Presentar ciertos objetos del pasado como grandes logros de la humanidad, o hacer publicidad del primer hallazgo de algo en algún sitio, forjan la arqueología como ciencia del fetiche y al arqueólogo como encantador de serpientes. El objeto de los museos no puede verse reducido a un mensaje de consumo fácil y digerible, tendente a aumentar el número de espectadores. Los museos, como reducto material de la memoria, tienen la obligación de mantener el respeto a todas las formas de vida alternativas que nuestra especie ha experimentado y que podemos mostrar en su salsa, pues tenemos los restos materiales que en cierta medida la conservan. El mundo está lleno de cosas que convertimos en objetos cuando las compartimos, las miramos atentamente y les damos nombre. A cada mirada atenta le corresponde un objeto. Las cosas, las miradas y sus objetos, nos producen. Los griegos lo sabían bien. Physis o naturaleza abarcaba aquello de lo cual todo era, aquello que era y contenía todo, el modo de ser de las cosas. Physis tiene su raíz en el verbo phyo, que significa engendrar, producir, un constante generar. Las cosas constituyen la producción misma y nos advierten de la vida ahí afuera. Los objetos son cosas atendidas y distinguidas. Son nuestra manera de aprender la vida. El sentido de los objetos no reside en las palabras que lo nombran, sino en las cosas que incluye, supone, soporta, alerta y contesta. Percibimos uno o múltiples objetos en las cosas, o un solo objeto entre varias. En la primera operación, cuando hacemos de una cosa uno o varios objetos, diferenciamos rápidamente lo aparente que creemos evidente: un cuerpo limitado y distinto de otro. El límite de un cuerpo está en el comienzo de otro y, al carecer de cuerpo, es invisible, no tiene superficie ni profundidad. Sin embargo, lo que no tiene límites, no tiene forma. Quizás por ello, esbozar contornos de límites imposibles constituyó nuestro primer objeto de representación de las cosas, y quizás esa sea también la causa por la que confundimos tan a menudo los objetos con sus imágenes. El objeto es uno de los límites de la cosa, una cosa limitada por su estar junto a otro cuerpo, por su estar en contacto (estar en contacto es estar concretamente sin límites ni criterios de demarcación). Con la segunda operación, averiguamos que logramos distinguir un único objeto de cosas distintas. Logramos un objeto propio mediante cosas ajenas, y esto nos re-sitúa como referencia de todos los mundos por venir. La síntesis de ambas operaciones ya no procede de una observación rutinaria de lo que ocurre en la vida. El mirar atento por fin está maduro para ocuparse de la relación en que las cosas se encuentran, una relación que las comprende (en sus dos sentidos, el de contener y el de entender) y que es la misma que nos va haciendo. Los objetos nos conducen Es difícil ver las cosas como son cuando las han cruzado tantas palabras. Las cosas a las que me referiré principalmente aquí con el término objeto, son las que tenemos más a mano, con las que podemos operar y a las que nos podemos agarrar; las cosas que nos sostienen, el cuerpo de todo... nuestro cuerpo. Las cosas que nos sufren. Todo lo que nos rodea es un itinerario marcado por los objetos. Cuando uno se levanta de la cama, se pone las zapatillas, va al aseo, se mira en el espejo, gruñe, se despereza y se cepilla los dientes, camina por una vía demarcada por objetos. Va respondiendo al impulso de cosas que guían lo que hacemos, cosas que nos indican cómo lo debemos hacer. Un circuito obligado que exige conductas reactivas. Nuestros movimientos carecen de imaginación, voluntad o pensamiento. Los objetos nos conducen como si fuesen lazarillos. Salimos de casa, subimos a un vehículo, nos dirigimos al trabajo. Manejamos los utensilios de nuestra labor cotidiana. Un nuevo circuito de objetos obliga a ciertos gestos y limita las ideas al universo del que emergen; escueta y precisamente ese, el que ellos demarcan. Desde allí, también imaginamos cuando podemos, paraísos cargados de objetos contrapuestos a los que nos encarcelan. Un objeto transmite posibilidades, trayectos, objetivos irremediables y hasta su propia subversión. Los objetos poseen entidad propia. Los objetos nos hacen Hace unos años, pensaba que los objetos tenían sólo dos características: Una forma de ser que dependía de su naturaleza constituyente y de las propiedades que sus productores lograron fijar en ella; que la producción del objeto mismo concretó. Una forma de estar en sociedad, supeditada a la manipulación y uso que se hacía de ellos. Ambas formas situaban a los objetos alrededor de las decisiones humanas y los hacían hijos de la voluntad. Faltaba el punto aquel en que el objeto ejerce el papel de sujeto, arrebata nuestra voluntad y nos obliga a emprender caminos intransitados. Se trata de las maneras de hacer del objeto. Hasta ese momento, no había entrado en mi cabeza la consideración de que la propia cosa, hecha o no objeto, en tanto presencia que actúa, amplía la realidad previamente conocida y disponible. Empecé a pensar que los objetos nos hacían. Las calles están ya dispuestas cuando nacemos, y actúan en nosotros como los árboles que crecieron y nos dieron cobijo y auxilio antes de pensarlos y antes de pensarnos. • Los objetos concretan la realidad humana. • Aplican lo pensado, materializan las ideas y conforman el trabajo acumulado de toda sociedad. • Se manifiestan ante nosotros como fósiles de conocimiento. • Impiden que perdamos la memoria. • Pautan el avance de la razón. Concluí que hacer cosas hace el pensamiento. En toda sociedad, los objetos muestran cuáles son las prioridades. Empezamos a distinguirnos al distinguirlos. Somos hijos de la materia social, y el ángel determinador de todo ello es la propia relación social compartida entre sujetos y objetos. El objeto es tanto resultado de intuiciones, técnicas y éticas, como motor de experiencias, métodos y estéticas. Los objetos son los sentidos de la historia. Expresan la realidad, la materialidad y la naturalidad de nuestra existencia como especie. Y eso ocurre desde los orígenes, en un mundo gobernado por la satisfacción. Los objetos nos enseñan Si echamos la vista muy atrás, hacia la realidad que vivieron los primeros homínidos, adivinamos el primer axioma de la vida: El ánimo de la vida es permanecer en su propia satisfacción. Homínido menta una cosa agarrada a un cuerpo, que otras cosas animadas dejaban pasar indiferentes o aprovechaban. De la mano de Jung, pensaríamos que la sensación ancestral de ser perseguidos, el temor a convertirnos en presa, se halla presente todavía en nuestros sueños. Somos la satisfacción de otros. A su vez, las otras cosas que también iba encontrando entorpecían o ayudaban el camino que tomaba el satisfacer su vida. Y todo podía serle útil Conocemos como «útil» algo efectivo que nos es favorable. Útil puede ser todo lo que nos rodea, desde un palo para acercar la fruta a una hoja de palma que nos resguarda de la lluvia. En aquellos primeros momentos, «nuestra» intervención en el mundo era básicamente de aprovechamiento. Aprovechar la vida que ella misma brinda. Nuestros ancestros carecían de objeto(s) propio(s). Su deambular se alimentaba del afuera. Nada de lo que les rodeaba obtuvo origen en ellos. Su universo se amoldaba a una rutina satisfactoria con ingredientes oportunos de espera, impaciencia o anhelo. A su alrededor, el mundo afloraba de manera inconcebible. Todo parecía brotar de la misma madre autárquica en una multitud de expresiones que inundaba de diversidad la materia. Las cosas prendidas a la vida compartían el ánimo del movimiento y, como factor esencial, su dependencia de lo que les era ajeno. La satisfacción se colmaba de esas cosas. La vida, en cada una de sus manifestaciones específicas, procede entera o parcialmente de lo que es ajeno; sin esa relación de alteridad no existiría. La vida es recolección de otras vidas, sin que medie paradoja alguna. Se alimenta de sí misma sin contemplaciones. La vida es el viaje de la energía hacia no se sabe dónde y, a través de nosotros, cobra conciencia en todos los sentidos que seamos capaces de reconocer en ella. La vida es materia que busca comprenderse y, la experiencia humana, la prueba de que se está en ello. Somos una especie en proceso, sin itinerario predicho. No somos la encarnación de ninguna idea ni el correo de la nada o de nadie. No participamos en la vida con las cartas marcadas. Nuestra intervención en el proceso tiene que ver y depende de cosas ajenas a nuestro cuerpo y decisiones. La vida no es un juego. Un juego es una actividad satisfactoria en sí misma, y por eso es lo que más se parece a la vida, pero la vida no es un juego; alimenta toda combinatoria que asegure su perduración. En el origen de la andadura que nos trajo hasta aquí, todo era extraño. La vida se reducía a recolectar, cruenta o incruentamente, requisitos para su alimentación. Los objetos que nos nutrían, constituían nuestra finalidad, la satisfacción inmediata. Todo era útil, desde los productos espontáneos de la tierra hasta las orografías oportunas que daban cobijo. Los objetos que nos hicieron, también nos enseñaron el camino para hacer objetos propios. El útil, con nuestra intervención, se hace instrumento. Acabamos de hacer algo efectivo y propio, algo que no existiría sin nuestra intervención. Todo instrumento es útil, pero no todo útil es un instrumento. Un instrumento es un utensilio, una herramienta, un objeto tangible del que nos servimos para hacer o lograr algo. Útil es todo lo que proporciona provecho, todo lo que nos es favorable; no tiene necesariamente un cuerpo fijo. Un instrumento, en cambio, pretende fijar distintas encarnaciones de utilidad. Podemos agarrar cualquier cosa que nos facilite hacer o conseguir otras; sin embargo, una vez confeccionado un instrumento, lo útil se ve privado de gran parte de su libertad de movimiento. El instrumento responde a requisitos; es un producto que desea ajustar una satisfacción concreta prefijada. El alma del útil es raptada por el instrumento. El instrumento ordena la utilidad en pos de un objetivo. Carece del criterio fluido de libertad de lo útil y de lo que es favorable en general, pues fija y determina el movimiento en una dirección. En un instrumento todo está en acción, salvo que consideremos retóricamente como activo o pasivo el lugar donde lo que ocurrió dejó huellas. Todas las partes de los instrumentos son útiles, aunque para diversas cosas, desde el filo de la navaja hasta el mango. El instrumento obliga a trabajar a todas sus partes útiles para un mismo fin. Las atraviesa a todas y les impone un sentido hasta que alguna de las utilidades sometidas se erige como alternativa material a los viejos instrumentos o, agotada como ellos, les acompaña al cubo de la basura. Los primeros instrumentos muebles, por llevaderos, siguieron el paso ligero de las primeras especies de nuestro género. Después se construyeron los primeros instrumentos inmuebles, como el paravientos que imitaba el refugio que las acogió por vez primera. Con ambos se empezó a edificar un nuevo mundo en el mundo. Se homologaron gestos instrumentales y se transmitieron soluciones. Paulatinamente, los procedimientos estables dieron paso a la instrucción hasta conseguir fijar formas regulares en la materia disponible. Cuando experimentábamos alternativas para conseguir alimento, utilizamos las cosas que nos rodeaban adaptando lo existente y nos pusimos a prueba para satisfacer finalidades propias. Ahí transformamos lo útil en instrumentos. Nuestra vida exigió objetos propios para ser satisfecha; la energía pudo ser acumulada. El acceso y la duración de la satisfacción constituyeron los objetivos prioritarios entonces. Con la producción de instrumentos aseguramos pervivencia a costa de ubicar en los objetos propios la satisfacción del vivir mismo. La producción fue ganando así el espacio energético de la vida social y fue concretando el género humano. La comunicación engendrada por el estar común sugirió maneras de hacer y entender los objetos igualmente compartidas. Los procedimientos sociales fluyeron en normas instrumentales que manipularon lo útil y disponible a disposición de todos, hasta lograr objetos propios y distintivos. Cuando se comparte utilidad se pueden elaborar instrumentos semejantes y repuestos. Aquellos orígenes de utilidad compartida no dieron cabida a ninguna privacidad. La comunidad socializaba procedimientos y compartía soluciones adecuadas a las experiencias consolidadas. A través de ellas, la comunidad escogía la alternativa que más le convenía. Cuando el instrumento alimenta el cuerpo y las conciencias, da entrada al mundo de la necesidad. La necesidad surge ahí, cuando la satisfacción requirió la presencia de un instrumento mediador: un tercer objeto que se hizo imprescindible como medio para mantener la satisfacción y la vida. La satisfacción mediada por los instrumentos inaugura la actividad laboral como tránsito hacia una plenitud imposible. La necesidad se instaló en nuestro cuerpo cuando los instrumentos dictaron su utilidad. Y de ese requerimiento hicimos acopio y producción. El conflicto no tardó en aparecer. El conflicto surge de una recolección violenta de objetos ajenos que se resisten a ser-nos útiles. El conflicto deposita la seguridad de la vida de unos en las actividades de los otros. Se manifiesta alternativo a la producción cuando es más rentable la sustracción de objetos ajenos, pese a los riesgos que comporta, que la producción de objetos propios; mucho más todavía si los medios para lograrlos también nos son extraños. Si la guerra facilita el acceso a la satisfacción, en mayor medida y menor gasto de energía que la producción de la vida misma, las comunidades humanas siempre acudirán a ella como atajo para obtener satisfacción, al margen de cualquier consideración moral. La necesidad no nos construyó, fueron los instrumentos que la satisfacción requería los que implantaron en nosotros los conceptos de insuficiencia y límite. Con los instrumentos inauguramos un nuevo trayecto. La implantación del objeto instrumental en sujeto de nuestra vida supuso un giro definitivo de la satisfacción inmediata que proporcionaban las condiciones y límites de la vida misma a una satisfacción mediada por aquellos. Por un lado, los instrumentos incrementan el goce de la satisfacción, mientras que, por otro, alteran sus plazos. La propia satisfacción se amolda al ritmo que impone la mediación instrumental. La fibra humana en su primera tensión logró fijar e incrementar la satisfacción que su vida requería al manipular objetos ajenos que permitían alcanzar alimentos con mayor premura y seguridad. Estos medios colmaban satisfacción a medio plazo mientras diferían su inmediatez. El estilo de vida que proporcionaba satisfacciones mediadas por instrumentos, poco a poco fue sustituyendo a la satisfacción instantánea proporcionada por la recolección de existencias y utilidades. No nos interesa aquí determinar cuándo ni dónde aconteció ese nuevo estilo de vida. Lo que interesa ahora es retener que para certificar ese despliegue se contó con objetos ajenos que proporcionaban satisfacción inmediata. Sin ese veredicto de lo conveniente, nuestros ancestros hubieran sido incapaces de imitar la vida mediante objetos propios que, a partir de ese momento, mediaron con la satisfacción y hasta llegaron a medirla. El progreso suele apreciarse en los términos que marca el tránsito entre la satisfacción inmediata y las satisfacciones aseguradas. La primera etapa se resuelve en saciedades instantáneas, mientras la segunda, ocupada en multiplicar el tiempo de disfrute, se preocupa más de los medios para mantenerlo que de saborearlo. Los útiles pueden ilustrar las dos opciones, pero los instrumentos encarnan la síntesis de ambas y se afanan en facilitar satisfacción más rápidamente y durante el mayor tiempo posible. Por eso, dictan el progreso. Una diferenciación neta entre el útil y el instrumento concierne al mayor grado de implicación energética que exige este último. Los hay que requieren incluso una nutrida colaboración de esfuerzos. A estos objetos difíciles de obtener, los llamamos complejos, por las dos afecciones que el término incluye. Por un lado, exigen la integración de distintos tipos de actividad y, por otro, nos hacen tomar conciencia de nuestra incapacidad individual para obtenerlos. La colaboración permite evitar complejos patológicos. Sin relación, el objeto no se mueve. La producción de objetos propios implica un plan de ocupación. Mientras estamos en la tarea, nuestro cuerpo y nuestro tiempo están ocupados. El cansancio nos puede invadir, pero la labor no deja paso a la preocupación. Cuando estamos ocupados en (por) un objeto, las preocupaciones se depositan afuera, en el exterior de la actividad, o tras ella. Se supone que con el objeto producido ganamos satisfacción, tanto en prontitud como en duración y tiempo propio. Sin embargo, los objetos constituyen el obstáculo para la satisfacción misma al hacerse necesidad. Nuestro tiempo de vida queda sometido a ellos en cierta medida. El tiempo que parecen ahorrarnos cuando los utilizamos exigirá como contrapartida una mayor inversión de esfuerzo colectivo en su producción, y el tiempo común de beneficio social se disolverá en tiempos subjetivos, solitarios y necesitados a medida que avance la división de tareas implicada en su producción. Cómo se produjo la necesidad tampoco es lo importante... Quizás, se produjo porque la satisfacción no acudió a nuestro encuentro con la premura acostumbrada. Quizás, porque la experiencia retuvo que una punta de piedra incidía más que las uñas o los dientes. Quizás, porque al cortarnos comprobamos que cortar (que es clavar y estirar al mismo tiempo) era más efectivo que esos dos movimientos por separado, y se accedía así más fácilmente al alimento. Lo importante es saber de dónde emerge la necesidad: -La necesidad primera parte de esa satisfacción mediada. No es, por tanto, hija de la carencia. La satisfacción que procura el instrumento es la que provoca su propia necesidad. -La necesidad segunda parte de la previsión, la seguridad de sentirse siempre satisfecho. Hacer acopio de medios para mantener el nivel de satisfacción va seguido del subsiguiente corolario que puede trocar en ambición el poseerlos definitivamente, y denominar «riqueza» a la acumulación de los mismos, una antesala propicia para su apropiación. -La necesidad tercera surge al poner precio a la vida. Cuando la idea se antepone a la vida produce un criterio de satisfacción comparativo, restringido al goce de cada cual; una ruptura del sentido social primigenio que requerirá objetos instruidos en esa necesidad agonística para poder reproducirse. Por último, cuando ya sabemos que los objetos nos conducen o nos hacen, y también sabemos, al atravesar el umbral de lo útil al instrumento, hacerlos y conducirlos a nuestro interés, damos el paso definitivo para convertirnos en objetos instruidos. Los objetos instruidos son objetos de razón que olvidaron su génesis. Frente a lo que este calificativo pueda sugerir, la instrucción que los alimenta no procede del conocimiento, pues este ha perdido absolutamente su vinculación material, su capacidad tangible y parte de su capacidad sensible. Los objetos instruidos se resisten a cualquier tipología que pueda ubicarlos. Su aspiración, al escaparse del mundo, reside precisamente en imponerlas. Primero utilizamos cosas ajenas. Después hicimos de ellas nuestros primeros objetos. Estos objetos propios dieron soluciones que, a su vez, generaron procedimientos estables que obligaron la instrucción. La relación social exigida por la compañía y el aprendizaje mutuos repartió medios de transmisión y comunicación cada vez más amplios y diversificados. Y en cada uno de esos estadios se definieron sujetos sociales que pasaron de ser miembros de la comunidad a constituirse en individuos cada vez más aislados. Se crearon nuevos sujetos a partir de las instrucciones de las nuevas conciencias y se fragmentó definitivamente la sociedad. En ese instante, el colectivo social se creyó dependiente del consenso, contrato u obligación entre individuos. Nos convertimos en cosas que desean justificarse. Sujetos que encuentran objeto sólo en sí mismos y que perdieron de vista todo el recorrido desde ser el miembro de una comunidad a constituirse en un individuo necesario y necesitado. Ese es el momento de la creación de intangibles, como el Espíritu o Dios. Cuando la idea se concreta en el mundo como un objeto real (en situación, experiencia, o relación) «olvida» esa carga espiritual o, si se prefiere, toda filosofía, pues la idea se superó en realidad al desprenderse de las condiciones, motivaciones y posibilidades que podrían haber fraguado otras realidades, pero que no lo hicieron. Es por ello que la historia no es múltiple, dispersa, ni polisémica. Si creemos que se abre a multitud de lecturas es porque seguimos siendo niños a la búsqueda de relatos de aventuras, o porque nos interesa re-buscar motivos para salvaguardar ciertos relatos por encima de los hechos que narran. Quizás construyamos pasados para alimentar el deseo im-T. El pasado es la realidad única fraguada entre un selecto ramillete de posibilidades. La realidad transcurrida sólo manifestó una manera, a pesar de que las posibilidades en las cosas materiales fueran muchas. Los límites de la investigación no los marcan las interpretaciones que puedan sugerir lo acontecido, ni las posibilidades que podrían haber desviado hacia otro lugar lo que ocurrió, sino la inequívoca gravedad de las cosas en su acontecer. En la verdad de lo ocurrido no hay contradicciones. Sólo el lenguaje es capaz de contradicciones. La realidad parece no saber nada de contradicciones, aunque confundamos su textura. Lo que la realidad proporciona se reduce a armonías o colisiones que integran o desintegran formas de vida posibles y alternativas. La materia no tiene contradicciones. Las contradicciones muestran la incapacidad de las palabras para nombrar los ricos matices de la diversidad de la materia, tan tenues que el sonido y la figuración de las voces, junto a los garabatos que inventamos para representarla, no han logrado ensamblarse todavía de forma satisfactoria, ni dar con una forma de emulación adecuada. Cuando la razón procede señalando acontecimientos, describiendo su proceso y expansión, reproduciéndolos en un experimento de laboratorio concluye inevitablemente afirmando que el proceso era razonable. Nuestro pensar se reduce a declararnos satisfechos porque la cosa entró en razón. Damos protagonismo al discurso y olvidamos que las causas de las cosas no son los motivos que la razón esgrime para comprenderlas. Cuando la razón objeta todo este proceso ya está lista para abordar lo inconcebible. La causa no sólo materializa con-secuencia; es la propia realidad que la cosa en su materialidad ha vencido. Es la relación que en ella encontró solución. La investigación arqueológica es posible porque el pasado, aunque pueda recrearse de muchas maneras, en verdad sólo se manifestó de una, y los objetos somos la prueba. El objeto fija las veleidades del sujeto. Es requerido por aquello que es útil y favorable. El objeto de deseo es esa exterioridad que queremos venga a nosotros; un objeto reclamado que habrá que cuidar de manera generosa para que el primer encuentro fortuito se consolide en una relación satisfactoria y duradera. Los objetos poseen, más allá de sus rutinas de obediencia, una vida interior que puede colonizarnos instrumentalmente o, por contra, ayudarnos a aprender a ser abiertamente útiles para los otros. Ser útil no es plegarse a la decisión a que obliga el instrumento, sino manifestarse un bien favorable. El mayor éxito social se produce en aquellos ámbitos en que sabemos ser el medio de la satisfacción de los otros. Ser un medio eficaz es el máximo valor que posee un objeto, y lo único verdaderamente importante para una sociedad abierta, sabia y solidaria. Una sociedad que se re-conoce en la causa primera. La causa primera, la causa del ser, es la materia. La materia está en todas partes. Es el punto de las formas y el uno de los números. Con nosotros, la materia ha logrado pensarse. Por eso no somos cualquier cosa: somos el objeto de materia que se piensa como sujeto de sí. Al principio, con el balbuceo de la materia en su primer pensar-se y producir pensar-nos, nos creímos paradójicamente pensados. Nosotros, el lugar que la materia concretó para desplegarse en Idea, creímos que la idea de Otro nos precedía. La fuerza de las cosas cobra con nosotros una nueva responsabilidad. Hasta donde sabemos, la primera y única responsabilidad consciente de la materia, una responsabilidad que nos impide huir de nuevo. Usé, espero que sin instrumentalizar, a todos los amigos y colegas que, de una forma u otra, ofrecieron sus consejos para matizar este texto: Rafael Micó, Teresa Sanz, Cristina Rihuete, Roberto Risch, Sylvia Gili, Bob Chapman, Ma Inés Fregeiro, Kate y Joan Pepper. Dejo constancia aquí de mi agradecimiento más sincero y de que no son responsables de los predicamentos, errores u omisiones en que pude haber caído.
Este trabajo realiza un recorrido por la definición del término Arqueometría y las distintas acepciones que ha ido teniendo desde su aparición en la década de los 50 del siglo pasado hasta el presente. También se profundiza en los antecedentes históricos, en la evolución acaecida en las últimas décadas y en los campos de actuación cubiertos en la actualidad por esta nueva área de conocimiento, cuyo desarrollo no puede entenderse al margen de la propia arqueología. Un análisis bibliométrico ha servido además para conocer en profundidad las tendencias en este tipo de estudios arqueométricos y valorar el papel que juegan en la investigación arqueológica actual. Por último, se discuten algunas ideas sobre las particulares características del conocimiento generado por la Arqueometría, así como su futuro y perspectivas más inmediatas. Ignacio Montero Ruiz, Manuel García Heras y Elías López-Romero hoy día Departamento de Prehistoria del Instituto de Historia del CSIC. Sin embargo, de manera próxima se producirán cambios en la estructura de los Institutos de Humanidades y Ciencias Sociales ubicados en Madrid con motivo de su traslado a una nueva sede. Durante este proceso de reforma, inconcluso a la hora de escribir este trabajo, una de las opciones que se plantearon fue la de incorporar y utilizar el término Arqueometría en la denominación del Departamento. Esta propuesta buscaba dar cobertura a una gran parte de las actividades desarrolladas por el Departamento desde los años 80, rompiendo la restricción cronológica que conlleva el término Prehistoria, y dando mayor sentido de transversalidad a la investigación realizada. En el debate mantenido sobre la nueva denominación quedó clara la ambigüedad tanto del término Arqueometría como de su campo de actuación concreto. La aparición del término está vinculada al nombre de la revista Archaeometry, fundada en 1958 por el Research Laboratory for Archaeology and the History of Art de la Universidad de Oxford (Leute 1987: 2, Tite 1991: 139) y su definición ha ido tomando forma con el tiempo en función de los contenidos de la revista, aunque un concepto muy general fue utilizado por Aitken (1961: V) como "measurements made on archaeological material". Otras definiciones posteriores como la de Olin (1982: 19) "application and interpretation of natural science data in archaeological and art historical studies" han sido criticadas por considerarlas vagas y no específicas, aunque como señalaba Van Zelst (1991: 347) este es el problema de los conceptos generales, y más en el caso de un campo de investigación que en realidad está compuesto por diferentes tipos de estudios. No obstante, esta definición de Olin es importante porque incluye dos actividades separadas en sus fines y métodos de trabajo como son la arqueología y la historia del arte. El concepto empleado de "ciencias naturales" era también genérico y como apuntaba Renfrew en el debate de la reunión celebrada en 1981 sobre el futuro de la Arqueometría (Olin 1982: 42), dentro del vigésimo primer congreso internacional celebrado en Nueva York, nos debemos referir a todas las ciencias naturales incluyendo zoología y botánica. La línea seguida por la revista Archaeometry centrada en los análisis físico-químicos, con exclusión de las disciplinas anteriores, produjo una limitación del término con consecuencias visibles, como la ausencia de estas investigaciones en los Congresos Internacionales de Arqueometría promovidos también desde Oxford a partir de los primeros años de la década de los 60. Esto desembocó en un predominio del uso del término Arqueometría asociado al de análisis cuantitativo de los materiales (Smith 1982: 49) y a su restricción conceptual en determinados ámbitos científicos. Por ello, los primeros libros sobre Arqueometría se centraban casi exclusivamente en el análisis físico-químico de materiales (p.e. Paralelamente la utilización de otros términos como "Archaeological Science" o "Science-based Archaeology" (Arqueología Científica) más abiertos a las ciencias naturales, contribuyó a reforzar la restricción del término Arqueometría. La aparición del Journal of Archaeological Science en 1974 es reflejo de esa tendencia. Así, en el estudio bibliométrico sobre los primeros 9 años de esta revista (Edwards 1983) se indicaba que los temas biológicos, principalmente zoológicos y botánicos, ocupaban algo mas del 50 % de los artículos publicados, mientras que el análisis de materiales no llegaba al 17 %. De igual modo, Leute (1987: 2) explicaba la elección del término Arqueometría frente a Ciencia en Arqueología en el titulo de su libro por centrarse sus contenidos preferentemente en los métodos físicos de análisis. En castellano la utilización del término Arqueología Científica, o su traducción más literal como Arqueología de base científica, no ha tenido tanto arraigo como el de Arqueometría. Los motivos quizás tengan una raíz semántica. Hablar de una Arqueología científica implica aceptar la existencia de una arqueología no científica, idea que no es admitida por la Comunidad de investigadores de este campo. Sin embargo, no debe confundirse el uso de técnicas científicas en la investigación arqueológica con el procedimiento científico que la arqueología sigue en su investigación (2) (Jones 1982: 25). Los contenidos que se engloban en el término Arqueometría han variado en los últimos años y de este modo los Congresos Internacionales de Arqueometría han abierto sus puertas a la sección de biomateriales desde el celebrado en 1996 en Urbana (Illinois, EEUU), aunque con un predominio de análisis de ADN, de isótopos estables o identifica-ción de residuos como resinas o productos alimenticios frente a trabajos polínicos, antracológicos o arqueozoológicos en su vertiente paleoambiental. En el caso de los Congresos españoles de Arqueometría el cambio, aunque lento, también se ha producido desde el primer Congreso de Granada de 1995, hasta el sexto celebrado en Gerona en 2005 (García Heras 2003: 13) (Fig. 1). Por otra parte, los congresos de Arqueometría celebrados en Australia y Nueva Zelanda (Australasian) desde 1982, aún empleando el término Arqueometría siguen la filosofía del Journal of Archaeological Science, con un mayor peso de las cuestiones paleoambientales (3). Según nuestra percepción, actualmente la distinción o separación entre los términos ingleses Archaeometry y Archaeological Science tiende a desaparecer y son cada vez más los partidarios de adoptar el término de Arqueometría (4) en su sentido más amplio. En general se acepta que los campos de actuación de la Arqueometría son: 1. Análisis físico-químicos de materiales, incluyendo tecnología, origen y uso de los mismos; 3. Prospección geofísica y teledetección espacial y 5. Este último campo era cuestionado por Taylor (1982) para quien reflejaba únicamente el incremento de la cuantificación en arqueología y podría no incluirse como aplicación arqueométrica específica. Sin embargo, el desarrollo de la informática en la segunda mitad de los años 80 y principios de los 90 del siglo pasado produjo un impulso de trabajos en esta línea y su presentación como sección separada en los Congresos Internacionales de Arqueometría. En la actualidad las aplicaciones estadísticas e informáticas quedan (3) El menor predominio de los temas relacionados con estudios de materiales puede en parte explicarse por la ausencia de cerámicas en la Prehistoria australiana y en la mayor parte del desarrollo cultural de las islas de la Polinesia, así como la ausencia de metalurgia anterior al contacto con los europeos en el Pacífico. Por el contrario las conchas y el material lítico toman un protagonismo especial, así como las técnicas de datación y los estudios zoológicos y botánicos. (4) Aunque académicamente los cursos de formación y cátedras en el Reino Unido y EEUU adoptaron mayoritariamente en los años 80 y 90 la denominación Archaeological Science, otros países y tradiciones investigadoras manejan en la práctica un concepto amplio de Arqueometría. Por ejemplo, G. Rapp argumenta a favor de este cambio [URL] rapp.html) en los Estados Unidos. Ignacio Montero Ruiz, Manuel García Heras y Elías López-Romero integradas como herramientas para la interpretación de los datos de los otros campos de estudio. Tite (1991: 140) proponía un sexto campo relacionado con la conservación del material, que cada vez tiene más peso en la orientación de las investigaciones actuales (Sease 1995: 139) (5). ANTECEDENTES DE LA ARQUEOMETRÍA La obtención de información a partir del registro arqueológico ha sido una preocupación constante en la arqueología, aunque las posibilidades de hacerlo han estado limitadas por las disponibilidades técnicas de cada momento. Análisis químicos de diversos materiales arqueológicos y de antigüedades pueden rastrearse a lo largo de todo el siglo XIX y se puede afirmar que el desarrollo de nuevas técnicas de análisis en el ámbito de las ciencias ha tenido una pronta aplicación en el campo de la arqueología y el arte. Esto es especialmente cierto en el campo de la datación. Pollard y Heron (1996: 3-7) recopilan algunos de los primeros estudios analíticos de materiales arqueológicos como el de Klaproth fechado en 1795 sobre composición de monedas, el estudio de pigmentos romanos por Davi publicado en 1815, y la orientación de algunos estudios pioneros para resolver problemas arqueológicos como la procedencia del material, siendo el estudio de Gobel fechado en 1842 un buen ejemplo de ello. El primer apéndice dentro de una memoria de excavación arqueológica parece ser el de Percy en 1853 dentro del libro de Layard sobre las ruinas de Nínive y Babilonia (Goodway 1991: 705; Pollard y Heron 1996: 5). Muchos de estos primeros estudios analíticos anteriores al inicio del siglo XX son sobre metales, pero los hay también sobre cerámica, piedra, vidrio o ámbar. En el campo de la arqueobotánica existen diversos trabajos publicados a lo largo del siglo XIX, como el realizado por Kunth en 1826 sobre semillas desecadas y frutas de las tumbas egipcias, o el de Heer en 1866 sobre muestras de palafitos suizos (Renfrew 1973: 1). En el caso concreto de los análisis polínicos, aunque hay trabajos anteriores, es a partir de 1916 cuando Lennart von Post rea-liza las primeros trabajos cuantitativos (Pearsall 1989: 256) cambiando los métodos de estudio; y entre los trabajos más antiguos con fitolitos se suelen citar los de Netolitzky de 1900 y 1914 y Schellenberg de 1908, aunque el impacto real de estos estudios en la arqueología no se producirá hasta las décadas de los 70 y 80 del siglo XX (Pearsall 1989: 328). Incluso el término arqueozoología puede retrotraerse al siglo XIX, al ser empleado por Lubbock al referirse a los zoólogos Streenstrup y Rutimeyer que estudiaron fauna arqueológica (Reitz y Wing 1999), sin olvidar la estrecha relación que la arqueología tuvo en los orígenes con la geología y la paleontología. gran avance con la aparición de equipos de resistividad y electromagnetismo (Tite 1991: 141). A partir de la década de los 70 se cuenta con una gran diversidad de técnicas multielementales y se produce el avance en el desarrollo de la instrumentación gracias al control digital y a la estandarización de las plataformas informáticas que los soportan, mayor precisión en los análisis, así como nuevo software y desarrollo de equipos portátiles (Jenkins 1999). Como grandes avances pueden citarse para el campo de la datación por C14 la utilización desde 1984 de la espectrometría de masas por acelerador (AMS en sus siglas en inglés) que en vez de medir la desintegración de los isótopos, cuantifica su numero en una muestra, lo que permite utilizar muestras de reducido tamaño; el uso de la teledetección espacial y de los SIG (Sistemas de Información Geográfica) para los estudios de prospección y paleoambiente, y en el campo de las ciencias biológicas el análisis de isótopos estables, y especialmente del ADN con el desarrollo en 1983 de la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR), que supuso una revolución en muchos campos de la biología y de la medicina (8). Todos ellos han incrementado las posibilidades de investigación del registro arqueológico. Pero igual de importante que el avance técnico fue el desarrollo teórico en arqueología, ya que en la Nueva Arqueología el registro arqueológico empezó a valorarse de manera diferente y se potenció el desarrollo de los estudios arqueométricos gracias a los nuevos intereses de la investigación, como la distribución de materiales por comercio e intercambio, así como los estudios cuantitativos (Pollard y Heron 1996: 9; Trigger 1989; Marciniak y Raczkowski 2001) y paleoambientales. Un ejemplo claro de este cambio conceptual lo constituyen los estudios de petrografía cerámica. Iniciados en la década de los años 30 por Anna O. Shepard en EEUU, no tuvieron mayor desarrollo y valoración hasta fines de la década de los 60 (Bishop y Lange 1991). Otro cambio significativo en esta última etapa de expansión es el incremento de laboratorios que trabajan la línea de Arqueometría. Si en la fase formativa se trataba principalmente de estudios individuales realizados por personas con intereses particulares, pero no exclusivos en el tema, con la excepción de la creación del laboratorio en el Museo de Berlín en 1888, que desapareció al acabar la I Guerra Mundial, en la fase de desarrollo empiezan a crearse laboratorios estables y especializados en determinados países occidentales, principalmente vinculados a museos (Goodway 1991: 706). Estos laboratorios se plantean su trabajo como proyectos de caracterización a mayor escala, como los que se realizarán sobre la metalurgia prehistórica en Europa desde 1931(9). Entre ellos desataca la creación a fines de la década de los años 20 del laboratorio del Fine Arts Museum de Boston, del laboratorio del Louvre en 1931 y también, en ese mismo año, del laboratorio de investigación permanente en el British Museum, aunque desde 1920 existía un laboratorio temporal (Craddock 1991: 12). A mediados de los años 30 se crea el laboratorio de etnobotánica dentro del Museo de Antropología de la Universidad de Michigan (Sobolik 2003: 9) y en 1937 el laboratorio en el Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres. Años más tarde, en 1951, se crea el laboratorio de datación por dendrocronología y C14 del Museo Arqueológico de la Universidad de Pennsylvania (MASCA). En la década de los 50 se produce también la primera reunión entre arqueólogos y químicos nucleares en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (New Jersey, EEUU), donde se plantea cuáles podían ser las posibilidades de los métodos nucleares en la resolución de problemas arqueológicos, en un intento de hacerlos más populares a la comunidad científica norteamericana en una época de agitado debate sobre su aplicación a la industria armamentística (Neff 1992). La reunión trajo consigo el inicio de la aplicación de los análisis por activación neutrónica (NAA son las siglas en inglés) a materiales como la cerámica y el vidrio en un primer momento, y después a monedas y pinturas entre otros (10). Este impulso a la investigación arqueométrica se puso en marcha desde el Brookhaven National Laboratory (BNL) de Nueva York con Edward Sayre a la cabeza (Sayre y Dodson 1957), al que pronto se le unió el Lawrence Berkeley Laboratory (LBL) de la Universidad de California en San Francisco. En el último periodo, a partir de la década de los 70, se generalizan en muchos países los estudios de Arqueometría, en parte con colaboraciones puntuales desde laboratorios de ciencias, pero sobre todo (9) Los primeros grandes corpus de datos se publicarán años más tarde: Otto y Witter (1952), Pitionni (1959), o Junghans et al. (1960). (10) http://www.bnl.gov/chemistry/History/RadioactivityAn-dNuclear Rxns.asp con proyectos de investigación estables. Así, por mencionar algunos ejemplos, en 1974 empieza el primer proyecto sobre caracterización de obsidianas de Nueva Guinea desde el AINSE (Australian Institute of Nuclear Science and Engineering) (Ambrose 1998) y en ese mismo año se crea el laboratorio de radiocarbono de Waikato en Nueva Zelanda. En 1977 se creaba el laboratorio de geocronología del Royal Ontario Museum en Canadá. Otros laboratorios importantes se crearon ya en la década de los 80, como el laboratorio de Arqueometría Demokritos (11) en Grecia. Por otro lado, en la década de los 70 se fundan en algunos de estos países las primeras sociedades y asociaciones de Arqueometría, reflejo de la creciente actividad e interés por el estudio del material arqueológico y artístico (12). En España en la década de los 60 y principios de los 70 comienzan los trabajos del laboratorio de Arqueozoología del Departamento de Prehistoria de la Sociedad de Ciencias Aranzadi de la mano de Jesús Altuna (Altuna 1995: 9). En 1977 inicia su andadura el laboratorio de palinología del Instituto Español de Prehistoria (López et al. 2002) y en 1982 comienza el proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica, gestionado inicialmente desde el Ministerio de Cultura en el Instituto de Conservación y Restauración de Obras Artísticas (ICROA), actualmente Instituto de Patrimonio Histórico Español (IPHE). El laboratorio de Arqueozoología de la Universidad Autónoma de Madrid se crea en 1984, aunque Arturo Morales, su director, inició sus investigaciones en la década anterior. Sin embargo, no será hasta 1997 cuando se cree en España la Sociedad de Arqueometría Aplicada al Patrimonio Cultural (SAPaC). Es también el período de proliferación de congresos y reuniones científicas. De hecho, muchas de estas sociedades los organizan de forma perió-dica (Fig. 2). El GMPCA francés celebra regularmente coloquios bianuales, habiendo sido el último el celebrado en la ciudad de Saclay en 2005. La Sociedad Griega de Arqueometría también organiza congresos regulares, el último de ellos, el IV Congreso Nacional de Arqueometría griego, en Atenas en el año 2003. Igualmente, la Associazione Italiana di Archeometria ha celebrado recientemente el IV Congreso Nacional italiano en Pisa en 2006, mientras que la SAPaC española organizó el VI Congreso Nacional en Gerona a finales del año 2005. Por lo demás, la última edición de los Congresos Internacionales de Arqueometría promovidos desde la universidad de Oxford, la trigésimo sexta, se ha celebrado en Québec (Canadá) en mayo de 2006. Un ejemplo de la buena salud de que goza la Arqueometría es que su difusión continúa actualmente en otros muchos países, como es el caso de Argentina que ha celebrado su Primer Congreso de Arqueometría en octubre de 2005 en la ciudad de Rosario. INTERESES Y CAMPOS DE ACTUACIÓN DE LA ARQUEOMETRÍA Para conocer algunos rasgos y las tendencias de la investigación realizada en Arqueometría en la última etapa, aún a pesar de las limitaciones conceptuales indicadas anteriormente y la exclusión de los estudios paleoambientales, hemos intentado observar las transformaciones seguidas por la investigación arqueométrica, los campos de aplicación preferenciales, la introducción de nuevas técnicas, medir la frecuencia de uso de algunas de ellas, y desgranar aspectos generales de la investigación, teniendo presente la nacionalidad de los autores y la naturaleza de los grupos de trabajo. Para ello se ha utilizado una muestra de 1440 registros que comprende los artículos publicados en los diferentes Congresos Internacionales de Arqueometría y las revistas Archaeometry (Blackwell Publishers y Universidad de Oxford, Reino Unido) y Revue d'Archéometrie (CNRS, Francia), que han sido vaciadas siguiendo criterios bibliométricos de análisis. Se ha tomado como límite cronológico de cada serie los volúmenes correspondientes al año 2000. Aunque la muestra pueda tener algunos sesgos, esta visión pretende únicamente ser un acercamiento a lo más representativo. En este sentido hay que destacar que en los Congresos Internacionales se presentaron muchos más trabajos de los finalmente publicados, que responden a una selección de aquellos temas más novedosos e interesantes. Por otra parte, si comparamos los datos de artículos publicados sobre material cerámico, como ejemplo, en Archaeometry y Journal of Archaeological Science desde 1974 hasta 2005, vemos que la información manejada en nuestra muestra es representativa del tipo de investigación realizado. Así, en este período de 31 años, en Archaeometry se publicaron 193 artículos frente a 108 en el Journal of Archaeological Science, a pesar de que esta última publica muchos más números y artículos por año, pero con mayor amplitud temática, como ya se comentó anteriormente. Los artículos se han clasificado en siete grupos temáticos en función de sus objetivos generales; contamos, así, con 1.-estudio de materiales arqueológicos, 2.-datación, 3.-análisis de sedimentos, suelos y geología, 4.-estadística, informática y análisis de imagen, 5.-trabajos descriptivos y de revisión, 6.-genética, y 7.-otros (trabajos no propiamente clasificables dentro de los estudios de Arqueometría). En relación con las series de referencia, hay que señalar en primer lugar que la disponibilidad de los Congresos Internacionales es limitada puesto que su publicación es irregular y depende de los organismos responsables de su organización en las distintas sedes de celebración. El primero de estos Congresos Internacionales de Arqueometría incluido en nuestro estudio es el décimo sexto, celebrado en Edimburgo (Reino Unido) en 1976, mientras que el último recogido es el trigésimo celebrado en Urbana (Illinois, EEUU) en 1996. Por su parte, las revistas Archaeometry y Revue d'Archéométrie han sido vaciadas a partir de los volúmenes de 1975 y 1977 respectivamente. A pesar de haberse desglosado en la base de datos, las diferentes variantes analíticas han sido agrupadas para facilitar la cuantificación del impacto global de las técnicas empleadas. De este modo, diferentes variantes y mejoras instrumentales se han unificado dentro de la técnica general (13). En lo que se refiere al comportamiento de los bloques temáticos (Fig. 3), hay que señalar el claro predominio de "estudios de materiales arqueológicos" (55 % del total de trabajos) por encima de otros como "datación" (13 %), "sedimentos/suelos/ geología" (7 %), "informática y estadística" (7 %), o "trabajos descriptivos y de revisión" de técnicas y metodologías (13 %). Los trabajos definidos como "otros" y los estudios sobre "genética" (con representación inferior al 1 %) completan el panorama dentro del conjunto de datos disponible. El papel central de la cerámica como elemento de definición tradicional de conjuntos culturales, cronologías relativas y comportamientos sociales en arqueología tiene claramente su reflejo en el ámbito de la investigación arqueométrica. En efecto, dentro del estudio de materiales, las cerámicas representan el 34,6 % del total de nuestra muestra, seguida por los estudios sobre metales (24,6 %) y piedra (15,9 %). Con menor frecuencia aparecen los estudios sobre vidrio (6,0 %) y pigmentos (5,4 %) (Fig. 4). Salvo en el caso de una parte de los pigmentos, es digno de mención el hecho de que un porcentaje muy elevado de los estudios de materiales se centre sobre elementos de tipo inorgánico. Los análisis o trabajos sobre elementos orgánicos como grasas, resinas, conchas o madera (excluidos los estudios sobre datación) raramente superan el Fig. 3. La lectura de esta ordenación (Fig. 6) ofrece datos muy interesantes. En primer lugar, podemos destacar el auge del SEM entre los años 1985 a 1994, produciéndose un incremento considerable en relación con su empleo en los tramos anteriores. La tendencia general a la baja de la activación neutrónica es igualmente significativa, tanto más por cuanto la implementación de mejoras instrumentales (INAA) no parece haber contribuido a la generalización de su uso en el estudio de metales, aunque sí para otros materiales como la cerámica. Como comentábamos líneas más arriba, en térmi-nos globales la XRF es, junto con el SEM, la técnica a la que se ha recurrido con más frecuencia dentro de los estudios arqueometalúrgicos; sin embargo, la evolución por quinquenios demuestra un descenso uniforme en su empleo, pasando de ser la técnica más usada en el período 1975-1984 a igualarse con la espectroscopía de emisión óptica en la fase de 1995-2000. Precisamente, la evolución seguida por la OES resulta curiosa por su irregularidad. Desarrollada en los años 30 y frecuentemente empleada en los años 50 y 60, la generalización de su uso cae en picado hasta prácticamente desaparecer de las publicaciones científicas en la década de 1980. Sin embargo, a partir de la primera mitad de los años 90 y, sobre todo, a partir de 1995, la técnica se ve relanzada superando incluso el porcentaje de finales de los 70. La razón de este renovado auge de la emisión óptica ha de ser puesta en relación directa con la instrumentalización del plasma acoplado inductivamente (ICP), mejora que ha de hacerse extensible a otras técnicas de espectroscopía de emisión y espectroscopía de masa (ICP-AES, ICP-MS, LA-ICP-MS). El uso de la absorción atómica (AAS) parece haberse mantenido más o menos estable a lo largo del último cuarto del siglo XX, oscilando en torno al 10-15% del total de las técnicas empleadas. Pese a la tendencia a la baja en el uso de la emisión de rayos X inducida por un haz de protones (PIXE) para el estudio de metales, la precisión y resolución analítica de esta técnica parece estar favoreciendo su generalización en la investigación de otros materiales en los últimos años (Demortier y Adriaens 2000, Adriaens et al. 2005) tal Entrando en el terreno de los periodos cronológicos estudiados (Fig. 7) queremos destacar el número elevado de trabajos arqueométricos (21 %) que hacen referencia a lo que hemos agrupado como períodos históricos (a partir de la Edad Media para Europa y a los períodos coloniales para otras regiones). Este dato demuestra que la Arqueometría, en contra de lo que en ocasiones se pueda pensar desde una perspectiva meramente arqueológica, es un campo abierto al estudio de todas las fases de desarrollo de las sociedades y tiene un fuerte implante en la historia del arte (pintura, escultura y artes decorativas). Esta vocación universalista de la disciplina se ve particularmente reflejada en la alta representación de trabajos de carácter general (19 %), precisamente aquellos que abordan el análisis de materiales desde un punto de vista diacrónico. En lo que respecta a la autoría de los trabajos, hemos de señalar en primer lugar que se ha considerado para el análisis la nacionalidad del centro de trabajo de cada uno de los autores. Esta atribución se debe a dos condicionantes principales: por un lado, por el interés prioritario que se deriva del conocimiento de la actividad de los centros y equipos de trabajo internacionales en Arqueometría, independientemente de los aspectos individuales relativos a sus miembros y, por otro lado y en menor medida, por la dificultad de atribución de una nacionalidad precisa a los distintos autores. Debido a la publicación de trabajos en coautoría, contamos con 1.620 autores para los 1.440 registros de la base de datos. En este sentido, es interesante constatar cómo en la distribución de la autoría predominan los trabajos realizados por dos autores (30,1 %), seguidos por los trabajos individuales (28,1%); en menor medida contamos con trabajos de tres (19 %) y cuatro (12,8 %) autores, llegando a darse el caso de artículos en los que participan hasta 16 personas. La distribución de nacionalidades por artículos (Fig. 8) refleja el predominio en términos generales de los autores anglosajones. A pesar del posible sesgo que en este sentido pudiera verse en la elección de las colecciones de referencia para el análisis bibliométrico, no ha de olvidarse que las publicaciones citadas han sido las que han servido de referencia general a la disciplina, siendo, pues, un buen reflejo de su desarrollo histórico. Así, el 25,8 % de los autores procede de centros de trabajos ubicados en el Reino Unido, mientras que el 13,8 % corresponde a autores que trabajan en los EEUU. El 18,15 % de autores procedentes de Francia parece ser en parte independiente del peso ejercido por la integración de la Revue d'Archéométrie, ya que la presencia de autores franceses en los Congresos Internacionales de Arqueometría refleja una relación similar respecto al número de autores británicos y norteamericanos. Por debajo del 10 % de representatividad encontramos las investigaciones realizadas desde Alemania (7 %), Canadá (5,4 %) e Italia (4,2 %); la presencia española en la muestra se limita al 1,7%, que se corresponde con 27 trabajos del total de 1440 del repertorio, incrementándose su frecuencia en la última década del siglo XX. RELACIÓN ENTRE HUMANIDADES Y CIENCIAS: ¿COOPERACIÓN? Si al inicio del artículo marcábamos las dificultades de definición del término Arqueometría, aún más complicado resulta definir quién realiza este tipo de investigación. La relación entre los estudios e investigadores de humanidades y ciencias puede considerarse limitada ya que ambos desarrollan métodos de investigación diferentes. Sin embargo, la arqueología es un campo donde ese acercamiento se hace posible (Pollard y Heron 1996: 1), siendo la Arqueometría el puente que une a ambas. La construcción de ese puente a través de investigaciones interdisciplinares no está exenta de dificultades y la relación entre investigadores de ambos campos está llena de tensiones e incomprensión mutua, por el uso de un lenguaje y una perspectiva diferentes (De Atley y Bishop 1991: 361) ( 14). En la reunión de 1981 sobre las tendencias futuras de la Arqueometría (Olin 1982), como en otros trabajos posteriores, se señalaba que uno de los grandes problemas era la falta de entendimiento y comunicación. La situación actual sigue manteniendo en parte ese problema de cooperación y entendimiento (Marciniak y Raczkowski 2001: 6), a pesar del número creciente de laboratorios que se interesan por esta línea de investigación y la publicación de trabajos con material arqueológico en revistas del área de ciencias. Esta proliferación está generando una apropiación de la investigación arqueométrica por parte de los especialistas del área de ciencias. Las causas de esta dificultad para la cooperación son muy diferentes según el ángulo o el lado desde el que se mire. En el área de ciencias físicas, por ejemplo, el interés por el material antiguo tiene un carácter secundario y permite probar y desarrollar innovaciones metodológicas de carácter analítico en condiciones extremas, pero una vez logrado esto, como apunta Van Zelst (1991: 350) o Wolfman en el debate de 1981 (Olin 1982: 43) el paso a mediciones repetidas para conseguir una valoración estadística y una interpretación arqueológica se convierte en rutinaria y carente de interés. Es cierto que la Arqueometría, como señalaba Aitken (1982), no sólo sirve a la arqueología y que el desarrollo metodológico es necesario, pero si el interés se limita sólo a las cuestiones analíticas esa investigación es en realidad ciencia de materiales y tecnología, y nada tiene que ver con la arqueología. Aunque este primer paso es básico para el desarrollo de la Arqueometría, la investigación no puede quedarse en este punto. Su aplicación y adaptación específica al material bajo estudio necesita a partir de este momento de la arqueología. De acuerdo con el planteamiento de Anderson (1987: 4) el problema fundamental de estas aplicaciones y análisis es que no están suficientemente integradas en la explicación e interpretación arqueológica que subyace a la propia obtención de los datos. Este es un punto clave para definir a quién le interesa la Arqueometría o en realidad utiliza como excusa el material arqueológico e histórico en su campo de investigación. Haciendo nuestras las palabras de Stanley Cyril Smith, las mediciones son necesarias pero sólo con un fin, no por sí mismas "Of course measurements are necessary, but only for a purpose, not in itself" (Smith 1982: 49). Esta investigación estrictamente técnica carece de interés si no tiene una aplicación arqueológica. En realidad, el estudio arqueométrico no debería ser una ciencia aplicada sino la aplicación de técnicas científicas en la resolución de problemas arqueológicos e históricos, puesto que la ciencia aplicada jamás reconoce las relaciones de los artefactos con su contexto cultural (De Atley y Bishop 1991: 363). Una cuestión básica para entender el grado de relación y la percepción del problema es el lugar donde se ubican los laboratorios. Es una realidad que actualmente una gran parte de ellos se encuentran en las facultades de ciencias y por tanto la persona trabaja en un ambiente de ciencias, aislado del mundo de las humanidades, salvo con contactos esporádicos, y en el que la investigación arqueométrica es una más, nunca prioritaria, a veces simplemente un sub-producto de las diferentes líneas de investigación que se trabajan en el laboratorio. En ciertos casos la estrategia para iniciar una investigación es buscar al arqueólogo o historiador ofreciéndole una "poderosa" técnica a cambio de un problema a resolver, pero este no necesariamente tiene los conocimientos necesarios para saber qué potencialidades analíticas se ponen en su camino. La falta de entendimiento se achaca entonces a la incapacidad de entender lo que se le ofrece sin darse cuenta de que se le está exigiendo al arqueólogo iniciar un camino que el especialista del área de ciencias no está dispuesto a recorrer en sentido inverso. Esta actitud de cierta superioridad, por des-gracia todavía frecuente, fue retratada por Smith (1982: 51) indicando que "When he moves to use his knowledge to help his archaeological friends, he is likely to think that he is still the king pin. Pero esta separación entre ciencias y humanidades tiene otros temas de fondo que dificultan el acercamiento. Los investigadores de ciencias se ven condicionados a publicar en las revistas de impacto para que su trabajo sea reconocido y por tanto publican en circuitos ajenos al de la Historia, por lo que los resultados no se difunden en este ámbito de conocimiento, al margen del interés concreto de lo publicado. Algunas o bastantes de esas revistas de ciencias pueden publicar artículos sobre materiales arqueológicos o históricos pero el problema principal a abordar es el metodológico, no el histórico, que queda relegado para ellos. Por el contrario, las publicaciones en revistas de humanidades, al carecer de factor de impacto, son minusvaloradas ya que no permiten un reconocimiento científico, rompiéndose una posible vía de contacto. Por otra parte, en las revistas de humanidades los aspectos técnicos y metodológicos tienden a ser relegados, lo que limita el conocimiento sobre la calidad de los datos analíticos que se manejan. Esto hipoteca seriamente la interpretación y crea serias dudas sobre la calidad de los datos a los especialistas de ciencias que pudieran leerlos. Las revistas especializadas en Arqueometría están a medio camino entre ambos grupos, algunas con su reconocimiento en los índices de citas internacionales y con un equilibrio de contenidos. La situación es bien diferente cuando el laboratorio se ubica en un museo o en un departamento de arqueología o antropología, como era frecuente en la etapa de desarrollo. Aquí el contacto con los problemas arqueológicos o de estudio del material es directo y la principal línea de trabajo es la Arqueometría, incluyendo los temas de conservación y restauración. En estos laboratorios el investigador, aunque por formación tenga una titulación de un área de ciencias, puede mantener una relación más fluida con las humanidades, ya que la investigación se integra de forma más coherente y no hay reparos en publicarla en circuitos más próximos porque el trabajo del laboratorio no tiene que ser medido con factor de impacto, sino como trabajo realizado. En realidad el arqueómetra está situado entre los dos ámbitos, pero para llegar a ese punto intermedio tiene que partir de una orilla y conocer el otro lado. Cuando se habla de la falta de entendimiento entre la Arqueometría y la arqueología, o del escaso interés de los arqueólogos hacia la Arqueometría (Dunnel 1993), en realidad se trata de falta de interés por detalles técnicos y especializados de las ciencias, que son parte de la Arqueometría, pero fundamentalmente son Física o Química. Tan válido es el acercamiento de arqueólogos e historiadores al campo de las ciencias, aunque tradicionalmente se supone más difícil por la falta de formación científica desde los años finales de la escuela, como desde las ciencias hacia las humanidades. Pero salvo excepciones, el mundo universitario tampoco favorece esa integración porque la formación se rige por una estricta división en áreas. Hace años Vila y Estévez (1989) señalaron la conveniencia de que los propios arqueólogos se especializaran en estas investigaciones técnicas y se crearan laboratorios de arqueología capaces de investigar y adaptarse a las necesidades específicas de la arqueología. En nuestra opinión la arqueología y los arqueólogos no deben inhibirse del desarrollo actual de la Arqueometría y deben servir de orientación en las futuras pautas de investigación que emprenda esta disciplina. El punto clave para el desarrollo de la Arqueometría es la formación, que actualmente debe conseguirse principalmente después de la titulación o licenciatura correspondiente, mediante cauces restringidos. En historia se pueden dar nociones sobre las distintas aplicaciones de la Arqueometría pero no se dispone de laboratorios, salvo excepciones como el Reino Unido, para profundizar en aspectos de análisis. En ciencias se pueden ofrecer conocimientos analíticos, pero no arqueológicos o históricos. La diversidad de campos con los que se relaciona la Arqueometría impide una formación única y cada uno de ellos requiere de su propia especialización. Sin embargo, en el Reino Unido y EEUU existen cursos de formación en Archaeological Sciences. Michael Tite obtuvo la primera cátedra en el Reino Unido en 1990 en la Universidad de Oxford. Después se crearon otras cátedras en las universidades de Bradford, Cambridge y Southampton (Bailey y Heron 1998: 138). Por tanto el primer problema a superar para conseguir una integración entre la investigación arqueológica y las aplicaciones analíticas es conseguir un sistema educativo que reconozca a la Arqueometría como disciplina. En el caso español es evidente el déficit en la formación universitaria sin que existan indicios de una mejora futura, entre otras razones por la desconexión de la Universidad con la investigación arqueométrica en los departamentos de Prehistoria y/ o Arqueología, y a su vez la escasa relación de éstos con otros departamentos universitarios del área de ciencias que posibilite enseñanzas conjuntas (García Heras 2003). A esta dificultad de especialización en Arqueometría, se une la escasez de formación que las actuales licenciaturas dan a los arqueólogos sobre técnicas de análisis aplicadas a material arqueológico. A finales de la década de los 80, Vila y Estévez (1989: 278) señalaban la necesidad de adecuación de la docencia universitaria a las nuevas demandas de la arqueología, pero casi dos décadas después los actuales planes de estudio siguen ofreciendo pocas posibilidades de formación, incluidos los de tercer ciclo, aunque algunos pasos se han dado y se están dando en algunas universidades (15). ARQUEOMETRÍA: ¿AL SERVICIO DE QUIÉN? Con la Arqueometría conseguimos datos que hay que explicar y entender, no sólo en el contexto arqueológico, sino en el contexto analítico. La investigación en Arqueometría se basa en ambos contextos y el riesgo de interpretación errónea es elevado cuando se carece de uno de ellos. En el campo arqueológico además la concepción de la Arqueometría como un servicio acentúa los riesgos. La demanda de información y su pago no habilita al investigador en un correcto uso de los datos. Cada vez es mas frecuente en la arqueología la argumentación basada en datos arqueométricos, y por ello es necesaria una verdadera colaboración interdisciplinar en los proyectos que basan sus hipótesis en esos resultados. Este peligro que puede parecer superfluo cuando los servicios demandados son muy generales, como en el caso de la datación por C14, no debe minusvalorarse. El manejo estadístico inadecuado de las dataciones y su interpre-tación es un lastre y puede llegar a tener implicaciones muy graves. Así lo demuestra Jones (2001) en el caso de la arqueología de Nueva Zelanda por un uso incorrecto del concepto de calibración conjunta de muestras por parte de los arqueólogos, sin entrar a mencionar las formas "ocurrentes" en las que a veces se publican las dataciones. La obtención de datos carece de sentido si los mismos no son utilizados de manera correcta y si desconocemos la representatividad y el significado de los datos que obtenemos. La oferta de servicios no debe relegar en ningún caso la investigación sobre la obtención de datos, ya que las circunstancias que rodean a las muestras arqueológicas son siempre diferentes unas a otras. Los datos generados por los laboratorios cada vez son mayores y más complejos, pero el dato sin una correcta interpretación no sirve para nada, más bien al contrario genera confusión. La separación entre el investigador que ofrece un servicio y obtiene el dato a través de una serie de métodos y técnicas y el investigador que interpreta los datos obtenidos en su campo de actuación no parece constituir problema en muchas de las áreas de ciencias. Sin embargo sí es un riesgo en la arqueología. La demostración de argumentos o hipótesis arqueológicas por el simple hecho de usar técnicas complejas no es garantía de veracidad. Este "cientifismo artificial" podemos ilustrarlo con la crítica realizada por Cotter y Cotter (2003) a la interpretación obtenida del análisis de enlucidos de barro en un yacimiento de la Edad del Hierro de Tailandia. En el artículo al que hacen referencia (Parr y Boyd 2002) los autores llevan a sostener la idea del uso de hornos y de un proceso de industrialización creciente a partir de los datos obtenidos en los análisis. Según Cotter y Cotter en realidad se ha realizado una mala aplicación de análisis mediante ICP-MS, difracción de rayos X (DRX) y susceptibilidad magnética, y una sobreinterpretación de los datos obtenidos. El proceso de formación y las transformaciones de color de la arcilla pueden explicarse por acciones naturales sin necesidad de altas temperaturas. Por tanto, no hay posibilidad de proponer un proceso de industrialización ni un avance tecnológico. El peligro de no entender las cuestiones arqueológicas con comentarios o comparaciones disparatadas o repetición de tópicos superados que puede darse en el caso de los especialistas del área de ciencias, que prescinden de la colaboración de los his-(15) Durante el proceso de revisión del texto tras su evaluación hemos tenido conocimiento de la presentación del Master de posgrado en Arqueometría ofrecido por la Universidad Autónoma de Madrid para el curso 2006 y 2007 y organizado desde el Departamento de Geología y Geoquímica. toriadores (Beck 1985: 406), pasa por la situación contraria en la que el arqueólogo maneja la información arqueométrica sin base crítica suficiente. Por una parte el arqueólogo carece de conocimientos críticos en áreas especializadas que le impiden detectar errores analíticos (Beck 1985: 406) pero por otro, y estos es lo más frecuente, por el manejo acrítico de la información analítica y del contexto arqueológico. Arturo Morales (1990) ya llamaba la atención sobre el uso incorrecto de la información arqueozoológica por parte de los arqueólogos en lo que él definía como "desacoplamiento entre la obtención de datos y su interpretación" (p. 252) advirtiendo del peligro del uso que de los informes pueden hacer otros que desconocen los factores teóricos y metodológicos que guían un estudio, además de desconocer la capacidad explicativa de los datos. Exponía varios ejemplos de ese uso incorrecto por tratar de extraer más información de lo que realmente lo datos pueden aportar en función de sus contextos y características de muestreo. Un ejemplo concreto, pero lamentablemente no el único, de esta tendencia es el trabajo sobre las fíbulas de codo de la Península Ibérica (Carrasco et al. 1999). Todo el ejercicio estadístico y sus conclusiones carecen de sentido al usar datos de composición que carecen de homogeneidad (16) por proceder de técnicas diferentes, laboratorios diferentes y estar expresados bajo valores diferentes, riesgos expresados por los autores pero que, sin embargo, no les impide realizar el trabajo. Aunque la hipótesis pueda tener sentido, la vía y los datos utilizados para su demostración es incorrecta al ignorar la diferencia en la calidad informativa de los datos analíticos manejados. En este ejemplo, además, sería aplicable la frase de Widemann (1982) "Poverty of measurements is sometimes hidden with sophisticated data processing displays" o el comentario de Morales (1990: 286) sobre el "fetichismo de la numerología" en el que predomina la idea de que cuantos más números aparecen en una página tanto más riguroso parecerá el trabajo. También tiende a ser general la idea en arqueología de que para construir un argumento coherente y plausible que explique nuestras teorías lo mejor es juntar el máximo de datos posible junto al máximo de conocimiento general y específico (Preucel y Hodder 1996). En el caso del Proyecto Odiel (Nocete 2004), el esfuerzo por buscar nuevos datos y extraer la máxima información al registro arqueológico para plantear la importancia de la especialización metalúrgica y su impacto ambiental, choca con la falta de un análisis crítico global de cada una de las informaciones manejadas al margen de su contexto. Por un lado se argumenta sobre la complejidad tecnológica y especialización de la metalurgia por la existencia de "toberas", identificando como tal a una cerámica que por forma y tamaño no puede cumplir esa función, sin incluir ningún dato que demuestre su viabilidad de uso. Por otra parte, se argumenta que esa actividad metalúrgica intensa es causante de una deforestación porque el registro polínico muestra una degradación del entorno vegetal del yacimiento. Teniendo en cuenta el escaso porcentaje de polen arbóreo inicial, las variaciones representadas en la gráfica 15.6 (p. 338) muestran que la fase 2 es la de menor presencia, con un incremento en la fase 3 y posterior aumento en la fase 4. Al no discutirse la validez y representatividad de los datos, así como la coherencia de la secuencia interna del muestreo polínico (17) con las fases de producción metalúrgica, nos encontramos con la paradoja de que en la fase de mayor actividad, la 3 (18), se produce un incremento de la vegetación arbórea en relación a las fases anteriores ¿Cómo puede producirse un incremento, aunque ligero, de árboles cuando la presión productiva que ha causado la deforestación es aún elevada? Se tiende a sobredimensionar la representatividad de la muestra polínica obtenida a pesar de los problemas de muestreo y su resultado se extrapola a toda una región, cuando sólo tiene valor local (no es lo mismo hablar de un clareado de la vegetación en el entorno de un hábitat, que de la deforestación en la región) y ni siquiera está contrastada con otras secuencias dentro del propio yacimiento. Y por ultimo, el argumento de la contaminación de las aguas como consecuencia de la (17) La información procede únicamente de dos perfiles (corte 2 y corte 3), pero el último de ellos, según indica el informe (Ruiz Sánchez 2004: 238), presenta un escaso número de granos de polen. Además se menciona contaminación y ausencia o escasez de polen en ciertas unidades del corte 2 por diversos factores que afectan a la representatividad general que pueda ofrecer el perfil. (18) Los autores señalan que la uniformidad en la producción de cobre entre las fases 1, 2 y 3 es aparente porque se produce «un proceso creciente de diversificación de producción y eficiencia metalúrgica» (Nocete et al. 2004: 295). ( 16) Los datos publicados por los alemanes y los del Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica no son homologables estadísticamente, además no hay seguridad de estar comparando los mismos parámetros ya que bastantes análisis de materiales portugueses están realizados sobre la pátina y no sobre el metal. Tampoco parece que se tenga en cuenta en cada elemento los límites de detección en cada laboratorio. actividad minera y metalúrgica, no analiza el valor real de los datos originales publicados. En el artículo de Leblanc et al. (2000) se menciona que esa contaminación refleja fielmente la presencia de todos los elementos existentes en la mineralogía de la zona (incluidos oro y estaño) y procede de minerales primarios (sulfuros). Por tanto, no hay un proceso selectivo de contaminantes que la minería del cobre, única practicada en ese momento en la zona debiera haber producido, y por otra parte la metalurgia de Cabezo Juré está basada en los minerales secundarios (19) y no los primarios, siendo estos últimos los que se detectan en los sedimentos estudiados. Por tanto se atribuye a la acción humana (la metalurgia) lo que algunos factores de arrastre por circunstancias a determinar produjeron. Estas ideas en su conjunto producen una aparente argumentación sólida, pero analizadas en detalle se observa que la interpretación de cada una de ellas se ha llevado mas allá de lo que los datos reales sustentan. No hay que olvidar que algunos estudios arqueométricos son pioneros en cuestiones metodológicas y en consecuencia, por su novedad, en ocasiones todos los factores de contexto explicativo no están suficientemente contemplados o comprobados. Los datos por sí mismos no demuestran nada, únicamente indican una realidad que debe ser explicada. Un caso singular y extremo es el de la identificación de una ofrenda floral en la sepultura Neanderthal de Shanidar. En este caso el especialista, Leroi Gourhan (1975), es el que ofrece una explicación a los datos dentro de unas circunstancias contextuales aparentemente conocidas: la presencia de polen de flores en este enterramiento sólo puede explicarse por causas antrópicas, dando una nueva dimensión simbólica al comportamiento de los Neanderthales. Sin embargo, posteriormente Sommer (1999) encontró una explicación alternativa, atribuyendo la aportación del polen a un tipo de roedor también identificado entre los restos de la cueva, cambiando de manera radical la interpretación y sus implicaciones culturales. Estos problemas de interpretación expuestos se resuelven parcialmente con una mayor formación de base del arqueólogo en las diferentes técnicas y análisis que pueden utilizarse en arqueología, pero sobre todo y especialmente cuando se trata de proyectos amplios, con un verdadero trabajo interdisciplinar y no con la yuxtaposición de informaciones o investigadores (De Atley y Bishop 1991: 360, Vila y Estévez 1989: 278). También es clave la existencia de centros especializados y con experiencia arqueométrica que sirvan como punto de referencia a los arqueólogos y donde se realice investigación y no sólo servicios, buscando una adecuada contrastación a las técnicas y métodos empleados y delimitando el alcance interpretativo real de los datos a partir tanto de las condiciones de análisis, como de la recuperación del registro arqueológico y de sus procesos de formación y deposición (Marciniak y Rackowski 2001: 14). Un excelente ejemplo de esta actitud es el trabajo de Bernabeu et al. (1999) planteado para resolver problemas de fiabilidad de los contextos arqueológicos en el Neolítico. En él se consigue confirmar los problemas de contaminación y se sugieren explicaciones postdeposicionales, ofreciendo vías de solución para el debate sobre la fiabilidad de los datos que sustentan las hipótesis de los procesos de neolitización en la Península Ibérica. Nadie puede poner en duda la cantidad de información y datos que pueden extraerse del registro arqueológico hoy día y de las posibilidades de estudio y documentación del mismo con las técnicas disponibles. Esa información resulta básica en la demostración y clarificación de las hipótesis arqueológicas. Por tanto y en definitiva, el futuro más inmediato de la Arqueometría va a depender de la actitud más o menos crítica que la propia comunidad arqueológica tome hacia las aproximaciones de base experimental, la cual va a decidir en buena medida la clase de datos que se van a generar y el valor de los mismos en las interpretaciones y síntesis arqueológicas de las próximas décadas (Ehrenreich 1995). Sin embargo, para garantizar el éxito en este desarrollo y evitar definiciones como la de Dunnel (1993: 161-165) en la que se considera a la Arqueometría como algo "sometimes interesting, largely irrelevant and definitely optional endeavour", son imprescindibles dos requisitos: Por un lado la necesidad de formación en todos los niveles. Desde la creación de especialistas, responsables de la obtención de datos y de su vali-(19) Según el estudio de las escorias de Nocete et al. (2004: 280) se usaron mineralizaciones de la zona de enriquecimiento supergénico y además se señala que estas menas cupriferas en las zonas de enriquecimiento supergénico fueron selectivamente explotadas a partir del III milenio ANE (Nocete et al. 2004: 274). Ignacio Montero Ruiz, Manuel García Heras y Elías López-Romero dez interpretativa, a una mayor formación de base de los arqueólogos e historiadores, principales destinatarios de la información analítica y orientadores de las líneas y problemas de investigación a desarrollar. En segundo lugar es absolutamente necesario que se produzca un mayor reconocimiento institucional de la Arqueometría, tanto en las univer-sidades como en los centros públicos de investi-gación, en donde no sólo los profesionales de las humanidades y de las ciencias tengan cabida reconociéndose sus diferentes configuraciones curriculares, sino que el reconocimiento también venga acompañado de una fuerte inversión económica en personal cualificado y en equipamientos científicos que legitimen, de una vez por todas, la Arqueometría como área de conocimiento de la arqueología (20). En este sentido, quizás convendría recordar que el importante proceso de desarrollo y expansión experimentado por la Arqueometría en el Reino Unido entre los años 1976 y 1994 se debió en gran parte a las fuertes inversiones que el Science-based Archaeology Committee (SBAC) ubicado, no lo olvidemos, en un organismo de ciencias como era el Science and Engineering Research Council, realizó en ese periodo y que contó con un presupuesto anual de 50.000 libras, que ascendió al final de los ochenta hasta el millón de libras por año de las de entonces (Bailey y Heron 1998: 138). Con una inversión de este calibre lo raro hubiera sido que la Arqueometría no hubiera despegado en el Reino Unido en este último periodo de expansión. Ahora bien, las perspectivas reales para el desarrollo de la Arqueometría en España son escasas ya que si bien, se reconoce la formación en arqueología científica como una de las necesidades para la formación de arqueólogos en la universidad española (Ruiz Zapatero 2005: fig 3), sin embargo, en la justificación de la necesidad de un título de arqueología se asume que sería posible con los medios humanos existentes. En nuestra opinión si esta propuesta de coste cero fuese la línea a seguir, se mantendría el déficit formativo debido a la escasa implantación en la Universidad española de la investigación en Arqueometría, al tiempo que no se proporcionaría el reconocimiento demandado e imposibilitaría la formación de nuevos especialistas. Las cifras aportadas por Cordero et al. (2006) sobre la investigación de cerámica con orientación arqueométrica y los comentarios sobre la Arqueometría en general en las universidades andaluzas son evidentes de esta falta de implantación y de la ausencia de profesorado especializado que, salvo excepciones, son generalizables a toda España. El problema de inversión debería centrarse en la creación y dotación de personal de centros especializados con orientación arqueométrica prioritaria. Hoy por hoy los esfuerzos de investigación se concentran principalmente en dotación de proyectos que solicitan servicios de análisis, y apenas se destinan fondos para una investigación básica orientada a mejorar la calidad de los datos y a comprender su alcance y valor explicativo en función de las condiciones de recogida y procesos de formación del registro arqueológico del que proceden, puesto que apenas hay personal e instituciones con capacidad para realizar esta tarea. Por otra parte, la oferta de servicios se está convirtiendo en obligatoria para los centros de investigación, que necesitan justificar sus inversiones de equipamiento y su función. En otras palabras, aunque la oferta de servicios de Arqueometría está aumentando, no está acompañada de la correspondiente investigación en Arqueometría. El resultado final, ya perceptible, es que se está dejando pasar la oportunidad de reorientar la investigación arqueológica, plantear nuevas perspectivas y buscar nuevas formulaciones al objeto de estudio de la arqueología. La Arqueometría ofrece esta posibilidad a los investigadores, independientemente de las corrientes teóricas que se encuentren en la base de los diferentes proyectos y ámbitos de estudio.
Tras examinar brevemente la evolución en el ámbito anglosajón de las definiciones de registro arqueológico, así como del proceso por el cual se va conceptualizando lo espacial en la disciplina, se argumenta que el paisaje se concibe como otra manera de ampliar las definiciones manejadas de registro. Rastreados ambos procesos se analiza, tras concretar algunos de sus referentes teóricos, qué es lo que actualmente se entiende en Arqueología por paisaje, así como la manera en que se está abordando. De esta forma se concretan y valoran sus singularidades, se rastrean algunas de las influencias que han llevado a plantear el problema del paisaje y se evalúan las repercusiones que sus afirmaciones suponen para el estudio del pasado en Arqueología. De entre la producción científica generada en los últimos años en el campo de la prehistoria destacan, por su dinamismo y calidad reflexiva, los estudios que se enmarcan dentro de la denominada Arqueología del Paisaje, término con el que recientemente se ha conceptualizado el estudio de la dimensión espacial de las sociedades del pasado. Por dimensión espacial se hace referencia en este texto al conjunto heterogéneo de estudios desarrollados desde las llamadas Arqueología Espacial, del Territorio o del Paisaje, intentando con ello respetar los distintos énfasis teóricos que han conformado a dichos enfoques. Aunque a simple vista puedan parecer un desarrollo más de anteriores formas de abordar el registro arqueológico, lo cierto es que en algunos de esos estudios se están llevando a cabo, a veces de forma velada, el cuestionamiento de algunas premisas (*) Becario de Investigación del Gobierno de Canarias. Dpto. de Prehistoria, Antropología e Historia Antigua. Facultad de Geografía e Historia. Campus de Guajara, Universidad de La Laguna. esenciales de la práctica arqueológica. Lo que parece diferenciar a estos estudios de eclosiones teóricas pasadas es que, frente a lo ocurrido con anterioridad, la reflexión y crítica teórica vienen acompañadas de un utillaje metodológico que comienza a ser asumido, en ocasiones de forma inconsciente, por investigadores alejados de los estudios del paisaje. Este artículo persigue aproximarse a las investigaciones y aportaciones teórico-metodológicas que algunos arqueólogos anglosajones han desarrollado en la última década dentro de la llamada Arqueología del Paisaje. Dicho de otra manera, las líneas que siguen pretenden ofrecer una contextualización y valoración de estos nuevos estudios con el fin de analizar y evaluar la viabilidad de estas aproximaciones para el estudio del pasado. Como consecuencia de la riqueza y complejidad de la producción bibliográfica realizada por dichos investigadores, se hace necesario acotar el estudio temporal y geográficamente. Así, las líneas que siguen intentan aproximarse a los estudios del paisaje que han sido elaborados, fundamentalmente, en el ámbito anglosajón en las dos últimas décadas. Esto, por supuesto, no implica que similares esfuerzos teóricos y metodológicos no se estén llevando a cabo en otros ámbitos geográficos, incluido nuestro país. Aunque este artículo pretenda centrarse en las referencias que con mayor profusión son citadas en los estudios anglosajones del paisaje, lo cierto es que no pueden obviarse los desarrollos que diversos arqueólogos españoles están planteando en la actualidad, muchos de los cuales se articulan bajo algunas de las premisas que se exponen en esta reflexión (1). En general, y como veremos, este conjunto heterogéneo de autores ha redefinido su objeto de estudio con el fin de enriquecer sus explicaciones sobre el comportamiento espacial de las sociedades pretéritas y actuales. Esto les ha llevado a cuestionar o descartar algunos de los conceptos empleados tradicionalmente, y, en consecuencia, a trazar sutiles diferencias. Es en este sentido en el que debe entenderse el paulatino énfasis otorgado al concepto de paisaje, en contraste con términos tan aparentemente similares como los de espacio o territorio, que expresan, en función de la orientación teórica de cada autor, una relevancia hacia aspectos teórico-metodológicos muy concretos. Pese a que el grupo principal de los aquí analizados ha sido asimilado al postprocesualismo y al posmodernismo (por ejemplo Barbara Bender, Mark Edmonds, Julian Thomas o Christopher Tilley), las recientes aproximaciones a la dimensión espacial en Arqueología están siendo dirigidas también por autores como Wendy Ashmore, John C. Barrett, Richard Bradley, Timothy Darvill, Tim Ingold, Andrew Sherratt, etc, que están muy lejos de adscribirse a dichas posturas. No obstante, todos ellos emplean y manejan, independientemente del posicionamiento teórico que defienden, un vocabulario, unas temáticas y unas ideas comunes que rompen con las anteriores formas de aproximarse a lo espacial. Así, y aunque con importantes matizaciones, esta nueva forma de abordar la dimensión espacial en Arqueología podría explicarse, en parte, por los cambios experimentados dentro de la disciplina ante eso que ambiguamente se denomina crítica a la modernidad. Dicho término hace referencia a la puesta en cuestión de principios y categorías concebidas como naturales y ha supuesto, se llegue a estar o no de acuerdo con ello, un enriquecimiento disciplinar muy importante al incorporar en las explicaciones del pasado variables no consideradas hasta ahora. Pero por otra parte, deben también valorarse las influencias de otras tradiciones teóricas como el feminismo, la geografía humanística, la hermenéutica o el propio desarrollo interno de la Arqueología, pues han favorecido la aparición de aproximaciones dentro de la disciplina que persiguen resolver muchas de las limitaciones que comenzaron a señalarse en la década de los años ochenta. El empleo por parte de los arqueólogos de términos como paisajes culturales, simbólicos, sagrados, cognitivos, etc, ha permitido encauzar las insatisfacciones que, en los últimos años, generaron las visiones economicistas y/o adaptacionistas de la dimensión espacial. El decidido acercamiento a dichos aspectos ha ido articulando diversas estrategias que intentan incorporar variables menos evidentes del conocimiento humano, elementos que no siempre pueden ser detectados fácilmente en el registro arqueológico. La consecuencia práctica más directa de todo (1) Para valorar las aportaciones realizadas desde el ámbito español pueden verse las tendencias que sobre este tema se trataron en 1998 en el Congreso de Arqueología del Paisaje de Teruel. Una atención más específica merecen las importantes contribuciones que ofrecen los trabajos realizados por Felipe Criado Boado y el Laboratorio de Arqueología y Formas Culturales de la Universidad de Santiago de Compostela-CSIC, así como los del grupo de investigación ATLAS de la Universidad de Sevilla o los del equipo de investigación del proyecto "Estructura social y territorio: Arqueología del paisaje" del Instituto de Historia del CSIC. esto es la creación de un aparato metodológico que está comenzando a desarrollarse en algunas investigaciones recientes. Se están dejando de lado herramientas que han constituido la base analítica del estudio de la dimensión espacial (desde los polígonos Thiessen hasta los análisis de captación económica), para acentuar planteamientos que profundizan en relaciones físicamente menos tangibles. Es en este sentido en el que debe valorarse la relevancia otorgada a aspectos como la visibilidad, pues ofrecen nuevas posibilidades para el estudio arqueológico, permitiendo así enriquecer las explicaciones del pasado. De entre sus repercusiones, la que parece mostrar mayor trascendencia es la que se relaciona con las limitaciones que, para la disciplina, presenta el registro arqueológico. Aunque no llega a abordarse explícitamente, muchos de estos autores terminan evidenciando las deficiencias que plantean las distintas definiciones manejadas de registro arqueológico, al tiempo que reclaman la superación de dichas limitaciones. En este sentido, puede argumentarse que muchos de los esfuerzos que se están llevando a cabo dentro de la Arqueología del Paisaje se orientan a trascender las limitaciones que la materialidad del registro arqueológico impone a los estudios del pasado. El desarrollo metodológico experimentado, la insistencia en nuevos aspectos y el abandono de determinadas técnicas de análisis, buscan ampliar, mediante la aplicación de elementos más perceptivos, la definición de lo que es el registro arqueológico y, por ende, ofrecer explicaciones que abarquen y den respuesta a un mayor número de incógnitas. En resumen, no se trata de examinar detalladamente a cada uno de estos autores, ni mucho menos todas sus aportaciones, pues como se podrá comprobar, no todos aceptan la amplitud de argumentos esgrimidos, aunque sí comparten intereses comunes. Lo que se persigue, en última instancia, es analizar el impacto que ha tenido en Arqueología, y concretamente en los análisis de la dimensión espacial, algunas de las reformulaciones teóricas que han afectado recientemente al resto de disciplinas sociales. Se busca, por tanto, valorar su asimilación atendiendo, fundamentalmente, a las reflexiones contenidas en sus aplicaciones prácticas, argumentando cómo el reciente desarrollo de los estudios del paisaje (en sus más diversas acepciones) parece ser consecuencia del intento por trascender las limitaciones que el registro arqueológico impone a nuestras explicaciones del pasado. LA MATERIALIDAD DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO Desde sus orígenes, la Arqueología se ha visto en la necesidad de hacer frente a un problema fundamental, en la medida en que merma sus pretensiones de ciencia social y afecta a todos los aspectos de la disciplina. Se trata de las limitaciones que, directa e indirectamente, impone el registro arqueológico. Es decir, las repercusiones teóricas y metodológicas que supone estudiar una realidad tan compleja como las sociedades humanas a partir de retazos materiales como la cerámica, los huesos o los útiles líticos. Lo que puede definirse como el problema de la materialidad hace referencia a las limitaciones que las diversas concepciones del registro material imponen al trabajo cotidiano de la Arqueología. Toda pretensión por ir más allá de la mera identificación de evidencias físicas, del reconocimiento de actividades económicas o de la valoración de imposiciones ecológicas ha de enfrentarse, necesariamente, a las limitaciones y deficiencias que el registro arqueológico plantea para sus inferencias. Un rápido vistazo a la bibliografía de los últimos setenta años permite identificar, como elemento recurrente, los intentos que los arqueólogos han realizado al abordar el estudio de las evidencias empíricas, ya sean elementos cerámicos, óseos o de cualquier otra índole, obtenidos en el proceso de excavación arqueológica. Estos esfuerzos han pretendido superar las limitaciones del registro mediante la ampliación de la información a barajar, de exprimir lo más posible los datos disponibles, de intentar descubrir una nueva evidencia que permita ir más allá de la mera concreción del registro, básicamente, de superar la realidad física del objeto analizado. Así, y como se desprende de las distintas obras que abordan la historia de la Arqueología, aquello que ha ido definiéndose como dato arqueológico, es decir, el registro material, ha ido progresiva e ininterrumpidamente ampliándose y complejizándose hasta adquirir límites inabarcables. La ampliación de esta base empírica puede percibirse con detalle en el propio proceso de recuperación de datos sobre el terreno: en la excavación arqueológica. Como ha recordado recientemente Steve Roskams, las aproximaciones al trabajo de campo arqueológico se han transformado a lo largo de los años, reflejando el desarrollo de las estructuras ideológicas, tecnológicas y sociales (Roskams 2003: 19-43). En este proceso de transformación de las técnicas y métodos de excavación puede identificarse el cambio de orientación que marca la paulatina ampliación de la definición de registro material. De la apertura de túmulos mediante la realización de fosas a finales del siglo XIX, se abogó, durante la primera parte del siglo XX, por el empleo de cuadrículas y catas, promoviendo así el control estricto de la estratigrafía. Posteriormente se pasó a la excavación de yacimientos en amplias áreas abiertas, con la insistencia en la identificación de las relaciones estratigráficas y en la precisión del dibujo durante los años 60, para finalmente, en las últimas décadas, insistir en el desarrollo de técnicas que reconozcan las diferencias de tonalidad en los distintos tipos de estratos o registren la formación y transformación de los depósitos arqueológicos (Roskams 2003: 25-26). Este proceso de renovación constante de las técnicas de excavación refleja mucho más que la simple evolución de la metodología arqueológica. Por ejemplo, como a nadie se le escapa ya, hasta el desarrollo de la técnica de datación por radiocarbono, a finales de los años 40 del siglo pasado, se prestaba poca o ninguna atención a los residuos de carbón en las excavaciones arqueológicas. Sólo después de los años 50 tales residuos fueron buscados y recogidos con todo cuidado para remitirlos a los laboratorios y examinar su contenido (Watson et al. 1974: 128). Sin embargo, este hecho, que podría interpretarse como la aplicación en Arqueología de los logros técnicos desarrollados en otras disciplinas, no podría entenderse si no se partiera de una determinada concepción de la Arqueología que reclama el uso sistemático de métodos científicos para el estudio del pasado. Como también se evidenciará en líneas posteriores al tratar el paisaje, la aplicación de la fotografía aérea, del carbono14, de la dendrocronología, de los equipos de teledetección, de la informatización de los registros del yacimiento, de GPSs, de Sistemas de Información Geográfica, etc, supone el reconocimiento de la necesidad de contar con un mayor número de información que permita profundizar en aspectos no registrados hasta entonces. Pero esta evolución de las técnicas de trabajo de campo supone también una transformación en la visión de la naturaleza de los datos arqueológicos y, por tanto, de la interpretación manejada de registro material. Es en este sentido en el que debe entenderse el cambio que en los últimos años ha sufrido este proceso de acumulación de nuevos datos. Para una serie de autores, los nuevos esfuerzos llevan implícitos una distinción muy significativa. A diferencia de lo que ocurriera en épocas anteriores, lo que ahora se plantea es un desplazamiento del énfasis otorgado a la materialidad, entendida ésta como una propiedad natural y objetiva de los elementos que componen el registro arqueológico. En otras palabras, lo que está ocurriendo, o mejor dicho, lo que ya ha sucedido en algunos ámbitos de la Arqueología, es que se ha pretendido, y en ocasiones logrado, romper con la tradicional limitación que ha impuesto el objeto, para dar paso a nuevas perspectiva de análisis que incorporan unas tradiciones que, como veremos, no habían tenido cabida en la Arqueología y que, independientemente de si se está de acuerdo o no con ellas, lo cierto es que enriquecen significativamente a esta disciplina. Pero ¿qué tiene que ver este problema, este trauma sin resolver, con el paisaje, con la aplicación de métodos y técnicas que tienen en el ámbito territorial su centro de atención? Contemplado globalmente, este énfasis por aproximarse al estudio del Landscape no es más que otra vuelta de tuerca en el trauma de la materialidad del registro arqueológico, es decir, otra forma de abordar y resolver el mismo problema. Como se verá más adelante, el paisaje como temática implica en Arqueología ahora mucho más que un simple campo, es la plasmación de un interés que va más allá. Con el paisaje En comparación con otros aspectos teóricos, no han sido muchas las ocasiones en las que los arqueólogos han analizado de forma explícita las implicaciones que la materialidad del registro presenta en Arqueología. Es cierto, sin embargo, que constituye un problema que aparece de forma intermitente en la mayoría de reflexiones teóricas realizadas, aumentando de forma importante a partir del impacto de la crítica postprocesual. Tal hecho debe entenderse, siguiendo a Linda Patrik (2000: 109-110), como consecuencia de la falta de una sistematización en su definición, en la medida en que se asocia, sin excesivo problema, evidencia con registro material. Cuáles son los componentes básicos del registro, cómo se define lo que se registra, o cómo se interpretan los procesos de formación de las distintas características y de su ordenación son aspectos fundamentales para la disciplina arqueológica, y que han sido entendidos a lo largo de los años de forma muy diferente. El registro arqueológico podría definirse como aquellas evidencias manejadas por los arqueólogos en su pretensión por dilucidar las pautas de comportamiento de las sociedades del pasado. Dichas evidencias abarcarían desde los propios objetos materiales, fruto de las actividades humanas, hasta los procesos simbólicos, pasando por los factores medioambientales, las pautas de comportamiento o la propia documentación bibliográfica generada por los investigadores. Sin embargo, una definición de tal calibre lleva implícita para algunos la consideración de que el registro arqueológico lo componen todos aquellos datos relevantes que contribuyan a resolver el problema particular del investigador (Watson et al. 1974: 128). Es decir, el registro arqueológico se constituye como un gran saco sin fondo que reúne todas las evidencias que puedan inferirse de los objetos analizados. En esencia, lo que esto está planteando es la incapacidad, que algunos arqueólogos otorgan a la Arqueología, de ser una disciplina capaz de explicar los complejos procesos que caracterizan a las sociedades humanas, en la medida en que sólo a través del aumento de la información se podrá explicar de forma veraz el pasado. Esta idea puede rastrearse en muchos de los estudios que tradicionalmente han pretendido una sistematización del registro arqueológico. Un ejemplo, profusamente citado, es la metáfora que Christopher Hawkes planteó en 1954. En dicho estudio discutía la necesidad de tener en cuenta hasta siete niveles de inferencia en lo que al registro material se refiere. Postuló que las inferencias sobre las actividades humanas se organizan en una escala creciente de dificultad que tiene en la tecnología la categoría más baja y sencilla, mientras que en la economía, la organización social y política y la ideología los niveles más altos y complicados (Hawkes 1954en Trigger 1992: 362; Johnson 2000: 116-117). En esta metáfora piramidal, también conocida como jerarquía de Hawkes, los siete niveles de inferencia condensan, en opinión de muchos arqueólogos, las dificultades que deben afrontarse cuando se estudia el pasado a partir del registro material. En ella se acepta, implícitamente, la necesidad de contar primero con la información procedente de los niveles más bajos, para luego pretender ir ascendiendo en el conocimiento de otros aspectos, no tan tangibles, de las sociedades del pasado. Sin embargo, y como ya apuntaron algunos críticos del procesualismo, esta forma de abordar el estudio del pasado conlleva, en sí misma, la imposibilidad de poder acceder a esferas más altas de la jerarquía, en la medida en que nunca se podrá contar con la suficiente información para ir abordando escalones más altos. Desde este punto de vista, los restos materiales son tratados como representación actual de determinados aspectos del pasado (Barrett 2002: 142). Es decir, que queda implícita la idea de que si se conocen las pautas de formación del registro arqueológico pueden conocerse las diferentes operaciones acontecidas en el pasado. De esta forma, los mecanismos que crearon cada uno de esos patrones son abordados en términos generales, es decir, en términos de procesos universales que se repiten en un cierto plazo de tiempo y de espacio y que dan lugar a agrupaciones de materiales y a organizaciones jerárquicas internas (ibidem: 144). Una breve aproximación a las formas en que la disciplina arqueológica se ha aproximado al estudio del registro material puede ejemplificar esta idea. Quede claro que no se pretende un estudio minucioso de cómo se ha producido, los problemas que ha planteado o las repercusiones que ha ocasionado esta transformación, sino tan sólo evidenciar el paulatino cambio de énfasis que los arqueólogos han ido experimentando al abordar el registro material. A grandes rasgos, la visión que sobre el registro arqueológico se plantea durante la primera etapa de la Arqueología como disciplina se basa en la idea, ampliamente desarrollada por la arqueología histórico-cultural durante los siglos XIX y XX, de que los objetos, en su agrupación en culturas arqueológicas, constituyen la expresión material de los pueblos del pasado. Esta idea, que se canaliza a partir de intereses nacionalistas y étnicos, condicionó el estudio del registro enfatizando las características únicas y circunscribiendo geográficamente dichas entidades arqueológicas. Las culturas así se definían a partir de listas de tipos de objetos que, en combinaciones y distribuciones, generaban colecciones de características individuales (Trigger 1992: 181-182). Sin entrar en las profundas implicaciones que esta concepción del registro supuso en las explicaciones ofrecidas en los estudios arqueológicos, lo cierto es que esta visión limitó significativamente el grado de información que pudiera derivarse del registro material. En la medida en que se destacaban las diferencias y particularidades observadas entre los objetos, más que los aspectos que pudieran tener en común, se llegaron a generar complejas clasificaciones crono-tipológicas que definían a subgrupos específicos dentro de distintas subculturas que componían un único horizonte cultural. En esencia, lo que se estaba aceptando era que un número reducido de rasgos materiales podían describir y explicar la complejidad de las culturas del pasado. Pese a importantes excepciones, entre las que destacan, por supuesto, los últimos trabajos de Gordon Childe, lo cierto es que la información desprendida de esta forma de entender el registro, vista con perspectiva, se podría considerar como insuficiente. Sin embargo, esta idea negativa del registro arqueológico fue magnificada de forma peyorativa por la Nueva Arqueología Americana, en su pretensión por erigirse en alternativa a la arqueología histórico-cultural (Johnson 2000: 37). Tal precariedad, que no impidió la consecución de importantes logros, responde a una determinada forma de hacer y entender la Arqueología que dista mucho del posterior interés por los aspectos sociales y económicos. Y que por tanto debe valorarse en función de los propios objetivos perseguidos por la arqueología histórico-cultural, no a partir, como pretendió la Nueva Arqueología, de las limitadas soluciones que ofreciera a problemas que no se habían planteado. En última instancia, lo que esta visión estática del registro generó fue la identificación de rasgos descriptivos que capacitó a generaciones posteriores de arqueólogos para ordenar racionalmente conjuntos, aparentemente desconectados, de objetos. Es decir, planteó las bases para posteriores modelos secuenciales de ordenamiento tipológico que comenzaban a asumir el desarrollo tecnológico y económico como relevantes en el estudio del pasado (Clarke 1984: 8). Frente a esta forma de abordar el estudio del registro material, se impondrá, aunque sin eclipsarla totalmente, una visión alternativa que enfatizará las potencialidades del registro arqueológico, subrayando el orden sistemático de los restos conservados. Frente a las descripciones tipológicas tradicionales, la Nueva Arqueología planteará la viabilidad de aproximaciones más positivas a las limitaciones del registro arqueológico, es decir, reconocerá la posibilidad de inferir consecuencias socioeconómicas del estudio de los artefactos materiales, avanzando así en la jerarquía de Hawkes. Imbuidos por principios positivistas y neoevolucionistas entenderán que el problema del registro arqueológico no reside tanto en la naturaleza de los datos, sino en la incapacidad de los arqueólogos para plantear problemas interpretativos de relevancia (Trigger 1992: 362). En palabras de Watson et al. (1974: 126), la relación entre los restos y los objetos originales y la relación entre éstos y la estructura social está ahí, y la misión del arqueólogo consiste en encontrar los métodos para descubrirlas e interpretarlas. Este énfasis en la incapacidad por parte del arqueólogo condicionará el desarrollo de todo un bagaje teórico y metodológico que, como se verá más adelante en el estudio de los análisis espaciales, permitió ordenar, clasificar y cuantificar las evidencias materiales del registro arqueológico. Buena parte de estos desarrollos serán fruto del interés que despertará, en este contexto teórico, los ejemplos etnográficos y la arqueología experimental. El nivel más refinado en la aplicación de estos principios al estudio del registro material lo ofrece, sin duda, la sistematización conceptual que David Clarke plantea en su Arqueología Analítica (Clarke 1984). Se abogará por una aproximación al registro material enfatizando la necesaria interrelación que se establece entre las distintas entidades arqueológicas, evidenciando así la infinidad de redes presentes entre los restos fósiles y los sistemas socioculturales. De esta forma Arqueología Analítica contribuirá al desplazamiento de la relevancia otorgada a los objetos físicos en favor de un mayor énfasis de la información que se extrae de los atributos de los artefactos (ibidem: 11-16); es decir, se propone la singularización del artefacto en numerosos atributos independientes, con el fin de seleccionar conjuntos de entidades manejables analíticamente. Pese a reconocer que la selección de atributos depende del observador, de su marco de referencia, de su idiosincrasia personal, para Clarke una selección consciente de hechos permitirá generar cada vez más un conocimiento menos subjetivo (ibidem). Junto a estas dos concepciones teórico-metodológicas que dominan aún hoy gran parte de la práctica arqueológica, irá desarrollándose, a partir de los años 80 del siglo pasado, un ambiente intelectual que proporcionará un contexto en el que asentar las crecientes insatisfacciones que las aplicaciones más rigurosas de la Nueva Arqueología comenzaban a generar. En lo que al registro material se refiere, la aplicación en Arqueología de corrientes de pensamiento como el feminismo, el marxismo o el estructuralismo, así como la influencia de las reflexiones de determinados pensadores y la indiscutible complejidad arqueológica que los estudios etnográficos comenzaban a demostrar, evidenciarán primero y plantearán después las contradicciones interpretativas de la cultura material, poniendo en duda el sentido común de muchas de esas afirmaciones. A diferencia de la orientación funcionalista de los estudios procesuales, la mayoría de las críticas que conformarán el postprocesualismo en el ámbito anglosajón, incentivará un creciente interés por los aspectos simbólicos del registro material, en la medida en que concebirán el objeto como una entidad culturalmente constituida, cargada de significados culturalmente especificados y reclasificados de acuerdo con categorías culturalmente constituidas (Kopytoff 1991: 92). Un acercamiento clave para entender este replanteamiento del registro material en Arqueología lo constituye el feminismo. Pese a la escasa atención prestada, posiblemente sea esta forma de acercarse al estudio de la realidad la que más repercusiones ha tenido, en las últimas décadas, en el conjunto de saberes humanos. Conceptualizado en Arqueología como Arqueología de Género, su aportación fundamental queda enmarcada en el terreno epistemológico, pues se ha orientado al estudio del sesgo androcéntrico en la disciplina, a la crítica de las estructuras de poder que dominan la práctica académica, a la visibilidad de las mujeres en la historia de la Arqueología o, más recientemente, al estudio del género como categoría de análisis del pasado (2). Sin embargo, lo verdaderamente relevante para la disciplina lo constituye el hecho de plantear toda una serie de críticas demoledoras a la concepción tradicional del conocimiento, implicaciones que para la Arqueología en general y para el estudio del registro material en particular, suponen importantes puntos de inflexión (3). Dejando de lado las implicaciones que sobre el concepto de objetividad científica muestra (Wylie 1999), en lo que al registro arqueológico se refiere, la crítica feminista se ha dirigido fundamentalmente a enfatizar la evidente ambigüedad que éste presenta (Tringham 2000: 188). En la búsqueda por identificar en el pasado a las mujeres, muchas de las investigadoras feministas han demostrado cómo los valores androcéntricos también configuran la naturaleza de las interpretaciones arqueológicas. Si esta apreciación es cierta, algo que parece no poder discutirse, las explicaciones planteadas hasta ahora deben ser reformuladas en el sentido de incorporar, como mínimo, esas nuevas variables en la ecuación. Pese al excesivo apego de los estudios feministas por asimilar el concepto de género con el de mujer (4), lo cierto es que la arqueología de género ha demostrado cómo determinados aspectos básicos que estructuran el mundo que nos rodea han sido deliberadamente obviados en las representaciones del pasado manejadas hasta ahora. Sin entrar en este profundo debate que ha condicionado muchas de las discusiones teóricas de la disciplina de los últimos veinte años, hay que señalar que la radicalidad de muchas de las posturas defendidas a inicios de los años 80 ha sido sustancialmente atemperada (Thomas 1998: 107-108; Yentsch y Beaudry 2002: 227; Bauer 2002: 47-48). Sin llegar a rechazar sus principios básicos, el tono empleado ha variado en el sentido de aceptar las dificultades que el reconocimiento de la textualidad del registro arqueológico implica, sobre todo, desde el punto de vista metodológico. Es en este punto en el que el paisaje como evidencia arqueológica adquiere una importancia inusitada. Contemplado en el contexto general del registro material, los esfuerzos realizados para trascender el paisaje más allá de estudios sobre la realidad física del espacio o como mera aproximación adaptativa al territorio, serían nuevas formas de ampliar y dotar de mayor sentido las fronteras de la materialidad del registro. Estos intentos, como veremos, se han orientado tanto a las formas como a los modos de aproximarse a lo espacial. Es decir, por una parte, los estudios sobre el paisaje han seguido interesándose por la aplicación de métodos y técnicas novedosos que buscan un tratamiento más riguroso de los datos manejados (un buen ejemplo serían los Sistemas de Información Geográfica), pero al mismo tiempo, y a diferencia de lo ocurrido en los años 60 y 70 del siglo pasado, al tratar de reformular la concepción tradicional del registro arqueológico, han incentivando un tipo de evidencias que no necesariamente ha de contar con un referente físico directo. La mutación de la dimensión espacial Esta evolución interna de la disciplina arqueológica puede también rastrearse en la evolución de los estudios espaciales (5). Las distintas visiones manejadas de la dimensión espacial han generado intereses diferentes y por tanto desarrollos metodológicos alternativos, que han buscado su contrasta-ción mediante la aplicación de estudios empíricos. Así, y a excepción de una primera etapa caracterizada por un mínimo interés explícito en la dimensión espacial, y donde las clasificaciones crono-tipológicas marcaron los estudios arqueológicos, con la llegada de la Nueva Arqueología comienzan a desarrollarse acercamientos centrados en las distribuciones de asentamientos, en elementos medioambientales o en la disponibilidad de recursos. Como se ha afirmado en reiteradas ocasiones, la Nueva Arqueología no inaugura nada nuevo en los estudios del pasado (Trigger 1992: 277; Johnston 2000: 39). Sin embargo, su aportación fundamental consistió en encauzar las diferentes insatisfacciones que, sobre la forma de hacer Arqueología, generaba la arqueología histórico-cultural. Entre los elementos que caracterizaron a este movimiento, y que en buena medida explicarán las peculiaridades de sus aproximaciones a la dimensión espacial, deben mencionarse su afán por la adaptación (la cultura se define como el mecanismo utilizado por las sociedades humanas para adaptarse al medio circundante) (Binford 1965: 209); el empleo de la Teoría General de Sistemas (la cultura es un sistema general compuesto por subsistemas que se encuentran en equilibrio dinámico mediante la intercomunicación de sus atributos) (Clarke 1984: 36-37); la insistencia en la evolución cultural (existe un proceso evolutivo que enfatiza la presencia de diferentes estadios de desarrollo los cuales expresan específicos niveles de adaptación y organización) (Redman 1990: 25); así como la consideración de la Arqueología como disciplina explícitamente científica (la Arqueología puede contribuir a formular y contrastar las leyes generales del comportamiento humano y cultural) (Watson et al. 1974: 18). Entre las metodologías espaciales desarrolladas al amparo de la Nueva Arqueología, destacaron, por la profusión de sus aplicaciones, un número importante de métodos y técnicas que desarrollaban los principios teóricos apuntados anteriormente. El interés por los aspectos ecológicos, la aplicación de enfoques sistémicos o la búsqueda de razonamientos lógicos y funcionales al registro arqueológico, facilitaron el empleo de modelos como el Análisis del vecino más próximo, la Teoría del Lugar Central o el Análisis de captación económica a las distribuciones espaciales del pasado. La mayoría de estos métodos, desarrollados fundamentalmente desde la Geografía y la Escuela Paleoeconómica de Cambridge, tendían a analizar las relaciones terri-(5) Para un análisis más detenido de este apartado puede verse Soler Segura 2004: Teoría, paisaje y Arqueología. Análisis de los recientes acercamientos a la dimensión espacial en la arqueología anglosajona. Universidad de La Laguna. toriales entre yacimientos, esencialmente a partir de criterios basados en el tamaño o la distancia, infiriéndose de ellos, posteriormente, distintas relaciones jerárquicas. Así, entre los factores manejados para explicar una determinada distribución de yacimientos se tenían en cuenta variables como la distancia al agua, el tipo de suelo y de cobertura vegetal, la localización de otros asentamientos, la defensa, la distancia hasta materiales adecuados de construcción, la proximidad de rutas o caminos, etc. (Clarke 1984: 113). De la misma manera, el interés por analizar la relación de las comunidades humanas con el medioambiente motivará un mayor desarrollo de subdisciplinas como la Geoarqueología, la Arqueometría, la Arqueobotánica o la Arqueozoología, en la medida en que éstas aportan los principales datos para la comprensión de los ecosistemas humanos (Brothwell y Higgs 1980; Butzer 1989). Para la mayoría de estos estudios, la localización de los asentamientos venía lógicamente explicada como resultado de la conjugación de decisiones racionales que incluían desde factores como el relieve, el clima, la erosión, etc., a variables como los patrones demográficos, la tecnología, los sistemas de trashumancia, el control sobre las redes de intercambio, etc. (Tilley 1994: 1-2). Sin embargo, y pese a que el desarrollo de este tipo de estudios contribuyó a dar forma a un espacio que podía ser cuantificado, a un espacio básicamente económico, regido por lazos funcionales y susceptible de ser reducido a modelos e índices que lo pudieran explicar (Orejas 1995: 15), lo cierto es que, a la larga, permitió enfatizar las interconexiones entre las distintas entidades arqueológicas y, sobre todo, facilitar el análisis de distribuciones espaciales aparentemente aleatorias en patrones organizados y jerarquizados. No obstante, será a partir de finales de los años 70 y principios de los 80 cuando irán tomando cuerpo nuevas formas de entender la Arqueología que terminarán afectando a los análisis espaciales. Así, a la par que se reformulan algunas metodologías espaciales mediante la incorporación de nuevos criterios de análisis que no se habían considerado en las primeras distribuciones espaciales (ya fuesen las identidades grupales, las estructuras políticas, las redes comerciales, los procesos geomorfológicos, etc.), la crítica postprocesual reestructurará significativamente la discusión, enfocando su atención al papel activo de los individuos en la construcción e interpretación del pasado. Así, las críticas generadas se orientaron a enfatizar que el encuadre de los análisis espaciales se venían realizando desde esquemas eminentemente maximizadores, en los que, en última instancia, la relación coste-beneficio estructuraba la comprensión y explicación de la presencia o no de yacimientos. Así, los modelos teóricos que subyacían a estos análisis espaciales se hallaban fundamentados en modelos que entendían que el ser humano toma siempre decisiones que minimizan los costes y maximizan los beneficios, reproduciendo, de esta manera, lógicas de mercado que poco o nada tenían que ver con la mayoría de las sociedades conocidas etnográficamente. NUEVAS CONCEPCIONES DEL PAISAJE EN ARQUEOLOGÍA Frente al modo y énfasis señalados en este breve repaso, en los últimos años se han desarrollado algunas líneas de reflexión que han pretendido enfrentarse a lo espacial desde posiciones diferentes, y que, vistas con perspectiva, pueden considerarse novedosas. Pese a que muchos de los principios manejados por estos estudios no son originales, pues proceden, por ejemplo, del desarrollo experimentado por la Arqueología Espacial, la Ecología Cultural o la Geografía humanista, es cierto que sus elementos básicos proceden tanto de la reflexión crítica derivada de la llamada crisis de la modernidad, como del desarrollo teórico-práctico que la propia disciplina arqueológica ha experimentado en las últimas décadas. Así, tanto la atención prestada al debate en torno al conocimiento en las Ciencias Sociales como a la asimilación de nuevos procedimientos aplicados al estudio del pasado, las aproximaciones que componen la llamada Arqueología del Paisaje han desarrollado, desde principios de los años noventa del siglo XX, una serie de trabajos empíricos sustentados por un reducido número de premisas teóricas. Se pueden argumentar varios motivos para aglutinar, en un mismo grupo, a un conjunto de investigadores que, aparentemente, no parecen mostrar muchos puntos en común. Es más, exceptuando casos muy específicos (como por ejemplo los de Christopher Tilley, Julian Thomas y Barbara Bender), puede resultar difícil hablar de un grupo homogéneo por cuanto está claro que entre propuestas como las de Mark Edmonds, Wendy Ashmore o Tim Ingold, por citar sólo algunos ejemplos, existen claras diferencias, tanto desde el punto de vis-ta del tratamiento de los datos (ofrecen gran disparidad en el valor que otorgan a sus relatos), como desde el punto de vista de los presupuestos teóricos de partida (es evidente el abismo que existe entre el acercamiento fenomenológico de Christopher Tilley y la orientación procesual que enmarca el trabajo de Richard Bradley). Ahora bien, teniendo presentes estas sustanciales diferencias creemos, sin embargo, que sí es posible hablar de ciertas pautas comunes entre los investigadores que estudian los paisajes del pasado: -En primer lugar por el interés mostrado por el paisaje como criterio identificador fundamental. Pese a que en los estudios arqueológicos, como hemos visto, el análisis espacial constituye un aspecto al que se le ha prestado relativa atención, lo cierto es que sólo en las últimas décadas se ha diversificado el acercamiento al mismo, alejándose cada vez más de la insistencia en la adaptación, en favor de posturas que ponen en juego criterios mucho menos funcionalistas, adaptacionistas y/o economicistas. -Estos autores ofrecen una aproximación crítica al problema del paisaje, considerándolo algo más que un mero soporte pasivo de la acción humana. Tal y como se verá más adelante, y frente a lo que pudiera argumentarse en los estudios de los años 60 y 70 del siglo XX, el medio físico en el que una determinada sociedad se asienta no forma sólo parte activa del utillaje cultural, sino que constituye además un agente fundamental para la comprensión del proceso histórico. -Con mayor o menor insistencia, introducen en sus estudios una serie de aspectos que hasta ahora habían pasado, bien inadvertidos, o bien dejados de lado por la mayoría de autores, debido a la dificultad de su inserción dentro de estudios estrictamente arqueológicos. Nos referimos a aspectos como la experiencia o la percepción, conceptos que pese a contar con una larga trayectoria reflexiva dentro de las Ciencias Sociales, han sido muy pocas veces empleados por los arqueólogos. Si exceptuamos los importantes avances teóricos realizados por la arqueología de género o por la reflexión postprocesual, se observa un vacío sustancial en lo que se refiere a estas aplicaciones desde el punto de vista metodológico, algo que sí creemos identificar en los autores que se analizan. -En estrecha relación con lo anterior, y en clara oposición a los procedimientos metodológicos desarrollados desde mediados de la década de los años cincuenta del siglo pasado, estos autores se aproxi-man al estudio de los paisajes históricos a través de técnicas y métodos que destacan por su novedad. Se dejan de lado, aunque sin desaparecer del todo, estudios como los de captación económica, los polígonos Thiessen, la teoría del lugar central, etc., para pasar a enfatizar e interesarse por aspectos como la visibilidad, las pautas de racionalidad del paisaje o los elementos de cohesión identitaria, por citar tan sólo algunos ejemplos. -Por último pretenden, de forma más o menos consciente, resolver un problema fundamental para la Arqueología en particular y para el estudio del pasado en general, como es la superación del problema de la materialidad del registro arqueológico, proponiendo para ello reflexiones y metodologías alternativas a las ya planteadas. Este conjunto de características, claro está, no pueden llevarnos a considerar a estos autores como integrantes de una nueva y alternativa forma de concebir el estudio del pasado. No constituyen, en ningún caso, un paradigma teórico ni en su esfera ontológica ni en la epistemológica. De hecho, tal y como ha argumentado Robert Johnston, incluso es posible rastrear dos aproximaciones, mutuamente excluyentes, de interpretar la manera en que se estudia la relación humana con el paisaje. Una, que él define como aproximación explícita, partiría de la existencia de un tamiz estático a través del cual el mundo real es filtrado, creando una realidad percibida culturalmente y pudiéndose distinguir, por tanto, entre lo que es real y lo percibido dentro del paisaje, entre la realidad física y la representación de esa realidad en la mente humana. Y otra, que definida como aproximación inherente, haría referencia al proceso por el cual los humanos comprenden/ perciben el mundo que los rodea. Según Johnston, para esta última aproximación no existe separación entre realidad y percepción ya que la construcción de aquella depende de ésta. La experiencia humana que crea el paisaje es mucho más compleja de lo que plantea la aproximación explícita, ya que es un proceso dinámico que interrelaciona el mundo natural y la imagen socialmente construida de la naturaleza y el paisaje (Johnston 1998: 57 y 62). Independientemente de esta división, que puede ser rastreada también en las líneas que siguen, sí creemos que desde el punto de vista metodológico este grupo de investigadores comparten reflexiones que, en el contexto específico del posicionamiento teórico de cada uno, permiten enriquecer sus planteamientos y ofrecer toda una serie de nuevos interrogantes sobre el pasado. Igualmente, es necesario puntualizar que, pese a hacerse referencia en este texto casi exclusivamente a autores anglosajones, también pueden rastrearse, en otros contextos nacionales, muchas de las conclusiones y esfuerzos metodológicos alcanzados. El necesario acotamiento que exige el análisis de este complejo tema obliga a concretar el estudio a aquellas referencias bibliográficas que con mayor profusión se citan en las recientes aproximaciones espaciales al pasado. Para el caso español, la asimilación de esta línea de investigación implica un análisis que sobrepasa estas líneas, ya que, el propio desarrollo historiográfico de la disciplina, fuertemente influenciada por tradiciones como la arqueología histórico-cultural o el materialismo histórico, condicionó el peculiar recibimiento del debate postprocesual y la manera en que los arqueólogos españoles se aproximan actualmente a la Arqueología del Paisaje. El Paisaje en Arqueología Un elemento central en la discusión lo constituye el propio concepto de paisaje, término que ha experimentado desde la segunda década del siglo XX, una constante reformulación (Anschuetz et al. 2001: 158). Tal y como han apuntado ya numerosos autores, el término paisaje posee múltiples significados e interpretaciones, configurándose como un concepto difícil y polisémico. Por paisaje puede entenderse desde la topografía y la forma de la tierra de una determinada región, hasta el terreno en el que vive la gente, el fragmento de tierra que puede contemplarse desde un mirador o la propia representación pictórica de dicho lugar (Olwig 1993: 307; Ingold 1997: 29; Thomas 2002: 165). Sin embargo, la orientación y énfasis que esta nueva forma de contemplar el espacio introduce, hace modificar sustancialmente el significado dado en Arqueología al paisaje. Lo que la denominada Arqueología del Paisaje propone es aproximarse a la realidad espacial de las poblaciones del pasado desde variables y presupuestos diferentes, incorporando a la definición de paisaje un sentido mucho más holístico y relacional. Como se parte del principio de que el paisaje puede ser un objeto, una experiencia o una representación, llegando en ocasiones a entremezclarse todos estos aspectos (Lemaire 1997: 5), se reclama que el análisis arqueológico del paisaje parta de principios que incluyan aspectos tradicionalmente considerados como objetivos, pero asu-miendo al mismo tiempo aquellas evidencias, que por su cercanía a lo simbólico, ideacional o inmaterial, quedaban fuera de anteriores comprensiones del pasado. Básicamente, lo que muchos de estos autores que se aproximan al estudio de los paisajes históricos reclaman es una mayor atención a elementos no basados en referentes eminentemente económicos o adaptativos, vinculando así la definición de paisaje más con formas específicas de contemplar y comprender el mundo circundante, con la delimitación del espacio vital habitado por una comunidad extensa. Para estos investigadores, cualquier espacio que proporcione el contexto en el que desarrollar la vida humana incorpora, necesariamente, una relación entre la realidad que se vive y la posibilidad de otras formas de ser, entre las condiciones en las que se desarrolla el día a día y las condiciones que son metafísicas, imaginadas e idealizadas (Hirsch 1995: 3). En otras palabras, de lo que aquí se está hablando es de que el paisaje no sólo constituye el soporte físico en el que reconocer el registro material de los patrones de conducta de un grupo social específico, sino que el paisaje es, ante todo, una construcción simbólica, una composición del mundo, un sistema de referencia donde las distintas actividades de una comunidad adquieren sentido (Daniels y Cosgrove 2000: 1). Como consecuencia de este énfasis en la experiencia de vida, el espacio, como concepto de análisis arqueológico, adquiere para estos autores un significado diferente y ocupa una relevancia igualmente original. Como lo que importa es la relación entre experiencia vivida y posición, entre lo que experimentan los agentes protagonistas y el lugar en el que acontece, el espacio deja de constituirse en mera evidencia física, en realidad unívoca, para pasar a ser una abstracción de los distintos significados que generan los lugares que conforman el paisaje (Tilley 1994: 15). Así, el espacio, que antes era visto como un entorno físico común a las sociedades del pasado, y por tanto podía ser estudiado con mecanismos y métodos cuantificables, ahora es visto como resultado de una determinada conceptualización y experimentación histórica, siendo éste el énfasis que lleva a estos autores a abandonar conceptos como espacio o territorio a favor del de paisaje (landscape). Abordado el paisaje en estos términos, los rasgos que definen a esta forma de concebir los análisis espaciales, y que implican un mayor número de consecuencias teóricas, pueden resumirse, creemos, a partir de tres aspectos esenciales que verte-bran y dan sentido al conjunto de estudios aquí valorados: • Para la mayoría de los autores analizados, el paisaje no es una realidad preexistente, un soporte de la acción, sino que es, por el contrario, una realidad social e históricamente construida. • Tal premisa implica que el paisaje sólo adquiere sentido en su interrelación con el resto de elementos materiales e inmateriales. • Y que por tanto, su sentido depende de la experiencia adquirida en función de la situación social, edad, género y relaciones con los demás. Estas premisas mantienen entre sí una lógica argumental descendente, que implica, al asumir la primera, el reconocimiento del resto. Así, entender que la realidad espacial manejada por las sociedades neolíticas del norte de Bretaña fue construida y generada a partir de esquemas de racionalidad, que poco tienen que ver con nuestra visión del paisaje (primer aspecto), implica, necesariamente, abordar su estudio atendiendo al sentido específico que dichas poblaciones otorgaron a las interrelaciones de los elementos que integraron su medio (Thomas 2003). Sin embargo, esta lógica discursiva no existe cuando el proceso es ascendente, es decir, que partir del reconocimiento de la existencia de un esquema que da sentido a la ordenación espacial de los distintos elementos materiales que componen un paisaje (tercer aspecto), no supone aceptar ni reconocer, como se verá más adelante, que la realidad es cambiante, es decir, asumir que lo real para unos no es necesariamente lo objetivo para otros. En otras palabras, pese a reconocer que el sentido otorgado al monumento de Stonehenge ha variado desde su creación, el estudio de su evolución responde, para algunos autores, a criterios basados en una racionalidad común y básica a toda la humanidad y accesible por tanto desde un conocimiento objetivo basado en la observación (Richards 1990). Lo que esto quiere decir es que no todos los investigadores que abordan el estudio del paisaje manejan y aceptan plenamente los principios presentados más arriba. Es cierto que, para la mayoría de los autores aquí analizados, el reconocimiento de algunas de estas tres premisas permite configurar una forma alternativa de aproximarse a las relaciones espaciales del pasado, pero sólo en función de los presupuestos teóricos de los que parten, llegan a aceptar o reconocer, de forma más o menos plena, algunos o todos estos principios. Tal y como apuntan las premisas anteriores, para estos autores, el espacio no constituye una entidad universal susceptible de ser identificada y analizada independientemente de un lugar o tiempo concreto (Thomas 1993: 20; Darvill 1997: 5). Entienden que el espacio no posee una esencia substancial, no constituye una realidad abstracta en sí misma (Hernando 1999: 8), sino que sólo puede existir en relación con los significados creados a través de las relaciones establecidas entre moradores y lugares (Tilley 1994: 11). Este reconocimiento supone un alejamiento evidente de aquellos estudios que se aproximan al espacio como si de un soporte físico se tratase, ya fuese considerándolo como plano extrasomático de adaptación con el que se interactúa (Binford 1982; Kurt 1988), o como sustento en el que desarrollar las actividades económicas básicas para el mantenimiento de un grupo social (Yesner 1983; Dyson-Hudson y Smith 1983). El espacio, conceptualizado de esta forma, depende de quién lo experimenta y de cómo lo hace, ya que la experiencia espacial no es ni inocente ni neutra, sino que está investida de determinadas relaciones de poder que se sustentan en correspondencias jerárquicamente organizadas, ya sea en función de la edad, el género, la posición social o las relaciones económicas. Esto obliga a una necesaria contextualización del paisaje, ya que la manera en que la gente entiende y comprende su mundo depende del tiempo, lugar y condiciones históricas específicas (Bender 1993a: 2). Es en este sentido en el que se afirma que los paisajes son polisémicos (ibídem, 3), es decir, que diferentes concepciones del paisaje pueden convivir al mismo tiempo. Ya sea como morada de los ancestros, como distribución de recursos o como lugar en el que se localizan sus hogares, el paisaje permite renovar la herencia ancestral, recolectar el alimento necesario para la subsistencia, crear lazos de identidad común, etc. Así, una misma realidad física adquiere, para un mismo colectivo humano, diversas formas y sentidos, los cuales están en constante construcción y reconstrucción (ibídem). Los que hasta hace poco se consideraban como elementos físicos del espacio, ya fuesen recursos hídricos, elementos geomorfológicos, niveles de potencialidad del suelo, etc, son contemplados ahora desde otro punto de vista. No es que se niegue su existencia real, pues siguen considerándose como parte fundamental del registro arqueológico, sino que ha variado significativamente la relevancia otorgada. Lo que importa no es tanto si están presentes o no, si pueden identificarse en un medio ambiente concreto o si desempeñaron un papel de-terminante en el proceso productivo de un grupo humano. Lo que ahora se afirma, sin negar lo anterior, es que estas evidencias materiales carecen de relevancia objetiva, en la medida en que sólo pueden ser valoradas en relación a eventos y significados socialmente construidos, y nunca en función del significado abstracto que pueda el investigador otorgarle. Supone que el reconocimiento e identificación de las características de un paisaje deben relacionarse, de la misma manera que se hace, por ejemplo, con la realidad económica, con aspectos que tradicionalmente han mostrado una mayor dosis de subjetividad. Esto implica el reconocimiento de la idea de que los significados y evidencias del espacio están envueltos en una dimensión subjetiva y no pueden ser entendidos fuera del mundo simbólicamente construido por los actores sociales. Sin embargo, un estudio arqueológico desde estas premisas no pretende negar los logros alcanzados hasta ahora por aquellas investigaciones que tradicionalmente han insistido en la delimitación de las evidencias subsistenciales, a favor de estudios más preocupados, por ejemplo, por la búsqueda de referentes simbólicos e inmateriales. Tampoco se busca, como han apuntado algunos críticos, invertir sencillamente la relación centrándose en lo ideacional obviando lo material. Lo que en realidad se pretende lograr es que se asuma que existen variables no barajadas, o no suficientemente consideradas hasta ahora, en el comportamiento espacial de las sociedades del pasado, y que la notoria dificultad que existe para interpretar dichas asociaciones simbólicas, no puede ser justificación suficiente para que sean desatendidas (Scarre 2002: 3). Siguiendo a geógrafos que han teorizado desde aproximaciones fenomenológicas, se parte de la idea de que los lugares pueden ser experimentados y conceptualizados a partir de múltiples niveles espaciales (ya sea el espacio personal, el espacio de la comunidad, el espacio regional, etc.), solapándose dichos niveles a raíz de escalas de acción, de interés, de movimiento. Esto ha llevado a muchos de los arqueólogos interesados en el paisaje a hablar de la capacidad relacional que posee éste, es decir, como se apuntó más arriba, a la necesidad de considerar al paisaje como una suerte de interrelaciones que funcionan al mismo tiempo (Bender 1993a; Thomas 1993; Tilley 1994; Ashmore 2002). Que el paisaje sea relacional supone partir del principio de la existencia de diferentes planos de significado que coexisten e interactúan mutuamente. Es hablar de diversos códigos sociales que otorgan significación a una misma realidad física. Un destacado megalito, por ejemplo, llega a contemplarse de múltiples maneras por integrantes de una misma cultura, dependiendo siempre del momento y la forma en que es percibido. Ya sea como morada de antepasados, como enclave delimitador del territorio o como zona en la que se extraen piedras que poseen una relevancia social o económica para un determinado grupo familiar, el lugar se integra dentro de un esquema perceptivo que maneja simultáneamente múltiples significados pero, al mismo tiempo, también numerosos lugares. Dicho de otra manera, determinados lugares señalados funcionan conjuntamente creando espacios de acción, adquiriendo este espacio el papel de mediador entre lugar y paisaje, entre centros de significación concretos y marcos generales de organización que estructuran y reproducen la vida social. Así, y como señala Julian Thomas (2002: 173) cuando sigue al filósofo Martin Heidegger, el lugar no es tan sólo un sitio o una entidad, sino que es definido y conceptualizado siempre a partir de algo, está siempre revelado como un lugar, no pudiendo tener previamente una conciencia de él como cualquier forma de no-lugar. Para él, por tanto, un paisaje es una red de lugares relacionados que han sido gradualmente revelados mediante las interacciones y actividades habituales con las personas, a través de la proximidad y la afinidad que éstas han desarrollado con ciertos emplazamientos y a través de acontecimientos importantes, festividades, calamidades, sorpresas y otros momentos que han llamado su atención, haciéndoles recordar o incorporar a la memoria colectiva (ibidem). Es en este sentido en el que deben entenderse las puntualizaciones que Tim Ingold (1993;1997;2001) realiza cuando analiza antropológicamente el paisaje. Para Ingold, el paisaje se constituye como registro duradero y testimonio de la vida y el trabajo de las generaciones que lo habitaron (dwelling), es decir, entiende que es en el propio proceso temporal de habitar el paisaje cuando éste se construye y adquiere significación. Es a través de la vida en él, cuando el paisaje se vuelve una parte de nosotros, así como nosotros llegamos a ser parte de él (Ingold 1993: 154). Así, sólo atendiendo a su temporalidad, analizando los ciclos que acontecen de forma entrelazada, es como los arqueólogos pueden llegar a entender y explicar la significación del paisaje. Referentes de los estudios arqueológicos del paisaje El conjunto de premisas más arriba señaladas constituyen, en líneas generales, la argumentación fundamental que manejan algunos de los actuales investigadores que abordan el paisaje, aunque en ocasiones lo sea de forma muy implícita. Sin embargo, quede claro que no es posible generalizar estas reflexiones teóricas a todos los autores que se aproximan a la dimensión espacial de los grupos sociales. Constituyen tan sólo una minoría, que no obstante, genera estudios de obligada atención para todos aquellos que intentan estudiar la dimensión espacial en las sociedades actuales y pretéritas. Así pues, el nivel y profundidad de estas reformulaciones ha de valorarse adecuadamente. Pese a la novedad con la que en estas líneas se trata, la autoría de estas reflexiones no puede adscribirse meramente a los estudios arqueológicos. Es fruto de un contexto general que, en la actualidad, recorre a la mayoría, si no a todas, las disciplinas científicas, pretendiéndose aquí tan sólo valorar cómo, dicho proceso, es asimilado por una parte de la Arqueología. Así, lo que se está produciendo dentro de las Ciencias Sociales es que se está viviendo un momento de discontinuidad, en el sentido de que muchos de los supuestos teóricos largamente establecidos han comenzado a perder su anterior poder explicativo y a ser puestos en entredicho. Este proceso, identificado con el término de crítica a la modernidad, se ha dirigido, en un primer momento, contra la noción de progreso y contra el supuesto teleológico de que la historia humana posee un significado esencial, una dirección preestablecida y una meta última, pudiendo ser todos ellos, si no completamente, si parcialmente discernidos (Campillo Meseguer 1985; Lyotard 1995). Este hecho, que acarrea numerosas y profundas repercusiones, abre el camino al replanteamiento de otras premisas que han sufrido similares procesos de naturalización, y que o bien, se derivan de la anterior, o mantienen lazos comunes con el patrón de racionalidad construido durante la modernidad. Independientemente de las posibles aportaciones realizadas por algunos de los autores aquí analizados al conjunto de la teoría general (6), de lo que no hay duda es que, desde el punto de vista de la disciplina arqueológica, la asunción de este nivel de reflexión constituye una novedad. Sin embargo, y como lo que aquí interesa es valorar la manera en que este proceso ha repercutido en los estudios del paisaje en arqueología, y no el impacto producido en dicha disciplina de eso que ambiguamente se denomina posmodernismo, no profundizaremos mucho en el análisis de sus consecuencias (véase para ello Johnson 2000; Hodder 2002; Holtorf y Karlsson 2000). Tan sólo indicaremos que una parte de la crítica teórica se ha orientado hacia la reflexión sobre la causalidad histórica, o mejor dicho, a la manera en que deben reinterpretarse las explicaciones dadas hasta ahora sobre cómo se produce el cambio histórico. Lo que se persigue, de forma más o menos explícita, es encontrar una alternativa a la dualidad materialismo/idealismo que no caiga en un retorno al modelo explicativo idealista con su noción de sujeto racional, ni haga prevalecer las condiciones materiales de existencia como una entidad estructural que determine el conjunto del edificio social. A lo que una parte de la reflexión arqueológica se orienta no es, como muchos críticos han argumentado, a abandonar todo rastro de explicación materialista en la práctica de los actores históricos, con el fin de reinstaurar la autonomía plena de la esfera subjetiva (ya fuesen ideas, política, cultura, arte, motivaciones para la acción...) (7). Más bien, y aquí reside lo novedoso en Arqueología, parece que se pretende reformular la relación existente entre la esfera objetiva y la esfera subjetiva, entre la realidad socioeconómica que establece las condiciones materiales de vida y el entramado simbólicocognitivo que organiza la conducta de los sujetos. Lo que parecen indicar algunos de los estudios arqueológicos del paisaje, influidos por replanteamientos más generales, es que la realidad no se incorpora nunca por sí misma a la conciencia, sino que lo hace siempre a través de su conceptualización. Es decir, que el contexto socioeconómico sólo comienza a condicionar la conducta de los individuos una vez que éstos lo han conceptualizado o hecho significativo de alguna manera, pero no antes, y por tanto, las condiciones materiales no devienen estructurales y (6) No creemos que sea necesario profundizar en el lugar que ocupa la Arqueología, desde el punto de vista de la reflexión teórica, dentro del conjunto de las Ciencias Sociales. Pese a que todas las disciplinas se ven inmersas en el mismo proceso, algunas como la Arqueología llegan a interiorizar esas reflexiones de for-ma muy tardía, con lo que ello implica para el desarrollo de propuestas interesantes para otras disciplinas. (7) No debe caerse en la simplificación de englobar a todos los autores que se reconocen dentro del postprocesualismo y posmodernismo como partícipes de este proceso, ni tampoco uniformizar la orientación de los estudios gestados a la luz de la ruptura de los años 80 con los realizados casi veinte años después. empiezan a operar como un factor causal hasta que no han alcanzado algún tipo de existencia significativa, y no por su mera existencia material. Así, al tiempo que se debe reconocer la importancia de lo material como condición para la explicación del pasado, ésta no puede reproducir directamente la realidad, ya que depende de la manera histórica y culturalmente específica en que los propios individuos perciben, experimentan y dotan de sentido a su situación en la sociedad. Por tanto, para explicar sus acciones, así como los procesos históricos resultantes de ellos, no sólo se ha de prestar atención a las condiciones materiales de su existencia, sino también, como vemos con el paisaje, a la percepción que los propios sujetos realizan de su realidad (8). Sin embargo, y aunque es la llamada crítica a la modernidad la que ha repercutido de forma más decisiva en este replanteamiento del paisaje, también han contribuido, de forma más o menos destacada, otros aspectos, que en su conexión con lo anterior, permiten aproximarse de forma novedosa al estudio del pasado. Excluyendo el proceso interno de transformación disciplinar ya brevemente analizado, y que en última instancia condiciona las peculiaridades específicas de la Arqueología, es necesario destacar la influencia ejercida por los geógrafos humanistas de los años 70 y 80. Como quedó claro al esbozar la evolución de las aproximaciones a la dimensión espacial en Arqueología, el interés que ésta mostró hacia los estudios realizados por la Geografía durante toda la primera mitad del siglo XX fue fundamental para el desarrollo de los análisis espaciales. Ya fuese mediante la incorporación de técnicas y métodos locacionales o asumiendo los propios principios rectores que la geografía positivista defendía, buena parte del desarrollo teórico y metodológico realizado en la Arqueología Espacial se debe entender a la luz de los avances experimentados en Geografía. Pese a que estas contribuciones se mantendrán a lo largo de las décadas siguientes, su orientación irá trasladándose progresivamente hacia una parte de los estudios geográficos que no habían sido considerados hasta entonces por los arqueólogos. Tal y como ocurriera en el conjunto de disciplinas sociales, la Geografía experimenta también a lo largo de los años 70 un proceso de reformulación teórica como consecuencia del desencanto ante la revolución cuantitativa, planteando un rechazo de los modelos mecanicistas y cientificistas de la Nueva Geografía. Así, tanto la geografía radical (radical geography), como la geografía humanística (humanistic geography), constituyen reacciones a esta forma neopositivista de concebir la disciplina (García Ramón 1985: 219; Unwin 1995: 191). Una desde tradiciones marxistas y anarquistas y la otra enlazada directamente con los estudios fenomenológicos y existencialistas, ambas se presentarán, como ocurriera con el postprocesualismo en Arqueología, como alternativa a la forma de entender la disciplina hasta entonces (Ortega Valcárcel 2000: 299 y 309). En este contexto no es raro suponer el interés que estas aproximaciones pudieron despertar entre los arqueólogos; sin embargo, esto no ocurrirá, al menos de forma generalizada, hasta la década de los 90, debido fundamentalmente a que la crítica postprocesual no tomaría cuerpo en Arqueología hasta principios de los años 80, estando caracterizada por la excesiva teorización y el escaso desarrollo empírico. Como reconocen varios de los investigadores analizados, la inspiración que estos enfoques geográficos, fundamentalmente los de la geografía humanística, han ejercido en los estudios del paisaje en Arqueología ha sido fundamental, permitiendo resaltar las formas en que los lugares se constituyen como espacios de significación y el paisaje como un elemento activo y holístico (Tilley 1994: 14-15; Thomas 2002: 166). Así, y pese a no ser explicitado demasiado, muchas de las aproximaciones que conforman la Arqueología del Paisaje se apoyan en los estudios de geógrafos humanísticos como Buttimer, Mugerauer, Pickles, Relph, Seamon y sobre todo Tuan, o en trabajos como los de Williams (2001) en un intento por otorgar mayor significación a los elementos arqueológicos que integran el paisaje. Aunque es cierto que en ocasiones se ha generado una arqueología de los espacios vividos (Bender 2002), sin embargo, y a diferencia de los estudios humanísticos de los años 70 y 80 en los que la orientación predominante era lo particular (Tuan 1974; Relph 1983), el énfasis que algunos arqueólogos están incorporando en la última década ha dejado de lado la búsqueda de imágenes individuales o de experiencias particulares, con el fin de ahondar en aproximaciones alejadas del modelo de paisaje eurocéntrico, y en las que el interés se centra tanto en las formas en que los paisajes son generados históricamente, como en su interconexión con la construcción de identidades. Pero junto a estas influencias, que en líneas generales pueden rastrearse en un amplio abanico de autores, existen otras que afectan de forma más individualizada. Deben destacarse, por la repercusión que tienen sus estudios dentro de la bibliografía especializada, las orientaciones explícitas que muestran determinados autores (Christopher Tilley desde la fenomenología o Julian Thomas con la hermenéutica), así como la influencia que en los estudios y reflexiones arqueológicas comienzan a tener las obras de sociólogos como Pierre Bourdieu, Anthony Giddens o Charles Tilly, o bien, las de filósofos como Jacques Derrida, Michel Foucault, Jürgen Habermas, Martin Heidegger, Jean-Francois Lyotard, Paul Ricoeur, Richard Rorty o Gianni Vattimo (para un ejemplo puede verse Holtorf y Karlsson 2000). Lo que esto parece evidenciar es el reconocimiento, por una parte muy importante del colectivo investigador, de la necesidad de contar con un utillaje teórico y filosófico que permita superar las dificultades y límites que actualmente presenta el trabajo arqueológico. Pese a no ser una novedad esta instrumentalización de la teoría en Arqueología (recordemos tan sólo los préstamos de la Nueva Arqueología), parece que, a diferencia de épocas pasadas, actualmente asistimos a una proliferación en el número de referentes teóricos empleados por los arqueólogos, que indudablemente enriquecen la disciplina. Estudios del paisaje en Arqueología (9) En lo referente a los trabajos empíricos realizados sobre el paisaje en Arqueología deben destacarse, en primer lugar, una serie de aspectos que condicionan la orientación y amplitud de dichos estudios dentro de la disciplina. Así, y a diferencia de la mayoría de las investigaciones desarrolladas durante las décadas de los 70 y 80, en las que predominaba el análisis de sociedades con una jerarquización relevante, las aproximaciones que componen la Arqueología del Paisaje se caracterizan por centrarse, en líneas generales, en el análisis de la dimensión espacial de colectivos que no muestran desigualdades sociales tan evidentes. Es decir, frente al estudio del comportamiento espacial de entidades estatales o de grupos altamente jerarqui-zados (ya fuese el estado maya, las sociedades de la Edad del Hierro, prerromanas, etc.), los recientes estudios se han orientado hacia el análisis de colectivos sociales que, o bien inician el proceso de complejización social, o bien se caracterizan por presentar desigualdades no muy marcadas. Así, un breve repaso a la bibliografía especializada muestra cómo el período temporal que transcurre entre el Neolítico y la Edad del Bronce, y más concretamente, cuando se relaciona con el megalitismo y las manifestaciones rupestres, concentra la mayor parte de las investigaciones. El creciente interés por estas etapas cronológicas creemos que debe relacionarse, o al menos entenderse, a la luz del desarrollo metodológico experimentado. Si como vimos, la aplicación de métodos locacionales y estadísticos procedentes de la geografía llevó a la Arqueología Espacial a interesarse por períodos históricos en los que era relativamente sencillo identificar patrones de asentamiento distribuidos jerárquicamente, actualmente el énfasis en lo perceptivo y visual ha generado un desplazamiento hacia el análisis de evidencias más relacionadas con aspectos simbólicos y cognitivos. Así, y sin olvidar otros períodos históricos, lo cierto es que muchos de los replanteamientos teóricos que han caracterizado a la Arqueología del Paisaje han llegado de la mano, entre otros, de la reinterpretación del neolítico, del análisis de los posibles significados de lo rupestre o del intento por aproximarse de manera más rigurosa al fenómeno megalítico. Tal vez lo que más destaque y llame la atención en los estudios que componen la llamada Arqueología del Paisaje sea su énfasis en la visibilidad. En lógica coherencia con las premisas teóricas apuntadas en líneas anteriores, las nuevas metodologías desarrolladas parten del convencimiento de que el mundo que habitamos no es simplemente un concepto sin sentido de objetos físicos, sino que, por el contrario, es un horizonte de inteligibilidad que proporciona el contexto que permite que resulte comprensible cualquier cosa en la que nos fijemos (Thomas 2002: 172). Así, la identificación de un patrón de distribución en el emplazamiento de megalitos o en la dispersión de determinados motivos rupestres, elementos tradicionalmente obviados en los estudios arqueológicos, supone el reconocimiento de la existencia de un patrón implícito de racionalidad que está condicionando su distribución y significado. Lo que convierte a la visibilidad en un argumento metodológico relevante es su capacidad, como (9) Es necesario indicar que muchos de los avances metodológicos que se analizan a continuación pueden rastrearse, con mayor o menor desarrollo, en el contexto arqueológico español. también ocurriera con los métodos espaciales de los años 60 y 70, para evidenciar e identificar relaciones no atestiguadas hasta ahora, pero, a diferencia de dichas metodologías, las estrategias basadas en la visibilidad se orientan a revelar relaciones caracterizadas por su aparente intangibilidad física. Aunque la noción de lo visual ha sido un criterio empleado en ocasiones en la práctica arqueológica, lo cierto es que es a partir de los años 80 del siglo pasado cuando comienza a adquirir un uso diferente. La metáfora visual entiende que la ausencia o presencia de evidencias arqueológicas de algún tipo no es algo que pueda estar relacionado exclusivamente con las vicisitudes postdeposicionales del registro material, con la naturaleza del objeto depositado o con la intensidad de la investigación realizada, sino que está o puede estar vinculado a una voluntad consciente o inconsciente por hacer visible o invisible ciertos aspectos de la vida social. Estas estrategias, en esencia, reflejan lógicas de acción cultural específicas que pueden ser útiles para abordar el registro arqueológico. Así, lo visual, en asociación con el resto de evidencias del registro arqueológico (ya fuese la desprendida de la cultura material, de las evidencias paleoambientales, de las prácticas subsistenciales, etc.), permite identificar las diferentes estrategias de racionalidad espacial que están funcionando, individual o colectivamente, implícita y/o explícitamente, en un contexto arqueológico determinado. De esta forma, el sentido que otorga un colectivo humano a destacar una u otra forma de relevancia visual, presupone una determinada actitud hacia el medio, lo que implica que las distintas configuraciones que de un espacio se realizan responden, en última instancia, a procesos de construcción del paisaje social que pueden ser estudiados (10). Junto al desarrollo de métodos derivados de la visibilidad, también han adquirido relevancia en los estudios del paisaje un conjunto de técnicas no destructivas (fotografía aérea, teledetección, prospección geofísica y geoquímica, etc.), e instrumental (SIG, GPS, Estación Total, Pocket Pc, etc.). Aunque no exclusivamente, su reciente renovación ha estado estrechamente vinculada a los grandes proyectos de investigación planteados desde el marco del análisis de la dimensión espacial. Así, y pese a que la atención a estos elementos puede rastrearse en la Arqueología hace ya varias décadas, lo cier-to es que la línea de investigación abierta por el estudio del paisaje ha reorientado esas técnicas incorporándoles nuevos elementos de atención. De esta forma se ha producido un enriquecimiento mutuo que, en lo que respecta al paisaje, le ha permitido ampliar el espectro de referentes con el que elaborar la forma en que las poblaciones del pasado conceptualizaron su entorno. Uno de los instrumentos que ha ofrecido mayores posibilidades ha sido, sin duda, los Sistemas de Información Geográfica. Pese a no suponer un desarrollo enteramente novedoso, el uso de tecnologías SIG en Arqueología se ha orientado a la recopilación y análisis de la inmensa cantidad de información que un enfoque como el paisaje puede implicar. La versatilidad que ofrece el SIG permite trabajar rápida y con relativa sencillez con multitud de datos que se interconectan mutuamente, y que se encuentran referenciados espacialmente en una escala común. Alejándose del fuerte carácter normativo y ambientalista que caracteriza a estas metodologías, algunos investigadores han orientado el empleo de SIG al estudio de la percepción del paisaje a través de enfoques más humanísticos, con el fin de reducir el abismo existente entre la teoría y la práctica empírica (Llobera 1995: 612). A diferencia de las técnicas anteriormente empleadas por los arqueólogos, este instrumental permite barajar un número infinitamente superior de variables, ya que la ductilidad en el manejo de cartografías digitales permite inferir con eficacia relaciones entre variables como el acceso a recursos, contacto visual, asociaciones con el material de superficie, etc. (Wansleeben y Verhart 1997; Llobera 2003). Planteándola siempre como una herramienta metodológica y nunca como un fin en sí mismo (Stoddart 1997), para algunos investigadores estas técnicas permiten resolver la falta de rigor que rodea a algunas de las afirmaciones realizadas en análisis visuales y perceptivos (Llobera 2001(Llobera: 1006)). Así, y pese a las limitaciones que presenta debido al tipo de operaciones analíticas que admiten los paquetes actuales, las tecnologías SIG cubren un abanico de posibilidades que van desde la creación de mapas de distribución a simulaciones y modelos predictivos, estudios de sociología del movimiento, análisis de intervisibilidad y, sobre todo, la presentación tridimensional y visualización dinámica de los resultados (Kvamme 1999). La aplicación de estas técnicas y métodos a la Arqueología han permitido no sólo abrir nuevos campos de estudio, sino también plantear nuevas revisiones que han gestado algunos de los debates más relevantes de la reciente historia de la disciplina. El énfasis otorgado al paisaje ha permitido, por ejemplo, barajar nuevos argumentos con los que replantear la asociación entre neolitización y sedentarismo, en el sentido de poner en duda la existencia de un sedentarismo que progresivamente va convirtiéndose en la forma de ocupación territorial más generalizada hasta su plena eclosión en la Edad del Bronce. La identificación de pautas diferentes de estructuración del paisaje en unidades geográficas relativamente cercanas, ha llevado a algunos autores a reconsiderar el valor de la sedentarización a favor de una relativa variabilidad en los patrones de movilidad (Whittle 1997). Además, el desarrollo de las pautas de visibilidad de los monumentos megalíticos o de las manifestaciones rupestres comienza a incorporar también aspectos que, aunque ya fueron valorados anteriormente, ahora comienzan a reajustarse a la nueva orientación de los estudios del paisaje. Así, por ejemplo, de la misma manera que se vincula el patrón de visibilidad de los megalitos con referentes físicos como montañas, ríos, llanuras, afloramientos rocosos..., comienzan a barajarse elementos como, por ejemplo, el tipo de cubierta arbórea que envolvía al monumento, no simplemente con la intención de reconstruir el medio natural que lo rodeaba, tal y como se viene haciendo ya desde hace varias décadas, sino como elemento a considerar en la forma en que esos monumentos eran experimentados por las colectividades que los contemplaron (Evans et al. 1999; Cummings y Whittle 2003). De esta forma, en vez de centrarse exclusivamente en la orientación visual de los megalitos, este interés por los estudios del paisaje ha orientado la atención hacia la incorporación del referente paleoambiental en la interpretación, analizando el grado de alteración directa sufrido por el manto vegetal desde la erección del monumento, valorando la forma en que el cambio estacional podía afectar a la visibilidad, o planteando hipótesis sobre la influencia que la luminosidad de un paraje puede tener en la visibilidad e interpretación de un elemento arqueológico (Bradley 1989). En lo que se refiere al fenómeno megalítico, el interés por la percepción del paisaje ha influido en la revisión de las interpretaciones de conjuntos emblemáticos como Stonehenge (Barrett 1994; Darvill 1997; Bender et al. 1998), de zonas que presentan una alta concentración megalítica como Avebury (Watson 2001; Thomas 2003), o Cranbor-ne Chase (Barrett et al. 1991; Tilley 1994), así como sus posibles vinculaciones simbólicas con cuevas, montañas, ríos (Bradley 2000), o, en general, sus implicaciones para el conjunto de la arquitectura doméstica y monumental (Parker Pearson y Richards 1999). Por su parte, el estudio de las manifestaciones rupestres constituye también otro ámbito de desarrollo metodológico muy fructífero. La mayoría de las aproximaciones realizadas desde la Arqueología del Paisaje están enfatizando la contextualización del arte rupestre en el espacio circundante, relacionándolo con procesos de apropiación y percepción del entorno (Bradley 1990; Tilley 1996). Estos estudios pretenden ir más allá de su análisis como representación artística, de su identificación con delimitadores territoriales o de su adscripción a recursos específicos, para abordarlo a partir de su consideración como señales, como códigos bien definidos, para aquellos que utilizaron y percibieron el medio. Así, sin necesidad de comprender el significado original de las representaciones, el estudio de las manifestaciones rupestres enfatiza las relaciones de los petroglifos con su entorno, desde la propia organización interna del panel al análisis del emplazamiento de los grabados (Santos Estévez y Criado Boado 1998: 581-583). De esta forma, teniendo en cuenta el tipo de motivos presentes, las relaciones que mantienen entre sí, en el panel y con la estación, de su vinculación con patrones de tránsito, cuevas, túmulos, visibilidad, y en estrecha relación, tanto con el resto de evidencias del registro arqueológico como con el patrón de asentamiento de las comunidades que los crearon, estos estudios pretenden aproximarse al arte rupestre como parte de un sistema mayor de representación que, en última instancia, está estructurando al paisaje. Finalmente, merece especial atención la influencia que ha tenido, en la gestión patrimonial, la aplicación de principios y métodos procedentes de las recientes aproximaciones al paisaje. La paulatina ampliación del concepto de Patrimonio, que actualmente incorpora desde elementos históricos concretos hasta la totalidad del paisaje como entorno construido y huella de la humanidad, ha favorecido en las últimas décadas el desarrollo de visiones que buscan integrar la gestión del patrimonio arqueológico, histórico y natural bajo un mismo enfoque, que ha venido a denominarse Patrimonio Cultural. Sirviéndose de los marcos conceptuales de instituciones como la UNESCO o la Unión Eu-ropea, los arqueólogos involucrados en la gestión patrimonial han tendido a incorporar muchas de las reflexiones manejadas en estas líneas, generándose un diálogo tan fluido que, actualmente, cualquier proyecto de investigación sobre el paisaje pretérito presenta conexiones directas con la gestión patrimonial (11). En esencia, lo que está ocurriendo dentro de la gestión patrimonial es que el Paisaje se está convirtiéndo en la unidad mínima de intervención (Ruiz Zapatero 1998: 11), ya sea desde el punto de vista de su protección, conservación, divulgación, presentación e interpretación. Este paulatino desplazamiento del énfasis puesto en la conservación de los sitios o yacimientos aislados a la protección íntegra de los paisajes arqueológicos responde a múltiples causas, que van desde la progresiva mercantilización de los bienes culturales al paulatino grado de destrucción que los paisajes tradicionales sufren en la actualidad (Andrews y Thomas 1995). Así, concebido como unidad mínima en la que desarrollar planes de gestión patrimonial, el paisaje permite integrar, dentro de un mismo marco de protección y de interpretación, aquellas evidencias del registro material no visibles, fragmentadas o sin una clara delimitación, otorgando una articulación que sólo puede entenderse en referencia al conjunto paisajístico (Wainwright 1989; Darvill et al. 1993). Los esfuerzos teóricos y metodológicos desarrollados dentro del marco de la llamada Arqueología del Paisaje constituyen, indudablemente, contribuciones muy positivas a la práctica arqueológica. Los intentos que están llevando a cabo estos autores por trascender la materialidad del registro puede producir, a la larga, una modificación sustancial en los procedimientos empleados en la disciplina, aunque, y a tenor de la orientación actual de la investigación, hemos de deducir que a corto plazo es posible que asistamos a una generalización de sus planteamientos en aquellos campos que se vinculan directamente con la gestión patrimonial. Sin embargo, y frente a este énfasis tan positivo, lo cierto es que las aproximaciones y estudios que se acercan de esta manera a la dimensión espacial de las sociedades pretéritas no están exentas de importantes deficien-cias y limitaciones. Pese a que el interés fundamental de este artículo ha sido el de identificar y singularizar las reflexiones teóricas y metodológicas realizadas en los estudios arqueológicos anglosajones más recientes, es necesario apuntar, aunque sea brevemente, algunas de las deficiencias más relevantes. Como fue señalado anteriormente, la irrupción del postprocesualismo en la década de los 80 supuso un intento por corregir los excesos economicistas y ecologicistas que la arqueología procesual había cometido. Por tanto, la senda emprendida por muchos de los arqueólogos postprocesuales se orientó a rescatar del anonimato a los sujetos en las explicaciones del pasado, incentivando la importancia de los aspectos simbólicos y subjetivos y, sobre todo, la relevancia explicativa del individuo racional. Así, frente a una fase en la que dominaron, como elemento explicativo, las condiciones materiales de existencia, se abrió, como ocurriera en otras disciplinas, una etapa en la que lo subjetivo prevaleció a la hora de comprender y evaluar cómo se produjeron los cambios históricos (12). Esta primera reacción llevará implícita no sólo el rechazo a cualquier forma de determinismo economicista, sino a la sobrevaloración de las concepciones y creencias universales de los sujetos. Por tanto, y contemplado globalmente, lo que generó la crítica postprocesual fue el progresivo desplazamiento de la causalidad histórica hacia esferas más subjetivas, generando explicaciones históricas que, al omitir condicionantes materiales, terminaron adoleciendo de similares deficiencias. Así, en esencia, la mera sustitución de causalidades objetivas por subjetivas no generó explicaciones alternativas más válidas, aunque si implicó un fortalecimiento de la oposición materialismo/idealismo. Ahora bien, los esfuerzos de algunos de los arqueólogos que se aproximan al paisaje se han orientado a buscar visiones alternativas a esta dicotomía, para lo cual se ha reivindicado la necesidad de incorporar aquellos elementos que tradicionalmente se omitían debido a las dificultades que su intangibilidad ofrecían al trabajo arqueológico. Se argumentó también que el paisaje, analizado en este sentido, se presenta como el medio en el que incorporar, dentro de la práctica arqueológica, algunas de las formas en que los individuos conceptualizan (11) De hecho, muchos de los investigadores que reflexionan teóricamente sobre el paisaje en Arqueología están vinculados o desarrollan programas de gestión patrimonial. (12) Recordemos, no obstante, que estas formas de entender la Arqueología no han sido nunca mayoritarias en la práctica cotidiana de la disciplina, ya que la inmensa mayoría de la profesión ha seguido manteniendo visiones que han basculado entre el positivismo arqueográfico y el eclecticismo ateórico. su realidad. Así, mediante la visibilidad, estos autores pretenden rescatar aquellos elementos, procedentes de la esfera subjetiva, que intervienen de forma decisiva en el proceso de conceptualización de la realidad, reconociendo al mismo tiempo los condicionantes materiales que intervienen en las explicaciones del pasado. Sin embargo, y a la luz de los últimos resultados, estas pretensiones por ofrecer alternativas coherentes y válidas a las explicaciones dicotómicas materialista/idealista no parecen alcanzar resultados muy relevantes. Aunque es cierto que se explicita la imposibilidad de explicar satisfactoriamente el pasado sin tener en cuenta ambas determinaciones, el resultado final es que en la mayoría de esfuerzos realizados concluyen enfatizando siempre alguno de los aspectos de dicha dicotomía, sin plantear verdaderamente una ruptura. Así, como ejemplifica el propio Julian Thomas (2002: 181), los rasgos materiales del pasado no dan acceso a las experiencias de dicho pasado, pero sí proporcionan la base con la que comprender las formas con las que se habitaron los lugares. En consecuencia, lo que estos autores están planteando no es la ruptura de la dicotomía, sino, por el contrario, una redefinición del vínculo existente entre los diferentes componentes de la sociedad, en el sentido de reconocer que la relación entre la estructura material y la acción consciente no es, como se planteaba antes, de determinación unívoca de una sobre otra, sino una relación basada en alguna forma de interacción mutua (13). Sin embargo, no todos los autores que abordan el paisaje reconocen de forma tan abierta y explícita su intento por ofrecer explicaciones en este sentido. Como ya ha sido señalado, dentro de los recientes estudios de la dimensión espacial en Arqueología puede encontrarse un amplio abanico de propuestas diferentes que van desde la búsqueda de las motivaciones subjetivas de los individuos (Ben-der 1992;1993a;1993b;2001;2002), hasta autores que reclaman una vuelta a esquemas gestados, como el de la larga duración, dentro de la escuela de Annales (Bintliff 1995; Hitchner 1994). No obstante, este panorama tan heterogéneo no parece constituir la visión más generalizada que se tiene de los estudios del paisaje. Al hundir sus raíces en la crítica postprocesual de los años 80, la mayoría de esfuerzos realizados en la búsqueda de explicaciones a aspectos simbólicos o sagrados dentro de la Arqueología del Paisaje ha sido relacionado, directamente, con una vuelta al sujeto consciente. Aunque es cierto que las versiones más radicales, o al menos las que han alcanzado mayor popularidad, se ubican dentro de la óptica de lo que podríamos denominar arqueología idealista, lo cierto es que la heterogeneidad de aproximaciones que aquí se han identificado no pueden ser asimiladas, sin analizarlas en profundidad, con propuestas explícitamente idealistas. Aunque algunos de los estudios realizados, como por ejemplo los de Barbara Bender, se acercan peligrosamente a la empatía, esto no significa que el único camino para abordar los aspectos simbólicos y cognitivos del pasado tenga que ir de la mano del reconocimiento de la universalidad del sujeto racional. Otra cosa es el nivel de concreción explicativa alcanzado en muchas de estas investigaciones. La constatación de los múltiples significados de Stonehenge (Bender 1993b), de las distintas racionalidades que funcionan en Cranborne Chase (Barrett et al. 1991), de la presencia de patrones de intervisibilidad en los túmulos del Cursus Dorset (Tilley 1994), de la evolución megalítica de Avebury (Thomas 2003), de la transformación del significado de los yacimientos neolíticos amurallados (Bradley 1998), o de la evidencia de distintas experiencias de un mismo espacio megalítico (Edmonds 1999), han generado estudios de tal calibre que han demostrado cómo una misma realidad física se concibe, se piensa y se usa de formas diversas. Sin embargo, el nivel explicativo de gran parte estos estudios es, en la mayoría de las ocasiones, demasiado escaso. Aunque la mayoría de estos investigadores intenta analizar la interrelación entre cultura, sociedad y espacio, entre sistemas de pensamiento, formaciones sociales y paisaje, a la hora de abordar su transformación, es decir, el cambio histórico producido, se limitan, generalmente, a trazar y describir la existencia de racionalidades simbólicas. Aunque es cierto que siempre llegan a apuntarse posibles causas, nunca llega a abordarse, como ele-(13) Lo que aparentemente está ocurriendo con los estudios del paisaje en Arqueología es la asimilación, por parte de algunos de sus investigadores, de planteamientos teóricos que pueden rastrearse en las últimas décadas en disciplinas como la Historia, la Sociología o la Antropología Cultural. En relación con la primera, este replanteamiento se asocia con la llamada historia socio-cultural que agrupa, entre otros, a historiadores de la cuarta generación de Annales (Roger Chartier, Bernard Lepetit), a quienes practican la microhistoria (Carlo Ginzburg, Giovanni Levi), o a determinados historiadores marxistas influidos por la obra de E. P. Thompson (Gareth Stedman Jones, William Sewell). Para un análisis más detallado de este proceso dentro de la disciplina histórica pueden verse los estudios de Miguel Á. Cabrera Acosta (2001 y 2004), donde, al tiempo que aborda la relación objetivo/subjetivo, ofrece una alternativa que rompe con la dualidad desde lo que recientemente se ha denominado historia discursiva o postsocial. mento central, los motivos y razones por las que una forma de racionalidad concreta aparece, se agota, muta o permanece. Las escasas ocasiones en las que se llegan a plantear el por qué y el cómo de esas formas distintas de entender la realidad, suelen asociarse a procesos que no quedan claramente definidos (14). Así, y frente al éxito logrado en la identificación de los diversos comportamientos y usos simbólicos del paisaje, lo cierto es que, de momento, en los estudios actuales de la dimensión espacial, no llega a abordarse de forma clara y explícita el análisis del cambio histórico. Junto a esta importante deficiencia, que debe ser superada si verdaderamente se pretenden ofrecer alternativas coherentes y sólidas a las explicaciones tradicionales, pueden identificarse también algunas dificultades de carácter metodológico. Aunque, como ya se indicó, la metodología que comienza a desarrollar la Arqueología del Paisaje puede abrir, tal y como parecen confirmarlo estos estudios, nuevos caminos en la práctica de la disciplina, lo cierto es que aún queda mucho por hacer. La excesiva reflexión teórica gestada por la crítica postprocesual sigue sin poseer aún un correlato metodológico claro y directo en el trabajo cotidiano del arqueólogo. Aunque comienza a abordarse de forma explícita esta carencia en diferentes ámbitos temáticos, estos intentos son aún demasiado escasos y recientes como para poder ser valorados adecuadamente (15). Con la excepción de casos aislados, la mayoría de esfuerzos realizados dentro de las arqueologías del paisaje se han orientado, fundamentalmente, al desarrollo pleno de las posibilidades de la visibilidad. La rentabilidad que conlleva su aplicación en períodos históricos y zonas geográficas no abordadas aún, ha generado una importante proliferación que, sin duda, están confirmando las expectativas puestas en ella. Así, dentro de los nuevos proyectos de investigación arqueológica que abordan grandes extensiones geográficas comienzan a barajarse criterios como los patrones visuales o las relaciones de intervisibilidad, adquiriendo lo perceptivo una relevancia que hasta ahora no tenía. Sin embargo, este rápido incremento puede conducir, tal y como ocurriera con los análisis de captación económica, a un empleo meramente instrumental, es decir, a una aplicación en la que se rompe el referente teórico que le da sentido, convirtiendo a la visibilidad simplemente en un aspecto más a tener en cuenta. Así, y como ya parece intuirse en algunos estudios, la forma que adquiere el paisaje en función de la existencia de una racionalidad determinada pasa, de ser el elemento estructurador que da sentido a todo el estudio, a conformar el capítulo que sigue al estudio del medio físico y geomorfológico y que preludia la mera descripción de los diferentes asentamientos que controlan la zona estudiada. Parecidos problemas pueden apuntarse en la asimilación, por quienes estudian los paisajes pretéritos y actuales, de las nuevas tecnologías. La paulatina incorporación del bagaje informático e instrumental apuntado anteriormente está abriendo insospechadas posibilidades para la recopilación, manipulación y análisis de la información. Indudablemente la investigación básica y la gestión patrimonial deben aprovecharse de estos avances. No obstante, en ocasiones, su empleo deja traslucir unas pretensiones cientificistas que poco tienen que ver con el desarrollo teórico analizado en estas líneas. La asunción, tan generalizada, de que la aplicación de procedimientos tecnológicos avanzados proporciona un acercamiento mucho más objetivo a la realidad empírica del pasado debe ser rechazada (Wansleeben y Verhart 1997: 54). El empleo de mapas digitalizados, de fotografías aéreas, de datos de distribución, de representaciones virtuales, etc., ofrece una mayor y mejor sistematización de la información, pero nunca de dichas técnicas puede inferirse la forma y sentido en que los fenómenos analizados fueron percibidos y conceptualizados en el pasado. Como ya se apuntó, la deshumanización de los datos y la actitud distante del científico no son suficientes para generar un conocimiento más objetivo. Pero, independientemente de estas deficiencias apuntadas, lo cierto es que la atención prestada al paisaje en Arqueología ha abierto un fructífero período de experimentación metodológica de la que la disciplina, creemos, saldrá muy transformada. Al asimilar, con mayor o menor acierto, el proceso de replanteamiento teórico que recorre actualmente a las disciplinas científicas, las aproximaciones al paisaje han sido capaces de iniciar un proceso de (14) Un ejemplo podría ser la deficiente explicación ofrecida por Chistopher Tilley cuando arguye la asociación con el culto a los antepasados o los seres sobrenaturales al analizar la significación de la ubicación de los túmulos y megalitos del Cursus Dorset (Tilley 1994: 199-200). (15) Ejemplos en este sentido pueden considerarse los intentos por buscar nuevas estrategias para abordar la dimensión espacial de las sociedades del pasado (Criado Boado 1999); la aplicación de criterios de visibilidad en el estudio de la cultura material cerámica (Cobas Fernández y Prieto Martínez 1998); o los esfuerzos realizados en la búsqueda de nuevos métodos de excavación (Hodder 1997). renovación metodológico que, aún con numerosas imperfecciones, permite aproximarse a esferas tradicionalmente desatendidas en la práctica arqueológica. Así, y como bien ha demostrado Felipe Criado, las estrategias que plantea la Arqueología del Paisaje presentan un gran valor metodológico por cuanto ofrecen un instrumento útil no sólo para definir la actitud socio-cultural hacia el espacio, sino también para analizar estrategias sociales e ideológicas a través del registro arqueológico (Criado Boado 1991: 25). Es decir, el paisaje, entendido de la manera en que se ha descrito en estas líneas, pretende superar, en última instancia, las limitaciones que el registro arqueológico impone a las inferencias sobre el pasado, ir más allá de la mera concreción del registro e intentar superar los límites físicos de los objetos analizados. Deseo expresar mi gratitud a los miembros del Grupo de Debate sobre Teoría Histórica de la Universidad de La Laguna, así como a Francisco Pérez Caamaño, a la Dra. Maria McMahon y al Dr. Dimas Martín Socas por los comentarios tan acertados que realizaron al borrador de este texto.
Este artículo presenta los resultados obtenidos a través del estudio multidisciplinar del registro arqueológico del nivel D del yacimiento de Payre (Ardèche, Francia) datado entre el final del OIS 6 y el comienzo del OIS 5. El análisis conjunto de la industria lítica y de los restos óseos recuperados en el yacimiento y de la gestión de dichos recursos dentro y fuera de él, ha hecho posible la comprensión de los comportamientos humanos de los grupos neandertales que lo ocuparon. Dicho estudio nos ha permitido poner en relación el tipo de explotación del territorio de caza y de captación de materias primas, dentro del marco de ocupaciones estacionales de corta duración desarrolladas probablemente entre el final del otoño y el principio del invierno. El yacimiento arqueológico de Payre es uno de los escasos yacimientos musterienses del valle medio del Rhône datado entre los estadios isotópicos 7 y 5. A parte de las cuevas de Soyons (el Abri Moula y el Abri des Pêcheurs) (Moncel 1997; Moncel et al. 2004) más al norte, el resto de yacimientos conocidos hasta hoy se concentran a lo lar-*(*) Département de Préhistoire. go de las gargantas del Ardèche, hacia al sur, y están datados en el estadio isotópico 4. El yacimiento de Payre esta formado por diferentes niveles arqueológicos ricos en material lítico, fauna y restos humanos. Este hecho ha permitido por un lado, definir las características de los grupos humanos preneandertales y neandertales que han ocupado el valle del Rhône entre los 200 000 y 80 000 años, y por otro, conocer las actividades realizadas en relación al uso y gestión de los recursos utilizados. El OIS 5 o interglacial Riss-Würm según la terminología clásica, es el periodo en el que se encuadra el registro arqueológico del nivel D de Payre (Masoudi et al. 1996). Las curvas isotópicas marinas y las secuencias polínicas coinciden en la subdivisión de este penúltimo interglaciar (OIS 5) en cinco fases, identificando una primera fase más templada que la actual, el OIS 5e (Eemiense), seguido de fases donde se alternan momentos fríos y cálidos, del OIS 5d al OIS 5a (Lowe y Walker 1997; Shackelton et al. 2002; Lebreton et al. 2004). El Eemiense se instala rápidamente y permanece estable durante el corto periodo cronológico que abarca. Las secuencias polínicas de Europa occidental y central para el OIS 5 identifican una gran cobertura forestal compuesta principalmente de Quercus y Carpinus, ocasionada debido a la mejora climática que se extiende hacia las latitudes más septentrionales (secuencias francesas del Lago de Bouchet, La Grande Pile, Les Echets) (Andrieu et al. 1998). Por el contrario, la vegetación mediterránea perdura largo tiempo en el sur de Europa (Beaulieu y Reille 1989; Woillard 1978). En Europa central, las secuencias de algunos yacimientos como los de Taubach, Ganovce, Bojnice y Tata (Vertès 1964; Svoboda 2002) atestiguan la presencia de un bosque cerrado en un contexto caluroso y húmedo. Los grupos humanos se expandieron probablemente hacia territorios abandonados previamente y que durante el OIS 5e se han abierto de nuevo gracias al retroceso de los glaciares. Mesetas, valles y cuencas, separadas o no por barreras geográficas ofrecieron un gran mosaico de posibilidades. Esta expansión se refleja en una proliferación del número de yacimientos durante un periodo en el que los grupos de neandertales estabilizan sus características anatómicas. En relación a la tecnología lítica, aunque algunas tradiciones persistieron durante largos periodos, indiferentes a los cambios climáticos, durante el OIS 5e los métodos de talla se multiplican y se desarrollan nuevos comportamientos técnicos como es la talla laminar en yacimientos del norte de Europa (ej. Riencourt-les-Bapaume y Rheindahlen; Révillion 1995). En el oeste de Francia, Saint-Germain des Vaux es una de las raras excepciones de yacimientos datados del OIS 5. El oeste de Francia no fue ocupado antes del la bajada del nivel del mar ya que, como se ha mencionado anteriormente, permitió la apertura de grandes áreas favorables a la migraciones de fauna y de las poblaciones humanas (Monnier et al. 2002). En la Península Ibérica, los yacimientos de esta cronología son principalmente al aire libre como es el caso de Can Garriga (Gerona) (Mora et al. 1987; Rodríguez 2004), Budiño (Pontevedra) (Aguirre 1964; Senín 1995; Gracia et al. 2004) y Bañugues (Asturias) (Rodríguez 1980) entre otros. La Cueva de Bolomor (Valencia) (Fernández 2003) es uno de los raros ejemplos existentes de ocupaciones en abrigo. En el sur de Francia, las poblaciones humanas se instalan principalmente en cuevas que fueron ocupadas temporalmente y que los procesos cársticos han alterado el registro. En Italia, la mayoría de los yacimientos del OIS 5 son al aire libre y se restringen a los existentes en la zona del Lazio (Barbato et al. 1998). En cuanto al sur de Europa central, la mayoría de los yacimientos del OIS 5 son al aire libre y están relacionados con los ambientes sedimentarios tra-(1) Crégut-Bonnoure, E. 2002: Les Ovibovini et Caprini (mammalia, Artiodactyla, Bovidae, Caprinae) vertínicos como es el caso de Tata (Hungría). Khulna (República Checa) es el ejemplo de ocupación en abrigo (OIS 5e-5a) (Valoch 1988). La densa cobertura forestal podría haber limitado la diversidad faunística y a la vez, haber dificultado la movilidad de los grupos humanos. El nivel D de Payre, última ocupación del yacimiento datada del final del OIS 6 y comienzo del OIS 5, aporta nuevos datos para la comprensión del Paleolítico medio de este periodo interglaciar. A través de los estudios estratigráficos y sedimentológicos de las diferentes fases de relleno de la secuencia estratigráfica, se ha constatado que los homínidos habitaron en una cueva que se hundió con el retroceso de la ladera. Las ocupaciones se sucedieron reiteradamente en este mismo enclave durante más de 200 000 años, lo que induce a pensar que la morfología del yacimiento fue indiferente para las poblaciones que lo ocuparon y que habría sido su posición " estratégica " y los recursos proporcionados por el medio ambiente del entorno la razón de la constante ocupación de la cavidad. EL YACIMIENTO DE PAYRE Localización e historia de las investigaciones El yacimiento de Payre se localiza a 25 km al sur de Valence, en la comuna de Rompon (Ardèche, Francia). Se sitúa a 60 m sobre el lecho del río Payre en el margen derecho del valle del Rhône, sobre un promontorio rocoso orientado hacia el sureste (Fig. 1). Esta situación geográfica del enclave, parece haber atraído a los grupos de neandertales que ocuparon la región, ya que es idéntica a la de otros yacimientos de la zona, como es el caso de las cuevas de Soyons (Moncel 1997; Moncel et al. 2004). Secuencia estratigráfica y dataciones La secuencia estratigráfica esta compuesta de 5 grandes conjuntos, G, F, E, D y A-B, subdivididos en diferentes niveles. Los conjuntos G, F, y D han proporcionado la mayor cantidad de material arqueológico y tan sólo dentro de los conjuntos G y F se han podido diferenciar distintos momentos de ocupación. La formación de la secuencia sedimentaria de 5 m de espesor, datada por medio de los métodos del U/Th y del ESR (sobre huesos, dientes y plancha estalagmítica) y por el método de la Termoluminiscencia (Moncel 1993; Masaoudi et al. 1996; Moncel et al. 2002; Moncel et al. e. p.) se puede resumir en (Fig. 2): -deposición de una plancha estalagmítica sobre los dos bordes de la cavidad, durante el OIS 7. -un primer conjunto (G) de arcillas naranjas formada por gravas gruesas, plaquetas y bloques, se deposita en la cavidad. Este conjunto incluye las dos fases de mayor impacto de ocupación con restos humanos asociados. Dichos restos se componen de una decena de dientes y de un fragmento izquierdo de parietal que pertenecen a 3 o 4 individuos diferentes (infantiles, adolescentes y adultos), distribuidos en un perímetro limitado y a la misma profundidad (Moncel y Condémi 1996, 1997). Este depósito esta datado del OIS 7. Los datos proporcionados por la microfauna muestran que se trataría de un depósito formado bajo un clima frío y seco (Moncel et al. 2002) (2). -un segundo conjunto (F) con las mimas dataciones y con el mismo tipo de sedimento pero de color grisáceo, se forma a continuación en la cueva. Durante este periodo las ocupaciones humanas y animales se alternan. Los pólenes indican un medioambiente semi-boscoso con una tendencia mediterránea (Kalaï et al. 2001). Este resultado está en contradicción con los datos proporcionados por la microfauna que evidencian una continuación del clima frío y seco (selección de especies y desplazamiento de los restos óseos realizado por las rapaces..?). -el derrumbamiento masivo del techo a lo largo del comienzo del OIS 5 (o fin del OIS 6) pudo poner en contacto la cueva con otra cavidad situada justo por encima. El conjunto E es una acumulación de piedras y bloques. Los pólenes y la microfauna indican un medio ambiente más templado. -el techo retrocede cada vez más y la última gran fase del depósito sedimentario se efectúa en parte al aire libre (conjuntos C y D). Los homínidos frecuentan todavía el yacimiento durante el OIS 5. Los conjuntos B y A, superficiales, corresponden a los aportes sedimentarios del karst, todavía activo y arqueológicamente estériles. En la actualidad, tan sólo quedan fragmentos del techo de la antigua cavidad en el nivel de los bancos de caliza del acantilado (Fig. 2). LAS ACTIVIDADES EN EL EXTERIOR DEL YACIMIENTO: USO CINEGÉTICO Y MINERAL DEL TERITORIO Qué territorio de caza? De los 15 983 restos óseos encontrados en el nivel D, n=1123 se han identificado como pertenecientes a grandes mamíferos, los cuales han permitido contabilizar un mínimo de 75 individuos (Tab. Las especies predominantes tanto en número de restos como en número mínimo de individuos, son el ciervo común (Cervus elaphus) y el oso de las cavernas (Ursus spelaeus). Dentro de las especies representadas, algunas han muerto de forma natural en el yacimiento y otras han sido cazadas o carroñeadas y aportadas por los homínidos o los carnívoros (Tab. El oso de las cavernas (Ursus spelaeus) cuenta con al menos 8 individuos, repartidos en: un individuo joven, un sub-adulto, un adulto joven, un adulto, tres adultos mayores y uno senil. Existe un predominio de los individuos adultos y seniles, cuya presencia podría explicarse debido a su muerte durante el periodo de hibernación, quedando sus restos en el yacimiento. En el caso de los individuos más jóvenes y debido al escaso número de restos encontrados, es difícil plantear una posible interpretación en relación al origen de su muerte. Cervus elaphus es una de las especies que ha sido transportada al yacimiento. Está representada por 11 individuos pertenecientes a todos los grupos de edad (3). Los adultos son mayoritarios (dos adultos juveniles, cuatro adultos y dos adultos seniles) lo que sugeriría una predación antrópica. En efecto, los homínidos eligen en general, cazar los adultos ricos en contenidos cárnicos, mientras que los carnívoros atacan preferentemente a los individuos jóvenes o seniles. Dentro del conjunto óseo se han encontrado, un puñal de asta, un asta de muda y tres fragmentos de húmero, pertenecientes al menos a dos ciervos machos. La proporción de individuos jóvenes (9%) es muy baja y si se tiene en cuenta que éstos van acompañados de las madres en las manadas, podemos suponer que las hembras con los cervatillos habrían sido cazados de manera preferencial. Esto puede inferirse también debido a la ausencia total de astas de masacre. La presencia de un germen de diente en erupción dentro de una mandíbula, que permite estimar su edad entorno a dos años y medio (los cervatillos nacen en junio) podría indicar que su caza se habría llevado acabo durante el final del otoño o el principio del invierno. Sin embargo, siendo limitada la población estudiada y escasos los datos relacionados con la estacionalidad, es delicado proponer una reconstitución exacta de la composición del grupo abatido y de la estación en la que se llevó a cabo la muerte de los individuos por el momento. Los estudios en curso sobre este tema aportaran nuevos datos que permitirán corroborar o desmentir estas hipótesis. Los restos pertenecientes al esqueleto axial son escasos consecuencia probable de la conservación diferencial de los huesos. A pesar de ello, la representación de los elementos anatómicos indica que al menos un individuo habría sido transportado entero al yacimiento. Por otra parte, se han observado estrías y estigmas de fracturación antrópica (n=8) así como de la acción de los carnívoros (n=2) sobre los restos de ciervo (Tab. Por tanto, según los resultados obtenidos, parece que los neandertales de Payre podrían haber practicado una caza orientada esencialmente hacia la especie Cervus elaphus, sobre todo manadas de hembras e individuos juveniles, durante un periodo que como antes hemos mencionado, podría corresponderse con el final del otoño y el principio del invierno. Contrariamente al oso de las cavernas, el ciervo habría sido aportado al yacimiento por los homínidos. La mayoría de los herbívoros, a parte del Cervus elaphus, habrían sido cazados o carroñeados por los homínidos. Los restos de corzo (Capreolus capreolus), de caballo (Equus caballus), de Uro (Bos primigenius) y de rinoceronte de Merck (Stephanorhinus mercki) muestran marcas antrópicas (estrías o fracturación, Tab. 2), mientras que el jabalí (Sus scrofa), representado por un individuo joven y otro senil, no presenta este tipo de marcas. Este hecho podría mostrar que estos individuos provendrían de la predación de algún carnívoro. La caza o el carroñeo antrópico parece de tipo oportunista debido a que el número de individuos de cada especie, excepto en el caso del ciervo, no es muy elevado (de 1 a 3 individuos). Se debe añadir a estas especies el oso pardo (Ursus arctos), que podría haber sido cazado o carroñeado por su piel, ya que se han encontrado estrías de despellejado sobre una falange (Tab. Todas las especies cazadas o carroñeadas representadas en el registro se podrían haber obtenido en el entorno próximo al yacimiento, tanto en la zona de penillanura, como en las laderas o en los márgenes de los ríos Payre y Rhône. El territorio de caza podría haberse limitado a estas zonas. El predomi-nio del Cervus elaphus tendría dos posibles interpretaciones: 1) voluntario, justificando una ocupación en época fría (otoño-invierno) condicionada por la presencia de estos animales en abundancia en el medioambiente en esos momentos; 2) accidental, con una elección de esta especie que sería la más abundante en el entorno del yacimiento en el momento de su ocupación (Bouteaux 2003). Qué territorio para la obtención de materias primas?: áreas de captación El sílex es la materia prima más utilizada (Tab. 5), tanto bajo la forma de nódulos roda-Tab. Estigmas de origen biológico identificados sobre los huesos del nivel D: detalle de los conteos (NR: número de restos; FRACT: marcas de fracturación; ESTR: estrías; CARN: marcas producidas por carnívoros). dos o de cantos. La captación para la mayoría de tipos diferenciados se realizó en un área de unos 20 km 2. Los nódulos de sílex localizados en los bancos de caliza de la cueva (Tithoniense) sólo se han utilizado de manera puntual, ya que están muy diaclasados. Una gran parte de los nódulos pueden provenir de la meseta meridional de Rochemaure-Meysse situada entre 10 y 15 km (Barremiense y Beduliense) y se completaría con cantos de sílex del valle del Rhône, muy cercano al yacimiento. La proporción elevada de nódulos rodados atestiguan una colecta frecuente en posición secundaria que pudo llevarse a cabo en los pequeños valles de la vertiente norte del macizo de Rochemaure-Meysse a pocos kilómetros del yacimiento (5-8 km). El resto de rocas proceden de las inmediaciones del yacimiento, en particular en el caso del basalto, del cuarzo y de la caliza margosa recogidas en el río Payre. Los materiales como la cuarcita, los cantos de caliza silicificada o los cantos de sílex provienen del valle del Rhône (Moncel 2002; Fernándes y Moncel 2004) (Fig. 3). El material más utilizado, en este caso el sílex, provendría de una zona más alejada que para el resto de materiales, indicando quizás una cierta anticipación de las ocupaciones (Kuhn 1992;1995). Podemos decir por tanto, que la colecta ha sido local y semi-local, recorriendo para ello una zona mas amplia que en el caso de la captación de los recursos animales. Los resultados del estudio del registro lítico muestran que las materias primas utilizadas tienen una gestión diferencial a nivel técnico según su aptitud, la forma y sobre todo del tamaño del soporte del que provienen. En relación a este hecho, las modalidades de introducción en el yacimiento son variadas según el tipo de roca. Existe una fragmentación de la cadena operativa para la mayoría de las materias primas utilizadas. Las únicas dos rocas de las que ha sido posible identificar todos los momentos de la secuencia operativa dentro del yacimiento son el sílex y el cuarzo, por lo que además de en forma de lascas, también se han introducido cantos y nódulos ente-Tab. Tipos de tratamiento de las rocas durante las diferentes fases de ocupación. ros o descortezados (posiblemente testados previamente). Desarrollo de los primeros estadios de las cadenas operativas y fragmentación de estas: el aporte de lascas y objetos retocados El lugar de tratamiento para la mayor parte de las materias primas identificadas en el registro lítico se ha desarrollado al menos en parte en el interior del yacimiento. Sin embargo, los primeros estadios de las cadenas operativas para la mayoría de las rocas se han realizado esencialmente fuera del yacimiento (en las orillas del Payre o del Rhône). El ejemplo más claro es el del basalto, la caliza y la cuarcita cuya captación se realiza en las inmediaciones del yacimiento (Moncel 2003) (Figs. El hecho de que sean las materias primas cuyos soportes de origen son de mayor tamaño (grandes Fig. 3. Mapa de las áreas de captación de la materias primas líticas. cantos entre 50 cm y 1 m) lo que hace suponer que el tratamiento en el exterior del yacimiento se debería a que el volumen de estos grandes cantos haría difícil su transporte, por tanto, la introducción bajo la forma de soportes ya transformados (lascas de diferentes tamaño retocadas o no) permitiría un transporte más factible. Tras realizar los primeros momentos de la cadena operativa fuera del yacimiento, la cuarcita y el basalto se introducen en forma de grandes lascas (75-150 mm) la mayoría corticales con una extremidad convergente y con amplios filos cortantes, para la configuración de útiles de gran formato. En el caso de la caliza y el cuarzo la aportación se realiza en forma de las lascas de mediano formato retocadas o no. De manera puntual, se ha documentado también para el sílex el aporte de lascas de gran formato sin modificar normalmente corticales, que provendrían de las fuentes de captación más alejadas (Fig. 4). Los objetos retocados realizados sobre estas grandes lascas son excepcionales y raros: bifaces, piezas bifaciales periféricas y grandes raederas. Por ejemplo para el basalto, estas grandes lascas corticales tienen levantamientos no muy profundos que abarcan como mucho la mitad o dos tercios de los bordes. Una de las caras presenta siempre levantamientos menos abruptos. El adelgazamiento de las piezas sobre una de las caras produce una sección plano-convexa de los configurados. En el caso de la cuarcita (Fig. 5) se han encontrado dos 2 útiles unifaciales sobre grandes lascas de descortezado. No se ha encontrado ningún remontaje para ninguna de estas dos materias primas, a pesar de la presencia de una gran cantidad de lascas de pequeño tamaño dentro del conjunto lítico. Tanto los útiles en basalto como en cuarcita podrían ser piezas móviles, que se han transportado al yacimiento, configuradas o no, para ser reavivadas en él. Cadena operativa completa fuera del yacimiento: caliza No se ha encontrado ningún núcleo. Las lascas no han sufrido ningún tipo de modificación, excepto 2 piezas con marcas de utilización sobre uno o dos de los bordes. Podrían provenir tanto de las fases de explotación (lascas de descortezado, con talón y borde corti-cal...) como de las fases de configuración (lascas sin córtex con negativos centrípetos) que se realizarían íntegramente fuera del yacimiento. Parece existir una selección de distintos tipos de productos, normalmente de gran formato (lascas o fragmentos) con una extremidad convergente y con amplios filos cortantes, que son los soportes que se han transportado al yacimiento (Moncel 2003). Recuperación de material sin transformación Se ha encontrado un fragmento de cristal de roca (35x15 mm) que presenta marcas de utilización sobre el filo más amplio y agudo. La localización puntual de estas marcas no deja duda de su origen antrópico sobre una pieza no transformada, utilizada tal vez por su aspecto y por su carácter insólito. Se han recuperado también algunos fragmentos en la caliza que forma el abrigo con marcas que podrían tener origen antrópico. Este hecho podría mostrar una posible utilización del material del interior del abrigo, sin poder incluirlos en ninguna de las cadenas operativas identificadas para el mismo tipo de roca. LAS ACTIVIDADES EN EL YACIMIENTO: HÁBITAT EN ABRIGO Actividades de tratamiento de las carcasas de los grandes mamíferos Los restos óseos del nivel D han sido en su mayoría aportados por los homínidos (ciervo, uro, corzo, caballo, rinoceronte, gamo, cabra) o por los carnívoros (incluyendo además el jabalí, Sus scrofa, que es un ungulado que en ocasiones presenta un comportamiento esporádico de carroñero) como consecuencia de la caza o del carroñeo. La explotación de estas especies se ha llevado a cabo principalmente dentro del yacimiento. El oso de las cavernas (Ursus spelaeus) podría considerarse como una especie intrusiva que utilizaría el abrigo para invernar. Los neandertales de Payre no han dejado muchas marcas de carnicería sobre la superficie de los huesos (5,8% del NTR, Tabla 4), aunque este hecho es frecuente en los yacimientos de Paleolítico medio (Fernández-Laso 2004; Chacón y Fernández-Laso 2005). Tan sólo un 0,4 % del NTR presenta marcas de corte aisladas y en torno a un 0,2% del NTR muestra marcas antrópicas de fracturación (puntos de impacto, esquirlas bulbares, muescas, lascas, conos y negativos de percusión). Por último, un 3,3 % del material óseo presenta alteración térmica producida por fuego (Tab. Estas trazas permiten reconstituir las diferentes etapas del tratamiento de las presas fuera y dentro del yacimiento (Patou-Mathis 1997): Se han encontrado estrías de descuartizamiento sobre un cráneo de Stephanorhinus sp., sobre una falange proximal de Ursus arctos y sobre un fragmento proximal de falange de Cervus elaphus. Dichas marcas podrían mostrar que esta etapa del tratamiento tuvo lugar fuera del yacimiento con el fin de transportar las presas en cuartos hacia el interior del abrigo. Se han encontrado estrías de desarticulación sobre cinco restos de Cervus elaphus, dos restos de Stephanorhinus sp., uno de Equus (caballus), uno de Dama dama, uno de Capreolus capreolus, uno de cérvido indeterminado y uno de bóvido (Tab. Entre las esquirlas indeterminadas, diecinueve fragmentos de diáfisis de huesos largos presentan estrías que pueden corresponder a la fase de descarnado de la carcasa. Por otra lado, las marcas de facturación antrópica se han evidenciado sobre 47 restos identificados (3,6 % del NRDt y 0,3% del NTR, Tab. 2) pertenecientes a ciervo, a caballo, a un bóvido y a una cabra montesa. Entre estos restos, dos huesos del tarso muestran estigmas de fracturación (puntos de impacto) que procederían probablemente del proceso de desarticulación de la carcasa: un fragmento de talus derecho (astrágalo) de Cervus elaphus con una traza de impacto sobre la parte superior y un cuneiforme izquierdo de Bos sp. Las marcas de fracturación sobre huesos largos podrían atestiguar la recuperación de la medula ósea por parte de los homínidos. Cervus elaphus es la especie con mayor número de marcas de origen antrópico, ya sean estrías o marcas de fracturación. A excepción de Cervus elaphus, no podemos saber si el resto de especies consumidas (Stephanorhinus sp., Dama dama, Capreolus capreolus y Bos sp.) fueron cazadas o carroñeadas. Estos resultados sugieren que a excepción de un individuo de ciervo y otro de bóvido, la mayoría de las especies han sido aportadas al campamento en cuartos. Por tanto, todo parece indicar que el tratamiento de las carcasas comenzaría en el lugar de caza con el fin de poder transportar más fácilmente las presas ya descuartizadas. El tratamiento secundario, es decir, la desarticulación, la descarnación y la recuperación de la médula ósea, se llevaría a cabo dentro del abrigo o tal vez en frente de él (en la vertiente de la terraza), lo que podría explicar la inexistencia de ciertos elementos esqueléticos (Bouteaux 2003). Por último, 518 huesos (3,3% del NTR) presentan marcas de calcinación (Tab. Normalmente son restos de pequeño tamaño (< 2 cm.) constituidos casi exclusivamente por fragmentos óseos indeterminables (sólo se han podido identificar dos restos óseos). Parece por tanto que los neandertales de Payre podrían haber utilizado los huesos como combustible en el interior del abrigo (Théry-Parisot 2001). El consumo de carne cruda es muy probable, pero no se ha podido identificar con seguridad ninguna traza o marca que lo confirme con seguridad. A parte de las marcas antrópicas identificadas en los huesos, los carnívoros también han dejado su impronta sobre ellos. El porcentaje es muy bajo (0,2 % del NTR, Tab. 2 y 4) y se localizan principalmente sobre los huesos pertenecientes a carnívoros. Se trata de canales o surcos, marcas de caninos (improntas de cúspides) y de roído (mordisqueo) sobre 20 restos (0,1% del NTR) que podrían atribuirse a la acción de los cánidos (zorros y lobos). Algunos fragmentos óseos (5 restos, 0,03% del NTR) muestran todas las características de haber sido regurgitados. El agente de alteración puede ser múltiple (Sutcliffe 1970; Fosse 1994 ham 2000), pero teniendo en cuenta la naturaleza de las otras marcas presentes en el material óseo asociadas a los cánidos podrían provenir también de la acción de éstos. Por último, hay que señalar que no se ha encontrado ningún coprolito en el nivel D. Además de las marcas mencionadas hasta el momento, se han observado otras alteraciones sobre la superficie de los huesos cuyo origen es más dudoso. Los estigmas característicos de fracturación dinámica sobre hueso fresco (Villa y Mahieu 1991) están presentes en un 6,1% del material óseo (0,5% del NTR, Tab. Su agente no ha podido diferenciarse con precisión desgraciadamente, debido a que este tipo de marcas puede estar producido por la acción antrópica (recuperación de la médula ósea, desarticulación), por los carnívoros, o ser totalmente accidental. Por otra parte, se han observado marcas de arrastre en forma de estrías sobre 74 fragmentos indeterminables (0,5% del NTR, Tab. La identificación del agente responsable de este tipo de estigmas es también problemático, sin embargo, su baja proporción atestigua un rápido enterramiento de los restos (4). Actividades técnicas y transformación de los artefactos Las actividades técnicas realizadas dentro del yacimiento se limitan tan sólo a tres materias primas: el basalto, el cuarzo y el sílex (Tab. El basalto (Fig. 4) esta presente en la forma de cantos enteros y fracturados. Normalmente son planos, de forma oval o cuadrangular de entre 40 y 300 mm. En algunos de los cantos enteros a pesar del alto grado de la alteración de la roca, se han encontrado marcas ("escamaciones") localizadas sobre los ángulos, aristas o partes más estrechas del canto, raramente sobre los bordes o alguna de las caras, que mostrarían su utilización en diferentes actividades (percutores para la talla, procesamiento de las carcasas animales....). Los útiles configurados sobre canto en basalto son unifaciales y se realizan sobre los soportes de tamaño medio. Los filos tienen ángulos comprendidos entre 30 y 80° y muestran marcas de utilización. Los objetos retocados son casi inexistentes al igual que los núcleos. La mayoría de las lascas normalmente de mediano y gran formato, son corticales o de descortezado y procederían de la configuración de los útiles sobre canto. Lo esencial de la serie en cuarzo (Fig. 4) esta constituido de lascas, de un sólo útil sobre canto y de 6 núcleos (4 discoides y 2 multidireccionales, con levantamientos centrípetos o unipolares convergentes, siendo uno de ellos sobre lasca). No se ha podido realizar ningún remontaje. Las lascas son mayoritariamente corticales, de pequeño formato (10-40 mm) y espesas. Un sólo borde esta retocado o "utilizado". Parece que el objetivo era la búsqueda de filos cortantes que se han utilizado, ya sea retocados o no. De entre todas las materias primas reconocidas, tan sólo el conjunto lítico en sílex cuenta con los productos procedentes de todos los momentos de la cadena operativa (Fig. 6). Tanto las secuencias de explotación como las de configuración se habrían realizado íntegramente dentro del abrigo, a parte de la introducción de algunas lascas de gran formato, como ya se ha mencionado anteriormente. La mayor parte del registro lítico en sílex está formado por los productos derivados de las secuencias de talla. La categoría estructural predominante son las lascas junto con los objetos retocados (Tab. Por tanto, aunque la explotación de los núcleos constituiría la actividad técnica predominante, el porcentaje tan elevado de objetos retocados mostraría que los procesos de configuración fueron igualmente importantes. Los núcleos tan sólo constituyen un 2,83% del registro lítico. El método discoide es el sistema operativo más utilizado en el sílex. Los volúmenes de los núcleos se conciben divididos en dos superficies secantes, delimitadas por un plano de intersección que se corresponde con el horizontal y que se explota unifacial o sobre todo bifacialmente. Los núcleos se encuentran generalmente en las fases finales de la secuencia operativa. Para el resto de materias primas los métodos de talla son menos estructurados, y se limitan a la intervención unifacial o como mucho bifacial de algún canto, nódulo o fragmento para la obtención de algunas lascas sin un esquema técnico predeterminado. Las características morfotécnicas (talones tipo plataforma, unifacetados, ángulo de talón muy abrupto, grado de facetado dorsal bajo, levantamientos centrípetos y multipolares, gran porcentaje de lascas abruptas....) de las lascas corroboran que el método de talla principal es el discoide (Boëda 1993; Boëda 1990). Existe también un número de lascas cuya atribución a un método de talla específico es más difícil, ya que podrían provenir tanto del método principal, como de los núcleos ortogonales y multifaciales, o de la aplicación de secuencias de explotación sobre las propias lascas, ya que estas y en relación a la economía de la materia prima son recicladas y convertidas en núcleos (Fig. 7). En cuanto a los objetos configurados (Tab. 5) el tipo de soporte utilizado mayoritariamente son las lascas. Los atributos morfotécnicos son los mismos que para las no retocadas, la única diferencia remarcable es el tamaño, son las lascas más grandes y más espesas las elegidas para realizar el retoque (Chacón y Moncel 2004). Sin embargo, cualquier tipo de soporte es potencialmente "retocable", como muestran los 14 núcleos que han sido transformados en útiles tras finalizar las secuencias de talla. El retoque es esencialmente unifacial y directo. Se localiza sobre los laterales, predominando el derecho sobre el izquierdo. El perímetro retocado es mayoritariamente inferior al 50% del filo de la pieza. El ángulo de retoque es principalmente abrupto y semiabrupto, y la amplitud muy marginal, aunque ninguna de las modalidades prevalece respecto a las otras. Hay que señalar además, que se ha identificado un elevado número de lascas sin modificar, que muestran posibles marcas de utilización (n=310). Existen dos tipos de útiles predominantes. Las raederas son de todo tipo (laterales, simples, dobles, convergentes....). El retoque muestra una intensidad y amplitud muy elevada aunque no suele modificar la morfología de la pieza. En cuanto a los útiles convergentes, el porcentaje es muy alto en relación a los existentes en otros yacimientos europeos (Tuffreau 1993; Rigaud 1988). Los objetos convergentes ya sean retocados o no, muestran igualmente a nivel macroscópico marcas de utilización (Crushing). La mayoría presentan en su extremidad distal signos de un microlevantamiento o una fractura de entre 3 y 5 mm asociado a desconchamientos sobre uno o dos de sus filos (Fig. 8). Estas alteraciones son muy marcadas y repetitivas en todo el conjunto como para considerarlas provenientes de su uso. Su localización permite proponer que existen diferentes sectores activos y que la utilización concierne tanto a la punta como a los bordes cortante, pudiendo proponer que serían útiles multifuncionales. Lo estudios etnoarqueológicos y de experimentales (Knecht 1997; Ellis 1997; Shea et al. 2001;2006) proponen para el tipo de marcas encontradas en el registro D de Payre que podrían provenir del uso de estos útiles convergentes como armas de mano, o como armas arrojadizas. Los estudios traceológicos y de macrotrazas en curso aportarán más información al respecto. A partir de los datos provenientes del estudio del conjunto faunístico, el nivel D de Payre muestra ocupaciones reiteradas que podrían haberse desarrollado durante el final del otoño y el comienzo del invierno, orientadas principalmente hacia la caza de Cervus elaphus. A través del estudio zooarqueológico y tafonómico, ha sido posible identificar todas las etapas del tratamiento de las carcasas animales dentro del yacimiento al menos en el caso de un invididuo de ciervo, el resto (tanto de especies como de individuos) parece que fueron aportados en cuartos. Asociada a la caza, podría constatarse también el carroñeo de otras especies de grandes herbívoros (Tab. El conjunto lítico muestra que para una parte de los materiales el tratamiento se ha realizado en el exterior del yacimiento, para luego ser introducidos en forma de lascas de mediano y gran formato retocadas o no. Estas rocas (caliza, cuarzo, cuarcita y basalto) se localizan en las inmediaciones del yacimiento (captación local en las terrazas del Payre), hecho que muestra una gestión de las materias primas locales inusual para yacimientos de esta cronología (Geneste 1988(Geneste,1989;;Turq 2000; Vaquero et al. 1997). Las rocas situadas a proximidad del yacimiento son tratadas en el exterior y la mayoría de sus secuencias operativas se realizan íntegramente fuera. Una interpretación plausible podría ser que al provenir de cantos de gran tamaño (casi 1 m) la dificultad de su transporte, haría más fácil la introducción de los soportes ya configurados. Existe por tanto una gestión diferencial de las materias primas utilizadas tanto dentro como fuera del abrigo (Figs. Hay que remarcar que existe un total aprovechamiento de los soportes realizados en sílex, pudiendo interpretarse como una gestión económica de los recursos (Geneste 1988;1989). Al ser la materia prima de mejor calidad, pero la que tiene sus fuentes de aprovisionamiento más lejanas, los homínidos aplicarían unos criterios técnicos selectivos para economizar materia prima y obtener el máximo rendimiento de los núcleos y de los productos de talla obtenidos de ellos. El medio ambiente alrededor del yacimiento permite la instalación de biotopos en los que podían instalarse tantos los ciervos como el resto de herbívoros reconocidos en el registro, por lo que los grupos humanos podían captar los recursos faunísticos en sus inmediaciones. Por el contrario, las materias primas líticas muestran un territorio de captación más amplio (sílex entre 15 y 20 km en torno al ya- cimiento) y con diferentes direcciones de movimiento en el territorio, existiendo una preferentemente hacia el sur y el este (Fig. 3). Por el momento es imposible saber si las materias primas fueron recuperadas en los trayectos hacia el yacimiento o dentro del marco del resto de las actividades realizadas por los homínidos. La fauna permite proponer por el momento, un tipo de ocupación reiterada en el tiempo y asociada a periodos fríos (otoño-invierno). El conjunto lítico muestra en relación a las actividades relacionadas con la fauna, el registro necesario para llevar a cabo este tipo de ocupación. Este yacimiento podría interpretarse como un centro referencial de grupos con una fuerte movilidad territorial en medio ambientes diferentes en relación con la captación de recursos abióticos y bióticos (Moncel 1998;2003; Binford 1979; Féblot-Augustins 1997; Bernard-Guelle 2005). Si comparamos el conjunto superior D, con los niveles inferiores datados del OIS 7 los comportamientos técnicos líticos se mantienen estables y en relación a al conjunto faunístico la única diferencia es el aumento de especies de herbívoros predominantes. Esto podría interpretarse como resultado de ocupaciones temporales sucesivas o como ocupaciones anuales explotando diferentes biotopos y especies según la estación del año. Payre muestra una estabilidad de los comportamientos de subsistencia de los grupos humanos en relación a tradiciones sin duda comunes, a los grupos que ocuparon la región durante este amplio periodo cronológico. Dichos comportamientos de subsistencia son los mismos en los yacimientos del margen izquierdo del valle medio del Rhône (Moncel 1998;2003; Moncel et al, 2004) e incluso en los yacimientos de Paleolítico medio del macizo de Vercors localizados más al este, cerca de Grenoble (Bernard-Güelle 2002;2005). Este hecho podría tal vez mostrar la imagen de micro-territorios gestionados de manera muy puntual en un lugar y un momento dado. Las ocupaciones estacionales son en la mayoría de los casos recurrentes, lo que implicaría una transmisión del conocimiento del lugar entre los grupos humanos que lo ocuparon (Fig. 9). A los doctores, Manuel Vaquero, Jordi Rosell y Bienvenido Martínez, por la revisión de los textos. Las excavaciones arqueológicas del yacimien- FERNÁNDEZ, J. 2003: "Cova de Bolomor (La Valldigna, Valencia). Un registro paleoclimático y arqueológico en un medio kárstico". FERNÁNDEZ-LASO, M. C. 2004: "El nivel K del Abric Romaní (Capellades, Barcelona): Estudio Zooarqueológico, Tafonómico y Análisis espacial de los Restos de Macromamíferos". 1o Congreso Peninsular de Estudiantes de Prehistoria. GRACIA, F. J.; GILES, F.; CANO, J. A.; SANTIAGO, A.; MATA, E. y GUTIÉRREZ, J. M. 2004: "Evolución geomorfológica de la cuenca del río Louro en conexión
La secuencia de la Balma del Gai presenta una sucesión estratigráfica con materiales arqueológicos que abarcan un período entre ca. El registro antracológico de la secuencia es abundante y aporta datos importantes sobre el medio vegetal y las estrategias de explotación de los recursos forestales. El objetivo de este trabajo es plantear las diferentes problemáticas de este período con relación a las transformaciones del medio natural y de los cambios en las estrategias de subsistencia de los últimos cazadores recolectores. Las coníferas dominan entre los restos antracológicos en la base de la secuencia, pero el cambio climático permite el desarrollo de otros taxones que caracterizan las formaciones vegetales en el entorno de la Balma del Gai. Asimismo el cambio en las estrategias de explotación de los recursos naturales, combustible y consumo alimenticio, afectan también el registro antracológico. getación y el comportamiento humano. Desde una perspectiva paleoecológica, la antracología ha permitido conocer la evolución de la cobertura vegetal de este período de forma específica. Durante las fases de transición Pleistoceno-Holoceno el clima, y en consecuencia la cobertura vegetal, en la Península Ibérica sufre una transformación importante. La antracología permite observar de forma muy precisa estas evoluciones desde un ámbito local, a través de las formaciones arbóreas y arbustivas. Por otra parte, los datos arqueológicos de estas cronologías muestran un cambio de la organización económica de los grupos de cazadores-recolectores (Aura et al. 2002;2005; Hockett y Haws 2003; Saladié y Ibáñez 2004). Esta transformación, bien caracterizada desde una perspectiva tecnológica y cinegética, tiene también implicaciones en la explotación de los recursos forestales. La dirección hacia una caza de presas pequeñas complementada con aportes nutricionales de moluscos y frutos caracteriza la explotación de los recursos naturales. Estas nuevas estrategias se hacen evidentes en los registros arqueológicos a partir del Paleolítico superior. La Balma del Gai se encuentra situada en las coordenadas geográficas 41o49 '00" latitud N. y 2o08' 19,5" longitud E. Concretamente se sitúa en el margen derecho de la riera del Gai, orientada hacia el SE a 760 metros sobre el nivel del mar (Fig. 1, Lám. El yacimiento se encuentra situado en el altiplano del Moianès, formado en la zona sureste de la depresión del Ebro. Este yacimiento fue descubierto por el Sr. Joan Surroca y las primeras intervenciones durante los años 1977 y 1978 las realizaron M. Llongueras y J. Guilaine. La secuencia estratigráfica estudiada por M.M. Bergadà (1998) presenta tres niveles diferentes: nivel superficial, nivel I y nivel II. El nivel superficial está formado por una tierra amarillenta de 25 cm de potencia, con materiales finos en un pro-ceso de escorrentía superficial reflejando un clima frío y húmedo con materiales de época subactual y prehistóricos en posición secundaria. Por debajo, encontramos el nivel I, con una potencia de unos 50 cm en la zona exterior y 60 cm en la zona en contacto con la pared del abrigo. Corresponde al nivel con ocupaciones epipaleolíticas no alteradas por actividades posteriores y a los que pertenece la mayor parte del conjunto de carbones estudiados por uno de los autores (EA) del presente trabajo. Sedimentológicamente está formado por una matriz de limos arenosos de color oscuro y con cierto componente de crioclastos que van aumentando a medida que nos acercamos al nivel II. Finalmente, el nivel II está formado exclusivamente por una acumulación de crioclástos y bloques de calcárea de morfología angulosa, que corresponden a un momento frío del final del Pleistoceno sin ocupación antrópica del espacio. Esta última muestra proviene del nivel II que está únicamente formado por crioclastos, como se acaba de comentar, y el escaso material arqueológico que se recupera debe considerarse como procedente del nivel I. El estudio tecnológico muestra homogeneidad en los resultados de todo el paquete, donde los raspadores y elementos de dorso están presentes de manera continua. Únicamente en las tallas superiores aparecen los primeros elementos geométricos. Además de estos objetos se ha identificado también un pulidor utilizado para la confección de mangos de puntas de flecha. Por lo que respecta a las materias primas, el sílex es la más importante. Este material procede de lugares más alejados del abrigo, probablemente de un área más meridional. Los materiales subsidiarios, de menor importancia cuantitativa, cuarzo y caliza principalmente, pudieron obtenerse en el área más próxima al abrigo en forma de cantos rodados que aun hoy se pueden recuperar en los conglomerados y a lo largo de los cursos fluviales más cercanos (Mangado y Nadal 2001). El estudio de la fauna muestra los siguientes taxones: Oryctolagus cuniculus, Erinaceus europaeus, Lynx pardina, Vulpes vulpes, Canis sp., Sus scrofa, Cervus elaphus, Capra pyrenaica y Columba palumbus. Cabe señalar en el registro la presencia de un útil en asta de ciervo que presenta un redondeamento/pulido en la parte distal que ha sido interpretado como un pulidor o un mango. Por lo que se refiere a la malacofauna terrestre el taxón más representativo es Cepaea, y la acuática presenta una mayor diversidad con: Dentalium vulgare, Glycymeris glycymeris, Glycymeris violascens, cf. Mytilus galloprivincialis, Columbella rustica, Pecten jacobaeus, Hinia reticulata, Hinia costulata, Cyclope pellucida y Uninoidea ind. Muchos de ellos presentan transformaciones antrópicas con el objetivo de convertirlos en objetos de decoración (Estrada et al. 2004). En general las ocupaciones de este yacimiento se caracterizan por la explotación sistemática del conejo y más concretamente por la manufactura de la piel de este animal. Además, los restos de industria con colorantes y otros restos de ocre y la industria (raspadores) recuperados nos remiten, nuevamente, a esta actividad. Con anterioridad a este estudio antracológico, J.L.Vernet realizó el análisis de las muestras recuperadas durante las excavaciones de los años setenta (Bazile-Robert 1980; Guilaine et al. 1982). Los datos taxonómicos determinados son similares a los obtenidos en este estudio, pero debido a que no podemos realizar una correlación exacta por niveles no los utilizaremos en este trabajo. En el estudio se identificaron diversos taxones en los niveles correspondientes a la estratigrafía descrita hasta el momento. En el nivel 3 (base de la secuencia) aparecen Pinus sylvestris/nigra y Betula verrucosa, en el nivel 2 Amygdalus (Prunus amygdalus), Pinus sylvestris/nigra, Pinus nigra ssp. salzmanni, Prunus mahaleb, Prunus spinosa, Buxus sempervirens, Phillyrea cf. angustifolia y Rhamnus catharticasaxatilis. Finalmente en el nivel 1 (techo de la secuencia) identificaron Amygdalus (Prunus amygdalus), Pinus sylvestris/nigra, Juniperus sp., Prunus spinosa y Acer monspessulanum. En la Balma del Gai se ha realizado un muestreo sistemático del material antracológico que permite interpretar, de forma muy precisa, los cambios ambientales y culturales en la secuencia. Durante la excavación se recogen de forma manual todos los fragmentos de carbón visibles. Cada uno se envuelve en papel de aluminio, se coordena y etiqueta como cualquier otro artefacto. Este sistema de muestreo permite analizar espacialmente los resultados antracológicos. Además, la totalidad del sedimento se recoge y se procesa a través de la flotación manual permitiendo recuperar el material de menor tamaño. El sedimento se recoge por cuadros y tallas de 5 centímetros de espesor con el fin de limitar el espacio de recogida y poder poner en común los resultados de ambos muestreos. Hasta el momento se ha estudiado la totalidad del material recogido de forma manual (hasta la campaña de 2004) y únicamente se ha estudiado de forma parcial el material procedente del tamizado. El análisis antracológico está basado en la identificación taxonómica de los carbones procedentes de secuencias arqueológicas. El análisis de los carbones de la Balma del Gai se ha realizado utilizando las técnicas habituales de la antracología (Chabal et al. 1999). Para la identificación se ha utilizado un microscopio óptico de luz reflejada con fondo claro y oscuro. Cada uno de los fragmentos se parte con las manos con el fin de observar los tres planos anatómicos de la madera. Asimismo la identificación se apoya en los diversos atlas de anatomía de la madera (Greguss 1955; Jaquiot et al. 1973; Schweingruber 1990) y una colección de referencia de especies actuales. La cuantificación de los resultados se basa en el número de fragmentos. Asimismo se realizó un ensayo a partir del peso de una muestra con el fin de valorar las diferencias entre uno y otro método cuantitativo. Los resultados de este análisis no proporcionaron grandes diferencias (1). RESULTADOS DEL ANÁLISIS ANTRACOLÓGICO La Balma del Gai se caracteriza por un paquete continuo con un rango cronológico de 4.000 años en pocos metros de potencia, en este caso 1.50 m. Una concentración de estas características no permite ver grandes diferencias estratigráficas a no ser que los materiales conservados presenten diferencias importantes. En este caso, el registro lítico y faunístico presenta algunas diferencias significativas (2) (Mangado y Nadal 2001). Para interpretar con una mayor fiabilidad los datos antracológicos se ha procedido a la agrupación de las tallas con relación a las dataciones obtenidas y así podremos señalar la tendencia de cada taxón en la secuencia. De este modo pretendemos observar si existen diferencias que puedan relacionarse con momentos climáticos o cambios en las estrategias de explotación de los recursos vegetales. En total han aparecido 13 taxones diferentes (Tab. Los taxones más abundantes, como Pinus tipo sylvetris/nigra, Acer, Juniperus, Prunus, Rhamnus cathartica/saxatilis y Maloideae, aparecen en todas las tallas. Otros taxones como Betula, Buxus sempervirens, Clematis, Leguminosae y Populus/Salix, aparecen de forma esporádica. En cuanto a la representatividad de cada taxón observamos algunas diferencias entre la recogida manual y el tamizado (Tab. Este hecho parece estar relacionado con el grado de fragmentación de cada especie. Éste puede ser debido a la especie (tipo de madera), a su estado de degradación y a la propia combustión. Se ha comprobado experimentalmente que algunas especies tienen una diferente fragmentación y reducción de masa (Bazile-Robert 1982) (3). Por lo tanto, las especies que se fragmentan más producirán más restos en la fracción del tamizado. Las más resistentes tendrán fragmentos más grandes y proporcionarán carbones mayores que se recogen manualmente. Así pues, Acer sp. que es una especie más dura presenta más fragmentos en la fracción más grande. En cambio el pino proporciona un porcentaje más elevado en la fracción del tamiz (Tab. La identificación taxonómica de los carbones no siempre permite reconocer la especie. Esto es debido a varias causas: a los problemas tafonómicos, a que los caracteres anatómicos no sean visibles y a la poca variabilidad taxonómica dentro de un grupo de especies de la misma o distinta familia. En la Balma del Gai nos encontramos frente a todas estas categorías. Por ejemplo Pinus sylvestris/nigra agrupa a dos especies idénticas anatómicamente, cuya única distinción puede realizarse en la interpretación a partir de criterios biogeográficos. Otro caso es el de Prunus sp. que, si bien no se puede diferenciar, muestra cierta variabilidad anatómica en el registro de la Balma del Gai. Es decir que probablemente crecía más de una especie de este género. A pesar de la dificultad que supone la identificación de estos taxones encontramos en la literatura la identificación de Prunus sp. En algunos análisis del NE peninsular se ha determinado Prunus avium, Prunus spinosa, Prunus mahaleb y Prunus amygdalus, Prunus cf. spinosa (Bazile-Robert 1980; Piqué 1995; Zapata 2001) (4 y 5). No obstante, consideramos que es más adecuado y fiable utilizar otra categoría como "tipo" o "cf." en la identificación taxonómica de las especies de este género. Heinz y Barbaza (1998), establecen los criterios que mejor se pueden aplicar a su distinción. Estos se basan en el número de células de ancho. Prunus tipo Ethel Allué et al. Dinámica de la vegetación Los resultados antracológicos muestran continuidad por lo que respecta a los taxones identificados. Sin embargo observamos algunos cambios con relación a las frecuencias relativas en las que están representados, que muestran la posible tendencia de la evolución de la cobertura vegetal. A través del diagrama antracológico podemos observar si existen diferencias significativas en la secuencia para poder definir episodios de ocupación humana y fases paleoecológicas (Fig. 2). A lo largo de la secuencia observamos que no existe un cambio substancial de las especies que aparecen, sin embargo sí encontramos una evolución basada en los porcentajes de aparición de cada taxón. En principio los cambios climáticos que se suceden a lo largo del Tardiglaciar pueden ser los causantes de la tendencia que muestra el diagrama. El cambio pluviométrico que señalan algunos autores (Wright et al. 1993; Bergadà et al. 1999), probablemente, favoreció el desarrollo de formaciones vegetales con taxones mesófilos (submediterráneos) en detrimento de otros que crecen bajo condiciones más frías. De este modo debió incrementarse la explotación de los más abundantes en el entorno. Sin embargo si observamos con detalle la utilización de ciertas especies también parece que estuvo determinada por las actividades que se desarrollaron en el abrigo. Por lo tanto la presencia y evolución de algunas especies puede depender de este hecho. Los datos antracológicos nos indican que la formación vegetal que caracteriza el entorno de la Balma del Gai está dominada por las coníferas sobre todo en la base de la secuencia. El pino tipo albar domina el paisaje cuya evolución y transformación se hace evidente con la aparición de taxones colonizadores como Acer, Prunus, Juniperus y Rhamnus cathartica/saxatilis. En las áreas más expuestas crecerían las coníferas y en las zonas más protegidas y cercanas a cursos de agua los taxones de carácter mesófilo. De forma general observamos en el diagrama antracológico que las frecuencias de pino disminuyen hacia el techo de la secuencia a favor de Acer sp. y Rhamnus cathartica/saxatilis, que aumentan de forma continuada desde la base al techo de la secuencia. La zona inferior correspondería a una fase entre 10.500 BP y 12.000 BP aproximadamente, en ambientes donde el pino parece ser la especie dominante. El techo de la secuencia, que corresponde a un período entre 10.000 y 8.900 BP se caracteriza por un aumento de las frecuencias de taxones submediterráneos en detrimento del pino. Los porcentajes de Juniperus en esta secuencia no son muy Fig. 2. Diagrama antracológico de la Balma del Gai. significativos, al contrario que en otros yacimientos en los que este género es abundante o domina sobre el resto (Vernet y Thiébault 1987; Mir y Freixas 1993; Allué 2002Allué, 2004) (6) (1). La distribución de este taxón no es homogénea y depende no sólo de su carácter colonizador sino también de las características del relieve y microclimáticas. Debemos tener en cuenta que en este período se hacen evidentes las diferencias biogeográficas que implican diferencias en la distribución de las formaciones vegetales. El entorno de la Balma del Gai parece que se caracteriza por una mayor humedad que favorecería el crecimiento de especies como Acer en detrimento de Juniperus. En cambio en otras áreas del interior con una mayor aridez ambiental las coníferas son dominantes en el mismo período (Allué 2004) (5, 6 y 7). A partir de 10.000 BP tiene lugar una mejora climática que da paso a la vegetación templada que caracteriza el Holoceno. En el caso del Gai este cambio se observa en las diferentes tallas de forma gradual, ya que probablemente las ocupaciones se sucedieron de forma continuada durante todo ese período. Sin embargo estas fluctuaciones no se detectan de forma detallada. Los bajos porcentajes de pino, en el techo de la secuencia, pueden reflejar una sustitución de ésta especie en el entorno más próximo al yacimiento, a pesar de su presencia fuese significativa en otros lugares más favorables. Probablemente, los pinos, debido a un aumento de las precipitaciones y la humedad, se alejaron de cursos de agua y fondos de valle. La intensidad de las ocupaciones podría ser también la causante de la reducción de biomasa muerta para la explotación como combustible en el entorno inmediato. Pero este proceso es difícil de interpretar y reconocer a partir del registro antracológico. Probablemente se trate de una sustitución de éste en el área más cercana a la Balma. La presencia de Quercus y Buxus, aunque puntual, también es significativa ya que es el preludio de las formaciones vegetales holocenas en esta zona. De todas formas, en este diagrama no se ven reflejadas las fluctuaciones climáticas del Tardiglaciar con precisión como puede evidenciarse en otro tipo de secuencias palinológicas o geoarqueològicas (Pérez-Obiol y Julià 1994; Bergadà 1998; Carrión et al. 2000). Probablemente sean más importantes las variaciones de humedad y el régimen pluviométrico que caracterizan el microclima de la zona que las fluctuaciones climáticas globales. De forma general los datos antracológicos son acordes a otros datos paleoecológicos de la secuencia (Bergadà 1998 (2). Según la interpretación de Bergadà, esta nueva situación está provocada por un aumento de las precipitaciones relacionadas con el deshielo de los casquetes polares. Por lo que respecta a la fauna encontramos como ya hemos señalado antes, la presencia de Sus scrofa. A pesar de ser considerado una presa oportunista, su presencia en yacimientos de estas cronologías parece estar relacionada con el desarrollo de los bosques y la mejora climática del Holoceno (2). Los resultados de la secuencia polínica del yacimiento están en estos momento en proceso de estudio. Por lo tanto no contamos con otros datos arqueobotánicos comparables. Los datos palinológicos del NE peninsular reflejan en general un aumento de los taxones arbóreos. Si comparamos las secuencia de la Balma del Gai con los datos palinológicos de la secuencia más cercana en el llac de Banyoles ( Pérez-Obiol y Julià 1994) observamos una correspondencia en relación a la tendencia general de la secuencia. La variabilidad taxonómica en una secuencia polínica es mayor ya que no encontramos únicamente taxones herbáceos sino especies arbóreas procedentes de diversos biotopos y que abarcan un área geográfica más amplia. Por el contrario este muestra la importancia de ciertos taxones que no son importantes en las secuencias polínicas debido a su sistema de polinización, mayoritariamente especies entomógamas como las rosáceas o ramnáceas. Sin embargo su presencia queda bien reflejada en los resultados antracológicos reflejando probablemente su abundancia en el entorno. Por lo tanto los datos generales relacionados con las formaciones arbóreas de la palinología y la antracología son concordantes. Sin embargo el estudio en detalle de ambos resultados muestras diferencias en relación al origen de las muestras ya sea por causas antrópicas o naturales. (7) Galobart, A.; García, L.; Güell, A.; Millán, M.; Ros, M.T. y Serrano, G. 1991: "Estudi de la fauna i flora fòssils de la Cova de la Guineu i el seu entorn". La explotación de los recursos forestales A pesar de las reducidas evidencias de materiales de origen biológico debido a problemas de conservación, los recursos de origen vegetal son importantes entre los cazadores-recolectores del paleolítico. La leña, debido a la posibilidad de conservarse en forma de restos carbonizados, suele ser el registro más importante. En cambio otros restos arqueobotánicos como frutos y semillas son menos abundantes. Este hecho está relacionado con una mayor abundancia en el medio debido a causas climáticas, pero también a las técnicas de aprovisionamiento, procesamiento, preservación arqueológica y técnicas arqueológicas de recuperación. Cuando se termina el máximo glaciar empieza la expansión y desarrollo de taxones de carácter mesófilo y térmofilo menos adaptados al frío. Algunas de estas especies producen frutos y frutos secos comestibles, que implican una nueva dirección en el aprovisionamiento de recursos (Buxó 1997; Zapata 2000; Mason y Hather 2002; Aura et al. 2005). Este cambio de estrategias se ve reflejado en la Península Ibérica, en una nueva dirección de los objetivos de caza, acusando una especialización en los lagomorfos, así como la explotación de recursos vegetales con la suficiente intensidad para que éstos queden registrados arqueológicamente (Villaverde 1995; Buxò 1997; Pallarés et al. 1997; Zapata 2000) (2). Estas transformaciones que conlleva la especialización en la caza de conejos, ciervos y jabalíes, reduce los aportes proteicos de otros animales más grandes que se cazaron durante el Paleolítico medio y superior. A éste respecto, Speth y Spielman (1983), sugieren que una dieta de conejos no es suficiente y que por eso tiene que estar enriquecida con otros aportes proteicos. El consumo de vegetales y alimentos marinos supliría este déficit. Aunque el registro de este tipo de restos siempre es excepcional, resulta imprescindible para la comprensión de las formas de organización de éstos últimos cazadores (Holden et al. 1995; Buxò 1997; Zapata 2000Zapata, 2001)). Los cambios en relación con la explotación los recursos plantean a priori posibles modificaciones en la relación con el aprovisionamiento del combustible. Hasta el momento en la Balma del Gai no se han identificado hogares estructurados, sin embargo consideramos que la mayoría de carbones son residuos de combustión fruto de la utilización de la madera como leña. En principio la explotación del combustible está basada en la utilización de las especies más disponibles y que muestran un mejor acceso. Las especies que producen una mayor biomasa muerta se elegirían como leña, ya que son recursos de utilización inmediata. La oferta del medio, es decir las especies disponibles y abundantes son las que se utilizan. Éstas están seleccionadas debido a condicionantes biogeográficos. Cabe destacar la continuidad de la explotación de pino en toda la secuencia por las características ya descritas con anterioridad, disponibilidad, mayor producción de madera muerta y facilidad de la recolección. Sin embargo, durante el período que se ocupa la Balma del Gai el paisaje cambia y parece que en la zona más próxima al yacimiento se desarrolla una formación de vegetación caducifolia que también se explota. Igualmente, pensamos que la explotación de otras especies puede estar relacionada con otras actividades que se lleven a cabo en la balma. Las especies relacionadas con el consumo alimenticio son Maloideae, Prunus, Sambucus y Quercus sp. caducifolio. Otras especies como Rhamnus cathartica/saxatilis son plantas tóxicas pero tienen propiedades como tintes (Rivera y Obón 1991) y podrían haber sido utilizadas en este sentido. El abedul, siempre aparece de forma puntual en las secuencias antracológicas del NE peninsular, sin embargo parece haber sido abundante según los análisis polínicos. Su presencia en el yacimiento puede estar relacionada con la explotación de estas especies con otros objetivos como la fabricación de objetos. En Cataluña se han identificado restos carpológicos de forma puntual en algunos yacimientos. Prunus spinosa (endrino), en la Balma del Gai y Font del Ros; Corylus avellana (avellana), en Sota Palou, Font del Ros y Roc del Migdia; Quercus sp. (bellota) en Roc del Migdia; Malus sylvestris (manzana silvestre) y Pyrus sylvestris (peral silvestre) en Font del Ros (Buxò 1997). La importancia de Prunus en los registros antracológicos depende de la abundancia de esta especie en el entorno inmediato, sin embargo que se favorezca con respecto a otras especies podría estar relacionado con la explotación por otros motivos. La presencia continuada de porcentajes significativos de Prunus sp. y Maloideae en todas las muestras está en relación con el consumo de los frutos que estas especies producen. Su utilización como combustible parece ser un proceso secundario. La recolección de estos frutos puede implicar la recogida de parte de la rama que durante el procesamiento o el consumo se deshecha en el fuego. Recientemente se ha realizado el estudio de un escaso número de semillas que corresponden a Prunus spinosa que parecen estar relacionadas con consumo de esta especie (8). En el registro antracológico de la Balma del Gai encontramos los tres tipos de Prunus que podemos diferenciar a través de criterios anatómicos, en este caso son Prunus avium/padus, Prunus spinosa/mahaleb y Prunus spinosa/amygdalus, que aparecen en porcentajes similares. La escasez de restos carpológicos en el yacimiento puede ser debida a la explotación: forma de recolección, procesamiento y técnicas de preservación de los alimentos o bien a problemas de conservación. El reducido espacio excavado en el interior de la Balma puede provocar el desconocimiento de otras áreas de procesamiento de estos alimentos o bien que la recolección implicase un consumo inmediato. Sin embargo, en otras secuencias arqueológicas se han hallado evidencias del procesamiento sistemático de frutos secos (Mithens et al. 2001). La funcionalidad y estacionalidad de estas ocupaciones podrían ser también una causa de la ausencia de restos carpológicos. En ese caso el uso de la madera de especies productoras de frutos no indicaría un consumo directo de los frutos. Los resultados del estudio antracológico de la Balma del Gai aporta un nuevo registro para la comprensión de la cobertura vegetal durante el Tardiglaciar. Asimismo estos resultados proporcionan datos relacionados con las estrategias de subsistencia de las poblaciones humanas, que afectan al aprovechamiento del combustible y a la vez la recolección de frutos para usos alimentarios. En el futuro, el estudio de otros trabajos sobre otros registros arqueobotánicos (polen, carpologia y fitolitos) en curso sobre la secuencia permitirán contrastar, y a su vez complementar, los resultados antracológicos. Además, quisiéramos hacer especial mención al ayuntamiento de Moià i a su Museo de Arqueología y Paleontología, especialmente a T. Terricabras, M. Fàbrega y J. Surroca, el apoyo incondicional durante estos años de excavación. El trabajo de investigación de E. Allué ha sido financiado por la Fundación Atapuerca (2001-2005). Agradecemos a los evaluadores anónimos de la revista por sus comentarios y puntualizaciones sobre el texto.
A finales de la Edad del Bronce comienzan a producirse importantes transformaciones en el seno de las comunidades del noreste peninsular que tendrán continuidad durante los siglos VII y VI ANE y que se caracterizarán por la paulatina formación de una clase aristocrática de carácter guerrero. Sin embargo, esta élite no se consolidará definitivamente en el poder hasta el ibérico antiguo, constituyéndose así la estructura social sobre la que se desarrollarán los estados arcaicos durante el ibérico pleno. No obstante, los procesos de gestación de las desigualdades sociales que se observan en el noreste peninsular son diferentes en función del territorio que analicemos, ya que mientras que en el caso de los territorios interiores (Segre-Cinca, Guadalope y Matarraña-Algás) la dinámica emprendida parece ser consecuencia del desarrollo interno de estas sociedades, en la costa el cambio se produce en paralelo a la presencia del comercio fenicio y, por lo tanto, con la integración del territorio dentro de un sistema mundial de ámbito mediterráneo. La respuesta indígena a este fenómeno tampoco se muestra homogénea, pues se perciben importantes diferencias en la cronología de los cambios y en la evolución de los mismos, así como en los modelos de poblamiento y en el reparto de la riqueza en las necrópolis de incineración. Se trata, pues, de un proceso sumamente complejo que con-viene analizar detenidamente en cada uno de los territorios afectados. Con este trabajo pretendemos relanzar la discusión entorno al desarrollo social y económico de las sociedades del noreste peninsular. Para la elaboración de nuestro discurso realizaremos un breve estado de la cuestion de los períodos analizados donde nos replanteamos algunos de los argumentos tradicionalmente asumidos referentes a la cuestión de la denominada Cultura de los Campos de Urnas y valoraremos las últimas aportaciones realizadas a partir de determinados contextos arqueológicos que han comenzado a ver la luz durante la última década. F. Javier López Cachero Palabras clave: Cultura de Campos de Urnas. Primera Edad del Hierro. La realidad social y económica que podemos describir durante la Edad del Bronce y la Primera Edad del Hierro en el noreste de la Península Ibérica está comenzando a realizar avances significativos a partir de la aplicación de los principios teóricos y metodológicos de la arqueología de la muerte (Ruiz Zapatero 2001 y 2004) o de la arqueología postcolonial para el problema de las identidades (Vives-Ferrándiz 2005), así como también de diversos modelos (sistemas-mundo, economía de bienes de prestigio, modelos antropológicos para caracterizar las sociedades arqueológicas, etc.) De hecho, podemos afirmar que la mayor parte de los estudios monográficos referidos a la temática de nuestro artículo resultan relativamente recientes. En general, la mayoría de aproximaciones se incluían dentro de estudios generales sobre los periodos señalados o, en mayor medida, a partir del análisis de aquellos contextos que, como las necrópolis, han ofrecido tradicionalmente más posibilidades de éxito para formular propuestas entorno a la cuestión que estamos debatiendo. Por otro lado, también hay que señalar cómo la problemática del comercio colonial resulta un elemento cronológico de primer orden sobre el que se han centrado la mayoría de estos estudios, quedando el resto de periodos relegados a un segundo plano y, por tanto, recibiendo una atención mucho menor. En definitiva, resulta bastante escaso el conjunto de trabajos centrados en la reconstrucción de la sociedad durante los periodos señalados. Excepcionalmente, algunos trabajos de J. Sanmartí (1991Sanmartí ( y 2004;;Sanmartí y Santacana 2005), al tratar de analizar la sociedad ibérica, arrancan desde su precedente inmediato dando lugar a interesantes opiniones sobre la dinámica desarrollada desde el Bronce Final. BREVE ESTADO DE LA CUESTIÓN SOBRE EL BRONCE FINAL Y LA PRIMERA EDAD DEL HIERRO EN EL NE PENINSULAR Con anterioridad se desarrolla lo que se conoce como Bronce Inicial, entre el 2300 y el 1300 ANE (Maya y Petit 1995; Maya 1997), etapa en la que comienza a gestarse una importante diversidad cultural que dará como resultado una clara diferenciación entre las dinámicas que se desarrollarán en los territorios costeros, por un lado, y en la depresión occidental, por otro. De este modo, se observa una intensa ocupación de las zonas llanas gracias a su potencial agrícola, sin que por ello se abandonen de forma definitiva las ocupaciones puntuales de cuevas y abrigos que se producen básicamente en zonas de baja y media montaña (Maya y Petit 1995: 331-332; Francés y Pons 1998: 33-35). No obstante, el contexto general es el de unas comunidades abiertas a la recepción de nuevas influencias mayoritariamente procedentes del otro lado de los Pirineos a juzgar por la importante presencia, por ejemplo, de objetos como los vasos de apéndice de botón, los vasos polípodos o las hachas de rebordes, entre otros. Los cambios que se van a producir durante el Bronce Final han sido tradicionalmente atribuidos a la llegada de grupos humanos de procedencia transpirenaica denominados Campos de Urnas. En general, este nuevo periodo se caracteriza por la presencia de las cerámicas acanaladas, de las necrópolis de incineración y por la llegada de nuevos productos metálicos como, por ejemplo, diferentes tipos de hachas, brazaletes, navajas, etc. No obstante, es consecuencia de la propia dinámica interna de (1) Las fechas contenidas en este trabajo son fechas ya calibradas. las comunidades del noreste que se siga desarrollando el proceso de regionalización anteriormente aludido. De esta forma, rápidamente asistiremos a la caracterización de unos territorios con dinámicas propias y diferenciadas como, por ejemplo, se observa en los grupos del Ampurdán, del Segre-Cinca, de Marlés en el interior de Cataluña, de las comarcas de Tarragona o en el grupo de Can Missert localizado en la zona del prelitoral y la costa central de Cataluña. Desde el punto de vista del hábitat, se percibe la existencia de dos tradiciones bien definidas. Por un lado, en la Cataluña costera y en la Depresión prelitoral se mantiene un modelo claramente heredado del Bronce Inicial caracterizado por cabañas hechas de material perecedero diseminadas por los mejores terrenos agrícolas, junto con la proliferación de silos y otras fosas de funciones diversas. Por otro, en la Depresión occidental se consolida una tendencia probablemente también iniciada en el periodo anterior, caracterizada por la proliferación de pequeños poblados íntegramente realizados en piedra y situados en pequeñas elevaciones naturales del terreno. Estos dos modelos implican posiblemente concepciones sociales y económicas diferentes. Por un lado, en los llanos costeros y del prelitoral se observa un modelo de residencia familiar caracterizado por pequeñas granjas autónomas y dispersas en el territorio que se establecen en los campos de cultivo y alrededor de un gran número de silos, tal y como sucede en el caso de Can Roqueta (Carlús et al. 2002). En cambio, por otro lado, en la zona interior, asistimos al desarrollo de auténticas aldeas que manifiestan una concentración de varias familias ocupando un mismo espacio, solo comparable en la zona costera, aunque salvando las evidentes distancias, con el caso de la Fonollera en el Ampurdán donde también observamos una concentración importante de cabañas en un espacio reducido y que puede ser igualmente definido como una pequeña aldea (Pons 1984). Por otro lado, casos como el de Genó ejemplifican a la perfección este modelo occidental a partir de la definición de un esquema urbanístico propio y original que da lugar a los denominados poblados de espacio central o poblados cerrados, cuyas características e incidencia posterior ya son sobradamente conocidas (López Cachero 1999). La economía es fundamentalmente agropecuaria con especial importancia de la agricultura cerealista de secano basada en el binomio cebada vesti-da y trigo desnudo junto con los rebaños de ovejas y cabras y una sencilla horticultura. No obstante, en función del territorio se ha llegado a defender diferentes modelos que justificarían, en última instancia, las características de cada uno de los modelos habitacionales arriba mencionados. Así, Alonso (1999) ha propuesto para la Depresión occidental un modelo que incluiría los trabajos con arado, el barbecho y la utilización del estiércol del ganado como abono. La temprana implantación de este modelo y una evolución hacia un barbecho más corto implicaría una ocupación más estable y prolongada de los asentamientos. Sin embargo, este modelo contrasta con las propuestas realizadas por algunos autores para las zonas costeras, donde algunos autores han defendido un sistema de rozas con deforestación por fuego que justificaría, en última instancia, unos asentamientos menos estables y dispersos incluso durante la Primera Edad del Hierro (García 1999; Sanmartí et al. 2000: 180). El intercambio es otro elemento de primer orden en la economía de estas sociedades. La proliferación de depósitos de metales fechados mayoritariamente entre los siglos IX y VIII ANE y su localización, que suele coincidir con las principales vías naturales de paso como el valle del Segre, viene a demostrar un progresivo aumento de la demanda de este tipo de productos. Es en este contexto, en el que debe explicarse la introducción de los primeros objetos de hierro, presentes con toda seguridad dentro del siglo VII ANE, sino antes, y, junto a ellos, el inicio de los contactos comerciales de raigambre mediterránea, primero fenicios y posteriormente griegos. El mundo funerario se caracteriza por la aparición y generalización de las necrópolis de incineración, lo que supone una ruptura respecto al periodo anterior donde la tónica general viene marcada por la inhumación de los muertos en espacios generalmente colectivos. No obstante, queremos destacar la esporádica aparición desde el neolítico de diversos casos de cremación parcial o total en diferentes puntos de la Península Ibérica y sur de Francia (2), a pesar de que la mayoría de los autores han coincidido en desligar completamente estas prácticas del tipo de incineración practicado durante el Bronce Final en nuestra zona de estudio (Agustí 2002). (2) El caso más curioso es el de la necrópolis de Camp del Ginèbre en Caramany (Vignaud 1998) donde se ha documentado la presencia de un importante conjunto de incineraciones primarias y secundarias fechadas durante el neolítico medio. Tradicionalmente asociado a influencias transpirenaicas, este nuevo rito funerario se difundirá lentamente, lo que acentuará su carácter heterogéneo al ser continuamente reinterpretado por los diferentes sustratos culturales antes mencionados. Sin duda alguna, será esto lo que configurará en un primer momento un panorama muy diverso donde convivirán inhumaciones con ajuares acanalados, necrópolis de cistas tumulares con inhumaciones individuales y colectivas, incineraciones en cuevas y megalitos, etc. De hecho, no será hasta la transición entre el segundo y el primer milenio ANE (según se desprende de la fechas de radiocarbono obtenidas), cuando aparezcan las primeras necrópolis de incineración en el territorio y, aún así, éstas manifestarán importantes diferencias como, por ejemplo, se observa en el caso de los tipos de estructuras tumulares documentados, así como la coexistencia de éstas con tumbas no tumulares dentro de una misma necrópolis como, por ejemplo, sucede en El Calvari o en el Coll del Moro. Desde hace prácticamente una década, venimos asistiendo a una fuerte crítica del concepto de "Cultura de los Campos de Urnas" por parte de algunos investigadores (Castro 1994; Junyent 2002). En esta misma línea, consideramos que este concepto resulta un obstáculo porque supone proyectar una falsa homogeneidad cultural sustentada en la generalización de la incineración, de las necrópolis y de las cerámicas acanaladas, acontecimientos que no tu-Fig. Representación gráfica de las fechas calibradas según la curva de calibración Intcal04 del programa Calib 5.01. Destacamos las dataciones más tardías de los contextos de incineración respecto a las cerámicas acanaladas en lugares de hábitat y en las tumbas de inhumación de Castellets II. Dataciones representativas de contextos con presencia de cerámicas acanaladas y de necrópolis de incineración durante Bronce Final. En trama gris aparecen las dataciones correspondientes a los contextos funerarios. vieron porqué difundirse uniformemente, ni en el tiempo (3) (Fig. 1 y tabla 1) ni en el espacio (4). A pesar de que consideramos que aún no se ha desarrollado un modelo alternativo que dé explicación a la transmisión de estos tres importantes factores (5), consideramos que la realidad arqueológica de los territorios analizados se revela como heterogénea desde mucho antes, pero también durante y después de la introducción de éstas novedades. No queremos con esto negar ciertos movimientos poblacionales que perfectamente pudieron existir en éste y en otros muchos momentos a lo largo de la prehistoria, sino que, en todo caso, lo que discutimos es la capacidad de cambio que pudieron tener unos grupos numéricamente reducidos a los que generalmente se les ha atribuido la única y absoluta responsabilidad de las transformaciones sucedida en estas cronologías. Nuestras dudas sobre la utilidad del concepto surgen tras valorar la existencia de diferentes tradiciones regionales, asumir las diferencias cronológicas entre las primeras cerámicas acanaladas y la generalización de la incineración y las necrópolis y, finalmente, por la convicción de que en caso de existir movimientos poblacionales, éstos tuvieron una escasa entidad, tal y como normalmente se admite entre la mayoría de los inves-tigadores, y, en consecuencia, poca capacidad de cambio cultural. De lo contrario, aceptar el concepto cultural de Campos de Urnas nos obliga a asumir una cierta homogeneidad que, aún admitiendo una difusión uniforme en el tiempo de la cerámica acanalada y de la incineración, difícilmente puede sustentarse en la penetración de reducidos grupos humanos. De este modo, sólo una migración demográfica importante justificaría un proceso de transformación homogéneo, lo que, al mismo tiempo, debería reflejarse claramente en el registro arqueológico, cuestión que hoy en día no resulta tan evidente. En definitiva, las transformaciones que se suceden durante el Bronce Final podrían deberse a una mezcla de diferentes factores, unos más importantes que otros según las circunstancias y el territorio, interrelacionados y que interactúan hasta dar como resultado la realidad compleja y heterogénea que caracteriza al noreste peninsular. En este contexto, creemos justificada la invalidez del concepto "Cultura de Campos de Urnas", por lo que para definir el periodo preferimos utilizar un concepto más vago como es el de "Bronce Final y Primera Edad del Hierro" que sólo tiene connotaciones cronológicas y no culturales, tal y como también se asumió desde hace décadas en Francia (Guilaine 1972; Le Languedoc 1976). SOCIEDAD Y ECONOMÍA EN EL NORESTE PENINSULAR DURANTE EL BRONCE FINAL Y LA PRIMERA EDAD DEL HIERRO Desde la óptica continuista que defendemos consideramos que el estudio de la sociedad y de los sistemas económicos representados en el noreste peninsular deben plantearse desde antes del periodo que estamos analizando. Para ello conviene dedicar parte del esfuerzo en caracterizar los antecedentes inmediatos, es decir, durante lo que últimamente venimos denominando como Bronce Inicial. Sin embargo, conviene reconocer lo arriesgado que resulta realizar una interpretación generalista sobre sociedad y economía en un territorio que geográficamente esta muy compartimentado y que, al menos desde el Neolítico, presenta diversos desarrollos culturales claramente definidos aunque desigualmente conocidos. Así pues, en el marco de las sociedades agrícolas que ocupan los fértiles llanos occidentales y del (3) A pesar de que el número de fechas de radiocarbono obtenidas en distintas necrópolis de incineración comienza a ser importante (Can Bec de Baix en Agullana, Castellets de Mequinenza, Pi de la Lliura, Can Piteu-Can Roqueta), en ninguna de ellas el rito de la incineración parece superar el siglo XI ANE, mientras que no ocurre lo mismo con las cerámicas acanaladas, bien documentadas desde el siglo XIII ANE, por ejemplo, en Carretelà, Can Roqueta o, incluso en un contexto de inhumaciones, en Castellets de Mequinenza. (4) Véase, sino, la definición que algunos autores aragoneses hacen del denominado Bronce Reciente (Rodanés y Picazo 1997; Rodanés y Sopena 1998). (5) Por ejemplo, Castro insinuó la posibilidad de que la incineración se desarrollara a partir de influencias meridionales o mediterráneas (Castro 1994: 6-7). Por otro lado, en un trabajo anterior (López Cachero 2006: 17-20), propuse desligar los mecanismos de difusión que afectarían a cada uno de estos elementos, sobre todo, el de las cerámicas acanaladas respecto a las necrópolis de incineración, ya que no tienen porqué ser necesariamente los mismos. El objetivo es buscar nuevos enfoques que permitan explicar la difusión de cada uno de estos fenómenos por separado. De este modo, insinuamos, sin excluir la posibilidad de movimientos poblacionales en zonas puntuales como en el Ampurdán o en el Vallés, que tal vez el prestigio que significa el poseer y aceptar ciertas novedades, materiales en el caso de las cerámicas y rituales en el de la incineración, pudo actuar como un importante mecanismo a la hora de difundir ambos elementos. En este contexto, los contactos entre comunidades, los intercambios y la aculturación de las élites o de ciertos sectores sociales jugarían, sin duda alguna, un importante papel en la transmisión de las novedades. Sólo con el tiempo, apuntábamos una normalización de la producción cerámica y de las prácticas rituales para definitivamente generalizarse entre el resto de la población, lo que daría lugar a las grandes necrópolis de incineración. prelitoral, que es de donde provienen los datos más cuantiosos y de más calidad, el registro arqueológico no muestra grandes diferencias que puedan traducirse en la existencia de disimetrías sociales. Tal vez se trate de un problema de "invisibilidad" en el registro arqueológico, pero la realidad que se observa es bastante significativa con la presencia de enterramientos fundamentalmente colectivos con ajuares poco destacados y de pequeñas granjas familiares dispersas en el territorio que funcionarían de una forma autónoma. Los yacimientos de Minferri en la depresión occidental (GIP 2002) y de Can Roqueta en la depresión prelitoral (Carlús et al. 2002) ejemplificarían a la perfección la existencia de un patrón de poblamiento similar en las zonas llanas durante la primera mitad del segundo milenio ANE. Parece lógico pensar que, a pesar de que estas granjas se definen como unidades domésticas autosuficientes, se pudieran realizar determinados trabajos colectivos que redundarían en el bienestar de las comunidades. De este modo, cabría interpretar un conjunto de infraestructuras asociadas a este tipo de asentamientos como las grandes zanjas, algunos silos de gran capacidad o la construcción de los propios hipogeos funerarios en el caso del prelitoral, así como también otros aspectos relacionados con la defensa común o la explotación de ciertos bienes comunales como, por ejemplo, algunos animales utilizados en las tareas del campo o, simplemente, destinados a la reproducción del ganado. De este contexto social podría desprenderse la necesidad de ciertos personajes que organizarían, coordinarían y gestionarían de manera eficiente y equitativa los diferentes medios de producción colectivos de que dispondría una comunidad. Se trataría de líderes que desarrollarían sus funciones en momentos puntuales, con poderes no consolidados socialmente y que desarrollarían su influencia dentro de una esfera de ámbito local. De este modo, ciertos contextos funerarios han sido utilizados para proponer la existencia de líderes tipo Big Man como, por ejemplo, se ha sugerido a raíz de la inhumación del individuo senil identificado en el silo 88 de Minferri (López y Gallart 2002: 121). La sociedad durante el Bronce Final Como dijimos anteriormente, el Bronce Final se caracteriza por la aparición de las necrópolis de incineración en todo el territorio durante el tránsi-to del segundo al primer milenio ANE. El principal problema con que nos encontramos es la falta de evidencias que nos demuestren accesos diferenciales de riqueza en las necrópolis. No obstante, algunos datos puntuales nos permiten hipotetizar sobre este asunto y proponer incipientes indicios de desigualdad social que, en todo caso, no se consolidarán hasta la Primera Edad del Hierro y no siempre de manera general en todo el territorio. Los principales datos de que disponemos en este periodo proceden fundamentalmente de la zona del Segre-Cinca. Tal vez, la consolidación de las primeras aldeas o poblados estables que albergan las primeras concentraciones humanas importantes, constituya un caldo de cultivo para que comiencen a producirse los primeros cambios significativos en el seno de las comunidades del noreste peninsular. tes de hoz, permite objetar que en todo caso los ocupantes de la habitación 2 no se habrían emancipado aún de los trabajos productivos básicos (Maya 1993: 15-16). Por otro lado, diversos autores (Vázquez 1994-96; Maya 1998: 357; López Cachero 1999: 81), han destacado que la intensa ocupación que reflejan ciertos afluentes del Ebro como el Segre-Cinca, el Guadalope o el Matarraña-Algás podría estar indicando un claro proceso de territorialización. Posiblemente, nos encontramos en un momento de mejora en las prácticas agrícolas que relacionado con la ocupación de los suelos más productivos pudo dar lugar a un progresivo aumento demográfico que tendrá como consecuencia cambios profundos en la zona. De este modo, se han descrito procesos de concentración de la población en determinados asentamientos como La Colomina 2 (López y Gallart 2002: 132), pero también la colonización de los campos menos rentables en relación a una expansión hacia zonas periféricas como ciertos ríos secundarios o, incluso, zonas más áridas como los Monegros (Maya 1992/93: 27). Paralelamente a este proceso de cambio en el patrón de asentamiento así como en las nuevas relaciones entre poblados que de él se derivarán, es probable que se fuera produciendo un mayor interés en el reconocimiento explícito de los territorios de explotación económica con el establecimiento de los límites de influencia de cada asentamiento y la generalización de las necrópolis que jugarán un papel fundamental para justificar los derechos de explotación de las tierras por parte de esa misma comunidad. Estos factores, concentraciones demográficas en zonas de amplio potencial agrícola, colonización de nuevas tierras y autoreafirmación de los derechos de explotación de las tierras ancestrales, serán el germen de una mayor competitividad por los recursos, especialmente la tierra, cuya principal consecuencia serán nuevos procesos de acceso desigual a la producción y a los recursos. Esta nueva situación originará paulatinamente una incipiente desigualdad social entre comunidades, así como unas relaciones cada vez más tensas que propiciarán la potenciación de sistemas defensivos cada vez más complejos, los cuales veremos plenamente desarrollados en el período siguiente, si no antes (López Cachero 1999: 79). Las consecuencias sociales de estos cambios también debieron provocar importantes transformaciones en la composición las propias comunidades y, de hecho, la colonización de nuevas tierras tuvo que conllevar obligatoriamente un importante proceso de segmentación de los linajes familiares. En este contexto, tal vez tengan sentido ciertas prácticas exogámicas y patrilocales para garantizar no sólo el éxito de la reproducción de la comunidad, tal y como se ha propuesto recientemente (López y Gallart 2002: 129-130), sino también para potenciar y equilibrar las relaciones entre los diferentes grupos de la zona mediante alianzas y pactos matrimoniales, motivo por el cual serían necesarias determinadas personas con autoridad y prestigio suficiente como para representar a las comunidades implicadas, presidir las ceremonias, sellar alianzas y matrimonios y realizar los intercambio de objetos prestigiosos que caracterizarían este tipos de acontecimientos. En este contexto, es posible incluso que estos cabecillas encontraran un marco perfecto para extender su influencia más allá de su propia comunidad y desarrollar al mismo tiempo las primeras relaciones clientelares fundamentadas en vínculos de dependencia económica, ajenas a cualquier lazo previo de tipo familiar. encontraría plenamente consolidada a juzgar por la homogeneidad de los ajuares (6). La existencia de diferentes grupos familiares o linajes se vuelve a poner de manifiesto en aquellas necrópolis que se caracterizan por el funcionamiento simultáneo de diversos sectores funerarios en relación a un único poblado donde convivirían, cuestión que se ha sugerido en los casos de las necrópolis de Roques de Sant Formatge (Pita y Díez Coronel 1968) y en Els Castellets de Mequinenza (Royo 1994-96). Esto nos hace pensar en una posible consolidación de diferentes grupos familiares que poco a poco van adquiriendo una progresiva autonomía social y económica que también nos hablaría de un aumento de la competitividad intergrupal. Tal vez, esta nueva situación sea fiel reflejo de aquella segmentación de linajes potenciada por la práctica de relaciones exogámicas y de patrilocalidad a la que hacíamos referencia con anterioridad, también intuidas a partir del estudio de yacimientos como la Colomina 2 donde los distintos barrios, exentos y separados por áreas de circulación, podrían indicar la existencia de diferentes grupos familiares y linajes que romperían con la organización clánica de los primeros poblados de la zona del Segre como Genó (López y Gallart 2002: 131; López et al. 2002: 264). Este escenario de cambio social, que evidencia un incremento de la territorialidad y de la competencia entre grupos, coincide con una mayor demanda de objetos metálicos. De esta forma, se producirá un aumento de los intercambios comerciales y de la producción metalúrgica, tal y como se demuestra por una significativa presencia de depósitos de metales en los valles de la cabecera del Segre y de sus afluentes, así como también por los crecientes indicios de la actividad metalúrgica en los poblados. Efectivamente, casos como los depósitos de Llavorsí, Cabó o Sant Aleix, fechables entre los siglos IX y VIII ANE, demuestra la importancia de las vías de paso relacionadas con los valles fluviales del Segre, así como una creciente demanda de bronce que habría que poner en relación con la notable presencia de moldes en ciertos yacimientos como el Roquizal del Rullo en Fábara (Ruiz Zapatero 1979: 275), el Regal de Pídola en Tamarite de la Llitera (Barril et al. 1982), Masada de Ratón en Fraga (Garcés 1984) o la Colomina 2 en Gerb (Ló-En definitiva, durante el transcurso del Bronce Final asistimos al desarrollo lento pero progresivo de ciertos cambios que afectan a la esfera socioeconómica de las comunidades del Segre-Cinca. En este sentido es probable que, a medida que las comunidades se ven envueltas en la dinámica de territorialización antes descrita, las cosas comiencen a cambiar de una forma más acelerada, pues se generarán procesos competitivos antes desconocidos que pugnarán por la justificación de los derechos de explotación de los mejores recursos, básicamente la tierra, así como por ciertos recursos fronterizos como pudiera ser el caso del acceso a los pastos. Esto, tal vez, pudo provocar un interés creciente en potenciar los sistemas defensivos (López Cachero 1999: 79), así como la emergencia de ciertos personajes de perfil guerrero que poco a poco se perfilarán como los individuos más relevantes dentro de la escala social de las comunidades de la depresión occidental. El resultado final, sólo se concretará definitivamente durante la Primera Edad del Hierro con la aparición de lugares como Els Vilars d'Arbeca. Por lo que respecta a la depresión prelitoral y a la costa catalana, la situación parece mantenerse bastante estable respecto al periodo anterior y sólo se percibirán algunos cambios gracias a ciertos hallazgos recientes que nos vuelven a alertar sobre la invisibilidad con que las diferencias sociales pueden manifestarse en el registro arqueológico. El principal problema que podemos señalar en esta zona es la casi total inexistencia de estudios y trabajos de referencia para reconstruir la realidad social de estas comunidades. Por suerte, algunos trabajos sobre la recientemente excavada necrópolis de Can Piteu-Can Roqueta en Sabadell nos han permitido cambiar esta tendencia. Hasta ahora, sólo la observación de la escasez de ajuares en la necrópolis de Can Missert había servido a diversos autores para caracterizar estas comunidades de la zona del prelitoral catalán como pequeñas comunidades agrícolas con una organización social igualitaria y estructurada en función de las relaciones de parentesco (Ruiz Zapatero 1985: 1060y 2001: 264) organizadas en pequeños núcleos "familiares" o "suprafamiliares restringidos" (8) que explotarían el territorio durante estancias muy cortas (Petit 1992/ 93: 269-270). No obstante, el caso de Can Piteu-Can Roqueta (López Cachero 2005y 2006) nos permite concluir que se producen pequeños cambios con anterioridad a la llegada de los primeros objetos comerciales de factura mediterránea. Nos estamos refiriendo a la presencia de escasos, pero muy notables, ajuares formados por navajas de afeitar y pinzas de depilar, junto a toda una serie de objetos ornamentales de factura sencilla como son anillas, botones o brazaletes (Fig. 3). Igualmente, también resulta llamativa la existencia de deposiciones cárnicas, en absoluto generalizadas, que nos permiten entrever un ritual más complejo de lo que inicialmente podríamos suponer a partir de los datos de que hasta entonces disponíamos. Existen otros datos relevantes aportados por el análisis social, aún inconcluso, de la necrópolis de Sabadell. Por un lado, hemos podido constatar que la mayoría de los niños tienen el acceso restringido a la necrópolis, ya que el porcentaje total de casos identificados es absolutamente anormal en relación a la representación ideal de la mortalidad infantil típica de cualquier sociedad agrícola pre y protohistórica. En todo caso, no nos encontramos con nada nuevo ya que se trata de una dinámica igualmente documentada en otras necrópolis de incineración europeas del mismo horizonte cronológico (Harding 2003: 369-370). Por otro lado, planteamos la posibilidad de que existiera una normalización de los ajuares funerarios en función del género del difunto, especialmente, en relación al tipo de cerámica utilizada como contenedor cinerario: urnas de cuello destacado y borde convexo para los hombres y urnas globulares o bitroncocónicas con borde recto exvasado para las mujeres (López Cachero 2005y 2006). Igual que en el caso del Segre-Cinca, el análisis de algunas necrópolis ha servido a diferentes autores para realizar breves aproximaciones a la organización social de las comunidades del entorno costero y prelitoral. De esta forma, a partir de la necrópolis del Puig Alt en Rosas (Pons 2000: 78-79) se ha defendido la igualdad social entre los difuntos, a partir de la inexistencia de ajuares relevantes y a pesar de que existe un túmulo (el número 13) que presenta unas dimensiones mayores que el resto y de que existen dos espacios funerarios claramente separados que podrían haber sido utilizados por miembros de diferentes estructuras familiares, tal y como también se había formulado en el caso de Roques de Sant Formatge y Els Castellets. Sin embargo, donde mejor podemos observar da fecharse a inicios del Bronce Final II, el conjunto del depósito está fechado en el siglo VIII ANE, lo que no implica necesariamente que este tipo de objetos fueran conocidos por las comunidades del noreste peninsular, sobre todo, si tenemos en cuenta la procedencia transpirenaica del conjunto del depósito (Gallart 1991). ( 8) Las expresiones entrecomilladas son de la propia autora. En definitiva, hemos visto como a lo largo del Bronce Final se van sucediendo ciertos cambios en la estructura económica y social de las comunidades del noreste que, sin embargo, se manifiestan con mayor o menor intensidad en función del territorio analizado. No obstante, algunos autores defienden que la tradicional estructura familiar de linajes, definida por algunos autores como gentilicia (Maya 1978b(Maya: 462 y 1998: 389;: 389; Ruiz Zapatero 1985: 383 y 2001: 284), es decir, como la existencia de grupos familiares vinculados por diferentes grados de consanguinidad, se mantuvo inalterable durante bastante tiempo en todo el noreste peninsular. De esta forma, una cierta igualdad social parece conservarse durante todo el periodo, sobre todo, si valoramos las regularidad de las casas de los poblados del Segre o la escasa diferenciación de los ajuares funerarios que se observa en las necrópolis de incineración, donde la presencia de los metales resulta considerablemente escasa (Ruiz Zapatero 2001: 264). No obstante, se observa una serie de tendencias que se hacen más evidentes con el paso del tiempo y que nos anuncian importantes transformaciones en las sociedades de finales de la Edad del Bronce como, por ejemplo, la progresiva territorialidad observada en la zona del Segre, el aumento de la circulación de los metales y su creciente amortización en las tumbas o la inversión de trabajo en la construcción de algunas tumbas tumulares que nos están demostrando, no sólo el incremento del prestigio y del poder de ciertos grupos familiares, sino también el de ciertos individuos. La irrupción del comercio colonial incidirá plenamente sobre unas sociedades en transformación y creará un nuevo marco de relaciones, pero la importancia de este nuevo fenómeno hay que matizarla en función del territorio que analicemos, tal y como veremos más adelante. Sea como fuere, la cuestión principal a resolver será aclarar qué papel jugará esta nueva situación en la consolidación o nacimiento de aquellos grupos e individuos que concentrarán el poder y el prestigio durante el desarrollo de toda la Primera Edad del Hierro. La sociedad durante la primera Edad del Hierro La presencia de los primeros objetos realizados en hierro puede interpretarse dentro del contexto de las economías de prestigio y, por lo tanto, hay que considerarlos como unas producciones que, igual que tantas otras, llegan directa o indirectamente gracias a los intercambios con los comerciantes mediterráneos (9). En general, como insinuábamos con anterioridad, a lo largo del periodo presenciaremos la lenta transformación de unas comunidades que tendrán en las necrópolis de larga duración (Can Bec de Baix, Can Piteu-Can Roqueta, El Calvari, El Coll del Moro, La Pedrera, etc.) el mejor referente para conocer los procesos que de ahora en adelante se irán sucediendo. A pesar de que las diferencias sociales se irán materializando con más notoriedad, no en todos los casos asistiremos a su definitiva institucionalización. De hecho, sólo en zonas muy concretas presenciaremos el nacimiento de unas jefaturas que, por otro lado, manifestarán un marcado carácter guerrero. El reflejo de esta realidad se irá concretando progresivamente con el surgimiento de auténticas fortalezas como la de Vilars de Arbeca en torno al siglo VIII ANE o, más tardíamente, por la presencia de tumbas que acumulan objetos suntuosos y armas procedentes del comercio colonial, así como también por la celebración de rituales funerarios cada vez más complejos que incluyen la deposición de restos de caballos (La Pedrera) y la celebración de ostentosos banquetes. Las causas últimas de este desarrollo de las comunidades del nordeste no han sido aclaradas aún, sin embargo, se percibe una realidad muy compleja donde pudieron intervenir procesos muy diversos (9) Es cierto que se ha insinuado la producción local de hierro en el caso de Vilars d'Arbeca, pero aún así persisten serías dudas entre los propios investigadores del yacimiento (GIP 2003: 265). no necesariamente ligados al comercio colonial. Tal sería el caso de lo ocurrido en la depresión occidental donde estas transformaciones sociales y económicas parecen producirse con anterioridad a la costa y a partir de una dinámica interna que, como hemos descrito anteriormente, podría ser consecuencia directa del incremento de competitividad entre las comunidades a raíz de los sucesivos procesos de segmentación y/o concentración de la población en relación con el desarrollo de esa territorialización ya descrita y no exenta de tensiones por el control de los principales recursos. Se inicia así un proceso de centralización del poder político que tendrá como consecuencia el nacimiento de fortalezas como Vilars (Fig. 4) que ha sido interpretada como la residencia de un caudillo, cabecilla local o grupo militar que, independientemente de su indiscutible capacidad coercitiva, controlaría la explotación económica de todo un territorio políticamente organizado en asentamientos de diferentes funcionalidades, junto con la cría de caballos y, tal vez, un incipiente conocimiento de la siderurgia (GIP 2003). Creemos que un proceso parecido pudo darse también en la zona del Bajo Aragón dado los precedentes urbanísticos que desde el Bronce Final conocemos en la zona, especialmente en el entorno del río Guadalope (Zaforas, Cabezo de Monleón, etc.). El dinamismo de estas sociedades se refleja igualmente en la adquisición de productos orientales como el trípode de la Clota o el soporte de ofrendas de les Ferreres (Rafel 2003). Sin embargo, no será hasta la segunda mitad del siglo VII ANE, quizás un poco antes, cuando en el curso bajo del Ebro se produzca algo similar, es decir, un modelo de poblamiento formado también por asentamientos estables con planificación urbanística, jerarquización territorial y sistemas defensivos de una cierta relevancia (Asensio 2005). En cambio, el resto de la Cataluña costera no se incorporará a este proceso hasta la segunda mitad del siguiente siglo (Francés 2000), con la excepción del entorno emporitano (Aquilué et al. 2000; Martín y Plana 2001) que tal vez pudo haber desarrollado una dinámica similar con una cierta antelación. Destacamos que en estos territorios, las mencionadas transformaciones parecen producirse paralelamente a la incidencia del comercio colonial fenicio y griego, lo que permite marcar distancias respecto a la dinámica descrita para el caso del Segre-Cinca, del Guadalope y del Matarraña-Algás. Probablemente, la realidad sea aún mucho más compleja a juzgar por el análisis de ciertos territorios como la zona del curso inferior del Ebro y el sur de la comarca del Montsià, donde a pesar de existir una cierta orientación económica destinada al control del comercio fenicio costero y a la distribución de las mercancías coloniales hacia el interior del territorio, se observa una respuesta variada al impacto comercial fenicio que, en algunos casos, parece insinuar una cierta especialización económica. De este modo, algunos yacimientos del interior como el Puig Roig en El Masroig (Genera 1995) o El Calvari en El Molar (Armada et al. 2005) se relacionan con la explotación de la plata procedente del Macís de Prades y desarrollan un modelo urbanístico similar al descrito en la zona del Segre durante el Bronce Final. Otros como el edificio singular de El Turó del Calvari (Vilalba dels Arcs), interpretado como un precedente de las casas-torre definidas por Moret (2002) en el Matarraña, muestran que en paralelo a las actividades comerciales también se difundirán otros elementos de tipo ideológico relacionado con aspectos religiosos y el poder (Bea et al. 2002). En cambio, el caso de Barranc de Gàfols en Ginestar parece ejemplificar la sedentarización y consolidación del hábitat de una comunidad originaria del Bronce Final que con el tiempo incrementa su producción agrícola y ganadera con una doble finalidad subsistencial y comercial (Sanmartí et al. 2000). Más al sur, Aldovesta en Benifallet representa un establecimiento estratégico de una pequeña comunidad que controlaría las transacciones económicas derivadas del comercio colonial mediante la redistribución de estas mercancías (principalmente vino) hacia el interior del territorio y de sus contrapartidas hacia la costa (Mascort et al. 1991). Finalmente, cerca del litoral, en el sur del Montsià, se ha propuesto la formación de un territorio político en torno a Sant Jaume-Mas d'en Serrà en Alcanar orientado al control de los intercambios comerciales con los fenicios (10). En conjunto, los altos porcentajes de material anfórico recuperados en algunos de estos yacimientos indican una orientación comercial centrada especialmente en el vino (Asensio 2005: 557), cuyo interés por parte de las élites emergentes tal vez haya que poner en relación con el prestigio y el poder que les reportaba su obtención, acumulación y posterior redistribución dentro y fuera de su propia comunidad mediante distintas prácticas (banquetes y ritos funerarios) encaminadas a la creación y mantenimiento de las redes de relaciones sociales (Vives-Ferrándiz 2005: 231-232). La adaptación al comercio colonial bien pudo generar otras muchas posibles alternativas, tal y como podemos deducir a partir del entorno emporitano o la costa central catalana. De esta forma, mientras que en Sant Martí d'Empúries (Aquilué et al. 2000; Santos 2003) se produce rápidamente la consolidación de un hábitat caracterizado por cabañas rectangulares adosadas durante su segunda fase de ocupación (650-580 ANE), en el resto del Ampurdán los cambios parecen mucho más tardíos. En cambio, en el segundo de los territorios las transformaciones son aún más tardías y no se materializarían hasta bien entrado el siglo VI ANE con la presencia de las primeras tumbas de guerrero (Llinars del Vallès o Granja Soley, por ejemplo) o, aún más tarde, con los inicios de la primera arquitectura en piedra (Francés 2000). Por otro lado, se observa una dinámica comercial un tanto diferente a la desarro-llada en el caso del Ebro con una escasa incidencia del material anfórico y una más que notable presencia de objetos de prestigio metálicos (López Cachero 2006). En el caso del Penedés, más al sur aunque dentro de la misma formación geográfica de la depresión prelitoral, la situación también parece diferente a todo lo visto hasta ahora, ya que observamos, por un lado, la aparición de un urbanismo temprano (siglo VII ANE) con casos como Olèrdola o l'Era del Castell en El Catllar, (Asensio 2005), y por otro, el desarrollo de amplios campos de silos (11). Esta situación contrasta con lo documentado hasta el momento en los territorios del Ebro y del entorno emporitano, pero permite establecer un vínculo con la zona del Vallés donde este último tipo de yacimientos constituye el modelo dominante de ocupación del territorio hasta la segunda mitad del siglo VI ANE. Después de analizar todos estos casos de la costa catalana, la sensación es que la coincidencia entre la cronología tardía de estos procesos y el impacto comercial fenicio en el sur y también griego en la zona central y septentrional, no puede ser casual. Si bien es difícil precisar una relación directa entre comercio colonial y el inicio de la estratificación social dentro de las comunidades indígenas, sí que parece muy probable un incremento del prestigio y una progresiva consolidación del poder de ciertos grupos e individuos en relación al control de los intercambios comerciales, así como de la acumulación y redistribución de los bienes obtenidos. En esencia, lo que se está generando son las primeras situaciones de dependencia económica entre una élite emergente y el resto de los individuos de la comunidad, que se desarrollarán indistintamente tanto dentro como fuera de un mismo grupo familiar. No obstante, la respuesta de las comunidades al impacto comercial será ciertamente muy heterogénea en función de la zona que analicemos, lo que explicará los diferentes modelos poblacionales antes definidos que necesariamente deben responder a distintas realidades socioeconómicas. De este modo, valoramos la posibilidad de que en territorios del entorno del bajo Ebro, determinados individuos, tras personalizar la representatividad de la (11) Como, por ejemplo, se constata en el yacimiento, aún en curso de excavación, de El Turó de la Font de la Canya en Avinyonet del Penedés donde, además, se ha contabilizado un 6% de material fenicio en relación al total del conjunto cerámico documentado (Asensio 2005). comunidad en los intercambios y organizar la gestión de la producción, lleguen a intervenir directamente sobre los medios de producción para asegurarse el control de los excedentes con los que comerciar (por ejemplo, minerales, productos textiles o cereales), mientras que en la zona central de la costa, la realidad sea distinta al no percibirse grandes cambios más allá de un enriquecimiento general de las propias comunidades sin que se adviertan grandes diferencias sociales internas al menos hasta el siglo VI ANE (López Cachero 2005). Desconocemos qué mecanismos se pudieron desarrollar en la zona del Ampurdán, pero percibimos una realidad igualmente compleja con un importante contraste entre la costa, especialmente el entorno emporitano, donde el comercio actuaría como un elemento de primer orden en la consolidación de las diferencias sociales, y el interior, donde los cambios se sucederán más lentamente y seguramente relacionados con la gestión de uno o varios recursos clave. Los datos procedentes del registro funerario, como veremos, son aún más concluyentes para demostrar como durante este período se van a ir sucediendo importantes diferencias sociales en el seno de las comunidades del noreste que alcanzarán su máxima expresión entre finales del siglo VII ANE y principios del siguiente. De este modo, respecto a la arquitectura funeraria y a la organización interna de las necrópolis, se ha sugerido una tendencia hacia la monumentalización como, por ejemplo, sucede en las estructuras tumulares de la necrópolis del Coll del Moro de Gandesa (Rafel 1989) o en las tumbas-silo de Can Piteu-Can Roqueta en Sabadell (Villena et al. 2005). En otros casos, también se ha valorado la posibilidad de que ciertos enterramientos tumulares estuvieran reservados a personajes socialmente relevantes en un contexto "que rendiría un cierto culto patriarcal y gentilicio" (Maya 1998: 389). En esta misma línea, Rafel (2003Rafel (: 83 y 2005: 497): 497) ha planteado que los escasos enterramientos tumulares del Bajo Aragón estaban reservados a una parte de la comunidad y que, en esencia, parecen reflejar diferencias intracomunitarias. Por último, destacamos también cómo para El Coll del Moro se ha propuesto la existencia de diferentes sectores donde se enterrarían distintos grupos, no con vínculos familiares como se propuso para Roques de Sant Formatge, sino con afinidades sociales, destacando por encima de todos el "sector Maries" que estaría reservado en exclusividad a una élite que controlaría los intercambios con los fenicios (Rafel 1989: 41). Igualmente, Castro (1994: 155) también insinuó algo parecido para la necrópolis de El Calvari en El Molar. De este modo, en la parte central se concentrarían las tumbas arquitectónicamente más complejas, aunque sin metal, que pertenecerían a un grupo privilegiado dentro de las redes sociales de la comunidad, mientras que en los sectores NE y SE se ubicarían los grupos que concentran los objetos metálicos y que, por lo tanto, ejercerán el control sobre su producción y comercialización. Se trata, sin lugar a dudas, de una propuesta sumamente interesante al proponer la distinción de dos grupos sociales que convivirían dentro de una misma comunidad, uno estable que poseería reconocido su estatus mediante enterramientos tumulares diferenciados del resto y ceremonias funerarias específicas y otro emergente que controlaría una parte importante, si no la totalidad, de los mecanismos económicos de la comunidad. Respecto al contenido de las tumbas, subrayar también diferentes aspectos. En primer lugar, la deposición de equinos, normalmente caballos, y de objetos metálicos para la montura del animal (12) que nos permiten pensar en grupos relacionados con la cría y posesión del caballo, tal y como también sugieren los entierros rituales de fetos equinos en niveles de la Primera Edad del Hierro e ibérico antiguo de Vilars d'Arbeca (GIP 2003: 260-264). En segundo lugar, insistimos en la cada vez más frecuente identificación de restos cárnicos (13), elementos metálicos, principalmente asadores y simpula (14), y abundante vajilla cerámica, que debemos asociar con la celebración de banquetes. Incluso, la presencia de algunos de los objetos en ciertas tumbas nos permiten pensar en la existencia de personajes encargados de dirigir este tipo de ritos en el seno de las familias. Algunos autores han valorado la celebración de este tipo de ritos como una muestra de aculturación de las comunidades indígenas que asumirían el banquete de tradición (12) Destacamos la tumba-silo posiblemente femenina de l 'Hort d' en Grimau en Castellví de la Marca con un posible asno (Mestres et al. 1990: 92), los restos de caballo y elementos de caballería de La Pedrera (Garcés 2002a y b) o la identificación de bocados de caballos en tres tumbas de Can Piteu-Can Roqueta (Villena et al. 2005: 114; López Cachero 2005: tabla 33). (13) En este sentido, destacamos las recientes excavaciones en las necrópolis de Can Piteu-Can Roqueta (Villena et al. 2005: 113) o El Pi de la Lliura en Vidreres (Pons y Solés 2004). (14) De nuevo, la necrópolis de Can Piteu-Can Roqueta destaca en este apartado por la documentación de hasta tres asadores de hierro y un simpulum de bronce (Marlasca et al. 2005; López Cachero 2005: tabla 33). Sin embargo, queremos destacar que este tipo de celebraciones están atestiguadas durante el Bronce Final (15), por lo que en todo caso, simplemente asistiríamos a una readaptación de los tradicionales banquetes con la incorporación de nuevos objetos y alimentos de procedencia mediterránea (Marlasca et al. 2005). En tercer lugar, a medida que avanza el siglo VI ANE se percibe un progresivo aumento del armamento (espadas, puntas de lanza y regatones, etc.) y de los complementos de defensa (corazas, grebas, etc.), que se traduce en las denominadas tumbas de guerrero ( 16) que para algunos autores reflejan la emergencia de una aristocracia de origen militar (Farnié y Quesada 2005; Sanmartí y Santacana 2005). Finalmente y en general, destacamos el progresivo incremento de riqueza de las necrópolis con la incorporación de todo tipo de objetos férricos y de bronce, tanto utilitarios (cuchillos, bocados de caballo, simpula, asadores, etc.) como ornamentales (fíbulas, hebillas de cinturón, brazaletes, ornamentos varios, etc.), así como de vasos cerámicos y ofrendas alimentarias (Fig. 3). Lo más llamativo es que mientras que en ciertas necrópolis parece observarse una tendencia a acumular este tipo de objetos en pocas tumbas (17), en el caso de Can Piteu-Can Roqueta (siglo VII ANE) la proporción de tumbas con algún objeto metálico resulta realmente alta, ya que la estimamos en torno a un 70 % del total de tumbas completamente estudiadas (18) (López Cachero 2005). Creemos que existen dos formas de interpretar esta peculiaridad en función de si consideramos o no que en estas necrópolis tiene derecho a enterrarse toda la comunidad. Si la respuesta es afirmativa, tal y como parece desprenderse de ciertos cálculos poblacionales realizados (López Cachero 2005), podríamos valorar que en el seno de algunas comunidades existirían mecanismos sociales que sancionarían la acumulación excesiva de la riqueza generada por el comercio colonial y obligaría a un reparto más o menos equitativo. En cambio, si la respuesta es negativa tal vez la elevada deposición de objetos singulares nos esté indicando que nos encontramos ante una necrópolis reservada a aquellos grupos sociales que se han enriquecido mediante el control exclusivo del comercio colonial. Así pues, lo que observamos en el registro arqueológico de la Primera Edad del Hierro es que cada una de las zonas costeras del noreste peninsular parece desarrollar su propio proceso de complejidad social, a pesar de que en el fondo, el punto de partida sería el mismo, es decir, el comercio y las relaciones sociales derivadas de la economía de bienes de prestigio. Para algunos autores (Sanmartí 2004; Sanmartí y Santacana 2005), se trata de la definitiva integración de las comunidades del noreste en un sistema mundial de ámbito mediterráneo. Como hemos visto, este proceso de transformación de las comunidades se desarrollará a diferente velocidad dependiendo del territorio, pero con el tiempo acabará originando las primeras disimetrías sociales y estructuras sociales de tipo jefatura, basadas en la adquisición de bienes de prestigio y en el control de los mecanismos de intercambio (Kristiansen 2001: 77). No obstante, lejos de consolidarse, el sistema resultará ser muy inestable debido a que en estas circunstancias, el prestigio y la consolidación del poder de las élites indígenas dependen en exceso del comercio exterior, cuya dinámica les resulta imposible de controlar. De hecho, tal vez sea ésta razón, junto con las contradicciones internas que generará el aumento de las disimetrías sociales, la que explique porqué la crisis que afectará al comercio fenicio durante la primera mitad del siglo VI ANE generará una profunda transformación en las comunidades indígenas del noreste (la denominada crisis del siglo VI ANE) que incluirá la destrucción y abandono de algunos poblados principalmente en la zona del Ebro (casualmente, la zona más activa y dependiente del comercio fenicio) o un profundo cambio en el modelo de poblamiento que provocará el final de muchas necrópolis de incine-(15) Por ejemplo, en los citados casos de la nota 12. (17) A modo de ejemplo, en la necrópolis de El Calvari dos terceras partes de las tumbas no contienen elementos metálicos ni estructuras arquitectónicas complejas (Castro 1994: 155). No obstante, hay que destacar que este autor no distingue entre una fase del Bronce Final y otra de la Primera edad del Hierro, cosa que si hacen otros autores como Ruiz Zapatero (1985). Igualmente, Pons y Esteba (2000: 112) también han propuesto de forma orientativa que aproximadamente un 75% de las tumbas de las necrópolis del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro se incluirían dentro de esta categoría. (18) Un porcentaje igualmente alto (61'5%) se observa en la cercana necrópolis de El Pla de la Bruguera en Castellar del Vallès (Clop et al. 1998). Sin embargo, este porcentaje podría ser aún mayor si consideramos el alto índice de arrasamiento que presentan algunas tumbas y que repercutiría en la conservación del material metálico y cerámico. Similares procesos de alteración del depósito funerario también se han señalado para el caso de Can Piteu-Can Roqueta (López Cachero 2005). El resultado final será que en el transcurso de ese mismo siglo se acabará alumbrando definitivamente una nueva realidad social que calificaremos como ibérica. Por tanto y a modo de conclusión, parece intuirse a lo largo de toda la Primera Edad del Hierro una sociedad en plena transformación donde comenzarán a despuntar socialmente ciertos cabecillas locales de carácter guerrero. Se trata, en definitiva, de un proceso de emergencia aristocrática en palabras de algunos autores (Sanmartí 2004; Sanmartí y Santacana 2005; Graells 2004). De esta forma, desde el siglo VIII ANE en la zona del Segre, desde finales del VII ANE en el bajo Ebro y el Ampurdán y durante el siglo VI ANE en el resto de territorios costeros, una incipiente aristocracia parece ir adquiriendo suficiente poder como para consolidarse socialmente, si bien también es cierto que hay algunos elementos que permiten considerar que esta situación no estará exenta de ciertos conflictos internos, como parece suceder en el Bajo Ebro, y que, en consecuencia, no llegará a cuajar definitivamente hasta el desarrollo del ibérico antiguo. Con estas líneas hemos intentado aproximarnos a las sociedades del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro a pesar de las dificultades observadas en el registro arqueológico del noreste peninsular, en todo momento ajenas a los avances y grandes esfuerzos realizados últimamente en materia de registro y obtención de datos. Estas dificultades incluyen la práctica funeraria de las incineraciones que nos impiden caracterizar las poblaciones, la falta de yacimientos que presenten estratigrafías complejas que nos permitan aproximarnos a la dinámica de cambios sociales y económicos, la existencia de distintos modelos poblacionales que tienen sus implicaciones en la esfera económica y social, la existencia de importantes vacíos de investigación a nivel territorial que nos obligan a recurrir a unos pocos yacimientos-tipo que se convierten en modelos por sí solos o la falta de concreción cronológica a partir de los materiales arqueológicos, fundamentalmente del Bronce Final, que nos ayuden a establecer una secuencia mínimamente ordenada de los procesos de cambio que se van a ir sucediendo. Una de las principales conclusiones que hemos podido extraer ha sido la falta de homogeneidad que existe en todo el territorio, lo que dificulta la reali-zación de una aproximación general a la cuestión que hemos planteado. Así pues, son constantes las diferencias entre los territorios analizados y se traducen tanto a nivel funerario (tradiciones tumulares diferentes) como en el modelo de ocupación y en las características de los asentamientos observadas, especialmente, entre el interior y la costa. De este modo, hemos podido distinguir dos posibles modelos que explicarían la evolución de las sociedades y el nacimiento de una clase aristocrática en el transcurso del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro en el noreste peninsular. Por orden cronológico, el primero de ellos se puede identificar en la zona del Segre-Cinca a partir de una economía centralizada que se basaría en la producción a gran escala de uno o diversos productos subsistenciales básicos de origen vegetal como los cereales, o quizás también animal, fundamentalmente, la crianza especializada o tal vez alimentos de base láctea o cárnica, los tejidos, el cuero, etc. Este modelo económico implicará un patrón de asentamiento propio basado en los denominados poblados cerrados o de espacio central y que con el tiempo tenderán a invertir mayores esfuerzos en la construcción de complejos sistemas defensivos, hasta alcanzar su máxima expresión en el caso de la fortaleza de Vilars d'Arbeca, allá por el siglo VIII ANE. De todo esto se desprende que la coerción comienza a ser un factor importante para la consolidación en el poder de ciertos grupos e individuos y para ejercer un control efectivo sobre todo un territorio y sus recursos. El segundo modelo es fundamentalmente costero y se desarrolla a partir de una economía de bienes de prestigio, según la cual un grupo reducido de individuos controlaría en exclusividad los mecanismos de intercambio del comercio colonial, así como también la redistribución de los objetos más preciados en el seno de las comunidades indígenas. No obstante, los procesos de diferenciación social no se plasmarán de la misma forma ni en el tiempo ni en el espacio, a juzgar por los casos analizados del Bajo Ebro, del Vallés o del Ampurdán. De esta forma, en el primer caso el proceso parece iniciarse en la segunda mitad del siglo VII, dando lugar a un territorio jerarquizado políticamente que orienta su economía hacia una producción diversificada y excedentaria cuyos réditos se reinvierten en un comercio fenicio, especialmente en vino, que resulta aún más lucrativo. Sin embargo, esta dinámica se verá súbitamente interrumpida paralelamente a la crisis del comercio fenicio sucedida durante el se-gundo cuarto de la siguiente centuria, si bien cabe pensar que se volverá a restaurar rápidamente aunque bajo el protagonismo comercial griego (Dupré 2006: 76-79). En cambio, en el Vallés se percibe durante toda la Primera Edad del Hierro una sociedad bastante igualitaria. A pesar de la notable presencia de objetos metálicos importados que suelen aparecer ampliamente repartidos en los contextos funerarios, no se perciben grandes procesos de acumulación, por lo que suponemos que el comercio fenicio no provocó, al menos en un primer momento, evidentes diferencias sociales en el seno de las comunidades al no ser que éstas permanezcan invisibles en el registro arqueológico. Por tanto, las diferencias respecto a otros territorios costeros resultan en este aspecto bastante claras, pero son aún más significativas si valoramos el desarrollo de un modelo de poblamiento basado en granjas económicamente autónomas dispersas en el territorio y sin aparentes preocupaciones defensivas. Por ello, en caso de existir diferencias sociales, éstas no parecen evidenciarse claramente al menos hasta el transcurso del siglo VI ANE y siempre que valoremos en este sentido la posesión de armamento de hierro en ciertas tumbas. Sin embargo, no será hasta la segunda mitad de este mismo siglo, es decir, coincidiendo con la formación de la cultura ibérica, cuando se produzca la definiva institucionalización del liderazgo político con el desarrollo del primer urbanismo en alto y de los sistemas defensivos. Finalmente, en el Ampurdán las evidencias arqueológicas apuntan a que las transformaciones sociales también se van a desarrollar a partir de la segunda mitad del siglo VII ANE que es cuando se documenta el primer asentamiento plenamente estable en St. Martí d'Empúries (si bien, no parece tener continuidad en otros territorios próximos), así como también las primeras diferencias sociales testimoniadas por los contextos funerarios del entorno emporitano, por ejemplo, en la necrópolis de Vilanera (Santos 2003) y en otros casos más lejanos como la necrópolis de Agullana, situación que puede hacerse extensiva al Golfo de León. La cuestión principal es que el contexto en que se van a producir estas novedades hay que relacionarlo con un panorama comercial heterogéneo (fenicio, etrusco y griego) que, a pesar del reconocido protagonismo fenicio, debe permitirnos intuir otras alternativas a juzgar por la creciente influencia griega que se hace dominante desde el segundo cuarto del siglo VI ANE.
La aplicación de esquemas teórico-metodológicos aportados por la Arqueología del Paisaje está dotando a los estudios sobre el mundo prerromano peninsular de unas herramientas de gran utilidad para aproximarnos a los patrones de racionalidad imperantes en aquella época. No obstante, estos planteamientos todavía no han encontrado un eco sustancial en la investigación sobre las culturas prerromanas del Oriente de la Meseta, donde las excavaciones y prospecciones desarrolladas en los últimos años están aportando un volumen de información especialmente valioso para acometer este tipo de análisis. Por esta razón, el presente artículo se centra en una lectura de la dimensión social y simbólica de los sucesivos entramados urbanos documentados en el poblado pre-romano de El Ceremeño de Herrería (Guadalajara, España). Se analiza la configuración de los distintos espacios allí construidos, considerando primero las relaciones estructurales y funcionales que las distintas construcciones guardan entre sí dentro del asentamiento, y analizando más tarde las que éste guarda con otros enclaves del entorno. en un fenómeno que atañe directa y exclusivamente a las personas. Su característica fundamental es, por lo tanto, que está humanizado y, como tal, pasa a convertirse en un paisaje cultural; en una entidad de naturaleza cambiante en virtud de los códigos semánticos que el ser humano imprime al medio físico que comparte con otros seres vivos. Aquellos paisajes culturales estuvieron configurados por hitos delimitadores de naturaleza tanto conceptual como física. Los primeros son difíciles de abordar desde la arqueología pues carecemos de los sujetos protagonistas del hecho cultural, cuyos comportamientos cotidianos pudiesen aportar información sobre los significados de los diversos signos y conceptos simbólicos que mediatizaron sus vidas. Pero los segundos, los de naturaleza física, son más accesibles a nuestro conocimiento ya que poseen una dimensión material que, al menos en parte, puede haber llegado hasta nosotros a través del registro arqueológico. Dentro de los hitos físicos a los que me he referido, los entornos construidos ocupan un lugar esencial. En primer lugar porque son recuperables e inteligibles para la investigación arqueológica; en segundo, y esto es lo más importante, porque son el escenario "en el que" y "desde el que" se articularon todos los comportamientos que han dado lugar a la fisonomía específica de cualquier paisaje cultural del pasado. En el ámbito anglosajón estos criterios se vienen aplicando, desde una perspectiva básicamente antropológica, hace varias décadas. Las iniciativas al respecto son abundantes (Douglas 1972; Ingold 1992), pero bajo mi punto de vista, una de las contribuciones más decisivas es la de A. Rapoport, quien a través de diversos trabajos (Rapoport 1993(Rapoport,1998) ) ha abordado el tema del espacio construido de una forma amplia e interdisciplinar. Para este autor, las múltiples formas mediante las que se organiza el espacio deben ser entendidas como expresiones físicas de esquemas cognitivos que preceden a su plasmación material; los emplazamientos -settings-y sus entornos construidos (1) -built environments-son, por lo tanto, imaginados antes que materializados. Desde esta perspectiva, el término emplazamiento no ha de ser entendido como una entidad estrictamente física, sino como un constructo cultural formado por un entorno -físicovinculado a "Sistemas de Actividades" (2) y estructurado por unos códigos reguladores del comportamiento social pertinente. Estos emplazamientos están conectados de múltiples formas tanto en el espacio como en el tiempo, configurando lo que al autor denomina "Sistemas de Emplazamientos"; unas entidades de marcado carácter polisémico en virtud de la diversidad de formas mentales de construir el espacio -a su vez dependientes de diferentes prioridades, como son por ejemplo, las de propiedad o control de recursos, accesibilidad a extraños, grado de aislamiento, etc. Una vez organizados, esos esquemas mentales pueden ser expresados a través de medios físicos, dando como resultado los entornos construidos y, con ellos, la arquitectura. En este contexto, el estudio del espacio doméstico, de lo que comúnmente conocemos como vivienda, queda supeditado al análisis de los específicos sistemas de actividades que alberga, ya que un mismo edificio, incluso una misma estancia, puede ser utilizado de forma diferente y tener un significado distinto en diferentes momentos -incluso a lo largo del mismo día-, llegando así a manifestarse como un sistema de emplazamientos específico. En tales casos, no sólo los individuos, sino también la materia tanto en su dimensión arquitectónica -elementos traza fijos-como artefactual -elementos semi-fijos-actúan como códigos que transmiten los comportamientos apropiados. Éstos últimos, los elementos semi-fijos -accesorios tanto interiores como exteriores: señales, plantas, elementos de personalización, mobiliario, etc.-adquieren una enorme importancia dado que al ser móviles e intercambiables permiten, primero, una manipulación más directa a la hora de definir tipos de actividad y emplazamiento específicos y, segundo, responden más fácil y rápidamente a los cambios sociales y culturales. Estos planteamientos reclaman un giro en los presupuestos teóricos y las estrategias metodológicas de la investigación arqueológica ya que, entre otras cosas, establecen de forma incontestable que no podamos asumir a priori la naturaleza y alcance del espacio construido porque, según cambian las reglas culturales, también lo hacen las activida-des asignadas a los distintos emplazamientos que engloba. Y de la misma forma, tampoco podemos establecer de forma directa y unívoca una equiparación entre edificio y vivienda aún en el caso de que ambos puedan presentársenos como tales en su morfología externa. Este enfoque teórico ya ha sido adoptado por un sector de la investigación arqueológica (Kent 1993; Sanders 1993; Barret 1999; Parker Pearson y Richards 1999a, 1999b), pero la Arqueología hispana, agobiada por el peso de la tradición historicista, es todavía poco receptiva a líneas de trabajo como las arriba comentadas; líneas que, en definitiva, intentan comprender cómo fueron los entornos humanos del pasado, los mecanismos que hicieron posible su percepción, las reglas sociales y simbólicas que les dieron forma y a las que dieron forma. Y hablo de deficiencias porque desde esta nueva perspectiva el análisis arqueológico tiene una proyección práctica que reporta resultados de un tremendo interés, como puede percibirse en las publicaciones hasta ahora reseñadas. Siguiendo la línea de razonamiento arriba esbozada, voy a trabajar sobre el recientemente publicado poblado protohistórico de El Ceremeño de Herrería (Cerdeño y Juez 2002), analizando diversos detalles que en el mencionado trabajo han sido poco desarrollados. Con ello pretendo profundizar en ciertos aspectos de índole social e ideológica con la intención de establecer una sintonía con algunos de los parámetros en los que se mueve la investigación arqueológica actual y, sobre todo, poner de relieve una serie de fenómenos que han pasado totalmente desapercibidos para la arqueología protohistórica del extremo oriental de la Meseta. Según la publicación disponible, en El Ceremeño se han puesto al descubierto los restos superpuestos de dos poblados de la Edad del Hierro: el más antiguo -Ceremeño I-datado por radiocarbono a mediados del siglo VI a.C.; el más reciente -Ceremeño II-datado por sus excavadoras en el siglo V a.C. (Cerdeño y Juez 2002: 24). No obstante creo que esta secuencia ha de ser matizada. En primer lugar, porque una buena parte el material arqueológico con el que han sido relacionadas la mayoría de las estructuras identificadas como Ceremeño II queda perfectamente encuadrado en un horizonte cronológico situado a lo largo de los siglos III y II a.C., ya detectado en otros enclaves excavados sistemáticamente como El Palomar de Aragoncillo o La Torre de Codes (Arenas 1999a). En segundo, porque con anterioridad a esta última fase habría que insertar una intermedia entre el siglo V-IV a.C. reconocible no sólo en la comparecencia de algunos materiales arqueológicos datables en aquella época, sino también en la presencia de algunas estructuras -sobre todo en la zona del acodo de la muralla-que no mantienen relación estructural alguna con los entramados constructivos de la primera y última fases de El Ceremeño. Uno de los aspectos más interesantes de este yacimiento es que, al menos por lo que respecta a las fases de ocupación publicadas, ofrece dos conceptos urbanísticos y constructivos completamente distintos (Fig. 1) que, como a continuación se argumentará, pueden ser vinculados a diferentes modelos de organización social y, por extensión, de entender el mundo circundante. Además, la excelente conservación de los restos mobiliares de Ceremeño I, motivada por el incendio generalizado que destruyó el asentamiento, permite hacer precisiones sobre su articulación funcional y establecer un primer contacto con el concepto simbólico del espacio que desarrolló la comunidad allí residente. EL CEREMEÑO I: UN ENTORNO CONS-TRUIDO Un primer aspecto que reclama nuestra atención es la variedad morfológica de las construcciones que configuran la primera fase de ocupación del asentamiento. Por más que sus excavadoras las identifiquen invariablemente como "viviendas" (Cerdeño y Juez 2002: 34), el análisis exhaustivo de su configuración indica una diversidad funcional que rebasa en mucho la meramente habitacional. En la figura 2 se valoran una serie de parámetros que permiten establecer claras diferencias entre las distintas estructuras; unas diferencias que, no obstante, podrían quedar matizadas al considerar la existencia de puertas u otro tipo de barreras realizadas en materiales perecederos cuyo rastro podría no haber llegado hasta nosotros: En primer lugar, y aunque en general el recorrido de acceso a las estancias es directo, conseguido a través de una simple abertura en sus muros frontales, en las "Viviendas E y G" observamos que es necesario efectuar un recorrido en zig-zag. Este hecho tiene una doble significación: por una parte, contribuye a mejorar las condiciones de habitabilidad de estos espacios, reduciendo el efecto de los agentes atmosféricos en su interior; por otra, les proporciona un alto grado de privacidad, ya que el acceso indirecto elimina cualquier posibilidad de visualización desde el exterior, de la misma forma que tampoco el exterior es visible desde dentro. Este rasgo sugiere que fueron habitáculos especialmente concebidos para favorecer el aislamiento tanto visual como físico del resto de los elementos constitutivos del poblado. De la misma forma, al considerar la anchura de las entradas se observa que, si bien en muchos casos son angostas, las "Viviendas B, F y H" muestran un amplio vano que además de reducir su grado de aislamiento, supone un serio menoscabo de sus condiciones de habitabilidad, pues las deja prácticamente desprotegidas de los agentes atmosféricos. Estas amplias aberturas no son fortuitas, y es lícito pensar que sus dimensiones obedecen a una necesidad de maniobrabilidad necesaria, bien para el tránsito de personas, bien para el manejo de elementos de gran volumen y/o la manipulación de ganado, con todas las operaciones que su mantenimiento requiere. Por otra parte, la contrastación de los campos visuales de cada una de las construcciones también proporciona datos relevantes: a) El examen del campo visual exterior abarcable desde el fondo de las estancias muestra que algunas de ellas contaron con una buena accesibilidad óptica a la zona abierta situada en el centro del asentamiento, mientras que otras carecen por completo de ella. b) El análisis de los campos visuales del interior de las estancias abarcable desde su umbral de entrada arroja diferencias todavía más significativas, pues mientras una buena parte de los habitáculos mantuvieron visible la practica totalidad de su interior, en las "Viviendas G y E" tal circunstancia fue imposible gracias a la entrada en acodo con que fueron dotadas. Puede advertirse, por lo tanto, que al considerar los campos de visión específicos de las diversas estancias en combinación con sus circuitos de acceso y la amplitud de sus entradas, emergen dos estructuras, las "Viviendas G y E", que mantienen una diferencia básica con el resto de construcciones: son habitáculos en los que el aislamiento a todos los niveles parece ser un recurso deliberado, buscando probablemente un alto grado de privacidad requerido por el tipo de actividades que se llevaron a cabo en su interior; una privacidad que fue innecesaria en el resto de las construcciones a las que estos dos espacios se encuentran asociados, por más que todos ellos hubieran estado dotados de puertas u otro sistema de cierre. Las distribuciones de materia Otro de los aspectos a valorar es que en la fase Ceremeño I el contenido material de los distintos habitáculos no es ni mucho menos homogéneo. Si atendemos a la figura 2d, observaremos que mientras que algunos albergaron un voluminoso equipamiento doméstico constituido por recipientes de almacenamiento, de cocina y vajilla de mesa, otras apenas contenían unos pocos fragmentos cerámicos muy deteriorados. Entre estas últimas, cabe incluir las "Viviendas B y F" donde el material, además de ser escaso, muestra un alto índice de fragmentación. Estos rasgos, unidos a la amplitud de sus entradas, hace pensar que, más que áreas de vivienda, fueron espacios dedicados a la estabulación de animales o el almacenaje de diversas materias como, por ejemplo, pudieron ser provisiones de leña o forraje. A favor de esta interpretación habla precisamente el aludido deterioro del material arqueológico, que remite a un comportamiento muy característico de las econo- mías campesinas vigente hasta hace muy poco tiempo en la zona de estudio: el vertido de los detritus domésticos en la zona de corral, donde los animales procesan la materia orgánica para más tarde, cuando se limpia la cuadra, trasladar todo -los restos inorgánicos mezclados con el estiércola los campos de cultivo circundantes como abono. Entre las estancias dotadas de conjuntos mobiliares "coherentes" también se detectan diferencias. Alguna de ellas parece tener un mobiliario de evidente carácter utilitario: -Las "Viviendas G y E" han aportado poco material cerámico que, cuando comparece, se restringe a contenedores de tamaño mediano-grande. En primera instancia, cabría interpretarlas como áreas dedicadas a descanso, reunión y cobijo en general, sobre todo al considerar su ya comentado alto grado de privacidad y que fueron dotadas de hogares que, además de un uso culinario, pudieron haber tenido una función termorreguladora. No obstante, esta propuesta choca con los datos proporcionados por los análisis químicos efectuados en la "Vivienda E", donde los altos índices de materia orgánica y elementos como fósforo, potasio y calcio han sido relacionados con la presencia de estiércol y, por lo tanto, con un área de establo. Pero existen argumentos para poner en duda esta interpretación, ya que resulta difícil admitir que los habitantes de Ceremeño I estuviesen tan faltos de espacio como para verse obligados a convivir con animales en un espacio de 47 m 2, exponiéndose así a la insalubridad que sin duda acarrearía un contacto tan íntimo con aquellos. Además una angosta entrada en acodo como la de esta vivienda no es precisamente el tipo de acceso más apropiado para el tránsito de ganado, de modo que el autor de los análisis químicos puede estar en lo cierto al admitir la posibilidad de contaminaciones procedentes del nivel superior (Valdés 2002, 160-162). -La "Vivienda C" es un caso muy peculiar, pues además de un hogar, contenía un molino manual junto a un gran número de recipientes cerámicos de variado formato empleados como contenedores, menaje culinario y servicio de mesa, a los que habría que unir otros elementos como son dos fíbulas de bronce y el eje de una madejadora. Este perfil plantea la interesante posibilidad de que nos encontremos ante un espacio preferentemente dedicado a la preparación y consumo de alimentos. Apoyando esta interpretación tenemos dos detalles: en primer lugar, que es éste el ámbito del asentamiento donde mayor variedad de productos agríco-las se han registrado, incluyendo especies como mijo, trigo, cebada y bellotas (Arnanz 2002); en segundo, que ha proporcionado recipientes de cierre hermético -urnas de orejetas-aparentemente importados desde Levante que, como ya se ha indicado en otras ocasiones (Arenas 1999b: 302), pudieron haber contenido productos alimenticios -salazones, preparados de baja densidad como el garum, etc.-consumidos de forma ocasional. -El contenido de las "Viviendas A y D" no es tan explícito como el de las anteriores. La presencia de hogares, zonas de despensa y molinos indica que estamos ante ámbitos en los que se hizo fuego a la vez que se almacenaron y procesaron determinados alimentos, sin que por el momento existan datos para decantarse por una función estrictamente habitacional u otra relacionada con algún tipo de actividad productiva específica. No obstante, la presencia de un punzón de bronce en el primero y de una fíbula en el segundo hacen pensar que fueron espacios en los que se desarrolló una activa vida doméstica. -Por último, el hecho de que sean las "Viviendas B y F" los únicos espacios donde no se han documentado elementos de molienda vuelve a singularizarlas del resto de las estructuras de la fase, reafirmando la idea de que albergaron actividades diferenciadas de las desarrolladas en los otros espacios, y cuya naturaleza es por ahora difícil determinar a través del registro arqueológico. Por otra parte, hay que comentar que en algunos puntos del asentamiento los mismos elementos materiales, que en otras dependencias indican actividades de carácter práctico, comparecen a través de unas combinaciones funcionales y numéricas que no dejan de resultar llamativas. Si a esto unimos su asociación a elementos de dudoso carácter utilitario, habremos de empezar a pensar en actividades alternativas a la estrictamente doméstica. Éste es el caso de la "Vivienda H", cuyo contenido será analizado en el epígrafe siguiente. Pero baste decir por ahora que ha proporcionado dos soportes calados que, al menos en otros contextos protohistóricos, sirvieron para quemar sustancias aromáticas (véase el ejemplo de Capote: Berrocal-Rangel 1994: 196). De corroborarse esta aplicación tendríamos en El Ceremeño I un nuevo elemento que no sólo diferenciaría esta construcción del resto de los edificios integrados en el asentamiento, sino también un nuevo parámetro que incluir en el registro arqueológico de la Edad del Hierro regional: el olor; un componente que no se ha detectado en nin-gún otro lugar del asentamiento y que allí fue utilizado de forma intencionada. La conclusión inmediata que se desprende de este somero análisis es que resulta evidente que no todas las estructuras analizadas fueron viviendas o, mejor expresado, unidades de habitación independientes. Este hecho revela que, en el plano espacial, la vida cotidiana en Ceremeño I no estuvo organizada de forma tan uniforme como sus excavadoras interpretan (Cerdeño y Juez 2002: 34 y s.s.). Al contrario, se percibe una compleja organización mediante la que la morada de un grupo familiar habría estado compuesta por diversos habitáculos con funciones específicas y diferenciadas: algunos pudieron ser espacios de cobijo, descanso o reunión; otros áreas de preparación y consumo de alimentos, y otros entornos de significado económico, fundamentalmente establos y/o almacenes de materias como la leña o el forraje para los animales. Por último, la denominada "Vivienda H", quizá posea un significado mucho más novedoso para la arqueología protohistórica de la Meseta oriental, que bien merece un comentario pormenorizado. La "Vivienda H" de El Ceremeño: una construcción con la entrada orientada al Sur y situada en el ángulo noroeste del asentamiento; un espacio, no obstante, con malas condiciones de habitabilidad dada la elevada exposición a los agentes atmosféricos que provoca su amplia entrada; un ámbito, por último, donde se han efectuado análisis químicos cuyos resultados son "difíciles de explicar" (Valdés 2002: 165), ya que aparentemente no cuadran con los obtenidos en otras zonas del asentamiento por las siguientes razones: -Indican una mayor presencia de materia orgánica respecto a los otros espacios analizados. -En la parte central de la estancia delimitan una zona de hogar donde se acumularon restos orgánicos no totalmente quemados. -Señalan igualmente, en un área más cercana a la entrada, una zona rica de materia orgánica cuyo origen no parecen ser ni el fuego ni la acumulación de estiércol. Como se ha dicho, los autores no encuentran una fácil explicación satisfactoria para este perfil químico, y prefieren dejar el tema en suspenso. No obstante, lo que es cierto es que en la "Vivienda H" se hizo fuego y se depositó materia orgánica en cantidades anómalamente elevadas. Y si además tenemos en cuenta que la combinación de elementos mobiliares que lo integran (Fig. 3) aporta un ambiente en absoluto parecido al que han proporcionado el resto de las estructuras de esa misma fase, empiezan a aparecer elementos en cierto modo aclaratorios. Un primer detalle a considerar es que gran parte de este material se encontraba depositado sobre un banco de tierra compactada. Pero lo realmente pecífico del fuego, ya que según indican los quemadores, además de ser utilizado con fines destructivos -en el caso de la inmolación de ofrendas-o culinarios -en el caso de estar ante un banquete-, se pudo utilizar para quemar sustancias en pequeñas cantidades; sustancias que es tentativo pensar fueron olorosas o tuvieron alguna propiedad curativa. Los detalles específicos de las ceremonias llevadas a cabo en El Ceremeño, y sobre todo a qué o a quién iban dirigidos, son por ahora muy difíciles de determinar. No obstante, detalles como el emplazamiento marginal de la "Vivienda H", la amplitud de su acceso y la aparente anomalía de los signos de actividad cotidiana en su interior, podrían al menos estar indicando que se tratase de una actividad colectiva. ESPACIO CONSTRUIDO Y TIEMPO En el epígrafe anterior se han analizado algunos rasgos físicos delatores de la complejidad que tanto a nivel funcional como conceptual puede tener un pequeño asentamiento como fue El Ceremeño I. Pero este fenómeno no cobra pleno significado hasta que se inserta en una escala espacio-tempo-ral lo suficientemente amplia como para poder visualizar sus transformaciones y, por lo tanto, las eventuales variaciones en su trascendencia social y simbólica. Un rasgo que se va a mantener a lo largo de toda la secuencia de ocupación de El Ceremeño es la presencia de un potente muro de cierre perimetral. Una estructura que, por inercia, todos denominamos muralla y consideramos evocadora de conflictividad bélica -a partir de su función "defensiva". Pero esto no tuvo porqué ser necesariamente así, y existen varios argumentos para mantenerlo. En primer lugar resulta obvio que, conforme a la tecnología bélica de aquellos momentos, no era necesaria para defenderse una inversión de recursos materiales y humanos como la que requiere esa construcción. Por otra parte, aunque algunos autores asuman que la guerra fue aparentemente endémica en muchas sociedades de la Edad del Hierro (Collis 2001: 88), por lo que respecta a los pueblos prerromanos del interior peninsular carecemos -salvo en algunos contextos específicos como es el caso de la Crisis del Ibérico Antiguo o las Guerras Celtibéricas-de pruebas fehacientes de la que tal actitud fuese una práctica generalizada. A la hora de interpretar este tipo de construcciones, hemos de partir de la base de que la belicosidad no tiene porqué expresarse necesariamente en términos de violencia y agresión física, sino a través de otros comportamientos como la ostentación y amenaza ritualizadas planteadas como un acto disuasorio (Sharples 1991: 87). De la misma forma, hemos de tener en cuenta que la belicosidad y el conflicto armado pueden adoptar entre los grupos humanos fisonomías muy diferentes: algunas actitudes de agresión real no dejan rastro físico, mientras que en otras ocasiones se utiliza un gran despliegue material para mantener actitudes básicamente simbólicas. Por lo tanto deberíamos ser cuidadosos en no confundir la guerra con la tensión social o, incluso, con códigos no verbales transmisores de mensajes no necesariamente agresivos. En sintonía con este último aspecto, no podemos olvidar que murallas como las de El Ceremeño son sólo una parte de un entorno construido que, como hemos visto, consta además de otros elementos como son áreas de vivienda, de almacenamiento y de otras actividades productivas; unos elementos que, en conjunto o por separado, pueden convertirse en recursos mnemotécnicos para fijar las pautas de comportamiento y garantizar la estabilidad social de la comunidad que lo habita (Rapoport 1998: 462). Desde esta perspectiva, la delimitación del espacio habitado mediante barreras arquitectónicas proporciona un alto grado de cohesión interna, tanto urbanística como ideológica (Parcero Oubiña 1995, 138), hasta el punto de que, sin rechazar su valor como recurso defensivo de primer orden, estos sistemas de cierre pueden convertirse en recurso simbólico cuya función pudo evolucionar desde, o pudo oscilar entre, la de aislamiento social a la de indicador de estatus. En el primer caso actuarían como un limes entre un mundo exterior -ajeno a la comunidad-y otro interior -propio de la comunidad-definiendo una línea de exclusión demarcadora de grupos sociales concretos (Hingley 1990; Fernández Posse y Sánchez Palencia 1998: 129); en el segundo formarían parte de un código de comunicación no verbal para expresar el estatus de la comunidad residente en el seno de un marco social de mayor cobertura territorial (Bowden y McOmish 1987: 77; Myrtum et al. 1996). Desde este punto de vista, el conjunto constituido por ese muro perimetral y los elementos arquitectónicos emplazados a su interior permite establecer no sólo varias categorías en los significados del espacio construido, sino también diferencias diacrónicas en los principios organizativos en los que se basa (Fig. 4). En la fase Ceremeño I, el espacio construido se desarrolla a partir de un principio de concentricidad (Fig. 4A), a través del cual quedan establecidas al menos tres categorías: -El ámbito colectivo, representado por el espacio libre de construcciones existente en el centro del asentamiento y, posiblemente, por el espacio de uso ceremonial que se ha creído identificar en la "Vivienda H". -El ámbito privado y semi-privado, constituido por las zonas de vivienda en sentido estricto -descanso, reunión, preparación y consumo de alimentos, etc.-y las áreas de significado básicamente económico y subsistencial. La exclusividad de cada una de estas unidades dependerá del uso -o usosque tuvieran, generándose un gradiente de privacidad comprendido entre la más estricta intimidad del lecho conyugal, por ejemplo, hasta las áreas de establo y almacén; unas instalaciones éstas últimas que, por el momento, desconocemos si fueron para el uso exclusivo de una única unidad familiar o tuvieron un carácter más comunitario. -El Limes (muralla) que cohesiona a los dos anteriores y los individualiza de otros poblados o "emplazamientos comunitarios", propios o ajenos. En el plano simbólico, y como complemento a la función limitadora ejercida por la muralla, hay que tener en cuenta el espacio abierto de la zona central del poblado. Al contrario de lo que ocurre en otros círculos culturales de la Europa protohistórica (Giles y Parker Pearson 1999; Parker Pearson 2001), la orientación de las entradas a los edificios no sigue un patrón astronómico definido (Rodríguez-Calderot et al. 2006), sino que se abren invariablemente a ese espacio, que se convierte en el centro del microcosmos representado por el asentamiento, en el punto focal de una serie de construcciones -y todas las representaciones mentales que contienen-al que están deliberadamente abiertos o deliberadamente encubiertos. En este contexto, la vinculación de distintos habitáculos a una única unidad familiar que se ha propuesto en epígrafes anteriores implica una reducción del número total de unidades residenciales presentes en Ceremeño I. Extrapolando los datos obtenidos en el área excavada a la totalidad del asentamiento, podrían estimarse en cinco o seis a lo sumo, de lo que se desprende que las tensiones entre comunidad y unidad familiar debieron ser relativamente bajas; un hecho deducible, en primera instancia, del aparente equilibrio generado entre los espacios comunales y familiares. Se visualiza así un entorno en el que las relaciones sociales pueden ser fluidas y con un alto grado de contacto interpersonal e intergrupal, de forma que es previsible que se desarrollase una codificación relativamente sencilla y, sobre todo, inteligible para todos los miembros de la comunidad. En la fase Ceremeño II, vemos que el anterior principio de concentricidad queda sustituido por un principio de linealidad (Fig. 4B), mediante el que las zonas de carácter comunal se materializan en calles rectas a las que se abren las entradas de los edificios. Si volvemos a observar la figura 1, podremos advertir cuatro novedades respecto a la fase anterior: a) En este momento la superficie construida experimenta un significativo incremento en detrimento de los espacios de uso potencialmente comunal. b) El espacio habitado se divide en dos agrupaciones de edificios perfectamente diferenciadas, con una escasa e incluso nula relación visual mutua y, en consecuencia, un descenso de la comunicación directa paralelo a un incremento de la fragmentación y el hermetismo social. c) Se observa un incremento de la estandarización modular en el plano arquitectónico, mediante la que los espacios de actividad económica parecen ganar protagonismo, sin que podamos determinar el grado de privacidad que tuvieron. d) Se construyen en distintos puntos del asentamiento estructuras de significado distinto al habitacional o productivo. En el ángulo noroeste del recinto, y alojada en el acodamiento de la muralla entonces construido, se levantó una estructura de gran envergadura que podría interpretarse bien como un reforzamiento de los dispositivos de defensa, bien como la aparición de edificios de uso colectivo como podrían ser graneros u otras instalaciones de significado económico. Igualmente, en el ángulo suroeste se construyó una plataforma de piedra que ha sido interpretada como el basamento de una torre. Las excavadoras han otorgado a estas estructuras un carácter básicamente defensivo que, en primera instancia, estaría indicando un aumento de la tensión interna y/o externa. Pero ante esta posibilidad, cabe plantearse una reflexión: si en momentos anteriores la muralla fue suficiente para defender el asentamiento, porqué ahora se levantan estos elementos accesorios... ¿estuvieron realmente destinados a contrarrestar amenazas externas o, por el contrario, fueron instrumentos de coacción dirigida al interior del poblado y/o incluso a un reforzamiento de los aspectos monumentales del enclave de cara al exterior? Estos cambios en los principios organizativos del espacio construido suponen una reducción del espacio comunal disponible paralela a fragmentación del mismo, lo que pudo acarrear dos consecuencias: en primer lugar la pérdida del referente simbólico de punto focal unitario que el anterior espacio central proporcionaba a la comunidad; en segundo, un incremento de la disociación social y con él, de la complejidad de los códigos de conducta necesarios para la coexistencia del grupo. A diferencia de la fase anterior, ahora se percibe un desequilibrio entre los espacios dedicados a uso comunal y aquellos de carácter privado, lo que podría interpretarse como un aumento de la tensión entre comunidad y unidad familiar, con un balance positivo para ésta última. Aumenta la fragmentación grupal y, con ella, el grado de complejidad social y simbólica ya que, como señala Rapoport (1998: 489), conforme aumenta el numero de grupos y su heterogeneidad, se diversifican y complican los códigos cognitivos y, por extensión, las relaciones entre los individuos y los espacios que ocupan. Esto conduce a una organización espacial mas compleja, basada en nuevos vínculos y separaciones que necesitan ser fijados mediante indicadores tanto físicos como mentales más fuertes y manifiestos. Expresado en términos sencillos, es previsible que, respecto a etapas anteriores, en la fase Ceremeño II los códigos de "prohibido el paso", "eso que has hecho está muy feo" o "no llevas la indumentaria apropiada para el momento" se multiplicasen e incluso endureciesen. De la misma forma que a nivel interno se pueden rastrear diversos conceptos y usos del espacio construido por parte de la comunidad residente en un poblado, las cambiantes relaciones que varios de aquellos asentamientos mantuvieron entre sí y con el paisaje circundante a lo largo del tiempo permiten detectar variaciones en sus mecanismos de regulación social en un ámbito que podríamos consi-derar, al menos, microregional. En este sentido, El Ceremeño vuelve a aportar una valiosa información, ya que al considerar los vínculos que el sitio guarda con los enclaves circundantes (Fig. 5) se hacen evidentes varios detalles: a) Durante el siglo VI a.C. se registra un patrón de asentamiento en el que El Ceremeño parece ser la residencia de un grupo social independiente. Existe en estos momentos una relación directa poblado-necrópolis, evidente a partir del correlato tanto cronológico como tecnológico existente entre el asentamiento y la necrópolis de El Molino (Cerdeño et al. 2002); una relación que genera un eje simbólico en torno al cual se pudo vertebrar el Fig. 5. Esquema diacrónico de los modelos de poblamiento en el microentorno de El Ceremeño. territorio de la comunidad. El hecho de que la necrópolis contenga fases anteriores a Ceremeño I muestra con claridad que existieron otros patrones de asentamiento distintos al que se generalizará durante la Edad del Hierro que, por el momento, no han sido detectados. b) Durante los siglos V-IV. a.C. aparece el asentamiento de La Huerta del Marqués (4): de mayores dimensiones, mejor abastecido de agua y terrenos cultivables, y con un equipamiento mobiliar (Fig. 6) aparentemente más rico que los exiguos restos documentados en El Ceremeño datables en esos momentos. La escasa entidad de la ocupación que El Ceremeño parece haber tenido en aquel periodo no deja de ser sospechosa. En principio, el asentamiento podría haber desempeñado un papel subordinado respecto a La Huerta del Marqués, bien actuando como la residencia de un grupo familiar reducido o, más probablemente, como una instalación de carácter complementario a las actividades desarrolladas por el asentamiento en llano. Pero también podría interpretarse como una ocupación oportunistareocupación de unas ruinas por un grupo con un poder adquisitivo limitado-, producto de la segregación social -aparición de pautas de exclusión respecto a la comunidad troncal que afectan a un segmento o grupo social concreto-e incluso simbólica, desde el momento que pudo actuar como hito o referente consuetudinario de la comunidad asentada en aquel entorno. En cualquier caso, esta circunstancia, indica una diversificación topográfica y aparentemente funcional del hábitat, a la vez que, a nivel estrictamente local, podrían empezar a reconocerse con nitidez diferencias jerárquicas. Ahora el vínculo poblado-necrópolis es más complejo ya que, aparentemente, un mismo cementerio -la necrópolis de El Molino-va a ser utilizado por más de un asentamiento -en este caso, El Ceremeño y La Huerta del Marqués-. Este es un fenómeno que ya ha sido reconocido en el entorno próximo (Arenas y Cortés 1994), y en el caso de Herrería cobra visos de verosimilitud desde el momento que no se ha localizado otro lugar de enterramiento en las inmediaciones y que los equipamientos materiales de los tres enclaves son totalmente coherentes. Ante esta situación, se podría pensar en la aparición de un patrón de poblamiento diversificado, en el que el enclave preeminente habría sido La Huerta del Marqués, en virtud de sus mayores dimensiones, accesibilidad a recursos hídricos, vías de comunicación y terrenos agrícolas, riqueza material, etc. En este contexto, pudo operarse una multiplicación de los códigos reguladores del espacio social, pues pasaría a estar estructurado por unas reglas más complejas y, desde luego, mas opacas para los miembros no pertenecientes a esa comunidad. c) Para el periodo comprendido entre los siglos III y II a.C. no tenemos constancia de ocupación en La Huerta del Marqués, lo que unido a la importante remodelación urbanística que experimenta El Ceremeño, indica que éste vuelve a tomar protagonismo en el esquema de poblamiento local. Si abriésemos un poco el zoom en nuestro campo de análisis, observaríamos que en estos momentos convergen dos fenómenos de amplia cobertura territorial: por una parte se registra una notoria estandarización de los esquemas urbanísticos, que a partir de ahora y hasta la intervención de Roma en la zona, se basa-Fig. Material cerámico procedente de La Huerta del Marqués (a partir de Arenas 1988). rán en las agrupaciones de habitáculos rectangulares con el módulo constructivo homogéneo que podemos observar en Ceremeño II; por otra, tiene lugar un incremento de la diversificación morfológica, que a partir de entonces se va a materializar no solo en la disparidad de los tamaños de los asentamientos en altura, sino también en la proliferación de pequeños enclaves, muchos de ellos en terrenos llanos y con una clara especialización funcional (Arenas 1999a). Este fenómeno podría ser interpretado como la consolidación de un proceso -ya iniciado en fases anteriores-de fragmentación de la comunidad, que ahora se extenderá hasta abarcar varios enclaves y un territorio más amplio. En el plano simbólico es previsible que tuviese lugar una progresiva complicación de los códigos de articulación social, que ahora podrían haber quedado condicionados por la aparición de subgrupos vinculados a cada una de las unidades de asentamiento en las que se ha segmentado la comunidad. d) Por último, ya en época imperial romana, vemos como el poblamiento se vuelve a concentrar sobre el antiguo emplazamiento de La Huerta del Marqués, desapareciendo todo rastro de ocupación en los otros asentamientos previamente habitados. Lo mismo ocurre con el vínculo poblado-necrópolis, que a partir de entonces queda roto ya que la necrópolis de El Molino se abandona (5). Esta situación indica una profunda ruptura con las etapas precedentes, paralela a la cristalización de una nueva coyuntura social que conocemos bajo el nombre de Romanización. La comunidad se radica ahora en un espacio de nueva configuración y estará regida por nuevas pautas sociales y simbólicas insertas en -y en cierto modo impuestas por-una organización de tipo abiertamente estatal. HACIA MODELOS DIACRÓNICOS DE COBERTURA REGIONAL En los párrafos precedentes he planteado algunos aspectos que surgen del análisis del espacio construido de un pequeño poblado de la Edad del Hierro situado en el oriente meseteño. Soy consciente de la novedad y, por lo tanto, de lo arriesgado de algunas de las propuestas formuladas, pero también lo soy de que responden a la necesidad de conceder a sus ocupantes un mínimo grado de autonomía y, sobre todo, de protagonismo en la construcción de su cultura. La tradición investigadora dedicada a este tema, en la que yo me incluyo, los ha reducido a meros objetos productores de cerámicas, espadas y fíbulas, y ha olvidado que su cometido esencial es indagar en la forma de pensar, de interrelacionarse y de desenvolverse en el medio físico en el que vivieron aquellas gentes. La realidad es que tanto los códigos de comunicación como las motivaciones que les impulsaron a desarrollarlos fueron diferentes a los nuestros, y al abordar el ejercicio teórico y metodológico de situarlos al margen de nuestros esquemas de pensamiento actual, queda de manifiesto que estamos tratando con grupos que no razonaron como nosotros, de la misma forma que hoy día los miembros de las sociedades preindustriales supervivientes tampoco lo hacen. En sus rasgos más generales, los dos modelos de poblamiento registrados en El Ceremeño pueden ser considerados como el resultado de un acto premeditado, que hubo de requerir un calculo previo del espacio para albergar a un número concreto de personas y actividades. Una de sus características más notorias -y que comparte con el resto de los poblados prerromanos de la Meseta oriental-es que su perímetro no muestra ampliaciones, lo que ha sido interpretado como la expresión material de un sistema social de tipo segmentario vertebrado por formas de parentesco genealógico (Ortega 1999b: 433 y s.s.;Burillo y Ortega 1999: 130). Por otra parte, al admitir que el tipo de edificios que contienen sólo fueron aptos para alojar a grupos limitados -en los que se ha creído identificar a la familia nuclear de tamaño restringido; vid. Ortega 1999a, 113-, se empieza a vislumbrar un esquema organizativo que, a través de su manifestación arquitectónica, se materializa en una sectorización de las actividades y roles ejercidos por cada uno de los miembros del grupo: ámbitos de uso preferentemente masculino o femenino, espacios conjuntos como son las áreas de preparación y consumo de alimentos, e instalaciones accesorias como establos y corrales, cuyo funcionamiento quedó regulado por una serie de códigos de comportamiento fijados en la conciencia colectiva. Pero dentro de este marco general, cabría proponer algunas reflexiones: En primer lugar, en la fase Ceremeño I la residencia de una unidad familiar no parece estar radicada sólo en uno de los habitáculos que han sido identificados como "viviendas", sino que abarcaría varios de ellos. Esto plantea una cuestión importante: si las construcciones individuales no son viviendas, los cálculos demográficos efectuados deberían contemplarse con cautela ya que podrían verse afectados a la baja. Tales cálculos se desprenden de la aplicación de tres fórmulas distintas sobre un número estimado de 19 habitáculos/"viviendas", lo que da como resultado, según el método utilizado, 177, 51 o 73 habitantes (Cerdeño y Juez 2002: 56 y ss.). Pero, si como propongo, varios de estos espacios pudieron haber sido utilizados simultáneamente por un grupo familiar en función de sus necesidades inmediatas, el número de viviendas estimable sería sensiblemente menor e inversamente proporcional al espacio requerido por habitante, de lo que resultaría que un poblado como El Ceremeño podría haber albergado mucha menos gente de la que se ha propuesto. Esta última posibilidad nos remite de nuevo a la pregunta de cuales fueron el origen, significado y función de sus imponentes murallas. Si, como he planteado, para su defensa no habría sido necesaria una obra de tanta envergadura, ¿estamos acaso ante un ejemplo de consumo conspicuo? Pienso que es muy posible, sobre todo teniendo en cuenta que hace ya tiempo que se reconocieron indicios de este tipo de estrategia social en contextos coetáneos del entorno de El Ceremeño, como es la primera fase de utilización de la necrópolis de La Cerrada de los Santos (Arenas y Cortés 1994). Desde esta perspectiva, pienso que murallas monumentales como la de El Ceremeño pudieron actuar como un símbolo físico y perdurable de la capacidad de acción del grupo que las construyó, a través de su dimensión material y de la visibilidad derivada de su monumentalidad. Por una parte, se podría pensar que en aquella fase el "mundo particular" de la comunidad quedó configurado por el espacio central del poblado, su entramado urbanístico y la muralla, tras la que comenzaba "lo ajeno". Pero la previsible -y necesariaconfiguración de diversos espacios productivos en las inmediaciones del asentamiento junto a la instalación de su necrópolis a tan sólo unos centenares de metros fuera del recinto amurallado, ponen de manifiesto un concepto del espacio -tanto simbólico como práctico-mucho más elaborado; un concepto definido por la polaridad existente entre el mundo de los vivos, de la realidad cotidiana representada por aquella muralla y todas las actividades se desarrollan dentro o fuera de ella, y el mundo de los ancestros representado por la necrópolis y, más específicamente, por el paisaje funerario que ostentó; ancestros que actúan como referentes simbólicos en el proceso de autoafirmación de la comunidad en el ámbito genérico de la construcción de la cultura. Estos fenómenos se podrán entender mejor si tenemos en cuenta que la fase Ceremeño I queda inserta en el periodo formativo de las culturas protohistóricas del oriente meseteño. Esto quiere decir que nos encontramos ante una sociedad en proceso de consolidación, involucrada en la creación de nuevos espacios sociales que es necesario delimitar simbólica y físicamente, lo que exige un importante caudal de energía en la compartimentación y apropiación del paisaje para definir ámbitos territoriales específicos y, por tanto, la entidad social de cada comunidad En la fase Ceremeño II parece percibirse un uso mucho más intensivo del entorno construido. Este fenómeno se inserta en un contexto en el que, según los datos aportados por la mayoría de las necrópolis excavadas en la zona, ya no se invierten ajuares metálicos ni se sacrifican animales en los rituales funerarios, sino que se hacen libaciones y se utilizan otro tipo de productos secundarios (6). Las formas de vida cotidiana parecen ser más estandarizadas, según se percibe en una homogeneización de los tipos cerámicos, de los módulos constructivos y urbanísticos, etc., de la misma manera que las reglas sociales junto con los códigos de comunicación que las regulan parecen haber cambiado. Una relativa aglomeración humana y la inflación del suelo edificable debió generar tensiones sociales -no sólo entre unidades familiares, sino también entre éstas y la comunidad en su conjunto-y las correspondientes reacciones para neutralizarlas. En esta fase, el "mundo particular" de la comunidad se fragmenta, quedando a merced de dos vectores: uno interno, propio de la entidad grupal que habita un asentamiento concreto, y otro externo, impuesto y/o regulado por el microsistema de asentamientos por los que se ha extendido esa comunidad. Ya se ha apuntado la posibilidad de que los códigos de comunicación no verbal, los tabúes y otros (6) Este fenómeno se observa con nitidez al comparar los rituales funerarios llevados a cabo en las dos fases de enterramiento documentadas en La Cerrada de los Santos de Aragoncillo (Arenas y Cortés 1994). recursos simbólicos necesarios para la regulación social se hiciesen más complejos. Y es precisamente en este ámbito ideológico en el que podrían encajar las estructuras turriformes que aparecen en la última fase de ocupación de El Ceremeño; unos elementos desde luego extraños e intrusivos en el espectro de actividades domésticas que pudieron llevarse a cabo en el asentamiento, y a las que cabría asignar dos funciones: en primer lugar la elemento para ordenar lo exterior, a través de su carácter utilitario -defensivo y/o disuasivo-y a la vez simbólico -recurso monumental-; en segundo, la de recurso para ordenar lo interior, por medio del papel coercitivo que su mera presencia podría haber representado... Son dos posibilidades a priori no excluyentes entre sí, que ganan plausibilidad al evocar el aspecto y la función que por ejemplo tuvieron las picotas y cadalsos erigidos en los lugares visibles de las aldeas medievales. Del éxito conseguido mediante estas estrategias poco se puede decir por ahora, pero quizá pueda aportar alguna pista la aludida fragmentación de la comunidad; un fenómeno que, curiosamente, es paralelo a la aparición de la ciudad como elemento rector del poblamiento prerromano del oriente meseteño y el valle del Ebro al menos desde principios del siglo III a.C. Del mismo modo, también pueden ser indicativos de un eventual desenlace otros dos hechos: que aquellas ciudades se nutren de importantes fenómenos de sinecismo (Burillo 1998(Burillo: 255 y s.s., 2003) ) y que a partir de entonces va a quedar claramente definido un ámbito que podríamos considerar rural en oposición al, o mejor dicho, interconectado con el modelo urbano representado por las ciudades emergentes en los cercanos valles del Ebro y el Tajo (Arenas y Tabernero 1999). De momento, sólo espero que este trabajo haya contribuido a aproximarnos un poco a ese nirvana arqueológico que J. Ortega reclama (1999a: 104) y en el que el estudio del espacio doméstico debiera analizar la lógica de las relaciones entre la vivienda, la casa, las redes de parentesco, la familia, la división sexual y de edades en el espacio, el hogar, la construcción ideológica de la privacidad, los procesos de trabajo dentro de la vivienda, etc.
La finalidad del presente trabajo es evaluar la producción y selección para el retoque de los soportes líticos a lo largo de la secuencia Tardiglaciar de la cueva de El Rascaño. Para el análisis, se seleccionó una muestra a la que se aplicó una serie de criterios tipométricos y de análisis tecnológico. Con estos elementos se evaluó cuál era el objetivo de la producción en cada nivel y cuál fue su variación en el tiempo. La cueva del El Rascaño abre su boca al SW, sobre la margen derecha del río Miera, en un pun-to ubicado a un kilómetro al SE del pueblo de Mirones, a aproximadamente 20 m por encima del nivel de su cauce. Los motivos que nos llevaron a escoger El Rascaño para hacer esta revisión, fueron varios y de distinto peso. En primer lugar, sabemos que la secuencia magdaleniense de este yacimiento es de vital importancia ya que, a pesar de sus hiatos, es una de las más completas, para esta época, en la región cantábrica. En segundo lugar, la excavación de los años setenta ofrece garantías de haber tenido una recolección exhaustiva de los materiales y, además, ha dado origen a la monografía que ya mencionamos (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981), y que ha resultado ser una de las publicaciones más exhaustivas hechas sobre un yacimiento arqueológico cantábrico. Ese trabajo reúne, además de los estudios sobre las industrias lítica y ósea, estudios de fauna, polen, malacología, sedimentología, geología e, incluso, antropología física. Por otro lado, esta secuencia ha sido objeto de otros estudios que formaron parte de tesis doctorales; me refiero a las realizadas por Pilar Utrilla (1981), César González Sainz (1989) y Nathalie Cazals (1). Elegimos, entonces, estudiar la secuencia de El Rascaño por su importancia regional, por la fiabilidad que nos ofrece la recogida de los materiales, (*) Investigadora contratada programa I3. Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (unidad asociada al CSIC). Correo electrónico: adriana.chauvin@ unican.es Tesis doctoral inédita leída en la Université de Paris I -Pantheon Sorbonne. por las publicaciones de las que ha sido objeto y que conforman un cuerpo de información de buena calidad y, además, por la disponibilidad de los materiales (2). Su ubicación en la cuenca del río Miera, la misma que el yacimiento de La Garma A, cuya secuencia Tardiglaciar estamos estudiando de cara a la preparación de la tesis doctoral, completa nuestro catálogo de motivaciones. Si bien no es objetivo de este trabajo específico la comparación de ambas secuencias, sí lo es el completar el corpus de información disponible para utilizarlo con posterioridad en nuestra tesis. Puede ser interesante mencionar que, aunque vecinos de cuenca, la posición topográfica de ambos yacimientos es diferente. En tanto que El Rascaño se ubica a 275 m.s.n.m., en un paisaje abrupto y catalogable como de montaña, La Garma A lo hace a apenas 80 m.s.n.m., en un entorno de colinas suaves que alterna con espacios abiertos relativamente amplios. Esto nos permite suponer a priori un uso diferente y, quizá, complementario del espacio regional. Nuestro objetivo específico al emprender la revisión de los materiales de El Rascaño, fue realizar observaciones sobre algunas cuestiones técnicas no consideradas en los trabajos ya mencionados. Nos referimos a ciertos aspectos relativos a los tipos de soportes líticos utilizados en la confección de útiles retocados, de cara a una evaluación diacrónica de la preparación de los mismos e intentando poner de relieve aquellas variables que denuncien rupturas o continuidades en las modalidades de aprovechamiento de los recursos líticos. Dado que el estudio tipológico del material ha sido ya realizado y publicado (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981; González Sainz 1989) nos referiremos a este aspecto sólo lo estrictamente necesario, centrándonos en cuestiones inéditas. En general, sostenemos que los trabajos sobre tecnología lítica deben estar respaldados por un conjunto importante de datos, ya que creemos que solamente seremos capaces de obtener pistas confiables para valorar los comportamientos técnicos habituales del pasado a través de la evidencia recurrente. En coherencia con esta propuesta, normalmente procesamos la totalidad del material rescatado. En este caso, no obstante, enfocamos la tarea de manera distinta debido, fundamentalmente, a que se trata de una colección que, como dijimos, ha sido objeto de más de una publicación, lo que nos permitió conocer de antemano sus características principales. Decidimos, entonces, trabajar con mues- (2) Los materiales de El Rascaño están depositados en el Centro de Investigaciones y Museo de Altamira. tras, seleccionando sólo los artefactos provenientes del cuadro XD. El nivel 1 fue la única excepción debido a que sus materiales son muy escasos y no justificaban dicha selección. Nos referiremos ahora a los aspectos prácticos del trabajo. En ese sentido, procesamos el material de manera individual, considerando separadamente las lascas y los productos laminares. Clasificamos a las primeras en cinco categorías según su tamaño: A. hasta 15 mm de lado mayor; B. de 16 hasta 25 mm; C. de 26 hasta 35 mm; D. de 35 hasta 45 mm; E. mayores de 45 mm En el caso de los productos laminares, hemos medido longitud, anchura y espesor en piezas completas y solamente anchura y espesor en las fragmentadas. Contabilizamos, además, las piezas que tienen valor diagnóstico para valorar el método de talla puesto en práctica como, por ejemplo, tabletas, crestas, núcleos, etc. En un intento por caracterizar lo más objetivamente posible a estos conjuntos y facilitar la comparación entre ellos, utilizamos dos índices: -índice de carenado (3): lo utilizamos para evaluar la producción de lascas espesas. Serán considerados como carenados los índices menores que dos (el espesor es superior a la mitad de la anchura). -Índice de laminaridad (4): lo utilizamos para valorar la laminaridad de los conjuntos. En cuanto a las materias primas, y ante la falta de análisis petrográficos, nos hemos limitado a clasificarlas hasta donde nos sentimos capaces de hacerlo con confianza. Nos referimos a la división en los grupos genéricos como sílex, cuarzo y cuarcita, aunque hemos apuntado ciertas precisiones sobre algunos tipos de sílex que son más fácilmente reconocibles, como es el caso de los conocidos como del Flysch y de Treviño (Tarriño 2006), y que nos ofrecen una certeza razonable sobre su origen. A modo general, y válido para todos los niveles, diremos que hemos considerado como núcleos a algunas piezas que fueron clasificadas en su día por González Echegaray (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981: 55-94) como raspadores carenados o nucleiformes (dependiendo del caso). Como es obvio, esto hace variar los valores absolutos y, en consecuencia, también los porcentajes que componen la muestra de útiles retocados. Tomamos esta decisión por creer que los artefactos en cuestión reúnen los atributos esperables de un núcleo de laminillas y que, por lo tanto, deben ser asignados a ese grupo. No se espera que un raspador tenga la cara inferior preparada por lascados subparalelos, hecho que sí es común en la plataforma de los núcleos. Tampoco se espera que en un raspador se cuide la carena (6), situación que sí muestran algunas de las piezas, sobre todo aquellas que presentan doble plataforma o cresta opuesta. Por otro lado, esperábamos que en los niveles en los que se documentara utillaje de dorso, también (3) IC= Anchura / Espesor. (5) La calibración fue hecha con el programa Calib (Stuiver y Reimer 1993). (6) Se llama carena a la curvatura longitudinal de la cara de lascado del núcleo laminar. los productos microlaminares, retocados o no. En este sentido diremos que, sean núcleos o raspadores, la mayor parte de las extracciones laminares correspondientes (las consideremos laminillas sensu stricto o simplemente subproductos laminares del retoque de un filo) no están en el yacimiento (7). A partir de la información bibliográfica, parece poco probable que se deba a un problema de recogida en excavación ya que, según los excavadores, todo el sedimento fue cribado con una malla de 2 mm (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981: 30). Otra posibilidad que habría que evaluar es si esta situación puede deberse a que la superficie de excavación fue, quizá, un tanto restringida. Queremos decir que algunos procesos tafonómicos podrían también sesgar las acumulaciones según el tamaño o peso del material y que, en una superficie acotada de excavación, esto podría estar dándonos una imagen engañosa. Si pudiéramos descartar estos dos factores, quizá tendríamos que preguntarnos Tab. Dataciones radiocarbónicas y su calibración, correspondientes a la secuencia Magdaleniense de las cuevas de El Rascaño y La Garma A. Fig. 3. Distribución de las dataciones del segmento magdaleniense de las secuencias de El Rascaño y de La Garma A. Fechas calibradas con el programa Calib (Stuiver and Reimer, 1993). se documentaran algunos de los núcleos que les habrían dado origen. Debemos reconocer que nos sorprendió que, en general, se da la situación inversa: el número de núcleos es muy alto en relación a (7) Tomamos nota de que la criba se realizó, seguramente, en seco y que eso pudo provocar la pérdida de algunas, o muchas, laminillas, pero, dado que se utilizó un tamiz fino, no nos parece esta una razón suficiente para explicar la baja aparición de restos laminares en relación a la cantidad de núcleos. por la función del yacimiento en el sistema de asentamiento y ver qué lugar ocupa éste en una hipotética cadena productiva. De cualquier manera, no nos parece muy probable que éste sea el agente causante de esta selección ya que tendríamos que aceptar una función fija para el sitio a lo largo de 8.000 años. Dejamos, entonces, planteado el problema ya que, su solución queda largamente fuera del alcance de esta revisión. Fue adscrito al Magdaleniense arcaico de la nomenclatura clásica (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981; Utrilla 1981). La preparación de los soportes para la fabricación de útiles retocados estuvo centrada en la producción de lascas (65 % de las piezas retocadas), láminas (13 %) y laminillas (22 %). Dentro de la primera categoría, valoramos como soportes potenciales sólo aquellas lascas mayores de 15 mm de lado (categoría B de nuestra clasificación), dado que el útil retocado más pequeño supera ese tamaño. Consideramos a las lascas más pequeñas como desechos de talla. Es interesante tener en cuenta que este es el nivel en el que más abundan las lascas de mayor tamaño que, sin embargo, son seleccionadas solo eventualmente (Fig. 4). Ya volveremos más adelante sobre este asunto. Si consideramos sólo los soportes retocados, tenemos que un tercio de los mismos son carenados (a partir del empleo del índice de carenado). Si agregamos las lascas que han servido como soportes de núcleos de laminillas (ex-raspadores nucleiformes), entonces tenemos que casi dos tercios lo hacen. Creemos, como N. Cazals (8), que mientras que las lascas finas pueden ser subproductos de otros esquemas de talla, las lascas espesas sólo raramente lo serán y, dado que el 60 % de los soportes buscados, sea para la preparación de útiles o para servir como núcleos, presenta esa característica, parece razonable pensar que existe una producción específica de lascas espesas. La baja estandarización de los soportes complica la reconstrucción de la mo-En cuanto a las evidencias de talla in situ, diremos que, entre las 358 piezas no se ha detectado ninguna tableta de núcleo y las crestas tampoco son abundantes. La producción laminar no parece importante. Sí podemos decir que se han utilizado lascas espesas para conformar núcleos de laminillas -o al menos que allí se los ha abandonado-, la mayoría de los cuales se ha explotado de manera no muy productiva, dado que no se tomaron grandes previsiones en los mismos para mantener las condiciones de talla laminar, con excepción de pocos casos en los que sí se realizaron algunas acciones en este sentido a partir de una segunda plataforma o cresta opuesta. Las últimas extracciones antes del abandono, en el caso de los núcleos de laminillas, oscilan entre 14 y 18 mm de longitud (en los casos que ha sido posible medirla) y 5 y 7 mm de anchura. Esta parece ser una constante coherente con la anchura máxima del material retocado que en ningún caso supera los 6 mm. Clasificamos tres núcleos de lascas. La menor medida que pudimos tomar como última extracción fue en torno a 25 x 10 mm, es decir, en el límite entre la 2a y 3a categoría (B y C), según nuestra clasificación. Esto refuerza, de algún modo, que las lascas pequeñas, correspondientes a la 1a categoría (A) de nuestro análisis, son efectivamente desechos. En cuanto a las materias primas, diremos, en primer término, que más del 40% del material está fuertemente patinado, con lo cual cualquier identificación será compleja. Del 60 % restante, el 25 % es cuarcita, una proporción particularmente alta, que no va a volver a aparecer en el resto de la secuencia. Se nota, también, una variabilidad importante de distintos tipos de sílex. El más representado (24 %) es un tipo de buena calidad, asimilable macroscópicamente, y con todas las dudas que ello tiene, con lo que conocemos regionalmente como sílex del Flysch (Cretácico superior). También detectamos una cantidad muy escasa de la variedad conocida como sílex de Treviño (Tarriño 2006). Hemos podido ver una tercera variedad, que sería local, y que fue reconocida por P. Sarabia Rogina ( 10) como del Cretácico superior (Cenomaniense-Turoniense). En cantidades ínfimas, se documentan también cristal de roca, caliza y arenisca. Tomamos nota de una variedad de sílex de color marrón, opaco y de textura levemente áspera, con bastantes fisuras. No es muy utilizado -su representación alcanza, apenas, a un 5 %-, pero nos resulta interesante porque se trata de una variedad que no está representada en el registro de La Garma A, ubicada en la misma cuenca, a menos de 20 km aguas abajo. Es posible que se trate de un recurso muy local que se utilizó sólo en El Rascaño, o que obedezca a una estrategia puntual de aprovechamiento de los recursos en un momento específico que, claramente, es anterior a los niveles en estudio de La Garma A (11). Por otro lado, sabemos que el 20 % de los útiles retocados conserva algún resto del córtex y que, en todos los casos, son útiles sobre lasca. Interpretamos esto como un aprovechamiento intensivo de la materia prima. Este nivel, adscrito al Magdaleniense inferior (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981; Utrilla 1981), fue dividido en dos subniveles (a y b). Según N. Cazals, no hay diferencias industriales a nivel lítico (12). A partir de los útiles retocados, evaluamos que se han buscado fabricar tres tipos de soportes, aunque en porcentajes muy distintos: lascas (78 %), laminillas (14 %) y algunas láminas (8 %). La producción de lascas se relaciona, una vez más, con la consecución de dos finalidades: su utilización como soporte de distintos tipos de útiles, principalmente astillados, raspadores y buriles, y su utilización en la preparación de núcleos de laminillas. Al igual que en el nivel anterior, tuvimos en cuenta sólo las lascas a partir de la segunda categoría (mayores de 15 mm/lado). Sobre un total de 166 lascas brutas y de 42 útiles retocados sobre este tipo de soporte, valoramos que, a diferencia de lo que ocurre en el nivel 5, las categorías B y C están apenas sobre-representadas, hecho que interpretamos, en principio, como una menor selección a favor de este módulo de soportes (Fig. 4). Digamos que la curva que representa a los soportes utilizados se parece más a la de los disponibles que en el nivel 5. En este caso, el comportamiento del índice de carenado es casi idéntico que en el nivel anterior, aunque es ligeramente más bajo cuando se consideran juntos útiles y núcleos, pero, aún así, alcanza el 50 % de la muestra. En cuanto a la forma de extracción de estos productos, es semejante a la descripción dada para el nivel anterior. La mayoría de los útiles retocados está hecha sobre lasca (78 %), gran parte de las cuales se utiliza para la fabricación de astillados (13), raspadores y buriles, habida cuenta de que los astillados son piezas a posteriori. Para evaluar los soportes laminares, consideramos juntos todos los productos laminares, retocados y sin retocar. Aún así la muestra es pequeña (n=58) y, por lo tanto, poco significativa. En cuanto a las evidencias de talla, diremos que, en este caso, contamos con 20 núcleos laminares, previamente clasificados como raspadores. Apenas 11 elementos pudieron clasificarse como crestas o subcrestas. Tampoco aparecen tabletas de reavivado de plataforma. Este dato, sumado a las cicatrices que pudimos reconocer en las plataformas de per-(10) Sarabia Rogina, P. 1999: "Aprovechamiento y utilización de materias primas líticas en los tecnocomplejos del Paleolítico en Cantabria". Tesis doctoral inédita leída en la Universidad de Cantabria. (11) Desarrollamos esta idea en nuestra tesis doctoral, actualmente en preparación: "Tecnología lítica del Tardiglacial. Cambios y continuidades en la secuencia de La Garma A" (Depto. de Cs. Históricas, Universidad de Cantabria) (12) Cazals, N. op. cit. (13) Para un interesante estudio técnico de estas piezas, en este nivel, sugerimos ver Cazals, N. op. cit., págs 367-372. cusión de algunos núcleos, nos permite valorar que el mantenimiento de esta superficie se realizaba con pequeñas lascas de reavivado, estrategia, por otro lado, lógica cuando se busca economizar materia prima. N. Cazals describe el procedimiento de talla microlaminar, mayoritariamente desarrollado sobre lasca, que se llevó a cabo durante la formación de este nivel, de la siguiente manera: sobre la lasca inicial, se extrae una segunda que, o bien prepara el plano de percusión, o bien acondiciona el volumen para adaptarlo a las necesidades de la talla laminar, esto según sea la morfología original de la lasca soporte. En cualquier caso, prácticamente no hay actividades de reavivado, lo que explicaría la mínima cantidad de crestas ( 14). En cuanto a las materias primas, en este nivel hay menos cantidad de material patinado (34 %). Fuera de esto, la característica sobresaliente de esta muestra es la baja en la presencia de cuarcita, que no llega ahora al 1 %. Los materiales más representados son: el sílex de tipo Flysch (26 %); una variedad identificada por P. Sarabia Rogina (15) como del Cretácico superior (Cenomaniense-Turoniense) (18 %) y otra de no muy buena calidad, opaca y algo áspera (16 %). Fue adscrito, como los dos anteriores, al Magdaleniense inferior (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981; Utrilla 1981). Es el nivel más rico en industria lítica. Junto con los dos anteriores, completa el grupo de los niveles más antiguos. A partir de los útiles retocados vemos que el patrón de selección de soportes en semejante al del nivel anterior. El 68 % fue hecho sobre lasca, el Fue atribuido por los autores al Magdaleniense superior (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981). Evaluamos la posibilidad de reunir los niveles 2.b y 2 para aumentar la significación estadística de los datos, pero desistimos de ello por dos razones. La primera es el hecho de que los niveles están separados por un nivel estéril y, la segunda, que las fechas de radiocarbono refuerzan la idea de que se trata de dos unidades diferentes (Fig. 3 y Tab. Según la monografía del yacimiento, la muestra se compone de 1.256 artefactos (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981: 62). La producción de soportes sigue estando centrada en la producción de lascas. Más del 70 % de los útiles está fabricado en ellas. El comportamiento respecto al módulo de tamaño que se elige varía ligeramente. Siempre se utilizan las lascas de módulo B y C (soportes que oscilan entre 16 y 35 mm de lado), pero hay menos énfasis que en el nivel anterior sobre el módulo B (Figura 4). En cuanto al espesor de los mismos, tampoco hay ninguna variación muy fuerte. Los elementos carenados son el 33 % de la totalidad de los útiles sobre lasca. Si agregamos los raspadores nucleiformes, el mismo sobrepasa el 50 %. En cuanto a la producción laminar, diremos que la cantidad de núcleos de laminillas que hay en la muestra denota una producción intensa en este sentido, a pesar de que, como ya hemos adelantado, faltan las propias laminillas. El utillaje de dorso es escaso. N. Cazals asume que esto se debe (al menos para el nivel 2.b) a la baja representatividad de la muestra (16). Creemos que esta no es razón suficiente, ya que debería ser igualmente cierto para los núcleos de laminillas que sí están presentes en gran cantidad. Dijimos antes que no creemos que el problema sea de recogida, ya que ésta parece haber sido exhaustiva. En nuestra muestra tenemos sólo una laminilla retocada. A partir de las ilustraciones en la monografía del yacimiento (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981: Fig. 26), evaluamos que el resto de ejemplares -siete en total-tiene, como máximo, 5 mm de anchura, lo que nos permite proponer que se seleccionaron, en principio, los soportes menores de 6 ó 7 mm de anchura para la fabricación de utillaje de dorso (Fig. 5). El porcentaje de astillados es bajo, quedando en apenas el 13 %. Los útiles compuestos (raspadorburil) aparecen por primera vez en la secuencia, pero no en cantidades significativas. Por otro lado, las evidencias de talla laminar son abundantes (crestas, sobre todo distales, algunas tabletas y, además, algunas lascas de mantenimiento de la curvatura horizontal). Contradictoriamente, como ya dijimos, esto no se refleja en la cantidad de laminillas presentes. A partir de los núcleos laminares podemos, no obstante, obtener bastante información. La talla de núcleos de laminillas sobre lasca es el comportamiento más frecuente, lo que nos lleva una vez más a la idea de una producción específica de lascas espesas con esa finalidad. Gran cantidad de núcleos conservan córtex. Además de la información sobre el origen de la materia prima (fuentes primarias o secundarias), a menudo este dato nos permite aproximarnos al tamaño original del nódulo (sobre todo, cuando existe en dos caras del núcleo, dorso y lateral, dorso y fondo, etc.) y al tipo de fuente. En este caso, nos ha permitido deducir que se recogieron nódulos pequeños y que, en algunos casos, se recogieron, muy probablemente, en el río. Se ha buscado, en general, un lado estrecho para colocar la tabla laminar, a menudo, el filo de la lasca. En este caso, se han efectuado correcciones desde una cresta opuesta y, en menos casos, desde una plataforma opuesta. Documentamos al menos tres núcleos de lascas (dos de sílex y uno de cuarcita), uno de los cuales fue, probablemente, abandonado por un defecto de la materia prima. Las últimas lascas obtenidas midieron en torno a 25 x 25 mm, lo que sugiere un uso no demasiado intenso de los mismos. Está claro que, de cada uno de ellos se podrían haber obtenido dos o tres soportes más de tamaño adecuado, entendiendo por tal, un tamaño igual o mayor que el más pequeño de los que efectivamente fueron utilizados (17). (16) Cazals, N. op. cit., pág. 382 (17) Parece apropiado aclarar que somos concientes de que nos estamos circunscribiendo exclusivamente a los útiles retocados. El estudio de traceología necesario para incluir a aquellos soportes solamente utilizados, está fuera de nuestro alcance en este momento. Este nivel ha sido adcripto, al igual que el anterior, al Magdaleniense superior (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981). Según la nuestra, incluyendo fragmentos y debris, son 228. Seguramente esta diferencia se debe al modo de contabilizar estos últimos. Lo consideramos un conjunto poco representativo por la baja cantidad de efectivos y por la ausencia total de elementos diagnósticos como núcleos, tabletas, etc. En este sentido, y con una muestra de 21 piezas retocadas, de estos, 14 son sobre lasca, cinco sobre laminilla y dos que no pudieron clasificarse. Predominan las lascas, lo cual puede ser coherente con el también predominio de este tipo de soporte en los útiles retocados, pero preferimos no aventurarnos en sacar conclusiones con una muestra tan pequeña. Adscrito al Aziliense por sus excavadores. No tiene material suficiente para hacer un diagnóstico ajustado. J. González Echegaray expresa que la clasificación se hizo gracias a la correspondencia con Hemos clasificado toda la muestra dada su escasez. De estos, siete son sobre lasca, tres sobre lámina y tres sobre laminilla. Hay 3 crestas y dos recortes de buril. En este epígrafe intentaremos valorar la información expuesta poniendo en relación estos niveles y evaluando, bien que de manera sumaria, cuáles son las tendencias temporales que se ponen de manifiesto a lo largo de esta secuencia. En cuanto al empleo de lascas como soportes, nos interesó examinar el comportamiento relativo a la selección de tamaño. Encontramos que en todos los niveles se escogen casi exclusivamente los soportes de grado B y C (entre 16 mm y 35 mm de lado mayor). Esto ocurre también en el nivel 5, a pesar de que éste contiene la mayor proporción de soportes de tamaño máximo (grado E de nuestra clasificación). La relación entre la abundancia de lascas grandes y la abundancia de cuarcita en el nivel está clara, ya que la mayor parte de estas grandes lascas son de esa materia prima y el que no hayan sido seleccionadas nos autoriza a tratarlas como simples lascas de desecho, sean éstos de decorticado o de preparación. En la figura 6, presentamos gráficamente los valores en porcentajes dejando de lado los niveles 2 y 1 por considerarlos no significativos. Tampoco incluimos el grupo de las lascas más pequeñas (grupo A) por estar por debajo del tamaño mínimo seleccionado para ser transformada en útil retocado. En realidad parece haber una tendencia bastante lineal a la mayor utilización de las lascas más pequeñas (grupo B) durante los momentos más antiguos -niveles 5, 4 y 3-, asignados al Magdaleniense inferior en la bibliografía (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981; Utrilla 1981). Decimos esto porque estos niveles (5, 4 y 3) se ordenan entre ellos, pero no con el nivel 2.b. En este último, el grupo "B" pierde representatividad a favor del "C" (nunca el de las lascas más grandes). Debemos tener en cuenta que la secuencia no es continua, y que, en este caso hay una discordancia erosiva con un límite neto entre ambos niveles que supone un hiato de dos mil años (González Echegaray y Barandiarán Maestu 1981: 213-214; Hoyos y Laville 1981: 209). Debemos agregar que, según Hoyos y Laville (1982: 292), hay riesgo de mezcla de materiales entre los niveles 3 y 2.b a causa del proceso erosivo que sufrió el nivel 3 antes de la depositación de 2b. Si se hubieran incorporado materiales del nivel 3 en el nivel 2.b, entonces podríamos pensar que la diferencia que existe en la composición de ambos estratos podría estar atenuada por la mezcla. Dado que el cambio, o freno, en la tendencia se da en favor de la otra categoría más representada, y que el nivel, por sus características ya citadas, no nos permite tampoco evaluar la continuidad en ninguno de los dos sentidos, preferimos no sacar conclusiones categóricas. En lo que se refiere a los soportes laminares, en primer lugar valoramos un índice global de laminaridad (IL) (18) que incluyó láminas y laminillas (exceptuando los niveles 2 y 1 por las razones ya expuestas a lo largo de este trabajo) con un test de chi-cuadrado (Tab. 2) que nos permitió concluir que hay más soportes laminares que los esperados en el nivel 2.b. (La celda que más contribuye al valor de chi-cuadrado es la 2.b /láminas). Evolución de la selección de lascas, según su tamaño, para la fabricación de útiles retocados. Aplicación del índice de laminaridad y valoración de la distribución con un test de chi-cuadrado. Tenemos entonces que, considerados juntos todos los soportes laminares, hay una tendencia a su crecimiento a lo largo del período que nos ocupa. No podemos decir si esta tendencia decrece en el momento final o no, ya que la pérdida de laminaridad que se documenta en la tabla 2 en el nivel 1 puede estar relacionada con el problema de la aleatoriedad de las muestras pequeñas. Sobre las modalidades de talla, diremos que a lo largo de toda la secuencia hay producción de lascas espesas y que este es, quizá, el comportamiento más constante. Creemos que se seleccionaron las más espesas para transformar en núcleos de laminillas y las menos (pero siempre dentro de un índice de carenado menor que 2) para útiles retocados carenados. De cualquier manera, esta demostración requeriría un análisis más minucioso que el que pudimos hacer. Hubiera sido necesario medir gran cantidad de piezas, escogiendo incluso los núcleos que mejor se presten (que conserven lo más intactas posibles las medidas requeridas para calcular el índice). Estas piezas son, obviamente, susceptibles de haber perdido mucha masa a lo largo de su vida útil, con lo cual el índice tiene un valor muy relativo. La producción laminar se ha centrado en la talla de laminillas, con importancia variable según el nivel (ver más abajo). Diremos, globalmente, que, en los momentos más antiguos, se explotaron los núcleos de manera menos elaborada, en el sentido de que se tomaron menos previsiones para realizar una explotación prolongada. Los núcleos no muestran, salvo excepciones, evidencias de que se hubiera previsto el mantenimiento de curvaturas vertical y horizontal con lo cual, necesariamente, tuvieron que explotarse series cortas. En el nivel 2.b las cosas cambian en este sentido. En el registro aparecen lascas de flanco (mantenimiento de la curvatura horizontal), crestas y algunas tabletas, y los núcleos muestran las cicatrices de estos reavivados. Podemos decir, entonces, para terminar que, 1. En el momento más antiguo se explotaron con mayor intensidad materias primas de menor calidad, probablemente locales. Esto podría implicar: a. un peor conocimiento del medio, hecho que nos parece poco probable en poblaciones cazadoras-recolectoras que llevan milenios habitando la región; b. que tuvieran menor acceso a las canteras debido a algún tipo de impedimento geográfico o demográfico; c. que la recogida de piedra estuviera inserta en circuitos de aprovisionamiento diferentes, con mayores desplazamientos a larga distancia en tiempos recientes o mejores redes de intercambio. Es decir que, a nuestro criterio, es posible que esta particular distribución de las materias primas podría tener que ver con lo propuesto por González Sainz (1989:185) acerca de que la cuenca del Miera funciona en cierta medida como divisoria entre dos dominios, uno mucho menos diversificado y centrado en el aprovechamiento del sílex, hacia el oriente, y el dominio occidental con materias primas más diversas y mayor presencia de la cuarcita. En este sentido, entonces, podríamos suponer un cambio en los circuitos de aprovisionamiento, debido quizá a una estrategia de respuesta a necesidades diferentes o, menos probablemente, a restricciones territoriales nuevas. Acerca de la utilización de materias primas, apuntaremos apenas que hay una ruptura clara entre el nivel 5 y todos los posteriores. Cuarzos y cuarcitas alcanzan en este nivel casi el 30 % de la muestra, valor que cae a menos del 2 % en el nivel siguiente y que se mantendrá, más o menos, en valores semejantes durante el resto de la secuencia. Otro dato a tomar en cuenta es que, en 5 y en 4, hay presentes más variedades de sílex que en los niveles siguientes. Pensamos que es coherente que haya una mayor variedad asociada a la menor calidad. Por otro lado, a partir del nivel 3 se percibe un aumento en la cantidad de sílex del tipo conocido como del Flysch (o similar). No ocurre lo mismo con el sílex de Treviño, que nunca alcanza el 1% de la muestra. Independientemente de los soportes potenciales, los útiles retocados sobre lascas se hacen, con ligeras variantes, en los módulos B y C (de 1,6 a 3,5 mm de lado mayor). Se esboza una tendencia hacia la mayor utilización de los más pequeños (B) a lo largo del período más antiguo (niveles 5, 4 y 3), pero esta tendencia no se verifica claramente luego del hiato entre 3 y 2.b. La laminaridad aumenta significativamente en los tiempos más recientes (a partir del nivel 2.b). Esto tiene relación con la mejora en las materias primas que se tallan, como propone C. González Sainz (González Sainz y González Morales 1986: 93 y González Sainz 1989: 185). Esta relación, aunque evidente, nos parece más compleja. Si se procuran mejores materias primas para satisfacer las necesidades de una nueva modalidad técnica, entonces ambas cosas debieran aparecer juntas. Sin embargo, en El Rascaño la mejora de las materias primas se produce a partir del nivel 4, en tanto que la laminaridad se dispara bastante después, a partir del nivel 2.b. No podemos olvidar que la formación de estos dos niveles está mediatizada por unos 3500 años. Es cierto que es una tendencia que ya venía esbozándose y que hay que recordar que no sabemos qué ocurre en el hiato entre los niveles 3 y 2.b. Podríamos argumentar que ese salto es, en realidad, reflejo de esa ausencia y que el aumento de la laminaridad es algo mucho más continuo. No obstante, llamamos la atención que, en tanto que el cambio en las materias primas se produce de manera abrupta entre los niveles 5 y 4, la laminaridad se modifica a un ritmo mucho más lento. El Centro de Investigación y Museo de Altamira nos ha permitido revisar esta colección. Su director, Don José Antonio Lasheras, y el personal nos han recibido con suma cordialidad, facilitándonos la tarea mucho más allá de sus obligaciones. A todos ellos debemos nuestro más sincero agradecimiento. Queremos mencionar especialmente al señor Aurelio Munúa, quien talló para nosotros un nódulo de sílex costero de baja e irregular calidad (recogido en el punto conocido como Virgen del Mar). El experimento fue, quizá, frustrante para él, pero de gran utilidad para la investigadora.
El trabajo ofrece una primera aproximación al Yacimiento Calcolítico de Camino de Las Yeseras donde se ha documentado una ocupación a lo largo del III milenio que, en el tránsito al II milenio AC, acoge a grupos poseedores de cerámica campaniforme que renuevan los equipos materiales con la explotación de nuevos recursos líticos, adaptan su cabaña a una mejor movilidad y practican rituales funerarios diversificados dentro del poblado. El marco temporal se avala con una importante secuencia de dataciones de C14 y TL, plenamente coincidentes. EL YACIMIENTO Y SUS ESTRUCTURAS El Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares, Madrid), se sitúa a 580 metros de altitud, en la margen izquierda del río Jarama, a algo más de un kilómetro de su cauce y próximo a la confluencia con el Henares. Desde su posición se ejerce un extraordinario control visual de las vegas bajas de ambos ríos, incluida la referida confluencia. Tan ventajoso emplazamiento se complementa con la proximidad y visibilidad de las canteras de sílex de Casa Montero localizadas a unos cuatro kilómetros, en la orilla opuesta del Jarama, donde hay constancia de una intensa actividad minera durante el Neolítico (Consuegra et al. 2004), aunque es muy pro-Concepción Blasco et al. bable que los trabajos no quedaran interrumpidos a lo largo del Calcolítico debido a la demanda de su exigente industria tallada. Por otra parte, la disponibilidad en ambas vegas fluviales de tierras agrícolas de regadío y de pastos frescos y su proximidad a varias vías de comunicación naturales utilizadas tradicionalmente, entre las que destaca la Cañada Real Galiana, son factores que también tuvieron que ser determinantes para la elección del sitio y alentar su larga ocupación (Fig. 1). Las excavaciones realizadas hasta ahora han permitido documentar un hábitat de dimensiones notables (en torno a 20 hectáreas). En su superficie las cabañas, semiexcavadas en el suelo, se disponen de forma aparentemente aleatoria y tanto en el interior como al exterior de ellas se detectan multitud de huellas de pies de postes, pequeñas zanjas, hoyos siliformes etc, algunos de los cuales amortizan parte de los suelos y son testigos de las diferentes remodelaciones que se suceden en los distintos momentos de ocupación (Fig. 2). Este tipo de poblado es conocido desde hace tiempo en el panorama del Calcolítico meridional y cuenta con un extraordinario exponente en Marroquíes Bajos (Zafra et al. 1999(Zafra et al. y 2003)). Pero también empieza a ser una realidad en el inicio de la metalurgia de la Cuenca del Tajo y, en concreto, en la región de Madrid (Díaz del Río 2001 y 2003), donde algunos yacimientos comparables han sido excavados en los últimos años (Penedo 2005), por más que sean pocos los que han gozado de una intervención o prospección en extensión. La excepción la constituye Fuente de la Mora (Leganés), en la orilla septentrional del Arroyo Butarque, tributario del Manzanares (Vigil-Escalera 2003: 58), yacimiento en el que se ha intervenido en algo más de 3 ha. y al que se le supone también una cierta extensión, desde luego muy alejada de las 113 has. de Marroquíes, posiblemente fruto, en los tres casos, de una prolongada duración de los establecimientos que implica remodelaciones con pequeños desplazamientos de las áreas de viviendas y de los sectores de actividad. Si tenemos en cuenta los resultados de las dataciones obtenidas, el hábitat se funda a comienzos del III milenio cal BC por parte de grupos calcolíticos y permanece ocupado de forma más o menos continuada hasta los inicios del II milenio a juzgar también por la renovación de los ajuares, un hecho especialmente contrastado en las últimas centurias del III milenio, momento en que los mismos grupos calcolíticos, o gentes de similares tradiciones, se instalan en el mismo punto, introduciendo las cerámicas campaniformes. Los poseedores de esta nueva cerámica utilizan indistintamente tanto las estructuras preexistentes, remodelándolas, como nuevas construcciones, también semiexcavadas en el suelo. Por último, no sabemos si tras un período de abandono o simplemente en una etapa de menor densidad de ocupación, se instalan nuevos grupos pertenecientes a un Bronce Medio o Protocogotas. La primera ocupación se identifica con una etapa calcolítica no campaniforme cuyas estructuras domésticas corresponden a grandes cabañas con una superficie media de unos 140 metros cuadrados. La mayoría de estas estructuras son de planta de tendencia oval y perfil irregular (286, 411 y 251), una morfología de la que se desmarcan las cabañas 305 y 4 que presentan planta rectangular de cabecera absidal. Se trata de construcciones de madera y barro, con zócalos excavados en el subsuelo, hasta una altura de 80 centímetros. A esta primera fase de la ocupación pertenecen, al menos, 12 de estos fondos de cabaña estructuras que, como las zanjas y la mayoría de los surcos, siguen mayoritariamente un eje NE-SO, a favor de la pendiente del terreno. Esta circunstancia parece indicar que pese a no existir una ordenación aparentemente regular, se trata de una instalación planificada que busca obtener los máximos beneficios del escenario en el que se ubica. La estratigrafía de algunas de las grandes cabañas levantadas en la primera fase de la ocupación hablan de remodelaciones de los espacios primitivos por parte de generaciones posteriores pertenecientes a grupos campaniformes cuyas cerámicas decoradas están presentes en los niveles de los suelos más superiores. Una presencia que se identifi-ca claramente en los estratos superiores de la cabaña 305 o en los silos que perforan la colmatación de la vivienda 411. Las subestructuras más abundantes son los hoyos siliformes, que en esta fase inicial del yacimiento presentan una distribución bastante irregular, aunque en algunos casos se disponen en paralelo y muy próximos al perímetro de la vivienda como indicio de su posible dependencia aunque su funcionalidad es difícilmente detectable a partir de los materiales recuperados en su interior. Entre los indicios más elocuentes de alguna de sus funciones se encuentran los que nos brinda una de las cubetas de menor profundidad (336) que presenta restos de haber soportado altas temperaturas, quizás a consecuencia de haberse utilizado como horno u hogar. Queda, por último, hablar de la singularidad de una subestructura alargada (298) cuyo trazado corre paralelo a uno de los lados largos de la cabaña 305, una proximidad y orientación que nos permiten sospechar que es sincrónica a ella, formalmente podría ser un tramo de foso, pero sus dimensiones 19,7 m de largo y 3 m de ancho y en torno a un metro de profundidad no son indicativas de que estemos ante un auténtico elemento defensivo, ya que es fácilmente salvable, pero no descartamos que pudiera haber formado parte de un recinto realizado, como en tantas otras ocasiones, interrumpido en trechos. La Fase Campaniforme se identifica con una ocupación que utiliza tanto algunas de las estructuras anteriores adaptándolas, como nuevas cabañas de dimensiones menores a las de la fase anterior, tanto en superficie, en torno a 40 m 2, como en su profundidad del zócalo, unos 36 cms, no obstante la continuidad se evidencia en la morfología de las plantas, que sigue siendo de tendencia oval con perfil irregular. En el área excavada se han documentado hasta un total de 6 suelos de cabaña pertenecientes a esta fase. Estas cabañas se asientan preferentemente en área más oriental de menor pendiente y tienen una orientación más aleatoria que en la fase fundacional. Entre todas estas estructuras destaca la excepcionalidad de la cabaña 5 en cuyo zócalo se abrieron sendas covachas para alojar enterramientos poseedores de ajuares con cerámicas campaniformes (Blasco et al. 2005). En esta etapa persisten los hoyos siliformes que se perforan tanto en los espacios exteriores, como en el interior de las antiguas cabañas; presentan una morfología similar a la de la etapa precedente lo que transmite la sensación de continuidad. El primero sirvió de fosa colectiva acogiendo a un total de siete individuos y el segundo se utilizó para recibir una inhumación individual. El enterramiento colectivo poseía un ajuar reducido a dos grandes cazuelas de carenas bajas y superficies muy bruñidas casi completas uno de cuyos fragmentos apareció en un hoyo próximo en el que había cerámica campaniforme lo que podría ser indicio de su simultaneidad, algo que parece confirmar la datación obtenida sobre un fragmento óseo de uno de los inhumados. El enterramiento individual del hoyo 492 poseía como único ajuar un molino de pórfido. Tanto la presencia de esta roca metamórfica como la posición contraída del cuerpo nos inclinan a pensar que pudiera pertenecer a un momento avanzado de la vida del yacimiento sin que sea posible su adscripción al campaniforme o a la Edad del Bronce. Esta variedad de enterramientos y su inclusión en espacios domésticos distintos a los conocidos hasta el momento testifican que "el cambio que se produjo desde los enterramientos múltiples a los individuales no fue abrupto ni completo [sino que] representó más bien un cambio gradual de énfasis en el que las relaciones genealógicas entre los vivos y los muertos ganaron un cierto grado de prioridad sobre la identidad corporativa compartida" (Thomas 2005: 118). En conjunto observamos que en la etapa inicial, además del mayor tamaño de las cabañas, la arquitectura es más sólida, variada y compleja y existe una mayor actividad constructiva que no sabemos si está en proporción a la mayor estabilidad de la ocupación o al mayor tamaño del grupo mientras que la fase campaniforme, tanto por el número como por el tamaño de las estructuras, parece más limitada en el tiempo y/o pertenece a un grupo humano de menores dimensiones que no muestra un arraigo tan importante como el de sus predecesores, iniciándose un declive en la importancia del sitio. La Edad del Bronce es la última ocupación y se manifiesta todavía más reducida que las anteriores. Sus únicas estructuras son silos que se concentran en el sector más occidental, en un área donde ya existían otros muchos hoyos pertenecientes a las ocupaciones precedentes contribuyendo a crear un plano complejo y abigarrado. Como es habitual en otros yacimientos sincrónicos de esta etapa faltan indicios de fondos de cabañas, pies de poste, zanjas, o cualquier otro elemento que facilite la identificación de dónde y qué características tenían las unidades domésticas. Sólo el fondo número 319 (Liesau y Blasco 2006) nos acerca a su función primaria al mantener intacto un depósito con una importante cantidad de restos faunísticos, sobre todo de vacuno, algunos de los cuales están en conexión anatómica, el depósito indica una posible donación votiva de acuerdo a una tradición que parece relativamente frecuente entre las comunidades de este horizonte Protocogotas. LAS ESTRATEGIAS DE CAPTACIÓN DE MATERIAS PRIMAS Y EL EQUIPO MATERIAL Atendiendo a las materias primas hay indicios que apuntan a diferentes estrategias de aprovisionamiento a lo largo del Calcolítico que se manifestarían en una captación más inmediata en las fases precampaniformes al limitarse a un radio de unos cinco kilómetros, en el que se incluyen la propia base del yacimiento y los tramos de terrazas fluviales más cercanas de donde se obtendrían las arcillas, el sílex, tanto nodular como tabular, las areniscas de los elementos de molienda y la sal, sin olvidar los huesos y astas procedentes de animales domésticos y silvestres, mientras que en la etapa campaniforme hay instrumentos elaborados con materias primas procedentes de áreas más alejadas, cuya distancia se estima en unos 40 kilómetros, como es el caso del granito y pórfido de los molinos, las fibrolitas o los minerales del cobre. Ello nos lleva a pensar que a partir del campaniforme, a la explotación de los recursos del entorno cercano, se suma el beneficio de los minerales existentes en el área de la Sierra que resulta vital para la elaboración de útiles pesados relacionados con las tareas de clareo y agrícolas en general, o con la elaboración de molinos y morteros para la trituración, una extracción que implica la obtención de bloques de mucho peso, lo que representa un alto coste de traslado a través de varias decenas de kilómetros (Baena y Blasco 1997: 177-194) a lo que se suma el primer beneficio de los minerales del cobre, ampliando claramente las posibilidades técnicas de los grupos precampaniformes. De momento no tenemos datos para asegurar la causa de esta intensificación de la explotación de recursos serranos por parte de las comunidades campaniformes instaladas en las cuencas medias y bajas: ¿fue la metalurgia de la zona la que se benefició de la obtención de recursos líticos necesarios para el utillaje agrícola y la transformación de determinadas especies vegetales? O ¿fueron los prospectores de metal los que proporcionaron materiales más efectivos para viejas actividades?. Sea cual fuere el origen de esta ampliación del área de captación, el hecho representa un cambio sustancial en la dinámica del grupo para garantizar la movilidad de todos los sectores implicados y quizás tenga alguna relación en el declinar de lugares centrales Calcolíticos de gran tamaño como el propio Camino de Las Yeseras que reduce notablemente su extensión y la entidad de sus estructuras. Dentro del equipo material la cerámica constituye una excelente piedra de toque no sólo para conocer las características de la vajilla de la avanzada Edad del Cobre en el sector central de la Península Ibérica, sino también para precisar el verdadero grado de representación de las especies campaniformes fuera del ámbito funerario, que es, en el grupo meseteño de Ciempozuelos, donde se manifiestan más regularmente. En otras palabras, Camino de Las Yeseras aporta una óptica privilegiada para advertir cómo, si de la exclusiva presencia de la cerámica dependiera calificar un yacimiento como campaniforme o no-campaniforme, habríamos de afrontar la paradoja de adscribir culturalmente de forma distinta ciertas cabañas como la no5, en cuyo ajuar doméstico no figuran las cerámicas campaniformes, y las sepulturas practicadas bajo ellas -se entiende que por sus moradores-en las que dichas vasijas constituyen el grueso de las ofrendas (Blasco et al. 2005). Este tipo de observación podría inducirnos a simplificar y a considerar Yeseras, sin más, un poblado campaniforme, pero tal vez estaríamos incurriendo en el error de pasar por alto la posibilidad de un horizonte de ocupación anterior, precampaniforme, como el que se detecta en el también madrileño yacimiento de El Ventorro (Priego y Quero 1992). Los materiales cerámicos de las subestructuras 251, 286 y 411 han sido básicamente los utilizados para dar cuenta de las características de la alcallería en contextos sin campaniforme. Se trata de colecciones con una nada desdeñable proporción de piezas decoradas y con una indiscutible homogeneidad, puesto que en los tres ambientes se repiten prácticamente las mismas formas e idénticos motivos y técnicas decorativos. El capítulo formal (Fig. 3) nos remite casi sólo a pequeñas vasijas, ya que en pocas ocasiones se han podido reconstruir recipientes de almacenamiento. Como rareza no es ocioso señalar el hallazgo de un asa de cinta ancha y vertical, de claras reminiscencias neolíticas, en la cabaña 251. En la muestra destaca la considerable proporción de los fragmentos decorados. Por su abundancia se ha de conceder especial atención a las cerámicas pintadas, en color negro y con temas lineales geométricos que se distribuyen, ante todo, por las paredes externas de los vasos, por más que se repitan también al interior en un cuenco de la cabaña 411. Esta notoriedad de la pintura vascular en la vajilla de Camino de Las Yeseras, no sin paralelos por ejemplo en el Cobre millarense del Sudeste, es un fenómeno regional bastante extendido sobre el que apenas se ha reparado con anterioridad a excepción de las escasas aguadas del Ventorro (Priego y Quero 1982: 169, fig. 249). También destacamos las "pastillas en relieve", los abollones o gruesos acanalados y las líneas bruñidas, todas ellas presentes en el ya mencionado yacimiento del Ventorro. En el caso del "pastillaje" es cierto que abunda en el suroeste (Hurtado y Amores 1982), pero fue ampliamente aceptado por los ceramistas de la Meseta; sin embargo, los bruñidos lineales eran hasta la fecha bastante raros fuera de Valencina de la Concepción y poblados sevillanos afines (Ruiz Mata 1975). El ascendiente "andaluz" del Cobre madrileño, reivindicado años atrás por Martínez Navarrete (1987), a raíz del hallazgo de ídolos oculados en hueso de estilo millarense en Perales de Tajuña, se refuerza, pues, con nuevos argumentos. No faltan tampoco las decoraciones incisas y acanaladas. Las primeras, diseñando triángulos, zig-zags y rectángulos, en esquema calcolítico casi universal; las últimas, bien podrían en algún caso haber servido para la traza de motivos simbólicos siempre que estuviéramos dispuestos a aceptar que las ondas o guirnaldas de algunos fragmentos de la cabaña 411 corresponden al no menos cosmopolita "tatuaje facial" elevado por Siret (1913: 63 ss) a la categoría de fósil-guía de la cultura de Los Millares. Aunque no esté muy bien representada, cabe insistir en la utilización de la decoración impresa a base de gruesos puntos combinados o no, con líneas incisas delimitadoras o, incluso con impresiones de cazoletas, es una técnica ya documentada en otros yacimientos calcolíticos como el zamorano de "Las Pozas" (Val Recio y Herran 1995: 300, fig. 5) o en otros puntos del interior peninsular como La Mariselva en el Tejado de Béjar (Salamanca) (Fabián 1995:168) donde se reproducen diseños simbólicos, al igual que ocurre en uno de los fragmentos recuperados en Camino de Las Yeseras. Para documentar los rasgos de la cerámica vinculada a contextos con campaniforme nos servimos de los materiales procedentes del relleno o nivel de ocupación de la cabaña 322. Aquí lo más significativo es la abundancia de recipientes con decoración campaniforme de tipo puntillado geométrico, sobre todo cuencos pero también vasos, que presentan los motivos habituales en el campaniforme inciso o propiamente de Ciempozuelos. Algunas piezas, no obstante, manifiestan en sus decoraciones de bandas cierta herencia de los campaniformes marítimos. Pero el repertorio de fragmentos campaniformes, con no ser muy numeroso, presenta un catálogo de variantes ornamentales mucho más amplio, pues hemos de reconocer que junto a ejemplares del más depurado estilo Ciempozuelos, no faltan los fragmentos pertenecientes al "campaniforme doméstico", con diseños simples incisos aplicados sobre recipientes de bastante tamaño. Sin embargo lo realmente significativo para valorar la secuencia del yacimiento es la observación de que, junto a las cerámicas de indiscutible filiación campaniforme, comparecen otras muchas idénticas a las descritas de las cabañas sin campaniforme. De momento las únicas técnicas que parecen desaparecer en los contextos campaniformes son las impresas de cazoletas vinculadas, en general, a los ejemplares más cuidados, algunos de claro valor simbólicos, las cuales parecen ser sustituidas por los estilos campaniformes. No obstante existe otra diferencia notable que se cifra en la presencia porcentual de los ejemplares decorados no campaniformes, claramente inferior en los conjuntos con cerámicas campaniformes las cuales debieron de sustituir, de manera gradual, al resto de las variantes ornamentales. Existe, por tanto, una clara coincidencia en el fondo cerámico de los ambientes que de antemano podríamos haber sospechado precampaniformes y campaniformes lo que unido a la situación registrada en la cabaña 5 (con un ajuar doméstico no campaniforme, pero con ofrendas cerámicas inequívocamente Ciempozuelos en las sepulturas del subsuelo), nos alerta de que el grueso de las estructuras habitacionales del poblado estuvieron en funcionamiento en las mismas o muy parecidas fechas, en un momento en el que, sobre un fondo cerámico tradicional, apenas alterado, se produjo la incorporación de las especies campaniformes, tanto puntilladas geométricas como distintas variantes de incisas. La industria lítica estudiada hasta el momento (Fig. 4) es la recuperada en las cabañas 411 y 322 y nos permite registrar su evolución a lo largo de las diferentes ocupaciones calcolíticas y del Bronce Pleno. Este conjunto apunta a la existencia de dos estrategias de captación: la de sílex nodular y la de sílex tabular, si bien domina en todas las fases la primera, es decir, la explotación de depósitos secundarios próximos al río o de los arrastres existentes en la terraza en la que se asienta el yacimiento, pues en toda la secuencia Calcolítica se advierten proporciones escasas y semejantes de corticales procedentes de afloramientos primarios (en torno a un 1,8 % calcolítico antiguo y 1,4 % campaniforme). Las características generales de estas corticales primarias coinciden con las detectadas en las formaciones de la cobertera de los cerros próximos en uno de los cuales se ha documentado una explotación minera (Consuegra et al. 2004). La calidad de este sílex tiene, en su mayoría, una aptitud óptima para la talla. Esta selección se va perdiendo solo a partir de la Edad del Bronce. Por su parte la representatividad de la cuarcita que no varía sustancialmente a lo largo de las diferentes fases de ocupación se sitúa en torno a un 5%, desde el Precampaniforme al Bronce, pese a ser este material el mayoritario dentro de los depósitos secundarios. Cuarcitas y cuarzos se utilizan en cantos relacionados con trabajos de abrasión, machacado o percusión y muy escasamente con la producción de soportes con filo a partir de lascas. Respecto a las modalidades de producción, el mayor volumen se asocia a actividades intensivas de debitage tal y como se desprende de la relación de categorías existente, lascas/núcleo en torno a 5.5 hasta 7.8 lascas por núcleo, ambos datos, junto con el carácter agotado de la mayoría de los núcleos ponen de manifiesto la clara orientación hacia la producción de lascas. El análisis de las técnicas de trabajo a través de los talones, los atributos del plano de lascado y la morfología de la lasca acreditan tres técnicas básicas: La percusión directa con percutor duro que parece asociarse a las peores calidades del sílex, o bien a los escasos productos elaborados en cuarcita. Los esquemas dominantes que se vinculan a esta técnica son: Series unipolares paralelas que generan morfologías piramidales o prismáticas. Series alternantes que generan morfologías discoides y series alternantes y multipolares que generan morfologías poliédricas en fase de agotamiento del núcleo. En ambos horizontes, junto a estos esquemas de trabajo de carácter expeditivo se producen, en proporciones más reducidas, explotaciones de carácter laminar relacionadas con las anteriores (esquemas unipolares), pero sobre un sílex de mejor calidad. En porcentaje sensiblemente inferior, se detecta el empleo de percutores elásticos (probablemente asta), orientados al trabajo de configuración de foliáceas y fases iniciales de configuración de pre-formas de puntas de flecha. Todos los productos hechos con esta técnica están elaborados sobre sílex de buena calidad (afloramientos primarios o mejorados por tratamiento térmico). El empleo de percutores elásticos queda confirmado por la presencia de uno de ellos realizado sobre asta en un pequeño hoyo asociado a la ocupación calcolítica de la cabaña 411, con paralelos similares en yacimientos peninsulares de estas fases (Val Recio y Herrán 1995: 303). Por último, en la fase final de la configuración de foliáceas y puntas de flecha de aletas y pedúnculo documentamos la existencia de retoque por presión. La función de presionador pudo ser realizada por parte de la industria ósea presente en estas cabañas (punzones de punta roma, espátulas, etc.). Evidencian la talla de láminas por presión algunas de ellas de elaboración muy regular, de secciones trapezoidales, con dos o tres nervaduras, si bien su escaso número y la ausencia de elementos típicos de esta actividad (crestas, semicrestas, tabletas, flancos) indican que se realizaría fuera de las estructuras estudiadas. Contamos con una escasa representación de útiles retocados y limitada variedad tipológica en todos los momentos. Destacamos las piezas foliáceas, posiblemente destinadas a la creación de cuchillos de siega, que presentan lustre en el filo mejor configurado, las puntas de flecha con pedúnculo y aletas que se configuran en la mayoría de los casos sobre lascas de mediano y pequeño tamaño, en sílex de calidades buenas. Estas foliáceas son las que caracterizan mejor la producción calcolítica pero la especialización de su talla pronto se verá abandonada a favor de modelos más expeditivos que culminan en morfologías poliédricas, ya atestiguados en los niveles más antiguos de la cabaña 411, si bien su máxima expresión la encontramos en fases del Bronce El resto de los elementos configurados, para todas las fases, se engloban tanto en la categoría de láminas y fragmentos de láminas con retoque, como en la de útiles de carácter expeditivo como son las lascas con retoque y los denticulados. Entre ellas hay lascas con dorso con pequeñas muescas que no eliminan el filo natural dentado muy apto para la siega, como acredita el lustre existente en los filos. La escasez de piezas configuradas se relaciona con la presencia de lascas con retoque mecánico probablemente de uso que debemos interpretar como verdaderos útiles destinados a actividades domésticas. Las fases de reciclaje se limitan al aprovechamiento de los núcleos en sílex como percutores, y a la reutilización de los materiales en cuarcita como soportes para la producción de lascas. Esta circunstancia bien pudiera justificarse por la abundancia de recursos líticos de la zona, que imprimiría un escaso grado de economía en su gestión. Es destacable el gran volumen de restos líticos, común a todos los fondos excavados si lo comparamos con otros yacimientos del momento (Martínez Sastre 1992; Baena y Luque 1994; Alvaro y Piñón 1995; Carrión et al. 2002.). La proximidad de fuentes de aprovisionamiento, el elevado volumen de material lítico recogido, así como la acreditada actividad de talla indican que esta industria debió de jugar un papel destacado en el seno de los grupos asentados en Camino de las Yeseras, hecho avalado también por la relativa ausencia de utillaje de consumo (raspadores, buriles, raederas y denticulados, etc.), en favor de elemen-tos de siega y restos de talla relacionados con la creación de soportes lasca. Ello podría responder al carácter "industrial" del asentamiento, aspecto que debería contrastarse, mediante el análisis a una escala más amplia, así como con estudios sobre la circulación de estos sílex fuera del sur de la región madrileña. En resumen, si bien se aprecian claras diferencias entre el Calcolítico y el Bronce Medio, no podemos decir lo mismo en el caso del precampaniforme y campaniforme, ya que, aunque se observan algunas tendencias, sin significación estadística por el momento, se puede hablar de una clara continuidad. Poco podemos decir de la metalurgia ya que tan sólo se han recuperado dos punzones de cobre de sección cuadrada y extremos apuntados, uno de ellos formando parte del ajuar de uno de los enterramientos con cerámica campaniforme y el otro localizado en un fondo siliforme del que no es posible llegar a una asignación segura. El punzón es posiblemente el único objeto metálico que, en estos momentos y en esta zona, debió de formar parte de los equipos domésticos y, siempre en proporciones reducidas. La existencia de un enmangue realizado en asta con orificio de sección cuadrada del calibre de los punzones (Fig. 5.5) nos permite conocer la fórmula empleada para su manipulación. Aunque hasta el momento no se han podido documentar indicios de actividad metalúrgica en el poblado, no descartamos que llegue a localizarse en algún punto todavía no excavado, pues su laboreo está asegurado en pequeños sitios campaniformes de la cercana cuenca del Manzanares como el Ventorro (Priego y Quero 1992: 299-326) o en Perales del Río (Blasco et al. 1989: 99-100; Rovira 1989). Todavía en proceso de limpieza, restauración y revisión, la industria ósea (Fig. 5) está representada por un instrumental con un escaso grado de transformación de huesos largos de ovicaprinos como son los metapodios y las tibias a partir de los que se elaboran punzones y piezas biseladas respetando, en su mayoría, la morfología original de las porciones articulares distales (Figs. A estas piezas tendríamos que añadir algunas espátulas y alisadores realizados sobre costillas de macromamíferos (Figuras 5, 1-4). De la muestra destaca un útil realizado en asta mudada de ciervo con la roseta rebajada y cuya posible funcionalidad ha sido la de un retocador (Fig. 4). Otra pieza en asta presenta todos sus extremos aserrados (Fig. 5.5 A-C). Muestra seleccionada de industria ósea: 1.-punzón realizado a partir de un metacarpo proximal de oveja (F-43401); 2.-punzón realizado a partir de un metacarpo distal de oveja (F-41109);3.-Pieza biselada a partir de una tibia distal de ovicaprino con la epífisis distal parcialmente rebajada por abrasión. 4.-espátula-alisador a partir de una lámina costal de bovino (F-41103). 5.-Asta principal de ciervo con numerosas huellas de extracción en sus extremos: A: sobre un plano horizontal aserrado presenta en el centro un orificio cuadrangular. B y C: huellas de un aserrado inicial sobre la luchadera y el tramo distal del asta principal. extremo distal del asta principal presenta un plano horizontal con un orificio de sección cuadrada que, como ya se ha indicado, parece corresponderse con la de una posible impronta de un instrumental metálico (Fig. 5.5 A). Esta pieza revela por tanto, una doble funcionalidad, por un lado, ser materia prima para la extracción de pequeñas piezas o rodetes (Fig. 5.5 B) y, por otra, enmangue. La tipología ósea no parece variar mucho a lo largo de las dos fases calcolíticas, aunque si tenemos en cuenta los porcentajes obtenidos en las diferentes unidades parece que se produce un progresivo empobrecimiento cuantitativo y formal de las piezas. Toda la muestra corresponde a utillaje funcional de carácter doméstico y, de momento, no se han documentado piezas más elaboradas o elementos de adorno. Estas características parecen indicar una ausencia de talleres dedicados a este apartado industrial, y su escaso grado de transformación son más bien un reflejo de un proceso de elaboración en cualquier ámbito del poblado. Se han evidenciado como huellas de extracción la percusión y el aserrado con filos líticos además de huellas de elaboración como el raspado para la obtención de extremos distales apuntados y biselados. El enmangue en asta del fondo 332 (Fig. 5.5), presenta además numerosas huellas con perfil en "V", resultado de un aserrado lítico, tanto en el tramo inferior del asta principal como en una de sus luchaderas, huellas que se han contrastado con trabajos experimentales (Liesau 1998). En principio, el pulimento parece estar tan sólo asociado a huellas de uso en la industria recuperada. Tipologías y procesos similares de fabricación se conocen en otras muestras importantes en las que existe un claro predominio de piezas apuntadas realizadas a partir de metapodios y tibias de ovicaprinos seguidos de otros tipos sobre diferentes soportes, como en el caso de El Ventorro (Priego y Quero 1992: 343) y otros yacimientos más distantes con una variedad formal más extensa como la Cueva del Toro (Martín et al. 2004: 176). EL CONSUMO: LA FAUNA CALCOLÍTICA La falta de análisis relacionados con los restos vegetales nos ha privado de una información vital para acceder al conocimiento de la dieta de estos grupos, sin embargo, sí estamos en disposición de acercarnos al aprovechamiento animal, tanto procedente de la ganadería como de la ya escasa actividad cinegética. Aunque todavía pendientes de un análisis más exhaustivo, se presenta un avance preliminar de la fauna recuperada en un fondo siliforme (274) y dos cabañas (286 y 322) con el objetivo de realizar un estudio comparado entre los contextos precampaniformes y campaniformes. Debido a la gran cantidad de carbonatos y silicatos adheridos a los huesos y a la imposibilidad de su eliminación sin dañar el tejido no es posible cuantificar correctamente las huellas tafonómicas en el material óseo por lo que nos limitamos tan sólo a comentar que se han observado, tanto huellas de agentes biológicos -erosiones radiculares y mordeduras de cánidos-además de otras de origen antrópico como las fracturaciones, huellas de combustión, de despiece y descarnado. De la muestra de fauna recuperada en las tres estructuras destaca el énfasis en el consumo de animales domésticos frente al componente cinegético (NR del 95 %-100 % y en peso del 88 %-100%). Sin embargo, la presencia de especies silvestres como uro y ciervo en el fondo 322, con un 12 % en relación con el peso total identificado, supone un aporte complementario importante en relación con la obtenida de los otros dos fondos que, además presentan una lista de especies mucho más limitada. La recolección de moluscos parece evidenciarse como una actividad marginal, especialmente como recurso alimentario. Aunque la distribución cuantitativa de cada una de las principales cabañas documentadas varía en los tres fondos, la ocupación calcolítica no campaniforme destaca por un aprovechamiento pecuario bastante diversificado pero equilibrado en la representatividad de las principales cabañas que, por orden de importancia, son las siguientes: el vacuno, el porcino y los ovicaprinos (Fig. 6). En el aporte cárnico, con una media del 42 % es el vacuno el principal proveedor, aunque en el fondo 274, llega casi al 50 % en detrimento del ganado ovicaprino. El segundo lugar lo ocuparía el porcino (suponiendo que no tengamos muestras del agriotipo) con casi el 29 % de media en peso. Tan sólo destacar que para la cabaña campaniforme (322), la importancia del porcino ha disminuido considerablemente en relación con las otras dos estructuras. Los siempre numerosos ovicaprinos serían especies más consumidas en las cabañas 286 y 322 donde llegan a alcanzar una media del 27 % (Fig. 6). En el fondo 274 tendríamos que destacar una presencia testimonial del caballo, y la existencia, también escasa, del perro en las tres unidades estudiadas. Ambas especies, aunque de forma marginal, suelen ser habituales en la lista de taxones documentados en los poblados prehistóricos recientes. El parámetro del NMI parece estar en relación directa con el número de restos recuperados en cada una de las estructuras, y en cada uno de ellos los valores relativos para cada taxón son muy similares. Además, en las tres principales cabañas hemos podido constatar un sacrificio de cohortes de edades muy variado. Huesos de animales infantiles, juveniles y subadultos nos indicarían tanto, un aprovechamiento de productos primarios (carnes tiernas) como secundarios (derivados lácteos) para el ganado lanar, caprino y vacuno, un aspecto que está también avalado por la presencia de queseras. Los animales adultos son sacrificados antes de llegar a la senilidad. Por último, para el fondo 274 cabe mencionar el hallazgo de una serie de patas articuladas de una vaca, una oveja, de una cabra y de un porcino, aspecto pendiente de valorar adecuadamente en el contexto que fueron hallados. Pese a que los datos manejados son, a todas luces insuficientes, apuntan hacia un descenso en la etapa campaniforme de la cabaña de porcino, con menor movilidad que el vacuno y los ovicaprinos y a una mayor incidencia de la caza, datos que con-Fig. 1.-Relación relativa del NR en los principales taxones recuperados en Camino de las Yeseras; 2.-Relación relativa del Peso en los principales taxones recuperados en Camino de las Yeseras cuerdan con la menor entidad de la arquitectura y con la ampliación del radio de captación de recursos y todo ello nos transporta a un cuadro de poblaciones con una mayor necesidad de desplazamiento a la que también adaptan sus fuentes de consumo. Las primeras dataciones realizadas por TL y C14 sobre materiales cerámicos y óseos respectivamente coinciden en situar el punto de partida del asentamiento de Camino de las Yeseras en el primer tercio del III milenio y una continuidad de ocupación hasta las primeras centurias del II milenio con una presencia puntual a mediados de esta centuria. Como se puede comprobar, si exceptuamos el valor obtenido en el único contexto de la edad del Bronce analizado, todos los demás resultados indican que contextos campaniformes y no campaniformes pueden llegar a estar muy próximos lo que justificaría la relativa similitud de los equipos industriales, aunque se confirma una ligera modernidad de los contextos campaniformes (Tab. Pero la tabla adjunta nos permite extraer algunas conclusiones más, teniendo en cuenta el importante número de dataciones obtenidas, como es la coincidencia de los dos métodos utilizados (C14 y TL) y la proximidad y coherencia de la totalidad de los resultados. Dataciones comparadas de carbono 14 y termoluminiscencia. Carbono 14 calibrado según Stuiver et al., 1998. • Pese a que todas las dataciones de contextos calcolíticos son muy cercanas, las campaniformes, obtenidas con ambos métodos, son las más recientes, enmarcándose a finales del III milenio y en las dos primeras centurias del II milenio en valores de TL y C14 convencional sin calibrar, aun cuando la calibración a dos sigmas nos lleve hasta mediados del III milenio. • La menor duración de la ocupación campaniforme frente a la etapa no campaniforme explicaría la menor intensidad de sus vestigios y quizás también la menor entidad de sus estructuras. • La presencia de grupos del Bronce Medio se documenta a mediados del II milenio en valores de TL. En suma el Yacimiento Calcolítico de Camino de Las Yeseras pudo ser un auténtico lugar central de referencia para pequeños sitios ubicados en las vegas próximas y posiblemente controlador de las cercanas minas de sílex que le permitirían una importante actividad industrial con vistas, no sólo a su autoabastecimiento, sino también a la distribución de productos acabados y/o preformas, en paralelo a lo que ya se conoce en el mediodía peninsular (Nocete coord. La información que proporciona resulta de primer orden para entender la estrecha vinculación entre los grupos campaniformes con sus predecesores del Calcolítico a la par que ofrece indicios que apuntan a la ampliación de las tradicionales zonas de abastecimiento por parte de las gentes campaniformes mediante el beneficio de áreas de captación más lejanas facilitando el desarrollo de nuevas industrias y la mejora de las antiguas y es el reflejo de que, como en otra regiones europeas, "el campaniforme puede manifestarse de formas bien distintas, tanto en sepulturas como en hábitats" (Besse y Desideri 2005: 72).